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El documento describe la transformación arquitectónica de Caracas, Venezuela durante el siglo XIX bajo el gobierno de Antonio Guzmán Blanco. Se demolieron muchas construcciones coloniales y religiosas para ser reemplazadas por edificios en estilos europeos, particularmente parisinos. El arquitecto Juan Hurtado Manrique jugó un papel clave en este proceso, diseñando numerosos nuevos edificios como la Basílica de Santa Teresa y remodelando otros como el Palacio de Gobierno. Aunque esto reflejaba las nuevas corrient

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El documento describe la transformación arquitectónica de Caracas, Venezuela durante el siglo XIX bajo el gobierno de Antonio Guzmán Blanco. Se demolieron muchas construcciones coloniales y religiosas para ser reemplazadas por edificios en estilos europeos, particularmente parisinos. El arquitecto Juan Hurtado Manrique jugó un papel clave en este proceso, diseñando numerosos nuevos edificios como la Basílica de Santa Teresa y remodelando otros como el Palacio de Gobierno. Aunque esto reflejaba las nuevas corrient

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Alejandro Chataing: El Arquitecto de la

tradición caraqueña
Luciana Mc Namara/ENcontrARTE

Sin lugar a dudas, los


sectores, los espacios y
las construcciones
dispuestas en ellos, son
parte significante de
nuestra vida y de nuestra
cotidianidad. En
Venezuela, pasados los
dos primeros siglos de la
conquista, y luego un
tercero de destrucción
masiva de la ciudad “del
cogollo criollista”, las
proyecciones de los
espacios urbanos se han
manejado desde una
visión progresista con
tendencia a despreciar lo
antiguo. Una mirada
siempre hacia adelante,
de espaldas al pasado, ha
dominado la escena de
las construcciones
sociales en el transcurrir
del tiempo. Es así que la
faz citadina de nuestro
país ha variado
considerablemente de un
siglo a otro
construyendo,
destruyendo y volviendo
a construir sobre las
ruinas de una
identificación espacial y
espiritual apenas lograda.
Destruidas y olvidadas
las referencias materiales
y con ellas también las subjetivas, nuestras incipientes raíces quedan demasiado débiles como
para sujetarse. Y bajo este frágil contexto, un perenne desarraigo nos amenaza con una suerte de
desamor hacia lo que nos identifica, hacia lo nuestro.

Después de terminar la guerra, lo que queda no es sólo una paz contenida, sino desolación y total
deterioro de las principales ciudades venezolanas. “Caracas aun mantenía su perfil chato y
aldeano” con una arrolladora burguesía en ascenso. Antonio Guzmán Blanco llega para llenar el
vacío de la destrucción citadina transformando a Caracas, principalmente, en un espacio
renovado, en el que, la imitación del esplendor parisino está a la orden del día. Nuevas
edificaciones se alzan sobre las viejas dejando emanar un desprecio hacia el pasado colonial y
admiración de lo extranjero. Como lo dice el sociólogo y urbanista venezolano Silverio González
Téllez: “Las nuevas formas dominantes, esta vez francesas, vuelven a revestir y adecentar la
ciudad desnuda para darle aquel aliento de falsa seguridad que olvida la culpa de su
“inferioridad” (González Téllez, 2005:82).

Muere el grito de igualdad y libertad que enarbolaba Ezequiel Zamora y con él, la humildad de la
identidad nacional que comienza a difuminarse. Ahora en su lugar, llegaba la imitación de un
estilo impropio y de un lujo que disimulaba la decadencia europea. La más fiel copia de las
edificaciones parisinas vinieron a apoderarse, una a una, de las esquinas, plazas y antiguos
conventos y monasterios de la Capital, para así estar más cerca de la “intelectualidad”, el
“progreso” y la “civilización”, como era el gusto de Guzmán Blanco.

De ahí que se encomienda a ilustres profesionales la construcción de la nueva “Cara de Caracas”,


que implicaba la renovación del viejo estilo de la colonia a costa de desaparecer toda la
tradicional arquitectura aldeana y religiosa que cubría, generalmente a Venezuela y,
específicamente a Caracas. Guzmán Blanco ordena la demolición de varias edificaciones para
construir obras más modernas y adaptadas a las nuevas corrientes de pensamiento: Teatros,
Arcos, Escuelas de Bellas Artes, Casas Militares, Bancos, Mercados, Recintos Políticos y
deslumbrantes viviendas.
Primero fue el arquitecto
General Juan Hurtado
Manrique (Caracas, 23 de
Enero 1837 - 17 de Julio
1896) -cuyo rango fue
obtenido al combatir en
la Guerra Federal entre
los años 1859 y 1863-,
encargado de llevar a
cabo dichos cambios
entre mediados y fines
del siglo XIX. A partir
de 1870 inicia sus
actividades como
arquitecto al servicio del
gobierno de Guzmán
Blanco. Proyecta y
construye la nueva
fachada norte de la
Templo Masónico de Caracas (1876), ubicado entre las esquinas de Universidad y, a
Jesuitas a Maturín, Parroquia Altagracia
continuación el del
edificio del Museo Nacional, ambos con un marcado estilo neogótico. Remodela el Palacio de
Gobierno, (Casa Amarilla) y diseña el Templo Masónico. Asimismo realiza las primeras
canalizaciones hidráulicas y dirige la construcción de algunos puentes de mampostería sobre las
quebradas de Catuche y Caroata, proyectados por él y otros ingenieros. Diseña la Santa Capilla,
imitando a la Santa Capilla de París; también la capilla de El Calvario y la de Nuestra Señora de
Lourdes, esta última modificada más adelante. Durante varios años estuvo a cargo del proyecto y
los trabajos de las fachadas del mercado de San Jacinto, construido sobre las ruinas del antiguo
convento del mismo nombre (hoy plaza El Venezolano), que mandó a demoler el Ilustre
Americano, como se sabe, a raíz de la rencilla radicalizada con el esfera religiosa del país: por
ejemplo, cuando los decretos de exclaustración de Guzmán Blanco de 1872 y 1874 se hacen
efectivos, o cuando los decretos de total extinción de las congregaciones religiosas en todo el
país secularizan Caracas.

Similar sucede con el origen del la basílica de Santa Teresa, originalmente llamada de San Felipe
Neri y posteriormente de Santa Ana y Santa Teresa (La fachada oeste está dedicada a Santa Ana
y la fachada este a Santa Teresa), según dicen, los dos nombres de la esposa de Guzmán Blanco,
Ana Teresa Ibarra, a quien en su honor encarga esta obra. Para Leszek Zawisza, en La Crítica de
la Arquitectura de Venezuela durante el Siglo XIX,

“A pesar de haberla proyectado por etapas, Hurtado Manrique logró unificar sus volúmenes y
formas en un conjunto armonioso (...). Estamos evidentemente en presencia de una obra
monumental, que tuvo dos inauguraciones: Una civil y otra religiosa, para la cual era necesaria
la reconciliación de Guzmán Blanco con el obispo [i].
Esta basílica fue erigida
sobre la esquina de San
Felipe, en el mismo lugar
donde se hallaba el
antiguo Oratorio
Arquidiocesano de
Caracas San Felipe Neri,
un sencillo templo
fundado por el bien
recordado Padre Ramón
Palacios y Sojo.
Esta construcción fue
autorizada por El Cabildo
Eclesiástico de Caracas
en el año 1763, y allí
funcionó por años la
primera escuela de
música de Caracas
conocida como la
Escuela de Chacao, de la que egresaron reconocidos músicos de la talle de Lino Gallardo, Juan
José Landaeta, José Antonio Caro, Juan Bautista Olivares, Pedro Nolasco Colón y Ambrosio
Carreño, el primero de la dinastía musical de los Carreño.

Hacia finales de siglo, el joven ingeniero Alejandro Chataing se une como asistente a Hurtado
Manrique. El hombre que despierta su pasión en la materia. Trabajan juntos en varios proyectos
al tiempo que Chataing va consolidándose como arquitecto. Esos son los años que comparte
intereses con sus colegas, los arquitectos Rafael Seijas Cook, García Maldonado, Carlos
Guinand, Juan Trivella y Manuel Mujica Millán. Y es también el tiempo en el que se constituye
pionero en la construcción de obras en concreto armado, ya que realiza la primera construcción
del país bajo esta modalidad: El Estanque del Parque El Calvario.

Guzmán Blanco sale temporalmente de la escena política y al regresar, durante su segundo


mandato (1879 a 1884), construye el teatro Guzmán Blanco (Hoy Teatro Municipal), El
Capitolio y muchas otras obras. Al caudillo lo suceden varios presidentes, algunos por períodos
muy cortos. Después del segundo período de Joaquín Crespo como presidente (1892 a 1898),
llega al poder el General Cipriano Castro (1899 a 1908), quien continúa emulando los atrevidos
proyectos urbanísticos del Ilustre Americano: “afrancesar” Caracas era uno de los objetivos de su
programa de gobierno.
Manteniendo esta idea,
contrata a un conocido
arquitecto de oficio para
elaborar algunas obras
puntuales. De oficio
porque en esa época no
se estudiaba la carrera de
Arquitectura, sino la de
Ingeniería en la
ambicionada Universidad
Central de Venezuela; y
los conocimientos que se
lograban obtener de esta
disciplina se adquirían
por cuenta propia, bien
sea de forma autodidacta
o como aprendiz en
cadena. Alejandro
Chataing entra, como
Mercado de San Jacinto comentamos más arriba,
en este ámbito. El "gran constructor del régimen de Cipriano Castro” como se le ha conocido, -
aún cuando Guzmán Blanco también le encarga importantes obras-, egresa de la Universidad
Central de Venezuela como Doctor en Ciencias Físicas y Matemáticas. Posteriormente se inicia
como Ingeniero en el Ministerio de Obras Públicas dedicándose a la práctica de la ingeniería y la
construcción. Se inclina por el diseño, los detalles, la estética de las edificaciones. Su agudo
sentido creativo lo introducen en los proyectos de arquitectura acercándose como alumno al ya
reconocido arquitecto de trayectoria, Juan Hurtado Manrique. Para entonces era un joven de
alrededor de 20 años. Había nacido en Caracas el 24 de febrero de 1873, único varón de Don
Luis Chataing y Doña Margarita Poleo de Chataing, quienes además concibieron dos hijas, Julia
y Luisa.

En 1894, él y Hurtado Manrique ganan el Primer premio del Concurso para el proyecto de las
fachadas del Mercado Municipal de la Plaza de San Jacinto, en Caracas. Cosa que lo impulsa a
dedicarse de lleno y seriamente en el oficio de arquitectura. Un año más tarde construyen juntos
en las pendientes de El Calvario el Arco de la Federación, y el 4 de Julio de 1903, el Ministerio
de Obras públicas abre un concurso para presentar los proyectos y presupuestos de la
construcción del edificio sede de la Academia Militar de La Planicie, cuyo ganador fue el
presentado por el ingeniero Alejandro Chataing y el arquitecto Jesús María Rosales Bosque.
Chataing y Rosales Bosque comienzan la construcción el 4 de Enero de 1904, y el 4 de Abril de
1906, Chataing comunica al Presidente Castro la conclusión de la obra faltándole solo pequeños
detalles, como por ejemplo la pintura. Al respecto dice el ingeniero Chataing:

"El edificio ha quedado como hecho de un solo bloque de Granito, pues es una masa de
mampostería y hierro, ha quedado como Debería de quedar, es decir, desafiando con su solidez
las injurias del Tiempo y con la majestad del pensamiento moralizador que representa, las
injurias de las pasiones, para servir ante la posteridad del solemne testimonio” [ii].
Este edificio es decretado
el 5 de Julio de 1910 la
Academia Militar de
Venezuela;
posteriormente pasa a ser
Ministerio de la Defensa
el 26 de Marzo de 1950,
y finalmente en Museo
Histórico Militar el 15 de
Mayo de 1981 hasta la
fecha.

Cuatro años después, el


ingeniero Chataing es
seleccionado para
reformar y realizar obras
de ornamentación del
Panteón Nacional, así
como la modificación de
su fachada y una reforma
PANTEÓN NACIONAL. Reforma 1910-1911 por Ing. Alejandro Chataing
completa de la
decoración interior del edificio. En un informe del Ministerio de Obras Públicas, se describen las
características de la obra de esta manera:

"Después de ejecutar la reparación completa de todas las armaduras y cubierta de los techos, se
procede a modificar la fachada tratando de imprimirle mayor carácter a su arquitectura,
armonizando sus diferentes secciones, y pintarla con un tono apropiado al destino de la obra y a
su situación con respecto a los edificios vecinos".

En Abril de 1904, el General Castro le compra una casa al Dr. Julio Torres Cárdenas ubicada en
el Paraíso para ser usada como vivienda presidencial, y le encarga a Alejandro Chataing su
reacondicionamiento en el año 1905. A partir de aquí la rebautizada como Villa "Zoila" en
homenaje a la esposa del Presidente Castro, Doña Zoila Rosa Martínez. Complaciendo los
antojos del presidente, con participación del pintor Antonio Herrera Toro y del escultor catalán
Miguel Ángel Cabré, comienza Chataing a construir el 23 de junio de 1904, el muy neobarroco
Teatro Nacional, que terminaría un año después, exactamente el 11 de junio de 1905. Asimismo
remodela la Escuela de Artes y Oficios, y diseña la Casa de Baños en El Valle.
Para el año 1906,
proyecta la construcción
de un lazareto -especie de
recinto apartado donde se
trataban a los enfermos
de Lepra- para la isla de
La Providencia (franja de
tierra ubicada en el
estrecho del Lago de
Maracaibo). A partir de
1939 el lazareto pasó a
llamarse “Leprosería
Nacional "Isla de
Providencia". También
proyecta el Arco de la
Restauración que
finalmente no será construido y refracciona el edificio que pertenecía a las monjas Carmelitas
Descalzas para convertirlo de oficina de la Tesorería a “Palacio de Hacienda” en la actual
esquina de Carmelitas. La Congregación de las Carmelitas Descalzas fue prácticamente echada a
la calle a raíz del decreto Guzmancista de 1874. Ese año fue reformado el convento casi en su
totalidad, y luego vuelto a reformar en 1906 por el ingeniero Chataing, convirtiéndose en el
Ministerio de Hacienda y Crédito Público para, finalmente, transformarse en el contemporáneo
Banco Central de Venezuela. Muy parecido a lo que le sucede al antiguo convento de las monjas
de las Concepciones (hoy esquina de Las Monjas), fundado en 1636. Esta remota construccion
desaparece en tiempos de Guzmán Blanco para construirse el llamado Palacio Federal
Legislativo, la Alta Corte de Casación y los ministerios del Interior e Instrucción Pública. Al año
siguiente se encarga de integrar el Palacio de la Gobernación con el Cuartel de Policía anexo.

Entre las obras


arquitectónicas realizadas
por Chataing destacan
también: la Biblioteca
Nacional (o Museo
Bolivariano) en la plaza
Bolívar (1910), el
Archivo General de la
Nación (1912) y, en
colaboración con Luís
Muñoz Tébar, realiza el
Arco de Carabobo
inaugurado por Juan
Vicente Gómez en 1921
y una de las obras más
significativas de la época:
la construcción en 1919
de la plaza de toros
Nuevo Circo de Caracas. Asimismo culmina las iglesias Corazón de Jesús y Siervas del
Santísimo Sacramento en Caracas, más el templo de San Agustín del Sur.

Además de las prolíficas construcciones religiosas, concibió los cine-teatros Ayacucho, Capitol y
Princesa (el posterior cine Rialto frente a la plaza Bolívar); el First National City Bank (esquina
de Sociedad) y el Banco de Venezuela de la avenida Universidad. Construyó asimismo la
residencia Las Acacias de la familia Boulton (hoy sede del Comando de la Guardia Nacional), y
trazó el diseño del hotel Miramar en Macuto, el cual le hizo merecedor de un reconocimiento en
1928, mismo año en el que fue inaugurado “fastuosamente” dicho Hotel, un día domingo 1 de
abril. Ese día, la crónica de la época divulgó:

“Venezuela cuenta hoy con un hotel de lujo el primero en la materia y el que abre caminos de
franca enseñanza a todos los instalados en el resto del país. En lo referente al concepto clásico
del confort moderno, el Miramar es algo extraordinario. En el Miramar nada falta: solidez del
edificio, arquitectura inolvidable por sus exquisitas formas y medidas, mobiliario en parangón
con los últimos casinos ultramarinos, billares', como el faut 'mezquitas de gran belleza con
salones exclusivos al afeite y servicio de secretaire de damas, piscinas, campo de tenis, cocina a
cargo de los campeones del cordonblue, frigoríficos, cavas, servicio telefónico, en 80
dormitorios con igual número de baños adyacentes (…). El Miramar, -continúa la crónica-
museo de comodidades, trae a los venezolanos, cuyos medios de fortuna impide gozar de
esparcimientos elegantes en las playas europeas, las exquisiteces de tal establecimiento”.

El director administrativo
del establecimiento,
señor Siebenthad, dio por
inaugurado el recinto
levantando su copa de
champaña para brindar
por el Benemérito
general Juan Vicente
Gómez, presidente de la
República y dueño del
hotel.

“Fue tanta la conmoción,


que en los días
posteriores hubo que dar
puerta franca para que el
público entrara a
admirar sus instalaciones, 'quedándose boquiabierto', con la belleza, lujo y el confort
incomparables. Tan grande fue la curiosidad, que al tiempo los huéspedes pidieron a la gerencia
que eliminara la puerta franca para ellos poder disfrutar de las instalaciones.

Hoy es un viejo de luengas y mohosas barbas que, herido de muerte por el abandono, agoniza
frente a su eterno compañero: el mar” [iii].
Alejandro Chataing murió prematuramente en Caracas, pocos días después de la apertura del
magnánimo Hotel Miramar, el 16 de abril de 1928. Tenía 54 años de edad.

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