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Simbad

El documento resume el primer viaje de Simbad el Marino. Simbad malgastó su herencia y se embarcó como comerciante. Su barco llegó a una isla que resultó ser una ballena dormida. La ballena despertó y Simbad quedó varado, pero sobrevivió flotando en una cubeta y llegó a una verdadera isla.

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Simbad

El documento resume el primer viaje de Simbad el Marino. Simbad malgastó su herencia y se embarcó como comerciante. Su barco llegó a una isla que resultó ser una ballena dormida. La ballena despertó y Simbad quedó varado, pero sobrevivió flotando en una cubeta y llegó a una verdadera isla.

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1.- ¿A qué género literario pertenece la lectura?

R=Cuento narrativo y Líric

2.-¿Cuales son los personajes principales?

R=Simbad el Marino, El capitán y el rey Mihrachán

3.- ¿Pesonajes Secundarios?

R=Simbad el cargador, los demas mercaderes, tripulantes del barco del capitán y los caballerizos
del rey Mihrachán.

4.-¿Quién narra los sucesos acontecidos a Simbad el Marino?

R=El mismo Simbad el Marino le narra su primer viaje a sus amigos e invitados, en especial a
Simbad el cargador.

5.-¿Quién narró una historia distinta durante mil y una noches al Sultán?

R=Su hermano Sehara.

6.-¿Cuál es el nombre del Sultán, a quién le cuentan las historias?

R=Shahryar

7.-¿De donde era Sinbad el Marino?

R=En la ciudad de Bagdad.


8.-Sinópsis del primer viaje de Simbad:

R=Cuenta el mismo Simbad la historia de su primer viaje por el mundo a sus invitados en especial a
Simbad el cargador, pues comienza explicandó que su padre fue un gran comerciante y mercader
entre la demas gente del pueblo y que gozaba de grandes riquezas, pues al morir esté le dejó toda
su fortuna y riquezas a Simbad, de manera que él al llegar a una edad mayor se hizó cargo de
aquello asi disfrutó de muchas cosas buenas y de gran costo. Pero pronto se dió cuenta de que sus
valores comenzabán a agotarse y pensó en un viaje para obtener dinero.

El primer desembarque lo hizó al llegar a Basora con un grupo de mercaderes, luego fuerón a otras
islas, mares y demas paises asi pasarón varios días y noches, y en un día de esos avistarón una isla
que observarón y pensarón que encontrarían fruta y agua, pues al anclar el barco a la orilla
bajarón para descanzar, encontrarón lo que pensarón e incluso manantiales de agua dulce, solo
pudó haber un error al bajar del barco ya que el capitán aseguraba de que estaban parados sobre
el lomo de un pez gigantesco al cual le habían crecido arboles por el tiempo que había estado asi,
el pez hizó un movimiento muy brusco que asustó a todos los tripulantes entonces se movilizarón
rapidamente hacía el barco y solo algunos que se quedarón no pudierón salvarse, se hundierón
junto al pez que se sumergió pero Simbad fue el único sobreviviente ya que esté se sostuvó de un
palo de madera el cual lo llevó a una isla. Después de un rato de estar inconciente despertó con un
gran dolor en los pies inchados que tenía, no le quedaba mas que buscar un refugio y comida,
ascostumbrado asi varios dias se decidió a explorar la isla, en eso a lo lejos vió la silueta de un
animal grande, se acercó y miro que el animal se trataba de un caballo cuya estatura era enorme y
ahí cerca salió un hombre y le preguntó que quién era el y por que estaba en la isla, asi que
Simbad le contó lo que le había sucedidó pues el hombre le creyó y le explicó por que el también
estaba en esa isla, le dijó que un rey llamadó Mihrachán envió a un grupo de caballerizos con
lleguas para poder capturar a un caballo marino, ya que esté solo salia durante la media noche
para llevarse a la llegua. El hombre caballerizo lo llevó con su rey y al llegar el rey Mihcharán le dió
la bienbenida a Simbad asi mismo le ofreció comida mientras Simbad le contaba lo sucedido, y al
escuchar las palabras de el le designó un oficio para ayudarlo, trataba de que estuviera con él a su
lado y ser el administrador de todas las cargas y transportes.

Smbad siempre pensaba en que un día de esos encontraría a su tripulación que lo dejó en aquel
naufragio, varios dias pasarón y él solo preguntaba a los marineros si algún barco lo llevaría a la
ciudad de Bagdad, pero no obtuvó respuestas afirmativas. Un barco que se veía a lo lejos con una
carga muy pesada se aproximaba a la orilla del puerto para desembarcar los productos, al llegar a
la orilla Simbad le dió la bienbenida al capitán, pues pronto desembarcó y aún quedaba algo y
preguntó Simbad al capitán si deseaba desembarcarlo pero él le respondió que las pertenencias
eran de un joven llamado Simbad que había muerto cuando una isla se hundía, pero Simbad lo
miro fijamente a su rostro y le reconoció pues se alegró mucho y le dijó que el era el mismo joven
de aquel naufragio, mientras no le creia pues se lo comprobo diciendole que la isla era un
gigantesco pez, asi le pudó creer y los dos emocionados se dierón un abrazó y el otro le felicitó por
su esfuerzo. Simbad fue con el rey para darle la noticia y le pidió que lo dejara ir con su tripulación
y capitán, el rey le concedió lo que pidió y le regaló algunos objetos de valor, pronto se despidió y
subierón a bordo para continuar su viaje. Asi les cuenta el primer viaje Simbad a sus invitados y a
Simbad el cargador.

9.-Opinión ó Critica personal de la lectura:

R=La verdad me pareció una lectura muy buena y comprensiva. Pues la lectura tiene mucho
interes para leer y asi espero leer la continuación de este cuento ya que solo el mismo personaje
(el mismo protagonista) nos cuenta sus siete viajes pero esté solo es el principio.

Titulo:Primer viaje: la isla que cobro vida

El padre de Simbad murió y le dejo una gran fortuna , pero Simbad perdió todo lo que tenia gracias
a malgastarlo,con lo poco de dinero que tenia compro unas mercadirias y se fue Basora , un día
con otros marineros fueron a una isla pequeña, se comenzó a mover y se dieron cuanta que era
una ballena, Simbad fue arrastrado por la corriente , a la mañana siguiente se encontraba en una
isla, encontró una cueva y decidió dormir ahí en las noches escuchaba sonidos de personas,pero
en la mañana era todo igual ; a media noche escucho los mismos sonidos y asi
He llegado a saber que Simbad el Marino vivió tantas aventuras en sus siete viajes, que el
mismísimo califa Harún Al-Rachid se las hizo escribir a sus cronistas para que nadie olvidara
aquellos veintisiete años de peligros y andanzas. Cuentan que no siempre fue un aventurero y la
primera vez que se embarcó no imaginaba que aquella travesía iba a dar un giro tan completo a su
vida: porque nunca más pudo quedarse mucho tiempo en Bagdad sin que el mar lo llamara.

Era Simbad un joven como cualquier otro: un poco irresponsable y tarambana, que solo pensaba
en el presente y nada más. Por eso, al morir su padre (quien le había dejado una considerable
fortuna) no hizo más que malgastar todo y cuanto tenía en fiestas que duraban muchos días y
banquetes que nadie llegaba a disfrutar.

—Algún día se acabará el dinero de tu padre —una vez le dijo su buen amigo Mubarak.

—¡Pues ese día empezaré a trabajar! —le contestó Simbad, despreocupado, sin saber que
efectivamente ese día iba a llegar.

Cuando esto ocurrió, vendió todos los muebles que había en su propiedad (lo único que le
quedaba) y compró mercancías en el zoco para embarcarse y poder venderlas por las ciudades del
mundo. Así, junto a otros comerciantes como él, navegó por el río Basora durante muchos días y
muchas noches hasta salir al mar.

Una tarde, por fin, divisaron tierra firme. ¡Y cuánto se alegraron! La cubierta se llenó de aplausos y
gritos eufóricos. Cuando se pasa tanto tiempo navegando, sin otra vista que el océano en los
cuatro puntos cardinales, una isla (cualquiera sea) es un tesoro más grande que un cargamento de
diamantes.

Y esta isla, además, era bellísima. El mar azul contrastaba con sus verdes jardines en los que se
elevaban árboles añosos y palmeras llenas de cocos. Tenía en el centro, además, un manantial de
agua cristalina que prometía agua dulce y baños refrescantes. ¡Qué largo les pareció el último
trayecto, hasta poder anclar! Algunos estaban tan desesperados, que saltaron al mar para nadar el
último tramo y alcanzar la orilla.

Simbad fue uno de ellos. Cada brazada que daba hacia aquel jardín espléndido, aceleraba el ritmo
de su corazón que, ansioso, bombeaba sin cesar: tic tac tic tac tic tac. El barco cada vez más lejos y
el jardín tan verde y el manantial y los cocos y otra vez su corazón (tic tac tic tac tica tac), hasta
que por fin tocó la orilla. Al tacto, la vegetación le resultó rugosa y extrañamente caliente.

—¡Esto es tan raro! —escuchó decir a uno de sus compañeros que, unos metros más allá, miraba
el terreno con desconfianza y se tambaleaba como si pisara un puente colgante a punto de caer.
Otro intentaba llenar una cubeta, pero el manantial de a ratos se desagotaba y el hombre no
paraba de rascarse la cabeza, confundido. Alguien encendió fuego y, en el centro de la isla, intentó
una fogata. Fue entonces cuando todo tembló. Los árboles añosos, las palmeras, los cocos, hasta
el manantial dieron un giro y la isla, inexplicablemente, se separó del océano y dio un salto
descomunal.

Simbad volvió a hundirse en el mar y sin entender todavía, golpeado por la violencia del salto y a
ciegas por la espuma y el oleaje, llegó a escuchar los gritos de sus compañeros:

—¡Por Alá! ¿Qué extraña criatura es esta?

—Jamás he visto una ballena más grande: ¡Tiene el tamaño de una isla!

—¿Y esa vegetación en su lomo? ¡Es increíble!

Pero no pudo escuchar más porque la corriente lo arrastraba cada vez más y más lejos de sus
compañeros y del barco. ¿Era posible aquel prodigio? ¿Una ballena dormida en medio del mar, por
cuántos años? ¿Cómo echaron raíces los árboles y las palmeras, cómo la vegetación creció tan
exuberante, cuánto tiempo tuvo que estar dormida para que la naturaleza la confundiera así?

En todo esto pensaba, mientras el barco se alejaba huyendo desesperadamente del animal y
olvidándose también de aquellos que, como Simbad, habían quedado atrás. Y hubiera sido este,
tal vez, el final de nuestro marino de no ser porque Alá es siempre más sabio y quiso que la cubeta
(aquella que un momento atrás intentó cargarse con el agua del supuesto manantial) se acercara
al náufrago. Con ella flotó durante cuatro lunas, y así pudo llegar a una isla que (¡esta vez sí!) era
una isla de verdad.

Al principio, Simbad desconfió. Un poco por la experiencia que había tenido con aquella enorme
ballena y otro poco porque la isla se elevaba como un terreno rocoso y era imposible llegar a ella
sin tener que escalar. ¿Y cómo hacerlo sin una soga?
Simbad rodeó la isla hasta llegar a una pared cubierta por enredaderas con tallos suficientemente
gruesos como para soportar su peso. Y así, con mucho esfuerzo porque estaba débil de tantos días
sin comer, fue escalando. Un paso a la vez. Arriba y más arriba, con algún retroceso. Y otra vez, a
subir. Vamos, dos pasos más. Y otro. Y a no mirar las manos que ya duelen, la sangre en las rodillas
y los rasguños. No: a no mirar, que falta poco. ¡Vamos, Simbad, ya casi alcanzas la cima! No vayas
a rendirte, porque Alá te cuida.

Y así llegó nuestro héroe, por fin, a pisar tierra firme. Apenas plantó los dos pies en el terreno, se
desplomó como un árbol y quedó, boca abajo con los brazos extendidos y muy quieto, durante
varias horas. La noche, incluso, lo abrazó en aquella posición y las estrellas lo iluminaron sin que
ningún movimiento de Simbad perturbara su reflejo.

Pero quiso Alá que a la mañana siguiente despertara de aquel larguísimo sueño: una ola
gigantesca se extendió por encima del acantilado que había logrado escalar mojándolo
completamente.

— ¿Pero, qué…? —exclamó, confundido, sin entender aún dónde se encontraba. Abrazó sus
rodillas con los brazos, se masajeó las pies doloridos y giró el cuello a un lado y otro como
comprobando su movilidad. Un rugido salió de sus tripas recordándole que ya hacía demasiado
tiempo que estaba sin comer, y entonces se paró muy decidido a buscar alimento.

Lo encontró sin dificultad: unos cuantos árboles frutales saciaron a la vez su hambre y su sed y a
los pocos días había recobrado la energía y la salud casi por completo. Estaba ya resignado a vivir
para siempre en la soledad de aquel sitio, cuando escuchó unos pasos bordeando el acantilado.

Se refregó los ojos al ver la imagen inconfundible de un hombre que paseaba con una yegua a su
lado. “Es imposible, imposible, imposible…”, pensó. Porque había recorrido la isla de punta a
punta muchas veces y estaba completamente seguro de que estaba solo, completamente solo en
aquel rincón del mundo. Ningún animal, ningún hombre o mujer con quien poder conversar. Nada
más que árboles, arbustos y de vez en cuando algún pájaro que dibujaba su camino en el cielo.

Y, sin embargo, allí estaba aquel hombre con su yegua. Aunque jamás hubieran podido trepar por
el acantilado, aunque no existiera otra entrada posible y Simbad no entendiera ni cómo ni cuándo
habían llegado. Con cierto temor, se acercó pensando en las mejores palabras de bienvenida pero
ni siquiera llegó a pronunciarlas porque el extraño se le adelantó:
—¿Pero, por Alá, quién eres tú y cómo has llegado a este sitio desolado?

Y entonces Simbad le contó sus desventuras y con aquel primer relato de sus andanzas supo que, a
pesar de todo, no se sentía desafortunado por haber vivido tantos peligros. Al contrario, estaba
muy contento de tener hazañas que contar. ¿Qué es la vida sin eso, sin una historia que nos
rescate de la rutina y nos haga sentir que efectivamente estamos vivos?

Tras escuchar su relato, el hombre lo llevó hasta una gruta. Simbad la había visto muchas veces
pero no había intentado entrar. ¡Y cual fue su sorpresa al comprobar que, en realidad era un
túnel! Un larguísimo túnel subterráneo que terminaba en el reino de Mihraján.

Era una aldea mucho más pequeña que Bagdad pero con tanta actividad como aquella. Tenía sus
muros fronterizos, su mirador, su mezquita y también su mercado. En uno de los puestos,
reconoció al capitán del barco que lo había abandonado mucho tiempo atrás, cuando una enorme
ballena con aspecto de isla le dio el susto de su vida.

Simbad estaba muchísimo más delgado y una larga barba ocultaba sus facciones, por lo que el
capitán no lo reconoció. Gritaba a viva voz, para vender su mercancía:

— ¡Vasijas, telares, lámparas, turbantes traídas desde Bagdad!

Simbad reconoció enseguida los productos que él mismo había comprado en el zoco antes de
emprender el viaje y lo increpó:

—¿Todo esto es tuyo?

—¡Oh, no, por Alá! —contestó el capitán— Es de un pobre mercader que hemos perdido a
merced de una ballena. Y yo mismo estoy vendiéndolo todo para poder regresar a Bagdad con las
ganancias que darán consuelo a sus parientes.

Simbad le sonrío:

—¿En serio no me reconoces?


El capitán volvió a mirarlo, y habrá notado en el brillo de sus ojos algún gesto familiar porque su
rostro se iluminó por completo:

—¡Simbad, querido Simbad! —gritó— ¡Bendiga Alá tus días, si estás vivo!

Y los dos se abrazaron largamente y se contaron sus días. Pero dicen que el relato de Simbad fue
más dichoso, regocijado como estaba por haber sobrevivido a tantas aventuras.

Y aunque volvió a Bagdad con suficientes riquezas y se alegró de ver a su amigo Mubarak y ofreció
muchas fiestas, no tardó en preparar su segundo viaje, en el que vivió muchas más aventuras para
que los hijos de los hijos de los hijos de sus hijos pudieran después contarlas: “De isla en isla, de
puerto en puerto, de mar en mar Simbad vivió viajando…” Y Alá el altísimo fue testigo de todos
estos relatos.

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