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Los Peligros de Las Utopías

El documento critica las utopías por contener elementos totalitarios y autoritarios que buscan controlar la vida de las personas de acuerdo a una visión idealizada. También analiza cómo el multiculturalismo defiende una visión estática de las culturas que impide su evolución democrática, similar a cómo los etnólogos aislaron a la tribu Tasaday de Filipinas para preservar sus tradiciones. Finalmente, señala que aunque el multiculturalismo dice proteger a las minorías, en realidad encubre tiranías y silencia la libertad individual en pos
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Los Peligros de Las Utopías

El documento critica las utopías por contener elementos totalitarios y autoritarios que buscan controlar la vida de las personas de acuerdo a una visión idealizada. También analiza cómo el multiculturalismo defiende una visión estática de las culturas que impide su evolución democrática, similar a cómo los etnólogos aislaron a la tribu Tasaday de Filipinas para preservar sus tradiciones. Finalmente, señala que aunque el multiculturalismo dice proteger a las minorías, en realidad encubre tiranías y silencia la libertad individual en pos
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Los peligros de las utopías

A las utopías les mueve una pasión, un entusiasmo febril por los relatos fantaseados. Pero sobre todo,
y esto no es menos importante, todas las utopías son, aunque en distinto grado, restos de un arcaísmo
platónico y, en consecuencia, herencia de un protofascismo primitivo e indócil. Y es que que no es
una mera coincidencia el que las utopías sean una clase de idealismo político opuesto al realismo
democrático. De hecho, desde Platón a Moro, desde Campanella a Morelly, desde Calvino a
Rousseau, desde Müntzer a Marx, desde Bacon a Skinner, desde Defoe a Nietzsche, desde Mussolini
a Franco, desde Hitler a Stalin…, toda utopía lleva en su seno elementos totalitarios claramente
aberrantes o distópicos. ¿Distópicos? Por supuesto, ya que las utopías defienden con sentimientos de
rebeldía “antisistema” un sentido espartano –léase “autoritario”- de la autoridad.
¿Y esto adónde nos lleva? Nos conduce a que no es cierto, ni siquiera desde el punto de vista
lingüístico, que la utopía sea una eutopía (o buen lugar). Es más, decía el filósofo español Ortega y
Gasset (1883-1955), y de manera acertada, que «lo falso es la utopía, la verdad no localizada vista
desde lugar ninguno». ¿No localizada desde lugar ninguno? Desde luego, puesto que la voz “utopía”
proviene de la palabra griega οὐτόπος (οὐ: no, τόπος: lugar), y la utopía, según el filósofo alemán
Peter Sloterdijk (1947-), «ha sido la forma mental, literaria y retórica de un cierto colonialismo
occidental imaginario [… que] nos ha servido a la vez para proyectar la realidad exterior de nuestra
sociedad sobre nuestro imaginario y exteriorizar nuestros sueños interiores sobre lugares alejados».[i]
¿Entonces la utopía es un subgénero de la ciencia ficción, como defiende el académico de origen
yugoslavo Darko Suvin (1930- )? [ii] Sin duda alguna. Aceptada esta definición, debemos
preguntarnos por qué una clase política necesita ante sus votantes presentarse con atributos heroicos
y acunar sus proyectos con los colores milagreros de las utopías. O lo que es igual. Por qué, en lugar
de solucionar los problemas cotidianos de las personas, los utópicos se dedican a hacer pompas de
jabón –hubiese dicho Voltaire- y a defender la utopía pedagógica de la ignorancia, la utopía del
determinismo historicista, la utopía de la alianza de civilizaciones, la utopía del multiculturalismo…,
igual que en otros tiempos otros utópicos defendieron la utopía racista, la utopía de la superioridad
de una clase social, la utopía de la perfectibilidad, la utopía de la protesta, etc.
De momento, no tenemos contestación a estos interrogantes, pero todo conduce a que los utópicos
(políticos, intelectuales, escritores, etc.) desean que la libertad personal, lejos de ser tal, funcione cual
mecanismo de relojería y marche al tictac de las utopías que defiende apasionadamente un grupo
social.

El fenómeno “Tasaday”
El pensador y político Thomas More (1478-1535) planteó las bondades del altermundismo. En su
escrito Del estado ideal de una república en la nueva isla de Utopía, proponía una sociedad al modo
platónico, o sea, una alter sociedad planificada y controlada hasta en sus detalles más nimios.
Curiosamente y desde hace unos pocos años surgen con fuerza nuevos T. More que, desde la isla de
Multiculturalismo, predican la pluralidad de las costumbres, pero bajo el argumento de que los
cambios dañan y precipitan la aniquilación de las tradiciones.
Ahora bien, ¿cómo puede haber una Historia sin Historia? o, como se preguntaba Kant, «¿cómo es
posible una historia a priori? Muy sencillo cuando es el propio adivino quien causa y prepara los
acontecimientos que presagia», contestaba el filósofo alemán. Pues bien, suspirando por la
predictibilidad e invariabilidad del mundo o, lo que es igual, anhelando una Historia sin Historia, es
decir, anhelando detener el curso del tiempo, el mago de los adivinos, Jean-Jacques Rousseau,
aconsejó: «no instruya en absoluto al niño del aldeano, pues no le conviene ser instruido».[iii]
Este sueño fantástico se ha visto irónicamente cumplido y en fechas no lejanas, pues con los fuegos
de este espejismo se decidió crear allende los mares un parque temático al estilo rousseauniano. Así,
«la etnología rozó la muerte un día de 1971 en que el gobierno de Filipinas decidió dejar en su meollo
natural, fuera del alcance de los colonos, [de] los turistas y los etnólogos, a las pocas docenas de
Tasaday recién descubiertos en lo más profundo de la jungla donde habían vivido durante ocho siglos
sin contacto con ningún otro miembro de la especie. La iniciativa de esta decisión partió de los
mismos antropólogos que veían a los Tasaday descomponerse rápidamente en su presencia, como una
momia al aire libre».[iv]
En el multiculturalismo la sumisión al vientre comunitario constituye un valor endogámico, además
de una exigencia, igual que la regla carcelaria de Thomas More residía misoneístamente en prohibir
a hombres y mujeres salirse de las normas colectivas establecidas. No obstante, cabe preguntarse por
la razón de estas políticas coercitivas. La respuesta radica o en el dirigismo no disimulado de una élite
(intelectual y política) que se otorga el señorío de reglamentar la vida humana en pos de la
inviolabilidad de las tradiciones de la Tierra o en la búsqueda antidemocrática del “atrasismo de las
masas”, y más cuando la utopía (que es el sitio que no admite otros sitios) encarna la añoranza adamita
de un pasado primitivo que extasía o, como dice Vargas Llosa, «la utopía representa una inconsciente
nostalgia de esclavitud, de regreso a ese estado de total entrega y sumisión, de falta de
responsabilidad, que para muchos es también una forma de felicidad y que encarna la sociedad
primitiva, la colectividad ancestral, mágica, anterior al nacimiento del individuo».[v]
Agreguemos a lo expuesto que la utopía del multiculturalismo está vinculada a la defensa del
determinismo historicista. De hecho, sus defensores y defensoras impiden la extensión y propagación
de la democratización de las sociedades desde la creencia de que el acceso a la democracia está
determinado por el lugar, por la cultura y las condiciones históricas. Dicho de otra manera: las y los
defensores del multiculturalismo dejan al modo Tasaday, o sea, en suspenso y sin cambios, el rumbo
de la vida de millones de hombres y mujeres hasta el grado de difundir la idea de que quien quiebra
los lazos de su útero cultural comete un acto de apostasía, de herejía incluso. Por eso, y como ha
subrayado muy bien el escritor e historiador Horacio Vázquez-Rial, «Las utopías contemporáneas no
se sitúan en el final de la historia, sino en algún punto del pasado bastante remoto: los tiempos del
Profeta o los precolombinos, por poner sólo dos ejemplos –sin duda, el comienzo de esta querencia
por el pasado se puede situar en la Revolución Cultural maoísta o en la Camboya de Pol Pot–. Estos
mozos, los progres, no quieren falsas democracias de modelo occidental, sino sharia o leyes quechuas
o aymaras: Evo Morales les da la razón y restaura la legalidad originaria – vaya uno a saber qué es
eso, si el mismo presidente lleva un apellido español –. Ya en 1992, un delegado indígena boliviano
de los muchos que vinieron a España subvencionados por organizaciones antisistema –que, para el
caso, eran anticentenario– lo expresó con claridad: “Nuestro futuro es nuestro pasado”».[vi]

Llegan los tlönitas


El argentino Jorge Luis Borges escribía en 1940, y en clave utópica, un cuentecito muy curioso,
titulado Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. Las personas de Tlön (Tierra), no se dedicaban a buscar solución
a los problemas diarios. No, al igual que sucedía en la Academia de Platón, los tlönitas volcaban su
existencia en la especulación pura y etérea. Y ocurría, dice Borges, que «una de las escuelas de Tlön
llega a negar el tiempo: razona que el presente es indefinido, que el futuro no tiene realidad sino como
esperanza presente, que el pasado no tiene realidad sino como recuerdo presente».
Pues bien, con semejantes e idénticos malabarismos los adivinos de hoy, los multiculturalistas, han
decidido convertir a mujeres, hombres y niños en seres exóticos y ello gracias al empeño, convertido
en argumento, de buscar lo alternativo y mitificar las (culturas de las) periferias qua locus de la
autenticidad. Pero, ¿justificar el efecto Tasaday no recuerda en algo a la narración carcelaria de Un
mundo feliz de Aldous Huxley? Quizás, sobre todo cuando, en nombre de esa Ley de Leyes que es la
utopía, todo se subordina a un único fin, y el pasado, el presente y el futuro son encerrados
coactivamente en la misma habitación, bajo llave y para siempre.
En relación con estos gustos represivos el genial escritor ruso Dostoyevsky en su Diario de un
escritor (1873-1881) había reparado en la ironía de «que solo nuestra clase intelectual tenga una
historia y que el pueblo se contente con servirla con su trabajo y con todas sus fuerzas». Pero de qué
sorprenderse. Platón, como juglar de la utopía, había afirmado, y de eso hace ya dos mil quinientos
años, que «tanto si mandan con el consentimiento de sus súbditos o no, […] quienes gobiernan son
en verdad dueños de una ciencia». Y, por extensión, tutores de la vida de los súbditos. [vii]

Características del pensamiento utópico


El multiculturalismo, como faro emplazado en las atalayas de la diversidad, insiste con banderas y
pancartas en proteger la orografía de las tradiciones no dominantes. Y aunque en este siglo XXI
parezca ser el mito justiciero de las periferias, en la práctica el multiculturalismo silencia el yugo de
las tiranías que, por cuestión de cultura, padecen millones de personas. Es más, debido a la alergia
que sienten por las democracias modernas los defensores de la utopía del multiculturalismo,
esta utopía contiene elementos altamente reaccionarios, amén de peligrosos, dado que no se
reivindica el mapamundi de la libertad, sino el colectivismo de grupos y comunidades.
Lejos del buen juicio de Edward Said (1935-2003), el cual solía repetir que «los derechos humanos
no son objetos culturales o gramaticales y cuando se violan son lo más real que podamos encontrar»;
lejos de lo que decía este norteamericano de origen palestino; el multiculturalismo o, peor, el mito
del multiculturalismo tiene el inconveniente de ser expresión de la utopía. Pues bien, con el fin de
entender los riesgos distópicos que escoltan la epistemología utopizante del multiculturalismo
debemos analizar y de cerca sus características. Vayamos a ello.
Para Ernst Bloch, T. More tan solo fue el creador del término “utopía”, que no el Marco Polo, que no
el inventor de la idea, que no el descubridor, en definitiva, de la noción de sociedad ideal que no
existe. Al hilo de esto, Bloch consideraría las utopías, y no es extraño, como “sueños despiertos”. Y
es que, al ubicarse en la Atlántida del imaginario más puro, el pensamiento utópico consigue moverse
junto al latido de la ficción. Lo que implica que el sistema explicativo del pensamiento utópico se
apoya, y ésta es su primera característica, en las leyes de la lógica borrosa. Dicho de otra manera.
Quienes muestran apego por la utopía suelen ataviar a esta criatura intelectual con predicados
omnicomprensivos, esto es, con enunciados vagos que, por centrífugos, carecen prácticamente de
límites y, debido al hecho de que van asociados a soluciones de un perímetro tan indefinido como
amplio, exhiben una retórica prometedora, prometeica inclusive. Pero, a la vez, peligrosamente
imprecisa y difusa.
Con esta forma borrosa de percibir y no situar los problemas en el seno de la realidad, se omiten los
datos concretos de la experiencia. Y aquellas personas que desde la ética de la convicción se
comprometen con las utopías resulta que consciente o inconscientemente ambicionan estar “libres”
de la atadura de las evidencias empíricas, y “arraigadas” al país del Érase una vez… para, y como
decía Unamuno (1864-1936), «dar por filosofía lo que acaso no sea sino poesía o fantasmagoría,
mitología en todo caso». [viii]
Unido a los reinos de una prosa ilusoria, el pensamiento utópico, y ésta es otra característica del
mismo, trabaja igual que las antiguas pitonisas. Y, como conciencia anticipadora, se autolegitima con
sus propias ucronías o visiones del tiempo. De ahí que las utopías tengan mucho de profético, mucho
de infalible, mucho de cretinismo. De ahí que las utopías tiendan a hacernos beber en las aguas de
visionarios hasta el límite, señaló el filósofo francés Maurice Blanchot (1907-2003), de creer que «se
está tan seguro de tener razón en el cielo que se prescinde no solo de tener razón en el mundo, sino
incluso del mundo de la razón». [ix] De ahí, en suma, y como señala atinadamente el pensador y
novelista barcelonés de origen argentino Horacio Vázquez-Rial (1947-2012), «lo que en la divinidad
es mérito, en el hombre es horror: la omnipotencia y la ubicuidad, en el plano humano, se traducen
como totalitarismo». [x]
A estos rasgos nada halagüeños hay que añadir, en tercer lugar, que el pensamiento utópico siempre
opta por una narración cerrada que, ajena a la experiencia fáctica, resulta “autorreferencial”. Este es
el motivo por el que los relatos utópicos habitualmente traicionan las leyes del tiempo corriente. Y al
desertar del tempus vulgar, lo observó el antropólogo rumano Mircea Eliade (1907-1986), acaban
entrando en los pasadizos del tiempo sagrado, en los laberintos de ese tempus sacro que no necesita,
para iluminar el camino, más que sueños y noúmenos. [xi]
De otro lado, y puesto que constituye una imagen de la perfección prístina del mundo proyectada al
futuro, ocurre que el pensamiento utópico propende a manejar toda suerte de elementos religiosos,
como El Paraíso, El Dorado, Shangri-La, etc., y, por tanto, tiende a reflotar y a legitimar lugares de
sublime corrección en cuyo seno y armonía, defienden, vivirán felices mujeres y hombres. ¿Y por
qué esa característica? Porque según el filólogo y filósofo canadiense Northrop Frye (1912-
1991) todos los arquetipos, símbolos y mitos literarios, incluidos los utopistas, remiten a una
experiencia religiosa. [xii]
Este es el caso de El filósofo de la Utopía Ernst Bloch (1885-1977). Recordemos que a juicio de este
pensador alemán no se puede vivir sin ensoñaciones ni llegar a experimentar el espíritu de la utopía
sin la esperanza e intermediación de elementos y categorías religiosas como el mesianismo, el
apocalipsis y la escatología. Lo cual tiene su enjundia porque Bloch habla (¿sin darse cuenta?) como
teólogo marxista y (¿contradictoriamente?) en calidad de filósofo laico que defiende la
utopía religiosa del marxismo. [xiii]
Ya en quinto lugar, y resulta crucial no olvidar este otro rasgo, el pensamiento utópico emerge en
todos los ámbitos humanos. Y por el don de la ubicuidad puede aparecer en cualquier rama del
conocimiento. De eso se dio cuenta el filósofo británico de origen ruso Isaiah Berlin (1909-1997),
quien advirtió, debido al peso de las utopías, que «convertir la historia, la lógica o una ciencia natural,
ya sea la biología o la sociología, en una teodicea, [que] intentar hallar en ella soluciones a dudas y
angustiosos interrogantes morales o religiosos y transformarlas en teologías seculares no es nada
nuevo en la historia de la humanidad». [xiv]
De esto se deduce que el pensamiento utópico se asienta en ideas residualmente antidemocráticas,
razón por la que la utopía (cuyo origen histórico se localiza en la filosofía política de Platón) ha sido
y es refractaria a conceptos como libertad, habeas corpus y estado de derecho. Con lo cual, es lógico
que las utopías, sea cual sea su representación y teoría doctrinal, conlleven distopías. Es lógico que
entrañen aberraciones políticas, tanto o más cuanto que -última característica- el pensamiento utópico
siempre <<se reencuentra con una serie de mitologías arcanas que le hacen utilizar un lenguaje fósil
y arcaico y, por tanto, ajeno al mundo de la política moderna». [xv]
En consecuencia, y en palabras del filósofo francés Jean-François Revel (1924-2006), «es preciso
distinguir perfectamente entre la utopía y el ideal. Es evidente que no hay pensamiento político sin
un proyecto, sin un ideal, sin objetivos. […] Pero la utopía es la construcción a priori, anterior a toda
aplicación a la realidad, de un modelo completamente acabado, y aplicado en sus detalles más
pequeños, de una sociedad perfecta. Todas las utopías que conocemos, en Platón, Campanella,
Fourier, construyen una sociedad totalitaria a partir de la elaboración del modelo intelectual»,
concluye Revel. [xvi]

Los engaños de la ficción


Con esos gustos atávicos por caminar fuera y lejos de los límites de la experiencia corriente, las
utopías deslumbran con sus engaños. Por eso, si creemos en la gramatología de los cuentos de hadas
y, por extensión, en la logocracia de las narraciones fantásticas, no tenemos nada más que hablar:
defendemos los derechos nacionalistas de las Culturas, que no los derechos humanos de hombres y
mujeres, y sanseacabó. Pero, como no deseamos quedar atrapados en la armadura de omnipotencia
de los imperialismos ideológicos, no podemos cerrar los ojos al racismo, sexismo, violencia y
antidemocracia que acompañan a las formulaciones utópicas, aunque éstas las defiendan políticos e
intelectuales de postín.
Un detalle a tener en cuenta. Igual que en el siglo pasado la utopía de la perfección condujo a la idea
de superioridad de una clase social (comunismo) y de una raza (fascismo, nazismo), en este nuevo
milenio se está avivando el postulado de la supremacía de las costumbres locales frente a
tradiciones foráneas, tal es la lucha multicultural contra la neoculturación o deculturación de las
culturas no occidentales.
Más aún. Buscando culturas que carezcan de influencias del exterior y ligado a un respeto
incondicional a las normas, curiosamente en esta utopía del siglo XXI cohabitan la intolerancia y la
dictadura espiritual. Sin embargo, yo me pregunto: ¿por qué enterramos el ideario igualitarista y nos
enredamos no tanto en la defensa de los derechos de las personas cuanto en la defensa de los derechos
de las Culturas?
No son las culturas sino las personas lo que tenemos que proteger. De ahí que la guineana Katoucha
Niane, recientemente fallecida, narrara en su autobiografía el trauma que le supuso la extirpación del
clítoris a la edad de 9 años. De ahí que la española Dolores Sayans relatara el cautiverio que vivió
con su marido palestino. De ahí que la iraní Marina Nemat nos haya descrito las ofensas y
humillaciones que padeció bajo el régimen tradicionalista de su país. De ahí que Chahdortt Djavann,
una refugiada en Francia que llevó puesto durante diez años el velo, nos explique su oposición a él y
los efectos discriminatorios que conlleva este tipo de prenda. De ahí que la alemana de origen turco
Necla Kelek siga denunciando casos de mujeres turcas que, compradas en su país de origen, son
raptadas y llevadas en contra de su voluntad a Alemania para ser casadas con emigrantes turcos. [xvii]
El Romanticismo pudo en todo su esplendor desarrollarse como corriente esencialmente
antidemocrática tras la explosión de la Revolución francesa, llegando incluso a tener muchos adeptos
entre la clase política y académica. Con su idea del regreso, que no de progreso, el Romanticismo
creció gracias a la obsesión de sacar del desván de la Historia tradiciones, mitos y costumbres. Dos
siglos después, y tras difuminarse en el horizonte los espejismos de esa Revolución francesa
contemporánea que fue la Revolución rusa, florece un nuevo romanticismo y, con él, a cualquier
precio sobrevive la querella por proteger ritos, creencias y leyendas… frente y ante la defensa de los
valores jurídicos individuales de Occidente.
No podía ser de otra forma si los guardianes de la memoria, los escuderos de los valores antiguos, los
salvadores de las leyes tradicionales luchan al lado de grupos y movimientos multiculturalistas, y en
un mismo nivel, por reencontrar y mantener los arcanos de la identidad cultural.
Ahora bien, en este duelo entre memoria y libertad o entre tradición e individualismo vemos que el
multiculturalismo repite los viejos errores del Romanticismo. Por eso, mientras esta utopía
contemporánea entroniza nacionalistamente la idea de Pueblo, de Cultura y Cosmovisión, silencia
aristocráticamente los problemas e infortunios de las personas de carne y hueso, al tiempo que
ningunea las peticiones y reclamaciones civiles de mujeres y hombres de muchos lugares del mundo.
Sin miedo a equivocarnos afirmamos que las y los defensores del multiculturalismo, con su peculiar
rebelión contra los avances históricos logrados con gran esfuerzo a lo largo de los siglos, están
tristemente encabezando una cruzada en defensa de la opresión de los oprimidos.

Dos conclusiones
Con sentimientos de suprahumanidad a sus espaldas, los y las multiculturalistas procuran que nos
independicemos de los azares de la libertad individual. El irracionalismo que acompaña a su arsenal
ideológico pretende, desde la convicción de perfección absoluta de su ideología, que nos
emancipemos de las estrategias de la emancipación y nos dejemos llevar por la arquitectura
social determinista y cerrada de la utopía colectivista. Sin embargo, y en contra de los mitos que
palpitan bajo estas u otras utopías, no hay que tener miedo a denunciar las violaciones de los derechos
humanos, sean cuales sean, afecten a quien afecten, las genere quien las genere y se produzcan donde
se produzcan.
Por otro lado, igual que sucedía en la utopía luterana, en la utopía revolucionaria francesa, en la utopía
de la raza, en la utopía bolchevique o en cualquier otra utopía del pasado, hoy no conviene olvidar
que en la utopía multiculturalista se sigue apostando por valores de inerrancia y antidemocracia, por
valores reaccionarios de dirigismo y falta de libertad.[xviii]
Así que frente al “idealismo constructivista”; frente a esas hambres inmoderadas de control social;
frente a la querencia relojera que ciertas élites, también de izquierdas, exhiben por el dirigismo
uniformador; frente a todo esto; ni la injerencia ni el intervencionismo políticos pueden justificar
ninguna teoría y más cuando la defensa de la libido dominandi tan solo conduce a esas dictaduras
espirituales eufemísticamente conocidas bajo el nombre de “utopías”.

[i] José Ortega y Gasset (1923), El tema de nuestro tiempo: El ocaso de las revoluciones, el sentido
histórico de la teoría de Einstein, Espasa Calpe argentina, Buenos Aires, 1939, p. 92. Peter
Sloterdijk, L’utopie en chantier, dans le dossier La renaissance de l’utopie, Magazine littéraire, n°
387, mai 2000, p. 54.
[ii] Darko Suvin, Metamorphoses of Science Fiction, New Haven, 1979, p. 61.
[iii] Immanuel Kant (1797), Replanteamiento de la cuestión sobre si el género humano se halla en
continuo progreso, punto 2 (Hacia lo mejor), en Immanuel Kant, Ideas para una Historia universal
en clave cosmopolita, Tecnos, Madrid, 19942ª, p. 46. Jean-Jacques Rousseau (1761), Julie ou la
nouvelle Héloïse, ed. Armand-Aubrée, París, 1832, vol. II, partie V, lettre III, p. 183.
[iv] Jean Baudrillard (1978), Cultura y simulacro, Kairós, Barcelona, 20052ª, p. 20.
[v] Mario Vargas Llosa, La verdad de las mentiras, Alfaguara, Madrid, 2002, p. 78
[vi] Horacio Vázquez-Rial, El atrasismo, 19-VI-2010.
[vii] Platón, Político, 239a-239c.
[viii] Miguel de Unamuno (1911-1912), Del sentimiento trágico de la vida, Akal, Madrid, 1983, p.
173.
[ix] Maurice Blanchot (1984), Los intelectuales en cuestión. Esbozo de una reflexión, Tecnos,
Madrid, 2003, p. 61.
[x] Horacio Vázquez-Rial, El mesianismo materialista, 9-XI-2010.
[xi] Obsérvese que usamos el término “noúmeno” en el sentido kantiano, o sea, refiriéndolo al objeto
que trasciende y escapa al conocimiento sensible.
[xii] Léase Northrop Frye (1982), El gran código: una lectura mitológica y literaria de la Biblia,
Gedisa, Barcelona, 20011ª reimpresión, pp. 131 y ss.
[xiii] El pensador alemán Karl Marx (1818-1883) detestó las utopías de Babeuf, de Fourier, Saint-
Simon, Owen, Blanc, Stirner, Prohdhon, Bakunin, Weitling, Lasalle, Dühring, etc. Más aún.
Exceptuando la aportación de Thomas Müntzer (c. 1488-1525), según Marx no había utopía social
que mereciera reconocimiento. Y si hacemos caso a Georges Sorel en sus Reflexiones sobre la
violencia (1906), Marx habría escrito en 1869 al filósofo inglés E. Spencer diciéndole: <<Quien
formula un programa para el porvenir es un reaccionario>>.
Añadamos a lo expuesto que, antes de que el leninismo convirtiera a Marx en evangelista de la utopía
proletaria, Karl Marx había desarrollado su presciencia particular. Y en una carta a W. Bracke escrita
el 5 de marzo de 1875, carta que Friedrich Engels titularía Crítica del programa de Gotha, Marx
expuso su utopía de la revolución y defiende la dictadura del proletariado en el futuro, para el porvenir
y como etapa previa a la culminación del comunismo. Así, y por estos cambalaches, aunque Marx
había definido la religión como “opio del pueblo”, su teoría política devino, gracias a él y a sus
acólitos, en oráculo sagrado, asunto que criticaría Simone Weil (1909-1943). Recordemos que a juicio
de esta revolucionaria y filósofa francesa, a la luz de las revoluciones contemporáneas <<el marxismo
es completamente una religión en el sentido más impuro del término. Tiene notablemente en común
con todas las formas inferiores de la vida religiosa el hecho de haber sido utilizado, según la palabra
tan justa de Marx, como opio del pueblo>>.
[xiv] Isaiah Berlin (1957), La cultura de la Rusia soviética, en Isaiah Berlin, La mentalidad soviética.
La cultura rusa bajo el comunismo, Galaxia-Gutenberg, Barcelona, 2010, p. 221.
[xv] María Teresa Glez. Cortés, Distopías de la utopía. El mito del multiculturalismo, Academia
Editorial del Hispanismo, Vigo, 2010, p. 59.
[xvi] Jean-François Revel, Utopie et politique, dans le dossier La renaissance de l’utopie, Magazine
littéraire, o. cit., p. 36.
[xvii] Katoucha Niane, Dans ma chair (En mi carne), Michel Lafon, París, 2007. Dolores Sayans en
Paloma Sanz, Rojo pasión, negro destino, verde porvenir, Temas de Hoy, Madrid, 2009. Marina
Nemat, La prisionera de Teherán, Espasa, Madrid, 2008. Chahdortt Djavann, Bas les voiles! (Abajo
el velo), El Aleph, Barcelona, 2004. Necla Kelek, Die fremde Braut (La novia extranjera), Goldmann,
Munich, 2006.

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