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Juana Lucero: Decadencia y Protesta

La novela Juana Lucero de 1902 representa a su protagonista, Juana Lucero, experimentando una decadencia moral asociada a su experiencia en la ciudad de Santiago. Tras la muerte de su madre, Juana recorre varios hogares trabajando como costurera y sirvienta, hasta que termina en un prostíbulo. A lo largo de la novela, el nombre, cuerpo y hábitat de Juana cambian constantemente, reflejando los diferentes roles y desafíos que enfrentan las mujeres de la clase trabajadora en la ciudad de principios del sig

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Juana Lucero: Decadencia y Protesta

La novela Juana Lucero de 1902 representa a su protagonista, Juana Lucero, experimentando una decadencia moral asociada a su experiencia en la ciudad de Santiago. Tras la muerte de su madre, Juana recorre varios hogares trabajando como costurera y sirvienta, hasta que termina en un prostíbulo. A lo largo de la novela, el nombre, cuerpo y hábitat de Juana cambian constantemente, reflejando los diferentes roles y desafíos que enfrentan las mujeres de la clase trabajadora en la ciudad de principios del sig

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Siguiendo el modelo naturalista y los estereotipos de la representación femenina de la época, Augusto

D’Halmar representa a su personaje Juana Lucero, protagonista de la novela homónima (1902), en un


proceso de decadencia ligado a la experiencia urbana. Juana se “degenera moralmente” por su innato
“mal” y porque es víctima de la perversión de la civitas. Desde la muerte de su madre, Juana recorre
la ciudad de Santiago y su última parada es un prostíbulo. Este viaje significa para Juana no sólo un
proceso de aprendizaje, sino también una decepción que desencadena la transformación de su
identidad.

1Publicada en 1902, bajo el título Los vicios de Chile: Juana Lucero, hoy conocida simplemente
como Juana Lucero, es la primera novela de Augusto D’Halmar y es la primera obra literaria chilena
que expone una problemática que tenía a la sociedad santiaguina del cambio de siglo en alerta: la
prostitución. Es decir que se puede considerar a Juana Lucero como una ventana del debate público
sobre este asunto.

2A lo largo de la novela, el nombre de Juana, su cuerpo, su profesión y su hábitat estarán en continuo


cambio: de ser llamada purisimita por su madre, Juana por sus “benefactores”, terminará asumiendo
un nuevo nombre, Naná, referencia evidente a la novela de Zola; de niña se convertirá en mujer y
recibirá la adultez con malestar, de costurera honrada será luego sirvienta, para luego terminar en un
prostíbulo. Es decir que con la creación de la figura de Juana Lucero se intenta representar un catastro
de figuras femeninas populares del Santiago urbano de principio de siglo XX. Como señala Alejandra
Brito, a pesar de que se vivía un proceso de modernización en la ciudad no había una oferta real de
“trabajos modernos”, las mujeres podían ser lavanderas, costureras o dedicarse a ser empleadas
domésticas, es decir, que se mantenían en el rango de los oficios entendidos como los más apropiados
para su género.

En el último capítulo de la novela, Juana, bajo el nombre de Naná, toma un revólver y dispara contra
el espejo de su cuarto. Atenta contra su proyección, contra su imagen, contra lo que puede ver de su
propio cuerpo. Éste último se constituye en un objeto posible de
reproducción, contenible, visualizable y en consecuencia, representable. Pero el ataque de Juana
contra su imagen responde no sólo a lo que ella ve en el espejo, sino también a lo que ha escuchado,
escrito, leído de ese cuerpo; todo esto se mezcla con la imagen de su cuerpo. Juana reacciona a lo
que su corporalidad significa socialmente y a cómo ella se percibe a sí misma. Esta ofensiva es, desde
el punto de vista del análisis de las representaciones, más complejo que si atentara contra ella misma.

Desde la muerte de su madre, Juana Lucero inicia un recorrido por la ciudad de Santiago que
comienza en la casa de “familiares” y que continúa en casa de conocidos. En estos espacios privados,
ayuda con las labores domésticas a la vez que realiza oficios de costurera. No son las calles donde
Juana es pervertida o corrompida, al contrario, es el espacio privado del hogar ajeno en el que ella
experimenta la opresión de la civitas. Por último, y como ocurre en Juana Lucero, Deutsch también
señala que el trabajo doméstico, a fin de cuentas, era uno de los más peligrosos para la “integridad y
moralidad femenina” y que la mayoría de las prostitutas habían ejercido ese trabajo antes de ingresar
en el mercado de la prostitución.

Similar es la historia de Juana Lucero. Cansada de los abusos, violada y embarazada decide huir con
un amante quien, a su vez, es el novio de una de “las niñas” de la casa. En este itinerario, la última
parada de Juana es un prostíbulo, lugar donde es abandonada por su amante quien le hace creer que
es la casa de una modista.

“– ¡Bah! – exclamaba Juana, cerrando con despecho el volumen – ¡La pila de mentiras que salen en
las novelas! ¡Cómo sentimentalizan los poetas! ‘Ingenuidad …’ ‘Pureza’ … ‘inocencia …’ ‘sencillez …’
‘Paseos de dos enamorados, en la serenidad de la noche, por alamedas oscuras …’ ¿De dónde sacan el
atrevimiento necesario para venir a contarnos todas estas cosas bonitas, pasando por alto lo que
indudablemente sucedía después, después que aquellos se cansaban de mirarse ‘sin que la sombra de
una liviandad los hiciese sonrojar’? [ …] Y el sentimiento de la sacra verdad que profesan las
sociedades modernas, recordaba una frase muy dicha por misiá Pepa [la persona que se hizo cargo de
ella mientras su tía Loreto estaba de vacaciones]: ‘A mí me gustan las novelas que salen personajes
que no se parecen en nada a nosotros; porque entonces gozo figurándome lo que nunca llegaremos a
ser’

Juana sospecha de sí misma y desconfía de la escritura. Se desencanta al comparar su vida con la de


la novela. Las letras presentan otra cara de la modernidad: la decepción. De esta manera, la ciudad
letrada es cuestionada desde la escritura misma. Juana lucero es el negativo de la novela que lee
Juana: Juana Lucero, en cuanto a su protagonista y su medio social, es una novela de frustración y de
lo que no se debe ser. Ella es el personaje que, probablemente, los miembros de la república letrada
no debían aspirar a ser, siguiendo el pensamiento de misiá Pepa. El poder representacional de las
letras vuelve a ser manifiesto a través del siguiente hecho. Una vez que Juana huye con su amante,
Misiá Pepa y doña Loreto (ambas responsables de Juana) intercambian cartas para comentar lo
sucedido. Por su parte, Misiá Pepa, quien estaba a cargo de la Lucero al momento de su huida, escribe
lo siguiente:

“ ‘Esa infeliz tiene instintos malos …’ ‘Había notado en ella costumbres censurables …’ ‘¡Dios no
abandona a los ciegos …!’. Y una frase final de seguro efecto: ‘ …Le queda a usted la satisfacción de
haber hecho cuanto pudiera exigirle su conciencia para inducir al bien a esa criatura. ¡Ni a usted, ni a
nosotros puede echarnos en cara, jamás, otra cosa que buenos consejos y mejores ejemplos! Si ella
se ha perdido es porque estaba de Dios, y si algún día, como hijo pródigo, vuelve, oveja descarriada a
su redil, yo interpondré toda la influencia de mi amistad para que usted le abra los brazos, olvidando
sus extravíos’”32.

26Por su parte, Loreto responde lo siguiente:

“‘Yo me lo esperaba …’ ‘eso es hereditario …’ ‘Tiene mala sangre en las venas …’ ‘Lamento haber
gastado tanta paciencia, tantos sacrificios …’ ‘¡Así se premian las buenas acciones …!’ ‘En cuanto
ustedes, mis queridos amigos, estoy desolada por la turbación que esto ha introducido en esa casa
ejemplar. ¡Olvidémonos de esa pecadora, pidiendo a Dios que la perdone …’”

Antes de disparar contra el espejo, Juana había visitado el cementerio. En este lugar Juana se pierde
como si fuera un laberinto y en la búsqueda de la tumba de su madre encuentra la suya propia 34.
Juana muere por tercera y última vez, muere definitivamente como “purisimita”. La primera muerte
simbólica fue durante la violación, la segunda es con el cambio de nombre. Ese día, Juana dispara
contra el espejo no sólo porque se proyecta la imagen de su cuerpo del cual, desde que fue violada,
empezó a sentir repugnancia. En él, además, se reflejan las imágenes de su madre muerta que nunca
deja de aparecérsele en los espejos, del hijo abortado y de “otras” figuras que representan las
múltiples voces que la han condenado. Todas estas figuras contenidas en el espejo, le recuerdan “una
infancia lejana y santa”, “su monstruosidad [y] su naturaleza depravada” y “su cuerpo impuro que
atormentó las conciencias, que manchó las honras, que vició la sangre y los instintos de toda una
juventud y de las generaciones futuras que de ella procediesen” respectivamente 35. Intentar
deshacerse de las imágenes de los “otros” quienes se constituyen como los productores de sus
múltiples representaciones (constructores de su identidad), es anular los sujetos enunciantes, los
productores del imaginario en torno a su cuerpo y su personalidad. En el gesto de destruir el espejo,
Juana protesta contra las prácticas representacionales: intenta eliminar su origen y sus mediaciones.

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