Enigma
Temas abordados
Enigma
Temas abordados
Tres días después, a primera hora del viernes 26 de febrero, un lance inesperado vino
a aumentar el misterio.
Kite estaba clasificando el correo de la mañana y metiendo un saquito de
cartas en las pocas casillas cuyos propietarios aún seguían en el college, cuando
encontró no uno sino tres sobres dirigidos al señor T.R.G. Jericho, originalmente
remitidos a la posada White Hart, en Shenley Church End, Buckinghamshire, y
posteriormente enviados al King's College. Kite quedó un tanto perplejo. ¿Acaso el
joven a quien ellos habían inventado tan exótica identidad era, en realidad, el gerente
de un pub? Se subió las gafas a la frente, sostuvo el sobre con los brazos estirados y
trató de leer el matasellos.
Bletchley.
En la trasera de la conserjería había un viejo mapa del Estado Mayor que
mostraba el compacto triángulo de la Inglaterra meridional limitado por Cambridge,
Oxford y Londres. Bletchley estaba a horcajadas de un importante empalme
ferroviario, a mitad de camino entre las dos ciudades universitarias. Y a unos seis ki-
lómetros al norte se encontraba Shenley Church End, poco más que un caserío.
Kite examinó el más interesante de los tres sobres, levantándolo a la altura de
su bulbosa nariz surcada por venas azuladas. Lo olfateó. Llevaba más de cuarenta
años ordenando el correo y sabía distinguir rápidamente cuándo la letra era de
mujer: más nítida, más pulcra, con más recovecos y menos ángulos que la de hombre.
El agua del hervidor que había sobre el quemador de gas del hornillo estaba a punto.
Kite echó un vistazo alrededor. Aún no eran las ocho, fuera apenas había luz. En
cuestión de segundos estaba en el altillo aplicando vapor a la solapa del sobre. Era de
ese papel fino de ínfima calidad propio de la guerra, y estaba cerrado con un
pegamento barato. La solapa se humedeció, abarquilló enseguida, y Kite extrajo una
postal.
Había terminado prácticamente de leerla cuando oyó la puerta de la
conserjería. Una ráfaga de viento sacudió las ventanas. Kite volvió a meter la postal
en el sobre, sumergió el meñique en el bote de cola que tenía junto al hornillo, pegó
la solapa y luego asomó la cabeza como si tal cosa para ver quién había entrado. Casi
le dio un soponcio.
—Cielo santo... buenos días, Mr. Jericho...
—¿Hay alguna carta para mí, Mr. Kite?
La voz de Jericho sonó bastante firme, pero él parecía balancearse ligeramente
y hubo de agarrarse al mostrador como un marino recién desembarcado después de
una larga travesía. Era un joven pálido, bastante bajo, de cabello y ojos oscuros,
hecho que resaltaba la palidez de su piel.
—Diría que no, señor. Miraré otra vez.
Kite se retiró dignamente hacia el altillo e intentó planchar el sobre húmedo
con la manga. Sólo estaba un poco arrugado. Lo deslizó entre un puñado de cartas,
volvió a salir y simuló buscar entre ellas.
—Pues no, no, nada. Ah, sí. Aquí hay una. Qué gracia. Y dos más. —Kite las
empujó sobre la superficie del mostrador—. ¿Es su cumpleaños, señor?
—Fue ayer —respondió Jericho, y se metió los sobres en el bolsillo interior del
abrigo sin mirarlos.
—Por muchos años, señor. —Kite vio desaparecer las cartas y soltó un
silencioso suspiro de alivio. Luego cruzó los brazos y se apoyó en el mostrador—.
Permítame que intente adivinar su edad. Vino en el treinta y cinco, si mal no
recuerdo. Por lo tanto debe de tener... ¿veintiséis?
—Oiga, ¿es ése mi periódico, Mr. Kite? Puedo llevármelo ahora, así le ahorro
la molestia.
Kite gruñó, se incorporó de nuevo y alcanzó el periódico. Al entregárselo hizo
un último intento de conversar, comentando el satisfactorio desarrollo de la guerra
en Rusia desde lo de Stalingrado y el, en su opinión, cercano final de Hitler. Claro
que Jericho debía de estar mucho más al corriente de esas cosas que él. El joven se
limitó a sonreír.
—Dudo que mis conocimientos en general estén más al corriente que los
suyos, Mr. Kite, incluso por lo que respecta a mi persona. Conociendo sus métodos.
Por un instante, Kite no supo si había oído bien. Miró fijamente a Jericho, que
aguantó la mirada; sus oscuros ojos pardos parecieron cobrar vida de pronto. Luego,
sin dejar de sonreír, Jericho lo saludó con una inclinación de la cabeza, se metió el
periódico bajo el brazo y se marchó. Kit lo observó desde la ventana con parteluz de
la conserjería: una figura enjuta con su bufanda morada y blanca del college, su andar
vacilante, su cabeza inclinada al viento.
—Mis métodos —repitió para sí—. ¿Mis métodos?
Aquella tarde, cuando el trío se reunió como de costumbre para tomar el té en
torno a la estufa, Kite pudo avanzarles una explicación totalmente nueva sobre la
presencia allí de Jericho. No podía desvelar, por supuesto, cómo había obtenido la
información, sólo que era digna de crédito (insinuaba con ello una charla de hombre
a hombre). Olvidando su anterior actitud desdeñosa respecto de las cartas de amor,
Kite afirmaba ahora que el joven caballero era sin duda víctima de mal de amores.
2
Jericho no abrió sus cartas de inmediato, sino que sacó pecho y se inclinó hacia
el viento. Tras una semana encerrado en sus habitaciones, la abundancia de oxígeno
que le golpeaba el rostro hacía que se sintiese mareado. Torció a la derecha y enfiló el
sendero de losas que cruzaba el college y el pequeño puente hasta el prado que se
extendía más allá. A su izquierda tenía el paraninfo, y a su derecha, al final de una
gran extensión de césped, la imponente fachada de la capilla. Una escueta columna
de niños de coro iba saltando a su abrigo, con las togas ondeando al viento.
Jericho se detuvo. Una ráfaga de viento le hizo columpiarse sobre los talones,
forzándolo a dar medio paso atrás. Un pasadizo de piedra partía del sendero bajo un
exuberante arco de hiedra sin cuidar. Miró, por mera costumbre, las ventanas del
segundo piso. Tenían las contraventanas cerradas. También ahí la hiedra había
podido crecer sin control, y varios de los pequeños cristales en forma de rombo
habían desaparecido bajo el espeso follaje.
Dudó por un instante, y luego dejó el sendero para adentrarse, bajo la dovela,
en las sombras.
La escalera estaba como él la recordaba, sólo que ahora aquella ala del college
permanecía cerrada y el viento había llenado de hojas secas la caja de la escalera. Un
diario atrasado se le enroscó en las piernas igual que un gato hambriento. Probó el
interruptor de la luz. Un chasquido inútil. No había bombilla. Pero consiguió
distinguir el nombre entre los tres pintados sobre un tablón en elegantes mayúsculas
blancas, ahora agrietadas y sucias.
TURING, A.M.
Qué nervioso había subido por aquellos escalones por primera vez —
¿cuándo?, ¿en el verano de 1938?; hacía una eternidad— para encontrarse a un joven
sólo cinco años mayor que él, tímido como un alumno de primer año, con su mechón
de pelo negro colgándole sobre los ojos: el gran Alan Turing, autor de Sobre los
números racionales y padre de la Máquina Computadora Universal.
Turing le había preguntado qué tema se proponía escoger para su tesis de
primer año.
—La teoría de los números primos de Riemann.
—Pero si es lo que yo estoy investigando.
—Lo sé —le había espetado Jericho—, por eso lo he escogido.
Turing se había reído ante tan escandalosa demostración de culto al héroe y
había accedido a supervisar el trabajo de Jericho, pese a que él detestaba enseñar.
Jericho subió hasta el rellano e intentó abrir la puerta. Estaba cerrada, por
supuesto. El polvo le ensució la mano. Trató de recordar el aspecto de la habitación.
La impresión dominante había sido de sordidez. Libros, notas, cartas, ropa sucia,
botellas y latas de comida vacías, todo esparcido por el suelo. Un oso de peluche lla-
mado Porgy sobre la repisa de la chimenea de gas, y en un rincón un astroso violín
que Turing había adquirido en una tienda de trastos viejos.
La timidez de Turing había hecho imposible llegar a conocerlo bien. Por otra
parte, desde la Navidad de 1938 apenas si se le había visto el pelo. Cancelaba las
supervisiones en el último minuto alegando que tenía que ir a Londres. Otras veces
Jericho subía por aquellos escalones, llamaba a la puerta y nadie acudía a abrir, pese
a que él tenía la certeza de que había alguien detrás de la puerta. Cuando, hacia la
Pascua de 1939, no mucho después de que los nazis entraran en Praga, los dos
hombres por fin coincidieron, Jericho se atrevió a decir:
—Mire, señor, si no quiere supervisarme...
—No es eso.
—O si está haciendo avances sobre la hipótesis de Reimann y prefiere no
compartirlos...
—Tom —lo interrumpió Turing con una sonrisa—, le aseguro que no estoy
haciendo el menor avance sobre Reimann.
—¿Entonces...?
—No se trata de Reimann. —Hizo una pausa, y luego añadió en voz baja—:
Verá usted, en la actualidad están sucediendo otras cosas en el mundo, aparte de las
matemáticas...
Dos días después Jericho había encontrado en su casilla una nota que rezaba:
«Le ruego que venga esta tarde a mis habitaciones a tomar una copa. F. J. Atwood.»
Jericho se retiró de la puerta. Estaba mareado. Se agarró al deslucido pasamanos y
fue bajando por la escalera con cuidado, como un viejo.
Atwood. Nadie rehusaba una invitación de Atwood, catedrático de historia antigua,
decano del college antes ya de que Jericho naciera y hombre poseedor de múltiples
conexiones con Whitehall. Era como ser llamado por el mismo Dios.
—¿Habla algún idioma? —había sido la primera pregunta de Atwood
mientras servía el jerez. Tenía más de cincuenta años y su único amor conocido era el
college. Sus libros ocupaban un lugar destacado en el estante que había detrás de él: El
arte de la guerra en Grecia y Macedonia; César como hombre de letras; Tucídides y su
historia.
—Sólo alemán —respondió Jericho, que lo había aprendido de muchacho para
leer a Gauss, Kummer, Hilbert, los grandes matemáticos del siglo XIX.
Atwood asintió al tiempo que le ofrecía una copa de cristal con una minúscula
cantidad de un jerez muy seco.
—¿Conoce a Heródoto, por casualidad? ¿Sabe la historia de Histiaeus?
Pregunta retórica; casi todas las de Atwood lo eran.
—Histiaeus quería enviar un mensaje desde la corte persa a su cuñado
Aristágoras, el tirano de Mileto, instándolo a levantarse en armas. Temía, sin
embargo, que su mensaje fuese interceptado. Su solución fue hacer afeitar la cabeza
de su esclavo de mayor confianza, tatuarle el texto en el cuero cabelludo, esperar a
que el pelo le creciese de nuevo, y luego enviarlo a la presencia de Aristágoras con el
recado de que lo raparan al cero. Poco fiable, pero, en su caso, eficaz. Salud.
Jericho se enteró después de que Atwood contaba la misma historia a todos sus
candidatos. Histiaeus y su esclavo calvo daban paso a Polibio y su método de
antorchas, a la carta de César a Cicerón utilizando un alfabeto en que la A estaba
cifrada como D, la B como E, la C como F, y así sucesivamente. Por último,
acercándose más al asunto sin dejar de dar rodeos, le tocaba el turno a la clase de
etimología.
—Crypta, palabra latina, del griego ) que significa oculto, escondido.
De ahí, «cripta», lugar subterráneo donde se enterraba a los muertos, y «cripto»,
secreto. Criptocomunista, criptofascista... A propósito, no será usted alguna de esas
cosas, ¿verdad?
—No, no soy un lugar donde se enterraba a los muertos.
—Criptograma... —Atwood levantó su copa a la luz y miró fijamente el
líquido cristalino—. Criptoanálisis... Me ha dicho Turing que usted podría hacerlo
bastante bien...
Jericho tenía fiebre cuando llegó a sus habitaciones. Cerró la puerta con llave y
se desplomó boca abajo en la cama sin hacer, vestido aún con el abrigo y la bufanda.
En ese momento oyó pasos y alguien llamó a la puerta.
—El desayuno, señor.
—Gracias. Déjelo fuera.
—¿Se encuentra bien, señor?
—Sí.
Oyó el ruido de la bandeja al ser depositada en el suelo, y los pasos que se
alejaban. El cuarto parecía estar adquiriendo proporciones desmesuradas, una es-
quina del techo pareció repentinamente enorme y lo bastante cercana para tocarla.
Cerró los ojos y las visiones le llegaron a través de la oscuridad.
Turing, con su media sonrisa: «Tom, le aseguro que no estoy haciendo ningún avance
en lo de Riemann...»
Logie, sacudiéndole la mano y gritando sobre el ruido de las máquinas: «El
primer ministro acaba de telefonear para felicitarnos...»
Claire, rozándole la mejilla y susurrando: «Pobrecito, realmente estás colado
por mí, ¿verdad? Pobrecito...»
«Atrás —una voz de hombre, la de Logie—. Atrás, dadle aire...»
Y luego, nada.
Al despertar, lo primero que hizo fue mirar el reloj. Había estado inconsciente
cerca de una hora. Se incorporó y se palpó los bolsillos del abrigo. En alguna parte
tenía una libreta donde registraba la duración de cada ataque, así como los síntomas.
La lista era inquietantemente larga. Lo que encontró en su lugar fueron los tres
sobres.
Los puso encima de la cama para examinarlos. Finalmente, abrió dos. En uno
había una postal de su madre, en el otro una de su tía, ambas deseándole un feliz
cumpleaños. Ninguna de las dos tenía idea de qué estaba haciendo él, y ambas, lo
sabía bien, se sentían frustradas y culpables de que no llevase uniforme ni hubiera
sido herido, como los hijos de casi todas sus amigas.
—¿Qué le digo yo a la gente? —había preguntado su madre, desesperada,
durante una de sus breves visitas, tras haberse negado una vez más a contarle lo que
hacía.
—Pues di que trabajo para el gobierno en comunicaciones —contestó él,
empleando la fórmula que le habían sugerido para tales casos.
—Es que quizá quieran saber más.
—Entonces deberías llamar a la policía; su actitud es sospechosa.
Su madre pensó en la catástrofe social que significaría el que el inspector
interrumpiera su partida de bridge y guardó silencio.
¿Y la tercera carta? Como Kite antes que él, Jericho le dio la vuelta y la olfateó.
¿Eran imaginaciones suyas o había trazas de perfume? Cenizas de Rosa, de Bourjois;
hacía sólo un mes un frasco minúsculo de eso lo había dejado prácticamente en la
bancarrota. Empleó su regla de cálculo a modo de abrecartas y cortó el sobre por
arriba. Dentro había una postal barata, escogida al azar (se veía una fuente de fruta,
ni más ni menos), con un mensaje típico para las circunstancias, o eso imaginó, ya
que nunca había pasado antes por una situación igual. «Queridísimo T... siempre te
consideraré un amigo... tal vez en el futuro... he sentido mucho saber que... las
prisas... besos...» Cerró los ojos.
Más tarde, una vez completado el crucigrama, una vez que Mrs. Sax hubo
terminado de limpiar, una vez que Bickerdyke hubo dejado otra bandeja de comida
para al cabo de un rato llevársela intacta, Jericho se puso a gatas, sacó su maleta de
debajo de la cama y la abrió. Doblados dentro de las obras completas de Sherlock
Holmes, primera edición, 1930, había seis folios llenos de su diminuta letra. Los llevó
al desvencijado escritorio que había al lado de la ventana y los alisó con la mano.
«La máquina de descifrar convierte el input (lenguaje ininteligible, I) en el
lenguaje cifrado (C) por medio de una función f. Por lo tanto C=f (I, K), siendo K la
tecla...»
Sacó punta al lápiz, apartó de un soplo las virutas y se inclinó sobre las hojas.
«Supongamos que K tiene un número N de posibles valores. Para cada uno de estos
supuestos debemos comprobar si f-1 (C, K) produce lenguaje ininteligible, siendo f-1
la función descifradora que produce I si K es correcto...»
El viento rizaba la superficie del Cam. Una flotilla de ánades cabalgaba sobre
las olas, sin moverse, como buques anclados. Dejó el lápiz y leyó otra vez la postal,
tratando de medir el sentimiento oculto en aquellas insípidas frases. ¿Sería posible, se
preguntó, construir una fórmula similar para cartas, para cartas de amor o cartas que
señalasen el fin del amor?
«El input (sentimiento, S) es convertido en texto (T) por la mujer, mediante la
función m. Así, T=m (S, V), siendo V el vocabulario. Supongamos que V tiene N
posibles valores...»
Los símbolos matemáticos se difuminaron ante sus ojos. Llevó la postal al
dormitorio, se arrodilló ante la chimenea y encendió una cerilla. El papel ardió breve-
mente y se retorció en su mano hasta convertirse rápidamente en ceniza.
Sus días fueron poco a poco tomando forma.
Se levantaba temprano y trabajaba un par de horas. No en criptoanálisis —lo
quemó todo el mismo día en que quemó la postal— sino en matemática pura. Luego
echaba un sueñecito. Antes de almorzar hacía el crucigrama del Times calculando el
tiempo que tardaba con el viejo reloj de bolsillo de su padre; nunca necesitaba más de
cinco minutos para terminarlo, y en una ocasión lo logró en tres minutos cuarenta
segundos. Podía resolver una serie de complicados problemas de ajedrez —«los
himnos de las matemáticas», como los llamaba G. H. Hardy— sin emplear fichas ni
tablero. Todo ello le sirvió para comprobar que su cerebro no había resultado dañado
para siempre.
Después del crucigrama y el ajedrez leía por encima las noticias de la guerra
mientras intentaba comer algo sentado a su escritorio. Trataba de evitar la Batalla del
Atlántico (VÍCTIMAS DE SUBMARINO ALEMÁN CONGELADAS EN sus BOTES SALVAVIDAS) y
de concentrarse en el frente ruso: Pavlogrado, Demiansk, Rzhev... los soviéticos
parecían estar reconquistando una nueva ciudad cada pocas horas, y le pareció
divertido que el Times informara sobre el día del Ejército Rojo con el mismo respeto
que si hubiese sido el cumpleaños del rey.
Por la tarde dedicaba un rato a caminar, alejándose cada vez un poco más —al
principio dentro de los límites del college o de la ciudad desierta, aventurándose
después por la escarchada campiña— para regresar al caer la tarde y sentarse junto a
la estufa de gas y leer su Sherlock Holmes. Empezó a ir a cenar al comedor, aunque
declinó educadamente el puesto que el rector le ofrecía en la mesa principal. La
comida era tan mala como en Bletchley, pero el entorno era mejor, con las velas
parpadeando en los retratos de gruesos marcos y rielando sobre las largas mesas de
roble bruñido. Aprendió a ignorar las miradas abiertamente curiosas del personal del
college. Cortaba con un gesto de la cabeza cualquier intento de conversación. No le
importaba estar solo. La soledad había sido su vida. Hijo único, hijastro, niño «con
talento»; siempre había algo que lo separaba de los demás. En el pasado no podía
hablar de su trabajo porque casi nadie le entendía. Ahora no podía hablar de ello
porque era confidencial. Siempre lo mismo.
Hacia el final de su segunda semana había conseguido dormir por las noches,
cosa que no lograba desde hacía más de dos años.
Tiburón, Enigma, bomba, birlar, bombón, criba; lentamente fue consiguiendo
borrar de su conciencia todo el extraño léxico de su vida secreta. Sorprendido,
advirtió que hasta la imagen de Claire se volvía difusa con el paso de los días. Seguía
teniendo recuerdos fugaces pero vividos, especialmente por la noche —el olor a
limón del pelo recién lavado, los grandes ojos grises claros como el agua, la suave
voz en parte divertida, en parte aburrida— pero las partes ya no lograban formar un
todo coherente. El conjunto iba desvaneciéndose.
Escribió a su madre y la persuadió de que no fuera a verlo.
El médico le había dicho que se curaría con un poco de cama y aire libre y,
para sorpresa de Jericho, parecía que el hombre estaba en lo cierto. Se pondría bien
otra vez. Al fin y al cabo, postración nerviosa, o como lo llamaran, no era lo mismo
que locura.
Y entonces, sin previo aviso, el viernes 12 de marzo fueron a buscarlo.
La noche anterior había oído casualmente a un profesor ya entrado en años
quejarse de la nueva base aérea que los americanos estaban construyendo al este de
Cambridge.
—Yo les dije: «¿Se dan cuenta de que están en un emplazamiento fósil del
pleistoceno? ¿Que yo personalmente he extraído de ahí la médula del Bos primige-
nius?» Pues esos tipos se rieron en mi cara...
«Bien por los yanquis», pensó Jericho, y en ese mismo instante decidió que
aquél sería un estupendo fin de etapa para su paseo de la tarde. Y puesto que eso
significaba caminar como mínimo cuatro kilómetros y medio más, partió antes de lo
habitual, justo después del almuerzo.
Pasó a grandes zancadas por los campos a lo largo del río Cam, dejó atrás la
biblioteca Wren, las torres de azúcar glas de Saint John's y el campo de deportes
donde dos docenas de muchachos con camiseta morada jugaban a rugby, y luego
torció a la izquierda prosiguiendo su larga caminata al lado de Madingley Road. Al
cabo de diez minutos estaba en pleno campo.
Kite había pronosticado que nevaría, pero aunque aún hacía frío, el sol brillaba
y el cielo era espectacular, una cúpula de puro azul sobre el paisaje llano de East
Anglia, salpicado durante kilómetros por las manchitas plateadas de los aviones y los
arañazos blancos de las estelas. Antes de la guerra había recorrido ese mismo campo
en bicicleta casi cada semana sin apenas ver un solo coche. Ahora no dejaban de
pasar grandes camiones americanos que lo obligaban a arrimarse a la cuneta; más
rápidos, más modernos que los vehículos del ejército británico, y con la trasera
cubierta por lonas de camuflaje. Entre las sombras asomaban las caras blancas de los
aviadores norteamericanos. De vez en cuando alguno lo saludaba al pasar, y Jericho
devolvía el saludo, sintiéndose ridículamente inglés e inseguro.
Al rato alcanzó a ver la nueva base. Se quedó junto a la carretera viendo cómo
despegaban a lo lejos tres Fortalezas Volantes, uno detrás del otro. Aquellos enormes
aparatos le parecieron demasiado pesados para levantarse del suelo. Avanzaron
pesadamente por la pista recién revestida de cemento, rugiendo de frustración,
dando zarpazos al aire hasta que de pronto apareció debajo de sus panzas un
resquicio de luz, y ya estaban en vuelo.
Jericho permaneció allí casi media hora, sintiendo cómo el aire latía con la
vibración de los motores, oliendo el débil perfume de la gasolina de avión que le traía
el aire frío. Jamás había presenciado una demostración de fuerza como aquélla. Los
fósiles del pleistoceno, se dijo entonces con macabro placer, se habrán convertido en
un montón de polvo. ¿Cómo era aquella frase de Cicerón que a Atwood le gustaba
tanto citar? «Nervos belli, pecuniam infinitam.» Dicho prosaicamente, la guerra es
cuestión de dinero.
Miró su reloj y advirtió que si quería llegar al college antes de que anocheciese,
tenía que ponerse rápidamente en camino.
Llevaba recorrido poco más de un kilómetro cuando oyó a sus espaldas el
ruido de un motor. Un jeep lo adelantó, dobló bruscamente y frenó en seco. El con-
ductor, arropado en un grueso chaquetón, se levantó del asiento y le hizo señas.
—¡Eh! ¿Quiere que lo lleve?
—Me haría un favor. Gracias.
—Suba.
El americano no tenía ganas de hablar, cosa que a Jericho le fue muy bien. Se
agarró a los cantos de su asiento y miró al frente mientras corrían dando saltos en
dirección a la ciudad. El conductor lo dejó en la parte de atrás del college, se despidió
y arrancó de nuevo. Jericho lo vio alejarse, se volvió y cruzó la verja.
Antes de la guerra, ese paseo de trescientos metros, a esa misma hora del día y
en esa época del año, había sido el preferido de Jericho: el sendero que corría entre
una alfombra de azafranes malvas y amarillos, las desgastadas piedras iluminadas
por prolijas lámparas victorianas, las agujas del templo a la izquierda, las luces del
college a la derecha. Pero los azafranes se retrasaban, las farolas no se encendían
desde 1939, y una cisterna de agua desfiguraba la célebre perspectiva del templo.
Sólo una luz brillaba débilmente en el college, y a medida que se aproximaba Jericho
fue comprendiendo que era la de su ventana.
Se detuvo, ceñudo. ¿Habría dejado encendida la luz del escritorio? Estaba
seguro de que no. Mientras miraba, vio una sombra, un movimiento, una silueta en
el cuadrado amarillo claro. Dos segundos después se encendió la luz de su
dormitorio.
Aquello no podía ser.
Echó a correr. Cubrió la distancia hasta su escalera en treinta segundos y subió
por los peldaños como un atleta. Sus botas repicaron en la desgastada piedra.
—¿Claire? —gritó—. ¿Claire? —La puerta que daba al rellano estaba abierta.
—Calma, amigo —dijo una voz masculina desde dentro—, o te harás daño.
Guy Logie era un hombre alto y cadavérico, diez años mayor que Jericho.
Estaba tumbado de espaldas en el sofá que miraba a la puerta, con la nuca apoyada
en un brazo, los huesudos tobillos colgando sobre el otro y las manos pulcramente
dobladas sobre el abdomen. Entre los dientes sostenía una pipa y lanzaba hacia el
techo anillas de humo que ascendían como halos a la deriva, giraban, se rompían y se
convertían en bruma. Logie se sacó la pipa de la boca y ejecutó un complicado
bostezo que pareció sorprenderlo incluso a él.
—Dios mío. Perdón. —Abrió los ojos y consiguió adoptar una postura
sedente—. Hola, Tom.
—Oh, por favor, no te levantes —dijo Jericho—. Por favor, insisto, como si
estuvieras en tu casa. ¿Quieres que prepare un poco de té?
—Té. Qué gran idea. —Antes de la guerra Logie había sido jefe del
departamento de matemáticas en un enorme y antiquísimo internado. Era deportista
representante en rugby y hockey, y repartía ironía a espuertas. Logie cruzó la
estancia, agarró a Jericho por los hombros y al tiempo que lo volvía de un lado y de
otro, dijo—: Ven aquí, hombre. Deja que te mire bien. Señor, Señor, realmente tienes
un aspecto horrible.
Jericho se zafó de sus manos.
—Lo siento. Conste que hemos llamado. Ese conserje tuyo nos ha dejado
entrar.
—¿Nos?
Se oyó un ruido en el dormitorio.
—Hemos entrado en coche con la bandera puesta. Tu míster Kite estaba
impresionado. —Logie siguió la mirada de Jericho hacia la puerta del dormitorio—.
Ah, ese. Es Leveret. Tú ni caso. —Se sacó la pipa y llamó en alto—.¡Mr. Leveret!
Venga, le presentaré a Mr. Jericho. El famoso Mr. Jericho.
Un hombre menudo de cara delgada apareció en el umbral del dormitorio.
—Buenas tardes, señor. —Leveret llevaba un impermeable y un sombrero
tirolés. Su voz tenía un ligero acento del norte.
—¿Qué diablos estaba haciendo ahí? —preguntó Jericho.
—Sólo comprobaba si tenías compañía —dijo Logie con suavidad.
—¡Qué demonio de compañía quieres que tenga!
—¿El resto de la escalera está vacío, señor? —preguntó Leveret—. ¿No hay
nadie en el cuarto de arriba o en el de abajo?
—¡Guy, por el amor de Dios! —exclamó Jericho, muy exasperado.
—Creo que está todo en orden —le dijo Leveret a Logie—. Ya he corrido las
cortinas del dormitorio. —Se volvió hacia Jericho—. ¿Le importa que haga lo mismo
aquí, señor?
Leveret no esperó respuesta. Fue hasta la pequeña ventana emplomada, la
abrió, se quitó el sombrero y asomó la cabeza, mirando arriba y abajo, a derecha e
izquierda. Una niebla helada subía desde el río, y un chorro de aire glacial inundó la
habitación. Satisfecho, Leveret metió la cabeza, cerró la ventana y corrió las cortinas.
Siguieron quince segundos de silencio, que Logie rompió al frotarse las manos y
decir:
—¿No tendrás una estufa por aquí, Tom? Había olvidado cómo las gasta el
invierno en este sitio. Peor que en el internado. ¿Y el té? Habías dicho algo de un té.
¿Le apetece un poco de té, Mr. Leveret?
—Desde luego, señor.
—¿Y qué tal unas tostadas? He visto que en la cocina tenías pan, Tom.
Tostadas frente al fuego en el college. Qué gratos recuerdos, ¿verdad?
Jericho miró a Logie por un instante y abrió la boca para protestar, pero
enseguida cambió de parecer. Cogió una caja de cerillas que había en la repisa de la
chimenea, encendió una y la arrimó a la estufa de gas. Como siempre, había poca
presión y la cerilla se apagó. Encendió otra y esta vez prendió. Una llama ínfima
brilló, azul, y empezó a agrandarse. Jericho fue a la pequeña cocina, llenó el hervidor
de agua y encendió el quemador de gas.
En el cajón del pan había, efectivamente, una barra —Mrs. Sax debía de
haberla dejado allí a principios de semana— y cortó tres rebanadas grisáceas. En la
alacena encontró un tarro de mermelada de antes de la guerra que, para gran
sorpresa de él, adquirió un aspecto presentable tras quitarle la capa de moho blanco
de la superficie, y un resto de margarina en un plato desportillado. Dispuso sus
exquisiteces sobre una bandeja y se quedó mirando el hervidor.
¿Sería un sueño? Pero cuando volvió a dirigir la vista hacia la salita, allí estaba
Logie arrellanado otra vez en el sofá y Leveret sentado con cara de preocupación en
el borde de uno de los brazos del sillón, sombrero en mano, como un testigo poco
fiable a la espera de entrar en la sala del tribunal con una historia mal ensayada.
Por supuesto que le traían malas noticias. ¿Qué otra cosa podían ser sino
malas noticias? El jefe en funciones de Cabaña 8 no habría viajado ochenta kilómetros
por el campo en el maldito coche del subdirector sólo para una visita de cortesía.
Seguro que le daban el despido. «Lo siento, amigo, pero no hay sitio para
pasajeros...» Jericho se sintió repentinamente exhausto. Se dio masaje en la frente con
el pulpejo de la mano. Otra vez uno de aquellos dolores de cabeza que le empezaban
en los senos para extenderse hasta la parte posterior de sus ojos.
Había pensado que era ella. Menudo chiste. Durante unos treinta segundos,
mientras corría hacia la ventana iluminada, había sido feliz. Era patético.
El agua empezaba a hervir. Jericho abrió la cajita del té y descubrió que los
años habían reducido las hojas a polvo. Con todo, echó unas cucharaditas en la tetera
y luego vertió el agua caliente.
Logie dijo que era néctar de dioses.
Permanecieron un rato en silencio, casi a oscuras. La única iluminación la
proporcionaban el tenue fulgor de la lámpara de escritorio que tenían detrás y el res-
plandor azulado del fuego ante sus pies. El gas siseaba. Del otro lado de las cortinas
les llegó un apagado frenesí de chapoteos y los graznidos lastimeros de un pato.
Logie estaba sentado en el suelo con las piernas estiradas, jugueteando con su pipa.
Jericho estaba repantigado en uno de los dos sillones, pinchando distraídamente la
alfombra con el tenedor de tostar. Leveret había recibido instrucciones de vigilar
fuera:
—¿Le importa cerrar las dos puertas, la de dentro y la de fuera, si es tan
amable?
El tibio aroma de las tostadas flotaba en la habitación. Habían apartado los
platos a un lado.
—Esto es de lo más agradable —musitó Logie. Encendió una cerilla y los
objetos de encima de la repisa arrojaron fugaces sombras en la húmeda pared—.
Aunque considerando la alternativa uno agradece el hecho de tener, en cierto modo,
la suerte de estar en un sitio como Bletchley, su asfixiante monotonía acaba por
resultar ciertamente deprimente. ¿No te parece?
—Supongo que sí —respondió Jericho, al tiempo que pensaba: «Oh, venga,
dilo de una vez. Despídeme y vete.»
Logie dio una calada a su pipa con expresión de satisfacción y dijo
quedamente:
—¿Sabes, Tom?, todos hemos estado muy preocupados. Confío en que no te
hayas sentido desamparado.
Ante semejante exhibición, Jericho sintió sorpresa y vergüenza a la vez al
notar que las lágrimas pugnaban por brotar de sus ojos. Siguió mirando la alfombra.
—Me temo, Guy, que hice el más espantoso de los ridículos. Lo peor del caso
es que apenas recuerdo qué pasó. Me he quedado como en blanco.
Logie desechó la idea con un gesto.
—No eres el primero que se hace polvo la salud en Bletchley, amigo mío —
dijo—. ¿Leíste en el Times que el pobre Dilly Knox murió la semana pasada? Al final
le hicieron caballero de la Orden de San Miguel y San Jorge. Nada del otro mundo,
ya ves. Insistió en que le condecorasen en casa, sentado en una silla. Murió a los dos
días. De cáncer. Qué horror. Y también estaba Jeffreys. ¿Te acuerdas de él?
—Lo mandaron a Cambridge para que se recuperara.
—El mismo. ¿Qué ha sido de él?
—Murió.
—Qué pena. —Logie ejecutó varios movimientos de fumador de pipa,
apisonando el tabaco y encendiendo otra cerilla.
«Que no me pongan en administración, por favor —pensó Jericho—. O en
asistencia social.» Claire le había hablado de un hombre encargado de acantona-
miento que hacía sentar en sus rodillas a las chicas que querían habitación con cuarto
de baño incluido.
—Fue lo de Tiburón lo que acabó contigo, ¿verdad? —preguntó Logie
lanzándole una mirada astuta desde su nube de humo.
—Sí. Es muy posible.
«Tiburón casi acabó con todos nosotros», pensó Jericho.
—Pero tú fuiste el que descifró el misterio de Tiburón —insistió Logie.
—Yo no diría tanto. Lo desciframos entre todos.
—No, fuiste tú. —Logie hizo girar entre sus dedos la cerilla usada—. Acabaste
con él, y luego él acabó contigo.
Jericho recordó súbitamente una imagen de sí mismo en bicicleta bajo un cielo
estrellado. El frío de la noche y el crujir del hielo.
—Oye —dijo repentinamente enfadado—, ¿no podríamos ir al grano, Guy?
Quiero decir, es muy agradable estar tomando el té frente a la chimenea y hablar de
los viejos tiempos, pero suéltalo ya...
—Al grano estamos yendo, amigo. —Logie subió las rodillas hasta el mentón y
se rodeó las espinillas con los brazos—. Tiburón, Lapa, Delfín, Ostra, Marsopa,
Bígaro. Las seis criaturillas de nuestro acuario particular, las seis máquinas Enigma
navales de los alemanes. Y la mayor de ellas es Tiburón. —Miró el fuego y por
primera vez Jericho pudo verle la cara con claridad, espectral como una calavera a la
luz azulada. Las cuencas de los ojos eran hoyos de oscuridad. Daba la impresión de
que no había dormido en una semana. Bostezó otra vez—. Viniendo hacia aquí en el
coche, trataba de recordar quién fue el primero que la llamó Tiburón.
—No me acuerdo —dijo Jericho—. Me parece que fue Alan. O quizá fui yo.
Bueno, ¿qué más te da? Salió así y ya está. Nadie se opuso. Tiburón era un nombre
perfecto. Enseguida vimos que iba a tratarse de un monstruo.
—Y lo era. —Logie dio una calada a su pipa. Empezaba a desaparecer tras una
barrera de humo. El mal tabaco de la guerra olía a heno quemado—. Lo es.
Algo en el modo en que dijo esto último —cierta va-i/ilación— hizo que
Jericho levantara la cabeza de golpe.
Los alemanes la llamaban Tritón, por el hijo de Poseidón, el semidiós de las
aguas que soplaba por una concha retorcida para provocar a las furias del piélago.
«Humor prusiano —había gruñido Puck cuando descubrieron el nombre en clave—,
el jodido humor prusiano...» Pero en Bletchley se quedaron con Tiburón. Era una
tradición, y ellos eran británicos y amantes de sus tradiciones. Ponían nombres de
criaturas marinas a todos los códigos del enemigo. Al primer código naval alemán lo
denominaban Delfín. Marsopa era la clave de Enigma para designar los buques de
superficie en el Mediterráneo y la flota del mar Negro. Ostra era una variante «sólo
para oficiales» de Delfín. Bígaro era la variante «sólo para oficiales» de Marsopa.
¿Y Tiburón? Tiburón era el código operacional para designar los U-boote.
Tiburón era único. Todos los otros códigos eran fabricados en una máquina
Enigma corriente de tres rotores. Pero Tiburón salía de una Enigma provista de un
cuarto rotor especial que la hacía veintiséis veces más difícil de descifrar. Sólo los U-
boote podían llevarla a bordo.
Entró en el servicio el 1 de febrero de 1942 y dejó a Bletchley a dos velas.
Jericho recordaba los meses siguientes como una pesadilla interminable. Antes
del advenimiento de Tiburón, los criptoanalistas de Cabaña 8 conseguían descifrar
casi cualquier transmisión de los U-boote a las veinticuatro horas de haberla
interceptado, dando así tiempo de sobra a que los convoyes se desviaran de la ruta
prevista para esquivar las flotillas de submarinos. Pero en los diez meses que
siguieron a la introducción de Tiburón sólo habían podido descifrarlo en tres oca-
siones, y siempre después de diecisiete días de pesquisas, con lo que la información,
cuando llegaba, era prácticamente inútil.
Para animar a los criptoanalistas, habían colocado un gráfico en su cabaña
donde se indicaba el tonelaje mensual de barcos hundidos por los submarinos ene-
migos en el Atlántico Norte. En enero, antes del bloqueo de información los alemanes
habían destruido cuarenta y ocho buques aliados. En febrero hundieron setenta y
tres. En marzo, noventa y cinco. En mayo ciento veinte...
—El peso de nuestro fracaso —dijo Skynner, el jefe de la sección naval, en uno
de sus portentosos discursos semanales— se mide en cadáveres de hombres
ahogados.
Noventa y cinco buques hundidos en septiembre. Noventa y tres en
noviembre...
Y entonces llegaron Fasson y Grazier.
A lo lejos el reloj del college empezó a tocar. Jericho se percató de que estaba
contando los tañidos.
—¿Te encuentras bien, muchacho? Estás más callado que una tumba.
—Perdona. Sólo estaba pensando. ¿Te acuerdas de Fasson y Grazier?
—¿Fasson y quién? Lo siento, creo que no los conozco.
—No, si yo tampoco. Ninguno de nosotros los conocía.
Fasson y Grazier. Jericho no había llegado a saber sus nombres de pila. Un
teniente de navío y un marinero de primera. Su destructor había contribuido a
apresar un submarino alemán, el U-459, en el Mediterráneo oriental. Le habían
lanzado cargas de profundidad, obligándolo a subir a la superficie. Eran cerca de las
diez de la noche. Hacía bastante viento, el mar estaba picado. Una vez que los
supervivientes alemanes hubieron abandonado el submarino, los dos marinos bri-
tánicos se quitaron la ropa y nadaron hasta él, iluminados por reflectores. Con la
torrecilla agujereada a cañonazos, el submarino se hundía rápidamente. Los dos
hombres rescataron un fajo de papeles secretos de la sala de radio que pasaron al
pelotón de abordaje que aguardaba en un bote, y en el momento de volver al
submarino en busca de la máquina Enigma, el barco aquél levantó la proa al cielo
para hundirse sin remisión. Los dos marinos se hundieron con él, a más de
quinientos metros, según había explicado el especialista de la armada en Cabaña 8.
«Sólo cabe esperar que estuvieran muertos antes de llegar al fondo.»
Y luego sacó los libros. Esto sucedía el 24 de noviembre de 1942. Más de nueve meses
y medio después de iniciarse el gran apagón.
A primera vista no parecía que hubiese valido la pena perder a dos hombres
por aquellos libritos —la tabla de señales abreviadas y la tabla de cifra meteoro-
lógica—, impresos en tinta soluble sobre papel secante rosa para que al primer
indicio de dificultades el radiotelegrafista los sumergiera en agua. Pero para
Bletchley no tenían precio, valían más que todos los tesoros hundidos de la historia.
Jericho aún los recordaba de memoria. Cerró los ojos y los símbolos seguían allí,
grabados en el fondo de su retina.
«T=Lufttemperatur in ganzen Celsius-Graden. —28C=a. —27C=b. —26C=c ...»
Los submarinos alemanes enviaban partes meteorológicos diariamente:
temperatura del aire, presión barométrica, velocidad del viento... La tabla de cifra
meteorológica reducía esos datos a media docena de letras. Esa media docena de
letras era puesta en clave por la máquina Enigma. El texto pasaba entonces a ser
transmitido en morse desde el submarino y era recibido por las estaciones
meteorológicas que la armada alemana tenía a lo largo de la costa. Dichas estaciones
utilizaban los datos de los U-boote para compilar sus propios partes meteorológicos,
los cuales eran transmitidos de nuevo, unas dos horas más tarde, en la clave
meteorológica de una máquina Enigma corriente —clave que Bletchley podía
descifrar— para uso de cualquier buque alemán.
Fue la puerta falsa para entrar en Tiburón.
Primero había que descifrar el parte. Luego había que restituir éste a la tabla
meteorológica. Y lo que quedaba era, por un proceso de deducción lógica, el texto
que unas horas antes había sido introducido en la Enigma de cuatro rotores. Era una
criba perfecta. El sueño de todo criptoanalista.
Pero seguían sin poder descifrarlo.
Cada día los especialistas en cifra, Jericho entre ellos, introducían sus posibles
soluciones en las «bombas» (enormes ordenadores electromecánicos del tamaño de
un armario ropero, que producían un ruido semejante al de una máquina de tricotar)
y esperaban a ver quién acertaba la respuesta. Pero pasaban los días y ésta no
llegaba. Era una tarea demasiado ambiciosa. Incluso un mensaje codificado por una
máquina Enigma de tres rotores podía suponer veinticuatro horas de desciframiento,
mientras las bombas traqueteaban con sus miles de millones de permutaciones. Una
Enigma de cuatro rotores, al multiplicar ese número por un factor de veintitrés,
podía tenerlos ocupados teóricamente casi todo un mes.
Jericho pasó tres semanas trabajando día y noche, y cuando se permitía una o
dos horas de sueño era sólo para tener pesadillas de gente que se ahogaba. «Sólo cabe
esperar que hayan muerto antes de llegar al fondo...» Su cerebro estaba más allá del
agotamiento. Le dolía físicamente, como un músculo utilizado en exceso. Empezó a
sufrir desmayos. Sólo duraban unos pocos segundos, pero eso bastó para asustarlo.
Podía estar trabajando en la Cabaña, inclinado sobre su regla de cálculo, y al instante
todo cuanto lo rodeaba se volvía borroso y saltaba por los aires, como si una película
se hubiera enredado en el proyector. Después de mucho rogar consiguió que el
médico militar le diera unas tabletas de benzedrina, pero eso sólo sirvió para que sus
cambios de humor fuesen más bruscos, pasando de una actividad frenética a una
postración cada vez más grave.
Curiosamente, la solución, cuando llegó, no tuvo nada que ver con las
matemáticas, y él se reprocharía después el haber permanecido demasiado absorto
en los detalles. Si no hubiese estado tan cansado habría podido dar con ella mucho
antes.
Fue el segundo sábado de diciembre, por la noche. A eso de las nueve Logie lo
había mandado a descansar. Jericho intentó oponerse, pero Logie le dijo: «No,
acabarás matándote si sigues a ese ritmo, y eso no es bueno para nadie, querido, y
menos para ti.» De modo que Jericho volvió en bicicleta a su alojamiento encima del
pub, en Shenley Church End, y se metió en la cama. Oyó que los escasos
parroquianos se despedían tras la última copa y que a continuación cerraban las
puertas del local. De madrugada, permaneció tumbado mirando el techo mientras se
preguntaba si alguna vez podría volver a conciliar el sueño, ya que le parecía
imposible desconectar la máquina en que se había convertido su mente.
Desde el momento mismo de la aparición de Tiburón había quedado claro que
el único remedio aceptable y duradero consistía en rediseñar las bombas en función
de ese cuarto rotor. Pero estaba resultando un proceso espantosamente lento. Si
hubiesen podido completar la misión que Fasson y Grazier habían iniciado tan
heroicamente y robar una Enigma Tiburón, todo habría sido más fácil. Pero las
máquinas Tiburón eran las joyas de la corona de la armada alemana. Sólo los U-boote
las tenían. Los U-boote y, por supuesto, el cuartel general de comunicaciones en
Sainte-Assise, al sudeste de París.
¿Enviar un comando a Sainte-Assise? ¿Unos paracaidistas, quizá? Sopesó por
un instante esa posibilidad y luego la desechó. Imposible. E inútil, en todo caso.
Incluso si, de puro milagro, conseguían apoderarse de una de esas máquinas, los
alemanes lo sabrían y cambiarían su sistema de comunicación. El futuro de Bletchley
estaba en que los alemanes siguieran creyendo que Enigma era inexpugnable.
Cualquier cosa que pusiera en peligro esa autoconfianza sería contraproducente.
Un momento.
Jericho se incorporó de golpe.
Mierda. Un momento.
Si los únicos que disponían de máquinas Enigma de cuatro rotores eran los
submarinos y sus controladores en Sainte-Assise —cosa que Bletchley sabía a ciencia
cierta—, ¿qué diantres hacían las estaciones meteorológicas para descifrar las
transmisiones de los submarinos?
Se trataba de una pregunta que nadie se había molestado en plantear, y sin
embargo era fundamental.
Para leer un mensaje elaborado por una máquina de cuatro rotores había que
tener una máquina de cuatro rotores.
¿No?
Si es cierto, como alguien dijo una vez, que el genio es «un zigzag de luz en el
cerebro», entonces en aquel instante Jericho supo qué era el genio. Vio la solución
ante él como un paisaje iluminado por un relámpago.
Cogió su batín y se lo puso sobre el pijama. Fue por el abrigo, la bufanda, los
calcetines y las botas, y en menos de un minuto estaba montado en su bici cruzando
el campo a la luz de la luna en dirección a Bletchley Park. Brillaban las estrellas, la
escarcha confería al suelo una dureza de hierro. Se sentía ridículamente eufórico, iba
riendo como un loco y conduciendo por los charcos helados que bordeaban la
carretera; los fragmentos de hielo se quebraban bajo las ruedas como parches de
tambor. De bajada hacia Bletchley anduvo a rueda libre. El campo quedó atrás y la
pequeña ciudad se abrió ante él monótona y fea como la conocía, pero hermosa en
aquella noche estrellada, hermosa como Praga o París, asentada sobre las orillas de
un río de vías férreas. La quietud le permitió oír cómo a unos quinientos metros un
tren maniobraba en el apartadero; hasta él llegó el repentino y frenético resoplar de la
locomotora, seguido de una serie de sonidos metálicos y luego una prolongada
exhalación de vapor. Los ladridos de un perro provocaron los de otro. Jericho dejó
atrás la iglesia y el monumento a los caídos, frenó para no patinar en el hielo y torció
a la izquierda por Wilton Avenue.
Quince minutos después, cuando llegó a la cabaña, jadeaba de tal manera por
el esfuerzo que apenas podía soltar su descubrimiento y recuperar el resuello y dejar
de reír al mismo tiempo:
—Están... utilizándola... como una máquina... de tres rotores... Dejan el
cuarto... rotor en neutral cuando... hacen los partes... meteorológicos... los malditos
hijos de... la gran puta...
Su llegada causó conmoción. El turno de noche en pleno dejó de trabajar y
formó un semicírculo en torno a él —recordaba a Logie, a Kingcome, a Puck y a
Proudfoot—, y a juzgar por sus caras de preocupación sin duda debían de pensar
que se había vuelto loco. Lo hicieron sentar, le dieron un tazón de té y le dijeron que
empezara otra vez, pero despacio, desde el principio.
Jericho lo repitió, paso a paso, súbitamente inquieto ante la posibilidad de que
su teoría tuviera algún punto débil. Las máquinas Enigma de cuatro rotores estaban
limitadas a submarinos y Sainte-Assise; ¿correcto? Correcto. Por lo tanto, las
estaciones costeras sólo podían descifrar mensajes de Enigma de tres rotores;
¿correcto? Pausa. Correcto. Por consiguiente, cuando un U-boote enviaba un parte
meteorológico, el radiotelegrafista, lógicamente, tenía que desconectar el cuarto
rotor, seguramente poniéndolo a cero.
A partir de ahí, los acontecimientos se precipitaron. Puck corrió hasta la sala
principal y desplegó la mejor de las cribas sobre una de las mesas de caballete. A las
cuatro de la madrugada ya tenían un menú para las bombas. A la hora del desayuno
uno de los compartimientos estaba registrando un bombón, y Puck corrió a la cantina
gritando como un colegial:
—¡Ha salido! ¡Ha salido!
Momento histórico.
A mediodía, Logie telefoneó al almirantazgo y dijo a los de la sala de rastreo
de submarinos que estuviesen alerta. Dos horas después, habían descifrado el tráfico
de Tiburón del lunes anterior, y las «teleprincesas», las despampanantes chicas de la
sala de teletipo, empezaron a enviar mensajes ya traducidos a Londres. Eran, en
efecto, las joyas de la corona. Mensajes como para erizarle a cualquiera el pelo del
cogote.
DE: CAPITÁN DE SUBMARINO SCHRODER
OBLIGADO A SUMERGIR POR DESTRUCTORES. NO HAY CONTACTO. ÚLTIMA
POSICIÓN DEL ENEMIGO A LAS 8.15 CUADRÍCULA 1849.
RUMBO 45 GRADOS, VELOCIDAD 9 NUDOS.
DE: GILADORNE
HEMOS ATACADO. POSICIÓN CORRECTA DEL CONVOY AK1984.
50 GRADOS. ESTOY TRANSBORDANDO Y SIGO EN CONTACTO.
DE: HAUSE
A LA 1.15 EN CUADRO 3969 ATACADOS, BENGALAS Y CAÑONEO,
INMERSIÓN, CARGAS PROFUNDIDAD. SIN DAÑOS. ESTOY EN CUADRICULA
AJ3996. TODOS LOS TORPEDOS, 70 CBM.
DE: VICEALMIRANTE, U-BOOTE
A: FLOTILLA «DRAUFGÁNGER»
MAÑANA A LAS 17.00 FORMAR NUEVA PATRULLA DE CUADRICULA AK2564
A CUADRÍCULA 2994. OPERACIONES CONTRA CONVOY RUMBO ESTE QUE A
LAS 12.00/7/12 ESTABA EN CUADRÍCULA AK4189. RUMBO 50 A 70 GRADOS.
VELOCIDAD APROX. 8 NUDOS.
Hacia la medianoche habían descifrado, traducido y enviado por teletipo a
Londres noventa y dos señales de Tiburón que daban al almirantazgo la situación y
táctica aproximadas de media flota de submarinos alemanes.
Jericho se hallaba en la cabaña donde se encontraban las bombas cuando Logie
lo encontró. Había pasado la mitad del día yendo de un lado a otro sin parar y ahora
estaba supervisando un cambio en una de las máquinas, con el pijama todavía debajo
del abrigo, para gran jolgorio de las chicas de la sección femenina de la Royal Navy
que se ocupaban de la bomba. Logie estrechó vigorosamente la mano de Jericho.
—¡El primer ministro! —le gritó al oído por encima del martilleo de las
bombas.
—¡¿Qué?!
—¡El primer ministro acaba de telefonear para felicitarnos!
La voz de Logie sonaba muy lejana. Jericho se inclinó para oír mejor lo que
había dicho Churchill y en ese momento el piso de cemento se derritió bajo sus pies y
Jericho cayó de bruces en las tinieblas.
—Lo es —dijo Jericho.
—¿Cómo, muchacho?
—Hace un momento has dicho que Tiburón era un monstruo y luego has
dicho que aún lo es. —Apuntó con el tenedor a Logie—. Ya sé por qué estás aquí. Lo
habéis perdido, ¿no es eso?
Logie gruñó y contempló el fuego, y Jericho sintió que le colgaban una piedra
del corazón. Se apoyó en el respaldo, sacudió la cabeza y soltó una risotada.
—Gracias, Tom —dijo Logie en voz baja—. Me alegro de que lo encuentres
divertido.
—Y yo pensando que habías venido a darme calabazas. Eso sí que tiene gracia,
¿no te parece, amigo?
—¿Qué día es hoy? —preguntó Logie.
—Viernes.
—Bien. Bien. —Apagó su pipa con el pulgar y se la guardó en un bolsillo.
Suspiró y añadió—: Veamos. Eso quiere decir que ocurrió el lunes pasado. No, el
martes. No hemos dormido mucho últimamente.
Se pasó la mano por el pelo, que empezaba a escasear y, según Jericho advirtió
por primera vez, se le había vuelto casi gris. «Entonces no soy sólo yo —pensó—.
Somos todos; nos estamos cayendo a pedazos. Falta de aire libre, falta de sueño,
escasez de alimentos frescos, semanas de seis días y jornadas de doce horas...»
—Cuando tú te fuiste todavía llevábamos un poco de ventaja —prosiguió
Logie—. Ya conoces los pasos. Cómo no. Tú fuiste el que dio con la solución. Esperá-
bamos a que Cabaña 10 descifrase el código meteorológico naval, y con un poco de
suerte teníamos cribas suficientes como para abordar los partes abreviados del día.
Eso nos daba tres de los cuatro ajustes de rotor, y después ya podíamos hincarle el
diente a Tiburón. El lapso de tiempo variaba. Unas veces lo descifrábamos en un solo
día, otras en tres o cuatro. En fin, que teníamos entre manos verdadero polvo de oro
y éramos los niños mimados de Whitehall.
—Hasta el martes.
—Exacto. —Logie echó un vistazo a la puerta y bajó la voz—. Es una
verdadera tragedia, Tom. Habíamos reducido las pérdidas en el Atlántico Norte en
un setenta y cinco por ciento. Eso equivale más o menos a trescientas mil toneladas al
mes. La información era sorprendente. Sabíamos dónde estaban los submarinos casi
con la misma precisión que los alemanes. Visto retrospectivamente, está claro que eso
no podía durar. Los nazis no son idiotas. Yo siempre he dicho que el éxito engendra
el fracaso, y cuanto mayor es el éxito, tanto mayor puede ser el fracaso. Me lo habrás
oído decir más de una vez. El contrario empieza a recelar...
—¿Qué pasó el martes, Guy?
—De acuerdo. Perdona. El martes. Serían las ocho de la tarde. Recibimos una
llamada de una de las estaciones interceptadoras, creo que Flowerdown, pero
Scarborough lo oyó también. Yo estaba en la cantina. Puck vino a buscarme. Habían
empezado a pescar algo a primera hora de la tarde. Una palabra aislada que radiaban
cada hora, hora tras hora. Procedía de Sainte-Assise en las dos redes principales de
emisoras de los submarinos.
—La palabra estaba en clave Tiburón, supongo.
—No, espera. Por eso se encontraban todos tan nerviosos. No estaba en clave.
Ni siquiera en Morse. Era una voz humana. De hombre. Y repetía una sola palabra:
Akelei.
—Akelei —murmuró Jericho—. Akelei... Es una flor, ¿no?
—Bravo. —Logie batió palmas—. Eres extraordinario, Tom. ¿Ves por qué te
echo de menos? Tuvimos que preguntarle a uno de nuestros empollones de alemán.
Akelei: planta ranunculácea con flores de cinco pétalos, del latín Aquilegia. Para las
personas corrientes, aguileña.
—Akelei —repitió Jericho—. Debe de ser alguna clase de señal predeterminada,
¿no?
—Lo es.
—¿Y significa?
—Problemas, eso es lo que significa, querido. No lo descubrimos hasta ayer a
medianoche. —Logie parecía haber perdido el buen humor. Tenía la cara ceñuda—.
Akelei quiere decir: «Cambiar la tabla de clave meteorológica.» Se han pasado a otra,
y no tenemos ni idea de qué se puede hacer. Nos han cerrado la puerta a Tiburón,
amigo. Estamos a dos velas otra vez.
Jericho no tardó en recoger sus cosas. Desde su llegada a Cambridge no había
comprado otra cosa que un periódico, de modo que se llevó exactamente lo mismo
que había traído tres semanas antes: dos maletas llenas de ropa, unos cuantos libros,
una estilográfica, una regla de cálculo, lapiceros, un juego de ajedrez portátil y un
par de botas de excursionista. Dejó las maletas encima de la cama y fue recogiendo
sus pertenencias mientras Logie le miraba desde el vano de la puerta.
De las profundidades de su subconsciente, surgió de forma espontánea una
canción infantil: «Por falta de clavo se perdió el caballo; por falta de caballo se perdió
el jinete; por falta de jinete, se perdió la batalla; por falta de batalla se perdió el reino;
y todo por falta de un clavo en la herradura...» Dobló una camisa y la puso sobre sus
libros.
Por falta de un código podían perder la Batalla del Atlántico. Tantos hombres,
tanto material en peligro por una cosa tan pequeña como un cambio en los códigos
meteorológicos. Era absurdo.
—Es fácil distinguir a los chicos de internado —dijo Logie—. Van ligeros de
equipaje. Supongo que de tantos interminables viajes en tren.
—Yo lo prefiero.
Remetió unos calcetines por un lado de la maleta. Volvía a Bletchley. Lo
necesitaban. Y no sabía si eso lo halagaba o lo aterrorizaba.
—En Bletchley tampoco tienes muchas cosas, ¿verdad?
Jericho se volvió y dijo:
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Ah. —Logie se sobresaltó, azorado—. Me temo que tuvimos que vaciar tu
habitación y, bueno, dársela a otra persona. Problemas de espacio y eso.
—¿Pensabais que no iba a volver?
—Bien, digamos qué no sabíamos que te necesitaríamos tan pronto. De todos
modos, tienes alojamiento nuevo en la ciudad; al menos será más céntrico. No
tendrás que dar largos paseos en bici por la noche.
—A mí me gusta dar largos paseos en bici por la noche. Me despeja la mente.
—Jericho aseguró los cierres de las dos maletas.
—Oye, querido, ¿te ves con ánimos? Nadie quiere forzarte a nada.
—Por la pinta que traes, creo que estoy en mejores condiciones que tú.
—Es que no querría que te sintieras presionado...
—Cállate ya, Guy.
—De acuerdo. Imagino que no te hemos dejado demasiadas opciones,
¿verdad? ¿Te ayudo con las maletas?
—Si estoy bien para volver a Bletchley, también lo estoy para cargar con un
par de maletas.
Las llevó hasta la puerta y apagó la luz. Apagó la estufa de gas de la salita y echó un
último vistazo. El viejo sofá excesivamente rellenado. Las sillas llenas de rasguños.
La desnuda repisa de la chimenea. Así era su vida, pensó, una sucesión de cuartos
mal amueblados cortesía de las instituciones inglesas: escuela, universidad, gobierno.
Se preguntó cómo iba a ser la próxima habitación. Logie abrió la puerta y Jericho
apagó la luz del escritorio.
La escalera estaba a oscuras. Hacía tiempo que la bombilla se había fundido.
Logie encendió una cerilla y empezó a bajar por los peldaños de piedra. Al llegar
abajo, distinguieron apenas la silueta de Leveret, recortada contra la negra mole del
templo. Leveret, que montaba guardia, se volvió y se llevó la mano al bolsillo.
—Tranquilo, Mr. Leveret —dijo Logie—. Soy yo. Mr. Jericho viene con
nosotros.
Leveret tenía una linterna de defensa antiaérea, un artilugio envuelto en papel
de seda. Guiándose por el pálido haz de luz y por el tenue resplandor del cielo
vespertino, avanzaron los tres por las dependencias del college. Al pasar por delante
del comedor oyeron ruido de cubiertos y las voces de los comensales. Jericho sintió
una punzada de arrepentimiento. Pasaron por la conserjería y franquearon el portillo
practicado en la enorme puerta de roble. Un resquicio de luz apareció en una de las
ventanas al descorrer alguien unos milímetros de cortina. Con Leveret delante y
Logie detrás, Jericho tuvo la curiosa sensación de hallarse bajo arresto.
El Rover del rector estaba aparcado en la zona adoquinada. Leveret abrió la
puerta con sumo cuidado y les iluminó el asiento de atrás. El interior estaba frío y
olía a cuero viejo y ceniza de cigarrillo. Mientras Leveret metía los bultos en el
maletero Logie dijo de pronto:
—Por cierto, ¿quién es Claire?
—¿Claire? —Jericho oyó su propia voz en la oscuridad; sonaba culpable y a la
defensiva.
—Cuando subías por la escalera he creído oírte gritar «Claire». ¿Claire? —
Logie lanzó un silbido—. Oye, ¿no será la rubia platino de Cabaña 3? Me juego algo a
que sí. Eres un cabrón con suerte...
Leveret puso el motor en marcha. El Rover petardeó varias veces. Leveret
soltó el freno y el enorme coche se bamboleó por los adoquines hacia King's Parade.
La larga calle estaba desierta en ambas direcciones. Un jirón de niebla brilló a la luz
de los faros amortiguados. Logie seguía riendo disimuladamente cuando doblaron a
la izquierda.
—Sí, me juego algo a que es ella. Qué suerte tienes, cabrón...
Kite permaneció apostado en su ventana, mirando las luces de cola, hasta que
se perdieron tras la esquina de Goville y Caius. Corrió de nuevo la cortina. Vaya,
vaya....
Ya tenían de qué hablar al día siguiente. Escucha esto, Dottie. Dos hombres se
llevaron a Jericho en plena noche —bueno, de acuerdo, eran las ocho—; uno era alto
y el otro estaba claro que era un poli de paisano. Lo escoltaron todo el tiempo sin
cruzar palabra. El tipo alto y el poli habían llegado a eso de las cinco mientras el
joven profesor aún estaba de paseo por ahí, el alto —seguramente un detective—
había hecho a Kite toda clase de preguntas: «¿Ha recibido visitas desde que llegó?
¿Ha escrito a alguien? ¿Le han escrito a él? ¿Qué ha estado haciendo?» Luego habían
cogido sus llaves y habían registrado su cuarto antes de que Jericho llegara de su
paseo.
Allí había algo turbio. Muy turbio.
Espía, genio, víctima de mal de amores... y ahora, ¿qué? ¿Un delincuente?
Muy posible. ¿Un enfermo fingido? ¿Un fugitivo? ¡Un desertor! Era eso, seguro: ¡un
desertor!
Kite volvió a sentarse junto al hornillo, abrió el periódico de la tarde y leyó:
SUBMARINO NAZI TORPEDEA
TRANSATLÁNTICO. MUJERES Y NIÑOS ENTRE LAS VÍCTIMAS.
Kite sacudió la cabeza ante la iniquidad del mundo. Era repugnante, un joven de esa
edad, sin uniforme militar, escondido en medio de Inglaterra mientras madres y
niños eran asesinados.
II
CRIPTOGRAMA
CRIPTOGRAMA: mensaje escrito en cifra u otro lenguaje secreto que requiere una clave
(véase) para que su significado pueda ser descubierto.
Diccionario de criptografía («Máximo secreto», Bletchley Park, 1943)
1
Siempre que alguien le preguntaba por qué era matemático —algún amigo de
su madre, quizá, o un colega curioso sin el menor interés por la ciencia— Jericho
sacudía la cabeza, sonreía y aseguraba no tener ni idea. Si insistían, podía remitirlos,
no sin timidez, a la definición propuesta por G. H. Hardy en su famosa Apología: «El
matemático, como el pintor o el poeta, es un creador de pautas.» Si eso no les
satisfacía, procuraba explicarlo citando el ejemplo más básico que sabía: pi —3,14—
la razón de la circunferencia con respecto al diámetro. Si se calcula el número pi
hasta un millar, o un millón, de decimales no se puede descubrir ninguna pauta en
su interminable secuencia de dígitos. Da la impresión de ser aleatorio, caótico, feo.
Pero Leibniz y Gregory pueden coger ese mismo número y extraer de él una pauta
de cristalina elegancia:
pi = l - l + l - l + l-...
4 3 5 7 9
y así hasta el infinito. Esto no tenía ninguna utilidad práctica, sencillamente era
bonito —para Jericho, tan sublime como una fuga de Bach—, y si su interlocutor
seguía sin ver adonde quería ir a parar, entonces, apenado, lo dejaba por inútil.
Según el mismo principio, Jericho pensaba que la máquina Enigma era hermosa, una
auténtica obra maestra de la inventiva humana que creaba el caos a la par que una
pequeñísima dosis de significado. En sus primeros días en Bletchley Jericho solía
imaginar que algún día, terminada la guerra, seguiría la pista de su inventor alemán,
Arthur Scherbius, para invitarlo a unas cervezas. Pero luego se había enterado de que
Scherbius había sido muerto en 1929 —y eso era lo más ridículo— por un caballo
desbocado, y que no había podido conocer el éxito de su patente.
De haber vivido unos años más, se habría hecho rico. A finales de 1942
Bletchley calculaba que los alemanes habían fabricado un mínimo de cien mil Enig-
mas. Cada cuartel general del ejército tenía una, así como cada base de la Luftwaffe,
cada barco de guerra, cada submarino, cada puerto, cada estación de ferrocarril
importante, cada brigada de las SS y cuartel general de la Gestapo. Ninguna nación
había confiado jamás tal cantidad de información secreta a un solo aparato.
Los criptoanalistas tenían en la mansión un cuarto lleno de Enigmas
capturadas al enemigo. Jericho había pasado horas jugando con ellas. Eran aparatos
pequeños (unos treinta centímetros en cuadro por quince de ancho), portátiles (sólo
pesaban doce kilos) y de funcionamiento sencillo. Se ponía en marcha la máquina, se
tecleaba el mensaje y el texto en clave aparecía deletreado sobre un panel de
pequeñas bombillas eléctricas. Quien recibiera el mensaje en cifra no tenía más que
ajustar su máquina exactamente de la misma manera, teclear el criptograma y, a
continuación, deletreado en el panel de bombillas, aparecía el texto claro.
Lo genial estaba en el enorme número de permutaciones diferentes que
Enigma podía generar. La corriente eléctrica en una máquina Enigma convencional
pasaba del teclado a las lámparas a través de un juego de tres rotores (de los cuales
uno al menos giraba una muesca cada vez que se presionaba una tecla) y un panel de
enchufes con veintiséis clavijas. Los circuitos cambiaban constantemente; su número
potencial era astronómico, pero calculable. Había cinco diferentes rotores donde
escoger (dos quedaban de repuesto) lo cual significaba que podían ajustarse en
cualquiera de sus sesenta órdenes posibles. Cada rotor iba enmuescado a un husillo y
tenía veintiséis posibles posiciones de partida. Veintiséis elevado a la tercera potencia
era 17.576. Multiplicando esto por las sesenta posibles órdenes de rotor se obtenía la
cifra de 1.054.560. Y multiplicando eso por el número de posibles conexiones en el
panel —alrededor de ciento cincuenta billones— estábamos contemplando una
máquina con cerca de ciento cincuenta millones de billones de posiciones de partida.
No importaba cuántas máquinas pudiera uno capturar ni las horas que pudiera pasar
jugando con ellas. De nada servían sin conocer el orden de rotor, las posiciones
iniciales de los rotores y las conexiones del panel. Y los alemanes lo cambiaban todo
diariamente, hasta dos veces al día.
La máquina tenía un único fallo, pequeñísimo pero, como se demostró más
tarde, crucial. Era imposible cifrar una letra como esa letra misma: una A no podía
salir de la máquina como una A, ni una B como una B, etcétera. «Nada es igual a sí
mismo», tal era el gran principio rector en el desciframiento de Enigma, una
fragilidad infinitesimal que las bombas explotaban. Supongamos que uno se
encontraba ante un criptograma como éste:
IGWH BSTU XNTX EYLK PEAZ ZNSK UFJR CADV...
Y supongamos que uno sabía que el mensaje procedía de la estación meteorológica
de Kriegsmarine en el golfo de Vizcaya, conocida de los especialistas en cribas de
Cabaña 8, que siempre empezaba sus mensajes de la misma forma:
WEUBYYNULLSEQSNULLNULL
BSTUXNTXEYLKPEAZZNSKUF
WEUBYYNULLSEQSNULLNULL
Bletchley era una ciudad ferroviaria. La línea principal que iba de Londres a
Escocia la partía de arriba abajo, y la línea secundaria que unía Oxford con Cam-
Dridge la dividía en cuartos, de modo que estuviera mío donde estuviese no había
forma de eludir los trenes: el ruido, el olor a hollín, la visión del humo maltón sobre
los tejados arracimados. Hasta las casas en hilera estaban hechas del mismo ladrillo
rojo que la estación y las cocheras, construidas en el mismo austero estilo industrial.
El Commercial de Albion Street estaba a unos cinco minutos andando de Bletchley
Park y su parte de atrás daba a la línea principal. La propietaria, Mrs. Ethel
Armstrong, tenía, al igual que la casa de huéspedes, unos cincuenta años, una sólida
complexión y un severo aspecto Victoriano. Su marido había muerto de un ataque al
corazón al mes de estallar la guerra, a raíz de lo cual ella había convertido su edificio
de cuatro plantas en un pequeño hotel. Como los demás habitantes de la ciudad —y
había unos siete mil— Mrs. Armstrong ignoraba por completo qué pasaba en los
terrenos de la mansión, y no tenía el menor interés en saberlo. Resultaba rentable, y
eso era lo que importaba. Cobraba treinta y ocho chelines a la semana y esperaba de
sus cinco huéspedes que a cambio de la comida le entregaran todos sus cupones de
racionamiento. Como resultado de ello, hacia la primavera de 1943 tenía acumuladas
mil libras esterlinas en bonos de ahorros y suficiente comida en su bodega como para
abrir una tienda de comestibles de tamaño mediano.
El miércoles una de sus habitaciones había quedado libre, y el viernes habían ido
a entregarle un vale de alojamiento solicitando que proporcionara habitación a un tal
Mr. Thomas Jericho. Las pertenencias del huésped le habían sido remitidas a su casa
esa misma mañana: dos cajas de efectos personales y una vieja bicicleta de hierro. La
bicicleta la guardó en el patio de atrás; las cajas las llevó al piso de arriba.
Uno de los paquetes estaba lleno de libros. Un par de novelas de Agatha Christie.
Sinopsis de resultados elementales en matemáticas puras y aplicadas, por un tal George
Shoobridge Garr. Principia Mathematica, a saber lo que era eso. Un opúsculo con un
toque sospechosamente alemán —Sobre los números racionales, con aplicación al
Entscheindungsproblem—, con la nota «Para Tom, con mi afectuoso respeto, Alan».
Más volúmenes llenos de números, uno de ellos tan manoseado que casi se caía a
pedazos y atiborrado de señales: billetes de tranvía y autobús, un posavasos, hasta
una brizna de hierba. El libro se abrió por un párrafo muy subrayado:
«Bueno, esto último es bastante cierto», pensó Mrs. Armstrong. Cerró el libro, le
dio la vuelta y leyó el lomo: Apología de un matemático, por G. H. Hardy, editado por
la Universidad de Cambridge.
La otra caja tenía tan poco interés como la primera. 11 n aguafuerte Victoriano de
la capilla del King's College. Un despertador barato, puesto para sonar a las Once,
dentro de un estuche de fibra negro. Una radio. I in birrete académico y un batín
polvoriento. Un frasco de tinta. Un telescopio. Un ejemplar del Times del 13 de
diciembre de 1942 doblado por el crucigrama, Due había sido hecho por dos manos
distintas, una con letra pequeña y precisa, la otra más redonda, seguramente
femenina. Encima estaba escrito el número 27l2815. Y por último, en el fondo del
cartón, un mapa que, al desplegarlo, resultó no ser de Inglaterra, ni siquiera (como
ella había recelado no sin ciertas esperanzas) de Alemania, sino del cielo estrellado.
Tanto la desanimó esa aburrida colección de objetos que cuando aquella noche, a
las doce y media, llamaron a la puerta y un hombre menudo con acento del norte le
dejó otras dos maletas, Mrs. Armstrong no se molestó en abrirlas sino que las llevó
directamente al cuarto vacío.
El nuevo inquilino llegó el sábado por la mañana a las nueve. Ella estaba segura
de la hora, como le explicó después a Mrs. Scratchwood, su vecina, porque la radio
estaba terminando de emitir el servicio religioso e iban a empezar las noticias. Y el
hombre era tal como había imaginado. No muy alto. Delgado. Cara de estudioso. De
aspecto enfermizo y con el brazo doblado, como si acabara de hacerse daño. No se
había afeitado, estaba blanco como, iba a decir «como una hoja de papel», pero no
veía hojas de papel tan blancas desde antes de la guerra, al menos en su casa. Vestía
ropa de calidad, pero con gran desaliño; advirtió que al abrigo le faltaba un botón.
Sin embargo, parecía bastante simpático. Culto. Muy buenos modales. Voz reposada.
Ella no había tenido hijos, no, pero de haber tenido uno habría sido de su misma
edad. Eso sí, cualquiera podía darse cuenta de que le hacía falta comer.
Mrs. Armstrong era estricta con el alquiler. Siempre exigía un mes por adelantado
—lo hacía en el vestíbulo, antes de llevar al inquilino a ver la habitación— y
normalmente se producía alguna protesta, al término de la cual ella accedía de mala
gana a cobrar dos semanas. Pero él pagó sin rechistar. Ella pidió siete libras con siete
chelines y él le entregó ocho libras, y cuando ella fingió que no tenía cambio, él dijo:
—Bueno, ya me lo dará.
Cuando la casera mencionó la cartilla de racionamiento él la miró por un instante,
muy perplejo, y luego dijo (Mrs. Armstrong lo recordaría toda la vida):
—¿Quiere decir esto?
—¿Quiere decir esto? —repitió ella, maravillada. ¡Como si el hombre jamás
hubiese visto una! El le entregó la cartilla marrón (precioso pasaporte semanal a
cuatro onzas de mantequilla, ocho de tocino y doce de azúcar) y le dijo que podía
hacer con ello lo que quisiera.
—Yo no le he encontrado ninguna utilidad.
Ella estaba tan aturullada que apenas supo qué hacía. Guardó el dinero y la
cartilla en su delantal antes de que él cambiara de opinión, y lo llevó escaleras arriba.
Ahora bien, Ethel Armstrong era la primera en admitir que el quinto dormitorio
del Commercial no era gran cosa. Estaba al final del pasillo, subiendo unos cuantos
peldaños, y no tenía más mobiliario que una cama individual y un armario. Era tan
pequeño que la puerta no acababa de abrir del todo porque lo impedía la cama.
Tenía un ventanuco moteado de hollín que daba sobre una extensión de vías. En dos
años y medio habría pasado por allí una treintena de ocupantes. Ninguno se había
quedado más de dos meses, y más de uno se había negado a dormir en él. Pero el
nuevo inquilino se sentó en el borde de la cama, apretujado en-11 e sus cajas y sus
maletas, y dijo con aire de cansancio:
—Muy bonito, Mrs. Armstrong.
Ella le explicó rápidamente las normas de la casa. II desayuno se servía a las siete,
la cena a las seis y media de la tarde, y para los que trabajaran en turnos irregulares
habría «colaciones frías» en la cocina. Al fondo del pasillo había un cuarto de baño a
compartir entre los cinco huéspedes. Se permitía un baño a la semana, la
profundidad del agua no debía exceder de doce centímetros (había una marca en el
esmalte de la bañera) y tendría que arreglarse con los otros. Se le en-i regarían cuatro
trozos de carbón por noche para calentar su cuarto. La chimenea del salón de abajo
se apagaba a las nueve en punto. Si cogía a alguien cocinando, bebiendo alcohol o
recibiendo visitas en la habitación, sobre todo del sexo opuesto —él esbozó una
sonrisa al oír esto— sería expulsado y perdería el derecho a reclamar el resto del
dinero anticipado.
Mrs. Armstrong le preguntó si tenía alguna duda, a lo que él no replicó, y menos
mal, porque en ese momento un expreso directo pasó chillando a noventa kilómetros
por hora y a no más de treinta metros de la ventana del dormitorio, sacudiéndolo de
tal manera que Mrs. Armstrong tuvo la fugaz y horripilante visión de que el suelo se
hundía bajo sus pies y ella y el nuevo inquilino caían a plomo atravesando el dormi-
torio principal y la trascocina hasta aterrizar en medio de los cerosos jamones y los
melocotones en conserva tan cuidadosamente almacenados y ocultos en su cueva de
Aladino particular.
—Bueno —dijo ella cuando el ruido remitió por fin sin que la casa se viniera, por
el momento, abajo—, lo dejo solo para que descanse un poco.
Tom Jericho permaneció sentado a los pies de la cama por un par de minutos
después de oír los pasos de Mrs. Armstrong bajar por la escalera. Luego se quitó la
americana y la camisa y se examinó el brazo dolorido. Tenía un par de moretones
justo debajo del codo, como dos ciruelas negras, y en ese momento le vino a la
cabeza lo que Skynner siempre le recordaba: un prefecto del internado que se
llamaba Fane y era hijo de un obispo, a quien gustaba pegar a los chicos nuevos en
su estudio a la hora del té para que luego todos le dijesen: «Gracias, Fane.»
En el cuarto hacía frío y Jericho empezó a tiritar y a tener carne de gallina. Se
sentía desesperadamente cansado. Abrió una de las maletas, extrajo un pijama y se
cambió de inmediato. Mientras colgaba su chaqueta pensó en sacar el resto de su
ropa, pero al final lo dejó correr. Quizá al día siguiente ya no estuviera en Bletchley.
Esa sí era buena, pensó al tiempo que se pasaba la mano por la cara, acababa de dar
ocho libras, más que la paga de una semana, por una habitación que probablemente
no iba a necesitar. El armario vibró al abrirlo y los colgadores de alambre tocaron una
melancólica melodía. Dentro apestaba a bolas de naftalina. Metió rápidamente las
cajas de cartón y empujó las maletas bajo la cama. Luego corrió las cortinas, se tumbó
en el nudoso colchón y se subió las mantas hasta la barbilla.
Jericho llevaba tres años viviendo de noche. Se levantaba de anochecida y se iba a
dormir al alba, pero no había conseguido acostumbrarse. Estar allí tumbado
escuchando los ruidos distantes de una mañana de sábado hizo que se sintiese como
un inválido. Abajo alguien estaba dándose un baño. La cisterna de agua estaba en el
desván, justo encima de su cabeza, y cada vez que se llenaba y vaciaba producía un
ruido ensordecedor. Cerró los ojos y lo único que vio fue el mapa del Atlántico
Norte. Los abrió y entonces la cama se meció ligeramente al pasar un tren, y eso le
trajo a la memoria a Claire. El tren que salía a las 15.06 de Euslon, Londres —«con
parada en Willesden, Watford, Apsley, Berkhamstead, Tring, Cheddington y Leigh-
ton Buzzard, llegada a Bletchley a las 4.19»—, aún era capaz de recitar las estaciones
de memoria, y también de verla a ella. Así la había conocido.
Debió de ser... ¿Cuándo, una semana después de descifrar Tiburón? Bueno, un
par de días antes de Navidad. Logie, Puck, Atwood y él habían recibido orden de
presentarse en las oficinas de Broadway, cerca |e la parada de metro de Saint James,
desde donde controlaban Bletchley Park. «C» en persona había pronunciado un
discurso sobre la valía de su trabajo. In reconocimiento a su «vital descubrimiento»,
y siguiendo instrucciones del primer ministro, los cuatro habían recibido un férreo
apretón de manos y un sobre conteniendo un cheque de cien libras contra un viejo y
oscuro banco de la City. Después, no sin engorro, se habían despedido en la acera y
cada cual siguió una dirección; Logie se fue a almorzar al almirantazgo, Puck a ver a
una chica, Atwood a un concierto en la National Portrait Gallery, y Jericho de nuevo
a Euston para coger el tren de Bletchley «con parada en Willesden, Watford,
Apsley...»
«Se acabaron los cheques —pensó—. ¿Y si a Churchill se le ocurre pedir que le
devuelva el dinero?»
Un millón de toneladas de barcos. Diez mil personas a bordo. Cuarenta y seis
submarinos. Y eso sólo era el principio.
«Lo es todo. Es la guerra entera.»
Se volvió hacia la pared.
Pasó un tren, y luego otro. Alguien más empezó a llenar la bañera. En el patio
trasero, justo debajo de su ventana, Mrs. Armstrong colgó la alfombra del salón en la
cuerda de tender la ropa y empezó a zurrarla rítmicamente, como si estuviera
pegando a un inquilino que le debiera el alquiler o a un entremetido inspector del
Ministerio de Alimentación.
La oscuridad lo envolvió.
—¡Mr. Jericho!
Abrió los ojos, momentáneamente desorientado. El armario se cernía sobre él
como un ladrón en la penumbra.
—Sí. —Se incorporó en la cama desconocida—. Perdón. ¿Sí, Mrs. Armstrong?
—Son las seis y cuarto, Mr. Jericho —gritaba ella desde la escalera—. ¿Va a querer
cenar?
¿Las seis y cuarto? La habitación estaba casi a os curas. Sacó su reloj de debajo de
la almohada y lo abrió. Con gran sorpresa descubrió que había estado durmiendo
casi todo el día.
—Muy amable de su parte, Mrs. Armstrong. Gracias.
El sueño había sido inquietantemente real —más verdadero en todo caso, que su
sombría habitación—, y mientras apartaba las mantas y ponía los pies descalzos en el
frío suelo, sintió como si se encontrase en una tierra de nadie entre dos mundos.
Tenía la extraña convicción de que Claire había estado pensando en él, que su
subconsciente había actuado como un receptor de radio que captara un mensaje de
ella. Era una idea absurda para un racionalista como él, un matemático, pero no
podía sacársela de la cabeza. Buscó su esponjera y se puso el abrigo encima del
pijama.
En el primer piso vio a una mujer envuelta en una bata de franela azul y con
bigudíes blancos en el pelo salir a toda prisa del cuarto de baño. Él saludó educa-
damente con la cabeza pero ella lo miró azorada y se escabulló pasillo abajo. De pie
ante el lavabo, Jericho dispuso sus objetos de aseo: un trocito de jabón de fenol, una
maquinilla de afeitar cuya hoja ya tenía seis meses, un cepillo de dientes de madera
convertido en un puñado de cerdas, una lata casi vacía de polvo dentífrico. Los grifos
protestaron. No había agua caliente. Con la hoja desafilada se rascó la barba durante
diez minutos hasta que la tuvo enrojecida de sangre. En eso consistía el mal de la
guerra, pensó mientras se pasaba la áspera toalla por la piel: en los pequeños
detalles, en las mil pequeñas humillaciones como nunca tener suficiente papel
higiénico o jabón o cerillas o baños o ropa limpia. Los civiles habían sido reducidos a
la miseria. Olían, ésa era la pura verdad. El olor corporal flotaba so br e las islas
Británicas como una gran niebla acre.
En el comedor había otros dos huéspedes, Miss Hobey y Mr. Bonnyman, los
tres estuvieron conversando discretamente mientras esperaban la comida. Miss Jobey
iba vestida de negro y lucía un camafeo en la garganta. Bonnyman vestía un traje de
tweed color moho con un juego de plumas en el bolsillo delantero, Jericho supuso
que debía de ser un técnico de las bombas. La puerta de la cocina se abrió y Mrs.
Armstrong apareció con los platos.
—Por fin —susurró Bonnyman—. Prepárese, muchacho.
—No empieces a ponerla nerviosa otra vez, Arthur dijo Miss Jobey, pellizcándole
el brazo en son de In orna. Bonnyman respondió deslizando la mano por debajo de
la mesa y apretándole la rodilla. Jericho sirvió agua para todos y simuló que no se
percataba.
—Es pastel de patata —anunció Mrs. Armstrong con aire retador—. Lleva salsa. Y
patatas.
Los tres comensales contemplaron sus humeantes platos.
—Parece muy... sustancioso —dijo Jericho al cabo.
La cena transcurrió en silencio. El postre resultó ser una especie de manzana
asada con natillas de polvos. Una vez terminado el postre, Bonnyman encendió su
pipa y proclamó que, como era sábado por la noche, él y Miss Jobey se iban al pub
Eight Bells de Buckingham Road.
—Estaremos encantados si decide acompañarnos -dijo, dando a entender por su
tono que, naturalmente, la compañía de Jericho no iba a encantarles en .absoluto—.
¿Tenía usted planes?
—Muy amables, pero a decir verdad sí tengo planes. O, mejor dicho, un plan.
Cuando los otros se hubieron marchado, Jericho ayudó a Mrs. Armstrong a
recoger los platos y luego salió al patio en busca de su bicicleta. Casi había ano-
checido y el aire prometía escarcha. Las luces todavía funcionaban. Limpió de tierra
el parche blanco reglamentario que llevaba en el guardabarros e hinchó un poco más
los neumáticos.
A las ocho se hallaba de nuevo en su habitación. A las diez y media, Mrs.
Armstrong estaba a punto de dejar su labor para subir a acostarse cuando lo oyó ba-
jar por las escaleras. Abrió la puerta unos milímetros y tuvo el tiempo justo de ver a
Tom Jericho apresurarse por el pasillo y salir a la noche.
La luna desafiaba el apagón antiaéreo como si fuese una linterna azul que
iluminara los campos helados, .11 timbrando lo suficiente para poder andar en
bicicleta. Jericho se levantó del sillín, se apoyó con fuerza en los pedales y fue
columpiándose de un lado a otro a medida que remontaba con esfuerzo la colina a la
salida de Bletchley, persiguiendo su propia sombra, que se recortaba delante, en el
asfalto. A lo lejos oyó el rumor de un bombardero volviendo a casa.
La carretera empezó a nivelarse y Jericho se sentó de nuevo en el sillín. Pese a que
los había hinchado, los neumáticos seguían algo blandos, y las ruedas y la cadena
clamaban por un poco de aceite. Avanzar era duro, pero a él no le importaba. Estaba
pasando a la acción, eso era lo importante. Era lo mismo que descifrar códigos. Por
más desesperada que fuese la situación, la norma siempre era hacer algo. Como decía
Alan Turing, ningún criptograma podía ser resuelto sólo con mirarlo.
Pedaleó unos tres kilómetros más siguiendo el camino vecinal que continuaba
ascendiendo suavemente hacia Shenley Brook End. Más que de un pueblo se trataba
de un villorrio de una docena de casas, en su mayor parte habitadas por trabajadores
agrícolas. Jericho no podía ver los edificios, que estaban al abrigo de una hondonada,
pero al doblar un recodo y percibir el olor a humo de leña supo que debía de estar
cerca.
Antes de llegar al villorrio, a mano izquierda había una brecha en el seto de
espino de donde partía un camino de tierra hasta una casita aislada de las demás.
Tomó el camino y se detuvo, patinando con los pies en el fango helado. Una lechuza,
increíblemente grande, alzó el vuelo de una rama cercana y se alejó aleteando sin
ruido. Jericho miró fijamente la casa. ¿Eran imaginaciones suyas, o había un indicio
de luz en la ventana de la planta baja? Se apeó y empezó a empujar la bicicleta hacia
la casa.
Se sentía maravillosamente sereno. Sobre el techo de paja las constelaciones
parecían las luces de una ciudad; la Osa Menor y Polar, Pegaso y Cefeo, la M chata
de Casiopea con la Vía Láctea fluyendo en medio. Ningún fulgor terrenal oscurecía
su brillo. «Una cosa hay que agradecerle a la guerra —pensó—. Nos ha devuelto las
estrellas.»
La puerta era sólida, tachonada de hierro. Al llamar, fue como golpear una roca.
Al cabo de medio minuto lo intentó otra vez.
—¿ Claire ? ¿ Claire ?
Una pausa, y luego:
—¿ Quién es ?
—Soy Tom.
Tomó aire como preparándose para recibir el golpe. El tirador giró y la puerta se
abrió ligeramente, lo bastante para dejar ver a una mujer de pelo oscuro, en su
treintena, más o menos de la estatura de Jericho. Llevaba unas gafas de montura
redonda y un grueso chaquetón, y tenía en la mano un libro de rezos.
-¿Sí?
Por un momento Jericho quedó sin habla.
—Perdone —dijo—. Estaba buscando a Claire.
—No está en casa.
—¿No? —repitió él, impotente. Recordó entonces que Claire compartía la vivienda
con una mujer llamada Hester Wallace («trabaja en Cabaña 3, es muy mona»), pero
por alguna razón se había olvidado de ella. A Jericho no le pareció tan mona. Era
flaca de cara, y su larga y pronunciada nariz partía sus facciones corno un cuchillo.
El cabello echado hacia atrás dejaba al descubierto una frente ceñuda—. Soy Tom
Jericho. —Ella no reaccionó—. Puede que Claire le haya hablado de mí...
—Le diré que ha venido.
—¿Sabe si volverá pronto?
—No tengo ni idea, lo siento.
La mujer empezó a cerrar la puerta. Jericho metió el pie.
—Oiga, sé que esto es una grosería por mi parte, pero ¿no me dejaría pasar y
esperarla dentro?
La mujer miró el pie que le impedía cerrar la puerta y luego dijo:
—Me temo que no es posible, Mr. Jericho. —Y cerró con fuerza sorprendente.
Jericho retrocedió hacia el camino. Esta contingencia no entraba en sus planes.
Consultó su reloj. Eran poco más de las once. Cogió la bicicleta y la llevó a pie hacia
el camino vecinal, pero en el último momento en lugar de ir hacia la carretera torció
a la izquierda y siguió la línea del seto. Dejó la bicicleta en el suelo y penetró en las
sombras a esperar.
Al cabo de unos diez minutos, la puerta de la casa se abrió y se cerró y Jericho oyó
el traqueteo de una bicicleta sobre el suelo de piedra. Era lo que había pensado: Miss
Wallace se había vestido para salir porque trabajaba en el turno de noche. Un
alfilerazo de luz amarilla se bamboleó brevemente a un lado y otro y luego empezó a
saltar hacia donde él estaba. Hester Wallace pasó a menos de seis metros de él,
subiendo y bajando las rodillas a la luz de la luna, los codos bien abiertos, angulosa
como un paraguas viejo. Se detuvo a la entrada del camino vecinal y se colocó un
brazalete luminoso. Jericho se retiró aún más hacia el interior de los espinos. Medio
minuto después ella había desaparecido. Esperó un cuarto de hora por si había olvi-
dado algo y luego se dirigió de nuevo hacia la casa.
Había una única llave, recargada, de hierro, y lo bastante grande como para abrir
una catedral. Recordó que la guardaban bajo una pizarra encima de la cual había una
maceta. La humedad había alabeado la puerta y Jericho tuvo que empujar con fuerza
para abrirla, arañando un arco en el piso de lajas. Volvió a dejar la llave en su sitio y
cerró la puerta antes de encender la luz.
Sólo había estado en aquella casa una vez, pero no había gran cosa que recordar.
Dos habitaciones en la planta baja: una salita con vigas bajas y, enfrente, una cocina.
A su izquierda, una angosta escalera conducía a un descansillo. El cuarto de Claire
estaba en la parte de delante, mirando al camino. El de Hester daba a la parte de
atrás. El lavabo consistía en un inodoro junto a la puerta trasera, adonde se llegaba
por la cocina. No existía cuarto de baño. En el cobertizo contiguo a la cocina
guardaban una tina de metal galvanizado. Los baños se tomaban ante la estufa. La
casa era fría y estrecha, y olía a moho. Se preguntó cómo lo aguantaba Claire.
«Pero, cariño —solía decir ella—, si es mucho mejor que tener una casera dándote
la lata todo el día...»
Jericho dio unos pasos sobre la alfombra raída y se detuvo. Por primera vez
empezaba a sentirse inquieto. Adondequiera que miraba veía pruebas de una vida
vivida satisfactoriamente sin él: la mal surtida porcelana azul y blanca en la
rinconera, el jarrón lleno de narcisos, los números de Vogue de antes de la guerra,
incluso la disposición de los muebles (las dos butacas y el sofá, convenientemente
cerca del hogar). Todos los pequeños detalles domésticos parecían sugestivos y pre-
meditados.
Él no pintaba nada allí.
Estuvo a punto de marcharse en ese mismo moment o . Lo único que se lo impidió
fue comprobar con cierto patetismo que no tenía otro sitio adonde ir. ¿El Park?
¿Albion Street? ¿Cambridge? Su vida se había I ion vertido en un laberinto de
callejones sin salida.
Decidió que era mejor esperar que volver a huir. Ella no tardaría en llegar.
¡Pero qué frío hacía! Tenía los huesos helados. Empezó a pasearse arriba y abajo
por la habitación, agachándose para no dar con las gruesas vigas. En la chimenea
había ceniza blanca y unos trozos renegridos de madera. Se sentó primero en una
butaca, luego en la Otra. Ahora estaba de cara a la puerta. A su derecha tenía el sofá.
Las fundas eran de una seda a rayas rosadas, y los cojines perdían pluma por todos
lados. Los muelles habían cedido, al sentarse uno se hundía casi hasta el suelo y
luego para levantarse debía hacer un esfuerzo i remendó. Se acordaba del sofá; lo
estuvo mirando largo rato, como un soldado miraría un campo de batalla donde la
guerra había sido irremediablemente perdida.
Salen juntos del tren y toman el sendero en dirección al Park. A su izquierda hay un campo
de deporte que ha sido dividido en parcelas cultivables. A su derecha, al otro lado de la valla,
se ve el familiar grupito de edificios bajos. La gente anda con brío para entrar en calor. La
tarde de diciembre es fría y neblinosa, el día va tornándose crepúsculo.
Ella le dice que ha estado en Londres celebrando su cumpleaños. ¿Cuántos años le calcula?
Él no tiene ni idea. ¿Dieciocho, tal vez?
—Veinte —dice ella con tono de triunfo—. Una vieja. —¿Y él? ¿Qué hacía en Londres?
El no puede decírselo, claro.
—Oh, negocios —-responde—. Sólo negocios.
Ella se disculpa, no debería haberlo preguntado. Le cuesta controlar toda esa «necesidad de
saber». Lleva tres meses en el Park y lo detesta. Su padre trabaja en el Foreign Office y se
valió de chanchullos para colocarla allí e impedir que hiciese diabluras. ¿Cuánto tiempo hace
que está él en el Park?
—-Tres años —contesta Jericho; no debería preocuparse, todo irá bien.
—Sí —dice ella; para él es muy fácil decirlo, pero seguro que está haciendo algo
interesante...
—No mucho —dice Jericho, pero luego piensa que eso suena a aburrido y añade—: Bueno,
sí, bastante interesante.
En realidad, le cuesta seguir la conversación. El hecho de andar al lado de ella es ya
distracción suficiente. Permanecen callados.
Junto a la verja principal hay un cartel de anuncios con propaganda de un concierto de la
Bletchley Park Music Society, interpretando la Ofrenda musical, de Bach.
—Eh, mire eso —dice ella—. Adoro Bach.
Jericho contesta con verdadero entusiasmo que Bach es su compositor favorito. Contento al
fin de haber encontrado un tema de conversación, él se lanza a una larga disertación sobre la
fuga en seis partes de la Ofrenda musical, que al parecer Bach improvisó in situ para el rey
Federico el Grande, una hazaña equivalente a jugar y ganar sesenta partidas de ajedrez
simultáneas a la ciega. Ella seguramente sabrá que la dedicatoria que Bach le escribió al rey
—Regis iussu Cantio et Reliquia Canonica Arte Resoluta— lleva curiosamente el
acrótico RICERCAR, que significa «buscar»...
Pues no, qué raro, ella no lo sabe.
El cada vez más desesperado monólogo los lleva hasta las cabañas, donde ambos se
detienen y, tras otra incómoda pausa, se presentan. Ella le ofrece la mano; su apretón es firme
y cálido, pero sus uñas son una auténtica pena: mordidas, casi en carne viva. Su apellido es
Romilly. Suena bien: Claire Romilly. Él le desea una feliz Navidad y se vuelve, pero ella lo
llama para decirle que, si no le parece muy descarado por su parte, por qué no van juntos al
concierto.
El no sabe, no está seguro...
Ella anota la fecha y la hora encima del crucigrama del Times —27 de diciembre a las
ocho y cuarto— y se lo da a él. Ella comprará las entradas. Se encontrarán allí.
—Por favor no me diga que no —dice, y sin darle tiempo a pensar una excusa, se va.
A Jericho le toca turno la tarde del 27 pero no sabe dónde localizarla para decirle que no
puede ir al concierto. Claro que, por otro lado, se da cuenta de que sí tiene ganas de ir. Echa
mano de un favor que le debe Arthur de Brooke y se pone a esperar frente a la sala de
reuniones. Espera y espera. Finalmente, cuando todo el mundo ha entrado y él está a punto de
rendirse, ella surge corriendo de la oscuridad y le pide disculpas con una sonrisa.
El concierto es mejor de lo que él esperaba. Todos los miembros del quinteto trabajan en el
Park y habían tocado profesionalmente. El clavecinista es especialmente bueno. Las mujeres
del público llevan vestidos de tarde, los hombres, traje. De repente, y que él recuerde, por
primera vez la guerra parece estar muy lejos. Mientras las últimas notas del tercer canon
(«Per Motum contrarium») se desvanecen en el aire, él se arriesga a volver la vista hacia
Claire y descubre que ella está mirándolo. Entonces Claire le toca el brazo y al empezar el
cuarto canon («Per Augmentationem, contrario Motu») él ya no sabe dónde está.
Después tiene que regresar directamente a la cabaña, pues ha prometido estar de vuelta
antes de medianoche.
—Pobre Mr. Jericho —dice ella—. Igual que Cenicienta...
Pero a sugerencia de ella quedan para ir al concierto de la semana siguiente —Chopin—, y
cuando éste termina bajan paseando hasta la estación para tomar un cacao en la cafetería.
—Bueno —dice ella. Al volver del mostrador con dos tazas de espuma marrón—, ¿qué
más puede contarme de usted?
—¿De mí? Oh, soy muy aburrido.
—A mi no me lo parece. De hecho, he oído rumores de que es usted una lumbrera. —
Enciende un cigarrillo y él vuelve a percatarse de su personal manera de inhalar, casi como si
tragara el humo para luego sacarlo por las ventanas de la nariz. ¿Será una nueva moda?, se !
pregunta. Ella añade—: Imagino que está casado.
—Oh, no, por Dios —responde él, que casi se atraganta con el cacao—. Bueno, quiero
decir, si yo apenas...
—¿Alguna novia? ¿Amiga?
—Se está burlando de mí—dice él. Saca un pañuelo y se limpia la barbilla.
—¿Hermanos?
—No, no.
—¿Padres? Hasta usted debe de tener padres.
—Sólo uno vive.
—Yo estoy igual—dice ella—. Mi madre murió.
—Lo que habrá sufrido. Lo siento. La mía, en cambio, está vivita y coleando.
Y así continúa el hasta ese momento desconocido placer de hablar de uno mismo. Los
ojos grises de ella no se apartan de su rostro. Los trenes pasan en la oscuridad dejando una
estela de humo, hollín y aire caliente. La gente viene y va. «¿ Qué más da que estemos sin
luz? —canta un vocalista en la radio que hay en el rin-eón—-, la luna no la pueden
apagar...» El empieza a contarle cosas de las que nunca había hablado; sobre la muerte de su
padre y la segunda boda de su madre; sobre su padrastro (hombre de negocios, no le cae
bien), su descubrimiento de la astronomía y luego de las matemáticas...
—¿Y su trabajo actual? —pregunta ella—. ¿Lo hace feliz?
—¿Feliz? —Él coge la taza de cacao para calentarse las manos y considera la pregunta—.
Yo no diría eso. Es muy absorbente, da incluso demasiado miedo, según se mire.
—¿Miedo? —Los enormes ojos se agrandan aún más—. ¿Miedo a qué?
—A lo que podría pasar... —«Deja de presumir», se dice él—. A lo que pasaría si uno se
equivoca, supongo.
Ella enciende otro cigarrillo.
—Está en Cabaña 8, ¿verdad? ¿Cabaña 8 es la sección naval?
Esto lo hace reaccionar de golpe. Mira rápidamente alrededor. En la mesa de al lado hay
una pareja haciendo manitas. Cuatro aviadores están jugando a car-las. Una camarera con un
delantal grasiento saca brillo al mostrador. Nadie parece haberlo oído.
—Ya que lo menciona —dice él de inmediato—, creo que es hora de regresar.
En la esquina de Church Green Road y Wilton Avenue ella lo besa brevemente en la
mejilla.
La semana siguiente será Schumann, seguido de pudín de riñones y brazo de gitano en el
restaurante de Bletchley Road («dos platos, once peniques») y esta vez le toca el turno de
hablar a ella. Su madre murió cuando tenía seis años, y su padre la llevó de embajada en
embajada. La familia ha sido una procesión de niñeras e institutrices. Al menos ha aprendido
idiomas. Ella quería alistarse en la marina, pero su padre no la dejó.
Jericho pregunta cómo era Londres durante los bombardeos.
—Muy divertido, la verdad. Podías ir a muchos sitios. Al Milroy, al Four Hundred.
Había como un extraño alborozo generalizado. Todos hemos tenido que aprender a vivir el
presente, ¿no cree usted?
Al despedirse, ella le da otro beso; sus labios en una mejilla, su mano en la otra.
Reconsiderando el pasado, debe de ser por esta época, hacia mediados de enero, cuando él
empieza a anotar sus síntomas, pues es ahora cuando da comienzo su desequilibrio. Despierta
con un suave sentimiento de euforia. Entra silbando en la cabaña. Entre dos turnos da largos
paseos alrededor del lago, se lleva pan para los patos; es sólo por hacer ejercicio, se dice, pero en
realidad lo hace para de ese modo poder verla, y así ocurre por dos veces, en una de las cuales
ella advierte su presencia y lo saluda con el brazo.
Para su cuarta cita (quinta, si contamos su encuentro en el tren) ella insiste en hacer algo
distinto, de modo que van al cine County de High Street a ver Sangre, sudor y lágrimas, la
nueva película de Noël Coward.
—¿Y pretendes que me crea que nunca has estado aquí?
Hacen cola para comprar las entradas. La película sólo se proyecta un día y la cola da la
vuelta a la esquina y sigue por Aylesbury Street.
—Que no, de veras, no.
—Caray, Tom, mira que eres raro. Yo creo que me moriría en Bletchley si no pudiera ir al
cine.
Se sientan en una de las últimas filas y ella le toma del brazo. La luz del proyector allá
arriba hace un calidoscopio de azules y grises en el polvo y el humo de tabaco. La pareja que
tienen al lado se está besando. Una mujer ríe por lo bajo. Una fanfarria de trompetas anuncia
el noticiario: en la pantalla, largas columnas de prisioneros alemanes, en número incalculable,
avanzan por la nieve, mientras la voz del relator habla con entusiasmo de los logros del
Ejército Rojo en el frente oriental. Aparece Stalin repartiendo medallas, lo que provoca la
ovación de los espectadores. Alguien grita: «¡Tres hurras por el tío José!» Las luces se
encienden, menguan otra vez, y Claire le aprieta el brazo. Empieza el largometraje —«Esta es
la historia de un barco»— con Coward como capitán inverosímilmente afable de la armada. *
Barco en llamas, señor... Torpedo a estribor... Sigan disparando...» En el clímax de la batalla
naval, Jericho observa el parpadeo de las explosiones de celuloide en los rostros traspuestos, y
cae en la cuenta de que él forma parte de todo eso —una parte distante, vital— y que nadie lo
sabe ni lo sabrá nunca... Tras los créditos finales suena el Dios salve al rey por los altavoces
y todo el mundo se pone de pie. La emoción es tan intensa que muchos comienzan a cantar.
Han dejado las bicicletas en un callejón contiguo al cine. Unos pasos más allá se ve una
forma frotándose contra la pared. Al aproximarse ven que se trata de un soldado que cubre
con un sobretodo a una chica. Ella tiene la espalda pegada al ladrillo. Vuelve hacia ellos su
pálida cara y los mira como un animal en su madriguera. Los movimientos cesan mientras
Claire y Jericho cogen sus bicicletas, y luego se reanudan.
—Qué manera más curiosa de comportarse —dice él sin pensar, y para su sorpresa Claire
estalla en carcajadas—. ¿Qué pasa?
—Nada —responde ella.
Están en la acera con sus bicis, esperando a que pase un camión militar con los faros
amortiguados; al enfilar Watling Street hacia el norte se oye el rechinar del cambio de marcha.
Ella deja de reír.
—¿Por qué no vienes a ver mi casa, Tom? —Claire lo dice casi lastimeramente—. No es
tarde. Me encantaría enseñártela.
A él no se le ocurre ninguna excusa, no quiere pensar en excusas. Cruzan la ciudad en
bicicleta, ella va en cabeza. Durante un cuarto de hora no se dicen nada y él empieza a
preguntarse hasta dónde lo piensa llevar. Por fin, cuando van bajando a rueda libre por el
sendero que conduce a la casa, ella vuelve ligeramente la cabeza y pregunta:
—¿No te parece una preciosidad?
—Oh, bueno, es muy original.
—No seas malo, Tom —dice ella, fingiéndose dolida. Le explica que encontró la casa hecha
una ruina, y que convenció al propietario, un agricultor local, para que se la alquilara. El
mobiliario, de un suntuoso barato, procede de la casa de una tía suya en Kensington, cerrada
cuando comenzaron los bombardeos alemanes y que ya no se volvió a abrir.
La escalera cruje de forma tan alarmante que Jericho se pregunta si el peso de los dos no la
arrancará de la pared. La casa está que se cae, y hace un frío tremendo.
—Aquí es donde duermo —dice ella.
Jericho la sigue a un cuarto de tonos rosados y cremas, atiborrado de sedas, plumas y pieles
de las de antes de la guerra; parece un gran camerino. Una tabla suelta del suelo lanza un
pistoletazo bajo los pies de él. Hay tantas cosas que la vista no puede registrarlas todas, tantas
cajas de sombreros y de zapatos, alhajas, frascos de cosmético... Claire se quita el abrigo, lo
deja caer al suelo y se lanza de espaldas a la cama. Luego se apoya en los codos y se quita los
zapatos de sendos puntapiés. Da la sensación de que se lo pasa bien.
—¿ Y esto qué es? —Jericho, en plena confusión, se luí refugiado en el descansillo y mira
la otra puerta.
—Ah, es el cuarto de Hester —responde ella desde dentro.
—¿Hester?
—Un monstruo burocrático descubrió mi guarida y preguntó si tenía otro dormitorio para
compartir. Y entonces vino Hester. Trabaja en Cabaña 6. Es una chica muy mona. Creo que
está un poco loca por mí. Echa una ojeada. A ella no le importará.
Él llama a la puerta. Nadie contesta, la abre. Otro cuarto pequeño, pero éste muy
espartano: una cuja de latón, una jarra y una jofaina en un lavamanos, unos libros apilados
sobre una silla. Primer Curso de Alemán. Lo abre y lee: «Der Rhein ist etwas langer als
die Elbe» (El Rin es un poco más largo que el Elba). Oye el pistoletazo de la tabla detrás de él
y Claire le quita el libro de las manos.
—No fisgues, que no está bien. Ven, vamos a entender fuego y a tomar algo.
Una vez abajo, él se arrodilla ante el hogar y hace una pelota con unas páginas del Times.
Forma una pirámide de leña menuda, pone encima un par de troncos pequeños y enciende el
papel. La chimenea tiene un tiro atroz, y chupa el humo entre rugidos.
—Pero si ni siquiera te has quitado el abrigo.
El se pone de pie, sacudiéndose el polvo, y se vuelve para mirarla. Falda gris, jersey de
cachemira azul marino, una ristra de perlas de un blanco lechoso en su garganta color crema:
el ubicuo e inmutable uniforme de la mujer inglesa de clase alta. Ella, de todos modos,
consigue parecer muy joven y muy madura a la vez.
—Ven. Yo lo haré.
Deja las copas y empieza a desabrocharle el abrigo.
—En serio, Tom —susurra—, no me digas que no sabías lo que estaban haciendo ésos
detrás del cine.
Incluso descalza es tan alta como él.
—Pues claro que lo sabía...
—Las chicas de Londres lo llaman ahora un «emparedado». ¿ Tú qué piensas? Dicen que
así no puedes quedar embarazada...
Instintivamente, él la envuelve en su abrigo. Ella le pasa los brazos por la espalda.
Volvió a ponerlo todo en su sitio lo mejor que pudo. Colgó de nuevo la ropa de las
vigas, apiló la ropa interior y las bufandas en sus cajones y devolvió los cajones a la
cómoda de caoba. Amontonó la bisutería en el estuche de piel y desplegó con maña
el resto de las chucherías en los estantes, junto con los frascos, botes y cajitas, la
mayor parte de los cuales estaban vacíos.
Todo ello lo hizo mecánicamente, como un autómata.
Arregló la cama, apartando la alfombra y alisando luego el edredón; echó encima
el cubrecamas de puntilla que quedó ajustado como una red. Luego se sentó en el
borde del colchón y examinó el cuarto. No estaba mal. Por supuesto, cuando ella
empezase a buscar cosas sabría que alguien había estado tocándolas, pero a primera
vista todo parecía estar como antes, a excepción del agujero en el suelo, claro. Aún
no sabía qué hacer al respecto. Dependía de si volvía a guardar o no los mensajes
interceptados. Los sacó de debajo de la cama y volvió a estudiarlos.
Eran cuatro, en hojas de tamaño estándar, de veinte por veinticinco. Sostuvo uno
de ellos a la luz. Papel barato del que en Bletchley utilizaban a toneladas. Jericho casi
pudo visualizar un bosque petrificado en su basta textura amarillenta; las sombras
de los tallos, los débiles perfiles de corteza y helecho.
En la esquina superior izquierda de cada señal constaba la frecuencia en que había
sido transmitida —12.260 kilociclos por segundo— y en la esquina izquierda su HI,
hora de interceptación. Los cuatro habían sido enviados en rápida sucesión el día 4
de marzo, sólo nueve días atrás, a intervalos de unos veinticinco minutos, el primero
a las nueve y media de la noche y el cuarto poco antes de la medianoche. Cada uno
tenía su señal de llamada —ADU— y luego unos doscientos grupos de cinco letras.
Eso ya era una pista importante. Quería decir, al menos, que no eran navales: las
señales de la Kriesgmarine eran transmitidas en tetragramas sucesivos, de modo que
debían de ser de la Luftwaffe o del ejército alemán.
Claire tenía que haberlas robado de Cabaña 3.
La enormidad de lo que aquello implicaba sorprendió a Jericho por segunda vez
como un puñetazo en el estómago. Dispuso los papeles sobre la almohada i intentó
con toda su alma, como un abogado defensor, dar con una explicación inocente.
¿Una travesura poco afortunada? Ella, desde luego, no prestaba [Link] atención
a la seguridad, como aquel día en que habló en voz alta de Cabaña 8 en la estación,
exigiendo saber en qué trabajaba él, intentando decirle qué hacía illa. ¿Una
provocación? Quizá, también. Era capaz de cualquier cosa. Pero aquel agujero en el
suelo, la fría deliberación que ello implicaba, ridiculizaba estrepito-IImiente su
defensa.
Un ruido de pasos en la planta baja lo sacó de su ensueño y le hizo ponerse de pie
de un salto.
«Hola», dijo con voz que pretendía sugerir más valor del que tenía. Se aclaró la
garganta. «¿Hola?», repinó, y entonces oyó otro ruido, esta vez una pisada, seguro, y
seguro también que fuera de la casa. Sintió una descarga de adrenalina. Corrió hasta
la puerta del dormitorio y apagó la luz. La única iluminación en toda la I .usa
procedía de la salita. Si alguien subía por la escale-i a, él podría ver su silueta y a la
vez permanecer oculto. Pero no pasó nada. ¿Estarían tratando de entrar por de-irás?
Se sentía terriblemente vulnerable. Bajó con cautela por las escaleras, dando un
respingo a cada crujido. I ,o sorprendió una ráfaga de aire frío.
La puerta principal estaba abierta.
Saltó la última media docena de escalones y salió corriendo, a tiempo para ver la
luz trasera de una bicicleta alejarse por la pista de tierra para perderse camino abajo.
Empezó a perseguirla, pero al cabo de veinte pasos renunció a la caza. Era
imposible alcanzar al ciclista.
Había helado. En todas direcciones el suelo despedía un brillo pálido. Las
desnudas ramas de los árboles se recortaban contra el cielo, semejantes a vasos
sanguíneos. En el hielo había dos huellas gemelas de neumáticos. Las siguió de
nuevo hacia la puerta, donde terminaban en una serie de nítidas huellas de pisadas.
Nítidas y grandes, de hombre.
Jericho permaneció un buen rato mirándolas, sin dejar de tiritar, iba en mangas de
camisa. Desde el bosquecillo cercano llegó el ulular de un búho, y a Jericho le pareció
que su voz tenía el ritmo del Morse: di-di-di-da, di-di-di-da.
Entró rápidamente en la casa.
Fue al piso de arriba y enrolló los mensajes. Abrió con los dientes un pequeño
agujero en el forro de su abrigo y metió los criptogramas dentro. Luego atornilló a
toda prisa las tablas y colocó de nuevo la alfombra. Se puso la chaqueta y el abrigo,
apagó las luces, cerró la puerta con llave y guardó ésta en su sitio.
Las ruedas de su bicicleta añadieron un tercer juego de huellas en el hielo.
Al llegar al camino vecinal se detuvo y se volvió a mirar la casa a oscuras. Tuvo la
sensación —«tonterías», se dijo— de que alguien estaba observándolo. Miró al-
rededor. Una ráfaga de viento se coló entre los árboles; en el seto de endrino que
tenía cerca bailotearon unos tintineantes carámbanos.
Jericho tiritó de nuevo, volvió a montar en la bicicleta y enfiló la loma rumbo al
sur, hacia Orión y Proción, y hacia Hidra, que pendía sobre Bletchley Park como un
cuchillo en la noche.
IV
BESO
BESO: coincidencia de dos diferentes criptogramas, cada uno transmitido en una cifra
diferente pero conteniendo ambos el mismo texto claro, de manera que la solución de uno
conduce a la solución del otro.
Diccionario de criptografía («Máximo secreto», Bletchley Park, 1943)
1
No sabe qué lo ha despertado; un sonido débil, algo me al moverse en el aire lo saca de las
profundidades tic sus sueños y tira de él hacia la superficie.
Al principio su habitación en penumbra le parece totalmente normal —la conocida verga
negrísima de la viva baja de roble, las grises llanuras de paredes y techo— pero entonces
advierte que de los pies de la cama If eleva una luz tenue.
—¿ Claire? —dice, incorporándose—. ¿ Cariño?
—No pasa nada, cielo. Sigue durmiendo.
—¿Se puede saber qué haces?
—Sólo estoy echando una ojeada a tus cosas.
—¿Que estás... qué?
Tantea en la mesita de noche y enciende la lámpara. Su despertador le dice que son las tres
y media.
—Así está mejor —dice ella, y apaga la linterna—. Este trasto no sirve para nada.
Y, en efecto, está haciendo lo que acaba de decir. A excepción de la camisa de él, no lleva
nada encima, y está de rodillas examinando su cartera. Extrae de ella dos billetes de una libra,
le da la vuelta y la sacude en el aire.
—¿Y fotos? —dice.
—Aún no me has dado ninguna.
—Tom Jericho —dice ella con una sonrisa, restituyendo los billetes—. Declaro
rotundamente que estás volviéndote un zalamero.
Le registra los bolsillos de la chaqueta, del pantalón, se arrastra de rodillas hasta la
cómoda. El cruza las manos detrás de la cabeza, se apoya en la cuja de hierro y la mira. Es la
segunda vez que se acuestan —una semana después de la primera— y ante la insistencia de
ella no lo han hecho en su casa sino en el cuarto de él, colándose por detrás de la barra de la
posada White Hart y subiendo por la chirriante escalera. La habitación de Jericho está
separada del resto de la casa, de modo que no hay peligro de que los oigan. Sus libros están
alineados en lo alto de la cómoda. Los coge de uno en uno, les da la vuelta y los hojea
minuciosamente.
¿Le parece a él raro todo esto? No, en absoluto. Sencillamente lo encuentra divertido,
halagador incluso, un paso más en su intimidad, una continuación de lo demás, parte del
sueño despierto en que su vida se ha convertido, bajo las reglas del sueño. Además, ella no
tiene secretos para él, o al menos Jericho asilo cree.
Ella encuentra el papel de Turing y lo examina.
—¿ Qué es eso de números racionales con aplicación al Entscheidungsproblem, dicho
en cristiano?
Él anota mentalmente con sorpresa su perfecta pronunciación del alemán.
—Es una máquina teórica capaz de un número infinito de operaciones numéricas.
Confirma las teorías de Hilbert y cuestiona las de Godel. Vuelve a la cama, cariño.
—Pero es sólo una teoría, ¿no?
Él suspira, da una palmada en el colchón, a su lado —duermen en una cama individual—
y dice:
—Turing cree que no hay razón intrínseca para que una máquina no pueda ser capaz de
hacer lo que hace un cerebro humano. Calcular, comunicar, escribir un soneto.
—¿ Enamorarse...?
—Suponiendo que el amor sea lógico.
—¿Lo es?
—Ven a la cama. —Y este Turing, ¿trabaja en el Park?
Él no dice nada. Ella mira con aprensión toda aquella sarta de números impresos en el
papel. Luego w lo pone entre los libros y abre un cajón de la cómoda. 1 / inclinarse la camisa
se le sube un poco. La parte inferior de su espalda es como una mancha blanca entre H5
sombras. Él se queda mirando hipnotizado ese muelle triángulo de carne en la base de sus
vértebras mientras ella sigue fisgando en la ropa.
—Ah —exclama—, mira lo que he encontrado. Saca un trocito de papel—. Un cheque de
cien libras virado sobre los fondos para imprevistos del Foreign Office, y extendido a tu
nombre...
—Dame eso.
—¿Por qué?
—Guárdalo.
En menos de dos segundos él cruza la habitación y está al lado de Claire, pero ella es más
rápida. Se pone de puntillas, sosteniendo el cheque en alto, y —cosa absurda— sólo es un
centímetro más alta que Jericho. El dinero ondea como un banderín lejos de las manos de él.
—Sabía que encontraría algo. Vamos, cielo, explícate.
Jericho debería haber ingresado el maldito cheque hacía semanas. Lo ha olvidado por
completo.
—Claire, por favor...
—Debes haber hecho algo muy importante en esa cabaña donde trabajas. ¿Un nuevo
código, quizá? ¿Es eso? ¿Has descifrado un nuevo código, mi listísimo amor?
Ella puede ser un poco más alta, más fuerte incluso, pero él tiene la ventaja de la
desesperación. Le agarra del bíceps, le baja el brazo y se lo retuerce. Forcejean un poco y
entonces la arroja de espaldas sobre la cama. Le arranca el cheque de sus dedos de uñas
mordidas y retrocede con el papel en la mano.
—No tiene gracia, Claire. Hay cosas que no tienen gracia.
Permanece un instante sobre la burda esterilla, desnudo, flaco, jadeando por el esfuerzo.
Dobla el cheque y lo guarda en su cartera, la cartera en su chaqueta, y se vuelve para colgar la
chaqueta en el armario. Al hacerlo, advierte a sus espaldas un sonido peculiar, un espantoso
ruido animal, a medio camino entre un resuello y un sollozo. Ella se ha acurrucado en la cama
con las rodillas sobre el abdomen y los antebrazos pegados a la cara.
«Pero ¿qué he hecho?», se pregunta él. Empieza a balbucir una disculpa. No quería
asustarla, menos aún hacerle daño. Se acerca a la cama y se sienta a su lado. A modo de
ensayo, la toca en el hombro. Ella no parece notarlo. El intenta atraerla hacia sí, ponerla boca
arriba, pero se ha quedado rígida como un cadáver. Los sollozos hacen temblar la cama. Es
como si tuviera un ataque. Ha traspasado el umbral de la pena; ahora está muy lejos de él, que
añade—: Bueno, bueno.
Como no puede sacar las mantas de debajo de Claire, coge el abrigo, la cubre con él y luego
se acuesta a su lado, tiritando en la noche de enero mientras le acaricia el cabello.
Así permanecen durante media hora, hasta que por fin, serena ya, ella se levanta de la
cama y empieza a vestirse. Jericho no se atreve a mirarla y no es tan tonto como para decirle
algo. Sólo oye sus pasos por la habitación a medida que va recogiendo sus ropas esparcidas.
Luego la puerta se cierra sin ruido. Cruje la escalera. Un minuto después oye a Claire
alejarse de la [Link] empujando su bicicleta.
Y entonces empieza para él la pesadilla.
Primero lo asalta la culpa, la más corrosiva de las emociones, más aún que los celos
(aunque los celos vendían a añadirse a la mezcla días después, cuando él la r casualmente por
Bletchley con un hombre al que no reconoce; el hombre podría ser cualquiera, por supuesto un
primo, un amigo, un colega—, pero como es lógico su imaginación no puede aceptar tal cosa.
¿Por qué reaccionó tan mal ante una provocación insignificante? Al fin y al cabo el cheque
podía ser un premio por cualquier cosa. No tenía por qué contarle la verdad. Ahora que no la
tenía delante se le ocurrían cien explicaciones plausibles. ¿Qué había hecho para provocar en
ella semejante pánico? ¿Qué horrible recuerdo habría despertado?
Jericho gruñe y se cubre la cabeza con las mantas.
A la mañana siguiente lleva el cheque al banco y lo cambia por veinte nuevos, grandes y
crujientes billetes de veinte libras. Luego sale a buscar la triste joyería de Bletchley Road y
una vez allí pide un anillo cualquiera que valga, eso sí, cien libras, a lo que el joyero —una
especie de hurón con gafas de culo de botella, que no puede creer en su suerte— le saca un
diamante que vale menos de la mitad de esa suma. Jericho lo compra.
Hará las paces con ella. Se disculpará. Todo va a arreglarse.
Pero Jericho no tiene suerte. Ahora es víctima de su propio éxito. Un mensaje de Tiburón
revela que un petrolero submarino alemán —el U-459, al mando del Korvettenkäpitan Von
Williamowitz-Mollendorf, con setecientas toneladas de combustible a bordo— debe reunirse
con el submarino italiano Kalvi a trescientas millas al este de Saint Paul's Rock, en medio del
Atlántico, para reabastecerlo. Y algún imbécil del almirantazgo, olvidando que no debe
emprenderse acción alguna que pueda poner en peligro el secreto de Enigma, ordena a una
escuadra de destructores que lo intercepte. El ataque se lleva a cabo. Fracasa. El U-459 escapa.
Y Dönitz, el zorro astuto en su madriguera de París, empieza á sospechar de inmediato. La
tercera semana de enero, Cabaña 8 descifra una serie de señales ordenando a toda la flota de U-
boote que estreche sus medidas de seguridad. El tráfico de Tiburón empieza a menguar.
Apenas tienen material con que alimentar las bombas. En Bletchley son cancelados todos los
permisos. Turnos de ocho horas que pasan a ser de doce, de dieciséis... La batalla diaria por
descifrar los códigos recupera la misma pesadilla de los tiempos del bloqueo de Tiburón, y todas
las espaldas prueban el furioso látigo de Skynner.
En cuestión de una semana, Jericho ha pasado di un verano perpetuo a un invierno
interminable. Sus mensajes a Claire, de súplica y arrepentimiento, se pierden en un vacío sin
respuesta. No puede salir del trabajo para ir a verla. No puede trabajar. No puede dormir. Y
no tiene a nadie a quien contárselo. ¿A Logie, distante y distraído tras su pantalla de humo?
¿A Baxter, que consideraría su flirteo con Claire Romilly como una traición al proletariado?
¿A Atwood —¡Atwood!— cuyas aventuras sexuales se han limitado a llevarse a Brancaster
de fin de semana a los estudiantes más guapos, para que éstos descubran rápidamente que las
puertas de todos los baños se han quedado sin cerradura? Puck habría sido una posibilidad,
pero Jericho ya imaginaba su consejo —«Sal con otra, Tom, y tíratela»— y cómo iba él a
admitir la verdad: que no quería «tirarse» a nadie más, que nunca se había «tirado» a nadie
más?
El último día de enero, mientras compra su ejemplar del Times en el quiosco de Brinklow
en Victoria Road, Jericho la ve, a lo lejos, con otro hombre y se oculta en un portal para que
no advierta su presencia, {parte de eso, nunca coinciden: el Park se ha vuelto demasiado
grande, hay demasiados cambios de turno. Finalmente no ve otra salida que esperar en el ca-
mino que pasa por delante de su casa de campo, como w juera un mirón. Pero al parecer
Claire ya no va a su casa.
Y entonces, un día, se tropieza con ella.
Es el lunes 8 de febrero, a las cuatro en punto. El Tigresa andando a la cabaña desde la
cantina; ella es una más en el río de trabajadores que circula hacia la verja al término del
turno de tarde. El ha estado ensayando mucho para ese momento, pero todo lo que puede
hacer es balbucir una queja:
—¿Por qué no contestas mis cartas?
—Hola, Tom.
Ella trata de seguir andando, pero él no está dispuesto a soltarla. Tiene una pila de
mensajes de Tiburón esperando en su escritorio, pero le da igual. La coge del brazo.
—Necesito hablar contigo.
Sus cuerpos bloquean el paso. La gente pasa junto a ellos como un río en torno a una roca.
—Cuidado —dice alguien.
—Tom —dice Claire entre dientes—, ¿no ves que estás haciendo una escena?
—Está bien. Salgamos de aquí.
Jericho tira de ella con insistencia, y Claire cede finalmente de mala gana. El propio
impulso de la gente los lleva más allá de la verja, hacia la carretera. El sólo piensa en poner
tierra por medio entre ellos y el Park. No sabe cuánto rato han andado —quince minutos,
quizá veinte— hasta que, finalmente, las aceras quedan desiertas y están en el extrarradio de
la ciudad. La larde es fría y despejada. A los lados, unos sucios setos de alheña ocultan villas
residenciales cuyos jardines de guerra están llenos de gallineros y semienterrados refugios
antiaéreos, con sus techos de hierro acanalado.
Ella se zafa de su presa.
—Esto no tiene sentido.
—¿Sales con alguien más? —Él apenas si se atreve a preguntarlo.
—Siempre se sale con alguien.
Jericho se detiene pero ella sigue andando. Él la alcanza unos cincuenta metros más
adelante. Las casas se han terminado y ahora están en una especie de tierra de nadie entre la
ciudad y el campo, en el extremo occidental de Bletchley, donde la gente va a tirar sus desper-
dicios. Unas gaviotas alzan el vuelo entre gritos, como un torbellino de papel que levantara el
viento. La carretera se ha reducido a un camino de tierra que, pasando bajo la vía, lleva a
unos viejos hornos de ladrillo victo-ríanos. Tres chimeneas de ladrillo rojo, como si de un
crematorio se tratase, se elevan quince metros sobre el suelo. Hay un letrero que reza: POZO
DE ARCILLA ANEGADO — AGUA MUY PROFUNDA.
Claire se arrebuja en su abrigo y tirita.
—¡Qué sitio más horrible! —exclama, pero sigue andando.
Durante unos diez minutos los hornos abandonados les sirven de grata distracción. Vagan
entre los hornos y talleres en ruinas sumidos en un silencio que es casi agradable. Parejas de
enamorados han grabado sus iniciales en las desmoronadas paredes. El suelo está cubierto de
restos de ladrillo y mampostería. Las ruinas chamuscadas de varios edificios —sin duda hubo
un incendio— se elevan hacia el cielo y Jericho se pregunta si los alemanes habrían
bombardeado el lugar tomándolo por una fábrica. Se vuelve para comentárselo a Claire, pero
ella ha desaparecido.
La encuentra juera, de espaldas, mirando hacia el pozo de arcilla. Éste es enorme, de unos
cuatrocientos metros de diámetro. La superficie del agua es negra tomo el carbón, y su
quietud insinúa inimaginables profundidades.
—Tendría que volver —dice Claire.
—¿Qué quieres saber? —pregunta él—. Te diré lo que quieras.
Y lo hará, si ella se lo pide. No le importan la segundad ni la guerra. Le hablará de
Tiburón, de Delfín y de Marsopa. Le explicará todos los trucos, las cribas, los secretos. Y le
hará un boceto de cómo funcionan las bombas, si es lo que ella quiere. Pero Claire se limita a
decir:
—Espero, Tom, que no te pondrás pesado.
Pesado. ¿Eso es lo que es? ¿Un pesado?
—Espera —le dice él—, al menos toma esto.
Le entrega la cajita con el anillo. Ella la abre y ladea la piedra para que le dé la luz. Luego
cierra el estuche y se lo devuelve.
—No es de mi estilo.
—Pobrecito —recuerda él que Claire dice más tarde—. Realmente estás loco por
mí, ¿verdad? Pobrecito...
Y llegado el fin de semana Jericho está en el Rover del subdirector, cruzando la
nieve camino del King's College.
De Albion Street a Bletchley Park había un paseo de medio kilómetro; tomar a mano
izquierda por la calle de las casas apareadas, de nuevo a la izquierda bajo el
renegrido puente del tren y luego a la derecha cruzando los huertos.
Jericho caminó a grandes zancadas por el suelo helado. Su aliento humeaba ante
él bajo la pálida luz del sol. Oficialmente era casi primavera, pero alguien había
olvidado notificárselo al invierno. Trechos de hielo que no se habían fundido aún
desde la noche anterior le partían bajo las suelas de sus zapatos. Unos grajos
chillaban en lo alto de los esqueléticos olmos.
Eran más de las ocho cuando dejó el sendero y enfiló Wilton Avenue camino de la
verja principal. El cambio de turno había finalizado; la carretera estaba Casi desierta.
El centinela —un gigantesco cabo con la cara aterida de frío— salió pateando el
suelo del puesto de guardia y apenas si le echó un vistazo al pase antes de
franquearle la entrada.
Dejó atrás la mansión, avanzando con la cabeza gacha para no tener que hablar
con nadie, y entró en Cabaña 8, donde el silencio en que estaba sumida la sala de
desciframiento le dijo todo lo que necesitaba saber. Las máquinas Type-X habían
estado trabajando en los criptogramas acumulados de Tiburón y ahora permanecían
desocupadas hasta que, probablemente a media mañana, llegasen los mensajes de
Delfín y Marsopa. Divisó la alta silueta de Logie al fondo del corredor y se metió a
toda prisa en la sala de registro. Allí, para su sorpresa, estaba Puck, sentado en un
rincón observado por un par de chicas de la sección femenina prendadas de él. Puck
hacía mala cara y tenía la cabeza apoyada en la pared. Jericho pensó que estaría
dormido, pero entonces vio que abría uno de sus penetrantes ojos azules.
—Logie te anda buscando.
—¿Ah, sí? —Jericho se quitó el abrigo y la bufanda y los colgó detrás de la
puerta—. Ya sabe dónde encontrarme.
—Corre el rumor de que pegaste a Skynner. Dime que es verdad, por favor.
Una de las chicas rió con disimulo.
Jericho ya había olvidado el incidente con Skynner. Se mesó el cabello y dijo:
—Hazme un favor, Puck, ¿quieres? Haz como que no me has visto.
Puck lo miró detenidamente y luego cerró los ojos.
—Eres un tío muy misterioso —murmuró, soñoliento.
De nuevo en el corredor, Jericho topó con Logie.
—Ah, estás aquí, muchacho. Me parece que hemos de hablar.
—Está bien, Guy. —Jericho le dio unas palmaditas en el hombro y siguió
caminando—. Dame diez minutos, ¿de acuerdo?
—Nada de diez minutos —le gritó Logie—. ¡Ahora!
Jericho fingió no oírlo. Salió de la cabaña al aire fresco, dobló rápidamente la
esquina y se dirigió hacia la entrada de Cabaña 3. A unos veinte pasos de allí, aflojó
el paso y luego se detuvo.
El caso era que sabía muy poco de Cabaña 3, salvo que allí se procesaban los
mensajes procedentes del ejército alemán y de la Luftwaffe. Era casi el doble de
grande que las otras cabañas y tenía forma de L. Databa del invierno de 1939, como
el resto de los edificios provisionales; era un armazón de madera sobre la gélida
arcilla de Buckinghamshire, revestido de amianto y de frágiles tablas de madera, y
para calentarlo, recordaba Jericho, habían requisado una enorme estufa de hierro
fundido procedente de uno de los invernaderos Victorianos. Claire se quejaba de que
siempre tenía frío. De eso, y de que su trabajo era «aburrido». Pero en qué punto de
aquella conejera trabajaba, por no hablar de en qué consistía aquella «aburrida»
tarea, era un misterio para él.
Una puerta se cerró de golpe a sus espaldas y al mirar hacia atrás vio que Logie
salía de una esquina de la cabaña naval. Maldición. Hincó una rodilla en tierra y
simuló atarse el cordón de un zapato, pero Logie no lo había visto. Iba andando
resueltamente hacia la mansión. Eso pareció acicatear a Jericho. Una vez que Logie
hubo perdido de vista, Jericho hizo su propia cuenta [Link] y cruzando rápidamente el
camino entró en la cabaña.
Hizo todo lo posible por aparentar que tenía derecho a estar allí. Sacó una pluma
y echó a andar por el Basilio central, cruzándose con aviadores y oficiales del ejército
y mirando disimuladamente las salas a los Lulos del pasillo. Allí había mucha más
gente que en Cabaña 8. El fragor de las máquinas de escribir y los teléfonos era
amplificado por la membrana de tabique de madera creando un verdadero
manicomio de frenética actividad.
No había recorrido la mitad del pasadizo cuando Un coronel de grandes bigotes
salió bruscamente de una puerta y le obstruyó el paso. Jericho inclinó la cabeza y
trató de pasar por su lado, pero el coronel lo interceptó hábilmente.
—Alto, forastero. ¿Quién es usted?
Obedeciendo a un impulso, Jericho le tendió la mano y dijo:
—Tom Jericho. ¿Y usted?
—El que hace las preguntas soy yo. —El coronel tenía orejas como jarros y una
tupida mata de pelo negro con una raya recta que parecía un cortafuegos. Ignoró la
mano que Jericho le tendía—. ¿En qué sección trabaja?
—Naval. Cabaña 8.
—En ese caso, explique qué está haciendo aquí.
—Busco al doctor Weitzman.
Una mentira inspirada. Conocía a Weitzman del Club de Ajedrez: judío alemán,
nacionalizado británico, siempre jugaba gambito de reina.
—¿De veras? Válgame el cielo —dijo el coronel—. ¿Es que los de la marina no
saben lo que es el teléfono? —Se atusó el bigote y miró a Jericho de arriba abajo—.
Bien, venga conmigo.
Jericho siguió las anchas espaldas del coronel hasta una habitación grande. Había
dos grupos de una docena de hombres cada uno trabajando en mesas dispuestas en
sendos semicírculos, con papeleras de alambre repletas de criptogramas. Walter
Weitzman estaba subido a un taburete en una cabina acristalada que había detrás.
—Oiga, Weitzman, ¿conoce a este sujeto?
Weitzman tenía la cabeza inclinada sobre unos manuales de armamento alemán.
Alzó los ojos, con cara de distraído, pero al reconocer a Jericho su melancólica cara se
animó con una sonrisa.
—Hola, Tom. Sí, claro que le conozco.
—Kriegsnacbrichten Für Seefabrer —dijo Jericho con excesiva prontitud—. Me dijo
que tal vez ya sabría algo.
Weitzman no reaccionó de inmediato, y Jericho pensó que lo habían pillado, pero
entonces el viejo dijo lentamente:
—Sí, creo que tengo la información que necesitaba. —Se bajó con prudencia del
taburete—. ¿Algún problema, coronel?
El coronel adelantó la barbilla y respondió:
—Pues sí, Weitzman, ya que lo menciona. «Toda comunicación entre cabañas,
salvo que exista la debida autorización, deberá ser realizada por teléfono o informe
escrito.» Procedimiento normal. —Fulminó a Weitzman con la mirada y éste le miró
a su vez con exquisita educación. El coronel pareció perder su anterior beligerancia y
masculló—: Está bien. Recuérdelo para una próxima vez.
—Gilipollas —murmuró Weitzman entre dientes mientras el coronel se iba—.
Bueno, bueno. Será mejor que venga aquí.
Llevó a Jericho hasta un fichero, seleccionó un calón, lo extrajo y empezó a pasar
tarjetas. Siempre que los traductores topaban con un término que no entendían,
consultaban a Weitzman y sus famosas fichas. Había sido filólogo en Heidelberg
hasta que los nazis lo obligaron a exiliarse. El Foreign Office, en un raro momento de
inspiración, lo había mandado a Bletchley en 1940. Muy pocas frases quedaban sin
resolver.
—Kriegsnachrichten für Seefahrer. Comunicados de guerra para marinos.
Interceptados y catalogados el 9 de noviembre del año pasado. Como usted ya sabía
muy bien. —Acercó la tarjeta a un par de centímetros de su nariz y la examinó con
sus gruesos anteojos—. Dígame, ¿el bueno del coronel sigue mirándonos?
—No lo sé. Creo que sí. —El coronel se había inclinado para leer algo que
acababa de escribir uno de los traductores, pero de vez en cuando se volvía hacia
Jericho y Weitzman—. ¿Siempre está así?
—¿El coronel Coker? Sí, pero hoy peor, no sé por qué. —Weitzman hablaba en
voz baja, sin mirar a Jericho. Sacó otro cajón y extrajo una nueva tarjeta, fingiendo
estar absorto en su búsqueda—. Sugiero que nos quedemos aquí hasta que él se
vaya. Aquí hay una palabra que recogimos en enero: Fluchttiefe.
—Profundidad de evasión —contestó Jericho. Podía jugar a aquello durante
horas. Vorhalt-Rechner era una computadora de ángulo de desviación; kalte Lötstelle
era una juntura soldada en frío. Grietas en el mamparo de un submarino era
Stirnwandrisse...
—Profundidad de evasión. —Weitzman asintió—. No está mal.
Jericho se aventuró a mirar de nuevo. —El coronel está saliendo por la puerta... ya.
Estupendo. Se ha ido.
Weitzman siguió mirando la ficha por unos instantes y luego la guardó con las
otras y cerró el cajón.
—Bien. ¿Por qué me pregunta cosas cuya respuesta conoce? —Tenía el pelo
blanco, los ojillos pardos excesivamente en sombras debido a una frente prominente.
Las patas de gallo eran signo de que en otro tiempo Weitzman había reído mucho.
Pero ahora apenas si reía. Según se decía toda su familia había quedado en
Alemania.
—Estoy buscando a una persona llamada Claire Romilly. ¿La conoce?
—Naturalmente. La hermosa Claire. Todo el mundo la conoce.
—¿En qué sitio trabaja?
—Aquí.
—Ya lo sé. ¿Dónde de aquí?
—«Toda comunicación entre cabañas, salvo que exista la debida autorización,
deberá ser efectuada por teléfono o informe escrito.» Procedimiento normal. —
Weitzman se cuadró—. ¡Heil Hitler!
—Al carajo el procedimiento normal.
Uno de los traductores se volvió malhumorado:
—Eh, vosotros, ¿por qué no os calláis de una vez?
—Perdón. —Weitzman tomó a Jericho del brazo, lo llevó aparte y dijo en voz
baja—: ¿Sabe, Tom, que en tres años es la primera vez que lo oigo maldecir?
—Walter. Se lo pido por favor. Es importante.
—¿Y no puede esperar a que termine el turno? —Miró a Jericho
inquisitivamente—. No, ya veo. Vaya, vaya. ¿Por dónde se ha ido Coker?
—Hacia la entrada.
—Bien. Sígame.
Weitzman condujo a Jericho hasta el extremo opuesto de la cabaña, después de
cruzar dos habitaciones estrechas y alargadas donde dos grupos de veinte mujeres
cada uno trabajaban ante un par de colosales ficheros, doblar luego una esquina y
cruzar por último una sala con muchos teletipos. En ésta el ruido era horroroso.
Weitzman se tapó los oídos, volvió la cabeza hacia Jericho y sonrió. El estrépito los
persiguió por un trecho de pasadizo, al final del cual había una puerta cerrada. Al
lado había un letrero que, escrito Con letra de colegiala aplicada, rezaba: SALA DEL
LIBRO ALEMÁN.
Weitzman llamó con los nudillos, abrió la puerta y entró seguido de Jericho, quien
vio una habitación amplia con estantes atiborrados de carpetas, media docena de
mesas de caballete ensambladas entre sí para formar una amplia zona de trabajo y
mujeres, casi todas de espaldas a él. ¿Seis, siete quizá? Dos de ellas mecanografiaban
a toda prisa, las demás iban de acá para allá ordenando montones de papeles.
Antes de que Jericho pudiera registrar más detalles, una mujer rolliza de cara
avinagrada, que lucía un traje de chaqueta de tweed, vino a su encuentro. Weitzman
lúe todo sonrisas, destilando encanto a los cuatro vientos como si aún estuviera en el
salón de té del Europäischer Hof, en Heidelberg. Cogió la mano de la mujer y se
inclinó para besársela.
—Guten Morgen, mein liebes Fräulein Monk. Wie geht's?
—Gut, danke, Herr Doktor. Und dir?
—Danke, sehr gut.
Era cosa de rutina entre ellos, no había duda. La mujer se sonrojó de placer.
—¿En qué puedo servirle?
—Mi colega y yo, querida Miss Monk —Weitzman le dio unas palmaditas en la
mano y luego señaló con un gesto a Jericho—, estamos buscando a la encantadora
Miss Romilly.
Al oír el nombre de Claire, la coqueta sonrisa de Miss Monk se evaporó de golpe.
—En tal caso tendrá que ponerse a la cola, doctor Weitzman.
—No le entiendo. ¿La cola, dice usted?
—Todos estamos buscando a Claire Romilly. ¿No, tendrá usted, o su colega, una
idea de por dónde empezar?
Decir que el mundo está quieto es un solipsismo, y Jericho lo supo en el momento
mismo en que eso ocurría; sabía que no es el mundo el que pierde velocidad, sino
más bien el individuo quien, enfrentado a un inesperado peligro, recibe una
descarga de adrenalina y se acelera de golpe. No obstante, por un segundo todo
quedó inmóvil para él. El rostro de Weitzman era una máscara de perplejidad; el de
la mujer, de indignación. Mientras trataba de calibrar las consecuencias, Jericho oyó
su propia voz, balbuciendo como a lo lejos:
—Pero yo creía... Ayer me dijeron... me aseguraron... Ella entraba de servicio esta
mañana a las ocho... —Cierto —dijo Miss Monk—. Ha sido una negligencia por su
parte. Y en el momento menos oportuno. Weitzman miró a Jericho, como diciendo:
«¿En qué lío me ha metido usted?»
—Tal vez esté enferma —sugirió. —En ese caso, ¿no habría sido correcto dejar una
nota, un mensaje, antes de que saliese el turno de noche? Somos ocho y casi no
damos abasto. Imagínese cuando nos quedamos con siete-Empezó a quejarse a
Weitzman de sus problemas de personal y del poco caso que le hacían en la admi-
nistración. Y como para demostrarlo, en ese instante se abrió la puerta y apareció
una mujer con una fila de carpetas tan alta que iba sosteniéndolas con la barbilla
para que no se le cayeran. Soltó las carpetas sobre la mesa y las chicas de Miss Monk
gruñeron tímidamente a1 unísono. Un par de señales resbalaron del canto de la mesa
cayendo al suelo y Jericho, dispuesto a la acción, le agachó a recogerlas. Pudo
entrever el texto de una.
ZZZ
—Skynner.
—Vamos, anda.
—Skynner tendrá que escuchar, lo hará si tú insistes en que me necesitas. Lo sé. —
Jericho estaba inspirado—. Puedes amenazarlo con que le dirás a ese almirante, a
Trowbridge, que me han echado en un momento crítico de la Batalla del Atlántico
sólo porque dije la verdad.
—Oh, sí, claro. Muchas gracias. Ya nos veo a los dos haciendo divisiones largas en
el almirantazgo.
—Hay sitios peores donde pasar la guerra.
—No seas ridículo, Tom.
Otra llamada a la puerta, esta vez mucho más fuerte.
—Por el amor de Dios —aulló Logie—, ¡vete al cuerno!
Pero la puerta empezó a abrirse. Jericho se apartó y apareció Puck.
—Perdona, Guy. Hola, Thomas. —Miró a ambos con expresión ceñuda—. Ha
habido cambios, Guy.
—¿Buenas noticias?
—Para ser sincero, no. Lo más probable es que no sean buenas. Es mejor que
vengas.
—Mierda, ¡mierda! —murmuró Logie. Lanzó a Jericho una mirada asesina, cogió
su pipa y siguió a Puck por el pasillo.
Jericho dudó unos segundos y fue tras ellos. Entró en la sala de registro. Nunca la
había visto tan llena. Además del teniente Cave, estaban allí, al parecer, casi todos los
criptoanalistas de la cabaña —Baxter, Atwood, Pinker, Kingcome, Proudfoot, De
Brooke— así como Kramer, cual galán de moda con su uniforme azul de la marina
estadounidense. Saludó a Jericho inclinando amistosamente la cabeza.
Logie echó una ojeada a la sala.
—¡Hola, hola, si está aquí toda la banda! —Nadie rió—. ¿Qué pasa, Puck? ¿Es un
mitin, o es que vais a la huelga?
Puck señaló con la cabeza hacia las tres integrantes de la sección femenina que
constituían el turno de día en la sala.
—Ah, sí —dijo Logie—, por supuesto. —Sonrió, revelando sus amarillentos
dientes de fumador—. Tenemos cosas de que hablar, chicas. Alto secreto. ¿Os
importaría dejar solos a los caballeros por unos minutos?
—Le enseñé esto casualmente al teniente Cave —dijo Puck una vez que las mujeres
se hubieron marchado—. Análisis de tráfico. —Sostuvo en alto una de las hojas
amarillas, como si se dispusiera a practicar un juego de manos—. Dos señales largas
que hemos interceptado en las últimas doce horas; proceden del nuevo transmisor
nazi cerca de Magdeburgo. Una, poco antes de medianoche: ciento ochenta grupos
de cuatro palabras. La otra justo después: doscientos once grupos. Radiadas dos
veces por las cadenas Diana y Hubertus. Cuatro-seis-cero-un kilociclos.
—Venga, hombre, al grano —susurró Atwood para sí.
Puck hizo como que no lo oía.
—En el mismo período, total de señales Tiburón interceptadas a los submarinos
alemanes en el Atlántico Norte hasta las cero-nueve-cero-cero de esta mañana: cinco.
—¿Cinco? —repitió Logie—. ¿Estás seguro, muchacho? —Cogió la hoja de papel
y recorrió con el índice las pulcras columnas de entradas.
—¿ Cómo es el dicho ? —preguntó Puck—. ¿ Callado como una tumba?
—Los puestos de escucha —dijo Baxter, leyendo la hoja por sobre el hombro de
Logie—. Algo debe de haberles pasado. Se habrá quedado todo el mundo dormido.
—He telefoneado a la sala de control hace diez minutos. Después de hablar con el
teniente. Dicen que no hay ningún error.
Un murmullo de nerviosismo recorrió la sala.
—¿Y qué dices tú, oh sabio entre los sabios?
Jericho tardó un par de segundos en advertir que Atwood estaba dirigiéndose a
él.
—Es muy poco —dijo, encogiéndose de hombros—. Mala señal.
—Según el teniente Cave, parece haber una pauta —-dijo Puck.
—Hemos interrogado a tripulantes de U-boote acerca de sus tácticas. —El teniente
Cave se adelantó y Jericho vio que Pinker se encogía a la vista de sus cicatrices—.
Cuando Dönitz huele un convoy, organiza sus coches fúnebres situándolos en la ruta
por donde espera que va a llegar. Doce submarinos, por ejemplo, separados entre sí
unas veinte millas. Posiblemente dos líneas de ataque, quizá tres. Actualmente tiene
suficientes submarinos como para montar toda una coreografía. Nuestros cálculos
eran de cuarenta y seis sólo en ese sector del Atlántico Norte. —Cove guardó silencio
con aire de pedir excusas—. Perdón —dijo—, no duden en interrumpirme si les
parece que estoy diciendo perogrulladas.
—Bueno, nuestro trabajo es más... digamos... teórico —apuntó Logie. Miró en
torno y varios criptoanalistas asintieron en señal de conformidad.
—Muy bien. Existen básicamente dos clases de formación. Por un lado está el
piquete, o, lo que es lo mismo, una línea de U-boote inmóviles en superficie
esperando a que el convoy avance sobre ellos. Por otro está la patrulla, que significa
los submarinos avanzando al mismo tiempo para interceptar el convoy. Una vez
fijadas las formaciones, existe una regla de oro. Absoluto silencio de radio hasta que
se aviste el convoy. Me huelo que es lo que está pasando ahora Esas dos señales
largas de Magdeburgo imagino que e Berlín ordenando los submarinos en línea de
combate Y si están guardando silencio radiofónico... —Cave se encogió de hombros;
sentía tener que decir lo que era evidente—. Eso significa que los U-boote están en po-
sición de combate.
Nadie dijo nada. La abstracción intelectual del criptoanálisis había adoptado
forma sólida: dos mil tripulantes de submarinos alemanes, diez mil marinos y
pasajeros aliados, a punto de entrar en combate en medio del invierno atlántico a mil
millas de tierra firme. Pinker parecía haberse puesto enfermo de golpe. Lo extraño de
la situación sorprendió a Jericho. Pinker era probablemente el responsable directo de
enviar un millar de marinos alemanes al fondo del océano, pero la cara de Cave era
lo más cerca que había estado de ver la brutalidad de la guerra en el Atlántico.
Alguien preguntó qué pasaría después.
—¿Si un submarino localiza el convoy? Lo vigilará. Enviará una señal de contacto
cada dos horas; posición, velocidad, rumbo. El mensaje será recogido por los otros
submarinos y todos convergirán hacia esa posición. El mismo procedimiento para
tratar de concentrar el máximo de unidades. Por lo general, procuran adentrarse en
el convoy, entre nuestros barcos. Esperarán a que se haga de noche. Prefieren atacar
en plena oscuridad. Los incendios de los barcos que tocados iluminan los otros
blancos. Así el pánico es mayor. Además, a nuestros destructores les cuesta más
localizarlos por la noche.
—Naturalmente —agregó Cave, cortando el silencio con su voz penetrante—, el
tiempo es malísimo incluso en esta época del año. Nieve. Niebla. Un agua verde
rompiendo contra las proas. Eso va en nuestro favor.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —dijo Kramer.
—Menos del que pensábamos en un principio, eso por descontado. El U-boote es
más rápido que cualquier convoy, pero sigue siendo una bestia lenta. En superficie
se mueve a la velocidad de un hombre en bicicleta, bajo el agua sólo como un
hombre a pie. Pero en el caso de que Dönitz se entere de lo de los convoyes, tal vez
un día y medio. El mal tiempo hará que tengan problemas de visibilidad. Aun así,
bien, yo diría que un día y medio como máximo.
Cave se excusó para ir a comunicar la mala noticia al almirantazgo. Los
criptoanalistas se quedaron solos. Al fondo de la cabina empezó a oírse el ruido
matutino de las máquinas Type-X.
—Eso debe ser De... De... Delfín —dijo Pinker—. Si me permites, Gu... Guy...
Logie levantó una mano bendiciendo su partida y Pinker salió apresuradamente
de la habitación.
—Ojalá tuviésemos un cuarto rotor —se lamentó Proudfoot.
—Pero no lo tenemos, muchacho, así que no perdamos el tiempo con eso.
Kramer, que había estado en una de las mesas, se incorporó. No había espacio
para dar un paso, de modo que ejecutó una especie de inquieto arrastrar de pies al
tiempo que golpeaba con el puño la palma de su mano izquierda.
—Maldita sea, esto es desesperante. Un día y medio. Un ridículo y cochino día y
medio. ¡Dios! Tiene que haber algo. Quiero decir, vosotros conseguisteis descifrar
esta cosa hace tiempo, ¿no? Cuando el último apagón.
Varias personas hablaron a la vez.
—Sí, sí.
—¿Te acuerdas?
—Fue Tom.
Jericho no estaba escuchando. Algo se movía en su cerebro, como un ligero
cambio en las profundidades de su inconsciente, más allá del alcance de cualquier
análisis posible. ¿Qué podía ser? ¿Un recuerdo? ¿Una conexión? Cuanto más
intentaba concentrarse en ello, más inaprehensible se volvía.
—¿Tom?
Jericho sacudió la cabeza, sorprendido.
—El teniente Kramer te preguntaba —dijo Logie con cansina paciencia— cómo
fue que descifraste Tiburón...
—¿Qué? —Le molestaba que lo hubieran interrumpido. Hizo un gesto vago con
las manos—. Oh, Dönitz había sido ascendido a almirante. Supusimos que el cuartel
general de los U-boote no cabría en sí de alegría. Hasta tal punto, que eran capaces de
transmitir la orden de Hitler palabra por palabra a todos los submarinos.
—¿Y lo hicieron?
—Sí. Fue una buena criba. Pusimos seis bombas en ello. Con todo, tardamos casi
tres semanas en interpretar el tráfico de un solo día.
—¿Con una buena criba? —dijo Kramer—. ¿Seis bombas? ¿Tres semanas?
—Es la gracia del cuarto rotor de Enigma.
—Lástima que a Dönitz no lo asciendan cada día —intervino Kingcome.
Esto hizo reaccionar inmediatamente a Atwood.
—A este paso, probablemente lo harán.
Las risas aliviaron momentáneamente el pesimismo general. Atwood parecía
satisfecho de sí mismo.
—Muy buena, Frank —dijo Kingcome—. Un ascenso diario. Muy buena.
Sólo Kramer se negó a reír. Permaneció cruzado de brazos, mirando sus
resplandecientes zapatos.
Empezaron a hablar de una hipótesis de De Brooke que había sido aplicada en las
últimas nueve horas a un par de bombas. Pero la metodología, como Puck había
señalado, era rematadamente complicada.
—Bien, al menos yo he propuesto algo —dijo De Brooke—, que tú...
—Eso, querido Arthur, es porque cuando tengo una idea que no vale, me la
guardo.
Logie dio unas palmadas.
—Amigos, seamos críticos pero constructivos.
Jericho había dejado de escuchar hacía rato. Seguía persiguiendo al fantasma que
corría por su mente, rebuscando en su fichero mental de los últimos diez minutos la
palabra, la frase, que podía haberlo puesto en movimiento. Diana, Hubertus,
Magdeburgo, piquete, silencio radiofónico, señal de contacto...
Señal de contacto.
—Guy, ¿dónde guardas la llave del Museo Negro?
—¿Cómo dices, amigo? Ah, en mi escritorio. El de arriba a la derecha. Eh,
¿adonde vas? Aguarda un momento, todavía no he terminado de hablar contigo...
Fue un alivio abandonar la claustrofóbica atmósfera de la cabaña y salir al aire frío.
Resueltamente, echó a andar hacia la mansión.
Jericho iba muy pocas veces allí, pero cuando lo hacía siempre le recordaba la
típica casa solariega de una novela de intriga de los años veinte. («Como recordará,
inspector, el coronel se encontraba en la biblioteca cuando fueron hechos los
disparos...») El exterior era de pesadilla, como si un carretón gigante lleno de trozos
desechados de otros edificios hubiera volcado su contenido en el suelo. Frontones
suizos, almenas góticas, pilares griegos, ventanas saledizas, ladrillo rojo municipal,
leones de piedra, el porche de una catedral; los diferentes estilos peleaban unos con-
tra otros amontonados, y en lo alto un tejado verde en forma de campana hecho de
cobre batido. El interior era de puro terror gótico, todo arcos de piedra y vidrieras de
colores. Los suelos pulimentados sonaban a hueco bajo los pies de Jericho y las
paredes estaban decoradas con oscuros paneles de madera de esos que en el capítulo
final se abren a un laberinto secreto. Apenas si sabía qué pasaba ahora en la mansión.
El comandante Travis ocupaba el despacho grande con vistas al lago, en la parte
frontal, mientras que en los dormitorios del piso de arriba se hacían toda clase de
cosas misteriosas; había oído decir que descifraban los códigos del servicio secreto
alemán.
Cruzó el vestíbulo a toda prisa. Un capitán del ejército fingía leer el Observer de
aquella mañana junto al despacho de Travis mientras escuchaba a un hombre de
mediana edad en traje de tweed que trataba de ligarse a una joven de la RAF. Nadie
prestó la menor atención a Jericho. Al pie de la escalera de roble enrevesadamente
tallada, se abría un pasillo a mano derecha que conducía a la parte de atrás. A medio
camino había una puerta que, bajando unos peldaños, daba a un corredor
secundario. Era allí, en un cuarto cerrado con llave del sótano, donde los
criptoanalistas de las Cabañas 6 y 8 almacenaban sus tesoros robados.
Jericho palpó el muro en busca del interruptor de la luz.
La mayor de las dos llaves abría el Museo. Apiladas en estantes metálicos a lo
largo de la pared había más de una docena de máquinas Enigma capturadas al
enemigo. La llave pequeña era para una de las dos grandes cajas de caudales. Jericho
se arrodilló para abrirla y empezó a buscar. Allí estaban todos sus preciosos hurtos:
cada uno de ellos una victoria en la larga guerra contra Enigma. Había una caja de
puros con una etiqueta fechada en febrero de 1941 que contenía el botín del
arrastrero alemán Krebs: dos rotores de repuesto, el mapa de la Kriegsmarine del
Atlántico Norte y los ajustes de Enigma para febrero de 1941. Detrás había un
voluminoso sobre con el membrete «München» —un barco meteorológico cuya
captura tres meses después del Krebs les había permitido descifrar el código
meteorológico— y otro con la etiqueta «U-110». Jericho cargó un montón de papeles
y mapas.
Por último, del estante de abajo cogió un paquete pequeño envuelto en hule
marrón. Era el botín por el que habían perecido Fasson y Grazier, todavía en su
envoltorio original, tal como había salido del submarino hundido. Jericho nunca lo
veía sin agradecer a Dios que hubiesen encontrado algo hermético con que
protegerlo. La menor exposición al agua habría disuelto la tinta. Que se hubiese
rescatado de un submarino inundado, de noche, con el mar picado, bastaba para que
hasta un matemático creyese en milagros. Jericho retiró cuidadosamente el hule,
como un especialista habría abierto los papiros de una antigua civilización, o un
sacerdote unas reliquias santas. Dos folletos impresos en letra gótica sobre papel
secante rosa. La segunda edición de la cifra meteorológica empleada por los U-boote,
ahora inservible debido al cambio de código. Y —exactamente tal como lo
recordaba— la tabla de señales abreviadas. Se puso a hojearla. Columnas de letras y
números.
En la parte interior de la puerta de la caja fuerte había un aviso mecanografiado:
«Queda terminantemente prohibido retirar cualquier artículo sin mi expreso
consentimiento. (Firmado) L. F. N. Skynner, jefe de la sección naval.»
Para Jericho fue un placer especial el guardarse la tabla de señales abreviadas en
el bolsillo interior y volver corriendo con el libro a la cabaña.
Jericho le lanzó las llaves a Logie, quien manoteó antes de cazarlas al vuelo.
—Señal de contacto.
—¿Qué?
—Señal de contacto —repitió Jericho.
—¡Loado sea Dios! —exclamó Atwood, alzando las manos como un predicador—.
El oráculo ha hablado.
—Está bien, Frank. Espera un poco. ¿Qué pasa, Tom?
Jericho lo veía más rápido de lo que era capaz de transmitirlo. Le resultaba difícil
formular su descubrimiento con palabras. Habló lentamente, como si tradujera de un
idioma extraño, reordenándolo mentalmente para convertirlo en una narración.
—¿Recordáis cuando en noviembre conseguimos la tabla de cifra meteorológica del
U-459, cuando conseguimos también la tabla de señales abreviadas? Sólo que entonces
decidimos no hacer caso de esta última porque no nos servía para obtener una criba
que mereciese la pena. Me explico, una señal de contacto con un convoy, por sí sola,
no vale nada, ¿de acuerdo? Sólo son cinco letras muy de tarde en tarde. —Jericho sacó
cuidadosamente del bolsillo el pequeño folleto rosa—. Una letra para la velocidad del
convoy, dos para el rumbo, dos más para la referencia cartográfica...
Baxter se quedó mirando el código como hipnotizado.
—¿Te has llevado eso de la caja sin autorización?
—Pero si el teniente Cave está en lo cierto, y cualquier submarino que localiza un
convoy envía una señal de contacto cada dos horas, y si lo va a vigilar hasta que se
haga de noche, entonces es posible, al menos teóricamente, que envíe cuatro, o a lo
sumo, cinco señales, según la hora en que lo aviste por primera vez. —Jericho buscó
con la mirada el único uniforme que había en la sala—. ¿Cuántas horas de luz hay en
el Atlántico Norte en el mes de marzo?
—Unas doce —dijo Kramer.
—Doce. Y si respondiendo a la señal original varios submarinos más siguen a ese
convoy el mismo día, y todos empiezan a enviar señales de contacto cada dos horas...
Logie, por fin, empezó a ver adonde quería ir a parar. Se sacó la pipa de la boca y
dijo:
—¡Qué diantre...!
—Entonces, teóricamente también, podríamos tener, digamos, veinte letras de criba
a partir del primer barco, quince del segundo, etcétera. Si intervienen ocho
submarinos en el ataque, es un decir, podríamos tener fácilmente un centenar de
letras. Sería una criba perfecta. —Jericho estaba tan ufano como el padre que ofrece al
mundo un vislumbre de su hijo recién nacido—. Es maravilloso, ¿os dais cuenta? —
Miró alternativamente a los criptoanalistas: Kingcome y Logie empezaban a revelar
entusiasmo, De Brooke y Proudfoot parecían pensativos, Baxter, Atwood y Puck
ponían cara de franca hostilidad—. No fue posible hacerlo antes, porque hasta este
momento los alemanes no habían sido capaces de lanzar tantos submarinos contra
semejante masa de barcos. Es toda la historia de Enigma resumida en pocas palabras.
El invento de los alemanes, por su propia magnitud, engendra tal cantidad de material
interesante para nosotros que está sembrando la semilla de su eventual destrucción.
Hizo una pausa.
—¿No crees que hay demasiados si en todo esto? —dijo ásperamente Baxter—. Si el
submarino localiza al convoy a primera hora del día, si informa cada dos horas, si
todos los otros hacen lo mismo, si conseguimos interceptar todas las transmisiones...
—Y si —intervino Atwood— la tabla de señales que birlamos en noviembre no ha
sido cambiada hace una semana como lo fue la tabla meteorológica...
Era una posibilidad que Jericho no había tenido en cuenta. Sintió que su
entusiasmo se desmoronaba ligeramente.
Puck se sumó a los ataques:
—Estoy de acuerdo. La idea es bastante brillante, Thomas. Aplaudo tu...
inspiración. Pero tu estrategia depende de un fracaso, ¿no es cierto? Sólo descifrare-
mos Tiburón, como tú mismo reconoces, si los U-boote encuentran el convoy, que es
justamente lo que tratamos de evitar. Y suponiendo que, efectivamente, averiguáse-
mos los ajustes de Tiburón para ese día, ¿qué? Muy bien. Podremos leer las señales
que los submarinos envíen a Berlín, jactándose ante Dönitz de los barcos aliados que
han conseguido hundir. Y veinticuatro horas después, estaremos otra vez a dos velas.
Algunos de los criptoanalistas prorrumpieron en gruñidos de asentimiento.
—No, no. —Jericho sacudió enfáticamente la cabeza—. Tu lógica es defectuosa,
Puck. Lo que deseamos, evidentemente, es que los submarinos no localicen los
convoyes. Sí, en eso radica todo el ejercicio. Pero si lo hacen, al menos podremos
sacarle un partido. Y no va a ser cosa de un día sólo; si hay suerte, no. Si logramos
averiguar los ajustes durante veinticuatro horas, entonces tendremos todos los partes
meteorológicos en clave de ese período. Y recuerda que nuestros barcos estarán en la
zona, con capacidad para darnos precisamente los datos meteorológicos que los
submarinos están codificando. Dispondremos del texto claro, de los ajustes en cifra, de
modo que contaremos con un buen punto de partida para reconstruir la nueva tabla
de clave meteorológica. Es como meterles otra vez el pie en la puerta. ¿No lo
entiendes?
Se mesó los cabellos, exasperado.
¿Por qué todos se habían vuelto tan obtusos?
Kramer, que durante todo el tiempo había estado garabateando en una libreta, dijo:
—Yo creo que sigue una pista interesante. —Arrojó su lápiz al aire y lo cogió al
vuelo—. Vale la pena intentarlo. Al menos nos da un motivo para seguir luchando.
—Yo sigo sin verlo claro —gruñó Baxter.
—Y yo —dijo Puck.
—Supongo, Baxter —dijo Atwood—, que si no lo ves claro es porque no representa
un triunfo para el proletariado mundial.
Las manos de Baxter se volvieron puños.
—Un día de éstos, Atwood, alguien te va a romper la crisma, presumido.
—Ah. El primer impulso de una mente totalitaria: la violencia.
—¡Basta! —Logie descargó su pipa sobre la mesa como si fuera el mazo de un juez.
Nadie lo había oído nunca gritar de aquella manera, y se hizo el silencio—. No
empecéis otra vez con lo mismo... —Miró fijamente a Jericho—. A ver, está claro que
debemos proceder con cautela. Puck, tomamos nota de tu opinión. Pero también
hemos de afrontar los hechos. Hemos estado a dos velas durante cuatro días y la de
Tom es la única idea decente que tenemos. Así que buen trabajo, Tom.
Jericho se quedó mirando una mancha de tinta en el suelo. «Dios mío —pensó—,
ahora viene la típica arenga del jefe de departamento.»
—Hay muchas cosas que dependen de nosotros, y quiero que todos recordéis que
formáis parte de un equipo.
—Aquí nadie hace la guerra por su cuenta —dijo Atwood, inexpresivo, con las
regordetas manos devotamente cruzadas sobre su voluminoso abdomen.
—Gracias, Frank. Exactamente. Y si alguna vez cualquiera de nosotros (y digo
cualquiera) lo olvida, pensad solamente en esos convoyes y en todos los demás de que
depende esta guerra. ¿Queda claro? Bien. Estupendo. Se acabó la charla. Todo el
mundo a trabajar.
Baxter abrió la boca para protestar, pero luego pareció pensarlo mejor. Al salir
intercambió con Puck una mirada de abatimiento. Jericho los vio marcharse y se
preguntó la razón de su testarudo pesimismo. Puck no soportaba las ideas políticas de
Baxter y por lo general ambos se mantenían a distancia el uno del otro. Pero ahora
parecían haber hecho causa común. ¿Por qué? ¿Una especie de envidia académica?
¿Acaso resentimiento por el hecho de que él los hubiera dejado en ridículo pese a lo
mucho que habían trabajado?
—Muchacho, no sé qué hacer contigo —dijo Logie sacudiendo la cabeza. Trataba
de estar serio, pero no podía ocultar su alegría. Puso una mano en el hombro de
Jericho.
—Devuélveme mi puesto.
—Tendré que habar con Skynner —replicó Logie. Abrió la puerta y siguió a Jericho
al pasillo. Las tres chicas de la sección femenina los miraron. Logie se estremeció y
añadió—: ¿Imaginas lo que va a decir? Seguro que le encantará presentarse ante sus
amiguitos los almirantes y decirles que la mejor oportunidad de recuperar Tiburón es
que los convoyes sean atacados. Oh, mierda, supongo que lo mejor será que vaya a
verle. —Entró a medias en su despacho y volvió a salir—. ¿Estás seguro de que no
llegaste a pegarle?
—Segurísimo, Guy.
—¿Ni un rasguño?
—Ni uno solo.
—Lástima —dijo Logie, como para sí—. En parte fue una lástima.
Hester Wallace no podía dormir. Aunque era de día, las cortinas de oscurecimiento
estaban corridas. Su pequeña habitación era un estudio de la monocromía. Un
ramillete de lavanda filtraba una fragancia analgésica a través de la almohada. Pero
aun cuando yacía convenientemente boca arriba en su bata de algodón, con las
piernas muy juntas y las manos cruzadas sobre el pecho igual que una doncella en su
tumba de mármol, no conseguía olvidar las palabras.
«ADU, Miss Wallace. A, D, U, el ángel danza en el umbral...»
Aquella frase mnemotécnica resultaba tremendamente efectiva. No podía sacársela
de la cabeza, pese a que la disposición de las letras no le decía absolutamente nada.
«Es una señal de llamada. Seguramente de la Luftwaffe o del ejército alemán...»
Nada sorprendente. Era casi obligado. Al fin y al cabo, había muchas: miles y miles
de letras combinadas. La única regla fiable era que las señales del ejército o de la
Luftwaffe nunca empezaban por «D», porque esa letra indicaba siempre una emisora
comercial alemana.
«ADU... ADU...»
No conseguía ubicarlo.
Se puso de lado, se aovilló y trató de ocupar su mente con pensamientos
tranquilizadores. Pero no bien consiguió librarse del intenso y pálido rostro de Tom
Jericho, su memoria le mostró la cara apergaminada del cura de Saint Mary, Bletchley,
aquel estridente portavoz de la misoginia de san Pablo. «No está bien que una mujer
hable en una asamblea...» (Corintios 1, 14, 35). «Pobres mujeres cargadas de pecados y
llevadas de toda clase de deseos...» (Timoteo 2, 3, 6). A partir de esos textos había
tejido un polémico sermón contra el empleo en tiempos de guerra del sexo femenino;
mujeres que conducían camiones, mujeres con pantalones, mujeres que bebían y
fumaban en lugares públicos sin estar acompañadas de sus esposos, mujeres que
descuidaban a sus hijos y sus hogares. «Anillo de oro en hocico de cerdo; eso es la
mujer bella pero sin seso» (Proverbios 11, 22).
¡Ojalá fuese cierto!, pensó. ¡Ojalá las mujeres hubieran usurpado la autoridad
masculina! La acicalada figura de Miles Mermagen, su jefe de sección, surgió ante ella.
«Mi querida Hester, un traslado en este momento está realmente fuera de lugar.»
Mermagen había sido gerente del Barclays Bank antes de la guerra y gustaba de
acercarse a las chicas por detrás mientras trabajaban y masajearles los hombros. En la
fiesta de Navidad de Cabaña 6 la había acorralado bajo el muérdago y le había
quitado torpemente las gafas. («Gracias, Miles —había dicho ella, tratando de
tomárselo a broma—, sin mis gafas incluso tú me pareces tolerantemente atractivo...»)
Sus labios sobre los de ella eran desagradablemente húmedos, como la superficie de
un molusco, y sabían a jerez dulce.
Claire, cómo no, había buscado la solución.
—Oh, pobrecita Hester —había dicho—. Y supongo que tendrá esposa, ¿no?
—Dice que se casaron demasiado jóvenes.
—Pues agárrate a eso. Dile que te parece justo ir a hablar primero con ella. Dile que
quieres ser amiga de su mujer.
—¿Y si me dice que sí?
—¡Santo Dios! Entonces sólo te queda darle una patada en los huevos.
Hester sonrió al recordarlo. Volvió a cambiar de postura y la sábana de algodón se
arrugó debajo de ella. No había manera. Alargó el brazo, encendió la lámpara que
había sobre la mesa de noche y buscó sus gafas.
Ich lerne deutsch, ich lernte deutsch, ich habe deutsch gelernt...
Alemán, pensó: el alemán podía ser su salvación. Un conocimiento efectivo del
alemán la sacaría de la pesadez de la sala de control, lejos del viscoso abrazo de Miles
Mermagen, para catapultarla al aire enrarecido de la sala de máquinas, que era donde
deberían haberla puesto de entrada.
Se incorporó e intentó concentrarse en su manual de alemán. Normalmente
bastaban diez minutos de estudio para hacerle conciliar el sueño.
«Los verbos intransitivos que indican cambio de lugar o de estado utilizan el
auxiliar sein en lugar de haben en los tiempos compuestos...»
Alzó la vista. ¿Qué era ese ruido en la planta baja?
«En oraciones subordinadas el auxiliar debe quedar al final, directamente después
del participio pasado o del infinitivo...»
Otra vez aquel ruido.
Deslizó sus pies calientes en los fríos zapatos de calle, se echó un chal de lana sobre
los hombros y salió al rellano.
Alguien estaba llamando a la puerta de la cocina.
Empezó a bajar por la escalera.
Al llegar de la iglesia había encontrado dos hombres esperándola. Uno estaba de
pie en el umbral y el otro surgió con aire de naturalidad de la parte de atrás. El
primero era joven y rubio, con modales lánguidos y aristocráticos y una suerte de
decadente distinción anglosajona. Su compañero era mayor, más bajo, delgado y
moreno, con acento norteño. Ambos tenían pases de Bletchley Park y dijeron que eran
de Asistencia Social y que buscaban a Miss Romilly. No había ido a trabajar, ¿tenía
alguna idea sobre su paradero?
Hester les había dicho que no. El mayor de los dos había subido al piso de arriba y
había estado un buen rato fisgando. Entretanto, el rubio —no llegó a retener su
nombre— se había arrellanado en el sofá y le había hecho un montón de preguntas.
Pese a sus buenas maneras había en él un deje de ofensivo paternalismo. Ella pensó
que así sería Miles Mermagen si hubiera disfrutado de cinco mil libras de educación
privada. ¿Cómo era Claire? ¿Quiénes eran sus amigos? ¿Quiénes eran los hombres de
su vida? ¿Había preguntado alguien por ella? Mencionó la visita de Jericho la noche
anterior, y el rubio lo anotó con su portaminas de oro. Ella estuvo a punto de comentar
el curioso ataque de Jericho al salir de la iglesia («ADU, Miss Wallace...»), pero para
entonces había cobrado tal antipatía por el joven de buenos modales que se mordió la
lengua y se calló.
Un sonido —toc toc toc— le llegó de la cocina.
Hester cogió el atizador que había junto a la chimenea de la sala y abrió lentamente
la puerta de la cocina.
Fue como entrar en un frigorífico. El viento hacía batir la ventana. Debía de llevar
abierta varias horas.
Al principio sintió alivio, pero sólo le duró hasta que intentó cerrarla. Entonces
descubrió que la cerradura metálica, debilitada por la herrumbre, estaba rota en dos.
Parte del bastidor de madera se había astillado.
Permaneció allí de pie analizando la situación, y rápidamente dedujo que sólo
había una explicación posible. El hombre de cabello oscuro que había salido de detrás
de la casa a su regreso de la iglesia debía de tener que ver con la rotura de la
cerradura.
Le habían dicho que no se preocupara por nada. Pero si no había de qué
preocuparse, ¿por qué habían estado a punto de entrar por la fuerza en su casa?
Se estremeció de frío y se arrebujó en el chal.
—Oh, Claire —dijo en voz alta—. Claire, tonta, estúpida, ¿qué es lo que has hecho?
Trató de asegurar la ventana con un trozo de cinta aislante negra. Luego, con el
atizador aún en la mano, regresó a la planta superior y entró en el cuarto de Claire. Un
zorro plateado colgaba a los pies de la cama, con sus ojos bien abiertos y sus dientes
como agujas al descubierto. Por aquello de la costumbre, lo dobló con cuidado y lo
dejó en el estante donde solía estar. La habitación era como Claire, llena de colores
extravagantes, telas y perfumes, y la presencia de ésta parecía vibrar allí incluso ahora
que ella no estaba, como los últimos vaivenes de un diapasón... Claire, probándose un
ridículo vestido, riendo y preguntándole qué le parecía, y Hester fingiendo fruncir el
entrecejo como habría hecho una hermana mayor. Claire, con sus arrebatos de
quinceañera, boca abajo en la cama, hojeando una revista de antes de la guerra. Claire
peinando a Hester (cuyo pelo, cuando se lo soltaba, le llegaba a la cintura), pasándole
el cepillo lenta y lánguidamente de manera que a Hester se le aflojaban las rodillas.
Claire insistiendo en maquillar a Hester, vistiéndola como una muñeca y mirándola de
arriba abajo con fingida sorpresa: «Caramba, ¡pero si estás guapísima!» Claire, sin otra
cosa encima que unas bragas blancas de seda y un collar de perlas, paseándose por la
habitación en busca de alguna cosa, con sus largas piernas de atleta, volviéndose para
sorprender a Hester mirándola a hurtadillas en el espejo, y quedándose inmóvil por
unos segundos, las caderas echadas al frente, los brazos extendidos y una sonrisa a
medio camino entre la invitación y la seducción, antes de ponerse de nuevo en
movimiento...
Y aquella fría y luminosa tarde de sábado, Hester Wallace, la hija del clérigo, se
apoyó en la pared, cerró los ojos y se puso la mano entre las piernas, avergonzada.
Un momento después volvió a oír el ruido en la cocina y pensó que el corazón le
estallaría a causa del pánico. Salió corriendo al pasillo y entró en su habitación,
perseguida por el seco quejido del vicario de Saint Mary —¿o era acaso la voz de su
propio padre?— recitando del libro de los Proverbios:
«Los labios de la extraña destilan miel, y más untuosa que el aceite es su palabra;
pero al final es amarga como el ajenjo, aguda como espada de dos filos. Sus pies
descienden hacia la muerte; sus pasos se encaminan hacia el infierno...»
Por vez primera en más de un mes Tom Jericho vio que tenía mucho trabajo.
Debía supervisar el copiado de la tabla de señales abreviadas, de la cual seis
transcripciones mecanografiadas fueron debidamente extraídas y archivadas bajo el
rótulo MÁXIMO SECRETO. Había que verificar cada línea, pues el menor error podía
marcar la diferencia entre romper la cifra con éxito o enfrentarse a días de fracaso.
Había que dar instrucciones a los controlado-res de mensajes interceptados. Había que
enviar órdenes por teletipo a todos los oficiales de servicio de los puestos de escucha
de Cabaña 8 —desde Thurso, encaramada a los riscos del extremo septentrional de Es-
cocia, hasta Saint Erith, cerca del Land's End—. Su misión era sencilla: concentrar
todos los efectivos en las frecuencias ya conocidas de los submarinos alemanes en el
Atlántico, cancelar todos los permisos, echar mano de cojos, ciegos y enfermos si ello
era necesario, y prestar la máxima atención a cualquier señal de Morse precedida por
E-barra —punto punto raya punto punto—, el código prioritario alemán que
despejaba la longitud de onda para emitir informes de contacto con convoyes.
Ninguna de estas señales podía pasar por alto, ¿entendido? Ninguna.
Jericho retiró del archivo los mensajes de Tiburón descifrados durante los últimos
tres meses para recuperar un poco el ritmo de trabajo, y aquella tarde, sentado en la
Sala Grande en el lugar que siempre ocupaba junto a la ventana, demostró con la regla
de cálculo lo que ya sabía por instinto: que diecisiete informes de contacto recogidos
en un período de veinticuatro horas darían ochenta y cinco letras de cifrado que, a su
vez, podrían proporcionarles la clave para Tiburón, siempre y cuando los
criptoanalistas tuviesen el porcentaje requerido de buena suerte y contaran con un
mínimo de diez bombas trabajando por tandas durante al menos treinta y seis horas...
Y en todo ese tiempo no dejó de pensar en Claire.
En la práctica era muy poco lo que podía hacer por ella. En dos momentos del día
se las apañó para salir a telefonear a su padre: primero mientras todos salían a
almorzar, de modo que él pudo rezagarse y hacer la llamada a tiempo para reunirse
con los demás en la verja; y luego a última hora de la tarde, cuando fingió que
necesitaba estirar las piernas. En ambas ocasiones consiguió comunicación, pero el
teléfono sonó y sonó sin que nadie contestara. Empezaba a tener una incierta pero
creciente sensación de pavor, que su impotencia no hacía sino aumentar. No podía
volver a Cabaña 3. No disponía de tiempo para ir a la casa de campo. Le habría
gustado ir a su cuarto en el Commercial y rescatar los mensajes —esconderlos detrás
de un cuadro en lo alto de la repisa... ¿acaso se había vuelto loco?— pero el viaje de
ida y vuelta le habría ocupado casi veinte minutos, y Jericho no podía permitírselo.
Como resultó después, habían dado las siete cuando decidió marcharse. Logie
estaba pasando por la Sala Grande cuando se detuvo un instante ante Jericho y le dijo
que por el amor de Dios hiciese el favor de ir a descansar un poco.
—Aquí no puedes hacer nada más, muchacho, salvo esperar. Creo que mañana a
estas horas empezaremos a sudar tinta.
Jericho cogió agradecido su abrigo y dijo:
—¿Has hablado con Skynner?
—Sobre el plan, sí. De ti, no. Él no ha preguntado y yo, como es lógico,
no pensaba sacar el tema.
—No me digas que ya no se acuerda...
Logie se encogió de hombros.
—Parece que tiene la cabeza ocupada en un nuevo lío.
—¿ Qué clase de lío ?
Pero Logie había echado a andar.
—Hasta mañana, Tom —dijo—. Y procura dormir un poco.
Jericho devolvió al archivo la pila de mensajes Tiburón y salió. El sol de marzo, que
en todo el día apenas si había asomado por encima de los árboles, se había hundido
detrás de la mansión dejando una franja de amarillo rojizo y naranja pálido en el
margen de un cielo añil. Había salido la luna, y Jericho oyó el ruido de los
bombarderos, un montón de ellos, formando para el ataque nocturno sobre Alemania.
Caminó mirando maravillado alrededor. El disco lunar sobre el lago inmóvil, el fuego
en el horizonte; era una extraordinaria conjunción de luces y símbolos, casi un por-
tento. Estaba tan ensimismado que a punto estuvo de pasar por delante de la cabina
telefónica antes de advertir que estaba vacía.
¿Y si probaba por última vez? Miró la luna. ¿Por qué no?
Como el número de Kensington seguía sin contestar, decidió hacer un
intento en el Foreign Office. La telefonista le pasó con un empleado de
servicio y Jericho pidió hablar con Edward Romilly.
—¿Qué departamento?
—No lo sé.
La línea quedó en silencio. Había muy pocas posibilidades de que Edward Romilly
estuviese en su despacho un domingo por la noche. Apoyó el hombro contra el cristal
de la cabina. Pasó un coche despacio. Aparcó unos diez metros más allá y sus luces de
freno brillaron, rojas, en el crepúsculo. Oyó un die y la telefonista dijo:
—Le paso.
Tras el tono de llamada, una voz culta dijo:
—Buró Alemán.
¿Buró Alemán? Aquello lo desconcertó por un instante.
—Edward Romilly, por favor —dijo finalmente.
—¿Quién digo que lo llama?
Dios, sí que estaba. Dudó otra vez.
—Un amigo de su hija.
—Espere, por favor.
Apretaba con tal fuerza el auricular que los dedos le dolían. Procuró relajarse un
poco. No había razón para que Romilly no pudiera trabajar en el Buró Alemán. ¿No le
había contado Claire que su padre había sido funcionario en la embajada de Berlín
cuando los nazis subieron al poder? Ella debía de tener diez u once años. Seguramente
por esa época aprendió a hablar alemán.
—Lo siento, señor. Mr. Romilly ya se ha marchado. ¿Quién le digo que telefoneó?
—Gracias. No importa. Buenas noches.
Colgó el auricular rápidamente. Aquello no le gustaba nada. Y tampoco le gustaba
el aspecto de aquel coche. Salió de la cabina y echó a andar hacia el negro y bajo
automóvil provisto de amplios estribos con el canto pintado estratégicamente de
blanco. El motor estaba en marcha. Al acercarse al coche éste salió disparado por la
calzada que describía una curva hacia la entrada principal. Jericho trató de alcanzarlo,
pero para cuando llegó a la verja el automóvil había desaparecido.
Mientras descendía por la colina, el impreciso perfil de la ciudad se evaporó en la
noche. Hacía al menos un siglo que ninguna generación presenciaba semejante
espectáculo. Incluso en tiempos de su bisabuelo habría habido cierta iluminación —la
luz difusa de un mechero de gas o de un carruaje, el fulgor azulino de la lámpara de
parafina de un sereno—, pero ya no. A medida que la luz se extinguía, se extinguía
también Bletchley. Podría haber estado en cualquier parte.
Empezaba a ser consciente de cierta paranoia, y la noche acrecentaba sus temores.
Pasó por delante de un pub cercano al puente del ferrocarril, un complicado mausoleo
Victoriano con un rótulo grabado en letras de oro sobre la mampostería negra como si
fuera un epitafio. Oyó un piano mal afinado tocar The Londonderry Air, y por un
momento sintió ganas de entrar, tomarse una cerveza, buscar a alguien con quien
hablar. Pero luego imaginó la conversación:
«—¿Y en qué trabaja usted, amigo?
»—Oh, cosas del gobierno.
»—¿Servicio civil?
»—Comunicaciones. Nada del otro mundo. Oiga, ¿puedo invitarlo a otra ronda?
»—¿Es usted de aquí?
»—No exactamente...»
Y decidió que mejor era alejarse de desconocidos; y mucho mejor no beber ni una
gota. Mientras torcía hacia Albion Street oyó un ruido de pisadas a sus espaldas y se
volvió. La puerta del pub se había abierto, hubo un destello de música y color, y luego
la calle quedó de nuevo a oscuras.
La casa de huéspedes se hallaba a mitad de la calle, a mano derecha, y cuando casi
había llegado Jericho reparó en un coche estacionado a mano izquierda. Aflojó el paso.
Aunque se parecía mucho, no estaba seguro de que fuera el mismo coche que había
visto antes en el Park. Pero luego, cuando estaba casi a su altura, uno de los ocupantes
encendió una cerilla. Al inclinarse el conductor para tapar la lumbre con la mano,
Jericho vio en su manga las tres franjas blancas de un sargento de policía.
Entró en la casa de huéspedes y rezó para llegar hasta la escalera antes de que Mrs.
Armstrong se levantara cual guerrero nocturno para cortarle el paso en el vestíbulo.
Pero llegó tarde. Ella debió de oír la llave girando en la cerradura. Venía de la cocina
entre una nube de vapor que olía a col y menudencias. En el comedor alguien hizo
como que vomitaba y se oyeron risotadas.
—Creo que hoy no tengo apetito, Mrs. Armstrong, pero gracias —dijo Jericho con
tono de disculpa.
Ella se secó las manos en el delantal y señaló con la cabeza hacia una puerta
cerrada.
—Tiene visita.
Jericho acababa de poner un desafiante pie en el primer peldaño.
—¿Es la policía? —preguntó.
—¿Por qué habría de venir la policía aquí, Mr. Jericho? Es un caballero muy
apuesto. Lo he hecho pasar —agregó enfatizando las palabras— a la sala.
¡La sala! Abierta por las noches a todos los huéspedes de ocho a diez los días
laborables, y de la hora del té en adelante los sábados y domingos, era más seria que
un salón ducal, con su tresillo y sus antimacasares (obra de la propietaria), su lámpara
de caoba con pantalla de borlas, su hilera de jarras Toby1 (1. Recipiente para beber
cerveza en forma de hombre gordo con sombrero de tres picos. (N. del T.)
aplicadamente alineadas sobre el hogar siempre frío. ¿Qué clase de persona podía
haber ido a verla como para que le franquearan el paso a la sala?
Al principio no lo reconoció. Cabellos dorados, cara pálida y pecosa, ojos azul claro,
sonrisa ensayada. El hombre cruzó la habitación para saludarlo, la mano derecha
extendida mientras la izquierda sostenía un sombrero Anthony Edén, sobre los
hombros un abrigo de cincuenta guineas comprado en Savile Road.
—Wigram. Douglas Wigram. Del Foreign Office. Nos vimos ayer pero no fuimos
debidamente presentados.
Tomó la mano de Jericho sin fuerza y de un modo extraño, con un dedo escondido
en la palma, y Jericho tardó unos instantes en comprender que acababa de recibir un
típico saludo masón.
—¿El alojamiento, bien? Magnífica sala ésta. Magnífica. ¿No podríamos ir a otra
parte? ¿Dónde tiene usted su cuartel general? ¿Arriba?
Mrs. Armstrong aún seguía en el vestíbulo, alisándose el pelo ante el espejo
ovalado.
—Mr. Jericho sugiere que podríamos charlar arriba en su cuarto, si a usted no le
importa, Mrs. A... —No esperó respuesta—. Entonces, vamos, ¿de acuerdo?
Extendió un brazo, sin dejar de sonreír, y Jericho se vio de pronto subiendo por las
escaleras. Era como si le hubiesen robado o timado pero no atinase a saber cómo. En el
rellano cobró arrestos suficientes para volverse a decir:
—Es muy pequeño, ¿sabe?, apenas si hay espacio para sentarse.
—Oh, no se preocupe, mi querido amigo. Con tal de que sea íntimo. Adelante.
Jericho encendió la luz mortecina y se hizo a un lado para dejar entrar primero a
Wigram, quien dejó un tenue rastro de agua de colonia y cigarro puro. Jericho fijó
rápidamente la mirada en el grabado de la capilla que, como comprobó con alivio,
parecía intacto. Cerró la puerta.
—Ya veo qué quería decir —dijo Wigram, ahuecando las manos contra el cristal
para mirar por la ventana—. Es increíble la miseria que hemos de soportar, ¿verdad? Y
además una vista ferroviaria. ¡El colmo de la felicidad! —Corrió las cortinas y se
volvió hacia Jericho. Estaba limpiándose los dedos en un pañuelo con delicadeza casi
femenina—. Nos preocupa bastante... —Su sonrisa se ensanchó—. Nos preocupa
bastante una joven llamada Claire Romilly. -—Dobló el cuadrado de seda azul y lo
metió de nuevo en su bolsillo delantero—. ¿Le importa que me siente?
Se quitó el abrigo y lo dejó sobre la cama, luego pellizcó ligeramente sus elegantes
pantalones a la altura de la rodilla a fin de no estropear la raya. Se sentó en el borde
del colchón y dio unos saltos a modo de prueba. Tenía el cabello rubio; rubias también
las cejas y las pestañas, rubio el vello de las pulcras manos blancas... Jericho notó que
empezaban a entrarle picores de miedo y repugnancia.
Wigram dio unos golpecitos con la mano sobre el edredón indicando a Jericho que
se sentara.
—Hablemos —dijo. No pareció alterarse en absoluto al ver que Jericho permanecía
en pie. Se limitó a cruzar las manos sobre el regazo con aire satisfecho y añadir—:
Muy bien, entonces empecemos. Claire Romilly. Veinte años. Oficinista. Oficialmente
desaparecida desde hace... —Miró su reloj—. Doce horas. No se presentó en su turno
de mañana. En realidad, hechas las debidas averiguaciones resulta que no aparece
desde la medianoche del viernes (oh, oh, de eso hace ya casi dos días), cuando salió de
Park después del trabajo. Sola. La chica con quien vive jura que no la ha visto desde el
jueves. Su padre dice que no la ve desde antes de Navidad. Nadie, ni compañeros de
trabajo ni familiares parece tener la menor idea. Se ha esfumado. —Wigram chasqueó
los dedos—. Así de fácil. —Por primera vez había dejado de sonreír—. ¿Debo enten-
der que usted y ella eran buenos amigos?
—No la he visto desde comienzos de febrero. ¿Es por eso que hay policía fuera?
—¿Le extraña? ¿Acaso no ha estado usted intentando verla? Según la pequeña Miss
Wallace, fue usted a su casa anoche. A hurtadillas. Preguntas, preguntas. Luego, esta
mañana, ha ido a Cabaña 3; preguntas, preguntas otra vez. Llamada telefónica a su
padre. —Al advertir la expresión de sorpresa de Jericho, dijo—: Sí, sí, él nos ha
telefoneado enseguida para avisarnos de la llamada que usted le hizo. ¿No conoce a
Ed Romilly? Es un tipo encantador. Nunca ha dado todo lo que puede dar, al menos
eso dicen. Anda un poco despistado desde que murió su mujer. Dígame, Mr. Jericho,
¿a qué viene tanto interés?
—He estado un mes fuera. Yo no la he visto.
—Pero estoy seguro de que tendrá cosas mucho más importantes que hacer,
especialmente ahora, que renovar una amistad, ¿me equivoco? —El paso de un tren
expreso ahogó sus últimas palabras. La habitación vibró durante unos quince
segundos, exactamente el tiempo que duró su sonrisa. Extinguido el estrépito,
Wigram preguntó—: ¿ Le sorprendió que fueran a buscarlo a Cambridge?
—Sí. Creo que sí. Oiga, Mr. Wigram, ¿quién es usted exactamente?
—¿Se sorprendió cuando le dijeron el motivo por el cual lo necesitaban en el Park?
—No. Eso no. —Buscó la palabra—. Me impresionó.
—Le impresionó. ¿Habló alguna vez de su trabajo con esa chica?
—Claro que no.
—Claro. Pero ¿no le extraña, no le parece una coincidencia incluso siniestra, que un
día los alemanes nos dejen a dos velas en el Atlántico Norte y dos días después la
novia de un destacado criptoanalista de Cabaña 8 desaparezca del mapa, justo el
mismo día en que él regresa?
Jericho pestañeó sin querer al posar la mirada en el grabado que había sobre la
repisa.
—Ya se lo he dicho. Nunca le he hablado a Claire de mi trabajo. Hace un mes que
no la veo. Y no era mi novia.
—¿No? ¿Qué era, entonces?
¿Qué era? Buena pregunta.
—Yo sólo quería verla —dijo Jericho con tono vacilante—. Al no encontrarla
empecé a preocuparme.
—¿Tiene alguna foto de ella, más o menos reciente?
—No. De hecho, no tengo ninguna foto suya.
—¿De veras? Esto sí que es gracioso. Una chica tan guapa. ¿Y no podríamos
encontrar una? Tendremos que utilizar la copia del carnet de identidad que hay en su
ficha.
—¿Para qué la quiere?
—¿Sabe disparar un arma, Mr. Jericho?
—No le daría ni a un pato en una feria.
—Ya. Es lo que había imaginado, aunque no siempre hay que juzgar por las
apariencias. Es que el viernes por la noche se produjo un pequeño robo en la armería
del cuerpo de voluntarios de Bletchley Park. Faltan dos cosillas. Un revólver Smith
and Wesson del calibre 38 fabricado en Springfield, Massachusetts, y facilitado hará
cosa de un año por el Ministerio de Guerra, y una caja con treinta y seis balas.
Jericho no dijo nada. Wigram permaneció un rato mirándolo como quien trata de
decidir alguna cosa.
—Bueno, no hay razón para que no lo sepa. Una persona tan formal como usted.
Venga, siéntese. —Dio unos nuevos golpecitos en el edredón—. No querrá que le grite
el mayor secreto del puñetero Imperio británico desde la otra punta de su puñetera
habitación. Venga. No muerdo, se lo prometo.
De mala gana, Jericho se sentó. Wigram se inclinó y en el momento de hacerlo su
chaqueta se abrió ligeramente. Jericho captó un atisbo de cuero y bronce de cañón
contra la camisa blanca.
—¿Quiere saber quién soy? —preguntó suavemente Wigram—. Se lo diré. Soy el
hombre a quien nuestros jefes han ordenado que descubra qué se está cociendo en este
pequeño anus mundi de ustedes. —Hablaba en voz tan baja que Jericho se vio obligado
a acercar la cabeza para oír mejor—. Las campanas se han disparado, ¿me comprende?
Campanas horribles, horribles. Hace cinco días, Cabaña 6 descifró una señal del ejér-
cito alemán procedente de Oriente Medio. El general Rommel ha resultado ser un mal
perdedor. Por lo visto cree que la única razón de que no gane sus batallas es que
nosotros, como por arte de magia, siempre parecemos saber el punto exacto en que
piensa atacar. El Afrika Korps ordena repentinamente una investigación sobre
seguridad. Qué pena. Ding dong. Doce horas después el almirante Dönitz, por razones
todavía desconocidas, decide repentinamente reforzar el procedimiento de Enigma
cambiando el código meteorológico de los U-boote. Otra vez ding dong. Hoy ha sido la
Luftwaffe. Cuatro mercantes alemanes cargados de golosinas para el susodicho
general Rommel fueron «sorprendidos» por la RAF y hundidos camino de Túnez. Esta
mañana leemos que el comandante en jefe de las fuerzas alemanas en el Mediterráneo,
el mariscal de campo Kesserling en persona, exige saber si el enemigo puede haber
leído sus mensajes cifrados. —Wigram dio una palmada en las rodillas de Jericho—.
Repique de alarmas, Mr. Jericho. Un repique de alarmas que ni el día de la coronación
en la abadía de Westminster. Y en medio de todo esto, su amiga desaparece al mismo
tiempo que un flamante revólver y una caja de munición.
—¿Con quién o con qué estamos tratando exactamente? —preguntó Wigram. Había
sacado una libretita negra de piel y un portaminas de oro—. Claire Alexandra
Romilly. Nacida en Londres, 21 de diciembre de 1922. Padre: Edward Arthur
Macauley Romilly, diplomático. Madre: la honorable Alexandra Romilly, de soltera
Harvey, muerta en accidente automovilístico, en Escocia, agosto de 1929. La niña
recibe educación privada en el extranjero. Destinos del padre: Bucarest, de 1928 a 1931;
Berlín, de 1931 a 1934; Washington, de 1934 a 1938. Un año en Atenas, y regreso a
Londres. La chica queda en una lujosa escuela para señoritas de Ginebra. Regresa a
Londres con diecisiete años al estallar la guerra. Principal ocupación durante los tres
años siguientes, hasta donde se puede saber: pasarlo bien. —Wigram se lamió el dedo
y pasó la página—. Trabaja en defensa civil como voluntaria. Nada que haga sudar
tinta. Julio de 1941: traductora en el Ministerio de Guerra Económica. Agosto del
cuarenta y dos: solicita un puesto como oficinista en el Foreign Office. Buenos
idiomas. Recomendada para un puesto en Bletchley Park. Ver carta adjunta del padre,
bla, bla, bla. Entrevistada el 10 de septiembre. Aceptada, empieza a trabajar a la
semana siguiente. —Wigram siguió pasando páginas—. Eso es todo. No es lo que
llamaríamos un riguroso proceso de selección, ¿verdad? Claro que ella procede de una
familia de alto copete. Y papá trabaja en la oficina central. Y además estamos en
guerra. ¿Quiere añadir alguna cosa al informe? —No creo que pueda.
—¿Cómo la conoció?
Durante los siguientes diez minutos Jericho estuvo respondiendo a las preguntas de
Wigram. Lo hizo con prudencia y —en general— con sinceridad. Cuando mentía era
únicamente por omisión. En su primera cita habían ido a un concierto. Después habían
salido algunas veces por la tarde. Habían visto una película. ¿Cuál? Sangre, sudor y
lágrimas.
—¿Le gustó?
—Sí.
—Se lo diré a Noel Coward.
Ella nunca hablaba de política, de trabajo ni de sus amistades.
—¿Se acostó con ella?
—Métase en sus asuntos.
—Lo anotaré como un sí.
Más preguntas. No, él no había notado nada raro en su comportamiento. No, ella
no se había mostrado nerviosa, tensa, reservada, melancólica, agresiva, callada,
preguntona, deprimida o eufórica —no, ninguna de esas cosas— y al final no habían
reñido. ¿En serio? Sí. Entonces, ¿qué...?
—No lo sé. Cada cual fue por su lado.
—¿Salía con alguien más?
—Es probable. No lo sé.
—Es probable. No lo sabe. —Wigram sacudió la cabeza, incrédulo—. Hábleme de
anoche.
—Fui en bicicleta hasta su casa.
—¿A qué hora?
—Serían las diez o las diez y media. Ella no estaba. Hablé un rato con Miss
Wallace. Luego volví a casa.
—Mrs. Armstrong dice que no lo oyó llegar hasta las dos de esta madrugada.
«Y eso que pasé de puntillas por delante de su habitación», pensó Jericho.
—Creo que di una vuelta en bici.
—Ya lo creo. En plena helada. A oscuras. Debió de andar unas tres horas en
bicicleta.
Wigram examinó sus notas y se tocó la nariz.
—Aquí falla algo, Mr. Jericho. No puedo meter la mano en el fuego, pero está claro
que algo falla. Por ahora. —Cerró su libreta y sonrió con aire tranquilizador—. Ya
habrá tiempo de volver sobre ello, ¿no? —Puso la mano sobre la rodilla de Jericho y se
levantó—. Primero hay que cazar al conejo. Usted no tiene idea de dónde puede estar,
imagino. ¿Se le ocurre alguna posible guarida? —Miró a Jericho, que tenía la vista fija
en el suelo—. ¿No? No. Piensa que no.
Cuando Jericho creyó que podía arriesgarse a levantar la vista, Wigram se había
echado su hermoso abrigo sobre los hombros y estaba ocupado en retirar de la solapa
unas diminutas pelusillas.
—Podría tratarse de una coincidencia —dijo Jericho—. ¿No se da cuenta? Verá,
Dönitz parece haber recelado siempre de Enigma. Es por eso que equipó sus
submarinos con Tiburón.
—Por supuesto —dijo Wigram alegremente—. Pero veámoslo de otra manera.
Vamos a imaginar que a los alemanes les llega realmente un chivatazo de lo que se
hace aquí. ¿Cuál sería su siguiente paso? Lógicamente no iban a destrozar cien mil
máquinas Enigma de la noche a la mañana, ¿verdad? ¿Y qué pasaría con esos expertos
que tienen, los que siempre han dicho que Enigma es imposible de descifrar? No creo
que cambien de opinión sin presentar batalla. No. Empezarían a analizar hasta el
menor incidente sospechoso. Y mientras tanto tratarían de buscar pruebas
concluyentes. Mejor aún, a una persona con pruebas documentales. Cielos, las hay a
montones. Aquí mismo se cuentan por millares, gente que sabe toda la historia, o sólo
un trocito, o lo suficiente para sumar dos y dos. ¿Y qué clase de gente es? —Sacó de su
bolsillo interior una hoja de papel y la desplegó—. Aquí tengo la lista que pedí ayer.
Once personas de la sección naval sabían de la importancia de la tabla de clave meteo-
rológica. Nombres, algunos, bastante raros, a poco que uno se detenga a pensarlo. A
Skynner podemos excluirlo, supongo. En cuanto a Logie... parece bastante sensato.
Pero ¿y Baxter? Baxter es comunista, ¿no?
—No le será difícil comprobar que los comunistas no tienen demasiado tiempo
para pensar en los nazis. Por lo general.
—¿Qué me dice de Pukowski?
—Puck perdió a su padre y a su hermano cuando la invasión de Polonia. Detesta a
los alemanes...
—Entonces el americano. Kramer. ¿Kramer? Es un inmigrante alemán de segunda
generación, ¿lo sabía usted?
—Kramer también ha perdido a un hermano en la guerra. Mire, Mr. Wigram, esto
es ridículo...
—Atwood. Pinker. Kingcome. Proudfoot. De Brooke. Usted... ¿Quién es usted
exactamente? —Wigram echó un vistazo al cuarto con aversión: las cortinas a rayas, el
armario destartalado, la cama incómoda. Luego, por primera vez, pareció reparar en
el grabado que había sobre la repisa de la chimenea—. Bueno, el que uno haya estado
en el King's College...
Cogió el cuadro y lo sostuvo inclinado bajo la lámpara. Jericho miraba traspuesto a
Wigram.
—E. M. Forster —dijo Wigram pensativo—. Creo que sigue en el King's, ¿no es
cierto?
—Eso creo.
—¿Lo conoce?
—Sólo de vista.
—¿Cómo era aquella frase de un ensayo suyo, lo de escoger entre el amigo y el
país?
—«Odio la noción de causa, y si me viese obligado a escoger entre traicionar a mi
país o traicionar a un amigo, confío en que tuviera arrestos suficientes para traicionar
a mi país.» Pero eso lo escribió antes de la guerra.
Wigram quitó de un soplo un poco de polvo que había en el marco y dejó el
grabado encima de los libros de Jericho.
—Eso mismo espero yo —dijo, retrocediendo para contemplar el grabado. Se volvió
hacia Jericho y sonrió—. Eso mismo espero yo. Es la puñetera verdad.
Después de que Wigram se hubo marchado, a Jericho le llevó unos minutos poder
moverse.
Se tumbó en la cama —sin quitarse la bufanda ni el abrigo— y escuchó atentamente
los sonidos de la casa. Un luctuoso cuarteto de cuerda que la BBC juzgaba entretenido
para la noche del domingo sonaba en la planta baja. Pasos en el rellano. Luego una
conversación en voz queda que culminó en un ataque de risa femenina —debía de ser
Miss Jobey—. Una puerta que se cerraba. Sobre la cabeza, la cisterna vaciándose y
llenándose otra vez. Y después el silencio.
Cuando al cabo de un cuarto de hora por fin decidió moverse, sus actos adoptaron
una premura frenética y descontrolada. Acercó la silla a la puerta y la inclinó contra la
hoja endeble. Cogió el grabado y lo puso boca abajo sobre la alfombra raída, retiró las
chinchetas, enrolló los mensajes y los llevó a la chimenea. Encima del pequeño cubo
de carbón había una caja con dos cerillas. La primera estaba húmeda y le fue
imposible encenderla, pero la segunda sí, por los pelos; Jericho la inclinó para
asegurarse de que la llama amarillenta tomara cuerpo, y a continuación la aplicó a la
parte inferior de los criptogramas. Esperó, mientras éstos se arrugaban y ennegrecían,
hasta que el dolor lo obligó a soltar los papeles, que finalmente se desintegraron sobre
la parrilla del hogar en minúsculos copos de ceniza.
V
CRIBA
Aquel lápiz de labios de tiempos de guerra estaba duro y ceroso; era como tratar de
colorearse los labios con una vela de Navidad. Cuando Hester Wallace, tras varios
minutos de mucho frotar, volvió a ajustarse las gafas, se miró en el espejo con
aversión. Maquillarse nunca había representado gran cosa en su vida, ni siquiera antes
de la guerra, cuando las tiendas ofrecían muchos cosméticos. Pero ahora que no había
de nada, los extremos a que uno se veía obligado a llegar eran realmente ridículos.
Sabía de compañeras suyas que se fabricaban pintalabios con raíz de remolacha y lo
fijaban con un poquito de vaselina. Otras utilizaban betún y corcho quemado a modo
de rímel, y envolturas de margarina como suavizante para la piel; que se
espolvoreaban bicarbonato en las axilas para disimular el sudor... Formó con sus
labios un arco de Cupido y volvió rápidamente a la mueca inicial. Sí, realmente era de
lo más ridículo.
La escasez de cosméticos parecía haber alcanzado incluso a Claire. Pese a la
profusión de frascos y botes que había en su tocador —Max Factor, Coty, Elizabeth
Arden: cada nombre un perfumado recordatorio del glamour anterior a la guerra—, la
mayor parte de ellos, una vez inspeccionados a conciencia, resultó estar vacía. Sólo un
rastro de fragancia. Hester los olfateó por turnos y su mente se llenó de imágenes de
lujo: vestidos de raso de Worth of London y trajes de atrevido escote, fuegos de
artificio en Versalles y el baile de verano de la duquesa de Westminster, y otra docena
de maravillosas tonterías que Claire le había comentado en ocasiones. Finalmente
encontró un tarro medio lleno de rímel y un frasquito con tapón de cristal que
contenía dos dedos de unos polvos bastante aterronados, y puso manos a la obra.
No le daba remordimientos usar todo aquello. ¿Acaso Claire no le decía siempre
que lo hiciera? Según su peculiar filosofía maquillarse era divertido, hacía que una se
sintiese bien consigo misma y, además, «si hay que hacerlo, querida, se hace y ya
está». Muy bien. Hester aplicó rubor en las pálidas mejillas. Si era eso lo que había que
hacer para convencer al maldito Miles Mermagen de que aprobara un traslado, eso era
lo que el maldito Miles iba a tener.
Consideró su reflejo sin entusiasmo y luego guardó todas las cosas es su sitio y bajó
a la planta baja. La sala de estar estaba recién barrida. Sobre la chimenea había un
jarrón con narcisos. El fuego estaba encendido. La cocina lucía inmaculada. Por la
tarde había preparado una tarta de zanahoria —una ración para cada una— con
ingredientes que ella misma había cultivado en el pequeño huerto que había al salir de
la cocina. Puso un plato para Claire y dejó una nota diciéndole dónde estaba la tarta e
instrucciones sobre cómo calentarla. Dudó por un instante y añadió al pie:
«Bienvenida a casa, ¡dondequiera que hayas estado! Besos, H.» Esperó no parecer
demasiado quisquillosa ni fisgona; no quería hacer el papel de madre.
«ADU, Miss Wallace...»
Claire volvería, desde luego que sí. No había que dejarse llevar por un pánico
estúpido, demasiado absurdo para decirlo con palabras.
Hester se sentó en una de las butacas y la esperó hasta las doce menos cuarto,
momento en que ya no quiso retrasarlo por más tiempo.
Mientras su bicicleta daba saltos por la vereda hacia el camino vecinal asustó a una
lechuza que alzó vuelo en silencio, cual fantasma a la luz de la luna.
En cierto modo la culpa era de Miss Smallbone. Si Angela Smallbone no hubiera
comentado en el salón del colegio que el Daily Telegraph estaba haciendo un concurso
de crucigramas, la vida de Hester Wallace habría continuado sin que nada la
perturbase. La suya no era una vida particularmente emocionante, sino una existencia
plácida y provinciana en aquel remoto y estrafalario colegio de señoritas cerca de
Beaminster, en Dorset, a unos quince kilómetros de donde Hester se había criado. Y
tampoco era una vida que la guerra hubiese alterado mucho, salvo por las caras ajadas
de los niños evacuados de las granjas cercanas, el alambre de espino que cerraba la
playa cerca de Lyme Regis, y la escasez crónica de personal docente, una escasez que
significó que al inicio del primer trimestre del curso 1942-1943 Hester tuviese que
enseñar, además de teología (su asignatura usual), inglés y hasta un poco de latín y
griego.
A Hester se le daban muy bien los crucigramas, y cuando aquella noche Angela
leyó en voz alta que el premio era de veinte libras... bueno, pensó, ¿por qué no? El
primer escollo, un crucigrama anormalmente difícil que salió en el periódico del día
siguiente, lo salvó con facilidad. Les envió la solución y casi a vuelta de correo le llegó
una carta invitándola a la final, que se celebraría en la cafetería del Telegraph, quince
días después, un sábado. Angela accedió a ocuparse del hockey, Hester tomó el tren
de Crewkerne a Londres, concurrió junto a otros cincuenta finalistas... y ganó. Le
bastaron tres minutos y veintidós segundos para terminar el crucigrama, y Lord
Camrose en persona le hizo entrega del cheque. Hester dio cinco libras a su padre
para ayudarlo a restaurar el templo, invirtió siete más en un abrigo nuevo (en
realidad, de segunda mano, pero estaba como nuevo), y el resto lo ingresó en su
cuenta de ahorro de la Caja Postal.
El jueves le llegó una segunda carta, muy distinta de la primera. Correo certificado,
sobre largo de color beige. Al servicio de Su Majestad.
Nunca llegaría a saberlo con certeza. ¿Acaso el Telegraph había organizado el
concurso a instancias del Ministerio de Guerra como una manera de rastrear el país en
busca de hombres y mujeres con aptitudes para resolver crucigramas? ¿O tal vez una
lumbrera del propio ministerio había visto el resultado del concurso y había pedido al
Telegraph la lista de los finalistas? Fuera cual fuere la verdad, cinco de entre los más
aptos fueron citados para una entrevista en un triste bloque de oficinas Victoriano en
la orilla mala del Támesis, y tres de ellos recibieron orden de presentarse en Bletchley
El colegio no quería dejarla marchar. Su madre había llorado. A su padre no le
había gustado nada la idea —del mismo modo que no le gustaba ningún cambio—, y
durante días estuvo lleno de malos presagios («No regresa después a su casa, su
morada ya no la conoce», Job 7, 10). Pero la ley era la ley. Hester tenía que ir. Además,
pensaba, había cumplido veintiocho años. ¿Estaba condenada a vivir el resto de su
vida en el mismo sitio, metida en aquel soporífero mundo de prados pequeños y
aldeas de melita? Tenía ante sí la oportunidad de huir. De la entrevista había sacado
indicios suficientes para adivinar que el trabajo consistí-ría en descifrar códigos, y su
fantasía le hablaba de tranquilas bibliotecas llenas de libros, del aire puro y limpio de
lo intelectual.
Un lluvioso lunes por la mañana llegó a la estación de Bletchley con su abrigo de
segunda mano y la llevaron en una furgoneta directamente a la mansión, donde le
entregaron una copia del Acta de Secretos Oficiales para que la firmara. El oficial del
ejército que los reclutó puso su pistola sobre la mesa y les dijo que si alguno de ellos
soltaba una sola palabra de lo que estaba a punto de decirles, no dudaría en utilizar el
arma. Personalmente. Luego se les asignó un puesto. Los dos finalistas varones
engrosaron las filas de los criptoanalistas, en tanto que ella, la mujer que los había
derrotado, fue enviada a la sala de control, un verdadero manicomio.
«Tome este impreso de aquí, y en la primera columna anote el nombre en clave de
la estación de interceptación. No se preocupe, querida, se acostumbrará muy pronto. Y
ahí, ¿ve?, ponga la hora de interceptación, ahí la frecuencia, ahí la señal de llamada,
ahí el número de grupos de letras...»
Sus fantasías se convirtieron en polvo. No era más que una oficinista con
pretensiones, la sala de control un embudo con pretensiones entre los puestos de in-
terceptación y los criptoanalistas por el cual se vertía el incesante volumen de
producción de unas cuarenta mil señales de llamada diferentes, utilizando más de
sesenta claves Enigma claramente identificadas.
—Aviación alemana, de acuerdo, son normalmente insectos o flores. Por ejemplo,
Cucaracha, es la clave Enigma para los cazas con base en Francia. Libélula es la
Luftwaffe en Túnez. Langosta es la Luftwaffe en Sicilia. Hay una docena de éstos. Las
flores son la Luftgau; Dedalera, frente oriental; Clivia, frente occidental; Narciso,
Noruega. Las aves son para el ejército alemán. Pinzón y Fénix son Panzerarmee
Afrika. Cernícalo y Buitre, frente ruso. Dieciséis pajarillos. Luego están Ajo, Cebolla,
Pepino... todas las hortalizas son para Enigmas meteorológicos. Esto va directamente a
Cabaña 10. ¿Entendido?
—¿Qué son Mofeta y Puerco espín?
—Mofeta es Fliegerkorps VIII, frente oriental. Puerco espín es cooperación tierra-
aire, Rusia meridional.
—¿Y por qué no son también insectos?
—Vaya usted a saber.
A las gráficas que tenían que rellenar se las llamaba «pañuelos», el archivador para
cosas varias se conocía como el Titicaca («un lago andino alimentado por muchos ríos
—dijo ostentosamente Mermagen—, pero sin desagüe»). Los hombres se daban unos a
otros nombres estúpidos —el Zebra-Unicornio, el Tortuga Burlona— en tanto que en
la sala de máquinas las chicas suspiraban extasiadas por los criptoanalistas más
guapos. Aquel invierno, mientras compilaba sus interminables listas en la gélida
cabaña, Hester tuvo la impresión de que la Alemania nazi era sólo una llanura sin fin,
con miles de lucecitas aisladas que parpadeaban en medio de la negrura.
Curiosamente, pensaba, en cierto modo todo aquello quedaba tan lejos de la guerra
como los prados y los graneros de paja de su Dorset natal.
Estacionó la bicicleta en el cobertizo que había al lado de la cantina y dejó que el río
de trabajadores la condujese hasta la entrada de Cabaña 6. La sala de control estaba ya
en pleno alboroto, con Mermagen pavoneándose entre las mesas, dándose de cabeza
contra las pantallas bajas que lanzaban charcos de luz amarilla en todas direcciones.
La Cuarta División Panzer estaba informando de su reconquista de Jarkov a los rusos,
y las bobas de Cabaña 3 pedían que todas las frecuencias del sector meridional, frente
oriental, fueran inmediatamente dobladas.
—Hester, Hester, por fin. Hazme el favor, ¿quieres hablar con Chicksands a ver qué
pueden hacer? Y ya que estás en eso, la sala de máquinas cree que hay un texto
erróneo en la última hornada de Cernícalo; la operadora necesita verificar sus notas y
volver a enviar. Ah, y al índice le convendría que alguien lo organizara un poco.
Todo eso antes de que ella se hubiera quitado el abrigo.
Habían dado las dos cuando pudo disponer de un breve respiro para salir y hablar
en privado con Mermagen. Estaba en su pequeñísimo despacho, con los pies apoyados
sobre el escritorio, estudiando unos papeles con los ojos entrecerrados y una pose de
duro que ella imaginó habría copiado de algún actor de cine.
—Quería hablar un momento contigo, Miles.
Miles. Hester encontraba esa insistencia en los nombres de pila un fastidioso
amaneramiento, pero la informalidad era una regla muy severa, parte esencial del
genio de Bletchley: «Nosotros, civiles aficionados, los derrotaremos a ellos, los
disciplinados hunos.»
Mermagen siguió examinando sus papeles.
Ella golpeó el suelo con un pie.
—¿Miles?
—Tienes toda mi escindida atención.
—Respecto a mi solicitud de traslado...
Mermagen gruñó y examinó una nueva página.
—No empieces otra vez con eso.
—He estado aprendiendo alemán...
—Qué coraje el tuyo.
—Dijiste que sin saber alemán era imposible ningún traslado.
—Sí, pero no dije que sabiéndolo el traslado fuera más probable —replicó
Mermagen—. Bueno, maldita sea, entra de una vez. —Suspiró, apartó sus papeles y le
hizo señas de que pasara. Alguien debía de haberle dicho que aquella crema para el
cutis hacía que pareciese más enérgico. Su aceitoso pelo negro, peinado hacia atrás,
relucía como una gorra de nadador. Estaba tratando de dejarse un bigote a lo Clark
Gable, pero le quedaba demasiado largo por el lado izquierdo—. Los traslados de
personal de una sección a otra, como ya te dije, son extraordinariamente raros. Hay
que pensar en la seguridad.
«Pensar en la seguridad», con esa excusa debía él de rechazar los créditos antes de
la guerra. De pronto la miró fijamente y ella se dio cuenta de que había reparado en su
maquillaje. No habría sido mayor su sobresalto si se hubiera pintarrajeado con glasto.
Su voz pareció descender una octava.
—Mira, Hester, lo último que quisiera es hacerte la vida imposible. Lo que necesitas
es cambiar de aires un par de días. —Se tocó el bigote y esbozó una sonrisa, como si le
hubiera sorprendido encontrarlo todavía allí—. ¿Por qué no subes a echar un vistazo a
una de las estaciones de interceptación, a ver cómo encajarías allí? Sí —añadió—, a mí
también me vendría bien un cambio. Podemos ir juntos, si quieres.
—¿Juntos? Sí... por qué no. Y de paso buscamos un pub donde parar a almorzar, ¿de
acuerdo?
—Estupendo.
—Podemos buscar uno que tenga habitaciones, y así si se nos hace tarde podemos
pasar la noche.
Mermagen rió nerviosamente.
—Eso no te garantiza el traslado, ¿sabes?
—Pero a lo mejor ayuda.
—Tú lo has dicho.
—Oye, Miles.
—¿Mmmmm?
—Antes muerta.
—Zorra y encima frígida.
Llenó el lavabo de agua fría y se remojó la cara con furia. El agua helada le
entumeció las manos y le escoció en la cara. Se le coló por las mangas y el cuello de la
blusa. La impresión la confortó, de tan desagradable. Se lo merecía como penitencia
por su absurdo error.
Apretó el vientre plano contra el borde del lavabo y miró con sus ojos de miope el
rostro blanquísimo en el espejo.
Era inútil lamentarse, naturalmente. Era su palabra contra la de él. A ella nunca la
creerían. Y aun en ese caso, ¿qué? Así funcionaba el mundo. Miles podía acorralarla en
el maldito lago Titicaca si le daba la gana, meterle mano bajo la blusa, pero ni así la
dejarían marchar; a nadie que hubiera visto lo que ella había visto se le permitiría
marcharse.
Sintió un escozor de autocompasión en los rabillos del ojo e inmediatamente
agachó la cabeza una vez más y se remojó la cara, frotándose las mejillas y la boca con
un trocito de jabón hasta que los polvos dejaron el agua de color rosa.
«Ojalá pudiera hablar con Claire», pensó.
«ADU, Miss Wallace...»
Alguien tiró de la cadena en el cubículo que tenía detrás. Rápidamente retiró el
tapón del lavabo y se secó las manos y la cara.
Nombre de la estación, hora de interceptación, frecuencia, señal de llamada, grupos
de letras... Nombre de la estación, hora de interceptación, frecuencia, señal de
llamada, grupos de letras...
La mano de Hester se movía mecánicamente sobre el papel.
A las cuatro la primera mitad del turno de noche empezó a desfilar hacia la cantina.
—¿Te vienes, Hetty?
—No, tengo demasiado que hacer. Ya te alcanzaré.
—¡Pobrecita!
Hester hincó los codos en la mesa y continuó escribiendo con su pulcra caligrafía de
maestra. Vio cómo las otras se ponían sus abrigos e iban saliendo con un repiquetear
de zapatos sobre el suelo de madera. Ah, pero qué graciosa había estado Claire
hablando de ellas. Una de las cosas que a Hester más le gustaban era el modo en que
Claire imitaba a todo el mundo: Anthea Leigh-Delamere, la cazadora, que solía
presentarse en pantalones de montar; Binnie, la de piel de cera, que quería hacerse
misionera; la muchacha de Solihull, que sostenía el auricular a más de un palmo de la
boca porque su madre le había dicho que estaba lleno de gérmenes... Que Hester
supiera, Claire ni siquiera había conocido a Miles Mermagen, pero era capaz de
imitarlo a la perfección. El horrible ambiente de Bletchley había sido para ellas un
chiste privado, su conjura a dúo contra el aburrimiento.
La puerta exterior se abrió para dejar paso a una repentina ráfaga de aire glacial.
Los «pañuelos» palpitaron y aletearon en el frío.
«Pesadez. Aburrimiento.» Las palabras favoritas de Claire. El Park era una
pesadez. La guerra era una pesadez. La ciudad era un terrorífico aburrimiento. Pero
no había nada más aburrido que los hombres. Los hombres —Santo Dios, ¿qué rastro
no debía de despedir esa Claire?—, siempre había al menos dos o tres rondándola
como gatos en celo. Y cómo se burlaba de ellos en aquellas preciosas tardes en que se
quedaban las dos solas, sentadas cómodamente junto al fuego como un matrimonio
mayor. Claire se mofaba de sus torpes manoseos, de su conversación sensiblera, de su
ridícula presunción. Ahora que lo pensaba, el único hombre del que Claire nunca se
burlaba era aquel extraño Mr. Jericho, del que jamás hablaba.
«ADU, Miss Wallace...»
Ahora que había tomado la decisión de hacerlo —¿no había sabido siempre, en
secreto, que iba a hacerlo?— estaba asombrada de sentirse tan serena. Sólo sería una
miradita, se decía, ¿qué había de malo en ello? Tenía incluso preparada la excusa del
índice, pues ¿no le había dicho el bruto de Miles delante de todas que se asegurase de
que los tomos estuviesen en perfecto orden?
Terminó el pañuelo y lo colocó en la estantería. Se forzó a esperar un tiempo
prudencial mientras fingía examinar el trabajo de los demás, y luego se dirigió con la
mayor naturalidad de que fue capaz hacia la sala de índice.
Era otra mañana fría y despejada. Sólo hacía tres días que Jericho estaba en el
Commercial Guesthouse, pero aquella vista ya había adquirido una familiaridad
fatigosa. Primero estaba el largo y estrecho jardín (patio de cemento con ropa tendida,
huerto, refugio antiaéreo) que terminaba setenta metros más allá en un páramo de
hierbajos y una cerca destartalada y podrida. Luego había una pendiente que no podía
verse desde la ventana, y después una vasta extensión de vías férreas, más de una
docena, que conducían la vista, por fin, hacia la atracción principal: una enorme y
victoriana cochera con la inscripción LONDON MIDLAND & SCOTTISH RAILWAYS en letras
blancas, apenas visible bajo la mugre.
Menuda perspectiva; era de aquellos días en que uno trataba de pasar sin otro
propósito que llegar intacto al final. Miró su despertador. Eran las siete y cuarto. En el
Atlántico Norte sería de noche durante unas cuatro horas más. Según sus cálculos no
tenía nada que hacer hasta —como muy temprano— la medianoche, hora británica,
cuando los primeros integrantes del convoy entraran en la zona de peligro. No había
nada que hacer salvo ir a la cabaña, esperar y meditar.
En tres ocasiones a lo largo de la noche Jericho había decidido ir a buscar a Wigram
y confesarlo todo; en la última incluso había llegado a ponerse el abrigo. Pero
finalmente su buen criterio prevaleció. Por un lado, sí, su deber era decirle a Wigram
todo lo que sabía; por otro, no, lo que sabía no iba a influir en la tarea de encontrar a
Claire. ¿Para qué traicionarla, entonces? Las dos ecuaciones se autoeliminaban. Al alba
se había rendido con gusto a la vieja inercia, resultado de ver siempre ambas caras de
la moneda.
Y, de todos modos, ¿seguro que no se trataba de un horrible error, de una broma
que hubiera salido mal? Habían pasado once horas desde su conversación con
Wigram. Tal vez ya la hubiesen encontrado. Seguramente habría aparecido en su casa
o en la cabaña, los ojos como platos y preguntando: «Pero queridos, ¿a qué venía tanto
escándalo ?»
Estaba a punto de retirarse de la ventana cuando le llamó la atención algo que se
movía al fondo de la cochera. ¿Sería un animal grande, o un hombre corpulento
puesto a gatas ? Forzó la vista a través del tiznado cristal, pero la cosa estaba
demasiado lejos para distinguirla con claridad, de modo que fue por su telescopio, que
guardaba en la parte baja del armario. La guillotina de la ventana estaba atascada,
pero unos cuantos golpes con el pulpejo de la mano bastaron para levantarla quince
centímetros. Se arrodilló y apoyó el telescopio en el alféizar. Al principio no veía nada
que enfocar entre el mareante entrecruzamiento de rieles, pero de pronto lo vio
perfectamente: un perro alsaciano grande como un ternero, olisqueando bajo las
ruedas de un vagón de mercancías. Jericho desplazó ligeramente el telescopio hacia la
izquierda y allí estaba el policía con un abrigo que le llegaba más abajo de las rodillas.
Dos policías, en realidad, y un segundo perro atado a su correa.
Durante varios minutos estuvo observando cómo registraban el tren vacío. Luego
se separaron, un hombre y un perro siguieron buscando hacia arriba, en tanto que el
otro hombre y el otro perro se perdieron de vista en dirección a las casitas ferroviarias
que había enfrente. Jericho cerró el telescopio.
Cuatro hombres y dos perros para la cochera. Pongamos dos equipos más para
cubrir los andenes. ¿Cuántos en toda la ciudad? ¿Veinte? ¿Y en los alrededores?
«¿Tiene alguna foto reciente de ella?»
Acercó la mejilla al telescopio.
Debían de estar vigilando todos los puertos y estaciones del país.
¿Qué harían si la atrapaban?
¿Colgarla?
«Vamos, Jericho. —Casi podía oír junto a él la voz de su profesor en el internado—.
Animo, muchacho.»
Había que consumir el tiempo.
Lavarse. Afeitarse. Vestirse. Hacer un paquete con la ropa sucia y dejarlo en la
cama para Mrs. Armstrong, con más fe que esperanza. Ir abajo. Esforzarse por
mostrarse cortés y conversador. Escuchar uno de los interminables chistes verdes de
Bonnyman. Ser presentado a otros dos inquilinos: Miss Quince, bastante guapa,
teleprincesa de la sección naval, y Noakes, antiguo experto en epopeyas del alto
alemán medio y ahora criptoanalista en la sección meteorológica, de la que poco se
sabía desde 1940: entonces y ahora, un individuo hosco. Evitar cualquier otra
conversación. Masticar tostadas más duras que el cartón. Beber un té tan gris y aguado
como el cielo en febrero. Escuchar a medias las noticias: «Radio Moscú informa que el
Tercer Ejército ruso al mando del general Vatutin está llevando a cabo una enérgica
defensa de Jarkov frente a la nueva ofensiva alemana...»
A las ocho menos diez entró Mrs. Armstrong con el correo de la mañana. Nada
para Mr. Bonnyman (quien dijo: «Menos mal»), dos cartas para Miss Jobey, una postal
para Miss Quince, una factura de la librería Heffers para Mr. Noakes y nada de nada
para Mr. Jericho... oh, excepto esto, que ella había encontrado al bajar y que alguien
debió de pasar por debajo de la puerta durante la noche.
Jericho lo cogió con cuidado. El sobre era de mala calidad, como todas las cosas
oficiales, y su nombre estaba escrito en tinta azul con el añadido «Entregar a mano.
Estrictamente personal» al pie del sobre y con doble subrayado. Las e mayúsculas
estaban escritas en la forma griega. ¿Un corresponsal nocturno especializado en
lenguas clásicas?
Se llevó el sobre al vestíbulo para abrirlo. Mrs. Armstrong le iba pisando los
talones.
Cabaña 6
4.45 A.M.
Querido Mr. Jericho:
Dado el gran interés expresado ayer por usted respecto de las figurillas
medievales de alabastro, me preguntaba si le apetecería vernos en el
mismo sitio a las ocho de la mañana para visitar la tumba de Lord Grey de
Wilton (del siglo XIV y una verdadera maravilla).
Atentamente,
H.A.W.
—¿Malas noticias, Mr. Jericho? —preguntó Mrs. Armstrong, sin poder disimular
una nota de esperanza en su voz.
Pero Jericho ya había ido por su abrigo y estaba saliendo por la puerta.
Pese a que echó a andar colina arriba a paso vivo, llevaba cinco minutos de retraso
cuando pasó por delante del monumento de granito a los caídos en la guerra. Como en
el cementerio no vio rastro de ella ni de nadie más, probó con la puerta de la iglesia. Al
principio le pareció que estaba cerrada. Necesitó las dos manos para hacer girar la
oxidada argolla de hierro. Apoyó el hombro contra la hoja de roble curtido por la
intemperie y la puerta cedió.
Por dentro la iglesia era como una gruta, fría y oscura, atravesadas las sombras por
rayos de una polvorienta luz azul pizarra tan sólidos que parecían losas apoyadas en
los ventanales. Hacía años que no estaba en una iglesia, y el escalofriante hedor a cera,
humedad e incienso le trajo a la memoria recuerdos de su infancia. Entonces le pareció
divisar la forma de una cabeza en uno de los bancos próximos al altar, y se dirigió ha-
cia allí.
—¿Miss Wallace?
Su voz sonó hueca y como si recorriera una gran distancia. Pero al aproximarse vio
que no era una cabeza sino el hábito de un sacerdote, pulcramente colocado sobre el
respaldo del banco. Siguió andando por la nave en dirección al altar recubierto de
madera. A la izquierda había un ataúd de piedra con una inscripción; al lado del
mismo, la lisa y blanca efigie de Ricardo, Lord Grey de Wilton, muerto haría unos
quinientos años, yacente con la armadura al completo, la cabeza apoyada en el yelmo,
los pies sobre el lomo de un león.
—La armadura es muy interesante. Claro que en el siglo XV la guerra era la
máxima ocupación para un caballero.
Jericho no sabía de dónde provenía la voz. Cuando se volvió, ella estaba allí, sin
más, a unos tres metros de él.
—Y tengo entendido que la cara también es excelente, aunque no excepcional. No
lo habrán seguido, supongo.
—Oh, no, no lo creo.
Miss Wallace avanzó unos pasos. Su cutis ceniciento y sus blancos dedos ahusados
podrían haber sido también los de una efigie de alabastro apeada del cenotafio de
Lord Grey.
—Supongo que se habrá fijado en las armas reales sobre la puerta del lado norte.
—¿ Cuánto rato lleva aquí?
—El escudo de la reina Ana, pero, curiosamente, también el de los Estuardo. El
escudo de Escocia no fue añadido hasta 1707. Eso sí que es raro. Hará unos diez
minutos. En el instante en que yo llegaba la policía se iba. —Levantó una mano—.
¿Puede devolverme la nota que le dejé?
Al advertir que él vacilaba le tendió la mano de nuevo, en esta ocasión de modo
más enfático.
—Por favor, la nota, tenga la amabilidad. Preferiría no dejar ningún rastro. Gracias.
—La cogió y se la guardó en el fondo de su voluminoso maletín. Le temblaban tanto
las manos que le costó asegurar el cierre—. Por cierto, no hace falta hablar en susurros.
Estamos solos. Sin contar a Dios. Y se supone que Él está de nuestra parte.
Jericho sabía que lo mejor era esperar y dejar que ella lo soltara a su tiempo, pero
no pudo contenerse.
—¿Lo ha verificado? —preguntó—. ¿Esa señal de llamada...?
Ella consiguió finalmente cerrar el maletín.
—Sí —respondió—. Lo he verificado.
—¿Es del ejército o de la Luftwaffe?
Ella levantó un dedo y dijo:
—Paciencia, Mr. Jericho. Paciencia. Antes necesito que me dé cierta información, si
no le importa. Podríamos empezar por lo que le hizo escoger precisamente esas tres
letras.
—Es mejor que no lo sepa, Miss Wallace. Créame.
Ella levantó los ojos al cielo.
—Que Dios me asista; otro más.
—¿Cómo dice?
—Parece que doy vueltas en círculo, Mr. Jericho, de un macho paternalista a otro;
siempre están diciéndome lo que soy y lo que no debería saber. Bien, por ahí no paso.
—Señaló con un dedo el suelo de lajas.
—Miss Wallace —dijo Jericho con el mismo tono frío y ceremonial—, he acudido a
su llamada. No me interesan las figuras de alabastro, sean medievales, victorianas o de
la China antigua. Si no tiene más que decirme, que pase un buen día.
—Entonces, buenos días.
—Buenos días.
Si Jericho hubiera llevado sombrero se lo habría levantado.
Se volvió y retrocedió por la nave en dirección a la salida. «Eres tonto —dijo una
voz en su interior—. Tonto y engreído.» A medio camino había aminorado el paso y al
llegar a la pila bautismal se detuvo y dejó caer los hombros.
—Jaque mate, Mr. Jericho —dijo ella en voz alta desde el altar, con tono de triunfo.
—ADU era la señal de llamada de una serie de cuatro mensajes interceptados que
nuestra... común amiga... robó de Cabaña 3. —La voz de Jericho dejaba traslucir
cansancio.
—¿Cómo sabe que los robó?
—Estaban escondidos en su dormitorio. Debajo de las tablas del suelo. Que yo
sepa, nadie nos anima a que nos llevemos trabajo a casa.
—¿Dónde están los mensajes?
—Los he quemado.
Estaban en la segunda hilera de bancos, sentados uno al lado del otro y mirando al
frente. Cualquiera que hubiese entrado en la iglesia habría pensado que ella era el
confesor y él el pecador.
—¿Usted cree que es una espía?
—No lo sé. Su comportamiento es sospechoso, por decirlo de un modo suave. Hay
quien está seguro de que lo es.
—¿Quién?
—Uno del Foreign Office, por ejemplo. Se llama Wigram.
—¿Y por qué?
—Pues porque ella ha desaparecido.
—Vaya. Debe de haber más, ¿no cree? Tanto lío por faltar un día al trabajo...
Jericho se mesó nerviosamente el cabello.
—Hay ciertos... indicios, y, por Dios, no me pregunte cuáles son, sólo indicios de
que los alemanes sospechan que Enigma está siendo descifrado.
Después de una larga pausa, ella preguntó:
—Pero ¿por qué iba nuestra común amiga a ayudar a los alemanes ?
—Si lo supiese, Miss Wallace, no estaría aquí sentado charlando con usted y
saltándome el Acta de Secretos Oficiales. Bueno, ahora en serio, ¿tiene bastante con lo
que le he dicho?
Nueva pausa. Un renuente gesto de asentimiento con la cabeza. —Sí.
Ella se lo explicó como si se tratara de un cuento, en voz baja y sin mirarlo. El
reparó en que gesticulaba mucho con las manos. No podía tenerlas quietas.
Aleteaban como pajarillos blancos, ya cogiéndose el dobladillo del abrigo y tirando
de él para taparse las rodillas, ya posándolas en el respaldo del banco de delante, ya
describiendo en rápidos movimientos circulares el modo en que había llevado a cabo
su crimen.
Espera hasta que las demás chicas han salido para comer.
Deja entornada la puerta de la sala de índice para no levantar sospechas y poder
anticiparse a cualquiera que se aproxime.
Se encarama al polvoriento estante metálico y coge el primer tomo.
AAA, AAB, AAC...
Pasa a la décima página.
Y allí está. Es la decimotercera entrada.
ADU.
Recorre con el dedo la hilera de entradas y anota los números en un trozo de papel.
Deja el tomo del índice en su sitio. El libro de columnas está en un estante superior,
de modo que tiene que servirse de un taburete para alcanzarlo.
Se detiene por un instante para asomar la cabeza por la puerta. El pasillo se halla
desierto.
Está muy nerviosa. Se pregunta por qué. ¿Tan horrible es lo que está haciendo? Se
seca la palma de las manos en la falda gris y abre el libro. Va pasando las páginas.
Busca el número. Una vez más resigue la línea con el dedo.
Lo comprueba una vez y luego una segunda. Para que no haya error.
ADU es la señal de llamada del Nachrichten-Regimenter 537, una unidad de
señales motorizada del ejército alemán. Transmite en longitudes de onda que controla
la estación de Beaumanor, en Leicestershire. El radiogoniómetro ha revelado que
desde el mes de octubre la unidad número 537 ha estado emplazada en la región
militar ucraniana de Smolensko, en ese momento ocupada por las fuerzas de la
Wehrmacht al mando del mariscal de campo Gunther von Kluge.
Jericho se había inclinado con expectación. De pronto se echó hacia atrás,
sorprendido. «¿Una unidad de señales?», pensó.
Se sentía levemente decepcionado. ¿Qué esperaba? No sabía decirlo. Pero sí, tal
vez, algo un poco más-exótico.
—La 537 es una unidad de primera línea, ¿verdad?
—En ese sector el frente se mueve casi cada día. Pero según el mapa de situación
que hay en Cabaña 6, Smolensko sigue estando un centenar de kilómetros dentro de
territorio alemán.
—Ah.
—Sí, ésa fue mi reacción. Bueno, al principio. Verá, se trata de un blanco de baja
prioridad, último escalón. Como mucho, rutinario. Pero existen ciertas... compli-
caciones. —Buscó un pañuelo en su maletín y se sonó la nariz. Jericho reparó otra vez
en que le temblaban los dedos.
Jericho contempló la vidriera de colores que había sobre el altar y juntó las manos.
—¿ Qué es exactamente lo que debemos deducir de esto? ¿Que Claire ha robado
todo el contenido de la carpeta? No —se corrigió de inmediato—, no, eso no puede
ser, porque los criptogramas que tenía en su cuarto eran los originales, no los mensajes
descifrados...
—Precisamente —dijo Hester—. En la carpeta del archivo había un trozo de papel
escrito a máquina. La chica me lo enseñó; era para decir que los números de serie
adjuntos habían sido retirados y que toda pregunta al respecto debía dirigirse al
despacho del director general.
—¿El director general? ¿Está segura?
—Sé leer, Mr. Jericho.
—¿Qué fecha llevaba el papel?
—Cuatro de marzo.
Jericho se tocó la frente. Era la cosa más rara que había oído nunca.
—¿Qué ocurrió después de que fuese al archivo?
—Volví a la cabaña y le escribí esa nota. Entregarla me llevó el resto de la pausa
para comer. Luego era cosa de volver a la sala de índice lo antes posible. Llevamos un
diario de todos los mensajes interceptados. Una carpeta para cada día. —De nuevo
buscó en su maletín y extrajo una pequeña ficha con una lista de fechas y números—.
No estaba segura de por dónde empezar, de modo que fui directamente al inicio del
año y lo revisé todo. No hay nada hasta el 6 de febrero. Sólo once intercepciones en
total, cuatro de las cuales llegaron el último día.
—¿Qué día fue?
—El 4 de marzo. El mismo en que la carpeta fue retirada del archivo. ¿Qué deduce
usted?
—Nada. Todo. Todavía intento imaginar qué podía decir una unidad de señales
alemana sin importancia que justificase el que retiraran toda esa información. —Pura
curiosidad, ¿quién es el director general? —El jefe del Servicio Secreto. «C.»
Desconozco su verdadero nombre. —Jericho se acordó del hombre que le había
entregado el cheque antes de Navidad. Un rostro rubicundo y traje de tweed peludo.
No parecía un maestro de espías sino un agricultor—. ¿Me permite sus notas? —dijo al
tiempo que tendía la mano.
A regañadientes ella le pasó la lista de los mensajes interceptados. Jericho la puso a
la pálida luz de la iglesia. El conjunto era realmente extraño. Después del primer
mensaje, a mediodía del 6 de febrero, siguieron dos días de silencio. Luego había
habido otra señal a las 14.27 del día 9. Luego un lapso de diez días. Después una
emisión a las 18.07 del 20, y otro largo lapso, seguido de un frenesí de actividad: dos
señales el 2 de marzo (a las 16.39 y 19.01), dos más el día 3 (a las 11.18 y 17.27), y, por
último, cuatro señales en rápida sucesión la noche del día 4. Ésos eran los
criptogramas que él había cogido del cuarto de Claire. Las emisiones habían
empezado sólo dos días antes de su última conversación con Claire en el pozo de
arcilla. Y habían terminado un mes más tarde, mientras él seguía en Cambridge,
menos de una semana antes del bloqueo de Tiburón.
No había forma de encontrar una pauta.
—¿En qué clave de Enigma fueron transmitidos? —preguntó—. Porque estaban
cifrados en Enigma, supongo.
—En el índice venían catalogados como Buitre.
—¿Buitre?
—Es la clave de la Wehrmacht para el frente ruso.
—¿Se descifra regularmente?
—Por lo que sé, cada día.
—Y las señales, ¿cómo fueron enviadas? ¿Siguieron, digamos, la red militar
habitual?
—Lo ignoro, pero casi le diría que no.
—¿Por qué?
—Para empezar, no hay tráfico suficiente. Es demasiado irregular. Y la frecuencia
no es de las que conozco. Me suena a algo especial, una línea privada, por así decir.
Sólo dos estaciones: una madre y una estrella solitaria. Pero tendríamos que ver las
hojas de registro para estar seguros.
—¿Dónde están?
—Deberían haber estado en el archivo. Pero cuando fuimos a mirar encontramos
que también se las habían llevado.
—Vaya, vaya —murmuró Jericho—, realmente han sido concienzudos.
—Aparte de llevarse las hojas de la sala de índice, no podían hacer mucha cosa
más. ¿Y usted cree que ella tiene un comportamiento sospechoso? Me quedaré con
todo esto, si me permite.
Cogió la relación de mensajes interceptados y se inclinó para guardarla en su
maletín.
Jericho descansó la cabeza en el respaldo del banco y contempló el techo
abovedado. ¿Algo especial?, pensó. Más que especial ha tenido que ser para que el
director general en persona haya escamoteado toda la maldita carpeta, además de las
hojas de registro. Aquello no tenía sentido. Deseó no estar tan mortal-mente cansado.
Necesitaba cerrar la puerta de su estudio por un par de días, conseguir un buen
montón de papel limpio y unos cuantos lápices con la punta bien afilada...
Dejó que su mirada descendiera lentamente para abarcar el resto de la iglesia: los
santos en sus cristaleras, los ángeles de mármol, los monumentos de piedra a la
memoria de los respetables muertos de la parroquia, las cuerdas del campanario
atadas entre sí como una araña colgante bajo la lúgubre galería del órgano. Cerró los
ojos.
«Claire, Claire, ¿qué has hecho? ¿Acaso viste algo que no debías en ese trabajo tuyo
tan "mortalmente aburrido"? ¿Salvaste algunas migajas de la basura confidencial
cuando nadie estaba mirando y te las llevaste a casa? Y si fue eso, ¿por qué? ¿Saben
ellos que lo hiciste? ¿Es por eso que Wigram te busca? ¿Sabes demasiado, Claire?»
La vio arrodillada a oscuras a los pies de su cama, oyó su propia voz cargada de
sueño —«¿Se puede saber qué haces?»— y la ingenua respuesta de ella: «Estoy
echando una ojeada a tus cosas...»
«Sí, tú siempre estabas buscando algo, ¿verdad? Y cuando yo no podía
proporcionártelo, acudías a otro. ("Siempre se sale con alguien", decías; ésas fueron
casi tus últimas palabras para mí, ¿lo recuerdas?) ¿Qué es eso que buscas con tanto
ahínco?»
Demasiadas preguntas. Sintió que empezaba a quedarse helado. Se arrebujó en su
abrigo, sepultó la barbilla en la bufanda, hundió aún más las manos en los bolsillos.
Trató de recordar imágenes de los cuatro criptogramas —LCNNR KDEMS LWAZA—, pero
las letras aparecían borrosas. No era la primera vez que le ocurría. Era mentalmente
imposible fotografiar aquel galimatías: tenía que haber alguna pauta, algún sentido in-
terno, para que pudiera fijarlas en su memoria.
«Una madre y una estrella solitaria...»
Las gruesas paredes mantenían un silencio que parecía tan viejo como la propia
iglesia, un silencio opresivo, sólo interrumpido por el ajetreo de un pájaro haciendo su
nido en las alfardas. Ninguno de los dos habló durante varios minutos.
Sentado en el duro banco, Jericho sintió como si sus huesos se hubieran vuelto de
hielo, y aquel entumecimiento, sumado al silencio, a los relicarios que los rodeaban y
al mareante olor del incienso, lo sumió en el pesimismo. El funeral de su padre acudió
a su memoria por segunda vez en dos días; el rostro severo en el ataúd, su madre
obligándolo a darle un beso de despedida, la piel fría al contacto de sus labios,
despidiendo un acre olor a productos químicos, como en el laboratorio de la escuela, y
luego la pestilencia del crematorio. —Necesito aire —dijo.
Ella cogió su maletín y lo siguió por el pasillo. Una vez fuera fingieron examinar
las tumbas. Al norte del cementerio, oculto tras unos árboles, estaba Bletchley Park.
Por el camino vecinal pasó una moto en dirección a la ciudad. Jericho esperó hasta
que el ruido del motor se hubo reducido a un ronroneo lejano y luego dijo, casi para
sí:
—Lo que no dejo de preguntarme es por qué robó precisamente criptogramas.
Quiero decir, siendo que podía haber cogido muchas otras cosas. Si yo fuera es-
pía...—Hester abrió la boca para protestar, pero él la contuvo alzando una mano—.
Está bien, no digo que ella lo sea, pero si yo lo fuera, lo lógico habría sido robar
pruebas de que Enigma estaba siendo descifrado, ¿no? ¿De qué sirve un mensaje? —
Se puso en cuclillas y recorrió con los dedos una inscripción que casi se había
borrado—. Si supiéramos más cosas... A quién se los enviaba, por ejemplo.
—Ya hemos discutido esto. No han dejado el menor rastro.
—Pero alguien debe de saber algo —musitó él—. Para empezar, alguien habrá
interrumpido el tráfico. Y alguien más lo habrá traducido.
—¿Por qué no pregunta a uno de sus amigos criptoanalistas? Todos ustedes se
llevan muy bien, ¿verdad?
—No especialmente. En cualquier caso, yo diría que nos animan a llevar una vida
muy independiente. Pero sí conozco a un hombre de Cabaña 3 que podría saber algo...
—Entonces recordó la espantada cara de Weitzman («No me pregunte, por favor, no
quiero saber nada...») y sacudió la cabeza—. Creo que no nos servirá.
—Pues sí que es una pena que haya quemado usted las únicas pistas que teníamos
—dijo ella con cierta aspereza.
—Guardarlas era demasiado arriesgado. —Jericho seguía frotando lentamente la
lápida—. Usted podía haberle contado a Wigram que yo le había hecho preguntas
sobre ADU. —La miró con inquietud—. Supongo que no lo ha hecho...
—No soy tan tonta como piensa, Mr. Jericho. De lo contrario, ¿habría venido a
hablar con usted? —Echó a andar por una hilera de sepulturas y se puso a mirar con
furia un epitafio.
Lamentó su rudeza casi de inmediato. («Más vale saber contenerse que ser héroe,
ser dueño de sí que conquistar una ciudad» Proverbios 16, 32.) Pero, como Jericho
apuntaría más adelante, cuando ya sus relaciones habían mejorado lo suficiente como
para que él se aventurara a comentarlo, si ella no hubiera perdido la paciencia quizá
nunca habría dado con la solución.
—A veces necesitamos un poco de tensión para aguzar nuestro ingenio —dijo
Jericho.
Hester estaba celosa, ésa era la verdad. Había pensado que conocía a Claire tan
bien como cualquiera, pero cada vez estaba más claro que no la conocía en absoluto, y
sólo un poco mejor que él.
Hester se estremeció. El sol de marzo no calentaba. Caía sobre la torre de piedra de
Saint Mary tan frío como la luz de un espejo.
Jericho estaba otra vez de pie y caminaba entre las tumbas. Ella se preguntó si de
haber podido ir a la universidad habría llegado a ser como él. Pero su padre no lo
consintió, y al final había sido George, su hermano, el afortunado; como si fuera una
ley divina: los hombres van a la universidad, los hombres descifran códigos; las
mujeres se quedan en casa, las mujeres se encargan de archivar.
«Hester, Hester, por fin. Hazme un favor, ¿quieres hablar con Chicksands a ver qué
pueden hacer? Y ya que estás en eso, la sala de máquinas cree que hay un texto
erróneo en la última hornada de Cernícalo; la operadora necesita verificar sus notas y
volver a enviar...»
Se había quedado mirando una lápida, aturdida por la sensación de derrota, pero
ahora sentía que su cuerpo empezaba a recuperar lentamente su estado de alerta.
«La operadora necesita verificar sus notas...»
—¡Mr. Jericho!
Jericho se volvió al oír su nombre y vio que ella se acercaba trastabillando entre las
sepulturas.
Eran casi las diez y Miles Mermagen estaba peinándose en su despacho, con miras
a regresar a su alojamiento, cuando Hester Wallace apareció en la puerta.
—No —dijo él, dándole la espalda.
—Escucha, Miles, he estado pensando. Tenías razón, he sido una tonta.
Él la miró receloso por el espejo.
—Mi solicitud de traslado... Quiero que la retires.
—Estupendo. Aún no la había presentado.
Mermagen volvió a contemplarse en el espejo. El peine se deslizaba por la espesa
mata de cabello negro como un rastrillo en aceite.
Ella forzó una sonrisa.
—He pensado en lo que dijiste, eso de saber donde encaja uno...
Él terminó de acicalarse y se puso de perfil, tratando de no perder de vista su
reflejo.
—No sé si te acuerdas —continuó ella—, pero hablamos de que podría ir a una
estación de interceptación.
—Por mí, de acuerdo.
—Bueno, pensaba que como no entro de servicio hasta mañana por la tarde, podría
empezar hoy mismo...
—¿Hoy? —Mermagen miró su reloj—. La verdad, estoy bastante liado.
—Oh, puedo ir yo sola, Miles. Ya les presentaré mi recomendación más adelante...
—Cruzó los brazos a la espalda y hundió las uñas en la palma de la mano.
Mermagen volvió a mirarla con suspicacia y ella pensó: «No, no, es demasiado
evidente, incluso para él», pero entonces él se encogió de hombros y dijo:
—Bueno, ¿por qué no? Llámalos primero. —Y con un grandioso gesto de la mano,
añadió—: Invoca mi nombre.
—Gracias, Miles.
—La mujer de Lot, ¿eh? —Él le guiñó un ojo—. De día columna de sal, de noche
bola de fuego...
Al salir, él le tocó el trasero.
Treinta metros más allá, en Cabaña 8, Jericho estaba llamando a la puerta del oficial
de enlace. Una voz potente le dijo con acento americano que pasara.
Kramer no tenía escritorio —el cuarto no lo permitía—, sólo una mesa de baraja
con un teléfono encima y varias papeleras de alambre llenas de papeles que ya
inundaban el suelo. Ni siquiera había ventana. En uno de los tabiques de madera que
lo separaban del resto de la cabaña Kramer había pegado una foto reciente, sacada de
la revista Life, donde se veía a Roosevelt y a Churchill en la conferencia de Casablanca,
sentados uno al lado del otro en un jardín soleado. Advirtió que Jericho la miraba.
—Cuando ya no puedo aguantarlos más a todos ustedes, miro esa foto y pienso,
bueno, qué caray, si ellos dos pueden, yo también. —Sonrió—. Tengo que enseñarle
una cosa. —Abrió su portafolios y extrajo un fajo de papeles con el membrete MÁXIMO
SECRETO: ULTRA—. Esta mañana Skynner ha recibido la orden de dármelos. Se supone
que debo enviarlos a Washington esta misma noche.
Jericho les echó un vistazo. Un revoltijo de cálculos matemáticos que le eran más o
menos familiares, y unos complicados dibujos técnicos de lo que parecía un circuito
eléctrico.
—Los planos del prototipo para la bomba de cuatro rotores —dijo Kramer.
Jericho lo miró sorprendido.
—¿Van a utilizar válvulas? —preguntó.
—Seguro. Triodos de atmósfera gaseosa. Y tiratrones GTlC.
—Santo cielo.
—Lo llaman Cobra. Los ajustes de los tres primeros rotores se harán según el
procedimiento habitual, esto es, electromecánicamente. Pero el cuarto (el cuarto)
tendrá un sistema puramente electrónico de válvulas y rejillas unidas a la bomba por
una especie de cable gordo que parece una... —Kramer formó un círculo con sus
manos—. Bueno, creo que parece una cobra. Utilizar válvulas en serie es una
auténtica revolución. Jamás se había hecho. Sus colegas dicen que eso puede hacer
los cálculos cien o quizá mil veces más rápidos.
Casi para sí, Jericho dijo:
—Una máquina Turing.
—¿Una qué?
—Una computadora electrónica.
—Bueno, como quiera llamarla. La buena noticia es que en teoría funciona. Y de ser
cierto lo que dicen, puede ser sólo el principio. Parece ser que planean construir una
superbomba, totalmente electrónica, que se llamará Coloso.
Jericho visualizó de pronto a Alan Turing, aquella tarde de invierno, sentado en su
estudio de Cambridge mientras las farolas se encendían fuera, hablándole de su sueño
de una calculadora universal. ¿Cuánto hacía de aquello? ¿Menos de cinco años?
—¿Y para cuándo estará lista?
—Ésa es la mala noticia. Cobra no entrará en funcionamiento hasta el mes de junio.
—Pero eso es terrible.
—Lo mismo de siempre. No hay componentes, no hay talleres, faltan técnicos.
Adivine cuántas personas están trabajando en ello mientras hablamos.
—Imagino que no las suficientes.
Kramer levantó una mano y extendió sus dedos ante laxara de Jericho:
—Cinco personas. ¡Cinco! —Volvió a guardar los papeles y cerró su portafolios con
rabia—. Hay que hacer algo al respecto —masculló—. Hemos de acelerar las cosas.
—¿Va usted a Londres?
—Ahora mismo. Primero a la embajada. Luego al otro lado de Grosvenor Square
para ver al almirante.
Jericho dio un respingo de desilusión.
—Imagino que irá usted en su coche.
—¿Bromea? ¿Con esto encima? —Kramer dio una palmada en el portafolios—.
Skynner me hace ir con escolta. ¿Por qué lo dice?
—Estaba pensando... bien, ya sé que puede parecer un atrevimiento de mi parte,
pero me dijo que cuando tuviera un favor que pedirle... Pensaba si no podría usted
prestarme el coche.
—Claro, hombre. —Kramer se puso el abrigo—. Seguramente estaré fuera un par
de días. Le enseñaré dónde lo he aparcado. —Cogió su gorra, de detrás de la puerta y
salieron los dos al corredor.
Al llegar a la entrada de la cabaña toparon con Wigram. Jericho se sorprendió al
verlo tan desaseado. Evidentemente había pasado la noche en vela. Una sombra de
barba rubiorrojiza reflejó la luz del sol.
—Ah, el intrépido teniente y el gran criptoanalista. Cuentan que son ustedes muy
amigos. —Hizo una fingida reverencia y le dijo a Jericho—: Más tarde tendremos que
hablar otra vez, amigo mío.
—Si hay alguien que me dé grima, es ese tipo —dijo Kramer, mientras iban hacia la
mansión—. Esta mañana se ha pasado veinte minutos en mi habitación haciéndome
preguntas sobre una chica que conozco.
Jericho estuvo a punto de tropezar.
—¿Conoce a Claire Romilly?
—Allí está —dijo Kramer, y por un instante Jericho pensó que se refería a ella, pero
en realidad estaba señalando el coche—. Aún está caliente. Tiene el depósito lleno y
una lata en el maletero. —Buscó la llave en su bolsillo y se la lanzó a Jericho—.
Naturalmente que conozco a Claire. ¿Quién no? Una chica de miedo. —Dio unos
golpecitos en el brazo a Jericho y añadió—: Que tenga buen viaje.
3
Siguieron la carretera a través del bosque durante unos ocho kilómetros, luego los
árboles empezaron a menguar y se encontraron en campo abierto. La lluvia y la nieve
fundida habían convertido el camino vecinal en una pista de barro, y durante cinco
minutos hubieron de avanzar en segunda detrás de una tartana. Finalmente el cochero
levantó su látigo como disculpándose y dobló a la derecha en dirección a una aldea en
la que media docena de espirales de humo se elevaban de otras tantas chimeneas. Al
cabo de un rato Hester gritó:
—¡Allí!
De no haber ido tan despacio, habrían podido pasar de largo; se trataba de un
camino particular atravesado por una barrera roja y blanca, una garita de centinela, un
letrero que, crípticamente, rezaba: MGGY BEAUMANOR.
Ministerio de Guerra Grupo Y, Beaumanor; la «Y» correspondía al nombre en clave
del servicio de interceptación por radio.
—Vamos allá.
Jericho no pudo por menos que admirar el coraje de aquella mujer. Mientras él
buscaba su pase con manos torpes, ella se había inclinado para dar el suyo al guardia
al tiempo que anunciaba con tono áspero que estaban esperándolos. El soldado raso
comprobó su nombre en una tablilla, fue hasta la parte de atrás del coche para anotar
el número de matrícula, volvió a la ventanilla, echó una rápida mirada al carnet de
Jericho y les franqueó el paso.
Beaumanor Hall era otra de aquellas enormes y apartadas mansiones rurales que
habían sido requisadas por los militares a sus agradecidos y casi arruinados
propietarios, y que probablemente, suponía Jericho, ya no recuperarían su uso
particular. Correspondía al primer período Victoriano, con una avenida de olmos
chorreantes a un lado y una caballeriza al otro, que fue hacia donde les dijeron que
debían ir. Pasaron por debajo de una bella arcada. Media docena de sonrientes chicas
del servicio territorial con los abrigos puestos sobre la cabeza a modo de tienda para
protegerse de la lluvia, corrieron delante de ellos y se metieron en uno de los edificios.
En el patio había un par de camionetas comerciales Morris y una hilera de
motocicletas BSA. Mientras Jericho aparcaba, un hombre de uniforme se acercó a toda
prisa al coche llevando un enorme y maltrecho paraguas.
—Heaviside —dijo—. Comandante Heaviside. Usted debe de ser Miss Wallace y
usted...
—Tom Jericho.
—Mr. Jericho. Excelente. Espléndido. —Les estrechó la mano con energía—. Debo
decir que es un placer para nosotros. Una visita de la oficina central a los parientes del
campo... El jefe les manda un millón de disculpas y dice que si no les importa que yo
les haga los honores. Intentará reunirse más tarde con ustedes. Creo que llegan tarde
para almorzar, pero ¿les apetece un té? Qué asco de tiempo...
Jericho estaba preparado para preguntas suspicaces y había empleado el viaje en
ensayar varias respuestas cautas, pero el comandante se limitó a acompañarlos hasta
la casa bajo el goteante paraguas. Era joven, alto y un poco calvo, y llevaba unas gafas
tan sucias que era increíble que pudiese ver algo con ellas. Tenía los hombros caídos,
como una botella, y el cuello de su guerrera estaba nevado de caspa. Los llevó a una
salita fría y húmeda y pidió té.
El comandante había terminado su historia resumida de la casa («diseñada por el
mismo sujeto que construyó la Columna de Nelson, según me han dicho») y estaba
enfrascado en una detallada historia del servicio de interceptación («iniciado en
Chatham hasta que los bombardeos nos hicieron salir de allí...»). Hester asentía
educadamente. Una mujer del ejército les trajo un té tan espeso y marrón como el
betún. Jericho probó un sorbo y miró con impaciencia las paredes vacías. Había
agujeros en el yeso allí donde los ganchos para colgar cuadros habían sido retirados, y
unas sombras de mugre delataban el perfil de varios marcos grandes ahora ausentes.
Una residencia ancestral sin sus ancestros, una casa sin alma. Las ventanas que
miraban al jardín estaban cruzadas con tiras de cinta adhesiva.
Jericho sacó ostensiblemente su reloj y lo miró. Eran casi las tres. Tendrían que
darse prisa.
Hester advirtió su nerviosismo.
—Quizá podríamos echar un vistazo —dijo, saltando sobre un breve respiro en el
monólogo del comandante—. ¿Qué le parece?
Heaviside pareció sobresaltarse y dejó su taza de té en el platillo.
—Oh, cielos, lo siento. Bien. Si están listos, vamos a empezar.
La lluvia caía ahora mezclada con nieve y el viento soplaba del norte, fuerte y
racheado. Les azotó la cara cuando rodearon la residencia, y cuando caminaron por el
fango de un rosal arrasado tuvieron que protegerse con los brazos, como púgiles
esquivando golpes. Del otro lado de un muro, llegaba una especie de aullido fúnebre
como Jericho no había oído jamás.
—¿Qué diablos es eso?—preguntó.
—La plantación de antenas —respondió Heaviside.
Jericho sólo había visitado una vez una estación como aquélla, y de eso hacía varios
años, cuando la ciencia aún estaba en pañales: una choza encaramada a unos riscos,
cerca de Scarborough, llena de mujeres del servicio femenino de la Royal Navy
entumecidas a causa del frío. Ésta era muy distinta. Franquearon una puerta y allí
estaban: docenas de antenas de radio distribuidas en extrañas disposiciones, como los
círculos de piedra de los druidas, en una extensión de varios acres de campos. Las
torres metálicas estaban unidas entre sí mediante miles de metros de cable. El acero,
tensado por el viento, zumbaba unas veces, gritaba otras.
—Configuraciones rómbicas y Beveridge —gritó el comandante sobre la
barahúnda metálica—. Dipolos y direccionales... ¡Mire! —Al intentar señalar, su para-
guas quedó bruscamente del revés. Heaviside sonrió con impotencia y lo esgrimió en
dirección de las antenas—. Estamos a unos noventa metros de altitud, por eso hace
tanto viento. La plantación tiene dos cosechas principales, ¿lo ven? Una señala hacia el
sur. Es la que coge Francia, el Mediterráneo, Libia. La otra está enfocada hacia el este,
Alemania y el frente ruso. Las señales viajan por cable coaxial a las cabañas de
interceptación. —Extendió los brazos y bramó al viento—. ¿No es hermoso? Podemos
recibirlo casi todo en un radio de más de mil kilómetros. —Rió y agitó las manos
como si estuviera dirigiendo un coro imaginario—. Venga, cantad, cabronas.
El viento les lanzaba aguanieve a la cara y Jericho se tapó los oídos con las manos.
Era como inmiscuirse en la naturaleza, como aprovecharse de una impetuosa fuerza
elemental con la que ellos no tenían ningún derecho a jugar, como Frankenstein
invocando al relámpago en su laboratorio. Otra ráfaga de viento los tiró para atrás y
Hester agarró a Jericho del brazo para sostenerse.
—Vámonos de aquí —aulló Heaviside, haciéndoles señas de que lo siguieran.
Al otro lado del muro encontraron cierta protección contra el viento. Una carretera
asfaltada rodeaba lo que, desde lejos, parecía ser una aldea aparte dentro de los
terrenos de la mansión: casas pequeñas, cobertizos, un invernadero, hasta una caseta
de criquet con su torre de reloj. Todo fachadas falsas, explicó alegremente Heaviside,
para burlar a los aviones de reconocimiento alemanes. Allí era donde tenía lugar el
trabajo de interceptación. ¿Había alguna cosa que les interesase en especial?
—¿Qué me dice del frente oriental? —preguntó Hester.
—¿El frente oriental? —dijo Heaviside—. Bueno.
Echó a andar delante de ellos entre los charcos, insistiendo en arreglar su paraguas
roto. La lluvia arreció, y de andar rápido pasaron a correr en dirección a la cabaña. La
puerta se cerró tras ellos con estrépito.
—Como pueden ver, aquí confiamos en el elemento femenino —dijo el
comandante al tiempo en que se quitaba las gafas y las secaba con una punta de su
guerrera—. Hay chicas del ejército y civiles. —Volvió a ponerse las gafas y miró
alrededor—. Buenas tardes —dijo a una mujer fornida con galones de sargento—. La
supervisora —explicó, para añadir luego en voz baja—: una auténtica fiera.
Jericho contó veinticuatro receptores de radio dispuestos en parejas, a los lados de
un largo pasillo, y cada cual con su correspondiente chica provista de auriculares de
casco. No se oía otra cosa que el zumbido de las máquinas y algún que otro crujir de
papeles.
—Disponemos de tres tipos de aparato —prosiguió Heaviside con calma—. HRO,
Hallicrafter 28 Skyrider y Ar-88 americano. Cada chica tiene una frecuencia propia
que vigilar, aunque si hace falta doblamos el personal.
—¿Cuánta gente tienen trabajando aquí? —preguntó Hester.
—Un par de miles.
—¿Y lo interceptan todo?
—Absolutamente. A menos que ustedes nos digan lo contrarío.
—Que nunca es el caso.
—Claro, claro. —La calva incipiente de Heaviside relucía con la lluvia. Se inclinó
hacia adelante y se sacudió con el vigor de un perro—. Bueno, sin contar lo de la
semana pasada.
Después, lo que Jericho recordaría mejor fue la frialdad con que ella manejó el
asunto. Ni siquiera pestañeó. De hecho, cambió de tema y le preguntó a Heaviside qué
velocidad se les exigía a las chicas («insistimos en una velocidad de noventa caracteres
Morse por minuto, aquí es el mínimo indispensable») y luego avanzaron los tres por el
pasillo central.
—Éstos son los aparatos sintonizados con el frente oriental —dijo Heaviside,
cuando iban por la mitad. Se detuvo para señalar los prolijos retratos de buitres
pegados en el canto de varios de los receptores—. Buitre no es la única clave del
ejército alemán en Rusia, claro. Tenemos Milano y Cernícalo, y para Ucrania,
Eperlano...
—¿Hay mucha actividad estos últimos días? —preguntó Jericho, pues le pareció
que le tocaba decir algo.
—Oh, sí, mucha. Desde Stalingrado. Retiradas y contraofensivas en todo el frente.
Alarmas y expediciones. A esos rojos hay que dárselo todo en bandeja, no saben
pelear.
Hester dijo como quien no quiere la cosa:
—Fue una estación Buitre la que les dijeron que no interceptaran, supongo.
—En efecto.
—Y calculo que sería hacia el cuatro de marzo.
—Otra diana. A eso de la medianoche. Lo recuerdo porque acabábamos de enviar
cuatro señales largas y estábamos la mar de ufanos cuando ese colega suyo,
Mermagen, se puso al teléfono y dijo presa del pánico: «Ya basta de eso, muchísimas
gracias, ni ahora ni mañana ni ningún otro día.»
—¿Le dio alguna explicación?
—No. Que parásemos y basta. Creí que iba a darle un ataque. La cosa más rara que
he oído en mi vida.
—Tal vez —apuntó Jericho— decidieron eliminar el tráfico de baja prioridad,
sabiendo que tenían ustedes tanto trabajo...
—Y una mierda —dijo Heaviside—, con perdón. —Se lo veía herido en su orgullo
profesional—. Puede decirle a ese Mermagen de mi parte que no era nada que
nosotros no pudiésemos controlar, ¿verdad, Kay? —Dio unas palmadas en el hombro
a una operadora guapísima del servicio territorial, quien se sacó los cascos y retiró su
silla hacia atrás—. No, no, no te levantes. Sólo estábamos hablando de nuestra
estación misteriosa. —Puso los ojos en blanco—. La que nos han dicho que no hemos
de oír.
—¿Oír? —Jericho miró incisivamente a Hester—. ¿Quiere decir que aún sigue
emitiendo?
-¿Kay?
—Sí, señor. —La chica tenía un melodioso acento gales—. Ahora no tanto, señor,
pero la semana pasada no paró de emitir. —Dudó por un instante—. Yo, bueno, no es
que escuchara a propósito, señor, pero ese hombre tiene una letra muy bonita. De la
vieja escuela. No como algunos de los jovencitos —escupió la palabra— que utilizan
ahora. Son casi tan malos como los italianos.
—El estilo en Morse —dijo pomposamente Heaviside— es tan distintivo en un
hombre como su firma.
—¿Y cuál es ese estilo?
—Muy rápido pero muy claro —respondió Kay—. Ondulante, por decirlo de
alguna manera. Manos de pianista clásico, tiene el hombre.
—Creerá usted que está loca por él, ¿no, Mr. Jericho? —Heaviside rió y dio una
nueva palmada en el hombro de la operadora—. Muy bien, Kay. Buen trabajo. Manos
a la obra.
Siguieron avanzando.
—Es una de las mejores —les confió—. Puede ser horroroso, ¿saben?, ocho horas
seguidas pendiente de las ondas sólo para ir anotando todo este galimatías... Y más
por la noche, en pleno invierno. Aquí hace un frío del demonio. Tenemos que traerles
mantas. Ah, miren, ahora está entrando uno.
Permanecieron a una prudente distancia de la operadora, que en ese momento
copiaba frenéticamente un mensaje. Con la mano izquierda iba ajustando el dial del
radiorreceptor, y con la derecha juntaba como podía el impreso para mensajes y el
papel carbón. La velocidad a que, acto seguido, empezó a anotar el mensaje fue de
verdadero vértigo.
—GLPES —leyó Jericho por encima del hombro de ella—. KEMPGNXWPD...
—Dos impresos —dijo Heaviside—. Primero la hoja de registro, donde anota los
susurros, esto es, los mensajes de sintonía, código Q y todo eso. Y luego el impreso
rojo, que es la señal propiamente dicha.
—¿ Qué pasa después ? —susurró Hester.
—Hay dos copias de cada papel. La de encima va a la cabaña del teletipo para su
inmediata transmisión a Bletchley. Es esa que parece una caseta de criquet. Las otras
copias las archivamos aquí, por si algo se rompe o se pierde.
—¿Cuánto tiempo las guardan?
—Un par de meses.
—¿Podemos verlo?
Heaviside se rascó la cabeza y contestó:
—Bueno, si quieren. No hay mucho que ver.
Los acompañó hasta el fondo de la cabaña, abrió una puerta, encendió la luz y se
apartó para mostrarles el interior. Un armario grande como una cámara frigorífica,
unos doce archivadores de color verde oscuro. Sin ventanas. Interruptor de la luz a la
izquierda.
—¿Cómo están clasificadas? —preguntó Jericho.
—Por orden cronológico. —Heaviside cerró la puerta.
Cerrada sin llave, notó Jericho prosiguiendo su inventario. Y la entrada tampoco
era visible salvo para las cuatro operadoras que estaban más cerca. Sintió que el
corazón empezaba a latirle con fuerza.
—¡Comandante Heaviside!
Al volverse vieron a Kay, la operadora, hacerles señas mientras sostenía uno de los
auriculares pegado a una oreja.
—Es mi pianista misterioso, señor. Acaba de ponerse otra vez a practicar escalas,
señor, por si le interesa.
Heaviside fue el primero en escuchar, con expresión juiciosa y la mirada fija en un
punto cercano en el vacío, como un eminente médico al que acaban de pedirle su
opinión. Heaviside sacudió la cabeza, se encogió de hombros y le pasó los cascos a
Hester.
—No nos incumbe a nosotros preguntar —le dijo a Jericho.
Cuando le llegó el turno a Jericho, éste se quitó la bufanda y la dejó
cuidadosamente en el suelo junto a los cables que conectaba el radiorreceptor a las
antenas y la toma de corriente. Ponerse los cascos fue casi como hundir la cabeza en el
agua. Había una extraña mezcolanza de sonidos. Un aullido como el del viento en la
plantación de antenas. Un chisporroteo de parásitos. Dos o tres transmisiones distintas
y muy débiles en Morse mezcladas entre sí. Pero lo más extraño de todo fue, de
pronto, una diva alemana cantando un aria que, según le pareció a él, pertenecía al
segundo acto de Tannhauser.
—No oigo nada.
—Se habrá salido de la frecuencia —dijo Heaviside.
Kay hizo girar minuciosamente el dial en sentido contrario a las manecillas del
reloj, el sonido subió y bajó una octava, la diva se evaporó, más chisporroteo, y
entonces oyeron claramente un rápido da-da-di-da-da de Morse, en nítido y apremiante
staccato, desde casi dos mil kilómetros de distancia, en algún punto de la Ucrania
ocupada.
Iban camino de la cabaña del teletipo cuando Jericho se llevó la mano al cuello y
dijo:
—Mi bufanda.
Se detuvieron bajo la lluvia.
—Diré a una de las chicas que vaya a buscársela.
—No, no. Ya voy yo, enseguida vuelvo.
—¿Y cuántas máquinas dice que tienen ustedes? —intervino Hester echando a
andar.
Heaviside dudó por un instante y luego corrió en pos de ella. Jericho le habría dado
un beso en agradecimiento. Ya no escuchó la respuesta del comandante, llevada por el
viento.
«Estás tranquilo —se dijo—, estás confiado, no haces nada malo.»
Volvió a entrar en la cabaña. La sargento estaba de espaldas a él, inclinada sobre
una de las chicas. No llegó a verlo. Jericho recorrió deprisa el pasillo central, mirando
siempre al frente, y se coló en el cuarto. Luego cerró la puerta y encendió la luz.
¿Cuánto tiempo tenía? No mucho.
Tiró del primer cajón del primer archivador. Cerrado... Maldición. Probó otra vez.
Un momento. No, no estaba cerrado. El fichero montaba uno de aquellos fastidiosos
mecanismos antiinclinación para impedir que pudieran abrirse dos cajones a la vez.
Miró hacia abajo y vio que el cajón inferior sobresalía un poco. Lo cerró suavemente
con el pie y comprobó con alivio que el cajón superior se abría.
Carpetas marrones de cartón. Fajos de copias al carbón unidas mediante
sujetapapeles metálicos. Hojas de registro e impresos rojos. Día, Mes y Año en la es-
quina superior derecha. Batiburrillo de letras escritas a mano. Esta carpeta para el 15
de enero de 1943.
Jericho se echó hacia atrás y contó rápidamente. Quince ficheros de cuatro cajones.
Sesenta cajones. Dos meses. Un cajón escaso por día. ¿Sería efectivamente así?
Fue hasta el sexto fichero y abrió el tercer cajón empezando por abajo.
Día 6 de febrero.
Premio.
Retuvo mentalmente la pulcra anotación de Hester Wallace.
6.2./1215.9.2./1427.20.2./1807.2.3./1639, 1901...
Todo habría ido bien si sus dedos no se le hubieran puesto como salchichas, si no le
hubiesen temblado ni resbalado a causa del sudor, si hubiera conseguido acompasar la
respiración.
Alguien iba a entrar. Alguien iba a oírlo abrir y cerrar esos cajones de metal como
llaves de órgano, sacar dos, tres, cuatro criptogramas y también las hojas co-
rrespondientes (Hester había dicho que les serían de utilidad), metérselo todo en el
bolsillo interior del abrigo, cinco, seis —uno ha estado a punto de caer, maldita sea—
siete criptogramas. Casi lo dejó en aquel momento, pero necesitaba los cuatro últimos,
los cuatro que Claire había escondido en su habitación.
Abrió el cajón superior del decimotercer archivador, y allí estaban, hacia el fondo,
prácticamente seguidos, gracias a Dios.
Oyó pasos. Agarró las hojas de registro y los impresos rojos y casi se los había
guardado en el bolsillo y cerrado el cajón cuando la puerta se abrió y apareció en el
umbral la figura esbelta de Kay.
—Me ha parecido verlo entrar —dijo—, es que se ha dejado la bufanda.
La chica se la mostró y cerró la puerta al entrar en el cuarto, luego avanzó
lentamente hacia él. Jericho se quedó paralizado como un imbécil, con una sonrisa
estúpida en la cara.
—No es mi intención molestarlo, señor, pero se trata de algo importante, ¿verdad?
—Sus oscuros ojos estaban abiertos como platos. Jericho comprobó una vez más que
la chica era muy guapa, aun con el uniforme del ejército. Llevaba la guerrera bien
ceñida a la cintura. Algo en ella le recordó a Claire.
—¿Cómo dice?
—Sé que no debería preguntar, señor, nosotras no debemos hacer preguntas, ya
sabe, pero bueno, es importante, ¿verdad? Aquí nadie nos dice nada, ¿comprende
usted? Basura, para nosotras no es más que eso, basura y nada más que basura todo el
santo día. Y por la noche lo mismo. Una trata de dormir y sigue oyendo todo el rato
esos condenados ruiditos. Es para volverse lela. Yo me alisté voluntaria, ¿sabe?, pero
no esperaba acabar aquí. Ni siquiera puedo decírselo a mis padres. —Se había
acercado mucho a él—. ¿Están sacando algo en claro? ¿Se trata de algo importante?
No diré nada —añadió con solemnidad—, lo prometo.
—Sí —dijo Jericho—. Estamos sacando algo en claro. Y es importante. Se lo
aseguro.
Ella asintió con una sonrisa, le colocó la bufanda en torno al cuello y se la anudó.
Luego salió despacio del cuarto, dejando la puerta abierta. Jericho esperó veinte
segundos y salió detrás. Nadie lo detuvo mientras cruzaba la cabaña y salía a la lluvia.
Heaviside no los dejaba marchar. Jericho intentó una débil protesta —la visibilidad
era mala, dijo, tenían un largo viaje por delante...—, pero Heaviside se escandalizó.
Insistió varias veces en que al menos echaran un breve vistazo a los radiogoniómetros
y a los receptores de alta velocidad. Su entusiasmo era tal que parecía estar
amenazándolos con echarse a llorar si se negaban.
Así pues, lo siguieron mansamente por el resbaladizo y húmedo cemento, primero
hasta una fila de cabañas de madera camufladas de caballeriza y luego a otra falsa
casa de campo.
El coro de la plantación de antenas cantaba misteriosamente. Heaviside empezó a
emocionarse hablando de abstrusos tecnicismos sobre frecuencias y longitudes de
onda. Hester fingía heroicamente estar interesada y evitaba con cautela la mirada de
Jericho, quien iba todo el rato ajeno a la charla, sumido en su propio nerviosismo y
atento al menor sonido de alarma. Jamás había tenido tantas ganas de irse de un lugar.
De vez en cuando su mano hurgaba a hurtadillas en el bolsillo interior del abrigo, e
incluso una vez la dejó allí, aliviado al palpar la rugosidad de los mensajes a salvo
entre sus dedos, hasta que se percató de que estaba dando una imagen de Napoleón,
tras lo cual volvió a sacar rápidamente la mano.
En cuanto a Heaviside, se sentía tan orgulloso de Beaumanor que era evidente que
si hubiese podido los habría retenido allí toda una semana. Pero cuando, tras una
media hora interminable, propuso ir a visitar los generadores, fue Hester, tan fría
hasta entonces, quien finalmente le espetó, con lo que después les parecería excesiva
firmeza, que no, que tenían que ponerse en camino.
—¿De veras? Es un trecho muy largo para haber estado sólo un par de horas aquí.
—Heaviside parecía perplejo—. Al jefe le sabrá mal no haberlos conocido.
—Lástima —dijo Jericho—. Otra vez será.
—Como usted quiera, muchacho —dijo Heaviside de mal humor—. No queremos
agobiarlos. —Y Jericho se maldijo por haber herido sus sentimientos.
El comandante los acompañó hasta el coche, parándose de camino para mostrarles
el antiguo mascarón de proa representando un almirante que coronaba un abigarrado
abrevadero para caballos. En la espada en ristre del almirante un listo había puesto
unas bragas, que colgaban flácidas en el aire frío y húmedo.
—El primer marqués de Cornualles —dijo Heaviside—. Lo encontramos en los
jardines. Es nuestro amuleto de la suerte.
Al despedirse, Heaviside les estrechó la mano, primero a Hester y luego a Jericho, y
se cuadró mientras ellos subían al Austin. Dio media vuelta, se detuvo en seco y de
pronto metió la cabeza por la ventanilla.
—¿Qué ha dicho usted que hacía, Mr. Jericho?
—En realidad, no lo he dicho. —Jericho sonrió y puso el motor en marcha—.
Tareas de criptoanálisis.
—¿En qué sección?
—Me temo que no puedo decírselo. —Jericho accionó la palanca para poner
marcha atrás y ejecutó un torpe giro de tres puntas. Mientras se alejaban vio a
Heaviside por el espejo retrovisor, de pie bajo la lluvia, observando su partida con la
mano a modo de visera. La curva de la avenida les llevó hacia la izquierda, y la
imagen del comandante se desvaneció. Entonces añadió—: Me juego algo a que ha ido
en busca del teléfono más cercano.
—¿Tiene los papeles?
Él asintió y dijo:
—Esperemos a estar un poco más lejos.
Franquearon la verja, siguieron por el camino vecinal dejando atrás el pueblo en
dirección al bosque. La lluvia caía sobre la oscura pendiente arbolada en espectrales
columnas blancas que semejaban estandartes de un ejército fantasma. Un ave solitaria
volaba en lo alto en medio del aguacero. Los limpiaparabrisas iban de un lado al otro
protestando ruidosamente. Los árboles se cerraron en torno al coche.
—Ha estado usted muy bien —dijo Jericho.
—Menos al final. Estaba ansiosa por saber cómo le había ido a usted.
Jericho empezó a contarle su aventura, pero entonces reparó en un camino que
torcía para adentrarse en lo profundo del bosque.
El sitio perfecto.
Avanzaron a saltos durante un centenar de metros por la pista desigual,
metiéndose en charcos que resultaban ser baches de un palmo de profundidad. El
agua chorreaba por ambos lados, chocando con la parte inferior del chasis. Finalmente
abrió una pequeña brecha a los pies de Hester, empapándole los zapatos. Cuando por
último los faros iluminaron un tramo cenagoso demasiado ancho como para
maniobrar, Jericho apagó el motor.
No se oía otra cosa que el golpeteo de la lluvia sobre el techo metálico. Las ramas
voladizas tapaban el cielo. Estaba tan oscuro que casi era difícil leer. Encendió la luz
interior.
El coche se negaba a arrancar. Jericho forzó varias veces el encendido y pisó con
furia el acelerador, pero la única respuesta que consiguió del motor fue un tímido
ruido de algo que giraba.
—¡Mierda!
Se subió el cuello, salió del coche y lo rodeó hasta el maletero. Mientras lo abría un
par de pichones levantaron el vuelo detrás de él, batiendo las alas con un ruido de
petardos. Debajo de la lata de gasolina había una manivela que Jericho introdujo en el
agujero del parachoques frontal. «Lo haces al revés, muchacho —le había dicho su
padrino—. Así puedes romperte la muñeca.» ¿Cómo había que hacerlo? ¿Hacia la
derecha o hacia la izquierda? Dio un esperanzado tirón a la manivela. Estaba
terriblemente rígida.
—Tire del estárter —le gritó a Hester—, y pise el tercer pedal si empieza a
encenderse.
El coche se balanceó al desplazarse ella al asiento del conductor.
Jericho volvió a intentarlo. El suelo del bosque estaba a medio metro de su rostro,
una alfombra marrón de hojarasca y pinas de abeto. Hizo dos nuevos intentos hasta
que el hombro empezó a dolerle. Ahora estaba sudando y la transpiración se mezclaba
con la lluvia, goteándole de la nariz y deslizándose por el cuello. La locura de aquella
empresa parecía estar resumida en ese momento. La mayor batalla naval con convoyes
estaba a punto de comenzar, y ¿dónde estaba él? En un maldito y primitivo bosque en
el maldito quinto infierno, absorto en el estudio de unos criptogramas de la Gestapo
con una mujer a la que apenas conocía. Pero ¿qué diablos se habían pensado que
hacían? Debían de estar locos de remate. Apretó con mayor fuerza. Movió con
virulencia la manivela y de pronto el motor reaccionó, renqueó hasta calarse, y
entonces Hester apretó a fondo el acelerador. El ruido más dulce que había oído jamás
hendió el aire del bosque. Arrojó la manivela dentro del maletero y cerró la por-
tezuela.
El cambio de marchas gimió cuando Jericho dio marcha atrás en dirección a la
carretera.
El camino dejaba atrás las grandes antenas de radio de la emisora de Bletchley Park
en Whaddon Hall para descender luego hacia Buckingham Road. Jericho miró a los
lados con cautela.
Según el mapa, sólo cinco carreteras —incluyendo aquélla— enlazaban Bletchley
con el mundo exterior, y si la policía seguía vigilando el tráfico lo más seguro era que
lo obligasen a detenerse. El Austin resultaba tan sospechoso como si hubiese llevado
una banderita con la esvástica. La carrocería estaba salpicada de barro hasta la altura
de las ventanas. Los ejes semejaban trenzas de hierba. El parachoques trasero había
quedado abollado como consecuencia del golpe que le había dado el camión cisterna.
Y en los últimos kilómetros, el motor había adquirido una especie de estertor apre-
miante. Jericho empezó a preguntarse qué diablos iba a decirle a Kramer.
La carretera estaba tranquila en ambas direcciones. Pasó por delante de un par de
casas de labranza y cinco minutos después llegaba a las afueras de Bletchley. Pasó
junto a las casas residenciales con sus fachadas de enguijarrado blanco y sus falsas
vigas Tudor, y ascendió por la colina en dirección a Bletchley Park. Dobló en Wilton
Avenue e inmediatamente pisó el freno. Al fondo de la calle, al lado del puesto de
guardia, había un coche de policía. Un agente con gorra y abrigo estaba hablando con
el centinela; parecía muy serio.
Una vez más, Jericho tuvo que emplear ambas manos para poner el cambio de
marcha atrás. Luego retrocedió lentamente hacia Church Green Road.
Había superado el límite del pánico y ahora estaba en algún lugar tranquilo dentro
del huracán. «Actúe con absoluta normalidad —le había aconsejado a Hester al decidir
que iban a conservar los criptogramas—. No entra de servicio hasta mañana por la
tarde a las cuatro. Estupendo, pues no llegue ni un minuto antes.» El mismo mandato
podía aplicárselo a él. Normalidad. Rutina. ¿No lo esperaban en Cabaña 8 para el
ataque nocturno a Tiburón? Pues allí estaría.
Siguió colina arriba y aparcó el Austin en una calle de casas particulares a unos
trescientos metros de la iglesia de Saint Mary. ¿Dónde podía esconder los crip-
togramas? ¿En el Austin? Demasiado arriesgado. ¿En Albion Street? Seguro que
registrarían allí. Por un proceso de eliminación llegó a la respuesta. ¿Qué mejor
escondite para un árbol que el propio bosque? ¿Qué mejor escondite para un
criptograma que en un centro donde se procedía a descifrarlos? La respuesta era
obvia: el Park.
Pasó el fajo de papeles de su bolsillo interior al escondite que había fabricado en el
forro y cerró el coche con llave. Entonces se acordó del mapa de Atwood y volvió a
abrir la puerta. Al inclinarse para recuperar el libro miró casualmente la calle. En la
casa de enfrente había una mujer en el portal, bañada en luz amarilla, llamando a sus
hijos a cenar. Pasaron un chico y una chica, cogidos del brazo. Pasó un perro por la
cuneta, se detuvo y levantó la pata junto a la rueda delantera del Austin. Una calle
corriente de la Inglaterra provinciana a la hora del crepúsculo. «Por esto estamos
luchando.» Cerró suavemente la puerta y con la cabeza gacha y las manos en los
bolsillos echó a andar a paso vivo hacia el Park.
Hester Wallace tenía a gala que, cuando de caminar se trataba, poseía tanto vigor
como cualquier hombre. Pero lo que en el mapa le había parecido menos de dos
kilómetros en línea recta y sin complicaciones, se había convertido en una caminata
penosa a través de prados diminutos limitados por setos enmarañados y zanjas tan
anchas como fosos llenas de agua marrón, de modo que para cuando llegó al camino
vecinal casi había anochecido.
Creyó que quizá se hubiese extraviado, pero al cabo de un par de minutos la
estrecha carretera empezó a resultarle familiar —dos olmos que crecían demasiado
juntos, como si compartieran las raíces; una mohosa escalera para pasar una cerca— y
al cabo de un rato percibió el humo que despedían las chimeneas del pueblo. Estaban
quemando leña verde y el humo era acre y blanco.
Siguió atenta a la presencia de policías, pero no vio ninguno en el sembrado que se
extendía delante de la casa, ni en la casa misma, que había quedado cerrada sin echar
la llave. Hester atrancó la puerta al entrar, permaneció al pie de las escaleras y llamó
en voz alta.
Silencio.
Subió lentamente por la escalera.
La habitación de Claire era un caos. La palabra que le vino a la mente fue
«profanada». La personalidad que en otro tiempo había reflejado aparecía ahora des-
baratada, destruida. Sus ropas habían sido esparcidas por todas partes, las sábanas
arrancadas de la cama, las joyas desperdigadas, los frascos de cosméticos abiertos y
derramados por torpes manos varoniles. Al principio pensó que había talco por todas
partes, pero aquel fino polvo blanco no olía a nada, y comprendió que debían de ser
polvos para tomar huellas dactilares.
Hizo un intento de poner orden, pero enseguida abandonó y fue a sentarse en el
borde del colchón con la cabeza entre las manos, hasta que una oleada de asco la
obligó a ponerse en pie de un salto. Se sonó la nariz con rabia y regresó a la planta
baja.
Encendió fuego en la sala de estar y puso un hervidor lleno de agua en el hogar. En
la cocina consiguió, no sin dificultad, avivar las pálidas cenizas del hornillo, luego
amontonó un poco de carbón y puso una cacerola a hervir. Entró la tina que había
fuera de la casa y cerró con llave la puerta de atrás.
Quería sofocar sus temores a fuerza de actos rutinarios. Darse un buen baño.
Comer lo que quedaba de la tarta de zanahoria. Acostarse temprano y confiar en
dormirse.
Porque el día siguiente amenazaba con ser terrible. Cabaña 8 parecía el concurrido
camerino de un teatro en una noche de estreno.
Jericho fue a ocupar su sitio de costumbre al lado de la ventana. A su izquierda,
Atwood, que ojeaba un libro de griego en edición de Dilly Knox. Delante de él, Pinker,
vestido como para ir al Covent Garden, aunque las mangas de su chaqueta de
terciopelo negro eran un poco largas, de modo que sus dedos regordetes sobresalían
de ellas como garras de topo. Kingcome y Proudfoot jugaban con un ajedrez de
bolsillo. Baxter estaba enfrascado liando unos pitillos larguiruchos con un pequeño
artilugio de hojalata que no iba demasiado bien. Puck tenía los pies sobre el escritorio.
Como música de fondo, el traqueteo esporádico de las Type-X. Jericho saludó a los
presentes con una inclinación de la cabeza, devolvió el mapa a Atwood —«Gracias,
muchacho. El viaje, ¿bien?»— y colocó el abrigo sobre el respaldo de su silla. Había
llegado en el momento justo.
—¡Caballeros! -Logie apareció en el umbral y dio dos palmadas de atención antes
de dejar paso a Skynner y entrar ambos en la habitación.
Todos se pusieron de pie con un nudo de sillas. Varias cabezas asomaron por la
puerta de la sala de desciframiento y el ruido de las Type-X cesó de golpe.
Skynner indicó por gestos a todo el mundo que volvieran a sentarse. Jericho
descubrió que si metía el pie bajo la silla podía descansar el tobillo en los
criptogramas robados.
—Tranquilos. Sólo he pasado para desearos suerte. —Skynner cubría su corpachón
con un traje cruzado rayas de los de antes de la guerra, semejante al de los gangsters
de Chicago—. Estoy seguro de que todo vosotros sois conscientes, igual que yo, de lo
que está en juego
—Entonces, calla —susurró Atwood.
Pero Skynner no lo oyó. Estaba en su salsa. Plantado con los pies bien abiertos y
las manos cerradas a la espalda, era Nelson antes de Trafalgar. Era Churchill en pleno
bombardeo de Londres.
—No creo exagerar si digo que esta podría ser una de las noches más decisivas de
la guerra. —Los escrutó uno a uno; al llegar a Jericho pasó de largo no sin un pestañeo
de aversión—. Una gran batalla naval probablemente una de las más importantes de la
guerra, está a punto de empezar. ¿Teniente Cave?
—De acuerdo con el almirantazgo —dijo Cave— a las diecinueve cero cero de esta
tarde los convoyes HX-229 y SC-122 han sido advertidos de su entada en la presunta
zona operacional de los U-boote.
—De modo que la cosa está en marcha —intervino Skynner—. «De esa ortiga, el
peligro, tal vez arrancaremos esta flor, la seguridad.» —Hizo un brusco ademán con la
cabeza—. Bien, manos a la obra.
—¿Dónde he oído yo eso? —dijo Baxter.
—Enrique IV, primera parte —respondió Atwood con un bostezo—. Chamberlain lo
citó cuando fue a entrevistarse con Hitler.
Al marcharse Skynner, Logie recorrió la sala repartiendo copias de la entrada sobre
contacto de convoy en la tabla de señales abreviadas. A Jericho, como signo de
reconocimiento, le entregó el precioso original.
—Caballeros, lo que necesitamos son informes de contacto, tantos como sea posible
entre las doce de esta noche y la medianoche de mañana. Dicho en otras palabras, la
máxima cantidad de cribas que cubra los ajustes de Enigma para un día.
Tan pronto como sonara una señal E-barra, el oficial de servicio de la estación
receptora les telefonearía para alertarlos. Tan pronto como llegase el informe de
contacto por teletipo, recibirían las copias correspondientes. No menos de nueve
bombas —así se lo había garantizado a Logie el propio controlador de bombas en
Cabaña 6— serían puestas a su disposición en cuanto tuviesen un menú que repartir.
Mientras Logie finalizaba su discurso, fueron colocadas las contraventanas de
defensa antiaérea, y la cabaña quedó cerrada hasta la mañana siguiente.
—Y bien, Tom —dijo Puck muy afablemente—. ¿Cuántos informes de contacto
crees que harán falta para que tu plan surta efecto ?
Jericho estaba hojeando la tabla de señales.
—Ayer traté de averiguarlo —dijo, alzando la vista—. Yo diría que unos treinta.
—¿Treinta? —repitió Pinker, un tanto horrorizado—. Pero esto si... significa una
ma... ma... ma...
—¿Masacre? —Sí. Una masacre.
—¿Cuántos submarinos harían falta para producir treinta señales? —preguntó
Puck.
—No lo sé —respondió Jericho—. Eso depende del tiempo transcurrido entre la
observación inicial y el inicio del ataque. Ocho o nueve.
—Nueve —murmuró Kingcome—. ¡Vaya! Mueves tú, Jack.
—Entonces ¿quiere alguien decirme por favor qué se supone que debo esperar? —
preguntó Puck—. ¿Debo confiar en que esos submarinos localicen al convoy o no?
—No —dijo Pinker, buscando apoyo en los demás—. Es evidente. Lo que que...
que... queremos es que los co... co... convoyes eviten a los U-boote. De eso se trata.
Kingcome y Proudfoot asintieron, pero Baxter negó violentamente con la cabeza.
Su cigarrillo se desintegró, cubriendo de hebras de tabaco la pechera de su jersey.
—Mierda—dijo.
—¿Tú sa... sa... sacrificarías en serio un co... co... convoy? —preguntó Pinker.
—Claro. —Baxter recogió cuidadosamente el tabaco suelto—. Es un mal menor.
¿Cuántos hombres ha tenido que sacrificar Stalin hasta ahora? ¿Cinco millones?
¿Diez? La razón de que sigamos en guerra no es otra que la factura de la carnicería en
el frente oriental. ¿Qué es un convoy, comparado con eso, si podemos recuperar
Tiburón?
—¿Tú qué opinas, Tom?
—No tengo respuesta. Soy matemático, no especialista en ética.
—Qué típico —masculló Baxter con expresión de asco.
—No, no. En términos de lógica moral, la de Tom es la única respuesta coherente —
dijo Atwood. Había dejado a un lado su griego. Le encantaba hablar de esa clase de
cosas—. Pensemos. Un loco coge a tus dos hijos a punta de navaja y te dice: «Uno ha
de morir. Elige.» ¿A quién diriges tu anatema? ¿A ti mismo por tener que tomar una
decisión? No. Seguro que al loco.
Jericho, mirando a Puck, dijo:
—Pero esa analogía no da una respuesta al problema que plantea Puck sobre lo que
uno debería esperar.
—Pues yo argumentaría que es justamente a eso a lo que responde, en el sentido de
que rechaza la premisa de su pregunta: la presunción de que es a nosotros a quienes
incumbe hacer una elección ética Quod erat demonstrandum.
—Nadie hila más fi... fino que Fra... Fra... Frank —dijo Pinker con tono admirativo.
—«La presunción de que es a nosotros a quien incumbe hacer una elección ética» —
repitió Puck. Dedicó una sonrisa a Jericho—. Suena muy Cambridge. Disculpad. Creo
que haré una visita al excusado.
Puck fue hacia la parte trasera de la cabaña. Kingcome y Proudfoot volvieron a su
partida de ajedrez. Atwood cogió su libro de griego. Baxter siguió peleándose con su
máquina de liar cigarrillos. Pinker entornó los ojos. Jericho siguió hojeando la tabla de
señales y pensó en Claire.
Llegó la medianoche sin noticias del Atlántico Norte, y la tensión que se había
formado a lo largo de la tarde empezó a menguar.
La oferta de las dos de la madrugada por parte de los cocineros de la cantina fue
suficiente para hacer palidecer incluso a Mrs. Armstrong —patatas hervidas en salsa
de queso con barracuda, seguido de un budín que consistía en dos rebanadas de pan
unidas con mermelada y rebozadas en aceite— y hacia las cuatro las consecuencias
digestivas de la comida, sumadas a la difusa luz de Cabaña 8 y los gases de la estufa
de parafina, cubrieron con un manto de sopor a los criptoanalistas navales.
Atwood fue el primero en sucumbir. Con la boca abierta y la placa superior de su
dentadura postiza suelta, emitía un curioso ruido metálico al respirar. Pinker arrugó
con asco la nariz y fue a hacerse un nido en un rincón. Al cabo de unos minutos
también Puck se quedó dormido, con el cuerpo inclinado sobre la mesa y la mejilla
izquierda apoyada en los antebrazos. El propio Jericho, pese a su determinación de
montar guardia, advirtió que se deslizaba lentamente hasta el borde de la
inconsciencia. Logró sacudir la cabeza un par de veces, consciente de que Baxter
estaba mirándolo, pero por fin no pudo resistirse más y cayó en un sueño turbulento
de hombres que se ahogaban y cuyos gritos sonaron en sus oídos como el viento en la
plantación de antenas de Beaumanor.
VI
DESMONTAR
Luego se sabría que Bletchley Park estaba al corriente de casi todo lo que había que
saber sobre el U-653.
Sabían que se trataba de un submarino modelo VIIc —sesenta y siete metros de
eslora por seis metros de manga, con un desplazamiento de inmersión de ochocientas
setenta toneladas y una autonomía en superficie de seis mil quinientas millas—, que
había sido fabricado por los Howaldts Werke de Hamburgo, y estaba provisto de
motores Blohm und Voss. Sabían que tenía un año y medio de antigüedad, porque
habían interceptado las señales que relataban sus penurias en el otoño de 1941. Sabían
que estaba al mando del Kapitänleutnant Gerhard Feiler. Y sabían también que la
noche del 28 de enero de 1943 —la que resultó ser, a la postre, la última noche que
Tom Jericho había pasado con Claire Romilly— el U-653 había soltado sus amarras en
el puerto naval francés de Saint-Nazaire y había zarpado bajo un cielo oscuro y sin
luna hacia el golfo de Vizcaya para iniciar su sexta misión.
Cuando el submarino llevaba ya siete días en alta mar, los criptoanalistas de
Cabaña 8 interceptaron una señal del cuartel general de los U-boote —entonces todavía
en su imponente edificio próximo al Bois de Boulogne en Paris— ordenando al U-653
que avanzara en superficie hasta la cuadrícula naval KD 63 «A LA MÁXIMA
VELOCIDAD POSIBLE SIN REPARAR EN POSIBLES AMENAZAS AÉREAS».
El 11 de febrero se unía a otros diez submarinos alemanes en una nueva formación
atlántica bajo el nombre en clave Ritter (Caballero).
Las condiciones climatológicas en el Atlántico Norte fueron particularmente duras
en el verano de 1942-1943. Hubo un centenar de días con informes de vientos de hasta
fuerza 7 en la escala Beaufort. Las galernas llegaban a alcanzar los ciento cincuenta ki-
lómetros por hora, levantando olas de más de quince metros. Nieve, aguanieve,
granizo y espuma helada azotaron por igual a submarinos alemanes y convoyes. Uno
de los buques aliados volcó y se hundió en cuestión de minutos debido al peso del
hielo sobre su estructura superior.
El día 13 de febrero, Feiler rompió el silencio para informar que su oficial de
guardia, un tal Leutnant Laudon, había caído por la borda; un flagrante descuido del
procedimiento operacional por parte de Feiler que no le reportó condolencias sino un
buen tirón de orejas de sus controladores, emitido, por si fuera poco, a toda la flota de
submarinos:
No llegó hasta el día 23, tras casi cuatro semanas en alta mar, para que Feiler
expiase su falta contactando al fin con un convoy. A las seis de la tarde se sumergió a
fin de eludir un destructor de la escolta y después, al caer la noche, subió para atacar.
Tenía a su disposición doce torpedos —de seis metros y medio de largo y con su
propio motor eléctrico— capaces de colarse entre un convoy, efectuar un giro de
ciento ochenta grados, volver sobre sus pasos y girar de nuevo las veces que hiciera
falta hasta que se le acabara la potencia o hubiese hundido un barco. El mecanismo
sensor era bastante burdo, y en más de una ocasión un submarino alemán había sido
perseguido por su propio armamento. Los llamaban FATs: Flachenabsucben-
dertorpedos, o «torpedos de búsqueda a poca profundidad». Feiler disparó cuatro de
ellos.
DE: FEILER
El día 25, Feiler radió su posición. El día 26, su suerte volvió a cambiar para mal.
DE: U-653
A: FEILER
DE: U-653
ME QUEDO.
A las siete de la mañana Logie había enviado a Pinker, Proudfoot y Kingcome a sus
respectivos alojamientos para que descansaran como era debido. «Seguro que si ha de
pasar algo, pasará ahora. Es típico», pronosticó al verlos marchar y, efectivamente, así
ocurrió. Veinte minutos más tarde, Logie aparecía de nuevo en la Sala Grande con la
horrible expresión de culpable nerviosismo que caracterizaría toda la jornada.
—Parece que ha empezado el baile.
Saint Erith, Scarborough y Flowerdown habían informado de una señal E-barra
seguida de ocho letras en Morse, y antes de un minuto una de las chicas de la sala de
registro les traía las primeras copias. Jericho colocó la suya en mitad de su mesa de
caballete.
RGHC DMIG. El corazón empezó a acelerársele.
—Red Hubertus —dijo Logie—, 4601 kilociclos.
Cave estaba hablando con alguien por teléfono y puso la mano sobre el auricular:
—Los radiogoniómetros ya tienen una posición. —Chasqueó los dedos—. Un lápiz.
Rápido. —Baxter le lanzó uno—. 49'4 grados norte —repitió—. 38'8 grados oeste. Lo
tengo. Buen trabajo. —Y colgó.
Cave se había pasado la noche trazando el curso de los convoyes en dos grandes
mapas del Atlántico Norte, uno de ellos proporcionado por el almirantazgo y el otro,
una minuciosa cuadrícula naval, capturado a los alemanes. Los criptoanalistas
hicieron corro alrededor de él. El dedo de Cave señaló un punto casi exactamente a
medio camino entre Newfoundland y las islas Británicas.
—Ahí lo tenemos. Está siguiendo al HX-229. —Hizo una cruz sobre el mapa y
escribió 0725 al lado. —¿Qué cuadrícula es? —preguntó Jericho. —BD 1491.
—¿El rumbo del convoy? —Cero setenta.
Jericho volvió a su mesa y en menos de dos minutos, utilizando la tabla de señales
y la agenda en curso de la Kriegsmarine para codificar cuadrículas navales («Alfred
Krause, Blucherplatz 15»: Cabaña 8 lo había descifrado antes del bloqueo) tuvo ante sí
una criba de cinco letras que cuadrar con el informe de contacto.
RGHCDMIG
DDFGRX??
Las cuatro primeras letras anunciaban que había sido localizado un convoy rumbo
cero setenta grados, las dos siguientes daban la posición, las dos últimas re-
presentaban el nombre en clave del submarino, que él no tenía. Rodeó en un círculo
R-D y D-R. Un lazo de cuatro letras en la primera señal.
—Tengo D-R/R-D —dijo Puck segundos después.
—Yo también.
—Y yo —dijo Baxter.
Jericho asintió con la cabeza y escribió sus iniciales en el cuaderno.
—Buena señal.
A partir de ese momento los acontecimientos empezaron a precipitarse.
A las 8.25 fueron interceptadas dos señales largas procedentes de Magdeburgo,
que Cave supuso al instante era el cuartel general de los submarinos ordenando que
todos los U-boote en el Atlántico Norte se dirigiesen hacia la zona de ataque. A las 9.20
colgó el auricular para anunciar que el almirantazgo acababa de enviar una señal al
jefe del convoy advirtiéndole de que posiblemente estaba siendo vigilado. Siete minu-
tos después, el teléfono volvió a sonar. La estación de interceptación en Flowerdown.
Un nuevo E-barra desde casi la misma posición que el anterior. Las chicas de la
sección femenina se dieron prisa: KLYS QNLP.
—El mismo submarino —dijo Cave—. Es el procedimiento operacional
acostumbrado. Informar cada dos horas, o casi.
—¿Cuadrícula?
—La misma.
—¿Rumbo del convoy?
—También el mismo. Por ahora.
Jericho volvió a su escritorio y movió la criba original debajo del nuevo
criptograma.
KXYSQNLP
DDFGRX??
No había letras que coincidiesen. La regla de oro de Enigma, su único y fatal punto
débil: «Nada es igual a sí mismo: A nunca puede ser A, B nunca puede ser B...» La
cosa funcionaba. Jericho ejecutó con los pies bajo la mesa unos breves pasos de alegre
claque. Alzó la cabeza, vio que Baxter estaba mirándolo y, horrorizado, se dio cuenta
de que sonreía.
—¿Contento?
—Desde luego que no.
Pero fue tal su vergüenza, que cuando una hora después Logie entró a decir que un
segundo submarino acaba de enviar una señal de contacto, se sintió personalmente
responsable de ello.
SOUY YTRQ.
A las 11.40 un tercer submarino empezó a vigilar el convoy, a las 12.20 un cuarto, y
de pronto Jericho se vio con siete señales sobre la mesa. Fue consciente de que varias
personas se acercaban a mirar por encima de su hombro; eran Logie, con su eterna
pipa, y el olor potente y la respiración sonora de Skynner. No se volvió. No dijo nada.
El mundo exterior se había disuelto para él. La propia Claire no era ahora sino un
fantasma. Sólo existían aquellas letras que iban extendiéndose progresivamente a
través del Atlántico, que se multiplicaban en sus hojas de papel, que se convertían en
delgadas cadenas de posibilidades.
No pararon para desayunar ni para almorzar. Minuto a minuto, durante toda la
tarde, los criptoanalistas siguieron de tercera mano los azares de la persecución que se
desarrollaba a tres mil kilómetros de distancia. El comandante del convoy enviaba
señales al almirantazgo, el almirantazgo tenía línea abierta con Cave, y Cave gritaba
cada nuevo movimiento como si ello afectara la búsqueda de cribas.
A las 13.40 llegaron dos nuevas señales; una era un breve informe de contacto, la
otra, más larga, casi con seguridad procedía del submarino que había iniciado la
cacería. Por primera vez ambos mensajes eran lo bastante seguidos como para que las
propias antenas de la escolta del convoy pudieran fijar su posición. Cave escuchó con
una cara seria y luego anunció que el HMS Mansfield, un destructor, estaba siendo
desviado del cuerpo principal de los mercantes con el objeto de atacar los U-boote.
—El convoy acaba de hacer un viraje de emergencia hacia el sudeste. Intentará
sacudirse de encima a los alemanes mientras el Mansfield los obliga a bajar.
Jericho alzó la vista.
—¿Qué rumbo lleva? —preguntó.
—¿Qué rumbo lleva? —repitió Cave por el auricular—. Digo —aulló— que qué
cono de rumbo lleva. —Miró a Jericho haciendo un mohín. Tenía el auricular pegado a
la oreja de las cicatrices—. Sí. Está bien. Gracias. Rumbo del convoy, ciento dieciocho
grados.
Jericho alcanzó la tabla de señales abreviadas.
—¿Conseguirán escapar? —preguntó Baxter.
Cave se inclinó sobre su mapa con una regla de cálculo y un transportador.
—Puede —dijo—. Es lo que yo intentaría hacer en su lugar.
Transcurrió un cuarto de hora sin novedad.
—Quizá lo hayan logrado —dijo Puck—. Bueno, ¿qué hacemos ahora?
—¿Cuánto material necesitaban? —preguntó.
Jericho contó las señales recibidas y dijo:
—Hay nueve. Necesitamos veinte más. Mejor aún veinticinco.
—Santo Dios. —Cave los contempló con aversión—. Es como sentarse al lado de un
montón de carroña.
En algún sitio sonó un teléfono que alguien contestó de inmediato. Logie entró
unos segundos después, escribiendo algo.
—Era Saint Erith informando de una señal E-barra en 49'4 grados norte, 38*1
grados oeste.
—Nueva posición —dijo Cave, examinando sus cartas de navegación. Hizo una
cruz, tiró el lápiz y se retrepó en su silla frotándose la cara—. Lo único que ha hecho
es escapar de un submarino para meterse en las garras de otro. ¿Cuál es? ¿El quinto?
Jesús, hay más submarinos que peces.
—No podrá escapar —dijo Puck—, ¿verdad?
—Imposible si está rodeado.
Una chica de la sección femenina pasó entre los criptoanalistas repartiendo copias
del último criptograma: BKELUUXS.
Diez señales. Cinco U-boote en contacto.
—¿Cuadrícula? —preguntó Jericho.
Hester Wallace no sabía jugar al póquer, lo cual era un error por su parte, pues
Dios le había dado una cara de póquer con la que podría haber hecho una fortuna.
Nadie que la hubiera visto aquella tarde guardando su bicicleta en el cobertizo
contiguo a la cantina, o enseñando su pase en el puesto de guardia, o que se hubiera
hecho a un lado en Cabaña 6 para dejarla pasar, o se hubiese sentado delante de ella
en la sala de control habría adivinado lo confusa y trastornada que se sentía.
Tenía, como siempre, la tez pálida, y su ceño sugería que no deseaba conversar.
Llevaba el cabello, largo y negro, salvajemente estirado y sujeto con pasadores. Su
atuendo era el clásico uniforme de la maestra: zapatos planos, medias de lana grises,
sencilla falda del mismo color, camisa blanca y una vieja, pero bien cortada, chaqueta
de tweed que poco después se quitaría para colgarla en el respaldo de la silla, ya que
la tarde era cálida. Sus dedos se movían por el pañuelo en breves movimientos de
picoteo. Apenas había dormido en toda la noche.
«Nombre de la estación de interceptación, hora de interceptación, frecuencia, señal
de llamada, grupos de letras...»
¿Dónde se guardaba la relación de ajustes? Ése era el primer problema a resolver.
Pero no en la sala de control, desde luego. Tampoco en la de índice. Ni el archivo. Y
tampoco en la contigua sala de registro; ya había hecho sus pequeñas averiguaciones.
La sala de desciframiento era una posibilidad, pero las chicas de las Type-X siempre se
quejaban de falta de espacio, y sesenta claves Enigma, con ajustes que cambiaban
diariamente —en el caso de la Luftwaffe, hasta dos veces al día—, daban un mínimo
de quinientas informaciones distintas a la semana, lo que significaba veinticinco mil al
año, y estaban en el cuarto año de la guerra. Lo cual sugería un catálogo de gran
magnitud; una pequeña biblioteca, en realidad.
La única conclusión clara era que debían estar donde trabajaban los criptoanalistas,
en la sala de máquinas, o bien cerca de allí.
Terminó los pañuelos de Chicksands, de las doce a las tres, y se encaminó hacia la
puerta.
Los nervios estropearon su primer paso por la sala de máquinas: se dirigió
directamente hasta el otro extremo de la cabaña sin mirar siquiera a los lados. Se
quedó junto a la sala de descodificación maldiciendo su miedo, fingiendo mirar el
tablón de anuncios. Con mano temblorosa anotó la interpretación de Die Fledermaus
por la Bletchley Park Music Society, concierto al que no tenía la menor intención de
asistir.
El segundo intento fue mejor.
En la sala de máquinas no había maquinaria (el origen de su nombre se perdía en
las gloriosas brumas de 1940), sólo escritorios, criptoanalistas, papeleras llenas de
señales y, en la pared de la derecha, estantes repletos de archivos. Se detuvo y miró
alrededor con aire distraído, como si buscara un rostro conocido. El problema era que
allí no conocía a nadie. Pero entonces reparó en una calva pecosa adornada con unos
cuantos pelos color jengibre peinados patéticamente de lado a lado, y se dio cuenta de
que tenía algo.
Conocía a Cordingley.
El viejo y soso Donald Cordingley, ganador —en disputada lid— del concurso al
Hombre Más Soso de Bletchley. Inútil para el servicio militar por estrecho de pecho.
De profesión: actuario de seguros. Diez años al servicio de la Scottish Widows
Assurance Society en la City londinense, hasta que un tercer puesto en el campeonato
de crucigramas organizado por el Daily Telegraph supuso para él una plaza en la sala
de máquinas de Cabaña 6.
La plaza que debió ser de ella.
Hester lo miró unos segundos más y se marchó.
Cuando llegó a la sala de control Miles Mermagen estaba de pie junto a su mesa.
—¿Qué tal Beaumanor?
—Fascinante.
Había dejado su chaqueta sobre la silla y Merma-gen pasó una mano por el cuello,
palpando la tela entre el pulgar y el índice, como comprobando su calidad.
—¿Cómo fuiste a Beaumanor?
—Me acompañaron en coche.
—Un amigo, ¿verdad? —La sonrisa de Mermagen fue amplia y poco amistosa.
—¿Cómo lo sabes?
—Tengo mis espías —respondió él.
El océano era un hervidero de mensajes. Iban llegando a la mesa de Jericho al ritmo
de uno cada veinte minutos. A las cuatro en punto un sexto submarino alemán se
dirigió hacia el convoy, y al poco rato Cave anunció que el HX-229 estaba haciendo
otro giro, a cero veintiocho grados, en un último y (en opinión de Cave) desesperado
intento por huir de sus perseguidores.
Dos horas más tarde Jericho disponía de un montón de diecinueve señales de
contacto, a partir de las cuales había sacado tres tetragramas y un revoltijo de menús
para las bombas, que parecían los planos de un complicado juego del infernáculo.
Tenía el cuello y los hombros tan tensos que apenas podía enderezarse.
La sala estaba atestada. Pinker, Kingcome y Proudfoot habían vuelto al trabajo. El
otro teniente de navío británico, Villiers, estaba de pie al lado de Cave, quien le
explicaba algo acerca de uno de sus mapas. Una muchacha de la sección femenina fue
a ofrecerle a Jericho una bandeja con un emparedado de tocino en conserva y un tazón
de té, que él cogió agradecido.
Logie se acercó por detrás y le revolvió el pelo.
—¿Cómo estás, amigo?
—Hecho polvo, la verdad.
—¿Quieres dejarlo?
—Muy gracioso.
—Ven a mi despacho y te daré algo. Trae el té.
El «algo» resultó ser un enorme comprimido amarillo de benzedrina; Logie tenía
media docena en un pastillero hexagonal.
—No sé si debo —dijo Jericho, vacilante—. La última vez me sentó fatal.
—Pero te ayudará a pasar la noche, ¿no? Vamos, amigo. Los comandos creen
ciegamente en eso. —Agitó el pastillero bajo la nariz de Jericho—. ¿Que caerás
redondo a la hora del desayuno? ¿Y qué? Para entonces habremos derrotado a esos
cabrones. O quizá no. En todo caso ya no importará. —Cogió un comprimido y se lo
puso a Jericho en la palma de la mano—. Adelante. No se lo diré a los de enfermería.
—Cerró los dedos de Jericho sobre la tableta y añadió lentamente—: Es que no puedo
dejarte marchar, ¿sabes, muchacho? Esta noche, no. A algunos de los otros, quizá,
pero a ti no.
—Oh, bueno. Ya que me lo pintas tan bien...
Jericho tragó el comprimido con un poco de té. Le dejó un horrible sabor de boca, y
apuró el resto del té para quitárselo. Logie lo miraba con afecto.
—Así me gusta. —Guardó de nuevo el pastillero en el cajón de su mesa y lo cerró
con llave—. Por cierto, he estado guardándote las espaldas una vez más. He tenido
que decirle que eras demasiado importante para que se te molestara.
—¿Decirle a quién? ¿A Skynner?
—A Skynner, no. A Wigram.
—¿Qué quiere ése?
—A ti, amigo. Yo diría que a ti. Despellejado, disecado y empalado en cualquier
parte. La verdad, Tom, con gente así es mejor no tener líos. Le he dicho que venga a
medianoche. ¿Te parece bien?
Antes de que Jericho pudiera responder sonó el teléfono. Logie contestó.
—¿Sí? Al habla. —Gruñó y cogió un lápiz de su escritorio—. Hora de origen 19.02,
52'1 grados norte, 37'2 grados oeste. Gracias, Bill. Cumple con tu palabra. —Colgó el
auricular—. Y van siete-Anochecía otra vez y habían encendido las luces en la Sala
Grande. Los centinelas estaban colocando de nuevo las contraventanas para la noche.
Hacía veinticuatro horas que Jericho no ponía el pie fuera de la cabaña, ni se
asomaba siquiera a la ventana. Al volver a su asiento y verificar que los criptogramas
seguían en su abrigo, se preguntó vagamente qué día habría hecho fuera y cómo le iría
a Hester.
«No pienses en eso ahora», se dijo.
Empezaba a notar los efectos de la benzedrina. Su corazón funcionaba con la
liviandad de una pluma, su cuerpo estaba cargado de electricidad. Cuando repasó las
notas del día, lo que media hora antes había parecido inerte e impenetrable adquirió
de pronto plena significación.
El último criptograma estaba ya sobre su mesa:
YALB DKYF.
—Cuadrícula BD 2742 —exclamó Cave—. Rumbo cero cincuenta y cinco grados.
Velocidad del convoy, nueve nudos y medio.
—Mensaje de Skynner —dijo Logie—. Una botella de whisky para el primero que
proporcione un menú a las bombas.
Veintitrés señales recibidas. Contacto establecido con siete U-boote. Dos horas para
que anocheciera en el Atlántico Norte.
Ocho de la noche: nueve U-boote en contacto. Cuarenta y seis minutos después:
diez.
Las chicas de la sala de control escogieron para tomar la cena una mesa cerca de la
cocina. Celia Davenport les enseñó unas fotos de su prometido, que estaba luchando
en África, en tanto que Anthea Leigh-Delamere alardeó largamente sobre su última
cacería. Hester fue pasando las fotografías sin prestar atención. Tenía la mirada puesta
en Donald Cordingley, que estaba haciendo cola para recoger su ración de celacanto o
de cualquier otro oscuro ejemplo de criatura marina que les tocara comer.
Ella era más lista que él, y lo sabía.
Ella lo intimidaba.
«Hola, Donald —pensó—. Hola Donald... Oh, poca cosa, una sección de poca
monta... Escucha, Donald, hay una red de emisoras sin importancia, Konotop-Prihiki-
Poltava, en la Ucrania meridional. Nada del otro mundo, pero no hemos conseguido
interceptarlas y Archie (conoces a Archie, ¿verdad?), tiene la teoría de que tal vez sea
una variante de Buitre... El tráfico va de febrero a primeros de marzo... Eso es...»
Vio cómo se sentaba solo a una mesa y comía su solitaria cena. Lo observó,
efectivamente, como si ella misma fuera un buitre. Y cuando, a los quince minutos, él
se levantó y arrojó las sobras de su plato a la basura, ella se levantó también y lo
siguió.
Era vagamente consciente de que las otras chicas la miraban sorprendidas. No les
hizo caso.
Lo siguió hasta Cabaña 6, le dio cinco minutos para instalarse y luego entró a
buscarlo.
La sala de máquinas parecía una biblioteca al atardecer, silenciosa y somnolienta.
Hester le dio un golpe-cito en el hombro.
—Hola, Donald.
Él se volvió y la miró sorprendido.
—Ah, hola. —Su esfuerzo de memoria fue heroico—. Hola, Hester.
—Fuera es casi de noche —dijo Cave, consultando su reloj—. Ya falta poco.
¿Cuántos tienen?
—Veintinueve —respondió Baxter.
—Creo que dijo que con eso bastaba, ¿no, Mr. Jericho ?
—¿Tienen diez submarinos pisándoles los talones y pretende que le digan qué
tiempo hace?
En el Eight Bells Inn de Buckingham Road era hora de cerrar, y Miss Jobey y Mr.
Bonnyman prácticamente habían agotado el principal tema de su conversación
vespertina: lo que Bonnyman calificó dramáticamente de «incursión policial» en el
cuarto de Mr. Jericho.
Mrs. Armstrong, con el rostro enrojecido todavía a causa de la rabia al recordar
aquella violación de su territorio, les había contado los detalles durante la cena. Un
agente uniformado había montado guardia durante toda la tarde en el portal («a la
vista de toda la calle, fíjense»), mientras dos hombres de paisano con una caja de
herramientas y blandiendo un mandamiento judicial habían pasado casi tres horas
registrando el dormitorio del piso de arriba antes de partir a la hora del té con un
montón de libros. Habían desmontado la cama y el armario, sacado la alfombra y
levantado las tablas del suelo, aparte de llenarlo todo de hollín de la chimenea. «Ese
joven se ha ido —había declarado Mrs. Armstrong, cruzando sus brazos como
perniles— y pierde el derecho al alquiler.»
—Y pierde el derecho al alquiler —repitió Bonnyman sobre su cerveza por sexta o
séptima vez—. Para morirse.
—Con lo tranquilo que era el hombre —dijo Miss Jobey.
Sonó una campanilla detrás de la barra y las luces parpadearon.
—¡La hora, caballeros! ¡Es la hora!
Bonnyman terminó su aguada pinta, Miss Jobey su oporto con limón, y él la
acompañó con paso vacilante, pasando junto al blanco de los dardos y las estampas de
cacería, hacia la puerta.
El día en que Jericho se había perdido había dado a la ciudad su primer sabor a
auténtica primavera. En la calle el aire nocturno aún era templado; la oscuridad
confería un aire romántico a la monótona calle. Mientras los bebedores salían del pub
hacia la negrura, Bonnyman atrajo a Miss Jobey hacia él como jugando.
Ambos fueron a dar a un portal. Ella abrió la boca para recibir su beso, se arrimó a
él, y Bonnyman, a cambio, le apretujó el talle. Lo que a ella podía faltarle en
hermosura —¿cómo notarlo en la oscuridad?— lo compensaba con creces en ardor
pasional. Su fuerte y ágil lengua, dulce por el alcohol, restregó los dientes de él.
Bonnyman, de profesión mecánico del servicio de correos, había sido reclutado por
el Park, según Jericho, para trabajar en las bombas. Miss Jobey lo hacía en la
habitación trasera de la planta superior de la mansión, archivando cifrados manuales
del Abwehr. De acuerdo con las normas establecidas ninguno de los dos había dicho
al otro en qué trabajaba, discreción que de alguna manera Bonnyman había hecho ex-
tensible a disimular la existencia de una esposa y dos hijos en su casa de Dorking.
Las manos de Bonnyman acariciaron los magros muslos de Miss Jobey y
empezaron a subirle la falda.
—Aquí no —dijo ella en su boca, y le apartó las manos.
—Vaya —confiaría Bonnyman después con un guiño al inspector de policía que le
tomó la declaración—, las cosas que un adulto tiene que hacer en tiempos de guerra, y
total por un simple ya sabe usted qué.
Primero, un paseo en bicicleta que los llevó por un sendero hasta el puente del
ferrocarril. Luego, al tímido haz de una linterna, saltar una verja con candado y cruzar
un trecho de fango y zarzas hacia la mole de un edificio en ruinas. Cerca, una gran
extensión de agua. No se veía, pero podía oírse perfectamente el chapoteo en la brisa y
algún que otro graznido de aves acuáticas, como podía sentirse también una
oscuridad más profunda, como un gran pozo negro.
Quejas de Miss Jobey cuando se arañó sus preciosas medias y se torció el tobillo;
fuertes y amargas imprecaciones contra Mr. Bonnyman y todos sus desvelos que por
el momento no auguraban nada bueno para lo que él tenía en mente. Ella empezó a
gemir: «Oye, Bonny, tengo miedo, volvamos a casa.»
Pero Bonnyman no tenía la menor intención de regresar. Mrs. Armstrong
controlaba por norma hasta la menor alteración sonora en el éter de su Commercial
Guesthouse, como una estación de interceptación personificada; esa noche iba a estar
en alerta máxima. Por otro lado, a él siempre le había gustado el lugar. La luz centelleó
sobre el ladrillo rojo iluminando las pruebas de anteriores encuentros: AE + GS; Tony
= Kath. Aquel sitio tenía una fuerte carga erótica. Cuántas cosas habían sucedido allí,
cuántas manos palpando a tientas... Formaban parte de un gran flujo de anhelos que
se remontaba a muchos años y seguiría por muchos años más... Anhelos ilícitos,
irreprimibles, perpetuos. Aquello era vida. Tales fueron, en todo caso, los
pensamientos de Bonnyman, aunque es lógico él no los expresó ni entonces ni
después, a la policía.
—¿Qué ocurrió luego, señor? Con exactitud.
Esto tampoco quiso confesarlo, ni con exactitud ni sin ella.
Pero lo que ocurrió a continuación fue que Bonnyman dejó la linterna en una
brecha del enladrillado donde algo se había desprendido de la pared, y rodeó con sus
brazos a Miss Jobey. Encontró primero una ligerísima resistencia —cierto forcejeo
simbólico, algún «deja» o «aquí no»— que rápidamente perdió convicción hasta que
de pronto la lengua de ella volvió a sus trucos y reanudaron la cosa allí donde la
habían dejado al salir del pub. Sus manos volvieron a subir por debajo de la falda y ella
volvió a rechazarlo, pero esta vez por un motivo diferente. Con el entrecejo ligera-
mente fruncido, Miss Jobey se agachó y se quitó las bragas. Nada por aquí, nada por
allá, y habían desaparecido. Bonnyman la miró fijamente, extasiado.
—Lo que pasó después, inspector, con exactitud, es que Miss Jobey y yo vimos
unos sacos de arpillera en un rincón.
Ella con la falda por encima de las rodillas y él con el pantalón por los tobillos,
arrastrando los pies como si llevara piernas ortopédicas, cayendo pesadamente de
hinojos, y una nube de polvo que se levantaba de los sacos y revoloteaba a la luz de la
linterna, y luego mucho retorcerse y quejas por parte de ella de que algo se le estaba
clavando en la espalda.
Se levantaron y apartaron los sacos para hacer un lecho mejor.
—¿Y fue entonces cuando lo encontraron?
—Fue entonces, sí.
El inspector descargó súbitamente el puño sobre la mesa de madera basta y gritó al
sargento:
—¿Todavía no hay señales de Mr. Wigram?
—Seguimos buscando, señor.
—Pues haga el puñetero favor de encontrarlo, hombre. Muévase.
La bomba era pesada —Jericho calculó que debía de pesar más de quinientos
kilos— y aunque estaba montada sobre ruedecillas, él y el mecánico necesitaron de
todas sus fuerzas para apartarla de la pared. Jericho tiraba mientras el mecánico se
ponía detrás y apoyaba el hombro en el armazón para empujar. Finalmente cedió con
un chirrido y las chicas de la sección femenina se aprestaron a desarmarla.
El criptógrafo era como un monstruo salido de una de las fantasías de H. G. Wells:
un armario metálico negro de dos metros y medio de ancho por uno ochenta de altura,
con un sinnúmero de bobinas de diez centímetros de diámetro dispuestas en la parte
frontal. La parte de atrás estaba engoznada y cubría un amasijo de cables de colores y
unos cilindros de brillo opaco. En el lugar del suelo donde había estado la bomba
apareció un gran charco de aceite.
Jericho se limpió las manos en un trapo y retrocedió hasta un rincón para
contemplarla. En el resto de la cabaña había unas veinte bombas trabajando sobre
otras claves Enigma, y él supuso que el ruido y el calor que producían debían de ser
semejantes a los de la sala de máquinas de un barco. Una de las mujeres fue a la parte
trasera del armatoste y empezó a desconectar cables. La otra se ocupó de la parte
frontal, sacando las bobinas una por una para examinarlas. Cuando encontraba un
defecto en el cableado le pasaba la bobina al mecánico, quien volvía a colocar los
pequeños cables en su sitio con unas pinzas. Las escobillas de contacto siempre
estaban deshilachándose y la correa que conectaba el mecanismo al enorme motor
eléctrico tenía tendencia a patinar y estirarse siempre que había un peso grande.
Además, los mecánicos no habían hecho bien la toma de tierra, de modo que los
armarios tenían cierta propensión a soltar potentes descargas eléctricas.
Jericho creía que aquél era el peor trabajo de todos. Ocho horas diarias, seis días a
la semana, metido en aquella ensordecedora celda sin ventanas. Horrible. Se volvió y
consultó su reloj. No quería que advirtiesen su impaciencia. Eran casi las once y
media.
En ese momento estaban introduciendo el menú en todos los compartimientos de
bombas en el área de Bletchley. Trece kilómetros al norte de Park, en una cabaña
situada en un claro de la frondosa finca de Gayhurst Manor, un puñado de exhaustas
muchachas de la sección femenina a punto de terminar su turno recibían la orden de
parar las tres bombas que llevaban Trepatroncos (administración del ejército Berlín-
Viena-Belgrado), desmontarlas y prepararlas para Tiburón. En la caballeriza de
Adstock Manor, quince kilómetros al oeste, las chicas estaban literalmente repantiga-
das con los pies en alto junto a sus silenciosas máquinas, bebiendo naranjada y
escuchando a Tommy Dorsey por la BBC, cuando el supervisor entró a la carga con un
montón de menús en la mano y les dijo que pusieran manos a la obra y rápido. Y en
Wavendon Manor, tres kilómetros al nordeste, una historia parecida: en su húmedo
bunker, cuatro bombas dejaban bruscamente de trabajar en Quebrantahuesos (clave
Enigma de baja prioridad de la Organisation Todt) al tiempo que sus operadoras
recibían el aviso de un trabajo urgente.
Estas, más las dos máquinas que había en Cabaña 11 de Bletchley, completaban las
doce bombas prometidas.
Terminado el chequeo, la chica de la sección femenina volvió a la primera hilera de
bobinas y empezó a arreglarlas según la combinación anotada en el menú. Iba
gritándole letras a su compañera, quien las verificaba.
—Freddy, Mantequilla, Cuaga...
—Sí.
—Manzana, Rayo, Edward...
—Sí.
Las bobinas encajaron en sus husillos y quedaron fijas en su sitio tras un fuerte
chasquido metálico. Cada una estaba cableada de manera que pudiese imitar la acción
de un rotor Enigma: ciento ocho bobinas en total, equivalente a treinta y seis máquinas
Enigma trabajando en paralelo. Una vez ajustadas todas las bobinas, la bomba fue
transportada de nuevo a su sitio y el motor puesto en marcha.
Las bobinas empezaron a girar todas excepto una de la fila superior, que se había
atascado. El mecánico le dio un golpe con su llave de tuercas y la bobina rebelde se
puso a girar. La bomba trabajaría sin parar sobre aquel menú —al menos un día
entero; posiblemente, según los cálculos de Jericho, dos o tres— parando
ocasionalmente cuando la alineación de las bobinas cerrara un circuito. Entonces
habría que verificar y analizar las lecturas de las bobinas, arrancar de nuevo la
máquina, y así sucesivamente hasta que saliera la exacta combinación de ajustes,
momento en que los criptoanalistas podrían leer el tráfico de Tiburón. Ésa era, al
menos, la teoría.
El mecánico empezó a arrastrar la otra bomba y Jericho hizo ademán de ayudarlo,
pero se lo impidió alguien que le tiraba del brazo.
—Vamos, amigo —gritó Logie sobre el estruendo de las máquinas—. Aquí ya no
podemos hacer nada. —Tiró otra vez de su manga.
Jericho se volvió a regañadientes y salió de la cabaña detrás de él.
No tenía la menor sensación de euforia. Tal vez al día siguiente por la tarde, o quizá
el jueves, las bombas les darían los ajustes de Enigma para el día que ahora terminaba.
Entonces empezaría el verdadero trabajo —la laboriosa tarea de intentar reconstruir la
nueva tabla de señales abreviadas—, primero tomando los datos meteorológicos del
convoy, cotejándolos con las señales meteorológicas ya recibidas de los submarinos
alemanes, aventurando estimaciones aproximadas, comprobándolas, escribiendo un
nuevo juego de cribas... La batalla contra Enigma no tenía fin. Era un torneo de ajedrez
de un millar de partidas contra un jugador de prodigiosa fortaleza defensiva, y cada
día las piezas volvían a sus posiciones originales y el juego recomenzaba desde el
principio.
También Logie parecía un tanto abatido mientras iban hacia Cabaña 8 por el
camino asfaltado.
—He enviado a los demás a casa para que duerman un poco —dijo—, que es lo que
yo voy a hacer. Y tú deberías imitarme, si no estás demasiado colocado como para
dormir.
—Sólo voy a poner un poco de orden aquí, si te parece bien. Llevaré la tabla a la
caja fuerte.
—Sí. Hazme ese favor.
—Y luego, lo mejor será que me enfrente a Wigram.
—Ah, claro. Wigram.
Entraron en la cabaña. Una vez en su despacho, Logie le lanzó a Jericho las llaves
del Museo Negro.
—Y tu premio —dijo, tendiéndole media botella de whisky—. Que no se me olvide.
—Habías dicho que Skynner ofrecía una botella entera.
—Sí, bueno, ya conoces a Skynner.
—Dásela a los otros, Logie.
—Vamos, no seas beato, caray. —Del mismo cajón Logie sacó un par de vasos
esmaltados. Sopló para quitarles el polvo y limpió el interior con la yema del dedo
índice—. ¿Por qué brindamos? ¿Te importa que te acompañe?
—¿Por el fin de Tiburón? ¿Por el futuro...?
Logie sirvió una generosa cantidad de whisky en ambos vasos.
—¿Qué te parece —dijo sagazmente, dándole uno a Jericho— por tu futuro?
Entrechocaron los vasos.
—Por mi futuro.
Se sentaron en silencio con los abrigos puestos y bebieron.
—Estoy derrotado, no puedo más —dijo Logie por fin, apoyándose en el escritorio
para ponerse de pie. Tenía tres pipas en un estante, sopló ruidosamente en cada una
de ellas produciendo un ruido áspero y desagradable, y se las guardó en el bolsillo—.
Bueno, no te olvides el whisky.
—No lo quiero para nada.
—Coge la botella. Por favor. Hazlo por mí.
Ya en el pasillo, Logie estrechó la mano de Jericho y éste temió que fuera a decirle
algo desagradable. Pero tuviera lo que tuviese en la cabeza, se lo pensó mejor y
sencillamente lo saludó con aire tristón, cerró la puerta y echó a andar.
La Sala Grande, en espera del turno de medianoche, se hallaba casi desierta. Al
fondo había gente trabajando esporádicamente en Delfín y Marsopa. Dos chicas en
mono de faena estaban junto a la mesa de Jericho recogiendo todos los papeles
desechados y metiéndolos en un par de bolsas para su inmediata incineración. Sólo
seguía allí Cave, inclinado sobre sus mapas. Levantó la vista al entrar Jericho.
—¿Y bien? ¿Cómo le van las cosas?
—Es demasiado pronto para saberlo —respondió Jericho. Buscó la tabla de cifra y
se la guardó en el bolsillo—. ¿Y a usted?
—Hasta ahora tres blancos. Un mercante noruego y un carguero holandés. Se han
ido directamente a pique. El tercero está en llamas y dando vueltas en círculo. Media
tripulación perdida y la otra media tratando de salvar el barco.
—¿Cuál es?
—Es un barco estadounidense. El James Oglethorpe. Siete mil toneladas, transporta
acero y algodón.
—Estadounidense... —repitió Jericho, acordándose de Kramer.
«Mi hermano murió, fue uno de los primeros...»
—Es una masacre —dijo Cave—, una condenada masacre. ¿Y quiere que le diga lo
peor? La cosa no terminará esta noche. Esto va a durar días y días. Los van a perseguir
y a torpedear por todo el Atlántico Norte. ¿Imagina lo que debe de sentirse al ver que
vuelan el barco que va a tu lado, sin poder parar a recoger supervivientes, esperando
que llegue tu turno ? —Se tocó la cicatriz, pero enseguida pareció advertir lo que
estaba haciendo y dejó caer la mano. Su gesto estuvo cargado de resignación—. Y
ahora, por lo visto, están recibiéndose señales de submarinos alrededor del convoy
SC-122.
Su teléfono empezó a sonar y Cave fue a contestar.
Mientras estaba de espaldas, Jericho dejó sigilosamente la media botella de whisky
en la mesa de Cave y luego salió y se adentró en la noche.
Jericho se dijo que debía tener calma. «No hay prisa. Te has dado cinco horas.
Utilízalas.»
Se encerró en la habitación del sótano, dejando la llave medio girada en la
cerradura para que cualquiera que intentase introducir su propia llave desde el otro
lado la encontrase cerrada. Sabía que en un momento u otro tendría que ir a abrir, de
lo contrario, ¿qué era? Un ratón en una trampa. Pero eso le daría treinta segundos, y
para buscarse una coartada volvió a abrir la caja fuerte de la sección naval y
desparramó unos cuantos mapas y tablas de cifra sobre la angosta mesa. A eso añadió
los criptogramas y los ajustes robados, y su reloj, que situó ante él con la tapa abierta.
Como si se preparara para un examen, pensó: «Los opositores sólo deberían escribir
por una cara del papel; este margen debe quedar en blanco para uso del examinador.»
Luego bajó la Enigma y retiró la cubierta.
Escuchó. Nada. Una tubería que goteaba en alguna parte, nada más. Las paredes
estaban alabeadas por la presión de la tierra fría; podía notar el olor, saborear las
esporas del húmedo encalado. Se echó aliento en los dedos y reflexionó.
Trabajaría hacia atrás, se dijo, empezando por descifrar primero el último
criptograma, sobre la hipótesis de que lo que hubiese causado la desaparición de
Claire estaba contenido en esos mensajes finales.
Recorrió con los dedos las columnas de notación para buscar los ajustes de Buitre
para el 4 de marzo, día de pánico general en el archivo de Bletchley.
III V IV GAH CX AZ DV KT HU LW GP EY MR FQ
Los números romanos significaban que ese día iban a emplear tres de los cinco
rotores de la máquina, y el orden en que había que ponerlos. GAH le dio la posición
inicial de los rotores. Los siguientes diez pares de letras representaban las múltiples
conexiones que tenía que hacer en el panel de enchufes de la parte de atrás. Quedaban
seis letras sin relacionar, lo cual, por uno de esos gloriosos misterios de la estadística,
aumentaba el número de posibles conexiones en el panel de casi ocho billones (25 x 23
x 21 x 19 x 17 x 15 x 13 x 1 1 x 9 x 7 x 5 x 3 ) a más de ciento cincuenta billones.
Primero hizo las conexiones. Tiras cortas de cable flexible de color chocolate con
clavijas de latón revestidas de baquelita en cada extremo, que se hundieron con
satisfecha precisión en los enchufes de sus letras respectivas; de C a X, de A a Z...
A continuación levantó la tapa interior de la Enigma, abrió el husillo y sacó los tres
rotores que ya estaban cargados. De un compartimiento aparte retiró los dos rotores
sobrantes.
Cada rotor era del tamaño y grosor de un disco de hockey sobre hielo, pero más
pesado: una rueda dentada con veintiséis terminales —por un lado en forma de anillo
con resortes, y por el otro plana y circular— con las letras del alfabeto grabadas
alrededor del borde. A medida que los rotores giraban unos contra otros, la forma del
circuito eléctrico que cerraban iba variando. Siempre que se pulsaba una tecla el rotor
de la derecha avanzaba una letra. Una vez cada veintiséis letras, una muesca de su
anillo-alfabeto hacía que el rotor central se moviera también. Y cuando, al final, el
rotor dé en medio completaba una rotación, el tercer rotor empezaba a moverse. Dos
rotores moviéndose a la par se conocía en Bletchley como «cangrejo»; tres era
«langosta».
Dispuso los rotores según el orden del día —III, V y IV— y los encajó en el husillo.
Hizo girar el III y lo puso en la letra G, el V en A y el IV en H, y luego cerró la tapa.
Ahora la máquina estaba preparada como lo había estado su hermana gemela en
Smolensko la tarde del 4 de marzo.
Pulsó las teclas.
Listo.
La Enigma trabajaba sobre un principio sencillo. Si, cuando la máquina estaba
ajustada de un modo concreto, tecleando A se cerraba un circuito que hacía iluminar
la bombilla X, por lógica —puesto que la corriente eléctrica es recíproca—, con el
mismo ajuste al pulsar X se encendería la bombilla A. La máquina estaba pensada
para que descifrar fuese tan fácil como poner en cifra.
Jericho advirtió de inmediato que algo andaba mal. Pulsaba una letra del
criptograma con el índice de la mano izquierda y con la mano derecha anotaba el ca-
rácter iluminado en el panel. La T le dio H; la R, Y; la X, C... No le sonaba a alemán.
Con todo, siguió adelante con la esperanza cada vez más mermada de que aquello
tenía que funcionar. No se rindió hasta haber pulsado cuarenta y siete letras.
HYCYKWPIOROKDZENAJEWICZJPTAKJHRUTBPYSJMOTYLPCIE
SZULCJKUKAH...
—Once edificios principales —dijo el inspector—, Ocho de los cuales con hornos de
cocer ladrillos, cuatro con chimeneas en pie. Un ramal corto con apartaderos, que
enlaza con la línea principal, y un ramal que parte de aquí, cruzando el solar.
Ahora estaban fuera, en el lugar donde habían hallado el segundo zapato, y el
mapa estaba desplegado sobre una herrumbrosa cisterna de agua. Hester se apartó,
vigilada en todo momento por Leveret, que permanecía con los brazos caídos a los
costados. Había más hombres cerca del borde del agua, horadando la noche con sus
linternas.
—Cerca del embarcadero había un cobertizo para los del club de pesca local.
Normalmente había tres botes de remos.
—¿ Normalmente ?
—Alguien abrió la puerta a patadas, señor. La temporada ha terminado. Por eso
nadie lo descubrió. Falta un bote.
—¿Desde...?
—Bien, el domingo vino a pescar carpas. Era el último día de la estación. Aquel día
no pasó nada, de modo que tuvo que ser a partir del domingo por la noche.
—Domingo. Y estamos a miércoles. —Wigram suspiró y sacudió la cabeza.
El inspector extendió las manos y dijo:
—Con todos mis respetos, señor, tengo a tres hombres en Bletchley. Bedford nos ha
prestado seis, Buckingham, nueve. Estamos a tres kilómetros del centro de la ciudad.
Señor...
Wigram no parecía haberle oído:
—¿Qué tamaño tiene el lago? —preguntó.
—Unos cuatrocientos metros de diámetro.
—¿Profundo?
—Sí, señor.
—Quiero decir que qué profundidad tiene.
—Siete u ocho metros en los bordes. Bajando, hasta dieciocho o veinte. Es una vieja
explotación. Bletchley se construyó con lo que sacaban de aquí.
—No me diga. —Wigram dirigió su linterna hacia el lago—. Supongo que tiene
sentido. Hacer un agujero a partir de otro agujero. —La niebla empezaba a
arremolinarse como el vapor de una caldera. Wigram hizo girar la linterna y volvió a
enfocar el edificio—. ¿Qué pasó aquí, entonces? —dijo en voz baja—. Nuestro hombre
la trae el domingo para echar un polvo. La mata, seguramente con ese ladrillo. La
arrastra hasta aquí... —El haz de luz siguió el sendero desde los hornos hasta el
agua—. Ha de ser fuerte, porque la chica era alta. ¿Qué más? Consigue un bote. Quizá
mete el cuerpo en un saco. Lo llena de ladrillos. Eso es evidente. Rema hacia el centro.
Arroja el saco. Un chapoteo en la oscuridad, como en las películas... Probablemente
quería volver por la ropa, pero algo se lo impidió. Tal vez la siguiente pareja de
tórtolos había llegado ya. —Volvió a dirigir el haz hacia la niebla—. Veinte metros de
profundidad. ¡Cono! Habrá que alquilar un submarino para encontrarla.
—¿Puedo irme ya? —preguntó Hester. Hasta ese momento había permanecido
callada, pero ahora estaba llorando y respiraba a grandes bocanadas.
Wigram le iluminó la cara.
—No —dijo tristemente—. Me temo que no es posible.
Jericho estaba corrigiendo las conexiones con toda la rapidez que le permitían sus
dedos entumecidos.
Ajustes de Enigma para la clave Buitre del ejército alemán, 6 de febrero de 1943:
Jericho dio una vuelta por su pequeña celda, batiendo los brazos y pateando el
suelo. Le parecía estar poseído por fantasmas, espectros que sonreían con bocas
desdentadas que explotaban en la parte posterior de sus cabezas. También él caminaba
por el bosque. El frío le rajaba la piel. Y cuando se detenía a escuchar oía un ruido de
árboles arrancados de raíz, palas y picos chocando contra la tierra helada.
¿Oficiales polacos?
¿Puck?
La tercera señal, después de un lapso de once días, había sido transmitida el 20 de
febrero. Nach Eintreten Tauwetter Exhumierungen im Wald bei Katyn fortgesetzt...
HYCYKWPIOROKDZENAJEWICZJPTAKJHRUTBPYSJMOTYLPCIE
Si uno los ordenaba así no tenía ningún sentido, pero si lo hacía de esta manera:
HYCYK, W., PIORO, K., DZENAJEWICZ, J., PTAK, J., HRUT, B., PYS, J., MOTYL, P... el
orden emergía del caos.
Nombres.
Con eso tenía suficiente. Pudo haber parado. Pero siguió adelante, pues no era de
los que dejan un misterio o una comprobación matemática a medio resolver. Había
que explicar el camino que llevaba a la respuesta, aun cuando uno hubiera adivinado
el destino mucho antes de que el viaje terminara.
Ajustes de Enigma para la clave Buitre del ejército alemán, 2 de marzo de 1943:
III IV II LUK JP DY QS HL AE NW CU IK FX BR
Poco después de las cinco de la mañana, Tom Jericho emergió cual topo de su
agujero subterráneo y permaneció en el pasadizo de la mansión, escuchando. Había
devuelto la máquina Enigma a su estante, cerrado la caja fuerte y echado la llave a la
puerta del Museo Negro. Los criptogramas y los ajustes estaban en su bolsillo. Oyó
voces y pasos que se acercaban y se arrimó a la pared, pero quienesquiera que fuesen
no pasaron por donde él estaba. La escalera de madera crujió cuando se perdieron de
vista hacia las oficinas instaladas en los dormitorios de arriba.
Se movió con cautela, pegado a la pared. Si a medianoche Wigram había ido a
buscarlo a la cabaña, ¿qué habría hecho al ver que no estaba? Habría ido a Albion
Street. Y al comprobar que Jericho no se había presentado allí, probablemente habría
organizado un buen pelotón de rescate. Y por el momento a Jericho no le interesaba
que lo encontrasen. Había demasiadas preguntas que hacer y sólo un hombre tenía las
respuestas.
Abandonó su escondite y abrió la puerta de doble batiente que daba al vestíbulo.
«Fuiste su amante, ¿verdad Puck? El siguiente después de mí en la puerta giratoria
de los hombres de Claire Romilly. Y de alguna forma —pero ¿cómo?— supiste que en
aquel espeluznante bosque pasaba algo terrible. ¿No fue por eso que fuiste a buscarla?
¿Porque ella tenía acceso a una información que te estaba vedada? Y ella debió de
acceder a ayudarte, debió de empezar a copiar para ti todo lo que le pareció de interés
("Últimamente la he visto más atenta...")- Y luego vino el día de pesadilla en que
comprendiste que —¿quién?, ¿tu padre?, ¿tu hermano?— estaba enterrado en aquel
sitio horrendo. Y al día siguiente, lo único que ella pudo conseguir fueron esos
criptogramas, porque los británicos —los británicos: fieles aliados vuestros, leales
protectores a quienes Polonia había confiado el secreto de Enigma— habían decidido,
sencillamente, que no querían saber nada más.
»Puck, Puck, ¿qué has hecho?
»¿Qué has hecho con ella?»
En el vestíbulo de entrada había un centinela, un par de criptoanalistas hablando
quedamente en un banco, una mujer de la fuerza aérea auxiliar con un montón de
archivadores pugnando por encontrar el pomo de la puerta con el codo. Jericho fue a
abrírsela y ella le brindó una sonrisa y puso los ojos en blanco como diciendo: «Vaya
sitio para coincidir a las cinco de una mañana de primavera.» Jericho sonrió a su vez y
asintió solidariamente con la cabeza: «Y que lo diga, vaya sitio...»
La joven fue en una dirección y él en la contraria, hacia el lucero del alba y la verja
principal. El cielo estaba negro, la cabina de teléfonos era casi invisible entre las
sombras de la arboleda. Estaba vacía. Pasó de largo y se adentró en la espesura. Sir
Herbert Leo, último propietario Victoriano del Park, había sido un consumado
arboricultor, como demostraban las trescientas especies distintas que había plantado.
Cuarenta años replantando semillas, seguidos de cuatro años sin podar, habían
convertido la arboleda en un laberinto de cámaras secretas, y fue ahí donde Jericho se
acuclilló en la tierra seca esperando a Hester Wallace.
A las cinco y cuarto comprendió que no se presentaría, lo cual le sugirió que tal vez
la hubiesen detenido. En cuyo caso, ahora debían de estar buscándolo a él.
Tenía que salir del Park y no podía hacerlo por la entrada principal.
A las cinco y veinte, habituada ya su vista a la oscuridad, empezó a avanzar por la
arboleda rumbo al norte, de vuelta a la mansión, con su fajo de secretos pesándole en
el bolsillo. Notaba aún los efectos de la benzedrina —ligereza de músculos, agudeza
mental especialmente frente al peligro— y ofreció una oración de gracias a Logie por
haberle hecho tomar el comprimido; de lo contrario en ese momento estaría medio
muerto.
«Puck, Puck, ¿qué has hecho?
»¿Qué has hecho con ella?»
Salió de detrás de dos sicómoros y avanzó por el césped contiguo a la mansión.
Delante de él se alzaba el perfil bajo y alargado de la vieja Cabaña 4, con la mole de la
casa detrás. Se desvió y rodeó la casa por la parte trasera hasta llegar al patio, más allá
de unos cubos de basura. Allí estaban las cuadras donde él había empezado a trabajar
en 1939, y detrás la casa de campo donde Dilly Knox había curioseado por primera
vez los misterios de Enigma. Formadas un semicírculo sobre el adoquinado,
distinguió los relucientes cilindros y tubos de escape de media docena de moto-
cicletas. Se abrió una puerta y el breve fulgor le permitió ver a un correo que, con su
traje, sus guantes y su casco, parecía un caballero medieval. Jericho pegó la espalda a
la pared de ladrillo mientras el motorista graduaba su asiento de atrás, arrancaba con
el pedal y daba gas. La luz roja de la moto fue menguando hasta desaparecer por la
verja posterior.
Jericho estudió la posibilidad de huir utilizando la misma salida, pero la lógica le
dijo que si la verja principal podía estar vigilada, aquélla debía de estarlo también.
Dejó atrás la casa, las pistas de tenis y por último la cabaña de las bombas, que vibraba
en la oscuridad como un cuarto de máquinas.
Una tímida mancha azul había empezado a filtrarse por el borde del cielo. La noche
—su amiga y aliada, su único amparo— se disponía a abandonarlo. Al frente, empezó
a distinguir los contornos de un solar en construcción. Pirámides de arena y tierra.
Rectángulos bajos de ladrillos y fragante madera.
Jericho nunca se había fijado demasiado en la valla exterior de Bletchley Park, que,
tras breve inspección, resultó ser una formidable cerca de estacas de hierro de dos
metros de altura, rematadas en tres puntas e inclinadas hacia fuera para disuadir a
cualquier intruso. Fue mientras estaba pasando la mano entre los barrotes de hierro
galvanizado cuando oyó un movimiento entre la maleza que crecía al otro lado, a su
izquierda. Dio varios pasos atrás y se refugió detrás de unas vigas de acero. Un
momento después pasó un centinela cuyo estado de alerta no parecía sobresaliente, a
juzgar por su encorvada silueta y lo perezoso de sus pasos.
Jericho se agachó aún más, escuchando cómo se desvanecían los pasos. El
perímetro debía de medir un kilómetro y medio aproximadamente. Unos quince
minutos para que un centinela diese una vuelta completa. Pongamos, dos centinelas
patrullando. Quizá tres.
Si eran tres, disponía de cinco minutos.
Echó un vistazo alrededor buscando ayuda.
Un barril de doscientos galones resultó demasiado pesado para levantarlo, pero
había tablones y unos tramos cortos de gruesa tubería de alcantarillado, cosas ambas
que sí pudo arrastrar hasta la estacada. Volvía a sudar. No sabía qué estaban
construyendo allí, pero seguro que era enorme... y a prueba de bombas. En la
penumbra las excavaciones le parecieron insondables.
«CINCO CAPAS DE CADÁVERES. POR ARRIBA MOMIFICADOS...»
Dispuso las tuberías perpendiculares al suelo a una distancia de un metro y medio.
Encima colocó un madero. Luego arrimó otro par de tramos de tubería a los primeros,
cogió otro tablón y se subió con éste apoyado en el hombro. Lo bajó con mucho
cuidado, formando una plataforma de dos escalones; prácticamente era la primera
cosa manual que hacía desde que era un muchacho. Trepó a la tambaleante estructura
y se agarró a los arpones. Sus pies buscaron un punto de apoyo en la cerca, pero ésta
estaba pensada para que no entrase gente, no para que no saliera. Estimulado por la
química y la desesperación, Jericho consiguió por fin subirse a horcajadas, girar y
deslizarse por el otro lado. Saltó el último metro y permaneció acuclillado en la hierba
alta, recobrando el resuello y aguzando el oído.
Su acto final fue meter el pie entre los barrotes y dar una patada a los tablones.
No esperó a ver si había llamado la atención con el ruido. Cruzó el campo, primero
andando, luego al trote y finalmente corriendo, resbalando y patinando por la hierba
cubierta de rocío. A su derecha había un gran campamento militar, oculto tras una
hilera de árboles que apenas empezaba a materializarse. Advirtió que el alba
iluminaba sus hombros, que el día clareaba minuto a minuto. Sólo miró hacia atrás al
llegar a la carretera, y ésa fue su última visión de Bletchley Park: una delgada hilera de
negros edificios bajos —meros puntos y rayas en el horizonte— y sobre éstos, en el
cielo de oriente, un inmenso arco de fría luz azul.
Había estado una vez en el alojamiento de Puck, un sábado por la tarde hacía casi
un año, para jugar una partida de ajedrez. Recordaba vagamente una casera entrada
en años que idolatraba a Puck, sirviéndoles té en una habitación atestada mientras en
el piso de arriba su esposo inválido resollaba, tosía y basqueaba. Recordaba la partida
bastante bien, pues había sido muy curiosa; Jericho muy fuerte en la apertura, Puck en
la mitad, y luego Jericho de nuevo al final. Acordaron tablas.
Alma Terrace, eso era. Alma Terrace. Número nueve.
Caminó a grandes zancadas, corriendo casi, siempre por el borde del camino,
descendiendo por la colina en dirección a la ciudad dormida. Al pasar por delante del
pub le llegó un olor jabonoso a cerveza de última hora. La iglesia metodista que había
un poco más abajo estaba a oscuras y cerrada, con su ampollado rótulo intacto desde
el estallido de la guerra: «Convertíos: porque el reino de los cielos está cerca.» Pasó
por debajo del puente del ferrocarril. Al otro lado de la carretera Albion Street, y un
poco más lejos el Club de Trabajadores de Bletchley («La Sociedad Cooperativa
Presenta una Charla a Cargo del Concejal A.E. Braithwaite: Lecciones que podemos
aprender de la economía soviética»). Unos veinte metros más adelante dobló a la
izquierda por Alma Terrace.
Era una calle como tantas otras: una doble hilera de casitas de ladrillo rojo
paralelas a la vía del tren. El número nueve era una reproducción exacta de todas las
demás: dos pequeñas ventanas en el piso de arriba y una en la planta baja, las tres
amortajadas con las cortinas de defensa antiaérea, un diminuto patio delantero con su
cubo de la basura, y una puerta de madera que daba a la calle. La puerta estaba rota,
la madera astillada y gris, lisa como madera de playa, y Jericho tuvo que alzarla para
que se abriera. La puerta principal estaba cerrada con llave. Llamó con el puño.
Una tos fuerte, fuerte y pronta como un perro de guarda. Dio un paso atrás y al
cabo de un par de segundos una de las cortinas de arriba se abrió ligeramente. Jericho
gritó:
—Puck, tengo que hablar contigo.
Cascos de caballo. Miró calle arriba y vio que un carro de carbón doblaba en Alma
Terrace. Pasó de largo, despacio, y el carretero le dedicó una larga mirada, luego
chasqueó las riendas y el caballo reaccionó avivando el paso. Detrás de él Jericho oyó
que alguien desatrancaba la puerta, que a continuación se abrió unos centímetros. Una
anciana asomó la cabeza.
—Usted perdone —dijo Jericho—, es una emergencia. Necesito hablar con Mr.
Pukowski.
La anciana dudó, pero lo dejó pasar. Medía menos de un metro y medio de
estatura, y parecía una especie de fantasma embutida en una bata azul cielo acolchada
que sujetaba sobre su camisa de dormir. Le habló con la mano delante de la boca y
Jericho advirtió que tenía vergüenza porque no llevaba puesta la dentadura postiza.
—Está en su cuarto.
—¿Puede indicarme el camino?
La mujer fue hacia el pasillo y él la siguió. Las toses del piso de arriba habían
arreciado. El techo parecía temblar, la mugrienta pantalla se bamboleaba.
—¿Mr. Puck? —La mujer llamó a la puerta—. ¿Mr. Puck? —Se volvió hacia Jericho
y dijo—: Debe de estar durmiendo. Lo oí llegar tarde.
—Permítame. ¿Puedo?
La habitación estaba vacía. Jericho la cruzó de tres zancadas y descorrió las
cortinas. Una luz gris iluminó el reino del exilio: una cama individual, un lavamanos,
una silla de madera, un espejito de vidrio grueso y rosado con pájaros grabados en él
y colgado sobre la repisa de la chimenea mediante una cadena metálica. Se notaba que
alguien había estado tumbado, más que durmiendo, en la cama, al lado de cuya
cabecera había un platillo repleto de colillas.
Jericho volvió a la ventana. El inevitable huerto en miniatura y el refugio. Una
pared.
—¿Qué hay allí?
—Pero si había echado el cerrojo...
—¿Qué hay allí, al otro lado de la pared?
Con la mano delante de la boca, la mujer parecía estar horrorizada.
—La estación —respondió.
Probó a abrir la ventana. Estaba atascada.
—¿Hay alguna puerta trasera?
La anciana lo llevó por una cocina que no debía de haber cambiado mucho desde la
era victoriana. Un exprimidor. Una bomba de mano para echar agua en el fregadero...
La puerta trasera estaba abierta.
—Mr. Puck está bien, ¿verdad? —La anciana había dejado de preocuparse por su
boca, que ahora le temblaba, y la piel de alrededor se veía fruncida, hundida,
marronácea.
—Por supuesto. Vuelva con su marido.
Comenzó a seguir el rastro de Puck. Las huellas —grandes— cruzaban el pequeño
huerto. Contra la pared había un arcón. Jericho se subió a él, y aunque se hundió un
poco le sirvió para salvar la pared de ladrillo. Estuvo a punto de caer de cabeza al
camino de cemento que había al otro lado, pero en el último instante logró apoyar los
pies.
A sus oídos llegó el silbido de un tren lejano.
Hacía quince años que no corría de esa manera, desde que siendo chico le gritaron
en una carrera de obstáculos de cinco mil metros. Pero ahí estaban otra vez los
conocidos instrumentos de tortura: la cuchillada en el costado, el ácido en los
pulmones, el sabor a orín en la boca.
Entró disparado por la puerta trasera de la estación de Bletchley y dobló la esquina
hacia el andén entre una nube de pichones plomizos que alzaron pesadamente el
vuelo para posarse otra vez. Sus pasos resonaban en la pasarela de hierro. Subió por
los peldaños de dos en dos y pasó corriendo por el pórtico. Una fuente de humo
blanco explotó a su izquierda, a su derecha, filtrándose por el entablado cuando la
locomotora pasó lentamente debajo de él.
Era temprano y había poca gente esperando el tren. Jericho había bajado media
escalera hacia el andén del norte cuando a unos cincuenta metros vio a Puck, de pie
junto a la vía con una maleta pequeña en la mano y volviendo la cabeza al ritmo de los
vagones que pasaban lentamente. Jericho se detuvo y se agarró a la barandilla,
inclinado y tragando aire desesperadamente. Se dio cuenta de que los efectos de la
bencedrina empezaban a desaparecer. Cuando por fin el tren se detuvo con una
sacudida, Puck miró alrededor, caminó hacia el frente, abrió una puerta y desapareció.
Sin dejar de sostenerse en la barandilla, Jericho bajó el último tramo de escalera y
entró a trompicones en un compartimiento vacío.
Debió de perder el conocimiento durante varios minutos, pues no oyó cerrarse la
puerta ni sonar el silbato. Lo primero que notó fue un movimiento de balanceo. La
banqueta estaba caliente y en la mejilla, que tenía apoyada en ella, sintió el ritmo
monótono y tranquilizador de las ruedas. Abrió los ojos. Retazos de nube azulina con
bordes rosados cruzaban lentamente un cuadrado de cielo blanco. Todo era muy bo-
nito, como un cuarto de niños, y habría vuelto a dormirse de no haber sido porque
recordaba vagamente algo misterioso y amenazador que supuestamente debía darle
miedo, y entonces se acordó.
Se enderezó, sacudió la dolorida cabeza y luego bajó la ventanilla y se asomó al
viento frío. No había señales de población alguna. Sólo la campiña, llana y cercada por
setos, con intervalos de graneros y estanques que rielaban a la luz de la mañana. La vía
describía una curva amplia y Jericho pudo ver la locomotora con su largo penacho de
humo sobre el muro de negros vagones. Iban hacia el norte por la línea de la costa
occidental, lo que significaba —trató de recordar— Northampton primero, luego
Coventry, Birmingham, Manchester (seguramente), Liverpool...
¿Liverpool?
Liverpool. Y el ferry para cruzar el mar de Irlanda.
Estaba desconcertado por lo irreal de todo aquello, y al mismo tiempo por su
simplicidad, su obviedad absoluta. Había un timbre de alarma encima de los asientos
de delante («Multa de veinte libras por uso indebido») y su primer impulso fue
pulsarlo. Pero ¿y después? «Piensa.» Se quedaría allí, sin afeitar, sin billete, con ojos de
drogado, intentando convencer a un guardia escéptico de que había un traidor a
bordo, mientras Puck... ¿qué haría Puck? Saltar del tren y desaparecer. Jericho
comprendió de pronto lo ridículo de su propia situación. Ni siquiera tenía dinero
suficiente para pagar un billete. Lo único que llevaba encima era un fajo de
criptogramas.
«Líbrate de ellos.»
Sacó los criptogramas del bolsillo y los rompió en pedazos. Luego asomó otra vez
la cabeza por la ventanilla y los arrojó fuera. El viento los arrastró enseguida,
lanzándolos hacia lo alto. Un momento después habían desaparecido. Jericho estiró el
cuello por la ventanilla del otro lado e intentó adivinar en qué lugar del tren se
encontraría Puck. La fuerza del viento lo ahogó. ¿Tres vagones? ¿Cuatro, quizá? Metió
la cabeza y cerró la ventanilla, luego cruzó el compartimiento y abrió la puerta que
daba al pasillo.
Se asomó con cautela.
Era un tren corriente, de antes de la guerra, oscuro y sucio. El pasillo, apenas
iluminado por débiles bombillas azules, tenía el color de un frasco de veneno. Cuatro
compartimientos a un lado. Una puerta enlazaba ambos extremos con los vagones
adyacentes.
Jericho avanzó hacia la cabeza del tren, mirando en cada compartimiento al pasar.
Aquí un par de marinos jugando a las cartas, allí dos jóvenes dormidos uno en brazos
del otro, y allí una familia —la madre, un niño y una niña— compartiendo bocadillos
y un termo de té. La madre estaba amamantando al niño, y cuando advirtió que
Jericho miraba, apartó la vista, avergonzada.
Jericho abrió la puerta que daba al siguiente vagón y entró en tierra de nadie. El
suelo se movió bajo sus pies como una pasarela de feria. Trastabilló y se golpeó la
rodilla. Por una brecha de unos diez centímetros vio los enganches y, debajo de éstos,
la tierra en rápido movimiento. Entró en el siguiente vagón a tiempo de descubrir la
cara grande y avinagrada del revisor saliendo de un compartimiento. Jericho se coló
rápidamente en el excusado y cerró por dentro. Por un instante pensó que había allí
un vagabundo, pero entonces se dio cuenta de que no era otro que él —la cara amari-
llenta, los ojos febriles y empequeñecidos, el cabello revuelto, la barba de dos días—;
estaba mirando su propio reflejo. Una estela de papel sucio y empapado se escurrió de
la taza del váter y se le arrolló a los pies como una venda floja.
—Billete, por favor. —El revisor aporreó la puerta—. Pase el billete por debajo, por
favor.
—Lo tengo en mi compartimiento.
—¿Ah, sí? —El pomo traqueteó—. Será mejor que salga y me lo enseñe.
—Es que no me encuentro bien —dijo, y era cierto—. Lo he dejado allí para que lo
viera. —Apretó la frente abrasada contra el espejo—. Déme cinco minutos, por favor.
—Volveré —gruñó el revisor.
Jericho oyó las ruedas del vagón al abrirse la puerta de enlace, y luego que ésta se
cerraba de golpe. Esperó unos segundos antes de descorrer el pestillo.
No había señales de Puck en aquel vagón ni en el siguiente, y para cuando hubo
saltado las planchas de hierro giratorias para entrar en el tercero notó que el tren
aminoraba la marcha. Echó a andar por el pasillo.
Dos compartimientos llenos de soldados, seis en cada uno, con aspecto taciturno y
los fusiles amontonados a sus pies.
Luego un compartimiento vacío.
Y luego Puck.
Iba sentado de espaldas a la máquina, inclinado; el viejo Puck de toda la vida,
apuesto, nervioso, con los codos apoyados en las rodillas y enfrascado en una
conversación con alguien que Jericho no podía ver.
Era Claire, pensó. Tenía que ser Claire. Sería Claire. Puck se la llevaba con él.
Se puso de espaldas y empezó a moverse discretamente como los cangrejos,
fingiendo mirar a través de la sucia ventanilla. Sus ojos registraron una ciudad —
monte bajo, vagones de mercancías, almacenes—, luego un andén anónimo con un
reloj parado a las doce menos diez, y unos carteles descoloridos con estupendas chicas
tetudas que anunciaban anticuadas vacaciones en Bournemouth y Clacton-on-Sea.
El tren avanzó lentamente unos cuantos metros más y se detuvo en seco frente a la
cafetería de la estación.
—¡Northampton! —anunció una voz de hombre—. ¡Estación de Northampton!
Y si era Claire, ¿cómo iba a reaccionar él?
Pero no era. Miró y vio a un hombre, un hombre joven, aseado, moreno, bronceado,
de nariz aguileña, extranjero hasta la médula. Sólo tuvo un vislumbre de él, porque el
joven se había puesto de pie después de dar a Puck un fuerte apretón de mano. El
joven sonrió (tenía los dientes muy blancos), asintió con la cabeza —el final de alguna
transacción— y luego bajó del compartimiento y se alejó rápidamente por el andén,
abriéndose paso a empujones entre la muchedumbre. Puck lo miró por un instante y
luego cerró la puerta y volvió a hundirse en su asiento, fuera del alcance de la vista.
Sus planes de huida —fueran cuales fueren— no parecían incluir a Claire Romilly.
Jericho apartó la vista.
Y de pronto comprendió lo que debía de haber pasado. El sábado por la noche
Puck había ido en bicicleta a la casa con la intención de recuperar los criptogramas... y
había descubierto que Jericho estaba allí. Regresó más tarde y advirtió que los
criptogramas habían desaparecido. Como era lógico, supuso que los tenía Jericho y
que éste haría lo mismo que cualquier leal servidor de la nación: ir corriendo a las
autoridades y entregar a Claire.
Volvió a mirar hacia el compartimiento. Puck debía de haber encendido un
cigarrillo, pues se estaba formando una nubecilla de humo de un azul acerado.
«Pero no podías permitirlo, ¿verdad?, porque ella era el único vínculo entre tú y los
papeles robados. Y necesitabas tiempo para planear esta huida con tu amigo
extranjero.
»Entonces ¿qué has hecho con ella?»
Un silbido. Un frenético chorro de vapor. El andén vibró y empezó a deslizarse.
Jericho apenas se dio cuenta, ajeno a todo salvo al ineludible resultado de sus
conjeturas.
Lo que pasó después sucedió muy rápido, y si nunca llegó a haber una única
explicación coherente de los hechos, ello se debió a una suma de factores: la amnesia
ocasionada por la violencia, la muerte de dos de los implicados, la burocrática cortina
de humo del Acta de Secretos Oficiales.
Pero la cosa fue más o menos como sigue.
Unos tres kilómetros al norte de Northampton, cerca ya del pueblo de Kingsthorpe,
una serie de puntos enlazaba la línea principal de la costa con el ramal que iba a
Rugby. Con cinco minutos de antelación, el tren fue desviado de su recorrido previsto
en dirección al oeste siguiendo el ramal, y poco después una señal de alarma advertía
al maquinista de una obstrucción en las vías.
De modo que cuando Jericho abrió la puerta del compartimiento de Puck, el tren
estaba aminorando la marcha aunque él no lo notara. La puerta cedió a la primera
presión del dedo. Las nubecillas de humo se rizaron y parecieron entrar en erupción.
Puck estaba apagando el cigarrillo (en el cenicero se encontraron después cinco
colillas) y bajando la ventanilla, presumiblemente porque había advertido la pérdida
de velocidad y, receloso, quería saber qué estaba pasando. Puck oyó abrirse la puerta
del compartimiento y se volvió, y de pronto su cara se convirtió en una calavera.
Tenía la piel encogida, estirada, como una máscara. Ya era un hombre muerto, y lo
sabía. Sólo sus ojos seguían vivos y brillantes bajo su frente despejada. Pestañeó y
dirigió la vista de Jericho al pasillo, de éste a la ventanilla y de nuevo a Jericho. Era
obvio que en su interior tenía una dura pugna, un insensato y desesperado intento de
computar posibilidades, ángulos y trayectorias.
—¿Qué le has hecho a ella? —preguntó entonces Jericho.
Puck tenía en la mano la Smith and Wesson robada, a la que le había quitado el
seguro. Lo apuntó con ella. Sus ojos repitieron los mismos pasos: Jericho, pasillo,
ventanilla, Jericho y, finalmente, ventanilla. Puck echó la cabeza hacia atrás y, sin dejar
de apuntar con el brazo extendido, trató de mirar hacia la vía.
—¿Por qué nos detenemos?
—¿Qué le has hecho a ella?
Puck le indicó con la pistola que se apartase, pero a Jericho ya no le importaba
nada. Dio un paso al frente.
Puck empezó a decir algo como «No me obligues, por favor», y luego... la farsa,
mientras se abría la puerta del compartimiento y entraba el revisor para pedirle el
billete a Jericho.
Por espacio de varios segundos permanecieron los tres allí —el curioso trío
formado por el revisor, con su cara grande y suave arrugada en una mueca de sor-
presa, el traidor blandiendo su pistola, y el criptoanalista entre ambos— y entonces
ocurrieron varias cosas más o menos a la vez. El revisor dijo «Déme eso» y avanzó
hacia Puck. La pistola se disparó. El ruido fue como un golpe. El revisor dejó escapar
algo que sonó como «Uf», con tono de perplejidad, y se miró el abdomen como si
tuviera un corte de digestión. Las ruedas del tren chirriaron al frenar y al instante
todos estuvieron en el suelo.
Es probable que Jericho fuese el primero en salir de allí. El recordaba haber
ayudado a Puck a levantarse después de sacarlo de debajo del revisor, que hacía un
ruido escalofriante y chorreaba sangre por la boca y la nariz, por la guerrera e incluso
por los bajos de los pantalones.
Jericho se arrodilló a su lado y dijo, no sin fatuidad, pues nunca antes había visto a
un herido:
—Necesita un médico.
En el pasillo había un gran alboroto. Al volverse vio que Puck había abierto la
puerta exterior y lo apuntaba con la pistola. Se apretaba la muñeca de la mano con que
sostenía el arma y gemía como si se la hubiera torcido. Jericho esperó el impacto de la
bala con los ojos cerrados, y Puck dijo —y de eso sí estaba seguro Jericho, pues
pronunció las palabras con absoluta deliberación, en su inglés perfecto—: Yo la maté,
Thomas. Lo siento muchísimo.
Luego se desplomó.
Eran poco más de las siete y cuarto —7.17, según el informe oficial— y el día
prometía ser bueno. Jericho permaneció en el umbral del vagón y le llegó el canto de
unos mirlos desde el bosquecillo cercano y el de una alondra que sobrevolaba el
campo. Por todo el tren se oían puertas que se abrían al sol y gente que descendía. La
locomotora chorreaba vapor, y un poco más allá un grupo de soldados por el
terraplén encabezado —como Jericho vio con gran sorpresa— por Wigram en persona.
A la derecha más soldados comenzaron a descender del tren. Puck estaba a menos de
veinte metros. Jericho saltó a las piedras grises de la vía y fue tras él.
Alguien gritó, casi a su espalda:
—¡Idiota de mierda, sal de en medio, joder!
Jericho pasó por alto aquel sabio consejo.
Pero eso no podía terminar así, se dijo, quedaban demasiadas cosas por saber.
Le pesaban las piernas. Claro que Puck tampoco hacía muchos progresos.
Avanzaba a trompicones por un prado, arrastrando el tobillo izquierdo, que como la
autopsia revelaría más tarde tenía una pequeña fisura (nadie llegaría a saber si a causa
de la caída en el vagón o del salto que había dado desde el tren, pero cada paso debió
de ser para él una tortura). Un pequeño rebaño de vacas lo observaba como
espectadores en una pista de atletismo.
La hierba era fragante, los setos estaban en flor y Jericho estaba a punto de dar
alcance a Puck cuando éste se volvió e hizo fuego. No pudo haber apuntado a Jericho,
la bala se perdió quién sabe dónde. Sólo fue un gesto de despedida. Los ojos ya
estaban muertos. Sin visión. Vacíos. El tren respondió con un traqueteo. Unas abejas
pasaron zumbando en la mañana primaveral.
Cinco balas hirieron a Puck y dos a Jericho. Una vez más, el orden no está claro.
Jericho sintió como si un coche lo hubiera embestido con fuerza por detrás. El golpe lo
hizo girar y lo lanzó hacia adelante. Dio una voltereta lateral y vio hasta tres copetes
salir de la espalda de Puck y luego la cabeza de éste que explotaba convertida en un
amasijo escarlata, cuando un segundo golpe —esta vez irresistible— embistió a Jericho
por el hombro derecho y le hizo describir un gracioso arco. El cielo estaba húmedo y
lo último que Jericho pensó fue que era una pena, una verdadera pena, que era una
verdadera pena que la lluvia estropease una mañana tan hermosa.
VII
TEXTO CLARO
TEXTO CLARO: dícese el texto primitivo e inteligible, como era antes de ser puesto en
clave y descubierto tras un proceso de desciframiento o criptoanálisis.
La primera bala, la que lo había golpeado como un coche por detrás, le había
entrado por el cuadrante inferior izquierdo de la espalda, y después de atravesar
cuatro capas de músculo y rozar la undécima costilla, había salido por el costado. La
segunda bala, la que lo había hecho girar, se había hundido en su hombro derecho,
destrozando parte del músculo deltoides; fue la bala que hubo que extirpar
quirúrgicamente. Perdió mucha sangre. Hubo infección.
Estuvo en una especie de hospital militar cerca de Northampton, aislado y bajo
vigilancia. Lo primero, probablemente, por si en su delirio empezaba a hablar de
Enigma; lo segundo, por si intentaba escapar, lo cual era una idea absurda, pues ni
siquiera sabía dónde se encontraba.
Soñaba —le pareció que el sueño duraba días enteros, pero quizá eso formase parte
del sueño mismo, no sabía decirlo—, con que estaba en el fondo del mar sobre una
capa de arena blanca, en medio de una corriente cálida que lo mecía. De vez en
cuando salía a la superficie y había luz, en un cuarto de techo alto, con árboles que
asomaban tras unos ventanales con barrotes. Otras veces estaba oscuro, con una luna
redonda y amarilla, y alguien se inclinaba sobre él.
La primera mañana que despertó pidió ver a un médico. Quería saber qué había
sucedido.
Llegó el médico y le dijo que había estado envuelto en un tiroteo. Al parecer, se
había acercado más de la cuenta a un campo de tiro del ejército («serás idiota») y
suerte había tenido de que no lo mataran.
No, no, protestó Jericho. La cosa no había sido así. Intentó incorporarse, pero el
dolor en la espalda le hizo gritar.
Le administraron una inyección y volvió al fondo del mar.
A medida que se recuperaba, el equilibrio de su dolor empezó a cambiar poco a
poco. Al principio era un noventa por ciento físico y un diez por ciento mental; luego
ochenta contra veinte; después setenta contra treinta, y así sucesivamente hasta que la
proporción original quedó invertida, y casi esperaba con ilusión la tortura diaria del
cambio de vendaje, como una ocasión de consumir el recuerdo de lo ocurrido ese día.
Tenía una parte de la película, pero no toda la película. Sin embargo, ante cualquier
intento de hacer preguntas, ante cualquier petición de ver a alguien con autoridad —
toda conducta, en suma, susceptible de ser calificada de «difícil»— enseguida llegaba
la aguja con su pequeña carga de olvido.
Aprendió a disimular.
Pasaba el tiempo leyendo novelas de misterio, sobre todo de Agatha Christie, que
le subían de la biblioteca del hospital. Eran pequeños volúmenes encuadernados en
rojo, ajados por el uso y con misteriosas manchas que él prefería no examinar
detenidamente. El misterio de las siete esferas, Asesinato en la vicaría, Parker Pyne investiga,
La muerte de Lord Edgeware. Leía dos y hasta tres libros en un día. También había algo
de Sherlock Holmes, y una tarde pasó dos estupendas horas intentando resolver la
clave de Abe Slaney en La aventura de los bailarines (un sistema simplificado de
cuadrículas, concluyó Jericho, utilizando imágenes invertidas y especulares) pero no
pudo verificar sus hallazgos pues no le permitían tener lápiz y papel.
Al término de la primera semana, había recuperado fuerzas suficientes para dar
unos pasos por el pasillo y visitar el excusado sin ayuda de nadie.
En todo ese tiempo, sólo tuvo dos visitas: Logie y Wigram.
Logie debió de ir a verlo a principios de abril. Atardecía, pero aún había bastante
luz, con sombras que dividían la pequeña habitación: la cama de tubo metálico
pintada de blanco y arañada; la camilla de ruedas con su jarra de agua y su palangana
de metal; la silla. Jericho llevaba puesto un pijama azul a rayas, muy descolorido;
sobre la colcha, sus muñecas estaban débiles. Cuando la enfermera se hubo ido, Logie
se sentó en el borde de la cama y le dijo que todo el mundo le mandaba saludos.
—¿Baxter también?
—También.
—¿Y Skynner?
—Bueno, puede que él no. Pero la verdad es que no he visto mucho a Skynner
últimamente. Tiene otras cosas en que pensar.
Logie le habló de lo que estaba haciendo cada uno, y luego empezó a relatarle la
batalla naval, que, conforme al pronóstico de Cave, había durado casi toda la semana.
Para cuando los convoyes consiguieron apoyo aéreo y los U-boote fueron dispersados,
veintidós mercantes habían sido enviados a pique. Ciento cincuenta mil toneladas
destruidas y ciento sesenta mil de cargamento perdidas, incluyendo el suministro de
dos semanas de leche en polvo sobre el que Skynner había hecho aquel chiste tan
malo. Por lo visto, cuando el barco se hundió, el mar se tiñó de blanco. «Die grösste
Geleitzugschlacht aller Zeiten», lo había llamado la radio alemana. Era la primera vez
que los cabrones no mentían. La mayor batalla de convoyes de la historia.
—¿Cuántos muertos?
—Unos cuatrocientos. La mayoría americanos.
Jericho gruñó.
—¿Algún submarino hundido? —preguntó.
—Sólo uno, creemos.
—¿Y Tiburón?
—Vivito y coleando, muchacho. —Dio unas palmadas a la rodilla de Jericho—.
¿Sabes?, al final mereció la pena, gracias a ti.
Las bombas habían tardado cuarenta horas en resolver los ajustes, desde la
medianoche del martes hasta el jueves a última hora de la tarde. Pero en el fin de
semana la sala de cribas había recuperado parcialmente la tabla de clave
meteorológica —al menos lo suficiente para darles un punto de apoyo— y ahora
conseguían descifrar Tiburón seis de cada siete días, aunque a veces llegaban
demasiado tarde. Pero serviría. Serviría hasta que en junio les llegase la primera de las
bombas Cobra.
Pasó un avión a baja altura, un Spitfire, a juzgar por el sonido del motor.
Al rato, Logie dijo tranquilamente:
—Skynner ha tenido que entregar los planos de las bombas de cuatro rotores a los
estadounidenses.
—Ah.
—Bien, naturalmente —prosiguió Logie cruzándose de brazos—, la operación ha
sido disfrazada de cooperación. Pero nadie traga. Al menos, yo no. De ahora en
adelante habrá que mandar una copia por teletipo de todo el tráfico de los submarinos
en el Atlántico a Washington tan pronto como lo recibamos, así serán dos equipos
trabajando en amistoso asesoramiento. Bla, bla, bla. Qué sé yo. Pero en el fondo es una
cuestión de fuerza bruta. Siempre es así. Y cuando tengan diez veces más bombas que
nosotros, lo cual, imagino, no puede tardar mucho, seis meses a lo sumo, ¿qué
oportunidades nos quedarán? A nosotros nos tocará interceptar y ellos se encargarán
de descifrarlo todo.
—Tampoco podemos quejarnos.
—No, no. Ya lo sé. Es sólo que... Bueno, tú y yo hemos vivido los días dorados. —
Logie suspiró y estiró las piernas, contemplando sus enormes pies—. Bien, supongo
que todo tiene su lado bueno.
—¿Cuál? —Jericho lo miró y entonces comprendió qué quería decir.
—¡Skynner! —exclamaron ambos al unísono, y se echaron a reír.
—Está cabreadísimo —dijo Logie con satisfacción—. Por cierto, siento lo de tu
chica.
—Bien, yo... —Jericho hizo un débil gesto con la mano y gimió.
Se produjo un silencio incómodo que afortunadamente interrumpió la enfermera
para decirle a Logie que el tiempo había terminado.
El se puso de pie con alivio y estrechó la mano de Jericho.
—Ponte bien enseguida, muchacho, ¿me oyes? Vendré a verte pronto.
—Hazlo, Guy. Gracias.
Pero ésa fue la última vez que lo vio.
Miss Monk se aproximó al pulpito para hacer la primera lectura: «No digas que la
lucha nada vale», por Arthur Hugh Clough, un poema que ella declamó con gran
determinación, lanzando de vez en cuando miradas a los fieles como desafiándolos a
contradecirla. La elección estuvo bien, pensó Jericho, era de un optimismo retador. A
Claire le habría gustado.
Las visitas de Wigram habían sido tan frecuentes como solícitas. Solía estrechar la
mano de Jericho de aquella manera suya tan suave y peculiar. Le ahuecaba las al-
mohadas, le servía agua, repasaba una y otra vez sus papeles. «¿Lo tratan bien?
¿Necesita alguna cosa?» Y Jericho decía que sí, gracias, que lo cuidaban bien, y "Wi-
gram siempre sonreía y decía: «Magnífico.» Todo le parecía magnífico; su aspecto era
magnífico, qué magnífica ayuda les había prestado, incluso una vez, qué magnífica era
la vista desde el cuarto del enfermo, como si de algún modo Jericho fuera responsable
de ella. Sí, cómo no, Wigram era encantador. Wigram dispensaba encanto como quien
reparte sopa a los pobres.
Al principio era Jericho quien más hablaba, respondiendo a las preguntas de su
visitante. ¿Por qué no había informado a las autoridades de los criptogramas que
había encontrado en la habitación de Claire? ¿Por que había ido a Beaumanor? ¿Qué
se había llevado? ¿De qué manera? ¿Cómo había descifrado los mensajes? ¿Qué le
había dicho Puck al saltar del tren?
Después "Wigram se iba y, al día siguiente, o al otro, volvía y le preguntaba más
cosas. Jericho intentaba intercalar sus propias preguntas, pero Wigram siempre las
desechaba. «Luego —solía decir—. Luego. Cada cosa a su tiempo.»
Y una tarde se presentó más radiante que de costumbre para anunciar que había
terminado sus pesquisas. Una pequeña telaraña de arrugas apareció en los rabillos de
sus ojos azules mientras sonreía. Tenía unas espesas pestañas de color rojizo, como las
vacas.
—Bueno, amigo mío, si no está demasiado fatigado, creo que debería contarle toda
la historia.
Érase una vez, dijo Wigram aposentándose a los pies de la cama, un hombre
llamado Adam Pukowski, de madre inglesa y padre polaco, que vivió en Londres
hasta los diez años y que, cuando sus padres se divorciaron, se fue a vivir a Cracovia
con su padre. Éste era profesor de matemáticas, el hijo mostró aptitudes similares, y
con el tiempo entró a trabajar en el Departamento de Cifra polaco, en Pyry, al sur de
Varsovia. Llegó la guerra. El padre fue llamado a filas con el rango de comandante del
ejército polaco. Llegó la derrota. La mitad del país estaba ocupada por los alemanes y
la otra mitad por los soviéticos. El padre desapareció. El hijo huyó a Francia donde se
convirtió en uno de los quince criptoanalistas polacos de la central de cifra francesa en
Gretz-Armainvillers. Nueva derrota. El hijo escapó de la Francia de Vichy al Portugal
neutral, donde trabó amistad con un tal Rogerio Raposo, miembro del servicio
diplomático portugués y personaje problemático.
—El hombre del tren —musitó Jericho.
—En efecto. —Wigram pareció irritarse por la interrupción; a fin de cuentas, aquél
era su momento de gloria—. El hombre del tren.
Pukowski consiguió llegar a Inglaterra desde Portugal.
Mil novecientos cuarenta transcurrió sin noticias del padre de Pukowski ni de
ninguno de los restantes diez mil oficiales polacos desaparecidos. En 1941, después de
que Alemania invadiese Rusia, Stalin se convirtió inesperadamente en aliado de Gran
Bretaña. Se hicieron las quejas correspondientes acerca de los polacos desaparecidos.
Se dieron las garantías correspondientes: no había prisioneros polacos en manos so-
viéticas; los que hubiera podido haber ya habían sido liberados hacía tiempo.
Jericho sacudió la cabeza.
—Bueno —suspiró Wigram—, no creo que eso importe mucho. Gran parte de la
historia ha quedado inevitablemente en sombras. No sabemos cómo se conocieron ni
cuándo ni por qué ella accedió a ayudarlo. Ni siquiera sabemos qué le enseñó ella
exactamente. Pero creo que sí podemos aventurar lo que debió de ocurrir. Ella hizo
una copia de unas señales procedentes de Smolensko, y se las llevó metidas en las
bragas o donde fuera. Las escondió en su casa debajo de una tabla. Su amante iría a
recogerlas. A todo esto habría pasado una semana, quizá dos. Hasta el día en que Pu-
kowski vio que uno de los oficiales muertos era su propio padre. Y al día siguiente
Claire no pudo darle más que los mensajes interceptados, sin descifrar, porque
alguien... —Wigram sacudió la cabeza en señal de extrañeza—. Alguien realmente
muy importante, como he sabido hace poco, había decidido que ellos no querían saber
nada.
De pronto, alcanzó una de las novelas de misterio que Jericho había leído ya, la
hojeó, sonrió y la dejó en su sitio.
—¿Sabe una cosa, Tom? —dijo con aire pensativo—. En la historia del mundo no ha
existido nada como Bletchley Park. Nunca había ocurrido que un bando supiera tantas
cosas de su enemigo. De hecho, creo yo, a veces se sabe más de la cuenta. ¿Recuerda
cuando bombardearon Coventry? Nuestro amado primer ministro descubrió por
Enigma lo que iba a pasar con casi cuatro horas de anticipación. ¿Y sabe qué hizo?
Jericho volvió a sacudir la cabeza.
—Decir a su estado mayor que Londres estaba a punto de ser atacado y que bajaran
cuanto antes a los refugios, que él se iba arriba a mirar. Luego salió al tejado del
Ministerio del Aire y se pasó una hora entera esperando, a pesar del frío que hacía, un
bombardeo que sabía iba a tener lugar en otra parte. Puso su granito de arena para
proteger el secreto de Enigma, ¿comprende? Otro ejemplo: los petroleros que
abastecen a los U-boote. Gracias a Tiburón sabemos dónde y cuándo van a estar, y si
los hundiésemos salvaríamos centenares de vidas aliadas... a corto plazo. Pero
pondríamos en peligro a Enigma, porque de hacerlo, Dönitz sabría que estamos al
corriente de sus códigos. ¿Ve adonde quiero ir a parar? ¿Que Stalin ha asesinado a
diez mil polacos? Pero por favor, ese hombre es un héroe nacional. Gracias a él vamos
a ganar la jodida guerra. Es el tercer hombre más popular de este país, después de
Churchill y el rey. ¿Cómo dice aquel refrán hebreo? ¿«El enemigo de mi enemigo es mi
mejor amigo»? Bien, pues como Stalin es el mayor enemigo de Hitler, hoy por hoy, y
en lo que a nosotros respecta, ese maldito georgiano es un amigo excelente. ¿La
masacre de Katyn? ¿La jodida masacre de Katyn? Muchísimas gracias, pero mantened
la boca cerrada.
—Imagino que Puck no lo habría visto de la misma manera.
—Claro que no, amigo, yo tampoco. ¿ Quiere que le diga una cosa? Creo que él nos
detestaba. Después de todo, si no hubiera sido por los polacos tal vez ni siquiera
habríamos descifrado Enigma. Pero a los que sí odiaba era a los rusos. Y estaba
dispuesto a todo para vengarse. Aun cuando ello significara ayudar a los alemanes.
—El enemigo de mi enemigo es mi mejor amigo —murmuró Jericho, pero Wigram
no estaba escuchando.
—¿Y cómo podía ayudar a los alemanes? Advirtiéndoles de que Enigma no era
seguro. ¿Cómo conseguir eso? —Wigram sonrió y extendió las manos—. Pues con la
ayuda de su viejo amigo de 1940, Rogerio Raposo, recién transferido de Lisboa y en
ese momento correo diplomático de la legación portuguesa en Londres. ¿Le apetece
un poco de té?
Para los seres queridos que nos dejaron Entonábamos nuestros himnos litúrgicos; Por el
tierno amor que protege siempre A tus hijos en todo lugar...
El senhor Raposo, había dicho Wigram sorbiendo su té cuando la enfermera se hubo
ido, el senhor Raposo, que en ese momento residía en la prisión de Wandsworth, lo
había confesado todo.
El 6 de marzo Pukowski había ido a ver a Raposo a Londres, donde le entregó un
delgado sobre lacrado, diciéndole que podía sacar mucho dinero si lo entregaba a las
personas adecuadas.
Al día siguiente, Raposo viajó a Lisboa en vuelo regular de la British Imperial
Airways llevando el citado sobre, que entregó a un contacto que tenía entre el
personal del agregado naval alemán.
Dos días después, los U-boote cambiaron su tabla de clave meteorológica,
iniciándose así una revisión general de la seguridad de los códigos: Luftwaffe, Afrika
Korps... Los alemanes mostraron mucho interés, claro que sí. Pero no iban a
abandonar lo que sus expertos insistían en considerar el sistema de codificación más
seguro jamás ideado por el hombre. Sospechaban que había gato encerrado. Querían
pruebas. Querían a ese informador misterioso, en persona.
—Al menos, eso suponemos.
El 14 de marzo, dos días antes del inicio de la gran batalla de los convoyes, Raposo
hizo su viaje semanal a Lisboa y regresó de allí con instrucciones concretas para
Pukowski. Un submarino alemán estaría esperándolo para recogerlo en la costa
noroccidental de Irlanda la noche del 18.
—Y eso era de lo que hablaban en el tren —dijo Jericho.
—Y eso era de lo que hablaban en el tren. Muy bien. Nuestro Puck estaba, por así
decirlo, sacando su billete. ¿Y quiere que le diga lo más aterrador? —Wigram sorbió
más té, con el dedo meñique exquisitamente curvado, y miró a Jericho por encima de
la taza—. Si no llega a ser por usted, Puck se habría salido con la suya.
—Pero Claire jamás habría estado de acuerdo —protestó Jericho—. Pasar unos
cuantos mensajes interceptados, de acuerdo. Para divertirse. Por amor, incluso. Pero
no era una traidora.
—No, por Dios. —Wigram parecía confuso—. No, estoy seguro de que Pukowski
no le contó lo que tenía planeado. Pensémoslo desde su punto de vista. Ella era el
eslabón débil. Podía dejarlo en la estacada en cualquier momento. De modo que
imagine lo que debió de sentir él cuando vio que usted entraba por la puerta aquel
viernes por la noche, recién llegado de Cambridge.
Jericho recordó la expresión de pánico de Puck, su desesperado intento por forzar
una sonrisa. Ya imaginaba lo que podía haber pasado: Puck había dejado una nota en
la casa diciendo que tenía que hablar con ella, Claire había vuelto a toda prisa al Park
a las cuatro de la madrugada, clic, clic, clic, sus tacones altos resonando en la
oscuridad.
—Yo fui su sentencia de muerte —dijo Jericho, casi para sí.
—Supongo que así es. Puck debía de saber que usted trataría de ponerse en
contacto con ella. Y al día siguiente por la noche, cuando llegó a la casa para
deshacerse de las pruebas, de los criptogramas, y lo vio a usted allí... Bien...
Jericho se recostó y contempló el techo mientras Wigram relataba el resto de la
historia. Poco antes de la medianoche, cuando la batalla naval daba comienzo, había
recibido una llamada de la policía avisándole del hallazgo de un saco con ropa de
mujer. Había tratado de localizar a Jericho, pero al encontrarse éste en paradero
desconocido había echado mano de Hester Wallace y la había llevado al lago. Desde el
primer momento ella comprendió que Claire Romilly había sido golpeada y
estrangulada, y su cuerpo llevado al lago en un bote y arrojado por la borda.
—¿Le molesta si fumo? —Wigram encendió un cigarrillo sin esperar respuesta,
utilizando el platillo como cenicero. Observó ascender el humo y preguntó—: ¿Dónde
estaba?
—La noche de la batalla naval —respondió Jericho.
Ah, sí. Hester se había negado a hablar, pero no hay como un choque emocional
para que alguien suelte la lengua, y al final lo había contado todo, a consecuencia de
lo cual Wigram había comprendido que Jericho no era un traidor; de hecho, cayó en la
cuenta de que si Jericho había descifrado los criptogramas, probablemente estaba más
cerca que él de descubrir al traidor.
Entonces había desplegado a sus hombres. Ojo avizor.
Eso debió de ser hacia las cinco de la mañana.
Primero vieron a Jericho por Church Green Road en dirección a la ciudad. Luego
fue visto entrando en la casa de Alma Terrace. Luego fue identificado subiendo al tren.
Wigram tenía hombres en el tren.
—A partir de ahí, y para ser sincero, ustedes tres fueron como moscas en un tarro
de mermelada.
Se interrogó a todos los pasajeros que se apearon en Northampton, y con eso quedó
arreglado lo del portugués. Para entonces, Wigram había dispuesto que el tren fuese
desviado hacia una línea secundaria donde él podría registrarlo a placer.
Sus hombres tenían órdenes de no disparar a menos que fuese en defensa propia.
Pero no iban a correr ningún riesgo. Especialmente habiendo tanto en juego.
Pukowski había hecho fuego con su pistola. Y ellos habían respondido a los
disparos.
—Usted se puso en medio. Créame que lo siento.
Con todo, y estaba seguro de que Jericho estaría de acuerdo, el objetivo prioritario
seguía siendo preservar el secreto de Enigma. Y eso se había logrado. El U-boote que
debía recoger a Puck había sido interceptado y hundido junto a la costa de Donegal, lo
cual era matar dos pájaros de un tiro, pues ahora los alemanes pensaban que todo el
asunto había sido desde el principio un mero montaje para capturar uno de sus
submarinos. Por lo menos, no habían abandonado Enigma.
—¿Y Claire? —Jericho seguía mirando el techo—. ¿La han encontrado ya?
—Denos tiempo, hombre. Está a unos veinte metros de profundidad, en mitad de
un lago que mide cuatrocientos metros de diámetro. Puede que tardemos un poco.
—¿Y Raposo?
—El ministro de Exteriores habló aquella mañana con el embajador portugués.
Habida cuenta de las circunstancias, accedió a retirarle la inmunidad diplomática. A
mediodía ya habíamos destrozado el piso de Raposo, un lugar inmundo al final de
Gloucester Road. Pobre diablo. El tipo sólo estaba en esto por dinero. Encontramos
dos mil dólares que le habían dado los alemanes, metidos en una caja de zapatos
encima de su armario. ¡Dos de los grandes! Patético, ¿no?
—¿Qué va a ser de él?
—Lo colgarán —dijo Wigram, satisfecho—. Pero no se preocupe por él. Ya es
historia. La cuestión es qué vamos a hacer con usted.
Cuando Wigram se hubo marchado, Jericho permaneció un buen rato despierto
intentando descifrar qué partes del relato se ajustaban a la verdad y cuáles no.
—«Mirad —leyó Hester—, voy a enseñaros un misterio.
»No todos moriremos, pero todos seremos transformados.
»En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al sonido de la última trompeta;
porque ésta sonará y los muertos resucitarán incorruptibles y todos nosotros seremos
transformados.
»Pues esto corruptible tiene que ser vestido de in-corruptibilidad; y esto mortal
vestido de inmortalidad.
»Cuando esto corruptible sea vestido de incorruptibilidad, y esto mortal de
inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: La victoria se tragó a la muerte.
»¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepultura, tu victoria?»
Hester cerró la Biblia y contempló a los fieles con mirada ecuánime. En el último
banco divisó a Jericho, blanco como la cera, mirando al frente.
—Demos gracias a Dios.
Lo encontró esperándola a la salida del templo; una lluvia de capullos caía como
confeti sobre su cabeza. Los demás se habían ido ya. Jericho tenía la cara vuelta hacia
el sol y ella dedujo por la forma en que parecía querer empaparse de ese calor que
hacía mucho que no disfrutaba del aire libre. Al oírla acercarse, él se volvió y sonrió, y
ella esperó que su propia sonrisa disimulara la impresión del momento. Jericho tenía
las mejillas hundidas, la piel cerúlea como un cirio de la iglesia; la camisa le iba
demasiado grande.
—Hola, Hester.
—Hola, Tom. —Ella dudó y luego le tendió la mano enguantada.
—Magnífico servicio —terció Wigram—. Absolutamente magnífico. Todo el
mundo lo ha dicho, ¿no es cierto, Tom?
—Sí. Todo el mundo. —Jericho cerró los ojos por un instante y ella comprendió que
lo que en realidad quería decir era que lamentaba la presencia de Wigram pero no
podía hacer nada al respecto. Soltó la mano de Hester y añadió—: No quería
marcharme sin ver qué tal estaba usted.
—Oh, bien —dijo ella, con fingida jovialidad—. Tirando, ya sabe.
—¿Ha vuelto al trabajo?
—Oh, sí. Mis pañuelos me necesitan.
—¿Sigue viviendo en la casa?
—Por ahora. Pero creo que me mudaré tan pronto como encuentre otro
alojamiento.
—Demasiados fantasmas, ¿no?
—Algo así.
De repente a Hester le dio rabia aquella conversación tan banal, pero no se le
ocurría nada mejor que decir.
—Leveret nos espera —dijo Wigram—. Con el coche. Para llevarnos a la estación.
A través de la verja Hester vio el largo capó negro. El chófer estaba apoyado en él,
mirándolos y fumando un cigarrillo.
—¿Se le escapa el tren, Mr. Wigram? —preguntó Hester.
—A mí no —dijo él, como si semejante idea fuera un ultraje—. A Tom. ¿No es
cierto, Tom?
—Regreso a Cambridge —explicó Jericho—. A descansar por unos meses.
—La verdad es que deberíamos darnos prisa —continuó Wigram, consultando el
reloj—. Quién sabe... siempre es posible que el tren llegue sin retraso.
—¿Nos disculpa un momento, Mr. Wigram? —dijo Jericho, enfadado. Sin
respuesta, apartó a Hester de Wigram camino de la iglesia—. Este sujeto no me deja en
paz ni un momento —susurró—. Oiga, si puede usted soportarlo, ¿me daría un beso?
—¿Qué...? —Ella no estaba segura de haberle oído correctamente.
—Un beso. Rápido. Por favor.
—Muy bien. Tampoco me cuesta tanto.
Hester se quitó el sombrero y rozó con sus labios la magra mejilla.
Jericho la tomó por los hombros y le dijo en voz baja al oído:
—¿Invitó usted al padre de Claire?
—Sí. —«Se ha vuelto loco», pensó ella. «La conmoción le ha afectado al cerebro»—.
Naturalmente que sí.
—¿Y qué ha pasado?
—No me contestó.
—Lo sabía —susurró él. Ella notó que le apretaba con mayor fuerza.
—¿El qué?
—Ella no ha muerto...
—Muy conmovedor —dijo Wigram en voz alta, acercándose a la pareja—, y
créanme que detesto interrumpir, pero va a perder usted el tren, Mr. Jericho.
Él la soltó y dio un paso atrás.
—Cuídese —dijo.
Por un instante ella quedó sin habla:
—Lo mismo digo —articuló por fin.
—Escribiré.
—Oh, sí. Hágalo, por favor.
Wigram le tiraba del brazo. Jericho dedicó a Hester una última sonrisa y un
encogimiento de hombros, y luego dejó que el otro se lo llevara de allí.
Hester lo vio alejarse penosamente por la cuesta y cruzar la verja. Leveret abrió la
puerta del coche y, en ese instante, Jericho se volvió para saludar con el brazo. Ella
levantó la mano a su vez, lo vio acomodarse a duras penas en el asiento de atrás, y
luego la puerta se cerró. Hester bajó la mano.
Después de que el coche partiera, Hester permaneció unos minutos allí y luego se
ajustó el sombrero y entró otra vez [Link] iglesia.
Estoy en deuda con todos los antiguos empleados de Bletchley Park que se
brindaron a hablarme de sus experiencias de cuando la guerra. En particular, quisiera
expresar mi gratitud a sir Harry Hinsley (sección naval, Cabaña 4), a Margaret
Macintyre y Jane Parkinson (Cabaña 6), al difunto sir Stuart Milner-Barry (ex jefe de
Cabaña 6), a Joan Murray (Cabaña 8) y a Alan Stripp (códigos japoneses).
Roger Bristow, Tony Sale y sus colegas de la Fundación Bletchley Park
respondieron a mis preguntas con enorme paciencia y me permitieron rondar a mis
anchas.
Ninguna de dichas personas es en modo alguno responsable del contenido de este
libro, que es fruto de la imaginación y en absoluto una obra de consulta.
Para aquellos lectores que quieran conocer los hechos en los que está basada esta
novela, les recomiendo fervorosamente Top Secret Ultra, de Peter Calvocoressi
(Londres, 1980); Codebreakers, edición a cargo de F. H. Hinsley y Alan Stripp (Oxford,
1993); Seizing the Enigma, de David Kahn (Boston, 1991); The Enigma Symposium, de
Hugh Skillen (Middlesex, dos tomos, 1992 7 1994); The Hut 6 Story, de Gordon
Welchman (Nueva York, 1982) y GCHQ, de Nigel West (Londres, 1986).
Los pormenores de la Batalla del Atlántico Norte están sacados de las señales
originales procedentes de los U-boote, como constan en el Public Record Office en
Londres, así como de Convoy, de Martin Middlebrook (Londres, 1976) y de The Critical
Convoy Battles of March 1943, de Jürgen Rohwer (traducción inglesa, Londres, 1977).
Por último, quisiera hacer constar mi especial agradecimiento para Sue Freestone y
David Rosenthal, ninguno de los cuales dejó de creer nunca en Enigma, incluso en esas
ocasiones en que fue un misterio para su propio autor.
ROBERT HARRIS
Junio de 1995