No tenía más de once años.
Había hecho el penoso viaje desde Manaure con unos traficantes de
pieles que recibieron el encargo de entregarla junto con una carta en la casa de José Arcadio
Buendía, pero que no pudieron explicar con precisión quién era la persona que les había pedido el
favor. Todo su equipaje estaba compuesto por el baulito de la ropa, un pequeño mecedor de
madera con florecitas de colores pintadas a mano y un talego de lona que hacía un permanente
ruido de clac, clac clac, donde llevaba los huesos de sus padres. La carta dirigida a José Arcadio
Buendía estaba escrita en términos muy cariñosas por alguien que lo seguía queriendo mucho a
pesar del tiempo y la distancia y que se sentía obligado por un elemental sentido humanitario a
hacer la caridad de mandarle esa pobre huerfanita desamparada, que era prima de Úrsula en
segundo grado y por consiguiente parienta también de José Arcadio Buendía, aunque en grado
más lejano, porque era hija de ese inolvidable amigo que fue Nicanor Ulloa y su muy digna esposa
Rebeca Montiel, a quienes Dios tuviera en su santa reino, cuyas restas adjuntaba la presente para
que les dieran cristiana sepultura. Tanto los nombres mencionados como la firma de la carta eran
perfectamente legibles, pero ni José Arcadio Buendía ni Úrsula recordaban haber tenido parientes
con esos nombres ni conocían a nadie que se llamara como el remitente y mucho menos en la
remota población de Manaure.
A través de la niña fue imposible obtener ninguna información complementaria. Desde el
momento en que llegó se sentó a chuparse el dedo en el mecedor y a observar a todas con sus
grandes ojos espantados, sin que diera señal alguna de entender lo que le preguntaban. Llevaba
un traje de diagonal teñido de negro, gastado por el uso, y unos desconchados botines de charol.
Tenía el cabello sostenido detrás de las orejas con moños de cintas negras. Usaba un escapulario
con las imágenes barradas por el sudor y en la muñeca derecha un colmillo de animal carnívoro
montado en un soporte de cobre como amuleto contra el mal de ajo. Su piel verde, su vientre
redondo y tenso como un tambor, revelaban una mala salud y un hambre más viejas que ella
misma, pero cuando le dieran de comer se quedó con el plato en las piernas sin probarla. Se llegó
inclusive a creer que era sordomuda, hasta que los indios le preguntaron en su lengua si quería un
poco de agua y ella movió los ojos como si los hubiera reconocido y dijo que sí con la cabeza.
Se quedaron con ella porque no había más remedio. Decidieron llamarla Rebeca, que de acuerdo
con la carta era el nombre de su madre, porque Aureliano tuvo la paciencia de leer frente a ella
todo el santoral y no logró que reaccionara con ningún nombre. Como en aquel tiempo no había
cementerio en Macondo, pues hasta entonces no había muerto nadie, conservaron la talega con
los huesos en espera de que hubiera un lugar digno para sepultarlas, y durante mucho tiempo
estorbaron por todas partes y se les encontraba donde menos se suponía, siempre con su
cloqueante cacareo de gallina clueca. Pasó mucho tiempo antes de que Rebeca se incorporara a la
vida familiar. Se sentaba en el mecedorcito a chuparse el dedo en el rincón más apartado de la
casa. Nada le llamaba la atención, salvo la música de los relojes, que cada media hora buscaba con
ojos asustados, como si esperara encontrarla en algún lugar del aire.
No lograron que comiera en varios días. Nadie entendía cómo no se había muerto de hambre,
hasta que los indígenas, que se daban cuenta de todo porque recorrían la casa sin cesar con sus
pies sigilosos, descubrieron que a Rebeca sólo le gustaba comer la tierra húmeda del patio y las
tortas de cal que arrancaba de las paredes con las uñas. Era evidente que sus padres, o
quienquiera que la hubiese criado, le habían reprendido por ese hábito, pues lo practicaba a
escondidas y con conciencia de culpa, procurando trasponer las raciones para comerlas cuando
nadie la viera. Desde entonces la sometieron a una vigilancia implacable. Echaban hiel de vaca en
el patio y untaban ají picante en las paredes, creyendo derrotar con esos métodos su vicio
pernicioso, pero ella dio tales muestras de astucia e ingenio para procurarse la tierra, que Úrsula
se vio forzada a emplear recursos más drásticos: ponía jugo de naranja con ruibarbo en una
cazuela que dejaba al sereno toda la noche, y le daba la pócima al día siguiente en ayunas. Aunque
nadie le había dicho que aquél era el remedio específico para el vicio de comer tierra, pensaba que
cualquier sustancia amarga en el estómago vacío tenía que hacer reaccionar al hígado.
Rebeca era tan rebelde y tan fuerte a pesar de su raquitismo, que tenían que barbearla como a un
becerro para que tragara la medicina, y apenas si podían reprimir sus pataletas y soportar los
enrevesados jeroglíficos que ella alternaba con mordiscas y escupitajos, y que según decían las
escandalizadas indígenas eran las obscenidades más gruesas que se podían concebir en su idioma.
Cuando Úrsula lo supo, complementó el tratamiento con correazos. No se estableció nunca si lo
que surtió efecto fue el ruibarbo a las tollinas, o las dos cosas combinadas, pero la verdad es que
en pocas semanas Rebeca empezó a dar muestras de restablecimiento. Participó en los juegos de
Arcadio y Amaranta, que la recibieron coma una hermana mayor, y comió con apetito sirviéndose
bien de los cubiertos. Pronto se reveló que hablaba el castellano con tanta fluidez cama la lengua
de los indios, que tenía una habilidad notable para los oficios manuales y que cantaba el valse de
los relojes con una letra muy graciosa que ella misma había inventado. No tardaron en
considerarla como un miembro más de la familia. Era con Úrsula más afectuosa de lo que nunca lo
fueron sus propios hijos, y llamaba hermanitos a Amaranta y a Arcadio, y tío a Aureliano y abuelito
a José Arcadio Buendía. De modo que terminó por merecer tanto como los otros el nombre de
Rebeca Buendía, el único que tuvo siempre y que llevó can dignidad hasta la muerte.
Una noche, por la época en que Rebeca se curó del vicio de comer tierra y fue llevada a dormir en
el cuarto de los otros niños, la india que dormía con ellos despertó par casualidad y oyó un extraño
ruido intermitente en el rincón. Se incorporó alarmada, creyendo que había entrada un animal en
el cuarto, y entonces vio a Rebeca en el mecedor, chupándose el dedo y con los ojos alumbrados
como los de un gato en la oscuridad.
Pasmada de terror, atribulada por la fatalidad de su destino, Visitación reconoció en esos ojos los
síntomas de la enfermedad cuya amenaza los había obligado, a ella y a su hermano, a desterrarse
para siempre de un reino milenario en el cual eran príncipes. Era la peste del insomnio.
Cataure, el indio, no amaneció en la casa. Su hermana se quedó, porque su corazón fatalista le
indicaba que la dolencia letal había de perseguirla de todos modos hasta el último rincón de la
tierra. Nadie entendió la alarma de Visitación. «Si no volvemos a dormir, mejor -decía José Arcadio
Buendía, de buen humor-. Así nos rendirá más la vida.» Pero la india les explicó que lo más temible
de la enfermedad del insomnio no era la imposibilidad de dormir, pues el cuerpo no sentía
cansancio alguno, sino su inexorable evolución hacia una manifestación más crítica: el olvido.
Quería decir que cuando el enfermo se acostumbraba a su estado de vigilia, empezaban a borrarse
de su memoria los recuerdos de la infancia, luego el nombre y la noción de las cosas, y por último
la identidad de las personas y aun la conciencia del propio ser, hasta hundirse en una especie de
idiotez sin pasado. José Arcadio Buendía, muerto de risa, consideró que se trataba de una de
tantas dolencias inventadas por la superstición de los indígenas. Pero Úrsula, por si acaso, tomó la
precaución de separar a Rebeca de los otros niños.
Al cabo de varias semanas, cuando el terror de Visitación parecía aplacado, José Arcadio Buendía
se encontró una noche dando vueltas en la cama sin poder dormir. Úrsula, que también había
despertado, le preguntó qué le pasaba, y él le contestó: «Estoy pensando otra vez en Prudencio
Aguilar.» No durmieron un minuto, pero al día siguiente se sentían tan descansados que se
olvidaron de la mala noche. Aureliano comentó asombrado a la hora del almuerzo que se sentía
muy bien a pesar de que había pasado toda la noche en el laboratorio dorando un prendedor que
pensaba regalarle a Úrsula el día de su cumpleaños.
No se alarmaran hasta el tercer día, cuando a la hora de acostarse se sintieron sin sueño, y
cayeron en la cuenta de que llevaban más de cincuenta horas sin dormir.
-Los niños también están despiertos -dijo la india con su convicción fatalista-. Una vez que entra en
la casa, nadie escapa a la peste.
Habían contraído, en efecto, la enfermedad del insomnio. Úrsula, que había aprendido de su
madre el valor medicinal de las plantas, preparó e hizo beber a todos un brebaje de acónito, pero
no consiguieran dormir, sino que estuvieron todo el día soñando despiertos. En ese estado de
alucinada lucidez no sólo veían las imágenes de sus propios sueños, sino que los unos veían las
imágenes soñadas por los otros. Era como si la casa se hubiera llenado de visitantes.
Sentada en su mecedor en un rincón de la cocina, Rebeca soñó que un hombre muy parecido a
ella, vestido de lino blanco y con el cuello de la camisa cerrado por un botón de aro, le llevaba una
rama de rosas. Lo acompañaba una mujer de manos delicadas que separó una rosa y se la puso a
la niña en el pelo. Úrsula comprendió que el hombre y la mujer eran los padres de Rebeca, pero
aunque hizo un grande esfuerzo por reconocerlos, confirmó su certidumbre de que nunca los
había visto.
Mientras tanto, por un descuido que José Arcadio Buendía no se perdonó jamás, los animalitos de
caramelo fabricados en la casa seguían siendo vendidos en el pueblo. Niñas y adultos chupaban
encantados los deliciosos gallitos verdes del insomnio, los exquisitos peces rosados del insomnio y
los tiernos caballitos amarillos del insomnio, de modo que el alba del lunes sorprendió despierto a
todo el pueblo.
Al principio nadie se alarmó. Al contrario, se alegraron de no dormir, porque entonces había tanto
que hacer en Macondo que el tiempo apenas alcanzaba. Trabajaron tanto, que pronto no tuvieran
nada más que hacer, y se encontraron a las tres de la madrugada con los brazos cruzados,
contando el número de notas que tenía el valse de los relajes.
Los que querían dormir, no por cansancio, sino por nostalgia de los sueños, recurrieron a toda
clase de métodos agotadores. Se reunían a conversar sin tregua, a repetirse durante horas y horas
los mismos chistes, a complicar hasta los límites de la exasperación el cuento del gallo capón, que
era un juego infinito en que el narrador preguntaba si querían que les contara el cuento del gallo
capón, y cuando contestaban que sí, el narrador decía que no había pedido que dijeran que sí, sino
que si querían que les contara el cuento del gallo capón, y cuando contestaban que no, el narrador
decía que no les había pedida que dijeran que no, sino que si querían que les contara el cuento del
gallo capón, y cuando se quedaban callados el narrador decía que no les había pedido que se
quedaran callados, sino que si querían que les contara el cuento del gallo capón, Y nadie podía
irse, porque el narrador decía que no les había pedido que se fueran, sino que si querían que les
contara el cuento del gallo capón, y así sucesivamente, en un círculo vicioso que se prolongaba por
noches enteras.
Cuando José Arcadio Buendía se dio cuenta de que la peste había invadida el pueblo, reunió a los
jefes de familia para explicarles lo que sabía sobre la enfermedad del insomnio, y se acordaron
medidas para impedir que el flagelo se propagara a otras poblaciones de la ciénaga.
Fue así como se quitaron a los chivos las campanitas que los árabes cambiaban por guacamayas y
se pusieron a la entrada del pueblo a disposición de quienes desatendían los consejos y súplicas de
los centinelas e insistían en visitar la población. Todos los forasteros que por aquel tiempo
recorrían las calles de Macondo tenían que hacer sonar su campanita para que los enfermos
supieran que estaba sano. No se les permitía comer ni beber nada durante su estancia, pues no
había duda de que la enfermedad sólo sé transmitía por la boca, y todas las cosas de comer y de
beber estaban contaminadas de insomnio. En esa forma se mantuvo la peste circunscrita al
perímetro de la población. Tan eficaz fue la cuarentena, que llegó el día en que la situación de
emergencia se tuvo por cosa natural, y se organizó la vida de tal modo que el trabajo recobró su
ritmo y nadie volvió a preocuparse por la inútil costumbre de dormir.
Fue Aureliano quien concibió la fórmula que había de defenderlos durante varios meses de las
evasiones de la memoria. La descubrió por casualidad. Insomne experto, por haber sido uno de los
primeros, había aprendido a la perfección el arte de la platería. Un día estaba buscando el
pequeño yunque que utilizaba para laminar los metales, y no recordó su nombre. Su padre se lo
dijo: «tas». Aureliano escribió el nombre en un papel que pegó con goma en la base del
yunquecito: tas. Así estuvo seguro de no olvidarlo en el futuro. No se le ocurrió que fuera aquella
la primera manifestación del olvido, porque el objeto tenía un nombre difícil de recordar. Pero
pocos días después descubrió que tenía dificultades para recordar casi todas las cosas del
laboratorio. Entonces las marcó con el nombre respectivo, de modo que le bastaba con leer la
inscripción para identificarlas.
Cuando su padre le comunicó su alarma por haber olvidado hasta los hechos más impresionantes
de su niñez, Aureliano le explicó su método, y José Arcadio Buendía lo puso en práctica en toda la
casa y más tarde la impuso a todo el pueblo. Con un hisopo entintado marcó cada cosa con su
nombre: mesa, silla, reloj, puerta, pared, cama, cacerola. Fue al corral y marcó los animales y las
plantas: vaca, chivo, puerca, gallina, yuca, malanga, guineo. Poco a poca, estudiando las infinitas
posibilidades del olvido, se dio cuenta de que podía llegar un día en que se reconocieran las cosas
por sus inscripciones, pero no se recordara su utilidad. Entonces fue más explícito. El letrero que
colgó en la cerviz de la vaca era una muestra ejemplar de la forma en que los habitantes de
Macondo estaban dispuestos a luchar contra el olvido: “Ésta es la vaca, hay que ordeñarla todas
las mañanas para que produzca leche y a la leche hay que hervirla para mezclarla con el café y
hacer café con leche”.
Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las
palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita.
En la entrada del camino de la ciénaga se había puesto un anuncio que decía Macondo y otro más
grande en la calle central que decía Dios existe. En todas las casas se habían escrita claves para
memorizar los objetos y los sentimientos. Pero el sistema exigía tanta vigilancia y tanta fortaleza
moral, que muchos sucumbieron al hechizo de una realidad imaginaria, inventada por ellos
mismos, que les resultaba menos práctica pero más reconfortante.
Pilar Ternera fue quien más contribuyó a popularizar esa mistificación, cuando concibió el artificio
de leer el pasado en las barajas como antes había leído el futuro. Mediante ese recurso, los
insomnes empezaron a vivir en un mundo construido por las alternativas inciertas de los naipes,
donde el padre se recordaba apenas como el hombre moreno que había llegado a principios de
abril y la madre se recordaba apenas como la mujer trigueña que usaba un anillo de oro en la
mano izquierda, y donde una fecha de nacimiento quedaba reducida al último martes en que
cantó la alondra en el laurel.
Derrotado por aquellas prácticas de consolación, José Arcadio Buendía decidió entonces construir
la máquina de la memoria que una vez había deseado para acordarse de los maravillosos inventos
de los gitanos. El artefacto se fundaba en la posibilidad de repasar todas las mañanas, y desde el
principio hasta el fin, la totalidad de los conocimientos adquiridos en la vida. Lo imaginaba como
un diccionario giratorio que un individuo situado en el eje pudiera operar mediante una manivela,
de modo que en pocas horas pasaran frente a sus ojos las naciones más necesarias para vivir.
Había logrado escribir cerca de catorce mil fichas, cuando apareció por el camino de la ciénaga un
anciano estrafalario con la campanita triste de los durmientes, cargando una maleta ventruda
amarrada con cuerdas y un carrito cubierto de trapos negros. Fue directamente a la casa de José
Arcadio Buendía.
Visitación no lo conoció al abrirle la puerta, y pensó que llevaba el propósito de vender algo,
ignorante de que nada podía venderse en un pueblo que se hundía sin remedio en el tremedal del
olvido. Era un hombre decrépito. Aunque su voz estaba también cuarteada por la incertidumbre y
sus manos parecían dudar de la existencia de las cosas, era evidente que venían del mundo donde
todavía los hombres podían dormir y recordar.
José Arcadio Buendía lo encontró sentado en la sala, abanicándose con un remendado sombrero
negro, mientras leía con atención compasiva los letreros pegados en las paredes. Lo saludó con
amplias muestras de afecto, temiendo haberlo conocido en otro tiempo y ahora no recordarlo.
Pero el visitante advirtió su falsedad. Se sintió olvidado, no con el olvido remediable del corazón,
sino con otro olvido más cruel e irrevocable que él conocía muy bien, porque era el olvido de la
muerte. Entonces comprendió. Abrió la maleta atiborrada de objetos indescifrables, y de entre
ellos sacó un maletín con muchos frascos. Le dio a beber a José Arcadio Buendía una sustancia de
color apacible, y la luz se hizo en su memoria. Los ojos se le humedecieron de llanto, antes de
verse a sí mismo en una sala absurda donde los objetas estaban marcados, y antes de
avergonzarse de las solemnes tonterías escritas en las paredes, y aun antes de reconocer al recién
llegado en un deslumbrante resplandor de alegría. Era Melquíades.
Mientras Macondo celebraba la reconquista de los recuerdos, José Arcadio Buendía y Melquíades
le sacudieron el polvo a su vieja amistad. El gitano iba dispuesto a quedarse en el pueblo. Había
estado en la muerte, en efecto, pero había regresado porque no pudo soportar la soledad.
Repudiado por su tribu, desprovisto de toda facultad sobrenatural como castigo por su fidelidad a
la vida, decidió refugiarse en aquel rincón del mundo todavía no descubierto por la muerte,
dedicado a la explotación de un laboratorio de daguerrotipia. José Arcadio Buendía no había oído
hablar nunca de ese invento. Pero cuando se vio a sí mismo y a toda su familia plasmados en una
edad eterna sobre una lámina de metal tornasol, se quedó mudo de estupor.
De esa época databa el oxidado daguerrotipo en el que apareció José Arcadio Buendía con el pelo
erizada y ceniciento, el acartonada cuello de la camisa prendido con un botón de cobre, y una
expresión de solemnidad asombrada, y que Úrsula describía muerta de risa como «un general
asustado. En verdad, José Arcadio Buendía estaba asustado la diáfana mañana de diciembre en
que le hicieron el daguerrotipo, porque pensaba que la gente se iba gastando poco a poco a
medida que su imagen pasaba a las placas metálicas.
Por una curiosa inversión de la costumbre, fue Úrsula quien le sacó aquella idea de la cabeza,
como fue también ella quien olvidó sus antiguos resquemores y decidió que Melquíades se
quedara viviendo en la casa, aunque nunca permitió que le hicieran un daguerrotipo porque
(según sus propias palabras textuales) no quería quedar para burla de sus nietos. Aquella mañana
vistió a los niños con sus ropas mejores, les empolvó la cara y les dio una cucharada de jarabe de
tuétano a cada uno para que pudieran permanecer absolutamente inmóviles durante casi dos
minutos frente a la aparatosa cámara de Melquíades.