Los Cuentos de Mamatoya
Los Cuentos de Mamatoya
El castigo ineludible
Siempre nos causaste envidia —dijo Lucho abrazándome—, pero sana.
Cuando recorríamos los otros pabellones, Elver preguntó:
—¿Angel, por dónde quedaba la fosa común?
—Estamos cerca. Han tapado gran parte de los huesos con tierra, pero se
mantiene todavía. Síganme —les dije.
Caminamos atravesando montículos de tierra y piedra. Pasamos por entre
las cruces blancas sin pisar las que estaban caídas y sorteando las espigadas
y ñludas hierbas nos ubicamos frente a la fosa donde rntaño muchas veces
fuimos aventados por la banda ie los Cochachis por no pagar una apuesta de
bolas.
—¿Aquí tiraban a los muertos que no tenían famiba. no? —preguntó Lucho.
—¿Se acuerdan de que la Mamatoya nos contaba de in tal Cirilo
Pabuacho? —pregunté.
• —Sí —respondieron los dos.
—Aquí descansa el pobrecito.
—También aquí están los delincuentes y borrachos —agregó Élver.
—De aquí sacábamos fémures y jugábamos a los espadachines —dije
riéndome.
—Claro, ¡como buenos mataperros que éramos! —repitió Lucho.
—¡Como «Los tres mosqueteros»! —dije, poniéndome en guardia.
—¿Y por qué les dirían mosqueteros, no? —preguntó Élver.
—Porque usaban mosquetes —respondió Lucho.
—Los mosquetes eran fusiles antiguos —concluí.
—Pero ellos usaban espadas —insistió Élver—. En todo caso debieron
llamarse «Los tres espadachines».
—Sí, investiga, pues, Élver—dijo Lucho, mirándome y cerrando uno de los
ojos en señal de complicidad.
—¿Y qué hay sobre aquel día en que coincidimos, muy puntuales, en la
puerta de la abuela a las siete de la noche y la encontramos sentada
esperándonos con unos caramelos de menta? —volví a decir.
—¡Y chocolates de Arequipa! —agregó Lucho.
—Por supuesto —respondió Élver con algo de temor—, nos pidió con voz
dulce que nos acomodáramos alrededor de su cama. Nos repitió que la
próxima no nos aceptaría si no íbamos limpios y peinados. Esa noche no nos
recriminó por los pantalones sucios. Estaba de buen humor y por eso nos tomó
de la cabeza y acarició nuestras frentes por primera vez.
—Al sentarnos —dijo Lucho—, vimos en los cristalinos de sus ojos la
invasión de las cataratas. Allí desfilaban esos personajes siniestros con jorobas
y ropas raídas que iban tomando formas y que se que: ¿ rían para siempre en
nuestras retinas.
—Esa noche —continué mientras los miraba- recuerdo que acomodó sus
frazadas perpetuando un rictus de dolor, que se desprendía de lo más profundo
de sus visceras. Pude darme cuenta de que su ceguera, pese a los lentes, se
acentuaba cada día; y sin poder consolarla, también yo sufría a su lado cuando
veía que ella no lograba agarrar las cosas que la rodeaban: su Biblia, sus
libros, el pañuelo y el vaso con agua. A veces se confundía y se regañaba a sí
misma con murmullos y lisuras: «Soy una inútil», «no valgo para nada».
—Con sus achaques, empezamos a cultivar la paciencia y encontrarle más
sentido a la vida —agregó Élver—. Pobrecita, ya no podía leer.
Así, parados al filo de la fosa con su antigua cruz de cemento, volvió el
recuerdo de aquellos años de infancia en la voz de la abuela: «Yo era una niña
pobre y para nadie era extraño que don Alejandro era el mejor cocinero de
Muruhuay. Desde joven aprendió de su madre las artes de preparar y servir
toda clase de comidas, como la pachamanca. Eran más que diez cocineras
juntas. Iniciaba su labor sazonando las carnes y escogiendo las papas. Al día
siguiente, desde muy temprano, hacía crecer el fuego atizándolo con cartones
hasta darle a las piedras un color rojo vivo».
«Como los ojos de un condenado», dijo Élver.
«Sí, como tus ojos —respondió la abuela—. Todos k admiraban por sus
dotes, y así con ese oficio hizo familia y forjó a sus hijos en la capital. Sin
embargo: cuarto hijo le fue mal. El muchacho tuvo que abandonar la
universidad debido a su flojera y su adicción a las drogas. Regresó al pueblo a
trabajar, aunque nunca dejó de ser rebelde y respondón con su padre.
A medida que pasaba el tiempo, don Alejandro también aprendió a
interpretar cosas y luego la gente lo bautizó como el Brujo Alejandro. Y era
verdad, pues casi siempre acertaba con sus predicciones. Gracias a la coca, al
canto del búho o a la procesión de gatos, sabía quién iba a morir en el pueblo.
Dependía de esas cosas para que dijera: “Esta vez será una mujer anciana”.
En otras ocasiones murmuraba: “Aunque me corten la cabeza, será un niño el
que mañana estaremos despidiendo al cielo”. Pero lo que aprendió de la
pachamanca es cosa curiosa».
«¿Cómo es eso?», preguntamos los tres abriendo más las bocas.
«Deben saber que el Señor de Muruhuay es un Dios castigador. No vale
prometerle nada si no van a cumplir. Peor si la gente va a comer o a pasear y
se olvida de subir a rezarle. Por eso llegó el castigo esa tarde».
«Abuela, ¿y cómo mueren esas personas que no cumplen con sus
promesas?», preguntó Elver, distrayéndose con una polilla que se golpeaba
afiebradamente la cabeza alrededor del foco.
«¿No han escuchado de volcaduras de carros, de ahogamientos y
suicidios? Si no les ha pasado nada en ese momento, en los días siguientes,
ya en sus aposentos, bien se les queman sus casas o contraen enfermedades
incurables, pero siempre les ocurrirá algo. Es un Cristo para temerle. Por eso,
los enamorados tampoco deber, entrar al santuario, el Señor los castigará
separándolos Es muy celoso».
«Explícanos lo de celoso, abuelita», exigió Lucho.
«Uno no sabe cómo, pero los enamorados, después ie salir, terminan
discutiendo por pequeñas cosas. Al cabo de los días, sin saber por qué, sus
vidas toman rumbos diferentes. Al pasar los años, viejos y con los hijos ya
grandecitos, les llega el arrepentimiento y empiezan a buscarse
desesperadamente, pero será :arde. Yo conozco a este tipo de personas que
fracasaron en su noviazgo y, lo peor, amándose. Y en el caso extremo, si algún
día logran estar juntos es para que vivan como perros y gatos y no conozcan lo
que es la felicidad».
«¿Tanto así?», se sorprendió Lucho.
«¡Ay, hijo, qué voy a exagerar, pues! Mira a tu tía Petra nomás, cómo vive
con el loco de su marido, que cuando se emborracha la bota a la calle junto a
sus hijos. ¡Pobres de mis nietos! Es malo ese tipo. Ya ven. si se ingresa al
santuario hay que hacerlo de casados. Dios respetará esa unión».
En ese instante, yo pensé en Carolina, llevándola al altar vestida de blanco,
quizás porque recordaba sus palabras retumbándome en los oídos: «Volvere
para Navidad». Sentía que cada día que pasaba más la perdía. Pero me
quedaba como refugio el beso escondido que le robé aquella noche en la
callecita San Juan.
«Volvamos a don Alejandro —continuó la abuela— Era el mes de las
mayordomías. Todo era fiesta pare ei pueblo, los bailantes bebían hasta perder
la conciencia. Una semana antes, don Alejandro preguntó a su patrón, don
Froylán, si los visitantes que habían de llegar sabían de los rigores del Señor».
«¿Y qué le contestó?», pregunté mientras colocaba mi brazo sobre el
hombro de Lucho.
«Don Froylán era de Lima, tenía otras costumbres y siempre decía que
solamente esas ridiculeces se le podrían ocurrir a un viejo como él. Para su
mala suerte, el día de la tragedia lo insultó sin más ni más: “Viejo idiota, déjate
de supersticiones. Tú dedícate a trabajar si quieres cobrar tu plata. Recuerda
que todo debe estar listo para este sábado a las dos de la tarde, hora en que
bajarán bailando los señores”.
“No hay problema, don Froylán, será como usted mande”, dijo el viejo
Alejandro bajando la cabeza y reprimiendo la cólera en su garganta.
Llegado el sábado —continuaba diciendo la abuela, mientras se humedecía
los labios con la lengua— los visitantes, luego de la misa, empezaron a
descender del santuario zigzagueando en parejas hasta terminar zapateando
en la plazuela de Muruhuay. Hombres y mujeres tenían sus cervezas y las
derramaban al piso por puro gusto, dando señales de poder, ¡suficiente como
para aumentar el caudal del río! Los clarinetes y saxos tocaban sin pausas.
Mientras tanto, a cien metros de ellos, junto a los adobes y escaleras de
eucalipto, continuaba don Alejandro atizando el fuego debajo de la tejedura de
piedras que se erguían como una pirámide. Después de una hora, cuando
empezaron a reventar las piedras, con mucho cuidado las sacó a un costado
con guantes y tenazas, una a una, para echar
carnes sobre las otras lajas que habían quedado c:mo meteoritos. Conocía
de memoria dónde acomodar ks habas y las humitas; sabía la clase de papas
que irbían estar encima y cuáles debajo para no terminar pachurradas.
Finalmente, colocó otras piedras, aún lomeantes, sobre las presas aderezadas
y las tapó ampletamente. Desperdigó shojla, hojas de saúco y .ueguito las
cubrió con yutes, mantas y un plástico timenso para no dejar escapar el vapor.
Así formó zn cerro de setenta centímetros en medio del patio. Antes de
limpiarse el sudor con las manos, fabricó una :rucecita con dos ramitas de
eucalipto y la plantó en la :unta. Después de santiguarse le derramó un hilo de
.erveza, luego se fue a acompañar a su hijo que estaba untado en una esquina,
con la mirada clavada en el ruelo. Esa tarde, ambos permanecieron aislados
del bullicio».
«¿Don Alejandro era tímido?», pregunté con la intención de que mi abuela
hiciera una pausa y tomara un sorbo de agua.
«¡Cómo sería pues! —contestó con la voz seca—. Sano era mudo, pero
borracho hablaba como desquitado. Ese era su defecto. A la hora y media,
guiado por su olfato, guardó su coquita, se limpió la boca, escupió sobre sus
palmas callosas y volviéndose a colocar los guantes de cuero, cogió las
tenazas metálicas y se fue. Ya en el lugar, los dos destaparon la pachamanca.
Extrajeron con cuidado las carnes de chancho, carnero y pollo. Todas estaban
doradas. El carácter áspero del padre obligó a que el hijo trabajara más aprisa,
pues no permitía estatuas a su lado. Al retirar otra porción de piedras, cuidando
que las aristas no desgarrasen las demás presas, se encontró con algo que lo
espantó».
«¿Qué fue, abuela?», interrogamos los tres sin cerrar los ojos.
«Un brazuelo de carnero raro. Soplando abrió la ingle como una bisagra y
comprobó lo que temía. En medio brillaba una burbuja de sangre. ¿Eso es bien
extraño, no?», dijo la abuela, jalando la punta de la frazada que estaba por
caerse.
«No entendemos», volvimos a decir, molestos.
«Don Alejandro, durante sus años de pachaman- quero, aprendió que la
muerte también se puede ver en el brazuelo del carnero. Esa tarde,
constatamos cómo chorreaban gotas de sangre. Era como si recién hubieran
degollado al pobre animal».
«¿Tú lo viste, abuelita?», pregunté confundido.
«¡Claro!, siendo chica uno se asusta con esas cosas».
«¿Y por qué estabas ahí?», interrogué en tono áspero.
«Junto con las otras niñas, también ayudaba para ganarme las sobritas del
fondo. Es que tu abuela era pobre, hijo».
«¿Y qué pasó con don Alejandro?», preguntó Lucho parándose y creyendo
mirar algo por la ventana.
«Esa tarde me dijo mientras se persignaba: “¡Dios mío! Hoy alguien va a
morir y esta misma noche lo estaremos velando. Y será varón porque es
carnero. Pobre de él. Te acordarás de mí, María Victoria. Eso pasa por no
rezarle al Taita”».
«Abuela, ¿y cómo sabría don Alejandro cuando era mía mujer la que iba a
morir?», pregunté acercándome a su lado.
«Por la pierna del pollo. Si estaba cruda, esa sería '.a señal».
«¿Qué cosas no, abuelita?», dije cruzando los brazos.
«Esa tarde muchos que lo escucharon hicieron muecas a sus espaldas. Ahí
estaba también su hijo, curiándose de su creencia. Yo sabía que don Alejandro
era una persona de fiar y por eso dibujé con el pulgar una cruz en mis labios
mirando al cielo. Dos años atrás lo mismo había dicho para el cojo Abilio, que
se murió desbarrancado junto a su burro; y también para don Marcial, que se
fue al otro mundo cuando tropezó borracho y se ahogó en el río. Al pobre lo
encontraron flotando, dos días después, cerca de Vilcabamba».
«¿Y qué más decía don Alejandro, abuela?», quiso saber Lucho.
«“Quien podría morir sería uno de los tres mayordomos que habían llegado
de Lima. Quizás don César Hidalgo que vino solo a emborracharse, sin
importarle el Señor”.
“O tal vez don Pancho Garrido”, observó mi herma- nito Jesús.
“Sí, él también podría ser. Desde que llegó se la ha pasado bailando y
enamorando a cuanta muchacha se le cruzaba en el camino, y en ningún
momento lo han visto subir al santuario”, se lamentó don Alejandro.
“¡Estás exagerando, papá!”, intervino molesto su hijo Pedro.
“Sí, no creo, su familia lo ha criado bien. Es muy católico. Baila para el
Señor y viene desde lejos cada año”, afirmó con dulzura don Alejandro.
En ese momento —continuó hablando mi abuela, pero esta vez con un
ligero cansancio en los labios— ingresó don Froylán echando chispas por los
ojos: “¡Ya, viejo, deja de estar perdiendo el tiempo, la gente está por llegar! Hay
que ir colocando los platos con ají sobre las mesas”.
Don Alejandro quiso comentarle lo sucedido, pero prefirió maldecirlo entre
dientes porque tenía la certeza de que no daría crédito a sus palabras. Y
mientras trasladaba una tina con humitas calientes, pensó: “En todo caso, este
explotador de don Froylán podría ser el elegido”. Don Alejandro, al regresar,
tiró el brazuelo en otra tina pequeña y lo dejó para que su patrón decidiera si se
lo daba a los perros o lo disponía para otros comensales del día siguiente.
“Si se lo comen hoy mismo esos animales, podríamos salvar una vida”,
habló sin energía, limpiándose con el antebrazo el sudor que le resbalaba de la
frente».
«¿Y después, abuelita? Tú demoras mucho», reclamé con voz temblorosa y
en tono de fastidio.
«¿Lo que vino después? ¡El viejo Alejandro tenía razón!».
«¿Cómo así?», interrumpió Elver elevando la voz.
«Don Alejandro, que era viejo zorro, se dio tiempo para aguaitar desde la
esquina y dando rienda suelta a su corazonada, se persignó. Allí escuchó a la
gente que hablaba de sus vanidades. Luego vio que cada grupo egresaba a
diferentes locales adornados de flores y :adenetas vistosas. Reventaban
cohetes entre risas y abrazos, felicitando a los mayordomos que lucían sus
randas cruzadas en el pecho.
El grupo del señor Hidalgo entró al recinto donde [Link]ía el Brujo Alejandro.
Después de sentarse, les legó la pachamanca en unos inmensos platos. Ya al
Terminar de servir, sospechó quién se iría a morir. Le ritró miedo y como no
queriendo ver la muerte, jaló a su hijo y se apartó de la muchedumbre
llevándose dos rorciones grandes de pachamanca.
Por primera vez vi al pobre arrastrar los pies como entiendo pena, quizás
porque don César Hidalgo era su compadre y esa tarde devoraba las presas
como si rjera un emperador romano. Ese señor bebía hasta por los ojos. Don
Alejandro se fue calladito, santiguándose y afirmando: “Si es él, que Dios se
apiade de su alma". Esa tarde don Alejandro tenía cara de luto».
«¿Y quién murió, abuelita?», exigí una respuesta inmediata.
«Todavía no he terminado, Angel. No seas impaciente. A las seis de la
tarde, cuando todos estaban borrachos, sin saber con quién bailaban, de
pronto se escuchó gritar a un grupo de mujeres desde el otro lado del patio:
“¡Agua, agua, agua! ¡Apúrense!”.
“¡Una ambulancia! ¡Llamen a una ambulancia! Se está muriendo el
pobrecito”, decían otras.
Don Alejandro, arrodillado, se desesperaba en una T^quina sin saber qué
hacer. La gente seguía el amane : 'Ayúdenlo! ¡Cárguenlo! ¡Voltéenlo! ¡Se ha
atorad*:. ^ na atorado!”.
«¿Luego?», interrogamos levantando las cejas.
«¿Se murió don Alejandro?», insistí conteniendo curiosidad.
«¡Por no haber rezado!», secundó Lucho.
«No, don Alejandro era muy devoto. El no se olvida del Taita. Quien murió
fue Pedro, su hijo».
«¿Pero por qué?», volvimos a preguntar.
«No lo sé. Fueron unos niños quienes regaron la m noticia por todo el
pueblo ante la impotencia del padr que se había quedado mudo por no poder
salvarlo, pobrecito se había atorado con la presa de chancho y e su
desesperación se abrió surcos en el cuello. Despu' de llevarlo a su casa, ya
difunto, le tuvieron que sac con pinzas las virutas de las uñas. Así se fue al m'
allá el pobre Pedrito, ¡joven de veinte años!
«Pobrecito», dijo Lucho, reclamándole a los santos vírgenes de la abuela.
«Esa noche hubo velorio como lo anunció do Alejandro. Lo que más le dolió
al pobre viejo fue qu siempre las predicciones eran para otros. Meses m' tarde,
inundado por la pena, también murió remojad en la lluvia. Se había
emborrachado hasta no má solito en su chacra. Días antes ya tenía claritas s
intenciones».
«Su hijo no habría rezado», afirmé asustado.
«Es lo más seguro. Además, Pedro no creía en 1 castigos del Señor, se
burlaba sacando la lengua su padre», respondió mi abuela apagando la vela
ordenando para que nos fuéramos a acostar.
«Abuelita, no tenemos sueño. Queremos otra historia», reclamé.
«¿Queremos? ¿O sea que tú hablas por los demás?»
«Perdón, abuelita...».
«Escuchen, Mataperros, si en este momento se var a dormir, para mañana
les tengo otra historia. Ustedes dos —dijo dirigiéndose a Elver y Lucho—, como
ya es tarde, acuéstense en el sofá. Saquen las frazadas del baúl».
«¿Cómo se llama el cuento de mañana?», pregunte entusiasmado.
«A ver..., a ver... “Los excursionistas de medianoche" creo».
«“Los excursionistas de medianoche”, ¡yeee!», salté de alegría.
«Silencio, Angel, tu abuelo está durmiendo. Tus primos ya se fueron y tú
todavía sigues merodeando por aquí. Vete a tu cuarto».
«Hasta mañana, abuelita».
«¿Qué, ya no te habías despedido?».
«Un besito, entonces».
«No estoy para arrumacos. ¡Fúchila, fúchila!», me espantó como a una
mosca con sus dedos artríticos.
Excursionistas de medianoche
Echando unas flores a don Cirilo Pahuacho, que robamos de una tumba
cercana, dejamos la fosa ! común para caminar por los demás pabellones.
Lucho, con algo de duda, me preguntó:
—¿Creo que había un mausoleo de los italianos por acá?
—Eso está a la entrada —dije—. ¡Regresemos!
Y nos dirigimos al lugar, pasando por los cipreses melenudos. Entonces,
mirando a Elver socarronamente dije en voz alta:
—¡Por donde va el capitán, van los soldados! ¡Síganme!
—Esa es mi frase, Ángel —reclamó Elver.
—Sí, lo sé.
Al llegar a las rejas, abrimos la puerta de metal y pudimos constatar que allí
descansaban los restos de nuestro director Cavagnari, que un fatal día recibió
de mis manos un motazo en plena calva y me castiga por no saber el
significado de la palabra «adrede- Precisamente, su padre había muerto en un
accidente y le hacía compañía al costado. De él sabíamos una historia que nos
escalofriaba el cuerpo.
—Sí, recuerdo que la Mamatoya nos contaba la vida de ese odontólogo —
dijo Lucho con cara de sabiondo.
—Claro, ese día, a las siete de la noche, ya estábamos frente a su
habitación jugando al mundo, con un pie, en el centro del patio. Al rato
escuchamos la voz de la abuela pidiendo que entráramos y nos sentáramos a
su lado. Entonces nos dijo con esa voz tenebrosa, mientras sorbía un poco de
agua y se lanzaba a la boca otra de sus pastillas para la diabetes: «Han
conocido a don Cirilo Pahuacho, ¿no?».
«Sí —dijimos de inmediato—, el que cuidaba el colegio San Ramón».
«Exactamente. ¡Siéntense bien, sin hacer rechinar mi cama! ¡Ustedes se
mueven mucho! —nos llamó la atención elevando la voz y terminó diciendo—:
¿O tienen oxiuros en el poto?».
«Ya, ya, abuelita, no te preocupes, no haremos ruido. Continúa, nomás»,
dije adelgazando la voz.
«¿Don Cirilo era crespo, abuela?», preguntó Elver, mirando burlonamente a
Lucho.
«Sí, además, chato y muy buena gente. Cuando llegó a viejo, ya jubilado,
se dedicó a tomar y andar como perdido por las calles hasta que murió de
cirrosis», completó la abuela, acomodándose en la cama y dejando el vaso
vacío sobre la mesa de noche.
«Sí, abuelita, dicen que lo encontraron un domingo en la plaza de Armas,
recostado en la pileta», refirió Élver.
«Sí, tieso como un palo de chupete por el frío de la madrugada. Cuando
aún estaba en vida y dentro de sus : abales, me contó la historia de unos
excursionistas que najaron para el norte y que por culpa de la neblina y an
chofer soñoliento fueron a parar al precipicio».
«¿Don Cirilo era profesor?», pregunté dudoso.
«No, Cirilo era el guardián. Me confesó que había rntrado a trabajar a los
diecisiete años al colegio San Ramón. El director lo había aceptado con la
condición ie que acoplara su habitación debajo de las gradas y que, además,
cumpliera con su función de ahuyentar a los ladrones, que por aquellas veces
se dedicaban a robar instrumentos musicales, sobre todo saxos. Desde ese
rincón, vigilaría el colegio principalmente por las madrugadas. Los primeros
cinco meses no tuvo problemas, pero al sexto, debido a un suceso que
después les contaré, mis mugrientos Mataperros, el director, muy molesto, lo
mandó llamar a su oficina para que explicara qué había ocurrido con él la
noche anterior, por qué había bebido hasta perder el juicio y por qué dio tal
espectáculo a los alumnos, que esa mañana lo encontraron boca abajo
repitiendo incoherencias: ■Tambores, platillos, manzanas”».
«¿Y lo echó del trabajo, abuela?», preguntó Lucho.
«No, dijo que el señor director le restregó unos papeles en las narices,
diciéndole que eran normas y después lo amenazó delante de todos con
castigarlo. Primero con la suspensión, y que si insistía en andar? r de
borrachera en borrachera, como ese día, lo despediría sin compasión. Con la
testa caída, el pobre Cir:l solamente lo escuchaba calladito, sin pestañear. Ya
mas calmadas las aguas, el director, con ojos compasivos, pidió a la secretaria
que nadie los interrumpiera y exigió a Cirilo que empezara a narrar lo ocurrido.
A tanta insistencia, a la media hora, recién se animó a hablarle al corazón, casi
con lágrimas y temblándole los labios. Deslizó algunos detalles antes de
continuar secándose en los pantalones el sudor de las manos. El director, al
intuir lo sucedido, lo interrumpió de pronto y parándose amablemente le tendió
la mano en señal de disculpas: “Mira, Cirilo, ahora que presto oído a tus
palabras, no me queda más que agachar la cabeza. Tú sabes que te tengo
aprecio, como paisanos que somos, y no quiero que te vayas del colegio. Más
bien, he pensado en regalarte una pequeña radio para que te acompañe por
las noches y de paso darte un aumentito a partir de octubre. Estos meses has
demostrado responsabilidad y no hay queja alguna de los profesores, excepto
por esto que pasó. Pero sígueme contando”».
«Pobrecito don Cirilo», dije con voz piadosa.
«Cirilo, que se volvió a callar, lo miró con mucha pena, mientras soltaba un
suspiro —explicaba la abuela—, y le dijo que de todas maneras se sometía a
sus órdenes y que no se trataba de dinero, sino que después de esos meses,
no se sentía a gusto en el colegio, por lo que vio y sucedió esa madrugada. Y
continuó: “Mire, señor director, después de terminar con la limpieza de los
salones a las ocho de la noche, me fui a descansar a mi cuarto como de
costumbre. A eso de las doce, escuché pasos que subían y bajaban por las
gradas de madera, cada vez con más ruido, como si se hubieran escapado los
caballos del potrero. Hacían :anto escándalo que salí enfurecido, gritando.
Cuando Jegué al patio con la linterna prendida, no encontré más _;je al viento
soplándome la cara. Todo estaba normal y en silencio. Armándome de valor,
tomé un fierro que reposaba en la esquina de mi cuarto y empecé a caminar
:urioseando por todos lados con el arma en alto. Creí que eran ladrones y que
se habían escondido en los servicios higiénicos, pero nada. Como le repito,
señor director, todo estaba tranquilo. Me dentro el miedo al rspinazo y mi
cuerpo se puso a sacudirse sofito, no por el frío, sino por el espanto. Lueguito
empecé a caminar: primero por las aulas, después por fuera del colegio, pero
tampoco hallé cosa alguna. Solo estaba la luna arriba. Al intentar regresar para
dormir, confundido y :ascabeleándome las piernas, eché el último vistazo a 'as
ventanas. Fue en ese momento que de pronto vi en el pasillo del segundo piso
a un hombre de mandil blanco, que caminaba con la cabeza agachada hasta
llegar al departamento de odontología. El hombre no volteaba y sin hacer
mucho esfuerzo, abrió la puerta y luego la cerró con delicadeza. Con el mismo
fierro subí por los costados, chispeante de cólera, pero sin hacerme notar. Ya
al acercarme a la puerta, escuché que adentrito se suscitaban traqueteos de
pinzas, martillos, espátulas y tazones de vidrio. Después, vino el crujir del sillón
de cuero como si alguien se estuviera recostando en ese momento. Con
cuidado empujé la puerta con los pies y grité como condenado: ‘Sal de ahí,
ladrón. Ya te vi Pero al decir así, ese ruido cesó y hubo más silencio que en el
propio cementerio. Me quedé como diez minu: s agazapado en el piso como
loco, esperando y esperar: pero por gusto. Armándome de valor, me paré, volví
a gritar lo mismo y como no encontré respuesta, con mucho tino, metí la mano
por la puerta para prender la luz del consultorio, todavía tenía el cuerpo afuera.
Mientras palpaba las paredes buscando el interruptor, sentí clarito que una
mano fría y huesuda me cogía de la muñeca y jalándome para adentro, sin
siquiera dejarme respirar, me tiró al piso en un dos por tres; mi cabeza chocó
contra las patas del sillón. De ahí no recuerdo más, hasta que me encontraron
los alumnos de quinto, hoy por la mañana, botando espuma. Así ocurrió, señor
director. Es mentira que estaba borracho”».
«¿Y qué le respondió el malo del director al señor Cirilo?», preguntó Lucho.
«Le dijo con una carita de guagua recién destetada: “Ahora, déjame decirte
lo siguiente, Cirilo. Quien debería renunciar a este cargo, soy yo. ¿Y sabes por
qué? Porque debí anticiparte las cosas que ocurren aquí desde el primer día
que aceptaste trabajar. No eres el primero en querer dejar el trabajo, ya lo han
hecho dos que no aguantaron y se fueron sin cobrar. Esta es una labor para
valientes y estoy seguro de que tú no te vas a correr. Lo que pasa es que en
este colegio convivimos con muertos hace ya más de cuarenta años, cuando
yo aún no era director”.
“¿Y según usted, quiénes son esos que corren y caminan por la noches?”,
preguntó don Cirilo con la cara envalentonada.
“Te contaré. El que deambula por los pasillos es el doctor Arnaldo
Cavagnari, quien fue el tutor de los chicos de la promoción cincuenta, Adolfo
Vienrich de la Canal; y los que corren son los treinta y cinco alumnos del quinto
año D. El pobrecito, decían, era muy buena gente, sacaba tiempo los viernes
por la tarde para atender a los alumnos en el consultorio. Ellos le tenían mucho
aprecio porque, además, le agarró cariño al colegio. Pero un 30 de agosto, a
las dos de la madrugada, ocurrió esta terrible tragedia que enlutó a medio
Tarma, incluyendo a las hermanas del doctor Arnaldo: Elvira y Sol”».
«¿Y cómo habrá sido eso, abuelita?», pregunté.
«El director, abrazando a Cirilo como a un niño desprotegido, le señaló una
foto y un recorte periodístico que colgaban de la pared de su oficina y le
explicó: “Ellos salieron de excursión para Ecuador entre bombos y platillos.
Después de disfrutar por cinco días su paseo, cuando estuvieron de regreso,
mientras pasaban alegres por el serpentín de Pasamayo, el ómnibus en una
mala maniobra fue a dar al abismo. Murieron todos al instante. Cuando llegaron
sus cuerpos a la morgue de Tarma, ¡tuvieron que amontonarlos en los pasillos
por falta de espacio! ¡Las funerarias se quedaron sin ataúdes! No sabes cómo
lloraban sus madres el día que los enterraron. Fue triste. Pero ya apaciguados
los dolores, no quedó otra que aceptar los designios de Dios. Así fue que al
cumplir el año, los alumnos regresaron a las aulas, y lo hicieron precisamente a
las dos de la madrugada de ese 30 de agosto, como si estuvieran vivos. A
partir de esa fecha vuelven para cada aniversario”.
“Ya entiendo clarito, señor director”, dijo Cirilo, limpiándose la frente.
“Por eso no debes tener miedo, sino respeto por limitas. Más bien, cada vez
que puedas, ingresa al sai r. ¿el fondo y después al consultorio del doctor
Cavagnar. Deja para los chicos un puñado de caramelos y para su tutor, una
cajetilla de cigarrillos como muestra de tu amistad. Verás cómo te van a
proteger”.
Luego de escucharlo, don Cirilo quedó perplejo sin poder articular palabra
alguna. Cuando reaccionó, le dijo al director, palmeteándose los pómulos de la
cara: "Muchas gracias por su tiempo y los datitos, aunque tarde, pero valió la
pena. Usted sabe que he quedado viudo hace un año y con una hijita que
ahora vive con su abuela en Huancayo. Solo le pido que otra vez no me grite
delante de los demás ni piense mal de mí. Voy a aceptar quedarme solo por
este año, porque usted sabe que necesito el trabajo y los tiempos no están
para desperdiciarlo. No tengo familia acá, mucho menos casa dónde ir. En
diciembre pensaré si retorno al valle para prestar mis servicios”».
«¿Entonces tuvo que resignarse y quedarse en el San Ramón?», preguntó
Lucho con un tufillo de justicia.
«Yo creo que sí. Don Cirilo, contra todo pronóstico, permaneció mucho
tiempo. Así fue que se acostumbró a las diabluras de los alumnos, año tras
año, hasta jubilarse».
«¡Qué machazo!», dijimos los tres.
«Y aquel día —continuó la abuela— que el direc: or Cavagnari solicitó su
cambio, lo visitó en su cuartucho para despedirse. Ahí le preguntó sonriente:
“¿Y cóm: te sientes ahora, Cirilo, después de estos años?'’.
“Muy bien —respondió alegre—, con los excursionistas vivimos en plena
armonía, como amigos. Ya me acostumbré a sus alocadas carreras y al
caminar dei doctor Cavagnari cada 30 de agosto. Más bien, si ellos no
aparecen, empiezo a preocuparme y ahí sí que me entra el susto”.
“¿Cómo son las cosas, no, Cirilo? Uno es animal de costumbres”.
“Tiene razón, señor director. Uno se adapta a todo, menos a la soledad.
Ahora disfruto de mi trabajo y de la compañía de esos muertos”.
‘Y, a propósito, ¿qué hace esa cosa en la repisa?”, dijo el director metiendo
la cabeza en su covacha.
“No se lo diga a nadie, pero mi abuela me enseñó un secreto”.
“¿Cuál?”.
“Colocar en la parte alta de la habitación, o a la entrada de la casa, una
calavera con diez piedras a su alrededor”.
“¿Y eso para qué?”.
“Para que cuide el colegio de noche. A veces tengo el sueño profundo y no
despierto rápido; entonces, ahí está mi calaverita cuidándome. Si en caso se
atreven a ingresar los ladrones, ella se las arregla para ahuyentarlos tirándoles
piedras en la cabeza. Ya me pasó una vez. Por eso confío ciegamente en
Erasmo”. terminó diciendo don Cirilo, mientras tomaba unos sorbos de
aguardiente.
“Veo que estás tomando licor barato, Cirilo”, le dijo el director como
llamándole la atención.
“Es solamente una copita para el frío, señor director. A propósito, ¿para qué
lugar se va?”.
“Al Santa Isabel de Huancayo”.
“¡Buen colegio!”.
Y ya ven —continuó mi abuela—, el pobre terminó rii la fosa común, botado
como rata y olvidado como :erro sin dueño. Y hablando de ratas, ya es hora de
;ue se vayan a dormir. ¡Ya, fuera, Mataperros! Hasta mañana. ¡Ah!, Élver,
pásale la voz a tu tía Yolanda para ;ue me traiga la uña de gato y me frote la
espalda». «¡Hasta mañana, abuelita!», dijimos los tres.
«¿Nos podrías adelantar el cuento de mañana?», dije.
«A ver... a ver... ¿qué se me ocurrirá? ¡Ya sé! La Triste historia de una niña
a quien llamaban Josefina, la Loca».
«¡Yeee!», grité abrazando a mis primos.
«¡Otra vez! ¡He dicho silencio, Angel!».
Josefina, la Loca
La tarde se iba y yo dije apuntando a los nichos de los italianos:
—Algún día, en esas tres lápidas dirá: «Aquí descansan tres mataperrinis:
Elverini, Luchini y Angelini».
—Y a mi lado estará escrito: «Aquí descansa el amor de Elverini, la belle
Carolini» —murmuró Elver i mis oídos y se apartó de mí.
Luego de jugar con los otros apellidos, Patachini. Camellini y Jirafini,
siempre riéndonos, nos despedimos del odontólogo. Al rato, entusiasmados,
Elver y Lucho preguntaron por el mausoleo japonés.
—¡Yo los llevo! —dije abrazándolos.
Entonces Lucho aprovechó para admirar lo que :enía al paso:
—¡Qué bonita pileta! Y toda de piedra.
—Es una reliquia. Ojalá algún día no se la roben —señaló Elver pasándole
las yemas de los dedos por los contornos.
Así llegamos al mausoleo.
—Ángel, ¿verdad que en este lugar está enterrado uno que murió en
Hiroshima? —preguntó Lucho.
—Sí, lo trajeron veinte años después del Holocausto —contesté sin dudar.
—¿Quién es?
—El único que sabía se murió.
—¿Don Alejandro Palomino Vega? —preguntó Elver.
—Exactamente, el gran maestro e historiador —confirmé.
Nos pusimos a leer esos nombres con dificultad, a la vez que nos causaban
cierta gracia. Allí no nos detuvimos mucho tiempo porque el viento frío
empezaba a flagelar nuestros rostros. Parándome cerca de un ciprés, les conté
que ellos no fueron testigos de lo que le pasó una noche a la pobre abuela.
—¿Qué ocurrió? —interrogó Lucho.
—Después de despedirnos aquella noche, ya en la madrugada, de pronto la
Mamatoya gritó como si la estuvieran degollando. El abuelo, que dormía en el
cuarto contiguo, llamó a la tía Yolanda y entramos al cuarto de la abuela para
ver qué pasaba. La encontramos en el suelo, clamando que la dejáramos morir.
Roídos no se desprendía de su lado y lamía su mejilla con impotencia. Mientras
tanto, la abuela pataleaba y se resistía a que la levantáramos; pero su debilidad
era evidente, por lo que no fue difícil devolverla a la cama. Le acariciamos la
frente y sentimos que se le había bajado la presión. Tía Yolanda empezó a
frotarle las manos con alcohol, pero de nada valió porque a la media hora
perdió el conocimiento y se desmoronó en sus brazos. En casa hubo gritos;
mas el abuelo, con la serenidad qur L otorgaban los años, salió a la calle y
regresó al cuar:: de hora con una ambulancia. La volvimos a llevar al hospital.
Ya en emergencias, los médicos pudieron estabilizarla con algunas inyecciones
y dijeron que s-r trataba de un coma diabético. Los tres días que estuvo
internada bajo el cuidado de dos enfermeras, durmió gracias a los sedantes
que le aplicaron, por lo que no habló con nadie. Dada de alta, volvió al
mediodía al barrio de Callancha bajo la mirada compasiva de los vecinos,
quienes cuchicheaban sobre la ceguera y lo deteriorada que la veían ingresar a
la casa en su silla de ruedas. Yo, con un silencio inusual, sin jugar ni hacer
ruidos, pasé la tarde ayudando a limpiar el patio y el gallinero. Al anochecer,
ustedes llegaron y rezamos a los santitos y vírgenes por ella.
—Sí, lo recuerdo perfectamente —dijo Elver. y silabeó algunos nombres en
japonés.
Fue en ese momento, mientras el frío se acentuaba y de paso sacudía las
melenas desordenadas de los cipreses, que una vez más la evocamos.
Entonces, regresamos a la infancia bajo la voz imperativa de la abuela:
«¡Mataperros, entren!».
«Hola, abuelita —dijimos en coro—. ¿Ya estás mejor Estamos aquí para
cuidarte. Descansa y no hables E. médico ha pedido que no hagas ningún
esfuerzo».
«Siéntense, no vayan a pisarle la cola a Roídos Esr médico es un tonto.
Todo lo ve pastillas y calmar.:— que tienen mi estómago sancochado. ¡Aquí
tomare m_s agüitas y punto!».
«Como tú digas, abuelita», coincidimos los tres moviendo las cabezas.
Elver, que observaba y tomaba fotos a los nichos, dijo:
—Recuerdo perfectamente que ese día la abuela ya tenía los pómulos
salidos y el moño descuidado.
—Incluso no quiso que la peinara la tía Yolanda —acotó Lucho—. Estaba
muy delicada.
De plática en plática, empezamos a alejarnos del mausoleo de los
japoneses, pero Lucho notó que pisábamos una alfombra de campanitas
moradas, por lo que nos pidió que regresáramos sobre nuestros pasos,
procurando no dañarlas. Quedamos pasmados por la frondosidad de un árbol
que se lucía ante un cielo celeste. Volvimos a escuchar a Lucho:
—Se llama jacarandá y es el árbol más antiguo de este cementerio. Todavía
está lleno de vida. No hay que pisar las hojas. Recojan todas las que puedan,
porque cada una representa a un niñito huérfano del Africa, que en estos
momentos es salvado de la muerte por nuestras manos.
—Le llaman también el árbol de la tristeza, por el color —señalé con un
acento poético y tristón.
«Les voy a contar una historia que seguramente les dará mucho qué pensar
—continuó la Mamatoya—. Pero siéntense bien y no hagan ruido, que eso sí
me molesta».
«Abuelita, ¿pero estás bien? Porque si deseas, podemos regresar
mañana», sugirió Lucho con acento compasivo.
«No sé si mañana estaré viva. Después de esta iistoria quiero que Dios me
recoja ya».
«No hables así, abuelita», le supliqué.
«Angel, entiende, esta vida ya no es vida. Sé que les r'toy dando mucho
trabajo».
«Para nada, abuelita», dijimos los tres.
«Me he convertido en un estorbo en mi propia casa. Pobres Yolanda y tu
abuelo Melecio, que tienen que aguantar a esta pobre vieja».
«Pero nosotros no nos cansamos de ti. Solo queremos :ue nos acompañes
por mucho tiempo. Tú, con tus mstorias, nos ayudas a ser felices».
«Quisiera vivir eternamente, pero ya no hay fuerzas. Es como tener dolor de
muelas por todo el cuerpo, hijos. Cuando ingiero los alimentos no siento sabor
a nada: la boca la tengo como corcho. En fin; esto de contarles nistorias de
algún modo me da ánimos. Déjenme nablarles un poco más, mis queridos
Mataperritos, y luego se van a dormir. ¡Ah, cuando ya no esté, cuiden ie
Roídos, por favor!».
«No te preocupes, abuelita». Y sobándole las manos nos acurrucamos en
su seno con mucho cuidado.
«¿Es la historia que nos prometiste para hoy. Mamatoyita?», le pregunté
mientras le limpiaba las légañas con su pañuelo blanco.
«¡Ah!, sobre las penurias de una chica llamada Josefina, la Loca».
«¡Claro!».
«¿Eso ocurrió en Tarma?», preguntó Lucho.
«¡Por supuesto! Esto pasó el mismo día en que se murió el señor Quijandría
de una pulmonía fulminante»
«¿Y cómo fue?», preguntó Élver con cierto desdén.
«Luego de jugar su partido de fulbito, el señor Quijandría se duchó con
agua fría, cuando su cuerp: aún estaba hirviendo. A la hora ya estaba en la
cam¿ con escalofríos, y a la medianoche el pobrecito yací¿ calato en la
morgue».
«Que Dios lo proteja en el cielo», dijimos los tres algo apenados.
«Bueno, esa noche nadie del barrio de Callanch¿ faltó al velorio; ni la tal
Josefina, que a esas horas de la madrugada entró con su atado de pasto y se
colocc en una esquina de la sala sin pedir comida».
«¿Quién era Josefina, abuelita?», pregunté sobándole los nudos de sus
dedos.
«Una mujer que a los diez años deambulaba por las calles».
«¿Cómo la conociste?», interrogó Lucho, que empezaba a bostezar.
«En el mercado, cuando iba de compras con tu tía Yolanda. Ella ayudaba a
cargar agua para los restaurantes. Era algo enfermiza y tímida».
«¡Y loca!», intervino Élver.
«Sí, pero eso fue después —corrigió la abuela— Sabíamos que no oía ni
murmuraba, solo olía las cosas y avisaba a veces con los ojos cuando quería
un pan. Seguro había pertenecido a la chacra, donde los bueyes y las vacas
hacían de sus hermanos mayores. Y es más seguro que de allá alguien la trajo
mal alimentada para que sobreviviera de mendrugos en la ciudad. Así la
•••irnos de pronto caminando por las calles. Aquí, poco a poco la vida la fue
moldeando como una mujer sufrida: lavaba ropa de casa en casa, ayudaba a
llevar baldes de comida para chanchos y limpiaba los baños de los comedores
populares; hasta que más crecidita se le vio de novia con un tal Juancho. ¡A
ese nunca mujer alguna lo quiso!».
«¿Y por qué?», pregunté con tono de preocupación.
«Debido a la varicela que le dejó hoyos en la cara y a su carácter de ogro»,
contestó la Mamatoya.
«¿Su cara espantaba, abuelita?», interrogó Élver. observando a una
alimaña meterse por las rendijas de la ventana.
«No era para tanto, pero sí tenía mirada de condenado. Aunque él lo
negaba todo, las evidencias estaban ahí. Se avergonzaba cuando le decían
que Josefina era su mujer. Colérico y prejuicioso, la mantuvo secuestrada por
más de dos años. No se podía negar que a la pobrr la usaba para lavar y
cocinar. Se aprovechaba de su humildad y por eso nunca le hizo faltar un moret
n en la cara. Por su parte, ella también había aprendió :i a vivir junto a él como
su esposa. Cuando pasar :r. los años, ese tal Juancho dejó el oficio de
peluquer: y se volvió más renegón y empezó a olvidarse de s: mismo
metiéndose de lleno al licor. Entonces, se veía por las mañanas dirigirse a paso
lento a cualquier cantina de mala muerte para pedir de favor un i de
aguardiente. Así, poco a poco, se fue muriendo: las calles y plazuelas hasta
que le agarró la cirrosis. Al amanecer de un Domingo de Pascua, lo
encontraron muerto y tuvieron que levantarlo en peso para llevarlo a la morgue
y así sirviera de algo a los estudiantes de medicina. El también está enterrado
en la fosa común. Mientras tanto, a la pobre Josefina, a quien no le importó esa
muerte, le entró el vicio con fuerza meses después, hasta que salió
embarazada de no sé quién. Al poco tiempo apareció con una chicuela de
nombre Malena, quien ni apellidos ni ropa tenía. Josefina, que siguió bebiendo
de bar en bar, cargaba a su hija mientras lavaba. Hasta que un día el frío y el
hambre descargaron su furia sobre la pobre niña».
«¿Qué le pasó a su hijita?», pregunté con acento tierno.
«Se le reventaron los pulmones una madrugada. De lástima, los vecinos
acudieron con una colecta para las flores y el entierro. Para ese momento la tal
Josefina ya estaba fuera de sí, pues ese día empezó a reírse cuando vio que
enterraban a su hija. Muchos desaprobaron aquella conducta, y hubo un señor,
con lentes de fondo de botella, que leía la Biblia, que ordenó sacarla del
camposanto. Aunque en un principio la pobre opuso resistencia y seguía dale
que dale con el maldito asunto de la risa, al final los guardianes del cementerio
lograron echarla. Así se fue por las calles levantando los brazos como si fuera
a recibir un premio».
«¿Para eso ya estaba loca, abuela?», preguntó Elver, elevando la voz.
«Chiflada por tanto golpe recibido. A partir de esa :r;ha Josefina empezó a
dormir donde le sorprendía La noche. Anduvo así por un buen tiempo: perdida,
rihando disparates al aire y tirando piedras a la gente: nasta que encontró un
lugar cerca del hospital y allí se alojó. Escogió ese recoveco porque la protegía
de los niños burlones y del viento helado. Consultándose a sí misma, delimitó
con trapos y cartones las fronteras -ntre su cuchitril y la calle. Algo consciente
de su :ulpa, se agenció una muñeca de trapo que encontró en el vientre de los
basurales y, desde entonces, se le veía todas las tardes cambiándole los
pañales en plena calle, insultándola y pidiéndole que se comportara como niña
educada».
«¿Le hablaba a la muñeca?», preguntó Elver con aire de duda.
«Sí. Por las noches, la hacía acostar muy cerca de su regazo y le cantaba
mulizas al oído. Así las dos se dormían a la intemperie. Día a día empezó a
arrastrar a su niña de las trenzas, caminar sin zapatos y buscar dónde meterse
para comer de la caridad. ¡Ah!, nunca faltaba a los velorios».
«¿Y pedía plata a la gente, abuelita?», volvió a interrogar Elver.
«Sí, se metía entre los carros detenidos para exigir limosnas a los choferes.
Uno de esos días, alguien que recolectaba basura, en forma de burla, le aventó
une manta de colores; ella ni tonta ni perezosa la recogic de’, charco pestilente
y la bendijo a su manera. Se aiegr: y nunca se desprendió del regalo. Desde
entonces se le vio con la muñeca a la espalda, siempre exigiéndole cor.
palmetazos que dejara de llorar. La bautizó también como Malena».
«¿Y lloraba de verdad?», preguntó Elver con ojos incrédulos.
«Para Josefina lloraba».
«Pobrecita», señalé apiadándome de su suerte.
«Lanzaba piedras a las personas y todo porque su niña no había aprendido
a decir mamá. Por eso la gente se espantaba de la pobre, porque sabían de la
bilis contenida por las rabietas de su hija. Josefina, al mirar las ropas sucias de
Malena, se quejaba a los postes y a cualquier persona que pasaba por su lado.
Por supuesto que le decían con ironía que tuviera paciencia».
«¿Hablaba sola?», pregunté.
«¿No te dije que estaba loca?», me respondió molesta la abuela, mientras
nos convidaba unos trozos de chocolates.
«¡Loca y tartamuda!», añadí, esperando una felicitación.
«Bueno —continuó relatando y respirando con dificultad—, Josefina
molestaba a la muñeca diciéndole: “¡Malena, eres una endemoniada! ¡Muérete,
niña tonta! ¿Por qué te orinaste otra vez en tu calzón nuevo?”».
«¿Y lo hacía de verdad?», preguntó Elver con un tono de perversidad.
«¡Pues no! —dijo burlonamente mi abuela—. Cómo una muñeca se va a
orinar. Simplemente lo decía por decir. ¡Por eso es que te han crecido las
orejas, Elver!
«¿Qué otras cosas hacía Josefina?», pregunté algo :emeroso.
«Nunca dejó de visitar los comedores populares :orque sabía que allí
encontraría algo para Malena. Un iía, bajo las mesas, se tropezó con un perro
vagabundo me empezó a jugarle y después a seguirla porque sabía que
Josefina en sus bolsillos guardaba panes y huesos. Por eso mismo el perro
selló su fidelidad. Desde ese día, Josefina le encontró más gusto a la vida y
ostentó por plazas y parques el derecho de poseer un nuevo miembro de la
familia. Acariciándolo por el lomo lo bautizó con el nombre de Barrabás».
«¿Y hasta ahora vivirá Josefina?», quisimos saber los tres.
«Hasta hace diez u once años todavía andaba por las calles; sin embargo,
nadie sabe qué ha pasado con ella. Aunque me han dicho que la pobre murió
atropellada por un camión».
«Pero si estaba muerta, ¿cómo llegó al velorio del señor Quijandría?»,
observó Elver.
«Por eso mismo, esa noche todos la vimos ingresar con su atado de pasto,
pero en realidad días antes ya estaba estirada en la morgue».
«O sea que era su espíritu», dije asustado.
«Sí, por eso no pudimos verle la cara. Es que ingresó dándonos la
espalda».
«¡Uaooo! ¿Y cómo sabían que era ella?», preguntó Elver, acercándose más
a la abuela.
«La reconocieron por la muñeca que llevaba en la espalda y su gemido
lastimero».
«¿Vino al mundo solo para sufrir, no, abuela?», dijo Lucho con un acento de
pena.
«Pero no hay mucho de terror en esta historia», reclamó Elver parándose
de pronto.
«¡Cómo que no! ¿No has escuchado que frente al hospital, pasadas las
doce de la noche, cruza la pista una mujer con su niña en la espalda?», repuso
la abuelita.
«¡Es verdad!», exclamé asustado.
«Todo el mundo la ha visto. Camina por la avenida y tira piedras a los
parabrisas de los carros. Los choferes se han quejado a la municipalidad y a la
Policía, pero sin éxito».
«¿Y cómo así anda por ese sitio?», preguntó Lucho.
«Dicen que sale de la oscuridad del jirón Zapatel y se para en medio de la
pista a lanzar a cualquier punto lo que encontró a su paso. Cuando esos
choferes bajan enojados a reclamarle, no encuentran a nadie, excepto un tul
blanco que se desvanece frente a sus ojos: es Josefina que anda por ahí,
asustando y agrediendo a la gente».
«¡Qué miedo!», volvimos a exclamar sorprendidos.
«Así que cuando crezcan y tengan sus carros no pasen por esa avenida,
mis queridos Mataperros».
«¿Y si mañana por la noche cruzamos la calle con nuestras carretas?»,
propuse.
«También puede que se les aparezca».
«No creo», aseguré.
«Sería cuestión de que vayan uno de estos días a las doce para que
comprueben si es verdad».
«¿Y tú la has visto, abuelita?», pregunté yo.
«No. Pero eso lo saben bien los transportistas. Pregunten a los tíos de
Edgar Aldana qué les paso a los parabrisas de sus camiones madereros».
«Sí, yo vi sus parabrisas destrozados, abuelita», aseveró Elver con los ojos
redondos.
«No solo tú, medio mundo fue testigo. Y ahora, mocosos... jchau!, es hora
de dormir. ¡Hasta mañana!».
«Hasta mañana, abuelita. Que duermas bien», nos despedimos los tres
parándonos.
«Ojalá pueda. ¡Ah!, si mañana no se lavan los pies, mejor no vengan».
Elver y yo miramos maliciosamente a Lucho y él ni se inmutó. A la abuela
podría faltarle todo, pero en cuestiones de olfato era campeona mundial.
Travesuras del abuelo pancho
Nuestros pasos crujían en las piedras, acompañados del canto de los
chihuacos, que desde los árboles anunciaban la lluvia. Nos detuvimos en el
nicho de don Francisco de Paula Otero.
—¿Quién es él? —pregunté a Lucho para evaluar la frescura de su
memoria.
—Un argentino que vino con el Libertador San Martín y colaboró con la
independencia de Tarma.
Lucho, pese a haber estado muchos años fuera del Perú, tenía en su
cabeza los nombres y las fechas importantes, como cuando era niño.
—Además —continuó Lucho—, el celo de Simón Bolívar, enemigo de San
Martín, hizo que Tarma desapareciera del mapa convirtiéndola de la noche a la
mañana en distrito.
Sin entrar en más detalle, limpiamos la lápida para precisar la fecha de su
muerte, pero el moho no nos dejó descubrirla. Cuando miramos al cielo, vimos
que las nubes eran grises, por eso no dudé en pedirles que no nos
demoráramos; sin embargo, Elver intervino:
—Aún no. La lluvia vendrá por la noche todavía. Quedémonos un rato más.
—La Mamatoya —habló Lucho mirando las nubes oscuras— nos contaba
sobre un tal Pancho, ¿recuerdan?
Al terminar la frase, nos llegó la voz de la abuela: «Hace muchos años en la
vecindad de Callancha —dijo, sobándose una de las manos—, vivía un anciano
al que de cariño llamábamos don Pancho. Él se pasaba la vida tarareando
canciones desentonadas; a los del barrio, por ejemplo, nos gustaba que
cantara el himno nacional porque interpretaba las estrofas con el sonidito
infantil de su garganta. La peculiaridad en él era que nunca había trabajado en
su vida y tampoco pensaba hacerlo, porque decía que eso le causaría gastritis.
Los vecinos estaban convencidos de que ese era el motivo por el que gozaba
de tan buena salud. Durante el día caminaba mucho, curioseando y
conversando con gente desconocida».
«¿Cuántos años tendría don Pancho?», preguntamos.
«Unos sesenta, más o menos, cuando lo conocí. Pero tenía la vitalidad de
un chico de quince y la memoria de un elefante. Quizás el único defecto que lo
convertía en el antipático del barrio era su vocabulario. De las cien palabras
que pronunciaba, cincuenta eran groserías. Además, siempre estaba riendo y
contando su vida de torero a los turistas y policías de tránsito. Al pobre
solterón, con los años, le alcanzó la calvicie y le creció la joroba y la panza.
Andaba por las calles averiguando vidas ajenas y metiéndose donde no lo
habían llamado».
«¿Algún día nos hablaste de don Pancho, abuela?», preguntó Élver.
«Sí, creo que sí», respondió dudosa.
«¡Nunca nos contaste!», reclamé mirando con furia a Élver.
«Bueno —continuó la Mamatoya—, a don Pancho los vecinos le llamaban el
Lengualarga, por lo chismoso que era. A pesar de todo, era noble y servicial.
Sería por eso que abusaban del pobre encomendándole una y otra cosa, y él
bien gracias. Le sobraba el tiempo y sobrevivía gracias a las propinas y favores
alimenticios de la gente».
«¿Y dónde vivía, abuela?», preguntó Lucho.
«En la calle San Juan. Allí poseía un cuchitril de cartones y maderas viejas
en un rincón apartado del caserón de la señora Jetza, quien se lo cedió de
favor. La cantaleta era conocida en las voces de las mujeres cuando lo veían
sentado en la vereda, muchas veces jugando como un niño con una ramita de
eucalipto, con la que cambiaba el rumbo a las hormigas que corrían tras un
grano de azúcar. Decían esas orgochas: “¡Don Pancho, cuídeme la casa por
este fin de semana que me estoy yendo para Chanchamayo!”; “¡don Pancho,
saque a pasear a Boby y no se olvide llevar la bolsa para los pufis!”; “¡don
Pancho, cambie de pañal a Juancito!”; “¡don Pancho, lleve esta basura a la
esquina del mercado!”; “¡don Pancho, recoja a Fernandito de la escuela!”; “¡don
Pancho, ayúdeme a avanzar el arroz que vuelvo a las doce!”.
«¿Y no renegaba por tanto mandado?», dije con tono de fastidio.
«No, realizaba las tareas domésticas con agrado, acompañado siempre de
su estribillo. Era el tipo más comedido del barrio y jamás se lamentaba de su
condición de pobre. A todo le encontraba solución con una simple sonrisa.
Pese a su tamaño mediano, comía como un vikingo en cada casa que visitaba.
Sin esperar órdenes, se zambullía en las sopas y devoraba los guisos
agregándoles abundante sal y ají. Nunca se supo que hubiera padecido
siquiera de un cólico. Pero un día, a este dulce anciano, le empezaron a pasar
factura los años. Al cumplir los ochenta, le tocó la puerta el mal de Parkinson:
primero se manifestó en su mano izquierda; luego, en la derecha. Cada día que
pasaba se iba agudizando el problema. Perdía fuerzas: se le caían las cosas y
rompía los platos. Pese a ello, se esforzaba por realizar las labores con norma-
lidad y sin renegar; además, le daba poca importancia a los consejos de la
vecindad de visitar a un médico. Harto de ser tratado como enfermo, una tarde
explotó de cólera, levantó las manos en medio de la calle y juntando las cejas
en su rostro de diablo, advirtió a un grupo de mujeres que lo miraba con gracia
y compasión:
“¡Si me siguen fregando, me largo de la vecindad! Ahí las voy a ver sufrir”.
“No se trata de eso, don Pancho. Es que lo queremos, por eso nos
preocupamos por usted”, le decían.
“Si algún día me toca morir, me moriré, pues. ¿Qué problema hay? ¿Quién
tiene la vida comprada?”.
‘Ya usted verá, ¿pero a su hija la quiere dejar huérfana en Lima?”, le
reprochó la señora Jetza sumamente enojada.
Ahí se quedó callado el pobre. Luego recapacitó y dijo:
“¡Si está casada ya! ¡Que su marido se ocupe de ella!, ¿no?”».
«Entonces, sabía renegar don Pancho», repliqué.
«Sí, pero a las quinientas».
«¿Abuela, te contamos un secreto?», preguntó Elver, golpeándonos con el
codo.
«A ver de qué se trata. Díganme».
«Ahora que recordamos, un día el guardia Montoya nos contó que
juntándose con los niños del barrio, conscientes del humor de don Pancho,
quisieron darle trabajo a su hígado, y una mañana pusieron un letrero frente a
su covacha que decía: “Grupo musical habanero busca viejitos con mal de
Parkinson para tocar maracas. Se paga buen sueldo"».
«El creyó en la oferta a pie juntillas —afirmé con una sonrisa— y estuvo
preguntando por unas horas a los policías por la dirección, pero vencido por el
desgano regresó para su casa. Luego de gastarle esa broma, arrepentidos le
ofrecieron disculpas a nombre del grupo. Al tenerlos frente a él, con las
cabezas gachas, los perdonó con un jalón de orejas y les dijo: “No hay mejor
disculpa que un buen plato de lomo saltado, con harto ají y su buena Inca Kola,
¿les parece en El Centavito? Ahí está más barato”».
«Juntaron sus sencillos y lo llevaron a ese restaurante donde por poco
devora el plato de loza y los dos vasos de gelatina», concluyó Lucho.
«¡Diablos!, no tienen perdón. Pobre viejecito. Pero, en fin... allá ellos cuando
tengan que rendir cuentas a Dios», sentenció la abuela.
«Abuela, sigue contándonos. ¿Qué ocurrió con don Pancho?», exigí con
palabras atropelladas.
«Sucedió un hecho grave que la población nunca olvidará. Don Pancho
tenía un hermano gemelo en la ciudad de Cerro de Pasco llamado Reymundo.
Este se había desempeñado como subprefecto hasta que un inmenso árbol
con serpentinas, globos y canastas con naranjas huando le cayó encima,
interrumpiendo su borrachera y convirtiéndolo en puré en plena fiesta de
carnavales. Pese a esa muerte, el pueblo continuó bailando y echando cerveza
sobre el barro a la salud del difunto. Era tan querido que toda la población lloró
bailando».
«¿Y qué hizo don Pancho?», pregunté.
«Se apenó un poco. Sin un cobre en los bolsillos, no vio mejor manera que
caminar hacia el paradero a Cerro de Pasco y pedir el favor a cualquier
camionero para que le diera una aventadita. Así estuvo parado más de dos
horas, con su taleguita de papas en la mano y su único saquito negro. Un
chofer que lo conocía detuvo el camión a un costado de la carretera y sin
perder tiempo le gritó desde la ventana: “¡Don Pancho! mis sentidas
condolencias por don Reymundo. Lo queríamos mucho, como a un familiar.
Dios ya lo tendrá en su regazo. Era buena gente. Nosotros vamos para Cerro,
si desea lo llevo. ¿Qué dice?”.
“Muchas gracias, don Anselmo; se lo agradezco en el alma”.
“El único problema —dijo el chofer, quien iba con su esposa y su cuñada—
es que tendría que subirse atrás y viajar parado. Por ahora no llevo carga, solo
el ataúd para don Reymundo”.
“No hay problema, voy divisando el paisaje. Por si acaso, no llevo dinero”.
“¿Cómo le voy a cobrar? ¡Suba nomás! Solo agárrese bien de la baranda.
¿Cómo van esas manos?”.
“La izquierda ya no obedece; pero la derecha, aunque temblando, ajusta
todavía”, contestó con una sonrisa a flor de labios y mirándose los dedos».
«Se ve que don Pancho era frágil», interrumpió Elver.
«Sí, y hablador como tú —lo miró con furia la abuela—. El carro volvió a
enrumbar para Cerro de Pasco con don Pancho en la carrocería. Iba alegre y
agarrándose a los filos, cuidándose de los traqueteos y por momentos
observando el ataúd con una filosofía simple: “Polvo eres y en polvo te
convertirás”. Así viajaba, hasta que después de dos horas el cielo empezó a
negrear y tras las colinas a caer la lluvia acompañada de relámpagos. Sin
esperar calma alguna, la tormenta inició la mojadura del camión que iba
descubierto de cara al cielo. Don Pancho pensó que la lluvia era loca y por eso
se confió en que pasaría, pero se equivocó. Al no cesar y viendo que se estaba
remojando, puso su bulto en la cabeza, pero las gotas gordas llegaron hasta su
espalda».
«Le hubiese avisado al chofer para que le prestara un plástico siquiera»,
dijo Lucho en tono compasivo.
«Claro, pero buscó otra alternativa. Siempre calmado y afilándose la
quijada, miró el ataúd que brillaba por la lluvia y creyó escuchar: “¿Qué
esperas? No seas tonto, deja de mojarte... ven”. En un principio lo observó con
recelo, y después de unos segundos se dejó seducir con deleite. Dio el primer
paso, miró por la ventanita al chofer que iba concentrado en la carretera. Con la
frescura de una lechuga, abrió la tapa con sumo cuidado y sin dudar se metió
al cajón. Al estirarse sobre los tafetanes blancos, hizo descansar una de sus
manos sobre su pecho, siempre sonriendo como un niño; con la otra, regresó la
tapa a su lugar. Por un momento estuvo despierto mirando el vidrio, pero diez
minutos después sus ojos empezaron a cansarse. Quién iba a saber que más
allá, en la misma carretera, esperaba otra familia con los mismos sentimientos
de dolor por la muerte de ese subprefecto tan querido. Con la delicadeza que
caracterizaba al chofer, al reconocer al jefe de familia nuevamente se detuvo y
preguntó con aire familiar:
“Hola, compadre Javier, ¿también vas para Cerro?”.
“Sí, don Anselmito —se adelantó la esposa—, queremos llegar a tiempo
para el velorio de nuestro compadre Reymundo”.
“No hay problema, comadre, suban nomás”, dijo el chofer.
“Felizmente ya estamos a menos de una hora y lo bueno es que ha dejado
de llover”, volvió a decir la esposa, empujando de las caderas a sus dos hijas».
«¿Y vieron a don Pancho?», se inquietó Élver.
«¡Espérate pues, hijo! ¡No me interrumpas! En el trayecto, consumidos por
la pena, la familia miraba el ataúd solitario que permanecía quieto y con ese
color tétrico que espantaba. La madre, al percatarse de los ojos de las niñas las
abrazó y les ordenó que se dieran la vuelta y miraran los cerros y el cielo azul;
pero no los abismos, que les iban a causar vómitos. No hicieron caso y más
bien se rieron.
“¡Son más tercas que una muía! —les recriminó entre dientes—. ¡Pobres de
ustedes que en la noche no puedan dormir!”.
“¡Mamá, no seas pesada!”, dijo la mayor de las hijas estirando el cuello para
ver el crucifijo de la tapa.
“Además, cuando pasamos por la calle Arequipa, siempre vemos los
ataúdes del señor Huamán —secundó la otra sin remordimientos—: Estamos
acostumbradas”.
“¡Allá ustedes!”, intervino el padre abrazando a su esposa».
«¿Y don Pancho se había quedado dormido dentro del ataúd?», pregunté.
«¡Por supuesto! Pero ya era suficiente. De pronto, se despertó con un
bostezo de ultratumba. El grupo que discutía quedó mudo por un momento
creyendo que el padre estaba jugando una pesada broma con las cuerdas
vocales. Cruzaron las miradas, auscultaron bien los costados y de inmediato
concluyeron, por las caras pálidas, que ese sonido no les correspondía. Al
segundo, ya más afinadas las orejas y en completo silencio, se pegaron a una
esquina sin quitar la mirada del ataúd. Cuando las niñas estaban por soltar el
primer suspiro, volvieron a escuchar otro quejido cavernoso. No había duda, el
origen estaba en el ataúd. Quisieron gritar, pero les ganó el pánico. La madre
agarró las manos de las niñas y las llevó como pudo hacia una de las hojas de
la compuerta, mas les fue peor porque don Pancho abrió lentamente la tapa y
sacó la mano temblorosa para comprobar si continuaba lloviendo, y así la
mantuvo unos segundos. Al convencerse de que la lluvia había cesado, se
alistó a salir. Primero colocó las dos manos en ambos extremos y luego,
sacudiéndose el pantalón de corduroy, se paró con los pelos desordenados.
Miró a los costados y se alegró por los rayos de sol. Al rato, caminó hacia el
otro extremo para divisar el hermoso paisaje. Esta vez vio el vuelo de una
bandada de palomas que atravesaba el cielo como tenues pinceladas blancas.
Inició su acostumbrado tararear, esta vez fue una muliza. Al llegar a Cerro de
Pasco, el chofer, contento por no tener averías en el motor como otras veces,
bajó y se fue a la parte de atrás silbando. Para su sorpresa, encontró la
compuerta semiabierta y, rascándose la cabeza, se hizo mil preguntas. Saludó
a don Pancho y le dijo:
“¿Qué tal el viaje, don Pancho?”.
“¡Muy bien!”, le contestó, mientras intentaba bajar de la carrocería con la
tembladera en las manos.
“¿Y la familia que subió?”.
‘Yo no vi nada, don Anselmo”.
“Pero la compuerta está sin el pasador”, reclamó a los aires.
“Sólita se habrá abierto, seguro. Yo no sé nada”.
“¿Me está diciendo la verdad, don Pancho?”, volvió a preguntar el chofer
con un signo de interrogación sobre la cabeza.
“¡Por la santísima Trinidad!”, exclamó finalmente el anciano y se persignó».
«¿Y qué hizo luego el chofer, abuelita?», pregunté intrigado.
«Se quedó mirando al vacío y después se arrodilló para revisar las llantas.
Ayudó finalmente a bajar a don Pancho y se despidieron, quedaron en
reencontrarse en el barrio La Esperanza por la noche. Esa mañana hubo harta
tarea para todos, pues fue el día en que se efectuó no solo un entierro, sino
cinco de porrazo. Toda la familia se había aventado al abismo por el susto. El
pueblo se volcó al cementerio con llantos de familiares y amigos, sobre todo
por las niñas».
«¿Y qué pasó con don Pancho?», pregunté.
«Nada. Don Pancho se quedó un mes en Cerro de Pasco y regresó a
Tarma, con el mismo camión de don Anselmo, más gordo y con terno nuevo».
«¿Pero no se dio cuenta del daño que hizo?», preguntó Lucho
persignándose.
«No creo. Siempre continuó alegre y dicharachero, sin una pizca de culpa».
«Abuela, ¿y vivió mucho tiempo?», quiso saber Lucho.
«Sí, más de cien años —contestó la abuela acomodándose la almohada
debajo de la cabeza y abriendo otra barra de chocolate—. Bueno, ya cumplí
por esta noche. Ahora ustedes cumplan con lavarse los dientes».
«Abuelita, ¿y para mañana qué cuento nos vas a narrar?», dije sin
levantarme de su cama.
«Voy a tratar de recordar. Algo se me ocurrirá».
«¿Pero también será de terror?», preguntó Lucho.
«Para eso está tu cara, ¡Viruta!».
«Sin bromas, pues, abuelita», reclamó.
«No estoy haciendo bromas, es la verdad. ¡Ya váyanse a dormir y apaguen
la luz!», dijo siempre con ese tono arisco.
El alma de Juan
La noche había llegado ya, y dejando la tumba de Francisco de Paula Otero
volvimos a recordar aquel día cuando regresamos a la casa de la abuela a las
siete de la noche. Para entonces, la encontramos tosiendo y ahogándose en su
propia saliva casi por quince minutos. La tía Yolanda nos pidió que la
dejáramos sola para que pudiera atenderla, pero la Mamatoya al escuchar las
palabras «déjenla dormÍP> ordenó, solo por contradecirla, que nos
quedáramos para acompañarla. Luego de calmarse, respiró profundamente,
pidió un pañuelo para limpiarse las légañas y después un peine para arreglarse
los cabellos. Cerrando los ojos por el dolor, nos volvió a pedir silencio mientras
guardaba el pañuelo en el seno. Tomando el aire que le faltaba y mientras se
colocaba los lentes, nos explicó con voz entrecortada: «Todavía no me voy a
morir, niños. Hay tiempo para un cuento más. Voy a empezar. Si me muero en
la mitad, me tapan la cabeza con la frazada».
«Ya no hables esas cosas, abuelita, me das miedo», le pedí arrugando la
frente.
«¿Cómo se llama el cuento, abuela?», preguntó Lucho.
«No lo sé. Solo escuchen».
«¡Escuchamos!», dijimos los tres y cruzamos los brazos.
«Un jueves, por la mañana, caminaba un hombre por el filo de la vereda, los
carros que iban a toda velocidad casi le rozaban el cuerpo. Por ratos
trastabillaba, pues tenía la testa caída por tanto ruido que hacía la gente. Las
personas que lo vieron ese día en un primer momento no le dieron importancia.
Al llegar a una esquina, empezó a mirar uno a uno los carros. Luego se puso
frente al semáforo, levantó sus cabellos desordenados y viendo la luz roja que
le prohibía pasar, a propósito se dejó caer como un mástil hacia el centro de la
pista. Nadie supo qué hacer para impedir que ese pobre hombre acabara
debajo de las llantas de un camión, mucho menos el chofer, quien sin querer lo
arrastró varios metros. El enorme vehículo frenó por los gritos desesperados de
un grupo de mujeres que estaba cerca del estadio. Recién allí el conductor
pudo vislumbrar el problema en el que se había metido. Cuando la multitud
corrió para ver cómo había quedado la víctima, se dio con la extraña sorpresa
de que el hombre tenía la boca abierta».
«¿Y su espalda cómo estaría, abuelita?», pregunté con algo de dificultad,
debido al escorbuto que me había salido un día antes.
«Me contaron que tenía la espalda y las rodillas peladas como una
manzana, que miraba hacia las nubes con una carita de niño abandonado y
con un rictus que parecía querer decir algo. Después de una fracción de
segundos empezó a moverse con breves espasmos;
primero por los hombros y después por los labios. Pedía agua, ¡respiraba!,
daba la impresión de que nada malo le había ocurrido. Sin embargo, al
percatarse de que llegaba la ambulancia, miró a sus costados y pidiendo
disculpas a una enfermera, que se había arrodillado para comprobar con el
índice si había latidos en la yugular, se levantó frotándose la cabeza, se limpió
los cabellos y se fue cojeando hacia el cerro. Dos mujeres que lloraban de
impotencia intentaron retenerlo en el camino, pero él las apartó de un
manotazo. Como algunos quisieron preguntarle cosas, se echó a correr sin oír
el clamor. Todos se quedaron mudos ante el valor de ese hombre que aún
sangraba por uno de los oídos; y aún más, porque había heridas expuestas en
el antebrazo que le florecían como rosas frescas. Así desapareció ante el
asombro de la gente. Al llegar a casa, agitado y sin hablar, su esposa, que no
lo esperaba tan temprano, había sentido minutos antes un aguijón de abeja en
el pecho. Sin dejarse ver, subió a los altos y movió las cosas para acomodarse
y descansar: “No la debo preocupar”, se dijo. Sin embargo, ella, que ya
sospechaba, levantó la mirada y lo llamó por su nombre con toda naturalidad:
“¡Juan, Juan!... ¿Tan rápido has vuelto? ¡Te estoy hablando, Juan! No me
hagas bromas otra vez, ¿ah? ¡Ya sabes que no estoy para juegos!”.
El ruido de los pasos empezó a sentirse en el piso del dormitorio. La puerta
del ropero crujió y Amanda sintió unos terribles escalofríos que se iniciaron en
las plantas de los pies. Un tétrico silencio se apoderó de la casa y no le quedó
otra cosa que ponerse valiente porque estaba sola como todas las mañanas.
Volvió a llamar, pero nadie le contestó. Se dijo entonces: “Qué extraño. Nunca
había ocurrido esto”. Cuando llamó por tercera vez escuchó la voz de Juan,
pero no en su tono habitual. “Es él —aseveró con cierta rabia—. ¿Por qué
habrá regresado? ¿Habrá bebido otra vez?”, habló mirando al techo».
«¿Estaba molesta, abuelita?», pregunté relamiendo el escorbuto con cierto
placer.
«Sí, muy fastidiada. Entonces continuó diciendo: “¡Vaya! ¿Si ha vuelto y no
me ha conseguido el dinero para pagar esas malditas cuentas y sobre todo la
pensión de la escuela de Alejandrito? ¡Por Dios! Ahora sí que se me larga de
esta casa y no vuelve más. Por último, que venda su alma al diablo. Yo
cocinando para él y él vagando ya más de medio año. ¡No entiende que los
bancos no perdonan!”.
Subió decidida a reclamarle, pero a mitad de la escalera le alcanzó la duda
y retuvo sus pasos. Con voz conciliadora llamó bajando la voz: “¡Juan, Juan!...
¿Juaaan?”.
Nadie contestó —continuó relatando la abuela, siempre bebiendo mucha
agua—. Se armó de valor y se santiguó tres veces. Por un instante sospechó la
posibilidad de la incursión de un ladrón. Como arma cogió un largo fierro que
estaba al costado de la puerta y caminó por el pasillo con la mano en alto, lista
para matar. Con pies de algodón penetró al cuarto, se agachó y miró debajo de
la cama sin respirar, como desafiando a algún animal, pero todo estaba en su
lugar, a excepción de las puertas del ropero que aún se movían produciendo un
chirrido. Amanda se puso pálida, y mucho más cuando sintió un olor a zorrillo
ingresar por sus fosas nasales y perforarle los pulmones. Luego de lagrimear,
empezó a sentir náuseas y dolores de cabeza. El pavor fue mayor al sentir que
alguien por detrás le acomodaba el cabello sobre los hombros, le soplaba un
aire de mar cerca de las orejas y le susurraba: “Ya puedes estar tranquila. El
estorbo se fue”».
«¡Era la voz del muerto, abuelita!», interrumpió Lucho.
«¡Silencio, Viruta! La mujer volteó con brusquedad mientras el sudor le
emergía de las axilas, pero tampoco vio nada. Examinó los rincones y todo
estaba tranquilo, entonces creyó ver una sombra que ingresaba al dormitorio.
Muda y con el corazón palpitante, quiso bajar las gradas rápido; sin embargo,
sus piernas se cruzaron y cayó diez escalones, golpeándose la cara y los
codos. Con mucho esfuerzo se sentó por unos segundos. Se sobó las
pantorrillas en el primer peldaño y escondió el rostro achinado entre sus
piernas. Pero luego de unos minutos se quedó tranquila al ver que el cuadro
del Sagrado Corazón de Jesús la observaba desde el frente y le mostraba sus
manos dadivosas. Se encomendó ciegamente: “Tú eres mi compañía. Tú
proteges a mi familia, Señor". Después de un rato creyó que la había visitado el
alma de Abilio Ramírez, su compadre recientemente fallecido en un accidente
de carretera. A él lo estimaba porque fue un buen padre para sus seis hijos que
quedaron sin madre. “Que Dios proteja a don Abilio y lo tenga en su reino,
Señor. Seguramente andará recogiendo sus pasos”. Así terminó su oración.
Al rato el teléfono empezó a sonar. Se levantó y caminó a duras penas para
el centro de la sala:
“Sí, ¿aló?”, contestó con voz cansada.
“¿Con Amanda?”
“Sí, ella misma contesta”, dijo con mucho temor.
“¡Ah!, hola, Amandita, soy Clara. Discúlpame que sea yo quien te dé esta
mala noticia. Escúchame, por favor. Quiero ante todo que tomes con mucha
calma lo que voy a decirte...”.
“¿Qué ha pasado, Clara? —reclamó pegando los labios al fono—. ¡Dime de
una vez!”.
“Se trata de tu esposo. En el jirón Chanchamayo, hace diez minutitos
nomás, ocurrió un accidente. Juan cayó a la pista... ¡al parecer se aventó!”.
Amanda, a medida que escuchaba esas palabras filudas, sentía una
volquetada de rocas cayéndole sobre la cabeza. De manera que su cuerpo ya
no le pertenecía. Dejó colgando el fono con la voz llamándole: “Aló, aló,
¿Amanda?”, seguía clamando Clara desde la línea.
Buscó un lugar seguro para apoyarse, pero no lo encontró. El mareo le hizo
perder el equilibrio y empezó a desvanecerse en medio de la sala. Sin
embargo, Juan estaba ahí para cogerla por la espalda con más amor que
nunca. El extendió los brazos y cuidando su cabeza la hizo recostar en el sofá.
La consoló por un momento hasta que toda la parentela y vecinos llegaron a
expresarle sus pesares. Ya despierta, escuchó decir a sus amigas: “Debes
tener conformidad, Amandita”. “Seguirás luchando por tus hijos. Siempre has
sido padre y madre para ellos. Juan era bueno, pero...”.
“La vida es dura, pero tú eres fuerte. Has nacido para enfrentar los grandes
retos del matrimonio”».
«¿Y luego qué pasó?», pregunté a la abuela con poca energía.
«Amanda lloró golpeando la puerta al saber la verdad. Gritaba en toda la
sala: “Después de todo, nos amábamos. ¡Juan, Juan, no me dejes! ¡Yo tengo la
culpa por mortificarte!”.
Fue a la morgue a verlo y no lo reconoció en un primer momento. Lo
enterraron al tercer día. Yo también la acompañé con tu tía Yolanda. La pobre
quedó viuda y terriblemente endeudada. Jamás se repuso».
«Entonces, ¿quiere decir que la señora Amanda vio el espíritu de su
esposo?».
«Claro. Juan, después de todo, no permitió que su esposa se descalabre en
el cemento. Desde entonces él visita la casa, sobre todo los viernes, cerca del
mediodía. A esa hora ingresa ese olor a zorrillo que invade la casa y, para
mayor muestra, los cucharones en la cocina empiezan a moverse solos».
«¿Y ella actualmente dónde está?», pregunté abrazando a Lucho, y él a su
vez a Elver.
«A los tres meses se enfermó y murió de una fuerte depresión», contestó la
abuela.
«¿Y está enterrada en Tarma?», interrogó Elver
«No, se la llevaron a Satipo y la velaron en el Irazola. Ella estudió y era
natural de allá».
«¿Y en esa casa, ahora quién vive?», pregunté.
«Los dos. Son espíritus que se resisten a abandonar las habitaciones. A
veces, en la madrugada, los focos se prenden solitos ante la mirada de los
pocos transeúntes que pasan por ahí. Los hijos ya no quieren regresar a esa
casa por el miedo y viven con su abuelita. Claro que han entrado inquilinos,
pero nadie soporta más de un mes. Esas almas los botan, pese a que el padre
Humberto ha regado muchas veces agüita bendita en todas las habitaciones».
«¿Cómo así los fastidian?», pregunté acercándome más a la abuela.
«Jalándoles las frazadas en las madrugadas, prendiéndoles la radio o
tirando los floreros al piso».
«¡Uyyy, qué frío!», exclamamos en coro, temblando y sobándonos los
brazos.
«Muy bien, hijos, ahora lávense los dientes y a dormir. ¡Hasta mañana!
¡Angel, no te olvides de sancochar tempranito los camotes para Roídos!».
«Ya, abuelita. ¡Hasta mañana!».
«¿Mañana podremos volver?», preguntó Elver.
«Eso depende de Dios. No solamente he perdido la vista por completo, sino
las fuerzas en los brazos. Ya no puedo sostenerme ¡Qué triste había sido llegar
a vieja, chicos! Bueno pues, así serán los designios de Dios. Apaguen la luz y
si amanezco bien, habrá más relatos. Ya, váyanse. ¡Ah!, mañana viajaré a
Pichanaki a recoger naranjas. La sed no me deja y la garganta se me seca.
¡Adiós!».
«¡Hasta mañana, abuelita!», repetimos con voz compasiva.
Así la dejamos descansar. Al salir, Lucho dijo en tono de preocupación:
«¿Han notado que la abuela está desvariando?».
«Pobrecita, parece que son sus últimos días. Está sufriendo demasiado con
esos dolores a la cadera. Si los médicos no la pueden curar, ojalá Diosito se la
lleve pronto», dijo Elver compasivamente.
«¡Cállate, tonto, no hables así! —lo reprendí muy dolido—. Yo la quiero
mucho y seguiré vendiendo periódicos para comprarle sus medicinas».
«Angel tiene razón. Es que creció con la abuela», habló Lucho justificando
mi actitud.
«Es mi madre. Si ella se muere, yo me muero», dije retando con los ojos a
Elver.
Al amanecer, fue llevada de emergencia al hospital debido a otro coma
diabético. Luego de los ajetreos de la familia, los médicos lograron estabilizarla
una vez más. Entonces durmió todo el día. Por la tarde, mi tía Yolanda, más
aliviada, regresó a la casa. Cuando ingresó al dormitorio de la abuelita para
limpiarlo, encontró debajo de la cama envolturas de chocolates y toffees a
montones.
—Lo que pasó es que la Mamatoya quería morirse, ¡ya! —afirmó Lucho.
—Recuerdo que cuando se puso grave, la familia llegó de inmediato,
incluyendo a Ceci y Carla —recordó Elver, jugando con sus bigotes—. La casa
estuvo abarrotada de primos por toda una semana, pero Dios le permitió vivir
unos días más para alegría de nosotros, los Mataperros. Que Dios la bendiga
en el cielo —concluyó y nos abrazamos frente a las cruces que se perdían en
la neblina.
Al llegar a la puerta del cementerio, dimos media vuelta y nos persignamos
ante la capilla sin poder contener las lágrimas. En silencio, abrimos la puerta de
rejas y salimos. Caminamos por el río donde Lucho un día se cayó con la
carreta y fue arrastrado por esas aguas junto con su bolsa de compras y el
periódico que le mandó conseguir su papá. Nos pusimos al filo, donde antes
había un árbol, y recordamos cómo nos columpiábamos como Tarzán.
Entonces Élver preguntó:
—¿Este es el río Huantay, no?
—Sí, pero ahora está seco. La gente lo ha convertido en botadero —
contesté.
—¿Y los guindales de Sacsamarca, todavía existen? —preguntó Lucho.
—Los guindales no, pero Sacsamarca sí. Allí se están construyendo
condominios —afirmé con un acento de rabia.
—Después de todo, fuimos felices en aquellos tiempos, ¿no? —dijo Elver,
mirando lo cerros desnudos.
—Sí, con el viento, el barro y la lluvia —afirmé dejando escapar un suspiro.
—¡Claro! En aquellas épocas, sin ser ricos, éramos dueños de todo, hasta
del aire —terminó diciendo Lucho.
Al cruzar la avenida, Lucho se avergonzó:
—¡Ah!, me estaba olvidando de pagar las flores.
—Cierto, volvamos al quiosco. Aún debe estar la señora —le sugerimos
Elver y yo.
Cuando nos acercamos al lugar, Lucho sacó el mismo billete de veinte soles
de la camisa, pero nos dimos con la sorpresa de que la señora de chompa roja
y raída ya se había retirado. El espacio estaba vacío y un tanto oscuro. Lo
verificamos metiendo la cabeza y mirando para ambos lados. Nos dirigimos a la
tienda de enfrente para preguntarle a una viejecita por la vendedora. Ella, en un
primer momento, se rio y nos pidió que nos fuéramos. Luego, arrepintiéndose,
regresó bostezando y, tapándose la boca con cuatro dedos, dijo:
—¿A ustedes también se les apareció la señora de chompa roja?
—¿Por qué lo dice? —preguntó Lucho, guardando al mismo tiempo el
billete.
—Ese quiosco está abandonado, ¡miren el óxido! Es que doña Rosita
Suárez, la que ustedes mencionan, hace más de un año que partió a los cielos.
Un cáncer de mama se la llevó rapidísimo. Hay muchos clientes que la han
visto, ¡y han hablado con ella! Pero no es para asustarse, no hace daño, era
muy buena persona.
Y continuó relatándonos con detalles sabrosísimos esas esporádicas
apariciones de doña Rosita a algunos visitantes del cementerio; pero cuanto
más la escuchábamos explicar, más nos temblaban las piernas como cuando
éramos niños.
—Bueno —interrumpió Elver la plática con voz temblorosa—, vamos a la
casa de la abuela.
—¡Perfecto! —dije animoso—. ¡Qué rápido anocheció!
Enrumbamos así para el barrio de Callancha. A medida que nos alejábamos
del cementerio, creíamos ver en cada esquina a la señorita Baylón, con su cara
pálida y su sonrisa malévola, esperándonos con el huacapincho en alto para
darnos de alma en las espaldas y luego desaparecernos en los sótanos. Al
llegar a la callecita San Juan, las luces eléctricas se apagaron por completo y
empezaron a prenderse las velas, cuyos fulgores se veían por las ventanas.
Bajo esa penumbra, continuamos caminando hacia la casa de la abuela
Mamatoya, mientras que en los muros de adobe, seis gatos encendían sus ojos
de canica para más tarde iniciar su cortejo fúnebre. Llovía.