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Una Vida Perfecta - Mario Escobar

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UNA VIDA PERFECTA

Cuando ser escritor se convierte


en una profesión de riego

Mario Escobar
Mario Escobar
Copyright © 2017 Mario Escobar.
Todos los derechos reservados.
A todos los que aún creen en el ser humano.
Muchos de los datos de esta obra son reales, otros son ficticios y
algunos han sido cambiados para no poner en peligro la vida o la
reputación de sus verdaderos protagonistas.
“¡Si la naturaleza se opone, lucharemos contra ella”.
y la haremos que nos obedezca!”.
Simón Bolívar, libertador de Venezuela.

“El petróleo hasta ahora ha sido un arma para dominar a los pueblos.
Nosotros planteamos el petróleo como arma para liberarnos”.
Hugo Chávez, presidente venezolano.

“Ahora América es, para el mundo, nada más que los Estados Unidos:
nosotros habitamos, a lo sumo, una sub América, una América de
segunda clase, de nebulosa identificación. Es América Latina,
la región de las venas abiertas”.
Eduardo Galeano, Las venas abiertas de América latina.

“El que dice una mentira no sabe qué tarea ha asumido, porque estará
obligado a inventar veinte más para sostener la certeza de esta
primera”.
Alexander Pope, poeta inglés.

Contenido
UNA VIDA PERFECTA
Prólogo
1ª Parte. El escritor del año
Capítulo 1. Un tango en Buenos Aires
Capítulo 2. El ascensor
Capítulo 3. Mañana
Capítulo 4. Simón Fajardo
Capítulo 5. Costanera Sur
Capítulo 6. De vuelta a casa.
Capítulo 7. Un día en Madrid
Capítulo 8. Donde las dan las toman
Capítulo 9. La ciudad de los castizos
Capítulo 10. Locura transitoria
Capítulo 11. Sorpresas
Capítulo 12. La visita
Capítulo 13. El general
Capítulo 14. El vuelo
2ª Parte. Bienvenido Mr. Dorado
Capítulo 15. Caracas
Capítulo 16. Los Fajardo
Capítulo 17. Las misiones
Capítulo 18. Enemigos íntimos
Capítulo 19. Sandra Manzano
Capítulo 20. Un hermoso paisaje
Capítulo 21. La historia de Inés
Capítulo 22. La llave
Capítulo 23. La librería
Capítulo 24. Cubano
3ªParte. Dulce Che Guevara
Capítulo 25. Despierta
Capítulo 26. Dos días
Capítulo 27. Dudas
Capítulo 28. La oscuridad
Capítulo 29. Camino del aeropuerto
Capítulo 30. Perros en la noche
Capítulo 31. El opositor
Capítulo 32. A un centímetro de mi muerte
Capítulo 33. Mauricio
Capítulo 34. Camino a la libertad
Capítulo 35. Cóndor
Capítulo 36. En un pueblo apartado
Capítulo 37. Vida o muerte
Capítulo 38. La vid verdadera
Capítulo 39. El principio del fin
Capitulo 40. El último acto
Epílogo
Prólogo
Fue mi año de gloria. En octubre del 2012 había ganado el Premio
Planeta, me había embolsado más de seiscientos mil euros y por
primera vez mis libros llegarían a millones de personas en todos los
idiomas. La editorial organizó una gira espectacular: teníamos que
recorrer más de veinte países en cuatro meses, comenzando por el
norte de América, desde México hasta Argentina. Llevaba una década
escribiendo y había visitado dos ferias internacionales; conocía
Colombia y México, pero nunca había hecho una gira continental.
Además, cuando el libro saliera en inglés a mediados de año, mi
editora me había comentado que tendríamos que viajar a los Estados
Unidos, Gran Bretaña, Francia, Italia, Alemania y Holanda. Lo que
estaba viviendo era el sueño de cualquier escritor, poder convertirse en
uno de los más admirados y leídos del mundo.
Mi esposa, Ana Andreu, me acompañó hasta Madrid, ya que
vivíamos en Girona; dejó al niño con su madre y me acompañó en AVE
hasta Madrid, pasamos una noche de infarto en el Hotel Ritz,
celebrando por todo lo alto la gira y por la mañana temprano nos
fuimos en taxi al aeropuerto. Recuerdo su cabeza apoyada en mi
hombro, me sentía el hombre más feliz del mundo. El público y la
crítica aclamaba mi obra, aunque unos pocos críticos progres me
acusaban de haberme vendido al mercado editorial con un libro
complaciente con el franquismo. La novela se titulaba La noche en
llamas y era la historia de un periodista norteamericano en el Madrid,
defendido por las fuerzas republicanas, que acompañó en sus últimas
horas a los prisioneros de derechas fusilados en Paracuellos en 1936.
Sin duda llegar a la cumbre de la fama literaria a los cuarenta y ocho
años era un verdadero regalo de los dioses.
Recuerdo que, en el aeropuerto, mi esposa miró con recelo a
Marcela García, la joven editora que me acompañaría en el viaje de
promoción. Marcela era argentina, debía tener unos treinta años;
siempre vestía de manera elegante, como una ejecutiva; su pelo rizado
y castaño resaltaba su cara pálida y sus profundos ojos azules; siempre
parecía alegre y transmitía una energía especial. Ana, una catalana de
ojos azules y piel muy blanca, la miró con cierto desdén mientras me
despedía con el beso más apasionado que me había dado en nuestros
quince años de matrimonio. Me alejé hacia el control con la sensación
de que mi vida ya no sería la misma. Lo que no sabía entonces era que,
cuando uno llega a la cima de su carrera, lo único que le resta es bajar
en caída libre.
Mientras me acomodaba en el asiento del avión abrí el periódico
El País, leí por encima varias noticas hasta llegar a una que me llamó
poderosamente la atención, la muerte de Hugo Chávez, el presidente
de Venezuela y uno de los hombres más polémicos del corto siglo XXI,
que parecía no dejarnos tregua desde los atentados del 11 de
septiembre. Aquel país caribeño era uno de los pocos que no visitaría
en mi gira de promoción, lo que no podía ni imaginar es que unos
años más tarde Venezuela cambiaría mi vida para siempre.
1ª Parte. El escritor del año
Capítulo 1. Un tango en Buenos Aires

Buenos Aires, 13 de mayo del 2016

Llegamos al Sheraton a las ocho de la noche. La presentación en la


Feria Internacional del Libro de Buenos Aires había sido un verdadero
desastre: llevaba unas cervezas de más, y a la cuarta pregunta
impertinente de un periodista del periódico Clarín, me aferré al
micrófono y me puse a insultarlo; mi editora me tiraba de la chaqueta
por debajo de la mesa, pero no paré hasta que un guardia de
seguridad le echó de la sala. Desde hacía un año la prensa no había
dejado de fustigarme por mi última novela Los soles de marzo, una
reflexión mordaz sobre la actualidad política de Europa en forma de
reflexión monologada. Los que antes aplaudían mis libros ahora no se
cansaban de destrozarlos desde la sección de crítica literaria de los
periódicos. El público comenzó a ponerse nervioso en la sala mientras
soltaba toda mi furia sobre los asistentes atónitos.
–He pretendido mostrar al mundo su grado de decadencia moral
y cívica, pero veo que es como arrojar perlas a los cerdos. No tenéis
sentido de la estética, el pensamiento ni apreciáis una obra de arte.
¡Sois basura! –grité hasta que mi distorsionada voz se escuchó por
todo el pabellón.
Me marché del salón entre los abucheos de casi un millar de
personas y con la sensación de que estaba tocando fondo.
–Tienes que firmar los ejemplares –me dijo mi editora mientras
caminaba a toda prisa entre los llamativos estand de las editoriales.
Todo aquel oropel me daba ganas de vomitar. Pensaba que el mundo
editorial era una gran pantomima y los escritores unos bufones
expuestos a la masa hambrienta de experiencias light.
–Me importa una mierda la maldita firma. ¿Piensas que después
de lo sucedido alguien va a venir para que le firme un ejemplar? No
hemos vendido casi libros en España, que es mi público más fiel, y no
creo que logremos vender nada en La Pampa –le dije mientras buscaba
la salida y esquivaba a todos los que intentaban saludarme o
insultarme. Medio centenar de personas nos seguían como una turba,
pero logramos darles esquinazo y buscar un taxi a toda prisa.
Mientras observaba por la sucia ventana las anchas avenidas de
Buenos Aires, recordé la primera vez que, con mucha ilusión, recorrí
sus calles. Aquella urbe me recordaba a las canciones de Joaquín
Sabina y a los tangos que mi madre oía en su pequeña radio de mi
niñez. El taxi se aproximó al Sheraton y una vez más me arrepentí de
que mi editora no hubiera elegido el Hilton de Puerto Madero. Allí se
encontraban los mejores restaurantes de la ciudad y por la noche se
podía pasear por el canal y observar los rascacielos iluminados de la
ciudad.
–No me puedo creer que hayas montado ese numerito. Te veía
mal, pero creo que hoy te has superado. Desde que comenzó esta gira
estás fuera de control –dijo Marcela poniendo su suave mano sobre mi
muslo.
Intenté disculparme, pero no pude. Mi vida parecía dirigirse a
toda velocidad hacia el abismo y al menos quería mantener mi
dignidad mostrando un enfado que no era contra nadie en el fondo,
sino conmigo mismo. Era consciente de que mi última novela era
pretenciosa, farragosa y presuntuosa. Me molestaba el cliché de
escritor superventas y que algunos compañeros me tildaran de best
seller. Había pensado en crear una obra inmortal, el libro más
importante de la primera mitad del siglo XXI en castellano. El resultado
había sido una pesada y cansina acumulación de tópicos, frases
manidas y provocaciones innecesarias. Todo esto era fruto de mis
complejos, de la importancia que daba a las opiniones de los demás y
la poca confianza que tenía en mí mismo. Ana me lo había advertido
muchas veces, pero nunca la escuchaba, solo prestaba atención a mi
ego estúpido y pretencioso. Me amargaba no tener ya un asiento en la
Real Academia de la Lengua; ninguneado como el famoso escritor
Francisco Umbral, me fastidiaba que no me invitaran a las tertulias
políticas, y que la única columna que hubiera conseguido en prensa
fuera en El Diario de Girona, una publicación de provincias
obsesionada con la independencia de Cataluña y las fiestas agrícolas.
El taxi se detuvo delante del hotel y bajé a toda prisa, entré en el
elegante recibidor y esperé impaciente a Marcela. Mientras se acercaba
con su ajustado vestido, su rizado pelo castaño suelto, y sus zapatos de
tacón infinitos no pude evitar quedarme como un pasmarote
observándola. Muchas veces había fantaseado con acostarme con ella,
pero aquella noche, al borde de la desesperación, su cuerpo
espectacular me parecía lo único que podría devolverme algo de
sosiego.
–¿Dónde quieres cenar? –me preguntó con el rostro todavía
serio. Sabía que tendría que mandar un informe a Barcelona y que los
titulares en los periódicos del día siguiente no le iban a gustar nada al
director de la editorial. Ella se llevaría una soberana bronca por lo
ocurrido, aunque Marcela también necesitaba un cambio, ya no
soportaba a su jefe, un mequetrefe que había ocupado el puesto
vacante que le correspondía a ella. Era un verdadero inútil y
pretencioso gañán, más preocupado por su traje de Gucci que por la
colección de libros del sello donde trabajaba. A mí tampoco me caía
muy bien, siempre distante y con aquel aire de superioridad que me
daban ganas de vomitar y todo porque había sido uno de los editores
más famosos de Nueva York en inglés una década antes.
–No tengo apetito. Creo que pediré que me lleven algo a la
habitación –le contesté mientras caminaba cabizbajo hacia los
ascensores.
Esperamos un minuto hasta que las puertas doradas se abrieron.
–No me jodas Javier, es nuestra última noche en Buenos Aires.
Mañana se nos van a echar todos encima como leones, ¡que se jodan!,
esta noche tenemos que fundir la tarjeta de la editorial.
La miré sorprendido, pero al menos su comentario me animó un
poco. Mis últimas novelas habían generado varios millones de euros a
mi editorial y, a pesar de que había ganado un buen pellizco, los
escritores apenas nos quedábamos las sobras del beneficio de
nuestros libros. Era cierto que ahora los viajes internacionales los hacía
en primera, que me llevaban a hoteles de lujo y restaurantes de cuatro
tenedores, pero bien que me lo había ganado. Después del fiasco de
mi última novela mi agente tendría que buscar una editorial más
modesta, un adelanto pequeño y una tirada ridícula y a mis más de
cincuenta años aquello sonaba a fracaso.
–Tienes razón, pero me siento algo cansado. Cenamos en el
hotel, el chef es muy bueno y podemos fundir la tarjeta sin necesidad
de tomar un taxi…
–Ok, pero no tardes mucho, si me quito los zapatos y me pongo
cómoda, me costará bajar a cenar.
–Dame diez minutos. Únicamente tengo que hacerme unos
retoques –bromeé. Lo cierto es que a pesar de mi edad me conservaba
bastante bien. Algunas veces pensaba que estaba más atractivo que
cuando era más joven. Tenía bastante pelo, las canas se habían
conformado en blanquearme las patillas y la barba fina que me cubría
la cara; mis ojos grises parecían más grandes desde que había perdido
peso y había heredado la elegancia de mi padre, que a pesar de ser un
pastelero extremeño afincado en Girona, siempre había tenido un
porte de actor de cine de los años cincuenta.
Marcela se bajó en su planta y yo continué hasta la suite del Park
Tower, la parte más exclusiva del Sheraton. Desde las cristaleras de mi
habitación se veía el río y la ciudad aún parecía encontrarse bajo mis
pies. Aquella era mi última noche de gloria y debía aprovecharla al
máximo. Me di una ducha rápida, me cambié de camisa y traje,
después me observé un rato ante el espejo.
–¿Lo vas a hacer, cabrón? –me dije, pero mi rostro pétreo apenas
arrugó el gesto. Aún me encontraba enfadado, algo mareado por el
alcohol y con la sensación de estar acabando con lo que había sido mi
vida en los últimos cuatro años. A algunos la fama les había durado
mucho menos. Me acordé del comentario de Enrique Vila Matas en El
País, en el que decía que el fracaso y la literatura estaban íntimamente
vinculadas, después pensé que para fracasar al menos antes tenías que
haber triunfado y eso no me lo iba a quitar nadie. Me ajusté la corbata
y sonreí cínicamente al esperpento que tenía delante. El buen padre,
esposo y exitoso escritor, ahora iba a dejar paso al nuevo Javier
Dorado, aunque sus pasos me llevaran ante las mismas puertas del
infierno.

Capítulo 2. El ascensor
El tiempo se había pasado volando, llevaba veinte minutos en la
habitación y cuando miré el teléfono tenía cuatro mensajes de Marcela.
Le respondí y salí hacia los ascensores a toda prisa. Miré a ambos
lados, pero las cabinas parecían subir a paso de tortuga. Pensé en bajar
por las escaleras, pero estaba demasiado alto. Al final aproveché el wifi
del hotel y miré las noticias, por si algún medio digital ya había sacado
mis improperios en la presentación de la Feria, afortunadamente la
prensa aún no había lanzado sus exabruptos contra mí. Debería
esperar a la mañana siguiente para leer las mordaces críticas de los
periodistas. Al final las puertas se abrieron y entré decidido, apenas
había descendido un par de pisos, cuando el ascensor se detuvo de
nuevo. Nadie subió, por lo que apreté el botón para cerrar las puertas
de nuevo, justo en ese momento un hombre algo más alto que yo, con
el pelo negro y rizado entró mientras las puertas estuvieron a punto de
aplastarle, aunque enseguida di al botón de apertura. Le seguían otros
dos tipos vestidos con traje y corbata y una mujer. El hombre me miró
enfadado y uno de sus guardaespaldas apretó el botón.
–Casi me aplasta –se quejó el extraño.
–Lo siento, no le había visto –contesté algo confuso.
Los dos guardaespaldas se pusieron a mi lado y por unos
segundos temí que me dieran una paliza allí mismo. La mujer se agarró
del brazo del hombre y este pareció relajarse. Al llegar a la planta del
restaurante el grupo salió primero, los seguí a cierta distancia mientras
miraba el teléfono, al levantar la vista pude ver a Marcela. Se había
cambiado, ya no llevaba la ropa de ejecutiva, su traje escotado de color
negro resaltaba sus curvas y su pelo suelto caía por los hombros
desnudos. Debí quedarme con la boca abierta unos momentos, ya que
al final me sonrió y me dijo:
–Deja de babear. ¿Nunca has visto a una mujer arreglada?
–Perdona, pero estás espectacular.
Llevábamos viajando juntos muchos años, aunque nuestra
relación se centraba en el trabajo y nunca nos llamábamos o veíamos
fuera de las giras, teníamos mucha confianza el uno con el otro.
Conocía su fallida relación con un traductor italiano, los detalles de su
familia y sus gustos alimenticios. En cierto sentido nos parecíamos a un
matrimonio de conveniencia, que guardaba las formas, pero dormía en
habitaciones separadas.
Nos dirigimos a la entrada del restaurante. El tipo que me había
encontrado en el ascensor y su séquito se puso en una mesa redonda
cerca del ventanal que daba a la avenida. El metre nos miró sonriente y
nos pidió que le acompañásemos, nos sentó en una mesa en un lugar
apartado y nos dejó amablemente la carta. Miré los vinos y elegí el
más caro, un reserva Catena Zapata del 2006, en cuanto vi el precio me
sentí un poco mejor. Pedimos una buena carne argentina y
comenzamos a devorar algunas tapas que nos habían puesto para ir
matando el hambre.
–No debes preocuparte demasiado. Hoy has metido la pata, pero
todos tenemos un mal día.
–El problema es que yo llevo un mal año. 2013 fue espectacular,
ni la maldita crisis pudo conmigo; he ganado más dinero en los últimos
cuatro años que en toda mi vida, pero 2017 es mi annus horribilis y
sabes que un escritor de éxito no se puede permitir un mal año. Ves
esta botella de vino, cuesta más que el sueldo de un año de muchos
argentinos y algunos españoles. La bodega se puede permitir varios
años malos, aunque al final eso le pase factura, pero un escritor con un
solo libro malo puede tirar su carrera a la basura –dije mientras daba
un buen trago a la copa. Esperaba por lo menos beberme una botella
más antes de irme a dormir.
–No exageres, todos los escritores han tenido un mal año. La
Hojarasca fue un fracaso absoluto para Gabriel García Márquez,
Rebelión en la granja no vendió casi ejemplares; J. K. Rowling no ha
tenido mucho éxito desde que terminó con su saga de Harry Potter.
Como decía Borges: “Hay derrotas que tienen más dignidad que una
victoria”.
–Mierda, Marcela, la he cagado. Joder, no tuve que escribir ese
libro, me iba bien con los best seller, pero quería el aplauso de la crítica
y pasar a la historia, pero esas cosas solo le suceden a gente como
Camilo José Cela o Arturo Pérez Reverte, escritores que siempre caen
de pie.
Marcela puso los ojos en blanco y después levantó su copa.
–Por los siempre obsesivos y depresivos escritores, si algún día
encuentro alguno optimista me pego un tiro.
Chocamos las copas y por unos instantes logré olvidarme de mi
estrepitoso fracaso.
–Ese tipo de allí, el de la mesa redonda, hace un rato casi le
aplasto con las puertas del ascensor, no veas cómo se ha puesto,
pensé que me lanzaba a sus gorilas.
Marcela se giró y miró por unos instantes al hombre. En la lejanía
pude contemplarlo mejor, era muy atractivo, con un aire entre artista y
ejecutivo progre.
–¿Te refieres al de la coleta?
–Sí, claro.
–¿En serio no sabes quién es? –me preguntó extrañada.
–No tengo ni la más remota idea. ¿Debería conocerle? –pregunté
mientras intentaba esforzarme por recordar.
–Es Simón Fajardo, un millonario venezolano muy conocido. Su
familia es una de las fundadoras de Caracas y siempre ha estado entre
la élite criolla. En los últimos años se ha subido al carro del chavismo,
tiene la empresa alimenticia más importante del país, además muchos
creen que puede ser el sustituto de Nicolás Maduro, las cosas en
Venezuela están muy mal y el ejército está pensando en lavar un poco
la cara del gobierno –dijo Marcela, como si fuera una verdadera
experta en el tema.
Mi conocimiento de Venezuela era muy limitado, conocía algo
del anterior presidente, Hugo Chávez, y del rifirrafe que tenía la
oposición y el actual presidente Maduro, pero mi información provenía
de artículos de periódico y un par de especiales televisivos sobre la
situación en el país. La primera vez que había escuchado hablar sobre
los chavistas y bolivarianos había sido a unos amigos venezolanos con
los que nos veíamos de vez en cuando, pero aparte de eso mi
conocimiento sobre el país era muy escaso.
–Bueno, el apuesto galán está casado con una antigua miss
Venezuela llamada Inés Marcos, que naturalmente no es la mujer con
la que está sentado en este momento.
Le volví a observar y el hombre cruzó por un instante su mirada y
me giré bruscamente.
–Un empresario venezolano –dije en voz alta.
–El “empresario venezolano”, su fortuna es incalculable –
especificó Marcela.
Llegó el asado y comenzamos a disfrutar de la comida. Devoré
con ansia la pieza y las papas asadas de la guarnición. Últimamente
había cogido algo de peso, pero el estrés me tenía muerto de hambre.
Mi cerebro estaba seco tras el fracaso de la última novela, por eso
temía caer en una etapa de bloqueo. Nunca me había sucedido hasta
ese momento, pero de alguna manera el 2017 parecía la tormenta
perfecta, por no hablar de lo de Ana, mi esposa.
–¿Qué piensas?
–Bueno, uno llega a los cincuenta y piensa que ahora podrá
disfrutar de todo lo que ha logrado en la vida pero la realidad es muy
distinta.
–Te queda la familia, Javier. No todo es el trabajo –comentó
Marcela mientras se limpiaba los labios con una servilleta.
Me quedé por unos minutos observando sus gruesos labios rojos
y sus rasgos perfectos antes de responder.
–Lo dice alguien que trabaja casi doce horas al día y que no tiene
familia.
Marcela pareció ofenderse. A veces podía ser un capullo.
–Eso no es asunto tuyo.
–Lo siento, no debía haber…
–No he tenido suerte con los hombres. En el mundo editorial los
que no están pillados son unos chulos, prefiero estar sola que mal
acompañada –dijo Marcela después de dar un trago largo al vino.
–Lo entiendo.
–¿Qué vas a entender? Tú estás felizmente casado.
–Bueno, últimamente las cosas entre Ana y yo no van muy bien.
No la culpo, la escritura de mi último libro fue muy complicada. A
veces soy insoportable –dije algo desanimado, como si de nuevo
sintiera que las nubes negras comenzaban a rodearme.
–Todas las parejas tienen sus crisis. ¿Cuánto tiempo lleváis
juntos? Treinta años.
–¿Piensas que soy un vejestorio? Llevamos diecinueve, mucho
tiempo, pero esta vez es diferente, creo que hemos llegado a nuestro
límite, ya no parece que tengamos nada en común –dije
avergonzándome de haber expresado en voz alta mis sentimientos.
Marcela aferró mi mano con la suya, y al sentir el contacto de
otro ser humano casi me echo a llorar. Llevábamos tres semanas fuera
de casa y en todo ese tiempo era la primera vez que había sentido la
cercanía de una persona. Era muy duro viajar por el mundo, aunque la
gente me consideraba un escritor de éxito, en el fondo solo era un
hombre en busca de afecto y reconocimiento.
–Tranquilo, todo saldrá bien. Ya sabes que los chinos dicen que
las crisis son oportunidades –me dijo sonriente.
–No me jodas, esa mierda del yoga te está comiendo la cabeza –
le contesté mientras nos echábamos a reír.
El metre nos dio la carta de los postres y nos los explicó
brevemente, pero no entendimos nada de lo que decía.
–Qué tipo, mira que soy argentina, pero no sé de dónde ha
salido. No se le entiende ni papa.
Pedimos una segunda botella de vino y después nos tomamos
unas copas. Cuando terminamos la cena éramos, junto al famoso
millonario venezolano, los únicos que quedábamos en el salón.
–Bueno, creo que hay que recogerse, mañana tenemos un largo
viaje para España. Prométeme que no leerás los periódicos –me dijo
Marcela mientras recogía el ligero chal que tapaba sus hombros.
Respiré hondo y no supe qué contestar, era inevitable que mirase
los titulares.
–Está bien, haz lo que quieras. Eres un cabezón.
–Gracias por todo, Marcela –le dije con una sonrisa.
–Ha sido un placer, aunque es cierto que en este viaje has estado
especialmente nervioso e irritable, pero conmigo te has portado como
un caballero.
–Un caballero, justo lo que a las mujeres no les gusta –le contesté
mientras mi editora pagaba la cuenta.
Nos pusimos en pie y nos dirigimos a los ascensores, el
millonario venezolano no dejó de mirarnos hasta que salimos del
salón. Esperamos un par de minutos hasta que llegó el ascensor. Me
sentía incómodo, me parecía que era mi última oportunidad para
conquistar a Marcela, pero qué iba a querer una chica de treinta y
tantos años con un cincuentón.
Subimos en silencio al ascensor, dimos a nuestras plantas y nos
apoyamos en la pared de la cabina.
–Bueno, mañana no hay que madrugar –dijo Marcela.
–Por fin –bromeé.
El ascensor se paró en el piso de la editora y se abrieron las
puertas, ella salió, pero apenas había puesto un pie fuera cuando se
giró y me dijo:
–¿Quieres tomar la última en la habitación?
Por unos segundos me quedé boquiabierto, entonces las puertas
comenzaron a cerrarse y apreté el botón de apertura de nuevo.
–Sí, claro –dije mientras bajaba. De alguna manera estaba
cruzando la última frontera que me apartaba de mi vida perfecta de
buen padre, escritor y esposo.
Marcela me dio la mano y caminamos como dos adolescentes
hasta la entrada de la habitación, abrió con la tarjeta y pasamos
nerviosos, me quedé de pie, mientras ella se dirigía al mini bar. Sacó
dos botellas de licor y la sirvió en vasos de plástico.
–No es muy glamuroso –bromeó.
Tomé el licor y ella se sentó en la cama, con la mano me indicó
que me pusiera a su lado.
–Llevamos cuatro años viajando, conozco tus virtudes y tus
defectos, pero tal vez esta sea la última vez que nos veamos –comenzó
a decir Marcela.
–Seguro que no.
–Ya me entiendes, quiero que sepas que eres un hombre
maravilloso, saldrás de esta. Tienes mucho talento y…
No dejé que continuase, comencé a besarla y nos fundimos en
un largo abrazo, me encontraba algo mareado pero sabía
perfectamente lo que hacía. Necesitaba sentir, experimentar que aún le
importaba a alguien, que podía hacer algo bien. Nos tumbamos en la
cama y comenzamos a acariciarnos, mi mente se relajó por fin y dejé
de pensar.

Capítulo 3. Mañana
Me desperté con un fuerte dolor de cabeza, me sentía mareado y con
náuseas, un pequeño hilo de luz penetraba por las cortinas de la
habitación, me giré levemente deseando que lo sucedido la noche
anterior se tratase de un sueño y que no habría nadie a mi lado.
Respiré hondo y me puse en pie, caminé desnudo por la habitación,
pisando la cálida moqueta hasta que llegué al baño. Encendí la luz y vi
los productos de belleza al lado del lavabo y exclamé:
–¡Mierda!
Era la habitación de Marcela, no se trataba de un sueño, nos
habíamos acostado. Salí a toda prisa del baño. Mi ropa estaba
desordenada sobre un sillón, me vestí a toda prisa, como si la urgencia
pudiera aliviar en parte la culpa, pero antes de que me subiera los
pantalones escuché el timbre del teléfono. Miré la pantalla y el nombre
de mi esposa brilló iluminándome la cara.
–¡Mierda, mierda!
Al final apreté el botón e intenté calmarme, sabía que Ana era
capaz de leerme el pensamiento.
–Hola, cariño –dije en el tono más neutro que pude. Nuestra
despedida no había sido muy cordial, en la mayoría de las
conversaciones de aquellas semanas me pasaba a los niños enseguida,
como si no quisiera hablar conmigo.
–¿Por qué no contestabas? –me preguntó seca, como si hubiera
estado llamándome durante horas.
–No encontraba el teléfono, acabo de despertarme. ¿Qué hora es
en Girona?
–No me llamaste anoche. Estaba preocupada. He leído los
periódicos.
–¿Has leído los periódicos? –pregunté. No me acordaba de mi
numerito en la Feria del día anterior.
–Sí, sales en todos los de América y España, incluso en las redes
sociales reproducen un video de Youtube en el que te peleas con un
periodista del periódico Clarín.
–¿En las redes sociales? La maldita tecnología siempre haciendo
de las suyas –dije mientras notaba que el corazón se me aceleraba de
nuevo.
–Si lo que quieres es hundir tu carrera, estás haciendo un buen
trabajo. A este paso no te querrá publicar ninguna editorial del mundo
y tus lectores te odiarán.
Escuché un pitido en el teléfono, miré la pantalla y vi reflejado el
teléfono de mi agente.
–Me está llamando Sara por la otra línea.
Se hizo un breve silencio, que no indicaba nada bueno.
–¿Prefieres hablar con ella?
Aquella era el tipo de pregunta trampa que no estaba dispuesto
a contestar.
–No. ¿Cómo están los niños?
Mientras Ana me contaba algunos pormenores de las últimas
jornadas y los problemas con otras madres del colegio. Marcela entró
en la habitación y me hizo un gesto para preguntarme con quién
estaba hablando. Le dije que con mi mujer, mientras tapaba
ligeramente el teléfono.
Marcela llevaba puesto un ajustado conjunto para hacer deporte
que marcaba sus curvas como si fueran un guante. Se inclinó delante
de mí y me bajó los calzoncillos. Hice un gesto para detenerla, pero era
demasiado tarde. Lo último que vi fueron sus ojos desaparecer entre
mis pantalones. Intenté concentrarme en la conversación, pero a duras
penas pude enterarme de nada.
–¿Qué estás haciendo? –preguntó Ana, que parecía tener un
sexto sentido. Nunca la había engañado con nadie, pero la única vez
que me había atrevido a coquetear con una alumna de la universidad,
un breve tiempo que fui profesor de literatura, me tuvo un mes sin
sexo y pidiéndole perdón por las esquinas.
–Nada –intenté disimular.
–¿Estás con Marcela? –me preguntó adivinando en parte lo que
pasaba.
–No –respondí con rapidez, para intentar apartar cualquier idea
de su mente.
–No me lo puedo creer, estás con esa puta. Siempre has sido un
débil y un gilipollas. Tu novela es una porquería, no ha vendido casi
nada y has buscado consuelo entre las piernas de esa furcia. Olvídate
de volver a ver a tus hijos –dijo mientras colgaba el teléfono.
Me derrumbé en la cama y después de unos minutos Marcela se
tumbó a mi lado. Sonreía y me miraba con sus ojos picarones.
–¿Qué te ha dicho Ana?
–Nada, que tiene unos problemas con unas madres del colegio,
ya sabes.
Me debió de ver la cara de angustia, porque me abrazó y me dijo
al oído:
–Una mala racha la tiene cualquiera. Mira el lado positivo, todo el
mundo está hablando de tu libro. Seguro que lo que pasó ayer
aumenta las ventas.
En ese momento lo último que importaba era mi novela. Llevaba
toda la vida con Ana. En algunas ocasiones podía ser un poco
insoportable, despiadada y con un genio terrible, pero la amaba con
toda mi alma.
–Será mejor que me marche –comenté mientras terminaba de
vestirme.
–Estás chapado a la antigua –me comentó cuando me dirigía al
pasillo.
–Puede ser, ya tengo más de medio siglo.
–Te espero en media hora en el restaurante, es nuestro último
desayuno en Buenos Aires –dijo con el ceño fruncido, como si se
sintiera despreciada por mi actitud.
Salí al pasillo y llamé al ascensor, al abrirse las puertas me
observé brevemente en el espejo. Tenía ojeras, el pelo revuelto y el
aspecto de un hombre maduro en plena crisis existencial. Había
logrado superar la de los cuarenta sin hacer ninguna locura, para
meter la pata justo a los cincuenta.
Entré en la habitación y miré el teléfono. Leí un wasap de mi
agente mientras me dirigía al baño para darme una ducha.
“La editorial me ha llamado, quiere rescindir el contrato. No
publicaremos con ellos la próxima novela, al menos nos dejan la mitad
del adelanto que te habían dado. Por favor, quédate callado por
ahora”.
Dejé el teléfono y me metí debajo del agua. La ducha logró
relajarme un poco, aunque me sentía como el más miserable de los
hombres. En los últimos años apenas había pisado una iglesia, pero se
me pasó por la cabeza que estaba sufriendo las pruebas del santo Job.
Durante la mayor parta de mi vida había sido honrado, fiel y abnegado.
Me había limitado a trabajar, ayudar a los demás y centrarme en mi
carrera. En unos meses todo se había ido al traste, aunque sin duda las
cosas nunca venían solas. Todo este proceso de decadencia había
comenzado mucho antes. La fama y la gloria siempre nos conducen a
la cumbre, para después arrojarnos al abismo.
Recordé la frase de Chejov: “El hombre vulgar espera lo bueno y
lo malo del exterior, el hombre que piensa lo espera de sí mismo”. Yo
era el culpable, era inútil buscar en otro lado.
Antes de que llamara Ana me había intentado convencer de que
había caído en la tentación movido por la desesperación y el alcohol,
pero no era cierto. Deseaba hacerlo, de otra manera no hubiera
repetido mi engaño por segunda vez aquella misma mañana. Tenía la
necesidad de autocompadecerme. Era un escritor de éxito, con una
familia formidable, rodeado de amigos y admirado por todos, pero al
parecer no era suficiente. Nunca nada es suficiente.

Capítulo 4. Simón Fajardo


Mientras descendía hacia el comedor me sentía como un reo camino
del cadalso. A muchos les podría sorprender mi actitud, pero durante
toda mi vida había sido un hombre cabal, sin apenas enfrentamientos
ni polémicas, pero cuando la vida me había puesto realmente a prueba
no había sabido reaccionar. Llevaba varias décadas escribiendo; había
creado una rutina de escritura: caminatas agradables por mi ciudad,
conferencias y viajes de promoción. Pasaba unos seis meses en casa,
trabajando un par de horas al día, acompañando a mi mujer a resolver
los negocios de su familia, una antigua y patricia saga de agricultores
vinícolas, que poseían una bodega en el Empordà y una flota de
camiones. Vivía como un burgués, aunque teníamos dinero suficiente
para hacerlo como millonarios. Al principio la familia de Ana no me vio
con buenos ojos, no era lo suficientemente gerundense, aunque lo que
querían decir realmente era que no tenía una ascendencia plenamente
catalana. Pasados los años terminaron por aceptarme, a lo que mis
hijos habían colaborado, aunque seguían preguntándome por qué no
escribía mis libros en catalán o mis opiniones sobre la soberanía de
Cataluña y el derecho a decidir. Siempre fui sincero, como buen
izquierdista veía con buenos ojos cualquier tipo de votación, aunque
no me consideraba independentista, de hecho, en los últimos años me
había alejado de la política y centrado en los libros.
Escuché el pitido del ascensor y salí de mi ensimismamiento para
dirigirme al comedor. Marcela me esperaba mientras tomaba un café.
–Por fin has bajado –me reprochó.
–Lo siento, pero estoy algo aturdido –contesté sin profundizar
más en mis sentimientos. Después pedí un café cargado y llevé un
plato del bufé con todo tipo de comida dulce y salada, los nervios de
las últimas horas me habían despertado el apetito.
Comimos en silencio, a veces levantaba la vista y observaba la
ciudad por la inmensa cristalera. Podía haber nacido en Buenos Aires si
mis padres en lugar de emigrar a Cataluña lo hubieran hecho a
Argentina. En cierto sentido me sentía de todas partes y de ninguna. El
desarraigo era una forma de existencia, la identidad de cualquier
emigrante se disolvía enseguida, como un azucarillo en el café. Las
tradiciones que otros amaban con toda su alma, para mí eran meras
costumbres ancestrales, en muchos sentidos no me sentía identificado
con la masa, siempre tenía la sensación de sentirme fuera de lugar,
incapaz de integrarme con la mayoría.
–¿No vas a hablar en lo que nos queda de viaje? –preguntó
Marcela con el ceño fruncido.
–Deja que me despierte, llevo veinticuatro horas un poco locas,
por decirlo suavemente. ¿Has leído los periódicos?
–Te dije que no leyeras a esos boludos. Eres Javier Dorado, uno
de los escritores más leídos en español y más traducido a otros
idiomas. Un mal año lo tiene cualquiera.
–Me han rescindido el contrato del próximo libro –le comenté
con una mueca.
–Necesitabas un cambio. Lo siento más por mí que por ti. Si
supieras a todos los estúpidos engreídos que tengo que acompañar en
sus campañas de promoción. Todos intentan meterse en mi cama, tú
siempre has sido un caballero. Tómate lo que pasó como una
despedida, a veces la gente como tú le da mucha importancia a la
conciencia. Aquí, en Argentina, nos pasamos el tiempo en el
psicoanalista por esa mierda de la culpa. Solo echamos un polvo.
La miré sorprendido, sabía lo que habíamos hecho, pero me
costaba separar ele sentimiento del sexo. Si me había acostado con
Marcela, además de por su imponente cuerpo, era sin duda por su
personalidad. Me parecía una gran mujer, con una fuerza interior
increíble.
–Yo no creo que dure mucho tiempo en la editorial. Me han
hecho la cama, ya no puedo ascender con ese imbécil que han puesto
por encima de mí. A lo mejor resulta que nos vemos en el futuro en
otra editorial. Este mundo no es muy grande, pero si no cambias de
vez en cuando estás perdido.
–Los escritores lo tenemos peor –le aseguré. Dentro del
ecosistema literario los escritores éramos la base de la alimentación,
pero otras especias más fuertes y poderosas nos controlaban. La
famosa agente Carmen Balcells lo explicó en su momento de una
manera nítida al decir que, aunque a los escritores siempre se nos
acusa de tener un ego insoportable, el verdadero ego era el de los
editores que se creían con el derecho de determinar lo que debía leer
un país.
Escuché un carraspeo a mi espalda y Marcela me hizo un gesto
con la mirada, me giré y vi al hombre con el que me había encontrado
el día anterior en el ascensor. No recordaba su nombre, aunque era
imposible que me olvidara de su cara.
–Señor Javier Dorado, perdone que le moleste –dijo el millonario
mientras apoyaba las dos manos en la mesa.
No supe qué contestar, me quedé mirándole como hipnotizado,
su rostro reflejaba una mezcla de paz interior y fuerza. Sus ojos
brillaban bajo la luz que entraba a raudales por el gran ventanal.
–Permítame que me presente, mi nombre es Simón Fajardo, ayer
tuvimos un incidente en el ascensor. No quise molestarle, pero me
pegué un buen susto. Uno de mis acompañantes le vio esta mañana en
los periódicos, no podía imaginar que usted fuera el famoso escritor,
he leído varias de sus novelas, también esta última que está
presentando en Buenos Aires.
–Muchas gracias –acerté a decir. Cada día se me acercaban
decenas de personas mostrándome su admiración, y algunas su
desprecio. Era una cosa a la que no lograba acostumbrarme. Me sentía
abrumado por la admiración, casi me sentía mejor a la defensiva,
cuando alguien venía a criticar alguno de mis artículos o mis libros.
–Le aseguro que soy un ferviente admirador suyo, lamento que
nos conociéramos en circunstancias tan desafortunadas.
–Está olvidado –le aseguré, con el deseo de que nos dejara en
paz. Pero Simón Fajardo no era del tipo de personas que suelta una
presa hasta tenerla bien atrapada entre las mandíbulas.
–Usted no me conoce, los literatos viven en un mundo diferente,
al que el resto de humanos tenemos vedado el paso. Sus musas, sus
letras y esas maravillosas historias. ¿Puedo sentarme con ustedes? –
dijo mientras tomaba una silla sin esperar respuesta.
–No se crea, somos mortales como el resto –le aseguré.
–Sin duda, pero ven la vida desde otra óptica, desde el Olimpo,
por encima de las minucias de la política, la economía o el tiempo.
Ustedes alcanzarán la inmortalidad con sus letras, el resto moriremos
en el olvido –dijo el millonario.
Marcela sonrió al hombre, que sin duda era capaz de fascinar a
cualquiera que estuviera bajo su halo.
–¿Lleva mucho tiempo en Buenos Aires? –le pregunté, intentando
ser amable.
–Llegué ayer, pero me temo que no disfrutaré de la ciudad,
regreso mañana a Caracas. Los negocios no me dejan ni un respiro,
usted no sabe lo que es el mundo de las finanzas. ¿Cuándo regresan a
España?
–Hoy, dentro de unas horas, por la tarde. Al menos viajaremos de
noche y llegaremos a España más descansados, después me queda un
largo viaje a mi casa.
–Aunque con ese maravilloso AVE. En América no hay esas cosas
tan sofisticadas. Soy un amante de España, una de mis abuelitas era
asturiana, además provengo de un linaje de hidalgos muy antigua que
llegó a América en el siglo XVI.
Aquellas palabras me eran muy familiares, todos los americanos
estaban siempre buscando sus orígenes, como si intentasen encontrar
el hilo que los conducía a través del laberinto de nuevo a casa.
–Imagino que no conoce nada de mi familia de Venezuela, pero
le puedo decir que llevamos muchas generaciones en esa hermosa
tierra. Me gustaría invitarlos a almorzar. Tengo una idea, bueno los
emprendedores siempre estamos imaginando algo nuevo…
–Disponemos de muy poco tiempo –dijo Marcela intentando
echarme un capote, para que fuera más sencillo excusarme.
–Lo entiendo, no es nada común que alguien se presente de esta
manera, pero además de mi más profunda admiración me gustaría
proponerle una cosa. Le prometo que no le robaré mucho tiempo. Es
usted un hombre muy ocupado.
–Queríamos pasear un poco por la ciudad, en los viajes de
promoción apenas podemos ver nada –me disculpé.
–Perfecto, dentro de media hora los espero en recepción. Les
enseñaré algunos lugares de Buenos Aires que seguro que les
encantarán.
–Soy porteña –dijo Marcela, intentando mostrar al millonario que
no podía conocer algo que ella ya no hubiera visto.
–Tengo un velero en el puerto, me gustaría enseñarles la
Costanera Sur, almorzaríamos en el barco y los dejaría en el aeropuerto
con tiempo para el vuelo. ¿Qué les parece?
–Nunca he estado en la reserva ecológica de Costanera Sur –le
contesté sorprendido. No sabía cuándo regresaría a Argentina otra vez.
Aquella mañana me sentía tan vulnerable, con la sensación de que mi
etapa dulce en el mundo literario se terminaba.
–Pues lo dicho, los recojo en media hora.
Simón Fajardo se puso en pie, nos miró unos segundos y se
colocó unas gafas de sol de espejo. Por unos segundos me vi reflejado
en los cristales y sentí que tenía dos opciones antes de regresar a casa:
lamentarme por lo ocurrido y encerrarme en la habitación para
autocompadecerme o exprimir mis últimas horas en Argentina. No lo
dudé un momento, hacer una breve travesía en velero me despejaría la
mente y me ayudaría a olvidar lo ocurrido. Cuando nos quedamos
solos Marcela me miró sorprendida.
–¿Dónde ha quedado el prudente Javier que conozco? Siempre
quieres estar en el aeropuerto con horas de antelación, tenerlo todo
controlado.
–Bueno, son nuestras últimas horas aquí. Será mejor que nos
pongamos algo ligero y disfrutemos de una comida en un velero con
el tipo más rico de Venezuela. La vida es una aventura, siempre vivo a
través de mis personajes, tal vez necesite romper las normas por una
vez.
Marcela me miró con sus ojos pícaros y con una media sonrisa
dijo:
–Ya lo vi anoche.
Nos levantamos y nos dirigimos a las habitaciones, miré el
teléfono lleno de mensajes de mi agente, mi esposa y la editorial.
Decidí no leer ninguno, me puse un traje de lino blanco y un sombrero
de paja que había comprado el día anterior. Me miré al espejo y me
sentí como Ernest Hemingway antes de emprender una de sus famosas
aventuras. La escritura es una profesión solitaria, pero sumergirse en
una historia inesperada puede ser el mejor filón para escribir la historia
de tu vida.

Capítulo 5. Costanera Sur


Cuando llegamos a la recepción no nos esperaba Simón Fajardo, en su
lugar nos encontramos a un chófer vestido de negro, que nos llevó
hasta un Rolls Royce Phantom VIII, yo no tenía ni idea de cómo se
llamaba ese modelo, pero mandé una foto a mi amigo Alberto Paredes
y enseguida me contestó sorprendido. Al parecer era el coche más
caro del mundo. Por dentro el Rolls Royce estaba completamente
tapizado de piel negra y tenía un minibar, dos televisiones, internet y
todo tipo de artilugios que Marcela y yo no nos atrevimos a tocar.
Recorrimos los pocos kilómetros que nos separaban de Puerto
Madero y el chófer nos abrió la puerta. Delante vimos un elegante
velero blanco, una pasarela comunicaba el barco con el puerto
deportivo. En la entrada había una mujer vestida de marinera, con su
uniforme blanco y sus botones dorados.
–Bienvenidos al Bolívar IV, esperamos que su estancia a bordo
sea de su agrado. Nos llevó por la cubierta hasta una puerta y nos
introdujo en un suntuoso salón forrado completamente de madera. El
espacio era tan amplio que parecía la estancia de una gran mansión,
decorada con motivos marineros y a la que no le faltaba detalle.
Marcela comenzó a curiosear todo, pero yo me senté en uno de
los sillones de piel.
Apareció un camarero ofreciéndonos algo para beber. Pedí un
Martini y Marcela una copa de vino blanco, nos sentamos y esperamos
al anfitrión. Simón no tardó mucho en aparecer, le acompañaban dos
hombres y una mujer, los mismos que había conocido en nuestro
accidentado encuentro en el ascensor del hotel.
–Creo que ya conoce a Willian y a John, ellos son mis ángeles de
la guarda en los viajes internacionales; Mauricia es mi secretaria
personal.
Me puse en pie y comencé a saludar. Los dos gorilas de Simón
eran mucho más grandes de lo que los recordaba. Al darme la mano
sentí toda su fuerza, aunque a diferencia de aquella noche su cara
sonriente me hizo relajarme un poco. La mujer me dio un beso y se
colocó detrás de los tres hombres.
–Si les parece bien, vamos a la terraza superior, desde allí hay una
vista envidiable de la bahía y la reserva ecológica.
En cuanto salimos al exterior me puse de nuevo las gafas de sol.
Aquella mañana deslumbrante de cielos azules, me hizo recordar Italia
y su bellísima costa. Nos sentamos en unos butacones, nos trajeron
todo tipo de manjares y mientras bebíamos Simón comenzó a
explicarme los motivos de sus viajes a Argentina.
–El sector que trabajo normalmente es el alimenticio. Por
desgracia en la actualidad hay una gran escasez en Venezuela, como
ya sabrá, la bajada del precio del petróleo y la acumulación de la
deuda hace que muchos países y empresas ya no quieran fiar al
gobierno. Los proveedores piden pagos al contado, pero eso es muy
complicado en la situación actual. Estoy comisionado por el presidente
Maduro para conseguir carne de res, cerdo y pollo para Caracas.
Imagino que entiende lo complejo de la situación, de mi gestión
depende la vida de miles de personas.
–He leído algo sobre lo que está sucediendo –contesté, sin
ponerle mucha atención. Había acudido a aquella extraña cita más
para disfrutar de las últimas horas que para escuchar la propuesta de
mi anfitrión.
–No quiero aburrirle con los problemas de mi país, será mejor
que disfrutemos del paisaje y hablemos de libros –comentó Simón
mientras encendía un puro habano.
Me ofreció uno, pero hacía años que había dejado el tabaco, más
por aburrimiento que por salud. Nunca me había atraído el humo, mi
verdadero problema era con el alcohol, sobre todo cuando viajaba.
Necesitaba sentirme algo anestesiado, como si la vida me quedase
grande. Los viajes de promoción eran muy difíciles. Las entrevistas,
presentaciones y comidas de negocios apenas me dejaban tiempo
para descansar, reflexionar o simplemente para tomar algo de
perspectiva.
–Literatura. A veces me pregunto ¿qué significa esa palabra?
Todo es tan relativo. El arte es tan subjetivo y en este maldito siglo XXI
cualquiera se cree con derecho a opinar. Como digo yo: estamos en la
dictadura de las masas y lo políticamente correcto.
–Bueno, algunos intentamos mantenernos al margen. Prefiero
opinar de lo que conozco, que no es mucho, no interactúo apenas en
las redes sociales. Podríamos decir que me gusta tener siempre un
bajo perfil, pero puede que eso me esté perjudicando.
Las últimas palabras de Simón me lograron sacar del
ensimismamiento. El paisaje, aquel sol relajante y el Martini me habían
relajado por fin. Me giré hacia el anfitrión y por unos segundos
observé su rostro pálido, su pelo largo y barba. Su imagen parecía
sacada de un cuadro renacentista del Mesías.
–Lo que no entiendo es en qué puedo ayudarle. Ya habrá visto
que lo mío no son las relaciones públicas –bromeé intentando quitarle
dramatismo al asunto. Simón siempre parecía estar interpretando un
papel dramático, como si el mundo dependiera de sus decisiones
personales.
–Usted es un mago con las palabras. En esta era de la imagen yo
sigo pensando que la palabra es mucho más poderosa: con ella
podemos construir o destruir. Necesito que me ayude a transmitir lo
que creo, lo que pienso y lo que deseo hacer por mi país.
–¿Cómo puedo ayudarle?
–Necesito que escriba un libro, una especie de biografía, aunque
en el fondo es mucho más: la presentación de mis creencias y
opiniones. No es que considere que lo que creo o pienso sea muy
importante, pero mi país y todo el continente se encuentra en medio
de una gran confusión. Los sistemas capitalistas que funcionan en
México, Colombia o Chile no han terminado con la pobreza endémica
de América, pero las repúblicas bolivarianas de corte socialista están
colapsadas. Cuba se encuentra en la disyuntiva de qué sucederá tras la
etapa de los Castro. Ecuador no termina de adaptar el sistema
bolivariano. En Bolivia la era de Evo Morales parece estar tocando a su
fin, por no hablar de mi amada Venezuela que fue un ejemplo para el
mundo, pero ahora está atravesando una crisis económica,
institucional y política profundas.
Le miré con cierto escepticismo, los latinos tenían la capacidad
para envolverte con sus palabras, tocar tu ego y después presentar sus
propuestas. Eran unos maestros en la estrategia de conseguir
convencer, mientras que los españoles siempre íbamos al grano, sin
utilizar los sutiles caminos de la persuasión.
–¿Quiere que escriba una biografía? Bueno, no sería la primera
vez que lo hago, mis primeros libros eran ensayos, de hecho, mis
novelas siempre tienen ese tono de investigación, pero no hago libros
por encargo. No se ofenda, sería un honor escribir su historia, pero
estoy saturado de trabajo. ¿Verdad Marcela?
La editora no respondió inmediatamente, parecía fascinada con
la comida y el paisaje, pero, en cuanto se limpió los labios y terminó de
tragar la carne de cigala, nos sonrió y dijo:
–Javier es un escritor de superventas, no puede comprometerse
en proyectos ajenos a la editorial. Su contrato es muy estricto en este
sentido.
–¿No es libre para escribir lo que quiera? –preguntó Simón
sorprendido.
–Bueno, puedo escribir lo que quiera, pero dentro de un margen.
–Me parece increíble, pensé que los escritores eran los que
elegían de qué querían escribir.
Le sonreí por unos instantes, la mayoría de las personas eran tan
ingenuas como Simón. La escritura era una de las últimas
pseudoesclavitudes que aún quedaban en el mundo. Los editores
siempre tenían la última palabra, como un proyecto no entrase en sus
parámetros estaba condenado a la nada. Muchas de mis ideas se
habían quedado en un profundo tintero de lo políticamente correcto,
lo poco comercial o lo supuestamente inoportuno.
–Los artistas siempre hemos sido mercenarios, en muchos
sentidos, a lo largo de la historia, hemos necesitado mecenas que
apoyaran nuestra creación, pero eso condicionaba la producción
artística. En la actualidad nuestro amo es el mercado –le contesté
cínicamente.
–Sé que no le importa el dinero, después de ganar el Premio
Planeta imagino que tendrá muchos recursos, pero sabré ser generoso
si escribe el libro. Le facilitaría toda la información, un buen lugar en el
que trabajar y un pago sustancioso. Después podría disfrutar de sus
derechos de autor.
–Me temo que no podrá ser –le contesté algo incómodo por la
situación.
–Estoy hablando de mucho dinero, un millón de dólares, aunque
pienso que su trabajo es mucho más valioso. Necesito que me ayude a
dar a conocer al mundo lo que quiero hacer en Venezuela. Mi país me
necesita y el dinero es lo que menos me importa. Si le parece poco lo
que le ofrezco…
Le miré con los ojos como platos, conseguir derechos de autor
por valor de un millón de dólares era una meta muy alta. Mis dos
últimas novelas me habían dado buenos beneficios, pero había
gastado la mayor parte del dinero en viajes, mi único vicio confesable.
–Lo siento, es una oferta muy tentadora, pero mi trayectoria
literaria va en otra dirección. Le agradezco que haya pensado en mí –
contesté sin querer darle muchas vueltas. Ese dinero me quitaría la
presión de buscar un editor rápidamente. Mi mujer y yo teníamos
cuentas separadas, había sido una de las condiciones de su familia
para aceptarme y estaba casi sin blanca.
Simón Fajardo intentó disimular su enfado, no parecía muy
acostumbrado a que le dijeran que no. Yo apuré la bebida y miré al
horizonte. La vida era una interesante mezcla de oportunidad, voluntad
y suerte, siempre había logrado tomar el camino correcto movido por
el sentido común y previendo las consecuencias de mis actos. Aún no
era consciente de que en muchas ocasiones simplemente todo se nos
escapa de las manos y perdemos el control, dejando que las
circunstancias sean las que decidan nuestro destino.

Capítulo 6. De vuelta a casa.


Las huidas hacia delante nunca llevan a ningún lugar. Tomamos el
vuelo de Iberia a Madrid. Marcela tenía el asiento junto al mío. En
cuanto me senté en mi puesto pedí un wiski doble. Lo bebí a tragos
cortos, intentando que el sabor a madera fuera penetrando por mi
garganta. Aún resonaban en mi mente las palabras de Simón Fajardo,
un millón de dólares era una cantidad considerable. En los dos últimos
años había gastado toda la cuantía del premio y en aquel momento las
regalías por mis obras bajaban preocupantemente. Mi esposa tenía
una gran fortuna, sobre todo en posesiones vinícolas e inmuebles,
pero todo estaba hipotecado y pertenecía a su familia. Hasta conocer a
los Andreu no había sido consciente de que las grandes fortunas
siempre tienen su dinero invertido, haciendo equilibrios para pagar y
mantener su patrimonio.
–¿Vas a dormir? –me preguntó Marcela inclinándose hacia mí.
–En cuanto me tome dos o tres de estos –le contesté señalándole
mi vaso.
–Yo prefiero cava –comentó.
–Te has hecho muy catalana –bromeé.
–Me trasladan a Madrid, creo que la semana que viene, la
editorial está ampliando sus oficinas allí –dijo con una medio sonrisa.
–Al menos no tendrás que ver al capullo de tu jefe –le contesté.
–No hay mal que por bien no venga –dijo con un brillo en la cara
que volvió a impactarme. Era realmente atractiva, una mujer culta,
inteligente y sumamente guapa.
–Tú sigues tan feliz en Girona. Es una ciudad encantadora, algo
provinciana, pero más sana que las grandes ciudades.
–Estás obsesionada con la vida sana y lo ecológico. Todos nos
vamos a morir, querida.
–Unos antes que otros –me contestó señalando el vaso.
–En casa apenas bebo, pero durante los viajes necesito templar
un poco los nervios. Ya sabes la presión que sufro y sobre todo
después de la cagada del otro día –le comenté.
–No será al revés, puede que tu problema sea la bebida, el
alcohol aturde los sentidos y te hace que no veas la realidad –dijo muy
seria, como si realmente se preocupase por mí.
Di un nuevo trago y le sonreí. No me consideraba un alcohólico,
en mi casa apenas tomaba una copa de vino de vez en cuando. Tenía
una personalidad algo adictiva, sobre todo por mi tendencia a la
ansiedad, pero prefería beber algo de alcohol a las pastillas que la
mayoría de mis conocidos tomaban para dormir, por no hablar de
otras drogas ilegales que circulaban con mucha alegría entre la
oligarquía de la ciudad.
–¿Vas a considerar la oferta de Simón? –me preguntó Marcela
con cierta picardía; era consciente de que el tema me molestaba un
poco.
–¿Conoces la historia del encargo de La catira a Camila José
Cela?
–Algo he oído –contestó mientras le servían la copa de cava.
–Gustavo Guerrero publicó un ensayo sobre ese tema hace unos
años. Camilo José Cela siempre fue un hombre polémico. Sus libros
fueron prohibidos por la censura franquista, pero él mismo trabajó
como censor muchos años. En los años cincuenta el escritor firmó un
contrato con el dictador venezolano Marcos Pérez Jiménez. El dictador
se convirtió, como muchos otros, en un caudillo que supuestamente
iba a salvar al país de la corrupción y el retraso. Realizó muchas obras
de infraestructuras, pero escapó de Venezuela ante los levantamientos
populares de 1958.
–No tenía ni idea –dijo Marcela, mientras su interés iba en
aumento.
–Al parecer el dictador quería que Cela escribiera varias novelas
para promocionar al país y su régimen. Al llegar allí el ministro de
Interior, Laureano Vallenilla Lanz, ofreció una cantidad astronómica al
escritor para que escribiese una novela. Cela además de recopilar
información en Caracas se hizo con una amante rubia, una catira, como
dicen por allí. Cela contó a algunos amigos que había vivido en una
lujosa mansión. Le pagaron unos tres millones de pesetas, una
verdadera fortuna para la época. Le proporcionaron un avión privado y
un yate para su uso personal.
Marcela se echó a reír, la historia era sorprendente, más digna de
un aventurero oportunista que de un Premio Nobel de literatura.
–Bueno, puedes hacer lo mismo que el ilustre Don Camilo.
–Sí, cobrar un dinero por un encargo y después hacer lo que me
venga en gana, pero al menos a Cela le encargaron una novela, lo de
Simón es muy distinto, quiere una hagiografía.
–Te dijo que tendrías plena libertad para escribir el libro, tal vez
puedas cambiar la historia de Venezuela –comentó Marcela sin mucho
convencimiento, más para soliviantarme que para convencerme.
La idea no era tan descabellada como podía parecer en un
primer momento. Durante unos meses tendría que buscar nueva
editorial y con el dinero podría pasarme un par de años sabáticos y
replantearme mi carrera. La única cosa de la que disponíamos antes los
escritores era de tiempo, pero muy raramente teníamos dinero y este,
como todo el mundo sabe, es el que da la libertad. Arturo Pérez–
Reverte o Carlos Ruiz Zafón pueden hacer siempre lo que quieren o
dar su opinión sobre cualquier tema por la libertad que les
proporciona su dinero, un millón de dólares era una cantidad
considerable, además de lo que produjesen las ventas del libro, que
imagino que en Venezuela y en otros países de América serían
considerables.
–Eres como un diablillo –comenté a Marcela.
–¿Lo dices por lo de anoche? –me preguntó con una medio
sonrisa.
–Será mejor que nos olvidemos de todo eso…
–¿Seguro?
–Si estuviera soltero o separado no te dejaría escapar, pero tengo
una familia.
–Un gran padre de familia –contestó molesta Marcela y se giró
sin hacerme caso el resto del vuelo.
Me pedí un par de wiskis y antes de dormirme investigué un
poco el origen de la familia Fajardo, más por curiosidad y un poco de
morbo, que por un verdadero interés en la propuesta del millonario.
Al parecer los Fajardo habían estado en el origen de la ciudad de
Santiago León de Caracas. Francisco Fajardo, nacido en la isla
Margarita, hijo mestizo del conquistador español Francisco Fajardo “el
viejo” había emprendido una expedición en 1555 con la intención de
someter a la tribu de los caracas. Tras una primera aproximación,
Francisco regresó con cien vasallos guaiqueríes. Tras la despoblación
de la ciudad fundada llamada de San Francisco, el conquistador Diego
de Losada refundó la ciudad en 1567 con el nombre de Santiago de
León de Caracas. A pesar del asesinato del fundador de la ciudad, sus
descendientes lograron prosperar y convertirse en una de las familias
más importantes. Sus antepasados protegieron la ciudad de corsarios y
piratas. A pesar de ser una familia mestiza, por su antigüedad, se unió
a los mantuanos, la aristocracia blanca de la ciudad, aunque uno de los
más famosos Fajardo protagonizó una revuelta con los “blancos de la
orilla”, españoles llegados en el siglo XVIII, para quedarse en parte con
el poder de Caracas. Miguel Fajardo, junto a Simón Bolívar, fue parte
de los ciudadanos que rechazaron al nuevo Capitán General impuesto
por José Bonaparte y firmó el acta de Declaración de Independencia de
Venezuela. La familia era partidaria de separar la República de
Venezuela de la Gran Colombia. Desde entonces la familia había
ocupado cargos prominentes tanto en los periodos democráticos
como dictatoriales. Con la llegada al poder de Hugo Chávez, la familia
comenzó a marchitarse y sus negocios agrícolas, en especial de carne
avícola, entraron en números rojos. La redistribución de la tierra del
año 2001 les hizo perder parte de su patrimonio, pero desde que
Simón Fajardo tomara las riendas de la empresa familiar en 2005,
convirtió su empresa en la más importante de Venezuela y a su familia
en la más rica del país.
Miré el reloj, después observé por unos momentos a Marcela,
tapada con una manta roja y con la cabeza ligeramente inclinada hacia
mí. No pude evitar que cruzaran por mi cabeza las escenas de la noche
anterior, por un lado me sentí avergonzado, pero por otro experimenté
una especie de excitación que únicamente el cansancio fue atenuando
hasta que me quedé completamente dormido.

Capítulo 7. Un día en Madrid


Me pasé casi un día entero durmiendo. Antes de regresar a casa había
concertado una reunión con mi agente, quería aclarar mi situación
cuanto antes. Miré la ropa de la maleta, todo estaba arrugado y sucio.
Después de tantos días en América ya no me quedaba nada decente
que ponerme; bajé a una boutique del hotel y me compré una camisa
blanca, una chaqueta y unos pantalones a juego. Después me aseé un
poco, me afeite y por primera vez en muchos días me vi bien, como si
empezara a remontar la crisis personal y profesional de aquel maldito
año. Más animado tomé un taxi en la puerta del hotel y en menos de
media hora me encontraba enfrente del edificio donde se encontraba
la oficina de mi agente en el barrio de Malasaña. Sara Luna era la
mejor agente que había tenido con diferencia. En mi dilatada vida
como autor había conocido a cuatro agentes. El primero era un
timador profesional, un buscavidas que se había quedado con parte de
los beneficios de mis primeras novelas y después se había esfumado
sin dejar rastro. El segundo agente pertenecía a una famosa agencia de
Barcelona; era un hombre colombiano que la agencia utilizaba para los
autores de segunda fila. Apenas logró algún contrato, siempre me
decía que no escribiera tanto y ponía miles de escusas para zanganear
sin dar palo al agua. La tercera agencia mejoró un poco el ignominioso
ranking de ineptitud y golfería de los anteriores, pero el pobre Pedro
Milanés era un tipo pusilánime, tristón y negativo que parecía tener el
“no” tatuado en la frente. Afortunadamente conocí hace unos años a
Sara Luna y todo eso cambió. Pasé de ser un escritor secundario al que
le costaba publicar en editoriales de primera línea a convertirme en
uno de los escritores más exitosos del siglo XXI en español. Le debía
mucho, pero sobre todo por su inagotable fe en mí. No hay nada más
llorón y quejica que un escritor, pero en cierto sentido es normal,
cobramos poco, apenas tenemos reconocimiento social y casi nunca
los editores cumplen todas las promesas que nos han hecho. Los
escritores nunca estamos conformes con la promoción de nuestros
libros, con las portadas, con los viajes ni las presentaciones. La única
rara excepción a la regla fue la promoción del Premio Planeta, de la
que terminé agotado, pero satisfecho. Sin duda fue un atracón de
popularidad como hasta ese momento nunca había disfrutado.
Subí las escaleras hasta la tercera planta. Últimamente estaba
cogiendo algo de peso y necesitaba ponerme en forma y llamé al viejo
timbre de color negro. Sara no tardó en abrirme la puerta, los goznes
chirriaron y el suelo de madera crujió cuando le di dos besos y entré
en la oficina.
–Te veo muy bien –dijo Sara, que siempre parecía positiva y
halagadora.
–Gracias –le comenté.
–Estaba esperándote, tengo en la mesa del despacho el informe
de la última novela.
Sus palabras me cayeron como un jarro de agua fría. Unos días
antes me había adelantado algunos datos de venta y los comentarios
de la crítica, pero temía que las cosas fueran mucho peores.
Entramos en un amplio despacho que en otro tiempo debió de
ser el salón de la casa. Las paredes estaban forradas de libros
atesorados durante los veinte años que Sara llevaba como agente en
Madrid. A pesar de su dilatada carrera, se conservaba muy bien, le
gustaba correr, comer sano y no tenía ninguno de los malos hábitos
que a mí me había costado dejar o aún practicaba. Llevaba toda la vida
dedicada a los libros, sin pareja conocida, tampoco hijos ni siquiera
sabía nada de su familia, como si las musas de la literatura la hubieran
engendrado para dedicarse al mundo de las letras.
–Me imagino lo que me vas a decir –le comenté mientras me
sentaba en una cómoda butaca de piel.
–La vida de un escritor está llena de altibajos, muchos han
fracasado estrepitosamente y después han logrado remontar.
–Ya sabes que en España el fracaso no se perdona, sobre todo si
antes has tenido mucho éxito –dije algo decepcionado. Sus palabras
de ánimo no parecían causarme efecto.
–Llevas muchos años publicando, tienes un gran número de
lectores fieles, ellos sabrán perdonar…
–Es cierto que siempre te quedan lectores fieles, pero la mayoría
escogerá otro autor, los escritores de mediana edad siempre lo
tenemos difícil, ya no somos noveles, pero tampoco clásicos. Estamos
en el limbo de los indefinidos, aunque lo peor es que sigo pensando
que la novela era buena.
Sara se dirigió a una cafetera ultramoderna que tenía en una
mesa oficial y se preparó un expreso.
–¿Quieres tomar algo?
–Me tengo que desintoxicar de tantas cosas que necesitaría más
de dos vidas para hacerlo.
–Eres un exagerado, aunque lo que sí quiero pedirte es que no
bebas durante los viajes de promoción. Los escritores nunca debéis
perder el control y a veces, sobre todo en un tema tan polémico como
el de tu libro, no se puede bajar la guardia.
Miré por el ventanal, el cielo de Madrid brillaba con una
intensidad que había visto en muy pocos sitios del mundo. Más de una
vez me habría preguntado cómo sería vivir en la capital, aunque sabía
que era un deseo imposible de cumplir, Ana aborrecía Madrid y todo
lo que significaba.
–No es fácil mantenerse cuerdo en un viaje de promoción, pero
sin algo de alcohol es completamente imposible –me excusé. Aunque
sabía que ser adulto consistía en afrontar las presiones de la vida y
controlar el temperamento.
–Bueno, el informe es muy malo. No hemos vendido ni un tercio
de lo que era habitual. Eso ha fastidiado la venta de derechos
internacionales. Saldrá en inglés, pero con una editorial poco
importante y en los demás idiomas olvídate.
Aquella era la peor de las noticias. Que tus libros fueran
traducidos a otros idiomas era muy difícil, pero perder esa posición de
ventaja podía ser desastroso. Los escritores españoles éramos cada vez
más traducidos a otras lenguas, pero aún nos encontrábamos muy
lejos de lo que sucedía a los escritores de otros países.
–¿En qué situación nos deja? –le pregunté temeroso.
–Muy mala. Será difícil conseguir un buen adelanto para tu
próximo libro, tal vez sería mejor intentar cambiar de registro, hacer un
thriller.
–No me jodas Sara. Yo no soy escritor de thriller, ya sabes que
siempre me he movido en la novela en forma de ensayo.
–Pues tendrás que cambiar –contestó tajante.
–¿Cambiar a mi edad? El tipo de libros que me gustan es el
ensayo novelado y la novela histórica, no pienso escribir otra cosa –dije
con el ceño fruncido. Me puse en pie y comencé a caminar por el
despacho.
–Nos costará conseguir otra editorial, el mundo de la edición ha
encogido en los últimos años. Ya sabes que están los dos grandes
grupos multinacionales y poco más. ¿No querrás publicar en una
editorial pequeña?
–Hace unos meses la competencia m estaba tirando los tejos,
qué mejor oportunidad. Además, creo que mi actual editorial no ha
sabido vender el libro.
–Después de las ventas no creo que nos reciban con cohetes,
pero al menos si les ofrecemos algo novedoso… Mira lo que hace
Pérez Reverte, una nueva saga histórica, pero de espías.
Aquel comentario me enfureció. No me gustaba que me
comparasen con nadie, pero menos aún con uno de los iconos de las
letras españolas. Arturo parecía tener un olfato especial para descubrir
nuevos filones, yo era un escritor muy diferente, me movía por
intuición. Las historias llegaban a mí y yo únicamente las redactaba.
–Pues ya sabes el dicho: cambiar o morir.
–Pensé que un agente servía para algo más Yo hago la mayor
parte del trabajo, tú únicamente tienes que venderlo.
Sara me miró sorprendida. En los años que llevábamos juntos
nunca habíamos discutido y le había agradecido un millón de veces su
trabajo. Era muy injusto que en un momento como aquel no confiara
en ella, pero me sentía fuera de control, asustado y abrumado por las
circunstancias.
–¡A la mierda! Rescindo el contrato, ya encontraré a alguien que
crea en mis libros –grité furioso.
–Tranquilízate, estás pasando una mala racha, eso es todo –dijo
Sara poniéndose en pie. Se acercó a mí con la intención de abrazarme,
pero su comprensión me enfureció todavía más. Quería enfadarme,
pelearme, gritar y patalear como un niño pequeño.
–Lo siento, pero es mejor que dejemos aquí nuestra relación
profesional. Mi abogado te mandará los papeles –le dije dando un
paso atrás. Después me dirigí a la puerta y salí sin mirar atrás.
Mientras bajaba las escaleras no dejaba de pensar en qué me
había equivocado, pero de alguna manera necesitaba derrumbar todo
lo que había sido mi vida anterior. A veces no somos capaces de
darnos cuenta de que el verdadero problema está en nosotros, que es
posible que las circunstancias sean malas, pero que es aún peor cómo
reaccionamos ante ellas.

Capítulo 8. Donde las dan las toman


Llegué furioso al hotel, compré por internet el primer billete a Gerona y
metí todo precipitadamente en la maleta. Había quedado para cenar
con un viejo amigo y compañero de letras, pero le mandé un mensaje
cancelando la cita. Cuando me senté en el AVE respiré hondo e intenté
tranquilizarme. A aquella hora no había mucha gente y mi asiento se
encontraba en el vagón del silencio, por lo que nadie me molestaría en
las tres horas y media de trayecto. En cuanto el tren se puso en marcha
me puse a pensar en lo sucedido por la mañana, sabía que no era la
mejor idea abandonar la agencia de Sara, pero era demasiado
orgulloso para rectificar. A los pocos minutos me quedé dormido,
hasta que escuché a un tipo vociferando a mi lado. Miré de reojo y vi a
un señor vestido con traje, tenía en su mesita un ordenador portátil y
lo que parecían catálogos. Insultaba a voz en grito a alguien por su
teléfono de última generación. Respiré hondo antes de pedirle que
hablara fuera del vagón, pero continuó gritando como un energúmeno
durante más de diez minutos.
–Señor, no se puede hablar en el vagón.
El hombre me miró como si no entendiera a qué me refería y
continuó su conversación.
–¿Está sordo? No se puede hablar en este vagón –dije subiendo
el tono de voz. Los cuatro ocupantes del vagón se giraron
sorprendidos. Lo normal era que la mayoría de la gente soportase con
paciencia a tipos como ese, pero yo estaba dispuesto a llamar al
revisor.
–Hablo donde me da la gana –dijo el hombre apartando el
teléfono de la cara e hincándome una mirada de desprecio.
Me puse en pie para ir a buscar al revisor, el hombre se levantó y
me cortó el paso con el brazo. Se lo quité bruscamente, normalmente
soy un tipo pacífico, pero cuando me enfado puedo perder el control.
–¿Qué demonios hace? –le grité quitando el brazo.
El hombre dejó el teléfono en la mesilla y me agarró de la
pechera, me sacudió contra el cristal y me hizo perder el equilibrio.
Aquello fue la gota que colmó el vaso, me dirigí hacia él, mientras se
inclinaba para recoger de nuevo el teléfono, le empujé y se estrelló
contra la mesa. El teléfono se cayó al suelo y se rompió el cristal. En
ese momento llegó el revisor alertado por unos pasajeros. Nos
encontró forcejeando y nos separó.
–¿Han perdido la cabeza?
–Me ha roto el teléfono –se quejó el hombre.
–No es cierto, le pedí que hablara fuera y no me hizo caso,
cuando iba a avisarle se lanzó sobre mí y me tiró al suelo. Le he
empujado y se la ha caído el teléfono.
El revisor nos miró a ambos como un profesor que no sabe a qué
alumno creer.
–Siéntense o les haré bajar en Zaragoza –dijo secamente, con el
ceño fruncido.
–Pero este tipo me ha roto el teléfono –se quejó el hombre.
–Usted tome sus cosas y venga conmigo –me dijo en tono
amenazador.
–Ni loco, no me muevo de aquí. No he hecho nada –contesté
sentándome en el asiento.
El revisor tomó el teléfono y comenzó a marcar. Pensé en lo que
supondría un nuevo escándalo, saldría en todos los periódicos y eso
dañaría aún más mi deteriorada imagen pública.
–Está bien –dije resignado, tomé la maleta y le seguí. Me llevó
por todo el tren hasta el principio, abrió una puerta al lado de la cabina
del conductor y me hizo pasar. Era el cuarto en el que él descansaba,
tenía un par de sillas y una taquilla.
–Siéntese –me dijo mientras cerraba la puerta.
–No quiero problemas –le comenté.
–No se preocupe, simplemente quería separarle, cuando las
cosas se ponen de ese modo, lo mejor es evitar daños mayores.
Entiendo que gente como esa le haya agotado la paciencia, tengo que
tratar con tipos como él a diario, pero le aseguro que es mejor no
enfrentarse a ellos. Siempre tienes las de perder.
–No le quito la razón, llevo dos días muy malos y no he podido
resistirlo –le dije sincerándome por primera vez en las últimas semanas.
–¿Quiere un café? Tengo un termo con café de mi casa, el que
dan en el tren no es muy bueno.
–Muchas gracias –le contesté aceptando el ofrecimiento.
–Mi nombre es Andrés, bueno le he reconocido en cuanto le he
visto, usted es Javier Dorado.
–El mismo –le contesté sonriente.
–Soy un admirador suyo. He leído todos sus libros, me parece
uno de los mejores escritores del momento.
Unas palabras amables en el peor momento son tan
reconfortantes como un vaso de agua en medio del desierto. Me relajé
poco a poco mientras el revisor elogiaba una a una todas mis obras.
–Estudié filología en la universidad, pero nunca ejercí. Me
propusieron que me fuera a América, decían que allí había más
oportunidades, pero por cobardía o porque me gusta demasiado mi
país no me fui
–Le entiendo, cuando viajo siempre tengo deseo de volver,
emigrar es una forma de orfandad.
El hombre se quedó pensativo un momento, como si estuviera
meditando algo, después me miró con admiración y dijo:
–Le confieso que su último libro no me ha gustado. Está bien
escrito y la historia es interesante, pero se nota que ha intentado
escribir como quien no es. Sus novelas son cercanas, emocionan y
consiguen hacerte reflexionar. En su último libro parecía que lo único
que le importaba era la forma, como si buscara el aplauso de la crítica.
A mi modo de ver ha sido un error. Siento ser tan sincero.
Aquel hombre había expresado mejor que nadie a mi alrededor
lo que había sucedido. Siempre anhelamos ser diferentes, recibir el
aplauso o el reconocimiento de los que nos lo niegan. A pesar de mi
éxito me sentía como un fracasado, ninguneado por académicos,
lectores y críticos. A mis cincuenta años había ganado uno de los
premios más importantes del país, pero era un mero reconocimiento
económico. Aunque tenía muchos lectores en España, siempre había
recibido más elogios de América, todo aquello me había hecho
convertirme en quien no era.
–Creo que tiene razón. No me gusta reconocerlo, pero tengo
toda la culpa. La mayoría de los libros que he escrito me han salido del
corazón, pero en esta ocasión he escrito con la cabeza. Ya conoce la
famosa frase de que el corazón tiene razones que la razón ignora.
El hombre me observó sorprendido, no tanto por la frase como
por la idea que transmitía.
–Estamos tan acostumbrados a razonar, que no nos damos
cuenta de que a veces el corazón nos quiere llevar hacia la verdad –
dijo mientras tomaba la taza de café y me la entregaba.
–Estoy en un momento difícil, de encrucijada, llevaba mucho
tiempo caminando en la misma dirección, pero tengo la sensación de
que he estado engañándome a mí mismo y a los demás. La escritura
me proporciona una inmensa felicidad, trabajo en el mejor oficio del
mundo, tengo éxito y una buena familia, pero ¿sabe?, no es suficiente
–le dije cabizbajo. Sin saber por qué me sinceraba precisamente
delante de un extraño.
–Le entiendo, nunca es suficiente –contestó como si supiera
perfectamente de lo que hablaba.
–Provengo de una familia humilde, tuvimos que emigrar cuando
yo era pequeño, pero mis padres tenían algo que yo no poseo. Ellos
estaban llenos de esperanza.
–¿Esperanza? ¿En qué?
–Una de las cosas que ha conseguido el mundo moderno es
obligarnos a vivir en el presente, atenernos a lo tangible, pero hay
tantas cosas que no lo son… En cambio, el objetivo de mis padres, en
la vida era mejorar el futuro, creían que nosotros podríamos vivir mejor
que ellos, convertirnos en personas más educadas y sabias. Además,
creían firmemente en la trascendencia. No eran religiosos en el sentido
tradicional, no iban a misa todos los domingos, pero en cambio
pensaban que había una lucha clara entre el bien y el mal, que el alma
humana debe combatir diariamente para alcanzar la virtud. Creo que
mi padre había aprendido todas esas ideas en la escuela, cuando era
pequeño. Un profesor de pueblo de una pequeña escuela protestante
le hablaba de todas esas cosas. Desde entonces mi padre siempre tuvo
una Biblia, la leía a escondidas y nos contaba algunas cosas que había
descubierto.
–Qué interesante –dijo el revisor.
–Creo que de esa relación de mi padre con los libros nació mi
amor a la literatura. De alguna forma comprendí que los libros tienen
un poder especial, que son capaces de cambiar al hombre y por tanto
al mundo.
La conversación nos tuvo la mayor parte del viaje entretenidos,
cuando llegué a Girona ya eran algo más de las seis de la tarde. En
lugar del alma atormentada y ansiosa que me había acompañado las
últimas semanas, sentí una paz extraña que nunca había
experimentado. Pedí un taxi en la estación y cuando llegué a nuestra
casa, bajé con rapidez, abrí la puerta con mi llave y entré alegre, como
si acabara de llegar a las puertas del paraíso.
–¡Hola! –grité esperando que mis hijos corrieran hasta mí.
Aquella era una de las mejores sensaciones del mundo.
Nadie acudió a recibirme, llamé a Ana, pero no contestó. Algo
preocupado me puse en contacto con mi suegra.
–Hola, soy Javier, no están Ana ni los niños –le dije secamente.
–Ya sé quién eres, los teléfonos ponen el nombre del que llama.
Los niños están conmigo, Ana tenía que ir a la bodega a arreglar un
asunto.
–Gracias –contesté y colgué.
Me quedé sentado en el salón unos minutos, me sentía
incómodo, no esperaba ese recibimiento. Sabía que estaba enfadada,
pero al menos verlos me hubiera alegrado un poco. Era consciente de
que la culpa era mía por no avisar. Al final me puse un abrigo más
gordo, en primavera aún hace mucho frío en Girona, y bajé al
aparcamiento. Estaba el Jeep, cogí las llaves y saqué el coche. La
bodega se encontraba a unos cuarenta minutos de la ciudad. Prefería
ver allí a Ana, necesitaba estar un tiempo a solas con ella para pedirle
perdón por mi comportamiento, contarle lo que había sucedido en
Buenos Aires y comenzar de nuevo. No sabía cómo se iba a tomar mi
infidelidad. Llevábamos toda la vida juntos, no creía que echara todo
eso por la borda, teníamos dos hijos en común y miles de maravillosos
recuerdos.
Comenzó a llover en cuanto dejé las calles de Girona. El campo
estaba muy verde, la niebla se extendía por algunos bosques de pinos
y por unos instantes me dejé llevar por aquel paisaje melancólico. Era
una de las cosas que me había enamorado de la región, la sensación
de que allí pasaba el tiempo, de que las cosas eran firmes y duraderas.
Me acerqué por el camino serpenteante hacia la bodega. A los
lados había cipreses centenarios que delimitaban los colores de las
hojas de las vides que eran más intensos gracias al cielo encapotado;
hicieron sentirme feliz. Por primera vez en toda mi vida pensé que
pertenecía a algún sitio. Aparqué junto a la entrada de la masía. Allí
estaba nuestro coche y el de Álvaro Llorach, dueño de una de las
bodegas más importantes de la región. Corrí desde el coche al edificio
para no empaparme, pensé en llamar a la puerta, pero esta estaba
abierta. Entré en el amplio recibidor a oscuras y después me encaminé
al salón, pero no había nadie. No subí a la planta de arriba, imaginé
que si se trataba de un negocio estarían en el despacho que daba al
patio, al lado de las bodegas. Atravesé la casa a oscuras y en silencio,
abrí la puerta del despacho y los vi. Ana estaba a cuatro patas sobre el
amplio sillón de piel marrón, detrás tenía a Álvaro que la embestía con
fuerza, mientras ambos gemían. Durante unos segundos no debieron
percibir mi presencia, pero al poco Ana se volvió, su cara de sorpresa y
fastidio me hicieron avergonzarme. Salí del salón y me dirigí hacia el
coche, estaba a punto de entrar en el Jeep cuando Ana salió con un
chubasquero rojo, tenía el pelo alborotado y una expresión entre
confusa y ofendida.
–Javier –dijo en un tono difícil de explicar.
–Tengo que irme –le contesté con un nudo en la garganta.
–Tú tienes la culpa de todo esto. Hace demasiado tiempo que te
comportas como si nada te importase. Estoy cansada de sentirme sola,
además me imagino lo que ha sucedido con Marcela.
–Ya hablaremos –le contesté.
–No. Quiero que cojas todas tus cosas y te marches.
La miré sorprendido, sentía el corazón roto, con la sensación de
impotencia al ver que las cosas no podían arreglarse.
–Tenemos que intentar…
–No hay nada que intentar. Esto se ha terminado, llevo meses
con Álvaro, quería decírtelo a la vuelta, pero las cosas se han
precipitado.
–No he visto a los niños –comenté en un último intento de frenar
las cosas, de enfriar la situación.
–Mi abogado te enviará los papeles, ya te asignaran un turno de
visitas.
La miré como si no la reconociese; aquel tono frío, indiferente y
distante me dejaron sin habla. Hubiera preferido que me gritase, que
hubiéramos montado un numerito de celos y reproches. Me subí al
coche y arranqué, miré por última vez la masía y me vino a la mente las
comidas de los domingos y los largos veranos en la piscina jugando
con los niños y leyendo. La felicidad parecía esfumarse por cada poro
de mi piel y terminó por escurrirse por mis mejillas. Las gotas de lluvia
inundaban el cristal y la figura de Ana aparecía difuminada, como si ya
fuera un recuerdo lejano y confuso.
Los faros iluminaron la fachada, giré el volante y tomé por última
vez aquel camino. Hasta ese momento nunca había sido tan consciente
de lo difícil que es no retornar a los viejos senderos de la juventud, que
el tiempo es un viaje que nos lleva inexorablemente hacia lo
desconocido, mientras nuestras huellas y el camino se borran tras
nuestros pies.

Capítulo 9. La ciudad de los castizos


No me llevé nada de casa, ni siquiera pasé por allí. Tomé la autopista y
me dirigí a Madrid. No estoy seguro de por qué lo hice, tal vez para
alejarme lo más posible de aquella situación que tanto daño me hacía.
Pasé buena parte del trayecto llorando, me sentía fracasado,
despreciable y eso me hacía sentir aún peor. Cuando la vida te golpea
sin que hayas hecho nada, al menos puedes autocompadecerte, pero
yo me sentía culpable. Ana me había engañado y eso me dolía
enormemente, pero sabía que en el fondo me lo había buscado. Mi
carácter egocéntrico le había hecho caer en una interminable espiral
de soledad. Álvaro siempre había sido el hombre ideal para ella. Se
conocían desde niños, sus familias eran amigas y yo había sido un
largo paréntesis en su vida, al final todo había vuelto a su cauce y yo
era el estorbo, una anomalía que el tiempo había logrado subsanar. Lo
que más me preocupaba era lo que sucedía con Jordi y Marian. No
quería perderlos a ellos también. Quería convertirme en una figura
lejana, un completo extraño que apareciera en sus cumpleaños y las
vacaciones.
Me alojé durante un mes en un hotel del centro, desayunaba y
cenaba en la habitación, comía en algunos restaurantes cerca del
Congreso de los Diputados, pero poca gente me reconocía con barba y
un aspecto algo desaliñado. No atendí a la llamada de mis editores, ni
a la pobre Sara que intentó que volviera a la agencia. Una mañana
mientras visitaba las salas del Museo del Prado vi un mensaje de
Marcela.
Me dirigí a la entrada y le devolví la llamada.
–Hola loco. ¿Dónde estás? Nadie sabe nada de ti –dijo en un
tono que al menos logró arrancarme una sonrisa.
–De ermitaño por los “madriles”.
–Me lo imaginaba. Yo me instalé hace poco, donde te recojo y
tomamos algo.
–Bueno, lo siento…
–No me vengas con tonterías. Tenemos mucho de lo que hablar.
Ya me enteré de lo sucedido. Bueno, borrón y cuenta nueva. Me paso
por la tarde por donde me digas. Aún no conozco bien la ciudad, pero
me estoy acostumbrando poco a poco.
Me lo pensé unos instantes, pero al final quedamos en la Plaza
de Santa Ana, muy cerca del Teatro Español. Aquel día me perfilé la
barba, me puse un traje de buen corte y ensayé varias sonrisas frente al
espejo.
Me senté en una de las mesas de mármol blanco, me pedí una
cerveza, aunque últimamente no bebía mucho y me quedé mirando a
los transeúntes desde la puerta. Ya hacía mucho calor y enseguida
comencé a sudar.
–Hola –dijo Marcela con una amplia sonrisa. Me dio dos besos y
dejó su bolso en la otra silla.
–¿Cómo estás? –le pregunté.
–Bien, jodida quiero decir. Al final no aguanté al nuevo jefe y me
marché. Ahora me dedico a trabajar por libre, freelance lo llaman los
yankis.
El rostro de mi amiga se iluminó y pensé que tampoco había sido
muy honesto con ella la última vez que nos vimos. Apenas ningún
amigo se había puesto en contacto conmigo. La mayoría los había ido
perdiendo en una vida centrada en mi carrera y mi matrimonio, en el
mundo literario no tenía muchos, en muchos sentidos la vida de
escritor era muy solitaria, aunque te pasabas medio año rodeado de
gente.
–Pues se te ve estupenda.
–Bueno, me he liberado de las cadenas de la explotación
empresarial para caer en las de los benditos autónomos. Ahora soy mi
jefe, que es lo mismo que decir que vivo en semiesclavitud.
–Bienvenida al gremio de pequeños empresarios sin empresa –
contesté mientras pedía otra cerveza.
–¿Has escrito algo?
–No, llevo un par de meses paseando por la ciudad y viendo
museos, también leo mucho y veo series de televisión en mi Tablet.
–¿Y la columna del periódico?
–Nunca me gustó ese periódico –le contesté parco. Aquellos
derroteros de la conversación comenzaban a incomodarme, en
muchos sentidos pensaba que mi carrera como autor estaba acabada y
que en breve tendría que tomar algunas decisiones. Mis ahorros iban
menguando, apenas me quedaba para unos tres o cuatro meses más.
–¿No has visto a los niños?
–Todavía no me he sentido con fuerzas, pero hablo con ellos por
teléfono casi todos los días. Dentro de poco daré el paso. No quiero
perderlos.
Marcela cambió el gesto por primera vez. Parecía sentirse muy
cercana.
–Te envidio, al menos tienes alguien al que amar.
–Bueno, una mujer como tú, guapa e inteligente.
–La mayoría de los hombres interesantes e inteligentes ya están
comprometidos. Los únicos que quedan libres a partir de cierta edad
son los estúpidos egocéntricos.
–Como yo, quieres decir.
–No, hombre. Tú eres un cielo. Estás pasando una mala racha,
eso es todo. Quiero estar en tu vida, Javier. No te pido nada, pero nos
conocemos hace años y eres una de las mejores personas que he
conocido. Siento si precipité tu separación, tal vez me comporté como
una egoísta.
–Yo fui el único egoísta. Eres una persona maravillosa y no te
merecías cómo te traté. Lo siento –dije mientras posaba una mano
sobre la suya.
–No seas tonto. Eres incapaz de hacer daño a una mosca.
Cenamos juntos y luego me acompañó al hotel. La despedida fue
muy larga, como si ninguno de los dos quisiera quedarse solo.
–Te doy una semana para que busques un apartamento, además
tienes que pensar en una nueva historia y ofrecerla a una editorial. Tu
reaparición tiene que ser portentosa. El gran Javier Dorado vuelve a las
librerías con su última e impactante novela…
–Qué boba, dame un beso. Prometo lo del apartamento, lo otro
costará un poco más.
Nos separamos después de darnos un abrazo. Mientras subía en
el ascensor vi mi reflejo sonriente en el espejo. En ese momento
recordé el encuentro en Buenos Aires con Simón Fajardo. Una pequeña
luz se encendió en mi mente. La chispa emocionante de una idea que
terminaría convirtiéndose en una obsesión, hasta que se convirtiera en
una historia real.

Capítulo 10. Locura transitoria


No dormí en toda la noche. Primero busqué la tarjeta de Simón
Fajardo, pero no logré encontrarla; después estuve imaginando un
proyecto, lo escribí en el portátil y al final me quedé dormido en el
sillón de la habitación. Cuando desperté me sentía algo aturdido, no
recordaba dónde estaba, una sensación que siempre me ocurría en las
habitaciones de los hoteles de medio mundo. Tomé el teléfono y llamé
a Marcela. No tardó en cogerlo.
–Hola, no esperaba que llamaras tan pronto.
–Tengo una idea, una idea fantástica, pero no quiero contártela
por teléfono.
–Está bien. Vivo por la plaza de Quevedo, ven a casa y te preparo
el desayuno.
Me duché a toda prisa, tomé el ordenador y fui caminando, era
algo más de media hora, pero me gustaba pensar mientras daba un
paseo. Era una forma estupenda de aclarar la mente. Llegué a la plaza
y llamé al telefonillo, subí a la última planta y llamé a la puerta. Estaba
sin aliento; en aquellos meses de duelo, como yo los llamaba, había
cogido casi ocho kilos de peso.
–¿Estás bien? –preguntó Marcela al verme con la cara roja.
–Hacía tiempo que no me encontraba mejor –dije mientras
entraba en la casa. Había libros por todas partes, desde el pasillo al
salón y en el estudio que se había preparado en una de las
habitaciones más luminosas.
–Me encanta verte tan activo –dijo mientras caminaba detrás de
mí. Me senté en el salón y comencé a hablar.
–Un momento, primero desayunamos. Sin un café no soy
persona –dijo Marcela mientras traía una bandeja al salón.
–¿Te acuerdas de Simón Fajardo? –le pregunté.
–¿Cómo voy a olvidarme de un tipo así? Es un personaje
indescriptible.
–Exacto, tú lo has dicho.
Marcela frunció el ceño, no entendía nada de lo que le decía.
–Me propuso un encargo, una biografía, que hablase de su
familia y sus aspiraciones para gobernar Venezuela. Eso se estila
mucho en los Estados Unidos, aunque últimamente también se hace
aquí.
–Sí, pero tú no te veías haciendo una biografía a medida para un
personaje como Simón Fajardo –dijo Marcela sorprendida al escuchar
mi propuesta.
–Muy cierto, pero no estoy hablando de eso. Estoy pensando en
un libro muy distinto. Un viaje a Venezuela, en el corazón mismo del
chavismo, me permitiría hacer una de mis famosas novelas de no
ficción, ya sabes, cómo la primera que me hizo saltar a la fama.
–No te entiendo.
–Es muy sencillo: viajo a Venezuela, investigo y escribo la maldita
biografía, pero recopilo información para otro libro, que sacaría un año
después. Ya he pensado en el título y todo: Las venas rojas de América.
Marcela me miró sorprendida.
–¿De qué iría el libro? –me preguntó intrigada.
–Un libro sobre el chavismo y la realidad política actual del
pueblo venezolano contada en primera persona en el corazón mismo
del régimen. Justo donde nadie puede llegar ahora.
–Pero ¿cómo reaccionará Simón Fajardo?
–Él no tiene por qué saberlo. Escribiré el libro cuando regrese,
pero me gustaría que me ayudaras. ¿Qué te parece?
–Una locura –contestó muy seria–, pero apasionante. Estoy
segura de que a Penguin Random House le encantará la idea. Yo
misma se la presentaré.
Nos abrazamos y le enseñé el proyecto en el ordenador.
–Lo malo es que he perdido su tarjeta –le comenté.
–Yo tengo una, siempre guardo esas cosas.
–¿Vendrías conmigo a Venezuela? Necesito a alguien que me
ayude en la primera fase, tengo que investigar para dos libros a la vez.
Mi amiga sonrió y levantó la taza de café como si hiciera un
brindis.
–Nunca he estado en Venezuela, posiblemente ahora sea uno de
los lugares más peligrosos de América, pero solo se vive una vez, ¡que
carajo!
Nos abrazamos y Marcela me miró a menos de un centímetro de
mi rostro. Comenzó a besarme y terminamos haciendo el amor en la
alfombra del salón. Después nos quedamos abrazados unos instantes y
me dijo tapada con una manta:
–Tienes que afeitarte esa barba, prometerme que no te
complicarás la vida con el libro, y si ves que hay peligro, nos
marcharemos de allí de inmediato.
–No tengo madera de héroe, al menos en la vida real –contesté
mientras la abrazaba de nuevo.
–Sé que esto no es amor, al menos por ahora, pero no hay nadie
mejor en el mundo con el que quiera compartir mi vida –me dijo
mientras la ciudad terminaba de despertarse. Aquel día había vuelto a
resucitar, tras una muerte simbólica, Javier Dorado regresaba al ataque.
Me sentía emocionado al comenzar una nueva vida, aunque hubiera
tenido que dejar tantas cosas que amaba de la anterior. Una sombra
de duda me recorrió la mente: ¿necesitaría todavía Simón Fajardo mis
servicios?
Marcela me trajo la tarjeta del millonario, pero todavía era muy
temprano en Venezuela. Tendríamos que esperar a la tarde para
ponernos en contacto con él. Me pasé trabajando en el salón hasta la
comida, mientras ella lo hacía en el despacho. Fue muy agradable
volver a estar acompañado, siempre había sido un tipo solitario, pero
con la seguridad de que había alguien a pocos metros esperando a
que le diera un beso o simplemente le lanzara una mirada cariñosa.
Cuando llamé a Simón Fajardo por la tarde, me encontraba tan
nervioso, que mi voz parecía fatigada, como si el miedo al rechazo me
rondara la cabeza. No podría soportar que me dijera que ya no me
necesitaba. Me aferré a la esperanza, como mis padres habían hecho
cincuenta años antes, y comprobé que hay algo bello en la
incertidumbre, la sensación de que hay alguien o algo dirigiendo tu
destino y que no estás completamente solo en el mundo.

Capítulo 11. Sorpresas


Simón Fajardo contestó la llamada. Siempre había pensado que ese
tipo de personas tenía algún asistente que servía como filtro, pero en
este caso me había facilitado su número personal.
–Hola señor Fajardo, soy Javier Dorado nos conocimos hace unos
meses en Buenos Aires, no sé si se acuerda de mí.
–¿Está de broma? Ya le comenté que soy un admirador de su
obra. Fue un placer estar con ustedes en mi velero. ¿A qué se debe su
llamada? ¿Necesita algo?
Pensé unos segundos la respuesta, no sabía cómo ser directo sin
parecer desesperado. Era difícil mostrar interés, pero al mismo tiempo
no mostrarse demasiado ansioso.
–Bueno, he pasado unos meses de descanso y buscando un
proyecto que me ilusionara y he llegado a la conclusión de que sería
muy interesante colaborar con usted. El proyecto de escribir su
biografía para que el mundo y Venezuela conozcan su proyecto
político me parece fantástico. Muchas veces he deseado que mis libros
se conviertan en una fuente de cambio y transformación. ¿Qué mejor
oportunidad que esta?
–No me lo puedo creer, es chévere, no sabe la alegría que me da.
No he encontrado a la persona adecuada. Necesito a alguien de su
valía, profesionalidad y experiencia. Le daré total libertad, podrá
acceder a mis archivos, a familiares y conocidos. Mi deseo es que se
sienta con libertad y sobre todo que haga un libro imparcial y serio. El
destino de toda una nación puede depender de ello.
–Para mí será un gran placer –le contesté sonriente. La oferta
seguía en pie y con ella la oportunidad de dar un nuevo giro a mi
carrera. Después de meses de agónico declive, comenzaba a remontar.
Lo cierto es que nunca me había durado tanto una crisis. En los
diferentes momentos de mi vida había logrado sobreponerme con
rapidez, incluso el fracaso siempre fue para mí un aliciente.
–Le enviaré mañana mismo el contrato, después le haré el
ingreso de la totalidad del adelanto y podrá viajar a Venezuela cuanto
antes. Ya no queda mucho tiempo para las elecciones y el libro debería
quedar terminado varios meses antes.
–Normalmente se cobra la mitad del dinero al principio y la otra
mitad al término del libro –le contesté.
–Tengo plena confianza en usted, sé que no me fallará.
–Quería pedirle algo más, en una primera etapa no iría solo, me
acompañaría mi editora Marcela García. Ella misma venderá la historia
a diferentes editoriales para que llegue al mayor número de personas
posibles.
–Me parece fantástico –contestó Simón–. En cuanto firme el
contrato nos pondremos a trabajar.
–Gracias por todo –le dije antes de colgar.
Marcela se lanzó a mi cuello y comenzamos a saltar sobre la
alfombra como dos chiquillos entusiasmados.
–Mañana nos llega el contrato.
–Yo lo supervisaré, me ha encantado la parte en la que me
nombras como tu editora –dijo Marcela sin dejar de besarme.
–Es cierto, creo que no podría hacer esto sin ti. Ayer me insuflaste
una verdadera inyección de ánimo. Llevaba meses arrastrándome y
compadeciéndome, ahora eso se ha acabado. No sé cuántos años me
quedarán de vida, pero voy a vivirlos a tope –le contesté con una
alegría que no había experimentado en mucho tiempo.
Aquella noche me quedé en el apartamento de Marcela. Por la
mañana me ayudó a traer las pocas pertenencias que tenía en el hotel.
No es que fuéramos a vivir juntos, los dos sabíamos que era
demasiado pronto para tomar una decisión así, pero si en pocos días
nos íbamos a Venezuela, no tenía sentido que buscara una casa.
A mediodía llegó un correo de la oficina de Simón Fajardo con el
contrato. Marcela lo repasó concienzudamente, era una experta en ese
tipo de temas.
–Es increíble, apenas tienes obligaciones, te concede todos los
derechos. Las únicas cláusulas importantes son la entrega del
manuscrito y su previa lectura.
–Estupendo. ¿Puedes contactar hoy mismo con la editorial?
–Sí, esto va a ser un pelotazo. Dos libros por uno, el primero se
venderá muy bien en América y unos meses después tu novela sobre la
situación en el país. Antes de lo que imaginas volverás al sitio que te
corresponde –dijo Marcela mientras se apoyaba en mi hombro para
ver el correo electrónico.
–Eso espero, me conformo con seguir escribiendo, no sé hacer
otra cosa –le contesté.
–Bobadas. Puedes hacer lo que te propongas –me dijo dándome
un beso en la cara.
Enviamos de vuelta el contrato firmado, unas horas más tarde la
transferencia de un millón de dólares estaba en mi cuenta. Al menos
no tendría que pensar en problemas de liquidez durante una larga
temporada.
Esa noche nos fuimos a uno de los mejores restaurantes de
Madrid para celebrarlo. Habíamos reservado una mesa en el jardín de
la pequeña villa en el centro de Madrid, donde unos años antes un
famoso chef había abierto un local. Le conocía de un par de fiestas y
salió a darnos la bienvenida. Después de explicarnos los platos
especiales del día nos trajo uno de sus mejores vinos y varios
aperitivos exclusivos. La comida era buena y, aunque el restaurante era
vanguardista, no era de los que te quedas con hambre y no sabes ni lo
que estás comiendo.
–Es un lugar maravilloso y por la noche se está de lujo –dijo
Marcela encantada.
Su vestido violeta resaltaba su belleza, pero ya no veía
simplemente su cuerpo o inteligencia, estaba comenzándome a
enamorar de la persona que estaba detrás de lo que podía verse a
simple vista.
–A lo mejor no deberías venir conmigo a Venezuela, puede ser
peligroso. El país está desestabilizado, los conflictos sociales son
constantes y hay mucha violencia –le dije expresando mis temores.
–Vamos a estar en la residencia del hombre más poderoso del
país, no creo que escatime en nuestra seguridad –contestó Marcela
muy convencida–. Además te olvidas de que yo me crie en las calles de
Buenos Aires.
–Me temo que las cosas están ahora mucho peor en Caracas. Por
lo que dice la prensa extranjera, se ha convertido en una ciudad sin ley.
–Tendremos que extremar el cuidado, pero seguro que
regresamos sanos y salvos. No pienso perderte ahora que por fin te he
conseguido. Llevaba años encandilada contigo, pero nunca hice nada
por respeto a tu esposa.
–A mí también me gustabas.
–Al pensar que era nuestro último viaje juntos, me volví loca y
por eso me lancé sobre ti. Espero que eso no fuera el detonante de tu
separación –dijo cambiando el gesto.
–No lo fue, ya te lo he dicho, simplemente a veces las cosas se
terminan. Fue doloroso, pero ya es agua pasada. Vamos a brindar –dije
levantando la copa.
Apenas habíamos chocado los vasos, cuando escuché un
mensaje que entraba en mi teléfono. Lo miré de reojo y vi que era de
Simón Fajardo:
“Pasado mañana enviaré mi jet privado para que los recoja. Estoy
ansioso por verlos. Un saludo.”
Miré sorprendido a Marcela y le enseñé la pantalla, dio un grito
que hizo que la mayor parte de los comensales se girasen hacia
nosotros. Después me besó y me susurró al oído:
–Vamos a experimentar la mayor aventura de nuestras vidas.

Capítulo 12. La visita


Los dos días siguientes fueron frenéticos. Además de preparar el
equipaje e investigar sobre la historia de Venezuela, pedí una
entrevista con un viejo amigo venezolano que había sido periodista en
una televisión clausurada por Chávez unos años antes. Sabía que mi
amigo Bartolomé odiaba el régimen, pero al menos tendría la visión de
alguien que había vivido en el país y trabajado en la oposición
venezolana. Imaginaba que Simón Fajardo y la mayor parte de la gente
que me iba a presentar estarían a favor del régimen y por eso podría
contrastar todo lo que me dijese.
Nos vimos en el Café Gijón, uno de los más literarios de la
capital. Cuando llegué Bartolomé Carranza ya me esperaba en una de
las mesas al lado de la cristalera. En cuanto entré sentí la nostalgia de
una época en la que los escritores se reunían en lugares como ese para
hablar de literatura, política o filosofía. Ahora éramos meros
mercaderes de palabras, contratados o subcontratados para enriquecer
a editoriales multinacionales.
–Hola Javier –dijo Bartolomé poniéndose en pie. Nos abrazamos
y enseguida comenzamos a hablar sobre Venezuela. Mi amigo parecía
llevarla en la sangre.
–Es muy duro estar en el exilio –me dijo cambiando su
permanente sonrisa por una mueca de dolor.
–Lo entiendo.
–No creo que logres entenderlo. Me duele mucho estar lejos de
mi Caracas querida. Mira que Madrid es una ciudad maravillosa y la
gente me trata fenomenal. Trabajo para La Razón, me he casado con
una española, pero esto diez años fuera de Venezuela los tengo
clavados como un anzuelo en el alma.
–¿No has vuelto? –le pregunté. Sabía que algunos compatriotas
de mi amigo, a pesar de sus diferencias con el régimen, habían
regresado para atender a un familiar enfermo o por cualquier otro
asunto.
–No, murió mi padre hace unos cuatro años y no pude verle
partir. Eso es muy duro, Javier.
–¿Tan mal está la cosa allí? –le dije con total inocencia. Sabía
algunos detalles del país, pero no mucho más que cualquier ciudadano
en España. A veces los medios de comunicación eran muy
sensacionalistas y exageraban lo que pasaba en según qué lugares.
–Llevo mucho tiempo fuera, pero tengo un contacto permanente.
Puedo hablarte de primera mano de lo que sucedió durante los
primeros nueve años del chavismo, pero tengo muchos datos de lo
que ha sucedido en estos otros diez largos.
–¿Para qué medio trabajabas?
–Era la cadena Radio Caracas Televisión. Llevábamos más de 53
años emitiendo e informando a los venezolanos, bajo diferentes
partidos y gobiernos, pero Hugo Chávez cerró la cadena y nos retiró el
permiso para emitir.
Le miré sorprendido, no era el primer régimen que cerraba un
medio de comunicación, pero debía tener alguna razón para hacerlo.
–¿Por qué os cerraron a vosotros?
–Éramos uno de los pocos medios que permanecían
independientes y se atrevían a contradecir a Chávez. Marcel Granier, el
dueño, siempre fue una persona muy comedida, pero viendo en lo que
se estaba convirtiendo el régimen de Chávez apoyó el golpe de Estado
de 2002. No me refiero a que conspirara contra el régimen, sino que
apoyó la investidura fugaz del nuevo presidente. La venganza de
Chávez se sirvió fría, cuando la renovación de la licencia de emisión
caducaba, el presidente anunció que no la renovaría. Algunos de los
periodistas más destacados, como era mi caso, salimos del país ante la
amenaza constante de grupos paramilitares del gobierno. En Caracas
hay tantos crímenes que era muy normal morir acribillado o ser
secuestrado. Por eso era fácil deshacerse de cualquier opositor y
después alegar que había sido un simple asalto callejero.
–¿Tuviste que dejarlo todo y empezar de cero?
–Sí, todo me ha ido bien, gracias a Dios, pero la patria nunca se
olvida. Mira si me duele Venezuela que evito comer los platos típicos,
mis hijos no conocen lo que son las arepas.
–Lo siento –acerté a decir. Nunca había tenido una experiencia
como aquella, pero si era duro estar lejos de tu hogar unos meses, no
quería ni imaginar años y con pocas esperanzas de regresar en un
futuro próximo.
–Lo más triste de todo es que yo, como casi todo el país, al
principio estuve del lado de Hugo Chávez, creía que era el hombre que
necesitaba Venezuela.
–Eso lo he oído de muchos venezolanos en el exilio.
–Es cierto, la democracia en Venezuela era muy corrupta, la
desigualdad había crecido enormemente. Los felices años sesenta y
setenta quedaban muy atrás. Fuimos un país rico comparado con otros
de la región, pero los dos partidos que se alternaban en el poder
robaron y malgastaron todo nuestro patrimonio. El petróleo siempre
fue la gallina de los huevos de oro del país, aunque a veces pienso que
también ha sido su mayor maldición. Si eres pobre el resto de países
no tienen nada que robarte y te dejan en paz, pero tenemos una de las
mayores reservas de crudo del mundo.
–Entiendo.
–El presidente Caldera liberó a Chávez y le prohibió regresar al
ejército. Chávez se había hecho famoso unos años antes al
protagonizar un golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez y
aprovechó la salida de la cárcel para hacer una gira por todo
Venezuela hablando de su ideología política. En 1998, tras recaudar
dinero de varios países latinoamericanos, y fundaron el partido
Movimiento Quinta República con el que se presentaron a las
elecciones.
–La gente no veía que era un revolucionario, aunque no ocultó
sus encuentros con Fidel Castro o las FARC –le dije sorprendido.
–En aquella época todo era muy confuso, Chávez mezclaba ideas
patrióticas inspiradas en Simón Bolívar y otros libertadores. El futuro
presidente logró movilizar a millones de venezolanos que no
participaban en el sistema democrático, en especial los más pobres,
pero también convenció a una clase media empobrecida por la crisis y
el desgobierno.
–Entonces, llegó democráticamente al poder –le comenté.
–Sin duda, pero desde el principio tuvo un liderazgo mesiánico e
impositivo. Su primer objetivo fue cambiar la constitución. Su segundo
paso fue dominar los servicios secretos, para que sirvieran a sus fines.
Puso al mando a uno de sus compañeros de armas llamado Hernán
Grüber. Chávez al principio fue muy prudente, algunos de sus
miembros eran centristas, hasta el director de la empresa petrolera
Roberto Mandini era un hombre de corte liberal, por eso muchos
pensamos que tomaría la vía que ya había emprendido Lula da Silva en
Brasil, una línea de centro–izquierda.
–Bueno, entonces ¿qué se torció?
–Al principio todos notamos las mejoras, el Plan Bolívar 2000 hizo
que se cambiaran infraestructuras, se arreglasen hospitales y se
ayudara a las clases más desfavorecidas. Con un petróleo en ascenso, a
todos nos pareció muy bien. La constitución fue reformada el 25 de
abril de 1999 con un 88 % de apoyos, pero las cosas pronto iban a
cambiar.
–¿Qué sucedió? –le pregunté intrigado–. ¿Cómo un dirigente con
tanto apoyo popular se pudo convertir, según los conservadores, en un
dictador?
–La nueva constitución se hizo a la medida del presidente. Le
daba casi plenos poderes, el ejecutivo no tenía casi control del
legislativo ni del poder judicial. A pesar de todo y con un índice de
abstención muy alto, el 72 % apoyó la nueva constitución. Se
convocaron elecciones generales a todos los cargos electos en julio del
2000. Chávez se hizo con casi todos los estados, alcaldías, congresistas
y naturalmente con la presidencia.
–Hasta aquí todo parece normal. ¿No?
–Sí, pero ese año comenzó una relación estrecha con Fidel
Castro, que vio en Chávez un balón de oxígeno. Desde la desaparición
de la Unión Soviética Cuba estaba en la ruina, únicamente el turismo le
hizo subsistir, pero Chávez se ofreció a sufragar los gastos petroleros
de la isla. El discurso de Chávez se hizo más revolucionario y la
oposición intentó frenarle. Se fundó la Coordinadora Democrática de
Acción Cívica y se convocaron numerosas huelgas y manifestaciones. El
11 de abril de 2002 en una de las protestas más masivas, hubo una
fuerte represión y murieron veinte personas, otras 110 quedaron
heridas. En ese momento parte del ejército y la oligarquía política
preparó un golpe de Estado, se detuvo a Chávez y el líder de los
empresarios Pedro Carmona fue nombrado presidente interino.
–Pero Chávez sobrevivió al golpe.
–Sí, dicen que sobre todo por el apoyo de los servicios secretos
cubanos, que desde entonces controlan la inteligencia del país. Desde
entonces ha habido un pulso entre oposición y gobierno. Un intento
de revocación en 2004, en el que Chávez salió victorioso, aunque en
ese momento el régimen perdió a la clase media. Ahora tenía que
centrarse en mantener al electorado más pobre. Por eso fomentó la
lucha de clases y creó las misiones, para tener contento al pueblo y
sobre todo construir las teorías del socialismo del siglo XXI. Además
comenzó a apoyar a otros líderes en Nicaragua, Ecuador, Bolivia y Perú.
Tenía mucho dinero para comprar voluntades y ayudar a sus
candidatos de otros países. Chávez ganó las elecciones de 2006
legalmente y se puso manos a la obra para convertir el país en un
estado socialista inspirado en Cuba. En 2013 volvió a ganar por un
estrecho margen, ya estaba tocado de muerte por el cáncer que
llevaba tiempo acosándole y dejó como sucesor a Nicolás Maduro.
Curiosamente en este último periodo se ha desatado la violencia más
brutal, la economía se ha arruinado y el gobierno se aferra al poder
con uñas y dientes. Mientras Maduro tenga el apoyo del gobierno
nadie le sacará del poder.
Después de aquel repaso histórico me quedé muy sorprendido
de la síntesis que me había dado mi amigo. Aunque estaba en contra
del gobierno, había intentado no ser muy parcial en sus afirmaciones.
–¿Conoces a Simón Fajardo?
Bartolomé se quedó pensativo por unos momentos. Fajardo
había sido una figura de segunda fila hasta la llegada al poder de
Maduro, además nunca había ostentado un cargo público a pesar de
pertenecer al partido, ser un hombre preparado y muy rico.
–Muchos dicen que se ha enriquecido a la sombra de Chávez,
que su familia estaba arruinada, pero que él logró que su empresa se
convirtiera en la distribuidora de carne para todo el país. Ahora
produce e importa miles de productos casi en exclusividad. Muchos
han visto en Fajardo el sucesor perfecto de Maduro, un hombre
formado, empresario, pero miembro del partido del gobierno. Algunos
creen que es más moderado, en la línea del Lula de la primera etapa.
Las palabras de Bartolomé me tranquilizaron, al menos no era un
tipo mentiroso y corrupto. El poder y el dinero no eran muy amigos de
la honestidad, pero la mayoría de los gobernantes del mundo tenían
las manos manchadas de una u otra manera.
Nos despedimos con un abrazo, mi amigo me dio algunas
instrucciones para moverme por Caracas y el teléfono y dirección de
un par de amigos que aún continuaban viviendo en la capital, por si
tenía algún tipo de problema. Regresé a la casa de Marcela a pie,
pensativo y algo nervioso. Aquel trabajo era distinto al que había
tenido en los últimos años. La mayoría de los libros que había escrito
trataban sobre episodios pasados, pero la investigación que estaba a
punto de emprender implicaba muchas ramificaciones que tenían que
ver con la actualidad.
Estaba llegando a la puerta cuando dos hombres se me
acercaron. Me preguntaron si me llamaba Javier Dorado y
amablemente me pidieron que los acompañara a un vehículo en
marcha al lado del portal. Miré nervioso al coche negro y supe que no
tenía más opción que seguirlos.

Capítulo 13. El general


En el coche me esperaba un hombre de cierta edad, su aspecto era
común, pero siempre guardaba una pose de elegancia contenida y una
gran cordialidad. Me saludó y se disculpó por la manera de abordarme.
–Siento haberle asustado, pero hoy nos entró la información
sobre su viaje a Venezuela y su estancia en la casa de Simón Fajardo.
–¿Cómo lo han sabido?
–Bueno, esta mañana desde un ordenador de ese edificio alguien
le inscribió a usted y a la ciudadana argentina Marcela García como
visitantes en Venezuela y que su residencia sería la casa del famoso
empresario.
–¿Quiénes son ustedes? –pregunté con una mezcla de sorpresa e
indignación.
–Somos el CNI, el Centro Nacional de Inteligencia –me explicó el
hombre.
–Sé qué es el CNI, pero lo que no entiendo es por qué me espían
y qué quieren de mí.
–Muy sencillo, normalmente no intervengo en operaciones, pero
este caso es muy delicado. España mantiene unas relaciones tensas
con Venezuela desde el gobierno de Aznar. Se encauzaron un poco
bajo la presidencia de Rodríguez Zapatero, pero ahora mismo no
atraviesan su mejor momento. Hace años el gobierno de Venezuela
apoyó algunos grupos políticos e intenta influir en nuestro gobierno.
Queremos que nos informe de cuáles son las intenciones de Simón
Fajardo si logra la presidencia del país.
–¿Quiere que les sirva de espía? Yo soy escritor y periodista ante
todo.
–Espero que también un patriota, el mundo se encuentra en un
momento de tremendas convulsiones. Varios gobiernos buscan la
inestabilidad mundial, uno de ellos es el de Venezuela. Ha trabajado
durante años para desestabilizar América Latina y ahora está
intentando lo mismo en nuestro país –dijo el hombre. Su rostro parecía
ir tornándose más serio al percibir mi hostilidad.
–No soy un espía, señor –le insistí.
–Llámeme general. No le pido que espíe, únicamente que a su
regreso nos informe de algunos detalles de su investigación. Nos
podrá informar de lo que quiera.
–Me temo que se han equivocado de hombre –dije mientras
hacía un amago de salir del coche. El general me tomó del brazo con
fuerza, más de la que hubiera imaginado en un hombre de su edad.
–Entrar en Venezuela es fácil, salir no es tan sencillo, puede que
necesite nuestra ayuda –me comentó amenazante.
–No creo que me cueste salir del país. Soy un escritor que
simplemente hará su trabajo y regresará en un par de meses.
–La vida a veces se complica, no cierre una puerta que no sabe si
necesitará en el futuro. Confío en usted, el nombre de su contacto si
tiene algún problema es el de…
–Por favor, prefiero no saber nombres. No quiero verme
involucrado –le dije enfadado. Aquella conversación estaba
acercándose a lo desagradable.
–Está bien, si tiene algún problema diríjase de inmediato a la
embajada y pida hablar conmigo, el general, no lo olvide.
Salí del coche a toda velocidad y me dirigí al portal. Esperaba que
nadie me hubiera visto en el coche, no descartaba que Fajardo me
estuviera vigilando, al fin y al cabo su empresa tenía ramificaciones
también en España. Subí las escaleras de dos en dos y entré en el
apartamento de Marcela. No estaba, pero me había prestado una llave.
Al entrar vi papeles y libros tirados por todas partes. Me quedé
sorprendido y algo asustado. Pensé en llamar a la policía, pero si eso
era trabajo del CNI no me serviría de nada. Tampoco quería que
Marcela se asustara. Recogí todo y cuando mi amiga llegó, no se dio
cuenta de lo ocurrido.
–¿Estás bien? –me preguntó después de darme un beso.
–Sí, simplemente algo cansado, no he parado en todo el día. Me
temo que en los últimos meses he perdido agilidad mental y física.
–Mañana es el gran día –dijo sonriente.
–Sí, aunque tengo dudas de si es buena idea que viajes conmigo.
–¿A qué viene eso ahora? Somos un equipo, la editorial ha
contratado los dos libros, he conseguido un adelanto de… siéntate.
–¿De cuánto? –le pregunté relajándome un poco.
–Un millón de euros.
Me quedé de piedra. Los adelantos en España nunca solían ser
tan cuantiosos. Eso significaba que el interés por el asunto era máximo.
–¿En serio?
–Sí, la editorial lo sacará en treinta idiomas a la vez, me refiero a
la novela; la biografía en quince y en especial para toda América. Yo
me llevaré un quince por ciento, eso es lo que he acordado. Tienes que
firmarlo antes del viaje y enviarlo en formato digital.
Aquella era una manera increíble de volver al mercado, sin duda
mis dos libros serían los libros del año a nivel mundial. Nunca se había
hecho una operación así a un escritor español.
–Me dejas boquiabierto.
–Había pensado celebrarlo pidiendo comida china, después
veremos una película y nos acostaremos pronto, mañana nos espera
un largo viaje, pero antes…
Marcela se despojó de la ropa dejando a la vista una lencería
negra que me dejó sin palabras.
–Vamos a pasar nuestra última noche en España a lo grande.
Se lanzó sobre mí y fuimos abrazados hasta la cama, nos
tumbamos a la vez y, unos minutos más tarde, me encontraba en el
séptimo cielo, ya nada me preocupaba, me veía capaz de comerme el
mundo, aunque a veces nuestros sentimientos y sensaciones son
engañosos.

Capítulo 14. El vuelo


A las diez de la mañana ya nos encontrábamos en el aeropuerto de
Madrid Adolfo Suárez. Era la primera vez que viajaba en un vuelo
privado, pero las cosas fueron muy sencillas. Un coche nos había
recogido en la puerta del apartamento de Marcela, desde allí nos había
llevado a la terminal ejecutiva, el llamado anteriormente pabellón de
Estado, donde llegaban las autoridades políticas. Nos llevaron a una
impresionante sala de espera repleta de ejecutivos de grandes
corporaciones, el salón estaba decorado con antigüedades y se podía
desayunar, almorzar o cenar. Un chef estaba a la disposición de los
clientes de la terminal. No esperamos mucho al vuelo, media hora
después una hermosa azafata venezolana nos llevó hasta un coche y
después nos dejó junto a las escaleras del avión privado. Subimos por
la escalerilla y otra azafata nos acomodó en el interior. El avión era un
Airbus con todo tipo de detalles. Una sala de reuniones, un gran sofá
con mesa, una televisión enorme y al fondo una cama doble para
descansar. Como ya habíamos desayunado nos prepararon unas copas
y me informaron de que Simón Fajardo nos había preparado un vídeo
de bienvenida.
Conectamos la televisión y en unos segundos apareció el rostro
de nuestro benefactor.
–Estimados amigos. Si están viendo este vídeo ya se dirigen de
camino a Caracas. Su visita significa mucho para mí, por favor pidan lo
que quiera al personal del avión, les he ordenado que les atiendan
como si fuera yo mismo. El proyecto que comenzamos hoy me ilusiona
enormemente, espero que juntos contribuyamos a la estabilidad de
Venezuela y la región. En un ordenador portátil que les he dejado
tienen escaneados documentos, fotos y un informe de doscientas
páginas sobre la historia de mi familia. También algunos vídeos
familiares, artículos y los testimonios grabados de diez de las personas
que mejor me conocen, aunque naturalmente pueden volver a hablar
con ellos y con otros amigos. Esta información, que he ido recopilando,
es para facilitar el comienzo de su trabajo. Tendrán acceso a mi archivo
personal telemático y físico, también al de la empresa y cualquier otra
información que necesiten les será facilitada. Espero que disfruten del
viaje, relájense y nos vemos muy pronto. Bienvenidos a Venezuela.
El avión comenzó a moverse, nos pusimos los cinturones de
seguridad y en unos minutos estábamos sobrevolando los cielos de
Madrid. Aquel no era un viaje más: nos sentíamos inmersos en una
gran y emocionante aventura, tal vez la más increíble de nuestras
vidas. En unas horas comenzaríamos a trabajar, pero no en un libro
cualquiera, sino en el fenómeno editorial a nivel mundial del año
siguiente. La realidad a veces logra agazaparse sobre nuestra visión del
mundo y por un momento nos creemos invulnerables, aunque no
suele durar mucho el ensimismamiento y nuestro regreso a la verdad
suele ser siempre traumático.
2ª Parte. Bienvenido Mr. Dorado
Capítulo 15. Caracas
El avión aterrizó después de nueve horas y media de vuelo, pero
nosotros nos encontrábamos descansados. Habíamos pasado la noche
en una de las camas más cómodas en las que había dormido en mi
vida. Ahora entendía la diferencia entre la vida de un simple mortal y la
de un millonario. En cuanto bajamos del avión nos recogió un
Chevrolet enorme de color negro, que llevaba otros dos vehículos de
escolta. Pasamos por la pista rodeada de montañas y bellísimas selvas.
Había estado en muchos países de América, pero pocos le ganaban en
exuberancia y belleza. Me extrañó que apenas se veían aviones en la
terminal cercana, cuando salimos del aeropuerto de Maiquetía no
encontramos los habituales embotellamientos de las salidas de los
aeródromos, todo parecía tranquilo, tal vez demasiado para tratarse
del aeropuerto internacional de una capital. Observamos el mar Caribe
que lamía con suavidad las playas con rompeolas hasta que nos
introdujimos en la autopista que surcaba una tupida selva que
atravesaba las montañas. Tras atravesar un largo túnel salimos a las
afueras de la ciudad, plagada de ranchitos, como se llama a las casas
de los pobres. Me acerqué al conductor y le pregunté:
–¿Queda mucho para llegar?
–No, señor. El aeropuerto cuando no hay tráfico está a unos
treinta minutos de la ciudad. Nos dirigimos a la casa que el señor
Fajardo tiene en la capital, una villa colonial muy próxima a la de
Simón Bolívar, allí le espera el señor.
–Gracias. ¿Cómo se llama?
–Mauricio Bello.
–Encantando –le dije mientras observaba cómo la autopista se
introducía en la ciudad plagada de inmensos rascacielos.
–Esos edificios son de la época de vacas gordas –dijo el
conductor al verme mirar con atención los inmensos edificios. En
Madrid no había una zona como aquella.
–Bueno, siempre regresan las vacas gordas –le contesté.
–En Venezuela nos las hemos comido –dijo en tono de broma.
Las inmensas avenidas ajardinadas, las flores y las fuentes
parecían contradecir las palabras del chófer. Una bandada de pájaros
exóticos pasó por encima del coche y me quedé sorprendido al ver
toda la belleza de la naturaleza en mitad de la ciudad. En los cerros
convivían los bosques de un verde tan intenso que costaba quedarse
fijo mirándolo, con los ranchitos de colores rojizos que, como
colmenas, parecían devorar la ciudad y amenazarla.
Al final nos adentramos entre los edificios, las calles estaban
atestadas de gente y la circulación era endiablada. Pasamos cerca de
un edificio de color negro y recorrimos unas calles empedradas con
fachadas de estilo colonial.
–Esa es la casa de Simón Bolívar –dijo el chófer señalando un
pequeño palacete con un gran cartel del libertador. La gente miraba
nuestro coche y su séquito, como si esperase ver a una estrella de rock
o a un miembro del gobierno.
Pasados unos pocos metros una gran verja se abrió
electrónicamente y los vehículos entraron casi arrollando a la gente.
Tras la verja un bellísimo jardín tropical rodeaba un palacio estilo Luis
XIV, un pequeño Versalles en el corazón de Caracas. Llegamos hasta la
entrada principal y el coche se detuvo frente a la suntuosa puerta. El
chófer abrió la puerta y salimos.
–Bienvenidos a Villa Esmeralda –dijo el hombre, que era mucho
más alto de lo que me había imaginado en el asiento del coche. Su piel
negra apenas destacaba de su traje también de color oscuro.
Un mayordomo con librea salió a recibirnos y dos mozos
tomaron las maletas.
–Por favor, sean bienvenidos –dijo el mayordomo con acento
francés.
Caminamos por una alfombra roja hasta el inmenso recibidor de
mármol marrón y blanco. La escalinata central era digna de un palacio,
a ambos lados se encontraban las alas del edificio.
–Pueden acomodarse y ducharse, el señor los recibirá dentro de
una hora.
El mayordomo nos acompañó a la segunda planta, decorada con
antiguos tapices y cuadros ennegrecidos por el paso del tiempo. Nos
dio dos habitaciones contiguas comunicadas por una puerta y quedó
en avisarnos cuando el señor Fajardo estuviera listo.
Nos acomodamos y después de una corta ducha nos sentamos
en una terraza corrida que daba al jardín delantero. Hacía un poco de
calor a pesar de ser por la tarde. La humedad del ambiente provocaba
que nos bajara la tensión, pero estábamos tan excitados por el viaje,
que no parábamos de hablar y comentar todo.
–La fortuna de Simón debe ser increíble. Has visto qué
despliegue de medios. Jet privado, mansión en la capital e imagino
que una finca inmensa cerca de aquí –comentó Marcela. Llevaba el
pelo mojado y un traje de lino que resaltaba el tono de su piel. Nunca
la había visto tan contenta e ilusionada por algo. Los últimos años en
la editorial habían sido una tortura. La crisis había empeorado las
condiciones de trabajo de la mayoría. Muchas más horas por menos
dinero, además debía sentirse agradecida por no haber terminado de
patitas en la calle.
–Sin duda, pero se percibe aún más en un sitio con tantas
desigualdades. Es una de las cosas que más me impresionó al llegar a
América. Cuando era pequeño en España había diferencias de clase,
pero no tantas como en la posguerra. Aquí todavía la sociedad es muy
injusta. Recuerdo un amigo escritor que me acompañó en un viaje de
promoción. Se sentía tan impactado que cada día cambiaba diez o
veinte dólares y le daba dinero a cualquiera que viera con necesidad.
–Te puedo asegurar que América está peor en algunos sitios que
hace unos años. En mi país llevábamos más de dos décadas que no
levantamos cabeza, sobre todo desde el famoso corralito.
–Durante la crisis en España pensé que nos iba a suceder algo
parecido.
Escuchamos unos pasos, el mayordomo nos pidió que le
acompañáramos a la planta inferior. Recorrimos un largo pasillo y
entramos en un salón muy amplio a dos alturas. Simón se encontraba
sentado en una silla al lado de una mujer rubia.
–Mis amados huéspedes, siento no haber podido ir a recibirlos al
aeropuerto, pero el deber me llamaba. Últimamente me paso el día
solucionando crisis y asuntos urgentes. La situación se deteriora por
días. Espero que todo lo que está pasando no termine en un estallido
social.
–Muchas gracias por el avión. No había viajado nunca tan
cómodo –le comenté.
–Bueno, es uno de los pocos placeres que puedo darme. Algunas
personas piensan que los hombres acaudalados no trabajan. Lo cierto
es que apenas descansamos. Pero, qué mal educado, no les he
presentado a mi esposa. Mi amada costilla es Inés Marcos, señora de
Fajardo.
–Encantado –dije dándole la mano, pero la mujer me dio un beso
en la mejilla. Marcela saludó a la mujer y enseguida se intercambiaron
varios elogios.
–Es usted muy bella –dijo Inés.
–Gracias, pero usted lo es más –contestó Marcela, que no solía
ser muy halagadora. Aunque lo cierto es que la mujer de Simón era
muy bella. Unos diez años más joven que su esposo, tenía unos
gigantescos y hermosísimos ojos azules, que resaltaban como los de
un gato.
–Tuve mucha suerte al casarme con Inés. Fue miss Venezuela,
pero también es abogada y periodista.
–Me vas a ruborizar Simón.
–Es la verdad. Eres la mujer más bella e inteligente de Venezuela
–contestó él sonriente.
Le observé por unos instantes. No había perdido ni un ápice de
su carácter. Además de tener una personalidad arrolladora y
carismática, era muy atractivo y seductor. A su lado me sentía como un
patoso y tosco español.
–Por favor siéntense. Imagino que estarán sedientos. Llevamos
unos días de calor terrible, pero no se preocupen pasado mañana nos
marcharemos al Paraíso. Una finca en la sierra es mucho más fresca
que Caracas, sobre todo por la noche.
–En Madrid también hace un calor terrible –le comenté, aunque
lo cierto era que la humedad de Venezuela convertía el ambiente en
asfixiante.
–Esta noche tenemos una cena de gala. No he podido avisarles
antes. El presidente Maduro tiene una cena con algunos amigos, nada
oficial. Ya verán que el gobierno y el presidente son gente sencilla y
afable. En los medios siempre les ponen como feroces revolucionarios,
pero son personas alegres y muy razonables.
–¿Cómo tenemos que ir vestidos? –le pregunté.
–Nada formal –dijo Simón.
–Tiene una casa preciosa –dijo Marcela a Inés.
–Bueno es la casa de la familia de mi esposo. Es un palacio del
siglo XVIII, uno de los más bellos de la ciudad. Afortunadamente no lo
tiraron como sucedió a otros palacetes en los años setenta. Todo el
mundo quiere un apartamento en el centro de Caracas. Aquí no pasa
como en Estados Unidos que la gente vive en suburbios. La mayoría
vive en apartamentos y cuanto más cerca del centro mejor. En Caracas
se dice que todo lo que está fuera de la ciudad es “sapos y culebras” –
bromeó la mujer.
–Curioso, en Argentina es al contrario, como en España. Yo acabo
de trasladarme a Madrid, prefiero vivir en la gran ciudad.
–Madrid, qué bello. He ido varias veces y, junto a Barcelona, es
una de las ciudades que más me gusta de España.
–Queridos amigos, les he preparado una agenda apretada para
los dos próximos días. Visitarán a algunas personas claves, también
algunos de los lugares de mi infancia, como la escuela y la universidad.
El segundo día los llevaremos a las “misiones” y otras obras públicas
que ha realizado el gobierno para la gente más desfavorecida. No les
ocultaré la situación desesperada en la que se encuentra mi país, pero
no todo está mal ahora. Hemos conseguido mucho en estos casi veinte
años –comentó Simón mientras pasaba el brazo por la espalda de su
esposa.
–Estoy impaciente –le contesté.
–En el armario encontrarán algo de ropa, sabíamos sus medidas y
nos hemos tomado la libertad de comprarles algunas cosas. A pesar de
la revolución, la gente usa algunas marcas de calidad que se
encuentran aquí sin problema, pero siéntanse cómodos, ya les digo
que el presidente Maduro y su esposa son bastante austeros –dijo Inés.
Simón se puso de pie y nos convocó en media hora para salir en
el coche hasta el palacio de Miraflores, residencia presidencial desde
1901.
Nos dirigimos a la residencia presidencial en dos coches
distintos. Llevamos otros tres vehículos de escolta. Al pasar por las
calles a toda velocidad, el resto de coches nos cedían el paso como si
fuéramos un coche oficial. Entramos por una alta verja de hierro negro
y después por un gran arco de color blanco. Ya era de noche, pero la
fachada se encontraba iluminada con vivos colores. Ascendimos por
unas escalinatas y nos llevaron a un gran salón donde se estaba
sirviendo un cóctel. Nos sorprendió que la cena no parecía ni tan
íntima ni tan informal como nos había contado Simón.
Simón nos fue presentando a algunas autoridades y personajes
destacados del país. Al final nos acercamos al presidente Maduro que
estaba al lado de su esposa Cilia Flores y rodeado de media docena de
personas.
–Presidente, permítame que le presente al escritor español Javier
Dorado y la editora Marcela García.
Maduro me dio la mano muy fuerte, como si quisiera arrancarme
el brazo de un tirón. A Marcela le dio un beso.
–Mi esposa Cilia.
La mujer nos miró sonriente. No era guapa, pero parecía muy
agradable.
–Bienvenidos a nuestro amado país. Los españoles son siempre
muy bienvenidos, aunque algunos miembros de su gobierno suelten
todo tipo de infamias contra Venezuela.
–Cilia, por favor, que es un amigo de nuestro querido Simón.
–Perdone, pero es que lo de su presidente es para matarle.
–Cilia siempre está de broma –se disculpó Maduro.
–Javier Dorado fue ganador del Premio Planeta –comentó Simón.
El presidente Maduro puso un gesto inexpresivo, como si no
supiera de lo que le estaban hablando.
Inés tomó del brazo a Marcela y se alejaron entre la multitud y yo
me fui con Simón. Me llevó a una de las terrazas, tomó de una bandeja
dos cócteles y poniendo los ojos en blanco me dijo:
–¿Ahora lo entiende? El presidente no es mala persona, al menos
en el sentido maléfico de la palabra, pero sin duda es muy sencillo.
–Hugo Chávez pensó que era su mejor sucesor –le respondí.
–Los grandes hombres siempre tienen el mismo problema, se
rodean de hombres mediocres que no les contradigan y después no
tienen mucho dónde escoger. Maduro y él se conocen desde el
principio, le fue a visitar cuando se encontraba en la cárcel después del
golpe de Estado. Siempre le ha sido fiel, esa es su mayor virtud, pero
Chávez le dejó un país en crisis, dividido, hipotecado para el futuro y
con el precio del petróleo por los suelos. Además sus aliados,
Nicaragua, Ecuador y Bolivia, están pasando sus crisis particulares y
puede que no duren mucho en el poder, como ya ha sucedido en
Argentina. Hasta Cuba le traicionó al firmar un acuerdo con los Estados
Unidos y restablecer relaciones diplomáticas. No le ha quedado un
papel fácil, además la oposición le acosa y el país está todo el día en la
calle. No hay de nada y la gente no puede comer de promesas.
¡Venezuela necesita un cambio!
En ese momento se acercó un hombre con gafas, vestido de lino
y con la piel pálida. Le reconocí cuando comenzó a hablar, en medio
de la penumbra no había logrado distinguirle.
–Juan Carlos –dijo Simón con mucho cariño al hombre.
–Hola Simón. Qué bien te veo.
–Deja que te presente a un compatriota –dijo Simón.
–Hombre, es Javier Dorado, no necesita presentación. He leído
sus libros, muy en la línea de las obras de Javier Cercas. ¿Verdad?
–O él en la mía –le contesté algo molesto. Juan Carlos era un
antiguo político de extrema izquierda, profesor universitario e
ideólogo de Podemos.
–Eso también puede ser. Revisionismo de “baja mira”, que lo
llamo yo –contentó Juan Carlos.
–Veo tensión –bromeó Simón.
–Los españoles somos así –dije sonriente.
–Es cierto –dijo Juan Carlos con una mueca–. ¿Qué te traer por
aquí?
–Va a escribir un libro sobre mi familia –le explicó Simón.
–Qué interesante.
–Quiero que vea la Venezuela real, no la que sale en las noticias.
Las cosas están mal, pero también hemos hecho en estos años muchas
cosas buenas –dijo Simón pasando la mano por la espalda de Juan
Carlos.
–Vengo con la mente abierta –les comenté.
–Eso para un viejo intelectual socialdemócrata ya es mucho –
contestó algo borde el profesor español.
Respiré hondo y tomé un sorbo de la copa.
Una campanilla nos llamó para la cena, pero antes pregunté a
Simón dónde estaba el servicio. Entré en el suntuoso baño de grifos
dorados y toallas de hilo y me metí en un excusado. Intenté
tranquilizarme un poco, no esperaba tanta tensión en el ambiente.
Afortunadamente Simón parecía dispuesto a apoyarme en todo
momento.
–Señor Dorado –escuché una voz al otro lado.
Al principio no contesté. No esperaba que nadie me siguiera
hasta el baño.
Salí y me encontré con un hombre moreno, completamente calvo
y con unas anticuadas gafas de concha.
–Sí, ¿qué desea? –le pregunté algo nervioso.
–Veo que ya ha llegado a Venezuela. En España le quisieron
hablar de mí, pero usted no se lo permitió. Quiero advertirle que está
jugando con fuego, la única forma de que no se queme es
colaborando con nosotros. No deseamos ningún mal para este país,
soy venezolano, pero las cosas se van a poner muy mal. ¿Entiende?
–Ya le dije a su jefe que me dejase en paz. No soy un espía.
El hombre me hizo un gesto para que me callase.
–¿Se ha vuelto loco? No vuelva a pronunciar esa palabra. Estoy
dentro de las altas esferas, pero no he podido llegar hasta Simón.
Necesitamos conocerle mejor. Ese hombre puede convertirse en
presidente, en el político más poderoso de Sudamérica y no deseamos
otro Hugo Chávez. ¿Me entiende?
–Yo simplemente voy a escribir un libro –le contesté enfadado.
–Seguro, tengo entendido que serán dos, pero si él se entera se
enfadará mucho. ¿Verdad? Cada semana le esperaré en una villa
llamada Rosario. Está cerca de la casa del señor Fajardo, tendrá que
apañárselas para verme. Es la única forma segura de comunicarnos.
Me quedé mirándole enfadado. Ese tipo me estaba amenazando.
–No le diré nada, no se preocupe. Soy su salvoconducto. Me
agradecerá la ayuda que le estoy ofreciendo. Esto no es España, su
vida no vale un céntimo en este lugar. Además piense en su bella
acompañante.
El hombre salió del baño y me quedé solo frente al espejo.
Estaba pálido. Jugar a dos bandas no era nunca una buena idea, pero
por ahora no me quedaba más remedio. Tampoco pretendía revelar
nada al CNI que pusiera en peligro a mi cliente. Teníamos un contrato
y merecía toda mi confianza. Deseaba contar al mundo lo que estaba
sucediendo en el país, pero no tender una trampa a Simón. Me dirigí a
la mesa, Marcela charlaba amigablemente con Inés. Se la veía tan feliz,
pero cada vez tenía más dudas de lo que los dos hacíamos en
Venezuela. Lo último que deseaba era ponerla en peligro, pero por
ahora no le podía contar lo que sucedía. Al menos hasta que lograse
aclarar mis ideas.

Capítulo 16. Los Fajardo


Aquella noche dorm í inquieto. No pod í a dejar de pensar en el agente
del CNI y sus amenazas. Por un lado creíaque no se atrever í a a
denunciar mis intenciones a Simón, si quería recabar algo de
información intentaría presionarme algo más, pero sin delatarme.
Sabía que si lo hacía nos pondría en peligro a los dos. Tampoco me
había tranquilizado mucho la hostilidad de algunos miembros del
gobierno y sus asesores. Desconfiaban de todo el mundo y en parte
era normal, aunque yo lo único que quería era hacer bien mi trabajo y
regresar a casa. Por fin tenía una razón por la que vivir, un propósito.
Sentía que estaba saliendo del bache de los últimos meses. Perder a mi
familia, fracasar con mi último libro y sentir que me estaba
traicionando a mí mismo, que ya no era la persona que había deseado
ser, había logrado casi destruirme. Ahora tocaba aguantar la presión y
proteger a Marcela.
–¿Te encuentras bien? –me preguntó Marcela al verme pensativo.
Al final se había venido a mi cama. Me gustaba estar de nuevo
acompañado, sentir otro cuerpo cerca. Después de todo este tiempo
había comprendido el inmenso valor del amor.
–Sí, algo aturdido. Debe ser por el viaje –le mentí.
–Se te pasará, aunque normalmente no acusas mucho los
cambios horarios.
–Bueno, es la primera vez que me pongo a trabajar después de
meses de ociosidad. Estoy relajado, pero he perdido mi vieja capacidad
para soportar la presión y el sobreesfuerzo.
–Enseguida te pondrás al día. He mirado la agenda. Tenemos que
ver a la madre de Simón, uno de sus hermanos, dos compañeros de
infancia y uno de universidad.
En cuanto repasó la lista me agobié un poco, pero después me di
una ducha rápida, comimos un opíparo desayuno y salimos a realizar la
primera entrevista. Quería grabarlas con el móvil, aunque también
tomaría algunos apuntes en el ordenador.
El chófer nos esperaba puntual en la puerta de la residencia, en el
asiento trasero encontramos una nota de Inés deseándonos un buen
día y un termo con café. Agradecí los dos detalles y nos encaminamos
a la primera cita.
La primera parada era la oficina de Álvaro Fajardo, hermano
menor de Simón y uno de los gestores de una de las empresas
familiares.
Llegamos a la zona de negocios, no se veía mucha actividad para
aquellas horas de la mañana. Miles de empresas habían abandonado el
país en los últimos años y en muchos de los edificios había letreros de
alquiler y venta de locales.
Subimos por el ascensor hasta la planta veinte y la secretaria de
Álvaro nos atendió muy amablemente. Unos diez minutos más tarde, el
hermano de Simón nos recibía en el amplio despacho de la empresa
con vistas a la montaña.
–Un placer conocerlos. Ya me ha comentado Simón el motivo de
la visita. Soy el hermano pequeño, teníamos una hermana llamada
Isabel, pero murió cuando éramos adolescentes. Fue una tragedia, mi
madre tardó años en recuperarse. Ahora estamos los dos solos en el
mundo, bueno y mi querida madre.
–Muchas gracias por recibirnos –le contesté.
–Bueno, mandé a Simón un vídeo con las anécdotas principales,
pero puede que se me pasara algo y con su ayuda lo pueda recordar –
comentó Álvaro.
–La memoria es caprichosa y confusa –le contesté.
–Eso es cierto, aunque tengo la infancia muy clara en mi mente.
Éramos niños muy normales, bastante felices y privilegiados. Nuestra
familia era muy rica y vivíamos en una casa enorme. Ya conoce el
edificio, ¿verdad?
–Sí, muy hermoso.
–Nuestros padres nos animaron a estudiar e ir a la Universidad.
Yo estudié leyes y después empresariales; realicé un máster en Yale y
me especialicé en el departamento legal de nuestro emporio, aunque
también presido la empresa de harina de maíz más grande del país.
–No sé de dónde saca tanto tiempo –bromeé.
–Cuando tu trabajo es tu pasión, las cosas son siempre más
fáciles.
–Lo mismo me sucede a mí –le contesté.
–He leído su último libro. Me fascinó –dijo mientras se inclinaba
hacia delante, como si intentase a toda costa empatizar con nosotros.
–Pues es de los pocos.
Álvaro no era tan carismático como su hermano. Su aspecto
agradable, la elegancia y el don de gentes no lograban igualar a las de
Simón. Siempre parecía contenido, poco natural y demasiado
sobreactuado.
–Me gustan las obras realistas, esa manera de ficcionar con la
realidad. Es un privilegio que un escritor de su talla escriba la historia
de la familia.
–Los Fajardo son una institución en el país –le contesté.
–Álvaro sonrió y miró fijamente a Marcela.
–Bueno, sobrevivir en América cinco siglos como saga familiar no
es nada sencillo. La señorita Marcela lo sabrá, que es de la bella
Argentina.
Marcela se limitó a sonreír. Cada vez era más consciente de que
Álvaro no tenía muchas ganas de hablar de su hermano, que el libro
no era otra cosa que una manera de promocionar a Simón y llevarlo a
la presidencia del país.
–¿Cómo falleció su hermana? –le pregunté de forma directa.
Quería ahondar en los momentos más dramáticos de la familia ya que
seguramente había forjado el carácter de los hermanos Fajardo.
Álvaro frunció el ceño y apretó los labios, después se pasó la
mano por el pelo y agachó la cabeza.
–Eso fue hace mucho tiempo. Mi hermano tenía dieciséis años,
Isabel trece y yo once. Estábamos muy unidos. Mi padre viajaba mucho
por negocios, sobre todo a Estados Unidos; mi madre se dedicaba a
obras benéficas y fiestas con sus amigas. Nuestras nanas ya no ejercían
mucha influencia sobre nosotros. Pasábamos mucho tiempo solos en
la casa. Simón se dedicaba a pintar, lo hace muy bien, de hecho, tiene
ahora mismo una exposición en la ciudad; Isabel leía vorazmente, a esa
edad ya había leído la mitad de la biblioteca de mi padre y yo era un
niño tranquilo y muy fantasioso. Una de las tardes que nos
encontrábamos solos, Isabel y Simón se pelearon, no recuerdo muy
bien la razón. Pasó la tarde y no la vimos, hasta que ya de noche la
encontramos colgada en uno de los baños. Su rostro se ha quedado
grabado en mi mente. Los ojos desorbitados, la cara morada y esa
expresión de dolor me acompañarán siempre. Llamamos a mi madre,
el médico de la familia certificó el acto como accidente. Nos dijeron
que eso es lo que había que decir. Para todos era una ignominia que
su querida hija se hubiera suicidado. Lo cierto es que parecía muy feliz,
llena de vida, pero nunca podemos saber lo que pasa por la mente de
una persona y menos por la de una adolescente.
El hombre tragó saliva y después se secó los ojos con los dedos.
–Lo siento –le dije al ver cómo le seguía afectando la muerte de
Isabel.
–Le pediría que se limitase a mencionar su fallecimiento sin
entrar en detalles de la forma. Mi madre sigue viva y…
–No se preocupe. Quería sobre todo conocerlos un poco más.
–Lo entiendo –dijo Álvaro recuperando el ánimo.
–¿Qué me dice de Inés?
–Inés es una de las mejores personas que he conocido. Mi
hermano es muy afortunado. Bella, inteligente, alegre y prudente. Lo
tiene todo. Yo no he tenido tanta fortuna con las mujeres, al menos
por ahora. Me he casado dos veces, tengo dos hijos y ahora estoy con
una amiga, pero Simón acertó a la primera y se los ve felices. ¿No cree?
La pregunta me extrañó, como si necesitara que yo le
corroborase su opinión, aunque apenas conocía a ambos.
–¿Cómo van los negocios de la familia? –le pregunté para
cambiar de tema.
–Casi me da pudor decirlo en un momento tan difícil para la
República, pero estamos creciendo, extendiendo nuestra red y ahora
mismo abriendo sedes en Colombia, Cuba, Ecuador y Bolivia. Nuestros
próximos objetivos son México y Argentina.
–¿Cuáles son los campos de explotación de sus empresas? –le
pregunté para que me explicase el entramado empresarial de los
Fajardo.
–Alimentación. Empezamos con carne de pollo, después de cerdo
y res, ahora trabajamos con productos congelados, verduras y harinas,
en especial de maíz. Producimos en cinco países y exportamos a
veinte, aunque el ochenta por ciento de la producción en Venezuela se
queda aquí. El gobierno es nuestro principal comprador, pero fuera la
mayoría son clientes privados.
Intenté pensar bien la siguiente cuestión. Me interesaba conocer
la opinión de Álvaro en algunos asuntos muy delicados.
–¿Cómo ve la actual situación de Venezuela?
Álvaro se puso en pie y se acercó al inmenso ventanal, como si
intentase abarcar con la vista toda la ciudad.
–Mala, terriblemente mala. El gobierno no tiene dinero para
pagar sus deudas, dar el salario a sus funcionarios ni alimentar a la
población. El precio del petróleo se encuentra muy bajo, de los ciclos
más bajos de los últimos años. La infraestructura petrolera está
obsoleta, producimos menos barriles que hace veinte años. Estados
Unidos ha dejado de comprar las cantidades de barriles a la que nos
tenía acostumbrados y eran de los pocos que lo hacían con efectivo.
Nuestros otros clientes lo hacen con productos, como una especie de
trueque. Bienes y alimentos de Nicaragua, Ecuador o Bolivia, muchos
de ellos de mala calidad, pero que al venderse más barato han dañado
la economía interior y la producción. Lo peor es la falta de suministro
de alimentación a la población. Nosotros somos de los pocos que
continuamos ofreciendo alimentos. Le aseguro que estamos perdiendo
dinero, pero ¿qué podemos hacer? La gente no se puede morir de
hambre.
No sabía si creer sus palabras. Nadie tenía una multinacional para
hacer obras de caridad. Además había escuchado que los militares, que
hacían las grandes compras alimenticias, eran muy corruptos y habían
ganado verdaderas fortunas inflando los precios de compra.
–Ahora seré muy directo –le advertí–. ¿Creé usted que su
hermano Simón está capacitado para ser el próximo presidente del
país? ¿Piensa que sería un buen presidente?
Álvaro se sentó en el filo de la mesa y cruzó los brazos, después
se inclinó hacia delante acercando su cara a la mía.
–Esta empresa estaba en la ruina hace diez años. Todo lo que
había conseguido mi padre estaba a punto de desmoronarse, pero
Simón tomó las riendas y nos ha convertido en una multinacional,
poderosa y moderna. ¿Qu si creo que Simón puede gobernar este
país? Sin duda, además sería uno de los mejores presidentes de la
historia. Tiene un corazón sensible y ama a la gente. Mi duda es si le
permitirán hacerlo.
Aquellas últimas palabras de Álvaro se me quedaron grabadas en
la mente. Venezuela era un país muy peligroso, había muchos intereses
estratégicos y económicos en juego; su riqueza y relevancia formaban
parte de su desgracia. En el fondo se trataba de una pieza importante
en el tablero de la geopolítica mundial.
Tras despedirnos nos dirigimos a la casa de la madre de Simón.
Álvaro me había dejado intrigado. No estaba seguro de hasta qué
punto amaba, admiraba y envidiaba a su hermano.
La señora doña Clara vivía en un lujoso apartamento del centro.
Nos extrañó que no conviviera con ninguno de sus hijos, pero al
conocerla lo entendimos. Era una mujer independiente, que aún
conservaba una buena salud a pesar de sus más de setenta y cinco
años. El inmenso ático en el que vivía tenía unas impresionantes vistas
de Caracas. Una mujer negra era su cocinera y dos chicas jóvenes la
atendían de día y de noche.
La mujer tenía el pelo dorado, casi blanco, la cara arrugada y
morena, pero unos grandes ojos negros. Era más expresiva y alegre
que sus hijos, parecía estar siempre despreocupada y aferrada al
presente.
–Hola. Ya me avisó Simón de que vendrían a verme. Espero que
les esté gustando Caracas. ¿Ya habían estado antes?
–No, señora –contestamos casi a coro.
–Esto no es lo que era. Antes Caracas era la ciudad más divertida
y rica de Sudamérica. Ahora es una pocilga, rodeada por esas casuchas
llenas de colombianos y de comunistas. Yo no estoy de acuerdo con el
régimen. Han vendido Venezuela, ellos que tanto se les llena la boca
de “patria o muerte”. La usaba mucho Chávez, pero la inventó ese viejo
cabrón de Cuba, ya saben, el “Comandante”.
Nos chocó su soltura. No parecía tener pelos en la lengua.
–Mi hijo se alió a los que arruinaron a su padre, menudos
cabrones, pero ahora ellos le deben mucho a él. Ha sabido dar la
vuelta a la tortilla, ya me entienden. Simón es muy inteligente, ha
salido a mí, Álvaro es más como su padre, más conformista, le falta
fuerza.
–Muchas gracias por recibirnos –dije intentando tomar las
riendas de la conversación, pero no era nada fácil interrumpir a la
madre de Simón.
–Ahora se quiere meter en política, pero es una mala idea. Esas
garrapatas aman el poder, antes de Chávez quiénes eran. No eran
nada. El poder es lo único que les queda, cuando los echen acabarán
muertos, en el exilio o en la cárcel. Simón quiere salvar a Venezuela. Ya
le dije a su padre que no debimos ponerle el nombre del libertador.
Esas cosas dan mal fario. ¿Ustedes son supersticiosos?
–No –le contesté. Ni siquiera me consideraba religioso.
–Mi abuela era gallega, ya sabe. Un poco bruja y siempre me
hablaba de esas cosas. Aquí casi todos los políticos hacen santería y
esas supersticiones. No es que yo crea mucho, pero hasta el presidente
Maduro tiene su gurú. A Chávez le encantaba la brujería y esas cosas.
Simón no sabe dónde se está metiendo. La política es muy peligrosa,
pero a mí no me hace caso. Piensa que soy una vieja loca y tiene razón,
en lo de vieja quiero decir.
–¿Me permite un par de preguntas? –le dije mientras comenzaba
a escribir en mi cuaderno.
–Para eso ha venido. ¿No?
–Hemos hablado con su hijo Álvaro sobre su hija fallecida, Isabel.
Por primera vez la señora se puso muy seria, torció el gesto y se
apoyó en el respaldo del sillón.
–¿Qué tiene eso que ver con el libro?
–Ya sabe, necesitamos hacer un perfil de su hijo, saber cómo es
su carácter y qué adversidades ha atravesado en su vida.
–Simón ha sido un buen hijo. Logró rescatar la empresa familiar
de la bancarrota. Nunca nos ha reprochado nada, aunque como padres
cometimos muchos errores. La muerte de Isabel fue dura, muy dura
para todos. Simón la adoraba. Era guapa, inteligente y alegre, pero en
la adolescencia sufrió un gran cambio. No nos dimos cuenta a tiempo.
Simón iba todos los sábados a ver su tumba. Hace apenas unos años
que dejó de hacerlo. Yo continúo visitando el mausoleo los fines de
semana, muchos de mis seres queridos están allí. Me esperan, ya no
creo que tarde mucho en reunirme con ellos, pero tengo miedo por
Simón, temo lo que le pueda suceder. Tampoco me fío mucho de su
esposa, no es trigo limpio.
–Llevan toda la vida juntos –comentó Marcela interviniendo por
primera vez en la conversación.
–No le ha podido dar hijos, siempre le ha despreciado, se cree
que es mejor que él. Simón no es perfecto, ya me entienden, pero el
deber de una esposa es apoyar a su marido. ¿Se la imaginan de
primera dama de la República? Es una verdadera mentirosa. No crean
nada de lo que les cuente. Siempre da una cara, pero por la espalda es
otra persona.
Nos sorprendieron los comentarios de la madre de Simón,
aunque las relaciones entre nueras y suegras siempre habían sido
complicadas, pero que hablase tan abiertamente en contra de Inés, sin
importarle lo que pudiera pensar su hijo nos impresionó.
Regresamos para almorzar en la mansión. La mañana había sido
productiva, pero debíamos entrevistar a los amigos de Simón por la
tarde. Nos quedaban poco más de veinticuatro horas en Caracas antes
de partir a la finca de la familia.
Mientras intentaba relajarme un poco, antes de hablar con los
amigos de Simón, recordé las palabras de doña Clara y su odio visceral
a Inés. Tampoco creía completamente a Álvaro. Las familias patricias
siempre ocultaban muchos secretos. En cuanto revisabas su pasado
afloraban todo tipo de acontecimientos sospechosos. Intenté
centrarme en Simón, la historia de la familia únicamente era el telón de
fondo del libro. Mi cliente quería un libro que le llevara a la presidencia
de Venezuela y eso era exactamente lo que iba a hacer.

Capítulo 17. Las misiones


Aquella noche no vimos a Simón, cenamos a solas en un pequeño
salón cerca de nuestras habitaciones. Las solitarias estancias parecían
ocultar los secretos de la familia Fajardo, que tan unida estaba a la
historia de Venezuela. El día había sido agotador, pero muy productivo.
Los compañeros de Simón eran todos profesionales liberales, parecían
algo incómodos en las entrevistas, como si alguien o algo los estuviera
presionando. Elogiaron mucho a su amigo y nos contaron algunas
anécdotas que quedarían bien en el libro. Al parecer Simón era muy
travieso de niño y había protagonizado varias hazañas en el colegio
religioso en el que había estudiado. En la universidad, al menos por lo
que nos había contado un amigo, había destacado y participado en las
luchas estudiantiles contra los últimos años de Carlos Andrés Pérez.
Después había intentado ser pintor en los Estados Unidos, para
regresar unos años más tarde a Caracas donde se había incorporado a
la empresa de su padre.
A primera hora de la mañana nos esperaba el chófer a la puerta
de la mansión. No llevábamos el coche habitual, sino uno más discreto.
Vendrían también cuatro guardaespaldas en otro vehículo.
–Espero que hayan descansado bien –comentó Mauricio Bello.
–Ya nos estamos acostumbrando al nuevo horario –le dije
mientras bostezaba.
–Yo nunca he estado en Europa, espero algún día visitar España,
mis antepasados eran de León.
A pesar del color de la piel, muchos habitantes podían tener tal
mestizaje que en una o dos generaciones los alejasen completamente
de la fisonomía de sus antepasados.
–Seguro que algún día podrás ir –le animé. Aunque sabía que era
muy improbable: los sueldos en Venezuela eran muy bajos y el cambio
de moneda brutal. La estancia de un latino en España únicamente
podía permitírsela las clases medias altas del continente, hasta a la
clase media le costaba mucho poder viajar a Europa.
–La barriada a la que vamos es una de las más peligrosas de
Caracas. Allí estarán algunos soldados, ni la policía se atreve a entrar.
Además la policía aquí es mucho peor que los delincuentes –nos
explicó Bello.
–He estado en algunos lugares parecidos –le contesté, aunque lo
cierto es que me ponía un poco nervioso.
–No ha estado en muchos sitios como este, se lo aseguro.
Únicamente las favelas de Río son más peligrosas.
Poco a poco abandonamos la ciudad hasta adentrarnos en un
enjambre de calles mal asfaltadas, repletas de baches, fugas de agua y
cables de la luz por todas partes. Los edificios altos de las
urbanizaciones dejaron paso a casas de dos plantas sin encalar,
algunas sin ventanas y la mayoría mal construidas. A medida que
ascendíamos las casas eran peores y los servicios públicos más escasos.
Apenas había tiendas, colegios o cualquier tipo de edificio público o
negocio privado. Llegamos a lo que parecía un centro de salud. Tenía
forma octogonal y una estructura de hierro. A la entrada nos esperaba
un hombre vestido de doctor y dos militares fuertemente armados.
Pasamos rápidamente al edificio y el doctor se presentó y nos llevó a
su despacho.
–Buenos días, me llamo Leopoldo Fuego, soy el director de este
pequeño centro de salud.
–Muchas gracias por recibirnos.
–Soy cubano, como la mayoría de los médicos de las Misiones.
Algunos llevamos aquí dos o tres años, aunque normalmente estamos
rotando, no podemos permanecer mucho tiempo fuera de Cuba. ¿Me
entiende?
–Sí –le comenté.
–¿Cómo funcionan las misiones? –preguntó Marcela, que estaba
muy interesada en el proyecto. La sanidad y la educación eran
gratuitas en Argentina, pero aún había mucha gente pobre que no
accedía a ella de una manera adecuada.
–Las misiones surgieron en 2003 impulsadas por el presidente
Chávez; la intención era llegar con sanidad, infraestructuras y
educación a todo el país. Además de ayudar en la cesta de la compra,
el “Comandante” quería que todos los venezolanos tuvieran las mismas
oportunidades. Un pueblo culto y sano no se puede explotar tan
fácilmente. El sistema está inspirado en el que tenemos en Cuba desde
hace años.
–Entiendo. ¿Cómo se paga todo esto?
–Hay varias Misiones. La Misión Robinson es de alfabetización, la
Misión Barrio Adentro es la que gestiona estos ambulatorios y la
sanidad y Misión Mercal se encarga de la alimentación. Todo esto lo
pagó el petróleo. La idea era que la riqueza del país fuera mejor
distribuida. También se han construido muchas viviendas sociales.
–Es una hermosa labor –le dije sinceramente. La salud era
carísima en América y la atención pública muy deficiente y en algunos
lugares inexistente.
–Estos centros son de atención primaria, pero ya se están
construyendo otros centros diagnósticos y tenemos abierto un
hospital, pero queda mucho por hacer. El gran problema actual es la
falta de medicinas y recursos. El gobierno no puede mantener los
centros, me temo que dentro de poco tendremos que cerrar algunos.
–Lo lamento.
El hombre se puso en pie y cerró la puerta, después miró por la
ventana abierta y comenzó a hablar:
–Llevo años aquí. Las condiciones para los médicos son muy
precarias. Vivimos en infraviviendas y apenas cobramos dinero, la
mayor parte de los recursos se van a Cuba. Cada año escapan médicos
a Colombia para ir a los Estados Unidos u otros países. Es cierto que se
ha hecho mucho bien a la gente. Yo mismo he atendido casos
desesperados, pero todo el mundo se pregunta por qué no se apoyó al
sistema sanitario nacional, todo esto se hizo directamente en nombre
de Hugo Chávez, como una especie de clientelismo.
–Aunque la verdad es que cuando el régimen actual no esté todo
esto se abandonará. He leído que en el 2005 se consiguió la
alfabetización de toda la población. Únicamente Cuba y Venezuela han
logrado algo así en la región –le comenté.
–Sí, es cierto. Se han conseguido muchos logros sociales, pero
¿sobre qué están construidos? Sobre el socialismo, lo mismo que en
Cuba. El socialismo no crea riqueza, reparte miseria. Aquí tenían al
menos el petróleo, pero entre lo que roban unos y que no hay otra
manera de ingresar dinero, la gallina de los huevos de oro ha sido
estrangulada. Los servicios secretos de mi país están por todas partes.
Nos sorprendió la osadía del doctor, no nos conocía lo suficiente
para confiar en nosotros, pero se le veía realmente desesperado.
–¿Podrían hacer algo por mí?
Le miramos intrigados.
–Lo que necesite.
–Me faltan 150 dólares para un pasaje a la frontera de Colombia,
ya tengo papeles falsos y quiero viajar desde allí a México para intentar
atravesar la frontera.
Hurgamos en los bolsillos y reunimos 250 dólares, se los dimos al
hombre justo unos segundos antes de que se abriese la puerta. Simón
Fajardo entró en el despacho y nos saludó calurosamente.
–Qué sorpresa –le comenté, intentando disimular mi estupor. No
quería que pensara que estábamos haciendo nada ilegal.
–He logrado escaparme de una reunión aburrida y monótona.
¿Qué mejor manera que pasar el día que con la gente que está
cambiando este país? Hola doctor.
–Hola señor Fajardo.
–Este hombre es un héroe, ha hecho cosas que ni imaginarían. El
centro está especializado en niños. ¿Podemos visitar algunas
consultas?
–Naturalmente –contestó el médico algo nervioso.
Recorrimos varias consultas, el pasillo estaba lleno de gente y en
cada despacho había un médico joven atendiendo a algún chiquillo.
–Muchas enfermedades se han erradicado, también se han
controlado los brotes de diarreas que mataban a cientos de niños
todos los años. Aunque un verdadero avance sería la potabilización del
agua –comentó el doctor.
–En estos centros se hacen milagros –dijo Simón orgulloso.
–Este niño –dijo señalando a un crío de unos ochos años sentado
en la camilla– estuvo a punto de perder la vista por una terrible
infección en los ojos. De no haberle atendido ahora mismo sería ciego.
–Increíble –comentó Marcela; después le acarició la cara y sonrió
a la madre.
–El pueblo está mejor –comentó Simón–, aunque ahora la falta
de alimentos y medicinas esté afectando a todos. Me gustaría que eso
cambiara, y también las condiciones de vida de los facultativos, ya
muchos de los camaradas doctores viven de manera muy precaria.
Venezuela tiene que ser muy generosa con estos héroes, muchos están
escapando a Colombia. Mi sueño es que se sientan tan bien en nuestro
país que no tengan que huir a ese estercolero neoliberal.
El doctor comenzó a sudar, como si se sintiera descubierto por
las palabras de Simón.
–Nuestro querido doctor es de los más fieles, de los que vinieron
cuando él llegó ya no queda ninguno.
–Es un honor para mí, todo por la revolución –dijo el médico
sonriente.
Nos despedimos de él con una sensación agridulce, como
muchas cosas en Venezuela, habían comenzado con un buen
propósito y habían hecho un buen servicio, pero el personalismo de
Chávez, la falta de planificación y el no pensar en los individuos como
algo más que números y estadísticas estaban destruyendo el sistema
desde dentro.
Simón nos llevó hasta su coche y miramos por última vez los
ranchitos descoloridos que devoraban los cerros de Caracas.
–Esta es una gran labor, pero el régimen ha construido un
gigante con pies de barro –dijo Simón en cuanto el coche se puso en
marcha.
Nos sorprendió su comentario, aunque era muy difícil saber qué
pasaba por la cabeza de Simón. No era un hombre común.
–Al menos cientos de miles de personas son atendidas de
manera gratuita –le contesté. Me había impresionado la manera en la
que atendían a la gente.
–Sí, pero hay que dar más pasos. No podemos crear más
personas dependientes, enseñémosles a andar, para que se desarrollen
ellos solos, con nuestra ayuda, pero solos.
–No será sencillo, son siglos de desigualdad –dijo Marcela.
–Nunca lo es –contestó Simón con la mirada fija en la ventanilla.
Descendimos de nuevo a la ciudad, poco a poco el paisaje se
transformó de nuevo y salimos del enjambre humano en el que una
vida era lo menos valioso del mundo.
–La delincuencia está disparada –dijo Simón–, todo se está
desmoronando. Veinte años que dentro de poco no valdrán nada.
Tienen que ayudarme a cambiar esto.
Sus palabras parecían sinceras. Pensé que en los países nacen
algunos hombres que en el momento oportuno son capaces de
encauzar las cosas, Simón Fajardo podía ser uno de ellos.
En ese momento escuchamos unos estallidos que no logré
identificar, parecían petardos de alguna fiesta cercana. No fui
consciente de lo que sucedía hasta que el coche comenzó a dar
vueltas. Uno de los cristales estalló en mil pedazos y agachamos
instintivamente la cabeza. Uno de los guardaespaldas rompió un cristal
y comenzó a responder a los disparos.
Marcela se abrazó a mis piernas y comenzó a gritar. Yo posé mi
mano sobre su cabeza, le susurré palabras tranquilizadoras, pero las
balas apenas le permitían oír nada.
–No se muevan –gritó Simón. Sacó un arma del interior de su
chaqueta y comenzó a disparar por la ventanilla rota.
Respiré hondo para tratar de tranquilizarme, estaba nervioso,
pero no asustado, como si estuviera viviendo todo aquello desde fuera
del cuerpo. El tiroteo se intensificó y los minutos se hicieron eternos.
Pensé en mi esposa Ana, en los niños, en la vida que había dejado
atrás por ir a Venezuela y perseguir mi ambición. Cerré los ojos y me
puse a rezar. Me sentí ridículo al principio, no hacía algo así desde
niño, pero a los pocos segundos me encontraba mucho más tranquilo.
En América y en gran parte del mundo la vida no valía un centavo, se
podía salir de casa una mañana para no regresar nunca más, aquello
formaba parte de su encanto y su terrible realidad. Ni los hombres más
poderosos se encontraban completamente a salvo. Aquella consciencia
de la proximidad de la muerte te hacía disfrutar más de la vida,
dejando a un lado las quejas, los pequeños problemas cotidianos que
ante la trascendencia de vivir o morir no tenían ningún sentido.

Capítulo 18. Enemigos íntimos


Aquella tarde no salimos para la finca de Simón Fajardo. A pesar de
que ninguno de nosotros había salido herido, teníamos algunas
contusiones y magulladuras producidas por los cristales rotos. Marcela
había sufrido un ataque de nervios y yo, tras el shock inicial, me
encontraba muy bajo de ánimo. Nunca había visto tan de cerca la
muerte, únicamente una vez que regresaba a casa tras un largo viaje y
me quedé medio dormido al volante.
Tras el tiroteo los coches se dirigieron a toda velocidad hasta la
casa de Simón y allí atendieron a uno de los guardaespaldas que se
encontraba muy grave y un corte en la mano de nuestro anfitrión.
Después de las curas nos fuimos a nuestras habitaciones. Marcela se
dio una ducha y acudió a mi cuarto con un albornoz blanco. Tenía la
cara pálida y una expresión de terror que me impresionó.
–Ha sido horrible –dijo mientras se sentaba a mi lado en la cama.
–Al menos no ha sucedido nada, podía haber sido mucho peor.
Lo siento por el pobre guardaespaldas –le contesté todavía con la
tensión por las nubes.
–Es su trabajo, pero imagino que ninguno de ellos piensa que va
a terminar de esa manera. Tal vez deberíamos pensarnos si es una idea
razonable continuar aquí.
Entendía a Marcela, que un hombre como Fajardo sufriera un
atentado nos exponía a los ataques de casi cualquiera.
–Puede que sea buena idea que tú regreses. Yo tengo que ir a la
finca y examinar los archivos. Además me quedan algunas entrevistas
más y que Simón me explique cuál es su proyecto político. Intentaré
reunir toda la información en un par de semanas, después regresaré a
Madrid. No es buena idea escribir el libro aquí –le contesté, mientras
intentaba tranquilizarla.
–¿Crees que es buena idea continuar con el proyecto? No merece
la pena morir por publicar un libro.
–No quiero morir, pero creo que tengo que quedarme e intentar
escribir el libro. Me han dado un adelanto muy grande, mi carrera está
estancada y mi vida patas arriba. Le pediré a Simón que te lleve a casa,
pero yo no puedo regresar todavía –le comenté mientras acariciaba su
cara.
Marcela me besó y comenzó a llorar. Sentí sus lágrimas saladas,
la abracé, temblaba.
–Todo saldrá bien. Estamos en uno de los sitios más peligrosos
de la Tierra en este momento. Lo que ha sucedido no ha sido nada
comparado con lo que podía haber pasado. Regresa a casa y ordena
todo lo que te vaya enviando, eso me ayudará mucho para después
escribir los libros.
–No quiero dejarte solo, al menos todavía. Iré contigo a la finca
de Fajardo y cuando tengas la parte más importante de la
investigación, regresaré para ir preparando el material.
–Me parece una idea magnífica. La finca de Simón en medio de la
selva debe ser casi inexpugnable, allí estaremos más seguros que en
Caracas.
El mayordomo nos indicó que los señores Fajardo nos esperaban
para cenar. No tenía mucho apetito, pero era mejor no irse a la cama
con el estómago vacío. Nos vestimos y bajamos hasta uno de los
salones de la planta baja. El matrimonio nos esperaba en una mesa
redonda, la mesa estaba decorada con una vajilla espectacular y velas.
La luz estaba algo atenuada y el ambiente parecía relajado. Simón
vestía un impecable traje de lino negro y su esposa un bellísimo
vestido amarillo.
–Lamento lo sucedido –se disculpó en cuanto entramos. Ayudó a
Marcela a sentarse en la silla e Inés tomó mi mano por uno segundos.
–Ha sido un hecho muy desgraciado. No volverá a suceder –dijo
Simón mientras los camareros servían las bebidas. Di un buen trago a
una limonada y después pedí cerveza.
–No es el primer atentado que sufro, aunque hacía mucho
tiempo que no veía la muerte tan de cerca –comentó Simón, que
parecía bastante tranquilo a pesar de lo sucedido.
–Nosotros no estamos acostumbrados. He viajado por toda
América, pero nunca me he encontrado en una situación como esta.
Recuerdo una vez en México que alguien me llamó a las tantas de la
madrugada a la habitación del hotel haciéndose pasar por alguien de
la editorial, pero ya me habían advertido de que varios extranjeros
habían sido secuestrados al salir en plena noche con falsas excusas.
–Vivimos en un continente peligroso. América siempre ha sido
una tierra de frontera, pero nosotros sí estamos acostumbrados. Lo
realmente preocupante es que la inseguridad se ha multiplicado en los
últimos años, sobre todo por el aumento de la pobreza y la circulación
de armas de fuego –comentó Simón, mientras tomaba una copa de
vino.
–¿Piensa que ha sido un intento de secuestro o un atentado? –
preguntó Marcela.
Le hice un gesto para que se callara, pero Simón se giró hacia mí,
como si entendiese la preocupación de mi amiga.
–Es difícil saberlo, aunque por la manera que han tenido de
actuar puede pensarse más bien en un atentado. No creo que esos
hombres me quisieran capturar. El SEBIM, los servicios secretos del
país, ha detenido a uno de los asaltantes, imagino que en este
momento lo estarán interrogando.
–¿Un atentado? –pregunté inquieto.
–Mucha gente sabe que optaré a las próximas elecciones y no les
gusta la idea. Algunos de los miembros del gobierno o colaboradores
cercanos saben que haré una buena limpia cuando llegue al poder.
Venezuela no puede continuar así –dijo Simón con toda tranquilidad.
–Tal vez esto es una advertencia. Si te matan no servirá de nada
tu sacrificio –dijo Inés visiblemente afectada.
Simón frunció el ceño, pero al final suavizó el gesto y tomó la
mano de su mujer, la besó y dijo sonriente:
–Es un tema muy sobrio para una velada. Este desgraciado
incidente nos ha impedido dejar la ciudad, pero al menos estamos
vivos para contarlo. Brindemos.
Levantamos las copas y nuestro anfitrión nos miró a todos a los
ojos antes de ofrecer su brindis.
–Por la vida, el único don que recibimos de Dios y que solo Él
puede arrebatarnos.
Tras la cena Simón me pidió que fuéramos unos momentos a la
biblioteca de la casa antes de reunirnos con las mujeres. El hombre se
acercó a un hermoso escritorio de madera estilo Luis XIV y sacó una
caja de puros.
–¿Quiere uno? –me preguntó ofreciéndome un gran habano.
–Sí, gracias.
Encendimos los cigarros y nos sentamos en dos sillones gemelos
de cara a una chimenea que prácticamente nunca se había encendido.
Aquella casa imitaba las mansiones nobiliarias del siglo XVIII español,
pero no dejaba de ser una construcción fuera del contexto para la que
fue creada.
–Ya ha visto que el camino a la presidencia no será fácil.
–Sí –le contesté mientras observaba las volutas de humo que
flotaban sobre mi cabeza.
–Hay demasiados intereses en juego. Desde los servicios secretos
cubanos que operan impunemente en mi país, pasando por miembros
del ejecutivo y el parlamento, que aspiran a sustituir a Maduro.
Muchos temen que termine imponiéndome en la próxima asamblea
que elegirá nuevo candidato.
–¿Le merece la pena arriesgar la vida? –le pregunté
inocentemente.
Simón se lo pensó antes de responder, Su perfil frente a la luz del
fondo le mostraba aún más idealizado, como la talla de un Cristo en
una catedral católica.
–¿Merece la pena vivir si nunca llegas a cumplir la misión para la
que fuiste creado? Nací en una familia privilegiada, en una saga de
nobles patricios que han estado en los momentos más importantes de
la historia de este país. ¿Cómo voy a eludir mi destino? Ya ha visto la
situación en la que se encuentra el país. Está al borde del caos, su
única salvación es un gobierno de renovación. Si se hunde la República
Bolivariana todo lo que se ha conseguido en estos años no habrá
valido para nada. Los niños que han recibido una educación, la gente
que no se acuesta por las noches sin comer o que puede recibir una
atención médica digna se perderá. El gran fallo del Comandante fue
imitar la economía de Cuba. El sistema de control estatal en manos de
los militares es un desastre y nos llevará a todos a la ruina. Saben que
disolveré ese sistema en cuanto sea nombrado presidente y muchos
quieren continuar aprovechándose del pueblo.
–Entiendo, pero ¿cómo va a conseguir que el Fondo Monetario
Internacional y las grandes empresas confíen otra vez en Venezuela?
–Será difícil, pero voy a renegociar la deuda, aprovechar mejor
los recursos y acabar con la corrupción. Dejaré de enviar petróleo
gratis a Cuba y otros países, que casi se lo llevan regalado. Por eso
tengo tantos enemigos.
Los planes de Simón eran muy osados. Muy pocos se atrevían a
enfrentarse a los grandes poderes del Estado.
–¿Pedirá ayuda a la oposición?
Simón puso una sonrisa irónica y después se giró hacia mí.
–Supuestamente yo debería pertenecer a esa oposición de
oligarcas y burgueses. Ellos representan a mi clase y posición
económica, pero casi desde que llegó al poder Hugo Chávez han
intentado por todos medios que el pueblo venezolano no salga de la
pobreza y la ignorancia. En 2002 ya hubo la primera protesta y más
tarde el golpe de Estado del 14 de abril. Los Estados Unidos, España y
otros países conspiraron para que no les quitaran la gallina de los
huevos de oro. Petróleos de Venezuela hizo una huelga feroz a finales
de 2002 y comienzos de 2003. Toda la riqueza del país quedaba en
unas pocas manos y se resistían a ceder su poder.
–Bueno, Chávez nacionalizó muchas empresas y puso en práctica
una economía de corte comunista –le contesté.
–Eso fue mucho más tarde, además el “Comandante” perdió la
consulta de 2007 y no implantó el Estado Socialista.
–En teoría no lo hizo, pero todo sabemos que al final impuso una
economía centralizada y estatal –le contesté.
–Bueno, ya le he dicho que eso es lo que quiero corregir. Mi
sueño es establecer un estado parecido al de China. Un capitalismo
controlado por el Estado y dirigido, para que no se convierta en
enemigo del pueblo.
Inés asomó la cabeza por la puerta y Simón pareció contrariarse.
–¿Van a venir?
–Será mejor que acompañemos a las damas –comentó Simón
mientras se ponía en pie.
–Sí, ha sido un día largo y agotador.
–Su libro puede ayudarme a cambiar el país, pero también me
salvará la vida. Cuanto más conocido sea menos se atreverán a
tocarme. No quieren un maldito mártir. Se lo aseguro.
Las palabras de Simón no me tranquilizaron mucho. Me gustaban
las personas persistentes, pero no las temerarias, y tal como veía las
cosas en Venezuela enfrentarse a los servicios secretos cubanos y al
propio gobierno del país era algo altamente temerario.

Capítulo 19. Sandra Manzano


Al día siguientes mientras estábamos desayunando escuchamos un
fuerte sonido fuerte en la parte trasera de la mansión. Marcela se
sobresaltó, aún parecía muy asustada por lo sucedido el día anterior.
Nos asomamos por el gran ventanal y vimos un helicóptero
aterrizando en una explanada. Bajaron dos hombres vestidos de traje y
se dirigieron hacia la casa. Unos minutos más tarde estaban frente a
nosotros presentándose.
–Señor Javier Dorado y señorita Marcela García, somos Pablo
Nadal y Raúl Bocanegra. Los llevaremos hasta la finca de don Simón. Él
se reunirá con ustedes mañana –dijo el hombre más alto tenía el pelo
rizado y varias pequeñas cicatrices en la frente. El otro hombre era más
pequeño, pelirrojo y con cara aniñada.
–Déjenos un momento, tenemos que recoger nuestras cosas –le
comenté.
En cuanto estuvimos a solas Marcela se me acercó y me dijo en
un susurro.
–No me gusta esa gente, parecen dos matones.
–Son guardaespaldas y, como comprenderás, Simón tiene que
rodearse de gente como esta para sobrevivir. Ahora mismo Venezuela
es un país sin ley.
Nos encontramos con Inés en la planta baja. Parecía algo
apesadumbrada, como si no hubiera dormido bien la noche anterior.
–Mañana nos veremos en la villa. Les va a encantar, se encuentra
dentro del Parque Nacional de Canaima, es una de las zonas más
bellas de nuestro país. Seguro que tenemos la oportunidad de visitarlo
y que vean los saltos y otros lugares maravillosos.
–Muchas gracias por su hospitalidad –le comenté.
No la convencí, pero quince minutos más tarde ya estábamos al
pie del impresionante aparato. El ruido era ensordecedor, entramos en
la cabina y nos pusimos unos auriculares. Después aquel colosal
helicóptero comenzó a ascender suavemente hasta que la casa se
convirtió en una pequeña pieza del inmenso puzle que parecía la
ciudad de Caracas, con los rascacielos, las urbanizaciones de lujo y los
ranchitos cubriendo todos los cerros que rodeaban la ciudad. A
medida que nos alejábamos, un mar verde lo invadió todo. Durante
poco más de hora y media que duró el trayecto, me quedé hipnotizado
observando los bosques, prados y pequeñas ciudades que
encontrábamos a nuestro paso.
El Parque Nacional de Panaima hacía frontera con la Guayana y
Brasil; era una de las zonas menos habitadas del país y que se
conservaba prácticamente virgen. Muy pocos tenían el privilegio de
perderse en sus selvas, sabanas, lagos y bellísimos rincones. No había
ido a Venezuela para hacer turismo, pero sin duda aquel era uno de
esos lugares del mundo que no se puede perder.
Después de los inmensos bosques llegamos a un pequeño claro
en el que la selva parecía menos frondosa, una mansión sobresalía
como un barco sacudido por las olas, al lado un helipuerto, canchas de
pádel y tenis, junto a una piscina y una casa más pequeña.
En cuanto pisamos la finca comprendimos que era la cárcel más
bella del mundo. De allí era casi imposible llegar a cualquier parte. La
localidad más próxima era San Francisco de Yuruaní, poco más que
una aldea en medio de la nada, pero para llegar a ella debíamos
emplear casi dos horas de carreteras endiabladas.
Los hombres de Simón nos llevaron hasta la puerta principal.
Aquella inmensa mansión con aspecto británico era como una joya
pulida en el corazón del mundo. Miré a Marcela que parecía tan
sorprendida como yo. Una dama de llaves llamada Fayra nos recibió en
la entrada.
–Bienvenidos al Edén –dijo la mujer negra, de grandes ojos
verdes y una sonrisa inquietante.
El recibidor era mucho más amplio y colosal que el de la mansión
de Caracas. Todo cubierto de caoba y otras maderas nobles talladas a
mano. El suelo era de mármol oscuro y las paredes estaban cubiertas
de retratos familiares y muebles traídos de Europa, cuando el mundo
era mucho más viejo y vasto que ahora.
Nos llevaron a nuestras habitaciones. Eran muy amplias, con
dosel, escritorio frente a los ventanales, cortinas de terciopelo y
lámparas de araña.
–Les recomiendo que nunca salgan sin escolta del perímetro de
seguridad –nos advirtió la dama de llaves.
La miramos extrañados.
–Ese perímetro no está para evitar que la gente salga, realmente
nos ayuda a estar a salvo de lo que hay fuera de ese muro. Pumas,
jaguares, serpientes de varios tipos y arañas que con su picadura
pueden matarte al instante. Si una de esas bestias no termina contigo,
lo hará la inmensa selva.
–No se preocupe, no nos moveremos de aquí –le contesté.
La mujer sonrió, parecía disfrutar atemorizando a los pocos
invitados que iba a Edén.
–La señorita Sandra Manzano los está esperando en el salón azul.
Para que no se pierdan, en cuanto desciendan a la primera planta
deben ir al ala izquierda y llegar a la sala oval.
–Gracias –le contesté mientras cerraba la puerta de la habitación.
–Aquí nos han asignado el mismo cuarto –comentó Marcela.
–Sí, pero lo prefiero. Este lugar es bellísimo, pero da escalofríos.
–Has visto muchas películas de miedo –bromeó Marcela–. Al
menos no creo que nadie intente venir hasta aquí para atentar contra
el señor Fajardo.
–¿Quién será Sandra Manzano? No nos han hablado de ella hasta
ahora.
–Imagino que alguna secretaria de Simón que nos ayudará a
bucear en los archivos. Su familia lleva quinientos años en Venezuela y
la información será ingente.
Bajamos al salón azul con nuestro ordenador, una libreta y una
botella de agua. Mientras pasábamos frente a unos inmensos
ventanales vimos una bandada de tucanes de diferentes colores pasar
por delante. Muchas ventanas estaban abiertas y los sonidos de la
selva entraban amplificados por las inmensas estancias de techos
altísimos.
Llegamos al salón y vimos a una mujer de espaldas. Vestía un
vestido corto de color verde que insinuaba sus curvas. Su pelo negro y
liso le caía por la espalda hasta por debajo de los hombros. Cuando se
dio la vuelta para saludarnos su sonrisa de labios perfectos se abrió y
sus ojos verdes parecieron brillar por unos segundos.
–Buenos días, me llamo Sandra Manzano, no nos han
presentado, pero Simón no podía llegar hasta mañana. Me dedico al
derecho ambiental, pero gestiono varias empresas ecológicas. Soy
socia de Simón y estoy involucrada en el proyecto político que quiere
poner en marcha.
Debo reconocer que no escuché mucho sus palabras, estaba
demasiado impresionado por su deslumbrante belleza.
–Encantada –dijo Marcela, mientras yo continuaba mirándola
fijamente sin responder.
–Señor Dorado, soy una admiradora de su obra.
–Muchas gracias, todos los venezolanos son muy amables
conmigo –le contesté sonriente.
–Bueno, menos los que le tirotearon ayer –me contestó con una
sonrisa.
–Me temo que los disparos no iban dirigidos a mí –bromeé.
–No importa a quién disparen cuando uno está cerca.
La mujer nos invitó a un jugo y nos sentamos en una pequeña
terraza al lado de la sala. La figura de Sandra se recortaba entre los
bellísimos jardines repletos de flores que tenía a su espalda. Marcela
me miraba algo celosa por la agradable impresión que me había
producido la abogada y sus encantos me tenían cautivado.
–El archivo principal de la familia Fajardo está en la sala contigua.
Esta tarde o mañana podrán pedir a la secretaria que se lo enseñen.
Muchos documentos están digitalizados para protegerlos del paso del
tiempo.
–Será fascinante investigar en la historia de la familia –le
contesté.
–Yo no puedo estar mucho tiempo en Edén, por eso les rogaría
que pudiéramos hablar después del almuerzo y mañana por la
mañana, ya que por la tarde regreso a Caracas –dijo Sandra mientras
dejaba su vaso en la mesa de cristal.
Marcela se inclinó hacia delante y mostrando un grado de
suspicacia femenina comentó:
–Quiere decir, antes de que la señora Inés Fajardo llegue con su
esposo.
–Inés y yo somos buenas amigas. Nos conocimos en la
preparatoria, las dos fuimos modelos y competimos para ser miss
Venezuela. Ya saben que aquí el concurso de miss Universo es un
deporte nacional.
–¿Quién ganó? –le pregunté imprudente.
–Ganó ella, pero yo fui una de las damas de honor –contestó con
una amplia sonrisa.
–Las morenas son más comunes en Venezuela y una rubia latina
no hubiera interesado en el certamen –dijo la grosera Marcela.
Sandra le sonrió, como si se divirtiera con la conversación, pero
después se puso en pie y dijo:
–Yo no almuerzo mucho, pero creo que su comida está
preparada. Nos vemos en un par de horas.
Se dirigió al salón moviendo insinuante las caderas, como si no
hubiera olvidado su etapa de miss y desapareció dejándonos a solas
en la terraza.
–No puedo creer que estés coqueteando con ella.
–No es cierto, simplemente admiro su belleza. Me reconocerás
que es guapísima.
Marcela se puso en pie con los brazos cruzados. Después salió en
dirección al comedor refunfuñando. El almuerzo fue tenso, pero
subimos a la habitación y nuestra pequeña pelea se convirtió en
placentera reconciliación. Parecía que todo aquel peligro y estrés nos
excitaba. Cuando bajamos de nuevo al archivo estábamos como
nuevos.
Sandra estaba sentada en la sala mientras una chica muy joven,
de piel lechosa y pelo castaño acumulaba cartapacios y archivos en
una de las mesas.
–Buenas tardes, la señorita Rosales los ayudará con el archivo.
Mientras su asistente se pone al día con todo esto, nosotros podemos
pasar a la zona de la piscina para charlar. Si quiere puede grabar todo
lo que digamos.
Marcela la fulminó con la mirada, pero la abogada no le hizo el
menor caso. Salió por unas escaleras hasta la zona de la piscina. Me
encogí de hombros y la seguí.
Al lado del agua había unas tumbonas de madera con colchones
blancos, se recostó sobre uno y sus largas piernas quedaron al
descubierto.
Yo me puse en la otra, pero medio sentado, conecté la grabadora
del teléfono y comenzamos a charlar.
–Su nombre y oficio –le dije para que quedara grabado.
–Sandra Manzano, me gusta definirme como abogada de lo
verde.
–Muy bien, antes de entrar en el proyecto político que quiere
defender junto al señor Fajardo. ¿Cómo definiría usted a Simón?
–Simón es un hombre apasionado, libre, independiente, capaz de
conseguir todo lo que se proponga, sensible y sobre todo un gran
patriota.
–Bonita definición –contesté. Lo cierto que hablaba de él como si
fuera una mujer enamorada.
–Es simplemente la verdad.
–¿Cuál es su proyecto político?
–El Partido Socialista Unido de Venezuela es una coalición en la
que están diferentes familias políticas de la izquierda venezolana. En
los últimos años el ala más marxista ha dominado el gobierno, sobre
todo por la influencia cubana. Nosotros también somos socialistas,
pero creemos que se puede aprovechar lo mejor del capitalismo, pero
sabiendo domesticarlo. El mercado por sí solo es capaz de generar
riqueza, pero no de repartirla. Además el sistema se basa en explotar a
unos para satisfacer a otros, además de dañar seriamente el planeta.
Nosotros queremos renovar la izquierda, fomentar la inversión privada,
pero continuar con la redistribución de la riqueza.
–¿Cómo van a hacer todo eso? El país está al borde de la
bancarrota, ya nadie quiere venderles a plazos y tienen parte de su
producción de petróleo vendida a China para varias décadas.
–Hasta ahora el sistema era un pozo sin fondo. Gastábamos
recursos, pero no se revertía en el Estado. Todo era a fondo perdido. El
precio del petróleo está subiendo, vamos a renegociar con China.
Queremos seguir vendiéndole petróleo, pero que sus empresas se
constituyan en el país, también las de Corea del Sur y algunas de
Europa.
–¿Cree que confiarán en el mismo partido que les expropió
empresas y los echó del país? –le dije dudoso.
–Sí, Simón es conocido por los ejecutivos de las grandes
corporaciones, saben de su talante, su capacidad empresarial y sus
ideas. El libro que está escribiendo es también para ellos, aunque
queremos que lo entienda el ciudadano medio de Venezuela y de toda
América. Señor Dorado, los latinos a veces somos muy extremistas,
imagino que es en parte herencia española. Vamos del capitalismo más
extremo al comunismo sin pasar por soluciones intermedias. Mire
China, ahora mismo es la segunda potencia comercial del mundo –dijo
levantando los brazos con una expresión de entusiasmo contagioso.
–No creen en la democracia liberal, el turno de partidos, la
separación de poderes.
–Tal vez dentro de un tiempo, cuando el sistema haya creado una
clase media fuerte, podamos parecernos a Dinamarca o Noruega. El
petróleo nos debía haber convertido en el país más rico de América,
pero ahora somos de los más pobres. Además sabemos que el oro
negro no durará siempre. Para dentro de dos o tres décadas dejará de
ser la principal fuente de energía. Queremos invertir en renovables,
tecnología, pero también desarrollar de una vez la ganadería y la
agricultura para no ser tan dependientes del extranjero.
–Ok, pero ¿qué harán con sus socios, los otros países de corte
bolivariano?
Sandra se sentó en la hamaca, se bajó un poco las gafas de sol y
me miró con sus inmensos ojos verdes.
–Hugo Chávez pensó que la riqueza petrolera de Venezuela sería
la mejor trasmisora de la revolución en el continente, pero estaba en
eso equivocado. El mejor embajador de la revolución es la prosperidad
y la igualdad. Si les regalamos petróleo lo único que harán es robar a
sus gobernados y quedarse los beneficios. Eso es exactamente lo que
ha sucedido.
–¿Cómo reaccionará Cuba? –le pregunté. Sabía que Raúl Castro y
sus servicios secretos seguían teniendo mucha influencia en el país.
–Ellos nos han apoyado y ofrecido sus profesionales, pero ahora
tenemos suficientes para cubrir las misiones. Además esa solución
tiene que ser provisional, si el país se enriquece no serán necesarias.
–¿Cómo conseguirán que Simón sea el candidato del partido?
¿Hay alguna corriente que le apoye?
–Sí, el vicepresidente del partido nos apoya –dijo Sandra.
–Pero si el vicepresidente siempre ambicionó la presidencia, es
uno de los enemigos políticos de Maduro –le comenté sorprendido.
–Él quiere utilizarnos a nosotros, pero no sabe que una vez que
seamos candidatos, ya no podrá optar al puesto. Esto no lo puede
poner en su libro, claro está.
–Entiendo.
–Tenemos información caliente, podríamos decir, comprometida
de muchos miembros del partido y no dudaremos en utilizarla si se
interponen en el camino de la presidencia. Todo lo hacemos por el
bien de la República.
En ese momento pensé que la política era igual en todas partes,
una mezcla de juego sucio, interés y una pizca de idealismo. Sandra
debió ver mi rostro porque intentó excusar un poco sus palabras y
hacerme entender que para luchar entre tiburones hacía falta un
tiburón más fiero, no un hermoso delfín.
–Nuestro país se encuentra al límite de sus fuerzas, tiene que
ayudarnos. Puede que yo tenga que encargarme de las cloacas del
poder, pero Simón es un hombre de principios que quiere lo mejor
para Venezuela. Se lo aseguro.
Respiré hondo, recordé cuando siendo joven y antes de hacer
periodismo fantaseé con convertirme en publicista y dedicarme a las
campañas políticas. Sabía que España no era los Estados Unidos, pero
enseguida comprendí que había que estar hecho de una pasta especial
de la que yo no estaba.
–Yo me limitaré a contar la verdad, le doy gracias por su
sinceridad, pero hay cosas que es mejor que yo no sepa. Hablaré de los
proyectos, de los sueños de Simón y su deseo de cambiar el país, el
resto se lo dejo a ustedes.
–Perfecto –comentó volviendo a sonreír. Sus ojos se iluminaron,
la mujer se quitó su prenda superior de color azafrán y se quedó con
un mini bañador de color blanco; se lanzó a la piscina y yo la seguí con
la mirada, como si estuviera viendo a una sirena que me llevaba hacia
las rocas de un embravecido mar.

Capítulo 20. Un hermoso paisaje


Después de la entrevista con Sandra y una cena exquisita, Marcela
comenzó a relajarse. Nuestra anfitriona era encantadora y supo quitar
las suspicacias de mi amiga. A la mañana siguiente recibimos un correo
electrónico agradeciendo nuestra ayuda y disculpándose por tener que
haberse ido antes de tiempo. Durante unas horas tuvimos la mansión
para nosotros solos, nos bañamos en la piscina, pero al mediodía
escuchamos que se acercaba el helicóptero. Nos quedamos relajados
en las tumbonas, hasta que Simón vino a vernos.
–Buenas tardes –nos dijo, aunque todavía no habíamos
almorzado.
–Nos alegra verle –le contesté, mientras me incorporaba.
–¿Almorzaron?
–No, pero estoy hambriento, el agua siempre me da mucha
hambre.
–Almorzaremos ahora mismo, permítanme que me cambie,
después tengo una sorpresa.
–¿Una sorpresa? –preguntó Marcela.
–Sí, seguro que les gustará –dijo con una amplia sonrisa.
–¿Dónde está Inés? –dijo Marcela, que había logrado conectar
muy bien con la esposa de Fajardo.
–Siente mucho no haber venido. A veces su madre se pone mal,
es una anciana deliciosa, pero enferma de cáncer. Está probando un
nuevo tratamiento. Afortunadamente nosotros podemos acceder a los
medicamentos, en estos días todo escasea en Venezuela. ¿Qué tal les
fue con el archivo y Sandra Manzano?
–Una mujer encantadora –le contesté.
–Bella e inteligente, es mi mano derecha.
–El archivo es muy completo. He clasificado la información según
el desarrollo de capítulos que ha calculado Javier. También he
resaltado algunas anécdotas o escenas interesantes que recalquen su
perfil humano, su preocupación por los demás, el patriotismo de su
familia y la capacidad de superación de los Fajardo.
–Perfecto –dijo sonriendo Simón. Seguro que queda un gran
libro, pero ahora prepárense para un viaje alucinante.
Le miramos sorprendidos, nos vestimos con unos trajes para
disfrutar de la selva y media hora más tarde nos encontrábamos en
cuatro inmensos Jeep de color verde. Nuestro chófer era Mauricio, el
mismo que nos había llevado por Caracas unos días antes; Simón iba
en otro vehículo y los guardaespaldas llevaban los otros dos.
–Nos dirigimos a la laguna de Canaima, todo en este lugar es
espectacular. Los europeos y norteamericanos no lo conocen tanto,
pero hay muchos turistas brasileños –comentó Mauricio.
–Estupendo. ¿A qué distancia estamos de la frontera? –le
pregunté.
–A muy pocos kilómetros de Guayana y Brasil, pero por esta zona
es selva, tendrían que pasar muchas horas en coche para lograr llegar a
una población grande. Además es un territorio casi virgen, sin
protección puede ser peligroso, por no hablar de las fieras que
esconden estos bosques.
–Mal sitio para hacer un picnic –bromeé, mientras miraba por la
ventanilla.
–Exacto –dijo Mauricio con su amplia sonrisa.
–¿Cómo es que la familia Fajardo tiene esta finca aquí? –
preguntó Marcela.
–La compraron hace más de cien años, les debió costar muy
poco dinero. No produce nada, aunque creo que venden algo de
madera. Ahora quieren construir algunos hoteles para turistas, pero ya
saben, de esos ecológicos, a medias con la señorita Manzano.
Continuamos el trayecto en silencio, observando la vegetación
tropical, aquella naturaleza virgen me parecía exuberante.
–Estamos en estación de lluvias, por eso les he puesto en ese
compartimento unos chubasqueros, también hay en el maletero un par
de cuchillos y un rifle. En una visita anterior un puma estuvo
merodeando todo el rato el campamento.
–¿El campamento? –le dije sorprendido.
–Sí, pasaremos una noche en la selva, pero no se preocupen, está
todo previsto. Ya han montado el campamento, tenemos gente que
conoce bien el lugar. Están a salvo. El señor Fajardo ha invitado a
algunas personas para que los acompañen en la velada, los veremos
junto al lago.
Simón no nos dejaba de sorprender, era increíble.
Llegamos a la colina, allí se encontraban otros dos todoterrenos.
Bajamos de los coches y Simón nos presentó.
–Señor vicepresidente, estos son mis amigos Marcela García y
Javier Dorado.
–Encantado. Ya conoce a mis secretarios Sebastián y mi mano
derecha Fermín.
Los saludamos, todos iban vestidos para la ocasión. El
vicepresidente era un hombre de rasgos árabes, había leído sobre él y
su origen sirio–libanés. Había ejercido varios cargos hasta llegar a la
vicepresidencia bajo el gobierno de Maduro. Tenía fama de implacable
y duro.
Desde el lago fuimos hasta uno de los lugares más bellos del
mundo: el famoso Kerepakupai Vená, más conocido por el Salto del
Ángel, la caída de agua más alta del mundo, con casi 979 metros de
altura. El lugar había sido descubierto en 1937 por un cazafortunas
norteamericano llamado Jimmy Ángel, por eso se había cambiado el
nombre indígena por el Salto del Ángel.
–Esto es Venezuela –dijo Simón señalándonos aquel
impresionante lugar.
–Es bellísimo –respondí, para satisfacción de todos nuestros
acompañantes.
Unas horas más tarde, antes de que se hiciera de noche,
llegamos al campamento base que habían preparado. Se encontraba
justo en un claro del bosque; lo componían cinco tiendas grandes, una
pequeña carpa que hacía de comedor y estaba rodeada de una cuerda
pequeña, para que algunos animales salvajes no se introdujeran.
Habían encendido varias hogueras para ahuyentar a las alimañas.
Cenamos pronto, a la luz de unos farolillos colgados de los postes de
la pequeña carpa.
–Ha sido un viaje increíble –dijo Marcela, que al ser la única
mujer del grupo no había hablado mucho.
–Pues dentro de poco mucha más gente lo podrá contemplar –
dijo el vicepresidente–, el proyecto de Simón para la zona es
impresionante. Además respeta la naturaleza y es sostenible. Este
hombre es increíble, tiene algunos proyectos para el país realmente
fantásticos.
–Ya nos ha contado algunos –le contesté.
–Por favor, Tareck es un halagador. Simplemente deseamos servir
al país, además el proyecto lo ha montado Sandra Manzano.
–Siempre tan modesto, ya sabes que tienes todo mi apoyo si al
final decides presentarte. Necesitamos personas con ideas nuevas. Nos
enfrentamos a retos diferentes y las viejas ideas no pueden cambiar la
realidad que nos ha tocado vivir –dijo el vicepresidente.
–Gracias –dijo Simón con una sonrisa de satisfacción que le
iluminó toda la cara.
–Yo parto mañana para Caracas –dijo Marcela dirigiéndose al
señor Fajardo.
–¿Mañana? –preguntó el hombre algo extrañado.
–Sí, debo regresar a Madrid y preparar todo el material, para que
cuando regrese Javier esté todo listo.
–Lo lamento, pensé que se quedaría más tiempo con nosotros –
dijo Simón visiblemente decepcionado.
–Siento que no podré volver a ver a su esposa, ha sido un placer
conocerlos a los dos.
–Lo mismo digo, no se preocupe por Javier, nosotros lo
cuidaremos bien. Los venezolanos sabemos ser grandes anfitriones –
dijo Simón pasando su brazo por detrás de mi espalda.
–De eso no hay duda –añadió el vicepresidente.
–¿Puedo preguntarle a usted qué opina del señor Fajardo? Me
gustaría que el libro que estoy escribiendo tuviera el mayor número de
opiniones posibles, sobre todo de hombres tan importantes como
usted.
–Simón es un rayo de esperanza para Venezuela. Para que se
haga una idea es una mezcla entre el Che Guevara, Nelson Mandela y
Kennedy.
–Guau, me has dejado anonadado –dijo Simón.
–Es cierto, tiene lo necesario para ser un buen presidente,
además su entrega a los demás es increíble. Un hombre de fe, aunque
no presume de ella, con principios y valores que necesita Venezuela y
todo el continente. Imagine, un empresario que ayuda, cuida y protege
a sus empleados. Son los obreros mejor pagados del país, con un
seguro médico especial y ayuda para la escolarización de sus hijos.
Queremos extender su modelo al resto de empresas privadas. Imagine
el ejemplo que puede dar a todo el mundo si gobierna el país.
–Simplemente devuelvo a la sociedad una parte de lo que ella
me da previamente. Una empresa es como una familia y por eso cuido
a mi gente, para mí son muy importantes. Si ellos están contentos todo
va mejor. Creo que el secreto del éxito es el amor. Eso es lo que quiero
llevar a la sociedad venezolana, amor. Estamos llenos de odio, miedo y
suspicacia. Ha llegado la hora del amor.
Tras la agradable velada nos fuimos a dormir, cada uno tenía
asignada una tienda, la mía estaba compartida con Marcela. Mi amiga
se quedó dormida enseguida, pero yo no paraba de dar vueltas en el
camastro. No es que fuese incómodo, simplemente me costaba
dormirme después de un día tan excitante.
Escuché unas palabras cerca de la tienda, aparte de los
murmullos de la selva todo estaba en el más absoluto silencio.
–Es buena idea lo del libro, además me han comentado que este
escritor es uno de los mejores –dijo lo que parecía la voz del
vicepresidente.
–Sí, fue una suerte encontrarle –contestó Simón.
–¿Le has dado acceso total? –preguntó el vicepresidente.
–Total no, pero sí a la mayoría. Hay cosas que no deben salir en
un libro, ya me entiendes.
–Lo entiendo, te relacionas con los hombres más poderosos de
Venezuela y el resto de América, es mejor que ciertas cosas no las sepa
el gran público. ¿Podemos confiar en el escritor?
–Sin duda. Me he informado bien, está atravesando una crisis en
todos los sentidos, creo que este libro le sacará del dique seco. Él me
ayuda y yo le ayudo a él. No se pasará de la raya, no es tonto. Sabe
que las cosas aquí nos las tomamos muy en serio. ¿Habéis averiguado
algo del intento de asesinato? –preguntó Simón en un tono aún más
bajo.
–Hemos identificado a los sicarios muertos. Eran ratas que se
contratan para estas cosas, aunque creo que este trabajo les venía
grande. Estamos registrando sus cuentas, a veces por un pago
podemos tirar del hilo y encontrar al inductor o a algún intermediario.
–Si lo han intentado sin haberme presentado aún, no sé qué será
lo siguiente.
–Todo esto me huele al cartel de los Soles, imagino que piensan
que si llegas al poder se acabará su negocio. Los militares llevan
décadas aprovechándose del sistema, no solo quedándose parte del
dinero destinado a comprar alimentos y otros recursos, sino sobre
todo con el transporte del oro blanco.
Estaban hablando de un cartel de la droga. Había escuchado
varias acusaciones a los sobrinos de Maduro por narcotráfico, también
las acusaciones del gobierno colombiano del apoyo de Hugo Chávez a
las FARC, el blanqueo de dinero y el transporte de droga hacia Estados
Unidos.
–Tendremos que hacer una buena limpia –comentó Simón.
Empujé sin querer una cantimplora que tenía junto a mi catre y
se escuchó su sonido metálico en medio de la noche.
–¿Qué es eso? –preguntó el vicepresidente.
–La selva está siempre llena de sonidos extraños –dijo Simón.
No quise arriesgarme más, me acosté, cerré los ojos e intenté
dormirme. La cabeza no dejaba de darme vueltas. Cada vez estaba más
convencido de que me había metido en la pura boca del lobo, pero ya
era demasiado tarde para echarme atrás.

Capítulo 21. La historia de Inés


Al d í a siguiente regresamos temprano a Edén. Me encontraba algo
cabizbajo y nervioso. Sabía que era mucho mejor que Marcela
regresara a Madrid, pero la perspectiva de quedarme solo tampoco me
gustaba demasiado. A medida que descubría más cosas de Simón,
crecía mi inquietud. Tomé la determinación de recopilar toda la
información posible e irme a finales de semana.
Marcela preparó su maleta y después pedimos a Mauricio que
nos ayudara a llevar el equipaje hasta el helicóptero. Aquella misma
tarde saldría para España y mientras yo dormía ella estaría llegando a
Madrid.
Nos quedamos agarrados de las manos a unos pocos metros del
aparato. Marcela observó la casa de lejos y el maravilloso jardín.
–Ten cuidado, quiero que regreses sano y salvo a Madrid. No
hagas ninguna tontería.
–Ya se me ha pasado la edad de cometer muchas tonterías.
Mi amiga arqueó las cejas, me conocía demasiado bien para
tomar en serio ese comentario. No es que buscase meterme en líos,
pero era un hombre demasiado impulsivo, sobre todo si veía alguna
injusticia o querían manipularme de alguna manera.
–Espero verte en unos días en Madrid.
Me besó durante unos segundos y sentí que en ese gesto me
estaba arrebatando la paz que sentía siempre a su lado. En los últimos
meses mi vida había sido un desastre hasta que la volvía a ver. En
cierto sentido me había rescatado de mí mismo. A veces nosotros
somos nuestros peores enemigos y alguien tiene que ayudarnos a
escapar de la encrucijada en la que nos encontramos, paralizados por
el temor y la incertidumbre.
Corrió hasta el helicóptero cuando este comenzó a mover sus
hélices. El viento y el ruido invadieron el inmenso jardín, pero unos
segundos más tarde, cuando aquel inmenso aparato desapareció entre
las nubes, experimenté una gran soledad.
Caminé de nuevo hacia la casa y me encerré en el archivo, pedí a
la secretaria que me dejara solo y me pasé el resto del día mirando
fotos viejas, cartas, títulos y artículos de periódico. Ni siquiera almorcé,
cuando ya la oscuridad comenzaba a invadir la habitación escuché
unos pasos y levanté la cara de la mesa.
–No ha comido nada –dijo Inés acercándose con una bandeja.
–Hola. ¿Cuándo ha llegado? No he oído el helicóptero –le dije
sorprendido.
La mujer hizo una mueca, su rostro estaba medio oculto por las
sombras de la habitación.
–Creo que estaba tan absorto, que no ha escuchado el aparato.
Me han comunicado que su ayudante ha regresado hoy a Madrid.
–Sí, tiene que adelantar trabajo allí.
–Imagino que se sentirá un poco solo. Estar rodeado de
desconocidos no es agradable –me dijo, mientras dejaba una bandeja
con algo de fruta, un jugo y unas tostadas sobre el escritorio.
Al aproximarse a la luz observé que uno de sus ojos estaba un
poco hinchado, pero fue una percepción pasajera.
–Mi trabajo es así. Me paso la mitad del año encerrado en un
estudio pergeñando un nuevo libro y la otra mitad enseñándoselo al
mundo. Cada día conozco a decenas de personas y me muevo entre
extraños todo el tiempo.
–Debe ser agotador –me dijo con una sonrisa, tomó una silla y se
sentó a mi lado.
–Sí lo es, pero menos que partir piedra o acarrear sacos –le
contesté con una sonrisa.
–Hay peores trabajos, pero el suyo es muy duro, más de lo que la
gente piensa. Ya sabe que me dediqué a la moda y me presenté a un
concurso de miss. La continua exposición al público puede ser muy
dura. Todo el mundo te observa, parece escrutar cada uno de tus
movimientos y palabras. Cuando regresaba al hotel me sentía vacía,
como si hubieran absorbido toda mi energía.
Sus palabras me reconfortaron, no hay nada más consolador para
un náufrago, que encontrar a otro en medio del inmenso océano,
puede que los dos mueran, pero al menos no se sentirán solos.
–También se conoce a gente maravillosa e interesante –añadí.
Viajar te ofrecía la oportunidad de tener diferentes vidas y, en cierto
sentido, enriquecía tu vida, permitiéndote una perspectiva más amplia
de la vida.
–Espero que le esté gustando Venezuela.
–Si le soy sincero, me ha sorprendido para bien. No tenía grandes
expectativas, no era el país que estaba deseando visitar, pero todo esto
es tan hermoso. Entiendo que están atravesando un momento difícil,
pero es una tierra muy rica y generosa.
–Siempre bromeamos diciendo que Dios le concedió todos los
dones a Venezuela, pero después le dio a los venezolanos como
castigo –dijo la mujer sonriente, pero después puso una mueca de
dolor.
–¿Se encuentra bien?
–Me di un golpe antes de salir de Caracas. Nada grave, pero aún
me duele.
–¿Qué tal se encuentra su madre? –le pregunté.
–Muy bien. ¿Por qué lo pregunta?
–Pensé que estaba enferma –le dije sorprendido.
–Estuvo hace unos años muy mal, pero gracias a Dios se
recuperó y tiene una vida estupenda. Bueno, con los problemas de
abastecimiento que tenemos todos en la actualidad, pero nosotros le
echamos una mano.
Me quedé un poco sorprendido, su marido me había dicho otra
cosa a llegar a Edén.
–Me alegro. Yo he perdido a mis padres y fue algo realmente
duro, nunca se supera del todo.
El simple recuerdo de mis padres me hizo estremecer. Nunca
había imaginado lo fuerte que podía ser el sentido de orfandad.
–Coma algo.
Tomé el pan y el jugo, después guardé todo lo escaneado en el
ordenador y sentí que me recuperaba en parte.
–Tenía más hambre de la que pensaba –dije mientras Inés parecía
con la mente en otra parte.
–¿No quiere saber lo que yo pienso de Simón y su aventura
política?
–Claro que sí –le contesté tomando los últimos sorbos del jugo y
abriendo de nuevo el ordenador.
Inés me regaló una hermosa mirada. Por primera vez su rostro
sonrió de verdad, sin ser una mera mueca de simpatía.
–Nos conocimos cuando yo estaba en el mundo de la moda. Por
insistencia de mi madre estudié una carrera, pero nunca me he
dedicado profesionalmente a ella. En aquel momento Simón no me
atrajo. Era muy atractivo, seductor, pero demasiado cabeza loca. En
aquel momento era pareja de una amiga mía, creo que la ha conocido
el otro día, Sandra Manzano.
Me sorprendió que Sandra hubiera sido la primera pareja de
Simón, siempre hubiera imaginado lo contrario.
–Simón intentó llevarme a la cama muchas veces, pero yo era fiel
a mi amiga. Al final lo dejaron. Simón se fue Estados Unidos para
convertirse en pintor. Cuando regresó estaba muy cambiado. Había
tenido una vida difícil, ya sabe de artista. Se integró en la empresa de
su padre y coincidimos en una fiesta. Recordamos los viejos tiempos y
quedamos unos días más tarde para tomar un café. De eso ya han
pasado muchos años –dijo algo melancólica, como si aquellos
recuerdos desataran en ella sentimientos contrapuestos.
–Una pareja perfecta, un matrimonio feliz, dos personas
poderosas y bellas –dije mientras el rostro de Inés se apagaba de
nuevo.
–No siempre las cosas son como parecen. ¿No cree?
–¿Por qué dice eso?
–Mi marido es un buen hombre, emprendedor y valiente, pero
tiene un gran defecto –me dijo intrigante.
–¿Qué defecto? –le pregunté.
–No sabe perder, siempre tiene que ganar. Eso a veces es un
gran problema.
–No le entiendo –le dije confuso–. A todos nos gusta ganar.
Ella se quedó en silencio, pasó sus dedos por la comisura de sus
labios y me hizo un gesto, para que saliéramos a la terraza.
Una vez fuera cerró las puertas y miró a ambos lados.
–Tengo que contarle algo muy grave, no sé en quién confiar.
Toda la gente que me rodea son amigos o empleados de mi marido.
Nunca estoy sola, no puedo ver ni a una vieja amiga.
La miré sorprendido, Simón no parecía un hombre especialmente
posesivo.
–Soy todo oídos –le respondí.
–Mi esposo no es lo que parece, le aseguro que guarda un
oscuro secreto. No quiero que simplemente crea mis palabras. ¿Usted
es investigador? ¿Verdad?
–Sí, claro –le contesté.
–Pues investigue.
La mujer sacó del escote una pequeña llave y me la entregó.
–En el archivo que abre esta llave hay algo que le hará cambiar la
visión que tiene de Simón, después volveremos a hablar –dijo
misteriosa la mujer. Después salió de nuevo al salón y se alejó entre las
sombras del pasillo.

Capítulo 22. La llave


Me quedé pensativo un buen rato. Miraba la llave dorada, ribeteada
con formas redondas. Sabía que en muchos momentos es mejor no
abrir ciertas puertas. La caja de Pandora era un evidente ejemplo de
cómo a veces nuestra curiosidad es capaz no solo de destruirnos a
nosotros, sino también de terminar con el mundo que conocemos. Las
palabras de Inés me habían parecido sinceras. Tenía todos los síntomas
de una mujer maltratada. Era una muñeca de porcelana en manos de
un hombre poderoso y obsesionado con el éxito. No era el primero
que conocía, la ambición humana era una de las plagas del siglo XXI. El
mismo Adolf Hitler, la bestia parda del siglo XX, era un claro ejemplo
de una persona fracasada, que una vez en el poder utilizó todos los
medios a su alcance para vengarse del mundo.
Al final el frescor de la noche me hizo entrar en la sala, miré de
reojo el bello archivador con pasamanos dorado de madera oscura.
Llegué hasta él e introduje con suavidad la llave, para comprobar si era
realmente la que correspondía. Tenía la esperanza de que no entrase,
no abriera o simplemente al acceder al interior no hubiera nada
dentro. Giré la mano con delicadeza, como un joyero intentando pulir
un diamante en bruto. Al abrir el cajón vi un cuaderno bastante grueso,
con las tapas de cartón estaban y comidas por los lados. Lo tomé, el
papel era grueso, de la mejor calidad. Lo abrí sin saber muy bien qué
podía encontrar dentro. Para mi primera decepción parecía una
especie de contabilidad, con nombres, fechas y cifras que no me
decían nada. Las anotaciones comenzaban en 1996, pero a partir de
2007 las notas se sucedían rápidamente y después eran casi diarias
hasta 2015.
Intenté descifrar los nombres, las cantidades y las fechas,
relacionarlas con acontecimientos de Venezuela o con la vida de Hugo
Chávez y el propio Simón Fajardo, pero todo fue inútil.
Escuché un ruido en el pasillo, el corazón se me aceleró, cerré el
cajón y guardé la llave en el bolsillo. Pero sin darme cuenta había
dejado el cuaderno sobre la mesa, logré atraparlo justo en el momento
en el que la puerta se abría y meterlo por mi espalda, debajo de la
camisa.
–¿Javier? Nunca va a dejar de trabajar. Me temo que la partida de
Marcela acorte su visita. Ya he observado que hay algo más entre
ustedes que pura amistad. No lo condeno, se lo aseguro, a pesar de
ser creyente soy un hombre moderno. El amor es imprevisible, aunque
yo respeto profundamente a mi esposa –dijo Fajardo parado en el
quicio de la puerta.
Al principio no supe qué responder, mi única obsesión era que
no encontrase el libro que escondía en mi espalda.
–Ya me dirigía a la habitación –le contesté mientras notaba cómo
el sudor me recorría todo el cuerpo.
–¿No va a cenar? Inés me comentó que apenas probó un bocado
de la merienda que le trajo, no ha almorzado nada y ahora no quiere
cenar. Tiene que cuidarse, a partir de cierta edad la enfermedad está
siempre acechándonos.
–Sí, pensaba cenar, pero algo ligero en la habitación.
–Por favor, acompáñeme, Inés se encuentra indispuesta y no hay
nada en el mundo que odie más que comer solo.
–Le acompañaré, pero deje que me cambie –le contesté, para al
menos deshacerme del cuaderno.
–La cena está en la mesa servida, se enfriará y no será lo mismo.
¿Le gusta la carne asada? Esta noche la han cocinado al estilo
brasileño. Estamos muy cerca de la frontera y se puede conseguir muy
buena carne.
Nos dirigimos hasta el salón, yo siempre un paso por detrás de
Simón para guardar mi espalda. Al sentarme en la silla noté el libro
pegado por el sudor a la camisa y respiré hondo para que los sirvientes
no lo notasen.
–Llevo unas semanas agotadoras. Reuniones, informes y
contactos para buscar apoyos para mi candidatura. Estoy en esa fase
peligrosa en la que todo el mundo conoce mis intenciones, pero aún
no he recabado suficientes apoyos. Me siento vulnerable y eso es algo
que nunca me ha agradado.
–A nadie le agrada.
–¿Verdad que no? Inés no lo entiende, piensa que soy demasiado
ambicioso y despiadado con la gente que me rodea y conmigo mismo.
¿Le he tratado a usted de manera despiadada?
–No, ha sido siempre muy correcto con nosotros. Nos ha
facilitado el trabajo y nos ha permitido pasar unos días inolvidables –le
comenté mientras comenzaba a cortar la carne con desgana.
–Me alegro, esa era mi intención y así se lo he transmitido a
todos mis colaboradores. ¿Quiere más vino? –el hombre hizo un gesto
y el criado me llenó la copa de un excelente vino argentino.
–Lo único que me queda son estos pequeños placeres. Vivo para
todo esto, para mi país, pero apenas tengo tiempo para mí. Es una
dura carga, un peso casi insoportable. Imagino que Simón Bolívar o
Allende sintieron esa pesada carga de la responsabilidad, pero ya
vendrá la recompensa, si no en esta vida en la inmortalidad. A veces
vemos las cosas a muy corto plazo. ¿No cree?
–Sí, siempre tenemos prisa y nos angustia el futuro –le contesté.
Era sincero. Ese tipo de vida me había llevado casi hasta el desastre. El
mundo se movía en el presente, porque era demasiado cobarde para
intentar cambiar el futuro y acomplejado para mirar al pasado.
–Me alegra estar con usted a solas. Nos conocemos hace poco,
pero tengo la sensación de que puedo confiar en usted. Para mí es
como un sacerdote de la palabra. Los buenos escritores lo son. Su
religión es el templo sagrado de los libros y ya han conseguido la
inmortalidad.
–La escritura siempre es un ama benévola, otra cosa es el público
y la crítica –le contesté arqueando los brazos.
–¿Cómo lleva la investigación? ¿Ha descubierto algo interesante?
Una familia tan antigua como la mía siempre guarda algún secreto. Ya
me entiende.
–Bueno, tengo toda la información clasificada, pero casi Marcela
sería la más indicada para responder a esa pregunta, yo me he
centrado en los testimonios de sus conocidos, aunque aún me quedan
algunas entrevistas con profesores suyos y necesitaría hablar con
alguien que estuviera con usted en su etapa de pintor en Estados
Unidos.
Simón pareció ponerse tenso al escuchar mis últimas palabras. Se
irguió y con un tono algo forzado dijo:
–Hay etapas oscuras, casi perdidas en la vida de todo hombre.
Sentí la necesidad de pintar, de expresar en un lienzo mi visión del
mundo, pero ahora mi lienzo es Venezuela y mi pincel el partido.
Puede usar la frase, creo que resume bien toda esa etapa.
–Pero no puedo dejar un vacío temporal tan grande, la gente se
hará preguntas.
El hombre se acercó a la vela que había delante de su plato, las
sombras se disiparon un poco de su rostro y pude ver unos ojos
furiosos, como los de un loco que está a punto de explotar. Al final
Simón se serenó y dio un bocado a la carne.
–¿No le parece exquisita?
–Sí, está muy buena la carne –le contesté.
–Que cada día traiga su propio afán.
Entendí que no quería hablar de esa época, era un tabú más en la
familia Fajardo, más compuesta de silencios que de palabras.
–¿Cuándo regresamos a Caracas? Necesito hacer algunas de las
entrevistas. También quiero hacer fotos de algunos lugares, pretendo
poner algunas fotos en el libro.
–Me parece una idea fantástica. Puede usar las que quiera del
archivo personal. Mañana mismo salimos para Caracas. Yo me iré a
primera hora, pero Inés y usted pueden irse más tarde. Tiene a su
disposición mi coche, el chófer, la escolta y cualquier cosa que
necesite.
–Me gustaría pasarme por una librería, necesito leer bastante
sobre la Historia de Venezuela y sobre los últimos años de Hugo
Chávez.
–El Buscón puede ser la librería que está buscando, se lo
comentaré al chófer.
–Muchas gracias –le dije mientras servían los postres.
Simón se puso derecho y mirándome directamente a los ojos me
dijo:
–“¿Ha pensado alguna vez en auténticas libertades? ¿Ser libre de
la opinión de otros? Incluso de la propia opinión”.
Reconocí las palabras del coronel Walter E. Kurtz en la película
Apocalypsis Now.
–“Yo quería una misión… y por mis pecados me dieron una” –le
respondí con las palabras del capitán Benjamín L. Willard, que había
ido a buscar a Kurtz en mitad de la selva.
Simón levantó los brazos en un gesto teatral y comenzó a reír.
Sus carcajadas me produjeron un escalofrío que me devolvió a la
realidad. De alguna manera las palabras del capitán Willard se habían
convertido en una realidad. Pedí a la vida una misión y mis pecados me
dieron una.

Capítulo 23. La librería


Por alguna misteriosa razón me sentí mucho más tranquilo cuando mis
pies pisaron de nuevo Caracas. No me encontraba cerca de casa, pero
al menos tenía la sensación de que si las cosas se ponían muy mal,
podría intentar huir a la embajada, ponerme en contacto con el
miembro del CNI con el que había hablado mi primera noche en la
ciudad o simplemente tomar el primer avión de vuelta a casa. Calculé
que me quedaban apenas cinco días para terminar mis pesquisas.
Mientras Marcela se había encargado de reunir información sobre los
Fajardo, yo había pasado la mayor parte del tiempo tomando notas y
datos sobre Venezuela, para el segundo libro que pretendía publicar.
Mis preguntas a los políticos, empresarios y ciudadanos de a pie
parecían normales, sobre todo los que sabían que estaba escribiendo
la biografía de Simón, por eso se mostraban colaboradores, sin
suspicacias ni autocensuras. Todo el mundo tenía miedo en Venezuela,
unos por la represión oficial y no oficial, otros temían perder su
posición de privilegio y la mayoría porque sabía que su vida no valía ni
un centavo en las enturbiadas calles de Caracas.
Yo también era consciente del peligro y más desde que había
decido llevarme el libro de anotaciones. Simón podía sospechar de mí,
pero, al fin y al cabo, el cajón no estaba forzado y por ello esperaba
que sus sospechas cayeran sobre otra persona.
Inés no me preguntó nada a la mañana siguiente, yo tampoco
deseaba hablar del tema. Me limité a sonreír, observar el paisaje y una
vez en Caracas, pedir a Mauricio que me llevase a la librería El Buscón,
no había mejor nombre para definir a lo que me dedicaba.
Era primera hora de la tarde y el chófer no quería circular por la
noche. Las calles no eran seguras en cuanto se ponía el sol. La librería
estaba en un centro comercial en el Paseo Enrique Eraso. El centro
comercial estaba al pie de la autopista Prados del Este. Había
imaginado un edificio vetusto, una librería de estanterías de madera
viejas y polvorientas como algunas de la ciudad de Bogotá, Buenos
Aires o Ciudad de México, pero tras algo más de veinte minutos en
coche nos encontrábamos dentro de un centro comercial y la librería
de paredes de cristal podía verse desde los pasillos del centro.
Entré y pedí al chófer que me esperase fuera. Siempre había sido
una persona asustadiza y un poco paranoica, pero prefería bucear
unos momentos entre libros y olvidarme de dónde estaba y qué estaba
haciendo. Miré la sección de historia, después la de política y por
último la de literatura. Desconocía casi todo de los literatos
venezolanos, como si los colombianos, argentinos, peruanos y
mexicanos fueran los únicos que existieran en el continente.
Al poco rato el librero se me acercó y me preguntó si podía
ayudarme en algo. Era un hombre relativamente joven, barbilampiño y
de pelo negro lacio.
–Bueno, quería libros sobre la historia del país y la política actual,
pero ya he encontrado suficientes, lo que me gustaría saber es algo
más sobre autores venezolanos –le dije con algo de vergüenza.
–¿No conoce a Rómulo Gallegos? Es al autor más conocido del
país, fue presidente durante unos meses en 1948. Su libro cumbre es
Doña Bárbara.
–Sí, lo conozco, pero por alguna extraña razón no lo relacionaba
con Venezuela.
–Fue varias veces candidato al Premio Nobel, pero al final no lo
consiguió. Aquí tiene también a Salvador Garmendia, que obtuvo el
Premio Nacional de Literatura en 1972. Ana Teresa Torres, Antonieta
Madrid…
–Me siento como un ignorante, el único que conocía era Boris
Izaguirre.
–Por desgracia, a pesar de las campañas de alfabetización, hay
una decadencia. Muchos intelectuales se han marchado, de ser el
tercer o cuarto mercado de libros de América, ahora no importamos
casi ejemplares. Estamos sufriendo una destrucción lenta de la
intelectualidad, sobre todo de la que no está en sintonía con el
régimen. Nuestro último gran intelectual murió en 2001, Salvador
Garmendia. Imagino que habrá escuchado sobre él.
–Es una verdadera pena. Por favor, ¿puede cobrarme todos estos
libros? –le dije entregando un gran montón.
El hombre sonrió y se fue detrás del mostrador, me acerqué a la
sección de poesía y un hombre moreno, de pelo corto y con bigote
negro se me acercó y me dijo en un susurro.
–No se gire, no me mire ni haga ningún movimiento brusco. Mi
nombre es Pedro Remedios, agente de la DEA.
–¿La DEA? –pregunté asustado.
–No repita el nombre, no podemos confiar en nadie.
–¿Qué quiere de mí? –le pregunté alarmado. Sabía que la agencia
antidroga de Estados Unidos no se andaba con chiquitas. Había visto
las series sobre narcos de los últimos tiempos y lo último que deseaba
era verme envuelto en un episodio surrealista en pleno corazón de
América Latina.
–Llevamos vigilándole desde que llegó a Caracas. Su patrón, el
señor Simón Fajardo, es un hombre muy poderoso en Venezuela,
aunque no tiene ningún cargo político. Su amistad con el
vicepresidente le convierte en sospechoso de colaborar en la
distribución de droga al norte de América.
–¿Qué? El señor Fajardo es un respetable hombre de negocios.
El librero se acercó con las bolsas de libros y el agente se alejó
hasta otra estantería.
–Muchas gracias. ¿Puede guardármelos un momento? –le pedí al
hombre.
–Con mucho gusto –dijo alejándose de nuevo y dejándonos a los
dos a solas.
–Llevamos años vigilando atentamente al gobierno. Desde el
2005 las relaciones del Hugo Chávez con las FARC facilitaron el
blanqueo de dinero y el transporte de droga por Venezuela vía el
Caribe, Centroamérica o los Estados Unidos. Chávez facilitó dinero a las
FARC para promocionar su revolución, pero el grupo guerrillero tenía
una forma de financiación aún mayor con la droga. A Chávez le parecía
bien transportarla a los Estados Unidos, al fin y al cabo era una forma
como otra cualquiera de hacer daño al Imperio. El ejército se utilizó
para llevar droga de Bolivia, Colombia y Ecuador al Caribe, Estados
Unidos, México y Europa. Uno de nuestros informadores es el oficial
Leamsy Salazar, que desertó y dejó Venezuela. Fue testigo del
encuentro entre Chávez y Raúl Reyes en una finca de Barinas.
–¿Qué tiene eso que ver con los Fajardo?
–Al principio esa ruta les funcionó bien, sobre todo desde Aruba,
una isla de dominio holandés, pero las informaciones de Salazar les
fastidiaron el negocio. Comenzó a transportarse en aviones militares y
comerciales a México, el Salvador y otros países, el único que no
aceptó los envíos fue el presidente Ortega en Nicaragua. También los
descubrimos, pero la droga sigue llegando y pensamos que están
usando la infraestructura de los Fajardo.
–¿Qué quiere que haga? Soy un simple escritor.
–¿En la finca Edén se vio Simón con el vicepresidente?
–Sí, fuimos de excursión.
–Los Fajardo están metidos en el asunto. Usted tiene acceso a sus
archivos, necesitamos toda la información que pueda aportarnos.
Venezuela es un “narco estado”, pero imagine qué sucederá si un
narco como Simón Fajardo se hace con el gobierno del país. Chávez lo
hizo por ideología, pero él lo hace por pura ambición y deseo de
fortuna.
Las palabras del agente me dejaron boquiabierto.
–Eladio Aponte nos confirmó mucha de la información, él
formaba parte del Tribunal Supremo de Justicia y huyó a Estados
Unidos, por querer destapar esta trama criminal.
No había escuchado nunca nada sobre ese asunto. Ni siquiera
estaba seguro de que la persona que me hablaba fuera un verdadero
agente de la DEA o un simple opositor a Fajardo, que quería
información sobre él.
–Me temo que no puedo ayudarle. Simplemente estoy
escribiendo una biografía sobre el señor Fajardo –le contesté algo
nervioso.
–Esta es mi tarjeta, verá que pone una empresa de tapadera, pero
la dirección y el teléfono son correctos, pregunte por Pedro Remedios.
No importa la hora del día o de la noche. ¿Lo ha entendido?
Afirmé con la cabeza, el hombre se dirigió a la salida y me quedé
solo junto a las estanterías. Sentía el pulso acelerado y ganas de
vomitar, pero al final logré tranquilizarme. Tomé los libros de la caja y
salí de la tienda con la cara pálida.
–¿Se encuentra bien? –me preguntó Mauricio.
–Sí, este clima me baja la tensión. Volvamos a la residencia –le
pedí.
Mientras el coche regresaba a la autopista mi mente no podía
pensar en otra cosa. En el mejor de los casos Simón era un ambicioso
empresario con sed de poder que golpeaba a su esposa, pero en el
peor, me encontraba bajo la sombra de un narcotraficante peligroso,
capaz de cualquier cosa por mantener su negocio, incluso hacerse con
la presidencia de su país. Pensé en, al menos, dejarle el beneficio de la
duda. En cuanto llegara a la mansión revisaría el cuaderno que había
encontrado en Edén. Si no veía nada sospechoso lo dejaría en algún
cajón del escritorio de Simón el mismo día que tomara un avión para
Madrid.

Capítulo 24. Cubano


Esperaba no ver aquella noche a Simón, no me encontraba de humor.
Me dirigí directamente a mi habitación para mirar el cuaderno, cuando
llamaron a la puerta. Le pedí que entrase y para mi sorpresa no se
trataba de Simón, la persona que me contemplaba a pocos metros de
distancia era Sandra Manzano vestida con un bellísimo y ajustado traje
de noche.
–¿Cómo ha tardado tanto? Llevamos intentando contactar con
usted todo el día. Simón está invitado a una cena en la embajada de
Cuba y quiere que nos acompañe.
–¿A la embajada de Cuba?
–Sí, al parecer el señor embajador es un admirador suyo.
Pensé que algunas veces uno tiene admiradores hasta en el
infierno. Siempre me había considerado un escritor de izquierdas,
aunque mis libros no eran políticamente correctos para nadie. Me
gustaba llegar a la verdad, aunque fuera por los estrechos recovecos
de la incomprensión.
–Me cambio ahora mismo –dije mientras mantenía el libro
escondido en mi espalda.
–Estupendo, le espero abajo.
Guardé lo mejor que pude el cuaderno, después me duché y me
vestí para la ocasión. Cuando llegué a la planta baja Sandra ya me
esperaba con la puerta abierta. Salimos al jardín y los tres coches de
escolta nos acompañaron hacia la embajada. El edificio se encontraba
a la espalda de la base aérea Generalísimo Francisco de Miranda. El
edificio era muy discreto y hubiera pasado totalmente desapercibido si
no hubiera sido por una pequeña bandera cubana en un costado.
La Dirección de Inteligencia, los servicios secretos cubanos, eran
uno de los mejores del mundo junto al MOSAD y la CIA. Cuba, a pesar
de ser un pobre y pequeño país caribeño, había logrado sofocar todos
los intentos externos e internos contra el régimen después de más de
cincuenta años de revolución castrista. Además de evitar numerosos
magnicidios y lograr colocar en el mismo Washington a famosos
espías. Muchos rumores hablaban de que los servicios secretos
cubanos eran los que habían impedido que triunfase el golpe de
Estado contra Chávez en 2002. Hasta el punto de que durante el fallido
golpe una multitud acudió a la embajada de Cuba, para asaltarla, en
protesta por la ayuda prestada a Chávez y al creer que había
encerrados allí miembros del gobierno.
Entramos en la embajada, que no tenía excesivas medidas de
seguridad. Nos llevaron por un pasillo hasta una especie de gran
invernadero o jardín cubierto. Había orquídeas por todas partes, al
parecer el embajador era un amante de las flores.
En el centro había una mesa bellamente decorada para unas diez
personas. Parecía que éramos los primeros en llegar o que los demás
se encontraban en otra parte del edificio.
–Qué flores tan hermosas –dijo Sandra.
La tenue luz del invernadero la rodeaba de un halo de mujer
fatal, que me hizo pensar en algunos de mis personajes literarios. En
los últimos días me sentía en medio de una historia literaria, como si
estuviera protagonizando alguna de mis novelas.
–Usted está más bella que las flores –le dije, empezando a
recuperar un poco la calma.
En los pocos días que me quedaban en Caracas debía
comportarme con la mayor normalidad posible, si quería regresar de
una pieza a España.
–Es usted un galante. ¿Dónde está su compañera?
–Bueno, es una amiga. Marcela ha regresado a Madrid.
–Está usted solito –me dijo mientras se aproximaba a pocos
centímetros de mi cara con sus labios rojos y jugosos.
–Señores, este es el famoso escritor Javier Dorado –dijo Simón al
entrar al invernadero.
–Señor Dorado, es un gusto conocerle –dijo un hombre de cara
ancha, frente despejada y pinta de funcionario. Hablaba pausadamente
y parecía incapaz de alterarse por nada.
–El gusto es mío –le contesté. Detestaba encontrarme entre
políticos, pero mi trabajo me obligaba a verlos constantemente.
–Admiro mucho sus libros, en especial el de la Guerra Civil
española, pero también el que escribió sobre nuestra guerra de
liberación. Aún recuerdo la cruda descripción de los campos de
concentración creados por el general Weyler. Él los llamó
reconcentraciones. Aún el mundo no estaba preparado para el
eufemismo como arma de guerra –dijo el embajador.
–Yo soy un guerrillero de las palabras, me gusta pensar que
batallo contra las mentiras y las injusticias de la historia.
–Lo hace, querido señor Dorado –dijo Simón tomándome del
brazo.
Me senté al lado de Simón y Sandra. El embajador apenas
quedaba a una posición presidiendo la mesa.
–Está escribiendo la historia de la familia Fajardo, según me han
contado. Seguro que hará un gran libro.
–Eso espero –le contesté al embajador.
–Sus escritos en ocasiones me recuerdan a Gabriel García
Márquez, el bueno de Gabo. ¿Lo llegó a conocer?
–Un par de veces coincidimos en ferias, pero nunca cruzamos
una palabra.
–Muchos escritores han usado la isla para inspirarse, otros para
escapar de sus gobiernos. Le aseguro que será muy bien recibido en
Cuba –dijo amablemente el embajador.
–No he estado, pero lo apunto para mi próxima visita.
El embajador comenzó a hablar con Simón y Sandra se centró en
charlar conmigo.
–Debe ser emocionante conocer a tanta gente. ¿A veces se
inspira en eso para crear sus personajes?
–A veces, no hay nada más ficticio que la realidad manipulada.
–Eso es cierto. Siempre partimos de algo verdadero, no podemos
construir sobre la nada –dijo Sandra mientras se pegaba a mi brazo.
–Es cierto, somos el resultado de siglos de evolución, pero sobre
todo, de todos nuestros antepasados, de nuestra sociedad y realidad
cotidianas.
–Mis genes son mestizos, criollos, indios, negros y españoles –
dijo Sandra golpeándose el pecho suavemente. Sus pechos parecieron
vibrar bajo el vestido. No llevaba sujetador. Parecía cubierta con un
ligero lienzo tallado por el mismo Miguel Ángel.
–Yo soy más aburrido, un catalán de adopción de orígenes
sureños –le contesté.
–Bueno, en la Península se asentaron celtas, íberos, cartagineses,
griegos, romanos, árabes, bereberes, suevos, vándalos, alanos,
visigodos, judíos, después franceses…
–Tiene razón, soy un mestizo –dije medio de broma.
–Bueno, gracias por venir. Ya sabe que necesitamos que el
gobierno cubano nos vea con buenos ojos –dijo Sandra a mi oído.
Podía sentir su aliento suave en mi lóbulo, me sentí extrañamente
excitado. De alguna manera aquella vida de riesgo me hacía sentirme
vivo.
–Es lo menos que puedo hacer por unos anfitriones tan
generosos –le contesté.
–Usted siempre tan halagador –dijo con su amplia sonrisa.
El resto de la velada fue tranquila, charlé brevemente con alguno
de los comensales, pero no podía apartar la vista de Sandra. Era la
mujer más perfecta que había conocido jamás. Me preguntaba si ella y
Simón eran amantes.
–Si quiere ya podemos irnos –dijo acercándose a mí a las diez de
la noche–. Simón aún se quedará un rato.
Nos despedimos de los miembros de la embajada y entramos en
el coche conducido por Mauricio. Otro de los vehículos de la escolta
nos siguió.
–No es muy aconsejable viajar de noche por la ciudad. Mi
apartamento está muy cerca. Si quiere, puede quedarse allí esta noche
–me propuso Sandra.
–Bueno, será una buena forma de terminar el día.
–Le puedo dar un buen ponche llanero, es delicioso.
En apenas diez minutos entramos en una lujosa urbanización con
fuertes medidas de seguridad. Mauricio se quedó en un cuarto para
conductores y yo subí hasta la última planta con Sandra.
Su ático era impresionante. A los pies se veía la ciudad de
Caracas iluminada, la noche ocultaba los defectos del mundo para
mostrarnos únicamente la parte más bella.
–Ponte cómodo –dijo mientras me servía el ponche–, me voy a
cambiar. Te traeré algo de ropa.
–¿Tienes ropa de hombre en tu armario?
–Soy una mujer previsora, pero no crea que cualquiera sube aquí.
–Ni se me ha pasado por la cabeza –le contesté mientras
comenzaba a beber a sorbos el licor. Era muy dulce, dejando un fondo
de boca empalagoso, pero al rato te acostumbrabas y no podías dejar
de beber.
Sandra apareció con una bata transparente y un conjunto de
lencería negra. Me quitó la copa de la mano y me empujó al amplio
sofá de cuero negro. Caí suavemente, me envolvió en sus brazos
morenos, su cuerpo perfecto me rodeó por completo y comenzamos a
besarnos. Mientras me abría la cremallera pensé otra de las frases de
Apocalypsis Now, cuando el chef Jay Hicks dice durante su estancia en
la guarida de Kurtz: “Yo solía pensar que si moría en un lugar malvado,
entonces mi alma no iría al cielo. Entonces, maldita sea. No me importa
a donde vaya siempre y cuando no sea en este lugar”. Caracas se
parecía aquellos días demasiado al infierno, pero yo acababa de
sucumbir completamente a su maléfico hechizo.
3ªParte. Dulce Che Guevara
Capítulo 25. Despierta
Al despertar me sent í a como un pez que está intentando respirar
fuera del agua. No me acordaba mucho de la noche anterior, pero al
mirar alrededor y ver las sábanas revueltas de seda negra y la inmensa
cristalera de la habitación, supe que aún estaba en casa de Sandra. Me
vestí recuperando la ropa esparcida por el suelo, pero antes de llegar a
la puerta principal me crucé con mi amante de la noche anterior.
Estaba completamente desnuda, llevaba una tostada de pan en la
mano y sonreía.
–¿Ya te has despertado? Pensé que ya no lo harías. Debes estar
muy cansado.
–Desde que llegué a Venezuela no he dormido bien. Me quedan
tres días para regresar a España y quiero llevarme la mayor
información posible. En cuanto esté en Madrid comenzaré el libro.
–Estupendo, lo necesitamos cuanto antes. Simón me llamó hace
un rato y me comentó que la cena de ayer con el embajador fue un
éxito.
–Me alegro mucho. ¿No le dijiste que estaba aquí?
–No, Simón es mi socio, no le interesa mi vida privada.
Me senté en una banqueta alta de la cocina. Sandra me puso un
café cargado y lo tomé rápidamente, me sentía incómodo. En los
últimos meses había engañado a las dos mujeres que más había
querido y eso parecía que se estaba convirtiendo en una maldita
costumbre.
–Lo de anoche fue fantástico, pero creo que no debería haber
sucedido –le comenté.
Sandra me miró pícaramente y me tocó por encima del pantalón.
–Creo que una parte de ti no piensa lo mismo.
Lo cierto era que al verla a plena luz del día, con aquel cuerpo
perfecto de formas increíbles, me había excitado de nuevo. La mujer
me bajó la cremallera y me hizo una felación mientras tomaba el café.
Intenté resistirme, pero fue inútil, parecía totalmente fuera de control.
Tras recuperarme, Sandra me miró con satisfacción, sentía que
tenía una influencia sobre mí que no podía rechazar.
–Me pareciste muy atractivo desde que te conocí. Muchos de los
hombres que conozco son superficiales. No puedes imaginar la
atracción que siento hacia un hombre verdaderamente inteligente y
caballeroso. ¿Podemos vernos esta noche?
–Estoy hasta arriba de trabajo –le contesté. Sentía que debía
escapar de allí cuanto antes. Me sentía atrapado en una tela de araña,
hipnotizado por aquella mujer hermosa e inteligente.
–Imagino que tendrás que cenar. Prometo portarme bien y no
robarte mucho tiempo –dijo levantando el brazo, como si estuviera
ofreciendo un juramento.
–Está bien, pero debo irme ahora mismo –dije poniéndome en
pie.
Me dio un largo beso; después me dirigí a la puerta y la observé
por última vez. Aún no me creía lo que había sucedido.
Sandra llamó a Mauricio y cuando llegué al garaje del edificio el
chófer ya estaba en el coche.
No era tan estúpido como para no pensar que Sandra había sido
incitada por Simón. Quería tenerme atrapado textualmente por las
pelotas y en cierto sentido lo había conseguido. ¿Qué importaba que
fuera un capo de la droga? Escribiría el maldito libro y después no
volvería a verle jamás.
Mientras atravesábamos las calles de Caracas no podía dejar de
pensar en Marcela, también me acordé de Ana y mis hijos. En los
últimos meses la vida se había convertido en una especie de montaña
rusa, subiendo y bajando y dando giros inesperados, que se escapaban
del mundo bajo control que había creado durante años. En parte me
sentía arrepentido, pero por otro lado me excitaba aquel desbarajuste
y la emocionante sensación de que podía ocurrir cualquier cosa en
cualquier momento.
Llegamos a la mansión y me dirigí directamente a mi habitación.
Me di una ducha rápida y en albornoz salí a la terraza para leer mis
apuntes, investigar las cosas que me había dicho el agente de la DEA y
mirar algunos datos sobre el embajador de Cuba. Todo parecía
coincidir: la historia del agente se corroboraba en varios artículos y
libros publicados sobre las implicaciones del gobierno de Venezuela en
el narcotráfico y la guerrilla de las FARC. Los viejos socios del partido
bolivariano iban abandonando el barco. Las FARC había llegado a un
acuerdo de desarme con el gobierno de Colombia, Cuba vivía un
deshielo con los Estados Unidos y hasta Bolivia parecía enfriar una
reelección de Evo Morales.
Miré de reojo el cuaderno que había sustraído de Edén. Por un
instante dudé, pero después lo abrí y comencé a mirar cada detalle.
Examiné las fechas con acontecimientos relacionados con el
narcotráfico, reuniones entre el gobierno venezolano, Cuba y las FARC.
La fecha de inicio de contabilidad coincidía con el año 1998. Además
los ingresos se incrementaban después de 2005. Había pagos a varias
personas de las que únicamente se ponía las iniciales, pero que eran
fácilmente identificables. En un momento descubrí a varios jueces,
ministros, vicepresidentes y presidentes implicados. Curiosamente las
empresas de la familia Fajardo estaban casi arruinadas y en un par de
años habían comprado la mayoría de las empresas cárnicas del país, y
varias productoras de harina y aceite. ¿De dónde habían sacado todo
ese dinero? Además poseían una compañía aérea de transporte y otras
dos de camiones de gran tonelaje. Sus productos se distribuían por
todo el continente. Era la empresa perfecta para distribuir droga y
blanquear dinero.
Hice fotos a las páginas más importantes. Aunque no estaba
seguro de que las fuera a utilizar, pero de alguna manera aquella
información podía salvarme la vida si las cosas se ponían feas. Las subí
a la nube y escribí un breve texto con todas las conexiones que había
encontrado. Estaba terminando el informe cuando Inés llamó a la
puerta.
La esposa de Simón entró en la habitación y de alguna manera su
mirada acusadora me hizo sentir incómodo, como si intuyera que
había pasado la noche con Sandra.
–Abrió el archivador. ¿Verdad?
Al principio me quedé callado, no estaba convencido de que
fuera buena idea hablar del asunto. La casa podía tener micrófonos o
cámaras.
–Bueno, le eché un vistazo.
–Su cara es demasiado transparente. Lo sabe todo y ahora es un
mar de dudas. A mí me pasó lo mismo cuando lo descubrí, pero ya no
puede mantenerse al margen, si él se entera no dudará en acabar con
usted. No le importará que sea un escritor famoso, español o el mismo
papa de Roma. Quiere ser presidente, es su ambición y nada ni nadie
se interpondrá en su camino.
–Tal vez sea mejor no hacer nada. Al fin y al cabo, ¿qué podemos
hacer? El negocio estaba antes de que Simón entrase en él y
continuará mientras sea ilegal y lucrativo. Olvidémonos de todo, será
lo mejor.
–No lo entiende. Él se enterará de que lo sabe y acabará con
usted. Es cuestión de tiempo, si se adelanta y lo denuncia podrá salvar
la vida. Esto no es una novela, aquí las cosas son reales.
–¿Qué gana usted con todo esto? –le pregunté angustiado. Sabía
que tenía razón, pero yo no era un héroe, tenía la sensación de que la
única forma de que tomara una decisión arriesgada era que no me
quedase más remedio.
–Al poco tiempo de casarnos comenzó a maltratarme y
engañarme. Estoy anulada como persona, siempre con miedo y bajo su
sombra. Soy una prisionera, aunque esto parezca una jaula de oro, no
deja de ser una cárcel –contestó con los ojos llorosos.
–Pero está viva.
–¿Viva? No creo que esto sea vida. Ni siquiera puedo darle el hijo
que tanto desea.
–Sepárese de él –le dije en un intento de convencerla.
–Soy su trofeo, usted es otro de sus trofeos. Compra a la gente y
después la exhibe. ¿No se ha dado cuenta? Estamos atrapados, la única
escapatoria es que pase esa información a los medios de
comunicación, la DEA y al gobierno de España. Entonces caerá.
–¿Tanto le odia?
–¿Odiarle? Le amé con toda mi alma. Dicen que del amor al odio
solo hay un paso, pero no es cierto. Sigo amándole, pero no puedo
permitir que me destruya.
Estaba bloqueado. No sabía qué pensar. Cerré los ojos con la
esperanza de que todo fuera un mal sueño.
–¿Por qué no lo hace usted misma? Tiene las pruebas.
–Me vigila las veinticuatro horas, si intentase entregar las pruebas
me descubriría. En unos días viaja a Madrid, intente aguantar el tipo y
cuando se encuentre allí informe a las autoridades.
–¿Qué le sucederá a usted? –le pregunté preocupado.
–No lo sé, pero al menos todo esto se terminará.
Parecía muy alicaída, su voz temblaba, estaba a punto del llanto.
La abracé y dejé que se rompiera.
–Gracias –dijo en un susurro.
–¿Por qué no viene conmigo? Le pondremos cualquier excusa.
Que la necesito para algo, que Marcela quiere que nos aporte más
información.
–Simón no es tonto, sospechará algo. Es mejor que aguante la
tormenta, si logro sobrevivir será cosa del destino. Si perezco, pues ya
está.
Nos quedamos un rato en silencio, Inés tenía la cabeza apoyada
en mi pecho, entonces levantó la mirada, sus ojos brillantes me
atravesaron.
–¿Se acostó con ella?
No hacía falta ni que la nombrase.
–Bueno, le mentiría si le dijese lo contrario.
–Él se la envió, en el fondo Sandra es otra víctima más de su
maldad. Todo lo que toca lo corrompe. ¿Imagina qué podría hacer con
un país entero?
Las palabras de Inés me golpearon en la conciencia. Tal vez mi
libro no diera la presidencia del país a Simón, pero sin duda podía
contribuir a hacerlo. Además, si después se descubría su relación con el
narcotráfico, ¿en qué condiciones quedaría yo? Muchos podrían
pensar que era un cómplice o que al menos lo descubrí y miré para
otro lado.
Le entregué el libro y la llave a Inés.
–He hecho una copia, será mejor que alguien deje esto donde
estaba.
–Necesitarán el libro original. Quédatelo y llévalo a España.
–Se dará cuenta antes de que me marche –le comenté
angustiado.
–No se dará cuenta, no creo que regrese a Edén por ahora –me
contestó devolviéndome el libro.
Inés se marchó y me quedé pensativo. Me sentía confuso y
aterrorizado. Si Simón nos descubría, estaba perdido. Oculté el libro
entre mis cosas y me vestí para bajar a almorzar. Estaba a punto de
salir de la habitación cuando recibí un mensaje de Marcela. En Madrid
era tarde, no podía imaginar para que se ponía en contacto conmigo a
esas horas. Leí el mensaje y me quedé preocupado, era escueto, pero
no dejaba lugar a dudas:
“Alguien me está vigilando en Madrid. Ten mucho cuidado. Te
espero pronto”.

Capítulo 26. Dos días


Acudí a la cena con Sandra. Pensé en excusarme de mil maneras, pero
podría levantar sospechas. Había encargado a un chef la comida y un
camarero nos sirvió discretamente.
–A veces este apartamento me produce la sensación de
encontrarme en la cima del mundo –dijo Sandra mientras se inclinaba
hacia mí y me tomaba de la mano.
–Eso es lo que sentí cuando me dieron el Premio Planeta, pero
desde entonces no he dejado de hundirme.
–¡Qué exagerado!, los españoles siempre sois muy pesimistas y
dramáticos.
–Nosotros no inventamos las telenovelas –bromeé.
–Eso es cierto.
Apuré el delicioso pato que nos habían servido, lo había comido
varias veces en Francia, pero la verdad es que el que estaba
degustando no tenía nada que envidiarle.
–¿Qué tal vas con la investigación?
–Muy bien, me quedan dos días.
–Tres –dijo Sandra.
–Este ya no le cuento, en unas horas estaré dormido.
–¿Estas completamente seguro de eso? –me dijo en tono picarón.
–Sí, me iré pronto, hoy no puedo quedarme –contesté, para que
las cosas quedasen claras desde el principio.
–Es una lástima, te tenía preparada una sorpresa. Realmente no
conoces la noche de Caracas –dijo mientras se descalzaba y
comenzaba a frotar su pie contra mi pantalón.
–No empieces. Tengo un deber que cumplir. Los placeres de la
carne son siempre un obstáculo para los deberes.
–Prometo que estarás pronto en casa. Lo que vas a ver, te
aseguro que será único. ¿No tienes un poco de curiosidad?
Me rasqué la cabeza. Sandra era capaz de hacerme perder el
control. Al fin y al cabo, únicamente me quedaban dos días en
Venezuela. Después regresaría a mi vida normal y me olvidaría de todo
esto. Había decidido no contar nada a las autoridades y asumir el
riego. Lo peor que podía sucederme era que algún periódico me
acusara de dejarme contratar por un mafioso, pero siempre podría
alegar que no sabía nada. El mensaje de Marcela me había asustado.
No era tan difícil contratar a un sicario, mandarlo a Madrid y que se
vengara de mi traición.
Una hora más tarde nos encontrábamos en una inmensa villa a
las afueras de la ciudad. El jardín delantero se encontraba repleto de
coches, unos cuatro chicos vestidos de uniforme se encargaban de
aparcarlos. Antes de entrar por la inmensa puerta blanca, Sandra me
dio una máscara.
–Aquí todo es anónimo. No hables y sobre todo no te quites la
máscara.
En cuanto entramos en la casa me sorprendió las luces rojas que
insinuaban los espacios y las formas, pero sin mostrarlos
completamente. Nos dirigimos al salón y vimos a una veintena de
personas, vestían de manera elegante, aunque algunos estaban sin
pantalones y las mujeres se movían vestidas únicamente con lencería.
Todos bebían y algunos esnifaban rayas de cocaína en las mesitas de
cristal.
Nunca había estado en un lugar como aquel. Las fiestas de
escritores parecían reuniones de puritanos en comparación.
Subimos a la segunda planta, la casa era inmensa. Las puertas de
las habitaciones se encontraban entreabiertas y podía observarse en
medio de la oscuridad a varias personas en las camas. Se retorcían
como serpientes, mientras continuaban drogándose y gritando de
placer.
–Creo que es mejor que nos marchemos –dije al oído de Sandra.
Una música a todo volumen se escuchaba por toda la casa.
–No hables –me advirtió Sandra, después entramos en una
habitación que había vacía, pero cuando me acostumbré a la luz, pude
contemplar a dos mujeres y un hombre negro en la cama. Nos
sentamos en un sofá y nos quedamos mirando, cada vez más
excitados.
–Vamos me dijo tomándome de la mano y llevándome hacia la
cama.
–No –le contesté.
Ella intentó empujarme, pero salí de la habitación a toda prisa y
corrí por las escaleras; antes de que saliera al jardín me alcanzó.
–¿Qué sucede? –me preguntó quitándose la máscara.
–No es mi estilo. Lo siento –dije con el corazón acelerado. Tenía
la sensación de haber abierto una pequeña puerta que llevaba al
infierno, si la atravesaba ya no habría marcha atrás.
–No quería asustarte –dijo Sandra algo molesta.
–No estoy asustado. En los últimos meses he cometido muchos
errores y me he sentido confuso. No es fácil comenzar una vida de
cero, sé que me equivocaré. Puede que acostarme contigo haya sido
un gran error, pero esto no.
Salí de la casa y tomé el coche, Mauricio me miró por el espejo
del retrovisor y me preguntó a dónde nos dirigíamos.
–A la residencia del señor Fajardo –le contesté.
En cuanto estuve en la habitación cambié mis billetes para el día
siguiente por la tarde. No pensaba que Simón tuviera ningún
inconveniente en adelantar el vuelo. Había decidido no regresar con su
jet privado, viajaría en primera, pero como una persona normal.
Después de hacer la reserva me sentí aliviado. Caracas se había
convertido en un lugar muy peligroso y debía alejarme cuanto antes
de la ciudad y de mi anfitrión. Sabía que él movía los hilos, intentaba
arrastrarme hacia aquel mundo sin leyes y sin reglas, donde uno pierda
la conciencia sobre lo que está bien o mal. Parecía muy tentador, pero
yo que había atravesado con creces la mitad de la vida y me
encontraba ante la verdad de que lo único que nos queda a los que no
creemos en nada es la certeza de al menos haber vivido de una
manera honorable en este mundo. Sabía que estaba chapado a la
antigua. Los políticos, empresarios y los poderosos de la tierra se
ensuciaban las manos por un poco más de dinero, poder o placer, pero
yo no podía dejar de pensar en lo que todo aquello me implicaba.
Quería seguir mirándome al espejo y reconocer al joven asustado que
había perseguido sus sueños.
Cerré el ordenador y pensé en Ana: sabía que todo estaba
perdido, pero me sentí agradecido por todo el tiempo que me había
hecho feliz. Después recordé muchos momentos con mis hijos. Eran un
verdadero regalo para mí. Por último recordé a Marcela, sabía que
estábamos empezando algo bueno y genuino, me sentía sucio por
haberla traicionado, pero ahora sabía lo que quería y que no deseaba
perderla.
Me tumbé en la cama y miré el techo de la habitación, me sentía
muy mal, pero al menos había reaccionado a tiempo. Sabía que al final
cumpliría con mi deber, haría lo correcto y me lanzaría al abismo con
tal de que la verdad se conociese. La existencia era demasiado corta
para conformarse con vivir atemorizado, esperando que la venganza
cayera sobre nosotros. Aquella aventura me exigía dar lo máximo, pero
había aprendido que una vida perfecta era aquella en la que eras tú
mismo, sin tapujos, medias verdades y cobardías. La vida me pedía
todo y yo estaba dispuesto a dárselo, aunque eso supusiera sacudir el
mundo entero.
La noche no duró mucho. Por la mañana las cosas fueron muy
rápido, tanto que apenas pude comprender lo que sucedía, hasta que
fue demasiado tarde.

Capítulo 27. Dudas


No me sentía descansado, había dormido inquieto, ansioso por
regresar a casa y pensar que todo lo sucedido en las últimas semanas
había sido una pesadilla. Me levanté de la cama y terminé de guardar
las últimas cosas en la maleta. Aún quedaban muchas horas para la
salida del vuelo, pero estaba dispuesto a irme al aeropuerto y
quedarme allí hasta el embarque. Después escribí una breve nota de
despedida, en ella agradecía a Simón su hospitalidad y le prometía que
recibiría noticias mías en breve. A lo mejor no serían las que él
esperaba, pero no tenía duda de que no se olvidaría de mí fácilmente.
Después de denunciarle me encerraría en algún pueblo perdido de
Galicia o del norte de Italia, escribiría mi libro, devolvería el adelanto
de Simón y no saldría de mi escondite hasta su publicación. Tenía la
esperanza de que para esa fecha Simón ya estaría entre rejas y no me
pudiera hacer nada.
Coloqué la nota en el escritorio y ordené mis papeles antes de
ponerlos en el maletín; busqué por todas partes el cuaderno de
contabilidad, pero no lo encontré. Estaba a punto de desistir cuando
escuché una voz a mi espalda.
–¿Es esto lo que está buscando?
Sentí un escalofrío que me recorrió toda la espalda y me giré
lentamente, como si temiera ver el rostro del que se dirigía a mí, con
tanta ironía.
–Lo tengo todo –le contesté, intentando disimular mi sorpresa.
–¿Está seguro? –insistió Simón.
–Sí, ya he guardado las últimas cosas.
–¿A dónde va? Creía que aún le quedaba un día más entre
nosotros. El capitán de mi avión está advertido del vuelo.
–Prefiero irme en uno comercial, no es tan cómodo, pero debo
volver poco a poco a la realidad.
–No le ha parecido real lo que ha vivido aquí.
–Le estoy muy agradecido y puede que todo esto sea muy real
para usted, pero para un humilde escritor, todo esto se escapa de sus
posibilidades.
Simón se adelantó hasta estar a unos pasos. Sacó el cuaderno y
lo lanzó a la mesa. Después me observó, esperando una reacción.
–¿Seguro que no estaba buscando esto?
–Le miré fijamente a los ojos, intenté tragar saliva, pero notaba
como la boca se me secaba de repente.
–No lo he visto en mi vida. ¿Qué es?
–Dígamelo usted, mis hombres lo encontraron entre sus cosas
anoche.
–¿Por qué estaban hurgando en mis pertenencias? –pregunté
indignado, intentando ganar tiempo.
–Déjese de juegos. Es mejor que diga la verdad.
Me senté en la silla con la intención de contarle todo lo sucedido.
De alguna manera estúpida pensaba que me perdonaría la vida,
aunque estaba casi convencido de que el señor Fajardo no era
precisamente una persona compasiva, su trabajo de narcotraficante no
era precisamente pacífico.
–¿Ella se lo entregó? ¿Verdad? Lleva años planeando destruirme.
Seguro que le miró con sus ojos llenos de lágrimas y usted, que es un
vetusto caballero español, la creyó. Las mujeres de aquí no son como
las de Europa, pueden retorcer el alma de un hombre hasta lograr
destruirle.
–¿Por qué habla de esa manera de su esposa? Creo que es una
buena mujer.
–¿Una buena mujer? –preguntó el hombre mudando el rostro.
Comenzó a agarrarse la cabeza, como si pensara que le iba a estallar.
–No le haga nada. Ya he visto las marcas, no es de hombres
pegar a una señora.
–En eso tiene razón, le pegué antes de ir a Edén, sé que estuvo
mal, pero tenía una poderosa razón, se lo aseguro.
–No hay ninguna razón para pegar a una mujer –contesté
indignado.
Simón se sentó a mi lado, parecía derrotado, como si algún
recuerdo estuviera dejándole abatido y sin fuerzas,
–Me enteré de que me engañaba con mi propio hermano. No los
pillé en la alcoba, pero un detective que mandé que la siguiera me ha
dado fotos que no dejan lugar a dudas.
Me quedé boquiabierto, no sabía qué responder.
–Ese cuaderno no es mío. Es un secreto de familia, un escándalo
que podría destruir mi reputación y la de la empresa que he levantado,
pero esas anotaciones no son mías. Cuando regresé de Nueva York, mi
hermano y mi padre dirigían la empresa. Mi hermano convenció a mi
padre para que transportaran droga de Colombia y blanquearan
dinero de la mafia. Gracias a eso reflotaron la empresa y compraron
otras nuevas. En cuanto mi padre falleció y tomé las riendas de la
empresa paré el negocio. Me salvé de ser destruido por los narcos
pagándoles fuertes sumas, pero ahora mi empresa está saneada y
quiero llegar al poder precisamente para desenmascararlos. ¿Lo
entiende?
–¿Su hermano es el que montó el negocio de la droga?
–Sí, él lo hizo todo y me odia desde que le puse en un puesto
simbólico y sin poder efectivo. Inés me aborrece por otras razones, es
una mujer perversa y manipuladora. Me separó de Sandra, me atrajo
con sus telarañas de mentiras, y ahora simplemente quiere destruirme,
quedarse con mi dinero y casarse con mi hermano.
Me quedé tan sorprendido por aquellas palabras, que no supe
que responder. Todo parecía encajar: era cierto que había sido
manipulado desde el principio, pero no precisamente por la persona
que yo imaginaba.
–Bueno, tiene el cuaderno, yo no diré nada, confíe en mí.
–Iba a traicionarme. ¿Cómo puedo confiar en usted?
–Lo que me ha contado lo cambia todo, no debe preocuparse
por mí.
–Gracias –dijo Simón, después se puso en pie, dio un paso y
apoyó su mano sobre mi hombro.
–He pensado que será mejor que escriba el libro en Venezuela.
Mañana partiremos para Edén, allí nadie le molestará ni le
interrumpirá. Cuando quiera envío mi avión a Madrid para que traiga a
Marcela.
Las palabras de Simón me dejaron helado, parecían más una
orden que una sugerencia. No quería pasar los próximos meses
encerrado en una mansión en medio de la selva. Me quedé callado,
debía pensar bien cómo excusarme y alejarme lo antes posible de esa
familia. No sabía quién tenía razón y quién mentía, pero tampoco
deseaba quedarme allí para averiguarlo.

Capítulo 28. La oscuridad


En cuanto estuve a solas intenté llamar a Marcela, pero mi teléfono no
tenía cobertura; el ordenador tampoco conectaba con el wifi y el fijo
de al lado de mi mesilla de noche no daba señal. El señor Fajardo había
decidido incomunicarme por completo, aunque lo que más temía era
que trajera de España a mi amiga. Esperaba que Marcela no le hiciera
caso, al menos sin hablar antes conmigo.
No sabía qué creer. El hecho de que Simón intentase retenerme
no era buena señal, pero por otro lado había perdido toda su
confianza al traicionarle. Inés parecía sincera, pero era cierto que él
había tomado las riendas de la empresa tras la muerte de su padre. Lo
que hubiera sucedido antes no era responsabilidad suya.
Me torturé durante horas, caminaba de un lado al otro de la
habitación como un presidiario, hasta que me decidí a llamar al chófer
para que me llevara a un lugar en Caracas. Llegué hasta la puerta, pero
antes de salir, uno de los guardaespaldas me comentó que por mi
propia seguridad era mejor que no saliera del recinto. Decidí dar un
paseo por el jardín. Examiné bien la valla que rodeaba la casa, era
altísima, terminada en unas concertinas cortantes. Había una puerta
principal de hierro de más de tres metros de altura y una trasera
forrada de hierro. En cada esquina un guarda armado vigilaba el
perímetro. La casa tenía más seguridad que la embajada de Cuba.
Regresé a la casa desconcertado y desanimado, me dirigí al salón
para comer algo y después me fui a dormir. Esperaba conciliar al
menos el sueño. Llevaba varios días durmiendo muy poco y notaba
que el cansancio comenzaba a pesarme. Me desvestí y metí en la
cama, pero mi cabeza no dejaba de dar vueltas. Tenía que encontrar
una salida.
Escuché ruidos en la puerta y vi entrar a Inés. Me hice el dormido,
pero la mujer me sacudió el brazo hasta que vio que reaccionaba.
–Javier, tiene que despertarse.
La miré con desgana. Vestía toda de negro, pantalones ajustados,
camiseta y una sudadera del mismo color.
–¿Qué sucede?
–Tenemos que irnos antes de que nos mate. Lleva horas
barruntando cómo deshacerse de nosotros.
–Deje de fingir, su esposo me ha contado todo.
–¿Qué le ha contado? –me preguntó extrañada.
–Lo de su amante, el propio hermano de Simón y que fue
precisamente él quien orquestó lo de la distribución de droga y el
blanqueo de dinero.
–¿Cómo ha podido creerle? Ya le dije que Simón es un hombre
manipulador. Es cierto que la distribución de la droga la comenzó el
padre de mi marido, pero este la perfeccionó. Su hermano no tuvo
nada que ver, por eso le aislaron. Yo nunca me he acostado con él,
somos buenos amigos. Tal vez porque somos los marginados de la
familia. Él sabe que yo le di el cuaderno y aunque crea que le ha
convencido, buscará la manera de deshacerse de usted en cuanto
termine el libro.
–Pues haré como Sherezade, alargaré la historia cada noche para
salvar mi vida al día siguiente –le contesté. Me sentía demasiado
aterrorizado para pensar con claridad.
–Tiene que reaccionar. Póngase algo oscuro, hay una manera de
salir de la mansión. Llevo mucho tiempo preparando una posible fuga
–dijo mientras me obligaba a vestirme.
Me puse a recoger la maleta, pero ella me apartó.
–Únicamente el pasaporte y si quiere el maletín con el
ordenador. Deje el teléfono, podría localizarnos. Nos espera un coche
fuera, le llevaré a la embajada y después tendrá que apañárselas solo.
Cuénteles lo sucedido, en cuanto esté en España entregue todas las
pruebas al CNI, ellos se las pasarán a la DEA.
Salimos de la habitación en silencio, bajamos por la escalera de
servicio, no nos cruzamos con nadie, pasamos por las cocinas y
llegamos a lo que parecía una despensa.
–Estas casas antiguas siempre guardan secretos. Los Fajardos
siempre han sido un poco filibusteros, tenían un túnel que los llevaba a
unas manzanas de aquí. Les permitía entrar y salir sin ser vistos, y
también traficar con ron.
Inés apartó unas cajas y vimos una trampilla en el suelo, le ayudé
a moverla, encendió una linterna y aparecieron unas escaleras llenas de
polvo que descendían a lo que parecía un largo túnel. Bajamos y
comenzamos a caminar. Un fuerte olor a humedad y excrementos nos
acompañó durante todo el trayecto. El túnel terminaba en otra
escalinata, subimos y empujamos una gran tapa de hierro disimulada
en lo que parecía un parque residencial. Salimos a la fresca noche
como dos buzos a punto de quedarse sin oxígeno. Nos quedamos un
rato sentados, mirándonos el uno al otro, con la sensación de que
habíamos logrado evitar una muerte casi segura.
Caminamos hasta un aparcamiento al aire libre, un ford grande
esperaba con las luces encendidas. En cuanto entré reconocí a
Mauricio.
–Es de confianza –comentó Inés–. Realmente entró a trabajar
para mí hace años.
El coche se puso en marcha y nos dirigimos hacia la embajada.
Las calles parecían desiertas, pero sabíamos que no era seguro
moverse sin escolta a esas horas.
Llegamos a la embajada, no era un edificio muy grande. La
fachada de ladrillos rojos pasaba desapercibida, el único distintivo era
el escudo de la bandera y una puerta negra. Paramos justo enfrente,
Inés me agarró las manos.
–Dentro estará seguro, pida que le saquen fuera del país antes de
que mi marido utilice su influencia pare retenerle.
–Sí, espero salir en el primer vuelo para Madrid –le contesté con
la respiración agitada.
–¡Suerte! –me dijo cuando abrí la puerta–. Tenga el número de mi
celular por si tuviera algún percance.
Salí a la calle, el suelo estaba húmedo por la lluvia, llamé a la
puerta mientras el coche se alejaba. Me abrió un policía, le expliqué
que me encontraba en peligro y me dejó pasar al puesto de vigilancia,
mientras llamaba a un superior. Cerré los ojos y di mil gracias al cielo
por estar a salvo, en la embajada me sentía en suelo español, me
sentía en casa.

Capítulo 29. Camino del aeropuerto


Era casi la una de la madrugada cuando se presentó el secretario del
embajador, le conté lo que me había sucedido. El hombre no pareció
sorprenderse, estaba acostumbrado a que en los últimos años pasaran
cosas realmente increíbles en el país, sobre todo desde que el nuevo
presidente había asumido el control.
–No se preocupe –me animó el secretario–, disponemos de un
avión propio, le sacaremos a primera hora del país. No podremos
llevarle a España directamente, no podemos estar tantas horas sin él,
estamos en estado de máxima alerta y en cualquier momento se
puede necesitar evacuar a los empleados de la embajada, pero le
llevaremos a Santo Domingo, desde allí le transportaremos a Madrid, a
última hora del día estará descansando en su casa. Le recibirá en el
aeropuerto de Santo Domingo un agente de CNI que lo acompañará
hasta España y allí tendrá una custodia permanente. Después le
pedirán todos los documentos que tiene sobre el caso. ¿Lo ha
entendido?
–Sí, señor. Le estoy muy agradecido –le dije al borde de las
lágrimas.
–Descanse un par de horas, le vendrá bien. Un coche le llevará
después al avión.
Me dejaron una cama plegable y me quedé profundamente
dormido. Un policía me despertó y me ofreció un café y un dulce.
–El coche nos está esperando –me comunicó. Subimos a un
vehículo privado sin distintivos externos. Dentro había un conductor, le
saludé, las puertas de la embajada se abrieron y el vehículo salió a toda
velocidad.
Recorrimos las calles aún desiertas de la capital, tomamos la
autopista y entramos en los túneles que nos llevaban al aeropuerto. Al
ver el camino de vuelta sentí que llevaba toda una eternidad en
Venezuela. Cuando llegamos al otro lado de las montañas ya era de
día. Salimos hacia el aeropuerto, pero apenas habíamos dejado la
carretera principal cuando dos gigantescos todoterrenos nos cortaron
el paso. Salieron de los dos vehículos cuatro hombres armados y los
policías españoles se limitaron a levantar las manos. Nos sacaron del
vehículo y dispararon a las ruedas. Reconocí a uno de los sicarios de
Simón, ni siquiera se habían molestado en taparse la cara.
–¡Adentro! –gritó el asaltante. Me pegó un empujón y me
incrusté contra la puerta del fondo.
Los dos coches salieron de allí a toda velocidad y regresamos a
Caracas. Estaba tan aterrorizado que pasé el resto del viaje en el suelo
del coche, con los ojos cerrados y aún sorprendido de que se hubieran
atrevido a tanto, provocando un posible enfrentamiento diplomático.
Creí que me llevarían a la mansión, pero nos dirigimos a un edificio
alto a medio construir. Parecía abandonado, tras una tapia cubierta de
espinos, había otros coches.
Me sacaron del vehículo y me introdujeron en la planta baja. Las
paredes sin pintar con el hormigón a la vista era la única decoración
del edificio. A empujones me metieron en una sala y me sentaron en
una silla. Después cerraron la puerta y me dejaron a solas.
Una hora más tarde escuché el quejido del pestillo oxidado y un
hombre entró en la oscuridad, encendió las luces y pude verle mejor.
–Señor Dorado, lamento haberle traído en estas condiciones de
vuelta a Caracas, pero por desgracia creo que no entendió lo que le
pedía. Hace menos de un mes le pagué medio millón de dólares por
un libro y eso es precisamente lo que va a hacer, escribir el libro,
después pensaré qué hago con usted. La fulana de mi esposa
aparecerá de un momento a otro, nadie deja a Simón Fajardo.
–Por favor, le prometo…
–Ya no creo en sus promesas, señor Dorado. Estará aquí hoy,
para que reflexione, mañana nos iremos a Edén. Allí podrá moverse
con plena libertad, tendrá tiempo para realizar su trabajo y después, si
se porta bien, puede que regrese a España. Le necesitaré para
promocionar el libro. No piense únicamente en usted, mis tentáculos
son más largos de lo que piensa y están en todas partes. Pueden llegar
a lugares que ni imagina.
Le miré confuso, aquel hombre no parecía el amable anfitrión
que me había traído a Venezuela, tampoco el esposo engañado y
burlado por su hermano. Era la primera vez que veía al verdadero
Simón, al narcotraficante ávido de poder, que lo único que deseaba era
ampliar su negocio y convertirse en el nuevo Pablo Escobar.
Cerró la puerta y me quedé de nuevo a oscuras, todo había
acabado. Hasta ese momento no había comprendido que había
vendido mi alma al diablo. Ya no tenía escapatoria, debía acatar sus
órdenes o atenerme a las consecuencias. Me apoyé en la mesa y
recordé que todas las fotos del cuaderno estaban en la nube, si
Marcela las descargaba y se las entregaba al CNI, al menos mi muerte
no habría sido en vano. En cuanto pudiera debía ponerme en contacto
con ella.
En aquel momento me di cuenta de que la emocionante historia
que había vivido en los últimos días no era real, siempre él había
movido los hilos. Todos nosotros éramos marionetas en sus manos. El
poder siempre sabía controlar cada detalle de la vida de gente como
yo, simples peones sacrificados para que el rey ganase la partida.
Recordé a mis hijos y pensé qué hubiera sido de mi vida si no me
hubiera cruzado en aquel ascensor de Buenos Aires con Simón, si no
hubiera insultado al periodista en la feria y no me hubiera acostado
con Marcela. Seguiría llevando a mis hijos al colegio, enfadándome con
ellos cuando no hacían los deberes o no estudiaban. Bendita
cotidianidad, cuánto la echaba de menos.

Capítulo 30. Perros en la noche


A medianoche comencé a temblar. Estaba helado, era la primera vez
que había sentido esa sensación en Venezuela, pero imaginaba que era
una mezcla de debilidad, temor y la humedad que había en aquel
cuartucho de mala muerte. Me levanté y caminé un poco para entrar
en calor, estaba hambriento y sediento, pero sobre todo sentía un
fuerte dolor de cabeza. Me acerqué a la puerta y pegué el oído. No se
escuchaba nada, giré el pomo de la puerta y, para mi sorpresa, este
giró sin ninguna dificultad, abrí con cuidado y miré a ambos lados. El
pasillo estaba débilmente iluminado, no había ni rastro de mis
captores. Dudé antes de salir, no quería empeorar aún más mi
situación, tampoco sabía por dónde se encontraba la salida. La llegada
había sido tan traumática que no recordaba apenas nada.
Caminé agachado hacia uno de los lados, recorrí un largo pasillo
y después vi unas escaleras que llevaba a un gran patio circular. Miré
desde la altura de un par de pisos, abajo se acumulaban excrementos y
todo tipo de basuras. Rodeé la estructura hasta lo que parecía unos
apartamentos a medio construir, me asomé a una de las ventanas sin
cristales y vi que la altura era de más de tres pisos, pero pegado a la
fachada había un tubo grueso sujeto a la pared. Salí con cuidado, me
abracé al tubo metálico y comencé a descender lentamente. Uno de
los pies se me escurrió y por unos segundos quedé suspendido,
agarrado con una sola mano. Logré asirme de nuevo y continué el
descenso, tras diez largos minutos llegué al suelo. La calle estaba a
oscuras, parecía un antiguo proyecto de zona de oficinas abandonado.
Caminé hasta la calle principal, las farolas apenas clareaban un poco la
acera. Al final opté por ir al norte, esperando llegar a una zona más
conocida de la ciudad.
Tras casi una hora de pesada caminata me encontraba cansado y
tan perdido como antes. Sin darme cuenta me estaba alejando del
centro y acercándome a los cerros, precisamente a una de las zonas
más peligrosas de Caracas llamada Petare, un enjambre de casas
próximo a una de las zonas más caras de la ciudad: la Urbanización
Miranda.
Las calles estaban desiertas, sucias y las únicas luces que
brillaban eran la de algunos de los ranchitos. Los trabajadores se
preparaban para su larga jornada, mientras yo intentaba encontrar
alguna manera de comunicarme con Marcela.
Subí por una de las calles que parecía más arreglada y me
encontré de frente con cuatro perros callejeros, en cuanto me vieron se
giraron hacia mí y comenzaron a gruñir. No sabía cómo reaccionar.
Correr no era una buena idea, pero poco a poco se acercaban
enseñándome los dientes con las patas tensas, preparados para saltar
sobre mí. Miré a uno de los lados y observé una valla que llevaba hasta
un edificio cercano. Pegué un salto justo cuando el primero de los
perros se lanzaba a mis piernas. Sentí la dentellada rozándome el
tobillo. Los cuatro me rodearon y comenzaron a ladrar. La valla no era
muy alta y con sus saltos me alcanzaban los zapatos, intentaba
echarles a patadas, pero era muy difícil mantener el equilibrio.
Unos hombres bajaron caminando por una de las calles, los
perros se quedaron parados al verlos y salieron corriendo. Me senté en
la valla y respiré algo más tranquilo.
–¿Qué hace a estas horas por aquí? –preguntó el mayor, aunque
la mayoría no debía pasar los diecisiete o dieciocho años.
–Estoy perdido. ¿Me dejarían hacer una llamada?
El más moreno se echó a reír y dijo a sus compañeros:
–Es un españolito. ¿Qué se le ha perdido en Petare?
–Es largo de contar, si me dejan hacer una llamada, prometo
enviarles unos dólares en agradecimiento –les dije, intentando
persuadirles de que me ayudasen.
–¿Unos dólares? Tenemos caras de mendigos. Vienen los
extranjeros con sus dólares y piensan que todos los venezolanos
somos unos muertos de hambre. Qué cabrón el gallego –dijo el mayor.
Después sacó una pistola y me apuntó desde abajo.
Me quedé paralizado, no sabía cómo reaccionar. Levanté las
manos para que se calmasen un poco.
–No hace falta eso –dije señalando el arma.
–No te gusta mi fusca. Pues baja de la valla.
Miré a mi espalda, parecía el patio de una casa.
–Tranquilo –dije inclinándome a un lado y antes de que pudiera
reaccionar me lancé al patio. Los tipos comenzaron a subir la valla y yo
salté otra tapia y caí en otro pequeño patio, un perro corrió hacía mí,
pero logré subirme a un tejadillo y correr sobre las planchas de zinc.
Escuché un par de disparos pero no me giré, tenía que esconderme en
algún sitio. A lo lejos había un colegio. La valla era muy alta, pero en mi
desesperación me lancé contra ella, la escalé, me corté las manos con
la alambrada, pero logré caer en el otro lado, después me escondí en
unos soportales. Escuché voces que maldecían al otro lado, pero no
me habían visto entrar. Me quedé agazapado en las sombras y de
alguna manera me quedé dormido.
Las voces de los niños por la mañana entrando a la escuela me
despertaron. Miré mi ropa sucia y las mangas de la camisa rotas y
ensangrentada. No quería pensar en el aspecto que tenía, pero
imaginé que por el día las calles serían más seguras.
Podía dirigirme a la embajada de España, pero estaba casi
convencido de que me esperarían allí, lo más lógico era llamar a
Marcela, para que contactara con alguien que me ayudara en el país.
Pero ¿dónde podía encontrar un teléfono?
Miré por una de las ventanas del edificio y vi las oficinas del
centro, me dirigí hasta la puerta. Un hombre vestido con uniforme me
detuvo.
–¿Dónde cree que va? –me preguntó con el ceño fruncido.
–Necesito hacer una llamada –le contesté.
–Esto no es un locutorio –dijo sacando un arma del cinto.
–Tranquilo. Me han asaltado y quería pedir ayuda.
El guarda me miró desconfiado, después tomó una radio y se
comunicó con alguien. A los pocos minutos un sacerdote católico vino
hasta la puerta.
–¡Dios mío! ¿Quién es usted? –me preguntó con acento gallego.
Al escuchar sus palabras me tranquilicé un poco.
–Soy Javier Dorado, español, me han secuestrado, pero he
conseguido liberarme, necesito hacer una llamada.
–Sí, claro. Pase –dijo abriéndome la puerta del centro.
Me llevó hasta una de las oficinas y me pidió que me sentase.
–Está herido –comentó señalando mi brazo.
–No es nada. Me encuentro bien.
En ese momento me sentía tan bloqueado y agotado que no
lograba recordar el teléfono de Marcela. Miré mis pantalones, pero me
había quitado la cartera, entonces toqué un pequeño trozo de papel,
era el teléfono de Inés. Marqué el número y esperé.
–¿Quién es? –preguntó una voz femenina.
–Soy Javier Dorado, necesito su ayuda.
–¿Aún está en Caracas? –me preguntó extrañada.
–Sí y estoy en peligro.

Capítulo 31. El opositor


Mauricio me recogió una hora más tarde. Llevaba un coche discreto
para no llamar la atención. Me pidió que me pusiera en la parte de
atrás, para que con los cristales tintados no se me viera desde ningún
ángulo. Llegamos a una urbanización a las afueras de la ciudad, parecía
tener unas medidas de seguridad excepcionales. Llegamos a una casa
baja, con un amplio jardín y repleta de flores. Un hombre armado nos
recibió y me cacheó antes de dejarme entrar en el salón.
Inés se encontraba de pie, con un cigarrillo en la mano y parecía
nerviosa, como si el descubrir que yo seguía en Venezuela hubiera
frustrado sus planes.
–Lamento verle en el país. Eso significa que las cosas no han
salido como esperábamos. Nuestra vida no vale nada en este
momento. En el caso de que Simón nos encuentre nos pegará un tiro
en la cabeza y dirá a la policía que alguien nos asaltó en la calle.
–Me sacaron del coche en marcha, me dirigía al aeropuerto, no le
importó atemorizar a la policía española y provocar un problema
diplomático –le dije nervioso. Al fin y al cabo, yo era el más afectado
por ese asunto.
–No pensé que Simón llegase a tanto, está más desesperado de
lo que imaginaba, aunque es normal, ya veía tan cerca su sueño de
convertirse en presidente.
–Todo esto es una locura –le dije desesperado. Me encontraba
sin fuerzas, aterrorizado y confuso. Las últimas horas habían sido
terribles y aún seguía en Caracas.
–Le sacaremos del país. De hecho, yo también tengo que irme
cuanto antes. Tengo unos amigos que nos facilitarán la huida. Deje que
haga unas llamadas y en unas horas pondremos en marcha un nuevo
plan –me dijo mientras tomaba un teléfono–. Ahora descanse, necesita
una ducha, ropa limpia, dormir un poco y comer.
Aquellas palabras me sonaron a música celestial. Después
llamaría a Marcela, esperaba que no se preocupase, pero me
encontraba exhausto.
Tras asearme y cambiarme me eché un rato. Me desperté a
última hora de la tarde, fuera apenas quedaba luz. Estaba hambriento.
La cocinera había preparado un plato de pasta que devoré en cuanto
me lo pusieron delante. Cuando hube terminado Inés vino a verme al
comedor.
–Bueno, creo que lo he conseguido. Nos verá un miembro
importante de la oposición. Si alguien puede sacarnos de Venezuela
son ellos. Llevan años teniendo que trabajar en la clandestinidad.
Había pensado en contactar con la DEA, pero nos obligarían a ir con
ellos a Estados Unidos y nos convertirían en testigos protegidos. ¿Sabe
lo que hacen con los testigos? Los llevan a los lugares más remotos de
los Estados Unidos y les dan una vida de mierda, para que comiencen
de cero.
–Estoy de acuerdo, pero lo que deseo es salir de Venezuela
cuanto antes –le dije mientras tomaba un café cargado.
–No hemos podido hablar mucho por teléfono. Es muy peligroso,
pero me ha asegurado que nos sacarán de inmediato.
Fuimos al salón y esperamos impacientes al representante de la
oposición. Inés no dejaba de fumar y al final le pedí un cigarrillo, pensé
que al menos me calmaría un poco los nervios.
–¿Qué le contó Simón? ¿Le dijo que todo lo que le había dicho
era mentira?
Me sorprendió la pregunta y al principio no supe qué responder.
Su marido había dicho barbaridades sobre ella.
–Bueno, me comentó que todo lo del tráfico de drogas era
mentira, que él no lo había organizado, que cuando tomó las riendas
de las empresas era una práctica muy común. Que lo único que había
hecho era impedir el blanqueo de dinero y el transporte, pero que
usted y su hermano planeaban destruirle porque eran amantes.
Inés se quedó pensativa. No sé si por las palabras de su esposo o
por sentirse en parte descubierta.
–¡Qué locura! –gritó un poco teatralmente, como si intentase
reafirmar sus palabras con gestos y aspavientos.
–Eso pensé yo –comenté, aunque tenía mis dudas. Inés parecía
una mujer despechada, capaz de hacer cualquier cosa para castigar a
su marido.
Escuchamos el timbre de la puerta, el vigilante hizo pasar a un
hombre de casi sesenta años, pelo algo cano y aspecto europeo.
Llevaba gafas finas y vestía informalmente.
–Señora –dijo saludando educadamente a la mujer. Después me
miró extrañado, como si no entendiese qué hacía aquí.
–Este es el señor Javier Dorado, es un famoso escritor español.
Está encerrado en el país por descubrir una trama de corrupción
política sin precedentes. Tiene pruebas que demuestran la relación del
chavismo con el narcotráfico internacional.
El hombre me escrutó con la mirada, después me extendió la
mano y me dijo:
–¿Español? Mis abuelos eran españoles de Santander, encantado
de conocerle. Siento que haya venido a mi país en estas circunstancias.
Nos dimos la mano y se sentó justo en frente, cruzó las piernas y
tomó un cafelito, mientras Inés le explicaba lo sucedido.
–Increíble, estas son las pruebas que llevamos años esperando.
–En los papeles hay ministros, altos cargos de la petrolera,
miembros del partido y hasta el anterior presidente –le comenté.
–No me extraña nada de lo que me dice. Esta carrera ha sido muy
larga, pero pronto llegará a su fin. Yo fui de los primeros en oponerme
a Chávez, cuando todavía algunos creían que regeneraría el país.
Desde que vi su cara en el intento de golpe de estado militar, ya no se
me quitó de la cabeza. Un tipo megalómano que tiene lo peor de
nuestra cultura: palabrería, bravuconería y picardía.
–Les estamos dando las herramientas, pero tenemos que llegar a
Colombia o mejor a Miami. El gobierno tiene tentáculos en todas
partes –dijo Inés.
–Acabamos de sacar al señor Antonio Ledezma, ya no podía
soportar la situación de presión del gobierno. ¿Vieron cómo lo sacaron
en piyama de su propio domicilio hace unos meses? Lo que se está
haciendo a los presos políticos es vergonzoso. Lo que me sorprende es
que haya un partido en su país que lo defienda –comentó dirigiéndose
a mí.
–Las cosas se ven de forma distinta desde España. La realidad
venezolana es muy compleja. Durante mucho tiempo parte de la
izquierda ha defendido el régimen de Fidel Casto y han visto en
Chávez su discípulo. Las desigualdades en América son terribles y
muchos piensan que la revolución es la única alternativa –le contesté.
Era consciente de que Chávez les había ofrecido a millones de
venezolanos la oportunidad de ascender socialmente, de tener una
vivienda digna, educación y sanidad gratuita.
–Es cierto, a veces esa ha sido nuestra gran debilidad. Queríamos
echar al dictador, pero nos olvidamos de que había millones de
personas que se beneficiaban de sus medidas. Si lo hacía por amor a
ellas o por simple cálculo político, no importa –dijo Inés, que en
algunos aspectos sí veía bien el sistema de protección del gobierno.
–Esa visión no era suya. Carlos Andrés Pérez se presentó a las
elecciones de 1989 con un programa social, ya saben que era un
político socialdemócrata. Carlos Andrés soñaba que el milagro español
podía producirse también en Venezuela, pero la crisis de 1992 terminó
con ese sueño. La represión que utilizó contra el pueblo fue salvaje e
innecesaria. El viernes negro y el caracazo terminaron con ese
proyecto. Chávez se aprovechó de la benevolencia del gobierno para
salir de la cárcel y organizar su partido político. Algunos sabíamos de
sus contactos con las FARC, el gobierno de Fidel Castro y la extrema
izquierda en América.
–Eso no era ningún secreto –dijo Inés.
–El cambio de constitución fue su primer paso a la dictadura. Era
cierto que la de 1961 no había logrado parar la corrupción, pero había
traído prosperidad y una enorme estabilidad al país. La llegada al
poder de Chávez pilló a una sociedad poco politizada, una clase media
que miró para otro lado o apoyó las reformas de Chávez, pero las
mega elecciones de 2000 le quitaron la máscara al presidente. Cuando
se hizo con el parlamento, el ejecutivo y la mayoría de las
gobernaciones, intentó acallar a la prensa y controlar a la judicatura.
Un plan maestro, muy parecido al de Hitler en Alemania. Destruir el
sistema desde dentro y de manera democrática –dijo el hombre, que
parecía extasiado por su discurso.
–Pero lo peor que hicieron fue el golpe de estado de 2002, con él
le convirtieron en un mártir –comentó Inés.
–Yo no estaba de acuerdo, aunque no puedo negar que sabía
algo. Fue ruido de sables, algunos militares vieron que Chávez quería
todo el poder para él y lo desafiaron. La Iglesia católica y los militares
encabezaron el golpe. Entonces los cubanos tomaron el control y nos
tienen secuestrado el país.
–También perdieron el referéndum revocatorio de 2004, las
presidenciales de 2006 y las últimas de 2013. Siempre les ha sucedido
lo mismo: las ansias de poder, la falta de unidad y de visión de Estado
–se quejó Inés.
–Ahora todo eso ha cambiado. El país está en la ruina y el Estado
podrido por dentro. El presidente no sabe ni puede gobernar y el
pueblo ha probado las mieles del socialismo soviético a la cubana, de
menú diario de frijoles y arroz, no hay ni para arepas.
–Les estamos ofreciendo una oportunidad de oro. Las pruebas de
que la mayor parte del actual gobierno y parte del ejército están
vinculados con el narcotráfico. Recuerde lo que sucedió con el general
Noriega en Panamá, cuando se descubrió su relación con el blanqueo
de dinero y el narcotráfico: Estados Unidos tendría carta blanca para
intervenir –dijo Inés.
–Aunque eso no es lo mejor que puede pasarle a su país –añadí.
No me gustaba la política de los Estados Unidos en América, además
de apoyar a numerosas dictaduras en los siglos XIX y XX, había atacado
o asaltado países a su antojo con la excusa de la libertad o
simplemente para satisfacer sus intereses nacionales.
–Los chavistas son unos paranoicos, el presidente Maduro ha
anunciado cada año un magnicidio diferente. La imagen de victima
saca siempre mucho rédito político –contestó.
–Bueno, la propuesta que le hacemos es la siguiente. Nos facilita
identidades falsas para salir del país, un medio de transporte,
protección y ayuda del gobierno de Colombia o Estados Unidos.
Entonces les entregaremos un acceso a una nube en la que están las
imágenes y pruebas que les comentamos. Necesitamos todo esto en
veinticuatro horas, no tenemos mucho tiempo –le comentó Inés.
–Lo tendrán en el plazo que pidan. Mañana los trasladaremos a
un lugar más seguro, después prepararemos todo para su huida a
Colombia.
–Gracias –dijo Inés poniéndose en pie.
–Gracias a ustedes por salvar a Venezuela –contestó de manera
solemne el opositor.
Nos despedimos en el salón, pero apenas había cerrado la puerta
la visita, Inés comenzó a despotricar contra él y todos sus socios.
–No estoy segura de que esta gente gobierne mejor Venezuela
que Chávez. Lo hicieron durante casi ciento cincuenta años y lo único
que consiguieron fue desigualdad y violencia.
–Puede que se consiga una transición como la española –
comenté, intentando ser algo más optimista.
–No lo entiende, aquí nunca sucederá nada parecido. Este país es
pendular, los pobres han tenido su hora, la oligarquía devolverá el
golpe con toda su fuerza. ¿Qué cree que pasará en Cuba cuando el
régimen caiga? Lo mismo.
Las palabras de Inés me entristecieron. A veces los pueblos eran
sus peores enemigos. Algunas naciones únicamente sabían
autodestruirse para regocijo y beneficio de otras. España había logrado
romper ese círculo vicioso de odio y revancha, pero últimamente
parecía hundirse en el abismo de las viejas heridas causadas por la
Guerra Civil, el cuestionamiento de la democracia, la transición y los
logros de los últimos cuarenta años.
Inés parecía nerviosa, no confiaba en nadie y temía que las cosas
se torcieran en cualquier momento. Miró el reloj varias veces y al final
se puso en pie y miró por la ventana del salón. La urbanización era
muy tranquila, no se escuchaba nada, únicamente el sonido de algunos
grillos cerca de la piscina.
La mujer me sirvió una copa de ponche, agradecí anestesiar un
poco la conciencia, pero apenas habíamos dado dos sorbos, cuando
alguien nos avisó de un movimiento sospechoso.
–Escóndase aquí –me dijo tocando un mecanismo que abría un
fragmento de la estantería. Entré en el minúsculo zulo y lo cerró de
inmediato. Me quedé a oscuras, con el corazón acelerado y la
sensación de estar dentro de mi propio ataúd.

Capítulo 32. A un centímetro de mi muerte


Escuché ruidos y me puse rígido, como si alguien pudiera verme oculto
detrás de una pared, una pesada estantería y dos capas de libros.
Parecía que varios hombres golpeaban muebles y obligaban a la gente
a ponerse justo delante de la gran estantería. Al final se hizo un largo
silencio hasta que se escucharon unas pisadas que se detuvieron
delante de la estantería.
–Llevaos a esos –dijo la voz de Simón, que reconocí de
inmediato.
Forcejeos y de nuevo silencio.
–Hola Inés. ¿Pensabas que no te encontraría?
No hubo respuesta.
–Precisamente dejamos escapar a Javier para que nos llevara
hasta ti, de esa manera matábamos dos pájaros de un tiro, nunca
mejor dicho. ¿Dónde está el gallego? –preguntó casi a gritos.
–Está lejos. Ya no podrás atraparle.
–No creo nada de lo que dices. Mis hombres no le han visto dejar
la urbanización.
–Se lo ha llevado la visita que acaba de estar en casa –contestó
Inés, que parecía no tener ningún miedo a su marido.
–Eres una mentirosa compulsiva y una mala zorra. Primero lo
pones contra mí, sacas toda esa basura del narcotráfico, aun sabiendo
que lo comenzó mi hermano, yo simplemente lo perfeccioné. Aunque
tu peor traición fue acostarte con él. ¿Por qué lo hiciste? ¿Tanto me
odias?
–Te odio con toda mi alma. Eres un ser egoísta que destruye
todo lo que toca. Lo has hecho con nuestra familia y ahora lo harás con
todo el país.
–Hubo un tiempo en el que hubiera dejado todo por ti. Quería
ser un artista, no un empresario o un político, pero ya es demasiado
tarde. A veces la vida te lleva a sitios inesperados.
–¿Como a la cama de Sandra? –preguntó Inés, como si esa fuera
una de las principales razones para su traición.
–Siempre habéis competido por todo. Fuiste tú la que me
separaste de ella, no al revés. Es cierto que intentamos volver a estar
juntos, pero no funcionó, somos solo socios. ¿Por eso has hecho todo
esto?
El silencio volvió a reinar durante unos segundos interminables,
después escuché un forcejeo.
–Le cazaré vivo, aún quiero ese maldito libro. Le hice un encargo
y lo cumplirá, después ya pensaré lo que hago con él, pero a ti ya no te
necesito. En el fondo eres mi única debilidad, nada me importa, ya he
dejado todo lo que me unía a este mundo, a la felicidad. Lo último que
me queda es alcanzar el poder, hacerme el hombre fuerte de
Venezuela, nunca tendré una oportunidad como esta.
–La oportunidad de los mediocres.
–La oportunidad de los audaces –dijo Simón. Después se alejó
unos pasos.
–¿Vas a matarme? No tienes agallas para hacerlo tú mismo.
–¿Dónde está Javier?
–Ya te lo he dicho, camino de España con toda la información.
Nunca serás presidente de Venezuela –dijo Inés con desprecio.
–Eso ya lo veremos. Dime dónde está, no querrás que haga daño
a tu madre.
–Es una anciana a la que ya no le queda mucho. No a todos le
puedes arrebatar su dignidad, su familia o su vida, como hiciste con
tantos otros.
–No te lo preguntaré más veces. Lo encontraré con tu ayuda o
sin ella.
–¡Vete a la mierda, cabrón! Eso es lo que eres, un cornudo de
mierda –gritó Inés.
Escuché los primeros disparos tan cerca que me tuve que
examinar para comprobar que no me habían alcanzado. Después el
olor a pólvora lo invadió todo por un momento. Una segunda ráfaga
quebró el silencio y sentí que algo me rozaba la mejilla, después una
quemazón, como si algo muy caliente me hubiera pasado rozando la
cara.
–¡Señor, no está en la casa!
–Mierda, pues vámonos antes de que avisen a la policía –dijo
Simón.
Unos pasos dejaron el salón y el silencio que le siguió no me
tranquilizó demasiado. Estaba encerrado en un pequeño zulo sin aire,
la única persona que sabía que estaba allí se encontraba muerta. Morir
enterrado en vida siempre había sido una de mis peores pesadillas y
parecía que estaba a punto de cumplirse. Respiré hondo e intenté
relajarme para no agotar el oxígeno, pero fue inútil, el cuerpo parecía
fuera de control y mi mente únicamente pensaba en una cosa. Quería
salir de allí, aunque cayera en las manos de Simón. Al menos
capturado por él aún seguiría vivo.

Capítulo 33. Mauricio


Aquellos minutos se me hicieron eternos. El silencio parecía ir
robándome poco a poco el aire, la mejilla me dolía cada vez más y
decidí comenzar a gritar. Al menos intentaría que alguien me
escuchase, antes de morir emparedado. Me quedé sin voz, con la
garganta desgarrada y fatigado, estaba perdiendo la esperanza cuando
escuché ruidos, después un chasquido y la estantería se abrió. Al
principio la luz me cegó y no pude ver bien, pero después me di
cuenta de que tenía enfrente a Mauricio, el chófer de Inés.
–Tenemos que irnos ya –dijo apremiándome, pero tenía el
cuerpo totalmente agarrotado. Me ayudó a salir y llegamos hasta su
coche. Justo cuando salíamos de la urbanización vimos las luces de la
policía, que se acercaba hasta la casa.
–Por poco –dijo el hombre.
Su rostro a media luz no disimulaba su miedo y su dolor. Llevaba
mucho tiempo al servicio de Inés y, aunque sin duda sabía que
cualquier cosa podía suceder, verla tendida en el suelo, con los ojos
abiertos y su sangre rodeando su cuerpo frío y pálido, le debió
destrozar el alma.
El hombre comenzó a llorar, se quitaba las lágrimas de los ojos
para poder conducir, justo en el momento que comenzó a llover de
manera torrencial.
–¿A dónde vamos? –le pregunté.
–Será mejor que no lo sepa.
–¿Por qué?
–No lo entendería. En cierto modo, yo tampoco sé muy bien lo
que estoy haciendo. Ya no tengo familia, todos murieron en un
incendio hace años, Inés era lo único que se parecía a una familia.
Miré al frente, las luces de Caracas se desfiguraban bajo la
intensa cortina de agua, la lluvia comenzaba a inundarlo todo y
nuestro coche parecía abrir un mar de barro a medida que avanzaba
por la carretera.
Salimos y nos dirigimos a un barrio de clase media. Los vecinos
habían cortado la calle y puesto una garita para protegerse de la
oleada de robos y secuestros. La zona debió ser en otra época
tranquila, un buen lugar para criar a los hijos. Entramos en la calle y
aparcamos cerca de uno de los portales. Subimos por el ascensor y
Mauricio llamó a una puerta. Tardaron un buen rato en acudir, pero al
final un hombre moreno, de aspecto italiano y grandes ojos verdes nos
abrió, después miró discretamente al rellano y nos hizo un gesto para
que entrásemos.
El mobiliario parecía anticuado, aunque de buena calidad, como
si aquel hombre hubiera vivido etapas mejores. Nos llevó a un salón y
desapareció durante un buen rato. Cuando volvió a entrar llevaba una
cafetera en la mano y varias tazas. Nos sirvió el café y se sentó en una
silla algo desportillada.
–Gracias por recibirnos –dijo Mauricio que hasta ese momento
no había cruzado palabra con el hombre.
–Lo que me piden es muy peligroso, ya se lo comenté por
teléfono. Conseguir papeles en regla es fácil, pero atravesar la frontera
colombiana es cada día más peligroso. Mucho más para un español
prófugo –comentó el hombre.
–¿Un español prófugo? –le pregunté confuso.
–¿No han visto las noticias?
El hombre prendió la televisión y buscó VTV, en ese momento
estaban dando un avance de noticias. Mi rostro salía en los noticiarios,
debajo se veía un cartel de “Se Busca” y una recompensa.
“El famoso escritor español Javier Dorado se encuentra en busca
y captura acusado del asesinato de Inés Fajardo, esposa del famoso
multimillonario Simón Fajardo. Se desconoce el motivo del crimen,
pero se apunta a un crimen pasional”.
Me quedé lívido, esos malditos asesinos me habían acusado de
matar a Inés. Eso complicaba mucho más las cosas. Mi cara estaba en
todas las noticias y también aparecería en todos los periódicos
matinales.
Mauricio me miró algo nervioso, pero después recuperó la calma
y le dijo a su amigo.
–Giovanni no me jodas, acaba de salir por Colombia el exalcalde
de Caracas, uno de los miembros de la oposición más conocidos del
país y no vamos a poder sacar al gallego.
El hombre me escrutó despacio, salió del salón y regresó con
unas gafas, una peluca morena y unas lentillas de colores. Después de
caracterizarme me giró el rostro hacia Mauricio.
–Ahora sí.
Me hizo varias fotos delante de un fondo claro, después se fue a
su pequeño laboratorio y media hora más tarde ya tenía pasaporte y
todos los documentos necesarios.
–Cuando lleguen a Colombia acudan directamente al consulado,
hay muchos espías venezolanos en el país.
–Gracias –dijo Mauricio a su amigo.
–No se marchen, tienen que esperar a que esté más oscuro; les
frío unas arepas que me trajo ayer mi hija y después se marchan con la
tripita llena.
Una de las cosas que me llevaba de Venezuela, a pesar de la
tensión de los últimos días, era la tremenda amabilidad de sus
habitantes.
Nos sentamos en una mesa redonda al lado de una terracita,
miré el cielo encapotado y la lluvia que caía sobre la ciudad.
–Giovanni era uno de los chavistas más convencidos del país –
dijo Mauricio mientras comía con verdadero gusto las arepas.
–Bueno, muchos lo éramos, hasta que las cosas se comenzaron a
torcer. Muchos creímos que Hugo Chávez quería cambiar el país y
terminar con la injusticia, la corrupción y la pobreza. Yo pensé que
usaría el modelo español, pero terminó usando el cubano. Entiendo
que esto no es Europa, que las desigualdades de Venezuela eran más
profundas que las de España, pero todo ese petróleo regalado y la
corrupción hubieran dado para dar un vuelco al país y convertirlo en
una nación próspera –comentó el hombre.
–Giovanni vino de Italia hace cincuenta años, como muchos
emigrantes. Abrió un negocio de pintura, le fue muy bien y montó una
pequeña franquicia, pero la crisis de los noventa hundió el negocio y
perdió casi todo. Le secuestraron un hijo, logró pagar el rescate, pero
lo mataron. Chávez prometió más seguridad, justicia y prosperidad.
Este hombre ayudó en las primeras elecciones, ha trabajado en varios
ministerios y se ha dado a la causa, pero ha visto muchas cosas –dijo
Mauricio posando su mano sobre el hombro de nuestro anfitrión.
–Me nombraron secretario de exportación, llevaba toda el área
de productos que se vendían en el extranjero, la verdad es que ya no
producimos casi nada y lo poco que hacemos todavía en Venezuela
está controlado por el Estado en la distribución. Ahora el único
producto que exportamos de forma masiva es la droga –dijo el
hombre echándose a llorar.
–Su hijo secuestrado tuvo un problema de tráfico. Al parecer se
enganchó a la cocaína y dejó a deber un dinero a unos traficantes –me
explicó Mauricio.
El hombre se sacó un pañuelo y comenzó a secarse las lágrimas.
Logró calmarse un poco y con un hilo de voz comentó:
–Durante años gestioné los vuelos de empresas de exportación.
Comencé a sospechar en 2008, salían aviones de poco tonelaje a las
islas Vírgenes británicas con palmito o banana, también a Haití y
República Dominicana, aunque el grueso iba para Honduras y algunos
para Belice y Guatemala.
–Pero ¿no había tráfico de droga antes de Chávez? –le pregunté
extrañado. No creía que teniendo tan próximo a Venezuela, los narcos
no hubieran utilizado el país como base para dar salida a la droga,
sobre todo en los años más duros de persecución del Estado
colombiano y la DEA.
–Desde los setenta trabajaron algunos clanes en Venezuela,
como el de los Cuntrera-Caruana, que en los setenta se trasladó aquí,
compró varios hoteles y abrió negocios en Caracas para blanquear su
dinero. Estos italianos traían la droga de Colombia, tenían una finca
fronteriza con el país y la usaban para introducir la droga. Aunque el
negocio comenzó a lo grande tras el acuerdo de Chávez con las FARC.
Desde los noventa el ejército estaría involucrado en el transporte de
droga, el famoso cartel de los Soles. Hay numerosas pruebas, como las
31 maletas localizadas en un vuelo a París, que trasportaban personal
que pertenecía a la Guardia Nacional. También está el caso de un
comandante de la Guardia Nacional detenido en Valencia con 554 kilos
de cocaína y el caso famoso de los sobrinos del presidente Maduro, a
los que se encontró 800 kilos.
–Pero eso no quiere decir que todo el gobierno esté involucrado
o que el ejército esté corrupto –le comenté. Siempre dudaba de ese
tipo de generalizaciones.
–El jefe de seguridad de Hugo Chávez, Leasmsy Salazar, acusó a
Diosdado Cabello de ser el jefe del cartel de los Soles. También se ha
involucrado a Tarek EL Aissami y a José David Cabello.
Mauricio se puso en pie, como si la conversación comenzara a
ponerle nervioso.
–Tenemos que irnos –me dijo muy serio.
–La corrupción es generalizada. Se ha acusado a Hugo Carvajal, el
exjefe de inteligencia militar, o Yazenky Lamas, el expiloto de la
primera Dama Cilia Flores. El gobierno no puede desconocer lo que
sucede y si lo hace es un gobierno inútil y debe ser depuesto. Ahora
buena parte del movimiento de drogas lo hace el patrón de Mauricio,
el señor Fajardo, pero en el fondo los jefes siguen siendo los militares.
Me puse en pie, me vi por un instante en el espejo y me
sorprendió que apenas me reconocí con la peluca, las lentillas y las
gafas.
–Les deseo mucha suerte. Esa gente no suelta con facilidad una
presa, yo ya estoy jubilado, pero a veces noto que me hacen
seguimientos, saben que conozco muchos de sus negocios turbios.
Cualquier día de estos me pegarán un tiro.
Nos dirigimos a la puerta y salimos en silencio, evitamos el
ascensor y bajamos por las escaleras, logramos salir de la urbanización
sin ser vistos.
–¿Qué haremos ahora? –pregunté a Mauricio.
–Media Caracas le está buscando. No podemos utilizar las
carreteras principales. Iremos por la costa hasta Valencia, pero después
daremos un rodeo hasta Puerto de Santander, desde allí iremos a
Barranquilla para pedir sus papeles. Esperemos que el gobierno de
Colombia nos brinde su ayuda –comentó el chófer.
Salimos a la carretera debajo de un fuerte aguacero. Las calles
estaban desiertas, pero el tráfico era denso y muy lento. A cada paso
temía que nos parara un control y termináramos en alguna comisaria o
un cuartel de la Guardia Nacional. Cuando dejamos Caracas atrás
respiré tranquilo. Esperaba que esta vez lograra escapar de las manos
de Fajardo y sus hombres. Ahora había una acusación de asesinato
sobre mi cabeza, si me atrapaban podrían tirotearme aludiendo que
me había intentado resistir o encerrarme en una terrible cárcel del país
de por vida, lo que era como firmar una sentencia de muerte
prolongada en el tiempo.

Capítulo 34. Camino a la libertad


Viajamos todo el día, pero no encontramos ningún tipo de control
policial. Paramos dos veces para echar carburante y comer unos
bocadillos pequeños en una cantina al pie de la carretera. Cuando
llegamos a Cordero ya era noche cerrada. Estábamos cerca de San
Cristóbal, la última gran ciudad antes de llegar a la frontera. Mauricio
llamó por su celular al contacto que nos habían dado, un tal Teobaldo,
un tipo acostumbrado a pasar gente al otro lado, sobre todo en los
tiempos que corrían, con miles de venezolanos y muchos cubanos
intentando escapar del régimen chavista.
Teobaldo nos recibió en su casa, una modesta vivienda a la
entrada de San Cristóbal, guardó el coche en un garaje de chapas de
zinc y nos invitó a tomar un refresco y descansar un poco. Viendo
cómo vivía estaba claro que el paso de gente por la frontera no le
dejaba mucho dinero. Tampoco era fácil mantener a una familia de
cinco hijos, tal y como nos contó mientras cenábamos algo. Sus niños
ya estaban dormidos y su esposa únicamente apareció para ponernos
unas mandocas con guasacaca y unas natillas caseras de postre.
–¿A qué hora es mejor pasar? –preguntó Mauricio al hombre. Él
también pensaba pasarse a Colombia. En Venezuela lo único que le
esperaba era un tiro en la nuca en cualquier esquina.
–A ninguna hora, compadre. La vigilancia no es muy buena, pero
los soldados cobran por paso. Saben que la gente se va ilegalmente,
pero a ellos lo único que les preocupa es sacarse unos bolívares. El país
está hecho una ruina y ellos cobran una miseria. Como siempre, el
problema de Venezuela es la miseria, es muy difícil ser honrado
cuando uno es muy pobre –dijo el hombre de rostro indígena, su pelo
negro y largo le cubría media cara.
–Entonces, ¿todo depende del precio? –le pregunté.
–Sí, señor.
Guardábamos algo de dinero, habíamos tomado varios fajos de
la casa de Inés, al parecer a los esbirros de Simón no les importaba lo
que se había llevado su esposa.
–Pues eso no tiene que ser problema –le contesté.
Mauricio me hizo un gesto con la cara para que me callase.
–Hay varias maneras, por el paso fronterizo, vadeando el río,
aunque la mayoría prefiere el puente internacional Simón Bolívar –dijo
el hombre mientras se tomaba las natillas.
–Vamos por el puente, tenemos papeles legales, le daremos la
mitad ahora y la otra mitad cuando estemos en el lugar convenido.
El hombre afirmó con la cabeza y nos ofreció una habitación
pequeña para dormir, pero escogimos hacerlo en el coche. En cuanto
estuvimos solos Mauricio me mostró su enfado.
–¿Cómo se le ocurre decir a un contrabandista que tenemos
mucho dinero? Esta región está repleta de cadáveres de gente como
usted. Los dejan cerca de la frontera abandonados, los asaltan o
directamente los matan.
–Lo siento –le contesté.
–Decidí traerle hasta aquí por la señora doña Inés, pero ella ya
está muerta. Usted me daba pena, no quiero que Fajardo termine
también con usted. Además quiere librarse de su homicidio acusándole
de haber asesinado a su esposa. Este cabrón es el mismo diablo.
–Ya estamos cerca, lo conseguiremos.
–Si es usted creyente, pase toda la noche rezando, aún al otro
lado no estaremos a salvo hasta Barranquilla.
Me tumbé en la parte de atrás del coche, me tapé con la
chaqueta e intenté dormir. No podía descansar, por mi mente no
dejaban de pasar las escenas de la muerte de Inés, mi intento de
escapar y el miedo a caer en manos de la policía.
A las tres de la madrugada me logré dormir, pero el hombre nos
vino a avisar antes de que amaneciese. Salimos en una furgoneta
blanca algo destartalada. Mauricio se sentó al lado y yo en la parte de
atrás. Nos dirigíamos a San Antonio de Táchira, el puente a esas horas
todavía estaba tranquilo o al menos eso nos dijo el hombre. Eran poco
más de tres horas de viaje, llevábamos más de dos horas y media
cuando el vehículo comenzó a dar tirones.
–¡Maldita sea! –gritó el hombre golpeando el salpicadero.
–¿Qué pasa, compadre? –preguntó Mauricio.
–El motor, hay que bajarse –dijo mientras dejaba el coche en la
entrada de un sendero a pie del monte.
Mauricio me pidió que me quedase dentro, salió con el hombre y
comenzaron a mirar el motor con una linterna ya que todavía no había
amanecido. Miraba a un lado y al otro, pero no pasaban coches y todo
estaba en silencio, hasta que vi que se acercaban unas sombras por el
sendero, saqué la cabeza por la ventanilla y grité:
–¡Mauricio, se acerca gente!
El hombre bajó de un golpe el capó pillando la mano de nuestro
guía. El hombre bramó de dolor, entonces Mauricio le golpeó en la
cabeza y le lanzó a un lado y corrió hacia la portezuela. Yo salté al
asiento del conductor y arranqué la furgoneta justo cuando Mauricio
intentaba subir. Escuchamos disparos, pero no hicimos caso, el hombre
entró y pisé a fondo el acelerador, una nube de polvo lo cubrió todo.
En cuanto estuvimos lejos miré a mi acompañante, estaba quieto, con
la espalda apoyada en el respaldo del asiento y un gesto de dolor.
–¿Se encuentra bien?
–No, me han dado en la pierna, sangro mucho, creo que me han
dado en una arteria.
El asiento estaba empapado en sangre. Mauricio se quejaba, pero
cada vez parecía más apagado, como si las fuerzas le estuvieran
abandonando.
–Tenemos que ir a un hospital, seguro que en el pueblo hay uno.
–No diga tonterías, si va a un hospital le capturarán. Esto ya no
tiene remedio. Llegue hasta cerca del puente y déjeme, siga usted a
pie. Esa gente no tardará en seguirnos.
–No puedo hacer eso.
–Señor Dorado, ya le conté que hace tiempo perdí a mi familia,
Inés era lo único que me ataba a este mundo, eso y mi palabra de
ponerle a salvo. A veces la muerte no es la peor opción. Usted vive en
un mundo muy distinto del mío. En Europa se creen inmortales y con
derechos, pero esta es la realidad de la mayor parte del mundo.
Venimos a esta tierra a sufrir, vemos partir a nuestros seres queridos,
pasamos la vida enfermos, pobres y angustiados, aunque siempre con
una sonrisa en los labios, pero no tenemos miedo a la muerte.
–No diga eso –le contenté mientras entrábamos en las calles del
pueblo.
–Escríbalo en su libro, cuente lo que vale una vida en el lado
oscuro del mundo –dijo con un gesto de dolor.
Sabía que lo haría, Mauricio representaba a los que no tenían
voz, a los que habían nacido para vivir y morir en la pobreza, los
desheredados de la tierra. Murió a mi lado mientras el sol salía por el
horizonte, comencé a llorar mientras miraba el parabrisas sucio, pero
más por miedo a mi propia muerte que a la suya. No quería dejar este
mundo en aquel lugar alejado, en medio de la nada.
Dejé la furgoneta en una calle solitaria, caminé hacia el puente,
enfrente estaba la oficina de la aduana. Mi pasaporte ya estaba sellado
y supuestamente no debía tener ningún problema. Un funcionario me
pidió la documentación, intenté no decir palabra, para que mi acento
no me delatase. Tras responder con dos o tres monosílabos el hombre
miró los papeles y dijo:
–Falta un papel.
Le miré sorprendido, pero enseguida caí en la cuenta, saqué del
bolsillo discretamente doscientos dólares y los puse dentro del
pasaporte. El hombre me sonrió.
–Pase señor, que tenga buena estancia en Colombia.
Caminé hacia el puente. El río parecía medio seco. Imaginé que
estaría vigilado. Comenzaba a haber algo de tránsito. Mucha gente
pasaba caminando, algunos arrastraban maletas, los que entraban
hacia Venezuela llevaban comida y otras cosas de primera necesidad.
Me encontraba cerca de la parte colombiana cuando escuché
unas voces a mi espalda. Me giré y vi al hombre que nos había
intentado robar gritando, tres militares le seguían. Entonces corrí con
todas mis fuerzas, debía llegar al lado colombiano antes de que me
alcanzasen, era cuestión de vida o muerte.

Capítulo 35. Cóndor


Las piernas apenas me respondían. Sentía que la distancia hasta la
parte colombiana crecía en lugar de acortarse. No quería mirar atrás,
pero las voces las escuchaba cada vez más cercanas. Esperaba que no
se atrevieran a disparar al haber tanta gente pasando de un lado al
otro, pero me equivocaba. Gritaron que la gente se echara al suelo y
comenzaron los disparos.
Las fuerzas colombianas al principio no reaccionaron, tenían
órdenes de evitar cualquier tipo de enfrentamiento, pero al final
comenzaron a disparar al aire. Temía encontrarme en un fuego
cruzado, pero en cuanto pisé suelo colombiano cesaron los disparos.
Fue entonces cuando sentí un fuerte dolor en el muslo, me habían
alcanzado.
Los policías de aduanas colombianos me tomaron por los brazos
y me llevaron a la oficina de aduanas.
–¡Soy ciudadano español!¡Pido ver al cónsul español! –grité
mientras entrábamos en la sala.
El oficial al mando me miró sorprendido.
–¿Es usted español?
–Sí, pero no tengo papeles. Me los robaron, llevo escapando de
unos asesinos desde Caracas.
El hombre me miró con sus grandes ojos negros y su cara
regordeta, después se quedó pensativo mientras escuchaba las voces
de los soldados venezolanos en el puente.
–Están gritando que ha matado a un hombre, que está
escapando de la justicia venezolana. ¿Es eso cierto?
–No, señor. Soy el escritor Javier Dorado, estaba en Venezuela
buscando información para un libro y fui presa de una trampa urdida
contra mí. Pido ver al cónsul español en Barranquilla.
–Llamaremos a mi inmediato superior, no se preocupe, pero
antes le verán esa pierna.
Me encontraba en un estado de nervios tal que apenas me
acordaba de la herida del muslo. A los pocos minutos llegó una
enfermera, me miró la herida y comenzó a curármela.
–Ha tenido suerte, la bala le ha atravesado sin dañar nada
importante. Estará algo cojo unas semanas, pero se recuperará sin
problemas –me dijo la enfermera con una sonrisa.
Media hora más tarde ordenaron trasladarme a Barranquilla. Al
parecer desde España el Ministerio del Interior había denunciado mi
desaparición.
En la ciudad volvieron a examinarme la pierna y a última hora de
la tarde vino a verme el cónsul.
–Dios santo, pensamos que no podría salir de Venezuela –dijo el
hombre.
Me sorprendió su familiaridad, como si supiera perfectamente
con quién estaba hablando, al ver mi cara de extrañeza me comentó:
–Su esposa Ana Andreu denunció su desaparición en Caracas. Al
parecer le llevaban al aeropuerto unos policías de la embajada cuando
le secuestraron. Todo el mundo se asustó cuando la policía federal
lanzó una orden de busca y captura contra usted por asesinato. Si no
sale del país, no creo que hubiera visto nunca más España.
Respiré hondo, cerré los ojos y comencé a llorar. El cónsul me dio
unos golpecitos en la espalda y cuando me calmé, me llevó al
consulado para arreglar todos los trámites.
–Queremos sacarle lo antes posible de Colombia, pero no
disponemos de aviones oficiales. Tendrá que regresar en un vuelo
comercial. Para su seguridad irá con un policía –dijo el cónsul.
–No es necesario –le contesté.
–Han estado a punto de matarle o condenarle de por vida en
Venezuela. Es mejor que no nos arriesguemos hasta que toque suelo
español.
Dormí aquella noche en el consulado y al día siguiente tomamos
un vuelo para España. Me habían dado unas pastillas para relajarme y
pasé todo el viaje descansando, por la mañana me despertó el policía
que había tenido que soportar mis ronquidos todo el viaje.
Al llegar al aeropuerto me esperaban Ana y Marcela. Las miré
incrédulo. Aún no podía creer que estuviera en Madrid y que las dos
mujeres de mi vida me estuvieran esperando en la terminal. Mi
exesposa me dio un abrazo y después se apartó. Marcela me miró
unos instantes. Estaba muy delgado, con ojeras y la cara pálida. Me
besó y después se quedó abrazada hasta que sentí por fin que estaba
a salvo.

Capítulo 36. En un pueblo apartado


El tiempo pasaba apacible en aquella casa alejada de todo en medio
de la Sierra de los Ancares. El pueblo más cercano estaba a varios
kilómetros, tras el acoso de la prensa y los cientos de artículos que me
criticaban o me relacionaban directamente con el narcotráfico, las
aguas fueron regresando a su cauce. La policía me interrogó unos días
más tarde, después el CNI y por último la Guardia Civil. Me pidieron
que desvelara los informes que había descubierto en Venezuela, pero
me negué a facilitarlos. Me amenazaron con acusarme por presunta
complicidad, pero era consciente de que la única forma de ponerme a
salvo de Simón Fajardo era pasar página y olvidarme de aquellos días
aciagos en Venezuela. Devolví el adelanto al multimillonario y Marcela
estaba hablando con la editorial para cambiar algunas de las
condiciones del libro que les había prometido sobre la situación en
Venezuela.
Durante aquellos meses hacíamos una vida espartana. Yo me
levantaba el primero, hacia el café y me ponía a trabajar hasta las diez.
Desayunábamos juntos y continuaba trabajando hasta la hora de la
comida. Por las tardes paseábamos un par de horas y pasábamos las
horas antes de la cena leyendo, hasta la noche. Únicamente dejábamos
aquel retiro para ir a comprar. Siempre en efectivo, para que nadie
pudiera localizarnos. No llamaba directamente a mi exesposa, lo
hacíamos a través de un amigo de mucha confianza.
Después de tres meses, aquel día todo comenzó a torcerse de
repente. Mi teléfono sonó muy temprano, mientras esperaba que
saliera el café. Sentí un vuelco en el pecho, siempre me ponía nervioso
cuando se salía de la rutina cotidiana. El teléfono era de mi esposa. Me
extrañó que me llamase directamente, pero lo descolgué.
–Hola –dijo una voz que me era conocida, pero que no logré
identificar.
–Hola –contesté con el corazón acelerado.
–No sabes quién soy. ¿Verdad?
Sentí que me faltaba el aire, había reconocido la voz de la mujer
que me hablaba, era Sandra Manzano.
–¿Qué haces con el teléfono de mi mujer?
–Me temo que tienes un problema. Nos ha costado mucho dar
contigo, bueno con tu teléfono. Sabemos que estás en algún lugar
perdido del norte, pero no queremos perder tiempo buscándote,
además no sabemos si cambias de lugar a menudo. No queremos
seguir jugando al ratón y el gato. Hagamos las cosas fáciles. Estoy en
Gerona, en las bodegas de tu esposa, es una persona encantadora,
siempre te rodeas de mujeres increíbles, perdona que me incluya.
Tienes que traer todos los archivos que te llevaste y destruir delante de
nosotros los que tengas en la nube. Entonces os podréis ir todos.
Simón no quiere que el asunto trascienda. Dentro de unas semanas
presentará su candidatura y no desea sorpresas.
Me quedé sin palabras. No sabía cómo reaccionar, podía llamar a
la policía, pero antes de que pudieran liberarla eran capaces de matar a
Ana.
–Por si estás pensado alguna tontería, también tenemos a tus
dos hijos. Son muy guapos y por ahora no sospechan de mí. Les
hemos dicho que soy una amiga tuya de Venezuela, sería una pena
que perdieras a toda tu familia por unos archivos. ¿Verdad? He
calculado que por la vía más corta tardarás casi diez horas en llegar
hasta aquí. Son las siete de la mañana, eso quiere decir que a cinco de
la tarde puedes estar aquí. Si llegas más tarde, mataré a los tres, si no
haces lo que pedimos, mataré a toda tu familia, si llamas a la policía…
Sí, exacto, mataré a toda tu familia. ¿Te ha quedado claro?
–Sí, no hagas nada. Salgo ahora mismo, por favor, déjales irse.
No los necesitas.
–El tiempo corre.

Capítulo 37. Vida o muerte


La vida no tiene importancia cuando alguien que amas está a punto de
morir. Salí corriendo a la pequeña explanada frente a la casa y Marcela
debió escucharme abriendo la puerta, porque corrió en pijama y
comenzó a gritarme. Me introduje en el coche, arranqué el motor y salí
a toda velocidad. El barro comenzó a esparcirse por todo el jardín
hasta que tomé la carretera. Miré el indicador de gasolina y me quedé
tranquilo al comprobar que estaba casi lleno. Mientras corría por las
sierras a toda velocidad mi mente no podía dejar de pensar. Simón
Fajardo y su gente eran capaces de cualquier cosa por salvar su
reputación. Unos meses antes le había escuchado asesinar a su esposa,
estaba convencido de que era capaz de matar a su propia madre si
pensaba que era necesario para salvar su carrera política. Lo que no
comprendía era por qué había enviado precisamente a Sandra.
Disponía de sicarios, miembros de los servicios secretos venezolanos y
cubanos, incluso de guardaespaldas que podían hacer aquel
monstruoso trabajo en su nombre. En el fondo, que enviase a Sandra
era un mensaje que quería dejarme claro. Cumpliría su palabra si yo
hacía mi parte, aunque por otro lado podía significar que no confiaba
en nadie más, que su paranoia iba en aumento.
El todoterreno se agarraba bien a las curvas, pero en muchos
tramos la carretera estaba empapada y la velocidad me hacía derrapar.
Escuché cómo sonaba el manos libres del coche y dudé en contestar.
No quería contar a Marcela lo que sucedía, no quería ponerla en
peligro. Al final apreté el botón y escuché la llamada.
–Javier. ¿Qué ha sucedido? ¿Estás bien? Me tienes con el alma en
vilo.
–No te preocupes, todo está bien. Hay una urgencia en Gerona y
debía salir para allí cuanto antes.
–¿Por qué no me lo has dicho? Podía haber ido contigo. Estamos
juntos, todo lo que te sucede a ti me afecta también a mí.
–Es un asunto familiar, es mejor que te quedes cuidando del
fuerte –contesté intentando disimular mi angustia. Lo último que
deseaba era preocuparla o que intentara seguirme para ayudarme.
–Te conozco demasiado bien. Son ellos, ¿verdad?
Me quedé mudo, no me gustaba mentir, pero sabía que la
verdad a veces es demasiado peligrosa.
–No, te dejo. Voy deprisa y no me quiero despeñar por alguno de
estos acantilados.
Apreté el botón y la dejé con la palabra en la boca. Intenté
concentrarme en la carretera y mi mente comenzó a imaginarse varios
escenarios. Era una de las ventajas de ser escritor.
Podía encontrarme con un grupo de asesinos peligrosos que
terminasen con todos nosotros, después de conseguir la información.
En ese caso no teníamos ninguna esperanza de sobrevivir, pero al
menos Marcela podría entregar mi manuscrito, que estaba casi
finalizado e incluir la parte que había omitido de Fajardo en un intento
de ganarme su confianza. Otra opción era que Sandra se conformase
con la eliminación de los archivos y se marchara sin causar más
problemas, pero Simón no era el tipo de personas que olvidaban ni
perdonaban. Si llamaba a la policía mi familia moriría, aún en el caso
de que pillaran a Sandra por sorpresa, el riesgo era demasiado
elevado.
Cuando llegué a la carretera principal respiré aliviado. Había algo
de niebla, pero la autopista me permitía más velocidad y menos riesgo.
Pisé el acelerador y puso el coche a su máxima potencia, aunque en
algunas zonas reducía la velocidad por seguridad o para evitar que la
policía me detuviese.
Al mediodía ya estaba cerca de Logroño. Paré en una gasolinera
y llené el depósito. Estaba saliendo de nuevo a la carretera cuando
sonó el teléfono.
–Simplemente es para recordarte que el tiempo se acaba. Si no
llegas antes de la hora establecida perderás a toda tu familia. Los niños
están dormidos en el sillón del salón. Ana está a mi lado.
La voz de Sandra volvió a sobresaltarme, sentía cómo la
adrenalina se esparcía por todo mi cuerpo. Tenía que recuperar el
control y pensar.
–Quiero hablar con ella.
–No, ya tendréis tiempo de veros cuando llegues aquí –dijo
tajante Sandra.
–Quiero asegurarme de que se encuentra bien. Si no me la pasas
llamaré a la policía.
–Veo que ha salido el gallito que llevas dentro. Será mejor que
no te hagas el valiente ahora, no te conviene enfadarme. Simón me ha
dejado libertad absoluta, puedo hacer con vosotros lo que quiera.
–Sí no hablo con Ana, en cuanto cuelgues llamaré a la policía, no
creo que tarden más de veinte minutos en llegar.
Sandra se quedó callada, como si estuviera planteándose si
hablaba en serio o simplemente la ponía a prueba.
–Javier –dijo la voz de Ana. Parecía nerviosa y cansada.
–¿Estáis bien? –le pregunté angustiado. Todo lo que sucedía era
culpa mía. Desde hacía tiempo había comprendido que mi ambición y
egocentrismo nos habían llevado a esa situación.
–Ahora mismo duermen, pero, por favor, no hagas ninguna
tontería, esta mujer va en serio.
–Todo saldrá bien –dije intentando que mi voz pareciera segura y
tranquila.
Ana se echó a llorar y tuve que tragar saliva para no
derrumbarme.
Sandra colgó el teléfono y durante casi un minuto escuché el
zumbido de la señal hasta que apreté el botón para desconectar.
Mi mujer sin darse cuenta me había dado algunas pistas sobre la
situación en la que se encontraban. Al parecer Sandra actuaba sola,
Ana había empleado el singular al referirse a sus captores.
Seguramente estaba armada, pero cuanta más gente estuviera
implicada más fácil sería que las cosas se complicasen.
Una hora y media más tarde estaba bordeando la ciudad de
Zaragoza, el tráfico era más denso y tuve que soportar retenciones
hasta llegar a las afueras de la ciudad.
En las cercanías de Barcelona el tráfico también era terrible, pero
aún quedaban dos horas para que se cumpliese el plazo, tiempo más
que de sobra para llegar a Girona y después dirigirme hasta la bodega
de la familia.
Cuando llegué a la ciudad me asaltó la nostalgia de aquella vida
que había perdido para siempre. Mis hijos crecerían sin que yo formase
parte de su cotidianidad, sería la excepción que siempre verían en
fiestas y verano. Una especie de apéndice de su nueva vida. Dentro de
unos años considerarían al nuevo novio de mi esposa, más padre que a
mí.
Tomé una de las carreteras secundarias y aceleré, en media hora
expiraba el plazo y prefería llegar un poco antes para que Sandra no se
pusiera nerviosa.
Entré en el camino de cipreses y la masía de rocas claras brilló en
medio de aquel día oscuro y lluvioso. En la parte delantera únicamente
estaba el coche de mi mujer, por lo que supuse que Sandra la había
asaltado mientras recogía a los niños del colegio el día anterior y la
había obligado a conducir hasta allí. Lo que no comprendía era por
qué no me había llamado antes. Tal vez les había costado dar con mi
teléfono y persuadir a mi amigo para que se lo diese.
Bajé del coche, tenía las piernas entumecidas y un fuerte dolor de
cabeza. La lluvia caía con fuerza y antes de llegar al porche ya estaba
calado hasta los huesos. Llamé a la puerta y me abrió Ana, detrás
estaba Sandra, la apuntaba discretamente con una pistola.
–¿Dónde están los niños? –les pregunté.
–Están encerrados en un cuarto arriba, no quería que las cosas se
complicasen –dijo Sandra.
–¿Se encuentran bien? –pregunté a mi exesposa, como si no
creyera las palabras de aquella asesina.
–Sí, están bien. Dale lo que pide, por favor.
Ana estaba con los ojos hinchados, la cara roja por la tensión y su
fuerza parecía totalmente apagada ante el terror que le producía
aquella mujer.
Entré en la casa y nos dirigimos al salón, encima de la mesa
estaba el portátil de mi exesposa.
–Accede a los archivos y elimínalos –me ordenó Sandra.
Me senté en la mesa y fui a la nube, lo borré todo y después me
giré.
–¿Tienes un pendrive?
Le entregué el archivo de memoria y sonrió satisfecha.
–Simón ha sido muy generoso contigo y tú se lo has pagado
traicionándole. A pesar de todo lo sucedido, dentro de muy pocos
meses se convertirá en el presidente de Venezuela. Podremos
compartir juntos su sueño de cambiar el país y al resto del continente.
–Ya tienes lo que querías. Os doy mi palabra que no publicaré
nada en contra suya.
–¿Tu palabra? No nos vale para nada.
–Ya tiene lo que quiere –dijo Ana, que comenzaba a ponerse
nerviosa.
Sandra la agarró del pelo por detrás y tiró con todas sus fuerzas.
–¡Cállate, zorra! Me tiré a tu maridito en Venezuela, te ha
engañado con todo el mundo. Eres una estúpida, no mereces vivir.
–Déjala, por favor –le supliqué mientras me ponía en pie.
–Simón me dijo que te dejaría elegir. ¿Prefieres que muera tu
exesposa o tus hijos?
Las palabras de la mujer me dejaron helado. Únicamente Simón
podía pensar en un castigo tan retorcido.
–No, no les hagas daño. Prefiero que me pegues un tiro a mí.
Ellos no os han hecho nada.
–Veo que no has entendido la pregunta: ella o tus hijos tienen
que morir. Depende de ti.
Me puse las manos en la cabeza y comencé a llorar.
–Por favor, por favor –gemía desesperado.
–¡Elige, ahora! –gritó Sandra fuera de sí, mientras acercaba la
pistola a la sien de Ana.
En ese momento escuchamos un fuerte golpe a nuestra espalda,
como si se hubiera cerrado una puerta por el viento. Sandra se giró un
poco y yo me lancé sobre ella. Ana corrió escaleras arriba mientras los
dos forcejeábamos.
Sandra tenía una fuerza que nunca había imaginado, comenzó a
torcer el brazo y el cañón de la pistola me apuntó directamente a la
cara. En ese momento Marcela entró por detrás del salón y pegó una
patada a la mano de la mujer. Logré soltarme y corrimos escaleras
arriba.
Nos encerramos en una de las habitaciones y todavía jadeante le
pregunté:
–¿Cómo has venido aquí?
–Pensé que estabas en apuros, no quise llamar a la policía. Al
hablarme de Gerona imaginé que te dirigirías a vuestra antigua casa,
pero nadie me abría y vine hasta aquí.
–¿Cómo llegaste?
–Le pedí uno de sus coches al vecino de la finca de al lado, le
comenté que era un asunto de vida o muerte.
Escuchamos los pasos de Sandra subiendo las escaleras.
–¿Qué podemos hacer? –me preguntó Marcela.
–¿Tienes tu teléfono? –le pregunté. Ella lo sacó de uno de los
bolsillos y llamé a emergencias.
–Maldita sea, no hay cobertura, en esta maldita casa nunca
funcionan los teléfonos. En el desván el padre de Ana guarda algunas
escopetas de caza.
–¿Sabes usar esos trastos? –me preguntó Marcela asustada.
–Lo intentaré. Enciérrate en el baño bajo llave.
Salí al pasillo, todo estaba tranquilo y en penumbra. Intenté
caminar despacio para que el suelo de madera no me delatase. Subí
hasta el desván, pero apenas había subido un par de peldaños cuando
vi a Sandra. La mujer disparó y el tiro paso rozándome la cabeza. Corrí
hasta el desván, pero la puerta estaba cerrada con llave. Empujé con el
hombro varias veces, hasta que la cerradura se astilló, entré a toda
prisa y coloqué un armario delante de la puerta.
Encendí la luz del desván y comencé a buscar la escopeta. Hacía
años que no subía allí, no sabía siquiera si el arma continuaba
guardada en aquella parte de la casa.
La puerta comenzó a vibrar con cada empujón de Sandra.
Comencé a remover todo angustiado hasta que vi la funda, saqué la
escopeta y miré si estaba cargada.
–Mierda. ¿Dónde están los cartuchos?
El armario se derrumbó y la puerta comenzó a ceder. Al final
logré ver en un rincón una cajita de cartón con el símbolo de los
cartuchos, corrí hacia ella, saqué dos y comencé a cargarla.
Sandra se asomó por la abertura y me apuntó con la pistola.
–¡Maldito cabrón! –bramó antes de comenzar a disparar.
Me tiré al suelo y me escondí detrás de una vieja cómoda.
Cargué el arma y saqué la cabeza para apuntar, pero Sandra ya no
estaba allí. Imaginé que había visto el arma y corría escaleras abajo
para atrapar a mi mujer o a mis hijos. Salí detrás, aparté el armario y
bajé las escaleras. Escuché gritos, parecían que venían de la puerta que
daba a las bodegas. Entré en la inmensa sala de los toneles de madera,
apenas había luz, escuché gritos y corrí hasta las voces.
Sandra había encontrado a Ana y mis hijos, los apuntaba con una
pistola mientras yo me acercaba por detrás, en ese momento se giró y
apuntó al más pequeño.
–Basta de jugar, tira el arma. Ahora ya no podrás elegir –dijo
mientras apretaba el arma en la cabeza de mi hijo.
Tiré la escopeta y levanté los brazos.
–Déjalos irse, dispárame a mí.
–No lo entiendes, ¿verdad? Hay cosas mucho peores que la
muerte. Simón no quiere simplemente asesinarte, desea que sufras,
que vivas en un infierno.
–Pero tú no eres él.
–Él me rescató, cuando mi vida no tenía sentido, cuando regresó
a Venezuela me sacó de mi vida anodina y si sentido. Se lo debo todo
–comenzó a decir inquieta.
–No le debes nada. Él únicamente se ama a sí mismo, eres otro
peón en su partida de ajedrez, te sacrificará cuando haga falta. Aún
puedes escapar de su influjo –dije desesperado.
–Ahora que estamos a punto de crear un mundo nuevo. Ni lo
sueñes. Es demasiado tarde –dijo mientras apretaba el gatillo.
Marcela saltó desde una de las tinajas y cayó sobre ella justo
cuando la bala salía del cañón. Sandra se derrumbó e intentó
dispararla, pero mi amiga le agarró el brazo y comenzó a golpearle la
mano contra el suelo.
–¡Suéltala, puta!
Me lancé sobre ellas, la mujer instintivamente se revolvió, logró
liberar su mano y apuntarme, pero antes de que lograse disparar,
Marcela se aferró a su cuello, yo le agarré la mano y comencé a
retorcérsela.
–¡Suéltala! –le grité, pero Sandra me miraba con los dientes
apretados. Después hizo un movimiento brusco y sonó un disparo, que
retumbó en toda la bodega.

Capítulo 38. La vid verdadera


La sangre brotaba a borbotones, sentía la camisa empapada, la toqué
con la mano y después miré a las dos mujeres inertes. Marcela cerró
los ojos y Sandra dio un breve gemido, después se retorció de dolor.
Le quité el arma y aparté a mi amiga. Sentí cómo la vida de la mujer se
iba poco a poco.
–Está herida –le dije a Ana, que había escondido a los niños y
corría para ayudarnos.
–¿Quién está herida? –preguntó.
–Sandra, la venezolana. Llama a emergencias.
Ana me miró sorprendido, no entendía por qué quería salvar a la
persona que había estado a punto de asesinarnos a todos. No
comprendía que en el fondo aquella mujer era una víctima más de
Simón Fajardo y su capacidad para manipular a la gente. Al final se
dirigió al salón para llamar con el teléfono fijo. Intenté tapar la herida
de la mujer, pero perdía mucha sangre.
Sandra levantó la cara y me miró a los ojos, por un instante vi en
su expresión una mezcla de miedo y sorpresa, como si morir no
entrase en sus planes.
–Resiste –le dije, sin entender las razones que me llevaban a
ayudarla.
–Nunca estarás a salvo, él es implacable.
Sabía que era cierto, aunque sabía que la vida no era como un
guion de cine o la trama de una novela. Nada parecía tener un sentido,
la lógica era casi incompatible con la realidad. Uno podía estar toda la
vida acosado por un gran peligro y morir al escurrirse en la ducha.
Todo era absolutamente fútil.
–No lo conseguirá –le contesté–. A veces el mal se destruye a sí
mismo, su ambición será su tumba.
–Simón no es como nosotros, su vida tiene un destino que ni tu
ni yo podemos comprender. ¿Piensas que alguien ha llegado al poder
en este mundo sin cometer algunos crímenes? Él salvará a Venezuela.
Te lo aseguro –dijo mientras de la comisura de sus bellos labios
comenzó a salir sangre.
Marcela me miró asustada, después se inclinó hacia la mujer, que
parecía a punto de perder el conocimiento.
–Nunca estaréis a salvo –repitió antes de que la muerte lograra
doblegarla. La vida se le escapó por aquella sangre caliente y roja que
nos rodeó por completo. Después su cuerpo se enfrió rápidamente,
como si el alma al ascender se llevase el calor que la mantenía en este
mundo.

Capítulo 39. El principio del fin


A pesar de las presiones del CNI y la policía me negué a mostrarles la
información que había descubierto. Les dije que el intento de asesinato
de Sandra no tenía nada que ver con mi viaje a Venezuela. Era más
consciente que nunca de que nada detendría a Simón Fajardo, la única
forma que tenía de contrarrestar su poder e influencia era
desenmascarándole ante el mundo. Los dos siguientes meses fueron
frenéticos, reformé todo el libro, ya no era simplemente la historia y
situación de Venezuela en la actualidad, era sobre todo cómo alguien
como el narcotraficante Fajardo estaba haciéndose con el control del
país y qué podía suponer eso para el mundo y aquella región.
Marcela me ayudó en las revisiones y cuando el libro estuvo listo
lo enviamos a los editores.
El libro estuvo a punto de no salir en varias ocasiones. En cuanto
Simón Fajardo se enteró de que saldría publicado en doce idiomas en
todo el mundo hizo algunas artimañas legales, denunciando que la
información que compartía en el libro era el resultado de una
investigación encargada por él. Todo lo descubierto le pertenecía y al
haber roto el contrato que nos unía, eso me invalidaba para publicar el
libro. Cuando las artimañas legales no surtieron efecto, comenzaron las
amenazas a los editores, la editorial y los sellos extranjeros que habían
comprado los derechos. Tampoco Fajardo consiguió su objetivo, el
libro se comenzó a imprimir y en unos días verá la luz.
Los escritores somos forenses de la vida, simplemente
confirmamos lo que el mundo hace. Somos capaces de encontrar las
contradicciones y convertirlas en argumentos. El material con el que
trabajamos es la realidad vestida de ficción, para que nos sea más
soportable y sobre todo más creíble. La vieja y famosa frase que la
realidad siempre supera la ficción la experimenté aquellos días en
Caracas, cuando pude ver con mis propios ojos cómo el hombre de
algo bueno puede construir algo perverso y destructivo.
Mañana podré mostrar al mundo el verdadero rostro de Simón
Fajardo. Sé que nunca me lo perdonará y siempre tendré que vivir
mirando a mi espalda, con el temor de que entre las sombras salga con
su bello rostro de ángel maléfico para arrebatarme la vida o la de los
que más quiero. Ahora únicamente me queda la esperanza de que en
esta larga e intensa trama que es la vida, el escritor de la historia me
permita vivir hasta que mis ojos se sacien de ver, mis oídos de
escuchar y mi corazón de soportar el leve peso de la existencia.

Capitulo 40. El último acto


Hasta la última página de la novela uno siempre desconoce el final. En
muchos sentidos la vida es igual. Chesterton siempre decía que si en
una novela no había un asesinato, probablemente solo tendría un
montón de trivialidades. Mi libro estaba plagado de asesinatos, pero
sobre todo del inequívoco sentido de la vida. La mayoría de seres
humanos no se movían por ambición, ni siquiera por odio,
simplemente lo hacían por miedo.
Aquella tarde en Barcelona me sentía aterrorizado. Había
prohibido a mi familia que asistiese al acto, la única persona que me
acompañaba era Marcela y eso a pesar de mis reticencias.
Cuando llegamos al gran salón de la librería nos quedamos
sorprendidos de la afluencia de público. Todos los asientos estaban
ocupados y más de cincuenta personas estaban de pie al fondo del
todo. La prensa ocupaba las primeras filas y había dos televisiones,
algo inaudito en la mayoría de presentaciones de libros. Seguramente
al interés sobre el tema se unía el morbo de lo que me había sucedido
en Venezuela y las amenazas de muerte que muchos sabían que
pendían sobre mi cabeza.
Marcela se puso justo enfrente y yo me senté con mi editor y un
miembro de la oposición venezolana que llevaba unos meses viviendo
en España tras escapar del país.
–Señoras y señores tengo el gusto de presentarles la última
novela del genial escritor Javier Dorado Una vida perfecta, escrito en
primera persona y donde nos narra sus vicisitudes en Venezuela y
cómo logró escapar, para traernos esta historia magistral en la que
mezcla realidad y ficción. Como dijo Gabriel García Márquez al referirse
al realismo mágico: “En América Latina, la literatura, la ficción, la
novela, es más fácil de hacer creer que la realidad”. Lean y juzguen por
ustedes mismos. Ahora doy paso al opositor venezolano Juan Antonio
Valle.
–Gracias señor Martínez. Cuando recibí la novela de Javier
Dorado no lo podía creer. Cualquiera que haya vivido los últimos
veinte años en Venezuela está convencido que cualquier cosa es
posible, pero de alguna manera me negaba a creer que existiera
alguien como Simón Fajardo. Hoy pienso que la genial obra de Javier
Dorado es el reflejo más exacto de lo que sucede en mi país. La ficción
lo ha invadido todo, porque la realidad no era capaz de soportar tantas
mentiras. Espero que este libro contribuya a una mejor comprensión
de mi país y que pueda restituir, después de varias décadas de
posverdad lo más sagrado que posee el ser humano: la libertad.
Tras los aplausos me tocaba hablar a mí. Levanté la vista, hasta
ese momento había observado a las dos personas que tenía a mi lado.
Por un segundo tuve el temor escénico de las primeras palabras, hasta
que la garganta se calienta y el alma comprende que la grandeza se
encuentra siempre al borde del fracaso.
–Este es un libro que no quería escribir. En cierto sentido, es la
prueba de mi gran fracaso, pero por desgracia, muchas veces grandes
obras de la literatura surgen de los fracasos personales o los
sufrimientos ajenos. A veces, como escritor, me siento como un ladrón,
un licántropo, una especie de Doctor Jekyll y Mr. Hyde; robándole la
vida a los demás para alimentar mi ego o mi cuenta bancaria.
Este libro es el resultado de mi existencia. Después de años
pensando únicamente en mí mismo, de tener una vida perfecta, lo
deseché todo por la nada más absoluta. Mientras el mundo veía en mí
un hombre de éxito, yo me veía como un cobarde y mentiroso, incapaz
de vivir su vida y dejarse dominar por sus pasiones. Ahora comprendo
que estaba profundamente equivocado, que la vida que merece ser
vivida es siempre la que das generosamente a los demás. Mi querida
pareja Marcela me ha ayudado a buscar la felicidad fuera de las
páginas de los libros, en las bellas historias que todos nosotros
protagonizamos cada día cuando abrimos los ojos.
Esta novela es un homenaje sincero a los que sufren en América
o en cualquier parte del mundo, el desprecio por pensar, amar la
verdad y la justicia. Gracias.
La sala irrumpió en aplausos y tras la firma de libros, tuve que
atender a una docena de entrevistas. Cuando la sala se fue calmando y
quedamos solos, el editor me felicitó por las ventas; en la primera
semana habíamos conseguido ponernos en el número uno de todos
los países en los que había salido la novela.
Salimos a la cálida noche primaveral, Barcelona parecía
especialmente bella. Un aire fresco recorría las calles recordándonos
que el mar templaba siempre sus literarias avenidas y suntuosos
edificios.
Marcela me cogió del brazo y apoyó su cabeza en mi hombro.
Caminamos hacia las Ramblas, habíamos alquilado una habitación muy
cerca de Plaza Cataluña. La calle estaba repleta de gente, las luces de
los coches formaban interminables constelaciones y el sonido de sus
motores parecía imitar al murmullo de las olas.
Nos detuvimos en un semáforo y cuando el disco cambio
cruzamos despacio, pero no habíamos llegado al otro lado de la calle
cuando un coche a toda velocidad se lanzó sobre nosotros. Pude verlo
a tiempo, logré empujar a Marcela, que perdió el equilibrio y cayó en la
acera, mientras las luces me azotaban los ojos, sentí que la vida se
cobraba su último acto. Cerré los ojos y me entregué a un final siempre
inesperado. La gente paga a los escritores para que las novelas posean
el sentido que la vida muchas veces no logra tener, nos dan unas
horas, unos días de sus vidas, para olvidarse que todo es pasajero y
que muchas veces el argumento de la realidad se retuerce sin piedad
convirtiéndonos en esclavos del azar.
¿Cómo es la muerte? Permítame que me calle esa parte de mi
historia. Sin duda un día usted mismo lo descubrirá. Le dejo con las
palabras del filósofo y científico Blaise Pascal, que fueron las últimas
que me vinieron a la memoria mientras mi alma se alejaba de mi
cuerpo. Adiós, querido amigo. Nos vemos en el próximo acto:
“Nuestra imaginación nos agranda tanto el tiempo presente, que
hacemos de la eternidad una nada y de la nada una eternidad”.
Epílogo
Nota:
“Un coche atropelló al famoso escritor Javier Dorado. Tras
salir de la presentación de su último libro Una vida
perfecta, un vehículo que se dio a la fuga, quitó la vida al
laureado novelista. Después de una traumática
experiencia en Venezuela, el escritor publicó la que
posiblemente sea su obra cumbre: Una vida perfecta. Una
vida dedicada a las letras y la cultura, que dejará un
profundo vacío en las librerías y los corazones de sus
admiradores. Descanse en paz”.
Algunas aclaraciones:
A pesar de que este libro es ficción, la mayoría de los datos sobre la
situación actual en Venezuela y las relaciones de algunos miembros del
Estado con el narcotráfico son ciertas. Los nombres de muchos
personajes son ficticios aunque representan a personas reales.
Simón Fajardo es un personaje de ficción, como los miembros de su
entorno, pero por desgracia es un arquetipo de muchos narcos que en
la actualidad controlan el poder en varios estados de América Latina.
Otros libros del autor:

El Círculo
“Tras el éxito de Saga Misión Verne y The Cloud, Mario Escobar nos
sorprende con una aventura apasionante que tiene de fondo la crisis
financiera, los oscuros recovecos del poder y la City de Londres”
Comentarios de lectores en Amazon:

"Es una lectura muy entretenida, interesante y una historia llena de


intriga. Cuando llegué al punto de "continuará…"Me quedé expectante
en relación a la segunda parte… Qué bien que ya está disponible así
puedo continuar la lectura."
Claudine Bernardes
“Te atrapa desde el principio, muy ameno ligero y cautivador, fácil
lectura, repasas historia mientras lo lees, muy recomendable, su lectura
te envuelve”. Dancas
“Trama muy ágil y bien llevada. Muy recomendable, súper actual. Se
lee en un rato, no sientes el tiempo, te captura desde el inicio”. Rrivas

“Una noche sin aliento para salvar a su familia y descubrir el misterio


que encierra su paciente”

Argumento de la novela El Círculo:


El famoso psiquiatra Salomón Lewin ha dejado su labor humanitaria en
la India, para ocupar el puesto de psiquiatra jefe del Centro para
Enfermedades Psicológicas de la Ciudad de Londres. Un trabajo
monótono pero bien remunerado. Las relaciones con su esposa
Margaret tampoco atraviesan su mejor momento y Salomón intenta
buscar algún aliciente entre los casos más misteriosos de los internos
del centro. Cuando el Psiquiatra encuentra la ficha de Maryam Batool,
una joven bróker de la City que lleva siete años ingresada, su vida
cambiará por completo.
Maryam Batool es una huérfana de origen pakistaní y una de las
mujeres más prometedoras de la entidad financiera General Society,
pero en el verano del 2007, tras comenzar la crisis financiera, la joven
bróker pierde la cabeza e intenta suicidarse. Desde entonces se
encuentra bloqueada y únicamente dibuja círculos, pero desconoce su
significado.
Una tormenta de nieve se cierne sobre la City mientras dan comienzo
las vacaciones de Navidad. Antes de la cena de Nochebuena, Salomón
recibe una llamada urgente del Centro. Debe acudir cuanto antes allí,
Maryam ha atacado a un enfermero y parece despertar de su letargo.
Salomón va a la City en mitad de la nieve, pero lo que no espera es
que aquella noche será la más difícil de su vida. El psiquiatra no se fía
de su paciente, la policía los persigue y su familia parece estar en
peligro. La única manera de protegerse y guardar a los suyos es
descubrir qué es “El Círculo” y por qué todos parecen querer ver
muerta a su paciente. Un final sorprendente y un misterio que no
podrás creer.

¿Qué se oculta en la City de Londres? ¿Quién está detrás del mayor


centro de negocios del mundo? ¿Cuál es la verdad que esconde “El
Círculo”? ¿Logrará Salomón salvar a su familia?
Mario Escobar
Autor de Bestseller con miles de libros vendidos en todo el mundo. Sus
obras han sido traducidas al chino, japonés, inglés, ruso, portugués,
danés, francés, italiano, checo, polaco, serbio, entre otros idiomas.
Novelista, ensayista y conferenciante. Licenciado en Historia y
Diplomado en Estudios Avanzados en la especialidad de Historia
Moderna, ha escrito numerosos artículos y libros sobre la Inquisición,
la Reforma Protestante y las sectas religiosas.
Publica asiduamente en las revistas Más Allá y National Geographic
Historia.
Apasionado por la historia y sus enigmas ha estudiado en profundidad
la Historia de la Iglesia, los distintos grupos sectarios que han luchado
en su seno, el descubrimiento y colonización de América;
especializándose en la vida de personajes heterodoxos españoles y
americanos.

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