Concreción y lesión de los bienes jurídicos colectivos
El ejemplo de los delitos ambientales y urbanísticos
SUSANA SOTO NAVARRO
Profesora de Derecho penal de la Universidad de Málaga
1. INTRODUCCIÓN
Característica fundamental de los bienes jurídicos colectivos es su
función o utilidad para la sociedad en su conjunto, lo que se traduce,
prima facie, en la posibilidad de aprovechamiento por todos, sin que
nadie pueda ser excluido y sin que el aprovechamiento individual obs-
taculice ni impida el aprovechamiento por otros (1). Consiguiente-
mente, los bienes jurídicos colectivos no son susceptibles de división
en partes atribuibles individualmente, sobre las que se reconozca
libertad de disposición. En base a esta nota de indivisibilidad, consi-
dero que no tienen una auténtica naturaleza colectiva aquellos bienes
jurídicos que se pueden descomponer y encuentran su esencia en una
pluralidad de intereses individuales, como es el caso, en especial, de
los implicados en los delitos contra la seguridad colectiva (2). En tales
supuestos, el atributo de colectivo no corresponde propiamente al bien
jurídico protegido, sino al tipo de peligro del que se trata de preservar
un bien jurídico individual, claramente identificado, por lo que el ver-
dadero objeto de estudio ha de ser la estructura típica adecuada para
abarcar conductas cuyo núcleo de lo injusto reside en la creación de
un peligro abierto.
(1) Véase Hefendehl, Grund und Grenzen des Schutzes kollektiver Rechts-
güter im Strafrecht, pp. 21, 126-128.
(2) Véase el desarrollo de esta postura en Soto Navarro, La protección penal
de los bienes colectivos en la sociedad moderna, 2003, pp. 200-213.
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Despejado así el panorama, este estudio se centra en los bienes
jurídicos colectivos en sentido propio, esto es, aquéllos que no son
divisibles en bienes jurídicos individuales.
Dentro de los bienes jurídicos colectivos es común establecer
dos subcategorías a partir de la distinción entre sociedad y Estado
como respectivos titulares (3). Esta clasificación suele respaldarse
en la siguiente idea: si el Estado es necesario para salvaguardar y
promover los presupuestos esenciales de la convivencia en socie-
dad, condición previa es la permanencia del propio Estado y el
normal funcionamiento de sus instituciones, por lo que habrá de
preservarse a sí mismo frente a los ataques que comprometan su
estabilidad (4).
A mi entender, sin embargo, el Estado, en cuanto forma de orga-
nización política de una comunidad, no puede ser titular de intereses
propios susceptibles de protección penal. Todo atentado contra los
órganos estatales o contra el normal desenvolvimiento de su activi-
dad es, en definitiva, un atentado contra la sociedad a la que éstos
sirven (5). Con ello lo único que se afirma es que el criterio de la
titularidad social o estatal no es válido para clasificar los bienes jurí-
dicos colectivos, puesto que todos ellos deben atribuirse a la socie-
dad (6).
Mi propuesta de sistematización adopta un criterio distinto al de la
titularidad, cual es el de las funciones sociales que desempeñan los
(3) Véase Cerezo Mir, Curso de Derecho Penal Español, PG, II, 1998,
pp. 208-209; Carbonell Mateu, «Breves reflexiones sobre la tutela de los llama-
dos intereses difusos», en Boix Reig (dir.), Intereses difusos y Derecho penal, Cua-
dernos de Derecho Judicial, 1994, pp. 16-17; Zaczyk, Das Unrecht der versuchten
Tat, 1989, pp. 172 ss., 190 ss.; Otto, Grundkurs Strafrecht. Die einzelnen Delikte,
1998, pp. 285 ss., 439 ss., quien distingue entre bienes jurídicos supraindividuales
no estatales y estatales. Cfr. asimismo, Muñoz Conde, Derecho penal, PE, 2001,
pp. 529 ss., 713 ss., quien distingue entre delitos contra los valores sociales supraes-
tatales y delitos contra el Estado; Serrano Gómez, Derecho penal, PE, 2000,
pp. 537 ss., 833 ss.; Landecho Velasco y Molina Blázquez, Derecho Penal
Español, PE, 1996, pp. 235 ss., 487 ss.; Queralt Jiménez, Derecho Penal Espa-
ñol, PE, 1996, pp. 5 ss., 499 ss.
Otros autores optan por el término de bien jurídico «institucional» para referirse
a los bienes jurídicos atribuibles al Estado. En este sentido, Marinucci y Dolcini,
Corso di Diritto penale, 1, 2001, p. 178; Polaino Navarrete, en Cobo del Rosal
(dir.), Curso de Derecho penal español, PE, II, 1997, p. 565; Santana Vega, La
protección penal de los bienes jurídicos colectivos, 2000, p. 77.
(4) Cfr. Muñoz Conde, cit., p. 713; Müller-Emmert, «Sozialschädlichkeit
und Strafbarkeit», GA, 1976, p. 301.
(5) Véase una argumentación más detenida en Soto Navarro, cit., pp. 245-249.
(6) Cfr. Corcoy Bidasolo, Delitos de peligro y protección de bienes jurídico-
penales supraindividuales, 1999, p. 204.
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bienes jurídicos colectivos. Desde tal enfoque y en una primera
aproximación, cabe distinguir dos grupos: por un lado, aquellos bie-
nes jurídicos colectivos que representan prestaciones básicas del sis-
tema social (7) (p.ej., Administración de Justicia, Seguridad Social);
por otro, aquellos que van referidos a la preservación de instituciones
fundamentales del Estado y del Estado en su conjunto, en su concreta
configuración constitucional, como presupuesto necesario para que se
hagan efectivas aquellas prestaciones sociales (8).
De este modo, el Estado se considera no como titular de ciertos
bienes jurídicos colectivos, pero sí como objeto de protección penal,
en cuanto instrumento esencial hoy por hoy para la organización de la
convivencia social (9).
No es posible abordar aquí una concreción de todos los bienes
jurídicos colectivos protegidos en nuestro Código penal, de modo que
atenderé tan sólo al primero de los dos grandes grupos que he diferen-
ciado, esto es, el constituido por bienes jurídicos que representan
(7) Cfr. el uso de esta terminología por Roxin, «Sentido y límites de la pena
estatal», en Problemas básicos del Derecho penal, 1976, p. 21; Müller-Emmert,
cit., pp. 299-300.
(8) Cfr. Hefendehl, cit., pp. 128 ss., quien distingue dentro de los bienes
jurídicos colectivos entre los que crean «espacios de libertad» para el desarrollo
del individuo y los que representan condiciones básicas para la propia existen-
cia del Estado, de modo que éste pueda asegurar aquellos «espacios de liber-
tad».
Desde un enfoque funcionalista, Bustos propone una ordenación de los bienes
jurídicos en base al todo que implica el sistema, distinguiendo entre bienes jurídicos
referidos «a las bases de existencia del sistema» (bienes jurídicos individuales) y los
que están en relación al «funcionamiento del sistema» (bienes jurídicos colectivos).
Los segundos abarcarían los procesos y funciones que el sistema ha de cumplir para
que puedan asegurarse materialmente las bases del mismo, incluyendo entre ellos los
referidos a la incolumidad de la organización estatal («bienes jurídicos de control»).
Cfr. Bustos Ramírez, Manual de Derecho Penal, PE, 1991, pp. 5, 223-224, 307-308
y 383-384; ídem, «Los bienes jurídicos colectivos», en Control social y sistema penal,
1987, pp. 199-200. Esta misma clasificación es adoptada también por Hormazábal
Malarée, Bien jurídico y Estado social y democrático de Derecho, 1991, p. 155.
(9) En esta línea, Carbonell Mateu, cit., p. 18, quien, si bien parte de la titu-
laridad de los bienes jurídicos como criterio de clasificación, matiza su postura en
este sentido: «También el Estado se convierte en objeto de tutela [...] Se ha recurrido
a la ficción de considerar al Estado mismo como un individuo, desconectándose su
titularidad (la de los bienes jurídicos de carácter político) de los ciudadanos. En este
sentido es importante subrayar que el Estado no es otra cosa que un instrumento
creado para hacer posible la convivencia de los ciudadanos entre sí. Y por eso, los
bienes tradicionalmente atribuidos a aquél son, en realidad, bienes supraindividuales
de carácter político» (cursiva añadida). Cfr., asimismo, Bustos Ramírez, Manual de
Derecho Penal, PE, cit., p. 5.
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prestaciones básicas del sistema social. En esta categoría habrían de
incluirse los afectados por los siguientes delitos:
– Delitos contra el orden socio-económico (Capítulos XI a XIV
del Título XIII) (10).
– Delitos contra la Hacienda Pública y contra la Seguridad Social
(Título XIV).
– Delitos relativos a la ordenación del territorio, protección del
patrimonio histórico y del medio ambiente (Título XVI).
– Delitos de falsedades (Título XVIII).
– Delitos contra la Administración Pública (Título XIX).
– Delitos contra la Administración de Justicia (Título XX).
2. CONCRECIÓN DE CIERTOS BIENES JURÍDICOS COLECTIVOS
2.1 Método de análisis sociológico-normativo
La teoría sistémica puede ser un método de análisis útil entendida
como conjunto de instrumentos que ayudan a una mejor descripción de
la realidad social y jurídica (11). Su principal limitación radica en su
neutralidad valorativa, por lo que no sirve, por sí sola, como criterio de
legitimación material de las normas penales. En efecto, la teoría de sis-
temas de Luhmann no es, ni pretende serlo, una concepción normativa
de la sociedad, a diferencia de las nuevas teorías del contrato social, que
radican la identidad social en la obtención de un consenso en torno a
valores. El funcionalismo se presenta como un método empírico-socio-
lógico, que describe el ser de la sociedad moderna, sin ofrecer pautas
valorativas con potencial crítico. Sin embargo, en el plano en que ahora
nos encontramos, ello no representa ninguna deficiencia, pues el con-
cepto de bien jurídico se adopta aquí como un instrumento técnico-jurí-
dico eficaz para concretar los objetos dignos de tutela penal y para
configurar en torno a él conductas lesivas, pero al que no cabe imponer
(10) Aunque es discutible el carácter socio-económico de algunos de los delitos
incluidos en estos Capítulos, por predominar en ellos la protección de intereses patrimo-
niales individuales, como los relativos a la propiedad intelectual o la mayor parte de los
delitos societarios (sobre la naturaleza de éstos últimos, cfr. Del Rosal Blasco, Los
delitos societarios en el Código penal de 1995, 1998, pp. 25 ss.; Faraldo Cabana,
Los delitos societarios. Aspectos dogmáticos y jurisprudenciales, 2000, pp. 32 ss.).
Cfr. sobre la regulación en un Título común de los delitos patrimoniales junto a los
socio-económicos y sobre la problemática delimitación entre ambos, Martínez-Buján
Pérez, Derecho penal económico, PG, 1998, pp. 51 ss.; González Rus, en Cobo del
Rosal (dir.), Curso de Derecho penal español, PE, I, 1996, pp. 547-550.
(11) Véase en profundidad Soto Navarro, cit., pp. 8 ss.
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la función de designar la fuente valorativa determinante en la selección
de concretas realidades sociales ni, por consiguiente, una función crítica
externa al propio sistema penal (12).
Uno de los aspectos más originales de la teoría sistémica de Luh-
mann es el concepto de comunicación, como unidad básica sobre la
que se constituyen los sistemas sociales, a diferencia de la epistemolo-
gía social que, desde Hobbes a Kant, adoptó el punto de vista de la
conciencia individual. Para que el individuo pueda determinarse y
entenderse a sí mismo necesita interactuar socialmente, pues de lo
contrario no se produciría más que un cúmulo casual de individuos
recluidos en sus respectivas percepciones y carentes de elementos en
común sobre los que poder construir un conocimiento del mundo/
ambiente. De ahí que la teoría de sistemas no se ocupe en primera
línea de las expectativas del individuo, como sistema psíquico, sino de
las condiciones para la interacción entre una pluralidad de individuos,
esto es, para la coordinación de expectativas, de modo que sea posible
una convivencia social organizada. Luhmann conceptúa así la socie-
dad como «un sistema de comunicación que integra selectivamente el
potencial físico-químico-orgánico-psíquico de la humanidad», pero
que «posee su propia realidad y su autonomía sistémica» (13). La per-
sona en su totalidad, como sistema psíquico, constituye el ambiente
que hace posible la sociedad (14).
La comunicación es entendida como un concepto autónomo de la
acción, en la medida en que sólo aquélla es necesariamente social (15):
«la comunicación no es un tipo de acción porque contiene siempre un
sentido mucho más rico que el simple expresar o enviar mensajes [...]
la perfección de la comunicación implica comprensión y comprensión
no es parte de la actividad del comunicador ni puede atribuírsele» (16).
No obstante, cada sistema de comunicación se descompone en accio-
nes, entendidas como comportamientos humanos intencionales y atri-
buibles, pues sólo de este modo se puede «fijar la comunicación como
(12) Así también, Müssig, Schutz abstrakter Rechtsgüter und abstrakter
Rechtsgüterschutz, 1994, p. 205.
(13) Luhmann y Pfürtner (eds.), Theorietechnik und Moral, 1978, p. 31. Así
también Habermas, Facticidad y validez, 1998, pp. 145-146.
(14) Cfr. García Amado, «¿Dogmática penal sistémica? Sobre la influencia de
Luhmann en la teoría penal», Doxa, núm. 23, 2000, pp. 250-251. Asimismo, Ame-
lung, Rechtsgüterschutz und Schutz der Gesellschaft, 1972, pp. 354, 363.
(15) Amelung, en cambio, parte del funcionalismo estructural de Parsons y
conceptúa la sociedad como un sistema de acción. Cfr. Amelung, cit., pp. 352 ss.
(16) Luhmann, «The Autopoiesis of Social Systems», en Geyer y v. der
Zouwen (eds.), Sociocybernetic Paradoxes: Observation, Control and Evolution of
Self-Steering Systems, 1986, p.10.
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un acontecimiento simple en un punto temporal» (17) y prever de
quién (emisor), sobre qué y con quién (receptor) puede seguir la
comunicación.
La creciente complejidad de la sociedad actual ha provocado su
descomposición policéntrica en múltiples subsistemas, cada uno de
los cuales desarrolla en exclusiva funciones determinadas para el sis-
tema global. Pero el mecanismo de organización y funcionamiento
internos de cada subsistema es básicamente el mismo. Al igual que
todo organismo vivo, se trata de sistemas cognitivos cerrados, esto es,
organizados autorreferencialmente (sistemas autopoiéticos), cuyos
elementos interactúan y se reproducen a sí mismos circularmente en
base a la comunicación. Ello no impide su apertura al ambiente, pero
las relaciones no se establecen en términos de input y output, como en
las primeras descripciones funcionalistas de la sociedad, sino que son
siempre reguladas por el propio sistema (18).
¿Cuál es el rendimiento del funcionalismo sistémico de cara a la con-
creción de los bienes jurídicos colectivos? Ante todo, proporciona un
método de análisis con dos cualidades básicas: primero, es dinámico (19);
segundo, adopta un referente distinto al individuo, cual es el sistema
social en su conjunto, lo cual no significa que se prescinda de aquél (20).
Desde este enfoque, los delitos contra bienes jurídicos colectivos
son conductas que inciden negativamente sobre las condiciones de
existencia y/o desarrollo de un subsistema de comunicación, lo que,
de modo mediato, repercute en las posibilidades de acción individua-
les, en cuanto constitutivas de dicha realidad sistémica. En esta línea
se ha pronunciado Müssig, para quien no existe una diferencia cualita-
tiva, sino meramente cuantitativa, entre los bienes jurídicos individua-
les y los colectivos: si los primeros sirven a la constitución de
relaciones de interacción directas, propias de la esfera individual, los
segundos sirven a la configuración de complejos subsistemas sociales,
que son el soporte de aquellas relaciones intersubjetivas (21).
(17) Luhmann, Soziale Systeme, 1984, p. 227.
(18) Cfr., en detalle, Soto Navarro, cit., pp. 17-22.
(19) A favor de un concepto dinámico de bien jurídico, Morales Prats, en
Quintero Olivares, Manual de Derecho Penal, PG, 2000, pp. 283-284.
(20) Cfr. sobre esta infundada crítica al Derecho penal de orientación funciona-
lista, Soto Navarro, cit., pp. 27-30. Así también Müssig, cit., pp. 192-193, para
quien el logro fundamental de la teoría sistémica reside en mostrar que mediante la
estructuración de una sociedad compleja y diferenciada se garantizan las condiciones
de individualización y viceversa, dicha sociedad presupone la individualidad.
(21) Cfr. Müssig, cit., pp. 185-186, 188. Próximo a este planteamiento, Bustos
Ramírez, «Los bienes jurídicos colectivos», cit., p. 199, para quien los bienes jurídi-
cos individuales están referidos a «relaciones microsociales» (de una persona con
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Pero lo relevante y, por tanto, merecedor de tutela penal no son los
subsistemas comunicativos en sí, como mecanismos de organización,
sino su valor funcional, esto es, la función que éstos desempeñan para
el sistema social global. Si establecemos un paralelismo con los bie-
nes jurídicos individuales, el planteamiento es el mismo. Así, p.ej., la
vida humana no constituye un bien jurídico en cuanto mera realidad
físico-biológica (aquí conforme a las ciencias naturales), sino por su
valor funcional para su portador y, por ende, para la sociedad (22). La
única diferencia es que, en este ámbito, el individuo se coloca en pri-
mer plano como referente axiológico.
Por consiguiente, exigencia básica para que el recurso a la inter-
vención penal esté justificado será que los subsistemas comunicativos
afectados por ciertas formas de conducta cumplan una función social
indispensable (23).
Pues bien, para la delimitación de la función social en los bienes
jurídicos colectivos no son suficientes las aportaciones de las ciencias
empírico-sociales, sino que es preciso introducir criterios normativos
que, a partir de la realidad subyacente, delimiten el objeto y el alcance
de la protección penal.
La función social que han de satisfacer los subsistemas comunica-
tivos generados por el propio sistema social queda prefijada o, al
menos, puede extraerse con certeza de su regulación jurídica (24). En
efecto, la actividad que se despliega dentro de cada subsistema comu-
nicativo está sometida a un complejo entramado institucional de orga-
nización y control, mediante el cual se pretende garantizar el logro de
la función social asignada. La disciplina normativa de cada sector de
actividad constituye, por ello, una segunda fuente de conocimiento
imprescindible, junto a las aportaciones sociológicas, para extraer el
valor funcional en los bienes jurídicos colectivos (25).
otra), sobre las que se constituye toda la red social; mientras los bienes jurídicos
colectivos están referidos a los procesos o funciones que el sistema ha de cumplir para
que queden aseguradas materialmente aquellas relaciones microsociales. Se trata en
este caso, prosigue el autor, de «relaciones macrosociales», en las que los «entes de
intermediación» dentro de la interrelación adquieren especial importancia.
(22) En este sentido, Mir Puig, «Objeto del delito», en Nueva Enciclopedia
Jurídica, t. XVII, 1982, pp. 765-766.
(23) En este sentido, Rudolphi, en SK-StGB, AT, 1997, vor § 1, p. 6, m. 8.
(24) En este sentido, Amelung, cit., p. 191; Rudolphi, en GA, 1969, pp. 139-
140 (citado por Amelung).
(25) En esta línea, Pulitanò, «La formulazione delle fattispecie di reato:
oggetti e tecniche», en Beni e tecniche della tutela penale, 1987, pp. 36-39, quien
distingue dos sectores de actividad en los que la configuración de los objetos de pro-
tección penal depende necesariamente de disciplinas extrapenales: por un lado, activi-
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Esta propuesta podría suscitar ciertos recelos en atención al pro-
blema de la naturaleza secundaria del Derecho penal (26), pero no
comporta, a mi entender, un riesgo de criminalización de injustos for-
males, basados en el mero incumplimiento de obligaciones jurídicas
extrapenales, en la medida en que la incursión cognitiva en otros sec-
tores del ordenamiento jurídico no se dirige a reforzar sus normas
mediante el recurso a la conminación penal, sino a obtener criterios
axiológicos a partir de los cuales se precise el contenido del bien jurí-
dico-penal (27).
2.2 Función social como criterio de concreción
Las fórmulas más empleadas para delimitar el contenido de los
bienes jurídicos colectivos son tres: las que aluden a expectativas de
seguridad de los ciudadanos, al correcto funcionamiento de ciertas
instituciones y a la confianza de los ciudadanos en el correcto funcio-
namiento de las mismas.
Con respecto a la primera fórmula, desarrollada sobre todo en el
ámbito de los delitos contra la seguridad colectiva, entiendo que la
defraudación de expectativas sociales y su restablecimiento por medio
de la intervención punitiva son conceptos útiles para describir la fun-
ción de la pena, pero no aportan referente material alguno sobre el
contenido legítimo de las normas, ni pueden servir, por tanto, como
criterio de incriminación. La seguridad en sí misma es un concepto
vacío, que permitiría una ampliación sin límites de la intervención
penal. Sólo cobra entidad suficiente en la medida en que se la dote de
un soporte material sólido, con capacidad para delimitar los tipos, y
éste no es otro que los bienes jurídicos esenciales (generalmente de
dades sometidas a modelos de «buen funcionamiento», regulados por el Derecho
público o privado (por ejemplo, la Administración pública o las sociedades mercanti-
les), en las que una intervención penal autónoma, que introduzca excesivas restriccio-
nes, pondría en crisis el modelo funcional en cuestión; por otro, actividades que
afectan a nuevos intereses, como el medio ambiente o el urbanismo, en las que sólo
puede alcanzarse una tutela penal eficaz si previamente se han desarrollado modelos
normativos de organización y control. Cfr., asimismo, Morales Prats, «Técnicas de
tutela penal de los intereses difusos», en Boix Reig (dir.), cit., pp. 77-79; Paredes
Castañón, «Responsabilidad penal y “nuevos riesgos”: el caso de los delitos contra
el medio ambiente», AP, núm. 10, 1997, pp. 223-224.
(26) Cfr. al respecto Cerezo Mir, Curso de Derecho penal español, PG, I,
1996, pp. 68-69. Defiende una limitada naturaleza secundaria del Derecho penal Díez
Ripollés, La categoría de la antijuricidad en Derecho penal, 1996, pp. 67-69.
(27) Cfr. más detalladamente, en relación con la accesoriedad administrativa,
Soto Navarro, cit., pp. 218-227.
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Concreción y lesión de los bienes jurídicos colectivos... 895
naturaleza individual) que se quieren preservar de formas de ataque
indiscriminado.
En cuanto a la segunda fórmula, no se logra concretar el objeto de
tutela penal con la mera referencia al correcto funcionamiento de una
institución, si previamente no se determina, desde una perspectiva
sociológica y jurídica, cuál es su función social y cómo ha de desem-
peñarla.
Tampoco se resuelven los problemas de concreción subjetivizando
la anterior fórmula mediante la alusión a la confianza de los ciudada-
nos en el correcto funcionamiento de las instituciones, tesis que, al
igual que la precedente, se aplica, sobre todo, en relación con los deli-
tos socio-económicos (28), contra la Administración Pública y contra
la Administración de Justicia. A favor de esta interpretación se suele
argumentar que la confianza pública representa una condición esen-
cial de funcionamiento de dichas instituciones (29). Sin embargo, ello
supone centrar el bien jurídico en lo que sólo es un efecto psicológico-
colectivo derivado del adecuado desarrollo de la función social asig-
nada a estas instituciones, efecto además difícilmente mensurable en
términos objetivos, con la consiguiente dificultad para identificar su
lesión.
A mi entender, el método de concreción posiblemente más eficaz
es aquél que atiende a una perspectiva dinámica, esto es, aquél que
intenta desentrañar la función social que desempeñan los aspectos
concretos de la realidad social percibidos como valiosos. Este enfo-
que, en principio aplicable tanto a los bienes jurídicos individuales
como a los colectivos (30), proporciona, contrariamente a lo que
pudiera parecer, mayor certeza con respecto a los segundos, como
paso a analizar inmediatamente.
2.2.1 Dificultades en el ámbito de los bienes jurídicos individuales
Partimos de que el juicio de valor positivo emitido por el legisla-
dor constituye formalmente el bien jurídico, en cuanto fija qué parcela
concreta de la realidad social se convierte en objeto de protección
penal. Ahora bien, tal acto de valoración no puede ser arbitrario, sino
que ha de estar en consonancia con las valoraciones propias de los
ciudadanos, por lo que el legislador no está legitimado para extender
(28) Cfr. una crítica a esta interpretación en el Derecho penal económico por
Geerds, Wirtschaftsstrafrecht und Vermögensschutz, 1990, pp. 56-63.
(29) En este sentido, Hefendehl, cit., pp. 141-144.
(30) Así, Rudolphi, «Los diferentes aspectos del concepto de bien jurídico»,
Nuevo Pensamiento Penal, 1975, p. 343.
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el ámbito de protección más allá de lo que éstos demanden. Cabe dis-
tinguir, por tanto, dos juicios de valor, el del legislador y el del ciuda-
dano (31). Pero el ciudadano no es un ente abstracto, sino concretos
individuos que buscan la satisfacción de sus propios intereses y metas
vitales, con toda la pluralidad de matices que ello comporta en sus
juicios de valor (32). Ello obliga al legislador a caracterizar el aspecto
de la realidad social protegido con unos contornos relativamente «tos-
cos», de modo que todos los ciudadanos (o al menos la mayoría) pue-
dan ver satisfechas sus exigencias, y dentro de ese marco consensuado
será cada individuo el que perfile el objeto de tutela en atención a sus
intereses particulares (33).
El problema reside, en ocasiones, en la propia averiguación de la
existencia de un juicio de valor positivo por parte de los ciudadanos
pero, sobre todo, en la determinación de su contenido esencial, válido
para todos. Sólo resulta fácil de identificar la ausencia puntual de tal
valoración, cuando el individuo demanda, con respecto a determina-
dos bienes existenciales que le son atribuidos, el reconocimiento de
una facultad de disposición en virtud de la cual decaiga la protección
penal frente a cierto tipo de lesiones: las consentidas por el propio
titular del bien (34).
(31) En este sentido, Amelung, cit., p. 189.
(32) En esta línea, Lampe, «Rechtsgut, kultureller Wert und individuelles
Bedürfnis», en FS-Welzel, 1974, pp. 151 ss., quien relaciona los valores culturales y
las necesidades individuales a partir de los siguientes postulados: 1. los bienes jurí-
dicos tienen su fundamento en valores culturales, 2. los valores culturales se basan,
a su vez, en las necesidades individuales, 3. las necesidades individuales se convier-
ten en valores culturales cuando son socialmente dominantes.
(33) Así, Amelung, cit., p. 189.
(34) En tales supuestos, en la medida en que se ejerza libremente un derecho a
la disponibilidad, no cabe hablar de bien jurídico protegido. En esta línea, Díez Ripo-
llés, quien, a partir del limitado reconocimiento de un derecho a disponer de la propia
vida, delimita el bien jurídico protegido en los delitos contra la vida humana indepen-
diente del siguiente modo: «es la vida humana ajena frente a agresiones no consenti-
das y, en menor medida, esta misma frente a agresiones consentidas, así como la
propia frente a intervenciones consentidas de terceros de cierta entidad, y siempre que
su mantenimiento no suponga un trato inhumano o degradante» (cursiva añadida). Por
tanto, no considera bien jurídico protegido la propia vida frente a un comportamiento
suicida, siempre que no intervengan terceros o lo hagan con ayudas de carácter secun-
dario. Cfr. Díez Ripollés, en Díez Ripollés y Gracia Martín (coords.), Comentarios
al Código penal, Parte especial, I, 1997, pp. 177-184; ídem, «Eutanasia y Derecho»,
en Anuario de Filosofía del Derecho, XII, 1995, pp. 90-98. Del mismo modo, sostiene
que no constituye un bien jurídico protegido la salud e integridad personales propias
frente a conductas de autolesiones, sin o con intervención de terceros, a falta de un
precepto específico que castigue, como ocurre en el ámbito del suicidio, alguna
modalidad de participación en las autolesiones: «Las figuras de lesiones protegen
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Concreción y lesión de los bienes jurídicos colectivos... 897
En cambio, cuando sí existe un interés social en que se proteja
cierta situación, el acto de valoración sólo puede determinarse de
forma indirecta, preguntándose cuál es la razón del mismo (35). Y
ésta reside, por regla general, en que el estado o situación de que se
trate es útil para el logro de los fines individuales, esto es, reporta un
aprovechamiento (uso y disfrute) (36) traducido, por lo común, en
posibilidades concretas de acción (37). Así visto, la dañosidad social
reside, desde la perspectiva del individuo, en la obstaculización o pri-
vación definitiva de oportunidades de acción (38).
Este enfoque cobra pleno sentido en aquellos bienes jurídicos en
los que se percibe una relación directa entre la persona y ciertas situa-
ciones de la realidad social, por cuanto éstas desempeñan una función
susceptible de un aprovechamiento inmediato de cara a la autorreali-
zación personal, es decir, en los bienes jurídicos individuales. Ponga-
mos, como ejemplo, dos bienes jurídicos clásicos: la integridad física
y el patrimonio.
la salud e integridad personales ajenas, siempre que su mantenimiento no suponga
un trato inhumano o degradante, frente a cualesquiera agresiones no consentidas y, en
menor medida, frente a las consentidas de una cierta entidad» (cursiva añadida). Cfr.
Díez Ripollés, en Díez Ripollés y Gracia Martín (coords.), cit., pp. 562-568; ídem,
«La disponibilidad de la salud e integridad personales», en Díez Ripollés (dir.), Deli-
tos contra la vida e integridad física, Cuadernos de Derecho Judicial, Madrid, 1995,
pp. 130-137.
En esta línea también, pero centrando la argumentación no en la ausencia de bien
jurídico protegido, sino en la falta de lesividad, Segura García, El consentimiento
del titular del bien jurídico en Derecho penal, 2000, pp. 106-107, 115. Cfr. asimismo,
Schmidhäuser, «Handeln mit Einwilligung des Betroffenen-strafrechtlich: eine
scheinbare Rechtsgutsverletzung», en Schlüchter (Hrsg.), Kriminalistik und Straf-
recht, 1995, pp. 598 ss. Desde un enfoque funcionalista, Müssig, cit., pp. 180-183,
para quien la disponibilidad constituye un poder delegado para definir el ámbito de
vigencia de la norma.
(35) Cfr. Amelung, cit., p. 189.
(36) Cfr. en este sentido, Welzel, «Studien zum System des Strafrechts»,
ZStW, 58 (1939), p. 515; Jakobs, Derecho Penal, PG, 1997, p. 51; Otto, Grundkurs
Strafrecht, Allgemeine Strafrechtslehre, 1992, pp. 7-9.
(37) En esta línea, Mir Puig, cit., pp. 769-770, quien, siguiendo a Calliess y a
partir de la concepción de la sociedad como sistema de interacciones comunicativas,
sostiene que los objetos de tutela penal han de concretarse atendiendo a las «posibili-
dades de participación» en los sistemas sociales que reportan. Estas «posibilidades de
participación» no se entienden por el autor «sólo como posibilidad de incidencia
activa en la vida colectiva, sino también como posibilidad de vivir en sociedad con-
fiando en el respeto de la esfera de libertad particular por parte de los demás».
(38) Cfr. Amelung, cit., p. 189. También parece pronunciarse en esta línea,
Díez Ripollés, «El bien jurídico protegido en un Derecho penal garantista», Jueces
para la democracia, núm. 30, noviembre 1997, p. 18.
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
898 Susana Soto Navarro
Con respecto a los delitos de lesiones, se ha producido en los últi-
mos decenios un progresivo enriquecimiento del bien jurídico prote-
gido (39), caracterizado, sobre todo, por el paso de un contenido
estático y negativo, que se centraba en la plenitud anatómico-funcio-
nal y en la ausencia de enfermedad, a un contenido dinámico y posi-
tivo, mediante la inclusión de referencias a la utilidad individual de la
salud para la autorrealización en sociedad. Desde esta perspectiva, se
define la salud como el «estado en el que una determinada persona
desarrolla normalmente sus funciones», entendiendo por éstas el ejer-
cicio, sin alteraciones temporales o permanentes, de los diferentes
órganos o aparatos, y por aquel estado el «que posibilita una concreta
participación en el sistema social» (40).
Esta tendencia es una muestra clara del doble plano de concreción
del bien jurídico que comporta la inclusión de la persona: uno relati-
vamente genérico por parte del legislador y otro específico por parte
de cada individuo afectado.
En efecto, el legislador se limitaría, en los delitos de lesiones, a
destacar el componente social del objeto protegido en cuanto condi-
ción previa de participación en la vida comunitaria, si bien con ello
logra restringir, de forma razonable, el ámbito de protección penal a
los efectos lesivos que, en una ponderación global de la situación, se
traduzcan en una merma significativa de las posibilidades de integra-
ción social, relaciones intersubjetivas o desarrollo profesional del
individuo afectado (41). Éste es, por tanto, el referente básico para
determinar el contenido del bien jurídico y la gravedad de su afección
en el caso concreto (42).
(39) Cfr. al respecto, Díez Ripollés, en Díez Ripollés y Gracia Martín
(coords.), cit., pp. 325 ss.
(40) Berdugo Gómez de la Torre, El delito de lesiones, 1982, pp. 19 ss.,
40-41, 70; idem, en Muñoz Conde, Berdugo y García Arán, La reforma penal de
1989, 1989, p. 78. Siguen esta concepción del bien jurídico, Muñoz Conde, cit.,
pp. 106-107; Pérez Alonso, «El delito de lesiones. Notas críticas sobre su reforma»,
ADPCP, 1990 (II), pp. 612, 615; Rosal Blasco, «El tipo básico de los delitos de
lesiones», en Comentarios a la legislación penal, t. XIV, vol. 1º, 1992, pp. 238-239.
Crítico con este enfoque, Díez Ripollés, en Díez Ripollés y Gracia Martín (coords.),
cit., p. 332.
(41) Lo cual no comporta, a mi entender, la exigencia de un efectivo aprove-
chamiento actual de tales posibilidades por parte del individuo afectado para que se le
reconozca la protección penal.
(42) Sin embargo, en opinión de Díez Ripollés la afección de las posibilida-
des de interacción social no es un efecto con entidad autónoma en base al cual deba
definirse el bien jurídico protegido en los delitos de lesiones, sino tan sólo un criterio
interpretativo para graduar la gravedad del desvalor de resultado. Estima así que las
repercusiones en calidad de vida o relación social, concretadas a partir de aspectos
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
Concreción y lesión de los bienes jurídicos colectivos... 899
El segundo plano de concreción atiende a las circunstancias e inte-
reses personales del afectado. Aquí se genera un riesgo de subjetiviza-
ción del bien jurídico, por lo que se hace necesario introducir algún
correctivo, de conformidad con las pautas sociales dominantes, que
permita objetivar en la medida de lo posible los efectos lesivos (43).
El mismo problema se plantea con respecto al concepto de patri-
monio como bien jurídico individual y a la determinación del daño
patrimonial. Si bien sigue siendo dominante un concepto estático-eco-
nómico del patrimonio privado, se observa una progresiva tendencia
hacia un concepto dinámico, atento a la función que desempeña el
patrimonio para el individuo.
Desde la primera perspectiva, el referente básico para definir el patri-
monio es el valor dinerario de los bienes de una persona, por lo que el daño
patrimonial se nuclea en torno al menoscabo económico monetariamente
evaluable (44). Ello conduce, sin embargo, a soluciones insatisfactorias,
por cuanto se excluyen del ámbito de protección penal determinados com-
portamientos que no suponen una merma dineraria del patrimonio del
titular, pero perjudican intereses materiales del mismo; o viceversa, se
incluyen comportamientos que, pese a producir dicho menoscabo dinera-
rio, no comportan la lesión de intereses materiales del sujeto pasivo (45).
De ahí que los partidarios del concepto económico de patrimonio
se vean obligados, particularmente en el ámbito de la estafa, a introdu-
como la penosidad de la recuperación, valoración personal del déficit causado, etc.,
son criterios necesarios para evaluar, en general, el menoscabo del bien jurídico. Pero
también recurre a ellos para delimitar la concurrencia de elementos típicos concretos,
como el carácter principal o no del órgano o miembro afectado (arts. 149 y 150 CP),
grave enfermedad somática o psíquica (art. 149 CP), o la deformidad (arts. 149 y 150
CP). Cfr. Díez Ripollés, en Díez Ripollés y Gracia Martín (coords.), cit., pp. 333,
369, 384, 391-392, 400- 401, 402-404, 406.
(43) Así, por ejemplo, la deformidad es, según Díez Ripollés, un concepto de
naturaleza colectiva, que no puede quedar a merced de las preferencias personales del
afectado, sino que habrá de precisarse en atención a las pautas sociales vigentes sobre
las relaciones de pertenencia o integración en un colectivo o subcolectivo humano. Par-
tiendo de unas exigencias mínimas comunes a todo ciudadano, prosigue el autor, las
circunstancias personales de la víctima (edad, sexo, profesión, género de vida...) podrán
tenerse en cuenta para elevar en ciertos casos la protección penal y no para reducirla.
Cfr. Díez Ripollés, en Díez Ripollés y Gracia Martín (coords.), cit., pp. 403-404.
(44) Sobre los conceptos económico y jurídico-económico de patrimonio, cfr.
Geerds, cit., pp. 111-116; Asúa Batarrita, «El daño patrimonial en la estafa de
prestaciones unilaterales (subvenciones, donaciones, gratificaciones). La teoría de la
frustración del fin», ADPCP, 1993(1), pp. 97 ss.; Otto, Grundkurs Strafrecht. Die
einzelnen Delikte, cit., pp. 223-224.
(45) Cfr. Mata Barranco, «Observaciones para una discusión sobre el con-
cepto funcional de propiedad y patrimonio», en AA.VV., Hacia un Derecho penal
económico europeo, 1995, pp. 244-245.
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
900 Susana Soto Navarro
cir criterios correctores de la estricta evaluación económica, que per-
mitan individualizar el daño patrimonial desde la perspectiva de la
víctima, cuales son la teoría objetivo-individual y la teoría de la frus-
tración del fin (46). Con arreglo a la primera, aplicada en la estafa de
prestaciones bilaterales, la estimación del daño patrimonial debe aten-
der al valor de uso de un bien para la satisfacción de las necesidades
(objetivables) del adquirente, lo cual permite afirmar una lesión patri-
monial cuando, pese a la objetiva equivalencia dineraria de la presta-
ción y contraprestación, ésta carece por completo o tiene una escasa
utilidad individual para el afectado. Conforme a la teoría de la frustra-
ción del fin, desarrollada en el ámbito de las prestaciones unilaterales
a título gratuito (donaciones, gratificaciones), no cabe apreciar un
daño patrimonial si, pese al consustancial menoscabo dinerario, se
obtiene el fin social o económico pretendido por el disponente.
Estos criterios que en el concepto económico de patrimonio actúan
como meros correctivos excepcionales para supuestos determinados
constituyen, en cambio, el referente básico en la concepción funcio-
nal-personal del patrimonio (47). Desde esta perspectiva, la protec-
ción penal del patrimonio se dirige a garantizar a su titular las
posibilidades de desarrollo personal que le brindan los bienes econó-
micos bajo su dominio (48). El patrimonio se concibe, sobre todo,
como una relación entre sujeto y objeto, cuya significación reside en
la funcionalidad de éste para la satisfacción de los fines de aquél (49).
(46) Cfr. sobre estos correctivos, Asúa Batarrita, cit., pp. 82-83, 102 ss.;
Geerds, cit., pp. 113-114.
(47) Entre las aportaciones más significativas al concepto personal de patrimo-
nio, Otto, Die Struktur des strafrechtlichen Vermögensschutzes, 1970, pp. 26 ss.;
idem, Grundkurs Strafrecht. Die einzelnen Delikte, cit., pp. 141-142, 224-227; Hart-
mann, Das Problem der Zweckverfehlung beim Betrug, 1988, pp. 89 ss.; Jakobs,
«Die objektiv-individuelle Schadensermittlung beim Betrug-OLG Köln, NJW 1976,
1222», en JuS, 1977, pp. 228 ss. Muy próximo el concepto funcional de patrimonio
de Weidemann, Das Kompensationsproblem beim Betrug, 1972, pp. 199 ss.
En la doctrina italiana, Moccia, Tutela penale del patrimonio e principio costi-
tuzionali, 1988, pp. 51 ss.
En España, Asúa Batarrita, cit., pp. 123 ss.; Mata Barranco, Tutela penal de
la propiedad y delitos de apropiación, 1992, pp. 108 ss.
(48) Cfr. Otto, Grundkurs Strafrecht. Die einzelnen Delikte, cit., pp. 141, 223,
quien define el patrimonio como «unidad personalmente estructurada», constituida
por las relaciones de dominio de una persona sobre objetos del tráfico económico, que
garantiza su desarrollo personal. Asimismo, Rudolphi, «Los diferentes aspectos del
concepto de bien jurídico», cit., p. 344.
(49) Éste es, por lo demás, como señala Otto, el enfoque que adopta la propia
ciencia económica. Cfr. Otto, Grundkurs Strafrecht. Die einzelnen Delikte, cit.,
p. 225.
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
Concreción y lesión de los bienes jurídicos colectivos... 901
La dimensión subjetiva de utilidad constituye, por tanto, un elemento
imprescindible en la propia configuración del bien jurídico y en la
valoración del daño patrimonial (50) .
Ahora bien, la atención a los fines o intereses individuales com-
porta un riesgo de inseguridad jurídica, pues, como señala Tiedemann,
el particular no está determinado a la persecución de ciertos fines ni a
un comportamiento económico racional. Los fines personales, prosi-
gue el autor, se fijan, modifican y relegan a voluntad, confundiéndose
con meras motivaciones, lo cual dificulta tanto la evaluación objetiva
del daño patrimonial como la apreciación del dolo del autor, dada la
versatilidad del objeto sobre el que éste debe proyectarse (51).
Sin embargo, en opinión de Asúa Batarrita (52), la crítica prece-
dente parte de un equívoco, al considerar que el concepto funcional
del patrimonio implica una protección penal de los fines concretos
que el particular decide en cada caso, cuando, en realidad, lo que se
pretende garantizar es la indemnidad del potencial funcional del patri-
monio privado. Así visto, el daño patrimonial no reside en la frustra-
ción del fin concreto pretendido, sino en la merma de la capacidad
económica del disponente para satisfacer de cualquier otro modo las
necesidades que se marque (53).
Pese a todo, lo cierto es que el detrimento patrimonial se conecta a
la exclusión o reducción de las posibilidades de realizar los fines indi-
(50) Aquí reside la diferencia básica con respecto a los criterios individualiza-
dores incorporados al concepto económico de patrimonio, pues, en este contexto, la
dimensión subjetiva no se adopta como premisa en la definición del bien jurídico,
sino que tan sólo se recurre a ella para evaluar la lesión patrimonial en supuestos con-
cretos.
(51) Cfr. Tiedemann, Wirtschaftsstrafrecht und Wirtschaftskriminalität, 2, BT,
1976, pp. 99 ss.; idem, «Der Subventionsbetrug», ZStW, 86 (1974), p. 911. Por esta
razón, Tiedemann considera necesario seguir manteniendo, para el patrimonio pri-
vado, el concepto económico dominante. En cambio, sí acepta un concepto funcional
de patrimonio con respecto al patrimonio público, particularmente en el ámbito de las
subvenciones, por cuanto las prestaciones públicas se insertan dentro de una planifi-
cación presupuestaria, que vincula la disposición patrimonial a la obtención de fines
de interés general, previstos normativamente. Cfr. Tiedemann, Subventionskriminali-
tät in der Bundesrepublik, 1974, pp. 315 ss.; idem, «Der Subventionsbetrug», cit.,
pp. 911-912.
(52) Cfr. Asúa Batarrita, «Estafa común y fraude de subvenciones: de la
protección del patrimonio a la protección de la institución subvencional», en AA.VV.,
Hacia un Derecho penal económico europeo, cit., p. 138.
(53) Cfr. asimismo Asúa Batarrita, «El daño patrimonial en la estafa de pres-
taciones unilaterales», cit., pp. 127 ss.; Amelung, cit., p. 374, para quien el daño
patrimonial de la estafa reside en la ausencia de compensación por una disminución
patrimonial, entendiendo por compensación la satisfacción de necesidades del dispo-
nente.
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
902 Susana Soto Navarro
viduales, de modo que, aun cuando éstos no constituyan el objeto de
protección penal, sí son tenidos muy en cuenta para estimar el
daño (54). El peligro de inseguridad o arbitrariedad está, por ello, par-
cialmente fundado, siendo preciso la búsqueda de criterios normativos
que permitan delimitar objetivamente los fines relevantes (55).
Puede concluirse, a la vista de los ejemplos precedentes (56), que
la concreción de los bienes jurídicos de naturaleza individual a partir
del método funcional teleológico aquí propuesto sólo resulta viable en
la medida en que se proceda a una cierta «estandarización», con arre-
glo a parámetros objetivos, de las funciones que desempeñan para la
persona los aspectos concretos de la realidad social percibidos como
valiosos. De lo contrario, se pone en peligro la seguridad jurídica y la
objetividad en la evaluación del daño (57).
2.2.2 Certeza en el ámbito de los bienes jurídicos colectivos
La atención a los fines o intereses individuales no constituye un
criterio apto para la concreción de los bienes jurídicos colectivos,
pues, en este ámbito, no cabe establecer una relación funcional directa
entre la persona y ciertas situaciones de la realidad social, susceptibles
de un aprovechamiento inmediato de cara a la autorrealización perso-
nal. Se trata, más bien, de procesos de interacción que tienden a cubrir
necesidades básicas de la sociedad en su conjunto (58) y, por inclu-
sión, eso sí, de todos los ciudadanos, en cuanto partícipes de dicha
(54) En este sentido, Geerds, cit., p. 127, cuando afirma que el concepto perso-
nal de patrimonio es sólo subjetivo en tanto coloca en primer plano, para evaluar el
daño, la organización personal del patrimonio.
(55) Estos criterios se han ido desarrollando paulatinamente, reduciéndose los
fines individuales relevantes a aquellos que sean objetivables, según el sector del trá-
fico o ámbito social en que tenga lugar la prestación, o que hayan sido expresamente
acordados entre las partes. Cfr. al respecto Asúa Batarrita, «El daño patrimonial en
la estafa de prestaciones unilaterales», cit., pp. 151 ss.
(56) No me detendré en otros bienes jurídicos individuales, que también han
sido objeto de concreción a partir de un análisis funcional, como, p.ej., el honor. Cfr.
Otto, «Persönlichkeitsschutz durch strafrechtlichen Schutz der Ehre», en FS-
Schwinge, 1973, pp. 71 ss.; Berdugo Gómez de la Torre, «Revisión del contenido
del bien jurídico honor», ADPCP, 1984, pp. 305 ss., quien centra el contenido de este
bien jurídico en las relaciones mutuas de reconocimiento como presupuesto de la
participación en el sistema social; Jakobs, «Die Aufgabe des strafrechtlichen Ehrens-
chutzes», en FS-Jescheck, 1, 1985, pp. 627 ss.
(57) En este sentido, Amelung, cit., p. 191.
(58) Véase Amelung, cit., p. 191: «La Administración de Justicia, la Adminis-
tración Pública, la economía, etc., no son sujetos de intereses, que puedan equiparse
al individuo, sino instituciones, que cumplen una función significativa para el con-
junto de la sociedad».
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
Concreción y lesión de los bienes jurídicos colectivos... 903
interacción social. Pero el individuo, aisladamente considerado, no se
encuentra en una posición de dominio con respecto a estos bienes,
dado que la posibilidad de aprovechamiento se atribuye a todos (59).
Por esta razón, en el ámbito de los bienes jurídicos colectivos no se
protege la libertad de disposición (60), que, sin embargo, es consus-
tancial, en buena medida, a los bienes jurídicos individuales; como
tampoco se reconoce una libertad de configuración personal de los
fines relevantes a alcanzar. En definitiva, el individuo, en su conside-
ración como titular del bien jurídico y sujeto pasivo, no puede consti-
tuir el referente básico para fijar la función social que desempeñan los
bienes jurídicos colectivos, como tampoco para estimar la producción
de un daño.
Se hace necesario, pues, un cambio de perspectiva, ya no funcio-
nal-personal, sino funcional-sistémica, atenta a la complejidad del
sistema social (61). Este referente no implica por sí mismo, como sos-
tiene la opinión más extendida, un riesgo de abstracción en la configu-
ración de los bienes jurídicos colectivos; antes al contrario, puede
aportar mayor certeza que el referente individual (62).
En efecto, como ya se ha dicho, la función social que han de satis-
facer los subsistemas comunicativos generados por el propio sistema
social queda prefijada o, al menos, puede extraerse con certeza de su
regulación jurídica. La concreción de los bienes jurídicos colectivos
se alcanza, por ello, en la medida en que se acometa una incursión
cognitiva en otros sectores del ordenamiento jurídico.
3. LESIÓN DE LOS BIENES JURÍDICOS COLECTIVOS
La propuesta de concreción de los bienes jurídicos colectivos aquí
esbozada (63) servirá de base para rebatir la extendida opinión doctri-
nal tendente a interpretar estos bienes jurídicos como entes ideales,
carentes de materialidad, y, por lo mismo, no susceptibles de lesión o,
al menos, no por acciones individuales; lo que aboca, según se añade,
a la creación de delitos de peligro como única aparente opción.
(59) Cfr. Soto Navarro, cit., pp. 231-233.
(60) Cfr. Soto Navarro, cit., pp. 195-198.
(61) En esta línea, Müssig, cit., pp. 185 ss., quien propone un referente sisté-
mico tanto para la configuración de bienes jurídicos individuales como colectivos.
(62) Véase Müssig, cit., pp. 185-186, 206.
(63) Véase un desarrollo de esta propuesta mediante su aplicación a un signifi-
cativo grupo de bienes jurídicos colectivos en Soto Navarro, cit., pp. 251 ss.
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
904 Susana Soto Navarro
De entrada, no deja de sorprender el correlato que se establece
entre bienes jurídicos individuales-objetos materiales y bienes jurídi-
cos colectivos-objetos ideales, a no ser que el concepto de materiali-
dad varíe de significado según el ámbito de protección en que nos
movamos. Lo que se quiere decir es que, a poco que se aleja la
reflexión de los delitos contra la vida y la integridad física, no esca-
sean las normas penales protectoras de bienes jurídicos atribuidos al
individuo en las que el efecto dañoso de la conducta incriminada no se
traduce en una modificación causal de un objeto perceptible en la rea-
lidad física (piénsese, p.ej., en el delito de amenazas o en los delitos
contra el honor) y, sin embargo, ello no ha sido impedimento, aunque
sí ha generado ciertas dificultades, para dotar de entidad material y
lesionable al bien jurídico protegido.
La razón estriba en que ni la materialidad ni el concepto de lesión se
entienden, hoy por hoy, en un sentido estrictamente naturalístico sino
sociológico, de modo que la única cualidad necesaria ab initio para que
un bien entre en el catálogo de bienes jurídicos protegidos es su perte-
nencia a la realidad social, con independencia de que sea o no aprehen-
sible por los sentidos (64). A la vista del análisis realizado supra, bien
puede afirmarse que tal cualidad concurre en los bienes jurídicos colec-
tivos, por lo que no se explica su común descalificación como objetos
ideales, salvo que, como decía, la materialidad exigible en los bienes
jurídicos colectivos sea una más estricta, referida tan sólo a fenómenos
del mundo natural. Muy claras en este sentido son las palabras de Graul,
cuando afirma que la esfera de lo ideal no empieza allí donde acaba la
corporeidad física, sino la realidad en sentido sociológico (65).
En realidad, la dificultad que comporta el proceso de concreción
de los bienes jurídicos colectivos no estriba, a mi entender, en su natu-
raleza ideal, sino en la ineficacia de los criterios tradicionalmente
empleados para delimitar unidades que constituyan concretas formas
de manifestación del bien jurídico y sobre las que pueda estimarse su
lesión. De entre tales criterios, el más significativo es el individuo en
cuanto portador del bien jurídico y sujeto pasivo (66), a partir del cual
(64) Ello es lo que ha permitido afirmar, p.ej., que el honor es una «realidad
empírica», aun cuando carezca de corporeidad, por la posibilidad de su constatación
como realidad social. Cfr. Berdugo Gómez de la Torre, «Revisión del contenido
del bien jurídico honor», cit., p. 309.
(65) Cfr. Graul, Abstrakte Gefährdungsdelikte und Präsumtionem im Strafre-
cht, 1991, p. 57. En el mismo sentido, Hefendehl, cit., p. 31.
(66) En este sentido, Martin, Strafbarkeit grenzüberschreitender Umwel-
tbeeinträchtigungen, 1989, pp. 30-32; Laurenzo Copello, El resultado en Derecho
Penal, 1992, pp. 78 y 81; García Pérez, El delito de encubrimiento, pp. 31-32.
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
Concreción y lesión de los bienes jurídicos colectivos... 905
se ha determinado la afección del bien jurídico. Si se observa, en los
delitos contra bienes jurídicos individuales el individuo coincide sus-
tancialmente con el objeto de la acción (u objeto material del delito) o,
cuando menos, sirve para identificarlo por la vinculación subjetiva del
objeto de la acción con el individuo. El primer supuesto se daría, p.ej.,
en el delito de homicidio, que no tutela la vida humana como especie,
sino por medio de sus concretos portadores, de modo que para afirmar
una lesión a la vida no es preciso que desaparezca la vida humana en
cuanto tal, sino que basta con que se prive de ella a un concreto indi-
viduo (objeto de la acción homicida) (67). El segundo supuesto con-
curre, p.ej., en el delito de hurto, cuyo objeto material son las cosas
muebles que integran el patrimonio de cada persona concreta, bas-
tando con que se sustraiga una sola de ellas de la esfera de dominio de
su titular para entender producida la lesión del patrimonio.
El individuo sirve también como referente para determinar la otra
modalidad de afección al bien jurídico, esto es, la puesta en peligro.
Obsérvese que, según la definición más extendida, el resultado de
peligro requiere la entrada del bien jurídico protegido en el radio de
influencia de la acción peligrosa tipificada (68), y la forma de consta-
tar dicha entrada es precisamente por medio del individuo portador
del bien jurídico (69). De hecho, no es inusual que se sustituya direc-
tamente la referencia al bien jurídico por la referencia a la persona a la
hora de identificar un resultado de peligro (70).
Obviamente, con los bienes jurídicos colectivos el criterio del
sujeto pasivo individual no funciona para determinar su afección.
Una segunda cuestión debe aclararse. El concepto de lesión del
bien jurídico suele vincularse inmediatamente al concepto de resul-
tado material. Sin embargo, se trata de dos problemas distintos, en
(67) Cfr. Díez Ripollés, «El bien jurídico protegido en un Derecho penal
garantista», cit., p. 18. Distinguen también estos dos planos en relación al bien jurí-
dico vida, Mir Puig, cit., p. 766; Marinucci y Dolcini, cit., p. 182; Amelung, cit.,
p. 175; Laurenzo Copello, cit., pp. 151-152; Martínez-Buján Pérez, «Algunas
reflexiones sobre la moderna teoría del Big Crunch en la selección de bienes jurídico-
penales (especial referencia al ámbito económico)», en Díez Ripollés, Romeo Casa-
bona, Gracia Martín e Higuera Guimerá (eds.), La Ciencia del Derecho penal ante el
nuevo siglo, 2002, p. 423.
(68) Cfr. por todos, Cerezo Mir, Curso de Derecho penal español, PG, II, cit.,
pp. 114-115.
(69) Ello se explica en la medida en que los delitos de peligro se han concep-
tuado, al igual que los delitos de lesión, pensando en los clásicos atentados contra
bienes jurídicos eminentemente personales.
(70) Así, p.ej., Martin, cit., p. 84, quien vincula la noción de peligro a la víc-
tima.
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
906 Susana Soto Navarro
cuanto corresponden a dos niveles de análisis bien diferenciables. En
efecto, mientras la ofensa al bien jurídico pertenece a la teoría de la
antijuricidad, siendo como es un elemento cofundamentador de lo
injusto, en cambio, el resultado pertenece a la teoría de los tipos pena-
les, predominando en él un carácter técnico o instrumental (71). Por
medio del resultado se describe un efecto de la acción típica sobre un
objeto acotado normalmente por el propio tipo (objeto de la acción),
efecto que ha de producirse para la plena realización del delito. Pero
el resultado, y éste es el argumento decisivo, no comporta automática-
mente la ofensa al bien jurídico, dado que el objeto de la acción puede
tener o no una vinculación material con el bien jurídico. Por esta
razón, Graul ha procedido a distinguir dos tipos de resultado, según
que el objeto de la acción «coincida o no» (se vincule o no, diría yo)
con el bien jurídico. En un grupo incluye supuestos en los que el
resultado consiste en la lesión del objeto de la acción, no coincidiendo
esta lesión con la del bien jurídico protegido; en otro, aquellos otros
supuestos en los que la lesión del objeto de la acción constituye al
mismo tiempo la lesión del bien jurídico protegido (72).
En el ámbito de los bienes jurídicos colectivos cabe, a mi entender,
la configuración de resultados materiales que comporten la lesión del
bien jurídico, siempre y cuando el resultado no se conceptúe en un
sentido estrictamente naturalístico. Pero dicha tarea, que exigiría un
análisis particularizado de las diversas clases de estructuras típicas
(delitos de resultado y delitos de simple actividad), sólo puede acome-
terse una vez que se clarifique la cuestión previa de la posible lesión
de los bienes jurídicos colectivos por medio de acciones individuales.
Este problema es el que atañe al presente estudio.
Si se ha propuesto la concreción de los bienes jurídicos colectivos
a partir de un análisis sociológico-normativo de la realidad social, la
lesión de los mismos ha de determinarse en el mismo plano.
La teoría sistémica ofrece una determinada concepción de la
sociedad y, en esa medida, permite clarificar los efectos dañosos del
delito, sintetizados en la lesión de un bien jurídico, como efectos
sobre el propio sistema social. Ahora bien, no puede obviarse que el
análisis sistémico presenta un carácter empírico-social, exento de
(71) Distinguen estos dos niveles de análisis Rodríguez Mourullo, Dere-
cho penal, PG, 1978, p. 272; Díez Ripollés, El Derecho penal ante el sexo, 1981,
pp. 43-44, núm. 143. No obstante, como ha puesto de manifiesto Laurenzo Copello,
la separación entre el concepto de lesión y el concepto de resultado típico no se sos-
tiene con el mismo rigor cuando se trata de establecer el contenido específico de cada
uno de ellos. Cfr. Laurenzo Copello, cit., pp. 31-32.
(72) Cfr. Graul, cit., p. 108.
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Concreción y lesión de los bienes jurídicos colectivos... 907
referentes axiológicos, por lo que su adopción acrítica comporta el
riesgo de reintroducir, bajo nuevos ropajes, una perspectiva mecani-
cista. Del mismo modo que la lesión de la vida humana en cuanto bien
jurídico no reside en la destrucción de un organismo biológico (73),
tampoco la lesión de un bien jurídico colectivo puede nuclearse en
torno a la afección del correspondiente subsistema comunicativo,
entendido éste como mero mecanismo de organización social interna.
De ahí que se haya propuesto la concreción de los bienes jurídicos
colectivos en atención al valor funcional de las realidades sistémicas
para el sistema social global.
Desde esta perspectiva, será lesivo el comportamiento que per-
turbe la función social encomendada a un determinado subsistema de
comunicación (74), función que, primero, ha de revestir un carácter
indispensable para la propia subsistencia y/o desarrollo del sistema
social en su conjunto (75); segundo, ha de ser susceptible de un apro-
vechamiento colectivo, sin que ningún partícipe en la interacción
social pueda ser excluido y sin que el aprovechamiento individual
obstaculice ni impida el aprovechamiento por otros.
El concepto de lesión como perturbación de una función (Funktio-
nsstörung) encuentra su origen ya en el pensamiento de Welzel, al hilo
de su teoría de la adecuación social (76). La esencia de los bienes jurí-
(73) En este sentido Corcoy Bidasolo, cit., p. 222, para quien habría que rein-
terpretar los problemas de eutanasia: «en determinadas situaciones, aunque se mata a
una persona, no se lesiona el interés ni social ni individual por la vida y, por ello, ese
comportamiento, formalmente de homicidio, no sería sancionable, al faltar la lesivi-
dad propia de este delito».
(74) En este línea Amelung, cit., p. 387, al definir el daño social como la «per-
turbación de un concreto proceso de interacción con significado funcional». No obs-
tante, existen algunas diferencias notables respecto al planteamiento aquí adoptado.
En primer lugar, Amelung construye el concepto de daño social desde una estricta
perspectiva sistémica, lo que le conduce a un callejón sin salida, porque finalmente
tiene que admitir la necesidad de juicios de valor para identificar los comportamientos
lesivos dignos de incriminación. Ello le obliga a «saltar» de forma decisionista a pre-
misas normativas que no estaban en las bases de su argumentación, cuales son el res-
peto a la dignidad de la persona humana (de extracto constitucional) y la atención a
las convicciones generales. Consciente de ello, Amelung tiene que incorporar tales
principios a su teoría de la dañosidad social como límites externos, que califica de
«costes» (ibidem, pp. 388-393). En segundo lugar, la propuesta de Amelung no se
dirige a conceptuar la lesión del bien jurídico, sino a sustituirla por la dañosidad
social en el plano de la fundamentación de lo injusto. A su entender, la utilidad del
bien jurídico reside en un plano distinto, en cuanto criterio interpretativo para la «ave-
riguación de las representaciones de un legislador que actúa de forma finalista» (ibi-
dem, pp. 393-395), con lo cual viene a identificar bien jurídico con ratio legis.
(75) En este sentido Rudolphi, en SK-StGB, AT, cit., vor § 1, pp. 5-6, m. 8.
(76) Cfr. Amelung, cit., p. 190.
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
908 Susana Soto Navarro
dicos consiste, según el autor, en un «ser-en-función», esto es, en
influir en las relaciones sociales y sufrir los efectos de éstas: «Toda
vida social radica en el uso y disfrute de bienes jurídicos, al igual que
toda vida es, en definitiva, un aprovechamiento de la misma» (77).
Desde esta perspectiva dinámica, la sociedad no es una institución
para la conservación intacta de bienes; antes al contrario, a veces se
sacrifican bienes para posibilitar el contacto social. Por esta razón, el
sentido de la norma penal no reside, según Welzel, en la protección de
los bienes jurídicos frente a toda clase de lesiones o peligros, sino más
bien en la garantía de las funciones que aquéllos están llamados a de-
sempeñar en la convivencia social. De ahí que la norma penal se limite
a prohibir tan sólo determinadas acciones, las que comporten una per-
turbación intolerable, en cuanto no unida al uso conforme a la función
que desempeña el bien jurídico (78).
Este enfoque dinámico, que Welzel utiliza principalmente de cara
a una fundamentación de lo injusto basada en el desvalor de acción, es
adoptado, en cambio, por Rudolphi para definir la lesión del bien jurí-
dico, en la que identifica el «contenido mínimo» de la antijuricidad.
Sostiene así el autor que el núcleo material de los comportamientos
punibles reside en la perturbación de «aquellas funciones que son
constitutivas para la vida social» (79). Pero la propuesta de Rudolphi
se agota en esta caracterización general de la ofensa al bien jurídico,
sin que aborde un desarrollo pormenorizado de la misma al hilo de sus
comentarios a la Parte especial del Código penal alemán. Otros auto-
res, en cambio, han centrado el rendimiento de esta fórmula (Funktio-
nsstörung) en el particular ámbito de los bienes jurídicos colectivos,
para rebatir la extendida opinión doctrinal que niega a estos bienes un
carácter lesionable (80).
(77) Welzel, cit., p. 515.
(78) Welzel, cit., pp. 516-517. Adopta este razonamiento, como motivo de su
crítica a la teoría de la protección de bienes jurídicos, Jakobs, Derecho Penal, PG,
cit., pp. 56-57.
(79) Rudolphi, «Los diferentes aspectos del concepto de bien jurídico», cit.,
pp. 346 y 347; idem, en SK-StGB, AT, cit., vor § 1, p. 7, m. 10.
(80) Cfr. Marinucci y Dolcini, cit., pp. 546, 551, quienes, refiriéndose a los
bienes jurídicos colectivos vinculados a actividades jurídicamente regladas (como,
p.ej., la actividad jurisdiccional), afirman que la intervención penal se dirige a garan-
tizar el ejercicio de ciertas funciones susceptibles de ofensa. En esta línea, también,
Palazzo, «I confini della tutela penale: selezione dei beni e criteri di criminalizza-
zione», RIDPP, 2/1992, p. 475, si bien este autor parece referir la lesión no tanto al
perjuicio de la función material encomendada a una institución como al perjuicio de
las condiciones de funcionamiento de la misma. A mi juicio, sin embargo, los bienes
jurídicos colectivos no pueden concretarse adecuadamente con meras referencias al
correcto funcionamiento de una institución. Cfr. supra epígrafe 2.2.
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
Concreción y lesión de los bienes jurídicos colectivos... 909
En efecto, si se parte de una adecuada concreción de la función
material asignada a determinados subsistemas comunicativos y a los
instrumentos básicos sobre los que éstos se estructuran, es posible
delimitar formas de conducta que comporten un efecto lesivo para
dicha función, entendiendo por efecto lesivo el impedimento u obsta-
culización de la misma (81). Y puesto que todo sistema de comunica-
ción se descompone en acciones humanas, la perturbación de su
función social ocasiona, desde la perspectiva del individuo, un perjui-
cio a sus posibilidades de acción (o posibilidades de uso) (82), bien
porque resulte excluido como partícipe de la interacción, bien porque
se limite su potencial aprovechamiento a título individual.
Por consiguiente, la lesión de los bienes jurídicos colectivos es un
efecto que puede verificarse en el propio sistema social, si se adopta
una perspectiva sociológico-normativa.
Pero la principal controversia doctrinal reside en si cabe la impu-
tación de dicho efecto lesivo a conductas individuales. El propio Ame-
lung concluye, al cierre de su obra, que difícilmente puede un acto
individual causar un daño social apreciable, por lo que la mayor ame-
naza para la convivencia en una sociedad compleja reside en la repeti-
ción generalizada de conductas que no respeten las reglas básicas para
el aseguramiento de la subsistencia y desarrollo del sistema (83). A mi
entender, sin embargo, afirmaciones como ésta suponen desandar el
camino andado, por cuanto se vuelve súbitamente a la posición origi-
nal de incertidumbre ante la complejidad del sistema social, tras haber
procedido a desentrañar su organización interna y su significado. La
incongruencia es equiparable a la que supondría conceptuar el homi-
cidio como un delito de peligro abstracto, una vez concretado el valor
(81) Así Marinucci y Dolcini, Corso di Diritto penale, 1, 3.ª ed., cit.,
pp. 546, 551.
(82) Cfr. Amelung, cit., p. 189. En este sentido también Palazzo, cit., p. 476,
con respecto a los que denomina bienes jurídicos «universales» (p.ej. medio
ambiente), que diferencia de los bienes jurídicos colectivos referidos al funciona-
miento de instituciones.
(83) Cfr. Amelung, cit., pp. 387-388. En esta línea también Loos, «Zum
“Rechtsgut” der Bestechungsdelikte», en FS-Welzel, cit., pp. 888-889; Rodríguez
Montañés, Delitos de peligro, dolo e imprudencia, 1994, pp. 300-301. Desde postu-
lados distintos, Schünemann, «¿Ofrece la reforma del Derecho penal económico
alemán un modelo o un escarmiento?», en Jornadas sobre la reforma del Derecho
penal en Alemania, 1991, p. 35, para quien «el gigantesco organismo colectivo de la
economía de mercado es, por naturaleza, completamente insensible, en su función
global, a las acciones defraudatorias individuales, por lo que estos bienes jurídicos
colectivos, en contra de la interpretación de Tiedemann, no son lesionables en abso-
luto, ni siquiera puestos en peligro de forma típica, por los hechos individuales».
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
910 Susana Soto Navarro
funcional de la vida humana para su propio portador y para el con-
junto de la sociedad, argumentando que la muerte de una persona sólo
representa, al fin y al cabo, una remota amenaza para la supervivencia
de la especie.
Si, como aquí se ha intentado, los bienes jurídicos colectivos se
concretan en unidades con valor funcional, cabe la delimitación de
efectos lesivos generados por e imputables a acciones individuales.
Veamos algún ejemplo.
4. EL EJEMPLO DE LOS DELITOS AMBIENTALES Y URBA-
NÍSTICOS
a) Los delitos contra el ambiente natural (84) presentan notables
diferencias con respecto a los demás delitos contra las prestaciones
básicas del sistema social. Un primer dato significativo es la materia-
lidad física del objeto sobre el que inciden las conductas incrimina-
das (85), por lo que la crítica generalizada a los bienes jurídicos
colectivos en base a su supuesto carácter ideal o espiritualizado pierde
consistencia de la forma más clara en este particular ámbito. Pero hay
un segundo aspecto diferenciador que interesa más destacar ahora, por
cuanto afecta a mi propuesta de concreción de los bienes jurídicos
colectivos, y que estriba en un aparentemente obligado cambio de
perspectiva, ya no interna, sino externa al sistema social. Lo que se
quiere decir es que los delitos ambientales no inciden en determinados
subsistemas sociales, alterando sus respectivas funciones, sino que sus
efectos se extienden más allá de los límites del sistema social, en un
sistema mucho más complejo, el sistema ecológico o biosfera. Ello
afecta de modo inmediato a mi línea de análisis, consistente en deli-
mitar unidades funcionales constituidas dentro y por el propio sistema
social para la satisfacción de las exigencias básicas de la convivencia.
El ambiente, en cambio, es una realidad autónoma en su génesis (86),
de la que depende no ya el funcionamiento del sistema social, sino su
propia existencia, por cuanto contiene las bases naturales de la vida
sobre este planeta.
(84) Se prefiere la expresión «ambiente natural» a la más extendida «medio
ambiente» por encerrar esta última una redundancia innecesaria.
(85) Cfr. en este sentido Martin, cit., p. 33, para quien el ambiente natural, a
diferencia de otros bienes jurídicos colectivos, sería equiparable a bienes jurídicos
individuales concretos, como la vida o la salud.
(86) En sentido parecido Martin, cit., p. 33.
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
Concreción y lesión de los bienes jurídicos colectivos... 911
Ahora bien, conforme a la teoría sistémica de Luhmann (sistemas
autopoiéticos) (87) los sistemas sociales, como todo sistema vivo,
están organizados autorreferencialmente, esto es, son sistemas cogni-
tivos cerrados cuyos elementos interactúan y se reproducen a si mis-
mos circularmente en base a la comunicación. Ello no impide su
apertura al ambiente (88), pero las relaciones no se establecen en tér-
minos de input y output, sino que son siempre reguladas por el propio
sistema. Desde esta perspectiva, bien puede afirmarse que la percep-
ción del ambiente natural y de su interacción con el sistema social es
producto de la «autodescripción social interna», basada en estructuras
de conocimiento y en procesos de reflexión (89). Consiguientemente,
los elementos ambientales y la perturbación que les ocasiona la activi-
dad humana sólo adquieren relevancia social en tanto aquéllos se
«reconstruyen» atendiendo a su valor funcional, en cuanto recursos
necesarios para el sistema social. De ahí que los delitos ambientales
puedan encuadrarse entre los que atentan contra las prestaciones bási-
cas del sistema social.
Sentada esta premisa, la delimitación del objeto digno de tutela
penal habrá de hacerse, a mi entender, a partir de dos fuentes de cono-
cimiento fundamentales: por un lado, la ciencia ecológica, que des-
cribe el ambiente natural como realidad física (90); por otro, los
sectores del ordenamiento jurídico que abordan la materia, en especial
las normas administrativas y comunitarias (91), regulando la gestión
de los recursos naturales y marcando los niveles permitidos de degra-
dación ambiental.
Desde el punto de vista empírico, las investigaciones procedentes
de las ciencias naturales han puesto de relieve el carácter sistémico del
ambiente natural (ecosistema), en cuanto conjunto organizado de ele-
mentos abióticos o mediales (aire, agua, suelo) y bióticos (flora,
fauna), interrelacionados y en un equilibrio dinámico, de modo que
cualquier afección a un subsistema repercute en los demás (co-depen-
dencia funcional), disponiendo de mecanismos para compensar, den-
(87) Cfr. Soto Navarro, cit., pp. 17-22.
(88) Conviene recordar, no obstante, que Luhmann no utiliza el término
ambiente como equivalente al ambiente natural.
(89) Cfr. Müssig, cit., pp. 222 ss.
(90) Subrayan la necesidad de una apertura a las aportaciones de la ciencia
ecológica Martín Mateo, «El delito ambiental. Reflexiones desde el Derecho admi-
nistrativo», en Criminología y Derecho penal al servicio de la persona, 1989, p. 811;
Rodas Monsalve, Protección penal y medio ambiente, 1993, p. 89.
(91) Sobre la influencia del Derecho comunitario europeo en la determinación
del bien jurídico protegido, cfr. Caro Coria, Derecho penal del ambiente. Delitos y
técnicas de tipificación, 1999, pp. 206 ss.
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
912 Susana Soto Navarro
tro de ciertos límites, las perturbaciones externas (92). La constatación
de las graves consecuencias que para el propio sistema social tiene un
impacto en los factores ambientales superior a su capacidad de auto-
rregeneración ha conducido a que la doctrina más reciente conceptúe
el bien jurídico en torno al mantenimiento del equilibrio o estabilidad
del ecosistema (93).
Sin embargo, tal propuesta no consigue más que delimitar un ade-
cuado marco de referencia, pero el análisis no puede detenerse llega-
dos a este punto si se pretende realmente que el concepto de bien
jurídico, en cuanto instrumento técnico-jurídico, sea operativo, pues
el equilibrio del ecosistema es una noción tan genérica (94) como
puede serlo el correcto funcionamiento del sistema social. Las exigen-
cias de eficacia y certeza en la incriminación penal aconsejan, por
ello, una mayor concreción por la vía de delimitar los subsistemas que
conforman el ecosistema (95), de modo que en torno a cada uno de
ellos se constituya un bien jurídico autónomo y puedan tipificarse
conductas que entrañen cierto grado de lesividad (96).
(92) La investigación científica ha desarrollado, por lo demás, ciertos paráme-
tros que permiten evaluar la estabilidad de los ecosistemas y su grado de resistencia
máxima ante las perturbaciones externas. Cfr. al respecto Caro Coria, cit., pp. 272
ss. y 294 ss.
(93) Con anterioridad al nuevo Código penal se pronunció ya en esta línea
Bacigalupo, aportando una definición que ha tenido una amplia acogida: «manteni-
miento de las propiedades del suelo, el aire y el agua, así como de la fauna y la flora
y las condiciones ambientales de desarrollo de estas especies, de tal forma que el sis-
tema ecológico se mantenga con sus subsistemas subordinados y no sufra alteraciones
perjudiciales». Cfr. Bacigalupo Zapater, «La instrumentación técnico-legislativa
de la protección penal del medio ambiente», Estudios Penales y Criminológicos, V,
1981, pp. 200-201. Adoptan esta definición, entre otros, Peris Riera, Delitos contra
el medio ambiente, 1984, p. 28; Mateos Rodríguez-Arias, Derecho penal y protec-
ción del medio ambiente, 1992, pp. 59-60; idem, Los delitos relativos a la protección
del medio ambiente, 1998, pp. 58-59; García Rivas, Delito ecológico. Estructura y
aplicación judicial, 1998, p. 126. Cfr. asimismo una perspectiva sistémica en Ron-
zani, Erfolg und individuelle Zurechnung im Umweltstrafrecht, 1992, pp. 26-28;
Rodas Monsalve, cit., pp. 89-90; Caro Coria, cit., pp. 263 ss., quien define la esta-
bilidad del ecosistema en tanto bien jurídico como la capacidad de resistencia de los
sistemas ambientales naturales ante perturbaciones externas de origen humano.
(94) En este sentido Rodas Monsalve, cit., p. 90.
(95) En esta línea Rodas Monsalve, cit., pp. 90-91 y 93. Cfr. asimismo Prats
Canut, «Observaciones críticas sobre la configuración del delito ecológico en el
Proyecto de Código Penal de 1980», en Estudios jurídicos en honor del Prof. Pérez-
Vitoria, vol. II, 1983, p. 756.
(96) De opinión contraria Caro Coria, cit., pp. 269 y 289, para quien sólo hay
un bien jurídico protegido, la estabilidad del ecosistema, pero con diversos objetos
materiales (aire, agua, suelo, flora y fauna). Sin embargo, a la hora de concretar el
resultado de lesión o de peligro en los delitos ambientales se encuentra con la dificul-
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
Concreción y lesión de los bienes jurídicos colectivos... 913
Esta propuesta goza ya de un amplio predicamento en la doctrina
alemana, que de forma casi unánime hace referencia a los diferentes
«bienes jurídicos ecológicos» (ökologische Rechtsgüter) protegidos
en los §§ 324 ss. StGB (97), interpretación facilitada por el propio
legislador penal, en cuanto que, a diferencia de nuestro ordenamiento,
estructura las conductas punibles en base a la afección de cada ele-
mento ambiental, distinguiéndose así tipos penales para la tutela del
agua, aire, suelo, flora y fauna (98).
Ahora bien, la necesidad de concretar diversos bienes jurídicos a
partir de los subsistemas que conforman la biosfera no debe llevar al
equívoco de identificar aquéllos directamente con los elementos
ambientales. El agua, p.ej., en su concepción naturalística, tan sólo
constituye un sustrato empírico sobre el que edificar el bien jurídico
protegido (99), del mismo modo que la vida humana, entendida exclu-
sivamente como realidad físico-biológica, no agota el contenido del
tad de referirlo a un bien jurídico tan amplio, por lo que recurre a la tesis de Jakobs de
los «objetos con función representativa» (ibidem, pp. 510 ss.), que no es sino una
variante del concepto de bien jurídico intermedio, formulado para solventar los pro-
blemas de concreción que, por su pretendido carácter inmaterial, plantean los bienes
jurídicos colectivos. Véase mi crítica a esta construcción en Soto Navarro, cit.,
pp. 181-185.
(97) Cfr., entre otros, Steindorf, en LK-StGB, 1997, vor § 324, mm. 9a, 15
y 16; Lackner y Kühl, Strafgesetzbuch mit Erläuterungen, 1997, vor § 324, m. 7;
Horn, en SK-StGB, BT, 1998, vor § 324, m. 2; Triffterer, Umweltstrafrecht, 1980,
pp. 33-35; Kareklas, Die Lehre vom Rechtsgut und das Umweltstrafrecht, 1990,
pp. 97-102; Kloepfer y Vierhaus, Umweltstrafrecht, 1995, pp. 12 y 13; Tiedemann y
Kindhäuser, «Umweltstrafrecht- Bewährung oder Reform?», NStW, 1988, p. 338;
Rogall, «Gegenwartsprobleme des Umweltstrafrechts», p. 512; Rengier, «Zur Besti-
mmung und Bedeutung der Rechtsgüter im Umweltstrafrecht», NJW, 1990, p. 2515.
(98) El CP español no adopta esta técnica de tipificación, salvo en los delitos con-
tra la flora y fauna, regulados en un capítulo distinto al dedicado a la tutela de los recur-
sos naturales, lo que ha dado pie a las primeras propuestas de delimitación de un bien
jurídico autónomo en relación con el subsistema biótico y conceptuado como «diversi-
dad biológica». Cfr. en este sentido, Prats Canut, en Quintero Olivares (dir.) y Mora-
les Prats (coord.), Comentarios a la Parte Especial del Derecho Penal, 1999, p. 933;
Hava García, Protección jurídica de la fauna y flora en España, 2000, pp. 53 ss.
(99) Así lo advierte Bloy, «Die Straftaten gegen die Umwelt im System des
Rechtsgüterschutzes», ZStW, 100 (1988), p. 493, cuando señala que el ambiente en
tanto bien jurídico «no puede entenderse como una suma de elementos y fenómenos
naturales. El agua, el suelo, el aire, etc. tan sólo designan los objetos de la acción». Cfr. asi-
mismo Polaino Navarrete, «La criminalidad ecológica en la legislación penal
española», en Política criminal y reforma penal, 1993, p. 856. Incurre en este equí-
voco, a mi entender, Blanco Lozano, La tutela del agua a través del Derecho
penal, 2000, pp. 378 ss., cuya acertada propuesta de dotar de sustantividad propia al
«Derecho penal hidrológico» se frustra con la directa configuración de las aguas con-
tinentales como bien jurídico protegido.
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
914 Susana Soto Navarro
bien jurídico protegido en el homicidio y figuras afines, por cuanto
ello conduciría a una protección absoluta, incompatible con la propia
autorización del Derecho positivo para atentar contra ella en determi-
nadas circunstancias (100).
Así pues, la concreción normativa de los bienes jurídicos a prote-
ger en este ámbito sólo puede alcanzarse mediante la identificación de
su valor funcional, que radica, a mi entender, en las funciones ecológi-
cas asignadas por el sistema social a cada recurso natural (101). La
comprensión del ambiente natural como fuente de recursos comporta
que la relación entre el hombre y dicho ambiente se establezca, ante
todo, en términos de aprovechamiento social de los recursos naturales,
esto es, desde una perspectiva sociológica y no exclusivamente cientí-
fico-natural (102).
En esta tarea de delimitación cobra un importante significado la
segunda fuente de conocimiento que señalaba más arriba, a saber, la
regulación jurídica extrapenal, cuyo cometido básico es la gestión y
control del aprovechamiento racional de los recursos naturales.
En materia de contaminación, p.ej., que integra uno de los núcleos más
significativos de las conductas incriminadas, el Derecho administrativo
utiliza un instrumento técnico-valorativo, los llamados límites de tolerabi-
lidad, que fijan los niveles máximos permitidos de presencia de elementos
contaminantes en cada elemento medial (agua, atmósfera, suelo). Pero, de
cara a la obtención de criterios sustantivos, el dato más relevante es que,
por regla general, la determinación de tales niveles de inmisión no se rea-
liza en abstracto para cada medio, sino a partir de los diversos usos del
mismo previamente fijados. De entre tales aprovechamientos, no pocos
son de contenido económico (p.ej. usos industriales del agua), pero otros
guardan directa relación con el mantenimiento de las bases naturales de la
vida, siendo en éstos donde habrá que profundizar para la concreción de
los bienes jurídicos protegidos en los delitos ambientales.
Un ejemplo paradigmático es la planificación hidrológica, en la
que se fijan criterios de calidad mínima exigible en función del des-
(100) Cfr. al respecto Gracia Martín, en Díez Ripollés y Gracia Martín
(coords.), cit., p. 28.
(101) En esta línea la mayoría de la doctrina alemana. Así, por ejemplo, en los
tipos específicos para la protección del agua el bien jurídico se conceptúa en torno a
las funciones ecológicas del agua para el hombre y para el ambiente. Cfr. Steindorf,
en LK-StGB, cit., § 324, m. 3; Lackner y Kühl, Strafgesetzbuch mit Erläuterungen,
cit., § 324, m. 1; Rudolphi, «Primat des Strafrechts im Umweltschutz», NStZ, 1984,
p. 196; Otto, Grundkurs Strafrecht. Die einzelnen Delikte, cit., pp. 429-430; Müssig,
cit., pp. 225-226.
(102) En este sentido, Ronzani, cit., p. 28.
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
Concreción y lesión de los bienes jurídicos colectivos... 915
tino específico de las aguas (103), distinguiéndose entre los principa-
les usos la producción de agua potable y los denominados «usos
ambientales», como la conservación de vida piscícola (104).
En la doctrina alemana, adopta un planteamiento similar para la con-
creción del bien jurídico protegido en el § 324 StGB, relativo a la conta-
minación de las aguas, Papier (105). La diferencia estriba en que dicho
autor no discrimina entre los diversos aprovechamientos fijados por las
normas administrativas, en tanto aquí se propone elevar a objeto de pro-
tección penal tan sólo los usos que guarden directa relación con el mante-
nimiento de las bases naturales de la vida (incluida la vida humana).
Este enfoque permite, además, la delimitación de unidades físicas
concretas sobre las que inciden las conductas incriminadas como
objeto material del delito, por cuanto los usos de cada recurso natural
se fijan tras su división artificial en unidades espaciales (106). Así,
p.ej., las aguas terrestres se delimitan geográficamente por cuencas,
que se dividen, a su vez, en zonas, subzonas y áreas (107).
Si, como propongo, el elemento clave en la concreción de los bie-
nes jurídicos protegidos en materia ambiental es el uso o usos ecológi-
cos a que se destine cada recurso natural, la lesión del bien jurídico
estribará en la perturbación de la función ecológica del recurso natural
concreto, de modo que éste no pueda ya destinarse al uso preten-
dido (108). Tal lesión es además susceptible de comprobación empí-
(103) Cfr. artículo 79 del Reglamento de Administración pública del Agua y de
la Planificación hidrológica (RD 927/1988, de 29 de julio) y Órdenes del Ministerio
de Medio Ambiente de 13 de agosto de 1999 y de 6 de septiembre de 1999, que fijan
para cada cuenca hidrográfica los usos actuales y futuros y, en base a ello, las corres-
pondientes normas de calidad.
(104) En esta línea, Kuhlen, «Umweltstrafrecht-auf der Suche nach einer
neuen Dogmatik», ZStW, núm. 105, 1993, p. 715, quien distingue entre aprove-
chamientos humanos directos del agua (p.ej., aprovechamiento de un arroyo para
pescar o de una fuente natural para abastecimiento de agua potable) y la función
del agua como biotopo, esto es, como ambiente vital de la flora y fauna, siendo
equiparables, según el autor, ambos tipos de funciones ecológicas a efectos de
protección penal.
(105) Cfr. Papier, Gewässerverunreinigung. Grenzwertfestsetzung und Stra-
fbarkeit, 1984, pp. 3 ss.
(106) Propugna una concreción de los bienes jurídicos ambientales atendiendo
a unidades físicas Hirsch, «Acerca del estado actual de la discusión sobre el concepto
de bien jurídico», en Modernas tendencias en la Ciencia del Derecho penal y en la
Criminología, 2001, p. 384.
(107) Cfr. Órdenes del Ministerio de Medio Ambiente citadas supra, que fijan
las subdivisiones de cada cuenca hidrográfica.
(108) Significativo al respecto es, p.ej., la definición que aporta el artículo 85
de la Ley de Aguas (Ley 29/1985, de 2 de agosto) de la contaminación como acción y
efecto de «introducir materias o formas de energía (...) que, de modo directo o indi-
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
916 Susana Soto Navarro
rica, siendo un indicio significativo, aunque no determinante, la
violación de los límites de tolerabilidad. A ello habrán de sumarse
informes técnicos y científicos que evalúen en el caso concreto el
impacto ambiental de la conducta incriminada (109).
b) Los delitos urbanísticos presentan notas en común con los
delitos ambientales, sobre todo porque inciden también en un recurso
natural, el suelo, si bien desde una perspectiva diferente.
La rúbrica del Capítulo en que se insertan estos delitos alude a la
«ordenación del territorio», pero se trata de un concepto demasiado
genérico (110) que, a lo sumo, puede indicar la ratio legis (111), pero
no el bien jurídico protegido. Incurren, por ello, en una interpretación
formalista aquellos autores que identifican el bien jurídico con la nor-
mativa reguladora de la ordenación del territorio (112).
Desde una perspectiva material, la dañosidad de las conductas
sometidas a la disciplina urbanística reside, a mi entender, en la afec-
ción de las propiedades del suelo como elemento básico del ambiente
humano (113). Pero de cara a la concreción de un bien jurídico, este
planteamiento requiere de un desarrollo más matizado (114).
recto, impliquen una alteración perjudicial de su calidad en relación con los usos
posteriores o con su función ecológica» (subrayado añadido).
(109) Véase a mayor abundamiento Soto Navarro, cit., pp. 325-326.
(110) Cfr. López Ramón, Estudios jurídicos sobre ordenación del territorio, 1995,
pp. 23-24 y 64; idem, «Aspectos administrativos de los delitos urbanísticos», Revista de
Derecho Urbanístico y Medio Ambiente, núm. 151, 1997, pp. 54-56; Domínguez Luis y
Farré Díaz, Los delitos relativos a la ordenación del territorio, 1998, pp. 45 ss.
(111) En este sentido, Silva Sánchez, «¿Política criminal «moderna»? Consi-
deraciones a partir del ejemplo de los delitos urbanísticos en el nuevo Código Penal
español», Actualidad Penal, núm. 23, 1998, p. 436.
(112) Así, por ejemplo, Muñoz Conde, cit., p. 534, aunque reconoce que se
trata de un bien jurídico «puramente formal» que «no ofrece en sí mismo las razones
materiales que justifican la intervención del Derecho penal»; Boix Reig y Juanatey
Dorado, en Vives Antón y otros, Derecho penal. Parte especial, 1999, p. 626, quie-
nes cuestionan también si con ello se cubren las exigencias del concepto material de
bien jurídico. En esta línea también Domínguez Luis y Farré Díaz, cit., p. 76, para
quienes el bien jurídico protegido es la «legalidad de la ordenación del territorio»,
más concretamente, la legalidad de «la actividad urbanística, pero no la total actividad
urbanística en los términos expresados en el artículo 2 del Texto refundido de la Ley
del Suelo, sino únicamente aquella referida a la intervención del ejercicio de las facul-
tades dominicales relativas al uso del suelo y edificación». Asimismo López Ramón,
Estudios jurídicos sobre ordenación del territorio, cit., p. 54.
(113) En esta línea Conde-Pumpido, en Conde-Pumpido Ferreiro (dir.),
Código penal. Doctrina y Jurisprudencia, II, 1997, p. 3196.
(114) Tal concreción no puede venir dada, a mi juicio, por el concepto de cali-
dad de vida (o calidad del hábitat), como propone Rodríguez Ramos, pues, antes al
contrario, con él se difuminan los contornos del bien jurídico por lo difícilmente apre-
hensible que resulta. Cfr. Rodríguez Ramos, «La protección penal del urbanismo
ADPCP, VOL. LVIII, 2005
Concreción y lesión de los bienes jurídicos colectivos... 917
El suelo es un recurso natural escaso e imprescindible para el
asentamiento humano, y sin embargo sujeto, desde tiempos inmemo-
riales, al derecho de propiedad privada. Ello provoca un claro con-
flicto entre los intereses particulares del propietario (asistido por su
derecho legítimo) y los intereses generales, que se ha solventado en la
propia Constitución con el reconocimiento de la función social de la
propiedad y de la posibilidad de expropiar por razones de utilidad
pública, en el artículo 33 CE (115), y con la exigencia de una regula-
ción del uso del suelo de acuerdo con el interés general para impedir
la especulación, en el artículo 47 CE (116).
Sobre esta premisa, el Derecho urbanístico no es sino un complejo
entramado institucional de organización y control del uso del suelo,
que delimita el ejercicio de las facultades inherentes al derecho de
(Pautas para criminalizar algunas conductas)», Revista de Derecho Urbanístico, 1983,
núm. 81, pp. 39-40. Tampoco me parece convincente la propuesta de Acale Sánchez,
para quien todos los delitos del Título XVI atentan contra un mismo bien jurídico
plural, a saber, el medio ambiente, la ordenación del territorio y el patrimonio histó-
rico, de modo que la singularidad de los preceptos aquí examinados residiría tan sólo
en el medio comisivo (agresiones urbanísticas) y no en el bien jurídico protegido.
Cfr. Acale Sánchez, Delitos urbanísticos, 1997, pp. 51-52, 75 ss., 185 ss.
(115) Cfr. la STC 111/1983, de 2 de diciembre (RTC 1983, 111) y, sobre todo,
la STC 37/1987, de 26 de marzo (RTC 1987, 37), sobre la Ley Andaluza de Reforma
Agraria, donde se lleva a cabo un detallado análisis del régimen constitucional de la
propiedad, declarando que «la Constitución española reconoce un derecho a la pro-
piedad privada que se configura y protege, ciertamente, como un haz de facultades
individuales sobre las cosas, pero también, y al mismo tiempo, como un conjunto de
deberes y obligaciones establecidos, de acuerdo con las leyes, en atención a valores o
intereses de la colectividad, es decir, a la finalidad o utilidad social que cada categoría
de bienes objeto de dominio está llamada a cumplir. Por ello, la fijación del “conte-
nido esencial” de la propiedad privada no puede hacerse desde la exclusiva considera-
ción subjetiva del derecho o de los intereses individuales que a éste subyacen, sino
que debe incluir igualmente la necesaria referencia a la función social, entendida no
como mero límite externo a su definición o a su ejercicio, sino como parte integrante
del derecho mismo. Utilidad individual y función social definen, por tanto, inescindi-
blemente el contenido del derecho de propiedad» (FJ. 2).
(116) A partir de las limitaciones del derecho de propiedad, Acale Sánchez
identifica el bien jurídico ordenación del territorio con «la promoción del contenido
social del derecho de propiedad, con el aprovechamiento por parte de la colectividad
de las plusvalías generadas: para que existan zonas verdes, viales, bienes de interés
comunitario, es preciso que todos los propietarios participen en dicha labor, no ya
cediendo parte de su derecho de propiedad a la comunidad, sino no apropiándose de
la parte social de su derecho que no le pertenece». Sobre esta base interpreta el
artículo 319 CP como un delito de lesión pluriofensivo, «en el que se produce un
menoscabo efectivo y material del ambiente y del patrimonio histórico a través de la
lesión material de sus respectivos referentes materiales, y una lesión del equilibrio de
intereses que se resuelve en la ordenación del territorio, como bienes jurídicos prote-
gidos». Cfr. Acale Sánchez, cit., pp. 207-208 y 221.
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918 Susana Soto Navarro
propiedad en atención a los intereses generales (117). El instrumento
básico arbitrado a tal fin es el planeamiento, a través del cual se clasi-
fica el suelo (suelo urbano, urbanizable y no urbanizable), con una
reducción progresiva de las facultades urbanísticas a mayor nivel de
protección del suelo. El suelo no es sólo objeto de clasificación, sino
también de calificación, en virtud de la cual se destina a diversos usos
específicos, tales como uso residencial, uso industrial, sistemas gene-
rales de comunicación, espacios libres, zonas de equipamiento comu-
nitario (centros docentes y culturales, hospitales, etc.), uso agrícola,
zonas de reserva ambiental, etc. El que un suelo se destine a un deter-
minado uso no es una decisión arbitraria, sino que responde a las
necesidades y exigencias reales de cada núcleo de población.
La unidad territorial básica del planeamiento es el municipio, de
modo que, por regla general, son los planes urbanísticos municipales,
con sus normas complementarias y subsidiarias (118), los que fijan la
clasificación y calificación de un determinado suelo.
De todo ello puede extraerse que el fin de la disciplina urbanística es
velar por una utilización racional del suelo, en cuanto soporte de activida-
des sociales. Tal racionalidad se entiende a partir del conflicto, como fruto
de un posible consenso entre intereses contrapuestos. Desde esta perspec-
tiva, la incriminación penal sólo se justifica ante aquellas conductas que
alteren gravemente la función (usos) a que está destinado cada suelo (119).
Considero, por ello, que el objeto digno y susceptible de protección penal
es la función del suelo, que habrá de delimitarse en atención a tres pará-
metros fundamentales: el municipio, como unidad territorial, la clasifica-
ción y la calificación del suelo. Estos dos últimos son criterios normativos,
de los cuales no parece posible prescindir, dado el condicionamiento en
esta materia por el modelo de tutela extrapenal.
(117) Cfr. Fernández Rodríguez, Manual de Derecho Urbanístico, 1999,
pp. 15-17, para quien, citando el libro blanco inglés Land, la planificación «consiste
en asegurar un equilibrio apropiado entre todas las demandas de suelo, de tal manera
que el suelo se utilice en interés de todo el pueblo». Asimismo, Parada Vázquez,
Derecho Urbanístico, 1999, pp. 2-3, quien define el Derecho urbanístico como un
límite a la concepción todopoderosa del derecho de propiedad, cuyo objeto de regula-
ción son «potestades públicas muy claras, como la de ordenar el conjunto del territo-
rio, la urbanización y la intervención administrativa sobre el ius aedificandi, es decir,
en el derecho del propietario de transformar el propio fundo».
(118) Sobre las clases de planes e instrumentos para su desarrollo, cfr. Parada
Vázquez, cit., pp. 202 ss.
(119) En esta línea parece ir la propuesta de Morales Prats y Tamarit Sumalla,
quienes, con respecto al suelo no urbanizable, sostienen que los tipos penales deberían
construirse sobre «la conducta de alteración ilegal y esencial en el destino del suelo».
Cfr. Morales Prats y Tamarit Sumalla, en Quintero Olivares (dir.) y Morales Prats
(coord.), Comentarios a la Parte Especial del Derecho Penal, cit., p. 885.
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