La Nueva Ola Del Feminismo
La Nueva Ola Del Feminismo
3.2
El feminismo cuenta con un sólida trayectoria de casi tres siglos de luchas orientadas
a la conquista de la libertad y la igualdad para las mujeres. Desde Frarn;ois Poullain de la
Barre que en 1673 publicó De l 'égalité des sexes o Mary Wollstonecraft Vindicación de los
derechos de la mujer en 1792 hasta hoy se han publicado numerosos y diferentes trabajos
que han puesto de manifiesto que el género como construcción social, lejos de ser un des-
cubrimiento reciente, fue descubierto en la época ilustrada. Ahora bien, ha sido la utilización
en nuestros días del término género lo que ha permitido que los recientes estudios sobre la
mujer hayan entrado en la Academia sin el molesto aguijón de la lucha feminista.
En términos generales, el género, como una categoría analítica esencial, ha pasado a
indicar el carácter fundamentalmente social de las distinciones identitarias sustentadas en el ~
sexo y a resaltar todos los aspectos vinculados a las definiciones normativas de la feminidad.
Su tematización se ha convertido en un nuevo y esclarecedor marco de referencia para la fi-
losofía, la historia, la psicología, el lenguaje, la literatura, etc. El feminismo a partir de en-
tonces ha supuesto un reexamen crítico de los principios y supuestos del trabajo intelecttial
existente.
Este trabajo tiene como objetivo destacar las principales aportaciones teóricas a la
teoría y filosofía políticas que se reclaman explícitamente del feminismo de los años noven-
ta. Para ello, es necesario remontarse al debate fundamental de que se conoce como la se-
gunda fase del movimiento feminista referencia -la primera fase es la inaugurada por la lu-
cha de las sufragistas- y que eclosionó en los años sesenta. A partir de ese momento y gra-
cias a la influencia de otras reivindicaciones identitarias y movimientos sociales, la teoría
feminista se desarrolla ampliamente proporcionando nuevas preguntas y posiciones propias
en relación a los principales debates de la teoría política contemporánea como las nuevas
identidades políticas, el multiculturalismo, el posmodemismo, la distribución, 6~c.
164 LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES
El debate más importante a partir de los años sesenta se centró en la división entre
hombres y mujeres, que articuló la lógica del «nosotras» frente a «ellos» . La discusión abar-
caba la pregunta por la naturaleza de los géneros así como cuestiones político-estratégicas.
La «diferencia» era analizada, en unos casos, como construcción social de género -presen-
te ya en Simone de Beauvoir-, o como elemento ontológico que determina maneras de ser
diferentes para mujeres y hombres. Una discusión que da cuenta de la tensión reivindicativa
entre la igualdad y la diferencia a través del dilema entre el feminismo de la igualdad y el
feminismo de la diferencia.
Para el feminismo de la igualdad, la subordinación de la mujer se explica como un pro-
ceso sociocultural (Firestone 1970; Rubín 1975; Friedan 1960; Chodorov 1978) de forma-
ción de género a partir de una matriz que se considera puramente biológica: el sexo. Bajo
esta corriente se aceptan las definiciones de la cultura, los valores, y la universalidad, pero
se exige que se apliquen en los mismos términos para hombres y mujeres. Poner el acento
en la diferencia de género significa perjudicar a las mujeres, pues equivale a marginarlas y
excluirlas de todas aquellas actividades que contribuyen a la autorrealización de la persona,
a saber, la política; el trabajo, etc. Es necesario velar por los derechos de las mujeres, la par-
ticipación de las mujeres en la sociedad para acabar con la situación de subaltemidad de las
mujeres en la sociedad siempre en el marco de la institución familiar. La equiparación de los
sexos ha sido el principio que ha articulado las vindicaciones del feminismo de la igualdad.
Al mismo tiempo, en la década de los setenta surge un feminismo interesado en pro-
fundizar en la relación entre los sexos desde el punto de vista de la diferencia, en la sexua-
lidad femenina y masculina, como núcleo de la dominación patriarcal dejando en un segun-
do plano el tema de la igualdad y así construir un sujeto femenino con palabra e identidad
propia. El feminismo de la diferencia reivindica la esencia de lo femenino frente a los abu-
sos de la identidad masculina a lo largo de la historia. Enfatiza la diferencia como valor, con-
sagrando como valores todo aquello que relaciona a la mujer especialmente con la naturale-
za, la vida, la sensibilidad ...
Estos dos movimientos se influencian mutuamente ya que el poder movilizador de lo
«femenino» seducirá en algunos momentos a las defensoras de la igualdad, del mismo modo
que las reivindicaciones efectuadas a favor de los derechos fundamentales también marcarán
a las partidarias de la diferencia. Asimismo, este debate tuvo unas implicaciones políticas
considerables: el feminismo de la igualdad, por ejemplo, abordaba críticamente la división
sexual del trabajo, la rigidez de los roles de género y la marginación económica social y po-
lítica de las mujeres. Por supuesto que dentro de esta perspectiva igualitaria, feministas libe-
rales, radicales y socialistas discutían entre ellas cuál era la mejor forma de alcanzar la igual-
dad entre hombres y mujeres.
El feminismo de la diferencia, por el contrario, rechazaba el enfoque igualitario como
asimilacionista. Insistía en el componente patriarcal presente no sólo en la estructura social
EL PROYECTO DE UNA SOCIEDAD SOSTENIBLE EN EL SIGLO XXI 165
A partir de los años ochenta, sin que se hubiese suspendido el debate anterior y coin-
cidiendo con la gran proliferación de identidades políticas, surgieron en el propio seno del
movimiento feminista nuevas preguntas y respuestas que se superpusieron a las anteriores.
Por una parte, surge el debate de las diferencias entre mujeres pertenecientes a distintas cul-
turas, clases y colectivos sociales. Se refuerza el discurso de la diferencia y amplía con los
argumentos procedentes, en ocasiones, del paradigma posmoderno. Las mujeres feministas
afroamericanas y otras minorías presentes en Estados Unidos e Inglaterra toman la palabra
para denunciar cómo las mujeres blancas de clase media han excluido o han mostrado indi-
ferencia por los problemas de mujeres de otras razas, culturas y religiones e incluso con res-
pecto a mujeres de distinta clase que la suya. Las feministas sensibles al reconocimiento de
las identidades culturales ya no se centran exclusivamente en las diferencias de género pues
éstas se interseccionan con otros importantes ejes de diferencias, como son la clase, la se-
xualidad, la nacionalidad, la etnicidad, etc.
Por otra parte, desde marcos posmodernos, se aprecia un creciente «escepticismo so-
bre el género» al que se acusa de «ficción totalizadora» responsable de crear una falsa uni-
dad a partir de elementos heterogéneos. Se cuestion~ la utilidad misma de la categoría géne-
ro, y hasta la conveniencia de dejarla atrás (Flax 1990; Hawkesworth 1997). El género no
posee ningún estatus ontológico, es producido discursivamente desde prácticas de exclusión
166 LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES
(Butler 1990). Veamos con mayor detenimiento estas dos corrientes exponentes de las más
recientes reflexiones sobre el feminismo.
3. Feminismo y multiculturalismo
propios compromisos y objetivos a la luz de las perspectivas producidas por las feministas
de otras. De este modo, es más sencillo reconocer los propios límites y prejuicios de las pro-
pias creencias y asunciones. El escenario político que acompaña ahora al nuevo feminismo
son los nuevos movimientos sociales, cada uno de los cuales ha elevado a categoría política
una diferencia «diferente». Así pues, las feministas se encuentran compartiendo espacio po!'
lítico con gays y lesbianas movilizados en tomo a la diferencia sexual para combatir el he-
terosexismo, movimientos étnicos, indígenas que han politizado sus diferencias raciales para
luchar contra la subordinación racial; y una gran variedad de grupos religiosos que luchan
por el reconocimiento dentro de unas sociedades cada vez más plurales y complejas. Cada
una de estas identidades van a ser interferidas por las otras, iniciándose todo un proceso de
descubrimiento de las propias diferencias en el propio seno. De este modo, en los años no-
venta, las «diferencias entre mujeres» pasan a constituir el debate fundamental de la corriente
feminista del multiculturalismo que adopta un punto de vista positivo de las diferencias.
Ahora bien, este nuevo enfoque, tal como muy acertadamente observa Okin (Okin
2000), no evita las tensiones entre feminismo y multiculturalismo. Unas tensiones surgidas en-
tre, por una parte, el compromiso con la igualdad de género y algunos principios del multi-
culturalismo. En ocasiones, determinadas culturas oprimen a algunos de sus miembros, en par-
ticular a las mujeres. En el contexto de los estados liberales, cuando los grupos culturales re-
claman derechos especiales en función de grupo, se debe prestar previamente atención al
estatus ocupado por las mujeres. Algunos aspectos de los derechos de grupo ponen en peligro
la integridad y_ la dignidad de las mujeres, pues ·existen una serie de costumbres culturales o
religiosas como la mutilación de genitales femeninos, determinadas reglas de cohabitación o
la imposición del uso del velo que pueden discriminar y dañar a las mujeres, especialmente a
las mujeres inmigrantes que viven en países occidentales y son ciudadanas de ellos. Adop-
tando una perspectiva de género, la defensa de los derechos de grupo presentan, a veces, pro-
blemas y ponen en peligro el principio de la igualdad entre hombres y mujeres.
El recelo de algunas feministas occidentales al llamado «imperialismo cultural» ha he-
cho que éstas adoptasen un punto de vista en exceso relativista cultural que fundamental-
mente ha favorecido a los líderes masculinos que se autodesignan como representantes cul-
turales. Como afirma Okin, sólo prestando atención al contenido de las distintas culturas y
las prácticas asociadas a las mujeres podemos repensar el multiculturalismo bajo una nueva
perspectiva feminista. El hecho de que existan «diferencias entre mujeres» no puede impe-
dir el establecer generalizaciones acerca de muchos aspectos de la desigualdad entre los se-
xos que demuestren la violencia que sufren las mujeres.
El argumento del multiculturalismo recurre a la injusticia más general del «imperialis-
mo cultural» y al remedio más general de la revalorización de todas las identidades desacre-
ditadas. Es un razonamiento que corre el peligro de «esencializarn identidades, tratándolas
como si fuesen realidades positivas e inmutables y tomando en consideración las identidades
de grupo ya existentes. Da por supuesto que tales identidades son buenas tal como son, y que
sólo necesitan de mayor respeto. Pero lo cierto es que determinadas prácticas de grupos cul-
turales pueden ser perfectamente vinculadas con relaciones sociales de dominación igual-
mente existentes.
4. El feminismo posmoderno
En esta nueva ola del feminismo que va más o menos desde mediados de los años
ochenta aproximadamente hasta el presente, el interés se traslada a la identidad. A partir de
168 LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES
Muchas feministas creen que, si no contemplamos a las mujeres como una identidad co-
herente, no podemos fundamentar la posibilidad del movimiento feminista gracias al cual, la
mujer podría unirse con el objetivo de formular y perseguir sus metas feministas. En desacuer-
do con esa visión, argumentaré que algunas autoras feministas que están comprometidas con la
política de la democracia radical, la deconstrucción de las identidades esencialistas, deberían
1. La diferencia, como plantearán tanto Butler como Fuss ya no se situaba entre identidades sino el inte-
rior mismo de cada una de ellas.
EL PROYECTO DE UNA SOCIEDAD SOSTENIBLE EN EL SIGLO XXI 169
considerarse como Ja condición necesaria para una adecuada comprensión de Ja variedad de las
relaciones sociales donde los principios de igualdad y libertad tienen que aplicarse (Mouffe
1993: 76):
cución de los intereses de las mujeres en tanto que «mujeres», sino más bien como la per-
secución de objetivos y aspiraciones feministas dentro del contexto de una más amplia ar-
ticulación de demandas.
2. La diferencia del planteamiento de Fraser frente al de Young, pese a que las dos comparten un interés
común en los aspectos socioeconómicos de la igualdad, reside en que para Young existe una continuidad, un re-
forzamiento mutuo entre los aspectos económicos y los culturales, mientras que Fraser insiste en realizar una dis-
tinción analítica con el objetivo de subrayar las tensiones entre los dos y poder diferenciar experiencias concretas:
algunos casos de injusticia que han sido interpretados como ausencia de reconocimiento respondían a injusticias
de carácter distributivo, o a la inversa. Para profundizar en este intercambio de ideas se puede consultar Fraser
(l 995b, 1997).
172 LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES
las mujeres. La perspectiva del reconocimiento, el tema de los grupos, ha supuesto, en cier-
ta medida, un importante correctivo al enfoque liberal tradicional y ha tenido implicaciones
específicas en relación con la garantía de la paridad participativa. En este sentido, resultan
interesantes las aportaciones de Anne Phillips, preocupada por la mejora de las relaciones en-
tre la democracia liberal y las cuestiones de género. Va a revisar el planteamiento de la re-
presentación de grupos y a defender la llamada política de la presencia de las mujeres como
solución a las importantes desigualdades relativas a la diferencia sexual. Retoma el debate
en el que se sitúa Fraser, 3 esto es, la tensión permanente entre los que abogan por la igual~
dad de oportunidades y los que enfatizan la importancia de la discriminación positiva. En
realidad, continúa siendo la disyuntiva clásica: igualdad vs. diferencia. Para Phillips, la di-
ferencia sexual debe ser reconocida como un asunto público; los sexos gozan de diferentes
grados de poder, por tanto, la distribución debería igualarse. Las sociedades se encuentran
organizadas a partir de las diferencias sexuales y a cada sexo se le han atribuido unas fun-
ciones específicas, una identidad, responsabilidades y roles; se deberían desarrollar mecanis-
mos que aseguren la paridad en la distribución del poder.
Frente a la perspectiva multiculturalista en la línea de Young, se encuentra Anne Phil-
lips, que no aboga por la representación de grupo en el sentido esencialista del término, esto
es, atendiendo a la representación de las personas sólo y siempre como grupo. Para esta au-
tora, la política constituye un espacio de discusión y representación de creencias que son di-
versas e individuales. Si los individuos considerasen que sólo se pueden realizar a través de
sus identidades de grupo, la democracia implicaría la representación de grupos y el objeti-
vo básico sería identificar y representar a cada uno de ellos, aspecto problemático este que
ya hemos comentado en el caso de Young. En consecuencia, la cuestión estriba también en
cómo se definen a sí mismos los individuos, a saber, si consideran la identidad de grupo,
por ejemplo, la de género, como esencial o secundaria. En general, cuanto más infravalora-
dos, no reconocidos u oprimidos se encuentran los grupos, más esenciales se consideran
para los miembros de los mismos. Llegado a este punto, la creación de algún sistema de
cuotas que dé visibilidad política a su identidad resulta, a juicio de Phillips, una exigencia
legítima. Ahora bien, queda un problema por resolver: el hecho de que existen numerosas
agrupaciones a las cuales, en principio, cada individuo podría pertenecer. Y es que las per-
sonas desarrollan identidades múltiples, cada una da las cuales puede convertirse en domi-
nante durante un tiempo; en determinadas circunstancias y contextos, las personas se iden-
tifican de forma especial con los de su misma raza, o con los de su comunidad lingüística
o con los que son del mismo sexo, o tenga su misma orientación sexual. A veces, también
es la clase la que cristaliza las conexiones, y con frecuencia los ideales y las creencias. Es
por ello que la idea de que la política puede reflejar sólo una de nuestras identidades resul-
ta poco plausible: en política, cada ciudadano pasa fugazmente por diversas identidades,
creando y modificando vínculos.
Es demasiado restrictivo pensar que tanto los elegidos como los electores están definidos
por una única identidad, especialmente cuando ésta es una identidad que no especifica creencias
particulares. Las feministas, sin duda, tienen razón al defender que la gente no debería dejar
atrás sus identidades sexuales cuando suben a la escena política. Pero tampoco tendrían que de-
finirse a sí mismas únicamente por un solo criterio, en este caso el género (Phillips 1998: 327).
3. Phillips realiza algunas sugerentes críticas al trabajo de Fraser --comparándolo con el de Young- pues
considera que continúa, pese a su diseño de las identidades bivalentes, concediendo mayor peso al aspecto de la
justicia distributiva que al reconocimiento. Consultar Phillips ( 1997).
EL PROYECTO DE UNA SOCIEDAD SOSTENIBLE EN EL SIGLO XXI 173
Las mujeres en muchas partes del mundo carecen de soporte para la mayoría de las fun-
ciones humanas centrales y esta denegación de apoyo es causada con frecuencia por ser muje-
res. Pero las mujeres, a diferencia de las rocas y las plantas, incluso de los perros y los caba-
llos, son seres humanos, tienen el potencial para llegar a ser capaces de estas funciones huma-
nas, dándole suficiente nutrición, educación y otros apoyos. Por esto es por lo que su desigual
insuficiencia en capacidad es un problema de justicia. Depende de nosotros resolver este pro-
blema. Sostengo que una concepción del funcionamiento humano nos proporciona una valiosa
ayuda cuando emprendemos esta tarea (Nussbaum 1995: 104).
Frente a las crítica antiesencialistas, Nussbaum aboga por la necesidad del mismo siem-
pre y cuando éste quede matizado. Por esencialismo se toma «la visión de que la vida hu-
mana tiene ciertos rasgos centrales y definitorios» y quienes los ponen entre paréntesis lo re-
lacionan con la ignorancia de la historia y con la insensibilidad ante las diferencias cultura-
les. Pese a que son oportunas determinadas críticas al esencialismo, esta autora defiende una
explicación atenta a las funciones humanas básicas, de lo contrario, sería imposible estable-
cer unas bases adecuadas para la justicia social. Para Nussbaum, el desarrollo de una justi-
cia distributiva internacional y una ética global pasa por el desarrollo de una versión de esen-
cialismo que parte del interior de la experiencia humana.
4. Esta autora ha reflexionado sobre el problema de la representación descriptiva sugiriendo una intere-
sante defensa de los aspectos contingentes de la misma así como los costes de Ja aplicación de la representación
de grupos. Ver Mansbridge (2000).
174 LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES
Ahora bien, existen algunas versiones de esencialismo que implican además de garan-
tizar elementos comunes para la unión de cada grupo descriptivo, proporciona a éstos unos
intereses de grupo que, en algunas versiones más extremas, se sitúan por encima de los in-
tereses individuales que podrían dividirlo. Estos esencialismos no sólo pueden llegar a re-
chazar la posibilidad de ciertas líneas de división o desacuerdo político dentro de los grupos,
sino que cualquier posición minoritaria dentro del grupó puede ser subordinada a los intere-
ses dominantes. El tema se complica si determinadas identidades apelan a distinciones bio-
lógicas, a saber, los órganos sexuales, el color de la piel. .. de forma que semejantes aspec-
tos contribuyan a comprender la cohesión del grupo en términos biológicos, no históricos. La
solución a estas tendencias exclusivistas que acompañan a ciertas formas de representación
descriptiva -un ejemplo paradigmático: es imposible que los hombres puedan representar a
las mujeres- pasa por señalar el carácter no esencialista y contingente para la formación de
grupos. La identidad de género se encontrará más cerca de sus propios ideales normativos si
expresa su propia diversidad interna y multiplica las facetas en la que la cuestión sexual re-
sulta relevante. El espacio de la política es un medio de discusión y representación de
creencias que son diversas e individuales. Es necesario encontrar un lenguaje político que
reconozca la heterogeneidad pero no por ello se debe concluir con un esencialismo exclusi-
vista que reduzca al individuo a un aspecto o peculiaridad.
El impulso básico que anima esta reflexión tiene que ver con la necesidad de proponer
una perspectiva teórica y política que se sitúe más allá de la perspectiva posmodema relati-
vista así como de aquellas que se centran en la diferencia sexual. Las defensoras de la demo-
cracia paritaria consideran que hay lugar para un pensamiento feminista más pragmático aten-
to tanto a las diferencias existentes entre las mujeres como al riesgo de la fragmentación del
movimiento feminista hasta su impotencia política. El sexo continúa siendo un factor de pre-
dicción esencial respecto a las oportunidades vitales de los ciudadanos, luego existen razones
para abogar por el reconocimiento igualitario. A. Phillips se considera una de sus represen-
tantes más importantes de la política de la presencia, aborda el tema de la identidad desde una
concepción menos esencialista asumiendo un planteamiento más práctico y limitado. No se
trata de justificar que cada identidad diferenciada deba de estar presente en las instituciones
políticas representando sus peculiaridades. Este enfoque emplea, tal como por los menos
Phillips inteligentemente lo ha abordado, un criterio negativo para presentar argumentos a fa-
vor de esa presencia: el objetivo es acabar con la discriminación y la opresión existentes, de
raíces históricas. En otras palabras, de lo que se trata es de suprimir las exclusiones existen-
tes y ofrecer oportunidades para introducir nuevos temas en el debate público. La defensa de
la paridad de géneros siempre depende de un análisis de las estructuras de exclusión presen-
tes; nunca deviene una exigencia que se derive de la naturaleza de la representación justa. Para
Phillips, mientras las sociedades se encuentren organizadas a partir de las diferencias sexua-
les y a cada sexo se le atribuyan sus propias funciones, identidades y roles, es necesario ha-
cer uso de mecanismos que aseguren la paridad en la distribución del poder.
Phillips no defiende la representación de grupo en el sentido más esencialista del tér-
mino, esto es, la representación de personas sólo y siempre representadas como grupo. El fe-
minismo de la igualdad no defiende una identidad esencial femenina ni tampoco una unidad
original y previa que recuperar. La base de la construcción feminista reside en el hecho de
que muchas mujeres de todo el mundo se consideran tratadas de forma desigual en el ámbi-
EL PROYECTO DE UNA SOCIEDAD SOSTENIBLE EN EL SIGLO XXI 175
"'" -
Debate
Diferencia de género Igualdad I Diferencia Se ignoran
(Años 60-70) Firestone, Rubin, Friedan, Chodorov/Gilligan, Ruddick las diferencias
Construcción social / Determinismo biológico internas
de los grupos
I
Posmodernismo / Antiesencialismo
Cuestionamiento de las relaciones identidad/diferencia
Crítica a la exclusión y a la negación de diferencias.
Butler, Mouffe (programas deconstructivos de género)
Multiculturalismo
Interpretación positiva de las diferencias de grupo
y las identidades en función del grupo. (Lesbianas,
mujeres latinas, judías, afroamericanas, asioameri-
canas ... )
Young (esfera pública heterogénea)
~
Identidad: Lógica del reconocimiento
Distribución y reconocimiento
Unificación de la problemática cultural -no sólo el
género- con la problemática de la igualdad social.
Fraser (perspectiva dualista)
~
Identidad: Lógica bivalente
Presencia e Igualdad
Phillips (política de la presencia)
178 LOS NUEVOS MOVIMIENTOS SOCIALES
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