Fuente: “Psicología Existencial” R. May, G. Allport, H. Feifel, A. Maslow, C. Rogers Ed. Paidos, 1963.
Cap. V DOS TENDENCIAS DIVERGENTES Carl R. Rogers
Durante el curso de la convención en la cual se leyeron inicialmente estos trabajos, me
solicitaron que comentase dos de ellos: uno, que implicaba una teoría general de la psicoterapia
basada en la teoría del aprendizaje, y el otro -que aparece en los primeros capítulos de este libro-
que configuraba el punto de vista existencial en psicología y psicoterapia. Ambas presentaciones
simbolizan, de manera notable, dos fuertes corrientes de la psicología norteamericana actual,
corrientes que hasta la fecha parecen irreconciliables debido a que no hemos desarrollado todavía
un marco de referencia lo bastante amplio como para contener ambas. Como mi propio interés
reside, ante todo, en la psicoterapia, me limitaré en esta ocasión a examinar dichas tendencias tal
como aparecen en este campo.
LA TENDENCIA “OBJETIVA”
Por una parte, nuestra inclinación al rigor científico en psicología, a las teorías reduccionistas, a
las definiciones operacionales, y a los procedimientos experimentales, nos lleva a concebir la
psicoterapia en términos puramente objetivos antes que subjetivos. De modo que podemos
conceptualizar la terapia como simplemente un condicionamiento operante del paciente. El
terapeuta refuerza, mediante medidas sencillas y apropiadas, las proposiciones que expresan
sentimientos, las que ponen de manifiesto contenidos oníricos, las que expresan hostilidad, o las
que revelan un positivo concepto de sí mismo. Evidencias palpables indican que semejante
refuerzo desarrolla el tipo de expresión reforzada. De aquí que el camino para el mejoramiento en
la terapia, según ese criterio, consista en seleccionar con gran prudencia los elementos a reforzar,
y en tener presente con más claridad las conductas de acuerdo con las cuales se desea moldear a
nuestros pacientes. El tipo de problema no es distinto al que se planteó Skinner a fin de moldear
la conducta de palomas para que jugasen al ping-pong.
Otra variante de esta tendencia general es la conocida como el enfoque psicoterapéutico de la
teoría del aprendizaje, enfoque que se nos presenta en diversas formas. Se identifican los vínculos
E-R creadores de ansiedad o que han provocado dificultades de adaptación. Se los clasifica, y su
origen y efectos se interpretan y se explican al sujeto. Se utiliza luego un procedimiento de
recondicionamiento o contracondicionamiento, a fin de que el individuo adquiera una respuesta
nueva, más sana, y socialmente más útil, al mismo estímulo que causó dificultades en un principio.
Esta tendencia es muy apoyada por actitudes corrientes en la psicología norteamericana. En mi
opinión, tales actitudes incluyen proposiciones como: “Acabemos con lo filosófico y lo impreciso.
Hacia lo concreto, lo operacionalmente definido, lo específico”. “Acabemos con la introspección.
Nuestras conductas y personas no son más que objetos moldeados y modelados por
circunstancias condicionantes. El futuro se halla determinado por el pasado”. “Ya que nadie es
libre, lo mejor que debemos hacer es manipular la conducta de otros de una manera inteligente,
para el bien general”. (No se aclara nunca cómo los individuos que no son libres pueden elegir lo
que desean hacer, y elegir un manipular a otros.) “La manera de hacer es hacerlo, como es obvio”.
“El camino es comprender desde afuera”.
LA TENDENCIA EXISTENCIAL
Por más lógica y natural que pueda ser la tendencia “objetiva”, tan adecuada al temperamento
de nuestra cultura, no es la única evidente. En Europa, que no llegó a quedar atrapada por el
cientificismo, y cada vez más en este país, otras voces repiten: “Esta visión de túnel de la conducta
no se adecua a la totalidad de los fenómenos humanos”. Una de estas voces es la de Abraham
Maslow. Otras son las de Rollo May y la de Gordon Allport. Y su número va en aumento. Quisiera,
si fuese posible, formar parte de ese grupo. Tales psicólogos insisten, en diversas formas, en que
se preocupan por toda la gama de la conducta de los seres humanos, y que ésta, en ciertas formas
significativas, es algo más que la conducta de nuestros animales de laboratorio.
A fin de ilustrar lo dicho en el terreno de la psicoterapia, me gustaría citar brevemente algunas
de mis propias experiencias. Me inicié en la práctica médica imbuido de un punto de vista
completamente objetivo. El tratamiento psicoterapéutico comprendía el diagnóstico y el análisis
de las dificultades del paciente, la interpretación, y explicación cuidadosa a éste, de las causas y
sus dificultades, y un proceso de reeducación, enfocado por el médico sobre los elementos
causales específicos. Comprobé, paulatinamente, que resultaba más eficaz si lograba crear un
clima psicológico en el cual el paciente podía tomar estas funciones por sí mismo: la exploración,
el análisis, la comprensión y la búsqueda de nuevas soluciones para sus problemas. En el curso de
años posteriores me vi obligado a reconocer que yo debía ser real. Llegué a darme cuenta de que
sólo cuando consigo ser una persona francamente real, y así me percibe el paciente, éste podría
descubrir lo que hay de real en él. Entonces mi empatía y aceptación pueden resultar eficientes.
Fracaso en la terapia cuando no logro ser lo que profundamente soy. La esencia de la terapia, tal
como la veo puesta en práctica por mí y por otros, consiste en un encuentro entre dos personas,
en el cual el terapeuta es abierta y libremente él mismo, y quizás revele esto de una manera más
cabal cuando resulta capaz de entrar y ser libremente aceptado en el mundo del otro. De modo
que, recordando antiguas frases, me atrevo a decir: “La forma de hacer es ser”. “El camino hacia
la comprensión es desde adentro”.
May ha descrito acertadamente las consecuencias de esta clase de relación. El paciente no sólo
se siente confirmado (para emplear el término de Buber) en lo que es, sino también en sus
capacidades. Consigue afirmarse a sí mismo –con temores, sin duda- como una persona separada
y única. Puede convertirse en el arquitecto de su propio futuro gracias al funcionamiento de su
conciencia. Ello significa que, por estar más abierto a su experiencia, puede permitirse a sí mismo
vivir simbólicamente en términos de todas las posibilidades. Es capaz de aceptar que se
manifiesten, en sus pensamientos y sentimientos, las necesidades creativas y las tendencias
destructivas que encuentren dentro de sí mismo: el desafío del crecimiento, así como el de la
muerte. Puede enfrentar, en su conciencia, lo que significa ser para él, y lo que significa no ser. Se
convierte en una persona humana autónoma, capaz de ser lo que es, y de elegir su rumbo. Es ésta
la finalidad de la terapia, de acuerdo con la segunda tendencia.
DOS FORMAS DE CIENCIA
Podemos preguntar cómo surgieron estas distintas tendencias en la terapia, una representada
por Dollard, Miller, Rotter, Wolpe, Bergman y otros; la segunda, por May, Maslow, yo mismo, y
otros. Creo que la divergencia se origina, en parte, en una concepción y usos diferentes de la
ciencia. Simplificando en exceso, el teórico del aprendizaje diría: “Sabemos bastante acerca de
cómo aprenden los animales. La terapia es un aprendizaje. Por consiguiente, una terapia eficaz
habrá de construirse con lo que sabemos acerca del aprendizaje animal”. Este uso de la ciencia es
perfectamente legítimo, y consiste en proyectar descubrimientos conocidos a campos nuevos y
desconocidos.
El segundo grupo considera el problema de una manera distinta. Sus miembros se interesan por
la observación de un orden subyacente en los acontecimientos terapéuticos. Afirman que
“Algunos esfuerzos para curar, para llevar a cabo un cambio constructivo, son eficaces y otros no.
Vemos que se manifiestan ciertas características diferenciadoras de las dos clases. Encontramos,
por ejemplo, que en las relaciones beneficiosas es probable que el terapeuta funcione como una
persona real, manifestando, en la interacción, sus sentimientos reales. En las relaciones menos
provechosas a menudo encontramos que el terapeuta opera como un manipulador inteligente,
antes que como una persona real”. Aquí también tenemos un concepto de ciencia perfectamente
legítimo, a saber, la indagación del orden inherente a cualquier serie dada de acontecimientos.
Opino que esta segunda concepción es más adecuada para descubrir los aspectos exclusivamente
humanos de la terapia.
EL MÉTODO EMPÍRICO COMO ACERCAMIENTO
He tratado de esbozar brevemente estas dos corrientes divergentes, cuyos defensores con
frecuencia hallan difícil la comunicación debido a que sus diferencias son tan grandes. Quizá pueda
cumplir con la función de indicar que el propio método científico suministra una base para el
acercamiento. Seré más explícito.
Tal como May los enunció, sus seis principios deben chocar a numerosos psicólogos
norteamericanos, pues dan la impresión de ser muy imprecisos, filosóficos y no susceptibles de
verificación. Sin embargo, no tuve ninguna dificultad en deducir de ellos hipótesis verificables. He
aquí algunos ejemplos.
De su primer principio: Cuanto más resulte amenazado el sí mismo (self) de la persona, tanto más
exhibirá ésta una conducta neurótica defensiva.
Cuanto más amenazado resulte el sí mismo de la persona, tanto más restringidas se volverán sus
formas de ser y de conducta.
De su principio número dos: Cuanto más el sí mismo se halle libre de amenazas, tanto más el
individuo exhibirá conductas autoafirmativas.
Del principio número tres: La hipótesis es más compleja, pero aún resulta verificable a grandes
rasgos: Cuanto más experimente el individuo un ambiente libre de amenazas para su sí mismo,
tanto más manifestará la necesidad y la realización de una conducta participante.
Del principio número seis: Una ansiedad específica sólo se resolverá si el paciente pierde el temor
de ser la potencialidad específica con respecto a la cual estuvo ansioso.
Quizá haya dicho bastante como para sugerir que nuestra tradición positivista de definiciones
operacionales y exploración empírica puede resultar útil para investigar la verdad de los principios
ontológicos de la terapia expuestos por May, los principios de la dinámica de la personalidad
implícitos en las observaciones de Maslow, e incluso los efectos de distintas percepciones de la
muerte, tales como los expuso Feifel. A largo plazo, es probable -como lo espera Maslow- que el
desarrollo de la ciencia psicológica en estos sectores imprecisos, subjetivos, e impregnados de
valores, por sí mismo constituya el próximo paso en la teoría de la ciencia.
UN EJEMPLO
A fin de ilustrar con mayor claridad la manera como la investigación puede esclarecer algunos
de estos problemas, entraré a considerar una de las diferencias más controvertibles, y procurando
arrojar luz sobre ella a partir de algunos estudios procedentes del pasado. Uno de los elementos
más chocantes del pensamiento existencial para los psicólogos norteamericanos convencionales,
consiste en que se habla del hombre como si fuera libre y responsable, como si la elección
constituyese el núcleo de la existencia. Feifel dice: “La vida no es nuestra mientras no podamos
renunciar a ella”. Maslow subraya que los psicólogos han estado eludiendo el problema de la
responsabilidad y el lugar que ocupa el coraje en la personalidad. May habla de la “carga
agobiante de la libertad”, y la elección entre ser uno mismo o negarse a serlo. Sin duda, para
muchos psicólogos actuales la ciencia de la psicología jamás podrá interesarse por dichos
problemas, por tratarse de simples especulaciones.
En relación con este último punto, desearía referirme ahora a cierta investigación llevada a cabo
hace algunos años. Cuando W. L. Kell preparaba su tesis doctoral bajo mi dirección, eligió el
estudio de los factores que pronosticarían la conducta de los delincuentes en la adolescencia.
Efectuó cómputos cuidadosos y objetivos del ambiente familiar, de las experiencias educativas, de
las influencias del vecindario y culturales, de las experiencias sociales, de la historia clínica, y de la
herencia de cada delincuente. Estos factores se computaron de acuerdo a su carácter favorable
para el desarrollo normal, en un continuo que iba desde los elementos destructivos del bienestar
del niño y contrarios a su desarrollo normal, hasta los elementos coadyuvantes en grado máximo a
tal desarrollo. Después también se realizó un cómputo del grado de autocomprensión, pues se
tuvo la impresión de que si bien éste no era uno de los factores condicionantes primarios, podría
representar algún papel en la predicción de la conducta futura. Se trataba esencialmente de un
cómputo del grado en que el individuo era objetivo y realista frente a sí mismo y a su situación, o
sea, si aceptaba emocionalmente los hechos en sí mismo y en su ambiente.
Estos cómputos, efectuados sobre un total de 75 delincuentes, se compararon con otros sobre
su conducta dos o tres años después del estudio inicial. Se esperaba que los cómputos respecto
del ambiente familiar y la experiencia social con los compañeros resultarían los mejores
pronósticos de la conducta futura. Pero con gran asombro comprobamos que el grado de
autocomprensión fue, con mucho, el mejor pronóstico, dando una correlación de 0,84 con la
conducta futura, mientras que la cualidad de la experiencia social dio una correlación de 0,55, y el
ambiente familiar de 0,36. Sencillamente, no estábamos preparados para creer en tales hallazgos,
y archivamos el estudio hasta encontrarle una nueva aplicación. Más tarde fue aplicado a un
nuevo grupo de 76 casos, y se confirmaron todos los descubrimientos esenciales, aunque no de
una manera tan sorprendente. Por otra parte, los hallazgos resistieron al análisis más exhaustivo.
Al examinar sólo a los delincuentes que provenían de los hogares más desfavorables y que
permanecían en los mismos, seguía siendo verdad que su conducta futura no resultaba mejor
pronosticada por el condicionamiento desfavorable que recibían en su ambiente familiar, sino por
el grado de comprensión realista de sí mismos y de su ambiente.
Aquí, en mi opinión, tenemos una definición empírica de lo que constituye la “libertad” en el
sentido que el doctor May dio al término. Mientras los delincuentes eran capaces de aceptar en la
conciencia todos los hechos concernientes a sí mismos y a su situación, quedaban libres para vivir
simbólicamente todas las posibilidades y elegir el curso de acción más satisfactorio. Pero los
delincuentes incapaces de aceptar la realidad en la conciencia, resultaban forzados por las
circunstancias externas de su vida a proseguir un rumbo de conducta desviado, insatisfactorio a
largo plazo. No eran libres. Este estudio le da, según creo, cierto sentido empírico al enunciado del
doctor May de que la “capacidad de ser consciente…constituye la base de la libertad psicológica”.
He intentado señalar las dos formas divergentes en que puede llevarse a cabo la psicoterapia.
Por una parte, existe la consideración estrictamente objetiva, no humanista, impersonal, basada
racionalmente en el conocimiento del aprendizaje animal. Por la otra, existe la consideración
sugerida por los trabajos de acuerdo con este programa: un encuentro humanista, personal, en el
que la preocupación se refiere a un “ser que existe, deviene, surge y experimenta”.
Consideré que un método de investigación empírica podía estudiar la eficacia de cada uno de
estos enfoques. Traté de indicar que las características imprecisas y subjetivas del segundo
enfoque no constituían una barrera para su investigación objetiva. Y estoy seguro de que se puso
de manifiesto que, de acuerdo con mi criterio, el encuentro cálido, subjetivo y humano de dos
personas es más eficaz para facilitar el cambio que el conjunto más perfecto de técnicas derivadas
de la teoría del aprendizaje o del condicionamiento operante.