"La Diosa Madre: Orígenes y Culto"
"La Diosa Madre: Orígenes y Culto"
de la patria
Enrique Florescano
7
Figura 1. Una de las representaciones más antiguas de la diosa madre, la llamada diosa de
Laussel, con la luna en la mano derecha. Escultura fechada entre 22,000 y 18,000 años a.C.
Dibujo basado en Baring y Cashford, 1993: 44.
Figura 2. Representación de la diosa madre sentada. El pecho de esta escultura está ocu-
pado por los genitales femeninos, que de esta manera acentúan el carácter reproductor de
la diosa. Está fechada hacia el año 3,000 a.C. Dibujo basado en Gimbutas, 1991b: 6.
8
no hay huella de murallas o signos
guerreros. Las evidencias arqueoló-
gicas sugieren que no había una
superioridad social de los hombres
sobre las mujeres. La distribución de
los bienes en los entierros revela la
existencia de una sociedad iguali-
taria, no patriarcal. Gimbutas
observa que en este tiempo la
descendencia y la herencia pasaban
por la madre; la mujer desempeñaba
funciones eminentes, como los cultos
religiosos y la manufactura de arte-
sanías y objetos preciosos. Esta
diosa providente y generosa fue tam-
bién una de las primeras imágenes
que simbolizaron el territorio, la
tierra originaria donde habían
nacido los habitantes de la aldea y el
lugar sagrado donde reposaban los
ancestros. La tierra donde se nacía
era el símbolo de identidad mayor,
la atadura irrompible con la comu-
nidad de origen.
En América, mucho tiempo des-
Figura 3. El diseño de diamante, formado pués (2,000-1,000 a.C.), diversos
por cilindros y cuentas de piedra verde o
testimonios registran un culto
de jade, representa la superficie germi-
nada de la madre Tierra en una ofrenda extendido a la diosa madre, en la
olme ca de La Venta, en la falda de la época en que se fundan las primeras
Gran Diosa de Teotihuacán y en la capa aldeas de cultivadores. Entre los
tejida de la Señora Zak Kuk de Palenque, hallazgos arqueológicos más espec-
y en el carapacho de tortuga que sim-
taculares hechos en La Venta, la
boliza la tierra en el arte maya, y del cual
brota el dios del maíz. Dibujo basado en más antigua ciudad olmeca, sobre-
Tate, 2004: fig. 2. salen unas enormes fosas subte -
rráneas, en cuyo interior se deposi-
taron ofrendas de piedras de ser-
pentina verde y arcilla de varios colores, dedicadas a la madre tierra.3
Eran ofrendas enterradas en lo profundo de la tierra, ocultas a los mor-
9
Figura 4. Figura femenina procedente del área de Chupícuaro, Michoacán, con los órganos
de la reproducción y crianza muy acentuados. Dibujo basado en Piña Chan, 1955: fig. 12.
10
Figura 5. Representación de caimanes, aves y serpientes, junto con plantas domesticadas de
las regiones bajas del Perú, en una escultura que muestra los poderes reproductores de la
madre tierra. Los caimanes se perciben con más claridad si la figura se coloca en forma ho-
rizontal, como se ve aquí. La fecha probable va de 900 a 200 a.C. El dibujo despliega las
imágenes talladas en el Obelisco de Tello, procedente de Chavín de Huántar, Perú, y está
basado en Townsend, 1992: 268.
11
Figura 6. Diosa de la Tierra, representada en una máscara en la que convergen plantas,
serpientes y figuras en forma de dragón. Tejido procedente del valle de Ica, Callango, Perú,
900-200 a.C. Dibujo basado en Townsend, 1992: 277.
12
cos. En todas partes, lo mismo en Egipto que en Sumeria o en la cuenca
del Mediterráneo, las antiguas diosas ceden su lugar a dioses y cultos
masculinos. Al mismo tiempo que las aldeas se transforman en ciudades,
y éstas en Estados gobernados por un rey con poderes ilimitados, el culto
religioso se convierte en un culto estatal, centrado en la glorificación del
rey, quien se identifica con el dios protector del reino. Se inventan
entonces nuevos mitos de creación, en los que el dios padre usurpa el
lugar antes colmado por la diosa madre. En Sumeria y en Egipto apare-
cen cosmogonías que en lugar de atribuir la creación del mundo a la
antigua diosa madre, introducen un dios creador que divide la ancestral
unidad cósmica en dos mitades: tierra y cielo. Este modelo será la base de
los posteriores mitos de creación que relatan la historia de un cosmos
dividido en tres planos horizontales (inframundo, superficie terrestre y
cielo), y orientado hacia los cuatro puntos cardinales.9
Con la furia de las ideologías conquistadoras, los sacerdotes de los
pueblos invasores destruyeron los adoratorios de la diosa madre y en su
lugar colocaron altares dedicados a honrar deidades masculinas. Uno de
sus objetivos fue borrar la antigua cosmogonía que proclamaba la
unidad y la regeneración inagotable de los poderes de la naturaleza. En
lugar del mito de creación que hacía nacer el cosmos del seno de la diosa
madre, en Sumeria y en Egipto el cosmos se divide en inframundo,
superficie terrestre y cielo, y cada una de estas regiones aparece gober-
nada por dioses propios. El mito sumerio más antiguo de la creación
relata que la diosa de las aguas primordiales, Nammu, dio origen a una
montaña cósmica que contenía en sí misma el cielo y la tierra, An-Ki. A
su vez, An y Ki procrearon un hijo, Enlil, el dios del aire, quien tuvo a su
cargo la portentosa tarea de separar el cielo de la tierra. Hecha esta par-
tición, Enlil desposó a la diosa de la tierra, su madre, e hizo de la
primera montaña que surgió de las aguas primordiales su propio templo.
Desde entonces Enlil tomó el lugar que antes tenía la diosa madre como
supremo creador del cosmos.10
En los altos ziggurats que se levantaron en las tierras planas de
Mesopotamia, en los templos que miraban hacia el nacimiento del sol y
celebraban el poder regenerador de las aguas del Nilo, en los hermosos
palacios pintados de Creta, en las ciudades polvosas del Cercano Oriente
y en las pobladas orillas del Mediterráneo, cada año, en el día que seña-
laba el equinoccio de primavera, se cantaba el viejo mito de la creación del
13
cosmos, ahora conformado por las figuras heroicas de dioses desposados
con diosas descendientes de la antigua diosa madre.
En los años 3,500 a 1,250 a.C., el mito inmemorial del origen del cos-
mos se unió con el relato que narraba cómo la diosa madre se separaba
de su amado (o de su hermano o de su hijo), quien en el verano irremedia-
blemente se hundía en las profundidades del bajo mundo, moría en esa
morada húmeda y fría, y gracias a los denodados esfuerzos de la esposa y
madre, renacía otra vez en la primavera.11 Tal es el origen lejano de los
mitos de la fertilidad representados por Dumuzi-Tammuz, Osiris, Adonis,
Perséfone o Quetzalcóatl, dioses y diosas de la vegetación dotados de los
poderes fertilizadores antes concentrados en la diosa madre.
11
Baring y Cashford, 1993: 145.
12
Frankfort, 1988: 305.
14
Figura 7. Inanna-Istar como diosa de la fertilidad. Escultura del año 2,000 a.C. Dibujo
basado en Baring y Cashford, 1993: 198.
del cielo y de la tierra en Sumeria, y 2,000 años más tarde su culto con-
tinuaba en Mesopotamia, con el nombre de Istar. Las tablillas grabadas
con letras preservaron los innumerables títulos que la honraban: “Reina
del Cielo y de la Tierra”, “Sacerdotisa del Cielo”, “Luz del Mundo”,
“Estrella de la Mañana y Estrella de la Tarde”, “Juez Justo”,
“Perdonadora de los Pecados”, “Primera Hija de la Luna”, “Abridora de la
Matriz”, “Maravilla de la Tierra”.13
Uno de los rasgos que en estos años distinguen a Inanna es la presencia
de un personaje masculino que mezcla los rasgos divinos con los humanos,
y que en las representaciones plásticas y en la literatura aparece como su
15
Figura 8. Sello cilíndrico que muestra a Inanna-Istar como diosa del cielo y las estrellas.
Dibujo basado en Baring y Cashford, 1993: 200.
14
Baring y Cashford, 1993: 207.
16
Figura 9. La diosa Inanna, sentada, a la derecha, recibe al dios del grano, que camina hacia
ella con plantas que brotan de su cuerpo. Sello cilíndrico, 2,300-2,000 a.C. Dibujo basado en
Baring y Cashford, 1993: 208.
15 La versión más completa y fiel del poema que relata el viaje de Inanna al inframundo
es la que presentan Jean Bottéro y Samuel Noah Kramer en Lorsque les dieux faisaient
l’homme (1989: 202-307). Véase también Baring y Cashford, 1993: 216-224.
17
Figura 10. A su regreso de las profundidades del inframundo, Dumuzi viaja en barca, como
el Jun Nal Ye maya, acompañado también por dos dioses remeros. Sello cilíndrico sumerio
de 2,300-2,150 a.C. Dibujo basado en Baring y Cashford, 1993: 223.
16
Frazer, 1961.
17
Bottéro y Kramer, 1989: 322-333 y 327-329.
18
interior de la tierra sólo por un periodo breve. Según este acuerdo, la
madre tierra recibió en adelante, cada año, los despojos mortales de los
habitantes de la superficie terrestre, y, en contrapartida, cada año, al
comenzar la primavera, la naturaleza esparcía sus renuevos y los alimen-
tos se multiplicaban. De este modo se restableció el antiguo equilibrio
cósmico, antes gobernado por la diosa madre. Pero si el poema del
Descenso de Inanna-Istar al inframundo se convirtió en un exorcismo
popular contra la esterilidad de los campos, los pobladores de las ciu-
dades institucionalizaron una ceremonia que celebraba la unión procre-
adora de las fuerzas de la tierra con las del cielo.
Al comienzo de la primavera, cuando el dios de la vegetación retor-
naba de su estadía en el inframundo, los habitantes de las ciudades
sumerias festejaban su acoplamiento con Inanna, la diosa de la fecundi-
dad, en lo más alto del templo principal. El papel del joven dios de la
vegetación recién salido de la tierra era interpretado por el rey de la ciu-
dad, y el de la madre Tierra, Inanna, por su sacerdotisa. Este acto era la
ceremonia más importante de la fiesta del Año Nuevo, la gran cele-
bración que congregaba a la mayoría de la población alrededor del ziggu-
rat, el templo que por su altura era también una metáfora de la unión
entre la tierra y el cielo.
Las concepciones sumerias y mesoamericanas sobre el origen de los
granos y el lugar donde éstos se guardaban revelan semejanzas sorpren-
dentes. En Sumeria, los granos alimenticios permanecen almacenados en
el interior de una montaña sagrada, como en Mesoamérica. Al igual que
entre los mayas, en Mesopotamia el dios del grano literalmente brota de
las profundidades de la tierra y su aparición es señalada por la multitu-
dinaria fiesta agrícola de los primeros frutos.
También es semejante la fiesta del Año Nuevo, que en Mesopotamia,
Egipto y Mesoamérica celebraba el comienzo de la primavera y la reno-
vación prodigiosa de la vegetación. En Mesoamérica, el festival del Año
Nuevo estaba centrado en la renovación de la naturaleza, un rito que
simbolizaba el brote del dios joven del maíz. En Mesopotamia festejaba la
unión de las fuerzas del cielo y de la tierra, y las tablillas escritas trans-
mitieron los conmovedores poemas dedicados a esa fiesta. En esos días se
escenificaba el apareamiento de las fuerzas regeneradoras del cosmos,
representadas por la persona del rey y la sacerdotisa de Inanna.
La ciudad entera era el escenario del encuentro que aseguraba la reno-
vación de los alimentos terrestres y su acto principal ocurría en el más
santo de los lugares. En la parte alta del ziggurat, la recámara dedicada
al matrimonio sagrado se vestía de gala para recibir a la pareja. Los can-
tos conservados relatan el acoplamiento de la diosa germinal con el dios
19
Figura 11. Hera, coronada, alza sus manos en un gesto triunfal. Su vestido semeja la super-
ficie roturada de la tierra, con semillas sembradas en cada una de sus divisiones. La flan-
quean dos sacerdotisas que cuidan su manto magnífico. Cerámica de Tebas, fechada entre
680 y 670 a.C. Dibujo basado en Baring y Cashford, 1993: 312.
20
Figura 12. Deméter, la diosa griega de las cosechas, con manojos de trigo en las manos.
Relieve en una vasija de la Magna Grecia, fechada hacia 300 a.C. Dibujo basado en Baring
y Cashford, 1993: 117.
Siglos más tarde, cuando las tribus aprendieron a cultivar las primeras
plantas y fundaron ciudades, la diosa madre fue derrocada por el dios gue-
rrero que se vistió con los resplandores del sol y ocupó el centro del panteón
religioso. En los templos edificados en el corazón de la ciudad, el lugar más
santo se destinó al dios Sol y ahí se celebraban las ceremonias y los festi-
vales, y hacia ese punto confluían las peregrinaciones y los ritos colectivos.
La construcción de estos espacios en el corazón de la ciudad, al lado del
palacio del soberano, transformó el territorio natural en un ámbito sagrado,
circunvalado por el aura del poder y lo sobrenatural. Al sembrar la tierra
de cultivos y colmarla de monumentos, los pobladores adquirieron un “dere-
cho” de propiedad sobre ella; la tierra se convirtió en territorio de la comu-
nidad y se vinculó a los antepasados y a los dioses protectores, y con mayor
fuerza a la diosa madre. Dice Carl Schmitt que en las antiguas sociedades
la ocupación primaria de la tierra significó un parteaguas histórico, pues
por un lado demarcó el espacio territorial entre los pobladores, y por otro
fijó las fronteras que separaban al pueblo de los extraños. En ambos casos
la ocupación de la tierra estableció un derecho de propiedad supremo, el
título más radical sobre el territorio.20 La madre tierra se convirtió en la
PATRIA, el territorio de la comunidad heredado de los padres fundadores.
20
Schmitt, 1979: 18-25.
21
Figura 13. Representación del poder reproductor de la tierra y el agua en la pintura mural
del llamado Tlalocan o paraíso de Tláloc de Tepantitla, Teotihuacán. La Diosa de la Cueva
es la figura central de esta pintura, y de ella emana el agua que hace brotar las plantas y la
vida. Imagen tomada de Miller, 1973: 77.
22
Figura 14. La principal deidad de Teotihuacán brota de una cueva, que por las huellas de
los pies parece ser un santuario que se visitaba en procesión. Arriba se ve la figura de la
Serpiente Emplumada. Dibujo basado en Berrin y Pasztory, 1993: fig. 8.
23
Figura 15. Diosa de la Tierra sosteniendo en sus manos ramas florecidas. Pintura mural de
Teotihuacán. Foto tomada de Berrin y Pasztory, 1993: fig. 47.
Figura 16. Gran diosa madre de Teotihuacán, encontrada cerca de la pirámide de la Luna.
Su falda está hecha de un tejido que tiene forma de diamante, un diseño que se repetirá más
tarde en la zona maya y otras culturas de Mesoamérica (véase la Fig. 2). Escultura en piedra
que se conserva en el Museo Nacional de Antropología. Foto tomada de Soustelle, 1967: 51.
24
Figura 17. Escultura femenina en barro, procedente de Teotihuacán. En su interior se
advierte una posible representación de la diosa de la cueva o Diosa Madre, y figurillas de
personas y objetos. Foto tomada de Coe, 1985: 118.
25
Figura 18. El gran cocodrilo que según los mitos cosmogónicos reposaba en las aguas pri-
mordiales. Dibujo basado en Maudslay, 1974: vol. I, fig. 95c.
Figura 19. Diosa Madre procedente de Michoacán. Sobresalen sus senos descomunales y el
vientre, símbolos de la fertilidad. Foto tomada de Coe, 1985: 106.
26
Figura 20. Figura de cerámica de una de las “mujeres bonitas” de Tlatilco (1200-500 a.C.),
con doble cabeza y caderas y piernas pronunciadas. Foto tomada de Rediscovered
Masterpieces of Mesoamerica, 1985: 101.
[...] todos los dioses descendieron a consolarla y ordenaron que de ella saliese todo el
fruto necesario para la vida del hombre.
Y para hacerlo, hicieron de sus cabellos árboles y flores y yerbas; de su piel la yerba
muy menuda y florecillas; de los ojos, pozos y fuentes y pequeñas cuevas; de la boca, ríos
y cavernas grandes; de la nariz, valles y montañas. De este modo, todo lo que existe
sobre la superficie terrestre no son sino partes del cuerpo de Tlaltecuhtli.23
Así, desde los comienzos de la vida civilizada, la diosa madre adquiere los
rasgos del numen procreador de los bienes indispensables para el desar-
rollo de la vida humana. Sus variadas representaciones plásticas comuni-
can, con el lenguaje de la imagen y la metáfora, los innumerables poderes
que la constituyen. Es la depositaria de las fuerzas de la fertilidad, como
lo muestran las bellas figuras de cerámica de Chupícuaro, Tlatilco o
Colima (Figs. 19, 20 y 21). En numerosas representaciones es simple-
mente la mujer, la matriz, el símbolo de lo femenino (Fig. 22). Su cuerpo
23 Este relato está contenido en la “Histoyre du Mechique”, publicada por Ángel María
Garibay en su Teogonía e historia de los mexicanos (1965: 108). Véase asimismo, Klein,
1976: 54-56; Miller y Taube, 1992: 167-168.
27
Figura 21. Belleza femenina embarazada, procedente de Colima. Foto tomada de Coe, 1985: 167.
28
Figura 22. Figura de mujer trabajada en cerámica, procedente de Xochipala, período
Formativo. Imagen tomada de Miller, 1990: 31.
29
Figura 23. Mural llamado de la Diosa de Jade en Tetitla, Teotihuacán, 650-750 d.C. De las
manos de la diosa escurre agua y caen objetos preciosos. Dibujo basado en Berrin y
Pasztory, 1993: fig. 2.
24
Lockhart, 1992: 15-20.
30
Figura 24. Reconstrucción de una escultura en relieve de la Diosa de la Cueva encontrada
en la Calzada de los Muertos, la avenida principal de Teotihuacán. Las manos de la diosa
sostienen símbolos de la renovación vegetal. Dibujo basado en Berrin y Pasztory: 1993.
Figura 25. Organización celular de un altépetl hipotético, cuyo territorio está dividido
simétricamente entre ocho calpolli. Los cuatro centrales (4, 5, 8 y 1) tienen núcleos de
población representados por cuadrados que se acercan y se interrelacionan; mientras que
los cuatro exteriores (3, 6, 7 y 2) tienen el núcleo de población en el centro de su territorio.
La línea punteada señala la dirección de la rotación, mientras que los números indican el
orden de precedencia. Dibujo basado en Lockhart, 1992: 19.
31
vez, cada calpolli tenía su propio jefe, que era al mismo tiempo la cabeza
de un linaje y tenía una porción del territorio del altépetl en propiedad
privada. La suma de los distintos calpoltin formaba un altépetl gobernado
por un tlatoani electo, quien ejercía las funciones de cabeza del reino, jefe
de los ejércitos y sacerdote supremo encargado de los ritos religiosos.
Se advierte que la unidad territorial del altépetl descansaba en la
organización social de los calpoltin, cuyos deberes y derechos se repartían
según su ubicación en el territorio del altépetl. Es decir, los cargos y las
cargas de cada capoltin se distribuían de manera alternativa según la
posición de éste en el altépetl (Fig. 25). Así, los tributos, trabajos y cargas
religiosas o militares que correspondían a cada jefe de familia, barrio y
calpolli, se repartían siguiendo una rotación que iba de izquierda a
derecha (como el movimiento del sol), y según su ubicación en el territo-
rio, del primero al último lugar (Fig. 25).25
Esta relación inextricable entre territorio y organización social
(familia, barrio, etnia) constituyó el altépetl, que fue la institución
política dominante, quizá desde la fundación de Teotihuacán hasta la
invasión española. Está documentada por testimonios históricos desde el
siglo XIII hasta principios del XVI en Xochimilco, Colhuacán,
Coyohuacán, Tenochtitlán, Azcapotzalco, Texcoco, Coauhtichan,
Tlalmanalco, Amaquemecan y otras ciudades del Valle de México.26 En
este tiempo, el altépetl, simbolizado en los códices y mapas indígenas por
el glifo de un cerro que tenía en su interior una cueva colmada de agua
(Fig. 26), era en Mesoamérica el símbolo universal que significaba el te-
rritorio, el núcleo de la organización política y la vida urbana civilizada.
En este tiempo y durante los tres siglos del virreinato, altépetl fue sinóni-
mo de Patria, simbolizaba el territorio consagrado por los ancestros y
habitado por sus descendientes, el sitio donde se conservaban las
reliquias de los fundadores del pueblo y el lugar más sagrado de la comu-
nidad (altepetlyolotl), el corazón del pueblo.
En la antigüedad mesoamericana el estado territorial estaba represen-
tado por el glifo del cerro en cuyo interior había una cueva donde reposa-
ban las aguas fertilizadoras y las semillas del maíz (Fig. 26): era una re-
presentación de la montaña que emergió de las aguas primordiales el día
de la creación del cosmos, un símbolo de la tierra fértil y la expresión más
honda del vínculo de los seres humanos con la tierra. Todos los estados
mesoamericanos reprodujeron esa montaña primordial en el corazón de
32
Figura 26. Representación simbólica del Monte Tláloc, la montaña que se levanta al sur del
Valle de México. Es el glifo clásico que en la tradición iconográfica mesoamericana repre-
senta a los cerros (altépetl), que son concebidos como llenos de agua y con una cueva en su
interior, donde reposan las semillas fundamentales. Aquí, la parte baja del cerro está sim-
bolizada por un dibujo que forma una red cuadriculada, con un círculo en el centro, que rep-
resenta la tierra. En la parte de arriba se ve un templo y en su interior la figura del dios
Tláloc, quien sostiene en su mano derecha el rayo poderoso. Fotografía del Códice
Borbónico, 1980: lám. 24.
27
Florescano, 2002: 263-265; Roskamp, 2003; Haskett, 1996: 99-126.
33
en la Roma antiguas,28 un concepto territorial cargado de fuerte etnocen-
trismo, pues aludía a la comunidad unida por lazos étnicos ancestrales y
asentada en el mismo territorio desde tiempo inmemorial. La Patria
mesoamericana aludía a los vínculos del individuo con su tierra natal, el
grupo étnico, la lengua y las tradiciones comunitarias, y al mito de origen
que contaba cómo la humanidad indígena había nacido en la cueva pri-
mordial o en Chicomóztoc, el lugar de origen de las siete o muchas tribus.
Bibliografía
Baring, Ann y Jules Cashford. The Myth of the Goddess, Penguin Books, 1993.
Berger, Palema. The Goddesses Obscured. Transformation of the Grain Protectress from
Goddess to Saint, Beacon Press, 1985.
Berlo, Janet. “Icons and Ideologies at Teotihuacan: The Great Goddess Reconsidered”, en
Janet Berlo (comp.), Art, Ideology, and the City of Teotihuacan. Dumbarton Oaks
Research Library and Collection: 129-168, 1992.
Berrin, Kathleen y Esther Pasztory (comps.). Teotihuacan. Art from the City of the Gods,
The Fine Arts Museum of San Francisco, 1993.
Bonnefoy, Yves (comp.). Greek and Egyptian Mythologies, The University of Chicago Press,
1992.
Bottéro, Jean y Samuel Noah Kramer. Lorsque les dieux faisaient l’homme, Gallimard,
1989.
Burger, Richard L. “The Sacred Center of Chavín de Huántar”, en Richard F. Townsend
(comp.), The Ancient Americas, The Art Institute of Chicago: 265-278, 1992.
Calnek, Edward E. “Patterns of Empire Formation in the Valley of Mexico, Late Postclassic
Period, 1200-1521”, en Collier, Rosaldo y Wirth (comps.), 1986.
Campbell, Joseph. Occidental Mythology. The Masks of God, Penguin Books, 1976.
Códice Borbónico. Siglo XXI Editores, 1980.
Coe, Michael D. Rediscovered Masterpieces of Mesoamerica. Mexico-Guatemala-Honduras,
Editions Art, 1985.
Collier, George A., Renato Rosaldo y John D. Wirth (comps.), The Inca and Aztec States,
1400-1800, Academic Press, 1986.
Duverger, Christian. Mesoamérica. Arte y Antropología, Conaculta, 2000.
Florescano. Etnia, Estado y Nación, Aguilar, 1996.
Florescano, Enrique. Historia de las historias de la nación mexicana, Taurus, 2002.
Frankfort, Henri. Reyes y dioses. Alianza Editorial, 1988.
Frazer, Geroge James. La rama dorada, Fondo de Cultura Económica, 1961.
Garibay, Ángel María. Teogonía e historia de los mexicanos, Porrúa, 1965.
Gimbutas, Marija. The Civilization of the Goddess, Harper San Francisco, 1991a.
Gimbutas, Marija. The Language of the Goddess, Harper San Francisco, 1991b.
Gimbutas, Marija. Goddesses and Gods of Old Europe, University of California Press, 1992.
28 Sobre la antigüedad y uso del concepto de patria, véase Pérez Martínez, 1992: 19-81.
34
Gordon, Cyrus H. “Canaanite Mythology”, en Samuel Noah Kramer (comp.): 181-218, 1961.
Haskett, Robert. “Paper Shields: The ideology of the Coat of Arms, in Colonial Mexican
Primordial Titles”, Etnohistory 43, I: 99-126, 1996.
Heyden, Doris. “An Interpretation of the Cave Underneath the Pyramid of the Sun in
Teotihuacan, Mexico”, American Antiquity, 40: 131-147, 1975.
Klein, Cecelia F. The Face of the Earth, Garland Publishing, 1976.
Kramer, Samuel Noah (comp.). Mythologics of the Ancient World, Anchor Books, 1961.
Lafitau, Joseph-François. Moeurs des Sauvages américains comparés aux moeurs des pre-
miers temps, Maspéro, 2 tomos, 1983.
Lockhart, James. The Nahuas after the Conquest. A Social and Cultural History of the
Indians of Central México, Sixteenth through Eighteenth Century. Stanford University
Press, 1992.
Martínez Paredes, Carlos y Marta Terán (comps.). Autoridad y gobierno indígena en
Michoacán: ensayos a través de su historia, El Colegio de Michoacán, Universidad
Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, Centro de Investigaciones y Estudios Superiores
en Antropología Social, Instituto Nacional de Antropología e Historia, 2003.
Maudslay, Alfred P. Biologia Centrali-Americana; or, Contributions to the Knowledge of the
Fauna and Flora of Mexico and Central America. Facsimile edition prepared and intro-
duction written by Francis Robicsek. Milpatron Publishing, 1974.
Miller, Arthur G. The Mural Painting of Teotihuacan, Dumbarton Oaks Research Library
and Collection, 1973.
Miller, Mary y Karl Taube. The Gods and Symbols of Ancient Mexico and the Maya.
Thames and Hudson, 1992.
Noriega Elío, Cecilia (comp.). El nacionalismo en México. El Colegio de Michoacán, 1992.
Pasztory, Esther, Aztec Art, Abrams, 1993.
Pérez Martínez, Héctor. “Nacionalismo: génesis, uso y abuso de un concepto”, en Noriega
Elío (comp.): 19-81, 1992.
Piña Chan, Román. Las culturas preclásicas de la cuenca de México, Fondo de Cultura
Económica, 1955.
Pollard, Hellen Perlstein. Tariacuri’s Legacy, University of Oklahoma Press, 1993.
Roskamp, Hans. “Los títulos primordiales de Carapan: legitimación e historiografía en una
comunidad indígena de Michoacán”, en Martínez Paredes y Terán (comps.), 2003.
Schmitt, Carl. El Nomos de la Tierra en el derecho de gentes del “Jus Publicum europaeum”.
Centro de Estudios Constitucionales, 1979.
Sioui, George E. Pour une histoire amérindienne de l’Amérique, Les Presses de L’Université
Laval, 2001.
Soustelle, Jacques. Arts of Ancient Mexico. Thames and Hudson, 1967.
Tate, Carolyn. “Cuerpo, cosmos y género”, Arqueología mexicana, XI, 65: 36-41, 2004.
Taube, Karl. “The Teotihuacan Cave of Origin: The Iconography and Architecture of
Emergence Mythology in Mesoamerica and the American Southwest”, Res, 12: 51-82,
1986.
Townsend, Richard F. (comp.). The Ancient America, The Art Institute of Chicago, 1992.
35