Full Measures PDF
Full Measures PDF
2
Jules
3
Annie D Mire Helen1
Key Alessandra Wilde Elle
Mel Wentworth CrisCras Aimetz Volkov
Anakaren NnancyC Victoria
itxi Daniela Agrafojo Dannygonzal
Ely Hart Gaz Holt Cami G.
Melii Valentine Rose Sammy
Ampaяo Lizzy Val_17
Ann Ferris Eli Mirced Verito
Jules
July
Sinopsis Capítulo 16
Capítulo 1 Capítulo 17
Capítulo 2 Capítulo 18
Capítulo 3 Capítulo 19
Capítulo 4 Capítulo 20
Capítulo 5 Capítulo 21
Capítulo 6 Capítulo 22
Capítulo 7 Capítulo 23
4 Capítulo 8 Capítulo 24
Capítulo 9 Capítulo 25
Capítulo 10 Capítulo 26
Capítulo 11 Capítulo 27
Capítulo 12 Epílogo
Capítulo 13 Eyes Turned Skyward
Capítulo 14 Sobre la autora
Capítulo 15
Tres golpes pueden cambiarlo todo…
“Ella lo sabía. Ese es el por qué mamá no había abierto la puerta. Ella sabía
que él estaba muerto.”
Veinte años como hija de un militar y Ember Howard también lo sabía. Los
soldados en la puerta significaban que su padre nunca regresaría a casa. Lo que
ella no sabía era cómo iba a encontrar la fuerza para, sin ayuda de nadie, cuidar de
su familia desmoronada cuando su madre está destrozada.
Luego Josh Walker entra en su vida. Estrella de hockey, su nuevo vecino de
al lado, y por no mencionar las manos más deliciosas que insisten en salvarla una y
otra vez. Él tiene una manera de borrar el dolor con una sola mirada, un solo
toque. Por mucho que ella quiera dejar a un lado sus sentimientos y soportar la
5 tristeza por su cuenta, no puede negar su intensa atracción.
Hasta que el secreto de Josh destroza su mundo. Y Ember debe decidir si
vale la pena el riesgo que viene al enamorarse de un hombre que podría
desnudarla completamente.
6 mi visita a casa. El termómetro fuera decía que había diez grados, y las esculturas
de hielo humanas se encontraban sobrevaloradas, así que Colorado en navidad
significaba que sería la ciudad de las cintas de correr. Bien por mí.
Los rizos rubios rojizos de Gus aparecieron a través de la pequeña abertura
de la puerta, mis gafas de laboratorio de química básica puestas en su frente. Ellas
le dieron a su cara de siete años de edad y fruncida un aspecto de científico loco.
—¿Qué tal, amigo? —le pregunté.
—¿Ember? ¿Puedes abrir la puerta? —rogó.
Bajé la música que salía de mi portátil. —¿La puerta?
Él asintió, a punto de perder las gafas. Mis labios se torcieron, luchando con
una sonrisa que se extendió por mi cara mientras trataba de no reírme.
—Se supone que tengo que ir a hockey, y mamá no va a abrir la puerta para
compartir el coche —dijo.
Puse mi mejor cara seria al mirar hacia atrás en el reloj.
—Está bien, Gus, pero son solo las siete, y no creo que tengas hockey hasta
la tarde. Mamá nunca se olvida de un entrenamiento. —Yo había heredado una
personalidad perfeccionista de alguna parte.
Dejó escapar un suspiro exasperado. —¿Pero qué pasa si es antes?
—¿Seis horas antes de tiempo?
—¡Bueno, sí! —Él me dio una mirada con los ojos abiertos, declarándome
como la hermana más estúpida de la historia.
—Está bien, amigo —cedí como siempre. La forma en que había llorado
cuando me fui a la universidad el año pasado más que nada le dio vía libre al niño
hacia mi alma. Gus era la única persona por la que no me importa salirme de lo
programado.
Comprobé Skype una vez más antes de cerrar mi portátil, con la esperanza
que vería a papá aparecer en línea. Él se había ido hace tres meses, dos semanas y
seis días. No es que estuviera contándolo.
—Va a llamar hoy —prometió Gus, abrazando mi costado—. Tiene que
hacerlo. Es una regla o algo así. Siempre tienen que llamar para el cumpleaños de
sus chicos.
Forcé una sonrisa y abracé su cuerpo escuálido. No importaba que yo
cumpliera veinte años hoy, solo quería saber de papá. Los golpes sonaban de
nuevo.
—¡Mamá! —llamé a gritos—. ¡La puerta! —Agarré una cinta de pelo de mi
7 escritorio y la sostuve en mis dientes mientras me recogía el pelo largo en una
coleta antes de ir a correr.
—Te lo dije —murmuró él en mi costado—. Ella no va a responder. Es como
si quisiera perderse el hockey, ¡y sabes que eso significa que voy a apestar para
siempre! ¡No quiero que el entrenador Walker piense que apesto!
—No digas apestar. —Besé la cima de su cabeza. Olía a su champú naranja
de la marca de Spiderman y a sol—. Vamos a ver.
Impulsó sus brazos en señal de victoria y corrió por el pasillo delante de mí,
escogiendo la escalera de servicio más cercana a mi habitación. Se deslizó a través
de la cocina con sus calcetines, y yo agarré una botella de agua de la nevera en mi
camino. Los golpes sonaron de nuevo, y mi madre todavía no contestaba. Debe
haber salido corriendo para hacer recados con April o algo así, aunque las siete de
la mañana era demasiado temprano para mi hermana pequeña.
Pasé por el comedor, abrí la tapa de la botella, y entré en la sala de estar,
frente al vestíbulo. Dos sombras se hallaban de pie fuera de la puerta, a punto de
golpear de nuevo.
—¡Solo un minuto! —grité, saltando por encima del destructor estelar de
Lego que Gus había abandonado en el medio del suelo. Pisar un Lego era un nivel
especial del infierno que solo alguien que tuviera hermanos pequeños podía
entender realmente.
—No respondas. —El susurro estrangulado de mamá vino de la escalera
principal, donde se detuvo a pocos metros de la puerta delantera.
—¿Mamá? —Volví a las escaleras y la encontré acurrucada sobre sí misma,
meciéndose hacia adelante y hacia atrás. Sus manos cubrían su pelo, hebras de
castaño oscuro, el mismo tono exacto que el mío, entrelazado a través de sus dedos
donde ella estiraba. Algo iba mal—. Mamá, ¿quién está aquí?
—No, no, no, no, no —murmuró, negándose a levantar la cabeza de sus
rodillas.
Me eché hacia atrás y miré a Gus con las cejas levantadas. Él se encogió de
hombros en respuesta con una mirada de “te lo dije”.
—¿Dónde está April? —le pregunté.
—Durmiendo. —Por supuesto. A los diecisiete años, todo lo que April hacía
era dormir, salir a hurtadillas, y dormir de nuevo.
—Bien. —Otros tres golpes sonaron. Eran rápidos, eficientes y acompañados
por una voz suave masculina.
8 —¿Señora Howard? —Su voz fue distorsionada por la puerta, pero a través
del panel de vidrio central, vi que él se había inclinado—. Por favor, señora.
Mamá levantó la cabeza y me miró a los ojos. Estaban muertos, como si
alguien les hubiera chupado la vida, y su boca colgaba floja. Esta no era mi perfecta
madre.
—¿Qué está pasando? —preguntó April con un bostezo enorme, dejándose
caer sentada en el escalón más alto en su pijama y con su pelo rojo brillante en una
maraña desordenada por dormir.
Negué con la cabeza y me volví hacia la puerta. El pomo era cálido en mi
mano. Nos enseñaron en la escuela primaria que nunca había que abrir una puerta
caliente durante un incendio. ¿Por qué pensé en eso? Miré hacia atrás a mamá e hice
mi elección. Haciendo caso omiso de su petición, abrí la puerta a cámara lenta.
Dos oficiales del ejército con uniforme azul absorbieron nuestro pórtico, con
el sombrero en la mano. Mi estómago dio un vuelco. No. No. No.
Ella lo sabía. Es por eso que mamá no había abierto la puerta. Lo sabía.
Las lágrimas escocían en mis ojos, quemando mi nariz antes de que los
hombres pudieran siquiera decir una palabra. Mi botella de agua resbaló de mi
mano, se reventó en el marco de la puerta echando agua sobre sus brillantes
zapatos. El más joven de los dos soldados empezó a hablar, y yo alcé mi dedo para
hacerlo callar antes de cerrar la puerta con suavidad.
Mi aliento se expulsó en un tranquilo sollozo y descansé mi cabeza contra la
cálida puerta. Había abierto la puerta a un incendio, y estaba a punto de diezmar a
mi familia. Aspiré un suspiro tembloroso y puse una sonrisa en mi cara cuando me
volví hacia Gus.
—Oye, amigo. —Acaricié con mis manos su hermosa y pequeña cabeza
inocente. No podía detener lo que se acercaba, pero podía evitarle esto—. Mi
iPhone está en mi mesita de noche. —En la habitación más lejana de la puerta
principal—. ¿Por qué no vas a mi cuarto y juegas al Angry Birds un poco? Esto no
se trata de hockey, solo cosas de adultos, ¿de acuerdo? Juega hasta que yo vaya a
buscarte.
Sus ojos se iluminaron, y forcé mi sonrisa. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que
viera eso en sus ojos otra vez?
—¡Genial! —gritó y corrió por los escalones de la entrada, pasando a April
en su camino.
—Ves, ¡Ember me deja jugar con su teléfono! —bromeó mientras sus pasos
echaron a correr hacia mi habitación.
1Es una frase que se utiliza para describir los ataques contra las fuerzas de la OTAN por miembros
de las fuerzas de seguridad afganas.
—Yo me encargo de ella hasta que lleguen los de Asistencia a la Víctima. —
Me las arreglé para decir con voz temblorosa, hablando sobre los gritos de April.
—¿Estás segura? —preguntó el capitán Vincent, con preocupación grabada
en sus características desconocidas.
Asentí. —Guardan una carpeta, en caso de que… —Metí mis nudillos en mi
boca, mordiendo tan fuerte como podía para detener el llanto desesperado que
emergía. Me tranquilicé a mí misma de nuevo, aspirando aire. ¿Por qué era tan
condenadamente difícil respirar?—. En caso de que esto sucediera… sucedió.
Papá era un creyente de que nada malo le pasaba a la gente preparada.
Odiaría saber que se había equivocado.
El capitán asintió. Sacó un formulario y tuvo que verificar que la
información de la letra de papá era correcta. Esta era nuestra dirección, nuestro
número de teléfono. Esos eran nuestros nombres y fechas de nacimiento. El
teniente se sobresaltó. —Feliz cumpleaños, December —susurró.
El capitán Vincent le envió una mirada silenciosa. —Sentimos mucho su
pérdida. Asistencia a la Víctima estarán aquí dentro de una hora, y el equipo de
11 atención está listo si eso está bien con usted. —Estuve de acuerdo. Conocía la
rutina, y lo que mamá necesitaba.
La puerta se cerró detrás de ellos, dejando nuestro mundo hacerse pedazos.
Durante la hora siguiente, mamá permaneció sentada en silencio en las
escaleras mientras que April lloraba en mi hombro. Esto no era real. No podía
serlo. No podía sostenerla lo bastante firmemente para hacer que se detuviera. El
equipo de atención llegó casi al mismo tiempo que los gritos de April se fueron
suavizando hasta convertirse en sollozos. Les hice pasar. Armadas con ojos
comprensivos y con diversas cacerolas, las tres mujeres del grupo de preparación
familiar de la unidad de mi padre se hicieron cargo de las tareas que yo no había
hecho todavía. Los platos del desayuno estaban limpios, la colada puesta en
marcha, los cereales que Gus había derramado antes en el suelo de la cocina
estaban barridos. Sabía que se encontraban aquí para ayudar a suavizar las cosas
hasta que la abuela pudiera llegar, pero no podía dejar de sentirme invadida,
quedándose a cargo como si fuéramos de alguna manera incapaces de cuidar de
nosotros mismos.
¿A quién engañaba? Mamá seguía acurrucada en la escalera. No podíamos
cuidar de nosotros mismos. Uno de los miembros del equipo echó un vistazo a Gus
y me aseguró que continuaba absorto en Angry Birds. No podía decírselo. No
podía hacerlo.
El oficial de asistencia de víctimas llamó a la puerta una hora más tarde, y le
abrí. April llevó a mamá al sofá y ella se sentó, fortaleciéndola con almohadas para
mantenerla en posición vertical. Sus ojos cambiaron de enfoque desde la alfombra
del pasillo a la pantalla en blanco de la televisión en la profundidad de los
recovecos del armario. Se negaba a mirarnos. No sabía con seguridad si ella fuera
capaz de entender lo que realmente había sucedido. Por otra parte, tampoco estaba
segura de que yo fuera capaz de entenderlo, pero no tenía el lujo de ponerme
catatónica.
—Mi nombre es capitán Adam Wilson —se presentó. Llevaba puesto el
uniforme azul, al igual que los funcionarios de notificación, pero parecía incómodo
en el papel que se le había asignado. Sabía que yo lo estaría. Su cuerpo casi llenó el
sofá de dos plazas donde mi madre se sentó, y arrastró la mesa de café hacia él, con
suavidad raspando la alfombra—. ¿Quiere que alguien tome notas? —Miró a
mamá—. ¿Para cuándo se sienta en condiciones de hacerlo?
—Yo me encargo —dijo en voz baja una mujer del equipo, con el bolígrafo y
el cuaderno listo.
El capitán Wilson sacó un montón de papeles de su maletín de cuero, y tiró
12 de su corbata, haciendo un pequeño ajuste. —Hay otro niño, ¿correcto? —Revolvió
unos pocos de sus trabajos hasta que seleccionó un formulario—. ¿August
Howard?
—Gus está arriba —le contesté, tomando asiento al otro lado del de mamá,
el más cercano al capitán Wilson. Agarré la carpeta negra que había conseguido al
salir de la oficina de mamá. Era el último elemento en el archivador, justo como
papá me había dicho antes de irse—. No se lo he dicho.
—¿Te gustaría que lo hiciera yo? —preguntó con suavidad. Lo consideré
brevemente. Mamá no estaba en condiciones de discutir con él, y el capitán Wilson
tal vez había sido entrenado para entregar ese tipo de información. Sin embargo,
no podía dejar que un extraño alterara el universo de mi hermano pequeño.
—No, lo haré yo misma.
April comenzó a llorar de nuevo, pero mamá permanecía sentada tan quieta
como siempre; vacía, sin estar realmente aquí con nosotros. —Quiero darle el
mayor tiempo posible antes de que tenga que hacerlo. Su mundo sigue siendo
normal. No sabe que nada volverá a ser lo mismo para él. —Me tragué mi propio
sollozo—. Tiene siete años y todo lo que conoce acaba de terminar. Así que creo
que le voy a dar solo unos pocos minutos. —Antes de hacerlo pedazos. Mi piel se
enrojeció al tiempo que nuevas lágrimas salieron a la superficie. Supuse que las
cosas irían así por un tiempo. Necesitaba mejorar en contenerlas.
El capitán Wilson se aclaró la garganta y asintió. —Puedo entender eso. —
Nos explicó su papel, que iba a ser nuestro guía para el proceso de bajas de papá.
Él nos ayudará con el papeleo, la ceremonia, las cosas que nadie veía venir. En
cierto modo, era nuestro guía, enviado aquí para ser un amortiguador entre el
dolor y el ejército de Estados Unidos. Me sentía agradecida por él tanto como
odiaba su mera existencia.
Él estaría con nosotros hasta que le dijera que ya no lo necesitábamos.
Después de que terminara su explicación, comenzó el aluvión de preguntas.
April se excusó, diciendo que tenía que acostarse. No había duda en mi mente que
a los pocos minutos, todo esto sería publico en Facebook. April no era de las que
sufre en silencio.
Las preguntas comenzaron, y abrí la carpeta negra. La letra de papá estaba
garabateada en todas las páginas de su testamento, su póliza de seguro de vida, y
su última voluntad; todo el papeleo organizado con cuidado para este momento
exacto. ¿Sabíamos dónde quería ser enterrado? ¿Qué tipo de ataúd quería? ¿Había
alguien que queríamos con nosotros? ¿Era la cuenta bancaria el lugar correcto para
depositar el dinero del seguro de vida? ¿Queríamos volar a Dover para ocuparnos
13 de sus restos, mientras que el ejército lo preparaba para el entierro?
Dover. Era como cruzar la versión del ejército de la laguna Estigia.2
Mamá se quedó en silencio, mirando a la televisión en blanco mientras yo
encontraba las respuestas a las preguntas de él. Ninguna pregunta la sacó de su
estupor, ningún tirón a su mano, ningún susurro de su nombre podría traerla de
vuelta a donde yo quería con desesperación que regresara. Se hacía muy obvio que
me encontraba sola.
—¿Hay alguien a quien podamos llamar para ayudar a tomar estas
decisiones con tu madre? —Su boca se tensó mientras le daba una mirada discreta
a mi madre. No podría saber cuántas viudas había visto él en shock en su carrera,
pero mamá era mi primera.
La abuela estaba un día de distancia. Como era la madre de mi padre, sabía
que el ejército se lo notificó oficialmente, tal como a nosotros. No había dudas de
que ella ya se encontraba en camino, pero hasta que llegara aquí, no había nadie
más. Los padres de mamá estaban muertos. Su hermano nunca estuvo mucho en
nuestras vidas, y no podía ver una buena razón para traerlo ahora. —Solo estoy yo
—le contesté—. Voy a tomar la responsabilidad de las decisiones hasta que pueda.
2 En la mitología griega, cuando una persona moría, su alma era transportada hacia la orilla del río
Éstige, también conocido como Laguna Estigia.
—¿Ember? —La vocecita de Gus vino desde los escalones donde se hallaba
parado—. ¿Qué está pasando?
Puse la mano de mamá nuevamente en su regazo. De todos modos no era
como si se diera cuenta de que la estaba sosteniendo. Después de la respiración
más profunda, me acerqué a mi hermanito. Me senté a su lado en los escalones y
me repetí todo lo que sabíamos en términos de siete años de edad, que no era nada
serio. Pero tuve que repetir lo único que sabía con certeza. —Papá no viene a casa,
Gus.
Sus ojitos azules se llenaron de lágrimas, y su labio inferior empezó a
temblar. —¿Le atraparon los tipos malos?
—Sí, cariño. —Lo atraje a mis brazos y lo abracé, meciéndolo hacia adelante
y hacia atrás como lo hacía cuando era un bebé; el bebé milagro de nuestros
padres. Le aparté el pelo sobre su frente y lo besé.
—Pero es tu cumpleaños. —Sus cálidas lágrimas empaparon mi camiseta
para correr y se puso a temblar de inmediato mientras lo abrazaba tan fuerte como
fuera posible. Habría hecho cualquier cosa para quitarle este dolor, para no decir lo
que sabía tenía que decir. Pero no podía recibir la bala de papá.
14 Gus lloraba en tanto el capitán Wilson permaneció sentado, observando
pacientemente a mi madre y su falta de respuesta. Me pregunté cuánto tiempo
pasaría hasta que palabras como “medicar” y “psicólogo” fueran sacadas a relucir.
Mi madre era la persona más fuerte que conocía, pero siempre había estado de pie
en la base que era mi padre.
Una vez que el último de sus pequeños sollozos sacudió su cuerpo, le
pregunté qué necesitaba, si había algo que pudiera hacer para mejorar esto para él.
—Quiero que tengas tarta y helado. —Levantó la cabeza de mi pecho y me apretó
la mano—. Quiero que sea tu cumpleaños.
El pánico brotó dentro de mí, acelerando mi ritmo cardíaco, al tiempo que
las lágrimas me escocían los ojos. Algo feroz y terrible desgarraba mi interior,
exigiendo la liberación, demandando reconocimiento, reclamando sentir. Hice una
mueca más que una sonrisa y asentí exuberantemente, ahuecando el dulce rostro
de Gus. Volví mi atención al capitán Wilson. —¿Podemos tomar un descanso de
diez minutos ?
El capitán asintió lentamente, como si él sintiera que yo estaba a punto de
derrumbarme, su única persona estable en una casa de mujeres y niños afligidos.
—¿Hay algo que necesites?
—¿Podría usted por favor llamar a mi abuela y ver cómo esta? Perdió a su
marido en Vietnam… —Fue todo lo que pude decir. Me acercaba lentamente al
inevitable grito que brotaba dentro de mi cuerpo.
—Puedo hacer eso.
Besé la frente de Gus, agarré las llaves y salí corriendo por la puerta antes de
que no tuviera la fuerza para soportar por más tiempo. Me arrojé en el asiento del
conductor de mi Volkswagen Jetta; regalo de graduación de mi escuela secundaria
por parte de mis padres. Papá me quería en algo seguro para que pudiera llegar a
casa los fines de semana desde la Universidad de Colorado en Boulder. Lástima
que él no estuviera tan protegido en Afganistán.
Metí la llave en el contacto, arranqué el motor y salí de la calzada con
demasiada rapidez. Arranqué colina abajo como alma que lleva el diablo, tomando
las curvas, sin prestar atención a mi seguridad por primera vez desde que conseguí
mi licencia de conducir. En frente de la tienda de comestibles, el semáforo se puso
en rojo, y me di cuenta del frío que se filtraba en mí, haciendo que mis dedos
hormiguearan. El coche decía que la temperatura de fuera era ocho grados, y yo
seguía vestida con ropa para correr. No había cogido mi abrigo. Aparqué el Jetta y
15 entré en la tienda de comestibles, agradecida por la sensación de entumecimiento
en los brazos y el corazón.
Encontré la sección de panadería y crucé mis brazos. Tarta. Gus quería un
pastel, así que le llevaría a uno. Chocolate. Vainilla. Fresa. Crema batida. Crema de
mantequilla helada. Había demasiadas opciones. ¡Solo era un maldito pastel! ¿Por
qué necesitaba esa cantidad de opciones? ¿A quién le importaba? Agarré el más
cercano a mí y me dirigí a la sección de helados donde cogí un cuarto de masa de
galletas con chispas de chocolate en el autoservicio.
Me dirigía a la caja cuando me encontré con una familia pequeña. Eran
corrientes: madre, padre, un niño y una niña. Se rieron mientras decidían qué
película alquilar para esa noche, y la niña ganó, pidiendo The Santa Clause. ¿Cómo
era posible que estas personas estuvieran teniendo un día normal, una
conversación normal? ¿Es que no entendían que el mundo acababa de terminar?
—Sabes, escribirán sobre eso si quieres tu nombre en él. —La voz masculina
rompió mi tren de pensamiento, y levanté la vista a un par de ojos cafés de alguna
manera familiares debajo de una desgastada gorra de la Universidad de Colorado.
Lo conocía, pero no pude recordar cómo. Era desgarradoramente familiar. Por
supuesto me daría cuenta de un tipo tan sexy como este. Pero en una universidad
con cuarenta mil otros estudiantes, siempre había alguien que lucía conocido, y
habían unos cuantos que podía de hecho nombrar, o inclusive recordar los detalles
de cómo nos conocimos. Con una cara y cuerpo como ese, debía recordar a este
chico, aun en este estado de neurosis de guerra.
El tipo esperaba a que dijera algo.
—Oh, sí, el pastel. —Mis pensamientos eran borrosos, y sostenía con
desesperación lo que quedaba de ellos. Asentí y murmuré un gracias mientras me
dirigía de vuelta a la pastelería. Mis pies se movieron por su cuenta, gracias a Dios.
La fornida mujer detrás del mostrador se estiró para tomar el pastel y se lo
entregué. —¿Podría escribirle “Feliz cumpleaños”?
—Seguro, cariño. ¿De quién es el día especial?
¿Día especial? Este era un día infernal. Me paré ahí junto al mostrador de la
tienda de comestibles, con un pastel que no me importaba, y me di cuenta que este
era inequivocadamente el peor día de mi vida. A lo mejor debía de haber algo de
consolación en eso; saber que si este es el peor día de mi vida, no había otra cosa
más que mejorar. ¿Pero que si no era el peor día? ¿Qué si el mañana esperaba a la
vuelta de la esquina, listo para lanzarse y hacerme caer?
—¿Señorita? —Mis ojos se enfocaron de vuelta en la cara de la pastelera—.
16 ¿El nombre de quien le gustaría en el pastel?
—December.
—Sí, señorita, es diciembre, ¿Pero el nombre de quien le gustaría en el
pastel?
El mismo pánico del dolor amenazaba con brotar en mí otra vez, apretando
mi garganta. —Es mío. Mi nombre es December.
Una sucesión de risitas salió de la pastelera. —Pero, señorita, estas son Las
Tortugas Ninjas Mutantes Adolescentes. ¡Es un pastel de chico!
Algo se rompió dentro de mí. La presa se quebró, el rio arrasó, cualquier
juego de palabras llegó a mi mente. —¡No me importa qué tipo de pastel es!
—Pero seguramente sería más feliz…
No lo sería. —No, no sería más feliz. ¿Sabe que me haría feliz? Ir a la cama,
y que nada de esto hubiera pasado. ¡No quiero estar parada en medio de la tienda
de comestibles, comprando un estúpido pastel así mi hermano menor puede
pretender que nuestro papá no está muerto! ¡Así que no, no me importa qué tipo
de pastel es, Tortugas Ninjas o Barbie o el maldito Bob Esponja!
El labio de la mujer comenzó a temblar, y lágrimas se formaron en sus ojos.
—Feliz… cumpleaños… December —dijo mientras arrastraba lentamente la bolsa
del glaseado por el pastel verde y azul, poniendo mi nombre. Me pasó el pastel con
las manos temblorosas y lo tomé con un asentimiento de agradecimiento.
Me giré para ver al tipo de la Universidad de Colorado con sus manos a
medio alcance de un paquete de bollitos de arándano, pero sus ojos se hallaban en
los míos, amplios en conmoción.
No podía culparlo; yo también estaba conmocionada con mi estallido, y
paralizada por que hubiera enloquecido en medio de la tienda de comestibles.
Lágrimas cayeron por mi cara sin darme cuenta mientras me paraba junto a
la caja registradora, esperando a que la chica joven cobrara mi pastel y helado. —
Treinta y dos con diecinueve —me dijo. Alcancé mi bolsillo trasero, donde por lo
general guardo una pequeña cartera, pero solo encontré la suave licra de mis
pantaloncitos para correr.
—Mierda —murmuré, cerrando mis ojos en derrota. Sin abrigo. Ni cartera.
Muy bien planeado.
—Lo me encargo. —El chico con los ojos cafés deslizó un billete de cincuenta
dólares a través de la cinta transportadora hacia la empleada. No me había dado
17 cuenta que se encontraba detrás de mí.
Me giré para mirarlo, sorprendida de lo alto que era. Yo solo alcanzaba su
clavícula. El repentino giro me hizo balancearme, y se estiró para estabilizarme; sus
fuertes manos sostenían gentilmente mis brazos. —Gracias. —Pasé la parte trasera
de mis manos sobre las mejillas, limpiando tantas lágrimas como pude, y le
devolví su cambio. Había algo tan familiar sobre él… ¿Qué era?
—¿Me necesitas? —preguntó suavemente, mientras la empleada cobraba su
agua vitaminada.
—¿Qué? —No tenía ni una pista de lo que hablaba.
Se sonrojó. —¿Necesitas que te ayude a cargar eso? Quiero decir, parece
algo pesado —terminó lentamente, como si tampoco pudiera creer lo que dijo.
—Es un pastel. —Tenía que ser el tipo más sexy que alguna vez he conocido.
—Cierto. —Tomó su bolsa y negó con la cabeza como si estuviera tratando
de aclararla—. ¿Al menos me dejarías llevarte a casa?
Guau, escogió el día equivocado para tratar de conquistarme. —No te
conozco. Difícilmente creo que eso sea apropiado.
Una suave sonrisa se deslizó por su cara. —Eres December Howard y soy
Josh Walker. Me gradué tres años antes que tú.
Josh Walker. Santa mierda. Secundaria. Las memorias se estrellaron contra
mí, pero ese Josh Walker no podía ser el que se hallaba parado enfrente de mí. No,
ese había sido un chico tatuado, conduciendo una motocicleta, magneto para las
porristas, no este tipo limpio y agradable al estilo chico americano.
—Josh Walker. Correcto. Solía tener una foto tuya pegada en la puerta de mi
armario de cuando ganaron el estatal. —Mierda. ¿Por qué dije eso? Sus cejas se
elevaron en sorpresa, y agregué mentalmente: o aún la tengo, pero como sea—. Sí,
recuerdo correctamente, tenías tu cabeza metida demasiado en tu casco de hockey
para darte cuenta de cualquiera de grado inferior. —Pero yo sí lo había notado,
junto con cada otra chica en la escuela. Mis ojos se entrecerraron mientras evaluaba
el delgado corte de su cara, solo mucho mas angular y malditamente caliente por la
casi adultez—. Y tenías mucho mas cabello.
Su sonrisa devastadora cortó por la neblina de mi cerebro, distrayéndome
del dolor por un momento dichoso. ¿Cómo un jugador de hockey tiene dientes tan
rectos?
—Vez, no soy un extraño. —Me pasó el pastel, y su sonrisa de desvaneció,
remplazada por un destello de… ¿dolor o lastima?—. Ember, siento lo de tu papá.
18 Por favor, déjame llevarte a casa. No estás en forma para conducir.
Negué con la cabeza, quitando mi mirada de la compasiva de él. Por un
instante, casi había olvidado. La culpa me rebasó. Acababa de dejar que una linda
cara me distrajera de… todo, y todo regresó de golpe, destruyéndome. ¿Qué hacía
pensando en él? Tenía un novio, y un padre muerto, y nada de tiempo para esto.
Muerto. Cerré mis ojos con fuerza contra el dolor.
—¿Ember?
—Necesito hacerlo. Necesito saber que puedo. —Le agradecí otra vez por
pagar y me dirigí de vuelta a la realidad.
Me deslicé en el asiento frío de cuero en mi carro y me senté en completo
silencio por un momento. ¿Cómo algo tan simple como ver a Josh Walker otra vez
enderezaba una pieza de mi alma cuando el resto fue volteado violentamente? Lo
helado del asiento se dispersó por mis pantalones cortos para correr, sacando la
calidez de mis pensamientos de Josh. El pastel en el asiento frontal se burlaba de
mí con unas tortugas de artes marciales estúpidas y felices. Gus lo amaría. Si Gus
pudiera amarlo. Dios, ¿qué iba a hacer sin su papá? ¿Qué íbamos a hacer todos
nosotros? El pánico brotó en mi pecho, atrapando mi garganta antes de explotar en
un lloriqueo que no sonaba como yo. ¿Cómo se supone que debo de cuidar a
mamá sin mi papá? ¿Cómo iba a hacer todo eso si lo único que quería era
acurrucarme y negar todo?
Mi compostura se derrumbó, y lloré contra mi volante por exactamente
cinco minutos. Después me senté, sequé las lágrimas, y paré de llorar. No me podía
permitir llorar o derrumbarme otra vez. Tenía que hacerme cargo de mi familia.
19
Traducido por CrisCras
Corregido por Mel Wentworth
Este no era mi primer funeral militar, pero había sido una niña entonces, y
la muerte de alguien a quien habían conocido mis padres una vez, en verdad no
había tocado una fibra sensible en mí. El funeral de papá me desgarró lentamente
con cada lágrima que contuve. Cada vez que alguien me abrazaba, o me decía que
lo sentían, otra parte de mí se apagaba, como si mi nivel máximo de dolor hubiera
sido alcanzado.
Riley, mi exquisito y perfecto novio desde hace tres años, condujo por
vacaciones hasta la cabaña de su familia en Breckenridge para estar conmigo. Sin
20 embargo, no estoy segura de que pudiera decir realmente que estaba conmigo.
Había estado más con su teléfono móvil los últimos días, y ni siquiera se hallaba
aquí todavía. En realidad no podía culparlo. No es como si fuera un placer estar a
mi lado. Desde la notificación de la semana pasada, las navidades habían pasado
con un susurro, el año nuevo se nos acercaba, y mamá aún no había respondido
a… nada. Afortunadamente, la abuela había llegado, toda columna vertebral de
acero del sur y cabello plateado, y mantuvo a los lobos fuera de la puerta. Nadie
amenazaba con medicar a mamá. Todavía.
Los lugares de la capilla se llenaron rápidamente. Gente a la que reconocí y
un sinnúmero de soldados a los que no, tomaron sus asientos en voz baja.
Habíamos pedido que esto también sirviera como memorial de la unidad. No creo
que ninguno de nosotros pudiera haber pasado por esto una segunda vez. April se
sentó rodeada por un grupo de sus amigos, siendo consolada en masa mientras
lloraba, y una pequeña punzada de celos se deslizó a través de mí. April tenía
permitido derrumbarse. Ese era un lujo que yo no podía tener, ya no.
—Oh, Ember. —Sam, mi mejor amiga de la escuela secundaria, me atrajo a
un abrazo en la parte trasera de la capilla mientras esperaba a Gus. Me hundí un
poco contra ella, dispuesta a dejarla tomar algo del peso—. Esto apesta.
Ella siempre sabía qué decir.
—Me alegro de que estés aquí —dije, hablando honestamente por primera
vez en el día.
—¿Dónde está Riley? —La perfecta piel de color café con leche de su frente
se arrugó cuando sus cejas se fruncieron.
Pegué una sonrisa falsa en mi cara. —No estoy segura, pero dijo que iba a
venir.
Su ceño se profundizó, y vi un destello atravesar sus ojos color avellana
antes de que suspirara. —¿Kayla? Todavía es tu compañera de habitación, ¿cierto?
—Está en Boston con sus padres, pero volará de vuelta a Boulder en los
próximos días. —Contuve la respiración y esperé a que el típico comentario
sarcástico viniera de Sam. No había amor perdido entre Kayla y Sam, y no lo había
habido desde que Sam y yo nos habíamos distanciado el año pasado. Yo había ido
a Boulder y me convertí en compañera de habitación de Kayla, y Sam se quedó
para ir a la escuela aquí en Colorado Springs. Todavía quería muchísimo a Sam,
pero era duro mantener una amistad con vidas tan separadas.
—Cierto. —La música del órgano empezó a sonar, y Sam me dio un apretón
en las manos—. Esa es mi señal. Ember, lo que necesites, estoy aquí.
—Sé que lo estás.
21 Me dedicó una sonrisa débil y se dirigió a sentarse con su madre, que había
sido una muy buena amiga de papá. Supongo que eso es lo que sucede cuando
pasas años y dos lugares de destino con alguien.
—¿Ember? —Me giré para mirar a la señora Rose, cuyo marido había sido
asesinado en el ataque como papá. Se veía compuesta en un sencillo vestido negro
y zapatos de tacón a juego. Su cabello estaba arreglado, su maquillaje perfecto e
impoluto. Sus dos hijos pequeños, Carson y Lewis, se hallaban inmaculadamente
vestidos con pequeños trajes negros.
—Hola, señora Rose. Nos alegramos de que haya venido —respondí por mi
familia—. ¿Cómo está?
Sus manos rozaron los hombros de sus hijos, como si estuviera
asegurándose a sí misma que seguían allí. —No las estamos arreglando. ¿Tu
madre?
Mi rostro se sonrojó. —Está teniendo un momento difícil.
La señora Rose asintió. —Todos nos afligimos de modos diferentes. Entrará
en razón. —Le sonrió a sus hijos—. Vamos a encontrar nuestros asientos.
Se encaminaron por el pasillo, y algo se coló en mí, elevando mi
temperatura. ¿Cómo podía ella estar bien? ¿Cómo estaba tan perfectamente serena
cuando mi madre no podía mantenerse compuesta? La injusticia de todo pesaba
sobre mí. Quería que mamá se recompusiera como había hecho la señora Rose.
Mi teléfono móvil vibró, alertándose de un nuevo mensaje de texto.
Riley: Voy en camino, pero llego tarde.
Ember: Te veo pronto.
Volví a deslizar mi iPhone de vuelta en mi bolso mientras Gus emergía del
baño. Su traje le hacía parecer más mayor de lo que era en realidad; otra cosa
robada de su de su infancia. Dejó caer los largos extremos de su corbata, la cual
debía de haberse deshecho mientras estaba allí dentro. Gus solo tenía dos corbatas,
las cuales había atado mi padre antes de marcharse para su despliegue. Los nudos
se deslizaban hacia arriba y hacia abajo cuando las poníamos y quitábamos de la
cabeza de Gus para la iglesia, pero siempre teníamos cuidado de no desatarlas.
Ninguna de nosotras, las chicas de la casa, sabía cómo atar una corbata. Nunca
habíamos pensado mucho en ello.
—No quería hacerlo. —Sus ojos se llenaron de lágrimas, atrayendo las mías
propias. Forcé una sonrisa en mi cara, lo cual se volvía solo un poco más fácil cada
vez que tenía que hacerlo.
—No es un problema, amiguito. —Limpié delicadamente sus lágrimas y fijé
22 mi concentración en descubrir cómo atar la corbata. Una oleada de dolor se
apoderó de mí. Este era el trabajo de papá. Se suponía que él tenía que enseñarle a
Gus cómo atar una corbata, conducir un coche, coquetear con una chica. ¿Cómo iba
a crecer Gus sin el ejemplo de papá? Claro, mi padre nunca me llevaría al altar,
nunca sostendría a mi primer hijo, o al segundo, ya de paso. Pero yo le había
tenido durante veinte años mientras crecía casi hasta la adultez. Papá se hallaba
grabado en la trama misma de mi ser. No era justo que su hijo solo le hubiera
tenido durante siete años.
Mis dedos se enredaron con la corbata, pero no podía descubrir cómo atarla.
Un par de grandes manos se interpusieron entre nosotros, y alcé la mirada. La
sorpresa casi me tiró de culo al ver a Josh Walker agacharse junto a mí. Una triste
sonrisa apareció en su rostro.
—Hola, Gus, ¿puedo hacer eso por ti?
—Hola, entrenador Walker. Claro.
¿Entrenador? Cierto, Gus me lo había dicho, pero no lo asocié. El Josh
Walker que yo recordaba no se habría tomado el tiempo para entrenar a nadie,
mucho menos a un grupo de niños hiperactivos. ¿Qué le había cambiado tanto en
cuatro años?
Gus volvió su hermosa sonrisa hacia mí, y casi abrazo a Josh por causarla. —
Ember, este es mi entrenador de hockey.
—Nos conocemos, Gus. —Le revolví el pelo y me levanté lentamente, con
cuidado de mantener el equilibrio sobre mis tacones.
—Fui a la escuela con tu hermana, hombrecito. —Josh hizo un rápido
trabajo con la corbata de Gus, enredándola con hábilidad, tirando de ella,
atravesándola hasta que se parecía al propio nudo de mi papá. Una oleada de
gratitud me desgarró. Josh había salvado el día de Gus.
Nos sentamos cuando el capellán lo indicó. Gus se sentó a mi lado, luego
mamá, la abuela y April. Uno por uno, los oradores subieron, compartiendo sus
mejores recuerdos de papá. Él había salvado muchas vidas, dado mucho de sí
mismo a esos que lo necesitaban. Nunca falló en inspirarme. Bueno, me había
inspirado en todo excepto en su muerte. Fue asesinado sin sentido, ayudando a
otras personas. ¿Cuál era el sentido, la justicia en eso? Una risa histérica burbujeó a
través de mis labios, y la abuela extendió su mano alrededor de mamá para
colocarla en mi hombro. ¿Qué, como si fuera a descubrir el significado de la vida y
de la muerte mientras me sentaba aquí? Absurdo. Nadie entendía el significado
detrás de la guerra. Era hilarante pensar que la respuesta me sería otorgada
simplemente porque perdí a alguien a quien amaba. Mi profesor de psicología
26 sonaba como una palabra. Egoístamente, solo quería que dejaran de tocarme.
Riley se sentó detrás de mí, manteniendo su mano sobre mi hombro,
sirviéndome de ancla como había hecho esos últimos años. Era mi recordatorio de
que lograría atravesar esto; las cosas volverían a la normalidad y nuestros planes
no cambiarían. Bueno, cualquier “nuevo normal” que estuviera esperando por mí.
—¿Puedes hacer que dejen de abrazarme? —preguntó Gus, alcanzando mi
mano. Besé su suave frente.
—Claro, amigo. —Serví de interferencia para Gus hasta que todo el mundo
finalmente tomó sus asientos. Una vez más, el capellán se puso a hablar sobre el
deber y el sacrificio. Luché contra el impulso de ponerme de pie sobre la silla y dar
un zapatazo, recordándome a mí misma que ya no era una adolescente petulante.
¿Qué sabían ellos del deber? El deber de mi padre era estar aquí, en casa. Ahora
alguien más tenía que ponerse en sus zapatos, averiguar qué se supone que íbamos
a hacer desde aquí. No era justo.
La bandera americana cubrió el ataúd plateado de papá. Quería verlo, para
verificar con mis propios ojos que estaba muerto de verdad. Pero cuando sus restos
llegaron de Dover, vinieron con una pequeña nota adjunta: “No se recomienda la
visualización de estos restos”. Cuando atrapé al capitán Wilson a solas y fui capaz
de hacerle la pregunta, él tanteó alrededor de ella hasta que finalmente conseguí
mi respuesta. Mi padre fue disparado en la cabeza, el pecho y en la pierna. El
cabrón había sido tan minucioso allí que no tuvo suficiente con que la cara de papá
dejara de ver.
La pequeña e infantil parte de mí se preguntaba si él se encontraba en serio
allí dentro, o si había habido algún drama de confusiones. Tal vez la pobre alma
dentro de este ataúd pertenecía a otra familia, y mi padre yacía en algún lugar
herido, incapaz de decir su nombre real. Pero yo no era Gus. Sabía la verdad:
estábamos enterrando a mi padre.
La bandera se deslizó desde el ataúd a los brazos de la guardia de honor que
esperaba. Doblaron la bandera con precisión militar. Esa bandera había estado con
él desde el hospital en Afganistán, en donde había sido declarado muerto, a través
de Dover, en donde prepararon su cuerpo y adaptaron su uniforme, hasta aquí en
Colorado, donde le enterraríamos.
Los cañones sonaron, matando el silencio y sacudiendo mi corazón. La
guaria de honor disparó tres descargas, congelándome cada vez hasta que morí un
poquito más. Tres salvas más de los cañones. Tres balas en mi padre. Era realmente
poético. Gus empezó a llorar con horrible sollozos desgarradores. Le alcancé
mientras la guardia de honor doblaba la última esquina de la bandera hasta hacerla
27 un triángulo. Josh se inclinó hacia delante y tiró de Gus por encima de la silla,
hasta su regazo, y le meció como a un bebé. Asentí para darle las gracias. A través
de la silla vacía, extendí la mano para tomar la de April. Ella sujetó mi mano en un
agarre de muerte tan frío como sus dedos congelados. Habíamos olvidado los
guantes.
Un coronel se dejó caer sobre una rodilla frente a mi madre, agarrando la
bandera doblada. Ella alzó la cabeza y levantó la barbilla, mostrando una sombra
del espíritu que sabía que tenía. —En nombre del Presidente de los Estados
Unidos y una nación agradecida —dijo con reverencia mientras le tendía la
bandera a las manos temblorosas de mi madre. Ella cruzó los brazos enfrente de la
bandera y la puso contra su pecho, enterrando la cara entre los pliegues, como si
pudiera captar el olor de papá en la tela. Luego empezó a lamentarse con un
sonido bajo y feo, como si su alma hubiera sido desmembrada.
Mantuve la entereza hasta que la trompeta comenzó a tocar la tonada
militar fúnebre. El día ha acabado, el sol se ha ido. Muy a menudo la había oído en
torno a bases militares en dónde habíamos estado destinados. Había algo familiar,
sanador, sobre oírla sonar, como si la canción en sí misma estuviera diciendo que
este terrible evento había terminado. Esto era lo peor, lo más bajo que estaríamos
jamás. Dios es noche.
La abuela tembló con pesar al otro lado de mi madre. Ahora
verdaderamente había dado todo lo que tenía por este país. Envolvió su brazo
alrededor de mamá, atrayéndola hacia su hombro; las dos habían perdido a la
persona que más amaban.
Mientras todo el mundo dejaba la sepultura, mi familia se amontonó en la
limusina, pero yo no podía marcharme, todavía no. La guardia de honor le tendió
a Riley una pila de banderas plegadas, una para la abuela, April, Gus y para mí
misma. Como si necesitáramos un recordatorio. La guerra era una perra rencorosa;
tomaba todo lo que amábamos y nos daba una bandera doblada a cambio,
diciéndonos que el honor de sus sacrificios era un pago justo e igualitario. No lo
era.
Uno de los cinco despliegues de papá había comenzado poco después del
nacimiento de Gus. En medio de la noche, había visto a papá hacer las maletas
mientras mamá mecía a un lloroso Gus para dormirlo. Incluso a los trece, no me
importaba ser puesta en el regazo de mi padre. Él había acunado mi cuerpo
desgarbado y me besó en la frente del modo en que solo los padres pueden
hacerlo. —Necesito que cuides de tu madre mientras no estoy —había pedido—.
Ayúdala; esto será difícil, y necesito que seas mi chica de la casa. ¿Puedes hacer eso
por mí? ¿Puedes cuidar de tu mamá, April y Gus? —Por supuesto que había estado
28 de acuerdo. Habría hecho cualquier cosa para complacer a mi padre, tal y como
sabía que él habría hecho por mí. Cualquier cosa menos quedarse.
Mientras bajaban su ataúd en la tierra helada, corrí hacia delante. —¡Paren!
—Los trabajadores del cementerio se congelaron, dejando a papá a centímetros de
la superficie. Caminé tambaleante hacia delante, mis tacones enganchándose en lo
que quedaba de la hierba. Mis rodillas aterrizaron enfrente del frío metal que
marcaba la entrada a la tumba de mi padre. Coloqué mi mano derecha sobre el frío
exterior del ataúd y ahogué un grito con la izquierda—. Te quiero. —El susurro
surgió de mí—. Te echo de menos, y no sé qué hacer sin ti —grité. Arrastré el aire
helado a través de mis pulmones—. Pero no te preocupes por ellos, ni por la
abuela, o mamá, April o Gus. Cuidaré de ellos, te lo prometo.
Los familiares brazos de Riley me rodearon, levantándome del suelo hasta
que me encontraba de pie. Les dediqué un pequeño asentimiento a los trabajadores
del cementerio. Empezaron a bajar a mi padre otra vez, más y más profundo en la
tierra. —Lo prometo.
Traducido por Eli Hart
Corregido por Anakaren
—Ember. —Gus me agitó para despertar antes de que la alarma de las 7:00
de mi reloj pudiera sonar. Dormir era genial. Cuando me encontraba dormida todo
era normal, y esto era una pesadilla, pero luego esa estúpida alarma sonaba y me
hallaba de regreso en nuestra “nueva normalidad”.
—¿Mmmm? —murmuré, quitándome el cabello de la cara e intentando
enfocar mis ojos privados de dormir.
***
***
Una docena o más viajes después, tenía las bolsas extendidas por toda la
cocina, los contenidos llenando el mostrador. Escuché la puerta abrirse un
milisegundo antes de que Gus pisara la entrada, como una cacofonía de pies en
estampida hasta la cocina. —¡Genial! —gritó, tomando una caja de Fruit Roll Ups
de la encimera—. ¡Bocadillos!
Alboroté su cabello y tomé su mochila, sorprendida de que ya fueran las
tres. —¿Tienes tarea?
Su expresión cayó. —Sí. —Su ceño se frunció como si probara algo agrio—.
¿Tengo que hacerla?
—¡Sip! Tienes hockey en una hora, así que hazla. —Le serví un vaso de jugo
de naranja y lo puse en el mostrador antes de guardar los comestibles.
Dos muecas y tres puntas de lápices rotas después, Gus acabó su tarea, y
terminé de hacer un sándwich. —Oye, si ya terminaste llévale esto a mamá.
—¡Ya mismo voy! —Me arrebató el plato y corrió hacia las escaleras en un
frenesí de adrenalina. Gus tenía dos velocidades: el trote completo y el dormido.
Abrí una botella de agua y me felicité por un buen viaje de compras.
La puerta se abrió de golpe, acompañada por el suave sonido de tacones en
el suelo. April se pavoneó por la cocina, soltando su mochila, bolso, llaves y su
teléfono en la isla que acababa de vaciar. Me tragué mi necesidad inmediata de
sacar sus porquerías. Oye, ¿esa bolsa era nueva?
38 no la tengo?
—Son peligrosas.
—Son divertidas. —Giró el Jeep en el carril del tráfico en sentido contrario,
pasando a un Subaru con matrícula de Texas. Tragué una protesta ante lo rápido
que lo hizo. Nevaba muchísimo, pero no parecía perturbarle. Bajó la velocidad una
vez que llegamos a nuestro carril.
—¿Es verdad? —pregunté, echándole un vistazo—. ¿Todo eso que se decía
de las carreras ilegales en el instituto?
Se flexionó un músculo en su mandíbula. —Dejé muchas cosas detrás
cuando nos mudamos a Arizona. Ese es el beneficio de mudarse. Comienzas, y lo
que solías hacer ya no te define, o al menos, no se supone que te defina.
No lo sabía. Nos habíamos mudado más veces de las que tenía dedos para
contar. Su teléfono sonó en la consola entre nosotros, y una discreta mirada reveló
el nombre, “Heather.” Sí, imagino que no había cambiado en el frente de “chicas
persiguiendo a Josh”. Era un buen recordatorio.
—Parece que eres buscado.
Una sonrisa con suficiencia jugó en la comisura de sus labios. —Claro, por
alguien que no vale la pena perseguir. —No intentó leer el mensaje, y ni siquiera
pedirme que lo haga por él. Lo ignoró por completo.
Dejé salir un suspiro exasperado. —De todos modos, ¿por qué estás
haciendo esto?
—¿Sacar a una chica guapa un viernes por la noche? —Sus manos se
flexionaron en el volante; él sabía condenadamente bien lo que quería decir.
—Conducir más de dos horas para llevarme a ver a mi novio. —Hombre,
cuando lo ponías de esa forma, ¿por qué diablos hacía esto?
—Porque es lo que necesitas. —Sus ojos no dejaron la carretera, así que no
podía notar la forma en que yo estudiaba su perfil en un anonadado silencio. Los
cortantes ángulos de su rostro se inclinaban más hacia lo griego, menos a todo lo
americano que pensé originalmente, pero esa boca… sacudí la cabeza para
aclararme de las ideas que no debería estar teniendo, especialmente con un
mensaje de Heather entre nosotros—. De cualquier forma, ¿por qué estás con
Riley?
Bueno, eso sin duda me sacudió de mi observación de Josh. Riley. Cierto. —
Porque es lo que hacemos. —Una vez salió de mi boca, me di cuenta de cuán
estúpido sonaba—. Eso salió mal. No es lo que quería decir.
39 —¿Muy a la defensiva?
Miré a la carretera, solo visible por las luces delanteras. La nieve cayendo
suavizaba todo los que nos rodeaba, dejándonos aislados.
—Solo me refería a que teníamos un plan, y nos atenemos a él. Hemos
estado juntos durante tres años, y tenemos dos más antes de la graduación.
Después Riley quiere ir a la universidad de leyes para que pueda prepararse para
la política. Quiere casarse antes de la universidad.
—Parece haber mucho de Riley en ese plan.
La frustración se precipitó por mi garganta como ácido, y apreté los puños
en mi regazo. ¿Quién era Josh Walker para cuestionar nuestro plan? —También
hay mucho de mí. —Auch, eso sonaba a la defensiva—. Me refiero a que soy la
única que quiere casarse antes, porque no puedo vernos algunos años más antes de
que por fin tengamos se… —Me callé abruptamente. El calor ardía en mis mejillas.
El coche era oscuro, así que no podía ver, posiblemente no podía saber que era el
tono exacto de rojo como la carrocería de su Jeep.
—¿Tener qué? —preguntó.
No respondí.
Me lanzó una mirada, con las cejas arqueadas en sorpresa. —¿Me dices que
después de tres años, no han tenido sexo?
—¡Pon los ojos en la carretera! —repliqué. Ahogó una risa y volvió a
conducir. Mis manos se flexionaron abiertas, cerradas, abiertas, cerradas—. No
puedo creer que dijese eso. ¡No puedes decir nada!
—¿Eres el tipo de chica que espera hasta el matrimonio? —No había burla
en su tono—. Está bien si lo eres, es solo que tres años es mucho tiempo para un
chico.
Sacudí la cabeza. Ya había dicho suficiente, ¿cuál era el daño en terminar la
idea? Además, no era como si nos encontrásemos en el campus o algo así. —Riley
quiere esperar hasta el matrimonio. Dice que es por mí. Ya sabes, limpísimo y
perfecto. Promete que la espera valdrá la pena, y es importante para él. Apesta,
pero todo será perfecto… como planeamos. Imagino que está chapado a la antigua.
—¿No quieres esperar?
Esto era cruzar la línea, así que sacudí la cabeza en respuesta.
Sus ojos barrieron hacia abajo brevemente. —Riley debe ser un jodido santo.
Odiaba como de bien me hacía sentir eso. ¿Eran los cumplidos de Riley los
que quería, verdad? Me vestí cuidadosamente esta noche; después de todo,
40 también tenía un plan. Me cansé de esperar. ¿Cuál era el propósito cuando no
sabías lo que traería el mañana?
Metí los pantalones de pitillo en mis botas negras, y me puse una camisola
de encaje debajo de un suéter gris de corte bajo con cinturón que le gustaba a Riley.
Recogí mi pelo; la masa caoba rápidamente apilada en un moño desordenado, pero
fui paciente con el maquillaje. Tenía que aturdirlo.
Pero había aturdido a Josh. Lo había visto cuando abrió la puerta para mí.
Observar ampliarse esos ojos marrones con un brillo de necesidad inconfundible
encendió una parte de mí que olvidé que existía. Me notó, me deseó, y si no tenía
cuidado, esa diminuta llama me quemaría hasta los cimientos.
Me aclaré la garganta, teniendo la esperanza de disolver la tensión y el tema.
—Entonces, ¿te gusta entrenar?
—En realidad ha sido lo más destacado de estos dos últimos años. Esos
chicos son increíbles. —Sus labios se curvaron en una sonrisa subconsciente.
Eso no tenía sentido. —Pero, ¿cómo podías ser el entrenador de hockey de
Gus el año pasado cuando fuiste a la universidad? —Eran dos horas de distancia.
—Estoy en el último año de la Universidad de Colorado Springs, no en
Boulder. Me tomé un tiempo después de trasladarme.
—Pero, ¿pensé que tenías una beca de hockey en Boulder? —Me miró con
sorpresa—. Presté atención a los cotilleos del infame Josh Walker cuando íbamos al
colegio. ¿Así que, por qué Springs?
Sus labios se estrecharon. —Algunas cosas no funcionan.
Tema cerrado. Entendido.
Saqué el teléfono para ver si Kayla había respondido al mensaje que le envié
mientras dejábamos Springs. Realmente esperaba que pudiésemos salir esta noche.
Sin respuesta. Eso apestaba. Podría haberme venido bien mi mejor amiga.
Llegamos a la ciudad de Breckenridge y atravesamos el pintoresco centro
sin golpear a ningún peatón borracho. Las vacaciones de navidad traían a
esquiadores a las pendientes y bebedores de cerveza a los bares con azotea. Las
personas que no se acostumbraban a las altas altitudes normalmente eran los
primeros en arrepentirse de sus decisiones por la mañana.
Trazamos la curva a través de la ciudad, girando donde el GPS nos decía
hasta la cabaña de Riley.
—Esta es su ca… —Mi frase se cortó cuando rodeamos la esquina y fuimos
41 asaltados por un aparcamiento virtual de muchos coches a cada lado de la
carretera—. No hay forma de que estén aquí por Riley.
A medida que pasábamos la cabaña sin ningún lugar para aparcar, quedó
claro que todos se hallaban aquí por Riley. Había gente amontonada en la cubierta
envolvente, y reconocí a unos pocos compañeros de fraternidad.
—Espera —advirtió Josh antes de subirse a una gran roca plana y aparcar el
coche.
—Presume. —No pude contener la risa que bulló.
Salió del coche y tuvo mi puerta abierta antes de que pudiera quitarme el
cinturón. Bajé la mirada para ver sus brazos extendidos hacia mí. Desde el ángulo
en el que había aparcado, necesitaba su ayuda para salir.
Balanceé las piernas, y me agarró de las caderas, bajándome contra él sin ser
sugerente, pero el calor de su cuerpo me hizo contener el aliento. Así, cerca de él,
solo le llegaba a la clavícula, la cual ahora estaba cubierta por una camiseta azul
abotonada. Saltó sobre la roca, ágil, y extendió las manos de nuevo hacia mí.
Una sonrisa se extendió por mi cara antes de que me lanzase a sus brazos.
Me atrapó con un “¡upf!” Una risa se le escapó; el sonido era hermoso y franco. —
¿Mantienes alerta a Riley, verdad, Ember?
Josh me llevó sobre la nieve. —En realidad no. No bromea así.
Sacudió la cabeza mientras me bajaba hasta la entrada cubierta de nieve. —
Bueno, él se lo pierde. —La nieve caía en una fina cortina de blanco, y Josh cogió
un copo de mi pelo.
Tomé su mano para llevarle a la puerta de enfrente. No debería haber
querido tocarlo, pero lo quería. Le di a su mano un rápido apretón, y la solté,
diciéndome que no me gustaba. Mentirosa.
—Vamos, te presentaré… —Una chica borracha tropezó con los escalones y
sus amigas se apresuraron a recogerla—. Personas que si conozco —terminé.
La Banda de Dave Matthews sonaba en la casa. Los vecinos se encontraban a
unos pocos acres de distancia, pero me sorprendía que no estuviesen enfadados
por la fiesta. Pasamos a las personas alineándose por las escaleras hasta la cubierta.
Dentro de la casa se encontraba tan concurrido como afuera, como si alguien
estuviese intentando romper el récord mundial de estudiantes universitarios
dentro de una casa. Me dirigí hacia el primer grupo que reconocí; un hermano de
fraternidad de Riley y su novia, cuya habitación se encontraba en mi planta.
—¡Hola, Charlotte! —exclamé mientras saltaba para abrazarme.
42 —¡Ember! —Su cerveza se derramó del vaso de plástico, pero lo esquivé
ingeniosamente antes de que arruinase mi traje. Su abrazo fue intenso antes de que
se retirase—. Ember, siento mucho lo de tu padre.
—Sí, Ember —Scott se arrastró desde el sofá, con los ojos entrecerrados—,
eso sin duda es un golpe duro.
—Gracias —respondí, sin querer dejarlo entrar. Esta noche escapaba del
dolor; no podía permitir que me quitara otra pedazo de mí. Necesitaba unas pocas
horas de respiro—. Este es Josh.
Josh dio un paso adelante, sacudiendo la mano de Scott y sonriendo a
Charlotte, quien no le quitó los ojos de encima. No podía culparla; Josh tenía ese
efecto en las chicas. Al menos, lo tenía en la secundaria, y no creía que haya
cambiado demasiado.
—¡Josh Walker! —saludó sobre la multitud una chica, con unos pechos que
parecían a punto de salir de su camiseta en cualquier momento.
—Por supuesto que conocerías a una chica aquí —murmuré en su dirección.
Destelló una sonrisa. —Oh, a más de una, Ember. ¿Me das un segundo?
—Sí, por supuesto. Solo voy a buscar a Riley.
Lo observé cruzar la habitación y darle a la rubia un abrazo gigante. Una
punzada de celos no deseada agrió mi boca.
—¿Josh? —preguntó Charlotte con apreciación, deslizándose al modo de
clasificar chicos.
—Es un amigo de la secundaria —respondí.
—Sip. —Sonrió, y quería abofetearla—. ¿Kayla sabe que estás aquí?
—No, le envié un mensaje para ver lo que iba a hacer esta noche, pero vine
para sorprender a Riley.
—Tal vez nunca le llegó ya que el teléfono estuvo nadando accidentalmente
en la bañera esta mañana. Está frito.
—¿Han estado todos aquí desde esta tarde? —pregunté mientras un enorme
cuerpo familiar se presionaba contra mí, poniendo su mano en mi cadera para
mantener el equilibrio—. Hola, Drew.
Su aliento apestaba. —Riley está en el piso de arriba, dijo que necesitaba
algo de descanso.
Asentí e intenté discretamente salir del agarre de Drew. Siguió mis pasos. —
¿Cómo fue el viaje?
43 —Largo, Drew…
Josh se acercó suavemente entre nosotros, haciendo que Drew dejara caer su
agarre de mi cadera el tiempo suficiente para que me escapase.
—¿Estás bien? —preguntó Josh mientras subíamos las escaleras.
—Drew está un poco suelto, pero nada por lo que preocuparse. —Más
personas se alineaban en el balcón que daba al gran salón. ¿Toda la maldita
fraternidad se encontraba aquí?
—Ember… —murmuraron todos, dándome una mirada de “oh hombre, tu
vida es una mierda”. Sonreí tan brillantemente como pude. No pensaba en eso esta
noche, aunque a cualquier lugar al que miraba, aquellos que me conocían me
daban miradas valientes. Podía mantener mis pensamientos lejos de papá, pero no
podía controlar los de los demás.
—¿Quién es tu novia? —pregunté.
—¿Novi…? Oh, ¿Withney? Solo alguien con quien me encontré una o dos
veces. —Con quien se encontró. Tuvo sexo. La norma.
—¡Guau! ¡Ember! —Otro hermano de fraternidad, Greg, nos detuvo en la
entrada—. Um, ¿Riley sabía que ibas a venir?
—¡Nop! Estoy aquí para sorprenderle.
—Solo déjame decirle que estás aquí… —Se movió enfrente de mí,
bloqueando el camino a la habitación donde yo había dormido los fines de semana
durante los últimos años.
Qué extraño. —Greg, estoy bien. —Le pasé y abrí la puerta de la habitación
de Riley—. ¡Oh! ¡Discúlpenme! —Reí a través de mi conmoción. Una pareja usaba
la cama de Riley, y por el movimiento de la chica llevando el control, sin duda
estaban teniendo sexo. Su pelo negro azabache caía en ondas porque tenía su
cabeza echada hacia atrás.
Se hallaban tan perdidos el uno en el otro que no me escucharon, y la puerta
hizo clic suavemente mientras la cerraba con una risita. —Oh. Dios. Mío.
Me giré, apoyando la cabeza contra la puerta mientras reí sin control, y me
gustó. Me gustaba soltarme y encontrar algo de humor. Una vez que me detuve,
noté las miradas de shock en las caras de Josh y Greg. —¿Qué?
Greg se sonrojó, lo que contrastaba con su pelo rubio. —Ember, lo siento.
—Podría matarlo, joder —gruñó Josh, bajo y lento. La sombra en sus ojos se
oscureció de marrón a casi negro; un brillo feroz tomando el control.
44 —¿Qué? ¿Por qué? ¿A quién le importa...?
Algo hizo clic. La cortina de pelo negro solo podía ser de una chica. Mi
compañera de habitación.
—Kayla. —Kayla se encontraba en la cama de Riley. Con…—. No —susurré,
sacudiendo la cabeza en negación.
Me di la vuelta, abriendo la puerta tan rápido como pude. Esta vez, no me
importaba ser silenciosa. Kayla se encontraba encima, moviéndose hasta que oyó el
portazo contra la pared opuesta. —¡Qué diablos!
Se giró, dándonos una vista completa de sus pechos desnudos, los cuáles
fácilmente eran el doble de tamaño que los míos. Miré más allá para ver algo que
no quería.
Riley estaba debajo de ella. Dentro de ella.
Mi respiración me abandonó en una ráfaga derrotada, y Josh me atrapó
cuando tropecé fuera de la puerta hacia atrás, desesperada por alejarme. Dolor, en
carne viva y enorme, se desgarraba a través de mí, dejando que se desangrara lo
que quedaba de mi corazón abierto. Reprimí el grito que estaba frenético por
escapar, para mostrar mi agonía.
—¿Ember? —Riley se revolvió en la cama, y lo vi desnudo por primera vez
en nuestra relación de tres años.
Arrojé mi mano frente a mí, como si eso pudiera repelerlo. Esto. No. Estaba.
Ocurriendo.
—¡Ember! —gritó Kayla, envolviéndose en las suaves sábanas que compré
para Riley el verano pasado.
La conmoción se desvaneció, reemplazada por caliente ira que brotaba bajo
mis ojos, enrojeciendo mi piel con rabia y traición. —Oh, ¿me recuerdas? —
Permanecí tan tranquila como pude mientras se ponían la ropa furiosamente—.
Qué bien saberlo, porque a partir de este momento, me olvido de ambos.
Cerré la puerta y retrocedí hasta el pasillo, tomando un profundo respiro.
Cerré los ojos y conté. Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno.
Fin.
Abrí los ojos y asentí. Esto terminó. No lloraría, ni me derrumbaría, no
donde pudieran verme. No sería esa chica.
—¿Puedo sacarte de aquí? —preguntó Josh—. ¿Antes de que destruya a ese
imbécil?
47 —Ember, por favor, déjame explicarte. —Dio un paso hacia Josh, pero la
simple inclinación de su cabeza, hizo que Riley retrocediera un paso. No quería
saber cómo se veía el rostro de Josh para lograr ese tipo de reacción asustada.
—No estoy muy segura de que haya algo que puedas decirme, Riley. —No
me molesté en mirarlo. Había visto suficiente en su rostro cuando se contorsionó
con lujuria—. Creo que he visto todo lo que necesitaba saber.
—Has estado distante esta semana. —Qué excusa penosa—. Solo necesitaba
un poco de consuelo, y Kayla se encontraba allí, y una cosa llevó a la otra. ¡No
significó nada!
Arrastré mi mirada de la parte posterior de la cabeza de Josh, para por fin
mirar los ojos de Riley. No voy a llorar. No voy a romperme. —¿Un año, Riley…? —Mi
voz se apagó porque no podía hablar por el nudo del tamaño de una montaña que
se había formado allí—. ¡Hemos terminado! —Me ahogué y mordí el labio inferior,
necesitando sentir dolor.
—¿Sabes lo de…? —Negó con la cabeza y se lanzó de nuevo en su diatriba—
. ¡Necesitaba a alguien, Ember! ¡Necesitaba a alguien que se preocupara por mí!
¿Dónde has estado? ¡Has estado tan envuelta en tu drama familiar que nunca te
detuviste a pensar en lo que está pasando en mi vida!
—Vamos, Josh.
—¡No vas a llevarte a mi novia a ningún lugar! —gritó Riley.
—Ella no se parece mucho a tu novia —dijo Josh arrastrando las palabras
lentamente.
Riley lanzó un golpe, pero solo conectó con la mano de Josh cuando éste
capturó el intento del golpe.
Josh no falló. Su puño rompió la boca de Riley con un crack, el sonido fue
nauseabundo, pero gratificante. Mi ex novio voló hacia atrás, aterrizando en la
nieve. Josh se acercó a él, negando con la cabeza cuando Riley se movió para
pararse. —No te levantes.
La sangre le manchó la parte posterior de su barbilla cuando se limpió la
boca. —¿Qué? ¿Temes que vaya a darte una paliza?
Josh soltó una sonrisa irónica. —Nah. Temo que vaya a terminar en la cárcel
cuando destroce esa linda carita tuya —¿Acaso Riley se puso pálido? Eso es lo que
parecía desde aquí—. Como dijo December, hemos terminado aquí.
Una pequeña chispa de satisfacción empujó una ola de lágrimas. Gracias a
Dios por Josh.
48
Traducido por Jasiel Odair & [Link]
Corregido por Eli Hart
60
Traducido por EyeOc
Corregido por Melii
65
Traducido por Aleja E
Corregido por AmpaЯo
Era lunes por la mañana y, maldita sea, estaba decidida a hacer panqueques.
Siempre tuvimos panqueques los domingos por la mañana, pero hasta hoy, lo
había olvidado. Todos lo olvidamos. Papá se había ido hace tres semanas y nos
habíamos permitido evadirnos demasiado. Algunas cosas tenían que volver… con
lo que sea que fuera esta nueva normalidad. Arrastré mi sudadera de Vanderbilt
encima de mi camiseta sin mangas y me dirigí a la cocina, lista para rockear con el
desayuno, antes de que April y Gus bajaran para ir a la escuela. Había revisado a
mamá antes, pero ella no parecía ni de cerca más viva que el viernes cuando la
66 dejé.
La copia del libro de recetas The Joy of Cooking de papá llevaba una señal en
la página de los panqueques. Se hallaba un poco sucia por las gotas de huevo y
leche. Él nos permitía ayudar sin importar lo desordenados que fuéramos. Acaricié
con mis dedos los trozos secos del papel como si pudiera regresar a esos
momentos.
Cogí los huevos y la mantequilla de la nevera, y luego fui a lavarme las
manos. Ugh. Los platos de ayer se hallaban apilados en el fregadero. Tendría que
dejarlos para más tarde, una vez que los niños estuvieran en la escuela. Subí las
mangas hasta mi antebrazo, revelando el número de Josh hecho con un marcador
permanente. No pude controlar la sonrisa que iluminó mi cara. Había tomado un
rotulador permanente de su guantera y grabó suavemente su nombre y número en
mi brazo. Cuando le pregunté por qué, ya que tenía su número en la lista de
hockey de Gus, me había dado una mirada ardiente.
—Gus tiene mi número, porque soy su entrenador. Ahora tú lo tienes,
porque soy tu lo que sea.
—¿Mi lo que sea?
El beso suave que había colocado en mis labios me hizo inclinarme por más.
—Lo que sea que necesites —susurró contra mi boca. Había abierto la puerta y
llevado mi maleta—. No es tan fácil de quitar —añadió—, y yo tampoco.
Mis mejillas se sonrojaron por el recuerdo, y froté la marca, vacilante de
quitarla. Grité junto a las escaleras para despertar a Gus y a April. Mierda, sonaba
como mamá. Giré la espátula con nerviosismo. Por supuesto que me parecía a ella;
había ocupado su papel por las mañanas.
Gus bajó las escaleras con su descolorida sudadera de Star Wars, y puse el
desayuno de inmediato en la mesa. —¡Ember! ¡Eres la mejor! —Y en quince
segundos quedó cubierto de sirope.
April entró, con su perfecto cabello de foto, y resopló.
—¿Cómo voy a comer carbohidratos a primera hora de la mañana?
Me mordí la lengua, viendo todo el esfuerzo que me tomó hacerlos. Ella me
pasó de la isla de la cocina, vistiendo unos pantalones vaqueros ajustados y un
suéter. Había perdido peso, demasiado para su cuerpo delgado. Sí, teníamos esa
moda de piel y huesos, pero la chica necesitaba una hamburguesa con queso. —Si
comes carbohidratos ahora, tienes todo el día para quemarlos —le sugerí. Me sacó
la lengua, y me di cuenta de sus nuevas e impresionante par de botas de
ecuestre—. ¿Navidad?
72 —Por favor, no acabes con esto. —Se abalanzó hacia mí y lo esquivé—. Por
favor. Nuestros hermanos están en el mismo equipo, nuestras madres son amigas.
Tenemos un plan, Ember. Déjame arreglarlo. Lo siento mucho. Puedo compensarte
esto.
Alcé las manos. —Basta. Deja de perseguirme, dejar de pedir disculpas,
simplemente para... de hacerlo.
Estrechó la mirada, y se enfocó en mi antebrazo expuesto. —¿Qué diablos
es eso?
Giré mi muñeca y vi las marcas negras de las que hablaba. —El número de
Josh.
—Bueno, eso es fantástico. Tenemos una pelea y vas directo a cualquier otro
tipo. Nunca te tomé por una puta. —Hola, señor Hyde.
Debía haber partes de mí que todavía lo amaban, porque se rompieron en
ese momento, dejándome desnuda, descubierta, fría. —Ahora por supuesto que
hemos terminado. Puedes irte.
Su rostro se relajó, un suave suspiro escapó de sus labios. El Dr. Jekyll había
vuelto. —Lo siento, no era mi intención. Acabo de ver esos números... Sé que
nunca ocurriría nada entre Josh y tú. —Sacudió la cabeza y mostró una sonrisa
condescendiente—. Ni siquiera eres su tipo; demasiado tímida. Es para el hockey o
algo así, ¿verdad?
¿Qué demonios significa eso? ¿Demasiado tímida para Josh? —¿Y si no es
así? —Necesitaba hacerle daño, para que sintiera una onza de la devastación que
me destrozó—. ¿Y si él lo escribió, después de pasar la noche conmigo en Breck?
Sus ojos se abrieron de par en par un segundo antes de que se estrecharan,
trayendo de vuelta al señor Hyde. —¡Dime que no lo follaste! ¡Dime que no es así
como pasaste la noche del viernes!
—¿La noche que te encontré con Kayla? ¡Eres un hipócrita, Riley! —
Parpadeé, alejando las lágrimas amenazantes—. ¡Tres años! ¡Te di tres años! ¡Te
amé, te cuidé, te defendí! ¡Renuncié a todos mis sueños y te dejé planificar nuestra
vida con tus ideas locas de ser una pareja perfecta para que te metas a la política en
diez malditos años! ¿Para qué? ¿Para qué me engañes con Kayla durante todo un
año? —Esta vez, mis manos se estrellaron contra el granito, y el dolor destruyó mis
dedos y bordeó mis antebrazos.
Sonó el timbre.
—¿Qué demonios es esto? ¿La estación Central? —espeté. Me miró como si
me hubiera vuelto loca, y tal vez fue así—. ¡Adelante! —No me importaba que la
abuela haya escuchado que no recibí a un invitado, ni lo que fuera que mamá hacía
73 arriba últimamente.
Dos metros y una mesa de granito me separaban de Riley, con quien había
planeado pasar el resto de mi vida, pero bien podría haber sido tres kilómetros, o
tres millones. —Cariño, te amo. Sé que podemos luchar por esto. No voy a volver a
verla, te lo juro. Una vez que nos vayamos a Boulder, las cosas volverán a la
normalidad, lo sé. Soy el indicado para ti. —Su mirada pasó junto a mí y dio un
paso atrás antes de mirar reflexivamente—. ¿Qué demonios haces aquí? Es un poco
temprano para el hockey.
Josh se acercó a mí, poniendo un Starbucks con “Ember” escrito sobre el
mostrador y se encontró con mi mirada, derritiendo mi tensión al instante. Mi
postura se relajó cuando abrió la cremallera de la chaqueta negra, revelando unos
vaqueros que abrazaban sus esculpidas caderas y una suave camiseta gris. No
podía haber sido más diferente del polo cuidadosamente elegido de Riley.
—No estoy aquí solo para el hockey.
—Bueno, no eres bienvenido para nada más en esta casa —contraatacó
Riley, rodeando la mesa—. ¡No es como si la quisieras de verdad! Recuerdo a las
chicas con las que te ibas después en la escuela y Ember no está en ese nivel.
¿No estaba en ese nivel? ¿Qué demonios? El hombre que pensé era el amor
de mi vida no me creía suficiente para merecer la atención de Josh Walker. Pensaba
tan poco de mí. ¿Cómo nunca antes lo había visto?
Miré a Josh. —¿Lo que sea que necesite? —Me dio una pequeña inclinación
de cabeza y me abalancé. Tiré mis brazos alrededor de su cuello y encajé su boca
con la mía. Sabía que esto era para Riley, pero al instante en que los labios de Josh
tocaron los míos, me había olvidado de él.
Josh agarró mi trasero y me levantó en su contra. Me perdí en la sensación
de su boca y el paso de su lengua mientras se inclinaba sobre mí. Mi cuerpo lo
recordó, suavizándose contra el suyo. Oh sí, recordé exactamente lo que su cuerpo
podía hacer con el mío, y lo quería de nuevo.
—¿Es en serio? —El grito de Riley irrumpió mi bruma. Josh me besó con
suavidad, rozando mi boca con la suya una vez más antes de bajarme nuevamente
sobre mis pies.
Me tomó toda mi concentración voltearme hacia Riley. —Fuera. Ya hemos
terminado, y no lo voy a repetir.
—Vamos a arreglar esto cuando volvamos a Boulder, Ember. Yo no voy a
rendirme fácilmente. No me importa lo que pasó con este chico. —Su rostro era de
un rojo moteado—. Recuerda, ¡Tenemos un plan! Sé que quieres las mismas cosas
que yo.
74 El teléfono volvió a sonar. —¡Por el amor de Dios! —Lo saqué del cargador
y presioné el botón para contestar—. ¿Hola?
—¿Puedo hablar con December Howard? —me preguntó una educada voz
femenina.
—Soy yo. —Hoy no estaba de humor para hacerle frente a nada. Josh y Riley
se encontraban frente a frente junto a la encimera, y temí que en cualquier instante
hubiera una pelea en mi cocina.
—Habla la señora Shaw, de la administración aquí en la Universidad de
Colorado en Boulder. Una de sus clases —oí el revuelo de papeles en el fondo—,
psicología 325: Traumas en la niñez temprana, ha sido cancelada. ¿Hay otra clase
con la que quiera remplazarla?
—¿Cancelada?
—Sí, señorita.
Josh se giró, con ojos suaves, y dio un paso hacia mí. Riley se cruzó de
brazos y se inclinó hacia la mesa.
No era una elección entre ellos. Nunca tomaría una decisión así de grande
por un chico... ¿verdad? Pero Gus me necesitaba, April se caía a pedazos y mamá
no iba bien. ¿Qué demonios debo hacer?
Has lo que puedas. La abuela tenía razón. Solo podía hacer lo que tenía en mi
poder y debía dejar pasar todo lo demás. ¿Pero esto? Esto estaba en mi poder.
—No, gracias.
—¿No le gustaría agregar otra clase?
Pasado contra futuro, pero con las opciones frente a mí, no podía decir cuál
era cuál. Las dos eran familiares, ambas eran como un hogar, pero solo había un
lugar donde me necesitaban. Me fijé en la mirada hosca de Riley. —No, señora, no
voy a volver a Boulder. Mi padre murió durante las vacaciones y me necesitan en
casa. ¿Podría retirarme de todas las clases? Voy a transferirme a la Universidad de
Colorado Springs.
El rostro de Riley perdió todo su color, y negó con la cabeza rápidamente.
Abrió y cerró la boca como un pez atrapado fuera del agua.
—Siento mucho lo de tu padre, y perderte, December —dijo la empleada
con simpatía.
Miré la lenta sonrisa que se extendió en el rostro de Josh y dije—: Gracias. —
Colgué, sabiendo que ella tenía razón: cuando se trataba de la gente en Boulder,
75 Riley y Kayla, era su pérdida.
No estaba segura si eso era un beneficio para Josh.
Traducido por Val_17
Corregido por Ann Ferris
77 tan felices; ella con una brillante sonrisa y las llaves de un auto nuevo, yo con una
sonrisa cursi y el anillo de graduación de Riley en una cadena alrededor de mi
cuello. Si esto era avanzar, ¿por qué venía unido a tanto pasado?
La puerta se cerró de golpe, y entró Sam mejorando mi tarde. Su cuerpo
asesino no estaba escondido bajo la brillante minifalda y relucientes botas.
Hacía malabares con tres grandes bolsas de compras y con las tazas de café
para llevar de PikesPerk, equilibrándolas debajo de su barbilla mientras abría la
puerta de su habitación. Las bolsas golpearon el suelo, y ella bailó en la sala de
estar. —¡Esto va a ser genial! —dijo con mucho más entusiasmo del que yo sentía
cuando me pasó mi café.
—Todo está trasladado. Solo necesito desempacar.
—¿Te registraste para las clases? —Se dejó caer en el sofá de microfibra.
—Sip, es gracioso como arreglan todo con una tarjeta de papá-muerto. —
Había sido una tortura explicarle al encargado sin romperme, pero lo hice—. Ya no
quedaban muchas de las buenas, pero entré en la clase de historia de los Estados
Unidos que necesito.
Sam captó mi estado de ánimo bastante bien. —Una vez que te instales, esto
será más fácil.
Asentí distraída.
—¿Es hora de recoger a Gus y regresar a casa? —preguntó April, saliendo
del baño.
—Sí. —Agarré las llaves—. Sam, ¿quieres venir? Regresaremos a tiempo
para una carrera.
Asintió a medio sorbo del café y luego habló—: Sí a acompañarlas, pero no a
la carrera. Te has vuelto loca con esa mierda.
Miré a la pila de cajas y supe que estaríamos despiertas toda la noche si
quería hacer ejercicio. Teníamos dos días hasta que comenzaran las clases para
terminar el apartamento. Había una gran y falsa fecha de vencimiento en mi
tiempo permitido para el duelo, y luego tenía que seguir adelante.
***
78 terminara la práctica. Sus figuras acolchadas formaron una línea de ataque en los
últimos cinco minutos, y Gus iba a toda velocidad. Nunca fue particularmente
orientado a los deportes, pero al minuto en que papá le puso los patines hace unos
años, encontró su lugar. Al chico le encantaba.
Pero tan lindo como se veía allí afuera Gus, mis ojos fueron atraídos hasta su
entrenador. Josh se hallaba vestido con unos simples pantalones de deporte, una
chaqueta, y casco, para terminar con un par de patines negros de hockey que usaba
como una extensión de su cuerpo.
Sus movimientos eran potentes, rápidos, ágiles, y malditamente hipnóticos.
No podía apartar la mirada mientras se movía de una línea azul a otra, corrigiendo
a los jugadores y saliendo de sus caminos. Es curioso, pero si esto hubiera pasado
hace cuatro años, me habría encontrado en el mismo lugar, en trance, mirando
patinar a Josh Walker.
—¡Tierra a Ember! —Sam agitó su mano frente a mi cara, sacudiéndome—.
¿Necesitas una servilleta para la baba?
Arranqué los ojos de Josh y me centré de nuevo en Sam. —Tonterías.
—Chica, he visto esa cara. ¿Olvidaste todos esos partidos que acechábamos
para que se te caiga la baba por Josh Walker?
No pude controlar la risa que se me escapó más de lo que podía evitar tener
entumecidas las partes traseras de mis muslos en la banca. —¿Recuerdas cuando
fingiste ser mi mamá así podríamos excusarnos de clase para ese partido?
Sam hizo su mejor imitación de mi mamá, y las dos nos hundimos en risitas.
April se cambió al asiento de abajo —que el cielo no le permita quedar atrapada
sentada conmigo— y nos miró por hacer tal escena. Sam y yo pudimos habernos
distanciado en los últimos dieciocho meses, pero un par de horas juntas y
regresamos al último año.
Calidez atravesó mi corazón, alejando un poco más el trozo de mierda que
parecía haber caído sobre mí.
Sequé las lágrimas inducidas por la risa de mis ojos y me concentré en la
pista, mirando a Gus robar el disco y pasárselo a su compañero de equipo. Él se
estaba recuperando, y lo envidiaba en esos momentos.
La única vez que me escapé exitosamente de pensar en papá, fue cuando
estuve con…
Levanté la mirada y capté a Josh dándome un asentimiento y un saludo con
la mano. Mi aliento salió en lo que sonó demasiado parecido a un suspiro.
—¿Qué pasa con eso? —preguntó Sam, codeándome.
—Oh por Dios —gimió una voz femenina detrás de mí—. Josh Walker
79 saludó hacia acá. ¿Crees que notó que tengo su número pintado?
¿Ella qué? Ladeé hacia atrás mi cabeza antes de evocar la fuerza de voluntad
para mantener mi vista hacia adelante. Las chicas eran irritantemente hermosas,
pintadas y arregladas a la perfección. Y una de ellas tenía un número trece pintado
sobre su mejilla en colores azul y oro. El número de Josh, si hubiera mantenido el
mismo de la secundaria.
—Ha estado mirando como desde hace diez minutos —dijo la otra chica.
Borré la mirada horrorizada de mi cara y me forcé a fijar la vista hacia la
pista. —Supongo que eso no ha cambiado. Las admiradoras y todo eso. —Traté de
hacer mi comentario con humor, pero fallé. No pude evitar sentirme decepcionada
de que las chicas aún persiguieran a Josh.
Apuesto que a él le seguía gustando ser atrapado.
—Las cosas cambian —susurró Sam, para que las chicas detrás de nosotras
no oyeran—. Y algo me dice que él no miraba arriba.
Josh patinó hacia el vidrio delante de nosotras, se giró, y sopló su silbato,
finalizando la práctica del día. Los chicos patinaron al vestuario. Él se dio la vuelta,
se quitó el casco, y fijó su mirada en la mía. Una lenta sonrisa se extendió por su
cara, y no pude dejar de devolvérsela.
Asintió hacia la puerta, y asentí en acuerdo antes de que patinara fuera. Las
chicas detrás de nosotras soltaron un colectivo—: Hmm.
—Maldición —murmuró Sam—. ¿Ya te le has lanzado encima? Porque si
no...
—Cállate, Sam. —Presté mucha atención a mis pies mientras subía por las
gradas. Caerme sobre mi trasero no se hallaba en mi agenda para la tarde. Pasé a la
mamá de Riley, que esperaba a Rory, y le di una media sonrisa. Me miró como si
quisiera decirme algo, pero no me sentía lista para escucharlo. Una vez que mis
pies estuvieron en el suelo, le eché un rápido vistazo a April, que prácticamente se
encontraba sentada en el regazo de un chico que no era Brett. ¿Qué demonios está
haciendo? Hice mi mejor esfuerzo por ignorarla y darle la privacidad que quería.
Seguir el vidrio por el lado del estadio me llevó a la puerta donde Josh esperaba,
pasando sus dedos sobre su ligeramente sudoroso y aun así increíblemente sexy
cabello.
—December. —Sonrió, deteniendo cada pensamiento en mi cabeza.
—Josh. —Era lo mejor que podía hacer sin sonar como una idiota, sobre
todo sabiendo lo que tenía que decirle.
Me atrajo hacia él por la cintura, y me rebelé contra cada instinto que tenía
de derretirme y rendirme. Retrocedí y sacudí la cabeza. —No puedo.
80 Sus ojos se entrecerraron. —¿Riley?
—Oh, demonios no.
Eso provocó otra sonrisa de ataque-cardiaco en su rostro. Cerró la distancia
entre nosotros sin tocarme, susurrando en mi oído—: Te gusta cuando te toco.
Boom. Excitada. Mierda. Este chico exudaba feromonas, o simplemente yo
lo veía y pensaba: sí, el sexo es bueno. Ahora. No pude parar la sonrisa que enviaba
señales mixtas, pero di otro paso atrás. —Sí, ese es el problema.
—¿Qué pasa? ¿Me das una explicación? ¿O solo es espeluznante desear al
entrenador de tu hermano? Resulta que creo que el aspecto de entrenador es
bastante sexy.
—¿Sexy? Todo en ti es sexy. Es solo... —Mierda. Cuando ladeaba la cabeza
hacia un lado de esa manera, exponía el lado de su cuello. Sabía cómo se sentía ese
cuello bajo mis dientes, su gusto. Conocía su sabor. Mis labios hormiguearon y se
abrieron.
—No me mires así y me digas que no. Eso no es justo. —Su voz era tensa
detrás de la broma.
Metí las manos en mi abrigo para evitar ponerlas sobre él. —Acabo de
romper con Riley y regresar aquí, y está mi familia, y una nueva escuela...
—¿Así que no se puede agregar un nuevo amor a eso?
Me sonrojé, a pesar de las heladas temperaturas dentro del estadio. —Solo
necesito ordenarme. —Su expresión cayó. Mierda, no le acabo de decir “no eres tú soy
yo”, ¿verdad? Me acerqué, a pesar de mi mejor juicio, poniendo mis pies entre sus
patines. Hacían que su imposible altura fuera aún más difícil de mirar—. No es que
no te desee. —La piel de su cuello rogaba ser tocada, y cedí, pasando mis manos
sobre su mandíbula sin afeitar antes de acariciar su cuello con mis dedos—. Porque
te deseo más de lo que debería. —La admisión susurrada se liberó antes de que
pudiera detenerla—. Es solo que no quiero arrastrarte a la increíble destrucción de
mi vida. —Y no estaba segura de sobrevivir si resultaba ser solo otra de las chicas
que lo perseguían. ¿Era él digno de ese riesgo?
Se rió por su confusión. —¿Así que estás diciendo que vayamos lento? ¿O
no? —Levantó los brazos y puso las manos contra el vidrio—. Porque me estás
matando.
—Necesito mantenerte aparte —traté de explicar, enfocándome demasiado
en su boca para mi propia paz mental. Esa boca había estado en mi piel, sobre todo
mi cuerpo.
—¿Aparte de qué? —Mantuvo sus manos en el vidrio como si estuvieran
81 pegadas a la superficie.
—Aparte de la mierda. De toda lo malo que pasó el mes pasado. —¿Cómo
podría explicar lo que ni yo misma entendía?—. No quiero un reemplazo, o un
rapidito en tu dormitorio.
—No vivo en los dormitorios.
—No es el punto, Josh.
Sus ojos se veían oscuros. Conocía esa mirada. Esa mirada me tendría
desnudándome pese a la multitud a nuestro alrededor. —Olvida lo que acabo de
preguntarte, porque no quiero una respuesta. —Su voz bajó, y su cabeza se inclinó
hacia mí—. Te deseo. No hay un instante en que no anhele verte, sentirte. Pero lo
entiendo.
—¿En serio?
Una sonrisa irónica cruzó en su rostro. —Yo tampoco quiero arruinar esto,
December.
—¿Por qué haces eso? ¿Llamarme December? Todos excepto la abuela me
llaman Ember, desde antes de la secundaria. —Anhelaba el sonido de mi nombre
en sus labios. Lo hacía sonar como puro sexo y la oración más dulce.
Se agachó, rozando tan cerca de mi oído que podía sentir su aliento, pero no
me tocaba. Escalofríos corrieron de mi cuello a mi columna y pusieron mi cuerpo
en llamas. —Porque significa que tengo una parte de ti que nadie más tiene. Como
mi propio y pequeño lado secreto de ti.
Ya tenía casi cada parte de mí.
—Josh —gritaron las Barbies vivientes desde las gradas más cercanas—.
¡Vinimos a verte jugar! —Ondearon una enorme garra azul y dorada en el aire.
Él les dio un asentimiento. —Gracias, chicas.
¿Seguía jugando? —¿Juegas para los Mountain Lions?
—Tenemos un juego esta noche. ¿Quieres verlo?
El tono esperanzador en su voz casi rompió mi determinación. Casi. —Debo
llevar a Gus a casa y ver a mamá.
—Está bien. —Extendió la mano y apartó un mechón de pelo castaño detrás
de mi oreja—. En otro momento.
No podía decir nada que no saliera como tócame ahora.
—Estás sumergida en un inmenso festival de mierda, pero no te olvides de
pedir ayuda cuando la necesites. No cargues con todo esto tú sola.
82 ¿Por qué no podía ser un imbécil? ¿Por qué tenía que decir las cosas más
perfectas? —Será mejor que te vayas.
Buscó en mis ojos por un momento, pero me negué a cambiar de opinión.
Josh Walker no sería un reemplazo. No correría de un chico a otro. Se aclaró la
garganta. —¿Práctica el lunes?
—Lo traeremos aquí —prometí.
Se alejó de mí, hacia las chicas que lo esperaban como fanáticas. Me giré,
apoyándome contra el frío vidrio y golpeando la parte trasera de mi cabeza sobre
él. Cerré mis ojos así no tendría la tentación de ver cómo se alejaba con esas chicas.
¿Quién demonios dejaba alejarse a Josh Walker?
—December.
Mis ojos se abrieron para ver sus impenetrables ojos marrones inclinados
sobre mí. Su boca se encontraba a escasos centímetros de la mía, y habría estado
dispuesta a cometer un asesinato para cerrar esa distancia sin culpa. —Josh. —Era
una súplica murmurada.
—Estamos tomando las cosas con calma hasta que tú lo digas, porque no
puedo soportar escuchar un “no” de tu parte. Pero esta es tu única advertencia:
Voy a perseguirte. —La promesa en su voz fue suficiente para poner mis muslos
en llamas.
Se alejó, dejándome como un desastre de corazón palpitante contra el vidrio.
Saludó a las chicas y pasó más allá de ellas sin otra palabra, pero luego se giró. —
Ah, ¿y Ember? —Parpadeé en respuesta—. Sigo siendo tú lo que sea, para lo que
necesites.
***
***
—No estás en la escuela —dijo mamá mientras miraba el calendario—. ¿Ha
pasado tanto tiempo?
—Ahora estoy en la Universidad de Colorado Springs. —Miré de nuevo a la
sala, donde la abuela permanecía sentada en la esquina con su tejido, pero se limitó
a asentir hacia mamá. Estaba por mi cuenta.
—Cierto —murmuró—. Recuerdo que dijiste eso. Un poco. —Sacudió la
cabeza como si estuviera tratando de aclararla—. Te mudaste a casa.
—No exactamente. Ahora vivo con Sam. Tenemos un apartamento cerca del
campus, pero estoy lo suficientemente cerca para recoger a Gus y todo eso cuando
necesitas ayuda.
—Viniste a casa por mi culpa.
No me acerqué a ella. No nos encontrábamos exactamente en un susceptible
sentimiento de madre e hija. —Vine a casa porque perdimos a papá, y nada andaba
bien en Boulder. Aquí es donde se me necesita, y tomé la mejor decisión que pude
con lo que ha estado pasando.
—Has mantenido la casa en funcionamiento, tú y la abuela. Gracias.
85 No quería su agradecimiento. Quería que se recompusiera y prometiera que
no iba a refugiarse en la cueva de su habitación. Quería que cuidara de Gus, y
April, y sobre todo, de sí misma. Ya no quería ser la única adulta en la familia.
¿De dónde venía esta rabia? ¿No debería estar feliz de que estuviera aquí
por el momento? ¿De qué se encontraba bien? No quería sentirme así, por lo que lo
ignoré lo mejor que pude.
Le di una sonrisa de boca cerrada antes de que mis estúpidos pensamientos
surgieran y arruinaran el progreso. —Mamá, estás... ya sabes, ¿bien?
—Todo duele —susurró, sonando como Gus. Apartó la vista del calendario
con un movimiento de cabeza—. ¿Quieres volver a Boulder? No quiero que
permanezcas aquí, lejos de tus amigos y Riley.
—Riley no está exactamente extrañándome.
—Oh, Ember. ¿Qué pasó?
—Resulta que él no se lleva muy bien con la distancia. —Levanté la mano
para evitarla cuando se acercó a mí. No quería su simpatía, no cuando necesitaba
toda la energía que tenía que mantenerse compuesta—. Sí, así que vivo con Sam, y
el número está en la nevera al lado de mi horario de clases. Solo llama y estaré
aquí.
—Ember, siento que hayas perdido tanto.
—Lo que no te mata te hace más fuerte, ¿verdad?
—Cierto. Lo que no te mata. —Volvió a mirar el calendario.
86
Traducido por Kenza [Link] & Zafiro
Corregido por Mire
Me eché la bolsa de mensajero encima del hombro y agarré mi café del techo
de mi coche. Gracias a Dios que había un Starbucks de camino a la escuela, o nunca
habría llegado a ir esta mañana.
Arreglar el apartamento fue físicamente más agotador de lo que esperaba,
pero resultó perfecto. Era increíblemente liberador tener un lugar lejos del campus;
sin reglas, regulaciones o controles aleatorios de las habitaciones. Además, tener a
Sam como compañera de cuarto era otra ventaja. Por todos los detalles que habían
cambiado entre nosotras en los últimos dieciocho meses, hubo al menos dos que no
87 lo habían hecho.
Saqué mi agenda cuando entré al edificio, comprobé el número de la
habitación, y me deslicé dentro de la clase sin derramar mi café por todo mi suéter
blanco. Un récord.
Un rápido vistazo a la habitación mostraba algunos asientos libres en la
primera fila. Puse mi café en el escritorio y saqué mi bolsa de mi hombro para
sacar mis libros y bolígrafos. No podía esperar para llenar las páginas blancas del
cuaderno. La historia me provocaba lo mismo que les pasaba a algunas chicas con
los esmaltes de uñas o zapatos. Había elegido mi especialización temprano.
Negué con la cabeza ante las risitas detestables desde la parte de atrás de la
sala. Una morena de piernas largas se encaramó en un escritorio frente a un chico,
y si él no podía ver más allá de la fachada de ella, entonces se merecía todo lo que
salía de la misma. Echó la cabeza hacia atrás con una risa.
Mierda. Ese chico era Josh.
Sus ojos se abrieron cuando se encontraron con los míos, y esa sonrisa me
robó el aliento. Aparté la mirada y me senté, concentrándome en la pizarra.
Estúpidas y locas hormonas. ¿En serio tenía que estar tan sexy a las ocho y media
de la mañana? ¿A quién engañaba? El tipo era más o menos el sexo personificado
las veinticuatro horas del día. No podía culpar a la chica por sentarse en su
escritorio. Demonios, ella demostraba resistencia. Yo habría estado en su maldito
regazo.
No necesitaba mirar otra vez para saber que él había tomado el asiento vacío
a mi lado. Mantén tus ojos hacia adelante. No lo miraría. No me perdería en esos ojos
marrones ni recordaría exactamente lo que esas manos eran capaces de hacer en mi
cuerpo. Nop.
—He estado temiendo esta clase, pero al verte aquí tan temprano en la
mañana hace que valga la pena salir de la cama, December.
—Tú y el “December”… —murmuré, sin estar dispuesta a admitir lo mucho
que me gustaba—. ¿No puedes llamarme “Ember” como todos los demás?
Se inclinó, acercando su boca a mi oído. —Solo lo hago cuando nadie más
puede oírlo, y además, no soy todo el mundo, no para ti.
¿Su voz tenía que ser tan suave? Eché un vistazo a la parte trasera de la sala,
tocando con mi bolígrafo el cuaderno vacío que pronto estaría lleno de deliciosos
hechos históricos. —Creo que tu pisapapeles te echa de menos.
La morena parecía de mal humor, y no podía culparla.
88 —¿Quieres tomar su lugar ?
Su tono burlón llevó mi mirada a la suya, y yo estaba perdida. No podía
borrar la sonrisa que apareció en mi cara cuando movió las cejas y palmeó la parte
superior de su escritorio. Negué con la cabeza y me obligué a llevar mi atención a
la parte delantera de la sala. —No estoy segura de que sea una buena idea estar tan
que cerca de ti —le recordé con una sonrisa.
—Me sentaré sobre mis malditas manos si eso significa que te sentarás aquí.
Sin palabras. Ni siquiera podía pensar en una réplica para eso.
El profesor me salvó con la entrega de su plan de estudios y el inicio de la
clase. De verdad, presté atención. Bueno, en realidad no. Escribí muchas notas,
pero sentía la mirada de Josh, lo que me recordó lo mucho que sus manos habían
estado sobre mí. Le eché un vistazo y descubrí esos ojos marrones clavados en los
míos. Caliente. Jodidamente en llamas.
Crucé y descrucé mis piernas, recordándome que la clase no era un lugar
para lanzarme encima de un compañero de estudios, y presté más atención a los
detalles. Artículos, podía arreglármelas para escribir artículos, tomar notas, y
concentrarme en la Guerra Civil. Lo que no podía soportar era mi autoimpuesto
ritmo lento con Josh, no cuando me encontraba lista para atacarlo en medio de la
clase.
Era la hora más larga y más corta de mi vida. Me encontraba casi tan
desesperada por largarme de esta habitación como quería quedarme allí, tan cerca
de él como fuera posible. Nuestro profesor nos despidió y salí por la puerta como
si mi silla estuviera en llamas. El lunes era un día tranquilo, y no tenía otra clase
hasta la tarde, así que avanzar con la lectura si me dirigía a casa ahora mismo.
Casi llegaba a mi coche cuando Josh me alcanzó. —¿Qué? ¿No dices adiós?
—bromeó, y ni siquiera se encontraba sin aliento por su desplazamiento.
Abrí la puerta y tiré mi bolsa, encogiéndome cuando los libros se estrellaron
en el suelo del lado del pasajero. —Adiós, Josh.
—Qué frío.
Me volví para mirarlo; sus ojos mostraban el humor que su tono no. Rodé
los ojos. —En serio.
—En serio, ¿qué? —Se apoyó en mi coche—. No voy a besarte, no voy a
llamarte, ya que ni siquiera tengo tu número. Tal vez un hombre solo necesite un
compañero de estudio.
—¿Compañero de estudio? —Mi voz se quebró y me aclaré la garganta para
89 cubrirlo. Metí las manos en mis bolsillos para apartar el frío de mis dedos, y mis
dedos, de Josh. Esa parecía ser la única manera.
Se inclinó, a pocos centímetros de mi boca, y aunque soy yo la que trazó la
línea, mi cuerpo quería que la cruzara. —Algo me dice que seríamos muy buenos
haciéndolo juntos.
Abrí la boca. —¡Josh!
Una sonrisa pícara se apoderó de su rostro. —¿Qué? Seríamos buenos para
estudiar juntos.
Le di un manotazo en el pecho con la parte trasera de mi mano y me reí. —
¡Ugh! —Por otra parte, tenía razón. Haríamos un montón de cosas… bien… juntos.
Dave Matthews sonó desde mi bolsillo trasero, y alcancé mi teléfono,
agradecida por la distracción. Un rápido vistazo a la pantalla y la imagen de April
elevó mi ritmo cardíaco. Se suponía que debía estar en la escuela.
—¿April? Se supone que debes estar en el tercer periodo. —Dios, me parecía
a mamá.
—Es posible que quieras venir aquí. El tío Mike acaba de aparecer y hay un
equipo de noticias afuera y mamá no quiere que estén en la casa; es un gran lío.
—Más despacio, April. Estás hablando muy rápido. —Metí la mano en el
coche y puse el encendido para calentar el motor—. ¿Qué está pasando?
—El tío Mike llegó cuando me iba para la escuela y luego, hace una media
hora, apareció un equipo de noticias. Mamá se está volviendo loca.
—Estaré ahí pronto. —Colgué y me volví hacia Josh—. Me tengo que ir, hay
un gran lío en mi casa con el hermano de mi madre.
Su mirada coqueta desapareció, y fue reemplazada por la preocupación de
inmediato. Lástima que fuera casi más sexy que el coqueteo. —¿Me necesitas?
¿Ayuda? ¿Necesitas ayuda?
Me tragué mi instinto de decir que sí, que lo quería conmigo. Pero no podía
depender de otro tipo, no tan pronto. —No, es mejor que me ocupe de esto sola.
Su rostro se ensombreció, y lo cambió rápidamente con un gesto brusco. —
Sí, está bien.
—Sin embargo, gracias por preguntar. Significa mucho para mí.
***
92 haga?
Mamá se echó hacia atrás. —¿Mamá? —le pregunté—. ¿Qué quieres que
Sus ojos se veían vacíos. No, de nuevo no. Agarré sus hombros, agachando la
cabeza para mirarla a los ojos. —¿Mamá? Quédate conmigo. —Tiré de ella hacia la
puerta—. April, llévala con la abuela. Tú, también, Gus. —April guió hasta abajo a
mamá y a Gus, y me aseguré de que se hubieran ido antes de volverme hacia Mike
y la señorita Cartwright.
—¿Ven lo frágil que está? ¿En qué piensan?
—Tu papá merece ser recordado y el pueblo estadounidense debe saber que
él no murió en vano. —Su voz derramaba falsa simpatía. Tal vez una persona más
débil habría caído en la trampa.
—Es una guerra. Nadie muere en vano. —Sacudí la cabeza y casi me reí—.
Infiernos, todo el mundo muere en vano. Mi padre no es tu titular.
Tío Mike se inclinó hacia delante con su sonrisa de vendedor de coches. —
Ember, esto podría ser muy bueno para la familia. Las personas están emocionadas
por lo que ha pasado, y sabemos que la universidad no es barata. Todos podríamos
beneficiarnos.
Quedé boquiabierta, sin poder siquiera procesar que sugirió beneficiarnos
de la muerte de papá. Un sabor muy amargo llenó mi boca. —Estás loco si crees…
—Contuve el aliento cuando vi el banderín de la señorita Cartwright clavado en el
tablón de anuncios de Gus. West Point—. Quita. Esa. Cosa. De. Su. Pared.
—Creímos que sería un lindo detalle, al ser una familia del ejército. Estarías
representando al ejército, por así decirlo. —Lo hizo sonar tan razonable.
—Papá fue a Vanderbilt, no a la academia. —Las palabras se deslizaron a
través de mis dientes apretados. Temía dar rienda suelta a mi temperamento—.
Gus no quiere ir a West Point, y no lo hará.
—Sé justa, Ember. Gus debería estar orgulloso del legado militar en esta
familia. —Tío Mike sacó una camisa de la academia militar de la bolsa de la
señorita Cartwright—. Además, a la gente le va a encantar cuando lo entrevistemos
con esto. Quién sabe, quizás algún día sea el militar de la familia.
Algo dentro de mí se rompió. La fina red que me mantenía cuerda y que
había tejido en torno a mí misma después de que papá muriera y Riley se acostara
con Kayla se había destrozado a mi alrededor. Ellos no iban a utilizar a Gus. Trepé
sobre la cama y arranqué la camisa de la mano del tío Mike.
—¡Fuera!
—Ember.
—¡FUERA! —Agarré la camiseta, deseando destrozarla, pero no sería
93 suficiente. Los empujé y arranqué el banderín del tablón de anuncios. Las
tachuelas salieron volando debajo de la cama, deslizándose a lo largo de la madera
vacía—. ¡Nada de historias! ¡Ni banderín! ¡Ni Point West! —Sostuve la mierda
ofensiva en frente de mí y los llevé fuera de la habitación—. Ahora, ¡fuera!
Corrieron de la habitación; los estiletes de la señorita Cartwright sonaban
frenéticos en el piso de madera. Los perseguí hasta la escalera de atrás; los chicos
de la cámara y el sonido quedaron atrapados en su ola de retiro. —¡Fuera! ¡Fuera!
—Era mi mantra, y en todo lo que podía pensar.
Se atascaron en la puerta de la cocina, antes de atravesarla bruscamente y
caer al suelo de baldosas. Mamá quedó sentada en la mesa de comedor, con una
taza de café en la mano. La abuela montaba guardia, con una mirada feroz que
jamás había visto. Sentí lástima por el equipo de noticias. Por un segundo. Quizá.
—Ember. —Tío Mike se dirigió hacia mí, y yo retrocedí hasta el fregadero de
la cocina.
—¡No lo hagas! ¿Cómo te atreves a poner esto aquí? ¡Cómo te atreves a
siquiera pensar en poner esa idea en la cabeza de Gus! ¿El ejército? ¿West Point? —
Sacudí la camisa y el banderín como si fueran su cuello.
—Es solo un símbolo…
—¡No! No habrá ejército para Gus, ni West Point, ni entrevista. ¿Estás loco?
Por qué querríamos que fuera… a… ¡No! Esta familia ha sufrido lo suficiente, y no
voy a dejar que entres aquí y nos lastimes más. —Se me quebró la voz. No podía
soportar las imágenes que el banderín ponía en mi cabeza. Gus en un uniforme.
Gus sepultado bajo una bandera estadounidense.
Tiré el banderín y la camisa en el fregadero de la cocina vacía, entonces abrí
el cajón de la derecha, tirando del mechero que mamá usaba para las velas de
cumpleaños. Un clic más tarde, la llama surgió a la vida, y puse la camisa de la
academia militar bajo fuego.
—¡Ember! ¿Qué estás haciendo? —Tío Mike dio un paso adelante, pero la
advertencia en mis ojos debió haber sido suficiente porque se retiró rápidamente.
—Esto es lo que pienso de tus lindas ideas de vestir a Gus como un futuro
soldado y de mostrar nuestro dolor con fines de lucro. —Las llamas se elevaron
desde el fregadero mientras entraba el capitán Wilson, flanqueado por otros dos
soldados—. Ahora, ¡lárgate de nuestra casa!
—¿Ember? —La vocecita de Gus irrumpió mi rabia. Mi mirada se reunió con
sus ojos preocupados, asomándose sobre el sofá donde se encontraba sentado junto
a otra persona, alguien que no soportaba que me viera así. Alguien, cuyos ojos
marrones estaban fijos en mí y mi locura.
94 El detector de humo se encendió, por fin, sintiendo el peligro. En ese
momento, yo parecía más peligrosa que el fuego. Rodeé las llamas y abrí el grifo,
usando la pieza de rociado para mojar el lío quemado y deseando apagar mi rabia
con la misma facilidad.
Mi corazón se aceleró, amenazando con salirse de mi pecho, y mis mejillas
flameaban tan calientes como la camisa que acababa de ser destruida.
El capitán Wilson acompañó al equipo fuera. —No te molestes en contactar
con los Rose. Han sido advertidos. Esta familia no ha firmado ningún comunicado,
y no está autorizado a utilizar nada que haya oído o filmado aquí hoy.
—June, espero que lo reconsideres. —El tío Mike puso la mano sobre el
hombro de mamá.
—Ni lo pienses, Mike.
Guau. Mamá tomó la palabra, mostrando un toque de su terquedad habitual
que conocía tan bien. Qué alivio.
—Por favor…
La abuela se levantó de su asiento; su columna vertebral rígida. —Creo que
mi nuera le pidió que se fuera, señor. Por favor, no abuse de su hospitalidad
haciendo que ella lo repita dos veces.
Tío Mike lanzó otra mirada suplicante a mamá. Su ceja arqueada dijo que no
iba a llegar a ningún lado con ella. No la había perdido si aún podía defenderse.
Antes de que pudiera seguir comportándome como una idiota, salí por la
puerta de la cocina y me quedé en el pórtico. Las montañas se alzaban ante mí,
llenando mi visión, pero lo único que veía eran las llamas que acababa de rociar.
Me incliné sobre la helada barandilla de madera y dejé que el frío se filtrara.
La puerta se abrió, y me encogí.
—Oye, ¿estás bien? —La voz de Josh se apoderó de mí, con una ola de
comodidad que no necesitaba, que no quería. Él acababa de verme alucinar,
maldita sea.
—Te dije que iba a ocuparme de esto. No tenías que venir.
Se apoyó en la barandilla junto a mí. —Está bien perder el control de vez en
cuando.
—De vez en cuando es más como todos los días en este instante, y no quiero
que lo veas. —Tomé una respiración profunda para evitar que salga otra estupidez
de mi boca. El aire helado quemó en mis pulmones, pero se sentía bien.
95 —No me importa.
Renuncié a examinar el grano de la barandilla y levanté la cabeza para
encontrarme con su oscura mirada comprensiva. —¿No lo entiendes? A mí me
importa, Josh. Es por eso que te dije que te mantuvieras alejado, que me dieras
espacio y tiempo para resolver esta mierda. —Respire profundamente. Tenía que
dejar de gritar o él pensaría en serio que era una chiflada. En su lugar, me eché a
reír, solo para solidificar mi locura—. Hombre, nunca gritaba, y ahora es todo lo
que hago.
Extendió la mano y la pasó por la parte baja de mi espalda, pero odiaba lo
delicioso que se sentía. Me aparté de su tacto y no me pasó desapercibida la mirada
herida que cruzó sus ojos. —No puedes estar aquí. No me puedes ver así, porque si
lo haces, es todo en lo que vas a pensar cuando se trate de nosotros. No me puedes
salvar todo el tiempo.
Se cruzó de brazos, su aliento era visible en el aire helado. —Por el amor de
Dios, December. ¡Cuidas de todo el mundo en esa maldita casa! Alguien tiene que
cuidarte a ti. No puedo verte sufrir y no hacer nada.
—Deja de mirar. Te dije que no vinieras. Te dije que te alejaras, y estás en
todas partes. Estás en hockey con Gus, en mi clase, y estás… estás… simplemente
por todas partes. —No podía dejarle ver esto. Yo no podía ser tan débil; esto era
una locura. El hombre me vio incendiar el fregadero de mi cocina. Demonios.
Mierda. Joder.
—December.
—Vete.
No tuve que decírselo dos veces. Suspiró y meneó la cabeza, y se alejó. El
único sonido que oí de su retirada fue la puerta al abrirse y cerrarse. Me desplomé
contra la barandilla, usando el hielo para enfriar mis sonrojadas mejillas.
La puerta se abrió de nuevo, y estuve a punto de gritar de frustración. —Yo
le pedí que viniera. —Gus puso su cabeza sobre la barandilla, volviendo esos ojos
confiados hacia mí.
—¿Por qué? ¿Cómo?
—Tengo su número de teléfono, obvio. —Parecía mucho mayor de lo que
era—. Mamá se puso loca. Es mejor que triste, lo sé, pero aun así. April te llamó, así
que llamé al entrenador Walker. Él me dijo que podía hacerlo cada vez que
quisiera.
***
Veinte minutos más tarde, había dejado a Gus y April en la escuela y me
dirigía de regreso al apartamento. No quería ser la persona que estuviera en casa.
No quería sentirme responsable de todos. Quería ser egoísta, dormir hasta las diez
y faltar a clase, centrarme en el horario de la fiesta de fin de semana en vez del
horario de hockey infantil. Solo tener veinte años estaría bien.
Pero ya nunca más sería así.
Arrastré mi bolsa del coche, maldiciendo cuando enganché un bolsillo en la
palanca de cambios. ¿Sería raro si algo sale bien hoy? Subí las escaleras hasta el
cuarto piso, necesitando quemar algo del café salteado con caramelo.
Llegué a la puerta y busqué a tientas la llave. Mis dedos continuaban medio
entumecidos por el viaje sin calefacción, pero quería el frío. Se resbaló de mi mano,
golpeando la alfombra. Apoyé la frente contra la puerta y cerré los ojos por un
momento para evitar maldecir a la cerradura. Como si fuera el maldito problema.
Me incliné y la recogí, luego la deslicé en la cerradura, abriendo la puerta
con un giro. Antes de atravesarla, un cuerpo conocido llenó mi visión. Josh salió
del ascensor y se dirigía a mí. Mi primer impulso fue correr, saltar y disculparme a
besos. Ansiaba sus manos sobre mi piel, su boca en la mía. Él tenía el poder de
97 hacerme olvidar por un minuto.
Y por eso no pude. No lo usaría de esa manera.
Pero, ¿qué demonios hacía allí? ¿Otra vez?
—Josh, ¿en serio?
Levantó la vista del bolso de mensajero que examinaba y una mirada de
incredulidad cruzó su rostro. —En serio, ¿qué?
El tipo era tan molesto. —¡No puedes simplemente seguirme desde mi casa
hasta mi apartamento! ¡Te dije que necesito un poco de tiempo, maldita sea!
Se rió, a más no poder, haciéndome dudar de su cordura. Por lo menos la
mía no estaba en riesgo por el momento. Sacudió la cabeza y se dirigió hacia mí... y
pasó junto a mí, parándose al lado y deslizando una llave en la cerradura.
—Encantado de conocerte, vecina. —Me dio un saludo burlón, y luego abrió
y cerró la puerta detrás de sí, dejándome de pie en el pasillo como una idiota.
Mierda.
—¿Ember? ¿Eres tú? —gritó Sam desde el interior de nuestro apartamento.
Entré, dejando caer mi bolso en el vestíbulo, y me desplomé en el enorme
brazo del sillón. Dejó su ordenador portátil y me miró. —¿Pajarito? ¿Qué demonios
te pasa?
Meneé la cabeza. —Oh, soy una muchacha hormonal y egocéntrica. ¿Tú?
Me lanzó su lata de Ben & Jerry y lo devoré sin comprobar las calorías en la
etiqueta.
98
Traducido por Jasiel Odair
Corregido por Annie D
106 No habíamos abordado el tema de Riley/Kayla. Ella sabía por qué me fui,
expresó su disgusto por Kayla y todo, pero nunca dijo “te lo dije”. —¿Qué fue
exactamente lo que dijo?
Llevé las rodillas hasta el pecho. —Él no iba a tener sexo conmigo hasta que
fuera sobre “nosotros”, y no sobre el daño que sufría.
Su tubo de rímel golpeó el neceser, y su boca se abrió. —Mierda. Le llegaste
a Josh Walker.
Me sentía demasiado asustada para sonreír. —No tanto como él me ha
llegado a mí.
Traducido por [Link]
Corregido por Alessandra Wilde
4Son personajes del cuento A través del espejo y lo que Alicia encontró allí de Lewis Carroll y de
una canción de cuna inglesa anónima.
entrenadores, pero Josh todavía no llegaba. No era como si él fuera a llegar tarde
cuando el hockey estaba involucrado.
Saqué mi libro del bolso y volví a estudiar mis textos de educación infantil
aturdidores. Si podía pasar esta mañana, tenía el resto del fin de semana para
entregarme a mi lectura de historia.
Cada cierto número de páginas, alzaba la cabeza, diciéndome a mí misma
que lo hacía por Gus. En realidad buscaba a Josh. Tal vez debí haberme disculpado
por lo que pasó anoche, pero mira como resultó esa disculpa. Si intentaba decir que
lo sentía ahora, tal vez empezaría a follar su pierna como un perro en celo.
—Supongo que no hay brownie Walker apuntados para hoy —murmuró
una de las gemelas Tweedle detrás de mí.
Centré la mirada en Gus, negándome a girar y mirar descaradamente a las
acosadoras detrás de mí. Sin embargo, no dejaría de escuchar.
—Lo sé —suspiró Tweedledum—. Si no podemos salir a desayunar con él
hace que levantarse tan malditamente temprano sea una pérdida de tiempo.
—Supongo que podríamos salir con Jagger —murmuró Tweedledee. No me
108 había dado cuenta antes que Jagger entrenaba con Josh.
—Ya te has acostado con Jagger.
—Solo porque Josh no estaba interesado.
Escupí, casi mandando café a mi nariz.
—Sí, él ha estado un poco raro las últimas semanas, ¿sabes? Ha estado
rechazando a todo el mundo. —Tweedledum sonaba molesta—. Y lo siento, Jagger
puede ser ardiente, pero no es Josh.
Rechazaba a todo el mundo. Me tragué mi sonrisa e intenté no prestarle
atención a su conversación y concentrarme en mi trabajo cuando Gus no se hallaba
en la pista. Para cuando terminó el juego, él había marcado un gol y tenía una
asistencia por la victoria. Cada vez, me apuntó en las gradas como un hombre
grande. Me sentía tan orgullosa de él.
Papá también lo habría estado.
El dolor familiar se estableció en mi pecho. El dolor no disminuía; todavía
era agudo en momentos y leve en otros, pero se hundía en mi corazón, dejando
también espacio para otras cosas. Hice espacio para sonreír por el gol de Gus;
encontrar alegría en su sonrisa.
Le lancé un beso después de que el equipo cayó en una aglomeración de
negro y dorado. Él necesitaba esto. Demonios, yo necesitaba esto.
Gus me saludó, pero era Jagger quien fingió recibir el beso y lanzó uno en
respuesta. No pude detener la risa que burbujeó de mí.
No pasó desapercibido para las gemelas Tweedle.
—Oye, ¡tú, pelirroja! —me gritó Tweedledum.
Me apoderé de la calma que tenía y me di la vuelta. —¿Sí?
—¿Jagger Bateman te dio un beso? —Sus ojos se entrecerraron y sus labios
tomaron una mueca ofendida.
Tomé una respiración profunda. Así era como comenzaban esos locos
videos de hockey en YouTube. —Soy su vecina de al lado. Solo se hacía el tonto. Lo
siento, ¿es tu novio? —Sabía muy bien la respuesta a esa pregunta.
¿Se sonrojó? —No, solo lo conozco. —Su voz se volvió sugestiva—. Muy
bien.
La otra chica entrecerró los ojos. —Sí, y yo soy muy intima con Josh, su
compañero de piso.
Qué. Perra. —Ah, bueno, para mí solo es mi vecino y el entrenador de
109 hockey de mi hermanito. ¿Cuál es tu hermano?
Ahora, ambas se sonrojaron a un rojo escarlata. —Solo venimos a apoyar al
equipo.
—Sí. —Bajé la mirada a sus escotes expuestos y elevé las cejas—. Esos
cachorros definitivamente necesitan todo el apoyo que puedan conseguir a las siete
de la mañana.
Los niños desaparecieron en los vestidores, y Jagger me hizo señas. —Las
veo luego, chicas. ¡No cojan un resfriado! —Agarré mi bolso y el vaso vacío
mientras saltaba de las gradas. No podía escapar de ellas lo bastante rápido.
—¿Qué pasa? —le pregunté a Jagger mientras esperaba en las puertas de los
vestidores—. ¿Gus está bien?
Me dio una sonrisa asesina, pero no me daban ganas de desnudarlo y
precipitarme sobre él como lo hacía Josh. Era bueno saber que estaba discerniendo
con mi calentura.
—Sí, hoy fue una estrella ahí. Solo quería avisarte que él perdió un broche
cuando se quitó el casco, así que en caso de que olvide decirte, necesita arreglarlo
antes de la práctica del lunes.
—Increíble. Gracias, Jagger. —Él podría haber sido todo bromas y sonrisas,
pero me gustaba que fuera serio cuando se trataba de los niños.
—No hay problema. —Se inclinó contra la muralla, cambiando de tema—.
Sé que estás aquí por Gus, pero también es por Josh, ¿no?
No tenía sentido mentirle al compañero de piso de Josh. Asentí ligeramente.
—Patético, lo sé.
—Él es diferente contigo —admitió, mirándome con ojos evaluadores.
—¡Él es diferente con todas las chicas! —cantó Tweedledee, apareciendo de
nuevo—. Hola, Jagger.
Jagger les sonrió. —Heather, Sophie, encantado de verlas. —Maldita sea,
ahora sabía sus nombres. Me gustaba más mi mejor.
Espera un segundo. ¿Heather? ¿Era ella quien le mandaba mensajes de texto
a Josh?
—¿Y dónde está Josh? —preguntó Heather, alias Tweedledum.
—Sí, ¿se fue y desapareció de nuevo? —intervino Tweedledee, Sophie.
—Está ocupado este fin de semana. —Jagger me lanzó una mirada que no
pude interpretar—. Ember, estoy seguro que te veré por ahí. Gus debería estar por
110 salir en un segundo. No te olvides de lo del casco, ¿de acuerdo?
Asentí, manteniendo la respiración uniforme y de espalda a las chicas,
quienes demandaban claramente a los chicos de al lado.
—Sabes que Josh desaparece cada pocas semanas, ¿cierto? —me preguntó
Heather, entrando en mi visión—. No es que necesites saber el horario de tu…
vecino. —Me miró de arriba abajo y entonces, sonrió como si mis vaqueros y
chaqueta de polar de los Tigres no fueran suficientemente buenos para ella.
Sophie intervino. —Cada pocas semanas, necesita… ir a desahogarse.
—Sí, como con una nueva chica —murmuró Heather en voz baja, pero la
escuché. Ella tuvo la intención de que así fuera.
Nunca había estado tan agradecida de ver rizos cubiertos de sudor como lo
estaba cuando Gus salió de los vestuarios. —¡Ember! ¿Viste ese súper gol?
Tomé su bastón, pero era muy quisquilloso en llevar su propio equipo. —Sí,
¡eres una estrella!
—Damas. —Gus les dio a las chicas una inclinación de cabeza. Había estado
pasando demasiado tiempo con Josh.
—¿Las veo en la próxima oportunidad para acechar? —pregunté con una
dulce sonrisa. Me miraron, y se retiraron—. ¡Creo que esta victoria se merece
rosquillas!
—¡Anotación!
Cuarenta y cinco minutos más tarde, provistos con mocachinos y una
docena de rosquillas, fuimos a casa. Hice malabares con los cafés mientras Gus
maltrataba las rosquillas, pero llegaron a la puerta sorpresivamente de una pieza.
Mamá y la abuela se encontraban sentadas junto a la mesa del comedor. Mamá nos
dio una sonrisa forzada cuando entramos.
Gus deslizó las rosquillas en la mesa y no se molestó en conseguir una
servilleta o lavarse las manos antes de meter una glaseada con chocolate en su
boca. Él siempre sentía hambre después de los juegos.
—¿Cómo estuvo el juego? —me preguntó mamá, mirando embobada su
rostro.
—Muy bien, ganaron, tres a uno, y Gus marcó un gol y una asistencia. —
Repartí los cafés, dejando el de April en el soporte. Ella quizá no se levantaría por
horas, pero al menos no se comportaría como una perra porque había olvidado su
café en la carrera.
—¡Buen trabajo! —vitoreó la abuela.
111 Gus se limpió la cara con el dorso de la mano. —¡Gracias, abuela! Mamá,
¿crees que puedas venir la semana que viene? Es el fin de semana de padres y
nuestro último juego antes de las finales.
Su sonrisa vaciló, y casi intervine por ella. —Veremos como viene esta
semana, ¿bien?
Nadie mencionó que ella no había dejado la casa desde el funeral.
—¡Genial! —Alcanzó de nuevo la caja, y mamá cerró la tapa.
—No hasta que te duches y quites el olor de encima y pongas tus trapos
sudorosos en el cesto, señor.
—Sí, señora —refunfuñó, pero se dirigió al cuarto de lavado y regresó a las
escaleras.
Lo había disciplinado. Lo había cuidado. Había notado algo fuera de sí
misma de verdad, no falso. No pude evitar la sonrisa que se extendió en mi rostro
a medida que me deslizaba en mi asiento. Flanqueada por la abuela y mamá, el
peso disminuyó, como si una parte del peso que había estado llevando fuera
levantado de mi alma.
El teléfono sonó y lo tomé mientras mordía una rosquilla con crema de
chocolate. —¿Hola? —Tragué, esperando no sonar demasiado confusa.
—¿December? Soy el capitán Wilson.
Sabía que era de rutina que él nos comprobara, pero mi estómago aun así se
desplomó. No había ni un solo acontecimiento que pudiera asociar con ese
hombre. —¿Qué pasa, capitán Wilson?
Mamá levantó de golpe la cabeza para prestar atención, y su mirada me
quemaba.
—Algunas cosas llegaron para ti. ¿Estaría bien si las dejo en unos quince
minutos?
—Sí, no hay problema. Nos vemos en un rato. —Colgamos, y miré a
mamá—. El capitán Wilson estará aquí en unos quince minutos. Tiene unas cosas
que darnos.
El pánico entró y se apoderó de mi pecho. Tragué con dificultad. ¿Qué era
tan importante que no podía esperar hasta el lunes? ¿Documentos? ¿Más trabajo de
seguros?
—Qué amable de su parte renunciar a su mañana del sábado —comentó la
abuela cuando mamá no pudo.
No quería saber.
112 Me retiré de la mesa y dirigí escaleras arriba para despertar a April. Abrí su
puerta, y el olor a alcohol y vómito me asaltó.
—Santa mierda. —Me cubrí la nariz con la manga de mi polar y sacudí el
cuerpo todavía vestido de mi hermana—. April, despierta.
Ella murmuró incoherentemente y se adentró más en su nido de matas. Lo
intenté de nuevo, moviendo con suavidad sus hombros. Entonces, respiró cerca de
mí, y casi deseé no haberla movido.
Muerte. Ella olía a muerte y como si hubiera rodado en mierda y una botella
de Cuervo. Agarré el borde de sus mantas y las jalé con un fuerte tirón, dejándola
farfullando. —¡Qué mierda, Ember!
—¡Mueve tu culo y entra a la ducha! El capitán Wilson está en camino, y
mamá va a necesitarnos. —Lancé las cubiertas al cesto. Olían sospechosamente a
vómito.
—Devuélveme las mantas y déjame sola. No me siento bien. —Se acurrucó
en las almohadas.
Con calma, crucé el pasillo hacia el baño, serví un vaso grande de agua, y
saqué dos analgésicos del gabinete. Me senté en su cama y le froté la cabeza. —Sé
que no te sientes bien, cariño. Toma estas. —Estúpida, estúpida niña.
Se sentó y me dio una respuesta somnolienta, tragando el analgésico y
golpeando el colchón con un ruido sordo. —Gracias. Ahora, déjame sola.
Me puse de pie y tomé acciones. Se veía pálida, pegajosa, maloliente y con
resaca. La abuela tendría un día de campo aquí, pero no podía hacerle eso a
ninguna de ellas. Levanté el vaso de agua en el aire y lo vertí sobre su cara. Se puso
a escupir y chillar. —¡Perra!
Sacudí las gotas finales del vaso y lo dejé en su mesita de noche. —Sip.
Ahora, saca tu culo de la cama. —Tiré los pestillos y abrí su ventana, dejando que
la rancia habitación respirara el gélido aire de Colorado—. ¿Quieres beber como
una adulta? Entonces, lidia con las consecuencias de una niña grande. Ahora, entra
a la ducha, y por el amor de Dios, ¡cepíllate los dientes!
Esperé hasta que salió del cuarto y entró al baño, levantándome el dedo
medio mientras cerraba la puerta tras de sí. Muy mal. Ella podía estar enojada; de
verdad no me importaba.
Gus ya se encontraba en el comedor y en su tercera rosquilla antes de que
bajara las escaleras. Se hallaba recién lavado y cubierto de chocolate.
114
Traducido por Zafiro
Corregido por CrisCras
116 mis manos, desesperada por sacar la sangre que pudieran. Incluso la mía.
—Por favor, entienda…
—¡No! ¡Ustedes nos robaron! Nos quitaron algo que no tenían derecho. —
Sacudí la cabeza, tratando de expulsar esta pesadilla—. Hemos hecho todo lo que
han pedido ¡Todo! ¿Por qué hacen esto?
—Es la política.
—Que le jodan a su política. ¡Borraron lo que quedaba de él! ¡Sus
pensamientos! ¡Esto está mal, y lo sabe!
El bajo gemido de mamá me atravesó, finalmente soltando el mismo sonido
embotellado dentro de mí. Su tristeza se hizo eco de la mía, y desestimé al capitán
Wilson dándole la espalda.
Mamá se arrodilló delante de una de las cajas; una de sus camisetas del
ejército sostenida contra su cara, respirando en la inhalación, gritando en la
exhalación, llamándolo por su nombre. Mi garganta se cerró, pero encontré mi voz.
—Fuera.
No necesité decirlo dos veces.
Los soldados salieron al aire fresco y nos dejaron atrapados dentro de
nuestro propio dolor.
—¿Qué está pasando? —April se esforzaba para bajar las escaleras, y ya no
tenía la energía para gritarle acerca de su resaca.
—Las cosas de papá —contesté, levantando a mamá suavemente por los
brazos para ponerla en el sofá. La abuela la meció como a un bebé mientras
mantenía la camiseta contra su nariz, empapándola en sus lágrimas y sollozos
desgarradores. No había llorado así antes, no que yo hubiera oído. Había estado
demasiado adormecida, demasiado llena de conmoción para llorar así hace un
mes. Casi deseaba poder meterla de nuevo en su estado catatónico y evitarle todo
esto.
Cogí otra camiseta y la llevé a mi nariz. Olía a él, a días lluviosos y lectura
en el sofá. Olía a abrazos, rodillas raspadas y consuelo sobre los primeros
corazones rotos. Olía a él tanto que podría haber estado usándola. Pero eso era
imposible. Se encontraba enterrado a veinte minutos de aquí y no podía usar esta
camiseta de nuevo.
Nunca tendría otro abrazo, otra risa, otro crucigrama de domingo.
Todo lo que tenía era esta maldita camiseta, y entendí el llanto de mi madre.
Se hizo eco de los gritos construyéndose en mi corazón que no me atrevía a dejar
117 escapar. En su lugar, respiré más del aroma de papá y me pregunté si habían sido
lo suficientemente considerados de no lavarla.
—¿Qué hacemos? —La voz de April tembló a mi lado.
Había visto a mamá hacerlo cada despliegue, y esta no era la excepción. —
Conseguir las bolsas herméticas. Las más grandes.
Regresó un momento después con las bolsas de cuatro litros. Pronto, estas
camisas no tendrían su olor nunca más, y en verdad habríamos perdido cada parte
de él. —Comienza a oler las camisetas. Si huelen a papá, embólsalas.
—¿Por qué?
Me tragué las lágrimas. —Cuando tenías dos años y papá se iba a un
despliegue, tú tenías terrores nocturnos. Nadie sabía por qué, pero mamá no podía
conseguir que pararan. —Casi me eché a reír—. Dios, me contaron esta historia
una y otra vez. De todos modos, mamá nunca lavaba la funda de la almohada de
papá, así la deslizaba sobre tu almohada. Olía a él, y dormías. Una vez que el olor
se disipaba, desembolsaba algunas de sus camisas que había guardado y cubría tu
almohada con ellas.
Lágrimas silenciosas caían por el rostro de mi hermana. —Está bien.
Apreté su mano. Ninguna palabra sería de ayuda.
Mientras la abuela dejaba llorar a mamá, April y yo clasificamos las cosas
que olían a él de las cosas que sabíamos que habían sido lavadas, blanqueadas o
sin uso. Después de la segunda caja, teníamos siete camisas que olían a papá.
Recogí las bolsas y las llevé al piso de arriba, dentro del vestidor de mamá.
El último cajón del armario se hallaba vacío. Era el lugar en el que había guardado
todas estas camisetas. Las metí en el cajón y lo cerré.
Me puse de pie, haciendo un balance de la parte superior del armario donde
guardaba sus tesoros, como los llamaba él, las pequeñas cosas que habíamos hecho
para él de arroz, macarrones y cartones de huevos a lo largo de los años. La huella
de mi mano en yeso de su primer día del padre reposaba junto a una foto de
nosotros tres que le habíamos dado en el último.
Mis rodillas cedieron y caí al suelo. Me concedí diez minutos y lloré todo lo
que pude, dejando que los sollozos me atormentaran y me destrozaran, cediendo a
la miseria absoluta de perderlo. Esto tenía que suceder, ¿verdad? Esto tenía que ser
el último gran momento de dolor.
¿Cómo llegamos aquí? Habíamos estado haciéndolo tan bien, curando,
siguiendo adelante, y ahora regresamos al punto de partida, sintiendo que el
118 ejército entró y nos dio la noticia hoy. ¿Por qué no podría haber un camino libre de
este lío? ¿Por qué todo tenía que ser tan confuso e indefinido y totalmente jodido?
¿Esto terminaría antes de que me rompiera en piezas irreparables?
Quería a alguien que me abrazara, que me dijera que esto iba a estar bien,
que me asegurara que mi vida no había terminado con la de papá. Quería solaz y
consuelo y no pensar en ello durante un tiempo. ¿No había nadie más que pudiera
ayudar a llevar el peso de esta casa?
Más que nada, quería los brazos de Josh a mi alrededor, y eso me alarmó
más que cualquiera de mis otros deseos. Pero tan aterrador como era deseado, al
menos sabía que quererlo nunca me traería aquí, que nunca sería un soldado, que
nunca sería envuelto en una bandera.
—¿Ember? —La voz de Gus entró al dormitorio, sacándome de mi
autocompasión.
Sequé las lágrimas de mis ojos, agradecida porque había empezado a usar el
rímel a prueba de agua desde que murió papá, y salí del armario. —Hola,
hombrecito.
—Mamá está llorando de nuevo.
—Nos dieron las cosas de papá esta mañana, y es un momento difícil para
ella.
Asintió lentamente. Me tendió su mano y la tomé, bajando las escaleras con
él. Las cosas de papá estaban apiladas ordenadamente en los muebles, a la espera
de que mamá nos dijera qué hacer con ellas.
Encontré su casco de patrulla en la mesa de café y luché conmigo misma por
un momento antes de ponerlo en la cabeza de Gus. Eso no significaba que él fuera
a ser un soldado, y lo sabía, pero me dolía ver el diseño multi-campamentos en su
dulce rostro.
El diamante del anillo de bodas de la abuela me llamó la atención en la luz
del sol. Ella había perdido a su marido y a su hijo. Las lágrimas humedecían sus
ojos, pero no las dejó caer mientras mecía a mamá adelante y atrás, como si
estuviera tratando de absorber algo de su dolor. No veía cómo la abuela podía
tener espacio para más de lo que ya llevaba.
Me senté al lado de mi madre, que había comenzado a hipar ahora que el
llanto cesó. —Mamá, ¿quieres que arreglemos esto o simplemente lo pongo de
nuevo en las cajas? No tenemos que hacerlo ahora.
Sus ojos saltaron por toda la habitación hasta que aterrizaron en las cajas.
Entonces tomó su primera decisión relacionada con papá. —Devuelve las cosas del
119 ejército a las cajas, deja las cosas personales fuera. Una cosa a la vez, ¿verdad?
Forcé una sonrisa. —Así es.
Cargamos las batas y uniformes de vuelta en las cajas, pero dejamos las
fotos que había llevado con él, su kit de afeitar y los cachivaches. El ordenador
sería un gran tope de puerta. Cogí la copia encuadernada de su libro favorito, “El
Profeta” de KahlilGibran. Casi lo tenía todo memorizado, y la cubierta se hallaba
gastada en los espacios de sus manos. Hojeé las páginas, sonriendo ante mis
pasajes favoritos, sintiendo el torrente de dolor cuando encontré los suyos.
Unos papeles cayeron al suelo antes de que pudiera atraparlos. Cerré el
libro y los recogí. Sobres sellados y nombres escritos: June. April. Mamá. August.
December. —¿Mamá? —Le mostré las cartas.
Contuvo el aliento y estiró sus temblorosas manos. Le di las cartas a cada
uno. Se las había arreglado para enviar un pedazo de sí mismo desde tan lejos. Oí
rasgar y desgarrar mientras todo el mundo excavaba en ellas.
Todos menos yo.
Si la abría ahora, eso sería todo, y nunca oiría de papá otra vez. No podía
aceptar eso.
Metí la mía en mi bolsillo trasero y fui a ayudar a Gus. —Lo conseguí —
respondió, y llevó la carta a su habitación. Todo el mundo se había alejado,
experimentando un momento privado con papá.
Terminé de empacar sus cosas y llevé el resto a la habitación de mamá. Tal
vez ahora no se encontraba dispuesta para ello, pero con el tiempo querría saber a
dónde fueron estas cosas. Se había recuperado de esto antes, y sabía que lo haría de
nuevo. Hasta entonces, estaría pendiente como a papá le gustaría.
***
***
A las cinco de la tarde, aún no había salido de nuestra subdivisión. No en mi
pequeño Volkswagen. Tenía muchas ganas de volver al apartamento. Allí podría
estudiar, perderme en el campus, pretender que no pasaba nada de esto.
Ahora entendía por qué la abuela había sido tan inflexible en que tomara el
apartamento con Sam y no me mudara a casa. Podría haberme sofocado en mi
dolor aquí.
La abuela recogió su cesta de costura y se sentó en el sofá junto a mí. Sacó la
bandera del servicio, la que había colgado en nuestra ventana durante años.
Conocía la tradición. Aquellos con un hijo o, como la tradición vacilaba, un marido
desplegado en la guerra, colgaban una sencilla bandera blanca delineada en rojo
con una estrella azul en el centro. Era una cuestión de orgullo, anunciando que
habías dado algo por este país, que la familia había hecho su parte.
Pero cuando se había perdido un soldado, los hilos azules de la estrella eran
reemplazados con dorado, proclamando su sacrificio y el dolor de la familia.
Observé, en trance, como la abuela enhebraba la aguja con brillante hilo dorado y
empezaba a coser.
121 —Esto es lo que esperabas, ¿verdad? —pregunté—. Antes de irte a casa,
querías estar aquí cuando trajeran sus cosas.
Me miró por encima de sus gafas de coser. —Sí. Sabía que esto iba a afectar
a tu madre, a destrozarla. Pero lo que sea que mi Justin le dijo en esa carta pareció
sacarla un poco de ello. Me ha sorprendido, y creo que está lista para comenzar a
vivir de nuevo. Yo también.
—Tengo miedo de que te vayas —admití silenciosamente, asustada de que
mamá me escuchara.
—December, tienes que confiar en tu madre. La has mantenido de pie
durante mucho tiempo, pero ahora tienes que dejarla caminar sola. Gus y April ya
no son tu responsabilidad. Vive tu vida, dulce niña. —Miró de nuevo la bandera y
continuó con su trabajo—. Tu padre murió. Tú no. Yo tampoco —terminó en un
susurro—. Es asunto de los vivos seguir viviendo. No somos la excepción. No
somos la primera familia en perder a un hombre en la guerra, y me temo que no
seremos la última. Pero tendremos que ser fuertes.
Atravesar. Tirar. Empujar. Atravesar. Tirar. Empujar. Una y otra vez sacó la
aguja a través de la bandera, sacando el contorno azul de la estrella, todo lo que se
podía tener de él de acuerdo a la tradición. Cosió encima la estrella dorada; sus
brillantes hilos reflectantes cambiaban la definición de la vida de mi padre de una
de servicio a una de sacrificio. Esa estúpida estrella dorada declaraba este único
acontecimiento en su vida, su muerte, más importante que todos los diecinueve
años que la estrella azul había atestiguado mientras colgaba en la ventana de
nuestra sala de estar.
De alguna manera, en el circo del mes pasado, de todo lo de Riley… lo de
Josh… La muerte de mi padre había ensombrecido su vida, y eso me enojó más
que cualquier otra cosa.
122
Traducido por Gaz Holt
Corregido por NnancyC
Bueno para el medio ambiente o no, deseé que Colorado hubiera echado sal
en las carreteras. La asquerosa grava de color rojo no hizo nada para aumentar la
tracción. Fue un infierno viajar a la escuela el lunes por la mañana.
Me deslicé en mi asiento en la clase y saqué mi libro y el resumen de
capítulo que había hecho durante la lectura. Estuve tan apresurada al levantarme y
conducir al norte para la escuela que había olvidado el carnet de estudiante y ni
siquiera tuve tiempo de tomarme un café, lo que no auguraba nada bueno para mi
día.
123 Una humeante taza de los cielos fue dejada en mi escritorio. Miré para ver a
Josh sonreír y tomar su asiento. —Vi a Sam esta mañana y me dijo que anoche te
habías quedado en el sur por la nieve. Me imaginé que fue probablemente un viaje
de nudillos blancos.
Asentí. —Fue un poco infernal.
—Te habría llevado. Una llamada telefónica y habrías estado cómodamente
en el Jeep. —Señaló la taza—. Con café y todo.
Tuve que reprimir mi sonrisa. —Te lo dije, puedo arreglármelas sin que tú
corras para salvarme. Además, escuché que te encontrabas muy ocupado este fin
de semana. —Una punzada de amargura se deslizó en mi tono. No podía dejar de
preguntarme con quién había estado.
—¿De quién?
Tomé un largo trago de la deliciosa cafeína e ignoré su pregunta mientras
nuestro profesor empezaba la clase.
Me lanzó miradas por el rabillo del ojo durante toda clase y con diligencia
mantuve la cabeza agachada. Podía concentrarme en la Guerra Civil. Sí, eso es lo
que haría. El problema con esa lógica era que pasé toda la hora pensando en no
pensar en Josh. Fracaso épico.
¿Dónde había ido este fin de semana? ¿Con quién estuvo? ¿Por qué diablos
me importaba? Yo había dejado claro que no estábamos en una relación, por lo
que, ¿qué derecho tenía de saber siquiera las respuestas? Ninguno.
No podía salir de clase lo suficientemente pronto. Para el momento en que
el profesor nos despidió, ya había empacado mi bolso para poder embestir por la
puerta. Salí del edificio hacia el aire fresco antes de que Josh me alcanzara,
igualando mi ritmo.
—¿El salón se encontraba en llamas?
Sí. Yo era el origen de las jodidas llamas. Me sonrojé. —No, solo estoy ocupada
hoy.
—Cierto. ¿Quieres ir por un desayuno tardío antes de marcharte a estudiar?
Me detuve en medio del patio cubierto de nieve y también se detuvo. —No
deberíamos. Quiero decir, no puedo. Quiero decir... mierda.
Se echó a reír, atrayendo la atención de casi todas las chicas en el patio. —
¿Supongo que eso es un no?
124 Odiaba ponerme tan nerviosa. —Sí. Quiero decir que no, porque no estamos
saliendo.
—Soy muy feliz en donde estamos. —Una mirada de acalorada intensidad
se apoderó de él cuando sus ojos cayeron a mis labios—. El problema es que me
sigues diciendo que estamos en otro lugar.
Pero eso no cambiaba los hechos aquí. —Siento mucho lo del viernes. Vaya
disculpa, ¿eh?
Dio un paso lo suficiente cerca para que captara su esencia de sándalo.
Deseé poder poner mis hormonas en tiempo muerto. En la esquina. Lejos.
Levantó suavemente mi barbilla y rozó sus labios con los míos. —Ember,
adoro la forma en que te disculpas.
Mierda. ¿La voz del hombre se relacionaba directamente con el latido entre
mis malditos muslos? Recurrí a cada gramo de fuerza que poseía y me aparté de él.
No me pasaron desapercibidas las miradas evaluadoras que recibíamos de la gente
en el campus.
—Nada ha cambiado, Josh. —Tenía que repetirlo lo suficiente para
creérmelo—. Tú eres... tú, todo Josh y perfecto... ahora, pero sé que es solo una
cuestión de tiempo…
El músculo de su mandíbula se flexionó. —¿Una cuestión de tiempo hasta
que qué?
—Ya lo sabes. —Eché un vistazo a nuestro alrededor, manteniendo la voz
baja.
—No, Ember, me temo que no. —Levantó la voz, sin preocuparse por las
miradas indiscretas.
En el momento justo, Tweedledum saludó mientras caminaba por nuestro
lado, dándole a su culo una deliberada mirada. —Hola, Josh. ¿Tal vez pueda verte
más tarde?
Sus ojos no se apartaron de los míos. —No es un buen momento, Heather.
Cuando ella se alejó, señalé su espalda. —Ahí mismo. Sabes que las chicas
siempre estarán haciendo fila por ti y no es que las desanimes. Yo soy yo... y tú
eres... tú, y es solo cuestión de tiempo hasta que te des cuenta que la persecución
no es tan divertida cuando el conejo está atrapado. Sobre todo cuando el conejo no
se encuentra mentalmente sano.
Apretó y destrabó la mandíbula hasta que tomó una respiración profunda.
—Escucha. Olvida lo que creas que es “como yo”. Ni siquiera he tocado a otra chica
desde aquella noche en Breckenridge. Y no es porque no lo estén pidiendo. Es
125 porque ellas no son tú. —Se pasó las manos por el pelo, jalando los pequeños
mechones—. ¡Ten un poco de fe!
—La fe te jode, Josh, y Riley no era solicitado ni siquiera una cuarta parte de
lo que lo estás tú. ¡Eres Josh jodido Walker!
—Y tú eres December jodida Howard, y resultas ser la única chica que me
interesa. ¡No soy Riley! Cuando hago una elección, eso es todo. No retrocedo. No
llegué donde estoy en el hockey o en la escuela por dar marcha atrás, y te elijo a ti.
—No me encuentra ni cerca de estar lista para ser la elección de nadie. —No
estoy lista para arriesgar mi corazón.
Sus ojos se estrecharon, pero me soltó el codo. —Un día lo estarás y voy a
seguir aquí, sin importar lo fuerte que me alejes. —Con un suspiro, se giró para
irse.
—¿Por qué? —grité detrás de él—. ¿Por qué estás haciendo esto?
Miró hacia atrás, con los nudillos blancos de agarrar su mochila. —Porque
soy bastante masoquista como para cuidar de ti, y alguien tiene que hacerlo,
Ember. —Todo indicio de burla se había ido.
Me detuve en el gimnasio universitario y corrí casi diez kilómetros, tratando
de superar todo lo que parecía estar persiguiéndome. Me perdí en mi iPod y el
ritmo de mis pies contra la cinta de correr, negándome a pensar en otra cosa,
excepto mi respiración.
Necesitaba un plan. Necesitaba saber qué diablos hacía.
Una vez que llegué a casa, me duché, sequé y vestí, luego desempaqué mi
bolso.
La carta de papá se deslizó en mi escritorio.
La recogí y me senté en la cama, trazando con mi dedo sobre su escritura
brusca. Quería meterme dentro del momento en que había escrito mi nombre,
como si hubiera una manera de extender la mano y tocarlo a través de la tinta.
Levanté el sobre hasta mi nariz, en busca de algún rastro de él, alguna prueba de
que realmente había sostenido esto. No tuve tal suerte, olía a papel normal.
El sobre era nítido y blanco, no como los que habían pasado por el sistema
de correo del extranjero para llegar a nosotros. Esta carta nunca había visto la parte
exterior de su libro. ¿Cuándo la había escrito? ¿Para cuál despliegue la escribió?
¿Siempre escribía una? Me quedé mirando el sobre cerrado.
Papá, ¿sabías que ibas a morir?
—¿Ember? ¿Estás por aquí? —La voz de Sam sonó desde la entrada,
acompañada por los sonidos de su mochila golpeando el suelo.
126 —Sí. —Guardé el sobre en la parte superior de mi estante, entre una foto de
Gus y una tomada durante nuestro último viaje a Breckenridge. Hora de actuar
con normalidad.
—¡Increíble, porque Kappa Omega va a tener una fiesta el viernes y tenemos
una invitación! —Agitó el sobre dorado en el aire como un trofeo.
—De ninguna manera. Los chicos de fraternidad son los que echan un polvo
con tu compañera de cuarto cuando no estás mirando.
—¿Me lo prometes? Me encantaría conseguir un pedazo de algunos chicos
Kappa Omega. —Se paseó campante por delante de mí en mi habitación y abrió las
puertas de mi armario, y yo no podía dejar de reír—. Chica. Sabes que tienes veinte
años, ¿no? —Sacó un jersey de cuello alto acanalado—. Veinte, no cuarenta y cinco.
Se lo quité de las manos. —¡Eh, eso es Ann Taylor!
—Eso es de vieja bibliotecaria. —Agarró mi escote modesto y tiró hacia
abajo, dejando al descubierto una increíble cantidad de escote para las diez de la
mañana—. Enseña las chicas, porque te estamos buscando un rebote. Si no vas a
saltar sobre Josh —murmuró— porque estás demente, entonces encontraremos a
un chico sexy de fraternidad.
Josh estaba fuera de los límites. No le iba a traer a la fiesta de mierda en la
que mi cabeza se encontraba en el momento, pero tampoco me podía ver saliendo
con un tipo al azar. —Tal vez esto no es tan buena idea.
Sam ya me arrastraba a través de nuestro apartamento y hacia su habitación.
Abrió su armario y empezó a arrojar ropa en mis brazos. —Esta es una idea
brillante. ¡Oye, deja ese teléfono! ¿Qué haces? ¡Estamos planeando tu debut social
aquí!
La ignoré y marqué al celular de mamá. Era lunes y tenía que comprobarla.
—Hola, ¿mamá?
—¿Ember? ¿Qué pasa, cariño?
—Solo quería asegurarme de que hiciste arreglar el casco de Gus. —Si no,
todavía tenía tiempo para recoger uno nuevo antes de la práctica de esta noche.
—Todo hecho. Nos dirigimos a la pista después de la escuela. ¿Quieres
venir a ver?
La pista de patinaje donde estaría Josh. Donde tendría que escuchar a las
gemelas Tweedle hablar de él. Dónde mamá pensaría que la vigilaba porque no
podía confiar en ella.
Necesitaba un poco de distancia de Josh para ordenarme y tenía que confiar
en mamá.
127 Tenía que empezar por algún sitio.
—En realidad, me voy a quedar atrapada en algunas tareas. Dale un beso a
Gus, ¿de acuerdo?
Oí su suspiro de alivio a través del teléfono. —Por supuesto. Recuerda, el
partido de desempate es el sábado por la mañana, y sabes que te va a estar
buscando.
Sí, ambos me buscarán. —No hay problema, mamá.
Traducido por Liillyana & Ann Ferris
Corregido por Daniela Agrafojo
Snow Bash era la invitación para la fiesta más solicitada de febrero. Sam me
vistió con un vestido de cóctel azul, sin tirantes y me recogió el cabello. La noche
del viernes llegó con la agenda de encontrar un chico de rebote.
Ella entregó nuestra invitación al alumno de primer año en la puerta,
dirigiéndole una sonrisa asesina antes de llevarme hacia adentro. Su vestido,
cubierto de lentejuelas se iluminó como una bola de discoteca. Nos abríamos paso
entre la multitud hacia el bar, cuando los recuerdos de Riley me bombardearon. A
él le encantaban sus estúpidas fiestas de fraternidades.
128 Un rubio lindo con hoyuelos se acercó con dos vasos rojos. —¿Chicas, les
gustaría una bebida?
—No, gracias. Nos dirigimos a la barra. —Le dirigí una sonrisa para aliviar
mis palabras cortantes. No lo rechazaba a él, solo las bebidas. No era posible que
tomara una copa que sirviera un desconocido, o a la que le hubiera derramado
algo dentro.
Sam agarró mi mano y me arrastró hacia la barra, entrando y saliendo de los
grupos de personas que bailaban y pasaban el rato. Un DJ se encontraba en la
esquina, y “Locked Out of Heaven” de Bruno Mars sonaba en los altavoces. Sam
llegó hasta la barra, nos ordenó dos cervezas y balanceó las botellas.
—Por los rebotes.
Chocamos las botellas, y tomé un largo trago. Rebote. El objetivo de esta
noche era encontrar un tipo adecuado. Alguien que alejara mi mente de papá, y la
mierda de April, y mamá, y Riley, y… y… Josh. Sí, claro.
Lo asombroso de la pena consistía en que tenía prioridad en mi corazón,
consumiendo cada dolor hasta que decidiera dejarla entrar. La muerte de papá
ensombreció la traición de Riley, como una pierna rota en comparación a un dedo
del pie aplastado.
Solo me preguntaba cuál podría dejar cicatrices más severas a largo plazo.
—¿Qué tal él? —Sam señaló a un chico de fraternidad con el pelo castaño
oscuro y una sonrisa agradable.
—Demasiado bajo.
—Está bien… ¿él? —Hizo un gesto hacia otro hombre. Buena construcción,
buena altura.
—No sonríe.
Suspiró y se volvió. —Hmm… ¿él? —Esta vez era un rubio. Construcción
perfecta, vestido como un modelo de Abercrombie.
Mi estómago dio un vuelco. —Demasiado Riley.
—Tienes razón. —Nos apoyamos en la barra. Claro, había un montón de
chicos por los que babearían las chicas. No me tomó mucho tiempo descubrir mi
problema.
Ninguno de estos chicos era Josh.
Un rubio muy sexy, que usaba un polo de la fraternidad, chocó su botella
con la que se encontraba en la boca de Sam, causando que la cerveza se derramara
129 por todas partes. —¡Oye! —gritó, saltando hacia atrás para evitar que se arruinaran
sus zapatos—. ¡Deacon! ¿Por qué tienes que ser tan idiota?
Él sonrió y se metió a la boca un cacahuete de un cuenco cercano. —Sam, te
ves muy bien esta noche.
—Eso no va a suceder. —Conocía esa mirada en su cara. A ella le gustaba,
pero no lo suficiente como para ir tras él. Sonrió cuando otro tipo con magníficas
características hispanas se acercó—. ¿Chicos, conocen a Ember? —Inclinó la cabeza
hacia mí—. Ember, estos son Deacon y Mark.
La sonrisa de Mark era amable y acogedora. —Encantado de conocerte,
Ember.
Los ojos verdes de Deacon me escanearon. Cuando pensé en escoger a
alguien que no fuera Josh, una ola de malestar se revolvió en mi estómago, pero la
aparté. Si iba a ir la caza de un chico por despecho, alguien con el que perderme un
rato, entonces Deacon podría encajar en el papel.
Me dio una sonrisa lenta y tomó mi mano. Dudé, pero se la di. En lugar de
sacudirla, la llevó hacia su cara, le dio la vuelta, y me dio un beso en la palma. —Es
un placer conocerte… —Se detuvo, rastrillando sus ojos sobre mí de nuevo—
. Ember.
Um. No. La violación de mi espacio por ese beso bloqueó mis músculos con
repulsión por un instante. Tragué saliva, obligándome a relajarme. Tan pronto
como mi pánico no fue obvio, retiré mi mano, esforzándome por mantener la
sonrisa en mi cara. —A ti también, Deacon.
Jagger se deslizó entre Deacon y Sam. —Cuidado, Deke. Josh tiene la vista
en ésta.
La molestia me picó. —Josh no tiene la vista en mí. No estamos saliendo.
Los ojos de Jagger se estrecharon. —¿Estás segura de eso?
¿Lo estaba? Teníamos que ser solo amigos, al menos hasta que yo no fuera
una ruina total. Ya había tomado esa decisión, ¿cierto? Cierto. —Estoy segura.
—En ese caso —Deacon acortó la distancia entre nosotros y me jaló hacia
él—, ¿quieres bailar?
Sam me dio un asentimiento con la cabeza, y Jagger hizo una mueca, sin
duda decepcionado por mi elección. Esta era la razón de que estuviera aquí, lo que
decidí hacer. Atenerme al plan de rebote. —Por supuesto.
Deacon me llevó del piso para algo un poco más sucio. “S & M”, de Rihanna
llegó por los altavoces, y todos se acercaron aún más, si eso era posible. Deacon
130 dobló su dedo hacia mí, y me deslicé a su lado, extática por perderme en la el
ritmo. El baile era un área en la que podía dejarme llevar.
Él me acercó más, presionando su pelvis contra la mía. Vaya, amigo. Sus
manos flotaban sobre mi espalda, agarrando mi cintura y se dirigieron hacia el sur
hasta mis caderas. Repetí el mantra de “esto está bien” en mi cabeza. Después de
todo, si trataba de hacer esto, tenía que dejar que el chico me tocara. Tenía que
disfrutar de su toque. Sí. Podría hacer esto.
Se movió contra mí, excitándose, pero yo no podía relajarme. No podía
dejarme llevar como de costumbre. Me encogía cada vez que movía sus caderas
contra mí. Aleja esa cosa ya.
Sus manos se apoderaron de mi trasero, jalándome hacia él mientras se
frotaba contra mí. —Maldita sea, cariño, eres hermosa —susurró en mi oído. Su
cálido aliento apestaba a cerveza.
Era el colmo. Levanté las manos y las presioné contra su pecho. —Deacon,
no.
Eso fue todo lo que logré antes de que un cuerpo gigante se interpusiera
entre nosotros. Atrapé su olor familiar antes de escuchar su voz. —Retrocede,
Deke.
—Espera, ella dijo que quería bailar, Walker. —Deacon era más pequeño
que Josh por una cabeza, y lejos de ser tan intimidante.
—No dijo que quería que le agarraras el culo, ¿verdad?
Lo rodeé y me deslicé entre ellos, enfrentando a Josh. —Se acabó. No hay
nada de qué preocuparse.
Él mantuvo su enfoque en Deacon, y si las miradas mataran… Sí. —Vete lo
más lejos posible, Deke, y no vuelvas a acercarte a Ember.
Deacon levantó las manos como si estuviera bajo arresto, se encogió de
hombros, y se alejó.
—¿En serio, Josh? —Clavé mi dedo en su pecho—. Lo tenía controlado. No
tenías que ponerte cavernícola. —Pero me alegraba que lo hubiera hecho. Diablos,
me alegraba verlo—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Él sonrió y señaló las letras de fraternidad bordadas en su camisa. —¿Cómo
crees que obtuvieron esas entradas?
—No te tomé por un chico de fraternidad. —Una punzada de decepción me
tomó por sorpresa.
Acercó su cara a la mía, pasando su nariz por mi pómulo para susurrar en
138 La boca de Sam se abrió. —Casi creería que esto es divertido si no acabara
de ver a tu hermanita en una habitación al final del pasillo con Tyler Rozly.
—¿Qué? ¿April está aquí? ¿Cómo diablos llegó aquí? ¡Es menor de edad! —
Lamentable, pero fue el único pensamiento que pude expresar.
—Está desnuda, Ember, y esos muchachos tienen una cámara.
Traducido por florbarbero
Corregido por Gaz Holt
139 acomodé el escote de mi vestido. Me desenredé del cobertor, mis talones cayeron al
suelo y deslicé el vestido por debajo de mi cintura. —¿Dónde están mis bragas? —
Entré en pánico, tirando el cobertor hacia atrás.
Josh alzó el par púrpura y se puso de rodillas para que pudiera entrar en
ellas. Las puso sobre mis muslos, y, aunque sabía que el sexo no se encontraba en
su mente, fue muy sexy cuando encontró mi mirada.
—¿Estás bien? —No podía creer que lo hubiera dejado en esta situación otra
vez.
Asintió. —Vamos a ayudar a tu hermana.
Me acomodé el vestido de nuevo y luego abrí la puerta.
Sam se apoyaba contra la pared. —Por aquí. —Ordené los mechones sueltos
de mi pelo mientras la seguía por el pasillo. Tres, no, cuatro puertas más abajo,
golpeó—. ¡Abran!
—¡Vete! —respondió una voz ronca.
—¿April? —Llamé a la puerta mientras giraba la perilla. Estaba cerrada con
llave. Lástima que no cerraron con llave en primer lugar. Por otra parte, con Josh
tampoco lo había hecho. Empujé la perilla otra vez, como si mi gran determinación
por sacar a mi hermana pudiera abrir mágicamente la maldita cosa—. April—grité,
golpeando la puerta.
—¡Sal de aquí! —El chico de nuevo. No conocía a Tyler Rozly, pero si tenía a
mi hermana en esa habitación, pertenecía a mi lista negra.
Un par de manos me empujaron suavemente a un lado. Josh se encontraba
aquí. Golpeó una vez la puerta. —Tyler, abre la puerta ahora.
—¡Por supuesto que no! —La risa que acompañó su declaración fue
suficiente para decirme que April se encontraba allí.
—Tyler, soy Walker, y si no abres esa maldita puerta en veinte segundos,
voy a sacar tu culo de allí. Ahora. Ella es menor de edad. —Las venas de su cuello
pulsaban.
Una maldición ahogada sonó a través de la puerta, y conté mentalmente
cada uno de los segundos con los que Josh amenazó a Tyler. En dieciocho
segundos, la cerradura cedió y la puerta se abrió para revelar a un hombre sin
camisa que supuse era Tyler. —¿Por qué demonios estás siendo un aguafiestas
conmigo, Walker?
Me deslicé entre Tyler y el marco de la puerta. —¿April?
Mi hermana se sentó en la cama, agarrando el cobertor. —¿Ember?
140 Toda la rabia que sentía hacia April se dirigió a Tyler. —¡Es mi hermana
pequeña!
Tyler cruzó los brazos, pero de pie junto a Josh no parecía intimidante. Josh
lo eclipsaba. —No parecía demasiado “pequeña” para mí.
Josh se puso delante de mí antes de que consiguiera que mi mano quitara la
sonrisa satisfecha de la cara de Tyler. ¡Imbécil!—Tiene diecisiete años, viejo. Que yo
sepa, tienes veintiuno, lo que la hace ilegal para ti.
Tyler se puso pálido. —No, te equivocas. Parecía joven, así que le pedí ver
su identificación cuando entró. Su nombre aparecía en la lista y todo.
April se sentó en silencio en la cama y me dio una mirada culpable que
conocía demasiado bien.
—Tomaste mi identificación.
—No es como si tú lo necesitaras. —Pasó de arrepentida a acusadora en un
respiro.
—¿Eres December? —Tyler palideció, desechando al suelo toda su anterior
bravuconería, junto la ropa interior de April. Mierda. ¡Su ropa interior se
encontraba en el suelo!
—Aparentemente. Y tú eres un imbécil por dormir con mi hermana de
diecisiete. —Antes de que pudiera continuar, la sirena sonó en el pasillo. Casi lo
había olvidado—. ¿Josh?
Asintió. —Yo me encargo. —Se movió más allá de Sam y se fue.
April todavía no se había movido. —Ponte la ropa. —Con cada palabra me
ponía más furiosa. Hizo una mueca como si fuera a discutir conmigo—. ¿Qué?
¿Quieres tener más fotos desnuda?
—¿Fotos desnuda?
Mis uñas se clavaron en mis palmas. —¡Esos chicos tenían una cámara!
Eso hizo que se moviera.
Tyler se deslizó por la parte de atrás de la puerta, derrotado. No lo podía
culpar, en realidad no. La interrogó, y ella le dio mi identificación. Lo engañó.
—¡Por supuesto que no, Walker! ¡Las fotos son nuestras! —Los gritos se
produjeron mientras se escuchaba el sonido de pies golpeando en el pasillo.
Saqué la cabeza por la puerta y vi a los novatos alrededor de la barandilla y
141 bajo los escalones centrales. Iban a irse con esas fotos. Josh se deslizó por la
esquina, echó una mirada a la distancia, lanzó sus piernas por encima de la
barandilla y saltó. Aterrizó justo en frente de ellos.
Contuve la respiración, sin ser capaz de tomar aire de regreso.
—Dame la puta cámara. —Se las quitó, arrancó la tarjeta SD y se la lanzó de
nuevo antes de que pudieran farfullar otra protesta—. Si alguna vez los atrapo de
nuevo tomando fotos de cualquier mujer sin su consentimiento, no tendrán que
preocuparse por convertirse en hermanos de fraternidad, sino por no volver a
respirar. Sin discusiones. No hay segundas oportunidades. ¿Entendido?
Los tres asintieron, con la mirada baja. —Sí.
—Limpien la maldita cocina.
—¡Ah, hombre! ¡Walker!
—Ahora. —No tuvo que gritar, ellos lo aceptaron y se fueron. Me miró y
esbozó una sonrisa con los labios apretados, levantando la tarjeta SD. Tomé mi
primera respiración completa.
No podía encontrar mi voz. ¿Cómo le diría todo lo que eso significaba para
mí? Articulé las palabras—: Gracias.
Asintió, con los ojos ablandándose.
April pasó junto a mí, completamente vestida y colocándose el abrigo. Di un
paso adelante, tomándola del brazo. —Oh, no, tú vienes conmigo.
Levantó una ceja. —¿O qué?
—O le digo a mamá.
Su boca se cerró con un chasquido. La conduje alrededor de la barandilla y
bajamos los escalones. Josh tomó la iniciativa y nos sacó de la fiesta y Sam nos
siguió. La música tronaba y la multitud había crecido, pero los chicos se quitaban
del camino de Josh. Las chicas eran otra historia. Todas se interponían en su
camino, tocándole el brazo o llamándolo por su nombre para conseguir su
atención. Él asintió y sonrió cortésmente a cada una de ellas, pero no se detuvo
mientras salíamos de la casa.
El aire frío me golpeó mientras salíamos al pórtico delantero. Josh me colocó
su chaqueta por los hombros. ¿Cuándo la tomó? Mantuvo la mano en la parte baja
de mi espalda hasta que llegamos a mi coche. Vi el auto de April un poco más
adelante.
—No voy a ir con ustedes —discutió.
142 Sam rodó los ojos. —No estoy segura de que estés en condiciones de
discutir.
—¿Cuándo conseguiste decirme lo qué debo hacer?
—Sam salvó tu culo. —El tono de Josh decía que ya era suficiente, pero sus
ojos eran suaves cuando me miró—. ¿Quieres que te lleve a casa?
Negué con la cabeza. —Creo que necesito un minuto con mi hermana.
Asintió y miró hacia atrás, a April. —Dale tus llaves a Sam.
April farfulló, y casi enloquezco. —Dáselas ahora, April.
Maldijo, pero lo hizo.
Sam nos dio un saludo burlón mientras se dirigía hacia el pequeño coupé. —
Nos vemos en casa.
April se cruzó de brazos y se apoyó en mi coche.
Josh me entregó la tarjeta SD. —Siento cómo resultó esta noche.
Sacudí la cabeza con una pequeña sonrisa. —No todo.
—No todo —concordó, mientras un brillo perverso cruzaba por sus ojos a la
luz de la luna—. ¿Quieres mi ayuda para llevarla a casa?
April se burló y enarcó las cejas.
—Yo me encargo. No te preocupes.
Algo destelló en sus ojos, como si estuviera recordando mi perorata de perra
de la semana pasada. Pero no era de los que guardan rencor y lo dejó pasar con un
suspiro. Pasó su mano sobre mi mejilla y, lentamente, dándome tiempo para
alejarme, rozó sus labios sobre los míos. —¿Mañana?
—Nos vemos en la práctica —dije contra sus labios, con ganas de prolongar
el momento.
—No puedo esperar. —Me dio una suave sonrisa y volvió a la fiesta.
Lo vi alejarse y sentí una punzada de celos. No éramos exclusivos. Diablos,
ni siquiera salíamos, pero algo se desgarraba dentro de mí ante la idea de él
finalizando con otra chica lo que empezamos arriba.
Pero tenía que cuidar de April, no podía seguirlo de regreso a la fiesta, sin
importar lo mal que anhelara estar cerca de él.
Maldita April.
—¿Las fotos? —Levanté la tarjeta SD para marcar un punto—. ¿Sabes lo que
143 podrían haberte hecho? No se puede escapar de mierda como esta una vez que
alguien las pone en Facebook.
Bajó la mirada. —No sabía que tenían una cámara.
—¡No deberías haber estado aquí! —Lancé la tarjeta a la acera y la aplasté
bajo mi zapato, rompiéndola en pedazos bajo mi tacón.
—¡No eres mi mamá!
—Por cómo estás actuando es malditamente seguro que necesitarías que lo
sea. —No podía intensificar su rabieta—. ¿Quieres emborracharte y relajarte? —
Levanté los brazos, con las palmas hacia arriba—. ¡Adelante! Pero tienes un novio,
¿o es que Brett se transformó en Tyler? ¿Es eso lo que eres ahora?
—Le dije a Brett que necesitaba un poco de espacio y me entendió. ¡No es
como si fuera virgen, o como si Tyler fuera el único hombre con el que he dormido!
El horror casi me paralizó. —¿Qué está pasando contigo, April? No eres así.
—¡Como si siquiera lo entenderías!
Sentía como si me hubiera abofeteado. —¿Qué quieres decir?
Metió su pelo de color rojo detrás de la oreja, un rasgo nervioso que ambas
compartimos con nuestra madre. —Papá murió, Ember.
Si quería elevar mis defensas, esa era la forma de hacerlo. —Sí, lo recuerdo.
—Tú... —Las lágrimas brotaron de sus ojos—. ¡Solo te levantaste y fuiste
perfecta! Todo el mundo se cae a pedazos y eres... ¡la pequeña y perfecta Ember!
No espero que entiendas cómo se siente o porqué estoy aquí porque no soy...
¡perfecta!
Una bola de frustración se abrió camino en mi garganta, casi ahogándome.
—¿De verdad crees que no sé lo que haces, April? Estás aquí para olvidar.
Levantó la cabeza, su mirada encontrándose con la mía, pero no dijo nada.
—Quieres olvidar todo el dolor. No quieres pensar en el hecho de que
mamá no parece funcionar, o que Gus no tiene un padre... que no tenemos a papá.
—Ahora eran mis ojos los que se desenfocaban—. ¡Estás harta de llorar y
preocuparte y el maldito dolor! Así que te pierdes en alguien, y cesas con esos
sentimientos porque, por esos pocos momentos, no hay nada en tu cabeza o
corazón, excepto la forma en que él está haciendo que te sientas. Sí, April, lo
entiendo.
Sacudió la cabeza, con la boca abierta como un pescado boqueando. —¿En
serio? ¿Cómo?
***
147 —Entonces, ¿qué se supone que debo hacer con esto? —preguntó en broma,
señalando el cono lleno en su mano de helado de crema de galletas.
—Oh, también voy a comer eso —le prometí. ¡Me había comprado un
helado!
—Es bueno saber que tienes una debilidad además del café, señorita
Howard.
No sabía que él era mi otro vicio, y me miró de una manera que me hizo
imaginarme un panorama de más domingos por la tarde y tiendas de helados. —
Tengo un montón de debilidades, señor Walker.
—¡Hecho! —gritó Gus como si hubiera ganado una carrera.
—Gus, hombre. Estás hecho un desastre.
Era cierto. Toda la boca de Gus estaba manchada y también la mayoría de
sus mejillas. Había terminado sus dos bolas más rápido que yo una. Señalé el
cuarto de baño. —A limpiarse, amigo. —Me dio una sonrisa de un kilómetro de
ancho y se metió en el cuarto de baño.
—¿En serio me compraste un helado? —le pregunté a Josh.
—¿De qué otra manera se supone que iba a encontrar una excusa para
verte? ¿Pedirte prestado azúcar? —Mis mejillas ardían. Se inclinó hacia delante,
apoyándose en los codos—. Además, ¿en serio compraste mi sabor de helado? —
Bajó y tomó un sorbo de la fresa, dejándose un poco alrededor de la boca.
—Sí —le susurré—. Te extrañé, supongo.
Se pasó la lengua por el labio inferior, para quitar el resto de la crema helada
de color rosa. —Si tu hermano no estuviera con nosotros, te besaría.
Sí, por favor. Me hallaba dispuesta a arrastrarme sobre la mesa, con helados y
todo, por eso. —Sí, tienes razón.
—¿Cuándo vas a sacarme de mi desgracia? —preguntó con una sonrisa,
mordiendo mi cono.
—No pareces desgraciado para mí. —Me sequé una gota de crema de los
labios con el pulgar y lo lamí.
Gimió. —Confía en mí, lo soy. ¿Cuándo vas a dejar que te lleve a una cita?
Mis cejas se levantaron. —¿Como una cita real?
—Sí, ya sabes, te voy a buscar, salimos, pasamos un buen rato, te robo un
beso de buenas noches. —Se recostó sobre la mesa y susurró—: ¿Consigo decirle a
148 la gente que eres mía?
¿Podía hacer eso? ¿Me encontraba lista? Las primeras citas no eran
exactamente compromisos, ¿no? Gus me salvó de responder al volver, con la cara
limpia y todo. Nos pusimos de pie, arrojamos nuestra basura y nos dirigimos a la
playa de estacionamiento.
—¿Quieres que te lleve a casa, Gus? —le pregunté mientras nos parábamos
a medio camino entre los autos.
—Tengo una idea mejor —interrumpió Josh—. ¿Qué dices de pistolas laser?
Gus se iluminó. —¡Por supuesto que sí! —Trepó al Jeep de Josh.
Josh se giró hacia mí. —¿Ember? ¿Quieres que nos disparemos en la
oscuridad?
Renunciaba a la tarde de su domingo por tomar un helado y jugar con
pistolas laser con mi hermano pequeño. —¿Dónde están tus defectos, Josh Walker?
Se echó a reír. —Los guardo en el armario.
Me deslicé a su lado mientras él le decía a Gus que pasara al asiento de atrás
y me puse en punta de pies para susurrarle al oído. —Si está oscuro allí, ¿significa
que recibo un beso?
Se giró, dejándome contra su pecho. —Tengo casi decidido decirte que no
más besos hasta que consiga una cita.
—¿Ah, sí? —Di un paso atrás para que Gus no tuviera una... ejem, bien…
idea errónea.
—Sí, pero ya ves, ese es mi defecto, December Howard. —Me ayudó a subir
al Jeep y se inclinó sobre mí para abrocharme el cinturón. Se deslizó hacia atrás,
parando para susurrarme al oído—: No tengo autocontrol cuando se trata de ti.
El problema era que veía eso como una virtud, no un defecto.
149
Traducido por Alessandra Wilde
Corregido por Valentine Rose
155 El silencio se extendió entre nosotros. No era tan extraño como sí definitivo.
—No puedo renunciar a ti, Ember. Nunca me he imaginado mi vida sin ti.
—Extendió su mano sobre la mesa en busca de la mía, pero la retiré y la puse
nuevo en mi regazo.
—Es hora de empezar. Vas a hacer cosas asombrosas con tu vida, te conozco
bien. Pero no voy a ser parte de nada de eso.
Recogió los platos vacíos y los arrojó a la basura detrás de la mesa antes de
girarse alrededor mío. —Repasé esto como cien veces. Te imaginé golpeándome,
maldiciéndome, llorando, y en cada escenario, te convencía de lo mucho que te
amaba y te recuperaba. —Levantó sus brazos, con las palmas hacia arriba—. Lo
que te hice fue egoísta, y estuvo mal, y… fue jodidamente horrible. No puedo
compensártelo.
Una parte de mí quería sentirse conmovida por su honestidad, pero en su
lugar, solo había una tristeza persistente en mi corazón por lo que habíamos
perdido, y por lo que él todavía no se había dado por vencido. Idiota o no, había
amado a Riley durante tres años, y no era fácil verlo sufrir, aunque él fue quien nos
destruyó. Entré en sus brazos abiertos y metí mi cabeza en su hombro, donde
siempre había encajado.
—No puedes compensarme por ello, Riley. Ni ahora, ni nunca.
Sus brazos me encerraron, envolviéndome con el olor familiar de su colonia,
y el abrazo que siempre había pensado que me iba a sostener durante el resto de
mi vida. —¿Podemos ser amigos?
—No lo sé. Ahora no, es demasiado.
Llevó su rostro hacia atrás suavemente, mirándome a los ojos como si fuera
la última vez que me vería. —Voy a extrañarte malditamente demasiado.
—Conozco el sentimiento. —Le di una media sonrisa y bajé la mirada, lista
para alejarme cuando miré por encima de su hombro.
Josh se encontraba pie en medio del pasillo como si se hubiera detenido a
medio paso. Su expresión de sorpresa cayó rápidamente mientras negaba con la
cabeza. Apretó la mandíbula, con los ojos entrecerrados, luego se dio la vuelta y
desapareció nuevamente en multitud.
—Josh —susurré, alejándome corriendo de Riley. Me estrellé contra la
multitud, sin ser capaz de pasar los espectadores hambrientos que pululaban por
todos lados, como si estuviera luchando contra la corriente. Sabía lo que parecía
ese abrazo, pero no podía estar más lejos de la verdad. Tenía que hacerle ver, y
156 entender.
Solo lo quería a él.
Como si mi freno de mano hubiera sido jalado, me enfrasqué en un punto
muerto mientras que las personas se abrían paso a mi alrededor. Oh, mierda.
Quería a Josh. No solo como una distracción, sino como mío. Había luchado
mucho en contra de ello, porque sabía qué tipo de persona era él, el tipo que se
acostaba con todas las chicas. Pero no era así cuando estaba conmigo.
Fue tan bueno conmigo. Una y otra vez había estado furiosa y sido un poco
psicótica, y él se quedó a mi lado. Excepto ahora, cuando se alejaba.
El altavoz chilló el anuncio del próximo tiempo, y sabía que tendría que
abordarlo después del partido. Volví a nuestra sección y bajé las escaleras. Los
chicos ya se encontraban en la pista de hielo, listos para ganar.
Riley se puso de pie para que pudiera deslizarme por delante de él y tomar
asiento. —Él no es bueno para ti —susurró después de que ambos nos sentáramos.
—No sabes nada de él, y no tienes derecho a decir nada. Además, tú
tampoco eras bueno para mí. —Podría permanecer en paz con Riley, siempre y
cuando no atacara a Josh. Mi línea fue trazada allí.
—Por favor, ten cuidado. El hombre sigue teniendo una reputación en
Boulder, y eso que se fue hace tres años.
—Las reputaciones no siempre son verdaderas. La tuya era bastante estelar,
¿recuerdas?
Suspiró, y supe que la conversación había terminado.
En el segundo tiempo, el marcador permaneció ajustado.
Los chicos jugaron duro ese último período, pero al final, fueron vencidos
tres a dos. No habría campeonatos de liga para ellos este año.
En el momento en que llegamos a los vestidores para recoger a Gus, Josh se
había ido.
Supongo que se cansó de esperar.
157
Traducido por Jasiel Odair
Corregido por LIZZY’
El World Arena se sentía muy diferente unas horas más tarde de que Sam y
yo le mostráramos las entradas a los porteros y tomaron nuestras carteras para
revisarlas. Atrás quedaron las mamás y los papás, hermanas y hermanos pequeños
quisquillosos, y la camaradería general que llenaba el hockey infantil. Oh no, esto
era hockey universitario.
Risas estridentes y ruido llenaron el lugar en una mezcla del azul y oro de la
Universidad de Colorado Springs, y el azul y blanco de la Academia de la Fuerza
Aérea. Nada como un poco de acción en la ciudad natal para formar multitudes. —
158 ¡Podría ir tras un cadete sexy! —anunció Sam cuando posó los ojos en un cadete
desprevenido de la Academia de la Fuerza Aérea por delante de nosotras en la fila
de las palomitas de maíz.
—Déjate puestos tus pantalones, Sam. No estoy segura de ti, pero no tengo
deseos de vivir la vida como hacen nuestras madres. —O lo hicieron, más bien—.
No hay ninguna posibilidad de que yo persiga a un militar.
Ella inclinó la cabeza hacia un lado como si deliberara. —Puede que tengas
razón. —Se dio la vuelta con nuestras palomitas mientras llamaba la atención de
otro cadete, coqueteando descaradamente—. Por otra parte, no me importaría un
pedazo de eso.
Él se quitó su sombrero para ella con una amplia sonrisa, y la tiré hacia
nuestra entrada. —No lo hagas. Todo lo que sale de ello son golpes en tu puerta.
No vale la pena.
Ella me detuvo en la entrada de nuestra sección y agarró mis hombros. —
Ember, no siempre terminan como lo hizo para tu padre. Y no me digas que tu
mamá no diría que no valía la pena. No puedes pensar así.
Pero lo pensaba. Volví la cabeza, agradecida de que no fuera una elección
que tenía que hacer ahora. —Encontremos nuestros asientos.
Bajamos las escaleras justo a tiempo para la caída de disco, luego nos
deslizamos más allá de unos pocos espectadores molestos antes de encontrar
nuestros asientos, que eran impresionantes, y totalmente inaccesible. —Sam, ¿de
dónde sacaste estos boletos? —Nos encontrábamos en la línea azul, a la derecha de
la pista de hielo.
—Jagger. Dijo que tenía unos pocos, y me hizo más que feliz tomarlos.
—Parece un chico bastante bueno.
Una sonrisa maliciosa cruzó su rostro. —No lo sé. Quiero decir, él no es tan
peligroso para el corazón de una chica como Josh, pero algo me dice que Jagger es
un niño malo por derecho propio.
—¡Josh no es peligroso! —Lancé varias palomitas hacia ella.
Me dio una mirada, acusándome de locura. —Josh Walker es peligroso para
cada mujer a su alrededor, a excepción de ti, eso es.
Si lo supiera. —Él es un gran peligro para mí. Pero no en la forma que crees.
—Mis ojos se clavaron en su cuerpo patinando hacia adelante con el disco en
territorio de las Fuerzas Aéreas—. ¿Qué pasa si he decidido que vale la pena el
riesgo? —le pregunté en voz baja.
159 —¿En serio? —Su sonrisa podría haber iluminado el estadio—. Creo que esa
es la mejor idea que has tenido en, como… ¡Jamás!
Vertiginosa emoción corrió a través de mí, y en ese momento, era como si
estuviéramos en primer año de la escuela secundaria; cotilleando sobre chicos
sexys y faltando a clases para que yo pudiera ver jugar a Josh Walker. Excepto que
ahora sabía cómo sabían sus besos, cómo se sentían sus manos sobre mi cuerpo, y
quería más.
Con Josh, siempre quería más.
Verlo en el hielo era hipnotizante. Me perdí en mis pensamientos con su
deslizamiento de patines, los giros y los cambios. Pasaron diez minutos de partido,
y apenas me di cuenta, fascinada por su gran determinación, atraída a todo sobre
él. Fue implacable, abriéndose camino entre los defensas para disparar y
¡ANOTACIÓN!
Nos levantamos de nuestros asientos, gritando y vitoreando mientras él
marcaba y fue engullido por sus compañeros de equipo. —Punto anotado por el
delantero principal Josh Walker en el minuto once con veintitrés segundos. —El
locutor trajo otra ola de aplausos.
El ruido de la multitud bajó lo suficiente para escuchar a las dos chicas
sentadas detrás de nosotros. —Él es tan jodidamente ardiente.
—Lo sé, ¿bien? Me pregunto si podemos atraparlo después del partido.
Ah, sí, conejitas maliciosas. Me reí a carcajadas. Él podía haber sido solo un
jugador de hockey ardiente para ellas, pero era mucho más para mí. Podrían
acostarse con él, diablos, tal vez ya lo hicieron, pero algo me dijo que tenía más de
él de lo que ellas nunca tendrían, y eso era sin el sexo.
Sam se rió, y yo sabía que las escuchó. No es como si estuvieran siendo
excesivamente discretas. Un rápido vistazo atrás me mostró lo que ya sabía: eran
Tweedledee y Tweedledum, y ambas tenían su número pintado en las mejillas. Por
otra parte, no podía ser demasiado crítica. Después de todo, yo también trataba de
atraparlo después del partido.
Josh anotó un tanto más en el tercer período, y los Mountain Lions ganaron,
tres a uno. Por el aspecto del tumulto de abrazos cuando la chicharra final sonó, él
se encontraba de buen humor. Sam me tiró por las escaleras antes de que las
conejitas maliciosas pudieran hacerlo. —¡Necesitas un buen comienzo! —dijo por
encima del hombro con una sonrisa.
A Sam se le daba una buena persecución de un chico, y ella se convertiría en
mujer 007, lista para buscar y destruir.
Llegamos hasta el pasillo, mientras éste se llenaba. —Sam, ¿puedo reunirme
160 contigo en casa?
Ella me abrazó más fuerte de lo habitual. —¡Siempre y cuando atrapes a
Josh Walker!
La aparté con una carcajada. ¿Qué, tenía dieciséis otra vez? Porque seguro
que se sentía así. —¡Nos vemos más tarde! —Con un gesto, me encontré en el
pasillo y bajando las escaleras de la entrada del vestuario. Había beneficios de que
mi hermano pequeño jugara hockey en el mismo campo en el que estaba al acecho
de un hombre.
Me deslicé por la puerta oeste y tiré de mi chaqueta para protegerme del frío
de febrero. El camino se hallaba bien iluminado a la entrada del vestuario mientras
me apresuraba por la parte trasera.
Me encontré con un pequeño grupo de aficionados, en su mayoría chicas,
bloqueando la puerta. Supongo que no era la única con esta idea. Entramos al
pasillo, y tomé una de las únicas zonas sin cubrir contra la pared. Las chicas
revisaban sus maquillajes o se aplicaban más mientras se reían sobre qué buena
estaría la fiesta esa noche, y en qué jugador tenían puesta la mirada. El nombre de
Josh fue mencionado más de una vez.
Mierda. Yo salía con grupies.
Afirmando mi conjetura, Tweedledee y Tweedledum se pasearon con
descaro y se acercaron al guardia de seguridad con la cara llena de granos para
intentar entrar en el vestuario. Aunque parecía que disfrutaba de sus intentos, él se
mantuvo firme.
Buen chico.
Las cabezas se volvieron cuando la puerta del vestuario se abrió y surgieron
los primeros jugadores. Saludos resonaron en el pasillo, reverberando en las
paredes de bloques pintadas. Una vez que los jugadores hicieron su camino hasta
el pasillo, con sus bolsas al hombro y una niña en el brazo, los otros salieron.
Parecía que todo el equipo salió antes de que Josh hiciera su aparición. Él
asintió al guardia con una sonrisa y subió la cremallera de su abrigo negro de
Columbia antes de girarse hacia nosotras. Su cabello seguía húmedo por la ducha,
y se pasó las manos por él con una mirada tan rota casi no vi. Un movimiento
rápido de cabeza, y una falsa sonrisa apareció en su rostro. Las dos conejitas
corrieron hacia adelante, y Josh extendió los brazos, haciendo espacio para cada
una.
Él, sin duda, no era ajeno a la adoración femenina.
Por una fracción de segundo me debatí si debía huir, simplemente largarme
161 y mandar al diablo este plan. Se veía bastante feliz, ¿verdad? Nunca le faltaría una
novia, no es como si no tenerme lo estuviera matando. Sí. Solo quería huir.
Mi agarre se apretó en la correa de mi bolso y lo miré una vez más antes de
escapar. Miraba al piso, riendo con las chicas mientras se acercaba por el pasillo,
pero la sonrisa vaciló, y lo vi de nuevo, la parte rota de él que de alguna manera
sabía que yo era la responsable. Tenía que tratar de arreglarlo.
—Josh. —Di un paso y dije su nombre en voz tan baja que apenas lo oí por
encima del ruido en el pasillo.
Su cabeza se levantó como si hubiera sido golpeado. —¿Ember? —Todo lo
que necesitaba saber se hallaba en el tono cortante en su voz. En vez de la sonrisa
que deseaba, sus ojos se estrecharon con sospecha—. ¿Qué haces aquí?
Miré a las gemelas Tweedle, que me mostraron una sonrisa burlona. —
¿Puedo tener un minuto contigo?
Me dio esa sonrisa falsa, lo que dolía más que cualquier cosa que pudiera
haber dicho. —No estoy seguro. —Besó a una de los conejitas en la mejilla—. ¿Qué
piensan ustedes, señoritas? ¿Hay que traer a Ember a la fiesta?
Heather echó un vistazo a mis pantalones vaqueros ocasionales y camiseta
Henley, en comparación con su falda corta y el escote aún más corto, y se rió. —
¿Por qué no? Ella se ve como si necesitara soltarse.
Josh se encogió de hombros. —Vamos, si puedes mantenerte al día, Ember.
Caminó junto a mí, suponiendo que seguiría su paso. Los comentarios
rencorosos se deslizaron por mi garganta, queriendo hacer su camino a través de la
lengua y fuera de mi boca, pero los ahogué. Se comportara o no como un idiota,
era mi culpa. Le debía una explicación. Me debía una oportunidad de explicarme.
¿Cierto?
Las chicas se rieron cuando abrió las puertas de su Jeep. Tweedledee saltó
en el asiento trasero, y Tweedledum se puso del lado del pasajero, lo que me dejó
detrás de Josh. Metió la mano y alzó su asiento. —Después de ti.
—Josh, solo necesito un minuto. —Miré a esos ojos marrones y casi olvidé
que solo necesitaba un minuto.
Me enjauló entre sus brazos, presionándome contra el Jeep. —¿En serio? Se
me ocurren un montón de cosas para hacer en un minuto, Ember. Por otro lado,
apuesto que a Riley no le gustaría saber lo que estaría haciendo contigo, ¿verdad?
—¡De eso trato de hablar contigo! —Tomó todo de mí no darle un beso, traer
su cara a la mía y hacerle ver. Si había sido irresistible cuando yo me determiné a
estar lejos, ¿cómo sería ahora que me encontraba lista para lanzarme?
163 ganaba yo. Punto. Su aliento abandonó su pecho en un sonido desigual al tiempo
que el semáforo se puso en verde, y él rompió nuestro contacto visual.
Tres minutos y una vida más tarde, nos detuvimos en frente de la casa
Kappa. No parecía tan llena como lo estuvo para el Snow Bash, pero aún había más
que una multitud decente. Las personas se apartaban rápidamente del camino
cuando Josh estacionó, echó el freno y salió del coche como si estuviera en llamas.
Las chicas bajaron, tirando de las faldas para cubrir sus traseros.
—Walker —gritó uno de sus hermanos desde el pórtico, levantando vasos
rojos en señal de saludo—. ¡Gran juego!
Josh les dio un asentimiento y ayudó a Tweedledee y Tweedledum a pasar
por las marcas que separaban el estacionamiento de la acera enfrente de la casa. Yo
lo crucé por mi cuenta.
Con una chica en cada brazo, subió los escalones del pórtico. Otro par de
conejitas, esta vez morenas, lo encontró en la puerta. —¡Josh! ¡Queríamos dar un
paseo contigo! —Una hizo un mohín, deslizando los dedos por su pecho.
El impulso de lanzarme casi me venció. ¿Podrían ser más patéticas? Parecía
que cuanto más desesperadas eran, más pequeña era la ropa que llevaban. —No se
preocupen, chicas. —Una sonrisa arrogante hizo que su cara parezca menos
austera, más juvenil—. Hay suficiente para todas, y me siento bien esta noche.
Las chicas se deslizaron a su lado, dándoles más trabajo a Tweedledee y
Tweedledum, y la exasperación casi me ahogó. ¿Quién demonios era él esta noche?
Entonces me di cuenta; este era el Josh Walker que todos conocían. El que
marcaba los tantos en la pista de hielo, y se acostaba con las chicas fuera de él. Este
era el Josh del que me advirtieron, y aquí me encontraba yo, persiguiéndolo otra
vez como una ingenua estudiante de primer año. Cinco años no habían cambiado
mucho.
Mis pies tocaron los primeros escalones y me detuve, apretando con la
mano la barandilla del pórtico.
¿Quién era yo para llamar a estas chicas patéticas? Claro, tenían menos ropa
que yo, pero todas nos encontrábamos allí por la misma razón: persiguiendo a Josh
Walker. Él se comportaba como un idiota, y yo estaba siendo patética.
—¿Vienes, Ember? —Su mirada burlona me impulsó al borde por el que
había estado caminando.
¿Quería jugar? Bien.
—Sí. —Salté los escalones por delante de él y me dirigí a la casa, sin mirarlo.
La casa se hallaba llena. Los altavoces sonaban con 50 Cent, y me abrí paso
hasta la mesa de billar, donde Jagger se inclinaba sobre el fieltro verde con un taco.
164 —Necesito un trago.
Sus cejas se alzaron, y lanzó el tiro. —El placer es mío. —Se puso de pie,
estirando el taco encima de la cabeza, y el movimiento le levantó la camisa para
revelar un conjunto de abdominales bien marcados. Pero a pesar de que Jagger era
muy guapo, no me sentía desesperada por pasar mi lengua por su estómago. —
¿Cerveza? —Le entregó su taco a uno de los chicos, y me acompañó hasta el bar.
Un minuto más tarde, abrió la tapa y me entregó una botella—. Eres una fan del
trigo de cereza, ¿verdad?
—Sí, gracias por notarlo. —Le ofrecí una sonrisa, tomé un largo trago de la
cerveza, y me apoyé en la barra.
—No estás exactamente vestida para una fiesta.
Una risa irónica surgió de mí. —Sí, bueno, no sabía que estaría compitiendo
por Josh con el resto de la gente aquí.
Su mirada se trasladó de mí al otro lado de la habitación donde yo sabía que
Josh ya bailaba con la brigada barbie. —¿Sabes lo que estás haciendo, no? Josh es…
Josh.
Bajé la cerveza y me quité la blusa, quedándome con mi camisola de encaje
azul, que tenía el corte lo suficientemente bajo como para mostrar mi escote, pero
no mi sostén. Silbidos estallaron alrededor de nosotros. Arrojé mi blusa al bar y
pasé los dedos por mi improvisado cabello. Maldito aire árido. —Eso está mejor,
¿no crees? Baila conmigo.
Sus ojos se abrieron. —Creo que Josh tiene sus malditas manos llenas. —Él
me llevó a la pista para que bailáramos, pero mantuvo un espacio pequeño entre
nuestros cuerpos. Sin duda, la última cosa que quería era molestar a su compañero
de habitación.
Fijé los ojos con Josh a unos pocos metros de distancia, mirando por encima
de la Barbie que se frotaba contra él. Consigan una maldita habitación. Ugh. La idea
envió punzadas de agonía a través de mi pecho. Sus manos podían haber estado en
su cuerpo, pero sus ojos estaban puestos en mí, tras cada movimiento que hice con
el ritmo. La energía vibraba a través de mí, no de la música, sino de ver a Josh
moviéndose y recordando cómo se sentía tenerlo presionado contra mí.
Barbie se volvió en sus brazos y le susurró al oído. Él le dedicó una sonrisa
seductora, y ella tomó su mano extendida. Se deslizó junto a nosotros, llevándolo a
través de la multitud hacia la escalera. Josh enarcó una ceja interrogante hacia mí,
pero no me atreví a mirarlo a los ojos. Si todo lo él que quería era un cuerpo fácil,
entonces él tenía razón en llevar arriba a la Barbie.
165 Pero yo sabía que era una mentira al momento en que lo pensé. Claro, él me
había llevado más lejos que cualquier otro chico, pero se detuvo antes de acostarse
conmigo. Esa clase de hombre no se encontraba solo tras un cuerpo fácil.
Sacudió la cabeza con una sonrisa triste, como si estuviera decepcionado, y
mantuvo los ojos clavados en mí mientras le susurraba algo a Jagger, quien asintió,
y Josh me lanzó una última mirada inquisitiva antes de llevar arriba a la Barbie.
—Vamos a tomar algo —sugirió Jagger. Asentí distraídamente y le seguí
nuevamente a la barra—. ¿Cerveza?
—Tequila. —La cerveza no iba a funcionar.
Lamer. Tomar. Absorber. El alcohol se deslizó por mi garganta como fuego,
y la lima fresca alivió el dolor adormecedor. Pero el sabor me llevó de nuevo a
Breckenridge y trajo el sabor de la lengua de Josh en la boca. Verlo irse con esa
chica arruinó mi alma y la rompió, amenazando con destrozarme más de lo que lo
hizo Riley.
—Necesito aire —expulsé, tropezando con un taburete. Ni siquiera me
encontraba borracha. Solo devastada. Me moví entre la multitud, hacia el pórtico
delantero, que se hallaba extraordinariamente vacío, y me apoderé de la cadena en
el columpio cuando me dejé caer en ella. Josh estaba arriba, tocando a otra chica,
besándola. Tomé respiraciones profundas para no vomitar.
Jagger me siguió y se apoyó en la barandilla del pórtico, observándome en
silencio mientras bebía otra cerveza.
—No sé qué demonios estoy haciendo —admití, mirando a las estrellas.
—Ni él.
—Oh, creo que tiene bastante experiencia en llevar chicas arriba durante
estas fiestas. —Dios, me hacía daño—. ¿Por qué duele tanto? —Fue una pregunta
retórica, pero Jagger respondió.
—El amor es una perra.
Eso llevó mi mirada hacia él. —Yo no lo amo.
—¿En serio? Entonces, ¿por qué te importa a quién lleva arriba?
No le debía una explicación a Jagger. Caray, apenas lo conocía, pero tal vez
él podía entenderlo. Alguien en esta situación tenía que hacerlo, ¿no? —No… no
me importa a quién lleve.
—Te importó cuando eras tú. —La voz suave como el terciopelo de Josh
llegó desde la puerta.
166 Me volví para verlo apoyado contra la puerta, y con los brazos cruzados
delante de él. Se veía tan sexy. ¿Había ella degustado lo bien que sabía? —¿Ya lo
hiciste? No se trata de quién marca más rápido, ¿no?
Jagger echó un vistazo a la tensión en la cara de Josh y se excusó. —Sí, solo
hazme saber cuándo estés listo para volver a casa, hombre.
El columpio se sacudió levemente cuando Josh se sentó a mi lado. —¿Qué
estás haciendo, Ember?
Me tragué la furia que me ahogaba y dejé salir la honestidad. —No tengo ni
idea. ¿Por qué hiciste eso? ¿Llevarla arriba mientras yo veía?
Sus ojos adquirieron un brillo duro. —¿Como si importara? La última vez
que lo comprobé, tienes novio, ¿verdad, Ember? Tú eliges estar con un idiota que
no merece ni uno solo de tus besos, y yo decido acostarme con chicas insípidas.
—No estoy con Riley. Eso es lo que he estado tratando de decirte.
Tenía la boca momentáneamente abierta. —¿No?
—No. Almorzamos en el juego y nos dimos el cierre que necesitábamos. No
te alejas de una relación de tres años sin tomarte un minuto para dejarlo ir, Josh.
—Pero te vi en sus brazos. —Frunció el ceño, y yo quería desesperadamente
suavizar las líneas de su frente con los dedos.
—Me viste darle un abrazo de despedida, sí. Traté de alcanzarte y explicar,
pero te habías ido, y entonces no contestaste mis llamadas. —Cambié mi peso hacia
él, por lo que las cadenas del columpio chillaron.
—¿No estás con Riley?
¿Qué era él, un loro? —No.
—¿Por qué no?
Me mordí el labio, royendo la posibilidad de dejarlo entrar por completo.
Solo unas pocas palabras, eso sería todo lo que se necesitaba para que supiera lo
que significaba para mí. Pero esas pocas palabras me abrían a todo el dolor del que
había estado tratando de protegerme.
Él acortó con la mano la distancia que nos separaba y me acarició la mejilla.
—December, ¿por qué no?
Saboreé el sonido de mi nombre en su boca.
—Por favor, ¿dime?
Su petición me rompió. —Porque él no es tú. —La confesión se deslizó de
167 mis labios en un susurro antes de que pudiera usar mi buen juicio.
Un suspiro irregular salió de sus labios un segundo antes de reclamar los
míos. Sin preámbulos, su lengua se deslizó dentro de mi boca y me tomó en un
beso aplastante. Con lo que me quedaba de cordura, me alejé. —¿Por qué no estás
arriba con Barbie? Ella es un bonito paquete.
Apoyó la frente contra la mía. —Porque todo lo que quiero está envuelto en
ti, Ember.
—Todo en mí está… estropeado. No tienes ni idea en que te estás metiendo.
—Contigo. Me estoy metiendo contigo, December. Es todo lo que necesito.
—Terminó su promesa contra mi boca, y me perdí en él—. Solo dame una
oportunidad.
Las oportunidades significaban vulnerabilidad, y yo sabía que no podía
sobrevivir a otra derrota, sobre todo si era de Josh. Pero mi otra opción era no
tenerlo. Así que, en realidad, había solo una opción.
—Está bien, vamos a darle a esto una oportunidad.
Traducido por Julieyrr & Alessandra Wilde
Corregido por Eli Mirced
168 Sus dientes se asomaron sobre su labio inferior un escaso segundo antes de
que negara con la cabeza. —No puedes usar eso.
Auch. —¿No te gusta? —Miré a la falda corta y coqueta que Sam me había
convencido de usar, junto con una licra y un suéter escotado. Esta era su idea de
“ayudar” en la situación.
—Oh, no, me gusta. —Sus ojos se oscurecieron—. Te ves comible, Ember.
Pero te vas a congelar ese lindo traserito tuyo si usas eso.
—¿Qué quieres que me ponga?
—Pantalones.
Me eché a reír. —Estos son pantalones.
—Esas son glorificadas pantimedias. —Dio tres pasos, apoyándome contra
la pared de entrada. Mi respiración se detuvo cuando él agarró mi pierna izquierda
y la levantó, encrespando mi rodilla en su cintura. Un movimiento, y me tenía tan
excitada que estaba dispuesta a renunciar a la cita y omitir hasta el beso de buenas
noches, o más. O algo. Pasó la mano por mi tobillo expuesto hasta mi pantorrilla
revestido por licra, a través de la parte posterior de mi rodilla y hasta mi muslo,
parando donde comenzaba la falda. Apoyó su frente contra la mía. —Puedo sentir
cada curva debajo de estos, December, justo como si mi mano estuviera sobre tu
piel desnuda.
Me arqueé hacia arriba para un beso y se echó hacia atrás, con los ojos
oscuros de ese familiar deseo. —Si te beso ahora, no habrá cita.
—Estoy de acuerdo con eso.
Con un último golpe a mi pierna, la quitó de su cintura y suavemente la
puso de nuevo en el suelo. Levantó las manos como si estuviera bajo arresto y se
alejó lentamente. —Pantalones. Ahora.
Me aparté de la pared y me dirigí a mi habitación para cambiarme con una
sonrisa incontrolable en mi cara. Tuve a Josh Walker cerca de perder el control.
***
172 Una expresión peculiar cruzó por la cara del tigre antes de la sorpresa. —
Oye, ¡tú eres Josh Walker!
Si no estuviera observando a Josh tan de cerca, me habría perdido su
mandíbula apretándose rápido. —Sí. Encantado de conocerte.
El hombre se dio la vuelta, dejando al descubierto su apellido Cedar en su
camiseta. —¡Lugawski, Hamilton! ¡Es Josh Walker!
—¡De ninguna manera! —Los otros jugadores se acercaron patinando.
—¡Amigo, eras, como, fenomenal! ¡Hemos visto tus cintas!
Me encogí en el “eras”. Estrujada por tres jugadores de hockey, de repente
me sentí muy pequeña, pero muy a la defensiva por Josh. —Todavía es bastante
fenomenal.
Josh me echó atrás y asintió hacia los chicos. —Gracias de nuevo por la pista
de hielo.
—¿Todavía juegas? —preguntó Cedar, patinando, mientras Josh me dirigía
a la puerta.
—Sí, para la Universidad de Colorado Springs —respondió.
—¡Hombre! Si el entrenador supiera que estás sano, te estaría hablando.
Siempre ha sido admirador tuyo. ¿Cómo pudo perderte Boulder?
¿Sano? ¿Cuándo había sido herido Josh? Nunca vi nada sobre una lesión
suya durante un partido, pero él había dejado Boulder el año antes de que llegara
yo. Su mano se cerró alrededor de la mía como si estuviera ocultando algo.
Josh rió. Me preguntaba si alguien más se dio cuenta de que no era una risa
real, o si era solo que sintonicé con él. —Beca completa para CU. No podía permitir
que los chicos y su lista estuvieran demasiado apilados en mi primer año. Las
estrellas simplemente no se alinearon.
Cedar negó con la cabeza. —Hombre, habríamos tenido tanta suerte de
tenerte. ¿Cuándo empezaste a jugar otra vez?
—El año pasado.
—Es una maldita lastima lo de tu pierna. Pero gracias. Eres un héroe para el
resto de nosotros.
Josh tomó su mano extendida y la sacudió. —No hay nada que
agradecerme. Solo hago mi parte. —Su voz fue tan baja que tuve que esforzarme
por escuchar lo que había dicho.
—Aun así, es jodidamente increíble.
173 Hombre, estos individuos tenían un serio caso de culto al jugador héroe del
hockey.
—Cedar —gritó otro jugador.
—¡Sí! —Se volvió hacia Josh—. Escucha, si alguna vez estás en un juego,
cuéntame.
Josh le dio una sonrisa con labios apretados. —Por supuesto. Ya nos vamos.
Se ven bien este año. —Con otro apretón de manos, me sacó de la pista y me dirigí
hacia las gradas, con pasos torpes. Los patines no hicieron nada por mi aplomo.
Apenas tuve mis patines desatados cuando Josh se arrodilló frente a mí; la
tensión salía de él en ondas radioactivas. Con más delicadeza de lo que esperaba,
me apartó las manos y me quitó los patines antes de que pudiera parpadear. Se
veía tan concentrado en su tarea que no me molesté en decirle que podría ponerme
mis propios zapatos. Me colocó mis zapatos y me ayudó a ponerme de pie.
—¿Estás lista? —preguntó.
—Sí. —Lancé una mirada más al uniforme negro y dorado del equipo que
calentaba—. Hombre, ellos son buenos.
Sin ver hacia atrás, me sacó suavemente de la pista de hielo. —Son los
mejores.
Algo le pasaba. Me apresuré en mis pasos para coincidir con los suyos,
entrando bajo su brazo. Me acurrucó contra él.
Fuera de la pista, el aire frío golpeó mi rostro y respiré hondo. Josh abrió mi
puerta y me metió con seguridad dentro del Jeep, pero no entró de inmediato. Dio
la vuelta a su lado, pero luego se apoyó contra la puerta, tirando de su pelo a
través de sus manos por un momento antes de inclinarse. Mi primer instinto
gritaba que fuera con él, pero su aspecto decía que lo mejor era que me quedara
donde él me puso.
Su cabeza volvió a subir y descansó brevemente en la ventana antes de
tomar lo que parecía un enorme aliento y afirmarse. Luego abrió la puerta, se
deslizó en el interior y me dio una sonrisa. —¿Una buena primera cita?
—No hagas eso.
Sus ojos destellaron una advertencia en la que entré directo. —No me trates
como si fuera cualquier persona ni te escondas de mí.
Lanzó un medio suspiro, medio risa. —Me lo merecía.
Señalé al estadio. —Eso es lo que querías.
174 —Sí. —Sus manos se hundieron en el suave cuero de su volante—. No eras
la única con planes. —Me acerqué y puse mi mano en su muslo, necesitando
tocarlo. Cerró los ojos, y algo parecido al dolor arruinaba sus facciones.
Abrió los ojos y encendió la radió, y se retiró del estadio. Tomó mi mano
entre el cambio de marchas, pero no habló en todo el camino a casa. Dios, había
estado tan absorta en mí misma. Sí, había perdido a mi padre y mis planes, pero al
mismo tiempo había estado tan envuelta en mi familia y mi propia vida, que no me
había parado a ver que mi tragedia no era lo único que me rodeaba. La gente
perdía sus sueños todos los días.
Puso el Jeep en su lugar de estacionamiento y se apresuró a abrirme la
puerta. Ambos sabíamos que no tenía que hacerlo, pero me bajó de mi asiento al
suelo con cuidado, como si fuera algo precioso.
—¿Querías ser un Tigre? —le pregunté, tratando de hacerlo hablarme. No
podía ser la única que regalara los secretos. Quería saber todo acerca de él,
especialmente las partes que guardaba tan cuidadosamente a todos los demás.
Abrió la puerta de nuestro edificio y esperó hasta que estuvimos dentro
para hablar. —Sí. Uno de los días más felices de mi vida fue cuando me aceptaron
en CC. Pero no podíamos permitírnoslo y CU me dio una beca completa. Así que
fui a Boulder.
—¿Y fuiste herido? Nunca me enteré de eso.
Pulsó el botón del ascensor con el dedo. —Era la temporada baja y no había
muy grandes noticias.
—¿Fue entonces cuando llegaste a casa? —Mierda. No sabía casi nada sobre
Josh Walker.
Negó con la cabeza. —Mi mamá me dijo que tenía cáncer de mama el día
después de las finales de invierno de mi segundo año. Éramos solo nosotros dos, y
ella no tenía a nadie más que la cuidara, ¿sabes? Me trasladé a la Universidad de
Colorado Springs.
—¿Y me llamas desinteresada? —Él era afortunado de que UCCS honrara su
beca, sobre todo porque su equipo no estaba al mismo nivel.
Ding. El ascensor se abrió y entramos. —Por eso no te dije nada cuando te
transferiste aquí. Sé lo que se siente que tu familia dependa de ti. —Él entrelazó sus
dedos con los míos y besó la palma de mi mano.
—¿Tu mamá? Ella está…
—Mamá está muy bien. Es una luchadora. Una vez que estuvo en remisión,
se trasladó nuevamente a Arizona para estar cerca de mis abuelos y yo me quedé
175 aquí.
—¿Pero luego te lesionaste? —Era como un rompecabezas donde cada pieza
era negra, y no podía decir cuál iba dónde.
Su mandíbula se apretó de nuevo. Me pregunté si sabía que podía entender
lo que decía. —Sí, casi al mismo tiempo los exámenes de mamá dieron negativos.
No era elegible mi segundo año, ya que llegué en la parte final de la temporada,
pero estuve muy bien en mi penúltimo año y la universidad de Colorado vino a
hablar conmigo sobre una beca. Me lesioné un par de meses más tarde y el resto…
Ding. Llegamos a nuestro piso. Nos dirigimos por el pasillo y detuvimos en
medio de nuestras puertas, con las manos aún unidas.
—¿Necesitaste un año para sanar?
—Necesité ese tiempo para volver al hockey, pero nunca seré tan bueno
como antes. —Me miró a los ojos—. Sin embargo, eso es lo que pasa. Los planes
cambian, ajustas las velas y te dejas llevar. El hecho de que no voy a jugar para CC,
no quiere decir que no voy a hacer otra cosa igual de increíble.
—Pero aun así te hace daño.
—Sí, pero es mejor poco a poco. Es horrible tener que verlo, pero no es como
si pudiera cambiar el pasado o lo que pasó.
Claro, él hablaba de sí mismo, y no era un sermón indirecto, pero aun así,
sus palabras me atravesaron, dejándome abierta y desnuda. No podía cambiar lo
que había pasado los últimos meses. No podía traer de vuelta a papá, y no volvería
a aceptar a Riley, pero podía dar un paso adelante.
—¿Un día me dirás lo que te ha pasado?
Se tomó un momento para contestar y luego asintió. —Pero ahora no. No
estoy listo.
Su honestidad era más tranquilizadora que saber sobre su lesión. —Gracias
por esta noche.
Su mano rozó mi mejilla, ahuecando mi cara y enviando una sensación de
electricidad a mi cuello. —Lo siento. Quizá fue un poco pesado para material de
primera cita.
—Fue perfecto. Por otra parte, he estado soñando con una cita contigo desde
el primer día de mi primer año, por lo que probablemente podríamos haber hecho
algo atroz y horrible, y hubiera sido perfecto. No vuelvas a pedir disculpas por
mostrarme quien eres.
176 —Había otra razón por la que me alegró que te transfirieras —admitió.
—¿Ah sí?
—Egoístamente, te quería cerca de mí.
—Josh…
—Escucha un segundo. Sí, te quería cerca de mí y todavía lo quiero, pero
hay algo que debo darte y entonces puedes elegir qué hacer con él. Espera aquí. —
Desapareció en su apartamento por menos de un minuto y regresó con una carpeta
manila, pasando sus dedos a lo largo de ella nerviosamente—. Esto es porque sé de
lo que eres capaz de hacer, incluso cuando tú no.
Me dio la carpeta y la abrí lentamente, aspirando el aliento. —¿La solicitud
de Vanderbilt?
Sonrió. —Algunos sueños no están muertos, solo dormidos. Necesito que
sepas todas las opciones que tienes y no tengas miedo de ello. Más que este anhelo
de tenerte cerca de mí, quiero que seas feliz.
Ese fue el momento en que me enamoré de Josh Walker.
Todo encajó en su lugar, reparando las piezas rotas de mi alma lo suficiente
para respirar por fin libremente, para sumergirme en todo lo relacionado con él y
la belleza de lo que somos juntos.
Se inclinó y rozó sus labios con los míos, todavía sosteniendo mi cara. Me
arqueé por más, con ganas de todo lo que sabía que era capaz de dar. Ese era el
problema con besar a Josh. El tipo tenía algunas habilidades de besos seriamente
adictivas. Me dio otro beso y se apartó.
—Primera cita, ¿recuerdas?
Me quedé boquiabierta. —¿En serio? Después de todo lo que hemos… —Él
era como una chica de secundaria, deteniéndome a mitad de camino de la primera
base al inicio de cada cita.
Fingió estar conmocionado. —¡Nunca lo he hecho! ¡December Howard!
¿Qué pensarías de mí si te dejo robar mi virtud en la primera cita?
—Cierto. Eres tan virginal. —Él rezumaba sexo crudo, del tipo que sabía que
sería un poco sucio y mucho para asimilar.
—Todo contigo es nuevo para mí. —Soltó mi cara y me giró hacia mi
puerta—. Entra antes de que cambie de opinión, December.
—Oooh, ¿te estoy afectando, Josh?
179
Traducido por Katita
Corregido por Helen1
Mierda. Eran las seis y media de la noche. El disco caería en cuarenta y dos
minutos y yo estaría fácilmente a veinte minutos en coche. Salté en un pie, tratando
de sacarme las botas negras para poder ponerme las marrones que hacían juego
con mi suéter de color crema. Con un tirón entusiasta, la de la izquierda voló de mi
pie, y aterricé sobre mi trasero, golpeando mi cabeza contra la estantería.
—¡Ay! —grité. La librería se sacudió por el impacto, y eché los brazos sobre
mi cabeza para atrapar lo que sabía sería una avalancha. Un momento después, un
sobre me golpeó. ¿Reacción muy exagerada?
180 La carta de papá me miró desde mi regazo. Seguí con mi dedo mi nombre
con la letra familiar, como si de alguna manera pudiera acercarlo a mí.
Por enésima vez o así, mis dedos coquetearon con el sello, tentada a rasgarlo
y saber de él por última vez. Pero, ¿qué diría si supiera todo lo que sucedió? ¿Si
supiera que me transferí? ¿Si supiera que todos mis planes trazados no eran nada
más que cenizas que esperaban ser barridas?
¿Qué pudo haber dejado de decirme que no me había dicho en persona?
¿Qué había retenido? Le di la vuelta en mis manos otra vez, decidiendo no dejar
nada sin decir en mi vida. Nunca habría una razón para que yo escribiera una
carta.
Josh debía saber que lo amaba. Esta noche. Sin espera. Sin arrepentimiento.
Sin preocuparme sobre las consecuencias ni debatirme si había llorado lo suficiente
para seguir adelante.
Me levanté y volví a colocar el sobre en el estante superior.
Me puse mis botas marrones. —¡Sam, tenemos que irnos ahora!
—¡Espera! —gritó ella desde el baño—. No se puede precipitar la perfección,
y estoy a punto de ir a la caza de un hombre.
—¿Dónde diablos están mis llaves? ¿No puedes poner las cosas en su sitio,
Sam? —Lancé mis brazos en mi abrigo y empecé a revolver la mesa de café.
—No te enojes tanto, Ember. No todos podemos tener trastorno obsesivo-
compulsivo de súper-organización por aquí.
—¡No ayudas, Sam!
Ella se rió y siguió aplicándose el maquillaje.
Cuatro minutos, tres maldiciones, y un juego de llaves después, íbamos en
camino.
El tráfico no era tan malo hasta que llegamos al World Arena. Añade cinco
minutos para aparcar, y lidiábamos con perdernos el comienzo.
Corrimos por el área, abriéndonos camino entre la gente hasta que llegamos
a nuestra sección. Un rápido vistazo más allá del acomodador en el hielo confirmó
que habíamos llegado a tiempo. Nos deslizamos en nuestros asientos de cristal
azul cuando el equipo llegaba a la pista de hielo. Justo a tiempo.
Como si tuviera un súper radar de Josh, lo encontré en el momento en que
patinó sobre el hielo. Sonreí cuando oí al estadio estallar en aplausos con la llegada
del equipo. Mis ojos no podían despegarse de Josh.
186 esencia. Deslicé mis piernas desde su espalda y él descansó en la cuna de mis
muslos, presionándose contra mí.
El cielo.
—Lento. Debo desacelerar —murmuró para sí mismo al tiempo que sus ojos
recorrían mi cuerpo.
Sus manos quitaron mis botan antes de que recorrieran el interior de mis
muslos. Apretó mi cintura y su boca capturó la mía de nuevo, intoxicándome. Su
cabello era como la seda entre mis dedos. Se separó de mi boca, llevando sus labios
a mi cuello. Los escalofríos recorriendo mi columna, y me arqueé, dándole mejor
acceso mientras mis dedos se enterraban en su cuero cabelludo. —Josh —jadeé
mientras él trazaba el sensible camino hacia mi clavícula.
—Tan dulce —susurró contra mi piel. Se deslizó contra mi cuerpo con una
deliciosa fricción, pasando su lengua por mi ombligo y lentamente levantó mi
suéter. Alzó la mirada, preguntándome con sus ojos, y esperó hasta que asentí con
aprobación antes de que me lo quitara, besándome de nuevo cuando pasó mi boca.
Luego sus labios estuvieron de regreso a mi estómago, provocándome,
trazando las partes planas y huecas de mi abdomen. Mientras mi espalda se
encorvaba en la cama, llevando mis caderas a las suyas, deslizó sus manos detrás
de mí y me quitó el sostén en un movimiento rápido con unos pocos dedos.
Deslizó las tiras con respeto, conteniendo el aliento cuando mis pechos estuvieron
desnudos para él. —Nunca he visto una mujer más perfecta.
Aunque ya me sentía muy excitada, sus palabras fueron como gasolina en
un incendio. Me estiré hasta sentarme mientras él se arrodillaba entre mis muslos,
tomando su camisa por su cadera y levantándola sobre su cabeza. Su cuerpo era
mejor de lo que recordaba. Pasé las puntas de mis dedos sobre su plano y fuerte
estómago, y las líneas de “fóllame” marcaban sus abdominales definidos que
llegaban a sus pantalones. No podía evitarlo, hundí mis dedos en su pretina y lo
atraje a mi boca. No había ni un centímetro de grasa en él, nada de suavidad.
Adoré la cresta tallada de su estómago con mi lengua, y rápidamente me
volví adicta al sabor de Josh Walker. Él aspiró entre dientes, y cuando levanté los
ojos para encontrar los suyos, estos se hallaban enfocados en mí. Sus manos se
hundieron en mi cabello, sosteniéndome suavemente hacia él, pero apretando y
aflojando sus puños como si fuera incapaz de controlar sus propios movimientos.
Le hice eso; le hice perder el control, y amaba cada parte de eso. En cuestión
de segundos tuve sus pantalones desabotonados y deslizándolos por su perfecto
trasero redondo hasta sus rodillas. —Ember —gruñó en advertencia. Hombres con
traseros como ese no deberían ser permitidos cerca de la población femenina. Mis
manos rozaron la banda elástica de sus calzoncillos, pero no podía atreverme a
192
Traducido por Jeyly Carstairs & Annie D
Corregido por Aimetz Volkov
La luz del sol entraba a raudales por las ventanas cuando abrí los ojos muy
despacio. La cama a mi lado se encontraba vacía. Un solo lirio descansaba en la
almohada de Josh con una nota apoyada en su tallo. Sonreí mientras me estiraba,
disfrutando del delicioso dolor de mi cuerpo.
Así que de esto alardeaban todos. ¿Por qué había esperado veinte años para
eso? Su olor todavía se aferraba a las sábanas, y esa era mi respuesta. Porque era a
Josh al que esperaba.
193 Josh, quien me amaba.
La felicidad fluía por mis venas, y me extendí para tomar el lirio y lo llevé a
mi nariz. No rosas ni margaritas; Josh no había hecho nada típico. Desplegué la
nota.
Había sido también la mejor noche de mi vida. Me sentí libre por primera
vez en años, libre y autónoma, porque las decisiones que tomé fueron mías, y eran
buenas, y por las razones correctas.
Me moví hasta su almohada, colocando las suaves sábanas en mi cara, y
respirándolo. No podía verlo hasta mañana por la noche. No era exactamente la
mañana después del resplandor que esperaba, pero debe haber sido importante
para que se fuera tan pronto.
Encontré mi sostén, pantalones, camisa, y localicé mis bragas rosa colgando
en la esquina de la cómoda como si hubiera ganado ¿Dónde está Wally? El recuerdo
de él quitándomelas fue suficiente para que mi piel se pusiera en llamas de nuevo.
Hice la cama y tiré la ropa que había dejado a ambos lados de la cama en el cesto al
lado de su puerta.
Luego fui a observar descaradamente los cuadros que había enmarcado en
la pared frente a su cama. Uno era de su motocicleta, enmarcada como una pieza
de arte. La mayoría eran de hockey empezando por una de cuando se veía apenas
de la edad suficiente para caminar y con una mujer que asumí era su mamá, todo
el recorrido a través de las fotos del equipo a partir de ese año. Había jugado toda
su vida.
No había dejado que un disparo lo limitara, aunque todavía no estaba listo
para hablar de ello, era más fuerte que una bala. Incluso si había matado su sueño,
aun así encontró la manera de vivirlo. Sonreí cuando vi la imagen del equipo de
Gus, Josh de pie junto a ellos como un entrenador orgulloso. No se limitó a lamer
194 sus heridas e ir con la mitad de su corazón, encontró una manera de volver, para
educar la próxima generación si no podía protagonizar esta.
Había una foto de él encaramado en un lado de una cama de hospital, con
los brazos envueltos alrededor de una delicada y hermosa mujer con notables
características que reflejaban algunas de las suyas. Tenía que ser su madre. El amor
irradiaba de su rostro, casi tan exquisito como la piel desnuda de su cabeza que
hacía juego con la de su madre. Me tragué el nudo en la garganta. Debe de haber
afeitado su cabeza cuando ella perdió el cabello por el tratamiento. ¿Podría este
chico ser malditamente más perfecto? Se había trasladado de escuelas para estar
con su madre. Por eso entendía lo mucho que mi familia significa para mí, lo que
estaba dispuesta a pasar por ellos; él sentía lo mismo por la suya.
Mis ojos se dirigieron nuevamente a los años de la escuela secundaria, y me
quedé sin aliento cuando la vi. Era la imagen que publicaron en el frente de la
sección de deportes, la que yo había clavado en la pared de mi dormitorio. Saqué el
marco de la pared y no pude contener mi sonrisa. Era de esa reunión de la escuela
después de que habían ganado la estatal. Todo acerca de esa reunión permanecía
en mi mente, desde el gran ruido del gimnasio a la cara extasiada de Josh mientras
levantaba el trofeo por encima de su cabeza.
La imagen capturó ese momento a la perfección, desde el profundo marrón
de su uniforme a la mirada de felicidad en su rostro perfilado con el trofeo
levantado. Era hermoso, peligroso, y joven, exactamente como lo recordaba. Pero
incluso tan maravillosa cono era esa foto, la versión de la escuela secundaria de
Josh no podía estar a la altura de la que amaba en este momento. Ahora, su belleza
y peligro se hallaba templado con madurez, lo que lo hacía aún más increíble.
Me detuve sobre las líneas de su rostro; la alegría y el orgullo que emanada
de él. Había estudiado esta imagen tan a menudo y siempre encontraba algo que
no había visto antes. Me encantó que él no estuviera solo feliz, sino que había algo
más profundo allí, un anhelo. Me encantó que los dos tuviéramos la misma imagen
en nuestras paredes. Lo amaba.
Pero esta no era la misma versión que el periódico había impreso. Esa había
sido recortada, al parecer. Capté los detalles detrás de él ahora, lo que no estaba en
la que tenía yo. En esta imagen, la multitud de estudiantes era visible detrás de él
en un hermoso detalle. Siempre me pregunté lo que estuvo mirando, anhelando.
Tracé mi dedo sobre el cristal, siguiendo su línea de visión.
Era yo.
Me encontraba sentada al lado de Sam, riéndome de algo que dijo, y los ojos
de Josh estaban centrados en mí. Todo en mí se derritió. Me había notado, y
después de anoche, conocía esa mirada. Me quería. Podría haber sido desgarbada,
195 torpe y de quince años, pero Josh Walker me había notado. Negué con la cabeza y
sonreí para mis adentros mientras volvía a colgar el cuadro. Sin duda necesitaba
esta versión.
Cerré la puerta de Josh en silencio y suspiré de alivio cuando vi mi bolso en
el gabinete de la cocina. Lo agarré del mostrador y casi salí por la puerta.
—¿Paseo de la vergüenza? —bromeó Jagger desde la puerta de su
dormitorio.
Con mi piel enrojecida y caliente, le lancé un alegre saludo—: Jagger.
Se echó a reír, su cabeza echada hacia atrás en abandono. Sí, pude ver por
qué las chicas iban tras él. Gritaba “imprudente” de una manera que llamaba la
atención. Pero no mi atención. —Ember, no tienes nada de qué avergonzarte. Josh
está malditamente loco por ti.
La alegría paso a través de mi vergüenza. —Yo también estoy bastante loca
por él. ¿Adónde se fue esta mañana?
El rostro de Jagger perdió toda expresión por unos escasos momentos, pero
la capté antes de que una sonrisa suave tomara su lugar. —Cosas de becas.
—¿Cosas de becas? ¿Qué quieres decir?
Sus ojos se apartaron, y mi estómago se fue con ellos. —Es algo que tiene
que hacer por su beca. Estará en casa mañana.
¿Qué podría estar haciendo Josh que Jagger no quisiera contarme? —Bien —
murmuré distraídamente y me giré hacia la puerta. Mis pies se enredaron en una
bolsa atravesada del equipo de hockey, casi haciéndome caer al suelo. Por suerte,
logré sostenerme. Equipo de hockey—. Espera. ¿No tienen un partido esta noche?
Extendió la mano y quitó la bolsa de mi camino. —Sí.
—¿Josh faltará a un juego? Eso no es propio del él. ¿Por qué iba a perderse
un partido?
Jagger se aclaró la garganta. —El entrenador está de acuerdo con eso. Sabe
cómo funciona la beca de Josh.
—¿Pero porque iba a perder un partido si está con una beca de hockey? —
Nada tenía sentido, y la forma en que él esquivaba deliberadamente mis preguntas
no me hizo sentir mejor.
Bloqueó su expresión y dio un paso atrás, moviendo su cuello de un lado a
otro. —Sí, de todos modos, Josh estará de regreso mañana por la noche. Sé que va a
estar muriéndose por verte. De verdad le importas, Ember. Nunca lo había visto
así, con ninguna chica.
196 Me derretí. ¿En serio iba a dejar que todo que esto de la beca de Josh matara
el entusiasmo de esta mañana? Claro que no. Si algo no iba bien, me lo diría. Solo,
por favor, que no esté lastimado. Si lo alejaban de la pista por una lesión él no iba a
soportarlo. ¿La lesión en su pierna era más grave de lo que parecía? Tendría que
preguntarle mañana por la noche.
—Gracias por no hacer todo esto incomodo, Jagger. —Me dio una sonrisa y
despidió con la mano. Le devolví el gesto y salí del apartamento, girando al mío.
Metí la mano en mi bolso en busca de las llaves. Mierda. Sam condujo mi coche a
casa anoche. Bien. Golpeé en la puerta, y respondió a los pocos minutos.
—Vaya. Te ves… —Simplemente no había palabras para el aspecto de Sam.
O el olor.
—No te atrevas. Fuiste a casa con Josh-jodido-Walker, y decidí, después de
llegar a casa, sola, que iba a salir a pasar un buen rato. No me sermonees, tome un
taxi. —Se contoneó como un pingüino hasta la sala de estar a oscuras. Le sonreí a
las cortinas corridas.
—¿Medicada e hidratada? —Tiré mi bolso sobre el mostrador.
Me mostró una botella de agua y asintió al frasco de aspirinas junto a ella. —
Además, puedo verme como una mierda, pero al menos no estoy usando lo mismo
con lo que salí anoche. —Movió sus cejas—. Así que cuéntame; porque si pasaste la
noche en la cama de Josh, quiero todos los malditos detalles.
Alcé mi dedo índice y me deslicé en mi habitación, tirando la ropa de ayer
en el cesto y colocándome unos cómodos pantalones de pijama y una camiseta sin
mangas. Por el aspecto de Sam, hoy no iríamos a ninguna parte.
El sillón hizo un sonido silbante cuando dejé caer todo mi peso en él, lazando
mis piernas sobre el brazo. —Sí. Pasé la noche con Josh.
Sam gritó y luego hizo una mueca, presionando los dedos en su sien. —
Estúpido tequila. ¿Es tan delicioso en la cama como se ve?
La sonrisa que se extendió por mi cara bien podría haber sido una entidad
propia por todo lo que no podía contenerla. —Es perfecto. Todo.
—¡Estoy tan malditamente celosa!
Me reí. —Simplemente no puedo creer que pasó, ¿sabes? Quiero decir, ¡Josh!
Me hace olvidar todo. No necesito un horario con él, ni un plan, y las cosas pueden
ser una locura, maravillosas, y fuera de control, porque sé que no me va dejar caer.
—Las palabras salieron muy rápidamente de mis labios, pero Sam interpretó mi
perorata con una risa alegre.
—¡Lo amas! —Juntó las manos con una sonrisa que iluminó la habitación—.
197 Confías en él, y por una vez no estás moldeándote a lo que quiere un chico.
Esa sensación dulce alcanzó mi corazón otra vez, como si me estuviera
recordando que pertenecía a Josh. —No tengo que ser alguien más. Me ama y yo lo
amo.
Saltó al otro lado de la mesa de café, dispersando las revistas en el suelo, y
se abalanzó sobre mí en un abrazo de oso. —Estoy tan feliz por ti.
—Yo también.
Nos derrumbamos en un ataque de risa por un momento antes de que Sam
hiciera una mueca. —Ugh, Mi cabeza. Vamos a hablar de tu nueva vida amorosa
en tonos suaves por el resto del día. Quiero saber cómo resultó ser ese cuerpo.
***
200 Está haciendo algo de su beca y no volverá hasta mañana por la noche.
—Bueno, eso apesta. ¿Qué piensas que está haciendo?
—No estoy segura. —Mientras negaba con la cabeza, froté mi barbilla sobre
la cabeza de Gus. Él se inclinó aún más en mi contra, más absorto en Tony Stark y
su refresco que en nada—. Solo espero que no sea su pierna. No sé lo que haría él si
perdiera su beca.
—¿Tú y el entrenador Walker? Eso está genial. Asqueroso, pero genial. Le
dispararon, sabes —anunció Gus—, eso lo convirtió en entrenador Walker.
Odiaba que Gus ya hubiera sido expuesto a gran parte de la fealdad en el
mundo. —Sí, amigo. Pero está bien.
—Eso casi lo mata, pero fue súper afortunado.
El miedo corrió por mi espina dorsal. —¿Él te dijo eso? —Josh era muy
reservado sobre su lesión. Tan reservado que no me había contado toda la historia.
—Me lo dijo papá.
Lo giré en mis brazos para ver su rostro. —¿Qué?
—Tranquilízate, Ember. No estoy loco. —Estiró el cuello hacia atrás, pero no
pudo ver la película—. Papá me llevaba a hockey, así que conocía al entrenador
Walker. Habló de él algunas veces.
No seas idiota. Por supuesto, mi hermano no hablaba con gente muerta. —Sí,
lo siento, amigo. —La película lo atrapó de nuevo.
Sam se sentó en el sofá junto a nosotros. —Entonces, ¿qué es lo que crees
que ocurre? ¿Crees que está herido de nuevo?
—Él está en instrucción —respondió Gus con un enorme sorbo.
Mi estómago cayó a través de mi cuerpo y se abrió un enorme agujero que
clamaba desesperadamente ser llenado con algo de lógica. —¿Instrucción para que,
Gus? ¿Como construcción?
Giró la cabeza, y me dio una mirada como diciendo mi hermana es tonta. —
No, instrucción, Ember. Tú sabes, para el ejército. Es por eso que le gustaba a papá.
Josh es un soldado como él. —Se dio la vuelta como si hubiera anunciado que su
cabello era rojo. Como lo era, de hecho.
—¿Instrucción? ¿Soldado? —No. No. No.
Gus suspiró y se levantó. —¿En serio? Vas a tener que rebobinar la película
si sigues hablando, Ember. Me estoy perdiendo las partes buenas.
202 —¿Qué estás buscando? ¿Tener razón acerca de qué? Josh no está viendo a
alguien más si eso es lo que te preocupa. Diablos, apenas ha visto a otra chica
desde que apareciste, December. —Cerró las gavetas una vez que había terminado
de hurgar a través de los calzoncillos, los pantalones, camisas y medias, tratando
de encontrar algo que probaría que Gus se equivocaba.
—Gus, me dijo… —Miré hacia las fotos. No había fotos de él con otros
soldados, o despliegues, o un uniforme. Uniformes.
—¿Dónde están tus defectos, Josh Walker?
Se echó a reír. —Los guardo en el armario.
Cierto. Esquivé a Jagger y abrí la puerta del armario, dándole al interruptor
adentro.
—¡Ember, no! —gritó Jagger.
Era demasiado tarde.
Mis ojos se saltaron varias camisetas de hockey y dispersas ropas de vestir,
y fueron atraídos al uniforme de Combate del Ejército como un imán. Dos pasos y
un estirón, y podría tocarlos. La tela era tan extraña y familiar, el fondo de toda mi
vida. —No, no, no —susurré, rogando que estuviera equivocada.
El uniforme se deslizó del gancho, y podía sostenerlo frente a mí. En el
hombro izquierdo tenía el parche de la Guardia Nacional de Colorado, en la
derecha, indicando que había sido desplegado, su parche de combate era idéntico.
Las franjas de un sargento estaban abrochadas a través del pecho, y a través de las
cinta de Ejercito de los Estados Unidos estaba la palabra que congeló el amor y la
esperanza en mi corazón.
—Walker. —El susurro me dejó rota. Arrugué la tela con mis puños,
deseando que fuera lo suficientemente fuerte para romperla por las costuras, para
hacer tiras el futuro que sabía que representaba. Al que me rehusé formar parte.
—Él quería decirte —dijo Jagger suavemente—. Solo… no pudo. No podía
perderte.
—Vete.
Suspiró, y se retiró.
El cuarto giró, o ¿mi corazón acelerado lo hizo parecer de esa forma? ¿Cómo
podía algo tan perfecto, tan exquisito estar tan maldito? Así no era como debía ir.
¡No se suponía que viviera así!
Un grito primitivo se liberó de mi garganta. Tiré de sus ganchos los dos
juegos de uniformes, incapaz de enfrentarme a ellos con mi vista, y me deslicé en
203 la parte de atrás del armario junto con ellos. El dolor me cortaba, destruyendo la
alegría que sentí solo una hora antes y remplazándola con una abrumadora
sensación de desesperanza. Tal vez así era como terminaba todo amor, destrozado
bajo el peso de algo más oscuro y más fuerte.
Tal vez las lágrimas vendrían y me liberarían, prueba de que procesaba lo
que había aprendido. Había llorado tanto en los últimos tres meses que tal vez no
quedaba nada más para dar. Me encontraba hueca y vacía.
Me arrodillé, recogiendo los uniformes, pero mi mano golpeó un fuerte
objeto hacia el final del clóset. La luz atrapó la carpeta verde oscuro, la que había
visto demasiadas veces para contar. Era un premio.
La jalé de la pila de carpetas abandonadas y la abrí. —Orden del Corazón
Purpura concedido al Especialista Joshua A. Walker por acción prolongada en
combate en la Provincia de Kandahar en Afganistán.
Exactamente donde mi padre había muerto. El lugar equivocado. El
momento equivocado.
Justo como yo en este mismo momento.
La subí hasta mis brazos y la llevé hasta su cuarto, dejando los uniformes en
la cama y colocando el premio encima. Él había sido el herido, pero de alguna
forma, yo había recibido un disparo fatal directo a través de mi alma.
La foto del campeonato estatal se burlaba de mí desde la pared, así que la
bajé y la dejé al lado del premio. Me equivoqué. No habíamos sido predestinados
desde que tenía quince años; habíamos sido maldecidos.
204
Traducido por Jules
Corregido por Victoria
206 —Por el amor de Dios. —Sam agarró mi mano y la apretó—. ¿Antes de que
lo arresten?
No podía dejar que se metiera en problemas, no por algo tan trivial como
yo. Me bajé del taburete, usando la misma camiseta sin mangas y pantalones de
pijama que había usado desde ayer, y me dirigí a la puerta.
—No voy a abrir la puerta —hablé contra el marco de madera.
—Dios, December. Por favor, tenemos que hablar.
Negué con la cabeza como si pudiera verme o algo así. —No hay nada de
qué hablar.
—¡Tenemos todo de que hablar!
Estaba enfadado. Bien. Era bueno que uno de nosotros todavía tuviera
emociones.
—Una pregunta.
—La que quieras. —Algo golpeó contra la puerta, y a juzgar por la posición
y el sonido, supuse que había apoyado la cabeza.
—¿Estás en el ejército? —Levanté la mano y la puse en la puerta, donde yo
sabía que se hallaba su cabeza al otro lado.
Hubo un largo momento de pausa, condenándolo más de lo que ya lo
habían hecho los uniformes. —Sí. En la Guardia Nacional. —Su respuesta fue
suave y rota.
No me di cuenta de lo mucho que quería que lo negara hasta que lo dijo. —
Entonces hemos terminado de hablar, Josh. No hay nada que puedas decir. Hemos
acabado.
—¡December, por favor!
—Vete. No hay absolutamente ninguna posibilidad para nosotros. —Me las
arreglé para mantener mi voz plana, sin emociones.
Esperé unos instantes hasta que algo se deslizó por la puerta. ¿Su mano? —
Te amo.
—Buenas noches, Josh.
La puerta de su apartamento se abrió y cerró, y me apoyé contra nuestra
puerta frontal por el más breve segundo antes de que me deslizara hacia abajo.
Una vez que mi trasero golpeó el suelo, levanté mis rodillas hasta el pecho. No
hubo lágrimas, ni ira, solo una abrumadora sensación de cansancio.
207 Solo quería una cosa: A Joshua Walker.
Pero no lo haría. Nunca me convertiría en mi madre. Nunca amaría a un
hombre cuyo amor podría destruirme.
***
El lunes por la mañana no fue nada fácil. ¿No se suponía que lo sería? Esto
dolía más que perder a Riley, ¿pero tal vez estaba tan perdida en mi dolor por
papá que en realidad no noté la pérdida de Riley? Eso no era cierto. Lo de Riley me
dolió, pero no lo amaba como amé a Josh.
—Buenos días, señorita Howard. —El profesor Carving asintió hacia mí
mientras entraba en la habitación por delante de mí. Justo a tiempo.
Me deslicé detrás de él, evité que mis ojos fueran a donde normalmente me
sentaba y vi una silla vacía en el fondo de la sala. Bingo. Estudié los azulejos en el
suelo y esquivé las mochilas en el camino hacia la parte trasera y reclamé el
asiento.
Un Mississippi.
Dos Mississippi.
Tres Mississ...
—Ember.
Mi cuerpo reaccionó físicamente a su voz. Los escalofríos recorrieron mis
brazos, y mi garganta se apretó. Negué con la cabeza y estiré mi brazo para tomar
mi libreta.
Josh me ganó de mano, jalando el espiral púrpura de mi bolso y poniéndolo
en mi escritorio. Antes de que pudiera protestar, él había alineado un lápiz y un
bolígrafo exactamente cómo me gustaban. —Tienes que hablar conmigo. Voy a
explicarte.
Las cabezas se giraron en nuestra dirección. La única cosa más digna de
chisme que irme a casa con él fue nuestra obvia ruptura. Yo no podía hablar.
Caray, tenía suerte de seguir respirando con esta presión aplastando mi pecho.
—Ember, ¿por favor?
—¿Señor Walker? —dijo el profesor Carving, salvándome—. ¿Podría
sentarse?
El reloj me ponía nerviosa. Quedaban dos minutos para el final del tiempo
extra y los Mountain Lions estaban bloqueados y con un jugador menos. Jagger
nunca podía contener su temperamento. Desde nuestros asientos, Sam y yo
teníamos una vista clara de él al otro lado de la pista, y se veía muy enojado.
—Es más sexy cuando está enojado —advirtió con un chasquido de su
lengua.
***
El lunes por la mañana me deslicé en mi asiento de la clase de historia y
saqué mi cuaderno sin mirar a Josh. No podía. Ya lo había imaginado en la cama
con la otra chica, no necesitaba ver su cara para hacerlo.
—Gran juego, Josh. —Mindy se deslizó junto a él, pasando la mano por su
hombro mientras reclamaba su asiento. Tal vez fue ella.
Me mordí el labio y mantuve mis ojos en el papel en blanco.
—Cálmense, todos. —El profesor Carving sacó sus notas y las puso en el
atril—. Ah, y felicidades, Walker. Ese fue un gran tiro.
—Tuve una gran inspiración.
Por poco me atraganto con el café.
—Debe tenerla —concordó el profesor Carving—. Ahora, estamos en el final
de la batalla de Gettysburg, y estoy suponiendo que todos ustedes han hecho la
lectura requerida.
Le respondieron unos murmullos.
216 —¿Oh, no? Es un examen sorpresa. —El quejido colectivo aumentó—. Pan
comido. Solo es escribir su nombre en la parte superior y, tan bien como recuerden,
anotar su frase favorita del discurso.
Garabateé mi nombre sobre la línea superior y aparté de mi memoria lo que
se había clavado en mi mente. Como si pudiera olvidarlo.
Esperó unos minutos antes de terminar el examen. —Está bien, ahora todo
el mundo pase su papel hacia la derecha.
Le di el documento a Josh sin mirarlo. Sus dedos rozaron la parte de atrás de
mi mano, quemándome, destruyéndome toda de nuevo.
Tomé el papel de Patrick de mi izquierda. Él era tranquilo, sin pretensiones,
y, por desgracia para su vida sexual, del tipo lleno de acné. Pero era tan dulce
como era posible.
—¿Quién quiere leer el papel que tiene? ¿Mindy?
Se aclaró la garganta, sonando como una estrella porno. —Hace ochenta y
siete años…
—¡Ah, una salida fácil ! ¿A quién más tenemos?
—Yo lo haré —contestó Josh.
No. No quería oír su voz, pero como taparme los oídos y mecerme no era
una opción, tuve que escuchar.
—Señor Walker, vamos a escucharlo.
La voz de Josh era clara y fuerte. —Que a partir de estos muertos honrados
aumentemos la devoción a la causa por la que dieron la última medida de
devoción… Que aquí decidamos que estos muertos no hubieran muerto en vano.
No había ningún sonido por encima del latido irregular de mi corazón.
El profesor Carving se apoyó en el podio. —¿Señorita Howard? ¿Por qué le
vino ese pasaje a la mente?
Abrí la boca para hablar, pero no salía nada, no sin romperme delante de
toda la clase, lo que que no iba a suceder.
—¿Señorita Howard?
Sacudí la cabeza y cerré los ojos, deseando que mi asiento me consumiera y
me dejara salir de esta situación en la que no podía completar una tarea tan simple
como hablar.
—El padre de Ember fue asesinado en Afganistán hace unos meses —
respondió Josh suavemente, extendiendo su brazo a través del pasillo y dejando mi
222 Los sollozos de Chloe se hacían eco a través de la casa, recordándonos que
el dolor no tenía piedad, límite de tiempo ni fecha de caducidad. Sostuve a mi
hermana mientras mamá sostenía a Chloe, sin ser capaz de dar algún consejo o
pronunciar una palabra que pudiera disminuir el golpe con el que habíamos
estado lidiando. Tropezábamos a través de él, incluso después de todos estos
meses. Apoyé mi cabeza contra la de April, agradecida de no estar solas, que nos
tuviéramos la una a la otra.
***
Esperé casi una semana, hasta la mañana del sábado, antes de que decidiera
que el precio de mi integridad era escuchar de mi padre. Me incliné hacia delante
en la silla de mi computadora, mirando fijamente el parpadeante cursor en la
cuenta de correo. Escribí lentamente: [Link]@[Link].
Contraseña. Bien. Esto iba a ser difícil. Escribí su fecha de cumpleaños y el
servidor lo rechazó. Traté con el nombre de mamá. Declinado. Un cuadradito
blanco apareció en el centro de la pantalla. “¿Te gustaría una pista?”
—Diablos, sí, me encantaría —murmuré, dándole al botón de aceptar. La
226 página cargó, y la pista apareció.
Destellante como una brasa
Cosas que mi corazón solía conocer
Escalofríos corrieron por mis brazos y piernas, como si estuviera de pie justo
detrás de mí, cantándome nuevamente. —Papá —susurré. Le di clic a entrar de
nuevo.
Contraseña: OnceUponADecember
Su correo se abrió y el alivio me recorrió, despertando cada nervio en mi
cuerpo. Tenía más de él. La carta ya no era lo último. Estos correos no eran
suficientes, pero funcionarían por ahora. Aquí tenía sus cartas, sus palabras. Me
llenó una primitiva necesidad de aferrarme a la pantalla, llorando para enterrarme
en lo que quedara de él, acurrucándome entre las palabras escritas para encontrar a
mi padre.
Miré la bandeja de entrada, viendo solo los correos sin abrir. No me
importaba lo que dijera la otra gente, solo papá. Allí estaba la abuela, mamá, Gus,
April… yo. Le di clic al último correo que le envié, unos cuantos días antes de que
ellos llegaran a nuestra puerta.
Hola, papi
Todo está bien, deja de preocuparte por mí. Iré a Springs mañana para pasar
navidad con mamá, April y Gus. No te preocupes, recuerdo dónde escondiste el regalo de
mamá, y no la dejaré dormirse hasta que sea la hora. Realmente desearía que pudieras estar
aquí. No es lo mismo sin ti.
Te quiero,
December.
Las últimas palabras que le dije habían sido de amor y de nuestra familia.
Me sentía bien con eso. No dolía tanto como había pensando que dolería.
Había estado preocupado porque estuviera dejando mis sueños de lado por
Riley, especialmente en el segundo año, cuando dejé mi carrera doble de historia e
inglés, y en su lugar, escogí educación.
Pero no es como si pudiera decirle que había tenido razón.
Revisé sus mensajes enviados, y mi respiración se atascó. Josh Walker.
Mi dedo le dio clic a abrir antes de que mi consciencia pudiera detenerme.
227
Hola, Josh
Estoy feliz porque recibieras los documentos. Lo siento, tuve que escanearlos, pero
sabía cuán rápido los necesitabas, y no sabía cuánto tardaría si usaba el correo común. Me
alegro de que estés jugando de nuevo; siempre has sido bueno en el hielo. Estoy tan
orgulloso por todo lo que has logrado, y tú también deberías estarlo. Revisando las fechas,
creo que soy algo inoportuno con ellas, pero quizás podría ser capaz de regresar para la
comisión. Me siento tan honrado por lo que me pediste, y nada me gustaría más que ver a
un hombre como tú convertirse en oficial. Oh, y gracias por enviarme el vídeo del juego.
Gus está creciendo tan malditamente rápido.
Saludos,
Justin Howard.
Hola, Josh
228 Aquí están los registros que encontré en nuestro sistema. Dile a la Guardia que se
pongan las pilas y hagan un plan de contingencia de vez en cuando, ¿sí? Me emociona
poder ayudarte a regresar al equipo al que perteneces. Las cosas aquí siguen igual: largas
horas y duras llamadas. ¿Puedes hacerme un favor? Pasa por la casa y fuerza a June a que
te deje cortar el césped. Esa mujer se hace cargo de mucho. Ember ya ha regresado a la
universidad con su estúpido novio. Ya sabes, si alguna vez quieres ir y robártela por un
rato, me parecería bien. Pero en serio, hazme saber si necesitas algo más, la Universidad de
Colorado tiene suerte de tener un jugador como tú.
Saludos,
Justin Howard.
¿Había tratado de juntarme con Josh? Tenía que haber estado bromeando.
Papá amaba a Riley, ¿no? ¿O había fingido porque pensaba que era feliz? Empujé
la pregunta a un lado y le di clic al documento. Los registros médicos de Josh
aparecieron en la pantalla. No eran todos sus registros, solo una colección de
páginas que comenzaban desde el julio de hace dos años.
¿Por qué Josh le pediría a papá sus registros si la Guardia los había perdido?
Me alejé del escritorio. Había demasiadas preguntas, y ya no quería
sentirme confundida y perdida. Merecía respuestas.
Antes de que pudiera convencerme de no hacerlo, atravesé la puerta.
—¿A dónde vas vestida así? —se burló Sam desde el sofá, holgazaneando en
pijamas.
Mi cabello se hallaba atado en un desastroso moño en la cima de mi cabeza.
Me despedí y me dirigí a la puerta en mis pantalones cortos y mi acanalada
camiseta a capas. No me molesté en ponerme zapatos. Me dije que no importaba
que él pensara que lucía como demente mientras golpeaba su puerta.
—¡Espere! —El grito de Jagger sonó amortiguado por la puerta, la televisión
alta, y las risas. Por un pequeño instante, pensé en huir, pero no era una opción, no
si quería descubrir lo que sucedía. La puerta se abrió y Jagger apareció; sus cejas se
dispararon hacia arriba cuando me vio—. ¿Hola?
Mi sonrisa era tensa y cerrada. —¿Se encuentra… eh, está Josh? —Apenas
podía hablar. Decir su nombre aún era doloroso, incluso casi tres meses más tarde.
Jagger sonrió a través de su sorpresa. —Sí, sí, entra.
Lo seguí a lo largo del pasillo y giré en la vuelta que daba a la sala de estar y
hacía juego con la de mi propio apartamento. —Walker, no vas a creer quién…
—Mierda —lo interrumpió Josh, levantándose inmediatamente, lo que fue
229 desafortunado para la chica que se encontraba enganchada a su brazo en el sofá. La
atrapó justo antes de que cayera al suelo, y luego la puso a un lado—. ¿Ember? —
Sus ojos se deslizaron de arriba abajo por mi cuerpo, y no me perdí el destello de
deseo que corrió a través de ellos. Era bueno saber que aún lo excitaba… oh, sí,
claro. Tweedledee y Tweedledum me miraron furiosamente.
Jagger le dio al botón para silenciar la televisión, y cual fuese la estúpida
comedia que veían cayó en silencio. Por un momento, no pude hablar; me hallaba
demasiado perdida mirándolo. Por los pasados meses, no me había permitido
encontrar sus ojos. Me había sentado junto a él en clases, sonreído en su dirección
cuando le decía algo divertido a nuestro profesor, pero había evitado mirarlo como
si fuera una plaga. Perderme a mí misma era la razón.
No llevaba camiseta. Tampoco Jagger, pero nada me afectaba más que el
pecho desnudo de Josh. Aún lucía tan firme como un sueño. En el mejor de los
casos, sus músculos lucían más grandes, más definidos, especialmente las líneas
que atravesaban los oscuros pantalones cortos. Y su tatuaje tribal ya no era solo
negro; tenía hielo y llamas danzando a través y alrededor de él, deslizándose sobre
su corazón. Traté de no atragantarme con mi lengua, o pensar en cuánto ansiaba
besarlo. —¿Nuevo tatuaje?
Tres metros nos separaban, pero bien podríamos haber estado desnudos
juntos o a miles de kilómetros, no había diferencia. —Sí.
—¿Qué diablos estás haciendo aquí? —Tweedledum me miró fríamente,
cruzando los brazos por debajo de sus pechos para empujarlos contra su escote.
—Lo siento, no quería interrumpir su, eh —hice gestos alrededor de la
habitación—, cita. Solo necesitaba preguntarle algo a Josh.
—¿Viniste hasta aquí para preguntarle algo? —lanzó en respuesta la chica.
Miré a Josh, pero lucía demasiado pasmado para responder, rehusándose a
alejar sus ojos de mí. Mis mejillas llamearon. —Soy su vecina, y…
—Y ella no tiene por qué explicarse contigo —interfirió Josh, regresando por
fin a la vida—. Ember, ¿qué sucede?
La forma en que lo dijo, su voz curvándose alrededor de las palabras, hizo
que quisiera pedirle más información. Luego pensé en la forma en que su cama
había golpeado mi pared. Él había seguido adelante. Me estabilicé con una
profunda respiración y abracé mi cintura. —No me dijiste cuán intimo eras con mi
padre.
Apretó la mandíbula, y se rostro palideció. —Esa no es una pregunta si ya
sabes la respuesta. —Su mano se deslizó por su cabeza, a través de su corto cabello,
230 un estilo que sabía mantenía por la Guardia—. Pero sí, éramos amigos.
—¿Qué pasa con los registros? ¿Por qué se los pediste a mi padre? ¿Por qué
no fuiste al Hospital Evans y ya?
Tragó. —¿Los leíste?
Negué con la cabeza. —No, son tuyos. Vi la fecha y me detuve.
Atravesó la puerta de su habitación y me hizo señas para que entrara, pero
no estaba segura de si podía entrar a esa habitación. —Vamos, Ember. No voy a
tomar ventaja de ti. —La sonrisa que me dio era pequeña y no alcanzó sus ojos.
Había desaparecido tan rápido como apareció.
—¡Puedes tomar ventaja de mí! —cantó Tweedledum tras él. Luego ella se
inclinó más cerca, así solo yo podía escucharla—. El cuerpo de ese hombre es…
Me alejé y caminé hacia él antes de que pudiera terminar. ¿Si tenía que
escoger entre la guarida del león y la mordida de una serpiente? Bueno, al menos
ya conocía al león. Miré los alrededores, notando que nada había cambiado. Había
puesto una fotografía del estado en la pared. Pensé dos veces en sentarme en la
cama, y al final me decidí por permanecer de pie mientras él rebuscaba en su
armario. Al final, salió con una carpeta de archivos.
La puso en la cama, abriéndola con un clic. —Tengo que decirlo, nunca creí
que te volvería a ver aquí, pero si lo hacía, nunca imaginé que sería así.
Me concentré en el movimiento de sus dedos y el resaltar de los músculos
en su brazo. —¿Podrías ponerte una camiseta? Me distrae un poco. —Mi voz
sonaba jadeante, incluso para mí, pero no podía ralentizar mi pulso, no con él de
pie a solo unos cuantos centímetros.
Se rió, lo que no ayudó a mi estado; solo me excitó más. —¿Podrías ponerte
otros pantalones? Esa kilométricas piernas tuyas me tienen pensando en la forma
que amabas envolverlas alrededor de mi cintura.
Balbuceé y él sonrió, sacando los registros y tendiéndomelos. —Si vas a
descubrirlo algún día, prefiero que lo descubras por mí.
Escaneé la parte superior. —¿Fuiste herido en julio, hace dos años?
—Sí, fui un estúpido y le di a la Guardia la única copia que tenía. Luego,
cuando modernizaron sus computadoras, perdieron mis registros de Afganistán.
Los necesitaba para que los doctores aquí pudieran limpiarme para jugar en la
Universidad de Colorado. Tu padre fue desplegado, y sabía que el hospital tendría
una copia en alguna parte. Tuve suerte de que tu padre supiera dónde buscar.
—El mismo hospital, bien, ¿pero por qué sabría dónde buscar? —Había algo
231 allí, pero no sabía qué.
—Sí. El mismo hospital. Hacían cirugías de emergencia antes, en Landstuhl.
—Sentía su mirada penetrándome.
Sacudí la cabeza, removiendo los papales. —¿Qué tratas de decirme?
—Mira la fecha.
—Seis de julio.
—¿Qué hacías ese verano?
Pensé en ello. —Eh, acababa de graduarme de la secundaria, y mamá me
llevó al campus de Boulder después del cuatro de julio porque quería ir a la
universidad con Riley. —En lugar de Vanderbilt, donde había querido aplicar; solo
otra concesión que hice para nuestro plan—. Mamá me llevó… —El entendimiento
me llenó.
—Porque tu padre fue desplegado —terminó.
Escalofríos se deslizaron desde mi cuero cabelludo hasta mis brazos.
—Mira la fecha, December. Conoces esa escritura. —Su voz era gentil.
Regresé al comienzo, buscando al médico principal. Doctor J. A. Howard.
No sentí pánico, ningún sentido de traición, o ira, solo tenía la sensación de
que algo había sido completado. —Él era tu doctor.
—Salvó mi vida. —Josh se sentó en la cama y miró hacia la pared, perdido
en algún otro lugar—. Estábamos limpiando un edificio cuando me dispararon.
Solo había estado en Theater por un mes. Una rozó mi brazo. —Apuntó a la herida
en su tatuaje, la que había trazado la noche del Snow Bash—. La otra golpeó mi
muslo y le dio a la vena femoral. Me subieron al CaSH, sangrando por todos lados,
y supe que iba a morir. Los médicos no pudieron cerrar la arteria con suficiente
rapidez. Tu padre se puso junto a mi rostro y me dijo que iba a ir a casa. Se
aseguraría de que fuera a casa. —Volvió a mirarme, y me hundí en esos ojos—.
Después de que despertara de la cirugía, allí fue cuando comenzamos a hablar y
me di cuenta de quién era. Él me había visto jugar cuando te llevó a un juego.
—En primer año —susurré, recordando cuán impasible me había sentido al
estar allí con mi padre.
Alargó un brazo y tomó mi mano. Traté de ignorar el chispazo que me
recorrió al sentir su piel tocando la mía de nuevo. —Estabas tan enojada porque él
estuvo en Afganistán. No podía decirte que de lo contrario, yo habría muerto. No
quería que me vieras como la razón de que todo hubiera sucedido, que vieras a tu
padre como el costo de mi vida.
232 —¿Así es como te sientes? —Me acerqué, acunando su rostro al tiempo que
levantaba la mirada para verme. Había extrañado tocarlo.
—A veces. Pero no soy el único al que salvó, Ember. Hay un montón. Era un
cirujano maravilloso. Quería contártelo; pero no podía ver que te alejaras. Me
estuviste alejando tanto tiempo porque no querías pensar en que nuestra relación
comenzara cuando él acababa de morir. ¿Cómo podría decirte que él es la razón
por la qué estoy aquí?
Una recelosa aprehensión me llenó. —¿Esa es la razón por la que pasabas
tanto tiempo conmigo? ¿Todo fue por mi padre, para pagarle lo que hizo por ti? —
Mi corazón se apretó en mi pecho mientras esperaba su respuesta. Necesitaba que
todo fuera real entre nosotros. No sabía si podría soportar ser un caso de caridad—
. ¿Lo de nosotros fue real para ti? Quiero decir, volviste a ser… tú.
El dolor se deslizó a través de sus ojos antes de que lo enmascarara. —Te he
querido desde que tengo dieciocho. —Asintió hacia la fotografía de nosotros—. No
era lo suficientemente bueno para ti en ese entonces. Diablos, aún no lo soy. Eres
todo lo que no tengo permitido desear, por las cosas que he hecho, y las cosas que
podría potencialmente hacer. No tenía derecho a amarte, pero no pude evitarlo. Tu
padre no tiene nada que ver con esto.
Me subió a su regazo, y me relajé, indefensa contra él, porque quería estar
allí, conseguir cualquier contacto que pudiera tener con él.
—Cuando te vi ese día en la tienda, lucías incluso más hermosa de lo que
recordaba. Pasaron cinco años, y esa chica que me tenía loco se había convertido en
alguien despampanante y fuerte. Agradecí al destino, incluso me incliné y besé sus
pies por ponerte en mi camino. Pero cuando te escuché decir que tu padre había
muerto, supe por qué estaba allí, en esa tienda después de ese viaje.
—Porque le debías a mi padre el que te salvara, entonces me salvaste. —Tan
cerca como nos encontrábamos, mi susurro era todo lo que se necesitaba—. Lo
curioso es que ni siquiera estoy segura de si me importa. Trajiste tanto a mi vida,
Josh. Me libraste de todo lo que me retenía, y me enseñaste lo que se sentía ser
amada, realmente amada. Si algo de ello tiene que ver con mi padre, bueno, solo es
algo más de lo que tengo que agradecerle.
—December, ¿no lo entiendes? No cuidé de ti porque se lo debiera a tu
padre; te perseguí a pesar de lo que le debía a tu padre. ¿El que me mantuviera lejos
de ti durante todos estos meses? ¿Sin botar tu puerta a las dos de la mañana
cuando me mataba el que estuviéramos separados por unos cuantos centímetros
de pared? Eso es lo que le debía a tu padre, el quedarme lejos. Sé que no quieres el
estilo de vida que tengo. Sé que independientemente de lo que él pensaba, no soy
233 todo lo que necesitas. Pero también sé que no hay nadie en este mundo que pueda
amarte como yo lo hago, y desearía que fuera suficiente.
Mis dedos se deslizaron por su mejilla, memorizando la sensación de su
piel, la aspereza de su barba de un día. Mi pulgar se frotó contra sus labios, la
única concesión que me había permitido cuando concernía a su boca. —No se trata
del amor, Josh. Es sobre el miedo, y no importa cuánto te ame, o cuán desesperada
me sienta por estar contigo. No puedo vivir temiendo un golpe en mi puerta.
Nunca podría abrir una puerta así de nuevo. Apenas sobreviví a la muerte de mi
padre, y sé que fue porque te encontrabas allí para sostenerme. No sobreviviría si
te perdiera; destruiría mi alma y también me mataría, solo que seguiría latiendo. —
Me tembló el labio inferior, y me perdí a mí misma en sus ojos, en las oscuras y
turbulentas profundidades, en las doradas motas que lo hacían él, Josh—. Eres un
hombre maravilloso. Nunca digas que no eres lo suficientemente bueno, porque
eres mucho mejor que esto. —Apunté a la puerta, donde las chicas lo esperaban—.
Mejor que cualquiera de ellas. Mi miedo no te hace menos perfecto. Me hace
prevenir. Tú… Dios, lo que haría por ti.
—Aún me amas.
—Con cada pedazo de mi alma. El amor no alcanza a describir lo que siento
por ti, Josh Walker. Unos cuantos meses y tu cabezal nunca podrán cambiar eso.
—¿Mi cabezal?
La vergüenza encendió mis mejillas, coloreándolas del mismo color que mi
cabello, sin duda. —¿La noche que ganaste la categoría? —Aún lucía confundido—
. Tu cabezal golpeaba contra la pared, mi pared.
Sus ojos se ampliaron, y tuvo la osadía de poner esa sonrisa que hacía que
mi corazón se detuviera. —No estuve aquí esa noche. Después del partido, solo
quería estar contigo, y no podía, así que conduje diez horas para ir donde mi
madre. Ese no era yo. La única mujer a la que alguna vez he traído a esta cama eres
tú. Preferiría quemarla que dormir aquí con alguien más. Dios, no he tocado a
ninguna chica de esa forma desde que estuvimos juntos. No se puede reemplazar
la perfección.
El peso que me había estado carcomiendo desde aquella noche desapareció.
Sonreí, usando sus palabras en su contra. —Aún me amas.
—En cada segundo que respiro. Te amaré por el resto de mi vida, December
Howard, tanto como si estás o no para presenciarlo. Puedes pensar que eres débil,
pero eres la mujer más fuerte que he conocido. —Enterró sus dedos en mi cabello y
me atrajo a su boca.
Antes de que perdiera toda compostura, me alejé. —No puedo. Amarte es
234 tan fácil, y cuando me tocas, me pierdo. No puedo ser lo que necesitas.
Sus ojos se ampliaron, iluminándose con un desesperado brillo, y sus dedos
se apretaron en mi piel. —December, tú significas más para mí que esto; mi
carrera, este uniforme. Aún me quedan cuatro años, y no puedo salirme de eso,
pero haré que me reasignen. Solo cuatro años y volveré por ti.
¡Dios, sí! La despreocupada chica en mi interior quería aferrarse a eso,
reclamarlo como suyo. Podía esperar cuatro años, especialmente si era por Josh.
Pero cuatro años no eran suficientes para él, no realmente. —Nunca podría cargar
con la culpa de que dejes esto. Dijiste que ibas a seguir en carrera, y nunca podría
ser capaz de ser la persona que te contenga.
Las lágrimas que humedecieron sus ojos, y la que se deslizó por su rostro,
casi fueron mi ruina. —¿Cómo podemos amarnos tanto y no seguir adelante? ¿Por
qué un amor como el nuestro puede doler tanto?
Limpié su lágrima, como también la mía. —Quizás un amor así de exquisito,
así de poderoso, no está destinado a durar para siempre. Tal vez estamos
destinados a arder tan brillantemente por el otro que iluminaremos cada camino
que escojamos, pero no hay forma de sustentar un fuego como este.
Puso mi mano sobre su corazón, donde comenzaba el fuego de su tatuaje. —
Lo llevaré conmigo, Ember. A ti. —Golpeó mi mano contra las llamas—. Aquí.
Siempre. Eres tú, fuego y hielo; todo lo que sé que eres, December. —Tomó una
temblorosa respiración—. ¿Vendrás el próximo jueves? ¿Para mi comisión?
Negué con la cabeza. —La compañía de mi padre vendrá a casa ese día, y le
prometí a mamá que iría.
Asintió, la decepción grabándose en la triste curva de su boca, un reducido
destello en sus ojos. —Tal vez es mejor de esa forma. Me iré dos días más tarde,
para el curso básico de oficial. Supongo que este es el final, ¿eh? Así que, ¿por qué
demonios me siento como si estuviera siendo partido en dos?
—Yo también. —Sonreí tan bien como podía, sabiendo que tenía que irme,
sabiendo que si me quedaba más tiempo, me rendiría—. Supongo que si nos pones
juntos, seríamos una sola persona.
Su agarre se apretó dolorosamente en mi cabello. Se sentía desesperado,
frenético; la necesidad aclamaba que me quedara con él, que me quedara allí para
siempre. Pero, si tenía tanto de mí ahora, ¿cuánto tendría en tres años? ¿Siete? ¿El
día en que vinieran para decirme que había muerto? No sobreviviría. No. Al
menos ahora viviría, incluso si era mentira, y me conformaría con un diez por
ciento de este amor.
235 —Al menos tuvimos esto. La mayoría de las personas no llega a
experimentar el auténtico amor, y nosotros sí. No voy a arrepentirme de ti, Joshua
Walker. Eres mi más grande bendición. —Me bajé de su regazo y me incliné hacia
delante, presionando los labios en su increíble y tatuada piel, donde las llamas y el
hielo se encontraban. Me alejé demasiado pronto, y de alguna forma demasiado
tarde, dejando un pedazo de mi corazón incrustado en ese tatuaje, tan cerca como
podía de su corazón.
Nunca superaría a Josh Walker.
Traducido por Michelle♡
Corregido por Annie D
238 Las gradas se despejaron como si fuera la última anotación del campeonato
de fútbol, una estampida de amor bajando para consumir el piso del gimnasio en
una mezcla de abrazos y besos.
Nunca vi algo más hermoso en mi vida.
Mi madre me apretó la cintura, acercándome más. —Necesitabas ver esto.
No hay un momento en que me haya arrepentido de amar a tu padre. Incluso
después de perderlo, regresaría y lo elegiría de nuevo, y eso no tiene nada que ver
con ustedes. Incluso si no los tuviéramos, los años que tuve la oportunidad de estar
con él bien valen la pena el precio de este dolor. —Hizo un gesto a los encuentros
debajo de nosotras—. Estos momentos, éstos son a los que te aferras, porque puede
doler enviarlo lejos, pero nada se compara con tenerlo de vuelta. Te hace más
agradecida por lo que tienes, más consciente de lo valioso que es. —Se volvió hacia
mí, sosteniendo mi cara en sus manos—. No tomes el amor por sentado.
—¡June! —gritó la mamá de Sam desde el suelo, vestida con uniforme.
—¡Sandra! —exclamó mamá. Me apretó la mano y bajó, dejándome sola en
las gradas, mientras fotos eran tomadas y abrazos eran dados en frente de mí.
Sam hizo un gesto hacia mí, pero se quedó en la fila inferior, sintiendo de
alguna manera que tenía que estar sola. Ella era así de buena.
Me senté y puse mi bolso encima, abriendo el cierre y sacando el envoltorio
desgastado dirigido hacia mí. Abrí con cuidado el sello y saqué la única pieza de
papel de cuaderno garabateado con la escritura familiar de mi padre.
Sí, si había algún lugar en el que él estaría, era aquí, y yo me encontraba
finalmente lista para escuchar lo que quería decirme.
Oh mi hermosa December,
Cuando tu mamá te puso el nombre en esa noche helada, parecía apropiado. Eras
una bebé tan tranquila, paciente y suave como la nieve. No pasó mucho tiempo hasta que
me diera cuenta de ese fuego que tenías dentro de ti y supe que esa pasión, Ember, siempre
estaría conmigo.
No puedo pretender saber lo que sientes, pero si me echas de menos tanto como yo te
echo de menos, entonces lo siento mucho, cariño. Dejarte así nunca fue mi intención. Ni
siquiera puedo empezar a pedir disculpas por todas las cosas que me perderé de tu vida.
Pero tengo que decirte un par de cosas:
Abraza a tu madre a menudo, lo va a necesitar.
239 No desperdicies tu vida haciendo felices a los demás o haciendo lo que crees que
encajará en esos inmaculados planes tuyos. Arriésgate. Si no lo haces por ti, hazlo por mí.
No naciste para ser confinada a un plan de trabajo.
Vive, cariño. Ríe, llora, grita y ama. Date cuenta de que cada momento que tienes
vale cada gota de sudor y lágrimas que le puedas dar.
Supongo que, ya que al parecer estoy muerto, puedo decir esto: deshazte del idiota.
Puedes pensar que amas a Riley, pero un día el amor verdadero te sorprenderá. Sigue
adelante y encuentra a alguien digno.
Siempre recuerda que te amo, desde el momento en que estabas en camino para
nosotros.
Eso es todo, cariño. Has sido una de mis mayores alegrías, Ember. Te prometo que
puede que no veas, pero aún estoy allí, esperando para verte casarte, verte graduar de la
universidad, y comenzar tu vida. Ya estoy muy orgulloso de ti y sé que voy a estar
orgulloso de lo que decidas hacer con tu vida. Eres fuerte, muy fuerte.
Gracias por hacer que mi vida valiera la pena vivir.
Te quiero, December, sé valiente.
Papá.
Me temblaban los dedos, pero me las arreglé para doblar la carta y ponerla
de nuevo en el sobre. Por unos momentos, estudié los felices reencuentros, las
caras sonrientes y la risa en todos lados.
El amor que llenaba esta habitación era el tema de películas y leyendas. Fue
el final feliz de todo cuento de hadas, el epílogo de una historia de amor épica.
Las historias épicas de amor necesitaban amores épicos.
¿Quién estrecharía la mano de Josh cuando marchara al despliegue? ¿Quién
lo besaría para despedirlo y le daría una razón para volver a casa? ¿Quién sería
levantada en sus brazos y estaría agradecida?
Yo.
Yo era suya, y él era mío. Y terminé de tener miedo.
Bajé las gradas rápidamente, comprobando el reloj: 10:45. Mierda.
—¡Sam! —Corrí precipitadamente hasta ella.
—Vaya, ¿dónde es el incendio? —rió—. Chica, ¿has visto a algunos de estos
soldados? No han visto una mujer en un rato, y te apuesto que estoy segura que…
240 —¡Sam! —interrumpí, agarrando sus hombros—. ¿Puedes llevarme al norte,
en los siguientes quince minutos?
Una sonrisa se dibujó en su rostro. —¿Sientes que otra ceremonia te necesita
más?
—Sí.
—¡Ya era momento, maldita sea!
Corrimos hacia el coche, evitando cochecitos y bolsas de lona. Giramos
alrededor de parejas besándose y esquivamos los vehículos estacionados listos
para llevar a sus soldados a casa. El coche de Sam se hallaba en el medio del
embotellamiento. —¡Mierda! —grité, asustando a la pareja más cercana.
—¡Toma el mío! —Mi madre se apresuró detrás de nosotras, con las llaves
en mano y perfectamente equilibrada en sus tacones altos—. ¡Está ahí! ¡Tómalo!
Señaló hacia su camioneta. Un salto a través de la acera y estaríamos en
camino. Me di la vuelta y la abracé. —Gracias.
Ella me apretó por una milésima de segundo antes de apartarme. —¡Anda!
Sam y yo nos deslizamos por otras tres filas de coches, y desbloqueé las
puertas mientras corríamos. —¡Yo conduzco más rápido! —gritó
Le tiré las llaves y salté hacia el lado del pasajero. Ella tenía el motor
maniobrado y el coche en marcha antes de que cerrara la puerta. Pasó por encima
de la acera y hierba antes de acelerar en la carretera.
Tiré de mi cinturón de seguridad. —¡Más rápido!
—¡Ya voy sobre quince y en exceso de velocidad en una instalación militar,
lo que es un delito federal! —Esquivó de nuevo y pasó a alguien de manera ilegal.
Una vez que llegamos a la entrada y se adentró a la carretera, ella era un
demonio de la velocidad, llevando al velocímetro en números que mi madre nunca
querría conocer. No había tiempo para estar nerviosa acerca de lo que hacía. Me
encontraba demasiado preocupada por luces de policías y orando por mi vida.
Siete minutos. Teníamos siete minutos y estábamos fácilmente al doble de la
distancia a una velocidad normal. Por otra parte, esperaba que Sam rompiera la
velocidad en solo cuestión de segundos. Tomó la salida tan rápidamente que
agarré la manija, y oh-mierda, me preparé para dar la vuelta, cerrando fuertemente
los ojos.
—¿De verdad crees que no sé lo que estoy haciendo? —se burló y se
241 sumergió en el tráfico.
—¡Sam, esa luz está roja! —Atravesó el semáforo, a un paso acelerado hacia
nuestra universidad.
Levantó las cejas ante mi sorpresa. —¿Qué? ¡Miré a ambos lados!
—Increíble. ¡Vamos a malditamente morir antes de que pueda llegar allí! —
Tiró del volante con fuerza a la izquierda, atravesando el aparcamiento de
residentes para llegar al edificio donde se realizaba la ceremonia.
Los frenos chirriaron y mi cuerpo se disparó hacia adelante, me detuve solo
por el cinturón de seguridad antes de golpear de nuevo en el asiento. —¡Sam! —
grité.
—¡Son las 11:01! ¡Saca tu culo de ahí!
Abrí la puerta y salí corriendo por el pavimento. —¡Gracias! —dije por
encima del hombro antes de abrir la puerta de vidrio pesado. Los pasillos se
encontraban inquietantemente tranquilos.
—¿Estás aquí por el Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de Reserva? —
preguntó un guardia.
Alisé mi desastroso cabello y enderecé los hombros. —Sí, lo estoy.
Señaló el pasillo. —Sala 114, pero llegas tarde.
Asentí hacia él y eché a correr, agradecida de que hoy llevaba zapatos bajos.
Me habría tropezado por todo el lugar en tacones. Patiné hasta detenerme en frente
de la sala, confirmé el número, y entré, mezclándome con las familias mientras se
sentaban.
Él fue fácil de detectar. Nunca quise ver a Josh en un uniforme, pero en azul,
me impactó. Él era diferente, austero de alguna manera, como si al ponerse el
uniforme, hubiera madurado años. Alejé la aprehensión y el instinto de correr. Sé
valiente, Ember. Podía hacer esto. Sería fuerte como mi padre y valiente como mi
madre.
El fondo de la sala se encontraba lleno de ventanas con vistas a la Cordillera
Frontal, y la luz del sol era perfecta a esta hora del día. Me senté lo suficientemente
lejos en la habitación, alrededor de siete filas para que él no me notara. Me gustaba
el elemento sorpresa, lo que me sorprendió cuando vi a Jagger en uniforme en la
línea de Josh.
Los instructores reunieron a los dieciséis graduados y los alinearon con los
Novatos como su telón de fondo. Pidieron la atención de la habitación y comenzó
la ceremonia. Me encontraba demasiado absorta en observar a Josh para escuchar
242 los discursos. Ni una sola vez sonrió, o se vio feliz como los demás. En su lugar, se
veía resignado, atrapado. Una punzada de culpabilidad me atravesó. Le arrebaté
este momento feliz, porque pensó que me había perdido.
Nunca volvería a contener a este hombre.
Comenzó el juramento de la puesta en servicio; las voces profundas de los
graduados jurando defender la Constitución de los Estados Unidos contra todos
los enemigos, extranjeros y nacionales. Era un hermoso juramento que me
conmovía cada vez que lo escuchaba. El servicio desinteresado, era evidente en
cada una de sus caras.
El Maestro de Ceremonias, un teniente coronel, explicó el proceso de
abrochamiento y cómo cada uno de los graduados seleccionó a alguien especial
para fijar sus barras amarillas. “Barras de mantequilla”, como las llamaba papá.
Josh era el tercero desde el final, y permanecí sentada ansiosamente mientras los
otros graduados pasaban. Mierda. No había visto lo suficiente de esto. No podía
recordar exactamente donde se colocaba el rango. Mi suspiro de alivio fue audible
cuando me di cuenta de que utilizaban hombreras, y no tendría que asustarme por
poner bien el rango.
Uno por uno, los vi abrocharse, el nudo de tensión crecía en mi estómago
con cada segundo que pasaba. ¿Estaba a punto de hacer el ridículo? ¿Tontina se
hallaba aquí para abrocharlo? Josh no tenía ninguna responsabilidad de esperarme.
Después de que volví a romperle el corazón la semana pasada, ¿me querría?
—Joshua Walker —convocó el Maestro de Ceremonias.
Josh dio un paso adelante, y perdí mi corazón de nuevo. A diferencia de los
otros que fueron abrochados en relativo silencio, Josh habló—: El hombre que
quería que me abrochara no pudo estar aquí hoy. Él me salvó la vida en Afganistán
hace dos años, solo para caer allí esta última navidad. Honestamente, puedo decir
que sin su apoyo, no estaría aquí. —El Maestro de Ceremonias se acercó, listo para
abrocharlo.
Era ahora o nunca. —Su hija asistirá por él. —Me puse de pie lentamente y
salí al pasillo, encontrando la mirada sorprendida de Josh. Caminé con cuidado
hacia él, consciente de que todas las miradas yacían sobre mí. No tropieces y te
caigas. Una vez que lo alcancé, tendí la mano, y él me dio su hombrera. —En
nombre del Teniente Coronel Howard —susurré. Deslicé el broche en su hombrera
izquierda. Me apoyé sobre las puntas de los pies, ahora deseando que hubiera
llevado tacones; con su altura solo le llegué hasta la clavícula—. En mi nombre —
susurré de nuevo, y deslicé el broche en su hombrera derecha.
Conocía la rutina. Si yo hubiera sido un hombre, le habría estrechado la
mano. En cambio, me estiré y besé su suave mejilla afeitada, teniendo una
243 milésima de segundo para absorber la deliciosa forma en que olía. —Felicitaciones,
Teniente Walker.
Su sonrisa era radiante, aunque rápidamente contenida como era apropiado
en uniforme, y me alejé. No podía controlar mi sonrisa cuando tomé asiento.
Acababa de darle a Josh Walker la sorpresa de su vida.
Traducido por Ann Ferris
Corregido por Val_17
249
Traducido por Jules
Corregido por Verito
—¿Cuánta ropa has traído? —preguntó Josh mientras resoplaba por las
escaleras hasta mi apartamento del segundo piso sin ascensor en Nashville. Se
encontraba en una zona fantástica, segura y cerca de Vanderbilt, por lo que mi
madre dejó una cantidad considerable de dinero en mi cuenta para pagarlo. Excusó
sus acciones diciendo que es lo que papá hubiera querido.
—La suficiente —le respondí con una sonrisa, y abrí la puerta con el pie
250 para poder entrar. El calor de mediados de agosto me hacía sudar entre mis
omóplatos, y el aire acondicionado me dio un gran alivio. Josh se derrumbó
melodramáticamente en mi sofá, echando la cabeza hacia atrás.
—Me muero. Me estoy muriendo.
Bueno, si eso no era una invitación. Me senté a horcajadas sobre su regazo, y
él se puso alerta de inmediato. —¿Mejor?
Rozó mis pantalones cortos y agarró mis muslos con un apretón juguetón.
—Creo que hay demasiada ropa. Me gustas sin nada.
Me besó mientras me reía y me hizo saborear las ventajas de mi propia casa.
—¿Cuándo tienes que regresar?
—Mañana por la noche.
Demasiado pronto. Traté de no poner mala cara, y en su lugar, terminé
besándolo de nuevo. Podría haber vivido de besar a Josh. —Eso significa que
estarás aquí todo el fin de semana —le susurré sugestivamente.
—Así es —coincidió, jalándome con más fuerza contra él.
—¡Genial! Me gusta que mi armario esté codificado por temporada y color
de acuerdo con el orden del arco iris. —Le di un beso sonoro en la mejilla y salté de
su regazo, dirigiéndome a desempaquetar la cocina.
Gimió. —¿No podemos simplemente tener mucho sexo?
—Claro, siempre y cuando todo esté guardado... —Me reí a carcajadas
cuando saltó sobre el respaldo del sofá y me siguió hasta la cocina. Me levantó
sobre la encimera y me hizo cosquillas sin piedad.
Me pregunté si siempre sería así con él; risas y esta química perfecta,
mezcladas con los suficientes sentimientos en los que fundirme. Lo que sea que
pasara con nosotros, sabía que siempre sería más que suficiente. Josh era mi hogar,
incluso si se encontraba a seis horas de distancia en el Fort Rucker.
Dentro de dos años más, los dos terminaríamos juntos, él con la escuela de
vuelo, y yo con la universidad. Y lo haríamos, no porque fuéramos fuertes, o
determinados, sino porque no había otra opción para nosotros. Simplemente
éramos así.
Cesó el ataque de cosquillas y me besó, robando hasta el último
pensamiento de mi cabeza con esa boca perversa. —¿Qué te parece si disfrutamos
del tiempo que tenemos?
Ese sería el lema de nuestra vida, no tenía ninguna duda. —No puedo
pensar en nada mejor.