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Borges y el Enigma del Otro

Existe un espejo en la vida de todo ser humano, como una entrada al laberinto que a cada quien le corresponde. El espejo puede ser muchas cosas, pero entre ellas es una puerta hacia otra dimensión, un pasaje hacia donde uno —quizás— pudiera reencontrarse con el otro. Hay veces que el espejo provoca el temor a la magia de lo inverso y la multiplicidad, lo cual realmente es un riesgo, puesto que uno puede ser absorbido por su azogue, convertirse en alguien distinto y después de tanto reproducir una imagen equivocada diluirse en lo desconocido…
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Borges y el Enigma del Otro

Existe un espejo en la vida de todo ser humano, como una entrada al laberinto que a cada quien le corresponde. El espejo puede ser muchas cosas, pero entre ellas es una puerta hacia otra dimensión, un pasaje hacia donde uno —quizás— pudiera reencontrarse con el otro. Hay veces que el espejo provoca el temor a la magia de lo inverso y la multiplicidad, lo cual realmente es un riesgo, puesto que uno puede ser absorbido por su azogue, convertirse en alguien distinto y después de tanto reproducir una imagen equivocada diluirse en lo desconocido…
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ANÁLISIS DEL CUENTO: “OTRO, ÉL MISMO”, de Jorge Luis Borges

Existe un espejo en la vida de todo ser humano, como una entrada al laberinto que a cada quien
le corresponde. El espejo puede ser muchas cosas, pero entre ellas es una puerta hacia otra
dimensión, un pasaje hacia donde uno —quizás— pudiera reencontrarse con el otro. Hay veces
que el espejo provoca el temor a la magia de lo inverso y la multiplicidad, lo cual realmente es un
riesgo, puesto que uno puede ser absorbido por su azogue, convertirse en alguien distinto y
después de tanto reproducir una imagen equivocada diluirse en lo desconocido…
Con probabilidad esto pudo ser el terror que sentiría Jorge Luis Borges (1899-1986) cuando era
niño y se encontraba con los espejos: terror suyo, que quizás fue el de Teseo ante el laberinto o
el del mismo Prometeo ante el fuego. Aunque en verdad no creo que fuera tal, sino un deseo de
no entrar en esas paredes de cristal para no perder el lado de acá, supongo, esto que
aparentemente todo el mundo cree conocer.
Sin embargo, sospecho que sin que el mismo Borges en un principio lo advirtiera, el horror a los
espejos (o al laberinto) se transformó de duda existencial en duda imaginaria, que es como decir:
en curiosidad y seducción cuando, antes de ser un ciego luminoso, descubrió que del otro lado
se encontraba el mundo de Imago (y que este ámbito también pudiera sentirse como el
verdadero), donde se podía estar y ser, y que el miedo y la misma nada se hallaban más que todo
en este mundo de acá, por lo que en muchos casos es mejor contemplar la vida desde el otro
lado; o sea, del lado de adentro del espejo (o del laberinto).
Con seguridad, desde que Borges publicó su primer libro —y hasta después de su muerte— era
ya un escritor —al decir de Harold Bloom— al que sus ideas no se le podían (ni pueden) clasificar
como religiosas, políticas o psicoanalíticas, cuestiones estas últimas que, según el mismo Bloom,
él rechazó.
Sin embargo, lo que sí resulta indiscutible es que este argentino fue un maravilloso creador de
ficciones metafísicas, y entre los pocos escritores universales que han tratado con belleza y
profundidad el tema del otro, Borges figura como uno de los más preclaros, por contar no sólo
con un estimable arsenal de temas novedosos, sino además porque la factura de sus poemas, de
su prosa crítica y sus narraciones proyecta una exquisita apariencia de serenidad y lógica, que
verdaderamente esconde las fuertes vibraciones de un sentido estético hacia lo desconocido; de
aquí que algunos críticos, que gustan descifrar lo hermético y pueden encontrar la trascendencia
de la luz entre las sombras, lo hayan definido como un enigmático iluminador de antigüedades y
de misterios presentes y futuros.
En este caso, lo enigmático es en realidad el asombroso talento de un ciego que ha hecho de las
sombras el inquietante resplandor de un mundo contenido en el doble de todo ser humano.
En sus obras (Historia universal de la infamia, El jardín de senderos que se bifurcan, Ficciones, El
Aleph, La muerte y la brújula y Cuentos breves y extraordinarios, entre tantos importantes libros
de poemas, ensayos, crítica literaria y colaboraciones con otro autor como Adolfo Bioy Casares),
este hacedor —que siempre ha hecho de toda creación algo inesperado— ha sabido revelar la
dimensión fantástica de la realidad. Sus cuentos, y buena parte de su poesía, le han otorgado a
la realidad el verdadero valor que conlleva el hecho de que ésta se encuentra formada no sólo
por lo material y corpóreo de la vida, sino asimismo por la —aunque impalpable— real dimensión
de lo imaginario.
Para Borges, la realidad no es exclusivamente el recuerdo en apariencia historiado de un gaucho
como Tadeo Isidoro Cruz, sino también (y quizás más importante) ese despertar de Asterión, que
quiere salirse de todo trasfondo ficcional que puede encerrar el Minotauro como protagonista
de un laberinto mental; pero que para mí se me antoja el laberinto simbólico de lo que es el
mundo: la soledad.
El ser humano, por lo general, tiene su doblez, su historia otra, en la propia creación imaginativa
de sus sueños; por lo que la imaginación es la otra cara, oculta, de la realidad.
El sueño, en este portentoso autor argentino, constituye la creación posible del mundo en sus
latitudes intangibles; intangibilidad no menos cierta, sino probablemente más esencial que las
elementales tres dimensiones de nuestra vida corporal. El sueño se descubre así como un acertijo
de identidad: ¿quién sueña a quién? Y es con esta interrogante que se teje mucho del universo
borgiano. No es de dudar que esta problemática metafísica viene anunciada ya en sus poemarios
Fervor de Buenos Aires (1923), Luna de enfrente (1925) y Cuadernos San Martín (1929); libros en
los que el argentino expresa lo fantasmal de una ciudad que llega a mezclarse con la pampa
(Fervor…) y las incidencias originarias, en los otros cuadernos, que tienen para el ser humano los
hechos de la soledad, el tiempo y la muerte.
La identidad en la literatura de Borges es algo que va más allá de la tierra argentina, incluso, de
lo hispanoamericano. La identidad para él resulta ser una búsqueda de lo universal como
cosmología. Viene a ser el hombre en su verso (in verso) de la intimidad y de todo aquello que lo
trasciende. En mi criterio, Borges siempre ha buscado a Dios mediante el recurso de la duda. Su
escepticismo ha sido un sinónimo de infinitud. O podríamos traducirlo como su identidad
inmortal, porque este ciego que estuvo lleno de luz, ahora —después de su muerte física—
continúa en las ideas de ese otro que ha quedado en nosotros, como que somos ese él que nos
funde (y confunde) a través de la eternidad de las palabras. En su escrito de Borges y yo lo dice
claramente:
Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges
pueda tomar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado
ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizás porque lo bueno ya no es
de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a
perderme definitivamente y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro…Yo he de
quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy)… Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y
todo es del olvido, o del otro. No sé cuál de los dos escribe esta página.
El otro es la parte que todos tenemos de la entrega; y lo es porque aquí se da el doble positivo,
el que es reconocido por uno para llegar —visto desde una perspectiva intelectual realmente
abierta— a la instancia de la humildad humana, que es algo más que la simple suma del talento
y las habilidades. Probablemente fue ello el sentido de Asterión cuando se deja matar por Teseo,
no sólo para liberarse del laberinto mental en que estaba encerrado, sino también para
convertirse en el otro mediante el mito y la posibilidad de la reinterpretación de este mito con
los años y los siglos, y así asegurar la universalidad (o lo que pudiéramos decir también: la
inmortalidad).
Borges resuelve así dos problemas: el primero, un asunto de la mejor retórica, la estrategia a
emplear para reconocerse a sí mismo como un hacedor consciente de su destino creativo, que
es su valor en este mundo objetivo. Por lo que deja que su conocimiento y sensibilidad, y las
posibilidades de conocer lo desconocido, se subordinen al otro ser que ha imaginado ser, y que
al mismo tiempo no es él solamente, sino también todos los que nos identificamos con su
proyección, con su irreverencia para con la exclusiva materialidad del mundo. En este sentido, el
otro para Borges es la posibilidad de comprenderse él mismo (y hacernos comprender) la
inmortalidad del hombre. El segundo problema es la trascendencia del ser humano en el ser
imaginario, y, de hecho, la conjunción del individuo con lo universal, para ser parte y coadyuvar
a esa energía cosmogónica a la cual debemos dirigirnos. Borges de esta manera se suscribe a lo
infinito: subordinación total a la trascendencia de lo desconocido, pero que en resumidas cuentas
es la esencia divina de Dios. El otro también es Dios y somos nosotros, soy yo mismo en mi
identificación con Borges. Somos uno y todos al mismo tiempo: razón de ubicuidad, sólo
comprensible y alcanzable mediante la imaginación.
Aquí nos deshacemos de la falsa modestia: somos humildes pero también grandes e inefables,
porque en realidad Borges no habla de su persona, sino del género humano, de la potencialidad
que tiene el hombre de alcanzar su propio destino de re-crearse a sí mismo, como un demiurgo,
a imagen y semejanza de Dios; no por fatuidad, sino porque el mismo Creador lo quiso así: somos
parte, causa y consecuencia de la creación. Es como el juego metatextual de la creación: la
infinitud del juego de los espejos y de la caja china a la par de mi difuminación dentro del género
humano: autorrecomposición creativa. Yo y nosotros somos el Aleph y viceversa… Esto es como
un camino para comprender que somos parte del sueño de Dios, porque, en última instancia,
conformamos el corpus de Dios mismo.
De aquí, la duda armónica de quién soy, quiénes somos: yo o el otro, duda infinita, imaginaria,
como el mismo sentido lúdico de la identidad.
Y bien, estos breves apuntes que hago ahora me ponen en duda: ¿será que alguna vez nosotros
fuimos algo de él (lo somos aún)? ¿Será que Dios —como Borges mismo— nos está soñando
indefinidamente? ¿Será que el sueño de Dios es la con-fabulación, será?…

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