Bunuel en Mexico Notas Acerca de La Repr
Bunuel en Mexico Notas Acerca de La Repr
Resumen
El objetivo de este texto es explorar y discutir acerca del modo en que, tanto el cine
industrial como el cine de autor realizado en México, Luis Buñuel nos introduce en la
fabricación de nuevas representaciones fílmicas de la pobreza. Para ello se analizarán las
cintas El gran calavera (1949), Los olvidados (1950), El Bruto (1952) y Nazarín (1959). Se
sostiene que estas cintas dejan entrever diferentes formas de inscripción de la pobreza que
tensionan la hegemonía representacional impuesta por la época de oro del cine mexicano.
Además, se reconoce el ideal del deseo como un mecanismo común en las acciones de
sus protagonistas.
Palabras clave: Cine, pobreza, México, Luis Buñuel.
Abstract
The aim of this text is to explore and discuss the way in which both the commercial films and
the auteur cinema made by Luis Buñuel in Mexico, introduce us to the production of new
cinematic representations of poverty. In order to do this, the films El gran calavera (1949),
Los olvidados (1950), El Bruto (1952) and Nazarín (1959) will be analyzed. It is argued that
these films suggest different ways in which poverty is inscribed that put the hegemonic
representation imposed by the golden age of Mexican cinema under tension. Moreover,
the ideal of desire is recognized as a common mechanism in the actions of its protagonists.
Keywords: Cinema, poverty, Mexico, Luis Buñuel.
1 Este trabajo se enmarca dentro del proyecto fondecyt de iniciación “Cine, neoliberalismo y sociedad. Por una
genealogía de la representación de la pobreza en el cine de ficción chileno (1980-2015)” (n° 11160133).
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Introducción
Luis Buñuel es un cineasta consagrado y admirado por amplios sectores de la élite cul-
tural, reconocido mundialmente por sus películas que −desde la ironía, el surrealismo
y el caos− plasman una mirada oblicua y rebelde sobre ciertos aspectos de la condición
humana: el cuerpo como vehículo del deseo, el delirio religioso, las relaciones sociales,
la libertad, la burguesía.2 Muy pocos se atreverían a discutir el lugar de privilegio que
ocupa en el “Olimpo” de la cinematografía mundial, ni mucho menos despojarlo de los
méritos que lo ubican como uno de los grandes referentes del llamado cine de autor.
Buñuel, etiquetado como sinónimo de cine-arte, de un cine profundo, vanguardista y
simbólico, construye personajes y situaciones con la intención de desvelar y rebelarse
ante el cosmos hegemónico del catolicismo burgués que impera dentro de su mundo
europeo y europeizante. A partir de esa realidad burguesa-religiosa que envuelve su
cotidianeidad, su educación y su visión de mundo −traducida en una óptica pagana
y atea−, Buñuel busca desentrañar aquellos aspectos opresivos inscritos dentro de los
sujetos y las subjetividades. Sus películas han sido analizadas desde diversos ámbitos
del saber −desde el psicoanálisis a la sociología, desde la filosofía a la estética− y han
prodigado reflexiones, críticas y comentarios que contribuyeron a la mitificación de
Buñuel como sujeto/objeto de arte y surrealismo profano.
En México, Buñuel rodó veinte de sus treinta y dos películas. Algunas de ellas él
mismo las calificó como filmes de encargo o “películas alimenticias”. De estas destacan:
Gran casino (1947) en la que se sometió a las fórmulas de la industria cinematográfica
mexicana donde priman las canciones y el drama amoroso; El Gran calavera (1949)
con la que empezó a gestar su fama de director rápido y económico; La hija del engaño
(1951); El Bruto (1952) y Una mujer sin amor (1952), sobre la que el propio Buñuel
dijo: “sin duda mi peor película” (Mi último suspiro 174). En oposición a este tipo de
películas alimenticias están aquellos filmes que han sido catalogados como películas
personales o de autoría: Los olvidados (1950), Subida al cielo (1951), Él (1953), La vida
criminal de Archibaldo de la Cruz. Ensayo de un Crimen (1955), Nazarín (1958), El
ángel exterminador (1962), Simón del desierto (1964), son solo algunos de sus filmes
mexicanos que le dieron reconocimiento artístico.3
2 En su autobiografía, Luis Buñuel escribe lo que para él representaba el surrealismo: “Al igual que todos los miembros
del grupo yo me sentía atraído por una cierta idea de revolución. Los surrealistas que no se consideraban terroristas,
activistas armados, luchaban contra una sociedad a la que detestaban utilizando como arma principal el escándalo.
Contra las desigualdades sociales, la explotación del hombre por el hombre, la religión, el militarismo burdo y materia-
lista, vieron durante mucho tiempo en el escándalo, el revelador potente capaz de hacer aparecer los resortes secretos
y odiosos del sistema que había que derribar [...] Sin embargo, el verdadero objetivo del surrealismo no era el crear un
movimiento literario, plástico, ni siquiera filosófico nuevo, sino el de hacer estallar a la sociedad, cambios, la vida [...]
Por supuesto, aquella moral surrealista, agresiva y clarividente solía ser contraria a la moral corriente, que nos parecía
abominable, pues nosotros rechazábamos en bloque los valores convencionales. Nuestra moral se apoyaba en otros
criterios, exaltaba la pasión, la mixtificación, el insulto, la risa malévola, la atracción de las simas [...] Nuestra moral
era más exigente y peligrosa pero también más firme, más coherente y más densa que la otra” (Mi último suspiro 90).
3 Uno de los elementos que se puede apreciar en la filmografía de Buñuel es la intertextualidad, principalmente,
cuando realiza adaptaciones de obras literarias al cine. Estas adaptaciones, si bien no transforman necesariamente
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la obra original, es posible advertir ciertos cambios de sentido que se dan a partir de la transformación de escenas
particulares, o bien, a través de la incorporación de fragmentos de otras obras, reinsertados dentro de una inter-
textualidad en la cual es posible apreciar el diálogo entre diversas obras y formatos. Ejemplo de esto es cuando
Buñuel señala, respecto de su película Nazarín, que conservó “lo esencial del personaje de Nazarín tal como está
desarrollado en la novela de Galdós, pero adaptando a nuestra época ideas formuladas cien años antes, o casi. Al
final del libro, Nazarín sueña que celebra una misa. Yo sustituí este sueño por la escena de la limosna. Además,
a todo lo largo de la historia, añadí nuevos elementos, la huelga, por ejemplo, y, durante la epidemia de peste, la
escena con el moribundo –inspirada por el Diálogo de un sacerdote y un moribundo, de Sade- en la que la mujer
llama a su amante y rechaza a Dios” (Buñuel, Mi último suspiro 185).
4 El cine de la época dorada puede ser entendido como el conjunto de producciones cinematográficas que logran
traspasar las fronteras de la entretención y el espectáculo, para instalarse dentro del imaginario social mexicano
como un exceso o desborde cultural que transforma lo popular en industria cultural. En esta etapa se estableció
una primera codificación y síntesis de la cultura popular, como parte del proyecto nacionalista posrevolucionario.
En esos años, la industria fílmica mexicana desarrolló una exitosa forma de representar la pobreza apoyándose en
el melodrama, la comedia y la ranchera; estableció una visión estereotipada e ideológicamente conformista de la
marginación social.
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El objetivo de este trabajo es explorar y discutir acerca del modo en que tanto el cine
industrial como el cine de autor realizado por Luis Buñuel nos introduce en la fabricación
de nuevas representaciones visuales y discursivas de la pobreza. La representación de la
pobreza es uno de los aspectos poco trabajados de la filmografía de Buñuel, a excepción
de la película Los olvidados −cuyo tema central es la pobreza infanto-juvenil− que ha
sido analizada poniendo el foco de atención sobre las problemáticas de la marginalidad
de los jóvenes de la calle.5 De ahí que nos parezca necesario reflexionar sobre algunas
de las películas de Buñuel donde la pobreza ocupa un lugar preponderante dentro del
relato y su visualidad.6 Al analizar películas como El gran calavera (1949), Los olvidados
(1950), El bruto (1953) y Nazarín (1959) se pueden detectar un conjunto heterogéneo
de representaciones acerca de la pobreza y su inscripción ideológica. Se sostiene que,
por una parte, estas cintas dejan entrever una diversidad de formas de inscripción de
la pobreza que tensionan la hegemonía representacional impuesta por la época de oro,
introduciendo en la cinematografía mexicana nuevos sentidos acerca de la pobreza
y lo popular. Por la otra parte, encontramos que las cintas El gran calavera y El Bruto
vienen a reafirmar ciertos estereotipos e imaginarios de lo popular dominantes en el
cine de la época dorada. No obstante, los cuatro filmes tienen en común el ideal del
deseo como mecanismo para las acciones de sus protagonistas.
5 Por lo general, los análisis, reflexiones y críticas a las películas de Buñuel (Monsiváis, Paz, de la Colina, Matute
Villaseñor, Salvador Ventura, Acevedo-Muñoz) han girado en torno a la comprensión de las implicancias religiosas
de la quimera católica, la inutilidad de la santidad, la fluidez y la pasión del cuerpo como dispositivo de deseo, la
crítica a la realidad burguesa encerrada en sí misma, el modo en que el delirio, la ironía y el humor se entremezclan
como tropo narrativo y surrealista, la libertad como utopía, la piedad como mecanismo de sujeción, entre otros.
6 La pobreza y la subjetividad marginal es un elemento que se encuentra presente en la obra de Buñuel tempranamente.
Ejemplo de esto es el documental Las Hurdes. Tierra sin pan (1932), donde se muestra de manera descriptiva y
detallada las costumbres y estilos de vida dentro de un contexto de miseria, atraso e insalubridad que experimen-
tan cotidianamente los habitantes del pueblo Las Hurdes de Extremadura. A través de una mirada expositiva, la
película pretende pesquisar aquellos elementos políticos, sociales y culturales que provocan la vida miserable y
de “no futuro” para hombres y mujeres de esta comarca extremeña.
7 La película, estructurada como una comedia de enredos, nos cuenta la farsa que elabora una familia perteneciente
a la alta burguesía mexicana, que simula la quiebra y la caída en la pobreza para curar a don Ramiro, el patriarca
de la familia, de su alcoholismo dadivoso. Sin embargo, cuando don Ramiro descubre el engaño, da vuelta la
situación haciéndolos creer que, efectivamente, se han arruinado, esto con la finalidad de enseñarles el valor del
trabajo y de la familia.
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La escasez de recursos económicos es, entonces, el mecanismo ideal para que quienes
viven en la abundancia puedan acceder al conocimiento de sí mismos a través de la
dignidad del trabajo proletario, del pan ganado con el sudor de la frente. Nada indica
en la película que la precariedad económica sea producto de la injusticia social, de
la falta de oportunidades, ni mucho menos que refiera a la explotación y codicia que
ejerce la clase privilegiada sobre las clases populares. Más bien se presenta como un
estilo de vida del que están ausentes los bienes suntuarios y los vicios de la riqueza, y
al que resulta fácil acostumbrarse. Más aun cuando se lo presenta como el ambiente
ideal para que reine la armonía, la solidaridad y los valores realmente importantes:
la familia, el fuerzo y el trabajo. Esta triada es constituida como la base para el cono-
cimiento y la sanación del sujeto burgués inscrito como parásito social.
Dentro del mundo popular presentado por la película, las mujeres viven atareadas
al interior del espacio doméstico –cocinan, lavan la ropa, limpian la casa−; mientras
que los hombres desarrollan sus oficios en el espacio público –limpiabotas, carpintero,
mecánico, etc.−. Estas actividades son las que hacen que los protagonistas, antes de
conocer la miseria, tomen conciencia del estilo de vida parasitario que llevaban. De
ahí que el filme le imprima al trabajo físico una carga metonímica asociada a la ética y
dignidad del trabajo proletario. Por ello, una vez que regresan del viaje a la pobreza, la
familia incorpora aquellas prácticas a su vida cotidiana: la cuñada Milagros continúa
haciendo la comida, Ladislao, empeñado en seguir con la carpintería, va arreglando
los muebles y las alacenas de la mansión.
En suma, se puede concluir que El gran calavera adhiere a la tendencia hegemónica
de concebir la pobreza como sinónimo de una vida simple que facilita la felicidad y
las relaciones humanas profundas. En tal sentido, en esta película vemos desfilar un
conjunto de inscripciones acerca de la pobreza sustentadas a partir de una mirada
condescendiente respecto de la cotidianidad que envuelve la vida en la pobreza. Una
interpretación más benevolente sugiere que Buñuel establece una distinción entre la
pobreza como experiencia de vida “real” y la pobreza dulcificada vista desde los pri-
vilegiados que pueden darse el lujo de renunciar temporalmente a sus ventajas para
vivir esa farsa. De ahí que la película inscriba y haga circular una serie de tópicos que
tienden a la idealización de la pobreza en tanto espacio de autoconocimiento, dignidad
y reconocimiento esencializado. De esta forma, la pobreza se va configurando como
una dimensión tópica e idealizada, que ratifica el insistente ejercicio de condescen-
dencia y estereotipación que −desde la época de oro del cine mexicano− transmite
una versión atemperada de la miseria y la marginalidad social donde la precariedad
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La cinta Los olvidados nos presenta una perspectiva radicalmente distinta, en térmi-
nos narrativos y diegéticos, a El gran calavera. La película nos introduce dentro de la
marginalidad urbana y la delincuencia juvenil desde una óptica cruda y descarnada.8
Esta película, marcadamente personal, le devolvió a Buñuel el reconocimiento inter-
nacional y lo resitúo como un cineasta-autor.9 Si bien el argumento de Los olvidados
es sencillo, se estructuran un conjunto de imágenes y discursos que se resisten a
dulcificar la pobreza, suprimiendo el estereotipo de la pobreza como dignidad.10 Si
bien la primera estructura del film reconoce el idioma del melodrama, al poco andar,
esta estructura melodramática es disuelta con escepticismo, en la medida en que el
enfrentamiento con la pobreza más dura y abyecta no admite sutilezas, ni variaciones
de ningún tipo. La miseria en la que se desenvuelven los jóvenes de Los olvidados,
los mecanismos que emplean para la sobrevivencia (robo, asesinato, extorsión, en-
gaño, etc.), las relaciones sociales y sus filiaciones descompuestas y desestructuradas
por la miseria, no nos hablan de una esencia, sino de una individualización en la
que vemos una descripción áspera y cruda de la humanidad desechable de niños y
8 Como ha sostenido Octavio Paz en el texto con el que se presentó el filme de Buñuel en el Festival de Cannes
en 1951: “Los olvidados mostraba el camino no de la superación del surrealismo […] sino su desenlace, quiero
decir: Buñuel había encontrado una vía de salida de la estética surrealista al insertar en la forma tradicional del
relato, las imágenes irracionales que brotan de la mitad obscura del hombre” (49). En este sentido, pensamos que
realizar una lectura en clave surrealista de Los olvidados, implica no tomar muy en serio su propuesta evidente:
la de desarticular desde adentro el melodrama mexicano y su tendencia a la utilización de fórmulas visuales que
tienden a fijar la sensiblería, el chantaje sentimental y la catarsis al mayoreo como mecanismo semiodiscursivos.
9 Cabe señalar que, en un primer momento, Los olvidados no fue bien recibida en México. Como señala Buñuel
en su autobiografía, la película estuvo solo cuatro días en cartelera “y suscitó en el acto violentas reacciones […]
Sindicatos y asociaciones diversas pidieron inmediatamente mi expulsión. La Prensa atacaba a la película. Los raros
espectadores salían de la sala como de un entierro” (Mi último suspiro 172). Buñuel atribuye esta animadversión
con la película al nacionalismo que impera en México. Al respecto señala: “Uno de los grandes problemas de
México, hoy como ayer, es un nacionalismo llevado hasta el extremo que delata un profundo complejo de inferio-
ridad” (172). Sin embargo, tras ser bien recibida la película en el festival de Canes, Lo olvidados adquirió para los
mexicanos un “aura” de sofisticación producto del reconocimiento europeo y, con ello, “cesaron los insultos, y la
película se reestrenó en una buena sala de México, donde permaneció dos meses” (173).
10 Los olvidados nos cuenta la historia de una pandilla de niños y jóvenes que habitan en la periferia de Ciudad de
México. La banda es liderada por el Jaibo, un matón adolescente, que al escapar de la correccional se refugia en su
barrio, liderando a su antigua banda. La pandilla comete una serie de delitos menores. Días después el Jaibo mata
a un joven trabajador al que culpa de su encarcelamiento. A partir de ese asesinato, los destinos de la pandilla
estarán trágicamente unidos bajo un orden de violencia, miseria y marginalidad.
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11 En el interesante libro Imágenes del silencio. Los motivos visuales en el cine, Jordi Balló plantea que la ausencia
de cualquier tipo de piedad por parte de los protagonistas de Los olvidados es uno de los elementos que hacen a
esta cinta “indicativa del estilo buñueliano: las virtudes son inútiles y perversas en un mundo lleno de injusticia y
marginalidad” (58).
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Habituados a las mujeres devotas y las madres sacrificadas del cine mexicano
de la época dorada, la miseria, la violencia y la indiferencia que se expresan en esta
película nos confrontan con un mundo en donde lo inacabado de los vínculos con-
forma relaciones familiares monoparentales que no conocen de acciones solidarias.
En el contexto de Los olvidados, las madres no son desnaturalizadas o sicóticas, tan
solo se representa a una madre soltera superada por sus circunstancias, que reacciona
con desprecio y rigidez:
Marta: … ¿y ahora a qué has venido?
Pedro: Mamá, tengo hambre.
Marta: Ya te dije que mientras anduvieras de vago por las calles, aquí no vol-
verías a comer. Bastante tengo lavando los pisos como bestia para darles de
comer a mis hijos.
Pedro: Pero yo tengo hambre.
Marta: ¡Pues que te den de comer los vagos con los que andas, descarado!
Pedro. ¿Por qué me pega? ¿Por qué tengo hambre?
Marta: ¡Y lo voy a matar, sinvergüenza!
Pedro. Usté no me quiere.
Marta: ¿Por qué te voy a querer? ¿Por bien que te portas, verdá? (Buñuel, Los
olvidados)
12 Esta cinta nos cuenta la historia de Pedro apodado el Bruto, un matarife que se caracteriza por poseer una fuerza
descomunal. Pedro es contratado como matón por don Andrés Cabrera, dueño de una vecindad popular quien
necesita echar a los inquilinos para hacer un millonario negocio inmobiliario, ya que los arrendatarios se niegan a
dejar el lugar. El obediente Pedro golpea y da muerte a don Carmelo, el líder de la vecindad. Mientras vive en casa
de don Andrés, Pedro se hace amante de paloma la esposa de su patrón, a quien termina asesinando producto de
las manipulaciones de Paloma. Luego conoce a Meche, la hija de don Carmelo quien no sabe que su padre murió a
causa de la golpiza de Pedro. Se hacen novios y se van a vivir juntos, esta relación molesta a Paloma, quien denuncia
a Pedro a la policía por el asesinato de su marido. Pedro intenta escapar, pero la policía le aplica la ley de fuga.
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Desde una óptica completamente distinta a los tres filmes analizados más arriba, la
película Nazarín nos presenta una nueva mirada buñueliana de la pobreza estrecha-
mente ligada a lo simbólico-religioso.13 Lo interesante de Nazarín, para efectos de
este trabajo, es el modo en que realiza una inscripción ideológica sobre lo popular y
su relación con la pobreza, a partir de la cual se desprende la subalternidad en tanto
mecanismo que traza una oposición entre dos formas diferentes de encarar la pobreza:
una entendida como humildad, acatamiento, respeto y obediencia; y la otra, entendida
como miseria, violencia e infortunio.
Ingeniero: A lo que veo, y no se ofenda, su vida se me hace muy precaria.
Padre Nazario: Bastante. Pero mi conformidad le quita amargura.
Ingeniero: En resumen… usted desafía los ultrajes… el hambre, la miseria…
las persecuciones y las calumnias.
13 Basada en la novela homónima de Benito Pérez Galdós, Buñuel nos cuenta el viaje espiritual y terrenal del padre
Nazario, un sacerdote que ejerce su ministerio en un pequeño pueblo de México. El humilde padre Nazario
comparte su pobreza con los necesitados que habitan el poblado. Después de proteger a Andara, una prostituta
que ha atacado a su prima por haberle hurtado unos botones y que ha causado un incendio, se ve obligado a huir
perseguido por la justicia. En su peregrinación se encontrará nuevamente con Andara y Beatriz, una loca mística
que ve en el cura la santidad hecha carne. En el trayecto, el cura, la prostituta y la loca asistirán a la transformación
del sentido de sus vidas.
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La humildad de la pobreza guía las acciones y sentidos del sacerdote. Al optar por esta
vía, el padre Nazario se va despojando de toda materialidad, de todo bienestar, regala
su pobreza como signo de una caridad infinita, y lo transforma en una esencia que
le confiere un lugar en el mundo profano y lo transforma. En palabras de Agamben:
En un residuo irreductible de sacralidad, que lo sustrae al comercio normal con
sus pares y lo expone a la posibilidad de una muerte violenta, la cual lo restituye
a los dioses a los que en verdad pertenece […] Sin embargo, en la medida en
que sobrevive, por así decir, a sí mismo, introduce un resto incongruente de
profanidad en el ámbito de lo sagrado (103).
de esta película, y a partir de allí se configuran los arquetipos que otorgan sentido a
un mundo mesiánico, delirante y quijotesco. Así, por ejemplo, la figura del sacerdote
pobre −desprendido de toda materialidad y de todo bienestar− emerge como “el
caballero andante, benefactor de los afligidos y restaurador del estado utópico perdi-
do” (Arjona González 145). Nazarín, en tanto repaso a los infortunios de la fantasía
cristiana, va trazando el camino de reaprendizaje entre lo terrenal y lo celestial, “en
la cual la esfera divina está siempre en acto de colapsar en la humana y el hombre
traspasa ya siempre en lo divino” (Agamben 105).
En suma, el Padre Nazario reivindica un cierto comunismo arcaico. “Para mi
nada es de nadie. Todo es del primero que lo necesita”, sentencia al inicio del filme y,
con ello, reclama que la existencia terrenal es el camino para convertirse en Cristo.
Al igual que los primeros apóstoles, va descubriendo en su travesía que “así como
un error es peor que un crimen, un santo −en la sociedad moderna− es muchísimo
más devastador que un delincuente” (Monsiváis 313). El padre Nazario abraza la
pobreza como acto de caridad, como vía de entrega y asimilación del mundo. Es
decir, la pobreza como un bien, como la posibilidad de obtener una santidad terrenal
inalcanzable. De esta manera, pese al evidente anticlericalismo del filme, la pobreza
expuesta no constituye una crítica a la iglesia institucionalizada, ni mucho menos a
una moral regida por el egoísmo; por el contrario, como ha escrito Carlos Monsiváis,
Nazarín “representa al pasado fundador y al futuro utópico, y su expiación y su vía
crucis no son los de Cristo, sino los de la imposibilidad de ser Cristo, la irrisión de una
fe a contracorriente iluminada por su encarnación inerme” (314). En tal sentido, la
pobreza que se (re)presenta en esta película, que confluye como la posibilidad incierta
de alcanzar lo divino y lo sagrado, es la comprobación de que el desprendimiento de
la caridad cristiana es inútil e ineficaz.
Conclusiones
Las cuatro películas de Buñuel que hemos analizado dan cuenta de un registro fílmico
heterogéneo con respecto a los sujetos populares. Dicho registro sugiere cuatro co-
ordenadas u ópticas, cuyas inscripciones culturales son disímiles, que enumeramos
a continuación.
14 Si bien la noción de deseo constituye un concepto polisémico, ligado fuertemente a las distintas vertientes y va-
riaciones del psicoanálisis como disciplina clínica, teórica, científica o filosófica, aquí nos sentimos más cercanos
a la idea deleuziana y guattariana, expuesta en el libro El Anti-Edipo, que considera “la producción como proceso
desborda todas las categorías ideales y forma un ciclo que remite al deseo en tanto que principio inmanente” (Deleuze
y Guattari, 14). En este sentido, como nos recuerda Giorgio Agamben: “Comunicarle a alguien los propios deseos
sin las imágenes es brutal. Comunicar las propias imágenes sin los deseos es fastidioso (como contar los sueños o
los viajes). Pero fácil, en ambos casos. Comunicar los deseos imaginados y las imágenes deseadas es la tarea más
ardua. Por eso la postergamos. Hasta el momento en que comenzamos a entender que permanecerá aplazada para
siempre. Y que ese deseo inconfesado somos nosotros mismos, para siempre prisioneros en la cripta” (67-8).
JUAN PABLO SILVA E. • Buñuel en México: notas acerca de la representación de la pobreza 77
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