Constitución 1925
Constitución 1925
I.S.B.N.: 978-956-00-0028-6
© LOM Ediciones
Primera edición, 2009.
I.S.B.N.: 978-956-00-0028-6
Es un gran privilegio que este libro sea publicado en español. Por largo tiempo, la
literatura sobre Chile escrita en idioma inglés no ha estado disponible en español, así
como tampoco ha sido accesible para aquellos que leen primariamente en inglés el rico
trabajo académico escrito por chilenos en español. Estoy profundamente agradecida
a LOM y DIBAM por hacer posible que comparta mi trabajo más extensamente en
Chile y en otros lugares de las Américas. Ojalá su ejemplo inspire una acción recíproca
de parte de las editoriales de los Estados Unidos para que las publicaciones de los
autores latinoamericanos estén disponibles en inglés. Agradezco especialmente a Julio
Pinto por llevarle mi investigación a LOM. Le agradezco a Jacqueline Garreaud por
su excelente traducción de la publicación original, Partners in Conflict: The Politics of
Gender, Sexuality and Labor in the Chilean Agrarian Reform (Duke University Press,
2002), y a Elisa Castillo Ávalos por su edición de la misma. Mis colegas historiadoras
Soledad Zárate, Liz Hutchison y Consuelo Figueroa entregaron solidaridad y apoyo
logístico, sin los cuales este proyecto no se habría realizado.
Este libro comenzó como una tesis para mi doctorado en historia de Yale University,
pero ha sido profundamente modificado por mis experiencias y conversaciones aquí
en Chile. En realidad, inicialmente no intenté escribir una historia sobre la Reforma
Agraria, sino sobre las(los) temporeras(os) en la industria exportadora de fruta
durante el régimen militar. En 1991, tuve la gran fortuna de trabajar como asistente
de investigación para la ONG La Casa del Temporero, la cual, junto con la Iglesia
Católica, había ayudado a nutrir uno de los primeros sindicatos en Chile de trabajadores
temporeros de la fruta en el Valle de Aconcagua. Me fascinó que las mujeres estuvieran
desempeñando un papel crucial en revitalizar el movimiento laboral rural y que los
cambios en los roles de género fueran los temas principales del debate alrededor de
la olla común y en las fiestas de la comunidad.
Pero esta no fue la historia que terminé escribiendo. El heroísmo que al principio yo
trataba de forzar sobre los temporeros terminó siendo mucho más complicado y limitado
que lo que había imaginado mi narrativa romántica. En una detenida inspección,
me encontré con un radicalismo que no me parecía una respuesta automática a la
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dictadura y a la proletarización, sino más bien un rehacer de las sensibilidades sobre
la justicia social enraizadas en un momento anterior: el igualitarismo militante de la
masiva expropiación de tierras en Chile entre 1964 y 1973. En las historias orales con
los trabajadores de la fruta, tanto hombres como mujeres se referían repetidamente
a la Reforma Agraria –así como a las relaciones latifundistas que la precedían– como
el índice comparativo de sus circunstancias presentes. Aunque las opiniones de si
uno estaba mejor antes o después variaban ampliamente, había casi unanimidad
en considerar que la Reforma Agraria había intentado entregar poder político a los
trabajadores y mejorar materialmente a los pobres del campo de manera tal que
no tuvo paralelo o comparación ni antes ni después. Haya o no haya tenido éxito, la
Reforma Agraria representó un importante precedente democrático rural sobre el cual
los trabajadores temporeros se basaron para imaginar el futuro post-Pinochet.
Este libro está dedicado a presentar argumentos sobre la Reforma Agraria y para
saber por qué su memoria es importante. Se preocupa particularmente de temas de
género y de los desiguales legados que la Reforma Agraria transmitió a hombres y a
mujeres. Tanto los cambios asombrosos como los aleccionadores límites en los esfuerzos
de las temporeras contemporáneas por mantener a sus familias y por negociar una
mayor paridad con los hombres tienen sus raíces en la Reforma Agraria. Este libro
honra y critica un proyecto utópico, algunos de cuyos objetivos están todavía en el
proceso de alcanzarse.
Estoy profundamente agradecida de Gonzalo Falabella, director de la Casa
del Temporero, por invitarme a trabajar en Chile y por facilitar mi investigación
en Aconcagua. Igualmente, tengo una gran deuda con la directiva de Santa María
Sindicato Interempresa de Trabajadores Permanentes y Temporeros por incluirme en
sus actividades y ampliar mis contactos en el valle. La Confederación Unidad Obrero-
Campesina me entregó un acceso vital al amplio movimiento laboral. Sin los muchos
hombres y mujeres que generosamente compartieron conmigo sus vidas y su tiempo,
este libro no existiría. Estoy especialmente agradecida de Erika Muñoz, Olga Gutiérrez,
Daniel San Martín y Raúl Flores por su constante ayuda y apoyo, así como de Olivia
Herrera, María Tapia, María Elena Galdámez, Rosa Tolmo, Omar García, Miguel Aguilar,
Selfa Antimán, Eloi Ibacache y Jaime Muñoz. A ellos dedico esta publicación.
Este libro también está profundamente agradecido del trabajo de numerosos
académicos chilenos, especialmente Ximena Aranda, Ximena Valdés, Silvia Venegas,
Sonia Montecinos, Sergio Gómez, Gabriel Salazar y José Bengoa. Yo llegué a Chile
en un momento en que las vías de apertura de los estudios sobre las mujeres y la
vida rural se producían a través de numerosas ONG y de institutos de investigación
que servían como “universidades en las sombras” durante el régimen militar. Estoy
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particularmente agradecida por las bibliotecas y el ambiente intelectual generado
por CEM, CEDEM, FLACSO, SUR, GIA y GEA.
En Santiago, tuve el beneficio especial de la compañía y ayuda alegre e inteligente
de un grupo de académicos y amigos en la Biblioteca Nacional y en el Departamento
de Historia de la Universidad de Santiago de Chile, donde fui una investigadora
visitante. Les agradezco a Luis Ortega, Julio Pinto, Diana Veneros Ruiz-Tagle, Cecilia
Salinas, Verónica Valdivia, Priscilla Archibald, Alejandra Brito, Edda Gaviola, Teresa
Gatica, Lorena Godoy, Liz Hutchison, Miguel Kaiser, Ximena Jiles, Tom Klubock,
Corrine Pernet, Karin Rosemblatt, Ericka Verba y Soledad Zárate. En 1993, la USACH
auspició el primer taller universitario en Chile sobre Historia de la Mujer, el cual
ayudó a generar una increíble comunidad intelectual y contribuyó a la colaboración de
académicos norteamericanos y chilenos para publicar uno de los primeros volúmenes
sobre historia de género en Chile, Disciplina y desacato: Construcción de identidad en
Chile, siglos XIX y XX (SUR/CEDEM, 1995). Ese proyecto continúa sirviéndome como
modelo para el diálogo transnacional.
También estoy profundamente agradecida por la camaradería intelectual y por
las críticas de Javier Couso, Soledad Falabella, Peter Winn, Wally Goldfrank, Brian
Loveman, Lovell Jarvis, Daniel James, Temma Kaplan, Emilia da Costa, Sol Serrano,
Nancy Cott, Sandhya Shukla, Jolie Olcott, Patricia Pessar, Gil Joseph, John D. French,
Florencia Mallon, Steve Stern, Barbara Weinstein y Arnold Bauer. Agradezco al notable
personal de la Biblioteca Nacional por su inmensa paciencia y profesionalismo:
Carmen Sepúveda, José Apablaza Guerra, María Eugenia Barrientos Harbín, Fernando
Castro, Manuel Cornejo y Elda Opazo. El financiamiento de este proyecto se debe al
Social Science Research Council, la Inter-American Foundation, Mellon Foundation,
Fulbright-Hays, el American Council of Learned Societies, Yale University, y a la
University of California Irvine.
Finalmente, los agradecimientos especiales a mi familia. A Erik Kongshaug
por editar la versión original de este libro más veces de lo que merece cualquier
colaborador, y por seguirme al fin del mundo para compartir mi pasión. Aquí en Chile,
por los próximos años con nuestros hijos, Arlo y Noel, también estamos en nuestro
hogar.
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INTRODUCCIÓN
Entre 1964 y 1973, el Estado Chileno expropió casi la mitad de la tierra agrícola
del país y comenzó a distribuirla entre los campesinos. En cortos nueve años, esta
política, conocida como la Reforma Agraria, virtualmente desmanteló el sistema de
latifundio de las grandes haciendas y el sistema laboral de semipeonaje que había
dominado la agricultura chilena desde el siglo diecinueve, y cuyas raíces eran aún más
antiguas. La Reforma Agraria encendió el crecimiento explosivo de un movimiento
rural militante que, durante los mismos nueve años, reclutó un cuarto de millón de
trabajadores y le dio al campesinado pobre una voz significativa, por primera vez en
la política nacional. Incentivó masivas inversiones estatales en educación rural y salud
pública, incluyendo los primeros programas nacionales de control de la natalidad, e
inició proyectos destinados explícitamente a la movilización de los jóvenes y de las
mujeres rurales. Fueron políticas radicales con objetivos radicales.
La Reforma Agraria comenzó plenamente o propiamente bajo el gobierno reformista
del Presidente Demócrata Cristiano Eduardo Frei Montalva (1964-1970), que intentaba
hacer de los pequeños campesinos las bases para revitalizar la empresa capitalista
agraria. Este proceso fue acelerado por el Presidente Salvador Allende Gossens y el
gobierno de coalición de partidos social demócratas y marxistas de la Unidad Popular
(1970-1973), la cual buscaba usar la tenencia de tierras colectivas como base o pilar
para la creación del socialismo. A pesar de las profundas diferencias entre ambas
administraciones, tanto católicos como marxistas compartían un ardiente optimismo
respecto de que su versión de la Reforma Agraria era revolucionaria. Ambos buscaban
la salvación nacional a través de la reestructuración de la economía agraria, en darle
poder político al campesinado y en la rehabilitación moral de la sociedad rural. Este
celo reflejaba las obstinadas utopías así como los temores de la Guerra Fría de la
década de 1960. En particular para América Latina, esta fue una era estremecida por
las sacudidas que siguieron a la Revolución Cubana, y en la que numerosos países
vinculaban la reestructuración de la agricultura con la modernidad. Los resultados
iniciales en Chile fueron impresionantes. Hasta el sangriento golpe militar que derrocó
a Allende en 1973, la Reforma Agraria chilena fue, proporcionalmente, el proyecto
de reforma de la tierra más extenso y menos violento que se haya llevado a cabo por
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líderes democráticamente elegidos, sin revolución armada previa, en ningún otro lugar
de América Latina, y, posiblemente, del mundo.
Este libro es una historia sobre las mujeres y los hombres rurales antes y durante
este cambio dramático. Es una historia de cómo las relaciones de género y sexualidad
fueron centrales en las formas en que mujeres y hombres campesinos negociaban la
vida cotidiana, de cómo participaban o eran marginados de la lucha política, de cómo
eran beneficiados o dañados por el intento de rehacer radicalmente la vida rural.
Esta es, en gran medida, una historia sobre los logros reales de la Reforma Agraria
y de la dignificación de algunos de los más pobres del pueblo chileno. En vísperas
del prematuro fin de la Reforma Agraria, la vida de la mayoría de los campesinos
había mejorado notablemente. Tanto hombres como mujeres habían ganado. Los
salarios rurales se dispararon. A decenas de miles de familias campesinas se les había
garantizado el acceso a la tierra, decenas de miles más anticipaban el mismo privilegio.
Las tasas de alfabetización de hombres y mujeres habían aumentado. Los índices
de mortalidad infantil y de muerte materna habían disminuido. A través de nuevos
sindicatos, los hombres habían negociado con sus empleadores mejores condiciones
de trabajo. Por medio de nuevas organizaciones comunitarias, las mujeres habían
establecido industrias artesanales y programas educativos. Juntos, mujeres y hombres
habían luchado por acelerar las expropiaciones de tierras y por tener mejores viviendas
–y habían ganado–. Había un énfasis nuevo en la cooperación de género en la medida
que se incentivaba a los hombres a tener más respeto por sus esposas, y a las mujeres
para informarse mejor de las actividades de sus maridos. El compañerismo entre los
esposos fue definido como crítico para el éxito de la Reforma Agraria, así como para
tener la seguridad de que tanto hombres como mujeres saldrían beneficiados.
Pero este libro también es una historia sobre la desigualdad. La Reforma Agraria
en Chile dio más poder a los hombres que a las mujeres. Los hombres, no las mujeres,
fueron los receptores directos de la tierra. Los hombres, no las mujeres, constituían el
grueso de los sindicatos rurales. Los hombres, no las mujeres, fueron definidos como
los actores principales en la creación de un mundo nuevo. La mayoría de las mujeres
accedió indirectamente a los frutos de la Reforma Agraria, ya fuera como esposas e hijas
de hombres que ganaron mejores salarios, o por los que tuvieron acceso a la tierra. El
activismo de las mujeres en gran parte entregaba un apoyo colateral a las iniciativas de
los hombres. Estas disparidades emanaban del modo en que la Reforma Agraria, pese
a lo mucho que enfatizaba el beneficio mutuo, dejaba el principio de la autoridad de
los hombres sobre las mujeres fundamentalmente intacto. En particular, una versión
de la familia patriarcal permaneció fundacional a la forma en que se reconstruyó la
sociedad rural. Esto es valedero tanto en el intento democratacristiano para reformar
el capitalismo, como en el esfuerzo de la Unidad Popular para crear el socialismo.
Ambos, católicos y marxistas, percibieron la Reforma Agraria como un proceso en
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el cual los ciudadanos productores masculinos proveerían, responsablemente, a sus
hijos y esposas, aunque ahora mejor educadas y con mayor conciencia cívica. Ambos
pusieron su prioridad en vigorizar la confianza de los hombres campesinos por lograr
el liderazgo y la solidaridad necesaria para transformar la sociedad. El llamado a
“convertir al hombre campesino en su propio patrón” fue un grito compartido en las
manifestaciones. Este énfasis en reconstituir la masculinidad definió a los hombres
como los principales protagonistas de la Reforma Agraria y afirmó su poder último
sobre las mujeres al interior de una familia supuestamente armoniosa.
Sin embargo ésta no es una simple historia sobre la exclusión de las mujeres y el
triunfo de la dominación masculina. La mayoría de las mujeres se benefició mucho
por la Reforma Agraria y la mayoría aplaudió sus objetivos. Las mujeres también
participaron en su creación. A pesar de su marginalización dentro del movimiento
sindical, las mujeres jugaron roles significativos en las luchas por la vivienda, la tierra
y salarios más altos –un activismo que abrió nuevos espacios de liderazgo femenino al
interior de las comunidades rurales–. Aunque la Reforma Agraria reforzaba el principio
del liderazgo de los hombres dentro de la familia, su énfasis en el apoyo mutuo y en la
cooperación entre los esposos dio margen a que algunas mujeres desafiaran los excesos
masculinos y afirmaran sus propias necesidades. A lo menos, la mayoría de las mujeres
rurales gozó de un estándar de vida más alto durante la Reforma Agraria, y la mayoría
entendió los beneficios de los hombres como beneficios para ellas mismas.
Este libro traza las tensiones dialécticas entre la superación real de las mujeres
dentro de la Reforma Agraria y las jerarquías de género que hicieron que esa
superación fuese inferior y subordinada a la de los hombres. Relata la importancia
del trabajo de las mujeres en Chile antes de la Reforma Agraria, en ese mundo de las
grandes haciendas y de la agricultura de subsistencia, y explora la creciente validación
de la domesticidad femenina y del activismo de base familiar de las mujeres durante
la reforma. Asimismo, argumenta que éste se complementaba y contrastaba con el
énfasis de la Reforma Agraria en transformar a los hombres de serviles labradores
a productivos sostenedores de sus familias y a militantes políticos. Finalmente,
se examinan las consecuencias políticas de la diferencia de género. Disputa las
suposiciones largamente sostenidas, prevalecientes todavía tanto entre los círculos
académicos como activistas, de que las mujeres chilenas eran hostiles a las políticas
rupturistas en general y opuestas al proyecto de la Unidad Popular en particular. Este
libro sostiene que la mayoría de las mujeres rurales eran férreas defensoras de la
Reforma Agraria y que la Unidad Popular tuvo una base sólida, aunque no mayoritaria,
de apoyo de la mujer campesina a lo largo de su período. Al mismo tiempo, mantiene
que los hombres estaban mucho mejor posicionados que las mujeres para navegar entre
las turbulencias políticas de los últimos años de la Reforma Agraria, y que gozaban
de muchas más libertades sociales que las mujeres fuera del hogar. Esto hizo a las
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mujeres cada vez más temerosas de las consecuencias de la lucha de clases y debilitó
su habilidad para moldear plenamente a la Reforma Agraria como proyecto.
La Reforma Agraria chilena fue singular, pero no única. Durante el siglo veinte,
una variada gama de liderazgos políticos emprendió reformas agrarias a través
del mundo con el propósito de estimular el desarrollo nacional y modernizar las
poblaciones rurales supuestamente atrasadas. La reforma agraria estuvo al centro de
todas las revoluciones populares más importantes desde 1900, incluyendo aquellas de
México, Rusia, China, Cuba y Nicaragua. La masiva distribución de la tierra en formas
comunales de propiedad fue definida como la clave para convertir a los campesinos
en trabajadores-ciudadanos, y para la construcción del socialismo (o, en el caso de
México, para proteger a los campesinos y la soberanía económica). Sorprendentemente,
la idea de que el Estado podía legítimamente expropiar tierras en nombre del bien
común ganó una amplia aceptación en el mundo capitalista. A través de América
Latina y Asia –incluyendo Venezuela, Perú, Brasil, Indonesia y las Filipinas– numerosas
reformas agrarias fueron parte de un esfuerzo liderado por los Estados Unidos durante
la Guerra Fría para prevenir las atracciones del comunismo al incentivar un desarrollo
capitalista estable. La reforma agraria pretendía romper los monopolios supuestamente
feudales de tierras, reemplazándolos por granjas familiares competitivas que podrían
satisfacer el consumo doméstico, alentar la industrialización y propagar los valores
democráticos.
La Reforma Agraria en Chile compartió elementos de ambos modelos, el capitalista
y el revolucionario. Comenzó como un esfuerzo para rehabilitar el capitalismo y llegó
a ser un proyecto para construir el socialismo. Bajo Frei, fue fuertemente financiada
y muy celebrada por los Estados Unidos; bajo Allende, el gobierno norteamericano
la consideró una amenaza comunista y una justificación para apoyar un golpe militar.
Como las reformas agrarias de otras latitudes, la Reforma Agraria chilena, en ambas
fases, fue dirigida fuertemente por el gobierno desde arriba, reflejando la confianza,
compartida tanto por sus promotores socialistas como capitalistas, de que el Estado
tenía que jugar un rol crucial en la transformación de la sociedad. Sin embargo, como
ocurrió en los proyectos revolucionarios, aunque menos en los capitalistas, la Reforma
Agraria chilena, en sus dos momentos, incentivó la movilización de masas campesinas y
generó un intenso conflicto de clases. Similar a México en las décadas de 1930 y 1940,
a China en los años de 1950, y a Cuba en l960, el crecimiento explosivo del movimiento
sindical en Chile ayudó a los campesinos a desafiar exitosamente y, en muchos casos,
a desplazar a sus dominadores. La adquisición de poder por arte del campesinado
fue significativa aun durante la Reforma Agraria de Frei, una excepción entre los
proyectos capitalistas, en los cuales los gobiernos generalmente se preocupaban por
los sindicatos campesinos nada más que para consolidar el poder del Estado. Al mismo
tiempo, incluso bajo Allende, la movilización campesina en Chile se desarrolló de un
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modo bastante diferente a otros proyectos revolucionarios. A diferencia de lo ocurrido
en México, la URSS, China o Cuba, los sindicatos chilenos nunca fueron controlados
directamente por el Estado, sino, por el contrario, estaban compuestos de múltiples
tendencias que competían a través de un amplio espectro político de Centro-Izquierda.
Esto hizo más fácil para segmentos del movimiento laboral desafiar el poder estatal,
cuestionar decisiones y modelar el curso de la Reforma Agraria desde abajo.
Fue igualmente asombroso que tal movilización de gente pobre y tal redistribución
de la riqueza tuviera lugar dentro del contexto de una democracia capitalista. La
Reforma Agraria en Chile, en ambas fases, fue implementada bajo condiciones de
pluralismo político a través de leyes e instituciones establecidas para proteger la
propiedad privada, y sin una derrota previa de las clases propietarias. Esto significó
que la tierra tenía que ser expropiada y redistribuida mediante leyes aprobadas por
el Congreso e interpretadas por los tribunales, organismos en los cuales continuaban
sirviendo poderosos hacendados y otras elites. Estas condiciones hacían que los planes
de Allende para construir el socialismo fueran especialmente extraordinarios ya que, a
diferencia de otros modelos revolucionarios, la Unidad Popular intentó desmantelar el
capitalismo sin el control pleno (ni siquiera mayoritario) del poder del Estado. Durante
el período 1970-1973, una coalición diversa de opositores de elite y clase media pudo
organizarse abiertamente en contra de Allende y controlar el Congreso, los medios
de comunicación e importantes sectores de las fuerzas armadas. Como muchos dirían
en retrospectiva, esta situación contribuyó en mucho al derrocamiento de la Unidad
Popular, arrojando dudas sobre la viabilidad de crear el socialismo sin una revolución
previa. Sin embargo, es quizás más notable que, dadas las restricciones, la Reforma
Agraria de la Unidad Popular haya sido tan radical y tan exitosa como lo fue.
La excepcionalidad de la Reforma Agraria chilena creó una proliferación de
comentarios y estudios académicos en las décadas de 1960 y 1970. Antes del golpe de
Estado de 1973, hubo una esperanza generalizada de que la escala de las expropiaciones
de tierras, combinada con extensos programas de asistencia social y sindicalización
campesina, entregaría un modelo para la modernización y la democracia en otras partes
del hemisferio. Cientistas sociales y especialistas en desarrollo económico planificaban
las conexiones entre la expropiación de la tierra y la producción nacional, trazaban el
crecimiento de las organizaciones laborales y la participación cívica de los campesinos,
y predecían los cambios en el comportamiento y los valores rurales1. La mayoría de
1
Jacques Chonchol, El Desarrollo de América Latina y la reforma agraria. Santiago: Pacífico, 1964;
Pablo Ramírez, Cambio de las formas de pago a la mano de obra agrícola. Santiago: ICIRA, 1968; Raúl
Atria, “Actitudes y valores del campesino en relación a las aldeas de reforma agraria”, Cuaderno de
Sociología 2, 1969; David Alaluf (ed.), Reforma agraria chilena: seis ensayos de interpretación. Santiago:
ICIRA, 1970; Jaime Gazmuri, Asentamientos campesinos, una evaluación de los primeros resultados de la
reforma agraria en Chile. Buenos Aires: Troquel, 1970; Solon Barraclough y José Antonio Fernández,
(continúa en la página siguiente)
13
los investigadores eran chilenos ubicados en prestigiosas universidades en Santiago
o en agencias sin fines de lucro fundadas por las Naciones Unidas. Otros eran países
del exterior, incluyendo varios de América Latina y de Europa. Un gran contingente
contratado por agencias del gobierno de Estados Unidos operaba en el espíritu, y
a menudo con el financiamiento, de la Alianza para el Progreso, una iniciativa del
Departamento de Estado destinada a incentivar el desarrollo a través de toda América
Latina2. El clima intelectual estaba intensamente influido por los acontecimientos
en Cuba y los debates sobre la modernización. La teoría, en gran parte basada en
Estados Unidos, de que la política económica keynesiana y los incentivos empresariales
estimularían etapas de desarrollo, fue perdiendo terreno rápidamente frente a la crítica
de base más latinoamericanista sobre el imperialismo y la dependencia económica.
Las inclinaciones políticas y las prescripciones de planificación variaban ampliamente,
pero todos compartían la esperanza común en el desarrollo conducido por el Estado y
en la creencia de que alguna versión de la Reforma Agraria podría tener éxito.
Después del derrocamiento de Allende ese optimismo se agrió. Las discusiones
sobre la Reforma Agraria fueron reformulados como narrativas de fracaso. La urgencia
política de explicar por qué había ocurrido el golpe les dio un cierto sentido sobre-
determinante a los estudios académicos (ya se sabía que la historia terminaba mal) y
sugirió que la Reforma Agraria era a la que había que culpar. Pero produjo también
Diagnóstico de la reforma agraria chilena. México, D.F.: Siglo Veintiuno, 1974; Solon Barraclough,
Chile, reforma agraria y gobierno popular. Buenos Aires: Periferia, 1973; Hugo Ortega Tello, Efectos
de la reforma agraria sobre las técnicas de producción, 1965-1970. Santiago: Centro de Estudios de
Planificación Nacional, Universidad Católica, 1975.
2
William Thiesenhusen, Chile’s Experiment in Agrarian Reform. Madison: University of Wisconsin Press,
1966; Robert Kaufman, The Chilean Political Right and Agrarian Reform. Washington D.C.: Institute for
the Comparative Study of Political Systems, 1965, y The Politics of Land Reform in Chile, 1950-1970.
Cambridge: Harvard University Press, 1972; F. Broughton, “Chile: Land Reform and Agricultural
Development”, tesis doctoral, University of Liverpool, 1970; Wayne Ringlen, “Economic Effects of
Chilean National Expropriation Policy on the Private Commercial Farm Sector, 1964-1969”, tesis
doctoral, University of Maryland, 1971; James Petras y Robert LaPorte, Jr., Cultivating the Revolution:
United States and Agrarian Reform in Latin America. New York: Random House, 1971; Clifford Smith
(ed.), Studies in Latin American Agrarian Reform. Liverpool: Centre for Latin American Studies,
1974. Uno de los estudios más importantes en los EEUU sobre la reforma agraria chilena fue hecho
por intelectuales afiliados con el Land Tenure Center (LTC) en la Universidad de Wisconsin. Véase
William Thiesenhusen, The Possibility of Gradualist Turnover of Land in Agrarian Reform Programs in
Chile. Madison: LTC, 1966; Grassroots economic pressures in Chile: An Enigma for Development Planners.
Madison: LTC, 1968; University of Wisconsin Land Tenure Center, Chile’s Experiments in Agrarian
Reform. Madison: LTC, 1967; Terry McCoy, The Politics of Structural Change in Latin America: The
Case of Agrarian Reform in Chile. Madison: LTC, Reprint Nº 37, 1969; David Stanfield, Methodological
Notes on Evaluating the Impact of Agrarian Reform in Chile’s Central Valley. Santiago: LTC, 1973; David
Stanfield y Marion Brown, Proyecto de cambios socio-económicos en cien predios del sector rural en Chile.
Santiago: LTC, sin fecha; Tom Bossert y David Stanfield, The Role of Participation and Campesino
Consciousness in the Chilean Agrarian Reform. Madison: University of Wisconsin LTC, 1974.
14
muchos estudios excelentes con una apreciación crítica de las contradicciones de
la Reforma Agraria. En particular, los investigadores se alejaron del funcionalismo
mecánico de la temprana literatura sobre el desarrollo y enfatizaron la Reforma
Agraria como un proceso de conflicto de clases y de lucha política. Autores tales como
Solon Barraclough, José Antonio Fernández, Jorge Echenique, Sergio Gómez, Cristóbal
Kay, Brian Loveman, José Bengoa, Patricio Silva, entre otros, pusieron atención en los
modos en los que la redistribución de la tierra había intensificado la estratificación
social en el campo al privilegiar a algunos campesinos sobre otros3. Aunque muchos de
estos autores apoyaban los objetivos de la Unidad Popular, criticaron profundamente
al gobierno de Allende por no haber movilizado a los trabajadores afuerinos, una
potencial base de apoyo radical, así como por la incomprensión sobre el deseo de
muchos campesinos por lograr formas individuales de posesión de la tierra en lugar de
las comunales. Los académicos pusieron un énfasis particular en el rol del movimiento
laboral rural. Aún cuando veían a los sindicatos como un signo positivo de la entrega
del poder al campesinado, argumentaban que la polarización política exacerbaba
las divisiones entre los campesinos y les alentaba a declarar huelgas y ocupaciones
de tierras de manera independiente y a menudo contraria al interés del gobierno.
Se implicaba que este conflicto minaba la legitimidad de la Reforma Agraria y que
contribuyó al golpe militar4.
3
Barraclough y Fernández, (1974); Jorge Echenique, La Reforma agraria chilena. México: Siglo XXI, 1975;
Sergio Gómez, Los Empresarios agrícolas. Santiago: ICIRA, 1972, Organizaciones rurales y estructuras
agrarias. Santiago: FLACSO, 1980, “Los Campesinos beneficiados por la reforma agraria chilena:
Antecedentes, diferenciación, y percepción campesina”, Estudios rurales latinoamericanos 4 (1981):
69-88; Brian Loveman, Struggle in the Countryside: Politics and Rural Labor in Chile. Bloomington:
University of Indiana Press, 1976; Kyle Steeland, Agrarian Reform Under Allende. Albuquerque:
University of New Mexico Press, 1977; Ian Roxborough, “The Political Mobilization of Farm Workers
During the Chilean Agrarian Reform, 1971-1973: A Case Study”, tesis doctoral, University de
Wisconsin, 1977; Ian Roxborough, Philip O’Brien, Jackie Roddick, Michael González, Chile: The State
and Revolution. New York: Holmes and Meir, 1977; Peter Winn y Cristóbal Kay, “Agrarian Reform
and Rural Revolution in Allende’s Chile”, Journal of Latin American Studies 6, mayo, 1974: 1940-1953;
Cristóbal Kay, “Agrarian Reform and the Class Struggle in Chile”, Latin American Perspectives 18,
verano, 1978: 117-137. Véase también James Petras y Hugo Zemelman Merino, Peasants in Revolt.
Austin: University of Texas Press, 1972; Peter Marchett, “Workers Participation and Class Conflict
in Worker-Managed Farms: The Rural Question in Chile”, Ph.D. ponencia, University of Michigan,
1977.
4
José Garrido, Cristián Guerrero, María Soledad Valdés, Historia de la reforma agraria en Chile.
Santiago: Editorial Universitaria, 1988; María Antonieta Huerta, Otro Agro para Chile: La Historia
de la reforma agraria en el proceso social y político. Santiago: CISEC-CESOC, 1989; Cristóbal Kay y
Patricio Silva (eds.), Development and Social Change in the Chilean Countryside. Amsterdam: CEDLA,
1992; William Thiesenhusen, Broken Promises: Agrarian Reform and the Latin American Campesino.
Boulder: Westview Press, 1995; Cristóbal Kay, “¿El Fin de la reforma agraria en América Latina? El
legado de la reforma agraria y el asunto no resuelto de la tierra”, Revista Mexicana de Sociología 60,
nº 4, 1998: 61-98.
15
Sorprendentemente, las mujeres están ausentes de estos relatos. La mayoría de
las investigaciones sobre la Reforma Agraria en Chile son historias solamente acerca
de hombres –la lucha de los hombres por la tierra, la entrega de poder a los hombres
en los sindicatos, los conflictos de los hombres en vísperas del régimen militar–.
Esto refleja parcialmente el énfasis real de la Reforma Agraria en los hombres: los
funcionarios de gobierno y los líderes sindicales muy rara vez mencionan a las mujeres;
los documentos sobre las actividades en las huelgas y los asentamientos administrados
por el Estado dicen poco sobre una presencia femenina. Pero la omisión de las mujeres
se deriva también de una cierta aceptación por parte de los investigadores de que la
focalización de la Reforma Agraria en los hombres era natural y obvia, y no ameritaba
una investigación analítica. Se deriva igualmente de la suposición generacional
–compartida en ese momento por los eruditos a través de las disciplinas académicas y
de los límites nacionales– de que la investigación sobre las mujeres era algo separado
de la sociología de la economía agraria, y de que las historias sobre los hombres
podían servir como la historia general de una época. En la mayoría de los relatos
de la Reforma Agraria en Chile, los términos “campesino” y “peón” implícitamente
designaban personajes masculinos, pero simultáneamente se referían a “los pobres
del campo” como un todo. Esto sugiere, inconscientemente, que las mujeres nunca
fueron actores en la Reforma Agraria y que las experiencias históricas de las mujeres
eran las mismas que las de los hombres.
Unos pocos trabajos pioneros feministas sobre las vidas de las mujeres rurales
hicieron muy importantes modificaciones en esta narrativa. Tanto Patricia Garrett como
Ximena Valdés arguyeron que la Reforma Agraria chilena ofreció pocos beneficios a
las mujeres y pocas razones para que apoyaran al gobierno que la defendía5. Ellas
sostienen que la política de redistribución de la tierra a los jefes de hogar, quienes
invariablemente eran hombres, impidió que las mujeres recibieran tierras y que el
machismo generalizado les impidió participar en los sindicatos. Argumentaron que la
mínima organización femenina que tuvo lugar sirvió para reforzar los roles tradicionales
de las mujeres como dueñas de casa y que hizo poco por conectarlas a un proceso
político más amplio. Una investigación como la de Garrett, efectuada a comienzos de
la década de 1970, es particularmente notable, ya que no solo fue contemporánea a la
corriente académica más establecida que focalizaba la Reforma Agraria en los hombres,
sino también porque fue la primera en explicar e impugnar las consecuencias de la
5
Patricia Garrett, “Growing Apart: The Experiences of Rural Men and Women in Central Chile”, Ph.D.
ponencia, University of Wisconsin Madison, 1978; y, “La Reforma agraria, organización popular y
participación de la mujer en Chile”, en: Magdalena León (ed.), Las Trabajadoras del agro. Bogotá:
ACEP, 1982; Ximena Valdés, Sinopsis de una realidad oculta: Las Trabajadoras del campo. Santiago:
CEM, 1987; y Mujer, trabajo, y medio ambiente: Los Nudos de la modernización agraria. Santiago: CEM,
1992.
16
supremacía de los hombres6. Garret señalaba que: “Sintomático del problema en Chile
es que la unidad efectiva de análisis ha sido el jefe de hogar masculino. La mayoría
de la población –la joven, la vieja, y la femenina– no tiene existencia analítica (…)
sugiere que algo está fundamentalmente equivocado con el modelo”7.
Los relatos feministas sobre Chile se hacen eco de demandas de otras feministas
acerca de los pocos beneficios que las mujeres han obtenido en las reformas agrarias
de otros lugares del mundo. En sus excelentes estudios comparativos sobre las
reformas agrarias de América Latina, Carmen Diana Deere y Magdalena León también
plantean que la mayoría de las campesinas fueron excluidas de los beneficios de la
reforma agraria porque las políticas se enfocaron solamente en entregar poder a los
jefes de hogar masculinos8. Esto significó que la mayoría de las reformas agrarias
–incluyendo aquellas en Perú, Colombia, Venezuela, República Dominicana, así como
Chile–redistribuyeron tierras y apoyo tecnológico casi exclusivamente a los hombres.
Las autoras encontraron excepciones solo en la Cuba revolucionaria y en Nicaragua,
donde el Estado hizo del acceso de la mujer a la tierra un objetivo específico de la
política agraria, y donde las responsabilidades domésticas de las mujeres fueron
abordadas o enfrentadas o resueltas a través de la provisión de cuidado infantil y
otros servicios.
Sin embargo, aun en el caso de las reformas agrarias socialistas, la mayoría de las
evaluaciones feministas han sido pesimistas. A pesar del optimismo inicial acerca
de que las revoluciones en Rusia, China, Cuba y Nicaragua tenían un potencial
emancipador para las mujeres porque todas identificaran la igualdad de género como
un objetivo principal, la mayoría de las feministas concluyen que las reformas agrarias
socialistas eventualmente beneficiaron mucho más a los hombres que a las mujeres9.
En casos donde la tierra fue redistribuida a las familias (en las primeras etapas de
6
Armand y Michele Mattelart, La Mujer chilena en una nueva sociedad. Santiago: Pacífico, 1968; M.
Ferrada e Y. Navarro, “Actitud del hombre y la mujer campesinos frente a la participación de la mujer
en cooperativas campesinas”, Tesis Escuela de Trabajo Social, Universidad Católica, 1968; María
Angélica Giroz y Ana María López, “Evaluación del proceso de integración de la mujer campesina en
las organizaciones de base, cooperativas y sindicatos”, Tesis Escuela de Trabajo Social, Universidad
Católica, 1969.
7
Garrett (1978): 255.
8
Carmen Diana Deere y Magdalena León (eds.), La Mujer y la política agraria en América Latina.
México D.F.: Siglo XXI, 1986; y Rural Women and State Policy: Feminist Perspectives on Latin American
Agricultural Development. Boulder: Westview Press, 1987.
9
Ruth Sidel, Women and Childcare in China. Baltimore: Penguin Books, 1972; Sheila Rowbotham,
Women, Resistance, and Revolution. New York: Vintage, 1974; Margaret Randall, Examen de la opresión
y la liberación de la mujer. Bogotá: América LATINA, 1976; Claudie Broyelle, Women’s Liberation in
China. Atlantic Highlands, N.J.: Humanities Press, 1977; Nicole Murray, “Socialism and Feminism:
Women and the Cuban Revolution”, Parte I y II, Feminist Review, 1979; Margaret Randall y Lynda
Yanz (eds.), Sandino’s Daughters, Vancouver: New Star Books, 1981.
17
la reforma agraria en URSS, China y en regiones específicas de Nicaragua y Cuba),
los jefes de hogar masculinos, abrumadoramente, continuaron funcionando como los
depositarios de la tierra10. Después de la colectivización forzada y de la creación de
granjas estatales en la URSS y en China, multitudes de mujeres entraron a formar
parte de la mano de obra agrícola y lejos sobrepasaron a los trabajadores hombres
hacia mediados del siglo veinte. No obstante, los hombres continuaron teniendo los
trabajos más prestigiosos y mejor pagados, así como el liderazgo de los sindicatos, de
las asambleas de granjas estatales y de los grupos de asesoría al gobierno11. Más aún,
ya que un mayor empleo agrícola de las mujeres en la URSS y en China resultaba de los
esfuerzos del Estado para empujar a los hombres a los supuestamente más modernos
y especializados sectores de la industria y la minería, la reforma agraria replicó las
jerarquías de género como una necesidad macroeconómica.
Las feministas también cuestionaron el compromiso del socialismo por crear
igualdad de género en la familia. Ellas destacaban que durante los tiempos de tensión
política y económica, la URSS, China, Cuba y Nicaragua redujeron los recursos para el
cuidado de niños y otros programas destinados a aliviar las tareas domésticas de las
mujeres, y que se hizo muy poco para reeducar a los hombres respecto de los nuevos
roles de las mujeres o para compartir responsabilidades domésticas12. El precursor
10
Norma Diamond, “Collectivization, Kinship and the Status of Women in Rural China”, Bulletin of
Concerned Asian Scholars 7, Nº 1, enero – marzo, 1975: 25-32; Kay Ann Johnson, Women, the Family and
Peasant Revolution in China. Chicago: University of Chicago Press, 1983; Judith Stacey, Patriarchy and
Socialist Revolution in China. Berkeley: University of California Press, 1983; Elisabeth Croll, Women
and Rural Development in China. Geneva: International Labor Office, 1985; Susan Bridger, Women
in the Soviet Countryside. New York: Cambridge University Press, 1987; Laura Enríquez, Harvesting
Change: Labor and Agrarian Reform in Nicaragua. Chapel Hill: University of North Carolina Press,
1991; Beatrice Farnsworth y Lynne Viola (eds.), Russian Peasant Women. New York: Oxford University
Press, 1992; Margaret Randall, Gathering Rage: The Failure of Twentieth Century Revolutions to Develop
a Feminist Agenda. New York: Monthly Review, 1992; Elizabeth Wood, Baba and the Comrade: Gender
and Politics in Revolutionary Russia. Bloomington: University of Indiana Press, 1997; Aviva Chomsky
y Aldo Lauria-Santiago, Identity and Struggle at the Margins of the Nation-State. Durham: Duke Univ.
Press, 1998.
11
Delia Davin, Woman-Work: Women and the Party in Revolutionary China. Oxford: Clarendon Press,
1976; Vivienne Shue, Peasant China in Transition: The Dynamics of Development toward Socialism,
1949-1956. Berkeley: University of California Press, 1980; Bridger, Women in the Soviet Countryside;
Roberta Manning, “Women in the Soviet Countryside on the Eve of World War II, 1935-1940”, en:
Farnsworth y Viola (1992): 206-235.
12
Beatrice Farnsworth, “Village Women Experience the Revolution”, en: Farnsworth y Viola (1992): 145-
166; Lynne Viola, “Bab’i Bunty and Peasant Women’s Protest During Collectivization”, en Farnsworth
y Viola (1992): 189-205; Muriel Nazarri, “The Woman Question in Cuba: Material Constraints on
its Solution”, SIGNS: Journal of Women in Culture and Society 9, Nº 2, 1983; Maxine Molyneaux,
“Mobilization Without Emancipation: Women’s Interests and the State in Nicaragua”, Feminist Studies
11, 1985: 227-254; y “The Politics of Abortion in Nicaragua: Revolutionary Pragmatism or Feminism
in the Realm of Necessity?”, Feminist Review 29, mayo, 1988: 114-131.
18
trabajo de Judith Stacey sobre la China rural agudizó muchos de estos reclamos en un
argumento explícito sobre el patriarcado que merece una mención especial13. Stacey
sostiene que la extensión de los derechos patriarcales a los hombres pobres –lo que ella
denomina “patriarcado democrático”– fue la base de la lealtad campesina masculina
a la Revolución China. Stacey afirmaba que aunque la Revolución abolió algunas de
las formas más extremas de la subordinación femenina (el concubinato y el fajado de
pies), las políticas rurales permitieron a los hombres campesinos ejercer autoridad
sobre las mujeres dentro de una versión moderna de la familia. Las reformas iniciales
más radicales que daban a las mujeres mayor autoridad en el matrimonio y acceso al
divorcio y al aborto fueron reducidas con el fin de que se mantuviera la prerrogativa
masculina14. El trabajo más reciente de Mary Kay Vaughan sobre México tiene
argumentos similares. Haciéndose eco de la útil percepción de Susan Besse sobre el
rol moderno del Estado en Modernizando el patriarcado en Brasil, Vaughan argumenta
que la reforma agraria de México apoyaba el privilegio político y económico de los
hombres sobre las mujeres, en tanto concedía la nueva gestión y validación de las
mujeres como dueñas de casa higiénicas15.
Los estudios académicos feministas sobre la reforma agraria, junto con el enfoque
más amplio sobre el género y el trabajo dentro de los estudios feministas, ha sido crucial
para reelaborar viejos paradigmas con el fin de entender el trabajo y la producción.
Desde hace mucho las contribuciones feministas han sido incorporadas a los estudios
laborales e historias sociales. Las feministas han insistido en que las políticas estatales
no son neutras, aun cuando no se dirijan específicamente a hombres y mujeres como
grupos diferentes. Ellas han reiterado la afirmación fundamental de Ester Boserup en
1970 de que los proyectos de desarrollo económico impactan a hombres y mujeres de
manera desigual16. Aún más importante, han ubicado las relaciones de género dentro
del hogar como el centro de la discusión. Dichas autoras han subrayado que la exclusión
de las mujeres de los beneficios de la reforma agraria se deriva de su inalterada
responsabilidad sobre los niños y el hogar, y por las maneras en que la posición más
privilegiada de los hombres dentro de la familia se traducen en oportunidades políticas
y económicas superiores fuera del hogar. El enfoque analítico sobre el patriarcado ha
13
Stacey (1983).
14
Neil Diamant, Revolutionizing the Family: Politics, Love, and Divorce in Urban and Rural China, 1949-
1968. Berkeley: University of California, 2000.
15
Susan K. Besse, Restructuring Patriarchy: The Modernization of Gender Inequality in Brazil, 1914-1940.
Chapel Hill: Univ. of North Carolina, 1996; Mary Kay Vaughan, “Modernizing Patriarchy: State Policies,
Rural Households, and Women in Mexico, 1930-1940”, en Elizabeth Dore y Maxine Molyneaux (eds.),
Hidden Histories of Gender and the State in Latin America. Durham: Duke University Press, 2000: 194-
214; y Cultural Politics in Revolution: Teachers, Peasants, and Schools in Mexico (1930-1940). Tuscon:
University of Arizona Press, 1997.
16
Ester Boserup, Women’s Role in Economic Development. New York: St. Martin’s Press, 1970.
19
subrayado cómo las desigualdades de género se deriven del poder de los hombres sobre
las mujeres, no meramente de las diferencias entre lo que hacen hombres y mujeres.
En particular, la atención de las investigadoras en temas tales como el matrimonio y
el aborto en tanto espacios de subordinación ha sugerido que las organizaciones de la
sexualidad indican sobre quién obtiene la tierra o quién tiene una voz política17.
Este libro se apoya en todos estos argumentos, y su preocupación principal es
este último tema: la conexión entre la sexualidad y el modo cómo la política adquiere
perspectiva de género. La sexualidad es crucial para entender cómo funciona el género.
La mayoría de las investigaciones feministas sobre la reforma agraria, así como los
estudios laborales feministas en general, han enfatizado las divisiones laborales de
género en el hogar como la causa de la marginalización de las mujeres. Pero poco
se ha dicho acerca de por qué, para comenzar, se les asigna a las mujeres el trabajo
doméstico; y por qué esas tareas son devaluadas respecto a las de los hombres; y cómo
esas divisiones del trabajo provienen de la autoridad de los hombres sobre las mujeres.
En otras palabras, lo que crea la diferencia de género y lo que estructura tal diferencia
como dominación masculina, ha pasado largamente inexplorado. Puesto de otro modo,
en el caso de la mayoría de los estudios agrarios y laborales, se ha dicho muy poco
acerca del patriarcado y de qué lo hace funcionar.
Este libro entiende que el poder patriarcal se trata fundamentalmente de la
sexualidad; particularmente, pero no exclusivamente, de la autoridad sexual de los
hombres sobre las mujeres. El género –la construcción ideológica de lo masculino y lo
femenino como diferente y desigual– está moldeado centralmente por la sexualidad. La
sexualidad refiere a significados y prácticas culturales más amplias construidas a través
del tiempo y en contra de las ideas sobre el cuerpo sensual y, a mediados del siglo veinte
en el Chile rural, en relación al sexo heterosexual y procreador. La sexualidad opera
como una práctica concreta e ideológica cuyos parámetros se generan al interior de la
historia de las clases. La sexualidad se manifiesta en múltiples prácticas, incluyendo
el noviazgo, el galanteo, el matrimonio, el intercambio sexual comercial e informal,
la reproducción humana, el lucimiento corporal, y el vasto terreno del placer, del
humor, la competencia sobre la acción y las oportunidades sexuales. La sexualidad
no es menos social ni menos históricamente creada que el género, pero es diferente y
es fundamental para saber cómo funciona el género, es de donde el género adquiere
gran parte de su propio significado.
Este concepto de la sexualidad induce a un diálogo entre dos amplias tradiciones
del pensamiento feminista. Se aproxima a la antigua preocupación del feminismo
radical y psicoanalítico con la sexualidad como la fundación de la opresión de género.
17
Bridger, “Women in the Soviet Countryside”, en: Farnsworth y Viola (1992); Johnson (1983); Diamond
(1975); Wood (1997); Davin (1976); Shue (1980).
20
Construye un puente entre esta preocupación y el énfasis del feminismo marxista sobre
la intersección del género y la clase y, en particular, sobre la dialéctica del patriarcado
y el capitalismo. Al reafirmar la importancia de la sexualidad en el patriarcado, y
al mantener al patriarcado conectado a la vida material de clase, propone que la
sexualidad debería tener una centralidad en los análisis feministas materialistas,
lo cual a menudo ha faltado18. Esta aproximación se agrega a la discusión reciente
y revitalizada sobre el patriarcado y la cultura política en la historia de América
Latina, pero reenfoca el debate específicamente sobre problemas laborales y reforma
agraria19. A su vez, contribuye a una creciente e importante literatura sobre género y
historia laboral, como algo distinto del estudio basado exclusivamente en el trabajo
femenino20.
Entre 1950 y 1973, la sexualidad fue fundamental para el significado de la
masculinidad y de la femineidad en el Chile rural. La sexualidad fue clave respecto
de cómo los hombres y las mujeres fueron constituidos como seres con perspectiva
de género dentro del sistema de latifundio y, más tarde, dentro de la Reforma
Agraria; fue subyacente al por qué las mujeres fueron incorporadas desigualmente a
la fuerza laboral y a la lucha política. En particular, la supuesta “naturalidad” de la
autoridad sexual de los hombres sobre las mujeres condicionó divisiones de trabajo
con perspectiva de género, y condicionó el consenso entre los partidos y los sindicatos
rurales a través del espectro político en el sentido que la participación femenina en
las luchas laborales debía circunscribirse a los roles de las mujeres como esposas y
madres. Fundamentó la creencia tanto de los democratacristianos como los partidarios
de la Unidad Popular de que el enfoque principal de la Reforma Agraria debía ser
18
Annette Kuhn y Ann Marie Wolpe (eds.), Feminism and Materialism: Women and Modes of Production.
London: Routledge Press, 1978; Christine Delphy, Close to Home: A Materialist Analysis of Women’s
Oppression. Auckland: Hutchison Ltd., 1984; Michele Barrett, Women’s Oppression Today: Problems in
Marxist Feminist Analysis. London: Verso Press, 1988; Carole Pateman, The Sexual Contract. Stanford:
Stanford University Press, 1988.
19
Steve J. Stern, The Secret History of Gender: Women, Men, and Power in late Colonial Mexico. Chapel
Hill: Univ. North Carolina Press, 1995; Besse (1996); Eileen Findlay, Imposing Decency: The Politics
of Sexuality and Race in Puerto Rico,1870-1920. Durham: Duke Univ. Press, 1999; Ximena Valdés y
Kathya Araujo, Vida privada: Modernización agraria y modernidad. Santiago: CEDEM, 1999; Sueann
Caulfield, In Defense of Honor: Sexual Morality, Modernity, and Nation in Early Twentieth Century
Brazil. Durham: Univ. of North Carolina Press, 2000; Dore y Molyneaux (2000); Karin Alejandra
Rosemblatt, Gendered Compromises: Political Cultures and the State in Chile, 1920-1950. Chapel Hill:
Univ. of North Carolina Press, 2000.
20
John D. French y Daniel James (eds.), The Gendered World of Latin American Women Workers. Durham:
Duke Univ. Press, 1997; Thomas Miller Klubock, Contested Communities: Class, Gender and Politics in
Chile’s Teniente Copper Mine, 1904-1951. Durham: Duke Univ. Press, 1998; Anne Farnsworth-Alvear,
Dulcinea in the Factory: Myths, Morals, Men and Women in Colombia’s Industrial Experiment, 1905-
1960. Durham: Duke Univ. Press, 2000; Elizabeth Quay Hutchison, Labors Appropriate to Their Sex:
Gender, Work, and Politics in Urban Chile, 1900-1930. Durham: Duke Univ. Press, 2001.
21
entregarles poder a los campesinos hombres. Finalmente, la sexualidad fue una matriz
central dentro de la cual mujeres y hombres campesinos adoptaron y debatieron los
parámetros de la Reforma Agraria. Los hombres y las mujeres rurales entendieron
las desigualdades sociales entre el poder masculino y el femenino de manera sexual.
Dieron la bienvenida o resistieron la reforma de la tierra y la movilización laboral
dependiendo de los riesgos y las oportunidades sexuales que ellos asociaban con
dicho cambio.
El patriarcado, y la forma en que es construido por la sexualidad, no implica la
pasividad de las mujeres ni una exclusión inevitable. Las mujeres no fueron ni pasivas
ni excluidas de la Reforma Agraria en Chile. En realidad, mucha de la energía de este
libro está dedicada a recobrar justamente cuánto significaron las actividades de las
mujeres para la Reforma Agraria y cuánto se beneficiaron las mujeres de ella. En este
sentido, el libro se aleja significativamente de los trabajos feministas anteriores que
sostenían que las mujeres fueron dejadas fuera. Esta divergencia se genera por los
cambios generacionales del pensamiento feminista sobre el patriarcado. En los primeros
trabajos académicos, el patriarcado invocaba un sistema coherente de dominación
masculina que funcionaba para subordinar a la mujer a lo largo de la sociedad. Dada la
necesidad de romper las narrativas triunfalistas sobre el progreso masculino, así como
de reducir la hostilidad hacia los paradigmas feministas, las feministas enfatizaron la
prominente penetración de la influencia del patriarcado21. Más recientemente, y en
respuesta a los debates al interior de los círculos feministas sobre la diversidad y el
postmodernismo, las feministas han puesto el énfasis en la naturaleza contradictoria
y heterogénea del patriarcado. En este libro, no se entiende el patriarcado como una
camisa de fuerza, sino como una multiplicidad de arreglos que se derivan de amplios
principios que legitiman la autoridad de los hombres sobre las mujeres. Tales arreglos
no están ligados automáticamente, sino constantemente negociados y cambiados. Este
concepto más dinámico del patriarcado permite reconocer que, mientras la Reforma
Agraria erosionaba algunas formas de dominación masculina (el sentido del derecho
de los hacendados sobre el cuerpo de las mujeres rurales), reforzaba otras (el rol de
los hombres campesinos como proveedores del hogar). También permite tener en
consideración los cambios en los grados de dominación masculina y cómo las acciones
de las mujeres afectan esos cambios.
Este libro replantea viejas preguntas. El trabajo académico inicial preguntaba si
las reformas agrarias trataban a las mujeres con igualdad y si el socialismo liberaba a
las mujeres. Ambas son preguntas importantes, y ambas fueron respondidas diciendo
que no fue así. Nuestra investigación pregunta si la reforma agraria, incluyendo su
versión socialista, hizo más fácil que las mujeres vivieran y negociaran al interior del
21
Johnson (1983); Stacey (1983); Molyneaux (1985).
22
patriarcado. Responde que, en muchos aspectos, sí lo hizo. El patriarcado permaneció,
pero las formas en que había cambiado fueron significativas, y fueron significativas
para las mujeres.
Este libro privilegia el género y la sexualidad dentro de una narrativa más
amplia sobre la política nacional y el conflicto de clases. Es una historia política y
es una historia laboral, que también trata sobre la sexualidad y el género. No agrega
simplemente a las mujeres en una historia donde ellas no estaban22. Argumenta que
el género y la sexualidad involucran a los hombres y que son la clave dinámica para
implementar y debatir los proyectos políticos. Como una iniciativa de origen estatal,
la Reforma Agraria en Chile involucraba intentos de dos gobiernos por remodelar
las relaciones de género y situarlas al servicio de dos modelos distintos de desarrollo
nacional. Sin embargo, como ha sido observado por numerosos investigadores influido
por la noción de hegemonía de Gramsci, los Estados no son conjuntos cerrados,
coherentes, “ejecutando revoluciones conductuales desde arriba”23. El Estado chileno,
en ambas expresiones, democratacristiana y socialista, estaba dividido internamente,
y era un campo de lucha sobre visiones políticas en competencia. Intentaba alcanzar
y mantener sus diversos objetivos a través de un proceso múltiples por remodelar y
acomodar las actitudes y prácticas existentes sobre modernidad y género. La misión
disciplinaria y socializadora de la Reforma Agraria fue llevada adelante no solo por
las agencias gubernamentales, sino también por los sindicatos, por los partidos de
oposición y por la Iglesia Católica; cada uno en grados diferentes, recubriendo o
compitiendo con los objetivos del Estado. No menos importante para los esfuerzos
reformistas fueron el consentimiento y la resistencia individual de hombres y mujeres
campesinos. Mientras que algunos aspectos de la misión con perspectiva de género
de la Reforma Agraria fueron bienvenidos en su totalidad, otros fueron parcialmente
aceptados o rechazados de plano. Hombres y mujeres, o grupos específicos de hombres
y mujeres, tomaban a menudo distintas posiciones.
Este libro comienza en la década de 1950 con el sistema de latifundio chileno de
grandes haciendas, y prolonga el desarrollo de la Reforma Agraria a través de los
años de 1960 hasta su abrupto término con el derrocamiento de Allende en 1973.
22
Joan Wallach Scott, Gender and the Politics of History. New York: Columbia University Press, 1988.
23
Vaughan, “Modernizing Patriarchy…”, en: Dore y Molyneaux (2000): 195; Quintin Hoare y Geoffrey
Nowell Smith (eds.), Antonio Gramsci, Selections for the Prison Notebooks. London: International
Publishers, 1971; Philip Corrigan y Derek Sayer, The Great Arch: English State Formation as Cultural
Revolution. Oxford: Basil Blackwell, 1985; Gilbert Joseph y Daniel Nugent (eds.), Everyday Forms of
State Formation: Revolution and the Negotiation of Rule in Modern Mexico. Chapel Hill: University of
North Carolina Press, 1994; Ana María Alonso, Thread of Blood: Colonialism, Revolution, and Gender
on Mexico’s Northern Frontier. Tuscon: University of Arizona, 1995; Florencia Mallon, Peasant and
Nation: The Making of Post-Colonial Mexico and Peru. Berkeley: University of California Press, 1995;
Klubock (1988); Rosemblatt (2000).
23
Los primeros dos capítulos examinan la significación del género y la sexualidad en los
años de 1950 y comienzos de 1960 para crear divisiones laborales dentro del sistema
chileno de inquilinaje y semi-peonaje, y su importancia para apuntalar la autoridad
de los latifundistas sobre los trabajadores y la autoridad de los hombres campesinos
sobre las mujeres. Los capítulos tres al cinco cubren la Reforma Agraria bajo los
democratacristianos, entre 1964 y 1970. El capítulo tres explora el crecimiento del
movimiento campesino y los esfuerzos de los activistas de centro y de izquierda, y
de los funcionarios de gobierno para promover nociones de solidaridad masculina,
militancia de clase y responsabilidad patriarcal. El capítulo cuatro examina los
esfuerzos de conducción estatal para atraer a las mujeres a través de una validación
de la domesticidad y de un mensaje de cooperación de género en la familia. Examina
tres programas: los proyectos de educación de la Reforma Agraria, las organizaciones
exclusivas de mujeres llamadas Centros de Madres, y los primeros planes chilenos
sobre planificación familiar y los programas de control de la natalidad. El capítulo
cinco discute cómo las expropiaciones de tierras y la creación de tenencias agrícolas
administradas por el Estado produjeron nuevas divisiones entre las comunidades
campesinas, acentuando el privilegio masculino de algunos hombres sobre otros y
enfatizando la custodia masculina sobre esposas e hijos.
Los dos últimos capítulos tratan sobre la aceleración de las expropiaciones de
tierras y resaltan las tensiones políticas durante el gobierno de la Unidad Popular,
entre 1970 y 1973. El capítulo seis examina los esfuerzos de la Unidad Popular
para, simultáneamente, movilizar a las mujeres rurales continuando el modelo
democratacristiano de realce de la domesticidad y defendiendo una expansión del
rol político y económico de las mujeres como trabajadoras. El capítulo siete explora
las evidentes diferencias en las relaciones de hombres y mujeres rurales ante las
consecuencias de la intensificación del conflicto de clases. Se discute, en particular,
cómo la incorporación subordinada de las mujeres a las instituciones más importantes
de la Reforma Agraria se tradujo en el aumento de los conflictos domésticos sobre el
sexo: la supuesta promiscuidad de las niñas adolescentes y la igualmente supuesta
infidelidad de los hombres casados. El epílogo explora la relevancia de la Reforma
Agraria en Chile para entender la dictadura militar que siguió al derrocamiento de
Allende.
Este libro focaliza su historia en el Valle de Aconcagua, uno de los centros agrícolas
más antiguos y productivos de Chile. Situado a 70 kilómetros al norte de Santiago en
la provincia de Aconcagua, el Valle de Aconcagua incluye nueve comunas organizadas
en dos departamentos, el de San Felipe y el de Los Andes24. El Valle de Aconcagua
24
El tercer departamento de la provincia de Aconcagua es Petorca, situado fuera del Valle de Aconcagua,
y no se considera en este estudio.
24
fue una de las primeras áreas donde se expropiaron tierras y un centro pionero de
organización sindical. En esta área los conflictos sobre la tierra fueron relativamente
de más corta duración y menos violentos que en el área metropolitana de Santiago,
en donde las tensiones urbanas se traspasaron a las rurales, o en el sur, en donde las
comunidades indígenas tenían demandas más inmediatas sobre la tierra. Pero aunque
la Reforma Agraria se desenvolvió en formas regionales específicas, los acontecimientos
en el Valle del Aconcagua fueron ampliamente representativos de las dinámicas de la
Reforma Agraria en su totalidad. La Reforma Agraria fue un programa nacional y, como
proceso social, fue implementada en formas que frecuentemente compartieron más de
lo que difirieron. Las políticas de la Reforma Agraria y las estrategias laborales rurales
fueron esculpidas de una manera altamente centralizada por los círculos internos del
gobierno y los partidos políticos. Aunque estas políticas y estrategias fueron aceptadas
y debatidas por una gama diversa de comunidades, la presencia de condiciones
latifundistas a través de gran parte de Chile y el alcance nacional de los partidos
políticos chilenos en las áreas rurales significó que los campesinos lucharon dentro de
parámetros estructurales e ideológicos que fueron a menudo muy similares.
Este libro extrae información de una gama de fuentes reunidas a partir de lo que, en
ese tiempo, era un registro difícil y elusivo. La mayor parte de la investigación se llevó a
cabo entre 1991 y 1993, en los años que siguen inmediatamente al término del gobierno
militar. Debido a la falta de recursos del gobierno chileno para mantener archivos y,
en particular, a los intentos del régimen militar por controlar la información sobre el
período 1964-1973, no había un archivo formal del gobierno para los acontecimientos
posteriores a 1960. Tampoco había ningún archivo formal para el movimiento sindical,
para los partidos políticos, ni para las organizaciones de mujeres 25. Aunque esta
situación desde entonces ha cambiado con la apertura del Archivo del Siglo XX, a
comienzos de los 1990 todavía era necesario visitar los ministerios por separado en
donde, aunque se encontraron muchos documentos, otros habían sido sistemáticamente
descuidados, perdidos, archivados fuera del alcance de los investigadores, o en algunos
casos, destruidos. Algunos archivos ministeriales estaban técnicamente abiertos al
público, pero estaban en bodegas, sin índices de registro y en condiciones tales que
su uso hubiera sido un formidable consumo de tiempo para este estudio26. Cualquiera
25
En 1993 Chile inauguró formalmente el registro gubernamental llamado Archivo Siglo XX, que
incluye los archivos del período posterior a la década de 1960. Sin embargo, este archivo todavía
estaba en formación entre 1991 y 1992, cuando se realizaron la mayoría de las investigaciones para
este estudio. Desde entonces, se han hecho accesibles los archivos ministeriales de los departamentos
de Trabajo, Agricultura, Vivienda y Economía, los cuales sin duda rendirán mucha información útil
sobre la Regorma Agraria.
26
Durante la década de 1980 y a comienzos de 1990 se guardaron los archivos ministeriales de todo el
siglo veinte en un almacén en San Alfonso, Santiago.
25
haya sido el caso, algunos de los registros tradicionales usados para la historia social
y laboral no estaban disponibles ni utilizables para este estudio.
Pero otras fuentes llenaron estos vacíos. El extenso archivo de la principal agencia
gubernamental de la Reforma Agraria, la Corporación para la Reforma Agraria (CORA),
estaba disponible27. El Ministerio de Salud aportó registros sobre la salud materna
e infantil, sobre el aborto y el control de la natalidad; los Ministerios de Vivienda y
Agricultura fueron igualmente útiles para proveer información sobre la educación
campesina y los grupos de mujeres28. La investigación en el Instituto Nacional de
Estadísticas produjo una abundante información económica y demográfica. La Iglesia
Católica y sus agencias afiliadas tenían la colección más extensa sobre el movimiento
campesino y la educación rural29. Los centros de investigación sin fines de lucro y las
bibliotecas universitarias también tenían variados documentos sobre estos tópicos y
sobre las mujeres30. Diarios y revistas publicados por el movimiento sindical y por varias
corrientes políticas fueron una de las fuentes más inmediatas sobre el activismo en el
campo. Los registros judiciales sobre violencia doméstica y los registros municipales
sobre matrimonios y bautismos fueron importantes para investigar la dinámica de
género en la familia31.
Finalmente, este libro se apoya fuertemente en fuentes orales, incluyendo 80
entrevistas de historias personales, la mayoría de las cuales se realizaron con mujeres
y hombres campesinos del Valle de Aconcagua, y unas pocas con profesionales y
activistas ubicados en Santiago. Por razones de privacidad, los nombres de la mayoría
de los informantes han sido alterados en el transcurso del texto32. Las fuentes orales
27
Cuando la investigación para este libro fue realizada, los archivos de la CORA estaban guardados
en el Servicio Agrícola Ganadero (SAG), una subdivisión del Ministerio de Agricultura.
28
Investigaciones fueron realizadas en el Ministerio de Salud y Servicio Nacional de Salud. Algunos
documentos del Instituto de Desarrollo Agropecuario (INDAP), la mayor agencia de educación
campesina, fueron encontrados en el Ministerio de Agricultura. Archivos para organizaciones
comunitarias campesinas y los centros de madres, originados por Promoción Popular, fueron
encontrados en el Ministerio de Vivienda y la Oficina de la Presidencia. También se usaron en
abundancia estudios y documentos publicados por el Instituto de Capacitación e Investigaciones
en Reforma Agraria (ICIRA).
29
Investigaciones fueron realizadas en las agencias católicas del Instituto Pastoral Rural (INPRU), el
Instituto de Educación Rural (IER) y el Obispado de San Felipe.
30
Este incluía la Asociación de Protección de la Familia (APROFA), Centro de Estudios de la Mujer
(CEM), Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO), Grupo de Investigaciones Agrarias
(GIA), ISIS International, y Programa de Economía y Trabajo (PET). Bibliotecas universitarias incluían
las de la Universidad Católica y la Universidad de Chile.
31
Archivos de pleitos criminales del Valle de Aconcagua fueron leídos en el Juzgado del Crimen de
San Felipe. Archivos de nacimiento y bautismo fueron leídos en el Registro Civil de San Felipe y en
el municipio de Santa María.
32
Ya que mis entrevistas trataban de políticas izquierdistas tanto como historias profundamente
personales, además de haber sido realizadas durante el período inmediatamente posterior a la
(continúa en la página siguiente)
26
fueron importantes en muchos sentidos. Dadas las dificultades con otras fuentes,
éstas ayudaron a establecer una narrativa básica de los acontecimientos, facilitando
también una cierta recuperación de la experiencia de la gente rural que no estaba
disponible en otras partes. En la década de 1960 una mayoría de campesinos chilenos
eran analfabetos, dejando muy pocas huellas escritas de sus voces. La mayoría de los
registros de la vida rural, incluyendo la prensa laboral, fueron escritos por profesionales
de clase media y activistas de base urbana. El enfoque de este libro en el género y la
sexualidad hizo aún más difícil el tema de la recuperación. No solamente los campesinos
no escribían acerca de sus vidas íntimas, sino que los funcionarios de la Reforma
Agraria y los activistas políticos –quienes escribieron voluminosamente– tenían poco
que decir al respecto. La historia oral fue una manera de interponer preguntas y de
sonsacar respuestas sobre temas ignorados o suprimidos en los registros oficiales.
Esto no significa que las fuentes orales den una versión “verdadera” o más “directa”
de los acontecimientos. Como todas las fuentes, las historias orales son subjetivas y
ventanas parciales hacia el pasado, no son un hecho empírico. Así como las memorias,
no son recolecciones estáticas, sino interpretaciones filtradas a través del presente y
del pasado reciente. Las historias orales y las entrevistas usadas en este libro fueron
realizadas más de veinte años después de los acontecimientos que ellas recuerdan, y con
las consecuencias de diecisiete años de un régimen militar que trabajó agresivamente
para deslegitimar aquellos acontecimientos. Lo que la gente estaba dispuesta a
decir y cómo lo decían, estaba necesariamente atravesado por muchos factores,
incluyendo el miedo a las represalias, el éxito militar en redefinir los términos del
debate histórico y la propia posición de la entrevistadora como una mujer profesional
extranjera norteamericana. Muchas veces las respuestas orales decían tanto acerca
de las luchas presentes de la gente como lo hacían acerca del pasado. En el tiempo en
que se realizaron estas entrevistas, la mayor parte de los pobres rurales del Valle de
Aconcagua había perdido el acceso a la tierra y se apoyaba en el trabajo asalariado
de temporada en la industria altamente explotadora de exportación frutícola que
se había desarrollado durante la dictadura. Aunque la administración civil recién se
había restaurado, la mayoría de las instituciones y el radicalismo cultural que existió
con anterioridad al golpe de 1973, yacía en ruinas. La necesidad de los informantes
de reconciliar la extrema diferencia entre las décadas de 1960 y 1990 estructuró sus
narrativas.
Hay muchas maneras de usar las fuentes orales y el debate sobre cómo hacerlo
es fecundo. Las historias orales argumentadamente dicen tanto acerca de las
circunstancias presentes de los informantes, la creación de la memoria y la dinámica
dictadura militar, a propósito yo les decía a mis informantes que usaría un seudónimo para referirme
a sus testimonios en mi texto escrito.
27
de la entrevista, como acerca de “lo que ocurrió en el pasado”33; pero este libro asume
que las historias orales hablan también de los acontecimientos que “existieron antes”.
Tal información está mediatizada por las circunstancias presentes y decidir justamente
lo que significa es una tarea subjetiva, como casi todas las tareas del historiador, una
de interpretación. En este libro, el significado de las historias orales es examinado
apelando a técnicas de interpretación narrativa y usando las fuentes orales para
leer contra las fuentes escritas34. A menudo, la manera en que la gente luchaba para
reconciliar las inconsistencias en sus historias, y sus silencios sobre acontecimientos
particulares, fue reveladora acerca de los conflictos pasados. Cuando se comparan con
los documentos gubernamentales, periódicos y registros judiciales, las historias orales
sirven como contrapunto de clarificación, sugiriendo significados alternativos.
Aún más significativo, las historias orales con frecuencia fueron reveladoras del
tenso contraste que describían entre las memorias de los hombres y las memorias de
las mujeres. Tanto hombres como mujeres recordaban la Reforma Agraria como un
tiempo de esperanza, y algunas veces como una penosa lucha, pero los hombres rurales
tendían a darle a la Reforma una valoración de conjunto mucho más positiva que las
mujeres. Tanto hombres como mujeres recordaban la década de 1960 y los comienzos
de 1970 como un tiempo de enorme mejoramiento en la calidad de vida, pero los
hombres con más frecuencia atribuían estas ganancias materiales a sus propios logros
políticos. Hombres y mujeres igualaban a la Reforma Agraria con la entrega de poder
al campesinado, pero las mujeres eran mucho más ambivalentes acerca de los costos y
consecuencias de esta gestión. Explicar estas diferencias es el alma de esta historia.
33
Hayden White, The Content of Form: Narrative Discourse and Historical Representation. Baltimore:
Johns Hopkins, 1987; James Clifford, The Predicament of Culture: Twentieth Century Ethnography,
Literature, and Art. Cambridge: Harvard University Press, 1988.
34
Richard Bauman, Story, Performance and Event, Contexual Studies and Oral Narrative. New York:
Cambridge University Press, 1986; Luisa Passerini, Fascism in Popular Memory: The Cultural Experience
of the Turin Working Class. Cambridge: Cambridge University Press, 1987; Marie-Francoise Changrault-
Duchet, “Narrative Structures, Social Models, and Symbolic Representation in the Life Story”, en:
Sherna Berger Gluck y Daphne Patai (eds.), Women’s Words. The Feminist Practice of Oral History. New
York: Routledge, 1991: 77-93; Alessandro Portelli, The Death of Luigi Trastulli and Other Stories. Form
and Meaning in Oral History. Albany: SUNY Press, 1991; Charlotte Linde, Life Stories. The Creation
of Coherence. Oxford and New York: Oxford University Press, 1993; George Gugelberger (ed.), The
Real Thing: Testimonial Discourse and Latin America. Durham: Duke University Press, 1996; Daniel
James, Doña María’s Story: Life History, Memory, and Political Identity. Durham: Duke University
Press, 2000.
28
CAPÍTULO I
PATRÓN Y PEÓN:
TRABAJO Y AUTORIDAD EN LAS GRANDES HACIENDAS
En la década de 1950, el Valle del Aconcagua era una de las áreas agrícolas más ricas,
más productivas y más hermosas de Chile. Protegido por las majestuosas alturas de
los Andes y bañado por el río Aconcagua y sus afluentes, las 36.600 hectáreas de tierra
cultivable del Valle aportaban casi el 10 por ciento del producto agrícola anual del
país. Su producción era excepcionalmente diversa. Trigo, alfalfa, cáñamo, vegetales
y flores, además de viñas y frutas de rápido crecimiento, eran productos típicos de
la región35. Esta variedad en la producción obedecía a un clima templado único que
favorecía el cultivo de productos en distintas estaciones del año, y que era estimulado
a su vez, por la proximidad de la región al puerto de Valparaíso (principal salida de
las exportaciones nacionales)36. Junto con ello, la cercanía del Valle a Santiago y su
afamado esplendor natural lo hacían el retiro favorito de la elite urbana de fines de
semana y veranos. De hecho, la propiedad de la tierra estaba concentrada en manos
de algunas de las familias más prominentes de Chile, quienes solían frecuentar las
termas de Santa María, las célebres viñas de Panquehue, y las lujosas plazas de San
Felipe y Los Andes, que proveían a los acaudalados viajeros de amplias comodidades
y apacibles paisajes para disfrutar.
Sin embargo, el Valle del Aconcagua era también un lugar de profundas
desigualdades. De sus 101.763 habitantes, el 60 por ciento residía en áreas rurales,
divididas en un centenar de grandes haciendas. Su producción descansaba en el trabajo
de miles de campesinos empobrecidos y trabajadores sin tierra37. Espaciosas casas
coloniales con jardines, servicio doméstico y mobiliario importado se levantaban frente
a las deplorables chozas de adobe sin electricidad ni agua potable38. Los terratenientes
más ricos del Valle de Aconcagua contaban con un ingreso per cápita mil veces superior
al de sus trabajadores, enviaban a sus hijos a educarse en Santiago y en el extranjero,
35
Cuadro 18, Censo de Población: Aconcagua, 1960, Santiago: INE, 1960.
36
Cuadro XII-4, Chile: Tenencia de la tierra y desarrollo socio-económico del sector agrícola, Santiago: CIDA,
1966: 183.
37
Censo de Población: Aconcagua, 1960.
38
Armand Mattelart, Atlas social de las comunas de Chile. Santiago: Pacífico, 1965.
29
y gozaban de estrechos lazos políticos y familiares con la elite financiera e industrial
de Chile. Por su parte, los campesinos luchaban por la más mínima supervivencia.
Estos últimos empezaban a trabajar desde muy pequeños, tenían un promedio de
esperanza de vida de cuarenta y cinco años, y sufrían unas de las tasas más altas de
analfabetismo, desnutrición y mortalidad infantil de la nación39.
Las disparidades en el Valle del Aconcagua, así como en todo el Chile rural,
emanaban de la concentración monopólica de las tierras y de un opresivo sistema
laboral. Aunque menos exacerbado que en otras partes del país, la tierra en el Valle
de Aconcagua estaba concentrada en las manos de unos pocos40. En 1955, menos de un
nueve por ciento de los propietarios controlaba el 82 por ciento de la tierra irrigada,
en tanto que el 3 por ciento de las haciendas contaba con el 95 por ciento de toda la
tierra agrícola cultivable41. Es más, solo las grandes haciendas –aquellas sobre 2.000
hectáreas– controlaban el 60 por ciento de toda la tierra irrigada. En contraste, alrededor
de 900 familias campesinas poseían pequeños fundos o minifundios, de menos de cinco
hectáreas. Otras 400 familias, menos arruinadas pero aún pobres, producían en fundos
entre cinco y veinte hectáreas. En conjunto, los sectores de pequeños productores y
minifundistas –más del 80 por ciento de todos los propietarios– tenían solamente el
8,3 por ciento de tierra agrícola42 (Ver Tablas 1.A y 1.B).
El sistema de inquilinaje agudizaba aún más las desigualdades de propiedad de la
tierra y distribución de la riqueza. Éste era un sistema desarrollado en las haciendas,
en el que los campesinos, a cambio de algunos derechos sobre la tierra, se sometían a
un trabajo de semipeonaje. El inquilinaje databa de tiempos de la colonia española,
cuando el otorgamiento de mercedes de tierras y mano de obra por parte de la Corona
fue consolidando el poder político y la riqueza de poderosos terratenientes que gozaban
de privilegios sobre el trabajo de indios, mestizos, negros libertos y blancos pobres, a
cambio de lo mínimo para subsistir43. Aunque hacia 1950 el inquilinaje había cambiado
considerablemente, éste siguió siendo la base de las relaciones laborales agrícolas en
todo Chile. Bajo este sistema, un inquilino ofrecía su trabajo a cambio de una serie de
beneficios denominados regalías (concepto derivado de la palabra “regalo”), los que
incluían el acceso a un pequeño pedazo de tierra, a derechos de pastoreo, alimentos,
vivienda y leña44. Desde el siglo dieciocho, los inquilinos habían recibido también
un pequeño monto pagado en dinero, pero hacia la década de 1950, las regalías y los
39
Cuadro IV-4, CIDA (1966): 33.
40
Arnold Bauer, Chilean Rural Society from the Spanish Conquest to 1930. Cambridge: Cambridge
University Press, 1975.
41
Cuadros 1 y 4, Censo Agropecuario: Aconcagua, 1954-1955. Santiago: INE.
42
Ibid.
43
Mario Góngora, Origen de los inquilinos en Chile. Santiago: ICIRA, 1960.
44
Artículo 79, Código Laboral, 1931.
30
bienes en especie seguían siendo el 70 por ciento de la remuneración de un inquilino45.
Era tradición que los inquilinos residieran dentro de la hacienda, dedicando parte
de su trabajo a la producción de la misma y parte a su regalía de tierra. Este último
se destinaba tanto a propósitos comerciales menores como a su propia subsistencia.
Los inquilinos debían entregar una parte de su producción al terrateniente, según el
tamaño de la regalía, la que en la década de 1950 variaba entre un cuarto y 10 hectáreas.
Éstos podían optar por dedicar todo su trabajo a la regalía, entregando a cambio un
trabajador que los reemplazara en la hacienda, con la excepción de las estaciones
de siembra y cosecha, en que estaban obligados a trabajar en ésta. Además durante
esa época se les obligaba a aportar un trabajador adicional, llamado obligado, cuya
remuneración era costeada por los mismos inquilinos. Esta práctica databa del siglo
diecinueve, cuando el auge en las exportaciones de trigo chileno a California y Australia
permitió a los terratenientes la expansión de sus tierras de cultivo, deviniendo, a su
vez, en una fuerte dependencia de los inquilinos para la producción comercial46.
Sin embargo, hacia mediados del siglo veinte, el inquilinaje se transformó en la
manifestación evidente de la creciente crisis en la agricultura chilena, así como de la
incapacidad de los gobiernos para ejercer y expandir un rol regulador en el campo.
Hacia las décadas de 1920 y 1930, los esfuerzos por incentivar la industrialización y
asegurar alimentos baratos para los trabajadores urbanos resultaron en la creación
de subsidios y protección de precios para los productores agrícolas, deviniendo en un
pacto de complicidad entre el Estado y los terratenientes en el control de los salarios
rurales47. En las décadas siguientes, 1940 y 1950, el Estado continuó con estas políticas
en un infructuoso intento por detener el descenso de la productividad agrícola
nacional y por revertir el creciente déficit de la balanza comercial en importaciones
agropecuarias, el que alcanzaría un total de 120 millones de dólares en 196448. Aunque
el apoyo gubernamental a los terratenientes fue una práctica corriente a lo largo de
la historia de Chile, indicativa de la férrea alianza entre la propiedad de la tierra y el
poder político, la política agraria entre mediados de 1920 y fines de 1950 se centró en
el desarrollo económico nacional como un todo, particularmente en la satisfacción de
las necesidades de las clases medias y trabajadoras que habían tenido un crecimiento
demográfico significativo.
Este impulso populista dio origen a la primera legislación laboral nacional, que
incluyó el Código Laboral de 1931, el que definió diferentes categorías de trabajadores
45
Cuadro VI-12, CIDA (1966): 59.
46
Bauer (1975); José Bengoa, Haciendas y campesinos: Historia social de la agricultura chilena. Santiago:
SUR, 1990.
47
Loveman, (1976); Loveman, Chile: The Legacy of Hispanic Capitalism. New York: Oxford University
Press, 1988.
48
Loveman (1976): 197.
31
agrícolas, especificando sus obligaciones y derechos. La legislación posterior,
promulgada entre 1948 y 1953, estableció normas para determinar el valor de los
pagos en especie por vivienda y tierra, estipulando que al menos el 25 por ciento
de la remuneración de un inquilino fuese pagada en dinero. A la vez otorgaba a los
trabajadores rurales el beneficio de la asignación familiar, un subsidio que recaía a
favor de hijos y dependientes49. Si bien estas leyes fueron aplicadas en el mejor caso
de forma irregular, fueron al mismo tiempo un incentivo para que los terratenientes
redujeran el número de inquilinos en favor de trabajadores que ganaban la mayor
parte de su remuneración en dinero. Desde la década de 1930 la mecanización de la
lechería y de la producción de granos redujo aún más la demanda de inquilinos al
transformar muchas de las actividades agrícolas en labores temporales.
A comienzos de 1960, los inquilinos representaban solo un cuarto de la fuerza laboral
pagada en el Valle del Aconcagua y en otras partes de Chile central. La mayoría de los
peones de las haciendas trabajaban por jornales en dinero, que eran complementados
con el pago en especies –alimentos y leña– y algunas veces en vivienda, aunque sin
derecho al goce de la tierra. Fuera del Valle del Aconcagua, del total de la mano de
obra agrícola pagada –7.458 trabajadores– el 24,3 por ciento eran inquilinos, el 16,2
por ciento trabajadores permanentes y un 59,3 por ciento, trabajadores temporeros50.
De los temporeros, algunos trabajaban más que otros51. Aproximadamente un tercio
era calificado oficialmente como “trabajadores temporales”, considerando a aquellos
que recibían un jornal diario y trabajaban entre tres y seis meses por año; los restantes
dos tercios eran definidos como “trabajadores ocasionales” en tanto que trabajaban
menos de tres meses al año en actividades agrícolas intensivas procesando frutas,
flores, cáñamo, ajos y tabaco. A mediados de 1960, los peones que trabajaban menos de
tres meses al año representaban casi el 40 por ciento de toda la mano de obra agrícola
pagada del Valle del Aconcagua52 (Ver Tabla 1.C.).
Si bien los inquilinos no constituían una mayoría en términos numéricos, el
sistema del inquilinaje definía y daba forma a todas las relaciones laborales dentro
de las haciendas. Los inquilinos eran el núcleo, la fuerza estable de trabajo de las
haciendas de más de 200 hectáreas, por lo que la contratación de peones permanentes
y temporales, lejos de constituir una competencia, eran un complemento del trabajo
de los primeros. El inquilinaje constituía un sistema laboral variado que comprendía
relaciones laborales tanto capitalistas como no-capitalistas, así como a inquilinos y
49
Almino Affonso, Sergio Gómez, Emilio Kline y Pablo Ramírez, Movimiento campesino chileno. Santiago:
ICIRA, 1970: vol. 1 y 2; Jean Carriere, Landowners and Politics in Chile: A Study of the Sociedad Nacional
Agrícola. Amsterdam: Center for Latin American Documentation and Research, 1981.
50
Cuadro 6.3, Censo Agropecuario: Aconcagua, 1964-1965. Santiago: INE, 1965.
51
Ibid.
52
Ibid.
32
peones asalariados53. Ni los trabajadores permanentes ni los temporeros recibían su
salario completo en dinero; más del 20 por ciento de su remuneración era pagada
en especies54. Esta práctica derivaba del acuerdo laboral del inquilinaje, según el
cual éstos recibían la mayor parte de su compensación en especies, influyendo en la
depreciación del resto de los jornales agrícolas. En 1962, el promedio del ingreso per
cápita en dinero que recibían las familias campesinas en el Chile central era menos
de 15 dólares por mes55.
Los trabajadores permanentes y temporales constituían también una pieza clave
del sistema de inquilinaje, toda vez que un número importante de esos peones (casi
un tercio en el caso del Aconcagua) eran hijos, esposas, y miembros de las familias de
inquilinos en las haciendas56. Otros provenían de hogares de pequeños productores
y sectores minifundistas que no podían absorber todo el trabajo familiar, los que
además eran parte del mundo latifundista como un todo. Al mismo tiempo, casi la
mitad de los peones ocasionales eran emigrantes, mayoritariamente hombres que
se trasladaban constantemente de provincia en provincia. Éstos eran denominados
afuerinos. La naturaleza heterogénea del inquilinaje fue clave para garantizar a los
terratenientes una mano de obra barata y flexible. Con la excepción de los emigrantes
afuerinos, la mayoría de los peones provenía de familias que trabajaban en actividades
de subsistencia (inquilinos, minifundistas, pequeños productores) dentro o en los
límites de las haciendas. Esta situación permitía a los terratenientes contratar o
despedir trabajadores temporalmente y pagarles menos, ya que se asumía que la
agricultura de subsistencia proveería lo sustancial para satisfacer sus necesidades
básicas. Esta presunción tuvo un impacto particularmente negativo sobre los
trabajadores permanentes y temporales, quienes eran compensados principalmente
en dinero. Una encuesta del Instituto Nacional de Estadística aplicada en el Valle del
Aconcagua determinó que el 51 por ciento de los hogares dependientes del trabajo
asalariado ganaba menos que el salario mínimo de subsistencia (sueldo vital calculado
como el costo de sobrevivencia, en oposición al salario mínimo más alto), en tanto
que otro 32 por ciento recibía poco más que el sueldo vital57. Esto hacía que el pago
en especies de alimentos y combustibles alcanzara una importancia mayor. Así, la
vida era especialmente dura para los trabajadores que no tenían acceso a los cultivos
de subsistencia. Estos campesinos desprovistos de tierra residían en algunos de los
53
CIDA (1966): 52-53.
54
Cuadro A-5, CIDA (1966): 71.
55
Cuadro B-1, CIDA (1966): 73.
56
Estimación de la autora, basada en entrevistas con ex-inquilinos y 55 “inspecciones de fundo” hechas
por la CORA entre 1965 y 1969. “Fichas de expropiación, Aconcagua”, CORA.
57
Encuesta de hogares. Santiago: INE, 1968.
33
vecindarios más pobres ubicados alrededor de las ciudades o bien en miserables
campamentos arranchados en los faldeos de las haciendas.
58
Cuadro 6.3, Censo Agropecuario: Aconcagua, 1964-1965.
59
Ibid.
60
Ximena Valdés, “Una Experiencia de organización autónoma de mujeres del campo”, Cuadernos de
la mujer del campo, Santiago: GIA, 1983: 60.
61
Ibid.
62
Ibid.
63
Cuadro 6.3, Censo Agropecuario: Aconcagua, 1964-1965.
34
vez se compensaba a estos trabajadores, se les pagaba con vivienda y alimentos, no con
dinero. El cultivo de subsistencia también era efectuado por los miembros de la familia
del inquilino, y generalmente éste era supervisado por su mujer durante su ausencia.
En las tierras de regalías producían porotos, papas y otros vegetales destinados al
consumo familiar, así como al comercio de productos tales como el tabaco. Toda esta
actividad suponía un trabajo intenso, que involucraba incluso a los hijos más pequeños.
Las mujeres adultas con ayuda de los niños tenían la responsabilidad adicional de la
crianza de pollos, chanchos y cabras de la familia, además de faenar los subproductos
de estos animales: quesos, mantequilla, y empanadas para consumo familiar o venta
en los poblados cercanos.
Los peones permanentes y temporeros dependían también del trabajo de las
mujeres de la familia, esposas, hijas, madres, tías y hermanas. Cuando los maridos y
hombres adultos salían a buscar trabajo en las haciendas, eran las mujeres las que
se hacían cargo de la siembra y el cultivo. Cuando éstos se quedaban en la casa, las
mujeres solían dedicarse a labores más específicas de su género. Así, mientras los
hombres araban, las mujeres se encargaban de sembrar porotos y papas; mientras éstas
sacaban y ataban las hojas de tabaco, los hombres colgaban los atados en las chozas
para ahumarlos y luego llevarlos en carretas a las ciudades. Tal y como sucedía en las
familias de inquilinos, las mujeres minifundistas y pequeñas productoras tenían la
responsabilidad de cuidar los animales de la parcela y comerciar los huevos y productos
de lechería64. Pese a la clara distinción de actividades, la división del trabajo según los
géneros no siguió patrones demasiado rígidos. Muchas veces eran las mujeres las que
realizaban faenas tradicionalmente masculinas tales como cavar canales de regadío
o construir cercas, o bien en el caso de enfermedad de la esposa, era el marido quien
ordeñaba las cabras.
El trabajo agrícola femenino no remunerado fue crucial para la persistencia del
sistema de inquilinaje. La flexibilidad del trabajo femenino permitía la disponibilidad
de los hombres por temporadas para trabajar en las haciendas, a la vez que les
aseguraba un lugar para volver durante los períodos de desempleo. La preparación
diaria de alimentos por parte de las mujeres proveía una parte significativa de la dieta
familiar, así como un suplemento del ingreso en dinero. Las mujeres campesinas eran
las responsables de preparar el alimento, llevar comidas a los hombres que trabajaban
en las haciendas, coser y lavar las ropas de la familia, acarrear agua, limpiar y educar
a los niños. Florencia Mallon y Carmen Diana Deere han planteado, para el caso
peruano, que el trabajo doméstico de las mujeres fue vital tanto para la sobrevivencia
del campesino como para el desarrollo y rentabilidad capitalista65. El trabajo de las
64
Cuadro 6.3, Censo Agropecuario: Aconcagua, 1964-1965.
65
Florencia Mallon, Defense of Community in Peru’s Central Highlands: Peasant Struggle and Capitalist
Transition, 1860-1940, Princeton: Princeton University Press, 1983; y “Gender and Class in the
(continúa en la página siguiente)
35
mujeres no solo cooperó en la reproducción de la mano de obra agrícola, sino que le
agregó también valor productivo en bienes y servicios para los miembros de la familia
que no requerían ser comprados. Esto permitió a los latifundistas pagar menos de lo
que costaría tener un peón robusto en el campo.
El trabajo doméstico de las mujeres era arduo y fluctuaba entre 12 y 14 horas
diarias66. Éste comenzaba a las 4:00 AM cuando se levantaban para reavivar el fuego
y calentar el pan y mate para el desayuno del marido. Luego levantaban y daban
desayuno a los niños, barrían la casa, generalmente de una o dos piezas, y el patio;
alimentaban con los restos de comida y cáscaras a los cerdos y pollos; recogían huevos;
y ordeñaban cabras y ovejas de la familia. Además, dos o tres horas del día eran
destinadas a amasar el pan y cocinar el almuerzo que enviaba a su marido cuando
estaba en la hacienda. El lavado de ropa podía significar hasta cuatro horas del día.
Éste consistía en acarrear y hervir el agua para las artesas que se encontraban en el
patio trasero de la casa, luego realizaba dos o tres lavados escobillando las vestimentas,
enjuagaba, estrujaba y colgaba las prendas para más tarde plancharlas. Al medio día
servía el almuerzo y limpiaba. En la tarde preparaba empanadas de queso y luego se
ocupaba de la chacra familiar o regalía –desmalezando, regando o recogiendo cebollas
y papas–. Más tarde acarreaba nuevamente agua de los pozos y, cuando era necesario,
recogía y juntaba leña. Alrededor de las 7:00 PM se preparaba una ligera cena con los
restos del almuerzo o una once consistente en pan, queso y té, después de lo cual podía
coser a mano pantalones para su hijo usando la tela de sacos de harina o bien terminar
de tejer un chaleco para su marido. Entremedio de todas estas tareas, las mujeres
amamantaban a sus guaguas, cuidaban a los niños pequeños, supervisaban las labores
de los hijos mayores que ya podían trabajar, y atendían a los miembros inválidos de la
familia. Los hijos, especialmente las hijas, compartían, y en algunos casos asumían la
responsabilidad total de ciertas tareas que le correspondían a sus madres. Sin embargo,
eran las mujeres adultas las que tenían la responsabilidad principal en las labores del
hogar. Aunque ellas se apoyaran en el trabajo de los hijos, su actividad diaria seguía
siendo más larga que la de cualquier otro miembro de la familia.
Las mujeres también hacían trabajos directos en las haciendas. Pese a que
su importancia como inquilinas ya no era la de antes, el número de trabajadoras
temporeras remuneradas se había expandido en casi un 30 por ciento entre los años
1935 y 195567. Este aumento era un reflejo de la expansión comercial de cultivos
Transition to Capitalism: Household and Mode of Production in Central Peru”, Latin American
Perspectives 48, Nº 1, invierno, 1986; Carmen Diana Deere, Household and Class Relations: Peasants
and Landlords in Northern Peru. Berkeley: University of California Press, 1990.
66
Garrett (1978); Ximena Valdés, La Posición de la mujer en la hacienda. Santiago: CEM, 1988; Valdés
y Araujo (1999).
67
Valdés (1983): 61.
36
intensivos de frutas y verduras. En el Valle del Aconcagua las mujeres eran contratadas
por dos a cuatro meses en promedio por año. Ellas cosechaban porotos y tomates,
cosían y ahumaban hojas de tabaco, encajonaban ajos y cebollas, seleccionaban
pasas, y cosechaban uvas y duraznos. Estas labores, que se realizaban en equipo, eran
supervisadas por un administrador u otro empleado quien estaba a cargo de vigilar el
trabajo y tenía la responsabilidad de verificar la calidad del producto.
El trabajo que realizaban los hombres en las haciendas era mucho menos variado y
con tareas menos específicas que el de las mujeres. Solían trabajar en equipos mixtos
de inquilinos, trabajadores permanentes, y peones temporales los que podían ser
enviados a hacer cualquiera de las numerosas faenas de la hacienda. Además se les
empleaba como peones temporeros en el cultivo de frutas y verduras, en el que muchas
veces trabajaban codo a codo con las mujeres. Sin embargo, las labores temporales
de los hombres eran diferentes a las de estas últimas, y consistían en actividades que
eran consideradas más pesadas, y menos específicas y detalladas. Entre ellas podar
ciruelos, sacar tabaco, encajonar productos, y arar bajo plantas y matas secas. A los
trabajadores temporeros hombres se les contrataba por períodos de tiempo más largos
que el de sus contrapartes mujeres. En los períodos inmediatamente antes y después
de la cosecha de frutas y verduras se les trasladaba a otras partes de la hacienda donde
junto a otros inquilinos y trabajadores permanentes se dedicaban al cultivo de trigo
y cáñamo, y al cuidado del ganado.
El cultivo y cosecha de trigo y cáñamo eran tareas exclusivamente masculinas y
absorbían la mayor parte de su trabajo durante el año. Además la responsabilidad de
excavar y limpiar los canales de regadío del fundo, reparar y erigir cercas, y mantener
y construir edificaciones en la hacienda, era solo de hombres. Si bien tanto el trabajo
de hombres como el de mujeres, era supervisado –ya sea por el patrón mismo, o más a
menudo por un empleado administrador– los primeros gozaban de menos vigilancia que
las segundas. Cuando ellos eran enviados a cavar una zanja o plantar un determinado
predio, a menudo se les dejaba trabajar sin más control que esporádicas visitas del
patrón o del administrador para verificar su progreso68.
En las haciendas, la división del trabajo según los géneros y la inferioridad
adjudicada a las mujeres dentro de la población remunerada, respondía más bien
a prejuicios sociales e ideológicos, y no a supuestas diferencias naturales entre
las capacidades de hombres y mujeres. Pese a que algunos trabajos demandaban
considerable fuerza (como arrastrar sacos de granos y cavar zanjas), era más bien la
idea generalizada de que las mujeres eran incompatibles para tales trabajos, lo que
68
Historias orales, incluyen a Jorge Tejedo, San Felipe, 20 de octubre de 1992; René Aguirre, Santa
María, 25 de octubre de 1992; Raúl Fuentes, Santa María, 15 de noviembre de 1992; Raúl Aguirre,
Panquehue, 21 de mayo de 1993; Armando Gómez, Putaendo, 22 de mayo de 1993.
37
las excluía de la contratación en trabajos más permanentes y mejor remunerados.
De hecho, era frecuente que en las parcelas y granjas familiares de minifundistas
y pequeños productores las mujeres realizaran trabajos en conjunto con hombres,
teniendo muchas veces la responsabilidad principal en tareas en la hacienda habrían
sido consideradas como “trabajo de hombres” y “faenas pesadas”. En el sector agrícola
no pagado eran las mujeres, y no los hombres, quienes estaban a cargo del ganado,
quienes cavaban canales, reparaban cercos y podaban viñedos.
Las divisiones del trabajo según los géneros devenían de la supuesta autoridad y
responsabilidad de los hombres dentro del hogar. La “casa-hogar” suponía relaciones
de parentesco, relaciones de subsistencia, algo de producción comercial, convivencia
dentro de la vivienda, y en las tierras de cultivo familiar. El inquilinaje constituía así,
un sistema que controlaba el trabajo familiar encabezado por hombres casados que
dirigían el trabajo de esposas e hijos. Tanto terratenientes como campesinos suponían
que una mujer adulta casada debía depender de su marido, quedando subordinada
a su autoridad. Si bien hombres y mujeres campesinos veían el matrimonio como
una asociación en la lucha por la supervivencia, el carácter de la colaboración solía
reforzar, más que desafiar, las prerrogativas masculinas. Las responsabilidades de una
esposa se definían en términos de trabajo y servicio hacia el marido, niños y demás
miembros de la familia extendida. Esto implicaba la crianza de hijos, cuidado de padres
ancianos, cuidado de la casa y producción, es decir tanto el desempeño doméstico
como el trabajo en la chacra familiar. El trabajo fuera de la esfera del hogar y de la
tierra familiar era considerado como un suplemento a la responsabilidad principal
de una esposa hacia su marido e hijos, incluso en aquellos casos que éste fuese vital
para la sobrevivencia familiar69.
Hacia fines de 1950, los hogares campesinos del Aconcagua presentaban un
promedio de seis personas por familia70. Aunque las mujeres campesinas podían dar
a luz en promedio ocho hijos, muchos de ellos morían en el primer año de edad, en
tanto que los hijos jóvenes adolescentes y adultos solían abandonar la casa de sus
padres por largos períodos de tiempo para buscar trabajo71. Casi la mitad de los hogares
rurales estaban constituidos por familias nucleares, mientras que el resto incluía
abuelos, parientes solteros, primos, cuñados, y personas sin parentesco directo, como
los afuerinos que dormían y trabajaban para la familia como obligados72. Las relaciones
entre las familias nucleares y extendidas eran fluidas, y variaban de acuerdo a las
69
Loreto Rebolledo, Fragmentos: Oficios y percepciones de las mujeres del campo. Santiago: CEDEM,
1991.
70
Mattelart (1965).
71
“Encuesta nacional socio-económica en poblaciones marginales”, Santiago: Consejería Nacional de
Promoción Popular. 1968, MV.
72
Cuadro 30, Censo de Población: Aconcagua, 1960; Cuadro 9.3, Encuesta de hogares (1968).
38
Vivienda de inquilinos, 1945.
Fuente: Museo Histórico Nacional.
Labores agrícolas.
Fuente: Museo Histórico Nacional.
39
necesidades de los miembros del hogar. A menudo las parejas jóvenes recién casadas
vivían con los padres de uno de ellos por un tiempo hasta que podían instalarse en
su propia casa. En el caso que un matrimonio terminara por separación, abandono o
muerte de alguno de los cónyuges, los hijos podían volver a vivir con sus padres o bien
ser acogidos por matrimonios de parientes.
El matrimonio era de vital importancia para las mujeres campesinas y la mayoría
de ellas contrajo matrimonio en algún momento de sus vidas. Hacia 1960, el 73 por
ciento de mujeres, entre 25 y 60 años, en las áreas rurales del valle del Aconcagua
estaba casada, mientras que un 4 por ciento mantenía relaciones de convivencia con
hombres73. El 7 por ciento eran viudas o separadas, y tan solo un 15 por ciento eran
solteras. Para la mayoría de las campesinas casarse con hombres que ganaran un salario
o bien que tuvieran (acceso a) tierras era fundamental para su sobrevivencia. El trabajo
de las mujeres en las haciendas solía ser por corto tiempo y muy mal pagado, lo que
no les permitía mantenerse autónomamente. Si bien algunas mujeres tenían títulos
de propiedad de minifundios y de pequeña producción, los propietarios de tierras
eran generalmente hombres, y además eran ellos los que recibían todas las regalías
por concepto de tierra entregadas a los inquilinos. Las mujeres de las zonas rurales
solían trabajar como sirvientas domésticas, lavanderas y vendedoras, sin embargo, ellas
comprendían solo el 8 por ciento de la fuerza laboral rural pagada74. En un estudio
realizado en los hogares campesinos durante los años 1960, más del 70 por ciento de
las mujeres declaraba no haber estado nunca formalmente empleada75. La mayoría
de las mujeres que no se casaban emigraban a pueblos o ciudades, por lo que, hacia
1960, el porcentaje de hombres sobrepasaba significativamente al de las mujeres en
todo el campo chileno. En el Aconcagua, el 54 por ciento de la población rural estaba
constituido por hombres, en contraste con el 46 por ciento de mujeres76.
En el caso de las pocas mujeres solteras que permanecían en el campo, o bien
aquellas que habían perdido a sus maridos por separación o muerte, la vida era muy
precaria. Las viudas de inquilinos eran algunas veces expulsadas de las haciendas,
en tanto que las viudas de minifundistas corrían el riesgo de perder las tierras en
manos de parientes hombres77. El trabajo agrícola temporal y el servicio doméstico,
aunque escasos y mal remunerados, eran las principales opciones de empleo para
las mujeres solas. Otras sobrevivían lavando ropas, hospedando gente en sus casas y
73
Cuadro 5, Censo de Población: Aconcagua, 1960.
74
Cuadro 16, Censo de Población: Aconcagua, 1960.
75
De las trabajadoras remuneradas, el 60 por ciento eran solteras con más que 60 años de edad. Cuadro
9.3, “Encuesta de hogares” (1968); Censo de Población: Aconcagua, 1960.
76
Censo de Población: Aconcagua, 1960.
77
Historias orales, incluyendo María Galdámez, Santa María, 20 de abril de 1993; Elena Vergara,
Putaendo, 4 de junio de 1993.
40
complementaban sus ingresos con los que percibían sus hijos mayores. Sin embargo,
la mayoría vivía en las casas de parientes. Hacia 1960, las mujeres jefas de familia
en el Aconcagua constituían solo el 2 por ciento de los hogares, siendo incluidas en
el censo como trabajadoras dependientes de labores agrícolas78. El porcentaje de
mujeres jefas de familia en el Chile rural, representaba el 8 por ciento y la de ellas
mayoría subsistía por otros medios diferentes al trabajo agrícola; generalmente en
el servicio doméstico79. Cualquiera de las alternativas para las mujeres solteras era
inevitablemente más vulnerable y materialmente más empobrecida que la situación
de las mujeres casadas.
El matrimonio también era importante para los hombres, sin embargo éstos podían
sobrevivir más fácilmente sin casarse. Para un inquilino o peón permanente la pérdida
de la esposa no significaba la pérdida del acceso a la tierra o del empleo. Para los
hombres que no eran propietarios, tener una familia podía llegar a ser un verdadero
problema, por cuanto debían mantenerla. Es por ello que los hombres solían postergar
el matrimonio hasta los veinte tardíos e incluso entrados los treinta años. En 1960
en las zonas rurales del Aconcagua, casi el 70 por ciento de los hombres menores de
30 años era soltero80. A los trabajadores temporeros, especialmente los afuerinos, les
era particularmente difícil mantener una familia dada la escasez de empleos y la
necesidad de trasladarse constantemente de región en región. La tendencia de los
peones a permanecer solteros era probablemente una de las razones que explican el
casi tercio de los hombres entre 25 y 60 años que nunca se casaron81. Así como en el
caso de las mujeres solas, los hombres solteros solían vivir con familias extendidas,
las que generalmente estaban bajo la tutela de un hombre casado. Eran muy pocos
los casos en que los hombres solteros asumían el rol de jefe de hogar en su calidad
de tíos, primos o cuñados. La diversidad de las familias en el campo no disminuía la
centralidad ni del matrimonio ni de la autoridad de los hombres casados frente a las
relaciones de género del campesinado en su conjunto.
Así como sucedía con las esposas, los maridos también trabajaban para el mayor
bienestar de sus familias. Los pequeños parceleros e inquilinos con regalías de
tierra generalmente preferían trabajar sus predios familiares, otorgándole al trabajo
asalariado una importancia secundaria. Pero la relación de los hombres casados con
el trabajo doméstico difería significativamente del de las mujeres casadas. Aunque el
cultivo de subsistencia era considerado un trabajo familiar, había una clara jerarquía en
la que los hombres, y no las mujeres, tenían la autoridad administrativa fundamental.
78
Cuadro 30, Censo de Población: Aconcagua, 1960.
79
Cuadro 30, Censo de Población: Aconcagua, 1960.
80
Demografía. Santiago: INE, 1960; Cuadro 5, Censo de Población: Aconcagua, 1960.
81
Cuadro 5, Censo de Población, 1960.
41
Inquilinos y trabajadores de fundo.
Fuente: Museo Histórico Nacional.
42
Eran los maridos los que podían mandar en el trabajo de las esposas y no viceversa. Eran
ellos los que decidían cuando ellos y sus hijos debían buscar trabajo en las haciendas,
cuándo se cultivaría su parcela, y cuándo y cómo sus esposas e hijas trabajarían
remuneradamente fuera del hogar82. De manera similar a lo que Christine Delphy ha
planteado acerca de los campesinos franceses, los hogares rurales eran, sin importar su
grado de empobrecimiento, convenios económicos por los que el hombre usufructuaba
del trabajo de mujeres, niños y otros parientes, hombres y mujeres83.
Los principios del matrimonio patriarcal determinaban la autoridad de los hombres
sobre las mujeres, incluso en aquellos hogares monoparentales. En los casos en que
los jefes de hogar fuesen hermanos o tíos sus expectativas sobre el acarreo de agua
y preparación de comidas por parte de sobrinas y hermanas estaban basadas en las
ideas sobre lo que las mujeres naturalmente debían hacer en su calidad de esposas.
Incluso esto sucedía en las relaciones entre padres e hijas. Los padres suponían que
las hijas debían lavar la ropa y preparar comidas no solo porque ellos demandaban
en su calidad de padres, sino fundamentalmente porque sus hijas eran mujeres cuyas
responsabilidades naturales hacia los hombres estaban definidas por el matrimonio.
En una dimensión más limitada, las mujeres jefas de hogar también gozaban de cierta
autoridad patriarcal para dirigir las labores de los niños, las de las mujeres adultas
dependientes y las de los hombres inválidos o ancianos. Pero una diferencia crucial
era que las jefas de hogar no tenían esposas84.
La autoridad de los hombres campesinos sobre las mujeres se desprendía de una
intrincada red de factores institucionales y culturales de la sociedad chilena que
generalmente privilegiaba a los maridos por sobre las esposas. Varios códigos legales
establecían el control del marido sobre los bienes materiales de su esposa e incluso
sobre su cuerpo. El Código Laboral requería que una mujer tuviese el permiso de su
marido para trabajar en un empleo remunerado85. El Código Matrimonial estipulaba
que el matrimonio era un acuerdo en el que la mujer debía obedecer a su esposo
y vivir con él con el fin de procrear y asistirlo86. Ella quedaba además legalmente
representada por su marido y le estaba prohibido vender bienes en común, aún cuando
82
Historias orales, incluyendo Anita Hernández, Jacobo Fernández, Santa María, 18 de octubre de 1992;
Katarina Antimán, Santa María, 25 de octubre de 1992; María García, Santa María, 22 de noviembre
de 1992; Nancy Silva, Panquehue, 7 de abril de 1993.
83
Christine Delphy y Diana Leonard, Familiar Explotation: A New Analysis of Marriage in Contemporary
Western Societies, Cambridge: Polity Press, 1992: 196-225.
84
Ibid.
85
Danisa Malic y Elena Serrano, “La Mujer chilena ante la ley” en Mundo de mujer: Continuidad y
cambio. Santiago: CEM, 1988: 53-71.
86
Ibid.
43
ella los hubiese comprado con sus propios ingresos87. Las mujeres casadas no podían
adquirir deudas ni créditos, ni tampoco dejar el país sin el permiso de sus esposos.
El Código Criminal consideraba delito las relaciones sexuales extramaritales de una
mujer casada, pero no criminalizaba de igual manera a los hombres por relaciones
del mismo tipo. Todas estas leyes reflejaban convicciones culturales más extensas en
la sociedad acerca de los derechos de género que establecían fronteras legítimas del
comportamiento masculino hacia las mujeres. Aún cuando la especificidad de estos
códigos no era de fácil disponibilidad para la mayoría de los campesinos, su lógica,
sin embargo, era traspasada por osmosis desde la ideología legal hacia los hechos
naturales de la vida.
La influencia del catolicismo funcionó de modo similar. A mediados del siglo
veinte, la doctrina católica sostenía que el propósito fundamental del matrimonio era
la procreación y que los deberes primordiales de una esposa eran dar a luz, y apoyar y
obedecer a su esposo, en tanto que los deberes de éste, consistían en liderar, proteger
y proveer a la familia. Si bien la mayoría de los campesinos del valle del Aconcagua
no estaban bajo un catecismo formal, sí estaban sometidos al espíritu católico88. Así,
aunque éstos rara vez asistían a la iglesia, aunque la carencia de sacerdotes era crónica,
y la mayoría de los clérigos eran nombrados con el beneplácito de los hacendados
locales, lo que hacía que muchos campesinos vieran en los servicios de la iglesia, y
especialmente en el sacramento de la confesión un instrumento de control social, los
ideales católicos de género eran difundidos a través de rituales populares. Éstos tenían
lugar fuera de la iglesia, especialmente en las procesiones de los santos locales y las
festividades de navidad, resurrección, cuaresma y pentecostés. A pesar del escepticismo
hacia los sacerdotes, los campesinos tenían en alta estima el matrimonio católico y el
bautismo, rituales que promovían una asistencia a lo menos ocasional a misa89.
Hacendados y educadores provenientes de las ciudades, también promovieron
la posición católica respecto al matrimonio. Tanto hacendados como reformadores
sociales católicos alentaron, en la décadas de 1940 y 1950, la evangelización religiosa
y el matrimonio como medios para mejorar el conflicto de clases y establecer la
paz social90. Desde la década de 1930 unos y otros comenzaron a preocuparse por el
aumento entre los campesinos de organizaciones de trabajadores de Izquierda. Bajo
87
Ibid.
88
Un estudio hecho por el Padre Alberto Hurtado encontró que solo el 9 por ciento de campesinas y
menos del 3 por ciento de hombres asistían a misa con regularidad. Alberto Hurtado y Humberto
Muñoz, ¿Es Chile un país católico?, Sociología religiosa de Chile, [1956], citada en Brian Smith, The
Church and Politics in Chile. Princeton: Princeton University Press, 1982: 98.
89
“Nacimientos”, 1950-1973, SMRC; “Bautismos y matrimonios”, 1955-1965, Santa María, Iglesia
Católica.
90
Bengoa (1990); Loveman (1976); Smith (1982).
44
el amparo institucional de la Acción Católica y del Instituto de Educación Rural
(IER) –ambas organizaciones de laicos–, los católicos de clase media se internaron
en el campo con el fin de aliviar la pobreza rural a través de la educación básica y
la instrucción vocacional, combinadas con el catecismo, difundiendo el matrimonio
y la reciprocidad conyugal como bases del mejoramiento social. A pesar que varios
de estos reformadores también defendían la organización de sindicatos campesinos,
muchos hacendados aplaudieron su trabajo como una manera de difundir sentimientos
de animadversión contra posiciones radicales y de estabilizar la fuerza laboral. Los
latifundistas construyeron capillas y salas de clases en sus haciendas, patrocinaron
misiones religiosas e, incluso, en ocasiones, financiaron el salario de un maestro de
escuela91. Según los testimonios de historias orales, los campesinos fueron alentados
y algunas veces obligados a contraer matrimonio a cambio de mantener sus trabajos92.
Estas políticas se implementaron bajo el supuesto de que los trabajadores con familia
serían más leales y dóciles, por lo que la preferencia en los empleos, especialmente
de inquilinos, estaba reservada para hombres casados con hijos.
En los años de 1950, el inquilinaje estaba estructurado como un patriarcado
campesino en el que las mujeres dependían de los hombres, teniendo como
responsabilidades principales el cuidado de los niños y las labores domésticas.
Los trabajos temporales en la producción de frutas y vegetales eran considerados
apropiados para las mujeres toda vez que les generaban menos conflicto con sus
responsabilidades hogareñas93. Este orden jerárquico era también útil a la demanda
de mano de obra estacional por parte de los hacendados. Las mujeres que residían
en la zona eran vistas como más confiables que aquellas afuerinas. En su condición
de mujeres –presumiblemente esposas y dependientes femeninas– se justificaba el
pagarles menos. Esta división según los géneros fue naturalizada por el significado
atribuido a los cuerpos de mujeres y hombres. El trabajo estacional femenino en frutas y
vegetales era percibido como menos demandante que aquel que realizaban los hombres
a tiempo completo. Así mientras las faenas de arado y acarreo de materiales envolvían
supuestamente un esfuerzo físico mayor, el atado de hojas de tabaco o el trenzado
de ajos eran asociados a destrezas similares a cocinar o coser, actividades propias de
las mujeres. Por su parte, cavar fosos y levantar cercas requerían de la musculatura y
resistencia representada en los animales de labranza y hombres pobres.
Esta división del trabajo no remunerado según los géneros era, en apariencia,
contravenida en los sectores minifundistas y de pequeños productores. Allí los hombres
cosían las hojas de tabaco, en ocasiones las mujeres araban, y tanto los trabajos de
91
Hurtado, en Smith (1982).
92
Historias orales de Anita Hernández, Katarina Antimán y María Galdámez.
93
Valdés (1988).
45
unos como los de otras tenían continuidad en el tiempo. Pero esto no era más que
apariencia. Las actividades femeninas no remunerativas desarrolladas en la parcela
familiar (recogiendo porotos o cavando canales) y los quehaceres de la casa (preparar
comidas) eran vistas como actividades no solo interrelacionadas entre sí, sino propias de
la esencia familiar. Por el contrario, el trabajo femenino estacional pagado (escogiendo
pasas para un empleador, por ejemplo) era asumido como una trasgresión temporal
a sus responsabilidades familiares, en tanto que era impensable el que las mujeres
fueran contratadas para cavar canales. La ubicación de las casas de los campesinos
situadas generalmente en las regalías o cerca de ellas, hacía más fácil para las mujeres
combinar el trabajo en la parcela con el trabajo doméstico, favoreciendo la división
del trabajo por género. Pero, más fundamentalmente, esta distinción surgía del hecho
que el trabajo de las mujeres en las parcelas familiares era vinculado a un trabajo
dirigido a esposos y familias, en tanto que el trabajo en las haciendas se hacía para un
empleador. A pesar que el trabajo de las mujeres en las haciendas era más mal pagado
y duraba menos que el de los hombres, su sola existencia ponía potencialmente en tela
de juicio la autoridad de los campesinos sobre sus mujeres, en tanto que las actividades
agrícolas de subsistencia desarrolladas por las mujeres no lo hacía. La coexistencia
entre sectores agrícolas pagados y aquellos no remunerados aumentaron la valoración
del trabajo de los hombres por sobre el de las mujeres. El pago en las haciendas (ya
fuera en dinero o en especies) llevaba a distinguir entre diferentes tipos de trabajo. La
proyección de la división del trabajo según los géneros desde las familias al trabajo en
la hacienda, hacía suponer que la responsabilidad económica recaía en los hombres en
tanto que las obligaciones del hogar eran de las mujeres. Ello no solo justificaba una
remuneración más alta y un trabajo más permanente para los primeros, sino también
asociaba tanto el trabajo pagado como el de la hacienda, con los hombres94. El trabajo
en las haciendas, centro de la economía agraria chilena dada su importancia social y
política, quedó definido como un trabajo masculino.
94
Christine Stansell, City of Women: Sex and Class in New York, 1789-1860. Urbana: University of Illinois
Press, 1987; Jean Boyston, Home and Work: Housework, Wages, and the Ideology of Labor in the Early
Republic, New York: Oxford University Press, 1990.
46
sociales que estos imponían, éste todavía era concebido como un servicio obligado a
cambio de la subsistencia. Es más, los empleadores regularmente se referían a los
inquilinos como indios. El uso del término indio es especialmente significativo toda vez
que los campesinos no se consideraban ni indios ni pueblo indígena. Hacia la década
de 1950, la mayoría de los campesinos del Aconcagua y del Chile Central compartían
una cultura y una identidad mestiza, herencia combinada de ancestros indígenas y
europeos95. Para ellos los “verdaderos” pueblos indígenas estaban ubicados en las
lejanas regiones del norte y del sur del país, literal y figurativamente en los bordes
de Chile, y no donde ellos residían: en consecuencia, no eran indios. La memoria de
ancestros africanos, pequeña pero significativa en tiempos de la Colonia, se había
borrado por completo. En lugar de ello, los campesinos se referían a sí mismos como
pueblo chileno o raza chilena. Esta concepción mestiza tuvo sus orígenes en las ideas de
blanqueamiento del siglo diecinueve. Al respecto, los historiadores Thomas Klubock y
Karin Rosemblatt han postulado que los conceptos de raza y pueblo habrían adquirido
significados más populistas, e incluso a ratos anti-racistas durante las décadas de 1930
y 1940 cuando fueron entusiastamente promocionados por los gobiernos del Frente
Popular como una forma de afirmar la unidad nacional diluyendo las diferencias de
clase y como un mecanismo para oponerse a las percepciones provenientes del Atlántico
norte sobre la inferioridad de América Latina96. Aunque es necesario una investigación
más profunda sobre el tema, Chile parece haber experimentado un proceso similar al
que el historiador Jeffrey Gould ha descrito para el caso de Nicaragua, en donde el
mito del mestizaje del indio con el europeo proponía una homogeneidad racial (aunque
mezclada en sus orígenes) como la base de la nación. Ello devino en la creación de
nuevas razas (nicaragüense o chilena) y la supresión sistemática y pérdida cultural
de las prácticas y memorias indígenas y africanas97.
Cualquiera haya sido el origen del mito del mestizaje de la raza chilena, el hecho de
que los campesinos del Aconcagua abrazaran tales nociones y que sus empleadores se
reservaran el derecho de llamarles indios sugiere que la raza era un signo de los códigos
de privilegio y dominación de clase. Al mismo tiempo, muchos terratenientes reclamaban
que ellos eran la raza chilena, no obstante marcar claras distinciones respecto de la
masa de campesinos pobres. Los terratenientes eran un grupo heterogéneo, inseguro
95
George McBride, Chile: Land and Society. New York: American Geographical Society, 1936.
96
Thomas Miller Klubock, “Nationalism, Race, and the Politics of Imperialism: Workers and North
American Capital in the Chilean Copper Industry”, en Gilbert Joseph (ed.), Rethinking the Political:
A View from the North. Durham: Duke Univ. Press, 2001; Gabriel Salazar y Julio Pinto, Historia
contemporánea de Chile I: Estado, legitimidad, y ciudanía. Santiago: LOM, 1999; Julio Pinto, Trabajos
y rebeldías en la pampa salitrera: El ciclo del salitre y la reconfiguración de las identidades populares,
1850-1900. Santiago: Universidad de Santiago, 1998.
97
Jeffrey Gould, To Die in This Way: Nicaraguan Indians and the Myth of Mestizaje, 1880-1965. Durham:
Duke University Press, 1998.
47
acerca de mantener su estatus. Incluía una minoría de familias acaudaladas y poderosas
dueña de las haciendas más extensas del Aconcagua, con contactos e inversiones en
los sectores industriales y bancarios de Chile. También incluía a familias que habían
perdido sus fortunas y que se aferraban a la tierra por razones meramente sociales y
políticas. Algunos argüían tener ancestros en las familias coloniales españolas; en tanto
que otros vinculaban su linaje a inmigrantes italianos, alemanes e ingleses del siglo
diecinueve. Muchas de las haciendas de mediana extensión habían sido adquiridas
hacia el 1900 por empresarios que buscaban invertir, incluyendo a lo menos media
docena de familias de apellidos árabes, que reflejaba el impacto de la ola inmigratoria
Palestina que tuvo lugar a mediados del siglo veinte98.
Los terratenientes se vanagloriaban de su chilenidad, por ser los proveedores del
alimento del país, y por su rol histórico en la colonización del territorio nacional.
Mientras que lo primero acentuaba el auténtico compromiso de los hacendados con la
nación chilena, lo segundo aludía al proceso de conquista de los indígenas por parte
de los europeos, sugiriendo que éstos seguían desempeñando un papel civilizador99. Si
bien los hacendados reconocían y aceptaban el mestizaje chileno, ponían más énfasis
en el aporte europeo a la mezcla racial. La reciente influencia árabe era simplemente
ignorada. Los periódicos de Los Andes y San Felipe dirigidos por la elite, proclamaban
a la arquitectura colonial española del Aconcagua como la más hermosa de todo Chile
y atribuían al ingenio de los viñateros italianos y empresarios ingleses el desarrollo de
la agricultura regional. En la hacienda de los Edwards, ubicada en el sector de Santa
María –familia chilena de ancestros británicos y poderosos intereses bancarios– se
servía el té, como era tradición en Inglaterra, a las cuatro de la tarde, en contraste
con la práctica seguida en Chile de tomar las once al atardecer100. Los domingos, las
asociaciones de caballeros de rodeo, conocidas como clubs de huasos, reunían a los
propietarios vestidos con sombreros negros de ala ancha y mantas bordadas, montados
en caballos pulcramente almohazados con banderas chilenas en sus crines, para desfiles
y competencias que hacían referencia, en términos nacionalistas, a las fiestas españolas.
Aunque estos rodeos tenían un toque populista al incluir a pequeños propietarios e
inquilinos con caballos, éstos eran auspiciados y dirigidos por las elites, confirmando
las jerarquías de clase en términos raciales. Así, el privilegio de poseer una hacienda
de tamaño considerable, o bien el estar cerca de tal privilegio, era concebido como
parte esencial de la “chilenidad” con acento cosmopolita y europeo.
98
Sergio Gómez, “Transformaciones en un área de minifundio: Valle de Putaendo, 1960-1980”, Documento
de Trabajo, FLACSO, 1980; Maurice Zeitlan y Richard Ratcliff, Landlords and Capitalists: The Dominant
Class of Chile. Princeton University Press, 1988.
99
McBride (1936): 150.
100
Anita Hernández, historia oral.
48
Pero los símbolos racializados categorizaban, sobre todo relaciones de servidumbre,
marcando una clara distinción entre aquellos con poder para demandar servicios de
aquellos que estaban obligados a proveerlo. Para la elite latifundista, los campesinos
eran indios (o bien asociados con los que presumiblemente habían sido indios), toda
vez que, por definición, los inquilinos debían servir y eran subordinados. Esta noción
se extendía a todos los campesinos, incluso a aquellos sin obligaciones formales de
inquilino. Los campesinos no solo eran inquilinos potenciales, sino que cualquier tipo
de relación enmarcada dentro del mundo rural adoptaba la lógica del inquilinaje.
Propio de las nociones de servicio y servidumbre, los campesinos eran racializados como
inferiores por su pobreza, analfabetismo, supuesta inmundicia y superstición, marcas
todas que los distanciaban del refinamiento moderno de sus superiores. Parafraseando
al antropólogo Roger Lancaster y su discusión sobre el mestizaje en América Central,
no era que en el Aconcagua los hacendados europeos dominaran a los campesinos
indios, sino que “lo europeo” dominaba a “lo indio”101. En la noción de raza chilena,
los hacendados estaban claramente asociados con lo primero y los campesinos con lo
segundo. Más aún, dado que la raza chilena era importante para establecer las nociones
de ciudadanía, la tendencia de la elite de ver a los campesinos como indios se expandía
a todos los pobres del mundo rural, apareciendo como miembros menores de la nación
–situados más cerca de la barbarie que de la vida civilizada.
La raza también funcionaba como un signo de jerarquía entre los mismos campesinos.
Si bien éstos rechazaban el término indio para sí mismos, impugnando la idea de los
patrones sobre su supuesta inferioridad racial e insistiendo en su linaje chileno, los
campesinos sí aceptaban la identificación de indianidad con servilismo. Incluso era
frecuente que utilizaran el término indio como un insulto hacia otros campesinos. Dadas
las desigualdades existentes entre los trabajadores rurales –expresadas en la relativa
seguridad de los inquilinos versus las incertidumbres del trabajo asalariado; o en la
distinción entre pequeños agricultores con extensas granjas versus minifundistas– la
palabra indio era también usada contra otros campesinos. Las razones eran diversas
(celos o altanería), pero siempre como una señal de desprecio que subrayaba no solo
la rivalidad entre los campesinos, sino los límites de la solidaridad de clase. En los
testimonios de las historias orales, los antiguos inquilinos, minifundistas y trabajadores
permanentes, se referían burlonamente a los inmigrantes afuerinos como sureños y
rotos. El primer término aludía al sur chileno y sus comunidades indígenas mapuches,
mientras que el segundo connotaba disfunción social, violencia y negligencia. La
población campesina más permanente en el Aconcagua también describía a los
afuerinos como personas “no-confiables” que “vivían como animales” en los cobertizos
101
Roger Lancaster, Life is Hard: Machismo, Danger, and the Intimacy of Power in Nicaragua. Berkeley:
University of California Press, 1992: 231.
49
o corrales del patrón, siempre borrachos y dispuestos a aceptar la mayor parte de sus
jornales en alcohol102. Aquí indio significaba forastero vicioso, vagabundo miserable
y causa de la caída de los salarios.
Por su parte, la mayoría de los minifundistas y pequeños agricultores llamaban
indios a los inquilinos por la consideración que tenían hacia los hacendados y por
su falta de independencia. En ocasiones los trabajadores permanentes y temporeros
asalariados los llamaban indios apatronados, refiriéndose a la lealtad que debían a sus
patrones a cambio de su seguridad. La expresión indio se usaba para amenazar, acusar
al otro de inferioridad, o como afirmación defensiva del propio acusador. Si ser indio
significaba desvalorizar el trabajo propio, y someterse servilmente a los designios del
patrón, el epíteto de indio ponía en duda la masculinidad del afectado toda vez que
ésta se medía por la capacidad de independencia y dignidad de los trabajadores.
Si los campesinos aceptaban el sentido peyorativo del término indio, ellos tenían
posturas más equívocas respecto de la superioridad europea. El dinero, la sofisticación,
y el poder estaban asociados a un tipo de blancura ligada a la holganza cosmopolita
y a la vida urbana, en contraste con el aislamiento y duro trabajo de los campesinos.
Sin embargo, estos rasgos también eran vistos como problemáticos. En el testimonio
de Miguel Acevedo, un antiguo trabajador temporero de la comuna de San Esteban,
éste se lamentaba que las muchachas campesinas que se iban a trabajar de empleadas
domésticas a Santiago y Valparaíso volvieran sintiéndose “demasiado buenas” para
sus pares campesinos: “Volvían con ropas bonitas–nada de sacos de harina para ellas!
solo ropas de fábrica, elegantes y con maquillaje. Ellas volvían más blanquitas y no
querían tener nada que ver con los muchachos del campo. ¡Sólo los muchachos de la
ciudad eran buenos para ellas!”103.
Haciendo uso del rechazo sexual de estas mujeres hacia los campesinos como
un signo de la desintegración de la comunidad, Acevedo advertía de la amenaza del
mundo blanco urbano. Al mismo tiempo, sin embargo, demostraba su anhelo implícito
de que las jóvenes provenientes de la ciudad se fijaran en los muchachos del campo,
reflejando un deseo por ese mundo. Emilio Ibáñez, un antiguo trabajador estacional de
la comuna de Santa María recordaba, con similar ambivalencia y un toque de misoginia,
su primera aventura en Valparaíso. El viaje, por un trabajo en la construcción que
duró seis semanas, ofrecía, por una parte, salarios que jamás podría encontrar en su
tierra, así como la oportunidad de “ver rubias y pelirrojas” en los bares alrededor del
puerto. Sin embargo, su origen campesino delatado por su marcado acento y parches
102
Historias orales, incluyen a Jacobo Fernández, Armando Gómez y Pascual Muñoz, Santa María,
20 de noviembre de 1992. También ver entrevistas con campesinos en McBride (1936) 150; Gómez
(1980).
103
Miguel Acevedo, historia oral, San Esteban, 7 de septiembre de 1997.
50
en la ropa, hizo que esas mismas mujeres se burlaran de él como indio, preguntándole,
incluso, si sabía comer con tenedor104.
Dentro de las haciendas, era frecuente que los campesinos asociaran la pretensión
de superioridad racial de la elite como un indicador de la ilegitimidad del poder del
empleador. Las mujeres campesinas que trabajaban como empleadas domésticas en la
casa patronal, asociaban la vida refinada y moderna de los dueños de casa con el abuso.
Los refrigeradores solían estar cerrados con candados para evitar el acceso a éstos por
parte de los sirvientes y no era extraño que se les prohibiera el uso de agua caliente
bajo el pretexto de que sería un derroche, ya que las sirvientas preferían bañarse con
agua fría105. Las empleadas domésticas comían alimentos diferentes y de menor calidad
que los de sus empleadores y se les prohibía el uso de los servicios de porcelana o de
plata. En el caso de que ellas vivieran en la residencia, solían dormir en pequeñas
habitaciones sin amoblado y sin ninguna fuente de calor. Si estas burdas distinciones
materiales servían a la elite para posicionarse por encima de los campesinos, las
sirvientas, lejos de asociarlas a la superioridad de los patrones, las tomaban como
prueba de su inhumanidad. Una mujer campesina recordaba su experiencia: “¿Qué
clase de persona trata a otra así? Su lujo lo volvía loco, como [un] animal”106.
Los campesinos también ponían en duda la legitimidad racial de sus empleadores
cuestionando su chilenidad. Contraviniendo el significado positivo que las elites
latifundistas otorgaban a la herencia europea, los campesinos solían describir el
Valle del Aconcagua como un lugar controlado por “extranjeros”, refiriéndose a sus
patrones como gringos107. Aún si tales calificaciones hubiesen sido solo un murmuro
fuera del alcance de oído del patrón, éstas servían como un medio importante para
contrarrestar el racismo de la elite. Dado el significado popular de pueblo y raza
chilena, los campesinos ligaban el monopolio rural de la tierra con extranjeros, dando
a entender que las pretensiones europeizantes de los hacendados les desautorizaban
de ser realmente chilenos. Los “verdaderos chilenos” eran, por deducción, los
campesinos. Por su parte, los terratenientes de descendencia palestina o árabe
quedaban completamente fuera del espectro del mestizaje nacional, siendo calificados
de “turcos”, y, en algunas ocasiones de “judíos”108. Así, para los campesinos, si los
patrones con herencia italiana, española o inglesa eran “extranjeros” por su calidad de
europeos, en el caso de los patrones con ascendencia árabe éstos eran deslegitimados
a través de descalificaciones racistas y antisemíticas de origen europeo.
104
Emilio Ibáñez, historia oral, Santa María, 10 de noviembre de 1992.
105
Garrett (1978): 158-160.
106
Irene Campos, historia oral, Santa María, 4 de septiembre de 1997.
107
Historias orales, incluyen a Pascual Muñoz, Santa María, 20 de noviembre de 1992; y a Rosa Tolosa,
Santa María, 11 de octubre de 1992.
108
Jacobo Fernández, historia oral.
51
Las relaciones racializadas entre patrón y trabajador eran también relaciones
patriarcales. Tanto para las mujeres como para los hombres campesinos el patrón
aparecía como la figura predominante y la principal fuente de poder en la sociedad
rural. Pese a que algunos hacendados por herencia o subdivisión legal de la propiedad,
eran mujeres, el ejercicio de la autoridad era, en general, un privilegio exclusivamente
masculino109. Esta situación legitimaba el dominio de los hombres representando la
distinción de clases en términos genéricos. La aceptación de la autoridad masculina
naturalizaba las jerarquías de clase, manifestadas en actitudes cotidianas de
benevolencia y deferencia, control y dependencia, que pasaban a formar parte del
sentido común. Una de las expresiones más claras era la autoridad que el patrón
ejercía dentro de su propio hogar. Las familias de grandes latifundistas, así como en el
caso de las de administradores que en ocasiones subrogaban al patrón en su ausencia,
eran casi siempre dirigidas por hombres. Eran ellos los que tomaban las decisiones
concernientes a la producción, administración, y venta de las tierras familiares110.
Además contrataban empleados o bien asignaban a sus hijos las tareas de supervisar
las faenas diarias. Pero, por lo general, eran ellos mismos quienes, montados en sus
caballos o desde su camión, inspeccionaban personalmente las operaciones. En estas
ocasiones los inquilinos y trabajadores contratados se ubicaban a la orilla del camino
alzando sus sombreros cuando pasaba el patrón. Las mujeres campesinas instruían
a sus hijas que trabajaban como sirvientas en la casa patronal, no mirar jamás a los
ojos al patrón111.
El inquilinaje involucraba, en esencia, relaciones entre hombres. El dominio
masculino también era parte de la explotación de clase. Era el patrón quien proveía el
trabajo del que dependía la sobreviviencia de otros hombres, y era él quien controlaba
los cuerpos y las tareas de hombres considerados socialmente inferiores. La naturaleza
arbitraria de los contratos laborales personales recalcaba, particularmente la
verticalidad de los lazos entre el empleador –hombre– y el trabajador. Los hacendados
no solo aprobaban, sino que promovían las relaciones patriarcales dentro del hogar
campesino, incluyendo la idea de que eran los jefes de hogar hombres quienes
debían mantener económicamente a la familia. Sin embargo, ellos se reservaban el
109
Hacia fines de 1950, esposas y mujeres de la familia se convertían en propietarias legales con más
frecuencia, pero este hecho a menudo era resultado de los intentos de subdividir legalmente la
propiedad en parcelas más pequeñas como una respuesta a los rumores de la inminente reforma
agraria, más que al aumento de la autoridad femenina sobre la producción en la hacienda. En el estudio
de Sergio Gómez sobre los propietarios del Chile central, se encontraron los roles administrativos y
políticos de las mujeres propietarias como seres “insignificantes”; Gómez (1972).
110
Según las inspecciones de fundo hechas por la CORA, de 50 fundos en Aconcagua, solo en 6 casos
los dueños no vivían en su propiedad; “Carpetas de la reforma agraria, Aconcagua”, CORA.
111
Historias orales, Irene Campos, Susana Tapia, Adriana Rojas, Anita Hernández y Elba Herrera, Santa
María, 4 de septiembre de 1997.
52
derecho de otorgar y quitar esta prerrogativa. La decisión sobre quién calificaba para
inquilino –posición relativamente más segura– se basaba en una evaluación personal
del patrón sobre el desempeño, lealtad, disposición y años de servicio del campesino.
Pese a que el requerimiento legal estipulaba lo contrario, los contratos del inquilino
se establecían generalmente en forma verbal y finalizaban de forma inmediata si el
trabajo del inquilino era considerado deficiente. Los inquilinos podían ser, y de hecho
eran, desalojados de sus casas y tierras de regalía en cualquier momento.
La situación de los trabajadores permanentes y temporeros era aún más precaria.
Los contratos verbales se hacían por uno o dos años, siendo denegados a aquellos
trabajadores que hubiesen incurrido en algún tipo de impertinencia el año anterior.
Además no había garantía alguna de que se respetaría el período laboral estipulado
en los contratos, dado que, a diferencia del caso de los empleadores industriales, los
agricultores no estaban legalmente obligados a compensar a los trabajadores que
fuesen despedidos antes que expirara el contrato. Si bien los hacendados tenían
el incentivo de mantener el tamaño y composición de la fuerza laboral durante la
estación de cultivo, los altos niveles de desempleo y la baja oferta de trabajo en el
campo facilitaban el reemplazo de trabajadores considerados como indeseables, en
cualquier momento.
La vulnerabilidad a la que estaban sometidos los campesinos que dependían
básicamente de la benevolencia del patrón, se reflejaba especialmente en la práctica
de pagarles en especies. En la medida que los salarios agrícolas fueron cayendo en
cerca de un 40 por ciento de su valor real durante la década de 1950, la cantidad y
calidad de las compensaciones en combustible, vivienda y leña, hacían la diferencia
entre una pobreza miserable y una manejable, así como la distinción entre un “buen”
patrón y uno “malo”112. A pesar que las leyes regulaban los pagos en mercancías, los
hacendados ejercían una autoridad casi sin límites para determinar el contenido y el
precio de los mismos, tendiendo muchas veces a sobreestimar groseramente su valor113.
Dado que los pagos en especie eran cruciales para la sobrevivencia del campesino,
ellos eran indicadores de la capacidad de los hombres para proveer a sus familias. Sin
embargo, la asignación arbitraria de tal pago reforzaba la idea que la remuneración
dependía más de la buena voluntad del patrón que de la obligación contractual.
La autoridad del patrón era reforzada por ritos paternalistas que demostraban
su generosidad. En las festividades religiosas y nacionales los hacendados y
administradores regalaban licor y carne a sus trabajadores; éstos también financiaban
112
Según el Banco de Chile, salarios agrícolas, valuados en Escudos de 1961, eran E° 275,22 en 1953,
E°165,41 en 1957, E°146,33 en 1958 y E°177,92 en 1960; Oscar Domínguez, El Condicionamiento de
la reforma agraria. E. Louvain, 1963.
113
CIDA (1966): 56-57.
53
las fiestas de matrimonio y bautismo, y donaban animales para las comidas de los
festivales de la cosecha114. Tales donaciones sugerían una actitud benevolente e incluso
paternal de los empleadores hacia los trabajadores. Pero también hacían del patrón
una figura central en la sociabilidad del campesino, enrostrándoles la fragilidad de su
posición como jefes de hogar, en su calidad de dependientes. Cuando Anita Hernández,
hija de un inquilino, se casó, en 1952, en la hacienda Casa Quilpué en el distrito de
San Felipe, fue el patrón, no su padre ni su familia, quien auspició las festividades.
La fiesta duró varios días e incluyó a todos los trabajadores de la hacienda y fue el
hacendado quien donó la chicha y el aguardiente115. A fines del verano, las actividades
de desgranamiento del trigo, conocidas como la trilla, se transformaban en festejos
que duraban hasta dos semanas, a lo largo y ancho de la hacienda116. En la mañana
los hombres traían vagones cargados de trigo cortado para poner en la trilladora, la
que era movida por caballos en forma circular; las mujeres instalaban ollas de agua
en fogatas al aire libre para preparar la cazuela, la que sería acompañada al mediodía
con licor y más carne enviados por el patrón. Música, baile y otras actividades sociales
tenían lugar de modo intermitente hasta después de la puesta del sol117. Para navidad,
y el 18 de septiembre, los hacendados daban a los trabajadores bonos y regalos en
alimentos y ropas. Los actos de caridad no se reducían solo a los inquilinos, sino que
eran extensivos a todos los trabajadores agrícolas. Sin embargo, tratos especiales,
tales como el pago de los gastos médicos o el mantenimiento de las viudas, estaban
reservados para familias de unos pocos favoritos. Tal como sucedía con los pagos en
mercancías, la generosidad del patrón menoscababa el valor del trabajo, promoviendo
la idea de que la supervivencia del campesino dependía más de la magnanimidad del
hacendado que del valor del trabajo propiamente tal.
La patrona –esposa del patrón– desempeñaba un papel clave en estos ritos
paternalistas. En las navidades en la hacienda de Piguchén en la comuna de Putaendo,
en lugar de ofrecer la acostumbrada fiesta a los trabajadores, la patrona visitaba
cada una de las familias de inquilinos, repartiendo dulces a los niños que le cantaban
villancicos118. También era común que la patrona administrara una pequeña tienda
o pulpería en la hacienda, en la que vendía productos tales como frazadas, aceite de
cocina, parafina, alcohol, y vestuario –pantalones y botas de segunda mano provenientes
del ejército–. Estas mercancías se vendían generalmente a crédito y su cobro se deducía
114
Historias orales de Anita Hernández, Jacobo Fernández, Jorge Tejedo, René Aguirre, Katarina
Antimán, Nancy Silva, Raúl Aguirre y Armando Gómez.
115
Anita Hernández, historia oral.
116
Elena Vergara, historia oral.
117
Este relato se encuentra en varias historias orales. Véase también las entrevistas en Hombres y
mujeres en Putaendo: Sus Discursos y su visión de la historia. Santiago: CEM, 1988.
118
Gómez (1980): 53.
54
de los salarios semanales. El día de pago, la patrona se sentaba en una mesa junto a su
esposo, detallando a cada trabajador o trabajadora las compras y deudas que habían
contraído con la pulpería. En ocasiones, las deudas de poco monto eran “perdonadas”
a cambio de que una hija o hijo de la familia campesina trabajara para la patrona. En
los inviernos particularmente lluviosos, la patrona podía distribuir frazadas extras sin
cargo, o lo que era más común, sin cargo hasta que la estación de siembra proveyera
a los campesinos de un empleo más regular119. La patrona podía ser tan caprichosa
y autoritaria como su marido, pero sus actos de caridad estaban dirigidos a suavizar
los aspectos más severos del inquilinaje. Era usual que en su calidad de esposas,
las patronas desarrollaran actividades con las mujeres campesinas para enfatizar
el cuidado maternal para con los trabajadores, así como difundir la idea de que las
desigualdades de clase no eran otra cosa sino parte de la natural jerarquía familiar.
Cuando la benevolencia y el paternalismo no eran suficientes para asegurar
el control sobre los trabajadores, se recurría a la fuerza directa. Los hacendados
y administradores suplentes disciplinaban físicamente a los trabajadores y los
intimidaban con la amenaza de la violencia. Los inquilinos de la hacienda San José
en la comuna de Putaendo se quejaban al sociólogo Sergio Gómez que su patrón
golpeaba a trabajadores sin otra razón que su temperamento rabioso y que solía ir
lanzando insultos en sus recorridos de vigilancia por la hacienda120. Miguel Acevedo
y Raúl Fuentes, antiguos trabajadores de las comunas de San Esteban y Santa María,
recordaban en sus testimonios orales que se solía golpear a los trabajadores por llegar
tarde o por no cumplir satisfactoriamente las tareas121. Algunos patrones cargaban
rifles o revólveres cuando supervisaban el trabajo de la hacienda y atizaban a los
trabajadores a punta de fusil122. Cuando el padre de María Galdámez fue expulsado
de una hacienda en la comuna de Santa María, “por la pura rabia”, el patrón envió a
sus dos hijos y a un administrador al hogar del inquilino. Los hombres echaron abajo
la puerta y arrastraron al padre de Galdámez fuera de la casa, “pateándole como [a
un] animal”123. De vez en cuando los periódicos de San Felipe y Los Andes publicaban
noticias sobre incidentes de violencia aún más extrema, incluyendo un caso en 1958
en el cual un hacendado al que no se nombra, disparó en el estómago al trabajador
Tomás Quiroga Báez, por disputar el valor de la regalía de su vivienda124.
119
Anita Hernández, historia oral.
120
Gómez (1980): 57.
121
Miguel Acevedo y Raúl Fuentes, historias orales.
122
Ibid.
123
María Galdámez, historia oral.
124
El Trabajo, 6 de febrero, 1958, p. 2.
55
Pero la fuerza directa nunca fue el principal medio de coerción. En su lugar,
la autoridad jerárquica masculina se reproducía a través de rituales cotidianos de
sumisión y humillación. En la hacienda de San Miguel ubicada en la comuna de San
Esteban, los inquilinos y peones cuando se presentaban a trabajar temprano en la
mañana, se debían parar descalzos frente al patrón, sombrero en mano y con los ojos
bajos, mientras éste, montado en su caballo, daba las instrucciones125. Luego debían
caminar en fila única detrás del caballo del patrón que les conduciría a los campos126. A
los trabajadores que llegaban tarde a la hacienda de Miraflores en la comuna de Santa
María, se les privaba de la ración de pan de media mañana y tenían que mantenerse
solo con agua hasta la comida de las doce127. A los trabajadores más molestosos –los
que iniciaban las peleas con otros trabajadores, o los que se presentaban a trabajar
borrachos o con resaca– se les asignaban faenas consideradas como indeseables, tales
como cavar canales de irrigación o mover a pala el estiércol animal128. A los inquilinos
se les podía castigar por tener menos animales de los que ellos podían guardar en sus
regalías o bien obligarlos a ceder al patrón algunas de sus ovejas o gallinas.
Los hacendados y administradores también intervenían directamente en los hogares
campesinos infringiendo la autoridad patriarcal de los trabajadores. Era frecuente que
ellos decidieran respecto a los hijos del inquilino o algún miembro varón de la familia
para que sirvieran como trabajador obligado, o bien les ordenara proveer mujeres
para la cosecha o el servicio doméstico en la casa del patrón. La demanda de trabajo
de mujeres constituía, particularmente, una afrenta a la autoridad de los campesinos
ya que, además de menoscabar sus derechos como jefes de familia para definir la
distribución del trabajo de cada uno de sus miembros, desafiaba su derecho a definir el
lugar que debían ocupar sus mujeres. El temor generalizado de un posible asalto sexual
por parte del patrón a aquellas mujeres que trabajaban fuera de su hogar, concretaba
la amenaza. La violación de una esposa o hija por parte del patrón simbolizaba una
doble subordinación del campesino: por una parte lo despojaba de su dominio sexual
exclusivo sobre sus mujeres y, por otra, lo volvía impotente para prevenirlo.
Es muy difícil saber la dimensión exacta de las violaciones ya que la mayoría no
era denunciada ni ante funcionarios ni ante la familia de la mujer. En los testimonios
orales, hombres y mujeres recuerdan las violaciones como una característica común
de la vida en las grandes haciendas; sin embargo, se refieren a ellas en términos
muy generales como “algo que sucedía mucho”, sin especificar las situaciones de
individuos particulares. La violación constituía un claro y poderoso símbolo tanto
125
Bernardo Flores, historia oral, San Esteben, 14 de septiembre de 1997.
126
Ibid.
127
Emilio Ibáñez, historia oral.
128
Raúl Fuentes, historia oral.
56
para hombres como mujeres, de la inferioridad de los campesinos en su conjunto. La
mujer violada representaba la vulnerabilidad de clase y un atentado al patriarcado
campesino, poniendo de manifiesto la inhabilidad de los hombres pobres para proteger
a sus mujeres o para ejercer un verdadero control sobre sus hogares. Pero la violación
ocurría, y le ocurría a mujeres. La violación no solo representaba el control social, sino
que constituía una de sus formas más pública. Si bien la violación era un claro signo
de la dominación de los hombres de la elite sobre los hombres pobres, era, ante todo,
una dominación de los hombres sobre las mujeres. Los hacendados y administradores
se sentían con derecho sobre cuerpos y el trabajo de todos los campesinos, hombres
y mujeres, sin embargo el sentido de privilegio sexual parece haber estado reservado
para las mujeres. La violencia heterosexual jugó un papel específico en los mecanismos
de control social.
Las violaciones no solo aterrorizaban, dañaban y humillaban a la mujer, sino que
potencialmente la alienaban de su comunidad. Aunque las víctimas de violación
generalmente no eran expulsadas de sus hogares, les era difícil casarse, no tanto por
el tabú en torno a la virginidad (el que parece haber sido bastante relajado en la
zona rural del Aconcagua), sino porque la estigmatizaba como la mujer violada por
el patrón. La vergüenza de la familia asociada al estupro generalmente dificultaba el
que las mujeres contaran lo sucedido, incluso a otros miembros de la misma familia, y
cuando lo hacían, éstos cerraban filas para encubrir la información. El forzado silencio
perpetuaba la autoridad patriarcal del patrón y del hogar campesino. La amenaza
de violación disciplinaba a las mujeres ante patrones y supervisores hombres, como
trabajadoras y como miembros de las familias campesinas. Los espacios fuera de la
casa familiar eran considerados riesgosos para las mujeres –lugares que merecían
una mayor cautela y atención–. Así la violación delimitaba los lugares del trabajo
masculino y femenino, imponía una percepción de los cuerpos de las mujeres como
amenazas potenciales a la integridad masculina de las familias rurales, y establecía
al patriarcado campesino como la principal defensa contra estas amenazas.
La violación era particularmente un peligro para las sirvientas domésticas. No solo
porque era un trabajo aislado sino, fundamentalmente, porque éste se entendía como
un servicio personal. Por definición, las sirvientas domésticas atendían las necesidades
más íntimas de los miembros de la casa, lo que, dentro de la lógica patriarcal podía
fácilmente extrapolarse a la obligación de satisfacer las demandas sexuales de los
hombres. El sexo eventualmente era asociado a una parte del trabajo doméstico que las
campesinas debían desempeñar a cambio de un pago o simplemente por la obligación
que imponían los patrones; actividad también vinculada a sus esposas, aún cuando
éstas estaban, por definición, exentas de encerar pisos y cambiar sábanas.
57
El acceso a servicios sexuales de las sirvientas domésticas era entendido también
como un privilegio racializado. La elite se refería a sus empleadas domésticas como
indias o chinitas, términos que invocaban las jerarquías raciales del pasado colonial
y el acceso a su sexualidad. India y china indicaban a mujeres de castas inferiores y
mestizas, mujeres, por definición, con bajas virtudes sexuales; el término china, en
particular, era asociado con el coqueteo y el concubinato. La autoridad del patrón de
perpetuar, hacia mediados del siglo XX, la distinción de castas coloniales, y aplicarlas
a mujeres campesinas con identidad y cultura mestizas, servía para naturalizar el
aspecto sexual de las relaciones laborales y para sublimar su carácter coercitivo. La idea
era establecer que las relaciones entre hacendados e indias o chinitas habían estado
siempre presentes en la vida del campo chileno, a partir de relaciones consensuales,
aunque desiguales, entre hombres y mujeres, patrones y peones.
129
Según Brian Loveman, entre 1940 y 1950, el Departamento del Trabajo recibió 1.389 pliegos de
peticiones de trabajadores agrícolas. Loveman (1976): 130.Véase también Brian Loveman, El
Campesino Chileno le escribe a su excelencia. Santiago: ICIRA, 1971.
58
Los campesinos también hacían frente a la autoridad del hacendado a través de
los sindicatos rurales. Los primeros esfuerzos de organización en el campo datan
de principios del siglo XX y se iniciaron, justamente, en el Aconcagua. En 1919, la
Federación Obrera de Chile (FOCH) de base urbana, y dirigida por quien iba a ser
el fundador del Partido Comunista, Luis Emilio Recabarren, formó un sindicato de
inquilinos y mineros en la comuna de Catemu, que tuvo corta duración130. Luego,
el Código Laboral de 1931 reconoció formalmente el derecho de los trabajadores
agrícolas a formar sindicatos, negociar colectivamente, e ir a huelga. A lo largo de
los años 1930s, comunistas y socialistas organizaron algunos sindicatos en el Valle
del Aconcagua, y docenas de ellos en otras partes de Chile Central131. Incluso hubo
ocasiones en que sujetos de la clase alta participaron en estas organizaciones: por
ejemplo en un sindicato formado en 1937 en la hacienda Santa Rosa de la comuna de
San Felipe, se llevó a cabo una serie de sesiones de estudio sobre el Código Laboral
dirigidas por el hijo del patrón, un estudiante de leyes en Santiago, y miembro del
Partido Socialista132.
Pero, irónicamente, estos esfuerzos organizativos impulsados por la izquierda fueron
abruptamente interrumpidos por la propia inclinación populista de la misma izquierda.
Entre 1938 y 1952, los tres gobiernos del Frente Popular –coalición que incluía a los
partidos Comunista, Socialista y Radical– fueron gradualmente anulando las garantías
y derechos que el Código Laboral de 1931 otorgaba a la organización de campesinos.
En 1939, en una dramática capitulación producto de la presión de los poderosos
intereses latifundistas y sobre el cual Brian Loveman ha señalado que no sería sino
una concesión a cambio de la aceptación de estos últimos de las políticas populistas de
bienestar social e industrialización en las áreas urbanas, el Presidente Pedro Aguirre
Cerda suspendió los derechos de los trabajadores agrícolas a la negociación colectiva
y a ir a huelga133. En 1948, el Presidente Gabriel González Videla decretó la Ley de
Defensa Permanente de la Democracia que declaraba al Partido Comunista fuera de
la ley, eliminando con ello al mayor provocador en la organización de los campesinos y
al mismo tiempo que ponía bajo sospecha a todo activista rural. Aún más devastador,
un año antes de proscribir al Partido Comunista, González Videla firmó una nueva ley
laboral que despojaba a los sindicatos campesinos de todo derecho efectivo y ponía en
la ilegalidad prácticamente todas las formas de organización laboral. La legislación de
1947 –Ley 8.881– impuso como requisito que la mitad de los miembros de un sindicato,
y toda su directiva, supiera leer y escribir. Además esta ley no establecía protección
130
Affonso et al. (1970); Bengoa (1990); Loveman (1976).
131
Affonso et al. (1970): 52.
132
Jorge Tejedo, historia oral.
133
Loveman (1988).
59
alguna para los organizadores ni reparación para los trabajadores que habían sido
expulsados por sospecha de actividad sindical. Las demandas laborales solo podían
ser presentadas una vez al año y nunca durante las estaciones de siembra o cosecha. El
derecho a huelga fue completamente eliminado. Las consecuencias de esta ley fueron
dramáticas: entre 1947 y 1964, Chile tuvo solo 14 sindicatos rurales que contaban con
magros 1.647 trabajadores afiliados134.
Sin embargo, tanto la organización como la educación del campesinado siguieron
desarrollándose. El Partido Socialista, y algunos comunistas clandestinos comenzaron
a trabajar en las haciendas del sur y en las áreas indígenas. Irónicamente, aquellos
comunistas relegados a lugares remotos de Chile propagaron información entre los
campesinos acerca de sus derechos legales básicos, actuando como catalizadores en
la formulación de demandas laborales135. Entre las décadas de 1940 y 1950, laicos y
clérigos católicos progresistas también volcaron su trabajo hacia los sectores rurales.
Ellos estaban inspirados en la doctrina católica de reforma social, la que abogaba por
mitigar la extrema pobreza y armonizar las relaciones de clase. Para los católicos estas
incursiones en la organización de campesinos significaban también un desplazamiento
del influjo de la Izquierda en un momento marcado por su persecución. En 1947,
año en que la draconiana Ley 8.881 fue promulgada, los sacerdotes activistas padre
Alberto Hurtado y obispo Manuel Larraín fundaron la organización educacional Acción
Sindical Chilena (ASICH) con el fin de informar a los campesinos sobre sus derechos
laborales y establecer estrategias para la organización sindical. En San Felipe se ubicó
una de las siete sedes nacionales de la ASICH. Allí los activistas católicos ayudaban
a los trabajadores de las haciendas a redactar sus demandas y, a la vez, auspiciaban
eventos educacionales y culturales136.
A pesar de estos esfuerzos, el movimiento laboral rural no representaba, en la
práctica, una fuerza importante. Los tribunales del trabajo contaban con poco personal
y las leyes laborales solían ser evadidas. Además la complejidad de los requerimientos
para presentar las demandas desincentivaban, muchas veces, la presentación de
querellas formales. Los inspectores locales y los funcionarios de gobierno de Santiago
solían solidarizar con los terratenientes y no con los trabajadores. Los educadores y
organizadores laborales, incluyendo a izquierdistas y católicos, eran frecuentemente
acosados, y aquéllos trabajadores que osaban trabajar con ellos, eran despedidos. Con
el fin de contrarrestar la organización de los campesinos, los hacendados crearon sus
propios “sindicatos”. Cuando Don Alegría, el propietario de la hacienda de Piguchén
en la comuna de Putaendo, descubrió que había un activista organizando a los
134
Luis Salinas, Trayectoria de la organización campesina. Santiago: AGRA, 1985: 12.
135
Daniel San Martín, entrevista, Santiago, 15 de noviembre de 1992.
136
Affonso et al. (1970): 81-82; Smith (1982).
60
trabajadores en su propiedad, obligó a todos sus peones a reunirse en frente de su
casa junto al activista. Allí, en tono burlesco dijo: “Niños, si tienen alguna pregunta
para este caballero [el activista], pregunten ahora porque el Señor no tiene mucho
tiempo y se irá pronto”137. Don Alegría procedió entonces a “elegirse” a sí mismo como
presidente del nuevo sindicato y a echar de su hacienda al organizador.
Pero al final no fue el movimiento campesino el que hizo que la mayoría de los
trabajadores comprendieran la explotación de clase o desafiaran la autoridad del
hacendado. Sin duda estos esfuerzos difundieron ideas sobre los derechos legales
de los campesinos, el concepto de justicia y de las posibles acciones a seguir. No era
necesario asistir a reuniones formales o firmar una demanda para enterarse de lo
que los activistas estaban defendiendo. Sin embargo, era en la cotidianidad que las
acciones e identidades campesinas se manifestaban espontáneamente como respuestas
a la imposición paternalista y coercitiva, reinterpretando diariamente esta relación;
es lo que James Scott denominó como “formas de resistencia cotidiana”, insertas en
la economía moral de subsistencia y en su relación con las obligaciones del patrón138.
Para los campesinos, las donaciones de licor y alimento entregados por los patrones
en bodas o festivales de cosecha, no eran “regalos” sino una merecida compensación
por los servicios realizados. Si bien los campesinos veían su destino encadenado a
la beneficencia personal de un patrón, también consideraban que la distribución
de leña, reparación de sus casas, la expansión de sus tierras de regalía y las cuotas
de producción, eran derechos legítimos que habían ganado. Mujeres y hombres
campesinos solían quejarse entre ellos cuando el número de cabras o barriles de
vino provistos para la Pascua de Resurrección o para el 18 de Septiembre no eran
suficientes, y consideraban que las pulperías no eran sino lugares de abuso y robo.
Los campesinos de la hacienda de Piguchén en la comuna de Putaendo, relataron a
Sergio Gómez que un invierno una institución de caridad había donado suéteres para
ellos, pero que en lugar de distribuirlos, la patrona los había puesto a la venta en la
pulpería de la hacienda139. Aunque no existen razones para dudar de la veracidad de
esta historia, ella es menos importante que la rabia generada por la codicia del patrón
y el robo y saqueo por parte de la patrona de las mercancías que habían sido donadas
gratuitamente a los campesinos.
Los trabajadores también se quejaban abiertamente cuando las raciones de
combustible y alimentos eran insuficientes. Las quejas a los superiores solían
expresarse en súplicas individuales para despertar la comprensión y la generosidad.
137
Gómez (1980): 59.
138
James C. Scott, Domination and the Arts of Resistance: Hidden Transcripts. New Haven: Yale University
Press, 1990.
139
Gómez (1980): 54.
61
Pero fuera de la mirada de los jefes, los campesinos a menudo tomaban medidas en sus
propias manos. Eran frecuentes las acusaciones de los hacendados sobre trabajadores
que durante las festividades entraban a los lugares de almacenamiento y robaban
ganado140. Además sostenían que el robo de herramientas y de grano se hacía durante
todo el año, y que cuando se dejaba a los trabajadores sin vigilancia en una faena, ellos
destruían cercas, rompían el equipo agrícola, y trabajaban a paso de tortuga141.
Los afuerinos eran vistos como un problema particular. Como trabajadores
procedentes del sur chileno indígena o de los límites fronterizos de la nación, éstos
eran considerados ajenos a la comunidad, sus contratos eran temporales y no tenían
derecho a tierra. De la relación paternalista no ganaban mucho, por lo que no
tenían mayor deferencia con sus superiores. Como hombres solteros acostumbrados
a trasladarse de un trabajo a otro, eran menos vulnerables a los posibles despidos
de lo que eran los inquilinos y trabajadores permanentes. Desde la perspectiva de
los hacendados, la falta de poder sobre los afuerinos y su independencia dentro
del sistema de inquilinaje los hacía altamente amenazantes, siendo calificados por
esta razón como indios indisciplinados. Los terratenientes se quejaban de que era
usual que los afuerinos llegaran borrachos, provocaran peleas con supervisores u
otros trabajadores, y destruyeran los cobertizos y graneros donde se les alojaba142. A
los afuerinos se les culpaba por la desaparición de herramientas y animales, y por
abandonar el trabajo antes de haberlo completado. Por último, se les acusaba de ser
agitadores políticos. Después del incendio de un almacén lleno de forraje en la comuna
de Panquehue en 1958, el propietario lo atribuyó a “malvados afuerinos y comunistas
[quienes] disfrazados de trabajadores intentaron promover el descontento y la mala
voluntad”143.
Es dudoso que los afuerinos hayan representado la amenaza organizada que
suponían los hacendados. Como inmigrantes en constante movimiento, los afuerinos
no tenían muchas oportunidades de construir relaciones duraderas, necesarias para
la actividad política. Más aún, a pesar de los esfuerzos de la izquierda por organizar
a las comunidades indígenas del sur, la mayoría de los activistas centraron su trabajo
en los inquilinos y trabajadores permanentes, y no en los afuerinos. Pese a que el
desdén de los afuerinos por la propiedad del empleador era más bien espontáneo y no
planeado, los actos de sabotaje e incendios premeditados eran, ciertamente, muestras
de desacato. Independientemente de su efectividad, estos actos eran una respuesta
concreta a las injusticias compartidas con otros trabajadores.
140
Eduardo Ahumada y Sebastián Matthei, historia oral, San Felipe, 26 de marzo de 1993.
141
Ibid.
142
Historias orales, incluyen a Raúl Fuentes, Eduardo Ahumada y Sebastián Matthei, y Jorge Ovalle,
La Higuera, 19 de octubre de 1992.
143
El Trabajo, 14 de julio, 1958.
62
Los inquilinos generalmente desafiaban la autoridad del hacendado de modo
menos público que la quema de casas o el abandono de sus trabajos. Aunque ellos
también cometían pequeños robos y actos de sabotaje, era en su trabajo más que en
la propiedad del patrón donde manifestaban su resistencia. En general, los inquilinos
preferían trabajar sus propias tierras de regalía antes que trabajar en la gran propiedad
de la hacienda. Un estudio conducido por los sociólogos chilenos Rafael Barahona y
Ximena Aranda a fines de 1950, descubrió que el 50 por ciento de los inquilinos de
Putaendo enviaba un peón de reemplazo para cumplir con sus obligaciones en la
hacienda, y poder dedicarse a tiempo completo a sus propios cultivos144. Del mismo
modo, en el sector del minifundio, los que buscaban trabajo como peones asalariados
eran, la mayoría de las veces, los hijos jóvenes (y ocasionalmente las mujeres) y no
los minifundistas145. La presencia de un trabajador como figura de autoridad en la
casa para las necesidades más inmediatas de la familia, constituía, a lo menos, una
autonomía simbólica que privilegiaba el trabajo para la propia familia, por sobre el
trabajo para el patrón.
Sin embargo, la preferencia de inquilinos y minifundistas por trabajar en sus
propios predios no fue una amenaza real para el sistema latifundista. Si bien algunos
hacendados objetaban esta práctica y se quejaban que los trabajadores de reemplazo
no estaban preparados o eran demasiado jóvenes, sus protestas decían relación con la
injerencia del inquilino en las decisiones de la hacienda, y no con el mal funcionamiento
del sistema. A pesar de que los inquilinos reconocían en la regalía un espacio de
resistencia a los hacendados, éste beneficiaba más a los segundos que a los primeros.
La obligación del inquilino de proveer reemplazos y trabajadores adicionales en las
estaciones de cultivo era más beneficioso para el patrón que para el propio inquilino.
Además la regalía pertenecía al patrón, por lo que no solo podía ser quitada en
cualquier momento, sino que fijaba la residencia de los trabajadores en las haciendas,
haciendo de ellos una reserva de trabajo flexible, y reforzando la dependencia de los
trabajadores hacia los patrones.
En resumen, la vida de los campesinos en el Valle del Aconcagua y de Chile en
general, quedaba circunscrita a la autoridad del patrón y a los requerimientos del
latifundio, de modo tal que era extremadamente difícil desafiarla con éxito. El retardo
en las faenas, la destrucción de cercados, o el robo de cerdos y gallinas eran una
demostración clara del rechazo de los campesinos a aceptar pasivamente las injusticias
y prerrogativas del empleador para determinar el significado y el valor del trabajo.
Sin embargo, estas resistencias fracasaron en la transformación sustancial de las
144
Rafael Baraona, Ximena Aranda y Roberto Santana, El Valle de Putaendo: Estudio de estructura agraria.
Santiago, Instituto de Geografía de la Universidad de Chile, 1960: 265.
145
Ibid.
63
estructuras y relaciones de poder que hacían tan vulnerable la vida y existencia del
campesino. En el día a día, era el hacendado o sus administradores los que aparecían
como la única autoridad. El monopolio casi total del poder que tenía el hacendado era
la base de la economía del latifundio. Esta autoridad emanaba de la concentración de la
tierra en pocas manos y de la poca voluntad del Estado para intervenir enérgicamente
en los asuntos rurales.
64
CAPÍTULO II
LAZOS DE UNIÓN:
SEXUALIDAD CAMPESINA Y NEGOCIACIONES FAMILIARES
146
Laura Collantes, “La Adolescente se descubre a sí misma: Cambios e inquietudes de la pubertad”,
en Antonio Corbalán (ed.), Antología chilena de la tierra. Santiago: ICIRA, 1970: 175-183.
147
Ibid: 176.
148
Ibid: 180.
65
solo facilitaba la promiscuidad sexual, sino que era una clara señal de depravación.
Los horarios de trabajo de los campesinos y la falta de lugares de entretención, por
su parte, hacían de los hogares un centro de frustración, lo que produciría, en ojos
de la autora, disfunción familiar y tendencia de las personas sin educación hacia
la violencia. Toda consideración seria sobre cómo el latifundio moldeaba el hogar
campesino fue ignorada. Lo mismo sucedía con las formas de dominación masculinas
que encontraba, las que eran variaciones de, más que excepciones inhumanas, de la
autoridad masculina en Chile.
Sin embargo, si bien Collantes patologizó al pobre, al mismo tiempo nos entrega
una visión única de las vidas de los campesinos y las relaciones de género y prácticas
sexuales de los mismos. En efecto, en la década de 1950 y comienzos de la de 1960,
intelectuales provenientes de la urbe escribieron profusamente sobre las desigualdades
generadas por la economía agraria chilena. Sin embargo Collantes fue prácticamente
la única que se centró en las dinámicas de explotación entre hombres y mujeres. Aún
más, la autora implícitamente proponía que las mujeres campesinas experimentaban la
pobreza mediatizada por su subordinación sexual a los hombres. Si bien para Collantes
este hecho era una de las causas fundamentales del atraso rural, sugería también que
la sexualidad y las formas sexualizadas de opresión jugaban un papel central en la
experiencia de género y de clase.
66
El sexo es concebido como un aspecto central de los derechos de los esposos sobre
sus mujeres, y es éste el que legitima su autoridad sobre otros ámbitos personales y
laborales de ellas. A menudo era el embarazo el que obligaba a concretar el matrimonio.
De allí en adelante, se asumía que las relaciones sexuales y la procreación eran
las principales obligaciones maritales de las mujeres, constituyendo además una
justificación del trabajo doméstico. El lavado de ropas y cocina, la crianza de hijos y
limpieza, y la venta de productos, no eran actividades realizadas solo por la familia,
sino por la familia bajo la autoridad del marido. Los esposos esperaban esos servicios
de sus mujeres solo por su calidad de esposas, en tanto que ellos asignaban y regulaban
estas actividades por el supuesto derecho masculino sobre el trabajo femenino como
extensión de la autoridad sexual de los hombres sobre las mujeres, regulada por la
institución del matrimonio. La obligación sexual de las mujeres hacia sus maridos
revestía de una lógica contractual el derecho de los hombres sobre el trabajo corporal
de las mismas en una amplia gama de actividades.
De hecho, muchas mujeres recordaban, en sus testimonios orales, el bajo control
que tenían en el acto sexual o su incapacidad de decidir sobre el número de niños que
podían o querían tener. Anita Hernández, hija de inquilinos y trabajadora agrícola
durante toda su vida en la comuna de San Felipe, recordaba su matrimonio con
Manuel Rojas, trabajador temporero con quien se casó en 1951, cuando tenía 14 años,
como una coerción permanente. Hernández parió 10 hijos en sus primeros 11 años de
matrimonio y recordaba el sexo como un acto en que rara vez daba su consentimiento,
y donde no había afecto. En su percepción, éste era un derecho marital ejercido en
forma unilateral y abusiva por su marido y el que estaba muy íntimamente ligado a
nociones de posesión: “Él me obligaba a tener relaciones [sexuales] con él cuando
él quería incluso cuando yo estaba indispuesta [menstruando] o recuperándome
de parto. Usted no se imagina cuánto dolía eso! Pero a él no le importaba, lo único
que pensaba era en su placer, y decía que para eso era una esposa. Si él no lo hacía,
cualquier otro lo haría”149.
Si bien las experiencias de otras mujeres no fueron tan amargas, la mayoría veía el
sexo y la procreación como deberes ineludibles del matrimonio. De todos modos, el sexo
podía ser vivido en forma placentera y los hijos podían traer satisfacción emocional
y un apoyo crucial para el trabajo familiar; además de ser un símbolo tangible del
cumplimiento marital de la esposa. María Galdámez, una antigua temporera de la
comuna de San Felipe, recordaba que cuando no estaba muy cansada, un poco de
cariño le hacía muy bien150. Para otras mujeres las noches posteriores a los días de
pago, cuando los ánimos estaban buenos, los maridos “podían contar con la mujer
149
Anita Hernández, historia oral.
150
María Galdámez, historia oral.
67
[estaban interesadas en el sexo]”151. Pero incluso cuando había acuerdo mutuo, el sexo
se concebía como una obligación de las esposas, bajo la mayor autoridad de los hombres.
Olivia Torres, esposa de un trabajador permanente en la comuna de Panquehue,
señalaba que “los hombres esperaban que podían tener relaciones [sexuales] con sus
mujeres cuando ellos querían y era más fácil entregarse que armar una pelea, ya que
una [negativa] lo pondría de mal genio y podría emborracharse. [El sexo] es parte de
lo que una esposa le debe a su marido”152.
La ambivalencia que sentía la mayoría de las campesinas hacia el sexo en tanto
deber, para la satisfacción de los hombres más que para la suya propia, estaba
íntimamente vinculada a su falta de control sobre la reproducción. Para la mayoría de
las mujeres, el sexo siempre suponía una alta probabilidad de embarazo y los métodos
de anticoncepción o contraconcepción podían ser muy dolorosos e, incluso, de riesgo
vital. Si bien la mayoría de las mujeres estaba dispuesta a tener un a cierto número
de hijos, también deseaba limitar los embarazos por razones económicas y de salud153.
Aunque los métodos médicos de control de la natalidad se conocieron en Chile desde
comienzos del siglo veinte, su acceso para las mujeres campesinas era, durante la
década de 1950, casi inexistente154. Las mujeres controlaban su reproducción a través
de remedios caseros trasmitidos por distintas redes femeninas, los que variaban
ampliamente en su efectividad. Entre éstos estaban las infusiones de hierbas amargas
durante los ciclos de menstruación, implantar lonjas de jabón como barreras uterinas,
ducharse con soluciones de vinagre y ácido bórico, orinar después del coito e implorar
a Dios que no les enviara más hijos155. Las más afortunadas conseguían la cooperación
de sus compañeros hombres en la abstinencia sexual. Para terminar con un embarazo
no deseado, las mujeres comían una mezcla de paja y borraja o bien tomaban bebidas
especiales que producían convulsiones abdominales. Si esto fracasaba, recurrían a
parteras o vecinas con experiencia para realizar abortos quirúrgicos provocados. En
muy pocos casos, las mujeres cometían infanticidio156.
En sus intentos por controlar la fertilidad, las mujeres corrían altos riesgos. Muchos
de los remedios que consumían para prevenir el embarazo o inducir el aborto, eran
tóxicos y provocaban graves efectos secundarios, e incluso la muerte. Las barras de
jabón confeccionadas en casa y las duchas ácidas producían inflamación e infecciones.
El aborto, además de ilegal, era peligroso. En varias ocasiones las parteras del Valle
151
María García e Irene Campos, historia oral.
152
Olivia Torres, historia oral, Panquehue, 18 de enero de 1993.
153
Mattelart (1968): 80.
154
Ibid.: 92.
155
José Cancino, Germán González, Juan Méndez, Claudio Zúñiga, “Hábitos, creencias, y costumbres
populares del puerperio y recién nacido”, Universidad de Chile, Valparaíso, 1982: 19-22.
156
La Aurora, 7 de julio, 1959; 22 de septiembre, 1962: 2.
68
del Aconcagua fueron arrestadas por inducir abortos y denunciadas como monstruos
en la prensa local157. Eran ellas, y no las que se hacían el aborto, las calificadas de
criminales, aunque las otras se exponían al peligro físico158. A diferencia de los abortos
realizados en las clínicas de elite en Santiago, que contaban con una cierta seguridad
para las mujeres, los procedimientos abortivos en el campo eran generalmente
insalubres y médicamente irregulares. El aborto se inducía por golpes en el abdomen,
la introducción de palillos de madera en la cérvix o el raspaje de la pared uterina con
objetos domésticos afilados159. Las complicaciones que seguía eran múltiples y, con
frecuencia, fatales. En 1964, más de 1.200 mujeres ingresaron a los hospitales de San
Felipe y Los Andes por hemorragias e infecciones relacionadas con abortos160. En el
mismo año, la International Planned Parenthood, filial Chile, estimaba que 11,7 de
cada 1.000 mujeres en edad fértil moría anualmente a causa del aborto en el país161.
Además de los riesgos físicos que enfrentaban las mujeres al tratar de evitar o
poner fin al embarazo, estaba el problema de la oposición de los hombres. Si bien,
en algunos casos los cónyuges aprobaban abiertamente el control de natalidad, por
mantener un tamaño óptimo de la familia, en la mayoría de los casos, los hombres
consideraban el tema reproductivo –con la excepción de su derecho a tener sexo con
sus esposas– un “asuntos de mujeres”, argumentando el conocimiento de género
que les correspondía a ellas por dar a luz. La mayoría de los hombres confesaban
entender poco de las medidas de control de natalidad y no intervenir en ellas. Pero
esta autoproclamada ignorancia masculina era también un signo de que las mujeres
escondían intencionalmente el uso de métodos anticonceptivos y remedios abortivos
por miedo a las represalias de sus esposos. Norma Cárdenas, mujer de un trabajador
permanente en la comuna de Santa María, le dijo a su esposo que las infusiones de
hierbas anticonceptivas que ella bebía eran para alcanzar mayor nivel de fertilidad,
ello porque una vez él la había golpeado por usar el método de la barrera de jabón162.
En una situación similar Violeta Ramírez, la esposa de un inquilino de la comuna
de San Esteban, le dijo a su marido que la abstención sexual durante las primeras
dos semanas que seguían a su período haría más fácil que ella concibiera durante
157
La Aurora, 2 de febrero, 1962; y El Trabajo, 5 de mayo, 1959.
158
El aborto era un crimen tanto para quienes lo practicaban como para quienes se lo hacían. Sin
embargo, entre 1950 y 1964, en todos los casos citados en el Juzgado del Crimen de San Felipe, las
acusaciones iban contra los primeros y no contra las segundas.
159
Historias orales incluyen a Anita Hernández y Angélica Sáez, Santa María, 14 de noviembre de 1992;
y Rita Hernández, Hospital San Felipe, San Felipe, 1 de junio de 1993.
160
“Egresos hospitalarios”, Estadísticas de Salud, Servicio Nacional de Salud, 1976.
161
Estadísticas APROFA, 1960-1992. APROFA.
162
Norma Cárdenas, historia oral, Santa María, 10 de marzo de 1993.
69
las últimas dos semanas163. Aunque es probable que ambos esposos supieran de las
intenciones ocultas de sus mujeres, es significativo que ambos sintieran la necesidad
de hacer explícita su prohibición del uso de métodos anticonceptivos.
Las razones esgrimidas por los hombres para que sus mujeres controlaran la
natalidad o recurrieran al aborto eran variadas. Para la mayoría de los campesinos
la virilidad masculina estaba íntimamente asociada al número de hijos que tenían,
como queda en evidencia en el relato de un antiguo inquilino refiriéndose, con gran
envidia a su vecino, “En verdad era muy hombre para tener tantos niños”164. Para
algunos hombres el que sus mujeres evitaran el embarazo era un claro desafío a su
autoridad o bien, la posibilidad que ésta pudiese tener amoríos extramaritales. Otros
no concordaban con sus esposas sobre el tamaño óptimo familiar. Pero para todos, la
concepción era responsabilidad propia y natural de las mujeres y, particularmente de
sus esposas. Así lo afirma un hombre en su testimonio, “[La capacidad de las mujeres
para concebir hijos] es la razón [de] tomarse una señora”165. Los hijos eran uno de los
pocos recursos materiales y emocionales tangibles que estaban disponibles para los
campesinos pobres. Este hecho, combinado con la desaprobación de la Iglesia católica
al control de natalidad y la criminalidad adjudicada al aborto, hacían que los hombres
consideraran que su oposición a los métodos anticonceptivos fuera moral y justa.
La mayoría de las mujeres compartía esta percepción de los hombres. Para ellas la
concepción de los hijos también era un deber exclusivo de las esposas, además tenían
en alta estima el valor de los hijos, y consideraban al aborto un acto inmoral. Pero, en
tanto mujeres, se posicionaban de manera diferente. Abrumadas por las obligaciones
de la crianza y corporalmente cansadas por los embarazos previos, las mujeres lidiaban
con la fertilidad como una contención sobre las circunstancias de la vida. Esta posición
no significaba un desafío ni a las expectativas de concepción múltiple ni al derecho de
los hombres para tener sexo con sus esposas, pero sí era un indicador de la posibilidad
que tenían las mujeres de maniobrar como esposas y madres. Esta acción era facilitada
por las redes de solidaridad entre mujeres que compartían información, guardaban
secretos y atendían embarazos y partos. Aunque estas acciones no ponían en duda las
obligaciones sexuales básicas de las mujeres respecto a sus maridos, ellas situaban a la
reproducción dentro de un ámbito de autoridad femenina, disputando así los límites
de las prerrogativas de los hombres sobre la sexualidad de las mujeres.
En los testimonios orales, la percepción de las mujeres campesinas de que el
sexo era un “deber” frente a sus maridos, otorgaba al matrimonio un sentido de
intercambio. El sexo y el dar a luz eran deberes que una mujer desempeñaba a cambio
163
Violeta Ramírez, historia oral, San Esteben, 14 de octubre de 1992.
164
Iván Gómez, historia oral, Catemu, 24 de marzo de 1993.
165
Emilio Ibáñez, historia oral.
70
de la obligación de los hombres de proveer materialmente a sus esposas y familias. Tal
obligación suponía que los hombres debían contribuir monetariamente y en especies
al hogar, así como en trabajo en las regalías familiares de subsistencia o parcelas. Las
mujeres, por su parte, debían a los hombres sexo y trabajo en el hogar, incluyendo el
trabajo doméstico y el cultivo de subsistencia. De tales acuerdos emanaba la percepción
del matrimonio como una sociedad de intercambio, a la vez que ratificaba la autoridad
masculina sobre las mujeres.
Los matrimonios campesinos eran intrincadas redes de apoyo mutuo, aunque
desiguales en cuanto a las obligaciones y derechos de género, semejante a lo que el
historiador Steve Stern ha denominado como “pactos patriarcales”166. Las mujeres
debían a los hombres una lealtad sexual exclusiva, además del trabajo doméstico, en
tanto que ellas también sentían que sus maridos les debían fidelidad sexual, como
signo de compromiso económico, aunque en general no la demandaban. Dentro del
orden latifundista eran los hombres quienes tenían la última palabra sobre la locación
de su propio trabajo como el de sus mujeres, reservándose además el derecho a
guardar parte de su miserable ingreso en dinero para uso propio. Del mismo modo,
pese a que los hombres insistían vehementemente en la fidelidad y disponibilidad
sexual de sus mujeres, ellos se reservaban el derecho a flirtear, mantener relaciones
extra matrimoniales e, incluso, en algunos casos, matrimonios paralelos. Esto no era
un simple “doble estándar”, sino los fundamentos de la autoridad masculina sobre
las mujeres. El sexo determinaba la lógica de apropiación por parte de los hombres
del trabajo de las mujeres, así como del acceso a todo lo referido a sus mujeres. Era
el sexo, en definitiva, el que hacía del “pacto patriarcal” del matrimonio campesino,
que éste fuese justamente “patriarcal”.
Pero si el matrimonio era un pacto que incluía derechos y obligaciones, fundado
en el sexo, el significado otorgado a dicho pacto solía tener diferencias profundas
entre hombres y mujeres. Las discusiones cotidianas podían terminar, y en efecto
muchas veces ocurría, en violencia. Si bien las riñas y golpes podían ser iniciados
indistintamente por hombres y mujeres, era frecuente que fueran los hombres los
que terminaran infringiendo serios daños a sus esposas y no al revés. Según los
testimonios orales, las golpizas a mujeres eran muy comunes en los hogares campesinos
y, consideradas por la mayoría, como lo que naturalmente correspondía a los hombres
y al matrimonio. El derecho de los maridos a disciplinar a sus esposas era parte de la
concepción hegemónica respecto de la vida conyugal. En la mayoría de las historias
orales las mujeres atribuían los golpes a la esencia natural de los hombres: “el hombre
es así no más, más cuando curado”. Sin embargo, pese a que las mujeres asumían la
violencia de sus maridos como parte de la realidad de sus vidas, no significaba que
166
Stern (1995).
71
necesariamente la aceptaran como un derecho inevitable. De hecho, el que insistieran
en la veleidad masculina asociada al alcohol, sugería la preferencia por hombres que no
bebían como compañeros. Del mismo modo, aunque menos reconocido por las mujeres,
la frecuencia de las golpizas sugiere no solo el derecho de los hombres a disciplinar
a sus mujeres, sino también el reto o desafío por parte de las esposas a los derechos
conyugales impuestos, lo que desembocaba en las situaciones de violencia. De este
modo la golpiza revela los límites y tensiones del matrimonio campesino167.
Entre 1958 y 1965, las mujeres campesinas de las cinco comunas del departamento
de San Felipe presentaron en el Juzgado del Crimen un promedio anual de 10 denuncias
por lesiones en contra de sus maridos y convivientes168. Estos casos eran únicos, no solo
por su naturaleza violenta, sino por la gravedad de la misma y por la disposición de las
mujeres a tomar acciones judiciales169. En la mayoría de casos, las mujeres señalaban
que la “causa” de la agresión era por celos de los hombres, y ponían énfasis en la
gravedad del daño físico y la recurrencia de las agresiones. Era común la denuncia por
parte de las mujeres de que los hombres usaban la fuerza como un medio para intervenir
sus relaciones con otros hombres, argumentando que la obligación principal de una
esposa era servir a su marido en la casa. Ellos, por su parte, justificaban la violencia
como un castigo pertinente por las transgresiones de sus esposas a las obligaciones
propias del matrimonio y la convivencia170.
El caso presentado por Isabel Quiroz fue muy común. El 25 de septiembre de
1958 la mujer denunció a su conviviente Manuel Báez, un peón agrícola de la comuna
de Putaendo, por haberle cortado la cara con un cuchillo en medio de un ataque de
celos provocado porque ella habría bailado con otro hombre cuando la pareja se
encontraba cenando en casa de unos vecinos171. Quiroz insistía que ella solo bailó
con su marido, pero que, como siempre, Manuel Báez estaba borracho y se había
imaginado su mala conducta. En su testimonio Isabel Quiroz señaló que era habitual
que su marido la golpeara después de consumir alcohol, acusándola de no mantener
167
Linda Gordon, Heros of Their Own Lives: The Politics of Family Violence, Boston, 1880-1960. New York:
Penguin Books, 1988; Stern (1995).
168
Registro de Crímenes, JCSF.
169
Hubo 135 casos de lesiones inscritos en el Registro de Crímenes del Juzgado de San Felipe entre los
años 1951-1963. De los 49 disponibles para este estudio, 35 involucraban a campesinos y trabajadores
agrícolas.
170
Heidi Tinsman, “Los Patrones del hogar: Esposas golpeadas y control sexual en Chile rural, 1958-1988”,
en Lorena Godoy Catalán, Elizabeth Hutchison, Karin Rosemblatt, María Soledad Zárate (comp.),
Disciplina y desacato: construcción de identidad en Chile, siglos XIX y XX. Santiago: SUR-CEDEM,
1995: 111-148; y “Household Patrones: Wife Beating and Sexual Control in Rural Chile, 1958-1988”,
en French y James (eds.) (1997).
171
Ficha S254; 20951, JCSF. Por discreción, los nombres de las personas nombradas en casos legales
han sido cambiados.
72
la casa decentemente. Estos casos ponen de manifiesto el que el acceso sexual por
parte de los hombres hacia sus mujeres era concebido, por la generalidad, como un
derecho masculino y una característica propia del matrimonio. El que muchos hombres
interpretaran los coqueteos de las mujeres, las conversaciones, las reuniones informales
y bailes con otros hombres como una forma de “infidelidad”, sugiere que para ellos el
acceso a la sexualidad femenina era exclusivo y total.
Para las mujeres, por su parte, los celos masculinos estaban generalmente asociados
a la posibilidad de tener relaciones sexuales con ellas y de procrear hijos. En su
testimonio, Marta Ramírez se quejaba de que su marido solía ponerse violento durante
los últimos meses de sus embarazos o los primeros meses después del parto porque
ella se negaba a tener relaciones sexuales, y porque no era capaz de mantener el hogar
como lo hacía antes172. En el caso de las mujeres infértiles, sus esposos usaban muchas
veces la violencia como un modo de controlar posibles infidelidades por parte de
ellas. Hernández recuerda que las agresiones que le propinaba su esposo aumentaron
dramáticamente después del nacimiento de su décimo hijo, cuando el médico insistió,
en contra de la opinión de su marido, que se hiciera una histerectomía: “Después de
la operación me comenzó a golpear muy fuerte. Estaba furioso, decía que yo me había
esterilizado para poder salir a darme vueltas con otros hombres y que ahora yo no
servía para nada ni como esposa ni como mujer. Se negó a tener relaciones [sexuales]
conmigo, comenzó a ver a otras mujeres y a ausentarse por meses. Cuando volvía,
estaba borracho y me golpeaba. Me partió la cabeza muchas veces”173.
Interesante resulta el que en la mayoría de los casos que involucraban celos
masculinos, aparecieran acusaciones por ineficiencia de las mujeres como dueñas
de casa. Los hombres vinculaban estas faltas como una prueba más de la trasgresión
sexual de las mujeres. Algunos de ellos sentían que las dificultades de las mujeres
para tener sexo o procrear las hacían menos útiles como dueñas de casa. Esta conexión
sugiere que para los hombres los servicios domésticos y sexuales femeninos eran
concebidos como deberes inherentes a la esposa. El desempeño sexual de las mujeres
y, específicamente, su capacidad reproductiva, eran concebidas como parte de sus
obligaciones domésticas. De hecho, los quehaceres domésticos de una esposa eran
valorados en términos sexuales. Cuando las mujeres embarazadas no podían tener
sexo o las esterilizadas ya no podían concebir hijos, los esposos solían dejar de valorar
su trabajo doméstico.
Otra de las razones frecuentemente aludidas por las mujeres en sus testimonios
orales y registros judiciales para explicar la violencia conyugal, decía relación con
la desobediencia de éstas a la autoridad masculina en el hogar. Si bien la crianza de
172
Marta Ramírez, historia oral, San Esteban, 10 de octubre de 1992.
173
Anita Hernández, historia oral.
73
los hijos y la administración del hogar eran responsabilidades consideradas como
femeninas, era común que los hombres pasaran por encima de las decisiones de las
mujeres –cuestión rechazada por éstas, especialmente cuando se refería al cuidado
de los niños–. Los conflictos que originaban estas riñas eran diversos. En 1965, María
Guerra fue hospitalizada con severas puñaladas en el abdomen y las nalgas, infligidas
por su conviviente, Hernán López, peón agrícola de la comuna de San Felipe. Guerra
declaró que López la había atacado en su intento por evitar que agrediera a su hijo
de 16 años con un cuchillo: “Le dije que le pegara a mano limpia y no con cuchillo”174.
En otra entrevista, Sonia Cárdenas aludía a conflictos similares con su marido Jorge
León, peón agrícola de la comuna de Santa María: “Cuando andaba por aquí era lo
peor. Yo tengo mi manera de disciplinar a mis hijas, pero cuando él llegaba a la casa,
todo era a su manera. Las golpeaba a ellas y a mí por no tener la casa exactamente
como él quería, si se les había olvidado barrer el piso, las golpeaba y si yo intervenía
siempre las agarraba conmigo”175.
Según los relatos de mujeres y hombres en la década de 1950 y principios de la del
60, el equilibrio doméstico de poder se resumía en que “el hombre manda en la casa”176.
A diferencia del mito en las ciudades respecto a que era la mujer “la reina del hogar”,
el mundo campesino no otorgaba a éstas un terreno de jurisdicción diferente y propio.
En las ciudades, era común que los barrios residenciales estuvieran separados de los
lugares de trabajo; y, aunque la autoridad que pudiesen haber ejercido las mujeres
pobres haya sido probablemente exagerada, el latifundio, como sistema, diluía casi
completamente las distinciones entre el hogar y el trabajo agrícola. Los hombres
campesinos trabajaban en las tierras del patrón y en las regalías de subsistencia,
ubicadas ambas cerca de la casa familiar, y dentro de la hacienda. Esto significa
que mientras las mujeres trabajaban en sus casas, los hombres solían estar en los
alrededores.
La naturaleza especialmente servil del trabajo de los hombres en las haciendas, bajo
la estrecha vigilancia de un capataz o del mismo patrón, situaba al hogar campesino
como uno de los pocos espacios en que los hombres podían ejercer la autonomía y
autoridad que, en teoría, les correspondía dentro de la cultura patriarcal, no obstante
ser constantemente negada por su pertenencia de clase. Era común que los campesinos
no solo controlaran el comportamiento de sus esposas e hijos, sino que se involucraran
en todas las decisiones del hogar177. Eran ellos quienes decidían a qué edad se podía
retirar a un hijo de la escuela para que empiece a trabajar, o si su esposa podía o no
174
Ficha S319; 25030, JCSF.
175
Sonia Cárdenas, historia oral, Santa María, 12 de abril de 1993.
176
Historias orales, incluyen a Sonia Cárdenas, Anita Hernández, Elena Vergara, Raúl Fuentes, Armando
Gómez y Jorge Ovalle, Santa María, 19 de octubre de 1992.
177
Ibid.
74
desempeñarse como sirvienta doméstica o lavandera. A menudo eran los hombres
los que hacían las pocas compras de la familia en la tienda de la hacienda y quienes
se encargaban de comercializar en las proximidades de las ciudades las artesanías y
alimentos que producían sus mujeres. Permitir que una mujer pueda ir al pueblo era
considerado como un desafío y una amenaza a la prerrogativa masculina de limitar el
contacto de su esposa con otros hombres178.
Un tercer factor al que aludían las mujeres para explicar los casos de violencia
conyugal era cuando éstas se oponían a las relaciones extramaritales del marido. Si bien
los hombres exigían fidelidad por parte de sus esposas, ellos resguardaban celosamente
su propia libertad sexual. Pese a que la mayoría de las mujeres estaba obligada a
aceptar esta situación, era frecuente que ellas condenaran el libertinaje sexual de los
hombres como injusto, argumentando que el matrimonio debería involucrar un mayor
nivel de fidelidad mutua, aunque ésta no fuese completa. En 1959, Orfelina Vargas,
dueña de casa de 29 años, denunció en los tribunales a su conviviente Luis Aguirre,
un trabajador agrícola de la localidad de San Felipe, por golpearla durante una pelea
en la que ella le reclamaba el frecuentar prostíbulos locales. En su defensa, Aguirre
argumentó que éste no era asunto de Orfelina Vargas, y que si él iba a prostíbulos que
ella “tenía la obligación de aguantarlo en las buenas y en las malas”179. Elena Vergara
vivió una situación similar cuando su esposo Armando Gómez, trabajador agrícola de
la comuna de Putaendo, comenzó a agredirla físicamente por quejarse de sus flirteos
con otras mujeres. Vergara recordaba en su testimonio oral, que cuando ella reclamaba
sobre las otras mujeres, él la golpeaba y “sentía tanta vergüenza de caminar por las
calles con él porque todos sabían que él abusaba de mí y veía a otras mujeres”. En una
entrevista a Vergara le pregunté por qué él se sentía con derecho a flirtear cuando ella
cumplía con su obligación de esposa, respondiendo que él había afirmado que: “Yo soy
hombre, no sacan nada, no tengo nada que perder (…) y la mujer sí”180.
La vida sexual de las mujeres casadas estaba limitada al matrimonio, no así
la de los hombres. Éstos insistían en su derecho a mantener relaciones sexuales
extra conyugales y en la fidelidad de sus esposas. Esta situación, lejos de reflejar la
hipocresía masculina, era una extensión lógica de las prerrogativas de la masculinidad
en el campo, concebidas fundamentalmente en términos de su privilegio sexual. Para
muchos el “ser hombre” significaba la posibilidad de acceder, por lo menos en teoría,
a muchas mujeres, además de su derecho de exclusividad sobre, al menos una mujer,
que le sirviera en el hogar.
178
Ibid.
179
Ficha S356; 27066, JCSF.
180
Elena Vergara, historia oral.
75
Los campesinos pobres se referían a sí mismos como huasos, término bastante
elástico en sus significados. Cuando éste era empleado por las clases urbanas, para
referirse, por lo general, a inmigrantes provenientes del campo a la ciudad, era en
un sentido peyorativo y racializado que aludía al supuesto primitivismo rural. Por el
contrario, en los clubes de huasos y en las asociaciones ecuestres y de rodeo constituidas
por miembros de las elites terratenientes, el término se usaba para connotar el poder
del hacendado o sus títulos honoríficos. En el caso que éste fuera usado por los
campesinos, el término huaso indicaba virilidad masculina, combatividad y libertad,
en evidente contraste a los prejuicios de las elites tanto urbanas como rurales. Tal y
como muchos campesinos relataron en sus historias orales, la fuerza, independencia
e irreverencia del huaso era tan clara que ningún hombre podría tener poder sobre él,
ni siquiera el patrón181. Así lo representa una canción popular del mundo campesino
que graciosamente decía: “Un huaso trabaja como un toro, toma como un caballo,
pelea como un gallo y conquista mujeres como un hombre”182. Si bien los huasos tenían
también el deber de ser proveedores en sus familias, la esencia del huaso es que éstos
eran sus propios patrones y gozaban de cierta facilidad con las mujeres183.
En las décadas de 1950 y 1960, eran pocos los hombres de la clase trabajadora
que podían desafiar abiertamente la autoridad del patrón o manejar libremente
los términos del empleo. Esto hacía que, la camaradería con otros compañeros, la
bebida y las conquistas de mujeres fuesen aún más relevantes en la definición de su
masculinidad. Aunque cruel, bastante explícita fue la respuesta que Armando Gómez
dio a su esposa: que él podía hacer lo que quisiera porque no tenía nada que perder,
mientras que ella no podía hacerlo porque lo perdería todo. El papel de Gómez como
hombre, en tanto huaso, se enaltecía por sus amoríos extramaritales; en el caso de
Vergara, como mujer, su papel se definía fundamentalmente por su condición de esposa
fiel y madre. En este caso, cualquier relación extramarital significaba el riesgo de
dar a Gómez una razón justa para abandonarla. Notable resulta que las expresiones
del folklore campesino para designar a la compañera del huaso no eran ni “señora”
ni “esposa”, sino china, dando a entender una mujer joven, esquiva y sexualmente
disponible, además de implícitamente de descendencia indígena.
De todos los casos judiciales de violencia contra mujeres, disponibles y presentados
entre los años 1958 y 1965, la mayoría fueron denuncias interpuestas por convivientes
más que por esposas legalmente casadas. Aparentemente éstas últimas no habrían
181
Historias orales, incluyen a Jorge Ovalle, Raúl Fuentes y Armando Gómez.
182
Historias orales, incluyen a Anita Hernández y Ramón Martínez, Santa María, 18 de septiembre de
1992.
183
Ver Gabriel Salazar, “Ser niño huacho en la historia de Chile”,, Proposiciones 19, Santiago: Sur,
1990:55-83; Sonia Montecino, Madre y huachos: Alegorías del mestizaje chileno. Santiago: CEDEM,
1991.
76
considerado efectivo denunciar la violencia por parte de sus maridos. Por una parte,
la ley chilena constreñía a las mujeres casadas, imponiéndoles la obligación de
vivir con su marido, haciendo muy pocas excepciones184. Un juez podía decidir el
encarcelamiento de un esposo abusivo por el delito de asalto, sin embargo, no podía
ordenar que éste se fuera de la casa en tanto que siguiera proveyendo materialmente
a su familia. Más aún, dado que el divorcio era ilegal, si un esposo abandonaba a su
mujer, ella no podía unirse legalmente en matrimonio con otro hombre. Aunque muchas
mujeres separadas mantenían relaciones de convivencia, no gozaban de los mismos
derechos legales que las mujeres casadas respecto de las propiedades del hombre o
de sus ingresos. Tampoco se les garantizaba el reconocimiento legal de sus hijos. Las
mujeres solteras y separadas que vivían como convivientes tenían más facilidades para
dejar a su pareja e incluso arriesgarse a denuncias legales para terminar la relación.
Las obligaciones de los convivientes, en términos económicos, eran, en general, más
inseguras, especialmente si él estaba legalmente casado con otra mujer. En todo caso,
muchas mujeres solteras se involucraban en relaciones ilícitas de convivencia con la
esperanza de encontrar un compañero, incluso un matrimonio.
De todos modos, la gran mayoría de las mujeres no denunciaba ni hacía abandono de
sus parejas por violencia. La escasez de opciones de empleo para las mujeres, sumado a
las responsabilidades que tenían con los hijos y el deseo de que éstos fueran reconocidos
y recibieran el sustento de su padre, obstaculizaba las posibilidades de poner término
a la relación, no importa cuán abusiva ésta fuese. Anita Hernández recuerda que en
una ocasión en que ella había huido a la casa de su madre para escapar de Manuel
Rojas, ésta la había mandado de vuelta a la mañana siguiente, diciéndole “Bueno, él
es tu marido ahora, es tu dueño. No hay nada que hacer”. Hernández recurrió entonces
a sus vecinas, quienes la consolaron compartiendo experiencias similares. Una de sus
amigas la alentó a abandonar a Rojas y buscar trabajo como sirvienta doméstica en la
ciudad, pero Hernández descartó el consejo de inmediato: “¿Qué podía yo hacer con
siete chiquillos en la casa? Ellos necesitaban a su padre y yo necesitaba un hombre”.
Hernández se las arregló escabullendo a su marido; ella y los niños, por ejemplo, se
acostaban antes de que él llegara a la casa.
Años más tarde, a mediados de la década de 1970 e inicios de la dictadura militar,
Manuel Rojas, finalmente abandonó a Anita Hernández. Sorprendentemente, ella
colgó al centro del living una foto ampliada de Manuel en uniforme, cuando prestó
servicio militar durante los años cincuenta, la que aún permanecía en 1990, cuando
se hicieron las entrevistas para este libro. El retrato parecía más un acto de desafío
que de homenaje, como queriendo impedir el abandono y recordar que él tenía una
responsabilidad en el hogar. Al mismo tiempo y en el contexto del gobierno militar,
184
Malic y Serrano (1988).
77
éste parecía una crítica irónica a la insistente promoción del régimen sobre el deber
patriarcal. Su presencia estaba traspasada por la traición y la rabia. En una de las
entrevistas, Hernández mostró varias fotografías antiguas de la pareja, en las que
aparecía recortado su propio rostro –gesto sugestivo que refleja tanto el poder “dejarlo”
simbólicamente, como la dolorosa expresión de repugnancia hacia sí misma–. Al mismo
tiempo, se lamentaba amargamente, “Aguanté tanto, pero nunca lo abandoné, nunca
pensé en hacerlo. Yo no soy como las mujeres de ahora [en los 1990s] quienes una
pelea, una cachetada y ¡puf! Se van. No, yo trabajé muy duro para mantener junta a
la familia”185.
Si bien las mujeres se sentían impotentes para hacer abandono de las situaciones
abusivas, no por ello eran condescendientes con las mismas. Era a través de la
confrontación directa a sus maridos o las quejas y solidaridad con otras mujeres, que,
aunque no modificaban sustancialmente su situación, desafiaban la visión sobre el
matrimonio y las prerrogativas sexuales masculinas. La percepción que Hernández
tiene de sí misma como mártir de la familia, pone en evidencia su convicción de que
un “buen matrimonio” debe fundarse en la fidelidad sexual tanto masculina como
femenina, así como en la responsabilidad del hombre de proveer el hogar. Estas
mujeres defendían la idea de un hogar bajo la dirección masculina porque para ellas
ésta era su mejor opción de sobrevivencia. En efecto, la vulnerabilidad económica
y la responsabilidad de criar a sus hijos, hacía que la contribución regular de los
ingresos del trabajador fuera un camino más seguro que el buscar el sustento por sí
mismas. Las mujeres rechazaban la violencia porque ésta amenazaba el bienestar de la
familia, y no porque violaba su integridad como personas; pero, el incumplimiento del
hombre como proveedor ponía en tela de juicio todos los privilegios de que gozaban
éstos como maridos.
En todo caso, no todos los esposos golpeaban a sus mujeres, y, cuando ocurría,
no era necesariamente en forma regular. Dado que el matrimonio y la co-habitación
involucraban altos grados de cooperación y consentimiento entre los cónyuges, los
acuerdos solían prevalecer sobre los desacuerdos y no todas las diferencias de opinión
terminaban en agresión. Las esposas no solo podían exigir el compromiso de sus
maridos, sino que gozaban de ciertos grados de autoridad directa en los quehaceres
cotidianos y en la crianza de los hijos. Pero, ni los espacios de gestión femenina ni la
colaboración conyugal, socavaban el carácter patriarcal del matrimonio ni el control
sexual que ejercían los maridos sobre sus esposas. El principio de autoridad masculina
era entendido, tanto para hombres como para mujeres, como un principio natural
y de sentido común. El ejercicio de autoridad de las mujeres sobre los quehaceres
domésticos no lo amenazaban, por el contrario, la cooperación de las esposas con
185
Anita Hernández, historia oral.
78
sus maridos podía fortalecerlo. Aún cuando un esposo no tuviera que recurrir a la
violencia, el matrimonio le aseguraba el control de recursos emocionales, reproductivos
y materiales, entendidos en términos sexuales.
186
Mattelart (1968): 75.
79
Los hijos acataban las órdenes de sus padres tanto por solidaridad familiar como
por el deseo de ganarse su respeto. El que una madre pidiese a su hija lavar la ropa
de la familia o que un padre asignara a su hijo tareas específicas en la hacienda,
tenía sentido tanto para los padres como para los hijos. Sin embargo, la obediencia
de los hijos a la autoridad paternal también se lograba a través de la fuerza. Patricia
Carreras, una residente de la comuna de San Esteban, recordaba que en su infancia
“…los niños respetaban a sus padres. Respeto, respeto. Pobre del que se atreviera [a
hacer otra cosa, ellos] lo humillaban a palos!”187. Las golpizas propinadas por madres y
padres eran una experiencia común para la mayoría de los niños. El castigo iba desde
suaves cachetadas a duros azotes con palo. La fuerza se empleaba para castigar a los
hijos por hacer mal sus tareas, dejarlas inconclusas, responder hosca o rudamente a los
padres o por ausentarse del hogar. En otros casos, la violencia provenía de tensiones
familiares como peleas entre los esposos, o la brusca pérdida del empleo. La mayoría
de las veces, los padres entendían esta violencia como una extensión natural de su
obligación por disciplinar y formar el comportamiento de los niños, pero también era
un medio para reforzar la autoridad paterna dentro del hogar. Muy similar al caso del
uso de la violencia, o la amenaza de agresión de los esposos para asegurar la fidelidad
de la mujer y controlar su economía, los padres veían el uso de la fuerza como un medio
legítimo de dominar el trabajo y la obediencia de los hijos.
Las hijas constituían una preocupación particular para los padres. Ellas no solo eran
económicamente menos valiosas que los hijos, dada la preferencia del latifundio por
trabajadores hombres, sino que su capacidad para tener hijos implicaba una potencial
tensión sobre los ya escasos recursos del hogar. La probabilidad de que una hija quedara
embarazada, sumada a la dependencia económica de las mujeres, aumentaba la
necesidad de control paterno de su sexualidad hasta asegurar un adecuado matrimonio.
Los padres debían mantener un delicado equilibrio entre restringir fuertemente la
interacción de sus hijas con otros hombres, y, en cuanto ésta quedara embarazada,
obligarla al matrimonio para que desde ahí fuese mantenida por su marido.
A diferencia del caso de los hijos varones, la posición de las hijas en la familia estaba
mediada fundamentalmente por sus posibles relaciones sexuales con hombres. Desde
la infancia, su sexualidad era el centro de preocupación familiar. Hombres y mujeres
campesinos estaban convencidos de que las niñas eran fuente de envidia y deseo,
y, por lo tanto, especialmente vulnerables a las maldiciones de vecinos y afuerinos
que podían echar sobre sus hijas el mal de ojo, causándole enfermedad e, incluso, la
muerte188. La creencia en el mal de ojo era común en todo el Chile rural, e incluso en
187
Patricia Carreras, historia oral, San Esteban, 6 de abril de 1993.
188
Historias orales, incluyen a Anita Hernández, Katarina Antimán y Elena Vergara. Véase también
Garrett (1978), 52-53; Zúñiga et al. (1982).
80
áreas urbanas. Existía una serie de creencias acerca del poder de otros miembros de
la comunidad de injuriar por celos u odio hasta la muerte, especialmente de aquellos
con menos recursos. Estas creencias venían desde los tiempos de la colonia, y pese a
ser muchas y variadas, hacia 1950 era el mal de ojo el que comúnmente se asociaba
con los niños, especialmente los que morían, se enfermaban, o quedaban postrados
por alguna razón. Aunque los niños varones también eran vulnerables, se creía que
eran las niñas las que estaban más expuestas a estas maldiciones. Para protegerlas,
los padres les colgaban amuletos religiosos en el cuello, las vestían como niños, les
colocaban las ropas al revés, o bien, no les demostraban afecto. Patricia Garret, en su
estudio sobre el impacto de estas prácticas, realizado a comienzos de 1970, vinculaba
este trato hacia las niñas a una “especie de abuso infantil”189. Sin embargo, estas
estrategias parecen más un esfuerzo para proteger a las hijas de los abusadores, en
particular de aquellos de tipo sexual.
De cualquier forma, en la medida que una niña iba creciendo, toda interacción
con muchachos y hombres estaba rígidamente controlada. Era común que después
de cumplir 10 años se prohibiera a niños y niñas de la misma familia o vecinos jugar
juntos y se les separara en sus labores cotidianas. Además, a las hijas se les prohibía
salir de la casa a menos que fueran acompañadas por un adulto o pariente. Incluso
cuando las niñas trabajaban como temporeras asalariadas en la hacienda, lo hacían
junto a uno de sus padres, un hermano mayor o hermana casada190. Elena Vergara, hija
de inquilinos, recuerda que después de la pubertad, su abuela la hacía vestir, cada vez
que salía a la hacienda o al pueblo, con ropas de muchacho191.
Ciertamente, era casi imposible limitar completamente el contacto de las hijas con
hombres. En los pueblos o faldeos de las haciendas, las casas estaban muy cercanas unas
a otras, haciendo fluidas las relaciones entre vecinos, siendo frecuentes las interacciones
heterosexuales. En el caso de las familias que vivían dentro de las haciendas o en
parcelas aisladas, las necesidades de supervivencia familiar obstaculizaban el control
de las conductas de las hijas. Ellas debían buscar agua, recoger leña y vender quesos
caseros. Si bien era preferible que fueran acompañadas, no siempre era factible contar
con un familiar. Durante las festividades comunitarias, tales como velatorios, bodas
y cosechas, la vigilancia sobre las hijas era aún más difícil. En el fragor del baile, el
canto y la bebida, abundaban las oportunidades para la interacción sexual que iba
desde el flirteo y el toqueteo en el baile de la cueca, hasta el escurrirse detrás de una
cortina o en el campo para contactos más íntimos.
189
Garrett (1978): 53.
190
Historias orales, incluyen a Anita Hernández, Katarina Antimán y Elena Vergara.
191
Elena Vergara, historia oral.
81
El precio que pagaban las hijas podía ser alto. En las historias orales, muchas
mujeres refirieron que, cuando niñas y tardaban en volver a casa después de algún
encargo, eran sometidas a intensos interrogatorios y frecuentes golpizas. A muchas de
ellas se les prohibía asistir a las fiestas de la comunidad y, si asistían, no se les permitía
que bailaran. Incluso las miradas más inocentes –en apariencia– entre muchachos y
muchachas podían ser causa de preocupación y castigo. La madre de Angélica Sáez
la abofeteó por conversar con los muchachos que trabajaban en el mismo viñedo192.
El padre de Victoria Ibacache la golpeó por dejar que un joven la acompañara a
ella y sus hermanos menores desde la escuela a la casa193. El castigo más severo era
provocado cuando había sospecha o se descubría que la hija había tenido relaciones
sexuales. Una de las mujeres recuerda que “si tus padres te pillaban escurriéndote
de la quebrada con un muchacho o si tu madre encontraba tus ropas desaliñadas, ahí
se acababa todo. ¡Los puñetes y los gritos no terminarían nunca!”194.
La ira de los padres no era tanto por la relación sexual misma, sino por el temor
a un posible embarazo y tener que concretizar el matrimonio. En el caso que el
responsable no pudiera o no quisiera casarse, la hija se volvería una pesada carga para
los padres. Además las posibilidades de un futuro matrimonio se veían restringidas
no tanto por la pérdida de la virginidad, sino por la reticencia de potenciales novios
a mantener hijos de otro hombre. Pese a la identificación de los campesinos con la
Iglesia Católica, la preservación de la virginidad de las mujeres antes del matrimonio
no era tan relevante. La mayoría de las mujeres mantenía relaciones sexuales y muchas
quedaban embarazadas antes del matrimonio; ambas situaciones podían facilitar
el compromiso para un futuro matrimonio. Históricamente, en América Latina, la
actividad sexual de mujeres solteras de distintas clases sociales y las promesas de
matrimonio habían estado estrechamente ligadas al concepto de honor195. Sin embargo,
dentro del campesinado chileno de mediados del siglo veinte, las nociones de virtud
y virginidad estaban menos vinculadas de lo que estaban en otros lugares. Así, lo que
preocupaba a los padres en el Valle del Aconcagua no era la virginidad, sino el posible
embarazo de la hija.
192
Angélica Sáez, historia oral.
193
Victoria Ibacache, historia oral, Santa María, 14 de noviembre de 1992.
194
Nancy Silva, historia oral.
195
Verena Martínez-Alier, Marriage, Class, and Colour in Nineteenth-Century Cuba: A Study of Racial
Attitudes and Sexual Values in a Slave Society. Ann Arbor: Univ. of Michigan, Press, 1974; Asuncion
Lavrin (ed.), Marriage and Sexuality in Colonial Latin America. Lincoln: Univ. of Nebraska Press, 1989;
Patricia Seed, To Love, Honor, and Obey in Colonial Mexico: Conflicts Over Marriage Choice, 1574-1821.
Stanford: Stanford University Press, 1988; Ramón Gutiérrez, When Jesus Came the Corn Mothers Went
Away: Sexuality and Marriage in Colonial New Mexico. Stanford: Stanford University Press, 1991; J.
Stern (1995); Findlay (1999); Caulfield (2000).
82
Los padres también se preocupaban de proteger a sus hijas de ser violadas. En los
testimonios orales, tanto hombres como mujeres recuerdan que la violencia sexual
contra las mujeres y, particularmente contra las adolescentes, era un problema
recurrente en los años de 1950 y comienzos de 1960196. Además de la preocupación por
las jóvenes que trabajaban como sirvientas en las casas de los hacendados o en casas
de familias de clase alta en la ciudad, los campesinos veían la vulnerabilidad de sus
hijas frente a hombres de sus propias comunidades. En casi la treintena de casos de
violación que fueron reportados formalmente en el Juzgado del Crimen de San Felipe,
entre los años 1950 y 1964, y que involucraban a mujeres pobres, todos los acusados
eran trabajadores agrícolas, vecinos o allegados en el hogar familiar197. Exceptuando
unos pocos casos, las víctimas eran adolescentes y casi la mitad de ellas, pre-púberes. En
las acusaciones, los padres insistían en la total inocencia de sus hijas, en su virginidad,
y –en al menos cuatro casos– alegaban que éstas eran “mentalmente retardadas”.
Esta situación refleja la asociación de la virginidad con la inocencia femenina,
insistiendo en que sus hijas habían sido completamente incapaces de consentimiento
voluntario198. Conforme a las historias orales, las violaciones afectaban un amplio
espectro de mujeres jóvenes solteras. Sin embargo, la importancia de descartar una
posible relación sexual consensuada hacía que probablemente las cortes judiciales no
fueran una solución posible para adolescentes mayores y mujeres adultas violadas199,
ya que se consideraba que después de la pubescencia las niñas eran capaces de dar
consentimiento a la relación sexual, lo que hacía muy difícil “probar” la violación, aún
cuando reclamaran que eran vírgenes. Esto también era una limitante para que las
mujeres casadas presentaran cargos por violación y reforzaba la necesidad de regular
las interacciones heterosexuales de las hijas adolescentes.
Cuando la relación sexual tenía el consentimiento de la hija y ésta quedaba
embarazada, los padres hacían lo posible para asegurar el matrimonio. La edad
prematura de una niña o su contribución material a la familia se volvían preocupaciones
secundarias ante la necesidad de conseguir un matrimonio que asegurara la
mantención tanto de la hija como del niño esperado. Los esfuerzos variaban desde
prevenir el contacto de la hija con hombres a hacer abiertamente pública la relación
196
Historias orales, incluyen a Anita Hernández, Katarina Antimán, René Aguirre y María Trujillo,
Santa María, 26 de octubre de 1992; Diego Hernández, San Felipe, 10 de octubre de 1992; Leandro
Herrera, Santa María, 22 de octubre de 1992; Rita Galdámez, Santa María, 20 de abril de 1993.
197
Hubo un promedio de 6 casos por año inscritos en el Registro de Crímenes de San Felipe entre 1950
y 1964. Casi la mitad involucraba a campesinos y trabajadores agrícolas.
198
Pamela Haag, Consent: Sexual Rights and the Transformation of American Liberalism. Ithaca: Cornell
Univ. Press, 1999.
199
Hubo solo dos casos de violación de mujeres de más de 20 años de edad inscritos en el Registro de
Crímenes de San Felipe entre los años 1950-1964.
83
sexual. Los padres ponían como evidencia la ya existente relación conyugal de la
pareja para obligar al muchacho a casarse. Incluso en el caso en que el hombre fuera
económicamente incapaz de mantener a la esposa y al hijo por ser demasiado joven
o tener un empleo incierto, los padres insistían en el matrimonio, manteniendo ellos
mismos a la pareja o tratando que lo hicieran los padres del joven.
En la mayoría de los casos, los padres de la muchacha tenían éxito en apresurar
el matrimonio de su hija, ya que era común que los jóvenes vivieran en la misma
hacienda o el mismo vecindario, poniéndose en marcha las redes de reciprocidad
internas. Éstas se fundaban en la convicción generalizada de las obligaciones del
hombre de mantener a los hijos y de formar familia, lo que presionaba al matrimonio
del joven con la mujer con quien había concebido. Pero las excepciones eran muchas.
En los casos en que la joven quedaba embarazada de un afuerino o de alguien fuera
de la comunidad, la presión para el matrimonio era menos efectiva, y en aquellos casos
en que el hombre era casado o miembro de una familia de elite, no había posibilidad
alguna de concretar el matrimonio. De acuerdo a los registros de nacimientos de las
cinco comunas del departamento de San Felipe, casi el 20 por ciento de los niños
nacidos entre 1951 y 1965, eran de mujeres solteras200, y aunque casi el cuarto de esas
madres se casaron posteriormente con el padre de su hijo, el porcentaje de madres
que nunca se casaron o que pasaron importante parte de su vida adulta como madres
solteras, era significativo201.
En general a las mujeres con hijos no les convenía no casarse o no formar algún
tipo de unión permanente con un hombre. solo en el caso en que las mujeres tuviesen
un trabajo estable en la ciudad, como sirvientas, o algún empleo permanente en la
agricultura como trabajadoras en la lechería, podrían mantener adecuadamente a
sus hijos evitando así las dificultades asociadas a tener marido. Lilia Muñoz, una
trabajadora permanente de la comuna de Catemu, tenía cuatro niños de dos hombres
diferentes y nunca se casó. Aunque la opción del matrimonio con cualquiera de los
dos no era posible ya que ambos eran casados, en su testimonio ella insistía que
había escogido no tener un marido porque su vida era mejor así: “¿Para qué tener
un marido? Yo alimento a mis propios niños. No necesitaba a un hombre diciéndome
qué hacer, cómo educar a mis hijos, cómo servirle a él. Los maridos son abusivos, se
aprovechan, te hacen su sirvienta. Yo no quería eso. No gracias. Yo me mando sola”202.
Era probable que otras madres solteras compartieran los sentimientos de Lilia e,
incluso que las mujeres casadas envidiaran su independencia. Pero Lilia era una
excepción. La escasez de oportunidades económicas para las mujeres hacía que, para
200
RCSF y RCSM; “Memoria, 1975”, SNS, San Felipe.
201
Censo de Población: Aconcagua, 1960.
202
Lilia Muñoz, historia oral, Catemu, 14 de octubre de 1992.
84
ellas el matrimonio fuera la mejor opción de supervivencia. Más aún, la soltería no
garantizaba una independencia de la autoridad masculina. La mayoría de las madres
solteras se quedaba en el hogar paterno en donde estaban sometidas a los dictados
del padre o de parientes hombres.
Por lo general, las jóvenes buscaban marido y sus padres las presionaban para que
se casaran. Pero los intereses de cada uno de ellos no siempre eran los mismos. Era
común que las hijas mantuvieran relaciones íntimas con hombres en contra de los
deseos de sus padres. Incluso, el embarazo y consiguiente matrimonio era concebido
como un medio de escape del hogar paterno. Mientras los padres hacían lo imposible
para posponer la actividad sexual de sus hijas, por desconfianza a la capacidad
proveedora de los futuros compañeros, como por la necesidad de mantener el trabajo
de las hijas para la familia, éstas solían usar el sexo como una herramienta contra la
autoridad paterna.
Elena Vergara comenzó a andar con quien sería su futuro marido, Armando Gómez,
cuando tenía 14 años. Vergara asegura haberse embarazado a propósito para salir de
la casa de sus padres203. Su padrastro, quien la golpeaba regularmente y su madre
alcohólica, le prohibían ver muchachos. De hecho, su relación con Gómez tuvo como
resultado frecuentes golpizas por parte del padre y castigos de la madre, tales como
tirarle el pelo o dejarla sin comer. Elena dice que sus padres se oponían a su relación
con Gómez porque, según ellos, él era un mujeriego y porque contaban con el salario
que ella ganaba haciendo aseo en un hospital local. Sin embargo, cuando se embarazó,
la situación cambió bruscamente. Un mes después de anunciar su embarazo, ya estaba
casada con Gómez, había dejado la casa de sus padres y tuvo el consentimiento para
ir a vivir con sus suegros. En sus palabras: “Yo estaba feliz de irme”204.
Desgraciadamente para Elena Vergara, su idea de que la vida con Armando Gómez
iba a ser menos abusiva que con sus padres, no fue tal. Su suegra le gritaba y golpeaba
con frecuencia por ser incompetente en los quehaceres domésticos, y le decía que su
esposo muy pronto comenzaría a ver a otras mujeres. Cuando Gómez también comenzó
a golpearla, prohibiéndole salir de la casa sin la compañía de su madre, Vergara se
retractó de su decisión: “Mi madre tenía razón, en verdad. Yo sufría más como esposa
que como hija. Pero veía las cosas diferentes cuando era niña”205.
Así también las veían otras jóvenes. Incluso en situaciones menos abusivas que
las de la familia de Vergara, era común que las hijas prefirieran la vida con un marido
que con los padres. Para algunas, esta opción estaba asociada a alcanzar la adultez
por medio del embarazo y el establecimiento de un hogar, en tanto que para otras,
203
Elena Vergara, historia oral.
204
Ibid.
205
Ibid.
85
el matrimonio era un escape de la miseria en el hogar paterno. En cualquier caso,
muchas adolescentes y jóvenes se involucraban sexualmente con hombres y se
embarazaban no por accidente o coerción, sino como una opción cuidadosamente
calculada.
Este equilibrio era negociado de diferentes maneras. No todas las jóvenes estaban
ansiosas por dejar a sus padres, muchas esperaban casarse después de los veinte
años y lo hacían con compañeros que sus padres aprobaban. Pese a que hoy existe la
percepción que las mujeres se casaban a más temprana edad en el campo, éstas lo
hacían relativamente más tarde que las de la urbe, con un promedio de 24 años, en
contraste a los 22 años promedio en las ciudades, y tenían la mayoría de sus hijos en los
veinte tardíos y treinta años206. Del mismo modo, y en oposición al estereotipo prevalerte
en las ciudades acerca del supuesto desorden familiar rural, los embarazos adolescentes
en el campo eran menos comunes que los de las niñas en las urbes207. Sin embargo, las
jóvenes del mundo rural mantenían tempranas y permanentes relaciones sexuales con
hombres, facilitadas por el tipo de empleo ocasional y por las responsabilidades que
tenían fuera del hogar paterno. En el caso que hubiese embarazo, el consentimiento
de los padres para efectuar el matrimonio era un hecho sin discusión.
Para otras mujeres, las situaciones inaguantables en la casa, combinadas con el
estricto control de los padres sobre sus vidas, les forzaba a tomar decisiones más
drásticas. Algunas simplemente huían de la casa, en busca de trabajo en Santiago o
Valparaíso, aunque la mayoría se quedaba en su comuna, uniéndose a hombres como
un claro desafío a la autoridad de sus padres. Éstos, por su parte, usaban múltiples
estrategias para asegurar que sus hijas volvieran a casa. Acudían a la familia de la
pareja o a él mismo amenazándoles que ellos serían los responsables por cualquier
cosa que le ocurriera a su hija. Otros seguían a sus hijas, esperando la oportunidad
para obligarlas a volver. En una ocasión, un padre tomó un arma y fue a la casa en
donde se estaban quedando su hija con su novio, disparó al aire hasta que ella salió
y consiguió que volviera con él a su casa208.
Otros padres acudían a las cortes provinciales. En los casos en que la hija era menor
de edad (menos de 21 años), los padres podían presentar cargos criminales de abandono
de hogar o de “inducción al abandono de éste”. Si era así, el juez podía forzar a la hija
a volver a la casa paterna y penalizar al conviviente con una multa o enviarlo por un
corto período a la cárcel. Era común que los campesinos apelaran a las cortes para
que les ayudaran en el control de sus hijas. En las cinco comunas del departamento
de San Felipe, se presentaron, en los Juzgados del Crimen, entre la década de 1950 y
206
Demografía: Aconcagua, 1960, INE, 1960.
207
Cuadro Nº 7, Censo de Población: Aconcagua, 1960; Censo de Población: Chile, 1960.
208
Olivia González, historia oral, Santa María, 17 de mayo de 1993.
86
la de 1960, un promedio anual de 15 casos de abandono de hogar209. En la mayoría de
casos, los padres acusaban al hombre de incentivar o forzar a su hija a dejar el hogar
y, en muy pocos casos, la acusación se dirigía a las hijas de abandono voluntario. De
una u otra forma, los demandantes solicitaban que sus hijas volvieran a la casa y, en
algunas ocasiones, pedían el castigo del hombre involucrado.
Los testimonios dan cuenta del conflicto existente entre las intenciones de los
padres por regular la vida sexual de sus hijas y los esfuerzos de las jóvenes, uniéndose
sexualmente con hombres, para escapar de la autoridad paterna. En general los padres
argumentaban que el juez debía obligar a su hija a volver a la casa con el objeto de
protegerla de una relación sexual obligada y peligrosa. Por el contrario, las jóvenes
argüían que su relación era consensual, poniendo en evidencia su compromiso conyugal,
el que estaría sobre los derechos paternales.
En 1963, una pareja de campesinos de la hacienda Casas Quilpué de la comuna
de San Felipe, presentó cargos contra su hija Julia Fuentes, de 19 años, por haber
huido a Santiago para vivir con su novio, Juan Flores210. La pareja se quejaba que su
hija había dejado un trabajo como sirvienta doméstica en la hacienda, que se había
puesto “en desgracia” al ir a vivir abiertamente con un hombre, y que el novio debió
haberla forzado a hacerlo. Por estas razones solicitaban al juez que ordenara que su
hija volviera a casa. Julia Fuentes, en tanto, testificaba que había ido a Santiago por
un viaje corto, con permiso de su empleador. Declaraba también que quería casarse
con su novio Juan Flores, pese a la oposición de sus padres y suplicaba al juez que no la
devolviera al hogar paterno, sino que le permitiera casarse. Como argumento, Fuentes
señalaba que mantenía una relación con Flores por largo tiempo y enfatizaba haber
recibido una oferta de matrimonio: “Antes [yo] había tenido relaciones sexuales con
Juan Flores, y allí en la casa de mi amiga volví a tenerlas voluntariamente. Yo tengo
amistad con Juan Flores; es soltero y me ha prometido matrimonio”211. El deseo de
Julia Fuentes finalmente prevalecería. Sus padres retiraron los cargos y ella se casó
a la semana siguiente.
Muchos fueron los casos similares. Era frecuente que al insistir en la existencia de
relaciones sexuales previas, las jóvenes salvaran sin problema las objeciones de los
padres para la unión conyugal. Si la joven estaba embarazada, era aún más factible
que tuviera éxito. Aún cuando los jueces no tenían autoridad para forzar a los padres
a permitir que su hija se casara, si sentían algún tipo de simpatía por la causa de la
joven, podían dictaminar la invalidez de los cargos de abandono de hogar, con lo que
permitían que la pareja continuara en convivencia. En esos casos, la mayoría de los
209
JCSF.
210
Ficha S293; 23468, JCSF.
211
Ibid.
87
padres se resignaba al matrimonio, ya que era preferible a que su hija fuese madre
soltera.
Además de estos argumentos, era común que las jóvenes aludieran al abuso físico
al que estaban sometidas en casa de sus padres. Cuando Raquel Rubilar, de 14 años de
edad, fue llevada a la corte en 1957, bajo cargos de abandono de hogar, le dijo al juez que
“hemos tenido relaciones íntimas desde mucho tiempo” y “nos pensábamos en casar”, y
que “los dos –su padre y su madre– me pegaban”212. De igual manera, cuando la madre
de María Tobar acusó a su hija de abandono de hogar y de tener relaciones sexuales
con su novio, Tobar confesó que ella efectivamente tenía una relación “amorosa” con su
novio Pablino Fernández y que “éste le prometió matrimonio” testificando, además, que
su padre le daba “muy mala vida”, castigándola cruelmente y exigiendo el salario que
ella percibía como trabajadora agrícola para “luego gastar en licor y embriagarse”213.
Los alegatos de abuso en el hogar intentaban desacreditar los cargos presentados
por los padres y justificar el comportamiento sexual de las jóvenes. Ello demuestra
la utilización de las relaciones sexuales para escapar de las condiciones familiares
opresivas, así como el convencimiento por parte de éstas de que el sometimiento a la
autoridad del marido sería más tolerable que a la de los padres.
Sin embargo, lo que finalmente persuadía al juez para dirimir en favor de la joven no
era el abuso, sino la prolongada relación sexual y el compromiso de la pareja a contraer
matrimonio. Cuando Eugenia Gómez, de 15 años de edad, escapó de su casa en 1962
alegando que las golpizas de su madre eran tan brutales que le habían ocasionado una
pérdida de embarazo, el juez favoreció la petición de la madre de que su hija volviera
a la casa214. Significativo resulta que mientras la madre argumentaba que su hija había
hecho abandono del hogar para tener relaciones sexuales con su novio, Eugenia Gómez
declaraba que había huido a la casa de una amiga para escapar de los golpes de su
madre y que no había tenido contacto sexual con ningún hombre durante ese tiempo.
En el caso de Gómez el juez optó por el derecho paterno de resguardar la sexualidad
de la hija por sobre los alegatos de la joven acerca de la inaguantable situación en su
hogar. Los padres se defendieron de los cargos de abuso argumentando que se debían
a la conducta sexual impropia de la hija. Lo que jugó en contra de Eugenia Gómez e
hizo de éste un caso poco usual, fue la negación de que ella tenía una relación sexual
permanente con un hombre. Irónicamente, esto la volvió vulnerable a los cargos de
promiscuidad sexual, dejándola sin alternativa para evitar seguir bajo la custodia de
sus padres.
212
Ficha S254; 20828, JCSF.
213
Ficha S293; 23451, JCSF.
214
Ficha S23455, JCSF.
88
En los casos de abandono de hogar, el acuerdo de matrimonio era resultado de
dos factores: una relación sexual pre-existente, de preferencia de larga duración o con
resultado de embarazo, y la aceptación del joven a casarse. En ocasiones los padres
presentaban cargos contra ellos, no para asegurar el retorno de la hija al hogar, sino para
presionar al joven a casarse. Sin embargo, si se establecía que la pareja no había tenido
relaciones sexuales o que el hombre no podía mantener a la esposa, los argumentos
para llevar a cabo el matrimonio se debilitaban considerablemente. Cuando una pareja
de inquilinos de San Felipe pidió que el juez presionara a Juan Tobar a casarse con
su hija Lucía Tapia después que ella “había huido de la casa y había tenido sexo con
él”, el magistrado se mostró de acuerdo en oficiar la ceremonia (la que Juan Tobar
y Lucía Tapia evidentemente querían), pero su opinión cambió cuando el padre de
Juan apareció en corte para protestar que su hijo no tenía trabajo y que él no estaba
dispuesto a mantener a la pareja215.
Los casos de abandono de hogar son un ejemplo de cómo las jóvenes negociaban
su posición en la sociedad rural por medio de su sexualidad. Si una mujer era o no
sexualmente activa, y con quién eventualmente había tenido relaciones sexuales, era
central para definir su situación como hija y como futura esposa. Quedar embarazada
o mantener una relación sexual estable con un hombre era el camino más seguro
para que una joven saliera del hogar paterno, en tanto que formar un matrimonio era
entrar en una relación que afirmaba la autoridad sexual del marido sobre la esposa.
Las mujeres jóvenes influían y desafiaban los términos de su posición dentro de la
familia negociando o negando el sexo, pero al final quedaban entre dos opciones, las
que, en ambos casos suponían su subordinación en términos sexuales.
89
los maridos y padres en su calidad de jefes de hogar y por el solo hecho de ser hombres.
Este sentido de propiedad era entendido y se reforzaba en términos sexuales. Así, para
ser una esposa, o bien para que una hija tuviera éxito en el abandono del hogar paterno,
la fidelidad sexual a un hombre en particular, era central. Por el contrario, el derecho
de los hombres a múltiples relaciones sexuales y el control y escrutinio que ejercían
sobre la vida sexual de las mujeres, constituía uno de los pilares fundamentales para
que ejercieran autoridad sobre las mujeres en otras esferas.
Para hombres y mujeres del campo, el intercambio de sexo por seguridad material
para las mujeres, lo que aseguraba la potestad de los hombres sobre el trabajo y
sexualidad femenina, era entendido no solo como de sentido común, sino como
mutuamente beneficioso. Pero, si bien el matrimonio y la constitución de una familia
aparecían como un hecho natural, éstos eran negociados cotidianamente y era frecuente
que se mantuvieran por la fuerza. Las mujeres se rebelaban contra el grado de control
que los hombres ejercían sobre sus vidas, desafiando la visión masculina sobre el
matrimonio al insistir en una mayor reciprocidad sexual. Los hombres, por el contrario,
luchaban contra estos desafíos a su autoridad insistiendo en que las mujeres asumieran
las conductas y responsabilidades que les correspondían como esposas.
Las relaciones sociales y económicas del sistema del latifundio no solo moldearon
sino que profundizaron las formas de dominación masculina al interior del hogar
campesino. La falta de oportunidades de empleo permanente para las mujeres aumentó
su dependencia hacia los hombres. Además, la importancia del trabajo familiar para
la producción de la hacienda y el cultivo de subsistencia obligaba a éstos a apoyar
que esposas e hijos trabajaran con muy baja remuneración en los campos del patrón,
y a depender del trabajo doméstico no remunerado de las mujeres en el hogar y en la
parcela familiar. Sin embargo, el privilegio de los hombres sobre el trabajo femenino
y la organización de las jerarquías de género al interior de las familias suponían la
subordinación de las mujeres a los hombres sobre bases sexuales. La idea de que
éstos eran más aptos para la mayoría de los trabajos en la hacienda y que las mujeres
eran responsables por naturaleza de la crianza de los niños y consecuentemente
dependientes de los hombres, ratificaba la exclusión de ellas de la mayoría de los
empleos y reforzaba la importancia del matrimonio y de la familia para la supervivencia
femenina. La noción de que la masculinidad derivaba de la habilidad de un hombre para
ser independiente y ejercer autoridad sobre su familia, hacía que ésta fuera uno de los
pocos dominios en que los hombres pobres podían ejercer su prerrogativa masculina.
El sistema de latifundio condicionaba la realidad cotidiana de la dominación de los
campesinos sobre las mujeres, pero el relativo privilegio de éstos era sancionado por
las nociones y prácticas de la jerarquía sexual que existía independientemente del
latifundio, y la cual persistiría aún en su ausencia.
90
CAPÍTULO III
HACERSE HOMBRES:
MOVILIZACIÓN LABORAL Y REFORMA AGRARIA
216
La Nación, 20 de julio, 1965: 1.
217
Daniel San Martín, entrevista.
218
Salinas (1985).
91
organizaciones imprimieron un nuevo sentido de ciudadanía en una población que
históricamente no había tenido derecho político alguno, alimentando, a su vez, la
confianza entre los campesinos en que los pobres serían tomados en serio por el
Estado y los partidos políticos. En los sindicatos rurales se iniciaron intensos debates
sobre la relación entre propiedad privada y justicia social, entre propiedad de la
tierra y trabajo asalariado, entre el Estado y los movimientos campesinos. Allí los
campesinos también discutían cómo sería el proceso de expropiación y distribución la
tierra, quién se beneficiaría con ello y bajo qué condiciones se llevaría a cabo. Hacia
fines de 1960, los sindicatos estarían en la primera línea de las inestables y a veces
violentas confrontaciones entre trabajadores y latifundistas, sindicatos y gobierno, y
entre diferentes grupos de campesinos.
Sin embargo, en la manifestación de junio de 1965 frente al Palacio de La Moneda,
los temores sobre un posible conflicto social fueron mitigados por las declaraciones
acerca de la naturaleza patriótica y conciliatoria de la Reforma Agraria. El diario
de gobierno, La Nación, se apresuró a decir que los “humildes visitantes” habían
demostrado su confianza en que la administración de Frei “realizaría sus esperanzas
por una mejor calidad de vida y el seguro progreso de la nación”219. Ignorando la
presencia de sindicatos socialistas y comunistas en la multitud, así como la petición
dirigida al Presidente de avanzar más rápido en el proceso, el diario elogiaba a la Unión
Sindical de Campesinos Cristianos (UCC), patrocinador de la manifestación, por buscar
un camino armonioso al mejoramiento social. Como prueba de esta amigabilidad, el
periódico destacaba la orientación familiar de la manifestación y el arduo trabajo
de la multitud y, en particular, la presencia de mujeres. Describía a los participantes
como “trabajadores con utensilios de labranza en sus manos y con sus esposas a su
lado”, y aplaudía la actuación de baile de las parejas, cuyas mujeres llevaban bandas
“impresas con sus esperanzas y sueños”220. Cuando el Presidente Frei se asomó al
balcón del Palacio para saludar a la multitud, también puso énfasis en la importancia
de la familia para una reforma agraria exitosa:
Ustedes tendrán una reforma agraria para levantar a la familia y a la patria entera (…) Esta
reforma agraria la vamos a hacer con firmeza, pero sin odio. La vamos a hacer con gente de
corazón limpio y no con gente hirviente de odio que lo que quiere no es reforma agraria,
sino que el trastorno del país (…) No se puede hacer de la Reforma Agraria una especie
de banderola ni agitación política. Tiene que ser el esfuerzo del pueblo organizado (…) Sé
que ustedes están inspirados en sus principios, es por eso que me siento respaldado por su
presencia respetable. Porque es la presencia del hombre que ha sufrido en el campo (…)
No solo se trata que mañana les dé un mal pedazo de tierra en cual se mueran de hambre,
sino que se trata de dar parcelas racionales a las familias donde el hombre tenga crédito,
219
La Nación, 20 de julio, 1965: 1.
220
Ibid.
92
tenga semillas, tenga abono y tenga asistencia técnica para poder realmente no morirse de
hambre en un pedazo de tierra como propietario, sino que ser realmente un agricultor que
levante su familia y que produzca alimentos para la patria221.
Las palabras del Presidente reflejaban las aspiraciones y contradicciones de la
Democracia Cristiana respecto de la Reforma Agraria. Entre 1964 y 1970, el gobierno
de Frei inició el proceso redistributivo de riqueza privada más significativo en la
historia de Chile –expropiando casi el 20 por ciento de toda la tierra agrícola– en tanto
evitaba el conflicto de clases. A su vez, posibilitó el surgimiento, sin precedentes, de
un movimiento popular rural –sindicalizando a casi la mitad de los campesinos– al
tiempo que impedía la politización de las organizaciones de la clase obrera. Por
último, prometía la creación de una sociedad nueva –impulsando una “Revolución en
Libertad”– y seguía comprometido con las estructuras sociales existentes.
Las nociones sobre familia y género jugaron un papel crucial en reconciliar estas
contradicciones y en promover la Reforma Agraria. En repetidas ocasiones Eduardo
Frei invocó a la familia tutelada por un hombre como metáfora del progreso nacional y
la paz política. Sugería que, así como las esposas e hijos colaboraban con sus maridos y
padres en pro del bienestar familiar, así también la cooperación de buena voluntad de
todas las clases sociales beneficiaría a todo Chile. El ideal de una familia nacional era
un llamado, especialmente a la elite terrateniente y financiera de Chile, cuyo apoyo
para realizar una Reforma Agraria prudente y eficaz , fue concebido por la Democracia
Cristiana como decisivo para evitar la agitación política y la violencia. Prominentes
terratenientes que pertenecían a la Sociedad Nacional de Agricultura (SNA) ya estaban
sentados en los directorios de los institutos más importantes de gestión política y
financiera, incluyendo el Banco Central y la Corporación de Fomento (CORFO)222. Frei
amplió este papel al incluir a miembros de la SNA en consejos y en la burocracia de la
Reforma Agraria, perpetuando la tradición de liderazgo y responsabilidad paternalista
de los latifundistas hacia los campesinos. Los pobres del campo aparecían, dentro
de la familia nacional, como los miembros más nuevos –especie de niños– a quienes
la Reforma Agraria les ayudaría a madurar como hombres. En cualquier caso, la
participación campesina se concebía como parte de la benevolencia del Estado.
Tal y como lo había anunciado Frei a los manifestantes del Aconcagua, en 1965, la
familia bajo el liderazgo de un hombre también fue objeto de políticas concretas. En
su discurso planteó que la Reforma Agraria permitiría a los campesinos proveer a sus
esposas e hijos para que estas familias sean las que alimentaran a la nación. Aunque
este objetivo suponía una preocupación tanto por hombres como mujeres, fueron los
221
Ibid.
222
Constantine Christopher Menges, “Chile’s Landowners’ Association and Agrarian Reform Politics”,
Santa Mónica, Rand Corporation, 1968.
93
varones quienes eran vistos como los sujetos de la Reforma Agraria. Frei había hecho
campaña política durante 1964 con la promesa de crear 100.000 nuevos propietarios
campesinos, un compromiso que pretendía la transformación de los inquilinos en
agricultores libres que producirían excedentes para el mercado doméstico. La adición
de esta nueva clase de productores masculinos a la pequeña elite de terratenientes
chilenos simbolizaría la transición de Chile del subdesarrollo a la modernidad.
Reconstituir y fortalecer la masculinidad campesina fue considerado crucial para
este proceso y fueron los sindicatos los principales vehículos que transformarían a los
hombres. En efecto, para democratacristianos y dirigentes laborales de orientación
tanto católica como marxista, los sindicatos eran organizaciones claves en la educación
de los campesinos en su misión de clase dentro de la Reforma Agraria. Tanto para
funcionarios de gobierno como para activistas laborales, la creación de una nueva clase
de pequeños productores suponía básicamente a hombres, ya que se presumía que eran
ellos los trabajadores y jefes de familias. Eran los sindicatos los que les prepararían
para el trabajo, rompiendo el ciclo opresivo y paternalista de la cultura del latifundio,
a la que solía culparse por mantener a los campesinos en una condición de perpetua
infancia. De algún modo, al mostrarles a los hombres los valores de solidaridad de clase,
los procedimientos democráticos y el cultivo eficiente, los sindicatos encarnarían el
rito de transición necesario para que los campesinos llegaran a ser adultos.
Esta misión rehabilitadota de la masculinidad y elevación de la clase tuvo
también implicaciones raciales. La tendencia de la elite y la clase media de borrar el
inquilinaje y la indianidad, asociando al pueblo campesino pobre con el primitivismo
y la irracionalidad, fue también común entre los funcionarios de gobierno de la
Reforma Agraria y entre los líderes laborales. Para ambos la raza era intrínseca a
la cultura y clase campesina, dando a los sindicatos una misión civilizadora. Éstos
reemplazarían las prácticas depravadas por conductas morales y la barbarie por
ciudadanía. Transformarían a los sumisos peones e inquilinos en activos miembros
de la nación, productivos y con confianza en sí mismos. Bajo la Reforma Agraria
todos se beneficiarían, pero era necesario crear, primero, hombres capaces de tener
liderazgo.
94
de clase media de profesores, abogados, empleados y pequeños empresarios, no obstante
mantener sólidos lazos con círculos financieros e industriales de la elite, además de
una importante base de apoyo en sectores de trabajadores urbanos y rurales223. Tal
diversidad reflejaba la alianza multiclasista producida por la rápida urbanización del
país, así como el éxito de los democratacristianos en promover la cooperación de clase
como ideal. Durante la campaña presidencial, Frei proclamó su lema de “Revolución
en Libertad” prometiendo que su partido armonizaría los intereses del capital y el
trabajo, fortaleciendo el poder de los pobres sin producir conflicto de clases. Aunque
rechazaban firmemente el socialismo, los democratacristianos también condenaban el
capitalismo monopolista y el imperialismo, y definían un rol central para el Estado en
la administración de la economía y en el bienestar social. Prometieron la “revolución”,
pero “en libertad”, asegurando la paz social y el rechazo a la propuesta de la Izquierda
de derribar a la elite propietaria.
La visión democratacristiana de justicia social fue producto de largos debates, que
durante décadas los reformadores católicos impulsaron para denunciar la injusticia
social, como una alternativa ideológica e institucional al marxismo. Las encíclicas
papales Rerum Novarum (1891) y Quadragesimo Anno (1931), que denunciaron la
excesiva codicia capitalista y el socialismo internacional como las más grandes
amenazas a la cristiandad, inspiraron varios movimientos reformistas de clérigos y
laicos devotos. Desde 1910, los católicos chilenos habían organizado escuelas, sindicatos
y programas juveniles en barrios pobres. En la década de 1930, los escritos del filósofo
francés Jacques Maritain inspiraron a una generación de estudiantes educados por
los jesuitas en la Universidad Católica de Santiago (universidad de elite, en la que
estudió Eduardo Frei y muchos de sus futuros ministros) en las críticas al latifundio
como el responsable del subdesarrollo de Chile. En 1938, estos jóvenes se separaron
del Partido Conservador para formar la Falange Nacional –predecesor directo de la
Democracia Cristiana–, la que trabajó estrechamente con las instituciones católicas
progresistas en la promoción de la reforma agraria, los derechos laborales y el bienestar
social provisto por el Estado.
Así como en otras partes del mundo, el reformismo católico en Chile fue influenciado
por el creciente éxito de la izquierda marxista. En efecto, las primeras críticas al
sistema de latifundio y demandas por una redistribución masiva de la tierra fueron
formuladas por el Partido Obrero Socialista y la Federación de Obreros de Chile
(FOCh), en la década de 1910, ambos liderados por quien sería el fundador del
Partido Comunista, Luis Emilio Recabarren. Fue también la Izquierda la que dio los
primeros incentivos a la sindicalización de trabajadores rurales, a inicios de 1900, las
ocupaciones de tierra por inquilinos militantes y las huelgas durante las décadas de
223
Michael Fleet, The Rise and Fall of Chilean Christian Democracy. Princeton: Princeton Univ. Press, 1985.
95
1930 y 1940 las que fueron lideradas por comunistas o miembros de la Liga Nacional
de Campesinos Pobres, de tendencia troskista. Después de 1930, el Partido Comunista
dominó el movimiento sindical en ciudades y minas. Entre 1938 y 1952, los partidos
Socialista y Comunista formaron parte del gobierno nacional como integrantes de la
coalición del Frente Popular224. Estos gobiernos postularon una versión de desarrollo
conducido por el Estado, con una alianza transversal de clases entre trabajadores y la
industria, que más tarde haría eco en los democratacristianos. Aunque los gobiernos
del Frente Popular prohibieron la organización de los campesinos como una concesión
a los hacendados, impulsaron, paralelamente, la creación de tribunales del trabajo
que reconocían formalmente el principio de los derechos laborales de los campesinos
y la prerrogativa del Estado de hacerlos cumplir225.
Hacia fines de 1950, el apoyo popular logrado por la izquierda y su demanda de
reforma agraria alcanzó una nueva intensidad. La política electoral se había vuelto
más participativa y democrática. En 1949 las mujeres obtuvieron el sufragio pleno y,
en 1958 la votación fue obligatoria, introduciendo, además, la papeleta australiana
(una única papeleta oficial) que permitió, por primera vez en la historia de Chile,
que los votantes no hicieran públicas sus preferencias partidistas226. La reforma
electoral propinó un golpe significativo al poder político de los hacendados al impedir
la tradicional distribución de papeletas por parte de ciertos partidos políticos a los
campesinos. Sin el control del patrón sobre el voto rural, marxistas, democratacristianos
y pequeños partidos social demócratas, iniciaron proyectos de organización en el campo.
Estos cambios beneficiaron principalmente a la Izquierda. En la elección presidencial
de 1958, a Salvador Allende, el candidato del Frente de Acción Popular, que unía a
socialistas y comunistas, le faltó un margen de solo un tres por ciento para alcanzar
la presidencia con una plataforma política que llamaba a la sindicalización de los
campesinos y al término del latifundio.
El estrecho margen de la elección junto a las noticias sobre la Revolución Cubana
en enero del año siguiente tuvieron una profunda influencia en la plataforma
política democratacristiana para 1964, ayudando a asegurar su éxito electoral. Al
interior del partido la balanza se inclinó hacia la Izquierda, esto es, profesionales
de pensamiento reformista, críticos del capitalismo que priorizaron la reducción de
la desigualdad social y la movilización de los pobres. Aunque el Partido Demócrata
Cristiano continuó reflejando al electorado empresarial y su preocupación por el
crecimiento económico y la modernización, decididamente se volvió más populista,
224
Rosemblatt (2000); Klubock (1988); Loveman (1988); Paul Drake, Socialism and Populism and Chile,
1932-1952. Urbana: Univ. of Illinois Press, 1978.
225
Loveman (1976).
226
Loveman (1988): 261-262.
96
con un enfoque hacia la clase obrera. Si bien Eduardo Frei pertenecía a la fracción
más elitista y pro-empresarial, fue nominado a candidato por su estatura de estadista
experimentado y su disposición a liderar una plataforma mucho más radical de la que
él hubiera defendido anteriormente. En tanto, la perspectiva de una posible victoria
de Allende (cuya coalición de Izquierda estaba ahora alentada por el entusiasmo
popular que había provocado Cuba) motivó a las familias chilenas más acaudaladas
y a los partidos políticos de Derecha a unir, aunque a disgusto, sus fuerzas con los
democratacristianos y aceptar a Frei como candidato presidencial. Ello aseguró una
aplastante mayoría electoral para Frei, quien, si bien derrotó a Allende, fue errático en
cuanto al reformismo propuesto por la Democracia Cristiana y el respaldo proveniente
de la elite.
Los Estados Unidos dieron todo su apoyo a esta alianza de centro-derecha. Las
políticas de la Guerra Fría jugaron un rol fundamental en estos primeros años de la
Reforma Agraria. En medio del pánico producido por la Revolución Cubana, Estados
Unidos designó a Chile como zona crítica en peligro, en su lógica de guerra hemisférica
contra el comunismo, escogiendo a los democratacristianos, anti-marxistas pero
de pensamiento reformista, como soldados de primera línea. En 1963, el gobierno
estadounidense entregó millones de dólares y el apoyo de una veintena de economistas,
consejeros políticos y estrategas de campañas al Partido Demócrata Cristiano. Después
que Frei fuera electo, Chile llegó a ser el país que recibió más ayuda per cápita en
América Latina, proveniente de Estados Unidos, alcanzando más de un cuarto de
billón de dólares en concesiones y préstamos entre los años 1965 y 1966. Además
negoció la enorme deuda externa en términos extremadamente favorables227. Estados
Unidos también consideró a Chile como el principal molde en la aplicación de la
Alianza para el Progreso, su nuevo programa de seguridad y desarrollo para América
Latina228. Iniciada por el Presidente John F. Kennedy, en 1961, y aplicada después
por Lyndon Johnson y Richard Nixon, la Alianza para el Progreso tenía como objetivo
desincentivar el apoyo al marxismo. Ésta incitaba a los gobiernos de América Latina a
emprender proyectos de desarrollo económico y reformas estructurales (incluyendo la
modernización y expansión de los militares), que contarían con el apoyo de Washington
en el diseño y financiamiento. En un comienzo, Kennedy había prometido que en
los diez años siguientes el programa entregaría diez billones de dólares a América
Latina, declarando además, que la reforma agraria sería una de las transformaciones
estructurales más importantes. Los arquitectos de la Alianza para el Progreso –en su
mayoría especialistas en desarrollo con estudios en Harvard– veían al latifundio como
227
“US Aid: The Carrot and the Stick”, New Chile, Berkeley, 1972: 48, citada en Barbara Stallings, Class
Conflict and Economic Development in Chile. Stanford: Stanford University Press, 1978: 106.
228
Jerome Levinson y Juan de Onís, The Alliance That Lost Its Way. Chicago: Quadrangle Press, 1970.
97
cuna de la revolución y argumentaban que la reforma agraria debería crear predios
familiares al estilo del Oeste estadounidense, las que serían base de un desarrollo
capitalista sano y una paz social duradera.
Importantes grupos de chilenos concordaban con las premisas básicas de la Alianza
para el Progreso, pero con un sello diferente. Desde la Segunda Guerra Mundial, los
intelectuales chilenos habían liderado los debates sobre desarrollo y modernización
que habían tenido lugar en América Latina. Hacia mediados de 1950, Chile se unió
a la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) de las Naciones Unidas, la
que, bajo el liderazgo inicial del economista argentino Raúl Prebisch, sostenía que
América Latina requería de una vía de desarrollo particular que no imitara ni el
modelo capitalista del Atlántico Norte, ni el modelo del Bloque Comunista del Este.
La CEPAL responsabilizaba de la catástrofe económica en la que se encontraba
América Latina a las relaciones imperialistas que tenía con Estados Unidos y Europa, y,
específicamente, a la histórica dependencia de la importación de bienes industriales a
cambio de la exportación de productos primarios. Es importante señalar que la CEPAL
no rechazaba la economía capitalista y se definía a sí misma como asociada, política y
económicamente, a la alianza occidental de la OTAN. Sin embargo, al mismo tiempo
afirmaba que, dadas las existentes desigualdades del mercado mundial y el legado
estructural del colonialismo, el desarrollo de América Latina requería de una agresiva
planificación estatal, proteccionismo económico y un generoso crédito por parte de
los gobiernos del Atlántico Norte y sus instituciones financieras.
Las ideas de la CEPAL fueron ampliamente difundidas, en Chile, por miembros
del Consejo para el Desarrollo Económico y Social de América Latina (DESAL) y por
cientistas sociales de la Universidad Católica, cercanos a la Democracia Cristiana229.
Estos reformadores católicos tuvieron la influencia de tecnócratas nacionalistas,
quienes, aunque la mayoría se definía como anti-marxista, compartían con la Izquierda
la visión del Estado como una máquina de modernización, y que el desarrollo económico
y justicia social requerían de una revisión estructural significativa, que incluía la
reforma agraria. También compartían con la Izquierda la visión del latifundio como un
sistema feudal y fuente del subdesarrollo de la nación. Ambos, católicos y marxistas,
denunciaban la incapacidad de Chile para alimentar a su propia población y el déficit
agrícola comercial, que se elevó, entre 1954 y 1963, de $ 77 millones a $124 millones230
También culpaban a la ya crónica subutilización de la tierra y deterioro de los salarios
en el campo por la masiva migración hacia las abarrotadas periferias de las ciudades.
En suma, hacia principios de 1960, había un acuerdo amplio que abarcaba todo el
229
Garrett (1978): 176.
230
Cristóbal Kay, “Comparative Development of the European Manorial System and the Hacienda
System”, Ph. D. ponencia, Sussex Univ., 1971: 221.
98
espectro político de centro-izquierda, sobre la necesidad de realizar algún tipo de
reforma agraria. solo faltaba decidir su naturaleza y extensión.
Irónicamente, la primera legislación de reforma agraria en Chile fue decretada por
la coalición de derecha que reunía a los partidos Conservador y Liberal, que apoyaban
al Presidente Jorge Alessandri. Este último había derrotado a Allende por estrecho
margen en la elección de 1958 y representaba los intereses de la elite terrateniente.
Sin embargo, el Congreso estaba bajo el control de los partidos de centro y de izquierda
que favorecían la reforma agraria. Ello, sumado a la fuerte presión por parte de Estados
Unidos obligó a Alessandri a firmar la Ley de Reforma Agraria 15.020, en 1962. La
Ley estableció las instituciones básicas y directrices legales para la redistribución de
la tierra, reiterando el principio, establecido en la Constitución de 1925, de que la
propiedad privada era de interés público. Al mismo tiempo definió los términos bajo
los cuales se podría expropiar una propiedad, siendo uno de los más importantes el que
ésta estuviera abandonada o mal explotada. La ley instituyó también un mecanismo
para rembolsar a los propietarios por los terrenos expropiados e instauró una corte
especial para procesar los reclamos de los hacendados. A la vez, limitó la autoridad de
los hacendados sobre los campesinos al proveer a estos últimos de una legislación que
protegía el trabajo y los salarios. Finalmente, esta ley creó tres instituciones estatales
que ejecutarían la reforma agraria: la Corporación de la Reforma Agraria (CORA), con
poder para expropiar tierras y reorganizarlas en lo que se denominó vagamente como
“centros de producción agrícola”; el Instituto de Desarrollo Agropecuario (INDAP), que
prestaría asistencia técnica y financiera a los medianos productores y campesinos; y
el Consejo Superior de Fomento Agrícola (CONSFA), que coordinaría la planificación
agrícola regional y nacional231.
A pesar de esta primera legislación, la Reforma Agraria no se inició en forma seria
sino hasta después de la elección de Frei, en 1964. Alessandri se opuso abiertamente
a las expropiaciones y se mostró poco dispuesto a perjudicar su base de apoyo
proveniente de la elite. De hecho, apoyó a las poderosas asociaciones de hacendados
que redefinieron los objetivos de la reforma agraria estrictamente en términos de
productividad. Tanto la SNA como el Consorcio Agrícola del Sur (CAS) –un grupo más
pequeño de hacendados– respondieron en forma perspicaz a lo que, en los inicios de
1960, parecía ser inevitable: la reforma agraria. Por décadas, los hacendados habían
denunciado esta reforma como anti-patriótica y comunista; pero, dada la aprobación
de la Ley de 1962, la SNA y el CAS comenzaron a alternar estas denuncias con un
cauto respaldo a una reforma agraria limitada que se enfocaría en la modernización y
eficiencia de la agricultura232. La SNA, en particular, promovió la idea de que la reforma
231
Loveman (1976): 225-240.
232
Gómez (1972); Menges (1968).
99
agraria debía crear incentivos para que los agricultores expandieran y diversificaran los
cultivos a través de tecnología subvencionada, semillas de calidad y mejores créditos y
precios. La expropiación y redistribución de tierras debía limitarse solo a aquellas que,
o bien estuviesen en evidente abandono, o fuesen propiedad del Estado. La política
de Alessandri fue reflejo de esta postura y durante su mandato solo se expropiaron
60.000 hectáreas, dos tercios de las cuales pertenecían a una hacienda de propiedad
pública233. Los políticos de centro y de izquierda, haciendo burla de esta iniciativa, la
denominaron como “la reforma de los maceteros”.
La Democracia Cristiana prometió realizar una reforma agraria real, que asegurara
tanto la modernización económica como la justicia social, la que no podría ser menos
que revolucionaria. En su propuesta, la Reforma Agraria distribuiría la tierra y
elevaría la productividad en predios de cualquier extensión. La producción agrícola
de auto-suficiencia disminuiría la deuda externa y permitiría una industrialización
más sólida, amen de reforzar la soberanía económica de otros proyectos propuestos
por la Democracia Cristiana, tales como el control de los intereses en las minas de
cobre, que Frei denominó como “chilenización”. Al mismo tiempo la Reforma Agraria
mejoraría las condiciones de vida de los pobres, impulsando desde el Estado un
mejoramiento de la educación, la salud pública y la vivienda, y, a través de la creación
de organizaciones cívicas se integraría a los campesinos a la vida política nacional.
Finalmente, la Reforma Agraria legalizaría el derecho de los trabajadores rurales a
sindicalizarse y lucharía por mejores condiciones económicas.
Esta dualidad de la propuesta democratacristiana emanaba de las divisiones
existentes al interior del partido, las que variaban entre reformistas sociales católicos
–para quienes la armonía de clases requería de la redistribución de la propiedad y la
educación de los pobres– y empresarios y tecnócratas católicos –que enfatizaban la
modernización de los mercados comerciales y el incremento de la productividad en las
haciendas ya existentes–. Al mismo tiempo, era reflejo de la convicción, compartida por
todas las tendencias del partido, de que el capitalismo podía ser simultáneamente más
eficiente y más democrático, sin desatar un conflicto de clases. Desde su perspectiva,
los campesinos podían organizarse, recibir tierras y gozar de un mejor nivel de vida,
sin poner en peligro la producción agrícola o castigar a aquellos latifundistas que
producían en forma eficiente. En sus discursos Frei condenaba la mala administración
y subutilización de la tierra agrícola, y al mismo tiempo exaltaba la iniciativa de los
empresarios agrícolas, asegurándoles que sus propiedades no serían expropiadas. Del
mismo modo, advertía a los latifundistas que cualquier violación a los derechos de
los trabajadores sería castigada con vigor, al tiempo que aleccionaba a los dirigentes
233
Loveman (1976): 235.
100
rurales de que el propósito de los sindicatos era proteger los intereses de los campesinos
dentro de los márgenes de la ley y que toda actividad ilegal no sería tolerada.
234
Armando Gómez y Bernardo Flores, historias orales.
235
Loveman (1976): 176-177.
101
anterior. Hasta 1967, la UCC fue la federación rural de trabajadores más importante
en el Valle del Aconcagua. Creó sindicatos en las nueve comunas de la región y tuvo
una membresía de varios miles de trabajadores236.
Las organizaciones de trabajadores, católicas y de izquierda, no solo se enfrentaron
en términos ideológicos, sino que compitieron por sus bases de apoyo. La UCC era
evidentemente anti-marxista, y concebía a los sindicatos como gremios (asociaciones
vocacionales) dirigidos a reconciliar las tensiones entre patrones y trabajadores,
representar los intereses del campesinado y mejorar los niveles de vida rural. Al
mismo tiempo, pese a que la mayoría de sus integrantes tenía simpatías o bien eran
militantes del Partido Demócrata Cristiano, la UCC rehusaba toda afiliación con
partidos políticos, argumentando que éste era el ideal católico del movimiento laboral.
Por el contrario, la FCI veía a los sindicatos como vehículos de politización de los
trabajadores, tendientes a intensificar el conflicto de clases y a desafiar a la autoridad
terrateniente. La actuación de los partidos Socialista y Comunista, era considerada
esencial. Además, católicos e izquierdistas no concordaban en los objetivos de la
Reforma Agraria. Mientras que la UCC insistía en que la propiedad privada debía
estar subordinada al bienestar social, y que la redistribución de la tierra debía estar
destinada a cooperativas de pequeños agricultores, la FCI, pese a poner énfasis en
el trabajo colectivo de la tierra, en cooperativas permanentes, también aceptaba la
pequeña propiedad individual como tenencia de la tierra.
A pesar de todas sus diferencias, hubo un entrecruzamiento ideológico significativo
entre las demandas de católicos e izquierdistas y, en la práctica, sus estrategias
organizativas fueron bastante similares. La UCC, por ejemplo, hacía eco de la idea
marxista que planteaba que la socialización de los medios de producción era crucial
para una sociedad justa, llamando a poner término “a la explotación del hombre
por el hombre” e insistiendo en la “subordinación del bien privado al bien público”.
Tanto la UCC y la FCI, exigieron la abolición del restrictivo código laboral rural de
1948 y abogaron por la creación de sindicatos rurales sobre bases comunales, y no por
haciendas individuales. Ambos condenaron el latifundio como estructura ineficiente
y socialmente injusta, y pidieron la redistribución de la tierra “para el hombre que
la trabaja”. Y, ambos dirigieron sus esfuerzos organizativos alrededor de peticiones
por mejores salarios, bonos semanales, pago de los días de lluvia, asignación familiar,
y vivienda adecuada.
Católicos e izquierdistas también concordaban en que el objetivo principal de
las organizaciones debían ser los inquilinos varones, y atribuían las desgracias del
latifundio al sistema de inquilinaje y a la vergonzosa concentración de las tierras. Si
bien la izquierda culpaba al capitalismo y los católicos a la codicia, ambos dirigían
236
Nuevo Campo, febrero-junio, 1967.
102
sus proyectos a las grandes haciendas y al trabajador inquilino. Para ambos, era el
inquilinaje el que encarnaba la opresión al campesinado, ello pese a que hacia los
años sesenta, los inquilinos comprendían solo una minoría de los trabajadores de
las haciendas, y en general estaban menos empobrecidos que los minifundistas y los
trabajadores temporeros. Con raíces en el peonaje y reconocido, coloquialmente, como
un tipo de esclavitud, el inquilinaje simbolizaba tanto la injusticia histórica, como
el actual atraso de la agricultura chilena. Sin embargo, en la práctica, los dirigentes
laborales también se enfocaron en los trabajadores permanentes, los que comprendían
una porción significativa de la fuerza laboral y cuyas condiciones de vida eran similares
a las de los inquilinos. Fueron los comunistas quienes insistieron en la importancia
de organizar a los trabajadores temporeros, y, especialmente, a los inmigrantes. De
todos modos, unos y otros definieron su misión, para crear una sociedad socialista o
cristiana, como la de dar poder a los inquilinos.
La centralidad de los inquilinos hizo de los sindicatos un asunto eminentemente
masculino. Desde el temprano resurgimiento del movimiento laboral y durante su
rápida expansión después de 1964, los hombres constituyeron el 94% de la membresía
sindical, tanto en la UCC como en la FCI, del Valle del Aconcagua y de todo Chile237.
El porcentaje restante correspondía a trabajadoras remuneradas –1% inquilinas y 5%
trabajadoras permanentes238. Sin embargo, el que la mayoría de los inquilinos fueran
hombres y el que constituyeran el objetivo primario, del movimiento laboral rural,
devino en que las estrategias sindicales y los mercados laborales se constituyeran bajo
los ya existentes supuestos de género y familia. Dada esta situación, no es extraño
que fueran los inquilinos quienes simbolizaran la opresión campesina y la potencial
militancia política. Los dirigentes católicos y de izquierda asumían que los inquilinos
eran hombres jefes de hogar, con familias, denigrados por el sistema de latifundio,
no solo como hombres explotados, sino como esposos y padres impedidos de proveer
adecuadamente a sus mujeres e hijos, a la vez que humillados por otros hombres,
los terratenientes. Para los activistas laborales, esta situación debía provocar rabia
entre los campesinos. Si bien las mujeres campesinas, los inmigrantes y temporeros
también sufrían explotación, muchas veces más intensa que la de los inquilinos, ellos
no representaban las injusticias del latifundio de la misma manera. De una parte, se
consideraba que las mujeres estaban naturalmente subordinadas a los hombres en las
distintas clases sociales; de otra, los inmigrantes y temporeros, que si bien compartían
con los inquilinos el sometimiento al patrón, eran con frecuencia hombres solteros, y
por lo tanto, no tenían la responsabilidad, y autoridad, sobre una familia.
237
Barraclough y Fernández (1974): 178; Garrett (1978): 186.
238
Barraclough y Fernández (1974): 178.
103
Esta presunción de los inquilinos como hombres casados, devino en que el
movimiento laboral, de católicos y de la izquierda centrara su misión en la reconstitución
de la autoridad masculina al interior de la familia, como fundamento para alzarse
contra el patrón. En 1962, el periódico mensual de la UCC, Tierra y Libertad, publicó un
artículo, en primera página, sobre una campesina cuyo marido la había golpeado por
asociarse con activistas sindicales239. Atemorizado por la eventual represalia del patrón,
el esposo había rechazado las invitaciones de la UCC para unirse a sus hermanos en la
lucha. La valiente mujer, aunque golpeada, había reunido información, convenciendo
finalmente, a su terco marido a unirse al sindicato. El hombre no solo obtuvo, junto
a sus compañeros, un aumento de salario sino que logró la felicidad conyugal con su
mujer. El periódico destacaba a la esposa como heroína, ella “había dado valor a su
marido para ir a la huelga… para que los hijos no tuvieran que avergonzarse de su
padre”240.
Aunque este relato sobre el sacrificio femenino reconocía la sabiduría política de las
mujeres, el tema principal era la afiliación del hombre al sindicato y el establecimiento
de una correcta masculinidad. Los verdaderos hombres se liberaban del miedo castrador
hacia el patrón al luchar colectivamente para proveer a sus familias. Las verdaderas
mujeres, por su parte, debían alimentar esta virilidad, aún al costo del abuso físico.
Sin duda el relato afirmaba el principio de dominación masculina sobre las mujeres
en el proyecto de mejoramiento de la clase. Si bien no se perdonaba la golpiza dada
a la mujer, se asumía que ésta era una reacción natural a la actitud femenina. La
golpiza no era sino un recurso narrativo que reforzaba la idea de que los hombres que
no se afiliaban a los sindicatos no eran realmente viriles, por el contrario, los que sí
participaban de ellos, no tenían que recurrir a la fuerza para mantener la autoridad en
el hogar. Las victorias de la clase obrera y la armonía conyugal se lograrían, entonces,
solo cuando los campesinos asumieran la verdadera responsabilidad masculina.
El que los campesinos fuesen concebidos por el movimiento laboral como jefes de
hogar, fue clave para reconstituir la masculinidad campesina. Católicos e Izquierda
culpaban a la presunta cultura feudal del inquilinaje de transformar a los hombres en
niños incapaces de desafiar a la autoridad patriarcal, proponiendo, como alternativa,
el incentivo de la virilidad. En el diario comunista, El Siglo, en la publicación católica
Tierra y Libertad, así como en otros periódicos de trabajadores, se publicaron imágenes
de campesinos –los ojos bajos y el sombrero en la mano– acobardados bajo la figura
sobredimensionada del hacendado. Estas ilustraciones estaban acompañadas de
artículos que afirmaban que serían los sindicatos y la Reforma Agraria los que
terminarían con la indigna dominación, haciendo de los campesinos verdaderos
239
Tierra y Libertad, mayo, 1962.
240
Ibid.
104
hombres libres241. Es lo que mostraba un panfleto de la AISCH, en 1961. Bajo la imagen
de un patrón gigante y de trabajadores en miniatura, se preguntaba “¿Eres libre cuando
tienes que firmar tu nombre [para votar] de acuerdo a los dictados del patrón? ¿Eres
libre cuando estás desnutrido y sin esperanza? No, no eres libre, ¡eres un esclavo!…
¡Solo la reforma agraria liberará la iniciativa de los hombres!”
En efecto, tanto la práctica como la cultura de los sindicatos campesinos eran de
índole explícitamente masculina. Hasta bastante tiempo después de la elección de Frei,
la necesidad de realizar reuniones sindicales clandestinas, revistió a esta actividad
de un aire de peligro que disuadía de la participación de la mayoría de las mujeres
y daba un carácter heroico a los hombres. En el Valle del Aconcagua, los dirigentes
de la UCC y de la FCI se reunían con un puñado de hombres bajo los puentes o en
chozas remotas, para entregar información sobre leyes laborales y redactar peticiones
de aumento de salarios, reparación de viviendas y mejores regalías242. Posteriormente,
los que participaban en estas reuniones se dirigían a otras casas ubicadas al interior
de la hacienda, para difundir el contenido de la reunión y recolectar fi rmas y
huellas dactilares. En el caso de que un administrador o terrateniente pasara por
allí, los campesinos harían como que se habían reunido para beber aguardiente y
para apostar en juegos. Dado que estas actividades podrían significar la pérdida
del trabajo, era fundamental la confianza entre los compañeros para mantener el
secreto lejos del conocimiento del patrón. El riesgo unía a los trabajadores bajo un
sentido de responsabilidad colectiva y de acción rebelde. Armando Gómez, antiguo
trabajador permanente y de los primeros líderes laborales en la hacienda de Lo
Vicuña en la comuna de Putaendo, recordaba los primeros intentos de sindicalización
como prueba de valentía y osadía masculinas: “Teníamos que ser cuidadosos… Si el
patrón se enteraba, al día siguiente estabas en la calle con tu familia. solo los tipos
verdaderamente duros se atrevían, solo aquellos con coraje, o los que eran locos. Era una
locura, pero lo hice porque estaba harto del abuso del patrón, de los ricos aplastando a
los pobres, de ser tratado como un animal en vez de un hombre. Los sindicatos hicieron
hombres a los campesinos”243.
Según Gómez, el activismo sindical requería de rasgos viriles tales como la firmeza,
el valor y la disposición a correr riesgos. Los trabajadores sindicalizados reconocían
que era el patrón quien comprometía su dignidad como hombre, rechazando, a su vez,
la humillación de ser tratados –en términos raciales– “como un animal”, e insistiendo
en que ellos eran los verdaderos hombres. Más que el hecho de formar parte de un
sindicato, era la afirmación de su propia masculinidad lo que define, en términos
241
Tierra y Libertad por la Reforma Agraria, Santiago: AISCH, 1961: 15; El Siglo, varios.
242
Affonso et al. (1970): vol. 2, 122.
243
Armando Gómez, historia oral.
105
gramscianos, la acción contra-hegemónica; es decir, el desafío consciente a la lógica
de dominación, pese a que no sea derrotada. El reconocimiento de Armando Gómez
de que tal “locura” podía costarle su trabajo, develaba, por una parte, los límites de
los sindicatos, pero también, las hazañas heroicas de los campesinos en contra de los
ricos.
No todos los campesinos eran parte de este desafío. La declaración de Gómez de
que “los sindicatos hacían hombres a los campesinos” implicaba que aquellos que
no se sindicalizaban carecían de una masculinidad apropiada. Así, por ejemplo, los
trabajadores que no firmaban las peticiones eran ridiculizados como “amarillos”,
“maricones”, “mujeres” y “niñas”. Este tipo de burlas sexuadas delimitaban la
militancia de la clase obrera a hombres sexualmente agresivos y capaces de correr
riesgos. El machismo sindical marcaba los límites entre una conducta varonil aceptable
y otra que no lo era, dentro de un marco sexual bipolar de dominio y sumisión, en el que
la masculinidad era asociada a la capacidad de ejercer poder sobre algún otro sujeto.
Los trabajadores sindicalizados “daban [este poder] al patrón” en lugar de “tomarlo”.
Por el contrario, mujeres, niñas, amarillos y maricones, representaban la cobardía,
es decir la no masculinidad, en oposición a los verdaderos machos sindicalizados.
En concreto, ser como una mujer o niña era sinónimo de ser maricón, lo que para
el Chile rural de los años sesenta, más que connotar homosexualidad, significaba el
sometimiento de un hombre a otro hombre. La no afiliación al sindicato era equivalente
a ser una mujer, tímida y dominada por otros hombres (el patrón), así como una
esposa era dominada sexualmente por su marido. Esto no significa que los hombres
del sindicato vieran a los otros hombres en los mismos términos que las mujeres –de
hecho, éstas, por definición, no podían ser hombres del sindicato–, sino que los veían
como hombres que rechazaban asumir sus responsabilidades masculinas244. Ellos eran
menos que un hombre, en tanto continuaban “tomándola del patrón”.
El machismo sindical fue nutrido y reforzado por el alto precio que muchos hombres
debieron pagar por participar en estas organizaciones. El conflicto de clases en los
sindicatos significó una serie de batallas, muchas veces perdidas, de masculinidad en las
que los patrones reforzaban su autoridad patriarcal, recordándoles a los trabajadores
su vulnerabilidad y dependencia. Durante la década de 1950 y comienzos de la de
1960, la prensa laboral rural denunció despidos masivos por activismo sindical o
por cargos, inventados por los patrones, de ausentismo laboral o alcoholismo245. Los
terratenientes y administradores llevaban rifles durante los días de pago, o visitaban
244
Lancaster (1992).
245
Varios periódicos, incluyendo Tierra y Libertad, abril, 1963; La Nación, 15 de julio, 1964: 8; El Siglo,
5 de febrero, 1966: 20.
106
personalmente los hogares de los peones, en franca amenaza a los mismos246. Los
organizadores sindicales eran expulsados de las haciendas a punta de pistola, siendo
algunas veces golpeados por los hacendados con palas, cuchillos o revólveres247. Las
represalias también fueron cotidianas. Se asignaba a los activistas conocidos, las faenas
más indeseables, se obligaba a los inquilinos a trabajar los domingos que era el único
día disponible para las reuniones del sindicato, y se mandaba a cuidar las ovejas y
cerdos de los campesinos, bajo el pretexto de que los animales andaban vagando fuera
de los corrales248.
Si bien este tipo de intimidación hacía que campesinos pro-sindicato se relacionasen
con aquellos que no estaban dispuestos a arriesgarse por la organización, eran
los primeros los que destacaban como verdaderamente masculinos. El calificativo
de afeminado para aquellos hombres que no se sindicalizaban, buscaba tanto la
humillación frente a sus compañeros, como la exaltación del propio sentido de
masculinidad de los miembros del sindicato. Era justamente el peligro que significaba
la participación en las organizaciones lo que definía una postura varonil valiente y
confrontacional, en oposición a la dependencia frente a los empleadores249. Firmar una
petición hacía público ante el patrón las simpatías del trabajador por el sindicato,
ya que de acuerdo a la ley, las delegaciones de trabajadores debían remitir copias
de toda petición tanto al empleador como al tribunal laboral local. Estas acciones
requerían mucho más que coraje; era necesario el compromiso de defender el honor
del hombre de la clase obrera y la resolución de respaldar su propio nombre y palabra
en oposición a sus superiores. En su testimonio, Emilio Ibáñez, antiguo trabajador
permanente y miembro del sindicato de la FCI de una hacienda en la comuna de Santa
María, recordaba su primera experiencia de firmar una petición como un momento
irreversible en su proceso de auto-afirmación masculina: “No había vuelta atrás. Así
fue. Mi nombre estaba en el papel para que todos lo vieran. Estaba asustado, pero
sabía que tenía que ser un hombre ahora o nunca. El patrón solo entiende la fuerza,
y al unirme con mis compañeros, yo sabía que seríamos lo suficientemente fuertes.
¡Basta! Le dije ‘basta’ al patrón en su cara. Nos paramos y dije, ‘trabajamos para usted,
pero merecemos respeto como trabajadores y como hombres’. Sí, después de ese día,
ya no me quité el sombrero frente al patrón”250.
El que los campesinos, como señala Ibáñez, pidieran respeto como trabajadores
y como hombres, marca la dualidad inherente a la masculinidad sindical propia de
246
Raúl Fuentes, historia oral; Pedro Reyes, historia oral, San Esteban, 10 de marzo, 1993; Tierra y
Libertad, mayo, 1963.
247
El Trabajo, 26 de agosto, 1965: 8.
248
Historias orales, incluyen a Armando Gómez y Jorge Tejedo.
249
Klubock (1998).
250
Emilio Ibáñez, historia oral.
107
Presidente Eduardo Frei Montalva firmando la segunda ley de reforma agraria, 1967.
Fuente: Reforma Agraria, Corporación de Reforma Agraria (CORA), 1976.
Cortesía de la University of Wisconsin Land Tenure Center.
108
la clase obrera. La demanda de “respeto” invocaba el principio de igualdad entre
hombres, al mismo tiempo que reconocía la desigualdad entre campesino y patrón.
Por una parte, en la medida que Ibáñez y sus compañeros trabajaban para el patrón
bajo términos desiguales, demandaban el reconocimiento y compensación por su labor
como trabajadores. Por otra parte, en tanto que el patrón como los trabajadores eran
hombres, insistían en un trato igualitario sobre bases de género. Para Emilio Ibáñez
el respeto se ganaba, primero, a través de la autoestima masculina (“Estaba asustado,
pero tenía que ser hombre”) y segundo, a través de la acción colectiva de los hombres
(“al unirnos, seríamos lo suficientemente fuertes”).
Sin embargo, el riesgo personal y la rebelión como características de la masculinidad
rural no se originaron con la Reforma Agraria. La beligerancia hacia los patrones venía
desde tiempo atrás caracterizado por la resistencia campesina; pero, por primera vez,
con el sindicalismo de los años 1960, la afrenta y lucha masculina se dieron en forma
sostenible y colectiva, con representación política a nivel nacional. La presencia de
dirigentes de la UCC y de la FCI de Santiago en las haciendas, y la presión de los
tribunales laborales por resolver al menos algunas de las demandas de los campesinos,
hizo que éstos se sintieran apoyados por aliados urbanos, legitimando, a la vez, sus
esfuerzos por desafiar la autoridad del patrón y construyendo alianzas políticas
formales con otros actores sociales.
109
Los resultados de la nueva ley fueron inmediatos y espectaculares. solo en un año,
entre 1967 y 1968, el número de campesinos sindicalizados aumentó de menos de
10.000 trabajadores a 76.356, culminando, hacia 1970 en 140.293 (Ver Tabla 3.A)251. La
ley también incentivó, en forma explícita, que el movimiento laboral se transformara
en un movimiento institucional de carácter nacional. Ésta permitía la formación
de confederaciones a lo largo del país, las que podrían negociar, respaldando a los
sindicatos regionales. Ambas medidas estimularon la consolidación de distintas
tendencias políticas. En 1968, la UCC se unió con dos federaciones católicas más
pequeñas, el Movimiento Campesino Independiente (MCI) y la Asociación Nacional
de Organizaciones Campesinas (ANOC), para formar la confederación Libertad. Ese
mismo año, la FCI se unió al Frente Nacional de Trabajadores afiliado al partido
Socialista para crear la confederación Ranquil, cuyo nombre recordaba el lugar donde
fue violentamente reprimida una movilización campesina en la década de 1930.
Entre tanto, el gobierno de Frei lanzó su propia campaña para crear sindicatos
campesinos leales a la Democracia Cristiana. El ala más reformista del Partido, la
que pronto dominaría las principales instituciones de la Reforma Agraria, presionó
para que éstos se volcaran a democratizar el campo, integrando a los campesinos en
organizaciones que los representaran y presionaran por sus intereses. Esta actitud
formaba parte de la ideología de los católicos independientes, pero difería de ella en
que para los democratacristianos los sindicatos tenían propósitos partidistas.
El Estado encargó al INDAP la creación de organizaciones sindicales. Esta
institución tenía también la responsabilidad de educar y dar apoyo tecnológico a los
campesinos252. Durante su primer período y bajo el gobierno de Frei, el INDAP estuvo
dirigido por Jacques Chonchol, quien defendió a los sindicatos como una herramienta
para derribar las murallas del latifundio y hacer de los campesinos los agentes de su
propio destino. Al contrario de la postura de los católicos independientes, quienes veían
en los sindicatos un modo de incentivar la armonía entre empleadores y trabajadores,
Chonchol aceptaba ciertos grados de conflicto de clases para crear las bases de una
verdadera revolución en libertad. Chonchol abogaba también por la redistribución de
tierras en cooperativas, predios individuales y otras formas de tenencia comunal. Esta
postura no solo chocaba con la de la izquierda, sino que fue rechazada por muchos otros
militantes democratacristianos, no obstante ser popular entre la generación más joven
y reformista, quienes serían los futuros funcionarios del INDAP y de la Corporación de
la Reforma Agraria (CORA). Mucho antes que se aprobara la Ley de Sindicalización
Campesina en 1967, los funcionarios del INDAP y de la CORA se fueron al campo,
251
Salinas (1985).
252
En 1965, el INDAP gastó 249.045 escudos en sindicalización en las provincias del Aconcagua y
Valparaíso; en 1970, gastó 1.018.927 escudos en el mismo sector. “Resumen de gestión creditaria,
1962-1972”, INDAP.
110
con la legitimidad, el apoyo financiero y afán misionero que les daba el Estado, para
informar a los campesinos del nuevo código laboral y asistirles en el establecimiento
de nuevos sindicatos.
Los sindicatos patrocinados por INDAP se agruparon en la confederación nacional
Triunfo Campesino, la cual, pese a su carácter técnico y entidad “no partidista”, obtuvo
el respaldo explícito del Partido Demócrata Cristiano y de la administración de Frei.
El impulso organizativo del INDAP implicó el aumento del movimiento laboral rural
en todo el espectro político, no obstante otorgar un papel desproporcionadamente
alto para los sindicatos democratacristianos. La creación de la confederación Triunfo
Campesino, a la par de simbolizar el apoyo del Estado para todos los sindicatos rurales,
implícitamente prometía beneficios adicionales a aquellos cercanos a la Democracia
Cristiana. En la medida en que el movimiento laboral rural aumentaba, incluyendo,
hacia 1970, a casi la mitad de los trabajadores rurales en todo el país, el número de
sindicatos afiliados a Triunfo Campesino sobrepasó con creces a aquellos afiliados
bien a la Izquierda o a los católicos independientes. Hacia 1970, Triunfo Campesino
contaba con el 46 por ciento de toda la fuerza laboral rural sindicalizada, mientras
que la confederación Ranquil, afiliada a los partidos Comunista y Socialista, tenía
el 31 por ciento, y la confederación de católicos independientes, Libertad, el 21 por
ciento (ver Tabla 3.A)253.
El INDAP tuvo especial influencia en el Valle del Aconcagua. Así, en 1969, Triunfo
Campesino contó con el 73 por ciento de los 4.476 trabajadores sindicalizados de la
región254. Aunque esta cifra bajó significativamente en 1970, su competencia más
importante provino –a diferencia de lo que sucedía a nivel nacional– de los católicos
independientes, y no de la izquierda255. Hacia 1970, Ranquil representaba un respetable
17 por ciento de los 6.213 sindicalizados del Aconcagua (solo un 4 por ciento respecto
del año anterior), sin embargo, este porcentaje era bastante más bajo que el promedio
nacional de la izquierda256. Las afiliaciones políticas en el Aconcagua fueron un fiel
reflejo del legado del activismo católico de la UCC. Al ser los democratacristianos,
al igual que los católicos independientes, un partido de orientación confesional
y antimarxista, los organizadores del INDAP, aunque nunca pudieron reemplazar
por completo a los católicos independientes, se encontraron con campesinos ya
familiarizados con el mensaje de la institución (ver Tabla 3.B).
253
Salinas (1985).
254
“Descripción numérica de la organización sindical campesina chilena, 1968-1969”, FEES, Santiago,
junio, 1971.
255
Ibid.
256
Ibid.
111
El surgimiento de sindicatos democratacristianos como fuerza dominante dentro
del movimiento laboral rural no alteró la esencia de las prácticas sindicales locales
o la influencia ideológica en los trabajadores. Al igual que los sindicatos de católicos
independientes y los de izquierda, aquellos creados por el INDAP en Triunfo Campesino
demandaron una Reforma Agraria amplia, aunque centraron sus energías en peticiones
más inmediatas y en organizar huelgas destinadas a mejorar las condiciones de
trabajo en las haciendas. Y así como las otras confederaciones, los sindicatos de
Triunfo Campesino estuvieron compuestos casi completamente por inquilinos y
trabajadores permanentes varones. Los democratacristianos compartían el ideal de
los católicos independientes y de la izquierda de transformar a los peones campesinos
en productores y proveedores capacitados. Después de la elección de Frei, este ideal
se transformó en política oficial del Estado. Los hombres que podían mantener a sus
familias y cultivar eficientemente la tierra serían las bases de una vigorosa ciudadanía
rural. El activismo laboral masculino sería el medio para lograr estos fines.
El volumen y la intensidad de las acciones sindicales aumentaron enormemente
después de 1964, y trajo a los campesinos ganancias materiales sustanciales. Entre 1964
y 1967, los trabajadores rurales en Chile presentaron más de 2.000 peticiones laborales
al Ministerio del Trabajo y casi el mismo número solo en 1968257. En el Aconcagua,
presentaron más de 100 peticiones en 1967, la mayoría por incumplimiento del pago
de salarios y de beneficios de asistencia social258. Algunas peticiones tuvieron como
respuesta concesiones inmediatas a sus demandas. En 1965, un sindicato de la UCC de
la hacienda Bellavista en la comuna de Putaendo obtuvo el aumento en las asignaciones
de leña y alimentos, la garantía de ocho horas de trabajo por día y electricidad en los
hogares campesinos259. En otras partes de Putaendo, en las haciendas de Lo Vicuña y
Tártaro, los sindicatos de la UCC obtuvieron promesas por parte de los hacendados de
construir 4 escuelas y 41 unidades de vivienda nuevas260. Todas las peticiones contenían
demandas por salarios más altos, las cuales, combinadas con el aumento del salario
mínimo por parte del Estado, incrementaron notablemente los ingresos campesinos.
Entre 1964 y 1967, los salarios reales en el Chile rural se elevaron casi cinco veces,
desde tasas anuales de 269 escudos a 1.350 escudos; y, hacia 1967, se obligó, por ley,
a pagar en efectivo en vez de especies261.
Estos logros implicaron negociaciones y conflictos frecuentes. Las concesiones que
hacían los hacendados tenían, generalmente, su precio. En una demanda levantada
257
José Bengoa, Historia del movimiento campesino, Santiago: GIA, 1983.
258
Affonso et al. (1970): vol. 2, 22.
259
Gómez (1980): 34.
260
Ibid.: 84.
261
Banco Central de Chile, Boletín Mensual, citado en Kay (1971): 216.
112
por la UCC en la comuna de Putaendo, los trabajadores obtuvieron de los empleadores
la promesa de proveer transporte desde y hacia el trabajo, poniendo término a las
largas caminatas de más de tres horas. Sin embargo, a cambio se exigió que fueran
los inquilinos quienes trabajaran en las haciendas, eliminando práctica de enviar un
obligado en su reemplazo262. En otro caso de la comuna de San Esteban que tuvo gran
publicidad, un hacendado acordó “compartir” con los trabajadores un porcentaje –no
especificado– de sus utilidades anuales a cambio de que los inquilinos trabajaran
horas extra en la hacienda y que “cooperaran con la administración”263. De todos
modos, muchas de estas negociaciones no fueron posibles, ya que los hacendados y
administradores solían negarse a responder las peticiones o cumplir con las promesas
hechas en papel. La revista mensual de la SNA, El Campesino, denunció a los activistas
laborales como agitadores marxistas que fomentaban el odio de clases y aconsejaba
a sus miembros evadir las demandas. Si bien la SNA manifestó buena voluntad
para trabajar con la administración de Frei en la aplicación de una reforma agraria
tendiente a la eficiencia y modernización, era abiertamente hostil a la sindicalización
campesina.
Los campesinos respondieron con fuerza a la obstinación de los hacendados. Si en la
generación anterior la mitad de los trabajadores rurales se habían sentido impotentes
para confrontar, en forma organizada, a los patrones, la presencia de los activistas
laborales, incluyendo a funcionarios de gobierno abiertamente pro-sindicalistas,
incentivó una postura colectiva más agresiva. Fue recurrente que los campesinos se
declararan en huelga. Así, si a principios de la década de 1960 hubo menos de una
docena de huelgas a nivel nacional, solo en el año 1966 se contaban casi 600264. En la
provincia del Aconcagua no hay registro de huelgas a comienzos de la década, pero
entre 1964 y 1967 se contabilizaron 44265. Aunque la mayoría de las huelgas tuvo una
duración de menos de una semana y, por lo general, no interfirieron con la producción,
fueron el motor para la intervención del gobierno en respaldo de los trabajadores.
Antes de 1967 la mayoría de las huelgas rurales eran técnicamente ilegales, pero
los campesinos actuaban con la confianza de que el Estado reconocería la justicia de
su causa. Era frecuente que sacaran ventaja de las divisiones al interior del gobierno
de la Democracia Cristiana y de su postura populista para expandir la aplicación de la
ley. El Ministerio del Trabajo y los tribunales laborales de provincias se quejaban que el
personal del INDAP y la CORA defendían y ayudaban abiertamente a la organización de
las huelgas como una manera de provocar la intervención del gobierno en la resolución
262
Gómez (1980): 84.
263
La Nación, 16 de junio, 1965: 11.
264
Bengoa (1983).
265
Affonso et al. (1970): vol. 2, 58.
113
de las demandas266. Los sindicatos campesinos presentaron cartas y peticiones anexas
que invocaban las promesas de la Democracia Cristiana de crear una nueva y mejor
economía agraria, nutrir la participación cívica de los pobres y tratar de forma inflexible
a los hacendados improductivos e irresponsables. En una carta de 1965, dirigida a la
CORA por parte de los trabajadores en huelga de la hacienda Bellavista en Putaendo,
se defendía la huelga y condenaba la intransigencia del hacendado como inmoral y
como un obstáculo para el progreso. La carta omitía la propia acción de los campesinos
que quebrantaba la ley, poniendo énfasis en la necesidad del Estado como un aliado
en su rol paternalista de proteger a los pobres de la injusticia:
El Sindicato ha hecho mucho pero este señor no tiene sentimiento humano (…) Usted [el
funcionario de la CORA] tiene en sus manos toda la protección de nuestros campesinos.
Pedimos que sea Ud. quien tome las medidas del caso y se haga la reforma agraria en esta
hacienda donde tantos años se han explotado a los inquilinos y estamo[s] siendo tal como
antes267.
Estas posturas humildes que solicitaban la benevolencia del Estado coexistían
con demandas más agresivas para que la Reforma Agraria se pusiera rápidamente
en acción, especialmente en su objetivo de redistribuir la tierra. Si bien la mayoría
de las organizaciones se enfocaron, en un principio, en el mejoramiento de los
salarios y condiciones de vida de los trabajadores, después de la elección de Frei, los
sindicatos campesinos comenzaron a hacer demandas explícitas para la expropiación
de latifundios. En junio de 1965, la UCC del Aconcagua escribió al presidente electo
para insistir en que el Congreso considerara una segunda ley de Reforma Agraria que
permitiera la expropiación de las haciendas por tamaño excesivo, independientemente
de su productividad268. Esta demanda, levantada tradicionalmente por los partidos
Comunista y Socialista, se transformó, hacia mediados de los años 60, en el motor de
todo el movimiento laboral rural.
Solo entre 1965 y 1966, los campesinos presentaron más de 200 peticiones a
la CORA, entre ellas 28 del Aconcagua, pidiendo la expropiación de haciendas
específicas269. Cientos de otras demandas fueron hechas en forma verbal270. La Ley de
Reforma Agraria exigía que la CORA hiciese una inspección a la hacienda en cuestión
y evaluara sus características para la expropiación. La lentitud de la CORA en efectuar
las inspecciones, producto del exceso de trabajo de la institución más que la falta
de voluntad, trajo muchas veces frustración entre los campesinos. Éstos se volvían
266
Loveman (1976): 257.
267
Gómez (1980): 37.
268
La Nación, 16 de junio, 1965.
269
Affonso et al. (1970): vol. 2, 135.
270
Daniel San Martín; Ricardo Leigh, historias orales.
114
particularmente impacientes por los constantes aplazamientos producidos entre la
decisión de expropiar, tomada por la institución, y la fecha en que la CORA hacía
efectiva la posesión de la tierra. En el caso de la hacienda de Bellavista en la comuna
de Putaendo, la decisión de expropiar fue tomada en 1965, pero no se hizo efectiva
sino hasta tres años después271. Estas demoras fueron frecuentes en todo Chile, y se
debieron tanto al derecho que tenían los terratenientes a apelar las decisiones de la
CORA, como a la tolerancia general del gobierno de Frei con las largas comparencias.
En el caso de Bellavista, los campesinos intentaron acelerar el proceso llenando de
peticiones el tribunal local y la oficina de la CORA y efectuando varias huelgas cortas
entre 1965 y 1966272. Ante la inexistencia de resultados, los campesinos decidieron, al
año siguiente, aumentar la presión haciendo una breve ocupación del terreno273.
Las ocupaciones de predios, llamadas tomas de tierra, llegaron a ser una de las
estrategias campesinas más importantes para protestar contra las violaciones a
los acuerdos laborales y los atrasos en la expropiación de tierras; ellas se harían
permanentes a lo largo de todo el proceso de Reforma Agraria. Una toma generalmente
consistía en el bloqueo de la entrada principal de la hacienda, impidiendo, con ello,
la entrada de equipo agrícola, productos y trabajadores. Los campesinos blandían
palas y horquetas, y portaban banderas chilenas y pancartas en las que escribían sus
peticiones. En algunos casos, los hacendados, supervisores y miembros de la familia
patronal eran mantenidos cautivos en sus casas. Las tomas de tierras duraban desde
unos pocos días hasta varios meses y variaban según su liderazgo y militancia274. En las
comunas dominadas por Triunfo Campesino, tales como Santa María y San Felipe, las
peticiones para expropiación y la subsiguiente ocupación de tierras eran generalmente
iniciadas con la participación de funcionarios del INDAP en conjunto con la oficina
local de la CORA. En tales casos, las tomas solían ser simbólicas, y los trabajadores
ocupaban la hacienda el día en que el patrón cedía la escritura de propiedad al
gobierno. En otros casos, los funcionarios del INDAP ayudaron a organizar tomas con
el objeto de incitar y permitir la intervención de las autoridades de la CORA en contra
de patrones intransigentes que se negaban a negociar con los sindicatos y suspendían
la producción, como fue el caso de la hacienda El Cobre, en la comuna de San Esteban,
en que los trabajadores ocuparon el predio por un día, en 1966275.
Las ocupaciones de tierras en zonas dominadas por católicos independientes y la
izquierda se desarrollaban de forma más autónoma de los designios del gobierno. Estos
271
Gómez (1980): 41.
272
Ibid.
273
Armando Gómez, historia oral.
274
Affonso et al. (1970): vol. 2, 107-133.
275
Affonso et al. (1970): vol. 2, 123.
115
Manifestación campesina, 1968.
Fuente: Nosotros Los Chilenos. Reforma Agraria, Editorial Quimantú, 1971.
Cortesía de la University of Wisconsin Land Tenure Center.
116
movimientos solían confrontar a los sindicatos tanto con las autoridades locales como
con los latifundistas. La toma de la hacienda Bellavista organizada, en 1966, por la
UCC, buscaba presionar al gobierno pidiendo más rapidez en una expropiación cuando
la decisión ya había sido tomada. Si bien la ocupación terminó pacíficamente, hubo
amenaza por la presencia de unos doce policías locales276. Las tomas organizadas por
socialistas y comunistas en las comunas de Catemu y San Esteban en 1968, buscaron
obligar a la CORA a realizar inspecciones y expropiar haciendas que la institución
no había considerado todavía277. Ambas ocupaciones concluyeron por la acción de
la policía, que usó gases lacrimógenos y disparos; sin embargo, ambas haciendas
fueron expropiadas al año siguiente. A fines de los años sesenta, cuando el proceso
de reforma de la tierra se aceleraba, las ocupaciones fueron tomando un cariz cada
vez más confrontacional. Solía haber conflictos importantes entre líderes sindicales y
bases de clase obrera, así como entre los mismos campesinos. Sin embargo, en términos
simbólicos y de colaboración, las tomas fueron el medio más importante por el que los
campesinos participaron e influyeron en la Reforma Agraria en su conjunto.
La movilización sindical y las victorias obtenidas hicieron de la militancia de
clase y la virilidad campesina una férrea unión. En las huelgas y ocupaciones de
tierras eran principalmente hombres los que participaban. Ellos hacían entrega de las
peticiones a los patrones, negociaban con las autoridades de gobierno y ocupaban la
propiedad de la hacienda. El peligro que implicaban las vigilias nocturnas y las tomas
prolongadas hizo que muchos trabajadores portaran armas, las que variaban desde
palos y palas hasta escopetas de caza278. Dada la movilización de los trabajadores y las
expropiaciones de tierra, la violencia del mundo rural fue, en términos comparativos,
mínima; incluso ésta fue menor en el Aconcagua que en los alrededores de Santiago y
en el sur. No obstante, el que los campesinos estuviesen armados daba un simbolismo
a la militancia de los trabajadores y su disposición a defender sus intereses de clase,
como hombres.
El hecho de portar armas tenía un significado particular en la relación entre los
campesinos y sus patrones –también hombres–, quienes por largo tiempo habían usado
armas para intimidar a los trabajadores. Las armas determinaban qué hombres tenían
el poder para obligar a otros hombres a levantar sus sombreros y bajar los ojos. Como
recuerda Pascual Muñoz, antiguo inquilino de la comuna de Santa María, aún cuando
los campesinos no llevaran palas o escopetas, la mera existencia del movimiento laboral
y la promesa de la Reforma Agraria, les daba a los campesinos la certeza de que ellos
podían resistir la humillación del patrón. La solidaridad de clase y la ratificación de
276
Armando Gómez, historia oral.
277
CORA, Fichas de expropiación 4729, 4727, 3241, 3261; Armando Gómez, historia oral.
278
Daniel San Martín, historia oral.
117
Huelga de campesinos.
Fuente: Museo Histórico Nacional.
118
la dignidad masculina también podían ser armas para hacer frente al patrón: “¡Yo no
tenía miedo a [los patrones]! Un día, para poner un ejemplo, Don Gernardo [el patrón]
vino a caballo y se paró justo enfrente de mí y sacó su pistola, una de esas grandes… y
dijo: ‘¡Quizás te meto cinco balazos!’ Me crucé de brazos y me quedé parado enfrente
de él. ‘Mire’, le dije, ‘No tengo miedo de la arma, no le tengo miedo porque yo no soy
un ignorante y no soy un mono’. [Entonces] y estoy hablando la verdad, ¡el viejo me
tiene miedo [a mí]!”279.
La veracidad de esta historia es menos relevante que el significado que Pascual
Muñoz le otorga al valor y orgullo varonil de la movilización de clase obrera. El
movimiento laboral incentivó la defensa del honor masculino. Al respecto, no es que
los trabajadores creyeran que ellos eran iguales al patrón o que habían neutralizado
su poder social, más bien, éstos afirmaban una masculinidad específica de clase
trabajadora que el historiador David Montgomery ha definido como “una tolerancia
viril hacia el patrón”, y que, más recientemente, Steve Stern ha precisado “como los
poderosos contrapuntos de los hombres pobres frente a la humillación de la elite”280.
El objetivo no era comportarse como el patrón –tener palos no era lo mismo que portar
pistolas, y, en general, la principal defensa de los campesinos era solo su autoridad
moral– lo que era importante era mostrar al patrón la disposición de enfrentarse, en
lugar de temblar ante el abuso. En el relato de Pascual Muñoz, Don Gernardo llegó
a caballo y portando una “gran pistola”, lo que exaltaba el poder masculino social (y
probablemente sexual) del patrón, pero también enaltecía el valor de los campesinos
quienes se quedaron parados “justo al frente” de su superior y no al lado del camino
con el sombrero en la mano. Del mismo modo, la historia de Muñoz realzaba la
habilidad de los campesinos para hacer que el patrón reconociera su humanidad e
inteligencia. Al proclamar que los campesinos no eran “locos ignorantes o monos”,
desafiaba la imaginería racializada de los inquilinos como animales o primitivos. Y si
bien el campesino aún no podía derrotar estructuralmente al patrón, sí podía revertir,
psicológicamente, las jerarquías masculinas de clase y de raza. En el triunfante final
de la historia de Muñoz, el patrón le teme a su trabajador.
No todos los hacendados reaccionaron de forma intransigente ante la sindicalización.
Fueron muchos los intentos paternalistas por neutralizar la radicalización del
movimiento. De acuerdo a las inspecciones realizadas por la CORA, en un principio
muchos empleadores respondieron e incluso se anticiparon a las demandas por mejores
salarios y viviendas, intentando desviar la atención de las instituciones de la Reforma
279
Pascual Muñoz, historia oral.
280
David Montgomery, Workers Control in America. Cambridge: Cambridge University Press, 1979; Stern
(1995). Véase también Klubock (1998).
119
Agraria y calificar como hacendados “responsables” para evitar la expropiación281. A
mediados de los sesenta, la SNA promovió la imagen de los terratenientes como los
líderes de la cruzada por el mejoramiento rural. El Campesino publicaba regularmente
artículos sobre hacendados que construían viviendas modelos y escuelas para sus
trabajadores, en sus haciendas, así como editoriales que recordaban al lector sensato
las responsabilidades tanto sociales como económicas que tenía un buen empresario. La
SNA promovió también organizaciones alternativas a los sindicatos, como la asociación
vocacional Provincias Agrarias Unidas que reunía a pequeños agricultores e inquilinos,
con el fin de promover los ideales de la propiedad privada.
Sin embargo, estos esfuerzos fallaron en detener la marea sindicalizadora. Las
Provincias Agrarias Unidas no contaron sino con unos pocos miles de afiliados a nivel
nacional, y la escalada de huelgas y ocupaciones de tierras continuó. Un sentimiento
de traición y amenaza hizo que, incluso los hacendados más conciliadores, se aliaran
con la mayoría que siempre se había opuesto a las demandas laborales. Mensualmente,
la SNA publicaba listas detalladas de huelgas y miembros de los sindicatos, y en su
sede en el Aconcagua llamó a los terratenientes a unirse y cerrar filas para proteger la
propiedad privada e impedir que los dirigentes laborales entraran en las haciendas282.
Los hacendados también hicieron uso de otros medios de comunicación como la radio,
para difundir información falsa e intimidar a los trabajadores. Armando Gómez
recuerda respecto de los programas radiales desde San Felipe que, “[Ellos] tiraban
pura basura a la CORA, advirtiendo [a los campesinos] que [CORA] les quitarían a sus
niños, les quitaría sus animales. Más tarde, después que la CORA anunció la Reforma
Agraria, los patrones hablaban que habían habido masacres”283.
A nivel más cotidiano e íntimo, el conflicto se daba en las habituales negociaciones
entre patrones y trabajadores sobre el ejercicio de la autoridad en la hacienda. Los
campesinos denunciaban que los empleadores golpeaban a los activistas, finiquitaban
los derechos de los inquilinos y, en algunos casos, suspendían completamente la
producción284. Los administradores, por su parte, se quejaban de que los trabajadores
llegaban tarde, se negaban a cumplir las faenas asignadas, bebían en el trabajo,
destruían la propiedad y se robaban los animales285. Aunque no era nueva, esta conducta
tomó, en el contexto de la masiva sindicalización de la Reforma Agraria, un carácter
281
Según los estudios de fundo de la CORA, hacia finales de 1960, más de la mitad de los fundos
privados en el Aconcagua pagaban salarios iguales o superiores a los salarios pagados en el sector
reformado.
282
Por ejemplo, véase El Campesino, 1964-1973; El Trabajo, 8 de octubre, 1965; 28 de octubre, 1965; 1 de
diciembre, 1965: 10.
283
Armando Gómez, historia oral.
284
El Trabajo, 8 de agosto, 1965: 8; La Aurora, 19 de marzo, 1966.
285
Pascual Muñoz, historia oral; varios editoriales de El Trabajo y El Campesino.
120
abiertamente político. En 1966, 20 trabajadores de la hacienda El Maitén en la comuna
de Santa María pararon su trabajo de excavación de un canal de regadío a las cuatro
de la tarde y se fueron a una fiesta local a beber y a hacer un asado con una vaca
que ellos mismos habían matado. Cuando se les despidió por borrachos y por haber
robado la vaca, los hombres (todos miembros de un sindicato creado por el INDAP), se
enfrentaron colectivamente al empleador y negociaron con éxito la reincorporación a
sus trabajos al establecer que la vaca pertenecía a uno de los campesinos, y al insinuar
que los trabajadores que quedaban en la hacienda irían a huelga si no se cumplían
sus demandas286. Interesante resulta la explicación que dieron al patrón, “Nosotros
le apoyamos a usted [al patrón]… construimos su canal y ahora merecemos servirnos
[a nosotros mismos]”287.
El derecho que sentían los trabajadores para poner límites a la autoridad del
patrón fue parte del creciente poder del movimiento sindical, y estuvo íntimamente
ligado al respeto masculino. En El Maitén, los campesinos desafiaron el derecho del
patrón a disciplinar a los trabajadores y a decidir unilateralmente las faenas. Más
aún, insistieron en que el patrón reconociera su trabajo en la construcción del canal
como un “apoyo”, implicando con ello que lo hicieron por voluntad propia, incluso
por generosidad y no porque el patrón tuviese el derecho a forzarlos o exigirles ese
trabajo. Además reclamaron su derecho a una retribución con abundantes cantidades
de alcohol y carne, lo que era típicamente propio de los hombres de clases altas. Sin
embargo, clave era el que los asuntos de los trabajadores y el respeto viril estaban
íntimamente vinculados a la acción colectiva de los miembros del sindicato en un
clima político donde las amenazas de huelga eran verosímiles.
No obstante la diversidad de liderazgos al interior del movimiento laboral rural
–izquierdistas, democratacristianos y católicos independientes– todos trabajaban para
fortalecer, entre los campesinos, la idea de que la actuación masculina dependía de
la acción colectiva. En un manual de capacitación del INDAP dirigido a los sindicatos
de Triunfo Campesino se instruía a los líderes locales en el uso de las técnicas de
alfabetización del pedagogo brasileño Paulo Freire para ayudar a los campesinos a
“salir de la pasividad y del aislamiento” tendiendo a una “sabiduría crítica y a la
solidaridad”288. Esta iniciativa debía incentivar a que los hombres discutieran sus
problemas y aportaran ideas en conjunto para buscar soluciones. La educación sindical
debía actuar sobre la gestión y la autorreflexión colectiva, y no en la memorización
individual. En un panfleto de capacitación dirigido a los sindicatos comunistas y
286
Pascual Muñoz y Emilio Ibáñez, historias orales.
287
Pascual Muñoz, historia oral.
288
“Triunfo Campesino, Capacitación”, Manual de capacitación, 1969. Fotocopia de Jorge Tejedo, ex
presidente del sindicato de Triunfo Campesino, San Felipe. Fotocopia de la autora.
121
socialistas de Ranquil, se ve la caricatura de un campesino miserable mirando a través
de una ventana la opulenta casa de su patrón, el mensaje denunciaba el aislamiento y
la impotencia que los inquilinos vivían antes que se hubiese iniciado la movilización
sindical. Contrastando con esa imagen, en el mismo panfleto, aparecía el dibujo de un
grupo de campesinos felices y bien vestidos, que simbolizaban la confianza y prosperidad
que podían lograr a través de la solidaridad con sus compañeros trabajadores289. Los
educadores sindicalistas ponían énfasis en la naturaleza social del conocimiento y en
que la gestión social dependía de compartir el análisis y la misión con otros hombres.
Ossa Pretot, portavoz de la Presidencia señalaba, en relación a los proyectos rurales
y su propósito de educación campesina, que “El hombre no será nunca libre mientras
no sepa lo que él es y vale… El conquistar la libertad no se hace con leyes, se hace
transformando las mentes de los hombres y abriéndoles el camino”290.
Fue común que para los funcionarios del INDAP y dirigentes nacionales la
sindicalización campesina fuera concebida como un rito de pasaje a la virilidad.
Para ellos la lógica política del movimiento laboral se manifestaba en un lenguaje
de género y familia. Por ejemplo, denunciaban a los hacendados por no cumplir con
sus obligaciones paternales y elogiaban los programas de educación impartidos por
el Estado y los sindicatos, como escuelas que permitirían a los campesinos transitar
de la infancia a la adultez plena. En un taller de educación desarrollado en 1966, el
presidente de la confederación católica independiente MCI, Ulises Díaz, hacía explícita
esta situación: “Los campesinos estamos pasando de una niñez en que se nos estaba
dominando a una adolescencia. Teníamos malos padres que nos daban las cosas, pero
no nos enseñaban, y ahora nos estamos dando cuenta a través de cursos como el de
ahora cómo enfrentar la vida (…) Necesitamos llegar a una madurez porque de otro
modo no habrá solución para nosotros. Debemos tener metas precisas y nadie nos va
a meter el dedo en la boca”291.
Aunque la izquierda refutara la supuesta “generosidad” de los padres latifundistas
con respecto de los campesinos a la que aludía Díaz, comunistas y socialistas también
hacían uso de las nociones de familia y género como analogías para explicitar la
dominación de clase y la solidaridad de los trabajadores. Éstos concordaban con la
idea del latifundio como una familia disfuncional que había convertido a los hombres
de la clase obrera en niños lactantes, también compartían la percepción de que la
autoliberación era análoga a hombres “en crecimiento”. Esta sensibilidad también era
frecuente entre los trabajadores, como lo demuestran las palabras que un agradecido
campesino dirige a los educadores del INDAP en una sesión de capacitación para líderes
289
“Ranquil”, Manual de capacitación (sin fecha), fotocopia de Emilio Ibáñez, Santa María.
290
La Nación, 18 de septiembre, 1966: 19.
291
La Nación, 18 de septiembre, 1966: 19.
122
campesinos que tuvo lugar en Santiago en 1966: “Se nos ha tratado como hombres y
no como niños y aquí se ha demostrado interés por aprovechar la oportunidad que
se nos está dando. Si estamos comenzando, llegaremos mucho más allá”292. Si bien
los dirigentes laborales a nivel nacional solían subrayar la naturaleza incompleta del
proceso de maduración campesina, era común también que consideraran las formas
de acción colectiva como indicadores de una adultez ya alcanzada. Así, después de una
masiva reunión que congregó a casi 3.500 trabajadores en el Congreso Campesino del
Aconcagua, en el año 1967, la revista mensual católica independiente Campo Nuevo
destacaba, con grandes bríos: “¡Ha comenzado a roncar Aconcagua, compañeros! ¡Ahora
sí que las cosas se ponen serias pues!”293.
Sin embargo, en la práctica, el objetivo de facilitar la unión de los trabajadores
se complicaba por las divisiones y rivalidades políticas que creaba la propia
sindicalización. La división tripartidista del movimiento laboral generaba competencias
de carácter institucional e ideológico entre los democratacristianos, la izquierda
y las organizaciones católicas independientes, causando, en algunos casos, el
fraccionamiento y la lucha entre trabajadores de una misma hacienda, en donde
actuaba más de una confederación. El vínculo explícito entre Triunfo Campesino y el
gobierno democratacristiano hacía que éste tuviese una estrategia menos agresiva que
la de los sindicatos Ranquil y Libertad. Algunos campesinos nunca se afiliaron a los
sindicatos, en tanto que aquellos que sí lo hicieron no siempre estuvieron de acuerdo
con el grado de militancia sindical que se daba en ellos. Los inquilinos con derecho a
tierra tendían a ser menos entusiastas sobre las cooperativas o tenencia colectiva de
tierras que aquellos que no tenían acceso a ella. Por su parte, era frecuente que los
trabajadores de haciendas bien administradas reconocieran en los sindicatos un lugar
de negociación por mejores salarios y condiciones de vida, pero que se opusieran a
la expropiación.
Estas fisuras devinieron, años más tarde, en conflictos permanentes; sin embargo,
durante la primera mitad del proceso de Reforma Agraria, primó el sentimiento
campesino de que la unión, como arma poderosa y sin precedentes, terminaría con
los temores y la discordia. De hecho, la gran mayoría de los campesinos que habitaba
y trabajaba en el Chile central –90 por ciento– se afilió a un sindicato cuando existía
en sus zonas294. La experiencia organizacional y el surgimiento de una cultura sindical
forjaron estrechos vínculos de camaradería varonil. Someter peticiones y aprobar
huelgas requería de coordinación y esfuerzos conjuntos. A la vez, la confrontación
292
Ibid.
293
Campo Nuevo, marzo, 1967.
294
“Proyecto de cambios socio-económicos en cien predios del sector rural en Chile”, University of
Wisconsin Land Tenure Center, 1970. Citado en Garrett (1978).
123
cotidiana con el patrón alimentó una sensación de carga compartida y potencial
colectivo. A pesar de sus diferencias, Ranquil, Triunfo Campesino y Libertad cooperaron
unas con otras sobre bases regulares e institucionales. Durante las ocupaciones de
tierras o en las ceremonias que conmemoraban una expropiación, estaban presentes
hombres de diferentes sindicatos y de distintas haciendas y comunas vecinas como
signo de solidaridad estratégica. Los talleres de capacitación de liderazgo, que tenían
lugar en Santiago u otras ciudades, dieron por primera vez la oportunidad a muchos
campesinos de viajar fuera de su región natal y encontrarse con hombres de otras
partes del país.
Paradójicamente, las rivalidades personales y partidistas entre los campesinos
acrecentaron el sentido de unidad. Como lo ha señalado Thomas Klubock, el desafío que
la militancia de hombres de la clase trabajadora oponía a la autoridad del empleador,
estaba prefigurada en la lucha competitiva entre unos y otros295. Era en los conflictos
entre hombres iguales que se modelaba y ratificaba la valentía masculina necesaria
para enfrentar al patrón. En los congresos nacionales y provinciales realizados
después de 1967 y que congregaron a miles de campesinos, fue común que éstos se
sentaran segregados por confederación, y se enfrascaran en grandes duelos a través de
manifestaciones de estrepitosos aplausos o pateaduras en el suelo, según el orador de
turno296. Este fraccionamiento era más una muestra de bravura e intento por indicar
la confederación que tenía el control, que un cuestionamiento a la unidad de la clase
trabajadora. Es más, era común que después de las reuniones sindicales los asistentes
continuaran en otros ritos con abundante alcohol y juegos de apuestas. Pese a que,
ocasionalmente, estas actividades terminaban en amenazas y puñetes, representaban
la solidaridad entre los hombres. Las peleas a puñetes, incluso, podían ser una arena
en la que los hombres del sindicato ratificaran su credibilidad frente a la mirada de
los otros. Después de 1967, la mayoría de los sindicatos formaron equipos de fútbol,
compitiendo regularmente en ligas comunales, provinciales y nacionales297. El fútbol
permitía el encuentro entre hombres de diferentes comunas y confederaciones,
trasladando los conflictos políticos a la cancha deportiva. Pese a que las animosidades
podían exacerbarse, especialmente después de un extenuante partido, por lo general,
al final del encuentro los jugadores se estrechaban la mano y compartían bebidas
alcohólicas298.
La cultura sindical también fue un canal de comunicación entre generaciones.
Los mayores compartían relatos sobre cautelosos intentos sindicales previos, a veces
295
Klubock (1998).
296
Daniel San Martín, Armando Gómez y Raúl Fuentes, historias orales.
297
Citado en Garret (1978).
298
Raúl Fuentes, Raúl Aguirre y Armando Gómez, historias orales.
124
heroicos, pero frustrados y sobre la represión vivida en décadas pasadas. En contraste,
los jóvenes, muchos de ellos líderes sindicales, mostraban actitudes más temerarias
y optimistas. La mayoría de estos últimos había entrado al movimiento laboral en los
años sesenta, cuando la Reforma Agraria estaba en plena operación y muchos habían
tenido experiencias sindicales previas y exitosas en trabajos esporádicos como mineros
y obreros de la construcción299. En general, los jóvenes tenían más educación que los
mayores, muchos de ellos habían cursado algunos años de educación primaria, en
tanto que la generación anterior no. Este mayor acceso a la educación facilitó que los
primeros tuviesen conocimiento de los códigos laborales y estrategias de organización
nacionales, situándolos en la posición de enseñar a sus padres. En su relato, Armando
Gómez, quien fuera elegido dirigente sindical a los veintitantos años de edad, señala
que los campesinos se reunían una vez por semana y escogían a un trabajador educado
para que leyera en voz alta la prensa, los documentos legales, los panfletos políticos
y cuentos. Para Gómez esos rituales –reminiscencia de prácticas anarquistas de
comienzos de siglo– permitían que los jóvenes dieran a los viejos nociones del alfabeto.
En sus palabras, “¡Me sentía tan orgulloso cuando pasaba que ellos firmaban con sus
[propios] nombres!”300.
Probablemente muchos hombres mayores se sintieron ambivalentes ante esta
situación y, como se evidencia en conflictos posteriores, muchos padres desaprobaban
que sus hijos les señalaran el camino a seguir. De todos modos, la cada vez más
masiva organización laboral terminó por ablandar la rígida deferencia y respeto que
históricamente demandaban los padres de parte de sus hijos, incluso hacía posible
que campesinos de todas las generaciones tuvieran, por primera vez acceso a los
recursos educacionales. Los mayores compartían con los jóvenes el compromiso con
la solidaridad campesina y la convicción de que el movimiento laboral les permitía
defender mejor sus intereses y dignidad como hombres.
299
Armando Gómez y Emilio Ibáñez, historia oral.
300
Armando Gómez, historia oral.
125
masculinidad del campesino. La marginación de las mujeres al interior del movimiento
laboral fue clave para constituir los sindicatos como espacios de militancia varonil.
Si bien un pequeño grupo de mujeres –trabajadoras asalariadas permanentes–
participó formalmente en los sindicatos, su presencia e intervención en las reuniones
era más bien ocasional301. En algunas circunstancias, mujeres que no estaban afiliadas
acompañaban a sus maridos a las reuniones, pero estas rara vez intervinieron, no
votaban y podían causar el bochorno de su esposo. Pedro Reyes, antiguo inquilino y
miembro del sindicato afiliado a Ranquil en la comuna de San Esteban, recordaba que,
cuando su esposa Isabel insistió en ir con él a una reunión en la que se discutía una
posible huelga, otros trabajadores lo ridiculizaron diciéndole que era dominado por
ésta: “Ella era la única mujer en 10 personas. Ellos me miraron fijamente, se miraron
maliciosamente y preguntaron si yo siempre necesitaba a mi señora para ponerme
los pantalones”302.
La acusación, que ponía en duda la correcta masculinidad de Pedro por estar
acompañado de su mujer, refleja que los campesinos no solo consideraban que los
sindicatos eran apropiados solo para hombres, sino también que éstos eran asociaciones
en las que la presencia de mujeres era una amenaza real. La confrontación al patrón a
través de peticiones, huelgas, palas y comportamiento rudo, era un desafío masculino
de hombres de la clase trabajadora frente a sus superiores también varones. La
participación de las mujeres cuestionaba el heroísmo masculino. Dada la centralidad
que tenía la ratificación de la masculinidad campesina en el proceso de sindicalización,
la exclusión de las mujeres era no solo necesaria, sino fundamental y todo el movimiento
laboral reforzó esta situación.
Sea por el potencial peligro que significaban las vigilias nocturnas en las haciendas
ocupadas, o la rivalidad de un partido de fútbol, el exclusivo carácter masculino de
los sindicatos los preservaba como comunidades de compañeros que reivindicaban su
virilidad. De este modo, no es coincidencia que educadores y organizadores laborales
contrastaran la transformación de los campesinos en hombres de sindicatos con la
domesticidad. Es lo que planteaba un manual de capacitación para Triunfo Campesino,
“O somos SUJETOS concientes de nuestro valor, decididos a construir nuestro mundo, a
luchar porque sea más humano y para ello a enfrentarlo con razón y conciencia crítica.
O nos dejamos DOMESTICAR permitiendo que otros sean los que decidan por nosotros,
los que den siempre las órdenes de mando” (Énfasis original)303. Aunque en el Chile
rural el término domesticar abarcaba una amplia gama de relaciones de contención
y subordinación del animal al amo, estaba mucho más vinculado con las mujeres, y
301
Affonso, et al. (1970): vol. 1, 206-210.
302
Pedro Reyes, historia oral.
303
“Triunfo Campesino, Capacitación” (1969): 2.
126
Votación sindical.
Fuente: Museo Histórico Nacional
Reunión sindical.
Fuente: Museo Histórico Nacional
127
particularmente, con las sirvientas domésticas. Mujeres y sirvientas naturalmente
recibían órdenes de otros. Por el contrario, los sindicatos permitían a los hombres
decidir por sí mismos, ser críticamente conscientes y activos: en otras palabras, a no
ser domesticados y no ser mujeres.
Más allá que los sindicatos excluyeran a las mujeres, su esencia masculina era
definida por el juicio que los hombres tenían sobre las mujeres y, en particular, por
el poder de éstos a acceder sexualmente al cuerpo femenino. En primer lugar, se
suponía que los hombres gozaban de este poder sobre sus esposas, sin embargo, la
cultura sindical tenía un concepto más amplio de la masculinidad, como un estilo de
vida que afirmaba sexualmente a los hombres sobre las mujeres y que traspasaba la
mera actividad sexual. Éste era un estilo que iba más allá de las cuatro paredes del
hogar campesino. En efecto, la mayoría de los espacios culturales más importantes
del sindicato se construían alrededor de actividades reservadas exclusivamente a
los hombres –ritos de ingesta excesiva de alcohol, fumar, apostar y hacer deportes–.
Tales pasatiempos reafirmaban el principio de que eran los hombres, y no las mujeres,
quienes tenían la posibilidad de distraerse y destinar recursos para el placer personal,
generando relaciones más allá de la casa. También indicaba que eran los hombres
quienes podían prohibir el acceso de las mujeres a esos privilegios. Todas las salidas
para beber en las que solo participaban hombres, ratificaban la idea que eran ellos
los que gozaban de la libertad corporal (y autoridad para gastar dinero) fuera de sus
hogares, lejos de la vigilancia de las mujeres de la familia. Los hombres reconocían que
tenían un derecho exclusivo de género a tal gratificación y que estaba estrechamente
vinculado a su derecho sexual. No es casualidad que tanto en los eventos deportivos
como en las reuniones para beber, donde solo asistían hombres del sindicato, no solo
se discutiera sobre política o goles, sino también se compartieran chistes obscenos y
fabulosas historias acerca de mujeres. Emilio Toledo, antiguo miembro de un sindicato
afiliado a Triunfo Campesino en Santa María, recordaba con mucha emoción que en
esos tiempos de ocio el tópico preferido de la conversación no era la Reforma Agraria,
sino que el sexo:
Cuando terminaba el material serio, los hombres hablaban de las mujeres. ¡Oh, no teníamos
vergüenza! Cada uno contaba sus conquistas –generalmente ninguna era verdad– y
jactándose sobre las muchachas que agarraría después –ninguna de ellas era posible…
Al final, todos estaban tan tontos y borrachos, que pensaban realmente que ellos iban a
aprovechar el hecho de estar fuera de la casa para tener una aventura… pero, por supuesto,
¡casi todos volvían a la casa con el sombrero en la mano!304
Al relatar grandes hazañas con mujeres –aunque éstas fueran ficticias– los hombres
del sindicato ponían a competir su virilidad, siendo el acceso sexual a las mujeres el
304
Emilio Toledo, historia oral, Santa María, 25 de mayo, 1993.
128
Campesinos en una toma de tierra.
Fuente: Nosotros Los Chilenos. Reforma Agraria, Editorial Quimantú, 1971.
Cortesía de la University of Wisconsin Land Tenure Center.
129
mecanismo que ratificaba la pertenencia a la camaradería común. La idea de que los
hombres viriles realizaban grandes proezas sexuales no fue un invento de los sindicatos
campesinos, pero sí fue una de los elementos claves en el desarrollo de la práctica y
la cultura del movimiento laboral rural.
Los dirigentes nacionales ponían énfasis en la importancia de la responsabilidad
que tenían los hombres respecto de sus familias, como base de la solidaridad de clase.
Sin embargo, el movimiento laboral rural también alentaba la idea de que el privilegio
sexual de los hombres era un elemento natural de la masculinidad propia del sindicato.
Los encuentros de capacitación realizados en Santiago durante los fines de semana
para los dirigentes campesinos siempre incluían pasatiempos, en los que solía haber
grupos de bailarinas y parodias humorísticas que ironizaban sobre la vulnerabilidad
de los hombres frente a los encantos de las mujeres305. En una historia oral se hacía
el recuento de una de estas presentaciones. Allí se representaba los frustrados
intentos de un campesino casado por conquistar mujeres. En su primer intento ella
le rechazó porque era de clase media y tenía prejuicios en contra de los campesinos;
en el segundo, también le rechazó, porque ella era casada. La tercera aceptó, pero
resultó que estaba embarazada de otro hombre306. También la prensa laboral, de todo
el espectro político, dedicó espacios al humor de la clase trabajadora307. En caricaturas
y chistes se burlaban de los frustrados intentos de los hombres por seducir mujeres
voluptuosas, que generalmente aparecían medio desnudas; o de hombres que eran
dominados o rechazados sexualmente por sus esposas.
La mofa sobre la sexualidad ratificaba el derecho de los hombres a conquistar
varias mujeres, insinuando que éste era un aspecto inherente a la masculinidad de la
clase trabajadora. Sin embargo, al mismo tiempo ocultaba ciertas aprehensiones sobre
la sexualidad femenina y sobre las habilidades de los hombres para dominarla. Las
burlas sobre aquellos que no tienen éxito en conquistar a las mujeres que se proponen
y sobre la ostentación de proezas sexuales no consumadas, subrayan la inseguridad del
supuesto privilegio sexual masculino: esto es, el poder que tienen las mujeres de negar
a los hombres su masculinidad y la brecha que existe entre el deseo de éstos y lo que es
posible308. La ridiculización que se hacía de los hombres que no podían controlar a sus
esposas o que fracasaban en tener aventuras, emanaba del reconocimiento misógino
de la autoridad de las mujeres dentro del matrimonio. Sin embargo, esta situación más
que minar el dominio sexual masculino lo reforzaba, ya que los hombres, al evitar ser
humillados por las mujeres, se mostraban más confiados y sexualmente más agresivos.
305
Pedro Muñoz, historia oral, Catemu, 14 de junio, 1993; Raúl Fuentes, Emilio Toledo y Armando
Gómez, historias orales.
306
Pedro Muñoz, historia oral.
307
El Siglo, 27 de enero, 1963: 8; 28 de abril, 1963; Tierra y Libertad, abril, 1963.
308
Stansell (1987).
130
Además, hacía más imperiosa la necesidad de preservar los sindicatos y actividades
asociadas a esto como una arena exclusiva de los varones que les daba la seguridad
de una cierta representación de su masculinidad.
Las inquietudes sobre la capacidad de las mujeres de frustrar a los hombres
fueron nutridas y exacerbadas por la idea de que las mujeres se oponían a la Reforma
Agraria. En las elecciones presidenciales de 1958, más del doble de las mujeres votó
por el candidato de la derecha, Jorge Alessandri, y no por Frei o Allende309. Este
resultado hizo que durante la campaña electoral de 1964, tanto los democratacristianos
como el FRAP, que apoyaba a Allende, hiciera llamados especiales para atraer a las
mujeres, especialmente en zonas urbanas. Pese al éxito de esta campaña (en 1964 un
porcentaje mayoritario de mujeres votó por Frei, en tanto que una minoría lo hizo por
Allende), se mantuvo la idea de que las mujeres eran políticamente reaccionarias. Los
campesinos se quejaban de que sus esposas objetaban sus actividades clandestinas,
que eran ignorantes de las políticas de clase, y que no se les podía confiar información
delicada. Esta percepción era justificada por el supuesto aislamiento de las mujeres
en el hogar que habría impedido su compromiso con procesos políticos más amplios,
y por la convicción de que la religiosidad y simplicidad, concebidos como rasgos
femeninos innatos, hacían de las mujeres sujetos inherentemente más conservadores
que los hombres. En ambos escenarios, la ignorancia femenina tenía el potencial de
desestabilizar la solidaridad de clase necesaria para un cambio progresivo.
En 1969, el diario comunista El Siglo destacaba con alivio, aunque también con
cierto nerviosismo, que las mujeres de zonas rurales estaban gradualmente adquiriendo
conciencia de clase y habían empezado a apoyar a los hombres de la familia en su
lucha revolucionaria:
Esto es importante destacarlo, pues la participación de la mujer en las luchas ha sido siempre
más lenta, en un plano de retaguardia con respecto al hombre. Y eso es fácil de explicar por
la dependencia en que la mujer ha vivido con respecto al hombre, que no le ha permitido
obtener una conciencia de clase más profunda. Esta posición pasiva de la mujer campesina
con respecto a la lucha por sus derechos y los de su familia, sirvió y sirve en muchos casos
aún, para frenar la combatividad de sus maridos, hermanos, padres, etc. Y también para que
los patrones las utilicen en detener el movimiento de liberación del campesinado. Pero las
cosas están cambiando… un número cada vez mayor de mujeres comprenden que la solución
de los problemas del hogar, del niño, de la carestía, de la vivienda y de los resabios de la
309
En las elecciones presidenciales de 1958, 34% del voto femenino en el Valle del Aconcagua optó por
Alessandri, 25% por Frei, y 21% por Allende. En el voto masculino, Allende obtuvo el 32%; Alessandri
el 29,5%, y Frei 19%. En 1964, Frei alcanzó el 63% del voto femenino en el Valle del Aconcagua.
“Registro Electoral, 4 de Septiembre, 1958”; “Registro Electoral, 4 de Septiembre, 1964”, Directorio
de Registros Electorales.
131
desigualdad que las afecta están vinculados a la transformación de la sociedad y a la lucha
concreta por sus reivindicaciones310.
Es notable que el artículo, pese a culpar al conservadurismo de las mujeres
por su dependencia respecto a los hombres, no hace un llamado a realizar cambios
estructurales en la división del trabajo dentro del hogar. En su lugar, llama a las
mujeres a identificarse con el desempleo de los hombres y la pobreza familiar, causas
que, se suponía, las mujeres no alcanzaban a entender. La imagen de las mujeres como
sujetos fácilmente manipulados por los hacendados, las transformaba en agentes
sexuales inconscientes de traicionar, eventualmente, a la clase. Primero, porque el
vínculo con el patrón (varón) podía ser más fuerte que el que tenían con su marido o
padre. Segundo, porque podían usar sus poderes persuasivos sobre los hombres de la
familia para debilitar su militancia. En definitiva, la posibilidad de deslealtad femenina
amenazaba la virilidad del movimiento laboral masculino. Esto se expresa en el refrán,
que era común entre los dirigentes y entre las filas de militantes campesinos: “La única
cosa peor a un latifundista reaccionario es que la esposa no te apoye”311.
El movimiento laboral trató de mitigar la inquietud que existía sobre la lealtad
de las mujeres, dando más relevancia a la familia. Si bien en la práctica las mujeres
no eran bienvenidas como miembros del sindicato, se les aseguraba que éstos tenían
como preocupación fundamental el mejoramiento de las familias campesinas, cuyos
intereses, se asumía, eran propios de las mujeres. La prensa laboral rural y los panfletos
de capacitación de los sindicatos de todas las tendencias políticas insistieron en que su
principal objetivo era asistir a los hombres para que fueran capaces de proveer a sus
familias. Esto fue también recurrente en los discursos del INDAP y en instituciones de
la agenda democratacristiana, la cual prometía que la Reforma Agraria haría de los
campesinos agricultores productivos y jefes capacitados de sus hogares. Las mujeres,
se asumía, aplaudirían la entrega de poder al jefe de hogar que ganaba el pan para
su familia.
Todas las tendencias del movimiento laboral incentivaban el apoyo de las mujeres
a los sindicatos, asistiéndolas en el desarrollo de sus capacidades como esposas, hijas
y madres. Se las instaba a comprender las obligaciones sindicales de los hombres,
incluyendo las reuniones nocturnas y las ausencias del hogar. También se les llamaba
a unirse a algunos eventos sindicales ayudando en algunas tareas o como presencia
meramente simbólica. La prensa laboral informaba con entusiasmo que las esposas
marchaban codo a codo con sus maridos en las demostraciones públicas, exigiendo el
cumplimiento de algunas peticiones o la expropiación de la tierra. Las mujeres también
participaban en las ceremonias de legalización de un sindicato con bailes folklóricos,
310
El Siglo, 11 de octubre, 1969: 2.
311
Ricardo Leighton, historia oral.
132
asistían a talleres del INDAP en que se explicaban los objetivos de la Reforma Agraria,
limpiaban los locales de reunión, organizaban fiestas en los sindicatos para la Navidad
y las fiestas patrias, y proveían de alimentos a los trabajadores en huelga o en tomas312.
Los sindicatos católicos independientes organizaban también concursos de belleza para
elegir a mujeres jóvenes que los representaran como “reinas campesinas”313.
El movimiento laboral rural destacaba las actividades de las mujeres como una
forma de subrayar el nivel de solidaridad campesina en pos de la Reforma Agraria y
legitimar la naturaleza de las demandas de la clase trabajadora frente a la opinión
pública. La presencia de las mujeres daba a los afiliados el estatus simbólico de ser
hombres de familia, comprometidos en un proyecto comunitario noble que buscaba el
mejoramiento del grupo familiar. Además, hacía explícitos la comprensión y el apoyo
de las mujeres a las actividades de los hombres y que éstos estaban comprometidos
en aliviar la situación de sus esposas. Al dar cuenta de la participación de las mujeres
en una marcha que siguió al congreso de la UCC en San Felipe en 1967, la revista
católica Campo Nuevo comentó que la mujer campesina demostró “una capacidad
extraordinaria, desfiló con decisión junto al hermano, al marido o al novio que quiso
asistir (al Congreso)… el sexo bello observa con gran interés el movimiento sindical,
porque [ellas] están conscientes de la gran importancia que tiene para lograr una plena
estabilidad familiar, terminando con angustias, privaciones y injusticias dentro de un
sistema donde todos puedan actuar con la misma dignidad”314.
Si bien había una percepción generalizada, dentro del movimiento laboral, sobre
el lugar que les correspondía a las mujeres, había también importantes diferencias.
democratacristianos y católicos independientes ponían énfasis en la familia como
base de la sociedad, estipulando los objetivos de la Reforma Agraria en términos de
mejorar el hogar campesino como unidad315. Aunque los hombres formaran sindicatos
en tanto trabajadores, su objetivo era dignificar la familia y, por extensión, a la
comunidad campesina316. Familias y comunidades bien organizadas ayudarían, a su
vez, a que los sindicatos alcanzaran sus fines. El énfasis discursivo en la familia y en la
comunidad, que implicaba organizar a todos sus miembros, incluyendo esposas, madres
e hijas, le quitaba poder a la organización de los campesinos como clase y disminuía
la connotación de lucha de clases.
312
Nuevo Campo, septiembre, 1967: 2; octubre, 1967: 1; abril, 1968; Tierra y Libertad, enero, 1964: 2.
313
Tierra y Libertad, abril, 1963; y noviembre, 1963; El Trabajo, 29 de noviembre, 1967: 2.
314
Campo Nuevo, marzo, 1967.
315
Tierra y Libertad, mayo, 1962.
316
“El ABC del sindicalismo campesino”, MCI panfleto, circa 1964, INPRU; “Tierra y libertad: la reforma
agraria”, ASICH panfleto, 1961, INPRU; “Confederación nacional sindical campesina Libertad”,
Libertad panfleto, circa 1968, INPRU; “Triunfo Campesino Capacitación” (1969).
133
Para la confederación católica independiente MCI, la incorporación de las mujeres
al proceso de movilización social era uno de sus objetivos institucionales, en tanto que
el INDAP llamó a crear organizaciones de mujeres afiliadas a los sindicatos de hombres
como una manera de unir a la familia y de representar sus intereses317. En algunas
ocasiones, el INDAP dio talleres de información para mujeres campesinas y la MCI fue
patrocinadora de las primeras conferencias nacionales de mujeres rurales en Valparaíso
y Aconcagua, en 1964 y 1965318. Si bien el INDAP y el MCI incentivaban a las mujeres
asalariadas a afiliarse a los sindicatos, ambos se enfocaron principalmente en que las
mujeres comprendieran las actividades sindicales de los hombres y la importancia
de la Reforma Agraria en su conjunto319. La conferencia de mujeres rurales llevada
a cabo en Aconcagua en 1965, finalizó con el voto general de apoyo para colaborar
con las organizaciones de hombres, sindicatos y sociedades vecinales320. Sin embargo,
el solo hecho de que estas asambleas reunieran a cientos de mujeres de todo el país
(incluyendo una delegación proveniente de la comuna de Santa María) demostraba
el serio esfuerzo realizado para movilizar a las mujeres321. Las conferencias también
estaban dirigidas a problemas específicos de las mujeres, tales como educación y
cuidado de salud322. El objetivo, como sostenían los organizadores del MCI, era romper
con el aislamiento de éstas en sus casas y ayudarlas a comprender que los intereses
de sus familias solo podrían lograrse a través de una comunidad bien organizada.
Haciendo gala del éxito obtenido al respecto, en una de las asambleas generales
del MCI, realizada en 1965, se concluía que: “Hasta hace poco se consideraba a la
mujer como un elemento pasivo y encerrado en un círculo familiar, pero el tiempo ha
demostrado que esta pasividad era el producto de la falta de una toma de conciencia
de lo que representa la mujer en la lucha gremial”323.
La izquierda también destacaba la importancia de las familias unidas y el apoyo
conyugal, pero ponían mayor énfasis en organizar a las mujeres como trabajadoras.
Los partidos Comunista y Socialista, junto a sus organizaciones laborales en el campo,
abogaban por la incorporación de las mujeres trabajadoras a los sindicatos y por la
igualdad laboral para hombres y mujeres. En las elecciones presidenciales de 1964, el
FRAP respondió a la estrategia de la Democracia Cristiana de promover la defensa de
317
Affonso, et al. (1970): vol. 1, 204. “Marco nacional de programación”, INDAP, 1968: 7.
318
Affonso, et al. (1970): vol. 1, 233.
319
La literatura del INDAP destacó el derecho de la mujer trabajadora a hacerse socia del sindicato.
“Manual de derechos campesinos”, INDAP, 1968.
320
La Nación, 12 de julio, 1965: 5; Affonso et al. (1970): vol. 1, 233; La Nación, 13 de diciembre, 1964: 14.
321
Según La Nación, más de 400 mujeres asistieron a la conferencia en 1965. La Nación, 12 de julio, 1965: 5.
322
Ibid.
323
“Conclusiones de la Primera Asamblea General de Socios”, fotocopia, archivo MCI. Citado en Affonso
et al. (1970): vol. 1, 1970, 227.
134
la maternidad, señalando que la izquierda defendía tanto a las mujeres trabajadoras
como a las madres. La campaña de Allende se basó sobre una amplia plataforma de
derechos laborales para las mujeres, incluyendo igualdad en las remuneraciones,
guarderías infantiles, licencia maternal, acceso sin restricciones a cualquier tipo de
trabajo y derecho a afiliarse a sindicatos sin el consentimiento del marido324. Aunque
los democratacristianos también apoyaban estas medidas, la mayoría de ellas habían
sido iniciativas de la izquierda, la que se dirigía a las mujeres como trabajadoras, en
términos retóricos sobre bases mucho más consistentes. La inclusión de las mujeres al
movimiento de trabajadores había sido un objetivo de la izquierda desde comienzos
del siglo veinte y fue reiterado con renovado entusiasmo en los años sesenta325. En el
congreso de 1962, el Partido Comunista declaró que la “liberación nacional” aseguraría
la promoción del trabajo de las mujeres “en todos sus aspectos, como obrera industrial,
campesinas y profesionales”326. Ese mismo año, la FCI se comprometió a luchar por
“la completa igualdad de la mujer campesina con los hombres” en los sindicatos, por
el mejoramiento de la vida de las mujeres, “sean trabajadoras asalariadas o dueñas
de casa” y por la promoción de los deportes femeninos327.
El reconocimiento de la izquierda de las mujeres como trabajadoras era impulsado
por el compromiso político de organizar a toda la fuerza laboral rural. El Partido
Comunista, en particular, argüía que los trabajadores inmigrantes y los temporeros
debían estar sindicalizados con el fin de impedir que los latifundistas minaran los logros
del movimiento laboral contratando trabajadores por temporadas328. Dado que casi
el 20 por ciento de los trabajadores temporeros eran mujeres, esta preocupación era
clave. Además, las mujeres fueron también un objetivo organizacional importante dada
la relevancia que la izquierda daba a las comunidades indígenas. Ya desde comienzos
de la década de 1930, el Partido Comunista había señalado a los mapuches como uno
de los grupos rurales con menos derechos y con mayor potencial revolucionario. De
hecho, la FCI, creada en la década de 1950, buscaba unir al campesinado indígena y
no indígena, denunciando la histórica discriminación chilena respecto de los pueblos
nativos y elogiando las prácticas de tenencia comunal de tierras y la solidaridad
militante del pueblo mapuche. En particular, se destacaba el papel de las mujeres
mapuches, ya que eran ellas las que solían encargarse del cultivo de subsistencia en
324
“Declaración de los derechos de la mujer trabajadora”, FRAP; El Siglo, 13 de julio, 1964: 7.
325
Edda Gaviola, Ximena Jiles Moreno, Lorela Lopresti Martínez y Claudia Rojas Mira, Queremos votar
en las próximas elecciones: Historia del movimiento femenino chileno, 1913-1952. Santiago: CEM, 1986;
Cecilia Salinas Álvarez, La Mujer proletaria: Una Historia para contar. Santiago: Literatura América
Reunida, 1987; Lorena Godoy et al. (1995); Klubock (1998); Rosemblatt (2000); Hutchison (2001).
326
El Siglo, 1962.
327
Unidad Campesina, mayo, 1962.
328
El Siglo, 23 de julio, 1966.
135
las tierras comunales y cumplir un rol político clave en su calidad de chamanes. La
FCI había incluido la protección del derecho de las mujeres indígenas a participar en
cooperativas como uno de sus primeros objetivos de organización329.
Sin embargo, pese a esta agenda positiva para las mujeres, los intentos de la
izquierda por aumentar la afiliación femenina en los sindicatos rurales durante el
período de la Reforma Agraria tuvo un éxito limitado. A lo largo de los años sesenta, las
mujeres dirigentes al interior de la Central Única de Trabajadores (CUT), organización
nacional que incluía a todo el movimiento laboral, se quejaban de la baja afiliación
de las campesinas a los sindicatos y del fracaso en el reclutamiento de organizadoras
mujeres330. Si bien las indígenas participaron más masivamente en los sindicatos, en
el sector agrícola de Chile central (incluyendo el Valle del Aconcagua) la presencia
femenina en sindicatos afiliados a la izquierda nunca excedió el promedio nacional
(cuatro a seis por ciento)331. Pese al reconocimiento de la izquierda de las mujeres
trabajadoras, en el FCI y Ranquil la mayoría de los “problemas de las mujeres” no eran
definidos por el lugar de trabajo, sino por preocupaciones tales como la educación, el
cuidado de la salud y la cultura332. A diferencia de su aproximación a la organización
de los hombres, ni comunistas ni socialistas propusieron en forma regular la creación
de más empleos permanentes para las mujeres333.
En la práctica, la izquierda terminó por poner menos atención a las mujeres
que lo que lo hicieron sus competidores. Para los católicos independientes y
democratacristianos, el énfasis marxista centrado en el lugar de trabajo como el sitio
de la lucha de clases habría mitigado la necesidad de movilizar a la familia. Aunque
la izquierda destacaba la solidaridad familiar, privilegiaba más abiertamente la
necesidad de proletarizar a los trabajadores. Si bien la prensa de izquierda reconocía
la importancia de las mujeres en la agricultura de subsistencia, esa actividad las
ubicaba fuera de la esfera de producción comercial –la que, desde el punto de vista
marxista tradicional, estaba situada en las grandes haciendas– y, por lo tanto, fuera
del objetivo inmediato del esfuerzo organizacional de la izquierda.
Esta perspectiva, junto al fracaso de organizar a los trabajadores temporeros y a
las mujeres asalariadas, devino en que la izquierda terminara dándoles a las mujeres
un papel muy limitado en el proceso de transformación de la sociedad. Mientras
que católicos independientes y democratacristianos llamaban a las mujeres a unirse
(aunque desde los márgenes) en un proyecto colectivo destinado al mejoramiento
329
En 1962, la FCI destacó el derecho de la mujer indígena a la tierra. Unidad Campesina, mayo, 1962.
330
El Siglo, 10 de febrero, 1963.
331
Garrett (1978).
332
El Siglo, 11 de enero, 1966.
333
Unidad Campesina, mayo, 1962.
136
familiar, la centralidad que la izquierda daba a la lucha de clases y la actividad sindical
circunscribió la necesidad de participación femenina al apoyo moral de las mujeres a la
causa de los hombres. A diferencia de los sindicatos católicos y democratacristianos, ni
la FCI ni los sindicatos afiliados a Ranquil parecen haber tenido Secciones de Mujeres,
sino hasta comienzos de la década de 1970. La educación laboral de la izquierda
se centró casi exclusivamente en el código del trabajo y la reforma agraria, ambos
definidos como problemas eminentemente masculinos, y fue muy raro que ofreciera
“instrucción femenina” de economía doméstica334.
La izquierda subrayaba que las necesidades de las mujeres se resolverían por la
lucha exitosa de los hombres. Aunque la prensa laboral elogiaba a las mujeres por su
solidaridad y sabiduría política, era común que las representara como víctimas de la
opresión de clase. Las historias de mujeres golpeadas por la policía, expulsadas de
las haciendas, inválidas por el trabajo agrícola, o sollozando sobre niños hambrientos,
eran recurrentes en las ediciones de El Siglo y Unidad Campesina. Si bien estos relatos
representaban experiencias femeninas ciertas, ellos ponían énfasis en la falta de poder
de los hombres –no de las mujeres– al interior del sistema dominante, destacando la
impotencia de éstos para proteger y proveer a sus familias, por lo que el llamado a
los trabajadores era a luchar colectivamente para salvar a las mujeres y niños335. Si
católicos independientes y democratacristianos destacaban la participación femenina
en las marchas y ceremonias públicas para enfatizar la ausencia del odio de clases,
la izquierda usaba el sufrimiento de las mujeres como un símbolo de explotación de
éstas y como un llamado a la militancia de los hombres.
Sin embargo, bajo el gobierno de Frei, las tendencias políticas al interior del
movimiento laboral rural compartieron una filosofía básica acerca del tipo de hombres
que deberían participar en los sindicatos y el lugar de las mujeres en la movilización
laboral. Los sindicatos eran vehículos para transformar a peones campesinos en
hombres conscientes de su valor como seres humanos, hombres que fueran capaces
de tomar responsabilidades para cambiar sus propias circunstancias. Las mujeres
debían apoyar a los hombres y proporcionar un peso simbólico a las manifestaciones
de solidaridad de clase y de mejoramiento comunitario. Las diferencias entre católicos
y marxistas existieron y se hicieron más importantes en la medida en que progresaba
la Reforma Agraria, pero la posición de las diferentes facciones políticas, el nivel
de confrontación y contra quienes se levantaban, iba cambiando según el gobierno
que estuviese en el poder. Desde antes de la elección de Frei, católicos y marxistas
habían compartido estrategias comunes; sin embargo, después de 1970, cambiaría
la posición en su relación con el Estado. Si bien concordaban en las características
334
Jorge Tejedo y Bernardo Flores, historias orales.
335
El Siglo, 11 de diciembre, 1962; 30 de mayo, 1967; 16 de agosto, 1969.
137
masculinas deseables de los sindicalizados, en su esencia ofrecían visiones diferentes
para el futuro.
Los campesinos respondieron con ansias al llamado del movimiento laboral por una
acción viril. La convocatoria a levantarse ante al patrón tuvo ecos profundos en la rabia
contenida por la grosera explotación y humillación que había sufrido el campesino.
Ésta le dio un revés político colectivo a la beligerancia y desobediencia cotidiana con
que éstos habían reaccionado, desde tiempo ha, como una manera de morigerar los
términos de la subordinación. El llamado del movimiento laboral a la masculinidad
rural hizo sentido en los campesinos, quienes participaron voluntariamente en
moldear los códigos de la virilidad sindical. Aunque el peligro que implicaban los
sindicatos hizo que muchos hombres se abstuvieran de participar, éstos ofrecieron
nuevas formas comunitarias y dieron un sentido de masculinidad a los trabajadores.
La solidaridad emergió de la competencia por el valor y arrojo entre los hombres y
de las demostraciones de fuerza, tanto individuales como colectivas, hacia el patrón.
En la medida en que, en el gobierno y congreso, se concretaban alianzas poderosas,
fue disminuyendo el peligro (aunque nunca desapareció), siendo progresivamente
reemplazado por la valentía y la confianza de que los hombres de la clase trabajadora
podían ser agentes de su propio destino.
Este sentido de acción fue inseparable de la naturaleza exclusivamente masculina
de los sindicatos y de la convicción, en el movimiento laboral, del predominio de los
hombres sobre las mujeres. Ciertamente, este predominio de la autoridad masculina
sobre las mujeres databa de mucho antes de los años sesenta, al interior del hogar
campesino y había sido uno de los pocos medios en que los hombres pobres del
mundo rural ejercían autoridad dentro de la sociedad latifundista. El movimiento
laboral fortaleció esta situación al ennoblecerla dentro de un proyecto que haría de
los campesinos jefes de hogar capacitados para proteger y proveer a sus mujeres. Con
ello se instaba también a los hombres de la clase trabajadora campesina a expandir
su poder masculino más allá de los límites del hogar, y ampliar su jurisdicción hacia
demandas dirigidas a los empleadores y al Estado. Este sello de masculinidad suponía
la confluencia entre el género y los antagonismos de clase: la militancia en contra del
patrón, la exclusión de las mujeres de la mayoría de los espacios sindicales y el hacer
públicas las proezas sexuales, eran aspectos que definían la masculinidad sindical.
Aunque el movimiento laboral buscaba la simpatía de las mujeres y ponía énfasis en
que el objeto de las movilizaciones era el mejoramiento de la familia y la armonía
conyugal, se mantuvo siempre a las mujeres a una distancia prudente.
138
CAPÍTULO IV
MUTUALISMO DE GÉNERO: EDUCACIÓN RURAL,
CENTROS DE MADRES Y PLANIFICACIÓN FAMILIAR
El carácter masculino, propio del movimiento laboral rural, fue suavizado por el
impulso dado por la Reforma Agraria a la familia y al compañerismo dentro de la
unidad doméstica. Funcionarios del Estado, activistas laborales, católicos progresistas
y otros reformadores sociales destacaron al hogar campesino como la piedra angular
de la cultura agraria moderna dentro de la comunidad rural. Sería en la familia
donde se aprenderían los nuevos modelos asociados a la administración agrícola,
los procedimientos democráticos y la higiene personal. Cada uno de sus miembros
contribuiría a construir una sociedad nueva asumiendo roles específicos según su
generación y género. Adultos y jóvenes, hombres y mujeres harían cada uno, según sus
responsabilidades, su contribución al logro final. En tiempos de dramática turbulencia,
la familia pasó a ser el modelo de paz social y, pese al anhelo de un mundo más
igualitario, los campesinos fueron compelidos a trabajar dentro de diferenciaciones
consideradas como naturales. El conflicto que generaba esta situación hizo que los
reformadores propusieran un proyecto de mutualismo de género –esto es, la cooperación
armoniosa entre hombres y mujeres– como una forma de mantener unidas a las familias
y a la sociedad campesina en su conjunto.
El mutualismo de género fue central en la formulación de proyectos de organización
y educación de la Reforma Agraria. Si bien fueron los sindicatos de trabajadores los
que recibieron el grueso de la atención y los recursos, concentrando generalmente
los esfuerzos educadores más importantes, hubo otros programas que se centraron
específicamente en las mujeres, los jóvenes y la familia en general; entre ellos las
clases de alfabetización de adultos, las escuelas agrícolas especiales, los centros de
madres, los centros de jóvenes, los centros de padres, las juntas de vecinos y la primera
iniciativa nacional de planificación familiar llevada a cabo en Chile. Estos proyectos,
patrocinados en gran medida por el Estado y católicos independientes, intentaban
modernizar las relaciones familiares y ponerlas al servicio del desarrollo nacional.
En específico, aspiraban efectuar una transformación cultural en tres aspectos:
acrecentar las capacidades productivas y de sustento de los hombres; racionalizar y
139
validar el trabajo doméstico de las mujeres; y promover la responsabilidad cívica y
de camaradería de los jóvenes.
La transformación cultural era clave. Como proyecto de modernización, la Reforma
Agraria, arraigada en el liberalismo del siglo diecinueve, yuxtaponía barbarismo con
civilización, asociando a los campesinos con subordinación e indianismo. Uno de sus
principales objetivos era transformarlos en ciudadanos autónomos, letrados e integrados
en el tejido político y económico de la vida nacional. Esta dicotomía y la concepción
de género prevaleciente queda ilustrada en un panfleto distribuido a comienzos de
1961 por la organización de trabajadores católica ASICH. En el encabezado se lee:
“Es necesaria, entonces, una Reforma Agraria para que los campesinos conquisten
su libertad y se incorporen a la vida cívica, cultural y económica de la Nación…”.
Luego un dibujo en el que un patrón habla a sus trabajadores, y en el que éstos
aparecen descalzos sosteniendo el sombrero en las manos. En contraste, otro dibujo
que mostraba a un campesino de pie, leyendo el diario mientras su esposa, sentada
en una silla, escuchaba la radio y leía un libro; colgando en la pared se ven dos mapas
–uno de Chile y el otro del mundo336–. El mensaje implícito era que la Reforma Agraria
reemplazaría el servilismo, la ignorancia y el estado primitivo, por independencia,
educación y envolvimiento en las preocupaciones nacionales e internacionales.
Hombres y mujeres se beneficiarían, pero su participación sería diferenciada según
los géneros. Otras caricaturas representaban a hombres sonrientes labrando la tierra y
mujeres comprando textiles. La promesa implícita era que la Reforma Agraria ayudaría
a los varones en su rol de proveedores, mientras que permitiría a las campesinas ser
dueñas de casa eficientes y sabias consumidoras.
El proyecto modernizador como un proceso de inclusión que alentara la
productividad, el consumo y la ciudadanía, era compartido por el espectro político de
centro y de izquierda, pero fue especialmente impulsado por la Democracia Cristiana.
Jacques Chonchol, director de INDAP, señalaba acerca del propósito de los programas
de educación de la Reforma Agraria:
La tarea educativa consiste en hacer salir a esta población campesina de su mentalidad
tradicional en el más breve plazo… sacar el mejor provecho posible de sus recursos, para
utilizar bien su ingreso y para aprovechar en su beneficio una serie de pequeños elementos
que a menudo tiene a mano y que por ignorancia desperdicia. Finalmente… [la educación]
consiste en la incorporación de la masa campesina a la comunidad nacional: a la comunidad
política, a la comunidad cultural, a la comunidad económica y a la comunidad social337.
La inclusión fue uno de los temas centrales para los democratacristianos, ya que
para ellos todo proyecto de transformación cultural requería primero de la movilización
336
“Tierra y libertad por la reforma agraria”, Acción Sindical Chilena, Santiago, 1961: 15 y 25.
337
Chonchol (1964): 73-74.
140
Panfleto de ASICH, 1963.
141
de masas y la participación de los pobres en la vida cívica. Este planteamiento,
compartido en algunos aspectos por la izquierda, correspondía a la teoría de la
marginalidad promovida por DESAL y el Departamento de Sociología de la Universidad
Católica338. Esta teoría postulaba que en Chile el subdesarrollo se debía a que solo
una minoría participaba en las instituciones políticas, económicas y sociales, por lo
que al incentivar una participación más masiva, se avanzaría, consecuentemente, a
una mayor modernización. Así, en contraste con el análisis de la izquierda centrado
en la explotación de clase, los democratacristianos y otros católicos explicaban la
injusticia social como una insuficiencia de la democracia liberal, expresada en una
inadecuada representación de los diferentes grupos sociales en las instituciones
públicas. La respuesta era promover la educación y la participación cívica a través
de asociaciones sociales.
En 1965, Frei creó la Consejería Nacional de Promoción Popular, dependiente de
la Presidencia, para crear organizaciones comunitarias que “incentivaran a diferentes
grupos marginados a participar en metas comunes”, y “abrir la posibilidad de que el
pueblo de Chile de manera muy reflexiva, con discernimiento e imaginación, continúe
definiendo una nueva sociedad”339. El programa de Promoción Popular, en estrecho
vínculo con INDAP, promovía la formación de organizaciones que representaran
los intereses de los pobres: sindicatos para defender a los trabajadores, centros de
madres para promover los intereses de las dueñas de casa, centros de jóvenes para
enfrentar las demandas de éstos, juntas de vecinos para abogar por las necesidades
de las familias, etc. Como observa Patricia Garrett, para los democratacristianos
este tipo de movilización tenía una importancia trascendental340. En un documento
interno del programa de Promoción Popular se señalaba que la legislación de 1968,
que concedía reconocimiento legal a las nuevas organizaciones comunitarias, no era
sino un programa revolucionario:
[P]rimero, porque organizará a la comunidad entera desde las bases hasta el más alto
nivel nacional… Segundo, porque la nueva sociedad se organizará a sí misma y se volverá
consciente del valor de la propia expresión por la primera vez en su historia…Tercero,
porque a través de estas organizaciones la comunidad participará en todos los niveles al
adoptar decisiones…Cuarto, porque la comunidad organizada de esta manera se tornará
una fuerza movilizada y movilizante para la nueva comunidad… [La comunidad] teniendo
poder, sabiendo cómo usarlo, preparada para ejercitarlo, pondrá presión sobre diferentes
niveles de una manera tal que es difícil imaginar las consecuencias341.
338
Garrett (1978): 176.
339
“La Población organizada se incorpora al poder”, Consejería Nacional de Promoción Popular, 1965, MV.
340
Garrett (1978): 180-181.
341
Ibid.
142
Así, el modelo de organización de la Promoción Popular más que enmarcarse
dentro de un modelo liberal de representación, se vinculaba a una visión corporativa
de grupos sociales ordenados verticalmente, y con su centro en la familia. En contraste
con la izquierda que incentivaba a la movilización de masas de carácter revolucionario
a través de la solidaridad de clase, la postura democratacristiana buscaba reunir a
las personas de estatus económico similar para representar los intereses familiares y
ocupacionales al interior de las ya existentes, aunque reformadas, estructuras.
Las mujeres fueron un blanco clave en los esfuerzos de organización y educación
promovidos por la Democracia Cristiana. Aunque al interior de la Reforma Agraria
fueron los campesinos –varones– los sujetos principales, el énfasis puesto por
democratacristianos y católicos en general, en el mejoramiento de la familia devino
en la individualización de necesidades y roles de cada uno de sus miembros. Durante
la campaña presidencial de 1964, el partido Demócrata Cristiano había hecho un
llamado especial a las mujeres de todas las clases sociales, había organizado cientos
de comités femeninos a lo largo de todo Chile y se autoproclamaba como el único
partido que verdaderamente defendía a las esposas y madres chilenas. Una vez elegido,
Frei continuó dirigiéndose a las mujeres como un electorado diferente. Durante su
gobierno se introdujo una legislación que eliminaba la desigualdad de estatus de las
mujeres en el código matrimonial; se expandieron los programas de leche para los
niños; se diseñaron los primeros planes para guarderías infantiles; y se aumentó la
inversión en previsión de salud prenatal y maternal. Si bien estas medidas recibieron
un fuerte respaldo político de parte de la izquierda, y en muchos casos su auspicio, la
administración Frei se asignó la autoría y promoción de ellas, difundiendo la idea de
que la Democracia Cristiana era el partido de las madres chilenas342.
Los democratacristianos también destacaron en la organización de las mujeres con
propósitos cívicos. En 1964, Frei dio inicio a un plan que crearía el Servicio Femenino,
un programa para promover que las adolescentes y adultas jóvenes realizaran
trabajos de enseñanza de corto plazo y trabajo social para el bien público343. Junto
con ello, el gobierno insistió en la creación de departamentos femeninos en todas las
organizaciones existentes, tales como partidos políticos y sindicatos. En 1967, Chile fue
el anfitrión del Primer Congreso de Mujeres Demócrata Cristianas de América Latina
para promover el aumento del liderazgo femenino y su participación en los partidos
democratacristianos en todo el hemisferio344. En 1969, se estableció la Oficina Nacional
de la Mujer para coordinar programas y proyectos legislativos que “promovieran la
completa participación de las mujeres en todos los aspectos de la vida social”345.
342
El Trabajo, 22 de julio, 1970: 1; La Nación, 25 de julio, 1969: 2.
343
La Nación, 6 de octubre, 1964: 8.
344
La Nación, 24 de septiembre, 1967: 16.
345
La Nación, 25 de julio, 1969: 2.
143
Pero mientras los democratacristianos aplaudían la contribución de las mujeres
al cambio social, señalaban sutilmente que esta contribución era de carácter
complementario y no competía con la de los hombres. Cuando Frei anunció el programa
de Servicio Femenino, comparó el cuidado de enfermos en los hospitales y la educación
en las escuelas, realizados por mujeres, al sacrificio de los hombres en el servicio
militar346. Durante el Congreso de Mujeres Demócrata Cristianas de América Latina,
la Primera Dama María Ruiz-Tagle recomendó a las mujeres “promoverse a sí mismas
y, luego, promover la integración latinoamericana colaborando con el hombre”347.
Aunque la Oficina Nacional de la Mujer auspiciaba conferencias en temas tales como
“mujeres y trabajo” y “liderazgo comunitario femenino”, el grueso de sus actividades
estaba dirigida a la maternidad y a los problemas de los niños; siendo implícitamente
hostil al feminismo348. En una declaración, la directora de la Oficina, Gabriela Merino,
advertía que el avance de las mujeres no vendría nunca por el hecho de revertir los
roles de género o por logros femeninos a costa de los hombres: “La actitud de la mujer
no debe ser un anhelo por establecer un absurdo matriarcado en el país, a través de
reivindicaciones feministas, sino por el contrario, con un profundo respeto por nosotras
mismas, buscaremos junto al hombre la felicidad, traducida en el bien común para
establecer una sociedad justa”349.
Sin embargo, era claro para los democratacristianos que las mujeres eran más que
esposas y madres. Se alardeaba mucho de la creciente presencia de las mujeres de
clase media en distintas profesiones, y del trabajo, por necesidad, de las mujeres de la
clase trabajadora fuera de la casa350. El incentivo para que las mujeres se integraran
a organizaciones comunitarias y nacionales marcaba, por sí mismo, una esfera de
actividad fuera del espacio doméstico. Pero si bien se reconocía que las mujeres no
eran exclusivamente esposas y madres, se las veía como esposas y madres que también
tenían responsabilidades adicionales. Las obligaciones domésticas, particularmente
aquellas referentes a los niños, eran concebidas como la principal preocupación de
las mujeres. De allí que su participación cívica haya sido conceptualizada en términos
de preocupación y cuidado femenino: las mujeres contribuían al bien público con la
compasión, la paciencia, la cooperación y con medios y recursos pecuniarios.
Dentro de la lógica del mutualismo de género, los rasgos femeninos eran
considerados un suavizante para las ásperas características de los hombres. Eran estos
346
La Nación, 6 de octubre, 1964: 8.
347
La Nación, 24 de septiembre, 1967: 16.
348
La Nación, 19 de marzo, 1970: 2.
349
La Nación, 30 de mayo, 1970: 2.
350
Por ejemplo, véase La Aurora, 10 de febrero, 1967: 3; La Nación, 23 de marzo, 1968: 4. Lorena Godoy,
“‘Armas ansiosas de triunfo: Dedal, agujas, tijeras’: La educación profesional femenina en Chile,
1888-1912”, en Godoy et al. (1995); Rosemblatt (2000).
144
rasgos femeninos los que debían volcar a los hombres hacia propósitos familiares
y nacionales. La administración de Frei, en una crítica solapada a la dominación
masculina, instaba a que los hombres valoraran el talento de sus esposas y que se
abrieran a la participación de las mujeres en organizaciones comunitarias, por cuanto
éstas ofrecían una perspectiva única y necesaria. Como lo ha demostrado Karin
Rosemblatt, el esfuerzo del Estado para amansar a los hombres y alentar el desarrollo
nacional promoviendo la domesticidad, se remonta a las reformas urbanas y el proyecto
industrializador desarrollado en las décadas de 1930 y 1940351. La diferencia con
las políticas aplicadas en los 60 es que ahora éstas se extendían a las áreas rurales,
haciendo un llamado más explícito a la participación cívica de las mujeres en la vida
política y a la aceptación de los hombres de ella. Al respecto, un representante de
la Oficina Nacional de la Mujer señalaba, durante un seminario sobre desarrollo en
Naciones Unidas, que dependía de las mujeres el ser más asertivas en la vida pública
y más exigentes respecto a los hombres para trascender los tan arraigados prejuicios
de género:
[L]a familia humana vive un instante de gran aceleración de la historia y transformaciones
muy hondas se están produciendo… Si la mujer adopta un rol marginal y no participa en
este magno cuadro de hondas mutaciones, mucho tememos que con ellas no venga la ansiada
paz, repitiéndose viejos errores que hemos cometido los hombres, al no dar, muchas veces,
la debida importancia a los valores que el ser femenino es capaz de aportar y de que está
siempre colmado: amor, sentido familiar, devoción por la paz, que no solo es –bien lo sabe
la mujer– ausencia de guerras, sino sobre todo fraternidad y justicia352.
Los intentos de organización y educación impulsados por la administración
Frei también tuvieron como blanco a la juventud. Hubo un reconocimiento de los
jóvenes como un pilar fundamental para el futuro del país, diferente, en cuanto a
intereses y necesidades respecto de los adultos. Los programas gubernamentales y
no-gubernamentales para la juventud se enfocaron en la capacitación vocacional, la
educación cívica y la recreación cultural. Se insistió que los jóvenes debían adquirir
habilidades para su futuro rol en el desarrollo nacional, así como incrementar su interés
sobre lo que ocurría tanto en el mundo como en la política chilena. Se desarrollaron
incentivos para que los jóvenes socializaran con sus pares, constituyéndose como un
grupo cultural y políticamente diferente. Pese a que los programas vocacionales solían
diferenciarse según los géneros, aquellos dirigidos a la juventud tendían a formularse
como programas para ambos sexos, promoviendo así nuevos modos de organización
heterosexual.
351
Karin Rosemblatt, “Domesticating Men: State Building and Class Compromise in Popular-Front
Chile”, en Dore y Molynea