GUION DE TEATRO - El AVARO
HARPAGÓN, padre de Cleanto y de Elisa, y pretendiente de Mariana.
CLEANTO, hijo de Harpagón, enamorado de Mariana.
ELISA, hija de Harpagón, enamorada de Valerio.
VALERIO, enamorado de Elisa.
MARIANA, enamorada de Cleanto y amada de Harpagón.
ANSELMO, padre de Valerio y de Mariana.
FROSINA, mujer intrigante.
MAESE SANTIAGO, cocinero y cochero de Harpagón.
FLECHA, paje de Harpagón.
BRIZNAVENA, sirviente de Harpagón.
COMISARIO.
ESCENA 1
CLEANTO: Estoy muy contento de hablarte a solas Elisa. Quiero revelarte mi secreto.
ELISA: Dime hermano ¿Cuál es tu secreto?
CLEANTO: Lo define una sola palabra: amo. Pero sé que no puedo comprometerme sin el
consentimiento de nuestro padre
ELISA: ¿Y quién es tu amada?
CLEANTO: Una joven llamada Mariana. Te cuento todo esto para que me ayudes a sondear a
nuestro padre. Si cede, he decido irme con ella a otro país.
ELISA: Es cierto que cada día nos da motivo mayor para lamentar la muerte de nuestra
madre. Pues te diré Cleanto que el pesar también es mío. Amo a Valerio al igual que tu a
Mariana. Y el me corresponde.
CLEANTO: ¿Cómo? ¿Valerio? Oigo la voz de nuestro padre, vamos a otro lugar.
ESCENA 2
HARPAGÓN: ¡Fuera de aquí de inmediato, y no me respondas! ¡Vamos, rápido, bribón!
FLECHA: (Aparte.) - No he visto en mi vida nada más malvado que este maldito viejo.
HARPAGÓN: ¿Qué estás murmurando?
FLECHA: ¿Por qué me echas?
HARPAGÓN: ¿Tienes la insolencia de pedirme razones, tramposo? ¡Retírate o te mato!
FLECHA: Amo, su hijo me ha dado orden de esperar.
HARPAGÓN: Entonces espera en la calle y no aquí en mi casa. No quiero tener ante mi vista a
un espía de mis asuntos.
FLECHA: ¿Cómo haría yo para robarle? ¿Es un hombre robable cuando pone todo bajo cuatro
llaves y monta guardia día y noche?
HARPAGÓN: Cierro bajo llave lo que me parece y cuido lo que me place. (Aparte.) Tiemblo de
sólo pensar que sospeche algo acerca de mi dinero. (En voz alta.) ¿Serías un hombre capaz de
hacer correr el rumor de que tengo dinero escondido?
FLECHA: ¿Tiene dinero escondido?
HARPAGÓN: No, pícaro, no estoy afirmando eso. (Aparte.) ¡Desespero! (Aparte.) Te estoy
preguntando si no harías correr el rumor a propósito de que tengo dinero.
FLECHA: Vamos, ¿qué importa si tiene o no tiene dinero si me da lo mismo?. Bueno, ya me
voy.
HARPAGÓN: Momento. ¿No te llevas nada? Ven aquí, donde pueda verte. Muéstrame las
manos.
FLECHA: Aquí están.
HARPAGÓN: Las otras.
FLECHA: ¿Otras?
HARPAGÓN: Sí.
FLECHA: Aquí están.
HARPAGÓN: Vamos, entrégamelo sin que te registre.
FLECHA: ¿Entregarle qué?
HARPAGÓN: Lo que te has robado.
FLECHA: Nada le he robado.
HARPAGÓN: ¿Estás seguro?
FLECHA: Seguro.
HARPAGÓN: Retírate de una buena vez.
ESCENA 3
HARPAGÓN: No sé si he hecho bien en enterrar en el jardín los diez mil soles que me
devolvieron ayer. Diez mil soles en casa, en fin ... (Aparecen los hermanos conversando en
voz baja.) ¡Oh, Dios mío! Yo mismo me traiciono. He hablado en voz alta. ¿Qué sucede?
CLEANTO: Nada, padre.
HARPAGÓN: ¿Hace mucho que están ahí?
ELISA: Acabamos de entrar.
HARPAGÓN: Han oído lo que acabo de decir.
CLEANTO: No.
HARPAGÓN: Estaba hablando conmigo mismo de lo mucho que cuesta hoy día encontrar
dinero y pensaba en voz alta que debe ser muy feliz el que puede tener en su casa diez mil
soles.
CLEANTO: Nosotros no nos metemos en sus asuntos.
HARPAGÓN: Ojalá tuviera yo esa suma .Me vendrían de mil maravillas.
ELISA: Mi hermano y yo queremos decirle algo
HARPAGÓN: Yo también quiero hablarles de un asunto, ¡de matrimonio!
ELISA: ¡Ah, padre mío!
HARPAGÓN: ¿Han visto a una joven, Mariana, que vive cerca de aquí?
CLEANTO: Sí, padre.
HARPAGÓN: ¿Cómo encuentras a esa muchacha, hijo mío?
CLEANTO: Encantadora.
HARPAGÓN: ¿Y en cuánto a su aspecto?
CLEANTO: Llena de gracia y de ingenio.
HARPAGÓN: ¿SU apariencia y modales?
CLEANTO: Admirables.
HARPAGÓN: ¿No es un partido deseable?
CLEANTO: Muy deseable.
HARPAGÓN: Me alegro que coincidan con mi parecer, ya que su honestidad y su dulzura han
conquistado mi corazón y he decidido desposarla.
CLEANTO: ¿Eh? Está decidido, dice ...
HARPAGÓN: A desposar a Mariana.
CLEANTO: ¿Quién? ¿Usted?.. Me ha venido un mareo, perdón, me retiro.
HARPAGÓN: No debe ser nada grave. Y bien, hija, en cuanto a tu hermano le destino cierta
viuda de la que han venido a hablarme hoy. A ti te entrego al señor Anselmo.
ELISA: ¿El señor Anselmo?
HARPAGÓN: Sí, un hombre maduro, prudente y juicioso de unos cincuenta años.
ELISA: (Haciendo una reverencia.) - No quiero casarme, padre mío, si le place.
HARPAGÓN: (Imitando su reverencia.) - Y yo, hijita, quiero que te cases, si te place.
ELISA: Le pido perdón, padre.
HARPAGÓN: Te pido perdón, hija.
ELISA: Me declaro muy humilde servidora del señor Anselmo, pero con su permiso, no me
casaré con él.
HARPAGÓN: Soy tu humilde criado, pero con tu permiso, te casarás con él esta tarde.
ELISA: ¿Esta tarde?
HARPAGÓN: Esta tarde.
ELISA: No, padre, no esta tarde. No me obligará.
HARPAGÓN: Sí te obligo. Ahí viene Valerio. ¿Quieres que sea el juez de este problema?
ELISA: Lo acepto.
ESCENA 4
HARPAGÓN: Acércate, Valerio. Te hemos elegido como árbitro para decidir quién tiene razón
en una diferencia, si mi hija o yo. Quiero entregarla por esposa esta misma tarde a un hombre
rico, y la muy viva dice que no va a casarse. ¿Qué opinas?
VALERIO:¿Qué opino?
HARPAGÓN: Sí.
VALERIO: Eh, eh ... Digo que en el fondo acato su parecer, pero que en cierta medida a ella no
le falta razón puesto que ...
HARPAGÓN: Es una ocasión a la que no se puede dejar pasar; y además, has de notar que
acepta tomarla sin dote.
VALERIO: ¿Sin dote? Ah, entonces no digo más. Esa sí que es una razón del todo convincente.
HARPAGÓN: (Aparte, mirando hacia el jardín.) - Me parece oír un perro que ladra. ¿Será que
vienen por mi dinero? (A VALERIO.) No te muevas, enseguida regreso. (Sale.)
ELISA: ¿Te burlas, Valerio, al hablarle de esa forma?
VALERIO: Lo hago para que no se enoje y así llevar mejor el tema. Ya veremos la forma de
deshacer el matrimonio
ELISA: ¿Pero es esta misma tarde?
HARPAGÓN: (Aparte, entrando.) - Gracias a Dios, no era nada.
VALERIO: Nuestro último recurso seria huir, ¿serias capaz de hacerlo mi amada Elisa? (ve
entrar a HARPAGÓN). sí, una hija debe obedecer a su padre. No quien sea el marido, debe
estar dispuesta a tomar lo que se le ofrece.
HARPAGÓN: Bien dicho jovencito, quiero que tengas un poder total sobre mi hija (ELISA.)
Ordeno que le obedezcas en todo.
VALERIO: Así será señor.
ESCENA 5
HARPAGÓN: (En voz baja.) Y bien, Frosina, ¿qué hay?
FROSINA: ¡Ah, Dios mío, qué buen aspecto tiene! Verdaderamente, una cara saludable.
HARPAGÓN: ¿Quién, yo?
FROSINA: Nunca le había visto una tez tan fresca.
HARPAGÓN: ¿Hablas en serio?
FROSINA: Hay personas de veinticinco años más acabados que usted.
HARPAGÓN: A pesar de eso, Frosina, tengo sesenta años a cuestas.
FROSINA: ¿Qué son sesenta años? Es la flor de la edad; está entrando en la hermosa estación
del hombre.
HARPAGÓN: ¡Tanto mejor! ¿Cómo va nuestro asunto?
FROSINA: ¿Hay que hablar de ello? Como tengo amistad con ellas, les he hablado a fondo
acerca de usted, y he dicho a la madre el amor que usted ha concebido por Mariana.
HARPAGÓN: ¿Y cuál ha sido la respuesta?
FROSINA: Ha recibido la propuesta con alegría. Vendrá esta tarde al matrimonio de su hija.
HARPAGÓN: Pero, Frosina, hay algo más que me inquieta. La muchacha es joven, temo que un
hombre de mi edad no sea de su agrado.
FROSINA: ¡Ah, ¡qué mal la conoces! Ella tiene un tremendo rechazo por los jóvenes y no
siente afecto sino por los viejos.
HARPAGÓN: ¡Admirable! Y me alegra mucho saber que ése es su carácter. Me has dado una
gran alegría, Frosina, y te debo la mayor de las gratitudes.
FROSINA: Le ruego, señor, que me otorgue el pequeño favor que le pido. (HARPAGÓN vuelve a
ponerse severo.) Su ayuda me recompondrá y quedaré eternamente agradecida.
HARPAGÓN: Adiós. Voy a despachar mi correspondencia.
FROSINA: Le aseguro, señor, que mi necesidad es extrema.
HARPAGÓN: Me voy. Creo que me llaman. (Sale.)
FROSINA: ¡Que te dé la fiebre, hombre de todos los diablos! Pero no hay que desistir de la
negociación. Me queda una parte por la que estoy segura de recibir una recompensa.
ESCENA 6
HARPAGÓN: Vengan todos aquí para que pueda dar mis órdenes con respecto al trabajo.
Briznavena., comencemos contigo. Debes estar al cuidado de las botellas durante la cena. Si
alguna se rompe la descontaré de su sueldo. Debes dar de beber, pero sólo cuando tengan
sed.
BRIZNAVENA: ¿Me quitare el delantal, señor?
HARPAGÓN: Sí, cuando llegue la gente; cuiden mucho la ropa.
BRIZNAVENA: Yo, señor, tengo la ropa agujereada por detrás y se me ve ...
HARPAGÓN: ¡Cállate! Te ubicas hábilmente junto a la pared y te presentas de frente.
Acérquese, maese Santiago, ya que lo he dejado para el final.
MAESE SANTIAGO: ¿Se dirige a su cochero o a su cocinero? Porque yo soy el uno y el otro.
HARPAGÓN: A los dos.
MAESE SANTIAGO: ¿A cuál de los dos en primer término?
HARPAGÓN: Al cocinero.
MAESE SANTIAGO: Espere entonces un momento. (Se quita la casaca de cochero y aparece
vestido de cocinero.)
HARPAGÓN: Estoy comprometido a dar una cena esta noche. ¿Harás una buena comida?
MAESE SANTIAGO: Sí, claro que necesito algún dinero.
HARPAGÓN: ¡Diablos! Siempre el dinero de por medio. Parece que no conocen otra palabra.
MAESE SANTIAGO:¿Cuántos serán a la mesa?
HARPAGÓN: Seremos ocho o diez, pero hay que calcular para ocho. Cuando hay para ocho,
hay para diez.
MAESE SANTIAGO: Harán falta cuatro grandes sopas y cinco platos. Sopa, entradas ...
HARPAGÓN: ¿Quieres darle de comer a una ciudad entera?
VALERIO: Sepa, maese Santiago, que no hay peor verdugo que una mesa con excesivas
comida, hay que comer para vivir y no vivir para comer.
HARPAGÓN: ¡Qué bien dicho! Acércate y te abrazaré. Es lo mejor que he oído en mi vida.
VALERIO: Yo me encargaré de la cena señor. Todo será ordenado como se debe.
HARPAGÓN: Adelante.
MAESE SANTlAGO: Tanto mejor, menos trabajo para mí.
HARPAGÓN: Ahora, maese Santiago, hay que limpiar mi carro.
MAESE SANTIAGO: Un momento, eso es para el cochero. (Se vuelve a poner la casaca.) ¿Sí?
HARPAGÓN: Hay que limpiar el carro y disponer los caballos para ir a la feria.
MAESE SANTIAGO: ¿Los caballos? La verdad es que no se encuentran en condiciones de
caminar. No diré que están en cama porque carecen de ella, pero las pobres bestias están
sometidas a ayunos tan severos que ya no son más que ideas, formas de caballo.
HARPAGÓN: ¿Cómo pueden estar enfermos, si no hacen nada?
MAESE SANTIAGO: ¿Acaso no hay que comer para no hacer nada? No tengo valor para
sacarlos. Apenas pueden arrastrarse a sí mismos como para poder cargar a alguien.
VALERIO: Haré que la conduzca el vecino Picard, quien también será de utilidad para preparar
la cena.
HARPAGÓN: Asi sea Valerio, lo dejo en sus manos.
MAESE SANTIAGO: ¡Desgraciado! ¡Me las pagarás!
ESCENA 7
MARIANA: ¡Ah, Frosina! En qué situación tan extraña me encuentro. La verdad es que temo
mucho a esta entrevista.
FROSINA: ¿Por qué? ¿Cuál es la inquietud?
MARIANA: ¿Y me lo preguntas? ¿No imaginas la angustia de una persona a punto de empezar
el suplicio al que se la quiere someter?
FROSINA: Veo que Harpagón no es el suplicio que quieres para morir agradablemente. Me da
toda la impresión de que te acuerdas un poco de ese joven de quien me habías hablado.
MARIANA: Sí, Frosina, y es algo de lo que no quiero defenderme. Las respetuosas visitas que
ha hecho en casa me han producido ciertos efectos en mi alma.
FROSINA: ¿Y sabes quién es?
MARIANA: No sé quién es, pero sé que su apariencia inspira amor. Y si yo pudiera elegir, lo
pondría por encima de otros pretendientes.
FROSINA: Más te vale tener un marido viejo que te dé una gran fortuna. No te casas con él,
sino con la condición de ser viuda pronto. Ven, vamos a conocerlo.
ESCENA 8
MARIANA: ¡Ah, Frosina, qué aspecto!
HARPAGÓN: Amada mía, que gusto conocerte (A FROSINA.) Frosina, no responde.
FROSINA: Es que aún está muy sorprendida.
HARPAGÓN: Puede ser. (A MARIANA.) Aquí está mi hijo.
CLEANTO: Ésta es una aventura que, a decir verdad, ya no esperaba. No ha sido poca la
sorpresa que me dio mi padre al comunicarme sus propósitos.
MARIANA: Yo puedo decir lo mismo. Éste es un encuentro inesperado, y a mí también me ha
sorprendido. No estaba preparada.
CLEANTO: Es cierto que la elección de mi padre es inmejorable y que tengo un gran honor al
verla. Pero no podría asegurar que me alegro de que vaya a convertirse en mi madrastra.
MARIANA: He de decir que me sucede lo mismo al verlo como mi hijastro. No quiero
disgustarlo a menos que me vea forzada por un poder absoluto.
HARPAGÓN: Te pido perdón, hermosa mía, por la impertinencia de mi hijo.
MARIANA: Juro que lo que ha dicho no me ha ofendido en absoluto.
CLEANTO: ¿Ha visto alguna vez un diamante tan bello como el que lleva mi padre?
MARIANA: En verdad, brilla mucho.
CLEANTO (Se lo quita a su padre del dedo y se lo entrega a MARIANA.) - Tiene que verlo de
cerca.
MARIANA: Es muy hermoso, y lanza notables destellos.
CLEANTO- Es un regalo que le hace mi padre.
HARPAGÓN: ¿Yo?
CLEANTO: ¿No es verdad, padre, que quiere que ella lo guarde por amor?
HARPAGÓN (En voz baja, a su hijo.) - ¿Qué estás haciendo?
CLEANTO: Claro que sí. Me dice que lo acepte.
MARIANA: No quisiera.
HARPAGÓN (Aparte.) - La peste lo lleve ...
CLEANTO: Vea cómo se escandaliza por su rechazo.
HARPAGÓN (En voz baja, a su hijo.) - Traidor.
CLEANTO: Ya ve cómo desespera.
HARPAGÓN (En voz baja, a su hijo.) - Verdugo.
CLEANTO: Padre, no es mi culpa. Hago lo que puedo para que lo acepte.
HARPAGÓN (En voz baja, arrebatado.)¡Ladrón!
CLEANTO: Ya ve, por su culpa me reprocha.
FROSINA: ¡Dios mío, basta de titubeos! Acéptelo ya que el señor lo quiere.
MARIANA: Por no hacer que monte en cólera lo acepto. Ya veré la ocasión de devolvérselo.
BRIZNAVENA: (Viene corriendo y hace caer a HARPAGÓN.) – Señor… lo están buscando..
HARPAGON: Ya regreso.
ESCENA 9
ELISA: Mi hermano me ha confiado la pasión que siente por ti. Tienen ustedes mi apoyo.
MARIANA: Gracias Elisa.
CLEANTO: Bella Mariana, ¿cuál es tu decisión?
MARIANA: ¿Qué podría decir? Es muy poco lo que puedo hacer. Aconseja, ordena tú mismo. Te
autorizo a hacer y decir todo lo que quieras, y si fuera preciso sería capaz de confesar todo lo
que siento por ti.
CLEANTO: Frosina, pobre Frosina, ¿querrás servimos?
FROSINA: Ni qué decirlo. Lo deseo desde lo más profundo de mi corazón. Sepan que soy
humanitaria por naturaleza. ¿Qué se puede hacer?
CLEANTO: Piensa un poco, te lo suplico..
ELISA: Busca algún medio de deshacer lo que has hecho.
FROSINA: Tengo una idea. Dejen todo en mis manos.
ELISA: Aquí llega mi padre.
HARPAGÓN: El carro esta listo. Pueden irse cuando quieran.
ESCENA 10
HARPAGÓN: Madrastra aparte, ¿qué te parece Mariana? ¿no sentirías inclinación por ella?
CLEANTO: ¿Yo? En absoluto.
HARPAGÓN: Sabes Cleando, estuve pensándolo y creo que Mariana y yo no encajamos, debido
a nuestra diferencia de edad, así que planeaba concedértela en matrimonio, pero …
CLEANTO: ¿A mí? ¿En matrimonio?
HARPAGÓN: Claro.
CLEANTO: Bueno, es cierto que ella no es muy de mi gusto, pero si lo desea me apuro a
complacerlo casándome con ella.
HARPAGÓN: No, no, no puede haber un matrimonio si no hay amor.
CLEANTO: Entonces, padre, ya que las cosas son así, es preciso que le revele mi secreto. La
verdad es que la amo desde el día en que la vi.
HARPAGÓN: ¿La has visitado?
CLEANTO: Sí, padre, muchas veces.
HARPAGÓN: ¿Le has declarado tu amor y tus intenciones de matrimonio?
CLEANTO: Por cierto, y además había tratado algo con su madre. Mariana me quiere, y ha
aceptado.
HARPAGÓN (En voz baja, aparte.) - Me alegro de haberme enterado de este secreto. ¿Sabes
qué ocurre hijo? Puedes ir pensando en olvidar tu amor, ya que yo la voy a desposar
CLEANTO: Bien, padre, así es como juega conmigo todo el tiempo. Y ya que hasta aquí
llegamos, le digo luchare por ella, pase lo que pase.
HARPAGÓN: ¿Cómo, bribón? Soy tu padre. ¡Me debes respeto!
CLEANTO: No son asuntos en los que los hijos estén obligados a ceder ante los padres, porque
el amor no reconoce dueño.
HARPAGÓN: Yo haré que me reconozcas a bastonazos. Ahora veras.
ESCENA 11
CLEANTO : ¡Ah, qué traidor eres! ¿Dónde has ido a meterte? ¿No te había dado orden...?
LA FLECHA (Con un arca pequeña en las manos.) - Sí, señor, y me había dirigido aquí para
esperaros a pie firme; pero vuestro señor padre, el más malhumorado de los hombres, me
echó a pesar mío y corrí el riesgo de ser apaleado.
CLEANTO ¿Cómo va nuestro negocio?
FLECHA – Venga señor, sígame pronto.
CLEANTO: ¿Qué sucedió?
FLECHA: Aquí está la solución.
CLEANTO: ¿Qué?
FLECHA: He estado todo el día pendiente de él.
CLEANTO: ¿Qué es?
FLECHA: El tesoro de su padre, y yo lo he atrapado.
CLEANTO: ¿Y cómo lo has hecho?
FLECHA: Pronto lo sabrá todo. Pongámonos a salvo. Ya lo oigo gritar.
HARPAGÓN (Grita Al ladrón desde el jardín y entra sin sombrero.) - ¡Al ladrón! ¡Al ladrón! ¡Al
asesino! ¡Justicia, por Dios! ¡Estoy perdido, me han matado!¿Quién fue? ¿Dónde se esconde?
¿No está por allí? ¡Alto! (Se toma el brazo a sí mismo.) Devuélveme mi dinero, ladrón. ¡Ah, si
soy yo! Todos me parecen el ladrón. ¿De qué están hablando ahí? ¿Qué susurran? ¿Hablan del
ladrón?¿No estará ahí mezclado con ustedes? Todos me miran y se reír. Todos son cómplices
del robo ¡Quiero hacer colgar a todo el mundo, y si no encuentro mi dinero, yo mismo me
colgaré después
ESCENA 12
COMISARIO: Déjeme a mí. Conozco mi oficio, a Dios gracias. No es la primera vez que dejo al
descubierto un robo. ¿Decía que en ese cofre había... ?
HARPAGÓN: Diez mil soles bien contados.
COMISARIO: ¿Diez mil soles? El robo es considerable.
HARPAGÓN: El peor suplicio; si semejante crimen queda impune, ni las cosas más sagradas
estarán a salvo.
COMISARIO: ¿De quién sospecha?
HARPAGÓN: De todo el mundo; quiero que detenga a la ciudad y a sus alrededores.
COMISARIO: Es preciso, no llamar la atención de nadie e intentar obtener las pruebas que
culpen al ladrón.
MAESE SANTIAGO: Ya vuelvo. Que lo degüellen enseguida, que le tuesten los pies, que lo
metan en agua hirviendo y lo cuelguen del techo.
HARPAGÓN: ¿A quién? ¿Al ladrón?
MAESE SANTIAGO: Hablo de un lechoncito que su intendente acaba de enviarme.
HARPAGÓN (Al comisario.) - No hable de nuestro asunto delante de éste.
COMISARIO: No se asuste, las preguntas se harán discretamente.
HARPAGÓN: Quiero que me des noticias del dinero que me han robado.
MAESE SANTIAGO: ¿Le han robado?
HARPAGÓN: ¡Sí, pícaro! Y voy a hacerte colgar si no me lo devuelves.
COMISARIO: Sí, amigo mío, si confiesa no se le hará ningún daño y será recompensado.
MAESE SANTIAGO (Aparte.) - Es la gran oportunidad para vengarme del señor Valerio. Desde
que ha entrado en esta casa es el favorito. No se escuchan sino sus consejos.
HARPAGÓN: ¿Qué estás murmurando?
MAESE SANTIAGO: Señor, si quiere que le diga todo, creo que fue el señor Valerio.
HARPAGÓN: ¿Valerio?
MAESE SANTIAGO: Sí. Creo que es el ladrón.
HARPAGÓN: ¿Y por qué lo crees?
MAESE SANTIAGO: Lo creo ... porque lo creo.
COMISARIO: Es preciso que nos diga cuáles son los indicios, las pistas.
HARPAGÓN: ¿Lo has visto merodear por el lugar donde pongo mi dinero?
MAESE SANTIAGO: Sí, sí, ¿dónde estaba su dinero?
HARPAGÓN: En el jardín.
MAESE SANTIAGO: Precisamente: lo he visto merodear por el jardín. ¿Cómo estaba guardado
su dinero?
HARPAGÓN: En un cofre.
MAESE SANTIAGO: Más claro imposible. Lo he visto con un cofre.
HARPAGÓN: ¿Y cómo era?
MAESE SANTIAGO: Era, bueno... como un cofre.
HARPAGÓN: Sí, ya sé, pero descríbela un poco.
MAESE SANTIAGO: Era un cofre grande.
HARPAGÓN: El que robaron era pequeño.
MAESE SANTIAGO: Ah, sí, bien mirado era pequeño, le digo grande por el contenido.
COMISARIO: ¿Y de qué color?
MAESE SANTIAGO: Era de una cierta tonalidad... ¿no puede orientarme? ¿Rojo?
HARPAGÓN: No, gris.
MAESE SANTIAGO: Ah, sí. Gris rojo. Eso es lo que quería decir.
HARPAGÓN: Ya no hay duda. Se trata del mismo cofre. Escriba, señor, su declaración. Después
de esto creo que soy capaz de robarme a mí mismo.
MAESE SANTIAGO: Señor, ahí regresa. Por lo menos no le diga que fui yo quien lo ha
descubierto.
ESCENA 13
HARPAGÓN: Acércate. Ven y confiesa el atentado más horrible que jamás hombre alguno haya
cometido.
VALERIO: ¿Qué desea, señor?
HARPAGÓN: ¿Cómo, traidor? ¿No te avergüenzas de tu crimen?
VALERIO: ¿A qué crimen se refiere?
HARPAGÓN: ¿Qué a qué crimen me refiero? ¡Infame! Como si no supieras de qué estoy
hablando. No podrás ocultarlo. Acaban de revelarme todo.
VALERIO: Señor, ya que se lo han hecho saber todo, no voy a dar rodeos ni negarlo.
MAESE SANTIAGO (Aparte.) - ¿Habré dado en el clavo sin saberlo?
VALERIO: Era mi deseo hablar de ello y buscaba una ocasión más favorable. Le pido que no se
irrite y trate de entender mis razones.
HARPAGÓN: ¿Y cuáles son tus razones, infame ladrón?
VALERIO: Señor, no merezco esos calificativos. Es verdad que cometí una ofensa en su contra,
pero después de toda mi falta es disculpable.
HARPAGÓN: ¿Cómo disculpable? Dime, ¿qué te ha llevado a cometer esta acción?.
VALERIO: El amor.
HARPAGÓN: ¡Amor valiente!¡El amor por mi dinero!
VALERIO: No, señor, no son sus riquezas las que me han tentado. Es su hija, ayer firmarnos
mutuamente una promesa de matrimonio.
HARPAGÓN: ¿Mi hija te ha firmado una promesa de casamiento?
VALERIO: Sí, señor, y yo también lo hice.
HARPAGÓN: ¡Santo cielo! Otra desgracia.
MAESE SANTIAGO (Al comisario.) - Escriba, señor, escriba.
HARPAGÓN: ¡El mal se agrava! ¡Aumenta la desesperación! (Al comisario.) Vamos, señor,
cumpla con los deberes de su cargo e instruya una demanda por ladrón y por seductor.
VALERIO: Esos son nombres que no merezco. Cuando sepa quién soy ...
ESCENA 14
HARPAGÓN: ¡Ah, hija criminal, indigna de su padre! Así aplicas lo que te he enseñado. Te dejas
enamorar por un infame ladrón, y te comprometes sin mi consentimiento. (A ELISA.) Te
castigare, y a ti Valerio te caerá la horca.
VALERIO: QUiero que me escuchen antes de condenarme.
HARPAGÓN: Me engaño al decir una horca. Serás descuartizado.
ELISA (Arrodillándose delante de su padre.) - ¡Ah, padre! Tenga sentimientos más humanos,
se lo ruego. Padre, fue Valerio quien me salvó de aquel gran peligro que corrí en el agua.
HARPAGÓN: Eso nada significa. Más me hubiera valido dejar que te ahogaras que hacer lo que
ha hecho.
ELISA: Padre, le suplico por el amor paterno que ...
HARPAGÓN: No, no. No quiero oír nada más. Que proceda la justicia.
MAESE SANTIAGO (Aparte.) – Ahora sabrás lo que se siente.
ESCENA 15
ANSELMO: ¿Qué sucede, señor Harpagón? Lo veo muy alterado.
HARPAGÓN: ¡Ah, señor Anselmo! Soy el más desgraciado de los hombres. He ahí un traidor,
que ha seducido a mi hija, y se han dado promesa de matrimonio. Esta afrenta le concierne,
señor Anselmo, y es usted quien debe pedir cuentas y vengar su insolencia.
ANSELMO: No es mi deseo desposarla a la fuerza a alguien.
HARPAGÓN: Aquí tiene un honrado comisario que según ha dicho, no olvidará las funciones de
su oficio. (Al comisario.) Haga los cargos que correspondan, señor.
VALERIO: No creo ser condenado por nuestro compromiso cuando se sepa quién soy. Todo el
Perú puede dar testimonio de mi nacimiento.
ANSELMO: Cuidado con lo que va a decir. Está frente a un hombre que conoce todo el Perú.
VALERIO: Si conoce todo el Perú, ha de conocer quién es don Tomás de Alburcy.
ANSELMO: Sin dudas, pocos lo han conocido mejor que yo.
VALERIO: Lo que tengo para decir es que es el mi padre.
ANSELMO: ¡Vamos! Se burla. Debe saber que el hombre de quien habla hace dieciséis años
que murió en el mar con su esposa y sus hijos queriendo salvar sus vidas. Después de un
accidente.
VALERIO: Sí, y debe saber que su hijo de siete años, junto con un criado, fue salvado de ese
naufragio por un navío peruano y que este hijo salvado es quien le habla. Sepa que el capitán
de ese navío, me tomó afecto y me hizo educar como a un hijo suyo.
ANSELMO: ¿Tiene alguna prueba? ¿Algún testimonio?
VALERIO: El capitán, un sello de rubíes que pertenecía a mi padre, una pulsera de ágata que
mi madre me había colocado en el brazo y el criado que se salvó del naufragio conmigo.
MARIANA: ¡Ay! Por tus palabras puedo responder que no eres un impostor; todo cuanto
acabas de decir demuestra que eres mi hermano.
VALERIO: ¿Cómo?
MARIANA: Sí, me he emocionado al escucharte hablar. Nuestra madre me ha narrado las
desgracias de nuestra familia. El cielo no nos hizo perecer en aquel naufragio. Unos piratas
nos recogieron y después de diez años de esclavitud, una casualidad nos devolvió la libertad.
ANSELMO: ¡Cielos, cómo son tus designios! ¡Sólo a ustedes les corresponde obrar milagros!
Abrácenme, hijos míos.
VALERIO: ¿Pero es usted nuestro padre?
MARIANA: ¿Es por usted por quien mi madre tanto ha llorado?
ANSELMO: Sí, hijos míos, yo soy don Tomás de Alburcy, a quien el cielo salvó de las olas, con
todo el dinero encima. Los he creído muertos a todos durante más de dieciséis años. Me he
establecido aquí, con el nombre de Anselmo, para olvidar el pasado.
HARPAGÓN: ¿Es éste su hijo?
ANSELMO: Sí.
HARPAGÓN: Pongo pleito por los diez mil soles que me ha robado.
ANSELMO: ¿Él, robarle? ¿Quién le ha dicho eso?
HARPAÓN: Maese Santiago.
MAESE SANTIAGO: Nada digo.
HARPAGÓN: Y aquí está el señor comisario, que le ha tomado declaración.
VALERIO: ¿Puede creerme capaz de acción tan ruin?
HARPAGÓN: Capaz o no capaz, quiero recuperar mi dinero.
ESCENA 16
CLEANTO: No se atormente, padre, ni acuse a nadie. Tengo noticias de lo sucedido, y vengo a
decirle que si deja que despose a Mariana, su dinero será devuelto.
HARPAGÓN: ¿Dónde está?
CLEANTO: No se preocupe, respondo del lugar donde se encuentra; todo depende de mí.
Usted debe decirme qué decide, puede escoger entre darme a Mariana o perder su dinero.
HARPAGÓN: ¿No han sacado nada del cofre?
CLEANTO: Nada. Vea si es su designio acceder a este matrimonio y unir su consentimiento al
de su madre, que le ha dado libertad para elegir entre nosotros dos.
MARIANA: Sabe bien que ese consentimiento no basta y que el cielo, junto con un hermano
acaba de darme un padre y de ese padre puede obtenerme.
ANSELMO: Señor Harpagón, aceptará que la elección de una joven debe recaer en el hijo
antes que en el padre. Consienta, como yo.
HARPAGÓN: Para buscar consejo, necesito mi dinero.
CLEANTO: Lo encontrara sano y salvo.
HARPAGÓN: No tengo dinero para casar a mis hijos.
ANSELMO: Yo tengo suficiente. No se preocupe.
HARPAGÓN: ¿Se compromete a correr con todos los gastos de ambos matrimonios?
ANSELMO: Sí, me comprometo. ¿Está satisfecho?
HARPAGÓN: Sí, si además me encarga un traje para la ceremonia.
ANSELMO: De acuerdo. Vamos a disfrutar de la alegría que este día nos ha deparado.
COMISARIO: Momento, señores, de a poco, si les place. ¿Quién va a pagarme mis escritos?
HARPAGÓN: Ya no los necesitamos.
COMISARIO: Así será, pero no pretendo haberlos hecho a cambio de nada.
HARPAGÓN (Señalando a MAESE SANTIAGO.) - Como honorarios aquí le entrego un hombre
para que lo ahorque.
MAESE SANTIAGO: ¡Ay! ¿Qué hay que hacer entonces? Se me quiere colgar por mentir
ANSELMO: Señor Harpagón, hay que perdonarlo.
HARPAGÓN: ¿Pagará usted al comisario?
ANSELMO: Sí, lo haré. Corramos a compartir nuestra alegría con su madre.
HARPAGÓN: Y yo, a recuperar mi querida cofre. ¡¡Mi dinero!!