100% encontró este documento útil (1 voto)
997 vistas236 páginas

Enigma

Thomas Jericho, un joven matemático, regresa misteriosamente a su antiguo college en Cambridge en medio de la Segunda Guerra Mundial. Se mantiene completamente aislado y quema grandes cantidades de papel en su habitación, despertando la curiosidad y las especulaciones del personal del college sobre su trabajo secreto para el gobierno. Recibe correo de Bletchley, un pueblo cercano donde se cree que se llevan a cabo importantes tareas de códigos e inteligencia.

Cargado por

mjcarri
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Temas abordados

  • matemáticos,
  • matemáticas aplicadas,
  • matemáticas,
  • carta,
  • cultura británica,
  • desarrollo de personajes,
  • código de conducta,
  • tensión,
  • familia,
  • Thomas Jericho
100% encontró este documento útil (1 voto)
997 vistas236 páginas

Enigma

Thomas Jericho, un joven matemático, regresa misteriosamente a su antiguo college en Cambridge en medio de la Segunda Guerra Mundial. Se mantiene completamente aislado y quema grandes cantidades de papel en su habitación, despertando la curiosidad y las especulaciones del personal del college sobre su trabajo secreto para el gobierno. Recibe correo de Bletchley, un pueblo cercano donde se cree que se llevan a cabo importantes tareas de códigos e inteligencia.

Cargado por

mjcarri
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Temas abordados

  • matemáticos,
  • matemáticas aplicadas,
  • matemáticas,
  • carta,
  • cultura británica,
  • desarrollo de personajes,
  • código de conducta,
  • tensión,
  • familia,
  • Thomas Jericho

ROBERT HARRIS

Traducción de Luis Murillo Fort


Robert Harris nació en 1941, fue reportero de los programas de la BBC Panorama y
Newsnight antes de convertirse en director del Observer, en 1987, y después en
columnista del Sunday Times. Ha publicado cinco libros de no ficción y las novelas
Patria (1992), que obtuvo un clamoroso éxito de crítica y público, y Enigma (1995),
ambas traducidas a treinta idiomas y de las que se han vendido más de seis millones
de ejemplares.
Para Gill,
y para Holly y Charlie.
QXQF VFLR TXLG VLWD PRUA
NOTA DEL AUTOR
Esta novela tiene como trasfondo unos hechos históricos. Todas las señales navales
alemanas citadas en el texto son auténticas. Los personajes, sin embargo, son ficticios.
I
SUSURROS

SUSURROS: sonidos producidos por una estación transmisora enemiga inmediatamente


antes de empezar a transmitir un mensaje cifrado.
Diccionario de criptografía («Máximo secreto», Bletchley Park, 1943)
1

Cambridge en el cuarto invierno de la guerra: una ciudad fantasma.


Un insistente viento siberiano azotaba los pantanos a ras de suelo desde el mar del
Norte, sin nada que lo frenara en más de mil kilómetros. Hacía traquetear los
indicadores de los refugios antiaéreos en Trinity New Court y golpeteaba los
ventanales entablados de la capilla del King's College. Merodeaba por patios y
escaleras, obligando a los pocos profesores y estudiantes todavía internos a recluirse
en sus habitaciones. A media tarde, las angostas calles adoquinadas estaban
desiertas. Al caer la noche, sin una sola luz encendida, la universidad se sumía en
una oscuridad que no conocía desde la Edad Media. Una procesión de monjes
cruzando el puente Magdalene camino de Vespers habría desentonado muy poco en
aquel ambiente.
Los apagones de la guerra tendían puentes entre los siglos.
A este inhóspito punto de los llanos del este de Inglaterra llegó a mediados de
febrero de 1943 un joven matemático llamado Thomas Jericho. Las autoridades de su
college, el King's, supieron de su arribo con menos de un día de antelación, apenas el
tiempo justo para reabrir sus habitaciones, poner sábanas en su cama y barrer de
alfombras y estantes el polvo acumulado en más de tres años. Con una guerra en
marcha y la escasez de criados no se habrían tomado esas molestias de no haber
recibido el rector en persona una llamada telefónica de un oscuro pero muy
importante funcionario del Foreign Office, pidiéndole que se ocupara de Mr. Jericho
«hasta que se encuentre en condiciones de reanudar sus funciones».
—Por supuesto —contestó el rector, sin recordar en absoluto quién era el tal
Jericho—. Será un placer tenerle de nuevo entre nosotros.
Mientras hablaba, el rector abrió el registro del college y lo hojeó hasta dar con lo que
buscaba: Jericho, T.R.G.; matriculado en 1935; nota de honor en matemáticas, 1938;
becado con doscientas libras al año; no se le había visto desde el inicio de la guerra.
¿Jericho...? Para el rector era, como mucho, un recuerdo borroso, un adolescente más
en una foto de la clase. En otro tiempo tal vez habría recordado el nombre, pero la
guerra había hecho trizas el habitual ritmo de matrículas y graduaciones, y todo era
un caos: el Pitt Club era ahora un restaurante, en los jardines de Saint John's se
cultivaban patatas y cebollas...
—Recientemente ha estado ocupado en tareas de la mayor importancia para la
nación —prosiguió el comunicante—. Les agradeceríamos que no se le molestara.
—Entendido —dijo el rector—. Entendido. Veré que lo dejen solo.
—Nos harán un gran favor.
El funcionario colgó el auricular. «Tareas de la mayor importancia para la
nación», vaya por Dios. El rector sabía muy bien qué significaba eso. Permaneció por
un instante contemplando pensativo el auricular y luego fue en busca del tesorero de
servicio.
Un college de Cambridge es como una aldea, con el gusto por el cotilleo que eso
conlleva —acrecentado por el hecho de estar vacío en un noventa por ciento—, y el
regreso de Jericho originó horas y horas de análisis por parte del personal.
Para empezar, lo desusado de su llegada: pocas horas después de que el rector
recibiese la llamada, en plena noche y bajo una intensa nevada, envuelto en una
manta de viaje en el asiento trasero de un gran Rover oficial conducido por una joven
chófer con el uniforme azul oscuro de la sección femenina de la Royal Navy. Kite, el
conserje, que se brindó a llevar el equipaje del visitante a sus habitaciones, informó
que Jericho se había aferrado a sus dos maltrechas maletas de cuero, negándose a
soltarlas pese a que se le veía tan pálido y derrengado que Kite dudó que fuese capaz
de subir por la escalera de caracol sin ayuda.
Dorothy Saxmundham, que se encargaba de las camas, lo vio al día siguiente
cuando fue a limpiar. Jericho estaba recostado en sus almohadas contemplando el
aguanieve que salpicaba el río, y en ningún momento la miró, ni siquiera volvió la
cabeza, como si el pobre no hubiese reparado en su presencia. Y cuando ella hizo
ademán de mover una de las maletas, él se levantó a la velocidad del rayo («No
toque eso, por favor, Mrs. Sax, muchas gracias») y quince segundos después ella
estaba en el descansillo. Sólo había recibido una visita, la del médico del college, que
fue a verlo en dos ocasiones, estuvo en su habitación unos quince minutos cada vez y
salió sin decir palabra.
Durante la primera semana hizo todas las comidas en sus aposentos. Según
Oliver Bickerdyke, que trabajaba en las cocinas, no comía gran cosa; le llevaba una
bandeja tres veces al día y una hora después la recogía casi intacta. La gran jugada de
Bickerdyke, que suscitó al menos una hora de conjeturas en torno a la estufa de
carbón de la conserjería, fue encontrar al joven trabajando en su escritorio con el
abrigo encima del pijama, una bufanda y un par de mitones. Normalmente Jericho
echaba la llave a la maciza puerta de su estudio y gritaba educadamente que le
dejasen la bandeja fuera. Pero aquella mañana en concreto, a los seis días de su
espectacular llegada, la había dejado ligeramente entreabierta. Bickerdyke rozó
apenas la madera con los nudillos, haciéndolo de manera que ningún ser vivo —
salvo, quizá, una gacela que estuviera pastando— pudiese oírle, y luego cruzó el
umbral situándose a un metro de su presa antes de que Jericho volviera la cabeza. A
Bickerdyke le dio tiempo de registrar un montón de papeles («repletos de cifras,
circuitos, palabras en griego y cosas así») antes de que Jericho lo tapara todo y lo
mandase a hacer sus cosas. Desde entonces, la puerta siempre estaba cerrada.
Escuchando el relato de Bickerdyke la tarde siguiente, Dorothy Saxmundham,
que no quería ser menos, añadió un detalle de su cosecha. Mr. Jericho tenía una
pequeña estufa de gas en su salita y un hogar en el dormitorio. En el hogar, que ella
había limpiado aquella misma mañana, había quemado sin duda gran cantidad de
papel. .
Todos guardaron silencio mientras asimilaban la información.
—Puede que fuera el Times —dijo finalmente Kite—. Cada mañana se lo paso
por debajo de la puerta
Pero Mrs. Sax proclamó que no podía ser el Times. Los tenía todos en una pila
al lado de la cama.
—Por lo que he podido ver, no los lee. Solo hace el crucigrama.
Bickerdyke sugirió que tal vez estuviese quemando cartas:
—Cartas de amor, quizá —añadió con una mirada impúdica.
—¿Ése? ¿Cartas de amor? Venga, hombre. —Kite se despojó de su anticuado
bombín, inspeccionó el ala deshilachada y volvió a ponérselo delicadamente sobre la
calva cabeza—. Además, desde que está aquí no ha recibido una sola carta.
Así pues, decidieron que lo que Jericho estaba quemando en su cuarto era su
trabajo, un trabajo tan secreto como para no permitir que nadie viese un solo
fragmento de los desperdicios. La fantasía suplió la falta de hechos irrefutables. Era
un científico, dijeron, pagado por el gobierno. No, era del servicio de espionaje. No,
no, era un genio. Había sufrido un colapso nervioso. Su presencia en Cambridge era
secreto oficial. Tenía amistades muy bien situadas. Conocía a Mr. Churchill. Conocía
al rey...
Les habría complacido saber que habían acertado en todas estas
especulaciones, y con la mayor exactitud.

Tres días después, a primera hora del viernes 26 de febrero, un lance inesperado vino
a aumentar el misterio.
Kite estaba clasificando el correo de la mañana y metiendo un saquito de
cartas en las pocas casillas cuyos propietarios aún seguían en el college, cuando
encontró no uno sino tres sobres dirigidos al señor T.R.G. Jericho, originalmente
remitidos a la posada White Hart, en Shenley Church End, Buckinghamshire, y
posteriormente enviados al King's College. Kite quedó un tanto perplejo. ¿Acaso el
joven a quien ellos habían inventado tan exótica identidad era, en realidad, el gerente
de un pub? Se subió las gafas a la frente, sostuvo el sobre con los brazos estirados y
trató de leer el matasellos.
Bletchley.
En la trasera de la conserjería había un viejo mapa del Estado Mayor que
mostraba el compacto triángulo de la Inglaterra meridional limitado por Cambridge,
Oxford y Londres. Bletchley estaba a horcajadas de un importante empalme
ferroviario, a mitad de camino entre las dos ciudades universitarias. Y a unos seis ki-
lómetros al norte se encontraba Shenley Church End, poco más que un caserío.
Kite examinó el más interesante de los tres sobres, levantándolo a la altura de
su bulbosa nariz surcada por venas azuladas. Lo olfateó. Llevaba más de cuarenta
años ordenando el correo y sabía distinguir rápidamente cuándo la letra era de
mujer: más nítida, más pulcra, con más recovecos y menos ángulos que la de hombre.
El agua del hervidor que había sobre el quemador de gas del hornillo estaba a punto.
Kite echó un vistazo alrededor. Aún no eran las ocho, fuera apenas había luz. En
cuestión de segundos estaba en el altillo aplicando vapor a la solapa del sobre. Era de
ese papel fino de ínfima calidad propio de la guerra, y estaba cerrado con un
pegamento barato. La solapa se humedeció, abarquilló enseguida, y Kite extrajo una
postal.
Había terminado prácticamente de leerla cuando oyó la puerta de la
conserjería. Una ráfaga de viento sacudió las ventanas. Kite volvió a meter la postal
en el sobre, sumergió el meñique en el bote de cola que tenía junto al hornillo, pegó
la solapa y luego asomó la cabeza como si tal cosa para ver quién había entrado. Casi
le dio un soponcio.
—Cielo santo... buenos días, Mr. Jericho...
—¿Hay alguna carta para mí, Mr. Kite?
La voz de Jericho sonó bastante firme, pero él parecía balancearse ligeramente
y hubo de agarrarse al mostrador como un marino recién desembarcado después de
una larga travesía. Era un joven pálido, bastante bajo, de cabello y ojos oscuros,
hecho que resaltaba la palidez de su piel.
—Diría que no, señor. Miraré otra vez.
Kite se retiró dignamente hacia el altillo e intentó planchar el sobre húmedo
con la manga. Sólo estaba un poco arrugado. Lo deslizó entre un puñado de cartas,
volvió a salir y simuló buscar entre ellas.
—Pues no, no, nada. Ah, sí. Aquí hay una. Qué gracia. Y dos más. —Kite las
empujó sobre la superficie del mostrador—. ¿Es su cumpleaños, señor?
—Fue ayer —respondió Jericho, y se metió los sobres en el bolsillo interior del
abrigo sin mirarlos.
—Por muchos años, señor. —Kite vio desaparecer las cartas y soltó un
silencioso suspiro de alivio. Luego cruzó los brazos y se apoyó en el mostrador—.
Permítame que intente adivinar su edad. Vino en el treinta y cinco, si mal no
recuerdo. Por lo tanto debe de tener... ¿veintiséis?
—Oiga, ¿es ése mi periódico, Mr. Kite? Puedo llevármelo ahora, así le ahorro
la molestia.
Kite gruñó, se incorporó de nuevo y alcanzó el periódico. Al entregárselo hizo
un último intento de conversar, comentando el satisfactorio desarrollo de la guerra
en Rusia desde lo de Stalingrado y el, en su opinión, cercano final de Hitler. Claro
que Jericho debía de estar mucho más al corriente de esas cosas que él. El joven se
limitó a sonreír.
—Dudo que mis conocimientos en general estén más al corriente que los
suyos, Mr. Kite, incluso por lo que respecta a mi persona. Conociendo sus métodos.
Por un instante, Kite no supo si había oído bien. Miró fijamente a Jericho, que
aguantó la mirada; sus oscuros ojos pardos parecieron cobrar vida de pronto. Luego,
sin dejar de sonreír, Jericho lo saludó con una inclinación de la cabeza, se metió el
periódico bajo el brazo y se marchó. Kit lo observó desde la ventana con parteluz de
la conserjería: una figura enjuta con su bufanda morada y blanca del college, su andar
vacilante, su cabeza inclinada al viento.
—Mis métodos —repitió para sí—. ¿Mis métodos?
Aquella tarde, cuando el trío se reunió como de costumbre para tomar el té en
torno a la estufa, Kite pudo avanzarles una explicación totalmente nueva sobre la
presencia allí de Jericho. No podía desvelar, por supuesto, cómo había obtenido la
información, sólo que era digna de crédito (insinuaba con ello una charla de hombre
a hombre). Olvidando su anterior actitud desdeñosa respecto de las cartas de amor,
Kite afirmaba ahora que el joven caballero era sin duda víctima de mal de amores.
2

Jericho no abrió sus cartas de inmediato, sino que sacó pecho y se inclinó hacia
el viento. Tras una semana encerrado en sus habitaciones, la abundancia de oxígeno
que le golpeaba el rostro hacía que se sintiese mareado. Torció a la derecha y enfiló el
sendero de losas que cruzaba el college y el pequeño puente hasta el prado que se
extendía más allá. A su izquierda tenía el paraninfo, y a su derecha, al final de una
gran extensión de césped, la imponente fachada de la capilla. Una escueta columna
de niños de coro iba saltando a su abrigo, con las togas ondeando al viento.
Jericho se detuvo. Una ráfaga de viento le hizo columpiarse sobre los talones,
forzándolo a dar medio paso atrás. Un pasadizo de piedra partía del sendero bajo un
exuberante arco de hiedra sin cuidar. Miró, por mera costumbre, las ventanas del
segundo piso. Tenían las contraventanas cerradas. También ahí la hiedra había
podido crecer sin control, y varios de los pequeños cristales en forma de rombo
habían desaparecido bajo el espeso follaje.
Dudó por un instante, y luego dejó el sendero para adentrarse, bajo la dovela,
en las sombras.
La escalera estaba como él la recordaba, sólo que ahora aquella ala del college
permanecía cerrada y el viento había llenado de hojas secas la caja de la escalera. Un
diario atrasado se le enroscó en las piernas igual que un gato hambriento. Probó el
interruptor de la luz. Un chasquido inútil. No había bombilla. Pero consiguió
distinguir el nombre entre los tres pintados sobre un tablón en elegantes mayúsculas
blancas, ahora agrietadas y sucias.
TURING, A.M.
Qué nervioso había subido por aquellos escalones por primera vez —
¿cuándo?, ¿en el verano de 1938?; hacía una eternidad— para encontrarse a un joven
sólo cinco años mayor que él, tímido como un alumno de primer año, con su mechón
de pelo negro colgándole sobre los ojos: el gran Alan Turing, autor de Sobre los
números racionales y padre de la Máquina Computadora Universal.
Turing le había preguntado qué tema se proponía escoger para su tesis de
primer año.
—La teoría de los números primos de Riemann.
—Pero si es lo que yo estoy investigando.
—Lo sé —le había espetado Jericho—, por eso lo he escogido.
Turing se había reído ante tan escandalosa demostración de culto al héroe y
había accedido a supervisar el trabajo de Jericho, pese a que él detestaba enseñar.
Jericho subió hasta el rellano e intentó abrir la puerta. Estaba cerrada, por
supuesto. El polvo le ensució la mano. Trató de recordar el aspecto de la habitación.
La impresión dominante había sido de sordidez. Libros, notas, cartas, ropa sucia,
botellas y latas de comida vacías, todo esparcido por el suelo. Un oso de peluche lla-
mado Porgy sobre la repisa de la chimenea de gas, y en un rincón un astroso violín
que Turing había adquirido en una tienda de trastos viejos.
La timidez de Turing había hecho imposible llegar a conocerlo bien. Por otra
parte, desde la Navidad de 1938 apenas si se le había visto el pelo. Cancelaba las
supervisiones en el último minuto alegando que tenía que ir a Londres. Otras veces
Jericho subía por aquellos escalones, llamaba a la puerta y nadie acudía a abrir, pese
a que él tenía la certeza de que había alguien detrás de la puerta. Cuando, hacia la
Pascua de 1939, no mucho después de que los nazis entraran en Praga, los dos
hombres por fin coincidieron, Jericho se atrevió a decir:
—Mire, señor, si no quiere supervisarme...
—No es eso.
—O si está haciendo avances sobre la hipótesis de Reimann y prefiere no
compartirlos...
—Tom —lo interrumpió Turing con una sonrisa—, le aseguro que no estoy
haciendo el menor avance sobre Reimann.
—¿Entonces...?
—No se trata de Reimann. —Hizo una pausa, y luego añadió en voz baja—:
Verá usted, en la actualidad están sucediendo otras cosas en el mundo, aparte de las
matemáticas...
Dos días después Jericho había encontrado en su casilla una nota que rezaba:
«Le ruego que venga esta tarde a mis habitaciones a tomar una copa. F. J. Atwood.»
Jericho se retiró de la puerta. Estaba mareado. Se agarró al deslucido pasamanos y
fue bajando por la escalera con cuidado, como un viejo.
Atwood. Nadie rehusaba una invitación de Atwood, catedrático de historia antigua,
decano del college antes ya de que Jericho naciera y hombre poseedor de múltiples
conexiones con Whitehall. Era como ser llamado por el mismo Dios.
—¿Habla algún idioma? —había sido la primera pregunta de Atwood
mientras servía el jerez. Tenía más de cincuenta años y su único amor conocido era el
college. Sus libros ocupaban un lugar destacado en el estante que había detrás de él: El
arte de la guerra en Grecia y Macedonia; César como hombre de letras; Tucídides y su
historia.
—Sólo alemán —respondió Jericho, que lo había aprendido de muchacho para
leer a Gauss, Kummer, Hilbert, los grandes matemáticos del siglo XIX.
Atwood asintió al tiempo que le ofrecía una copa de cristal con una minúscula
cantidad de un jerez muy seco.
—¿Conoce a Heródoto, por casualidad? ¿Sabe la historia de Histiaeus?
Pregunta retórica; casi todas las de Atwood lo eran.
—Histiaeus quería enviar un mensaje desde la corte persa a su cuñado
Aristágoras, el tirano de Mileto, instándolo a levantarse en armas. Temía, sin
embargo, que su mensaje fuese interceptado. Su solución fue hacer afeitar la cabeza
de su esclavo de mayor confianza, tatuarle el texto en el cuero cabelludo, esperar a
que el pelo le creciese de nuevo, y luego enviarlo a la presencia de Aristágoras con el
recado de que lo raparan al cero. Poco fiable, pero, en su caso, eficaz. Salud.
Jericho se enteró después de que Atwood contaba la misma historia a todos sus
candidatos. Histiaeus y su esclavo calvo daban paso a Polibio y su método de
antorchas, a la carta de César a Cicerón utilizando un alfabeto en que la A estaba
cifrada como D, la B como E, la C como F, y así sucesivamente. Por último,
acercándose más al asunto sin dejar de dar rodeos, le tocaba el turno a la clase de
etimología.
—Crypta, palabra latina, del griego ) que significa oculto, escondido.
De ahí, «cripta», lugar subterráneo donde se enterraba a los muertos, y «cripto»,
secreto. Criptocomunista, criptofascista... A propósito, no será usted alguna de esas
cosas, ¿verdad?
—No, no soy un lugar donde se enterraba a los muertos.
—Criptograma... —Atwood levantó su copa a la luz y miró fijamente el
líquido cristalino—. Criptoanálisis... Me ha dicho Turing que usted podría hacerlo
bastante bien...
Jericho tenía fiebre cuando llegó a sus habitaciones. Cerró la puerta con llave y
se desplomó boca abajo en la cama sin hacer, vestido aún con el abrigo y la bufanda.
En ese momento oyó pasos y alguien llamó a la puerta.
—El desayuno, señor.
—Gracias. Déjelo fuera.
—¿Se encuentra bien, señor?
—Sí.
Oyó el ruido de la bandeja al ser depositada en el suelo, y los pasos que se
alejaban. El cuarto parecía estar adquiriendo proporciones desmesuradas, una es-
quina del techo pareció repentinamente enorme y lo bastante cercana para tocarla.
Cerró los ojos y las visiones le llegaron a través de la oscuridad.
Turing, con su media sonrisa: «Tom, le aseguro que no estoy haciendo ningún avance
en lo de Riemann...»
Logie, sacudiéndole la mano y gritando sobre el ruido de las máquinas: «El
primer ministro acaba de telefonear para felicitarnos...»
Claire, rozándole la mejilla y susurrando: «Pobrecito, realmente estás colado
por mí, ¿verdad? Pobrecito...»
«Atrás —una voz de hombre, la de Logie—. Atrás, dadle aire...»
Y luego, nada.
Al despertar, lo primero que hizo fue mirar el reloj. Había estado inconsciente
cerca de una hora. Se incorporó y se palpó los bolsillos del abrigo. En alguna parte
tenía una libreta donde registraba la duración de cada ataque, así como los síntomas.
La lista era inquietantemente larga. Lo que encontró en su lugar fueron los tres
sobres.
Los puso encima de la cama para examinarlos. Finalmente, abrió dos. En uno
había una postal de su madre, en el otro una de su tía, ambas deseándole un feliz
cumpleaños. Ninguna de las dos tenía idea de qué estaba haciendo él, y ambas, lo
sabía bien, se sentían frustradas y culpables de que no llevase uniforme ni hubiera
sido herido, como los hijos de casi todas sus amigas.
—¿Qué le digo yo a la gente? —había preguntado su madre, desesperada,
durante una de sus breves visitas, tras haberse negado una vez más a contarle lo que
hacía.
—Pues di que trabajo para el gobierno en comunicaciones —contestó él,
empleando la fórmula que le habían sugerido para tales casos.
—Es que quizá quieran saber más.
—Entonces deberías llamar a la policía; su actitud es sospechosa.
Su madre pensó en la catástrofe social que significaría el que el inspector
interrumpiera su partida de bridge y guardó silencio.
¿Y la tercera carta? Como Kite antes que él, Jericho le dio la vuelta y la olfateó.
¿Eran imaginaciones suyas o había trazas de perfume? Cenizas de Rosa, de Bourjois;
hacía sólo un mes un frasco minúsculo de eso lo había dejado prácticamente en la
bancarrota. Empleó su regla de cálculo a modo de abrecartas y cortó el sobre por
arriba. Dentro había una postal barata, escogida al azar (se veía una fuente de fruta,
ni más ni menos), con un mensaje típico para las circunstancias, o eso imaginó, ya
que nunca había pasado antes por una situación igual. «Queridísimo T... siempre te
consideraré un amigo... tal vez en el futuro... he sentido mucho saber que... las
prisas... besos...» Cerró los ojos.
Más tarde, una vez completado el crucigrama, una vez que Mrs. Sax hubo
terminado de limpiar, una vez que Bickerdyke hubo dejado otra bandeja de comida
para al cabo de un rato llevársela intacta, Jericho se puso a gatas, sacó su maleta de
debajo de la cama y la abrió. Doblados dentro de las obras completas de Sherlock
Holmes, primera edición, 1930, había seis folios llenos de su diminuta letra. Los llevó
al desvencijado escritorio que había al lado de la ventana y los alisó con la mano.
«La máquina de descifrar convierte el input (lenguaje ininteligible, I) en el
lenguaje cifrado (C) por medio de una función f. Por lo tanto C=f (I, K), siendo K la
tecla...»
Sacó punta al lápiz, apartó de un soplo las virutas y se inclinó sobre las hojas.
«Supongamos que K tiene un número N de posibles valores. Para cada uno de estos
supuestos debemos comprobar si f-1 (C, K) produce lenguaje ininteligible, siendo f-1
la función descifradora que produce I si K es correcto...»
El viento rizaba la superficie del Cam. Una flotilla de ánades cabalgaba sobre
las olas, sin moverse, como buques anclados. Dejó el lápiz y leyó otra vez la postal,
tratando de medir el sentimiento oculto en aquellas insípidas frases. ¿Sería posible, se
preguntó, construir una fórmula similar para cartas, para cartas de amor o cartas que
señalasen el fin del amor?
«El input (sentimiento, S) es convertido en texto (T) por la mujer, mediante la
función m. Así, T=m (S, V), siendo V el vocabulario. Supongamos que V tiene N
posibles valores...»
Los símbolos matemáticos se difuminaron ante sus ojos. Llevó la postal al
dormitorio, se arrodilló ante la chimenea y encendió una cerilla. El papel ardió breve-
mente y se retorció en su mano hasta convertirse rápidamente en ceniza.
Sus días fueron poco a poco tomando forma.
Se levantaba temprano y trabajaba un par de horas. No en criptoanálisis —lo
quemó todo el mismo día en que quemó la postal— sino en matemática pura. Luego
echaba un sueñecito. Antes de almorzar hacía el crucigrama del Times calculando el
tiempo que tardaba con el viejo reloj de bolsillo de su padre; nunca necesitaba más de
cinco minutos para terminarlo, y en una ocasión lo logró en tres minutos cuarenta
segundos. Podía resolver una serie de complicados problemas de ajedrez —«los
himnos de las matemáticas», como los llamaba G. H. Hardy— sin emplear fichas ni
tablero. Todo ello le sirvió para comprobar que su cerebro no había resultado dañado
para siempre.
Después del crucigrama y el ajedrez leía por encima las noticias de la guerra
mientras intentaba comer algo sentado a su escritorio. Trataba de evitar la Batalla del
Atlántico (VÍCTIMAS DE SUBMARINO ALEMÁN CONGELADAS EN sus BOTES SALVAVIDAS) y
de concentrarse en el frente ruso: Pavlogrado, Demiansk, Rzhev... los soviéticos
parecían estar reconquistando una nueva ciudad cada pocas horas, y le pareció
divertido que el Times informara sobre el día del Ejército Rojo con el mismo respeto
que si hubiese sido el cumpleaños del rey.
Por la tarde dedicaba un rato a caminar, alejándose cada vez un poco más —al
principio dentro de los límites del college o de la ciudad desierta, aventurándose
después por la escarchada campiña— para regresar al caer la tarde y sentarse junto a
la estufa de gas y leer su Sherlock Holmes. Empezó a ir a cenar al comedor, aunque
declinó educadamente el puesto que el rector le ofrecía en la mesa principal. La
comida era tan mala como en Bletchley, pero el entorno era mejor, con las velas
parpadeando en los retratos de gruesos marcos y rielando sobre las largas mesas de
roble bruñido. Aprendió a ignorar las miradas abiertamente curiosas del personal del
college. Cortaba con un gesto de la cabeza cualquier intento de conversación. No le
importaba estar solo. La soledad había sido su vida. Hijo único, hijastro, niño «con
talento»; siempre había algo que lo separaba de los demás. En el pasado no podía
hablar de su trabajo porque casi nadie le entendía. Ahora no podía hablar de ello
porque era confidencial. Siempre lo mismo.
Hacia el final de su segunda semana había conseguido dormir por las noches,
cosa que no lograba desde hacía más de dos años.
Tiburón, Enigma, bomba, birlar, bombón, criba; lentamente fue consiguiendo
borrar de su conciencia todo el extraño léxico de su vida secreta. Sorprendido,
advirtió que hasta la imagen de Claire se volvía difusa con el paso de los días. Seguía
teniendo recuerdos fugaces pero vividos, especialmente por la noche —el olor a
limón del pelo recién lavado, los grandes ojos grises claros como el agua, la suave
voz en parte divertida, en parte aburrida— pero las partes ya no lograban formar un
todo coherente. El conjunto iba desvaneciéndose.
Escribió a su madre y la persuadió de que no fuera a verlo.
El médico le había dicho que se curaría con un poco de cama y aire libre y,
para sorpresa de Jericho, parecía que el hombre estaba en lo cierto. Se pondría bien
otra vez. Al fin y al cabo, postración nerviosa, o como lo llamaran, no era lo mismo
que locura.
Y entonces, sin previo aviso, el viernes 12 de marzo fueron a buscarlo.
La noche anterior había oído casualmente a un profesor ya entrado en años
quejarse de la nueva base aérea que los americanos estaban construyendo al este de
Cambridge.
—Yo les dije: «¿Se dan cuenta de que están en un emplazamiento fósil del
pleistoceno? ¿Que yo personalmente he extraído de ahí la médula del Bos primige-
nius?» Pues esos tipos se rieron en mi cara...
«Bien por los yanquis», pensó Jericho, y en ese mismo instante decidió que
aquél sería un estupendo fin de etapa para su paseo de la tarde. Y puesto que eso
significaba caminar como mínimo cuatro kilómetros y medio más, partió antes de lo
habitual, justo después del almuerzo.
Pasó a grandes zancadas por los campos a lo largo del río Cam, dejó atrás la
biblioteca Wren, las torres de azúcar glas de Saint John's y el campo de deportes
donde dos docenas de muchachos con camiseta morada jugaban a rugby, y luego
torció a la izquierda prosiguiendo su larga caminata al lado de Madingley Road. Al
cabo de diez minutos estaba en pleno campo.
Kite había pronosticado que nevaría, pero aunque aún hacía frío, el sol brillaba
y el cielo era espectacular, una cúpula de puro azul sobre el paisaje llano de East
Anglia, salpicado durante kilómetros por las manchitas plateadas de los aviones y los
arañazos blancos de las estelas. Antes de la guerra había recorrido ese mismo campo
en bicicleta casi cada semana sin apenas ver un solo coche. Ahora no dejaban de
pasar grandes camiones americanos que lo obligaban a arrimarse a la cuneta; más
rápidos, más modernos que los vehículos del ejército británico, y con la trasera
cubierta por lonas de camuflaje. Entre las sombras asomaban las caras blancas de los
aviadores norteamericanos. De vez en cuando alguno lo saludaba al pasar, y Jericho
devolvía el saludo, sintiéndose ridículamente inglés e inseguro.
Al rato alcanzó a ver la nueva base. Se quedó junto a la carretera viendo cómo
despegaban a lo lejos tres Fortalezas Volantes, uno detrás del otro. Aquellos enormes
aparatos le parecieron demasiado pesados para levantarse del suelo. Avanzaron
pesadamente por la pista recién revestida de cemento, rugiendo de frustración,
dando zarpazos al aire hasta que de pronto apareció debajo de sus panzas un
resquicio de luz, y ya estaban en vuelo.
Jericho permaneció allí casi media hora, sintiendo cómo el aire latía con la
vibración de los motores, oliendo el débil perfume de la gasolina de avión que le traía
el aire frío. Jamás había presenciado una demostración de fuerza como aquélla. Los
fósiles del pleistoceno, se dijo entonces con macabro placer, se habrán convertido en
un montón de polvo. ¿Cómo era aquella frase de Cicerón que a Atwood le gustaba
tanto citar? «Nervos belli, pecuniam infinitam.» Dicho prosaicamente, la guerra es
cuestión de dinero.
Miró su reloj y advirtió que si quería llegar al college antes de que anocheciese,
tenía que ponerse rápidamente en camino.
Llevaba recorrido poco más de un kilómetro cuando oyó a sus espaldas el
ruido de un motor. Un jeep lo adelantó, dobló bruscamente y frenó en seco. El con-
ductor, arropado en un grueso chaquetón, se levantó del asiento y le hizo señas.
—¡Eh! ¿Quiere que lo lleve?
—Me haría un favor. Gracias.
—Suba.
El americano no tenía ganas de hablar, cosa que a Jericho le fue muy bien. Se
agarró a los cantos de su asiento y miró al frente mientras corrían dando saltos en
dirección a la ciudad. El conductor lo dejó en la parte de atrás del college, se despidió
y arrancó de nuevo. Jericho lo vio alejarse, se volvió y cruzó la verja.
Antes de la guerra, ese paseo de trescientos metros, a esa misma hora del día y
en esa época del año, había sido el preferido de Jericho: el sendero que corría entre
una alfombra de azafranes malvas y amarillos, las desgastadas piedras iluminadas
por prolijas lámparas victorianas, las agujas del templo a la izquierda, las luces del
college a la derecha. Pero los azafranes se retrasaban, las farolas no se encendían
desde 1939, y una cisterna de agua desfiguraba la célebre perspectiva del templo.
Sólo una luz brillaba débilmente en el college, y a medida que se aproximaba Jericho
fue comprendiendo que era la de su ventana.
Se detuvo, ceñudo. ¿Habría dejado encendida la luz del escritorio? Estaba
seguro de que no. Mientras miraba, vio una sombra, un movimiento, una silueta en
el cuadrado amarillo claro. Dos segundos después se encendió la luz de su
dormitorio.
Aquello no podía ser.
Echó a correr. Cubrió la distancia hasta su escalera en treinta segundos y subió
por los peldaños como un atleta. Sus botas repicaron en la desgastada piedra.
—¿Claire? —gritó—. ¿Claire? —La puerta que daba al rellano estaba abierta.
—Calma, amigo —dijo una voz masculina desde dentro—, o te harás daño.

Guy Logie era un hombre alto y cadavérico, diez años mayor que Jericho.
Estaba tumbado de espaldas en el sofá que miraba a la puerta, con la nuca apoyada
en un brazo, los huesudos tobillos colgando sobre el otro y las manos pulcramente
dobladas sobre el abdomen. Entre los dientes sostenía una pipa y lanzaba hacia el
techo anillas de humo que ascendían como halos a la deriva, giraban, se rompían y se
convertían en bruma. Logie se sacó la pipa de la boca y ejecutó un complicado
bostezo que pareció sorprenderlo incluso a él.
—Dios mío. Perdón. —Abrió los ojos y consiguió adoptar una postura
sedente—. Hola, Tom.
—Oh, por favor, no te levantes —dijo Jericho—. Por favor, insisto, como si
estuvieras en tu casa. ¿Quieres que prepare un poco de té?
—Té. Qué gran idea. —Antes de la guerra Logie había sido jefe del
departamento de matemáticas en un enorme y antiquísimo internado. Era deportista
representante en rugby y hockey, y repartía ironía a espuertas. Logie cruzó la
estancia, agarró a Jericho por los hombros y al tiempo que lo volvía de un lado y de
otro, dijo—: Ven aquí, hombre. Deja que te mire bien. Señor, Señor, realmente tienes
un aspecto horrible.
Jericho se zafó de sus manos.
—Lo siento. Conste que hemos llamado. Ese conserje tuyo nos ha dejado
entrar.
—¿Nos?
Se oyó un ruido en el dormitorio.
—Hemos entrado en coche con la bandera puesta. Tu míster Kite estaba
impresionado. —Logie siguió la mirada de Jericho hacia la puerta del dormitorio—.
Ah, ese. Es Leveret. Tú ni caso. —Se sacó la pipa y llamó en alto—.¡Mr. Leveret!
Venga, le presentaré a Mr. Jericho. El famoso Mr. Jericho.
Un hombre menudo de cara delgada apareció en el umbral del dormitorio.
—Buenas tardes, señor. —Leveret llevaba un impermeable y un sombrero
tirolés. Su voz tenía un ligero acento del norte.
—¿Qué diablos estaba haciendo ahí? —preguntó Jericho.
—Sólo comprobaba si tenías compañía —dijo Logie con suavidad.
—¡Qué demonio de compañía quieres que tenga!
—¿El resto de la escalera está vacío, señor? —preguntó Leveret—. ¿No hay
nadie en el cuarto de arriba o en el de abajo?
—¡Guy, por el amor de Dios! —exclamó Jericho, muy exasperado.
—Creo que está todo en orden —le dijo Leveret a Logie—. Ya he corrido las
cortinas del dormitorio. —Se volvió hacia Jericho—. ¿Le importa que haga lo mismo
aquí, señor?
Leveret no esperó respuesta. Fue hasta la pequeña ventana emplomada, la
abrió, se quitó el sombrero y asomó la cabeza, mirando arriba y abajo, a derecha e
izquierda. Una niebla helada subía desde el río, y un chorro de aire glacial inundó la
habitación. Satisfecho, Leveret metió la cabeza, cerró la ventana y corrió las cortinas.
Siguieron quince segundos de silencio, que Logie rompió al frotarse las manos y
decir:
—¿No tendrás una estufa por aquí, Tom? Había olvidado cómo las gasta el
invierno en este sitio. Peor que en el internado. ¿Y el té? Habías dicho algo de un té.
¿Le apetece un poco de té, Mr. Leveret?
—Desde luego, señor.
—¿Y qué tal unas tostadas? He visto que en la cocina tenías pan, Tom.
Tostadas frente al fuego en el college. Qué gratos recuerdos, ¿verdad?
Jericho miró a Logie por un instante y abrió la boca para protestar, pero
enseguida cambió de parecer. Cogió una caja de cerillas que había en la repisa de la
chimenea, encendió una y la arrimó a la estufa de gas. Como siempre, había poca
presión y la cerilla se apagó. Encendió otra y esta vez prendió. Una llama ínfima
brilló, azul, y empezó a agrandarse. Jericho fue a la pequeña cocina, llenó el hervidor
de agua y encendió el quemador de gas.
En el cajón del pan había, efectivamente, una barra —Mrs. Sax debía de
haberla dejado allí a principios de semana— y cortó tres rebanadas grisáceas. En la
alacena encontró un tarro de mermelada de antes de la guerra que, para gran
sorpresa de él, adquirió un aspecto presentable tras quitarle la capa de moho blanco
de la superficie, y un resto de margarina en un plato desportillado. Dispuso sus
exquisiteces sobre una bandeja y se quedó mirando el hervidor.
¿Sería un sueño? Pero cuando volvió a dirigir la vista hacia la salita, allí estaba
Logie arrellanado otra vez en el sofá y Leveret sentado con cara de preocupación en
el borde de uno de los brazos del sillón, sombrero en mano, como un testigo poco
fiable a la espera de entrar en la sala del tribunal con una historia mal ensayada.
Por supuesto que le traían malas noticias. ¿Qué otra cosa podían ser sino
malas noticias? El jefe en funciones de Cabaña 8 no habría viajado ochenta kilómetros
por el campo en el maldito coche del subdirector sólo para una visita de cortesía.
Seguro que le daban el despido. «Lo siento, amigo, pero no hay sitio para
pasajeros...» Jericho se sintió repentinamente exhausto. Se dio masaje en la frente con
el pulpejo de la mano. Otra vez uno de aquellos dolores de cabeza que le empezaban
en los senos para extenderse hasta la parte posterior de sus ojos.
Había pensado que era ella. Menudo chiste. Durante unos treinta segundos,
mientras corría hacia la ventana iluminada, había sido feliz. Era patético.
El agua empezaba a hervir. Jericho abrió la cajita del té y descubrió que los
años habían reducido las hojas a polvo. Con todo, echó unas cucharaditas en la tetera
y luego vertió el agua caliente.
Logie dijo que era néctar de dioses.
Permanecieron un rato en silencio, casi a oscuras. La única iluminación la
proporcionaban el tenue fulgor de la lámpara de escritorio que tenían detrás y el res-
plandor azulado del fuego ante sus pies. El gas siseaba. Del otro lado de las cortinas
les llegó un apagado frenesí de chapoteos y los graznidos lastimeros de un pato.
Logie estaba sentado en el suelo con las piernas estiradas, jugueteando con su pipa.
Jericho estaba repantigado en uno de los dos sillones, pinchando distraídamente la
alfombra con el tenedor de tostar. Leveret había recibido instrucciones de vigilar
fuera:
—¿Le importa cerrar las dos puertas, la de dentro y la de fuera, si es tan
amable?
El tibio aroma de las tostadas flotaba en la habitación. Habían apartado los
platos a un lado.
—Esto es de lo más agradable —musitó Logie. Encendió una cerilla y los
objetos de encima de la repisa arrojaron fugaces sombras en la húmeda pared—.
Aunque considerando la alternativa uno agradece el hecho de tener, en cierto modo,
la suerte de estar en un sitio como Bletchley, su asfixiante monotonía acaba por
resultar ciertamente deprimente. ¿No te parece?
—Supongo que sí —respondió Jericho, al tiempo que pensaba: «Oh, venga,
dilo de una vez. Despídeme y vete.»
Logie dio una calada a su pipa con expresión de satisfacción y dijo
quedamente:
—¿Sabes, Tom?, todos hemos estado muy preocupados. Confío en que no te
hayas sentido desamparado.
Ante semejante exhibición, Jericho sintió sorpresa y vergüenza a la vez al
notar que las lágrimas pugnaban por brotar de sus ojos. Siguió mirando la alfombra.
—Me temo, Guy, que hice el más espantoso de los ridículos. Lo peor del caso
es que apenas recuerdo qué pasó. Me he quedado como en blanco.
Logie desechó la idea con un gesto.
—No eres el primero que se hace polvo la salud en Bletchley, amigo mío —
dijo—. ¿Leíste en el Times que el pobre Dilly Knox murió la semana pasada? Al final
le hicieron caballero de la Orden de San Miguel y San Jorge. Nada del otro mundo,
ya ves. Insistió en que le condecorasen en casa, sentado en una silla. Murió a los dos
días. De cáncer. Qué horror. Y también estaba Jeffreys. ¿Te acuerdas de él?
—Lo mandaron a Cambridge para que se recuperara.
—El mismo. ¿Qué ha sido de él?
—Murió.
—Qué pena. —Logie ejecutó varios movimientos de fumador de pipa,
apisonando el tabaco y encendiendo otra cerilla.
«Que no me pongan en administración, por favor —pensó Jericho—. O en
asistencia social.» Claire le había hablado de un hombre encargado de acantona-
miento que hacía sentar en sus rodillas a las chicas que querían habitación con cuarto
de baño incluido.
—Fue lo de Tiburón lo que acabó contigo, ¿verdad? —preguntó Logie
lanzándole una mirada astuta desde su nube de humo.
—Sí. Es muy posible.
«Tiburón casi acabó con todos nosotros», pensó Jericho.
—Pero tú fuiste el que descifró el misterio de Tiburón —insistió Logie.
—Yo no diría tanto. Lo desciframos entre todos.
—No, fuiste tú. —Logie hizo girar entre sus dedos la cerilla usada—. Acabaste
con él, y luego él acabó contigo.
Jericho recordó súbitamente una imagen de sí mismo en bicicleta bajo un cielo
estrellado. El frío de la noche y el crujir del hielo.
—Oye —dijo repentinamente enfadado—, ¿no podríamos ir al grano, Guy?
Quiero decir, es muy agradable estar tomando el té frente a la chimenea y hablar de
los viejos tiempos, pero suéltalo ya...
—Al grano estamos yendo, amigo. —Logie subió las rodillas hasta el mentón y
se rodeó las espinillas con los brazos—. Tiburón, Lapa, Delfín, Ostra, Marsopa,
Bígaro. Las seis criaturillas de nuestro acuario particular, las seis máquinas Enigma
navales de los alemanes. Y la mayor de ellas es Tiburón. —Miró el fuego y por
primera vez Jericho pudo verle la cara con claridad, espectral como una calavera a la
luz azulada. Las cuencas de los ojos eran hoyos de oscuridad. Daba la impresión de
que no había dormido en una semana. Bostezó otra vez—. Viniendo hacia aquí en el
coche, trataba de recordar quién fue el primero que la llamó Tiburón.
—No me acuerdo —dijo Jericho—. Me parece que fue Alan. O quizá fui yo.
Bueno, ¿qué más te da? Salió así y ya está. Nadie se opuso. Tiburón era un nombre
perfecto. Enseguida vimos que iba a tratarse de un monstruo.
—Y lo era. —Logie dio una calada a su pipa. Empezaba a desaparecer tras una
barrera de humo. El mal tabaco de la guerra olía a heno quemado—. Lo es.
Algo en el modo en que dijo esto último —cierta va-i/ilación— hizo que
Jericho levantara la cabeza de golpe.
Los alemanes la llamaban Tritón, por el hijo de Poseidón, el semidiós de las
aguas que soplaba por una concha retorcida para provocar a las furias del piélago.
«Humor prusiano —había gruñido Puck cuando descubrieron el nombre en clave—,
el jodido humor prusiano...» Pero en Bletchley se quedaron con Tiburón. Era una
tradición, y ellos eran británicos y amantes de sus tradiciones. Ponían nombres de
criaturas marinas a todos los códigos del enemigo. Al primer código naval alemán lo
denominaban Delfín. Marsopa era la clave de Enigma para designar los buques de
superficie en el Mediterráneo y la flota del mar Negro. Ostra era una variante «sólo
para oficiales» de Delfín. Bígaro era la variante «sólo para oficiales» de Marsopa.
¿Y Tiburón? Tiburón era el código operacional para designar los U-boote.
Tiburón era único. Todos los otros códigos eran fabricados en una máquina
Enigma corriente de tres rotores. Pero Tiburón salía de una Enigma provista de un
cuarto rotor especial que la hacía veintiséis veces más difícil de descifrar. Sólo los U-
boote podían llevarla a bordo.
Entró en el servicio el 1 de febrero de 1942 y dejó a Bletchley a dos velas.
Jericho recordaba los meses siguientes como una pesadilla interminable. Antes
del advenimiento de Tiburón, los criptoanalistas de Cabaña 8 conseguían descifrar
casi cualquier transmisión de los U-boote a las veinticuatro horas de haberla
interceptado, dando así tiempo de sobra a que los convoyes se desviaran de la ruta
prevista para esquivar las flotillas de submarinos. Pero en los diez meses que
siguieron a la introducción de Tiburón sólo habían podido descifrarlo en tres oca-
siones, y siempre después de diecisiete días de pesquisas, con lo que la información,
cuando llegaba, era prácticamente inútil.
Para animar a los criptoanalistas, habían colocado un gráfico en su cabaña
donde se indicaba el tonelaje mensual de barcos hundidos por los submarinos ene-
migos en el Atlántico Norte. En enero, antes del bloqueo de información los alemanes
habían destruido cuarenta y ocho buques aliados. En febrero hundieron setenta y
tres. En marzo, noventa y cinco. En mayo ciento veinte...
—El peso de nuestro fracaso —dijo Skynner, el jefe de la sección naval, en uno
de sus portentosos discursos semanales— se mide en cadáveres de hombres
ahogados.
Noventa y cinco buques hundidos en septiembre. Noventa y tres en
noviembre...
Y entonces llegaron Fasson y Grazier.
A lo lejos el reloj del college empezó a tocar. Jericho se percató de que estaba
contando los tañidos.
—¿Te encuentras bien, muchacho? Estás más callado que una tumba.
—Perdona. Sólo estaba pensando. ¿Te acuerdas de Fasson y Grazier?
—¿Fasson y quién? Lo siento, creo que no los conozco.
—No, si yo tampoco. Ninguno de nosotros los conocía.
Fasson y Grazier. Jericho no había llegado a saber sus nombres de pila. Un
teniente de navío y un marinero de primera. Su destructor había contribuido a
apresar un submarino alemán, el U-459, en el Mediterráneo oriental. Le habían
lanzado cargas de profundidad, obligándolo a subir a la superficie. Eran cerca de las
diez de la noche. Hacía bastante viento, el mar estaba picado. Una vez que los
supervivientes alemanes hubieron abandonado el submarino, los dos marinos bri-
tánicos se quitaron la ropa y nadaron hasta él, iluminados por reflectores. Con la
torrecilla agujereada a cañonazos, el submarino se hundía rápidamente. Los dos
hombres rescataron un fajo de papeles secretos de la sala de radio que pasaron al
pelotón de abordaje que aguardaba en un bote, y en el momento de volver al
submarino en busca de la máquina Enigma, el barco aquél levantó la proa al cielo
para hundirse sin remisión. Los dos marinos se hundieron con él, a más de
quinientos metros, según había explicado el especialista de la armada en Cabaña 8.
«Sólo cabe esperar que estuvieran muertos antes de llegar al fondo.»
Y luego sacó los libros. Esto sucedía el 24 de noviembre de 1942. Más de nueve meses
y medio después de iniciarse el gran apagón.
A primera vista no parecía que hubiese valido la pena perder a dos hombres
por aquellos libritos —la tabla de señales abreviadas y la tabla de cifra meteoro-
lógica—, impresos en tinta soluble sobre papel secante rosa para que al primer
indicio de dificultades el radiotelegrafista los sumergiera en agua. Pero para
Bletchley no tenían precio, valían más que todos los tesoros hundidos de la historia.
Jericho aún los recordaba de memoria. Cerró los ojos y los símbolos seguían allí,
grabados en el fondo de su retina.
«T=Lufttemperatur in ganzen Celsius-Graden. —28C=a. —27C=b. —26C=c ...»
Los submarinos alemanes enviaban partes meteorológicos diariamente:
temperatura del aire, presión barométrica, velocidad del viento... La tabla de cifra
meteorológica reducía esos datos a media docena de letras. Esa media docena de
letras era puesta en clave por la máquina Enigma. El texto pasaba entonces a ser
transmitido en morse desde el submarino y era recibido por las estaciones
meteorológicas que la armada alemana tenía a lo largo de la costa. Dichas estaciones
utilizaban los datos de los U-boote para compilar sus propios partes meteorológicos,
los cuales eran transmitidos de nuevo, unas dos horas más tarde, en la clave
meteorológica de una máquina Enigma corriente —clave que Bletchley podía
descifrar— para uso de cualquier buque alemán.
Fue la puerta falsa para entrar en Tiburón.
Primero había que descifrar el parte. Luego había que restituir éste a la tabla
meteorológica. Y lo que quedaba era, por un proceso de deducción lógica, el texto
que unas horas antes había sido introducido en la Enigma de cuatro rotores. Era una
criba perfecta. El sueño de todo criptoanalista.
Pero seguían sin poder descifrarlo.
Cada día los especialistas en cifra, Jericho entre ellos, introducían sus posibles
soluciones en las «bombas» (enormes ordenadores electromecánicos del tamaño de
un armario ropero, que producían un ruido semejante al de una máquina de tricotar)
y esperaban a ver quién acertaba la respuesta. Pero pasaban los días y ésta no
llegaba. Era una tarea demasiado ambiciosa. Incluso un mensaje codificado por una
máquina Enigma de tres rotores podía suponer veinticuatro horas de desciframiento,
mientras las bombas traqueteaban con sus miles de millones de permutaciones. Una
Enigma de cuatro rotores, al multiplicar ese número por un factor de veintitrés,
podía tenerlos ocupados teóricamente casi todo un mes.
Jericho pasó tres semanas trabajando día y noche, y cuando se permitía una o
dos horas de sueño era sólo para tener pesadillas de gente que se ahogaba. «Sólo cabe
esperar que hayan muerto antes de llegar al fondo...» Su cerebro estaba más allá del
agotamiento. Le dolía físicamente, como un músculo utilizado en exceso. Empezó a
sufrir desmayos. Sólo duraban unos pocos segundos, pero eso bastó para asustarlo.
Podía estar trabajando en la Cabaña, inclinado sobre su regla de cálculo, y al instante
todo cuanto lo rodeaba se volvía borroso y saltaba por los aires, como si una película
se hubiera enredado en el proyector. Después de mucho rogar consiguió que el
médico militar le diera unas tabletas de benzedrina, pero eso sólo sirvió para que sus
cambios de humor fuesen más bruscos, pasando de una actividad frenética a una
postración cada vez más grave.
Curiosamente, la solución, cuando llegó, no tuvo nada que ver con las
matemáticas, y él se reprocharía después el haber permanecido demasiado absorto
en los detalles. Si no hubiese estado tan cansado habría podido dar con ella mucho
antes.
Fue el segundo sábado de diciembre, por la noche. A eso de las nueve Logie lo
había mandado a descansar. Jericho intentó oponerse, pero Logie le dijo: «No,
acabarás matándote si sigues a ese ritmo, y eso no es bueno para nadie, querido, y
menos para ti.» De modo que Jericho volvió en bicicleta a su alojamiento encima del
pub, en Shenley Church End, y se metió en la cama. Oyó que los escasos
parroquianos se despedían tras la última copa y que a continuación cerraban las
puertas del local. De madrugada, permaneció tumbado mirando el techo mientras se
preguntaba si alguna vez podría volver a conciliar el sueño, ya que le parecía
imposible desconectar la máquina en que se había convertido su mente.
Desde el momento mismo de la aparición de Tiburón había quedado claro que
el único remedio aceptable y duradero consistía en rediseñar las bombas en función
de ese cuarto rotor. Pero estaba resultando un proceso espantosamente lento. Si
hubiesen podido completar la misión que Fasson y Grazier habían iniciado tan
heroicamente y robar una Enigma Tiburón, todo habría sido más fácil. Pero las
máquinas Tiburón eran las joyas de la corona de la armada alemana. Sólo los U-boote
las tenían. Los U-boote y, por supuesto, el cuartel general de comunicaciones en
Sainte-Assise, al sudeste de París.
¿Enviar un comando a Sainte-Assise? ¿Unos paracaidistas, quizá? Sopesó por
un instante esa posibilidad y luego la desechó. Imposible. E inútil, en todo caso.
Incluso si, de puro milagro, conseguían apoderarse de una de esas máquinas, los
alemanes lo sabrían y cambiarían su sistema de comunicación. El futuro de Bletchley
estaba en que los alemanes siguieran creyendo que Enigma era inexpugnable.
Cualquier cosa que pusiera en peligro esa autoconfianza sería contraproducente.
Un momento.
Jericho se incorporó de golpe.
Mierda. Un momento.
Si los únicos que disponían de máquinas Enigma de cuatro rotores eran los
submarinos y sus controladores en Sainte-Assise —cosa que Bletchley sabía a ciencia
cierta—, ¿qué diantres hacían las estaciones meteorológicas para descifrar las
transmisiones de los submarinos?
Se trataba de una pregunta que nadie se había molestado en plantear, y sin
embargo era fundamental.
Para leer un mensaje elaborado por una máquina de cuatro rotores había que
tener una máquina de cuatro rotores.
¿No?
Si es cierto, como alguien dijo una vez, que el genio es «un zigzag de luz en el
cerebro», entonces en aquel instante Jericho supo qué era el genio. Vio la solución
ante él como un paisaje iluminado por un relámpago.
Cogió su batín y se lo puso sobre el pijama. Fue por el abrigo, la bufanda, los
calcetines y las botas, y en menos de un minuto estaba montado en su bici cruzando
el campo a la luz de la luna en dirección a Bletchley Park. Brillaban las estrellas, la
escarcha confería al suelo una dureza de hierro. Se sentía ridículamente eufórico, iba
riendo como un loco y conduciendo por los charcos helados que bordeaban la
carretera; los fragmentos de hielo se quebraban bajo las ruedas como parches de
tambor. De bajada hacia Bletchley anduvo a rueda libre. El campo quedó atrás y la
pequeña ciudad se abrió ante él monótona y fea como la conocía, pero hermosa en
aquella noche estrellada, hermosa como Praga o París, asentada sobre las orillas de
un río de vías férreas. La quietud le permitió oír cómo a unos quinientos metros un
tren maniobraba en el apartadero; hasta él llegó el repentino y frenético resoplar de la
locomotora, seguido de una serie de sonidos metálicos y luego una prolongada
exhalación de vapor. Los ladridos de un perro provocaron los de otro. Jericho dejó
atrás la iglesia y el monumento a los caídos, frenó para no patinar en el hielo y torció
a la izquierda por Wilton Avenue.
Quince minutos después, cuando llegó a la cabaña, jadeaba de tal manera por
el esfuerzo que apenas podía soltar su descubrimiento y recuperar el resuello y dejar
de reír al mismo tiempo:
—Están... utilizándola... como una máquina... de tres rotores... Dejan el
cuarto... rotor en neutral cuando... hacen los partes... meteorológicos... los malditos
hijos de... la gran puta...
Su llegada causó conmoción. El turno de noche en pleno dejó de trabajar y
formó un semicírculo en torno a él —recordaba a Logie, a Kingcome, a Puck y a
Proudfoot—, y a juzgar por sus caras de preocupación sin duda debían de pensar
que se había vuelto loco. Lo hicieron sentar, le dieron un tazón de té y le dijeron que
empezara otra vez, pero despacio, desde el principio.
Jericho lo repitió, paso a paso, súbitamente inquieto ante la posibilidad de que
su teoría tuviera algún punto débil. Las máquinas Enigma de cuatro rotores estaban
limitadas a submarinos y Sainte-Assise; ¿correcto? Correcto. Por lo tanto, las
estaciones costeras sólo podían descifrar mensajes de Enigma de tres rotores;
¿correcto? Pausa. Correcto. Por consiguiente, cuando un U-boote enviaba un parte
meteorológico, el radiotelegrafista, lógicamente, tenía que desconectar el cuarto
rotor, seguramente poniéndolo a cero.
A partir de ahí, los acontecimientos se precipitaron. Puck corrió hasta la sala
principal y desplegó la mejor de las cribas sobre una de las mesas de caballete. A las
cuatro de la madrugada ya tenían un menú para las bombas. A la hora del desayuno
uno de los compartimientos estaba registrando un bombón, y Puck corrió a la cantina
gritando como un colegial:
—¡Ha salido! ¡Ha salido!
Momento histórico.
A mediodía, Logie telefoneó al almirantazgo y dijo a los de la sala de rastreo
de submarinos que estuviesen alerta. Dos horas después, habían descifrado el tráfico
de Tiburón del lunes anterior, y las «teleprincesas», las despampanantes chicas de la
sala de teletipo, empezaron a enviar mensajes ya traducidos a Londres. Eran, en
efecto, las joyas de la corona. Mensajes como para erizarle a cualquiera el pelo del
cogote.
DE: CAPITÁN DE SUBMARINO SCHRODER
OBLIGADO A SUMERGIR POR DESTRUCTORES. NO HAY CONTACTO. ÚLTIMA
POSICIÓN DEL ENEMIGO A LAS 8.15 CUADRÍCULA 1849.
RUMBO 45 GRADOS, VELOCIDAD 9 NUDOS.
DE: GILADORNE
HEMOS ATACADO. POSICIÓN CORRECTA DEL CONVOY AK1984.
50 GRADOS. ESTOY TRANSBORDANDO Y SIGO EN CONTACTO.
DE: HAUSE
A LA 1.15 EN CUADRO 3969 ATACADOS, BENGALAS Y CAÑONEO,
INMERSIÓN, CARGAS PROFUNDIDAD. SIN DAÑOS. ESTOY EN CUADRICULA
AJ3996. TODOS LOS TORPEDOS, 70 CBM.
DE: VICEALMIRANTE, U-BOOTE
A: FLOTILLA «DRAUFGÁNGER»
MAÑANA A LAS 17.00 FORMAR NUEVA PATRULLA DE CUADRICULA AK2564
A CUADRÍCULA 2994. OPERACIONES CONTRA CONVOY RUMBO ESTE QUE A
LAS 12.00/7/12 ESTABA EN CUADRÍCULA AK4189. RUMBO 50 A 70 GRADOS.
VELOCIDAD APROX. 8 NUDOS.
Hacia la medianoche habían descifrado, traducido y enviado por teletipo a
Londres noventa y dos señales de Tiburón que daban al almirantazgo la situación y
táctica aproximadas de media flota de submarinos alemanes.
Jericho se hallaba en la cabaña donde se encontraban las bombas cuando Logie
lo encontró. Había pasado la mitad del día yendo de un lado a otro sin parar y ahora
estaba supervisando un cambio en una de las máquinas, con el pijama todavía debajo
del abrigo, para gran jolgorio de las chicas de la sección femenina de la Royal Navy
que se ocupaban de la bomba. Logie estrechó vigorosamente la mano de Jericho.
—¡El primer ministro! —le gritó al oído por encima del martilleo de las
bombas.
—¡¿Qué?!
—¡El primer ministro acaba de telefonear para felicitarnos!
La voz de Logie sonaba muy lejana. Jericho se inclinó para oír mejor lo que
había dicho Churchill y en ese momento el piso de cemento se derritió bajo sus pies y
Jericho cayó de bruces en las tinieblas.
—Lo es —dijo Jericho.
—¿Cómo, muchacho?
—Hace un momento has dicho que Tiburón era un monstruo y luego has
dicho que aún lo es. —Apuntó con el tenedor a Logie—. Ya sé por qué estás aquí. Lo
habéis perdido, ¿no es eso?
Logie gruñó y contempló el fuego, y Jericho sintió que le colgaban una piedra
del corazón. Se apoyó en el respaldo, sacudió la cabeza y soltó una risotada.
—Gracias, Tom —dijo Logie en voz baja—. Me alegro de que lo encuentres
divertido.
—Y yo pensando que habías venido a darme calabazas. Eso sí que tiene gracia,
¿no te parece, amigo?
—¿Qué día es hoy? —preguntó Logie.
—Viernes.
—Bien. Bien. —Apagó su pipa con el pulgar y se la guardó en un bolsillo.
Suspiró y añadió—: Veamos. Eso quiere decir que ocurrió el lunes pasado. No, el
martes. No hemos dormido mucho últimamente.
Se pasó la mano por el pelo, que empezaba a escasear y, según Jericho advirtió
por primera vez, se le había vuelto casi gris. «Entonces no soy sólo yo —pensó—.
Somos todos; nos estamos cayendo a pedazos. Falta de aire libre, falta de sueño,
escasez de alimentos frescos, semanas de seis días y jornadas de doce horas...»
—Cuando tú te fuiste todavía llevábamos un poco de ventaja —prosiguió
Logie—. Ya conoces los pasos. Cómo no. Tú fuiste el que dio con la solución. Esperá-
bamos a que Cabaña 10 descifrase el código meteorológico naval, y con un poco de
suerte teníamos cribas suficientes como para abordar los partes abreviados del día.
Eso nos daba tres de los cuatro ajustes de rotor, y después ya podíamos hincarle el
diente a Tiburón. El lapso de tiempo variaba. Unas veces lo descifrábamos en un solo
día, otras en tres o cuatro. En fin, que teníamos entre manos verdadero polvo de oro
y éramos los niños mimados de Whitehall.
—Hasta el martes.
—Exacto. —Logie echó un vistazo a la puerta y bajó la voz—. Es una
verdadera tragedia, Tom. Habíamos reducido las pérdidas en el Atlántico Norte en
un setenta y cinco por ciento. Eso equivale más o menos a trescientas mil toneladas al
mes. La información era sorprendente. Sabíamos dónde estaban los submarinos casi
con la misma precisión que los alemanes. Visto retrospectivamente, está claro que eso
no podía durar. Los nazis no son idiotas. Yo siempre he dicho que el éxito engendra
el fracaso, y cuanto mayor es el éxito, tanto mayor puede ser el fracaso. Me lo habrás
oído decir más de una vez. El contrario empieza a recelar...
—¿Qué pasó el martes, Guy?
—De acuerdo. Perdona. El martes. Serían las ocho de la tarde. Recibimos una
llamada de una de las estaciones interceptadoras, creo que Flowerdown, pero
Scarborough lo oyó también. Yo estaba en la cantina. Puck vino a buscarme. Habían
empezado a pescar algo a primera hora de la tarde. Una palabra aislada que radiaban
cada hora, hora tras hora. Procedía de Sainte-Assise en las dos redes principales de
emisoras de los submarinos.
—La palabra estaba en clave Tiburón, supongo.
—No, espera. Por eso se encontraban todos tan nerviosos. No estaba en clave.
Ni siquiera en Morse. Era una voz humana. De hombre. Y repetía una sola palabra:
Akelei.
—Akelei —murmuró Jericho—. Akelei... Es una flor, ¿no?
—Bravo. —Logie batió palmas—. Eres extraordinario, Tom. ¿Ves por qué te
echo de menos? Tuvimos que preguntarle a uno de nuestros empollones de alemán.
Akelei: planta ranunculácea con flores de cinco pétalos, del latín Aquilegia. Para las
personas corrientes, aguileña.
—Akelei —repitió Jericho—. Debe de ser alguna clase de señal predeterminada,
¿no?
—Lo es.
—¿Y significa?
—Problemas, eso es lo que significa, querido. No lo descubrimos hasta ayer a
medianoche. —Logie parecía haber perdido el buen humor. Tenía la cara ceñuda—.
Akelei quiere decir: «Cambiar la tabla de clave meteorológica.» Se han pasado a otra,
y no tenemos ni idea de qué se puede hacer. Nos han cerrado la puerta a Tiburón,
amigo. Estamos a dos velas otra vez.
Jericho no tardó en recoger sus cosas. Desde su llegada a Cambridge no había
comprado otra cosa que un periódico, de modo que se llevó exactamente lo mismo
que había traído tres semanas antes: dos maletas llenas de ropa, unos cuantos libros,
una estilográfica, una regla de cálculo, lapiceros, un juego de ajedrez portátil y un
par de botas de excursionista. Dejó las maletas encima de la cama y fue recogiendo
sus pertenencias mientras Logie le miraba desde el vano de la puerta.
De las profundidades de su subconsciente, surgió de forma espontánea una
canción infantil: «Por falta de clavo se perdió el caballo; por falta de caballo se perdió
el jinete; por falta de jinete, se perdió la batalla; por falta de batalla se perdió el reino;
y todo por falta de un clavo en la herradura...» Dobló una camisa y la puso sobre sus
libros.
Por falta de un código podían perder la Batalla del Atlántico. Tantos hombres,
tanto material en peligro por una cosa tan pequeña como un cambio en los códigos
meteorológicos. Era absurdo.
—Es fácil distinguir a los chicos de internado —dijo Logie—. Van ligeros de
equipaje. Supongo que de tantos interminables viajes en tren.
—Yo lo prefiero.
Remetió unos calcetines por un lado de la maleta. Volvía a Bletchley. Lo
necesitaban. Y no sabía si eso lo halagaba o lo aterrorizaba.
—En Bletchley tampoco tienes muchas cosas, ¿verdad?
Jericho se volvió y dijo:
—¿Y tú cómo lo sabes?
—Ah. —Logie se sobresaltó, azorado—. Me temo que tuvimos que vaciar tu
habitación y, bueno, dársela a otra persona. Problemas de espacio y eso.
—¿Pensabais que no iba a volver?
—Bien, digamos qué no sabíamos que te necesitaríamos tan pronto. De todos
modos, tienes alojamiento nuevo en la ciudad; al menos será más céntrico. No
tendrás que dar largos paseos en bici por la noche.
—A mí me gusta dar largos paseos en bici por la noche. Me despeja la mente.
—Jericho aseguró los cierres de las dos maletas.
—Oye, querido, ¿te ves con ánimos? Nadie quiere forzarte a nada.
—Por la pinta que traes, creo que estoy en mejores condiciones que tú.
—Es que no querría que te sintieras presionado...
—Cállate ya, Guy.
—De acuerdo. Imagino que no te hemos dejado demasiadas opciones,
¿verdad? ¿Te ayudo con las maletas?
—Si estoy bien para volver a Bletchley, también lo estoy para cargar con un
par de maletas.
Las llevó hasta la puerta y apagó la luz. Apagó la estufa de gas de la salita y echó un
último vistazo. El viejo sofá excesivamente rellenado. Las sillas llenas de rasguños.
La desnuda repisa de la chimenea. Así era su vida, pensó, una sucesión de cuartos
mal amueblados cortesía de las instituciones inglesas: escuela, universidad, gobierno.
Se preguntó cómo iba a ser la próxima habitación. Logie abrió la puerta y Jericho
apagó la luz del escritorio.
La escalera estaba a oscuras. Hacía tiempo que la bombilla se había fundido.
Logie encendió una cerilla y empezó a bajar por los peldaños de piedra. Al llegar
abajo, distinguieron apenas la silueta de Leveret, recortada contra la negra mole del
templo. Leveret, que montaba guardia, se volvió y se llevó la mano al bolsillo.
—Tranquilo, Mr. Leveret —dijo Logie—. Soy yo. Mr. Jericho viene con
nosotros.
Leveret tenía una linterna de defensa antiaérea, un artilugio envuelto en papel
de seda. Guiándose por el pálido haz de luz y por el tenue resplandor del cielo
vespertino, avanzaron los tres por las dependencias del college. Al pasar por delante
del comedor oyeron ruido de cubiertos y las voces de los comensales. Jericho sintió
una punzada de arrepentimiento. Pasaron por la conserjería y franquearon el portillo
practicado en la enorme puerta de roble. Un resquicio de luz apareció en una de las
ventanas al descorrer alguien unos milímetros de cortina. Con Leveret delante y
Logie detrás, Jericho tuvo la curiosa sensación de hallarse bajo arresto.
El Rover del rector estaba aparcado en la zona adoquinada. Leveret abrió la
puerta con sumo cuidado y les iluminó el asiento de atrás. El interior estaba frío y
olía a cuero viejo y ceniza de cigarrillo. Mientras Leveret metía los bultos en el
maletero Logie dijo de pronto:
—Por cierto, ¿quién es Claire?
—¿Claire? —Jericho oyó su propia voz en la oscuridad; sonaba culpable y a la
defensiva.
—Cuando subías por la escalera he creído oírte gritar «Claire». ¿Claire? —
Logie lanzó un silbido—. Oye, ¿no será la rubia platino de Cabaña 3? Me juego algo a
que sí. Eres un cabrón con suerte...
Leveret puso el motor en marcha. El Rover petardeó varias veces. Leveret
soltó el freno y el enorme coche se bamboleó por los adoquines hacia King's Parade.
La larga calle estaba desierta en ambas direcciones. Un jirón de niebla brilló a la luz
de los faros amortiguados. Logie seguía riendo disimuladamente cuando doblaron a
la izquierda.
—Sí, me juego algo a que es ella. Qué suerte tienes, cabrón...
Kite permaneció apostado en su ventana, mirando las luces de cola, hasta que
se perdieron tras la esquina de Goville y Caius. Corrió de nuevo la cortina. Vaya,
vaya....
Ya tenían de qué hablar al día siguiente. Escucha esto, Dottie. Dos hombres se
llevaron a Jericho en plena noche —bueno, de acuerdo, eran las ocho—; uno era alto
y el otro estaba claro que era un poli de paisano. Lo escoltaron todo el tiempo sin
cruzar palabra. El tipo alto y el poli habían llegado a eso de las cinco mientras el
joven profesor aún estaba de paseo por ahí, el alto —seguramente un detective—
había hecho a Kite toda clase de preguntas: «¿Ha recibido visitas desde que llegó?
¿Ha escrito a alguien? ¿Le han escrito a él? ¿Qué ha estado haciendo?» Luego habían
cogido sus llaves y habían registrado su cuarto antes de que Jericho llegara de su
paseo.
Allí había algo turbio. Muy turbio.
Espía, genio, víctima de mal de amores... y ahora, ¿qué? ¿Un delincuente?
Muy posible. ¿Un enfermo fingido? ¿Un fugitivo? ¡Un desertor! Era eso, seguro: ¡un
desertor!
Kite volvió a sentarse junto al hornillo, abrió el periódico de la tarde y leyó:
SUBMARINO NAZI TORPEDEA
TRANSATLÁNTICO. MUJERES Y NIÑOS ENTRE LAS VÍCTIMAS.
Kite sacudió la cabeza ante la iniquidad del mundo. Era repugnante, un joven de esa
edad, sin uniforme militar, escondido en medio de Inglaterra mientras madres y
niños eran asesinados.
II
CRIPTOGRAMA

CRIPTOGRAMA: mensaje escrito en cifra u otro lenguaje secreto que requiere una clave
(véase) para que su significado pueda ser descubierto.
Diccionario de criptografía («Máximo secreto», Bletchley Park, 1943)
1

La noche era impenetrable, el frío, irresistible. Aovillado en su abrigo dentro


del gélido Rover, Tom Jericho apenas podía ver el parpadeo de su aliento ni la
neblina que éste formaba en la ventanilla de su lado. Alargó la mano y frotó el cristal
empañado, manchándose los dedos de una mugre fría y húmeda. De vez en cuando
los faros del coche alumbraban casitas de campo encaladas y posadas a oscuras, y
una vez se cruzaron con un convoy de camiones que iba en dirección contraria. Pero
en general era como si viajaran en el vacío. No había semáforos ni indicadores que
los guiaran, ninguna ventana encendida; ni un solo fósforo brillando en la negrura.
Podían haber sido las tres últimas personas vivas.
Logie se había puesto a roncar a los quince minutos de dejar King's College.
Su cabeza había ido cayendo progresivamente sobre el pecho cada vez que el Rover
cogía un bache, lo que le hacía mascullar algo y mover la cabeza como si estuviera
profundamente conforme consigo mismo. En una ocasión, al doblar una esquina, su
largo cuerpo se había inclinado hacia un lado, obligando a Jericho a enderezarlo
suavemente con el antebrazo.
Leveret no había abierto la boca en todo el rato, salvo para decir que la
calefacción estaba estropeada cuando Jericho le pidió que la conectase. Conducía con
celo exagerado, la cara a unos centímetros del parabrisas y el pie derecho alternando
cautamente entre el pedal del freno y el acelerador. A ratos no parecían avanzar más
rápido que si hubieran ido a pie. Si bien de día el viaje a Bletchley duraba poco más
de una hora y media, Jericho calculaba que con suerte llegarían a destino poco antes
de medianoche.
—Yo de ti intentaría dormir un poco, querido —le había dicho Logie al tiempo
que improvisaba una almohada con su gabán—. Queda mucha noche por delante.
Pero Jericho no podía dormir. Hundió las manos en los bolsillos y miró vanamente la
noche.
«Bletchley», pensó con asco. La sensación misma del nombre al pronunciarlo
dejaba un sabor más que desagradable. ¿Por qué, de todas las ciudades de Inglaterra,
habían escogido Bletchley? Cuatro años atrás ni siquiera había oído hablar de ella. Y
habría podido pasar tranquilamente el resto de su vida sin tener noticia de ese lugar
si no hubiese sido por aquella copa de jerez que en 1939 había tomado en la
habitación de Atwood.
Cuán extraño absurdo resultaba seguir el rastro del propio destino y descubrir
que giraba en torno a cincuenta gramos de manzanilla.
Inmediatamente después de aquel primer contacto Atwood le había
organizado un encuentro con unos «amigos» de Londres. A partir de entonces, y
durante cuatro meses cada viernes por la mañana Jericho cogía un tren a primera
hora para ir hasta un polvoriento edificio de oficinas cercano a la parada de metro de
Saint James. Allí, en una habitación destartalada con una pizarra y un escritorio por
todo mobiliario, sería iniciado en los secretos de la criptografía. Y pasó exactamente
lo que Turing había pronosticado: la cosa le encantó.
Le encantó la parte histórica, desde los sistemas rúnicos de la antigüedad y los
códigos irlandeses del Libro de Ballymonte con sus exóticos nombres («Serpiente en el
brezal», «Enojo del corazón de un poeta»), pasando por la escritura en clave del papa
Silvestre II e Hildegard von Bingen, la invención del disco de cifra a cargo de Alberti
—el primer código polialfabético— y las rejillas del cardenal Richelieu, hasta llegar a
los misterios generados por la máquina Enigma alemana, tenidos por
tenebrosamente indescifrables.
Y le encantó el vocabulario secreto del criptoanálisis, con sus homófonos y sus
polífonos, sus dígrafos, bígrafos y nulos. Estudió análisis de frecuencias. Fue introdu-
cido en las complejidades del supercifrado. A principios de agosto de 1939 le
ofrecieron formalmente un puesto en la Escuela Gubernamental de Cifra y Clave con
un salario de trescientas libras al año, y hubo de volver a Cambridge y esperar el
desarrollo de los acontecimientos. El 1 de septiembre lo despertó la noticia de que los
alemanes habían invadido Polonia. El 3 de septiembre, día en que Gran Bretaña
declaraba la guerra, llegó un telegrama a la conserjería ordenándole que a la mañana
siguiente se presentara en un lugar llamado Bletchley Park.
Partió de King's como le habían dicho, al despuntar el día, arrinconado en el
asiento del acompañante del viejo deportivo de Atwood. Bletchley resultó ser una
pequeña ciudad ferroviaria victoriana a unos ochenta kilómetros al oeste de
Cambridge. Atwood, a quien le gustaba destacar, insistió en conducir con la capota
descorrida, y mientras pasaban a toda velocidad por las angostas calles Jericho
percibió apenas un atisbo de humo y hollín, de hileras de casas feas y pequeñas y de
las altas y negras chimeneas de los hornos de cocer ladrillos. Pasaron por debajo de
un puente ferroviario, recorrieron un camino vecinal, y al llegar a una verja alta unos
centinelas les abrieron paso. A mano derecha el césped descendía suavemente hasta
un lago bordeado de grandes árboles. A mano izquierda se alzaba una mansión
victoriana, verdadero monstruo largo y achaparrado de ladrillo rojo y piedra de color
arena, que a Jericho le recordó el hospital de veteranos donde había muerto su padre.
Incluso miró alrededor, esperando ver, quizá, una enfermera con toca paseando
hombres lisiados en grandes sillas de ruedas.
—¿No le parece absolutamente espantoso? —graznó Atwood con placer—. Lo
construyó un judío. Un agente de bolsa, amigo de Lloyd George.1 (1. Estadista
británico. Primer ministro de 1916 a 1922. (N. del T.)—Alzaba la voz a cada frase,
dando a entender una ascendente escala de horror social. Aparcó bruscamente en un
ángulo inverosímil, haciendo saltar la gravilla y atropellando por poco a un zapador
que estaba desenrollando un enorme tambor de cable eléctrico.
Dentro, en un salón empapelado con vistas al lago, había dieciséis hombres de
pie tomando café. A Jericho le sorprendió advertir que conocía a muchos de ellos. Se
miraron unos a otros, divertidos e incómodos. «Vaya —decían sus rostros— también
te han cazado a ti.» Atwood avanzó serenamente entre los reunidos, estrechando
manos y haciendo agudos comentarios que suscitaron forzadas sonrisas por parte de
todos.
—Yo no me opongo a luchar contra Alemania, sino a hacer la guerra en
nombre de esos condenados polacos. —Se volvió a un apuesto joven de penetrante
mirada, frente ancha y despejada y tupida caballera—. ¿Y usted cómo se llama?
—Pukowski —dijo el joven, en perfecto inglés—. Soy un condenado polaco.
Turing miró de soslayo a Jericho y guiñó un ojo.
Por la tarde los criptoanalistas fueron divididos en equipos. A Turing le tocó
trabajar con Pukowski rediseñando la «bomba», el criptógrafo gigante construido en
1938 por el gran Marian Rejewski, del Departamento de Cifra polaco, para atacar a
Enigma. Jericho fue enviado a la caballeriza anexa a la mansión para analizar
mensajes radiofónicos alemanes en clave.
Qué extraños fueron aquellos primeros nueve meses de la guerra, qué irreales
y —ahora parecía ridículo decirlo— qué pacíficos. Cada día iban en bicicleta desde
sus alojamientos en diversas casas de huéspedes y tabernas rurales. Almorzaban y
cenaban juntos en la mansión. Por las tardes jugaban al ajedrez y paseaban por los
jardines antes de regresar de nuevo en bicicleta. Había incluso un Victoriano
laberinto de setos donde extraviarse. Cada diez o doce días llegaba alguien nuevo —
un clasicista, un matemático, un conservador de museo, un librero de viejo— que,
invariablemente, había sido reclutado por tener alguna amistad entre los ya
residentes en Bletchley.
Un seco y neblinoso otoño de dorados y castaños, con los grajos revoloteando
en el cielo como carbonilla, dio paso a un invierno de postal navideña. El lago se
heló. Los olmos acusaban el peso de la nieve. Un petirrojo picoteaba migajas junto a
la ventana de la caballeriza.
El trabajo de Jericho era agradablemente académico. Tres o cuatro veces al día
un correo motorizado llegaba al patio de la parte trasera de la mansión portando un
fajo de criptogramas interceptados a los alemanes. Jericho los clasificaba según la
frecuencia y la señal de llamada y los apuntaba en unas gráficas con lápices de color
—rojo para la Luftwaffe, verde para el ejército alemán— hasta que paulatinamente,
de aquel embrollo ininteligible empezaban a surgir formas. Las emisoras de una
misma red que tenían libertad para hablar unas con otras dibujaban, una vez
esquematizadas en la gráfica, una urdimbre de líneas dentro de un círculo. Las redes
de emisoras cuya única vía de comunicación era bilateral, entre una central y sus
emisoras dependientes, se asemejaban a estrellas. Círculos y estrellas. Kreis und Stern.
Aquel idilio de ocho meses terminó con la ofensiva alemana de mayo de 1940. Hasta
entonces, los criptoanalistas no habían dispuesto de material suficiente como para
llevar a cabo un ataque serio contra Enigma. Pero a medida que la Wehrmacht
arrasaba Holanda, Bélgica y parte de Francia, el murmullo del tráfico radiado se
convirtió en un auténtico estruendo. De tres o cuatro bolsas de material, el volumen
pasó a ser primero de treinta o cuarenta, luego un centenar; después, doscientas.
Llevaban así más de una semana cuando un día, a eso de las doce de la mañana,
Jericho notó que le tocaban el codo y al volverse vio a un risueño Turing.
—Quiero presentarte a alguien, Tom.
—Ahora estoy un poco ocupado, Alan, de verdad.
—Su nombre es Agnes. Creo que deberías ir a verla.
Jericho estuvo a punto de protestar. Un año después lo habría hecho, pero en
aquel momento le debía demasiado a Turing como para no hacer lo que le pedía.
Cogió su chaqueta del respaldo de la silla y salió, mientras se la ponía, al sol de
mayo.
Para entonces el Park, como llamaban al lugar, había iniciado ya su
transformación. Muchos de los árboles que crecían a orillas del lago habían sido
talados para dar cabida a una serie de amplias cabañas de madera. El laberinto de
tejos había sido sustituido por un edificio bajo de ladrillo, junto al cual se había
congregado ahora un grupo de criptoanalistas. De dentro salía un ruido que Jericho
no había oído nunca, un zumbido y un chapaleo, algo a medio camino entre un telar
y una máquina de imprimir. Entró detrás de Turing. Ya dentro, el ruido era
ensordecedor, pues retumbaba en las paredes y en el techo de hierro acanalado. Un
brigadier, un comodoro de aviación, dos hombres en mono de trabajo y una
integrante del servicio femenino de la Royal Navy con cara de pánico y los dedos en
los oídos, ocupaban el perímetro exterior de la sala mientras contemplaban una gran
máquina llena de bobinas giratorias. Un destello azul de electricidad dibujaba un
arco en la parte superior. Se produjo entonces un ruido sibilante y un chisporroteo,
seguidos de un olor a aceite quemado y metal demasiado caliente.
—Es la bomba polaca rediseñada —dijo Turing—. He pensado llamarla
Agnes. —Apoyó con ternura sus largos y pálidos dedos en el armazón metálico. Se
produjo una detonación y Turing los apartó enseguida—. Espero que funcione, la
verdad...
«Desde luego que funcionó», pensó Jericho, abriendo otra lumbrera en la
ventanilla empañada.
La luna apareció detrás de una nube, iluminando brevemente Great North
Road. Jericho cerró los ojos.
Agnes funcionó, y a partir de entonces el mundo ya no fue el mismo.
Pese a su insomnio inicial Jericho debió de quedarse dormido, pues cuando
volvió a abrir los ojos Logie se había incorporado y el Rover estaba cruzando una pe-
queña ciudad. Aún era de noche, y al principio no conseguía orientarse. Pero al pasar
por delante de una hilera de comercios e iluminar los faros la cartelera del cine
Country, murmuró con voz atenazada por el cansancio:
—Bletchley.
—Puñeteramente exacto —dijo Logie.
Victoria Road, las oficinas del ayuntamiento, una escuela... La calle describía
una curva y de pronto, a lo lejos, sobre las aceras, una miríada de luciérnagas que se
acercaba a ellos. Jericho se pasó las manos por la cara y notó que tenía los dedos
entumecidos. Se sentía ligeramente mareado.
—¿Qué hora es?
—Medianoche —dijo Logie—. Cambio de turno.
Las manchas de luz eran linternas camufladas.
Jericho calculaba que el personal debía de sumar ahora unas cinco o seis mil
personas, trabajando noche y día en turnos de ocho horas, de medianoche a las ocho,
de las ocho a las cuatro, de las cuatro a medianoche. Lo cual quería decir que había
cuatro mil personas en movimiento, la mitad saliendo de trabajar y la otra mitad
entrando, y cuando el Rover hubo enfilado la calzada que conducía a la entrada
principal apenas fue posible avanzar un metro sin chocar con alguien. Leveret sacaba
la cabeza por la ventana, gritaba y aporreaba el claxon. Un montón de gente se había
lanzado a la carretera, la mayoría a pie, algunos en bicicleta. Un convoy de autobuses
pugnaba por abrirse paso. «Hay dos probabilidades contra una de que Claire esté
entre ellos», pensó Jericho, y sintió la imperiosa necesidad de encogerse en su
asiento, taparse la cabeza, desaparecer.
Logie lo miraba con curiosidad.
—¿Seguro que tienes ánimos para volver, amigo? —preguntó.
—Estoy bien —respondió Jericho—. Sólo que... resulta difícil creer que al
principio sólo éramos dieciséis.
—Maravilloso, ¿no? Y el año que viene seremos el doble. —El tono ufano de
Logie se trocó en alarma—. ¡Maldita sea, Leveret! Tenga cuidado, hombre, ¡un poco
más y atropella a esa dama!
Una cabeza rubia se volvió, enfurecida, hacia la luz de los faros, y Jericho
sintió una acometida de náusea. Pero no era ella, sino una mujer que no conocía,
vestida con el uniforme del ejército y con los labios pintados de escarlata semejantes
a una herida en pleno rostro. Parecía que se había acicalado para ir a una cita. La
mujer levantó el puño y articuló un «Que os den por culo».
—Bueno —dijo Logie, muy escrupuloso—, creía que era una dama.
Cuando llegaron al puesto de guardia tuvieron que sacar sus documentos de
identidad. Leveret se los pasó por la ventanilla a un cabo de la RAF. El centinela se
colgó el fusil del hombro y examinó los tres documentos a la luz de una linterna.
Luego agachó la cabeza y los iluminó uno por uno. Jericho se sintió golpeado por el
haz de luz. Detrás oyó a un segundo centinela revolver en el maletero.
Jericho apartó el rostro de la luz y le dijo a Logie:
—¿Cuándo ha empezado todo esto? —Recordaba una época en que ni siquiera
les pedían pases.
—Ahora que lo preguntas, no estoy seguro —contestó Logie encogiéndose de
hombros—. En las últimas dos semanas la cosa se ha puesto peor.
Les devolvieron los documentos. La barrera se levantó. El centinela les hizo
señas de que pasaran. Al lado de la carretera había un indicador recién pintado. Por
Navidad les habían cambiado el nombre, y Jericho leyó a duras penas el rótulo en
blanco: «Cuartel General de Comunicaciones del Gobierno.» La barrera metálica se
cerró tras ellos con estrépito.
Incluso en la oscuridad que imponía la defensa antiaérea se percibían las
dimensiones del lugar. La mansión era la misma al igual que las cabañas, pero éstas
no eran ahora más que una fracción del conjunto. Más allá se extendía la gran fábrica
del espionaje: oficinas bajas construidas en ladrillo y bunkers de hormigón y acero a
prueba de bombardeos, bloques A, bloques B y bloques C, túneles, refugios, puestos
de guardia y garajes... Había un gran campamento militar al otro lado de la
alambrada. En los bosques cercanos los cañones de las baterías antiaéreas asomaban
entre el camuflaje. Y había otros edificios en construcción. No pasó un solo día en
que Jericho no oyese el ruido de las excavadoras y las hormigoneras, el vibrar de los
zapapicos y el crujir de árboles al caer. En una ocasión, poco antes de partir, había
recorrido a pie la distancia entre la nueva sala de reuniones y la valla del perímetro
exterior, y la había calculado en ochocientos metros. ¿Para qué era todo aquello? No
tenía la menor idea. A veces pensaba que estaban controlando las transmisiones por
radio de todo el planeta.
Leveret condujo el Rover más allá de la mansión a oscuras, la pista de tenis y
los generadores, y aparcó a escasa distancia de las cabañas.
Jericho se levantó con dificultad del asiento de atrás. Se le habían dormido las
piernas y la sensación de que la sangre corría otra vez por ellas hizo que se le
doblaran las rodillas. Se apoyó en un lado del coche. Tenía el hombro derecho aterido
de frío. Un pato chapoteó en el lago y su graznido le hizo pensar en Cambridge —en
su tibia cama y sus crucigramas— y hubo de sacudir la cabeza para borrar el
recuerdo.
Logie estaba explicándole que podía escoger: o Leveret lo acompañaba hasta
su nueva habitación para que durmiese decentemente por un rato, o podía entrar en
ese mismo instante y ver cómo estaba la situación.
—¿Por qué no empezamos ya? —dijo Jericho. Su regreso a la cabaña iba a ser
una experiencia dura. Prefería hacerlo cuanto antes.
—Así me gusta, amigo. Leveret se ocupará de tus maletas, ¿verdad, Mr.
Leveret? Llévelas a la habitación de Mr. Jericho, ¿de acuerdo?
—Sí, señor. —Leveret miró por un momento a Jericho y luego le tendió la
mano—. Buena suerte, señor.
Jericho le estrechó la mano. Aquella solemnidad le sorprendió. Cualquiera
habría pensado que iba a lanzarse en paracaídas sobre territorio hostil. Intentó
pensar en algo que decir.
—Muchas gracias por traernos en coche.
Logie estaba manoseando la linterna de Leveret.
—¿Qué diablos le pasa a este chisme? —La golpeó un par de veces sobre la
palma—. Maldita sea. Bah, a la mierda. Vamos.
Se alejó sobre sus largas piernas y, tras un instante de vacilación, Jericho se
envolvió en la bufanda y le siguió. La oscuridad los obligaba a avanzar tanteando la
pared a prueba de ondas expansivas que rodeaba Cabaña 8. Logie chocó contra lo
que parecía una bicicleta y Jericho lo oyó maldecir. Arrojó la linterna. Al golpear
contra el suelo, se encendió. Un hilillo de luz delataba la entrada a la cabaña. Olía a
cal y humedad; cal, humedad y creosota: los olores de la guerra de Jericho. Logie
abrió la puerta y entraron en medio de una luz difusa.
Puesto que Jericho había cambiado mucho en el mes que había pasado fuera,
de algún modo —ilógicamente— esperaba que la cabaña hubiese cambiado también.
Sin embargo, tan pronto cruzó el umbral todo le pareció tan familiar que casi le
resultó agobiante. Era como un sueño recurrente cuyo horror radicaba precisamente
en saber qué iba a pasar a continuación, en la certeza de que siempre había sido —y
siempre sería— exactamente igual.
Un angosto y mal iluminado corredor, de unos veinte metros de largo, se
extendía ante él con su docena de puertas iguales. Los tabiques de madera eran muy
delgados y el alboroto de cien personas trabajando intensamente se colaba de
habitación en habitación; zapatos y botas pisando con fuerza las tablas desnudas,
rumor de conversaciones, gritos ocasionales, arrastrar de sillas, teléfonos sonando, el
clac clac de las máquinas Type-X en la sala de desciframiento.
La única pero pequeña diferencia era que el enorme armario de la derecha,
inmediatamente contiguo a la entrada, lucía ahora una placa que rezaba: «Teniente
Kramer. Oficial de enlace de la armada de Estados Unidos.»
Empezó a ver caras conocidas. Kingcome y Proudfoot estaban cuchicheando
frente a la sala de ficheros y se apartaron para dejarle paso. El los saludó con la ca-
beza. Ellos hicieron otro tanto pero no dijeron nada. Atwood, que salía a toda prisa
de la sala de cribas, vio a Jericho, se quedó boquiabierto y luego agachó la cabeza.
—Hola, Tom —murmuró, y casi echó a correr hacia la sala de investigación.
Nadie había esperado verlo otra vez, eso estaba claro. Para ellos era un
engorro. Un muerto. Un fantasma.
Logie no parecía enterarse de la sorpresa general ni del malestar de Jericho.
—Hola a todo el mundo —exclamó. Luego saludó a Atwood—: Hola, Frank.
¡Mira quién está aquí! ¡El hijo pródigo! Vamos, Tom, sonríeles un poco, que esto no
es un funeral. Por el momento, al menos. —Se detuvo frente a su despacho y tras
manipular torpemente la llave durante medio minuto descubrió que la puerta no
estaba cerrada—. Pasa, pasa.
Era una habitación no mucho mayor que el cuarto de las escobas. Había sido el
cuchitril de Turing hasta poco antes de descifrar Tiburón, cuando Turing fue enviado
a América. Ahora lo ocupaba Logie —las minúsculas prebendas del rango— quien
pareció ridículamente grande al inclinarse sobre su mesa, como un adulto que
metiese la nariz en el cuarto de un niño. En un rincón había una caja fuerte a prueba
de incendios y un cubo de basura con la inscripción BASURA CONFIDENCIAL. Había un
teléfono con auricular rojo. Los papeles lo inundaban todo, el suelo, la mesa, la parte
superior del radiador donde habían amarilleado, las papeleras de alambre, los
archivadores, los estantes y los montones que se habían desplomado formando
abanico.
—Mierda, mierda, mierda. —Logie tenía en sus manos un mensaje y lo miraba
con ceño. Se sacó la pipa del bolsillo y mordisqueó la boquilla. Parecía ajeno a la
presencia de Jericho, y éste tuvo que carraspear para recordarle que estaba allí.
—¿Qué? Oh, perdona, querido. —Resiguió el texto del mensaje con su pipa—.
Parece que el almirantazgo está un poco preocupado. Conferencia en el Bloque A, a
las ocho con jefazos de la marina de guerra recién venidos de Whitehall. Quieren
saber cómo está el marcador. Skynner está que trina y exige verme sin dilación.
Mierda, mierda.
—¿Skynner sabe que he vuelto?
Skynner era el jefe de la sección naval de Bletchley. Nunca le había caído bien
Jericho, probablemente porque éste jamás había ocultado que en su opinión era un
jactancioso y un matón cuyo principal objetivo bélico era celebrar la paz convertido
en sir Leonard Skynner, oficial de la Orden del Imperio Británico, con un contrato
como rector de college en Oxford. Jericho recordaba vagamente haberle dicho a
Skynner parte de esto, o casi todo, o quizá incluso más, poco antes de ser enviado a
Cambridge para recuperar el juicio.
—Claro que sabe que has vuelto, amigo. Primero tuve que hablarlo con él.
—¿Y no le importa?
—¿Importarle? Qué va. Está desesperado. Haría cualquier cosa por recuperar
Tiburón. —Logie añadió rápidamente—: Perdona, no estoy diciendo que el hecho de
traerte haya sido una acción a la desesperada. Es sólo que, bueno, verás... —Se dejó
caer en la silla y volvió a examinar el mensaje. Hizo chocar la pipa contra sus
deteriorados dientes amarillos—. Mierda, mierda, mierda...
Al mirarlo en ese momento a Jericho se le ocurrió que prácticamente no sabía
nada de Logie. Habían trabajado dos años juntos, y se tenían mutuamente por
amigos, pero nunca habían mantenido una conversación digna de tal nombre. Ni
siquiera sabía si Logie estaba casado, o si tenía novia.
—Será mejor que vaya a verlo —dijo Logie—. Discúlpame, querido. —Se
levantó, se dirigió hacia la puerta y gritó en el corredor—: ¡Puck! —Jericho oyó cómo
los demás iban pasando la voz: «¡Puck! ¡Puck!»
Logie entró de nuevo en el despacho agachando la cabeza.
—Tenemos un analista en cada turno coordinando el ataque a Tiburón. Puck
hace este turno, Baxter el siguiente, y luego Pettifer. —Volvió a asomar la cabeza al
pasillo—. Ahí viene. Vamos, amigo. Mueve el trasero. Tengo una sorpresa para ti.
Mira quién ha venido.
—Ah, estás aquí, Guy —dijo desde fuera una voz familiar—. No sabíamos
dónde te habías metido.
Adam Pukowski deslizó su ágil esqueleto detrás de Logie, vio a Jericho y se
paró en seco. Estaba realmente conmocionado. Jericho casi pudo ver cómo su mente
pugnaba por recuperar el control de sus facciones y hacer que su famosa sonrisa le
iluminara el rostro. Cuando menos lo intentó.
—Tom, es... —empezó a decir, abrazando a Jericho—. Había empezado a
pensar que nunca volverías, lis maravilloso.
—Me alegro de verte otra vez, Puck —dijo Jericho al tiempo que le daba unas
corteses palmaditas en la espalda.
Puck era la mascota de todos, su toque de glamour, su vínculo con la aventura
de la guerra. Había llegado a Bletchley la primera semana para explicarles el fun-
cionamiento de la bomba polaca, y regresado después a su país. Al caer Polonia,
había volado a Francia, y cuando Francia se vino abajo había escapado cruzando los
Pirineos. Su existencia estaba rodeada de historias románticas: había esquivado a los
nazis escondiéndose en la choza de un cabrero; había ido de polizón a bordo de un
vapor portugués y obligado al capitán a desviarse hacia Inglaterra a punta de pistola.
Cuando en el invierno de 1940 reapareció en Bletchley fue Pinker, el especialista en
Shakespeare, quien abrevió su apellido a Puck («ese alegre viajero de la noche»). Su
madre era británica, lo que explicaba su acento inglés casi perfecto, característico
únicamente por su aplicada pronunciación.
—¿Has venido a prestarnos tu apoyo?
—Eso parece. —Jericho se liberó tímidamente del abrazo de Puck—. Por si
acaso.
—Estupendo, estupendo —dijo Logie. Los contempló con cariño por unos
instantes y luego empezó a rebuscar entre la hojarasca de su escritorio—. A ver,
¿dónde lo habré metido? Esta mañana estaba por aquí...
Puck, detrás de Logie, señaló a éste con la cabeza y susurró:
—Ya ves, Tom. Tan organizado como siempre.
—Eh, Puck, que lo he oído. Veamos. ¿Es esto? No. Sí. ¡Sí!
Se volvió y le pasó a Jericho un documento escrito a máquina, con sello oficial
y encabezado «Por orden del Ministerio de Guerra». Era una notificación de
alojamiento, dirigida a una tal Mrs. Ethel Armstrong, autorizando a Jericho a
hospedarse en la Commercial Guesthouse, una casa de huéspedes de Albion Street,
Bletchley.
—Lo siento, pero no sé qué tal será. Es todo lo que he podido hacer.
—Seguro que estaré bien.
Jericho dobló el vale y se lo guardó en el bolsillo. De hecho, estaba casi seguro
de que no iba a estar bien —las últimas habitaciones decentes en Bletchley habían
volado tres años atrás, y ahora la gente tenía que desplazarse incluso a Bedford, a
treinta kilómetros de distancia— pero ¿qué sentido tenía quejarse? Según su
experiencia previa, no iba a utilizar esa habitación más que para dormir.
—No te nos agotes demasiado, muchacho —dijo Logie—. Nadie espera que
trabajes el turno completo. De eso nada. Tú ven y haz lo que puedas. Lo que que-
remos de ti es lo que nos diste la última vez. Perspicacia. Inspiración. Ver lo que a los
demás se nos pasa por alto. ¿No es así, Puck?
—Desde luego. —Su bien parecido rostro estaba más ojeroso de lo que Jericho
había visto nunca, más incluso que el de Logie—. Te aseguro, Tom, que estamos en
un aprieto.
—¿Debo suponer entonces que no hemos avanzado nada? —dijo Logie—.
¿Ninguna buena noticia que ofrecer a nuestro amo y señor?
Puck negó con la cabeza.
—¿Ni una pizca?
—No. Ni eso.
—Ya. Bueno, es lógico. Esos malditos almirantes. —Logie arrugó el mensaje,
apuntó a su papelera y erró el tiro—. Te acompañaría yo mismo, Tom, pero como
recordarás ese Skynner no espera ni a su padre. ¿Te importa, Puck? ¿Puedes hacerle
de guía turístico?
—Por supuesto, Guy. Como gustes.
Logie los acompañó hasta el corredor e intentó cerrar la puerta, pero renunció a ello.
Al volverse abrió la boca y Jericho se dispuso a soportar una de las atroces arengas
académicas que Logie gustaba de soltarles —algo sobre las vidas inocentes que de
ellos dependían y la necesidad de hacer todo lo posible, y luego eso de que la carrera
no la vence el más rápido, ni la batalla el más fuerte (realmente lo había dicho una
vez)— pero en cambio la boca no hizo sino bostezar.
—Oh, Dios. Perdón, amigo. Lo siento.
Logie se alejó penosamente por el corredor, palpándose los bolsillos para
cerciorarse de que llevaba la pipa y la petaca. Le oyeron murmurar otra vez algo
sobre los «malditos almirantes», y después se perdió de vista.
La Cabaña 8 tenía treinta metros de largo por diez de ancho. Jericho habría
podido recorrerla dormido, y, que él supiera, era más que probable que lo hubiese
hecho. Las paredes exteriores eran delgadas y la humedad del lago parecía colarse
por el suelo, de forma que por la noche las habitaciones estaban heladas, teñidas por
la luz sepia de unas bombillas desnudas de baja potencia. El mobiliario estaba
compuesto en su mayor parte por mesas de caballete y sillas plegables de madera. A
Jericho le recordaba una iglesia en una noche de invierno. Sólo faltaba el piano mal
afinado y alguien aporreando las notas del himno Tierra de esperanza y gloria.
Funcionaba como una línea de montaje. Era la fase principal de un proceso
que tenía su origen en algún punto de la oscuridad remota, quizá a tres mil
kilómetros de distancia, cuando el casco grisáceo de un submarino alemán salía a la
superficie y radiaba un mensaje a sus controladores. Esas señales eran interceptadas
desde diversos puestos de escucha y enviadas por teletipo a Bletchley. A los diez
minutos de la transmisión, incluso mientras los submarinos se aprestaban a
sumergirse, los mensajes emergían a través de un túnel en la sala de registro de
Cabaña 8. Jericho examinó el contenido de una papelera con la inscripción «Tiburón»
y lo acercó a la luz más cercana. Las horas inmediatamente posteriores a la
medianoche eran las de mayor ajetreo. En efecto, seis mensajes habían sido
interceptados en los últimos dieciocho minutos. Tres de ellos sólo constaban de ocho
letras: supuso que serían partes meteorológicos. El más largo de los otros tres
criptogramas era sólo una docena larga de tetragramas:
JRLO GOPL DNRZ LQBT...
Puck le miró con expresión de fatiga, como diciendo: «¿Se te ocurre algo?»
—¿Qué volumen hay? —preguntó Jericho.
—Varía. Ciento cincuenta, doscientos mensajes al día. Y va en aumento.
La sala de registro no se ocupaba únicamente de Tiburón. Había que anotar
también Marsopa, Delfín y todas las otras claves de Enigma para pasarlas después a
la sala de cribas. En ésta, los especialistas las tamizaban en busca de pistas: señales de
llamada de emisoras que tenían controladas (Kiel era JDU, por ejemplo,
Wilhelmshaven, KYU), mensajes cuyo contenido pudiesen adivinar, o criptogramas
cifrados previamente en una clave y retransmitidos después en otra distinta (los
marcaban con las iniciales BS y los llamaban «besos»). Atwood era el as de los
especialistas en cribas, y las chicas de la sección femenina decían maliciosamente a su
espalda que aquéllos eran los únicos besos que Atwood había recibido en su vida.
Era en la sala grande contigua —que ellos llamaban, con su humor solemne, la
Sala Grande— donde los criptoanalistas usaban las cribas para fabricar soluciones
factibles de ser comprobadas en las bombas. Jericho abarcó visualmente las mesas
desvencijadas, las duras sillas, la débil iluminación, el tufo a tabaco, el ambiente de
biblioteca de college, el relente de la noche (casi todos los criptoanalistas llevaban
abrigo y mitones) y se preguntó por qué —¿por qué?— había estado él tan dispuesto
a regresar. Kingcome y Proudfoot estaban allí, Upjohn y Pinker, y también De Broo-
ke, y como media docena de recién llegados cuyas caras no reconoció, incluido el
joven sentado con el máximo descaro en el asiento en otro tiempo reservado a
Jericho. Las mesas estaban atiborradas de criptogramas, como papeletas de voto en
un recuento electoral.
Puck murmuraba algo, pero Jericho, fascinado de ver a otro en su lugar,
perdió el hilo y tuvo que interrumpirlo.
—Lo siento, Puck. ¿Decías?
—Digo que desde hace veinte minutos estamos al día. Hemos interpretado
Tiburón hasta el momento del cambio de código. Ya no nos queda nada. Salvo la
historia. —Esbozó una débil sonrisa y dio a Jericho unas palmaditas en el hombro—.
Ven. Te lo enseñaré.
Cuando un criptoanalista creía haber conseguido un atisbo de mensaje
descifrado, su conjetura era enviada a una bomba para su comprobación. Y si había
sido lo bastante hábil o afortunado, al cabo de una hora, o de veinticuatro, la bomba
se ponía a trabajar con un millón de permutaciones hasta descubrir los ajustes de la
máquina Enigma. Esa información pasaba entonces a la sala de desciframiento.
A causa del ruido que producía, la sala de desciframiento estaba situada en un
extremo de la cabaña. Personalmente, a Jericho le gustaba aquel estruendo. Era el
sonido del éxito. Sus peores recuerdos eran de las noches en que la cabaña estaba en
silencio. Una docena de máquinas de cifrar británicas modelo Type-X habían sido
modificadas a fin de que imitasen las operaciones de la Enigma alemana. Eran unos
aparatos grandes y engorrosos —máquinas de escribir dotadas de rotores, un panel
de enchufes y un cilindro— ante los que se sentaban acicaladas señoritas de la buena
sociedad.
Baxter, que era el marxista residente de la cabaña, tenía la hipótesis de que la
mano de obra de Bletchley (femenina en su mayoría) estaba organizada según lo que
él llamaba «un paradigma del sistema clasista inglés». Los interceptadores, que
tiritaban de frío en sus emisoras costeras, eran generalmente proletarios y trabajaban
ajenos a los secretos de Enigma. Los operadores de bomba, que trabajaban en los
terrenos de unas casas de campo cercanas y en instalaciones nuevas próximas a
Londres, eran pequeñoburgueses y tenían una vaga idea. Y las chicas de la sala de
desciframiento, en el corazón mismo del Park, eran la mayoría de clase media-alta,
incluso aristócratas, y lo veían todo; los secretos pasaban literalmente por sus dedos.
Ellas mecanografiaban las letras del criptograma original, y del cilindro de la derecha
de la Type-X emergía lentamente una tira de papel encolado por detrás, similar al
que se utiliza para los telegramas, con el texto claro ya descifrado.
—Aquellas tres se ocupan de Delfín —dijo Puck, señalando al fondo de la
sala—, y las dos que hay junto a la puerta están empezando con Marsopa. Y esta en-
cantadora señorita —la saludó con una reverencia— creo que se ocupa de Tiburón.
¿Podemos?
Era muy joven, de unos dieciocho años, pelo rizado y grandes ojos garzos. La
muchacha alzó la vista y le dedicó una deslumbrante sonrisa, y él se inclinó y em-
pezó a desenrollar la tira de cinta encolada que salía del cilindro. Jericho advirtió que
al hacerlo dejaba una mano apoyada casualmente en el hombro de la chica, y pensó
lo mucho que le envidiaba a Puck la soltura de aquel gesto. Él habría tardado una
semana en decidirse a hacerlo. Puck le hizo señas de que leyese el mensaje:
VONSCHULZEQU88521DAMPFER1TANKERWARSCHEINLICHAM
63TANKERFACKEL...
Jericho resiguió el texto con el dedo, separando las palabras y traduciéndolo
mentalmente: el capitán de U-boote Von Schulz estaba en la cuadrícula 8852; había
hundido un vapor (seguro), un petrolero (quizá) y había prendido fuego a otro
petrolero...
—¿De qué fecha es esto?
—Puedes verlo ahí —dijo Puck—. Sechs drei. El seis de marzo. Lo tenemos
todo descifrado desde esa semana hasta el cambio de código del miércoles por la
noche. Ahora estamos volviendo atrás y cogiendo los mensajes interceptados que se
nos escaparon a principios de mes. Esto tendrá seis días. Herr Kapitán Von Schulz
debe de estar ya a quinientas millas. Me temo que el interés que puede tener sólo es
académico.
—Pobre gente —dijo Jericho, pasando el dedo por la cinta por segunda vez.
IDAMPFERITANKER... ¡Cuánto miedo, naufragio y fuego se concentraba en una sola
línea! ¿Cómo se llamaban los barcos? ¿Habrían sido informadas las familias de la
tripulación?
—Tenemos aproximadamente otros ochenta mensajes del día 6 pasando por la
Type-X. Pondré dos operadores más a ello. En un par de horas habremos terminado.
—Y luego ¿qué?
—¿Luego, querido Tom? Pues supongo que empezaremos con los de febrero.
Pero eso ya no es ni siquiera historia. ¿Febrero? ¿Febrero en el Atlántico? ¡Pura
arqueología!
—¿Algún progreso en la bomba de cuatro ruedas?
Puck negó con la cabeza.
—Primero, es imposible —dijo—. No ha lugar. Segundo, existe un diseño,
pero es un disparate teórico. Tercero, hay un diseño que podría funcionar, pero que
no funciona. Cuarto, escasez de materiales. Quinto, escasez de técnicos... —Hizo un
gesto de cansancio con la mano, como si lo estuviera desechando todo de una vez.
—¿Ha habido algún otro cambio?
—Nada que nos afecte. Según los radiogoniómetros, el cuartel general de los
U-boote se ha trasladado a Berlín. Tienen un magnífico transmisor nuevo en
Magdeburgo que, dicen, pueden emitir a un submarino a cuarenta y cinco pies de
profundidad y en un radio de dos mil millas.
—Muy ingeniosos... —murmuró Jericho.
La chica del cabello rizado ya había completado el mensaje. Arrancó la cinta
corrediza, la pegó a la parte posterior del criptograma y se la pasó a otra chica, que
salió a toda prisa de la sala. Ahora había que convertirla en inglés comprensible y
transmitirla al almirantazgo por teletipo.
Puck tocó el brazo de Jericho.
—Debes de estar cansado. ¿Por qué no vas a dormir un poco?
Pero Jericho no pensaba en la cama.
—Me gustaría ver todo el tráfico de Tiburón que no hemos podido descifrar —
dijo—. A partir del miércoles a medianoche.
Puck sonrió, desconcertado.
—¿Para qué? No podrás hacer nada.
—Es posible. Pero me gustaría verlo.
—¿Por qué?
—No lo sé. —Jericho se encogió de hombros—. Para tocarlo. Sencillamente
para sentir cómo es. Llevo fuera de juego un mes.
—¿Te parece que se nos habrá pasado algo por alto?
—Oh, no. Pero Logie me lo ha pedido.
—Sí, ya. La famosa «intuición» de Jericho. —Puck no podía ocultar su enojo—.
Del terreno de la ciencia y la lógica descendemos al de la superstición y los pre-
sentimientos.
—¡Puck, por favor! —Jericho también estaba empezando a enfadarse—. Dame
ese gusto, si es que lo prefieres así.
Puck lo fulminó con la mirada, pero la tormenta pasó tan rápido como había
llegado.
—Naturalmente. —Levantó las manos en señal de rendición—. Tienes que
verlo todo. Perdóname. Estoy cansado. Todos lo estamos.
Cinco minutos después, al entrar Jericho en la Sala Grande con su carpeta de
criptogramas de Tiburón, vio que su viejo asiento estaba libre. Alguien había dejado
en su sitio un montón de papel para tomar apuntes y tres lápices a los que acababan
de sacarles punta. Miró alrededor, pero nadie parecía prestarle atención.
Dejó los mensajes encima de la mesa. Se aflojó la bufanda. Palpó el radiador;
templado, como siempre. Se echó un poco de aliento caliente a las manos y se sentó.
Había vuelto.

Siempre que alguien le preguntaba por qué era matemático —algún amigo de
su madre, quizá, o un colega curioso sin el menor interés por la ciencia— Jericho
sacudía la cabeza, sonreía y aseguraba no tener ni idea. Si insistían, podía remitirlos,
no sin timidez, a la definición propuesta por G. H. Hardy en su famosa Apología: «El
matemático, como el pintor o el poeta, es un creador de pautas.» Si eso no les
satisfacía, procuraba explicarlo citando el ejemplo más básico que sabía: pi —3,14—
la razón de la circunferencia con respecto al diámetro. Si se calcula el número pi
hasta un millar, o un millón, de decimales no se puede descubrir ninguna pauta en
su interminable secuencia de dígitos. Da la impresión de ser aleatorio, caótico, feo.
Pero Leibniz y Gregory pueden coger ese mismo número y extraer de él una pauta
de cristalina elegancia:

pi = l - l + l - l + l-...
4 3 5 7 9

y así hasta el infinito. Esto no tenía ninguna utilidad práctica, sencillamente era
bonito —para Jericho, tan sublime como una fuga de Bach—, y si su interlocutor
seguía sin ver adonde quería ir a parar, entonces, apenado, lo dejaba por inútil.
Según el mismo principio, Jericho pensaba que la máquina Enigma era hermosa, una
auténtica obra maestra de la inventiva humana que creaba el caos a la par que una
pequeñísima dosis de significado. En sus primeros días en Bletchley Jericho solía
imaginar que algún día, terminada la guerra, seguiría la pista de su inventor alemán,
Arthur Scherbius, para invitarlo a unas cervezas. Pero luego se había enterado de que
Scherbius había sido muerto en 1929 —y eso era lo más ridículo— por un caballo
desbocado, y que no había podido conocer el éxito de su patente.
De haber vivido unos años más, se habría hecho rico. A finales de 1942
Bletchley calculaba que los alemanes habían fabricado un mínimo de cien mil Enig-
mas. Cada cuartel general del ejército tenía una, así como cada base de la Luftwaffe,
cada barco de guerra, cada submarino, cada puerto, cada estación de ferrocarril
importante, cada brigada de las SS y cuartel general de la Gestapo. Ninguna nación
había confiado jamás tal cantidad de información secreta a un solo aparato.
Los criptoanalistas tenían en la mansión un cuarto lleno de Enigmas
capturadas al enemigo. Jericho había pasado horas jugando con ellas. Eran aparatos
pequeños (unos treinta centímetros en cuadro por quince de ancho), portátiles (sólo
pesaban doce kilos) y de funcionamiento sencillo. Se ponía en marcha la máquina, se
tecleaba el mensaje y el texto en clave aparecía deletreado sobre un panel de
pequeñas bombillas eléctricas. Quien recibiera el mensaje en cifra no tenía más que
ajustar su máquina exactamente de la misma manera, teclear el criptograma y, a
continuación, deletreado en el panel de bombillas, aparecía el texto claro.
Lo genial estaba en el enorme número de permutaciones diferentes que
Enigma podía generar. La corriente eléctrica en una máquina Enigma convencional
pasaba del teclado a las lámparas a través de un juego de tres rotores (de los cuales
uno al menos giraba una muesca cada vez que se presionaba una tecla) y un panel de
enchufes con veintiséis clavijas. Los circuitos cambiaban constantemente; su número
potencial era astronómico, pero calculable. Había cinco diferentes rotores donde
escoger (dos quedaban de repuesto) lo cual significaba que podían ajustarse en
cualquiera de sus sesenta órdenes posibles. Cada rotor iba enmuescado a un husillo y
tenía veintiséis posibles posiciones de partida. Veintiséis elevado a la tercera potencia
era 17.576. Multiplicando esto por las sesenta posibles órdenes de rotor se obtenía la
cifra de 1.054.560. Y multiplicando eso por el número de posibles conexiones en el
panel —alrededor de ciento cincuenta billones— estábamos contemplando una
máquina con cerca de ciento cincuenta millones de billones de posiciones de partida.
No importaba cuántas máquinas pudiera uno capturar ni las horas que pudiera pasar
jugando con ellas. De nada servían sin conocer el orden de rotor, las posiciones
iniciales de los rotores y las conexiones del panel. Y los alemanes lo cambiaban todo
diariamente, hasta dos veces al día.
La máquina tenía un único fallo, pequeñísimo pero, como se demostró más
tarde, crucial. Era imposible cifrar una letra como esa letra misma: una A no podía
salir de la máquina como una A, ni una B como una B, etcétera. «Nada es igual a sí
mismo», tal era el gran principio rector en el desciframiento de Enigma, una
fragilidad infinitesimal que las bombas explotaban. Supongamos que uno se
encontraba ante un criptograma como éste:
IGWH BSTU XNTX EYLK PEAZ ZNSK UFJR CADV...
Y supongamos que uno sabía que el mensaje procedía de la estación meteorológica
de Kriegsmarine en el golfo de Vizcaya, conocida de los especialistas en cribas de
Cabaña 8, que siempre empezaba sus mensajes de la misma forma:

WEUBYYNULLSEQSNULLNULL

(«Parte meteorológico 0600», siendo WEUB una abreviatura de WETERÜBERSICHT y SEQS


de SECHS; en tanto que YY y NULL se añadían para despistar a los escuchadores
furtivos.)
El criptoanalista extendería el texto cifrado y deslizaría bajo el mismo la criba,
y ateniéndose al principio de que nada es igual a sí mismo insistiría hasta dar con
una posición en que entre la línea inferior y la superior no hubiese ninguna letra que
casara. El resultado en este caso sería:

BSTUXNTXEYLKPEAZZNSKUF
WEUBYYNULLSEQSNULLNULL

Y aquí ya era teóricamente posible calcular los ajustes originales de Enigma


que podían haber reducido esa secuencia concreta de pares de letras. Eso implicaba
aún cómputos inmensos que a un equipo de seres humanos le habría llevado varias
semanas. Los alemanes suponían correctamente que cualquier información obtenida
a partir de ello sería demasiado anticuada para resultar útil. Pero Bletchley —y eso
era algo con que los alemanes no habían contado—, no utilizaba seres humanos sino
bombas. Por primera vez en la historia una clave fabricada en masa por máquinas es-
taba siendo descifrada por máquinas.
¿Qué necesidad había de espías? ¿Qué necesidad de tintas secretas, letras
invisibles y misiones a medianoche en coches-cama con las cortinas echadas? Lo que
ahora se necesitaba era matemáticos, mecánicos y mil quinientos archiveros para
procrear cinco mil mensajes secretos cada día. Habían llevado el espionaje a la era del
maquinismo.
Pero nada de ello servía de mucho a Jericho para descifrar Tiburón.
Tiburón escapaba a todo cuanto él era capaz de pergeñar. De entrada, casi no
había cribas. En el caso «le otras claves de Enigma, si Cabaña 8 se quedaba sin cribas
tenían trucos para soslayarlo; por ejemplo, la «jardinería». Se trataba de hacer que la
RAF colocase minas en una determinada cuadrícula naval frente a un puerto alemán.
Seguramente una hora más tarde, el director del puerto enviaría, con teutónica
eficiencia, un mensaje empleando los ajustes de ese día para advertir I sus barcos que
tuvieran cuidado con las minas en tal y cual cuadrícula. La señal sería interceptada y
enviada a Cabaña 8, lo que les proporcionaría la criba que precisaban.
Pero eso no era posible con Tiburón, y Jericho no podía hacer más que
conjeturas respecto al contenido de los criptogramas. Había ocho mensajes largos
procedentes de Berlín. Jericho suponía que debía de tratarse de órdenes para apostar
flotillas de submarinos ante los convoyes aliados. Las señales más cortas —eran
ciento veintidós, que Jericho clasificó en un montón aparte— habían sido enviadas
por los propios submarinos. Podían contener cualquier cosa: informes sobre buques
hundidos y problemas mecánicos; detalles de supervivientes en alta mar y de
tripulantes arrastrados por las olas; solicitudes para piezas de repuesto y nuevas
instrucciones. Los más cortos eran los mensajes meteorológicos o bien, sólo
ocasionalmente, informes de contactos: «Convoy en cuadrícula naval BE9533 rumbo
setenta grados velocidad nueve nudos...» Pero éstos estaban en clave, como los
boletines meteorológicos, reemplazando cada información concreta por una letra del
alfabeto. Y luego eran descifrados en Tiburón.
Golpeó el escritorio con la punta del lápiz. Puck tenía razón. Carecían de
material suficiente para trabajar.
Y aunque lo hubiera habido, allí estaba ese cuarto rotor de la Enigma Tiburón,
la innovación que hacía los mensajes de los U-boote veintiséis veces más difíciles de
descifrar que los de los barcos en superficie. Ciento cincuenta millones de billones
multiplicado por veintiséis. Una cifra fenomenal. Los ingenieros habían tardado todo
un año en desarrollar una bomba de cuatro rotores, pero, aparentemente, sin éxito.
Era algo que parecía superar su pericia técnica.
Sin criba, sin bombas. Imposible.
Jericho empleó varias horas tratando de buscar una nueva fuente de
inspiración. Dispuso los criptogramas por orden cronológico. Luego los clasificó por
la longitud. Después por la frecuencia. Emborronó un montón de papel. Merodeó
por la cabaña, sin importarle ya si alguien lo miraba. Lo mismo había ocurrido el año
anterior durante diez interminables meses. No era de extrañar que hubiera acabado
loco. Hileras de letras sin sentido bailoteaban ante sus ojos. Pero sin duda tenían
sentido. Estaban cargadas del más crucial de los significados, si acaso llegaba a
descubrirlo. ¿Dónde estaba la pauta?
Era prácticamente común en el turno de noche que a eso de las cuatro todo el
mundo parase para comer algo. Los criptoanalistas descansaban cuando les venía
bien, según la fase que hubieran alcanzado en su trabajo. Las chicas de
desciframiento y los empleados de registro y catalogación debían acatar una lista
rotatoria para que la cabaña nunca estuviese faltada de personal.
Jericho no se percató del río de gente que iba hacia la salida. Tenía los codos
apoyados en la mesa y estaba inclinado sobre los criptogramas, aguantándose las sie-
nes con los nudillos. Su mente era idéntica, es decir, capaz de retener y recuperar
imágenes con exactitud fotográfica —ya fueran posiciones de ajedrez, crucigramas, o
señales navales alemanas en clave— y estaba trabajando con los ojos cerrados.
—«Bajo los truenos de lo profundo superior —recitó a su espalda una voz
apagada—. Allá abajo en el mar abismal. Su antiguo, insomne y no invadido
sueño...»
—«... Duerme el Monstruo.» —dijo Jericho completando la cita, y al volverse
vio a Atwood, que se ajustaba un pasamontañas de color morado—. ¿Coleridge?
—¿Coleridge? —La cara de Atwood emergió de súbito con una expresión de
indignación—. ¿Has dicho Coleridge? Es de Tennyson, bárbaro. Estábamos diciendo
si te apetece ir a tomar algo.
Jericho iba a decir que no, pero decidió que podía parecer grosero. Además,
tenía hambre. En doce horas no había comido más que unas tostadas con mermelada.
—Estupendo. Gracias.
Siguió a Atwood, Pinker y otros dos hasta el extremo de la cabaña y salieron
juntos a la intemperie. En algún momento mientras estaba enfrascado en sus
criptogramas debía de haber llovido, pues el aire aún estaba húmedo. Por la carretera
de la derecha pudo oír gente moviéndose en las sombras. Las luces de unas linternas
iluminaban el asfalto mojado. Guiados por Atwood, dejaron atrás la mansión y la
arboleda y cruzaron la verja principal. Estaba prohibido hablar del trabajo fuera de la
cabaña y Atwood, sencillamente por fastidiar a Pinker, estaba perorando sobre el
suicidio de Virginia Woolf, que él consideraba el día más grande para las letras
inglesas desde la invención de la imprenta.
—No p... p... puedo creer que lo di... digas e... e... e... —Cuando Pinker se
atascaba en una palabra todo su cuerpo parecía agitarse con el esfuerzo por hacer
que saliese de su boca. El rostro se le puso escarlata a la luz de la linterna. Se
detuvieron para darle tiempo—. E... e...
—¿En serio...? —sugirió Atwood.
—En serio, Frank —resolló Pinker con alivio—. Gracias.
Alguien acudió en apoyo de Atwood, y Pinker empezó a discutir otra vez con
su voz estridente. Echaron a andar. Jericho se demoró un poco.
Grande como un hangar, la cantina, situada del otro lado de la valla exterior,
estaba profusamente iluminada y sumida ahora en un ruido atronador, con unas
quinientas o seiscientas personas sentadas o haciendo cola para comer.
Uno de los criptoanalistas nuevos gritó a Jericho:
—¡Te habías perdido esto!
Jericho sonrió y estuvo a punto de contestar, pero el joven fue a buscar una
bandeja. El alboroto era espantoso, lo mismo que el olor, una mezcla de comida
monótona, col y pescado hervido y natillas, mezclado con humo de tabaco y ropa
húmeda. Jericho se sintió a la vez intimidado y ajeno a todo aquello, como el preso
que regresa de la celda de castigo o el paciente de una sala de aislamiento que sale a
la calle tras una larga enfermedad.
Hizo cola sin interesarse en la comida que le servían en el plato. Sólo después
de haber entregado los dos chelines y tomado asiento le dedicó una mirada atenta:
patatas hervidas con una salsa amarillenta y una tajada de una cosa gris llena de
nervios. Pinchó la masa informe con el tenedor y se llevó cautamente un pedazo a la
boca. Sabía a hígado de pescado, a aceite de hígado de bacalao congelado. Dio un
respingo.
—Es asqueroso.
—Carne de ballena —apuntó Atwood con la boca llena.
—Santo cielo. —Jericho soltó rápidamente el tenedor.
—No lo eches a perder, muchacho. ¿No sabes que estamos en guerra?
Pásamelo.
Jericho empujó el plato e intentó disimular el sabor con el café aguado con
leche.
El pudín era una especie de pastelillo de fruta, pero estaba comible o, mejor
dicho, no sabía a nada más nocivo que carbón, pero antes de terminarlo, Jericho
perdió su titubeante apetito. Atwood les estaba dando su opinión acerca de la
interpretación que Gielgud hacía de Hamlet, rociando de paso la mesa con partículas
de ballena, y en ese instante Jericho decidió que ya había comido bastante. Cogió las
sobras que Atwood no quería y las depositó en una lechera con la etiqueta «Bazofia
para cerdos».
De camino hacia la puerta se sintió repentinamente arrepentido de su
descortesía. ¿Era esto el comportamiento de un buen colega, lo que Skynner llamaría
«un compañero de equipo»? Pero cuando se volvió y miró, vio que nadie le había
echado en falta. Atwood seguía hablando con el tenedor en alto, Pinker sacudía la
cabeza, los demás escuchaban. Jericho reemprendió su marcha hacia la salida en
busca de un poco de aire fresco.
Treinta segundos después estaba en la acera, tanteando el camino en la
oscuridad hacia el puesto de guardia, pensando en Tiburón.
Oyó el sonido de unos tacones femeninos apresurándose a unos veinte pasos
por delante de él. No había nadie más por allí. Todo el mundo estaba trabajando o
comiendo. Los veloces pasos se detuvieron junto a la barrera y un momento después
el centinela dirigió su linterna hacia el rostro de la mujer. Ella volvió la cabeza con un
murmullo de enfado, y entonces Jericho la vio brevemente, iluminada en la negrura y
mirando hacia donde él estaba.
Era Claire.
Por una fracción de segundo Jericho pensó que lo había visto. Pero él estaba
entre las sombras y muerto de miedo, retrocediendo cuatro o cinco pasos, y a ella la
deslumbraba la linterna. Con o que pareció una lentitud infinita, Claire levantó una
mano para protegerse de la luz. Su cabello rubio brilló hasta parecer casi blanco.
Jericho no pudo oír qué decían ella y el centinela, pero éste apagó la linterna
enseguida y todo volvió a quedar a oscuras. Y entonces la oyó caminar a toda prisa
por el sendero que partía de la barrera, hasta perderse en la noche.
Tenía que alcanzarla. Corrió trastabillando hacia el puesto de guardia, buscó
su cartera, buscó su pase, estuvo a punto de tropezar con el bordillo, pero no
encontró el maldito papel. El centinela encendió la linterna, cegándolo («Buenas
noches, señor»; «Buenas noches, cabo»), y él no conseguía que los dedos le res-
pondiesen; el pase no estaba en su cartera, ni en los bolsillos de su abrigo, ni en los de
la americana, ni en el de la camisa —ya no se oían sus pasos, sólo el golpeteo
impaciente de las botas del centinela— pero sí, sí estaba en el bolsillo de la camisa,
«Tome»; «Gracias, señor»; «Gracias, cabo»; «Buenas noches, señor»; «Buenas noches,
cabo», la noche, la noche...
Ella había desaparecido.
La luz del centinela le había privado de la poca vista que tenía. Al cerrar los
ojos sólo vio la impresión de la linterna, y al abrirlos la oscuridad era total. Buscó el
borde de la carretera con el pie y siguió su curva. Le llevó de nuevo hasta la mansión
y muy cerca de las calañas. A lo lejos, en la orilla opuesta del lago, alguien —tal vez
otro centinela— se puso a silbar las notas de Volveremos a recoger lilas en primavera, y
luego calló.
Era tanta la quietud que pudo oír el viento moverse entre los árboles.
Mientras decidía qué actitud tomar, un punto de luz apareció en el sendero a
su derecha, y después otro. Sin saber por qué, Jericho se retiró a las sombras de
Cabaña 8 mientras las linternas saltaban en la negrura en dirección a él. Oyó voces
desconocidas —una de hombre y otra de mujer—, en susurros pero categóricas.
Cuando casi habían llegado a su altura, el hombre arrojó su cigarrillo al agua. Una
cascada de puntitos rojos terminó en siseo.
—Sólo es una semana, cariño —dijo la mujer y abrazó al hombre. Las
luciérnagas bailaron, se separaron y siguieron su viaje.
Jericho salió de nuevo al camino. Empezaba a recuperar la visión nocturna.
Consultó su reloj. Eran las cuatro y media. Noventa minutos más y empezaría a
clarear.
Guiándose por el instinto caminó pegado a la pared a prueba de ondas
expansivas de Cabaña 8. De ese modo llegó al borde de Cabaña 6, donde se descifra-
ban los códigos de la Luftwaffe y el ejército alemán. Al frente había una callejuela de
matojos que separaba Cabaña 6 del muro de la sección naval. Y al extremo de ésta,
agazapada en la oscuridad, visible apenas, estaba la pared lateral de Cabaña 3, donde
se enviaban los códigos descifrados en Cabaña 6 para su traducción.
Claire trabajaba en Cabaña 3.
Echó un vistazo alrededor. No se veía a nadie.
Abandonó el sendero y echó a andar callejón abajo. El suelo estaba
resbaladizo e irregular y varias veces notó que algo se le agarraba al tobillo —hiedra,
tal vez, o un trozo de cable desechado— y lo hacía trastabillar. Tardó cerca de un
minuto en llegar a Cabaña 3.
También allí había una pared de hormigón, diseñada, con mucho optimismo,
para proteger la endeble estructura de madera de la explosión de alguna bomba. La
pared le llegaba al cuello, pero aunque era bajo pudo asomarse por encima de ella.
Había una hilera de ventanas iguales. Sobre ellas se cerraban al atardecer,
desde fuera, las contraventanas de defensa antiaérea. Lo único que quedaba visible
eran los fantasmas de las escuadras, donde la luz se filtraba por los bordes de los
marcos. El piso de Cabaña 3, como el de Cabaña 8, era de madera y flotaba sobre una
base de hormigón, y Jericho oyó los pasos amortiguados de personas que iban de un
lado a otro.
Ella debía de estar de servicio, trabajando en el turno de noche. Quizá incluso
se hallase a un metro de donde él se encontraba.
Jericho se puso de puntillas.
Nunca había entrado en Cabaña 3. Por razones de seguridad se desaconsejaba
a los trabajadores de una sección del Park que entrasen en otra sección que no fuese
la suya, a menos que tuvieran un buen motivo. En alguna ocasión Jericho había
tenido que ir por trabajo hasta el umbral de Cabaña 6, pero la 3 era para él un
misterio. Ignoraba por completo en qué consistía el trabajo que allí se hacía. Ella
había querido explicárselo una vez, pero Jericho le había dicho que prefería no
saberlo. Por ciertos comentarios cazados al vuelo barruntaba que tenía algo que ver
con archivos, y que era «terriblemente aburrido, cariño».
Estiró el cuello cuanto pudo, hasta que las puntas de sus dedos rozaron el
amianto con que estaba revestida la cabaña.
«¿Qué estás haciendo, querida Claire? ¿Estás ocupada en tus aburridas fichas,
o coqueteando con uno de los oficiales del turno de noche, o chismorreando con las
otras chicas, o peleándote con ese crucigrama que nunca puedes resolver?»
De pronto, a unos quince metros a su izquierda se abrió una puerta. Del
oblongo haz de luz difusa salió un hombre de uniforme, bostezando. Jericho se aga-
chó hasta quedar de rodillas en la tierra húmeda y apretó el pecho contra la pared. La
puerta se cerró y el hombre empezó a andar hacia él. A unos tres metros se detuvo,
respirando con dificultad. Parecía estar escuchando. Jericho cerró los ojos y poco
después oyó un golpeteo y luego un ruido como de perforación, y cuando abrió los
ojos vio la tenue silueta del hombre meando contra la pared, con fuerza. La cosa se
prolongó durante un rato extraordinariamente largo. Jericho estaba lo bastante cerca
para que le llegase el olor acre a orina de cerveza. Una pequeña rociada fue
arrastrada por la brisa. Tuvo que llevarse la mano a la nariz y la boca para no
basquear. Al final, el hombre soltó un suspiro —un gruñido, más bien— de satisfac-
ción y se abotonó la bragueta. La puerta se abrió y cerró otra vez y Jericho quedó a
solas.
La situación no dejaba de tener su gracia, y más tarde hasta él mismo supo
verlo. Pero en aquel momento era presa del pánico. ¿Se podía saber qué estaba
haciendo allí? Si lo pillaban agazapado en las sombras con la oreja pegada a una
cabaña que no era la suya, explicarse le iba a costar un poco, y eso por decirlo
suavemente. Por un instante consideró la posibilidad de entrar sin más y exigir ver a
la chica. Pero su imaginación retrocedió ante esa perspectiva. Podían echarlo. O ella
podía ponerse hecha una fiera y montar una escena. O podía salir y ser el colmo de la
dulzura, en cuyo caso ¿qué iba a decir él? «Ah, hola cariño. Pasaba por aquí. Tienes
buen aspecto. A propósito, quería preguntarte una cosa, ¿por qué arruinaste mi
vida?»
Se apoyó en la pared y se puso de pie. La manera más rápida de volver a la
carretera era seguir derecho, pero eso lo obligaba a pasar por delante de la puerta de
la cabaña. Decidió que lo más seguro sería volver por donde había venido.
Después del susto, actuó con mayor prudencia. Cada vez que daba un paso
colocaba el pie con sumo cuidado y cada cinco pasos se detenía a fin de asegurarse
de que nada se movía en la negrura. Dos minutos después se hallaba frente a la
puerta de Cabaña 8.
Se sentía como después de haber corrido a campo traviesa. Le faltaba el
resuello. En el zapato izquierdo tenía un pequeño agujero y el calcetín estaba mojado.
Fragmentos de hierba húmeda se habían pegado a los bajos de sus pantalones. Tenía
las rodillas empapadas. Y donde la pechera de su abrigo se había frotado con la
pared de hormigón había unas franjas de un blanco luminoso. Sacó su pañuelo y
trató de limpiarse. Casi había terminado cuando oyó que los otros volvían de la
cantina. La voz de Atwood atravesó la noche: «Un tipo misterioso, ése. Muy
misterioso. Yo lo recluta, ¿sabéis?», a lo que alguien intervino diciendo: «Sí, pero
antiguamente era muy bueno, ¿no?»
Jericho no se paró a oír el resto. Empujó la puerta y casi corrió por el pasillo,
de forma que cuando los criptoanalistas aparecieron en la Sala Grande él ya estaba
sentado a su escritorio, con los nudillos en las sienes y los ojos cerrados.
Permaneció así durante tres horas.
Hacia las seis Puck pasó para dejarle en la mesa otras cuarenta señales en
clave, el último lote de mensajes Tiburón, y para preguntarle —no sin cierta soca-i
roñería— si lo «había solucionado ya». A las siete se oyó un ruido de escaleras de
mano contra la pared exterior y las contraventanas fueron abiertas. Una pálida luz
grisácea inundó la cabaña.
¿Qué hacía ella andando a toda prisa por el Park a aquellas horas de la noche?
Eso era lo que no entendía. Por supuesto, el mero hecho de volver a verla después de
un mes intentando olvidarla era inquietante. Pero lo que más le preocupaba, visto en
retrospectiva, eran las circunstancias. No la había visto en la cantina, de eso estaba
seguro. Había escudriñado cada mesa, cada rostro, tan absorto que apenas si había
mirado lo que le ponían en el plato. Pero si no estaba en la cantina, ¿adonde había
ido? ¿Habría estado con otro? ¿Quién? ¿Quién? Y su manera de andar con tanta pri-
sa. ¿No había en ello algo de furtivo, un toque de terror, quizá?
Su memoria reprodujo la escena fotograma a fotograma: las pisadas, el
destello de luz, ella volviendo la cabeza, el grito, el halo de sus cabellos, el modo en
que se había esfumado... Ésa era otra. ¿Podía realmente haber recorrido la distancia
que la separaba de la cabaña en el tiempo que él había tardado en encontrar su pase?
Poco antes de las ocho recogió los criptogramas y los guardó en su carpeta.
Alrededor de él los criptoanalistas se preparaban para el cambio de turno
desperezándose, bostezando, frotándose los ojos fatigados, recogiendo sus cosas,
dando instrucciones a sus sustitutos. Nadie reparó en que Jericho salía corriendo por
el pasillo camino del despacho de Logie. Llamó una vez. No hubo respuesta. Probó la
puerta. Tal como recordaba, estaba abierta.
Al entrar la cerró y cogió rápidamente el teléfono. Si tardaba un segundo más
le fallaría el arrojo. Marcó el O y a la séptima señal, cuando ya iba a rendirse, le
respondió una telefonista con voz de sueño.
Jericho tema la boca tan seca que apenas podía hablar.
—Oficial de servicio, Cabaña 3, por favor —dijo por fin.
Casi inmediatamente, una voz de hombre dijo de mal humor:
—Coronel Coker.
A Jericho casi le cayó el auricular de las manos.
—¿Está por ahí una tal Miss Romilly? —No le hacía falta disfrazar la voz, pues
le temblaba tanto que era irreconocible—. ¿Miss Claire Romilly?
—Se ha equivocado usted de despacho. ¿Quién llama?
—Asistencia Social.
—¡Mierda! —Se oyó un golpe fortísimo, como si el coronel hubiera arrojado el
teléfono al otro lado de la habitación, pero la línea no se cortó.
Jericho oyó un teletipo en funcionamiento y una voz masculina, muy culta,
diciendo de fondo: «Sí, sí, lo tengo. De acuerdo. Hasta luego.» El hombre terminó
una conversación e inició otra: «Aquí en el índice...» Jericho miró el reloj que había
sobre la ventana. Eran más de las ocho. Vamos, vamos... De pronto se oyeron nuevos
porrazos, esta vez muy cerca, y una mujer dijo suavemente:
—¿Diga?.
Jericho intentó un tono despreocupado, pero le salió una especie de graznido.
—¿Claire?
—No, Claire tiene el día libre. No entra de servicio hasta mañana por la
mañana a las ocho. ¿Puedo servirle en algo?
Jericho colgó el auricular en el momento en que Logie abría la puerta a sus
espaldas.
—Ah, estabas aquí, muchacho...

La luz diurna empequeñecía las cabañas.


El apagón de la defensa antiaérea las dotaba de cierto misterio, pero la mañana
descubría tal como eran en realidad: achaparradas y feas, con sus paredes (urdas, sus
techumbres embreadas y su aire de prematuro abandono. Sobre la mansión, el cielo
era de un blanco satinado con franjas grises, una cúpula de mármol pulido. Un pato
con monótono plumaje de invierno anadeaba por el sendero procedente del lago, en
busca de comida. Logie casi le dio un puntapié al pasar junto a él, y el pato se volvió
protestando al agua.
No le había molestado en absoluto encontrarse a Jericho en su oficina y la
excusa muy bien estudiada de éste —había ido a devolver los mensajes de Tiburón—
había sido desechada con un gesto de la mano.
—Tíralos en la sala de cribas y ven conmigo.
En el borde septentrional del lago, junto a las cabañas, estaba el Bloque A, un
edificio alargado de dos plantas con paredes de ladrillo y techo plano. Logie subió en
cabeza por un tramo de escaleras de hormigón y torció a la derecha. Al fondo del
pasillo se abrió una puerta y Jericho oyó una atronadora voz familiar: «... todos
nuestros recursos, humanos y materiales, en este problema...». La puerta volvió a
cerrarse y Baxter se asomó al pasillo y los miró.
—Ah, estáis ahí. Ahora iba a buscaros. Hola, Guy. Hola, Tom. ¿Cómo estás?
Casi no te reconozco.
Baxter tenía un cigarrillo en los labios y no se molestó en quitárselo, de modo
que mientras hablaba rociaba de ceniza la pechera del jersey. Antes de la guerra
había sido profesor en la London School of Economics.
—¿Qué tenemos hoy? —preguntó Logie, señalando con la cabeza hacia la
puerta cerrada.
—Está nuestro oficial de enlace americano, otro americano más (un pez gordo
de la armada); un hombre en traje y corbata (por la pinta debe ser un gigoló de
Inteligencia); tres de nuestra armada, por supuesto, uno de ellos almirante. Todos
recién llegados especialmente de Londres.
—¿Un almirante? —Logie se llevó rápidamente la mano a la corbata. Jericho
advirtió que se había puesto un traje cruzado de antes de la guerra. Se lamió los de-
dos e intentó alisarse el pelo—. Eso del almirante no promete nada bueno. ¿Cómo
está Skynner?
—¿Ahora mismo? Yo diría que aniquilado. —Baxter estaba mirando a Jericho.
Las comisuras de su boca esbozaron un breve movimiento descendente; en opinión
de Jericho era l más cerca que había estado nunca de una sonrisa—. Vaya, vaya. Pues
no tienes mal aspecto, Tom.
—Vamos, Alec, no le pongas nervioso.
—Estoy bien, Alec, gracias. ¿Cómo va la revolución?
—Viento en popa, camarada.
Logie dio unos golpecitos a Jericho en el hombro.
—Tom, no digas nada cuando entremos. Estás aquí sólo para impresionar
amigo.
Sólo para impresionar, pensó Jericho, ¿y eso qué diablos quiere decir? Pero sin
darle tiempo a hacer preguntas, Logie había abierto la puerta y ya no oyó a Radie
más que a Skynner.
—«... son contratiempos que cabe esperar de vez en cuando». —Y entraron.
Había ocho personas en la sala. Leonard Skynner, jefe de la sección naval,
ocupaba un extremo de la mesa, ton Atwood a su derecha y un asiento vacío a su iz-
quierda, que Baxter de inmediato reclamó para sí. En torno al otro extremo de mesa
había cinco oficiales Con el uniforme azul oscuro de la armada, dos americanos y tres
británicos. Uno de estos últimos, un teniente de navío, tenía un parche en un ojo.
Estaban ceñudos.
El octavo hombre se encontraba de espaldas a Jericho. Se volvió cuando ellos
entraron y Jericho tuvo tiempo de ver un rostro enjuto y pelo rubio.
Skynner dejó de hablar. Se puso de pie y extendió una mano carnosa.
—Adelante, Guy. Tom...
Era un hombre fornido de facciones duras, espeso cabello negro y grandes
cejas pobladas que casi se encontraban sobre el puente de su nariz, lo que a Jericho le
recordaba el símbolo de la M en el alfabeto morse. Les hizo señas de que tomaran
asiento, evidentemente agradecido de ver llegar refuerzos aliados.
—Le presento a Guy —dijo Skynner dirigiéndose al almirante—, nuestro
criptoanalista en jefe, y a Tom Jericho, de quien habrá oído hablar. Su intervención
fue crucial para acceder a Tiburón antes de Navidad.
El rostro apergaminado del viejo almirante no se movió. Fumaba un cigarrillo
—todos fumaban salvo Skynner— y miró de arriba abajo a Jericho como hacían los
americanos, sin dejar entrever expresión alguna, entre una nube de humo, sin
mostrar el menor interés. Skynner se dio prisa con el resto de las presentaciones,
señalando a un lado y otro de la mesa con un brazo que parecía la manecilla de un
reloj.
—Almirante Trowbridge. Teniente de navío Cave. Teniente de navío Villiers.
Capitán de fragata Hammerbeck. —El mayor de los dos americanos inclinó la 1
cabeza—. Teniente de navío Kramer, oficial de enlace i de la Armada de Estados
Unidos. Mr. Wigram es un observador del gabinete ministerial. —Skynner dedicó a
todos una leve reverencia y se sentó otra vez. Estaba sudando.
Jericho y Logie cogieron sendas sillas plegables de j la pila que había junto a la
mesa y tomaron posiciones al lado de Baxter.
La pared que había detrás del almirante estaba ocupada casi totalmente por un
mapa del Atlántico Norte. Racimos de discos coloreados mostraban las posiciones de
los convoyes aliados y sus escoltas: amarillo para los buques mercantes, verde para
los de guerra. Triángulos negros señalaban el posible paradero de los submarinos
alemanes. Debajo de la carta había un teléfono rojo, línea directa con la sala de
rastreo de submarinos situada en el sótano del almirantazgo. Aparte del mapa, el
único decorado en las paredes blancas era un par de fotografías enmarcadas. Una era
del rey, firmada, con aspecto nervioso, regalo de una reciente visita. La otra era del
almirante Karl Dönitz, comandante en jefe de la armada alemana: Skynner gustaba
de pensar que estaba luchando encarnizadamente contra los salvajes hunos.
Sin embargo, ahora parecía haber perdido el hilo de lo que estaba diciendo. Se
puso a mirar sus notas y mientras Logie y Jericho ocupaban sus asientos, uno de los
marinos británicos —Cave, el del parche en el ojo— recibió una señal del almirante y
empezó a hablar.
—Si ha terminado de explicar cuáles son sus problemas, quizá nos sería de
ayuda exponer la situación Operacional. —Se puso de pie y la silla que ocupaba
arañó el suelo desnudo. El tono de su voz era insultantemente cortés—. La posición a
las veinte cero cero...
Jericho se pasó la mano por la barbilla sin afeitar. No acababa de decidirse a
quitarse el abrigo. Se lo dejó puesto. Pese a toda la gente allí reunida, la sala estaba
Iría. Se desabrochó el abrigo y se aflojó la bufanda. Al hacerlo, reparó en que el
almirante estaba mirándolo. Aquellos oficiales de alta graduación apenas podían
creer lo que veían cuando visitaban el Park: falta de disciplina, bufandas y cardigans,
tuteo generalizado. Se contaba que Churchill, en su visita a Bletchley en 1941, había
pronunciado un discurso a los criptoanalistas y, al terminar, le había dicho al
director: «Cuando le dije que no dejara piedra por remover para reclutar personal, no
esperaba que lo tomara al pie de la letra.» Jericho sonrió al recordarlo. El almirante
enrojeció y arrojó al suelo la ceniza del cigarrillo.
El oficial tuerto había agarrado un puntero y estaba de pie ante el mapa del
Atlántico, con un puñado de notas en la mano.
—Hay que decir, por desgracia, que las noticias que nos ha dado no podían
llegar en peor momento. No menos de tres convoyes han zarpado de Estados Unidos
en la última semana y se encuentran ahora en alta mar. Convoy SC-122. —Le dio un
fuerte golpecito con el puntero, como si le guardara rencor, y leyó sus notas—: Partió
de Nueva York el viernes pasado. Transporta aceite combustible, mineral de hierro,
acero, trigo, bauxita, azúcar, carne refrigerada, cinc, tabaco y tanques. Cincuenta
mercantes.
Cave hablaba con voz metálica, omitiendo sílabas y sin mirar a su audiencia.
Su ojo bueno estaba fijo en el mapa.
—Convoy HX-229. —Otro golpecito—. Zarpó de Nueva York el lunes.
Cuarenta buques mercantes. Transporta carne, explosivos, aceite lubricante, produc-
tos lácteos refrigerados, manganeso, plomo, madera, fosfatos, gasóleo, gasolina de
aviación, azúcar y leche en polvo. —Se volvió hacia los presentes por primera vez. El
lado izquierdo de su cara era un amasijo de cicatrices purpúreas—. Eso viene a ser el
suministro de dos semanas de leche en polvo para todas las islas Británicas.
Se oyó una risa nerviosa.
—Pues habrá que cuidarlo —bromeó Skynner. La risa terminó en seco.
Skynner parecía tan solo en medio del silencio que Jericho casi sintió pena por él.
El puntero golpeó otra vez el mapa.
—Convoy HX-229A. Partió de Nueva York el martes. Veintisiete barcos.
Cargamento similar a los anteriores. Combustible, gasolina de aviación, madera,
acero, gasóleo para barcos, carne, azúcar, trigo, explosivos. Tres convoyes. Un total
de ciento diecisiete mercantes, con tonelaje bruto calculado en cerca de un millón de
toneladas, más una carga de otro millón.
Uno de los americanos —el de mayor graduación, Hammerbeck— levantó las
manos y preguntó:
—¿Número de hombres?
—Nueve mil marinos mercantes. Mil pasajeros.
—¿Quiénes son los pasajeros?
—Básicamente militares. Algunas mujeres de la Cruz Roja americana.
Bastantes niños. Un grupo de misioneros católicos, curiosamente.
—Dios santo.
Cave se permitió una breve sonrisa.
—Exacto.
—¿Y el paradero de los U-boote}
—A eso será mejor que responda mi colega.
Cave se sentó y el otro oficial británico, Villiers, tomó la palabra. Blandió el
puntero y dijo:
—La sala de rastreo de submarinos tenía localizadas el jueves tres flotillas de
submarinos a las cero cero ero, aquí, aquí y aquí. —Su acento apenas podía
reconocerse como inglés, y al hablar casi no movía los Libios, como si de algún modo
fuese indigno de un Caballero (pues delataría un carácter no profesional) poner
demasiado esfuerzo en hablar—. Grupo Raubgraf, a doscientas millas de la costa de
Groenlandia. Grupo Neuland, casi exactamente en medio del océano. Y Grupo
Westmark, con proa al sur de Islandia.
—¿Cero cero del jueves, dice? O sea, ¿hace más de treinta horas? —
Hammerbeck tenía el pelo cortado a cepillo del color y la textura de las virutas de
acero. Brilló a la luz de los fluorescentes cuando se inclinó y preguntó—: ¿Dónde
diablos están ahora?
—Me temo que no lo sé. Creía que era*por eso que estábamos aquí. Han
desaparecido del mapa.
El almirante Trowbridge encendió otro cigarrillo con el anterior. Ya no miraba
a Jericho, ahora tenía puesta su atención en Hammerbeck, a quien contemplaba con
ojillos de reumático.
El americano pidió la palabra una vez más.
—¿De cuántos submarinos estamos hablando en total?
—Lamento tener que decirlo, pero creo que la cifra es... bastante alta; unos
cuarenta y seis.
Skynner se encogió en su asiento. Atwood hizo como que estaba muy ocupado
buscando entre sus notas.
—A ver si queda claro —dijo Hammerbeck. (Era muy insistente; a Jericho
empezaba a caerle bien.)—. ¿Está diciendo que un millón de toneladas de barcos...
—Barcos mercantes —lo interrumpió Cave.
—Barcos mercantes, perdón. Un millón de toneladas, con diez mil personas a
bordo, incluidas varias mujeres de la Cruz Roja americana y un surtido de católicos
armados de biblias, está navegando hacia cuarenta y seis submarinos nazis, y ¿dice
que no tiene ni idea de dónde están esos submarinos?
—Mucho me temo que sea así, en efecto.
—Pues nos ha jodido —dijo Hammerbeck, echándose hacia atrás en su silla—.
¿Y cuánto tardarán en entrar en contacto?
—Es difícil de precisar —intervino Cave. Tenía la extraña costumbre de
apartar la cara al hablar, y Jericho advirtió que trataba de ocultar su mejilla destroza-
da—. El SC es el más lento de los tres convoyes; unos siete nudos a la hora. Los HX
son más rápidos, unos diez nudos; el otro, once. Calculo que tenemos tres días como
máximo. Después de eso, estarán a tiro de los submarinos enemigos.
Hammerbeck había empezado a susurrar algo al otro americano. Sacudía la
cabeza y hacía breves ademanes como si cortara alguna cosa. El almirante se inclinó y
murmuró algo a Cave, quien dijo en voz baja:
—Me temo que sí, señor.
Jericho miró el mapa del Atlántico, los discos amarillos de los convoyes y los
triángulos negros de los submarinos, que semejaban dientes de tiburón sobre las
rutas marítimas. La distancia entre los mercantes y las flotillas de submarinos era de
apenas ochocientas millas. Los mercantes avanzaban a un ritmo de unas doscientas
cuarenta millas cada veinticuatro horas. Tres días era bastante correcto. «Dios mío —
pensó—, no es raro que Logie estuviera tan desesperado por hacerme volver.»
—Caballeros, por favor, ¿me permiten? —dijo Skynner en voz alta, poniendo
orden en la reunión. Jericho vio que llevaba puesta la cara de «sonriamos ante el
desastre», señal invariable del pánico incipiente—. Creo que deberíamos guardarnos
de un excesivo pesimismo. El Atlántico tiene una extensión de treinta y (los millones
de millas cuadradas, ¿saben? —Se aventuró a reír de nuevo—. Eso es mucho mar.
—Sí —dijo Hammerberck—, y cuarenta y seis son muchos U-boote.
—De acuerdo. Probablemente sea la mayor concentración de coches
mortuorios a que nos enfrentamos —dijo Cave—. Me temo que habrá que presumir
que el enemigo entrará en contacto. A menos, claro está, que podamos descubrir
dónde se encuentra.
Miró a Skynner de manera significativa, pero éste hizo caso omiso y prosiguió:
—Y no olvidemos que estos convoyes llevan protección. —Miró en derredor
buscando apoyo—. Porque llevan una escolta, ¿no?
—Efectivamente. —Cave otra vez—. Una escolta de... —Consultó sus notas—.
Siete destructores, nueve corbetas y tres fragatas. Además de otros barcos diversos.
—Al mando de un oficial experimentado...
Los oficiales británicos intercambiaron miradas, y luego miraron al almirante.
—En realidad, es su primera misión.
—¡Santo Dios! —Hammerbeck se inclinó y aporreó la mesa con los puños.
—Si me permite —dijo Villiers—. Evidentemente, el viernes pasado la escolta
estaba formando y no teníamos la menor idea de que nos quedaríamos sin esa in-
formación.
—¿ Cuánto puede durar el bloqueo ? —preguntó el almirante. Era la primera
vez que hablaba y todos volvieron la cabeza. El hombre tosió con violencia, como si
dentro de su pecho tuviera un montón de piezas de maquinarias sueltas, luego tragó
otra bocanada de humo y gesticuló con su cigarrillo—. ¿ Cree que estará solucionado
dentro de cuatro días ?
La pregunta iba dirigida a Skynner, y todos los demás lo miraron. No era un
criptoanalista sino un administrador —antes de la guerra había sido vicerrector de
una universidad del norte— y Jericho sabía que no tenía la menor idea. No podía
saber si el bloqueo informativo iba a durar cuatro días, cuatro meses o cuatro años.
—Es posible —dijo Skynner cautamente.
—Sí, claro, todo es posible. —Trowbridge soltó una desagradable risotada que
degeneró en más tos—. Pero ¿lo cree probable? ¿Es probable que puedan descifrar
ese Tiburón, o como lo llamen, antes de que los convoyes se pongan a tiro de los
submarinos?
—Le daremos la máxima prioridad.
—Sé perfectamente que lo hará, Leonard. Usted siempre dice lo mismo. No es
ésa la cuestión.
—Bien, señor, ya que me presiona, señor, sí. —Skynner adelantó con gesto
heroico su potente quijada. Se imaginaba conduciendo decidido a su flota hacia el
tifón—. Sí, creo que podremos.
«Estás loco», pensó Jericho.
—¿Y ustedes? ¿Lo creen también? —preguntó el almirante al tiempo que les
fulminaba con la mirada. Tenía ojos de perro sabueso, acuosos y de párpados
enrojecidos.
Logie fue el primero en romper el silencio. Miró a Skynner, guiñó un ojo y se
rascó el cogote con el cañón de su pipa.
—Supongo que contamos con la ventaja de saber más sobre Tiburón de lo que
sabíamos antes.
—Si Guy cree que podemos hacerlo —intervino Atwood—, yo desde luego
respeto su opinión. Apruebo todo lo que él crea conveniente.
Baxter asintió prudentemente. Jericho consultó su reloj.
—¿Y usted? —dijo el almirante—. ¿Cuál es su opinión?

En Cambridge estarían terminando de desayunar. Kite estaría abriendo el correo a


escondidas. Mrs. Sax estaría paseando sus escobas y baldes. En el comedor los sábados servían
pastel de verduras con patatas...
Se dio cuenta de que en la sala se había hecho el silencio, y al levantar la
mirada vio que todos estaban observándolo. El rubio del traje lo hacía con especial
curiosidad. Notó que empezaba a ruborizarse.
Y entonces sintió un espasmo de cólera.
Después, Jericho pensaría muchas veces en ese momento. ¿Qué le hizo actuar
de aquel modo? ¿Fue por cansancio? ¿Estaba desorientado porque lo habían sacado
de Cambridge para dejarlo en medio de aquella pesadilla? ¿Estaba aún enfermo?
Esto último habría explicado lo que sucedió después. ¿O estaba tan absorto pensando
en Claire que no empleó el sentido común? Lo único que recordaba con claridad era
una abrumadora sensación de enojo. «Estás aquí para impresionar, amigo.» Estás
aquí sólo para hacer bulto, para que Skynner pueda hacer un buen papel delante de
los yanquis. Estás aquí para hacer lo que se te diga, así que guárdate tus opiniones y
no hagas preguntas. De pronto se sintió asqueado de todo, del bloqueo, del frío, del
tuteo excesivamente familiar, del olor a humedad y de la carne de ballena —de
ballena— a las cuatro de la madrugada...
—Bien, de hecho no creo ser tan optimista como mis colegas.
Skynner lo interrumpió al instante. Casi pudo oírse cómo se disparaban los
cláxones en su mente, ver a los aviadores esprintando por la cubierta y los grandes
cañones girando hacia el cielo mientras el portaaviones Skynner anunciaba
zafarrancho de combate.
—Verá, señor, Tom ha estado enfermo. Ha estado apartado del trabajo
durante casi un mes...
—¿Por qué? —preguntó el almirante con tono peligrosamente amistoso—.
¿Por qué no es tan optimista?
—Así pues, no creo que esté totalmente au fait de la situación. Supongo que lo
admitirás, Tom.
—Bien, pero sí estoy au fait de Enigma, Leonard. —Jericho casi no podía creer
sus propias palabras. Se cebó en ello—. Enigma es un sistema de códigos muy
sofisticado. Y Tiburón es la flor y nata de Enigma. He pasado las últimas ocho horas
revisando el material de Tiburón y, perdonen si estoy hablando fuera de turno, me
parece que atravesamos por una situación muy grave.
—Pero lo estaban descifrando con éxito, ¿no?
—Sí, porque contábamos con la clave meteorológica. Ésa fue la llave que nos
abrió la puerta. Ahora los alemanes han cambiado de código. Eso quiere decir que
hemos perdido la llave. A menos que haya habido avances de los que no tenga
noticia, no sé cómo vamos a... —Jericho buscó una metáfora adecuada— forzar la
cerradura.
El otro oficial americano, el que aún no había hablado —Jericho había
olvidado momentáneamente su nombre—, dijo:
—Y todavía no tienen ese cuarto rotor que usted nos prometió, Frank.
—Eso es asunto aparte —masculló Skynner. Dirigió a Jericho una mirada
asesina.
—¿De veras? —Kramer. Eso era. Se llamaba Kramer—. Seguro que si ahora
tuviésemos unas cuantas bombas de cuatro ruedas no necesitaríamos esas cribas,
¿me equivoco?
—Esperen un momento —dijo el almirante, que había seguido la conversación
con creciente impaciencia—. Yo soy marino, y viejo, además. No entiendo toda esta
cháchara sobre llaves, cribas y bombas con ruedas. Se trata de despejar las rutas
marítimas del Atlántico, y si no lo conseguimos vamos a perder esta guerra.
—Muy bien —dijo Hammerbeck—. Así se habla, [Link].
—¿ Quiere alguien hacer el favor de darme una respuesta clara a una pregunta
directa? ¿Se va a acabar este bloqueo antes de cuatro días? ¿Sí o no?
Skynner se hundió de hombros y dijo, agotado:
—No. Tal como usted lo plantea, señor, no puedo .afirmar categóricamente
que se vaya a acabar.
—Gracias. Bien, si no se acaba dentro de cuatro días, ¿cuándo se va a acabar?
Usted, el pesimista, ¿qué opina?
Una vez más, Jericho tuvo conciencia de ser observado por todos.
Procuró medir sus palabras. El pobre Logie estaba mirando su petaca como
deseando poder meterse en ella y no salir nunca más.
—Es muy difícil de decir. La única referencia que tenemos es el último
apagón.
—¿Y cuánto duró ese apagón?
—Diez meses.
Fue como si hubiera hecho detonar una bomba. Todos los presentes hicieron
algún ruido. Los de la armada exclamaron algo. El almirante empezó a toser. Baxter y
Atwood dijeron «¡No!» a la vez. Logie gruñó por lo bajo. Skynner, sacudiendo la
cabeza, dijo: «Eres un derrotista, Tom.» Incluso Wigram, el del pelo rubio, lanzó un
bufido y miró al techo, sonriéndose de algún chiste privado.
—No estoy diciendo categóricamente que vayamos a tardar diez meses —
prosiguió Jericho cuando pudo hacerse oír—. Pero sí que es una posibilidad, y creo
que decir cuatro días es ser muy poco realistas. Lo siento. Esta es mi opinión.
Hubo una pausa, y luego Wigram dijo en voz baja:
—Y por qué, digo yo...
—¿Sí, Mr. Wigram?
—Perdone, Leonard. —Wigram dedicó una sonrisa a todos los presentes, y a
Jericho lo asaltó la idea de que por su aspecto (traje azul, corbata de seda, camisa
cara, pelo planchado hacia atrás con brillantina y agua de colonia muy varonil)
Wigram parecía recién salido del vestíbulo del hotel Ritz. «Gigoló», lo había llamado
Baxter. Así apodaban en Bletchley a los espías—. Perdón —repitió Wigram—.
Pensaba en voz alta. Estaba preguntándome por qué Dönitz habría decidido cambiar
precisamente este código y por qué habría escogido hacerlo justamente ahora. —
Miró a Jericho—. Por lo que nos ha dicho, parece que no habría podido escoger nada
más perjudicial para nosotros.
Jericho no tuvo que responder; Logie lo hizo por él.
—Rutina. Casi con seguridad. Cambian sus códigos de vez en cuando. Que lo
hayan hecho ahora es pura mala suerte.
—Rutina —repitió Wigram—. Bien. —Sonrió una vez más—. Diga, Leonard,
¿cuántas personas están al corriente de ese código meteorológico y hasta qué punto
es importante para nosotros?
—A ver, Douglas —dijo Skynner con una sonrisa—, ¿qué está sugiriendo?
—¿Cuántas, Leonard?
—¿Guy?
—Una docena, más o menos.
—Podría confeccionarme una lista, ¿verdad?
Logie miró a Skynner buscando su aprobación.
—Yo, pues... bien, yo, eeeh...
—Gracias.
Wigram volvió a mirar al techo.
El silencio que siguió fue interrumpido por un suspiro del almirante, que a
continuación dijo:
—Creo que he comprendido lo que se deduce de esta reunión. —Aplastó el
cigarrillo y alargó la mano para coger su maletín, que estaba al lado de la silla.
Empezó a guardar papeles en él y lo mismo hicieron los demás oficiales—. Y no
puedo decir que me alegre tener que transmitir ese mensaje.
—Creo que lo comunicaré enseguida a Washington -dijo Hammerbeck.
El almirante se puso de pie y de inmediato todos los demás apartaron sus
sillas y lo imitaron.
—El teniente Cave actuará de enlace con el almirantazgo —dijo. Dirigiéndose
a éste, añadió—: Quisiera un informe diario. Ahora que lo pienso, quizá sea mejor
dos veces al día.
—Sí, señor.
—Teniente Kramer, ¿se ocupará usted de mantener informado al comandante
Hammerbeck?
—Desde luego, señor.
—Bien. —El almirante se puso los guantes—. Sugiero que se convoque una
nueva reunión cuando los acontecimientos así lo recomienden. —Una vez en la
puerta, el viejo almirante se volvió para agregar—: ¿Saben?, no sólo son un millón de
toneladas de barcos y diez mil hombres. Es un millón de toneladas de barcos y diez
mil hombres cada dos semanas. Y no se trata únicamente de los convoyes. Es nuestro
deber de mandar provisiones a Rusia. Es la posibilidad de invadir Europa y echar a
los nazis. Lo es todo. Es la guerra entera. —Soltó otra de sus sonoras carcajadas—. No
lo digo para presionarlo, Leonard. —Inclinó la cabeza—. Buenos días a todos,
caballeros.
Mientras todos murmuraban sus buenos días, Jericho oyó que Wigrarn le
decía en voz baja a Skynner:
—Hablaremos luego, Leonard.
Escucharon las pisadas bajar por la escalera de hormigón y el crujir de los pies
en el sendero, y de pronto la habitación quedó en silencio. Una neblina azul de
tabaco flotaba sobre la mesa como el humo tras la batalla.
Skynner tema los labios apretados y estaba tatarean-do para sí. Hizo una pila con sus
papeles y escuadró los bordes con sumo cuidado. Nadie abrió la boca durante un
buen rato.
—Bien —dijo Skynner finalmente—, ha sido un triunfo en toda regla. Gracias,
Tom. Muchísimas gracias. Había olvidado que eres un verdadero baluarte. Te
echábamos de menos.
—Es culpa mía, Leonard —dijo Logie—. Debería haberle informado mejor de
la situación. Lo siento. Las cosas no pueden hacerse con prisas.
—¿Por qué no vuelves a la cabaña, Guy? ¿Por qué no os vais todos? Así, Tom
y yo podremos charlar un poco.
—Maldito idiota —le dijo Baxter a Jericho.
—Vamos, Alee —dijo Atwood tomando a Baxter del brazo.
—Es que lo es.
Partieron.
Tan pronto se hubo cerrado la puerta, Skynner atacó:
—Yo no quería que volvieras a Bletchley.
—No fue eso lo que me dijo Logie —dijo Jericho al tiempo que se cruzaba de
brazos para que no le temblaran las manos—. Dijo que se me necesitaba aquí.
—Yo no quería que volvieras, pero no porque piense que eres un idiota, Alee
se equivoca en eso. Idiota no eres. Pero carcamal, sí. Eres una ruina mental. Has
reventado una vez y te volverá a pasar, como demuestra tu pequeña actuación de
hace un momento. Has dejado de sernos útil.
Skynner tenía apoyado su enorme trasero en el borde de la mesa. Hablaba con
tono afable, y quien lo hubiese visto de lejos habría pensado que estaba contándole
ocurrencias a un viejo conocido.
—¿Por qué estoy aquí, entonces? Yo no pedí volver.
—Logie tiene muy buena opinión acerca de ti, ¿sabes? Es el jefe en funciones
de la Cabaña y yo lo escucho. Para serte sincero, después de Turing, tú tienes (o
tenías, más bien) probablemente la mejor reputación de todos los criptoanalistas que
hay en el Park. En cierto modo eres historia, Tom. Eres leyenda. Traerte de vuelta
aquí, dejar que asistieras a la reunión, era un modo de mostrar a nuestros jefes que
nos tomamos muy en serio esta... crisis temporal. Era arriesgado. Pero veo que me
equivocaba. Lo has estropeado todo.
Jericho no era una persona violenta. Nunca había pegado a nadie, ni siquiera
de chico, y sabía que era una suerte haberse librado del servicio militar: con un fusil
en las manos habría sido un peligro para todos. Pero encima de la mesa había un
grueso cenicero de latón —el extremo aserrado de una cápsula de granada, lleno
hasta el borde de colillas—, y Jericho estuvo tentado de aplastarle a Skynner su cara
de engreído. Skynner pareció presentirlo. Sea como fuere, levantó el trasero de la
mesa y empezó a andar de un lado a otro. «Ésta debe de ser una de las ventajas de
estar loco —se dijo Jericho—. La gente nunca puede tomarte enteramente en serio.»
—En los viejos tiempos era mucho más sencillo, ¿verdad? —continuó
Skynner—. Una casa en el campo. Un puñado de excéntricos. Nadie tiene grandes es-
peranzas. Uno va tirando. Y de pronto te ves sentado encima del mayor secreto de la
guerra.
—Y entonces llega gente como tú.
—En efecto, personas como yo para garantizar que esta importante arma sea
utilizada correctamente.
—Ah ¿es eso lo que haces, Leonard? Tú garantizas que el arma sea utilizada
correctamente. Es que no sabía...
Skynner dejó de sonreír. Era un hombre corpulento, un palmo más alto que
Jericho. Se le acercó y Jericho percibió el olor a humo de tabaco rancio y a ropa
sudada.
—Tú ya no entiendes lo que pasa en Bletchley. No sabes cuáles son los
problemas. Por ejemplo, los americanos, delante de los cuales me has humillado hace
un momento. A mí y a todos. Estamos negociando con ellos un trato que... —Se
detuvo a mitad de la frase—. Da igual. Digamos que cuando tú te regodeas como
acabas de hacerlo, no puedes imaginar siquiera la gravedad de lo que está en juego.
Skynner tenía un maletín adornado con el blasón real y el anagrama del rey Jorge VI
—G VI R— en descoloridas letras doradas. Guardó en él sus papeles y lo cerró con
una llave que llevaba prendida a su cinturón mediante una cadena larga.
—Voy a hacer que se te prohíba todo trabajo de criptoanálisis y que te
trasladen a algún sitio donde resultes inofensivo. De hecho, pienso hacer que te sa-
quen de Bletchley. —Se guardó la llave y le dio unos golpecitos—. No puedes volver
a la vida civil hasta que termine la guerra, teniendo en cuenta lo que sabes. De todos
modos, sé que el almirantazgo está buscando un cerebro extra para trabajos de
estadística. Aburrido pero muy agradable para un hombre de tu... delicadeza. ¿Quién
sabe? A lo mejor conoces a una chica. Alguien más, ¿cómo decirlo?, más idóneo que
la persona con quien si no me equivoco estabas saliendo.
Ahí sí que Jericho intentó pegarle, pero no con el cenicero sino con el puño, lo
cual, visto en retrospectiva, fue un gran error. Skynner se echó a un lado con sor-
prendente agilidad, esquivando el puñetazo, y luego su mano derecha atenazó el
antebrazo de Jericho. Skynner hincó sus dedos con firmeza en la blandura del
músculo.
—Eres un enfermo, Tom. Y yo soy más fuerte que tú, en todos los sentidos. —
Aumentó la presión por un par de segundos, y soltó bruscamente el brazo de Jeri-
cho—. Ahora lárgate de mi vista.

Estaba exhausto. El agotamiento lo perseguía como si de un ser vivo se tratara,


se le aferraba a las piernas, se le sentaba en los hombros. Jericho apoyó el pecho en la
húmeda pared exterior del Bloque A, y esperó a que su pulso recuperase la
normalidad.
Pero ¿qué había hecho?
Necesitaba acostarse. Necesitaba encontrar un agujero donde meterse y descansar un
poco. Como un borracho buscando sus llaves, palpó primero en un bolsillo y luego
en otro hasta que extrajo el vale de alojamiento y lo miró pestañeando. ¿Albion
Street? ¿Dónde estaba eso? Tenía una vaga idea. Lo sabría en cuanto lo viera.
Se apartó de la pared y con paso vacilante empezó a alejarse del lago hacia la
avenida que llevaba hasta la verja principal. Un pequeño coche negro estaba apar-
cado unos diez metros más adelante, y cuando Jericho llegó a su altura la puerta del
conductor se abrió y apareció una figura de uniforme azul.
—¡Mr. Jericho!
Jericho lo miró sobresaltado. Era uno de los americanos.
—¿Teniente Kramer?
—Qué tal. ¿Va a casa? ¿Puedo dejarlo en algún sitio?
—Gracias pero no. En realidad, estoy paseando.
—Oh, vamos. —Kramer dio unos golpecitos a la capota—. Acabo de
comprarlo. Estaré encantado de acompañarlo. Vamos.
Jericho iba a negarse otra vez, pero entonces notó que las piernas no le obedecían.
—Tranquilo, amigo. —Kramer dio un salto y lo agarró del brazo—. Está que no se
aguanta. Una noche muy larga, ¿eh?
Jericho dejó que lo llevase hasta la puerta del acompañante y lo sentara en el
asiento. El interior del pequeño vehículo estaba frío y olía como si nadie lo hubiera
utilizado en mucho tiempo. Jericho supuso que habría sido el orgullo de alguien
hasta que el racionamiento lo había dejado en la cuneta. Kramer rodeó el capó y al
sentarse tras el volante y cerrar la puerta el chasis se balanceó.
—Aquí no hay demasiada gente que tenga coche propio. —Jericho oyó su propia
voz como si hablara desde muy lejos—. ¿Tiene problemas para conseguir
combustible?
—No. —Kramer pulsó el encendido y el motor cobró vida—. Ya nos conoce.
Siempre conseguimos lo que queremos.
El coche fue minuciosamente inspeccionado al llegar a la entrada principal. Una
vez levantada la barrera, salieron del recinto dejando atrás la cantina y la sala de
reuniones, hasta el final de Wilton Avenue.
—¿Hacia dónde?
—A la izquierda, creo.
Kramer pulsó uno de los pequeños indicadores de color ámbar y tomaron el
camino que iba a la ciudad. El americano era bien parecido —cara de adolescente,
facciones cuadradas, un cierto bronceado que sugería una estancia en ultramar—,
tenía unos veinticinco años y parecía estar en estupenda forma física.
—Supongo que he de darle las gracias.
—¿A mí?
—En la reunión. Usted ha dicho la verdad, mientras que los otros no decían más
que disparates. Cuatro días... ¡Dios!
—Sólo querían ser leales.
—¿Leales? Vamos, Tom. ¿Le importa si le llamo Tom? Llámeme Jimmy. Estaba
todo amañado.
—No creo que sea correcto mantener esta conversación... —dijo Jericho. El mareo
se le había pasado y en la lucidez que siempre le seguía se le ocurrió que el
americano tal vez había estado esperándolo a la salida—. Déjeme aquí, gracias.
—¿En serio? Pero si apenas hemos hecho camino.
—Aparque, se lo ruego.
Kramer se arrimó al bordillo junto a una hilera de casitas, echó el freno y apagó el
motor.
—Haga el favor de escucharme un momento, Tom. Los alemanes introdujeron
Tiburón tres meses después de lo de Pearl Harbor...
—Mire, Kramer...
—Tranquilo. Nadie nos oye. —Eso era cierto. La calle estaba desierta—. Tres
meses después de Pearl Harbor, y de repente empezamos a perder barcos de mala
manera. Pero nadie nos da una razón. Después de todo, nosotros somos los nuevos,
lo único que hacemos es fijar la ruta de los barcos según lo que nos dice Londres. Por
fin, al ver que la cosa se pone muy fea les preguntamos qué ha pasado con toda
aquella magnífica información que tenían. —Empujó a Jericho con el dedo—. Y sólo
entonces nos ponen al corriente de Tiburón.
—No quiero seguir escuchándolo —dijo Jericho. Iba a abrir la puerta, pero
Kramer se inclinó y agarró el picaporte.
—No pretendo enemistarlo con sus propios compatriotas. Sólo intento decirle lo
que está pasando. Luego de que el año pasado nos informaron acerca de Tiburón,
empezamos a hacer ciertas comprobaciones. Y poco tiempo después, tras una dura
pelea, empezamos a obtener algunos números. ¿Sabe cuántas bombas tenían ustedes
a finales de verano, es decir, después de dos años de comenzar la fabricación?
Jericho estaba mirando al frente.
—Yo no estoy al corriente de esa clase de datos —dijo.
—¡Cincuenta! Y ¿sabe cuántas dicen en Washington que se pueden construir en
cuatro meses? ¡Trescientas sesenta!
—Bueno, pues si son tan eficientes constrúyanlas —dijo Jericho, malhumorado.
—No, Tom —dijo Kramer—. Usted no se da cuenta. Eso es imposible. Enigma es
cosa de los británicos. Oficialmente. Cualquier cambio en el estatus debe ser
negociado previamente.
—¿Está siéndolo?
—En Washington, sí. Ahora mismo. Su colega Mr. Turing está allí en estos
momentos. Mientras tanto, hemos de contentarnos con lo que ustedes nos den.
—Pero es absurdo. ¿Y por qué no construyen las bombas?
—Vamos, Tom. Piénselo un poco. Todas las estaciones de interceptación están
aquí. Ustedes tienen toda la materia prima. Nosotros estamos a más de cuatro mil
kilómetros. Le aseguro que ha de ser difícil sintonizar Magdeburgo desde Florida.
Además, ¿para qué tener trescientas y pico bombas si no hay nada que meterles
dentro?
Jericho cerró los ojos y vio la cara de furia de Skynner, oyó su voz de trueno: «Tú
ya no entiendes lo que pasa en Bletchley... Estamos negociando un trato con los
americanos... No puedes imaginar siquiera la gravedad...» Por fin comprendía el
motivo de su cólera Su pequeño imperio, levantado a costa de tantos esfuerzos,
ladrillo burocrático a ladrillo burocrático, estaba amenazado de muerte por Tiburón.
Pero la amenaza no procedía de Berlín, sino de Washington.
—Entiéndame bien —estaba diciendo Kramer—.
I levo aquí un mes y pienso que lo que han conseguido N impresionante.
Espléndido. Y entre los nuestros nadie está hablando de un relevo. Pero la cosa no
puede seguir así. Faltan bombas. Faltan máquinas de escribir. Y esas cabañas. ¡Santo
Dios! «¿La guerra era peligrosa, papá?» «Oh, sí, por poco me muero de frío.» ¿Sabía
que toda la operación estuvo a punto de irse al cuerno porque se les acabaron los
lápices de colores? Vamos, hombre. ¿Es que la gente ha de morir porque ustedes no
tienen suficientes lápices?
Jericho se sentía demasiado agotado para discutir. Además, sabía que todo aquello
era cierto, de principio I fin. Recordaba la noche, hacía cosa de año y medio, en que le
habían hecho vigilar la presencia de desconocidos en Shoulder of Mutton apostado
junto a la puerta en la oscuridad, sorbiendo cerveza con gaseosa, mientras Turing,
Welchman y otros dos jefazos se reunían en una habitación del piso de arriba para
escribir entre todos una carta a Churchill. Exactamente la misma historia: falta de
empleados, falta de mecanógrafas, la fábrica de Letchworth que hacía las bombas —
antes de la guerra fabricaban nada menos que cajas registradoras—, falta de piezas y
mano de obra... Cuando Churchill recibió la carta puso Downing Street patas arriba
y, temporalmente, las cosas mejoraron un poco. Pero Bletchley era una criatura
golosa. Su apetito crecía cuanto más la alimentaban. Nervos belli, pecuniam infinitam.
Dinero, dinero. Los polacos habían tenido que regalar Enigma a los británicos. Ahora
éstos iban a tener que compartirla con los yanquis.
—No quiero tener nada que ver en todo esto. Necesito dormir un poco. Gracias
por acompañarme.
Jericho alcanzó el picaporte y esta vez Kramer no hizo intento de detenerlo.
Estaba con medio cuerpo fuera del coche cuando oyó que el americano le decía:
—Me he enterado de que perdió a su padre en la última guerra.
Jericho se quedó de una pieza.
—¿Quién le ha dicho eso?
—No me acuerdo. ¿Importa algo?
—No. No es ningún secreto. —Jericho se dio masaje en la frente. Estaba
comenzando uno de sus terribles dolores de cabeza—. Fue antes de nacer yo. Lo
hirió un obús en Ypres. Vivió un poco más, pero ya no fue el mismo. No llegó a salir
del hospital. Yo tenía seis años cuando murió.
—¿A qué se dedicaba antes de que lo hirieran?
—Era matemático.
Se produjo un momento de silencio.
—Ya nos veremos —dijo Jericho. Y salió del coche.
—Mi hermano ha muerto —dijo Kramer de pronto—. Fue uno de los primeros.
Estaba en la marina mercante.
«Ahora lo entiendo», pensó Jericho.
—Supongo que fue durante el bloqueo de Tiburón...
—Exacto. —Kramer pareció quedarse en blanco. Luego esbozó una sonrisa—.
Seguiremos en contacto, Tom. Si puedo hacer algo por usted, dígamelo.
Alargó el brazo y cerró la puerta de golpe. Jericho se quedó solo en el arcén
viendo cómo Kramer daba la vuelta. El coche petardeó y arrancó a toda velocidad en
dirección al Park, dejando una pequeña y sucia humareda en el aire de la mañana.
III
BIRLAR

BIRLAR: robar al enemigo material criptográfico


susceptible de aumentar las posibilidades de descifrar sus
códigos.

Diccionario de criptografía («Máximo secreto»,


BletchleyPark, 1943)
1

Bletchley era una ciudad ferroviaria. La línea principal que iba de Londres a
Escocia la partía de arriba abajo, y la línea secundaria que unía Oxford con Cam-
Dridge la dividía en cuartos, de modo que estuviera mío donde estuviese no había
forma de eludir los trenes: el ruido, el olor a hollín, la visión del humo maltón sobre
los tejados arracimados. Hasta las casas en hilera estaban hechas del mismo ladrillo
rojo que la estación y las cocheras, construidas en el mismo austero estilo industrial.
El Commercial de Albion Street estaba a unos cinco minutos andando de Bletchley
Park y su parte de atrás daba a la línea principal. La propietaria, Mrs. Ethel
Armstrong, tenía, al igual que la casa de huéspedes, unos cincuenta años, una sólida
complexión y un severo aspecto Victoriano. Su marido había muerto de un ataque al
corazón al mes de estallar la guerra, a raíz de lo cual ella había convertido su edificio
de cuatro plantas en un pequeño hotel. Como los demás habitantes de la ciudad —y
había unos siete mil— Mrs. Armstrong ignoraba por completo qué pasaba en los
terrenos de la mansión, y no tenía el menor interés en saberlo. Resultaba rentable, y
eso era lo que importaba. Cobraba treinta y ocho chelines a la semana y esperaba de
sus cinco huéspedes que a cambio de la comida le entregaran todos sus cupones de
racionamiento. Como resultado de ello, hacia la primavera de 1943 tenía acumuladas
mil libras esterlinas en bonos de ahorros y suficiente comida en su bodega como para
abrir una tienda de comestibles de tamaño mediano.
El miércoles una de sus habitaciones había quedado libre, y el viernes habían ido
a entregarle un vale de alojamiento solicitando que proporcionara habitación a un tal
Mr. Thomas Jericho. Las pertenencias del huésped le habían sido remitidas a su casa
esa misma mañana: dos cajas de efectos personales y una vieja bicicleta de hierro. La
bicicleta la guardó en el patio de atrás; las cajas las llevó al piso de arriba.
Uno de los paquetes estaba lleno de libros. Un par de novelas de Agatha Christie.
Sinopsis de resultados elementales en matemáticas puras y aplicadas, por un tal George
Shoobridge Garr. Principia Mathematica, a saber lo que era eso. Un opúsculo con un
toque sospechosamente alemán —Sobre los números racionales, con aplicación al
Entscheindungsproblem—, con la nota «Para Tom, con mi afectuoso respeto, Alan».
Más volúmenes llenos de números, uno de ellos tan manoseado que casi se caía a
pedazos y atiborrado de señales: billetes de tranvía y autobús, un posavasos, hasta
una brizna de hierba. El libro se abrió por un párrafo muy subrayado:

La verdadera matemática tiene en cualquier caso una utilidad práctica en tiempo de


guerra. Cuando el mundo enloquece, el matemático puede hallar en las matemáticas un
anodino incomparable, puesto que la matemática es, de todas las artes y ciencias, la más re-
mota.

«Bueno, esto último es bastante cierto», pensó Mrs. Armstrong. Cerró el libro, le
dio la vuelta y leyó el lomo: Apología de un matemático, por G. H. Hardy, editado por
la Universidad de Cambridge.
La otra caja tenía tan poco interés como la primera. 11 n aguafuerte Victoriano de
la capilla del King's College. Un despertador barato, puesto para sonar a las Once,
dentro de un estuche de fibra negro. Una radio. I in birrete académico y un batín
polvoriento. Un frasco de tinta. Un telescopio. Un ejemplar del Times del 13 de
diciembre de 1942 doblado por el crucigrama, Due había sido hecho por dos manos
distintas, una con letra pequeña y precisa, la otra más redonda, seguramente
femenina. Encima estaba escrito el número 27l2815. Y por último, en el fondo del
cartón, un mapa que, al desplegarlo, resultó no ser de Inglaterra, ni siquiera (como
ella había recelado no sin ciertas esperanzas) de Alemania, sino del cielo estrellado.
Tanto la desanimó esa aburrida colección de objetos que cuando aquella noche, a
las doce y media, llamaron a la puerta y un hombre menudo con acento del norte le
dejó otras dos maletas, Mrs. Armstrong no se molestó en abrirlas sino que las llevó
directamente al cuarto vacío.
El nuevo inquilino llegó el sábado por la mañana a las nueve. Ella estaba segura
de la hora, como le explicó después a Mrs. Scratchwood, su vecina, porque la radio
estaba terminando de emitir el servicio religioso e iban a empezar las noticias. Y el
hombre era tal como había imaginado. No muy alto. Delgado. Cara de estudioso. De
aspecto enfermizo y con el brazo doblado, como si acabara de hacerse daño. No se
había afeitado, estaba blanco como, iba a decir «como una hoja de papel», pero no
veía hojas de papel tan blancas desde antes de la guerra, al menos en su casa. Vestía
ropa de calidad, pero con gran desaliño; advirtió que al abrigo le faltaba un botón.
Sin embargo, parecía bastante simpático. Culto. Muy buenos modales. Voz reposada.
Ella no había tenido hijos, no, pero de haber tenido uno habría sido de su misma
edad. Eso sí, cualquiera podía darse cuenta de que le hacía falta comer.
Mrs. Armstrong era estricta con el alquiler. Siempre exigía un mes por adelantado
—lo hacía en el vestíbulo, antes de llevar al inquilino a ver la habitación— y
normalmente se producía alguna protesta, al término de la cual ella accedía de mala
gana a cobrar dos semanas. Pero él pagó sin rechistar. Ella pidió siete libras con siete
chelines y él le entregó ocho libras, y cuando ella fingió que no tenía cambio, él dijo:
—Bueno, ya me lo dará.
Cuando la casera mencionó la cartilla de racionamiento él la miró por un instante,
muy perplejo, y luego dijo (Mrs. Armstrong lo recordaría toda la vida):
—¿Quiere decir esto?
—¿Quiere decir esto? —repitió ella, maravillada. ¡Como si el hombre jamás
hubiese visto una! El le entregó la cartilla marrón (precioso pasaporte semanal a
cuatro onzas de mantequilla, ocho de tocino y doce de azúcar) y le dijo que podía
hacer con ello lo que quisiera.
—Yo no le he encontrado ninguna utilidad.
Ella estaba tan aturullada que apenas supo qué hacía. Guardó el dinero y la
cartilla en su delantal antes de que él cambiara de opinión, y lo llevó escaleras arriba.
Ahora bien, Ethel Armstrong era la primera en admitir que el quinto dormitorio
del Commercial no era gran cosa. Estaba al final del pasillo, subiendo unos cuantos
peldaños, y no tenía más mobiliario que una cama individual y un armario. Era tan
pequeño que la puerta no acababa de abrir del todo porque lo impedía la cama.
Tenía un ventanuco moteado de hollín que daba sobre una extensión de vías. En dos
años y medio habría pasado por allí una treintena de ocupantes. Ninguno se había
quedado más de dos meses, y más de uno se había negado a dormir en él. Pero el
nuevo inquilino se sentó en el borde de la cama, apretujado en-11 e sus cajas y sus
maletas, y dijo con aire de cansancio:
—Muy bonito, Mrs. Armstrong.
Ella le explicó rápidamente las normas de la casa. II desayuno se servía a las siete,
la cena a las seis y media de la tarde, y para los que trabajaran en turnos irregulares
habría «colaciones frías» en la cocina. Al fondo del pasillo había un cuarto de baño a
compartir entre los cinco huéspedes. Se permitía un baño a la semana, la
profundidad del agua no debía exceder de doce centímetros (había una marca en el
esmalte de la bañera) y tendría que arreglarse con los otros. Se le en-i regarían cuatro
trozos de carbón por noche para calentar su cuarto. La chimenea del salón de abajo
se apagaba a las nueve en punto. Si cogía a alguien cocinando, bebiendo alcohol o
recibiendo visitas en la habitación, sobre todo del sexo opuesto —él esbozó una
sonrisa al oír esto— sería expulsado y perdería el derecho a reclamar el resto del
dinero anticipado.
Mrs. Armstrong le preguntó si tenía alguna duda, a lo que él no replicó, y menos
mal, porque en ese momento un expreso directo pasó chillando a noventa kilómetros
por hora y a no más de treinta metros de la ventana del dormitorio, sacudiéndolo de
tal manera que Mrs. Armstrong tuvo la fugaz y horripilante visión de que el suelo se
hundía bajo sus pies y ella y el nuevo inquilino caían a plomo atravesando el dormi-
torio principal y la trascocina hasta aterrizar en medio de los cerosos jamones y los
melocotones en conserva tan cuidadosamente almacenados y ocultos en su cueva de
Aladino particular.
—Bueno —dijo ella cuando el ruido remitió por fin sin que la casa se viniera, por
el momento, abajo—, lo dejo solo para que descanse un poco.
Tom Jericho permaneció sentado a los pies de la cama por un par de minutos
después de oír los pasos de Mrs. Armstrong bajar por la escalera. Luego se quitó la
americana y la camisa y se examinó el brazo dolorido. Tenía un par de moretones
justo debajo del codo, como dos ciruelas negras, y en ese momento le vino a la
cabeza lo que Skynner siempre le recordaba: un prefecto del internado que se
llamaba Fane y era hijo de un obispo, a quien gustaba pegar a los chicos nuevos en
su estudio a la hora del té para que luego todos le dijesen: «Gracias, Fane.»
En el cuarto hacía frío y Jericho empezó a tiritar y a tener carne de gallina. Se
sentía desesperadamente cansado. Abrió una de las maletas, extrajo un pijama y se
cambió de inmediato. Mientras colgaba su chaqueta pensó en sacar el resto de su
ropa, pero al final lo dejó correr. Quizá al día siguiente ya no estuviera en Bletchley.
Esa sí era buena, pensó al tiempo que se pasaba la mano por la cara, acababa de dar
ocho libras, más que la paga de una semana, por una habitación que probablemente
no iba a necesitar. El armario vibró al abrirlo y los colgadores de alambre tocaron una
melancólica melodía. Dentro apestaba a bolas de naftalina. Metió rápidamente las
cajas de cartón y empujó las maletas bajo la cama. Luego corrió las cortinas, se tumbó
en el nudoso colchón y se subió las mantas hasta la barbilla.
Jericho llevaba tres años viviendo de noche. Se levantaba de anochecida y se iba a
dormir al alba, pero no había conseguido acostumbrarse. Estar allí tumbado
escuchando los ruidos distantes de una mañana de sábado hizo que se sintiese como
un inválido. Abajo alguien estaba dándose un baño. La cisterna de agua estaba en el
desván, justo encima de su cabeza, y cada vez que se llenaba y vaciaba producía un
ruido ensordecedor. Cerró los ojos y lo único que vio fue el mapa del Atlántico
Norte. Los abrió y entonces la cama se meció ligeramente al pasar un tren, y eso le
trajo a la memoria a Claire. El tren que salía a las 15.06 de Euslon, Londres —«con
parada en Willesden, Watford, Apsley, Berkhamstead, Tring, Cheddington y Leigh-
ton Buzzard, llegada a Bletchley a las 4.19»—, aún era capaz de recitar las estaciones
de memoria, y también de verla a ella. Así la había conocido.
Debió de ser... ¿Cuándo, una semana después de descifrar Tiburón? Bueno, un
par de días antes de Navidad. Logie, Puck, Atwood y él habían recibido orden de
presentarse en las oficinas de Broadway, cerca |e la parada de metro de Saint James,
desde donde controlaban Bletchley Park. «C» en persona había pronunciado un
discurso sobre la valía de su trabajo. In reconocimiento a su «vital descubrimiento»,
y siguiendo instrucciones del primer ministro, los cuatro habían recibido un férreo
apretón de manos y un sobre conteniendo un cheque de cien libras contra un viejo y
oscuro banco de la City. Después, no sin engorro, se habían despedido en la acera y
cada cual siguió una dirección; Logie se fue a almorzar al almirantazgo, Puck a ver a
una chica, Atwood a un concierto en la National Portrait Gallery, y Jericho de nuevo
a Euston para coger el tren de Bletchley «con parada en Willesden, Watford,
Apsley...»
«Se acabaron los cheques —pensó—. ¿Y si a Churchill se le ocurre pedir que le
devuelva el dinero?»
Un millón de toneladas de barcos. Diez mil personas a bordo. Cuarenta y seis
submarinos. Y eso sólo era el principio.
«Lo es todo. Es la guerra entera.»
Se volvió hacia la pared.
Pasó un tren, y luego otro. Alguien más empezó a llenar la bañera. En el patio
trasero, justo debajo de su ventana, Mrs. Armstrong colgó la alfombra del salón en la
cuerda de tender la ropa y empezó a zurrarla rítmicamente, como si estuviera
pegando a un inquilino que le debiera el alquiler o a un entremetido inspector del
Ministerio de Alimentación.
La oscuridad lo envolvió.

El sueño es un recuerdo, el recuerdo un sueño.


Un atestado andén de estación, vigas de hierro y palomas que aletean bajo una mugrienta
cúpula de vidrio. Villancicos con sonido a lata por el sistema de megafonía. Luz de acero y
retazos de caqui.
Una hilera de soldados inclinados bajo el peso de sus mochilas va corriendo hacia el
furgón. Un marino besa a una chica embarazada que luce un sombrero rojo y le da una
palmada en el trasero. Colegiales que vuelven a casa para Navidad, viajantes con los abrigos
desgastados, dos madres inquietas y delgadas en sus raídos abrigos de pieles, una rubia alta
con un estupendo abrigo gris largo hasta los tobillos y con los puños y el cuello ribeteados de
terciopelo negro. « Un abrigo de antes de la guerra —piensa él—, hoy en día ya no fabrican
cosas así...»
Ella pasa frente a la ventanilla y él se asusta al comprobar que ha advertido que estaba
mirándola. Consulta la hora, cierra la tapa del reloj con el pulgar y al levantar los ojos de
nuevo ve que ella entra en su mismo compartimento. Todos los asientos están ocupados. Ella
duda. Él se levanta y le ofrece su sitio. Ella sonríe agradecida pero le dice por gestos que hay
espacio suficiente para apretujarse entre él y la ventanilla. Él asiente y se acomoda otra vez,
no sin apuro.
Las puertas se cierran, suena un silbato, el tren arranca con una sacudida. El andén es un
mar de gente diciendo adiós.
Él está tan encajonado que apenas puede moverse. Semejante intimidad jamás habría sido
tolerada antes de la guerra, pero ahora, en esos incómodos e interminables viajes, hombres y
mujeres siempre van unos encima una de los otros, en ocasiones literalmente. El muslo de ella
aprieta de tal manera el suyo, que él puede sentir la !a meza del músculo y del hueso bajo el
acolchado de su piel. Sus hombros se tocan. Sus piernas se tocan. La metía de ella frota la
espinilla de él. El nota su calor, huele su fragancia.
Simula contemplar las feas casas que van pasando por la ventana. Ella es mucho más
joven de lo que él había creído al principio. Su perfil no es convencionalmente bonito, pero sí
llamativo —cara angulosa, fuerte—, a él le parece que la palabra adecuada es «elegante». Tiene
el cabello muy rubio, peinado hacia atrás. Cuando él traía de moverse le roza con el codo el
costado del seno, y cree que va a morir de vergüenza. Se disculpa profusamente, pero ella no
parece haberlo advertido. Lleva un ejemplar del Times doblado en varios pliegues para poder
asirlo con una sola mano.
El compartimiento está abarrotado. Hay militares por el suelo y en el pasillo exterior. Un
cabo de la RAF se ha quedado dormido en la rejilla y agarra su mochila como si fuera su
amante. Alguien empieza a roncar. El aire huele a tabaco de mala calidad y a cuerpos sudoro-
sos. Pero par a Jericho todo eso va desapareciendo poco a poco. Sólo están ellos dos en el vagón,
meciéndose al ritmo del tren. La piel le arde allí donde se tocan. Los músculos de la pantorrilla
le duelen por el esfuerzo de no acercarse mucho ni apartarse demasiado.
Se pregunta dónde se bajará ella. Cada vez que paran en una de las pequeñas estaciones
teme que se apee. Pero no: ella sigue con la vista fija en su trozo de periódico. El triste y
monótono paisaje del norte de Londres da paso a una triste y monótona campiña, monocroma
en la oscura tarde de diciembre; campos escarchados y desprovistos de ganado, árboles
desnudos y las líneas dispersas de unos setos vivos, veredas desiertas, pueblecitos con
chimeneas humeantes que sobresalen como manchas de hollín en el paisaje blanco.
Transcurre una hora. Han salido de Leighton Buzzard y están a cinco minutos de
Bletchley cuando ella dice de pronto:
—Ciudad española donde los jueces con un remo de menos se constituyen en tribunal.
Él no está seguro de haber oído bien, o de si la observación va dirigida a él.
—¿Perdón?
—Ciudad española donde los jueces con un remo de menos se constituyen en tribunal —
repite ella como si el otro fuese tonto—. Siete horizontal. Nueve letras.
—Mmm. Ah, sí—dice él—. Salamanca.
—¿ Cómo lo ha sacado? Creo que nunca había oído ese nombre. —Ella lo mira a la cara.
Facciones angulosas, nariz afilada, boca grande. Pero lo más sobresaliente son sus ojos. Ojos
grises, de un gris frío, sin asomo de azul. No son gris paloma, decide más tarde, ni gris perla.
Son del gris de las nubes a punto de descargar nieve.
—Es una ciudad de Castilla, con una universidad fundada en el siglo XII o XIII. La sala
es la estancia donde se constituye el tribunal de justicia, y el que tiene un remo de menos sólo
puede ser cojo o manco. Por lo tanto, Salamanca.
El empieza a reír pero se calla. «Qué espectáculo —piensa—. Estás haciendo el idiota.»
—Arma gana. Siete letras.
—Ese es un anagrama de «anagrama» —dice él al instante.
—Aviso medio redondo para todos los subalternos. Doce letras.
—Semicircular.
Ella sacude la cabeza y, con una sonrisa, va anotan-tío las respuestas.
—¿ Cómo puede ir tan rápido f
—No es difícil. Se acaba por saber cómo piensa el que escribe el crucigrama. Medio: semi,
naturalmente. Aviso para todos los subalternos, bien, es una circular. Medio redondo es
semicircular. ¿Me permite?
Alarga la mano y coge el periódico y el lápiz. Una ¡'.irte de su cerebro estudia el
crucigrama mientras otra la estudia a ella, su manera de coger un cigarrillo del bolso y
encenderlo, su manera de observarlo con la cabeza ligeramente ladeada. Astro, borla, tas,
landó... Es la primera y única vez que él domina totalmente la situación, y cuando ha
completado las treinta definiciones y le devuelve el diario, el tren entra en las afueras de una
pequeña ciudad, dejando atrás pequeños jardines y chimeneas altas.
Empieza a ver ropa tendida, refugios antiaéreos, cuadros de hortalizas, casitas de ladrillo
rojo embreadas de negro por los trenes que pasan. El compartimiento queda a oscuras cuando
pasan bajo el baldaquín de hierro de la estación. «¡Bletchley!», grita el jefe de tren.
—Bueno, aquí me bajo —dice él.
—Sí. —Ella mira pensativa el crucigrama terminado, se vuelve y sonríe—. ¿Sabe una
cosa?, ya me lo imaginaba.
—¡Mr. Jericho! —llama alguien—. ¡Mr. Jericho!

—¡Mr. Jericho!
Abrió los ojos, momentáneamente desorientado. El armario se cernía sobre él
como un ladrón en la penumbra.
—Sí. —Se incorporó en la cama desconocida—. Perdón. ¿Sí, Mrs. Armstrong?
—Son las seis y cuarto, Mr. Jericho —gritaba ella desde la escalera—. ¿Va a querer
cenar?
¿Las seis y cuarto? La habitación estaba casi a os curas. Sacó su reloj de debajo de
la almohada y lo abrió. Con gran sorpresa descubrió que había estado durmiendo
casi todo el día.
—Muy amable de su parte, Mrs. Armstrong. Gracias.
El sueño había sido inquietantemente real —más verdadero en todo caso, que su
sombría habitación—, y mientras apartaba las mantas y ponía los pies descalzos en el
frío suelo, sintió como si se encontrase en una tierra de nadie entre dos mundos.
Tenía la extraña convicción de que Claire había estado pensando en él, que su
subconsciente había actuado como un receptor de radio que captara un mensaje de
ella. Era una idea absurda para un racionalista como él, un matemático, pero no
podía sacársela de la cabeza. Buscó su esponjera y se puso el abrigo encima del
pijama.
En el primer piso vio a una mujer envuelta en una bata de franela azul y con
bigudíes blancos en el pelo salir a toda prisa del cuarto de baño. Él saludó educa-
damente con la cabeza pero ella lo miró azorada y se escabulló pasillo abajo. De pie
ante el lavabo, Jericho dispuso sus objetos de aseo: un trocito de jabón de fenol, una
maquinilla de afeitar cuya hoja ya tenía seis meses, un cepillo de dientes de madera
convertido en un puñado de cerdas, una lata casi vacía de polvo dentífrico. Los grifos
protestaron. No había agua caliente. Con la hoja desafilada se rascó la barba durante
diez minutos hasta que la tuvo enrojecida de sangre. En eso consistía el mal de la
guerra, pensó mientras se pasaba la áspera toalla por la piel: en los pequeños
detalles, en las mil pequeñas humillaciones como nunca tener suficiente papel
higiénico o jabón o cerillas o baños o ropa limpia. Los civiles habían sido reducidos a
la miseria. Olían, ésa era la pura verdad. El olor corporal flotaba so br e las islas
Británicas como una gran niebla acre.
En el comedor había otros dos huéspedes, Miss Hobey y Mr. Bonnyman, los
tres estuvieron conversando discretamente mientras esperaban la comida. Miss Jobey
iba vestida de negro y lucía un camafeo en la garganta. Bonnyman vestía un traje de
tweed color moho con un juego de plumas en el bolsillo delantero, Jericho supuso
que debía de ser un técnico de las bombas. La puerta de la cocina se abrió y Mrs.
Armstrong apareció con los platos.
—Por fin —susurró Bonnyman—. Prepárese, muchacho.
—No empieces a ponerla nerviosa otra vez, Arthur dijo Miss Jobey, pellizcándole
el brazo en son de In orna. Bonnyman respondió deslizando la mano por debajo de
la mesa y apretándole la rodilla. Jericho sirvió agua para todos y simuló que no se
percataba.
—Es pastel de patata —anunció Mrs. Armstrong con aire retador—. Lleva salsa. Y
patatas.
Los tres comensales contemplaron sus humeantes platos.
—Parece muy... sustancioso —dijo Jericho al cabo.
La cena transcurrió en silencio. El postre resultó ser una especie de manzana
asada con natillas de polvos. Una vez terminado el postre, Bonnyman encendió su
pipa y proclamó que, como era sábado por la noche, él y Miss Jobey se iban al pub
Eight Bells de Buckingham Road.
—Estaremos encantados si decide acompañarnos -dijo, dando a entender por su
tono que, naturalmente, la compañía de Jericho no iba a encantarles en .absoluto—.
¿Tenía usted planes?
—Muy amables, pero a decir verdad sí tengo planes. O, mejor dicho, un plan.
Cuando los otros se hubieron marchado, Jericho ayudó a Mrs. Armstrong a
recoger los platos y luego salió al patio en busca de su bicicleta. Casi había ano-
checido y el aire prometía escarcha. Las luces todavía funcionaban. Limpió de tierra
el parche blanco reglamentario que llevaba en el guardabarros e hinchó un poco más
los neumáticos.
A las ocho se hallaba de nuevo en su habitación. A las diez y media, Mrs.
Armstrong estaba a punto de dejar su labor para subir a acostarse cuando lo oyó ba-
jar por las escaleras. Abrió la puerta unos milímetros y tuvo el tiempo justo de ver a
Tom Jericho apresurarse por el pasillo y salir a la noche.

La luna desafiaba el apagón antiaéreo como si fuese una linterna azul que
iluminara los campos helados, .11 timbrando lo suficiente para poder andar en
bicicleta. Jericho se levantó del sillín, se apoyó con fuerza en los pedales y fue
columpiándose de un lado a otro a medida que remontaba con esfuerzo la colina a la
salida de Bletchley, persiguiendo su propia sombra, que se recortaba delante, en el
asfalto. A lo lejos oyó el rumor de un bombardero volviendo a casa.
La carretera empezó a nivelarse y Jericho se sentó de nuevo en el sillín. Pese a que
los había hinchado, los neumáticos seguían algo blandos, y las ruedas y la cadena
clamaban por un poco de aceite. Avanzar era duro, pero a él no le importaba. Estaba
pasando a la acción, eso era lo importante. Era lo mismo que descifrar códigos. Por
más desesperada que fuese la situación, la norma siempre era hacer algo. Como decía
Alan Turing, ningún criptograma podía ser resuelto sólo con mirarlo.
Pedaleó unos tres kilómetros más siguiendo el camino vecinal que continuaba
ascendiendo suavemente hacia Shenley Brook End. Más que de un pueblo se trataba
de un villorrio de una docena de casas, en su mayor parte habitadas por trabajadores
agrícolas. Jericho no podía ver los edificios, que estaban al abrigo de una hondonada,
pero al doblar un recodo y percibir el olor a humo de leña supo que debía de estar
cerca.
Antes de llegar al villorrio, a mano izquierda había una brecha en el seto de
espino de donde partía un camino de tierra hasta una casita aislada de las demás.
Tomó el camino y se detuvo, patinando con los pies en el fango helado. Una lechuza,
increíblemente grande, alzó el vuelo de una rama cercana y se alejó aleteando sin
ruido. Jericho miró fijamente la casa. ¿Eran imaginaciones suyas, o había un indicio
de luz en la ventana de la planta baja? Se apeó y empezó a empujar la bicicleta hacia
la casa.
Se sentía maravillosamente sereno. Sobre el techo de paja las constelaciones
parecían las luces de una ciudad; la Osa Menor y Polar, Pegaso y Cefeo, la M chata
de Casiopea con la Vía Láctea fluyendo en medio. Ningún fulgor terrenal oscurecía
su brillo. «Una cosa hay que agradecerle a la guerra —pensó—. Nos ha devuelto las
estrellas.»
La puerta era sólida, tachonada de hierro. Al llamar, fue como golpear una roca.
Al cabo de medio minuto lo intentó otra vez.
—¿ Claire ? ¿ Claire ?
Una pausa, y luego:
—¿ Quién es ?
—Soy Tom.
Tomó aire como preparándose para recibir el golpe. El tirador giró y la puerta se
abrió ligeramente, lo bastante para dejar ver a una mujer de pelo oscuro, en su
treintena, más o menos de la estatura de Jericho. Llevaba unas gafas de montura
redonda y un grueso chaquetón, y tenía en la mano un libro de rezos.
-¿Sí?
Por un momento Jericho quedó sin habla.
—Perdone —dijo—. Estaba buscando a Claire.
—No está en casa.
—¿No? —repitió él, impotente. Recordó entonces que Claire compartía la vivienda
con una mujer llamada Hester Wallace («trabaja en Cabaña 3, es muy mona»), pero
por alguna razón se había olvidado de ella. A Jericho no le pareció tan mona. Era
flaca de cara, y su larga y pronunciada nariz partía sus facciones corno un cuchillo.
El cabello echado hacia atrás dejaba al descubierto una frente ceñuda—. Soy Tom
Jericho. —Ella no reaccionó—. Puede que Claire le haya hablado de mí...
—Le diré que ha venido.
—¿Sabe si volverá pronto?
—No tengo ni idea, lo siento.
La mujer empezó a cerrar la puerta. Jericho metió el pie.
—Oiga, sé que esto es una grosería por mi parte, pero ¿no me dejaría pasar y
esperarla dentro?
La mujer miró el pie que le impedía cerrar la puerta y luego dijo:
—Me temo que no es posible, Mr. Jericho. —Y cerró con fuerza sorprendente.
Jericho retrocedió hacia el camino. Esta contingencia no entraba en sus planes.
Consultó su reloj. Eran poco más de las once. Cogió la bicicleta y la llevó a pie hacia
el camino vecinal, pero en el último momento en lugar de ir hacia la carretera torció
a la izquierda y siguió la línea del seto. Dejó la bicicleta en el suelo y penetró en las
sombras a esperar.
Al cabo de unos diez minutos, la puerta de la casa se abrió y se cerró y Jericho oyó
el traqueteo de una bicicleta sobre el suelo de piedra. Era lo que había pensado: Miss
Wallace se había vestido para salir porque trabajaba en el turno de noche. Un
alfilerazo de luz amarilla se bamboleó brevemente a un lado y otro y luego empezó a
saltar hacia donde él estaba. Hester Wallace pasó a menos de seis metros de él,
subiendo y bajando las rodillas a la luz de la luna, los codos bien abiertos, angulosa
como un paraguas viejo. Se detuvo a la entrada del camino vecinal y se colocó un
brazalete luminoso. Jericho se retiró aún más hacia el interior de los espinos. Medio
minuto después ella había desaparecido. Esperó un cuarto de hora por si había olvi-
dado algo y luego se dirigió de nuevo hacia la casa.
Había una única llave, recargada, de hierro, y lo bastante grande como para abrir
una catedral. Recordó que la guardaban bajo una pizarra encima de la cual había una
maceta. La humedad había alabeado la puerta y Jericho tuvo que empujar con fuerza
para abrirla, arañando un arco en el piso de lajas. Volvió a dejar la llave en su sitio y
cerró la puerta antes de encender la luz.
Sólo había estado en aquella casa una vez, pero no había gran cosa que recordar.
Dos habitaciones en la planta baja: una salita con vigas bajas y, enfrente, una cocina.
A su izquierda, una angosta escalera conducía a un descansillo. El cuarto de Claire
estaba en la parte de delante, mirando al camino. El de Hester daba a la parte de
atrás. El lavabo consistía en un inodoro junto a la puerta trasera, adonde se llegaba
por la cocina. No existía cuarto de baño. En el cobertizo contiguo a la cocina
guardaban una tina de metal galvanizado. Los baños se tomaban ante la estufa. La
casa era fría y estrecha, y olía a moho. Se preguntó cómo lo aguantaba Claire.
«Pero, cariño —solía decir ella—, si es mucho mejor que tener una casera dándote
la lata todo el día...»
Jericho dio unos pasos sobre la alfombra raída y se detuvo. Por primera vez
empezaba a sentirse inquieto. Adondequiera que miraba veía pruebas de una vida
vivida satisfactoriamente sin él: la mal surtida porcelana azul y blanca en la
rinconera, el jarrón lleno de narcisos, los números de Vogue de antes de la guerra,
incluso la disposición de los muebles (las dos butacas y el sofá, convenientemente
cerca del hogar). Todos los pequeños detalles domésticos parecían sugestivos y pre-
meditados.
Él no pintaba nada allí.
Estuvo a punto de marcharse en ese mismo moment o . Lo único que se lo impidió
fue comprobar con cierto patetismo que no tenía otro sitio adonde ir. ¿El Park?
¿Albion Street? ¿Cambridge? Su vida se había I ion vertido en un laberinto de
callejones sin salida.
Decidió que era mejor esperar que volver a huir. Ella no tardaría en llegar.
¡Pero qué frío hacía! Tenía los huesos helados. Empezó a pasearse arriba y abajo
por la habitación, agachándose para no dar con las gruesas vigas. En la chimenea
había ceniza blanca y unos trozos renegridos de madera. Se sentó primero en una
butaca, luego en la Otra. Ahora estaba de cara a la puerta. A su derecha tenía el sofá.
Las fundas eran de una seda a rayas rosadas, y los cojines perdían pluma por todos
lados. Los muelles habían cedido, al sentarse uno se hundía casi hasta el suelo y
luego para levantarse debía hacer un esfuerzo i remendó. Se acordaba del sofá; lo
estuvo mirando largo rato, como un soldado miraría un campo de batalla donde la
guerra había sido irremediablemente perdida.

Salen juntos del tren y toman el sendero en dirección al Park. A su izquierda hay un campo
de deporte que ha sido dividido en parcelas cultivables. A su derecha, al otro lado de la valla,
se ve el familiar grupito de edificios bajos. La gente anda con brío para entrar en calor. La
tarde de diciembre es fría y neblinosa, el día va tornándose crepúsculo.
Ella le dice que ha estado en Londres celebrando su cumpleaños. ¿Cuántos años le calcula?
Él no tiene ni idea. ¿Dieciocho, tal vez?
—Veinte —dice ella con tono de triunfo—. Una vieja. —¿Y él? ¿Qué hacía en Londres?
El no puede decírselo, claro.
—Oh, negocios —-responde—. Sólo negocios.
Ella se disculpa, no debería haberlo preguntado. Le cuesta controlar toda esa «necesidad de
saber». Lleva tres meses en el Park y lo detesta. Su padre trabaja en el Foreign Office y se
valió de chanchullos para colocarla allí e impedir que hiciese diabluras. ¿Cuánto tiempo hace
que está él en el Park?
—-Tres años —contesta Jericho; no debería preocuparse, todo irá bien.
—Sí —dice ella; para él es muy fácil decirlo, pero seguro que está haciendo algo
interesante...
—No mucho —dice Jericho, pero luego piensa que eso suena a aburrido y añade—: Bueno,
sí, bastante interesante.
En realidad, le cuesta seguir la conversación. El hecho de andar al lado de ella es ya
distracción suficiente. Permanecen callados.
Junto a la verja principal hay un cartel de anuncios con propaganda de un concierto de la
Bletchley Park Music Society, interpretando la Ofrenda musical, de Bach.
—Eh, mire eso —dice ella—. Adoro Bach.
Jericho contesta con verdadero entusiasmo que Bach es su compositor favorito. Contento al
fin de haber encontrado un tema de conversación, él se lanza a una larga disertación sobre la
fuga en seis partes de la Ofrenda musical, que al parecer Bach improvisó in situ para el rey
Federico el Grande, una hazaña equivalente a jugar y ganar sesenta partidas de ajedrez
simultáneas a la ciega. Ella seguramente sabrá que la dedicatoria que Bach le escribió al rey
—Regis iussu Cantio et Reliquia Canonica Arte Resoluta— lleva curiosamente el
acrótico RICERCAR, que significa «buscar»...
Pues no, qué raro, ella no lo sabe.
El cada vez más desesperado monólogo los lleva hasta las cabañas, donde ambos se
detienen y, tras otra incómoda pausa, se presentan. Ella le ofrece la mano; su apretón es firme
y cálido, pero sus uñas son una auténtica pena: mordidas, casi en carne viva. Su apellido es
Romilly. Suena bien: Claire Romilly. Él le desea una feliz Navidad y se vuelve, pero ella lo
llama para decirle que, si no le parece muy descarado por su parte, por qué no van juntos al
concierto.
El no sabe, no está seguro...
Ella anota la fecha y la hora encima del crucigrama del Times —27 de diciembre a las
ocho y cuarto— y se lo da a él. Ella comprará las entradas. Se encontrarán allí.
—Por favor no me diga que no —dice, y sin darle tiempo a pensar una excusa, se va.
A Jericho le toca turno la tarde del 27 pero no sabe dónde localizarla para decirle que no
puede ir al concierto. Claro que, por otro lado, se da cuenta de que sí tiene ganas de ir. Echa
mano de un favor que le debe Arthur de Brooke y se pone a esperar frente a la sala de
reuniones. Espera y espera. Finalmente, cuando todo el mundo ha entrado y él está a punto de
rendirse, ella surge corriendo de la oscuridad y le pide disculpas con una sonrisa.
El concierto es mejor de lo que él esperaba. Todos los miembros del quinteto trabajan en el
Park y habían tocado profesionalmente. El clavecinista es especialmente bueno. Las mujeres
del público llevan vestidos de tarde, los hombres, traje. De repente, y que él recuerde, por
primera vez la guerra parece estar muy lejos. Mientras las últimas notas del tercer canon
(«Per Motum contrarium») se desvanecen en el aire, él se arriesga a volver la vista hacia
Claire y descubre que ella está mirándolo. Entonces Claire le toca el brazo y al empezar el
cuarto canon («Per Augmentationem, contrario Motu») él ya no sabe dónde está.
Después tiene que regresar directamente a la cabaña, pues ha prometido estar de vuelta
antes de medianoche.
—Pobre Mr. Jericho —dice ella—. Igual que Cenicienta...
Pero a sugerencia de ella quedan para ir al concierto de la semana siguiente —Chopin—, y
cuando éste termina bajan paseando hasta la estación para tomar un cacao en la cafetería.
—Bueno —dice ella. Al volver del mostrador con dos tazas de espuma marrón—, ¿qué
más puede contarme de usted?
—¿De mí? Oh, soy muy aburrido.
—A mi no me lo parece. De hecho, he oído rumores de que es usted una lumbrera. —
Enciende un cigarrillo y él vuelve a percatarse de su personal manera de inhalar, casi como si
tragara el humo para luego sacarlo por las ventanas de la nariz. ¿Será una nueva moda?, se !
pregunta. Ella añade—: Imagino que está casado.
—Oh, no, por Dios —responde él, que casi se atraganta con el cacao—. Bueno, quiero
decir, si yo apenas...
—¿Alguna novia? ¿Amiga?
—Se está burlando de mí—dice él. Saca un pañuelo y se limpia la barbilla.
—¿Hermanos?
—No, no.
—¿Padres? Hasta usted debe de tener padres.
—Sólo uno vive.
—Yo estoy igual—dice ella—. Mi madre murió.
—Lo que habrá sufrido. Lo siento. La mía, en cambio, está vivita y coleando.
Y así continúa el hasta ese momento desconocido placer de hablar de uno mismo. Los
ojos grises de ella no se apartan de su rostro. Los trenes pasan en la oscuridad dejando una
estela de humo, hollín y aire caliente. La gente viene y va. «¿ Qué más da que estemos sin
luz? —canta un vocalista en la radio que hay en el rin-eón—-, la luna no la pueden
apagar...» El empieza a contarle cosas de las que nunca había hablado; sobre la muerte de su
padre y la segunda boda de su madre; sobre su padrastro (hombre de negocios, no le cae
bien), su descubrimiento de la astronomía y luego de las matemáticas...
—¿Y su trabajo actual? —pregunta ella—. ¿Lo hace feliz?
—¿Feliz? —Él coge la taza de cacao para calentarse las manos y considera la pregunta—.
Yo no diría eso. Es muy absorbente, da incluso demasiado miedo, según se mire.
—¿Miedo? —Los enormes ojos se agrandan aún más—. ¿Miedo a qué?
—A lo que podría pasar... —«Deja de presumir», se dice él—. A lo que pasaría si uno se
equivoca, supongo.
Ella enciende otro cigarrillo.
—Está en Cabaña 8, ¿verdad? ¿Cabaña 8 es la sección naval?
Esto lo hace reaccionar de golpe. Mira rápidamente alrededor. En la mesa de al lado hay
una pareja haciendo manitas. Cuatro aviadores están jugando a car-las. Una camarera con un
delantal grasiento saca brillo al mostrador. Nadie parece haberlo oído.
—Ya que lo menciona —dice él de inmediato—, creo que es hora de regresar.
En la esquina de Church Green Road y Wilton Avenue ella lo besa brevemente en la
mejilla.
La semana siguiente será Schumann, seguido de pudín de riñones y brazo de gitano en el
restaurante de Bletchley Road («dos platos, once peniques») y esta vez le toca el turno de
hablar a ella. Su madre murió cuando tenía seis años, y su padre la llevó de embajada en
embajada. La familia ha sido una procesión de niñeras e institutrices. Al menos ha aprendido
idiomas. Ella quería alistarse en la marina, pero su padre no la dejó.
Jericho pregunta cómo era Londres durante los bombardeos.
—Muy divertido, la verdad. Podías ir a muchos sitios. Al Milroy, al Four Hundred.
Había como un extraño alborozo generalizado. Todos hemos tenido que aprender a vivir el
presente, ¿no cree usted?
Al despedirse, ella le da otro beso; sus labios en una mejilla, su mano en la otra.
Reconsiderando el pasado, debe de ser por esta época, hacia mediados de enero, cuando él
empieza a anotar sus síntomas, pues es ahora cuando da comienzo su desequilibrio. Despierta
con un suave sentimiento de euforia. Entra silbando en la cabaña. Entre dos turnos da largos
paseos alrededor del lago, se lleva pan para los patos; es sólo por hacer ejercicio, se dice, pero en
realidad lo hace para de ese modo poder verla, y así ocurre por dos veces, en una de las cuales
ella advierte su presencia y lo saluda con el brazo.
Para su cuarta cita (quinta, si contamos su encuentro en el tren) ella insiste en hacer algo
distinto, de modo que van al cine County de High Street a ver Sangre, sudor y lágrimas, la
nueva película de Noël Coward.
—¿Y pretendes que me crea que nunca has estado aquí?
Hacen cola para comprar las entradas. La película sólo se proyecta un día y la cola da la
vuelta a la esquina y sigue por Aylesbury Street.
—Que no, de veras, no.
—Caray, Tom, mira que eres raro. Yo creo que me moriría en Bletchley si no pudiera ir al
cine.
Se sientan en una de las últimas filas y ella le toma del brazo. La luz del proyector allá
arriba hace un calidoscopio de azules y grises en el polvo y el humo de tabaco. La pareja que
tienen al lado se está besando. Una mujer ríe por lo bajo. Una fanfarria de trompetas anuncia
el noticiario: en la pantalla, largas columnas de prisioneros alemanes, en número incalculable,
avanzan por la nieve, mientras la voz del relator habla con entusiasmo de los logros del
Ejército Rojo en el frente oriental. Aparece Stalin repartiendo medallas, lo que provoca la
ovación de los espectadores. Alguien grita: «¡Tres hurras por el tío José!» Las luces se
encienden, menguan otra vez, y Claire le aprieta el brazo. Empieza el largometraje —«Esta es
la historia de un barco»— con Coward como capitán inverosímilmente afable de la armada. *
Barco en llamas, señor... Torpedo a estribor... Sigan disparando...» En el clímax de la batalla
naval, Jericho observa el parpadeo de las explosiones de celuloide en los rostros traspuestos, y
cae en la cuenta de que él forma parte de todo eso —una parte distante, vital— y que nadie lo
sabe ni lo sabrá nunca... Tras los créditos finales suena el Dios salve al rey por los altavoces
y todo el mundo se pone de pie. La emoción es tan intensa que muchos comienzan a cantar.
Han dejado las bicicletas en un callejón contiguo al cine. Unos pasos más allá se ve una
forma frotándose contra la pared. Al aproximarse ven que se trata de un soldado que cubre
con un sobretodo a una chica. Ella tiene la espalda pegada al ladrillo. Vuelve hacia ellos su
pálida cara y los mira como un animal en su madriguera. Los movimientos cesan mientras
Claire y Jericho cogen sus bicicletas, y luego se reanudan.
—Qué manera más curiosa de comportarse —dice él sin pensar, y para su sorpresa Claire
estalla en carcajadas—. ¿Qué pasa?
—Nada —responde ella.
Están en la acera con sus bicis, esperando a que pase un camión militar con los faros
amortiguados; al enfilar Watling Street hacia el norte se oye el rechinar del cambio de marcha.
Ella deja de reír.
—¿Por qué no vienes a ver mi casa, Tom? —Claire lo dice casi lastimeramente—. No es
tarde. Me encantaría enseñártela.
A él no se le ocurre ninguna excusa, no quiere pensar en excusas. Cruzan la ciudad en
bicicleta, ella va en cabeza. Durante un cuarto de hora no se dicen nada y él empieza a
preguntarse hasta dónde lo piensa llevar. Por fin, cuando van bajando a rueda libre por el
sendero que conduce a la casa, ella vuelve ligeramente la cabeza y pregunta:
—¿No te parece una preciosidad?
—Oh, bueno, es muy original.
—No seas malo, Tom —dice ella, fingiéndose dolida. Le explica que encontró la casa hecha
una ruina, y que convenció al propietario, un agricultor local, para que se la alquilara. El
mobiliario, de un suntuoso barato, procede de la casa de una tía suya en Kensington, cerrada
cuando comenzaron los bombardeos alemanes y que ya no se volvió a abrir.
La escalera cruje de forma tan alarmante que Jericho se pregunta si el peso de los dos no la
arrancará de la pared. La casa está que se cae, y hace un frío tremendo.
—Aquí es donde duermo —dice ella.
Jericho la sigue a un cuarto de tonos rosados y cremas, atiborrado de sedas, plumas y pieles
de las de antes de la guerra; parece un gran camerino. Una tabla suelta del suelo lanza un
pistoletazo bajo los pies de él. Hay tantas cosas que la vista no puede registrarlas todas, tantas
cajas de sombreros y de zapatos, alhajas, frascos de cosmético... Claire se quita el abrigo, lo
deja caer al suelo y se lanza de espaldas a la cama. Luego se apoya en los codos y se quita los
zapatos de sendos puntapiés. Da la sensación de que se lo pasa bien.
—¿ Y esto qué es? —Jericho, en plena confusión, se luí refugiado en el descansillo y mira
la otra puerta.
—Ah, es el cuarto de Hester —responde ella desde dentro.
—¿Hester?
—Un monstruo burocrático descubrió mi guarida y preguntó si tenía otro dormitorio para
compartir. Y entonces vino Hester. Trabaja en Cabaña 6. Es una chica muy mona. Creo que
está un poco loca por mí. Echa una ojeada. A ella no le importará.
Él llama a la puerta. Nadie contesta, la abre. Otro cuarto pequeño, pero éste muy
espartano: una cuja de latón, una jarra y una jofaina en un lavamanos, unos libros apilados
sobre una silla. Primer Curso de Alemán. Lo abre y lee: «Der Rhein ist etwas langer als
die Elbe» (El Rin es un poco más largo que el Elba). Oye el pistoletazo de la tabla detrás de él
y Claire le quita el libro de las manos.
—No fisgues, que no está bien. Ven, vamos a entender fuego y a tomar algo.
Una vez abajo, él se arrodilla ante el hogar y hace una pelota con unas páginas del Times.
Forma una pirámide de leña menuda, pone encima un par de troncos pequeños y enciende el
papel. La chimenea tiene un tiro atroz, y chupa el humo entre rugidos.
—Pero si ni siquiera te has quitado el abrigo.
El se pone de pie, sacudiéndose el polvo, y se vuelve para mirarla. Falda gris, jersey de
cachemira azul marino, una ristra de perlas de un blanco lechoso en su garganta color crema:
el ubicuo e inmutable uniforme de la mujer inglesa de clase alta. Ella, de todos modos,
consigue parecer muy joven y muy madura a la vez.
—Ven. Yo lo haré.
Deja las copas y empieza a desabrocharle el abrigo.
—En serio, Tom —susurra—, no me digas que no sabías lo que estaban haciendo ésos
detrás del cine.
Incluso descalza es tan alta como él.
—Pues claro que lo sabía...
—Las chicas de Londres lo llaman ahora un «emparedado». ¿ Tú qué piensas? Dicen que
así no puedes quedar embarazada...
Instintivamente, él la envuelve en su abrigo. Ella le pasa los brazos por la espalda.

Maldita sea, maldita sea.


Cayó de bruces al suelo y las imágenes se esparcieron en el frío piso de piedra,
rotas. Paseó un par de veces por la escuchimizada salita y luego fue a la cocina. Todo
estaba limpio y en su sitio. Supuso que eso no le tocaba hacerlo a Claire sino a
Hester. La estufa había estado quemando a muy baja intensidad y estaba tibia al
tacto, pero Jericho resistió la tentación de echar un poco más de carbón. Era la una
menos cuarto. ¿Dónde le habría metido ella? Volvió a la salita, al pie de las escaleras
dudó por un instante y luego empezó a subir. El yeso de las paredes estaba húmedo
y se desprendía bajo sus dedos. Decidió probar primero el cuarto de Hester. Estaba
exactamente como seis semanas atrás. Un par de juiciosos zapatos junto a la cama.
Un armario lleno de ropa oscura. El mismo libro de alemán. «An seinen Ufern sind
Berge, Felsen und malerische Schlosser aus den ältesten Zeiten» (En sus riberas hay
montes, rocas y castillos pintorescos de épocas antiguas). Lo cerró y volvió a salir al
rellano.
El cuarto de Claire. Al fin.
Tenía muy claro lo que iba a hacer, pese a que la conciencia le decía que estaba
mal y la lógica le decía (que era una estupidez. Y él aceptaba ambas cosas. Como
todo buen chico había aprendido su Esopo, y sabía que «el que escucha nunca oye
cosas buenas de sí mismo», pero mientras empezaba a abrir cajones, se preguntó
desde cuándo tan juiciosa idea había detenido a alguien.
Una carta, un diario, un mensaje, algo que pudiera decirle por qué; tenía que
verlo, era preciso, aun cuando el consuelo que pudiese reportarle fuera nulo. ¿Dónde
estaba ella? ¿Estaba con otro? ¿Estaría haciendo lo que todas las chicas de Londres
llamaban ahora un emparedado?
De pronto le entró un sentimiento de rabia y empezó a arrasar la habitación como
un ladrón, sacando cajones y volcando su contenido, cogiendo alhajas y chucherías
de los estantes, tirando la ropa de ella al suelo, retirando las sábanas y las mantas de
su cama y arrancando el colchón, levantando nubes de polvo y perfume y plumas de
avestruz.
Diez minutos después se arrastró hasta un rincón y apoyó la cabeza en un montón
de sedas y pieles.
«Eres una ruina mental —había dicho Skynner—. Ya has reventado una vez.
Busca alguien más idóneo que la persona con quien estabas saliendo.»
Skynner sabía algo, y Logie parecía saberlo también. ¿Cómo la había llamado?
¿Rubia platino? ¿Acaso lo sabían todos? ¿Puck, Atwood, Baxter, todo el mundo?
Era preciso marcharse, alejarse del olor de su perfume y de la visión de su ropa.
Y fue eso lo que lo cambió todo, pues cuando ya estaba en el rellano, con la
espalda apoyada en la pared y los ojos cerrados, se dio cuenta de que había olvidado
una cosa.
Volvió lenta y resueltamente al cuarto de Claire. Silencio. Cruzó el umbral y
repitió la acción. Se puso de rodillas. Una de las alfombras de la tía de Kensington
cubría parcialmente el suelo, una cosa oriental, manchada y elegantemente raída.
Sólo medía unos dos M u i r o s cuadrados. La enrolló y la dejó sobre la cama. I as
tablas que había debajo de la alfombra estaban dobladas por los años, gastadas,
aseguradas mediante clavos herrumbrosos, incólumes durante dos siglos... excepto
en un punto, donde un trecho más corto del viejo entablado, de unos cuarenta y
cinco centímetros de largo, estaba fijado mediante cuatro modernísimos y muy
relucientes tornillos. Jericho dio una palmada de triunfo en el suelo.
«¿Alguna otra cosa que desee usted hacerme notar, Mr. Jericho?
»—Sí. El curioso episodio de la tabla que cruje.
»—Pero si la tabla no ha crujido.
»—Por eso es curioso.»
Entre la confusión que había organizado no pudo encontrar ninguna herramienta.
Bajó a la cocina y bus-CÓ un cuchillo. Tenía el mango de nácar con una R grabada en
él. Perfecto. Cruzó la salita casi volando. I a punta del cuchillo entró en la cabeza del
tornillo y la rosca cedió fácilmente. Lo mismo los otros tres. Al levantar la tabla pudo
ver la crin y el yeso del techo de la planta baja. La cavidad debía de tener unos
quince centímetros de profundidad. Se quitó el abrigo y la chaqueta y se remangó. Se
tumbó de lado e introdujo la mano en el hueco. Al principio no sacó otra cosa que
escombros, trozos de yeso viejo y pedacitos de ladrillo, pero siguió insistiendo hasta
que, por fin, soltó Un grito de júbilo cuando su mano tocó papel.

Volvió a ponerlo todo en su sitio lo mejor que pudo. Colgó de nuevo la ropa de las
vigas, apiló la ropa interior y las bufandas en sus cajones y devolvió los cajones a la
cómoda de caoba. Amontonó la bisutería en el estuche de piel y desplegó con maña
el resto de las chucherías en los estantes, junto con los frascos, botes y cajitas, la
mayor parte de los cuales estaban vacíos.
Todo ello lo hizo mecánicamente, como un autómata.
Arregló la cama, apartando la alfombra y alisando luego el edredón; echó encima
el cubrecamas de puntilla que quedó ajustado como una red. Luego se sentó en el
borde del colchón y examinó el cuarto. No estaba mal. Por supuesto, cuando ella
empezase a buscar cosas sabría que alguien había estado tocándolas, pero a primera
vista todo parecía estar como antes, a excepción del agujero en el suelo, claro. Aún
no sabía qué hacer al respecto. Dependía de si volvía a guardar o no los mensajes
interceptados. Los sacó de debajo de la cama y volvió a estudiarlos.
Eran cuatro, en hojas de tamaño estándar, de veinte por veinticinco. Sostuvo uno
de ellos a la luz. Papel barato del que en Bletchley utilizaban a toneladas. Jericho casi
pudo visualizar un bosque petrificado en su basta textura amarillenta; las sombras
de los tallos, los débiles perfiles de corteza y helecho.
En la esquina superior izquierda de cada señal constaba la frecuencia en que había
sido transmitida —12.260 kilociclos por segundo— y en la esquina izquierda su HI,
hora de interceptación. Los cuatro habían sido enviados en rápida sucesión el día 4
de marzo, sólo nueve días atrás, a intervalos de unos veinticinco minutos, el primero
a las nueve y media de la noche y el cuarto poco antes de la medianoche. Cada uno
tenía su señal de llamada —ADU— y luego unos doscientos grupos de cinco letras.
Eso ya era una pista importante. Quería decir, al menos, que no eran navales: las
señales de la Kriesgmarine eran transmitidas en tetragramas sucesivos, de modo que
debían de ser de la Luftwaffe o del ejército alemán.
Claire tenía que haberlas robado de Cabaña 3.
La enormidad de lo que aquello implicaba sorprendió a Jericho por segunda vez
como un puñetazo en el estómago. Dispuso los papeles sobre la almohada i intentó
con toda su alma, como un abogado defensor, dar con una explicación inocente.
¿Una travesura poco afortunada? Ella, desde luego, no prestaba [Link] atención
a la seguridad, como aquel día en que habló en voz alta de Cabaña 8 en la estación,
exigiendo saber en qué trabajaba él, intentando decirle qué hacía illa. ¿Una
provocación? Quizá, también. Era capaz de cualquier cosa. Pero aquel agujero en el
suelo, la fría deliberación que ello implicaba, ridiculizaba estrepito-IImiente su
defensa.
Un ruido de pasos en la planta baja lo sacó de su ensueño y le hizo ponerse de pie
de un salto.
«Hola», dijo con voz que pretendía sugerir más valor del que tenía. Se aclaró la
garganta. «¿Hola?», repinó, y entonces oyó otro ruido, esta vez una pisada, seguro, y
seguro también que fuera de la casa. Sintió una descarga de adrenalina. Corrió hasta
la puerta del dormitorio y apagó la luz. La única iluminación en toda la I .usa
procedía de la salita. Si alguien subía por la escale-i a, él podría ver su silueta y a la
vez permanecer oculto. Pero no pasó nada. ¿Estarían tratando de entrar por de-irás?
Se sentía terriblemente vulnerable. Bajó con cautela por las escaleras, dando un
respingo a cada crujido. I ,o sorprendió una ráfaga de aire frío.
La puerta principal estaba abierta.
Saltó la última media docena de escalones y salió corriendo, a tiempo para ver la
luz trasera de una bicicleta alejarse por la pista de tierra para perderse camino abajo.
Empezó a perseguirla, pero al cabo de veinte pasos renunció a la caza. Era
imposible alcanzar al ciclista.
Había helado. En todas direcciones el suelo despedía un brillo pálido. Las
desnudas ramas de los árboles se recortaban contra el cielo, semejantes a vasos
sanguíneos. En el hielo había dos huellas gemelas de neumáticos. Las siguió de
nuevo hacia la puerta, donde terminaban en una serie de nítidas huellas de pisadas.
Nítidas y grandes, de hombre.
Jericho permaneció un buen rato mirándolas, sin dejar de tiritar, iba en mangas de
camisa. Desde el bosquecillo cercano llegó el ulular de un búho, y a Jericho le pareció
que su voz tenía el ritmo del Morse: di-di-di-da, di-di-di-da.
Entró rápidamente en la casa.
Fue al piso de arriba y enrolló los mensajes. Abrió con los dientes un pequeño
agujero en el forro de su abrigo y metió los criptogramas dentro. Luego atornilló a
toda prisa las tablas y colocó de nuevo la alfombra. Se puso la chaqueta y el abrigo,
apagó las luces, cerró la puerta con llave y guardó ésta en su sitio.
Las ruedas de su bicicleta añadieron un tercer juego de huellas en el hielo.
Al llegar al camino vecinal se detuvo y se volvió a mirar la casa a oscuras. Tuvo la
sensación —«tonterías», se dijo— de que alguien estaba observándolo. Miró al-
rededor. Una ráfaga de viento se coló entre los árboles; en el seto de endrino que
tenía cerca bailotearon unos tintineantes carámbanos.
Jericho tiritó de nuevo, volvió a montar en la bicicleta y enfiló la loma rumbo al
sur, hacia Orión y Proción, y hacia Hidra, que pendía sobre Bletchley Park como un
cuchillo en la noche.
IV
BESO

BESO: coincidencia de dos diferentes criptogramas, cada uno transmitido en una cifra
diferente pero conteniendo ambos el mismo texto claro, de manera que la solución de uno
conduce a la solución del otro.
Diccionario de criptografía («Máximo secreto», Bletchley Park, 1943)
1

No sabe qué lo ha despertado; un sonido débil, algo me al moverse en el aire lo saca de las
profundidades tic sus sueños y tira de él hacia la superficie.
Al principio su habitación en penumbra le parece totalmente normal —la conocida verga
negrísima de la viva baja de roble, las grises llanuras de paredes y techo— pero entonces
advierte que de los pies de la cama If eleva una luz tenue.
—¿ Claire? —dice, incorporándose—. ¿ Cariño?
—No pasa nada, cielo. Sigue durmiendo.
—¿Se puede saber qué haces?
—Sólo estoy echando una ojeada a tus cosas.
—¿Que estás... qué?
Tantea en la mesita de noche y enciende la lámpara. Su despertador le dice que son las tres
y media.
—Así está mejor —dice ella, y apaga la linterna—. Este trasto no sirve para nada.
Y, en efecto, está haciendo lo que acaba de decir. A excepción de la camisa de él, no lleva
nada encima, y está de rodillas examinando su cartera. Extrae de ella dos billetes de una libra,
le da la vuelta y la sacude en el aire.
—¿Y fotos? —dice.
—Aún no me has dado ninguna.
—Tom Jericho —dice ella con una sonrisa, restituyendo los billetes—. Declaro
rotundamente que estás volviéndote un zalamero.
Le registra los bolsillos de la chaqueta, del pantalón, se arrastra de rodillas hasta la
cómoda. El cruza las manos detrás de la cabeza, se apoya en la cuja de hierro y la mira. Es la
segunda vez que se acuestan —una semana después de la primera— y ante la insistencia de
ella no lo han hecho en su casa sino en el cuarto de él, colándose por detrás de la barra de la
posada White Hart y subiendo por la chirriante escalera. La habitación de Jericho está
separada del resto de la casa, de modo que no hay peligro de que los oigan. Sus libros están
alineados en lo alto de la cómoda. Los coge de uno en uno, les da la vuelta y los hojea
minuciosamente.
¿Le parece a él raro todo esto? No, en absoluto. Sencillamente lo encuentra divertido,
halagador incluso, un paso más en su intimidad, una continuación de lo demás, parte del
sueño despierto en que su vida se ha convertido, bajo las reglas del sueño. Además, ella no
tiene secretos para él, o al menos Jericho asilo cree.
Ella encuentra el papel de Turing y lo examina.
—¿ Qué es eso de números racionales con aplicación al Entscheidungsproblem, dicho
en cristiano?
Él anota mentalmente con sorpresa su perfecta pronunciación del alemán.
—Es una máquina teórica capaz de un número infinito de operaciones numéricas.
Confirma las teorías de Hilbert y cuestiona las de Godel. Vuelve a la cama, cariño.
—Pero es sólo una teoría, ¿no?
Él suspira, da una palmada en el colchón, a su lado —duermen en una cama individual—
y dice:
—Turing cree que no hay razón intrínseca para que una máquina no pueda ser capaz de
hacer lo que hace un cerebro humano. Calcular, comunicar, escribir un soneto.
—¿ Enamorarse...?
—Suponiendo que el amor sea lógico.
—¿Lo es?
—Ven a la cama. —Y este Turing, ¿trabaja en el Park?
Él no dice nada. Ella mira con aprensión toda aquella sarta de números impresos en el
papel. Luego w lo pone entre los libros y abre un cajón de la cómoda. 1 / inclinarse la camisa
se le sube un poco. La parte inferior de su espalda es como una mancha blanca entre H5
sombras. Él se queda mirando hipnotizado ese muelle triángulo de carne en la base de sus
vértebras mientras ella sigue fisgando en la ropa.
—Ah —exclama—, mira lo que he encontrado. Saca un trocito de papel—. Un cheque de
cien libras virado sobre los fondos para imprevistos del Foreign Office, y extendido a tu
nombre...
—Dame eso.
—¿Por qué?
—Guárdalo.
En menos de dos segundos él cruza la habitación y está al lado de Claire, pero ella es más
rápida. Se pone de puntillas, sosteniendo el cheque en alto, y —cosa absurda— sólo es un
centímetro más alta que Jericho. El dinero ondea como un banderín lejos de las manos de él.
—Sabía que encontraría algo. Vamos, cielo, explícate.
Jericho debería haber ingresado el maldito cheque hacía semanas. Lo ha olvidado por
completo.
—Claire, por favor...
—Debes haber hecho algo muy importante en esa cabaña donde trabajas. ¿Un nuevo
código, quizá? ¿Es eso? ¿Has descifrado un nuevo código, mi listísimo amor?
Ella puede ser un poco más alta, más fuerte incluso, pero él tiene la ventaja de la
desesperación. Le agarra del bíceps, le baja el brazo y se lo retuerce. Forcejean un poco y
entonces la arroja de espaldas sobre la cama. Le arranca el cheque de sus dedos de uñas
mordidas y retrocede con el papel en la mano.
—No tiene gracia, Claire. Hay cosas que no tienen gracia.
Permanece un instante sobre la burda esterilla, desnudo, flaco, jadeando por el esfuerzo.
Dobla el cheque y lo guarda en su cartera, la cartera en su chaqueta, y se vuelve para colgar la
chaqueta en el armario. Al hacerlo, advierte a sus espaldas un sonido peculiar, un espantoso
ruido animal, a medio camino entre un resuello y un sollozo. Ella se ha acurrucado en la cama
con las rodillas sobre el abdomen y los antebrazos pegados a la cara.
«Pero ¿qué he hecho?», se pregunta él. Empieza a balbucir una disculpa. No quería
asustarla, menos aún hacerle daño. Se acerca a la cama y se sienta a su lado. A modo de
ensayo, la toca en el hombro. Ella no parece notarlo. El intenta atraerla hacia sí, ponerla boca
arriba, pero se ha quedado rígida como un cadáver. Los sollozos hacen temblar la cama. Es
como si tuviera un ataque. Ha traspasado el umbral de la pena; ahora está muy lejos de él, que
añade—: Bueno, bueno.
Como no puede sacar las mantas de debajo de Claire, coge el abrigo, la cubre con él y luego
se acuesta a su lado, tiritando en la noche de enero mientras le acaricia el cabello.
Así permanecen durante media hora, hasta que por fin, serena ya, ella se levanta de la
cama y empieza a vestirse. Jericho no se atreve a mirarla y no es tan tonto como para decirle
algo. Sólo oye sus pasos por la habitación a medida que va recogiendo sus ropas esparcidas.
Luego la puerta se cierra sin ruido. Cruje la escalera. Un minuto después oye a Claire
alejarse de la [Link] empujando su bicicleta.
Y entonces empieza para él la pesadilla.
Primero lo asalta la culpa, la más corrosiva de las emociones, más aún que los celos
(aunque los celos vendían a añadirse a la mezcla días después, cuando él la r casualmente por
Bletchley con un hombre al que no reconoce; el hombre podría ser cualquiera, por supuesto un
primo, un amigo, un colega—, pero como es lógico su imaginación no puede aceptar tal cosa.
¿Por qué reaccionó tan mal ante una provocación insignificante? Al fin y al cabo el cheque
podía ser un premio por cualquier cosa. No tenía por qué contarle la verdad. Ahora que no la
tenía delante se le ocurrían cien explicaciones plausibles. ¿Qué había hecho para provocar en
ella semejante pánico? ¿Qué horrible recuerdo habría despertado?
Jericho gruñe y se cubre la cabeza con las mantas.
A la mañana siguiente lleva el cheque al banco y lo cambia por veinte nuevos, grandes y
crujientes billetes de veinte libras. Luego sale a buscar la triste joyería de Bletchley Road y
una vez allí pide un anillo cualquiera que valga, eso sí, cien libras, a lo que el joyero —una
especie de hurón con gafas de culo de botella, que no puede creer en su suerte— le saca un
diamante que vale menos de la mitad de esa suma. Jericho lo compra.
Hará las paces con ella. Se disculpará. Todo va a arreglarse.
Pero Jericho no tiene suerte. Ahora es víctima de su propio éxito. Un mensaje de Tiburón
revela que un petrolero submarino alemán —el U-459, al mando del Korvettenkäpitan Von
Williamowitz-Mollendorf, con setecientas toneladas de combustible a bordo— debe reunirse
con el submarino italiano Kalvi a trescientas millas al este de Saint Paul's Rock, en medio del
Atlántico, para reabastecerlo. Y algún imbécil del almirantazgo, olvidando que no debe
emprenderse acción alguna que pueda poner en peligro el secreto de Enigma, ordena a una
escuadra de destructores que lo intercepte. El ataque se lleva a cabo. Fracasa. El U-459 escapa.
Y Dönitz, el zorro astuto en su madriguera de París, empieza á sospechar de inmediato. La
tercera semana de enero, Cabaña 8 descifra una serie de señales ordenando a toda la flota de U-
boote que estreche sus medidas de seguridad. El tráfico de Tiburón empieza a menguar.
Apenas tienen material con que alimentar las bombas. En Bletchley son cancelados todos los
permisos. Turnos de ocho horas que pasan a ser de doce, de dieciséis... La batalla diaria por
descifrar los códigos recupera la misma pesadilla de los tiempos del bloqueo de Tiburón, y todas
las espaldas prueban el furioso látigo de Skynner.
En cuestión de una semana, Jericho ha pasado di un verano perpetuo a un invierno
interminable. Sus mensajes a Claire, de súplica y arrepentimiento, se pierden en un vacío sin
respuesta. No puede salir del trabajo para ir a verla. No puede trabajar. No puede dormir. Y
no tiene a nadie a quien contárselo. ¿A Logie, distante y distraído tras su pantalla de humo?
¿A Baxter, que consideraría su flirteo con Claire Romilly como una traición al proletariado?
¿A Atwood —¡Atwood!— cuyas aventuras sexuales se han limitado a llevarse a Brancaster
de fin de semana a los estudiantes más guapos, para que éstos descubran rápidamente que las
puertas de todos los baños se han quedado sin cerradura? Puck habría sido una posibilidad,
pero Jericho ya imaginaba su consejo —«Sal con otra, Tom, y tíratela»— y cómo iba él a
admitir la verdad: que no quería «tirarse» a nadie más, que nunca se había «tirado» a nadie
más?
El último día de enero, mientras compra su ejemplar del Times en el quiosco de Brinklow
en Victoria Road, Jericho la ve, a lo lejos, con otro hombre y se oculta en un portal para que
no advierta su presencia, {parte de eso, nunca coinciden: el Park se ha vuelto demasiado
grande, hay demasiados cambios de turno. Finalmente no ve otra salida que esperar en el ca-
mino que pasa por delante de su casa de campo, como w juera un mirón. Pero al parecer
Claire ya no va a su casa.
Y entonces, un día, se tropieza con ella.
Es el lunes 8 de febrero, a las cuatro en punto. El Tigresa andando a la cabaña desde la
cantina; ella es una más en el río de trabajadores que circula hacia la verja al término del
turno de tarde. El ha estado ensayando mucho para ese momento, pero todo lo que puede
hacer es balbucir una queja:
—¿Por qué no contestas mis cartas?
—Hola, Tom.
Ella trata de seguir andando, pero él no está dispuesto a soltarla. Tiene una pila de
mensajes de Tiburón esperando en su escritorio, pero le da igual. La coge del brazo.
—Necesito hablar contigo.
Sus cuerpos bloquean el paso. La gente pasa junto a ellos como un río en torno a una roca.
—Cuidado —dice alguien.
—Tom —dice Claire entre dientes—, ¿no ves que estás haciendo una escena?
—Está bien. Salgamos de aquí.
Jericho tira de ella con insistencia, y Claire cede finalmente de mala gana. El propio
impulso de la gente los lleva más allá de la verja, hacia la carretera. El sólo piensa en poner
tierra por medio entre ellos y el Park. No sabe cuánto rato han andado —quince minutos,
quizá veinte— hasta que, finalmente, las aceras quedan desiertas y están en el extrarradio de
la ciudad. La larde es fría y despejada. A los lados, unos sucios setos de alheña ocultan villas
residenciales cuyos jardines de guerra están llenos de gallineros y semienterrados refugios
antiaéreos, con sus techos de hierro acanalado.
Ella se zafa de su presa.
—Esto no tiene sentido.
—¿Sales con alguien más? —Él apenas si se atreve a preguntarlo.
—Siempre se sale con alguien.
Jericho se detiene pero ella sigue andando. Él la alcanza unos cincuenta metros más
adelante. Las casas se han terminado y ahora están en una especie de tierra de nadie entre la
ciudad y el campo, en el extremo occidental de Bletchley, donde la gente va a tirar sus desper-
dicios. Unas gaviotas alzan el vuelo entre gritos, como un torbellino de papel que levantara el
viento. La carretera se ha reducido a un camino de tierra que, pasando bajo la vía, lleva a
unos viejos hornos de ladrillo victo-ríanos. Tres chimeneas de ladrillo rojo, como si de un
crematorio se tratase, se elevan quince metros sobre el suelo. Hay un letrero que reza: POZO
DE ARCILLA ANEGADO — AGUA MUY PROFUNDA.
Claire se arrebuja en su abrigo y tirita.
—¡Qué sitio más horrible! —exclama, pero sigue andando.
Durante unos diez minutos los hornos abandonados les sirven de grata distracción. Vagan
entre los hornos y talleres en ruinas sumidos en un silencio que es casi agradable. Parejas de
enamorados han grabado sus iniciales en las desmoronadas paredes. El suelo está cubierto de
restos de ladrillo y mampostería. Las ruinas chamuscadas de varios edificios —sin duda hubo
un incendio— se elevan hacia el cielo y Jericho se pregunta si los alemanes habrían
bombardeado el lugar tomándolo por una fábrica. Se vuelve para comentárselo a Claire, pero
ella ha desaparecido.
La encuentra juera, de espaldas, mirando hacia el pozo de arcilla. Éste es enorme, de unos
cuatrocientos metros de diámetro. La superficie del agua es negra tomo el carbón, y su
quietud insinúa inimaginables profundidades.
—Tendría que volver —dice Claire.
—¿Qué quieres saber? —pregunta él—. Te diré lo que quieras.
Y lo hará, si ella se lo pide. No le importan la segundad ni la guerra. Le hablará de
Tiburón, de Delfín y de Marsopa. Le explicará todos los trucos, las cribas, los secretos. Y le
hará un boceto de cómo funcionan las bombas, si es lo que ella quiere. Pero Claire se limita a
decir:
—Espero, Tom, que no te pondrás pesado.
Pesado. ¿Eso es lo que es? ¿Un pesado?
—Espera —le dice él—, al menos toma esto.
Le entrega la cajita con el anillo. Ella la abre y ladea la piedra para que le dé la luz. Luego
cierra el estuche y se lo devuelve.
—No es de mi estilo.
—Pobrecito —recuerda él que Claire dice más tarde—. Realmente estás loco por
mí, ¿verdad? Pobrecito...
Y llegado el fin de semana Jericho está en el Rover del subdirector, cruzando la
nieve camino del King's College.

Los sonidos y olores de un desayuno dominical inglés ascendieron por la escalera


del Commercial y quedaron flotando en el rellano como una llamada a las armas:
grasa caliente friéndose en la cocina, sones semejantes a una marcha fúnebre en la
misa radiada por la BBC, ruido de castañuelas cuando Mrs. Armstrong pisa el suelo
de linóleo con sus raídas zapatillas.
Esos desayunos de domingo eran un rito en Albion Street, y se servían con
apropiada solemnidad en vajilla blanca de diario: un trozo de pan, duro como un
himnario, remojado en grasa y frito, con dos cucharadas de revoltillo de huevo
vertidas por encima, y iodo el amasijo resbalando libremente sobre una fina película
de grasa.
No era una gran comida, Jericho tenía que reconocerlo, ni tampoco especialmente
comible. El pan tenía color de orín con motas negras, y sabía oscuramente al arenque
ahumado que el viernes anterior habían frito en la misma grasa. El huevo era de un
amarillo pálido y sabía a galleta rancia. Pero era tal su apetito tras la excitación de la
noche anterior que, pese a su inquietud, se comió hasta la última miga, apuró dos
tazas de un té grisáceo, rebañó la grasa restante con un trocito de pan e incluso,
cuando salía, elogió a Mrs. Armstrong por sus dotes culinarias, un gesto sin
precedentes que la hizo asomar la cabeza por la cocina para ver si sus facciones
delataban un rastro de ironía. No encontró tal cosa. Jericho ensayó asimismo un
alegre saludo para Mr. Bonnyman, que en ese momento bajaba por las escaleras
tanteando el pasamanos («A decir verdad, muchacho, no estoy muy fino esta
mañana; algo le pasa a la cerveza en ese sitio que estuvimos») y a las ocho menos
cuarto estaba de vuelta en su habitación.
Si Mrs. Armstrong hubiera podido ver los cambios efectuados allí arriba, habría
quedado pasmada. Lejos de preparar su evacuación tras la primera noche, como
muchos de los anteriores ocupantes del dormitorio, Jericho había deshecho su
equipaje. Sus maletas ya estaban vacías. Su único traje bueno colgaba en el armario.
Sus libros adornaban la repisa. Y encima de ellos estaba el grabado de la capilla del
King's College.
Se sentó en el borde de la cama y contempló aquella imagen. No era un trabajo
demasiado bien hecho. En realidad, era bastante feo. Las dos agujas góticas estaban
dibujadas con prisas, el cielo era de un azul improbable, las figuras que como gotas
se arracimaban en torno a su base podrían haber sido obra de un niño. Pero incluso
el arte malo puede resultar útil en ocasiones. Detrás del cristal arañado y del propio
grabado a media tinta Victoriano se hallaban, planos y cuidadosamente fijados, los
cuatro mensajes en cifra que había rescatado del cuarto de Claire.
Debería haberlos devuelto al Park, naturalmente. Debería haber ido directamente
en bicicleta a las cabañas, debería haber buscado a Logie o a algún otro personaje con
autoridad, y entregárselos.
Todavía no lograba desentrañar los motivos que lo habían impulsado a no
hacerlo, incapaz de separar lo desinteresado (su deseo de protegerla) de lo egoísta
(tenerla bajo su poder, aunque fuese una vez). Sólo sabía que no era capaz de
traicionarla, y sí en cambio de racionalizar eso diciéndose que no había nada malo en
esperar un día más, en darle a ella la oportunidad de explicarse.
De manera que había franqueado la verja en bicicleta y había subido de puntillas
a su habitación, don-Je escondió los criptogramas detrás del grabado, cada vez más
consciente de que había superado el límite si tal cosa existía— que separa la locura de
la traición, y que cada hora que pasaba iba a resultarle más difícil encontrar el
camino de vuelta.
Se sentó en la cama y repasó por centésima vez todas las posibilidades. Que ella
estaba loca. Que alguien le hacía chantaje. Que estaban utilizando su cuarto como
escondite sin que ella lo supiese. Que era una espía.
¿Una espía? La idea le parecía fantástica; melodramática, extravagante, ilógica.
Para empezar, ¿por qué mi espía con dos dedos de frente iba a robar criptogramas?
Era más lógico buscar mensajes ya descifrados, respuestas en lugar de misterios; ¿la
prueba definitiva de que Tiburón estaba siendo descifrado?
Comprobó que la puerta estuviese cerrada y luego bajó el grabado y desmontó el
marco, aflojando las chinchetas con la punta de los dedos y levantando la chapa de
madera de detrás. Ahora que lo pensaba, sí había algo realmente extraño en esos
criptogramas, y al mirarlos de nuevo supo cuál era la razón. Deberían haber tenido
en el reverso las tiras de papel encolado de las máquinas Type-X. Pero no sólo no
había tiras de papel, sino que ni siquiera había marcas que indicasen dónde habían
sido arrancadas esas tiras. Así pues, esos criptogramas no habían llegado a ser
descifrados. Sus secretos estaban intactos. Eran vírgenes.
Nada de ello tenía el menor sentido.
Cogió una de las señales entre el pulgar y el índice. El amarillento papel tenía un
ligero pero perceptible aroma. ¿A qué? Se lo acercó a la nariz e inspiró. ¿Olor a
biblioteca, a archivo, quizá? Un olor bastante fuerte —cálido, casi ahumado—, tan
evocador como un perfume.
De pronto se dio cuenta de que pese a sus miedos estaba empezando a atesorar
aquellos papeles como otro habría hecho con una foto de su chica. Sólo que eso era
mejor que cualquier fotografía, puesto que las fotografías eran meros retratos, en
tanto que esos papeles eran una pista sobre quién era Claire, y por consiguiente, ¿no
estaba él, al poseerlos, poseyéndola en cierto modo a ella?
Le daría una sola oportunidad. Nada más.
Consultó su reloj. Habían transcurrido veinte minutos desde el desayuno. Era
hora de irse. Guardó los criptogramas detrás del grabado, volvió a montar el marco y
lo dejó de nuevo sobre la repisa. Abrió un poquito la puerta. Todos los huéspedes de
Mrs. Armstrong habían regresado del turno de noche. Pudo oír sus voces
amortiguadas en el comedor. Se puso el abrigo y salió al rellano. Tales eran sus
esfuerzos por aparentar naturalidad, que Mrs. Armstrong juraría después haberlo
oído tararear para sí mientras bajaba las escaleras:

La luz del cigarrillo ilumina tu sonrisa


La imagen dura un instante nada más
Pero veo lo que mucha gente olvida:
Que la luna no pueden apagar...

De Albion Street a Bletchley Park había un paseo de medio kilómetro; tomar a mano
izquierda por la calle de las casas apareadas, de nuevo a la izquierda bajo el
renegrido puente del tren y luego a la derecha cruzando los huertos.
Jericho caminó a grandes zancadas por el suelo helado. Su aliento humeaba ante
él bajo la pálida luz del sol. Oficialmente era casi primavera, pero alguien había
olvidado notificárselo al invierno. Trechos de hielo que no se habían fundido aún
desde la noche anterior le partían bajo las suelas de sus zapatos. Unos grajos
chillaban en lo alto de los esqueléticos olmos.
Eran más de las ocho cuando dejó el sendero y enfiló Wilton Avenue camino de la
verja principal. El cambio de turno había finalizado; la carretera estaba Casi desierta.
El centinela —un gigantesco cabo con la cara aterida de frío— salió pateando el
suelo del puesto de guardia y apenas si le echó un vistazo al pase antes de
franquearle la entrada.
Dejó atrás la mansión, avanzando con la cabeza gacha para no tener que hablar
con nadie, y entró en Cabaña 8, donde el silencio en que estaba sumida la sala de
desciframiento le dijo todo lo que necesitaba saber. Las máquinas Type-X habían
estado trabajando en los criptogramas acumulados de Tiburón y ahora permanecían
desocupadas hasta que, probablemente a media mañana, llegasen los mensajes de
Delfín y Marsopa. Divisó la alta silueta de Logie al fondo del corredor y se metió a
toda prisa en la sala de registro. Allí, para su sorpresa, estaba Puck, sentado en un
rincón observado por un par de chicas de la sección femenina prendadas de él. Puck
hacía mala cara y tenía la cabeza apoyada en la pared. Jericho pensó que estaría
dormido, pero entonces vio que abría uno de sus penetrantes ojos azules.
—Logie te anda buscando.
—¿Ah, sí? —Jericho se quitó el abrigo y la bufanda y los colgó detrás de la
puerta—. Ya sabe dónde encontrarme.
—Corre el rumor de que pegaste a Skynner. Dime que es verdad, por favor.
Una de las chicas rió con disimulo.
Jericho ya había olvidado el incidente con Skynner. Se mesó el cabello y dijo:
—Hazme un favor, Puck, ¿quieres? Haz como que no me has visto.
Puck lo miró detenidamente y luego cerró los ojos.
—Eres un tío muy misterioso —murmuró, soñoliento.
De nuevo en el corredor, Jericho topó con Logie.
—Ah, estás aquí, muchacho. Me parece que hemos de hablar.
—Está bien, Guy. —Jericho le dio unas palmaditas en el hombro y siguió
caminando—. Dame diez minutos, ¿de acuerdo?
—Nada de diez minutos —le gritó Logie—. ¡Ahora!
Jericho fingió no oírlo. Salió de la cabaña al aire fresco, dobló rápidamente la
esquina y se dirigió hacia la entrada de Cabaña 3. A unos veinte pasos de allí, aflojó
el paso y luego se detuvo.
El caso era que sabía muy poco de Cabaña 3, salvo que allí se procesaban los
mensajes procedentes del ejército alemán y de la Luftwaffe. Era casi el doble de
grande que las otras cabañas y tenía forma de L. Databa del invierno de 1939, como
el resto de los edificios provisionales; era un armazón de madera sobre la gélida
arcilla de Buckinghamshire, revestido de amianto y de frágiles tablas de madera, y
para calentarlo, recordaba Jericho, habían requisado una enorme estufa de hierro
fundido procedente de uno de los invernaderos Victorianos. Claire se quejaba de que
siempre tenía frío. De eso, y de que su trabajo era «aburrido». Pero en qué punto de
aquella conejera trabajaba, por no hablar de en qué consistía aquella «aburrida»
tarea, era un misterio para él.
Una puerta se cerró de golpe a sus espaldas y al mirar hacia atrás vio que Logie
salía de una esquina de la cabaña naval. Maldición. Hincó una rodilla en tierra y
simuló atarse el cordón de un zapato, pero Logie no lo había visto. Iba andando
resueltamente hacia la mansión. Eso pareció acicatear a Jericho. Una vez que Logie
hubo perdido de vista, Jericho hizo su propia cuenta [Link] y cruzando rápidamente el
camino entró en la cabaña.
Hizo todo lo posible por aparentar que tenía derecho a estar allí. Sacó una pluma
y echó a andar por el Basilio central, cruzándose con aviadores y oficiales del ejército
y mirando disimuladamente las salas a los Lulos del pasillo. Allí había mucha más
gente que en Cabaña 8. El fragor de las máquinas de escribir y los teléfonos era
amplificado por la membrana de tabique de madera creando un verdadero
manicomio de frenética actividad.
No había recorrido la mitad del pasadizo cuando Un coronel de grandes bigotes
salió bruscamente de una puerta y le obstruyó el paso. Jericho inclinó la cabeza y
trató de pasar por su lado, pero el coronel lo interceptó hábilmente.
—Alto, forastero. ¿Quién es usted?
Obedeciendo a un impulso, Jericho le tendió la mano y dijo:
—Tom Jericho. ¿Y usted?
—El que hace las preguntas soy yo. —El coronel tenía orejas como jarros y una
tupida mata de pelo negro con una raya recta que parecía un cortafuegos. Ignoró la
mano que Jericho le tendía—. ¿En qué sección trabaja?
—Naval. Cabaña 8.
—En ese caso, explique qué está haciendo aquí.
—Busco al doctor Weitzman.
Una mentira inspirada. Conocía a Weitzman del Club de Ajedrez: judío alemán,
nacionalizado británico, siempre jugaba gambito de reina.
—¿De veras? Válgame el cielo —dijo el coronel—. ¿Es que los de la marina no
saben lo que es el teléfono? —Se atusó el bigote y miró a Jericho de arriba abajo—.
Bien, venga conmigo.
Jericho siguió las anchas espaldas del coronel hasta una habitación grande. Había
dos grupos de una docena de hombres cada uno trabajando en mesas dispuestas en
sendos semicírculos, con papeleras de alambre repletas de criptogramas. Walter
Weitzman estaba subido a un taburete en una cabina acristalada que había detrás.
—Oiga, Weitzman, ¿conoce a este sujeto?
Weitzman tenía la cabeza inclinada sobre unos manuales de armamento alemán.
Alzó los ojos, con cara de distraído, pero al reconocer a Jericho su melancólica cara se
animó con una sonrisa.
—Hola, Tom. Sí, claro que le conozco.
—Kriegsnacbrichten Für Seefabrer —dijo Jericho con excesiva prontitud—. Me dijo
que tal vez ya sabría algo.
Weitzman no reaccionó de inmediato, y Jericho pensó que lo habían pillado, pero
entonces el viejo dijo lentamente:
—Sí, creo que tengo la información que necesitaba. —Se bajó con prudencia del
taburete—. ¿Algún problema, coronel?
El coronel adelantó la barbilla y respondió:
—Pues sí, Weitzman, ya que lo menciona. «Toda comunicación entre cabañas,
salvo que exista la debida autorización, deberá ser realizada por teléfono o informe
escrito.» Procedimiento normal. —Fulminó a Weitzman con la mirada y éste le miró
a su vez con exquisita educación. El coronel pareció perder su anterior beligerancia y
masculló—: Está bien. Recuérdelo para una próxima vez.
—Gilipollas —murmuró Weitzman entre dientes mientras el coronel se iba—.
Bueno, bueno. Será mejor que venga aquí.
Llevó a Jericho hasta un fichero, seleccionó un calón, lo extrajo y empezó a pasar
tarjetas. Siempre que los traductores topaban con un término que no entendían,
consultaban a Weitzman y sus famosas fichas. Había sido filólogo en Heidelberg
hasta que los nazis lo obligaron a exiliarse. El Foreign Office, en un raro momento de
inspiración, lo había mandado a Bletchley en 1940. Muy pocas frases quedaban sin
resolver.
—Kriegsnachrichten für Seefahrer. Comunicados de guerra para marinos.
Interceptados y catalogados el 9 de noviembre del año pasado. Como usted ya sabía
muy bien. —Acercó la tarjeta a un par de centímetros de su nariz y la examinó con
sus gruesos anteojos—. Dígame, ¿el bueno del coronel sigue mirándonos?
—No lo sé. Creo que sí. —El coronel se había inclinado para leer algo que
acababa de escribir uno de los traductores, pero de vez en cuando se volvía hacia
Jericho y Weitzman—. ¿Siempre está así?
—¿El coronel Coker? Sí, pero hoy peor, no sé por qué. —Weitzman hablaba en
voz baja, sin mirar a Jericho. Sacó otro cajón y extrajo una nueva tarjeta, fingiendo
estar absorto en su búsqueda—. Sugiero que nos quedemos aquí hasta que él se
vaya. Aquí hay una palabra que recogimos en enero: Fluchttiefe.
—Profundidad de evasión —contestó Jericho. Podía jugar a aquello durante
horas. Vorhalt-Rechner era una computadora de ángulo de desviación; kalte Lötstelle
era una juntura soldada en frío. Grietas en el mamparo de un submarino era
Stirnwandrisse...
—Profundidad de evasión. —Weitzman asintió—. No está mal.
Jericho se aventuró a mirar de nuevo. —El coronel está saliendo por la puerta... ya.
Estupendo. Se ha ido.
Weitzman siguió mirando la ficha por unos instantes y luego la guardó con las
otras y cerró el cajón.
—Bien. ¿Por qué me pregunta cosas cuya respuesta conoce? —Tenía el pelo
blanco, los ojillos pardos excesivamente en sombras debido a una frente prominente.
Las patas de gallo eran signo de que en otro tiempo Weitzman había reído mucho.
Pero ahora apenas si reía. Según se decía toda su familia había quedado en
Alemania.
—Estoy buscando a una persona llamada Claire Romilly. ¿La conoce?
—Naturalmente. La hermosa Claire. Todo el mundo la conoce.
—¿En qué sitio trabaja?
—Aquí.
—Ya lo sé. ¿Dónde de aquí?
—«Toda comunicación entre cabañas, salvo que exista la debida autorización,
deberá ser efectuada por teléfono o informe escrito.» Procedimiento normal. —
Weitzman se cuadró—. ¡Heil Hitler!
—Al carajo el procedimiento normal.
Uno de los traductores se volvió malhumorado:
—Eh, vosotros, ¿por qué no os calláis de una vez?
—Perdón. —Weitzman tomó a Jericho del brazo, lo llevó aparte y dijo en voz
baja—: ¿Sabe, Tom, que en tres años es la primera vez que lo oigo maldecir?
—Walter. Se lo pido por favor. Es importante.
—¿Y no puede esperar a que termine el turno? —Miró a Jericho
inquisitivamente—. No, ya veo. Vaya, vaya. ¿Por dónde se ha ido Coker?
—Hacia la entrada.
—Bien. Sígame.
Weitzman condujo a Jericho hasta el extremo opuesto de la cabaña, después de
cruzar dos habitaciones estrechas y alargadas donde dos grupos de veinte mujeres
cada uno trabajaban ante un par de colosales ficheros, doblar luego una esquina y
cruzar por último una sala con muchos teletipos. En ésta el ruido era horroroso.
Weitzman se tapó los oídos, volvió la cabeza hacia Jericho y sonrió. El estrépito los
persiguió por un trecho de pasadizo, al final del cual había una puerta cerrada. Al
lado había un letrero que, escrito Con letra de colegiala aplicada, rezaba: SALA DEL
LIBRO ALEMÁN.
Weitzman llamó con los nudillos, abrió la puerta y entró seguido de Jericho, quien
vio una habitación amplia con estantes atiborrados de carpetas, media docena de
mesas de caballete ensambladas entre sí para formar una amplia zona de trabajo y
mujeres, casi todas de espaldas a él. ¿Seis, siete quizá? Dos de ellas mecanografiaban
a toda prisa, las demás iban de acá para allá ordenando montones de papeles.
Antes de que Jericho pudiera registrar más detalles, una mujer rolliza de cara
avinagrada, que lucía un traje de chaqueta de tweed, vino a su encuentro. Weitzman
lúe todo sonrisas, destilando encanto a los cuatro vientos como si aún estuviera en el
salón de té del Europäischer Hof, en Heidelberg. Cogió la mano de la mujer y se
inclinó para besársela.
—Guten Morgen, mein liebes Fräulein Monk. Wie geht's?
—Gut, danke, Herr Doktor. Und dir?
—Danke, sehr gut.
Era cosa de rutina entre ellos, no había duda. La mujer se sonrojó de placer.
—¿En qué puedo servirle?
—Mi colega y yo, querida Miss Monk —Weitzman le dio unas palmaditas en la
mano y luego señaló con un gesto a Jericho—, estamos buscando a la encantadora
Miss Romilly.
Al oír el nombre de Claire, la coqueta sonrisa de Miss Monk se evaporó de golpe.
—En tal caso tendrá que ponerse a la cola, doctor Weitzman.
—No le entiendo. ¿La cola, dice usted?
—Todos estamos buscando a Claire Romilly. ¿No, tendrá usted, o su colega, una
idea de por dónde empezar?
Decir que el mundo está quieto es un solipsismo, y Jericho lo supo en el momento
mismo en que eso ocurría; sabía que no es el mundo el que pierde velocidad, sino
más bien el individuo quien, enfrentado a un inesperado peligro, recibe una
descarga de adrenalina y se acelera de golpe. No obstante, por un segundo todo
quedó inmóvil para él. El rostro de Weitzman era una máscara de perplejidad; el de
la mujer, de indignación. Mientras trataba de calibrar las consecuencias, Jericho oyó
su propia voz, balbuciendo como a lo lejos:
—Pero yo creía... Ayer me dijeron... me aseguraron... Ella entraba de servicio esta
mañana a las ocho... —Cierto —dijo Miss Monk—. Ha sido una negligencia por su
parte. Y en el momento menos oportuno. Weitzman miró a Jericho, como diciendo:
«¿En qué lío me ha metido usted?»
—Tal vez esté enferma —sugirió. —En ese caso, ¿no habría sido correcto dejar una
nota, un mensaje, antes de que saliese el turno de noche? Somos ocho y casi no
damos abasto. Imagínese cuando nos quedamos con siete-Empezó a quejarse a
Weitzman de sus problemas de personal y del poco caso que le hacían en la admi-
nistración. Y como para demostrarlo, en ese instante se abrió la puerta y apareció
una mujer con una fila de carpetas tan alta que iba sosteniéndolas con la barbilla
para que no se le cayeran. Soltó las carpetas sobre la mesa y las chicas de Miss Monk
gruñeron tímidamente a1 unísono. Un par de señales resbalaron del canto de la mesa
cayendo al suelo y Jericho, dispuesto a la acción, le agachó a recogerlas. Pudo
entrever el texto de una.

ZZZ

CUARTEL GENERAL DEL AFRIKA KORPS ALEMÁN LOCALIZADO EL TRECE


— TRECE POR LA MAÑANA QUINCE KILÓMETROS AL 0 ESTE DE BEN
GARDANE — BEN GARDANE

Miss Monk se la arrebató inmediatamente de las manos. Hasta ese momento no


parecía haber reparado en su presencia. Acunó los mensajes secretos en su amplio
busto, lo fulminó con la mirada y preguntó:
—Perdone, usted es... ¿quién es usted si puede saberse? —Ladeó el cuerpo para
taparle a Jericho la visión de la mesa—. ¿Debo entender que es amigo de Claire...?
—No se preocupe, Daphne —dijo Weitzman—, es amigo mío.
Ella se sonrojó de nuevo.
—Usted perdone, "Walter —dijo—. Por supuesto, no era mi intención...
—Si me permite la pregunta —intervino Jericho—, ¿había hecho algo así
anteriormente? Quiero decir, faltar sin avisarle a usted.
—Oh, no. Nunca. Yo no tolero la gandulería en mí sección. El doctor Weitzman
puede confirmárselo.
—Claro —dijo Weitzman, muy serio—. Nada de gandulería.
Miss Monk era una clase de mujer que Jericho había llegado a conocer bien en
aquellos tres últimos años: ligeramente histérica en momentos críticos; celosa de su
precioso rango y de sus cincuenta libras extra al año; convencida de que la guerra se
perdería si a su diminuto feudo se le negaban unos lapiceros o una mecanógrafa de
más. Probablemente detestaba a Claire porque era guapa y segura de sí misma, y
porque se negaba a tomárselo todo en serio.
—¿Diría usted que su comportamiento era extraño?
—Hay muchas cosas importantes que hacer. No nos queda tiempo para rarezas.
—¿Cuándo la vio por última vez?
—Tuvo que ser el viernes. —Era obvio que Miss Monk se enorgullecía de tener
memoria para los detalles—. Entró de servicio a las cuatro y salió a medianoche.
Ayer era su día de descanso.
—Entonces no es probable que volviese a la cabaña, digamos, el sábado a primera
hora de la mañana...
—No. Yo estaba aquí. En todo caso, ¿por qué iba a hacerlo? Generalmente, no
veía el momento de irse.
«Eso sí lo creo», pensó Jericho. Miró una vez más a las chicas que estaban detrás
de Miss Monk. ¿Qué demonios podían estar haciendo? Cada una tenía delante un
montón de sujetapapeles, un bote de cola, una pila de carpetas marrones y un
revoltijo de gomas elásticas. Parecían estar renovando archivos a partir de archivos
viejos. Trató de imaginar a Claire entre aquellos juiciosos zánganos. Era como pensar
en un precioso periquito dentro de una jaula de gorriones. No sabía qué hacer. Sacó
su reloj y abrió la tapa. Pasaban de las ocho y media. Claire faltaba desde hacía más
de media hora.
—¿Qué piensa hacer ahora?
—Evidentemente, dado el carácter reservado de nuestro trabajo, existe un
procedimiento a seguir. Por el momento lo he notificado a Asistencia Social. Ellos se
encargarán de enviar a alguien a su casa para sacarla de la cama.
—¿Y sí no está allí?
—Entonces contactarán con la familia para ver si saben algo.
—¿Y si no lo saben?
—Entonces la cosa es grave. Pero nunca llega a tanto. —Miss Monk cruzó los
brazos sobre su pecho de paloma—. Estoy segura de que detrás de todo esto hay un
hombre. —Se estremeció—. Suele pasar.
Weitzman continuaba lanzando a Jericho miradas de súplica. El anciano le tocó el
brazo y dijo:
—Deberíamos irnos, Tom.
—¿Tiene usted la dirección de la familia, o su número de teléfono?
—Me parece que sí, pero no estoy segura de que... -Se volvió hacia Weitzman,
quien dudó brevemente, lanzó otra mirada a Jericho, forzó una sonrisa y asintió con
la cabeza.
—Yo respondo por él.
—Bien —dijo Miss Monk, no muy convencida—. Si usted lo cree permisible... —
Se acercó a un archivador que había detrás de su escritorio y lo abrió.
—Coker me matará por esto —susurró Weitzman, mientras ella estaba de
espaldas.
—No se enterará, se lo prometo.
—Es curioso —dijo Miss Monk, casi para sí—, pero últimamente ella estaba
mucho más atenta. En fin, aquí tiene su ficha.

Familiar más cercano: Edward Romilly


Parentesco: padre
Dirección: 27 Stanhope Gardens, Londres SW
Teléfono: Kensington 2257

Jericho echó un rápido vistazo a la ficha y se la devolvió.


—Creo que por el momento no hará falta preocuparle —dijo Miss Monk—. Por
ahora no, desde luego. Seguro que Claire se presenta en cualquier momento diciendo
que se había dormido...
—No me cabe duda —dijo Jericho.
—En cuyo caso —añadió ella astutamente—, ¿quién le digo que anda
buscándola?
—Auf Wiedersehen, Fräulein Monk. —Weitzman no aguantaba más. Tenía ya medio
cuerpo fuera de la sala y tiraba de Jericho con fuerza sorprendente. La última imagen
que Jericho tuvo de Miss Monk fue estando de pie junto a la puerta, con cara entre
perpleja y recelosa, antes de despedirse con su alemán de colegio:
—Auf Wiedersehen, Herr Doktor, und Herr...
Weitzman no llevó a Jericho por el camino que habían tomado primero, sino que se
dirigieron hacia la salida de atrás. Una vez fuera Jericho entendió por qué le había
costado tanto llegar hasta allí aquella noche. Estaban al borde de un solar. Había
zanjas de casi un metro y medio de profundidad. Las pirámides de arena y grava
estaban cubiertas de un blanco montículo de escarcha. Era un milagro que no se
hubiera roto una pierna.
Weitzman sacó un cigarrillo de un arrugado paquete de Passing Clouds y lo
encendió. Apoyado contra la pared de la cabaña, exhaló un suspiro de vapor y humo
de tabaco.
—Supongo que es inútil que se lo pregunte, pero ¿qué diablos pasa?
—Es mejor que no lo sepa, Walter. Créame.
—¿Problemas de amor?
—Algo parecido.
Weitzman murmuró un par de cosas en yiddish que debían de ser juramentos y
siguió fumando.
A unos treinta metros de allí, un puñado de obreros estaba terminando su parada
en torno a un brasero. Se dispersaron a regañadientes, arrastrando picos y palas por
el suelo endurecido, y Jericho se acorde de cuando era un crío y caminaba de la mano
de su madre junto al mar, con su pala que traqueteaba detrás en el suelo de cemento.
Más allá de los árboles, un generador entró en funcionamiento poniendo en fuga a
unas Cornejas.
—¿Qué es la sala del Libro Alemán, Walter?
—Será mejor que vuelva —dijo Weitzman. Se lamió la yema del pulgar y el
índice, apagó la punta encendida del cigarrillo y se lo guardó en el bolsillo. El tabaco
era demasiado precioso como para derrochar unas cuantas hebras.
—Por favor, Walter...
—Ach! —Weitzman hizo un gesto de asco como apartando a Jericho y echó a
andar en dirección al sendero sin apartarse de la cabaña, con paso vacilante pero
maravillosamente deprisa para un hombre de su edad. Jericho tuvo que apresurarse
para no perderlo de vista—. Pregunta usted demasiado, ¿sabe?
—Sí, ya lo sé.
—Santo Dios, ¿no ve que Coker se cree que soy un espía nazi? Aunque yo sea
judío, para él no hay dos alemanes distintos. Lo cual, por supuesto, es justamente lo
que nosotros sostenemos. Imagino que debería sentirme halagado.
—Yo no... Bueno, es que... no sé a quién más...
Dos centinelas armados con fusiles doblaron la esquina y se dirigieron hacia ellos.
Weitzman calló de golpe y bruscamente se desvió a la derecha camino de la pista de
tenis. Jericho lo siguió. Weitzman abrió la puerta y ambos entraron en la pista de
asfalto, que había sido construida —a instancias del propio Churchill, según se
decía— dos años antes. No se utilizaba desde el otoño. Las líneas blancas apenas
eran visibles bajo la escarcha. La hojarasca se había acumulado junto a la cerca de
alambre. Weitzman cerró la puerta y echó a andar hacia el poste de la red.
—Esto ha cambiado mucho desde que empezamos, Tom. Ahora no conozco a las
nueve décimas partes de la gente que trabaja aquí. —Weitzman pateó las hojas con
expresión pensativa y Jericho advirtió por primera vez lo pequeños que tenía los
pies; pies de bailarín—. Me he vuelto viejo aquí. Recuerdo cuando nos creíamos
genios si conseguíamos descifrar cincuenta mensajes por semana. ¿Sabe cuál es ahora
el porcentaje?
Jericho negó con la cabeza.
—Tres mil al día.
—Santo Dios. —«Eso significa ciento veinticinco por hora», pensó Jericho. «O sea
uno cada treinta segundos...»
—Así que su chica está en un aprieto, ¿no?
—Eso creo. Bueno, sí. Lo está.
—Pues lo lamento. Claire me cae bien. Me ríe los chistes. Tengo que mimar a las
que ríen mis chistes, Tom. Sobre todo si son jóvenes. Y guapas.
—Walter...
Weitzman miró en dirección a la cabaña. Había escogido muy bien su terreno, con
el instinto de quien en cierto momento, por problemas de supervivencia, ha tenido
que aprender a procurarse intimidad. Nadie podía sorprenderlos desde atrás sin
entrar en la pista de tenis. Nadie podía acercarse por delante sin ser visto. Y si
alguien estaba observándolos desde lejos, bueno, ¿qué podía ver sino a dos viejos
colegas charlando en privado?
—Esto está organizado como una fábrica —comenzó Weitzman al tiempo que
pasaba los dedos por la red metálica. Tenía las manos blancas de frío. Se aferraban al
acero como dos garras—. Los descifrados llegan por cinta transportadora desde
Cabaña 6. Primero van a Vigilancia para su traducción (eso ya lo sabe, es donde
trabajo yo). Uno se encarga del material urgente y el otro de los mensajes atrasados.
Las señales de la Luftwaffe ya traducidas pasan a 3A, las del ejército a 3M. A de
Aviación, M de Militar. Uf, qué frío hace. ¿No tiene frío? Yo estoy tiritando. —-Sacó
Un pañuelo muy sucio y se sonó la nariz—. Los oficiales de servicio deciden qué es
importante y le dan prioridad Z. Zeta significa grado inferior; Hauptmann Fischer va
a ser transferido a la fuerza aérea alemana en Italia. Un parte meteorológico tendría
tres zetas. Cinco zetas ya es oro puro: dónde estará Rommel mañana por la tarde, un
inminente ataque aéreo. La información es resumida y luego se mandan tres copias,
una para el Servicio de Espionaje en Broadway, otra para el ministerio competente en
Whitehall y otra para el mando militar pertinente.
—¿Y la sala del Libro Alemán?
—Cada nombre va a engrosar un índice; lo mismo para cada oficial, cada pieza de
material, cada base. Por ejemplo, el traslado de Hauptmann Fischer puede parecer
insignificante a efectos de información. Pero consultado el índice correspondiente
resulta que su última misión fue en una estación de radar en Francia. Ahora llene
que ir a Bari. Por lo tanto: los alemanes están insudando un radar en Bari. Que lo
construyan. Cuando estén a punto de terminarlo, lo bombardearemos.
—¿Eso es el Libro Alemán?
—No, no. —Weitzman sacudió la cabeza malhumorado, como si Jericho fuera un
alumno de la fila de atrás en su clase de Heidelberg—. El Libro Alemán es el último
eslabón del proceso. Todo este papeleo (mensaje interceptado, desciframiento,
traducción, señal Z, lista de referencias, todos estos miles de páginas) es archivado
junto. El Libro Alemán es una transcripción palabra por palabra de todos los
mensajes descifrados en su idioma original.
—¿Es un trabajo importante?
—Intelectualmente hablando, no. Pura burocracia.
—¿Y en términos de acceso a material confidencial?
—Ah. Eso es distinto. —Weitzman se encogió de hombros—. Depende de la
persona que esté implicada, por supuesto, si es alguien que se molesta en leer lo que
pasa por sus manos. La mayoría no se molesta en hacerlo.
—Pero ¿en teoría?
—¿En teoría? ¿Un día normal? Una chica como Claire probablemente conoce más
detalles operacionales sobre las fuerzas armadas alemanas que el propio Hitler. —
Miró a Jericho, cuya cara expresaba incredulidad, y sonrió—. Absurdo, ¿verdad?
¿Cuántos años tiene? ¿Diecinueve, veinte?
—Veinte —murmuró Jericho—. Ella siempre me decía que se aburría mucho.
—¡Veinte! Le juro que es el mejor chiste en la historia de esta guerra. Fíjese: la
muchacha casquivana, el intelectual enfermizo y el judío medio ciego. Ah, si la raza
dominante pudiera ver lo que les estamos haciendo... —Se acercó el reloj a la nariz—.
Tengo que volver al trabajo. Coker ya habrá dado orden de que me arresten. Me
temo que he hablado más de la cuenta.
—En absoluto.
—Sí, Tom. Sí. —Echó a andar hacia la puerta. Jericho hizo ademán de seguirle
pero Weitzman levantó una mano para impedírselo—. ¿Por qué no espera aquí? Sólo
un momento. Deje que me vaya. —Salió de la pista de tenis. Al pasar del otro lado de
la cerca, pareció ocurrírsele una idea. Hizo señas a Jericho de que se aproximara a la
red y le dijo en voz baja—: Escuche, si cree que puedo ayudarlo otra vez, si necesita
más información, no me pregunte, por favor. No quiero saber nada.
Antes de que Jericho pudiese reaccionar, Weitzman había cruzado el camino,
desapareciendo por la parte de atrás de la cabaña.
Dentro del recinto de Bletchley Park, pasada la mansión, a la sombra de un abeto,
había una cabina normal de teléfonos. Dentro de ella, un joven con cazadora de
motorista estaba finalizando una llamada. Jericho, apoyado en el árbol, oyó su
sonsonete, amortiguado pero audible:
—Tienes razón... Está bien, muñeca... Hasta pronto.
El correo militar colgó el auricular con rabia y abrió la puerta.
—Todo suyo, amigo.
Al principio el motorista no se alejó de la cabina. Jericho permaneció dentro,
simulando que buscaba calderilla, observando a través del cristal. El hombre se
ajustó las polainas, se puso el casco, se ciñó el barboquejo...
Jericho esperó a que se hubiera marchado antes de marcar el cero.
—Al habla telefonista —dijo una voz femenina.
—Buenos días. Quisiera hacer una llamada. Kensington dos dos cinco siete.
La operadora repitió el número.
—Serán cuatro peniques.
Una línea terrestre de noventa kilómetros conectaba todos los números del Park
con la central de Whitehall. Que la telefonista pudiera saber, Jericho sólo estaba
llamando a un barrio de Londres desde otro barrio de la ciudad. Introdujo cuatro
peniques en la ranura y tras una serie de ruiditos oyó la señal.
Pasaron quince segundos antes de que un hombre contestara:
—¿Sííí?
Jericho siempre había imaginado que el padre de Claire tendría una voz como
aquélla. Lánguida y confiada, alargando esa única sílaba como si fueran dos.
Inmediatamente hubo una serie de pitidos y Jericho pulsó el botón. Su dinero cayó al
depósito de monedas. Se sentía ya en cierta desventaja; era un indigente sin
posibilidad de teléfono propio.
—¿Mr. Romilly?
—¿Sííí?
—Lamento molestarle, señor, y más siendo domingo, pero verá, trabajo con
Claire...
Se oyó un ruido débil y luego una pausa, durante la cual pudo oír la respiración
de Romilly. Un chisporroteo de electricidad estática ocupó brevemente la línea.
—¿Sigue usted ahí?
La voz, cuando volvió a sonar, era serena y parecía emanar de una sala enorme y
vacía.
—¿Cómo ha conseguido este número?
—Me lo dio Claire. —Fue la primera mentira que se le ocurrió a Jericho—. Quería
saber si estaba en casa.
Otra larga pausa, y luego:
—Pues no, no está. ¿Tendría que estar?
—Esta mañana no ha ido a trabajar. Ayer era su día libre. Me preguntaba si tal
vez habría ido a Londres.
—¿Quién habla?
—Me llamo Tom Jericho. —Silencio—. Puede que le haya hablado de mí.
—No lo creo. —La voz de Romilly era apenas audible. El hombre carraspeó—. Lo
siento mucho, Mr. Jericho, pero me temo que no puedo ayudarle. Los movimientos
de mi hija son tan misteriosos para mí como parecen serlo para usted. Adiós.
Se produjo un ruido indeterminado y la conexión se interrumpió.
—¿Hola? —dijo Jericho. Le pareció que seguía escuchando una respiración—-.
¿Oiga? Se pegó durante un par de segundos al auricular de baquelita, tratando de oír
algo, y luego colgó despacio.
Apoyado en un lado de la cabina, se dio masaje en las sienes. Tras el cristal el
mundo seguía silenciosamente su marcha. Un par de civiles, con sombrero hongo y
paraguas enrollado, recién salidos del tren de Londres, eran escoltados por la
avenida hacia la mansión. Tres patos con camuflaje de invierno fueron a posarse en
el lago, haciendo surcos en el agua gris con sus patas extendidas, sin gracia alguna.
«Los movimientos de mi hija son tan misteriosos para mí como parecen serlo para
usted.»
Algo no cuadraba. Esa no era la reacción que uno espera de un padre cuando le
dicen que su hija ha desaparecido...
Jericho hurgó en sus bolsillos en busca de monedas. Las extendió en la palma de
la mano y las miró estúpidamente, como un extranjero recién llegado a un país que
no le es familiar.
Volvió a marcar el cero.
—Al habla telefonista.
—Kensington dos dos cinco siete.
Una vez más, Jericho introdujo cuatro peniques en la ranura metálica. Una vez
más, hubo una serie de ruiditos y luego una pausa. Se dispuso a pulsar el botón.
Pero esta vez no hubo tono de llamada, sólo el bip-bip-bip del teléfono comunicando,
que sonó en su oído como el latido de un corazón.
En los siguientes diez minutos Jericho hizo tres nuevos intentos de comunicar con
Romilly. Cada vez obtuvo la misma respuesta. O bien Romilly había descolgado el
auricular, o estaba enfrascado en una larga conversación con alguien.
Jericho habría probado una cuarta vez, pero una mujer de la cantina con el abrigo
puesto encima del delantal empezó a arañar el cristal con una moneda, exigiendo su
turno. Finalmente, Jericho la dejó pasar. Una vez en la calle, intentó pensar cuál
debía ser el siguiente paso.
Volvió a mirar en dirección a las cabañas. Sus formas chatas y grises, antaño tan
aburridas y familiares, le parecían ahora vagamente amenazadoras.
Maldita sea, ¿qué podía perder?
Se abrochó la chaqueta a causa del frío y caminó hacia la verja.

La iglesia parroquial de Saint Mary, ocho contundentes siglos de dura piedra


blanca y fervor cristiano, se alzaba al final de una avenida de tejos añosos, a menos
de cien metros de los límites de Bletchley Park. Mientras Jericho cruzaba la verja vio
unas quince o veinte bicicletas pulcramente dispuestas en torno al porche, y un
momento después oyó el sonido del órgano y los cánticos lastimeros de unos
feligreses de la iglesia anglicana en pleno himno. El cementerio estaba sumido en el
silencio. Jericho se sentía como un invitado tardón que se acerca a una casa donde la
fiesta ya está en su apogeo.
Jericho luchó contra el frío batiendo los brazos y pateando. Pensó en colarse
dentro y quedarse en la parte de atrás hasta que terminase el servicio, pero la
experiencia le había enseñado que nadie puede entrar en una iglesia sigilosamente.
La puerta haría ruido, todos volverían la cabeza, y un acólito vendría corriendo por
la nave lateral con un devocionario y un libro de himnos. Y llamar la atención de esa
manera era lo último que Jericho deseaba.
Dejó el sendero y fingió mirar las sepulturas. Telarañas escarchadas de tamaño y
exquisitez increíbles brillaban como un ectoplasma entre los monumentos: mármol
para los pudientes, de pizarra para la gente del campo; deterioradas cruces de
madera para los pobres y los niños. Ebenezer Slade, edad cuatro años y seis meses,
dormido en brazos de Jesús. Mary Watson, esposa de Albert, muerta tras larga
enfermedad. Descanse en paz... En algunas tumbas los ramos de flores secas,
petrificados por el hielo, testimoniaban el veleidoso interés de los vivos... En otras,
un liquen amarillo había oscurecido ya las inscripciones. Se agachó para rascar el
liquen, atendiendo a las voces que se oían tras la ventana de vidrio de colores.

Oh vosotros, Rocío y Escarcha, bendecid al Señor;


alabadlo y glorificadlo eternamente.
Oh vosotros, Escarcha y Frío, bendecid al Señor;
alabadlo y glorificadlo eternamente...

Viejas imágenes poblaron su mente.


Pensó en el funeral de su padre, un día como aquél: una helada y fría iglesia
victoriana de la industriosa región central de Inglaterra, medallas sobre el ataúd, su
madre llorando, sus tías de negro, todo el mundo observándolo con triste curiosidad,
y él en todo momento a un millón de kilómetros de allí, buscando el factorial de los
números de los himnos («Salgamos del error, dejemos atrás la noche» —número 392
del libro— dio, como aún recordaba, la preciosa serie 2 x 7 x 2 x 7 x 2 . . . )
Y también pensó en Alan Turing, nervioso y excitado aquella noche en Cabaña 8,
explicando cómo la muerte de su mejor amigo le había hecho buscar un vínculo entre
las matemáticas y el espíritu, insistiendo en que Bletchley estaba asistiendo a la
creación de un mundo nuevo, que las bombas pronto serían modificadas y los
burdos controles electromecánicos sustituidos por relés de válvulas de pentodo y
tiratrones GT1C para crear unas máquinas que en su día podrían remedar las
acciones del cerebro humano y desvelar los secretos del alma...
Jericho paseó entre los muertos. Aquí una pequeña cruz de piedra enguirnaldada
de flores de piedra, allí Un ángel de aspecto severo que le recordó a Miss Monk.
Entretanto, Jericho no dejaba de escuchar el servicio. Se preguntaba si habría entre
los fieles alguien de Cabaña 8 y, en tal caso, quién. ¿Estaría Skynner, a I alta de otro,
ofreciendo sus rezos a Dios? Trató de Imaginar de qué nuevas reservas de servilismo
echaría mano Skynner para comunicarse con un ser de mayor tango incluso que el
primer lord del almirantazgo, pero vio que no se le ocurrían.
«La bendición de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, sea siempre
con vosotros. Amén.»
El servicio había terminado. Jericho avanzó rápidamente entre las lápidas,
apartándose del templo, y se escondió detrás de un par de grandes matas. Desde allí
podía ver perfectamente el porche.
Antes de la guerra los fieles habrían salido al edificante repique de un triple juego
de campanas. Pero ahora las iglesias sólo podían hacer sonar sus campanas en caso
de invasión, de modo que al abrirse la puerta y colocarse el viejo párroco para
despedir a sus feligreses, el silencio dio a la ceremonia un aire de melancólica
discreción. Uno a uno los fieles fueron saliendo a la luz. Jericho no reconoció a
ninguno. Empezó a pensar que quizá había sacado una conclusión equivocada. Pero
luego, cómo no, una joven menuda y delgada apareció con su abrigo negro y el
devocionario de la noche anterior en la mano.
La joven estrechó breve e incluso secamente la mano del vicario, y sin decir nada
enganchó el maletín al manillar de su bicicleta y empujó ésta hacia la verja. Andaba
deprisa, a pasos cortos y rápidos, con la barbilla apuntando al frente. Jericho esperó a
que hubiera pasado de largo y luego abandonó su escondite y le gritó:
—¡Miss Wallace!
Ella se detuvo y miró hacia donde él estaba. Frunció el entrecejo como los cortos
de vista. Luego movió ligeramente la cabeza a ambos lados. Hasta que él no estuvo a
dos metros de ella su cara no recobró la normalidad.
—Caramba, señor...
—Jericho.
—Sí, claro. Jericho. El visitante nocturno. —El frío le había enrojecido la punta de
la nariz y pintado dos nítidos discos de color, del tamaño de media corona, en sus
blancas mejillas. Tenía el cabello largo, espeso y negro, recogido en la nuca en un
moño atravesado por un ejército de alfileres—. ¿Qué le ha parecido el sermón?
—¿Edificante...? —dijo él tentativamente. Era mejor que contarle la verdad.
—Vaya por Dios. Pues yo no oía tantas sandeces desde hacía casi un año. «No
sufra la mujer por enseñar, ni quiera usurpar la autoridad del hombre, sino
permanezca en silencio...» —Sacudió la cabeza con furia—. ¿Cree usted que será
herejía llamar imbécil a san Pablo?
Miss Wallace reanudó su brioso andar hacia el camino vecinal. Jericho fue tras
ella. Sabía algunas cosas de Hester Wallace por Claire (que antes de la guerra había
sido maestra en un colegio de niñas en Dorset, que tocaba el órgano y que era hija de
clérigo, que recibía cada tres meses el boletín de la Jane Austen Society), pistas
suficientes como para pensar que era de las que terminaba su turno de ocho horas el
domingo de buena mañana y se iba directamente a la iglesia.
—¿Suele usted venir los domingos?
—Siempre —respondió ella—. Aunque últimamente me pregunto por qué lo
hago. ¿Y usted?
Jericho dudó. Por fin, dijo:
—De vez en cuando.
Fue un error, y ella no lo dejó escapar.
—¿Dónde se sienta? No recuerdo haberlo visto nunca.
—Procuro quedarme detrás.
—Yo igual. Justo en la parte de atrás. —Lo miró de nuevo a la cara; el sol invernal
hizo centellear sus gafas de montura metálica—. La verdad, Mr. Jericho, usted no ha
escuchado ese sermón ni nunca se ha sentado en los bancos de esa iglesia; es como
para sospechar que está reclamando una devoción de la que parece carecer.
—Yo...
—Que tenga un buen día.
Habían llegado a la verja. Miss Wallace montó en la bicicleta con sorprendente
elegancia. No era así como Jericho había previsto las cosas. Tuvo que coger el
manillar para que ella no se alejase pedaleando.
—No estaba en la iglesia. Perdone. Necesitaba hablar con usted.
—Haga el favor de quitar la mano de mi bicicleta. —Dos parroquianos de edad se
volvieron para mirarlos—. Enseguida, Mr. Jericho. —Sacudió el manillar a un lado y
a otro, pero Jericho no lo soltó.
—Lo siento mucho. En realidad, sólo será un momento.
Ella le lanzó una mirada feroz. Por un instante Jericho pensó que aquella mujer le
machacaría los dedos con uno de sus juiciosos y sólidos zapatos. Pero en sus ojos
había tanta ira como curiosidad, y ésta ganó la pelea. Miss Wallace suspiró y se apeó.
—Gracias —dijo él—. Allí hay una marquesina. —Señaló la parada de autobús al
otro lado de Church Green Road—. Concédame sólo cinco minutos. Se lo ruego.
—Ridículo. Esto es ridículo.
Las ruedas de la bicicleta produjeron un ruido semejante al de agujas de tricotar
al cruzar ambos la carretera camino de la parada. Ella se negó a sentarse. Permaneció
cruzada de brazos, mirando colina abajo en dirección a la ciudad.
Jericho trató de buscar el modo de abordar el problema.
—Claire dice que usted trabaja en Cabaña 6. Debe de ser un sitio interesante.
—Claire no tiene por qué contarle dónde trabajo. Ni ella ni nadie. Y, ya que
estamos, no es nada interesante. Por lo visto las cosas interesantes se las reservan los
hombres. Las mujeres hacemos lo demás.
Podía ser bonita, pensó él, si pusiese empeño en serlo. Tenía la piel lisa y blanca
como el mármol de Paros. Su nariz y su barbilla, aunque pronunciadas, eran
exquisitas. Pero no usaba maquillaje alguno, su expresión era de enfado permanente
y sus labios dibujaban una delgada línea de sarcasmo. Detrás de sus gafas, unos ojos
pequeños, brillantes y vivaces denotaban inteligencia.
—Claire y yo éramos... —comenzó Jericho. Agitó las manos y buscó la palabra
adecuada; en esas cosas era un inútil—. Bien, debería decir que salíamos juntos,
supongo. Hasta hace un mes. A partir de ese momento ya no quiso saber nada de mí.
—La abierta hostilidad de ella debilitaba su aplomo. Se sentía como un idiota,
hablando a la espalda de aquella chica. Pero no cejó en su intento—. Le diré la
verdad, Miss Wallace, estoy preocupado por Claire.
—Es realmente curioso.
El se encogió de hombros y dijo:
—De acuerdo, éramos una pareja bastante inverosímil.
—No. —Ella se volvió—. Quería decir que es curioso que las personas siempre
sientan una especie de necesidad de disfrazar su preocupación por sí mismas de
preocupación por los demás.
Las comisuras de su boca se arquearon ligeramente; era su particular versión de
una sonrisa. Jericho empezaba a darse cuenta de que Hester Wallace le resultaba
antipática, entre otras cosas porque no iba desencaminada.
—No le negaré que haya parte de egoísmo —concedió él—, pero el caso es que me
preocupa. Creo que ha desaparecido.
—Tonterías —dijo ella, arrugando la nariz.
—Esta mañana no se ha presentado en el trabajo.
—Que uno llegue una hora tarde no constituye una desaparición, digo yo. Se le
habrán pegado las sábanas.
—No creo que durmiera en su casa ayer por la noche. Desde luego, a las dos no
estaba.
—Entonces es que se le habrán pegado otras sábanas —dijo Miss Wallace con
malicia. Las gafas centellearon de nuevo—. Por cierto, ¿puedo preguntarle cómo sabe
usted que ella no fue a casa?
Jericho comprendió que era mejor no mentir.
—Porque yo mismo estuve esperándola allí —dijo.
—Vaya. Además, allanamiento de morada. Ahora entiendo por qué Claire no
quiere saber nada más de usted.
«Al cuerno con todo esto», pensó Jericho.
—Hay más cosas que debería saber. Anoche, mientras yo estaba en la casa, se
presentó un hombre. Escapó al oír mi voz. Y acabo de telefonear al padre de Claire.
Asegura que no sabe dónde está ella, pero creo que miente.
Eso pareció impresionar a Miss Wallace. Se mordió el labio y apartó la vista. Un
tren, que a juzgar por su sonido debía de ser un expreso, estaba cruzando la ciudad,
dejando a su paso una larguísima cortina de humo marrón, en forma de
intermitentes resoplidos.
—Nada de esto me concierne —dijo ella al fin.
—¿No le dijo que pensaba marcharse?
—No. ¿Por qué iba a hacerlo?
—Pero ¿no le ha parecido rara últimamente, como si estuviera sometida a alguna
clase de tensión?
—Mire, Mr. Jericho, seguramente podríamos llenar esta parada de autobús (qué
digo parada, todo un autobús de dos pisos) con jóvenes preocupados por su relación
con Claire Romilly. Estoy muy cansada. Aparte de cansada, soy demasiado inexperta
en esta clase de asuntos como para servirle de ayuda. Disculpe.
Volvió a montar en su bicicleta, y esta vez Jericho no intentó detenerla.
—¿ Las letras ADU le dicen algo ?
Ella negó con la cabeza mientras se apartaba del bordillo.
—Es una señal de llamada —le gritó él—. Del ejército alemán o de la Luftwaffe, lo
más probable.
Ella accionó los frenos con tal fuerza que se escurrió del sillín, y sus tacones
planos patinaron en la cuneta. Miró a un lado y a otro de la carretera.
—¿Es que se ha vuelto loco?
—Puede localizarme en Cabaña 8.
—Espere un momento. ¿Qué tiene esto que ver con Claire?
—Y, si no, en el Commercial de Albion Street. —Saludó educadamente con la
cabeza—. ADU, Miss Wallace. A, D, U, el ángel danza en el umbral. Bueno, ya la
dejo en paz.
—Mr. Jericho...
Pero él no quería responder a ninguna de sus preguntas. Cruzó la carretera y
comenzó a descender por la colina. Al torcer a la izquierda por Wilton Avenue miró
hacia atrás. Ella seguía donde la había dejado, sus delgadas piernas a los lados de los
pedales, mirándolo con expresión de asombro.
4

Cuando llegó a Cabaña 8 Logie estaba esperándolo. Se paseaba por el restringido


espacio de la sala de registro, con las huesudas manos cruzadas a la espalda y la
cazoleta de la pipa saltando a medida que mordía furiosamente la boquilla.
—¿Es ése tu abrigo? —dijo Logie por todo saludo—. Es mejor que lo cojas.
—Hola, Guy. ¿Adonde vamos? —Jericho descolgó su abrigo de detrás de la
puerta y una de las chicas de la sección femenina le dedicó una mirada triste.
—Vamos a charlar un poco tú y yo. Y luego te vas a casa.
Una vez en su despacho, Logie se apoltronó en su butaca y apoyó sus enormes
pies en el escritorio.
—Cierra la puerta, hombre. Intentemos al menos que esto quede entre nosotros.
Jericho hizo lo que le decía. Como no había donde sentarse, apoyó la espalda en la
puerta. Le sorprendía sentirse tan sereno.
—No sé qué te habrá contado Skynner —empezó—, pero no llegué a darle un
puñetazo.
—Ah, bueno, menos mal. —Logie alzó las manos, fingiendo alivio—. Quiero
decir, mientras no haya sangre, lo de los huesos rotos...
—Vamos, Guy. Si no lo toqué... Skynner no puede echarme por eso.
—Él puede hacer lo que le venga en gana. —La silla crujió al alargar Logie el
brazo para coger una carpeta marrón que acto seguido abrió—. Veamos lo que
tenemos aquí. «Grave insubordinación», dice. «Intento de agresión física», dice. «El
último en una larga serie de incidentes de los que se deduce que el individuo en
cuestión ya no es apto para el servicio activo.» —Arrojó la carpeta de nuevo a la
mesa—. Francamente, estoy bastante de acuerdo. He estado esperando ver tu cara
por aquí desde ayer por la tarde. ¿Dónde has estado? ¿En el almirantazgo? ¿Pegaste a
alguno de los jefazos?
—Dijiste que no trabajara el turno entero. «Tú ven y haz lo que puedas.» Cito
textualmente.
—Mira, muchacho, no te pases de listo.
Jericho permaneció callado por unos segundos. Pensaba en el grabado de la
capilla del King's College y en los criptogramas escondidos detrás. En la sala del
Libro Alemán y la expresión de susto de Weitzman. En la temblorosa voz de Edward
Romilly diciendo: «Los movimientos de mi hija son tan misteriosos para mí como
parecen serlo para usted.» Era consciente de que Logie lo miraba con atención.
—¿Cuándo quiere Skynner que me vaya?
—Pues ahora, maldito idiota. «Mándalo de vuelta a King's y que esta vez el
cabrón vaya andando.» Creo recordar que éstas fueron sus instrucciones. —Logie
suspiró y sacudió la cabeza—. No deberías haberlo dejado en ridículo, Tom. Y menos
delante de sus clientes.
—Pero es que se lo merece —replicó Jericho. La rabia y la autocompasión estaban
brotando en su interior. Trató de que no le temblase la voz—. No tiene ni idea de lo
que habla. Vamos, Guy. ¿Tú crees, de verdad, que podemos recuperar Tiburón en los
próximos (res días?
Alguien llamó a la puerta y Logie gritó:
—¡Ahora no, amigo, muchas gracias!
Esperó hasta que quienquiera que fuese se hubo marchado y dijo:
—Me parece que no te das cuenta de hasta dónde han cambiado aquí las cosas.
—Eso mismo dijo Skynner.
—Pues tiene razón. Cosa rara. Lo viste por ti mismo en la conferencia de ayer. Ya
no estamos en 1940, Tom. Ya no es la pobrecita Inglaterra sola ante el peligro. Hemos
seguido adelante. Hay que tener en cuenta lo que piensan los otros. Mira el mapa,
hombre. Lee los periódicos. Esos convoyes embarcan en Nueva York. ¡Nueva York!
Una cuarta parte de los barcos es americana. El cargamento es todo americano. Todo.
Las tropas americanas; las tripulaciones americanas. —De pronto, Logie se llevó las
manos a la cara—. Dios, no puedo creer que intentaras pegar a Skynner. Realmente,
estás majara. Ni siquiera sé con seguridad si puedes andar suelto por la calle. —
Levantó los pies del escritorio y cogió el teléfono—. Mira, me da igual lo que diga
Skynner, veré si puedo conseguir que vuelvas en coche.
—¡No! —Jericho se sorprendió de la vehemencia de su voz. Mentalmente pudo
ver, en perfecta réplica, la parda masa continental de Norteamérica, los borrones de
Rorschach de las islas Británicas, el azul del Atlántico, los inocentes discos amarillos,
los dientes del tiburón dispuestos como un cepo. ¿Y Claire? Imposible dar con ella ni
siquiera ahora que tenía acceso al Park. Una vez en Cambridge, despojado de sus
credenciales, sería como estar en otro planeta—. No —repitió, más calmado—. No
puedes hacerme eso.
—La decisión no es mía.
—Dame un par de días, Guy.
—¿Qué?
—Dile a Skynner que quieres darme un par de días. Para ver si encuentro la forma
de volver a Tiburón.
Logie miró fijamente a Jericho durante cinco segundos y luego se echó a reír.
—Tu locura aumenta a medida que pasan las horas, muchacho. Ayer nos decías
que es imposible descifrar Tiburón en tres días y ahora me dices que tal vez puedes
hacerlo sólo en dos.
—Por favor, Guy. Te estoy implorando. —Y así era. Tenía las manos apoyadas en
su escritorio y el cuerpo inclinado hacia él. Estaba rogando por su vida—. Sabes que
Skynner no sólo quiere que me vaya de la cabaña. Quiere echarme del Park. Quiere
encerrarme en un desván del almirantazgo haciendo divisiones largas.
—Hay sitios peores donde pasar la guerra.
—No, para mí, no. Mi sitio está en Bletchley.
—Ya me he jugado el cuello por ti muchas veces, muchacho. —Logie hincó su
pipa en el tórax de Jericho—. “¿Jericho?”, decían todos. “No lo dirás en serio.
¿Estamos en plena crisis y quieres a Jericho?” —Volvió a pincharlo con la pipa—. Y
yo les contestaba: “Sí, ya sé que está medio chiflado y que se desmaya como una
damisela, pero el tipo tiene algo, tiene ese dos por ciento de más. Vosotros confiad en
mí” Y luego pido de rodillas un maldito coche y en lugar de irme a dormir como me
merezco, voy a tomar un te rancio a Cambridge y a rogarte, fíjate bien, a rogarte que
vuelvas, y lo primero que haces es dejarnos a todos como idiotas y luego le atizas al
jefe del departamento, sí, bueno, sólo lo intentaste. Contéstame a una cosa: ¿quién va
a escucharme ahora?

—Skynner.
—Vamos, anda.
—Skynner tendrá que escuchar, lo hará si tú insistes en que me necesitas. Lo sé. —
Jericho estaba inspirado—. Puedes amenazarlo con que le dirás a ese almirante, a
Trowbridge, que me han echado en un momento crítico de la Batalla del Atlántico
sólo porque dije la verdad.
—Oh, sí, claro. Muchas gracias. Ya nos veo a los dos haciendo divisiones largas en
el almirantazgo.
—Hay sitios peores donde pasar la guerra.
—No seas ridículo, Tom.
Otra llamada a la puerta, esta vez mucho más fuerte.
—Por el amor de Dios —aulló Logie—, ¡vete al cuerno!
Pero la puerta empezó a abrirse. Jericho se apartó y apareció Puck.
—Perdona, Guy. Hola, Thomas. —Miró a ambos con expresión ceñuda—. Ha
habido cambios, Guy.
—¿Buenas noticias?
—Para ser sincero, no. Lo más probable es que no sean buenas. Es mejor que
vengas.
—Mierda, ¡mierda! —murmuró Logie. Lanzó a Jericho una mirada asesina, cogió
su pipa y siguió a Puck por el pasillo.
Jericho dudó unos segundos y fue tras ellos. Entró en la sala de registro. Nunca la
había visto tan llena. Además del teniente Cave, estaban allí, al parecer, casi todos los
criptoanalistas de la cabaña —Baxter, Atwood, Pinker, Kingcome, Proudfoot, De
Brooke— así como Kramer, cual galán de moda con su uniforme azul de la marina
estadounidense. Saludó a Jericho inclinando amistosamente la cabeza.
Logie echó una ojeada a la sala.
—¡Hola, hola, si está aquí toda la banda! —Nadie rió—. ¿Qué pasa, Puck? ¿Es un
mitin, o es que vais a la huelga?
Puck señaló con la cabeza hacia las tres integrantes de la sección femenina que
constituían el turno de día en la sala.
—Ah, sí —dijo Logie—, por supuesto. —Sonrió, revelando sus amarillentos
dientes de fumador—. Tenemos cosas de que hablar, chicas. Alto secreto. ¿Os
importaría dejar solos a los caballeros por unos minutos?

—Le enseñé esto casualmente al teniente Cave —dijo Puck una vez que las mujeres
se hubieron marchado—. Análisis de tráfico. —Sostuvo en alto una de las hojas
amarillas, como si se dispusiera a practicar un juego de manos—. Dos señales largas
que hemos interceptado en las últimas doce horas; proceden del nuevo transmisor
nazi cerca de Magdeburgo. Una, poco antes de medianoche: ciento ochenta grupos
de cuatro palabras. La otra justo después: doscientos once grupos. Radiadas dos
veces por las cadenas Diana y Hubertus. Cuatro-seis-cero-un kilociclos.
—Venga, hombre, al grano —susurró Atwood para sí.
Puck hizo como que no lo oía.
—En el mismo período, total de señales Tiburón interceptadas a los submarinos
alemanes en el Atlántico Norte hasta las cero-nueve-cero-cero de esta mañana: cinco.
—¿Cinco? —repitió Logie—. ¿Estás seguro, muchacho? —Cogió la hoja de papel
y recorrió con el índice las pulcras columnas de entradas.
—¿ Cómo es el dicho ? —preguntó Puck—. ¿ Callado como una tumba?
—Los puestos de escucha —dijo Baxter, leyendo la hoja por sobre el hombro de
Logie—. Algo debe de haberles pasado. Se habrá quedado todo el mundo dormido.
—He telefoneado a la sala de control hace diez minutos. Después de hablar con el
teniente. Dicen que no hay ningún error.
Un murmullo de nerviosismo recorrió la sala.
—¿Y qué dices tú, oh sabio entre los sabios?
Jericho tardó un par de segundos en advertir que Atwood estaba dirigiéndose a
él.
—Es muy poco —dijo, encogiéndose de hombros—. Mala señal.
—Según el teniente Cave, parece haber una pauta —-dijo Puck.
—Hemos interrogado a tripulantes de U-boote acerca de sus tácticas. —El teniente
Cave se adelantó y Jericho vio que Pinker se encogía a la vista de sus cicatrices—.
Cuando Dönitz huele un convoy, organiza sus coches fúnebres situándolos en la ruta
por donde espera que va a llegar. Doce submarinos, por ejemplo, separados entre sí
unas veinte millas. Posiblemente dos líneas de ataque, quizá tres. Actualmente tiene
suficientes submarinos como para montar toda una coreografía. Nuestros cálculos
eran de cuarenta y seis sólo en ese sector del Atlántico Norte. —Cove guardó silencio
con aire de pedir excusas—. Perdón —dijo—, no duden en interrumpirme si les
parece que estoy diciendo perogrulladas.
—Bueno, nuestro trabajo es más... digamos... teórico —apuntó Logie. Miró en
torno y varios criptoanalistas asintieron en señal de conformidad.
—Muy bien. Existen básicamente dos clases de formación. Por un lado está el
piquete, o, lo que es lo mismo, una línea de U-boote inmóviles en superficie
esperando a que el convoy avance sobre ellos. Por otro está la patrulla, que significa
los submarinos avanzando al mismo tiempo para interceptar el convoy. Una vez
fijadas las formaciones, existe una regla de oro. Absoluto silencio de radio hasta que
se aviste el convoy. Me huelo que es lo que está pasando ahora Esas dos señales
largas de Magdeburgo imagino que e Berlín ordenando los submarinos en línea de
combate Y si están guardando silencio radiofónico... —Cave se encogió de hombros;
sentía tener que decir lo que era evidente—. Eso significa que los U-boote están en po-
sición de combate.
Nadie dijo nada. La abstracción intelectual del criptoanálisis había adoptado
forma sólida: dos mil tripulantes de submarinos alemanes, diez mil marinos y
pasajeros aliados, a punto de entrar en combate en medio del invierno atlántico a mil
millas de tierra firme. Pinker parecía haberse puesto enfermo de golpe. Lo extraño de
la situación sorprendió a Jericho. Pinker era probablemente el responsable directo de
enviar un millar de marinos alemanes al fondo del océano, pero la cara de Cave era
lo más cerca que había estado de ver la brutalidad de la guerra en el Atlántico.
Alguien preguntó qué pasaría después.
—¿Si un submarino localiza el convoy? Lo vigilará. Enviará una señal de contacto
cada dos horas; posición, velocidad, rumbo. El mensaje será recogido por los otros
submarinos y todos convergirán hacia esa posición. El mismo procedimiento para
tratar de concentrar el máximo de unidades. Por lo general, procuran adentrarse en
el convoy, entre nuestros barcos. Esperarán a que se haga de noche. Prefieren atacar
en plena oscuridad. Los incendios de los barcos que tocados iluminan los otros
blancos. Así el pánico es mayor. Además, a nuestros destructores les cuesta más
localizarlos por la noche.
—Naturalmente —agregó Cave, cortando el silencio con su voz penetrante—, el
tiempo es malísimo incluso en esta época del año. Nieve. Niebla. Un agua verde
rompiendo contra las proas. Eso va en nuestro favor.
—¿Cuánto tiempo tenemos? —dijo Kramer.
—Menos del que pensábamos en un principio, eso por descontado. El U-boote es
más rápido que cualquier convoy, pero sigue siendo una bestia lenta. En superficie
se mueve a la velocidad de un hombre en bicicleta, bajo el agua sólo como un
hombre a pie. Pero en el caso de que Dönitz se entere de lo de los convoyes, tal vez
un día y medio. El mal tiempo hará que tengan problemas de visibilidad. Aun así,
bien, yo diría que un día y medio como máximo.
Cave se excusó para ir a comunicar la mala noticia al almirantazgo. Los
criptoanalistas se quedaron solos. Al fondo de la cabina empezó a oírse el ruido
matutino de las máquinas Type-X.
—Eso debe ser De... De... Delfín —dijo Pinker—. Si me permites, Gu... Guy...
Logie levantó una mano bendiciendo su partida y Pinker salió apresuradamente
de la habitación.
—Ojalá tuviésemos un cuarto rotor —se lamentó Proudfoot.
—Pero no lo tenemos, muchacho, así que no perdamos el tiempo con eso.
Kramer, que había estado en una de las mesas, se incorporó. No había espacio
para dar un paso, de modo que ejecutó una especie de inquieto arrastrar de pies al
tiempo que golpeaba con el puño la palma de su mano izquierda.
—Maldita sea, esto es desesperante. Un día y medio. Un ridículo y cochino día y
medio. ¡Dios! Tiene que haber algo. Quiero decir, vosotros conseguisteis descifrar
esta cosa hace tiempo, ¿no? Cuando el último apagón.
Varias personas hablaron a la vez.
—Sí, sí.
—¿Te acuerdas?
—Fue Tom.
Jericho no estaba escuchando. Algo se movía en su cerebro, como un ligero
cambio en las profundidades de su inconsciente, más allá del alcance de cualquier
análisis posible. ¿Qué podía ser? ¿Un recuerdo? ¿Una conexión? Cuanto más
intentaba concentrarse en ello, más inaprehensible se volvía.
—¿Tom?
Jericho sacudió la cabeza, sorprendido.
—El teniente Kramer te preguntaba —dijo Logie con cansina paciencia— cómo
fue que descifraste Tiburón...
—¿Qué? —Le molestaba que lo hubieran interrumpido. Hizo un gesto vago con
las manos—. Oh, Dönitz había sido ascendido a almirante. Supusimos que el cuartel
general de los U-boote no cabría en sí de alegría. Hasta tal punto, que eran capaces de
transmitir la orden de Hitler palabra por palabra a todos los submarinos.
—¿Y lo hicieron?
—Sí. Fue una buena criba. Pusimos seis bombas en ello. Con todo, tardamos casi
tres semanas en interpretar el tráfico de un solo día.
—¿Con una buena criba? —dijo Kramer—. ¿Seis bombas? ¿Tres semanas?
—Es la gracia del cuarto rotor de Enigma.
—Lástima que a Dönitz no lo asciendan cada día —intervino Kingcome.
Esto hizo reaccionar inmediatamente a Atwood.
—A este paso, probablemente lo harán.
Las risas aliviaron momentáneamente el pesimismo general. Atwood parecía
satisfecho de sí mismo.
—Muy buena, Frank —dijo Kingcome—. Un ascenso diario. Muy buena.
Sólo Kramer se negó a reír. Permaneció cruzado de brazos, mirando sus
resplandecientes zapatos.
Empezaron a hablar de una hipótesis de De Brooke que había sido aplicada en las
últimas nueve horas a un par de bombas. Pero la metodología, como Puck había
señalado, era rematadamente complicada.
—Bien, al menos yo he propuesto algo —dijo De Brooke—, que tú...
—Eso, querido Arthur, es porque cuando tengo una idea que no vale, me la
guardo.
Logie dio unas palmadas.
—Amigos, seamos críticos pero constructivos.
Jericho había dejado de escuchar hacía rato. Seguía persiguiendo al fantasma que
corría por su mente, rebuscando en su fichero mental de los últimos diez minutos la
palabra, la frase, que podía haberlo puesto en movimiento. Diana, Hubertus,
Magdeburgo, piquete, silencio radiofónico, señal de contacto...
Señal de contacto.
—Guy, ¿dónde guardas la llave del Museo Negro?
—¿Cómo dices, amigo? Ah, en mi escritorio. El de arriba a la derecha. Eh,
¿adonde vas? Aguarda un momento, todavía no he terminado de hablar contigo...
Fue un alivio abandonar la claustrofóbica atmósfera de la cabaña y salir al aire frío.
Resueltamente, echó a andar hacia la mansión.
Jericho iba muy pocas veces allí, pero cuando lo hacía siempre le recordaba la
típica casa solariega de una novela de intriga de los años veinte. («Como recordará,
inspector, el coronel se encontraba en la biblioteca cuando fueron hechos los
disparos...») El exterior era de pesadilla, como si un carretón gigante lleno de trozos
desechados de otros edificios hubiera volcado su contenido en el suelo. Frontones
suizos, almenas góticas, pilares griegos, ventanas saledizas, ladrillo rojo municipal,
leones de piedra, el porche de una catedral; los diferentes estilos peleaban unos con-
tra otros amontonados, y en lo alto un tejado verde en forma de campana hecho de
cobre batido. El interior era de puro terror gótico, todo arcos de piedra y vidrieras de
colores. Los suelos pulimentados sonaban a hueco bajo los pies de Jericho y las
paredes estaban decoradas con oscuros paneles de madera de esos que en el capítulo
final se abren a un laberinto secreto. Apenas si sabía qué pasaba ahora en la mansión.
El comandante Travis ocupaba el despacho grande con vistas al lago, en la parte
frontal, mientras que en los dormitorios del piso de arriba se hacían toda clase de
cosas misteriosas; había oído decir que descifraban los códigos del servicio secreto
alemán.
Cruzó el vestíbulo a toda prisa. Un capitán del ejército fingía leer el Observer de
aquella mañana junto al despacho de Travis mientras escuchaba a un hombre de
mediana edad en traje de tweed que trataba de ligarse a una joven de la RAF. Nadie
prestó la menor atención a Jericho. Al pie de la escalera de roble enrevesadamente
tallada, se abría un pasillo a mano derecha que conducía a la parte de atrás. A medio
camino había una puerta que, bajando unos peldaños, daba a un corredor
secundario. Era allí, en un cuarto cerrado con llave del sótano, donde los
criptoanalistas de las Cabañas 6 y 8 almacenaban sus tesoros robados.
Jericho palpó el muro en busca del interruptor de la luz.
La mayor de las dos llaves abría el Museo. Apiladas en estantes metálicos a lo
largo de la pared había más de una docena de máquinas Enigma capturadas al
enemigo. La llave pequeña era para una de las dos grandes cajas de caudales. Jericho
se arrodilló para abrirla y empezó a buscar. Allí estaban todos sus preciosos hurtos:
cada uno de ellos una victoria en la larga guerra contra Enigma. Había una caja de
puros con una etiqueta fechada en febrero de 1941 que contenía el botín del
arrastrero alemán Krebs: dos rotores de repuesto, el mapa de la Kriegsmarine del
Atlántico Norte y los ajustes de Enigma para febrero de 1941. Detrás había un
voluminoso sobre con el membrete «München» —un barco meteorológico cuya
captura tres meses después del Krebs les había permitido descifrar el código
meteorológico— y otro con la etiqueta «U-110». Jericho cargó un montón de papeles
y mapas.
Por último, del estante de abajo cogió un paquete pequeño envuelto en hule
marrón. Era el botín por el que habían perecido Fasson y Grazier, todavía en su
envoltorio original, tal como había salido del submarino hundido. Jericho nunca lo
veía sin agradecer a Dios que hubiesen encontrado algo hermético con que
protegerlo. La menor exposición al agua habría disuelto la tinta. Que se hubiese
rescatado de un submarino inundado, de noche, con el mar picado, bastaba para que
hasta un matemático creyese en milagros. Jericho retiró cuidadosamente el hule,
como un especialista habría abierto los papiros de una antigua civilización, o un
sacerdote unas reliquias santas. Dos folletos impresos en letra gótica sobre papel
secante rosa. La segunda edición de la cifra meteorológica empleada por los U-boote,
ahora inservible debido al cambio de código. Y —exactamente tal como lo
recordaba— la tabla de señales abreviadas. Se puso a hojearla. Columnas de letras y
números.
En la parte interior de la puerta de la caja fuerte había un aviso mecanografiado:
«Queda terminantemente prohibido retirar cualquier artículo sin mi expreso
consentimiento. (Firmado) L. F. N. Skynner, jefe de la sección naval.»
Para Jericho fue un placer especial el guardarse la tabla de señales abreviadas en
el bolsillo interior y volver corriendo con el libro a la cabaña.
Jericho le lanzó las llaves a Logie, quien manoteó antes de cazarlas al vuelo.
—Señal de contacto.
—¿Qué?
—Señal de contacto —repitió Jericho.
—¡Loado sea Dios! —exclamó Atwood, alzando las manos como un predicador—.
El oráculo ha hablado.
—Está bien, Frank. Espera un poco. ¿Qué pasa, Tom?
Jericho lo veía más rápido de lo que era capaz de transmitirlo. Le resultaba difícil
formular su descubrimiento con palabras. Habló lentamente, como si tradujera de un
idioma extraño, reordenándolo mentalmente para convertirlo en una narración.
—¿Recordáis cuando en noviembre conseguimos la tabla de cifra meteorológica del
U-459, cuando conseguimos también la tabla de señales abreviadas? Sólo que entonces
decidimos no hacer caso de esta última porque no nos servía para obtener una criba
que mereciese la pena. Me explico, una señal de contacto con un convoy, por sí sola,
no vale nada, ¿de acuerdo? Sólo son cinco letras muy de tarde en tarde. —Jericho sacó
cuidadosamente del bolsillo el pequeño folleto rosa—. Una letra para la velocidad del
convoy, dos para el rumbo, dos más para la referencia cartográfica...
Baxter se quedó mirando el código como hipnotizado.
—¿Te has llevado eso de la caja sin autorización?
—Pero si el teniente Cave está en lo cierto, y cualquier submarino que localiza un
convoy envía una señal de contacto cada dos horas, y si lo va a vigilar hasta que se
haga de noche, entonces es posible, al menos teóricamente, que envíe cuatro, o a lo
sumo, cinco señales, según la hora en que lo aviste por primera vez. —Jericho buscó
con la mirada el único uniforme que había en la sala—. ¿Cuántas horas de luz hay en
el Atlántico Norte en el mes de marzo?
—Unas doce —dijo Kramer.
—Doce. Y si respondiendo a la señal original varios submarinos más siguen a ese
convoy el mismo día, y todos empiezan a enviar señales de contacto cada dos horas...
Logie, por fin, empezó a ver adonde quería ir a parar. Se sacó la pipa de la boca y
dijo:
—¡Qué diantre...!
—Entonces, teóricamente también, podríamos tener, digamos, veinte letras de criba
a partir del primer barco, quince del segundo, etcétera. Si intervienen ocho
submarinos en el ataque, es un decir, podríamos tener fácilmente un centenar de
letras. Sería una criba perfecta. —Jericho estaba tan ufano como el padre que ofrece al
mundo un vislumbre de su hijo recién nacido—. Es maravilloso, ¿os dais cuenta? —
Miró alternativamente a los criptoanalistas: Kingcome y Logie empezaban a revelar
entusiasmo, De Brooke y Proudfoot parecían pensativos, Baxter, Atwood y Puck
ponían cara de franca hostilidad—. No fue posible hacerlo antes, porque hasta este
momento los alemanes no habían sido capaces de lanzar tantos submarinos contra
semejante masa de barcos. Es toda la historia de Enigma resumida en pocas palabras.
El invento de los alemanes, por su propia magnitud, engendra tal cantidad de material
interesante para nosotros que está sembrando la semilla de su eventual destrucción.
Hizo una pausa.
—¿No crees que hay demasiados si en todo esto? —dijo ásperamente Baxter—. Si el
submarino localiza al convoy a primera hora del día, si informa cada dos horas, si
todos los otros hacen lo mismo, si conseguimos interceptar todas las transmisiones...
—Y si —intervino Atwood— la tabla de señales que birlamos en noviembre no ha
sido cambiada hace una semana como lo fue la tabla meteorológica...
Era una posibilidad que Jericho no había tenido en cuenta. Sintió que su
entusiasmo se desmoronaba ligeramente.
Puck se sumó a los ataques:
—Estoy de acuerdo. La idea es bastante brillante, Thomas. Aplaudo tu...
inspiración. Pero tu estrategia depende de un fracaso, ¿no es cierto? Sólo descifrare-
mos Tiburón, como tú mismo reconoces, si los U-boote encuentran el convoy, que es
justamente lo que tratamos de evitar. Y suponiendo que, efectivamente, averiguáse-
mos los ajustes de Tiburón para ese día, ¿qué? Muy bien. Podremos leer las señales
que los submarinos envíen a Berlín, jactándose ante Dönitz de los barcos aliados que
han conseguido hundir. Y veinticuatro horas después, estaremos otra vez a dos velas.
Algunos de los criptoanalistas prorrumpieron en gruñidos de asentimiento.
—No, no. —Jericho sacudió enfáticamente la cabeza—. Tu lógica es defectuosa,
Puck. Lo que deseamos, evidentemente, es que los submarinos no localicen los
convoyes. Sí, en eso radica todo el ejercicio. Pero si lo hacen, al menos podremos
sacarle un partido. Y no va a ser cosa de un día sólo; si hay suerte, no. Si logramos
averiguar los ajustes durante veinticuatro horas, entonces tendremos todos los partes
meteorológicos en clave de ese período. Y recuerda que nuestros barcos estarán en la
zona, con capacidad para darnos precisamente los datos meteorológicos que los
submarinos están codificando. Dispondremos del texto claro, de los ajustes en cifra, de
modo que contaremos con un buen punto de partida para reconstruir la nueva tabla
de clave meteorológica. Es como meterles otra vez el pie en la puerta. ¿No lo
entiendes?
Se mesó los cabellos, exasperado.
¿Por qué todos se habían vuelto tan obtusos?
Kramer, que durante todo el tiempo había estado garabateando en una libreta, dijo:
—Yo creo que sigue una pista interesante. —Arrojó su lápiz al aire y lo cogió al
vuelo—. Vale la pena intentarlo. Al menos nos da un motivo para seguir luchando.
—Yo sigo sin verlo claro —gruñó Baxter.
—Y yo —dijo Puck.
—Supongo, Baxter —dijo Atwood—, que si no lo ves claro es porque no representa
un triunfo para el proletariado mundial.
Las manos de Baxter se volvieron puños.
—Un día de éstos, Atwood, alguien te va a romper la crisma, presumido.
—Ah. El primer impulso de una mente totalitaria: la violencia.
—¡Basta! —Logie descargó su pipa sobre la mesa como si fuera el mazo de un juez.
Nadie lo había oído nunca gritar de aquella manera, y se hizo el silencio—. No
empecéis otra vez con lo mismo... —Miró fijamente a Jericho—. A ver, está claro que
debemos proceder con cautela. Puck, tomamos nota de tu opinión. Pero también
hemos de afrontar los hechos. Hemos estado a dos velas durante cuatro días y la de
Tom es la única idea decente que tenemos. Así que buen trabajo, Tom.
Jericho se quedó mirando una mancha de tinta en el suelo. «Dios mío —pensó—,
ahora viene la típica arenga del jefe de departamento.»
—Hay muchas cosas que dependen de nosotros, y quiero que todos recordéis que
formáis parte de un equipo.
—Aquí nadie hace la guerra por su cuenta —dijo Atwood, inexpresivo, con las
regordetas manos devotamente cruzadas sobre su voluminoso abdomen.
—Gracias, Frank. Exactamente. Y si alguna vez cualquiera de nosotros (y digo
cualquiera) lo olvida, pensad solamente en esos convoyes y en todos los demás de que
depende esta guerra. ¿Queda claro? Bien. Estupendo. Se acabó la charla. Todo el
mundo a trabajar.
Baxter abrió la boca para protestar, pero luego pareció pensarlo mejor. Al salir
intercambió con Puck una mirada de abatimiento. Jericho los vio marcharse y se
preguntó la razón de su testarudo pesimismo. Puck no soportaba las ideas políticas de
Baxter y por lo general ambos se mantenían a distancia el uno del otro. Pero ahora
parecían haber hecho causa común. ¿Por qué? ¿Una especie de envidia académica?
¿Acaso resentimiento por el hecho de que él los hubiera dejado en ridículo pese a lo
mucho que habían trabajado?
—Muchacho, no sé qué hacer contigo —dijo Logie sacudiendo la cabeza. Trataba
de estar serio, pero no podía ocultar su alegría. Puso una mano en el hombro de
Jericho.
—Devuélveme mi puesto.
—Tendré que habar con Skynner —replicó Logie. Abrió la puerta y siguió a Jericho
al pasillo. Las tres chicas de la sección femenina los miraron. Logie se estremeció y
añadió—: ¿Imaginas lo que va a decir? Seguro que le encantará presentarse ante sus
amiguitos los almirantes y decirles que la mejor oportunidad de recuperar Tiburón es
que los convoyes sean atacados. Oh, mierda, supongo que lo mejor será que vaya a
verle. —Entró a medias en su despacho y volvió a salir—. ¿Estás seguro de que no
llegaste a pegarle?
—Segurísimo, Guy.
—¿Ni un rasguño?
—Ni uno solo.
—Lástima —dijo Logie, como para sí—. En parte fue una lástima.

Hester Wallace no podía dormir. Aunque era de día, las cortinas de oscurecimiento
estaban corridas. Su pequeña habitación era un estudio de la monocromía. Un
ramillete de lavanda filtraba una fragancia analgésica a través de la almohada. Pero
aun cuando yacía convenientemente boca arriba en su bata de algodón, con las
piernas muy juntas y las manos cruzadas sobre el pecho igual que una doncella en su
tumba de mármol, no conseguía olvidar las palabras.
«ADU, Miss Wallace. A, D, U, el ángel danza en el umbral...»
Aquella frase mnemotécnica resultaba tremendamente efectiva. No podía sacársela
de la cabeza, pese a que la disposición de las letras no le decía absolutamente nada.
«Es una señal de llamada. Seguramente de la Luftwaffe o del ejército alemán...»
Nada sorprendente. Era casi obligado. Al fin y al cabo, había muchas: miles y miles
de letras combinadas. La única regla fiable era que las señales del ejército o de la
Luftwaffe nunca empezaban por «D», porque esa letra indicaba siempre una emisora
comercial alemana.
«ADU... ADU...»
No conseguía ubicarlo.
Se puso de lado, se aovilló y trató de ocupar su mente con pensamientos
tranquilizadores. Pero no bien consiguió librarse del intenso y pálido rostro de Tom
Jericho, su memoria le mostró la cara apergaminada del cura de Saint Mary, Bletchley,
aquel estridente portavoz de la misoginia de san Pablo. «No está bien que una mujer
hable en una asamblea...» (Corintios 1, 14, 35). «Pobres mujeres cargadas de pecados y
llevadas de toda clase de deseos...» (Timoteo 2, 3, 6). A partir de esos textos había
tejido un polémico sermón contra el empleo en tiempos de guerra del sexo femenino;
mujeres que conducían camiones, mujeres con pantalones, mujeres que bebían y
fumaban en lugares públicos sin estar acompañadas de sus esposos, mujeres que
descuidaban a sus hijos y sus hogares. «Anillo de oro en hocico de cerdo; eso es la
mujer bella pero sin seso» (Proverbios 11, 22).
¡Ojalá fuese cierto!, pensó. ¡Ojalá las mujeres hubieran usurpado la autoridad
masculina! La acicalada figura de Miles Mermagen, su jefe de sección, surgió ante ella.
«Mi querida Hester, un traslado en este momento está realmente fuera de lugar.»
Mermagen había sido gerente del Barclays Bank antes de la guerra y gustaba de
acercarse a las chicas por detrás mientras trabajaban y masajearles los hombros. En la
fiesta de Navidad de Cabaña 6 la había acorralado bajo el muérdago y le había
quitado torpemente las gafas. («Gracias, Miles —había dicho ella, tratando de
tomárselo a broma—, sin mis gafas incluso tú me pareces tolerantemente atractivo...»)
Sus labios sobre los de ella eran desagradablemente húmedos, como la superficie de
un molusco, y sabían a jerez dulce.
Claire, cómo no, había buscado la solución.
—Oh, pobrecita Hester —había dicho—. Y supongo que tendrá esposa, ¿no?
—Dice que se casaron demasiado jóvenes.
—Pues agárrate a eso. Dile que te parece justo ir a hablar primero con ella. Dile que
quieres ser amiga de su mujer.
—¿Y si me dice que sí?
—¡Santo Dios! Entonces sólo te queda darle una patada en los huevos.
Hester sonrió al recordarlo. Volvió a cambiar de postura y la sábana de algodón se
arrugó debajo de ella. No había manera. Alargó el brazo, encendió la lámpara que
había sobre la mesa de noche y buscó sus gafas.
Ich lerne deutsch, ich lernte deutsch, ich habe deutsch gelernt...
Alemán, pensó: el alemán podía ser su salvación. Un conocimiento efectivo del
alemán la sacaría de la pesadez de la sala de control, lejos del viscoso abrazo de Miles
Mermagen, para catapultarla al aire enrarecido de la sala de máquinas, que era donde
deberían haberla puesto de entrada.
Se incorporó e intentó concentrarse en su manual de alemán. Normalmente
bastaban diez minutos de estudio para hacerle conciliar el sueño.
«Los verbos intransitivos que indican cambio de lugar o de estado utilizan el
auxiliar sein en lugar de haben en los tiempos compuestos...»
Alzó la vista. ¿Qué era ese ruido en la planta baja?
«En oraciones subordinadas el auxiliar debe quedar al final, directamente después
del participio pasado o del infinitivo...»
Otra vez aquel ruido.
Deslizó sus pies calientes en los fríos zapatos de calle, se echó un chal de lana sobre
los hombros y salió al rellano.
Alguien estaba llamando a la puerta de la cocina.
Empezó a bajar por la escalera.
Al llegar de la iglesia había encontrado dos hombres esperándola. Uno estaba de
pie en el umbral y el otro surgió con aire de naturalidad de la parte de atrás. El
primero era joven y rubio, con modales lánguidos y aristocráticos y una suerte de
decadente distinción anglosajona. Su compañero era mayor, más bajo, delgado y
moreno, con acento norteño. Ambos tenían pases de Bletchley Park y dijeron que eran
de Asistencia Social y que buscaban a Miss Romilly. No había ido a trabajar, ¿tenía
alguna idea sobre su paradero?
Hester les había dicho que no. El mayor de los dos había subido al piso de arriba y
había estado un buen rato fisgando. Entretanto, el rubio —no llegó a retener su
nombre— se había arrellanado en el sofá y le había hecho un montón de preguntas.
Pese a sus buenas maneras había en él un deje de ofensivo paternalismo. Ella pensó
que así sería Miles Mermagen si hubiera disfrutado de cinco mil libras de educación
privada. ¿Cómo era Claire? ¿Quiénes eran sus amigos? ¿Quiénes eran los hombres de
su vida? ¿Había preguntado alguien por ella? Mencionó la visita de Jericho la noche
anterior, y el rubio lo anotó con su portaminas de oro. Ella estuvo a punto de comentar
el curioso ataque de Jericho al salir de la iglesia («ADU, Miss Wallace...»), pero para
entonces había cobrado tal antipatía por el joven de buenos modales que se mordió la
lengua y se calló.
Un sonido —toc toc toc— le llegó de la cocina.
Hester cogió el atizador que había junto a la chimenea de la sala y abrió lentamente
la puerta de la cocina.
Fue como entrar en un frigorífico. El viento hacía batir la ventana. Debía de llevar
abierta varias horas.
Al principio sintió alivio, pero sólo le duró hasta que intentó cerrarla. Entonces
descubrió que la cerradura metálica, debilitada por la herrumbre, estaba rota en dos.
Parte del bastidor de madera se había astillado.
Permaneció allí de pie analizando la situación, y rápidamente dedujo que sólo
había una explicación posible. El hombre de cabello oscuro que había salido de detrás
de la casa a su regreso de la iglesia debía de tener que ver con la rotura de la
cerradura.
Le habían dicho que no se preocupara por nada. Pero si no había de qué
preocuparse, ¿por qué habían estado a punto de entrar por la fuerza en su casa?
Se estremeció de frío y se arrebujó en el chal.
—Oh, Claire —dijo en voz alta—. Claire, tonta, estúpida, ¿qué es lo que has hecho?
Trató de asegurar la ventana con un trozo de cinta aislante negra. Luego, con el
atizador aún en la mano, regresó a la planta superior y entró en el cuarto de Claire. Un
zorro plateado colgaba a los pies de la cama, con sus ojos bien abiertos y sus dientes
como agujas al descubierto. Por aquello de la costumbre, lo dobló con cuidado y lo
dejó en el estante donde solía estar. La habitación era como Claire, llena de colores
extravagantes, telas y perfumes, y la presencia de ésta parecía vibrar allí incluso ahora
que ella no estaba, como los últimos vaivenes de un diapasón... Claire, probándose un
ridículo vestido, riendo y preguntándole qué le parecía, y Hester fingiendo fruncir el
entrecejo como habría hecho una hermana mayor. Claire, con sus arrebatos de
quinceañera, boca abajo en la cama, hojeando una revista de antes de la guerra. Claire
peinando a Hester (cuyo pelo, cuando se lo soltaba, le llegaba a la cintura), pasándole
el cepillo lenta y lánguidamente de manera que a Hester se le aflojaban las rodillas.
Claire insistiendo en maquillar a Hester, vistiéndola como una muñeca y mirándola de
arriba abajo con fingida sorpresa: «Caramba, ¡pero si estás guapísima!» Claire, sin otra
cosa encima que unas bragas blancas de seda y un collar de perlas, paseándose por la
habitación en busca de alguna cosa, con sus largas piernas de atleta, volviéndose para
sorprender a Hester mirándola a hurtadillas en el espejo, y quedándose inmóvil por
unos segundos, las caderas echadas al frente, los brazos extendidos y una sonrisa a
medio camino entre la invitación y la seducción, antes de ponerse de nuevo en
movimiento...
Y aquella fría y luminosa tarde de sábado, Hester Wallace, la hija del clérigo, se
apoyó en la pared, cerró los ojos y se puso la mano entre las piernas, avergonzada.
Un momento después volvió a oír el ruido en la cocina y pensó que el corazón le
estallaría a causa del pánico. Salió corriendo al pasillo y entró en su habitación,
perseguida por el seco quejido del vicario de Saint Mary —¿o era acaso la voz de su
propio padre?— recitando del libro de los Proverbios:
«Los labios de la extraña destilan miel, y más untuosa que el aceite es su palabra;
pero al final es amarga como el ajenjo, aguda como espada de dos filos. Sus pies
descienden hacia la muerte; sus pasos se encaminan hacia el infierno...»

Por vez primera en más de un mes Tom Jericho vio que tenía mucho trabajo.
Debía supervisar el copiado de la tabla de señales abreviadas, de la cual seis
transcripciones mecanografiadas fueron debidamente extraídas y archivadas bajo el
rótulo MÁXIMO SECRETO. Había que verificar cada línea, pues el menor error podía
marcar la diferencia entre romper la cifra con éxito o enfrentarse a días de fracaso.
Había que dar instrucciones a los controlado-res de mensajes interceptados. Había que
enviar órdenes por teletipo a todos los oficiales de servicio de los puestos de escucha
de Cabaña 8 —desde Thurso, encaramada a los riscos del extremo septentrional de Es-
cocia, hasta Saint Erith, cerca del Land's End—. Su misión era sencilla: concentrar
todos los efectivos en las frecuencias ya conocidas de los submarinos alemanes en el
Atlántico, cancelar todos los permisos, echar mano de cojos, ciegos y enfermos si ello
era necesario, y prestar la máxima atención a cualquier señal de Morse precedida por
E-barra —punto punto raya punto punto—, el código prioritario alemán que
despejaba la longitud de onda para emitir informes de contacto con convoyes.
Ninguna de estas señales podía pasar por alto, ¿entendido? Ninguna.
Jericho retiró del archivo los mensajes de Tiburón descifrados durante los últimos
tres meses para recuperar un poco el ritmo de trabajo, y aquella tarde, sentado en la
Sala Grande en el lugar que siempre ocupaba junto a la ventana, demostró con la regla
de cálculo lo que ya sabía por instinto: que diecisiete informes de contacto recogidos
en un período de veinticuatro horas darían ochenta y cinco letras de cifrado que, a su
vez, podrían proporcionarles la clave para Tiburón, siempre y cuando los
criptoanalistas tuviesen el porcentaje requerido de buena suerte y contaran con un
mínimo de diez bombas trabajando por tandas durante al menos treinta y seis horas...
Y en todo ese tiempo no dejó de pensar en Claire.
En la práctica era muy poco lo que podía hacer por ella. En dos momentos del día
se las apañó para salir a telefonear a su padre: primero mientras todos salían a
almorzar, de modo que él pudo rezagarse y hacer la llamada a tiempo para reunirse
con los demás en la verja; y luego a última hora de la tarde, cuando fingió que
necesitaba estirar las piernas. En ambas ocasiones consiguió comunicación, pero el
teléfono sonó y sonó sin que nadie contestara. Empezaba a tener una incierta pero
creciente sensación de pavor, que su impotencia no hacía sino aumentar. No podía
volver a Cabaña 3. No disponía de tiempo para ir a la casa de campo. Le habría
gustado ir a su cuarto en el Commercial y rescatar los mensajes —esconderlos detrás
de un cuadro en lo alto de la repisa... ¿acaso se había vuelto loco?— pero el viaje de
ida y vuelta le habría ocupado casi veinte minutos, y Jericho no podía permitírselo.
Como resultó después, habían dado las siete cuando decidió marcharse. Logie
estaba pasando por la Sala Grande cuando se detuvo un instante ante Jericho y le dijo
que por el amor de Dios hiciese el favor de ir a descansar un poco.
—Aquí no puedes hacer nada más, muchacho, salvo esperar. Creo que mañana a
estas horas empezaremos a sudar tinta.
Jericho cogió agradecido su abrigo y dijo:
—¿Has hablado con Skynner?
—Sobre el plan, sí. De ti, no. Él no ha preguntado y yo, como es lógico,
no pensaba sacar el tema.
—No me digas que ya no se acuerda...
Logie se encogió de hombros.
—Parece que tiene la cabeza ocupada en un nuevo lío.
—¿ Qué clase de lío ?
Pero Logie había echado a andar.
—Hasta mañana, Tom —dijo—. Y procura dormir un poco.

Jericho devolvió al archivo la pila de mensajes Tiburón y salió. El sol de marzo, que
en todo el día apenas si había asomado por encima de los árboles, se había hundido
detrás de la mansión dejando una franja de amarillo rojizo y naranja pálido en el
margen de un cielo añil. Había salido la luna, y Jericho oyó el ruido de los
bombarderos, un montón de ellos, formando para el ataque nocturno sobre Alemania.
Caminó mirando maravillado alrededor. El disco lunar sobre el lago inmóvil, el fuego
en el horizonte; era una extraordinaria conjunción de luces y símbolos, casi un por-
tento. Estaba tan ensimismado que a punto estuvo de pasar por delante de la cabina
telefónica antes de advertir que estaba vacía.
¿Y si probaba por última vez? Miró la luna. ¿Por qué no?
Como el número de Kensington seguía sin contestar, decidió hacer un
intento en el Foreign Office. La telefonista le pasó con un empleado de
servicio y Jericho pidió hablar con Edward Romilly.
—¿Qué departamento?
—No lo sé.
La línea quedó en silencio. Había muy pocas posibilidades de que Edward Romilly
estuviese en su despacho un domingo por la noche. Apoyó el hombro contra el cristal
de la cabina. Pasó un coche despacio. Aparcó unos diez metros más allá y sus luces de
freno brillaron, rojas, en el crepúsculo. Oyó un die y la telefonista dijo:
—Le paso.
Tras el tono de llamada, una voz culta dijo:
—Buró Alemán.
¿Buró Alemán? Aquello lo desconcertó por un instante.
—Edward Romilly, por favor —dijo finalmente.
—¿Quién digo que lo llama?
Dios, sí que estaba. Dudó otra vez.
—Un amigo de su hija.
—Espere, por favor.
Apretaba con tal fuerza el auricular que los dedos le dolían. Procuró relajarse un
poco. No había razón para que Romilly no pudiera trabajar en el Buró Alemán. ¿No le
había contado Claire que su padre había sido funcionario en la embajada de Berlín
cuando los nazis subieron al poder? Ella debía de tener diez u once años. Seguramente
por esa época aprendió a hablar alemán.
—Lo siento, señor. Mr. Romilly ya se ha marchado. ¿Quién le digo que telefoneó?
—Gracias. No importa. Buenas noches.
Colgó el auricular rápidamente. Aquello no le gustaba nada. Y tampoco le gustaba
el aspecto de aquel coche. Salió de la cabina y echó a andar hacia el negro y bajo
automóvil provisto de amplios estribos con el canto pintado estratégicamente de
blanco. El motor estaba en marcha. Al acercarse al coche éste salió disparado por la
calzada que describía una curva hacia la entrada principal. Jericho trató de alcanzarlo,
pero para cuando llegó a la verja el automóvil había desaparecido.
Mientras descendía por la colina, el impreciso perfil de la ciudad se evaporó en la
noche. Hacía al menos un siglo que ninguna generación presenciaba semejante
espectáculo. Incluso en tiempos de su bisabuelo habría habido cierta iluminación —la
luz difusa de un mechero de gas o de un carruaje, el fulgor azulino de la lámpara de
parafina de un sereno—, pero ya no. A medida que la luz se extinguía, se extinguía
también Bletchley. Podría haber estado en cualquier parte.
Empezaba a ser consciente de cierta paranoia, y la noche acrecentaba sus temores.
Pasó por delante de un pub cercano al puente del ferrocarril, un complicado mausoleo
Victoriano con un rótulo grabado en letras de oro sobre la mampostería negra como si
fuera un epitafio. Oyó un piano mal afinado tocar The Londonderry Air, y por un
momento sintió ganas de entrar, tomarse una cerveza, buscar a alguien con quien
hablar. Pero luego imaginó la conversación:
«—¿Y en qué trabaja usted, amigo?
»—Oh, cosas del gobierno.
»—¿Servicio civil?
»—Comunicaciones. Nada del otro mundo. Oiga, ¿puedo invitarlo a otra ronda?
»—¿Es usted de aquí?
»—No exactamente...»
Y decidió que mejor era alejarse de desconocidos; y mucho mejor no beber ni una
gota. Mientras torcía hacia Albion Street oyó un ruido de pisadas a sus espaldas y se
volvió. La puerta del pub se había abierto, hubo un destello de música y color, y luego
la calle quedó de nuevo a oscuras.
La casa de huéspedes se hallaba a mitad de la calle, a mano derecha, y cuando casi
había llegado Jericho reparó en un coche estacionado a mano izquierda. Aflojó el paso.
Aunque se parecía mucho, no estaba seguro de que fuera el mismo coche que había
visto antes en el Park. Pero luego, cuando estaba casi a su altura, uno de los ocupantes
encendió una cerilla. Al inclinarse el conductor para tapar la lumbre con la mano,
Jericho vio en su manga las tres franjas blancas de un sargento de policía.
Entró en la casa de huéspedes y rezó para llegar hasta la escalera antes de que Mrs.
Armstrong se levantara cual guerrero nocturno para cortarle el paso en el vestíbulo.
Pero llegó tarde. Ella debió de oír la llave girando en la cerradura. Venía de la cocina
entre una nube de vapor que olía a col y menudencias. En el comedor alguien hizo
como que vomitaba y se oyeron risotadas.
—Creo que hoy no tengo apetito, Mrs. Armstrong, pero gracias —dijo Jericho con
tono de disculpa.
Ella se secó las manos en el delantal y señaló con la cabeza hacia una puerta
cerrada.
—Tiene visita.
Jericho acababa de poner un desafiante pie en el primer peldaño.
—¿Es la policía? —preguntó.
—¿Por qué habría de venir la policía aquí, Mr. Jericho? Es un caballero muy
apuesto. Lo he hecho pasar —agregó enfatizando las palabras— a la sala.
¡La sala! Abierta por las noches a todos los huéspedes de ocho a diez los días
laborables, y de la hora del té en adelante los sábados y domingos, era más seria que
un salón ducal, con su tresillo y sus antimacasares (obra de la propietaria), su lámpara
de caoba con pantalla de borlas, su hilera de jarras Toby1 (1. Recipiente para beber
cerveza en forma de hombre gordo con sombrero de tres picos. (N. del T.)
aplicadamente alineadas sobre el hogar siempre frío. ¿Qué clase de persona podía
haber ido a verla como para que le franquearan el paso a la sala?
Al principio no lo reconoció. Cabellos dorados, cara pálida y pecosa, ojos azul claro,
sonrisa ensayada. El hombre cruzó la habitación para saludarlo, la mano derecha
extendida mientras la izquierda sostenía un sombrero Anthony Edén, sobre los
hombros un abrigo de cincuenta guineas comprado en Savile Road.
—Wigram. Douglas Wigram. Del Foreign Office. Nos vimos ayer pero no fuimos
debidamente presentados.
Tomó la mano de Jericho sin fuerza y de un modo extraño, con un dedo escondido
en la palma, y Jericho tardó unos instantes en comprender que acababa de recibir un
típico saludo masón.
—¿El alojamiento, bien? Magnífica sala ésta. Magnífica. ¿No podríamos ir a otra
parte? ¿Dónde tiene usted su cuartel general? ¿Arriba?
Mrs. Armstrong aún seguía en el vestíbulo, alisándose el pelo ante el espejo
ovalado.
—Mr. Jericho sugiere que podríamos charlar arriba en su cuarto, si a usted no le
importa, Mrs. A... —No esperó respuesta—. Entonces, vamos, ¿de acuerdo?
Extendió un brazo, sin dejar de sonreír, y Jericho se vio de pronto subiendo por las
escaleras. Era como si le hubiesen robado o timado pero no atinase a saber cómo. En el
rellano cobró arrestos suficientes para volverse a decir:
—Es muy pequeño, ¿sabe?, apenas si hay espacio para sentarse.
—Oh, no se preocupe, mi querido amigo. Con tal de que sea íntimo. Adelante.
Jericho encendió la luz mortecina y se hizo a un lado para dejar entrar primero a
Wigram, quien dejó un tenue rastro de agua de colonia y cigarro puro. Jericho fijó
rápidamente la mirada en el grabado de la capilla que, como comprobó con alivio,
parecía intacto. Cerró la puerta.
—Ya veo qué quería decir —dijo Wigram, ahuecando las manos contra el cristal
para mirar por la ventana—. Es increíble la miseria que hemos de soportar, ¿verdad? Y
además una vista ferroviaria. ¡El colmo de la felicidad! —Corrió las cortinas y se
volvió hacia Jericho. Estaba limpiándose los dedos en un pañuelo con delicadeza casi
femenina—. Nos preocupa bastante... —Su sonrisa se ensanchó—. Nos preocupa
bastante una joven llamada Claire Romilly. -—Dobló el cuadrado de seda azul y lo
metió de nuevo en su bolsillo delantero—. ¿Le importa que me siente?
Se quitó el abrigo y lo dejó sobre la cama, luego pellizcó ligeramente sus elegantes
pantalones a la altura de la rodilla a fin de no estropear la raya. Se sentó en el borde
del colchón y dio unos saltos a modo de prueba. Tenía el cabello rubio; rubias también
las cejas y las pestañas, rubio el vello de las pulcras manos blancas... Jericho notó que
empezaban a entrarle picores de miedo y repugnancia.
Wigram dio unos golpecitos con la mano sobre el edredón indicando a Jericho que
se sentara.
—Hablemos —dijo. No pareció alterarse en absoluto al ver que Jericho permanecía
en pie. Se limitó a cruzar las manos sobre el regazo con aire satisfecho y añadir—:
Muy bien, entonces empecemos. Claire Romilly. Veinte años. Oficinista. Oficialmente
desaparecida desde hace... —Miró su reloj—. Doce horas. No se presentó en su turno
de mañana. En realidad, hechas las debidas averiguaciones resulta que no aparece
desde la medianoche del viernes (oh, oh, de eso hace ya casi dos días), cuando salió de
Park después del trabajo. Sola. La chica con quien vive jura que no la ha visto desde el
jueves. Su padre dice que no la ve desde antes de Navidad. Nadie, ni compañeros de
trabajo ni familiares parece tener la menor idea. Se ha esfumado. —Wigram chasqueó
los dedos—. Así de fácil. —Por primera vez había dejado de sonreír—. ¿Debo enten-
der que usted y ella eran buenos amigos?
—No la he visto desde comienzos de febrero. ¿Es por eso que hay policía fuera?
—¿Le extraña? ¿Acaso no ha estado usted intentando verla? Según la pequeña Miss
Wallace, fue usted a su casa anoche. A hurtadillas. Preguntas, preguntas. Luego, esta
mañana, ha ido a Cabaña 3; preguntas, preguntas otra vez. Llamada telefónica a su
padre. —Al advertir la expresión de sorpresa de Jericho, dijo—: Sí, sí, él nos ha
telefoneado enseguida para avisarnos de la llamada que usted le hizo. ¿No conoce a
Ed Romilly? Es un tipo encantador. Nunca ha dado todo lo que puede dar, al menos
eso dicen. Anda un poco despistado desde que murió su mujer. Dígame, Mr. Jericho,
¿a qué viene tanto interés?
—He estado un mes fuera. Yo no la he visto.
—Pero estoy seguro de que tendrá cosas mucho más importantes que hacer,
especialmente ahora, que renovar una amistad, ¿me equivoco? —El paso de un tren
expreso ahogó sus últimas palabras. La habitación vibró durante unos quince
segundos, exactamente el tiempo que duró su sonrisa. Extinguido el estrépito,
Wigram preguntó—: ¿ Le sorprendió que fueran a buscarlo a Cambridge?
—Sí. Creo que sí. Oiga, Mr. Wigram, ¿quién es usted exactamente?
—¿Se sorprendió cuando le dijeron el motivo por el cual lo necesitaban en el Park?
—No. Eso no. —Buscó la palabra—. Me impresionó.
—Le impresionó. ¿Habló alguna vez de su trabajo con esa chica?
—Claro que no.
—Claro. Pero ¿no le extraña, no le parece una coincidencia incluso siniestra, que un
día los alemanes nos dejen a dos velas en el Atlántico Norte y dos días después la
novia de un destacado criptoanalista de Cabaña 8 desaparezca del mapa, justo el
mismo día en que él regresa?
Jericho pestañeó sin querer al posar la mirada en el grabado que había sobre la
repisa.
—Ya se lo he dicho. Nunca le he hablado a Claire de mi trabajo. Hace un mes que
no la veo. Y no era mi novia.
—¿No? ¿Qué era, entonces?
¿Qué era? Buena pregunta.
—Yo sólo quería verla —dijo Jericho con tono vacilante—. Al no encontrarla
empecé a preocuparme.
—¿Tiene alguna foto de ella, más o menos reciente?
—No. De hecho, no tengo ninguna foto suya.
—¿De veras? Esto sí que es gracioso. Una chica tan guapa. ¿Y no podríamos
encontrar una? Tendremos que utilizar la copia del carnet de identidad que hay en su
ficha.
—¿Para qué la quiere?
—¿Sabe disparar un arma, Mr. Jericho?
—No le daría ni a un pato en una feria.
—Ya. Es lo que había imaginado, aunque no siempre hay que juzgar por las
apariencias. Es que el viernes por la noche se produjo un pequeño robo en la armería
del cuerpo de voluntarios de Bletchley Park. Faltan dos cosillas. Un revólver Smith
and Wesson del calibre 38 fabricado en Springfield, Massachusetts, y facilitado hará
cosa de un año por el Ministerio de Guerra, y una caja con treinta y seis balas.
Jericho no dijo nada. Wigram permaneció un rato mirándolo como quien trata de
decidir alguna cosa.
—Bueno, no hay razón para que no lo sepa. Una persona tan formal como usted.
Venga, siéntese. —Dio unos nuevos golpecitos en el edredón—. No querrá que le grite
el mayor secreto del puñetero Imperio británico desde la otra punta de su puñetera
habitación. Venga. No muerdo, se lo prometo.
De mala gana, Jericho se sentó. Wigram se inclinó y en el momento de hacerlo su
chaqueta se abrió ligeramente. Jericho captó un atisbo de cuero y bronce de cañón
contra la camisa blanca.
—¿Quiere saber quién soy? —preguntó suavemente Wigram—. Se lo diré. Soy el
hombre a quien nuestros jefes han ordenado que descubra qué se está cociendo en este
pequeño anus mundi de ustedes. —Hablaba en voz tan baja que Jericho se vio obligado
a acercar la cabeza para oír mejor—. Las campanas se han disparado, ¿me comprende?
Campanas horribles, horribles. Hace cinco días, Cabaña 6 descifró una señal del ejér-
cito alemán procedente de Oriente Medio. El general Rommel ha resultado ser un mal
perdedor. Por lo visto cree que la única razón de que no gane sus batallas es que
nosotros, como por arte de magia, siempre parecemos saber el punto exacto en que
piensa atacar. El Afrika Korps ordena repentinamente una investigación sobre
seguridad. Qué pena. Ding dong. Doce horas después el almirante Dönitz, por razones
todavía desconocidas, decide repentinamente reforzar el procedimiento de Enigma
cambiando el código meteorológico de los U-boote. Otra vez ding dong. Hoy ha sido la
Luftwaffe. Cuatro mercantes alemanes cargados de golosinas para el susodicho
general Rommel fueron «sorprendidos» por la RAF y hundidos camino de Túnez. Esta
mañana leemos que el comandante en jefe de las fuerzas alemanas en el Mediterráneo,
el mariscal de campo Kesserling en persona, exige saber si el enemigo puede haber
leído sus mensajes cifrados. —Wigram dio una palmada en las rodillas de Jericho—.
Repique de alarmas, Mr. Jericho. Un repique de alarmas que ni el día de la coronación
en la abadía de Westminster. Y en medio de todo esto, su amiga desaparece al mismo
tiempo que un flamante revólver y una caja de munición.
—¿Con quién o con qué estamos tratando exactamente? —preguntó Wigram. Había
sacado una libretita negra de piel y un portaminas de oro—. Claire Alexandra
Romilly. Nacida en Londres, 21 de diciembre de 1922. Padre: Edward Arthur
Macauley Romilly, diplomático. Madre: la honorable Alexandra Romilly, de soltera
Harvey, muerta en accidente automovilístico, en Escocia, agosto de 1929. La niña
recibe educación privada en el extranjero. Destinos del padre: Bucarest, de 1928 a 1931;
Berlín, de 1931 a 1934; Washington, de 1934 a 1938. Un año en Atenas, y regreso a
Londres. La chica queda en una lujosa escuela para señoritas de Ginebra. Regresa a
Londres con diecisiete años al estallar la guerra. Principal ocupación durante los tres
años siguientes, hasta donde se puede saber: pasarlo bien. —Wigram se lamió el dedo
y pasó la página—. Trabaja en defensa civil como voluntaria. Nada que haga sudar
tinta. Julio de 1941: traductora en el Ministerio de Guerra Económica. Agosto del
cuarenta y dos: solicita un puesto como oficinista en el Foreign Office. Buenos
idiomas. Recomendada para un puesto en Bletchley Park. Ver carta adjunta del padre,
bla, bla, bla. Entrevistada el 10 de septiembre. Aceptada, empieza a trabajar a la
semana siguiente. —Wigram siguió pasando páginas—. Eso es todo. No es lo que
llamaríamos un riguroso proceso de selección, ¿verdad? Claro que ella procede de una
familia de alto copete. Y papá trabaja en la oficina central. Y además estamos en
guerra. ¿Quiere añadir alguna cosa al informe? —No creo que pueda.
—¿Cómo la conoció?
Durante los siguientes diez minutos Jericho estuvo respondiendo a las preguntas de
Wigram. Lo hizo con prudencia y —en general— con sinceridad. Cuando mentía era
únicamente por omisión. En su primera cita habían ido a un concierto. Después habían
salido algunas veces por la tarde. Habían visto una película. ¿Cuál? Sangre, sudor y
lágrimas.
—¿Le gustó?
—Sí.
—Se lo diré a Noel Coward.
Ella nunca hablaba de política, de trabajo ni de sus amistades.
—¿Se acostó con ella?
—Métase en sus asuntos.
—Lo anotaré como un sí.
Más preguntas. No, él no había notado nada raro en su comportamiento. No, ella
no se había mostrado nerviosa, tensa, reservada, melancólica, agresiva, callada,
preguntona, deprimida o eufórica —no, ninguna de esas cosas— y al final no habían
reñido. ¿En serio? Sí. Entonces, ¿qué...?
—No lo sé. Cada cual fue por su lado.
—¿Salía con alguien más?
—Es probable. No lo sé.
—Es probable. No lo sabe. —Wigram sacudió la cabeza, incrédulo—. Hábleme de
anoche.
—Fui en bicicleta hasta su casa.
—¿A qué hora?
—Serían las diez o las diez y media. Ella no estaba. Hablé un rato con Miss
Wallace. Luego volví a casa.
—Mrs. Armstrong dice que no lo oyó llegar hasta las dos de esta madrugada.
«Y eso que pasé de puntillas por delante de su habitación», pensó Jericho.
—Creo que di una vuelta en bici.
—Ya lo creo. En plena helada. A oscuras. Debió de andar unas tres horas en
bicicleta.
Wigram examinó sus notas y se tocó la nariz.
—Aquí falla algo, Mr. Jericho. No puedo meter la mano en el fuego, pero está claro
que algo falla. Por ahora. —Cerró su libreta y sonrió con aire tranquilizador—. Ya
habrá tiempo de volver sobre ello, ¿no? —Puso la mano sobre la rodilla de Jericho y se
levantó—. Primero hay que cazar al conejo. Usted no tiene idea de dónde puede estar,
imagino. ¿Se le ocurre alguna posible guarida? —Miró a Jericho, que tenía la vista fija
en el suelo—. ¿No? No. Piensa que no.
Cuando Jericho creyó que podía arriesgarse a levantar la vista, Wigram se había
echado su hermoso abrigo sobre los hombros y estaba ocupado en retirar de la solapa
unas diminutas pelusillas.
—Podría tratarse de una coincidencia —dijo Jericho—. ¿No se da cuenta? Verá,
Dönitz parece haber recelado siempre de Enigma. Es por eso que equipó sus
submarinos con Tiburón.
—Por supuesto —dijo Wigram alegremente—. Pero veámoslo de otra manera.
Vamos a imaginar que a los alemanes les llega realmente un chivatazo de lo que se
hace aquí. ¿Cuál sería su siguiente paso? Lógicamente no iban a destrozar cien mil
máquinas Enigma de la noche a la mañana, ¿verdad? ¿Y qué pasaría con esos expertos
que tienen, los que siempre han dicho que Enigma es imposible de descifrar? No creo
que cambien de opinión sin presentar batalla. No. Empezarían a analizar hasta el
menor incidente sospechoso. Y mientras tanto tratarían de buscar pruebas
concluyentes. Mejor aún, a una persona con pruebas documentales. Cielos, las hay a
montones. Aquí mismo se cuentan por millares, gente que sabe toda la historia, o sólo
un trocito, o lo suficiente para sumar dos y dos. ¿Y qué clase de gente es? —Sacó de su
bolsillo interior una hoja de papel y la desplegó—. Aquí tengo la lista que pedí ayer.
Once personas de la sección naval sabían de la importancia de la tabla de clave meteo-
rológica. Nombres, algunos, bastante raros, a poco que uno se detenga a pensarlo. A
Skynner podemos excluirlo, supongo. En cuanto a Logie... parece bastante sensato.
Pero ¿y Baxter? Baxter es comunista, ¿no?
—No le será difícil comprobar que los comunistas no tienen demasiado tiempo
para pensar en los nazis. Por lo general.
—¿Qué me dice de Pukowski?
—Puck perdió a su padre y a su hermano cuando la invasión de Polonia. Detesta a
los alemanes...
—Entonces el americano. Kramer. ¿Kramer? Es un inmigrante alemán de segunda
generación, ¿lo sabía usted?
—Kramer también ha perdido a un hermano en la guerra. Mire, Mr. Wigram, esto
es ridículo...
—Atwood. Pinker. Kingcome. Proudfoot. De Brooke. Usted... ¿Quién es usted
exactamente? —Wigram echó un vistazo al cuarto con aversión: las cortinas a rayas, el
armario destartalado, la cama incómoda. Luego, por primera vez, pareció reparar en
el grabado que había sobre la repisa de la chimenea—. Bueno, el que uno haya estado
en el King's College...
Cogió el cuadro y lo sostuvo inclinado bajo la lámpara. Jericho miraba traspuesto a
Wigram.
—E. M. Forster —dijo Wigram pensativo—. Creo que sigue en el King's, ¿no es
cierto?
—Eso creo.
—¿Lo conoce?
—Sólo de vista.
—¿Cómo era aquella frase de un ensayo suyo, lo de escoger entre el amigo y el
país?
—«Odio la noción de causa, y si me viese obligado a escoger entre traicionar a mi
país o traicionar a un amigo, confío en que tuviera arrestos suficientes para traicionar
a mi país.» Pero eso lo escribió antes de la guerra.
Wigram quitó de un soplo un poco de polvo que había en el marco y dejó el
grabado encima de los libros de Jericho.
—Eso mismo espero yo —dijo, retrocediendo para contemplar el grabado. Se volvió
hacia Jericho y sonrió—. Eso mismo espero yo. Es la puñetera verdad.
Después de que Wigram se hubo marchado, a Jericho le llevó unos minutos poder
moverse.
Se tumbó en la cama —sin quitarse la bufanda ni el abrigo— y escuchó atentamente
los sonidos de la casa. Un luctuoso cuarteto de cuerda que la BBC juzgaba entretenido
para la noche del domingo sonaba en la planta baja. Pasos en el rellano. Luego una
conversación en voz queda que culminó en un ataque de risa femenina —debía de ser
Miss Jobey—. Una puerta que se cerraba. Sobre la cabeza, la cisterna vaciándose y
llenándose otra vez. Y después el silencio.
Cuando al cabo de un cuarto de hora por fin decidió moverse, sus actos adoptaron
una premura frenética y descontrolada. Acercó la silla a la puerta y la inclinó contra la
hoja endeble. Cogió el grabado y lo puso boca abajo sobre la alfombra raída, retiró las
chinchetas, enrolló los mensajes y los llevó a la chimenea. Encima del pequeño cubo
de carbón había una caja con dos cerillas. La primera estaba húmeda y le fue
imposible encenderla, pero la segunda sí, por los pelos; Jericho la inclinó para
asegurarse de que la llama amarillenta tomara cuerpo, y a continuación la aplicó a la
parte inferior de los criptogramas. Esperó, mientras éstos se arrugaban y ennegrecían,
hasta que el dolor lo obligó a soltar los papeles, que finalmente se desintegraron sobre
la parrilla del hogar en minúsculos copos de ceniza.
V
CRIBA

CRIBA: cualquier dato (normalmente una tabla de cifra capturada al enemigo o un


fragmento de texto claro) que proporcione pistas para poder descifrar un criptograma; «sin
duda alguna, la criba es la herramienta esencial de todo criptoanalista» (Knox y otros, op. cit
página 27).
Diccionario de criptografía («Máximo secreto», Bletchley Park, 1943)
1

Aquel lápiz de labios de tiempos de guerra estaba duro y ceroso; era como tratar de
colorearse los labios con una vela de Navidad. Cuando Hester Wallace, tras varios
minutos de mucho frotar, volvió a ajustarse las gafas, se miró en el espejo con
aversión. Maquillarse nunca había representado gran cosa en su vida, ni siquiera antes
de la guerra, cuando las tiendas ofrecían muchos cosméticos. Pero ahora que no había
de nada, los extremos a que uno se veía obligado a llegar eran realmente ridículos.
Sabía de compañeras suyas que se fabricaban pintalabios con raíz de remolacha y lo
fijaban con un poquito de vaselina. Otras utilizaban betún y corcho quemado a modo
de rímel, y envolturas de margarina como suavizante para la piel; que se
espolvoreaban bicarbonato en las axilas para disimular el sudor... Formó con sus
labios un arco de Cupido y volvió rápidamente a la mueca inicial. Sí, realmente era de
lo más ridículo.
La escasez de cosméticos parecía haber alcanzado incluso a Claire. Pese a la
profusión de frascos y botes que había en su tocador —Max Factor, Coty, Elizabeth
Arden: cada nombre un perfumado recordatorio del glamour anterior a la guerra—, la
mayor parte de ellos, una vez inspeccionados a conciencia, resultó estar vacía. Sólo un
rastro de fragancia. Hester los olfateó por turnos y su mente se llenó de imágenes de
lujo: vestidos de raso de Worth of London y trajes de atrevido escote, fuegos de
artificio en Versalles y el baile de verano de la duquesa de Westminster, y otra docena
de maravillosas tonterías que Claire le había comentado en ocasiones. Finalmente
encontró un tarro medio lleno de rímel y un frasquito con tapón de cristal que
contenía dos dedos de unos polvos bastante aterronados, y puso manos a la obra.
No le daba remordimientos usar todo aquello. ¿Acaso Claire no le decía siempre
que lo hiciera? Según su peculiar filosofía maquillarse era divertido, hacía que una se
sintiese bien consigo misma y, además, «si hay que hacerlo, querida, se hace y ya
está». Muy bien. Hester aplicó rubor en las pálidas mejillas. Si era eso lo que había que
hacer para convencer al maldito Miles Mermagen de que aprobara un traslado, eso era
lo que el maldito Miles iba a tener.
Consideró su reflejo sin entusiasmo y luego guardó todas las cosas es su sitio y bajó
a la planta baja. La sala de estar estaba recién barrida. Sobre la chimenea había un
jarrón con narcisos. El fuego estaba encendido. La cocina lucía inmaculada. Por la
tarde había preparado una tarta de zanahoria —una ración para cada una— con
ingredientes que ella misma había cultivado en el pequeño huerto que había al salir de
la cocina. Puso un plato para Claire y dejó una nota diciéndole dónde estaba la tarta e
instrucciones sobre cómo calentarla. Dudó por un instante y añadió al pie:
«Bienvenida a casa, ¡dondequiera que hayas estado! Besos, H.» Esperó no parecer
demasiado quisquillosa ni fisgona; no quería hacer el papel de madre.
«ADU, Miss Wallace...»
Claire volvería, desde luego que sí. No había que dejarse llevar por un pánico
estúpido, demasiado absurdo para decirlo con palabras.
Hester se sentó en una de las butacas y la esperó hasta las doce menos cuarto,
momento en que ya no quiso retrasarlo por más tiempo.
Mientras su bicicleta daba saltos por la vereda hacia el camino vecinal asustó a una
lechuza que alzó vuelo en silencio, cual fantasma a la luz de la luna.
En cierto modo la culpa era de Miss Smallbone. Si Angela Smallbone no hubiera
comentado en el salón del colegio que el Daily Telegraph estaba haciendo un concurso
de crucigramas, la vida de Hester Wallace habría continuado sin que nada la
perturbase. La suya no era una vida particularmente emocionante, sino una existencia
plácida y provinciana en aquel remoto y estrafalario colegio de señoritas cerca de
Beaminster, en Dorset, a unos quince kilómetros de donde Hester se había criado. Y
tampoco era una vida que la guerra hubiese alterado mucho, salvo por las caras ajadas
de los niños evacuados de las granjas cercanas, el alambre de espino que cerraba la
playa cerca de Lyme Regis, y la escasez crónica de personal docente, una escasez que
significó que al inicio del primer trimestre del curso 1942-1943 Hester tuviese que
enseñar, además de teología (su asignatura usual), inglés y hasta un poco de latín y
griego.
A Hester se le daban muy bien los crucigramas, y cuando aquella noche Angela
leyó en voz alta que el premio era de veinte libras... bueno, pensó, ¿por qué no? El
primer escollo, un crucigrama anormalmente difícil que salió en el periódico del día
siguiente, lo salvó con facilidad. Les envió la solución y casi a vuelta de correo le llegó
una carta invitándola a la final, que se celebraría en la cafetería del Telegraph, quince
días después, un sábado. Angela accedió a ocuparse del hockey, Hester tomó el tren
de Crewkerne a Londres, concurrió junto a otros cincuenta finalistas... y ganó. Le
bastaron tres minutos y veintidós segundos para terminar el crucigrama, y Lord
Camrose en persona le hizo entrega del cheque. Hester dio cinco libras a su padre
para ayudarlo a restaurar el templo, invirtió siete más en un abrigo nuevo (en
realidad, de segunda mano, pero estaba como nuevo), y el resto lo ingresó en su
cuenta de ahorro de la Caja Postal.
El jueves le llegó una segunda carta, muy distinta de la primera. Correo certificado,
sobre largo de color beige. Al servicio de Su Majestad.
Nunca llegaría a saberlo con certeza. ¿Acaso el Telegraph había organizado el
concurso a instancias del Ministerio de Guerra como una manera de rastrear el país en
busca de hombres y mujeres con aptitudes para resolver crucigramas? ¿O tal vez una
lumbrera del propio ministerio había visto el resultado del concurso y había pedido al
Telegraph la lista de los finalistas? Fuera cual fuere la verdad, cinco de entre los más
aptos fueron citados para una entrevista en un triste bloque de oficinas Victoriano en
la orilla mala del Támesis, y tres de ellos recibieron orden de presentarse en Bletchley
El colegio no quería dejarla marchar. Su madre había llorado. A su padre no le
había gustado nada la idea —del mismo modo que no le gustaba ningún cambio—, y
durante días estuvo lleno de malos presagios («No regresa después a su casa, su
morada ya no la conoce», Job 7, 10). Pero la ley era la ley. Hester tenía que ir. Además,
pensaba, había cumplido veintiocho años. ¿Estaba condenada a vivir el resto de su
vida en el mismo sitio, metida en aquel soporífero mundo de prados pequeños y
aldeas de melita? Tenía ante sí la oportunidad de huir. De la entrevista había sacado
indicios suficientes para adivinar que el trabajo consistí-ría en descifrar códigos, y su
fantasía le hablaba de tranquilas bibliotecas llenas de libros, del aire puro y limpio de
lo intelectual.
Un lluvioso lunes por la mañana llegó a la estación de Bletchley con su abrigo de
segunda mano y la llevaron en una furgoneta directamente a la mansión, donde le
entregaron una copia del Acta de Secretos Oficiales para que la firmara. El oficial del
ejército que los reclutó puso su pistola sobre la mesa y les dijo que si alguno de ellos
soltaba una sola palabra de lo que estaba a punto de decirles, no dudaría en utilizar el
arma. Personalmente. Luego se les asignó un puesto. Los dos finalistas varones
engrosaron las filas de los criptoanalistas, en tanto que ella, la mujer que los había
derrotado, fue enviada a la sala de control, un verdadero manicomio.
«Tome este impreso de aquí, y en la primera columna anote el nombre en clave de
la estación de interceptación. No se preocupe, querida, se acostumbrará muy pronto. Y
ahí, ¿ve?, ponga la hora de interceptación, ahí la frecuencia, ahí la señal de llamada,
ahí el número de grupos de letras...»
Sus fantasías se convirtieron en polvo. No era más que una oficinista con
pretensiones, la sala de control un embudo con pretensiones entre los puestos de in-
terceptación y los criptoanalistas por el cual se vertía el incesante volumen de
producción de unas cuarenta mil señales de llamada diferentes, utilizando más de
sesenta claves Enigma claramente identificadas.
—Aviación alemana, de acuerdo, son normalmente insectos o flores. Por ejemplo,
Cucaracha, es la clave Enigma para los cazas con base en Francia. Libélula es la
Luftwaffe en Túnez. Langosta es la Luftwaffe en Sicilia. Hay una docena de éstos. Las
flores son la Luftgau; Dedalera, frente oriental; Clivia, frente occidental; Narciso,
Noruega. Las aves son para el ejército alemán. Pinzón y Fénix son Panzerarmee
Afrika. Cernícalo y Buitre, frente ruso. Dieciséis pajarillos. Luego están Ajo, Cebolla,
Pepino... todas las hortalizas son para Enigmas meteorológicos. Esto va directamente a
Cabaña 10. ¿Entendido?
—¿Qué son Mofeta y Puerco espín?
—Mofeta es Fliegerkorps VIII, frente oriental. Puerco espín es cooperación tierra-
aire, Rusia meridional.
—¿Y por qué no son también insectos?
—Vaya usted a saber.
A las gráficas que tenían que rellenar se las llamaba «pañuelos», el archivador para
cosas varias se conocía como el Titicaca («un lago andino alimentado por muchos ríos
—dijo ostentosamente Mermagen—, pero sin desagüe»). Los hombres se daban unos a
otros nombres estúpidos —el Zebra-Unicornio, el Tortuga Burlona— en tanto que en
la sala de máquinas las chicas suspiraban extasiadas por los criptoanalistas más
guapos. Aquel invierno, mientras compilaba sus interminables listas en la gélida
cabaña, Hester tuvo la impresión de que la Alemania nazi era sólo una llanura sin fin,
con miles de lucecitas aisladas que parpadeaban en medio de la negrura.
Curiosamente, pensaba, en cierto modo todo aquello quedaba tan lejos de la guerra
como los prados y los graneros de paja de su Dorset natal.
Estacionó la bicicleta en el cobertizo que había al lado de la cantina y dejó que el río
de trabajadores la condujese hasta la entrada de Cabaña 6. La sala de control estaba ya
en pleno alboroto, con Mermagen pavoneándose entre las mesas, dándose de cabeza
contra las pantallas bajas que lanzaban charcos de luz amarilla en todas direcciones.
La Cuarta División Panzer estaba informando de su reconquista de Jarkov a los rusos,
y las bobas de Cabaña 3 pedían que todas las frecuencias del sector meridional, frente
oriental, fueran inmediatamente dobladas.
—Hester, Hester, por fin. Hazme el favor, ¿quieres hablar con Chicksands a ver qué
pueden hacer? Y ya que estás en eso, la sala de máquinas cree que hay un texto
erróneo en la última hornada de Cernícalo; la operadora necesita verificar sus notas y
volver a enviar. Ah, y al índice le convendría que alguien lo organizara un poco.
Todo eso antes de que ella se hubiera quitado el abrigo.
Habían dado las dos cuando pudo disponer de un breve respiro para salir y hablar
en privado con Mermagen. Estaba en su pequeñísimo despacho, con los pies apoyados
sobre el escritorio, estudiando unos papeles con los ojos entrecerrados y una pose de
duro que ella imaginó habría copiado de algún actor de cine.
—Quería hablar un momento contigo, Miles.
Miles. Hester encontraba esa insistencia en los nombres de pila un fastidioso
amaneramiento, pero la informalidad era una regla muy severa, parte esencial del
genio de Bletchley: «Nosotros, civiles aficionados, los derrotaremos a ellos, los
disciplinados hunos.»
Mermagen siguió examinando sus papeles.
Ella golpeó el suelo con un pie.
—¿Miles?
—Tienes toda mi escindida atención.
—Respecto a mi solicitud de traslado...
Mermagen gruñó y examinó una nueva página.
—No empieces otra vez con eso.
—He estado aprendiendo alemán...
—Qué coraje el tuyo.
—Dijiste que sin saber alemán era imposible ningún traslado.
—Sí, pero no dije que sabiéndolo el traslado fuera más probable —replicó
Mermagen—. Bueno, maldita sea, entra de una vez. —Suspiró, apartó sus papeles y le
hizo señas de que pasara. Alguien debía de haberle dicho que aquella crema para el
cutis hacía que pareciese más enérgico. Su aceitoso pelo negro, peinado hacia atrás,
relucía como una gorra de nadador. Estaba tratando de dejarse un bigote a lo Clark
Gable, pero le quedaba demasiado largo por el lado izquierdo—. Los traslados de
personal de una sección a otra, como ya te dije, son extraordinariamente raros. Hay
que pensar en la seguridad.
«Pensar en la seguridad», con esa excusa debía él de rechazar los créditos antes de
la guerra. De pronto la miró fijamente y ella se dio cuenta de que había reparado en su
maquillaje. No habría sido mayor su sobresalto si se hubiera pintarrajeado con glasto.
Su voz pareció descender una octava.
—Mira, Hester, lo último que quisiera es hacerte la vida imposible. Lo que necesitas
es cambiar de aires un par de días. —Se tocó el bigote y esbozó una sonrisa, como si le
hubiera sorprendido encontrarlo todavía allí—. ¿Por qué no subes a echar un vistazo a
una de las estaciones de interceptación, a ver cómo encajarías allí? Sí —añadió—, a mí
también me vendría bien un cambio. Podemos ir juntos, si quieres.
—¿Juntos? Sí... por qué no. Y de paso buscamos un pub donde parar a almorzar, ¿de
acuerdo?
—Estupendo.
—Podemos buscar uno que tenga habitaciones, y así si se nos hace tarde podemos
pasar la noche.
Mermagen rió nerviosamente.
—Eso no te garantiza el traslado, ¿sabes?
—Pero a lo mejor ayuda.
—Tú lo has dicho.
—Oye, Miles.
—¿Mmmmm?
—Antes muerta.
—Zorra y encima frígida.

Llenó el lavabo de agua fría y se remojó la cara con furia. El agua helada le
entumeció las manos y le escoció en la cara. Se le coló por las mangas y el cuello de la
blusa. La impresión la confortó, de tan desagradable. Se lo merecía como penitencia
por su absurdo error.
Apretó el vientre plano contra el borde del lavabo y miró con sus ojos de miope el
rostro blanquísimo en el espejo.
Era inútil lamentarse, naturalmente. Era su palabra contra la de él. A ella nunca la
creerían. Y aun en ese caso, ¿qué? Así funcionaba el mundo. Miles podía acorralarla en
el maldito lago Titicaca si le daba la gana, meterle mano bajo la blusa, pero ni así la
dejarían marchar; a nadie que hubiera visto lo que ella había visto se le permitiría
marcharse.
Sintió un escozor de autocompasión en los rabillos del ojo e inmediatamente
agachó la cabeza una vez más y se remojó la cara, frotándose las mejillas y la boca con
un trocito de jabón hasta que los polvos dejaron el agua de color rosa.
«Ojalá pudiera hablar con Claire», pensó.
«ADU, Miss Wallace...»
Alguien tiró de la cadena en el cubículo que tenía detrás. Rápidamente retiró el
tapón del lavabo y se secó las manos y la cara.
Nombre de la estación, hora de interceptación, frecuencia, señal de llamada, grupos
de letras... Nombre de la estación, hora de interceptación, frecuencia, señal de
llamada, grupos de letras...
La mano de Hester se movía mecánicamente sobre el papel.
A las cuatro la primera mitad del turno de noche empezó a desfilar hacia la cantina.
—¿Te vienes, Hetty?
—No, tengo demasiado que hacer. Ya te alcanzaré.
—¡Pobrecita!
Hester hincó los codos en la mesa y continuó escribiendo con su pulcra caligrafía de
maestra. Vio cómo las otras se ponían sus abrigos e iban saliendo con un repiquetear
de zapatos sobre el suelo de madera. Ah, pero qué graciosa había estado Claire
hablando de ellas. Una de las cosas que a Hester más le gustaban era el modo en que
Claire imitaba a todo el mundo: Anthea Leigh-Delamere, la cazadora, que solía
presentarse en pantalones de montar; Binnie, la de piel de cera, que quería hacerse
misionera; la muchacha de Solihull, que sostenía el auricular a más de un palmo de la
boca porque su madre le había dicho que estaba lleno de gérmenes... Que Hester
supiera, Claire ni siquiera había conocido a Miles Mermagen, pero era capaz de
imitarlo a la perfección. El horrible ambiente de Bletchley había sido para ellas un
chiste privado, su conjura a dúo contra el aburrimiento.
La puerta exterior se abrió para dejar paso a una repentina ráfaga de aire glacial.
Los «pañuelos» palpitaron y aletearon en el frío.
«Pesadez. Aburrimiento.» Las palabras favoritas de Claire. El Park era una
pesadez. La guerra era una pesadez. La ciudad era un terrorífico aburrimiento. Pero
no había nada más aburrido que los hombres. Los hombres —Santo Dios, ¿qué rastro
no debía de despedir esa Claire?—, siempre había al menos dos o tres rondándola
como gatos en celo. Y cómo se burlaba de ellos en aquellas preciosas tardes en que se
quedaban las dos solas, sentadas cómodamente junto al fuego como un matrimonio
mayor. Claire se mofaba de sus torpes manoseos, de su conversación sensiblera, de su
ridícula presunción. Ahora que lo pensaba, el único hombre del que Claire nunca se
burlaba era aquel extraño Mr. Jericho, del que jamás hablaba.
«ADU, Miss Wallace...»
Ahora que había tomado la decisión de hacerlo —¿no había sabido siempre, en
secreto, que iba a hacerlo?— estaba asombrada de sentirse tan serena. Sólo sería una
miradita, se decía, ¿qué había de malo en ello? Tenía incluso preparada la excusa del
índice, pues ¿no le había dicho el bruto de Miles delante de todas que se asegurase de
que los tomos estuviesen en perfecto orden?
Terminó el pañuelo y lo colocó en la estantería. Se forzó a esperar un tiempo
prudencial mientras fingía examinar el trabajo de los demás, y luego se dirigió con la
mayor naturalidad de que fue capaz hacia la sala de índice.

Era otra mañana fría y despejada. Sólo hacía tres días que Jericho estaba en el
Commercial Guesthouse, pero aquella vista ya había adquirido una familiaridad
fatigosa. Primero estaba el largo y estrecho jardín (patio de cemento con ropa tendida,
huerto, refugio antiaéreo) que terminaba setenta metros más allá en un páramo de
hierbajos y una cerca destartalada y podrida. Luego había una pendiente que no podía
verse desde la ventana, y después una vasta extensión de vías férreas, más de una
docena, que conducían la vista, por fin, hacia la atracción principal: una enorme y
victoriana cochera con la inscripción LONDON MIDLAND & SCOTTISH RAILWAYS en letras
blancas, apenas visible bajo la mugre.
Menuda perspectiva; era de aquellos días en que uno trataba de pasar sin otro
propósito que llegar intacto al final. Miró su despertador. Eran las siete y cuarto. En el
Atlántico Norte sería de noche durante unas cuatro horas más. Según sus cálculos no
tenía nada que hacer hasta —como muy temprano— la medianoche, hora británica,
cuando los primeros integrantes del convoy entraran en la zona de peligro. No había
nada que hacer salvo ir a la cabaña, esperar y meditar.
En tres ocasiones a lo largo de la noche Jericho había decidido ir a buscar a Wigram
y confesarlo todo; en la última incluso había llegado a ponerse el abrigo. Pero
finalmente su buen criterio prevaleció. Por un lado, sí, su deber era decirle a Wigram
todo lo que sabía; por otro, no, lo que sabía no iba a influir en la tarea de encontrar a
Claire. ¿Para qué traicionarla, entonces? Las dos ecuaciones se autoeliminaban. Al alba
se había rendido con gusto a la vieja inercia, resultado de ver siempre ambas caras de
la moneda.
Y, de todos modos, ¿seguro que no se trataba de un horrible error, de una broma
que hubiera salido mal? Habían pasado once horas desde su conversación con
Wigram. Tal vez ya la hubiesen encontrado. Seguramente habría aparecido en su casa
o en la cabaña, los ojos como platos y preguntando: «Pero queridos, ¿a qué venía tanto
escándalo ?»
Estaba a punto de retirarse de la ventana cuando le llamó la atención algo que se
movía al fondo de la cochera. ¿Sería un animal grande, o un hombre corpulento
puesto a gatas ? Forzó la vista a través del tiznado cristal, pero la cosa estaba
demasiado lejos para distinguirla con claridad, de modo que fue por su telescopio, que
guardaba en la parte baja del armario. La guillotina de la ventana estaba atascada,
pero unos cuantos golpes con el pulpejo de la mano bastaron para levantarla quince
centímetros. Se arrodilló y apoyó el telescopio en el alféizar. Al principio no veía nada
que enfocar entre el mareante entrecruzamiento de rieles, pero de pronto lo vio
perfectamente: un perro alsaciano grande como un ternero, olisqueando bajo las
ruedas de un vagón de mercancías. Jericho desplazó ligeramente el telescopio hacia la
izquierda y allí estaba el policía con un abrigo que le llegaba más abajo de las rodillas.
Dos policías, en realidad, y un segundo perro atado a su correa.
Durante varios minutos estuvo observando cómo registraban el tren vacío. Luego
se separaron, un hombre y un perro siguieron buscando hacia arriba, en tanto que el
otro hombre y el otro perro se perdieron de vista en dirección a las casitas ferroviarias
que había enfrente. Jericho cerró el telescopio.
Cuatro hombres y dos perros para la cochera. Pongamos dos equipos más para
cubrir los andenes. ¿Cuántos en toda la ciudad? ¿Veinte? ¿Y en los alrededores?
«¿Tiene alguna foto reciente de ella?»
Acercó la mejilla al telescopio.
Debían de estar vigilando todos los puertos y estaciones del país.
¿Qué harían si la atrapaban?
¿Colgarla?
«Vamos, Jericho. —Casi podía oír junto a él la voz de su profesor en el internado—.
Animo, muchacho.»
Había que consumir el tiempo.
Lavarse. Afeitarse. Vestirse. Hacer un paquete con la ropa sucia y dejarlo en la
cama para Mrs. Armstrong, con más fe que esperanza. Ir abajo. Esforzarse por
mostrarse cortés y conversador. Escuchar uno de los interminables chistes verdes de
Bonnyman. Ser presentado a otros dos inquilinos: Miss Quince, bastante guapa,
teleprincesa de la sección naval, y Noakes, antiguo experto en epopeyas del alto
alemán medio y ahora criptoanalista en la sección meteorológica, de la que poco se
sabía desde 1940: entonces y ahora, un individuo hosco. Evitar cualquier otra
conversación. Masticar tostadas más duras que el cartón. Beber un té tan gris y aguado
como el cielo en febrero. Escuchar a medias las noticias: «Radio Moscú informa que el
Tercer Ejército ruso al mando del general Vatutin está llevando a cabo una enérgica
defensa de Jarkov frente a la nueva ofensiva alemana...»
A las ocho menos diez entró Mrs. Armstrong con el correo de la mañana. Nada
para Mr. Bonnyman (quien dijo: «Menos mal»), dos cartas para Miss Jobey, una postal
para Miss Quince, una factura de la librería Heffers para Mr. Noakes y nada de nada
para Mr. Jericho... oh, excepto esto, que ella había encontrado al bajar y que alguien
debió de pasar por debajo de la puerta durante la noche.
Jericho lo cogió con cuidado. El sobre era de mala calidad, como todas las cosas
oficiales, y su nombre estaba escrito en tinta azul con el añadido «Entregar a mano.
Estrictamente personal» al pie del sobre y con doble subrayado. Las e mayúsculas
estaban escritas en la forma griega. ¿Un corresponsal nocturno especializado en
lenguas clásicas?
Se llevó el sobre al vestíbulo para abrirlo. Mrs. Armstrong le iba pisando los
talones.

Cabaña 6
4.45 A.M.
Querido Mr. Jericho:
Dado el gran interés expresado ayer por usted respecto de las figurillas
medievales de alabastro, me preguntaba si le apetecería vernos en el
mismo sitio a las ocho de la mañana para visitar la tumba de Lord Grey de
Wilton (del siglo XIV y una verdadera maravilla).
Atentamente,
H.A.W.

—¿Malas noticias, Mr. Jericho? —preguntó Mrs. Armstrong, sin poder disimular
una nota de esperanza en su voz.
Pero Jericho ya había ido por su abrigo y estaba saliendo por la puerta.
Pese a que echó a andar colina arriba a paso vivo, llevaba cinco minutos de retraso
cuando pasó por delante del monumento de granito a los caídos en la guerra. Como en
el cementerio no vio rastro de ella ni de nadie más, probó con la puerta de la iglesia. Al
principio le pareció que estaba cerrada. Necesitó las dos manos para hacer girar la
oxidada argolla de hierro. Apoyó el hombro contra la hoja de roble curtido por la
intemperie y la puerta cedió.
Por dentro la iglesia era como una gruta, fría y oscura, atravesadas las sombras por
rayos de una polvorienta luz azul pizarra tan sólidos que parecían losas apoyadas en
los ventanales. Hacía años que no estaba en una iglesia, y el escalofriante hedor a cera,
humedad e incienso le trajo a la memoria recuerdos de su infancia. Entonces le pareció
divisar la forma de una cabeza en uno de los bancos próximos al altar, y se dirigió ha-
cia allí.
—¿Miss Wallace?
Su voz sonó hueca y como si recorriera una gran distancia. Pero al aproximarse vio
que no era una cabeza sino el hábito de un sacerdote, pulcramente colocado sobre el
respaldo del banco. Siguió andando por la nave en dirección al altar recubierto de
madera. A la izquierda había un ataúd de piedra con una inscripción; al lado del
mismo, la lisa y blanca efigie de Ricardo, Lord Grey de Wilton, muerto haría unos
quinientos años, yacente con la armadura al completo, la cabeza apoyada en el yelmo,
los pies sobre el lomo de un león.
—La armadura es muy interesante. Claro que en el siglo XV la guerra era la
máxima ocupación para un caballero.
Jericho no sabía de dónde provenía la voz. Cuando se volvió, ella estaba allí, sin
más, a unos tres metros de él.
—Y tengo entendido que la cara también es excelente, aunque no excepcional. No
lo habrán seguido, supongo.
—Oh, no, no lo creo.
Miss Wallace avanzó unos pasos. Su cutis ceniciento y sus blancos dedos ahusados
podrían haber sido también los de una efigie de alabastro apeada del cenotafio de
Lord Grey.
—Supongo que se habrá fijado en las armas reales sobre la puerta del lado norte.
—¿ Cuánto rato lleva aquí?
—El escudo de la reina Ana, pero, curiosamente, también el de los Estuardo. El
escudo de Escocia no fue añadido hasta 1707. Eso sí que es raro. Hará unos diez
minutos. En el instante en que yo llegaba la policía se iba. —Levantó una mano—.
¿Puede devolverme la nota que le dejé?
Al advertir que él vacilaba le tendió la mano de nuevo, en esta ocasión de modo
más enfático.
—Por favor, la nota, tenga la amabilidad. Preferiría no dejar ningún rastro. Gracias.
—La cogió y se la guardó en el fondo de su voluminoso maletín. Le temblaban tanto
las manos que le costó asegurar el cierre—. Por cierto, no hace falta hablar en susurros.
Estamos solos. Sin contar a Dios. Y se supone que Él está de nuestra parte.
Jericho sabía que lo mejor era esperar y dejar que ella lo soltara a su tiempo, pero
no pudo contenerse.
—¿Lo ha verificado? —preguntó—. ¿Esa señal de llamada...?
Ella consiguió finalmente cerrar el maletín.
—Sí —respondió—. Lo he verificado.
—¿Es del ejército o de la Luftwaffe?
Ella levantó un dedo y dijo:
—Paciencia, Mr. Jericho. Paciencia. Antes necesito que me dé cierta información, si
no le importa. Podríamos empezar por lo que le hizo escoger precisamente esas tres
letras.
—Es mejor que no lo sepa, Miss Wallace. Créame.
Ella levantó los ojos al cielo.
—Que Dios me asista; otro más.
—¿Cómo dice?
—Parece que doy vueltas en círculo, Mr. Jericho, de un macho paternalista a otro;
siempre están diciéndome lo que soy y lo que no debería saber. Bien, por ahí no paso.
—Señaló con un dedo el suelo de lajas.
—Miss Wallace —dijo Jericho con el mismo tono frío y ceremonial—, he acudido a
su llamada. No me interesan las figuras de alabastro, sean medievales, victorianas o de
la China antigua. Si no tiene más que decirme, que pase un buen día.
—Entonces, buenos días.
—Buenos días.
Si Jericho hubiera llevado sombrero se lo habría levantado.
Se volvió y retrocedió por la nave en dirección a la salida. «Eres tonto —dijo una
voz en su interior—. Tonto y engreído.» A medio camino había aminorado el paso y al
llegar a la pila bautismal se detuvo y dejó caer los hombros.
—Jaque mate, Mr. Jericho —dijo ella en voz alta desde el altar, con tono de triunfo.
—ADU era la señal de llamada de una serie de cuatro mensajes interceptados que
nuestra... común amiga... robó de Cabaña 3. —La voz de Jericho dejaba traslucir
cansancio.
—¿Cómo sabe que los robó?
—Estaban escondidos en su dormitorio. Debajo de las tablas del suelo. Que yo
sepa, nadie nos anima a que nos llevemos trabajo a casa.
—¿Dónde están los mensajes?
—Los he quemado.
Estaban en la segunda hilera de bancos, sentados uno al lado del otro y mirando al
frente. Cualquiera que hubiese entrado en la iglesia habría pensado que ella era el
confesor y él el pecador.
—¿Usted cree que es una espía?
—No lo sé. Su comportamiento es sospechoso, por decirlo de un modo suave. Hay
quien está seguro de que lo es.
—¿Quién?
—Uno del Foreign Office, por ejemplo. Se llama Wigram.
—¿Y por qué?
—Pues porque ella ha desaparecido.
—Vaya. Debe de haber más, ¿no cree? Tanto lío por faltar un día al trabajo...
Jericho se mesó nerviosamente el cabello.
—Hay ciertos... indicios, y, por Dios, no me pregunte cuáles son, sólo indicios de
que los alemanes sospechan que Enigma está siendo descifrado.
Después de una larga pausa, ella preguntó:
—Pero ¿por qué iba nuestra común amiga a ayudar a los alemanes ?
—Si lo supiese, Miss Wallace, no estaría aquí sentado charlando con usted y
saltándome el Acta de Secretos Oficiales. Bueno, ahora en serio, ¿tiene bastante con lo
que le he dicho?
Nueva pausa. Un renuente gesto de asentimiento con la cabeza. —Sí.
Ella se lo explicó como si se tratara de un cuento, en voz baja y sin mirarlo. El
reparó en que gesticulaba mucho con las manos. No podía tenerlas quietas.
Aleteaban como pajarillos blancos, ya cogiéndose el dobladillo del abrigo y tirando
de él para taparse las rodillas, ya posándolas en el respaldo del banco de delante, ya
describiendo en rápidos movimientos circulares el modo en que había llevado a cabo
su crimen.

Espera hasta que las demás chicas han salido para comer.
Deja entornada la puerta de la sala de índice para no levantar sospechas y poder
anticiparse a cualquiera que se aproxime.
Se encarama al polvoriento estante metálico y coge el primer tomo.
AAA, AAB, AAC...
Pasa a la décima página.
Y allí está. Es la decimotercera entrada.
ADU.
Recorre con el dedo la hilera de entradas y anota los números en un trozo de papel.
Deja el tomo del índice en su sitio. El libro de columnas está en un estante superior,
de modo que tiene que servirse de un taburete para alcanzarlo.
Se detiene por un instante para asomar la cabeza por la puerta. El pasillo se halla
desierto.
Está muy nerviosa. Se pregunta por qué. ¿Tan horrible es lo que está haciendo? Se
seca la palma de las manos en la falda gris y abre el libro. Va pasando las páginas.
Busca el número. Una vez más resigue la línea con el dedo.
Lo comprueba una vez y luego una segunda. Para que no haya error.
ADU es la señal de llamada del Nachrichten-Regimenter 537, una unidad de
señales motorizada del ejército alemán. Transmite en longitudes de onda que controla
la estación de Beaumanor, en Leicestershire. El radiogoniómetro ha revelado que
desde el mes de octubre la unidad número 537 ha estado emplazada en la región
militar ucraniana de Smolensko, en ese momento ocupada por las fuerzas de la
Wehrmacht al mando del mariscal de campo Gunther von Kluge.
Jericho se había inclinado con expectación. De pronto se echó hacia atrás,
sorprendido. «¿Una unidad de señales?», pensó.
Se sentía levemente decepcionado. ¿Qué esperaba? No sabía decirlo. Pero sí, tal
vez, algo un poco más-exótico.
—La 537 es una unidad de primera línea, ¿verdad?
—En ese sector el frente se mueve casi cada día. Pero según el mapa de situación
que hay en Cabaña 6, Smolensko sigue estando un centenar de kilómetros dentro de
territorio alemán.
—Ah.
—Sí, ésa fue mi reacción. Bueno, al principio. Verá, se trata de un blanco de baja
prioridad, último escalón. Como mucho, rutinario. Pero existen ciertas... compli-
caciones. —Buscó un pañuelo en su maletín y se sonó la nariz. Jericho reparó otra vez
en que le temblaban los dedos.

Tras devolver el tomo a su sitio le lleva menos de un minuto bajar el libro de


columnas adecuado y anotar los números de serie.
Cuando sale de la sala de índice, Miles («Es Miles Mermagen —añade entre
paréntesis—, el oficial de servicio de la sala de control; una especie de oso con apenas
dos dedos de frente») está hablando por teléfono de espaldas a la puerta, dando coba
a algún superior suyo —«No, no, me parece perfecto, Donald, es un placer servirte de
algo...»— lo cual a Hester le va que ni pintado, pues significa que él no se da cuenta de
que coge su abrigo y se marcha. Enciende su linterna y sale de la cabaña.
Un viento racheado sopla por el callejón entre las cabañas y le da en la cara. Al
fondo de la 8 el sendero se bifurca: a la derecha conduce hacia la entrada principal y el
bullicio de la cantina; a la izquierda, bordea el lago en dirección a la oscuridad.
Ella dobla a la izquierda.
La luna está envuelta en un tejido de nubes, pero su pálida luz es suficiente para
mostrarle el camino. Pasada la valla exterior, hacia el este, hay un pequeño bosque que
no puede ver, pero el sonido del viento entre los árboles invisibles parece tirar de ella.
Deja atrás los Bloques A y B y a unos doscientos cincuenta metros, justo enfrente, ve el
contorno difuso del achaparrado edificio en forma de bunker, recién terminado, que
alberga ahora el archivo central de Bletchley. A medida que se acerca su linterna
ilumina ventanas con contraventanas de acero y, por fin, la pesada puerta.
«No robarás», se dice al tiempo que apoya la mano en el picaporte.
No, no. Claro que no.
No robarás, sólo echarás un vistazo y luego te irás.
A fin de cuentas, ¿no pertenecen «las cosas ocultas a Yahvéh, nuestro Dios»
(Deuteronomio 29, 29)?
El resplandor del fluorescente blanco es como una sacudida después de la
penumbra de la cabaña, y lo mismo la calma, sólo enturbiada por el ruido distante de
las máquinas Hollerith de perforar tarjetas. Los trabajadores aún no han terminado.
Las herramientas están apiladas a un lado de una zona de recepción que huele a
trabajos de albañilería: cemento fresco, pintura húmeda, virutas de madera. La
recepcionista de servicio, una cabo de las Fuerzas Aéreas Auxiliares Femeninas, se
apoya en el mostrador con gesto afable, como si fuese la dependienta de una tienda.
—¿Hace frío?
—Bastante. —Hester logra sonreír y asiente con la cabeza—. He de verificar unos
números de serie.
—¿Para referencia?
—Sí.
—¿Sección?
—Cabaña 6, sala de control.
—¿Pase?
La mujer coge la lista de números y desaparece en un cuarto interior. Hester ve al
fondo un montón de estanterías metálicas, hileras interminables de clasificadores de
cartón duro. Un hombre pasa frente a la puerta y baja una de las cajas. Vuelve la
cabeza hacia ella. Hester aparta la vista. En la pared blanqueada hay un cartel con una
caricatura de una mujer estornudando, acompañado del típico lenguaje fatuo y
entrometido de Whitehall:

EL MINISTERIO DE SANIDAD dice:


Toses y estornudos propagan enfermedades
Pon freno a los gérmenes usando el pañuelo
Colabora a mantener en forma a la nación en lucha
No hay sitio donde sentarse. Detrás del mostrador hay un reloj de pared con la
sigla RAF estampada en la esfera; tan grande es el reloj, que Hester puede llegar a ver
cómo se mueve el minutero. Transcurren cuatro minutos. Cinco minutos. En el
archivo hace un calor desagradable. Nota que está empezando a sudar. El olor a
pintura es nauseabundo. Siete minutos. Ocho. Le gustaría salir corriendo, pero la cabo
tiene su carnet de identidad. Santo cielo, ¿cómo puede haber sido tan rematadamente
estúpida? ¿Y si la recepcionista está llamando a Cabaña 6 para comprobar su
identidad? De un momento a otro, Miles entrará como una tromba en el archivo:
«¿Qué cono te has creído, tú?» Nueve minutos. Diez. Procura pensar en otra cosa.
Toses y estornudos propagan enfermedades...
Se encuentra en tal estado que no llega a oír a la recepcionista, que detrás de ella
dice:
—Lamento haber tardado tanto, pero es que nunca me había encontrado con una
cosa así...
La chica, pobre, está conmocionada.
—¿Por qué? —preguntó Jericho.
—La carpeta —dijo Hester—. La carpeta que le pedí, ¿sabe? Estaba vacía.
Oyeron un fuerte crujido metálico a sus espaldas y luego una serie de arañazos al
abrirse la puerta de la iglesia. Hester cerró los ojos y se arrodilló sobre una de las
sotanas, instando a Jericho a hacer otro tanto. Juntó las manos y bajó la cabeza. Jericho
la imitó. Los pasos avanzaron por la nave, se detuvieron por un instante y reanudaron
la marcha de puntillas. Jericho miró hacia la izquierda con el rabillo del ojo y vio al
vicario agacharse para recogerse el hábito.
—Lamento interrumpir sus oraciones —susurró el sacerdote. Saludó a Hester con
una breve inclinación de la cabeza—. Hola. Perdonen. Los dejo con Dios.
Escucharon sus nerviosos pasos desvanecerse en dirección a la parte de atrás. Al
cerrarse la puerta, la aldaba cayó con estruendo. Jericho volvió a sentarse en el banco,
se llevó la mano al pecho y juró que podía notar los latidos de su corazón bajo cuatro
capas de ropa. Miró a Hester.
—¿Los dejo con Dios? —repitió. Hester esbozó una sonrisa. El cambio que eso
operó en ella fue extraordinario. Sus ojos brillaron, la expresión de su cara se suavizó,
y por primera vez Jericho tuvo una idea del motivo por el que Hester y Claire habían
llegado a congeniar.

Jericho contempló la vidriera de colores que había sobre el altar y juntó las manos.
—¿ Qué es exactamente lo que debemos deducir de esto? ¿Que Claire ha robado
todo el contenido de la carpeta? No —se corrigió de inmediato—, no, eso no puede
ser, porque los criptogramas que tenía en su cuarto eran los originales, no los mensajes
descifrados...
—Precisamente —dijo Hester—. En la carpeta del archivo había un trozo de papel
escrito a máquina. La chica me lo enseñó; era para decir que los números de serie
adjuntos habían sido retirados y que toda pregunta al respecto debía dirigirse al
despacho del director general.
—¿El director general? ¿Está segura?
—Sé leer, Mr. Jericho.
—¿Qué fecha llevaba el papel?
—Cuatro de marzo.
Jericho se tocó la frente. Era la cosa más rara que había oído nunca.
—¿Qué ocurrió después de que fuese al archivo?
—Volví a la cabaña y le escribí esa nota. Entregarla me llevó el resto de la pausa
para comer. Luego era cosa de volver a la sala de índice lo antes posible. Llevamos un
diario de todos los mensajes interceptados. Una carpeta para cada día. —De nuevo
buscó en su maletín y extrajo una pequeña ficha con una lista de fechas y números—.
No estaba segura de por dónde empezar, de modo que fui directamente al inicio del
año y lo revisé todo. No hay nada hasta el 6 de febrero. Sólo once intercepciones en
total, cuatro de las cuales llegaron el último día.
—¿Qué día fue?
—El 4 de marzo. El mismo en que la carpeta fue retirada del archivo. ¿Qué deduce
usted?
—Nada. Todo. Todavía intento imaginar qué podía decir una unidad de señales
alemana sin importancia que justificase el que retiraran toda esa información. —Pura
curiosidad, ¿quién es el director general? —El jefe del Servicio Secreto. «C.»
Desconozco su verdadero nombre. —Jericho se acordó del hombre que le había
entregado el cheque antes de Navidad. Un rostro rubicundo y traje de tweed peludo.
No parecía un maestro de espías sino un agricultor—. ¿Me permite sus notas? —dijo al
tiempo que tendía la mano.
A regañadientes ella le pasó la lista de los mensajes interceptados. Jericho la puso a
la pálida luz de la iglesia. El conjunto era realmente extraño. Después del primer
mensaje, a mediodía del 6 de febrero, siguieron dos días de silencio. Luego había
habido otra señal a las 14.27 del día 9. Luego un lapso de diez días. Después una
emisión a las 18.07 del 20, y otro largo lapso, seguido de un frenesí de actividad: dos
señales el 2 de marzo (a las 16.39 y 19.01), dos más el día 3 (a las 11.18 y 17.27), y, por
último, cuatro señales en rápida sucesión la noche del día 4. Ésos eran los
criptogramas que él había cogido del cuarto de Claire. Las emisiones habían
empezado sólo dos días antes de su última conversación con Claire en el pozo de
arcilla. Y habían terminado un mes más tarde, mientras él seguía en Cambridge,
menos de una semana antes del bloqueo de Tiburón.
No había forma de encontrar una pauta.
—¿En qué clave de Enigma fueron transmitidos? —preguntó—. Porque estaban
cifrados en Enigma, supongo.
—En el índice venían catalogados como Buitre.
—¿Buitre?
—Es la clave de la Wehrmacht para el frente ruso.
—¿Se descifra regularmente?
—Por lo que sé, cada día.
—Y las señales, ¿cómo fueron enviadas? ¿Siguieron, digamos, la red militar
habitual?
—Lo ignoro, pero casi le diría que no.
—¿Por qué?
—Para empezar, no hay tráfico suficiente. Es demasiado irregular. Y la frecuencia
no es de las que conozco. Me suena a algo especial, una línea privada, por así decir.
Sólo dos estaciones: una madre y una estrella solitaria. Pero tendríamos que ver las
hojas de registro para estar seguros.
—¿Dónde están?
—Deberían haber estado en el archivo. Pero cuando fuimos a mirar encontramos
que también se las habían llevado.
—Vaya, vaya —murmuró Jericho—, realmente han sido concienzudos.
—Aparte de llevarse las hojas de la sala de índice, no podían hacer mucha cosa
más. ¿Y usted cree que ella tiene un comportamiento sospechoso? Me quedaré con
todo esto, si me permite.
Cogió la relación de mensajes interceptados y se inclinó para guardarla en su
maletín.
Jericho descansó la cabeza en el respaldo del banco y contempló el techo
abovedado. ¿Algo especial?, pensó. Más que especial ha tenido que ser para que el
director general en persona haya escamoteado toda la maldita carpeta, además de las
hojas de registro. Aquello no tenía sentido. Deseó no estar tan mortal-mente cansado.
Necesitaba cerrar la puerta de su estudio por un par de días, conseguir un buen
montón de papel limpio y unos cuantos lápices con la punta bien afilada...
Dejó que su mirada descendiera lentamente para abarcar el resto de la iglesia: los
santos en sus cristaleras, los ángeles de mármol, los monumentos de piedra a la
memoria de los respetables muertos de la parroquia, las cuerdas del campanario
atadas entre sí como una araña colgante bajo la lúgubre galería del órgano. Cerró los
ojos.
«Claire, Claire, ¿qué has hecho? ¿Acaso viste algo que no debías en ese trabajo tuyo
tan "mortalmente aburrido"? ¿Salvaste algunas migajas de la basura confidencial
cuando nadie estaba mirando y te las llevaste a casa? Y si fue eso, ¿por qué? ¿Saben
ellos que lo hiciste? ¿Es por eso que Wigram te busca? ¿Sabes demasiado, Claire?»
La vio arrodillada a oscuras a los pies de su cama, oyó su propia voz cargada de
sueño —«¿Se puede saber qué haces?»— y la ingenua respuesta de ella: «Estoy
echando una ojeada a tus cosas...»
«Sí, tú siempre estabas buscando algo, ¿verdad? Y cuando yo no podía
proporcionártelo, acudías a otro. ("Siempre se sale con alguien", decías; ésas fueron
casi tus últimas palabras para mí, ¿lo recuerdas?) ¿Qué es eso que buscas con tanto
ahínco?»
Demasiadas preguntas. Sintió que empezaba a quedarse helado. Se arrebujó en su
abrigo, sepultó la barbilla en la bufanda, hundió aún más las manos en los bolsillos.
Trató de recordar imágenes de los cuatro criptogramas —LCNNR KDEMS LWAZA—, pero
las letras aparecían borrosas. No era la primera vez que le ocurría. Era mentalmente
imposible fotografiar aquel galimatías: tenía que haber alguna pauta, algún sentido in-
terno, para que pudiera fijarlas en su memoria.
«Una madre y una estrella solitaria...»
Las gruesas paredes mantenían un silencio que parecía tan viejo como la propia
iglesia, un silencio opresivo, sólo interrumpido por el ajetreo de un pájaro haciendo su
nido en las alfardas. Ninguno de los dos habló durante varios minutos.
Sentado en el duro banco, Jericho sintió como si sus huesos se hubieran vuelto de
hielo, y aquel entumecimiento, sumado al silencio, a los relicarios que los rodeaban y
al mareante olor del incienso, lo sumió en el pesimismo. El funeral de su padre acudió
a su memoria por segunda vez en dos días; el rostro severo en el ataúd, su madre
obligándolo a darle un beso de despedida, la piel fría al contacto de sus labios,
despidiendo un acre olor a productos químicos, como en el laboratorio de la escuela, y
luego la pestilencia del crematorio. —Necesito aire —dijo.
Ella cogió su maletín y lo siguió por el pasillo. Una vez fuera fingieron examinar
las tumbas. Al norte del cementerio, oculto tras unos árboles, estaba Bletchley Park.
Por el camino vecinal pasó una moto en dirección a la ciudad. Jericho esperó hasta
que el ruido del motor se hubo reducido a un ronroneo lejano y luego dijo, casi para
sí:
—Lo que no dejo de preguntarme es por qué robó precisamente criptogramas.
Quiero decir, siendo que podía haber cogido muchas otras cosas. Si yo fuera es-
pía...—Hester abrió la boca para protestar, pero él la contuvo alzando una mano—.
Está bien, no digo que ella lo sea, pero si yo lo fuera, lo lógico habría sido robar
pruebas de que Enigma estaba siendo descifrado, ¿no? ¿De qué sirve un mensaje? —
Se puso en cuclillas y recorrió con los dedos una inscripción que casi se había
borrado—. Si supiéramos más cosas... A quién se los enviaba, por ejemplo.
—Ya hemos discutido esto. No han dejado el menor rastro.
—Pero alguien debe de saber algo —musitó él—. Para empezar, alguien habrá
interrumpido el tráfico. Y alguien más lo habrá traducido.
—¿Por qué no pregunta a uno de sus amigos criptoanalistas? Todos ustedes se
llevan muy bien, ¿verdad?
—No especialmente. En cualquier caso, yo diría que nos animan a llevar una vida
muy independiente. Pero sí conozco a un hombre de Cabaña 3 que podría saber algo...
—Entonces recordó la espantada cara de Weitzman («No me pregunte, por favor, no
quiero saber nada...») y sacudió la cabeza—. Creo que no nos servirá.
—Pues sí que es una pena que haya quemado usted las únicas pistas que teníamos
—dijo ella con cierta aspereza.
—Guardarlas era demasiado arriesgado. —Jericho seguía frotando lentamente la
lápida—. Usted podía haberle contado a Wigram que yo le había hecho preguntas
sobre ADU. —La miró con inquietud—. Supongo que no lo ha hecho...
—No soy tan tonta como piensa, Mr. Jericho. De lo contrario, ¿habría venido a
hablar con usted? —Echó a andar por una hilera de sepulturas y se puso a mirar con
furia un epitafio.

Lamentó su rudeza casi de inmediato. («Más vale saber contenerse que ser héroe,
ser dueño de sí que conquistar una ciudad» Proverbios 16, 32.) Pero, como Jericho
apuntaría más adelante, cuando ya sus relaciones habían mejorado lo suficiente como
para que él se aventurara a comentarlo, si ella no hubiera perdido la paciencia quizá
nunca habría dado con la solución.
—A veces necesitamos un poco de tensión para aguzar nuestro ingenio —dijo
Jericho.
Hester estaba celosa, ésa era la verdad. Había pensado que conocía a Claire tan
bien como cualquiera, pero cada vez estaba más claro que no la conocía en absoluto, y
sólo un poco mejor que él.
Hester se estremeció. El sol de marzo no calentaba. Caía sobre la torre de piedra de
Saint Mary tan frío como la luz de un espejo.
Jericho estaba otra vez de pie y caminaba entre las tumbas. Ella se preguntó si de
haber podido ir a la universidad habría llegado a ser como él. Pero su padre no lo
consintió, y al final había sido George, su hermano, el afortunado; como si fuera una
ley divina: los hombres van a la universidad, los hombres descifran códigos; las
mujeres se quedan en casa, las mujeres se encargan de archivar.
«Hester, Hester, por fin. Hazme un favor, ¿quieres hablar con Chicksands a ver qué
pueden hacer? Y ya que estás en eso, la sala de máquinas cree que hay un texto
erróneo en la última hornada de Cernícalo; la operadora necesita verificar sus notas y
volver a enviar...»
Se había quedado mirando una lápida, aturdida por la sensación de derrota, pero
ahora sentía que su cuerpo empezaba a recuperar lentamente su estado de alerta.
«La operadora necesita verificar sus notas...»
—¡Mr. Jericho!
Jericho se volvió al oír su nombre y vio que ella se acercaba trastabillando entre las
sepulturas.
Eran casi las diez y Miles Mermagen estaba peinándose en su despacho, con miras
a regresar a su alojamiento, cuando Hester Wallace apareció en la puerta.
—No —dijo él, dándole la espalda.
—Escucha, Miles, he estado pensando. Tenías razón, he sido una tonta.
Él la miró receloso por el espejo.
—Mi solicitud de traslado... Quiero que la retires.
—Estupendo. Aún no la había presentado.
Mermagen volvió a contemplarse en el espejo. El peine se deslizaba por la espesa
mata de cabello negro como un rastrillo en aceite.
Ella forzó una sonrisa.
—He pensado en lo que dijiste, eso de saber donde encaja uno...
Él terminó de acicalarse y se puso de perfil, tratando de no perder de vista su
reflejo.
—No sé si te acuerdas —continuó ella—, pero hablamos de que podría ir a una
estación de interceptación.
—Por mí, de acuerdo.
—Bueno, pensaba que como no entro de servicio hasta mañana por la tarde, podría
empezar hoy mismo...
—¿Hoy? —Mermagen miró su reloj—. La verdad, estoy bastante liado.
—Oh, puedo ir yo sola, Miles. Ya les presentaré mi recomendación más adelante...
—Cruzó los brazos a la espalda y hundió las uñas en la palma de la mano.
Mermagen volvió a mirarla con suspicacia y ella pensó: «No, no, es demasiado
evidente, incluso para él», pero entonces él se encogió de hombros y dijo:
—Bueno, ¿por qué no? Llámalos primero. —Y con un grandioso gesto de la mano,
añadió—: Invoca mi nombre.
—Gracias, Miles.
—La mujer de Lot, ¿eh? —Él le guiñó un ojo—. De día columna de sal, de noche
bola de fuego...
Al salir, él le tocó el trasero.
Treinta metros más allá, en Cabaña 8, Jericho estaba llamando a la puerta del oficial
de enlace. Una voz potente le dijo con acento americano que pasara.
Kramer no tenía escritorio —el cuarto no lo permitía—, sólo una mesa de baraja
con un teléfono encima y varias papeleras de alambre llenas de papeles que ya
inundaban el suelo. Ni siquiera había ventana. En uno de los tabiques de madera que
lo separaban del resto de la cabaña Kramer había pegado una foto reciente, sacada de
la revista Life, donde se veía a Roosevelt y a Churchill en la conferencia de Casablanca,
sentados uno al lado del otro en un jardín soleado. Advirtió que Jericho la miraba.
—Cuando ya no puedo aguantarlos más a todos ustedes, miro esa foto y pienso,
bueno, qué caray, si ellos dos pueden, yo también. —Sonrió—. Tengo que enseñarle
una cosa. —Abrió su portafolios y extrajo un fajo de papeles con el membrete MÁXIMO
SECRETO: ULTRA—. Esta mañana Skynner ha recibido la orden de dármelos. Se supone
que debo enviarlos a Washington esta misma noche.
Jericho les echó un vistazo. Un revoltijo de cálculos matemáticos que le eran más o
menos familiares, y unos complicados dibujos técnicos de lo que parecía un circuito
eléctrico.
—Los planos del prototipo para la bomba de cuatro rotores —dijo Kramer.
Jericho lo miró sorprendido.
—¿Van a utilizar válvulas? —preguntó.
—Seguro. Triodos de atmósfera gaseosa. Y tiratrones GTlC.
—Santo cielo.
—Lo llaman Cobra. Los ajustes de los tres primeros rotores se harán según el
procedimiento habitual, esto es, electromecánicamente. Pero el cuarto (el cuarto)
tendrá un sistema puramente electrónico de válvulas y rejillas unidas a la bomba por
una especie de cable gordo que parece una... —Kramer formó un círculo con sus
manos—. Bueno, creo que parece una cobra. Utilizar válvulas en serie es una
auténtica revolución. Jamás se había hecho. Sus colegas dicen que eso puede hacer
los cálculos cien o quizá mil veces más rápidos.
Casi para sí, Jericho dijo:
—Una máquina Turing.
—¿Una qué?
—Una computadora electrónica.
—Bueno, como quiera llamarla. La buena noticia es que en teoría funciona. Y de ser
cierto lo que dicen, puede ser sólo el principio. Parece ser que planean construir una
superbomba, totalmente electrónica, que se llamará Coloso.
Jericho visualizó de pronto a Alan Turing, aquella tarde de invierno, sentado en su
estudio de Cambridge mientras las farolas se encendían fuera, hablándole de su sueño
de una calculadora universal. ¿Cuánto hacía de aquello? ¿Menos de cinco años?
—¿Y para cuándo estará lista?
—Ésa es la mala noticia. Cobra no entrará en funcionamiento hasta el mes de junio.
—Pero eso es terrible.
—Lo mismo de siempre. No hay componentes, no hay talleres, faltan técnicos.
Adivine cuántas personas están trabajando en ello mientras hablamos.
—Imagino que no las suficientes.
Kramer levantó una mano y extendió sus dedos ante laxara de Jericho:
—Cinco personas. ¡Cinco! —Volvió a guardar los papeles y cerró su portafolios con
rabia—. Hay que hacer algo al respecto —masculló—. Hemos de acelerar las cosas.
—¿Va usted a Londres?
—Ahora mismo. Primero a la embajada. Luego al otro lado de Grosvenor Square
para ver al almirante.
Jericho dio un respingo de desilusión.
—Imagino que irá usted en su coche.
—¿Bromea? ¿Con esto encima? —Kramer dio una palmada en el portafolios—.
Skynner me hace ir con escolta. ¿Por qué lo dice?
—Estaba pensando... bien, ya sé que puede parecer un atrevimiento de mi parte,
pero me dijo que cuando tuviera un favor que pedirle... Pensaba si no podría usted
prestarme el coche.
—Claro, hombre. —Kramer se puso el abrigo—. Seguramente estaré fuera un par
de días. Le enseñaré dónde lo he aparcado. —Cogió su gorra, de detrás de la puerta y
salieron los dos al corredor.
Al llegar a la entrada de la cabaña toparon con Wigram. Jericho se sorprendió al
verlo tan desaseado. Evidentemente había pasado la noche en vela. Una sombra de
barba rubiorrojiza reflejó la luz del sol.
—Ah, el intrépido teniente y el gran criptoanalista. Cuentan que son ustedes muy
amigos. —Hizo una fingida reverencia y le dijo a Jericho—: Más tarde tendremos que
hablar otra vez, amigo mío.
—Si hay alguien que me dé grima, es ese tipo —dijo Kramer, mientras iban hacia la
mansión—. Esta mañana se ha pasado veinte minutos en mi habitación haciéndome
preguntas sobre una chica que conozco.
Jericho estuvo a punto de tropezar.
—¿Conoce a Claire Romilly?
—Allí está —dijo Kramer, y por un instante Jericho pensó que se refería a ella, pero
en realidad estaba señalando el coche—. Aún está caliente. Tiene el depósito lleno y
una lata en el maletero. —Buscó la llave en su bolsillo y se la lanzó a Jericho—.
Naturalmente que conozco a Claire. ¿Quién no? Una chica de miedo. —Dio unos
golpecitos en el brazo a Jericho y añadió—: Que tenga buen viaje.
3

Pasó otra media hora antes de que Jericho pudiera marcharse.


Subió por los escalones de hormigón de la sala de operaciones y allí encontró a
Cave, solo, en un extremo de la larga mesa, rodeado de teléfonos y con la vista fija en
el mapa del Atlántico. Le dijo que desde las doce de la noche habían interceptado once
señales Tiburón, ninguna de las cuales procedía del área prevista de batalla, y eso era
mala noticia. El convoy HX-229 estaba a unas ciento cincuenta millas de las supuestas
formaciones de U-boote, proa al oeste y avanzando a toda máquina, a una velocidad de
diez nudos y medio. El SC-122 estaba algo más adelante, hacia el noroeste. El HX-
229A estaba bastante más atrás, dirigiéndose hacia el norte en dirección a la costa de
Newfoundland.
—Casi es de día —dijo—, pero el tiempo empeora, pobres diablos.
Jericho dejó a Cave con sus cosas y fue en busca, primero, de Logie, quien lo
despidió con un gesto de su pipa («Bueno, amigo, descansa un poco, el telón se
levanta a las veinte cero cero»), y luego de Atwood, quien finalmente accedió a
prestarle su atlas turístico de las islas Británicas editado por la Automobile Asso-
ciation.
Lo tenía todo listo.
Se acomodó en el asiento delantero del coche de Kramer y, al palpar aquellos
mandos que no conocía, se le ocurrió que en realidad nunca había acabado de
aprender a conducir. Conocía los principios básicos, claro está, pero debía de hacer
seis o siete años que no lo probaba, y eso había, sido con el Humber de su padrino, que
parecía un tanque, algo diametralmente opuesto a ese pequeño Austin. Al menos, no
estaba haciendo nada ilegal: en un país donde en ese momento hacía falta un permiso
hasta para ir al váter, ya no era preciso, curiosamente, tener carnet de conducir.
Tardó unos minutos en aclararse con el embrague y el acelerador, el freno de mano
y el cambio de marchas. Luego tiró del estárter y conectó el encendido. El coche dio
una sacudida y se caló. Puso punto muerto, probó de nuevo, y esta vez, al levantar el
pie izquierdo del embrague, el automóvil empezó milagrosamente a avanzar.
Al llegar a la verja principal le hicieron señas de que parara y Jericho consiguió
detener el coche no sin apuros. Uno de los centinelas abrió la portezuela y él tuvo que
apearse mientras otro centinela procedía a registrar el interior.
Medio minuto después levantaban la barrera y Jericho salía del Park.
Condujo a paso de ciclista por las callejuelas que conducían a Shenley Brook End, y
fue justamente el ir tan despacio lo que lo salvó. El plan que había acordado con
Hester Wallace —en el supuesto de que él pudiera hacerse con el coche de Kramer—
era que iría a recogerla a su casa, pero justo cuando tomaba la curva que había a
cuatrocientos metros del desvío, algo resplandeció delante de él en el campo que
quedaba a mano derecha. Se arrimó de inmediato a la cuneta y frenó. Dejó el motor en
marcha y con sumo cuidado abrió la puerta y se encaramó al estribo para ver mejor.
Más policías. Uno recorriendo sigilosamente la linde del campo; otro
semiescondido en el seto, al parecer vigilando la carretera.
Jericho volvió al asiento del conductor y tamborileó con los dedos en el volante. No
estaba seguro de que lo hubiesen visto pero cuanto antes saliera de su campo visual,
mejor. La palanca de cambio estaba rígida y necesitó ambas manos para poner la
marcha atrás. El motor gimió. Primero casi se metió en la zanja, pero luego corrigió la
dirección y el coche fue zigzagueando por la calzada como un borracho, subió al arcén
opuesto y se caló. No era un aparcamiento elegante pero al menos había logrado
retroceder hacia la curva lo suficiente para perder de vista a los policías.
Lo más seguro era que hubiesen oído el coche aproximarse. En cualquier momento
aparecería uno de ellos por el camino para investigar, y Jericho trató de urdir alguna
excusa para su lunático comportamiento, pero pasó el rato y no llegó nadie. Cuando
apagó el motor, sólo oyó el canto de los pájaros.
No era raro que Wigram pareciese tan cansado, pensó. Daba la impresión de que
tenía a su mando a media policía del condado, incluso tal vez de todo el país.
De repente, la magnitud de los obstáculos a que se veían enfrentados le pareció tan
insuperable, que estuvo seriamente tentado de mandar todo el plan a rodar.
(«Tenemos que ir a la estación de interceptación, Mr. Jericho, ir a Beaumanor y
conseguir todas las notas escritas a mano por la operadora. Las guardan como
mínimo un mes, no se les habrá ocurrido llevarse eso, me juego lo que quiera. Sólo los
pobrecitos zánganos tenemos algo que ver con esas notas.») En efecto, Jericho podría
haber dado media vuelta y regresado en coche a Bletchley Park si no hubiera oído
unos golpes en la ventanilla de su izquierda. Seguramente saltó un buen par de
centímetros en su asiento.
Era Hester Wallace, aunque al principio no la reconoció. Había cambiado su falda y
su blusa por una gruesa chaqueta de tweed y un jersey holgado. Llevaba pantalones
marrones de pana metidos en unos calcetines de lana gris, y sus robustas botas estaban
tan llenas de barro que parecían los cascos de un caballo de tiro. Depositó su
voluminoso maletín en la parte de atrás del Austin y se hundió en el asiento del
acompañante. Luego dejó escapar un suspiro de alivio.
—Gracias a Dios. Pensaba que no llegaba.
Jericho se inclinó para cerrar la puerta con cuidado.
—¿Cuántos policías hay?
—Seis. Dos en los campos del otro lado; dos recorriendo las viviendas del pueblo;
otros dos en la casa, uno arriba, buscando huellas dactilares en el dormitorio de Claire,
y una policía en la planta baja. Le he dicho a ella que tenía que irme. Ha intentado
impedírmelo pero he dicho que era mi día libre y que pensaba hacer lo que me diese la
gana. He salido por la puerta de atrás y he dado un gran rodeo hasta la carretera.
—¿La ha visto alguien?
—Creo que no. —Se echó aliento en las manos y se las frotó—. Propongo que nos
vayamos, Mr. Jericho. Y, haga lo que haga, no pase por Bletchley. He oído que están
parando a todos los coches que salen de la ciudad.
Se deslizó más aún en el asiento hasta quedar invisible desde fuera a menos que
alguien se acercara a la ventana. Jericho puso el motor en marcha y el Austin echó a
andar. Si no podían volver a Bletchley, pensó, no quedaba otra solución que seguir
recto.
Doblaron la curva; la carretera estaba libre. El desvío hacia la casa quedaba a la
izquierda y estaba desierto, pero al llegar a su altura un policía apareció de pronto tras
la barda del lado opuesto y levantó la mano. Jericho dudó y luego pisó a fondo el
acelerador. El policía se hizo hábilmente a un lado y Jericho creyó ver un rostro
airado, rojo como el ladrillo. Iniciaron el descenso hacia la hondonada y subieron otra
vez para cruzar el pueblo. Otro policía estaba hablando con una mujer en el portal de
una casa con techumbre de paja, y se volvió para mirarlos. Jericho pisó de nuevo el
acelerador y pronto el pueblo quedó atrás mientras la carretera bajaba en zigzag hacia
otra frondosa hondonada. Entraron en Shenley Church End dejando atrás el White
Hart Inn, donde Jericho había vivido, luego una iglesia y casi enseguida llegaron al
cruce de la A5, donde tuvieron que detenerse.
Jericho miró por el espejo retrovisor para comprobar que nadie los seguía. Todo
estaba en calma.
—Ya puede levantarse —le dijo a Hester. Estaba como aturdido. No acababa de
creerse lo que estaban haciendo. Esperó a que pasaran un par de camiones, puso el
intermitente y luego torció a la izquierda por la antigua vía romana. Ésta se extendía
recta y uniforme ante ellos, aparentemente hacia el noroeste. Jericho cambió de
marcha, el Austin ganó velocidad, y un momento después se habían alejado del
pueblo.
El país en guerra se abría ante ellos; la misma Inglaterra de siempre pero con
ciertas sutiles diferencias: un poco tiznada, un poco magullada aquí y allá, como una
finca próspera en rápida decadencia, o una refinada señora mayor venida a menos.
No encontraron efectos de bombardeos hasta llegar a las afueras de Rugby, donde
lo que parecía desde lejos una abadía en ruinas resultó ser el casco sin techo de una
fábrica, pero los estragos de la guerra eran visibles por doquier. Muchas de las cercas
contiguas a la carretera estaban a punto de desmoronarse después de tres años sin
que nadie las reparara. Las verjas y enrejados de los bonitos parques rurales habían
sido fundidos para fabricar munición. Las casas tenían un pobre aspecto. No se
pintaba nada desde 1940. Las ventanas rotas estaban entabladas por fuera, los herrajes
oxidados o cubiertos de brea. Hasta los rótulos de las tabernas aparecían astillados y
descoloridos. Todo el país sufría los efectos de la degradación.
«¿Y no estamos también nosotros —pensó Jericho mientras adelantaban a otro
transeúnte encorvado por la carretera—, un poco peor a cada año que pasa?» En
1940 habían tenido al menos la energía catalizadora desencadenada por la amenaza de
una invasión. Y en
1941 había renacido la esperanza cuando Rusia y después Norteamérica habían
entrado en guerra. Pero
1942 había pasado a duras penas, hasta que en 1943 los submarinos alemanes
comenzaron a sembrar la destrucción, las penurias no hicieron sino aumentar y, pese a
las victorias en África y en el frente oriental, la guerra empezó a parecer interminable,
una ininterrumpida y nada heroica perspectiva de racionamiento y extenuación. Los
pueblos aparecían casi sin vida —los hombres en el frente, las mujeres metidas en fá-
bricas— mientras en Stony Stratford y en Towcester la poca gente que todavía
merodeaba lo hacía para ponerse a la cola frente a tiendas con los escaparates vacíos.
Hester Wallace iba callada a su lado, supervisando su avance con obsesivo interés
sobre el mapa turístico de Atwood. Mejor, pensó él. Puesto que todos los indicadores
habían sido retirados de sus emplazamientos, si llegaban a perderse no sabrían dónde
se encontraban. Jericho no se atrevía a conducir deprisa. El Austin resultaba extraño y,
según estaba descubriendo, bastante idiosincrático. De vez en cuando la mala gasolina
de la guerra le hacía emitir una fuerte explosión. Tenía tendencia a irse hacia el centro
de la calzada, y los frenos tampoco eran una maravilla. Aparte de eso, un coche
particular era algo insólito, y Jericho temía que si corrían demasiado un policía
pudiera hacerles parar y exigirles la documentación.
Siguió conduciendo regularmente durante una hora hasta que Hester le dijo que la
siguiente ciudad era Hinckley y que antes de llegar a ésta doblase por una carretera
más estrecha.
Habían dejado Bletchley bajo un cielo despejado, pero cuanto más al norte iban,
más oscuro se ponía. Nubes grises cargadas de nieve o lluvia tapaban el sol. La línea
de asfalto cruzaba un anodino paisaje llano, sin más vehículos a la vista, y por
segunda vez Jericho experimentó la curiosa sensación de que la historia iba hacia
atrás, que los caminos no habrían estado tan desiertos ni siquiera un cuarto de siglo
atrás.
Unos veinticinco kilómetros más adelante ella lo hizo girar de nuevo a la derecha y
de repente empezaron a subir por un terreno más montañoso, densamente arbolado,
con asombrosos afloramientos de roca desnuda que la nieve había teñido de blanco.
—¿Qué sitio es éste?
—Charnwood Forest. Ya casi hemos llegado. Será mejor que aparque un minuto.
Ahí, mire —dijo ella, señalando una desierta zona de picnic a un lado de la carretera—
. Deje el coche ahí. No tardaré mucho.
Hester cogió su maletín del asiento de atrás y echó a andar hacia los árboles. Jericho
la vio alejarse. Con su chaqueta y sus pantalones parecía un joven campesino. ¿Qué le
había dicho Claire? «Creo que está un poco loca por mí...» «Será poco —pensó él—,
para arriesgarse tanto.» Cayó en la cuenta de que Hester era físicamente lo contrario
de Claire, que mientras ésta era alta, rubia y voluptuosa, Hester era baja, morena y
delgaducha. Un poco como él, en realidad. Estaba cambiándose de ropa detrás de un
árbol que no era lo bastante ancho y Jericho tuvo un atisbo de hombro blanco y
delgado. Apartó la vista. Cuando miró de nuevo ella emergía ya del monte con un
vestido de color verde oliva. En el momento en que ella subía al coche la primera gota
de lluvia se estrellaba contra el parabrisas.
—Adelante, Mr. Jericho —dijo Hester. Buscó la posición en el mapa y apoyó un
dedo en la página.
Jericho se demoró con la mano en la llave del contacto.
—¿Cree usted que, dadas las circunstancias, podríamos aventurarnos a utilizar
nuestros nombres de pila? —preguntó con tono vacilante.
Ella esbozó una sonrisa y dijo:
—Hester.
—Tom.
Se dieron la mano.

Siguieron la carretera a través del bosque durante unos ocho kilómetros, luego los
árboles empezaron a menguar y se encontraron en campo abierto. La lluvia y la nieve
fundida habían convertido el camino vecinal en una pista de barro, y durante cinco
minutos hubieron de avanzar en segunda detrás de una tartana. Finalmente el cochero
levantó su látigo como disculpándose y dobló a la derecha en dirección a una aldea en
la que media docena de espirales de humo se elevaban de otras tantas chimeneas. Al
cabo de un rato Hester gritó:
—¡Allí!
De no haber ido tan despacio, habrían podido pasar de largo; se trataba de un
camino particular atravesado por una barrera roja y blanca, una garita de centinela, un
letrero que, crípticamente, rezaba: MGGY BEAUMANOR.
Ministerio de Guerra Grupo Y, Beaumanor; la «Y» correspondía al nombre en clave
del servicio de interceptación por radio.
—Vamos allá.
Jericho no pudo por menos que admirar el coraje de aquella mujer. Mientras él
buscaba su pase con manos torpes, ella se había inclinado para dar el suyo al guardia
al tiempo que anunciaba con tono áspero que estaban esperándolos. El soldado raso
comprobó su nombre en una tablilla, fue hasta la parte de atrás del coche para anotar
el número de matrícula, volvió a la ventanilla, echó una rápida mirada al carnet de
Jericho y les franqueó el paso.
Beaumanor Hall era otra de aquellas enormes y apartadas mansiones rurales que
habían sido requisadas por los militares a sus agradecidos y casi arruinados
propietarios, y que probablemente, suponía Jericho, ya no recuperarían su uso
particular. Correspondía al primer período Victoriano, con una avenida de olmos
chorreantes a un lado y una caballeriza al otro, que fue hacia donde les dijeron que
debían ir. Pasaron por debajo de una bella arcada. Media docena de sonrientes chicas
del servicio territorial con los abrigos puestos sobre la cabeza a modo de tienda para
protegerse de la lluvia, corrieron delante de ellos y se metieron en uno de los edificios.
En el patio había un par de camionetas comerciales Morris y una hilera de
motocicletas BSA. Mientras Jericho aparcaba, un hombre de uniforme se acercó a toda
prisa al coche llevando un enorme y maltrecho paraguas.
—Heaviside —dijo—. Comandante Heaviside. Usted debe de ser Miss Wallace y
usted...
—Tom Jericho.
—Mr. Jericho. Excelente. Espléndido. —Les estrechó la mano con energía—. Debo
decir que es un placer para nosotros. Una visita de la oficina central a los parientes del
campo... El jefe les manda un millón de disculpas y dice que si no les importa que yo
les haga los honores. Intentará reunirse más tarde con ustedes. Creo que llegan tarde
para almorzar, pero ¿les apetece un té? Qué asco de tiempo...
Jericho estaba preparado para preguntas suspicaces y había empleado el viaje en
ensayar varias respuestas cautas, pero el comandante se limitó a acompañarlos hasta
la casa bajo el goteante paraguas. Era joven, alto y un poco calvo, y llevaba unas gafas
tan sucias que era increíble que pudiese ver algo con ellas. Tenía los hombros caídos,
como una botella, y el cuello de su guerrera estaba nevado de caspa. Los llevó a una
salita fría y húmeda y pidió té.
El comandante había terminado su historia resumida de la casa («diseñada por el
mismo sujeto que construyó la Columna de Nelson, según me han dicho») y estaba
enfrascado en una detallada historia del servicio de interceptación («iniciado en
Chatham hasta que los bombardeos nos hicieron salir de allí...»). Hester asentía
educadamente. Una mujer del ejército les trajo un té tan espeso y marrón como el
betún. Jericho probó un sorbo y miró con impaciencia las paredes vacías. Había
agujeros en el yeso allí donde los ganchos para colgar cuadros habían sido retirados, y
unas sombras de mugre delataban el perfil de varios marcos grandes ahora ausentes.
Una residencia ancestral sin sus ancestros, una casa sin alma. Las ventanas que
miraban al jardín estaban cruzadas con tiras de cinta adhesiva.
Jericho sacó ostensiblemente su reloj y lo miró. Eran casi las tres. Tendrían que
darse prisa.
Hester advirtió su nerviosismo.
—Quizá podríamos echar un vistazo —dijo, saltando sobre un breve respiro en el
monólogo del comandante—. ¿Qué le parece?
Heaviside pareció sobresaltarse y dejó su taza de té en el platillo.
—Oh, cielos, lo siento. Bien. Si están listos, vamos a empezar.
La lluvia caía ahora mezclada con nieve y el viento soplaba del norte, fuerte y
racheado. Les azotó la cara cuando rodearon la residencia, y cuando caminaron por el
fango de un rosal arrasado tuvieron que protegerse con los brazos, como púgiles
esquivando golpes. Del otro lado de un muro, llegaba una especie de aullido fúnebre
como Jericho no había oído jamás.
—¿Qué diablos es eso?—preguntó.
—La plantación de antenas —respondió Heaviside.
Jericho sólo había visitado una vez una estación como aquélla, y de eso hacía varios
años, cuando la ciencia aún estaba en pañales: una choza encaramada a unos riscos,
cerca de Scarborough, llena de mujeres del servicio femenino de la Royal Navy
entumecidas a causa del frío. Ésta era muy distinta. Franquearon una puerta y allí
estaban: docenas de antenas de radio distribuidas en extrañas disposiciones, como los
círculos de piedra de los druidas, en una extensión de varios acres de campos. Las
torres metálicas estaban unidas entre sí mediante miles de metros de cable. El acero,
tensado por el viento, zumbaba unas veces, gritaba otras.
—Configuraciones rómbicas y Beveridge —gritó el comandante sobre la
barahúnda metálica—. Dipolos y direccionales... ¡Mire! —Al intentar señalar, su para-
guas quedó bruscamente del revés. Heaviside sonrió con impotencia y lo esgrimió en
dirección de las antenas—. Estamos a unos noventa metros de altitud, por eso hace
tanto viento. La plantación tiene dos cosechas principales, ¿lo ven? Una señala hacia el
sur. Es la que coge Francia, el Mediterráneo, Libia. La otra está enfocada hacia el este,
Alemania y el frente ruso. Las señales viajan por cable coaxial a las cabañas de
interceptación. —Extendió los brazos y bramó al viento—. ¿No es hermoso? Podemos
recibirlo casi todo en un radio de más de mil kilómetros. —Rió y agitó las manos
como si estuviera dirigiendo un coro imaginario—. Venga, cantad, cabronas.
El viento les lanzaba aguanieve a la cara y Jericho se tapó los oídos con las manos.
Era como inmiscuirse en la naturaleza, como aprovecharse de una impetuosa fuerza
elemental con la que ellos no tenían ningún derecho a jugar, como Frankenstein
invocando al relámpago en su laboratorio. Otra ráfaga de viento los tiró para atrás y
Hester agarró a Jericho del brazo para sostenerse.
—Vámonos de aquí —aulló Heaviside, haciéndoles señas de que lo siguieran.
Al otro lado del muro encontraron cierta protección contra el viento. Una carretera
asfaltada rodeaba lo que, desde lejos, parecía ser una aldea aparte dentro de los
terrenos de la mansión: casas pequeñas, cobertizos, un invernadero, hasta una caseta
de criquet con su torre de reloj. Todo fachadas falsas, explicó alegremente Heaviside,
para burlar a los aviones de reconocimiento alemanes. Allí era donde tenía lugar el
trabajo de interceptación. ¿Había alguna cosa que les interesase en especial?
—¿Qué me dice del frente oriental? —preguntó Hester.
—¿El frente oriental? —dijo Heaviside—. Bueno.
Echó a andar delante de ellos entre los charcos, insistiendo en arreglar su paraguas
roto. La lluvia arreció, y de andar rápido pasaron a correr en dirección a la cabaña. La
puerta se cerró tras ellos con estrépito.
—Como pueden ver, aquí confiamos en el elemento femenino —dijo el
comandante al tiempo en que se quitaba las gafas y las secaba con una punta de su
guerrera—. Hay chicas del ejército y civiles. —Volvió a ponerse las gafas y miró
alrededor—. Buenas tardes —dijo a una mujer fornida con galones de sargento—. La
supervisora —explicó, para añadir luego en voz baja—: una auténtica fiera.
Jericho contó veinticuatro receptores de radio dispuestos en parejas, a los lados de
un largo pasillo, y cada cual con su correspondiente chica provista de auriculares de
casco. No se oía otra cosa que el zumbido de las máquinas y algún que otro crujir de
papeles.
—Disponemos de tres tipos de aparato —prosiguió Heaviside con calma—. HRO,
Hallicrafter 28 Skyrider y Ar-88 americano. Cada chica tiene una frecuencia propia
que vigilar, aunque si hace falta doblamos el personal.
—¿Cuánta gente tienen trabajando aquí? —preguntó Hester.
—Un par de miles.
—¿Y lo interceptan todo?
—Absolutamente. A menos que ustedes nos digan lo contrarío.
—Que nunca es el caso.
—Claro, claro. —La calva incipiente de Heaviside relucía con la lluvia. Se inclinó
hacia adelante y se sacudió con el vigor de un perro—. Bueno, sin contar lo de la
semana pasada.
Después, lo que Jericho recordaría mejor fue la frialdad con que ella manejó el
asunto. Ni siquiera pestañeó. De hecho, cambió de tema y le preguntó a Heaviside qué
velocidad se les exigía a las chicas («insistimos en una velocidad de noventa caracteres
Morse por minuto, aquí es el mínimo indispensable») y luego avanzaron los tres por el
pasillo central.
—Éstos son los aparatos sintonizados con el frente oriental —dijo Heaviside,
cuando iban por la mitad. Se detuvo para señalar los prolijos retratos de buitres
pegados en el canto de varios de los receptores—. Buitre no es la única clave del
ejército alemán en Rusia, claro. Tenemos Milano y Cernícalo, y para Ucrania,
Eperlano...
—¿Hay mucha actividad estos últimos días? —preguntó Jericho, pues le pareció
que le tocaba decir algo.
—Oh, sí, mucha. Desde Stalingrado. Retiradas y contraofensivas en todo el frente.
Alarmas y expediciones. A esos rojos hay que dárselo todo en bandeja, no saben
pelear.
Hester dijo como quien no quiere la cosa:
—Fue una estación Buitre la que les dijeron que no interceptaran, supongo.
—En efecto.
—Y calculo que sería hacia el cuatro de marzo.
—Otra diana. A eso de la medianoche. Lo recuerdo porque acabábamos de enviar
cuatro señales largas y estábamos la mar de ufanos cuando ese colega suyo,
Mermagen, se puso al teléfono y dijo presa del pánico: «Ya basta de eso, muchísimas
gracias, ni ahora ni mañana ni ningún otro día.»
—¿Le dio alguna explicación?
—No. Que parásemos y basta. Creí que iba a darle un ataque. La cosa más rara que
he oído en mi vida.
—Tal vez —apuntó Jericho— decidieron eliminar el tráfico de baja prioridad,
sabiendo que tenían ustedes tanto trabajo...
—Y una mierda —dijo Heaviside—, con perdón. —Se lo veía herido en su orgullo
profesional—. Puede decirle a ese Mermagen de mi parte que no era nada que
nosotros no pudiésemos controlar, ¿verdad, Kay? —Dio unas palmadas en el hombro
a una operadora guapísima del servicio territorial, quien se sacó los cascos y retiró su
silla hacia atrás—. No, no, no te levantes. Sólo estábamos hablando de nuestra
estación misteriosa. —Puso los ojos en blanco—. La que nos han dicho que no hemos
de oír.
—¿Oír? —Jericho miró incisivamente a Hester—. ¿Quiere decir que aún sigue
emitiendo?
-¿Kay?
—Sí, señor. —La chica tenía un melodioso acento gales—. Ahora no tanto, señor,
pero la semana pasada no paró de emitir. —Dudó por un instante—. Yo, bueno, no es
que escuchara a propósito, señor, pero ese hombre tiene una letra muy bonita. De la
vieja escuela. No como algunos de los jovencitos —escupió la palabra— que utilizan
ahora. Son casi tan malos como los italianos.
—El estilo en Morse —dijo pomposamente Heaviside— es tan distintivo en un
hombre como su firma.
—¿Y cuál es ese estilo?
—Muy rápido pero muy claro —respondió Kay—. Ondulante, por decirlo de
alguna manera. Manos de pianista clásico, tiene el hombre.
—Creerá usted que está loca por él, ¿no, Mr. Jericho? —Heaviside rió y dio una
nueva palmada en el hombro de la operadora—. Muy bien, Kay. Buen trabajo. Manos
a la obra.
Siguieron avanzando.
—Es una de las mejores —les confió—. Puede ser horroroso, ¿saben?, ocho horas
seguidas pendiente de las ondas sólo para ir anotando todo este galimatías... Y más
por la noche, en pleno invierno. Aquí hace un frío del demonio. Tenemos que traerles
mantas. Ah, miren, ahora está entrando uno.
Permanecieron a una prudente distancia de la operadora, que en ese momento
copiaba frenéticamente un mensaje. Con la mano izquierda iba ajustando el dial del
radiorreceptor, y con la derecha juntaba como podía el impreso para mensajes y el
papel carbón. La velocidad a que, acto seguido, empezó a anotar el mensaje fue de
verdadero vértigo.
—GLPES —leyó Jericho por encima del hombro de ella—. KEMPGNXWPD...
—Dos impresos —dijo Heaviside—. Primero la hoja de registro, donde anota los
susurros, esto es, los mensajes de sintonía, código Q y todo eso. Y luego el impreso
rojo, que es la señal propiamente dicha.
—¿ Qué pasa después ? —susurró Hester.
—Hay dos copias de cada papel. La de encima va a la cabaña del teletipo para su
inmediata transmisión a Bletchley. Es esa que parece una caseta de criquet. Las otras
copias las archivamos aquí, por si algo se rompe o se pierde.
—¿Cuánto tiempo las guardan?
—Un par de meses.
—¿Podemos verlo?
Heaviside se rascó la cabeza y contestó:
—Bueno, si quieren. No hay mucho que ver.
Los acompañó hasta el fondo de la cabaña, abrió una puerta, encendió la luz y se
apartó para mostrarles el interior. Un armario grande como una cámara frigorífica,
unos doce archivadores de color verde oscuro. Sin ventanas. Interruptor de la luz a la
izquierda.
—¿Cómo están clasificadas? —preguntó Jericho.
—Por orden cronológico. —Heaviside cerró la puerta.
Cerrada sin llave, notó Jericho prosiguiendo su inventario. Y la entrada tampoco
era visible salvo para las cuatro operadoras que estaban más cerca. Sintió que el
corazón empezaba a latirle con fuerza.
—¡Comandante Heaviside!
Al volverse vieron a Kay, la operadora, hacerles señas mientras sostenía uno de los
auriculares pegado a una oreja.
—Es mi pianista misterioso, señor. Acaba de ponerse otra vez a practicar escalas,
señor, por si le interesa.
Heaviside fue el primero en escuchar, con expresión juiciosa y la mirada fija en un
punto cercano en el vacío, como un eminente médico al que acaban de pedirle su
opinión. Heaviside sacudió la cabeza, se encogió de hombros y le pasó los cascos a
Hester.
—No nos incumbe a nosotros preguntar —le dijo a Jericho.
Cuando le llegó el turno a Jericho, éste se quitó la bufanda y la dejó
cuidadosamente en el suelo junto a los cables que conectaba el radiorreceptor a las
antenas y la toma de corriente. Ponerse los cascos fue casi como hundir la cabeza en el
agua. Había una extraña mezcolanza de sonidos. Un aullido como el del viento en la
plantación de antenas. Un chisporroteo de parásitos. Dos o tres transmisiones distintas
y muy débiles en Morse mezcladas entre sí. Pero lo más extraño de todo fue, de
pronto, una diva alemana cantando un aria que, según le pareció a él, pertenecía al
segundo acto de Tannhauser.
—No oigo nada.
—Se habrá salido de la frecuencia —dijo Heaviside.
Kay hizo girar minuciosamente el dial en sentido contrario a las manecillas del
reloj, el sonido subió y bajó una octava, la diva se evaporó, más chisporroteo, y
entonces oyeron claramente un rápido da-da-di-da-da de Morse, en nítido y apremiante
staccato, desde casi dos mil kilómetros de distancia, en algún punto de la Ucrania
ocupada.
Iban camino de la cabaña del teletipo cuando Jericho se llevó la mano al cuello y
dijo:
—Mi bufanda.
Se detuvieron bajo la lluvia.
—Diré a una de las chicas que vaya a buscársela.
—No, no. Ya voy yo, enseguida vuelvo.
—¿Y cuántas máquinas dice que tienen ustedes? —intervino Hester echando a
andar.
Heaviside dudó por un instante y luego corrió en pos de ella. Jericho le habría dado
un beso en agradecimiento. Ya no escuchó la respuesta del comandante, llevada por el
viento.
«Estás tranquilo —se dijo—, estás confiado, no haces nada malo.»
Volvió a entrar en la cabaña. La sargento estaba de espaldas a él, inclinada sobre
una de las chicas. No llegó a verlo. Jericho recorrió deprisa el pasillo central, mirando
siempre al frente, y se coló en el cuarto. Luego cerró la puerta y encendió la luz.
¿Cuánto tiempo tenía? No mucho.
Tiró del primer cajón del primer archivador. Cerrado... Maldición. Probó otra vez.
Un momento. No, no estaba cerrado. El fichero montaba uno de aquellos fastidiosos
mecanismos antiinclinación para impedir que pudieran abrirse dos cajones a la vez.
Miró hacia abajo y vio que el cajón inferior sobresalía un poco. Lo cerró suavemente
con el pie y comprobó con alivio que el cajón superior se abría.
Carpetas marrones de cartón. Fajos de copias al carbón unidas mediante
sujetapapeles metálicos. Hojas de registro e impresos rojos. Día, Mes y Año en la es-
quina superior derecha. Batiburrillo de letras escritas a mano. Esta carpeta para el 15
de enero de 1943.
Jericho se echó hacia atrás y contó rápidamente. Quince ficheros de cuatro cajones.
Sesenta cajones. Dos meses. Un cajón escaso por día. ¿Sería efectivamente así?
Fue hasta el sexto fichero y abrió el tercer cajón empezando por abajo.
Día 6 de febrero.
Premio.
Retuvo mentalmente la pulcra anotación de Hester Wallace.
6.2./1215.9.2./1427.20.2./1807.2.3./1639, 1901...
Todo habría ido bien si sus dedos no se le hubieran puesto como salchichas, si no le
hubiesen temblado ni resbalado a causa del sudor, si hubiera conseguido acompasar la
respiración.
Alguien iba a entrar. Alguien iba a oírlo abrir y cerrar esos cajones de metal como
llaves de órgano, sacar dos, tres, cuatro criptogramas y también las hojas co-
rrespondientes (Hester había dicho que les serían de utilidad), metérselo todo en el
bolsillo interior del abrigo, cinco, seis —uno ha estado a punto de caer, maldita sea—
siete criptogramas. Casi lo dejó en aquel momento, pero necesitaba los cuatro últimos,
los cuatro que Claire había escondido en su habitación.
Abrió el cajón superior del decimotercer archivador, y allí estaban, hacia el fondo,
prácticamente seguidos, gracias a Dios.
Oyó pasos. Agarró las hojas de registro y los impresos rojos y casi se los había
guardado en el bolsillo y cerrado el cajón cuando la puerta se abrió y apareció en el
umbral la figura esbelta de Kay.
—Me ha parecido verlo entrar —dijo—, es que se ha dejado la bufanda.
La chica se la mostró y cerró la puerta al entrar en el cuarto, luego avanzó
lentamente hacia él. Jericho se quedó paralizado como un imbécil, con una sonrisa
estúpida en la cara.
—No es mi intención molestarlo, señor, pero se trata de algo importante, ¿verdad?
—Sus oscuros ojos estaban abiertos como platos. Jericho comprobó una vez más que
la chica era muy guapa, aun con el uniforme del ejército. Llevaba la guerrera bien
ceñida a la cintura. Algo en ella le recordó a Claire.
—¿Cómo dice?
—Sé que no debería preguntar, señor, nosotras no debemos hacer preguntas, ya
sabe, pero bueno, es importante, ¿verdad? Aquí nadie nos dice nada, ¿comprende
usted? Basura, para nosotras no es más que eso, basura y nada más que basura todo el
santo día. Y por la noche lo mismo. Una trata de dormir y sigue oyendo todo el rato
esos condenados ruiditos. Es para volverse lela. Yo me alisté voluntaria, ¿sabe?, pero
no esperaba acabar aquí. Ni siquiera puedo decírselo a mis padres. —Se había
acercado mucho a él—. ¿Están sacando algo en claro? ¿Se trata de algo importante?
No diré nada —añadió con solemnidad—, lo prometo.
—Sí —dijo Jericho—. Estamos sacando algo en claro. Y es importante. Se lo
aseguro.
Ella asintió con una sonrisa, le colocó la bufanda en torno al cuello y se la anudó.
Luego salió despacio del cuarto, dejando la puerta abierta. Jericho esperó veinte
segundos y salió detrás. Nadie lo detuvo mientras cruzaba la cabaña y salía a la lluvia.

Heaviside no los dejaba marchar. Jericho intentó una débil protesta —la visibilidad
era mala, dijo, tenían un largo viaje por delante...—, pero Heaviside se escandalizó.
Insistió varias veces en que al menos echaran un breve vistazo a los radiogoniómetros
y a los receptores de alta velocidad. Su entusiasmo era tal que parecía estar
amenazándolos con echarse a llorar si se negaban.
Así pues, lo siguieron mansamente por el resbaladizo y húmedo cemento, primero
hasta una fila de cabañas de madera camufladas de caballeriza y luego a otra falsa
casa de campo.
El coro de la plantación de antenas cantaba misteriosamente. Heaviside empezó a
emocionarse hablando de abstrusos tecnicismos sobre frecuencias y longitudes de
onda. Hester fingía heroicamente estar interesada y evitaba con cautela la mirada de
Jericho, quien iba todo el rato ajeno a la charla, sumido en su propio nerviosismo y
atento al menor sonido de alarma. Jamás había tenido tantas ganas de irse de un lugar.
De vez en cuando su mano hurgaba a hurtadillas en el bolsillo interior del abrigo, e
incluso una vez la dejó allí, aliviado al palpar la rugosidad de los mensajes a salvo
entre sus dedos, hasta que se percató de que estaba dando una imagen de Napoleón,
tras lo cual volvió a sacar rápidamente la mano.
En cuanto a Heaviside, se sentía tan orgulloso de Beaumanor que era evidente que
si hubiese podido los habría retenido allí toda una semana. Pero cuando, tras una
media hora interminable, propuso ir a visitar los generadores, fue Hester, tan fría
hasta entonces, quien finalmente le espetó, con lo que después les parecería excesiva
firmeza, que no, que tenían que ponerse en camino.
—¿De veras? Es un trecho muy largo para haber estado sólo un par de horas aquí.
—Heaviside parecía perplejo—. Al jefe le sabrá mal no haberlos conocido.
—Lástima —dijo Jericho—. Otra vez será.
—Como usted quiera, muchacho —dijo Heaviside de mal humor—. No queremos
agobiarlos. —Y Jericho se maldijo por haber herido sus sentimientos.
El comandante los acompañó hasta el coche, parándose de camino para mostrarles
el antiguo mascarón de proa representando un almirante que coronaba un abigarrado
abrevadero para caballos. En la espada en ristre del almirante un listo había puesto
unas bragas, que colgaban flácidas en el aire frío y húmedo.
—El primer marqués de Cornualles —dijo Heaviside—. Lo encontramos en los
jardines. Es nuestro amuleto de la suerte.
Al despedirse, Heaviside les estrechó la mano, primero a Hester y luego a Jericho, y
se cuadró mientras ellos subían al Austin. Dio media vuelta, se detuvo en seco y de
pronto metió la cabeza por la ventanilla.
—¿Qué ha dicho usted que hacía, Mr. Jericho?
—En realidad, no lo he dicho. —Jericho sonrió y puso el motor en marcha—.
Tareas de criptoanálisis.
—¿En qué sección?
—Me temo que no puedo decírselo. —Jericho accionó la palanca para poner
marcha atrás y ejecutó un torpe giro de tres puntas. Mientras se alejaban vio a
Heaviside por el espejo retrovisor, de pie bajo la lluvia, observando su partida con la
mano a modo de visera. La curva de la avenida les llevó hacia la izquierda, y la
imagen del comandante se desvaneció. Entonces añadió—: Me juego algo a que ha ido
en busca del teléfono más cercano.
—¿Tiene los papeles?
Él asintió y dijo:
—Esperemos a estar un poco más lejos.
Franquearon la verja, siguieron por el camino vecinal dejando atrás el pueblo en
dirección al bosque. La lluvia caía sobre la oscura pendiente arbolada en espectrales
columnas blancas que semejaban estandartes de un ejército fantasma. Un ave solitaria
volaba en lo alto en medio del aguacero. Los limpiaparabrisas iban de un lado al otro
protestando ruidosamente. Los árboles se cerraron en torno al coche.
—Ha estado usted muy bien —dijo Jericho.
—Menos al final. Estaba ansiosa por saber cómo le había ido a usted.
Jericho empezó a contarle su aventura, pero entonces reparó en un camino que
torcía para adentrarse en lo profundo del bosque.
El sitio perfecto.
Avanzaron a saltos durante un centenar de metros por la pista desigual,
metiéndose en charcos que resultaban ser baches de un palmo de profundidad. El
agua chorreaba por ambos lados, chocando con la parte inferior del chasis. Finalmente
abrió una pequeña brecha a los pies de Hester, empapándole los zapatos. Cuando por
último los faros iluminaron un tramo cenagoso demasiado ancho como para
maniobrar, Jericho apagó el motor.
No se oía otra cosa que el golpeteo de la lluvia sobre el techo metálico. Las ramas
voladizas tapaban el cielo. Estaba tan oscuro que casi era difícil leer. Encendió la luz
interior.

—VVVADU QSA? K —dijo Jericho, leyendo los susurros de la primera hoja—. Si la


memoria no me falla, se puede traducir más o menos así: «Aquí señal de llamada ADU
solicitando lectura de mi intensidad de señal, cambio.» —Resiguió con el dedo la copia
de papel carbón. Código Q era un lenguaje internacional, el esperanto de los
radiooperadores; él lo conocía de memoria—. Y luego tenemos VVVCPQ BT QSA4 QSA?
K. «Aquí señal de llamada CPQ, espacio, su intensidad de señal es correcta, ¿qué tal es
la mía? Cambio.»
—CPQ —dijo Hester, asintiendo con la cabeza—. Conozco esa señal. Podría ser la
emisora del alto mando del ejército en Berlín.
—Bien. Un misterio menos. —Volvió a fijar su atención en la hoja—. VVVADUQSA3
QTC1 K: «Smolensko a Berlín, tu intensidad de señal es aceptable, tengo un mensaje
para ti, cambio.» QRV, dice Berlín: «Cuando quieras.» QXH K: «Empieza a emitir,
cambio.» Luego Smolensko dice QXA109: «Mi mensaje consiste en ciento nueve
grupos de cifra.»
Hester agitó el primer criptograma con aire de victoria.
—Ya lo tengo. Exactamente ciento nueve.
—Magnífico. Bien. El mensaje debe de ser aprobado, porque Berlín casi enseguida
contesta: VVVCPQ R QRUHHVA. «Mensaje recibido y comprendido, no tengo nada para
ti, Heil Hitler y buenas noches.» Todo muy suave y metódico. Modales de manual.
—Esa chica de interceptación dijo que su pianista era muy exacto.
—Lástima que no tengamos las respuestas de Berlín. —Jericho buscó entre sus
hojas—. Nuevo contacto el día nueve, y otra vez el día veinte. Ah —dijo—, parece que
el dos de marzo se complica un poco la cosa. —El impreso era, en efecto, un toma y
daca lacónico. Puso el papel a la luz. Smolensko a Berlín, QZE, QRJ, QRO: «Tu frecuencia
es demasiado alta, tus señales demasiado débiles, aumenta la potencia.» Y Berlín,
QWP, QRXI10: «Cumple con el reglamento, espera diez minutos.» Y por último un
exasperado QRX: «Cállate»—. Esto es interesante. No me extraña que de pronto
empezaran a sonar como desconocidos. —Jericho fijó la vista en la copia de papel
carbón—. La señal de llamada en Berlín ya no es la misma.
—¿Cómo? Absurdo. ¿Cuál es ahora?
—TGD.
—¿Qué? Déjeme ver eso. —Hester le quitó el papel de la mano—. No es posible.
No, no puede ser. TGD no es una señal de llamada de la Wehrmacht.
—¿Cómo está tan segura?
—Porque lo sé. Existe toda una clave Enigma que lleva ese nombre. Nunca ha sido
descifrada. Es famosa... —Había empezado a enroscar nerviosamente un mechón de
pelo con el dedo índice de su mano derecha—. Tristemente célebre sería más exacto.
—¿Qué es TGD?
—La señal de llamada del cuartel general de la Gestapo en Berlín.
—¿La Gestapo? —Jericho echó un vistazo a los otros papeles—. Pero si todos los
mensajes del día dos en adelante, esto es ocho de los once, los más largos incluyendo
los cuatro que tenía Claire, están dirigidos a esa señal de llamada. —Le pasó los
papeles a Hester para que lo comprobara por sí misma y se apoyó en el respaldo.
Una ráfaga de viento agitó las ramas, lanzando sobre el parabrisas una descarga de
agua de lluvia.
—Intentemos construir una hipótesis —dijo Jericho al cabo de un par de minutos,
más por oír una voz humana que por otra cosa. El azaroso golpeteo de la lluvia y la
melancolía crepuscular del bosque estaban empezando a atacarle los nervios. Hester
había levantado los pies del suelo mojado y estaba acurrucada en el asiento,
contemplando el bosque, abrazada a sus piernas y dándose masaje de vez en cuando a
los dedos de los pies a través de las medias húmedas.
—El día clave es el cuatro de marzo —prosiguió él («¿Dónde estaba yo ese día? En
otro mundo, leyendo Sherlock Holmes frente a una estufa en Cambridge, esquivando
a Mr. Kite y aprendiendo a andar otra vez»)—. Hasta esa fecha todo sucede con
normalidad. Una unidad de señales de letargo invernal en Ucrania, vuelve a la vida
con la primavera. Primero, unas pocas señales al cuartel general del ejército en Berlín,
y después una racha de tráfico largo para la Gestapo...
—No es normal —apuntó Hester con aspereza—. ¿Una unidad del ejército que
transmite informes en una clave Enigma del frente ruso a la central de la policía se-
creta? No sólo no es normal, sino algo sin precedentes.
—Exacto. —Jericho aceptaba cualquier interrupción. Era un síntoma de que ella
estaba escuchando—-. De hecho, es tan anormal que en Bletchley alguien se da cuenta
y se asusta mucho. Todas las señales previas son retiradas del archivo. Y casi a
medianoche de ese mismo día de marzo, su amigo Mr. Mermagen telefonea a
Beaumanor para decirles que dejen de interceptar. ¿Había ocurrido antes?
—Nunca. —Hester hizo una pausa y luego movió ligeramente un hombro antes de
añadir—: Bueno, quizá sí, cuando el tráfico es muy intenso puede darse que un blanco
de baja prioridad quede desatendido durante un par de días. Pero ya ha visto
Beaumanor. Y no es tan grande como la estación de la RAF en Chicksands. Y puede
que haya una docena, como mínimo, de sitios más pequeños. No paran de decirnos
que la gracia de todo el montaje está en no dejar escapar absolutamente nada.
Jericho asintió. Era cierto. Ésa había sido la filosofía de los criptoanalistas desde el
inicio: incluirlo todo, no saltarse nada en absoluto. «No son los peces gordos quienes
te proporcionan las cribas (son demasiado buenos), sino los donnadie, gente
incompetente y relegada a los sitios más remotos, quienes siempre empiezan sus
mensajes con "situación normal, nada que informar" y luego usan los mismos nulos en
los mismos sitios, o que habitualmente ponen en clave sus propias señales de llamada,
o que ajustan cada mañana los rotores con las iniciales de la novia...»
—¿Y no les habría dicho él que pararan haciendo valer su autoridad? —preguntó
Jericho.
—¿Miles? Qué va.
—¿De quién recibe las órdenes?
—Eso depende. Normalmente, de la sala de máquinas, Cabaña 6. A veces de
vigilancia, Cabaña 3. Ellos deciden las prioridades.
—Cabe la posibilidad de que cometiera un error.
—¿En qué sentido?
—Bien, Heaviside ha dicho que Miles llamó a Beaumanor antes de la medianoche
del cuatro y que estaba muy asustado. Yo me pregunto: ¿Y si ese mismo día alguien le
hubiese dicho a Miles que la unidad en cuestión no debía ser interceptada y él se
olvidó de pasar el mensaje?
—Es francamente posible. Conociendo a Miles, yo diría que probable. Sí, sí, claro.
—Hester se volvió hacia él—. Ya le entiendo. En el tiempo que transcurre entre el
momento en que Miles recibe la orden de desconectar y esa orden llega a Beaumanor,
son interceptados cuatro mensajes más...
—Exactamente. Que llegan a Cabaña 6 la noche del cuatro de marzo. Pero para
entonces alguien ha ordenado ya que sean descifrados.
—Total, que la burocracia se hizo cargo de los mensajes.
—Hasta que acabaron en la sala del Libro Alemán.
—Delante de Claire.
—Sin descifrar.
Jericho asintió lentamente con la cabeza. Sin descifrar. Ese era el quid de la
cuestión, la explicación de que los criptogramas que había en el cuarto de Claire
estuvieran totalmente intactos. En su reverso no habían llevado pegadas en ningún
momento las tiras encoladas de la Type-X. Nadie se había ocupado de descifrarlos.
Miró hacia el bosque pero no vio los árboles sino la sala del Libro Alemán la
mañana del 5 de marzo, cuando los criptogramas debieron de llegar para ser
archivados y consignados en el índice.
¿Habría llamado Miss Monk en persona al oficial de servicio, o habría delegado la
función en una de las chicas? «Tenemos aquí cuatro criptogramas sin solucionar. A
ver, ¿qué se supone que hemos de hacer con ellos?» Y la respuesta habría sido...
¿Archívelos? ¿Olvídelos? ¿Tírelos a la papelera que pone Basura Confidencial?
Sólo que no había pasado ninguna de esas cosas.
Porque Claire los había robado.
«¿En teoría? —había dicho Weitzman—. ¿Un día normal? Una chica como Claire
probablemente conoce más detalles operacionales sobre las fuerzas armadas alemanas
que el propio Adolf Hitler. Absurdo, ¿verdad?»
Ah, Walter, pero se suponía que ella no iba a leerlo, ahí estaba la gracia. Las
señoritas de buena familia no leían la correspondencia ajena, a menos que el rey y la
nación así se lo pidieran. Por sí mismas no lo habrían hecho, desde luego. Y ésa era la
razón de que se las emplease en Bletchley.
Pero ¿qué había dicho Miss Monk sobre Claire? «Últimamente estaba mucho más
atenta...» Por supuesto. Claire había empezado a leer lo que pasaba por sus manos. Y a
finales de febrero o primeros de marzo había visto algo que había cambiado su vida.
Algo relacionado con una unidad de señales alemana de última fila cuyo
radiooperador tocaba en Morse para la Gestapo como si estuviera interpretando una
sonata de Mozart. Algo tan absolutamente poco «aburrido, cielo», que cuando
Bletchley decidió que ellas ya no podían seguir leyendo el tráfico por más tiempo,
Claire se había visto empujada a robar los cuatro últimos mensajes interceptados.
Pero ¿por qué?
Jericho ni siquiera tuvo que plantearse la [Link] había dado con la
respuesta antes que él, aunque su voz era débil e incrédula y casi ahogada por el
sonido de la lluvia.
—Los robó para [Link] robó para leerlos, para interpretarlos. La respuesta
se deslizó bajo el aleatorio hilo de los acontecimientos,encajando allí como la mejor de
las cribas.
Robó los criptogramas para leerlos.—¿Es eso factible? —preguntó Hester. Parecía
des-concertada por el destino a que su lógica la había conducido—. ¿Podía Claire
realmente hacerlo?
—Es posible. Cuesta imaginarlo. Pero es posible.
Oh, qué desfachatez, pensó Jericho. Oh, qué completa y pasmosa caradura, qué
sangre fría la que debió de necesitar para tramarlo todo. «Claire, cariño, eres
increíble.»
—Pero no pudo hacerlo ella sola —dijo Jericho—, más estando encerrada en
Cabaña 3. Alguien debió de ayudarla.
—¿Quién?
Jericho levantó las manos del volante en señal de impotencia. Era difícil saber por
dónde empezar.
—Alguien que tuviera acceso a Cabaña 6. Alguien que pudiese averiguar los ajustes
de Enigma para la clave Buitre del día cuatro de marzo.
—¿Los ajustes?
Él la miró sorprendido, y entonces advirtió que el funcionamiento de una máquina
Enigma no era la clase de información que ella necesitaba saber. Y en Bletchley, lo que
uno no necesitaba saber nadie venía a contártelo.
—Walzenlage —dijo—. Ringstellung. Steckerver-bindungen. Orden de rueda, ajuste de
anillos y cruce de clavijas. Si Buitre era interpretado diariamente, esos ajustes ya
debían de estar en Cabaña 6.
—¿Y qué habría habido que hacer entonces?
—Conseguir acceso a una Type-X. Ajustaría sin un solo error. Teclear los
criptogramas y arrancar el texto claro.
—¿Claire pudo haberlo hecho?
—Casi seguro que no. No la habrían dejado acercarse más allá de la sala de
desciframiento. Además, ella no estaba cualificada.
—Entonces su cómplice tuvo que ser alguien con ciertos conocimientos.
—Sí. Y sangre fría, también. Y tiempo, ya que estamos en eso. Cuatro mensajes. Mil
grupos en cifra. Cinco mil caracteres individuales. Incluso un operador experto
necesitaría casi media hora para descifrar todo eso. Se podía haber hecho. Pero habría
necesitado la ayuda de un superhombre.
—O supermujer.
—No. —Estaba recordando los incidentes del sábado por la noche: los ruidos en la
planta baja de la casa, las huellas de hombre en la escarcha, las roderas de bicicleta y la
luz trasera roja alejándose rápidamente de él hacia lo oscuro—. No, seguro que es un
hombre.
«Si hubiera llegado treinta segundos antes le habría visto la cara», pensó.
Y entonces se dijo: «Sí, y a lo mejor me hubieran metido una bala en la cabeza por
tomarme la molestia; una bala de una Smith and Wesson del calibre 38, fabricada en
Springfield, Massachusetts.
Notó un súbito picor de humedad helada en la muñeca y levantó la vista. Siguió la
trayectoria hasta un punto del techo, justo al lado del parabrisas. Mientras miraba, otra
oscura gota de agua de lluvia se hinchó lentamente, adquirió un hermoso color de orín
y cayó.
Tiburón.
Se dio cuenta, no sin culpa, de que casi lo había olvidado.
—¿Qué hora es?
—Casi las cinco.
—Deberíamos regresar.
Se frotó la mano y accionó la llave de contacto.

El coche se negaba a arrancar. Jericho forzó varias veces el encendido y pisó con
furia el acelerador, pero la única respuesta que consiguió del motor fue un tímido
ruido de algo que giraba.
—¡Mierda!
Se subió el cuello, salió del coche y lo rodeó hasta el maletero. Mientras lo abría un
par de pichones levantaron el vuelo detrás de él, batiendo las alas con un ruido de
petardos. Debajo de la lata de gasolina había una manivela que Jericho introdujo en el
agujero del parachoques frontal. «Lo haces al revés, muchacho —le había dicho su
padrino—. Así puedes romperte la muñeca.» ¿Cómo había que hacerlo? ¿Hacia la
derecha o hacia la izquierda? Dio un esperanzado tirón a la manivela. Estaba
terriblemente rígida.
—Tire del estárter —le gritó a Hester—, y pise el tercer pedal si empieza a
encenderse.
El coche se balanceó al desplazarse ella al asiento del conductor.
Jericho volvió a intentarlo. El suelo del bosque estaba a medio metro de su rostro,
una alfombra marrón de hojarasca y pinas de abeto. Hizo dos nuevos intentos hasta
que el hombro empezó a dolerle. Ahora estaba sudando y la transpiración se mezclaba
con la lluvia, goteándole de la nariz y deslizándose por el cuello. La locura de aquella
empresa parecía estar resumida en ese momento. La mayor batalla naval con convoyes
estaba a punto de comenzar, y ¿dónde estaba él? En un maldito y primitivo bosque en
el maldito quinto infierno, absorto en el estudio de unos criptogramas de la Gestapo
con una mujer a la que apenas conocía. Pero ¿qué diablos se habían pensado que
hacían? Debían de estar locos de remate. Apretó con mayor fuerza. Movió con
virulencia la manivela y de pronto el motor reaccionó, renqueó hasta calarse, y
entonces Hester apretó a fondo el acelerador. El ruido más dulce que había oído jamás
hendió el aire del bosque. Arrojó la manivela dentro del maletero y cerró la por-
tezuela.
El cambio de marchas gimió cuando Jericho dio marcha atrás en dirección a la
carretera.

Las ramas superiores de los árboles habían convertido el camino vecinal en un


túnel con goteras. Los faros centelleaban sobre una película de agua. Jericho condujo
varias veces por el mismo sitio, tratando de dar con algún hito en medio de la
semioscuridad, tratando de no ser presa del pánico. Al salir del claro debió de torcer
por donde no era. Sentía el volante tan húmedo y resbaladizo como la calzada.
Finalmente llegaron a un cruce a la altura de un enorme roble podrido. Hester volvió
a concentrarse en el mapa. Un mechón de pelo negro le tapaba los ojos. Usó ambas
manos para recogérselo. Sujetando una horquilla entre los dientes, murmuró:
—¿A la izquierda o a la derecha?
—Usted es el navegante.
—Y usted el que ha decidido desviarse de la carretera principal. —Acomodó
salvajemente el mechón en su sitio—. A la izquierda.
Él habría escogido la dirección contraria, pero afortunadamente no lo hizo, porque
Hester tenía razón. La carretera empezó a iluminarse poco a poco. Pudieron ver
trechos de un cielo lluvioso. Jericho pisó a fondo el acelerador y el velocímetro superó
los sesenta cuando salían del bosque hacia campo abierto. Cuando, tras un par de
kilómetros, llegaron a un pueblo, ella le dijo que aparcase delante de la diminuta
oficina de correos.
—¿Para qué? —preguntó él.
—Necesito averiguar dónde estamos.
—Pues dése prisa.
—No tengo la menor intención de hacer turismo —replicó Hester. Cerró de un
portazo y corrió bajo la lluvia, sorteando charcos con agilidad de gimnasta. Al entrar
en la oficina de correos se oyó el tintineo de una campana.
Jericho miró al frente y luego por el espejo retrovisor. El pueblo parecía consistir en
aquella única calle. No había vehículos aparcados a la vista. Ningún transeúnte.
Supuso que un coche particular, y más conducido por un extraño, sería una cosa rara,
daría que hablar. Imaginaba ya a la gente descorriendo un poco las cortinas en sus
casitas de ladrillo rojo o entramado de madera. Apagó los limpiaparabrisas y se
hundió en el asiento. Por enésima vez comprobó que los criptogramas seguían en el
bolsillo interior.
Dos Inglaterras, pensó. Una, ésa, familiar, segura, poco sutil. Pero ahora una
segunda Inglaterra se agazapaba en los terrenos de las casas solariegas —Beaumanor,
Gayhurst, Woburn, Adstock, Bletchley—, una Inglaterra secreta de plantaciones de
antenas y radiogoniómetros, bombas traqueteantes y, muy pronto, las relucientes
válvulas verdes y anaranjadas de las máquinas Turing («eso podrá hacer los cálculos
cien o quizá mil veces más rápidos»). Una nueva era empezaba en los jardines de la
vieja. ¿Cómo era aquello que Hardy había escrito en su Apología: «Las verdaderas
matemáticas no tienen consecuencias directas sobre la guerra. Nadie ha descubierto
aún que la teoría de los números pueda tener una aplicación práctica en el terreno de
lo bélico.» El hombre no podía adivinar lo que se avecinaba.
La campana tintineó otra vez y Hester salió de la oficina de correos con un
periódico sobre la cabeza para protegerse de la lluvia. Abrió la puerta del coche,
sacudió el periódico y lo arrojó, con poca suavidad, sobre la falda de él.
—¿Para qué lo quiero? —Era la edición vespertina del Leicester Mercury, el
periódico local.
—Publican anuncios, ¿no? De la policía. Cuando hay un desaparecido.
Jericho no pudo por menos que reconocer que la idea era buena. Pero aunque
repasaron el periódico a conciencia —dos veces, en realidad— no hallaron ninguna
fotografía de Claire ni mención alguna de que estuviesen buscándola.
Rumbo al sur, camino de Bletchley. Una ruta distinta para el viaje de vuelta, más
hacia el este, según el plan ele Hester. Para no dejarse desanimar, ella recitaba de vez
en cuando los nombres de los pueblos que pasaban y los buscaba en el diccionario
geográfico mientras recorrían sus calles desiertas. Oadby, dijo Hester, Kibworth
Harcourt, Little Bowden y luego salir del límite de Leicestershire para entrar en
Northamptonshire. Sobre las colinas distantes el cielo pasó de negro a gris y
finalmente a una especie de lustroso blanco neutro. La lluvia amainó hasta cesar del
todo. Oxendon, Kelmarsh, Maidwell... Cuadradas torres normandas, pubs con techado
de paja, pequeñas estaciones ferroviarias victorianas plantadas en mitad de una
campiña arbolada de vallados altos y densos setos. Suficiente como para que a uno le
entraran ganas de cantar un himno patriótico, sólo que ni él ni ella sentían ganas de
cantar.
¿Por qué había huido Claire? Eso era lo que Hester dijo que no lograba entender.
Todo lo demás parecía bastante lógico: el modo en que se había hecho con los
criptogramas, por qué había querido leerlos, por qué habría necesitado un cómplice.
Pero ¿para qué cometer luego la única acción que podía hacer recaer sobre ella la
atención de todos? ¿Por qué no presentarse a trabajar al día siguiente?
—Usted —dijo Hester después de reconsiderarlo durante varios kilómetros. En su
voz había un deje acusatorio—. Yo creo que tiene que ver con usted.
Erigiéndose en fiscal, Hester le hizo repasar los acontecimientos de la noche del
sábado. Jericho había ido a la casa, ¿sí? Había descubierto los mensajes, ¿sí? Alguien,
un hombre, había entrado en la casa, ¿sí?
—Sí.
—¿Lo vio a usted?
—No.
—¿Dijo usted algo?
—Creo que grité «¿Quién está ahí?», o algo por el estilo.
—Entonces, él pudo reconocer su voz.
—Es posible.
«Pero eso significaría que yo lo conozco —pensó Jericho—. O al menos que él me
conoce a mí.»
—¿A qué hora se fue usted?
—No lo sé con exactitud. La una y media, tal vez.
—¿Lo ve? —dijo ella—. Claire regresa a casa después de irse usted. Descubre que
faltan los mensajes. Comprende que debe de tenerlos usted, porque el hombre
misterioso ha dicho que lo ha visto en la casa. Ella cree que usted los va a entregar a
las autoridades. Tiene miedo. Huye...
—Qué disparate. —Jericho apartó la vista de la carretera para mirar a Hester—. Yo
nunca la habría traicionado.
—Eso lo dice usted. Pero ¿lo sabe ella?
¿Lo sabía ella? No, comprendió Jericho, atento de nuevo al volante, no, ella no lo
sabía. Efectivamente, si recordaba el modo en que él había reaccionado la noche en
que ella encontró el cheque, Claire tenía buenos motivos para suponer que era un
fanático de la seguridad, conclusión bastante irónica habida cuenta de que Jericho
tenía ahora en el bolsillo interior once criptogramas robados.
Un autobús con dos décadas encima y una escala exterior hasta su cubierta
superior, que parecía sacado de un museo del transporte, se arrimó a la cuneta para
dejar que lo adelantaran. Los colegiales que viajaban en él los saludaron agitando los
brazos.
—¿Quiénes eran sus amigos? ¿Con quién salía además de conmigo ?
—Mejor que no lo sepa. Créame. —Hubo cierto placer en el modo en que Hester le
lanzó las mismas palabras que él había usado en la iglesia. Jericho no podía culparla
por eso.
—Vamos, Hester. —Cogió con fuerza el volante y miró por el espejo retrovisor. El
autobús iba quedando atrás. Otro coche quería adelantarlo—. Por mí no deje de
decirlo. Vamos a ponerlo más fácil. Limítese a gente del Park.
Bueno, de hecho más que nombres concretos eran impresiones. Claire nunca decía
nombres.
—Pues cuénteme sus impresiones —dijo Jericho.
Y Hester lo hizo.
El primero con que ella había topado era joven, pelirrojo, bien afeitado. Una
mañana a primeros de noviembre había tropezado con él en la escalera, por la que
bajaba con los zapatos en la mano.
Pelirrojo, bien afeitado, pensó Jericho. No le sonaba.
Una semana después había pasado en bicicleta junto a un coronel que esperaba en
el camino vecinal en un coche del estado mayor con las luces apagadas. Y luego hubo
un aviador que se llamaba Ivo no sé qué, con un vocabulario profundo en palabras
como «bombardeos», «cacharros» y «exhibiciones», al que Claire solía imitar con
cariño. ¿Era de Cabaña 6 o de Cabaña 3? Ella estaba segura que de esta última.
También un diputado, un tal Evelyn, de dos apellidos —«absolutamente esputado,
querida»— a quien Claire había conocido en Londres durante el comienzo de los
bombardeos y que ahora trabajaba en la mansión. Hubo también un hombre mayor
que en opinión de Hester tenía algo que ver con la Royal Navy. Y un americano, de la
marina, seguro.
—Podría ser Kramer —dijo Jericho.
—¿Lo conoce?
—Es el que me prestó el coche. ¿Cuánto hace de esto?
—Cosa de un mes. Pero tengo la sensación de que sólo eran amigos. Nada especial,
una manera de conseguir cajetillas de Camel y medias de nailon.
—Y antes de Kramer, yo.
—Ella nunca habló de usted.
—Eso me halaga.
—Considerando el modo en que solía hablar de los otros, hace bien en sentirse
halagado.
—¿Alguno más?
Hester dudó.
—Puede que hubiera alguien durante el último mes —dijo por fin—. Ella pasaba
mucho tiempo fuera. Y luego, hará unas dos semanas, un día que tenía migraña volví
temprano a casa y creí oír una voz de hombre en su habitación. Pero si así era, dejaron
de hablar tan pronto oyeron mis pasos en la escalera.
—Según mis cuentas, ocho en total. Incluyéndome a mí. Y dejando fuera a los que
usted pueda haber olvidado o de los que no haya tenido noticia.
—Perdone, Tom.
—No se preocupe. —Jericho consiguió componer una parodia de sonrisa—. De
hecho son bastantes menos de lo que yo pensaba. —Estaba mintiendo, claro, y le
pareció que Hester lo sabía—. ¿Por qué será, digo yo, que no la odio por ello?
—Porque Claire es así —dijo Hester con inesperada ferocidad—. Nunca lo llevó con
demasiado secreto, ¿verdad? Y si uno la odia por lo que es, entonces es que no ha
llegado a quererla mucho, ¿no le parece? —Su cuello se había puesto de un rosa
vivo—. Si uno sólo busca un reflejo de sí mismo, bien, para eso están los espejos, la
verdad. —Se apoyó en el respaldo, aparentemente tan sorprendida de su discurso
como lo estaba él.
Jericho miró otra vez por el espejo retrovisor. Solamente un coche, el mismo de
antes. ¿Cuánto hacía que se había fijado en él? ¿Diez minutos, quizá? Pero ahora que
lo pensaba, debía de llevarlo a la zaga desde hacía bastante más, desde antes de
adelantar al autobús de la escuela. Iba como un centenar de metros más atrás. Era un
coche grande, bajo y oscuro con la panza pegada al suelo, como una cucaracha. Pisó a
fondo el acelerador y se alegró de comprobar que la distancia entre ellos aumentaba,
hasta que finalmente la carretera empezó a descender y el coche desapareció.
Al cabo de un minuto volvía a tenerlo detrás, exactamente a la misma distancia.
La angosta carretera corría entre altos setos oscuros cubiertos de brotes. Más allá,
como vistos a través de una linterna mágica, Jericho entrevió sembrados diminutos,
un granero en ruinas, un desnudo olmo negro, petrificado por un rayo. Llegaron a un
trecho bastante largo de carretera llana.
No había sol. Calculó que debía de quedar una media hora de luz diurna.
—¿Cuánto falta para Bletchley?
—Ahora viene Stony Stratford, y después unos nueve kilómetros. ¿Por qué?
Volvió a mirar por el espejo retrovisor y había acabado de decir, «Me temo que...»
cuando de pronto oyeron que una sirena comenzaba a sonar a sus espaldas. El coche
grande se había cansado de ir detrás y estaba ordenándoles con los faros que se
arrimaran al arcén.
Hasta aquel momento los encuentros de Jericho con la policía habían sido muy
escasos, breves e invariablemente marcados por esas exageradas demostraciones de
respeto mutuo habituales entre los guardianes de la ley y los miembros de la clase
media. Pero esa vez comprendió que iba a ser diferente. Un viaje no autorizado entre
lugares secretos, sin documentación que lo acreditara como propietario del vehículo,
sin cupones de gasolina, en una hora en que el país estaba siendo registrado en busca
de una mujer desaparecida, ¿qué iba a suponer para los dos? Una excursión a la
comisaría más cercana, eso seguro. Muchas preguntas. Una llamada telefónica a
Bletchley. Un registro personal.
Era mejor no pensar en ello.
Y entonces, para su sorpresa, Jericho se puso a medir la carretera que tenía delante,
como un atleta antes de iniciar un salto de longitud. A lo lejos, los tejados rojos y la
aguja gris de la iglesia de Stony Stratford habían empezado a asomar entre los árboles.
Hester se agarró a los bordes de su asiento. Él piso con todas sus fuerzas el
acelerador.

El Austin empezó a ganar lentamente velocidad, como en una pesadilla, y el coche


de policía, reaccionando al reto, inició la persecución. El velocímetro alcanzó los
sesenta, luego los setenta y cinco, los ochenta, hasta superar ligeramente los noventa
kilómetros por hora. La campiña parecía correr directamente hacia ellos para
esquivarlos en el último segundo escurriéndose por los pelos a los lados del coche.
Vieron ante ellos una carretera principal. Tenían que parar. Y si Jericho hubiera sido
un conductor experimentado eso es lo que habría hecho, con policía detrás o sin ella.
Pero vaciló hasta que no pudo hacer otra cosa que frenar, reducir a segunda y hacer
girar el volante hacia la izquierda. El motor chilló. Tomaron la curva sobre dos ruedas,
Hester y él lanzados hacia el costado por la fuerza centrípeta. La sirena de la policía
quedó ahogada por el rugido de un motor y, de pronto, la parrilla del radiador de un
camión cisterna llenó todo el espejo retrovisor. Notaron el contacto de su parachoques.
El camión lanzó un rabioso bocinazo que pareció impulsarlos hacia adelante. Salieron
despedidos en dirección al puente sobre el canal Grand Union, un cisne volvió
perezosamente la cabeza para mirarlos, y al cabo de unos minutos estaban
zigzagueando por la ciudad —-derecha, izquierda, derecha, a sacudidas sobre las
calles adoquinadas, con el volante en plena tremolera— cualquier cosa con tal de
librarse de aquella horrible vía romana. Las casas retrocedieron bruscamente; estaban
de nuevo en campo abierto, corriendo paralelos al canal. Un agotado caballo de tiro
tiraba de una barcaza. El barquero, tumbado junto a la caña del timón, los saludó
quitándose el sombrero.
—A la izquierda —dijo Hester, y se desviaron por un camino vecinal que no era
mucho mejor que la pista del bosque, apenas dos tiras de carretera asfaltada y llena de
baches que se extendían al frente como huellas de neumático, separadas por un
montículo de hierba que iba arañando los fondos del coche. Hester se volvió en su
asiento y se arrodilló a fin de mirar si había señales del coche de policía, pero el campo
se había cerrado tras ellos como una jungla. Jericho condujo despacio durante tres
kilómetros. Cruzaron un villorrio. Un kilómetro más allá de éste habían excavado un
espacio para permitir que los coches —o, más bien, los carros— se adelantaran. Jericho
condujo el Austin hasta allí y apagó el motor.

No tenían mucho tiempo.


Jericho vigiló la carretera mientras Hester se cambiaba en el asiento trasero. Según
el mapa se encontraban a sólo unos mil quinientos metros al oeste de Shenley Brook
End, y ella insistió en que podría llegar a pie hasta la casa a campo traviesa antes de
que anocheciese. Jericho estaba maravillado de su coraje. Para él todo había tomado
un aspecto siniestro tras el encuentro con la policía: los árboles que el viento hacía
gesticular, los trechos de densa sombra que empezaban a acumularse en los linderos,
los grajos que habían salido, graznando, de sus nidos y que ahora los sobrevolaban a
distancia.
—¿No podríamos descifrarlos nosotros? —había preguntado Hester después de
aparcar. Él había sacado los criptogramas del bolsillo para decidir qué hacer con
ellos—. Vamos, Tom. No podemos quemarlos. Si ella pensaba que podía leerlos, ¿por
qué nosotros no?
«Tengo centenares de razones, Hester», pensó Jericho. Pero le bastaba con tres.
Primero, necesitarían los ajustes de Buitre que se utilizaron los días en que las señales
habían sido enviadas.
—Puedo tratar de conseguirlos —dijo ella—. Deben de estar en Cabaña 6.
Sí, muy bien, tal vez. Pero incluso así necesitarían emplear varias horas en una
Type-X, pero no una de las Type-X de Cabaña 8, porque las máquinas Enigma navales
estaban cableadas de manera distinta de las del ejército.
Hester no respondió nada a esto.
Y en tercer lugar, tendrían que buscar un sitio donde esconder los criptogramas,
pues si los pillaban con aquello encima los procesarían a puerta cerrada en Old Baily.
Tampoco hubo respuesta.
A unos treinta pasos de distancia Jericho captó un movimiento entre los arbustos.
De la maleza apareció un zorro, que se dirigió hocicando hacia el camino. En eso
estaba cuando se detuvo y miró directamente a Jericho. Absolutamente inmóvil, el
zorro olfateó el aire y luego se escabulló rápidamente en el seto vivo que había al otro
lado. Jericho dejó de contener la respiración.
Y sin embargo, sin embargo... Incluso mientras enumeraba todas las objeciones
obvias, sabía que Hester tenía razón. No podían destruir los criptogramas
así como así, después de todo lo que habían pasado para conseguirlos. Y una vez
concedido esto, la única razón lógica para conservarlos era hacer lo posible por
descifrarlos. Hester tendría que robar los ajustes mientras él buscaba un modo de
acceder a una máquina Type-X. Pero era peligroso, y rezó para que Hester se diera
cuenta. Claire era la última persona que uno hubiese creído capaz de robar los
criptogramas, y no había forma de saber qué le había ocurrido. Y en alguna parte —tal
vez buscándolos en ese mismo momento— había un hombre que dejaba grandes
pisadas en la escarcha; un hombre aparentemente armado con una pistola; un hombre
que sabía que Jericho había estado en la casa de Claire y se había llevado las señales.
«No soy ningún héroe», pensó. Estaba medio muerto de miedo.
Al abrirse la puerta del coche, Hester salió vestida otra vez con pantalón, jersey,
chaqueta y botas. Él le cogió el maletín y volvió a meterlo en el maletero del Austin.
—¿Está segura de que no quiere que la lleve en coche?
—Ya hemos hablado de esto. Es más seguro si nos separamos.
—Entonces, tenga cuidado, por favor.
—Es mejor que se preocupe por usted. —El crepúsculo estaba próximo y el aire era
húmedo y frío. La cara de Hester empezó a sonrojarse—. Hasta mañana —dijo. Hester
saltó la valla con facilidad y se adentró en el campo.
Jericho pensó que tal vez se volvería para saludar, pero no fue así. Permaneció
mirándola un par de minutos, hasta ver que ella había llegado sin novedad al otro
extremo. Hester buscó una brecha en el seto y luego se esfumó como antes el zorro.

El camino dejaba atrás las grandes antenas de radio de la emisora de Bletchley Park
en Whaddon Hall para descender luego hacia Buckingham Road. Jericho miró a los
lados con cautela.
Según el mapa, sólo cinco carreteras —incluyendo aquélla— enlazaban Bletchley
con el mundo exterior, y si la policía seguía vigilando el tráfico lo más seguro era que
lo obligasen a detenerse. El Austin resultaba tan sospechoso como si hubiese llevado
una banderita con la esvástica. La carrocería estaba salpicada de barro hasta la altura
de las ventanas. Los ejes semejaban trenzas de hierba. El parachoques trasero había
quedado abollado como consecuencia del golpe que le había dado el camión cisterna.
Y en los últimos kilómetros, el motor había adquirido una especie de estertor apre-
miante. Jericho empezó a preguntarse qué diablos iba a decirle a Kramer.
La carretera estaba tranquila en ambas direcciones. Pasó por delante de un par de
casas de labranza y cinco minutos después llegaba a las afueras de Bletchley. Pasó
junto a las casas residenciales con sus fachadas de enguijarrado blanco y sus falsas
vigas Tudor, y ascendió por la colina en dirección a Bletchley Park. Dobló en Wilton
Avenue e inmediatamente pisó el freno. Al fondo de la calle, al lado del puesto de
guardia, había un coche de policía. Un agente con gorra y abrigo estaba hablando con
el centinela; parecía muy serio.
Una vez más, Jericho tuvo que emplear ambas manos para poner el cambio de
marcha atrás. Luego retrocedió lentamente hacia Church Green Road.
Había superado el límite del pánico y ahora estaba en algún lugar tranquilo dentro
del huracán. «Actúe con absoluta normalidad —le había aconsejado a Hester al decidir
que iban a conservar los criptogramas—. No entra de servicio hasta mañana por la
tarde a las cuatro. Estupendo, pues no llegue ni un minuto antes.» El mismo mandato
podía aplicárselo a él. Normalidad. Rutina. ¿No lo esperaban en Cabaña 8 para el
ataque nocturno a Tiburón? Pues allí estaría.
Siguió colina arriba y aparcó el Austin en una calle de casas particulares a unos
trescientos metros de la iglesia de Saint Mary. ¿Dónde podía esconder los crip-
togramas? ¿En el Austin? Demasiado arriesgado. ¿En Albion Street? Seguro que
registrarían allí. Por un proceso de eliminación llegó a la respuesta. ¿Qué mejor
escondite para un árbol que el propio bosque? ¿Qué mejor escondite para un
criptograma que en un centro donde se procedía a descifrarlos? La respuesta era
obvia: el Park.
Pasó el fajo de papeles de su bolsillo interior al escondite que había fabricado en el
forro y cerró el coche con llave. Entonces se acordó del mapa de Atwood y volvió a
abrir la puerta. Al inclinarse para recuperar el libro miró casualmente la calle. En la
casa de enfrente había una mujer en el portal, bañada en luz amarilla, llamando a sus
hijos a cenar. Pasaron un chico y una chica, cogidos del brazo. Pasó un perro por la
cuneta, se detuvo y levantó la pata junto a la rueda delantera del Austin. Una calle
corriente de la Inglaterra provinciana a la hora del crepúsculo. «Por esto estamos
luchando.» Cerró suavemente la puerta y con la cabeza gacha y las manos en los
bolsillos echó a andar a paso vivo hacia el Park.

Hester Wallace tenía a gala que, cuando de caminar se trataba, poseía tanto vigor
como cualquier hombre. Pero lo que en el mapa le había parecido menos de dos
kilómetros en línea recta y sin complicaciones, se había convertido en una caminata
penosa a través de prados diminutos limitados por setos enmarañados y zanjas tan
anchas como fosos llenas de agua marrón, de modo que para cuando llegó al camino
vecinal casi había anochecido.
Creyó que quizá se hubiese extraviado, pero al cabo de un par de minutos la
estrecha carretera empezó a resultarle familiar —dos olmos que crecían demasiado
juntos, como si compartieran las raíces; una mohosa escalera para pasar una cerca— y
al cabo de un rato percibió el humo que despedían las chimeneas del pueblo. Estaban
quemando leña verde y el humo era acre y blanco.
Siguió atenta a la presencia de policías, pero no vio ninguno en el sembrado que se
extendía delante de la casa, ni en la casa misma, que había quedado cerrada sin echar
la llave. Hester atrancó la puerta al entrar, permaneció al pie de las escaleras y llamó
en voz alta.
Silencio.
Subió lentamente por la escalera.
La habitación de Claire era un caos. La palabra que le vino a la mente fue
«profanada». La personalidad que en otro tiempo había reflejado aparecía ahora des-
baratada, destruida. Sus ropas habían sido esparcidas por todas partes, las sábanas
arrancadas de la cama, las joyas desperdigadas, los frascos de cosméticos abiertos y
derramados por torpes manos varoniles. Al principio pensó que había talco por todas
partes, pero aquel fino polvo blanco no olía a nada, y comprendió que debían de ser
polvos para tomar huellas dactilares.
Hizo un intento de poner orden, pero enseguida abandonó y fue a sentarse en el
borde del colchón con la cabeza entre las manos, hasta que una oleada de asco la
obligó a ponerse en pie de un salto. Se sonó la nariz con rabia y regresó a la planta
baja.
Encendió fuego en la sala de estar y puso un hervidor lleno de agua en el hogar. En
la cocina consiguió, no sin dificultad, avivar las pálidas cenizas del hornillo, luego
amontonó un poco de carbón y puso una cacerola a hervir. Entró la tina que había
fuera de la casa y cerró con llave la puerta de atrás.
Quería sofocar sus temores a fuerza de actos rutinarios. Darse un buen baño.
Comer lo que quedaba de la tarta de zanahoria. Acostarse temprano y confiar en
dormirse.
Porque el día siguiente amenazaba con ser terrible. Cabaña 8 parecía el concurrido
camerino de un teatro en una noche de estreno.
Jericho fue a ocupar su sitio de costumbre al lado de la ventana. A su izquierda,
Atwood, que ojeaba un libro de griego en edición de Dilly Knox. Delante de él, Pinker,
vestido como para ir al Covent Garden, aunque las mangas de su chaqueta de
terciopelo negro eran un poco largas, de modo que sus dedos regordetes sobresalían
de ellas como garras de topo. Kingcome y Proudfoot jugaban con un ajedrez de
bolsillo. Baxter estaba enfrascado liando unos pitillos larguiruchos con un pequeño
artilugio de hojalata que no iba demasiado bien. Puck tenía los pies sobre el escritorio.
Como música de fondo, el traqueteo esporádico de las Type-X. Jericho saludó a los
presentes con una inclinación de la cabeza, devolvió el mapa a Atwood —«Gracias,
muchacho. El viaje, ¿bien?»— y colocó el abrigo sobre el respaldo de su silla. Había
llegado en el momento justo.
—¡Caballeros! -Logie apareció en el umbral y dio dos palmadas de atención antes
de dejar paso a Skynner y entrar ambos en la habitación.
Todos se pusieron de pie con un nudo de sillas. Varias cabezas asomaron por la
puerta de la sala de desciframiento y el ruido de las Type-X cesó de golpe.
Skynner indicó por gestos a todo el mundo que volvieran a sentarse. Jericho
descubrió que si metía el pie bajo la silla podía descansar el tobillo en los
criptogramas robados.
—Tranquilos. Sólo he pasado para desearos suerte. —Skynner cubría su corpachón
con un traje cruzado rayas de los de antes de la guerra, semejante al de los gangsters
de Chicago—. Estoy seguro de que todo vosotros sois conscientes, igual que yo, de lo
que está en juego
—Entonces, calla —susurró Atwood.
Pero Skynner no lo oyó. Estaba en su salsa. Plantado con los pies bien abiertos y
las manos cerradas a la espalda, era Nelson antes de Trafalgar. Era Churchill en pleno
bombardeo de Londres.
—No creo exagerar si digo que esta podría ser una de las noches más decisivas de
la guerra. —Los escrutó uno a uno; al llegar a Jericho pasó de largo no sin un pestañeo
de aversión—. Una gran batalla naval probablemente una de las más importantes de la
guerra, está a punto de empezar. ¿Teniente Cave?
—De acuerdo con el almirantazgo —dijo Cave— a las diecinueve cero cero de esta
tarde los convoyes HX-229 y SC-122 han sido advertidos de su entada en la presunta
zona operacional de los U-boote.
—De modo que la cosa está en marcha —intervino Skynner—. «De esa ortiga, el
peligro, tal vez arrancaremos esta flor, la seguridad.» —Hizo un brusco ademán con la
cabeza—. Bien, manos a la obra.
—¿Dónde he oído yo eso? —dijo Baxter.
—Enrique IV, primera parte —respondió Atwood con un bostezo—. Chamberlain lo
citó cuando fue a entrevistarse con Hitler.
Al marcharse Skynner, Logie recorrió la sala repartiendo copias de la entrada sobre
contacto de convoy en la tabla de señales abreviadas. A Jericho, como signo de
reconocimiento, le entregó el precioso original.
—Caballeros, lo que necesitamos son informes de contacto, tantos como sea posible
entre las doce de esta noche y la medianoche de mañana. Dicho en otras palabras, la
máxima cantidad de cribas que cubra los ajustes de Enigma para un día.
Tan pronto como sonara una señal E-barra, el oficial de servicio de la estación
receptora les telefonearía para alertarlos. Tan pronto como llegase el informe de
contacto por teletipo, recibirían las copias correspondientes. No menos de nueve
bombas —así se lo había garantizado a Logie el propio controlador de bombas en
Cabaña 6— serían puestas a su disposición en cuanto tuviesen un menú que repartir.
Mientras Logie finalizaba su discurso, fueron colocadas las contraventanas de
defensa antiaérea, y la cabaña quedó cerrada hasta la mañana siguiente.
—Y bien, Tom —dijo Puck muy afablemente—. ¿Cuántos informes de contacto
crees que harán falta para que tu plan surta efecto ?
Jericho estaba hojeando la tabla de señales.
—Ayer traté de averiguarlo —dijo, alzando la vista—. Yo diría que unos treinta.
—¿Treinta? —repitió Pinker, un tanto horrorizado—. Pero esto si... significa una
ma... ma... ma...
—¿Masacre? —Sí. Una masacre.
—¿Cuántos submarinos harían falta para producir treinta señales? —preguntó
Puck.
—No lo sé —respondió Jericho—. Eso depende del tiempo transcurrido entre la
observación inicial y el inicio del ataque. Ocho o nueve.
—Nueve —murmuró Kingcome—. ¡Vaya! Mueves tú, Jack.
—Entonces ¿quiere alguien decirme por favor qué se supone que debo esperar? —
preguntó Puck—. ¿Debo confiar en que esos submarinos localicen al convoy o no?
—No —dijo Pinker, buscando apoyo en los demás—. Es evidente. Lo que que...
que... queremos es que los co... co... convoyes eviten a los U-boote. De eso se trata.
Kingcome y Proudfoot asintieron, pero Baxter negó violentamente con la cabeza.
Su cigarrillo se desintegró, cubriendo de hebras de tabaco la pechera de su jersey.
—Mierda—dijo.
—¿Tú sa... sa... sacrificarías en serio un co... co... convoy? —preguntó Pinker.
—Claro. —Baxter recogió cuidadosamente el tabaco suelto—. Es un mal menor.
¿Cuántos hombres ha tenido que sacrificar Stalin hasta ahora? ¿Cinco millones?
¿Diez? La razón de que sigamos en guerra no es otra que la factura de la carnicería en
el frente oriental. ¿Qué es un convoy, comparado con eso, si podemos recuperar
Tiburón?
—¿Tú qué opinas, Tom?
—No tengo respuesta. Soy matemático, no especialista en ética.
—Qué típico —masculló Baxter con expresión de asco.
—No, no. En términos de lógica moral, la de Tom es la única respuesta coherente —
dijo Atwood. Había dejado a un lado su griego. Le encantaba hablar de esa clase de
cosas—. Pensemos. Un loco coge a tus dos hijos a punta de navaja y te dice: «Uno ha
de morir. Elige.» ¿A quién diriges tu anatema? ¿A ti mismo por tener que tomar una
decisión? No. Seguro que al loco.
Jericho, mirando a Puck, dijo:
—Pero esa analogía no da una respuesta al problema que plantea Puck sobre lo que
uno debería esperar.
—Pues yo argumentaría que es justamente a eso a lo que responde, en el sentido de
que rechaza la premisa de su pregunta: la presunción de que es a nosotros a quienes
incumbe hacer una elección ética Quod erat demonstrandum.
—Nadie hila más fi... fino que Fra... Fra... Frank —dijo Pinker con tono admirativo.
—«La presunción de que es a nosotros a quien incumbe hacer una elección ética» —
repitió Puck. Dedicó una sonrisa a Jericho—. Suena muy Cambridge. Disculpad. Creo
que haré una visita al excusado.
Puck fue hacia la parte trasera de la cabaña. Kingcome y Proudfoot volvieron a su
partida de ajedrez. Atwood cogió su libro de griego. Baxter siguió peleándose con su
máquina de liar cigarrillos. Pinker entornó los ojos. Jericho siguió hojeando la tabla de
señales y pensó en Claire.
Llegó la medianoche sin noticias del Atlántico Norte, y la tensión que se había
formado a lo largo de la tarde empezó a menguar.
La oferta de las dos de la madrugada por parte de los cocineros de la cantina fue
suficiente para hacer palidecer incluso a Mrs. Armstrong —patatas hervidas en salsa
de queso con barracuda, seguido de un budín que consistía en dos rebanadas de pan
unidas con mermelada y rebozadas en aceite— y hacia las cuatro las consecuencias
digestivas de la comida, sumadas a la difusa luz de Cabaña 8 y los gases de la estufa
de parafina, cubrieron con un manto de sopor a los criptoanalistas navales.
Atwood fue el primero en sucumbir. Con la boca abierta y la placa superior de su
dentadura postiza suelta, emitía un curioso ruido metálico al respirar. Pinker arrugó
con asco la nariz y fue a hacerse un nido en un rincón. Al cabo de unos minutos
también Puck se quedó dormido, con el cuerpo inclinado sobre la mesa y la mejilla
izquierda apoyada en los antebrazos. El propio Jericho, pese a su determinación de
montar guardia, advirtió que se deslizaba lentamente hasta el borde de la
inconsciencia. Logró sacudir la cabeza un par de veces, consciente de que Baxter
estaba mirándolo, pero por fin no pudo resistirse más y cayó en un sueño turbulento
de hombres que se ahogaban y cuyos gritos sonaron en sus oídos como el viento en la
plantación de antenas de Beaumanor.
VI
DESMONTAR

DESMONTAR: eliminar un primer estrato de cifra en un criptograma que ha sido sometido


al proceso de supercifrado (véase), esto es, un mensaje que ha sido puesto en clave una vez para
posteriormente volver a cifrarlo por razones de seguridad.
Diccionario de criptografía («Máximo secreto», Bletchley Park, 1943)
1

Luego se sabría que Bletchley Park estaba al corriente de casi todo lo que había que
saber sobre el U-653.
Sabían que se trataba de un submarino modelo VIIc —sesenta y siete metros de
eslora por seis metros de manga, con un desplazamiento de inmersión de ochocientas
setenta toneladas y una autonomía en superficie de seis mil quinientas millas—, que
había sido fabricado por los Howaldts Werke de Hamburgo, y estaba provisto de
motores Blohm und Voss. Sabían que tenía un año y medio de antigüedad, porque
habían interceptado las señales que relataban sus penurias en el otoño de 1941. Sabían
que estaba al mando del Kapitänleutnant Gerhard Feiler. Y sabían también que la
noche del 28 de enero de 1943 —la que resultó ser, a la postre, la última noche que
Tom Jericho había pasado con Claire Romilly— el U-653 había soltado sus amarras en
el puerto naval francés de Saint-Nazaire y había zarpado bajo un cielo oscuro y sin
luna hacia el golfo de Vizcaya para iniciar su sexta misión.
Cuando el submarino llevaba ya siete días en alta mar, los criptoanalistas de
Cabaña 8 interceptaron una señal del cuartel general de los U-boote —entonces todavía
en su imponente edificio próximo al Bois de Boulogne en Paris— ordenando al U-653
que avanzara en superficie hasta la cuadrícula naval KD 63 «A LA MÁXIMA
VELOCIDAD POSIBLE SIN REPARAR EN POSIBLES AMENAZAS AÉREAS».
El 11 de febrero se unía a otros diez submarinos alemanes en una nueva formación
atlántica bajo el nombre en clave Ritter (Caballero).
Las condiciones climatológicas en el Atlántico Norte fueron particularmente duras
en el verano de 1942-1943. Hubo un centenar de días con informes de vientos de hasta
fuerza 7 en la escala Beaufort. Las galernas llegaban a alcanzar los ciento cincuenta ki-
lómetros por hora, levantando olas de más de quince metros. Nieve, aguanieve,
granizo y espuma helada azotaron por igual a submarinos alemanes y convoyes. Uno
de los buques aliados volcó y se hundió en cuestión de minutos debido al peso del
hielo sobre su estructura superior.
El día 13 de febrero, Feiler rompió el silencio para informar que su oficial de
guardia, un tal Leutnant Laudon, había caído por la borda; un flagrante descuido del
procedimiento operacional por parte de Feiler que no le reportó condolencias sino un
buen tirón de orejas de sus controladores, emitido, por si fuera poco, a toda la flota de
submarinos:

EL MENSAJE DE FEILER SOBRE PÉRDIDA DE OFICIAL DE GUARDIA NO DEBIÓ SER


ENVIADO HASTA INTERRUPCIÓN DEL SILENCIO RADIOFÓNICO POR CONTACTO
GENERAL CON EL ENEMIGO.

No llegó hasta el día 23, tras casi cuatro semanas en alta mar, para que Feiler
expiase su falta contactando al fin con un convoy. A las seis de la tarde se sumergió a
fin de eludir un destructor de la escolta y después, al caer la noche, subió para atacar.
Tenía a su disposición doce torpedos —de seis metros y medio de largo y con su
propio motor eléctrico— capaces de colarse entre un convoy, efectuar un giro de
ciento ochenta grados, volver sobre sus pasos y girar de nuevo las veces que hiciera
falta hasta que se le acabara la potencia o hubiese hundido un barco. El mecanismo
sensor era bastante burdo, y en más de una ocasión un submarino alemán había sido
perseguido por su propio armamento. Los llamaban FATs: Flachenabsucben-
dertorpedos, o «torpedos de búsqueda a poca profundidad». Feiler disparó cuatro de
ellos.

DE: FEILER

EN CUADRÍCULA BC 6956 A LAS 0116. CUATRO DISPAROS A UN CONVOY RUMBO


SUR VELOCIDAD 4 NUDOS. VAPOR DE 6.000 TONELADAS: GRAN EXPLOSIÓN Y NUBE
DE HUMO, DESPUÉS NI RASTRO. VAPOR DE 5.000 TONELADAS EN LLAMAS. OÍDOS
DOS IMPACTOS MÁS. SIN COMENTARIOS.

El día 25, Feiler radió su posición. El día 26, su suerte volvió a cambiar para mal.

DE: U-653

ESTOY EN CUADRÍCULA BC 8747. GRUPO 2 DE ALTA PRESIÓN Y TANQUE


DE FUERZA ASCENSIONAL NEGATIVA ESTRIBOR INSERVIBLES. TANQUE DE
LASTRE N° 5 AVERIADO. RUIDOS EXTRAÑOS. DIESEL PRODUCE DENSO
HUMO BLANCO.

El cuartel general empleó toda la noche en consultar a los técnicos. La respuesta


llegó a las diez de la mañana:

A: FEILER

EL ESTADO DEL TANQUE DE LASTRE N° 5 ES LO ÚNICO QUE PUEDE


JUSTIFICAR EL VIAJE DE VUELTA. DECIDA USTED MISMO E INFORME.

A medianoche, Feiler ya había tomado una decisión.

DE: U-653
ME QUEDO.

El 3 de marzo, con mar gruesa, el U-653 se puso al pairo de un submarino cisterna y


subió a bordo sesenta y cinco metros cúbicos de combustible y provisiones suficientes
para otros catorce días de navegación.
El día 6, Feiler recibió orden de incorporarse a una nueva patrulla, nombre en clave
Raubgraf (El Barón Bandido).
Y ahí terminó todo.
El 9 de marzo los U-boote cambiaron repentinamente de tabla de clave
meteorológica, Tiburón fue bloqueado y el U-653, junto con otros ciento trece
submarinos alemanes que se sabía operaban en el Atlántico, desapareció de la vista. Al
menos para Bletchley.
A las cinco de la mañana —hora media de Greenwich— del martes 16 de marzo,
unas nueve horas después de que Jericho hubiese aparcado el Austin y entrado en la
cabaña, el U-653 navegaba con rumbo este en superficie, camino de Francia. En el
Atlántico Norte eran las tres de la madrugada.
Tras diez días en la patrulla Raubgraf, sin haber avistado ningún convoy, Feiler
decidió finalmente dirigirse a casa. Además del Leutnant Laudon, habían caído por la
borda otros cuatro marineros. Uno de sus suboficiales estaba enfermo. El diesel de
estribor seguía causando problemas. El único torpedo que le quedaba estaba
defectuoso. El submarino, sin calefacción, estaba frío y húmedo, y una capa de moho
verdiblanco lo cubría todo, casillas, uniformes, comida. Feiler se acurrucó en su
húmeda litera, encogido de miedo cada vez que oía el irregular latido del motor, e in-
tentó dormir.
En el puente de mando, cuatro hombres se ocupaban de la vigilancia nocturna: uno
por cada punto cardinal. Como monjes encapuchados en sus chorreantes
chubasqueros negros, atados a la barandilla mediante cinturones metálicos, cada cual
llevaba unas gafas especiales y unos prismáticos Zeiss firmemente pegados a los ojos
para escudriñar su propio sector de oscuridad.
El cielo estaba totalmente encapotado. El viento era una agresión constante. El
casco del U-boote se movía con tal violencia bajo sus pies que les hacía resbalar por la
mojada cubierta y chocar los unos contra los otros.
Mirando al frente, hacia la invisible proa, iba un joven Obersteurmann, Heinz
Theen. Estaba contemplando la negrura que tenía ante sí, tan insondable que era
posible imaginar que habían caído por el borde del planeta, cuando de pronto
distinguió una luz. La luz brilló en medio de la nada, varios cientos de metros más
allá, parpadeó por un par de segundos y luego se extinguió. Si no hubiera tenido los
prismáticos dirigidos con precisión hacia la luz, nunca la habría visto.
Por extraño que pareciese, Heinz Theen se dio cuenta de que acababa de ver cómo
alguien encendía un cigarrillo.
Un marino aliado encendiendo un cigarrillo en mitad del Atlántico Norte.
Llamó rápidamente al capitán por la torrecilla.
Cuando unos treinta segundos después Feiler apareció en lo alto de la resbaladiza
escalera metálica, el viento había desplazado ligeramente las nubes y unas formas
oscuras se movían alrededor del submarino. Feiler giró en redondo y contabilizó los
contornos de una veintena de barcos, el más próximo a no más de quinientos metros a
babor.
Dejó escapar una exclamación susurrada, tanto de mando como de pánico:
—Alarrrmmm!
El U-653 recuperó la horizontal tras su inmersión de emergencia y permaneció
inmóvil bajo el oleaje en aguas más tranquilas.
Treinta y nueve hombres esperaban en silencio en la semioscuridad, a la escucha de
los sonidos que producía el convoy al pasar por encima de ellos: las rápidas
revoluciones de los modernos motores diesel, el pesado batir de los vapores, la curiosa
cantinela de las turbinas en los barcos de escolta.
Feiler los dejó pasar a todos. Esperó dos horas y emergió.
El convoy ya estaba muy lejos, apenas visible en la tenue luz del alba. Sólo los
mástiles y unas cuantas manchas de humo en el horizonte, y luego, cuando
ocasionalmente una gran ola elevaba el submarino, los herrajes de puentes y
chimeneas.
Según el reglamento, la tarea de Feiler era no atacar —cosa que tampoco podía, por
falta de torpedos— pero mantener el objetivo a la vista mientras contactaba con otro
U-boote en un radio de cien millas.
—Viraje del convoy a cero setenta grados —dijo Feiler—. Cuadrícula naval BD
1491.
El primer oficial garabateó una nota a lápiz y bajó de la torrecilla para ir a buscar la
tabla de señales abreviadas. En su cabina contigua al camarote del capitán, el
operador de radio accionó los conmutadores. La máquina Enigma empezó a
ronronear.

A las siete de la mañana Logie había enviado a Pinker, Proudfoot y Kingcome a sus
respectivos alojamientos para que descansaran como era debido. «Seguro que si ha de
pasar algo, pasará ahora. Es típico», pronosticó al verlos marchar y, efectivamente, así
ocurrió. Veinte minutos más tarde, Logie aparecía de nuevo en la Sala Grande con la
horrible expresión de culpable nerviosismo que caracterizaría toda la jornada.
—Parece que ha empezado el baile.
Saint Erith, Scarborough y Flowerdown habían informado de una señal E-barra
seguida de ocho letras en Morse, y antes de un minuto una de las chicas de la sala de
registro les traía las primeras copias. Jericho colocó la suya en mitad de su mesa de
caballete.
RGHC DMIG. El corazón empezó a acelerársele.
—Red Hubertus —dijo Logie—, 4601 kilociclos.
Cave estaba hablando con alguien por teléfono y puso la mano sobre el auricular:
—Los radiogoniómetros ya tienen una posición. —Chasqueó los dedos—. Un lápiz.
Rápido. —Baxter le lanzó uno—. 49'4 grados norte —repitió—. 38'8 grados oeste. Lo
tengo. Buen trabajo. —Y colgó.
Cave se había pasado la noche trazando el curso de los convoyes en dos grandes
mapas del Atlántico Norte, uno de ellos proporcionado por el almirantazgo y el otro,
una minuciosa cuadrícula naval, capturado a los alemanes. Los criptoanalistas
hicieron corro alrededor de él. El dedo de Cave señaló un punto casi exactamente a
medio camino entre Newfoundland y las islas Británicas.
—Ahí lo tenemos. Está siguiendo al HX-229. —Hizo una cruz sobre el mapa y
escribió 0725 al lado. —¿Qué cuadrícula es? —preguntó Jericho. —BD 1491.
—¿El rumbo del convoy? —Cero setenta.
Jericho volvió a su mesa y en menos de dos minutos, utilizando la tabla de señales
y la agenda en curso de la Kriegsmarine para codificar cuadrículas navales («Alfred
Krause, Blucherplatz 15»: Cabaña 8 lo había descifrado antes del bloqueo) tuvo ante sí
una criba de cinco letras que cuadrar con el informe de contacto.
RGHCDMIG
DDFGRX??

Las cuatro primeras letras anunciaban que había sido localizado un convoy rumbo
cero setenta grados, las dos siguientes daban la posición, las dos últimas re-
presentaban el nombre en clave del submarino, que él no tenía. Rodeó en un círculo
R-D y D-R. Un lazo de cuatro letras en la primera señal.
—Tengo D-R/R-D —dijo Puck segundos después.
—Yo también.
—Y yo —dijo Baxter.
Jericho asintió con la cabeza y escribió sus iniciales en el cuaderno.
—Buena señal.
A partir de ese momento los acontecimientos empezaron a precipitarse.
A las 8.25 fueron interceptadas dos señales largas procedentes de Magdeburgo,
que Cave supuso al instante era el cuartel general de los submarinos ordenando que
todos los U-boote en el Atlántico Norte se dirigiesen hacia la zona de ataque. A las 9.20
colgó el auricular para anunciar que el almirantazgo acababa de enviar una señal al
jefe del convoy advirtiéndole de que posiblemente estaba siendo vigilado. Siete minu-
tos después, el teléfono volvió a sonar. La estación de interceptación en Flowerdown.
Un nuevo E-barra desde casi la misma posición que el anterior. Las chicas de la
sección femenina se dieron prisa: KLYS QNLP.
—El mismo submarino —dijo Cave—. Es el procedimiento operacional
acostumbrado. Informar cada dos horas, o casi.
—¿Cuadrícula?
—La misma.
—¿Rumbo del convoy?
—También el mismo. Por ahora.
Jericho volvió a su escritorio y movió la criba original debajo del nuevo
criptograma.
KXYSQNLP
DDFGRX??

No había letras que coincidiesen. La regla de oro de Enigma, su único y fatal punto
débil: «Nada es igual a sí mismo: A nunca puede ser A, B nunca puede ser B...» La
cosa funcionaba. Jericho ejecutó con los pies bajo la mesa unos breves pasos de alegre
claque. Alzó la cabeza, vio que Baxter estaba mirándolo y, horrorizado, se dio cuenta
de que sonreía.
—¿Contento?
—Desde luego que no.
Pero fue tal su vergüenza, que cuando una hora después Logie entró a decir que un
segundo submarino acaba de enviar una señal de contacto, se sintió personalmente
responsable de ello.
SOUY YTRQ.
A las 11.40 un tercer submarino empezó a vigilar el convoy, a las 12.20 un cuarto, y
de pronto Jericho se vio con siete señales sobre la mesa. Fue consciente de que varias
personas se acercaban a mirar por encima de su hombro; eran Logie, con su eterna
pipa, y el olor potente y la respiración sonora de Skynner. No se volvió. No dijo nada.
El mundo exterior se había disuelto para él. La propia Claire no era ahora sino un
fantasma. Sólo existían aquellas letras que iban extendiéndose progresivamente a
través del Atlántico, que se multiplicaban en sus hojas de papel, que se convertían en
delgadas cadenas de posibilidades.
No pararon para desayunar ni para almorzar. Minuto a minuto, durante toda la
tarde, los criptoanalistas siguieron de tercera mano los azares de la persecución que se
desarrollaba a tres mil kilómetros de distancia. El comandante del convoy enviaba
señales al almirantazgo, el almirantazgo tenía línea abierta con Cave, y Cave gritaba
cada nuevo movimiento como si ello afectara la búsqueda de cribas.
A las 13.40 llegaron dos nuevas señales; una era un breve informe de contacto, la
otra, más larga, casi con seguridad procedía del submarino que había iniciado la
cacería. Por primera vez ambos mensajes eran lo bastante seguidos como para que las
propias antenas de la escolta del convoy pudieran fijar su posición. Cave escuchó con
una cara seria y luego anunció que el HMS Mansfield, un destructor, estaba siendo
desviado del cuerpo principal de los mercantes con el objeto de atacar los U-boote.
—El convoy acaba de hacer un viraje de emergencia hacia el sudeste. Intentará
sacudirse de encima a los alemanes mientras el Mansfield los obliga a bajar.
Jericho alzó la vista.
—¿Qué rumbo lleva? —preguntó.
—¿Qué rumbo lleva? —repitió Cave por el auricular—. Digo —aulló— que qué
cono de rumbo lleva. —Miró a Jericho haciendo un mohín. Tenía el auricular pegado a
la oreja de las cicatrices—. Sí. Está bien. Gracias. Rumbo del convoy, ciento dieciocho
grados.
Jericho alcanzó la tabla de señales abreviadas.
—¿Conseguirán escapar? —preguntó Baxter.
Cave se inclinó sobre su mapa con una regla de cálculo y un transportador.
—Puede —dijo—. Es lo que yo intentaría hacer en su lugar.
Transcurrió un cuarto de hora sin novedad.
—Quizá lo hayan logrado —dijo Puck—. Bueno, ¿qué hacemos ahora?
—¿Cuánto material necesitaban? —preguntó.
Jericho contó las señales recibidas y dijo:
—Hay nueve. Necesitamos veinte más. Mejor aún veinticinco.
—Santo Dios. —Cave los contempló con aversión—. Es como sentarse al lado de un
montón de carroña.
En algún sitio sonó un teléfono que alguien contestó de inmediato. Logie entró
unos segundos después, escribiendo algo.
—Era Saint Erith informando de una señal E-barra en 49'4 grados norte, 38*1
grados oeste.
—Nueva posición —dijo Cave, examinando sus cartas de navegación. Hizo una
cruz, tiró el lápiz y se retrepó en su silla frotándose la cara—. Lo único que ha hecho
es escapar de un submarino para meterse en las garras de otro. ¿Cuál es? ¿El quinto?
Jesús, hay más submarinos que peces.
—No podrá escapar —dijo Puck—, ¿verdad?
—Imposible si está rodeado.
Una chica de la sección femenina pasó entre los criptoanalistas repartiendo copias
del último criptograma: BKELUUXS.
Diez señales. Cinco U-boote en contacto.
—¿Cuadrícula? —preguntó Jericho.
Hester Wallace no sabía jugar al póquer, lo cual era un error por su parte, pues
Dios le había dado una cara de póquer con la que podría haber hecho una fortuna.
Nadie que la hubiera visto aquella tarde guardando su bicicleta en el cobertizo
contiguo a la cantina, o enseñando su pase en el puesto de guardia, o que se hubiera
hecho a un lado en Cabaña 6 para dejarla pasar, o se hubiese sentado delante de ella
en la sala de control habría adivinado lo confusa y trastornada que se sentía.
Tenía, como siempre, la tez pálida, y su ceño sugería que no deseaba conversar.
Llevaba el cabello, largo y negro, salvajemente estirado y sujeto con pasadores. Su
atuendo era el clásico uniforme de la maestra: zapatos planos, medias de lana grises,
sencilla falda del mismo color, camisa blanca y una vieja, pero bien cortada, chaqueta
de tweed que poco después se quitaría para colgarla en el respaldo de la silla, ya que
la tarde era cálida. Sus dedos se movían por el pañuelo en breves movimientos de
picoteo. Apenas había dormido en toda la noche.
«Nombre de la estación de interceptación, hora de interceptación, frecuencia, señal
de llamada, grupos de letras...»
¿Dónde se guardaba la relación de ajustes? Ése era el primer problema a resolver.
Pero no en la sala de control, desde luego. Tampoco en la de índice. Ni el archivo. Y
tampoco en la contigua sala de registro; ya había hecho sus pequeñas averiguaciones.
La sala de desciframiento era una posibilidad, pero las chicas de las Type-X siempre se
quejaban de falta de espacio, y sesenta claves Enigma, con ajustes que cambiaban
diariamente —en el caso de la Luftwaffe, hasta dos veces al día—, daban un mínimo
de quinientas informaciones distintas a la semana, lo que significaba veinticinco mil al
año, y estaban en el cuarto año de la guerra. Lo cual sugería un catálogo de gran
magnitud; una pequeña biblioteca, en realidad.
La única conclusión clara era que debían estar donde trabajaban los criptoanalistas,
en la sala de máquinas, o bien cerca de allí.
Terminó los pañuelos de Chicksands, de las doce a las tres, y se encaminó hacia la
puerta.
Los nervios estropearon su primer paso por la sala de máquinas: se dirigió
directamente hasta el otro extremo de la cabaña sin mirar siquiera a los lados. Se
quedó junto a la sala de descodificación maldiciendo su miedo, fingiendo mirar el
tablón de anuncios. Con mano temblorosa anotó la interpretación de Die Fledermaus
por la Bletchley Park Music Society, concierto al que no tenía la menor intención de
asistir.
El segundo intento fue mejor.
En la sala de máquinas no había maquinaria (el origen de su nombre se perdía en
las gloriosas brumas de 1940), sólo escritorios, criptoanalistas, papeleras llenas de
señales y, en la pared de la derecha, estantes repletos de archivos. Se detuvo y miró
alrededor con aire distraído, como si buscara un rostro conocido. El problema era que
allí no conocía a nadie. Pero entonces reparó en una calva pecosa adornada con unos
cuantos pelos color jengibre peinados patéticamente de lado a lado, y se dio cuenta de
que tenía algo.
Conocía a Cordingley.
El viejo y soso Donald Cordingley, ganador —en disputada lid— del concurso al
Hombre Más Soso de Bletchley. Inútil para el servicio militar por estrecho de pecho.
De profesión: actuario de seguros. Diez años al servicio de la Scottish Widows
Assurance Society en la City londinense, hasta que un tercer puesto en el campeonato
de crucigramas organizado por el Daily Telegraph supuso para él una plaza en la sala
de máquinas de Cabaña 6.
La plaza que debió ser de ella.
Hester lo miró unos segundos más y se marchó.
Cuando llegó a la sala de control Miles Mermagen estaba de pie junto a su mesa.
—¿Qué tal Beaumanor?
—Fascinante.
Había dejado su chaqueta sobre la silla y Merma-gen pasó una mano por el cuello,
palpando la tela entre el pulgar y el índice, como comprobando su calidad.
—¿Cómo fuiste a Beaumanor?
—Me acompañaron en coche.
—Un amigo, ¿verdad? —La sonrisa de Mermagen fue amplia y poco amistosa.
—¿Cómo lo sabes?
—Tengo mis espías —respondió él.
El océano era un hervidero de mensajes. Iban llegando a la mesa de Jericho al ritmo
de uno cada veinte minutos. A las cuatro en punto un sexto submarino alemán se
dirigió hacia el convoy, y al poco rato Cave anunció que el HX-229 estaba haciendo
otro giro, a cero veintiocho grados, en un último y (en opinión de Cave) desesperado
intento por huir de sus perseguidores.
Dos horas más tarde Jericho disponía de un montón de diecinueve señales de
contacto, a partir de las cuales había sacado tres tetragramas y un revoltijo de menús
para las bombas, que parecían los planos de un complicado juego del infernáculo.
Tenía el cuello y los hombros tan tensos que apenas podía enderezarse.
La sala estaba atestada. Pinker, Kingcome y Proudfoot habían vuelto al trabajo. El
otro teniente de navío británico, Villiers, estaba de pie al lado de Cave, quien le
explicaba algo acerca de uno de sus mapas. Una muchacha de la sección femenina fue
a ofrecerle a Jericho una bandeja con un emparedado de tocino en conserva y un tazón
de té, que él cogió agradecido.
Logie se acercó por detrás y le revolvió el pelo.
—¿Cómo estás, amigo?
—Hecho polvo, la verdad.
—¿Quieres dejarlo?
—Muy gracioso.
—Ven a mi despacho y te daré algo. Trae el té.
El «algo» resultó ser un enorme comprimido amarillo de benzedrina; Logie tenía
media docena en un pastillero hexagonal.
—No sé si debo —dijo Jericho, vacilante—. La última vez me sentó fatal.
—Pero te ayudará a pasar la noche, ¿no? Vamos, amigo. Los comandos creen
ciegamente en eso. —Agitó el pastillero bajo la nariz de Jericho—. ¿Que caerás
redondo a la hora del desayuno? ¿Y qué? Para entonces habremos derrotado a esos
cabrones. O quizá no. En todo caso ya no importará. —Cogió un comprimido y se lo
puso a Jericho en la palma de la mano—. Adelante. No se lo diré a los de enfermería.
—Cerró los dedos de Jericho sobre la tableta y añadió lentamente—: Es que no puedo
dejarte marchar, ¿sabes, muchacho? Esta noche, no. A algunos de los otros, quizá,
pero a ti no.
—Oh, bueno. Ya que me lo pintas tan bien...
Jericho tragó el comprimido con un poco de té. Le dejó un horrible sabor de boca, y
apuró el resto del té para quitárselo. Logie lo miraba con afecto.
—Así me gusta. —Guardó de nuevo el pastillero en el cajón de su mesa y lo cerró
con llave—. Por cierto, he estado guardándote las espaldas una vez más. He tenido
que decirle que eras demasiado importante para que se te molestara.
—¿Decirle a quién? ¿A Skynner?
—A Skynner, no. A Wigram.
—¿Qué quiere ése?
—A ti, amigo. Yo diría que a ti. Despellejado, disecado y empalado en cualquier
parte. La verdad, Tom, con gente así es mejor no tener líos. Le he dicho que venga a
medianoche. ¿Te parece bien?
Antes de que Jericho pudiera responder sonó el teléfono. Logie contestó.
—¿Sí? Al habla. —Gruñó y cogió un lápiz de su escritorio—. Hora de origen 19.02,
52'1 grados norte, 37'2 grados oeste. Gracias, Bill. Cumple con tu palabra. —Colgó el
auricular—. Y van siete-Anochecía otra vez y habían encendido las luces en la Sala
Grande. Los centinelas estaban colocando de nuevo las contraventanas para la noche.
Hacía veinticuatro horas que Jericho no ponía el pie fuera de la cabaña, ni se
asomaba siquiera a la ventana. Al volver a su asiento y verificar que los criptogramas
seguían en su abrigo, se preguntó vagamente qué día habría hecho fuera y cómo le iría
a Hester.
«No pienses en eso ahora», se dijo.
Empezaba a notar los efectos de la benzedrina. Su corazón funcionaba con la
liviandad de una pluma, su cuerpo estaba cargado de electricidad. Cuando repasó las
notas del día, lo que media hora antes había parecido inerte e impenetrable adquirió
de pronto plena significación.
El último criptograma estaba ya sobre su mesa:
YALB DKYF.
—Cuadrícula BD 2742 —exclamó Cave—. Rumbo cero cincuenta y cinco grados.
Velocidad del convoy, nueve nudos y medio.
—Mensaje de Skynner —dijo Logie—. Una botella de whisky para el primero que
proporcione un menú a las bombas.
Veintitrés señales recibidas. Contacto establecido con siete U-boote. Dos horas para
que anocheciera en el Atlántico Norte.
Ocho de la noche: nueve U-boote en contacto. Cuarenta y seis minutos después:
diez.
Las chicas de la sala de control escogieron para tomar la cena una mesa cerca de la
cocina. Celia Davenport les enseñó unas fotos de su prometido, que estaba luchando
en África, en tanto que Anthea Leigh-Delamere alardeó largamente sobre su última
cacería. Hester fue pasando las fotografías sin prestar atención. Tenía la mirada puesta
en Donald Cordingley, que estaba haciendo cola para recoger su ración de celacanto o
de cualquier otro oscuro ejemplo de criatura marina que les tocara comer.
Ella era más lista que él, y lo sabía.
Ella lo intimidaba.
«Hola, Donald —pensó—. Hola Donald... Oh, poca cosa, una sección de poca
monta... Escucha, Donald, hay una red de emisoras sin importancia, Konotop-Prihiki-
Poltava, en la Ucrania meridional. Nada del otro mundo, pero no hemos conseguido
interceptarlas y Archie (conoces a Archie, ¿verdad?), tiene la teoría de que tal vez sea
una variante de Buitre... El tráfico va de febrero a primeros de marzo... Eso es...»
Vio cómo se sentaba solo a una mesa y comía su solitaria cena. Lo observó,
efectivamente, como si ella misma fuera un buitre. Y cuando, a los quince minutos, él
se levantó y arrojó las sobras de su plato a la basura, ella se levantó también y lo
siguió.
Era vagamente consciente de que las otras chicas la miraban sorprendidas. No les
hizo caso.
Lo siguió hasta Cabaña 6, le dio cinco minutos para instalarse y luego entró a
buscarlo.
La sala de máquinas parecía una biblioteca al atardecer, silenciosa y somnolienta.
Hester le dio un golpe-cito en el hombro.
—Hola, Donald.
Él se volvió y la miró sorprendido.
—Ah, hola. —Su esfuerzo de memoria fue heroico—. Hola, Hester.
—Fuera es casi de noche —dijo Cave, consultando su reloj—. Ya falta poco.
¿Cuántos tienen?
—Veintinueve —respondió Baxter.

—Creo que dijo que con eso bastaba, ¿no, Mr. Jericho ?

—Sí—contestó Jericho sin levantar la vista—. Pero necesitamos un parte


meteorológico del convoy. Presión barométrica, clase de nubes, velocidad del viento,
temperatura. Antes de que oscurezca demasiado.

—¿Tienen diez submarinos pisándoles los talones y pretende que le digan qué
tiempo hace?

—Sí, por favor. Lo más rápido que puedan.

El parte llegó a las 21.31.

No hubo más contactos a partir de las 21.40.


Así, el convoy HX-229 a las diez en punto de la noche:
Treinta y siete buques mercantes, de tamaños que iban de las doce mil toneladas
del petrolero británico Southern Princess a las tres mil quinientas del carguero
estadounidense Margaret Lykes, avanzando lentamente con mar gruesa y rumbo cero
cincuenta y cinco grados, directos a Inglaterra, iluminados como una regata por la
luna, que les permitiría contar con diez millas de visibilidad. Hacía semanas que no se
veía una noche así en el Atlántico Norte. Buques de escolta: cinco, incluidas dos
corbetas lentas y dos anticuados destructores ex estadounidenses donados a Gran
Bretaña en 1940 a cambio de bases, uno de los cuales —el HMS Mansfield— había
perdido contacto con el convoy tras lanzar cargas de profundidad sobre los U-boote
porque el comandante del convoy (en su primera operación de mando) había olvidado
comunicar al destructor su segundo cambio de rumbo. Sin barcos de rescate
disponibles. Sin cobertura aérea. Sin refuerzos en un radio de mil millas.
—Total —dijo Cave, encendiendo un cigarrillo y contemplando sus mapas—, una
verdadera patochada.
El primer torpedo dio en el blanco a las 22.01.
A las 22.32, oyeron a Tom Jericho, muy tranquilo:
—Sí.

En el Eight Bells Inn de Buckingham Road era hora de cerrar, y Miss Jobey y Mr.
Bonnyman prácticamente habían agotado el principal tema de su conversación
vespertina: lo que Bonnyman calificó dramáticamente de «incursión policial» en el
cuarto de Mr. Jericho.
Mrs. Armstrong, con el rostro enrojecido todavía a causa de la rabia al recordar
aquella violación de su territorio, les había contado los detalles durante la cena. Un
agente uniformado había montado guardia durante toda la tarde en el portal («a la
vista de toda la calle, fíjense»), mientras dos hombres de paisano con una caja de
herramientas y blandiendo un mandamiento judicial habían pasado casi tres horas
registrando el dormitorio del piso de arriba antes de partir a la hora del té con un
montón de libros. Habían desmontado la cama y el armario, sacado la alfombra y
levantado las tablas del suelo, aparte de llenarlo todo de hollín de la chimenea. «Ese
joven se ha ido —había declarado Mrs. Armstrong, cruzando sus brazos como
perniles— y pierde el derecho al alquiler.»
—Y pierde el derecho al alquiler —repitió Bonnyman sobre su cerveza por sexta o
séptima vez—. Para morirse.
—Con lo tranquilo que era el hombre —dijo Miss Jobey.
Sonó una campanilla detrás de la barra y las luces parpadearon.
—¡La hora, caballeros! ¡Es la hora!
Bonnyman terminó su aguada pinta, Miss Jobey su oporto con limón, y él la
acompañó con paso vacilante, pasando junto al blanco de los dardos y las estampas de
cacería, hacia la puerta.
El día en que Jericho se había perdido había dado a la ciudad su primer sabor a
auténtica primavera. En la calle el aire nocturno aún era templado; la oscuridad
confería un aire romántico a la monótona calle. Mientras los bebedores salían del pub
hacia la negrura, Bonnyman atrajo a Miss Jobey hacia él como jugando.
Ambos fueron a dar a un portal. Ella abrió la boca para recibir su beso, se arrimó a
él, y Bonnyman, a cambio, le apretujó el talle. Lo que a ella podía faltarle en
hermosura —¿cómo notarlo en la oscuridad?— lo compensaba con creces en ardor
pasional. Su fuerte y ágil lengua, dulce por el alcohol, restregó los dientes de él.
Bonnyman, de profesión mecánico del servicio de correos, había sido reclutado por
el Park, según Jericho, para trabajar en las bombas. Miss Jobey lo hacía en la
habitación trasera de la planta superior de la mansión, archivando cifrados manuales
del Abwehr. De acuerdo con las normas establecidas ninguno de los dos había dicho
al otro en qué trabajaba, discreción que de alguna manera Bonnyman había hecho ex-
tensible a disimular la existencia de una esposa y dos hijos en su casa de Dorking.
Las manos de Bonnyman acariciaron los magros muslos de Miss Jobey y
empezaron a subirle la falda.
—Aquí no —dijo ella en su boca, y le apartó las manos.
—Vaya —confiaría Bonnyman después con un guiño al inspector de policía que le
tomó la declaración—, las cosas que un adulto tiene que hacer en tiempos de guerra, y
total por un simple ya sabe usted qué.
Primero, un paseo en bicicleta que los llevó por un sendero hasta el puente del
ferrocarril. Luego, al tímido haz de una linterna, saltar una verja con candado y cruzar
un trecho de fango y zarzas hacia la mole de un edificio en ruinas. Cerca, una gran
extensión de agua. No se veía, pero podía oírse perfectamente el chapoteo en la brisa y
algún que otro graznido de aves acuáticas, como podía sentirse también una
oscuridad más profunda, como un gran pozo negro.
Quejas de Miss Jobey cuando se arañó sus preciosas medias y se torció el tobillo;
fuertes y amargas imprecaciones contra Mr. Bonnyman y todos sus desvelos que por
el momento no auguraban nada bueno para lo que él tenía en mente. Ella empezó a
gemir: «Oye, Bonny, tengo miedo, volvamos a casa.»
Pero Bonnyman no tenía la menor intención de regresar. Mrs. Armstrong
controlaba por norma hasta la menor alteración sonora en el éter de su Commercial
Guesthouse, como una estación de interceptación personificada; esa noche iba a estar
en alerta máxima. Por otro lado, a él siempre le había gustado el lugar. La luz centelleó
sobre el ladrillo rojo iluminando las pruebas de anteriores encuentros: AE + GS; Tony
= Kath. Aquel sitio tenía una fuerte carga erótica. Cuántas cosas habían sucedido allí,
cuántas manos palpando a tientas... Formaban parte de un gran flujo de anhelos que
se remontaba a muchos años y seguiría por muchos años más... Anhelos ilícitos,
irreprimibles, perpetuos. Aquello era vida. Tales fueron, en todo caso, los
pensamientos de Bonnyman, aunque es lógico él no los expresó ni entonces ni
después, a la policía.
—¿Qué ocurrió luego, señor? Con exactitud.
Esto tampoco quiso confesarlo, ni con exactitud ni sin ella.
Pero lo que ocurrió a continuación fue que Bonnyman dejó la linterna en una
brecha del enladrillado donde algo se había desprendido de la pared, y rodeó con sus
brazos a Miss Jobey. Encontró primero una ligerísima resistencia —cierto forcejeo
simbólico, algún «deja» o «aquí no»— que rápidamente perdió convicción hasta que
de pronto la lengua de ella volvió a sus trucos y reanudaron la cosa allí donde la
habían dejado al salir del pub. Sus manos volvieron a subir por debajo de la falda y ella
volvió a rechazarlo, pero esta vez por un motivo diferente. Con el entrecejo ligera-
mente fruncido, Miss Jobey se agachó y se quitó las bragas. Nada por aquí, nada por
allá, y habían desaparecido. Bonnyman la miró fijamente, extasiado.
—Lo que pasó después, inspector, con exactitud, es que Miss Jobey y yo vimos
unos sacos de arpillera en un rincón.
Ella con la falda por encima de las rodillas y él con el pantalón por los tobillos,
arrastrando los pies como si llevara piernas ortopédicas, cayendo pesadamente de
hinojos, y una nube de polvo que se levantaba de los sacos y revoloteaba a la luz de la
linterna, y luego mucho retorcerse y quejas por parte de ella de que algo se le estaba
clavando en la espalda.
Se levantaron y apartaron los sacos para hacer un lecho mejor.
—¿Y fue entonces cuando lo encontraron?
—Fue entonces, sí.
El inspector descargó súbitamente el puño sobre la mesa de madera basta y gritó al
sargento:
—¿Todavía no hay señales de Mr. Wigram?
—Seguimos buscando, señor.
—Pues haga el puñetero favor de encontrarlo, hombre. Muévase.

La bomba era pesada —Jericho calculó que debía de pesar más de quinientos
kilos— y aunque estaba montada sobre ruedecillas, él y el mecánico necesitaron de
todas sus fuerzas para apartarla de la pared. Jericho tiraba mientras el mecánico se
ponía detrás y apoyaba el hombro en el armazón para empujar. Finalmente cedió con
un chirrido y las chicas de la sección femenina se aprestaron a desarmarla.
El criptógrafo era como un monstruo salido de una de las fantasías de H. G. Wells:
un armario metálico negro de dos metros y medio de ancho por uno ochenta de altura,
con un sinnúmero de bobinas de diez centímetros de diámetro dispuestas en la parte
frontal. La parte de atrás estaba engoznada y cubría un amasijo de cables de colores y
unos cilindros de brillo opaco. En el lugar del suelo donde había estado la bomba
apareció un gran charco de aceite.
Jericho se limpió las manos en un trapo y retrocedió hasta un rincón para
contemplarla. En el resto de la cabaña había unas veinte bombas trabajando sobre
otras claves Enigma, y él supuso que el ruido y el calor que producían debían de ser
semejantes a los de la sala de máquinas de un barco. Una de las mujeres fue a la parte
trasera del armatoste y empezó a desconectar cables. La otra se ocupó de la parte
frontal, sacando las bobinas una por una para examinarlas. Cuando encontraba un
defecto en el cableado le pasaba la bobina al mecánico, quien volvía a colocar los
pequeños cables en su sitio con unas pinzas. Las escobillas de contacto siempre
estaban deshilachándose y la correa que conectaba el mecanismo al enorme motor
eléctrico tenía tendencia a patinar y estirarse siempre que había un peso grande.
Además, los mecánicos no habían hecho bien la toma de tierra, de modo que los
armarios tenían cierta propensión a soltar potentes descargas eléctricas.
Jericho creía que aquél era el peor trabajo de todos. Ocho horas diarias, seis días a
la semana, metido en aquella ensordecedora celda sin ventanas. Horrible. Se volvió y
consultó su reloj. No quería que advirtiesen su impaciencia. Eran casi las once y
media.
En ese momento estaban introduciendo el menú en todos los compartimientos de
bombas en el área de Bletchley. Trece kilómetros al norte de Park, en una cabaña
situada en un claro de la frondosa finca de Gayhurst Manor, un puñado de exhaustas
muchachas de la sección femenina a punto de terminar su turno recibían la orden de
parar las tres bombas que llevaban Trepatroncos (administración del ejército Berlín-
Viena-Belgrado), desmontarlas y prepararlas para Tiburón. En la caballeriza de
Adstock Manor, quince kilómetros al oeste, las chicas estaban literalmente repantiga-
das con los pies en alto junto a sus silenciosas máquinas, bebiendo naranjada y
escuchando a Tommy Dorsey por la BBC, cuando el supervisor entró a la carga con un
montón de menús en la mano y les dijo que pusieran manos a la obra y rápido. Y en
Wavendon Manor, tres kilómetros al nordeste, una historia parecida: en su húmedo
bunker, cuatro bombas dejaban bruscamente de trabajar en Quebrantahuesos (clave
Enigma de baja prioridad de la Organisation Todt) al tiempo que sus operadoras
recibían el aviso de un trabajo urgente.
Estas, más las dos máquinas que había en Cabaña 11 de Bletchley, completaban las
doce bombas prometidas.
Terminado el chequeo, la chica de la sección femenina volvió a la primera hilera de
bobinas y empezó a arreglarlas según la combinación anotada en el menú. Iba
gritándole letras a su compañera, quien las verificaba.
—Freddy, Mantequilla, Cuaga...
—Sí.
—Manzana, Rayo, Edward...
—Sí.
Las bobinas encajaron en sus husillos y quedaron fijas en su sitio tras un fuerte
chasquido metálico. Cada una estaba cableada de manera que pudiese imitar la acción
de un rotor Enigma: ciento ocho bobinas en total, equivalente a treinta y seis máquinas
Enigma trabajando en paralelo. Una vez ajustadas todas las bobinas, la bomba fue
transportada de nuevo a su sitio y el motor puesto en marcha.
Las bobinas empezaron a girar todas excepto una de la fila superior, que se había
atascado. El mecánico le dio un golpe con su llave de tuercas y la bobina rebelde se
puso a girar. La bomba trabajaría sin parar sobre aquel menú —al menos un día
entero; posiblemente, según los cálculos de Jericho, dos o tres— parando
ocasionalmente cuando la alineación de las bobinas cerrara un circuito. Entonces
habría que verificar y analizar las lecturas de las bobinas, arrancar de nuevo la
máquina, y así sucesivamente hasta que saliera la exacta combinación de ajustes,
momento en que los criptoanalistas podrían leer el tráfico de Tiburón. Ésa era, al
menos, la teoría.
El mecánico empezó a arrastrar la otra bomba y Jericho hizo ademán de ayudarlo,
pero se lo impidió alguien que le tiraba del brazo.
—Vamos, amigo —gritó Logie sobre el estruendo de las máquinas—. Aquí ya no
podemos hacer nada. —Tiró otra vez de su manga.
Jericho se volvió a regañadientes y salió de la cabaña detrás de él.

No tenía la menor sensación de euforia. Tal vez al día siguiente por la tarde, o quizá
el jueves, las bombas les darían los ajustes de Enigma para el día que ahora terminaba.
Entonces empezaría el verdadero trabajo —la laboriosa tarea de intentar reconstruir la
nueva tabla de señales abreviadas—, primero tomando los datos meteorológicos del
convoy, cotejándolos con las señales meteorológicas ya recibidas de los submarinos
alemanes, aventurando estimaciones aproximadas, comprobándolas, escribiendo un
nuevo juego de cribas... La batalla contra Enigma no tenía fin. Era un torneo de ajedrez
de un millar de partidas contra un jugador de prodigiosa fortaleza defensiva, y cada
día las piezas volvían a sus posiciones originales y el juego recomenzaba desde el
principio.
También Logie parecía un tanto abatido mientras iban hacia Cabaña 8 por el
camino asfaltado.
—He enviado a los demás a casa para que duerman un poco —dijo—, que es lo que
yo voy a hacer. Y tú deberías imitarme, si no estás demasiado colocado como para
dormir.
—Sólo voy a poner un poco de orden aquí, si te parece bien. Llevaré la tabla a la
caja fuerte.
—Sí. Hazme ese favor.
—Y luego, lo mejor será que me enfrente a Wigram.
—Ah, claro. Wigram.
Entraron en la cabaña. Una vez en su despacho, Logie le lanzó a Jericho las llaves
del Museo Negro.
—Y tu premio —dijo, tendiéndole media botella de whisky—. Que no se me olvide.
—Habías dicho que Skynner ofrecía una botella entera.
—Sí, bueno, ya conoces a Skynner.
—Dásela a los otros, Logie.
—Vamos, no seas beato, caray. —Del mismo cajón Logie sacó un par de vasos
esmaltados. Sopló para quitarles el polvo y limpió el interior con la yema del dedo
índice—. ¿Por qué brindamos? ¿Te importa que te acompañe?
—¿Por el fin de Tiburón? ¿Por el futuro...?
Logie sirvió una generosa cantidad de whisky en ambos vasos.
—¿Qué te parece —dijo sagazmente, dándole uno a Jericho— por tu futuro?
Entrechocaron los vasos.
—Por mi futuro.
Se sentaron en silencio con los abrigos puestos y bebieron.
—Estoy derrotado, no puedo más —dijo Logie por fin, apoyándose en el escritorio
para ponerse de pie. Tenía tres pipas en un estante, sopló ruidosamente en cada una
de ellas produciendo un ruido áspero y desagradable, y se las guardó en el bolsillo—.
Bueno, no te olvides el whisky.
—No lo quiero para nada.
—Coge la botella. Por favor. Hazlo por mí.
Ya en el pasillo, Logie estrechó la mano de Jericho y éste temió que fuera a decirle
algo desagradable. Pero tuviera lo que tuviese en la cabeza, se lo pensó mejor y
sencillamente lo saludó con aire tristón, cerró la puerta y echó a andar.
La Sala Grande, en espera del turno de medianoche, se hallaba casi desierta. Al
fondo había gente trabajando esporádicamente en Delfín y Marsopa. Dos chicas en
mono de faena estaban junto a la mesa de Jericho recogiendo todos los papeles
desechados y metiéndolos en un par de bolsas para su inmediata incineración. Sólo
seguía allí Cave, inclinado sobre sus mapas. Levantó la vista al entrar Jericho.
—¿Y bien? ¿Cómo le van las cosas?
—Es demasiado pronto para saberlo —respondió Jericho. Buscó la tabla de cifra y
se la guardó en el bolsillo—. ¿Y a usted?
—Hasta ahora tres blancos. Un mercante noruego y un carguero holandés. Se han
ido directamente a pique. El tercero está en llamas y dando vueltas en círculo. Media
tripulación perdida y la otra media tratando de salvar el barco.
—¿Cuál es?
—Es un barco estadounidense. El James Oglethorpe. Siete mil toneladas, transporta
acero y algodón.
—Estadounidense... —repitió Jericho, acordándose de Kramer.
«Mi hermano murió, fue uno de los primeros...»
—Es una masacre —dijo Cave—, una condenada masacre. ¿Y quiere que le diga lo
peor? La cosa no terminará esta noche. Esto va a durar días y días. Los van a perseguir
y a torpedear por todo el Atlántico Norte. ¿Imagina lo que debe de sentirse al ver que
vuelan el barco que va a tu lado, sin poder parar a recoger supervivientes, esperando
que llegue tu turno ? —Se tocó la cicatriz, pero enseguida pareció advertir lo que
estaba haciendo y dejó caer la mano. Su gesto estuvo cargado de resignación—. Y
ahora, por lo visto, están recibiéndose señales de submarinos alrededor del convoy
SC-122.
Su teléfono empezó a sonar y Cave fue a contestar.
Mientras estaba de espaldas, Jericho dejó sigilosamente la media botella de whisky
en la mesa de Cave y luego salió y se adentró en la noche.

Su mente, estimulada por la benzedrina y el alcohol, parecía funcionar de motu


propio, agitándose como las bombas de Cabaña 11, haciendo extrañas asociaciones al
azar: Claire y Hester y Skynner, Wigram con su pistolera, las huellas de neumáticos en
la escarcha junto a la casa, el barco estadounidense en llamas girando y girando sobre
los cuerpos de media tripulación.
Se detuvo cerca del lago para respirar un poco de aire fresco y recordó las noches
en que se había quedado allí, mirando la débil silueta de la mansión recortada contra
el cielo estrellado. Entornó los ojos y la vio como pudo haber sido antes de la guerra.
Una tarde de verano. El sonido de una orquesta y un burbujeo de voces flotando sobre
el césped. Una ristra de farolillos navideños, rosa y malva y amarillo limón,
agitándose en la arboleda. Arañas de luces en la pista de baile. Cristales blancos
quebrándose en la superficie lisa del lago.
La visión era tan fuerte que se encontró sudando en su abrigo a causa de un calor
imaginario, y mientras subía por la cuesta hacia la mansión imaginó que veía una
hilera de Rolls-Royce con sus chóferes apoyados en los largos capós. Pero a medida
que se acercaba vio que los coches eran simples autobuses que habían ido a dejar a los
del siguiente turno y a recoger a los del último, y que la música sólo era la percusión
producida por los timbres de los teléfonos y el ruido de pasos apresurándose por el
suelo de piedra.
Dentro del laberinto de la mansión saludó cautamente con la cabeza a las pocas
personas con que se cruzó, un hombre mayor con traje gris oscuro, un capitán del
ejército, una mujer de la fuerza aérea auxiliar. Bajo la pálida luz se los veía ojerosos, y
Jericho supuso, por la expresión de sus caras, que también él debía de tener un
aspecto extraño. Creyó que la benzedrina podía hacer cosas raras en las pupilas, y
además hacía más de cuarenta horas que no se afeitaba ni cambiaba de ropa. Pero en
Bletchley no echaban a nadie por tener un aspecto extraño, o de lo contrario aquel
sitio habría estado vacío desde un principio. Estaba el viejo Dilly Knox, por ejemplo,
que solía ir a trabajar en bata; y Turing, que llegaba en bicicleta con una máscara
antigás tratando de curarse su fiebre del heno; y el criptoanalista de la sección
japonesa, que un día se había bañado desnudo en el lago a la hora del almuerzo. En
comparación, Jericho era tan convencional como un contable.
Abrió la puerta del pasadizo que conducía al sótano. La bombilla debía de haberse
fundido tras su última visita, y se vio sumido en una oscuridad tan absoluta como la
de una catacumba. Al pie de la escalera algo brillaba débilmente. Jericho avanzó a
tientas hacia la luz. Era el ojo de la cerradura del Museo, marcado con pintura
luminosa, un truco que habían aprendido cuando comenzaron los bombardeos.
El interruptor de la sala funcionaba. Abrió la caja de caudales y devolvió el libro a
su sitio, y por un instante tuvo la loca idea de guardar también allí los criptogramas
robados. Dentro de un sobre habrían pasado inadvertidos durante varios meses. Pero
¿cuándo podría volver a entrar allí? Un día los descubriría alguien. Y entonces
bastaría una llamada telefónica de Beaumanor y todo saldría a la luz, su implicación,
la de Hester...
No, no.
Cerró la puerta de acero.
Pero aún no se decidía a marchar. Gran parte de su vida estaba allí. Tocó la caja y
luego las rugosas y secas paredes. Pasó el dedo por el polvo de la mesa. Contempló la
hilera de máquinas Enigma en la estantería metálica. Todas estaban guardadas en
cajas de madera, la mayor parte en su embalaje original alemán, e incluso en reposo
parecían exudar cierto poder irresistible y amenazador. Eran algo más que meras
máquinas, pensó. Eran las sinopsis del cerebro del enemigo; misteriosas, complejas,
animadas.
Las observó por un par de minutos y luego dio media vuelta.
Pero se detuvo.
—Tom Jericho —susurró—, mira que eres bobo.
Las primeras dos máquinas que bajó e inspeccionó resultaron estar en muy mal
estado. La tercera tenía una etiqueta sujeta al asa mediante un trozo de cordel: «Sidi
Bou Zid 14/2/43.» Era una Enigma del Afrika Korps, capturada por el octavo ejército
durante su ofensiva sobre Rommel del mes anterior. La depositó con cuidado sobre la
mesa y aflojó los cierres metálicos. La tapa se abrió con facilidad.
Esta vez la máquina estaba perfecta: una belleza. Las letras de las teclas estaban casi
nuevas, la carcasa metálica sin un rasguño, las bombillas de vidrio limpias y
relucientes. Los tres rotores —como vio, parados en ZDE— parecían de plata bajo la
luz desnuda. La acarició tiernamente. Parecía a punto de estrenar. «Chiffreirmaschine
Gesell-schaft», rezaba la etiqueta. «Heimsoeth und Rinke, Berlin-Wilmersdorf,
Uhlandstrasse 138.»
Pulsó una tecla. Era más rígida que la de una máquina de escribir corriente. Una
vez apretada lo suficiente, la máquina emitió un ruido metálico y el rotor de la
derecha se movió una muesca. Al mismo tiempo, una de las bombillas se encendió.
¡Aleluya!
La batería estaba cargada. La Enigma estaba viva.
Comprobó el mecanismo. Se agachó y pulsó la tecla C. Se encendió la letra J. Tecleó
después L y obtuvo U. A, Y, R le dieron, sucesivamente, X, P, Q y otra vez Q.
Levantó la tapa interior de la máquina, separó el husillo, ajustó los rotores de nuevo
en ZDE y los cerró. Tecleó el criptograma JUXPQQ y las bombillas deletrearon C-L-A-I-
R-E con pequeños estallidos de luz.
Metió la mano en el bolsillo en busca del reloj. Las doce menos dos minutos.
Volvió a colocar la tapa en su sitio y subió la Enigma a su estante. Se aseguró de
cerrar la puerta al salir.
Para la gente con que se cruzó en los pasillos de la mansión, ¿quién era él? Nadie.
Un criptoanalista más con algún galimatías en la cabeza.
Hester Wallace, tal como habían convenido, estaba a medianoche en la cabina de
teléfonos con el auricular en la mano, sintiéndose más estúpida que temerosa mientras
fingía hacer una llamada. Al otro lado del cristal, dos corrientes de pálidas chispas
flotaban en la oscuridad, un haz venía de la verja principal y el otro iba hacia ella. En
su bolsillo había una hoja de aquel papel marronáceo y moteado que usaban en
Bletchley, con seis entradas anotadas.
Cordingley se había tragado la historia, claro que sus ansias de ayudar habían sido
tal vez un poco excesivas. Incapaz al principio de localizar el archivo que interesaba,
Cordingley había recurrido a un mocoso granujiento de pelo rubio y fino. Hester se
había preguntado si aquel niño, aquel cara de feto era realmente un criptoanalista.
Pero Donald le había dicho en voz baja que era uno de los mejores; como las
universidades ya habían sido rastrilladas a fondo, ahora estaban echando mano de
chicos recién salidos del colegio. Inmaduros. Incondicionales. La nueva elite.
La carpeta había salido por fin, y en un rincón, Hester Wallace había hecho correr
su lápiz como nunca. La peor parte había llegado al final: mantener la serenidad y no
echar a correr de inmediato sino comprobar las cifras, devolver la carpeta al Feto y
observar las normas de urbanidad para con Donald.
—Deberíamos ir a tomar una copa un día de éstos.
—Sí, tienes razón.
—Bueno, pues ya te diré algo.
—Sí, sí. Yo también.
Pero en realidad ninguno de los dos tenía la menor intención de hacerlo.
«Vamos, Tom Jericho, vamos.»
Pasaron las doce. El primero de los autobuses llegó, casi invisible a excepción de
sus gases de escape, que formaron una nubecilla rosada en sus luces traseras.
Y entonces, cuando ya empezaba a desesperar, una mancha blanca y borrosa. Una
mano golpeó suavemente el cristal. Ella dejó el auricular e iluminó con su linterna la
cara de un lunático pegada al cristal. Ojos oscuros desorbitados y cara de convicto con
una sombra de barba.
—No había ninguna necesidad de darme ese susto —musitó ella, pero eso fue en la
intimidad de la cabina. Al salir, lo único que dijo fue—: He dejado sus números en el
teléfono.
Hester le dejó la puerta abierta. La mano de él descansó en la suya. Una breve
presión por parte de él en señal de agradecimiento; demasiado breve para que ella
pudiera decir quién tenía los dedos más fríos.
—Nos veremos aquí a las cinco.
La euforia dio nuevas energías a las cansadas piernas de Hester, que pedaleaba
colina arriba alejándose de Bletchley.
Él necesitaba verla a las cinco. ¿Qué otra cosa podía significar, salvo que había
encontrado algo? ¡Victoria! ¡Victoria sobre los Mermagen y los Cordingley!
La pendiente era cada vez más empinada. Hester se levantó del sillín. La bicicleta
ondeaba de un lado a otro como un metrónomo. La luz bailaba en la calzada.
Después, ella se reprocharía seriamente por aquel júbilo prematuro, pero lo cierto
era que seguramente no habría podido verlos. Habían tomado posiciones con sumo
cuidado, paralelamente al sendero y ocultos por el seto de espino —un trabajo de
profesionales—, de modo que cuando ella dobló la esquina y empezó a botar por los
baches hacia la casa pasó por delante de ellos sin darse cuenta.
Se encontraba a menos de dos metros de la puerta cuando los faros se encendieron,
faros de noche de guerra, pero lo bastante deslumbrantes como para arrojar su sombra
contra la pared encalada. Oyó toser el motor y al volverse, protegiéndose los ojos, vio
el coche grande acercarse a ella... lentamente, sin prisa, implacable, bamboleándose
sobre el terreno irregular.

Jericho se dijo que debía tener calma. «No hay prisa. Te has dado cinco horas.
Utilízalas.»
Se encerró en la habitación del sótano, dejando la llave medio girada en la
cerradura para que cualquiera que intentase introducir su propia llave desde el otro
lado la encontrase cerrada. Sabía que en un momento u otro tendría que ir a abrir, de
lo contrario, ¿qué era? Un ratón en una trampa. Pero eso le daría treinta segundos, y
para buscarse una coartada volvió a abrir la caja fuerte de la sección naval y
desparramó unos cuantos mapas y tablas de cifra sobre la angosta mesa. A eso añadió
los criptogramas y los ajustes robados, y su reloj, que situó ante él con la tapa abierta.
Como si se preparara para un examen, pensó: «Los opositores sólo deberían escribir
por una cara del papel; este margen debe quedar en blanco para uso del examinador.»
Luego bajó la Enigma y retiró la cubierta.
Escuchó. Nada. Una tubería que goteaba en alguna parte, nada más. Las paredes
estaban alabeadas por la presión de la tierra fría; podía notar el olor, saborear las
esporas del húmedo encalado. Se echó aliento en los dedos y reflexionó.
Trabajaría hacia atrás, se dijo, empezando por descifrar primero el último
criptograma, sobre la hipótesis de que lo que hubiese causado la desaparición de
Claire estaba contenido en esos mensajes finales.
Recorrió con los dedos las columnas de notación para buscar los ajustes de Buitre
para el 4 de marzo, día de pánico general en el archivo de Bletchley.

III V IV GAH CX AZ DV KT HU LW GP EY MR FQ

Los números romanos significaban que ese día iban a emplear tres de los cinco
rotores de la máquina, y el orden en que había que ponerlos. GAH le dio la posición
inicial de los rotores. Los siguientes diez pares de letras representaban las múltiples
conexiones que tenía que hacer en el panel de enchufes de la parte de atrás. Quedaban
seis letras sin relacionar, lo cual, por uno de esos gloriosos misterios de la estadística,
aumentaba el número de posibles conexiones en el panel de casi ocho billones (25 x 23
x 21 x 19 x 17 x 15 x 13 x 1 1 x 9 x 7 x 5 x 3 ) a más de ciento cincuenta billones.
Primero hizo las conexiones. Tiras cortas de cable flexible de color chocolate con
clavijas de latón revestidas de baquelita en cada extremo, que se hundieron con
satisfecha precisión en los enchufes de sus letras respectivas; de C a X, de A a Z...
A continuación levantó la tapa interior de la Enigma, abrió el husillo y sacó los tres
rotores que ya estaban cargados. De un compartimiento aparte retiró los dos rotores
sobrantes.
Cada rotor era del tamaño y grosor de un disco de hockey sobre hielo, pero más
pesado: una rueda dentada con veintiséis terminales —por un lado en forma de anillo
con resortes, y por el otro plana y circular— con las letras del alfabeto grabadas
alrededor del borde. A medida que los rotores giraban unos contra otros, la forma del
circuito eléctrico que cerraban iba variando. Siempre que se pulsaba una tecla el rotor
de la derecha avanzaba una letra. Una vez cada veintiséis letras, una muesca de su
anillo-alfabeto hacía que el rotor central se moviera también. Y cuando, al final, el
rotor dé en medio completaba una rotación, el tercer rotor empezaba a moverse. Dos
rotores moviéndose a la par se conocía en Bletchley como «cangrejo»; tres era
«langosta».
Dispuso los rotores según el orden del día —III, V y IV— y los encajó en el husillo.
Hizo girar el III y lo puso en la letra G, el V en A y el IV en H, y luego cerró la tapa.
Ahora la máquina estaba preparada como lo había estado su hermana gemela en
Smolensko la tarde del 4 de marzo.
Pulsó las teclas.
Listo.
La Enigma trabajaba sobre un principio sencillo. Si, cuando la máquina estaba
ajustada de un modo concreto, tecleando A se cerraba un circuito que hacía iluminar
la bombilla X, por lógica —puesto que la corriente eléctrica es recíproca—, con el
mismo ajuste al pulsar X se encendería la bombilla A. La máquina estaba pensada
para que descifrar fuese tan fácil como poner en cifra.
Jericho advirtió de inmediato que algo andaba mal. Pulsaba una letra del
criptograma con el índice de la mano izquierda y con la mano derecha anotaba el ca-
rácter iluminado en el panel. La T le dio H; la R, Y; la X, C... No le sonaba a alemán.
Con todo, siguió adelante con la esperanza cada vez más mermada de que aquello
tenía que funcionar. No se rindió hasta haber pulsado cuarenta y siete letras.

HYCYKWPIOROKDZENAJEWICZJPTAKJHRUTBPYSJMOTYLPCIE

Se mesó los cabellos.


En ocasiones los operadores de Enigma añadían paja al texto principal para
disfrazar el sentido del mensaje, pero nunca hasta ese punto, se dijo. En la jerigonza
que tenía delante no había ninguna palabra oculta que columbrar.
Gruñó, se retrepó en la silla y contempló el techo descamado.
Había dos posibilidades, ambas igualmente desagradables.
Primera: el mensaje había sido supercifrado, es decir, su texto había sido puesto en
cifra una vez y luego otra más para oscurecer doblemente su significado. Una técnica
muy prolija reservada únicamente para las comunicaciones más secretas.
Segunda: Hester había cometido un error de transcripción —tal vez sólo una letra
equivocada—, en cuyo caso podía quedarse allí sentado literalmente el resto de su
vida, y aun así no conseguiría que el criptograma escupiera sus secretos.
De las dos explicaciones, la última era la más probable.
Paseó de un lado a otro de su calabozo, intentando que la sangre volviera a circular
por sus brazos y sus piernas. Luego volvió a ajustar los rotores a GAH e hizo un
intento por descifrar el segundo mensaje del 4 de marzo. El mismo resultado:

SZULCJKUKAH...

No se molestó siquiera en probar con el tercer y cuarto criptogramas, sino que se


puso a jugar con los ajustes de rotor —GEH, GAN, CAH— con la esperanza de que ella
hubiera anotado mal una letra, pero la máquina Enigma no soltaba otra cosa que
aquella especie de lenguaje extraterrestre.
Cuatro en el coche. Hester detrás, al lado de Wigram. Dos hombres delante. Las
puertas cerradas con seguro, la calefacción en marcha, una peste a humo y sudor que
obligaba a Wigram a llevar su bufanda a cuadros escoceses pegada a la nariz. Procuró
no mirarla mientras duró el viaje y no pronunció palabra hasta que llegaron a la
carretera principal. Luego pisaron la línea blanca para adelantar a otro vehículo y el
conductor puso en marcha la sirena.
—Por el amor de Dios, Leveret, apague eso.
El ruido cesó. El coche dobló a la izquierda, luego a la derecha. Fueron dando
tumbos por una pista llena de roderas, y los dedos de Hester se hundieron aún más en
la tapicería mientras se esforzaba por no caer sobre Wigram. Ella tampoco había dicho
nada; el silencio era su único y simbólico gesto de desafío. Estaban listos si creían que
iba a mostrarles su nerviosismo poniéndose a parlotear como una cría.
Un par de minutos después se detuvieron en alguna parte y Wigram permaneció
inmóvil como un estadista, mientras los hombres del asiento de delante se apeaban.
Uno rodeó el coche y abrió la puerta de su lado. Unas linternas avanzaron en la
oscuridad. Aparecieron sombras. El comité de bienvenida.
—¿Aún tiene esas luces encendidas, inspector? —preguntó Wigram.
—Sí, señor. —Una voz profunda y varonil; acento de las Midlands—. Pese a las
muchas protestas de la gente de antiaéreos.
—Por mí, como si se la machacan. Si los nazis quieren bombardear esto, allá ellos.
¿Tiene los planos?
—Sí, señor.
—Fantástico. —Wigram se agarró del techo y salió al estribo dándose impulso.
Esperó un par de segundos y al ver que Hester no se movía volvió a meter la cabeza y
flexionó los dedos.
—Vamos, vamos. No querrá que la lleve en brazos...
Ella se deslizó sobre el asiento.
Dos coches más —no, tres coches más— con los faros encendidos iluminando las
siluetas de unos hombres en movimiento, más un pequeño camión del ejército y una
ambulancia. Fue la presencia de esta última lo que le impresionó. Tenía las puertas
abiertas y, mientras Wigram y ella pasaban por delante —él la guiaba apoyando
ligeramente la mano en su codo—, le llegó el olor a antiséptico, vio los tanques de
oxígeno de color pardo, las camillas con sus bastas mantas marrones, sus correas de
cuero, sus inocentes sábanas blancas. Sobre el parachoques trasero dos hombres con
las piernas extendidas, fumando. La miraron sin interés.
—¿Había estado antes aquí? —preguntó Wigram.
—¿Qué es esto?
—El paseo de los enamorados. Ya veo que no es su ambiente.
Wigram sostenía una linterna, y al apartarse para cederle el paso Hester vio un
rótulo junto a la entrada: PELIGRO: POZO DE ARCILLA ANEGADO — AGUA MUY PRO-
FUNDA. A sus oídos llegó el sonido gutural de una máquina y los gritos de unas aves
acuáticas. Empezó a temblar.
«La mano del Señor descendió sobre mí y me llevó y me posó en medio del valle
que estaba lleno de huesos.»
—¿Decía algo? —preguntó Wigram.
—No creo.
«Oh, Claire, Claire, Claire...»
El ruido del motor había aumentado, y parecía proceder del interior de un edificio
de ladrillo. Una luz blanca y débil brillaba entre las aberturas del techo iluminando
una chimenea alta y cuadrada cuya base quedaba oculta por la hiedra. Hester tuvo la
impresión de estar en la cabeza de una procesión. Detrás iban el chófer, Leveret, luego
el segundo de los hombres del coche, que llevaba una gabardina, y por último el ins-
pector de policía.
—Ojo con donde pisa —le avisó Wigram al tiempo que trataba de cogerla
nuevamente del brazo, pero ella se lo sacudió de encima. Avanzó sin ayuda entre frag-
mentos de ladrillo y maleza, oyó voces, dobló un recodo y, aliviada, vio un
deslumbrante arco de luces que iluminaba un sendero ancho. Seis policías avanzaban
por él, en paralelo y a gatas, entre un brillo de cristales rotos y escombros. Detrás de
ellos, un soldado cuidaba de un palpitante generador; otro más desenrollaba una
bobina de cable eléctrico; un tercero estaba aparejando más luces.
Wigram sonrió y le guiñó el ojo, como diciendo: «Vea cuál es mi poder.» Estaba
poniéndose unos guantes marrón claro de piel de becerro.
—Tengo algo que enseñarle.
En una esquina de un edificio había un sargento de policía de pie junto a un
montón de sacos. Hester tuvo que obligar a sus piernas a caminar. «Te lo ruego, Señor,
que no sea ella.»
—Saque su libreta —dijo Wigram al sargento. Se recogió el abrigo y se puso en
cuclillas—. Estoy enseñándole a la testigo un abrigo de mujer, largo hasta el tobillo, al
parecer, de color gris, con ribetes de terciopelo negro. —Lo extrajo del saco y le dio la
vuelta—. Forro de raso gris. Muy manchado. De sangre, probablemente. Habrá que
comprobarlo. Etiqueta: «Hunters, Burlington Arcade.» ¿Y la testigo respondió...? —
Sostuvo el abrigo en alto sin darle la cara.
«¿Recuerdas que dije: "Es demasiado bonito para llevarlo cada día", y tú dijiste:
"Serás tonta, Hester, ésa es precisamente la única razón de ponérselo"?»
—¿Y la testigo respondió...?
Es de ella.
—Es de ella. ¿Anotado? Bien. Estupendo. Sigamos. Un zapato de mujer. Pie
izquierdo. Negro. Tacón alto. Partido. ¿Cree que pueda ser de ella?
—¿Cómo voy a saberlo? Un zapato...
—Más bien grande. Pongamos, talla treinta y ocho o treinta y nueve. ¿Qué talla
tenía ella?
Pausa.
—La treinta y ocho —susurró Hester por fin.
—Hemos encontrado el otro par fuera —dijo el inspector—. Al borde del agua.
—Y unas bragas. Blancas. De seda. Muy manchadas de sangre. —Las sostuvo con el
brazo estirado, entre el pulgar y el índice—. ¿Las reconoce, Miss Wallace? —Dejó caer
las bragas y hurgó en el fondo del saco—. Último artículo, un ladrillo. —Lo iluminó
con su linterna; algo brilló—. Manchas de sangre, también. Cabellos rubios pegados.

—Once edificios principales —dijo el inspector—, Ocho de los cuales con hornos de
cocer ladrillos, cuatro con chimeneas en pie. Un ramal corto con apartaderos, que
enlaza con la línea principal, y un ramal que parte de aquí, cruzando el solar.
Ahora estaban fuera, en el lugar donde habían hallado el segundo zapato, y el
mapa estaba desplegado sobre una herrumbrosa cisterna de agua. Hester se apartó,
vigilada en todo momento por Leveret, que permanecía con los brazos caídos a los
costados. Había más hombres cerca del borde del agua, horadando la noche con sus
linternas.
—Cerca del embarcadero había un cobertizo para los del club de pesca local.
Normalmente había tres botes de remos.
—¿ Normalmente ?
—Alguien abrió la puerta a patadas, señor. La temporada ha terminado. Por eso
nadie lo descubrió. Falta un bote.
—¿Desde...?
—Bien, el domingo vino a pescar carpas. Era el último día de la estación. Aquel día
no pasó nada, de modo que tuvo que ser a partir del domingo por la noche.
—Domingo. Y estamos a miércoles. —Wigram suspiró y sacudió la cabeza.
El inspector extendió las manos y dijo:
—Con todos mis respetos, señor, tengo a tres hombres en Bletchley. Bedford nos ha
prestado seis, Buckingham, nueve. Estamos a tres kilómetros del centro de la ciudad.
Señor...
Wigram no parecía haberle oído:
—¿Qué tamaño tiene el lago? —preguntó.
—Unos cuatrocientos metros de diámetro.
—¿Profundo?
—Sí, señor.
—Quiero decir que qué profundidad tiene.
—Siete u ocho metros en los bordes. Bajando, hasta dieciocho o veinte. Es una vieja
explotación. Bletchley se construyó con lo que sacaban de aquí.
—No me diga. —Wigram dirigió su linterna hacia el lago—. Supongo que tiene
sentido. Hacer un agujero a partir de otro agujero. —La niebla empezaba a
arremolinarse como el vapor de una caldera. Wigram hizo girar la linterna y volvió a
enfocar el edificio—. ¿Qué pasó aquí, entonces? —dijo en voz baja—. Nuestro hombre
la trae el domingo para echar un polvo. La mata, seguramente con ese ladrillo. La
arrastra hasta aquí... —El haz de luz siguió el sendero desde los hornos hasta el
agua—. Ha de ser fuerte, porque la chica era alta. ¿Qué más? Consigue un bote. Quizá
mete el cuerpo en un saco. Lo llena de ladrillos. Eso es evidente. Rema hacia el centro.
Arroja el saco. Un chapoteo en la oscuridad, como en las películas... Probablemente
quería volver por la ropa, pero algo se lo impidió. Tal vez la siguiente pareja de
tórtolos había llegado ya. —Volvió a dirigir el haz hacia la niebla—. Veinte metros de
profundidad. ¡Cono! Habrá que alquilar un submarino para encontrarla.
—¿Puedo irme ya? —preguntó Hester. Hasta ese momento había permanecido
callada, pero ahora estaba llorando y respiraba a grandes bocanadas.
Wigram le iluminó la cara.
—No —dijo tristemente—. Me temo que no es posible.

Jericho estaba corrigiendo las conexiones con toda la rapidez que le permitían sus
dedos entumecidos.
Ajustes de Enigma para la clave Buitre del ejército alemán, 6 de febrero de 1943:

I V III DMR EY JL AK. NV FZ CT HP MX BQ GS


Los cuatro criptogramas finales eran un desastre, puro caos dentro del caos. Ya
había desperdiciado demasiado tiempo con ellos. Empezaría de nuevo, esta vez por la
primera señal. E para Y, J para L. ¿Y si no funcionaba? Mejor no pensar en eso. A para
K, N para V... Levantó la tapa, abrió el husillo, sacó los rotores. Encima de él, la gran
mansión estaba en silencio. Jericho se hallaba demasiado abajo para oír pasos. Se pre-
guntó qué estarían haciendo allá arriba. ¿Buscando? Quizá. Y si despertaban a Logie
no les llevaría mucho tiempo encontrarlo. Puso los rotores en su sitio —primero,
quinto, tercero— y los conectó en DMR.
Casi al instante empezó a sentir que la cosa funcionaba. Primero C y X, que eran
nulos, y luego A, N, O, K, H.
An OKH...
Para OKH. Oberkommando des Heeres. Alto Mando del Ejército.
Milagro.
Su dedo aporreó la tecla. Las luces parpadearon.
An OKH/BEFEHL. Para la oficina del comandante en jefe.
Dringend.
Urgente.
Melde Auffindung zahlreicher menschlicber Überreste zwólfKm westlich Smolensk...
Descubiertos ayer restos humanos a doce kilómetros al oeste de Smolensko...
Hester estaba con Wigram en el coche mientras Leveret montaba
guardia fuera.
Jericho. Estaba preguntándole por Jericho. ¿Dónde estaba? ¿Qué estaba haciendo?
¿Cuándo lo vio por última vez?
—Salió de la cabaña. No está en su alojamiento. No está en la casa. Me pregunto
adonde diablos más se puede ir en esta porquería de ciudad.
Ella no dijo nada.
Él descansó el puño sobre el asiento e intentó gritar, pero al advertir que eso no
funcionaba le entregó su pañuelo y cambió de táctica. El aroma a agua de colonia en la
seda y el recuerdo de los cabellos rubios en aquel ladrillo hicieron que Hester sintiese
ganas de vomitar, y Wigram tuvo que bajar la ventanilla de su lado y pedirle a Leveret
que le abriese la puerta.
—Han encontrado el bote, señor —dijo Leveret—. Hay sangre en el fondo.

Poco antes de las tres, Jericho consiguió descifrar el primer mensaje:

PARA LA OFICINA DEL COMANDANTE EN JEFE. URGENTE. HALLADOS


INDICIOS DE RESTOS HUMANOS DOCE KILÓMETROS AL OESTE DE
SMOLENSKO. SE CREE QUE PUEDA HABER MILLARES. ¿CÓMO HE DE
PROCEDER? LACHMAN, OBERST, POLICÍA DE CAMPO.

Jericho contempló aquel prodigio. «Exacto, Herr Oberst, ¿cómo ha de proceder? Me


muero por saberlo.»
Una vez más, empezó el tedioso procedimiento de conectar y reinstalar los rotores
de la máquina Enigma. La siguiente señal había sido enviada desde Smolensky tres
días después, el 9 de febrero. A, N, O, K, H, B, E, F, E, H, L... La exquisita formalidad
de las fuerzas armadas alemanas desvelada ante sus ojos. Y luego un nulo, y después
G, E, S, T, E, R, N, U, N, D, H, E, U, T, E.
Gestern und heute. Ayer y hoy.
Y así sucesivamente, letra a letra, irremisiblemente —teclear, clone, luz, anotar—
parando de vez en cuando para frotarse los dedos y enderezar la espalda, todo ello
empeorado por la lentitud exasperante con que tenía que leerlo. Algunas palabras se
le hacían muy difíciles. ¿Qué significaba mumifiziert?¿Momificado, tal vez? ¿Y
Sagemehlgeknebelt? ¿Amordazado con serrín?

EXCAVACIÓN PRELIMINAR LLEVADA A CABO AYER Y HOY EN BOSQUE AL


NORTE DEL CASTILLO DE DNIÉPER. EXTENSIÓN APROXIMADA DOSCIENTOS
METROS CUADRADOS. CAPA SUPERFICIAL DE SUELO HASTA UNA
PROFUNDIDAD DE UNO COMA CINCO METROS CON PLANTACIÓN DE PINO
JOVEN. CINCO CAPAS DE CADÁVERES. POR ARRIBA MOMIFICADOS POR
ABAJO LÍQUIDOS. VEINTE CUERPOS RECUPERADOS. MUERTE POR TIRO EN
LA CABEZA. MANOS ATADAS CON ALAMBRE. BOCAS AMORDAZADAS CON
TELA Y SERRÍN. UNIFORMES MILITARES. BOTAS ALTAS Y MEDALLAS
INDICATIVAS DE QUE VÍCTIMAS SON OFICIALES POLACOS. HIELO Y
NEVADAS NOS OBLIGAN A SUSPENDER OPERACIONES HASTA EL DESHIELO.
SEGUIRÉ CON MIS INVESTIGACIONES. LACHMAN, OBERST, POLICÍA DE
CAMPO.

Jericho dio una vuelta por su pequeña celda, batiendo los brazos y pateando el
suelo. Le parecía estar poseído por fantasmas, espectros que sonreían con bocas
desdentadas que explotaban en la parte posterior de sus cabezas. También él caminaba
por el bosque. El frío le rajaba la piel. Y cuando se detenía a escuchar oía un ruido de
árboles arrancados de raíz, palas y picos chocando contra la tierra helada.
¿Oficiales polacos?
¿Puck?
La tercera señal, después de un lapso de once días, había sido transmitida el 20 de
febrero. Nach Eintreten Tauwetter Exhumierungen im Wald bei Katyn fortgesetzt...

TRAS EL DESHIELO SE REANUDAN LAS EXCAVACIONES EN EL BOSQUE


KATYN OCHO CERO CERO AYER. CINCUENTA Y DOS CADÁVERES
EXAMINADOS. RECUPERADAS MUCHAS CARTAS PERSONALES, MEDALLAS,
MONEDA POLACA. TAMBIÉN CARTUCHOS DE BALA SIETE COMA SEIS CINCO
MILÍMETROS CON EL SELLO GECO D. INTERROGATORIOS A LA POBLACIÓN
LOCAL ESTABLECEN PRIMERO LAS EJECUCIONES SON DIRIGIDAS POR EL
NKVD DURANTE LA OCUPACIÓN SOVIÉTICA MARZO Y ABRIL MIL NO-
VECIENTOS CUARENTA. SEGUNDO. VÍCTIMAS SE CREE FUERON LLEVADAS
DESDE EL CAMPO DE KOZIELSK. EN TREN HASTA LA ESTACIÓN DE
GNIEZDOVO LLEVADAS AL BOSQUE DE NOCHE EN GRUPOS SE OYERON
CIEN DISPAROS. TERCERO. CIFRA TOTAL DE VÍCTIMAS ESTIMADA EN DIEZ
MIL REPITO DIEZ MIL. SE REQUIERE AYUDA URGENTE SI LAS EXCAVACIONES
DEBEN PROSEGUIR.
Jericho permaneció inmóvil durante quince minutos, contemplando la máquina e
intentando asimilar la magnitud de las implicaciones. Se dijo que era peligroso estar al
corriente de aquel secreto, pues era lo bastante grande como para comerse entera a
una persona. ¿Diez mil polacos —los gallardos aliados de Gran Bretaña
supervivientes de un ejército que había atacado a las divisiones Panzer a lomos de
caballos y blandiendo espadas— atados, amordazados y muertos por los otros
gallardos y más recientes aliados, los heroicos soviéticos ? No era de extrañar que
alguien hubiera limpiado el archivo.
Se le ocurrió una idea, y volvió al primer criptograma.

HYCYKWPIOROKDZENAJEWICZJPTAKJHRUTBPYSJMOTYLPCIE

Si uno los ordenaba así no tenía ningún sentido, pero si lo hacía de esta manera:
HYCYK, W., PIORO, K., DZENAJEWICZ, J., PTAK, J., HRUT, B., PYS, J., MOTYL, P... el
orden emergía del caos.
Nombres.
Con eso tenía suficiente. Pudo haber parado. Pero siguió adelante, pues no era de
los que dejan un misterio o una comprobación matemática a medio resolver. Había
que explicar el camino que llevaba a la respuesta, aun cuando uno hubiera adivinado
el destino mucho antes de que el viaje terminara.
Ajustes de Enigma para la clave Buitre del ejército alemán, 2 de marzo de 1943:

III IV II LUK JP DY QS HL AE NW CU IK FX BR

An Ostubaf Dorfmann. Ostubaf por Obersturm-bannführer. Una graduación de la


Gestapo.

PARA EL OBERSTURMBANNFÜHRER DORFMANN RHSA POR ORDEN DEL


COMANDANTE EN JEFE IDENTIFICADOS NOMBRES DE OFICIALES POLACOS
EN BOSQUE KATYN COMO SIGUE.

No se molestó en anotarlos. Sabía qué estaba buscando y lo encontró una hora


después, sepultado bajo otro montón de nombres. No fue enviado a la Gestapo el día 2
sino el 3:
PUKOWSKT, T.

Poco después de las cinco de la mañana, Tom Jericho emergió cual topo de su
agujero subterráneo y permaneció en el pasadizo de la mansión, escuchando. Había
devuelto la máquina Enigma a su estante, cerrado la caja fuerte y echado la llave a la
puerta del Museo Negro. Los criptogramas y los ajustes estaban en su bolsillo. Oyó
voces y pasos que se acercaban y se arrimó a la pared, pero quienesquiera que fuesen
no pasaron por donde él estaba. La escalera de madera crujió cuando se perdieron de
vista hacia las oficinas instaladas en los dormitorios de arriba.
Se movió con cautela, pegado a la pared. Si a medianoche Wigram había ido a
buscarlo a la cabaña, ¿qué habría hecho al ver que no estaba? Habría ido a Albion
Street. Y al comprobar que Jericho no se había presentado allí, probablemente habría
organizado un buen pelotón de rescate. Y por el momento a Jericho no le interesaba
que lo encontrasen. Había demasiadas preguntas que hacer y sólo un hombre tenía las
respuestas.
Abandonó su escondite y abrió la puerta de doble batiente que daba al vestíbulo.
«Fuiste su amante, ¿verdad Puck? El siguiente después de mí en la puerta giratoria
de los hombres de Claire Romilly. Y de alguna forma —pero ¿cómo?— supiste que en
aquel espeluznante bosque pasaba algo terrible. ¿No fue por eso que fuiste a buscarla?
¿Porque ella tenía acceso a una información que te estaba vedada? Y ella debió de
acceder a ayudarte, debió de empezar a copiar para ti todo lo que le pareció de interés
("Últimamente la he visto más atenta...")- Y luego vino el día de pesadilla en que
comprendiste que —¿quién?, ¿tu padre?, ¿tu hermano?— estaba enterrado en aquel
sitio horrendo. Y al día siguiente, lo único que ella pudo conseguir fueron esos
criptogramas, porque los británicos —los británicos: fieles aliados vuestros, leales
protectores a quienes Polonia había confiado el secreto de Enigma— habían decidido,
sencillamente, que no querían saber nada más.
»Puck, Puck, ¿qué has hecho?
»¿Qué has hecho con ella?»
En el vestíbulo de entrada había un centinela, un par de criptoanalistas hablando
quedamente en un banco, una mujer de la fuerza aérea auxiliar con un montón de
archivadores pugnando por encontrar el pomo de la puerta con el codo. Jericho fue a
abrírsela y ella le brindó una sonrisa y puso los ojos en blanco como diciendo: «Vaya
sitio para coincidir a las cinco de una mañana de primavera.» Jericho sonrió a su vez y
asintió solidariamente con la cabeza: «Y que lo diga, vaya sitio...»
La joven fue en una dirección y él en la contraria, hacia el lucero del alba y la verja
principal. El cielo estaba negro, la cabina de teléfonos era casi invisible entre las
sombras de la arboleda. Estaba vacía. Pasó de largo y se adentró en la espesura. Sir
Herbert Leo, último propietario Victoriano del Park, había sido un consumado
arboricultor, como demostraban las trescientas especies distintas que había plantado.
Cuarenta años replantando semillas, seguidos de cuatro años sin podar, habían
convertido la arboleda en un laberinto de cámaras secretas, y fue ahí donde Jericho se
acuclilló en la tierra seca esperando a Hester Wallace.
A las cinco y cuarto comprendió que no se presentaría, lo cual le sugirió que tal vez
la hubiesen detenido. En cuyo caso, ahora debían de estar buscándolo a él.
Tenía que salir del Park y no podía hacerlo por la entrada principal.
A las cinco y veinte, habituada ya su vista a la oscuridad, empezó a avanzar por la
arboleda rumbo al norte, de vuelta a la mansión, con su fajo de secretos pesándole en
el bolsillo. Notaba aún los efectos de la benzedrina —ligereza de músculos, agudeza
mental especialmente frente al peligro— y ofreció una oración de gracias a Logie por
haberle hecho tomar el comprimido; de lo contrario en ese momento estaría medio
muerto.
«Puck, Puck, ¿qué has hecho?
»¿Qué has hecho con ella?»
Salió de detrás de dos sicómoros y avanzó por el césped contiguo a la mansión.
Delante de él se alzaba el perfil bajo y alargado de la vieja Cabaña 4, con la mole de la
casa detrás. Se desvió y rodeó la casa por la parte trasera hasta llegar al patio, más allá
de unos cubos de basura. Allí estaban las cuadras donde él había empezado a trabajar
en 1939, y detrás la casa de campo donde Dilly Knox había curioseado por primera
vez los misterios de Enigma. Formadas un semicírculo sobre el adoquinado,
distinguió los relucientes cilindros y tubos de escape de media docena de moto-
cicletas. Se abrió una puerta y el breve fulgor le permitió ver a un correo que, con su
traje, sus guantes y su casco, parecía un caballero medieval. Jericho pegó la espalda a
la pared de ladrillo mientras el motorista graduaba su asiento de atrás, arrancaba con
el pedal y daba gas. La luz roja de la moto fue menguando hasta desaparecer por la
verja posterior.
Jericho estudió la posibilidad de huir utilizando la misma salida, pero la lógica le
dijo que si la verja principal podía estar vigilada, aquélla debía de estarlo también.
Dejó atrás la casa, las pistas de tenis y por último la cabaña de las bombas, que vibraba
en la oscuridad como un cuarto de máquinas.
Una tímida mancha azul había empezado a filtrarse por el borde del cielo. La noche
—su amiga y aliada, su único amparo— se disponía a abandonarlo. Al frente, empezó
a distinguir los contornos de un solar en construcción. Pirámides de arena y tierra.
Rectángulos bajos de ladrillos y fragante madera.
Jericho nunca se había fijado demasiado en la valla exterior de Bletchley Park, que,
tras breve inspección, resultó ser una formidable cerca de estacas de hierro de dos
metros de altura, rematadas en tres puntas e inclinadas hacia fuera para disuadir a
cualquier intruso. Fue mientras estaba pasando la mano entre los barrotes de hierro
galvanizado cuando oyó un movimiento entre la maleza que crecía al otro lado, a su
izquierda. Dio varios pasos atrás y se refugió detrás de unas vigas de acero. Un
momento después pasó un centinela cuyo estado de alerta no parecía sobresaliente, a
juzgar por su encorvada silueta y lo perezoso de sus pasos.
Jericho se agachó aún más, escuchando cómo se desvanecían los pasos. El
perímetro debía de medir un kilómetro y medio aproximadamente. Unos quince
minutos para que un centinela diese una vuelta completa. Pongamos, dos centinelas
patrullando. Quizá tres.
Si eran tres, disponía de cinco minutos.
Echó un vistazo alrededor buscando ayuda.
Un barril de doscientos galones resultó demasiado pesado para levantarlo, pero
había tablones y unos tramos cortos de gruesa tubería de alcantarillado, cosas ambas
que sí pudo arrastrar hasta la estacada. Volvía a sudar. No sabía qué estaban
construyendo allí, pero seguro que era enorme... y a prueba de bombas. En la
penumbra las excavaciones le parecieron insondables.
«CINCO CAPAS DE CADÁVERES. POR ARRIBA MOMIFICADOS...»
Dispuso las tuberías perpendiculares al suelo a una distancia de un metro y medio.
Encima colocó un madero. Luego arrimó otro par de tramos de tubería a los primeros,
cogió otro tablón y se subió con éste apoyado en el hombro. Lo bajó con mucho
cuidado, formando una plataforma de dos escalones; prácticamente era la primera
cosa manual que hacía desde que era un muchacho. Trepó a la tambaleante estructura
y se agarró a los arpones. Sus pies buscaron un punto de apoyo en la cerca, pero ésta
estaba pensada para que no entrase gente, no para que no saliera. Estimulado por la
química y la desesperación, Jericho consiguió por fin subirse a horcajadas, girar y
deslizarse por el otro lado. Saltó el último metro y permaneció acuclillado en la hierba
alta, recobrando el resuello y aguzando el oído.
Su acto final fue meter el pie entre los barrotes y dar una patada a los tablones.
No esperó a ver si había llamado la atención con el ruido. Cruzó el campo, primero
andando, luego al trote y finalmente corriendo, resbalando y patinando por la hierba
cubierta de rocío. A su derecha había un gran campamento militar, oculto tras una
hilera de árboles que apenas empezaba a materializarse. Advirtió que el alba
iluminaba sus hombros, que el día clareaba minuto a minuto. Sólo miró hacia atrás al
llegar a la carretera, y ésa fue su última visión de Bletchley Park: una delgada hilera de
negros edificios bajos —meros puntos y rayas en el horizonte— y sobre éstos, en el
cielo de oriente, un inmenso arco de fría luz azul.
Había estado una vez en el alojamiento de Puck, un sábado por la tarde hacía casi
un año, para jugar una partida de ajedrez. Recordaba vagamente una casera entrada
en años que idolatraba a Puck, sirviéndoles té en una habitación atestada mientras en
el piso de arriba su esposo inválido resollaba, tosía y basqueaba. Recordaba la partida
bastante bien, pues había sido muy curiosa; Jericho muy fuerte en la apertura, Puck en
la mitad, y luego Jericho de nuevo al final. Acordaron tablas.
Alma Terrace, eso era. Alma Terrace. Número nueve.
Caminó a grandes zancadas, corriendo casi, siempre por el borde del camino,
descendiendo por la colina en dirección a la ciudad dormida. Al pasar por delante del
pub le llegó un olor jabonoso a cerveza de última hora. La iglesia metodista que había
un poco más abajo estaba a oscuras y cerrada, con su ampollado rótulo intacto desde
el estallido de la guerra: «Convertíos: porque el reino de los cielos está cerca.» Pasó
por debajo del puente del ferrocarril. Al otro lado de la carretera Albion Street, y un
poco más lejos el Club de Trabajadores de Bletchley («La Sociedad Cooperativa
Presenta una Charla a Cargo del Concejal A.E. Braithwaite: Lecciones que podemos
aprender de la economía soviética»). Unos veinte metros más adelante dobló a la
izquierda por Alma Terrace.
Era una calle como tantas otras: una doble hilera de casitas de ladrillo rojo
paralelas a la vía del tren. El número nueve era una reproducción exacta de todas las
demás: dos pequeñas ventanas en el piso de arriba y una en la planta baja, las tres
amortajadas con las cortinas de defensa antiaérea, un diminuto patio delantero con su
cubo de la basura, y una puerta de madera que daba a la calle. La puerta estaba rota,
la madera astillada y gris, lisa como madera de playa, y Jericho tuvo que alzarla para
que se abriera. La puerta principal estaba cerrada con llave. Llamó con el puño.
Una tos fuerte, fuerte y pronta como un perro de guarda. Dio un paso atrás y al
cabo de un par de segundos una de las cortinas de arriba se abrió ligeramente. Jericho
gritó:
—Puck, tengo que hablar contigo.
Cascos de caballo. Miró calle arriba y vio que un carro de carbón doblaba en Alma
Terrace. Pasó de largo, despacio, y el carretero le dedicó una larga mirada, luego
chasqueó las riendas y el caballo reaccionó avivando el paso. Detrás de él Jericho oyó
que alguien desatrancaba la puerta, que a continuación se abrió unos centímetros. Una
anciana asomó la cabeza.
—Usted perdone —dijo Jericho—, es una emergencia. Necesito hablar con Mr.
Pukowski.
La anciana dudó, pero lo dejó pasar. Medía menos de un metro y medio de
estatura, y parecía una especie de fantasma embutida en una bata azul cielo acolchada
que sujetaba sobre su camisa de dormir. Le habló con la mano delante de la boca y
Jericho advirtió que tenía vergüenza porque no llevaba puesta la dentadura postiza.
—Está en su cuarto.
—¿Puede indicarme el camino?
La mujer fue hacia el pasillo y él la siguió. Las toses del piso de arriba habían
arreciado. El techo parecía temblar, la mugrienta pantalla se bamboleaba.
—¿Mr. Puck? —La mujer llamó a la puerta—. ¿Mr. Puck? —Se volvió hacia Jericho
y dijo—: Debe de estar durmiendo. Lo oí llegar tarde.
—Permítame. ¿Puedo?
La habitación estaba vacía. Jericho la cruzó de tres zancadas y descorrió las
cortinas. Una luz gris iluminó el reino del exilio: una cama individual, un lavamanos,
una silla de madera, un espejito de vidrio grueso y rosado con pájaros grabados en él
y colgado sobre la repisa de la chimenea mediante una cadena metálica. Se notaba que
alguien había estado tumbado, más que durmiendo, en la cama, al lado de cuya
cabecera había un platillo repleto de colillas.
Jericho volvió a la ventana. El inevitable huerto en miniatura y el refugio. Una
pared.
—¿Qué hay allí?
—Pero si había echado el cerrojo...
—¿Qué hay allí, al otro lado de la pared?
Con la mano delante de la boca, la mujer parecía estar horrorizada.
—La estación —respondió.
Probó a abrir la ventana. Estaba atascada.
—¿Hay alguna puerta trasera?
La anciana lo llevó por una cocina que no debía de haber cambiado mucho desde la
era victoriana. Un exprimidor. Una bomba de mano para echar agua en el fregadero...
La puerta trasera estaba abierta.
—Mr. Puck está bien, ¿verdad? —La anciana había dejado de preocuparse por su
boca, que ahora le temblaba, y la piel de alrededor se veía fruncida, hundida,
marronácea.
—Por supuesto. Vuelva con su marido.
Comenzó a seguir el rastro de Puck. Las huellas —grandes— cruzaban el pequeño
huerto. Contra la pared había un arcón. Jericho se subió a él, y aunque se hundió un
poco le sirvió para salvar la pared de ladrillo. Estuvo a punto de caer de cabeza al
camino de cemento que había al otro lado, pero en el último instante logró apoyar los
pies.
A sus oídos llegó el silbido de un tren lejano.

Hacía quince años que no corría de esa manera, desde que siendo chico le gritaron
en una carrera de obstáculos de cinco mil metros. Pero ahí estaban otra vez los
conocidos instrumentos de tortura: la cuchillada en el costado, el ácido en los
pulmones, el sabor a orín en la boca.
Entró disparado por la puerta trasera de la estación de Bletchley y dobló la esquina
hacia el andén entre una nube de pichones plomizos que alzaron pesadamente el
vuelo para posarse otra vez. Sus pasos resonaban en la pasarela de hierro. Subió por
los peldaños de dos en dos y pasó corriendo por el pórtico. Una fuente de humo
blanco explotó a su izquierda, a su derecha, filtrándose por el entablado cuando la
locomotora pasó lentamente debajo de él.
Era temprano y había poca gente esperando el tren. Jericho había bajado media
escalera hacia el andén del norte cuando a unos cincuenta metros vio a Puck, de pie
junto a la vía con una maleta pequeña en la mano y volviendo la cabeza al ritmo de los
vagones que pasaban lentamente. Jericho se detuvo y se agarró a la barandilla,
inclinado y tragando aire desesperadamente. Se dio cuenta de que los efectos de la
bencedrina empezaban a desaparecer. Cuando por fin el tren se detuvo con una
sacudida, Puck miró alrededor, caminó hacia el frente, abrió una puerta y desapareció.
Sin dejar de sostenerse en la barandilla, Jericho bajó el último tramo de escalera y
entró a trompicones en un compartimiento vacío.
Debió de perder el conocimiento durante varios minutos, pues no oyó cerrarse la
puerta ni sonar el silbato. Lo primero que notó fue un movimiento de balanceo. La
banqueta estaba caliente y en la mejilla, que tenía apoyada en ella, sintió el ritmo
monótono y tranquilizador de las ruedas. Abrió los ojos. Retazos de nube azulina con
bordes rosados cruzaban lentamente un cuadrado de cielo blanco. Todo era muy bo-
nito, como un cuarto de niños, y habría vuelto a dormirse de no haber sido porque
recordaba vagamente algo misterioso y amenazador que supuestamente debía darle
miedo, y entonces se acordó.
Se enderezó, sacudió la dolorida cabeza y luego bajó la ventanilla y se asomó al
viento frío. No había señales de población alguna. Sólo la campiña, llana y cercada por
setos, con intervalos de graneros y estanques que rielaban a la luz de la mañana. La vía
describía una curva amplia y Jericho pudo ver la locomotora con su largo penacho de
humo sobre el muro de negros vagones. Iban hacia el norte por la línea de la costa
occidental, lo que significaba —trató de recordar— Northampton primero, luego
Coventry, Birmingham, Manchester (seguramente), Liverpool...
¿Liverpool?
Liverpool. Y el ferry para cruzar el mar de Irlanda.
Estaba desconcertado por lo irreal de todo aquello, y al mismo tiempo por su
simplicidad, su obviedad absoluta. Había un timbre de alarma encima de los asientos
de delante («Multa de veinte libras por uso indebido») y su primer impulso fue
pulsarlo. Pero ¿y después? «Piensa.» Se quedaría allí, sin afeitar, sin billete, con ojos de
drogado, intentando convencer a un guardia escéptico de que había un traidor a
bordo, mientras Puck... ¿qué haría Puck? Saltar del tren y desaparecer. Jericho
comprendió de pronto lo ridículo de su propia situación. Ni siquiera tenía dinero
suficiente para pagar un billete. Lo único que llevaba encima era un fajo de
criptogramas.
«Líbrate de ellos.»
Sacó los criptogramas del bolsillo y los rompió en pedazos. Luego asomó otra vez
la cabeza por la ventanilla y los arrojó fuera. El viento los arrastró enseguida,
lanzándolos hacia lo alto. Un momento después habían desaparecido. Jericho estiró el
cuello por la ventanilla del otro lado e intentó adivinar en qué lugar del tren se
encontraría Puck. La fuerza del viento lo ahogó. ¿Tres vagones? ¿Cuatro, quizá? Metió
la cabeza y cerró la ventanilla, luego cruzó el compartimiento y abrió la puerta que
daba al pasillo.
Se asomó con cautela.
Era un tren corriente, de antes de la guerra, oscuro y sucio. El pasillo, apenas
iluminado por débiles bombillas azules, tenía el color de un frasco de veneno. Cuatro
compartimientos a un lado. Una puerta enlazaba ambos extremos con los vagones
adyacentes.
Jericho avanzó hacia la cabeza del tren, mirando en cada compartimiento al pasar.
Aquí un par de marinos jugando a las cartas, allí dos jóvenes dormidos uno en brazos
del otro, y allí una familia —la madre, un niño y una niña— compartiendo bocadillos
y un termo de té. La madre estaba amamantando al niño, y cuando advirtió que
Jericho miraba, apartó la vista, avergonzada.
Jericho abrió la puerta que daba al siguiente vagón y entró en tierra de nadie. El
suelo se movió bajo sus pies como una pasarela de feria. Trastabilló y se golpeó la
rodilla. Por una brecha de unos diez centímetros vio los enganches y, debajo de éstos,
la tierra en rápido movimiento. Entró en el siguiente vagón a tiempo de descubrir la
cara grande y avinagrada del revisor saliendo de un compartimiento. Jericho se coló
rápidamente en el excusado y cerró por dentro. Por un instante pensó que había allí
un vagabundo, pero entonces se dio cuenta de que no era otro que él —la cara amari-
llenta, los ojos febriles y empequeñecidos, el cabello revuelto, la barba de dos días—;
estaba mirando su propio reflejo. Una estela de papel sucio y empapado se escurrió de
la taza del váter y se le arrolló a los pies como una venda floja.
—Billete, por favor. —El revisor aporreó la puerta—. Pase el billete por debajo, por
favor.
—Lo tengo en mi compartimiento.
—¿Ah, sí? —El pomo traqueteó—. Será mejor que salga y me lo enseñe.
—Es que no me encuentro bien —dijo, y era cierto—. Lo he dejado allí para que lo
viera. —Apretó la frente abrasada contra el espejo—. Déme cinco minutos, por favor.
—Volveré —gruñó el revisor.
Jericho oyó las ruedas del vagón al abrirse la puerta de enlace, y luego que ésta se
cerraba de golpe. Esperó unos segundos antes de descorrer el pestillo.
No había señales de Puck en aquel vagón ni en el siguiente, y para cuando hubo
saltado las planchas de hierro giratorias para entrar en el tercero notó que el tren
aminoraba la marcha. Echó a andar por el pasillo.
Dos compartimientos llenos de soldados, seis en cada uno, con aspecto taciturno y
los fusiles amontonados a sus pies.
Luego un compartimiento vacío.
Y luego Puck.
Iba sentado de espaldas a la máquina, inclinado; el viejo Puck de toda la vida,
apuesto, nervioso, con los codos apoyados en las rodillas y enfrascado en una
conversación con alguien que Jericho no podía ver.
Era Claire, pensó. Tenía que ser Claire. Sería Claire. Puck se la llevaba con él.
Se puso de espaldas y empezó a moverse discretamente como los cangrejos,
fingiendo mirar a través de la sucia ventanilla. Sus ojos registraron una ciudad —
monte bajo, vagones de mercancías, almacenes—, luego un andén anónimo con un
reloj parado a las doce menos diez, y unos carteles descoloridos con estupendas chicas
tetudas que anunciaban anticuadas vacaciones en Bournemouth y Clacton-on-Sea.
El tren avanzó lentamente unos cuantos metros más y se detuvo en seco frente a la
cafetería de la estación.
—¡Northampton! —anunció una voz de hombre—. ¡Estación de Northampton!
Y si era Claire, ¿cómo iba a reaccionar él?
Pero no era. Miró y vio a un hombre, un hombre joven, aseado, moreno, bronceado,
de nariz aguileña, extranjero hasta la médula. Sólo tuvo un vislumbre de él, porque el
joven se había puesto de pie después de dar a Puck un fuerte apretón de mano. El
joven sonrió (tenía los dientes muy blancos), asintió con la cabeza —el final de alguna
transacción— y luego bajó del compartimiento y se alejó rápidamente por el andén,
abriéndose paso a empujones entre la muchedumbre. Puck lo miró por un instante y
luego cerró la puerta y volvió a hundirse en su asiento, fuera del alcance de la vista.
Sus planes de huida —fueran cuales fueren— no parecían incluir a Claire Romilly.
Jericho apartó la vista.
Y de pronto comprendió lo que debía de haber pasado. El sábado por la noche
Puck había ido en bicicleta a la casa con la intención de recuperar los criptogramas... y
había descubierto que Jericho estaba allí. Regresó más tarde y advirtió que los
criptogramas habían desaparecido. Como era lógico, supuso que los tenía Jericho y
que éste haría lo mismo que cualquier leal servidor de la nación: ir corriendo a las
autoridades y entregar a Claire.
Volvió a mirar hacia el compartimiento. Puck debía de haber encendido un
cigarrillo, pues se estaba formando una nubecilla de humo de un azul acerado.
«Pero no podías permitirlo, ¿verdad?, porque ella era el único vínculo entre tú y los
papeles robados. Y necesitabas tiempo para planear esta huida con tu amigo
extranjero.
»Entonces ¿qué has hecho con ella?»
Un silbido. Un frenético chorro de vapor. El andén vibró y empezó a deslizarse.
Jericho apenas se dio cuenta, ajeno a todo salvo al ineludible resultado de sus
conjeturas.
Lo que pasó después sucedió muy rápido, y si nunca llegó a haber una única
explicación coherente de los hechos, ello se debió a una suma de factores: la amnesia
ocasionada por la violencia, la muerte de dos de los implicados, la burocrática cortina
de humo del Acta de Secretos Oficiales.
Pero la cosa fue más o menos como sigue.
Unos tres kilómetros al norte de Northampton, cerca ya del pueblo de Kingsthorpe,
una serie de puntos enlazaba la línea principal de la costa con el ramal que iba a
Rugby. Con cinco minutos de antelación, el tren fue desviado de su recorrido previsto
en dirección al oeste siguiendo el ramal, y poco después una señal de alarma advertía
al maquinista de una obstrucción en las vías.
De modo que cuando Jericho abrió la puerta del compartimiento de Puck, el tren
estaba aminorando la marcha aunque él no lo notara. La puerta cedió a la primera
presión del dedo. Las nubecillas de humo se rizaron y parecieron entrar en erupción.
Puck estaba apagando el cigarrillo (en el cenicero se encontraron después cinco
colillas) y bajando la ventanilla, presumiblemente porque había advertido la pérdida
de velocidad y, receloso, quería saber qué estaba pasando. Puck oyó abrirse la puerta
del compartimiento y se volvió, y de pronto su cara se convirtió en una calavera.
Tenía la piel encogida, estirada, como una máscara. Ya era un hombre muerto, y lo
sabía. Sólo sus ojos seguían vivos y brillantes bajo su frente despejada. Pestañeó y
dirigió la vista de Jericho al pasillo, de éste a la ventanilla y de nuevo a Jericho. Era
obvio que en su interior tenía una dura pugna, un insensato y desesperado intento de
computar posibilidades, ángulos y trayectorias.
—¿Qué le has hecho a ella? —preguntó entonces Jericho.
Puck tenía en la mano la Smith and Wesson robada, a la que le había quitado el
seguro. Lo apuntó con ella. Sus ojos repitieron los mismos pasos: Jericho, pasillo,
ventanilla, Jericho y, finalmente, ventanilla. Puck echó la cabeza hacia atrás y, sin dejar
de apuntar con el brazo extendido, trató de mirar hacia la vía.
—¿Por qué nos detenemos?
—¿Qué le has hecho a ella?
Puck le indicó con la pistola que se apartase, pero a Jericho ya no le importaba
nada. Dio un paso al frente.
Puck empezó a decir algo como «No me obligues, por favor», y luego... la farsa,
mientras se abría la puerta del compartimiento y entraba el revisor para pedirle el
billete a Jericho.
Por espacio de varios segundos permanecieron los tres allí —el curioso trío
formado por el revisor, con su cara grande y suave arrugada en una mueca de sor-
presa, el traidor blandiendo su pistola, y el criptoanalista entre ambos— y entonces
ocurrieron varias cosas más o menos a la vez. El revisor dijo «Déme eso» y avanzó
hacia Puck. La pistola se disparó. El ruido fue como un golpe. El revisor dejó escapar
algo que sonó como «Uf», con tono de perplejidad, y se miró el abdomen como si
tuviera un corte de digestión. Las ruedas del tren chirriaron al frenar y al instante
todos estuvieron en el suelo.
Es probable que Jericho fuese el primero en salir de allí. El recordaba haber
ayudado a Puck a levantarse después de sacarlo de debajo del revisor, que hacía un
ruido escalofriante y chorreaba sangre por la boca y la nariz, por la guerrera e incluso
por los bajos de los pantalones.
Jericho se arrodilló a su lado y dijo, no sin fatuidad, pues nunca antes había visto a
un herido:
—Necesita un médico.
En el pasillo había un gran alboroto. Al volverse vio que Puck había abierto la
puerta exterior y lo apuntaba con la pistola. Se apretaba la muñeca de la mano con que
sostenía el arma y gemía como si se la hubiera torcido. Jericho esperó el impacto de la
bala con los ojos cerrados, y Puck dijo —y de eso sí estaba seguro Jericho, pues
pronunció las palabras con absoluta deliberación, en su inglés perfecto—: Yo la maté,
Thomas. Lo siento muchísimo.
Luego se desplomó.
Eran poco más de las siete y cuarto —7.17, según el informe oficial— y el día
prometía ser bueno. Jericho permaneció en el umbral del vagón y le llegó el canto de
unos mirlos desde el bosquecillo cercano y el de una alondra que sobrevolaba el
campo. Por todo el tren se oían puertas que se abrían al sol y gente que descendía. La
locomotora chorreaba vapor, y un poco más allá un grupo de soldados por el
terraplén encabezado —como Jericho vio con gran sorpresa— por Wigram en persona.
A la derecha más soldados comenzaron a descender del tren. Puck estaba a menos de
veinte metros. Jericho saltó a las piedras grises de la vía y fue tras él.
Alguien gritó, casi a su espalda:
—¡Idiota de mierda, sal de en medio, joder!
Jericho pasó por alto aquel sabio consejo.
Pero eso no podía terminar así, se dijo, quedaban demasiadas cosas por saber.
Le pesaban las piernas. Claro que Puck tampoco hacía muchos progresos.
Avanzaba a trompicones por un prado, arrastrando el tobillo izquierdo, que como la
autopsia revelaría más tarde tenía una pequeña fisura (nadie llegaría a saber si a causa
de la caída en el vagón o del salto que había dado desde el tren, pero cada paso debió
de ser para él una tortura). Un pequeño rebaño de vacas lo observaba como
espectadores en una pista de atletismo.
La hierba era fragante, los setos estaban en flor y Jericho estaba a punto de dar
alcance a Puck cuando éste se volvió e hizo fuego. No pudo haber apuntado a Jericho,
la bala se perdió quién sabe dónde. Sólo fue un gesto de despedida. Los ojos ya
estaban muertos. Sin visión. Vacíos. El tren respondió con un traqueteo. Unas abejas
pasaron zumbando en la mañana primaveral.
Cinco balas hirieron a Puck y dos a Jericho. Una vez más, el orden no está claro.
Jericho sintió como si un coche lo hubiera embestido con fuerza por detrás. El golpe lo
hizo girar y lo lanzó hacia adelante. Dio una voltereta lateral y vio hasta tres copetes
salir de la espalda de Puck y luego la cabeza de éste que explotaba convertida en un
amasijo escarlata, cuando un segundo golpe —esta vez irresistible— embistió a Jericho
por el hombro derecho y le hizo describir un gracioso arco. El cielo estaba húmedo y
lo último que Jericho pensó fue que era una pena, una verdadera pena, que era una
verdadera pena que la lluvia estropease una mañana tan hermosa.
VII
TEXTO CLARO

TEXTO CLARO: dícese el texto primitivo e inteligible, como era antes de ser puesto en
clave y descubierto tras un proceso de desciframiento o criptoanálisis.

Diccionario de criptografía («Máximo secreto», Bletchley Park, 1943)


1

El viento hacía llorar capullos de los manzanos. Volaban por el camposanto,


amontonándose como copos de nieve sobre las tumbas de mármol y pizarra.
Hester Wallace apoyó su bicicleta en el murete de ladrillo y contempló la escena.
«Bueno —se dijo—, así es la vida, y no hay que buscarle vueltas.» La naturaleza seguía
adelante a pesar de todo. Del interior de la iglesia llegaban las resonantes notas del
órgano. «Oh, Señor, nuestro auxilio en tiempos para dos...» Hester tarareó el himno
mientras se ponía los guantes, remetía bajo el sombrero unos cabellos rebeldes,
enderezaba los hombros y echaba a andar con paso decidido por el sendero de lajas en
dirección al porche.
Lo cierto era que de no haber sido por ella no habría habido servicio religioso. Fue
ella quien convenció al vicario de que abriese las puertas de Saint Mary's, Bletchley,
aun cuando hubo de admitir que «la difunta», como dijo el vicario con tono
remilgado, no era creyente. Fue ella quien contrató al organista y le dijo qué tenía que
tocar (Preludio y fuga en mi mayor de Bach para la entrada, y el «Sanctus» del Réquiem
de Fauré para la salida). Fue ella quien escogió los himnos y las lecturas e hizo
imprimir las tarjetas, quien decoró la nave con flores de primavera, quien redactó las
necrológicas y las hizo llegar por correo a todo el Park («una breve ceremonia de
recuerdo a celebrar el viernes 16 de abril a las diez de la mañana...»), quien había
pasado la noche en vela preocupada por la posibilidad de que nadie se molestara en
acudir.
El teniente Kramer llegó con su uniforme azul de la marina, y también el viejo
doctor Weitzman de la sala de vigilancia, Cabaña 3, y Miss Monk y las chicas de la sala
del Libro Alemán, y los jefes de las salas de índice aéreo e índice del ejército, y varios
jóvenes con cierto aspecto de borregos y corbata negra, y muchos más a quienes
Hester no conocía de nada pero cuyas vidas se habían visto de algún modo afectadas
por la breve presencia en Bletchley Park de Claire Alexandra Romilly, nacida el
[Link].22 y muerta (según las apreciaciones de la policía) el 14.111.43. Descanse en paz.
Hester se sentó en el primer banco con su Biblia señalada en el pasaje que tenía
intención de leer (Corintios 1, 15, 51-55: «Mirad, voy a enseñaros un misterio...») y
cada vez que entraba alguien volvía la cabeza para ver si era él, sólo para sentirse
defraudada.
—Lo siento, pero habrá que empezar —le dijo el vicario, señalándole el reloj—.
Tengo un bautizo a las diez y media.
—Sólo un minuto, vicario, por favor. La paciencia es una virtud cristiana.
La fragancia de los lirios de Pascua flotaba en la nave: lirios de un blanco virginal
de verdes y carnosos tallos; tulipanes blancos, anémonas azules...
Hacía mucho tiempo que no veía a Tom Jericho. Que ella supiera, podía estar
muerto. Sólo tenía la palabra de Wigram de que seguía con vida, y Wigram ni siquiera
se dignó decirle en qué hospital estaba, y mucho menos a permitir que fuese a verlo.
Sí había accedido, en cambio, a transmitirle su invitación al servicio religioso, y al día
siguiente había dicho que sí, que Jericho estaría encantado de ir. «Pero el pobre está
bastante mal todavía, de modo que no confíe en ello.» Jericho, añadió Wigram, se iría
pronto para tomarse un merecido descanso. A Hester no le había gustado el modo en
que lo había dicho, como si Jericho hubiese pasado a ser propiedad del estado.
A las diez y cinco el organista se había quedado sin música que tocar y se produjo
un incómodo lapso de toses y arrastrar de pies. Una de las chicas de la sala del Libro
Alemán empezó a reír hasta que Miss Monk le dijo en voz alta que se callara.
—Himno 477 —dijo el vicario, lanzando a Hester una mirada asesina—. «El día que
tú nos diste, Señor, ha terminado.»
Los fieles se pusieron de pie. El organista tocó un tembloroso re. Empezaron a
cantar. Desde la parte de atrás le llegó la bonita voz de tenor de Weitzman. No fue
hasta que llegaron a la quinta estrofa («Así sea, Señor; tu trono nunca pasará como los
ufanos imperios de la Tierra») cuando Hester oyó que la puerta se abría con ruido
detrás de ellos. Se volvió, como hicieron muchos, y allí, bajo el arco de piedra gris,
estaba Jericho, delgado, frágil y sostenido por el brazo de Wigram, pero vivo, gracias a
Dios, indiscutiblemente vivo.
Con su abrigo de siempre, recién zurcidos los agujeros de bala, Jericho deseó varias
cosas a la vez cuando entró en la iglesia. Para empezar, deseaba que Wigram le
quitase de encima sus malditas manos, porque le ponía la carne de gallina. Deseaba
que no estuvieran tocando aquel himno, porque siempre le recordaba el último día de
clase en el colegio. Y deseaba no haber tenido que asistir a la ceremonia. Pero era
evidente que no habría podido evitarlo.
Se separó cortésmente del brazo de Wigram y caminó, sin ayuda, hasta el banco
más próximo. Saludó con la cabeza a Weitzman y a Kramer. El himno tocaba a su fin.
Le dolía el hombro tras el viaje. «Tu reino crecerá eternamente —cantaron los fieles—,
hasta que todas tus criaturas reconozcan tu dominio.» Jericho cerró los ojos e inhaló el
fuerte aroma de las flores.

La primera bala, la que lo había golpeado como un coche por detrás, le había
entrado por el cuadrante inferior izquierdo de la espalda, y después de atravesar
cuatro capas de músculo y rozar la undécima costilla, había salido por el costado. La
segunda bala, la que lo había hecho girar, se había hundido en su hombro derecho,
destrozando parte del músculo deltoides; fue la bala que hubo que extirpar
quirúrgicamente. Perdió mucha sangre. Hubo infección.
Estuvo en una especie de hospital militar cerca de Northampton, aislado y bajo
vigilancia. Lo primero, probablemente, por si en su delirio empezaba a hablar de
Enigma; lo segundo, por si intentaba escapar, lo cual era una idea absurda, pues ni
siquiera sabía dónde se encontraba.
Soñaba —le pareció que el sueño duraba días enteros, pero quizá eso formase parte
del sueño mismo, no sabía decirlo—, con que estaba en el fondo del mar sobre una
capa de arena blanca, en medio de una corriente cálida que lo mecía. De vez en
cuando salía a la superficie y había luz, en un cuarto de techo alto, con árboles que
asomaban tras unos ventanales con barrotes. Otras veces estaba oscuro, con una luna
redonda y amarilla, y alguien se inclinaba sobre él.
La primera mañana que despertó pidió ver a un médico. Quería saber qué había
sucedido.
Llegó el médico y le dijo que había estado envuelto en un tiroteo. Al parecer, se
había acercado más de la cuenta a un campo de tiro del ejército («serás idiota») y
suerte había tenido de que no lo mataran.
No, no, protestó Jericho. La cosa no había sido así. Intentó incorporarse, pero el
dolor en la espalda le hizo gritar.
Le administraron una inyección y volvió al fondo del mar.
A medida que se recuperaba, el equilibrio de su dolor empezó a cambiar poco a
poco. Al principio era un noventa por ciento físico y un diez por ciento mental; luego
ochenta contra veinte; después setenta contra treinta, y así sucesivamente hasta que la
proporción original quedó invertida, y casi esperaba con ilusión la tortura diaria del
cambio de vendaje, como una ocasión de consumir el recuerdo de lo ocurrido ese día.
Tenía una parte de la película, pero no toda la película. Sin embargo, ante cualquier
intento de hacer preguntas, ante cualquier petición de ver a alguien con autoridad —
toda conducta, en suma, susceptible de ser calificada de «difícil»— enseguida llegaba
la aguja con su pequeña carga de olvido.
Aprendió a disimular.
Pasaba el tiempo leyendo novelas de misterio, sobre todo de Agatha Christie, que
le subían de la biblioteca del hospital. Eran pequeños volúmenes encuadernados en
rojo, ajados por el uso y con misteriosas manchas que él prefería no examinar
detenidamente. El misterio de las siete esferas, Asesinato en la vicaría, Parker Pyne investiga,
La muerte de Lord Edgeware. Leía dos y hasta tres libros en un día. También había algo
de Sherlock Holmes, y una tarde pasó dos estupendas horas intentando resolver la
clave de Abe Slaney en La aventura de los bailarines (un sistema simplificado de
cuadrículas, concluyó Jericho, utilizando imágenes invertidas y especulares) pero no
pudo verificar sus hallazgos pues no le permitían tener lápiz y papel.
Al término de la primera semana, había recuperado fuerzas suficientes para dar
unos pasos por el pasillo y visitar el excusado sin ayuda de nadie.
En todo ese tiempo, sólo tuvo dos visitas: Logie y Wigram.
Logie debió de ir a verlo a principios de abril. Atardecía, pero aún había bastante
luz, con sombras que dividían la pequeña habitación: la cama de tubo metálico
pintada de blanco y arañada; la camilla de ruedas con su jarra de agua y su palangana
de metal; la silla. Jericho llevaba puesto un pijama azul a rayas, muy descolorido;
sobre la colcha, sus muñecas estaban débiles. Cuando la enfermera se hubo ido, Logie
se sentó en el borde de la cama y le dijo que todo el mundo le mandaba saludos.
—¿Baxter también?
—También.
—¿Y Skynner?
—Bueno, puede que él no. Pero la verdad es que no he visto mucho a Skynner
últimamente. Tiene otras cosas en que pensar.
Logie le habló de lo que estaba haciendo cada uno, y luego empezó a relatarle la
batalla naval, que, conforme al pronóstico de Cave, había durado casi toda la semana.
Para cuando los convoyes consiguieron apoyo aéreo y los U-boote fueron dispersados,
veintidós mercantes habían sido enviados a pique. Ciento cincuenta mil toneladas
destruidas y ciento sesenta mil de cargamento perdidas, incluyendo el suministro de
dos semanas de leche en polvo sobre el que Skynner había hecho aquel chiste tan
malo. Por lo visto, cuando el barco se hundió, el mar se tiñó de blanco. «Die grösste
Geleitzugschlacht aller Zeiten», lo había llamado la radio alemana. Era la primera vez
que los cabrones no mentían. La mayor batalla de convoyes de la historia.
—¿Cuántos muertos?
—Unos cuatrocientos. La mayoría americanos.
Jericho gruñó.
—¿Algún submarino hundido? —preguntó.
—Sólo uno, creemos.
—¿Y Tiburón?
—Vivito y coleando, muchacho. —Dio unas palmadas a la rodilla de Jericho—.
¿Sabes?, al final mereció la pena, gracias a ti.
Las bombas habían tardado cuarenta horas en resolver los ajustes, desde la
medianoche del martes hasta el jueves a última hora de la tarde. Pero en el fin de
semana la sala de cribas había recuperado parcialmente la tabla de clave
meteorológica —al menos lo suficiente para darles un punto de apoyo— y ahora
conseguían descifrar Tiburón seis de cada siete días, aunque a veces llegaban
demasiado tarde. Pero serviría. Serviría hasta que en junio les llegase la primera de las
bombas Cobra.
Pasó un avión a baja altura, un Spitfire, a juzgar por el sonido del motor.
Al rato, Logie dijo tranquilamente:
—Skynner ha tenido que entregar los planos de las bombas de cuatro rotores a los
estadounidenses.
—Ah.
—Bien, naturalmente —prosiguió Logie cruzándose de brazos—, la operación ha
sido disfrazada de cooperación. Pero nadie traga. Al menos, yo no. De ahora en
adelante habrá que mandar una copia por teletipo de todo el tráfico de los submarinos
en el Atlántico a Washington tan pronto como lo recibamos, así serán dos equipos
trabajando en amistoso asesoramiento. Bla, bla, bla. Qué sé yo. Pero en el fondo es una
cuestión de fuerza bruta. Siempre es así. Y cuando tengan diez veces más bombas que
nosotros, lo cual, imagino, no puede tardar mucho, seis meses a lo sumo, ¿qué
oportunidades nos quedarán? A nosotros nos tocará interceptar y ellos se encargarán
de descifrarlo todo.
—Tampoco podemos quejarnos.
—No, no. Ya lo sé. Es sólo que... Bueno, tú y yo hemos vivido los días dorados. —
Logie suspiró y estiró las piernas, contemplando sus enormes pies—. Bien, supongo
que todo tiene su lado bueno.
—¿Cuál? —Jericho lo miró y entonces comprendió qué quería decir.
—¡Skynner! —exclamaron ambos al unísono, y se echaron a reír.
—Está cabreadísimo —dijo Logie con satisfacción—. Por cierto, siento lo de tu
chica.
—Bien, yo... —Jericho hizo un débil gesto con la mano y gimió.
Se produjo un silencio incómodo que afortunadamente interrumpió la enfermera
para decirle a Logie que el tiempo había terminado.
El se puso de pie con alivio y estrechó la mano de Jericho.
—Ponte bien enseguida, muchacho, ¿me oyes? Vendré a verte pronto.
—Hazlo, Guy. Gracias.
Pero ésa fue la última vez que lo vio.
Miss Monk se aproximó al pulpito para hacer la primera lectura: «No digas que la
lucha nada vale», por Arthur Hugh Clough, un poema que ella declamó con gran
determinación, lanzando de vez en cuando miradas a los fieles como desafiándolos a
contradecirla. La elección estuvo bien, pensó Jericho, era de un optimismo retador. A
Claire le habría gustado.

Y no sólo por las ventanas del este,


Cuando amanece, entra la luz,
Delante sube el sol, cuan lentamente,
Pero por el oeste, mira, la tierra se ilumina.

—Oremos —dijo el vicario.


Jericho se arrodilló con cuidado. Se tapó los ojos y movió los labios como los demás,
pero no tenía ninguna fe en todo aquello. Fe en la matemática sí; fe en la lógica, por
supuesto; fe en la trayectoria de las estrellas, sí, tal vez. Pero ¿fe en Dios, cristiano o lo
que fuere?
A su lado, Wigram pronunció un sonoro «amén».

Las visitas de Wigram habían sido tan frecuentes como solícitas. Solía estrechar la
mano de Jericho de aquella manera suya tan suave y peculiar. Le ahuecaba las al-
mohadas, le servía agua, repasaba una y otra vez sus papeles. «¿Lo tratan bien?
¿Necesita alguna cosa?» Y Jericho decía que sí, gracias, que lo cuidaban bien, y "Wi-
gram siempre sonreía y decía: «Magnífico.» Todo le parecía magnífico; su aspecto era
magnífico, qué magnífica ayuda les había prestado, incluso una vez, qué magnífica era
la vista desde el cuarto del enfermo, como si de algún modo Jericho fuera responsable
de ella. Sí, cómo no, Wigram era encantador. Wigram dispensaba encanto como quien
reparte sopa a los pobres.
Al principio era Jericho quien más hablaba, respondiendo a las preguntas de su
visitante. ¿Por qué no había informado a las autoridades de los criptogramas que
había encontrado en la habitación de Claire? ¿Por que había ido a Beaumanor? ¿Qué
se había llevado? ¿De qué manera? ¿Cómo había descifrado los mensajes? ¿Qué le
había dicho Puck al saltar del tren?
Después "Wigram se iba y, al día siguiente, o al otro, volvía y le preguntaba más
cosas. Jericho intentaba intercalar sus propias preguntas, pero Wigram siempre las
desechaba. «Luego —solía decir—. Luego. Cada cosa a su tiempo.»
Y una tarde se presentó más radiante que de costumbre para anunciar que había
terminado sus pesquisas. Una pequeña telaraña de arrugas apareció en los rabillos de
sus ojos azules mientras sonreía. Tenía unas espesas pestañas de color rojizo, como las
vacas.
—Bueno, amigo mío, si no está demasiado fatigado, creo que debería contarle toda
la historia.
Érase una vez, dijo Wigram aposentándose a los pies de la cama, un hombre
llamado Adam Pukowski, de madre inglesa y padre polaco, que vivió en Londres
hasta los diez años y que, cuando sus padres se divorciaron, se fue a vivir a Cracovia
con su padre. Éste era profesor de matemáticas, el hijo mostró aptitudes similares, y
con el tiempo entró a trabajar en el Departamento de Cifra polaco, en Pyry, al sur de
Varsovia. Llegó la guerra. El padre fue llamado a filas con el rango de comandante del
ejército polaco. Llegó la derrota. La mitad del país estaba ocupada por los alemanes y
la otra mitad por los soviéticos. El padre desapareció. El hijo huyó a Francia donde se
convirtió en uno de los quince criptoanalistas polacos de la central de cifra francesa en
Gretz-Armainvillers. Nueva derrota. El hijo escapó de la Francia de Vichy al Portugal
neutral, donde trabó amistad con un tal Rogerio Raposo, miembro del servicio
diplomático portugués y personaje problemático.
—El hombre del tren —musitó Jericho.
—En efecto. —Wigram pareció irritarse por la interrupción; a fin de cuentas, aquél
era su momento de gloria—. El hombre del tren.
Pukowski consiguió llegar a Inglaterra desde Portugal.
Mil novecientos cuarenta transcurrió sin noticias del padre de Pukowski ni de
ninguno de los restantes diez mil oficiales polacos desaparecidos. En 1941, después de
que Alemania invadiese Rusia, Stalin se convirtió inesperadamente en aliado de Gran
Bretaña. Se hicieron las quejas correspondientes acerca de los polacos desaparecidos.
Se dieron las garantías correspondientes: no había prisioneros polacos en manos so-
viéticas; los que hubiera podido haber ya habían sido liberados hacía tiempo.
Jericho sacudió la cabeza.
—Bueno —suspiró Wigram—, no creo que eso importe mucho. Gran parte de la
historia ha quedado inevitablemente en sombras. No sabemos cómo se conocieron ni
cuándo ni por qué ella accedió a ayudarlo. Ni siquiera sabemos qué le enseñó ella
exactamente. Pero creo que sí podemos aventurar lo que debió de ocurrir. Ella hizo
una copia de unas señales procedentes de Smolensko, y se las llevó metidas en las
bragas o donde fuera. Las escondió en su casa debajo de una tabla. Su amante iría a
recogerlas. A todo esto habría pasado una semana, quizá dos. Hasta el día en que Pu-
kowski vio que uno de los oficiales muertos era su propio padre. Y al día siguiente
Claire no pudo darle más que los mensajes interceptados, sin descifrar, porque
alguien... —Wigram sacudió la cabeza en señal de extrañeza—. Alguien realmente
muy importante, como he sabido hace poco, había decidido que ellos no querían saber
nada.
De pronto, alcanzó una de las novelas de misterio que Jericho había leído ya, la
hojeó, sonrió y la dejó en su sitio.
—¿Sabe una cosa, Tom? —dijo con aire pensativo—. En la historia del mundo no ha
existido nada como Bletchley Park. Nunca había ocurrido que un bando supiera tantas
cosas de su enemigo. De hecho, creo yo, a veces se sabe más de la cuenta. ¿Recuerda
cuando bombardearon Coventry? Nuestro amado primer ministro descubrió por
Enigma lo que iba a pasar con casi cuatro horas de anticipación. ¿Y sabe qué hizo?
Jericho volvió a sacudir la cabeza.
—Decir a su estado mayor que Londres estaba a punto de ser atacado y que bajaran
cuanto antes a los refugios, que él se iba arriba a mirar. Luego salió al tejado del
Ministerio del Aire y se pasó una hora entera esperando, a pesar del frío que hacía, un
bombardeo que sabía iba a tener lugar en otra parte. Puso su granito de arena para
proteger el secreto de Enigma, ¿comprende? Otro ejemplo: los petroleros que
abastecen a los U-boote. Gracias a Tiburón sabemos dónde y cuándo van a estar, y si
los hundiésemos salvaríamos centenares de vidas aliadas... a corto plazo. Pero
pondríamos en peligro a Enigma, porque de hacerlo, Dönitz sabría que estamos al
corriente de sus códigos. ¿Ve adonde quiero ir a parar? ¿Que Stalin ha asesinado a
diez mil polacos? Pero por favor, ese hombre es un héroe nacional. Gracias a él vamos
a ganar la jodida guerra. Es el tercer hombre más popular de este país, después de
Churchill y el rey. ¿Cómo dice aquel refrán hebreo? ¿«El enemigo de mi enemigo es mi
mejor amigo»? Bien, pues como Stalin es el mayor enemigo de Hitler, hoy por hoy, y
en lo que a nosotros respecta, ese maldito georgiano es un amigo excelente. ¿La
masacre de Katyn? ¿La jodida masacre de Katyn? Muchísimas gracias, pero mantened
la boca cerrada.
—Imagino que Puck no lo habría visto de la misma manera.
—Claro que no, amigo, yo tampoco. ¿ Quiere que le diga una cosa? Creo que él nos
detestaba. Después de todo, si no hubiera sido por los polacos tal vez ni siquiera
habríamos descifrado Enigma. Pero a los que sí odiaba era a los rusos. Y estaba
dispuesto a todo para vengarse. Aun cuando ello significara ayudar a los alemanes.
—El enemigo de mi enemigo es mi mejor amigo —murmuró Jericho, pero Wigram
no estaba escuchando.
—¿Y cómo podía ayudar a los alemanes? Advirtiéndoles de que Enigma no era
seguro. ¿Cómo conseguir eso? —Wigram sonrió y extendió las manos—. Pues con la
ayuda de su viejo amigo de 1940, Rogerio Raposo, recién transferido de Lisboa y en
ese momento correo diplomático de la legación portuguesa en Londres. ¿Le apetece
un poco de té?
Para los seres queridos que nos dejaron Entonábamos nuestros himnos litúrgicos; Por el
tierno amor que protege siempre A tus hijos en todo lugar...
El senhor Raposo, había dicho Wigram sorbiendo su té cuando la enfermera se hubo
ido, el senhor Raposo, que en ese momento residía en la prisión de Wandsworth, lo
había confesado todo.
El 6 de marzo Pukowski había ido a ver a Raposo a Londres, donde le entregó un
delgado sobre lacrado, diciéndole que podía sacar mucho dinero si lo entregaba a las
personas adecuadas.
Al día siguiente, Raposo viajó a Lisboa en vuelo regular de la British Imperial
Airways llevando el citado sobre, que entregó a un contacto que tenía entre el
personal del agregado naval alemán.
Dos días después, los U-boote cambiaron su tabla de clave meteorológica,
iniciándose así una revisión general de la seguridad de los códigos: Luftwaffe, Afrika
Korps... Los alemanes mostraron mucho interés, claro que sí. Pero no iban a
abandonar lo que sus expertos insistían en considerar el sistema de codificación más
seguro jamás ideado por el hombre. Sospechaban que había gato encerrado. Querían
pruebas. Querían a ese informador misterioso, en persona.
—Al menos, eso suponemos.
El 14 de marzo, dos días antes del inicio de la gran batalla de los convoyes, Raposo
hizo su viaje semanal a Lisboa y regresó de allí con instrucciones concretas para
Pukowski. Un submarino alemán estaría esperándolo para recogerlo en la costa
noroccidental de Irlanda la noche del 18.
—Y eso era de lo que hablaban en el tren —dijo Jericho.
—Y eso era de lo que hablaban en el tren. Muy bien. Nuestro Puck estaba, por así
decirlo, sacando su billete. ¿Y quiere que le diga lo más aterrador? —Wigram sorbió
más té, con el dedo meñique exquisitamente curvado, y miró a Jericho por encima de
la taza—. Si no llega a ser por usted, Puck se habría salido con la suya.
—Pero Claire jamás habría estado de acuerdo —protestó Jericho—. Pasar unos
cuantos mensajes interceptados, de acuerdo. Para divertirse. Por amor, incluso. Pero
no era una traidora.
—No, por Dios. —Wigram parecía confuso—. No, estoy seguro de que Pukowski
no le contó lo que tenía planeado. Pensémoslo desde su punto de vista. Ella era el
eslabón débil. Podía dejarlo en la estacada en cualquier momento. De modo que
imagine lo que debió de sentir él cuando vio que usted entraba por la puerta aquel
viernes por la noche, recién llegado de Cambridge.
Jericho recordó la expresión de pánico de Puck, su desesperado intento por forzar
una sonrisa. Ya imaginaba lo que podía haber pasado: Puck había dejado una nota en
la casa diciendo que tenía que hablar con ella, Claire había vuelto a toda prisa al Park
a las cuatro de la madrugada, clic, clic, clic, sus tacones altos resonando en la
oscuridad.
—Yo fui su sentencia de muerte —dijo Jericho, casi para sí.
—Supongo que así es. Puck debía de saber que usted trataría de ponerse en
contacto con ella. Y al día siguiente por la noche, cuando llegó a la casa para
deshacerse de las pruebas, de los criptogramas, y lo vio a usted allí... Bien...
Jericho se recostó y contempló el techo mientras Wigram relataba el resto de la
historia. Poco antes de la medianoche, cuando la batalla naval daba comienzo, había
recibido una llamada de la policía avisándole del hallazgo de un saco con ropa de
mujer. Había tratado de localizar a Jericho, pero al encontrarse éste en paradero
desconocido había echado mano de Hester Wallace y la había llevado al lago. Desde el
primer momento ella comprendió que Claire Romilly había sido golpeada y
estrangulada, y su cuerpo llevado al lago en un bote y arrojado por la borda.
—¿Le molesta si fumo? —Wigram encendió un cigarrillo sin esperar respuesta,
utilizando el platillo como cenicero. Observó ascender el humo y preguntó—: ¿Dónde
estaba?
—La noche de la batalla naval —respondió Jericho.
Ah, sí. Hester se había negado a hablar, pero no hay como un choque emocional
para que alguien suelte la lengua, y al final lo había contado todo, a consecuencia de
lo cual Wigram había comprendido que Jericho no era un traidor; de hecho, cayó en la
cuenta de que si Jericho había descifrado los criptogramas, probablemente estaba más
cerca que él de descubrir al traidor.
Entonces había desplegado a sus hombres. Ojo avizor.
Eso debió de ser hacia las cinco de la mañana.
Primero vieron a Jericho por Church Green Road en dirección a la ciudad. Luego
fue visto entrando en la casa de Alma Terrace. Luego fue identificado subiendo al tren.
Wigram tenía hombres en el tren.
—A partir de ahí, y para ser sincero, ustedes tres fueron como moscas en un tarro
de mermelada.
Se interrogó a todos los pasajeros que se apearon en Northampton, y con eso quedó
arreglado lo del portugués. Para entonces, Wigram había dispuesto que el tren fuese
desviado hacia una línea secundaria donde él podría registrarlo a placer.
Sus hombres tenían órdenes de no disparar a menos que fuese en defensa propia.
Pero no iban a correr ningún riesgo. Especialmente habiendo tanto en juego.
Pukowski había hecho fuego con su pistola. Y ellos habían respondido a los
disparos.
—Usted se puso en medio. Créame que lo siento.
Con todo, y estaba seguro de que Jericho estaría de acuerdo, el objetivo prioritario
seguía siendo preservar el secreto de Enigma. Y eso se había logrado. El U-boote que
debía recoger a Puck había sido interceptado y hundido junto a la costa de Donegal, lo
cual era matar dos pájaros de un tiro, pues ahora los alemanes pensaban que todo el
asunto había sido desde el principio un mero montaje para capturar uno de sus
submarinos. Por lo menos, no habían abandonado Enigma.
—¿Y Claire? —Jericho seguía mirando el techo—. ¿La han encontrado ya?
—Denos tiempo, hombre. Está a unos veinte metros de profundidad, en mitad de
un lago que mide cuatrocientos metros de diámetro. Puede que tardemos un poco.
—¿Y Raposo?
—El ministro de Exteriores habló aquella mañana con el embajador portugués.
Habida cuenta de las circunstancias, accedió a retirarle la inmunidad diplomática. A
mediodía ya habíamos destrozado el piso de Raposo, un lugar inmundo al final de
Gloucester Road. Pobre diablo. El tipo sólo estaba en esto por dinero. Encontramos
dos mil dólares que le habían dado los alemanes, metidos en una caja de zapatos
encima de su armario. ¡Dos de los grandes! Patético, ¿no?
—¿Qué va a ser de él?
—Lo colgarán —dijo Wigram, satisfecho—. Pero no se preocupe por él. Ya es
historia. La cuestión es qué vamos a hacer con usted.
Cuando Wigram se hubo marchado, Jericho permaneció un buen rato despierto
intentando descifrar qué partes del relato se ajustaban a la verdad y cuáles no.
—«Mirad —leyó Hester—, voy a enseñaros un misterio.
»No todos moriremos, pero todos seremos transformados.
»En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, al sonido de la última trompeta;
porque ésta sonará y los muertos resucitarán incorruptibles y todos nosotros seremos
transformados.
»Pues esto corruptible tiene que ser vestido de in-corruptibilidad; y esto mortal
vestido de inmortalidad.
»Cuando esto corruptible sea vestido de incorruptibilidad, y esto mortal de
inmortalidad, entonces se cumplirá la palabra escrita: La victoria se tragó a la muerte.
»¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepultura, tu victoria?»
Hester cerró la Biblia y contempló a los fieles con mirada ecuánime. En el último
banco divisó a Jericho, blanco como la cera, mirando al frente.
—Demos gracias a Dios.
Lo encontró esperándola a la salida del templo; una lluvia de capullos caía como
confeti sobre su cabeza. Los demás se habían ido ya. Jericho tenía la cara vuelta hacia
el sol y ella dedujo por la forma en que parecía querer empaparse de ese calor que
hacía mucho que no disfrutaba del aire libre. Al oírla acercarse, él se volvió y sonrió, y
ella esperó que su propia sonrisa disimulara la impresión del momento. Jericho tenía
las mejillas hundidas, la piel cerúlea como un cirio de la iglesia; la camisa le iba
demasiado grande.
—Hola, Hester.
—Hola, Tom. —Ella dudó y luego le tendió la mano enguantada.
—Magnífico servicio —terció Wigram—. Absolutamente magnífico. Todo el
mundo lo ha dicho, ¿no es cierto, Tom?
—Sí. Todo el mundo. —Jericho cerró los ojos por un instante y ella comprendió que
lo que en realidad quería decir era que lamentaba la presencia de Wigram pero no
podía hacer nada al respecto. Soltó la mano de Hester y añadió—: No quería
marcharme sin ver qué tal estaba usted.
—Oh, bien —dijo ella, con fingida jovialidad—. Tirando, ya sabe.
—¿Ha vuelto al trabajo?
—Oh, sí. Mis pañuelos me necesitan.
—¿Sigue viviendo en la casa?
—Por ahora. Pero creo que me mudaré tan pronto como encuentre otro
alojamiento.
—Demasiados fantasmas, ¿no?
—Algo así.
De repente a Hester le dio rabia aquella conversación tan banal, pero no se le
ocurría nada mejor que decir.
—Leveret nos espera —dijo Wigram—. Con el coche. Para llevarnos a la estación.
A través de la verja Hester vio el largo capó negro. El chófer estaba apoyado en él,
mirándolos y fumando un cigarrillo.
—¿Se le escapa el tren, Mr. Wigram? —preguntó Hester.
—A mí no —dijo él, como si semejante idea fuera un ultraje—. A Tom. ¿No es
cierto, Tom?
—Regreso a Cambridge —explicó Jericho—. A descansar por unos meses.
—La verdad es que deberíamos darnos prisa —continuó Wigram, consultando el
reloj—. Quién sabe... siempre es posible que el tren llegue sin retraso.
—¿Nos disculpa un momento, Mr. Wigram? —dijo Jericho, enfadado. Sin
respuesta, apartó a Hester de Wigram camino de la iglesia—. Este sujeto no me deja en
paz ni un momento —susurró—. Oiga, si puede usted soportarlo, ¿me daría un beso?
—¿Qué...? —Ella no estaba segura de haberle oído correctamente.
—Un beso. Rápido. Por favor.
—Muy bien. Tampoco me cuesta tanto.
Hester se quitó el sombrero y rozó con sus labios la magra mejilla.
Jericho la tomó por los hombros y le dijo en voz baja al oído:
—¿Invitó usted al padre de Claire?
—Sí. —«Se ha vuelto loco», pensó ella. «La conmoción le ha afectado al cerebro»—.
Naturalmente que sí.
—¿Y qué ha pasado?
—No me contestó.
—Lo sabía —susurró él. Ella notó que le apretaba con mayor fuerza.
—¿El qué?
—Ella no ha muerto...
—Muy conmovedor —dijo Wigram en voz alta, acercándose a la pareja—, y
créanme que detesto interrumpir, pero va a perder usted el tren, Mr. Jericho.
Él la soltó y dio un paso atrás.
—Cuídese —dijo.
Por un instante ella quedó sin habla:
—Lo mismo digo —articuló por fin.
—Escribiré.
—Oh, sí. Hágalo, por favor.
Wigram le tiraba del brazo. Jericho dedicó a Hester una última sonrisa y un
encogimiento de hombros, y luego dejó que el otro se lo llevara de allí.
Hester lo vio alejarse penosamente por la cuesta y cruzar la verja. Leveret abrió la
puerta del coche y, en ese instante, Jericho se volvió para saludar con el brazo. Ella
levantó la mano a su vez, lo vio acomodarse a duras penas en el asiento de atrás, y
luego la puerta se cerró. Hester bajó la mano.
Después de que el coche partiera, Hester permaneció unos minutos allí y luego se
ajustó el sombrero y entró otra vez [Link] iglesia.

—Casi me olvidaba —dijo Wigram mientras el coche descendía por la colina—. Le


he comprado un periódico. Para el viaje.
Abrió su maletín y extrajo un ejemplar del Times, lo abrió por la tercera página y se
lo pasó a Jericho. El artículo sólo constaba de cinco párrafos, más una ilustración de un
autobús londinense y una solicitud de beneficencia para el clero pobre:

OFICIALES POLACOS DESAPARECIDOS


ALEMANIA ACUSA

El ministro polaco de Defensa Nacional, teniente general Marjal Kukiel, ha hecho


público un comunicado acerca de ocho mil oficiales polacos desaparecidos que fueron
liberados de diversos campos de prisioneros soviéticos durante la primavera de
1940. En vista de las acusaciones alemanas de que los cuerpos de varios miles de
oficiales polacos habían sido hallados cerca de Smolensko y de que éstos habrían sido
asesinados por los rusos, el gobierno polaco ha decidido solicitar a la Cruz Roja
internacional que investigue el caso...
—Lo que más me gusta —dijo Wigram— es eso de «liberados de diversos campos
de concentración soviéticos», ¿a usted no?
—Supongo que es una manera de decirlo. —Jericho intentó devolverle el periódico,
pero Wigram no quiso aceptarlo.
—Guárdelo como recuerdo —dijo.
—Gracias. —Jericho dobló el periódico y se lo metió en el bolsillo. Luego miró
obstinadamente por la ventana para impedir que la conversación pudiera seguir por
esos derroteros. Estaba harto de Wigram y sus mentiras. Al pasar por última vez por
debajo del renegrido puente del ferrocarril se tocó disimuladamente la mejilla y deseó
haber tenido a Hester consigo para el último acto.
Una vez en la estación, Wigram insistió en despedirlo dentro del tren, pese a que el
equipaje de Jericho ya había sido enviado a Cambridge a principios de semana y él no
llevaba nada encima. Consintió a cambio en servirse de la mano de Wigram mientras
cruzaba la pasarela y recorrían los vagones en busca de un asiento libre. Jericho se
cuidó de que no fuese Wigram sino él quien escogía el compartimiento.
—Bueno, mi querido Tom —dijo Wigram con fingida tristeza—. Le deseo un buen
viaje.
Otra vez aquel curioso apretón de manos, el meñique ligeramente doblado.
Últimos detalles: ¿tenía Jericho la autorización para viajar? Sí. ¿Sabía que Kite estaría
esperándolo en Cambridge para acompañarlo en taxi al King's College? Sí. ¿Se
acordaba de que una enfermera del hospital Adenbrooke iría cada mañana a
cambiarle el vendaje del hombro? Sí, sí, sí.
—Adiós, Mr. Wigram.
Jericho acomodó su dolorida espalda en un asiento que miraba hacia la cola del
tren. Wigram cerró la puerta. En el compartimiento había otros tres pasajeros: un
hombre corpulento con un sucio impermeable beige, una mujer mayor envuelta en
pieles plateadas y una muchacha de aspecto soñador leyendo un ejemplar de Horizon.
Los tres parecían bastante inocentes, pero uno no podía fiarse de nada. Wigram
golpeó la ventanilla con los nudillos y Jericho se puso trabajosamente de pie para
bajarla. Para cuando lo hubo conseguido, el silbato había sonado ya y el tren
empezaba a arrancar. Wigram fue trotando por el andén.
—Seguiremos en contacto tan pronto se reponga, ¿de acuerdo? Ya sabe dónde
encontrarme si sale algo.
—Desde luego —dijo Jericho, y subió la ventanilla de una sacudida. Wigram seguía
al mismo paso que el compartimiento, sonriendo, agitando el brazo, corriendo.
Aquello se había convertido en una broma pesada. No se detuvo hasta que llegó al
final del andén, y eso fue lo último que Jericho vio de Bletchley: Wigram inclinado con
las manos en las rodillas, sacudiendo la cabeza y riendo con gusto.
Treinta y cinco minutos después de subir al tren en Bletchley, Jericho se apeó en
Bedford, compró un billete de ida a Londres y esperó al fondo del andén tomando el
sol mientras completaba el crucigrama del Times. Las vías brillaban, hacía calor; se
notaba un fuerte olor a polvillo de carbón y acero caliente. Cuando hubo escrito la
última definición arrojó el periódico, sin leer, en una papelera y paseó arriba y abajo
del andén procurando habituar a sus piernas. Empezaba a congregarse una multitud
de pasajeros y Jericho escrutó automáticamente todos los rostros, aunque la lógica le
decía que era improbable que alguien lo siguiera; si Wigram hubiese sospechado que
podía fugarse, seguro que le habría dicho a Leveret que lo llevara en coche hasta
Cambridge.
Las vías empezaron a gemir. Los pasajeros se arrimaron al borde del andén. Un tren
militar pasó lentamente en dirección sur; en la plataforma del maquinista iban unos
soldados armados. De los vagones asomó una desvaída hilera de caras exhaustas, y un
murmullo recorrió la muchedumbre. ¡Prisioneros alemanes! ¡Prisioneros alemanes
bajo escolta! Los ojos de Jericho coincidieron brevemente con los de uno de los
cautivos —ojos de búho, con gafas, nada marciales; más oficinista que guerrero— y
algo pasó entre los dos, un atisbo de reconocimiento que iba más allá de la guerra.
Instantes después la cara desapareció y al cabo de un rato hizo su aparición el expreso
de Londres, sucio y atestado.
—Peor que el de esos jodidos nazis —se quejó alguien.
Jericho no encontró asiento y permaneció de pie, apoyado en la puerta que daba al
pasillo, hasta que su cara blanca y el brillo de su frente perlada de sudor hicieron, que
un joven oficial del ejército le cediera su sitio. Jericho lo aceptó agradecido, se durmió
y soñó con el prisionero alemán de cara de búho triste, y luego con Claire en su primer
viaje juntos, antes de la Navidad, cuando sus cuerpos se rozaron.
A las dos y media se encontraba en la estación de Saint Paneras, en Londres,
moviéndose con dificultad entre la multitud que se dirigía hacia la entrada del metro.
El ascensor estaba estropeado, de modo que tuvo que utilizar las escaleras,
deteniéndose en cada rellano para recobrar fuerzas. La espalda le dolía mucho y una
cosa húmeda descendía por su columna vertebral, pero no habría sabido decir si se
trataba de sudor o de sangre.
En el andén de la Circle Line dirección este, una rata se escabulló entre la basura
acumulada bajo los rieles y corrió hacia la boca del túnel.
Al ver que Jericho no bajaba del tren procedente de Bletchley, Kite se enfadó, pero
sin inquietarse. El siguiente tren llegaba un par de horas después, había un pub a la
vuelta de la esquina de la estación, y fue allí donde el conserje decidió esperar, en la
amistosa compañía de dos medias pintas de Guinness y un pastel de cerdo.
Pero cuando el segundo tren llegó a Cambridge sin que Jericho apareciese, Kite se
puso de un mal humor que le duró toda la media hora que tardó en volver a pie al
King's.
Una vez allí comunicó al tesorero que Jericho no se había presentado, el tesorero se
lo dijo al rector, y éste no supo si telefonear o no al Foreign Office.
—Qué falta de consideración —se quejó Kite a Dorothy Saxmundham en la
conserjería—. Qué maldita falta de consideración.
Con la solución en el bolsillo, Jericho dejó Somerset House y caminó a paso lento
por la orilla del Támesis hacia el corazón de la ciudad. El margen sur era un jardín de
ruinas. Sobre los muelles de Londres, los globos de barrera giraban, brillaban y
cabeceaban bajo el sol de la tarde.
Pasado el puente de Waterloo, junto a la entrada del Savoy, consiguió por fin un
taxi que lo llevó a Stanhope Gardens, en South Kensington. Las calles estaban
desiertas. Llegaron a su destino en un momento.
La casa era grande como una embajada, con pilares en el pórtico y una fachada de
estuco. En tiempos debió de ser imponente, pero ahora el enlucido estaba gris y
desportillado, y la metralla había arrancado grandes pedazos del mismo. Las ventanas
de los dos pisos superiores tenían las cortinas echadas. La casa de al lado había
sufrido los efectos del bombardeo, y en la planta baja crecían malas hierbas. Jericho
subió por la escalera y tocó el timbre. Le pareció que sonaba mucho rato en las
entrañas de la casa muerta, dejando tras de sí un silencio ominoso. Probó una vez
más, aun cuando sabía que era inútil, y luego volvió a la calle a esperar sentado en la
escalinata de la casa de enfrente. Transcurrieron quince minutos, y entonces, desde
Cromwell Place, apareció un hombre alto y calvo, asombrosamente delgado —un
esqueleto con traje— y Jericho supo al instante que no podía ser otro que él.
Americana negra, pantalón gris a rayas, corbata de seda gris; para completar la
imagen sólo le faltaba el bombín y el paraguas. Pero en cambio, además de su maletín,
el hombre llevaba una incongruente bolsa de cuerda llena de verduras. Se aproximó
cansinamente a la gran puerta principal, la abrió y desapareció dentro de la casa.
Jericho se puso de pie, se sacudió la ropa y lo siguió.
El timbre de la puerta volvió a sonar, sin resultado. Jericho probó otra vez, y otra
más, y entonces, con gran esfuerzo, se arrodilló para mirar por la abertura del buzón.
Edward Romilly estaba al final de un lúgubre corredor, de espaldas a la puerta,
absolutamente inmóvil.
—Mr. Romilly. —Jericho tuvo que gritar por el buzón—. Necesito hablar con usted,
por favor.
—¿Quién es usted? —preguntó el hombre alto sin moverse.
—Tom Jericho. En una ocasión hablamos por teléfono. De Bletchley Park.
Romilly dejó caer los hombros.
—¡Pero por qué no me dejan en paz de una vez! —exclamó.
—He ido a Somerset House, Mr. Romilly —dijo Jericho—, al Registro de
Nacimientos, Matrimonios y Defunciones. Traigo su certificado de defunción. —Lo
sacó del bolsillo—. Claire Alexandra Romilly. Su hija. Muerta el catorce de junio 1929.
En el hospital de Saint Mary, Paddington. De meningitis. A la edad de seis años. —Lo
introdujo por el buzón y vio cómo resbalaba por las baldosas blancas y negras hacia
los pies de Romilly—. Me temo, señor, que voy a quedarme aquí todo el tiempo que
sea necesario.
Cerró el buzón. Asqueado de sí mismo, se apartó de la puerta y apoyó el hombro
sano en uno de los pilares. Observó los pequeños jardines comunitarios del otro lado
de la calle. Desde más allá de las casas de enfrente llegaba el agradable murmullo del
tráfico vespertino en Cromwell Road. Hizo una mueca. El dolor había empezado a
moverse por su espalda, estableciendo líneas de comunicación con sus piernas, sus
brazos y su cuello; con cada parte de su cuerpo.
No supo el tiempo que permaneció allí arrodillado, mirando cómo los árboles
echaban brotes, escuchando el ruido de los coches, hasta que por fin Romilly abrió la
puerta detrás de él.
Tenía unos cincuenta años y un rostro ascético, casi monacal, y mientras Jericho lo
seguía por la amplia escalera le dio por pensar, como le ocurría con frecuencia cuando
conocía a personas de esa generación, que su padre habría tenido aproximadamente
esa edad si hubiera vivido. Romilly lo hizo entrar en una estancia a oscuras y fue a
descorrer un par de pesadas cortinas. La luz inundó una sala de estar llena de muebles
cubiertos de sábanas blancas. Sólo había un sofá destapado, y una mesa arrimada a un
hogar de mármol. Encima de la mesa había platos sucios; sobre la repisa, dos grandes
fotografías enmarcadas en plata.
—Vivo solo —dijo Romilly con tono de disculpa, sacando el polvo con la mano—.
No recibo visitas. —Dudó por un instante y luego se acercó a la chimenea y cogió uno
de los retratos—. Ésta es Claire —susurró—. La foto fue sacada una semana antes de
que muriese.
Una niña alta y delgada con tirabuzones negros sonrió a Jericho.
—Y ésta es mi mujer. Falleció dos meses después que Claire.
La madre tenía el mismo tono de piel y la misma constitución que su hija. Ninguna
de las dos se parecía ni remotamente a la mujer que Jericho conocía por Claire.
—Iba conduciendo sola —prosiguió Romilly— cuando el automóvil se salió de una
carretera desierta y chocó contra un árbol. El forense tuvo la amabilidad de registrarlo
como un accidente. —Tragó saliva y la nuez de Adán pareció saltar en su garganta—.
¿Sabe alguien que está usted aquí?
—No, señor.
—¿Y Wigram?
—No.
—Ya. —Romilly le cogió las fotos y volvió a dejarlas sobre la repisa, situándolas
exactamente como habían estado. Miró alternativamente a madre e hija. Luego, sin
mirar a Jericho, añadió—: Esto le parecerá absurdo, a mí ahora me lo parece, pero en
su momento fue un modo de tenerla de nuevo conmigo. No sé si lo entiende. Quiero
decir, la idea de que otra chica de su misma edad estuviera por ahí, utilizando su
mismo nombre, haciendo lo que podría haber hecho... Viviendo su vida... Creí que eso
podía dar un sentido a lo que sucedió, ¿comprende? Dar a su muerte un propósito
después de todos esos años. Estúpido, sí, pero... —Se llevó una mano a los ojos. Pasó
un minuto antes de que volviera a hablar—. ¿Qué quiere de mí, exactamente, Mr.
Jericho?
Romilly levantó una funda y buscó una botella de whisky y un par de vasos. Se
sentaron en el sofá contemplando el hogar sin fuego.
«¿Qué quiere usted de mí, exactamente?»
¿La verdad, tal vez? ¿Una confirmación? ¿Un poco de paz? Un final...
Y Romilly parecía dispuesto a dárselo, como si viera en Jericho un compañero de
sufrimientos.
La idea había sido de Wigram, explicó Romilly. Poner un agente en Bletchley Park.
Una mujer. Alguien que pudiera vigilar a toda esa colección de extraños personajes,
tan esencial para la derrota de Alemania, y tan ajena sin embargo a la tradición del
espionaje. De hecho, había destruido esa tradición, convirtiendo lo que había sido un
arte —«o, si usted quiere, un juego para caballeros»— en una ciencia de producción
masiva.
¿Quiénes y qué eran «ustedes»? ¿Se podía confiar en todos?
Ningún miembro de Bletchley, ni siquiera el jefe supremo, debía saber que ella era
una agente. Y era absolutamente vital que tuviese un historial perfecto, de lo contrario
podrían haberla confinado en una estación cualquiera en el quinto infierno, y Wigram
la necesitaba allí, en el meollo de Bletchley.
Romilly se sirvió otra copa e hizo ademán de llenar la de Jericho, pero al ver que
éste tapaba su vaso, suspiró y dejó la botella a sus pies.
Era más difícil de lo que parecía fabricar una persona así, dotarla de vida, con su
propio carnet de identidad, sus cartillas de racionamiento y demás parafernalia de la
guerra, darle ese historial («una leyenda adecuada», como decía Wigram), sin implicar
para nada al Ministerio del Interior y a media docena de agencias del gobierno que lo
ignoraban todo sobre el secreto de Enigma.
Pero entonces Wigram se había acordado de Edward Romilly.
El pobre Edward Romilly. El viudo. Apenas conocido fuera del Foreign Office, en el
extranjero durante los últimos diez años, estupendamente relacionado, conocedor de
Enigma, y, eso era lo más importante, con el certificado de nacimiento de una chica
exactamente de la misma edad. Todo lo que se requería de él, aparte de utilizar el
nombre de su hija, era una carta de presentación para Bletchley Park. Y ni siquiera eso,
puesto que Wigram se encargaría de redactarla. Bastaría una firma, y luego Romilly
podría continuar su solitaria existencia, satisfecho de saber que había cumplido con su
deber de patriota. Y ofrecido a su hija una especie de vida.
—Supongo que no llegó a conocerla —dijo Jericho—. A la chica que adoptó el
nombre de su hija...
—Oh, no. Por Dios. De hecho, Wigram me aseguró que no volvería a oír más del
asunto. Puse esa condición. Y así fue, durante seis meses. Hasta que usted telefoneó
un domingo por la mañana y me dijo que mi hija había desaparecido.
—Y usted fue rápidamente a llamar a Wigram para informarle de lo que yo le había
dicho.
—Naturalmente. Estaba horrorizado.
—Y, lógicamente, exigió saber qué estaba pasando. Y Wigram se lo dijo.
Romilly apuró su whisky y contempló con ceño el vaso vacío.
—El funeral ha sido hoy, tengo entendido.
Jericho asintió.
—¿Puedo preguntar qué tal fue?
—«Porque la trompeta sonará —dijo Jericho— y los muertos resucitarán
incorruptibles, y todos seremos transformados...» —Apartó la vista de la fotografía de
la chica—. Sólo que Claire, bueno, mi Claire, no ha muerto, ¿verdad?
La sala se fue oscureciendo, la luz tenía el color del whisky, y ahora el que más
hablaba era Jericho
Posteriormente, se dio cuenta de que no le había explicado a Romilly cómo había
logrado averiguarlo todo, el cúmulo de pequeños desatinos que habían convertido
en disparate la versión oficial, aun cuando admitía que gran parte de lo que Wigram
le había dicho debía de ser verdad. _ .
Para empezar, la extraña conducta de Claire –el seguía llamándola así-, y el que su
supuesto padre no consiguiera reaccionar ante su desaparición ni se hubiese
presentado en su funeral; el rompecabezas que significaba el que hubiesen
encontrado su ropa y en cambio no hubiesen dado con su cuerpo; la sospechosa
rapidez con que Wigram había podido detener el tren.. Todas esas cosas habían
acabado encajando en un patrón de lógica implacable. .
Aceptado el hecho de que ella era una informadora, todo lo demás venía por sí
solo El material que Claire le había pasado a Pukowski había sido filtrado con la
aquiescencia de Wigram, ¿no?
—Porque realmente, al menos al principio, no era nada, simples minucias
comparadas con lo que Puck va conocía del Enigma naval ¿Que peligro había? Y
Wigram permitió que ella fuese pasándole tonterías a Puck porque quería ver qué
hacia este con la información. Necesitaba saber si había mas personas implicadas. Era
un cebo, si así lo prefiere. ¿Me equivoco
Romilly permaneció en silencio.
No fue hasta más tarde que Wigram se percato de que había cometido un error de
cálculo garrafal; que el asunto de Katyn, y concretamente la decisión de detener la
escucha, había empujado a Puck al hoyo de la traición, y que éste había conseguido de
alguna manera informar a los alemanes sobre Enigma.
—Imagino que no fue decisión de Wigram parar la escucha.
Romilly negó apenas perceptiblemente con la cabeza.
—De más arriba —dijo.
¿Cómo de arriba?
No quiso decirlo.
Jericho se encogió de hombros.
—Da lo mismo. Desde aquel momento, Puck debió de estar sometido a vigilancia
continuada a fin de descubrir quién era su contacto y cogerlos a ambos con las manos
en la masa.
»Ahora bien, un hombre al que se vigila las veinticuatro horas del día no está en
situación de asesinar a nadie, menos aún a uno de los agentes que se encargan de
vigilarlo. A menos que su incompetencia sea espectacular, claro. Cuando Puck
descubrió que yo tenía los criptogramas supo que Claire debía desaparecer, pues de lo
contrario la interrogarían. Debía desaparecer durante al menos una semana para que
él tuviera tiempo de escapar. Y si era más, mejor. De modo que entre los dos
escenificaron el asesinato: bote robado, ropas manchadas de sangre a orillas del lago.
Puck pensaba que eso sería suficiente para que la policía pusiese fin a su búsqueda. Y
tenía razón; a ella han dejado de buscarla. Él nunca sospechó que todo el tiempo había
estado traicionándolo.
Jericho tomó un sorbo de whisky.
—¿Sabe? —continuó—, yo creo que él llegó a quererla; ahí está lo irónico del caso.
Y tanto debió de quererla que sus últimas palabras fueron, literalmente, una mentira
(«Yo la maté, Thomas, lo siento muchísimo»), una mentira deliberada, un gesto al
borde de la tumba, para darle a ella la posibilidad de escapar.
»Y eso, claro está, fue lo que le dio a Wigram la pista, porque desde su punto de
vista esa confesión hacía que todo encajara. Puck estaba muerto. Raposo no tardaría
en estarlo. ¿Por qué no dejar a Claire en el fondo de ese profundo lago? Lo único que
tenía que hacer para redondear la historia era fingir que había dado con el traidor
gracias a mí.
»Por lo tanto, decir que ella aún vive no es un acto de fe, sino pura lógica. Está viva,
¿no es así?
Se produjo una larga pausa.
En algún punto de la sala una mosca se peleaba contra una ventana.
Sí, dijo Romilly, sin esperanza. Sí, él entendía que así era.
¿Cómo era aquello que había escrito Hardy? Una comprobación matemática, como
todo problema de ajedrez, para ser estéticamente satisfactoria debe poseer tres
cualidades: inevitabilidad, imprevisibilidad y economía; debe «parecerse a una simple
y bien definida constelación, no a un grupo desperdigado de estrellas como en la Vía
Láctea».
«Bueno, Claire —pensó Jericho—, aquí tienes mi comprobación.
»Aquí tienes mi bien definida constelación.»

El pobre Romilly no quería que Jericho se marchase. Al volver de su despacho


había comprado comida, dijo. Podían cenar los dos juntos. Jericho podía quedarse a
dormir; no sería por falta de habitaciones...
Pero Jericho contempló los muebles disfrazados de fantasmas, los platos sucios, la
botella vacía, las fotografías, y sintió de pronto muchas ganas de irse.
—Gracias, pero se me hace tarde —dijo mientras conseguía ponerse de pie—. Hace
horas que debería estar en Cambridge.
La frustración se posó en el rostro de Romilly como una sombra.
—Si está seguro de que no voy a convencerlo... —Sus palabras sonaron ligeramente
difuminadas. Estaba borracho. En el rellano tropezó con una mesa y encendió una
lámpara con pantalla de borlas, luego acompañó a Jericho hasta el vestíbulo—.
¿Intentará dar con ella?
—No lo sé —respondió—. Tal vez.
El certificado de defunción seguía sobre la bandeja de la correspondencia.
—Entonces necesitará esto —dijo Romilly, cogiendo el documento—. Enséñeselo a
Wigram. Si lo desea, puede decirle que ha venido a verme. Por si él trata de negarlo
todo. Estoy seguro de que entonces le dejará verla. Si usted insiste.
—¿No le causaré problemas a usted?
—¿A mí? —Romilly soltó una carcajada y señaló con un gesto su casa-mausoleo—.
¿ Cree usted que me preocupan los problemas? Vamos, Mr. Jericho. Llévese esto.
Jericho dudó, y en aquel instante tuvo una visión de sí mismo, con unos cuantos
años más, convertido en otro Romilly, pugnando en vano por insuflar vida a un
espectro.
—No —dijo finalmente—. Es usted muy amable. Pero creo que es mejor que esto se
quede aquí.
Dejó atrás con alivio la calle callada y caminó hacia el sonido del tráfico. En
Cromwell Place paró un taxi.
La tarde primaveral había hecho salir a la gente. Las amplias aceras de
Knightsbridge y Hyde Park eran casi una fiesta: profusión de uniformes, americanos
y británicos, de la Commonwealth y del exilio —azul marino, caqui, gris— y por
todas partes pinceladas de color de los vestidos de verano.
Ella debía de estar por allí, pensó, en algún punto de la ciudad. O quizá lo habían
considerado demasiado peligroso y la habían enviado al extranjero, al menos por un
tiempo, para esconderse hasta que todo hubiera quedado relegado al olvido. Se le
ocurrió que gran parte de lo que ella le había dicho tal vez fuera verdad, que bien
podría ser la hija de un diplomático.
Al llegar a Regent Street vio salir del café Royal a una mujer rubia del brazo de un
comandante estadounidense.
Hizo un esfuerzo consciente por mirar hacia el otro lado.
VICTORIA ALIADA EN EL ATLÁNTICO NORTE, rezaba Un cartel de prensa en el
lado opuesto de la calle, SUBMARINOS NAZIS HUNDIDOS.
Bajó la ventanilla y sintió el cálido aire nocturno en la cara.
Y entonces ocurrió algo extraño. Mientras contemplaba las calles atestadas empezó
a experimentar una clara sensación de... bien, no podía llamarlo felicidad,
exactamente. Liberación, era tal vez una palabra más adecuada.
Recordó la última noche que había pasado con ella. Cuando ella se puso a llorar a
su lado. ¿Cuál había sido la causa? ¿Remordimiento, quizá? En cuyo caso era posible
que ella realmente hubiera sentido algo por él.
«—Nunca hablaba de usted —había dicho Hester.
»—Eso me halaga.
»—Del modo que solía hablar de los otros, hace bien en sentirse halagado...»
Y luego lo de aquella postal: «Queridísimo Tom... siempre te consideraré un
amigo... tal vez en un futuro... he sentido mucho saber... las prisas... Besos...»
En cierto modo, era una solución. O, al menos, la mejor solución que él podía
encontrar.
En la estación de King's Cross compró una postal y unos sellos y mandó un mensaje
a Hester pidiéndole que fuese a verlo a Cambridge en cuanto le fuera posible.
En el tren encontró un compartimiento vacío y contempló su reflejo en el cristal,
una imagen que fue aclarándose paulatinamente a medida que anochecía y la suave
campiña iba desapareciendo. Hasta que se durmió.
La entrada principal del college estaba cerrada.. Sólo permanecía abierto el pequeño
portal, y debían de ser las diez cuando Kite, que dormitaba junto a la estufa de carbón,
despertó al oír que la puerta se abría y cerraba. Al levantar el borde de la cortina, vio a
Jericho entrar en el patio grande.
Kite salió sin hacer ruido de la conserjería para ver mejor.
La noche era inesperadamente clara —había muchas estrellas— y por un momento
pensó que Jericho debía de haberle oído salir, pues el joven se había detenido junto al
césped y parecía atento a los ruidos. Pero entonces advirtió que en realidad estaba
mirando el cielo. Por el modo en que Kite lo explicó después, Jericho debió estar en
aquella posición al menos cinco minutos, volviendo la cabeza primero hacia la iglesia,
luego hacia el prado, y finalmente hacia el paraninfo, hasta que por último echó a
andar resueltamente en dirección a su escalera para perderse de vista.
AGRADECIMIENTOS

Estoy en deuda con todos los antiguos empleados de Bletchley Park que se
brindaron a hablarme de sus experiencias de cuando la guerra. En particular, quisiera
expresar mi gratitud a sir Harry Hinsley (sección naval, Cabaña 4), a Margaret
Macintyre y Jane Parkinson (Cabaña 6), al difunto sir Stuart Milner-Barry (ex jefe de
Cabaña 6), a Joan Murray (Cabaña 8) y a Alan Stripp (códigos japoneses).
Roger Bristow, Tony Sale y sus colegas de la Fundación Bletchley Park
respondieron a mis preguntas con enorme paciencia y me permitieron rondar a mis
anchas.
Ninguna de dichas personas es en modo alguno responsable del contenido de este
libro, que es fruto de la imaginación y en absoluto una obra de consulta.
Para aquellos lectores que quieran conocer los hechos en los que está basada esta
novela, les recomiendo fervorosamente Top Secret Ultra, de Peter Calvocoressi
(Londres, 1980); Codebreakers, edición a cargo de F. H. Hinsley y Alan Stripp (Oxford,
1993); Seizing the Enigma, de David Kahn (Boston, 1991); The Enigma Symposium, de
Hugh Skillen (Middlesex, dos tomos, 1992 7 1994); The Hut 6 Story, de Gordon
Welchman (Nueva York, 1982) y GCHQ, de Nigel West (Londres, 1986).
Los pormenores de la Batalla del Atlántico Norte están sacados de las señales
originales procedentes de los U-boote, como constan en el Public Record Office en
Londres, así como de Convoy, de Martin Middlebrook (Londres, 1976) y de The Critical
Convoy Battles of March 1943, de Jürgen Rohwer (traducción inglesa, Londres, 1977).
Por último, quisiera hacer constar mi especial agradecimiento para Sue Freestone y
David Rosenthal, ninguno de los cuales dejó de creer nunca en Enigma, incluso en esas
ocasiones en que fue un misterio para su propio autor.

ROBERT HARRIS
Junio de 1995

También podría gustarte