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La Nueva Ola Del Feminismo

Este documento describe la evolución del feminismo desde la década de 1960 hasta la actualidad. En particular, destaca el debate entre el feminismo de la igualdad y el feminismo de la diferencia en las décadas de 1970 y 1980, y cómo en los años 1990 el feminismo se centró en nuevos temas como la posmodernidad, el multiculturalismo y las identidades múltiples de las mujeres.

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La Nueva Ola Del Feminismo

Este documento describe la evolución del feminismo desde la década de 1960 hasta la actualidad. En particular, destaca el debate entre el feminismo de la igualdad y el feminismo de la diferencia en las décadas de 1970 y 1980, y cómo en los años 1990 el feminismo se centró en nuevos temas como la posmodernidad, el multiculturalismo y las identidades múltiples de las mujeres.

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Antón Mellón, J. (coord.

), Las ideas políticas en el siglo


XXI, Ariel, Barcelona, 2002.

3.2

LA NUEVA OLA DEL FEMINISMO

MARTA LOIS GONZÁLEZ


Universidad de Santiago de Compostela

l. El feminismo de la igualdad y el feminismo de la diferencia. 2. Posmodernidad y mu lti-


culturalismo: nuevos ejes del feminismo de los noventa. 3. Feminismo y multiculturalismo.
4. El feminismo posmoderno. 5. Redistribución y reconocimiento: el género, una «colectivi-
dad bivalente». 6. A vueltas con la igualdad y la paridad de género. 7. El feminismo hoy.
Algunas coñsideraciones finales. 8. Cuadro: Corrientes del feminismo. 9. Bibliografia.

El feminismo cuenta con un sólida trayectoria de casi tres siglos de luchas orientadas
a la conquista de la libertad y la igualdad para las mujeres. Desde Frarn;ois Poullain de la
Barre que en 1673 publicó De l 'égalité des sexes o Mary Wollstonecraft Vindicación de los
derechos de la mujer en 1792 hasta hoy se han publicado numerosos y diferentes trabajos
que han puesto de manifiesto que el género como construcción social, lejos de ser un des-
cubrimiento reciente, fue descubierto en la época ilustrada. Ahora bien, ha sido la utilización
en nuestros días del término género lo que ha permitido que los recientes estudios sobre la
mujer hayan entrado en la Academia sin el molesto aguijón de la lucha feminista.
En términos generales, el género, como una categoría analítica esencial, ha pasado a
indicar el carácter fundamentalmente social de las distinciones identitarias sustentadas en el ~
sexo y a resaltar todos los aspectos vinculados a las definiciones normativas de la feminidad.
Su tematización se ha convertido en un nuevo y esclarecedor marco de referencia para la fi-
losofía, la historia, la psicología, el lenguaje, la literatura, etc. El feminismo a partir de en-
tonces ha supuesto un reexamen crítico de los principios y supuestos del trabajo intelecttial
existente.
Este trabajo tiene como objetivo destacar las principales aportaciones teóricas a la
teoría y filosofía políticas que se reclaman explícitamente del feminismo de los años noven-
ta. Para ello, es necesario remontarse al debate fundamental de que se conoce como la se-
gunda fase del movimiento feminista referencia -la primera fase es la inaugurada por la lu-
cha de las sufragistas- y que eclosionó en los años sesenta. A partir de ese momento y gra-
cias a la influencia de otras reivindicaciones identitarias y movimientos sociales, la teoría
feminista se desarrolla ampliamente proporcionando nuevas preguntas y posiciones propias
en relación a los principales debates de la teoría política contemporánea como las nuevas
identidades políticas, el multiculturalismo, el posmodemismo, la distribución, 6~c.
164 LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES

1. El feminismo de la igualdad y el feminismo de la diferencia

Quienes defendían la igualdad veían la diferencia de género como un instrumento de la


dominación masculina. En su opinión, las injusticias fundamentales del sexismo eran la margi-
nación de las mujeres y la mala distribución de los bienes sociales. Y el principal objetivo de la
igualdad entre los géneros alcanzar una participación y redistribución igualitarias. Las feminis-
tas de la diferencia, por el contrario, consideraban esa diferencia como la piedra angular de la
identidad femenina. Por consiguiente para ellas el peor mal del sexismo era el androcentrismo.
Y el elemento básico de la igualdad entre los géneros era la revalorización de la feminidad
(Fraser 1995: 40).

El debate más importante a partir de los años sesenta se centró en la división entre
hombres y mujeres, que articuló la lógica del «nosotras» frente a «ellos» . La discusión abar-
caba la pregunta por la naturaleza de los géneros así como cuestiones político-estratégicas.
La «diferencia» era analizada, en unos casos, como construcción social de género -presen-
te ya en Simone de Beauvoir-, o como elemento ontológico que determina maneras de ser
diferentes para mujeres y hombres. Una discusión que da cuenta de la tensión reivindicativa
entre la igualdad y la diferencia a través del dilema entre el feminismo de la igualdad y el
feminismo de la diferencia.
Para el feminismo de la igualdad, la subordinación de la mujer se explica como un pro-
ceso sociocultural (Firestone 1970; Rubín 1975; Friedan 1960; Chodorov 1978) de forma-
ción de género a partir de una matriz que se considera puramente biológica: el sexo. Bajo
esta corriente se aceptan las definiciones de la cultura, los valores, y la universalidad, pero
se exige que se apliquen en los mismos términos para hombres y mujeres. Poner el acento
en la diferencia de género significa perjudicar a las mujeres, pues equivale a marginarlas y
excluirlas de todas aquellas actividades que contribuyen a la autorrealización de la persona,
a saber, la política; el trabajo, etc. Es necesario velar por los derechos de las mujeres, la par-
ticipación de las mujeres en la sociedad para acabar con la situación de subaltemidad de las
mujeres en la sociedad siempre en el marco de la institución familiar. La equiparación de los
sexos ha sido el principio que ha articulado las vindicaciones del feminismo de la igualdad.
Al mismo tiempo, en la década de los setenta surge un feminismo interesado en pro-
fundizar en la relación entre los sexos desde el punto de vista de la diferencia, en la sexua-
lidad femenina y masculina, como núcleo de la dominación patriarcal dejando en un segun-
do plano el tema de la igualdad y así construir un sujeto femenino con palabra e identidad
propia. El feminismo de la diferencia reivindica la esencia de lo femenino frente a los abu-
sos de la identidad masculina a lo largo de la historia. Enfatiza la diferencia como valor, con-
sagrando como valores todo aquello que relaciona a la mujer especialmente con la naturale-
za, la vida, la sensibilidad ...
Estos dos movimientos se influencian mutuamente ya que el poder movilizador de lo
«femenino» seducirá en algunos momentos a las defensoras de la igualdad, del mismo modo
que las reivindicaciones efectuadas a favor de los derechos fundamentales también marcarán
a las partidarias de la diferencia. Asimismo, este debate tuvo unas implicaciones políticas
considerables: el feminismo de la igualdad, por ejemplo, abordaba críticamente la división
sexual del trabajo, la rigidez de los roles de género y la marginación económica social y po-
lítica de las mujeres. Por supuesto que dentro de esta perspectiva igualitaria, feministas libe-
rales, radicales y socialistas discutían entre ellas cuál era la mejor forma de alcanzar la igual-
dad entre hombres y mujeres.
El feminismo de la diferencia, por el contrario, rechazaba el enfoque igualitario como
asimilacionista. Insistía en el componente patriarcal presente no sólo en la estructura social
EL PROYECTO DE UNA SOCIEDAD SOSTENIBLE EN EL SIGLO XXI 165

y en la ideología dominante, sino también el androcentrismo en la manera de asociar las úni~


cas actividades auténticamente humanas con las del hombre, denigrando de este modo a las
mujeres. Se reclamaba un feminismo que se opusiese a la devaluación de la mujer mediante
el reconocimiento de las diferencias de género y la revalorización de la femineidad.
En el contexto del debate político normativo la concepción liberal es criticada por ser'
masculina y porque las preocupaciones específicamente femeninas no son incluidas en · esa
concepción. Así, por ejemplo, Carol Gilligan opone una «ética del cuidado» feminista a la
«ética de la justicia» masculina y liberal. Frente a los valores individualistas liberales, se de-
fiende un conjunto de valores sustentados en la experiencia de las mujeres como mujeres,
esto es, la experiencia de la maternidad y del cuidado que llevan a cabo las mujeres en el
ámbito privado de la familia. Ha criticado al liberalismo por haber construido una ciudada-
nía en la que el ámbito público ha sido identificado con el género masculino, y por haber ex-
cluido a las mujeres al relegarlas al ámbito de lo privado. Una de las apuestas más claras en
ofrecer una alternativa a la política liberal fundada en valores feministas se puede encontrar
en el «pensamiento maternal» principalmente representado por Sara Ruddick que sostiene
que la política feminista debe privilegiar la «identidad de las mujeres como madres» y el ám-
bito privado de la familia.

2. Posmodernidad y multiculturalismo: nuevos ejes del feminismo de los noventa

En los años ochenta el mensaje teórico de estos «maestros de la sospecha» estuvo en el


centro de la crítica política que las mujeres lesbianas, las de color, las del Tercer Mundo ha-
cían a la hegemonía de las mujeres blancas, europeas occidentales o norteamericanas y hetero-
sexuales del movimiento. [ ... ] En términos de modelos de investigación social, se transitó del
análisis de la posición de las mujeres en la división sexual del trabajo y el mundo del trabajo
en general a los análisis de la construcción y constitución de la identidad, a los problemas de la
identidad colectiva y de la representación de los otros y a los asuntos de confrontación cultural
y la hegemonía (Benhabid 1996: 168).

A partir de los años ochenta, sin que se hubiese suspendido el debate anterior y coin-
cidiendo con la gran proliferación de identidades políticas, surgieron en el propio seno del
movimiento feminista nuevas preguntas y respuestas que se superpusieron a las anteriores.
Por una parte, surge el debate de las diferencias entre mujeres pertenecientes a distintas cul-
turas, clases y colectivos sociales. Se refuerza el discurso de la diferencia y amplía con los
argumentos procedentes, en ocasiones, del paradigma posmoderno. Las mujeres feministas
afroamericanas y otras minorías presentes en Estados Unidos e Inglaterra toman la palabra
para denunciar cómo las mujeres blancas de clase media han excluido o han mostrado indi-
ferencia por los problemas de mujeres de otras razas, culturas y religiones e incluso con res-
pecto a mujeres de distinta clase que la suya. Las feministas sensibles al reconocimiento de
las identidades culturales ya no se centran exclusivamente en las diferencias de género pues
éstas se interseccionan con otros importantes ejes de diferencias, como son la clase, la se-
xualidad, la nacionalidad, la etnicidad, etc.
Por otra parte, desde marcos posmodernos, se aprecia un creciente «escepticismo so-
bre el género» al que se acusa de «ficción totalizadora» responsable de crear una falsa uni-
dad a partir de elementos heterogéneos. Se cuestion~ la utilidad misma de la categoría géne-
ro, y hasta la conveniencia de dejarla atrás (Flax 1990; Hawkesworth 1997). El género no
posee ningún estatus ontológico, es producido discursivamente desde prácticas de exclusión
166 LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES

(Butler 1990). Veamos con mayor detenimiento estas dos corrientes exponentes de las más
recientes reflexiones sobre el feminismo.

3. Feminismo y multiculturalismo

Reflexionar sobre el multiculturalismo es quedar inmediatamente enredados en compli-


cadas cuestiones en torno a la relación entre diferencia e igualdad. Son cuestiones hoy muy de-
batidas con respecto al género, la sexualidad, la nacionalidad, la etnicidad y la «raza». ¿Qué di-
ferencias merecen reconocimiento público y/o representación política? ¿Qué diferencias por el
contrario, deberían considerarse· irrelevantes para la vida política y tratarse como asuntos priva-
dos? ¿Qué afirmaciones de identidad tienen su fundamento en la defensa de relaciones sociales
de desigualdad y dominación? (Fraser 1995: 36).

El multiculturalismo en la última década tiene un lugar relevante dentro del movi-


miento feminista. Esta tradición, en términos generales, subraya una visión positiva de las di-
ferencias de grupo y la necesidad del reconocimiento de las mismas. Algunas identidades
dignas de afirmación, en muchos casos, sufren agravios importantes con respecto a las iden-
tidades hegemónicas. La ignorancia o la desatención de las peculiaridades de una cultura de-
terminada, como señala Angela Harris, impregna casi totalmente muchos análisis feministas
bien intencionados de las experiencias de opresión. Como señala esta autora, en algunos as-
pectos las mujeres negras han sufrido en Estados Unidos una experiencia de violación dife-
rente de las mujeres blancas, se trata de «una experiencia profundamente arraigada tanto en
el color como en el género» (Harris 1990: 598).
La idea de la diferencia entre géneros sólo puede ser provechosamente discutida si no
se aísla de otros ejes de diferencia, especialmente la etnicidad, la clase, la sexualidad, etc.
Las feministas de diferentes grupos y comunidades, entre ellas María Lugones, representan-
te del feminismo chicano (Lugones/Spelman 1995), habían criticado la referencia implícita a
las mujeres blancas anglosajonas en muchos textos de las principales corrientes del feminis-
mo así como la asimetría que distancia a las mujeres occidentales y a las originarias de otra
cultura. Frente a los discursos feministas dominantes, las mujeres de otras culturas sienten
una gran extrañeza y falta de reconocimiento. Se necesitaba un feminismo que incluyese a
todas las mujeres y ninguna de las corrientes feministas anteriores que participaban en el de-
bate sobre la igualdad y la diferencia habían conseguido sacar a la luz las .importantes dife-
rencias culturales, sociales y económicas que las separaban: a partir de este momento, todas
las luchas contra la subordinación deben ser relacionadas de algún modo con el feminismo.
El feminismo multiculturalista promueve la organización de debates y discusiones en-
tre grupos autónomos de mujeres negras, latinas, lesbianas, que tendrían como grupo voces
distintivas para impedir el verse silenciadas por un discurso feminista universal. Iris Young
encuentra aquí el comienzo de modelos para el desarrollo de un público heterogéneo y de un
pluralismo democrático cultural. Esta autora defiende la promoción de mecanismos de re-
presentación y el reconocimiento efectivo de las distintas particularidades, esto es, de aque-
llos grupos que son oprimidos o están en desventaja, como puede ser el de las mujeres. Es
necesario una repolitización de la vida pública donde no fuese necesario que la creación de
un ámbito público implicase dejar atrás sus necesidades y su afiliación a un grupo particular
para discutir un supuesto interés general o bien común.
Desde el prisma del multiculturalismo se piensa que el feminismo, como renovado «fe-
minismo de la diferencia», significa que las feministas de cada cultura deben reexaminar sus
EL PROYECTO DE UNA SOCIEDAD SOSTENIBLE EN EL SIGLO XXI 167

propios compromisos y objetivos a la luz de las perspectivas producidas por las feministas
de otras. De este modo, es más sencillo reconocer los propios límites y prejuicios de las pro-
pias creencias y asunciones. El escenario político que acompaña ahora al nuevo feminismo
son los nuevos movimientos sociales, cada uno de los cuales ha elevado a categoría política
una diferencia «diferente». Así pues, las feministas se encuentran compartiendo espacio po!'
lítico con gays y lesbianas movilizados en tomo a la diferencia sexual para combatir el he-
terosexismo, movimientos étnicos, indígenas que han politizado sus diferencias raciales para
luchar contra la subordinación racial; y una gran variedad de grupos religiosos que luchan
por el reconocimiento dentro de unas sociedades cada vez más plurales y complejas. Cada
una de estas identidades van a ser interferidas por las otras, iniciándose todo un proceso de
descubrimiento de las propias diferencias en el propio seno. De este modo, en los años no-
venta, las «diferencias entre mujeres» pasan a constituir el debate fundamental de la corriente
feminista del multiculturalismo que adopta un punto de vista positivo de las diferencias.
Ahora bien, este nuevo enfoque, tal como muy acertadamente observa Okin (Okin
2000), no evita las tensiones entre feminismo y multiculturalismo. Unas tensiones surgidas en-
tre, por una parte, el compromiso con la igualdad de género y algunos principios del multi-
culturalismo. En ocasiones, determinadas culturas oprimen a algunos de sus miembros, en par-
ticular a las mujeres. En el contexto de los estados liberales, cuando los grupos culturales re-
claman derechos especiales en función de grupo, se debe prestar previamente atención al
estatus ocupado por las mujeres. Algunos aspectos de los derechos de grupo ponen en peligro
la integridad y_ la dignidad de las mujeres, pues ·existen una serie de costumbres culturales o
religiosas como la mutilación de genitales femeninos, determinadas reglas de cohabitación o
la imposición del uso del velo que pueden discriminar y dañar a las mujeres, especialmente a
las mujeres inmigrantes que viven en países occidentales y son ciudadanas de ellos. Adop-
tando una perspectiva de género, la defensa de los derechos de grupo presentan, a veces, pro-
blemas y ponen en peligro el principio de la igualdad entre hombres y mujeres.
El recelo de algunas feministas occidentales al llamado «imperialismo cultural» ha he-
cho que éstas adoptasen un punto de vista en exceso relativista cultural que fundamental-
mente ha favorecido a los líderes masculinos que se autodesignan como representantes cul-
turales. Como afirma Okin, sólo prestando atención al contenido de las distintas culturas y
las prácticas asociadas a las mujeres podemos repensar el multiculturalismo bajo una nueva
perspectiva feminista. El hecho de que existan «diferencias entre mujeres» no puede impe-
dir el establecer generalizaciones acerca de muchos aspectos de la desigualdad entre los se-
xos que demuestren la violencia que sufren las mujeres.
El argumento del multiculturalismo recurre a la injusticia más general del «imperialis-
mo cultural» y al remedio más general de la revalorización de todas las identidades desacre-
ditadas. Es un razonamiento que corre el peligro de «esencializarn identidades, tratándolas
como si fuesen realidades positivas e inmutables y tomando en consideración las identidades
de grupo ya existentes. Da por supuesto que tales identidades son buenas tal como son, y que
sólo necesitan de mayor respeto. Pero lo cierto es que determinadas prácticas de grupos cul-
turales pueden ser perfectamente vinculadas con relaciones sociales de dominación igual-
mente existentes.

4. El feminismo posmoderno

En esta nueva ola del feminismo que va más o menos desde mediados de los años
ochenta aproximadamente hasta el presente, el interés se traslada a la identidad. A partir de
168 LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES

este momento, el género se convierte en una categoría no exenta de problemas. El enfoque


posmodemo adopta una versión amplia de antiesencialismo que considera las identidades y
diferencias como meras construcciones represivas, incluso la de género (Butler 1990). El pa-
radigma posmodemo es escéptico frente a las afirmaciones universales, incluyendo las del
feminismo, de ahí que se sospeche de conceptos tan centrales del pensamiento feminista
como el de «género» o el de «mujer». Por otra, surge una tendencia a adoptar una versión
feminista del multiculturalismo consistente en proclamar que todas las identidades y dife-
rencias son merecedoras de reconocimiento.
El momento de la aparición de las diferencias dentro del género fuerza a repensar el
sujeto homogéneo y ficticio no comprometido con ningún fin particular - se sustituye el dis-
curso de «la mujer» por «las mujeres»- del que se hablaba en los años anteriores: Esta in-
flexión en la reflexión de género supuso un momento importante de crítica profunda a la fa-
lacia del sujeto unitario y universalizante; el sujeto universal femenino construido en los años
sesenta se expresaba en una serie de déficit con respecto a las diferencias internas, a sus pro-
pias fronteras y a otras subjetividades. 1
Se comenzó a cuestionar la «lógica de la identidad» (Young 2000: 168), esto es, el im-
pulso a pensar las cosas juntas, en una unidad, formulando una representación del todo que
lleva al orden y a la comparación. La reflexión de género había traducido esta lógica como
la constitución del sujeto «mujer», como un sujeto idéntico, sin fisuras ni contradicciones,
que se encontraba inserto en un sistema sexo/género que permitía distinguir entre hombres y
mujeres como categorías cerradas mutuamente excluyentes (Nicholson 1995). Esta lógica
niega sistemáticamente la diferencia: es el momento de hacerse cargo de ella, una vez se ha
hecho patente que no puede reducirse sin más a través de un proceso homogeneizador. Y las
posiciones que han asumido en los últimos años el problema de la complejidad en el plano
de las identidades y en el tratamiento de las diferencias han constituido dos corrientes fun-
damentales. La primera de ellas sería la corriente antiesencialista, que expresa un profundo
escepticismo con respecto a las estrategias de la identidad y las prácticas de la diferencia,
pues se considera que éstas devienen meras construcciones discursivas al servicio de deter-
minadas identidades normalizadas y reconocidas. Un elemento común de la crítica al esen-
cialismo ha sido el rechazo de la categoría de sujeto como entidad transparente y racional,
así como su supuesta unidad y homogeneidad. Butler representaría, entre otras, esta corrien-
te en la que se defiende la necesidad de la deconstrucción de las construcciones de «sexo» y
«género». El término «mujer», por ejemplo, no es neutral, inocente ni universal; ha dejado
fuera a algunas mujeres, por lo que o bien se amplía esta categoría para que sea más inclu-
siva, a saber, redefiniéndola por completo, o bien se pone en cuestión el lugar ocupado por
esa categoría. El problema ha residido en que los grupos feministas todavía articulan sus de-
mandas bajo categorías de carácter esencialista, persisten en lograr una identidad coherente
que sea transhistórica y transcultural - Butler, Mouffe, Hekman- . Cuanto más firmes y es-
tables son las categorías de género, sexualidad, más opresivas se vuélven.

Muchas feministas creen que, si no contemplamos a las mujeres como una identidad co-
herente, no podemos fundamentar la posibilidad del movimiento feminista gracias al cual, la
mujer podría unirse con el objetivo de formular y perseguir sus metas feministas. En desacuer-
do con esa visión, argumentaré que algunas autoras feministas que están comprometidas con la
política de la democracia radical, la deconstrucción de las identidades esencialistas, deberían

1. La diferencia, como plantearán tanto Butler como Fuss ya no se situaba entre identidades sino el inte-
rior mismo de cada una de ellas.
EL PROYECTO DE UNA SOCIEDAD SOSTENIBLE EN EL SIGLO XXI 169

considerarse como Ja condición necesaria para una adecuada comprensión de Ja variedad de las
relaciones sociales donde los principios de igualdad y libertad tienen que aplicarse (Mouffe
1993: 76):

El nuevo frente de crítica feminista antiesencialista se extenderá hasta el colectivo de '


mujeres lesbianas que llaman la atención sobre el heterosexismo o heterosexualidad obliga-
toria. En este sentido, la «opción sexual» contribuirá también a replantear la relación signi-
, ficante sexo-género, puesto que el hecho de la reproducción queda desligada en sus prácti-
cas discursivas tanto del sexo como del género, además de poner en cuestión la supuesta
complementariedad de los sexos. La mujer aunque contiriúa siendo políticamente madre se
puede desligar de ese potencial por el que toda mujer quedaría identificada en términos po-
líticos como poseedora de esa cualidad.
Este enfoque antiesencialista, sin embargo, no se encuentra exento de dificultades, es-
pecialmente por el hecho de mantener una actitud escéptica global con respecto a la relación
entre la identidad y a la diferencia que es asumida como una construcción discursiva. Al con-
siderar todas las identidades como inherentemente negativas y exclusivas, no es posible pro-
porcionar una base normativa para distinguir aquellas identidades democráticas de las an-
tidemocráticas, como señala Fraser, esta valoración también alcanza, como veremos, a la
perspectiva multicultural: que vuelve imposible la defensa de una política viable o una pers-
pectiva verosímil de democracia radical. El acercamiento antiesencialista supone un avance
muy importante en la consideración de las identidades, no obstante, la apuesta deconstructi-
va puede resultar reduccionista o simplista. Es posible que las relaciones de dominación que
afectan a las estructuras de género no sean fácilmente desmanteladas mediante una práctica
deconstructiva. Y es que resulta poco factible integrar una política antiesencialista del reco-
nocimiento junto a una política igualitaria de redistribución: los antiesencialistas no se pre-
guntan qué clase de economía política se requeriría para mantener identidades no excluyen-
tes y comprensiones de la diferencia no esencialistas. En realidad, al considerar todas las
identidades como susceptibles de ser excluyentes, se socava cualquier posibilidad de distin-
ción entre identidades emancipatorias y opresivas o diferencias positivas y perniciosas. Como
afirma Susan Moller Okin, los argumentos antiesencialistas suelen ser largos en lo teórico
pero muy cortos en las evidencias empíricas. Asimismo Seyla Berihabid destaca las implica-
ciones políticas derivadas de lo que ella denomina «feminismos postestructuralistas-discursi-
vos» que influidos por los pensadores franceses Foucault, Lyotard, Derrida, etc. No sólo se
cancela la posibilidad de llevar a cabo una visión común de la transformación radical sino
que también se ha perdido el sujeto femenino.
Ahora bien, el reconocimiento de las múltiples identidades entrecruzadas que acom-
pañan al sujeto obliga al replanteamiento de la lógica interna de las mismas, en concreto,
respecto a la identidad de género, es preciso reconocer las diversas formas en que la iden-
tidad «mujer» se construye como subordinación. Los objetivos feministas pueden ser cons-
truidos de muy diversas maneras, de acuerdo con diferentes discursos, liberal, conservador,
democrático-radical, separatista-radical, etc., en los cuales pueden ser enmarcados. Es por
ello y siguiendo las apreciaciones de Anne Phillips que se deben admitir múltiples acerca-
mientos a la identidad de género, y cualquier intento por encontrar la «verdadera» forma de
política femenina debería ser abandonada. La ausencia de una identidad esencial femenina
y de una unidad previa, no impide la construcción de múltiples formas de unidad y de ac-
ción común. En este sentido, la crítica al esencialismo, en lugar de ser un obstáculo para la
formulación de un proyecto democrático feminista, puede ser la condición de su posibili-
dad. La política ha de ser entendida no como una forma de política diseñada para la perse-
170 LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES

cución de los intereses de las mujeres en tanto que «mujeres», sino más bien como la per-
secución de objetivos y aspiraciones feministas dentro del contexto de una más amplia ar-
ticulación de demandas.

5. Redistribución y reconocimiento : el género una «colectividad bivalente»

No hay vuelta a una comprensión esencialista de la identidad y la diferencia. La visión


antiesencialista de las identidades y las diferencias como construidas relacionalmente represen-
ta una inmejorable ganancia, pero eso no significa que debiéramos proceder exclusivamente de
acuerdo con la política deconstructiva. Más bien tenemos que desarrollar una versión antiesen-
cialista alternativa que nos permita vincular la política cultural de reconocimiento con una con-
cepción política igualitaria de redistribución (Fraser 1997: 187).

Otra crítica interesante al enfoque feminista de corte multiculturalista y distinta a la


realizada por Okin es la de Nancy Fraser, que considera que bajo este planteamiento se han
dejado al margen las estructuras sociales de dominación y las relaciones sociales de desi-
gualdad. A juicio de Fraser, la reflexión contemporánea de género no debe cometer el error
de atender únicamente a las nuevas identidades bajo el paradigma unidireccional de la polí-
tica de reconocimiento, que comprende tanto la perspectiva antiesencialista como la multi-
cultural. El problema de las mujeres no es exclusivamente cultural, requiere reconocimiento
pero también redistribución.
La política del reconocimiento no es siempre aplicable, o al menos no lo es global-
mente, como parece sugerir Iris Young. Y es que el protagonismo creciente de la política del
reconocimiento ha contribuido a que determinadas diferencias, cuyo origen responde a in-
justicias sociales de distribución, hayan sido, sin embargo, interpretadas en clave decons-
truccionista o esencialista. Para esta autora, resulta necesario una nueva política democrática
que promueva una visión integrada de justicia en la que el reconocimiento y la distribución
converjan complementariamente, devolviendo al género su condición de identidad bivalente;
sólo entonces se podrá hablar de una verdadera transformación de la política. Cuando nos
acercamos, por ejemplo, a tipos ideales de sexualidad despreciada nos encontramos con in-
justicias que requieren remedios distributivos y remedios de reconocimiento respectivamen-
te, de forma que el no reconocimiento no es un efecto de la no redistribución ni a la inver-
sa: constituyen dos aspectos cooriginales de estas identidades híbridas.
El género constituye una colectividad bivalente : comprende dimensiones económicas
y culturales. Por una parte, es un principio estructurante básico de la economía política, pues
articula la diferencia entre la labor «productiva» remunerada frente a la labor «doméstica» y
«reproductiva» no remunerada y asigna a las mujeres la responsabilidad principal de esta úl-
tima. Además, estructura la división del trabajo remunerado entre puestos de trabajo y pro-
fesiones mejor pagadas ocup¡idas mayoritariamente por hombres, y puestos de trabajo y
profesiones peor pagadas, dominadas por las mujeres. El resultado es una estructura políti-
co-económica que genera modos de explotación y de privación específicos en función del gé-
nero. Desde esta perspectiva, la injusticia de género equivale a una forma de injusticia eco-
nómica que requiere una rectificación redistributiva.
Ahora bien, falta una segunda parte para comprender el género como «colectividad bi-
valente», pues éste estructura también modelos dominantes de interpretación y valoración,
los cuales son básicos para el orden en función del estatus. Fraser señala como principal ca-
racterística de agravio en función de género el «androcentrismo», esto es, la constitución
EL PROYECTO DE UNA SOCIEDAD SOSTENIBLE EN EL SIGLO XXI 171

autoritaria de normas que favorecen los rasgos asociados a la masculinidad. Asimismo, no se


puede olvidar el sexismo cultural: la devaluación de aquello considerado «femenino» y que
no tiene por qué referirse sólo a mujeres. Esta devaluación se encuentra institucionalizada
tanto en la ley como en ciertas políticas estatales, en las prácticas sociales así como en los
modelos informales de interacción social. Ejemplos como la violencia doméstica, los malo:'
tratos, las violaciones o abusos sexuales, el desprecio, los estereotipos de los medios, la ex-
clusión o la marginación en las esferas públicas y órganos de decisión pueden considerarse
daños vinculados a las «injusticias de reconocimiento», pues tienen cierta independencia con
respecto a la economía política y, por tanto, no responden a injusticias meramente supraes-
tructurales. La aplicación de la redistribución no resuelve globalmente estas injusticias, son
precisas soluciones de reconocimiento adicionales e independientes. O bien mediante el re-
conocimiento positivo de la diferencia en función del sexo o con la deconstrucción de la opo-
sición binaria entre masculino y femenino.
En consecuencia, el género deviene una asociación de estatus y de clase que sufre las
injusticias tanto de la mala distribución como del no reconocimiento. Para Fraser, este mo-
delo reporta ciertas ventajas: es posible poner entre paréntesis las diferencias irresolubles
acerca de la naturaleza humana y acerca de la vida buena; el no reconocimiento se analiza
como un problema de estructuras sociales de interpretación y valoración que han impedido
la participación equitativa en la vida social.
Luego todas las personas tienen el derecho a obtener la estimaci'Ón social bajo unas
condiciones justas de igualdad de oportunidades. Al eliminar el enfoque economicista, que
considera que la cultura es reducible a la política económica y el enfoque culturalista, que,
por el contrario, mantiene que la política económica es reducible a cultura, se apuesta por
una perspectiva donde la cultura y la economía interactúan causalmente y se encuentran in-
terpenetradas, esto es, constituyen dos perspectivas analíticas que pueden ser asumidas con
respecto a cada campo y que se pueden desplegar críticamente. 2
Teniendo en cuenta el concepto bivalente de justicia que comprende tanto el reconoci-
miento como la redistribución, Fraser promueve una nueva concepción amplia de la esfera
pública caracterizada por tres rasgos fundamentales:

1. La paridad participativa requiere la eliminación de las desigualdades sociales sis-


temáticas, entre ellas las de género, que vician la igualdad formal de la libertad de
los modernos.
2. Una multiplicidad de públicos, mutuamente contestados, debe reemplazar a una es-
fera pública unitaria característica de las democracias liberales actuales.
3. La inclusión de intereses tradicionalmente excluidos de la esfera pública, en razón
de una ideología masculinista que los relegaba a la privacidad, deviene campo pri-
vilegiado de las luchas políticas.

El liberalismo ha resultado particularmente impermeable al género; la división públi-


co/privado se encuentra perfectamente articulado para mantener la subordinación política de

2. La diferencia del planteamiento de Fraser frente al de Young, pese a que las dos comparten un interés
común en los aspectos socioeconómicos de la igualdad, reside en que para Young existe una continuidad, un re-
forzamiento mutuo entre los aspectos económicos y los culturales, mientras que Fraser insiste en realizar una dis-
tinción analítica con el objetivo de subrayar las tensiones entre los dos y poder diferenciar experiencias concretas:
algunos casos de injusticia que han sido interpretados como ausencia de reconocimiento respondían a injusticias
de carácter distributivo, o a la inversa. Para profundizar en este intercambio de ideas se puede consultar Fraser
(l 995b, 1997).
172 LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES

las mujeres. La perspectiva del reconocimiento, el tema de los grupos, ha supuesto, en cier-
ta medida, un importante correctivo al enfoque liberal tradicional y ha tenido implicaciones
específicas en relación con la garantía de la paridad participativa. En este sentido, resultan
interesantes las aportaciones de Anne Phillips, preocupada por la mejora de las relaciones en-
tre la democracia liberal y las cuestiones de género. Va a revisar el planteamiento de la re-
presentación de grupos y a defender la llamada política de la presencia de las mujeres como
solución a las importantes desigualdades relativas a la diferencia sexual. Retoma el debate
en el que se sitúa Fraser, 3 esto es, la tensión permanente entre los que abogan por la igual~
dad de oportunidades y los que enfatizan la importancia de la discriminación positiva. En
realidad, continúa siendo la disyuntiva clásica: igualdad vs. diferencia. Para Phillips, la di-
ferencia sexual debe ser reconocida como un asunto público; los sexos gozan de diferentes
grados de poder, por tanto, la distribución debería igualarse. Las sociedades se encuentran
organizadas a partir de las diferencias sexuales y a cada sexo se le han atribuido unas fun-
ciones específicas, una identidad, responsabilidades y roles; se deberían desarrollar mecanis-
mos que aseguren la paridad en la distribución del poder.
Frente a la perspectiva multiculturalista en la línea de Young, se encuentra Anne Phil-
lips, que no aboga por la representación de grupo en el sentido esencialista del término, esto
es, atendiendo a la representación de las personas sólo y siempre como grupo. Para esta au-
tora, la política constituye un espacio de discusión y representación de creencias que son di-
versas e individuales. Si los individuos considerasen que sólo se pueden realizar a través de
sus identidades de grupo, la democracia implicaría la representación de grupos y el objeti-
vo básico sería identificar y representar a cada uno de ellos, aspecto problemático este que
ya hemos comentado en el caso de Young. En consecuencia, la cuestión estriba también en
cómo se definen a sí mismos los individuos, a saber, si consideran la identidad de grupo,
por ejemplo, la de género, como esencial o secundaria. En general, cuanto más infravalora-
dos, no reconocidos u oprimidos se encuentran los grupos, más esenciales se consideran
para los miembros de los mismos. Llegado a este punto, la creación de algún sistema de
cuotas que dé visibilidad política a su identidad resulta, a juicio de Phillips, una exigencia
legítima. Ahora bien, queda un problema por resolver: el hecho de que existen numerosas
agrupaciones a las cuales, en principio, cada individuo podría pertenecer. Y es que las per-
sonas desarrollan identidades múltiples, cada una da las cuales puede convertirse en domi-
nante durante un tiempo; en determinadas circunstancias y contextos, las personas se iden-
tifican de forma especial con los de su misma raza, o con los de su comunidad lingüística
o con los que son del mismo sexo, o tenga su misma orientación sexual. A veces, también
es la clase la que cristaliza las conexiones, y con frecuencia los ideales y las creencias. Es
por ello que la idea de que la política puede reflejar sólo una de nuestras identidades resul-
ta poco plausible: en política, cada ciudadano pasa fugazmente por diversas identidades,
creando y modificando vínculos.

Es demasiado restrictivo pensar que tanto los elegidos como los electores están definidos
por una única identidad, especialmente cuando ésta es una identidad que no especifica creencias
particulares. Las feministas, sin duda, tienen razón al defender que la gente no debería dejar
atrás sus identidades sexuales cuando suben a la escena política. Pero tampoco tendrían que de-
finirse a sí mismas únicamente por un solo criterio, en este caso el género (Phillips 1998: 327).

3. Phillips realiza algunas sugerentes críticas al trabajo de Fraser --comparándolo con el de Young- pues
considera que continúa, pese a su diseño de las identidades bivalentes, concediendo mayor peso al aspecto de la
justicia distributiva que al reconocimiento. Consultar Phillips ( 1997).
EL PROYECTO DE UNA SOCIEDAD SOSTENIBLE EN EL SIGLO XXI 173

Insistir en el aspecto descriptivo suscita objeciones y preguntas importantes: ¿cuáles


son los costes de las identidades en función de grupo, en este caso en función del género?
El principal coste de una representación descriptiva es que fortalece ciertas tendencias al
esencialismo, es decir, la asunción de que representantes de ciertos grupos posean una iden- ¡,;
tidad esencial que es compartida por el grupo y que ningún otro puede disfrutar. Como se-
ñala Mansbridge, 4 defender que las mujeres deben representar a las mujeres, los ciudadanos
negros a la población negra, significa asumir una serie de cualidades esenciales que cada uno
de los grupos comparten. Al mismo tiempo, insistir en que otros -ajenos al grupo-- no pue-
den representar adecuadamente a los miembros de un grupo descriptivo también lleva implí-
cito que los miembros de ese grupo no puedan ser adecuadamente representados por otros
-Phillips, Kymlicka, Young-. Al determinar de antemano qué elementos y rasgos de la
vida humana son los que tienen una importancia fundamental, el esencialista deja de respe-
tar el derecho de las personas a elegir un plan de vida acorde con sus propios criterios, al de-
terminar lo que es importante y lo que no lo es. Estas elecciones de valor deben quedar en
manos de cada ciudadano: es por ello que la política no debe vincularse a una teoría deter-
minada del ser humano y el bien.
El problema del esencialismo ha obsesionado a los grupos de manera especial en los
últimos años, por ello, para organizarse políticamente, se incluyen características descripti-
vas tales como el lugar de nacimiento, el género, la raza, etc. Fuss subraya que el esencia-
lismo puede ser idealista o materialista, progresista o reaccionario, esto es, puede encontrar-
se al servicio de discursos de resistencia o a tendencias mitologizantes. Por ello, es preciso
hablar de esencialismos en plural. Martha Nussbaum defiende la necesidad de algún tipo de
esencialismo como garantía de los sentimientos morales como la compasión y el respeto. Esta
autora afirma que el feminismo necesita de una concepción del ser humano y del floreci-
miento humano.

Las mujeres en muchas partes del mundo carecen de soporte para la mayoría de las fun-
ciones humanas centrales y esta denegación de apoyo es causada con frecuencia por ser muje-
res. Pero las mujeres, a diferencia de las rocas y las plantas, incluso de los perros y los caba-
llos, son seres humanos, tienen el potencial para llegar a ser capaces de estas funciones huma-
nas, dándole suficiente nutrición, educación y otros apoyos. Por esto es por lo que su desigual
insuficiencia en capacidad es un problema de justicia. Depende de nosotros resolver este pro-
blema. Sostengo que una concepción del funcionamiento humano nos proporciona una valiosa
ayuda cuando emprendemos esta tarea (Nussbaum 1995: 104).

Frente a las crítica antiesencialistas, Nussbaum aboga por la necesidad del mismo siem-
pre y cuando éste quede matizado. Por esencialismo se toma «la visión de que la vida hu-
mana tiene ciertos rasgos centrales y definitorios» y quienes los ponen entre paréntesis lo re-
lacionan con la ignorancia de la historia y con la insensibilidad ante las diferencias cultura-
les. Pese a que son oportunas determinadas críticas al esencialismo, esta autora defiende una
explicación atenta a las funciones humanas básicas, de lo contrario, sería imposible estable-
cer unas bases adecuadas para la justicia social. Para Nussbaum, el desarrollo de una justi-
cia distributiva internacional y una ética global pasa por el desarrollo de una versión de esen-
cialismo que parte del interior de la experiencia humana.

4. Esta autora ha reflexionado sobre el problema de la representación descriptiva sugiriendo una intere-
sante defensa de los aspectos contingentes de la misma así como los costes de Ja aplicación de la representación
de grupos. Ver Mansbridge (2000).
174 LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES

Ahora bien, existen algunas versiones de esencialismo que implican además de garan-
tizar elementos comunes para la unión de cada grupo descriptivo, proporciona a éstos unos
intereses de grupo que, en algunas versiones más extremas, se sitúan por encima de los in-
tereses individuales que podrían dividirlo. Estos esencialismos no sólo pueden llegar a re-
chazar la posibilidad de ciertas líneas de división o desacuerdo político dentro de los grupos,
sino que cualquier posición minoritaria dentro del grupó puede ser subordinada a los intere-
ses dominantes. El tema se complica si determinadas identidades apelan a distinciones bio-
lógicas, a saber, los órganos sexuales, el color de la piel. .. de forma que semejantes aspec-
tos contribuyan a comprender la cohesión del grupo en términos biológicos, no históricos. La
solución a estas tendencias exclusivistas que acompañan a ciertas formas de representación
descriptiva -un ejemplo paradigmático: es imposible que los hombres puedan representar a
las mujeres- pasa por señalar el carácter no esencialista y contingente para la formación de
grupos. La identidad de género se encontrará más cerca de sus propios ideales normativos si
expresa su propia diversidad interna y multiplica las facetas en la que la cuestión sexual re-
sulta relevante. El espacio de la política es un medio de discusión y representación de
creencias que son diversas e individuales. Es necesario encontrar un lenguaje político que
reconozca la heterogeneidad pero no por ello se debe concluir con un esencialismo exclusi-
vista que reduzca al individuo a un aspecto o peculiaridad.

6. A vueltas con la igualdad y la paridad de género

El impulso básico que anima esta reflexión tiene que ver con la necesidad de proponer
una perspectiva teórica y política que se sitúe más allá de la perspectiva posmodema relati-
vista así como de aquellas que se centran en la diferencia sexual. Las defensoras de la demo-
cracia paritaria consideran que hay lugar para un pensamiento feminista más pragmático aten-
to tanto a las diferencias existentes entre las mujeres como al riesgo de la fragmentación del
movimiento feminista hasta su impotencia política. El sexo continúa siendo un factor de pre-
dicción esencial respecto a las oportunidades vitales de los ciudadanos, luego existen razones
para abogar por el reconocimiento igualitario. A. Phillips se considera una de sus represen-
tantes más importantes de la política de la presencia, aborda el tema de la identidad desde una
concepción menos esencialista asumiendo un planteamiento más práctico y limitado. No se
trata de justificar que cada identidad diferenciada deba de estar presente en las instituciones
políticas representando sus peculiaridades. Este enfoque emplea, tal como por los menos
Phillips inteligentemente lo ha abordado, un criterio negativo para presentar argumentos a fa-
vor de esa presencia: el objetivo es acabar con la discriminación y la opresión existentes, de
raíces históricas. En otras palabras, de lo que se trata es de suprimir las exclusiones existen-
tes y ofrecer oportunidades para introducir nuevos temas en el debate público. La defensa de
la paridad de géneros siempre depende de un análisis de las estructuras de exclusión presen-
tes; nunca deviene una exigencia que se derive de la naturaleza de la representación justa. Para
Phillips, mientras las sociedades se encuentren organizadas a partir de las diferencias sexua-
les y a cada sexo se le atribuyan sus propias funciones, identidades y roles, es necesario ha-
cer uso de mecanismos que aseguren la paridad en la distribución del poder.
Phillips no defiende la representación de grupo en el sentido más esencialista del tér-
mino, esto es, la representación de personas sólo y siempre representadas como grupo. El fe-
minismo de la igualdad no defiende una identidad esencial femenina ni tampoco una unidad
original y previa que recuperar. La base de la construcción feminista reside en el hecho de
que muchas mujeres de todo el mundo se consideran tratadas de forma desigual en el ámbi-
EL PROYECTO DE UNA SOCIEDAD SOSTENIBLE EN EL SIGLO XXI 175

to laboral, en cuanto a la seguridad e integridad físicas, en la alimentación y en la salud, en


la educación y en la opinión política. La identidad de género debe ser entendida como el fun-
damento de la lucha contra la opresión, no como la reivindicación de una esencia ·o el en-
quistamiento de una diferencia. ,
Una aproximación al tema de la igualdad desde una perspectiva de género subraya que
la «igualdad formal» fácilmente puede combinarse con el privilegio sistemático y por lo tan-
to, en sí misma, no es suficiente. El que la mujer tuviera formalmente una posición política
fue un logro engañoso. El ejercicio de los derechos como la participación o representación po-
lítica depende de unos recursos de los que las mujeres no disponen en igual medida que los
hombres. El objetivo de la política de la presencia no es otro que acabar con la discrimina-
ción y opresión existentes y ofrecer oportunidades para introducir nuevos temas en el debate
político. El interés por la presencia y la democracia paritaria nace de la contradicción entre
una mayor presencia de mujeres en muchos ámbitos de la vida social y su ausencia de los es-
pacios de toma de decisiones que afectan al conjunto de la sociedad. La presencia plantea que
el interés por lo público y lo político y las responsabilidades que se derivan, deben recaer tan-
to en hombres como mujeres. Una vez demostrado que las desigualdades sociales y econó-
micas determinan la participación y, por tanto, la influencia política, la presencia física de las
mujeres en el proceso de toma de decisiones se convierte en el principal objetivo político.

Cualquier discrepancia entre la proporción de mujeres en el electorado y Ja proporción de


mujeres elegida es suficiente prueba de que la sociedad está ordenada sexualmente, nunca lle-
gará un momento en el que este imperativo pierda su fuerza. O la sociedad trata hombres y mu-
jeres como auténticos iguales, en cuyo caso estarán presentes en igual número en cualquier foro
de toma de decisiones, o. los tratará de forma injusta, en cuyo caso necesitamos acuerdos espe-
ciales que garanticen una presencia igual (Phillips 1998: 328).

7. El feminismo hoy. Algunas consideraciones finales

El feminismo es un producto de la Ilustración, o si atendemos a la presentación de


Amelia Valcárcel un «hijo no querido del igualitarismo ilustrado», en cualquier caso, ha pro-
porcionado una perspectiva fundamental sobre la misma. El feminismo con su sólida trayec-
toria ha puesto a prueba la coherencia de los presupuestos de la modernidad, ha planteando
las bases para extraer las implicaciones más radicales de las ideas de la Ilustración. Com-
prender las principales corrientes feministas a finales de los noventa implica remontarse a los
movimientos de los años sesenta y setenta que sentaron los pilares del debate sobre la iden-
tidad y la diferencia. El proyecto de liberación de la mujer pasaba por conquistar la igualdad
poniendo en evidencia la falta de oportunidades para las mujeres. Los conceptos políticos
claves como «lo personal es político» y las «esferas pública y privada» ocuparon un lugar de
privilegio a la hora de responder a la pregunta de por qué las sociedades establecen una di-
ferencia basándose en la reproducción y la han convertido en desigualdad. Las feministas res-
pondieron a esta cuestión en dos direcciones: una, la reivindicación de la igualdad y la ne-
cesidad de la equiparación de los sexos y dos, la reivindicación de la diferencia y la esencia
de lo femenino .
A mediados de los años ochenta y comienzos de los noventa, sin que se hubiese can-
celado el debate anterior, aparecen nuevas preguntas y nuevas alternativas políticas feminis-
tas. El debate deviene más sutil, se amplía la conversación acerca de la identidad de género
y se repara en la diferencias entre las mujeres. La influencia del posmodernismo así como
176 LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES

las reflexiones acerca del multiculturalismo fueron determinantes a la hora de comprender


las nuevas olas de feministas que redefinieron el movimiento de la mujer.
El constante «deconstruccionismo» de los estudios literarios, lingüísticos y sobre me-
dios de comunicación que se estaban haciendo en los años ochenta se consideraron impres-
cindibles para el nuevo campo de los estudios de la mujer. Desde este enfoque antiesencia-
lista, sólo se puede alcanzar la liberación deconstruyendo la propia identidad femenina libe-
rando todas las voces y experiencias femeninas que el discurso dominante masculino ha
negado. En el plano teórico, esta liberación a través de la deconstrucción ha socavado la pro-
pia unidad del movimiento además de poner de manifiesto algunas dificultades inherentes a
la nueva ola feminista posmoderna. Las feministas deben hablar desde el punto de vista de
las mujeres que han sido «generizadas» y a la vez quieren escapar de la tiranía del género.
Recordamos el conocido debate sobre la «sexualidad» que en su momento significó la rei-
vindicación del «lesbianismo político» frente a la heterosexualidad impuesta. En este sentido,
la opción sexual permite replantear la relación sexo-género y la supuesta complementariedad
de los sexos. El exceso de nominalismo e individualismo posmoderno consistente en poner
entre paréntesis todo marco normativo por sus efectos opresivos sobre los individuos no aca-
ba de resultar rentable desde un punto de vista político, especialmente si necesitamos seguir
pensando un marco normativo y elaborando proyectos emancipatorios para las mujeres.
Además del feminismo de clara influencia posmoderna, en los años noventa, surge tam-
bién una nueva ola de feministas sensibles a las diferencias entre mujeres de diferentes
culturas. Afirman la especificidad de las identidades de grupo y subrayan las diferencias in-
ternas; se organizan grupos autónomos de mujeres negras, latinas, chicanas, lesbianas y su
objetivo básico es impedir su invisibilidad y el verse silenciadas por el discurso feminista ge-
neral. La justicia y la política de la diferencia obedecen a la necesidad de reconocimiento y
al debate sobre la raza, la clase, la sexualidad ... que las mujeres «blancas, anglosajonas y de
clase media» habían olvidado. No obstante, esta perspectiva no es ajena a algunas tensiones
que se presentan entre el feminismo y el multiculturalismo como veíamos en las páginas an-
teriores. La adopción por parte de algunas feministas de un punto de vista en exceso relati-
vista cultural ha impedido poner en cuestión muchos aspectos de la desigualdad entre sexos
que demuestran la violencia que, en ocasiones, sufren las mujeres.
En último lugar, se ha subrayado la importancia de enfoques más conciliadores entre
la distribución y el reconocimiento, atentos a la relevancia de la identidad de género como
una identidad bivalente. Una perspectiva que permite construir al mismo tiempo el problema
de la identidad de género como un problema de justicia social y como un problema de reco-
nocimiento. Asimismo, la política de la presencia y la reivindicación de la democracia pari-
taria viene a dar respuesta a algunos de los déficit planteados dentro de las democracias li-
berales, a saber, la igualdad, la multiplicidad de identidades, la participación, etc. Es una pers-
pectiva que, devolviéndole la confianza a la ilustración, apuesta por una mayor presencia de
las mujeres en la esfera pública como verdadera expresión de igualdad entre los sexos.
En definitiva, el pensamiento feminista de hoy constituye una de las expresiones más
significativas de la reflexión política moderna; el objetivo inmediato que se plantea es la ne-
cesidad de buscar mayores confluencias en el debate y romper los términos dicotómicos del
mismo: identidad, diferencia, distribución, reconstrucción, deconstrucción, esencialismo, an-
tiesencialismo ... Intentar desarrollar nuevos paradigmas de teorización feminista que integren
los puntos de vista marcados por el liberalismo, el multiculturalismo y el posmodernismo.
En resumen, cambiar el rumbo de estas voces plurales de la nueva ola del feminismo que
han pasado a formar parte ya del pensamiento político contemporáneo marcado ineludible-
mente por la pregunta de género,
EL PROYECTO DE UNA SOCIEDAD SOSTENIBLE EN EL SIGLO XXI 177

8. Cuadro: Corrientes del feminismo

"'" -
Debate
Diferencia de género Igualdad I Diferencia Se ignoran
(Años 60-70) Firestone, Rubin, Friedan, Chodorov/Gilligan, Ruddick las diferencias
Construcción social / Determinismo biológico internas
de los grupos

Identidad: Lógica represiva y excluyente

I
Posmodernismo / Antiesencialismo
Cuestionamiento de las relaciones identidad/diferencia
Crítica a la exclusión y a la negación de diferencias.
Butler, Mouffe (programas deconstructivos de género)

Diferencias entre las mujeres


(Años SO-principios de los 90)
Diferencias múltiples entrecruzadas
(a partir de los años 90)

Multiculturalismo
Interpretación positiva de las diferencias de grupo
y las identidades en función del grupo. (Lesbianas,
mujeres latinas, judías, afroamericanas, asioameri-
canas ... )
Young (esfera pública heterogénea)

~
Identidad: Lógica del reconocimiento

Distribución y reconocimiento
Unificación de la problemática cultural -no sólo el
género- con la problemática de la igualdad social.
Fraser (perspectiva dualista)

~
Identidad: Lógica bivalente
Presencia e Igualdad
Phillips (política de la presencia)
178 LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES

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