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Modernismo

El documento presenta información sobre el modernismo literario en Hispanoamérica, incluyendo sus principales características y exponentes más importantes como José Martí, Rubén Darío y Manuel Gutiérrez Nájera. Se desarrolló a finales del siglo XIX e inicios del XX como una rebelión ante la crisis artística y moral previa, caracterizándose por el rechazo a la realidad cotidiana y la búsqueda de la belleza a través de la perfección formal y el uso de elementos clásicos.

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Modernismo

El documento presenta información sobre el modernismo literario en Hispanoamérica, incluyendo sus principales características y exponentes más importantes como José Martí, Rubén Darío y Manuel Gutiérrez Nájera. Se desarrolló a finales del siglo XIX e inicios del XX como una rebelión ante la crisis artística y moral previa, caracterizándose por el rechazo a la realidad cotidiana y la búsqueda de la belleza a través de la perfección formal y el uso de elementos clásicos.

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Modernismo

Exponentes

José Martí

Leopoldo Lugones

Manuel Gutiérrez Nájera

Rubén Darío

Julian del Casal

José Asunción Silva

Principales características y autores del modernismo literario

se desarrolló durante los últimos años del siglo XIX y los primeros del XX,
aproximadamente hasta 1920, en la literatura en lengua castellana pero, fundamentalmente,
en la poesía. Surgió como una suerte de rebeldía ante la crisis artística y moral previa y se
constituye como heredera del postromanticismo.

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Principales características y autores del modernismo literario

el modernismo se basa en el rechazo a la realidad cotidiana y a todo aquello mundano o


"poco elevado". Con su obra, el poeta pretende escapar de su tiempo o de su espacio,
evocando épocas mejores y paisajes exóticos e ideales. Esta actitud, lejana a la
preocupación por lo social y por narrar lo que uno vive, que imperará en la literatura
iberoamericana durante el siglo XX, otorga a los poemas modernistas un tono aristócrata y
urbanita.

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Principales características y autores del modernismo literario

La búsqueda de la belleza a través de la palabra también es una de las características


principales del modernismo, así como la perfección formal. Lo precioso, muchas veces
evocado a través de elementos clásicos o mitológicos, es la máxima aspiración de un poema
modernista.

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Principales características y autores del modernismo literario

vocación de los poetas modernistas de alcanzar la belleza, al margen del contexto en el que
viven, se representa mediante la "torre de marfil". Metafóricamente, estos poetas vivían en
una inmensa y bella torre, alejada del mundanal ruido, que les permitía dedicarse a alcanzar
la máxima belleza con su arte.

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TRADICIÓN Y TRADUCCIÓN EN EL MODERNISMO HISPANOAMERICANO

Analía Costa

1611 Revista de Historia de la Traducción. Issue 5.

La modernización literaria impactó en las producciones líricas y en la discursividad de la


época e impulsó lazos reales, vínculos concretos, entre diferentes actores de la vida literaria
y cultural latinoamericana. Esta modernización —que trajo aparejada una mayor fluencia
en las comunicaciones y una alta receptividad por parte de los escritores de las novedades
literarias sobre todo europeas— fue la que posibilitó un movimiento hegemónico en toda
América Latina como fue el Modernismo, caracterizado por el afán de novedad, las
sucesivas incorporaciones de modelos externos tendientes a enriquecer los paradigmas
retórico-poéticos en vigencia y las sucesivas respuestas internas a estas incorporaciones, las
que generaron, además, importantes debates y polémicas sobre el sistema de valores
culturales consolidado en América Latina, proyectándose en lo que Ángel Rama señaló
como «un comportamiento que desborda los rasgos del período, para representar una norma
cultural latinoamericana».

Tomado de:
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Sinfonía en gris mayor


Rubén Darío

El mar como un vasto cristal azogado


refleja la lámina de un cielo de zinc;
lejanas bandadas de pájaros manchan
el fondo bruñido de pálido gris.
El sol como un vidrio redondo y opaco
con paso de enfermo camina al cenit;
el viento marino descansa en la sombra
teniendo de almohada su negro clarín.
Las ondas que mueven su vientre de plomo
debajo del muelle parecen gemir.
Sentado en un cable, fumando su pipa,
está un marinero pensando en las playas
de un vago, lejano, brumoso país.
Es viejo ese lobo. Tostaron su cara
los rayos de fuego del sol del Brasil;
los recios tifones del mar de la China
le han visto bebiendo su frasco de gin.
La espuma impregnada de yodo y salitre
ha tiempo conoce su roja nariz,
sus crespos cabellos, sus bíceps de atleta,
su gorra de lona, su blusa de dril.
En medio del humo que forma el tabaco
ve el viejo el lejano, brumoso país,
adonde una tarde caliente y dorada
tendidas las velas partió el bergantín…
La siesta del trópico. El lobo se aduerme.
Ya todo lo envuelve la gama del gris.
Parece que un suave y enorme esfumino
del curvo horizonte borrara el confín.
La siesta del trópico. La vieja cigarra
ensaya su ronca guitarra senil,
y el grillo preludia un solo monótono
en la única cuerda que está en su violín.

Manuel Acuña

Nocturno a Rosario

¡Pues bien! yo necesito


decirte que te adoro
decirte que te quiero
con todo el corazón;
que es mucho lo que sufro,
que es mucho lo que lloro,
que ya no puedo tanto
al grito que te imploro,
te imploro y te hablo en nombre
de mi última ilusión.

II

Yo quiero que tu sepas


que ya hace muchos días
estoy enfermo y pálido
de tanto no dormir;
que ya se han muerto todas
las esperanzas mías,
que están mis noches negras,
tan negras y sombrías,
que ya no sé ni dónde
se alzaba el porvenir.

III

De noche, cuando pongo


mis sienes en la almohada
y hacia otro mundo quiero
mi espíritu volver,
camino mucho, mucho,
y al fin de la jornada
las formas de mi madre
se pierden en la nada
y tú de nuevo vuelves
en mi alma a aparecer.

IV

Comprendo que tus besos


jamás han de ser míos,
comprendo que en tus ojos
no me he de ver jamás,
y te amo y en mis locos
y ardientes desvaríos
bendigo tus desdenes,
adoro tus desvíos,
y en vez de amarte menos
te quiero mucho más.

A veces pienso en darte


mi eterna despedida,
borrarte en mis recuerdos
y hundirte en mi pasión
mas si es en vano todo
y el alma no te olvida,
¿Qué quieres tú que yo haga,
pedazo de mi vida?
¿Qué quieres tu que yo haga
con este corazón?

VI

Y luego que ya estaba


concluído tu santuario,
tu lámpara encendida,
tu velo en el altar;
el sol de la mañana
detrás del campanario,
chispeando las antorchas,
humeando el incensario,
y abierta alla a lo lejos
la puerta del hogar...
VII

¡Qué hermoso hubiera sido


vivir bajo aquel techo,
los dos unidos siempre
y amándonos los dos;
tú siempre enamorada,
yo siempre satisfecho,
los dos una sola alma,
los dos un solo pecho,
y en medio de nosotros
mi madre como un Dios!

VIII

¡Figúrate qué hermosas


las horas de esa vida!
¡Qué dulce y bello el viaje
por una tierra así!
Y yo soñaba en eso,
mi santa prometida;
y al delirar en ello
con alma estremecida,
pensaba yo en ser bueno
por tí, no mas por ti.

IX

¡Bien sabe Dios que ese era


mi mas hermoso sueño,
mi afán y mi esperanza,
mi dicha y mi placer;
bien sabe Dios que en nada
cifraba yo mi empeño,
sino en amarte mucho
bajo el hogar risueño
que me envolvió en sus besos
cuando me vio nacer!

Esa era mi esperanza...


mas ya que a sus fulgores
se opone el hondo abismo
que existe entre los dos,
¡Adiós por la vez última,
amor de mis amores;
la luz de mis tinieblas,
la esencia de mis flores;
mi lira de poeta,
mi juventud, adiós!

Rubén Darío

Walt Whitman

En su país de hierro vive el gran viejo,


bello como un patriarca, sereno y santo.
Tiene en la arruga olímpica de su entrecejo
algo que impera y vence con noble encanto.

Su alma del infinito parece espejo;


son sus cansados hombros dignos del manto;
y con arpa labrada de un roble añejo
como un profeta nuevo canta su canto.

Sacerdote, que alienta soplo divino,


anuncia en el futuro, tiempo mejor.
Dice el águila: «¡Vuela!», «¡Boga!», al marino,

y «¡Trabaja!», al robusto trabajador.


¡Así va ese poeta por su camino
con su soberbio rostro de emperador!
Canción de Otoño en Primavera

Juventud, divino tesoro,


¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Plural ha sido la celeste


historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y de aflicción.

Miraba como el alba pura;


sonreía como una flor.
Era su cabellera obscura
hecha de noche y de dolor.

Yo era tímido como un niño.


Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé...

Juventud, divino tesoro,


¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Y más consoladora y más


halagadora y expresiva,
la otra fue más sensitiva
cual no pensé encontrar jamás.

Pues a su continua ternura


una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía...

En sus brazos tomó mi ensueño


y lo arrulló como a un bebé...
Y te mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe...

Juventud, divino tesoro,


¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
Otra juzgó que era mi boca
el estuche de su pasión;
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón.

Poniendo en un amor de exceso


la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;

y de nuestra carne ligera


imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también...

Juventud, divino tesoro,


¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.

¡Y las demás! En tantos climas,


en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas
fantasmas de mi corazón.

En vano busqué a la princesa


que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!

Mas a pesar del tiempo terco,


mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín...

Juventud, divino tesoro,


¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...
¡Mas es mía el Alba de oro!
Venus

En la tranquila noche, mis nostalgias amargas sufría.


En busca de quietud bajé al fresco y callado jardín.
En el obscuro cielo Venus bella temblando lucía,
como incrustado en ébano un dorado y divino jazmín.

A mi alma enamorada, una reina oriental parecía,


que esperaba a su amante bajo el techo de su camarín,
o que, llevada en hombros, la profunda extensión recorría,
triunfante y luminosa, recostada sobre un palanquín.

«¡Oh, reina rubia! ?díjele?, mi alma quiere dejar su crisálida


y volar hacia ti, y tus labios de fuego besar;
y flotar en el nimbo que derrama en tu frente luz pálida,

y en siderales éxtasis no dejarte un momento de amar».


El aire de la noche refrescaba la atmósfera cálida.
Venus, desde el abismo, me miraba con triste mirar.

Manuel Gutiérrez Nájera

La Duquesa Job

(1884)

En dulce charla de sobremesa,


mientras devoro fresa tras fresa,
y abajo ronca tu perro Bob,
te haré el retrato de la duquesa
que adora a veces al duque Job.

No es la condesa de Villasana
caricatura, ni la poblana
de enagua roja, que Prieto amó;
no es la criadita de pies nudosos,
ni la que sueña con los gomosos
y con los gallos de Micoló.

Mi duquesita, la que me adora,


no tiene humos de gran señora:
es la griseta de Paul de Kock.
No baila Boston, y desconoce
de las carreras el alto goce
y los placeres del five o'clock.
Pero ni el sueño de algún poeta,
ni los querubes que vio Jacob,
fueron tan bellos cual la coqueta
de ojitos verdes, rubia griseta,
que adora a veces el duque Job.

Si pisa alfombras, no es en su casa;


si por Plateros alegre pasa
y la saluda madam Marnat,
no es, sin disputa, porque la vista,
sí porque a casa de otra modista
desde temprano rápida va.

No tiene alhajas mi duquesita,


pero es tan guapa, y es tan bonita,
y tiene un perro tan v'lan, tan pschutt;
de tal manera trasciende a Francia,
que no la igualan en elegancia
ni las clientes de Hélene Kossut.

Desde las puertas de la Sorpresa


hasta la esquina del Jockey Club,
no hay española, yanqui o francesa,
ni más bonita ni más traviesa
que la duquesa del duque Job.

¡Cómo resuena su taconeo


en las baldosas! ¡Con qué meneo
luce su talle de tentación!
¡Con qué airecito de aristocracia
mira a los hombres, y con qué gracia
frunce los labios —¡Mimí Pinsón!

Si alguien la alcanza, si la requiebra,


ella, ligera como una cebra,
sigue camino del almacén;
pero, ¡ay del tuno si alarga el brazo!
¡Nadie se salva del sombrillazo
que le descarga sobre la sien!

¡No hay en el mundo mujer más linda!


Pie de andaluza, boca de guinda,
sprint rociado de Veuve Clicquot,
talle de avispa, cutis de ala,
ojos traviesos de colegiala
como los ojos de Louise Theo.
Ágil, nerviosa, blanca, delgada,
media de seda bien restirada,
gola de encaje, corsé de crac,
nariz pequeña, garbosa, cuca,
y palpitantes sobre la nuca
rizos tan rubios como el coñac.

Sus ojos verdes bailan el tango;


nada hay más bello que el arremango
provocativo de su nariz.
Por ser tan joven y tan bonita,
cual mi sedosa, blanca gatita,
diera sus pajes la emperatriz.

¡Ah! Tú no has visto cuando se peina,


sobre sus hombros de rosa reina
caer los rizos en profusión.
Tú no has oído que alegre canta,
mientras sus brazos y su garganta
de fresca espuma cubre el jabón.

Y los domingos, ¡con qué alegría!,


oye en su lecho bullir el día
¡y hasta las nueve quieta se está!
¡Cuál se acurruca la perezosa
bajo la colcha color de rosa,
mientras a misa la criada va!

La breve cofia de blanco encaje


cubre sus rizos, el limpio traje
aguarda encima del canapé.
Altas, lustrosas y pequeñitas,
sus puntas muestran las dos botitas,
abandonadas del catre al pie,

Después, ligera, del lecho brinca,


¡oh quién la viera cuando se hinca
blanca y esbelta sobre el colchón!
¿Qué valen junto de tanta gracia
las niñas ricas, la aristocracia,
ni mis amigas del cotillón?

Toco; se viste; me abre; almorzamos;


con apetito los dos tomamos
un par de huevos y un buen beefsteak,
media botella de rico vino,
y en coche, juntos, vamos camino
del pintoresco Chapultepec.

Desde las puertas de la Sorpresa


hasta la esquina del Jockey Club,
no hay española, yanqui o francesa,
ni más bonita ni más traviesa
que la duquesa del duque Job.

Oda a la desnudez

Leopoldo Lugones

¡Qué hermosas las mujeres de mis noches!


En sus carnes, que el látigo flagela,
pongo mi beso adolescente y torpe,
como el rocío de las noches negras
que restaña las llagas de las flores.

Pan dice los maitines de la vida


en su rústico pífano de roble,
y Canidia compone en su redoma
los filtros del pecado, con el polen
de rosas ultrajadas, con el zumo
de fogosas cantáridas. El cobre
de un címbalo repica en las tinieblas,
reencarnan en sus mármoles los dioses,
y las pálidas nupcias de la fiebre
florecen como crímenes; la noche,
su negra desnudez de virgen cafre
enseña engalanada de fulgores
de estrellas, que acribillan como heridas
su enorme cuerpo tenebroso. Rompe
el seno de una nube y aparece
crisálida de plata, sobre el bosque,
la media luna, como blanca uña,
apuñaleando un seno; y en la torre
donde brilla un científico astrolabio,
con su mano hierática, está un monje
moliendo junto al fuego la divina
pirita azul en su almirez de bronce.

Surgida de los velos aparece

(ensueño astral) mi pálida consorte,


temblando en su emoción como un sollozo,
rosada por el ansia de los goces
como divina brasa de incensario.
Y los besos estallan como golpes.
Y el rocío que baña sus cabellos
moja mi beso adolescente y torpe;
y gimiendo de amor bajo las torvas
virilidades de mi barba, sobre
las violetas que la ungen, exprimiendo
su sangre azul en sus cabellos nobles,
palidece de amor como una grande
azucena desnuda ante la noche.

¡Ah! muerde con tus dientes luminosos,


muerde en el corazón las prohibidas
manzanas del Edén; dame tus pechos,
cálices del ritual de nuestra misa
de amor; dame tus uñas, dagas de oro,
para sufrir tu posesión maldita;
el agua de sus lágrimas culpables;
tu beso en cuyo fondo hay una espina.
Mira la desnudez de las estrellas;
la noble desnudez de las bravías
panteras de Nepal, la carne pura
de los recién nacidos; tu divina
desnudez que da luz como una lámpara
de ópalo, y cuyas vírgenes primicias
disputaré al gusano que te busca,
para morderte con su helada encía
el panal perfumado de tu lengua,
tu boca, con frescuras de piscina.
Que mis brazos rodeen tu cintura
como dos llamas pálidas, unidas
alrededor de una ánfora de plata
en el incendio de una iglesia antigua.
Que debajo mis párpados vigilen
la sombra de tus sueños mis pupilas
cual dos fieras leonas de basalto
en los portales de una sala egipcia.
Quiero que ciña una corona de oro
tu corazón, y que en tu frente lilia
caigan mis besos como muchas rosas,
y que brille tu frente de Sibila
en la gloria cirial de los altares,
como una hostia de sagrada harina;
y que triunfes, desnuda como una hostia,
en la pascua ideal de mis delicias.
¡Entrégate! La noche bajo su amplia
cabellera flotante nos cobija.
Yo pulsaré tu cuerpo, y en la noche
tu cuerpo pecador será una lira.

sintaxis
nombre femenino
1. 1.
Disciplina lingüística que estudia el orden y la relación de las palabras o sintagmas en la
oración, así como las funciones que cumplen.
"las reglas de la sintaxis; (fig) Chaplin estableció una suerte de sintaxis general de los
cuerpos"
2. 2.
Modo de combinarse y ordenarse las palabras y las expresiones dentro del discurso.
"una sintaxis muy oficial; la sintaxis del ruso"

claridad
nombre femenino

1.
Sinceridad o franqueza al hablar.
"pienso hablarle con claridad y decirle que me parece un hombre muy aburrido"

objetividad
nombre femenino
Cualidad de objetivo.
"la objetividad de un juez; la objetividad de una información periodística; la objetividad
científica"
sinónimos: objetivismo
antónimos: subjetividad, subjetivismo

Definición de lenguaje figurado.

El lenguaje figurado es aquel por el cual una palabra expresa una idea en términos de otra,
apelando a una semejanza que puede ser real o imaginaria. Ellenguaje figurado se opone
al lenguaje literal, que supone que las palabras tienen el sentido que define su significado
exacto.

Las figuras literarias


También conocidas como figuras retóricas, son formas no convencionales de emplear las
palabras para dotarlas de expresividad, vivacidad o belleza, con el objeto de
sorprender, emocionar, sugerir o persuadir.
Las figuras literarias son típicas del discurso literario y de sus distintos géneros (poesía,
narrativa, ensayo, drama), en los cuales el lenguaje es un fin en sí mismo (función poética
del lenguaje), y es transformado para potenciar sus posibilidades expresivas.
No obstante, las figuras literarias no son exclusivas de la literatura, sino que también
pueden ocurrir en nuestro lenguaje coloquial, incluso algunas están ya asimiladas a este, en
ciertas expresiones o giros.

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