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Rendicion Ray Loriga

Este documento es un extracto de la novela "Rendición" de Ray Loriga que narra la historia de una pareja que vive en medio de una guerra. Cuidan de un niño huérfano que encontraron herido y lo esconden en el sótano mientras la guerra destruye su hogar y jardín. A pesar de la destrucción a su alrededor, su amor se fortalece y continúan cuidando al niño a la espera de noticias de sus propios hijos que luchan en la guerra.

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Este documento es un extracto de la novela "Rendición" de Ray Loriga que narra la historia de una pareja que vive en medio de una guerra. Cuidan de un niño huérfano que encontraron herido y lo esconden en el sótano mientras la guerra destruye su hogar y jardín. A pesar de la destrucción a su alrededor, su amor se fortalece y continúan cuidando al niño a la espera de noticias de sus propios hijos que luchan en la guerra.

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RENDICIÓN
(PREMIO ALFAGUARA DE NOVELA 2017)
Ray Loriga

Nuestro optimismo no está justificado, no hay señales que nos animen a pensar que
algo puede mejorar. Crece solo, nuestro optimismo, como la mala hierba, después de
un beso, de una charla, de un buen vino, aunque de eso ya casi no nos queda. Rendirse
es parecido: nace y crece la ponzoña de la derrota durante un mal día, co n la claridad
de un mal día, forzada por la cosa más tonta, la misma que antes, en mejores
condiciones, no nos hubiera hecho daño y que sin más consigue aniquilarnos, si es
que coincide por fin ese último golpe con el límite de nuestras fuerzas. De pronto,
aquello en lo que no habíamos reparado siquiera nos destruye, como las trampas de
un cazador que nos supera en habilidad y a las que no prestábamos atención mientras
nos distraíamos con el señuelo. A qué negar, en cambio, que mientras pudimos
también cazamos así, utilizando trampas, señuelos y grotescos pero muy efectivos
camuflajes.

Si uno mira con cuidado el jardín de esta casa, sabrá enseguida que vivió tiempos
mejores, que la alberca vacía no desentona con el zumbido de los aviones que cada
noche castigan no ya esta propiedad sino todas las de nuestro valle. Cuando ella se
acuesta intento tranquilizarla, pero lo cierto es que sé que algo se derrumba y que no
podremos levantar nada nuevo en su lugar. Cada bomba en esta guerra abre un
agujero que no vamos a ser capaces de rellenar, lo sé yo y lo sabe ella, aunque jugamos
y nos hacemos los tontos a la hora de dormir, buscando una tranquilidad que ya no
encontramos, un tiempo como el de antes. Algunas noches, con tal de soñar mejor
hasta recordamos.

En ese otro tiempo disfrutamos de lo que entonces pensábamos que iba a ser nuestro
para siempre. El agua fresca del lago, lo llamábamos lago pero era más bien una
charca grande, no sólo aliviaba los días de calor, sino que nos ofrecía toda clase de
juegos y aventuras seguras. Esto último, «aventuras seguras», es sin duda una
contradicción de la que entonces no éramos conscientes.

Teníamos una pequeña barca de remos, con la que los niños pasaban las horas jugando
a piratas y con la que a veces, en las tardes de verano, la llevaba a ella a navegar,
también es un decir, enredados los dos en nuestros propios pensamientos, sin hablar
demasiado, pero tranquilos.

Ayer llegó una carta de Augusto, nuestro hijo, nuestro soldado, que nos cuenta que
hace un mes estaba aún vivo aunque eso no confirma que hoy no esté muerto. La
alegría que sentimos al leerla hace un poco más grande nuestro miedo. Desde que se
interrumpieron las señales de pulso, por decisión del gobierno provisi onal, hemos
vuelto a esperar al cartero, como hacían nuestros abuelos. No hay otra vía de
comunicación. De Augusto al menos tenemos noticias del mes pasado, de Pablo hace
casi un año que no sabemos nada. Cuando se marcharon al frente, las señales de pulso
nos daban cuenta constante del latido de sus corazones; ella decía que era casi como

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tenerlos dentro, como cuando los sentía vivos durante la gestación. Ahora estamos
obligados a soñarlos vivos en silencio. La guerra para los padres no es la guerra de los
hombres que pelean, es una guerra distinta. Aguardar es nuestra única tarea. Mientras
tanto el jardín se desespera y se va muriendo, agotado. Ella y yo, por otro lado, nos
levantamos cada día bien dispuestos.

Nuestro amor, enfrentado a esta guerra, se va haciendo fuerte.

No es fácil precisar ahora cuánto nos quisimos antes; claro está que en nuestra boda
los besos fueron sinceros, pero esa sinceridad estaba pegada al cuerpo de lo que
éramos entonces, y es evidente que el tiempo nos ha convertido en otra cos a. Esta
misma mañana he caminado por la propiedad para certificar una vez más que este
lugar apenas se parece ya a lo que fue nuestra casa. El lago está casi seco; alguien, es
de suponer que el enemigo, ha puesto diques en los arroyos del monte. Las orilla s del
lago, antes verdes como una jungla, ahora agonizan.

La guerra no cambia nada por sí misma, sólo nos recuerda, con su ruido, que todo
cambia.

Y a pesar de la guerra, o gracias a la guerra, seguimos adelante, buenos días, buenas


noches, una jornada tras otra, como si nada, un beso tras otro, contra lo sensato. El
agua hierve, la tetera heredada con su funda de punto, las últimas bolsitas de té… Lo
poco que nos queda hierve y se protege y continúa. Algo se muere y vive entre
nosotros, algo que no tiene nombre y que decidimos, con muy buen criterio, ignorar.
La pasión ignora la mala suerte, o muere. Hemos tomado decisiones; no estar solos es
una de ellas. Querer es renunciar a cualquier demonio que nos diga que no querer es
posible.

Contra el demonio, afortunadamente, se multiplica lo cercano.

Puedo hablar de sus manos porque las conozco, porque están cerca. De lo que se aleja
demasiado ya no se puede decir nada. En el sótano el niño llora, no es nuestro hijo
pero tratamos de cuidarlo lo mejor que podemos. Nos gusta cuidar de algo, en eso al
menos coincidimos, a pesar de la muerte prematura del jardín. El crío llegó en verano,
hace más de seis meses, no sabemos su edad aunque le calculamos nueve años, hemos
tenido hijos y sus diferentes estaturas están marcadas con lápiz en la pared del
dormitorio de los niños. Utilizando la estatura de los nuestros, calculamos la edad de
este extraño, aunque sabemos que no es un cálculo preciso. Tampoco es nuestro hijo,
este a quien ahora medimos, pero llegó solo y cuidamos de él.

Estaba herido al venir, lo que nos ayudó a empezar a cuidarlo. No somos buenos, lo
sé, pero eso nos hace menos inmisericordes. Por otro lado, desde que se fueron
nuestros hijos en la casa sobra sitio. Si lo escondemos en el sótano es porque aún no
hemos decidido qué hacer con él. La guerra quita muchas cosas y a cambio ofrece
posibilidades; no estábamos acostumbrados a tenerlas y por eso nos demoramos a la
hora de decir sí o no a las ofertas que se nos presentan. La gente bien dispuesta no
tiene miedo, nosotros sí lo tenemos, o al menos yo lo tengo, no me atrevo a hablar por
ella. El miedo es cosa de cada cual. En cualquier caso, no creemos haber robado a un
niño, preferimos pensar que lo hemos recogido.

El crío, por su parte, aún no ha dicho nada. Su silencio nos inquieta y nos consuela a
la vez, esperamos su primera palabra y la tememos.

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¿Y si su primera palabra no es «gracias»?

¿Qué haremos entonces con él?

A veces llora por la noche mientras follamos, pero no nos detenemos, también antes
conseguíamos follar contra los llantos de nuestros propios hijos. No estamos locos,
así se concibe la gente. Es un cauce natural. La vida no amenaza a la vida, la estimula.
Ayer le regalé un ajedrez a nuestro prisionero; lo llamamos así porque no le hemos
puesto nombre, pero su puerta no tiene llave. Podría irse si quisiera, igual que llegó
hasta aquí porque quiso, y sin embargo se queda. Supongo que la voluntad que le trajo
es la voluntad que le sujeta. A cambio le damos bien de comer con lo poco que
tenemos. No le gustan los plátanos, eso ya lo sabemos, no es un mono, las patatas con
chorizo le vuelven loco, tiene muy buena disposición, se rechupetea los dedos. Da
gusto ver comer a un niño aunque no sea tuyo.

Nos parece a los dos buena gente, este maldito crío, aunque no s abemos de dónde
viene. Si todo va sobre ruedas y la criatura se comporta, tal vez lo traslademos
finalmente al cuarto de nuestros propios hijos. Ella insiste en que lo hagamos ya, pero
yo me muestro prudente, su verdadera conducta aún está por ver. También está por
ver que nuestros verdaderos hijos no mueran en esta guerra y vuelvan a necesitar su
habitación. Todo está por ver en realidad, ése es mi único consuelo. Si algo he
aprendido viendo morir nuestro jardín es que ni lo bueno ni lo malo se detiene a
revisar nuestros cálculos, ni aprecia nuestros esfuerzos, simplemente sucede.

Ella fue la primera en ver al niño, lo vio llegar andando por el monte y lo vio entrar
en el jardín sangrando y sin quejarse de nada. Ella lo metió en la casa, ella curó sus
heridas, ella le dio la ropa pequeña de nuestros hijos que había guardado
cuidadosamente, ella lo bañó y preparó la cena, ella le hizo la cama, en el cuartito de
juegos del sótano. Yo propuse llamar a la policía y ella dijo que no. Ella prefería un
niño a una investigación, ella sabe muy bien lo que no quiere.

De esto hace más de seis meses, pero el crío sigue callado, me gusta pensar que nada
le incomoda. Se comporta bien, a veces tira algo cuando juega, aunque aún no ha roto
objetos de valor. No se parece a nuestros hijos, es moreno y muy delgado, y los
nuestros eran y son, al menos hasta que confirmen su desaparición, rubios y fuertes.
Es extraño, pero su presencia nos resulta cada vez más familiar. Ve la televisión con
nosotros, evitamos las películas tristes, las canciones tristes, todo lo triste en realidad,
le gustan las comedias, se ríe. Es alegre y come bien, lo cierto es que no tenemos queja.
Ella le acaricia el pelo cuando se duerme en el sofá y él se deja hacer, luego yo lo llevo
en brazos a la cama y lo arropo. No me atrevo a darle un beso de buenas noches como
hacía con nuestros niños, al fin y al cabo este crío, por simpático que sea, no es
nuestro.

Esta mañana ha venido el agente de zona a preguntar por nuestras condiciones. Parece
que la guerra se alarga, que las bombas caerán cada vez más cerca, le preocupa que
no podamos resistir; por supuesto hemos mentido. O tal vez no, tal vez este niño esté
reconstruyendo nuestra antigua capacidad de resistencia. La despensa está casi vacía.
Nos queda poco té, menos café aún, el vino lo bebemos en copas cada vez más
pequeñas, verduras no tenemos, alubias sí, chorizo, salchichas y patatas para dos
semanas, latas de tomate frito para un mes, la leche no es problema, las dos vacas que
quedan en la comarca sobreviven a esta guerra milagrosamente teniendo en cuenta lo

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seco que está el pasto; el pan no llega desde que detuvieron al panadero, dicen que
redactaba informes a escondidas, y que daba noticias puntuales al enemigo acerca de
todos nosotros y que hasta ocultaba una unidad de pulso clandestina. Imposible saber
si es cierto, una pena en cualquier caso porque era un buen panadero. Desde que
empezó la guerra, las sospechas han hecho más daño que las balas.

El agente de zona nos ha avisado de que habrá un simulacro de evacuación la semana


que viene, no sabemos qué haremos con el niño, ni durante el simulacro ni si la
evacuación finalmente se produce. Antes de la guerra nunca pensamos en abandonar
esta casa, sin decirlo creo que ella y yo contábamos con morir aquí. A hora todo es
distinto. Habrá que hacer otros planes.

Lo más divertido es perseguir al niño después del baño; corre envuelto en la toalla, se
resbala por el suelo de madera pero sigue adelante, ella y yo nos reímos corriendo
detrás con el pijama en las manos, ella lleva el pantalón, yo la camisa. Hacía mucho
tiempo que no éramos felices. Creo que a ella le gusta mirarme a mí corriendo como
un loco tanto como me gusta a mí verla a ella alegre de nuevo. Cuando por fin está
vestido, con el pijama puesto, encendemos el televisor y sacamos la manta de lana; el
carbón se ha terminado y a pesar de la chimenea hace frío. Nos apiñamos los tres para
ver comedias, a todos nos gustan las comedias. Mientras se ríe le ponemos los
calcetines. En la televisión ya sólo hay comedias o dramas, y canciones tristes o
marchas militares, las noticias y todo lo demás se lo llevaron cuando suspendieron la
red de pulso, cuando WRIST cortó definitivamente las comunicaciones. Antes, con
mirarse uno el dorso de la muñeca podía saber, si es que quería, todo lo que pasaba
en el mundo, y lo que es más importante, podía ver y escuchar en tiempo real a sus
seres queridos y hasta seguir el murmullo del latido de sus corazones, pero la luz azul
que cubría la piel de la muñeca hace tiempo que está apagada. Ahora no nos queda
otra que reírnos con las comedias de la televisión, aunque las hayamos visto un millón
de veces. Algo es algo. Al menos el crío se divierte.

Cuando ya se ha dormido el niño, ella y yo caemos rendidos y abrazados, como antes.


No estamos haciendo nada malo, el niño llegó solo, nadie lo trajo y queremos pensar
que no es de nadie.

Ella y yo, por otro lado, somos muy distintos. Ella es una señora, y yo antes de ser su
marido fui su empleado. Su vida no es la mía. Todo lo que convive bajo un mismo
techo guarda su propio nombre.

Ella es y fue siempre señora, y yo antes de ser señor fui un criado, lo sabe todo el
mundo, no tiene sentido ocultarlo.

Nací jornalero, pero llegué a capataz, y después ella me educó, contra mi naturaleza,
como señor, padre y marido. Lo hizo despacio, dulce y firmemente, como lo hace todo.

El agente de zona no sospecha de nosotros, tenemos dos hijos luchando en esta guerra,
nos trata con respeto pero su enorme responsabilidad y su pequeño poder le llevan a
preguntar más de la cuenta. Ella sabe cómo responderle. Ella dice no como si no
hubiera nada detrás, elimina la segunda pregunta con su primera respuesta, tiene un
don. Durante la visita del agente de zona, el niño dormía, o se hacía el dormido, ella
le convenció y el niño no puso ninguna pega. El niño sabe bien lo que se hace, venga
de donde venga no parece que esté loco por volver. Nuestro poco calor y nuestra poca
comida le resultan suficientes; eso, a qué negarlo, nos tranquiliza. Los hijos propios

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siempre exigen más. O así me parecía a mí, que los veía tan iguales a su madre que se
me mezclaba el orgullo con la responsabilidad y todo se me hacía poco para ellos.
Nuestros hijos, Augusto y Pablo, no se llevan ni dos años, crecieron muy juntos y
juntos se alistaron y juntos se fueron a la guerra. Para un hombre que no ha luchado,
resulta extraño tener hijos soldados. Siento que debería ser yo el que los protegiera a
ellos con mis armas, y no al revés. Me siento inútil. El niño prisionero, que no lo es,
me ayuda a olvidarme de eso y de casi todo lo demás; cuando sonríe recuerdo el
tiempo en el que cuidaba de los míos. A veces, por las noches, cojo mi vieja escopeta
Remington y patrullo por la casa, sé que es ridículo pero me reconforta. Tal vez le
enseñe al niño nuevo a cazar. En el bosque aún queda al menos un zorro, no puedo
verlo y sin embargo sé que alguno hay porque he encontrado marcas de dientes en la
madera de las cercas.

Nos han dado instrucciones muy precisas para el simulacro de evacuación. Qué cosas
llevar, en qué fila ponernos, los documentos de identificación que debemos portar.
Nos preocupa el niño, cómo esconderlo, con qué documentos acreditarlo. Ayer
discutimos al respecto. Ella cree que si la evacuación llega a producirse, con el
enemigo, por así decirlo, a las puertas, no habrá tiempo de ser muy meticulosos y
nadie preguntará demasiado, pero yo desconfío, conozco a la gente de la comarca y la
envidia que algunos nos tienen, y no quiero darles la oportunidad de hacernos daño.
Por otro lado, los dos coincidimos en que de ninguna manera podemos dejar al niño
solo, a merced del enemigo o, peor, de la hambruna, si es que el enemigo tarda en
llegar.

El simulacro de evacuación se ha suspendido, al parecer ya no hay tiempo. Esta


mañana nos han anunciado el traslado definitivo porque la guerra se está perdiendo,
y por nuestro propio bien, así nos lo han dicho, debemos abandonar nuestras casas.
Nos van a proteger mejor.

Es todo por nuestro bien.

Aquí mismo, entre lo nuestro, según se rumorea, crecen los espías y se esconden las
ratas, o crecen las ratas y se esconden los espías, no lo he entendido muy bien. El caso
es que nuestras propiedades serán confiscadas pero respetadas, y que tal vez, en el
mejor de los tal veces, podamos volver algún día a nuestras tierras, cuando acabe la
guerra y se termine la desconfianza.

Dicen que el nuevo lugar es más limpio que éste, un espacio cerrado y diáfano donde
nada malo podrá esconderse ni hacernos daño. Lo llaman la ciudad transparente.

Los responsables de lo nuestro piensan por nosotros mientras piensan en nosotros.


El agente de zona habla con mucho sentido y dice lo que le dice el gobierno que diga.
Es de suponer que el gobierno sabe bien por qué dice y hace las cosas.

Tenemos una semana para preparar la partida. Nos han reunido en el consistorio y
nos han explicado que esta ciudad transparente no es un exilio, ni una cárcel, sino un
refugio. No sé si todos lo han entendido y se han escuchado muchos murmullos,
preguntas, por otro lado lógicas, y más de una protesta.

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