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Ibsen: Raíces del Teatro Moderno

El documento resume la trayectoria de Henrik Ibsen como dramaturgo, desde sus inicios en el romanticismo hasta convertirse en el padre del teatro moderno con obras como Casa de muñecas y Hedda Gabler. Estas obras causaron gran escándalo por poner en entredicho la institución de la familia y retratar a mujeres independientes que eligen su propio destino, ideas revolucionarias para la época. Hoy en día estas obras y personajes femeninos siguen siendo muy influyentes y debatidos.

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Ibsen: Raíces del Teatro Moderno

El documento resume la trayectoria de Henrik Ibsen como dramaturgo, desde sus inicios en el romanticismo hasta convertirse en el padre del teatro moderno con obras como Casa de muñecas y Hedda Gabler. Estas obras causaron gran escándalo por poner en entredicho la institución de la familia y retratar a mujeres independientes que eligen su propio destino, ideas revolucionarias para la época. Hoy en día estas obras y personajes femeninos siguen siendo muy influyentes y debatidos.

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Las raíces directas del teatro actual

se encuentran en la obra de Henrik


Ibsen (1828-1906), quien no sólo
puso los cimientos de la escena
moderna, sino que dio expresión a
muchos de los problemas del mundo
contemporáneo. El tema constante a
lo largo de su teatro —la mujer
como ser capaz de elegir libremente
— llega a su cima en la Nora de
Casa de muñecas y en la
protagonista de Hedda Gabler. Si la
primera fue causa del mayor
escándalo en la historia del teatro
occidental, la segunda ofrece el
retrato de una compleja psicología
femenina encarnada en su
protagonista, una mujer capaz de
sacrificar todo en aras de su
independencia.
Henrik Ibsen

Casa de
muñecas &
Hedda Gabler
ePub r1.2
Oxobuco 05.09.14
Casa de muñecas
Título original: Dukkehjem
Henrik Ibsen, 1879
Traducción: Alberto Adell

Hedda Gabler
Título original: Hedda Gabler
Henrik Ibsen, 1890
Traducción: Alberto Adell

Editor digital: Oxobuco


Corrección de erratas: romantug
ePub base r1.1
Prólogo

En estos últimos decenios de nuestro


siglo se viene cumpliendo el primer
centenario de uno de los mayores
escándalos en la historia de la literatura
occidental: el estreno, entre 1880 y
1890, de varios dramas de Henrik Ibsen.
Escándalo literario en cuanto que era
literario el medio por el que se
producía: el teatro; pero las razones de
la hostilidad fueron ideológicas,
sociales, políticas. La sociedad
occidental de 1880 se vio amenazada en
su raíz, su célula esencial: en la familia.
En 1879 Casa de muñecas ponía en
entredicho el prestigio de la familia,
fundamento de aquella sociedad y base
sobre la que se levantaba el
ordenamiento jurídico tradicional y sus
consecuencias económicas, sociales y
morales, con el predominio del esposo
como representante en el ámbito
doméstico de la infalible autoridad
divina. La polémica fue aún más furiosa
debido a la inconfesada sospecha de que
lo que se mostraba en escena era, o
podía ser, verdad; nada hay que
enfurezca más que la verdad. En ningún
momento defendió Ibsen, por ejemplo, el
adulterio, la gran obsesión de la
literatura burguesa, el tema constante del
teatro de bulevar, desde el drama a la
farsa. La ofensa de Ibsen consistió en
mostrar la verdad, o la posibilidad de la
verdad —o su sierva, la realidad—
frente al sacrosanto edificio construido
por la tradición, las convenciones y los
intereses sociales. Todo el teatro de
Ibsen se funda en dos principios: la
verdad y la libertad, «las verdaderas
columnas de la sociedad», palabras con
las que da fin la obra así titulada.
Los dos dramas incluidos aquí, Casa
de muñecas y Hedda Gabler, fueron
recibidos tempestuosamente por el
público y la crítica. En el caso del
segundo —la historia de la orgullosa
hija del general Gabler— se trataba del
desconcierto del público ante lo que
podría interpretarse como justificación,
y hasta exculpación, de los actos en
verdad poco escrupulosos moralmente
de la protagonista y su huida final al
castigo, ya que su fin significa en cierto
modo una victoria de la fidelidad a sí
misma del personaje, otra de las
preocupaciones centrales del
dramaturgo. Hoy, al cabo de un siglo,
los problemas planteados en estos
dramas siguen apasionando y de ninguna
forma pueden considerarse resueltos,
pero las batallas que se han venido
luchando en estas trincheras han hecho
olvidar el escándalo inicial. Nora
Helmer y Hedda Gabler se han
incorporado a la galería de figuras de la
cultura occidental, junto a Ana Karenina
o Emma Bovary; han alcanzado como
éstas la condición de prototipos y nadie
se pregunta hoy, como se hizo
insistentemente hace un siglo, si Nora
volvería al hogar (pregunta a la que
Ibsen contestó rotundamente con la única
respuesta posible: «Yo qué sé») ni se
extraña de la conducta de Hedda Gabler,
como no se discuten las acciones de
Medea o de Fedra. Durante estos cien
años, las más grandes actrices de la
escena internacional, desde les monstres
sacrés de comienzos de siglo —Réjane,
Mrs. Patrick Campbell, Eleonora Duse
— hasta llegar a Ingrid Bergman, Peggy
Ashcroft, Claire Bloom o Maggie Smith,
han interpretado estos dos «grandes
papeles» por excelencia, tan ricos en
emoción, en golpes teatrales, en
parlamentos y situaciones con los que es
posible expresar toda la gama de las
emociones de la mujer.
Estos personajes femeninos ocupan
sin duda un destacado lugar en la larga
familia ibseniana. Pero estas mujeres
apasionantes, de mayor interés que los
hombres que las rodean, no nacen por
casualidad, sino que son el fruto de una
lenta evolución del espíritu y del arte
del dramaturgo. Nora Helmer, la
primera de ellas, sale a escena en 1879,
cuando el autor tiene cincuenta y un años
y una larga y brillante carrera de
creación literaria detrás. Henrik Ibsen
nace el mismo año que León Tolstoi,
1828, y gran parte de su obra inicial se
inscribe en un período que tanto podría
calificarse de posromántico como de
segundo romanticismo —después de
todo, es ocho años mayor que nuestro
Bécquer—. Los mediados del siglo XIX,
especialmente en la Europa germánica y
nórdica, siguen las consecuencias
inmediatas de la revolución romántica;
el gran designio del Romanticismo
germánico es elevar un universo mítico
propio frente al prestigio del mundo
mitológico y cultural que el
Mediterráneo había venido gozando con
exagerada exclusividad desde el
Renacimiento. No sólo en el Mediodía
nacen los dioses. Desde la recuperación
de Ossian y los bardos gaélicos a finales
del XVIII, siguen en oleadas la
renovación y restauración de las sagas
islandesas, del Kalevala finés, hasta la
resurrección del Olimpo germánico que,
como nuevo Homero, sueña Ricardo
Wagner. Gran parte de la obra dramática
inicial de Ibsen corresponde a este
estilo de restauración histórica y, a la
vez, afirmación nacionalista, con dramas
en verso inspirados en la vieja historia
noruega, un mundo de reyes vikingos que
en su guardarropía historicista puede
hacer recordar hasta cierto punto el
drama wagneriano. Gran parte, pero no
toda su producción, se inspira en estos
temas; dos figuras históricas de
tradición clásica llaman su atención:
Catilina, en su primer drama de 1850, y
el emperador Juliano, protagonista del
extenso friso dramático Emperador y
galileo, de 1864. De esta etapa
posromántica, el dramaturgo evoluciona
hacia un estilo mucho más complejo; de
no haberse producido tal evolución, de
haberse mantenido repitiendo el estilo
anterior, Ibsen no pasaría de ser un
notable dramaturgo de ámbito local. La
próxima etapa la constituyen dos
extraordinarios poemas: Brand y Peer
Gynt —poemas dialogados para ser
leídos, por más que ambos, en especial
el segundo, suelan representarse—. Éste
es el Ibsen al que, con involuntario
endecasílabo, calificaría Rubén Darío
de «¡Enorme visionario de la nieve!».
En el mundo inicial, y no tan inicial,
de Ibsen, la mujer responde al patrón
romántico de una figura idealizada. Es la
esposa, la amante, la madre, la
valquiria, la compañera del guerrero;
necesaria y fructífera, como la tierra —
necesaria, por servir de apoyo para que
el varón actúe—. «Amar, sacrificarlo
todo y ser olvidada, ésa fue mi historia»,
dice Ingebjorg en Los pretendientes a la
corona, su segundo drama. No es hasta
casi veinte años después, en La unión
de la juventud, de 1869, cuando se oye
el primer grito de rebeldía femenina:
Selma, la joven esposa que se niega a
compartir la ruina de su marido, a quien
su padre se resiste a ayudar
económicamente, exclama: «¡Qué mal
me habéis tratado! ¡Qué indignos habéis
sido todos! Siempre recibí, sin dar
nunca. He sido la mendiga entre
vosotros… Me habéis vestido como a
una muñeca; habéis jugado conmigo
como se juega con un niño». Frases que
anticipan, casi exactamente, las
protestas de Nora en el tercer acto de
Casa de muñecas.
Ibsen abandonó Noruega, en
compañía de su mujer y su hijo, en 1864,
para no regresar definitivamente hasta
veintisiete años después, al final de su
carrera, en 1891. Fue, por lo tanto,
durante este largo y voluntario exilio,
parte en Italia, parte en Alemania,
cuando escribió su obra de madurez.
Casa de muñecas acabó de redactarse
en 1879 en Amalfi. Acerca de una obra
que armó tal revuelo y cuyas intenciones
fueron tan discutidas, conviene citar el
propósito del dramaturgo, expresado
con toda claridad en el esquema
siguiente, texto revelador incluso en el
título, que indica su intención de escribir
una «tragedia actual»:

Notas para la tragedia actual


Roma, 19-10-1878
Existen dos tipos de código moral, dos
tipos de conciencia, uno en el hombre y
otro completamente diferente en la
mujer. No se entienden entre sí; pero la
mujer es juzgada en la vida práctica
según la ley del hombre, como si no
fuera una mujer, sino un varón.
La esposa en el drama no sabe a qué
atenerse sobre lo que es justo o injusto;
el sentimiento natural por un lado y la
confianza en la autoridad por otro, la
dejan en total confusión.
Una mujer no puede ser
auténticamente ella misma en la
sociedad actual, que es una sociedad
exclusivamente masculina, con leyes
escritas por los hombres, con fiscales y
jueces que condenan la conducta de la
mujer desde un punto de vista
masculino.
Ha cometido un error, que constituye
su orgullo; porque lo ha hecho por amor
hacia su marido, para salvar su vida.
Pero este hombre se atiene a la
honorabilidad corriente según el código
y juzga el asunto desde el punto de vista
masculino.
Conflicto moral. Agobiada y confusa
bajo el respeto a la autoridad, pierde la
confianza en su razón moral y su
capacidad para educar a sus hijos.
Amargura. Una madre en la sociedad
actual [puede] como ciertos insectos
morir cuando ha cumplido su misión de
propagar la especie. Amor a la vida, al
hogar, al marido y los hijos y la familia.
Intermitente agitación femenina de
pensamientos. Súbita angustia y espanto
periódicos. Todo ha de ser soportado a
solas. La catástrofe se aproxima
inexorable, inevitablemente.
Desesperación, lucha y destrucción.

La intención general del drama se


encontraba ya claramente perfilada en la
mente de Ibsen; su aplicación a una
anécdota particular, a un argumento, se
la ofreció la historia personal de Laura
Kieler, joven escritora noruega muy
influida por Ibsen, hasta el punto de
escribir una continuación de Brand. Esto
la atrajo al círculo familiar de los Ibsen,
residentes entonces en Dresde, en
términos de intimidad. Poco después, en
1873, la «alondra», como la llamaba
Ibsen, contrajo matrimonio. Al cabo de
un tiempo, el marido enfermó de
tuberculosis y, a partir de entonces, la
historia de Laura anticipa, casi paso a
paso, la de la futura Nora. El viaje al
sur, en busca de la salud, la resistencia
de Laura a pedir la ayuda paterna, su
utilización de un préstamo bancario, a
espaldas del marido, al que hizo creer
que era el producto de su labor literaria
lo que subvencionaba los gastos —todo
anticipa el argumento del drama futuro,
hasta en el detalle de la curación del
enfermo y el regreso de la familia—.
Cuando Laura, cada vez más enredada
en la madeja de deudas, solicitó el
consejo del dramaturgo, Ibsen
recomendó lo mismo que haría en el
drama la señora Linden: «Ponga todas
sus preocupaciones en manos de su
marido. Es él quien tiene que responder
de ello». Pero la historia de Laura
Kieler fue, si cabe, aún más trágica —
acabó con su internamiento en un
sanatorio psiquiátrico, el divorcio y la
separación de sus hijos.
Casa de muñecas fue dada a
conocer en libro pocos días antes de
serlo en la escena. El 4 de diciembre de
1879 se publicó por la editorial
Gyldendal, al tiempo que la traducción
alemana, y un mes más tarde apareció la
segunda edición. Días después, el 21 de
diciembre, se estrenó en el Teatro Real
de Copenhague. A partir de entonces,
además de las violentas reacciones del
público, el drama fue objeto de una
ininterrumpida polémica durante más de
veinte años, a medida que se iban
sucediendo los estrenos en diferentes
países.
La piedra de escándalo fue, y ha
seguido siéndolo, la escena final. Nora
se marcha, «lúcida y segura», y
abandona, no solamente marido y hogar,
sino a los hijos, de los que ni siquiera se
despide. Esto era demasiado para la
sociedad de la Alemania guillermina.
Incluso la actriz a la que correspondía el
papel, favorita de Ibsen, se negó a
interpretarlo tal cual. La presión fue tan
fuerte que el propio dramaturgo,
indefenso al no existir entonces
convenio entre los dos países que
salvaguardara sus derechos, y temiendo
males mayores, se vio obligado a
escribir un final alternativo que
suavizaba lo abrupto del original. En la
variante, Helmer obliga a Nora a
contemplar a sus hijos dormidos y ésta
cae confundida ante el espectáculo. El
subterfugio, sin embargo, no logró sus
fines. El público de Berlín no se aplacó
por ello; la crítica protestó; el conde
Prozor, primer traductor francés,
protestaba justamente en 1889 del
cambio, por ir contra «le sens même de
l’oeuvre». El propio autor desistió de
autorizar más cambios. Incluso en
España, el final de Casa de muñecas
estorbó la reposición del drama en los
años siguientes a la contienda. En una
versión dirigida por Luis Escobar
durante el Régimen franquista, Nora se
quedaba en casa. Esto, más que una
anécdota en el dudosamente divertido
anecdotario de la Censura española de
aquellos años, es un ejemplo de cómo
sociedades cerradas y hostiles a
cualquier apertura actúan exacta, e
inconscientemente, igual.
Hoy, en que estamos de sobra
acostumbrados a que directores y
adaptadores teatrales cambien y
desvirtúen la idea del autor, no nos
escandalizan estas alteraciones. Pero
resulta instructivo comparar las
diferencias que separan al teatro de
otros géneros literarios. Es frecuente
que determinada censura estatal prohíba
una novela, pero a nadie se le ocurrió
nunca pedir a Tolstoi que escribiese un
final en que Ana Karenina no se arrojase
al tren y volviera felizmente a casa.
Es evidente que el final de Casa de
muñecas es consustancial al drama.
Ibsen llegó a decir que toda la obra es
sólo una progresión hacia aquel
desenlace. Pero, además, el famoso
portazo final es el mejor ejemplo de la
técnica ibseniana de elevar un objeto, o
un hecho físico, a símbolo de una
situación. El portazo de Nora va a
resonar de país en país por todo el
teatro occidental. Es la cuerda que se
rompe y el golpe de hacha que da fin a
El jardín de los cerezos de Chejov en
1905, y, treinta años después, es el
golpe de viento que abre el balcón y
hace oscilar las blancas cortinas al final
de Doña Rosita la soltera de Lorca.

Hedda Gabler, escrita en Munich a


finales de 1890, fue publicada en aquel
diciembre por Gyldendal, la editorial de
Copenhague; en enero del año siguiente
se estrenó, en el Reidenztheater de
Munich, y, en febrero, en Berlín. Tanto
en libro como en escena, el drama fue
recibido con hostilidad y repulsión; un
coro de risas y silbidos lo saludó al
estrenarse en Copenhague, aquel mismo
febrero. Para el público y la crítica, la
complejidad psicológica y social del
drama no eran otra cosa que una historia
sórdida, colmada de desamor y de
acciones innobles y acabada en suicidio.
Se trataba, por lo menos, de una
experiencia inquietante, cosa que ningún
público aprecia, y, en definitiva, de una
obra deprimente, de un irremediable
pesimismo.
Como génesis íntima y sentimental
de Hedda Gabler se ha señalado la
violenta pasión que Ibsen experimentó
en 1889 por Emilie Bardach. La conoció
aquel verano en Gossensass, en el Tirol,
lugar donde solía veranear; ella era una
joven vienesa de dieciocho años; el
dramaturgo contaba sesenta y uno. La
relación, corta y probablemente sin
trascender los límites emocionales, fue
violenta por parte del dramaturgo; alteró
sus emociones, su concepción del amor
y de la mujer y parece que influyó en
toda su obra posterior, comenzando con
este drama inmediato a la experiencia.
Hedda, la aristócrata hija del
general Gabler, es una figura compleja.
Esto no quiere decir nada; todos los
personajes de Ibsen lo son, es decir,
ofrecen muchas facetas y aspectos,
algunos de clara identificación; otros, de
confusa y ambigua moralidad y
psicología. De otra forma, Ibsen no
pasaría de ser uno de tantos dramaturgos
que han sido y serán. Ibsen ha tenido una
larga descendencia de imitadores y de
influidos. En España, por desgracia, su
huella más profunda se encuentra,
además de en Galdós, en un dramaturgo
arrinconado, José Echegaray, y en otro
en vías de serlo, Jacinto Benavente.
(Dicho sea de paso, resulta irónico e
instructivo que Echegaray obtuviese el
recién establecido Premio Nobel aún en
vida del maestro [1904] y Benavente
dieciocho años después, mientras Ibsen
no lo consiguiera nunca.) Lo que
distingue a las mujeres y a los hombres
de Ibsen es el no ser de una pieza, ni
blancos ni negros; no hay en ellos una
nota moral o un color únicos, pueden
pasar de una postura o un sentido a otro.
Nora no es ni una víctima ni un
paradigma moral absoluto; es infantil,
inexperta, mentirosa; a pesar de su amor
y de su fidelidad, miente a su marido
desde la primera escena; son mentiras
pueriles, pero significativas; su decisión
final es, por lo menos, discutible; es
innegable que abandona, sin más, ciertas
obligaciones, que podrán ser
diversamente valoradas, pero que
existen. Torvald Helmer es un hombre
corriente, un empleado escrupuloso y
eficaz, un padre excelente, enamorado
de su mujer hasta el extremo de que la
apetencia física por ella causa, en el
acto final, una escena de tensión, cuando
su deseo de hacer el amor, explícita y
apresuradamente expresado, sirve de
violento contraste a la ruptura por parte
de ella. Incluso Niels Krogstad, «el
malo», dista mucho de ser un monstruo,
sino que actúa según razones impuestas
por las condiciones sociales y
económicas, lo que hace perfectamente
verosímil el súbito cambio emocional
que experimenta al final del drama.
En Hedda Gabler coexisten la
adhesión a un código de superioridad
aristocrática con los más bajos instintos,
aunque sean inconscientes; la orgullosa
individualidad, con los celos; el ansia
de vida, con el temor a las
consecuencias de la vida. Nora y Hedda
están unidas por su rebeldía a
doblegarse ante una sociedad hecha por
los hombres, que, en el caso de Hedda,
le impone la maternidad no deseada y el
transigir con humillaciones y
esclavitudes. «No entiendes la sociedad
en que vives», le grita a Nora su marido.
«Me veo obligado a despertarla de una
hermosa fantasía», advierte a Hedda el
implacable, suave y mundano Brack.
Tanto Nora como Hedda recuerdan a una
Emma Bovary nórdica. Madame Bovary
fue también el succès d’escandale de
una generación anterior. Aparentemente,
por tratarse de una visión, profunda,
desde dentro, del adulterio. Pero el
adulterio es sólo el tema externo, la
cáscara de la novela de Flaubert. Su
tema esencial, y de aquí quizá el
escándalo que levantase, es la
sugerencia de que el ser humano se
encuentra inmerso en una cápsula de
fantasía, que le impide trascenderse y
captar la realidad, si es que tal realidad
existe; cada uno de nosotros habitamos
un mundo propio e incomunicado; el
señor Bovary acaba en la novela, y
probablemente en la vida, creyendo que
su mujer era una santa. Nora huye para
poder contrastar el mundo hecho por los
hombres, las creencias y las leyes de
ellos, con el suyo propio. Hedda, fiel a
su código cruel de exigencia personal,
prefiere huir por la muerte. Hedda posee
la ferocidad de un animal noble, con
algo de raza a extinguir. Hay en el drama
la implícita insinuación de que el futuro
pertenece a los humildes; Jorge Tesman,
por pánfilo que sea, sobrevive y,
probablemente, acabará uniéndose a la
pobre y desorientada señora Elvsted,
mientras Hedda, y el hijo que lleva en
ella, desaparece como el representante
de una raza incapaz de adaptación.
Se ha señalado que Hedda Gabler
ofrece el anacronismo de parecer
referirse a un mundo anterior a la época
en que se escribe. La Cristianía
reflejada aquí no es la de 1890, sino
más bien la de treinta años atrás —una
ciudad sin electricidad, sin tranvías ni
teléfonos, en que las señoras tienen que
ser escoltadas para regresar a casa—.
No hay indicación alguna en las
minuciosas acotaciones de que se trate
de la capital, pero implícitamente se
sobreentiende. Bien debido a su
prolongada ausencia, aunque visitase
con cierta frecuencia su patria, bien a
otras razones, es hasta cierto punto
lógico que en la concepción de
Cristianía (aún no el Oslo actual) Ibsen
mantuviera un plano ideal y anticuado de
la ciudad, en el que se sintiera más
cómodo para mover a sus personajes.
Esto aumenta, si cabe, la impresión de
exotismo, de peculiaridad geográfica, de
este teatro, ubicado en casas
desperdigadas a lo largo del fiordo, en
que la acción obedece a extrañas
convenciones sociales, se repiten los
títulos profesionales como formas de
tratamiento y se cena a las cinco de la
tarde, en una ciudad, Cristianía, que ya
no existe. Ni siquiera el Oslo actual es
el mismo del de hace veinticinco años,
por ejemplo, con sus barrios altos de
casitas decimonónicas de madera, ante
el mar silencioso y el imperceptible
anochecer de verano.
Si en lo externo Hedda Gabler quizá
refleje un mundo ya pretérito en 1890,
un simple vistazo al texto nos hace ver
el cambio en la técnica, formal al
menos, durante los diez años que
separan a uno y otro drama. Casa de
muñecas fue el primer «drama actual»
que se propuso escribir Ibsen. No
obstante, quedan aún en su texto restos
de la simplicidad y la austeridad de
líneas del teatro simbólico. El juego
teatral de sucesión de escenas y entrada
y salida de personajes está hecho de
manera sumamente eficaz, pero es más
simple que en Hedda Gabler, donde con
frecuencia se cruza el parlamento de tres
y aun cinco personajes y se utiliza la
acción en planos distintos. Las
acotaciones del decorado son
igualmente prolijas en los dos casos,
pero las caracterizaciones de los
personajes son minuciosas en Hedda
Gabler e inexistentes en el drama
anterior. Es como si Ibsen derivase hasta
cierto punto hacia la novela. Conocemos
hasta el color de ojos de Hedda Gabler
mientras nada sabemos del aspecto
externo de Nora Helmer. Los personajes
de Casa de muñecas hablan en un tono
medio, normal; en cambio, desde el
primer parlamento de Hedda Gabler
hasta el último, el dramaturgo se ha
esforzado cuidadosamente en que cada
palabra defina al personaje. Esto resulta
notorio en extremo en el caso de Jorge
Tesman, que se expresa mediante un
constante chaparrón de latiguillos, como
«¿Eh?» y «¡Figúrate!», hasta el punto de
que puede resultar chocante al lector no
prevenido. Hedda Gabler es un drama
de individualidades, pero también un
drama social, de clases. Se oponen con
claridad dos clases y sus respectivos
lenguajes diferenciadores; la clase alta
(Hedda, Brack, Lovborg), especialmente
en los diálogos entre los dos primeros,
entre los que existe, sobre todo por parte
de ella, una relación de atracción-
repulsión, basada exclusivamente en la
común pertenencia a una misma clase,
con un tono ligero, con frases de doble
sentido y su coquetería frívola; y la
clase media modesta (los Tesman, la
señora Elvsted, con el añadido humilde,
casi campesino, de la vieja criada),
caracterizada por expresarse en un tono
cariñoso, familiar, bienintencionado
hasta llegar a la simpleza, cargado de
apelaciones coloquiales a la divinidad
(«Dios mío», «Dios me guarde», etc.).
Las dos clases, y, por implicación, sus
dos voces, sus dos sentidos, se cruzan,
se superponen sin llegar a unirse, es
decir, a comprenderse mutuamente. La
clase inferior no capta las alusiones de
la otra, que caen sobre ella,
especialmente sobre el bueno de Jorge
Tesman, como flechas sin dar en el
blanco; la superior no entiende los
sentimientos de domesticidad y afecto
de la otra. Para reforzar la oposición, el
dramaturgo utiliza al máximo su recurso
de la conversión del objeto en símbolo
(las inefables zapatillas bordadas de
Jorge Tesman, el sombrero de tía Juli, el
manuscrito de Lovborg, etc.).
La historia de la puesta en escena en
España de estos dos dramas, es corta y
algo confusa. Según el estudio clásico
sobre la materia (Halfdan Gregersen,
Ibsen and Spain. A Study in
Comparative Drama,
Cambridge/Harvard University Press,
1936), la primera representación
española de Casa de muñecas fue en
Barcelona, por una compañía de
aficionados, en 1893. El título con que
se presentó, Nora, apunta hacia la
probabilidad de que la traducción, en
catalán, fuese de la versión alemana, que
utilizó ese nombre. A finales del siglo,
en la primavera de 1899, Casa de
muñecas llega a Madrid; no van a ser
actores españoles, sino italianos,
quienes la estrenen: la compañía de
Teresa Mariani. (Las giras de compañías
italianas por España y América del Sur,
desde fines del siglo XIX hasta bien
entrado el presente, constituyen un
fenómeno, por insólito que resulte hoy y
por olvidadas que estén, de importantes
consecuencias culturales, debido a su
presentación del teatro considerado
entonces «avanzado».) La obra fue
recibida con frialdad por el público.
Hasta enero de 1908 no se presentará la
primera versión en castellano, por la
actriz Carmen Cobeña, en el teatro de la
Princesa de Madrid. No parece haber
convencido tampoco al público, que no
se rendirá hasta 1917, fecha en que
Gregorio Martínez Sierra incluye Casa
de muñecas en su campaña de «Teatro
de arte» en el Eslava de Madrid. Para
ello prepara una nueva versión del
drama, vehículo para la interpretación
de Catalina Bárcena, cuya Nora será sin
duda uno de sus mayores éxitos como
actriz, aparte de los que obtuviera
interpretando personajes del teatro de
Martínez Sierra. De aquella Nora queda
el testimonio de Ramón Pérez de Ayala
en unas páginas de Las máscaras.

Hedda Gabler tiene en la escena


española una historia aún más corta y
más vaga. Se habla de una primera
representación, también en italiano, por
la compañía de Vitaliani (Teatro de la
Comedia de Madrid, primavera de
1901). No se mencionan más
representaciones del drama en España,
salvo por Margarita Xirgu en
provincias, en 1924.
La tarea de traducir hoy a Ibsen
ofrece el problema de siempre —
acercar al lector un mundo lejano en el
espacio, con el cual tiene pocos puntos
de contacto— aumentado, si cabe, por la
progresiva lejanía a la que el paso del
tiempo ha ido empujando la acción. A
unas costumbres ya de por sí extrañas al
lector español, o meridional, hay que
añadir las peculiaridades de unos usos
sociales pretéritos —la constante
mención a los cargos como tratamiento
usual, las esposas que llaman a sus
maridos por el apellido y no por el
nombre, la sutileza de los cambios entre
el «tú» y el «usted»—.
Afortunadamente, disponemos en
español, como en noruego, de este doble
uso, cuya carencia pone a los
traductores ingleses en aprietos
irresolubles. Problema de difícil
solución es dar con un tono que sea, a la
vez, actual, pero que no haga olvidar
que se está hablando hace un siglo,
evitando el anacronismo o el empleo de
frases marcadas por un uso posterior. Y
resulta imposible salvar el énfasis típico
de una época, los «¡Ohs!» y los «¡Ahs!»
y los «¡Estamos perdidos!», inherentes
al efecto dramático.
Considero como obligación de todo
traductor consciente el cotejar su trabajo
con cuantas versiones anteriores de la
obra le sea posible. Así, he consultado
detenidamente, para Casa de muñecas,
la primera traducción francesa del conde
Prozor (1889) y la inglesa de Peter
Watts, publicada por Penguin (1965).
Para Hedda Gabler, la primera inglesa,
de Edmund Gosse (1891), y las
posteriores inglesas de Una Ellis-
Fermor (1950) y Michael Meyer (1962),
además de, para ambos casos, la versión
española de Else Wasteson del Teatro
completo en Aguilar. El cotejo de las
distintas versiones es sumamente
instructivo, porque revela: primero, un
alto grado de fidelidad al texto original;
quizá el traductor más libre sea el
último inglés mencionado, Michael
Meyer; pero Meyer, gran especialista en
Ibsen en lengua inglesa, autor de una
voluminosa biografía del dramaturgo,
tiene su razón: la suya es una versión
para la escena, y como tal fue
presentada en Nueva York y en Londres.
En segundo lugar, se comprueba que
todos los traductores hemos tropezado
con parecidos obstáculos, que tratamos
de salvar de la mejor forma posible. Es
en esta prueba de obstáculos donde se
encuentra el valor de cada traducción.
Hay dos ejemplos destacados de
estas dificultades; cada uno corresponde
respectivamente a una de las obras aquí
reunidas; no hay forma de esquivarlos
porque, perversamente, son las palabras
claves con que terminan uno y otro
drama y vienen a ser como la
condensación del sentido de toda la
obra. Es, en Casa de muñecas, el
«milagro» que espera y teme Nora, pero
el término que repetidamente se emplea
no es ése, sino det vidunderlige, es
decir, lo maravilloso, lo extraordinario,
lo sorprendente, lo portentoso, etc. La
cosa se complica, porque al final, en vez
de emplear el adjetivo normal, se
emplea, con toda intención, el
superlativo, det vidunderligste = lo más
maravilloso, justo la última palabra del
drama. Ahora bien, si se traduce
fielmente, es indudable que el adjetivo
sustantivado es escasamente eficaz en
nuestro idioma. De aquí que la
costumbre sea traducirlo por un nombre:
«milagro», «portento», etc. «Milagro»
ha sido lo usual en la escena española (y
el correspondiente «el mayor milagro»),
pero «milagro» tiene una connotación
religiosa, especialmente en España, que
está bien lejos de la neutralidad
admirativa de det vidunderlige. En
Hedda Gabler, el matiz que se resiste es
quizá más difícil. Cuando al final Hedda
se rebela contra el chantaje sentimental
de Brack, exclama «Ufri, ufri!». Es
decir, «no libre», sin libertad.
Traducido, como se ha hecho, por
«esclava» es eficaz, pero demasiado
fácil —la proximidad con «esclavitud
femenina» es excesivamente vulgar—.
«Prisionera» es algo mejor —«preso»
es quien carece de libertad— pero no
mucho. Obsérvese que en ambos casos
el conflicto consiste en convertir frases
adjetivales en sustantivos. Este empleo
original no es debido a rareza o
genialidad por parte del dramaturgo,
sino que está en la raíz del idioma —
como es bien sabido, los idiomas
escandinavos, como todos los
germánicos, utilizan más el adjetivo y el
verbo que los idiomas latinos, basados
en el nombre (son aquéllas lenguas de
«acción», mientras las nuestras son,
relativamente, más estáticas; aquéllas
atienden al «estar», las nuestras al
«ser»).
Las primeras versiones poseen un
interés especial. Se suele pretender con
cierta ligereza que toda traducción
nueva supera a las anteriores. Esto no es
siempre cierto, claro está. Lo más que
puede decirse es que toda traducción va
marcada por la época en que se realiza,
y el lenguaje, como todo, envejece. Pero
cada época debe esforzarse en producir
su propia versión de las obras
esenciales y esto no solamente para
hacerlas accesibles, sino por razón de
ejercicio y enriquecimiento cultural. Las
primeras versiones de tales obras, que
cambiaron el rumbo de las ideas, los
sentimientos y los gustos, deben tratarse
con especial atención. Fueron estas
versiones de Prozor y de Gosse, o
Archer, las que dieron la batalla y las
que influyeron directamente en la
opinión occidental; sus autores, además,
tuvieron la irrepetible oportunidad de
conocer y tratar al autor y acudir a él
para aclarar las dudas. De todas ellas,
traducciones antiguas y modernas, he
tomado aquellas aclaraciones o
alternativas que me han resuelto, no
siempre, las dudas ofrecidas por el texto
original. En ciertos casos, y tratando de
salvar la pedantería o la prolijidad
inútil, he añadido unas pocas notas para
ilustración del lector interesado.

ALBERTO ADELL
Madrid, diciembre 1988
Casa de muñecas
Drama en tres actos
Personas

HELMER, abogado
NORA, su esposa
DOCTOR RANK
SEÑORA LINDE
KROGSTAD, procurador
Los tres hijos pequeños de Helmer
ANA MARÍA, niñera de los Helmer
DONCELLA de la casa
UN MOZO
[La acción tiene lugar en casa de
Helmer.]
Acto primero

Sala acogedora, amueblada con gusto,


pero sin lujo. Una puerta al foro
derecha lleva al vestíbulo; otra, a la
izquierda, conduce al despacho de
HELMER. Entre ambas puertas, un
piano. En el centro de la pared
izquierda, una puerta, y más allá, una
ventana. Junto a la ventana, una mesa
redonda con butacas y un pequeño
sofá. En el lateral derecho, hacia el
fondo, una puerta, y en la misma pared,
más hacia el primer término, una
estufa de cerámica con un par de
butacas y una mecedora delante. Entre
la estufa y la puerta lateral, una
mesita. Grabados en las paredes. Una
repisa con figuras de porcelana y otros
objetos de arte; una pequeña librería
con libros ricamente encuadernados.
Alfombra en el suelo; la estufa,
encendida. Día de invierno.
Suena el timbre en el vestíbulo; poco
después se oye abrir la puerta. NORA
entra en la sala tarareando
alegremente; viste de calle y lleva
varios paquetes, que deposita en la
mesa de la derecha. Deja abierta la
puerta del vestíbulo tras ella, y en él se
ve a un mozo con un árbol de Navidad
y un cesto, que entrega a la doncella
que les ha abierto.

NORA
Esconde bien el árbol, Elena. Que
no lo vean los niños hasta esta
noche, cuando esté adornado. (Al
MOZO, sacando el portamonedas.)
¿Cuánto es…?

MOZO
Media corona.

NORA
Tome; una corona. No, guárdese la
vuelta.

(El MOZO da las gracias


y se marcha. NORA
cierra la puerta. Sigue
sonriendo, mientras se
quita el abrigo.)

NORA (Saca una bolsita de


almendrados del bolsillo y se come
uno o dos; después se acerca
cautelosamente a escuchar a la
puerta de su marido.)
Sí, está en casa. (Canturrea de
nuevo, mientras se dirige a la mesa
de la derecha.)
HELMER (Desde su cuarto.)
¿Es la alondra, la que canturrea ahí
fuera?

NORA (Abriendo algunos paquetes.)


Sí, es ella.

HELMER
¿Es la ardilla, la que enreda por ahí?

NORA
¡Sí!

HELMER
¿Cuándo ha vuelto la ardilla?

NORA
Ahora mismo. (Guarda la bolsa de
almendrados en el bolsillo y se
limpia la boca.) Ven aquí, Torvald, y
verás lo que he comprado.

HELMER
¡No molestes! (Poco después abre la
puerta y asoma, con la pluma en la
mano.) ¿Comprado, dices? ¿Todo
esto? ¿Ha vuelto a salir el chorlito[1]
a tirar el dinero?

NORA
Oh, Torvald, este año podemos
permitirnos algunos caprichos. Es la
primera Navidad en que no tenemos
que andar con apuros.

HELMER
Ya, pero ¿sabes?, tampoco tirar el
dinero.

NORA
Bueno, Torvald, un poco sí
podemos. ¿No es verdad? Sólo un
poquito. Ahora ganarás un buen
sueldo y tendremos mucho, mucho
dinero.

HELMER
Sí, a partir del año nuevo; pero falta
aún un trimestre para que lo cobre.
NORA
Bah, podemos pedir un préstamo
mientras.

HELMER
¡Nora! (Se acerca a ella y le tira
bromeando de una oreja.) ¿Ha
vuelto la imprudencia a hacer de las
suyas? Imagínate que pido un
préstamo de mil coronas hoy, que tú
las gastas en Navidades y que en la
Nochevieja me cae un cascote en la
cabeza y me quedo en el sitio…

NORA (Tapándole la boca.)


Calla; no digas barbaridades.
HELMER
Imagínate que ocurre algo así…
Entonces, ¿qué?

NORA
Si ocurriese algo tan horrible, lo
mismo me daría estar entrampada
que no.

HELMER
Sí, pero ¿y los que me hubieran dado
el préstamo?

NORA
¿Ellos? ¿Quién se va a preocupar
por unos desconocidos?
HELMER
¡Nora, Nora, no puedes negar que
eres mujer! No, en serio, Nora; ya
sabes lo que pienso sobre el asunto.
¡Ni deudas ni préstamos! Hay algo
de servil, de turbio, en el hogar que
se mantiene de préstamos y de
deudas. Hasta ahora hemos resistido,
como dos valientes, y así seguiremos
haciendo el tiempo que nos falta.

NORA (Dirigiéndose a la estufa.)


Sí, como tú quieras, Torvald.

HELMER (Siguiéndola.)
Bueno, bueno, que no arrastre las
alas la pequeña alondra. ¿Eh? Que
no se enfurruñe la ardilla. (Saca la
cartera.) Nora, ¿qué es lo que tengo
aquí?

NORA (Volviéndose rápidamente.)


¡Dinero!

HELMER
Mira. (Entregándole algunos
billetes.) Santo Dios, si sabré lo que
se gasta en una casa en Navidades.

NORA (Contando.)
Diez… veinte… treinta… cuarenta.
Oh, gracias, gracias, Torvald; con
esto tengo para mucho.
HELMER
Sí, eso es lo que debes hacer.

NORA
Sí, sí, eso haré. Pero ven aquí para
que te enseñe lo que he comprado.
¡Y tan barato! Mira, un traje nuevo
para Ivar… y también un sable.
Aquí, un caballo y una trompeta para
Bob. Y aquí una muñeca con su cama
para Emmy; son muy ordinarias,
pero igual da: las rompe enseguida.
Y aquí tengo cortes de vestidos y
pañuelos para las criadas; la vieja
Ana María debería tener algo más.
HELMER
¿Y qué hay en ese paquete?

NORA (Gritando.)
¡No, Torvald, eso no lo verás antes
de esta noche!

HELMER
Bueno, bueno. Pero dime, manirrota,
¿qué has pensado para ti?

NORA
Bah, ¿para mí? No quiero nada.

HELMER
Ah, sí. Dime algo razonable, que te
gustaría tener.
NORA
No, de verdad que no sé. Ah, sí, oye,
Torvald…

HELMER
¿Sí?

NORA (Jugando con los botones de la


chaqueta de él; sin mirarle.)
Si quieres regalarme algo, podrías…
podrías…

HELMER
Venga, venga; dilo.

NORA (Rápidamente.)
Podrías darme dinero, Torvald. Sólo
lo que creas que puedas darme; así
compraría algo uno de estos días.

HELMER
Pero Nora…

NORA
Oh, sí, hazlo, Torvald; te lo pido por
favor. Y colgaría el dinero del árbol
de Navidad, envuelto en un bonito
papel dorado. ¿No sería divertido?

HELMER
¿Cómo se llama el pájaro que tira el
dinero?

NORA
Sí, sí, chorlito; ya lo sé. Pero
hagamos como digo, Torvald; así
tendré tiempo para pensar en lo que
me haga más falta. ¿No te parece
razonable? ¿Eh?

HELMER (Sonriendo.)
Oh, sí, naturalmente; es decir,
siempre que fueras capaz de
conservar el dinero que te doy y
comprarte con él de verdad algo
para ti. Pero se irá en la casa y en un
montón de cosas inútiles y tendré
que volver a sacar la bolsa.

NORA
Pero Torvald…

HELMER
¿Para qué negarlo, querida Nora?
(Pasándole el brazo por la cintura.)
El chorlito es un encanto, pero gasta
montones de dinero. Es increíble lo
caro que le sale a un hombre el
mantener un chorlito.

NORA
Oh, no, ¿cómo puedes decir eso? Si
ahorro todo lo que puedo.

HELMER (Ríe.)
Sí, es verdad. Todo lo que puedes.
Pero no puedes nada.
NORA (Canturrea y sonríe divertida.)
Ejem, si supieras cuanto gastamos
las alondras y las ardillas, Torvald.

HELMER
Qué bichito más curioso eres. Justo
como era tu padre. Sabes
arreglártelas para sacar dinero, pero
en cuanto lo consigues, se te va de
las manos; nunca sabes qué has
hecho con él. Bueno, hay que tomarte
como eres. Está en la sangre. Oh, sí,
sí, de tal palo, tal astilla, Nora.

NORA
Ya quisiera yo haber heredado
algunas de las cualidades de papá.

HELMER
Y no me gustaría que fueses otra de
la que eres, mi preciosa alondra.
Pero escucha, ahora que me doy
cuenta. Tienes… ¿cómo diría?… un
aspecto tan sospechoso hoy…

NORA
¿Sospechoso?

HELMER
Sí que lo tienes. Mírame a los ojos.

NORA (Mirándole.)
¿Sí?
HELMER (Amenaza con el dedo.)
¿La golosa no habrá hecho de las
suyas hoy en la ciudad?

NORA
No; ¡qué idea!

HELMER
¿De verdad no se habrá dado una
vuelta por la pastelería?

NORA
No, te aseguro que no, Torvald…

HELMER
¿No ha probado un dedito de
mermelada?
NORA
No, en absoluto.

HELMER
¿Ni siquiera roer un almendrado, o
dos?

NORA
No, Torvald, de verdad que no.

HELMER
Bueno, bueno, era sólo una broma…

NORA (Yendo a la mesa de la derecha.)


No se me ocurriría hacerlo,
sabiendo que no te gusta.
HELMER
No, ya lo sé; y además, me has dado
tu palabra… (Acercándose a ella.)
Bueno, guárdate tus pequeños
secretos de Navidad, querida Nora.
Ya se descubrirán cuando se
encienda el árbol, supongo.

NORA
¿Te has acordado de invitar al
doctor Rank?

HELMER
No. Pero no hace falta; ya se
entiende que cena con nosotros.
Además, se lo diré cuando venga
esta mañana. He encargado un buen
vino. Nora, no puedes darte idea de
la ilusión que me hace esta noche.

NORA
Y a mí también. ¡Y cómo disfrutarán
los niños, Torvald!

HELMER
Sí, la verdad es que es estupendo
pensar que se ha conseguido una
posición segura; que se puede vivir
con desahogo. ¿No es verdad que es
una gran satisfacción el pensarlo?

NORA
¡Ah, es maravilloso!
HELMER
¿Te acuerdas de la última Navidad?
Durante tres semanas antes te
encerrabas cada noche hasta las
tantas, haciendo adornos para el
árbol y demás maravillas para
darnos una sorpresa. Uf, fueron los
días más aburridos de mi vida.

NORA
Pues yo no me aburrí nada.

HELMER (Sonriendo.)
Pero resultó bastante pobre, Nora.

NORA
No me sigas reprendiendo aún. ¿Qué
pude hacer yo, si entró el gato y lo
hizo todo trizas?

HELMER
Por supuesto que nada, mi pobre
Nora. Pusiste toda tu voluntad en
divertirnos, y eso es lo importante.
Pero es bueno que la época de las
escaseces haya pasado.

NORA
Sí, es de verdad maravilloso.

HELMER
No tengo ya que sentarme aquí solo,
aburriéndome; y tú no tendrás que
gastar tus benditos ojos y tus
preciosas manitas…

NORA (Palmoteando.)
Sí, ¿verdad, Torvald, que ya no hará
falta? ¡Ah, qué estupendo es oírlo!
(Le coge del brazo.) Te diré lo que
he pensado que hagamos cuando
acabe la Navidad… (Suena el
timbre en el vestíbulo.) Ah, llaman.
(Arreglando un poco la sala.)
Alguien viene. Qué pesadez.

HELMER
No estoy para nadie; recuérdalo.

DONCELLA (En la puerta del vestíbulo.)


Señora, hay una señora desconocida.
NORA
Sí, que pase.

DONCELLA (A HELMER.)
Y a la vez ha venido el doctor.

HELMER
¿Ha pasado a mi despacho?

DONCELLA
Sí, señor.

(HELMER marcha a su
cuarto. La doncella hace
pasar a la sala a la
SEÑORA LINDE, que
viste de viaje, y cierra la
puerta tras ella.)

SEÑORA LINDE (Con timidez y cierta


vacilación.)
Buenos días, Nora.

NORA (Dudando.)
Buenos días…

SEÑORA LINDE
Veo que no me reconoces.

NORA
No; no sé…; ah, sí, me parece…
(Exclamando.) ¿Cómo? ¡Cristina!
¿Eres tú?
SEÑORA LINDE
Sí, soy yo.

NORA
¡Cristina! ¡Y yo, que no te reconocía!
Pero cómo iba a conocerte… (En
voz más baja.) ¡Cómo has cambiado,
Cristina!

SEÑORA LINDE
Sí, sin duda. Hace casi diez años…

NORA
¡Hace tanto que no nos hemos visto!
Pues sí, es verdad. Ah, los últimos
ocho han sido muy felices, créeme.
¿Y ahora has venido a la ciudad?
Has hecho el largo viaje en invierno.
Qué valiente.

SEÑORA LINDE
Acabo de llegar en el vapor esta
mañana.

NORA
Para pasar la Navidad, claro. ¡Qué
estupendo! Sí, lo pasaremos bien.
Pero quítate el abrigo. ¿No tendrás
frío? (La ayuda.) Así, nos
pondremos junto a la estufa. ¡No, en
la butaca! Me sentaré aquí, en la
mecedora. (Cogiéndole las manos.)
Sí, ahora tienes la cara de antes; fue
sólo la primera impresión… Estás
un poco más pálida, Cristina… y
quizá un poco más delgada.

SEÑORA LINDE
Y mucho, mucho más vieja, Nora.

NORA
Sí, puede que un poquitín; un
poquitín, sólo; no mucho. (Se
interrumpe; con seriedad.) ¡Ay,
tonta de mí, sentada aquí charlando!
Querida Cristina, ¿me perdonas?

SEÑORA LINDE
¿Qué quieres decir, Nora?
NORA (En voz baja.)
Pobre Cristina, ¿te quedaste viuda,
verdad?

SEÑORA LINDE
Sí, hace tres años.

NORA
Lo sabía; lo leí en los periódicos.
Ay, Cristina, créeme, pensé muchas
veces escribirte en aquella ocasión;
pero siempre lo iba dejando para
luego, y siempre ocurría algo.

SEÑORA LINDE
Nora querida, te entiendo
perfectamente.
NORA
No, ha sido una vergüenza por parte
mía, Cristina. Ah, pobre, cuánto has
debido de pasar… ¿Y no te dejó
nada para vivir?

SEÑORA LINDE
No.

NORA
¿Ni hijos tampoco?

SEÑORA LINDE
No.

NORA
¿Nada de nada?
SEÑORA LINDE
Ni tan siquiera una pena ni una
nostalgia para recordarlas.

NORA (Mirándola con incredulidad.)


Pero, Cristina, ¿cómo es posible?

SEÑORA LINDE (Sonríe con tristeza y le


pasa la mano por el pelo.)
Así pasa a veces, Nora.

NORA
Tan sola. Qué terrible debe de ser
para ti. Yo tengo tres niños
preciosos. Aunque no puedes verlos
ahora, han salido con la niñera. Pero
me lo tienes que contar todo…
SEÑORA LINDE
No, no, es mejor que cuentes tú.

NORA
No, debes empezar tú. Hoy no
quiero ser egoísta. Hoy sólo pensaré
en tus cosas. Pero te tengo que decir
algo. ¿No sabes la suerte que hemos
tenido estos días?

SEÑORA LINDE
No, ¿qué ha sido?

NORA
¡Imagínate, han nombrado a mi
marido director del Banco!
SEÑORA LINDE
¿A tu marido? ¡Qué suerte…!

NORA
Sí, enorme. Se vive con tanta
inseguridad siendo abogado, sobre
todo si uno no se mete en otros
asuntos que los que son justos y
decentes. Y esto es lo que
naturalmente ha hecho siempre
Torvald, y yo estoy por completo de
acuerdo con él. ¡Puedes imaginarte
lo contentos que estamos! Empieza
ya en el Banco a comienzos de año y
tendrá un buen sueldo y muchos
beneficios. A partir de ahora
podremos vivir de forma muy
distinta… justo como queramos.
¡Cristina, qué feliz me siento! Qué
estupendo es contar con montones de
dinero y no tener que andar con
estrecheces, ¿no es verdad?

SEÑORA LINDE
Claro, siempre es una satisfacción
contar con lo necesario.

NORA
¡No, no sólo lo necesario, sino
mucho, muchísimo dinero!

SEÑORA LINDE (Sonríe.)


Nora, Nora, ¿no te has vuelto aún
razonable? En la escuela eras una
manirrota.

NORA (Medio riendo.)


Sí, todavía lo dice Torvald.
(Amenaza con el dedo.) Pero «Nora,
Nora» no es tan loca como creéis…
Ay, la verdad es que no hemos
contado nunca con nada que yo
pudiera derrochar. ¡Hemos tenido
que trabajar los dos!

SEÑORA LINDE
¿También tú?

NORA
Sí, pequeñas cosas, labores,
ganchillo, bordados, cosas así; (De
pasada.) y otras cosas también.
Torvald abandonó el ministerio
cuando nos casamos, ¿sabes? No
había ninguna perspectiva de
ascenso en su oficina, y era preciso
que ganase más que antes. Y el
primer año trabajó hasta agotarse.
Tuvo que buscar toda clase de
trabajos extra, ya puedes imaginarte,
y trabajar desde muy temprano hasta
muy tarde. Pero no pudo resistirlo, y
cayó gravemente enfermo. Y los
médicos declararon que era preciso
que fuera al Mediodía.
SEÑORA LINDE
Sí, estuvisteis todo un año en Italia,
¿no?

NORA
Eso es. No fue fácil marcharnos,
puedes creerlo. Ivar acababa de
nacer. Pero claro está que tuvimos
que irnos. Oh, fue un viaje
maravilloso. Y le salvó la vida a
Torvald. Pero costó un horror de
dinero, Cristina.

SEÑORA LINDE
Ya me imagino.

NORA
Mil doscientos escudos[2]. Cuatro
mil ochocientas coronas. Es mucho
dinero, ¿verdad?

SEÑORA LINDE
Sí, pero en un caso semejante es una
suerte el poder disponer de él.

NORA
Sí, fue papá quien me lo dio, ¿sabes?

SEÑORA LINDE
Ah, ya. Fue justo entonces cuando tu
padre murió, ¿no?

NORA
Sí, Cristina, justo entonces. Y, date
cuenta, no pude ir con él a cuidarle.
Aquí me quedé esperando día tras
día a que el pequeño Ivar viniera al
mundo. Y además, tenía que cuidar a
mi pobre Torvald, tan grave como
estaba. ¡Pobre papá! Nunca volví a
verle, Cristina. Ay, fueron los días
más tristes que he pasado desde que
me casé.

SEÑORA LINDE
Ya sé cuánto le querías. ¿Así es que
os fuisteis a Italia?

NORA
Sí, teníamos el dinero, y los médicos
nos daban prisa. Nos fuimos un mes
después.

SEÑORA LINDE
¿Y tu marido volvió sano por
completo?

NORA
¡Como una manzana!

SEÑORA LINDE
Entonces… ¿el doctor?

NORA
¿Qué doctor?

SEÑORA LINDE
Me pareció que la doncella llamó
doctor al caballero que subió
conmigo.

NORA
Sí, es el doctor Rank; pero no viene
en plan profesional; es muy amigo
nuestro y no hay día que no nos haga
por lo menos una visita. No, Torvald
no ha vuelto a caer enfermo desde
entonces. Y los niños están
sanísimos, como yo. (Se levanta y
palmotea.) ¡Señor, Señor, Cristina,
qué maravillosa es la vida cuando se
es feliz!… Ay, pero no tengo
perdón… sólo hablo de mis cosas.
(Se sienta en un taburete junto a
ella, con los brazos en las rodillas.)
¡Ah, no me hagas caso!… Dime, ¿es
cierto que no querías a tu marido?
Entonces, ¿por qué te casaste con él?

SEÑORA LINDE
Mi madre vivía aún; estaba en cama,
inválida. Así es que tenía que cuidar
de mis dos hermanos pequeños. No
pude menos que aceptar su
propuesta.

NORA
Sí, puede que tuvieras razón. Luego,
¿entonces era rico?
SEÑORA LINDE
Bastante acomodado, creo. Pero
eran negocios inseguros, Nora. Al
morir se había perdido todo; no
quedó nada.

NORA
¿Y entonces…?

SEÑORA LINDE
Bueno, tuve que salir adelante con
un modesto comercio y una pequeña
escuela y cuanto pude encontrar.
Estos tres años no han sido para mí
más que una jornada de trabajo
ininterrumpido. Pero ya acabó,
Nora. Mi pobre madre ya no me
necesita, porque murió. Ni tampoco
los muchachos; están colocados y se
las arreglan.

NORA
Sentirás un gran alivio…

SEÑORA LINDE
Pues mira, no; sólo siento un vacío
indecible. No tener a nadie por
quien vivir. (Levantándose
inquieta.) Por eso no pude aguantar
más en aquel pequeño rincón. Aquí
quizá sea más fácil encontrar algo,
que le ocupe a una y le impida
pensar. Si tuviera la suerte de
encontrar un empleo estable, algún
trabajo de oficina…

NORA
Ah, Cristina, pero es tan agotador, y
tú pareces estar ya tan cansada.
Sería mucho mejor para ti que fueras
a unos baños…

SEÑORA LINDE (Acercándose a la


ventana.)
No tengo un papá que me dé el
dinero para el viaje, Nora.

NORA (Levantándose.)
Oh, no te enfades.
SEÑORA LINDE (Acercándose a ella.)
Nora querida, no me lo tomes a mal.
Lo peor de una situación como la
mía es que el corazón se llena de
amargura. No se tiene a nadie por
quien luchar; y sin embargo, se ve
una obligada a salir adelante de
todas formas. Porque hay que vivir,
y así se hace una egoísta. Cuando me
has contado la suerte que habéis
tenido al mejorar de posición… ¿lo
creerás?… me alegré, no tanto por ti
como por mí.

NORA
¿Cómo? Ah, ya entiendo. Quieres
decir que Torvald quizá pueda hacer
algo por ti.

SEÑORA LINDE
Sí, eso espero.

NORA
Claro que lo hará, Cristina. Déjalo
en mis manos; lo planearé con toda
delicadeza… encontraré algo que le
predisponga. Ah, cuánto me gustaría
poder serte útil.

SEÑORA LINDE
Qué buena eres, Nora, tomando tanto
interés por mí… es doblemente de
agradecer en tu caso, que tan poco
conoces de los dolores y los
sinsabores de la vida.

NORA
¿Yo? ¿Qué conozco tan poco…?

SEÑORA LINDE (Sonríe.)


Oh, sí, claro, las labores menudas y
demás… Eres una niña, Nora.

NORA (Alzando la cabeza con orgullo y


dando unos pasos.)
No lo debes decir con tanta
superioridad.

SEÑORA LINDE
¿Cómo?
NORA
Eres como los otros. Todos creéis
que no sirvo para nada de verdad
serio…

SEÑORA LINDE
Oh, no…

NORA
… que no he sufrido las dificultades
del mundo.

SEÑORA LINDE
Querida Nora, por supuesto, acabas
de contarme tus problemas.

NORA
¡Bah… las insignificancias! (Bajo.)
No te he contado las cosas
importantes.

SEÑORA LINDE
¿Las importantes? ¿Qué quieres
decir?

NORA
Me menosprecias, Cristina; pero no
debes hacerlo. Estás orgullosa de
haber trabajado duro y por largo
tiempo por tu madre.

SEÑORA LINDE
Te aseguro que no menosprecio a
nadie. Pero es cierto; siento tanto
orgullo como satisfacción cuando
pienso que me ha sido posible
conseguir que los últimos días de mi
madre se hayan visto, hasta cierto
punto, libres de angustia.

NORA
Y también sientes orgullo cuando
piensas en lo que has hecho por tus
hermanos.

SEÑORA LINDE
Creo que tengo derecho a ello.

NORA
También yo lo creo. Pero escucha
una cosa, Cristina. Yo también tengo
algo de lo que estar orgullosa y
satisfecha.

SEÑORA LINDE
No lo dudo. ¿Pero a qué te refieres?

NORA
Habla bajo. ¡Piensa que puede oírte
Torvald! Por nada del mundo debe
él…; nadie debe saberlo, Cristina;
nadie más que tú.

SEÑORA LINDE
¿Pero qué es?

NORA
Ven aquí. (La lleva al sofá junto a
ella.) Sí, verás… también yo tengo
algo de que estar orgullosa y
satisfecha. Fui yo quien le ha
salvado la vida a Torvald.

SEÑORA LINDE
¿Salvado? ¿Cómo salvado?

NORA
Te conté el viaje a Italia. Torvald no
hubiera podido curarse de no haber
ido allí…

SEÑORA LINDE
Ya, tu padre os dio el dinero
necesario…
NORA (Sonríe.)
Sí, es lo que cree Torvald y creen
los demás; pero…

SEÑORA LINDE
¿Pero?…

NORA
Papá no nos dio un céntimo. Fui yo
la que consiguió el dinero.

SEÑORA LINDE
¿Tú? ¿Tanto dinero?

NORA
Mil doscientos escudos. Cuatro mil
ochocientas coronas. ¿Qué te
parece?

SEÑORA LINDE
Sí, Nora, ¿pero cómo? ¿Te tocó la
lotería?

NORA (Con desdén.)


¿La lotería? (Despectiva.) ¿Qué
mérito hubiera tenido entonces?

SEÑORA LINDE
¿Pero de dónde lo sacaste?

NORA (Canturrea y sonríe


misteriosamente.)
¡Ejem; tra la ra!
SEÑORA LINDE
Porque claro está que no lo tomaste
prestado.

NORA
¿Ah, no? ¿Y por qué no?

SEÑORA LINDE
No, una mujer casada no puede
obtener préstamos sin la
autorización del marido.

NORA (Alzando la cabeza con orgullo.)


Ah, cuando se trata de una mujer con
olfato para los negocios… una
esposa que sabe cómo arreglárselas,
entonces…
SEÑORA LINDE
Oye, Nora, no entiendo una
palabra…

NORA
Ni hace falta. Nadie ha dicho que yo
tomara dinero prestado. Puedo
haberlo conseguido de otras formas.
(Vuelve a reclinarse en el sofá.)
Bien puedo haberlo obtenido de
alguno de mis admiradores. Cuando
se es tan atractiva como yo…

SEÑORA LINDE
Estás loca.

NORA
La verdad es que estás muerta de
curiosidad, Cristina.

SEÑORA LINDE
Escúchame, querida Nora… ¿no
habrás hecho algo imprudente?

NORA (Sentándose erguida.)


¿Es imprudente salvar la vida del
marido?

SEÑORA LINDE
Pienso que es imprudente que sin él
saberlo…

NORA
¡Pero es que no tenía que saber
nada! Oh, Señor, ¿no lo
comprendes? No debía saber lo
grave que estaba. Fue a mí a quien
los médicos vinieron a decir que su
vida estaba en peligro; que lo único
que podía salvarle era una
temporada en el sur. ¿Crees que no
intenté al principio arreglar el
asunto? Le dije lo que me gustaría
salir al extranjero como otras
mujeres; lloré y supliqué; le dije que
debía tener en cuenta mi estado; que
fuera bueno y me complaciera; e
incluso sugerí que quizá pudiera
pedir un préstamo. Entonces casi se
me enfadó, Cristina. Dijo que yo era
una frívola y que su deber como
marido era no consentir todos mis
caprichos y antojos… creo que así
fue como los llamó. Y me dije: hay
que salvarle inmediatamente; así es
que tuve que buscar una solución…

SEÑORA LINDE
¿Y tu marido no se enteró por tu
padre que el dinero no venía de él?

NORA
No, nunca. Papá murió precisamente
el mismo día. Pensé ponerle al tanto
del asunto y rogarle que no dijera
nada. Pero se encontraba tan
enfermo… Por desgracia, no hubo
necesidad.

SEÑORA LINDE
¿Y no se lo has confesado nunca a tu
marido?

NORA
No, por Dios, ¿cómo se te ocurre?
¡A él, con las ideas tan estrictas que
tiene sobre el asunto! Y además…
Torvald, con su amor propio de
hombre… lo afrentoso y humillante
que hubiera sido para él saber que
me debía algo. Hubiera arruinado
nuestras relaciones; la felicidad de
nuestro hogar no sería lo que es.

SEÑORA LINDE
¿No piensas decírselo nunca?

NORA (Pensativa, sonriendo a medias.)


Sí… un día quizá; …dentro de
muchos años, cuando ya no sea lo
atractiva que soy ahora. ¡No te rías!
Lo que quiero decir, naturalmente,
es: cuando Torvald ya no se sienta
atraído por mí como ahora; cuando
deje de encontrar divertido el que
baile para él, y me disfrace, y recite.
Entonces puede ser una ventaja el
tener algo en reserva…
(Interrumpiéndose.) ¡Tonterías! Eso
no ocurrirá nunca… Bueno, ¿qué te
parece mi gran secreto, Cristina?
¿No sirvo también para algo?…
Pero puedes creer que el asunto me
ha traído muchas preocupaciones.
De verdad no me ha resultado fácil
cumplir con mis obligaciones al
tiempo debido. Verás, en el mundo
de los negocios hay una cosa que se
llama vencimiento y algo que se
llama amortización, y siempre
resulta terriblemente difícil
satisfacerlas. Así es que me veía
obligada a ahorrar un poco de aquí y
de allá, de donde podía, ¿sabes? Del
dinero de la casa no puedo ahorrar
nada, porque Torvald debe estar
bien cuidado. No podía permitir que
los niños fueran mal vestidos;
pensaba que todo el dinero que tenía
para ellos, en ellos debía gastarse en
su integridad. ¡Pobres criaturas!

SEÑORA LINDE
¿Así es que iba a recaer sobre tus
necesidades, pobre Nora?

NORA
Sí, claro está. Después de todo,
también era yo la responsable.
Siempre que Torvald me daba dinero
para un nuevo traje o cualquier otra
cosa, no gastaba yo más que la
mitad; compraba siempre las cosas
más sencillas y más baratas. Es una
suerte que todo me siente bien, por
lo que Torvald no se daba cuenta.
Pero muchas veces se me hacía
difícil, Cristina, porque siempre
gusta ir bien vestida. ¿No es cierto?

SEÑORA LINDE
Ah, por supuesto.

NORA
Bueno, también tenía otras fuentes de
ingresos. El invierno pasado tuve la
suerte de conseguir un encargo de
hacer copias. Me encerraba y me
pasaba las noches copiando hasta
muy tarde. Ah, más de una vez me
sentí cansada, cansadísima. Pero,
por otra parte, no dejaba de ser
emocionante el estar trabajando y
ganando dinero. Era casi como ser
un hombre.

SEÑORA LINDE
¿Y cuánto has podido pagar así?

NORA
Verás, no puedo decirlo
exactamente. Ciertos asuntos, sabes,
son bastante difíciles de calcular.
Sólo sé que he pagado cuanto he
podido rebañar. Más de una vez no
sabía por dónde salir. (Sonríe.)
Entonces me sentaba aquí y me hacía
ilusiones de que un caballero, viejo
y rico, se enamoraba de mí…

SEÑORA LINDE
¿Cómo? ¿Qué caballero?

NORA
¡Tonterías!… que había muerto y que
al abrir el testamento, se leía en
letras así de grandes: «Todo mi
dinero será entregado
inmediatamente en metálico a la
encantadora señora Nora Helmer».

SEÑORA LINDE
Pero, querida Nora, ¿de qué
caballero hablas?

NORA
¡Ay, Dios!, ¿no lo entiendes? El
viejo caballero no existía; era sólo
algo que yo me sentaba aquí y me
imaginaba una y otra vez, cuando no
tenía idea de cómo conseguir dinero.
Pero ya da igual; por mí, el buen
señor puede seguir donde está; ya no
me importa él ni su testamento,
porque se acabaron las
preocupaciones. (Levantándose.)
Oh, Señor, ¡qué alegría da pensarlo,
Cristina! ¡Sin preocupaciones!
¡Poder sentirse libre de angustias,
absolutamente libre; poder jugar y
retozar con los niños; poder tener
una casa bonita y elegante, todo lo
que a Torvald le gusta! Y pensar que
pronto llegará la primavera y el
cielo azul. Y entonces quizá
podamos hacer algún viaje. Quizá
vuelva a ver el mar. ¡Sí, sí, qué
estupendo es vivir y ser dichoso!
(Suena el timbre en el vestíbulo.)
SEÑORA LINDE (Levantándose.)
Llaman; mejor será que me vaya.

NORA
No, quédate; no será para mí; seguro
que es para Torvald…

DONCELLA (En la puerta del vestíbulo.)


Dispense, señora… un caballero
quiere hablar con el señor.

NORA
Con el señor Director, querrás decir.

DONCELLA
Sí, con el señor Director; pero no
sabía… como está con el doctor…
NORA
¿Quién es?

PROCURADOR KROGSTAD (En la puerta


del vestíbulo.)
Soy yo, señora.

SEÑORA LINDE (Turbada, se estremece


y se vuelve hacia la ventana.)

NORA (Da un paso hacia él, intrigada,


a media voz.)
¿Usted? ¿Qué ocurre? ¿Qué tiene
usted que decirle a mi marido?

KROGSTAD
Asuntos del Banco… hasta cierto
punto. Tengo un pequeño cargo en el
Banco y, según he oído, su esposo va
a ser nuestro jefe…

NORA
Y entonces…

KROGSTAD
Aburridos asuntos; nada más.

NORA
Sí, haga el favor de pasar al
despacho. (Saluda con indiferencia
mientras cierra la puerta del
vestíbulo; luego se acerca a
contemplar la estufa.)
SEÑORA LINDE
Nora… ¿quién es ese hombre?

NORA
Krogstad, un procurador.

SEÑORA LINDE
Luego era él.

NORA
¿Le conoces?

SEÑORA LINDE
Le conocí… hace años. Fue pasante
de abogado en nuestra región.

NORA
Sí, creo que sí.

SEÑORA LINDE
Cómo ha cambiado.

NORA
Ha tenido un matrimonio bastante
desgraciado.

SEÑORA LINDE
¿Es viudo ahora, no?

NORA
Con un montón de hijos. Mira; ya ha
prendido.

(Cierra la puerta de la
estufa y aparta un poco
la mecedora.)

SEÑORA LINDE
¿Está metido en gran número de
asuntos, según dicen?

NORA
¿Ah, sí? Bien puede ser; no sé…
Pero no hablemos de negocios; es
tan aburrido…

(El DOCTOR RANK entra


del despacho de
HELMER.)

DOCTOR RANK (Aún en la puerta.)


No, no; no quiero estorbar; prefiero
ir a charlar con tu mujer. (Cierra la
puerta y ve a la SEÑORA LINDE.)
Oh, perdón; también molesto aquí.

NORA
No, nada de eso. (Presentándolos.)
El doctor Rank, la señora Linde.

RANK
Ah, sí. Un nombre que suele oírse en
esta casa. Me parece que la he
adelantado en la escalera, cuando
subía.

SEÑORA LINDE
Sí; subo muy despacio; no me
conviene.

RANK
Ajá, ¿alguna pequeña afección?

SEÑORA LINDE
Puro agotamiento.

RANK
¿Nada más? ¿Y ha venido a
descansar a la ciudad para reposar
de invitación en invitación?

SEÑORA LINDE
He venido a buscar trabajo.

RANK
¿Y desde cuándo es el trabajo el
mejor remedio contra el
agotamiento?

SEÑORA LINDE
Hemos de vivir, doctor.

RANK
Sí, ésa parece ser la opinión
general: que hay que vivir.

NORA
Qué cosas tiene, doctor… También
usted quiere vivir.

RANK
Por supuesto. Por mal que me
encuentre, desearía aguantar el
mayor tiempo posible. Todos mis
pacientes opinan lo mismo. E igual
ocurre con los enfermos morales.
Justo en este momento uno de esos
casos clínicos de tipo moral se
encuentra en el despacho de
Helmer…

SEÑORA LINDE (En voz baja.)


¡Ah!

NORA
¿Qué quiere decir?

RANK
Sí, es el procurador Krogstad, un
hombre que usted no conoce. Está
moralmente podrido hasta las raíces,
señora. Pero hasta él ha comenzado
diciendo, como algo de esencial
importancia, que tenía que vivir.

NORA
¿Sí? ¿De qué tendrá que tratar con
Torvald?

RANK
La verdad es que no lo sé; sólo he
oído que era algo en relación con el
Banco.

NORA
No sabía que Kro… que el
procurador Krogstad tuviera que ver
con el Banco.

RANK
Oh, sí, tiene algún empleo en él. (A
la SEÑORA LINDE.) No sé si también
en su tierra hay ese tipo de
individuos que andan desalados de
un lado para otro tratando de
olfatear la podredumbre moral y en
cuanto topan con un afectado, lo
ponen en observación en un puesto
ventajoso. Mientras, los sanos
pueden quedarse en la calle.

SEÑORA LINDE
Pero sin duda son los enfermos los
que más necesitan que se les interne.

RANK (Alzándose de hombros.)


Sí, así hacemos. Es la idea que
convierte a la sociedad en un
hospital.

NORA (Sumida en sus pensamientos,


rompe con una carcajada y
palmotea.)

RANK
¿De qué se ríe? ¿Sabe usted de
verdad lo que es la sociedad?

NORA
¿Por qué he de preocuparme de la
maldita sociedad? Me río de algo
muy diferente… de algo
divertidísimo… Dígame, doctor
Rank… ¿van a depender de Torvald
todos los que trabajan en el Banco?

RANK
¿Es eso lo que le divierte tanto?

NORA (Sonríe y canturrea.)


¡No me haga caso! (Paseando en
torno.) Sí, resulta enormemente
divertido el pensar que tengamos…
que Torvald vaya a tener tanta
autoridad sobre tanta gente. (Saca el
paquetito del bolsillo.) Doctor
Rank, un almendrado.

RANK
Vaya, vaya, almendrados. Y yo que
creía que eran aquí artículos
prohibidos.

NORA
Sí, pero éstos me los ha traído
Cristina.

SEÑORA LINDE
¿Quién? ¿Yo…?

NORA
Bah, bah, no te asustes. Cómo ibas a
saber que Torvald los tiene
prohibidos. Tiene miedo, sabes, de
que me estropeen los dientes. Pero,
bah… ¡por una vez!… ¿No es
verdad, doctor Rank? ¡Sírvase!
(Poniéndole un almendrado en la
boca.) Y tú también, Cristina. Y yo
también tomaré uno; sólo uno
chiquitito… a lo más dos.
(Paseando de nuevo.) Ahora soy
inmensamente feliz. Sólo hay una
cosa en el mundo que desearía de
verdad.

RANK
¿Sí? ¿Y qué es?
NORA
Es algo que me gustaría horrores
decir, para que lo oyera Torvald.

RANK
¿Y por qué no puede decirlo?

NORA
No, no me atrevo, porque es muy
feo.

SEÑORA LINDE
¿Feo?

RANK
Sí, no sería aconsejable. Pero a
nosotros bien puede decírnoslo…
¿Qué es lo que le gustaría decir para
que lo oyese Helmer?

NORA
Me gustaría horrores decir: ¡Al
cuerno!

RANK
¡Qué loca!

SEÑORA LINDE
¡Pero Nora…!

RANK
Pues dígalo. Aquí viene.

NORA (Oculta la bolsa de


almendrados.)
Chist, chist.

(HELMER, con el abrigo


al brazo y el sombrero
en la mano, sale de su
cuarto.)

NORA (Acercándosele.)
Bueno, querido Torvald, ¿terminaste
con él?

HELMER
Sí, acaba de irse.

NORA
Permite que te presente… ésta es
Cristina, que acaba de llegar a la
ciudad.

HELMER
¿Cristina…? Perdón, no caigo…

NORA
La señora Linde, querido; la señora
Cristina Linde.

HELMER
Ah, ya. ¿Amiga de la infancia de mi
mujer, supongo?

SEÑORA LINDE
Sí, nos conocimos hace mucho.
NORA
Y, ¿sabes?, ha hecho un viaje tan
largo para hablar contigo.

HELMER
¿Cómo?

SEÑORA LINDE
Bueno, en realidad…

NORA
Lo que pasa es que ella vale
muchísimo para el trabajo de oficina
y le gustaría trabajar con un jefe
experto para aprender todo lo que
pueda…
HELMER
Muy sensato por su parte, señora.

NORA
Así es que en cuanto se enteró que te
habían nombrado director del Banco
—se recibió un telegrama con la
noticia— se puso en viaje y… ¿No
es verdad, Torvald, que puedes
hacer algo por Cristina, con tal de
complacerme, eh?

HELMER
Bueno, no es imposible. ¿La señora
es viuda, supongo?

SEÑORA LINDE
Sí.

HELMER
¿Y tiene experiencia del trabajo de
oficina?

SEÑORA LINDE
Sí, bastante.

HELMER
Entonces es muy probable que pueda
encontrarle un puesto…

NORA (Aplaudiendo.)
¡Ves, ves!

HELMER
Ha venido usted en el momento
oportuno, señora…

SEÑORA LINDE
Oh, ¿cómo podría agradecérselo…?

HELMER
No es necesario. (Poniéndose el
abrigo.) Pero hoy debe usted
disculparme…

RANK
Espera; te acompaño.

(Recoge su abrigo de
pieles del vestíbulo y lo
calienta ante la estufa.)
NORA
No tardes, cariño.

HELMER
A lo más, una hora.

NORA
¿También te vas, Cristina?

SEÑORA LINDE (Poniéndose el abrigo.)


Sí, tengo que buscar alojamiento.

NORA (Ayudándola.)
Qué lástima que tengamos una casa
tan reducida; pero nos resulta
imposible…
SEÑORA LINDE
¡Pero qué dices! Adiós, querida
Nora, y gracias por todo.

NORA
Adiós, adiós. Por supuesto, vuelves
esta noche. Y usted también, doctor
Rank. ¿Cómo? ¿Si se siente usted
con ánimos? Pues claro que sí;
abríguese bien.

(Conversación general
mientras salen al
vestíbulo. Se oyen voces
de niños en la escalera.)

NORA
¡Ya están aquí! ¡Ya están aquí!

(Corre a abrir. ANA


MARÍA, la niñera, entra
con los niños.)

NORA
¡Adelante, adelante! (Se inclina
para besarles.) ¡Ah
preciosidades…! ¿Lo ves, Cristina?
¿No son un encanto?

RANK
¡No nos quedemos charlando en
plena corriente!

HELMER
Vamos, señora Linde; esto no lo
aguanta más que una madre.

(El DOCTOR RANK,


HELMER y la SEÑORA
LINDE salen por la
escalera, la niñera entra
en la sala con los niños,
seguidos por NORA, que
cierra la puerta del
vestíbulo.)

NORA
Qué sanos y hermosos estáis. ¡Huy,
qué mejillas más coloradas! Como
manzanas y rosas. (Los niños hablan
todos a la vez durante lo que
sigue.) Os habéis divertido de lo
lindo. Claro que ha sido estupendo.
¿Sí, has empujado a Emmy y a Bob
en el trineo? ¡Fíjate, de una sola vez!
Sí, eres un tipo valiente, Ivar. Oh,
deja que la coja un rato, Ana María.
¡Mi preciosa muñequita! (Toma a la
pequeña de los brazos de la niñera
y baila con ella.) Sí, sí, mamá
bailará también con Bob. ¿Qué? ¿Os
habéis tirado bolas de nieve? ¡Oh,
cuánto me hubiera gustado estar con
vosotros! No, no; déjame que les
quite los abrigos, Ana María. Oh, sí,
por favor; me encanta. Entra, entra;
estás muerta de frío. Hay café
caliente en la cocina.

(La NIÑERA entra en el


cuarto de la izquierda.
NORA les quita los
abrigos a los niños y los
arroja en torno,
mientras hablan todos a
la vez.)

NORA
¿Ah, sí? ¿Y un perro grande os
siguió corriendo? ¿Pero no os
mordió? Claro que no, los perros no
muerden a los preciosos muñequitos.
No mires los paquetes, Ivar. ¿Que
qué es? Si supieseis lo que es. Ah,
no, no; es algo horrible. Bueno,
¿jugamos? ¿A qué jugamos? Al
escondite. Sí, vamos a jugar al
escondite. Que se esconda primero
Bob. ¿O me escondo yo? Sí, me
esconderé primero.

(Juegan divertidos y
corriendo por el salón y
el cuarto contiguo de la
derecha. Luego NORA se
esconde bajo la mesa;
los niños entran
corriendo, buscan, pero
no la encuentran, se oye
su risa contenida, corren
a la mesa, levantan el
tapete, la descubren.
Gritos de júbilo. Sale
gateando, como
asustándolos. Nuevo
júbilo. Mientras, han
sonado golpes en la
puerta de entrada; nadie
los oye. Se entreabre la
puerta y asoma el
procurador KROGSTAD;
espera un poco;
continúa el juego.)
KROGSTAD
Dispense, señora Helmer…

NORA (Con un grito ahogado, medio


incorporándose.)
¡Ah! ¿Qué desea usted?

KROGSTAD
Perdón; la puerta de entrada estaba
abierta; han debido de olvidar
cerrarla…

NORA (Se levanta.)


Mi marido no está en casa, señor
Krogstad.

KROGSTAD
Ya lo sé.

NORA
Ah… ¿qué quiere entonces?

KROGSTAD
Hablar dos palabras con usted.

NORA
¿Conmigo…? (A los niños, en voz
baja.) Iros con Ana María. ¿Cómo?
No, el señor desconocido no le hará
daño a mamá. Volveremos a jugar
cuando se haya ido.

(Lleva a los niños a la


habitación de la
izquierda y cierra la
puerta después.)

NORA (Inquieta, con ansia.)


¿Quería usted hablarme?

KROGSTAD
Así es.

NORA
¿Hoy…? Pues si aún no estamos a
primeros de mes…

KROGSTAD
No, hoy es Nochebuena. Su felicidad
en estas Pascuas depende de usted.
NORA
¿Qué es lo que quiere? De todas
formas hoy no puedo…

KROGSTAD
De eso hablaremos otro día. Se trata
de otra cosa. ¿Tiene usted un
momento para mí?

NORA
Oh, sí, por supuesto, aunque…

KROGSTAD
Bien. Pues estaba sentado en el café
de Olsen y he visto pasar a su
marido…
NORA
Sí, y…

KROGSTAD
… con una señora.

NORA
¿Y qué?

KROGSTAD
¿Puedo tomarme la libertad de
preguntar… no era la señora Linde?

NORA
Sí.

KROGSTAD
¿Acaba de llegar a la ciudad?

NORA
Sí, hoy mismo.

KROGSTAD
¿Sin duda es una buena amiga de
usted?

NORA
Oh, sí que lo es. Pero no acierto a
ver qué…

KROGSTAD
Yo también la conocí hace tiempo.

NORA
Ya lo sé.

KROGSTAD
¿Ah, sí? Veo que está al corriente.
Lo suponía. Bueno, ¿puedo
preguntarle sin rodeos: va a
colocarse la señora Linde en el
Banco?

NORA
¿Cómo se permite usted hacerme esa
pregunta, señor Krogstad, usted, un
empleado de mi marido? Pero ya
que pregunta, se lo diré: Sí, la
señora Linde va a tener un empleo.
Y he sido yo quien la ha
recomendado, señor Krogstad.
Ahora ya lo sabe.

KROGSTAD
Luego había supuesto bien.

NORA (Paseando por la escena.)


Oh, siempre se tiene alguna
influencia, diría yo. Porque aunque
se sea mujer no significa que…
Cuando se es un subordinado, señor
Krogstad, se ha de tener cuidado en
no ofender a alguien que… ejem…

KROGSTAD
… que tiene influencia?
NORA
Exactamente.

KROGSTAD (Cambiando de tono.)


Señora Helmer, ¿tendría la bondad
de emplear su influencia en favor
mío?

NORA
¿Cómo? ¿Qué quiere decir?

KROGSTAD
¿Tendría la bondad de procurar que
conservara mi modesto empleo en el
Banco?

NORA
¿Qué significa eso? ¿Quién piensa
quitarle su puesto?

KROGSTAD
Oh, no se haga la ignorante conmigo.
Ya me imagino que no le resulta
agradable a su amiga el exponerse a
tropezarse conmigo y también me
imagino a quién tendré que
agradecer el que me echen.

NORA
Pero le aseguro…

KROGSTAD
Sí, sí, en dos palabras: aún es
tiempo, y le recomiendo que utilice
su influencia para evitarlo.

NORA
Pero, señor Krogstad, yo no tengo
influencia alguna.

KROGSTAD
¿Ah, no? Creía que acababa usted de
decir…

NORA
Pero no lo decía en este sentido,
claro está. ¡Yo! ¿Cómo puede usted
pensar que yo ejerza semejante
influencia sobre mi marido?

KROGSTAD
Oh, conozco a su marido desde que
éramos estudiantes. No creo que el
señor Director sea más firme que
otros maridos.

NORA
Si habla usted con desprecio de mi
marido, le pongo en la calle.

KROGSTAD
La señora es valiente.

NORA
He dejado de tenerle miedo a usted.
Así que pase el primero de año, me
habré liberado de todo.
KROGSTAD (Reprimiéndose.)
Escúcheme, señora. Si necesario
fuese, lucharía por mi modesto
empleo como lo haría por mi vida.

NORA
Sí, así parece.

KROGSTAD
No es sólo por el sueldo; es incluso
lo que menos me importa. No, es
otra cosa… ¡Está bien, lo diré! Se
trata, verá… Usted, claro es, sabe
como todo el mundo que yo hace
años cometí una imprudencia.

NORA
Creo que he oído algo.

KROGSTAD
El asunto no llegó a los tribunales;
pero debido a ello se me cerraron
todos los caminos. Así es que tuve
que dedicarme a los negocios que
usted sabe. A algo tenía que
agarrarme, y yo diría que no he sido
de los peores. Pero ahora he de salir
de todo esto. Mis hijos van siendo
mayores; por ellos tengo que
recuperar mi reputación. Este
empleo en el banco viene a ser como
el primer escalón para mí. Y si su
marido me echa ahora escaleras
abajo, vuelvo a caer en el fango.

NORA
Pero por el amor de Dios, señor
Krogstad, no está en mis manos el
ayudarle a usted.

KROGSTAD
Porque usted no quiere; pero yo
cuento con medios para obligarla.

NORA
¿Supongo que no irá a contarle a mi
marido que le debo dinero?

KROGSTAD
Ejem; ¿y si voy?
NORA
Sería una vergüenza por su parte.
(Próxima a las lágrimas.) Que este
secreto, que es mi satisfacción y mi
orgullo, llegue a sus oídos de forma
tan indigna y tan torpe… que lo
conozca por usted. Me expondría
usted a las mayores
contrariedades…

KROGSTAD
¿Sólo contrariedades?

NORA (Con vehemencia.)


Pero hágalo; peor para usted; porque
así se daría cuenta mi marido de lo
vil que es usted, y entonces es
cuando perdería su empleo.

KROGSTAD
Le he preguntado si son sólo
contrariedades domésticas las que
usted teme.

NORA
Si mi marido llega a enterarse, es
claro que pagaría al momento lo que
falta, y entonces habríamos dado fin
a nuestras relaciones con usted.

KROGSTAD (Acercándose un poco.)


Escuche, señora Helmer… o bien no
tiene usted memoria, o no tiene idea
muy clara de los negocios. La voy a
informar más detalladamente sobre
el asunto.

NORA
¿Cómo?

KROGSTAD
Cuando su marido estaba enfermo,
acudió usted a mí para que le
prestase cuatro mil ochocientas
coronas.

NORA
No conocía a nadie más.

KROGSTAD
Prometí procurarle la cantidad…

NORA
Y me la procuró.

KROGSTAD
Prometí procurarle la cantidad con
ciertas condiciones. Estaba usted
entonces tan preocupada por la salud
de su marido y obtener el dinero
para el viaje que creo que no prestó
atención a todos los detalles. Por lo
tanto no está de más el
recordárselos. Bien; prometí
entregarle el dinero contra un recibo,
que yo extendí.
NORA
Sí, y que yo firmé.

KROGSTAD
Bien. Pero al final añadí unas líneas,
por las que su padre salía fiador del
préstamo. Estas líneas las debía
firmar su padre.

NORA
¿Las debía…? Y las firmó.

KROGSTAD
Dejé la fecha en blanco; es decir,
para que su padre la pusiera al
firmar el documento. ¿Recuerda
usted, señora?
NORA
Sí, creo que sí…

KROGSTAD
Le entregué a usted el recibo para
que lo enviara por correo a su padre.
¿No fue así?

NORA
Sí.

KROGSTAD
Y usted, naturalmente, lo hizo
enseguida; porque sólo cinco o seis
días después me devolvió el recibo
con la firma de su padre. Y yo le
entregué la cantidad.
NORA
Bueno, sí; ¿no le he ido pagando
regularmente?

KROGSTAD
Más o menos, sí. Pero…
continuando con lo que decía…,
aquélla fue una mala época para
usted, ¿no, señora?

NORA
Sí, lo fue.

KROGSTAD
Su padre estaba muy grave, creo.

NORA
Se estaba muriendo.

KROGSTAD
¿Murió poco después?

NORA
Sí.

KROGSTAD
Dígame, señora Helmer, ¿recuerda
usted por casualidad en qué fecha
murió su padre? Qué día del mes,
quiero decir.

NORA
Papá murió el 29 de septiembre.
KROGSTAD
Exacto; me he informado sobre ello.
Por eso hay algo raro (Saca un
papel.) que no puedo explicarme.

NORA
¿Cómo raro? No sé…

KROGSTAD
Es raro, señora, que su padre
firmase este recibo tres días después
de morir.

NORA
¿Cómo? No le entiendo…

KROGSTAD
Su padre murió el 29 de septiembre.
Pero mire. Aquí fechó su firma el 2
de octubre. ¿No es extraño, señora?

NORA (Calla.)

KROGSTAD
¿Puede explicármelo?

NORA (Sigue callada.)

KROGSTAD
También es sorprendente que las
cifras 2 de octubre y el año no sean
de letra de su padre, sino una letra
que creo reconocer. Bueno, esto es
explicable; su padre puede haberse
olvidado de fechar el recibo, y
cualquiera puede haberlo hecho al
azar, antes de conocer su
fallecimiento. No hay nada de malo
en ello. Lo que importa es la firma.
¿Es auténtica, señora Helmer? ¿Fue
realmente su padre el que firmó
aquí?

NORA (Tras un corto silencio, alza con


orgullo la cabeza y le mira con
desafío.)
No, no fue él. Fui yo quien escribió
el nombre de papá.

KROGSTAD
Escuche, señora… ¿se da cuenta de
la gravedad de semejante confesión?

NORA
¿Por qué? Pronto recuperará su
dinero.

KROGSTAD
¿Puedo hacerle una pregunta?…
¿Por qué no le envió el documento a
su padre?

NORA
Era imposible. Papá estaba en cama
grave. Si le hubiera pedido la firma,
hubiera tenido que decirle para lo
que iba a emplear el dinero. Pero yo
no podía decirle, con lo grave que
estaba, que la vida de mi marido
corría peligro. Sí, era imposible.

KROGSTAD
En ese caso hubiera sido mejor para
usted el haber renunciado al viaje.

NORA
No, tampoco era posible. El viaje
era la salvación para la vida de mi
marido. No podía renunciar a él.

KROGSTAD
¿Y no pensó que me estaba
estafando?
NORA
No me detuve a pensar en ello.
Usted no me importaba. No le
aguantaba todas las frías
formalidades que usted puso, aun a
sabiendas de la gravedad de mi
marido.

KROGSTAD
Señora Helmer, es evidente que no
tiene usted una idea clara del
alcance de su acción. Pero
permítame que le diga que lo que yo
hice, y lo que destruyó mi
reputación, no fue peor que eso.
NORA
¿Usted? ¿Me quiere usted decir que
cometió una imprudencia para salvar
la vida de su mujer?

KROGSTAD
Las leyes no preguntan por los
motivos.

NORA
Deben ser entonces unas leyes muy
malas.

KROGSTAD
Malas o no… si exhibo este
documento ante un tribunal, sería
usted condenada según las leyes.
NORA
No lo creo. ¿Es que una hija no tiene
derecho a evitarle angustias y
preocupaciones a su padre anciano,
enfermo de muerte? ¿No ha de tener
una esposa derecho a salvar la vida
de su marido? No conozco las leyes
al detalle; pero estoy segura de que
en alguna parte de ellas se permiten
esas cosas. ¿Y no lo sabe usted, que
es procurador? Debe de ser usted un
mal jurista, señor Krogstad.

KROGSTAD
Puede que lo sea. Pero los
negocios… negocios como los que
tenemos entre nosotros… ¿cree usted
que no los conozco? Bien. Haga
usted lo que le parezca. Pero he de
decirle algo: si pierdo mi posición
por segunda vez, se hundirá usted
conmigo.

(Saluda y sale por el


vestíbulo.)

NORA (Pensativa un momento; alzando


la cabeza.)
¡Ah, no!… ¡Quiere asustarme! No
soy tan tonta. (Se ocupa en recoger
la ropa de los niños; pronto se
detiene.) ¿Aunque…? ¡No, no es
posible! ¡Si lo hice por amor!

NIÑOS (En la puerta de la izquierda.)


Mamá, se ha ido el señor.

NORA
Sí, sí, ya lo sé. Pero no habléis más
de él. ¿Me oís? ¡Ni siquiera a papá!

NIÑOS
No, mamá; ¿seguimos jugando?

NORA
No, no; ahora no.

NIÑOS
¡Ah; pero, mamá, lo prometiste!
NORA
Sí, pero ahora no puedo. Iros; tengo
muchísimo que hacer. Iros, iros,
preciosos.

(Los conduce
cariñosamente hacia el
cuarto y cierra la puerta
después.)

NORA (Se sienta en el sofá, toma la


labor y da algunas puntadas, pero
se detiene enseguida.)
¡No! (Arroja el bordado, se levanta,
va a la puerta del vestíbulo y grita.)
¡Elena!, tráeme el árbol. (Se dirige a
la mesa de la izquierda y abre el
cajón; se para de nuevo.) ¡No, es
totalmente imposible!

DONCELLA (Con el abeto.)


¿Dónde lo pongo, señora?

NORA
Ahí, en medio.

DONCELLA
¿Le traigo algo?

NORA
No, gracias; tengo lo que necesito.

(La DONCELLA, después


de colocar el árbol,
vuelve a salir.)

NORA (Atareada en adornar el árbol de


Navidad.)
Aquí, las velas… y aquí, las
flores… ¡Qué hombre más odioso!
Bla, bla, bla. No pasará nada. El
árbol va a quedar precioso. Haré
cuanto desees, Torvald… cantaré
para ti, bailaré para ti…

(Entra HELMER, con un


montón de papeles bajo
el brazo.)

NORA
Ah… ¿ya has vuelto?

HELMER
Sí. ¿Ha venido alguien?

NORA
¿Aquí? No.

HELMER
Qué raro. Acabo de ver salir a
Krogstad del portal.

NORA
Ah, sí es verdad. Krogstad ha estado
un momento.

HELMER
Nora, lo leo en tu cara: ha estado
aquí y te ha pedido que hables en su
favor.

NORA
Sí.

HELMER
Y que lo hicieras como si fuese
ocurrencia tuya. Que me ocultases
que había estado aquí. ¿No te ha
pedido también esto?

NORA
Sí, Torvald, pero…

HELMER
Nora, Nora, ¿cómo puedes prestarte
a cosas así? ¡Hablar con un hombre
semejante y hacerle promesas! ¡Y
encima decirme una mentira!

NORA
¿Una mentira?…

HELMER
¿No me has dicho que no había
venido nadie? (Amonestándola con
el dedo.) No lo volverá a hacer
nunca más mi alondra. Una alondra
debe tener el pico limpio para
cantar, sin notas falsas. (La toma de
la cintura.) ¿No es así? Sí, claro
que sí. (La suelta.) No hablemos
más de eso. (Se sienta ante la
estufa.) Ah, qué caliente y qué bien
se está aquí. (Echa un vistazo a sus
papeles.)

NORA (Atareada con el árbol de


Navidad, tras una corta pausa.)
¡Torvald!

HELMER
Sí.

NORA
Me hace una gran ilusión el baile de
disfraces de mañana en casa de los
Stenborg.
HELMER
Y yo tengo una curiosidad tremenda
por ver qué sorpresa me das.

NORA
Ah, qué fastidio.

HELMER
¿Cómo?

NORA
No encuentro nada que esté bien;
todo me resulta tan absurdo, tan
frívolo.

HELMER
¿Es que la pequeña Nora se ha
vuelto razonable?

NORA (Detrás del sillón de él, con los


brazos en el respaldo.)
¿Estás muy ocupado, Torvald?

HELMER
Psché.

NORA
¿Qué son esos papeles?

HELMER
Asuntos del Banco.

NORA
¿Tan pronto?
HELMER
He conseguido del Director saliente
plenos poderes para hacer los
arreglos necesarios en cuanto al
personal y a la organización.
Emplearé en ello la semana de
Navidad. Lo tendré todo dispuesto
para primeros de año.

NORA
Entonces por eso el pobre
Krogstad…

HELMER
¡Ejem!

NORA (Inclinándose sobre el respaldo


del sillón, le acaricia lentamente la
nuca.)
Si no estuvieras tan ocupado, te
pediría un gran favor, Torvald.

HELMER
Pues dímelo. ¿De qué se trata?

NORA
Tú tienes más gusto que nadie. Me
gustaría muchísimo estar guapa con
mi disfraz. Torvald, ¿no podrías
ocuparte de mí y decirme de qué
debo ir y cómo ha de ser mi disfraz?

HELMER
Ajá, ¿así es que la pequeña cabezota
busca quien la saque de apuros?

NORA
Sí, Torvald, si no me ayudas, no se
me ocurre nada.

HELMER
Bien, bien; lo pensaré; seguro que
encontraremos algo.

NORA
Ah, qué bueno eres. (Vuelve al árbol
de Navidad; pausa.) Qué bonitas
resultan las flores rojas… Pero
dime, ¿fue en realidad tan grave lo
que hizo Krogstad?
HELMER
Falsificar firmas. ¿Te das cuenta de
lo que eso significa?

NORA
¿No lo haría forzado por la
necesidad?

HELMER
Quizá, o, como tantos otros, por
imprudencia. No soy tan despiadado
como para condenar sin reservas a
un hombre por una sola acción como
esa.

NORA
¡Sí!, ¿no es verdad, Torvald?
HELMER
Muchos son los que pueden
recuperarse normalmente, si
reconocen abiertamente su delito y
cumplen su castigo.

NORA
¿Castigo…?

HELMER
Pero Krogstad no hizo eso; se valió
de trucos y trampas; y es esto lo que
le ha hundido moralmente.

NORA
¿Crees que…?
HELMER
Piensa lo que un hombre así,
consciente de su culpa, ha de mentir,
fingir y disimular a cada momento;
cómo ha de ir con una máscara ante
sus más íntimos, hasta su propia
mujer y sus mismos hijos. Y lo peor
es lo que se refiere a los hijos, Nora.

NORA
¿Por qué?

HELMER
Porque semejante ambiente de
mentiras corrompe la vida de un
hogar. Lo que los niños respiran en
una casa así está cargado de
gérmenes malignos.

NORA (Acercándose a su espalda.)


¿Estás seguro de eso?

HELMER
Oh, cariño, bastante tiempo he
ejercido de abogado. Casi todos los
delincuentes precoces tienen madres
que mienten.

NORA
¿Por qué madres… precisamente?

HELMER
Con mayor frecuencia son las
madres; pero los padres influyen lo
mismo, naturalmente; cualquier
abogado lo sabe. Y sin embargo,
este Krogstad ha estado todo el
tiempo envenenando en su hogar a
sus hijos con mentiras y disimulos;
por eso le llamo un enfermo moral.
(Le tiende las manos.) Por eso mi
pequeña Nora me va a prometer no
volverme a hablar en favor suyo.
Dame la mano. Bueno, ¿qué ocurre?
Dámela. Así. Prometido. Te aseguro
que me resultaría imposible trabajar
con él; siento literalmente un
malestar físico ante la proximidad
de tales seres.
NORA (Retira la mano y se dirige al
otro lado del árbol de Navidad.)
Qué calor hace aquí. Y con las cosas
que tengo que hacer.

HELMER (Levantándose y recogiendo


los papeles.)
Sí, voy a dar un vistazo a esto antes
de sentarnos a cenar. También
pensaré en tu disfraz. Y hasta puede
que tenga algo para colgar en papel
dorado del árbol. (Poniéndole la
mano en la cabeza.) ¡Oh, mi
preciosa alondra!

(Se dirige a su cuarto y


cierra la puerta.)

NORA (En voz baja, después de una


pausa.)
¡Oh, no! No puede ser. Tiene que ser
imposible.

NIÑERA (En la puerta de la izquierda.)


Los niños insisten que quieren venir
con su mamá.

NORA
No, no; no dejes que vengan.
Quédate con ellos, Ana María.

NIÑERA
Sí, señora. (Cierra la puerta.)
NORA (Pálida de indignación.)
¡Corromper a mis hijos…!
¿Envenenar mi hogar? (Breve pausa;
alza la frente en desafío.) No es
verdad. Jamás lo será.
Acto segundo

El mismo decorado. Al fondo, junto al


piano, el árbol de Navidad, despojado
y con los cabos de velas consumidos. El
abrigo de NORA se encuentra sobre el
sofá.
NORA, a solas, pasea inquieta;
finalmente se detiene ante el sofá y
toma su abrigo.

NORA (Dejando de nuevo el abrigo.)


¡Alguien viene! (Va hacia la puerta,
escuchando.) No… nadie. Claro
está… nadie vendrá hoy, día de
Navidad… ni tampoco mañana…
Pero quizá… (Abre la puerta y
mira.) No, nada en el buzón;
completamente vacío. (Pasea de
nuevo.) ¡Que tontería! No habrá
nada en definitiva. No puede ocurrir
nada así. Es imposible. Son tres
niños pequeños los que tengo.

(La NIÑERA, con una


gran caja de cartón,
entra por la izquierda.)

NIÑERA
Bueno, por fin encontré la caja de
los disfraces.

NORA
Gracias; déjala en la mesa.

NIÑERA (Haciéndolo.)
Pero están muy revueltos.

NORA
¡Ay, de buena gana los haría trizas!

NIÑERA
Oh, no; pueden apañarse; con un
poquito de paciencia.

NORA
Sí, iré a buscar a la señora Linde
para que me ayude.

NIÑERA
¿Va a salir de nuevo? ¿Con este
tiempo tan horrible? La señora va a
resfriarse… a enfermar.

NORA
Ah, eso no sería lo peor… ¿Qué
hacen los niños?

NIÑERA
Los angelitos están jugando con los
regalos, pero…

NORA
¿Preguntan mucho por mí?

NIÑERA
Como están tan acostumbrados a
estar con su mamá.

NORA
Sí, Ana María, pero a partir de
ahora no puedo estar tanto con ellos.

NIÑERA
Bueno, los niños pequeños se hacen
a todo.

NORA
¿Tú crees? ¿Crees que olvidarían a
su mamá si se fuera para siempre?
NIÑERA
Por Dios… ¡irse para siempre!

NORA
Oye, Ana María, dime… me lo he
preguntado muchas veces… ¿cómo
pudiste entregar a tu hija a unos
extraños?

NIÑERA
No tuve más remedio, si tenía que
ser la nodriza de la pequeña Nora.

NORA
Sí, pero ¿cómo pudiste aceptarlo?

NIÑERA
¿Iba a perder un empleo tan bueno?
Una muchacha pobre, que tiene la
desgracia de dar un mal paso, debe
alegrarse de encontrarlo. Porque el
miserable no hizo nada por mí.

NORA
Pero tu hija te habrá olvidado.

NIÑERA
Oh, no, nada de eso. Me escribió
cuando la confirmaron y cuando se
casó.

NORA (Abrazándola.)
Mi vieja Ana María, fuiste una
madre tan buena para mí cuando era
niña.

NIÑERA
La pobre Nora no tuvo más madre
que yo.

NORA
Y si los niños se quedasen sin ella,
estoy segura de que tú… Pero esto
es hablar por hablar. (Abre la caja.)
Vete con ellos. Ahora tengo que…
Ya verás mañana qué guapa voy a
estar.

NIÑERA
Pues claro que no habrá ninguna en
el baile tan guapa como la señora.
(Sale por la izquierda.)

NORA (Comienza a sacar las prendas


de la caja, pero pronto las deja.)
Si me atreviese a salir. Si no viniese
nadie. Si no ocurriese nada en casa
mientras tanto. Tonterías; no vendrá
nadie. Mejor no pensar. Cepillaré el
manguito. Preciosos guantes,
preciosos guantes. ¡No hay que hacer
caso; no hay que hacer caso! Uno,
dos, tres, cuatro, cinco, seis…
(Grita.) Alguien viene… (Se dirige
a la puerta, pero se detiene
indecisa.)
(La SEÑORA LINDE entra
del vestíbulo, donde ha
dejado el abrigo.)

NORA
Ah, ¿eres tú, Cristina? ¿Vienes sola?
… Cómo me alegro de que hayas
venido.

SEÑORA LINDE
Me han dicho que habías estado en
casa preguntando por mí.

NORA
Sí, pasaba por allí por casualidad.
Era para pedirte que me ayudaras en
una cosa. Vamos a sentarnos aquí en
el sofá. Verás. Mañana noche hay un
baile de disfraces arriba, en casa del
cónsul Stenborg, y Torvald quiere
que vaya de pescadora napolitana y
que baile la tarantela que aprendí en
Capri.

SEÑORA LINDE
Anda, ¿conque vas a dar un recital?

NORA
Sí, es deseo de Torvald. Mira, aquí
tengo el disfraz; Torvald encargó que
me lo hiciera allí; pero está tan
desordenado que no sé cómo
hacer…
SEÑORA LINDE
Bueno, en un momento lo
arreglamos; sólo es cuestión del
adorno, que se ha descosido aquí y
allá. ¿Hilo y aguja? Ah, aquí
tenemos lo que hace falta.

NORA
¡Qué buena eres!

SEÑORA LINDE (Cosiendo.)


¿Así es que te vas a disfrazar
mañana, Nora? Sabes… me pasaré
un momento para vértelo puesto.
Pero me olvidé de darte las gracias
por la simpática cena de anoche.
NORA (Se levanta y pasea.)
Ah, me pareció que anoche no
estuvo tan bien como otras veces…
Lástima que no hayas venido antes a
la ciudad, Cristina… Sí, Torvald
sabe cómo hacer agradable y
acogedora la casa.

SEÑORA LINDE
Y tú no menos, diría yo; no en vano
eres hija de tu padre. Pero dime,
¿está siempre el doctor Rank tan
bajo de tono como anoche?

NORA
No, ayer estuvo más que nunca. Pero
lo cierto es que sufre una grave
enfermedad. Tiene tuberculosis de la
columna, el pobre. ¿Sabes?, su padre
era un perdido, que tenía queridas y
demás; y por eso el hijo está
enfermo desde la infancia,
¿entiendes?

SEÑORA LINDE (Interrumpiendo la


costura.)
Pero, querida Nora, ¿cómo puedes
saber esas cosas?

NORA (Paseando.)
Bah… cuando se tienen tres hijos, a
veces le visitan a una… señoras que
saben bastante de medicina, y lo
cuentan todo.

SEÑORA LINDE (Sigue cosiendo; corta


pausa.)
¿Viene el doctor Rank a diario?

NORA
Todos los días. Es íntimo de Torvald
desde que eran muchachos y también
buen amigo mío. El doctor Rank es
como de la familia.

SEÑORA LINDE
Pero dime: ¿es de verdad sincero?
Quiero decir, ¿no anda con
cumplidos con la gente?
NORA
No, al contrario. ¿Por qué dices eso?

SEÑORA LINDE
Ayer, cuando me lo presentaste,
aseguró que había oído mi nombre
con frecuencia aquí; pero después
observé que tu marido no tenía la
menor idea de quien fuese yo.
¿Cómo podía el doctor Rank…?

NORA
Oh, muy sencillo, Cristina. Torvald
me adora, hasta el punto de querer
tenerme sólo para él, como dice. Al
principio sentía como celos si yo
nombraba a algún amigo en casa.
Así es que, naturalmente, tuve que
dejar de hacerlo. Pero con el doctor
Rank suelo hablar de estas cosas,
porque le gusta oírme.

SEÑORA LINDE
Escúchame, Nora; en muchos
aspectos eres todavía una niña; tengo
algunos años más que tú y algo más
de experiencia. Te diré algo: debes
acabar con estas relaciones con el
doctor Rank.

NORA
¿Por qué razón?
SEÑORA LINDE
Yo diría que por varias razones.
Ayer dijiste algo sobre un rico
admirador, que te daría dinero…

NORA
Sí, uno que no existe… por
desgracia. ¿Y qué?

SEÑORA LINDE
¿Es rico el doctor Rank?

NORA
Sí.

SEÑORA LINDE
¿Y sin nadie a quien mantener?
NORA
No, nadie; ¿pero…?

SEÑORA LINDE
¿Y viene aquí a diario?

NORA
Sí, ya te lo he dicho.

SEÑORA LINDE
¿Pero cómo un caballero puede ser
tan impertinente?

NORA
No te entiendo una palabra.

SEÑORA LINDE
No disimules, Nora. ¿Crees que no
he adivinado quién te prestó las
cuatro mil ochocientas coronas?

NORA
¿Estás loca? ¿Cómo puedes pensar
semejante cosa? ¡Un amigo común,
que viene aquí cada día! ¿No sería
una situación espantosa?

SEÑORA LINDE
¿De verdad que no es él?

NORA
No, te lo aseguro. No se me
ocurriría nunca. Ni siquiera tenía
dinero entonces; lo heredó después.
SEÑORA LINDE
Bien pensado, creo que fue una
suerte para ti, querida Nora.

NORA
No, nunca se me hubiera ocurrido
pedirle al doctor Rank… Aunque
estoy completamente segura de que
si se lo pido…

SEÑORA LINDE
¿Pero claro está que no lo harás?

NORA
No, claro que no. Ni creo, cuando lo
pienso, que sea necesario. Pero
estoy convencida de que si hablo
con el doctor Rank…

SEÑORA LINDE
¿A espaldas de tu marido?

NORA
Tengo que salir de esto, aunque sea a
espaldas suyas. Tengo que acabar
con esto.

SEÑORA LINDE
Sí, sí, eso te dije ayer, pero…

NORA (Paseando por el salón.)


Un hombre puede resolver ciertos
asuntos mejor que una mujer…
SEÑORA LINDE
Si es su marido, sí.

NORA
Tonterías. (Pausa.) Cuando uno
liquida la deuda, ¿le devuelven el
recibo?

SEÑORA LINDE
Sí, claro es.

NORA
¡Y puede uno romperlo en mil
pedazos y quemarlo… el maldito
papel!

SEÑORA LINDE (La mira con atención,


deja la costura y se levanta
lentamente.)
Nora, tú me ocultas algo.

NORA
¿Me lo notas?

SEÑORA LINDE
Ayer mañana te pasó algo. Nora,
¿qué fue?

NORA (Acercándose a ella.)


¡Cristina! (Escucha.) Chist. Ha
vuelto Torvald. Mira, vete al cuarto
de los niños. Torvald no soporta la
costura. Que te ayude Ana María.
SEÑORA LINDE (Recoge algunas de las
prendas.)
Bien, bien, pero no me voy sin que
hablemos seriamente.

(Sale por la izquierda;


al momento entra
HELMER del vestíbulo.)

NORA (Yendo hacia él.)


Oh, te he estado esperando con
impaciencia, cariño.

HELMER
¿Está la costurera…?

NORA
No, es Cristina; me está ayudando a
arreglar el disfraz. Ya verás qué bien
voy a estar.

HELMER
Sí, ¿a que tuve una buena idea?

NORA
¡Espléndida! ¿Pero no ha sido
también un acierto por mi parte el
que haya seguido tu consejo?

HELMER (Tomándola de la barbilla.)


¿Un acierto… el hacer caso a tu
marido? Vaya, vaya, loquilla, ya sé
que no has querido decir eso. Pero
no te quiero molestar; seguro que
irás a probártelo.

NORA
¿Y tú, vas a ir a trabajar?

HELMER
Sí. (Muestra un montón de
papeles.) Mira. He estado en el
Banco… (Se dirige a su despacho.)

NORA
Torvald.

HELMER (Deteniéndose.)
¿Qué?

NORA
Si tu pequeña ardilla te pidiera algo
de todo corazón…

HELMER
¿Qué es?

NORA
¿Lo harías?

HELMER
Primero tengo que saber de qué se
trata, naturalmente.

NORA
La ardilla daría saltos y haría
gracias si fueras bueno y
complaciente.
HELMER
Venga, dímelo.

NORA
La alondra cantaría en todas las
habitaciones, por aquí y por allá…

HELMER
Vaya cosa, es lo que está haciendo
siempre la alondra.

NORA
Jugaría a ser una sílfide y bailaría
para ti al claro de luna, Torvald.

HELMER
Nora… ¿no será lo que me dijiste
esta mañana?

NORA (Acercándose.)
¡Sí, Torvald, te lo pido por favor!

HELMER
¿Y de verdad quieres volver a sacar
el asunto?

NORA
Sí, sí; tienes que hacerme caso;
debes dejar que Krogstad conserve
su empleo en el Banco.

HELMER
Querida Nora, su puesto se lo he
dado a la señora Linde.
NORA
Y ha sido muy amable por tu parte;
pero puedes despedir a otro
empleado en vez de Krogstad.

HELMER
¡Eres de una obstinación increíble!
Porque sin más se te haya ocurrido
recomendarle, tengo yo que…

NORA
No es por eso, Torvald. Es por tu
bien. Sabes que ese hombre escribe
en los periódicos más escandalosos,
tú mismo lo has dicho. Puede hacerte
un daño incalculable. Le tengo
mucho miedo…

HELMER
Ajá, ya entiendo; son viejos
recuerdos los que te asustan.

NORA
¿Qué quieres decir?

HELMER
Piensas naturalmente en tu padre.

NORA
Sí, sí, por supuesto. Acuérdate lo
que gentes infames escribieron en
los periódicos sobre papá y de qué
horrible forma le calumniaron. Creo
que le hubieran cesado, si no te llega
a enviar el ministerio a investigar y
si tú no hubieras sido tan bondadoso
y tan comprensivo con él.

HELMER
Mi pequeña Nora, hay una
considerable diferencia entre tu
padre y yo. Tu padre no era un
funcionario intachable. Pero yo sí, y
espero seguir siéndolo todo el
tiempo que esté en mi puesto.

NORA
Nadie sabe lo que la gente sin
conciencia puede inventar. ¡Ahora
que podríamos ser tan felices, tener
tanta paz y tanta dicha en nuestro
tranquilo hogar, libres de
angustias… tú y yo y los niños,
Torvald! Por eso te pido con toda el
alma…

HELMER
Y es precisamente tu recomendación
lo que me impide mantenerlo. Ya es
sabido en el Banco que le voy a
despedir. Ahora dirían que el nuevo
director ha cambiado de opinión
debido a su mujer…

NORA
Sí, ¿y qué?

HELMER
Ah, sí, claro; sólo para que la
pequeña egoísta se salga con la
suya… ¿Me he de convertir en el
hazmerreír de todo el personal…
que la gente crea que estoy a la
merced del primero que llega? No,
estáte segura de que pronto sufriría
las consecuencias. Y además… se
da una circunstancia que hace por
completo imposible la permanencia
de Krogstad en el Banco, mientras
yo sea director.
NORA
¿De qué se trata?

HELMER
En último caso, quizá hubiera
podido pasar por alto su tacha
moral…

NORA
¿Sí, no es cierto, Torvald?

HELMER
Y tengo entendido que es bastante
eficaz. Pero se trata de alguien a
quien conocí en mi juventud. Es una
de esas amistades que tan enojosas
resultan después. Te lo diré
francamente: nos tuteamos. Y el muy
descarado no lo disimula delante de
los demás. Al contrario… cree que
le autoriza a emplear un tono
familiar conmigo; y se pavonea a
cada momento con su «tú, tú,
Helmer». Te aseguro que me resulta
inaguantable. Haría mi situación en
el Banco intolerable.

NORA
Torvald, no hablas en serio.

HELMER
¿Cómo? ¿Cómo que no?

NORA
No, porque eso no son más que
ridiculeces.

HELMER
¿Qué dices? ¿Ridiculeces? ¿Crees
que soy ridículo?

NORA
No, al contrario, Torvald; y es
precisamente por eso…

HELMER
Es igual; calificas mis razones de
ridículas; luego puede que yo lo sea.
¡Ridículo! Pues bueno… esto va a
acabar ahora mismo. (Se dirige a la
puerta del vestíbulo y grita.)
¡Elena!

NORA
¿Qué vas a hacer?

HELMER (Busca entre sus papeles.)


Tomar una decisión. (Entra la
DONCELLA.)

HELMER
Mire, tome esta carta; bájela ahora
mismo. Busque un mandadero y que
se encargue de ello. Pero pronto.
Lleva la dirección. Tome, dinero.

DONCELLA
Bien. (Sale con la carta.)
HELMER (Ordena los papeles.)
Ya lo ves, pequeña testadura.

NORA (Sin aliento.)


Torvald… ¿qué era esa carta?

HELMER
El despido de Krogstad.

NORA
¡Retírala, Torvald! Aún hay tiempo.
¡Oh, Torvald, retírala! ¡Hazlo por
mí… por ti, por los niños!
¡Escúchame, Torvald; hazlo! No
tienes idea de lo que esto puede
traernos a todos.
HELMER
Demasiado tarde.

NORA
Sí, demasiado tarde.

HELMER
Querida Nora, te perdono este temor
que tienes, aunque en el fondo sea un
insulto para mí. Ah, sí, sí que lo es.
¿O es que no es un insulto suponer
que voy a tener miedo de la
venganza de un picapleitos muerto
de hambre? Pero te lo perdono así y
todo, porque es indicio del amor que
me tienes. (La abraza.) Así tiene que
ser, querida Nora. Pase lo que pase.
Puedes creer que cuando es preciso
tengo valor y fuerzas. Verás cómo
soy hombre para soportarlo todo.

NORA (Alarmada.)
¿Qué quieres decir con eso?

HELMER
Todo, he dicho.

NORA (Con firmeza.)


Nunca tendrás que hacerlo.

HELMER
Bien, pues lo compartiremos,
Nora… como marido y mujer. Como
debe ser. (La acaricia.) ¿Estás
contenta ahora? Venga, venga; se
acabaron esos ojos de paloma
asustada. Si no son más que fantasías
sin fundamento… Ahora deberías
tocar la tarantela y ensayar con la
pandereta. Me iré al despacho y
cerraré la puerta medianera, así no
oiré nada; puedes armar todo el
jaleo que quieras. (Volviéndose en
la puerta.) Y cuando venga Rank,
dile donde puede encontrarme. (Le
hace un gesto con la cabeza,
marcha con los papeles a su cuarto
y cierra después.)
NORA (Llena de angustia, permanece
como clavada, murmurando.)
Es capaz de hacerlo. ¡Lo hará! ¡Lo
hará, a pesar de todo…! ¡No, eso
jamás! ¡Antes cualquier cosa! ¡Una
solución…! Una salida… (Suena la
campanilla del vestíbulo.) ¡El
doctor Rank…! ¡Cualquier cosa
antes! ¡Sea lo que sea!

(Se pasa la mano por la


cara, serenándose, y se
dirige a abrir la puerta
del vestíbulo, donde el
DOCTOR RANK está
colgando su abrigo de
piel. Durante lo que
sigue comienza a
oscurecer.)

NORA
Buenas tardes, doctor Rank. Le he
reconocido por la llamada. Pero no
pase a ver a Torvald ahora; creo que
está ocupado.

RANK
¿Y usted?

NORA (Mientras él entra en el salón y


ella cierra la puerta.)
Oh, ya sabe usted… para usted tengo
siempre tiempo libre.
RANK
Gracias. Procuraré hacer uso de él
mientras pueda.

NORA
¿Qué quiere usted decir? ¿Mientras
pueda?

RANK
Sí. ¿Le asusta eso?

NORA
Bueno, es una forma tan chocante de
decirlo. ¿Espera usted algo?

RANK
Lo he venido esperando hace mucho.
Pero la verdad es que no creía que
ocurriese tan pronto.

NORA (Cogiéndole del brazo.)


¿Qué es lo que sabe? ¡Dígamelo,
doctor!

RANK (Sentándose junto a la estufa.)


Estoy cada vez peor. No puede
hacerse nada.

NORA (Respirando con alivio.)


¿Se refiere usted…?

RANK
¿A qué si no? Es inútil tratar de
engañarme. Soy el más desesperado
de mis pacientes, señora Helmer.
Estos días he hecho balance general
de mis negocios internos. Quiebra
total. Puede que dentro de un mes me
esté pudriendo en el cementerio.

NORA
Calle, no diga esos horrores.

RANK
El asunto es horroroso de por sí.
Pero lo peor son los horrores que
habré de sufrir antes. No queda más
que un examen; en cuanto lo acabe,
sabré más o menos cuando
comenzará el desenlace. Quiero
decirle una cosa. Helmer siente, con
su refinada sensibilidad, una notable
repugnancia por todo lo
desagradable. No quiero que entre
en mi cuarto del hospital…

NORA
Pero doctor Rank…

RANK
No quiero que vaya. De ninguna
forma. Le cerraré la puerta… En
cuanto tenga conocimiento de lo
peor, le enviaré mi tarjeta con una
cruz negra, y así sabrá usted que ha
comenzado el horror final.
NORA
Vaya, hoy está usted de verdad
imposible. Con lo que yo esperaba
verle de buen humor.

RANK
¿Con la muerte a la espalda?… y
teniendo que pagar por culpa de
otro. ¿Es esto justo? Y no hay
familia sobre la que no caiga de
forma inexorable semejante ajuste de
cuentas…

NORA (Se tapa los oídos.)


¡Tonterías! ¡Ánimo, ánimo!

RANK
Sí, sí que es algo para alegrarse. Mi
pobre columna inocente tiene que
pagar por los alegres días de
teniente de mi padre.

NORA (Junto a la mesa de la


izquierda.)
Seguro que le volvían loco los
espárragos y el foie gras. ¿A que sí?

RANK
Ya lo creo; y las trufas.

NORA
Claro, y las trufas, por supuesto. Y
también las ostras, ¿no?
RANK
Oh, sí, las ostras, las ostras; ni que
decir tiene.

NORA
Y encima, todo aquel oporto y aquel
champán. Es una lástima que todas
las cosas buenas le sienten mal a los
huesos.

RANK
Sobre todo si son unos huesos que
no han disfrutado de ellas.

NORA
Oh, sí, claro, eso es lo más triste.
RANK (Observándola con atención.)
Ejem…

NORA (Tras una pausa.)


¿Por qué sonríe?

RANK
No, era usted la que se ha reído.

NORA
¡No, ha sido usted el que se sonreía,
doctor Rank!

RANK (Levantándose.)
Es usted más picara de lo que
pensaba.
NORA
Hoy me he propuesto hacer locuras.

RANK
Eso parece.

NORA (Poniéndole las manos en los


hombros.)
Querido, querido doctor Rank, no se
nos vaya usted a morir.

RANK
Me echará usted de menos por poco
tiempo. A los muertos se les olvida
pronto.

NORA (Mirándole con pena.)


¿Cree usted?

RANK
Se establecen nuevos lazos, y
entonces…

NORA
¿Quién establece nuevos lazos?

RANK
Tanto usted como Helmer, en cuanto
yo haya desaparecido. Diría que
usted misma ha comenzado ya. ¿Qué
hacía aquí anoche esa señora Linde?

NORA
Vaya… ¿No estará usted celoso de
la pobre Cristina?

RANK
Pues sí, lo estoy. Será mi sucesora
aquí. En cuanto yo desaparezca, será
probablemente esta señora…

NORA
Chist; no hable tan alto; está ahí
dentro.

RANK
¿También hoy? Ya lo está viendo.

NORA
Sólo para coserme el disfraz. Dios
mío, qué imposible está usted.
(Sentándose en el sofá.) Sea usted
bueno, doctor Rank; verá mañana lo
bien que bailo; entonces pensará que
lo hago por usted…, y por Torvald,
claro está… se comprende.
(Sacando artículos de la caja.)
Doctor, siéntese aquí y le enseñaré
algo.

RANK (Sentándose.)
¿Qué es?

NORA
¡Mire, mire!

RANK
Medias de seda.
NORA
Color carne. ¿No son lindas? Bueno,
está aquí tan oscuro; pero mañana…
No, no; sólo verá el pie. Bueno, le
dejaré ver el resto.

RANK
Ejem.

NORA
¿Por qué pone esa cara? ¿Es que
cree que no me van a sentar bien?

RANK
Me resulta imposible tener una
fundada opinión.
NORA (Echándole una mirada.)
Huy, ¿no le da vergüenza?
(Azotándole ligeramente la oreja
con las medias.) Tome, tome. (Las
vuelve a guardar.)

RANK
¿Y qué otras maravillas voy a ver?

NORA
Ni una sola más, por atrevido.
(Canturrea mientras rebusca en la
caja.)

RANK (Tras una corta pausa.)


Cuando estoy sentado aquí en toda
confianza con usted, no puedo
imaginar… no, no puedo hacerme
idea… lo que hubiera sido de mí de
no haber venido a esta casa.

NORA (Sonríe.)
Sí, yo diría que de verdad se
encuentra usted a gusto entre
nosotros.

RANK (En voz baja, abstraído.)


Y tener que marcharse para
siempre…

NORA
Bobadas; usted no va a marcharse.

RANK (Como antes.)


… sin dejar la mínima señal de
gratitud; sólo una pasajera
añoranza… nada más que una plaza
vacante, que será ocupada cuanto
antes.

NORA
¿Y si le pidiera algo?… No…

RANK
¿Qué?

NORA
Una gran prueba de amistad…

RANK
¿Sí?
NORA
No, quiero decir… un inmenso
favor…

RANK
¿De veras me hará tan feliz, aunque
sea por una vez?

NORA
¡Pero si no sabe lo que es!

RANK
Bien, dígalo.

NORA
No, no puedo, doctor Rank; es algo
tan exorbitante… a la vez, un
consejo y una ayuda y un favor.

RANK
Pues tanto mejor. No caigo en lo que
quiere decir. Así es que dígalo. ¿No
tiene confianza en mí?

NORA
Oh, sí, más que en nadie. Usted es
mi mejor y más fiel amigo, de sobra
lo sé. Por eso se lo cuento. Bueno,
doctor Rank; se trata de algo que
usted puede ayudarme a impedir.
Usted sabe lo que me quiere
Torvald; ni un instante dudaría en
dar su vida por mí.
RANK (Inclinándose ante ella.)
Nora… ¿cree usted que es el único?

NORA (Con un ligero estremecimiento.)


¿Qué?

RANK
Que daría con gusto la vida por
usted.

NORA (Lentamente.)
Ah, ya.

RANK
Me he jurado decírselo antes de
morir. Mejor ocasión no encontraré
nunca… Sí, Nora, ya lo sabe usted.
Y también sabe ahora que puede
usted confiar en mí como en ningún
otro.

NORA (Se levanta; suave y


tranquilamente.)
Déjeme pasar.

RANK (Dejándola marchar, pero aún


sentado.)
Nora…

NORA (En la puerta del vestíbulo.)


Elena, trae la lámpara. (Se dirige a
la estufa.) Oh, querido doctor Rank,
no está nada bien lo que ha hecho.
RANK (Levantándose.)
¿Que la haya amado con mayor
pasión que nadie? ¿Está mal eso?

NORA
No, sino que me lo haya dicho. No
había necesidad alguna…

RANK
¿Qué quiere decir? ¿Es que lo sabía?

(La DONCELLA entra


con la lámpara, la
coloca en la mesa y
vuelve a salir.)

RANK
Nora… señora Helmer… Le
pregunto si lo sabía.

NORA
Oh, ¿qué es lo que sé, qué es lo que
he sabido o no? No puedo decírselo
en realidad… ¡Cómo puede ser
usted tan torpe, doctor Rank! ¡Ahora
que todo iba tan bien!

RANK
Bueno, está ya usted enterada de que
estoy a su disposición en cuerpo y
alma. Así es que dígamelo.

NORA (Mirándole.)
¿Después de lo que ha ocurrido?
RANK
Le ruego que me diga de qué se trata.

NORA
Ahora ya no le puedo decir nada.

RANK
Claro que sí. No me castigue de esta
forma. Déjeme hacer por usted
cuanto sea humanamente posible.

NORA
Ahora no puede hacer nada por mí…
Aparte de que de verdad no necesito
ayuda de nadie. Verá, son sólo
imaginaciones. ¡Seguro que lo son!
(Se sienta en la mecedora, le mira,
sonriendo.) Bueno, menudo
caballero está usted hecho, doctor
Rank. ¿No siente ahora vergüenza, a
la luz de la lámpara?

RANK
¡No; ni pizca! ¿Pero quizá deba
irme… y no volver?

NORA
No, ni se le ocurra. Debe seguir
viniendo como antes. De sobra sabe
que Torvald no puede pasarse sin
usted.

RANK
Sí, pero, ¿y usted?
NORA
Oh, sus visitas me resultan siempre
tan agradables.

RANK
Es justamente eso lo que me ha
llevado a equivocarme. Es usted un
enigma para mí. Más de una vez me
ha parecido que se encontraba usted
casi tan a gusto conmigo como con
Helmer.

NORA
Sí, verá, resulta que a ciertas
personas se las quiere más, mientras
hay otras a las que casi se las
prefiere como compañía.

RANK
Sí, no deja de ser cierto eso.

NORA
En casa, era a papá a quien más
quería, claro está. Pero lo que me
gustaba era poder escaparme al
cuarto de las criadas; porque allí
nadie me regañaba y tenían una
conversación tan animada.

RANK
Ajá, luego yo he venido a
reemplazarlas.
NORA (Se levanta de un salto y se le
acerca.)
Oh, querido doctor Rank, no he
querido decir eso. Pero puede usted
imaginarse que con Torvald ocurre
como con papá…

(La DONCELLA entra del


vestíbulo.)

DONCELLA
¡Señora! (Le habla en voz baja y le
entrega una tarjeta.)

NORA (Dando un vistazo a la tarjeta.)


¡Oh! (La guarda en el bolsillo.)
RANK
¿Algo malo?

NORA
No, no, nada; sólo… es mi vestido
nuevo…

RANK
¿Cómo? Si está ahí.

NORA
Oh, sí, ése; pero es otro que he
encargado… sin que lo sepa
Torvald…

RANK
Ajá, luego ése era el gran secreto.
NORA
Eso es; vaya con él; está en el
despacho; entreténgale mientras
tanto…

RANK
Esté tranquila; no se me escapará.

(Entra en el cuarto de
HELMER.)

NORA (A la DONCELLA.)
¿Y está esperando en la cocina?

DONCELLA
Sí, ha subido por la escalera de
servicio…
NORA
¿Pero no le has dicho que tenía
visita?

DONCELLA
Sí, pero como si no.

NORA
¿Y no quiere irse?

DONCELLA
No, sin hablar con la señora.

NORA
Hazle pasar; pero con cuidado.
Elena, no se lo digas a nadie; es una
sorpresa para mi marido.
DONCELLA
Sí, sí, ya entiendo… (Sale.)

NORA
Aquí está el desastre. Tenía que
pasar. No, no, no puede ser; no ha de
ser.

(Se dirige a la puerta de


HELMER y corre el
pestillo. La DONCELLA
abre la puerta del
vestíbulo al procurador
KROGSTAD y la cierra
tras él. Éste viste abrigo
y gorro de piel; botas
altas.)

NORA (Acercándosele.)
Hable bajo, mi marido está en casa.

KROGSTAD
Bueno, que esté.

NORA
¿Qué quiere usted de mí?

KROGSTAD
Informarme de algo.

NORA
Dése prisa. ¿Qué es?
KROGSTAD
Ya sabe que he sido despedido.

NORA
No pude impedirlo, señor Krogstad.
He luchado lo imposible por usted;
pero no sirvió de nada.

KROGSTAD
¿Tan poco la quiere su marido? Sabe
a lo que puedo exponerla, y sin
embargo se atreve…

NORA
¿Qué le hace suponer que lo sabe?

KROGSTAD
Oh, no, no supongo nada. No es
propio de mi buen Torvald Helmer
el mostrarse tan osado…

NORA
Señor Krogstad, le exijo respeto
para mi marido.

KROGSTAD
Por supuesto, todos mis respetos.
Pero ya que la señora guarda este
asunto con tanto secreto, me atrevo a
suponer que se ha informado mejor
que ayer de la trascendencia de su
acción.

NORA
¿Más de lo que usted me informó?

KROGSTAD
Sí, un jurista tan malo como yo…

NORA
¿Qué es lo que quiere de mí?

KROGSTAD
Sólo saber cómo le iba, señora
Helmer. He estado pensando en
usted todo el día. Un prestamista[3],
un picapleitos, un… bueno, alguien
como yo, tiene también un poco de
lo que se llama corazón, ¿sabe?

NORA
Demuéstrelo; piense en mis hijos.

KROGSTAD
¿Han pensado usted y su marido en
los míos? Pero ya da lo mismo. Lo
único que quería decirle es que no
tome este asunto demasiado en serio.
En primer lugar, no voy a presentar
ninguna denuncia.

NORA
No, ¿verdad? Lo sabía.

KROGSTAD
Todo puede arreglarse
amistosamente; no es necesario darle
publicidad; quedará sólo entre
nosotros tres.

NORA
Mi marido no debe saberlo nunca.

KROGSTAD
¿Cómo podrá impedirlo? ¿Es que
está usted en situación de pagar el
resto?

NORA
No, ahora mismo no.

KROGSTAD
¿O ha encontrado usted algún medio
para reunir el dinero en unos días?
NORA
No, ninguno que quiera utilizar.

KROGSTAD
Bueno, no le hubiera servido para
nada de todas formas. Aunque
tuviera aquí todo el dinero en la
mano no iría a devolverle su recibo.

NORA
Explíqueme en qué lo va a emplear.

KROGSTAD
Lo conservaré sólo… lo tendré en
mi custodia. Nadie va a enterarse.
Así es que si adopta usted alguna
decisión desesperada…
NORA
¡Lo haré!

KROGSTAD
… si se le ocurre huir de su casa y
de los suyos…

NORA
¡Lo haré!

KROGSTAD
… o se le ocurre pensar en algo
peor…

NORA
¿Cómo lo sabe?
KROGSTAD
… abandone usted semejantes ideas.

NORA
¿Cómo sabe que pienso en eso?

KROGSTAD
La mayoría pensamos en eso al
comienzo. Yo también pensé en ello;
pero he de confesar que no tuve
valor…

NORA (Con voz ronca.)


Yo tampoco.

KROGSTAD (Tranquilizado.)
¿No, verdad? ¿Tampoco usted lo
tiene?

NORA
No lo tengo, no.

KROGSTAD
Sería una gran tontería. Una vez que
pasa la primera tormenta conyugal…
Aquí en el bolsillo tengo la carta
para su marido…

NORA
¿Y lo cuenta todo?

KROGSTAD
Con la mayor delicadeza posible.
NORA (Precipitadamente.)
No debe recibirla. Rómpala.
Encontraré el dinero como sea.

KROGSTAD
Perdone, señora, pero creo que
acabo de decirle…

NORA
Oh, no hablo del dinero que le debo.
Dígame qué cantidad le pide a mi
marido y la buscaré.

KROGSTAD
No le pido dinero a su marido.

NORA
¿Qué le pide?

KROGSTAD
Se lo diré. Quiero rehabilitarme;
quiero prosperar; y será su marido
quien me ayude. En año y medio no
he cometido nada deshonroso;
durante este tiempo he luchado
contra las circunstancias más
adversas; estaba dispuesto a
levantarme paso a paso. Ahora me
han despedido y no me conformo con
que me readmitan por misericordia.
Le digo que quiero prosperar.
Quiero volver al Banco… tener un
puesto más importante; que su
marido cree un cargo para mí…

NORA
¡Nunca hará eso!

KROGSTAD
Lo hará; le conozco; no se atreverá a
decir una palabra. ¡Y en cuanto nos
pongamos de acuerdo, ya lo verá!
Antes de un año seré la mano
derecha del Director. ¡Será Nils
Krogstad y no Torvald Helmer quien
dirija el Banco!

NORA
¡Eso no lo verá usted nunca!
KROGSTAD
¿Intentará usted…?

NORA
Ahora me atreveré a hacerlo.

KROGSTAD
Oh, no me asusta usted. Una señora
tan delicada y mimada como usted…

NORA
¡Ya verá, ya verá!

KROGSTAD
¿Bajo el hielo, quizá? ¿En el agua,
fría y negra? Y en primavera volver
a la superficie, horrible,
irreconocible, sin pelo…

NORA
No me asusta.

KROGSTAD
Ni usted a mí. Esas cosas no se
hacen, señora Helmer. Y, además,
¿para qué serviría? Le tengo
prácticamente en el bolsillo.

NORA
¿Después? ¿Cuando yo ya no…?

KROGSTAD
¿Olvida usted que tengo en mis
manos la futura reputación de usted?
NORA (Le mira estupefacta.)

KROGSTAD
Bueno, ya lo sabe usted. No haga
ninguna tontería. Espero el
ofrecimiento de Helmer en cuanto
reciba mi carta. Y recuerde bien que
ha sido su propio marido el que me
ha obligado a actuar de esta forma.
Nunca se lo perdonaré. Adiós,
señora.

(Sale por el vestíbulo.)

NORA (Junto a la puerta, la entreabre y


escucha.)
Se marcha. No ha dejado ninguna
carta. ¡Oh, no, no, no es posible!
(Abre la puerta poco a poco.) ¿Qué
ocurre? Sigue ahí fuera. No ha
bajado la escalera. ¿Lo estará
pensando? ¿O es que…?

(Cae una carta en el


buzón; después se oyen
los pasos de KROGSTAD,
que se van alejando
escaleras abajo.)

NORA (Con un grito ahogado, corre


hacia la mesa junto al sofá; breve
pausa.)
En el buzón. (Se acerca
sigilosamente a la puerta del
vestíbulo.) Ahí está… ¡Torvald,
Torvald… no tenemos salvación!

SEÑORA LINDE (Entrando con el


disfraz por la puerta izquierda.)
Creo que está listo. ¿Lo
probamos…?

NORA (Con voz ronca y baja.)


Cristina, ven aquí.

SEÑORA LINDE (Deja el vestido en el


sofá.)
¿Qué te pasa? Pareces trastornada.

NORA
Ven aquí. ¿Ves la carta? Allí; mira…
a través del vidrio del buzón.

SEÑORA LINDE
Sí, sí; ya lo veo.

NORA
Es una carta de Krogstad…

SEÑORA LINDE
Nora… ¡fue Krogstad quien te prestó
el dinero!

NORA
Sí, y ahora Torvald se va a enterar
de todo.
SEÑORA LINDE
Oh, créeme, Nora, es lo mejor para
vosotros dos.

NORA
Hay algo más que no sabes. He
falsificado una firma…

SEÑORA LINDE
¡Pero por los clavos de Cristo…!

NORA
Ahora sólo quiero decirte, Cristina,
que seas mi testigo.

SEÑORA LINDE
¿Cómo, testigo? ¿Qué tengo que
hacer?

NORA
En caso de volverme loca… que
bien pudiera ocurrir…

SEÑORA LINDE
¡Nora!

NORA
O que me sucediera cualquier otra
cosa… algo que me impidiera estar
presente…

SEÑORA LINDE
¡Nora, Nora, no sabes lo que dices!
NORA
Si hubiese alguien que intentara
cargar con toda la culpa,
entiendes…

SEÑORA LINDE
Sí, sí, ¿pero cómo se te ocurre
pensar…?

NORA
Entonces debes declarar que no es
cierto, Cristina. No estoy loca; estoy
en mi pleno juicio; y te digo: nadie
más está al corriente; yo soy la única
culpable. Acuérdate.

SEÑORA LINDE
Así haré. Pero no entiendo nada.

NORA
¿Cómo lo vas a entender? Va a
producirse un milagro.

SEÑORA LINDE
¿Un milagro?

NORA
Sí, un milagro. Pero es tan terrible,
Cristina; no debe ocurrir por nada
del mundo.

SEÑORA LINDE
Ahora mismo voy a hablar con
Krogstad.
NORA
¡No vayas; te jugará alguna mala
pasada!

SEÑORA LINDE
En otro tiempo hubiera hecho por mí
cualquier cosa.

NORA
¿Él?

SEÑORA LINDE
¿Dónde vive?

NORA
No lo sé… Ah, sí. (Busca en el
bolsillo.) Aquí está su tarjeta. ¡Pero
la carta, la carta…!

HELMER (Desde su cuarto, llamando a


la puerta.)
¡Nora!

NORA (Grita angustiada.)


Oh, ¿qué pasa? ¿Qué quieres?

HELMER
Bueno, bueno, no te alarmes. No
entraremos; has cerrado la puerta.
¿Te estás probando?

NORA
Sí, sí; me estoy probando. Estaré
guapísima, Torvald.
SEÑORA LINDE (Después de leer la
tarjeta.)
Vive justo a la vuelta.

NORA
Sí, pero es inútil. No hay remedio.
La carta está en el buzón.

SEÑORA LINDE
¿Y tu marido tiene las llaves?

NORA
Sí, siempre.

SEÑORA LINDE
Krogstad tiene que reclamar la carta
antes de que la lea tu marido; ha de
encontrar un pretexto…

NORA
Pero es justo ahora cuando Torvald
acostumbra…

SEÑORA LINDE
Impídelo; entreténlo mientras tanto.
Volveré lo antes que pueda.

(Sale precipitadamente
por la puerta del
vestíbulo.)

NORA (Se dirige a la puerta de


HELMER, la abre y mira.)
¡Torvald!
HELMER (Dentro.)
Bueno, ¿puede uno por fin permitirse
entrar en su propio salón? Ven,
Rank, vamos a ver… (En la puerta.)
¿Pero qué es esto?

NORA
¿Qué, querido Torvald?

HELMER
Rank me había preparado para una
exhibición sensacional del disfraz.

RANK (En la puerta.)


Eso es lo que había entendido, pero
me equivoqué por lo visto.
NORA
Sí, nadie va a contemplarme en todo
mi esplendor hasta mañana.

HELMER
Pero, querida Nora, pareces
fatigada. ¿No te habrás pasado en el
ensayo?

NORA
No, ni siquiera he comenzado a
ensayar.

HELMER
Pues es indispensable que lo
hagas…
NORA
Absolutamente indispensable,
Torvald. Pero no puedo hacerlo sin
ti; lo he olvidado por completo.

HELMER
Oh, vamos a recordarlo en seguida.

NORA
Sí, tienes que ocuparte de mí,
Torvald. ¿Me lo prometes? Ay, estoy
tan preocupada. Habrá tanta gente…
Tienes que dedicarme toda la noche.
Ni una palabra de negocios; ni tocar
una pluma, ¿eh? Dime que sí,
querido.
HELMER
Te lo prometo; esta noche estaré
enteramente a tu disposición…
trastillo inútil… Ah, sí; pero antes
voy… (Se dirige a la puerta del
vestíbulo.)

NORA
¿Qué vas a hacer ahí?

HELMER
Tan sólo mirar si hay alguna carta.

NORA
¡No, no; no lo hagas, Torvald!

HELMER
¿Qué pasa?

NORA
Torvald, te lo ruego; no hay nada.

HELMER
Deja que lo vea. (Se dirige al
vestíbulo.)

NORA (Sentada al piano, toca los


compases iniciales de la tarantela.)

HELMER (Junto a la puerta,


deteniéndose.)
¡Ajá!

NORA
No podré bailar mañana si no
ensayo contigo.

HELMER (Acercándose.)
¿Tienes de verdad tanto miedo,
querida?

NORA
Sí, un miedo horrible. Vamos a
ensayar ahora mismo; aún queda
tiempo antes de la cena. Siéntate y
toca para mí, cariño; corrígeme y
guíame, como solías.

HELMER
No faltaba más, si es tu deseo. (Se
sienta al piano.)
NORA (Saca una pandereta de la caja,
así como un chal multicolor, con el
que se cubre nerviosamente;
después da un salto en pleno salón
y grita.)
¡Toca, toca! ¡Voy a bailar!

(HELMER toca y NORA


baila; el DOCTOR RANK
se coloca junto al piano
detrás de HELMER,
mirándola.)

HELMER (Tocando.)
Más despacio…, más despacio.

NORA
No me es posible de otra forma.

HELMER
¡No tan deprisa, Nora!

NORA
Tiene que ser así.

HELMER (Deja de tocar.)


No, no, así no.

NORA (Ríe, agitando la pandereta.)


¿No te lo dije?

RANK
Deja que toque yo.
HELMER (Levantándose.)
¡Sí, hazlo tú! Así podré dirigirla
mejor.

(RANK se sienta al piano


y toca; NORA baila con
creciente excitación.
HELMER se ha colocado
junto a la estufa
haciéndole frecuentes
observaciones durante
el baile, que ella parece
no oír; el pelo se le
suelta y desparrama
sobre los hombros; no
presta atención a ello y
sigue bailando. Entra la
SEÑORA LINDE.)

SEÑORA LINDE (Parándose asombrada


en la puerta.)
¡Oh…!

NORA (Sigue bailando.)


Mira qué divertido, Cristina.

SEÑORA LINDE
Pero, querida Nora, bailas como si
te fuera en ello la vida.

NORA
Así es.
HELMER
Para, Rank; esto es una locura. Te
digo que pares.

(RANK cesa de tocar y


NORA se para de golpe.)

HELMER (Yendo hacia ella.)


No me lo hubiera creído. Pues es
cierto que has olvidado cuanto te
enseñé.

NORA (Arrojando la pandereta.)


Ya lo ves.

HELMER
Bueno, no hay otro remedio que
ensayarlo más.

NORA
Ya ves si es necesario. Tienes que
enseñarme hasta el final. ¿Me lo
prometes, Torvald?

HELMER
Estáte segura.

NORA
Ni hoy ni mañana tienes que pensar
en nada más que en mí; no debes
abrir ninguna carta… ni siquiera
abrir el buzón…

HELMER
Ajá, todavía tienes miedo de ese
hombre…

NORA
Oh, también eso.

HELMER
Nora, veo en tu cara que hay ahí una
carta suya.

NORA
No lo sé; creo que sí; pero no debes
leer nada ahora; nada desagradable
debe interponerse entre nosotros
hasta que no haya acabado todo.

RANK (Bajo, a HELMER.)


No le lleves la contraria.

HELMER (Abrazándola.)
La niña va a salirse con la suya…
Pero mañana noche, en cuanto hayas
bailado…

NORA
Entonces quedarás en libertad.

DONCELLA (En la puerta de la


derecha.)
Señora, la cena está servida.

NORA
Beberemos champán, Elena.
DONCELLA
Bien, señora. (Sale.)

HELMER
Vaya, vaya, una fiesta por todo lo
alto.

NORA
Orgía de champán hasta que salga el
sol. (Grita.) Y pon almendrados,
Elena, muchos… aunque sólo sea
por una vez.

HELMER (Cogiéndole las manos.)


Bueno, bueno; se acabó esta locura
de nervios. Tienes que ser mi
pequeña alondra de costumbre.
NORA
Claro que lo seré. Pero pasa ya, y
usted también, doctor Rank. Cristina,
ayúdame a arreglarme el pelo.

RANK (Bajo, al irse.)


¿No será que estéis esperando…
algo?

HELMER
Oh, no, nada de eso, querido amigo;
es sólo ese temor infantil de que te
he hablado. (Salen por la
izquierda.)

NORA
¿Y qué?
SEÑORA LINDE
Se ha ido al campo.

NORA
Lo adiviné en tu cara.

SEÑORA LINDE
Regresa mañana noche. Le dejé una
nota.

NORA
No debiste hacerlo. No va a servir
de nada. Después de todo es una
gran alegría el esperar un milagro.

SEÑORA LINDE
¿Qué es lo que esperas?
NORA
Oh, no lo entenderías. Reúnete con
ellos; voy al momento.

(La SEÑORA LINDE entra


en el comedor.)

NORA (Permanece un momento de pie


como para serenarse; después mira
su reloj.)
Las cinco. Siete horas hasta la
medianoche. Después veinticuatro
hasta la medianoche siguiente.
Entonces habrá acabado la tarantela.
¿Veinticuatro y siete? Treinta y una
horas de vida.
HELMER (En la puerta de la derecha.)
¿Pero es que no viene la pequeña
alondra?

NORA (Dirigiéndose hacia él con los


brazos abiertos.)
¡Aquí está la alondra!
Acto tercero

El mismo decorado. La mesa del sofá,


con las sillas alrededor, ha sido
mudada al centro de la sala. Una
lámpara encendida en la mesa. La
puerta del vestíbulo está abierta. Se
oye música de baile en el piso de
arriba.
La SEÑORA LINDE, sentada junto a la
mesa, hojea distraída un libro; intenta
leer, pero no parece que pueda fijar la
atención; a veces escucha atentamente
hacia la puerta de entrada.

SEÑORA LINDE (Mirando su reloj.)


Aún no. Y es ya la hora. Con tal que
él… (Escucha de nuevo.) Ah, aquí
está. (Sale al vestíbulo y abre
cautelosamente la puerta del piso;
se oyen pasos lejanos en la
escalera; dice en voz baja.) Entre.
No hay nadie.

PROCURADOR KROGSTAD (En la


puerta.)
Me he encontrado en casa una nota
de usted. ¿Qué significa eso?

SEÑORA LINDE
Necesito hablar con usted.

KROGSTAD
¿Ah, sí? ¿Y tiene que ser justamente
en esta casa?

SEÑORA LINDE
No podía ser en la mía; mi
habitación no tiene entrada
independiente. Pase; estamos solos;
las criadas duermen y los Helmer
están en el baile de arriba.

KROGSTAD (Entra en la sala.)


Vaya, vaya; ¿los Helmer están de
baile esta noche? ¿De verdad?
SEÑORA LINDE
Sí, ¿por qué no?

KROGSTAD
Es verdad, ¿por qué no?

SEÑORA LINDE
Bueno, Krogstad, hemos de hablar.

KROGSTAD
¿Es que queda algo que decirnos?

SEÑORA LINDE
Tenemos mucho que hablar.

KROGSTAD
No lo creía yo así.
SEÑORA LINDE
No, porque usted nunca me ha
comprendido.

KROGSTAD
¿Qué más había que comprender, si
era una de las cosas más corrientes
del mundo? Una mujer despiadada
deja plantado a un hombre cuando se
le presenta algo más ventajoso.

SEÑORA LINDE
¿Cree que soy tan despiadada como
eso? ¿Y cree que el romper fue fácil
para mí?

KROGSTAD
¿Ah, no?

SEÑORA LINDE
Krogstad, ¿de verdad lo ha creído?

KROGSTAD
Si no fue así, ¿por qué me escribió
entonces de la forma en que lo hizo?

SEÑORA LINDE
No me fue posible otra. Si tenía que
romper con usted, mi obligación era
arrancarle de raíz cuanto sintiera por
mí.

KROGSTAD (Apretando los puños.)


Luego fue por eso. ¡Y sólo… sólo
por dinero!

SEÑORA LINDE
Recuerde que tenía a mi madre
inválida y dos hermanos pequeños.
No podíamos esperarle, Krogstad;
sus expectativas eran entonces a tan
largo plazo…

KROGSTAD
Quizá sí; pero usted no tenía derecho
a abandonarme por causa de otro
hombre.

SEÑORA LINDE
Sí, no sé. Muchas veces me he
preguntado si tenía derecho a
hacerlo.

KROGSTAD (Más bajo.)


Cuando la perdí fue como si la tierra
se hundiera bajo mis pies. Míreme;
ahora soy como un náufrago
agarrado a una tabla.

SEÑORA LINDE
La salvación puede estar cerca.

KROGSTAD
Lo estaba; pero entonces se
interpuso usted.

SEÑORA LINDE
Sin saberlo, Krogstad. Hasta hoy no
he sabido que era usted a quien voy
a sustituir en el Banco.

KROGSTAD
La creo, ya que lo dice. Pero ahora,
que lo sabe, ¿no va usted a
renunciar?

SEÑORA LINDE
No; porque no sería de ningún
provecho para usted.

KROGSTAD
Oh, provecho, provecho… yo lo
haría de todas formas.

SEÑORA LINDE
He aprendido a obrar con sensatez.
La vida y la necesidad me han
enseñado a ello.

KROGSTAD
Y a mí la vida me ha enseñado a no
creer en palabras.

SEÑORA LINDE
Entonces la vida le ha enseñado algo
muy razonable. Y en los hechos,
¿cree usted?

KROGSTAD
¿Qué quiere decir?

SEÑORA LINDE
Ha dicho que era usted como un
náufrago agarrado a una tabla.

KROGSTAD
Tengo mis razones para decirlo.

SEÑORA LINDE
Yo me encuentro también como un
náufrago agarrado a una tabla. Sin
nadie a quien cuidar ni nadie por
quien preocuparme.

KROGSTAD
Usted lo eligió así.

SEÑORA LINDE
No había otra elección posible
entonces.

KROGSTAD
Bueno, ¿y qué?

SEÑORA LINDE
Krogstad, ¿y si ahora los dos
náufragos se unieran?

KROGSTAD
¿Qué quiere decir?

SEÑORA LINDE
En un naufragio, dos se defienden
mejor unidos que separados.

KROGSTAD
¡Cristina!

SEÑORA LINDE
¿Por qué cree que vine a la ciudad?

KROGSTAD
¿Es que pensó usted en mí?

SEÑORA LINDE
Tengo que trabajar para vivir. Todos
los días de mi vida, por muy atrás
que recuerde, he trabajado, y el
trabajo ha sido mi mayor y única
satisfacción. Pero ahora me
encuentro completamente sola en el
mundo, abandonada e inútil. No hay
satisfacción alguna en trabajar para
sí. Krogstad, déme alguien y algo
por los que trabajar.

KROGSTAD
No le creo. No es más que exaltada
generosidad de mujer, que busca
sacrificarse.

SEÑORA LINDE
¿Me ha visto usted alguna vez
exaltada?

KROGSTAD
¿Sería usted de veras capaz?
Dígame… ¿está usted perfectamente
al tanto de mi pasado?
SEÑORA LINDE
Sí.

KROGSTAD
¿Y conoce usted cuál es mi
reputación aquí?

SEÑORA LINDE
Me pareció oírle decir que conmigo
usted hubiera sido otro.

KROGSTAD
Estoy seguro de ello.

SEÑORA LINDE
¿No podría ser lo mismo aún?
KROGSTAD
Cristina…, ¿ha pensado seriamente
lo que dice? Sí; lo veo en su cara.
¿Tendría usted valor…?

SEÑORA LINDE
Necesito ser madre de alguien, y sus
hijos necesitan una. Nosotros dos
nos necesitamos uno a otro.
Krogstad, tengo fe en usted… con
usted me atrevo a todo.

KROGSTAD (Cogiéndole las manos.)


Gracias, gracias, Cristina… ahora
sabré rehabilitarme. Oh, pero me
olvidaba…
SEÑORA LINDE (Escucha.)
¡Chist! ¡La tarantela! ¡Váyase,
váyase!

KROGSTAD
¿Por qué? ¿Qué ocurre?

SEÑORA LINDE
¿Oye usted la música arriba?
Volverán cuando acabe.

KROGSTAD
Ah, ya, he de irme. Todo ha sido
inútil. Usted naturalmente no sabe
nada del paso que he dado contra los
Helmer.
SEÑORA LINDE
Oh, sí, Krogstad, estoy enterada.

KROGSTAD
¿Y no obstante, tiene usted el
valor…?

SEÑORA LINDE
Comprendo perfectamente adonde
puede la desesperación llevar a un
hombre como usted.

KROGSTAD
¡Oh, si pudiera volverme atrás!

SEÑORA LINDE
Nada más fácil; su carta se encuentra
aún en el buzón.

KROGSTAD
¿Está usted segura?

SEÑORA LINDE
Completamente; pero…

KROGSTAD (Con mirada inquisitiva.)


¿Es ésa la explicación? Quiere usted
salvar a su amiga a cualquier precio.
Dígalo francamente. ¿Es eso?

SEÑORA LINDE
Krogstad, cuando uno se ha vendido
para salvar a otro, no vuelve a
hacerlo.
KROGSTAD
Pediré que me devuelvan la carta.

SEÑORA LINDE
No, no.

KROGSTAD
Claro que sí; esperaré a que baje
Helmer; le diré que me devuelva la
carta… que sólo trata de mi
despido… que no la lea…

SEÑORA LINDE
No, Krogstad; no pida que le
devuelva la carta.

KROGSTAD
Pero dígame, ¿no fue en realidad
para eso por lo que me citó aquí?

SEÑORA LINDE
Sí, con el sobresalto del primer
momento; pero ha transcurrido todo
un día, y es increíble lo que he visto
mientras en esta casa. Helmer debe
enterarse de todo; este desgraciado
secreto debe salir a la luz; debe
haber una franca explicación entre
los dos; es imposible mantener todos
estos tapujos y evasiones.

KROGSTAD
De acuerdo, si usted lo desea…
Pero puedo hacer algo de todas
formas, y hacerlo inmediatamente…

SEÑORA LINDE (Escuchando.)


¡Dése prisa! ¡Váyase, váyase! Ha
acabado el baile; no estamos seguros
ni un momento más.

KROGSTAD
La espero abajo.

SEÑORA LINDE
Sí, hágalo; puede acompañarme a
casa.

KROGSTAD
Es increíble, en mi vida he sido tan
feliz.

(Sale por la puerta del


piso; la puerta del
vestíbulo permanece
abierta.)

SEÑORA LINDE (Pone un poco de orden


y prepara su abrigo.) ¡Vaya cambio!
¡Sí, qué cambio! Otros por quienes
trabajar… por los que vivir; un
hogar al que llevar amor. Claro que
lo haré… ¿Volverán pronto?
(Escucha.) Ajá, aquí están. Me
pondré el abrigo. (Se lo pone, así
como el sombrero.)
(Se oyen fuera las voces
de HELMER y de NORA;
el girar de una llave;
HELMER entra en la sala
llevando a NORA casi a
la fuerza. Va disfrazada
de italiana y se cubre
con un gran chal negro;
él viste de frac bajo un
dominó negro abierto.)

NORA (En la puerta, resistiéndose.)


No, no, no; aquí no. Quiero volver.
No quiero irme tan pronto.

HELMER
Pero querida Nora…

NORA
¡Ah, te lo pido por favor, Torvald; te
lo suplico por lo que más quieras…
sólo una hora más!

HELMER
Ni un minuto, cariño. Recuerda lo
convenido. Así que adentro; aquí vas
a resfriarte.

(La conduce suavemente


a la sala, a pesar de su
resistencia.)

SEÑORA LINDE
Buenas noches.

NORA
¡Cristina!

HELMER
¿Cómo, señora Linde, aquí tan
tarde?

SEÑORA LINDE
Sí, mil perdones; tenía tantas ganas
de ver a Nora disfrazada.

NORA
¿Has estado esperándome aquí?

SEÑORA LINDE
Sí, por desgracia no llegué a tiempo;
habíais ya salido; y me dije: no me
voy sin verla.

HELMER (Quitándole el chal a NORA.)


Pues mírela cuanto guste. Creo que
merece la pena. ¿No está preciosa,
señora Linde?

SEÑORA LINDE
Así diría yo…

HELMER
¿No es una preciosidad? Es lo que
decían todos en el baile. Pero es
terriblemente terca, mi preciosa
niña. No tiene remedio. Figúrese,
casi me la he tenido que traer a la
fuerza.

NORA
Oh, Torvald, te arrepentirás de no
haberme dejado, media hora
siquiera.

HELMER
Ya la está oyendo, señora. Ha
bailado la tarantela… con un éxito
clamoroso… de sobras merecido…
aunque a decir verdad quizá hubiera
en la ejecución un exceso de
naturalidad; quiero decir… algo más
de lo que, en propiedad, exige el
arte. ¡Pero dejémoslo! Lo importante
es… que haya tenido éxito; un éxito
de locura. ¿Iba a dejar que
continuara allí después? ¿Debilitar
la impresión? Por supuesto que no;
cogí del brazo a mi preciosa
muchachita de Capri… mi obstinada
muchachita de Capri, diría yo… una
rápida vuelta por la sala; una
inclinación a un lado y a otro y…
como dicen en las novelas… la
hermosa aparición se desvanece.
Los finales deben causar siempre
efecto, señora Linde; pero esto no
hay forma de metérselo a Nora en la
cabeza. Uf, qué calor hace aquí.
(Arroja el dominó sobre una silla y
abre la puerta de su despacho.) Qué
oscuro está. Ah, sí, naturalmente.
Con permiso… (Entra y enciende
un par de bujías.)

NORA (En voz baja, rápida y jadeante.)


¿Qué?

SEÑORA LINDE (Bajo.)


He hablado con él.

NORA
¿Entonces…?

SEÑORA LINDE
Nora… debes decírselo todo a tu
marido.

NORA (Sordamente.)
Lo sabía.

SEÑORA LINDE
No tienes que temer nada de
Krogstad; pero debes decírselo.

NORA
No lo haré.

SEÑORA LINDE
Entonces será la carta la que hable.

NORA
Gracias, Cristina; ahora sé lo que
tengo que hacer. Chist…

HELMER (Volviendo.)
¿Qué, señora, la ha admirado usted
bastante?

SEÑORA LINDE
Sí, y ahora les dejo.

HELMER
¿Cómo, tan pronto? ¿Es de usted este
punto?

SEÑORA LINDE (Tomándolo.)


Sí; por poco me olvido.

HELMER
¿Luego hace usted punto?

SEÑORA LINDE
Oh, sí.

HELMER
¿Sabe?, mejor haría en bordar.

SEÑORA LINDE
¿Sí? ¿Por qué?

HELMER
Oh, es mucho más bonito. Mire; se
tiene el bordado así con la mano
izquierda, y con la derecha se lleva
la aguja… así… con una ligera,
amplia curva; ¿no es así…?
SEÑORA LINDE
Sí, es posible…

HELMER
En cambio, con el punto… no puede
ser más feo; mire; los brazos
pegados… las agujas, que suben y
bajan; …tiene algo de chino… Ah,
qué estupendo champán nos han
servido.

SEÑORA LINDE
Bueno, buenas noches, Nora, y no
seas tan terca.

HELMER
¡Bien dicho, señora Linde!
SEÑORA LINDE
Buenas noches, señor Director.

HELMER (Acompañándola a la puerta.)


Buenas noches, buenas noches;
espero que llegue bien a casa. Yo
con mucho gusto… pero no tiene
usted que andar largo trecho. Buenas
noches. (La señora sale; él cierra la
puerta y vuelve.) Bueno, por fin se
ha ido. Qué pesada es, la pobre.

NORA
¿No estás muerto de cansancio,
Torvald?

HELMER
No, en lo más mínimo.

NORA
¿Ni tienes sueño?

HELMER
Tampoco; al contrario, me siento
muy animado. ¿Y tú? Sí, tú pareces
cansada y con sueño.

NORA
Sí, me siento muy cansada. Voy a
dormirme enseguida.

HELMER
¡Lo ves, lo ves! ¿No tenía yo razón
en que nos marchásemos?
NORA
Oh, tú tienes siempre razón.

HELMER (La besa en la frente.)


Ahora habla la alondra como una
persona. ¿Te fijaste lo alegre que
estaba Rank esta noche?

NORA
¿Sí? ¿De veras? No llegué a hablar
con él.

HELMER
Y yo apenas; pero hacía tiempo que
no le veía de tan buen humor. (La
mira un momento; después se le
acerca.) Ejem… ¡qué felicidad
volver a casa; estar a solas
contigo… con esta preciosidad de
mujer!

NORA
¡No me mires así, Torvald!

HELMER
¿Es que no puedo mirar a mi bien
más precioso? A esta divinidad que
es mía, sólo mía, absolutamente mía.

NORA (Apartándose al otro lado de la


mesa.)
No me hables así esta noche.

HELMER (Siguiéndola.)
Ya veo que aún te dura la tarantela
en la sangre. Y eso te hace aún más
atractiva. ¡Escucha! Los invitados
empiezan a marcharse. (Más bajo.)
Nora, pronto todo quedará en
silencio.

NORA
Sí, eso espero.

HELMER
Sí, ¿no es verdad, querida? Oh,
sabes… cuando vamos a una
fiesta… ¿sabes por qué te hablo tan
poco, me mantengo lejos de ti,
apenas si te dirijo una mirada a
hurtadillas de vez en cuando… sabes
por qué lo hago? Porque entonces
me imagino que eres mi amante
secreta, mi prometida misteriosa, y
que nadie sospecha que hay algo
entre nosotros.

NORA
Oh, sí, sí; ya sé que piensas siempre
en mí.

HELMER
¡Y al marcharnos, cuando cubro con
el chal tus hermosos hombros… en
torno a esta nuca maravillosa… me
imagino que eres mi joven novia,
que acabamos de llegar de la boda,
que por primera vez te traigo a mi
hogar… que por primera vez me
encuentro a solas contigo,
completamente a solas, temblorosa y
divina! Tú has sido lo único que he
deseado la noche entera. Cuando te
veía correr y girar en un vértigo con
la tarantela… me ardía la sangre; no
pude aguantar más tiempo; por eso te
traje tan pronto…

NORA
¡Vete, Torvald! Apártate de mí. No
quiero eso.
HELMER
¿Qué quieres decir? Bromeas
conmigo, pequeña Nora. ¿No quiero,
no quiero? ¿No soy tu marido…?

(Llaman a la puerta del


piso.)

NORA (Estremeciéndose.)
¿Has oído?

HELMER (Dirigiéndose al vestíbulo.)


¿Quién es?

DOCTOR RANK (Desde fuera.)


Soy yo. ¿Puedo entrar un momento?
HELMER (En voz baja, contrariado.)
Oh, ¿qué querrá ahora? (En alto.)
Espera. (Sale y abre.) Qué bien, que
no pases de largo ante nuestra
puerta.

RANK
Me ha parecido oír tu voz y se me
ocurrió entrar. (Echando un rápido
vistazo en torno.) Ah, el dulce
hogar. Qué confortables estáis aquí,
los dos.

HELMER
Pues parece que tampoco tú lo
pasaste mal arriba.
RANK
Estupendamente. ¿Por qué no lo iba
a pasar? ¿Por qué no disfrutar de
todo en este mundo? Por lo menos,
todo lo que se pueda y mientras se
pueda. El vino era excelente.

HELMER
Sobre todo el champán.

RANK
¿También tú lo notaste? Es increíble
la cantidad que pude trasegar.

NORA
Torvald ha bebido también mucho
champán esta noche.
RANK
¿Sí?

NORA
Sí, y luego se pone animadísimo.

RANK
¿Y por qué no va a pasarse una
noche divertida después de un día
bien empleado?

HELMER
Bien empleado; por desgracia, no
me atrevería a decir tanto de mí.

RANK (Dándole una palmada en el


hombro.)
¡Pues yo sí, ya ves!

NORA
Doctor, seguro que ha hecho usted
algún examen clínico.

RANK
Sí, exactamente.

HELMER
¡Vaya, vaya; la pequeña Nora
hablando de exámenes clínicos!

NORA
¿Y puedo felicitarle por el
resultado?
RANK
Por supuesto que puede.

NORA
¿Luego fue bueno?

RANK
El mejor posible, tanto para el
médico como para el paciente… la
certeza.

NORA (Rápida, inquiriendo.)


¿La certeza?

RANK
Una certeza absoluta. ¿Y no iba a
divertirme después por la noche?
NORA
Sí, hizo usted bien, doctor.

HELMER
Lo mismo digo; a no ser que lo
tengas que pagar mañana.

RANK
Bueno, todo se paga en la vida.

NORA
Doctor Rank, ¿le gustan mucho los
bailes de máscaras?

RANK
Sí, sobre todo si los disfraces son
divertidos…
NORA
Dígame, ¿de qué vamos a ir
disfrazados usted y yo en el próximo
baile?

HELMER
¡Qué frívola… ya estás pensando en
el próximo!

RANK
¿Nosotros dos? Se lo diré; usted irá
de criatura feliz[4]…

HELMER
Sí, pero cualquiera encuentra un
disfraz que represente eso.
RANK
Sólo necesita mostrarse como es a
diario…

HELMER
Muy bien dicho. ¿Pero de qué irás
tú?

RANK
Lo tengo ya pensado.

HELMER
¿Cómo?

RANK
En el próximo baile seré invisible.
HELMER
Qué idea más divertida.

RANK
Se pone uno un gran sombrero
negro… ¿no has oído nunca hablar
del sombrero invisible? Cuando uno
se lo pone, nadie le ve.

HELMER (Disimulando una sonrisa.)


Sí, tienes razón.

RANK
Pero me olvidaba para lo que había
venido. Helmer, dame un cigarro, un
habano negro.
HELMER
Con mil amores.

(Le ofrece la caja.)

RANK (Toma uno y le corta la punta.)


Gracias.

NORA (Enciende una cerilla.)


Permita que le ofrezca fuego.

RANK
Muchas gracias. (Ella sostiene la
cerilla mientras él enciende.) Y
ahora, ¡adiós!

HELMER
¡Adiós, adiós, querido amigo!

NORA
Que duerma bien, doctor Rank.

RANK
Gracias por el buen deseo.

NORA
Deséeme lo mismo.

RANK
¿A usted? Bueno, si así lo quiere…
Que duerma bien. Y gracias por el
fuego.

(Saluda a los dos y sale.)


HELMER (Con voz contenida.)
Ha bebido bastante.

NORA (Absorta.)
Puede que sí.

(HELMER saca el llavero


del bolsillo y sale al
vestíbulo.)

NORA
Torvald, ¿qué haces ahí?

HELMER
Voy a vaciar el buzón; está
llenísimo; no queda sitio para los
periódicos de mañana…
NORA
¿Vas a trabajar esta noche?

HELMER
Ya sabes que no… ¿Qué es esto?
Alguien ha andado en la cerradura.

NORA
¿En la cerradura?

HELMER
Seguro. ¿Qué ha podido ser? Nunca
creería que las criadas… Hay una
horquilla rota. Es tuya, Nora…

NORA (Rápida.)
Habrán sido los niños…
HELMER
Pues tienes que quitarles la
costumbre. Ejem, ejem…; bueno, ya
he conseguido abrirlo. (Saca el
contenido y llama hacia la cocina.)
¡Elena!… ¡Elena!; apague la lámpara
del vestíbulo.

(Vuelve a la sala y cierra


la puerta.)

HELMER (Llevando las cartas.)


Mira. Ya ves, cómo se han
amontonado. (Examinándolas.) ¿Qué
es esto?

NORA (Junto a la ventana.)


¡La carta! ¡Oh, no, no, Torvald!

HELMER
Dos tarjetas de visita… de Rank.

NORA
¿Del doctor Rank?

HELMER (Mirándolas.)
Rank, Doctor en Medicina. Estaban
encima; las ha debido de echar al
salir.

NORA
¿Hay algo escrito en ellas?

HELMER
Hay una cruz negra sobre el nombre.
Mira. Qué idea. Ni que anunciase su
muerte.

NORA
Eso es lo que hace.

HELMER
¿Cómo? ¿Sabes algo? ¿Te ha dicho
algo?

NORA
Sí. Esas tarjetas son su despedida.
Quiere encerrarse para morir.

HELMER
Pobre amigo mío. Ya sabía que no
iba a conservarle por largo tiempo.
Pero tan pronto… Y ahora se oculta
como un animal herido.

NORA
Si ha de ocurrir, mejor que ocurra
sin palabras. ¿No crees, Torvald?

HELMER (Paseando por la sala.)


Está tan ligado a nosotros. No creo
que pueda hacerme a la idea de
perderle. Él, con sus dolencias y su
soledad, era como un fondo de nubes
para nuestra dicha llena de sol…
Bueno, quizá sea mejor así. Para él,
de todas formas. (Se detiene.) Y
puede que también para nosotros,
Nora. Ahora nos debemos sólo uno a
otro. (La abraza.) Oh, querida, me
parece que no te puedo estrechar
bastante. Sabes, Nora… muchas
veces desearía que te amenazase un
peligro inminente, para arriesgar mi
vida y mi sangre y todo, todo, por ti.

NORA (Se suelta; con voz firme y


decidida.)
Tienes que leer las cartas, Torvald.

HELMER
No, no, esta noche no. Me quedaré
contigo, querida.
NORA
¿Con la idea de la muerte de tu
amigo…?

HELMER
Tienes razón. Nos ha trastornado a
los dos; algo espantoso se ha
interpuesto entre nosotros; ideas de
muerte y de disolución. Debemos
librarnos de ello. Hasta entonces…
Cada uno debe ir por su lado.

NORA (Abrazada a su cuello.)


¡Torvald… buenas noches! ¡Buenas
noches!

HELMER (Besándola en la frente.)


Buenas noches, alondra mía. Que
descanses, Nora. Voy a ver la
correspondencia.

(Se dirige con el montón


de cartas a su despacho
y cierra la puerta.)

NORA (Con ojos extraviados, avanza a


tientas, toma el dominó de
HELMER, se cubre con él y susurra,
rápida, ronca y entrecortadamente.)
No volveré a verle nunca. Nunca.
Nunca. Nunca. (Se cubre la cabeza
con el chal.) Tampoco volveré a ver
a los niños. Tampoco a ellos. Nunca;
nunca… Oh, el agua negra, fría como
el hielo. Que no tiene fondo… Con
tal… con tal que hubiera ya
pasado… Ahora la está abriendo;
ahora la lee. Oh, no, no; aún no.
Adiós, Torvald; adiós, hijos míos…

(Va a precipitarse al
vestíbulo en el momento
en que HELMER abre de
golpe su puerta y asoma
con una carta
desplegada en la mano.)

HELMER
¡Nora!
NORA (Dando un grito.)
¡Ah…!

HELMER
¿Qué es esto? ¿Sabes lo que dice
esta carta?

NORA
Sí, lo sé. ¡Déjame que me vaya!
¡Déjame que salga!

HELMER (Reteniéndola.)
¿Adonde vas?

NORA (Intentando zafarse.)


¡No intentes salvarme, Torvald!
HELMER (Retrocediendo con pasos
inseguros.)
¿Es verdad? ¿Es verdad lo que ha
escrito? ¡Qué horror! No, no; no es
posible que sea cierto.

NORA
Es verdad. Te he querido más que a
nada en el mundo.

HELMER
Oh, no me vengas con evasivas
estúpidas.

NORA (Dando un paso hacia él.)


¡Torvald!
HELMER
Desgraciada… ¿qué has hecho?

NORA
Déjame marchar. No tienes por qué
sufrir por culpa mía. No tienes que
cargar con ello.

HELMER
Basta de comedia. (Cierra con llave
la puerta del vestíbulo.) Aquí te
quedas para responderme. ¿Te das
cuenta de lo que has hecho?
¡Contéstame! ¿Te das cuenta?

NORA (Con la mirada fija en él, en tono


de creciente frialdad.)
Sí, ahora empiezo a comprenderlo
de verdad.

HELMER (Dando vueltas por el salón.)


De qué forma más horrible me
despierto. Durante estos ocho
años… ella, que era mi gozo y mi
orgullo… ¡una hipócrita, una
mentirosa… peor aún… una
delincuente!… ¡Oh, qué absoluta
vileza hay en todo esto! ¡Qué
vergüenza!

NORA (Calla y le mira con fijeza.)

HELMER (Deteniéndose ante ella.)


Debí haber presentido que algo malo
tenía que ocurrir. Debí haberlo
previsto. Con la ligereza de
principios de tu padre. Ni religión,
ni moral, ni sentido del deber… Oh,
qué caro me cuesta el haber cerrado
los ojos con él. Lo hice por ti, y es
así como me pagas.

NORA
Sí, así.

HELMER
Has destrozado mi felicidad. Has
arruinado todo mi futuro. Oh, es
horrible pensarlo. Estoy a merced de
un hombre sin escrúpulos; puede
hacer de mí lo que quiera, exigirme
lo que sea, ordenarme y pedirme
cuanto guste… sin que yo pueda ni
siquiera protestar. ¡Y tener que
humillarme y degradarme por culpa
de una insensata!

NORA
Cuando yo no esté en este mundo,
serás libre.

HELMER
Oh, basta de truculencias. Palabras
así no le faltaban tampoco a tu
padre. ¿De qué me beneficiaría el
que no estuvieras en el mundo, como
dices? Ni en lo más mínimo. Él
puede dar publicidad al asunto de
todas formas; si lo hace, caería yo
bajo la sospecha de estar al tanto de
la conducta criminal de mi mujer.
Llegarían a decir incluso que yo
estaba detrás… ¡que soy yo quien te
ha instigado! Y todo esto te lo tengo
que agradecer a ti, a ti, a quien he
mantenido en un pedestal durante
todo nuestro matrimonio.
¿Comprendes ahora lo que me has
hecho?

NORA (Con fría compostura.)


Sí.
HELMER
Es algo tan increíble que no puedo
concebirlo. Pero debemos pensar en
lo que hay que hacer. Quítate el chal.
¡Quítatelo, te digo! Tengo que darle
satisfacción de un modo u otro. Hay
que acallar el asunto a cualquier
precio… Y en cuanto se refiere a
nosotros, debe parecer que todo
sigue igual. Naturalmente, sólo ante
los demás. Vas a seguir aquí, en
casa, por supuesto. Pero nada de
educar a tus hijos; no me atrevo a
confiártelos… ¡Oh, que tenga que
decir esto a quien tanto he amado y a
la que aún…! No, esto se acabó. De
ahora en adelante no hay felicidad
posible; sólo será posible salvar los
restos, los jirones, las apariencias…

(Suena la campanilla de
la puerta.)

HELMER (Estremeciéndose.)
¿Qué será? Tan tarde. ¿Será
posible… que ese hombre?
Escóndete, Nora. Di que estás
enferma.

(NORA permanece sin


moverse. HELMER se
dirige a la puerta del
vestíbulo y la abre.)
DONCELLA (A medio vestir, en el
vestíbulo.)
Una carta para la señora.

HELMER
Démela. (Coge la carta y cierra la
puerta.) Sí, es de él. No, tú no; la
leeré yo.

NORA
Léela.

HELMER (Junto a la lámpara.)


Casi no me atrevo. Quizá estemos
perdidos, tú y yo. No; he de saberlo.
(Rasga el sobre rápidamente; da un
vistazo a las líneas; examina un
papel adjunto; un grito de júbilo.)
¡Nora!

NORA (Le mira con interrogación.)

HELMER
¡Nora!… No, tengo que leerlo de
nuevo… Sí, sí; es eso. ¡Estoy
salvado, Nora, estoy salvado!

NORA
¿Y yo?

HELMER
Tú también; por supuesto; estamos
salvados, tú y yo. Mira. Te devuelve
el recibo. Dice que se arrepiente y
lo lamenta… que un cambio
afortunado en su vida… Oh, qué más
da lo que diga. ¡Estamos salvados,
Nora! Nadie puede hacerte nada. Oh,
Nora, Nora… no, antes destruyamos
este horror. Voy a ver… (Echa un
vistazo al recibo.) No, no quiero
verlo; no debe ser para mí más que
un mal sueño. (Rompe el recibo y la
carta, los arroja a la estufa y
contempla cómo arden.) Mira; ya no
queda nada de ellos… Dice que tú el
día de Navidad… Oh, debes de
haber pasado tres días espantosos,
Nora.
NORA
Han sido tres días de dura lucha.

HELMER
Y sufriste sin encontrar otra salida
que… No; no nos acordemos de este
horror. Sólo hemos de alegrarnos y
repetir: se acabó, se acabó.
Escúchame, Nora, parece que no te
has dado cuenta: se acabó. ¿Pero qué
te pasa… esa cara tan seria? Ah, ya
comprendo, pobre Nora; no puedes
creer que te haya perdonado. Pues te
he perdonado, Nora, te lo juro: te lo
he perdonado todo. Bien sé que
cuanto hiciste lo hiciste por amor
hacia mí.

NORA
Es verdad.

HELMER
Me has querido como una mujer
debe querer a su marido. Fueron
sólo los medios, los que no te era
posible juzgar. ¿Pero crees que te
voy a querer menos porque no sepas
cómo arreglártelas sola? No, no;
apóyate en mí; yo te aconsejaré, te
guiaré. No sería quizá un hombre, si
justo ese desamparo femenino no te
hiciera doblemente atractiva a mis
ojos. No debes tomar en cuenta las
duras palabras que te dije en el
primer arrebato, cuando creía que
todo se derribaba sobre mí. Te he
perdonado, Nora; te juro que te he
perdonado.

NORA
Te quedo muy agradecida.

(Sale por la puerta de la


derecha.)

HELMER
No, espera… (Mirando dentro.)
¿Qué haces en el cuarto?
NORA (Dentro.)
Me estoy quitando el disfraz.

HELMER (Ante la puerta abierta.)


Sí, hazlo; procura tranquilizarte y
recobrar el ánimo, mi alondra
asustada. Descansa tranquila con
toda confianza; mis alas bastan para
cobijarte. (Pasea ante la puerta.)
Oh, qué casa tan agradable tenemos.
Éste es tu nido; te guardaré como una
paloma perseguida, que he rescatado
sin daño de las garras del gavilán;
apaciguaré tu pobre corazón
palpitante. Lo conseguiremos poco a
poco, Nora; créeme. Mañana lo
verás todo muy diferente; pronto
será todo como antes; no será
necesario repetirte que te he
perdonado; tú misma sin lugar a
dudas lo advertirás. ¿Cómo puedes
pensar que se me ocurriese
repudiarte, ni tan siquiera
reprenderte por algo? Oh, no
conoces el corazón de un hombre,
Nora. Nada hay más agradable ni
satisfactorio para un hombre que
tener conciencia de haber perdonado
a su mujer… que la ha perdonado de
todo corazón. Porque entonces es
como si fuera dos veces suya; esa
como si la hubiera traído al mundo;
en cierto sentido, se convierte a la
vez en su mujer y en su hija. Eso es
lo que serás para mí de ahora en
adelante, indecisa, desamparada
criatura. No temas nada, Nora;
confía plenamente en mí y yo seré tu
voluntad y tu conciencia… ¿Qué
pasa? ¿No te has acostado? ¿Te has
vestido?

NORA (En traje de diario.)


Sí, Torvald, me he vestido.

HELMER
¿Cómo, tan tarde?

NORA
Esta noche no voy a dormir.

HELMER
Pero querida Nora…

NORA (Mirando su reloj.)


Aún no es muy tarde. Siéntate,
Torvald; tenemos mucho que hablar.

(Se sienta a un lado de


la mesa.)

HELMER
Nora, ¿qué pasa? Esa cara tan
seria…

NORA
Siéntate… Va a ser largo. Tengo
mucho que decirte.

HELMER (Se sienta a la mesa frente a


ella.)
Me inquietas, Nora. No te entiendo.

NORA
Precisamente. No me entiendes. Y yo
tampoco te he entendido nunca…
hasta esta noche. No, no me
interrumpas. Tienes que escuchar lo
que voy a decir… Esto es un ajuste
de cuentas, Torvald.

HELMER
¿Qué quieres decir?
NORA (Tras un corto silencio.)
¿No te resulta extraño que estemos
aquí sentados?

HELMER
¿Por qué va a serlo?

NORA
Llevamos ocho años de casados.
¿No te das cuenta que es la primera
vez que nosotros dos, tú y yo,
marido y mujer, hablamos
seriamente?

HELMER
Sí, seriamente… ¿y qué?
NORA
En estos ocho años… aun antes…
desde que nos conocimos, no se ha
cruzado entre nosotros ni una sola
palabra seria sobre un asunto serio.

HELMER
¿Es que iba a estar constantemente
teniéndote al tanto de
preocupaciones de las que tú no
podías hacer nada para resolverlas?

NORA
No estoy hablando de
preocupaciones. Lo que digo es que
no hemos intentado nunca seriamente
llegar al fondo de un asunto.

HELMER
Pero, querida Nora, ¿de qué te
hubiera servido?

NORA
De eso se trata. Nunca me has
entendido… He sufrido muchas
injusticias, Torvald. Primero de
papá y después de ti.

HELMER
¿Cómo? ¿De nosotros dos… de
nosotros, que te hemos querido más
que nadie?
NORA (Negando con la cabeza.)
Nunca me habéis querido. Tan sólo
os parecía divertido el quererme.

HELMER
Pero, Nora, ¿qué dices?

NORA
Sí, así es, Torvald. En casa, papá me
comunicaba todas sus opiniones, con
lo que yo tenía las mismas; y caso de
tener otras, las ocultaba; porque no
hubieran sido de su agrado. Me
llamaba su muñequita, y jugaba
conmigo, lo mismo que yo jugaba
con mis muñecas. Después vine a
esta casa contigo…

HELMER
¿Es así como te refieres a nuestro
matrimonio?

NORA (Sin inmutarse.)


Quiero decir que pasé de manos de
papá a las tuyas. Lo dispusiste todo
a tu gusto, y yo adquirí el mismo
gusto que tú; o lo fingía; no sé
exactamente… creo que las dos
cosas; tan pronto una como otra.
Cuando ahora pienso en ello, me
parece haber vivido aquí como una
pobre… al día. He vivido de hacer
gracias para ti, Torvald. Pero eso
era lo que tú querías. Tú y papá me
habéis causado un gran daño. Sois
culpables de que no sea nada.

HELMER
¡Nora, qué absurda e ingrata eres!
¿No has sido feliz aquí?

NORA
No, nunca. Creí serlo; pero no lo he
sido nunca.

HELMER
¡Nunca… nunca feliz!

NORA
No; sólo de buen humor. ¡Y tú has
sido siempre tan bueno conmigo!
Pero nuestro hogar no ha sido más
que un cuarto de jugar. Aquí he sido
tu mujer muñeca, como en casa era
la nena muñeca de papá. Y los niños,
a su vez, han sido mis muñecas.
Encontraba divertido el que jugases
conmigo, igual que les parece
divertido el que juegue con ellos.
Esto es lo que ha sido nuestro
matrimonio, Torvald.

HELMER
Hay algo de verdad en lo que
dices… por exagerado y
extravagante que sea. Pero de aquí
en adelante será diferente. Se acabó
el tiempo de los juegos; ahora toca
el de la educación.

NORA
¿La educación de quién? ¿La mía o
la de los niños?

HELMER
A la vez la tuya y la de los niños,
querida Nora.

NORA
Oh, Torvald, tú no eres el hombre
para educarme a ser la mujer que
necesitas.
HELMER
¿Y lo dices tú?

NORA
¿Y yo?… ¿estoy preparada para
educar a los niños?

HELMER
¡Nora!

NORA
Tú mismo lo dijiste hace un
momento… que no te atrevías a
confiarme la misión.

HELMER
¡Con la pasión del momento! ¿Cómo
puedes tenerlo en cuenta?

NORA
Oh, sí, tenías toda la razón. Es
superior a mis fuerzas. Hay otra
tarea en que debo ocuparme antes.
Tengo que educarme a mí misma. Tú
no sirves para ayudarme. Tengo que
hacerlo sola. Por eso te dejo.

HELMER (Se levanta de un salto.)


¿Qué dices?

NORA
Tengo que estar completamente sola
para ver con claridad en mí y en
todo cuanto me rodea. Por eso no
puedo seguir contigo.

HELMER
¡Nora, Nora!

NORA
Me marcho ahora mismo. Seguro que
Cristina me dejará pasar la noche
con ella…

HELMER
¡Estás loca! ¡No puedes hacerlo! ¡Te
lo prohíbo!

NORA
A partir de ahora no has de
prohibirme nada. Me llevo lo mío.
No quiero nada tuyo, ni ahora ni
nunca.

HELMER
¡Pero qué locura es ésta!

NORA
Mañana me iré a casa… quiero
decir, a mi tierra. Será más fácil
arreglármelas allí que en otra parte.

HELMER
¡Tú, con tu obstinación y tu falta de
experiencia!

NORA
Voy a intentar adquirirla, Torvald.
HELMER
¡Abandonar tu hogar, tu marido y tus
hijos! Y no piensas qué dirá la gente.

NORA
No puedo atender a eso. Sólo sé que
es necesario para mí.

HELMER
Oh, es indignante. ¿Cómo puedes
faltar a tus deberes más sagrados?

NORA
¿A qué llamas mis deberes más
sagrados?

HELMER
¿Es que tengo que decírtelos? ¿Es
que no estás obligada a tu marido y a
tus hijos?

NORA
Tengo otros deberes igualmente
sagrados.

HELMER
No tienes ninguno. ¿Qué deberes son
ésos?

NORA
Deberes conmigo misma.

HELMER
Ante todo eres esposa y madre.
NORA
Ya no lo creo así. Lo que creo es que
ante todo soy un ser humano, yo,
exactamente como tú… o, en todo
caso, que debo luchar por serlo. Sé
perfectamente que la mayoría te dará
la razón, Torvald, y que algo así se
lee en los libros. Pero ya no puedo
contentarme con lo que dice la
mayoría ni con lo que se lee en los
libros. Debo pensar por mí misma y
ver con claridad las cosas.

HELMER
¿Y no ves con claridad cuál es tu
posición en tu propio hogar? ¿No
tienes para esa pregunta una guía
infalible? ¿No tienes religión?

NORA
Oh, Torvald, no sé a ciencia cierta lo
que es.

HELMER
¿Pero qué dices?

NORA
No sé más que lo que el Pastor
Hansen me dijo al confirmarme.
Decía que la religión era esto y
aquello. Cuando me marche y me
quede sola, analizaré también esta
cuestión. Veré si era cierto lo que
decía el Pastor Hansen o, en todo
caso, si es cierto para mí.

HELMER
¡Es inaudito que hable así una mujer
joven! Pero ya que la religión no te
sirve de guía, apelaré a tu
conciencia. ¿Porque te queda algún
sentido moral, no? ¿O, contéstame, o
es que tampoco lo tienes?

NORA
¿Para qué sirve contestar a eso,
Torvald? No lo sé. Estoy
completamente desorientada. Lo
único que sé es que sobre ciertas
cosas tengo opiniones muy diferentes
a las tuyas. También he descubierto
que las leyes son distintas a lo que
yo pensaba; pero me resulta
imposible concebir que las leyes
sean justas. ¡Una mujer no tiene
derecho a evitar disgustos a su viejo
padre moribundo ni a salvar la vida
de su marido! No puedo creerlo.

HELMER
Hablas como una niña. No entiendes
la sociedad en que vives.

NORA
No, no la entiendo. Pero ahora voy a
intentarlo. Voy a averiguar quién
tiene razón, la sociedad o yo.

HELMER
Estás enferma, Nora; tienes fiebre;
yo diría que no estás en tu juicio.

NORA
En mi vida me he sentido con la
mente más lúcida y más segura que
esta noche.

HELMER
¿Y con lucidez y seguridad
abandonas a tu marido y a tus hijos?

NORA
Sí, les abandono.

HELMER
Entonces sólo hay una explicación
posible.

NORA
¿Cuál?

HELMER
Que ya no me quieres.

NORA
Sí, eso es.

HELMER
¡Nora!… ¡Y lo dices así!
NORA
Oh, lo siento en el alma, Torvald;
siempre has sido tan bueno conmigo.
Pero no puedo remediarlo. Ya no te
quiero.

HELMER (Con serenidad forzada.)


¿Es también un convencimiento claro
y seguro?

NORA
Sí, absolutamente claro y seguro.
Por esto no puedo seguir aquí.

HELMER
¿Y podrías explicarme cómo he
perdido tu amor?
NORA
Sí; ha sido esta noche, cuando no se
ha producido el milagro; porque
entonces he descubierto que no eras
el hombre que yo imaginaba.

HELMER
Explícate con mayor detalle; no te
comprendo.

NORA
He esperado con toda paciencia
estos ocho años; porque, claro está,
comprendía que los milagros no se
dan a diario. Cuando ocurrió lo
peor, estaba tan segura, que me decía
a mí misma: ahora se produce el
milagro. Cuando la carta de
Krogstad estaba allí… nunca pensé
que pudieras doblegarte a las
exigencias de ese hombre. Estaba
completamente segura de que le
dirías: vaya y dígaselo a todos. Y
cuando eso sucediera…

HELMER
¿Cómo? ¿Es que iba a entregar a mi
mujer a la vergüenza y a la infamia?

NORA
Cuando eso sucediera, esperaba con
absoluta seguridad que darías un
paso al frente, asumirías toda la
responsabilidad y dirías: yo soy el
culpable.

HELMER
¡Nora!

NORA
¿Crees que yo hubiera aceptado
semejante sacrificio por tu parte?
No, por supuesto. ¿Pero de qué
hubieran valido mis declaraciones
frente a las tuyas?… Ése era el
milagro que yo esperaba con
angustia. Y para evitarlo, estaba
dispuesta a poner fin a mi vida.
HELMER
Trabajaría con gusto noche y día por
ti, Nora… aguantaría penas y
privaciones por ti. Pero nadie
sacrifica su honor por el ser que
ama.

NORA
Millares de mujeres lo han hecho.

HELMER
Oh, piensas y hablas como una niña
irrazonable.

NORA
Puede que sí. Pero tú no piensas ni
hablas como el hombre al que puedo
unirme. En cuanto terminó tu
alarma… no por la amenaza sobre
mí, sino por el riesgo que corrías, y
cuando el peligro había pasado… ha
sido para ti como si no hubiera
ocurrido absolutamente nada. Volví a
ser, igual que antes, tu pequeña
alondra, la muñeca, que de ahora en
adelante debería tratarse con mayor
cuidado, ya que es tan delicada y
frágil. (Se levanta.) Torvald… en
aquel momento comprendí que había
vivido ocho años con un extraño del
que había tenido tres hijos… ¡Oh, no
soporto el pensar en ello! Me dan
ganas de golpearme hasta hacerme
trizas.

HELMER (Sordamente.)
Ya veo, ya veo. La verdad es que se
ha abierto un abismo entre
nosotros… ¿Pero, Nora, no
podríamos salvarlo?

NORA
Tal como soy ahora, no soy una
esposa para ti.

HELMER
Puedo convertirme en otro.

NORA
Quizá… si te quitan la muñeca.
HELMER
¡Separarme… separarme de ti! No,
no, Nora, no puedo hacerme a esa
idea.

NORA (Saliendo por la derecha.)


Razón de más para acabar.

(Vuelve con el abrigo y


un maletín, que coloca
en la silla junto a la
mesa.)

HELMER
¡Nora, Nora, no esta noche! Espera a
mañana.
NORA (Poniéndose el abrigo.)
No puedo pasar la noche en casa de
un extraño.

HELMER
¿Pero no podemos vivir como
hermanos?…

NORA (Atándose el sombrero.)


Bien sabes que no duraría mucho…
(Se envuelve en el chal.) Adiós,
Torvald. No quiero ver a los niños.
Sé que están en mejores manos que
las mías. En la situación en que me
encuentro ahora, no significo nada
para ellos.
HELMER
¿Pero algún día, Nora… algún día?

NORA
¿Cómo voy a saberlo? No tengo ni
idea de lo que será de mí.

HELMER
Pero eres mi mujer, tanto ahora
como después.

NORA
Escucha, Torvald… cuando una
mujer abandona la casa de su
marido, como yo hago ahora, tengo
entendido que él, de acuerdo con las
leyes, queda dispensado de toda
clase de obligaciones en cuanto a
ella. De todas formas, te libero de
todos los deberes. No has de sentirte
obligado por nada, como tampoco
quiero estarlo yo. Debe haber
libertad completa para ambas partes.
Toma, aquí está tu anillo. Dame el
tuyo.

HELMER
¿También el anillo?

NORA
También.

HELMER
Toma.
NORA
Bien. Ahora todo ha acabado. Aquí
están las llaves. Las muchachas
están al tanto de todo lo de la casa…
mejor que yo. Mañana, después de
que me haya ido, vendrá Cristina a
recoger mis cosas. Quiero que me
las mandes.

HELMER
¡Se acabó! ¿Nora, no vas a pensar
nunca en mí?

NORA
Sin duda que pensaré con frecuencia
en ti y en los niños y en la casa.
HELMER
¿Puedo escribirte, Nora?

NORA
No… nunca. No lo hagas.

HELMER
Oh, pero podré enviarte…

NORA
Nada, nada.

HELMER
… ayudarte, si tienes necesidad.

NORA
Te digo que no. No admito nada de
extraños.

HELMER
¡Nora!… ¿no seré ya más que un
extraño para ti?

NORA (Toma el maletín.)


Oh, Torvald, tendría que producirse
el mayor milagro…

HELMER
¡Dime cuál es!

NORA
Tendríamos que cambiar los dos de
forma que… Oh Torvald, ya no creo
en milagros.
HELMER
Pero yo quiero creer. ¡Dímelo!
¿Cambiar de forma que…?

NORA
Que nuestra vida en común se
convirtiera en un matrimonio. Adiós.
(Sale al vestíbulo.)

HELMER (Se deja caer en un sillón


junto a la puerta y se cubre la cara
con las manos.)
¡Nora, Nora! (Mira en torno y se
levanta.) Nadie. Se ha ido. (La
esperanza renace en él.) ¡El mayor
milagro!
(Se oye abajo el ruido de
una puerta que se
cierra.)
Hedda Gabler
Drama en cuatro actos
Personas

JORGE TESMAN, becario en Historia de


la civilización
HEDDA TESMAN, su mujer
SEÑORA JULIANA TESMAN, su tía
SEÑORA ELVSTED
EL JUEZ BRACK
EILERT LOVBORG
BERTA, doncella de los Tesman

[La acción tiene lugar en el chalet[5] de


Tesman, en el barrio occidental de la
ciudad.]
Acto primero

Espacioso salón, agradable y


elegantemente amueblado, decorado en
tonos oscuros. Al foro hay una amplia
apertura con cortinas descorridas.
Esta entrada comunica con una
habitación menor, decorada en el
mismo estilo que el salón. En el lateral
derecho de éste, una puerta plegable
lleva al vestíbulo. En la pared opuesta,
a la izquierda, una puerta de cristales,
igualmente con cortinas descorridas. A
través de los cristales se ve parte de la
inmediata terraza y árboles de colores
otoñales. En primer término hay una
mesa ovalada cubierta con un tapete y
sillas alrededor. Delante, en el lateral
derecho, una gran estufa de porcelana,
oscura, un sillón de alto respaldo, un
escabel con cojín y dos taburetes. En el
ángulo derecho, un sofá de rincón y
una mesita redonda. En primer término
izquierda, algo distante de la pared, un
sofá. Más allá de la puerta de cristales,
un piano. A ambos lados de la apertura
del foro hay repisas con objetos de
terracota y porcelana. Ante la pared
posterior de la salita se ve un sofá, una
mesa y un par de sillas. Sobre el sofá
cuelga el retrato de un apuesto anciano
con uniforme de general. Sobre la
mesa, una lámpara de techo con globo
de cristal opalino. Por todo el salón,
abundantes ramos de flores colocados
en jarrones y vasos. Otros se
encuentran en las mesas. Los suelos de
ambas habitaciones están cubiertos de
gruesas alfombras. Luz de mañana. El
sol brilla a través de la cristalera.
La señorita Juliana TESMAN, con
sombrero y sombrilla, entra del
vestíbulo, seguida de BERTA, que lleva
un ramo de flores envuelto en papel. La
SEÑORITA TESMAN es una buena
señora de apariencia apacible y unos
sesenta y cinco años. Pulcra y
sencillamente vestida con un traje de
calle gris. BERTA es una criada entrada
en años, de aspecto simple y algo
campesino.

SEÑORITA TESMAN (Se detiene ante la


puerta, escucha y dice en voz baja.)
¡Vaya, no creo que se hayan
levantado aún!

BERTA (En igual tono.)


Ya lo dije, señorita. Imagínese…,
con lo tarde que llegó el barco
anoche. ¡Y después! Dios mío… la
de cosas que desempaquetó la
señora antes de irse a la cama.

SEÑORITA TESMAN
Bueno… dejémosles que descansen.
Pero el aire fresco de la mañana les
hará bien cuando vengan.

(Se dirige a la puerta de


cristales y la abre de par
en par.)

BERTA (Junto a la mesa, perpleja, con


el ramo en la mano.)
La verdad es que no hay un palmo
libre. Voy a ponerlas aquí, señorita.
(Coloca el ramo sobre el piano.)
SEÑORITA TESMAN
Así es que ahora tienes nueva
señora, querida Berta. Dios sabe lo
que he sentido al perderte.

BERTA (Apunto de romper en lágrimas.)


Pues lo que es yo, señorita, ¿qué le
voy a decir? Yo, que por tantísimos
años he comido el pan de las
señoritas.

SEÑORITA TESMAN
Hemos de tomar las cosas como
vienen, Berta. No había más
remedio. No podías dejar de estar
con Jorge, sabes. Te necesita. Tú
estás acostumbrada a cuidarle desde
que era un chiquillo.

BERTA
Sí, señorita, pero me parte el alma
dejar a la señorita Rina. La pobre,
que no puede valerse por sí misma.
¡Y, encima, con la nueva muchacha!
En la vida aprenderá a cuidar de un
enfermo.

SEÑORITA TESMAN
Ya la enseñaré. Y la mayor parte lo
haré yo misma, sabes. No debes
angustiarte por mi pobre hermana,
querida Berta.
BERTA
Sí, pero hay también algo más,
señorita. No sé si sabré hacer las
cosas a gusto de la señora.

SEÑORITA TESMAN
Sí, bueno…, al principio puede que
haya alguna que otra dificultad…

BERTA
Porque seguro que es muy exigente.

SEÑORITA TESMAN
Y que lo digas. ¡La hija del general
Gabler! ¡Y a lo que estaba
acostumbrada en vida del general!
¿Te acuerdas cuando acompañaba a
su padre a caballo? ¿Con el largo
traje negro de amazona? ¿Y con
plumas en el sombrero?

BERTA
¡Sí, sí… y tanto que me acuerdo!
Pero no me hago a la idea de verlos
marido y mujer, a ella y al señorito
Jorge.

SEÑORITA TESMAN
Ni yo tampoco. Pero así es… y tú,
Berta, ahora que me acuerdo: de
aquí en adelante no debes decir el
señorito Jorge. Debes decir el
doctor.
BERTA
Sí, ya me lo dijo la señora…
anoche… así que entraron. ¿Es
verdad, señorita?

SEÑORITA TESMAN
Así es. Imagínate, Berta… le han
hecho doctor en el extranjero.
Ahora, durante el viaje, ¿entiendes?
Yo no sabía una palabra… hasta que
él me lo dijo en el muelle.

BERTA
Sí, es capaz de hacer lo que sea. Tan
listo como es. Pero nunca pensé que
fuera a curar a la gente.
SEÑORITA TESMAN
No, no es un doctor de ésos… (Con
un gesto de inteligencia.) Además,
puede que pronto le tengas que
llamar algo más importante.

BERTA
Anda, ¿qué? ¿Qué va a ser, señorita?

SEÑORITA TESMAN (Sonriendo.)


Ejem… ¡si supieras!…
(Emocionada.) ¡Ay, Señor, si el
bendito Joaquín levantara la cabeza
y viera a lo que ha llegado su niño!
(Mirando alrededor.) Pero oye,
Berta, ¿por qué has hecho esto?
¡Quitarles las fundas a todos los
muebles!

BERTA
Me lo mandó la señora. Dijo que no
le gustaban las fundas en las sillas.

SEÑORITA TESMAN
¿Pensarán usarlo como salón de
diario?

BERTA
Sí, parece que sí. Así lo dijo la
señora. Porque el… el doctor… no
dijo nada.

(JORGE TESMAN entra


canturreando por la
derecha de la salida
interior; lleva una
maleta, vacía y abierta.
Es un hombre de unos
treinta y tres años, de
estatura media y aspecto
juvenil, algo corpulento,
rostro franco, redondo y
jovial, pelo y barba
rubios. Lleva gafas y un
batín cómodo, algo
desaliñado.)

SEÑORITA TESMAN
¡Buenos días, buenos días, Jorge!
TESMAN (En la entrada.)
¡Tía Juli! ¡Querida tía! (Va hacia
ella y le estrecha la mano.) ¡Te has
dado la caminata… tan temprano!
¿Eh?

SEÑORITA TESMAN
Sí, tenía que ver como os habíais
instalado.

TESMAN
¡Y sin haber descansado lo
suficiente esta noche!

SEÑORITA TESMAN
Oh, igual da.
TESMAN
¿Llegaste bien a casa desde el
muelle? ¿Eh?

SEÑORITA TESMAN
Sí, perfectamente, gracias a Dios. El
juez tuvo la amabilidad de
acompañarme a casa.

TESMAN
Sentimos mucho no poder llevarte en
el coche. Pero ya lo viste… Hedda
traía tantas maletas que le eran
indispensables.

SEÑORITA TESMAN
Sí, era enorme la cantidad de
maletas que traía.

BERTA (A TESMAN.)
¿Le pregunto a la señora si puedo
ayudarla en algo?

TESMAN
No, gracias, Berta… no hace falta.
Dijo que si quiere algo te llamaría.

BERTA (Saliendo por la derecha.)


Ah, bien.

TESMAN
Pero toma… llévate esta maleta.

BERTA (Tomándola.)
La pondré en el ático. (Sale por el
vestíbulo.)

TESMAN
Figúrate, tía… toda la maleta estaba
abarrotada de papelotes. Es de
verdad increíble, ¿sabes?, lo que he
podido recoger por los archivos.
Viejos datos interesantísimos de los
que nadie tiene noticia.

SEÑORITA TESMAN
Sí, sí, no has perdido el tiempo
durante el viaje de bodas, querido
Jorge.

TESMAN
Eso diría yo. Pero quítate el
sombrero, tía. ¡Así! Deja que te
deshaga el nudo. ¿Eh?

SEÑORITA TESMAN (Mientras él lo


hace.)
Dios mío… es justo igual que si
siguieras viviendo con nosotras.

TESMAN (Dando vueltas al sombrero.)


¡Vaya sombrero bonito y elegante
que llevas!

SEÑORITA TESMAN
Lo he comprado por Hedda.

TESMAN
¿Por Hedda?

SEÑORITA TESMAN
Sí, para que Hedda no se avergüence
de mí si vamos juntas de paseo.

TESMAN (Golpeándole la mejilla.)


¡Estás en todo, tía Juli! (Deposita el
sombrero en una silla junto a la
mesa.) Y ahora… ven… nos
sentaremos aquí en el sofá,
charlando hasta que venga Hedda.
(Se sientan. Ella coloca su
sombrilla en el sofá de rincón.)

SEÑORITA TESMAN (Cogiéndole las


manos y mirándole.)
¡Qué alegría poder volver a verte,
Jorge! ¡El niño del pobre Joaquín!

TESMAN
¡Y para mí! ¡Verte de nuevo, tía Juli!
Tú que has sido mi madre y mi
padre.

SEÑORITA TESMAN
Sí, ya sé que nunca olvidarás a tus
viejas tías.

TESMAN
¿Y no ha habido ninguna mejoría de
la tía Rina? ¿Eh?

SEÑORITA TESMAN
Oh, no, ¿sabes?… No puede
esperarse ninguna mejoría en su
caso, la pobre. Allí está, en la cama,
como todos estos años. Pero que
Dios me permita conservarla aún.
Porque si no, no sabría qué hacer en
la vida, Jorge. Y más ahora, que ya
no tengo que cuidarte.

TESMAN (Golpeándole la espalda.)


¡Vaya, vaya…!

SEÑORITA TESMAN (Cambiando


bruscamente.)
¡Y pensar que te has convertido en
un hombre casado, Jorge!… ¡Y que
te llevaras a Hedda Gabler! ¡La
hermosa Hedda Gabler! ¡Figúrate!
¡Ella, con los pretendientes que tenía
alrededor!

TESMAN (Tararea y sonríe satisfecho.)


Sí, yo diría que más de uno de los
amigos que andan por ahí me
envidia. ¿Eh?

SEÑORITA TESMAN
Y después, ¡ese viaje de bodas tan
largo! Más de cinco… casi seis
meses…

TESMAN
Bueno, para mí ha sido en realidad
una especie de viaje de estudios.
Con tantísimos archivos que
investigar. Y montones de libros que
consultar, ¿sabes?

SEÑORITA TESMAN
Sí, por supuesto. (Más
confidencialmente, bajando la voz.)
Pero escucha, Jorge… ¿no tienes
nada… algo más que contarme?

TESMAN
¿Del viaje?

SEÑORITA TESMAN
Sí.
TESMAN
No, te lo he contado todo en las
cartas. Que obtuve el doctorado
allí… ya te lo conté ayer.

SEÑORITA TESMAN
Ah, sí, sí, claro. Pero quiero decir…
¿si no tienes… algunas…
esperanzas…?

TESMAN
¿Esperanzas?

SEÑORITA TESMAN
¡Por Dios, Jorge… que soy tu vieja
tía!
TESMAN
Oh, sí, claro que tengo esperanzas.

SEÑORITA TESMAN
¡Bien!

TESMAN
Tengo grandes esperanzas de ser
nombrado profesor uno de estos
días.

SEÑORITA TESMAN
Ah, profesor…

TESMAN
… e incluso me atrevería a decir que
tengo la seguridad de obtenerlo.
¡Pero, tía, bien lo sabes!

SEÑORITA TESMAN (Sonríe.)


Claro que lo sabía. Tienes razón.
(Cambiando de tono.) Pero era del
viaje de lo que hablábamos… Debe
de haber costado un montón de
dinero, Jorge.

TESMAN
Por supuesto… la sustanciosa beca
ha contribuido mucho.

SEÑORITA TESMAN
Pero no puedo concebir cómo ha
dado para los dos.
TESMAN
No, no ha sido nada fácil. ¿Eh?

SEÑORITA TESMAN
Y más si se tiene en cuenta que
viajar con una mujer de distinción
significa mayores gastos, diría yo.

TESMAN
Sí, por supuesto… algo más caro.
¡Pero Hedda tenía que hacer el
viaje, tía! Tenía que hacerlo. No
podía ser de otra forma.

SEÑORITA TESMAN
No, no, por supuesto que no. Los
viajes de boda son hoy de rigor…
Pero dime… ¿has tenido
oportunidad de ver la casa?

TESMAN
Oh, sí. Estoy en pie desde que
amaneció.

SEÑORITA TESMAN
¿Y qué te parece, en conjunto?

TESMAN
¡Espléndida! ¡Realmente espléndida!
Lo único es que no sé qué vamos a
hacer con los dos cuartos vacíos que
hay entre la salita y el dormitorio de
Hedda.
SEÑORITA TESMAN (Riendo con
intención.)
Oh, querido Jorge, ya se usarán…
con el tiempo.

TESMAN
¡Sí, razón llevas, tía! A medida que
aumente mi biblioteca… ¿Eh?

SEÑORITA TESMAN
Eso es, querido. Era a tus libros a lo
que me refería.

TESMAN
Me alegro sobre todo por Hedda.
Desde antes de prometernos, no
dejaba de decir que no podría vivir
más que en el chalet de la señora
Falk, la viuda del primer ministro.

SEÑORITA TESMAN
Imagínate… y mira por dónde se
puso en venta. Justo apenas os
habíais ido de viaje.

TESMAN
Sí, tía Juli, la verdad es que tuvimos
suerte. ¿Eh?

SEÑORITA TESMAN
¡Pero qué cara, querido Jorge! Te va
a salir carísimo… todo esto.

TESMAN (Mirándola con cierta


alarma.)
¿Tú crees, tía?

SEÑORITA TESMAN
Oh, Dios, claro que sí.

TESMAN
¿Cuánto crees? Más o menos. ¿Eh?

SEÑORITA TESMAN
No puedo decirlo hasta que vengan
todas las facturas.

TESMAN
Bueno, afortunadamente, el juez
Brack ha estipulado unas
condiciones muy favorables para mí.
Él mismo se lo escribió a Hedda.

SEÑORITA TESMAN
Sí, no te preocupes por ello.
Además, he prestado fianza por todo
el mobiliario, incluidas las
alfombras.

TESMAN
¿Fianza? ¿Tú? Querida tía, ¿pero
qué fianza puedes dar tú?

SEÑORITA TESMAN
He empeñado la renta.

TESMAN (Dando un salto.)


¡Cómo! ¡Tu renta… y la de la tía
Rina!

SEÑORITA TESMAN
Sí, no encontré otra solución,
¿sabes?

TESMAN (Parándose ante ella.)


¡Pero estás loca, tía! La renta… pero
si es lo único que tú y tía Rina tenéis
para vivir.

SEÑORITA TESMAN
Bueno, bueno… no lo tomes tan a
pecho. Piensa que es sólo una
formalidad. Es lo que dijo el juez
Brack. Porque fue él quien tuvo la
amabilidad de disponerlo todo por
mí. Sólo una formalidad, dijo.

TESMAN
Sí, puede que lo sea. Pero de todas
formas…

SEÑORITA TESMAN
Y ahora vas a tener tu propio sueldo.
Y, Señor, ¿qué si hemos de rebañar
un poco?… ¿ayudar un poco al
comienzo?… Lo haríamos con sumo
gusto.

TESMAN
¡Oh, tía… siempre sacrificándote
por mí!
SEÑORITA TESMAN (Se levanta y le
pone las manos en los hombros.)
¿Qué mayor alegría puedo tener en
este mundo que allanarte el camino,
muchacho? Tú, sin padre ni madre
que cuidaran de ti. ¡Y ahora hemos
alcanzado el objetivo! Ha sido
difícil a veces. ¡Pero, gracias a
Dios, lo has superado, Jorge!

TESMAN
Sí, de verdad es asombroso cómo
todo ha resultado bien.

SEÑORITA TESMAN
Sí… y tus enemigos… los que te
hubieran cerrado el paso… les ha
ido mal. ¡Han fracasado, Jorge! Y el
más peligroso de todos… es el que
más bajo ha caído… Y ahora está en
el hoyo… que él mismo se cavó… el
muy desgraciado.

TESMAN
¿Sabes algo de Eilert? Desde que me
marché, quiero decir.

SEÑORITA TESMAN
Sólo que ha publicado un nuevo
libro.

TESMAN
¿Cómo? ¿Eilert Lovborg? ¿Hace
poco? ¿Eh?

SEÑORITA TESMAN
Sí, eso dicen. No es de esperar que
valga mucho, ¿verdad? Bueno,
cuando se publique el tuyo… eso sí
que será diferente. ¿De qué va a
tratar?

TESMAN
Las industrias domésticas de
Brabante en la Edad Media.

SEÑORITA TESMAN
¡Bueno, hay que ver de qué cosas
eres capaz de escribir!
TESMAN
Pero puede que pase algún tiempo
antes de que esté listo. Antes tengo
que ordenar este montón de notas,
¿sabes?

SEÑORITA TESMAN
Sí, ordenar y anotar… siempre se te
ha dado bien. No en vano eres hijo
del pobre Joaquín.

TESMAN
Tengo una gran ilusión en ponerme a
la tarea. Sobre todo ahora, que tengo
una casa propia y cómoda en que
poder trabajar.
SEÑORITA TESMAN
Y, sobre todo, ahora que tienes la
mujer que deseabas, querido Jorge.

TESMAN (Abrazándola.)
¡Oh, sí, sí, tía Juli! ¡Hedda… es lo
mejor de todo! (Mira hacia la
entrada del foro.) Creo que ahí
viene. ¿Eh?

(HEDDA entra por la


izquierda de la sala del
fondo. Es una mujer de
veintinueve años. Rostro
y figura distinguidos.
Tez de palidez mate.
Ojos grises de acero y
expresión de fría
serenidad. El pelo es de
un bonito tono castaño,
pero no especialmente
copioso. Viste un
elegante traje de
mañana, algo amplio.)

SEÑORITA TESMAN (Se acerca a


recibirla.)
¡Buenos días, querida Hedda! ¡Muy
buenos días!

HEDDA (Alargándole la mano.)


¡Buenos días, querida señorita
Tesman! ¿Tan de mañana? Muy
amable.

SEÑORITA TESMAN (Parece algo


intimidada.)
Bueno… ¿Ha dormido la señora
bien en su nuevo hogar?

HEDDA
Oh, sí, gracias. No mal del todo.

TESMAN (Ríe.)
¿No mal del todo? ¡Qué graciosa
eres, Hedda! Dormías como un
tronco cuando me levanté.

HEDDA
Afortunadamente. Después de todo,
uno ha de hacerse a lo nuevo,
señorita Tesman. Poco a poco. (Mira
a la izquierda.) Oh… la doncella ha
dejado abierta la puerta de la
terraza. Entra el sol a raudales.

SEÑORITA TESMAN (Yendo a la


cristalera.)
Bueno, cerraremos.

HEDDA
¡No, no, déjelo! Tesman, querido,
corre las cortinas. Así la luz es más
suave.

TESMAN (En la cristalera.)


Bueno… bueno… Mira, Hedda…
ahora tendrás sombra y aire fresco.

HEDDA
Sí, aire fresco es lo que hace falta
aquí. Con todas estas dichosas
flores… Pero, querida… ¿no se
sienta, señorita Tesman?

SEÑORITA TESMAN
No, muchas gracias. Ya sé que todo
está en orden, gracias a Dios. Ahora
tengo que volver a casa. Mi hermana
me espera, está tan mal la pobre.

TESMAN
Dale muchos recuerdos de mi parte,
tía. Y dile que iré a verla hoy
mismo.

SEÑORITA TESMAN
Así haré. Pero espera, Jorge.
(Rebusca en el bolsillo del traje.)
Por poco me olvido. Aquí hay algo
para ti.

TESMAN
¿Qué es tía? ¿Eh?

SEÑORITA TESMAN (Saca un paquete


plano envuelto en papel de
periódico y se lo entrega.)
Toma, querido.
TESMAN (Abriéndolo.)
¡Oh, Dios, me las has guardado, tía
Juli! ¡Hedda! ¡Qué emocionante!
¿Eh?

HEDDA (Junto a la repisa de la


derecha.)
Sí, querido, ¿qué es?

TESMAN
¡Mis viejas zapatillas! ¡Las
pantuflas, oye!

HEDDA
Ya veo. No hablabas de otra cosa
durante el viaje.
TESMAN
Sí, cuánto las eché de menos. (Se le
acerca.) ¡Mira, Hedda!

HEDDA (Yendo a la estufa.)


No, gracias, no me atraen gran cosa,
la verdad.

TESMAN (Siguiéndola.)
Figúrate, me las bordó la tía Rina.
Con lo enferma que estaba. Oh, no
puedes darte idea de cuántas cosas
me recuerdan.

HEDDA (Junto a la mesa.)


Pues, la verdad: a mí nada.
SEÑORITA TESMAN
Hedda tiene razón, Jorge.

TESMAN
Sí, pero como forma ahora parte de
la familia…

HEDDA (Cambiando.)
Me temo que no vamos a poder
seguir con esta doncella, Tesman.

SEÑORITA TESMAN
¿No poder seguir con Berta?

TESMAN
Querida… ¿por qué lo dices? ¿Eh?
HEDDA (Señalando.)
¡Mira! Ha dejado en la silla su
sombrero viejo.

TESMAN (Aterrado, deja caer las


zapatillas.)
¡Pero Hedda, si es…!

HEDDA
Imagínate… que viniera alguien y
viera algo así.

TESMAN
Pero Hedda… ¡si es el sombrero de
tía Juli!

HEDDA
¡No!

SEÑORITA TESMAN (Toma el sombrero.)


Sí, es mío. Y además, de viejo, nada,
señora Tesman.

HEDDA
La verdad es que no lo he mirado
con atención.

SEÑORITA TESMAN (Atándose el


sombrero.)
Tanto, que es la primera vez que me
lo pongo. Bien lo sabe Dios.

TESMAN
Y bien bonito que es. ¡Precioso!
SEÑORITA TESMAN
Oh, no tanto, querido Jorge. (Mira
en torno.) ¿La sombrilla?… Aquí
está. (La toma.) Porque también es
mía. (Para sí.) No de Berta.

TESMAN
¡Sombrero y sombrilla nuevos!
¡Figúrate, Hedda!

HEDDA
Bonitos y elegantes.

TESMAN
Sí, ¿no es verdad? ¿Eh? Pero tía,
repara en Hedda antes de irte. ¡Ella
sí que es bonita y elegante!
SEÑORITA TESMAN
Sí, querido, eso no es ninguna
novedad. Hedda ha sido preciosa
desde que nació. (Saluda y se dirige
a la derecha.)

TESMAN (Siguiéndola.)
Sí, ¿pero te has dado cuenta de lo
llenita y lozana que se ha puesto?
¿Cómo ha engordado durante el
viaje?

HEDDA (Cruzando el salón.)


Oh, ya está bien…

SEÑORITA TESMAN (Parándose, se


vuelve.)
¿Engordado?

TESMAN
Sí, tía Juli, no lo puedes apreciar
ahora vestida. Pero yo, que tengo
ocasiones de…

HEDDA (Marchando hacia la


cristalera, con impaciencia.)
¡Oh, tú no tienes ocasión de nada!

TESMAN
Ha debido de ser el aire de las
montañas del Tirol.

HEDDA (Con sequedad,


interrumpiendo.)
Estoy exactamente igual ahora que
cuando me marché.

TESMAN
Sí, eso es lo que crees. Pero no lo
que pareces. ¿No es verdad, tía?

SEÑORITA TESMAN (La mira juntando


las manos.)
Preciosa… preciosa… preciosa
Hedda. (Se acerca a ella, le baja la
cabeza con ambas manos y la besa
en el pelo.) Dios te bendiga y te
guarde, Hedda Tesman. Por el bien
de Jorge.

HEDDA (Librándose con suavidad.)


¡Oh!… por favor.

SEÑORITA TESMAN (Emocionada.)


Vendré a veros todos los días sin
falta.

TESMAN
¡Oh, sí, ven, tía! ¿Eh?

SEÑORITA TESMAN
¡Adiós, adiós!

(Sale por la puerta del


vestíbulo. TESMAN la
acompaña. La puerta
queda entornada. Se oye
a TESMAN repetir sus
saludos para tía Rina y
las gracias por las
zapatillas.) (Mientras,
en escena, HEDDA pasea
por el salón, alzando los
brazos y apretando los
puños como indignada.
Descorre las cortinas de
la cristalera y queda allí
mirando al exterior.)
(Poco después vuelve
TESMAN y cierra la
puerta.)

TESMAN (Recogiendo las zapatillas.)


¿Qué estás mirando, Hedda?
HEDDA (De nuevo serena y contenida.)
Miraba las hojas. Tan amarillas. Y
tan muertas.

TESMAN (Envuelve las zapatillas y las


coloca sobre la mesa.)
Claro, estamos ya en septiembre.

HEDDA (Inquieta de nuevo.)


Sí, pensar… que estamos ya… en
septiembre.

TESMAN
¿No te pareció que tía Juli obraba de
forma rara? Casi ceremoniosa. ¿Qué
crees que le podrá pasar? ¿Eh?
HEDDA
Casi no la conozco. ¿Acostumbra a
estar así?

TESMAN
No, no tanto como hoy.

HEDDA (Alejándose de la cristalera.)


¿Crees que habrá tomado a mal lo
del sombrero?

TESMAN
Bah, no mucho… Quizá un poco al
momento…

HEDDA
¡Pero también son maneras el
dejarse tirado el sombrero en el
salón! Eso no se hace.

TESMAN
Estáte segura de que tía Juli no suele
hacerlo.

HEDDA
De todas formas, trataré de
congraciarme con ella.

TESMAN
¡Oh, sí, querida, por favor!

HEDDA
Cuando vayas a verlas hoy, invítala
a venir esta tarde.
TESMAN
Sí, claro que lo haré. Y hay una cosa
que la complacería sobremanera.

HEDDA
¿Qué es?

TESMAN
Que te decidieras a tutearla. Hazlo
por mí, Hedda. ¿Eh?

HEDDA
No, no, Tesman… no me pidas eso
por nada del mundo. Ya te lo he
dicho. Bastante hago con llamarla
tía. Pero nada más.
TESMAN
Sí, sí, ya. Pero creía que como ahora
formas parte de la familia…

HEDDA
Ejem… no sé que te diga… (Se
dirige a la apertura central.)

TESMAN (Algo después.)


¿Pasa algo, Hedda? ¿Eh?

HEDDA
Estoy mirando mi viejo piano. No va
bien con el resto del mobiliario.

TESMAN
En cuanto cobre mi primer sueldo,
veremos de cambiarlo.

HEDDA
No, no… nada de cambiarlo. No
quiero perderlo. Mejor será que lo
pongamos en la salita de atrás. Y
poner alguna otra cosa en su lugar.
Algo que vaya bien con el resto,
quiero decir.

TESMAN (Con cierto desaliento.)


Sí… también podemos hacer eso.

HEDDA (Quita el ramo del piano.)


Estas flores no estaban aquí anoche
cuando llegamos.
TESMAN
Seguro que te las ha traído tía Juli.

HEDDA (Mira el ramo.)


Una tarjeta. (La toma y la lee.)
«Volveré más tarde hoy.» Adivina de
quién es.

TESMAN
No sé. ¿De quién? ¿Eh?

HEDDA
Dice: «Señora Elvsted»[6].

TESMAN
¡No! ¿De veras? ¡La señora Elvsted!
La señorita Rysing, como se llamaba
de soltera.

HEDDA
Sí, eso es. La del pelo inaguantable,
que llevaba suelto, llamando la
atención. Tu antiguo amor, según he
oído.

TESMAN (Ríe.)
Bueno, no duró mucho. Y fue antes
de conocerte, Hedda. Pero figúrate,
ella en la ciudad.

HEDDA
Qué raro que nos venga a ver. Sólo
la conozco del colegio.
TESMAN
Sí, yo tampoco la he visto desde…
Dios sabe cuánto tiempo hace.
¿Cómo podrá aguantar en un lugar
tan perdido como ése? ¿Eh?

HEDDA (Después de pensar,


súbitamente.)
Oye, Tesman… ¿no es por allá por
donde anda… él… Eilert Lovborg?

TESMAN
Sí, justamente.

(BERTA asoma en la
puerta del vestíbulo.)
BERTA
Señora, aquí está la señora que vino
con las flores antes. (Señala.) Las
que tiene en la mano, señora.

HEDDA
Ah, ¿está aquí? Sí, hágala pasar.

(BERTA abre la puerta


para la SEÑORA
ELVSTED y se retira. La
SEÑORA ELVSTED tiene
una figura frágil y rostro
de facciones bellas y
delicadas. Ojos azules
claros, grandes,
redondos y algo
saltones, con una
expresión de tímida
interrogación. El pelo,
suelto y rubio, casi
blanco, y
extraordinariamente
abundante y ondulado.
Es un par de años más
joven que HEDDA. Viste
un traje de visita oscuro,
elegante, pero no a la
última moda.)

HEDDA (Acercándosele cordialmente.)


Buenos días, señora Elvsted. Qué
alegría volver a verla.

SEÑORA ELVSTED (Nerviosa, intenta


dominarse.)
Sí, ha pasado mucho tiempo desde la
última vez que nos vimos.

TESMAN (Estrechándole la mano.)


Lo mismo pasa conmigo. ¿Eh?

HEDDA
Gracias por sus preciosas flores.

SEÑORA ELVSTED
Oh, por favor… quise venir ayer
tarde. Pero me dijeron que estaban
de viaje…
TESMAN
¿Acaba de llegar a la ciudad? ¿Eh?

SEÑORA ELVSTED
Llegué ayer a mediodía. ¡Y me entró
tal desesperación cuando me dijeron
que no estaban ustedes en casa!

HEDDA
¡Desesperación! ¿Porqué?

TESMAN
Pero querida señora Rysing…
señora Elvsted, quiero decir.

HEDDA
¿Es que ha ocurrido algo?
SEÑORA ELVSTED
Oh, sí. Y no conozco aquí a nadie
más a quien poder acudir,

HEDDA (Coloca el ramo en la mesa.)


Venga, sentémonos en el sofá.

SEÑORA ELVSTED
¡No tengo calma ni nervios para
sentarme!

HEDDA
Seguro que sí. Por favor. (Conduce a
la SEÑORA ELVSTED al sofá y se
sienta a su lado.)

TESMAN
¿Sí? ¿Diga, señora…?

HEDDA
¿Ha ocurrido algo grave en su casa?

SEÑORA ELVSTED
Bueno… sí y no… Oh, quisiera con
toda el alma que no me interpretara
mal…

HEDDA
Mejor es que lo diga usted todo,
señora Elvsted.

TESMAN
Para eso ha venido. ¿Eh?
SEÑORA ELVSTED
Sí, sí… eso es. Debo decirles… por
si no lo saben… que Eilert Lovborg
está en la ciudad.

HEDDA
¡Que Lovborg…!

TESMAN
¡No, Eilert Lovborg de vuelta!
Figúrate, Hedda.

HEDDA
Sí, ya lo estoy oyendo.

SEÑORA ELVSTED
Lleva aquí una semana.
Imagínense… toda una semana. En
esta ciudad tan peligrosa. ¡Solo! Con
todas las malas compañías que hay
aquí.

HEDDA
Pero, señora Elvsted, ¿por qué ha de
preocuparle eso?

SEÑORA ELVSTED (Mira asustada en


torno y dice rápidamente.)
Ha sido preceptor de los niños.

HEDDA
¿De sus hijos?

SEÑORA ELVSTED
De los de mi marido. Yo no tengo.

HEDDA
De sus hijastros, entonces.

SEÑORA ELVSTED
Sí.

TESMAN (Con cierta inseguridad.)


¿Y era tan… no sé cómo decirlo…
tan… regular en su forma de vivir
como para confiarle esa tarea? ¿Eh?

SEÑORA ELVSTED
Durante el último par de años no ha
habido queja alguna de él.
TESMAN
¿De verdad? ¡Figúrate, Hedda!

HEDDA
Ya lo oigo.

SEÑORA ELVSTED
¡Ni lo más mínimo, se lo aseguro! En
ningún sentido. Pero de todas
formas… Ahora que sé que está
aquí… en la ciudad. Y con tanto
dinero en el bolsillo. Estoy muerta
de miedo por lo que pueda pasarle.

TESMAN
¿Pero por qué no siguió en casa de
ustedes? ¿Eh?
SEÑORA ELVSTED
En cuanto el libro se publicó, no
aguantó más en casa.

TESMAN
Sí, es verdad… tía Juli me dijo que
había publicado un nuevo libro.

SEÑORA ELVSTED
Sí, un libro grande, sobre historia de
la civilización… una visión de
conjunto. Hace quince días. Y como
se ha leído y vendido tanto… y ha
llamado tanto la atención.

TESMAN
¿Ah, sí? Será algo que ha guardado
todo este tiempo.

SEÑORA ELVSTED
¿De antes, quiere usted decir?

TESMAN
Supongo.

SEÑORA ELVSTED
No, lo ha escrito enteramente en
casa. Ahora… durante el año
pasado.

TESMAN
¡Qué alegría oírlo, Hedda! ¡Figúrate!

SEÑORA ELVSTED
¡Ay, con tal de que continuara así!

HEDDA
¿Lo ha visto usted aquí?

SEÑORA ELVSTED
No, todavía no. Me ha costado tanto
descubrir su dirección. Pero esta
mañana la he conseguido por fin.

HEDDA (Mirándola escrutadoramente.)


La verdad es que resulta un poco
raro que su marido… ejem…

SEÑORA ELVSTED (Nerviosamente.)


¿Que mi marido? ¿Qué…?
HEDDA
La envíe a usted a la ciudad con
semejante misión. Que no venga él
mismo a cuidar de su amigo.

SEÑORA ELVSTED
Oh, no, no… mi marido no tiene
tiempo para eso. Y además… he de
hacer algunas compras.

HEDDA (Con ligera sonrisa.)


Ah, eso es otra cosa.

SEÑORA ELVSTED (Levantándose


rápidamente, con agitación.)
¡Y le ruego de todo corazón, señor
Tesman, que se muestre amable con
Eilert Lovborg si viniera a verle! Y
seguro que vendrá. Dios mío… eran
ustedes tan buenos amigos entonces.
E incluso compartían ustedes los
mismos estudios. La misma materia,
según tengo entendido.

TESMAN
Bueno, por lo menos entonces.

SEÑORA ELVSTED
Sí, y por eso le pido
encarecidamente que… también
usted… se preocupe por él. Oh,
señor Tesman, diga que sí… ¿me lo
promete?
TESMAN
Con mil amores, señora Rysing…

HEDDA
Elvsted.

TESMAN
Haré por Eilert cuanto esté de mi
parte. Pierda cuidado.

SEÑORA ELVSTED
¡Qué amable por su parte! (Le
estrecha las manos.) Gracias,
gracias, gracias. (Sobresaltada.) ¡Mi
marido le aprecia tanto!

HEDDA (Levantándose.)
Debieras escribirle, Tesman. Porque
quizá no se le ocurra venir.

TESMAN
Sí, quizá eso sea lo mejor, Hedda.
¿Eh?

HEDDA
Y lo antes posible. Ahora mismo,
diría yo.

SEÑORA ELVSTED (Suplicando.)


Oh, sí, por favor.

TESMAN
Ahora mismo le escribo. ¿Tiene
usted su dirección, señora… señora
Elvsted?

SEÑORA ELVSTED
Sí. (Saca una nota del bolsillo y se
la entrega.) Aquí está.

TESMAN
Bien, bien. Voy a… (Mira en torno.)
Ah, sí… ¿las zapatillas? Aquí.
(Coge el paquete y se dispone a
salir.)

HEDDA
Y sobre todo, escríbele una carta
cariñosa. Y larga.

TESMAN
Sí, descuida.

SEÑORA ELVSTED
¡Y, por favor, ni una palabra de que
he venido a interesarme por él!

TESMAN
No, por supuesto. ¿Eh? (Sale por la
antesala hacia la derecha.)

HEDDA (Se acerca a la SEÑORA


ELVSTED y dice a media voz.)
Bueno, así matamos dos pájaros de
un tiro.

SEÑORA ELVSTED
¿Qué quiere decir?
HEDDA
¿No se dio usted cuenta de que yo
quería que se fuese?

SEÑORA ELVSTED
Claro, para escribir la carta.

HEDDA
Y para poder hablar a solas con
usted.

SEÑORA ELVSTED (Confusa.)


¿Sobre esto?

HEDDA
Sí, sobre esto.
SEÑORA ELVSTED (Asustada.)
¡Pero no hay nada más que contar,
señora Tesman! ¡De verdad, nada
más!

HEDDA
Oh, sí que hay. Mucho más. Yo diría
que sí. Venga acá… que nos
sentemos las dos en confianza.
(Empuja a la SEÑORA ELVSTED al
sillón junto a la estufa y ella se
sienta en uno de los taburetes.)

SEÑORA ELVSTED (Inquieta, mira su


reloj.)
Pero, querida amiga… tengo que
marcharme.

HEDDA
¿Qué prisa tiene?… Cuénteme cómo
van las cosas por casa.

SEÑORA ELVSTED
Eso es precisamente de lo que no
quisiera hablar.

HEDDA
¿Ni conmigo, querida?… Dios mío,
fuimos juntas al colegio.

SEÑORA ELVSTED
Sí, pero usted estaba en el curso
siguiente. ¡Qué miedo me daba usted
entonces!

HEDDA
¿Le daba yo miedo?

SEÑORA ELVSTED
Sí, un miedo espantoso. Siempre que
nos encontrábamos en la escalera,
me tiraba usted del pelo.

HEDDA
No, ¿de verdad?

SEÑORA ELVSTED
Sí, y una vez me dijo que me lo iba a
prender fuego.
HEDDA
Oh, sería sólo una broma, créame.

SEÑORA ELVSTED
Sí, pero yo era tan tonta entonces…
Y como después, de todas formas…
apenas nos hemos tratado. Nuestros
mundos han sido tan diferentes.

HEDDA
Bueno, debemos tratar de
aproximarnos de nuevo. ¡Escuche!
En el colegio éramos íntimas. Hasta
nos tuteábamos…

SEÑORA ELVSTED
No, no está usted en lo cierto.
HEDDA
Sí, estoy segura. Lo recuerdo
perfectamente. Así es que debemos
volver a ser íntimas, como entonces.
(Aproxima el taburete.) ¡Así! (La
besa en la mejilla.) Tutéame y
llámame Hedda.

SEÑORA ELVSTED (Le coge las manos,


dándole palmaditas.)
¡Qué amabilidad, qué simpatía! Es
algo a lo que no estoy acostumbrada.

HEDDA
Bien, bien. Y yo te tutearé, como
entonces, y te llamaré Thora.
SEÑORA ELVSTED
Me llamo Thea.

HEDDA
Sí, claro. Naturalmente. Thea, quiero
decir. (La mira cariñosamente.)
¿Así es que estás poco acostumbrada
a la amabilidad y a la simpatía,
Thea? ¿En tu hogar?

SEÑORA ELVSTED
¡Oh, con tal que tuviera un hogar!
Pero no tengo ninguno. Nunca lo he
tenido.

HEDDA (Mirándola con atención.)


Ya me imaginaba que ocurría algo
así.

SEÑORA ELVSTED (Mirando el vacío,


con desamparo.)
Sí, sí…

HEDDA
No me acuerdo bien ahora, ¿pero no
fue como ama de llaves como
entraste en casa del magistrado?

SEÑORA ELVSTED
En realidad, como institutriz. Pero su
mujer… la de entonces… estaba
enferma… la mayor parte del tiempo
en la cama. Así es que tuve que
encargarme de la casa también.
HEDDA
Y… al final… te convertiste en la
señora de la casa.

SEÑORA ELVSTED (Tristemente.)


Sí, así fue.

HEDDA
Déjame ver… ¿Cuánto tiempo hace
de esto? Más o menos.

SEÑORA ELVSTED
¿De que me casé?

HEDDA
Sí.
SEÑORA ELVSTED
Hace cinco años.

HEDDA
Sí, eso debe de ser.

SEÑORA ELVSTED
¡Oh, estos cinco años…! Sobre todo
los últimos dos o tres. Si supiera
usted…

HEDDA (Dándole un golpecito en la


mano.)
¿Usted? ¡Por favor, Thea!

SEÑORA ELVSTED
Sí, sí, lo intentaré… Si pudieras
darte idea y comprender…

HEDDA (Como casualmente.)


¿No ha estado Eilert Lovborg por
allí unos tres años?

SEÑORA ELVSTED (Mirándola con


duda.)
¿Eilert Lovborg? Sí… eso es.

HEDDA
¿Le conocías de antes, aquí en la
ciudad?

SEÑORA ELVSTED
Apenas. Sí, es decir… de nombre,
claro es.
HEDDA
¿Pero allí… visitaba vuestra casa?

SEÑORA ELVSTED
Sí, venía a diario. Para dar clase a
los niños. Porque yo sola no podía
con todo.

HEDDA
Sí, ya se comprende… ¿Y tu
marido?… Seguro que estará
siempre de viaje.

SEÑORA ELVSTED
Sí. Date cuenta… como magistrado
tiene que visitar su distrito con
frecuencia.
HEDDA (Inclinándose sobre el brazo de
la butaca de la SEÑORA ELVSTED.)
Thea, pobre, querida Thea… debes
contarme todo… lo que ocurre.

SEÑORA ELVSTED
Sí, ¿qué quieres saber?

HEDDA
¿Cómo es tu marido, Thea? Quiero
decir… en su trato. ¿Es amable
contigo?

SEÑORA ELVSTED (Evasiva.)


Él está seguro de hacerlo todo con el
mejor fin.
HEDDA
Yo diría que quizá resulte demasiado
viejo para ti. Algo así como más de
veinte años, ¿no?

SEÑORA ELVSTED (Exasperada.)


Sí, además eso. Son tantas cosas. No
hay nada en él que me atraiga. No
compartimos una sola opinión. Ni
una sola cosa en el mundo… él y yo.

HEDDA
¿Pero sin duda te quiere? ¿Aunque
sea a su manera?

SEÑORA ELVSTED
Oh, no lo sé. Le resulto útil. Y no le
cuesta mucho el mantenerme. Soy
barata.

HEDDA
Estás diciendo una tontería.

SEÑORA ELVSTED (Gesto con la


cabeza.)
No es posible otra cosa. No con él.
La única persona a la que quiere es a
sí mismo. Y algo a los niños, quizá.

HEDDA
Y a Eilert Lovborg, Thea.

SEÑORA ELVSTED (Mirándola.)


¿A Eilert Lovborg? ¿Por qué dices
eso?

HEDDA
Pero querida… pienso que si te
envía a la ciudad para cuidar de
él… (Sonríe casi
imperceptiblemente.) Y además, tú
misma se lo has dicho a Tesman.

SEÑORA ELVSTED (En un impulso


nervioso.)
¿Se lo dije? Sí, claro que sí.
(Exclama en voz baja.) No, qué más
da que lo diga de una vez. Terminará
descubriéndose de una forma o de
otra.
HEDDA
¿Pero, querida Thea…?

SEÑORA ELVSTED
Sí, te lo diré. Mi marido no sabe
nada de mi viaje.

HEDDA
¿Cómo? ¿Que no sabe nada?

SEÑORA ELVSTED
No, claro que no. Aparte de que no
estaba en casa. Estaba de viaje,
también. ¡Oh, no pude aguantar más,
Hedda! ¡Me resultaba imposible!
Quedarme allí completamente sola.
HEDDA
¿Y entonces…?

SEÑORA ELVSTED
Entonces cogí algunas de mis cosas,
¿sabes? Lo más imprescindible. Con
todo secreto. Y salí de la casa.

HEDDA
¿Sin más?

SEÑORA ELVSTED
Y tomé el tren a la ciudad.

HEDDA
Pero querida Thea… ¡qué valiente!
SEÑORA ELVSTED (Se levanta y pasea
por el salón.)
Sí, ¿qué otra cosa podía hacer?

HEDDA
¿Pero qué va a decir tu marido
cuando vuelvas a casa?

SEÑORA ELVSTED (Junto a la mesa,


mirándola.)
¿Volver? ¿Con él?

HEDDA
Sí, claro…

SEÑORA ELVSTED
Nunca volveré con él.
HEDDA (Se levanta y se le acerca.)
Luego… ¿te has decidido a
abandonarlo todo?

SEÑORA ELVSTED
Sí, no veo otro camino.

HEDDA
Pero tan a las claras…

SEÑORA ELVSTED
Oh, no hay forma de ocultar una cosa
así.

HEDDA
¿Pero qué va a decir la gente, Thea?
SEÑORA ELVSTED
Que diga lo que quiera. (Se sienta en
el sofá, agotada y triste.) He hecho
lo que debía hacer.

HEDDA (Tras un corto silencio.)


¿Y qué piensas hacer ahora? ¿De qué
vas a vivir?

SEÑORA ELVSTED
Todavía no lo sé. Lo que sé es que
he de vivir donde esté Eilert
Lovborg… Si es que debo seguir
viviendo.

HEDDA (Mueve una de las sillas junto a


la mesa, se sienta junto a ella y le
acaricia las manos.)
Dime, Thea… ¿cómo se produjo
esta… esta amistad… entre tú y
Eilert Lovborg?

SEÑORA ELVSTED
Oh, poco a poco. Alcancé una
especie de poder sobre él.

HEDDA
¿Cómo?

SEÑORA ELVSTED
Abandonó sus viejas costumbres. No
porque yo se lo pidiera. No me
atreví nunca a hacerlo. Pero él se
dio cuenta de que a mí no me
gustaban. Así es que las dejó.

HEDDA (Reprimiendo una involuntaria


sonrisa burlona.)
O sea, que le has regenerado…
como dicen, pequeña Thea.

SEÑORA ELVSTED
Sí, por lo menos es lo que él dice. Y
él… por su parte… ha hecho de mí
una verdadera persona. Me ha
enseñado a pensar… y a comprender
un montón de cosas.

HEDDA
¿Es que también te daba clases a ti?
SEÑORA ELVSTED
No, no es exactamente que me diera
clases. Sino que hablaba conmigo.
Hablaba tanto y sobre tantas cosas…
¡Y entonces surgió la feliz
oportunidad de colaborar en su
trabajo! ¡Que me permitiera
ayudarle!

HEDDA
¿Ayudarle?

SEÑORA ELVSTED
¡Sí! Siempre que escribía algo,
teníamos que hacerlo juntos.

HEDDA
Como dos buenos camaradas.

SEÑORA ELVSTED (Con animación.)


¡Camaradas! ¡Sí, figúrate, Hedda…
así es como él decía!… Oh, debería
sentirme tan feliz. Pero me resulta
imposible. Porque no sé en qué
acabará todo.

HEDDA
No pareces estar muy segura de él.

SEÑORA ELVSTED (Con tristeza.)


La sombra de una mujer se interpone
entre Eilert Lovborg y yo.

HEDDA (Mirándola atentamente.)


¿Quién puede ser?

SEÑORA ELVSTED
No lo sé. Alguna que conoció… en
el pasado. Alguien que él nunca ha
olvidado.

HEDDA
¿Qué te ha dicho… sobre ella?

SEÑORA ELVSTED
Tan sólo una vez… muy
vagamente… la mencionó.

HEDDA
¡Ah! ¿Y qué dijo?
SEÑORA ELVSTED
Dijo que cuando se separaron, ella
intentó dispararle con una pistola.

HEDDA (Fría, contenida.)


¡Oh, no! Eso no se hace aquí.

SEÑORA ELVSTED
No. Y por tanto creo yo que debió de
ser la cantante pelirroja que él en
tiempos…

HEDDA
Sí, muy bien puede ser.

SEÑORA ELVSTED
Porque recuerdo que decían que iba
con un arma cargada.

HEDDA
Oh, entonces claro que debe de ser
ella.

SEÑORA ELVSTED (Retorciéndose las


manos.)
¡Sí, pero figúrate, Hedda… me he
enterado de que la cantante… ha
vuelto a la ciudad! Estoy tan
desesperada…

HEDDA (Mirando de reojo a la


antesala.)
¡Chist! Aquí viene Tesman. (Se
levanta y dice en voz baja.) Thea…
todo esto ha de quedar entre
nosotras.

SEÑORA ELVSTED (Levantándose.)


¡Sí… sí, por Dios…!

(JORGE TESMAN, con


una carta en la mano,
entra de la derecha por
la antesala.)

TESMAN
Aquí está… la carta lista.

HEDDA
Muy bien. Pero me parece que la
señora Elvsted se marcha. Un
momento. La acompañaré a la puerta
del jardín.

TESMAN
Hedda…, quizá Berta puede
encargarse de echarla.

HEDDA (Coge la carta.)


Se lo diré.

(BERTA entra del


vestíbulo.)

BERTA
El juez Brack está aquí y querría
saludar a los señores.
HEDDA
Sí, diga al señor juez que haga el
favor de pasar. Y después…,
mire…, eche esta carta al buzón.

BERTA (Tomando la carta.)


Así haré, señora.

(Abre la puerta para el


JUEZ BRACK y sale. El
juez es un caballero de
unos cuarenta y cinco
años. Rechoncho, pero
bien proporcionado y de
movimientos ágiles.
Rostro redondo de perfil
distinguido. Pelo corto,
casi negro aún y
cuidadosamente
peinado. Ojos vivos,
juguetones. Espesas
cejas. Bigote igual, de
puntas recortadas. Viste
elegantemente de calle,
aunque quizá demasiado
juvenil para su edad.
Usa monóculo, que de
vez en cuando deja
caer.)

JUEZ BRACK (Sombrero en mano,


saludando.)
¿Se permite venir tan temprano?

HEDDA
Sí, se permite.

TESMAN (Estrechándole la mano.)


Usted es siempre bien recibido.
(Presentando.) El juez Brack… la
señorita Rysing…

HEDDA
¡Oh, no…!

BRACK (Inclinándose.)
Encantado…

HEDDA (Le mira y ríe.)


¡Qué divertido resulta verle a la luz
del día, querido juez!

BRACK
¿Me encuentra usted quizá…
diferente?

HEDDA
Sí, un poquitín más joven, diría yo.

BRACK
Mil gracias.

TESMAN
¿Y qué dice usted de Hedda? ¿Eh?
¿No está hermosísima? ¿No es
verdad que…?
HEDDA
Oh, déjame. Mejor harías en
agradecerle al juez todas las
molestias que se ha tomado…

BRACK
Nada de eso… ha sido sólo un
placer.

HEDDA
Sí, es usted lo que se llama un alma
fiel. Pero mi amiga tiene prisa en
marcharse. Hasta ahora, señor juez.
Vuelvo enseguida.

(Mutuos saludos. La
SEÑORA ELVSTED y
HEDDA salen por la
puerta del vestíbulo.)

BRACK
Bueno… ¿está su esposa satisfecha?

TESMAN
Sí, nunca se lo agradeceremos lo
bastante. Es decir… serán
necesarios algunos pequeños
cambios aquí y allá, parece ser. Y
también faltan algunas cosas.
Tendremos que comprar algunos
detalles.

BRACK
¿Sí? ¿De verdad?
TESMAN
Pero no tiene usted que molestarse.
Hedda dijo que se ocuparía de lo
que falta… ¿No nos sentamos? ¿Eh?

BRACK
Gracias, un momento. (Se sienta a la
mesa.) Hay algo de lo que quería
hablarle, querido Tesman.

TESMAN
Ah, ya se comprende. (Se sienta.)
Supongo que ahora tocará pagar los
platos rotos. ¿Eh?

BRACK
Oh, el aspecto económico no corre
tanta prisa. Pero le diré que hubiera
preferido que la instalación hubiera
sido más modesta.

TESMAN
¡Pero no podía ser! ¡Piense en
Hedda, querido amigo! Ya la
conoce… ¡Me era imposible
instalarla como una burguesita!

BRACK
Ya, ya… ése es el problema.

TESMAN
Y ahora… afortunadamente… mi
nombramiento no puede tardar
mucho.
BRACK
Verá… cosas así pueden tomar su
tiempo.

TESMAN
¿Es que quizá sabe usted algo? ¿Eh?

BRACK
Nada en concreto… (Cambia de
tema.) Ah… tengo una noticia que
darle.

TESMAN
¿Cuál?

BRACK
Su antiguo amigo, Eilert Lovborg, ha
vuelto a la ciudad.

TESMAN
Ya lo sabía.

BRACK
¿Sí? ¿Cómo se ha enterado?

TESMAN
Me lo dijo la señora que acaba de
salir con Hedda.

BRACK
Ah, ya. ¿Cómo se llama? No llegué
a…

TESMAN
La señora Elvsted.

BRACK
Ajá… la señora del magistrado…
justo era allí donde Lovborg paraba.

TESMAN
¡Figúrese… me entero con gran
alegría de que ha vuelto al buen
camino!

BRACK
Sí, eso dicen.

TESMAN
Y que hasta ha publicado un nuevo
libro. ¿Eh?
BRACK
Sí, así es.

TESMAN
¡Y que ha despertado bastante
interés!

BRACK
Un interés inmenso.

TESMAN
Figúrese… ¿no es una noticia
estupenda? Él, con sus dotes
excepcionales… Me temía que se
hubiera hundido para siempre.

BRACK
Ésa era la opinión general.

TESMAN
Pero no puedo imaginarme qué va a
hacer ahora. ¿De qué demonios va a
vivir? ¿Eh?

(Al decir esto, HEDDA


entra por la antesala.)

HEDDA (A BRACK, con risa ligeramente


burlona.)
Tesman está siempre obsesionado
con lo que hay que hacer para vivir.

TESMAN
Por Dios… hablamos del pobre
Eilert Lovborg.

HEDDA (Mirándole rápidamente.)


¿Ah, sí? (Se sienta en el sofá junto a
la estufa y pregunta con
indiferencia.) ¿Es que le ocurre
algo?

TESMAN
Bueno… por supuesto que la
herencia ha debido de derrocharla
hace largo tiempo. Y seguro que no
puede escribir un libro cada año.
¿Eh? Luego… tengo motivos para
preguntarme qué va a ser de él.

BRACK
Quizá pueda decirle algo sobre ello.

TESMAN
¿Sí?

BRACK
Recuerde que tiene parientes de no
escasa influencia.

TESMAN
Por desgracia… los parientes no
quieren saber nada de él.

BRACK
Sin embargo, hubo un tiempo en que
le tenían por la esperanza de la
familia.
TESMAN
Sí, bueno, entonces. Pero él mismo
la ha defraudado.

HEDDA
¿Quién sabe? (Sonríe ligeramente.)
En casa del magistrado Elvsted han
hecho de él otro hombre.

BRACK
Y después, este nuevo libro…

TESMAN
Sí, sí… ojalá le ayuden de alguna
manera. Acabo de escribirle. Sabes,
Hedda, le he invitado a que venga
esta noche.
BRACK
Pero, querido amigo, tiene usted que
venir a mi cena de solteros. Así lo
prometió anoche en el muelle.

HEDDA
¿Lo habías olvidado, Tesman?

TESMAN
Pues la verdad es que sí.

BRACK
Además, puede usted estar seguro de
que no vendrá.

TESMAN
¿Por qué dice usted eso? ¿Eh?
BRACK (Con cierta vacilación, se
levanta y coloca las manos en el
respaldo de la silla.)
Querido Tesman… Y también usted,
señora… No puedo dejarles en la
ignorancia sobre algo que… que…

TESMAN
¿Algo que se refiere a Eilert…?

BRACK
Tanto a él como a usted.

TESMAN
Pero, querido juez, diga lo que sea.

BRACK
Debe usted estar preparado a que su
nombramiento no se produzca quizá
tan pronto como usted desea y
espera.

TESMAN (Levantándose
precipitadamente.)
¿Es que ocurre algo? ¿Eh?

BRACK
Cabe la posibilidad de que la
provisión del puesto se haga por
concurso.

TESMAN
¡Por concurso! ¡Figúrate, Hedda!
HEDDA (Recostándose en el sillón.)
Oh, ya… ya…

TESMAN
¿Pero con quién? ¿No será…?

BRACK
Sí, exactamente. Eilert Lovborg.

TESMAN (Junta las manos.)


¡No, no… eso es inconcebible!
¡Totalmente imposible! ¿Eh?

BRACK
Ejem… pero puede que ocurra.

TESMAN
¡Pero, bueno, señor juez… eso sería
una tremenda falta de consideración
hacia mí! (Mueve los brazos.) ¡Sí,
porque… figúrese… yo soy un
hombre casado! Precisamente Hedda
y yo nos casamos debido a las
expectativas. Y nos metimos en
deudas. Y pedimos dinero a tía Juli.
Porque, santo cielo… casi me
prometieron el puesto. ¿Eh?

BRACK
Sí, sí, ya… por supuesto que el
puesto será suyo. Pero antes habrá
un concurso.
HEDDA (Inmóvil en el canapé.)
Date idea, Tesman… será casi como
un torneo.

TESMAN
¡Pero, querida Hedda, cómo puedes
tomarlo con tanta indiferencia!

HEDDA (Como antes.)


Nada de eso. Estoy interesadísima
en el resultado.

BRACK
De todas formas, señora Tesman, es
bueno que esté usted al corriente de
cómo marchan las cosas. Quiero
decir… antes de que haga esas
pequeñas compras con las que,
según he oído, amenazaba usted.

HEDDA
Nada de esto me afecta.

BRACK
¿Ah, no? Entonces es otra cosa.
¡Adiós! (A TESMAN.) Cuando salga a
dar mi paseo esta tarde, pasaré a
recogerle.

TESMAN
Oh, sí, sí… no sé lo que me digo.

HEDDA (Tendida, alarga la mano.)


Adiós, señor juez. Y bienvenido de
nuevo.

BRACK
Muchas gracias. Adiós, adiós.

TESMAN (Acompañándole a la puerta.)


¡Adiós, querido amigo! Le ruego me
dispense…

(El JUEZ BRACK sale por


el vestíbulo.)

TESMAN (Paseando.)
Oh, Hedda… no debe uno meterse
en aventuras. ¿Eh?

HEDDA (Le mira y sonríe.)


¿Te has metido tú?

TESMAN
Sí, sabes… no puede negarse… fue
una aventura el casarse y montar una
casa sólo sobre una pura
expectativa.

HEDDA
Quizá lleves razón en eso.

TESMAN
Bueno… después de todo, ¡qué casa
más acogedora tenemos, Hedda!
Figúrate… el hogar que los dos
soñábamos. O que nos quitaba el
sueño, diría yo. ¿Eh?
HEDDA (Levantándose con lentitud y
cansancio.)
Acordamos que llevaríamos una
vida de sociedad. Que recibiríamos
visitas.

TESMAN
¡Sí, por Dios, como yo había
deseado tanto! ¡Figúrate… verte
como anfitriona de un círculo
selecto! ¿Eh? Sí… por el momento
hemos de quedarnos solos, Hedda.
Sólo podremos recibir a tía Juli
cuando venga a vernos de vez en
cuando… ¡Oh, tú que deseabas algo
tan diferente!…
HEDDA
Para empezar, tendré que olvidarme
del criado de librea, por supuesto.

TESMAN
Sí… por desgracia. Mantener un
criado… claro que resulta imposible
hablar de tal cosa, sabes.

HEDDA
Y en cuanto al caballo para montar
yo…

TESMAN (Asustado.)
¡Caballo para montar!

HEDDA
… no me atrevo ni a pensar en él.

TESMAN
¡No, Dios mío… ni que decir tiene!

HEDDA (Paseando.)
Bueno… menos mal que me queda
algo con lo que matar el tiempo
mientras tanto.

TESMAN (Radiante.)
¡Oh, gracias al cielo! ¿Y qué es,
Hedda?

HEDDA (Junto a la entrada de la


antesala, le mira con burla
contenida.)
Mis pistolas… Jorge.

TESMAN (Asustado.)
¡Las pistolas!

HEDDA (Con mirada fría.)


Las pistolas del general Gabler.

(Sale por la antesala


ante la izquierda.)

TESMAN (Corre hacia la entrada,


gritándole.)
¡No, por todos los santos, querida
Hedda!… ¡no se te ocurra tocar esos
peligrosos artefactos! ¡Hazlo por mí,
Hedda! ¿Eh?
Acto segundo

El salón en casa de los TESMAN igual


que en el primer acto, sólo que han
quitado el piano y en su lugar hay un
pequeño y elegante escritorio con
estantería para libros. Junto al sofá de
la izquierda hay colocada una mesita.
Han desaparecido la mayoría de los
ramos de flores. El ramo de la SEÑORA
ELVSTED se encuentra sobre la mesa
grande en primer término. Es por la
tarde.
HEDDA, vestida con traje de recibir,
está sola en escena, de pie junto a la
abierta cristalera, cargando una
pistola. Su pareja se encuentra en un
estuche de pistolas, abierto sobre el
escritorio.

HEDDA (Mirando al jardín, grita.)


¡Buenas tardes, señor juez!

BRACK (Desde abajo, a distancia.)


¡Lo mismo digo, señora Tesman!

HEDDA (Alzando la pistola y


apuntando.)
¡Voy a dispararle, señor juez!
BRACK (Grita abajo.)
No, no, no. No me apunte.

HEDDA
Esto le pasa por entrar por la puerta
trasera. (Dispara.)

BRACK (Más cerca.)


¿Está usted loca…?

HEDDA
Oh, Dios mío… ¿es que le he dado?

BRACK (Fuera, más próximo.)


¡Déjese de bromas!

HEDDA
Entre, señor juez.

(El JUEZ BRACK, vestido


para la cena, entra por
la puerta de cristales.
Lleva al brazo un abrigo
de entretiempo.)

BRACK
Demonio… ¿es que todavía practica
el deporte? ¿A qué dispara?

HEDDA
Oh, sólo disparo al aire.

BRACK (Quitándole suavemente la


pistola.)
Permítame, señora. (Mira la
pistola.) Ah, ésta… la conozco de
sobra. (Busca con la mirada.)
¿Dónde está el estuche? Ah, aquí.
(Coloca en él la pistola y lo cierra.)
Se acabaron las bromas por hoy.

HEDDA
Bueno, ¿y en qué quiere usted que
pase el tiempo?

BRACK
¿No ha tenido usted ninguna visita?

HEDDA (Cierra la cristalera.)


Ni una sola. Supongo que todos los
amigos siguen en el campo.
BRACK
¿Y Tesman… tampoco está en casa?

HEDDA (Guarda el estuche en el cajón


del escritorio.)
No. Así que acabó de comer, corrió
a ver a las tías. No le esperaba a
usted tan pronto.

BRACK
Ejem… no caí en eso. Qué torpeza
la mía.

HEDDA (Volviéndose, le mira.)


¿Por qué torpeza?

BRACK
Sí, porque entonces hubiera venido
un poco… antes.

HEDDA (Atravesando el salón.)


Bueno, no hubiera usted encontrado
a nadie. Porque yo estaba dentro,
vistiéndome después del almuerzo.

BRACK
¿Y no hay una rendijita en la puerta
por la que uno pueda parlamentar?

HEDDA
Se le olvidó a usted el ponerla.

BRACK
Otra torpeza más por mi parte.
HEDDA
Bueno, así es que tendremos que
sentarnos. Y esperar. Porque seguro
que Tesman tardará bastante.

BRACK
Bien, tendré paciencia.

(HEDDA se sienta en el
rincón del sofá. BRACK
coloca su abrigo en el
respaldo de la silla más
próxima y se sienta, pero
mantiene el sombrero en
la mano. Corto silencio.
Se miran.)
HEDDA
¿Y qué?

BRACK (En igual tono.)


¿Y qué?

HEDDA
Fui yo quien preguntó primero.

BRACK (Inclinándose ligeramente.)


Charlemos un rato como amigos,
señora Tesman.

HEDDA (Recostándose más en el sofá.)


¿No le parece que ha pasado una
eternidad desde que tuvimos una
conversación?… Ah, sí, las
frivolidades de ayer noche y de esta
mañana… no las tengo por nada.

BRACK
Es decir… ¿nosotros dos? ¿A
solas… quiere usted decir?

HEDDA
Sí. Más o menos.

BRACK
No ha pasado un solo día sin que
deseara que estuviese usted de
vuelta.

HEDDA
Y durante todo este tiempo yo no he
deseado otra cosa.

BRACK
¿Usted? ¿De verdad, señora? ¡Y yo
que creía que se había divertido
usted tanto durante el viaje!

HEDDA
¡Oh, no, eso es lo que se cree usted!

BRACK
Pues es lo que decía Tesman en
todas sus cartas.

HEDDA
¡Sí, claro, él! Para él no hay nada
mejor que andar husmeando por las
bibliotecas. Y sentarse a copiar
viejos pergaminos… o lo que sean.

BRACK (Con ligera malicia.)


Bueno, ésa es precisamente su
misión en este mundo. O parte de
ella.

HEDDA
Sí, así es. Y es posible que… ¡Pero
yo! Oh, no, querido juez… yo me he
aburrido de muerte.

BRACK (Comprensivo.)
¿Lo dice de verdad? ¿En serio?

HEDDA
¡Sí, figúrese!… Medio año entero
sin tratar con una sola alma de
nuestra clase. Con quien se pudiera
hablar de nuestras cosas.

BRACK
Sí, incluso yo lo hubiera echado de
menos.

HEDDA
Y lo que era más insoportable…

BRACK
¿Sí?

HEDDA
… estar eternamente en compañía…
del mismo individuo…

BRACK (Asintiendo con la cabeza.)


A todas horas, sí. Ya me imagino…
en todas las ocasiones.

HEDDA
Como digo: eternamente.

BRACK
Ya, ya. Pero con el buenazo de
Tesman pensé que quizá se podría…

HEDDA
Tesman es… un especialista,
querido juez.
BRACK
Evidente.

HEDDA
Y viajar con un especialista no
resulta nada divertido. No a la larga,
por lo menos.

BRACK
¿Ni siquiera… con el especialista
que uno ama?

HEDDA
¡Oh, no emplee esa empalagosa
palabra!

BRACK (Con asombro.)


¡Pero señora!

HEDDA (Medio riendo, medio enojada.)


¡Sí, le hubiera querido ver en mi
lugar! Estar oyendo hablar de la
historia de la civilización día y
noche…

BRACK
Eternamente.

HEDDA
¡Sí, sí! ¡Y encima, eso de las
industrias domésticas en la Edad
Media!… ¡Eso pasa de la raya!

BRACK (Mirándola inquisitivamente.)


Pero, dígame… no puedo llegar a
comprender… Ejem…

HEDDA
¿Por qué me casé con Jorge Tesman,
quiere usted decir?

BRACK
Bueno, sí, digámoslo así.

HEDDA
Por Dios, ¿cree usted que es tan
extraño?

BRACK
Sí y no, las dos cosas, señora…
HEDDA
La verdad es que había bailado hasta
agotarme, querido juez. Mi tiempo
había terminado…(Con ligero
estremecimiento.) Oh, no… no
quiero decirlo. ¡Ni siquiera
pensarlo!

BRACK
Sinceramente, no tiene usted motivo
alguno para hacerlo.

HEDDA
Ah… motivo… (Le mira como
escudriñándole.) Y Jorge Tesman…
después de todo, no puede decirse
de él que no sea un hombre
respetable en todos los sentidos.

BRACK
Tan respetable como serio, por
supuesto.

HEDDA
Y no le encuentro nada ridículo…
¿Le encuentra usted?

BRACK
¿Ridículo? Noo… yo no diría eso…

HEDDA
Bien. ¡Y es un diligente recopilador,
en todo caso! Quizá llegue muy lejos
con el tiempo.

BRACK (Mirándola con cierta


inseguridad.)
Creía que usted esperaba, como todo
el mundo, que llegase a ser una
eminencia.

HEDDA (Con expresión de cansancio.)


Sí, eso creía… Y como venía a
pedirme de rodillas que le
permitiera mantenerme… ¿Por qué
razón no iba a aceptarle?

BRACK
Ya, ya… Mirándolo desde ese
punto…
HEDDA
Era más de lo que mis otros
pretendientes estaban dispuestos a
hacer, querido juez.

BRACK (Riendo.)
Bueno, la verdad es que no puedo
responder por los demás. Pero en lo
que se refiere a mí le aseguro que
siempre he abrigado un… un firme
respeto hacia los vínculos
conyugales. En términos generales,
señora.

HEDDA (Bromeando.)
¡Oh, yo nunca me he hecho ilusiones
con usted!

BRACK
Lo único que deseo es tener un
círculo de amigos, buenos y fieles, a
los que pueda ayudar con consejos y
otras cosas, y entre los que se me
permita poder moverme con libertad
como… como un amigo de
confianza.

HEDDA
¿Del marido, se entiende?

BRACK (Inclinándose.)
La verdad sea dicha, más bien de la
señora. Y también del marido, claro
está. Sabe usted… un triángulo así…
ofrece realmente grandes ventajas
para todas las partes.

HEDDA
Sí, cuántas veces he echado en falta
la presencia de un tercero durante el
viaje. ¡Ah… estar sentados los dos a
solas en el vagón!…

BRACK
Afortunadamente, ya acabó el viaje
de novios.

HEDDA (Gesto negativo.)


El viaje va a ser largo… largo. Esto
es sólo una parada en el camino.
BRACK
Luego, razón de más para saltar del
vagón. Y estirar un poco las piernas,
señora.

HEDDA
Yo nunca las estiro.

BRACK
¿De verdad?

HEDDA
Sí. Porque siempre hay alguien
presente que…

BRACK (Riendo.)
… que le mira las piernas, quiere
usted decir?

HEDDA
Sí, exactamente.

BRACK
Sí, pero de todas formas…

HEDDA (Rechazando con la mano.)


No me gusta. Prefiero quedarme
sentada… donde estoy. A solas los
dos.

BRACK
Ah, ¿y si sube un tercero a hacerles
compañía?
HEDDA
¡Oh, sí… eso es algo muy diferente!

BRACK
Un amigo seguro, comprensivo…

HEDDA
… entretenido y mundano…

BRACK
¡… y sin pizca de especialista!

HEDDA (Con un hondo suspiro.)


Sí, eso sería un gran alivio.

BRACK (Oye abrirse la puerta de


entrada y mira de reojo hacia allí.)
Se cerró el triángulo.

HEDDA (A media voz.)


Y arranca el tren.

(JORGE TESMAN, con


traje de calle gris y
sombrero blando de
fieltro, entra del
vestíbulo. Lleva una
gran cantidad de libros
en rústica bajo el brazo
y en los bolsillos.)

TESMAN (Acercándose a la mesa junto


al sofá del rincón.) Uf… lo que he
sudado cargando con… todo esto.
(Se deshace de los libros.) Te digo
que estoy sudando, Hedda. Anda…
¿ha venido usted ya, querido juez?
¿Eh? No me ha dicho nada Berta.

BRACK (Levantándose.)
Entré por el jardín.

HEDDA
¿Qué son esos libros que has traído?

TESMAN (De pie, hojeándolos.)


Son nuevas publicaciones
especializadas que me hacen falta.

HEDDA
¿Publicaciones especializadas?
BRACK
Ajá, de especialista, señora Tesman.

(BRACK y HEDDA
cambian una mirada
intencionada.)

HEDDA
¿Es que necesitas aún más
publicaciones especializadas?

TESMAN
Sí, querida, nunca se tienen
suficientes. Hay que estar al tanto de
lo que se escribe y se publica.

HEDDA
Ya, por supuesto.

TESMAN (Buscando entre los libros.)


Y mira… he adquirido el último
libro de Eilert Lovborg. (Se lo
muestra.) Quizá quieras verlo,
Hedda. ¿Eh?

HEDDA
No, muchas gracias, Tesman.
Bueno… sí, quizá después.

TESMAN
Lo he hojeado un poco durante el
camino.

BRACK
¿Y qué le parece… como
especialista?

TESMAN
Me asombra lo razonablemente que
está tratado el tema. Nunca escribió
mejor. (Recoge los libros.) Voy a
llevármelos adentro. ¡Será una
delicia abrir las hojas!… Y además
tengo que vestirme un poco. (A
BRACK.) ¿Porque no tenemos que
marcharnos enseguida? ¿Eh?

BRACK
Oh, no… no hay prisa alguna.

TESMAN
Bueno, así tendré más tiempo. (Sale
con los libros, pero se detiene en el
umbral de la antesala y se vuelve.)
Ah, Hedda, tía Juli no viene esta
noche.

HEDDA
¿No? ¿No será por el asunto del
sombrero?

TESMAN
Oh, no, nada de eso. ¿Cómo puedes
pensar así de tía Juli? ¡Figúrate!…
Es que tía Rina está muy grave,
¿sabes?

HEDDA
Siempre lo está.

TESMAN
Sí, pero ahora se encuentra muy mal,
la pobre.

HEDDA
Entonces se explica que la otra le
haga compañía. Tendré que
resignarme.

TESMAN
¡Y no puedes figurarte, ¿sabes? lo
contenta que estaba tía Juli a pesar
de todo… porque te has puesto tan
hermosa durante el viaje!
HEDDA (A media voz, levantándose.)
¡Oh… estas eternas tías!

TESMAN
¿Cómo dices?

HEDDA (Aproximándose a la
cristalera.)
Nada.

TESMAN
Ah, bueno.

(Sale por la antesala


hacia la derecha.)

BRACK
¿De qué sombrero hablaba usted?

HEDDA
Oh, de algo que sucedió con la
señorita Tesman esta mañana. Se
quitó el sombrero y lo dejó ahí en
una silla. (Le mira y sonríe.) Y yo
fingí confundirlo con el de la criada.

BRACK (Con gesto negativo.)


¡Pero, querida, cómo pudo usted
hacer semejante cosa! ¡A una señora
tan amable!

HEDDA (Nerviosa, paseando por la


sala.)
Sí…, a veces me vienen prontos así.
Y no puedo resistirlos. (Se sienta en
la butaca junto a la estufa.) No sé
cómo explicarlo.

BRACK (Detrás de la butaca.)


La verdad es que no es usted feliz…
eso es lo que ocurre.

HEDDA (Mirando a lo lejos.)


No sé por qué razón he de ser feliz.
¿Puede usted decírmelo?

BRACK
Bueno… entre otras cosas, porque
tiene usted justo el hogar que
deseaba.
HEDDA (Le mira y ríe.)
¿Es que también se ha creído usted
el cuento de la casa deseada?

BRACK
¿Es que no hay algo de verdad en él?

HEDDA
Sí, por supuesto… algo hay.

BRACK
¿Entonces?

HEDDA
Lo que hay es que el verano pasado
hice que Tesman me acompañase a
casa a la salida de las reuniones.
BRACK
Por desgracia… yo seguía otra
dirección.

HEDDA
Es cierto. Usted seguía otros
caminos el verano pasado.

BRACK (Riendo.)
¡Es usted implacable, señora! Así es
que usted y Tesman…

HEDDA
Sí, una noche pasamos ante esta
casa. Y el pobre Tesman estaba
hecho un lío sin saber de qué hablar.
Así es que sentí piedad por el gran
sabio…

BRACK (Sonriendo con duda.)


¿Usted piedad? Ejem…

HEDDA
Sí, de verdad que la sentí. Y
entonces… para ayudarle a salir del
apuro… se me ocurrió decir, sin
pensar más, cuánto me gustaría vivir
en esta casa.

BRACK
¿Eso es todo?

HEDDA
Aquella noche, sí.
BRACK
¿Y después?

HEDDA
Mi ligereza tuvo consecuencias,
querido juez.

BRACK
Desgraciadamente… nuestras
ligerezas suelen tenerlas, con
demasiada frecuencia, señora
Tesman.

HEDDA
¡Gracias! Pero fue en esta
admiración por el chalet de la viuda
del primer ministro en lo que
coincidimos Tesman y yo, ¿sabe?
Las consecuencias fueron el
noviazgo y el matrimonio y el viaje
de bodas y todo lo demás. Sí, señor
juez… de lo que siembras,
cosechas… como si dijéramos.

BRACK
¡Qué fantástico! Y hasta puede que
en realidad no le guste a usted nada
la casa.

HEDDA
Claro que no, bien lo sabe Dios.

BRACK
Sí, pero ¿y ahora? ¿Ahora que hemos
tratado de hacérsela confortable?

HEDDA
Uf… apesta a lavanda y a rosas
secas en todas las habitaciones…
Pero el olor quizá lo haya dejado tía
Juli.

BRACK (Ríe.)
No, yo diría que más bien es
herencia de la difunta señora.

HEDDA
Sí, tiene algo de cadavérico.
Recuerda a las flores de un baile…
el día después. (Junta las manos
tras la nuca, se reclina en el sillón
y le mira.) Oh, querido juez… No
tiene usted idea de lo terriblemente
aburrida que voy a estar aquí.

BRACK
¿Es que no puede ofrecerle la vida
algún objeto también a usted,
señora?

HEDDA
¿Un objeto… algo que fuese
atractivo?

BRACK
También eso, naturalmente.

HEDDA
Dios sabe qué objeto pudiera ser.
Muchas veces pienso en ello…
(Abruptamente.) Pero es
absolutamente imposible.

BRACK
¿Quién sabe? Dígame qué es.

HEDDA
Si pudiera hacer que Tesman se
metiera en política, quiero decir.

BRACK (Riendo.)
¡Tesman! No, ¿sabe?… la política es
algo… que no le va nada.

HEDDA
No, ya lo comprendo… Pero ¿y si le
convenciera, a pesar de todo?

BRACK
Psch… ¿y qué satisfacción iba a
encontrar en eso? Si es algo para lo
que no sirve. ¿Por qué iba usted a
convencerle?

HEDDA
¡Porque me aburro, me oye!
(Después de una pausa.) ¿Cree
usted entonces que es absolutamente
imposible que Tesman llegue a
ministro?

BRACK
Ejem… verá, querida señora… para
llegar a serlo, lo primero que
necesitaría sería una regular fortuna.

HEDDA (Levantándose con


impaciencia.)
¡Sí, eso es lo que ocurre! ¡Son estas
miserables circunstancias a las que
he ido a parar!… (Pasea por la
sala.) ¡Son ellas las que hacen la
vida tan insoportable! ¡Tan
absolutamente ridícula!… Porque
eso es lo que es.

BRACK
Yo diría que la causa se encuentra en
otra parte.

HEDDA
¿Dónde?

BRACK
Usted no ha vivido nunca nada
apasionante.

HEDDA
¿Nada serio, quiere usted decir?

BRACK
Sí, también se le podría llamar así.
Pero ahora quizá lo tenga.

HEDDA (Echando hacia atrás la


cabeza.)
Ah, está usted pensando en el
concurso para esa miseria de puesto.
Pero eso es asunto de Tesman. Es
algo que no me preocupa.

BRACK
Bien, dejémoslo pues. Pero imagine
que se encuentra usted ante… lo
que… en estilo solemne se llama la
más grave y sagrada de las
responsabilidades. (Sonríe.) Una
nueva responsabilidad, mi querida
señora.

HEDDA (Enojada.)
¡Calle! ¡Nunca ocurrirá nada
semejante!

BRACK (Con cautela.)


Hablaremos de ello dentro de un
año… a lo más.

HEDDA (Seca.)
No estoy dispuesta a nada semejante,
señor juez. ¡Nada que signifique
responsabilidad para mí!

BRACK
¿Es que no tiene usted, como la
mayoría de las mujeres, cierta
inclinación natural hacia…?
HEDDA (Dirigiéndose a la cristalera.)
¡Oh, calle, le digo! Muchas veces
pienso que sólo tengo inclinación
hacia una cosa en el mundo.

BRACK (Acercándose.)
¿Y qué es, si se me permite la
pregunta?

HEDDA (De pie, mirando fuera.)


A aburrirme de muerte. Ahora lo
sabe. (Se vuelve, mira a la antesala
y ríe.) Y hablando de ello, aquí
tenemos al profesor.

BRACK (En voz baja, amonestando.)


¡Bien, bien, señora!
(JORGE TESMAN, vestido
de etiqueta, con guantes
y sombrero en la mano,
entra por la derecha de
la antesala.)

TESMAN
Hedda… ¿no ha venido recado de
Eilert Lovborg? ¿Eh?

HEDDA
No.

TESMAN
Bueno, aquí le tendremos dentro de
nada.
BRACK
¿Cree usted que vendrá?

TESMAN
Sí, estoy casi seguro. Porque lo que
dijo usted esta mañana no son más
que rumores.

BRACK
¿Cómo?

TESMAN
Sí, por lo menos tía Juli cree que
nunca volverá a interponerse en mi
camino. Figúrese.

BRACK
Bueno, entonces no hay más que
decir.

TESMAN (Deposita el sombrero y los


guantes sobre una silla a la
derecha.)
Sí, así es que permítame que le
espere el mayor tiempo posible.

BRACK
Tenemos tiempo de sobra. No espero
a nadie antes de las siete… siete y
media.

TESMAN
Así podremos hacer compañía a
Hedda mientras. Hasta que sea la
hora. ¿Eh?

HEDDA (Coloca el abrigo y el sombrero


del juez en el sofá del rincón.)
Y en el peor de los casos puede
hacerme compañía el señor
Lovborg.

BRACK (Tratando de tomar sus


prendas.)
¡Oh, por favor, señora!… ¿Qué
quiere decir usted con en el peor de
los casos?

HEDDA
Si no quiere irse con usted y Tesman.
TESMAN (Mirándola perplejo.)
Pero, querida Hedda… ¿crees que
está bien que se quede a solas
contigo? ¿Eh? Recuerda que tía Juli
no puede venir.

HEDDA
No, pero vendrá la señora Elvsted.
Y los tres juntos tomaremos una taza
de té.

TESMAN
Ah, eso es diferente.

BRACK (Sonríe.)
Y quizá sería lo más razonable por
parte de él.
HEDDA
¿Por qué?

BRACK
Por Dios, señora, ¿cuántas veces no
se ha burlado usted de mis modestas
reuniones de solteros? Decía usted
que eran sólo para hombres de
firmes principios.

HEDDA
Pero el señor Lovborg es ahora un
hombre de firmes principios. Un
pecador arrepentido.

(BERTA, en la puerta del


vestíbulo.)
BERTA
Señora, un caballero desea verles…

HEDDA
Sí, hágale pasar.

TESMAN (En voz baja.)


Seguro que es él. ¡Figúrate!…

(EILERT LOVBORG entra


del vestíbulo. Delgado y
esbelto, de la edad de
TESMAN, aunque
parezca mayor y algo
avejentado. Pelo y barba
castaño oscuro, rostro
alargado, pálido, sólo
dos manchas rojizas en
las mejillas. Viste un
elegante traje de visita,
negro, flamante.
Guantes oscuros y
chistera en la mano.
Permanece en la puerta
y hace una rápida
inclinación. Parece algo
confuso.)

TESMAN (Se le acerca y estrecha la


mano.)
¡Bueno, querido Eilert… por fin nos
volvemos a ver!
EILERT LOVBORG (Habla con voz
grave.)
¡Gracias por tu carta! (Se aproxima
a HEDDA.) ¿Me permite que le
estreche la mano a usted también,
señora?

HEDDA (Tomándole la mano.)


Bienvenido, señor Lovborg.
(Indica.) No sé si ustedes dos…

LOVBORG (Inclinándose ligeramente.)


El juez Brack, me parece.

BRACK (Igual juego.)


Por supuesto. Hace años…
TESMAN (A LOVBORG, con las manos
en los hombros de éste.)
¡Considera esta casa como la tuya,
Eilert! ¿No es así, Hedda?… Porque
te quedas en la ciudad, he oído, ¿no?
¿Eh?

LOVBORG
Así es.

TESMAN
Eso está muy bien. Oye, sabes… he
comprado tu nuevo libro. Pero la
verdad es que no he tenido aún
tiempo de leerlo.

LOVBORG
No te pierdes nada.

TESMAN
¿Qué quieres decir?

LOVBORG
Porque no vale gran cosa.

TESMAN
¡Figúrate… que tú mismo digas eso!

BRACK
Pero todo el mundo lo elogia, según
he oído.

LOVBORG
Ésa era exactamente mi intención. Y
por eso escribí el libro de forma que
gustase a todos.

BRACK
Muy sensato.

TESMAN
¡Pero, querido Eilert!…

LOVBORG
Porque voy a intentar rehacer mi
carrera. Desde ahora.

TESMAN (Algo perplejo.)


Ah, ¿piensas en eso? ¿Eh?

LOVBORG (Sonríe, deposita la chistera


y saca un envoltorio de papel del
bolsillo del abrigo.)
Pero cuando se publique esto…
Jorge Tesman… debes leerlo.
Porque éste es de verdad mío. Aquí
se encuentra mi voz auténtica…

TESMAN
¿Ah, sí? ¿Y qué es?

LOVBORG
Es la continuación.

TESMAN
¿La continuación? ¿De qué?

LOVBORG
Del libro.

TESMAN
¿Del nuevo?

LOVBORG
Por supuesto.

TESMAN
Pero Eilert… si ése llega hasta
nuestros días.

LOVBORG
Claro. Y éste trata del futuro.

TESMAN
¡Del futuro! ¡Pero si no sabemos
nada sobre él!

LOVBORG
No. Pero así y todo hay algunos
extremos sobre los que se puede
decir algo. (Abre el paquete.)
Mira…

TESMAN
Esta letra no es la tuya.

LOVBORG
Lo he dictado. (Rebusca entre los
papeles.) Está dividido en dos
partes. La primera trata de las
fuerzas civilizadoras del futuro. Y
esta otra… (Sigue rebuscando.)…
es sobre el movimiento de la
civilización futura.

TESMAN
¡Extraordinario! Nunca se me
hubiera ocurrido escribir algo
semejante.

HEDDA (Junto a la cristalera,


tamborileando en el vidrio.)
Ejem… claro está.

LOVBORG (Devuelve los papeles al


envoltorio y deja el paquete en la
mesa.)
Lo traje con la intención de leerte
algo esta noche.
TESMAN
¡Qué amable por tu parte! ¿Pero esta
noche…? (Mirando a BRACK.) No
sé si va a ser posible…

LOVBORG
Bueno, en otra ocasión, entonces. No
corre prisa.

BRACK
Escuche, señor Lovborg… celebro
esta noche una pequeña reunión en
casa. Más que nada, en honor de
Tesman, ¿entiende?…

LOVBORG (Dirigiéndose a recoger su


sombrero.)
Ah, entonces me retiro…

BRACK
Oh, no. ¿No me hará el honor de
unirse a nosotros?

LOVBORG (Breve y decidido.)


No, no me es posible. Le quedo muy
agradecido.

BRACK
No. Venga. Será un pequeño grupo
de íntimos. Y esté seguro de que
procuraremos que sea «animado»,
como dice la señora Tesman.

LOVBORG
No lo dudo. Pero aun así…

BRACK
Podría usted traer el manuscrito y
leérselo a Tesman en casa. Tengo
habitaciones suficientes.

TESMAN
Claro, Eilert, piénsalo… podrías
hacer eso. ¿Eh?

HEDDA (Interponiéndose.)
¡Pero, querido, si el señor Lovborg
no quiere! Estoy segura de que le
apetece mucho más quedarse aquí y
cenar conmigo.
LOVBORG (Mirándola.)
¡Con usted, señora!

HEDDA
Y con la señora Elvsted.

LOVBORG
Ah… (Como de pasada.) La vi un
momento esta tarde.

HEDDA
¿Ah, sí? Sí, va a venir. Y por lo tanto
es casi obligado el que se quede,
señor Lovborg. Si no, no tendrá
quien la acompañe a casa.

LOVBORG
Es verdad. Sí, muchas gracias,
señora… me quedaré.

HEDDA
Entonces se lo diré a la doncella…

(Se dirige a la puerta del


vestíbulo y toca la
campanilla. Entra
BERTA. HEDDA habla
con ella en voz baja y
señala la antesala.
BERTA asiente y vuelve a
salir.)

TESMAN (Mientras tanto, a EILERT


LOVBORG.)
Oye, Eilert… ¿es este nuevo tema…
el del futuro… sobre el que va a
tratar tu conferencia?

LOVBORG
Sí.

TESMAN
Porque he oído en la librería que vas
a dar un ciclo de conferencias aquí
en el otoño.

LOVBORG
Eso quiero. Espero que no te
importe, Tesman.

TESMAN
Dios me libre. Pero…

LOVBORG
Ya comprendo que te resultará
bastante inoportuno.

TESMAN (Tímidamente.)
Oh, no puedo exigirte el que tú, por
mi causa…

LOVBORG
Pero esperaré a que hayas obtenido
tu nombramiento.

TESMAN
¡Vas a esperar! Pero… ¿no vas a
participar en el concurso?
LOVBORG
No. Sólo quiero vencerte ante la
opinión general.

TESMAN
Bueno, bueno… ¡así es que tía Juli
tenía razón después de todo! Sí… lo
sabía. ¡Hedda! ¡Figúrate… Eilert
Lovborg no se va a interponer en
nuestro camino!

HEDDA (Seca.)
¿Nuestro? A mí no me incluyas.

(Se dirige a la antesala,


donde BERTA está
colocando en la mesa
una bandeja con frascos
y vasos. HEDDA hace un
gesto de aprobación y
vuelve a la sala. BERTA
sale.)

TESMAN (Mientras tanto.)


¿Y usted, señor juez, qué piensa de
todo esto? ¿Eh?

BRACK
Bueno, pienso que fama y éxito…
ejem… son sin duda cosas
estupendas…

TESMAN
Sí, por supuesto. Pero de todas
formas…

HEDDA (Mirando a TESMAN con una


fría sonrisa.)
Parece como si te hubiera caído un
rayo.

TESMAN
Sí… algo así…

BRACK
Teníamos un nubarrón encima,
señora.

HEDDA (Indicando la antesala.)


¿No desean los señores pasar a
tomar un vaso de ponche frío?
BRACK (Mirando su reloj.)
¿Como aperitivo? Sí, no estaría nada
mal.

TESMAN
¡Espléndida idea, Hedda!
¡Espléndida de veras! Justo lo que
necesito ahora que se me ha quitado
este peso de encima…

HEDDA
Pues sírvanse. Usted también, señor
Lovborg.

LOVBORG
No, muchas gracias. No para mí.
BRACK
Pero, Dios mío… le aseguro que el
ponche frío no es ningún veneno.

LOVBORG
Quizá no para todos.

HEDDA
Haré compañía al señor Lovborg
mientras tanto.

TESMAN
Sí, sí, querida, por favor.

(Él y BRACK se dirigen a


la antesala; se sientan,
beben ponche, fuman
cigarrillos y charlan
animadamente durante
la siguiente escena.
EILERT LOVBORG
permanece de pie junto
a la estufa. HEDDA va al
escritorio.)

HEDDA (Levantando algo la voz.)


Le enseñaré algunas fotografías, si le
parece. Tesman y yo… hicimos una
excursión por el Tirol durante el
viaje de vuelta.

(Vuelve con un álbum


que deposita en la mesa
junto al sofá, y se sienta
en primer término.
EILERT LOVBORG se
aproxima a ella, se
detiene y la mira. A
continuación toma una
silla a la izquierda de
ella, dando la espalda a
la antesala.)

HEDDA (Abre el álbum.)


¿Ve usted este grupo de montañas,
señor Lovborg? Son las Ortler.
Tesman lo ha escrito debajo. Dice:
Grupo de las Ortler junto a Meran.
LOVBORG (Que la ha estado mirando
fijamente, dice en voz baja y
despacio.)
¡Hedda… Gabler!

HEDDA (Le mira rápidamente de


soslayo.)
¡Chist!

LOVBORG (Repitiendo en voz baja.)


¡Hedda Gabler!

HEDDA (Mirando el álbum.)


Sí, así me llamaba antes. Entonces…
cuando nos conocimos.

LOVBORG
Y a partir de ahora… y por el resto
de mi vida… he de acostumbrarme a
no decir Hedda Gabler.

HEDDA (Sigue pasando hojas.)


Sí, así debe hacer. Y creo que
debería comenzar a practicarlo.
Cuanto antes, mejor, diría yo.

LOVBORG (Con amargura.)


¿Hedda Gabler casada? ¡Y con Jorge
Tesman!

HEDDA
Sí… así es.

LOVBORG
¡Oh, Hedda, Hedda… cómo pudiste
hundirte así!

HEDDA (Le mira con aspereza.)


¿Cómo? No le tolero…

LOVBORG
¿Qué quieres decir?

(TESMAN vuelve y se
acerca al sofá.)

HEDDA (Le oye aproximarse y dice


casualmente.)
Y ésta, señor Lovborg, es del valle
de Ampezzo. Mire qué cumbres.
(Mira cariñosamente a TESMAN.)
¿Cómo se llaman estos picos tan
raros?

TESMAN
Déjame ver. Ah, son las Dolomitas.

HEDDA
¡Ah, sí, eso es!… las Dolomitas,
señor Lovborg.

TESMAN
Oye, Hedda… sólo quiero preguntar
si no traigo algo de ponche. Para ti,
aunque sea. ¿Eh?

HEDDA
Ah, sí, muchas gracias. Y quizá
algunas pastas.

TESMAN
¿Y cigarrillos?

HEDDA
No.

TESMAN
Bien.

(Se dirige a la antesala y


sale por el foro derecha.
BRACK, sentado dentro,
dirige la mirada de vez
en cuando hacia HEDDA
y LOVBORG.)
LOVBORG (En voz baja, como antes.)
Contéstame, Hedda… ¿Cómo
pudiste hacerlo?

HEDDA (Aparentemente absorbida en el


álbum.)
Como siga tratándome de tú, dejaré
de hablarle.

LOVBORG
¿No puedo tutearte cuando estamos a
solas?

HEDDA
No. Puede pensarlo. Pero no decirlo.

LOVBORG
Ah, ya entiendo. Es una ofensa a su
amor por Jorge Tesman.

HEDDA (Mirando de soslayo y


sonriendo.)
¿Amor? Qué bromista es usted.

LOVBORG
¡Ni siquiera amor!

HEDDA
Pero tampoco infidelidad. No quiero
saber nada de eso.

LOVBORG
Hedda… contésteme sólo una
cosa…
HEDDA
¡Chist!

(TESMAN entra de la
antesala con una
bandeja.)

TESMAN
¡Bueno! Aquí viene lo bueno.
(Coloca la bandeja sobre la mesa.)

HEDDA
¿Por qué has de servir tú?

TESMAN (Llenando los vasos.)


Porque me encanta servirte, Hedda.
HEDDA
Pero has llenado dos vasos. Y el
señor Lovborg no quiere…

TESMAN
No, pero la señora Elvsted estará
aquí en seguida.

HEDDA
Sí, es verdad… la señora Elvsted…

TESMAN
¿La habías olvidado? ¿Eh?

HEDDA
Estábamos tan distraídos con las
fotografías. (Le muestra una.)
¿Recuerdas esta aldea?

TESMAN
¡Oh, es la que está allá abajo, en el
paso de Brenner! Fue donde
pasamos la noche…

HEDDA
… y nos encontramos con aquellos
veraneantes tan divertidos.

TESMAN
Sí, seguro que fue allí. ¡Figúrate…
si hubieras estado con nosotros,
Eilert! (Se dirige a la antesala y se
sienta con BRACK.)
LOVBORG
Contésteme sólo a esto, Hedda…

HEDDA
¿Qué?

LOVBORG
¿Tampoco hubo amor en nuestras
relaciones? ¿Ni una gota… ni una
chispa de amor en todo el asunto?

HEDDA
No sabría decirlo. Para mí fue como
una relación entre dos buenos
compañeros. Dos amigos sinceros.
(Sonríe.) Usted, sobre todo, era
tremendamente sincero.
LOVBORG
Así lo quiso usted.

HEDDA
Lo recuerdo como algo hermoso,
algo fascinante… hubo algo de
audaz en… en aquella intimidad
secreta… aquella camaradería, que
ningún ser viviente llegó a
sospechar.

LOVBORG
Sí, ¿no es cierto, Hedda? ¿No fue
así?… Cuando iba a casa de su
padre por las tardes… Y el general
se sentaba junto a la ventana leyendo
los periódicos… de espaldas…

HEDDA
Y nosotros dos en el sofá del
rincón…

LOVBORG
Siempre con la misma revista
ilustrada ante nosotros…

HEDDA
A falta de un álbum, sí.

LOVBORG
¡Sí, Hedda… y cuando yo me
confesaba con usted! Le conté de mí
lo que hasta entonces a nadie más
había dicho. Sentado allí
confesándole cómo había pasado
días y noches en orgías. Oh,
Hedda… ¿qué poder había en usted
para hacerme confesar tales cosas?

HEDDA
¿Cree usted que había un poder en
mí?

LOVBORG
Sí, ¿cómo, si no, puede
explicármelo? Y todas aquellas…
indirectas que usted me hacía…

HEDDA
Y que usted entendía con tanta
precisión…

LOVBORG
¡Que pudiera estar allí sentada
preguntando tales cosas! ¡Con tanta
desenvoltura!

HEDDA
Pero indirectas, recuerde.

LOVBORG
Sí, pero de todas formas, con
desenvoltura. ¡Preguntarme sobre…
sobre tales cosas!

HEDDA
Y que usted fuera capaz de
responderme, señor Lovborg.

LOVBORG
Sí, justamente es eso lo que no
comprendo… ahora. Pero dígame,
Hedda… ¿no había amor en el fondo
de nuestra relación? ¿No había por
parte de usted como un deseo de
purificarme… cuando acudía a usted
con mis confidencias? ¿No era así?

HEDDA
No, más bien no.

LOVBORG
¿Qué era entonces lo que la movía?
HEDDA
¿Encuentra usted tan incomprensible
que una muchacha… cuando pueda
ofrecerse la ocasión… en secreto…

LOVBORG
¿Sí?

HEDDA
Desee echar un vistazo a un mundo
que…

LOVBORG
Que…

HEDDA
… que no tiene posibilidad de
conocer por sí misma?

LOVBORG
¿Sólo fue eso?

HEDDA
También eso. Una de las razones,
diría yo.

LOVBORG
Sólo camaradas en un anhelo vital.
¿Pero por qué no pudo continuar?

HEDDA
Usted tuvo la culpa.

LOVBORG
Fue usted quien rompió.

HEDDA
Sí, cuando hubo un inminente peligro
de que se interpusiera una realidad
excesiva en la relación. ¿No le dio
vergüenza, Eilert Lovborg, abusar de
la confianza de… de su sincera
amiga?

LOVBORG (Apretando los puños.)


¡Oh!, ¿por qué no lo hizo usted? ¿Por
qué no me disparó, como había
amenazado?

HEDDA
Por temor al escándalo.
LOVBORG
Sí, Hedda, es usted cobarde en el
fondo.

HEDDA
Tremendamente cobarde. (Cambia
de tono.) Pero fue una suerte para
usted. Ahora ha encontrado un
delicioso consuelo en casa de los
Elvsted.

LOVBORG
Sé lo que le ha contado Thea.

HEDDA
Y usted, ¿le ha contado algo sobre
nosotros?
LOVBORG
Ni una palabra. Es demasiado tonta
para entenderlo.

HEDDA
¿Tonta?

LOVBORG
Tonta para ese tipo de cosas.

HEDDA
Y yo cobarde. (Se inclina
aproximándose a él, sin mirarle a
los ojos, y dice en voz baja.) Pero
ahora voy a confiarle algo.

LOVBORG (Ansioso.)
¿Qué?

HEDDA
Que no me atreviera a dispararle…

LOVBORG
¿Sí?

HEDDA
… no fue mi peor cobardía…
aquella noche.

LOVBORG (La mira un instante,


comprende, y susurra
apasionadamente.)
¡Oh, Hedda! ¡Hedda Gabler! ¡Ahora
descubro un motivo oculto bajo la
camaradería! ¡Tú y yo…! Después
de todo, el ansia de vivir estaba en
ti…

HEDDA (En voz baja, con mirada viva.)


¡Cuidado! ¡No se haga ilusiones!

(Ha comenzado a
oscurecer. BERTA abre la
puerta del vestíbulo.)

HEDDA (Cierra de golpe el álbum y


exclama sonriendo.)
¡Por fin! ¡Querida Thea… adelante!

(La SEÑORA ELVSTED


entra del vestíbulo. Viste
de visita. La puerta se
cierra tras ella.)

HEDDA (En el sofá, extendiendo los


brazos hacia ella.)
¡Querida…, no puedes darte idea de
cómo he estado esperándote!

(La SEÑORA ELVSTED


intercambia al pasar un
ligero saludo con los
caballeros de la
antesala, se acerca a la
mesa y estrecha la mano
de HEDDA. LOVBORG se
ha levantado. Él y la
SEÑORA ELVSTED se
saludan con una muda
inclinación de cabeza.)

SEÑORA ELVSTED
Quizá debiera ir a decirle algo a tu
marido.

HEDDA
Nada de eso. Déjalos que sigan allí.
Van a marcharse en seguida.

SEÑORA ELVSTED
¿Se marchan?

HEDDA
Sí, se van de francachela.
SEÑORA ELVSTED (Rápidamente, a
LOVBORG.)
¿Usted no se irá?

LOVBORG
No.

HEDDA
El señor Lovborg… se queda con
nosotras.

SEÑORA ELVSTED (Toma una silla e


intenta sentarse al lado de él.)
¡Oh, qué bien se está aquí!

HEDDA
¡Ah, no, querida Thea! ¡Ah, no! Ven
a mi lado. Quiero estar entre los dos.

SEÑORA ELVSTED
Sí, como quieras. (Va en torno a la
mesa y se sienta en el sofá a la
derecha de HEDDA. LOVBORG
vuelve a sentarse en la silla.)

LOVBORG (Tras una corta pausa, a


HEDDA.)
¿No es una delicia mirarla?

HEDDA (Dándole una palmadita en el


pelo.)
¿Sólo mirarla?

LOVBORG
Sí. Porque ella y yo… somos dos
auténticos camaradas. Nos tenemos
una confianza absoluta. Y por eso
podemos hablar con toda
franqueza…

HEDDA
¿Sin indirectas, señor Lovborg?

LOVBORG
Eso…

SEÑORA ELVSTED (En voz baja,


aproximándose a HEDDA.)
¡Qué feliz soy, Hedda! Porque…
imagínate… dice que le he
inspirado.
HEDDA (Mirándola y sonriendo.)
¿Dice eso?

LOVBORG
¡Y el valor que tiene para actuar,
señora Tesman!

SEÑORA ELVSTED
¡Oh, Dios mío…, valor yo!

LOVBORG
Extraordinario… en lo que se refiere
al camarada.

HEDDA
¡Sí, valor… sí! Si una lo hubiera
tenido.
LOVBORG
¿Qué quiere usted decir?

HEDDA
Entonces quizá hubiera sido capaz
de vivir. (Cambio súbito.) Pero
ahora, querida Thea… ahora vas a
tomar un buen vaso de ponche.

SEÑORA ELVSTED
No, gracias… no lo bebo nunca.

HEDDA
Bueno, entonces usted, señor
Lovborg.

LOVBORG
Gracias, yo tampoco.

SEÑORA ELVSTED
No, él tampoco.

HEDDA (Mirándole con fijeza.)


¿Y si yo lo quiero?

LOVBORG
Para nada influye.

HEDDA (Ríe.)
¿Tengo tan poco dominio sobre
usted, pobre de mí?

LOVBORG
En ese asunto, ninguno.
HEDDA
Hablando en serio, creo que debe
usted beber. Por su bien.

SEÑORA ELVSTED
¡Oh, no, Hedda…!

LOVBORG
¿Por qué?

HEDDA
O por razón de los demás, mejor
dicho.

LOVBORG
¿Cómo?
HEDDA
Si no, la gente puede pensar que
usted… en realidad… no se siente
seguro… auténticamente seguro de sí
mismo.

SEÑORA ELVSTED (En voz baja.)


¡Oh, no, Hedda…!

LOVBORG
La gente puede pensar lo que
quiera… por ahora.

SEÑORA ELVSTED (Alegre.)


¡Sí, es cierto!

HEDDA
Lo he visto claramente en el juez
Brack hace sólo un momento.

LOVBORG
¿Qué ha visto?

HEDDA
Su sonrisa de burla porque usted no
se atreviera a pasar a beber con él.

LOVBORG
¡Que no me atreviera! Prefiero
quedarme aquí hablando con usted,
naturalmente.

SEÑORA ELVSTED
¡Es lógico, Hedda!
HEDDA
Pero eso no lo puede saber el juez.
Y también observé que sonreía y
miraba con intención a Tesman
cuando usted no se atrevió a
acompañarles a la dichosa
juerguecita.

LOVBORG
¿Atreverme? ¿Dice que no me
atreví?

HEDDA
Yo no. Pero así es como lo ha
interpretado el juez Brack.

LOVBORG
Que lo interprete como guste.

HEDDA
¿No va a ir con ellos?

LOVBORG
Me quedo con usted y Thea.

SEÑORA ELVSTED
¡Sí, Hedda, compréndelo!

HEDDA (Sonríe a LOVBORG con gesto


de aprobación.)
Eso es tener principios. Y ser fiel a
ellos en todas las ocasiones. Así es
como debe ser un hombre. (Se
vuelve a la SEÑORA ELVSTED,
palmoteándola.) Bueno, ¿no es eso
lo que dije cuando viniste tan
agitada esta mañana?

LOVBORG (Asombrado.)
¿Agitada?

SEÑORA ELVSTED (Asustada.)


¡Hedda, Hedda… calla!

HEDDA
¡Ya lo ves! No había motivo alguno
para estar tan angustiada… (Se
interrumpe.) ¡Bueno! ¡Ahora nos
divertiremos los tres!

LOVBORG (Estremeciéndose.)
¿Pero qué es todo esto, señora
Tesman?

SEÑORA ELVSTED
¡Oh, Dios mío, Hedda! ¿Qué es lo
que dices? ¿Qué estás haciendo?

HEDDA
Tranquilízate. El maldito juez no te
quita ojo.

LOVBORG
¿Angustiada? Por mí.

SEÑORA ELVSTED (En voz baja,


lamentándose.)
¡Hedda… qué disgusto me das!
LOVBORG (La mira fijamente un
momento. Su rostro está convulso.)
Ésa era toda la confianza que tenía
en mí mi camarada.

SEÑORA ELVSTED (Implorante.)


¡Querido… escúchame antes…!

LOVBORG (Toma el vaso de ponche, lo


levanta y dice en voz baja y ronca.)
A tu salud, Thea. (Vacía de golpe el
vaso, lo pone en la mesa y toma el
otro.)

SEÑORA ELVSTED
Hedda, Hedda… ¿cómo puedes
desear esto?
HEDDA
¿Desear? ¿Yo? ¿Estás loca?

LOVBORG
Y un brindis por usted también,
señora Tesman. Gracias por la
verdad. ¡Por la verdad! (Lo bebe e
intenta llenar de nuevo el vaso.)

HEDDA (Poniéndole la mano en el


hombro.)
Bueno, bueno, no más por el
momento. Recuerde que ha de ir a la
fiesta.

SEÑORA ELVSTED
¡No, no, no!
HEDDA
¡Chist! Te están mirando.

LOVBORG (Alejando el vaso.)


Thea… dime la verdad.

SEÑORA ELVSTED
¡Sí!

LOVBORG
¿Sabe tu marido que me seguías?

SEÑORA ELVSTED (Retorciéndose las


manos.)
¡Oh, Hedda!… ¿oyes lo que
pregunta?
LOVBORG
¿Acordastéis entre los dos que
vinieras a la ciudad para cuidarme?
¿Fue idea de él? ¡Sí… sin duda me
necesita en el despacho! ¿O es que
me echa de menos en la mesa de
juego?

SEÑORA ELVSTED (En voz baja,


llorosa.)
¡Oh, Lovborg, Lovborg…!

LOVBORG (Toma un vaso e intenta


llenarlo.)
¡Un brindis también por el viejo
magistrado!
HEDDA (Deteniéndole.)
No más por ahora. Recuerde que
tiene que leerle el trabajo a Tesman.

LOVBORG (Tranquilo, vuelve a


depositar el vaso.)
Ha sido una tontería por mi parte,
Thea. El tomarlo de esta forma,
quiero decir. No te enfades conmigo,
querida, querida compañera. ¡Ya
verás… tú y los demás… que si una
vez caí… me he levantado de nuevo!
Con tu ayuda, Thea.

SEÑORA ELVSTED (Exultante.)


¡Ah, gracias a Dios…!
(BRACK ha consultado
mientras tanto su reloj.
Él y TESMAN se levantan
y entran en el salón.)

BRACK (Tomando el sombrero y el


abrigo.)
Bueno, señora Tesman, ha llegado la
hora para nosotros.

HEDDA
Sí, supongo.

LOVBORG (Levantándose.)
También para mí, señor Juez.

SEÑORA ELVSTED (En voz baja,


rogando.)
¡Lovborg… no vayas!

HEDDA (Pellizcándole el brazo.)


¡Te están oyendo!

SEÑORA ELVSTED (Dando un pequeño


grito.)
¡Ay!

LOVBORG (A BRACK.)
Fue muy amable al invitarme.

BRACK
¿Así es que viene usted, después de
todo?
LOVBORG
Sí, muchas gracias.

BRACK
Me complace extraordinariamente…

LOVBORG (Guardándose el paquete de


papeles, dice a TESMAN.)
Me gustará enseñarte una o dos
cosas antes de darlo a la imprenta.

TESMAN
¡Sí, figúrate… resultará divertido!
Pero, querida Hedda, ¿cómo va a
volver a casa la señora Elvsted?

HEDDA
Ya lo arreglaremos.

LOVBORG (Mirando a las señoras.)


¿La señora Elvsted? Volveré a
buscarla, por supuesto.
(Acercándose.) ¿Alrededor de las
diez, señora Tesman? ¿Le parece?

HEDDA
Seguro. Me parece perfecto.

TESMAN
Bueno, entonces todos contentos.
Pero a mí no me esperes tan pronto,
Hedda.

HEDDA
Oh, querido, puedes quedarte todo el
tiempo… todo el tiempo que desees.

SEÑORA ELVSTED (Disimulando la


angustia.)
Señor Lovborg… me quedaré aquí
hasta que usted venga.

LOVBORG (Con el sombrero en la


mano.)
Por supuesto, señora.

BRACK
¡Y ahora arranca el cortejo del
placer, señores! Espero que nos
divirtamos, como cierta hermosa
señora dice.
HEDDA
¡Ojalá que la hermosa señora
pudiera encontrarse allí sin ser
vista…!

BRACK
¿Por qué sin ser vista?

HEDDA
Para oír algo de su ingenio, sin
censura, señor juez.

BRACK (Riendo.)
No se lo aconsejaría a la hermosa
señora.

TESMAN (Ríe también.)


¡Bueno, qué ideas, Hedda! ¡Figúrate!

BRACK
¡Así es que adiós, señoras mías!

LOVBORG (Inclinándose en despedida.)


Hasta las diez, entonces.

(BRACK, LOVBORG y
TESMAN salen por el
vestíbulo. Al tiempo
entra BERTA de la
antesala con una
lámpara encendida, que
coloca en la mesa del
salón, y sale por el
mismo camino.)
SEÑORA ELVSTED (Se levanta y pasea
agitadamente por el salón.)
Hedda… Hedda… ¿en qué acabará
todo esto?

HEDDA
A las diez… Le estoy viendo.
Coronado de pámpanos. Ardiente y
decidido.

SEÑORA ELVSTED
Ojalá sea así.

HEDDA
Y, ya verás… ahora volverá a tener
poder sobre sí mismo. Ahora será un
hombre libre para el resto de su
vida.

SEÑORA ELVSTED
Dios quiera que aciertes.

HEDDA
¡Así es como vendrá y no de otra
forma! (Se levanta y se acerca a
ella.) Puedes seguir dudando de él
cuanto quieras. Yo confío en él. Y
ahora veremos quién de las dos…

SEÑORA ELVSTED
¡Tú escondes algo, Hedda!

HEDDA
Sí. Por primera vez en mi vida
tendré poder sobre el destino de un
hombre.

SEÑORA ELVSTED
¿Es que no lo tienes ahora?

HEDDA
No lo tengo… y nunca lo he tenido.

SEÑORA ELVSTED
¿Ni siquiera sobre tu marido?

HEDDA
Sí, pero eso no vale nada. Si
supieras lo pobre que soy. ¡Y tú, en
cambio, eres tan rica! (Abrazándola
apasionadamente.) Creo que voy a
chamuscarte el pelo, después de
todo.

SEÑORA ELVSTED
¡Déjame! ¡Déjame! ¡Me das miedo,
Hedda!

BERTA (En la entrada de la antesala.)


El té está servido, señora.

HEDDA
Bien. Vamos.

SEÑORA ELVSTED
¡No, no, no! ¡Prefiero volver a casa
sola! ¡Ahora mismo!
HEDDA
Tonterías. Primero te tomarás tu té
caliente, tontita. Y luego… a las
diez… vendrá Eilert Lovborg…
coronado de pámpanos.

(Se lleva casi a rastras a


la SEÑORA ELVSTED a la
antesala.)
Acto tercero

El salón de los TESMAN. Las cortinas


de la antesala están corridas. Igual las
de la cristalera. La lámpara, con
pantalla, arde rebajada sobre la mesa.
En la estufa, cuya puerta está abierta,
ha habido fuego, ahora casi apagado.
La SEÑORA ELVSTED, envuelta en un
gran chal y con los pies sobre un
escabel, está sentada junto a la estufa,
recostada en un sillón. HEDDA duerme
sobre el sofá tapada con una manta.
SEÑORA ELVSTED (Tras una pausa, se
incorpora rápidamente y escucha
con impaciencia. Después vuelve a
hundirse en el sillón y suspira.)
¡Aún no!… Dios mío, Dios mío…
¡Aún no!

(BERTA entra
cautelosamente del
vestíbulo. Lleva una
carta en la mano.)

SEÑORA ELVSTED (Se vuelve y susurra


ansiosamente.)
¿Qué?… ¿Ha venido alguien?

BERTA (En voz baja.)


Sí, acaba de llegar una muchacha
con esta carta.

SEÑORA ELVSTED (Rápida, alargando


la mano.)
¡Una carta! ¡Démela!

BERTA
No, es para el doctor, señora.

SEÑORA ELVSTED
Ah, ya.

BERTA
La trajo la muchacha de la señorita
Tesman. La pondré en la mesa.
SEÑORA ELVSTED
Sí, hágalo.

BERTA (Colocando la carta.)


Mejor sería que apagase la lámpara.
Empieza a humear.

SEÑORA ELVSTED
Sí, apáguela. Pronto será de día.

BERTA (Apagando.)
Es de día ya, señora.

SEÑORA ELVSTED
¡Ah, ya es de día! ¡Y aún no ha
vuelto!…
BERTA
Dios mío… ya me imaginaba que
ocurriría algo así.

SEÑORA ELVSTED
¿De verdad?

BERTA
Sí, cuando vi que cierta persona
había vuelto a la ciudad… Y salía
con ellos. Porque ese señor dio
mucho que hablar en tiempos.

SEÑORA ELVSTED
No hable tan alto. Va a despertar a la
señora.
BERTA (Mirando al sofá, suspira.)
No, Dios mío… que duerma la
pobre… ¿Echo más leña a la estufa?

SEÑORA ELVSTED
Gracias, por mí no se moleste.

BERTA
Bien, entonces. (Sale
silenciosamente por el vestíbulo.)

HEDDA (Despertándose al cerrarse la


puerta y mirando.)
¿Qué pasa?

SEÑORA ELVSTED
Era sólo la doncella.
HEDDA (Mirando en torno.)
¡Ah, aquí!… Sí, ahora recuerdo…
(Se incorpora, sentándose en el
sofá, se despereza y se frota los
ojos.) ¿Qué hora es, Thea?

SEÑORA ELVSTED (Mirando su reloj.)


Las siete pasadas.

HEDDA
¿A qué hora vino Tesman?

SEÑORA ELVSTED
No ha venido aún.

HEDDA
¿Todavía no ha vuelto?
SEÑORA ELVSTED (Levantándose.)
No ha venido nadie.

HEDDA
Y nosotras sentadas aquí en vela,
esperando hasta las cuatro…

SEÑORA ELVSTED (Retorciéndose las


manos.)
¡Y con la impaciencia con que le he
estado esperando!

HEDDA (Bosteza, tapándose la boca.)


Sí… nos lo podríamos haber
ahorrado.

SEÑORA ELVSTED
¿Has dormido algo?

HEDDA
Oh, sí. He dormido perfectamente.
¿Y tú?

SEÑORA ELVSTED
No he pegado un ojo. ¡No he podido,
Hedda! Me ha sido completamente
imposible.

HEDDA (Se levanta y se acerca a ella.)


¡Bueno, bueno! No hay por qué
tomarlo por la tremenda. Me
imagino lo que ha ocurrido.

SEÑORA ELVSTED
¿Sí? ¿Qué crees?

HEDDA
Pues que la reunión en casa del juez
ha durado hasta las tantas…

SEÑORA ELVSTED
Dios mío, claro… así habrá sido.
Pero de todas formas…

HEDDA
Y entonces, comprendes, Tesman no
ha querido volver y hacer ruido
tocando el timbre de madrugada.
(Ríe.) Quizá haya preferido no
mostrarse… después de semejante
orgía.
SEÑORA ELVSTED
Pero, querida, ¿dónde puede estar?

HEDDA
Sin duda habrá ido a dormir a casa
de sus tías. Hasta conservan su
antiguo cuarto.

SEÑORA ELVSTED
No, no puede haber ido a su casa.
Porque justo acaba de llegar una
carta de la señorita Tesman para él.
Ahí está.

HEDDA (Mira el sobre.)


Sí, es la letra de tía Juli. Entonces
sigue en casa del juez. Y Eilert
Lovborg estará allí… coronado de
pámpanos, leyendo en voz alta.

SEÑORA ELVSTED
Hedda, estás diciendo cosas que no
crees.

HEDDA
La verdad es que eres un poco tonta,
Thea.

SEÑORA ELVSTED
Quizá lo sea, por desgracia.

HEDDA
Y qué cansada pareces.
SEÑORA ELVSTED
Sí, lo estoy. Terriblemente.

HEDDA
Bueno, vas a hacer lo que yo te diga.
Ve a mi cuarto y acuéstate un rato.

SEÑORA ELVSTED
Oh, no, no… no tengo pizca de
sueño.

HEDDA
Sí, hazlo.

SEÑORA ELVSTED
Pero tu marido llegará enseguida. Y
entonces sabré…
HEDDA
Te avisaré cuando venga.

SEÑORA ELVSTED
¿Me lo prometes, Hedda?

HEDDA
Pierde cuidado.

SEÑORA ELVSTED
Gracias. Intentaré dormir algo. (Sale
por la antesala.)

(HEDDA se acerca a la
cristalera y descorre las
cortinas. La luz del día
inunda la sala. Después
toma del escritorio un
pequeño espejo de mano,
se mira y se arregla el
pelo. Se dirige a la
puerta del vestíbulo y
toca la campanilla.)
(BERTA asoma un poco
después en la puerta.)

BERTA
¿Desea algo la señora?

HEDDA
Sí. Ponga más leña en la estufa. Me
estoy quedando helada.

BERTA
Seguro… en nada se pondrá esto
caliente. (Remueve las brasas y
añade un leño.)

BERTA (Se detiene, escuchando.)


Suena el timbre de la calle, señora.

HEDDA
Vaya a abrir. Yo me encargaré de la
estufa.

BERTA
Enseguida prenderá. (Marcha por la
puerta del vestíbulo.)

(HEDDA se arrodilla en
el escabel y coloca más
leños en la estufa.)
(Después de una pausa
entra JORGE TESMAN
por el vestíbulo. Parece
cansado y preocupado.
Se desliza de puntillas
hacia la antesala, con la
intención de escurrirse
entre las cortinas.)

HEDDA (Junto a la estufa, sin mirar.)


Buenos días.

TESMAN (Volviéndose.)
¡Hedda! (Se aproxima.) ¿Pero cómo
estás levantada tan pronto? ¿Eh?
HEDDA
Sí, hoy me he levantado
tempranísimo.

TESMAN
¡Y yo que creía que estarías todavía
durmiendo! ¡Figúrate, Hedda!

HEDDA
No hables tan alto. La señora
Elvsted está acostada en mi cuarto.

TESMAN
¿Es que ha pasado la noche aquí?

HEDDA
Sí, no ha venido nadie para
acompañarla a casa.

TESMAN
No, ya supongo.

HEDDA (Cierra la puerta de la estufa y


se incorpora.)
Bueno, ¿os habéis divertido en casa
del juez?

TESMAN
¿Has estado preocupada por mí?
¿Eh?

HEDDA
No, nada de eso. Lo que he
preguntado es si te divertiste.
TESMAN
Pues sí, bastante. Por una vez…
Sobre todo al principio, diría yo,
cuando Eilert me leyó su trabajo.
Llegamos más de una hora antes…
¡Figúrate! Y Brack tenía que
ocuparse de muchas cosas. Y
mientras tanto, Eilert aprovechó para
leerme.

HEDDA (Sentándose a la derecha de la


mesa.)
¡Bueno, cuéntame!

TESMAN (Sentándose en un taburete


junto a la estufa.)
¡No, Hedda, no puedes darte idea de
cómo es la obra! Diría que es lo más
extraordinario que se haya escrito
nunca. ¡Figúrate!

HEDDA
Sí, sí, no es asunto que me interese
mucho…

TESMAN
He de confesarte una cosa, Hedda.
Después que hubo leído… me pasó
algo terrible.

HEDDA
¿Algo terrible?
TESMAN
Sentí envidia de que Eilert fuera
capaz de escribir algo así. ¡Figúrate,
Hedda!

HEDDA
¡Sí, sí, me lo figuro!

TESMAN
Y pensar… que con todo su
talento… es por desgracia
incorregible.

HEDDA
¿Quieres decir que vive con mayor
intensidad que los demás?
TESMAN
No, Dios mío… que no sabe
dominarse en el placer, ¿sabes?

HEDDA
¿Y qué pasó después?

TESMAN
Yo diría que sería más propio
llamarlo una bacanal.

HEDDA
¿Iba coronado de pámpanos?

TESMAN
¿De pámpanos? No, no le vi
ninguno. Pero nos dio un largo y
desordenado discurso acerca de la
mujer que le ha inspirado el libro.
Sí, así es como dijo.

HEDDA
¿Citó su nombre?

TESMAN
No, no la nombró. Pero tengo la
sospecha de que no podía ser otra
que la señora Elvsted. ¿Qué te
parece?

HEDDA
Ya… ¿cuándo te separaste de él?

TESMAN
Al volver. Salimos… los que
quedábamos… al mismo tiempo. Y
Brack nos acompañó para tomar un
poco de aire fresco. Y entonces,
sabes, decidimos acompañar a Eilert
a casa… ¡Estaba tan bebido!

HEDDA
No digas.

TESMAN
¡Pero ahora viene lo asombroso,
Hedda! O lo lamentable, diría mejor.
Oh…, casi me avergüenzo… a causa
de Eilert… de contarlo…

HEDDA
¿Qué fue?

TESMAN
Pues verás, en el camino de vuelta
me retrasé un poco. Sólo unos pocos
minutos… ¡Figúrate!

HEDDA
Sí, por favor, ¿y qué?

TESMAN
Pues que cuando me apresuré a
reunirme con los otros… ¿a qué no
sabes lo que encontré en la acera?
¿Eh?

HEDDA
No, ¿cómo lo voy a saber?

TESMAN
No se lo digas a nadie, Hedda. ¿Me
oyes? Prométemelo por Eilert. (Saca
un paquete envuelto en papel del
bolsillo del abrigo.) Figúrate…
encontré esto.

HEDDA
¿No es el paquete que trajo ayer?

TESMAN
¡Naturalmente, su precioso,
insustituible manuscrito! Y lo había
perdido… sin darse cuenta.
¡Figúrate, Hedda! ¿No es
lamentable…?

HEDDA
¿Pero por qué no se lo devolviste
entonces?

TESMAN
No, no me atreví… en el estado en
que se encontraba…

HEDDA
¿Le contaste a alguno de los otros
que lo habías encontrado?

TESMAN
Oh, nada de eso. No lo hice por el
bien de Eilert, ¿entiendes?
HEDDA
¿Luego nadie sabe que tienes el
manuscrito?

TESMAN
No. Y nadie debe saberlo.

HEDDA
¿Y qué le dijiste después?

TESMAN
No tuve ocasión de hablar con él.
Porque cuando llegábamos a la
ciudad les perdimos, a él y a dos o
tres más. ¡Figúrate!

HEDDA
Seguro que le acompañaron a casa.

TESMAN
Sí, sí, probablemente. Y Brack se
marchó por su lado.

HEDDA
¿Y en qué te entretuviste después?

TESMAN
Bueno, yo y algunos de los otros nos
fuimos a casa de uno de los
invitados, a tomar el primer café del
día. O el último de la noche, sería
mejor llamar. ¿Eh? Pero en cuanto
haya descansado un poco… y Eilert
la haya dormido, el pobre, iré a
devolverle el paquete.

HEDDA (Extiende la mano hacia el


paquete.)
¡No…, no se lo devuelvas! Aún no,
quiero decir. Déjame que lo lea.

TESMAN
No, querida, no me atrevo a hacer
eso.

HEDDA
¿No te atreves?

TESMAN
No… imagínate su desesperación
cuando se despierte y eche de menos
el manuscrito. Porque no tiene
ninguna copia, ¿sabes? Lo dijo él
mismo.

HEDDA (Mirándole inquisitivamente.)


¿Y no puede volver a escribirse?
Repetirse …

TESMAN
No, no lo creo posible. Porque la
inspiración… ¿comprendes?

HEDDA
Sí, sí, ya veo… (Incidentalmente.)
Ah, por cierto… hay una carta para
ti.
TESMAN
¡Sí, figúrate!

HEDDA (Entregándosela.)
Llegó a primera hora esta mañana.

TESMAN
¡De tía Juli, sabes! ¿Qué puede ser?
(Deposita el manuscrito en el otro
taburete, abre la carta, la lee
rápidamente y se levanta de un
salto.) ¡Oh, Hedda… dice que la
pobre tía Rina está en las últimas!

HEDDA
Era de esperar.
TESMAN
Y que si quiero verla por última vez,
debo darme prisa. Me voy
corriendo.

HEDDA (Reprimiendo una sonrisa.)


¿Te vas corriendo?

TESMAN
¡Queridísima Hedda… si te
decidieras a acompañarme!
Piénsalo.

HEDDA (Se levanta y dice con


cansancio y repugnancia.)
No, no, no me pidas semejante cosa.
No quiero saber nada de
enfermedades ni de muertes. Déjame
fuera de esos horrores.

TESMAN
Bueno, entonces… (Se mueve
agitadamente.) ¿Y mi sombrero?…
¿Mi abrigo?… Ah, sí, en el
vestíbulo… Con tal de que no llegue
demasiado tarde, Hedda. ¿Eh?

HEDDA
Como vas a ir corriendo…

(BERTA entra por la


puerta del vestíbulo.)

BERTA
El juez Brack se encuentra fuera y
desea saludarles.

TESMAN
¡Justo ahora! No, no puedo recibirle.

HEDDA
Pero yo sí puedo. (A BERTA.) Que
pase el señor juez.

(Sale BERTA.)

HEDDA (Rápidamente, en susurro.)


¡El paquete, Tesman! (Lo toma del
taburete.)

TESMAN
¡Sí, dámelo!

HEDDA
No, no, lo guardaré hasta que
vuelvas.

(Se dirige al escritorio y


lo coloca en la
estantería. TESMAN, en
su aturdimiento, no
acierta a ponerse los
guantes.)
(El JUEZ BRACK entra
del vestíbulo.)

HEDDA (Saludándole con un gesto.)


Es usted todo un madrugador.
BRACK
Sí, ¿no es cierto? (A TESMAN.) ¿Va
usted a salir?

TESMAN
Sí, tengo precisión de ir a casa de
las tías. ¿Sabe?… la enferma está en
las últimas, la pobre.

BRACK
Oh, Dios mío, ¿de verdad? Pero no
se entretenga por mí. En momentos
así…

TESMAN
Sí, de veras tengo que salir
corriendo… ¡Adiós! ¡Adiós!
(Sale precipitadamente
por la puerta del
vestíbulo.)

HEDDA (Aproximándosele.)
Parece que su reunión de anoche
resultó algo más que animada, señor
juez.

BRACK
Ni me he podido cambiar de ropa,
señora Tesman.

HEDDA
¿Usted tampoco?

BRACK
No, ya lo ve. ¿Pero qué le ha
contado Tesman de las experiencias
de la noche?

HEDDA
Bah, cosas bastante aburridas. Sólo
que fue a tomar café a casa de
alguien.

BRACK
De la invitación a café ya estoy
informado. ¿Eilert Lovborg no fue
con ellos, según creo?

HEDDA
No, le acompañaron a casa antes.
BRACK
¿Y fue Tesman?

HEDDA
No; fueron otros, según dijo.

BRACK (Sonríe.)
Jorge Tesman es en verdad un alma
crédula, señora.

HEDDA
Sí, por supuesto. ¿Es que hay algo
más?

BRACK
Sí, más bien.
HEDDA
Ah, entonces vamos a sentarnos,
querido juez. Así me lo contará
mejor. (Se sienta a la izquierda de
la mesa. BRACK lo hace a su lado,
en la parte alargada de ésta.)

HEDDA
Bueno, ¿entonces?

BRACK
Tenía particulares motivos para
seguir la pista de mis invitados de
anoche… o, mejor dicho, de algunos
de ellos.

HEDDA
¿Entre los que estaba quizá Eilert
Lovborg?

BRACK
Debo confesarlo… sí.

HEDDA
Empieza usted a intrigarme…

BRACK
¿Sabe usted dónde pasaron el resto
de la noche, él y algunos otros más,
señora Tesman?

HEDDA
Dígamelo, si es que puede decirse.
BRACK
Claro que se puede. Acudieron a una
velada sumamente interesante.

HEDDA
¿De las animadas?

BRACK
De las más animadas.

HEDDA
Diga algo más, señor juez…

BRACK
Lovborg había recibido una
invitación de antemano, como los
otros. Me he informado
perfectamente de ello. Pero se había
negado a asistir. Porque ahora pasa
por ser un hombre regenerado, como
usted sabe.

HEDDA
En casa del magistrado Elvsted, sí.
¿Pero así y todo fue?

BRACK
Sí, verá, señora… por desgracia le
vino la inspiración en casa anoche…

HEDDA
Sí, ya he oído que estaba inspirado.

BRACK
Inspirado en exceso. El caso es que
cambió de idea, supongo. Porque
nosotros, los hombres, no
mantenemos siempre los principios
con la firmeza que debiéramos.

HEDDA
Oh, usted es sin duda una excepción,
juez Brack. ¿Y entonces Lovborg…?

BRACK
Bueno, dicho en pocas palabras… al
final recaló en los salones de la
señorita Diana.

HEDDA
¿La señorita Diana?
BRACK
Era ella la que daba la fiesta. Para
un selecto grupo de amigos y
admiradores.

HEDDA
¿Se trata de una pelirroja?

BRACK
Justamente.

HEDDA
¿Una especie de cantante?

BRACK
Bueno, sí… entre otras cosas. Y
entre nosotros, una peligrosa
cazadora… de hombres… señora
Tesman. Seguro que ha oído hablar
de ella. Eilert Lovborg fue uno de
sus más ardientes protectores… en
su época de prosperidad.

HEDDA
¿Y cómo acabó el asunto?

BRACK
No muy amistosamente, parece ser.
La señorita Diana le recibió de la
forma más tierna, pero acabaron
llegando a las manos…

HEDDA
¿Con Lovborg?
BRACK
Sí. La acusó, a ella o a sus amigas,
de robo. Afirmó que su cartera había
desaparecido. Y otros objetos. En
pocas palabras, debió de dar un
espectáculo lamentable.

HEDDA
¿Y qué sucedió después?

BRACK
Lo que sucedió fue ni más ni menos
que una vulgar reyerta entre damas y
caballeros. Por suerte al final acudió
la policía.

HEDDA
¿Hasta la policía?

BRACK
Sí. Pero la broma le va a resultar
cara a Eilert Lovborg, el muy
insensato.

HEDDA
¿Por qué?

BRACK
Ofreció una resistencia violenta. Le
golpeó en la oreja a uno de los
guardias y le rompió el uniforme.
Así es que lo llevaron detenido.

HEDDA
¿Quién le ha contado todo esto?

BRACK
La misma policía.

HEDDA (Como para sí.)


Luego eso es lo que ocurrió. Nada
de coronas de pámpanos.

BRACK
¿Pámpanos, señora Tesman?

HEDDA (Con voz normal.)


Pero dígame, juez Brack… ¿por qué
sigue los pasos y espía a Eilert
Lovborg?
BRACK
En primer lugar, no me puede
resultar indiferente el que se
descubra durante el juicio que había
ido directamente de mi casa.

HEDDA
¿Es que va a haber juicio?

BRACK
Por supuesto. Bueno, sea lo que
fuere. Pero creo que como amigo de
la casa, tengo la obligación de poner
al corriente, a usted y a Tesman, de
sus andanzas nocturnas.

HEDDA
¿Y por qué motivo, señor juez?

BRACK
Porque tengo la viva sospecha de
que intentará utilizarla a usted de
pantalla.

HEDDA
¡Cómo se le puede ocurrir semejante
cosa!

BRACK
Oh, Dios mío… no estamos ciegos,
señora Tesman. ¡Piénselo! Esta
señora Elvsted seguro que no vuelve
enseguida a su casa.
HEDDA
Bueno, si hubiera algo entre ellos,
sin duda hay muchos otros sitios en
que puedan encontrarse.

BRACK
En casa de nadie. Desde ahora,
ninguna casa decente volverá a
abrirse para Eilert Lovborg.

HEDDA
¿Y lo mismo debe ocurrir con la
mía, quiere usted decir?

BRACK
Sí. Confieso que me resultaría
sumamente penoso si este caballero
tuviese libre acceso a esta casa. Si
él, un superfluo… y un extraño… se
introdujera en…

HEDDA
¿…en el triángulo?

BRACK
Exacto. Para mí sería como
quedarme sin hogar.

HEDDA (Mirándole y sonriendo.)


Entonces… el único gallito del
lugar… ése es su objetivo.

BRACK (Asintiendo lentamente y


bajando la voz.)
Sí, ése es mi objetivo. Y lucharé por
él… con todos los medios a mi
alcance.

HEDDA (Dejando de sonreír.)


Es usted un hombre peligroso…
cuando llega el momento.

BRACK
¿Cree usted?

HEDDA
Sí, comienzo a creerlo. Y me
alegro… mientras no tenga usted
poder sobre mí.

BRACK (Ríe ambiguamente.)


Sí, sí, señora Tesman… quizá tenga
razón. No sé de qué sería capaz, si
lo tuviera.

HEDDA
¡Pero escuche, señor juez! Eso suena
casi a una amenaza.

BRACK (Levantándose.)
¡Oh, nada de eso! El triángulo,
sabe… debe establecerse y
mantenerse a voluntad de todas las
partes.

HEDDA
Eso es lo que creo.
BRACK
Bueno, ya le he dicho lo que quería.
Ahora he de marcharme. ¡Adiós
señora Tesman! (Se dirige a la
cristalera.)

HEDDA (Se levanta.)


¿Sale por el jardín?

BRACK
Sí, es lo más corto.

HEDDA
Y además es una puerta trasera.

BRACK
Cierto. No tengo nada contra las
puertas traseras. En ocasiones
pueden ser muy excitantes.

HEDDA
¿Cuando se dispara con bala, quiere
usted decir?

BRACK (En la puerta, riendo.)


¡No se dispara contra un gallito
doméstico!

HEDDA (Siguiendo con la risa.)


Oh, no, sobre todo cuando sólo se
tiene uno…

(Se despiden, riendo,


con una inclinación de
cabeza. Él sale. Ella
cierra la puerta tras él.)
(HEDDA permanece un
momento mirando
afuera pensativamente.
Después se aproxima y
mira por las cortinas de
la antesala. Se dirige al
escritorio, toma el
paquete de LOVBORG de
la estantería y hojea los
papeles. Se oye la voz de
BERTA, excitada, en el
vestíbulo. HEDDA se
vuelve y escucha.
Guarda rápidamente el
paquete en el cajón y
coloca la llave en el
escritorio.)
(EILERT LOVBORG, con
el abrigo puesto y el
sombrero en la mano,
abre de golpe la puerta
del vestíbulo. Parece
algo agitado e irritado.)

LOVBORG (Vuelto hacia el vestíbulo.)


¡Yo le digo que tengo que pasar y
pasaré! ¡Déjeme!

(Cierra la puerta, se
vuelve, ve a HEDDA, se
domina inmediatamente
y saluda.)

HEDDA (Junto al escritorio.)


Bueno, señor Lovborg, qué tarde
viene usted a buscar a Thea.

LOVBORG
O qué temprano vengo a visitarla a
usted. Mil perdones.

HEDDA
¿Cómo sabe usted que ella se
encuentra aún aquí?

LOVBORG
Me dijeron en su pensión que no
había vuelto en toda la noche.

HEDDA (Yendo a la mesa del salón.)


¿Observó usted algo especial en
quienes se lo dijeron?

LOVBORG (Mirándola
interrogativamente.)
¿Observar algo?

HEDDA
Quiero decir, ¿si no lo encontraban
extraño?

LOVBORG (Comprendiendo
súbitamente.)
¡Ah, ya, es verdad! ¡La hundo
conmigo! No, no observé nada…
¿No se ha levantado aún Tesman?

HEDDA
No… no creo…

LOVBORG
¿Cuándo volvió?

HEDDA
Tardísimo.

LOVBORG
¿Le ha contado algo?

HEDDA
Sí, ya sé que la velada del juez
Brack fue sumamente animada.

LOVBORG
¿Nada más?

HEDDA
No, me parece que no. De todas
formas, yo estaba muerta de sueño…

(La SEÑORA ELVSTED


entra de la antesala.)

SEÑORA ELVSTED (Dirigiéndose hacia


él.)
¡Ah, Lovborg! ¡Por fin!

LOVBORG
Sí, por fin. Demasiado tarde.

SEÑORA ELVSTED (Mirándole


angustiada.)
¿Qué es demasiado tarde?

LOVBORG
Todo es demasiado tarde ya. Es el
fin para mí.

SEÑORA ELVSTED
¡Oh, no, no… no digas eso!

LOVBORG
Tú misma lo dirás cuando lo oigas…

SEÑORA ELVSTED
¡No quiero oír nada!

HEDDA
¿Quizá prefiera hablar a solas con
ella? Me voy.

LOVBORG
No, quédese… Usted también. Se lo
ruego.

SEÑORA ELVSTED
¡Es que no quiero oír nada, te digo!

LOVBORG
No es de lo ocurrido anoche de lo
que quiero hablar.
SEÑORA ELVSTED
¿Entonces de qué…?

LOVBORG
Es que a partir de ahora debemos
seguir distintos caminos.

SEÑORA ELVSTED
¡Distintos caminos!

HEDDA (Involuntariamente.)
¡Lo sabía!

LOVBORG
Ya no te necesito, Thea.

SEÑORA ELVSTED
¿Cómo puedes decir eso? ¡Que no
me necesitas! ¿No puedo ayudarte
como antes? ¿Es que no
continuaremos trabajando juntos?

LOVBORG
No tengo intención de seguir
trabajando.

SEÑORA ELVSTED (Con desesperación.)


¿Qué sentido va a tener mi vida
entonces?

LOVBORG
Debes tratar de vivir como si nunca
me hubieras conocido.
SEÑORA ELVSTED
¡Pero no puedo hacer eso!

LOVBORG
Inténtalo, Thea. Debes volver a
casa…

SEÑORA ELVSTED (Exasperada.)


¡Jamás! ¡Estaré donde estés tú! ¡No
permitiré que se me aparte de esta
forma! ¡Me quedaré aquí! Estaré
contigo cuando aparezca el libro.

HEDDA (A media voz, tensa.)


¡El libro… sí!

LOVBORG (Mirándola.)
Mi libro y el de Thea. Porque es de
los dos.

SEÑORA ELVSTED
Sí, ése es mi sentimiento. ¡Y por eso
tengo derecho a estar contigo cuando
se publique! Quiero presenciar cómo
te hará recuperar el respeto y la
consideración. Y la alegría… la
alegría, la quiero compartir contigo.

LOVBORG
Thea… nuestro libro no se publicará
nunca.

HEDDA
¡Ah!
SEÑORA ELVSTED
¡No se publicará nunca!

LOVBORG
No puede publicarse.

SEÑORA ELVSTED (Con angustiada


sospecha.)
Lovborg… ¿qué has hecho con el
manuscrito?

HEDDA (Mirándole con excitación.)


¿Sí, el manuscrito…?

SEÑORA ELVSTED
¿Dónde está?
LOVBORG
Oh, Thea… no me lo preguntes.

SEÑORA ELVSTED
Sí, sí, quiero saberlo. Tengo derecho
a saberlo ahora mismo.

LOVBORG
El manuscrito… Bueno… el
manuscrito, lo he roto en mil
pedazos.

SEÑORA ELVSTED (Gritando.)


¡No, no…!

HEDDA (Impulsivamente.)
¡Pero eso no es…!
LOVBORG (Mirándola.)
¿No es cierto, cree usted?

HEDDA (Calmándose.)
No… claro. Si usted lo dice. Pero
resulta tan increíble…

LOVBORG
Pues es verdad a pesar de todo.

SEÑORA ELVSTED (Retorciéndose las


manos.)
¡Dios mío, Dios mío… Hedda…,
hacer pedazos su propia obra!

LOVBORG
He hecho pedazos mi propia vida.
Así es que bien puedo hacer pedazos
mi propia obra…

SEÑORA ELVSTED
¡Y lo has hecho esta noche!

LOVBORG
Sí, ya te he dicho. En mil pedazos. Y
los he esparcido a lo largo del
fiordo. Muy lejos. Después de todo
es agua limpia y salada. Que floten
sobre ella. Que los lleven la
corriente y el viento hasta que
acaben por hundirse. Cada vez más y
más hondo. Como yo, Thea.

SEÑORA ELVSTED
Sabes, Lovborg, lo que has hecho
con el libro… Toda mi vida pensaré
que has matado a un niño.

LOVBORG
Tienes razón. Como matar a un niño.

SEÑORA ELVSTED
¡Pero cómo has sido capaz…! El
niño era también mío.

HEDDA (Casi sin voz.)


Oh, el niño…

SEÑORA ELVSTED (Suspirando.)


Se acabó. Me voy, Hedda.
HEDDA
¿Pero no te marchas definitivamente
de la ciudad?

SEÑORA ELVSTED
Ni yo sé lo que voy a hacer. Todo
está oscuro ante mí.

(Sale por la puerta del


vestíbulo.)

HEDDA (Tras una corta pausa.)


¿No la acompaña a casa, señor
Lovborg?

LOVBORG
¿Yo? ¿Por la calle? ¿Para que la
gente nos vea juntos?

HEDDA
No sé qué más ha ocurrido esta
noche. ¿Pero es algo tan irreparable?

LOVBORG
No se trata sólo de esta noche. Estoy
completamente seguro. Es que no
quiero vivir esta clase de vida. No
volver a vivirla. Es el ánimo de
vivir y de luchar lo que ella ha roto
en mí.

HEDDA (Como para sí.)


La muy tontita ha puesto la mano en
el destino de un hombre.
(Mirándole.) Pero aun así, ¿cómo ha
podido usted ser tan cruel con ella?

LOVBORG
¡Oh, no diga que he sido cruel!

HEDDA
Destruir lo que ha mantenido su vida
tanto tiempo. ¿No le llama usted a
eso crueldad?

LOVBORG
A usted puedo decirle la verdad,
Hedda.

HEDDA
¿La verdad?
LOVBORG
Prométame primero… déme su
palabra de que lo que ahora le
confío no llegará nunca a oídos de
Thea.

HEDDA
Le doy mi palabra.

LOVBORG
Bien. Entonces le diré que no era
verdad lo que acabo de decir.

HEDDA
¿Sobre el manuscrito?

LOVBORG
Sí. No lo he roto en pedazos. Ni lo
he tirado al fiordo.

HEDDA
No… Pero entonces… ¿dónde está?

LOVBORG
Lo he destruido de todas formas.
¡Por completo, Hedda!

HEDDA
No lo entiendo.

LOVBORG
Thea dijo que lo que yo había hecho
era para ella como matar a un niño.
HEDDA
Sí…, eso es lo que dijo.

LOVBORG
Pero matar a un hijo… no es lo peor
que un padre puede hacer contra él.

HEDDA
¿No es lo peor?

LOVBORG
No. Lo peor es lo que he querido
evitar que Thea supiera.

HEDDA
¿Y qué es lo peor?
LOVBORG
Supongo, Hedda, que un hombre…
una mañana… después de una noche
de delirio y de orgía, regresa a casa
de la madre de su hijo y le dice:
Oye… he estado en tal y cual sitio.
Aquí y allá. Y llevaba conmigo a
nuestro hijo. Aquí y allá. He perdido
al niño. Así: perdido. Ni idea de
dónde ha ido a parar. Ni en manos
de quién está.

HEDDA
Pero… al fin y al cabo… era sólo un
libro.
LOVBORG
El alma entera de Thea estaba en él.

HEDDA
Sí, lo comprendo.

LOVBORG
Y también comprenderá que no
puede haber un futuro común para
nosotros dos.

HEDDA
¿Y qué camino va usted a seguir?

LOVBORG
Ninguno. Sólo poner fin a todo.
Cuanto antes, mejor.
HEDDA (Acercándose un paso.)
Eilert Lovborg… escuche… ¿no
podría hacerlo con… con belleza?

LOVBORG
¿Con belleza? (Sonríe.) Coronado
de pámpanos, como usted me veía en
tiempos…

HEDDA
Oh, no. Los pámpanos… ya no creo
en ellos. Pero con belleza, de todas
formas. ¡Por una vez siquiera!…
¡Adiós! Debe marcharse ahora. Y no
volver.

LOVBORG
Adiós, señora. Y salude a Jorge
Tesman de mi parte.

(Se dispone a
marcharse.)

HEDDA
¡No, espere! Debe llevarse un
recuerdo mío.

(Se dirige al escritorio y


abre el estuche de las
pistolas. Vuelve junto a
LOVBORG con una de
ellas.)

LOVBORG (Mirando a ella.)


¿Esto? ¿Es éste el recuerdo?

HEDDA (Asintiendo lentamente.)


¿No la reconoce? En cierta ocasión
fue apuntada contra usted.

LOVBORG
Debió usted haberla usado entonces.

HEDDA
¡Tome! Úsela ahora.

LOVBORG (Guardando la pistola en el


bolsillo del pecho.)
¡Gracias!

HEDDA
Y hágalo con belleza, Eilert
Lovborg. ¡Prométamelo!

LOVBORG
Adiós, Hedda Gabler.

(Sale por la puerta del


vestíbulo.)
(HEDDA escucha un
momento junto a la
puerta. Después se
dirige al escritorio y
toma el paquete con el
manuscrito, examina un
momento la cubierta,
saca algunas de las
páginas y las mira.
Marcha después con el
paquete y se sienta en el
sillón junto a la estufa,
con el paquete en el
regazo. Poco después
abre la puerta de la
estufa y deshace el
paquete.)

HEDDA (Arrojando hojas al fuego, dice


para sí en un susurro.)
¡Mira cómo quemo a tu niño, Thea!
… ¡Thea, con tu pelo ondulado!
(Arroja algunas hojas más a la
estufa.) Tu niño y de Eilert Lovborg.
(Arroja el resto.) ¡Cómo quemo,
cómo quemo al niño!
Acto cuarto

Las mismas habitaciones en casa de los


TESMAN. Es por la tarde. El salón está
a oscuras. La antesala está iluminada
por la lámpara que cuelga sobre la
mesa. Las cortinas de la cristalera
están corridas.
HEDDA vestida de luto, pasea por el
salón a oscuras. Se dirige después a la
antesala y sale por la izquierda. Se
oyen algunos compases al piano.
Después vuelve a entrar en la sala.
BERTA entra por la derecha de la
antesala con una lámpara encendida,
que coloca en la mesa ante el sofá de
rincón de la sala. Sus ojos están
llorosos y lleva una cinta negra en la
cofia. Sale silenciosa y cautelosamente
por la derecha. HEDDA se dirige a la
cristalera, descorre un poco las
cortinas y mira al exterior en sombra.
Poco después entra por el vestíbulo la
SEÑORITA TESMAN, de luto, con
sombrero y velo. HEDDA se acerca a
recibirla y le estrecha la mano.

SEÑORITA TESMAN
Bueno, Hedda, aquí vengo con mis
prendas de luto. Mi pobre hermana
acabó de sufrir.

HEDDA
Ya lo sabía, como puede usted ver.
Tesman me envió una tarjeta.

SEÑORITA TESMAN
Sí, me prometió hacerlo. Pero así y
todo pensé que a Hedda… aquí, en
esta casa llena de vida… debía
comunicarle el fallecimiento yo en
persona.

HEDDA
Muy amable por su parte.
SEÑORITA TESMAN
Oh, Rina no debió marchar justo
ahora. El hogar de Hedda no debe
estar de luto en tiempo como éste.

HEDDA (Cambiando de tema.)


¿Murió en paz, no, señorita Tesman?

SEÑORITA TESMAN
Oh, sí… marchó de forma tan
hermosa. Y con la indecible alegría
de volver a ver a Jorge. Y de
poderle decir adiós. ¿Aún no ha
vuelto?

HEDDA
No. Me escribe que no le espere
enseguida. Pero tome asiento.

SEÑORITA TESMAN
No, gracias, querida Hedda. Ya me
gustaría. Pero tengo poquísimo
tiempo. Tengo que amortajarla y
adornarla lo mejor que pueda. Debe
ser enterrada lo más guapa posible.

HEDDA
¿Puedo ayudarla en algo?

SEÑORITA TESMAN
Ni pensarlo. En semejantes cosas no
debe Hedda Tesman poner sus
manos. Ni ocupar sus pensamientos
tampoco. Y en ocasión como ésta,
menos.

HEDDA
Oh, los pensamientos… no se dejan
dominar así como así…

SEÑORITA TESMAN (Insistente.)


Ay, Dios mío, así es la vida. Tengo
que coser el sudario de Rina. Y aquí
pronto se coserá también, por
supuesto. ¡Pero en diferente estilo, el
cielo me guarde!

(JORGE TESMAN entra


por la puerta del
vestíbulo.)
HEDDA
Oh, menos mal que has vuelto.

TESMAN
¿Estás aquí, tía Juli? ¿Con Hedda?
¡Figúrate!

SEÑORITA TESMAN
Estaba a punto de irme, querido
niño. Bueno, ¿has hecho todo lo que
me prometiste?

TESMAN
No, mucho me temo que he olvidado
la mitad, ¿sabes? Daré un salto para
verte de nuevo mañana. Porque hoy
tengo la cabeza hecha un lío. No
puedo dar cuenta de mis
pensamientos.

SEÑORITA TESMAN
Querido Jorge, no debes tomar las
cosas así.

TESMAN
¿Cómo? ¿Pues cómo debo tomarlas?

SEÑORITA TESMAN
Debes alegrarte de la pena.
Alegrarte por lo que ha ocurrido.
Como yo hago.

TESMAN
Ah, sí, claro. Estás pensando en tía
Rina.

HEDDA
Se sentirá usted muy sola ahora,
señorita Tesman.

SEÑORITA TESMAN
Los primeros días, sí. Pero espero
que no sea por mucho tiempo. ¡El
cuartito de Rina, que en paz
descanse, no permanecerá vacío, de
seguro!

TESMAN
¿Cómo? ¿A quién vas a instalar allí?
¿Eh?
SEÑORITA TESMAN
Oh, siempre se encuentra algún
pobre enfermo que necesita cuidado
y atención, por desgracia.

HEDDA
¿De veras va usted a cargar de
nuevo con una cruz así?

SEÑORITA TESMAN
¡Cruz! Dios te guarde, hija… no ha
sido ninguna cruz para mí.

HEDDA
Pero ahora se trata de un extraño, así
es que…
SEÑORITA TESMAN
Con los enfermos uno se hace amigo
enseguida. Y yo necesito tanto tener
alguien por quien vivir. Bueno,
gracias a Dios…, en esta casa
siempre habrá algún quehacer para
una vieja tía.

HEDDA
Oh, no hable de nosotros.

TESMAN
Piensa lo bien que viviríamos los
tres juntos, sí…

HEDDA
¿Sí…?
TESMAN (Inquieto.)
Oh, nada. Ya se arreglará.
Esperémoslo. ¿Eh?

SEÑORITA TESMAN
Sí, sí. Bueno, vosotros tendréis que
hablar, me figuro. (Sonríe.) Y Hedda
quizá tenga algo que contarte, Jorge.
¡Adiós! Debo volver con Rina. (Se
vuelve junto a la puerta.) ¡Oh,
Señor, qué raro se hace el pensarlo!
Ahora Rina está, a la vez, en casa y
con el pobre Joaquín.

TESMAN
¡Sí, figúrate, tía Juli! ¿Eh?
(La SEÑORITA TESMAN
sale por el vestíbulo.)

HEDDA (Observando a TESMAN con


ojos fríos e inquisitivos.)
Casi se diría que esta muerte te ha
afectado más a ti que a ella.

TESMAN
Oh, no se trata sólo de la muerte.
Quien me preocupa es Eilert.

HEDDA (Rápidamente.)
¿Se sabe algo de él?

TESMAN
Fui corriendo esta tarde para decirle
que el manuscrito estaba en buenas
manos.

HEDDA
¿Ah, y no diste con él?

TESMAN
No. No estaba en casa. Pero después
me encontré con la señora Elvsted y
me dijo que él había estado aquí esta
mañana.

HEDDA
Sí, justo cuando te habías ido.

TESMAN
Y que dijo que había roto el
manuscrito en pedazos. ¿Eh?

HEDDA
Sí, así afirmó.

TESMAN
Luego, cielo santo, debe de haber
perdido la razón. ¿Y, claro es, no te
atreviste a devolvérselo?

HEDDA
No.

TESMAN
¿Ni le dijiste que lo teníamos?

HEDDA
Tampoco. (Rápidamente.) ¿Se lo
dijiste a la señora Elvsted?

TESMAN
No. Pero se lo debiste haber dicho a
él. ¡Figúrate que en su desesperación
comete alguna locura! Dame el
manuscrito, Hedda. Iré de un salto a
devolvérselo ahora mismo. ¿Dónde
lo guardaste?

HEDDA (Fría e inmóvil, apoyada en el


sillón.)
Ya no lo tengo.

TESMAN
¡No lo tienes! ¿Qué quieres decir?
HEDDA
Lo he quemado. Por completo.

TESMAN (Levantándose con un grito.)


¡Quemado! ¡Quemado el manuscrito
de Eilert!

HEDDA
No grites. La criada puede oírte.

TESMAN
¡Quemado! ¡Pero por los clavos de
Cristo… no es posible!

HEDDA
Pues es verdad.
TESMAN
¡Pero sabes lo que has hecho,
Hedda! Es disponer ilegítimamente
de un objeto perdido. ¡Figúrate!
Pregúntaselo al juez Brack y te
enterarás.

HEDDA
Lo más prudente es no decirlo… ni
al juez ni a nadie.

TESMAN
¡Cómo has podido hacer algo tan
inaudito! ¿Cómo se te ha podido
ocurrir? ¿En qué estabas pensando?
Dime. ¿Eh?
HEDDA (Reprimiendo una casi
imperceptible sonrisa.)
Lo he hecho por ti, Jorge[7].

TESMAN
¡Por mí!

HEDDA
Al volver esta mañana y contarme
que te lo había leído…

TESMAN
Sí, sí, ¿y qué?

HEDDA
Confesaste que le envidiabas el
libro.
TESMAN
Oh, por Dios, no lo decía
literalmente.

HEDDA
Igual da. No puedo tolerar el que
otro te haga sombra.

TESMAN (Exclama, entre duda y


alegría.)
¿Hedda… es verdad lo que dices?
Que nunca… nunca me diera cuenta
de que me amases de esa forma.
¡Figúrate!

HEDDA
Bueno, entonces es mejor que te
enteres… que justo ahora… (Con
vehemencia, cambiando el tema.)
No, no… pregúntaselo a tía Juli.
Ella te informará.

TESMAN
Oh, creo que casi te entiendo,
Hedda. (Aplaudiendo.) ¿No, cielo
santo… será posible? ¿Eh?

HEDDA
No grites. La criada puede oírte.

TESMAN (Riendo, exultante de gozo.)


¡La criada! ¡Qué graciosa eres,
Hedda! ¡La criada… pero si es
Berta! Voy ahora mismo a
contárselo.

HEDDA (Retorciéndose las manos con


desesperación.)
¡Oh, no resisto… no resisto más
esto!

TESMAN
¿A qué te refieres, Hedda? ¿Eh?

HEDDA (Fría, reprimida.)


Todo esto es tan… grotesco.

TESMAN
¿Grotesco? ¿Que sea yo feliz? Pero,
bien mirado… quizá sea mejor que
no se lo diga a Berta.
HEDDA
Oh, sí… ¿por qué no también a ella?

TESMAN
No, no, aún no. Pero tía Juli tiene
que saberlo, desde luego. ¡Y que tú
comienzas a llamarme Jorge! ¡Tía
Juli se pondrá loca de alegría…
loca!

HEDDA
¿Cuando se entere que he quemado
los papeles de Eilert Lovborg… por
ti?

TESMAN
¡No, es verdad! Nadie debe
enterarse de lo del manuscrito. ¡Pero
de tu pasión por mí[8], Hedda…
claro está que ha de saberlo tía Juli!
Me pregunto si cosas así son
frecuentes en las jóvenes esposas.
¿Eh?

HEDDA
Creo que también deberías
preguntárselo a tía Juli.

TESMAN
Sí, eso haré a la primera
oportunidad. (De nuevo inquieto y
pensativo.) ¡Pero… pero el
manuscrito! Dios mío, qué horror
pensar en el pobre Eilert, de todas
formas.

(La SEÑORA ELVSTED,


vestida como durante su
primera visita, con
sombrero y abrigo, entra
del vestíbulo.)

SEÑORA ELVSTED (Saluda rápidamente


y dice con emoción.)
Oh, querida Hedda, perdóname que
vuelva.

HEDDA
¿Qué te ocurre, Thea?
TESMAN
¿Se trata de nuevo de Eilert
Lovborg? ¿Eh?

SEÑORA ELVSTED
Sí… tengo un miedo terrible de que
le haya ocurrido una desgracia.

HEDDA (Cogiéndola del brazo.)


¿Tú crees?

TESMAN
Dios mío… ¿cómo puede ocurrírsele
semejante cosa, señora Elvsted?

SEÑORA ELVSTED
Sí, porque oí que hablaban de él en
la pensión, cuando volví. Hoy corren
los rumores más inverosímiles sobre
él por la ciudad.

TESMAN
¡Bueno, sí, también los he oído yo! Y
seguro que ha vuelto a casa y está
durmiendo. ¡Figúrate!

HEDDA
Bueno… ¿qué es lo que decían en la
pensión?

SEÑORA ELVSTED
No pude sacar nada en claro. Bien
no sabían nada más preciso o… se
callaron al verme. Y yo no me atreví
a preguntar.

TESMAN (Paseando inquieto.)


¡Esperemos… esperemos que haya
oído mal, señora Elvsted!

SEÑORA ELVSTED
No, no, estoy segura que hablaban de
él. Y oí que decían algo del hospital,
o…

TESMAN
¡El hospital!

HEDDA
¡No… seguro que no es posible!
SEÑORA ELVSTED
Me entró un miedo horrible por él. Y
fui a su alojamiento a preguntar.

HEDDA
¿Te atreviste a eso, Thea?

SEÑORA ELVSTED
Sí, ¿qué otra cosa podía hacer? No
pude aguantar la incertidumbre por
más tiempo.

TESMAN
¿Pero no lo encontró usted? ¿Eh?

SEÑORA ELVSTED
No. Y no tenían noticias de él. No
había vuelto desde ayer por la tarde,
dijeron.

TESMAN
¡Desde ayer! ¡Imagínate!

SEÑORA ELVSTED
¡Creo que la única explicación
posible es que le haya ocurrido una
desgracia!

TESMAN
Oye, Hedda… ¿Y si salgo a
preguntar por ahí?…

HEDDA
No, no… no te mezcles en esto.
(El JUEZ BRACK, con el
sombrero en la mano,
entra por la puerta del
vestíbulo, que BERTA
abre y cierra tras él. Se
muestra serio y saluda
en silencio.)

TESMAN
¿Es usted, señor juez? ¿Eh?

BRACK
Sí, tenía precisión de verle.

TESMAN
Ya veo que ha recibido el recado de
tía Juli.
BRACK
También lo he recibido, sí.

TESMAN
¡Qué triste!, ¿no le parece? ¿Eh?

BRACK
Bueno, querido Tesman, según como
se mire.

TESMAN (Observándole con inquietud.)


¿Es que ha ocurrido algo más?

BRACK
Sí, eso es.

HEDDA (Con impaciencia.)


¿Algo grave, señor juez?

BRACK
También según se mire.

SEÑORA ELVSTED (Con impulso


involuntario.)
Algo le ha pasado a Eilert Lovborg.

BRACK (Mirándola un instante.)


¿Por qué se le ocurre eso? ¿Quizá la
señora ya sabe…?

SEÑORA ELVSTED (Turbada.)


No, no, no sé nada; pero…

TESMAN
¡Por Dios, diga qué es!

BRACK (Alzando los hombros.)


Bueno… desgraciadamente… Eilert
Lovborg ha ingresado en el hospital.
Está a punto de morir.

SEÑORA ELVSTED (Con un grito.)


¡Oh, Dios, oh, Dios…!

TESMAN
¡En el hospital! Y a punto de morir.

HEDDA (Involuntariamente.)
¡Tan pronto…!

SEÑORA ELVSTED (Llorando.)


¡Y nos separamos sin reconciliarnos,
Hedda!

HEDDA (En voz baja.)


¡Está bien, Thea… Thea!

SEÑORA ELVSTED (Sin prestar


atención.)
¡Tengo que verle! ¡Tengo que verle
antes de que sea tarde!

BRACK
No se moleste, señora. Nadie puede
verle.

SEÑORA ELVSTED
¡Pero dígame lo que le ha ocurrido!
¿Qué ha sido?

TESMAN
¡Sí, porque él nunca lo haría por su
propia mano…! ¿Eh?

HEDDA
Sí, estoy segura de que lo ha hecho.

TESMAN
¡Hedda… cómo puedes decir eso!

BRACK (Que hasta ahora la ha estado


observando.)
Por desgracia, ha acertado usted,
señora Tesman.
SEÑORA ELVSTED
¡Oh, qué horror!

TESMAN
¡Él mismo! ¡Figúrate!

HEDDA
¡Se ha disparado!

BRACK
De nuevo acierta, señora.

SEÑORA ELVSTED (Intentando


calmarse.)
¿Cuándo ha ocurrido, señor juez?

BRACK
Esta tarde. Entre las tres y las
cuatro.

TESMAN
¿Pero, Dios mío, dónde ha sido?
¿Eh?

BRACK (Con cierta inseguridad.)


¿Dónde? Bueno… en su casa,
supongo.

SEÑORA ELVSTED
No, no puede ser. Porque yo estuve
allí después de las seis.

BRACK
Ah, pues en otro lugar entonces. No
lo sé exactamente. Sólo sé que lo
encontraron… Se había disparado…
en el pecho.

SEÑORA ELVSTED
¡Oh, qué horror pensarlo! ¡Que haya
tenido que acabar así!

HEDDA (A Brack.)
¿Fue en el pecho?

BRACK
Sí… ya he dicho.

HEDDA
¿No en la sien?
BRACK
En el pecho, señora Tesman.

HEDDA
Sí… en el pecho también está bien.

BRACK
¿Cómo dice, señora?

HEDDA (Evasiva.)
Oh, nada… nada.

TESMAN
¿Y la herida es mortal, dice usted?
¿Eh?

BRACK
Mortal de necesidad. Probablemente
habrá muerto ya.

SEÑORA ELVSTED
¡Sí, lo presentía! ¡Todo acabó!
¡Todo! ¡Oh, Hedda…!

TESMAN
¿Pero, dígame… dónde se ha
enterado usted?

BRACK (Seco.)
Por uno de los policías, con el que
he tenido ocasión de hablar.

HEDDA (En voz alta.)


¡Por fin alguien ha actuado!
TESMAN (Asustado.)
Dios me ampare… ¿qué dices,
Hedda?

HEDDA
Digo que hay belleza en su acción.

BRACK
Ejem, señora Tesman.

TESMAN
¡Belleza! ¡No, figúrate!

SEÑORA ELVSTED
Hedda, ¿cómo puedes hablar de
belleza en semejante caso?
HEDDA
Eilert Lovborg ha saldado sus
cuentas consigo mismo. Ha tenido el
valor de hacer lo que… lo que debía
hacer.

SEÑORA ELVSTED
¡No, yo no lo creo así! Lo que ha
hecho, lo ha hecho en un momento de
delirio.

TESMAN
¡Lo ha hecho por desesperación!

HEDDA
No. Estoy segura.
SEÑORA ELVSTED
Sí que lo ha hecho. En un rapto de
locura. Como rompió nuestros
cuadernillos en pedazos.

BRACK (Asombrado.)
¿Los cuadernillos? ¿El manuscrito,
quiere usted decir? ¿Lo rompió en
pedazos?

SEÑORA ELVSTED
Sí, anoche.

TESMAN (En voz baja.)


Hedda, nunca nos veremos libres de
ellos.
BRACK
Ejem, qué extraño.

TESMAN (Atravesando el salón.)


Pensar que Eilert haya acabado así.
Y sin dejar detrás lo que hubiera
asegurado su nombre de forma
duradera.

SEÑORA ELVSTED
¡Si pudiera componerse de nuevo!

TESMAN
¡Oh, si pudiera hacerse! Yo no sé lo
que daría…

SEÑORA ELVSTED
Quizá sea posible, señor Tesman.

TESMAN
¿Qué quiere decir usted?

SEÑORA ELVSTED (Busca en el bolsillo


del traje.)
Mire. Conservo las notas sueltas
sobre las que dictaba.

HEDDA (Aproximándose un paso.)


¡Ah!

TESMAN
¡Las ha conservado, señora Elvsted!
¿Eh?
SEÑORA ELVSTED
Sí, aquí las tengo. Las tomé al salir
de viaje. Y quedaron en el
bolsillo…

TESMAN
¡Oh, déjeme que las vea!

SEÑORA ELVSTED (Le entrega un


montón de octavillas.)
Pero están tan confusas. Tan
revueltas…

TESMAN
Imagínese si pudiéramos ordenarlas.
Quizá si trabajásemos juntos…
SEÑORA ELVSTED
Sí, intentémoslo por lo menos…

TESMAN
¡Lo haremos! ¡Hemos de hacerlo!
¡Pongo mi vida en ello!

HEDDA
¿Tú, Jorge? ¿Tu vida?

TESMAN
Sí, o mejor dicho, todo el tiempo de
que disponga. Mi obra tendrá que
esperar. Hedda… ¿comprendes? Es
algo que debo a la memoria de
Eilert.
HEDDA
Quizá lo sea.

TESMAN
Así es que, querida señora Elvsted,
trabajaremos juntos. Dios mío, para
nada sirve el cavilar sobre lo
ocurrido. ¿Eh? Tenemos que intentar
calmar nuestros ánimos para…

SEÑORA ELVSTED
Sí, sí, señor Tesman, haré cuanto
pueda.

TESMAN
Bueno, venga acá. Vamos a examinar
las notas ahora mismo. ¿Dónde nos
sentamos? ¿Aquí? No, allí en la
antesala. Excúseme, querido juez.
Venga conmigo, señora Elvsted.

SEÑORA ELVSTED
¡Señor… con tal que fuera posible!

(TESMAN y la SEÑORA
ELVSTED van a la
antesala. Ella se quita el
sombrero y el abrigo.
Ambos se sientan a la
mesa bajo la lámpara y
se enfrascan en un
atento examen de los
papeles. HEDDA se
dirige a la estufa y se
sienta en el sillón. Poco
después se le acerca
BRACK.)

HEDDA (A media voz.)


Ah, señor juez… qué liberación
significa este acto de Eilert Lovborg.

BRACK
¿Liberación, señora Tesman? Sí, no
deja de ser una liberación para él.

HEDDA
Quiero decir, para mí. Una
liberación el saber que es posible
aún en el mundo el realizar un acto
de valor por pura voluntad. Algo con
el destello de la belleza espontánea.

BRACK (Sonriendo.)
Ejem… querida señora Tesman…

HEDDA
Ya sé lo que va usted a decir. Porque
usted no deja de ser, a su manera, un
especialista. Usted también, como…
¡bueno!

BRACK (Mirándola con atención.)


Eilert Lovborg ha significado para
usted más de lo que usted esté quizá
dispuesta a admitir. ¿Me equivoco?
HEDDA
Eso es algo que no estoy dispuesta a
contestar. Sólo sé que Eilert
Lovborg ha tenido el valor de vivir
de acuerdo con su voluntad. Y
ahora… ¡algo genial! Algo
resplandeciente de belleza. Ha
tenido el poder y la voluntad de
abandonar el festín de la vida… tan
pronto.

BRACK
Me duele hacerlo, señora Tesman…
pero me veo obligado a despertarla
de una hermosa fantasía.
HEDDA
¿Una fantasía?

BRACK
De la que usted, tarde o temprano,
acabaría por salir.

HEDDA
¿Y cuál es?

BRACK
No se ha disparado…
voluntariamente.

HEDDA
¿No voluntariamente?
BRACK
No. Lo sucedido con Eilert Lovborg
no ha sido exactamente como yo lo
he contado.

HEDDA (Con emoción.)


¿Ha callado usted algo? ¿Qué es?

BRACK
En atención a la pobre señora
Elvsted, he introducido algunos
pequeños circunloquios.

HEDDA
¿Cuáles?

BRACK
El primero es que en realidad ha
muerto ya.

HEDDA
En el hospital.

BRACK
Sí. Y sin recuperar la conciencia.

HEDDA
¿Qué más ha omitido usted?

BRACK
Que el suceso no ha ocurrido en su
vivienda.

HEDDA
Bueno, eso no cambia mucho las
cosas.

BRACK
Quizá sí. Porque he de decirle que…
encontraron a Eilert Lovborg
malherido… en la alcoba de la
señorita Diana.

HEDDA (A punto de saltar, vuelve a


sentarse.)
¡Es imposible, juez Brack! No puede
haber ido de nuevo allí.

BRACK
Volvió esta tarde. Fue a reclamar
algo que le habían quitado. Dijo algo
confusamente acerca de un niño que
se había perdido…

HEDDA
Ah… fue por eso…

BRACK
Pienso si no sería el manuscrito.
Pero parece ser que lo había
destruido él mismo, según he oído.
Luego debía tratarse de la cartera.

HEDDA
Probablemente… Y fue allí… donde
le encontraron.

BRACK
Sí, allí. Con una pistola descargada
en el bolsillo del pecho. El disparo
le había herido mortalmente.

HEDDA
En el pecho… sí.

BRACK
No… le alcanzó en el vientre…
abajo[9].

HEDDA (Mirándole con una expresión


de repulsión.)
¡También eso! Oh, lo ridículo y lo
innoble se extienden como una
maldición sobre todo lo que toco.
BRACK
Pero hay algo más, señora Tesman.
Algo no menos vil.

HEDDA
¿Qué es?

BRACK
La pistola que tenía consigo…

HEDDA (Anhelante.)
¿Sí? ¿Qué?

BRACK
Debió de haberla robado.

HEDDA (Dando un salto.)


¡Robado! ¡No es cierto! ¡No lo hizo!

BRACK
No hay otra explicación posible.
Debió de robarla… ¡Chist!

(TESMAN y la SEÑORA
ELVSTED se han
levantado de la mesa en
la antesala y vuelven al
salón.)

TESMAN (Con las manos ocupadas con


papeles.)
Oye, Hedda… apenas si veo bajo la
lámpara. ¡Figúrate!
HEDDA
Sí, me lo figuro.

TESMAN
¿Y si nos sentásemos en el
escritorio? ¿Eh?

HEDDA
Sí, de acuerdo. (Rápida.) ¡No,
espera! Déjame que ponga orden
primero.

TESMAN
Oh, no es necesario, Hedda. Hay
lugar de sobra.

HEDDA
No, no, déjame sólo que lo
desocupe, te digo. Pondré esto sobre
el piano mientras tanto. Así.

(Saca un objeto,
cubierto con partituras,
de debajo de la
estantería, añade
algunas más y lo lleva
todo a la izquierda de la
antesala. TESMAN
coloca los papeles en el
escritorio y traslada allí
la lámpara de la mesa
del rincón. Él y la
SEÑORA ELVSTED se
sientan y vuelven a su
trabajo. HEDDA
regresa.)

HEDDA (Detrás del sillón de la SEÑORA


ELVSTED, alborotándole
suavemente el pelo.)
Bueno, querida Thea… ¿qué tal va
el monumento a la memoria de Eilert
Lovborg?

SEÑORA ELVSTED (Mirándola con


desánimo.)
Oh, Señor… va a costar un gran
trabajo poner orden.

TESMAN
Se hará. No hay más remedio. Y el
poner orden en los papeles de
otro… es justo lo mío.

(HEDDA se dirige a la
estufa y se sienta en uno
de los taburetes. BRACK,
de pie junto a ella,
apoyado en el sillón.)

HEDDA (En voz baja.)


¿Qué me estaba diciendo sobre la
pistola?

BRACK (Bajo.)
Que la debió de haber robado.
HEDDA
¿Por qué robado?

BRACK
Porque cualquier otra explicación es
imposible, señora Tesman.

HEDDA
Ah, ya.

BRACK (Mirándola un momento.)


Eilert Lovborg estuvo aquí esta
mañana. ¿No?

HEDDA
Sí.
BRACK
¿Estuvo usted sola con él?

HEDDA
Sí, un momento.

BRACK
¿Abandonó usted el salón mientras
él estaba aquí?

HEDDA
No.

BRACK
Piénselo. ¿No salió usted un
momento?
HEDDA
Bueno, quizá un instante… al
vestíbulo.

BRACK
¿Y dónde tenía usted su estuche de
pistolas mientras?

HEDDA
Lo tenía en…

BRACK
¿Sí, señora Tesman?

HEDDA
La caja estaba en el escritorio.
BRACK
¿Ha comprobado usted si las dos
pistolas están allí?

HEDDA
No.

BRACK
Ni hace falta. Yo vi la pistola que
Lovborg tenía consigo. Y la reconocí
al momento. De ayer. Y de antes
también.

HEDDA
¿La tiene usted quizá?

BRACK
No, la tiene la policía.

HEDDA
¿Para qué la necesita la policía?

BRACK
Para seguir la pista del propietario.

HEDDA
¿Cree usted que serán capaces de
descubrirlo?

BRACK (Inclinándose sobre ella, en un


susurro.)
No, Hedda Gabler…[10] mientras yo
me calle.
HEDDA (Mirándole inquieta.)
¿Y si no se calla… entonces, qué?

BRACK (Alzándose de hombros.)


Siempre queda la solución de que la
pistola fuese robada.

HEDDA (Firme.)
Antes morir.

BRACK (Sonriendo.)
Eso es algo que se dice. Pero no se
hace.

HEDDA (Sin contestar.)


Y si la pistola no ha sido robada. Y
se descubre el propietario. ¿Qué
ocurre entonces?

BRACK
Sí, Hedda… entonces se produce el
escándalo.

HEDDA
¡El escándalo!

BRACK
El escándalo, sí… eso que le causa
a usted tal espanto. Naturalmente,
tendría usted que aparecer en juicio.
Junto con la señorita Diana. Ella
tendrá que explicar cómo se produjo
el suceso. Si se trata de un accidente
o de un homicidio. ¿Sacó él la
pistola del bolsillo para
amenazarla? ¿Y entonces se disparó?
¿O se la arrancó ella de la mano, le
disparó y volvió a colocarla en el
bolsillo? Esto le cuadra bastante
bien. Porque es una mujer con
arrestos, la tal señorita Diana.

HEDDA
Pero ninguno de esos horrores tiene
que ver conmigo.

BRACK
No. Pero usted tendría que contestar
a la pregunta: ¿Por qué le entregó
usted a Eilert Lovborg la pistola? ¿Y
qué conclusión se sacará del hecho
de que usted se la diera?

HEDDA (Hundiendo la cabeza.)


Es verdad. No había pensado en
ello.

BRACK
Bueno, afortunadamente no existe
ningún peligro mientras yo no hable.

HEDDA (Mirándole.)
Luego estoy a merced suya, señor
juez. De ahora en adelante me tiene
en sus manos.

BRACK (Susurrando más bajo.)


Queridísima Hedda… confíe en
mí… no abusaré de la situación.

HEDDA
En su poder, de todas formas.
Dependiendo de su voluntad y
deseos. Esclava. ¡Esclava! (Se
levanta con vehemencia.) ¡No… no
puedo hacerme a la idea! ¡Jamás!

BRACK (Mirándola con cierta burla.)


Solemos resignarnos a lo inevitable.

HEDDA (Devolviéndole la mirada.)


Sí, quizá. (Se dirige al escritorio.)

HEDDA (Reprimiendo una sonrisa


involuntaria e imitando el tono de
TESMAN.)
¿Qué? ¿Lo consigues, Jorge? ¿Eh?

TESMAN
Dios sabe. Esto va a llevar meses de
trabajo, en todo caso.

HEDDA (Como antes.)


¡Ya, figúrate! (Pasando ligeramente
las manos por el pelo de la SEÑORA
ELVSTED.) ¿No te parece raro, Thea?
Ahora estás sentada aquí con
Tesman… igual que te sentabas con
Eilert Lovborg.

SEÑORA ELVSTED
Oh, si pudiera también inspirar a tu
marido.

HEDDA
Sí, claro que sí, ya vendrá… con el
tiempo.

TESMAN
Sí, ¿sabes?, Hedda… creo que
empiezo a imaginarme algo así. Pero
vuelve a sentarte con el juez Brack.

HEDDA
¿Hay algo en que os pueda ser útil?

TESMAN
Oh, no, nada. (Volviéndose.) Le
ruego que tenga la amabilidad de
hacer compañía a Hedda, querido
juez.

BRACK (Lanzando una mirada a


Hedda.)
Con sumo placer.

HEDDA
Gracias. Pero esta noche estoy
cansada. Me voy a echar un poco
allí en el sofá.

TESMAN
Sí, hazlo, querida. ¿Eh?

(HEDDA se dirige a la
antesala y corre las
cortinas tras ella. Breve
pausa. De pronto se la
oye tocar una frenética
pieza de baile al piano.)

SEÑORA ELVSTED (Levantándose del


sillón.)
¿Qué ocurre?

TESMAN (Corre a las cortinas.)


¡Pero, querida Hedda… no toques
música de baile esta noche! ¡Piensa
en tía Rina! ¡Y también en Eilert!

HEDDA (Saca la cabeza entre las


cortinas.)
Y en tía Juli. Y en todos los demás…
A partir de ahora voy a estarme
quieta. (Vuelve a correr las
cortinas.)

TESMAN (Junto al escritorio.)


Sin duda le duele vernos trabajar en
esta penosa tarea. Mire usted, señora
Elvsted… Debe trasladarse a casa
de tía Juli. Y yo iré todas las tardes.
Allí podremos trabajar. ¿Eh?

SEÑORA ELVSTED
Sí, quizá sea eso lo mejor.

HEDDA (Desde la antesala.)


Te estoy oyendo perfectamente,
Tesman. Pero, ¿cómo mataré yo aquí
las tardes?

TESMAN (Hojeando los papeles.)


El juez Brack será sin duda tan
amable como para acompañarte.

BRACK (En el sillón, gritando


jovialmente.)
¡Tendré sumo placer en venir todas
las tardes, señora Tesman! ¡Lo
pasaremos en grande, usted y yo!

HEDDA (Clara y sonoramente.)


¿Sí, no abandona usted la esperanza,
señor juez? Usted, el único gallito
del corral…
(Se oye un disparo
dentro. TESMAN, la
SEÑORA ELVSTED y
BRACK se levantan de
un salto.)

TESMAN
Ah, de nuevo enredando con las
pistolas.

(Descorre la cortina y se
precipita dentro. Le
sigue la SEÑORA
ELVSTED. HEDDA yace
sin vida, tendida en el
sofá. Desconcierto y
gritos. BERTA acude
alarmada desde la
derecha.)

TESMAN (Gritando a BERTA.)


¡Se ha disparado! ¡Se ha disparado
en la sien! ¡Figúrate!

BRACK (Medio desfallecido en el sofá.)


¡Por Dios… eso no se hace!
HENRIK IBSEN, nació el 20 de marzo
de 1828 en el puerto de Skien, pequeña
ciudad al sur de (Noruega) y murió el 23
de mayo de 1906 Cristianía (actual
Oslo). Considerado el más importante
dramaturgo noruego y uno de los autores
que más ha influido en la dramaturgia
moderna, padre del drama realista
moderno y antecedente del teatro
simbólico.
En su época, sus obras fueron
consideradas escandalosas por una
sociedad dominada por los valores
victorianos, obras que cuestionaban el
modelo de familia y de sociedad
dominantes. Sus obras no han perdido
vigencia y es uno de los autores no
contemporáneos más representado en la
actualidad.
La obra dramática de Henrik Ibsen
puede dividirse en tres etapas. Una
primera etapa romántica que recoge la
tradición y el folclore noruego. Obras
significativas de éste periodo son Brand
(1879) y Peer Gynt (1876).
Una segunda etapa sería la que se ha
llamado realismo socio-crítico. En esta
segunda etapa Ibsen se interesa por los
problemas sociales de su tiempo y los
convierte en tema de debate. Los
estrenos de sus obras se convirtieron en
grandes polémicas cuando no en grandes
escándalos. Ibsen en estas obras
cuestiona los fundamentos de la
sociedad burguesa. De esta etapa son
Casa de muñecas (1879), Espectros
(1881), Un enemigo del pueblo (1882)
y El pato silvestre (1884).
La tercera etapa de Ibsen es la
simbolista, en esta etapa predomina un
sentido metafórico. Son obras
significativas de esta etapa: La dama
del mar (1888), Hedda Gabler (1890) y
El maestro constructor (1892).
Notas
[1] «chorlito» = spillefuglen:
literalmente, «el pájaro jugador, o que
juega». No corresponde a ningún pájaro,
sino a una persona: el jugador
profesional u obsesionado, que tira el
dinero en la mesa de juego. El nombre
ha dado lugar a una nutrida fauna
(pajarito cantor, estornino, cabeza a
pájaros) en las distintas versiones, a
medida que cada traductor ha intentado
salvar la dificultad. Empleo «chorlito»
por no mejor razón que la fama popular
de aturdimiento e irreflexión que tiene
entre nosotros esta zancuda («cabeza de
chorlito»). <<
[2]«escudos/coronas» = specier/kroner:
specier era la antigua unidad monetaria
vigente en Noruega, cambiada en
coronas sólo poco antes de escribirse el
drama; de aquí que Nora se refiera a
ambas monedas. Se traduce por
«escudos» como moneda ideal. <<
[3] «prestamista» = inkassator: el que
cobra las deudas a cuenta de otro; uno
de tantos asuntos a que se dedica
Krogstad. Al no existir entre nosotros
esta figura específica, se traduce por
«prestamista», que es la actividad más
directa en este caso. <<
[4]«criatura feliz» = lykkebarn: criatura,
ser feliz, afortunado. Ha solido
traducirse por «mascota» (lykkedyr), lo
que resulta algo ridículo tratándose de
Nora. <<
[5] El tipo normal de la casa
independiente, con dos plantas, ático,
sótano y jardín, fuera del casco urbano,
que constituye la vivienda normal
escandinava. Se menciona «la parte
occidental» de la ciudad, sin decir cuál
sea ésta. Se sobreentiende que es
Cristianía, y la parte residencial, o
elegante, de las afueras. <<
[6] Lo que dice la tarjeta es «Frufoged
Elvsted»: «La señora del magistrado
Elvsted». Foged es término de difícil, o
imposible, traducción exacta, como
todas las apelaciones de cargos
judiciales y aun administrativos. Se trata
de algo entre juez y magistrado local,
con atribuciones por todo el distrito, que
le obligan a viajar con frecuencia. Igual
dificultad se presenta con Assesor
Brack, juez de un tribunal superior. <<
[7] Obsérvese que para reforzar su
intención de embaucarle, Hedda llama a
su marido por su nombre. Hasta ahora le
ha venido llamando por el apellido, lo
que, si por una parte subraya su altivez,
no era práctica insólita entre los
matrimonios noruegos de la época. <<
[8] du brenner for mig: juego de
palabras, involuntario por parte de
Tesman, con el verbo brenner =
«quemar»; entre «quemar los papeles» y
«[quemar] arder de pasión» por su
marido. <<
[9]i underlivet. Aun en el momento de la
revelación, Brack sigue utilizando
eufemismos. Lovborg ha recibido el
disparo en el sexo, lo que parece propio
de una vulgar reyerta de celos. <<
[10]«Hedda Gabler». A partir de ahora,
hasta el final, Brack emplea el familiar
«Hedda» para dirigirse a la que hasta
ahora ha llamado «Señora Tesman».
Seguro de su posición, abandona la
forma de respeto que ha venido
empleando anteriormente (fru Tesman,
fru Hedda). <<

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