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2
Jules

Sandry Val_17 Jasiel Odair


EyeOc Kenza [Link] Julieyrr
CrisCras Zafiro Annie D
Eli Hart Gaz Holt Jeyly Carstairs
katiliz Liillyana Jules
Katita Ann Farris Adriana Tate
[Link] florbarbero Sofía Belikov
Aleja E Alessandra Wilde Michelle♡

3
Annie D Mire Helen1
Key Alessandra Wilde Elle
Mel Wentworth CrisCras Aimetz Volkov
Anakaren NnancyC Victoria
itxi Daniela Agrafojo Dannygonzal
Ely Hart Gaz Holt Cami G.
Melii Valentine Rose Sammy
Ampaяo Lizzy Val_17
Ann Ferris Eli Mirced Verito

Jules

July
Sinopsis Capítulo 16
Capítulo 1 Capítulo 17
Capítulo 2 Capítulo 18
Capítulo 3 Capítulo 19
Capítulo 4 Capítulo 20
Capítulo 5 Capítulo 21
Capítulo 6 Capítulo 22
Capítulo 7 Capítulo 23
4 Capítulo 8 Capítulo 24
Capítulo 9 Capítulo 25
Capítulo 10 Capítulo 26
Capítulo 11 Capítulo 27
Capítulo 12 Epílogo
Capítulo 13 Eyes Turned Skyward
Capítulo 14 Sobre la autora
Capítulo 15
Tres golpes pueden cambiarlo todo…
“Ella lo sabía. Ese es el por qué mamá no había abierto la puerta. Ella sabía
que él estaba muerto.”
Veinte años como hija de un militar y Ember Howard también lo sabía. Los
soldados en la puerta significaban que su padre nunca regresaría a casa. Lo que
ella no sabía era cómo iba a encontrar la fuerza para, sin ayuda de nadie, cuidar de
su familia desmoronada cuando su madre está destrozada.
Luego Josh Walker entra en su vida. Estrella de hockey, su nuevo vecino de
al lado, y por no mencionar las manos más deliciosas que insisten en salvarla una y
otra vez. Él tiene una manera de borrar el dolor con una sola mirada, un solo
toque. Por mucho que ella quiera dejar a un lado sus sentimientos y soportar la
5 tristeza por su cuenta, no puede negar su intensa atracción.
Hasta que el secreto de Josh destroza su mundo. Y Ember debe decidir si
vale la pena el riesgo que viene al enamorarse de un hombre que podría
desnudarla completamente.

Flight & Glory, #1


Traducido por Sandry & EyeOc
Corregido por Key

¿Quién demonios estaría golpeando la puerta a las 7:05 de la mañana?


Tres golpecitos en la puerta de mi dormitorio hicieron eco ásperamente en la
planta baja. Mamá iba a morder sus traseros por interrumpir su rutina mañanera.
—¡Adelante! —grité, explorando toda mi lista de reproducción del iPod
antes de pulsar sincronización. La música hizo que correr fuera más tolerable.
Apenas. Correr era infernal, pero ya había calculado hasta dónde tenía que ir para
compensar los dulces de leche de navidad que había devorado durante el resto de

6 mi visita a casa. El termómetro fuera decía que había diez grados, y las esculturas
de hielo humanas se encontraban sobrevaloradas, así que Colorado en navidad
significaba que sería la ciudad de las cintas de correr. Bien por mí.
Los rizos rubios rojizos de Gus aparecieron a través de la pequeña abertura
de la puerta, mis gafas de laboratorio de química básica puestas en su frente. Ellas
le dieron a su cara de siete años de edad y fruncida un aspecto de científico loco.
—¿Qué tal, amigo? —le pregunté.
—¿Ember? ¿Puedes abrir la puerta? —rogó.
Bajé la música que salía de mi portátil. —¿La puerta?
Él asintió, a punto de perder las gafas. Mis labios se torcieron, luchando con
una sonrisa que se extendió por mi cara mientras trataba de no reírme.
—Se supone que tengo que ir a hockey, y mamá no va a abrir la puerta para
compartir el coche —dijo.
Puse mi mejor cara seria al mirar hacia atrás en el reloj.
—Está bien, Gus, pero son solo las siete, y no creo que tengas hockey hasta
la tarde. Mamá nunca se olvida de un entrenamiento. —Yo había heredado una
personalidad perfeccionista de alguna parte.
Dejó escapar un suspiro exasperado. —¿Pero qué pasa si es antes?
—¿Seis horas antes de tiempo?
—¡Bueno, sí! —Él me dio una mirada con los ojos abiertos, declarándome
como la hermana más estúpida de la historia.
—Está bien, amigo —cedí como siempre. La forma en que había llorado
cuando me fui a la universidad el año pasado más que nada le dio vía libre al niño
hacia mi alma. Gus era la única persona por la que no me importa salirme de lo
programado.
Comprobé Skype una vez más antes de cerrar mi portátil, con la esperanza
que vería a papá aparecer en línea. Él se había ido hace tres meses, dos semanas y
seis días. No es que estuviera contándolo.
—Va a llamar hoy —prometió Gus, abrazando mi costado—. Tiene que
hacerlo. Es una regla o algo así. Siempre tienen que llamar para el cumpleaños de
sus chicos.
Forcé una sonrisa y abracé su cuerpo escuálido. No importaba que yo
cumpliera veinte años hoy, solo quería saber de papá. Los golpes sonaban de
nuevo.
—¡Mamá! —llamé a gritos—. ¡La puerta! —Agarré una cinta de pelo de mi
7 escritorio y la sostuve en mis dientes mientras me recogía el pelo largo en una
coleta antes de ir a correr.
—Te lo dije —murmuró él en mi costado—. Ella no va a responder. Es como
si quisiera perderse el hockey, ¡y sabes que eso significa que voy a apestar para
siempre! ¡No quiero que el entrenador Walker piense que apesto!
—No digas apestar. —Besé la cima de su cabeza. Olía a su champú naranja
de la marca de Spiderman y a sol—. Vamos a ver.
Impulsó sus brazos en señal de victoria y corrió por el pasillo delante de mí,
escogiendo la escalera de servicio más cercana a mi habitación. Se deslizó a través
de la cocina con sus calcetines, y yo agarré una botella de agua de la nevera en mi
camino. Los golpes sonaron de nuevo, y mi madre todavía no contestaba. Debe
haber salido corriendo para hacer recados con April o algo así, aunque las siete de
la mañana era demasiado temprano para mi hermana pequeña.
Pasé por el comedor, abrí la tapa de la botella, y entré en la sala de estar,
frente al vestíbulo. Dos sombras se hallaban de pie fuera de la puerta, a punto de
golpear de nuevo.
—¡Solo un minuto! —grité, saltando por encima del destructor estelar de
Lego que Gus había abandonado en el medio del suelo. Pisar un Lego era un nivel
especial del infierno que solo alguien que tuviera hermanos pequeños podía
entender realmente.
—No respondas. —El susurro estrangulado de mamá vino de la escalera
principal, donde se detuvo a pocos metros de la puerta delantera.
—¿Mamá? —Volví a las escaleras y la encontré acurrucada sobre sí misma,
meciéndose hacia adelante y hacia atrás. Sus manos cubrían su pelo, hebras de
castaño oscuro, el mismo tono exacto que el mío, entrelazado a través de sus dedos
donde ella estiraba. Algo iba mal—. Mamá, ¿quién está aquí?
—No, no, no, no, no —murmuró, negándose a levantar la cabeza de sus
rodillas.
Me eché hacia atrás y miré a Gus con las cejas levantadas. Él se encogió de
hombros en respuesta con una mirada de “te lo dije”.
—¿Dónde está April? —le pregunté.
—Durmiendo. —Por supuesto. A los diecisiete años, todo lo que April hacía
era dormir, salir a hurtadillas, y dormir de nuevo.
—Bien. —Otros tres golpes sonaron. Eran rápidos, eficientes y acompañados
por una voz suave masculina.

8 —¿Señora Howard? —Su voz fue distorsionada por la puerta, pero a través
del panel de vidrio central, vi que él se había inclinado—. Por favor, señora.
Mamá levantó la cabeza y me miró a los ojos. Estaban muertos, como si
alguien les hubiera chupado la vida, y su boca colgaba floja. Esta no era mi perfecta
madre.
—¿Qué está pasando? —preguntó April con un bostezo enorme, dejándose
caer sentada en el escalón más alto en su pijama y con su pelo rojo brillante en una
maraña desordenada por dormir.
Negué con la cabeza y me volví hacia la puerta. El pomo era cálido en mi
mano. Nos enseñaron en la escuela primaria que nunca había que abrir una puerta
caliente durante un incendio. ¿Por qué pensé en eso? Miré hacia atrás a mamá e hice
mi elección. Haciendo caso omiso de su petición, abrí la puerta a cámara lenta.
Dos oficiales del ejército con uniforme azul absorbieron nuestro pórtico, con
el sombrero en la mano. Mi estómago dio un vuelco. No. No. No.
Ella lo sabía. Es por eso que mamá no había abierto la puerta. Lo sabía.
Las lágrimas escocían en mis ojos, quemando mi nariz antes de que los
hombres pudieran siquiera decir una palabra. Mi botella de agua resbaló de mi
mano, se reventó en el marco de la puerta echando agua sobre sus brillantes
zapatos. El más joven de los dos soldados empezó a hablar, y yo alcé mi dedo para
hacerlo callar antes de cerrar la puerta con suavidad.
Mi aliento se expulsó en un tranquilo sollozo y descansé mi cabeza contra la
cálida puerta. Había abierto la puerta a un incendio, y estaba a punto de diezmar a
mi familia. Aspiré un suspiro tembloroso y puse una sonrisa en mi cara cuando me
volví hacia Gus.
—Oye, amigo. —Acaricié con mis manos su hermosa y pequeña cabeza
inocente. No podía detener lo que se acercaba, pero podía evitarle esto—. Mi
iPhone está en mi mesita de noche. —En la habitación más lejana de la puerta
principal—. ¿Por qué no vas a mi cuarto y juegas al Angry Birds un poco? Esto no
se trata de hockey, solo cosas de adultos, ¿de acuerdo? Juega hasta que yo vaya a
buscarte.
Sus ojos se iluminaron, y forcé mi sonrisa. ¿Cuánto tiempo pasaría hasta que
viera eso en sus ojos otra vez?
—¡Genial! —gritó y corrió por los escalones de la entrada, pasando a April
en su camino.
—Ves, ¡Ember me deja jugar con su teléfono! —bromeó mientras sus pasos
echaron a correr hacia mi habitación.

9 —¿Qué está pasando ? —exigió April. La ignoré y me volví hacia mamá.


Caí de rodillas en el escalón por debajo del de ella y peiné su pelo hacia
atrás. —Es hora de dejarlos entrar, mamá. Todos estamos aquí. —Le di una sonrisa
torcida a través del borrón en el que se había convertido mi visión.
No respondió. Tardé un minuto en darme cuenta de que no iba a hacerlo.
Ella no estaba… aquí.
April se deslizó por las escaleras, sentándose al lado de mamá. Abrí la
puerta de nuevo y casi vi la compasión en los ojos del soldado más joven. El más
mayor se puso a hablar. —¿June Howard?
Negué con la cabeza. —Ember. December Howard. Mi madre —me ahogué
e hice un gesto detrás de mí—, es June. —Me puse de pie junto a ella y me acerqué
a través de la barandilla para descansar mi mano en su espalda.
Podría estar herido. Solo herido. Venían a la puerta por las heridas graves.
Sí, solo herido. Podríamos soportar eso.
Los soldados asintieron. —Soy el capitán Vincent y este es el teniente
Morgan. ¿Podemos entrar?
Asentí. Llevaba el mismo parche en el hombro que mi padre. Entraron, sus
zapatos mojados chirriaban en las baldosas de la sala de entrada, y cerraron la
puerta tras ellos.
—¿June Howard , esposa del teniente coronel Justin Howard? —preguntó.
Ella asintió débilmente, pero mantuvo los ojos fijos en la alfombra, mientras que el
capitán Vincent acabó con mi mundo.
—El Secretario del Ejército me ha pedido que exprese con profundo pesar de
que su marido, Justin, murió en combate en Kandahar, Afganistán, a primera hora
de esta mañana, el diecinueve de diciembre. Fue asesinado por disparos de armas
pequeñas en un incidente Green on Blue1 en el hospital, que todavía está bajo
investigación. El Secretario brinda su más sentido pésame a usted y a su familia en
su trágica pérdida.
Mis manos se deslizaron por la barandilla para mantenerme erguida y cerré
los ojos mientras las lágrimas corrían por mi cara. Conocía las reglas. Veinte años
como mocosa del ejército me habían enseñado que tenían que informarnos dentro
de un cierto número de horas para identificarlo. Horas. Había estado con vida hace
horas. No podía respirar, no podía arrancar el aire en mis pulmones en un mundo
donde ya no tenía a mi padre. No era posible. Todo se cayó bajo mis pies, y un
dolor inigualable rasgó a través de cada célula de mi cuerpo, erupcionando en un
sollozo que no podía mantener contenido. El grito de April quebró el aire,

10 rompiéndome. Dios, me dolía. Dolía.


—¿Señora? —preguntó el joven teniente—. ¿Hay alguien a quien podamos
llamar para usted? Asistencia a la Víctima debería estar aquí pronto, pero ¿hasta
entonces?
Víctima de accidente. Mi padre había sido asesinado. Muerto. Green on Blue.
Había sido disparado por alguien con un uniforme afgano. Mi padre era médico.
¡Un médico! ¿Quién demonios le dispararía a un médico? Tenían que estar
equivocados. ¿Acaso llevaba papá un arma?
—¿Señora?
¿Por qué no contestaba mamá?
Ella permaneció en silencio, con los ojos fijos en el patrón de la alfombra del
pasillo en la escalera, negándose a contestar.
Incapaz de responder.
Algo cambió en mí, y el peso de la responsabilidad se instaló en mis
hombros, desplazando un poco el dolor para que pudiera respirar. Tenía que ser la
adulta ahora mismo, porque nadie más aquí podría.

1Es una frase que se utiliza para describir los ataques contra las fuerzas de la OTAN por miembros
de las fuerzas de seguridad afganas.
—Yo me encargo de ella hasta que lleguen los de Asistencia a la Víctima. —
Me las arreglé para decir con voz temblorosa, hablando sobre los gritos de April.
—¿Estás segura? —preguntó el capitán Vincent, con preocupación grabada
en sus características desconocidas.
Asentí. —Guardan una carpeta, en caso de que… —Metí mis nudillos en mi
boca, mordiendo tan fuerte como podía para detener el llanto desesperado que
emergía. Me tranquilicé a mí misma de nuevo, aspirando aire. ¿Por qué era tan
condenadamente difícil respirar?—. En caso de que esto sucediera… sucedió.
Papá era un creyente de que nada malo le pasaba a la gente preparada.
Odiaría saber que se había equivocado.
El capitán asintió. Sacó un formulario y tuvo que verificar que la
información de la letra de papá era correcta. Esta era nuestra dirección, nuestro
número de teléfono. Esos eran nuestros nombres y fechas de nacimiento. El
teniente se sobresaltó. —Feliz cumpleaños, December —susurró.
El capitán Vincent le envió una mirada silenciosa. —Sentimos mucho su
pérdida. Asistencia a la Víctima estarán aquí dentro de una hora, y el equipo de
11 atención está listo si eso está bien con usted. —Estuve de acuerdo. Conocía la
rutina, y lo que mamá necesitaba.
La puerta se cerró detrás de ellos, dejando nuestro mundo hacerse pedazos.
Durante la hora siguiente, mamá permaneció sentada en silencio en las
escaleras mientras que April lloraba en mi hombro. Esto no era real. No podía
serlo. No podía sostenerla lo bastante firmemente para hacer que se detuviera. El
equipo de atención llegó casi al mismo tiempo que los gritos de April se fueron
suavizando hasta convertirse en sollozos. Les hice pasar. Armadas con ojos
comprensivos y con diversas cacerolas, las tres mujeres del grupo de preparación
familiar de la unidad de mi padre se hicieron cargo de las tareas que yo no había
hecho todavía. Los platos del desayuno estaban limpios, la colada puesta en
marcha, los cereales que Gus había derramado antes en el suelo de la cocina
estaban barridos. Sabía que se encontraban aquí para ayudar a suavizar las cosas
hasta que la abuela pudiera llegar, pero no podía dejar de sentirme invadida,
quedándose a cargo como si fuéramos de alguna manera incapaces de cuidar de
nosotros mismos.
¿A quién engañaba? Mamá seguía acurrucada en la escalera. No podíamos
cuidar de nosotros mismos. Uno de los miembros del equipo echó un vistazo a Gus
y me aseguró que continuaba absorto en Angry Birds. No podía decírselo. No
podía hacerlo.
El oficial de asistencia de víctimas llamó a la puerta una hora más tarde, y le
abrí. April llevó a mamá al sofá y ella se sentó, fortaleciéndola con almohadas para
mantenerla en posición vertical. Sus ojos cambiaron de enfoque desde la alfombra
del pasillo a la pantalla en blanco de la televisión en la profundidad de los
recovecos del armario. Se negaba a mirarnos. No sabía con seguridad si ella fuera
capaz de entender lo que realmente había sucedido. Por otra parte, tampoco estaba
segura de que yo fuera capaz de entenderlo, pero no tenía el lujo de ponerme
catatónica.
—Mi nombre es capitán Adam Wilson —se presentó. Llevaba puesto el
uniforme azul, al igual que los funcionarios de notificación, pero parecía incómodo
en el papel que se le había asignado. Sabía que yo lo estaría. Su cuerpo casi llenó el
sofá de dos plazas donde mi madre se sentó, y arrastró la mesa de café hacia él, con
suavidad raspando la alfombra—. ¿Quiere que alguien tome notas? —Miró a
mamá—. ¿Para cuándo se sienta en condiciones de hacerlo?
—Yo me encargo —dijo en voz baja una mujer del equipo, con el bolígrafo y
el cuaderno listo.
El capitán Wilson sacó un montón de papeles de su maletín de cuero, y tiró
12 de su corbata, haciendo un pequeño ajuste. —Hay otro niño, ¿correcto? —Revolvió
unos pocos de sus trabajos hasta que seleccionó un formulario—. ¿August
Howard?
—Gus está arriba —le contesté, tomando asiento al otro lado del de mamá,
el más cercano al capitán Wilson. Agarré la carpeta negra que había conseguido al
salir de la oficina de mamá. Era el último elemento en el archivador, justo como
papá me había dicho antes de irse—. No se lo he dicho.
—¿Te gustaría que lo hiciera yo? —preguntó con suavidad. Lo consideré
brevemente. Mamá no estaba en condiciones de discutir con él, y el capitán Wilson
tal vez había sido entrenado para entregar ese tipo de información. Sin embargo,
no podía dejar que un extraño alterara el universo de mi hermano pequeño.
—No, lo haré yo misma.
April comenzó a llorar de nuevo, pero mamá permanecía sentada tan quieta
como siempre; vacía, sin estar realmente aquí con nosotros. —Quiero darle el
mayor tiempo posible antes de que tenga que hacerlo. Su mundo sigue siendo
normal. No sabe que nada volverá a ser lo mismo para él. —Me tragué mi propio
sollozo—. Tiene siete años y todo lo que conoce acaba de terminar. Así que creo
que le voy a dar solo unos pocos minutos. —Antes de hacerlo pedazos. Mi piel se
enrojeció al tiempo que nuevas lágrimas salieron a la superficie. Supuse que las
cosas irían así por un tiempo. Necesitaba mejorar en contenerlas.
El capitán Wilson se aclaró la garganta y asintió. —Puedo entender eso. —
Nos explicó su papel, que iba a ser nuestro guía para el proceso de bajas de papá.
Él nos ayudará con el papeleo, la ceremonia, las cosas que nadie veía venir. En
cierto modo, era nuestro guía, enviado aquí para ser un amortiguador entre el
dolor y el ejército de Estados Unidos. Me sentía agradecida por él tanto como
odiaba su mera existencia.
Él estaría con nosotros hasta que le dijera que ya no lo necesitábamos.
Después de que terminara su explicación, comenzó el aluvión de preguntas.
April se excusó, diciendo que tenía que acostarse. No había duda en mi mente que
a los pocos minutos, todo esto sería publico en Facebook. April no era de las que
sufre en silencio.
Las preguntas comenzaron, y abrí la carpeta negra. La letra de papá estaba
garabateada en todas las páginas de su testamento, su póliza de seguro de vida, y
su última voluntad; todo el papeleo organizado con cuidado para este momento
exacto. ¿Sabíamos dónde quería ser enterrado? ¿Qué tipo de ataúd quería? ¿Había
alguien que queríamos con nosotros? ¿Era la cuenta bancaria el lugar correcto para
depositar el dinero del seguro de vida? ¿Queríamos volar a Dover para ocuparnos
13 de sus restos, mientras que el ejército lo preparaba para el entierro?
Dover. Era como cruzar la versión del ejército de la laguna Estigia.2
Mamá se quedó en silencio, mirando a la televisión en blanco mientras yo
encontraba las respuestas a las preguntas de él. Ninguna pregunta la sacó de su
estupor, ningún tirón a su mano, ningún susurro de su nombre podría traerla de
vuelta a donde yo quería con desesperación que regresara. Se hacía muy obvio que
me encontraba sola.
—¿Hay alguien a quien podamos llamar para ayudar a tomar estas
decisiones con tu madre? —Su boca se tensó mientras le daba una mirada discreta
a mi madre. No podría saber cuántas viudas había visto él en shock en su carrera,
pero mamá era mi primera.
La abuela estaba un día de distancia. Como era la madre de mi padre, sabía
que el ejército se lo notificó oficialmente, tal como a nosotros. No había dudas de
que ella ya se encontraba en camino, pero hasta que llegara aquí, no había nadie
más. Los padres de mamá estaban muertos. Su hermano nunca estuvo mucho en
nuestras vidas, y no podía ver una buena razón para traerlo ahora. —Solo estoy yo
—le contesté—. Voy a tomar la responsabilidad de las decisiones hasta que pueda.

2 En la mitología griega, cuando una persona moría, su alma era transportada hacia la orilla del río
Éstige, también conocido como Laguna Estigia.
—¿Ember? —La vocecita de Gus vino desde los escalones donde se hallaba
parado—. ¿Qué está pasando?
Puse la mano de mamá nuevamente en su regazo. De todos modos no era
como si se diera cuenta de que la estaba sosteniendo. Después de la respiración
más profunda, me acerqué a mi hermanito. Me senté a su lado en los escalones y
me repetí todo lo que sabíamos en términos de siete años de edad, que no era nada
serio. Pero tuve que repetir lo único que sabía con certeza. —Papá no viene a casa,
Gus.
Sus ojitos azules se llenaron de lágrimas, y su labio inferior empezó a
temblar. —¿Le atraparon los tipos malos?
—Sí, cariño. —Lo atraje a mis brazos y lo abracé, meciéndolo hacia adelante
y hacia atrás como lo hacía cuando era un bebé; el bebé milagro de nuestros
padres. Le aparté el pelo sobre su frente y lo besé.
—Pero es tu cumpleaños. —Sus cálidas lágrimas empaparon mi camiseta
para correr y se puso a temblar de inmediato mientras lo abrazaba tan fuerte como
fuera posible. Habría hecho cualquier cosa para quitarle este dolor, para no decir lo
que sabía tenía que decir. Pero no podía recibir la bala de papá.
14 Gus lloraba en tanto el capitán Wilson permaneció sentado, observando
pacientemente a mi madre y su falta de respuesta. Me pregunté cuánto tiempo
pasaría hasta que palabras como “medicar” y “psicólogo” fueran sacadas a relucir.
Mi madre era la persona más fuerte que conocía, pero siempre había estado de pie
en la base que era mi padre.
Una vez que el último de sus pequeños sollozos sacudió su cuerpo, le
pregunté qué necesitaba, si había algo que pudiera hacer para mejorar esto para él.
—Quiero que tengas tarta y helado. —Levantó la cabeza de mi pecho y me apretó
la mano—. Quiero que sea tu cumpleaños.
El pánico brotó dentro de mí, acelerando mi ritmo cardíaco, al tiempo que
las lágrimas me escocían los ojos. Algo feroz y terrible desgarraba mi interior,
exigiendo la liberación, demandando reconocimiento, reclamando sentir. Hice una
mueca más que una sonrisa y asentí exuberantemente, ahuecando el dulce rostro
de Gus. Volví mi atención al capitán Wilson. —¿Podemos tomar un descanso de
diez minutos ?
El capitán asintió lentamente, como si él sintiera que yo estaba a punto de
derrumbarme, su única persona estable en una casa de mujeres y niños afligidos.
—¿Hay algo que necesites?
—¿Podría usted por favor llamar a mi abuela y ver cómo esta? Perdió a su
marido en Vietnam… —Fue todo lo que pude decir. Me acercaba lentamente al
inevitable grito que brotaba dentro de mi cuerpo.
—Puedo hacer eso.
Besé la frente de Gus, agarré las llaves y salí corriendo por la puerta antes de
que no tuviera la fuerza para soportar por más tiempo. Me arrojé en el asiento del
conductor de mi Volkswagen Jetta; regalo de graduación de mi escuela secundaria
por parte de mis padres. Papá me quería en algo seguro para que pudiera llegar a
casa los fines de semana desde la Universidad de Colorado en Boulder. Lástima
que él no estuviera tan protegido en Afganistán.
Metí la llave en el contacto, arranqué el motor y salí de la calzada con
demasiada rapidez. Arranqué colina abajo como alma que lleva el diablo, tomando
las curvas, sin prestar atención a mi seguridad por primera vez desde que conseguí
mi licencia de conducir. En frente de la tienda de comestibles, el semáforo se puso
en rojo, y me di cuenta del frío que se filtraba en mí, haciendo que mis dedos
hormiguearan. El coche decía que la temperatura de fuera era ocho grados, y yo
seguía vestida con ropa para correr. No había cogido mi abrigo. Aparqué el Jetta y
15 entré en la tienda de comestibles, agradecida por la sensación de entumecimiento
en los brazos y el corazón.
Encontré la sección de panadería y crucé mis brazos. Tarta. Gus quería un
pastel, así que le llevaría a uno. Chocolate. Vainilla. Fresa. Crema batida. Crema de
mantequilla helada. Había demasiadas opciones. ¡Solo era un maldito pastel! ¿Por
qué necesitaba esa cantidad de opciones? ¿A quién le importaba? Agarré el más
cercano a mí y me dirigí a la sección de helados donde cogí un cuarto de masa de
galletas con chispas de chocolate en el autoservicio.
Me dirigía a la caja cuando me encontré con una familia pequeña. Eran
corrientes: madre, padre, un niño y una niña. Se rieron mientras decidían qué
película alquilar para esa noche, y la niña ganó, pidiendo The Santa Clause. ¿Cómo
era posible que estas personas estuvieran teniendo un día normal, una
conversación normal? ¿Es que no entendían que el mundo acababa de terminar?
—Sabes, escribirán sobre eso si quieres tu nombre en él. —La voz masculina
rompió mi tren de pensamiento, y levanté la vista a un par de ojos cafés de alguna
manera familiares debajo de una desgastada gorra de la Universidad de Colorado.
Lo conocía, pero no pude recordar cómo. Era desgarradoramente familiar. Por
supuesto me daría cuenta de un tipo tan sexy como este. Pero en una universidad
con cuarenta mil otros estudiantes, siempre había alguien que lucía conocido, y
habían unos cuantos que podía de hecho nombrar, o inclusive recordar los detalles
de cómo nos conocimos. Con una cara y cuerpo como ese, debía recordar a este
chico, aun en este estado de neurosis de guerra.
El tipo esperaba a que dijera algo.
—Oh, sí, el pastel. —Mis pensamientos eran borrosos, y sostenía con
desesperación lo que quedaba de ellos. Asentí y murmuré un gracias mientras me
dirigía de vuelta a la pastelería. Mis pies se movieron por su cuenta, gracias a Dios.
La fornida mujer detrás del mostrador se estiró para tomar el pastel y se lo
entregué. —¿Podría escribirle “Feliz cumpleaños”?
—Seguro, cariño. ¿De quién es el día especial?
¿Día especial? Este era un día infernal. Me paré ahí junto al mostrador de la
tienda de comestibles, con un pastel que no me importaba, y me di cuenta que este
era inequivocadamente el peor día de mi vida. A lo mejor debía de haber algo de
consolación en eso; saber que si este es el peor día de mi vida, no había otra cosa
más que mejorar. ¿Pero que si no era el peor día? ¿Qué si el mañana esperaba a la
vuelta de la esquina, listo para lanzarse y hacerme caer?
—¿Señorita? —Mis ojos se enfocaron de vuelta en la cara de la pastelera—.
16 ¿El nombre de quien le gustaría en el pastel?
—December.
—Sí, señorita, es diciembre, ¿Pero el nombre de quien le gustaría en el
pastel?
El mismo pánico del dolor amenazaba con brotar en mí otra vez, apretando
mi garganta. —Es mío. Mi nombre es December.
Una sucesión de risitas salió de la pastelera. —Pero, señorita, estas son Las
Tortugas Ninjas Mutantes Adolescentes. ¡Es un pastel de chico!
Algo se rompió dentro de mí. La presa se quebró, el rio arrasó, cualquier
juego de palabras llegó a mi mente. —¡No me importa qué tipo de pastel es!
—Pero seguramente sería más feliz…
No lo sería. —No, no sería más feliz. ¿Sabe que me haría feliz? Ir a la cama,
y que nada de esto hubiera pasado. ¡No quiero estar parada en medio de la tienda
de comestibles, comprando un estúpido pastel así mi hermano menor puede
pretender que nuestro papá no está muerto! ¡Así que no, no me importa qué tipo
de pastel es, Tortugas Ninjas o Barbie o el maldito Bob Esponja!
El labio de la mujer comenzó a temblar, y lágrimas se formaron en sus ojos.
—Feliz… cumpleaños… December —dijo mientras arrastraba lentamente la bolsa
del glaseado por el pastel verde y azul, poniendo mi nombre. Me pasó el pastel con
las manos temblorosas y lo tomé con un asentimiento de agradecimiento.
Me giré para ver al tipo de la Universidad de Colorado con sus manos a
medio alcance de un paquete de bollitos de arándano, pero sus ojos se hallaban en
los míos, amplios en conmoción.
No podía culparlo; yo también estaba conmocionada con mi estallido, y
paralizada por que hubiera enloquecido en medio de la tienda de comestibles.
Lágrimas cayeron por mi cara sin darme cuenta mientras me paraba junto a
la caja registradora, esperando a que la chica joven cobrara mi pastel y helado. —
Treinta y dos con diecinueve —me dijo. Alcancé mi bolsillo trasero, donde por lo
general guardo una pequeña cartera, pero solo encontré la suave licra de mis
pantaloncitos para correr.
—Mierda —murmuré, cerrando mis ojos en derrota. Sin abrigo. Ni cartera.
Muy bien planeado.
—Lo me encargo. —El chico con los ojos cafés deslizó un billete de cincuenta
dólares a través de la cinta transportadora hacia la empleada. No me había dado
17 cuenta que se encontraba detrás de mí.
Me giré para mirarlo, sorprendida de lo alto que era. Yo solo alcanzaba su
clavícula. El repentino giro me hizo balancearme, y se estiró para estabilizarme; sus
fuertes manos sostenían gentilmente mis brazos. —Gracias. —Pasé la parte trasera
de mis manos sobre las mejillas, limpiando tantas lágrimas como pude, y le
devolví su cambio. Había algo tan familiar sobre él… ¿Qué era?
—¿Me necesitas? —preguntó suavemente, mientras la empleada cobraba su
agua vitaminada.
—¿Qué? —No tenía ni una pista de lo que hablaba.
Se sonrojó. —¿Necesitas que te ayude a cargar eso? Quiero decir, parece
algo pesado —terminó lentamente, como si tampoco pudiera creer lo que dijo.
—Es un pastel. —Tenía que ser el tipo más sexy que alguna vez he conocido.
—Cierto. —Tomó su bolsa y negó con la cabeza como si estuviera tratando
de aclararla—. ¿Al menos me dejarías llevarte a casa?
Guau, escogió el día equivocado para tratar de conquistarme. —No te
conozco. Difícilmente creo que eso sea apropiado.
Una suave sonrisa se deslizó por su cara. —Eres December Howard y soy
Josh Walker. Me gradué tres años antes que tú.
Josh Walker. Santa mierda. Secundaria. Las memorias se estrellaron contra
mí, pero ese Josh Walker no podía ser el que se hallaba parado enfrente de mí. No,
ese había sido un chico tatuado, conduciendo una motocicleta, magneto para las
porristas, no este tipo limpio y agradable al estilo chico americano.
—Josh Walker. Correcto. Solía tener una foto tuya pegada en la puerta de mi
armario de cuando ganaron el estatal. —Mierda. ¿Por qué dije eso? Sus cejas se
elevaron en sorpresa, y agregué mentalmente: o aún la tengo, pero como sea—. Sí,
recuerdo correctamente, tenías tu cabeza metida demasiado en tu casco de hockey
para darte cuenta de cualquiera de grado inferior. —Pero yo sí lo había notado,
junto con cada otra chica en la escuela. Mis ojos se entrecerraron mientras evaluaba
el delgado corte de su cara, solo mucho mas angular y malditamente caliente por la
casi adultez—. Y tenías mucho mas cabello.
Su sonrisa devastadora cortó por la neblina de mi cerebro, distrayéndome
del dolor por un momento dichoso. ¿Cómo un jugador de hockey tiene dientes tan
rectos?
—Vez, no soy un extraño. —Me pasó el pastel, y su sonrisa de desvaneció,
remplazada por un destello de… ¿dolor o lastima?—. Ember, siento lo de tu papá.
18 Por favor, déjame llevarte a casa. No estás en forma para conducir.
Negué con la cabeza, quitando mi mirada de la compasiva de él. Por un
instante, casi había olvidado. La culpa me rebasó. Acababa de dejar que una linda
cara me distrajera de… todo, y todo regresó de golpe, destruyéndome. ¿Qué hacía
pensando en él? Tenía un novio, y un padre muerto, y nada de tiempo para esto.
Muerto. Cerré mis ojos con fuerza contra el dolor.
—¿Ember?
—Necesito hacerlo. Necesito saber que puedo. —Le agradecí otra vez por
pagar y me dirigí de vuelta a la realidad.
Me deslicé en el asiento frío de cuero en mi carro y me senté en completo
silencio por un momento. ¿Cómo algo tan simple como ver a Josh Walker otra vez
enderezaba una pieza de mi alma cuando el resto fue volteado violentamente? Lo
helado del asiento se dispersó por mis pantalones cortos para correr, sacando la
calidez de mis pensamientos de Josh. El pastel en el asiento frontal se burlaba de
mí con unas tortugas de artes marciales estúpidas y felices. Gus lo amaría. Si Gus
pudiera amarlo. Dios, ¿qué iba a hacer sin su papá? ¿Qué íbamos a hacer todos
nosotros? El pánico brotó en mi pecho, atrapando mi garganta antes de explotar en
un lloriqueo que no sonaba como yo. ¿Cómo se supone que debo de cuidar a
mamá sin mi papá? ¿Cómo iba a hacer todo eso si lo único que quería era
acurrucarme y negar todo?
Mi compostura se derrumbó, y lloré contra mi volante por exactamente
cinco minutos. Después me senté, sequé las lágrimas, y paré de llorar. No me podía
permitir llorar o derrumbarme otra vez. Tenía que hacerme cargo de mi familia.

19
Traducido por CrisCras
Corregido por Mel Wentworth

Este no era mi primer funeral militar, pero había sido una niña entonces, y
la muerte de alguien a quien habían conocido mis padres una vez, en verdad no
había tocado una fibra sensible en mí. El funeral de papá me desgarró lentamente
con cada lágrima que contuve. Cada vez que alguien me abrazaba, o me decía que
lo sentían, otra parte de mí se apagaba, como si mi nivel máximo de dolor hubiera
sido alcanzado.
Riley, mi exquisito y perfecto novio desde hace tres años, condujo por
vacaciones hasta la cabaña de su familia en Breckenridge para estar conmigo. Sin
20 embargo, no estoy segura de que pudiera decir realmente que estaba conmigo.
Había estado más con su teléfono móvil los últimos días, y ni siquiera se hallaba
aquí todavía. En realidad no podía culparlo. No es como si fuera un placer estar a
mi lado. Desde la notificación de la semana pasada, las navidades habían pasado
con un susurro, el año nuevo se nos acercaba, y mamá aún no había respondido
a… nada. Afortunadamente, la abuela había llegado, toda columna vertebral de
acero del sur y cabello plateado, y mantuvo a los lobos fuera de la puerta. Nadie
amenazaba con medicar a mamá. Todavía.
Los lugares de la capilla se llenaron rápidamente. Gente a la que reconocí y
un sinnúmero de soldados a los que no, tomaron sus asientos en voz baja.
Habíamos pedido que esto también sirviera como memorial de la unidad. No creo
que ninguno de nosotros pudiera haber pasado por esto una segunda vez. April se
sentó rodeada por un grupo de sus amigos, siendo consolada en masa mientras
lloraba, y una pequeña punzada de celos se deslizó a través de mí. April tenía
permitido derrumbarse. Ese era un lujo que yo no podía tener, ya no.
—Oh, Ember. —Sam, mi mejor amiga de la escuela secundaria, me atrajo a
un abrazo en la parte trasera de la capilla mientras esperaba a Gus. Me hundí un
poco contra ella, dispuesta a dejarla tomar algo del peso—. Esto apesta.
Ella siempre sabía qué decir.
—Me alegro de que estés aquí —dije, hablando honestamente por primera
vez en el día.
—¿Dónde está Riley? —La perfecta piel de color café con leche de su frente
se arrugó cuando sus cejas se fruncieron.
Pegué una sonrisa falsa en mi cara. —No estoy segura, pero dijo que iba a
venir.
Su ceño se profundizó, y vi un destello atravesar sus ojos color avellana
antes de que suspirara. —¿Kayla? Todavía es tu compañera de habitación, ¿cierto?
—Está en Boston con sus padres, pero volará de vuelta a Boulder en los
próximos días. —Contuve la respiración y esperé a que el típico comentario
sarcástico viniera de Sam. No había amor perdido entre Kayla y Sam, y no lo había
habido desde que Sam y yo nos habíamos distanciado el año pasado. Yo había ido
a Boulder y me convertí en compañera de habitación de Kayla, y Sam se quedó
para ir a la escuela aquí en Colorado Springs. Todavía quería muchísimo a Sam,
pero era duro mantener una amistad con vidas tan separadas.
—Cierto. —La música del órgano empezó a sonar, y Sam me dio un apretón
en las manos—. Esa es mi señal. Ember, lo que necesites, estoy aquí.
—Sé que lo estás.
21 Me dedicó una sonrisa débil y se dirigió a sentarse con su madre, que había
sido una muy buena amiga de papá. Supongo que eso es lo que sucede cuando
pasas años y dos lugares de destino con alguien.
—¿Ember? —Me giré para mirar a la señora Rose, cuyo marido había sido
asesinado en el ataque como papá. Se veía compuesta en un sencillo vestido negro
y zapatos de tacón a juego. Su cabello estaba arreglado, su maquillaje perfecto e
impoluto. Sus dos hijos pequeños, Carson y Lewis, se hallaban inmaculadamente
vestidos con pequeños trajes negros.
—Hola, señora Rose. Nos alegramos de que haya venido —respondí por mi
familia—. ¿Cómo está?
Sus manos rozaron los hombros de sus hijos, como si estuviera
asegurándose a sí misma que seguían allí. —No las estamos arreglando. ¿Tu
madre?
Mi rostro se sonrojó. —Está teniendo un momento difícil.
La señora Rose asintió. —Todos nos afligimos de modos diferentes. Entrará
en razón. —Le sonrió a sus hijos—. Vamos a encontrar nuestros asientos.
Se encaminaron por el pasillo, y algo se coló en mí, elevando mi
temperatura. ¿Cómo podía ella estar bien? ¿Cómo estaba tan perfectamente serena
cuando mi madre no podía mantenerse compuesta? La injusticia de todo pesaba
sobre mí. Quería que mamá se recompusiera como había hecho la señora Rose.
Mi teléfono móvil vibró, alertándose de un nuevo mensaje de texto.
Riley: Voy en camino, pero llego tarde.
Ember: Te veo pronto.
Volví a deslizar mi iPhone de vuelta en mi bolso mientras Gus emergía del
baño. Su traje le hacía parecer más mayor de lo que era en realidad; otra cosa
robada de su de su infancia. Dejó caer los largos extremos de su corbata, la cual
debía de haberse deshecho mientras estaba allí dentro. Gus solo tenía dos corbatas,
las cuales había atado mi padre antes de marcharse para su despliegue. Los nudos
se deslizaban hacia arriba y hacia abajo cuando las poníamos y quitábamos de la
cabeza de Gus para la iglesia, pero siempre teníamos cuidado de no desatarlas.
Ninguna de nosotras, las chicas de la casa, sabía cómo atar una corbata. Nunca
habíamos pensado mucho en ello.
—No quería hacerlo. —Sus ojos se llenaron de lágrimas, atrayendo las mías
propias. Forcé una sonrisa en mi cara, lo cual se volvía solo un poco más fácil cada
vez que tenía que hacerlo.
—No es un problema, amiguito. —Limpié delicadamente sus lágrimas y fijé
22 mi concentración en descubrir cómo atar la corbata. Una oleada de dolor se
apoderó de mí. Este era el trabajo de papá. Se suponía que él tenía que enseñarle a
Gus cómo atar una corbata, conducir un coche, coquetear con una chica. ¿Cómo iba
a crecer Gus sin el ejemplo de papá? Claro, mi padre nunca me llevaría al altar,
nunca sostendría a mi primer hijo, o al segundo, ya de paso. Pero yo le había
tenido durante veinte años mientras crecía casi hasta la adultez. Papá se hallaba
grabado en la trama misma de mi ser. No era justo que su hijo solo le hubiera
tenido durante siete años.
Mis dedos se enredaron con la corbata, pero no podía descubrir cómo atarla.
Un par de grandes manos se interpusieron entre nosotros, y alcé la mirada. La
sorpresa casi me tiró de culo al ver a Josh Walker agacharse junto a mí. Una triste
sonrisa apareció en su rostro.
—Hola, Gus, ¿puedo hacer eso por ti?
—Hola, entrenador Walker. Claro.
¿Entrenador? Cierto, Gus me lo había dicho, pero no lo asocié. El Josh
Walker que yo recordaba no se habría tomado el tiempo para entrenar a nadie,
mucho menos a un grupo de niños hiperactivos. ¿Qué le había cambiado tanto en
cuatro años?
Gus volvió su hermosa sonrisa hacia mí, y casi abrazo a Josh por causarla. —
Ember, este es mi entrenador de hockey.
—Nos conocemos, Gus. —Le revolví el pelo y me levanté lentamente, con
cuidado de mantener el equilibrio sobre mis tacones.
—Fui a la escuela con tu hermana, hombrecito. —Josh hizo un rápido
trabajo con la corbata de Gus, enredándola con hábilidad, tirando de ella,
atravesándola hasta que se parecía al propio nudo de mi papá. Una oleada de
gratitud me desgarró. Josh había salvado el día de Gus.
Nos sentamos cuando el capellán lo indicó. Gus se sentó a mi lado, luego
mamá, la abuela y April. Uno por uno, los oradores subieron, compartiendo sus
mejores recuerdos de papá. Él había salvado muchas vidas, dado mucho de sí
mismo a esos que lo necesitaban. Nunca falló en inspirarme. Bueno, me había
inspirado en todo excepto en su muerte. Fue asesinado sin sentido, ayudando a
otras personas. ¿Cuál era el sentido, la justicia en eso? Una risa histérica burbujeó a
través de mis labios, y la abuela extendió su mano alrededor de mamá para
colocarla en mi hombro. ¿Qué, como si fuera a descubrir el significado de la vida y
de la muerte mientras me sentaba aquí? Absurdo. Nadie entendía el significado
detrás de la guerra. Era hilarante pensar que la respuesta me sería otorgada
simplemente porque perdí a alguien a quien amaba. Mi profesor de psicología

23 habría tenido un día de campo conmigo en este momento.


A mitad del servicio, una mano familiar apretó mi hombro, esta vez desde
atrás. Riley había llegado al fin. En lugar de sentirme reconfortada, estaba molesta
y enfadada. Para alguien que profesaba amarme, no estaba en verdad muy arriba
en su lista de prioridades hoy, de todos los jodidos días. Sin embargo, sin duda él
tenía una perfecta excusa, algún gato atrapado en un árbol, o un desconocido
varado con una rueda pinchada.
Un oficial se puso de pie en el podio y comenzó a pasar la tradicional lista.
Oh, Dios, aquí vamos. Cuando decía los nombres de los soldados presentes, ellos
se levantaban entre la congregación anunciando su presencia. A mi alrededor, las
figuras de azul saltaban como muñecos de una caja de sorpresas, vivos y bien.
Pensé que me encontraba lista para oírlo. Después de todo, sabía que iba a llegar.
Nuestro asesor en cumplimiento nos había preparado para esto muchas veces.
Dirían el nombre de mi padre, pero él no respondería.
Ese era el punto.
—¿Teniente coronel Howard? —La voz del oficial hizo eco por la silenciosa
iglesia. Cada músculo de mi cuerpo se tensó y mis dientes se apretaron—.
¿Teniente coronel Justin Howard? —El agudo gemido de April rompió el silencio y
las lágrimas ardieron al descender por mis mejillas. No podía alzar las manos para
limpiarlas. Dios, que dejara de decir su nombre. Por favor. Pero no lo hizo—. ¿Teniente
coronel Justin Howard? —Una vez más. Solo tenía que hacerlo una vez más.
—¿Por qué siguen diciendo el nombre de papá? —preguntó Gus.
Para probar que se ha ido de verdad.
No podía responderle; mis cuerdas vocales estaban paralizadas por el miedo
de que al final explotarían cuando hablara. Tiré de él para acercarlo. —¿Teniente
coronel Justin August Howard? —Sabía que se dijo más, pero no lo escuché. En
cambio, retrocedí en mi memoria, viendo a papá arrodillarse, así un Gus de cuatro
años podría ayudarle a ponerse su insignia de rango de teniente coronel en su
hombro. Todos habíamos estado tan felices y orgullosos. Supongo que se suponía
que también tendríamos que estar orgullosos hoy, sabiendo que él había dado su
vida por algo mucho más grande que sí mismo. Lo que la gente no entendía era
que no había nada más grande a mis ojos que mi padre, nada que valiera la pena el
coste de su vida.
Las gaitas tocaron “Amazing Grace”. A mi lado, mi madre habló por fin,
susurrando el nombre de mi padre en una súplica rota. —¿Justin?
Apreté los dientes sobre mi labio inferior para evitar gritar, cortando la
suave carne hasta que el dolor que me causé pudo enfrentarse al dolor que me
atravesaba.
24 Una vez que el servicio terminó, me sentí como si debiera felicitarme a mí
misma por sobrevivir, pero todavía tenía que atravesar el entierro. Caminamos por
el altar lateral por detrás del capellán, saliendo del servicio a través de la puerta
principal, en donde una limusina negra esperaba. La abuela tiró de mamá al
interior. April nos siguió de cerca con su novio, Brett. Esperé fuera con Gus,
sabiendo que Riley querría venir con nosotros.
Bajó los escalones lentamente, vestido impecablemente con un traje que su
madre había elegido, sin duda. Su cabello rubio estaba separado a un lado, y sus
ojos azules contrastaban contra el negro de su traje. Otro chorro de risa histérica
casi me superó. Riley era un muñeco Ken viviente. Me atrajo a sus brazos,
envolviéndome en la esencia de su colonia, que había llevado desde nuestro último
año. Se apartó para besarme, y sus ojos se encendieron. —¿Uh, nena? —Retrocedió,
como si estuviera disgustado.
Josh apareció junto a mí, dejando a Gus después de un abrazo. Sacó un
pañuelo Kleenex y limpió la zona justo debajo de mi labio. El pañuelo salió rojo,
manchado con la sangre que había producido con mis dientes. Me dedicó una
débil sonrisa y se alejó rápidamente, como si supiera que había excedido sus
límites. Guau. Me pasé la lengua por mi labio y sentí la zona herida.
Riley rodó los ojos antes de darse cuenta de quién era. —¡Josh Walker! —
Extendió la mano, y Josh se la estrechó—. Ha pasado mucho tiempo, hombre. Estás
entrenando a mi hermano pequeño y a Gus ahora, ¿cierto?
Josh asintió. —Rory es un niño estupendo. Te veré más tarde, Gus.
Gus agarró mi mano y tiró. —¿Puede el entrenador Walker venir con
nosotros, por favor?
Riley respondió antes de que yo pudiera. —Gus, la limusina es solo para la
familia.
Gus sonrió, satisfecho. —Bueno, tú no eres de la familia. Además, si April y
Ember pueden traer a alguien, yo también puedo.
No podía discutir con la lógica de Gus. —Eres bienvenido a unirte a
nosotros —le dije a Josh, evitando sus ojos.
El viaje en limusina fueron los veinte minutos más incómodos que he
pasado jamás en un coche. A mi izquierda, Riley actualizaba su estado de
Facebook. ¿Qué podía estar escribiendo? ¿De camino al entierro del padre de mi
novia? Él no manejaba bien el estrés, y no se lo tenía en cuenta. Era simplemente
uno de los aspectos de su personalidad que entendía, que hacía mi mejor esfuerzo
para complementar. Después de todo, eso era parte de nuestro plan, porque
funcionábamos tan bien juntos. Yo llenaba sus lagunas. —Ah, hombre —susurró.
25 —¿Qué es? —pregunté.
Negó con la cabeza, desplazándose a través de su teléfono. —Adelantaron
una semana nuestra reunión social.
No me molesté en responder. Él no buscaba mi intervención de cualquier
forma. La abuela se sentó con estoicismo, su cabello plateado recogido en un moño
francés, su sencillo collar de perlas inmaculadamente apropiado. Siempre tenía un
aire de dignidad en ella, pero la forma en que se mantenía serena a raíz de la
muerte de su hijo, era impresionante. Sus manos se aferraron al marco de la
pequeña foto de papá durante su entrenamiento básico que tenía sobre sus
rodillas.
—¿Qué tienes en mente? —preguntó Josh, sentado a mi derecha. Su teléfono
también se hallaba afuera; se lo había dado a Gus, quien actualmente destruía
pequeños cerdos en la versión de AngryBirds de StarWars.
Hice un gesto sutilmente hacia mi abuela con la cabeza. —Mi abuelo murió
en Vietnam. —Negué con la cabeza—. Ella ya ha pasado a través de mucho; esto
apenas parece justo.
Estuvo en silencio durante un minuto, como si estuviera eligiendo sus
palabras cuidadosamente. —Tan difícil como pueda ser para ella, tal vez es la
única que puede ayudar a tu madre a pasar por esto. Después de todo, ya ha
estado allí.
Observé la forma en que en que la abuela extendía la mano para sostener la
de mi madre, acariciando su piel con su pulgar. Josh tenía razón. Si alguien iba a
sacarla de este precipicio sobre el que estaba parada, sería la abuela. Eran mujeres
igual de obstinadas, igual de fuertes, igual de capaces. —Ella va a estar bien, en
algún momento.
—Igual que tú. —Estrechó mi mano con gentileza antes de apartarla
rápidamente, con cuidado de no rozar la piel de mi rodilla justo por debajo de mi
dobladillo.
Riley deslizó su teléfono de vuelta en su bolsillo mientras llegábamos al
cementerio. Salimos del coche y cruzamos la tierra congelada hacia la parcela que
había elegido mi padre. En ese momento, yo había pensado que era algo morboso
de hacer; elegir su propia parcela para el funeral. Ahora me sentía agradecida. Era
una elección más que no tuve que hacer, y sabía que él estaría feliz. Mientras
tomábamos nuestros asientos en la fila delantera, enfrentando el ataúd de mi
padre, por donde pasaba la gente. Estrechaban nuestras manos. Se inclinaban para
abrazarnos. Se lamentaban por nuestra pérdida. No alcanzaban a comprender
nuestro dolor. Querían saber qué podían hacer. Dije gracias tantas veces que ya no

26 sonaba como una palabra. Egoístamente, solo quería que dejaran de tocarme.
Riley se sentó detrás de mí, manteniendo su mano sobre mi hombro,
sirviéndome de ancla como había hecho esos últimos años. Era mi recordatorio de
que lograría atravesar esto; las cosas volverían a la normalidad y nuestros planes
no cambiarían. Bueno, cualquier “nuevo normal” que estuviera esperando por mí.
—¿Puedes hacer que dejen de abrazarme? —preguntó Gus, alcanzando mi
mano. Besé su suave frente.
—Claro, amigo. —Serví de interferencia para Gus hasta que todo el mundo
finalmente tomó sus asientos. Una vez más, el capellán se puso a hablar sobre el
deber y el sacrificio. Luché contra el impulso de ponerme de pie sobre la silla y dar
un zapatazo, recordándome a mí misma que ya no era una adolescente petulante.
¿Qué sabían ellos del deber? El deber de mi padre era estar aquí, en casa. Ahora
alguien más tenía que ponerse en sus zapatos, averiguar qué se supone que íbamos
a hacer desde aquí. No era justo.
La bandera americana cubrió el ataúd plateado de papá. Quería verlo, para
verificar con mis propios ojos que estaba muerto de verdad. Pero cuando sus restos
llegaron de Dover, vinieron con una pequeña nota adjunta: “No se recomienda la
visualización de estos restos”. Cuando atrapé al capitán Wilson a solas y fui capaz
de hacerle la pregunta, él tanteó alrededor de ella hasta que finalmente conseguí
mi respuesta. Mi padre fue disparado en la cabeza, el pecho y en la pierna. El
cabrón había sido tan minucioso allí que no tuvo suficiente con que la cara de papá
dejara de ver.
La pequeña e infantil parte de mí se preguntaba si él se encontraba en serio
allí dentro, o si había habido algún drama de confusiones. Tal vez la pobre alma
dentro de este ataúd pertenecía a otra familia, y mi padre yacía en algún lugar
herido, incapaz de decir su nombre real. Pero yo no era Gus. Sabía la verdad:
estábamos enterrando a mi padre.
La bandera se deslizó desde el ataúd a los brazos de la guardia de honor que
esperaba. Doblaron la bandera con precisión militar. Esa bandera había estado con
él desde el hospital en Afganistán, en donde había sido declarado muerto, a través
de Dover, en donde prepararon su cuerpo y adaptaron su uniforme, hasta aquí en
Colorado, donde le enterraríamos.
Los cañones sonaron, matando el silencio y sacudiendo mi corazón. La
guaria de honor disparó tres descargas, congelándome cada vez hasta que morí un
poquito más. Tres salvas más de los cañones. Tres balas en mi padre. Era realmente
poético. Gus empezó a llorar con horrible sollozos desgarradores. Le alcancé
mientras la guardia de honor doblaba la última esquina de la bandera hasta hacerla
27 un triángulo. Josh se inclinó hacia delante y tiró de Gus por encima de la silla,
hasta su regazo, y le meció como a un bebé. Asentí para darle las gracias. A través
de la silla vacía, extendí la mano para tomar la de April. Ella sujetó mi mano en un
agarre de muerte tan frío como sus dedos congelados. Habíamos olvidado los
guantes.
Un coronel se dejó caer sobre una rodilla frente a mi madre, agarrando la
bandera doblada. Ella alzó la cabeza y levantó la barbilla, mostrando una sombra
del espíritu que sabía que tenía. —En nombre del Presidente de los Estados
Unidos y una nación agradecida —dijo con reverencia mientras le tendía la
bandera a las manos temblorosas de mi madre. Ella cruzó los brazos enfrente de la
bandera y la puso contra su pecho, enterrando la cara entre los pliegues, como si
pudiera captar el olor de papá en la tela. Luego empezó a lamentarse con un
sonido bajo y feo, como si su alma hubiera sido desmembrada.
Mantuve la entereza hasta que la trompeta comenzó a tocar la tonada
militar fúnebre. El día ha acabado, el sol se ha ido. Muy a menudo la había oído en
torno a bases militares en dónde habíamos estado destinados. Había algo familiar,
sanador, sobre oírla sonar, como si la canción en sí misma estuviera diciendo que
este terrible evento había terminado. Esto era lo peor, lo más bajo que estaríamos
jamás. Dios es noche.
La abuela tembló con pesar al otro lado de mi madre. Ahora
verdaderamente había dado todo lo que tenía por este país. Envolvió su brazo
alrededor de mamá, atrayéndola hacia su hombro; las dos habían perdido a la
persona que más amaban.
Mientras todo el mundo dejaba la sepultura, mi familia se amontonó en la
limusina, pero yo no podía marcharme, todavía no. La guardia de honor le tendió
a Riley una pila de banderas plegadas, una para la abuela, April, Gus y para mí
misma. Como si necesitáramos un recordatorio. La guerra era una perra rencorosa;
tomaba todo lo que amábamos y nos daba una bandera doblada a cambio,
diciéndonos que el honor de sus sacrificios era un pago justo e igualitario. No lo
era.
Uno de los cinco despliegues de papá había comenzado poco después del
nacimiento de Gus. En medio de la noche, había visto a papá hacer las maletas
mientras mamá mecía a un lloroso Gus para dormirlo. Incluso a los trece, no me
importaba ser puesta en el regazo de mi padre. Él había acunado mi cuerpo
desgarbado y me besó en la frente del modo en que solo los padres pueden
hacerlo. —Necesito que cuides de tu madre mientras no estoy —había pedido—.
Ayúdala; esto será difícil, y necesito que seas mi chica de la casa. ¿Puedes hacer eso
por mí? ¿Puedes cuidar de tu mamá, April y Gus? —Por supuesto que había estado

28 de acuerdo. Habría hecho cualquier cosa para complacer a mi padre, tal y como
sabía que él habría hecho por mí. Cualquier cosa menos quedarse.
Mientras bajaban su ataúd en la tierra helada, corrí hacia delante. —¡Paren!
—Los trabajadores del cementerio se congelaron, dejando a papá a centímetros de
la superficie. Caminé tambaleante hacia delante, mis tacones enganchándose en lo
que quedaba de la hierba. Mis rodillas aterrizaron enfrente del frío metal que
marcaba la entrada a la tumba de mi padre. Coloqué mi mano derecha sobre el frío
exterior del ataúd y ahogué un grito con la izquierda—. Te quiero. —El susurro
surgió de mí—. Te echo de menos, y no sé qué hacer sin ti —grité. Arrastré el aire
helado a través de mis pulmones—. Pero no te preocupes por ellos, ni por la
abuela, o mamá, April o Gus. Cuidaré de ellos, te lo prometo.
Los familiares brazos de Riley me rodearon, levantándome del suelo hasta
que me encontraba de pie. Les dediqué un pequeño asentimiento a los trabajadores
del cementerio. Empezaron a bajar a mi padre otra vez, más y más profundo en la
tierra. —Lo prometo.
Traducido por Eli Hart
Corregido por Anakaren

—Ember. —Gus me agitó para despertar antes de que la alarma de las 7:00
de mi reloj pudiera sonar. Dormir era genial. Cuando me encontraba dormida todo
era normal, y esto era una pesadilla, pero luego esa estúpida alarma sonaba y me
hallaba de regreso en nuestra “nueva normalidad”.
—¿Mmmm? —murmuré, quitándome el cabello de la cara e intentando
enfocar mis ojos privados de dormir.

29 —Tengo hambre. —Se acercó y apoyó la cabeza en mi almohada, a


centímetros de mi cara. No se había lavado los dientes.
—Siempre tienes hambre. —Lo acerqué más, encontrando con mi mano tela
vaquera donde esperaba encontrar suaves pantalones de pijama—. ¿Ya estás
vestido?
—Tengo escuela hoy. El autobús viene en media hora a las siete-tres-cero.
Eso me despertó. Salté de la cama, aseguré mi cabello suelto con una goma,
y encontré una sonrisa. —Comida será, amigo.
—No tenemos. —Se impulsó hacia delante, tomando las escaleras traseras
hacia la cocina.
—¿No tenemos qué?
La ventana brillante y abierta de la cocina deja entrar la luz de la mañana, y
los azulejos se sentían fríos en mis pies desnudos. Café. Café será bueno. Encendí la
cafetera y revisé la despensa mientras ésta siseaba por despertar. Sí, yo tampoco
quiero estar levantada. Gus tenía razón, no teníamos cereal, avena, ni rosquillas.
No teníamos nada.
¿Cuándo había pasado esto? Saqué la última pieza de pan y observé el
calendario de camino al refrigerador. Cinco de enero. “Primer día de regreso a la
escuela” se encontraba escrito con letra de mamá y del otro lado un bloc vacío. A
una semana a partir de ahora se desplegaba un mensaje siniestro: “Ember regresa a
la Universidad de Colorado para la primavera”.
Tragué el pánico y, en lugar de pensar en mi día de partida, alcancé las
puertas del refrigerador para sacar los huevos y leche. Se hallaba asombrosamente
vacío. ¿Cuándo dejó de ser entregada la comida? Los comestibles habían entrado y
salido de esta casa con tal frecuencia, que nunca se me había ocurrido tener que ir a
comprar algo.
Le pedí a Gus que viera a April, y se escabulló, feliz de regresar a la rutina.
Un plato de huevos revueltos y una tostada después, saqué cinco dólares del tarro
de cambio para el almuerzo de Gus y nos dirigimos a la puerta. En la parada del
autobús, los padres eran precavidos a mi alrededor. Después de todo, ahora
éramos los chicos sin papá, pero los niños trataban a Gus sin diferencia a como lo
trataban antes de que todo cambiara. Él no dejó de tener padre; solo era Gus, y eso
era genial.
Lo besé en la frente y lo envié, luego cerré la puerta delantera, regresando a
la calidez de la casa. April reposaba tranquilamente frente a la televisión en pijama.
—¿Qué crees que haces? —pregunté—. Ya deberías estar en la escuela.
30 —Buscando algo bueno para ver. —Tenía cero intenciones de moverse.
—Es día de escuela —dije con incredulidad. Tenía que poner su trasero en
marcha o no iba a llegar a su primera clase a tiempo. Sabía a ciencia cierta que se
tardaba diecisiete minutos en llegar a la preparatoria desde nuestra casa.
—No voy a ir.
Quité el control remoto de sus manos y lo puse en la mesa de café más
lejana a ella. Si quería pelear conmigo, al menos tenía que levantar su trasero para
hacerlo. —Sí, sin duda lo harás.
—No eres mi madre. —¿En serio utilizó su lógica adolescente conmigo? Tal
vez esto era el pago por todo el infierno que le había hecho pasar a mi madre—.
Además, es mediodía. Realmente no esperan que vayamos.
—Bueno, soy tu abuela, y vas a ir a la escuela hoy. —Las manos de abue
abrocharon su última pieza de cabello plateado en su moño francés mientras
entraba en la habitación, ya vestida y arreglada con un simple collar de perlas. La
abuela creía que la clase nunca descansaba. Cuando April comenzó a discutir, abue
la detuvo con un simple arqueo de cejas—. Tu padre murió, no tú. Ve a vestirte,
agarra tu mochila, y ve a la escuela.
A April no le importaba pelear con ella. Las dos sabíamos que no la llevaría
a ninguna parte. En su lugar, se vistió y luego voló por la cocina, sacando otros
cinco dólares del jarro de cambio mientras yo llenaba mi taza de café con más
crema de la que debería. —Ten un gran día, cariño —dije cantando.
Me lanzó el ave en respuesta y azotó la puerta delantera para remarcar su
punto.
La abuela alcanzó el azúcar, para endulzar su café también.
—Abue, creo que se nos acabó la comida.
—¿Qué planeas hacer al respecto? —Sorbió su café y fue a ponerse al día
con las noticias. Su punto fue claro; yo era lo bastante grande para lidiar con esto.
Cinco minutos y cien respiraciones después, gentilmente abrí un poco la
puerta de la habitación de mi madre. —¿Mamá? —dije amablemente, sin querer
alarmarla. No es que pudiera. Ahora hablaba, pero solo cuando conversaban con
ella. Nunca ofrecía diálogo, ni buscaba a nadie. Mayormente, dormía. Si tenía
sueños como los míos, en los que papá venía y decía que todo estaría bien, lo
entendía. Yo también preferiría dormir.
Me agaché al lado de la cama. Se veía horrible. Tal vez hoy podría llevarla a
tomar un baño o lavarle el cabello. —¿Mamá? —Toqué su muñeca, la cual se había
31 doblado durante el sueño, dejando su palma abierta como la de un niño. Sus ojos
marrones se abrieron por solo un momento. Se encontraba ahí conmigo. Fue el más
pequeño de los segundos, menos que un latido; pero vi la asimilación, el saber que
él se había ido, que esto era la vida real, y sus ojos vidriosos.
—Mamá, tengo que ir a comprar comestibles. La casa no tiene comida y los
chicos regresaron a la escuela. —Podría deducir que procesó lo que dije, pero no
respondió—. Creo que Gus tiene hockey esta semana, pero no sé. El calendario de
enero en la pared no está completo. —En general, sus agendas eran meticulosas,
sus citas eran puntuales.
Tenía que intentarlo de nuevo. Ella debía responder. —Mamá, no sé si debo
usar tu tarjeta de débito, o el efectivo extra que hay por ahí, pero tengo que hacer
las compras hoy. ¿Hay algo que quieras que te traiga?
—Dormir —murmuró—. Solo quiero dormir.
Sus ojos se cerraron, y se había ido tan pronto como dijo las palabras. Las
uñas de mis dedos se enterraron en mis palmas cuando cerré los puños. Quería
sacar un grito ensordecedor, pero eso sería infantil. Casi tan infantil como la
envidia que me retorcía el estómago. Quería el dulce escape que tenía ella.
Saqué su bolsa de la clavija en el cuartito de la entrada y vacié el contenido
en el mostrador de la cocina. Su cartera, lentes de sol, llaves y la gran agenda negra
que llamaba cariñosamente “El Cerebro”, todo salió ante mí. Abrí El Cerebro en
enero y vi que Gus comenzaba hockey esta tarde. Las otras citas en el calendario
parecían inconsecuentes, ya que no estaría aquí para ellas. April necesitaba darse
cuenta de esto pronto.
Una semana más. Una semana aquí en esta casa plagada de duelo y podría
regresar a la universidad. Kayla ya había volado de regreso a Boulder de visitar a
sus padres en Massachusetts. Regresaría a las fiestas y las clases. No tendría que
pensar en si April se levantó para ir a la escuela, o si mi madre había comido ese
día. Podría estar con Riley.
No estuvo mucho tiempo conmigo. Siempre se disculpaba abundantemente,
pero sabía que la rareza de esta casa no era algo para lo que él estuviera preparado,
aun cuando había sido parte de esta familia por tres años ya. Él quería que todo
fuera normal, tal como era en Boulder y yo también lo quería. El problema era que
lo normal ya no era una opción para mí, pero él no se había aparecido por las
últimas dos semanas, así que no lo sabía.
Ni siquiera estaba segura si lo normal estaría ahí cuando regresara a
Boulder.
—Solo lleva su tarjeta de débito —comentó la abuela desde el otro lado del
32 mostrador. Había estado tan perdida en mis pensamientos que no la vi acercarse—
. Sabes bien que hago los quehaceres de esta casa, así que ve tú a la tienda.
Me bañe, me vestí, me sequé el cabello, y agarré mis llaves y la cartera de
mamá de camino a la puerta. —Y December—intervino abue—, llama a ese novio
tuyo y sal de la casa esta noche. Es una orden.
—Ajá —respondí ausentemente.

***

La tienda de comestibles se hallaba muy vacía mientras yo lanzaba una


bolsa de manzanas rojas dentro del carrito y fui por unas granadas que le gustaban
a April. Tomé la crema de café de mamá e incluí las galletas que comía Gus. Cosa
por cosa, llené el carrito hasta que necesité todo el peso de mi cuerpo para
moverlo, y luego tuve que encontrar donde poner la leche.
Sí, eso tenía que ser suficiente, porque nada más entraría en mi carrito. Mi
teléfono vibró.
Kayla: ¡No puedo esperar para verte la siguiente semana!
El sentimiento era mutuo. En solo diez minutos, ella podía hacerme olvidar
que todo andaba mal. Era magnética, vivaz, y mi mejor amiga en Boulder.
Ember: Hombre, ¡te necesito! Hazme saber si tienes tiempo pasarte por aquí antes
del inicio del trimestre. Si no, ¡te veo allá!
Kayla: ¡Lo haré! ¡Besotes!
Ember: ¡Besotes!
Besotes era una cosa de Kayla.
Pagué por los comestibles, sonriendo mientras pensaba en Josh pagando por
mi pastel. Quería verlo nuevamente, pero Riley se enojaría. Él sabía todo sobre el
enamoramiento que tuve con Josh desde primer año. Diablos, toda chica tenía uno.
Josh había sido prohibido, intocable, y un poco peligroso, si esos rumores sobre las
carreras de autos eran reales. Los comentarios sobre él siendo echado de su escuela
anterior combinado con las carreras, un harem de chicas complacientes, y la
leyenda que era Josh Walker, eran prácticamente un hecho. No es que tuviera que
preocuparme por Josh; no miraba exactamente en mi dirección. Nunca.
Sin embargo, había mirado a muchas chicas. Veía chicas en sus brazos cada
día, y nunca la misma por mucho tiempo. Si Josh hubiera estado interesado en una
muchacha de la preparatoria, había solo una razón. Incluso si yo no estuviera con
33 Riley, había cero posibilidades de que me arrojara para ser tomada por un jugador
como Josh. Además, siempre estaría con Riley.
Cargué los comestibles en la camioneta y me dirigí a Starbuks para arreglar
mi tarde.
Mientras el mesero llenaba mi orden por la ventanilla de auto servicio, abrí
la capota e incliné mi cabeza hacia la calidez del sol. El aire de enero era frío, pero
los rayos del sol cayendo en mi rostro se sentían deliciosos.
Era la primera vez que algo se sentía bien desde… bueno, la notificación.
Una sonrisa se extendió por mi cara cuando la esencia de mi café salteado
con caramelo llenó el auto de camino a casa. Tal vez la abuela tenía razón;
necesitaba salir de la casa y recordarme que la vida seguía esperando afuera.

***

Una docena o más viajes después, tenía las bolsas extendidas por toda la
cocina, los contenidos llenando el mostrador. Escuché la puerta abrirse un
milisegundo antes de que Gus pisara la entrada, como una cacofonía de pies en
estampida hasta la cocina. —¡Genial! —gritó, tomando una caja de Fruit Roll Ups
de la encimera—. ¡Bocadillos!
Alboroté su cabello y tomé su mochila, sorprendida de que ya fueran las
tres. —¿Tienes tarea?
Su expresión cayó. —Sí. —Su ceño se frunció como si probara algo agrio—.
¿Tengo que hacerla?
—¡Sip! Tienes hockey en una hora, así que hazla. —Le serví un vaso de jugo
de naranja y lo puse en el mostrador antes de guardar los comestibles.
Dos muecas y tres puntas de lápices rotas después, Gus acabó su tarea, y
terminé de hacer un sándwich. —Oye, si ya terminaste llévale esto a mamá.
—¡Ya mismo voy! —Me arrebató el plato y corrió hacia las escaleras en un
frenesí de adrenalina. Gus tenía dos velocidades: el trote completo y el dormido.
Abrí una botella de agua y me felicité por un buen viaje de compras.
La puerta se abrió de golpe, acompañada por el suave sonido de tacones en
el suelo. April se pavoneó por la cocina, soltando su mochila, bolso, llaves y su
teléfono en la isla que acababa de vaciar. Me tragué mi necesidad inmediata de
sacar sus porquerías. Oye, ¿esa bolsa era nueva?

34 —Mira a quién me encontré afuera —cantó, arqueando una ceja perfecta en


mi dirección. Tomó la botella fría de agua de mi mano y fue hacia arriba.
Josh Walker se paró en mi cocina, apoyado contra el mostrador en vaqueros,
una sudadera con capucha de la Universidad de Colorado y una gorra negra
puesta hacia atrás. Santa mierda, lucía malditamente comestible. ¿Cómo me había
perdido cuán ardiente era las últimas dos veces que lo vi? Y ¿qué hacía en mi
cocina?
—Hola, Ember. —Sonrió.
—Josh. —No sabía si podría decir algo más y no saltar sobre él, pero seguí—
: ¿En qué andas? —Puse la isla entre nosotros, por su propia seguridad.
—Solo voy a llevar a Gus a la práctica. —Su sonrisa era letal, una mezcla de
encanto de chico y puro sexo. ¿Sexo? Como si lo supieras. ¿Qué diablos te pasa? ¡Tienes
un novio!
—Eso es… um… muy lindo de tu parte.
—Me imaginé que tu madre aún no estaría lista para eso, y Gus ha estado
emocionado por regresar ahí. —Su entendimiento me suavizó aún más. Una cosa
era sentir lujuria hacia él, pero otra era encontrarme… con que me gustara como
persona, no solo como un cuerpo ardiente. Después de cómo un minuto de estar
mirando sin palabras, levantó una ceja con duda—. Así que, ¿qué hay para cenar?
—preguntó, señalando la pila de bolsas de papel acumuladas.
—Um… —Mi mente corrió por los ingredientes que había comprado. ¿Qué
iba a hacer? ¿Pollo? No compré. ¿Fajitas? No hay carne. Suspiré con exasperación y
sonreí—. Galletas.
Una sonrisa apareció en sus labios.
—Fui de compras. ¡Lo juro! —Reí, sosteniendo mi cabeza con las manos—.
Compré toda la comida que les gusta a todos, ¡pero nada que necesitáramos de
hecho! —La risa no se detendría, y mis hombros se agitaban mientras la dejaba
salir—. Tenemos crema de café, pero no café, y tortillas pero no queso.
Josh se rió conmigo. Se estiró y jaló mi mano de mi cara, dándole un apretón
amable. —Es bueno verte sonreír, Ember. —Los nervios de mi piel hicieron corto
circuito donde me tocó.
Mi sonrisa desapareció. ¿Era demasiado pronto? ¿Tengo permitido reír? Como
si fuera una señal, Gus entró de la cochera, portando una bolsa de equipo más
grande que él. —¿Listo, entrenador?
—Claro, hombrecito —respondió Josh, deslizando su mano de la mía. Me
envió una sonrisa y me hizo olvidar mi propio nombre—. Te veo más tarde,
35 Ember. —Era algo bueno que me lo recordara.
Asentí, haciendo lo mejor que pude por no parecer malditamente cautivada
por él. —Ponte el cinturón de seguridad, Gus, ¿de acuerdo?
Josh no se burló ni me favoreció, solo asintió una vez. —¿Escuchaste, Gus?
Ponte el cinturón de seguridad.
La puerta se cerró detrás de él, y saqué mi teléfono celular, necesitando mi
pilar y un rápido recordatorio de que no tenía permitido tener pensamientos sucios
de Josh Walker.
Ember: Oye, cariño, ¿qué haces esta noche?
Riley: No mucho, solo extrañándote.
Una dulce presión familiar se estableció en mi pecho.
Ember: ¿Te sientes como para unírteme esta noche? Creo que estoy lista para
reunirme con la civilización.
Unos minutos pasaron antes de que su respuesta hiciera vibrar mi teléfono.
Riley: Hombre, nena, si hubiera sabido, no hubiera venido a Breck.
Ember: ¿Ya regresaste a Breckenridge?
Riley: Aquí, con algunos de los chicos, pensando en tener una fiesta.
No sabía cómo responder a eso, así que agarré otra botella de agua. Unos
pocos tragos después, mi teléfono vibró de nuevo.
Riley: La fiesta está en marcha. Lo siento, nena, regresaría, pero no puedo dejar a
estos animales con la cabaña.
Riley tenía una fiesta de fraternidad. Una maldita fiesta de fraternidad.
Ember: No te preocupes.
Riley: ¡Te amo!
Negué con la cabeza, sin molestarme en responder. Le envié a Sam un texto
rápido, pero estaba en Denver para pasar la noche con su madre.
Una maldita fiesta de fraternidad. Agarré la esponja más cercana y la lancé al
desastre que ya había en la cocina. Ni siquiera podía estar molesto conmigo. ¿No se
suponía que teníamos la relación perfecta? Todo tenía que ser puro y blanco en un
papel para su “futura carrera política”. ¿Dónde estaba hoy el Señor Perfecto? Los
mostradores de la cocina recibieron un blanqueamiento enojado, y luego ataqué los
gabinetes antes de pasar al piso, el refrigerador, e incluso los estantes de la
despensa. Ninguna superficie se salvó de mi ira.
36 Sudor caía por mi frente para el momento en que terminé, casi tres horas
después, y lancé las esponjas y guantes en el fregadero con un poco de demasiada
fuerza. Y aun así no me se sentí mejor.
—Huele a limones. —Gus hizo una mueca, sus tenis chirriaban en el piso
mojado mientras arrastraba su bolsa de equipo de regreso al cuarto de lavado.
Mamá lo educó bien.
—Limones y pizza. —Josh se rió, poniendo tres enormes cajas de piza en la
isla de la cocina—. Tan bien como sonaban las galletas, algo me dijo que olvidabas
algunos grupos alimenticios.
Soplé de mi cara un mechón perdido de cabello; su sonrisa era demasiado
contagiosa para mi propio bien. —¿Y la piza tiene todos los grupos alimenticios?
Se acercó, metiendo el mechón de cabello detrás de mi oreja, y sus dedos
rozaron mi cuello por accidente. O, al menos de eso me convencí. —La pizza es la
excepción a toda regla. —No se alejó, sino que permaneció a centímetros de mí, y
todo mi cuerpo se hizo consciente de cuán cerca se encontraba.
—Por supuesto.
Nos quedamos ahí, mirándonos el uno al otro en un silencio cargado. No
había nada de raro en estar callada con Josh. No había presión por llenar el silencio
o encontrar algo divertido que añadir, pero hombre, el aire se llenó de electricidad.
—¡Ah, señor Walker! —La abuela palmeó su espalda luego de entrar en la
cocina—. Mi nieta necesita salir de casa, y su novio aún no ha hecho nada respecto
a eso. —Escuche un “como siempre” escapársele en voz baja—. ¿Podrías sacarla de
aquí por mí? —La sangre se acumuló en mis mejillas, anunciando mi mortificación.
Es como si ella supiera que él me había impresionado. ¿O tal vez solo lo esperaba?
—¿Señora? —preguntó Josh, con una inclinación de cabeza, y lanzó una
mirada curiosa en mi dirección.
—Se está haciendo una ermitaña, señor Walker. Firmemente espero que los
gatos comiencen a llegar al pie de la puerta en cualquier momento. Por favor, hazle
un favor al mundo y sácala.
—¿Dónde está Riley? —La boca de Josh se curvó hacia abajo. Doble
mortificación.
—En Breckenbridge, dando alguna fiesta. —Oh, ¿era una punzada de
amargura lo que se deslizó en mi voz?
—Mmmmm. —La abuela suspiró.
Él asintió una vez, con los ojos desenfocados. —Correcto. —Un montón de
37 emociones que no pude descifrar pasaron por su rostro, cambiando el panorama
en formas pequeñas, instantáneas y significativas—. ¿Quieres caerle de sorpresa?
Sentí una ola de emoción. ¡Ooh! ¡Sorprender a Riley! Pero el sentido común y
la realidad me vencieron. —En realidad no debería ir tan lejos.
La abuela suspiró. —Tonterías. Josh, estará lista en una hora con una bolsa
de viaje. Asumo que no los veré hasta mañana. Solo agarra la llave y quédense en
la cabaña de tus padres.
La cabaña había sido un regalo para mi mamá, de parte de mi padre por el
cuadragésimo quinto aniversario; su derroche para probar que ellos se retirarían
aquí, y ella ya no tendría que mudarse nunca.
La náusea revolvió mi estómago ante la idea de hacer algo divertido, como
si fuera traicionar a papá. No he estado lo bastante apenada; no me vestía de
negro; no había derramado el número requerido de lágrimas. —Simplemente no
quiero. No estoy lista.
—Tampoco lo estaba tu hermana. ¿De verdad crees que seré menos dura
contigo? —Arqueó sus cejas y me despidió, girando de regreso a la cocina.
Bueno, supongo que estaba decidido. La abuela había hablado. Íbamos a la
fiesta.
Traducido por katiliz94 & Katita
Corregido por Itxi

Dos horas después, conducíamos a través de las montañas en el Jeep


Wrangler de Josh. Insistió en conducir, pero me dejó el control de la radio. Dada la
mueca en su cara cuando comencé a poner música country, creo que fue suficiente
castigo.
—Me alegro de que ya no tengas la moto. Eso habría sido un infierno con la
nieve.
Una pequeña sonrisa apareció en su rostro. —¿Qué te hace pensar que aún

38 no la tengo?
—Son peligrosas.
—Son divertidas. —Giró el Jeep en el carril del tráfico en sentido contrario,
pasando a un Subaru con matrícula de Texas. Tragué una protesta ante lo rápido
que lo hizo. Nevaba muchísimo, pero no parecía perturbarle. Bajó la velocidad una
vez que llegamos a nuestro carril.
—¿Es verdad? —pregunté, echándole un vistazo—. ¿Todo eso que se decía
de las carreras ilegales en el instituto?
Se flexionó un músculo en su mandíbula. —Dejé muchas cosas detrás
cuando nos mudamos a Arizona. Ese es el beneficio de mudarse. Comienzas, y lo
que solías hacer ya no te define, o al menos, no se supone que te defina.
No lo sabía. Nos habíamos mudado más veces de las que tenía dedos para
contar. Su teléfono sonó en la consola entre nosotros, y una discreta mirada reveló
el nombre, “Heather.” Sí, imagino que no había cambiado en el frente de “chicas
persiguiendo a Josh”. Era un buen recordatorio.
—Parece que eres buscado.
Una sonrisa con suficiencia jugó en la comisura de sus labios. —Claro, por
alguien que no vale la pena perseguir. —No intentó leer el mensaje, y ni siquiera
pedirme que lo haga por él. Lo ignoró por completo.
Dejé salir un suspiro exasperado. —De todos modos, ¿por qué estás
haciendo esto?
—¿Sacar a una chica guapa un viernes por la noche? —Sus manos se
flexionaron en el volante; él sabía condenadamente bien lo que quería decir.
—Conducir más de dos horas para llevarme a ver a mi novio. —Hombre,
cuando lo ponías de esa forma, ¿por qué diablos hacía esto?
—Porque es lo que necesitas. —Sus ojos no dejaron la carretera, así que no
podía notar la forma en que yo estudiaba su perfil en un anonadado silencio. Los
cortantes ángulos de su rostro se inclinaban más hacia lo griego, menos a todo lo
americano que pensé originalmente, pero esa boca… sacudí la cabeza para
aclararme de las ideas que no debería estar teniendo, especialmente con un
mensaje de Heather entre nosotros—. De cualquier forma, ¿por qué estás con
Riley?
Bueno, eso sin duda me sacudió de mi observación de Josh. Riley. Cierto. —
Porque es lo que hacemos. —Una vez salió de mi boca, me di cuenta de cuán
estúpido sonaba—. Eso salió mal. No es lo que quería decir.

39 —¿Muy a la defensiva?
Miré a la carretera, solo visible por las luces delanteras. La nieve cayendo
suavizaba todo los que nos rodeaba, dejándonos aislados.
—Solo me refería a que teníamos un plan, y nos atenemos a él. Hemos
estado juntos durante tres años, y tenemos dos más antes de la graduación.
Después Riley quiere ir a la universidad de leyes para que pueda prepararse para
la política. Quiere casarse antes de la universidad.
—Parece haber mucho de Riley en ese plan.
La frustración se precipitó por mi garganta como ácido, y apreté los puños
en mi regazo. ¿Quién era Josh Walker para cuestionar nuestro plan? —También
hay mucho de mí. —Auch, eso sonaba a la defensiva—. Me refiero a que soy la
única que quiere casarse antes, porque no puedo vernos algunos años más antes de
que por fin tengamos se… —Me callé abruptamente. El calor ardía en mis mejillas.
El coche era oscuro, así que no podía ver, posiblemente no podía saber que era el
tono exacto de rojo como la carrocería de su Jeep.
—¿Tener qué? —preguntó.
No respondí.
Me lanzó una mirada, con las cejas arqueadas en sorpresa. —¿Me dices que
después de tres años, no han tenido sexo?
—¡Pon los ojos en la carretera! —repliqué. Ahogó una risa y volvió a
conducir. Mis manos se flexionaron abiertas, cerradas, abiertas, cerradas—. No
puedo creer que dijese eso. ¡No puedes decir nada!
—¿Eres el tipo de chica que espera hasta el matrimonio? —No había burla
en su tono—. Está bien si lo eres, es solo que tres años es mucho tiempo para un
chico.
Sacudí la cabeza. Ya había dicho suficiente, ¿cuál era el daño en terminar la
idea? Además, no era como si nos encontrásemos en el campus o algo así. —Riley
quiere esperar hasta el matrimonio. Dice que es por mí. Ya sabes, limpísimo y
perfecto. Promete que la espera valdrá la pena, y es importante para él. Apesta,
pero todo será perfecto… como planeamos. Imagino que está chapado a la antigua.
—¿No quieres esperar?
Esto era cruzar la línea, así que sacudí la cabeza en respuesta.
Sus ojos barrieron hacia abajo brevemente. —Riley debe ser un jodido santo.
Odiaba como de bien me hacía sentir eso. ¿Eran los cumplidos de Riley los
que quería, verdad? Me vestí cuidadosamente esta noche; después de todo,
40 también tenía un plan. Me cansé de esperar. ¿Cuál era el propósito cuando no
sabías lo que traería el mañana?
Metí los pantalones de pitillo en mis botas negras, y me puse una camisola
de encaje debajo de un suéter gris de corte bajo con cinturón que le gustaba a Riley.
Recogí mi pelo; la masa caoba rápidamente apilada en un moño desordenado, pero
fui paciente con el maquillaje. Tenía que aturdirlo.
Pero había aturdido a Josh. Lo había visto cuando abrió la puerta para mí.
Observar ampliarse esos ojos marrones con un brillo de necesidad inconfundible
encendió una parte de mí que olvidé que existía. Me notó, me deseó, y si no tenía
cuidado, esa diminuta llama me quemaría hasta los cimientos.
Me aclaré la garganta, teniendo la esperanza de disolver la tensión y el tema.
—Entonces, ¿te gusta entrenar?
—En realidad ha sido lo más destacado de estos dos últimos años. Esos
chicos son increíbles. —Sus labios se curvaron en una sonrisa subconsciente.
Eso no tenía sentido. —Pero, ¿cómo podías ser el entrenador de hockey de
Gus el año pasado cuando fuiste a la universidad? —Eran dos horas de distancia.
—Estoy en el último año de la Universidad de Colorado Springs, no en
Boulder. Me tomé un tiempo después de trasladarme.
—Pero, ¿pensé que tenías una beca de hockey en Boulder? —Me miró con
sorpresa—. Presté atención a los cotilleos del infame Josh Walker cuando íbamos al
colegio. ¿Así que, por qué Springs?
Sus labios se estrecharon. —Algunas cosas no funcionan.
Tema cerrado. Entendido.
Saqué el teléfono para ver si Kayla había respondido al mensaje que le envié
mientras dejábamos Springs. Realmente esperaba que pudiésemos salir esta noche.
Sin respuesta. Eso apestaba. Podría haberme venido bien mi mejor amiga.
Llegamos a la ciudad de Breckenridge y atravesamos el pintoresco centro
sin golpear a ningún peatón borracho. Las vacaciones de navidad traían a
esquiadores a las pendientes y bebedores de cerveza a los bares con azotea. Las
personas que no se acostumbraban a las altas altitudes normalmente eran los
primeros en arrepentirse de sus decisiones por la mañana.
Trazamos la curva a través de la ciudad, girando donde el GPS nos decía
hasta la cabaña de Riley.
—Esta es su ca… —Mi frase se cortó cuando rodeamos la esquina y fuimos
41 asaltados por un aparcamiento virtual de muchos coches a cada lado de la
carretera—. No hay forma de que estén aquí por Riley.
A medida que pasábamos la cabaña sin ningún lugar para aparcar, quedó
claro que todos se hallaban aquí por Riley. Había gente amontonada en la cubierta
envolvente, y reconocí a unos pocos compañeros de fraternidad.
—Espera —advirtió Josh antes de subirse a una gran roca plana y aparcar el
coche.
—Presume. —No pude contener la risa que bulló.
Salió del coche y tuvo mi puerta abierta antes de que pudiera quitarme el
cinturón. Bajé la mirada para ver sus brazos extendidos hacia mí. Desde el ángulo
en el que había aparcado, necesitaba su ayuda para salir.
Balanceé las piernas, y me agarró de las caderas, bajándome contra él sin ser
sugerente, pero el calor de su cuerpo me hizo contener el aliento. Así, cerca de él,
solo le llegaba a la clavícula, la cual ahora estaba cubierta por una camiseta azul
abotonada. Saltó sobre la roca, ágil, y extendió las manos de nuevo hacia mí.
Una sonrisa se extendió por mi cara antes de que me lanzase a sus brazos.
Me atrapó con un “¡upf!” Una risa se le escapó; el sonido era hermoso y franco. —
¿Mantienes alerta a Riley, verdad, Ember?
Josh me llevó sobre la nieve. —En realidad no. No bromea así.
Sacudió la cabeza mientras me bajaba hasta la entrada cubierta de nieve. —
Bueno, él se lo pierde. —La nieve caía en una fina cortina de blanco, y Josh cogió
un copo de mi pelo.
Tomé su mano para llevarle a la puerta de enfrente. No debería haber
querido tocarlo, pero lo quería. Le di a su mano un rápido apretón, y la solté,
diciéndome que no me gustaba. Mentirosa.
—Vamos, te presentaré… —Una chica borracha tropezó con los escalones y
sus amigas se apresuraron a recogerla—. Personas que si conozco —terminé.
La Banda de Dave Matthews sonaba en la casa. Los vecinos se encontraban a
unos pocos acres de distancia, pero me sorprendía que no estuviesen enfadados
por la fiesta. Pasamos a las personas alineándose por las escaleras hasta la cubierta.
Dentro de la casa se encontraba tan concurrido como afuera, como si alguien
estuviese intentando romper el récord mundial de estudiantes universitarios
dentro de una casa. Me dirigí hacia el primer grupo que reconocí; un hermano de
fraternidad de Riley y su novia, cuya habitación se encontraba en mi planta.
—¡Hola, Charlotte! —exclamé mientras saltaba para abrazarme.
42 —¡Ember! —Su cerveza se derramó del vaso de plástico, pero lo esquivé
ingeniosamente antes de que arruinase mi traje. Su abrazo fue intenso antes de que
se retirase—. Ember, siento mucho lo de tu padre.
—Sí, Ember —Scott se arrastró desde el sofá, con los ojos entrecerrados—,
eso sin duda es un golpe duro.
—Gracias —respondí, sin querer dejarlo entrar. Esta noche escapaba del
dolor; no podía permitir que me quitara otra pedazo de mí. Necesitaba unas pocas
horas de respiro—. Este es Josh.
Josh dio un paso adelante, sacudiendo la mano de Scott y sonriendo a
Charlotte, quien no le quitó los ojos de encima. No podía culparla; Josh tenía ese
efecto en las chicas. Al menos, lo tenía en la secundaria, y no creía que haya
cambiado demasiado.
—¡Josh Walker! —saludó sobre la multitud una chica, con unos pechos que
parecían a punto de salir de su camiseta en cualquier momento.
—Por supuesto que conocerías a una chica aquí —murmuré en su dirección.
Destelló una sonrisa. —Oh, a más de una, Ember. ¿Me das un segundo?
—Sí, por supuesto. Solo voy a buscar a Riley.
Lo observé cruzar la habitación y darle a la rubia un abrazo gigante. Una
punzada de celos no deseada agrió mi boca.
—¿Josh? —preguntó Charlotte con apreciación, deslizándose al modo de
clasificar chicos.
—Es un amigo de la secundaria —respondí.
—Sip. —Sonrió, y quería abofetearla—. ¿Kayla sabe que estás aquí?
—No, le envié un mensaje para ver lo que iba a hacer esta noche, pero vine
para sorprender a Riley.
—Tal vez nunca le llegó ya que el teléfono estuvo nadando accidentalmente
en la bañera esta mañana. Está frito.
—¿Han estado todos aquí desde esta tarde? —pregunté mientras un enorme
cuerpo familiar se presionaba contra mí, poniendo su mano en mi cadera para
mantener el equilibrio—. Hola, Drew.
Su aliento apestaba. —Riley está en el piso de arriba, dijo que necesitaba
algo de descanso.
Asentí e intenté discretamente salir del agarre de Drew. Siguió mis pasos. —
¿Cómo fue el viaje?

43 —Largo, Drew…
Josh se acercó suavemente entre nosotros, haciendo que Drew dejara caer su
agarre de mi cadera el tiempo suficiente para que me escapase.
—¿Estás bien? —preguntó Josh mientras subíamos las escaleras.
—Drew está un poco suelto, pero nada por lo que preocuparse. —Más
personas se alineaban en el balcón que daba al gran salón. ¿Toda la maldita
fraternidad se encontraba aquí?
—Ember… —murmuraron todos, dándome una mirada de “oh hombre, tu
vida es una mierda”. Sonreí tan brillantemente como pude. No pensaba en eso esta
noche, aunque a cualquier lugar al que miraba, aquellos que me conocían me
daban miradas valientes. Podía mantener mis pensamientos lejos de papá, pero no
podía controlar los de los demás.
—¿Quién es tu novia? —pregunté.
—¿Novi…? Oh, ¿Withney? Solo alguien con quien me encontré una o dos
veces. —Con quien se encontró. Tuvo sexo. La norma.
—¡Guau! ¡Ember! —Otro hermano de fraternidad, Greg, nos detuvo en la
entrada—. Um, ¿Riley sabía que ibas a venir?
—¡Nop! Estoy aquí para sorprenderle.
—Solo déjame decirle que estás aquí… —Se movió enfrente de mí,
bloqueando el camino a la habitación donde yo había dormido los fines de semana
durante los últimos años.
Qué extraño. —Greg, estoy bien. —Le pasé y abrí la puerta de la habitación
de Riley—. ¡Oh! ¡Discúlpenme! —Reí a través de mi conmoción. Una pareja usaba
la cama de Riley, y por el movimiento de la chica llevando el control, sin duda
estaban teniendo sexo. Su pelo negro azabache caía en ondas porque tenía su
cabeza echada hacia atrás.
Se hallaban tan perdidos el uno en el otro que no me escucharon, y la puerta
hizo clic suavemente mientras la cerraba con una risita. —Oh. Dios. Mío.
Me giré, apoyando la cabeza contra la puerta mientras reí sin control, y me
gustó. Me gustaba soltarme y encontrar algo de humor. Una vez que me detuve,
noté las miradas de shock en las caras de Josh y Greg. —¿Qué?
Greg se sonrojó, lo que contrastaba con su pelo rubio. —Ember, lo siento.
—Podría matarlo, joder —gruñó Josh, bajo y lento. La sombra en sus ojos se
oscureció de marrón a casi negro; un brillo feroz tomando el control.
44 —¿Qué? ¿Por qué? ¿A quién le importa...?
Algo hizo clic. La cortina de pelo negro solo podía ser de una chica. Mi
compañera de habitación.
—Kayla. —Kayla se encontraba en la cama de Riley. Con…—. No —susurré,
sacudiendo la cabeza en negación.
Me di la vuelta, abriendo la puerta tan rápido como pude. Esta vez, no me
importaba ser silenciosa. Kayla se encontraba encima, moviéndose hasta que oyó el
portazo contra la pared opuesta. —¡Qué diablos!
Se giró, dándonos una vista completa de sus pechos desnudos, los cuáles
fácilmente eran el doble de tamaño que los míos. Miré más allá para ver algo que
no quería.
Riley estaba debajo de ella. Dentro de ella.
Mi respiración me abandonó en una ráfaga derrotada, y Josh me atrapó
cuando tropecé fuera de la puerta hacia atrás, desesperada por alejarme. Dolor, en
carne viva y enorme, se desgarraba a través de mí, dejando que se desangrara lo
que quedaba de mi corazón abierto. Reprimí el grito que estaba frenético por
escapar, para mostrar mi agonía.
—¿Ember? —Riley se revolvió en la cama, y lo vi desnudo por primera vez
en nuestra relación de tres años.
Arrojé mi mano frente a mí, como si eso pudiera repelerlo. Esto. No. Estaba.
Ocurriendo.
—¡Ember! —gritó Kayla, envolviéndose en las suaves sábanas que compré
para Riley el verano pasado.
La conmoción se desvaneció, reemplazada por caliente ira que brotaba bajo
mis ojos, enrojeciendo mi piel con rabia y traición. —Oh, ¿me recuerdas? —
Permanecí tan tranquila como pude mientras se ponían la ropa furiosamente—.
Qué bien saberlo, porque a partir de este momento, me olvido de ambos.
Cerré la puerta y retrocedí hasta el pasillo, tomando un profundo respiro.
Cerré los ojos y conté. Cinco. Cuatro. Tres. Dos. Uno.
Fin.
Abrí los ojos y asentí. Esto terminó. No lloraría, ni me derrumbaría, no
donde pudieran verme. No sería esa chica.
—¿Puedo sacarte de aquí? —preguntó Josh—. ¿Antes de que destruya a ese
imbécil?

45 Me giré y sonreí. —Sí, por favor, si no te importa.


Sus ojos se entrecerraron cuando examinó mi cara, como si estuviese
esperando una grieta que rompería mi fachada. No iba a ocurrir. Me tomó de la
mano y me llevó por el pasillo, al tiempo que las personas se apartaban de nuestro
camino.
Greg se paró frente a él. —Oye, Ember, lo siento…
Josh lo empujó contra la pared con la mano derecha en un movimiento
suave, sin ni siquiera detenerse mientras salíamos. Mantuve la mandíbula en alto y
me centré en las líneas de la camiseta de Josh, que se hallaba fuera del pantalón y
enrolladas en las mangas. Greg no se molestó en decir nada más.
Mi enfoque fue a la deriva hasta el balcón, donde una multitud de hermanos
de fraternidad de Riley vigilaban la gran habitación. Oleadas de lástima emanaba
de ellos. ¿Todos lo sabían? ¿Era la única estúpida? La música llenó la casa desde el
equipo en el piso de abajo, y sonaba “#41”. Mi corazón se rompió ante la banda
sonora de mi canción favorita de Dave Matthews.
Pero Dave tenía razón, como siempre. I will go in this way, and find my own
way out3.

3 Iré por este camino, y encontraré mi propia salida.


Charlotte se precipitó hacia mí una vez que llegamos a la parte inferior de
las escaleras. —Oh, Dios mío, Ember. —Su compasión solo sirvió para alimentar la
rabia que quemaba dentro de mi pecho.
—¿Desde cuándo? —exigí. Me miró de nuevo con esa expresión atónita, lo
que me dio ganas de estrangularla—. ¿Hace cuánto han estado teniendo sexo? —
Mi voz se elevó a un nivel vergonzoso antes de que pudiera detenerlo.
Parpadeó varias veces, con los ojos cada vez más grandes. —No lo sé. Creo
que, ¿hace poco más de un año? Desde acción de gracias cuando te fuiste con tus
padres.
—¿Y todos lo sabían?
Negó con la cabeza rápidamente. —No, solo unos pocos. Intentaron
mantenerlo en secreto.
Intentaron mantenerlo en secreto, ¿en una fiesta gigantesca en casa? Sí, claro.
La mano de Josh se apretó alrededor de la mía y respondí a una pregunta no
formulada. —Correcto —respondí, sintiendo un escalofrío apoderándose de mí—.
Hemos terminado aquí.
46 Josh se deslizó a través de la multitud, la cual se separó fácilmente de él.
Ayudaba que el chico tuviera una gran complexión. Lo seguí hasta el frío aire
nocturno que golpeó mis mejillas calientes. Los copos de nieve deberían haber
chisporroteado mientras chocaban conmigo.
Marchó a través de los fiesteros que se habían reunido a fumar fuera y me
tiró suavemente detrás de él. Una vez que llegamos a la roca, se volvió hacia mí
con las cejas levantadas. —¿Puedo?
Atrás quedó la alegría física que mostró cuando llegamos. Ahora, sus
modales eran corteses y cuidadosos, contenido. —Por favor, sácame de aquí —dije
en voz baja, casi rota.
No quedaba ya mucho de mi compostura, pero estaría condenada si dejaba
que cualquiera de esos curiosos me viera llorar y mucho menos si me descomponía
en sollozos histéricos como yo quería.
Josh me alzó en brazos y hundí la cara en su cuello, respirando su sutil
perfume que olía a sándalo y seguridad. Se inclinó hacia la puerta abierta,
colocándome en mi asiento. La tela continuaba caliente. Mi vida se desmoronó en
menos tiempo de lo que tardó el parabrisas en congelarse.
Riley salió volando de la casa en pantalones vaqueros y con el jersey que le
compré la navidad pasada, saltando por encima de la barandilla para evitar la
multitud. Tenía la esperanza de que sus pies estuvieran desnudos para que se
congelaran por el pavimento. —¡Ember! —gritó, corriendo por la acera.
Josh maldijo entre dientes. Se apoyó en el marco de la puerta y se inclinó
sobre mí para encender el coche. —No querrías congelarte. —Acarició el costado
de mi cara, abrochó mi cinturón de seguridad y cerró la puerta. Bajé la ventanilla,
sabiendo que Riley querría decir algunas palabras.
Josh no rodeó el coche, ni saltó dentro y nos llevó lejos. En cambio, se apoyó
casualmente en el Jeep, con los brazos cruzados sobre el pecho; la única señal de la
temperatura fue el visible aliento que expulsaba.
Riley se detuvo a unos metros delante de él, con el pecho agitado por el
esfuerzo. Bueno, sí, que seas pillado acostándote con otra, después vestirte a toda
prisa, y perseguir a tu ahora ex-novia probablemente debe de tomar un poco de
energía. —Josh, hombre, déjame hablar con Ember.
—No soy su guardián, hombre. La mujer hace lo que quiere —Él no se
movió, pero su cuerpo irradiaba tensión. Mantuve mi concentración en el pulso
que latía en el cuello de Josh, negándome a mirar a Riley.

47 —Ember, por favor, déjame explicarte. —Dio un paso hacia Josh, pero la
simple inclinación de su cabeza, hizo que Riley retrocediera un paso. No quería
saber cómo se veía el rostro de Josh para lograr ese tipo de reacción asustada.
—No estoy muy segura de que haya algo que puedas decirme, Riley. —No
me molesté en mirarlo. Había visto suficiente en su rostro cuando se contorsionó
con lujuria—. Creo que he visto todo lo que necesitaba saber.
—Has estado distante esta semana. —Qué excusa penosa—. Solo necesitaba
un poco de consuelo, y Kayla se encontraba allí, y una cosa llevó a la otra. ¡No
significó nada!
Arrastré mi mirada de la parte posterior de la cabeza de Josh, para por fin
mirar los ojos de Riley. No voy a llorar. No voy a romperme. —¿Un año, Riley…? —Mi
voz se apagó porque no podía hablar por el nudo del tamaño de una montaña que
se había formado allí—. ¡Hemos terminado! —Me ahogué y mordí el labio inferior,
necesitando sentir dolor.
—¿Sabes lo de…? —Negó con la cabeza y se lanzó de nuevo en su diatriba—
. ¡Necesitaba a alguien, Ember! ¡Necesitaba a alguien que se preocupara por mí!
¿Dónde has estado? ¡Has estado tan envuelta en tu drama familiar que nunca te
detuviste a pensar en lo que está pasando en mi vida!
—Vamos, Josh.
—¡No vas a llevarte a mi novia a ningún lugar! —gritó Riley.
—Ella no se parece mucho a tu novia —dijo Josh arrastrando las palabras
lentamente.
Riley lanzó un golpe, pero solo conectó con la mano de Josh cuando éste
capturó el intento del golpe.
Josh no falló. Su puño rompió la boca de Riley con un crack, el sonido fue
nauseabundo, pero gratificante. Mi ex novio voló hacia atrás, aterrizando en la
nieve. Josh se acercó a él, negando con la cabeza cuando Riley se movió para
pararse. —No te levantes.
La sangre le manchó la parte posterior de su barbilla cuando se limpió la
boca. —¿Qué? ¿Temes que vaya a darte una paliza?
Josh soltó una sonrisa irónica. —Nah. Temo que vaya a terminar en la cárcel
cuando destroce esa linda carita tuya —¿Acaso Riley se puso pálido? Eso es lo que
parecía desde aquí—. Como dijo December, hemos terminado aquí.
Una pequeña chispa de satisfacción empujó una ola de lágrimas. Gracias a
Dios por Josh.

48
Traducido por Jasiel Odair & [Link]
Corregido por Eli Hart

La ira me ahogó todo el camino hasta la cabaña de mis padres, dejándome


echando humo en silencio. El viaje duró unos quince minutos, hasta una linda
zona, pero no tanto como la de Riley, fuera de Breckenridge. Nuestra cabaña era
más aislada, y la ventaja es que él no estaría allí.
¿Cómo pudieron él y Kayla hacer esto? ¿Cómo no vi lo que pasaba delante
de mí? Habían tenido relaciones sexuales, en varias ocasiones, cuando ni siquiera

49 se pasaba por “debajo del cinturón” conmigo.


Las náuseas rodaban por mi estómago cuando llegamos hasta la entrada en
frente de la cabaña. Mi estómago se tensó y cuando mi boca se humedeció, yo sabía
lo que vendría. —¡Déjame salir! —grité, buscando a tientas, sin darme cuenta que
la puerta no se encontraba trabada. Josh corrió alrededor del Jeep, abriendo la
puerta y bajándome con un movimiento suave.
La nieve me llegaba casi hasta las rodillas, pero caminé unos metros a través
del desastre antes de perder mis contenidos estomacales. Una y otra vez vomité,
soltando mi cena, mi bilis, y lo último estable que pensé que tenía en el mundo.
Tuve el sentido común de retroceder un par de metros antes de caer de rodillas,
sollozando.
Grité con voz ronca mientras la nieve se fundía en mis vaqueros,
empapando mis piernas en un recordatorio helado de que esto no era un sueño.
No más sueños. Se habían congelado y roto en el momento en que abrí esa maldita
puerta. Ya no existía cada plan cuidadosamente hecho. No había nada seguro. Ni
Riley. Ni papá. Ni siquiera mamá.
—¡¿Qué más quieres?! —grité a quienquiera que no estuviera escuchando—.
¡No me queda nada para dar! ¿Aún no has terminado conmigo? —Me hundí en la
nieve, cubriendo mi cara con los dedos congelados mientras dejaba salir unos feos
y terribles sollozos.
Un abrigo cálido me envolvió, y el olor me dijo que pertenecía a Josh. Me
levantó fácilmente en sus brazos, llevándome a la cabaña.
—No. —Forcejeé, y se detuvo—. Necesito caminar. —Sus brazos se tensaron
por un momento como si no fuese a dejarme, pero me puso suavemente sobre mis
pies.
—Voy a buscar las bolsas. —Sus pasos alejándose crujían por la nieve.
Un pie delante del otro, hice los últimos tres metros hacia la puerta. La nieve
estaba compacta, dejando una dura capa de hielo en la parte superior, pero
disfruté de la dificultad porque me recordó que seguía viva, que todavía me
encontraba aquí.
Sentir esto; el dolor, el frío, la tensión de los músculos, era tan necesario
como respirar.
Saqué las llaves de mi suéter y abrí la puerta. Accionar el interruptor de la
luz trajo a la vida a la cabaña, en toda la gloria de la tienda de muebles Pottery
Barn. La puerta daba a un cuartito de entrada, donde nuestros esquís permanecían
apoyados en sus soportes desde nuestro viaje de acción de gracias. Crucé el salón y
50 subí el termostato a un nivel respetable. La estufa silbaba desde la esquina mientras
el propano empezó a funcionar y las llamas cobraron vida. Al menos, el piloto no
se había agotado. Eso era algo, ¿no?
La cabaña tenía una cocina, comedor, sala de estar, baño y tres dormitorios
pequeños. Pasé los dedos tiernamente sobre el lienzo ampliado de nuestra familia
en las laderas del año pasado. Con dedos temblorosos, acaricié la sonrisa de papá,
mientras las sensaciones se filtraban de nuevo y oía su risa con tanta seguridad
como si hubiera estado allí de pie junto a mí. Los ojos de mi madre eran brillantes,
enamorados. Ahora era una cáscara hueca de la persona en esta imagen.
—¿Qué estás pensando? —preguntó Josh, dejando caer nuestras bolsas en la
alfombra de la sala.
No me molesté en tratar de sonreír. —Este lugar era mi refugio, la promesa
que él le hizo a mi madre de que un día no iba a estar en el ejército nunca más.
Josh cogió una foto enmarcada de Gus y papá sonriendo, ambos cubiertos
de chocolate por un intento fallido de brownies. —Es bueno que lo tengas. Otro
lugar para sentirlo contigo.
Negué con la cabeza. —No se suponía que fuera así. Nada va según lo
planeado. Todo se cae a pedazos a mi alrededor. —Quité de un manotazo una
lágrima; las malditas no dejaban de venir—. ¿Por qué no podía haber sido un
banquero? ¿Un electricista?
Puso el marco al final de la mesa, sus ojos tomaron una intensidad extraña.
—Se le necesitaba, Ember. Salvó muchas vidas.
—Sí, todas menos la suya.
El silencio en la casa era molesto, casi doloroso. Este era un lugar de risa y
conducta escandalosa, donde las reglas de mamá desaparecían y papá no tenía
otras prioridades. Aquí es donde los domingos por la mañana se bloqueaba la
puerta del dormitorio, y donde aprendimos a hacer nuestros propios desayunos.
Este era nuestro refugio. Era. ¿Por qué todo últimamente es “era”?
Josh me distrajo perfectamente. —Dime algo acerca de él que te hace
sonreír.
—¿Cómo qué?
Se encogió de hombros. —Algo que amabas.
Había diez mil cosas de mi papá que amaba. ¿Cómo podría elegir solo una?
Pero sí había una… —Los diarios.
—¿Diarios?

51 Sonreí, recordando todas las veces que lo atrapé inclinado sobre su


ordenador. —Escribía en un diario todos los días. Bueno, tecleaba. Decía que era
demasiado perezoso para escribir algo a mano. Personalmente, no creo que ni él
mismo pudiese leer su propia letra. Era atroz. —Me reí de los recuerdos—. Guardó
todo en su computadora. Me dijo que escribir todo le aclaraba la mente, lo dejaba
listo para afrontar el siguiente obstáculo. Fue su último superpoder, la capacidad
de dejar que todo siga por solo reconocerlo. —Quería esa capacidad. Yo quería esa
paz que siempre llevaba con él.
Pero era más que eso; me di cuenta de que quería leer esos diarios, sobre
todo las de estos últimos meses. Quería saber sus pensamientos, sus miedos, lo que
había en su trabajo que hizo que valiera la pena perder la vida.
Parpadeé lentamente como si eso fuera a borrar todos los eventos de las
últimas semanas de la pizarra y dejarla limpia. —Bueno, ya que tenemos toda la
noche… —Crucé la cocina, alcanzando fácilmente el mostrador para llegar al
gabinete encima del refrigerador. Bajé una botella transparente envuelta en una
cinta verde—. ¿Tequila?
Una lenta sonrisa se extendió por el rostro de Josh, y estuve a punto de dejar
caer mi preciosa carga. El tipo era letal con esa arma. Pasó los dedos por su pelo
corto, y vi la sangre. —¿Estás bien? —pregunté, poniendo la botella en la mesa y
tratando de alcanzar su mano dañada.
Se encogió de hombros. —Los nudillos están hinchados, pero no es mi
sangre.
Lo llevé hacia el lavabo, luego enjuagué la sangre de Riley de su mano,
mirando las líneas rojas desvanecerse y escapar por el desagüe. —¿Hielo?
—No, estoy bien, de verdad.
Examiné la hinchazón, pasando mis dedos sobre su piel. ¿Cómo se sentirían
estas manos en mi cuerpo? Levanté la vista hacia él, absorbiendo la forma en que
sus ojos se oscurecieron cuando la conciencia se extendió entre nosotros. Sus ojos
siguieron mis movimientos al mojarme los labios de repente secos antes de que le
soltara la mano.
El olvido me llamaba, y yo estaba más que dispuesta a responder. —En ese
caso, toma las limas de mi bolso, porque necesito emborracharme.
—Como desee la dama —bromeó al tiempo que recogía las pequeñas gemas
verdes.
Tres tragos más tarde, el tequila hizo efecto cuando el calor que se instaló en
mi vientre. Lancé otra rodaja de limón en la basura y salté sobre el mostrador en
52 mis pies descalzos y los pantalones de pijama secos. Hace rato abandoné los
vaqueros mojados.
Josh se apoyó en el mostrador frente a mí, manteniendo el ritmo trago por
trago. —¿Te sientes mejor?
Tanteé detrás de mí para abrir el gabinete, y sacar una bolsa de papas fritas.
Las de crema agria y cebolla eran las favoritas de papá. —No estoy muy segura de
que haya opción de sentirse peor. —Abrí la bolsa, me metí un puñado en la boca y
le ofrecí la bolsa—. Me cansé de mortificarme por mí. Distráeme.
—¿Cómo? —Entornó los ojos.
Bésame. Hazme olvidar. —Cuéntame lo que pasó con el rudo Josh Walker de
la escuela secundaria. Recuerdo que tenías el pelo hasta la barbilla…
—Hockey.
—Y esa moto negra…
—En el depósito.
—¿Por qué? ¿Más diversión ilegal que no es tema de discusión?
—Eso fue hace seis años, December. Además, ¿podría uno conducir una
motocicleta en medio de un invierno de Colorado?
—Buen punto. —Enrolló la bolsa de papas fritas, colocándola detrás de él en
el mostrador. Cada movimiento suyo me fascinaba—. Eres tan diferente ahora.
Sus manos se flexionaron sobre el mostrador, blanqueando sus nudillos. —
¿Cómo es eso?
Mis ojos se cerraron y me sumergí en el recuerdo de una niña de quince
años de edad. —Eras popular, un buen atleta, y tenías todo este aspecto de chico
malo y nada me importa una mierda a tu favor, pero lo siento, eras un poco idiota.
—El tequila debía estar soltando mi lengua.
Josh escupió, casi empapándome con el trago que tragaba en el momento,
antes de echarse a reír. —Es bueno saberlo.
—Quiero decir, por lo general, eras un tipo muy ardiente, por supuesto. —
Abrí los ojos para encontrar su mirada y caí rendida en ella. Sus ojos se habían
oscurecido, casi insondables—. Sin embargo, durante la temporada de hockey, eras
más que eso. Eras un dios. Cada chica quería ser tuya, y tú… las dejabas. No
parecía importarte cambiar las más rápido que tu cinta de hockey. Eras. Un. Idiota.
Arrastró la punta de la lengua por el labio inferior, para atrapar el resto del
53 tequila y toda mi atención. —Y ahora, ¿cuál es tu veredicto?
No pude apartar mis ojos de sus labios. Los míos empezaron a sentir un
hormigueo mientras me preguntaba cual fue la razón por la que todas esas chicas
volvían por más de él. —El jurado aún no delibera. —Había sido más que bueno
conmigo, demasiado perfecto, pero no podía pasar por alto la larga lista de chicas
que había aplastado.
—Es justo. —Se frotó la frente con las manos—. Me trasladé a esa escuela en
mi segundo año, y fue difícil.
Asentí. Lo sabía bien. La escuela de clase alta sin duda no había acogido a
una mocosa militar con los brazos abiertos en mi primer año. Pero cuando el súper
popular Riley de tercer año mostró interés y comenzó a salir conmigo, cambió
todo. Maldito Riley. —El hockey me dio una “entrada” a la multitud, pero no es
como si no hubiera un montón de rumores acerca de por qué me trasladé allí. Es
curioso cómo la mierda que te tiran en la escuela secundaria se te queda atascada si
no te mudas lejos, ¿eh?
—Depende. ¿Todavía duermes con todo lo que tenga falda? —¿Como Riley?
Puso su mano sobre su corazón. —Sedienta de sangre esta noche, ¿verdad?
—La verdad duele. —Sobre todo últimamente.
Movió las cejas e hizo un gesto a mi ropa. —Oye, haría una excepción por
una chica con pantalones de pijama de la pata Daisy.
Me entraron ganas de reír, pero solo salió una sonrisa. Tal vez ya perdí la
capacidad. —¿Un trago?
Arqueó esas cejas, dándome una mirada como diciendo “estás de broma”.
—¿Segura?
Hice una evaluación. Ni de cerca de estar enferma o borracha pero con un
agradable mareo, así que round número cuatro será. Lamer. Tomar. Absorber. El
tequila quemó dulcemente mi garganta, disparándose a través de mis entrañas. Me
hubiera gustado que fuera directo mi corazón y me hiciera incapaz de sentir nada.
—También te recuerdo, sabes. Eras linda en ese entonces. —Su vaso hizo un
clic audible cuando lo colocó sobre el mostrador—. Tu pelo era rizado y un poco
salvaje, como si fueses indómita e invicta. Eras tranquila y nunca miraste cuando te
cruzaba en el pasillo, pero yo te veía, sabía quién eras. Había algo acerca de ti, un
fuego que era intocable.
Bajé mi mirada hacia sus pies descalzos. —El fuego está muerto.
Se paró entre mis rodillas, fundiendo su calor con la franela de mis pijamas.
Levantó suavemente mi barbilla, lo que me llevó a mirarlo a los ojos, y mi corazón
54 empezó a fallar. La intensidad de sus ojos era impresionante y aterradora al mismo
tiempo. —El fuego que tienes dentro de ti es imposible de matar. La primera
bocanada de aire que tomes cuando estés libre de todo esto, volverá rugiendo. Eso
es lo tan increíblemente hermoso de ti.
—Riley no pensaba eso. Le pedí una y otra vez que me tocara, y decía que
no tenía sentido comenzar si no se podía terminar. Pero no me quería, yo no era lo
suficientemente hermosa para él. —Si no hubiera estado bebiendo, nunca hubiese
dicho eso. Me ardían los ojos, y una lágrima se deslizó por mi mejilla. Josh la
apartó con el pulgar—. ¿Qué hay de malo en mí?
Josh meneó lentamente la cabeza mientras movía sus manos para sostener
mi cara. Su pulgar me rozó el labio inferior, y mi respiración se aceleró. —Ni una
maldita cosa.
—¿Y, por qué se acuesta con ella, pero no me toca a mí? —Fue lamentable,
lo sabía aún cuando se escapó de mi boca, pero como que simplemente salió.
—Porque es un maldito idiota. —Riley casi nunca maldijo delante de mí,
pero la forma en que Josh lo dijo era casi una caricia, y fue lo más sexy que había
oído nunca, sacándome de mi fiesta de compasión. Su mirada cayó a mis labios, y
en respuesta sentí un hormigueo y se separaron—. Tú eres la chica más sexy que
he visto. Siempre lo has sido.
Entonces me besó. No hubo pausa, ni decisión que tomar, ni aproximación
lenta. Josh se movió, y su boca consumía la mía. Sabía a tequila y limón… y a algo
más dulce, más oscuro. Su lengua se deslizó entre mis labios y lo dejé entrar,
rogándole. Llenaba mi boca, acariciando los lugares más sensibles y retrocediendo
solo para regresar.
No pude contener el gemido que escapó mientras su boca se inclinaba sobre
la mía de nuevo. Me arqueé contra él, con lo que mis pechos tocaron el suyo, e hizo
un sonido como un gruñido. Era una sensación embriagadora; ese poder, y sabía
que haría cualquier cosa por oírlo de nuevo.
Solté el mostrador, para rodear con mis manos su espalda y cuello. Los
músculos bajo su piel me intoxicaron con sus movimientos ondulantes, y el
conocimiento embriagador de tener a Josh bajo mis dedos. Le devolví el beso con
todo de mí, necesitándolo, necesitando acercarme tanto como sea humanamente
posible. Necesitaba esto; sentir, y Josh era más que digno para eso. Valía la pena
experimentarlo, aunque fuera solo por esta noche.
Soltó mi cara, y sus manos vagaron por mi espalda hasta que acunaron mi
trasero, haciéndome subir contra su duro estómago. Tenía que ver ese estómago,
para averiguar si se veía tan increíble como se sentía. Alejé mi boca el tiempo
suficiente para tirar de su camisa por la cabeza. Contuvo la respiración con los
55 labios entreabiertos y pasó la mirada por encima de mi cuerpo. Me quería. ¡A mí!
Le di lo que esperaba fuera una sonrisa seductora y devoré cada línea de su
cuerpo con mis ojos. Dulce misericordia, el chico tenía un cuerpazo. Unos tatuajes
tribales con símbolos extraños rodeaban su hombro derecho y se arrastraba por el
lado derecho de su pecho esculpido. Seguí el tatuaje con mis dedos. Su piel era
suave, pero las cuerdas de músculos debajo eran tan deliciosamente duras. Su
estómago era un paso más allá de la tabla de lavar, con esos lamibles músculos
esculpidos, que conducían a donde los vaqueros se abrochaban. Así era como un
hombre debía ser, y en este momento, era mío.
Metí los dedos en la cintura de sus vaqueros y tiré, pegando mi cuerpo
contra el suyo de nuevo. —Tú… —Luché para que las palabras pudieran escapar
de la respiración jadeante que tomaba—. Eres increíble.
Una sonrisa lenta y sexy se extendió por su cara, y sentí una oleada de pura
lujuria en mi vientre bajo. Nunca la había sentido con tanta intensidad en mi vida.
—Ember —susurró contra mis labios, enhebrando sus dedos en mi cabello, hasta
que éste se soltó las pinzas, y volvió a hundirse en mi boca.
Sí. Sí. Sí. Envolví las piernas alrededor de su cintura, plantando los tobillos
en la parte baja de su espalda. Alternó sus besos entre mordiscos largos, profundos
y pequeños, raspando mi labio inferior entre los dientes. Me volvía loca. Mis dedos
se morían de ganas de tocarlo, por lo que lo hice, pasando mis manos por su pelo
corto y deslizándolos hacia abajo por su espalda ancha, sumergiéndome en las
curvas y huecos de la columna vertebral. Su piel se sentía suave y cálida, y yo
quería saber cómo sabía.
Me separé de él y lo obligué a poner su cabeza de lado no muy gentilmente.
Su risa dijo que no le importaba. El mostrador nos tenía casi a la misma altura, y
atraje su cuello hacia mí, pasando mi lengua por su pulso que latía con fuerza.
Sabía a pecado y cielo, todo en un solo hombre. Su aliento salía en grandes ráfagas,
y yo tuve unos dos segundos de hacer un festín con su piel antes de que él tomara
el control nuevamente.
Tiró de mi pelo, llevando mi cabeza hacia atrás y exponiendo mi cuello al
roce suave de sus dientes. Santa. Mierda. Lamió y chupó, enviando sacudidas de
electricidad por mi cuello y provocándome piel de gallina antes que los escalofríos
corrieran justo entre mis muslos y se convirtiera en algo mucho más caliente. Me
agarré a la cintura de sus pantalones vaqueros, desesperada por un ancla antes de
fundirme en un charco en el maldito mostrador.
Jaló las mangas de mi suéter y me enredé en mi prisa por quitarme la cosa.
Quería sus manos sobre mi piel. Necesitaba más de esa sensación; sea como sea, su
toque desencadenaba algo en mí. Colocó besos a lo largo de mi cuello hasta los
56 hombros expuestos, trazando un camino hacia el codo, donde pasó la lengua por el
interior. Nunca pensé en esa como una zona erógena, pero, um… Sí, por favor.
Sus manos fueron a mis rodillas y comenzaron un ataque hacia arriba,
deslizándose sobre la cima de mis muslos. Todo dentro de mí se tensó, esperando
el contacto… que no vino. Agarró el borde de encaje de mi camisola y se retiró el
tiempo suficiente para medir mi reacción. Levanté los brazos por encima de mi
cabeza, estaba más que de acuerdo con esto. Poco a poco, la arrastró por mi cuerpo,
pero se detuvo cuando el encaje cubrió mis ojos y clavó mis manos a los armarios
detrás de mí con una de las suyas. Mi respiración se aceleró el segundo antes de
que tapara mi boca con la suya de nuevo. Maldita sea, sabía besar. Con mis manos
capturadas por encima de mí, yo no tenía el control. Solo podía aceptar lo que me
daba.
Y me dio todo. Me besó hasta que gemí, arqueándome contra él en busca de
contacto. Cegada por la tela, cada toque se sentía más intenso, cada suspiro más
fuerte. Luego deslizó la camisola de mis ojos y la dejó sobre el mostrador con mi
suéter.
Traje aire a mis pulmones en jadeos. Gracias a Dios, él se encontraba igual.
Me lancé hacia él, jalando los cortos mechones de su cabello para acercar su boca y
su cuerpo. Quería todo. Ahora.
Desabrochó el sujetador con una mano, sosteniendo mi cara con la otra, y la
espera de sentir sus manos sobre mí era una tortura. Deslizó las manos debajo de
mi sujetador, ahuecando mis pechos, y quitó las correas. Por fin.
El sujetador aterrizó con la camisola, y mi cabeza golpeó contra el armario
de atrás cuando me entregué a lo que Josh hacía con sus manos. Puso sus dientes
nuevamente en mi cuello, haciendo un camino de besos por mi pecho hasta que
lamió expertamente mis pechos, y me desmoroné. No podía controlar los gemidos
que salían de mi garganta, como tampoco podía detener lo que rogaba a gritos mi
cuerpo. Me aferré a su cabeza, perdiéndome en cada sensación que se disparó en
mí.
Él subió, para besar mi boca una vez, dos veces, antes de inclinar su frente
contra la mía. Ambos luchamos por mantener la respiración. —Dios, Ember.
Le dije lo único que se me ocurrió. —Más.
Levantó la cabeza, mirándome a los ojos como si pudiera ver a través de mi
alma. —Esto no es lo que quieres.
Vi sus ojos oscurecerse cuando arrastré mis uñas suavemente por su pecho,
57 trazando las crestas de sus músculos. —Sí, lo es. Por favor, no te detengas. —¿Esa
era en verdad mi voz jadeante y suplicante?
Cerró los ojos, y los músculos de su mandíbula se flexionaron. Luchaba por
controlarse. Sus manos acariciaron mi cintura, apretando ligeramente antes de
soltarla para agarrar la encimera. Se alejaba. ¡Esto no podía parar! No cuando me
sentía tan bien, tan viva. —Por favor, Josh —supliqué.
—No sabes lo que me pides. —Inclinó la cabeza como si estuviera rezando.
—Soy virgen, no una idiota. —Virgen. ¿Cuántas chicas tenían novios
estables en su segundo año en la universidad y permanecían vírgenes? Me moví en
el mostrador; mi interior palpitaba—. Josh, ¿por favor? —Soltó un profundo
suspiro y cada músculo de su torso se contrajo. Cada palabra que se me ocurría
para describir lo increíblemente ardiente que era él contenía diez letras. Maldita
sea. Quería esa piel por encima de mí, alrededor de mí, en mí—. Por favor, pon tus
manos sobre mí.
Gruñó; un sonido salvaje, carnal, y atacó, devorando mi boca y robando mi
alma. Me quería; lo sentía entre mis muslos cuando sacó mi trasero de la encimera.
Apreté mis tobillos detrás de su cintura y reforcé mi agarre en su cuello cuando me
levantaba por el culo y empezó a caminar. La fuerza de sus brazos era muy sexy, y
si me excitaba más, iba a abrirme camino hasta sus pantalones antes de que
pudiéramos encontrar una cama.
—¿Cuál es el tuyo?
—Segundo a la izquierda. —Volví a besarlo, esta vez lanzando mi lengua en
su boca. Gimió y me abrazó con más fuerza, chupando mi lengua. Santa. Mierda.
Sentí algo suave contra mi espalda. Oh, la cama. Sí, eso era correcto. Su peso
cayó sobre mí, y fue la presión más exquisita que jamás había sentido. Arqueé el
cuello hacia atrás cuando puso la boca en mis pechos y sus manos acariciaron mi
cuerpo, encendiendo fuegos tan abrasadores que pensé que haría combustión.
Mis manos agarraron el edredón, girándolo viciosamente al tiempo que mi
cabeza iba de un lado a otro y mis caderas empezaban a moverse por voluntad
propia. Quería, necesitaba que me tocara. —Josh…
—Lo sé. —Podría haber llorado de alivio cuando me bajó la pijama. Levanté
las caderas y torpemente me deshice de ella, pero no me importaba. ¡Se fue! Sus
manos recorrieron mis pantorrillas, acariciando detrás de mis rodillas, y luego
hacia arriba en mis muslos.
Arrastró su cuerpo sobre el mío, nuestra piel deslizándose en una fricción
tan deliciosa que me daba cosquillas. Nuestras bocas abiertas se encontraron en un
beso brutal mientras sus manos bajaron a mi cintura, y finalmente —¡finalmente!—
deslizó mis bragas. Levanté las caderas a su mano, rogando en silencio, y gimió
58 contra mi boca. Deslizó los dedos por mi centro, sumergiéndolos donde sabía que
me encontraba empapada. —Mierda. Ember.
Un sonido ininteligible escapó de mí cuando rozó mi clítoris, y las chispas
volaron a través de mi cuerpo. Me agarré a él, hundiendo mis dedos en la piel
bronceada de sus hombros, distorsionando el tatuaje del derecho. Se sentía tan bien
bajo mis manos, necesario.
Me acarició una y otra vez, hasta que pude saborear cuanto lo quería.
Susurré su nombre, y me besó dulcemente a medida que deslizaba un dedo dentro
de mí. Mis caderas corcovearon, queriendo más, necesitando más. Comprendió mi
súplica ilegible, deslizando otro dedo y estirándome. —Estás tan malditamente
estrecha. Perfecta. —El placer se extendió en mí, bajo y profundo, encadenándome
por completo hasta que los músculos de mis muslos se bloquearon y todo dentro
de mí se tensó. Adentro y afuera, acarició mi cuerpo como si estuviera tocando un
instrumento, sabiendo exactamente cuándo dar más y cuando contenerse.
Dejó caer su cabeza junto a la mía, con la respiración entrecortada en mi
oído mientras pequeños temblores me recorrían. Mis dedos apretaron su piel.
Necesitaba algo, cualquier cosa. No podía sobrevivir a esta tensión, extendiéndose
y agobiándome. —Josh, por favor…
Me besó en el cuello con suavidad, y entonces presionó el pulgar en mi
clítoris mientras pellizcaba mis pezones suavemente con la otra mano. Volé en
pedazos.
La tensión dentro de mí explotó, esparciendo todo en mi mundo, excepto a
él. Me acarició a través de mi orgasmo y me bajó suavemente, sabiendo donde
tocar con exactitud para aplacar mis réplicas.
Pasó todo un minuto antes de recobrar los sentidos. —Santa mierda, Josh. —
Giré la cabeza y lo besé entre nuestras respiraciones jadeantes—. Yo jamás he….
Eso fue… yo no…
La más sexy de las sonrisas que había visto se desplegó en su boca, y la
pálida luz de luna en la habitación hizo a sus ojos parecer más oscuros, más
enigmáticos. —Sí. —Esa única palabra contenía las respuestas a cada pregunta que
se deslizaba en mi mente.
Alcancé su estómago, lista para bajar la cremallera de sus pantalones, los
que ahora abultaban en un ángulo que tenía que ser incómodo, pero detuvo mi
mano, llevándola de regreso a su boca para besar mi palma. Los escalofríos me
recorrieron. —Ember.
¿No? Seguramente no quería negarse. No podía darme el primer orgasmo
de mi vida para luego decirme “no”. —¿Qué pasa? —Arrastré mi otra mano por la
rígida línea de sus sabrosos abdominales antes de que capturara esa también.
59 —No vamos a hacer esto esta noche. —Si no fuera por la gran determinación
de su rostro, habría intentado disuadirlo. En cambio, una ola de humillación se
apoderó de mí.
—¿No me quieres? —Apenas chillé. Esto no estaba sucediendo.
Me besó los dedos y movió las caderas, de modo que su erección casi me
rompió. —Créeme, te quiero. Te quiero más que al oxígeno a este punto.
—Entonces, ¿qué pasa? —Enrollé mi pierna desnuda sobre sus caderas, y
siseó.
—Mierda, ¿puedes hacer esto más difícil? —gruñó.
Solté una risita. —Ese es el plan, ¿cierto?
Dejó escapar un suspiro de exasperación y se desenredó, tirando de mi
espalda contra su pecho, cuidando de mantener sus caderas libres. —Quiero esto;
te quiero, Ember. Pero esta noche se trata de ti, no de nosotros. Necesitabas esto, y
estoy jodidamente encantado de dártelo, pero no vamos a hacer esto. —Empujó
sus caderas contra mi trasero, y gemí, queriéndolo dentro de mí—. Hasta que se
trate de nosotros, y de nadie más.
¿Nosotros? No podía pensar en eso. No había más espacio en mi cabeza.
El agotamiento hacía caer mis párpados. Ahora entendía por qué las chicas
decían que los orgasmos las hacían dormir mejor. Al menos, eso es lo que Kayla
había dicho. Como sea. Sinceramente, dudaba que Riley tuviera un gramo de la
habilidad que Josh acababa de utilizar en mi cuerpo.
Josh nos cubrió con las mantas, y con lo último de mi energía, extendí mi
mano tras de mí y la deslicé por su espalda y debajo de sus vaqueros, así podía
sentir ese hermoso trasero.
Su risa casi me rompió en un pozo de necesidad otra vez. Lentamente sacó
mi mano, sosteniéndola entre la suya, y envolvió su brazo alrededor de mi cuerpo,
rodeándome como un capullo. —Deja de intentar sacar provecho de mi virtud —
bromeó; su respiración apenas saliendo.
Me quedé dormida con una sonrisa en el rostro.

60
Traducido por EyeOc
Corregido por Melii

El tocino chisporroteó en el sartén, salpicando grasa a mi frente y


quemando. —Mierda. —Me quité el aceite y giré otra pieza antes de que le diera la
oportunidad de que pasara otra vez. El reloj en la pared mostraba que eran las diez
de la mañana, pero el tiempo en mi estomago decía “aliméntame o muere”. Era
una persona crudamente hambrienta. Nada que dos Tylenol y un vaso de agua no
podrían eliminar cuando hicieran efecto. Solo deseaba que no estuviera rogándole
a Dios para que ya hicieran efecto. Maldición, me dolía la cabeza.
Saqué dos platos del gabinete y los llené con el tocino cocinado antes de freír
61 los huevos. El rítmico repiqueteo me dijo que Josh había terminado de quitar la
nieve de la entrada y ahora limpiaba el camino. Por supuesto, cuando desperté
sola, pensé que el tipo había corrido de prisa de aquí después de que anoche me
lancé sobre él.
Anoche. Eso era lo que todo el mundo elogiaba cuando murmuraban sobre
sexo. Ahora lo entendía. Siempre he querido tener sexo. No era una mojigata, pero
Riley me había asegurado que tendríamos mucho una vez que nos casáramos. ¿Por
qué no reservarme para eso? ¿Mantener los primeros años de matrimonio calientes
y perfectos? Mirando atrás, besar a Riley era divertido, él era bueno en ello, pero
besar a Josh era como un maldito fuego atrapado en mí y quemaba hasta que
explotara en llamas. No había comparación.
Mierda. Se quemaban los huevos. Los deslicé en los platos justo cuando la
tostadora saltó. Un poco de mantequilla y nos hallábamos listos. Justo a tiempo,
Josh abrió la puerta frontal y la cerró raídamente una vez que estuvo dentro.
Evité su mirada mientras se quitaba sus botas en la alfombra de la entrada y
colgaba su saco en la clavija. Saqué la azúcar y la crema en polvo del gabinete
mientras el café se terminaba de hacer. Oye, había tenido suerte de que tuviéramos
huevos aquí ya que mamá había venido con Gus y April hace unas semanas. —
¿Café? —pregunté sin mirarlo, levantándome en puntitas y aun no siendo capaz de
alcanzar las tazas.
—Perfecto, gracias —respondió, deslizándose detrás de mí para bajar las
tazas. Me alejé de él y llevé nuestros platos a la mesa, haciendo malabares con los
cubiertos debajo de ellos. Nunca había tenido una “mañana después,” pero asumí
que eso era este sentimiento incomodo y repulsivo. ¿Qué pensaba él? ¿Se enojó por
lo de anoche? ¿Quería más? ¿Quería menos?
Mantuve mi cabeza baja mientras pasaba a su lado, concentrándome en el
diseño del piso de madera hasta que llegué donde Josh ya había servido el café.
Azúcar, sí. Crema, más. Prefería un poco de café con mi crema y azúcar.
—Ember. —Se puso justo detrás de mí. La cuchara golpeó accidentalmente
en la encimera cuando la solté accidentalmente. Gran bocanada de aire—. Gírate —
ordenó suavemente.
Anoche había hecho cosas de chica grande, y ahora tenía que comportarme
como tal. Giré, manteniendo mis ojos en la manera que su sudadera se asentaba
alrededor de sus muy agradables caderas. Dio un paso adelante, juntándonos, y mi
parte baja traicionera se derritió en él.
Levantó gentilmente mi cara para que encontrara sus ojos, justo como lo
había hecho anoche. Estaba perdida. El sol entraba por la ventana, destacando la
62 lámina de dorado de sus ojos; un duro contraste al negro de su gorro. —Buenos
días —susurró.
Le di una sonrisa nerviosa que seguro salió mas como si enseñara los
dientes. —Hola.
Me miró a los ojos por momentos largos y tensos, buscando respuestas que
no sabía cómo darle. —Sí —murmuró, como si estuviera respondiendo a su propia
pregunta.
Tomó posesión de mi boca en un beso abrazador, acunando mi cara en sus
manos y moviendo su lengua al mismo ritmo que usó con sus dedos dentro de mí
anoche. Me puse débil en dos segundos. Se alejó con una sonrisa, después me besó
suavemente. Una vez. Dos veces. —Esto no es incomodo al menos que dejes que lo
sea. —Sus cejas elevadas y su sonrisa casi me hizo estar de acuerdo—. No voy a
dejar que sea incomodo. Te quiero demasiado para eso.
Aparté la mirada. El día después de encontrar a mi novio, mierda, ex-novio
teniendo sexo con mi compañera de habitación, no era el momento para saltar a
algo nuevo. —Josh…
—No, sin excusas. Te quiero, y no estás lista para mí. No estás lista para
nada. —Colocó atrás un mechón de mi cabello que se había escapado de mi moño.
Negué con la cabeza, rompiendo su agarre. —Anoche, no sé qué pasó. Solo
necesitaba… necesitaba…
—Sentirte viva.
Mi mirada volvió a él. Dio justo en el clavo. —Sí, y supongo…que te usé. —
La culpa me inundó cuando la verdad de mis palabras atravesaron la neblina de
mis pensamientos.
Se rió. —Vamos. ¿No crees que ya lo sabía?
—N-n-no. —Así no era como había previsto que fuera este fin de semana.
Se inclinó hacia la encimera opuesta, y extrañé su calor de inmediato. —
Necesitabas sentirte viva. Tu papá murió, y lo entiendo. De hecho, es una reacción
muy común. —Sus manos pasaron por su cara como si se estuviera despertando él
mismo—. Y después de lo que sucedió con Riley anoche, no me sorprendió que
también necesitaras sentirte deseada.
—Así que me dejaste… —Mis ojos se entrecerraron—. ¿Por qué?
—Porque me necesitabas. Estás tan ocupada cuidando de los demás, que no
puedes ver que alguien debe cuidar de ti. Así que dime lo que necesitas, y estaré
ahí para ti.

63 Sin palabras. De alguna manera el chico malo residente se había convertido


en este… hombre, y el chico al cual deseé durante mi primer año se me ofrecía. Me
estiré en busca de algo de apoyo, algo que me salvara de la brutal honestidad que
me daba, pero no podía encontrar nada. —Ni siquiera sé lo que quiero.
—Eso me parece bien. En el minuto en que te des cuenta de qué está bien
contigo, puedes comenzar a superar lo que se te vino encima. No hay presión.
Hace unas semanas, nunca habría imaginado a Josh Walker como alguien
que se preocupara por mí. Ese trabajo le pertenecía a papá, a Riley. Bajé la cabeza y
me concentré en el desayuno. El silencio era fácil, pero cargado con lo que no se
había dicho. Era una combinación a la cual no estaba acostumbrada.
—¿Vandervilt, eh? —Asintió a las letras colocadas a través de mi pecho en
mi sudadera deshilachada favorita.
—Sí. —Empujé las estiradas mangas por mi brazo.
—Hay una fotografía en el pasillo en la que tienes una camisa de Vanderbilt,
también tu papá. —Su tono dejó que contestara. Sabía que sentía curiosidad, pero
no se entrometió.
—Es de donde se graduó mi papá, a donde siempre soñé ir. Era lo nuestro,
supongo, ya que nací mientras él se encontraba en la escuela de medicina ahí. Creo
que mi primera pijama fue de Vanderbilt. —Levanté la mirada de mi plato y atrapé
su mirada. Aún era irreal que Josh Walker estuviera en mi cabaña, comiendo el
desayuno conmigo. Más irreal que me haya besado. Tocado.
—¿Por qué no fuiste?
Tragué la punzada de amargura que siempre acompañaba esta pregunta,
especialmente cuando mi padre me lo preguntó. —Riley entró en la Universidad
de Colorado con admisión temprana, y ahí era donde él quería ir.
—¿Entraste a Vanderbilt? —Se inclinó ligeramente hacia a mí sobre su plato
vacío.
Moví la mirada de vuelta a mis huevos desapareciendo. —No me molesté
en aplicar. Riley no creía que pudiera funcionar una relación a larga distancia.
—¿Y tú?
Me encogí de hombros. —Aparentemente una relación en la misma escuela
tampoco funcionaba.
—¿Crees que las relaciones a larga distancia funcionan?
Tomé mi plato vacío y me levanté. —¿Por qué las veinte preguntas, Josh?
Me miró a través de sus pestañas, y casi olvidé lo que pregunté. —Solo trato
de entenderte. ¿Crees que esas relaciones funcionan?
64 —Creo que las personas que se aman, con amor genuino, lo pueden lograr,
seguro. —Me dirigí a la cocina y juro que lo escuché suspirar—. Pero después de
ver lo que mi mamá pasó de vez en cuando, sé que no es lo que elegiría.
Se paró detrás de mí y gentilmente robó el plato de mi mano. —Lo entiendo.
No puedo imaginar estar esperando siempre.
Lo miré lavar los platos metódicamente, y los tomé para secarlos y luego
ponerlos de vuelta en el gabinete para la próxima vez que estemos aquí. —No es la
espera lo que me persuade, ya no. Es el no saber si llegará a casa. No viviré así. No
puedo poner toda mi vida en espera, no como lo hizo ella. Todo lo que hizo fue
sobre mi padre, ¿y ahora que tiene? Es un desastre. —Giré y lo encontré apoyado
en la encimera. Nos encontrábamos casi en la misma posición que habíamos estado
cuando me besó anoche. Cerré los ojos brevemente, fallando al tratar de liberarme
de las imágenes—. Lo siento, no era mi intención hablar sin parar.
Dio un paso adelante, eliminando el espacio entre nosotros. —Te dije. No
debes disculparte; si necesitas hablar, te escucharé.
Me acorraló en sus brazos, haciendo que el escapar, si lo hubiera querido,
fuera imposible. Retrocedí para ladear la cabeza y verlo. —No me debes nada. —
La sangre subió a mis mejillas—. Lo siento por lo de anoc…
—No te atrevas a terminar esa oración —dijo, con voz era plana—. Nunca te
disculpes conmigo por algo que querías tanto, que prácticamente te podía saborear
incluso antes de que dejáramos tu casa. —Alzó la mano, y sus dedos acariciaron mi
mejilla, dejando escalofríos en su camino. Su mirada cayó a mis labios y esa sonrisa
regresó a su cara, mandando señales directo a mis muslos—. Oh, y ¿December? —
Sus labios rozaron los míos, y cada fibra de mi ser reaccionó—. Siéntete libre de
volver a usarme cuando quieras.

65
Traducido por Aleja E
Corregido por AmpaЯo

Era lunes por la mañana y, maldita sea, estaba decidida a hacer panqueques.
Siempre tuvimos panqueques los domingos por la mañana, pero hasta hoy, lo
había olvidado. Todos lo olvidamos. Papá se había ido hace tres semanas y nos
habíamos permitido evadirnos demasiado. Algunas cosas tenían que volver… con
lo que sea que fuera esta nueva normalidad. Arrastré mi sudadera de Vanderbilt
encima de mi camiseta sin mangas y me dirigí a la cocina, lista para rockear con el
desayuno, antes de que April y Gus bajaran para ir a la escuela. Había revisado a
mamá antes, pero ella no parecía ni de cerca más viva que el viernes cuando la
66 dejé.
La copia del libro de recetas The Joy of Cooking de papá llevaba una señal en
la página de los panqueques. Se hallaba un poco sucia por las gotas de huevo y
leche. Él nos permitía ayudar sin importar lo desordenados que fuéramos. Acaricié
con mis dedos los trozos secos del papel como si pudiera regresar a esos
momentos.
Cogí los huevos y la mantequilla de la nevera, y luego fui a lavarme las
manos. Ugh. Los platos de ayer se hallaban apilados en el fregadero. Tendría que
dejarlos para más tarde, una vez que los niños estuvieran en la escuela. Subí las
mangas hasta mi antebrazo, revelando el número de Josh hecho con un marcador
permanente. No pude controlar la sonrisa que iluminó mi cara. Había tomado un
rotulador permanente de su guantera y grabó suavemente su nombre y número en
mi brazo. Cuando le pregunté por qué, ya que tenía su número en la lista de
hockey de Gus, me había dado una mirada ardiente.
—Gus tiene mi número, porque soy su entrenador. Ahora tú lo tienes,
porque soy tu lo que sea.
—¿Mi lo que sea?
El beso suave que había colocado en mis labios me hizo inclinarme por más.
—Lo que sea que necesites —susurró contra mi boca. Había abierto la puerta y
llevado mi maleta—. No es tan fácil de quitar —añadió—, y yo tampoco.
Mis mejillas se sonrojaron por el recuerdo, y froté la marca, vacilante de
quitarla. Grité junto a las escaleras para despertar a Gus y a April. Mierda, sonaba
como mamá. Giré la espátula con nerviosismo. Por supuesto que me parecía a ella;
había ocupado su papel por las mañanas.
Gus bajó las escaleras con su descolorida sudadera de Star Wars, y puse el
desayuno de inmediato en la mesa. —¡Ember! ¡Eres la mejor! —Y en quince
segundos quedó cubierto de sirope.
April entró, con su perfecto cabello de foto, y resopló.
—¿Cómo voy a comer carbohidratos a primera hora de la mañana?
Me mordí la lengua, viendo todo el esfuerzo que me tomó hacerlos. Ella me
pasó de la isla de la cocina, vistiendo unos pantalones vaqueros ajustados y un
suéter. Había perdido peso, demasiado para su cuerpo delgado. Sí, teníamos esa
moda de piel y huesos, pero la chica necesitaba una hamburguesa con queso. —Si
comes carbohidratos ahora, tienes todo el día para quemarlos —le sugerí. Me sacó
la lengua, y me di cuenta de sus nuevas e impresionante par de botas de
ecuestre—. ¿Navidad?

67 Se encogió de hombros, tomó el zumo de naranja de la nevera y se sirvió un


vaso. Tomé la fiambrera de Gus de Obi-Wan y se la preparé para el día, tratando
de recordar todo lo que ponía mamá.
—¿Tienes tu carpeta y deberes? —Él asintió con la boca llena—. Genial.
Termina y lávate esa cara, eres un desastre azucarado. —Fingí comerle la mejilla y
fui recompensada con risitas. Necesitábamos más risitas.
Mientras él y April terminaban de prepararse para su día, traté de pensar en
lo que mamá hacía los lunes. Era su día de “terminar las cosas por hacer”, eso lo
sabía bien. Saqué El Cerebro de la repisa, para revisar la agenda. Hoy Gus tenía
hockey. Podría ver a Josh.
Alejando las mariposas de mi estómago, di la vuelta a la parte trasera donde
guardaba sus listas. Aquí vamos. Gracias a Dios, mamá era predecible en sus
horarios. Los lunes había comida, recados, organizar la semana y las facturas.
Facturas.
Me giré hacia la pila de correo que se juntó sin abrir estas últimas semanas.
Ocupaban la mesa de la cocina y ya se hallaba peligrosamente cerca de parecer el
juego de la paradoja de los sobres. Iba a apestar, pero era hora de acabar con eso.
Clasifiqué las revistas, catálogos, facturas, anuncios y las docenas de tarjetas
personales que habían llegado en manada. Las facturas eran las más importantes.
Yo podría arreglar los importes si mamá podía firmarlos. Abrí la primera, de una
tarjeta de crédito, y la revisé. ¡Cinco mil dólares! No tenía ni idea de que mamá y
papá aún tenía deudas de tarjetas de crédito.
Un momento. Todos los recargos estaban en el último par de semanas. De…
¿la tienda White House Black? ¿Nordstrom? ¿American Eagle? Restaurantes,
habitaciones de hotel; todas ellas sumaban el total. Todo desde que murió papá.
—¡Llegó el bus! —gritó Gus. Besé sus mejillas, y April se paseaba con, nada
menos, que un nuevo bolso de Kate Spade sobre los hombros.
—Lo llevaré al bus —ofreció ella.
—Encontré las facturas. —Mantuve mi voz baja cuando oí a la abuela
bajando las escaleras.
—¿Ah, sí? —Levantó las cejas sobre sus ojos de cordero.
—April, gastaste más de cinco mil dólares. Mamá va a estar enojada.
—Mamá no lo va a notar. —Tuvo el valor de alejarse.
—¡No está bien, April! —Mierda. ¿Cuándo me había convertido en alguien
moralista, persiguiendo a mi hermana?
68 Estrechó la mirada. —Nada se encuentra bien. Papá está muerto, mamá es
un vegetal, e ir de compas me hizo sentir mejor. ¿Y qué? Tenemos dinero.
—Lo robaste.
Soltó un bufido. —Qué importa.
—¡Sí importa! —Mi réplica se encontró con la puerta cuando ella la cerró
de golpe.
—Hasta luego, Ember. —Gus abrazó mi cintura y salió corriendo por la
puerta, tirando el sombrero hasta sus orejas.
Tomé la almohada más cercana del banquillo de la entrada y metí mi cara
contra ella para gritar. Todo era una mierda.
—¿Café , cariñó? —preguntó la abuela, palmeando el asiento a su lado.
Asentí y tomé la taza que me ofrecía, hundiéndome en los cojines. Ella
sabría qué hacer con esto.
—Abuela, ¿cuánto tiempo te quedas?
Hizo una pausa, reflexionando. —Tengo que ir a casa. También tengo una
vida, ya sabes.
Estuve a punto de dejar caer mi vaso. No podía irse. La casa no funcionaría.
Mamá no se hallaba preparada. Yo tampoco. —No sé qué más debo hacer ¿qué
clase de vida se supone que voy a tener?
Su delicado brazo rodeó mis hombros, jalándome hacia ella. —El duelo, por
naturaleza, está diseñado para succionarnos la vida, porque estamos demasiado
dispuestos a unirnos a los muertos. Se supone que es difícil averiguar qué hacer
después, pero es ese “después” lo que nos hace vivir, y no los muertos. —Su suave
acento sureño se arrastraba con cada palabra.
—Gracias, abuela. —¿Qué demonios significaba eso?
Se echó a reír. —Oh, mi December, has lo que puedas con tu vida, lo que
esté en tu poder. Ni más, ni menos.
Haré lo que pueda. Sí.
Las tareas del hogar me consumieron la mañana. Abordé los platos, la
aspiradora, la lista de compras, la lavandería y el equipo de hockey. En la mesa del
comedor con la abuela, transcribí todas las cuentas, mientras ella escribía notas
elocuentes de agradecimiento por los innumerables guisos que nos habían
69 alimentado.
Al parecer, el duelo era equivalente a trabajar duro, y cada vez que movía la
muñeca al escribir, veía el número de Josh devolviéndome la mirada. Tenía
muchas ganas de verlo, pero también sabía que no me encontraba preparada para
lo que eso significaba. Ya era un gran desastre para arreglármelas yo sola, por no
hablar de algún tipo de relación por despecho. ¿Eso era él? Mi primer instinto
decía que no. Josh y Riley eran dos casos separados en mi mente, pero se hallaban
estrechamente vinculados.
Alrededor de las tres de la tarde, sonó el timbre. Tragué la bilis de mi
garganta, recordándome que mi padre se había ido, y que ya no había razón para
temerle a la puerta. Cuando la abrí para ver a la madre de Riley, deseé haber
seguido mi primer instinto.
—Ember. —Me abrazó con un brazo, y con el otro sostenía una cacerola de
lasaña—. Tenía la esperanza de hacerle compañía a June. Ella no me ha dejado
verla desde el funeral.
Antes de que pudiera decirle que no, la abuela intervino—: Ella no está en
su mejor momento, Gwen. Sin embargo, creo que puede remediarse. ¿Por qué no
subes? —Ella tomó con gracia la cacerola—. Gracias por pensar en nosotros.
La señora Barton se quitó el sombrero, los guantes y el abrigo, colgándolos
en las clavijas como lo hizo innumerables veces desde que se había convertido en
amiga de mamá. Su sonrisa amable y el saludo informal me dijo todo lo que
necesitaba saber. Riley no le había dicho.
—Vamos a ver si no puedo conseguir que se anime un poco. Ah, y Riley está
a punto de terminar una llamada y va a entrar.
Mierda. Mierda. Mierda.
Los astutos ojos de la abuela vieron mi pánico. —¿Por qué no pones esto en
el refrigerador, Ember? —dijo arrastrando las palabras.
Asentí y me retiré. ¿Qué demonios quería él? Estaba bastante segura que
habíamos dejado todo en Breckenridge. Deslicé la lasaña en el estante del
refrigerador y oí su voz llena de remordimiento tras de mí mientras cerraba la
puerta. —Hola, Ember.
—Riley. —Me giré lentamente, agarrando la mesa de granito.
Él se veía perfecto como siempre: su pelo rubio azotado por el viento y el
azul de su chaleco hacía juego con sus ojos. Sus mentirosos, tramposos y traidores
ojos.

70 —Tenemos que hablar.


—Estoy bastante segura de que no.
Se acercó a mí y me dirigí a la derecha, manteniendo la mesa entre nosotros.
—Lo siento, cariño. No sabía que ibas allí.
—¿Esa es tu excusa? —le susurré entre dientes. No necesitaba audiencia. La
abuela no necesitaba oír esto. Ella pensaba que Riley era un perfecto caballero.
—¡Nunca quise hacerte daño!
—Oh, ¿te refieres a follar con mi mejor amiga durante un año? —Bien, ahora
le gritaba. La taza de café que se deslizó en la barra frente al fregadero me dijo que
la abuela lo había oído. Un vistazo rápido lo confirmó, y la sangre se precipitó a
mis mejillas. Nunca había maldecido delante de ella. Estaba a punto de hacerlo.
Sus ojos se movían entre nosotros, antes de decidirse por una sonrisa
elegante. —Creo que voy a subir para revisar el baño. Acabo de enterarme que
hay algo de basura que debo sacar. —Con una mirada mordaz a Riley, pero ni una
palabra más, nos dejó solos.
—Baja la voz. ¡Mi mamá está arriba!
—Bueno, ¡tal vez va a descubrir lo idiota que es su hijo!
Deslizó las manos por su cabello, arruinando su estilo casual, hecho no tan
casualmente. —Fue un accidente. —Resoplé, pero él siguió hablando—. No, ¡en
serio! La primera vez que te habías ido, los dos nos quedamos solos, estábamos
borrachos, y simplemente pasó.
—¿Y siguió pasando? —Era su turno de oírme—. Sí. ¿Sabes lo que es aún
peor? Que podías acostarme con ella pero no podías soportar tocarme; no importa
cuántas veces te lo pedí. Dios, debí haber parecido jodidamente desesperada, y
¡todo el tiempo estuviste follando a Kayla! —Me enfoqué en mi rabia, y el ritmo
acelerado de mi corazón, porque si miraba para saber dónde se encontraba roto y
sangrando, no podría superar esto.
—Yo... —Puso sus manos sobre el granito—. ¡Maldita sea! Quería dormir
contigo, pero no pude; habría arruinado nuestro plan. Eres la chica con la que
me voy a casar. ¡Tenía que ser perfecto!
Voy a casarme, mi culo. —¿Y Kayla era perfecta? No tiene sentido.
—Kayla era fácil, estaba disponible, y fue un error. Tú eres todo lo que he
construido para mi futuro. No lo iba a arriesgar por acostarme contigo.
—¿Arriesgar qué? Esto no es Inglaterra feudal. El sexo no arruina a una
chica que se va a casar más de lo que tú lo has arruinado.
71 Agarró el mostrador, y sus nudillos se pusieron blancos. —Acordamos
esperar hasta el matrimonio.
—¡Tú! ¡Tú ibas a esperar! ¡Yo nunca quise!
—¿De eso se trata? Porque te llevaré arriba ahora mismo, si eso te hace feliz.
—Lanzó el brazo en dirección a la escalera.
—Si crees que te dejaría acercarte… —El teléfono sonó. El tono estridente
me sacó de la espiral descendente de mis emociones—. Salvados por la campana —
dije y lo tomé—. ¿Hola?
—¿June Howard? —Oh, mierda. Conocía esa voz. El señor Angelo de la
oficina de asistencia en el colegio.
Hice mi mejor imitación de June Howard
—Sí. —Mamá no se hallaba en condiciones de hablar, y yo no tenía ganas de
explicarle esa situación al maldito colegio. Las cosas eran ya de por sí, un lío.
—Señora, habla el señor Angelo del Colegio Cheyenne Mountain.
—Señor Angelo. ¡Buenas tardes!
—Lamento mucho molestarla en este momento, pero ¿April volverá este
semestre?
—¿Disculpe? —Mierda, mi imitación podría haber acabado ahí.
—April todavía no ha regresado. ¿Está lista para volver? Siento mucho lo de
su pérdida. Solo tratamos de mantenernos al tanto. —La simpatía se derramaba de
su voz.
Mierda. Mierda. Mierda. —Lo siento mucho. Discúlpela de mi parte ¿sí? Me
aseguraré de que ella esté lista mañana. —Iba a freír a April por esto.
—Absolutamente, señora Howard. Que tenga un buen día.
Sonó un clic al final de la llamada y puse el teléfono en su base. Riley seguía
allí, mirando, y así como así, la lucha desapareció de mí. —No quiero tener nada
que ver contigo, Riley. Hemos terminado.
—Te amo, Ember. —¿Era pánico lo que se veía en sus ojos?
—Tú te amas a ti mismo. Tal vez me amaste cuando empezamos a salir,
pero algo se deformó en el camino, y sabes que es verdad. Si me amaras, nunca te
habrías acostado con Kayla.
—¿Cuántas veces tengo que decir lo siento?
—No sientes haberlo hecho. Sientes que te haya descubierto.

72 —Por favor, no acabes con esto. —Se abalanzó hacia mí y lo esquivé—. Por
favor. Nuestros hermanos están en el mismo equipo, nuestras madres son amigas.
Tenemos un plan, Ember. Déjame arreglarlo. Lo siento mucho. Puedo compensarte
esto.
Alcé las manos. —Basta. Deja de perseguirme, dejar de pedir disculpas,
simplemente para... de hacerlo.
Estrechó la mirada, y se enfocó en mi antebrazo expuesto. —¿Qué diablos
es eso?
Giré mi muñeca y vi las marcas negras de las que hablaba. —El número de
Josh.
—Bueno, eso es fantástico. Tenemos una pelea y vas directo a cualquier otro
tipo. Nunca te tomé por una puta. —Hola, señor Hyde.
Debía haber partes de mí que todavía lo amaban, porque se rompieron en
ese momento, dejándome desnuda, descubierta, fría. —Ahora por supuesto que
hemos terminado. Puedes irte.
Su rostro se relajó, un suave suspiro escapó de sus labios. El Dr. Jekyll había
vuelto. —Lo siento, no era mi intención. Acabo de ver esos números... Sé que
nunca ocurriría nada entre Josh y tú. —Sacudió la cabeza y mostró una sonrisa
condescendiente—. Ni siquiera eres su tipo; demasiado tímida. Es para el hockey o
algo así, ¿verdad?
¿Qué demonios significa eso? ¿Demasiado tímida para Josh? —¿Y si no es
así? —Necesitaba hacerle daño, para que sintiera una onza de la devastación que
me destrozó—. ¿Y si él lo escribió, después de pasar la noche conmigo en Breck?
Sus ojos se abrieron de par en par un segundo antes de que se estrecharan,
trayendo de vuelta al señor Hyde. —¡Dime que no lo follaste! ¡Dime que no es así
como pasaste la noche del viernes!
—¿La noche que te encontré con Kayla? ¡Eres un hipócrita, Riley! —
Parpadeé, alejando las lágrimas amenazantes—. ¡Tres años! ¡Te di tres años! ¡Te
amé, te cuidé, te defendí! ¡Renuncié a todos mis sueños y te dejé planificar nuestra
vida con tus ideas locas de ser una pareja perfecta para que te metas a la política en
diez malditos años! ¿Para qué? ¿Para qué me engañes con Kayla durante todo un
año? —Esta vez, mis manos se estrellaron contra el granito, y el dolor destruyó mis
dedos y bordeó mis antebrazos.
Sonó el timbre.
—¿Qué demonios es esto? ¿La estación Central? —espeté. Me miró como si
me hubiera vuelto loca, y tal vez fue así—. ¡Adelante! —No me importaba que la
abuela haya escuchado que no recibí a un invitado, ni lo que fuera que mamá hacía
73 arriba últimamente.
Dos metros y una mesa de granito me separaban de Riley, con quien había
planeado pasar el resto de mi vida, pero bien podría haber sido tres kilómetros, o
tres millones. —Cariño, te amo. Sé que podemos luchar por esto. No voy a volver a
verla, te lo juro. Una vez que nos vayamos a Boulder, las cosas volverán a la
normalidad, lo sé. Soy el indicado para ti. —Su mirada pasó junto a mí y dio un
paso atrás antes de mirar reflexivamente—. ¿Qué demonios haces aquí? Es un poco
temprano para el hockey.
Josh se acercó a mí, poniendo un Starbucks con “Ember” escrito sobre el
mostrador y se encontró con mi mirada, derritiendo mi tensión al instante. Mi
postura se relajó cuando abrió la cremallera de la chaqueta negra, revelando unos
vaqueros que abrazaban sus esculpidas caderas y una suave camiseta gris. No
podía haber sido más diferente del polo cuidadosamente elegido de Riley.
—No estoy aquí solo para el hockey.
—Bueno, no eres bienvenido para nada más en esta casa —contraatacó
Riley, rodeando la mesa—. ¡No es como si la quisieras de verdad! Recuerdo a las
chicas con las que te ibas después en la escuela y Ember no está en ese nivel.
¿No estaba en ese nivel? ¿Qué demonios? El hombre que pensé era el amor
de mi vida no me creía suficiente para merecer la atención de Josh Walker. Pensaba
tan poco de mí. ¿Cómo nunca antes lo había visto?
Miré a Josh. —¿Lo que sea que necesite? —Me dio una pequeña inclinación
de cabeza y me abalancé. Tiré mis brazos alrededor de su cuello y encajé su boca
con la mía. Sabía que esto era para Riley, pero al instante en que los labios de Josh
tocaron los míos, me había olvidado de él.
Josh agarró mi trasero y me levantó en su contra. Me perdí en la sensación
de su boca y el paso de su lengua mientras se inclinaba sobre mí. Mi cuerpo lo
recordó, suavizándose contra el suyo. Oh sí, recordé exactamente lo que su cuerpo
podía hacer con el mío, y lo quería de nuevo.
—¿Es en serio? —El grito de Riley irrumpió mi bruma. Josh me besó con
suavidad, rozando mi boca con la suya una vez más antes de bajarme nuevamente
sobre mis pies.
Me tomó toda mi concentración voltearme hacia Riley. —Fuera. Ya hemos
terminado, y no lo voy a repetir.
—Vamos a arreglar esto cuando volvamos a Boulder, Ember. Yo no voy a
rendirme fácilmente. No me importa lo que pasó con este chico. —Su rostro era de
un rojo moteado—. Recuerda, ¡Tenemos un plan! Sé que quieres las mismas cosas
que yo.
74 El teléfono volvió a sonar. —¡Por el amor de Dios! —Lo saqué del cargador
y presioné el botón para contestar—. ¿Hola?
—¿Puedo hablar con December Howard? —me preguntó una educada voz
femenina.
—Soy yo. —Hoy no estaba de humor para hacerle frente a nada. Josh y Riley
se encontraban frente a frente junto a la encimera, y temí que en cualquier instante
hubiera una pelea en mi cocina.
—Habla la señora Shaw, de la administración aquí en la Universidad de
Colorado en Boulder. Una de sus clases —oí el revuelo de papeles en el fondo—,
psicología 325: Traumas en la niñez temprana, ha sido cancelada. ¿Hay otra clase
con la que quiera remplazarla?
—¿Cancelada?
—Sí, señorita.
Josh se giró, con ojos suaves, y dio un paso hacia mí. Riley se cruzó de
brazos y se inclinó hacia la mesa.
No era una elección entre ellos. Nunca tomaría una decisión así de grande
por un chico... ¿verdad? Pero Gus me necesitaba, April se caía a pedazos y mamá
no iba bien. ¿Qué demonios debo hacer?
Has lo que puedas. La abuela tenía razón. Solo podía hacer lo que tenía en mi
poder y debía dejar pasar todo lo demás. ¿Pero esto? Esto estaba en mi poder.
—No, gracias.
—¿No le gustaría agregar otra clase?
Pasado contra futuro, pero con las opciones frente a mí, no podía decir cuál
era cuál. Las dos eran familiares, ambas eran como un hogar, pero solo había un
lugar donde me necesitaban. Me fijé en la mirada hosca de Riley. —No, señora, no
voy a volver a Boulder. Mi padre murió durante las vacaciones y me necesitan en
casa. ¿Podría retirarme de todas las clases? Voy a transferirme a la Universidad de
Colorado Springs.
El rostro de Riley perdió todo su color, y negó con la cabeza rápidamente.
Abrió y cerró la boca como un pez atrapado fuera del agua.
—Siento mucho lo de tu padre, y perderte, December —dijo la empleada
con simpatía.
Miré la lenta sonrisa que se extendió en el rostro de Josh y dije—: Gracias. —
Colgué, sabiendo que ella tenía razón: cuando se trataba de la gente en Boulder,
75 Riley y Kayla, era su pérdida.
No estaba segura si eso era un beneficio para Josh.
Traducido por Val_17
Corregido por Ann Ferris

—Los dormitorios se encontraban llenos —le expliqué a April mientras me


ayudaba a sacar la última de las cajas del auto. Ella aprovechó la oportunidad de
ver mi nuevo apartamento—. Además, la compañera de cuarto de Sam reprobó el
semestre pasado, así que es perfecto. —Solo había pasado una semana, pero me
mudé de Boulder, me matriculé en la Universidad de Colorado Springs, y me las
arreglé para evitar a Riley... y a Josh.
Ni siquiera quería pensar en ellos en este momento. No podía ser la chica
que se cambiaba de universidad por un chico. A menos que incluyeras a papá, en
76 ese caso, creo que sí era esa chica.
—¿Esto significa que puedo pasar aquí los fines de semana? —Se lanzó
sobre mi cama descubierta.
Le tiré mi almohada. —Solo si mamá lo aprueba. No soy tu escondite. —Era
agradable tener un momento donde podía ser su hermana y no su madre.
Recogió una foto de nuestra familia, esa de la última tarde en la cabaña de
Breckenridge, de la parte superior de una caja abierta. —Si alguna vez se recupera
de su lobotomía. —Distraídamente, acarició con el pulgar la cara sonriente de
mamá en la foto. Fue la última que nos tomamos antes de que papá desplegara.
Eso lo convirtió en nuestro último momento.
—Entrará en razón —le prometí a pesar de que no tenía ningún derecho.
—Cierto. Ni siquiera ha notado que te transferiste de escuelas. —Rodó los
ojos y cambió de tema—. ¿Cómo tomó Kayla tu mudanza?
Auch. No esperaba que doliera, pero lo hizo. —Fui mientras ella seguía en
Breckenridge y trasladé mis cosas. No es que no supiera la razón.
—Riley es un imbécil. —No discutí por su lenguaje. Observó la mini-nevera
y el televisor que había sacado de nuestro dormitorio compartido—. ¿Le has
dejado algo a Kayla?
Una sonrisa malvada cruzó por mi rostro. —Cada foto que tenía de Riley y
yo, con una nota que decía: Es todo tuyo. ¡Besos!
—¡Que ruda!
Cruzó los pies, revelando otro par de zapatos nuevos, y no pude morderme
la lengua. —April, pagué esa factura de la tarjeta de crédito, pero tienes que
dármela, y mamá debe saber. Lo que estás haciendo es ilegal, malo y dañino…
—Jesús, deja de sermonearme. —Sacó la tarjeta del bolsillo trasero y la
arrojó sobre mi escritorio mientras saltaba de la cama—. ¿El baño?
Entré en la sala de estar y señalé el camino.
El apartamento era perfecto. Ubicado al lado norte de la ciudad, se hallaba
cerca del campus, pero no demasiado lejos para ir a casa cuando lo necesitara.
Quería vivir en casa durante el semestre, después de todo, ese fue el por qué dejé
Boulder, pero la abuela no escuchó nada de eso.
—Estás avanzando —me había dicho—, no retrocediendo.
Recogí una foto de Sam conmigo el día de la graduación. Las dos lucíamos

77 tan felices; ella con una brillante sonrisa y las llaves de un auto nuevo, yo con una
sonrisa cursi y el anillo de graduación de Riley en una cadena alrededor de mi
cuello. Si esto era avanzar, ¿por qué venía unido a tanto pasado?
La puerta se cerró de golpe, y entró Sam mejorando mi tarde. Su cuerpo
asesino no estaba escondido bajo la brillante minifalda y relucientes botas.
Hacía malabares con tres grandes bolsas de compras y con las tazas de café
para llevar de PikesPerk, equilibrándolas debajo de su barbilla mientras abría la
puerta de su habitación. Las bolsas golpearon el suelo, y ella bailó en la sala de
estar. —¡Esto va a ser genial! —dijo con mucho más entusiasmo del que yo sentía
cuando me pasó mi café.
—Todo está trasladado. Solo necesito desempacar.
—¿Te registraste para las clases? —Se dejó caer en el sofá de microfibra.
—Sip, es gracioso como arreglan todo con una tarjeta de papá-muerto. —
Había sido una tortura explicarle al encargado sin romperme, pero lo hice—. Ya no
quedaban muchas de las buenas, pero entré en la clase de historia de los Estados
Unidos que necesito.
Sam captó mi estado de ánimo bastante bien. —Una vez que te instales, esto
será más fácil.
Asentí distraída.
—¿Es hora de recoger a Gus y regresar a casa? —preguntó April, saliendo
del baño.
—Sí. —Agarré las llaves—. Sam, ¿quieres venir? Regresaremos a tiempo
para una carrera.
Asintió a medio sorbo del café y luego habló—: Sí a acompañarlas, pero no a
la carrera. Te has vuelto loca con esa mierda.
Miré a la pila de cajas y supe que estaríamos despiertas toda la noche si
quería hacer ejercicio. Teníamos dos días hasta que comenzaran las clases para
terminar el apartamento. Había una gran y falsa fecha de vencimiento en mi
tiempo permitido para el duelo, y luego tenía que seguir adelante.

***

Las gradas para la práctica en el World Arena se llenaron rápidamente.


Agarramos un par de asientos en las frías gradas de metal y esperamos a que Gus

78 terminara la práctica. Sus figuras acolchadas formaron una línea de ataque en los
últimos cinco minutos, y Gus iba a toda velocidad. Nunca fue particularmente
orientado a los deportes, pero al minuto en que papá le puso los patines hace unos
años, encontró su lugar. Al chico le encantaba.
Pero tan lindo como se veía allí afuera Gus, mis ojos fueron atraídos hasta su
entrenador. Josh se hallaba vestido con unos simples pantalones de deporte, una
chaqueta, y casco, para terminar con un par de patines negros de hockey que usaba
como una extensión de su cuerpo.
Sus movimientos eran potentes, rápidos, ágiles, y malditamente hipnóticos.
No podía apartar la mirada mientras se movía de una línea azul a otra, corrigiendo
a los jugadores y saliendo de sus caminos. Es curioso, pero si esto hubiera pasado
hace cuatro años, me habría encontrado en el mismo lugar, en trance, mirando
patinar a Josh Walker.
—¡Tierra a Ember! —Sam agitó su mano frente a mi cara, sacudiéndome—.
¿Necesitas una servilleta para la baba?
Arranqué los ojos de Josh y me centré de nuevo en Sam. —Tonterías.
—Chica, he visto esa cara. ¿Olvidaste todos esos partidos que acechábamos
para que se te caiga la baba por Josh Walker?
No pude controlar la risa que se me escapó más de lo que podía evitar tener
entumecidas las partes traseras de mis muslos en la banca. —¿Recuerdas cuando
fingiste ser mi mamá así podríamos excusarnos de clase para ese partido?
Sam hizo su mejor imitación de mi mamá, y las dos nos hundimos en risitas.
April se cambió al asiento de abajo —que el cielo no le permita quedar atrapada
sentada conmigo— y nos miró por hacer tal escena. Sam y yo pudimos habernos
distanciado en los últimos dieciocho meses, pero un par de horas juntas y
regresamos al último año.
Calidez atravesó mi corazón, alejando un poco más el trozo de mierda que
parecía haber caído sobre mí.
Sequé las lágrimas inducidas por la risa de mis ojos y me concentré en la
pista, mirando a Gus robar el disco y pasárselo a su compañero de equipo. Él se
estaba recuperando, y lo envidiaba en esos momentos.
La única vez que me escapé exitosamente de pensar en papá, fue cuando
estuve con…
Levanté la mirada y capté a Josh dándome un asentimiento y un saludo con
la mano. Mi aliento salió en lo que sonó demasiado parecido a un suspiro.
—¿Qué pasa con eso? —preguntó Sam, codeándome.
—Oh por Dios —gimió una voz femenina detrás de mí—. Josh Walker
79 saludó hacia acá. ¿Crees que notó que tengo su número pintado?
¿Ella qué? Ladeé hacia atrás mi cabeza antes de evocar la fuerza de voluntad
para mantener mi vista hacia adelante. Las chicas eran irritantemente hermosas,
pintadas y arregladas a la perfección. Y una de ellas tenía un número trece pintado
sobre su mejilla en colores azul y oro. El número de Josh, si hubiera mantenido el
mismo de la secundaria.
—Ha estado mirando como desde hace diez minutos —dijo la otra chica.
Borré la mirada horrorizada de mi cara y me forcé a fijar la vista hacia la
pista. —Supongo que eso no ha cambiado. Las admiradoras y todo eso. —Traté de
hacer mi comentario con humor, pero fallé. No pude evitar sentirme decepcionada
de que las chicas aún persiguieran a Josh.
Apuesto que a él le seguía gustando ser atrapado.
—Las cosas cambian —susurró Sam, para que las chicas detrás de nosotras
no oyeran—. Y algo me dice que él no miraba arriba.
Josh patinó hacia el vidrio delante de nosotras, se giró, y sopló su silbato,
finalizando la práctica del día. Los chicos patinaron al vestuario. Él se dio la vuelta,
se quitó el casco, y fijó su mirada en la mía. Una lenta sonrisa se extendió por su
cara, y no pude dejar de devolvérsela.
Asintió hacia la puerta, y asentí en acuerdo antes de que patinara fuera. Las
chicas detrás de nosotras soltaron un colectivo—: Hmm.
—Maldición —murmuró Sam—. ¿Ya te le has lanzado encima? Porque si
no...
—Cállate, Sam. —Presté mucha atención a mis pies mientras subía por las
gradas. Caerme sobre mi trasero no se hallaba en mi agenda para la tarde. Pasé a la
mamá de Riley, que esperaba a Rory, y le di una media sonrisa. Me miró como si
quisiera decirme algo, pero no me sentía lista para escucharlo. Una vez que mis
pies estuvieron en el suelo, le eché un rápido vistazo a April, que prácticamente se
encontraba sentada en el regazo de un chico que no era Brett. ¿Qué demonios está
haciendo? Hice mi mejor esfuerzo por ignorarla y darle la privacidad que quería.
Seguir el vidrio por el lado del estadio me llevó a la puerta donde Josh esperaba,
pasando sus dedos sobre su ligeramente sudoroso y aun así increíblemente sexy
cabello.
—December. —Sonrió, deteniendo cada pensamiento en mi cabeza.
—Josh. —Era lo mejor que podía hacer sin sonar como una idiota, sobre
todo sabiendo lo que tenía que decirle.
Me atrajo hacia él por la cintura, y me rebelé contra cada instinto que tenía
de derretirme y rendirme. Retrocedí y sacudí la cabeza. —No puedo.
80 Sus ojos se entrecerraron. —¿Riley?
—Oh, demonios no.
Eso provocó otra sonrisa de ataque-cardiaco en su rostro. Cerró la distancia
entre nosotros sin tocarme, susurrando en mi oído—: Te gusta cuando te toco.
Boom. Excitada. Mierda. Este chico exudaba feromonas, o simplemente yo
lo veía y pensaba: sí, el sexo es bueno. Ahora. No pude parar la sonrisa que enviaba
señales mixtas, pero di otro paso atrás. —Sí, ese es el problema.
—¿Qué pasa? ¿Me das una explicación? ¿O solo es espeluznante desear al
entrenador de tu hermano? Resulta que creo que el aspecto de entrenador es
bastante sexy.
—¿Sexy? Todo en ti es sexy. Es solo... —Mierda. Cuando ladeaba la cabeza
hacia un lado de esa manera, exponía el lado de su cuello. Sabía cómo se sentía ese
cuello bajo mis dientes, su gusto. Conocía su sabor. Mis labios hormiguearon y se
abrieron.
—No me mires así y me digas que no. Eso no es justo. —Su voz era tensa
detrás de la broma.
Metí las manos en mi abrigo para evitar ponerlas sobre él. —Acabo de
romper con Riley y regresar aquí, y está mi familia, y una nueva escuela...
—¿Así que no se puede agregar un nuevo amor a eso?
Me sonrojé, a pesar de las heladas temperaturas dentro del estadio. —Solo
necesito ordenarme. —Su expresión cayó. Mierda, no le acabo de decir “no eres tú soy
yo”, ¿verdad? Me acerqué, a pesar de mi mejor juicio, poniendo mis pies entre sus
patines. Hacían que su imposible altura fuera aún más difícil de mirar—. No es que
no te desee. —La piel de su cuello rogaba ser tocada, y cedí, pasando mis manos
sobre su mandíbula sin afeitar antes de acariciar su cuello con mis dedos—. Porque
te deseo más de lo que debería. —La admisión susurrada se liberó antes de que
pudiera detenerla—. Es solo que no quiero arrastrarte a la increíble destrucción de
mi vida. —Y no estaba segura de sobrevivir si resultaba ser solo otra de las chicas
que lo perseguían. ¿Era él digno de ese riesgo?
Se rió por su confusión. —¿Así que estás diciendo que vayamos lento? ¿O
no? —Levantó los brazos y puso las manos contra el vidrio—. Porque me estás
matando.
—Necesito mantenerte aparte —traté de explicar, enfocándome demasiado
en su boca para mi propia paz mental. Esa boca había estado en mi piel, sobre todo
mi cuerpo.
—¿Aparte de qué? —Mantuvo sus manos en el vidrio como si estuvieran
81 pegadas a la superficie.
—Aparte de la mierda. De toda lo malo que pasó el mes pasado. —¿Cómo
podría explicar lo que ni yo misma entendía?—. No quiero un reemplazo, o un
rapidito en tu dormitorio.
—No vivo en los dormitorios.
—No es el punto, Josh.
Sus ojos se veían oscuros. Conocía esa mirada. Esa mirada me tendría
desnudándome pese a la multitud a nuestro alrededor. —Olvida lo que acabo de
preguntarte, porque no quiero una respuesta. —Su voz bajó, y su cabeza se inclinó
hacia mí—. Te deseo. No hay un instante en que no anhele verte, sentirte. Pero lo
entiendo.
—¿En serio?
Una sonrisa irónica cruzó en su rostro. —Yo tampoco quiero arruinar esto,
December.
—¿Por qué haces eso? ¿Llamarme December? Todos excepto la abuela me
llaman Ember, desde antes de la secundaria. —Anhelaba el sonido de mi nombre
en sus labios. Lo hacía sonar como puro sexo y la oración más dulce.
Se agachó, rozando tan cerca de mi oído que podía sentir su aliento, pero no
me tocaba. Escalofríos corrieron de mi cuello a mi columna y pusieron mi cuerpo
en llamas. —Porque significa que tengo una parte de ti que nadie más tiene. Como
mi propio y pequeño lado secreto de ti.
Ya tenía casi cada parte de mí.
—Josh —gritaron las Barbies vivientes desde las gradas más cercanas—.
¡Vinimos a verte jugar! —Ondearon una enorme garra azul y dorada en el aire.
Él les dio un asentimiento. —Gracias, chicas.
¿Seguía jugando? —¿Juegas para los Mountain Lions?
—Tenemos un juego esta noche. ¿Quieres verlo?
El tono esperanzador en su voz casi rompió mi determinación. Casi. —Debo
llevar a Gus a casa y ver a mamá.
—Está bien. —Extendió la mano y apartó un mechón de pelo castaño detrás
de mi oreja—. En otro momento.
No podía decir nada que no saliera como tócame ahora.
—Estás sumergida en un inmenso festival de mierda, pero no te olvides de
pedir ayuda cuando la necesites. No cargues con todo esto tú sola.
82 ¿Por qué no podía ser un imbécil? ¿Por qué tenía que decir las cosas más
perfectas? —Será mejor que te vayas.
Buscó en mis ojos por un momento, pero me negué a cambiar de opinión.
Josh Walker no sería un reemplazo. No correría de un chico a otro. Se aclaró la
garganta. —¿Práctica el lunes?
—Lo traeremos aquí —prometí.
Se alejó de mí, hacia las chicas que lo esperaban como fanáticas. Me giré,
apoyándome contra el frío vidrio y golpeando la parte trasera de mi cabeza sobre
él. Cerré mis ojos así no tendría la tentación de ver cómo se alejaba con esas chicas.
¿Quién demonios dejaba alejarse a Josh Walker?
—December.
Mis ojos se abrieron para ver sus impenetrables ojos marrones inclinados
sobre mí. Su boca se encontraba a escasos centímetros de la mía, y habría estado
dispuesta a cometer un asesinato para cerrar esa distancia sin culpa. —Josh. —Era
una súplica murmurada.
—Estamos tomando las cosas con calma hasta que tú lo digas, porque no
puedo soportar escuchar un “no” de tu parte. Pero esta es tu única advertencia:
Voy a perseguirte. —La promesa en su voz fue suficiente para poner mis muslos
en llamas.
Se alejó, dejándome como un desastre de corazón palpitante contra el vidrio.
Saludó a las chicas y pasó más allá de ellas sin otra palabra, pero luego se giró. —
Ah, ¿y Ember? —Parpadeé en respuesta—. Sigo siendo tú lo que sea, para lo que
necesites.

***

Dejamos a Sam para la cena con su mamá y nos detuvimos en nuestra


entrada. Gus insistió en llevar su equipo solo, así que lo dejé, a pesar de sofocar mi
risa ante el gran bolso del tamaño de Josh. Se esforzó para llegar a la puerta, y jalé
a April hacia mí.
—Oye, ¿qué fue eso con el tipo de la pista?
—¿Quién? ¿Paul? —Inocentemente apartó suciedad imaginaria de su brazo.
—Sí, el señor que No-es-Brett. Te veías bastante cerca del chico.
—Y tú casi le arrancaste la ropa a Josh, así que, ¿qué importa? No es que te
83 culpe. Ese chico es tan sexy.
La añoranza en su voz me hizo farfullar. —¡Importa porque no tengo novio!
Además, no tienes que llamar “sexy” a Josh. Es seis años mayor que tú.
—Da igual. Mira, me alegro de que estés en casa y eso, pero no te metas en
mis asuntos como si no te hubieras ido estos dos últimos años. —Resopló todo el
camino hasta la casa.
Me sentía como una especie de propietario ausente, tratando de absorber el
daño del que no había sido testigo. Tenía razón. Aunque fuimos muy unidas al
crecer, irme a la universidad cambió las cosas. Las dos maduramos por separado, y
ahora había una distancia entre nosotras.
En el interior del vestíbulo, nos envolvió el olor a pan de ajo y guiso. —De
ninguna manera —murmuró April, lanzando su bolso en la entrada.
—¿Mamá? —Colgué el abrigo y cautelosamente me acerqué a la cocina.
Agitó el contenido de la olla humeante en la estufa. El cabello húmedo caía
por su espalda, y llevaba ropa limpia sin que yo la haya incitado. Sus ojos podían
haber estado enrojecidos e hinchados, pero estaba aquí. —Ember, ¿podrías agarrar
el aderezo de la nevera para la ensalada?
Miré a April y Gus, y todos nos encogimos de hombros con los ojos muy
abiertos entre sí. La abuela agitó la pasta y nos dio un sutil asentimiento.
—Vamos, chicos, saben qué hacer. Ember, el aderezo para ensaladas. April,
sirve las bebidas. Gus, agarra los cubiertos. —Mamá dio órdenes como si no
hubiera estado confinada a una cama durante las últimas cuatro semanas. Pasó
otro segundo—. Ahora. —Señaló hacia el comedor con una espátula empapada de
salsa.
Saltamos, corriendo a nuestros papeles asignados. Nadie habló, asustados
de romper la frágil normalidad. Llevamos nuestras asignaciones a la mesa, y
tomamos nuestros asientos habituales, por primera vez desde... sí. La abuela sacó
una silla adicional de al lado de la vitrina para sentarse junto a Gus.
Dejó el asiento de papá vacío.
—¿Gus? —solicitó mamá e inclinó su cabeza.
La dulce voz de Gus llenó el aire cuando dio las gracias, pero su voz
tartamudeó después de que pidió mantener a nuestro papá seguro durante su
despliegue. Se hallaba tan acostumbrado a decirlo. Moví mis ojos hacia mamá con
pánico de que eso fuera un desencadenante. Palideció, pero se mantuvo quieta y
en silencio hasta que terminó.

84 —Creo que fue perfecto, Gus. —La abuela besó su sien.


—¿Quién tiene hambre? —Mamá levantó la cabeza con una débil sonrisa.
Justo así, la corriente de dolor retrocedió lo suficiente para respirar, mientras
pasamos los platos entre sí. El ruido de los platos se mezclaba con la emoción de
Gus por su día y la habilidad de compartirlo con mamá. Le eché vistazos entre
bocados y vi que le sonreía a Gus, escuchando lo que pasó en su día. Su sonrisa no
llegó a sus ojos, pero se hallaba ahí.
April agachó la cabeza a mi lado, y se limpió rápidamente una lágrima.
Cerré la pequeña distancia entre nosotras y tomé su mano con un suave apretón.
Nuestros ojos se encontraron y algo intangible pasó entre nosotras, algo que se
sentía peligrosamente parecido a la esperanza.
Se aferró a mi mano tan desesperadamente como yo agarré la suya. Con los
labios temblorosos, levanté mis ojos a la abuela. Me dio una lenta sonrisa y un solo
asentimiento, y ahí regresó; la esperanza corría por mí, un dulce sabor en mi boca.
Me daba miedo reconocerlo, o siquiera pensarlo, en caso de que esto nos trajera
mala suerte, pero no podía ignorar mi optimismo.
Íbamos a superar esto. Íbamos a estar bien.

***
—No estás en la escuela —dijo mamá mientras miraba el calendario—. ¿Ha
pasado tanto tiempo?
—Ahora estoy en la Universidad de Colorado Springs. —Miré de nuevo a la
sala, donde la abuela permanecía sentada en la esquina con su tejido, pero se limitó
a asentir hacia mamá. Estaba por mi cuenta.
—Cierto —murmuró—. Recuerdo que dijiste eso. Un poco. —Sacudió la
cabeza como si estuviera tratando de aclararla—. Te mudaste a casa.
—No exactamente. Ahora vivo con Sam. Tenemos un apartamento cerca del
campus, pero estoy lo suficientemente cerca para recoger a Gus y todo eso cuando
necesitas ayuda.
—Viniste a casa por mi culpa.
No me acerqué a ella. No nos encontrábamos exactamente en un susceptible
sentimiento de madre e hija. —Vine a casa porque perdimos a papá, y nada andaba
bien en Boulder. Aquí es donde se me necesita, y tomé la mejor decisión que pude
con lo que ha estado pasando.
—Has mantenido la casa en funcionamiento, tú y la abuela. Gracias.
85 No quería su agradecimiento. Quería que se recompusiera y prometiera que
no iba a refugiarse en la cueva de su habitación. Quería que cuidara de Gus, y
April, y sobre todo, de sí misma. Ya no quería ser la única adulta en la familia.
¿De dónde venía esta rabia? ¿No debería estar feliz de que estuviera aquí
por el momento? ¿De qué se encontraba bien? No quería sentirme así, por lo que lo
ignoré lo mejor que pude.
Le di una sonrisa de boca cerrada antes de que mis estúpidos pensamientos
surgieran y arruinaran el progreso. —Mamá, estás... ya sabes, ¿bien?
—Todo duele —susurró, sonando como Gus. Apartó la vista del calendario
con un movimiento de cabeza—. ¿Quieres volver a Boulder? No quiero que
permanezcas aquí, lejos de tus amigos y Riley.
—Riley no está exactamente extrañándome.
—Oh, Ember. ¿Qué pasó?
—Resulta que él no se lleva muy bien con la distancia. —Levanté la mano
para evitarla cuando se acercó a mí. No quería su simpatía, no cuando necesitaba
toda la energía que tenía que mantenerse compuesta—. Sí, así que vivo con Sam, y
el número está en la nevera al lado de mi horario de clases. Solo llama y estaré
aquí.
—Ember, siento que hayas perdido tanto.
—Lo que no te mata te hace más fuerte, ¿verdad?
—Cierto. Lo que no te mata. —Volvió a mirar el calendario.

86
Traducido por Kenza [Link] & Zafiro
Corregido por Mire

Me eché la bolsa de mensajero encima del hombro y agarré mi café del techo
de mi coche. Gracias a Dios que había un Starbucks de camino a la escuela, o nunca
habría llegado a ir esta mañana.
Arreglar el apartamento fue físicamente más agotador de lo que esperaba,
pero resultó perfecto. Era increíblemente liberador tener un lugar lejos del campus;
sin reglas, regulaciones o controles aleatorios de las habitaciones. Además, tener a
Sam como compañera de cuarto era otra ventaja. Por todos los detalles que habían
cambiado entre nosotras en los últimos dieciocho meses, hubo al menos dos que no
87 lo habían hecho.
Saqué mi agenda cuando entré al edificio, comprobé el número de la
habitación, y me deslicé dentro de la clase sin derramar mi café por todo mi suéter
blanco. Un récord.
Un rápido vistazo a la habitación mostraba algunos asientos libres en la
primera fila. Puse mi café en el escritorio y saqué mi bolsa de mi hombro para
sacar mis libros y bolígrafos. No podía esperar para llenar las páginas blancas del
cuaderno. La historia me provocaba lo mismo que les pasaba a algunas chicas con
los esmaltes de uñas o zapatos. Había elegido mi especialización temprano.
Negué con la cabeza ante las risitas detestables desde la parte de atrás de la
sala. Una morena de piernas largas se encaramó en un escritorio frente a un chico,
y si él no podía ver más allá de la fachada de ella, entonces se merecía todo lo que
salía de la misma. Echó la cabeza hacia atrás con una risa.
Mierda. Ese chico era Josh.
Sus ojos se abrieron cuando se encontraron con los míos, y esa sonrisa me
robó el aliento. Aparté la mirada y me senté, concentrándome en la pizarra.
Estúpidas y locas hormonas. ¿En serio tenía que estar tan sexy a las ocho y media
de la mañana? ¿A quién engañaba? El tipo era más o menos el sexo personificado
las veinticuatro horas del día. No podía culpar a la chica por sentarse en su
escritorio. Demonios, ella demostraba resistencia. Yo habría estado en su maldito
regazo.
No necesitaba mirar otra vez para saber que él había tomado el asiento vacío
a mi lado. Mantén tus ojos hacia adelante. No lo miraría. No me perdería en esos ojos
marrones ni recordaría exactamente lo que esas manos eran capaces de hacer en mi
cuerpo. Nop.
—He estado temiendo esta clase, pero al verte aquí tan temprano en la
mañana hace que valga la pena salir de la cama, December.
—Tú y el “December”… —murmuré, sin estar dispuesta a admitir lo mucho
que me gustaba—. ¿No puedes llamarme “Ember” como todos los demás?
Se inclinó, acercando su boca a mi oído. —Solo lo hago cuando nadie más
puede oírlo, y además, no soy todo el mundo, no para ti.
¿Su voz tenía que ser tan suave? Eché un vistazo a la parte trasera de la sala,
tocando con mi bolígrafo el cuaderno vacío que pronto estaría lleno de deliciosos
hechos históricos. —Creo que tu pisapapeles te echa de menos.
La morena parecía de mal humor, y no podía culparla.
88 —¿Quieres tomar su lugar ?
Su tono burlón llevó mi mirada a la suya, y yo estaba perdida. No podía
borrar la sonrisa que apareció en mi cara cuando movió las cejas y palmeó la parte
superior de su escritorio. Negué con la cabeza y me obligué a llevar mi atención a
la parte delantera de la sala. —No estoy segura de que sea una buena idea estar tan
que cerca de ti —le recordé con una sonrisa.
—Me sentaré sobre mis malditas manos si eso significa que te sentarás aquí.
Sin palabras. Ni siquiera podía pensar en una réplica para eso.
El profesor me salvó con la entrega de su plan de estudios y el inicio de la
clase. De verdad, presté atención. Bueno, en realidad no. Escribí muchas notas,
pero sentía la mirada de Josh, lo que me recordó lo mucho que sus manos habían
estado sobre mí. Le eché un vistazo y descubrí esos ojos marrones clavados en los
míos. Caliente. Jodidamente en llamas.
Crucé y descrucé mis piernas, recordándome que la clase no era un lugar
para lanzarme encima de un compañero de estudios, y presté más atención a los
detalles. Artículos, podía arreglármelas para escribir artículos, tomar notas, y
concentrarme en la Guerra Civil. Lo que no podía soportar era mi autoimpuesto
ritmo lento con Josh, no cuando me encontraba lista para atacarlo en medio de la
clase.
Era la hora más larga y más corta de mi vida. Me encontraba casi tan
desesperada por largarme de esta habitación como quería quedarme allí, tan cerca
de él como fuera posible. Nuestro profesor nos despidió y salí por la puerta como
si mi silla estuviera en llamas. El lunes era un día tranquilo, y no tenía otra clase
hasta la tarde, así que avanzar con la lectura si me dirigía a casa ahora mismo.
Casi llegaba a mi coche cuando Josh me alcanzó. —¿Qué? ¿No dices adiós?
—bromeó, y ni siquiera se encontraba sin aliento por su desplazamiento.
Abrí la puerta y tiré mi bolsa, encogiéndome cuando los libros se estrellaron
en el suelo del lado del pasajero. —Adiós, Josh.
—Qué frío.
Me volví para mirarlo; sus ojos mostraban el humor que su tono no. Rodé
los ojos. —En serio.
—En serio, ¿qué? —Se apoyó en mi coche—. No voy a besarte, no voy a
llamarte, ya que ni siquiera tengo tu número. Tal vez un hombre solo necesite un
compañero de estudio.
—¿Compañero de estudio? —Mi voz se quebró y me aclaré la garganta para
89 cubrirlo. Metí las manos en mis bolsillos para apartar el frío de mis dedos, y mis
dedos, de Josh. Esa parecía ser la única manera.
Se inclinó, a pocos centímetros de mi boca, y aunque soy yo la que trazó la
línea, mi cuerpo quería que la cruzara. —Algo me dice que seríamos muy buenos
haciéndolo juntos.
Abrí la boca. —¡Josh!
Una sonrisa pícara se apoderó de su rostro. —¿Qué? Seríamos buenos para
estudiar juntos.
Le di un manotazo en el pecho con la parte trasera de mi mano y me reí. —
¡Ugh! —Por otra parte, tenía razón. Haríamos un montón de cosas… bien… juntos.
Dave Matthews sonó desde mi bolsillo trasero, y alcancé mi teléfono,
agradecida por la distracción. Un rápido vistazo a la pantalla y la imagen de April
elevó mi ritmo cardíaco. Se suponía que debía estar en la escuela.
—¿April? Se supone que debes estar en el tercer periodo. —Dios, me parecía
a mamá.
—Es posible que quieras venir aquí. El tío Mike acaba de aparecer y hay un
equipo de noticias afuera y mamá no quiere que estén en la casa; es un gran lío.
—Más despacio, April. Estás hablando muy rápido. —Metí la mano en el
coche y puse el encendido para calentar el motor—. ¿Qué está pasando?
—El tío Mike llegó cuando me iba para la escuela y luego, hace una media
hora, apareció un equipo de noticias. Mamá se está volviendo loca.
—Estaré ahí pronto. —Colgué y me volví hacia Josh—. Me tengo que ir, hay
un gran lío en mi casa con el hermano de mi madre.
Su mirada coqueta desapareció, y fue reemplazada por la preocupación de
inmediato. Lástima que fuera casi más sexy que el coqueteo. —¿Me necesitas?
¿Ayuda? ¿Necesitas ayuda?
Me tragué mi instinto de decir que sí, que lo quería conmigo. Pero no podía
depender de otro tipo, no tan pronto. —No, es mejor que me ocupe de esto sola.
Su rostro se ensombreció, y lo cambió rápidamente con un gesto brusco. —
Sí, está bien.
—Sin embargo, gracias por preguntar. Significa mucho para mí.

***

90 Hice el viaje hacia el lado sur de la ciudad en veinte minutos, llegando a


nuestra entrada, una subdivisión estándar, y aparqué el coche. Efectivamente, un
enorme grupo de noticias se hallaba situado fuera de nuestra casa.
Llamé al capitán Wilson de camino a casa. Él nos había advertido que algo
como esto podía ocurrir, sobre todo con el incidente de los militares afganos en
Estados Unidos, pero cuando el funeral pasó y no ocurrió nada, me esperaba que
no fuera a pasar. Al parecer, pasó.
—¡Mamá! —Abrí la puerta y arrojé las llaves a la canasta de entrada. Luego
colgué mi abrigo en el perchero—. ¡Mamá!
—Está arriba.
—Abuela, qué dem… —Me detuve antes de terminar con un jabón en la
boca—. ¿Qué está pasando?
—El hermano de tu madre llegó temprano y trajo algunos invitados. Unos
huéspedes no invitados. —Bebió un sorbo de té con calma, pero había un ligero
temblor en su mano.
—Está bien.
Di dos pasos a la vez, doblando la esquina hacia la puerta de mi habitación
y chocando con un camarógrafo en la esquina de la puerta de mi dormitorio.
—Oh, disculpe, señora —murmuró.
—Tienes toda la maldita razón, discúlpate. ¡Fuera de mi camino! —Me abrí
camino entre él y dos chicos con barras largas de metal hasta que encontré a April
acurrucada en el pasillo.
Expulsó el aliento, y me abrazó. —Están en la habitación de Gus.
—Voy a ocuparme de esto. —No tenía ni idea de cómo iba a hacerlo, pero
sin dudas lo haría. Revolví el pelo de Gus, donde fue aplastado contra el costado
de April. Tendría que haber estado en la escuela. Él no debería ver esto.
Abrí la puerta del santuario de la Guerra de las Galaxias, como Gus llamada a
su habitación y me encontré directamente con una discusión.
—¡Yo no quiero esto, Mike! —gritó mamá a su hermano menor. La gran cara
de Yoda en la colcha los separaba.
—Están dispuestos a pagar, June. Esta es una historia legítima, y nuestra
familia merece un público que diga lo que le pasó a Justin.
—¿Tío Mike? —Cerré la puerta detrás de mí y tomé lugar al lado de mamá.
Si ella no quería esto, yo no iba a permitirlo.

91 —April, te lo dije, esto es entre tu madre y yo. Ve a la escuela.


—Soy Ember, no April, y a mí no me puedes echar fácilmente. Si mi madre
quiere que estas personas se vayan, van a irse. —Lo miré de arriba abajo, a su traje
oscuro con una corbata de aspecto caro—. Y tú eres más bajo de lo que recuerdo.
Se ruborizó. —Por supuesto que eres Ember. Me equivoqué. Han pasado
años desde que te he visto.
—Sí, como quince años más o menos. Me cuesta pensar qué te da derecho a
opinar acerca de lo que está pasando aquí. —Tenía vagos recuerdos de tío Mike, y
por lo general, giraban en torno a los padres de mi madre que ahora se hallaban
muertos.
—Estoy aquí para ayudar a mi hermana.
—Claro, ¿es por eso que estuviste tan atento durante el funeral?
Una mujer se aclaró la garganta, y me volví hacia la mesa de Gus, detrás de
mí. Una morena de piernas largas, vagamente reconocible, se puso de pie y me
tendió la mano. —Tú debes ser December. Tan trágico, perder a tu padre, y en el
día de tú cumpleaños.
Mi cabeza cayó hacia atrás como si me hubieran dado una bofetada, y mis
ojos se estrecharon. —Sí.
Una sonrisa lista para la cámara estalló en su cara. —¡Excelente! Soy London
Cartwright, y nos encantaría tu respuesta, ya que tengo entendido que mantienes a
la familia unida.
—Mi madre quiere que se vayan, y voy a tener que pedirle lo mismo,
señorita Cartwright.
La sonrisa no vaciló. Inquietante. —Estoy segura de que una vez entiendas
lo que nos gustaría hacer…
—¿Y qué demonios es eso?
—Ellos quieren exponer los asesinatos de soldados, Ember. Se adentran en
lo que está haciendo nuestra continua presencia, y por qué nuestros soldados están
siendo asesinados, víctimas de los hombres que protegían y entrenaban.
Qué. Mierda. —Mi padre no era una víctima. Él estaba en la guerra.
—Solo queremos darte la oportunidad de compartir tus sentimientos. —La
señorita Cartwright cruzó la habitación y se quedó mirando la pared detrás de tío
Mike.

92 haga?
Mamá se echó hacia atrás. —¿Mamá? —le pregunté—. ¿Qué quieres que

Sus ojos se veían vacíos. No, de nuevo no. Agarré sus hombros, agachando la
cabeza para mirarla a los ojos. —¿Mamá? Quédate conmigo. —Tiré de ella hacia la
puerta—. April, llévala con la abuela. Tú, también, Gus. —April guió hasta abajo a
mamá y a Gus, y me aseguré de que se hubieran ido antes de volverme hacia Mike
y la señorita Cartwright.
—¿Ven lo frágil que está? ¿En qué piensan?
—Tu papá merece ser recordado y el pueblo estadounidense debe saber que
él no murió en vano. —Su voz derramaba falsa simpatía. Tal vez una persona más
débil habría caído en la trampa.
—Es una guerra. Nadie muere en vano. —Sacudí la cabeza y casi me reí—.
Infiernos, todo el mundo muere en vano. Mi padre no es tu titular.
Tío Mike se inclinó hacia delante con su sonrisa de vendedor de coches. —
Ember, esto podría ser muy bueno para la familia. Las personas están emocionadas
por lo que ha pasado, y sabemos que la universidad no es barata. Todos podríamos
beneficiarnos.
Quedé boquiabierta, sin poder siquiera procesar que sugirió beneficiarnos
de la muerte de papá. Un sabor muy amargo llenó mi boca. —Estás loco si crees…
—Contuve el aliento cuando vi el banderín de la señorita Cartwright clavado en el
tablón de anuncios de Gus. West Point—. Quita. Esa. Cosa. De. Su. Pared.
—Creímos que sería un lindo detalle, al ser una familia del ejército. Estarías
representando al ejército, por así decirlo. —Lo hizo sonar tan razonable.
—Papá fue a Vanderbilt, no a la academia. —Las palabras se deslizaron a
través de mis dientes apretados. Temía dar rienda suelta a mi temperamento—.
Gus no quiere ir a West Point, y no lo hará.
—Sé justa, Ember. Gus debería estar orgulloso del legado militar en esta
familia. —Tío Mike sacó una camisa de la academia militar de la bolsa de la
señorita Cartwright—. Además, a la gente le va a encantar cuando lo entrevistemos
con esto. Quién sabe, quizás algún día sea el militar de la familia.
Algo dentro de mí se rompió. La fina red que me mantenía cuerda y que
había tejido en torno a mí misma después de que papá muriera y Riley se acostara
con Kayla se había destrozado a mi alrededor. Ellos no iban a utilizar a Gus. Trepé
sobre la cama y arranqué la camisa de la mano del tío Mike.
—¡Fuera!
—Ember.
—¡FUERA! —Agarré la camiseta, deseando destrozarla, pero no sería
93 suficiente. Los empujé y arranqué el banderín del tablón de anuncios. Las
tachuelas salieron volando debajo de la cama, deslizándose a lo largo de la madera
vacía—. ¡Nada de historias! ¡Ni banderín! ¡Ni Point West! —Sostuve la mierda
ofensiva en frente de mí y los llevé fuera de la habitación—. Ahora, ¡fuera!
Corrieron de la habitación; los estiletes de la señorita Cartwright sonaban
frenéticos en el piso de madera. Los perseguí hasta la escalera de atrás; los chicos
de la cámara y el sonido quedaron atrapados en su ola de retiro. —¡Fuera! ¡Fuera!
—Era mi mantra, y en todo lo que podía pensar.
Se atascaron en la puerta de la cocina, antes de atravesarla bruscamente y
caer al suelo de baldosas. Mamá quedó sentada en la mesa de comedor, con una
taza de café en la mano. La abuela montaba guardia, con una mirada feroz que
jamás había visto. Sentí lástima por el equipo de noticias. Por un segundo. Quizá.
—Ember. —Tío Mike se dirigió hacia mí, y yo retrocedí hasta el fregadero de
la cocina.
—¡No lo hagas! ¿Cómo te atreves a poner esto aquí? ¡Cómo te atreves a
siquiera pensar en poner esa idea en la cabeza de Gus! ¿El ejército? ¿West Point? —
Sacudí la camisa y el banderín como si fueran su cuello.
—Es solo un símbolo…
—¡No! No habrá ejército para Gus, ni West Point, ni entrevista. ¿Estás loco?
Por qué querríamos que fuera… a… ¡No! Esta familia ha sufrido lo suficiente, y no
voy a dejar que entres aquí y nos lastimes más. —Se me quebró la voz. No podía
soportar las imágenes que el banderín ponía en mi cabeza. Gus en un uniforme.
Gus sepultado bajo una bandera estadounidense.
Tiré el banderín y la camisa en el fregadero de la cocina vacía, entonces abrí
el cajón de la derecha, tirando del mechero que mamá usaba para las velas de
cumpleaños. Un clic más tarde, la llama surgió a la vida, y puse la camisa de la
academia militar bajo fuego.
—¡Ember! ¿Qué estás haciendo? —Tío Mike dio un paso adelante, pero la
advertencia en mis ojos debió haber sido suficiente porque se retiró rápidamente.
—Esto es lo que pienso de tus lindas ideas de vestir a Gus como un futuro
soldado y de mostrar nuestro dolor con fines de lucro. —Las llamas se elevaron
desde el fregadero mientras entraba el capitán Wilson, flanqueado por otros dos
soldados—. Ahora, ¡lárgate de nuestra casa!
—¿Ember? —La vocecita de Gus irrumpió mi rabia. Mi mirada se reunió con
sus ojos preocupados, asomándose sobre el sofá donde se encontraba sentado junto
a otra persona, alguien que no soportaba que me viera así. Alguien, cuyos ojos
marrones estaban fijos en mí y mi locura.
94 El detector de humo se encendió, por fin, sintiendo el peligro. En ese
momento, yo parecía más peligrosa que el fuego. Rodeé las llamas y abrí el grifo,
usando la pieza de rociado para mojar el lío quemado y deseando apagar mi rabia
con la misma facilidad.
Mi corazón se aceleró, amenazando con salirse de mi pecho, y mis mejillas
flameaban tan calientes como la camisa que acababa de ser destruida.
El capitán Wilson acompañó al equipo fuera. —No te molestes en contactar
con los Rose. Han sido advertidos. Esta familia no ha firmado ningún comunicado,
y no está autorizado a utilizar nada que haya oído o filmado aquí hoy.
—June, espero que lo reconsideres. —El tío Mike puso la mano sobre el
hombro de mamá.
—Ni lo pienses, Mike.
Guau. Mamá tomó la palabra, mostrando un toque de su terquedad habitual
que conocía tan bien. Qué alivio.
—Por favor…
La abuela se levantó de su asiento; su columna vertebral rígida. —Creo que
mi nuera le pidió que se fuera, señor. Por favor, no abuse de su hospitalidad
haciendo que ella lo repita dos veces.
Tío Mike lanzó otra mirada suplicante a mamá. Su ceja arqueada dijo que no
iba a llegar a ningún lado con ella. No la había perdido si aún podía defenderse.
Antes de que pudiera seguir comportándome como una idiota, salí por la
puerta de la cocina y me quedé en el pórtico. Las montañas se alzaban ante mí,
llenando mi visión, pero lo único que veía eran las llamas que acababa de rociar.
Me incliné sobre la helada barandilla de madera y dejé que el frío se filtrara.
La puerta se abrió, y me encogí.
—Oye, ¿estás bien? —La voz de Josh se apoderó de mí, con una ola de
comodidad que no necesitaba, que no quería. Él acababa de verme alucinar,
maldita sea.
—Te dije que iba a ocuparme de esto. No tenías que venir.
Se apoyó en la barandilla junto a mí. —Está bien perder el control de vez en
cuando.
—De vez en cuando es más como todos los días en este instante, y no quiero
que lo veas. —Tomé una respiración profunda para evitar que salga otra estupidez
de mi boca. El aire helado quemó en mis pulmones, pero se sentía bien.
95 —No me importa.
Renuncié a examinar el grano de la barandilla y levanté la cabeza para
encontrarme con su oscura mirada comprensiva. —¿No lo entiendes? A mí me
importa, Josh. Es por eso que te dije que te mantuvieras alejado, que me dieras
espacio y tiempo para resolver esta mierda. —Respire profundamente. Tenía que
dejar de gritar o él pensaría en serio que era una chiflada. En su lugar, me eché a
reír, solo para solidificar mi locura—. Hombre, nunca gritaba, y ahora es todo lo
que hago.
Extendió la mano y la pasó por la parte baja de mi espalda, pero odiaba lo
delicioso que se sentía. Me aparté de su tacto y no me pasó desapercibida la mirada
herida que cruzó sus ojos. —No puedes estar aquí. No me puedes ver así, porque si
lo haces, es todo en lo que vas a pensar cuando se trate de nosotros. No me puedes
salvar todo el tiempo.
Se cruzó de brazos, su aliento era visible en el aire helado. —Por el amor de
Dios, December. ¡Cuidas de todo el mundo en esa maldita casa! Alguien tiene que
cuidarte a ti. No puedo verte sufrir y no hacer nada.
—Deja de mirar. Te dije que no vinieras. Te dije que te alejaras, y estás en
todas partes. Estás en hockey con Gus, en mi clase, y estás… estás… simplemente
por todas partes. —No podía dejarle ver esto. Yo no podía ser tan débil; esto era
una locura. El hombre me vio incendiar el fregadero de mi cocina. Demonios.
Mierda. Joder.
—December.
—Vete.
No tuve que decírselo dos veces. Suspiró y meneó la cabeza, y se alejó. El
único sonido que oí de su retirada fue la puerta al abrirse y cerrarse. Me desplomé
contra la barandilla, usando el hielo para enfriar mis sonrojadas mejillas.
La puerta se abrió de nuevo, y estuve a punto de gritar de frustración. —Yo
le pedí que viniera. —Gus puso su cabeza sobre la barandilla, volviendo esos ojos
confiados hacia mí.
—¿Por qué? ¿Cómo?
—Tengo su número de teléfono, obvio. —Parecía mucho mayor de lo que
era—. Mamá se puso loca. Es mejor que triste, lo sé, pero aun así. April te llamó, así
que llamé al entrenador Walker. Él me dijo que podía hacerlo cada vez que
quisiera.

96 Mierda. Me levanté y lo tomé en mis brazos. —Siento haberte gritado,


colega. Las cosas son complicadas en este momento.
Se acurrucó contra mí. —¿Debido a que papá se ha ido? ¿O porque Riley no
es más tu novio?
Besé la cima de su cabeza. —Ambos, hombrecito.
—¿Odias tanto al ejército?
Lo apreté con más fuerza. —No. No odio al ejército. Es solo que no quiero
que nadie al que ame vaya allí nunca más. —No podía perder otra persona que
amaba.
—El fuego estuvo genial.
Nada como un niño de siete años de edad para entender los conceptos
básicos. —Sí, pero no hagas eso, ¿de acuerdo? Debo volver a la escuela. Tengo una
clase más tarde.
Asintió. —¿Puedes llevarme? No quiero estar aquí. Es triste.
El dolor corrió a través de mi pecho, pero no apareció ninguna lágrima. Tal
vez por fin había pasado el límite del llanto.

***
Veinte minutos más tarde, había dejado a Gus y April en la escuela y me
dirigía de regreso al apartamento. No quería ser la persona que estuviera en casa.
No quería sentirme responsable de todos. Quería ser egoísta, dormir hasta las diez
y faltar a clase, centrarme en el horario de la fiesta de fin de semana en vez del
horario de hockey infantil. Solo tener veinte años estaría bien.
Pero ya nunca más sería así.
Arrastré mi bolsa del coche, maldiciendo cuando enganché un bolsillo en la
palanca de cambios. ¿Sería raro si algo sale bien hoy? Subí las escaleras hasta el
cuarto piso, necesitando quemar algo del café salteado con caramelo.
Llegué a la puerta y busqué a tientas la llave. Mis dedos continuaban medio
entumecidos por el viaje sin calefacción, pero quería el frío. Se resbaló de mi mano,
golpeando la alfombra. Apoyé la frente contra la puerta y cerré los ojos por un
momento para evitar maldecir a la cerradura. Como si fuera el maldito problema.
Me incliné y la recogí, luego la deslicé en la cerradura, abriendo la puerta
con un giro. Antes de atravesarla, un cuerpo conocido llenó mi visión. Josh salió
del ascensor y se dirigía a mí. Mi primer impulso fue correr, saltar y disculparme a
besos. Ansiaba sus manos sobre mi piel, su boca en la mía. Él tenía el poder de
97 hacerme olvidar por un minuto.
Y por eso no pude. No lo usaría de esa manera.
Pero, ¿qué demonios hacía allí? ¿Otra vez?
—Josh, ¿en serio?
Levantó la vista del bolso de mensajero que examinaba y una mirada de
incredulidad cruzó su rostro. —En serio, ¿qué?
El tipo era tan molesto. —¡No puedes simplemente seguirme desde mi casa
hasta mi apartamento! ¡Te dije que necesito un poco de tiempo, maldita sea!
Se rió, a más no poder, haciéndome dudar de su cordura. Por lo menos la
mía no estaba en riesgo por el momento. Sacudió la cabeza y se dirigió hacia mí... y
pasó junto a mí, parándose al lado y deslizando una llave en la cerradura.
—Encantado de conocerte, vecina. —Me dio un saludo burlón, y luego abrió
y cerró la puerta detrás de sí, dejándome de pie en el pasillo como una idiota.
Mierda.
—¿Ember? ¿Eres tú? —gritó Sam desde el interior de nuestro apartamento.
Entré, dejando caer mi bolso en el vestíbulo, y me desplomé en el enorme
brazo del sillón. Dejó su ordenador portátil y me miró. —¿Pajarito? ¿Qué demonios
te pasa?
Meneé la cabeza. —Oh, soy una muchacha hormonal y egocéntrica. ¿Tú?
Me lanzó su lata de Ben & Jerry y lo devoré sin comprobar las calorías en la
etiqueta.

98
Traducido por Jasiel Odair
Corregido por Annie D

Incómoda. Esa era la única manera de describir lo que se siente el estar


sentada junto a Josh Walker cuando no me hablaba. No importaba que no quería
que me hablara. ¿Cierto?
Su mirada ardía en mí, pero cuando volteé la cabeza para atraparlo, él
miraba al profesor. Para el viernes por la tarde, me encontraba lista para que la
culpa me consumiera.

99 Fui una completa perra. Él vino cuando mi hermano pequeño lo llamó, lo


que más o menos lo elevó al estatus semejante a un Dios, y no tenía culpa que nos
mudamos al lado. Resulta que él había estado viviendo allí por dos malditos años.
Si pudiera haber desaparecido a través del suelo en la más absoluta vergüenza, lo
habría hecho.
—Oye, ¿estás ahí? —Sam me atrapó con la mirada perdida en el espacio en
dirección al poster de Dave Matthews en la sala de estar.
—Sí, solo estoy distraída.
Se colocó la bata alrededor de su cuerpo y se ajustó la toalla como un
turbante. —Las chicas y yo nos vamos en un par de horas. ¿Por qué no vienes?
Podría venirte bien un poco de acción de rebote.
Examiné la montaña de deberes en la mesa de café en frente de mí. —Ojalá
pudiera. —Bueno, no lo del rebote, pero el resto—. Me vendría bien una copa, pero
Gus tiene práctica mañana temprano y le dije a mamá que lo llevaría.
—¿Te pidió que lo hicieras?
—No, me ofrecí. —Cuando se quedó en silencio, subí la mirada de mi texto
de educación infantil—. ¿Qué?
—Ha pasado un mes, Ember.
Como si necesitara que alguien me dijera cuánto tiempo ha pasado desde
que perdí a mi papá. Un mes, dos días, once horas y media desde la notificación.
—¿Sí? ¿Y? Ella necesita ayuda.
—No estoy diciendo que no. Mira, realmente admiro lo que has hecho. Has
dado muchísimo más de lo que cualquier otro hijo haría. Solo digo que tal vez es
momento de confiar en ella un poco más. A lo mejor podrías empezar a esperar
que te lo pida, en lugar de asumir que no puede con todo.
—Tú no entiendes.
Se sentó a mi lado y quitó mi mano del cuaderno, sosteniéndola en las
suyas. —Tienes razón. No lo hago. En realidad, nadie lo hace. Pero he visto a tu
mamá en acción, durante los dos últimos despliegues, y también en Kansas. Ella es
fuerte. Solo asegúrate de que no la estás menospreciando. Además, ¿tu abuela no
está todavía cuidándola?
—Sí, ella sigue diciendo que se va pronto, pero es como si estuviera
esperando algo, un poco de luz verde de que estamos bien. Estoy agradecida de
que siga aquí, de lo contrario creo que hubiese regresado a casa. —Sonreí,
dándome cuenta de lo que la abuela me salvó—. Además, la abuela no sabe nada
100 de hockey.
Una sonrisa maliciosa surgió en el rostro de Sam. —¿Tal vez Josh es la razón
por la que querías llevar a Gus?
La sangre corrió a mis mejillas. —Tengo que pedirle disculpas.
—Entonces ve a disculparte. —Se puso de pie y se secó el cabello con la
toalla—. Chica, el hombre vive al lado. Ve ahí y dile que lo lamentas. Tengo que ir
a buscar algo sexy. —Entró pavoneándose en su dormitorio. No es que Sam
necesitara ayuda en ese aspecto, pero sabía que cualquier atuendo que eligiera
acentuaría todos los activos que tenía la chica.
Miré el reloj: 19.15. El hueco nervioso en mi estómago me dijo que en serio
iba a hacer esto. Bajé los libros y me levanté del sofá. ¿En serio iba a ir con
vaqueros y una sudadera de capucha con cremallera? Sip. No era como si tratara
de impresionarlo, ¿verdad? Esto envía el mensaje apropiado de mantente lejos.
Además, no me puse maquillaje o afeité mis piernas. ¿Quién diablos se afeitaría las
piernas para una disculpa?
Antes de perder el valor, salí de nuestro apartamento, descalza, y caminé a
la puerta de al lado, a la suya. Tres golpes más tarde, contuve la respiración y
esperé hacer el ridículo de nuevo.
La puerta se abrió y un hombre rubio delgado, extremadamente caliente
respondió—: Hola —dijo arrastrando las palabras mientras sus ojos se dirigían a
mí con admiración.
—Hola, soy Ember, ¿tu vecina?
Una sonrisa muy sexy iluminó su rostro. —Hola, Ember, mi vecina.
—Sí. —Eché un vistazo a su alrededor—. ¿Está Josh por aquí?
Su rostro se ensombreció. —Ah, mierda. ¿Acaso ya te reclamó? No te ves
como el tipo de Josh. —Arqueé la ceja, y él tartamudeó—. Eres caliente como el
infierno, él usualmente solo va por…
—¿Barbies? —Era muy consciente de lo que era el “tipo” de Josh.
—Exacto. —Abrió la puerta, dejando espacio para que entrara a un pasillo
que reflejaba el diseño del nuestro—. ¡Walker! ¡Tienes compañía! —Se volvió hacia
mí—. Solo en caso de que él no sea lo que estás buscando… —Esbozó una sonrisa
matadora—. Mi nombre es Jagger.
Traté de ignorar que coqueteaba conmigo. Era muy bueno en eso. —Mucho

101 gusto, Jagger.


—Oh, es mi placer. —Mantuvo la lengua entre sus dientes, mostrando un
aro en la lengua.
—Jagger, aléjate malditamente de Ember.
Mi respiración se detuvo, y luego fue expulsada rápidamente.
Josh se apoyaba contra la pared, con un tobillo cruzado. Un par de
pantalones sueltos gris colgaban bajo en las caderas. Un tirón era todo lo que
necesitaría. Un tirón.
Mi boca se abrió antes de que pudiera cerrarla. No llevaba una camisa. Toda
esa suave, entintada piel envolvía esos músculos, y Dios, recordé su sabor. La idea
de probarlo otra vez tuvo más de una chispa haciendo estragos en mis muslos.
Solo estar en la habitación con él me excitaba en una manera que me hizo
considerar seriamente la sugerencia de Sam de un rebote.
—Y otra que muerde el polvo —murmuró Jagger y nos dejó solos en la
entrada.
Josh no se movió, esperando a que yo hiciera el primer movimiento. No lo
culpaba ya que mis señales variaban mucho. El chico nunca sabía lo que le
esperaba.
Cerré la brecha entre nosotros, hasta que estuve lo suficientemente cerca que
tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos. Lo suficientemente
cerca para atrapar el ligero aroma a sándalo proveniente de él. Me quedé allí,
subiendo la mirada mientras que él me observaba, incapaz de decir lo que
necesitaba. ¿Cómo podía explicar lo que no entendía? Esos ojos marrones me
quemaban con una intensidad que no podía comprender, pero de la que quería
más.
Él extendió la mano, ahuecando mi cara con una mano. —¿December?
Me quedé en silencio, sin confiar en mi boca. Después de todo, lo que mi
boca quería traicionaba lo que me instruía la cabeza. El latido de mi corazón y mi
respiración se aceleraron. Me apoyé en su palma, girando apenas para capturar
más de su increíble aroma. Gotitas de agua se aferraban a su piel. Acababa de salir
de la ducha.
Mierda. Lo quería. Lo quería encima de mí, presionando mi cuerpo en una
cama, en un sofá, en una mesa de la maldita cocina. Necesitaba a este hombre. A
nadie más, solo a Josh.
Ataqué, trayendo su cabeza, sus labios a los míos. No hubo preámbulo, ni
ninguna solicitud suave esta vez. Nos encontramos en una furia de labios abiertos,
ambos listos para el otro. Chupé su lengua en mi boca. Él gruñó. Sus manos se
102 hundieron en mi espalda, rozando mi culo antes de que lo agarrara y me jalara
hacia él. Se dio la vuelta y me inmovilizó contra la pared.
Sí. Esto era lo que quería.
Mis dedos agarraron su cabello mojado, desesperada por traerlo más cerca.
Sabía a helado de fresa, y mi cerebro envió imágenes calientes de mí dejándolo
gotear sobre su estómago y lamiéndolo. No pude evitar el gemido que escapó de
mi boca más de lo que podía detener el movimiento de mis caderas contra él.
Esos sensuales pantalones sueltos no ocultaban nada sobre este hombre.
Él liberó mi boca, solo para pasar su lengua por mi garganta. Me separé de
su cabeza para abrir mi sudadera. Él me levantó aún más, los músculos de sus
brazos abultados, el tatuaje ondulante con sus movimientos, y llevó la boca a mi
clavícula. La parte de atrás de mi cabeza golpeó la pared cuando arqueé el cuello,
haciendo sonar algunos de los cuadros en la pared. Desde el ángulo más alto, lo
miré, observándolo morder mi piel y luego calmarla con un suave beso. Cuando
subió la mirada hacia mí, sus ojos eran tan oscuros que apenas podía distinguir sus
pupilas. Me quería.
Es bueno saber que nos encontrábamos en la misma página. Tomé su rostro
con las manos, deleitándome con la suavidad de su piel recién afeitada. —Josh —
susurré.
Sus ojos se abrieron, y me hundí aún más en ellos, si es que eso era posible.
Él me bajó, frotando mi cuerpo contra el suyo en una deliciosa fricción que me
dieron ganas de sacarle los pantalones con los pies. Conquistó mi boca, robando
todos mis pensamientos.
Besarlo era tan jodidamente adictivo. Cambiaba el ritmo, lo aceleraba, lo
suavizaba, pero seguía preguntándome qué haría a continuación. Me dio el control
y luego lo tomó. Josh robó todo pensamiento lógico en mi cabeza, excepto la forma
más rápida de sacarlo de esa ropa. Quería ver a dónde se dirigían las líneas de sus
abdominales. Mis manos se deslizaron por su pecho, trazando lo largo de su
estómago hasta que llegué a los pantalones. Pasé rozando bajo el elástico,
necesitando poner mis manos sobre él, sentir esa suave piel bajo mis dedos.
Gruñó contra mi boca, el cual era el sonido más sexy que oí desde el que
había hecho en Breckenridge. —December —jadeó contra mi boca, apoyando su
frente contra la mía—, estoy jodidamente desesperado por llevarte a mi habitación,
pero no creo que esto sea lo que quieres.
Un segundo. ¿Qué quería?
Oh, Dios mío. Básicamente lo agredí en su pasillo. Después de lo que le dije
103 varias veces para reducir la velocidad. ¿Qué diablos estaba mal conmigo?
Me cubrí la cara con las manos. —¿Qué estoy haciendo?
Alejó suavemente mis manos. —¿Qué estás haciendo? —Su mirada cambió
de lujuriosa a compasiva. No podía luchar contra este Josh.
—Vine a decirte que lamento la forma en que he estado tratándote. Lamento
las señales mixtas. —Me reí—. Pero al parecer te ataqué en vez de eso, y ahora
lamento eso también.
—¿Lamentas atacarme? —Su sonrisa envió otro zumbido a través de mi
estómago.
Perdí toda pretensión. —No. No me arrepiento de eso. Lamento mi
espantosa sincronización.
Su sonrisa vaciló. Acarició mis labios con el pulgar. —Te dije que estoy aquí
para lo que necesites, Ember. Ataques, disculpas, lo que sea.
Lo que sea. Yo lo necesitaba, pero me sentía demasiado asustada de lo que
eso significaba para reconocerlo, porque más que nada, me necesitaba a mí misma.
¿Por qué siempre se sentía que la parte de mí que necesitaba se hallaba enterrada
dentro de Josh?
—Será mejor que regrese a estudiar. —Mi excusa sonó poco convincente
incluso para mis oídos.
Dio un paso atrás. —Será mejor que vaya a la ducha.
—¿No acabas de...?
Sus ojos brillaron con intensidad, y tuve que controlar cada músculo para
evitar zambullirme en él y en su oferta de la habitación. —Sí, pero creo que
necesito otra a una temperatura diferente.
¿Josh Walker tomaba una ducha fría por mí? Tal vez podía entrar detrás de
él y calentar el agua… —Oh. También lamento eso. —En realidad no.
Una lenta y sexy sonrisa se extendió por su cara. —Yo no. —Me arrinconó
contra la pared de nuevo y se inclinó, cerniéndose justo encima de mi boca. No iba
a ceder de nuevo; no era lo suficientemente fuerte como para alejarme dos veces, y
no estaba preparada para una relación—. Si te disculpas así, no dudes en tratarme
como a una mierda cada vez que quieras. Seré tu felpudo personal.
Me dio un suave beso en los labios.
—Me tengo que ir. —Respiré desigual. Tenía que escapar… antes de que no
lo hiciera.

104 Abrió la puerta para mí y me observó hasta que estuve entrado a mi


apartamento. —Oye, ¿December?
No quería dar la vuelta. No quería ver su cuerpo medio desnudo exhibido, o
las líneas del tatuaje que ansiaba trazar con mi lengua. —¿Sí?
—Espero que duermas mejor que yo.
El cambio de tema me confundió. —¿No estás durmiendo?
Lentamente negó con la cabeza. —Sabiendo que mi dormitorio está detrás
del tuyo, que estás a solo una pared de distancia, yaciendo en la cama, lo hace
jodidamente imposible.
Cada músculo de mi cuerpo se aflojó, hormigueos de energía corriendo a
través de mí. ¿Podía una chica conseguir un orgasmo por palabras? Un tenso
silencio pasó entre nosotros.
—Buenas noches.
Fue mi turno de mirar fijamente hasta que él cerró la puerta. Me tambaleé al
entrar en el apartamento, cerré la puerta detrás de mí, y luego me hundí en el
suelo. Sam apareció en la esquina, con el cabello arreglado y maquillaje a medio
hacer. —¿Te disculpaste?
Podría haber negado lo que pasó, pero si iba a elegir a un amigo de
confianza, entonces Sam era la candidata perfecta. Ella nunca me traicionó ni una
sola vez en nuestros cinco años de amistad. —Por pedir disculpas, ¿te refieres a
casi engullir su lengua y debatir si debería quitarle los pantalones con las manos o
los dientes?
—¡Nuh-uh! —Me levantó del piso y envolvió el brazo alrededor de mí—.
Oh, chica, será mejor que lo escupas. —Me dejó caer en su cama y regresó a su
neceser, viendo mi reflejo mientras se aplicaba expertamente su maquillaje.
—Ni siquiera estoy segura de qué decir.
Se dio la vuelta en su asiento. —¿Qué tal si empiezas con la forma en que
por fin conseguiste al chico por el que babeaste todo el primer año?
Primer año. No solo babeé por él, fantaseé acerca de él, escribí su apellido
unido al mío en la parte de atrás de mi cuaderno de inglés. Él fue material de baba
total para una chica adolescente, pero no fue el paquete de abdominales de ocho
del gimnasio lo que me atrapó. No, su sonrisa despreocupada fue lo que me atrajo
de él, la forma en que nunca pareció importarle lo que dictaba la norma social.
—Tierra a Ember.
—¿Hmmm?

105 —¿Perdida en el mundo Josh?


—Solo pensaba en cómo las cosas han cambiado. Hace cinco años nunca
habría tenido el valor de hablar siquiera con Josh. —Oh no, nuestras órbitas
sociales no se hallaban en ninguna parte cerca del otro. Él era el sol, y yo me
encontraba en alguna parte como Plutón, tratando, pero aun así ni siquiera era un
planeta.
—¿Recuerdas cuando te desafié que lo invitaras al baile Sadie Hawkins? —
Aplicó su maquillaje como la experta en cosmética que era.
El recuerdo se apoderó de mí, y me reí. —¡Gracias a Dios me enteré que
Vickie Brasier ya lo había hecho! ¿Puedes imaginar la absoluta vergüenza?
—¡Bueno, ahora estás enganchándote con él!
Hice una mueca. —No exactamente. Más bien como… ¿medio
enganchándonos?
Ella movió su dedo hacia mí. —¿Dejaste que ese hombre se escapara sin
arrebatarle un pedazo?
—Él como que me rechazó. —¿Pudo ella escuchar la pura mortificación
proviniendo del agudo tono de mi voz? Yo sí.
—Huh.
—¿Qué se supone que significa eso?
Regresó a aplicarse la máscara de pestañas. —Es solo que él tiene la misma
reputación aquí que en la escuela secundaria. Las chicas lo persiguen, y las deja
“atraparlo”, por así decirlo. Él es el tipo de rebote perfecto para ti, en realidad. No
tiene tendencia a volver a los pastos que ya ha pastado. Hmmm.
—¡Sam, escúpelo!
Sus ojos se encontraron con los míos en el espejo. —No lo sé. Realmente no
escucho hablar de él rechazando a chicas calientes.
—Genial, así que estoy arruinada.
—¿Por qué no le preguntas al respecto mañana en el hockey? Nunca ha
tenido un problema con su reputación.
—Oh sí, eso suena lógico y todo. “Oye, Josh, ¿por qué no te acostaste
conmigo cuando me arrojé a ti?” ¿Es eso algo que tú preguntarías? —Subí la
cremallera de mi sudadera hasta el cuello, de repente sintiéndome un poco barata.
—¿Te le lanzaste?
—La noche que encontré a Riley y Kayla.

106 No habíamos abordado el tema de Riley/Kayla. Ella sabía por qué me fui,
expresó su disgusto por Kayla y todo, pero nunca dijo “te lo dije”. —¿Qué fue
exactamente lo que dijo?
Llevé las rodillas hasta el pecho. —Él no iba a tener sexo conmigo hasta que
fuera sobre “nosotros”, y no sobre el daño que sufría.
Su tubo de rímel golpeó el neceser, y su boca se abrió. —Mierda. Le llegaste
a Josh Walker.
Me sentía demasiado asustada para sonreír. —No tanto como él me ha
llegado a mí.
Traducido por [Link]
Corregido por Alessandra Wilde

No había suficiente cafeína en el mundo para justificar que Gus estuviera en


la pista de hielo a las siete de la mañana. Tomó alrededor de media hora para que
él se preparara, quince minutos para conducir al estadio, unos diez minutos para
ver que mamá estuviera bien, lo que prometí terminaría después de la práctica, y
una media hora para llegar a casa de mamá para recoger a Gus. Eso me hizo
levantarme a las cinco de la mañana del sábado y abandonar mi carrera matutina.
La alteración de mi agenda tenía mi piel hormigueando, pero por Gus valía la pena
el ajuste.
107 Los siete minutos detenida en Starbucks hicieron posible esto. Sin cafeína,
no despertaba. Así es como funcionaba mi cuerpo.
Terminé tensando sus patines, besando sus rizos, y lo envié al hielo con una
juguetona palmada en su espalda. —¡Ve por ellos, tigre!
—¡Ja! Nunca había escuchado esa —respondió.
Dos semanas más de la temporada y luego las finales. Podía seguir con esto
por ese tiempo. Además, a pesar de que mamá había estado despierta, ella en
realidad no se encontraba ahí. Sonrisa falsa, risa falsa, pero panqueques reales. Un
día de descanso desde el domingo, pero el esfuerzo estaba ahí, y muy apreciado.
Dudé al esperar que ella estuviera mejorando, pero tal vez si la llevaba solo un
poco más lejos, volvería a nosotros de verdad.
Mi café calentaba mis manos mientras que mi espalda absorbía el frío de las
gradas de acero. Asentí a dos chicas rubias que había visto aquí la semana pasada e
intenté no dejar que mis ojos salieran disparados de mi cabeza por lo que vestían
Tweedledee y Tweedledum4. Era demasiado malditamente temprano para mostrar
ese nivel de escote en un juego infantil de hockey. Como que esperaba que se
congelaran en sus asientos. Aplasté los malos pensamientos y busqué a los

4Son personajes del cuento A través del espejo y lo que Alicia encontró allí de Lewis Carroll y de
una canción de cuna inglesa anónima.
entrenadores, pero Josh todavía no llegaba. No era como si él fuera a llegar tarde
cuando el hockey estaba involucrado.
Saqué mi libro del bolso y volví a estudiar mis textos de educación infantil
aturdidores. Si podía pasar esta mañana, tenía el resto del fin de semana para
entregarme a mi lectura de historia.
Cada cierto número de páginas, alzaba la cabeza, diciéndome a mí misma
que lo hacía por Gus. En realidad buscaba a Josh. Tal vez debí haberme disculpado
por lo que pasó anoche, pero mira como resultó esa disculpa. Si intentaba decir que
lo sentía ahora, tal vez empezaría a follar su pierna como un perro en celo.
—Supongo que no hay brownie Walker apuntados para hoy —murmuró
una de las gemelas Tweedle detrás de mí.
Centré la mirada en Gus, negándome a girar y mirar descaradamente a las
acosadoras detrás de mí. Sin embargo, no dejaría de escuchar.
—Lo sé —suspiró Tweedledum—. Si no podemos salir a desayunar con él
hace que levantarse tan malditamente temprano sea una pérdida de tiempo.
—Supongo que podríamos salir con Jagger —murmuró Tweedledee. No me
108 había dado cuenta antes que Jagger entrenaba con Josh.
—Ya te has acostado con Jagger.
—Solo porque Josh no estaba interesado.
Escupí, casi mandando café a mi nariz.
—Sí, él ha estado un poco raro las últimas semanas, ¿sabes? Ha estado
rechazando a todo el mundo. —Tweedledum sonaba molesta—. Y lo siento, Jagger
puede ser ardiente, pero no es Josh.
Rechazaba a todo el mundo. Me tragué mi sonrisa e intenté no prestarle
atención a su conversación y concentrarme en mi trabajo cuando Gus no se hallaba
en la pista. Para cuando terminó el juego, él había marcado un gol y tenía una
asistencia por la victoria. Cada vez, me apuntó en las gradas como un hombre
grande. Me sentía tan orgullosa de él.
Papá también lo habría estado.
El dolor familiar se estableció en mi pecho. El dolor no disminuía; todavía
era agudo en momentos y leve en otros, pero se hundía en mi corazón, dejando
también espacio para otras cosas. Hice espacio para sonreír por el gol de Gus;
encontrar alegría en su sonrisa.
Le lancé un beso después de que el equipo cayó en una aglomeración de
negro y dorado. Él necesitaba esto. Demonios, yo necesitaba esto.
Gus me saludó, pero era Jagger quien fingió recibir el beso y lanzó uno en
respuesta. No pude detener la risa que burbujeó de mí.
No pasó desapercibido para las gemelas Tweedle.
—Oye, ¡tú, pelirroja! —me gritó Tweedledum.
Me apoderé de la calma que tenía y me di la vuelta. —¿Sí?
—¿Jagger Bateman te dio un beso? —Sus ojos se entrecerraron y sus labios
tomaron una mueca ofendida.
Tomé una respiración profunda. Así era como comenzaban esos locos
videos de hockey en YouTube. —Soy su vecina de al lado. Solo se hacía el tonto. Lo
siento, ¿es tu novio? —Sabía muy bien la respuesta a esa pregunta.
¿Se sonrojó? —No, solo lo conozco. —Su voz se volvió sugestiva—. Muy
bien.
La otra chica entrecerró los ojos. —Sí, y yo soy muy intima con Josh, su
compañero de piso.
Qué. Perra. —Ah, bueno, para mí solo es mi vecino y el entrenador de
109 hockey de mi hermanito. ¿Cuál es tu hermano?
Ahora, ambas se sonrojaron a un rojo escarlata. —Solo venimos a apoyar al
equipo.
—Sí. —Bajé la mirada a sus escotes expuestos y elevé las cejas—. Esos
cachorros definitivamente necesitan todo el apoyo que puedan conseguir a las siete
de la mañana.
Los niños desaparecieron en los vestidores, y Jagger me hizo señas. —Las
veo luego, chicas. ¡No cojan un resfriado! —Agarré mi bolso y el vaso vacío
mientras saltaba de las gradas. No podía escapar de ellas lo bastante rápido.
—¿Qué pasa? —le pregunté a Jagger mientras esperaba en las puertas de los
vestidores—. ¿Gus está bien?
Me dio una sonrisa asesina, pero no me daban ganas de desnudarlo y
precipitarme sobre él como lo hacía Josh. Era bueno saber que estaba discerniendo
con mi calentura.
—Sí, hoy fue una estrella ahí. Solo quería avisarte que él perdió un broche
cuando se quitó el casco, así que en caso de que olvide decirte, necesita arreglarlo
antes de la práctica del lunes.
—Increíble. Gracias, Jagger. —Él podría haber sido todo bromas y sonrisas,
pero me gustaba que fuera serio cuando se trataba de los niños.
—No hay problema. —Se inclinó contra la muralla, cambiando de tema—.
Sé que estás aquí por Gus, pero también es por Josh, ¿no?
No tenía sentido mentirle al compañero de piso de Josh. Asentí ligeramente.
—Patético, lo sé.
—Él es diferente contigo —admitió, mirándome con ojos evaluadores.
—¡Él es diferente con todas las chicas! —cantó Tweedledee, apareciendo de
nuevo—. Hola, Jagger.
Jagger les sonrió. —Heather, Sophie, encantado de verlas. —Maldita sea,
ahora sabía sus nombres. Me gustaba más mi mejor.
Espera un segundo. ¿Heather? ¿Era ella quien le mandaba mensajes de texto
a Josh?
—¿Y dónde está Josh? —preguntó Heather, alias Tweedledum.
—Sí, ¿se fue y desapareció de nuevo? —intervino Tweedledee, Sophie.
—Está ocupado este fin de semana. —Jagger me lanzó una mirada que no
pude interpretar—. Ember, estoy seguro que te veré por ahí. Gus debería estar por
110 salir en un segundo. No te olvides de lo del casco, ¿de acuerdo?
Asentí, manteniendo la respiración uniforme y de espalda a las chicas,
quienes demandaban claramente a los chicos de al lado.
—Sabes que Josh desaparece cada pocas semanas, ¿cierto? —me preguntó
Heather, entrando en mi visión—. No es que necesites saber el horario de tu…
vecino. —Me miró de arriba abajo y entonces, sonrió como si mis vaqueros y
chaqueta de polar de los Tigres no fueran suficientemente buenos para ella.
Sophie intervino. —Cada pocas semanas, necesita… ir a desahogarse.
—Sí, como con una nueva chica —murmuró Heather en voz baja, pero la
escuché. Ella tuvo la intención de que así fuera.
Nunca había estado tan agradecida de ver rizos cubiertos de sudor como lo
estaba cuando Gus salió de los vestuarios. —¡Ember! ¿Viste ese súper gol?
Tomé su bastón, pero era muy quisquilloso en llevar su propio equipo. —Sí,
¡eres una estrella!
—Damas. —Gus les dio a las chicas una inclinación de cabeza. Había estado
pasando demasiado tiempo con Josh.
—¿Las veo en la próxima oportunidad para acechar? —pregunté con una
dulce sonrisa. Me miraron, y se retiraron—. ¡Creo que esta victoria se merece
rosquillas!
—¡Anotación!
Cuarenta y cinco minutos más tarde, provistos con mocachinos y una
docena de rosquillas, fuimos a casa. Hice malabares con los cafés mientras Gus
maltrataba las rosquillas, pero llegaron a la puerta sorpresivamente de una pieza.
Mamá y la abuela se encontraban sentadas junto a la mesa del comedor. Mamá nos
dio una sonrisa forzada cuando entramos.
Gus deslizó las rosquillas en la mesa y no se molestó en conseguir una
servilleta o lavarse las manos antes de meter una glaseada con chocolate en su
boca. Él siempre sentía hambre después de los juegos.
—¿Cómo estuvo el juego? —me preguntó mamá, mirando embobada su
rostro.
—Muy bien, ganaron, tres a uno, y Gus marcó un gol y una asistencia. —
Repartí los cafés, dejando el de April en el soporte. Ella quizá no se levantaría por
horas, pero al menos no se comportaría como una perra porque había olvidado su
café en la carrera.
—¡Buen trabajo! —vitoreó la abuela.
111 Gus se limpió la cara con el dorso de la mano. —¡Gracias, abuela! Mamá,
¿crees que puedas venir la semana que viene? Es el fin de semana de padres y
nuestro último juego antes de las finales.
Su sonrisa vaciló, y casi intervine por ella. —Veremos como viene esta
semana, ¿bien?
Nadie mencionó que ella no había dejado la casa desde el funeral.
—¡Genial! —Alcanzó de nuevo la caja, y mamá cerró la tapa.
—No hasta que te duches y quites el olor de encima y pongas tus trapos
sudorosos en el cesto, señor.
—Sí, señora —refunfuñó, pero se dirigió al cuarto de lavado y regresó a las
escaleras.
Lo había disciplinado. Lo había cuidado. Había notado algo fuera de sí
misma de verdad, no falso. No pude evitar la sonrisa que se extendió en mi rostro
a medida que me deslizaba en mi asiento. Flanqueada por la abuela y mamá, el
peso disminuyó, como si una parte del peso que había estado llevando fuera
levantado de mi alma.
El teléfono sonó y lo tomé mientras mordía una rosquilla con crema de
chocolate. —¿Hola? —Tragué, esperando no sonar demasiado confusa.
—¿December? Soy el capitán Wilson.
Sabía que era de rutina que él nos comprobara, pero mi estómago aun así se
desplomó. No había ni un solo acontecimiento que pudiera asociar con ese
hombre. —¿Qué pasa, capitán Wilson?
Mamá levantó de golpe la cabeza para prestar atención, y su mirada me
quemaba.
—Algunas cosas llegaron para ti. ¿Estaría bien si las dejo en unos quince
minutos?
—Sí, no hay problema. Nos vemos en un rato. —Colgamos, y miré a
mamá—. El capitán Wilson estará aquí en unos quince minutos. Tiene unas cosas
que darnos.
El pánico entró y se apoderó de mi pecho. Tragué con dificultad. ¿Qué era
tan importante que no podía esperar hasta el lunes? ¿Documentos? ¿Más trabajo de
seguros?
—Qué amable de su parte renunciar a su mañana del sábado —comentó la
abuela cuando mamá no pudo.
No quería saber.
112 Me retiré de la mesa y dirigí escaleras arriba para despertar a April. Abrí su
puerta, y el olor a alcohol y vómito me asaltó.
—Santa mierda. —Me cubrí la nariz con la manga de mi polar y sacudí el
cuerpo todavía vestido de mi hermana—. April, despierta.
Ella murmuró incoherentemente y se adentró más en su nido de matas. Lo
intenté de nuevo, moviendo con suavidad sus hombros. Entonces, respiró cerca de
mí, y casi deseé no haberla movido.
Muerte. Ella olía a muerte y como si hubiera rodado en mierda y una botella
de Cuervo. Agarré el borde de sus mantas y las jalé con un fuerte tirón, dejándola
farfullando. —¡Qué mierda, Ember!
—¡Mueve tu culo y entra a la ducha! El capitán Wilson está en camino, y
mamá va a necesitarnos. —Lancé las cubiertas al cesto. Olían sospechosamente a
vómito.
—Devuélveme las mantas y déjame sola. No me siento bien. —Se acurrucó
en las almohadas.
Con calma, crucé el pasillo hacia el baño, serví un vaso grande de agua, y
saqué dos analgésicos del gabinete. Me senté en su cama y le froté la cabeza. —Sé
que no te sientes bien, cariño. Toma estas. —Estúpida, estúpida niña.
Se sentó y me dio una respuesta somnolienta, tragando el analgésico y
golpeando el colchón con un ruido sordo. —Gracias. Ahora, déjame sola.
Me puse de pie y tomé acciones. Se veía pálida, pegajosa, maloliente y con
resaca. La abuela tendría un día de campo aquí, pero no podía hacerle eso a
ninguna de ellas. Levanté el vaso de agua en el aire y lo vertí sobre su cara. Se puso
a escupir y chillar. —¡Perra!
Sacudí las gotas finales del vaso y lo dejé en su mesita de noche. —Sip.
Ahora, saca tu culo de la cama. —Tiré los pestillos y abrí su ventana, dejando que
la rancia habitación respirara el gélido aire de Colorado—. ¿Quieres beber como
una adulta? Entonces, lidia con las consecuencias de una niña grande. Ahora, entra
a la ducha, y por el amor de Dios, ¡cepíllate los dientes!
Esperé hasta que salió del cuarto y entró al baño, levantándome el dedo
medio mientras cerraba la puerta tras de sí. Muy mal. Ella podía estar enojada; de
verdad no me importaba.
Gus ya se encontraba en el comedor y en su tercera rosquilla antes de que
bajara las escaleras. Se hallaba recién lavado y cubierto de chocolate.

113 —¿Em-buh? —gritó con la boca llena.


—¿Sí?
Tragó. —¿Puedo tener tu glaseada de fresa?
Miré la rosquilla que había comprado porque me recordaba como Josh sabía
anoche y asentí. —Tómala, amigo. ¿Hazme un favor y ve a ver una película en tu
cuarto? No va a estar divertido aquí por un rato.
Asintió, ya consumido con su rosquilla de fresa, y se dirigió escaleras arriba.
Con tres de nuevo en la mesa, no había ruido excepto por el tic tac del péndulo del
reloj del abuelo.
Empezaba a sonar como el chasquido de una montaña rusa, arrastrándome
hasta la primera colina. El problema era que no sabía lo que venía, que tan lejos o
rápido sería el descenso hasta el fondo. Cuán lejos caería mi corazón de mi pecho
nuevamente.
Pero había belleza en no saber lo que venía en mi camino, en ser incapaz de
prepararse para el impacto.
El timbre sonó, y salté, a pesar de saber que él venía. Las tres nos pusimos
de pie, y esta vez, mamá abrió la puerta. —Capitan Wilson.
—Es bueno verla, señora —respondió, quitándose su abrigo al tiempo que
entraba a la casa—. ¿Dónde le gustaría que las pusiera?
Ella señaló la sala de estar. Dos soldados entraron unos tras el otro, llevando
una gran caja negra de almacenaje. Luego, otro par de soldados hicieron lo mismo.
Dejaron las cajas negras en frente del sofá, a cada lado de la mesa de café. ¿Qué
demonios?
Los hombres se volvieron a parar, desplazando su peso con incomodidad a
medida que miraba más de cerca. En la parte superior de las cajas, letras blancas
destacaban en el oscuro contraste. —Howard. 5928.
Estas eran las cosas que mi padre llevó a Afganistán con él.

114
Traducido por Zafiro
Corregido por CrisCras

No. No. No. ¿Cuánto más podemos soportar?


La abuela sentó a mamá en el sofá. Nos había abandonado una vez más; se
refugió en su mente y me dejó en su rol. Tragué la píldora amarga y me acerqué. —
Todo esto es de mi papá, ¿correcto?
El capitán Wilson asintió. —Llegó tarde anoche, pero no quería hacerlos
esperar más de lo que debían. ¿Te gustaría revisar su inventario?
—Solo déjeme firmar por ello.
115 —December, sería mejor comprobar que todo está aquí —insistió.
Le cogí el portapapeles. —A menos que tenga a papá ahí, no importa qué
demonios haya en estas cajas. —Garabateé con furia mi nombre en otro formulario
del gobierno que me arrojaba la muerte de mi padre a la cara. Firmé, puse la fecha.
Volteé a otra página. Firmé. Feché. Volteé de nuevo. Firmé. Feché. Podría haber
estado dando a April en adopción por lo que sabía. No me molesté en leer nada
más.
—¿Les gustaría que las abramos, o dejamos las combinaciones con ustedes?
Mamá no se hallaba en condiciones de responder.
La abuela enarcó las cejas, preguntándome. Eso siempre me enloquecía.
Me pasé las manos por mi cabello e inhalé, recuperando el control. —
Ábranlas ahora, por favor. Vamos a terminar con esto.
Dos soldados se adelantaron, con cuidado de no sobresaltar a mamá y a la
abuela, y abrieron las cerraduras con estallidos casi simultáneos. Sin más
preámbulo, los goznes chirriaron en tanto arrancaban las costras que nos habíamos
esforzado tanto para hacer crecer y abrían nuevas cajas de aflicción.
—¿Hay algo más? —le pregunté al capitán, incapaz de ver la mirada vacía
en el rostro de mamá por otro minuto.
—No, señora. Estas son todas sus pertenencias enviadas a casa por su
unidad.
¡Todas sus pertenencias significaba su diario! —Su ordenador portátil está
ahí, ¿verdad?
—Sí, señora. Tuvimos que esperar a que el ordenador fuera limpiado, que es
por lo que se tardó tanto tiempo. —Miró hacia el suelo y entendí lo que quería
decir.
—¿Limpiaron su equipo? —pregunté, tratando de malinterpretarlo—. Se
refiere a que revisaron en busca de virus, o datos clasificados, ¿no?
Hizo una mueca y tomó aliento. —No, señora. La política oficial establece
que tenemos que borrar el disco duro antes de devolverlo a la familia.
Tenían que estar bromeando. —¿Borraron su disco duro?
—Sí, señora. —Le costaba mucho mantener mi mirada.
—¿Sus fotografías? ¿Su diario? ¿Todo lo que teníamos de él? ¿Lo borraron
como si estuvieran sacando la basura de ayer? —Clavé las uñas en las palmas de

116 mis manos, desesperada por sacar la sangre que pudieran. Incluso la mía.
—Por favor, entienda…
—¡No! ¡Ustedes nos robaron! Nos quitaron algo que no tenían derecho. —
Sacudí la cabeza, tratando de expulsar esta pesadilla—. Hemos hecho todo lo que
han pedido ¡Todo! ¿Por qué hacen esto?
—Es la política.
—Que le jodan a su política. ¡Borraron lo que quedaba de él! ¡Sus
pensamientos! ¡Esto está mal, y lo sabe!
El bajo gemido de mamá me atravesó, finalmente soltando el mismo sonido
embotellado dentro de mí. Su tristeza se hizo eco de la mía, y desestimé al capitán
Wilson dándole la espalda.
Mamá se arrodilló delante de una de las cajas; una de sus camisetas del
ejército sostenida contra su cara, respirando en la inhalación, gritando en la
exhalación, llamándolo por su nombre. Mi garganta se cerró, pero encontré mi voz.
—Fuera.
No necesité decirlo dos veces.
Los soldados salieron al aire fresco y nos dejaron atrapados dentro de
nuestro propio dolor.
—¿Qué está pasando? —April se esforzaba para bajar las escaleras, y ya no
tenía la energía para gritarle acerca de su resaca.
—Las cosas de papá —contesté, levantando a mamá suavemente por los
brazos para ponerla en el sofá. La abuela la meció como a un bebé mientras
mantenía la camiseta contra su nariz, empapándola en sus lágrimas y sollozos
desgarradores. No había llorado así antes, no que yo hubiera oído. Había estado
demasiado adormecida, demasiado llena de conmoción para llorar así hace un
mes. Casi deseaba poder meterla de nuevo en su estado catatónico y evitarle todo
esto.
Cogí otra camiseta y la llevé a mi nariz. Olía a él, a días lluviosos y lectura
en el sofá. Olía a abrazos, rodillas raspadas y consuelo sobre los primeros
corazones rotos. Olía a él tanto que podría haber estado usándola. Pero eso era
imposible. Se encontraba enterrado a veinte minutos de aquí y no podía usar esta
camiseta de nuevo.
Nunca tendría otro abrazo, otra risa, otro crucigrama de domingo.
Todo lo que tenía era esta maldita camiseta, y entendí el llanto de mi madre.
Se hizo eco de los gritos construyéndose en mi corazón que no me atrevía a dejar
117 escapar. En su lugar, respiré más del aroma de papá y me pregunté si habían sido
lo suficientemente considerados de no lavarla.
—¿Qué hacemos? —La voz de April tembló a mi lado.
Había visto a mamá hacerlo cada despliegue, y esta no era la excepción. —
Conseguir las bolsas herméticas. Las más grandes.
Regresó un momento después con las bolsas de cuatro litros. Pronto, estas
camisas no tendrían su olor nunca más, y en verdad habríamos perdido cada parte
de él. —Comienza a oler las camisetas. Si huelen a papá, embólsalas.
—¿Por qué?
Me tragué las lágrimas. —Cuando tenías dos años y papá se iba a un
despliegue, tú tenías terrores nocturnos. Nadie sabía por qué, pero mamá no podía
conseguir que pararan. —Casi me eché a reír—. Dios, me contaron esta historia
una y otra vez. De todos modos, mamá nunca lavaba la funda de la almohada de
papá, así la deslizaba sobre tu almohada. Olía a él, y dormías. Una vez que el olor
se disipaba, desembolsaba algunas de sus camisas que había guardado y cubría tu
almohada con ellas.
Lágrimas silenciosas caían por el rostro de mi hermana. —Está bien.
Apreté su mano. Ninguna palabra sería de ayuda.
Mientras la abuela dejaba llorar a mamá, April y yo clasificamos las cosas
que olían a él de las cosas que sabíamos que habían sido lavadas, blanqueadas o
sin uso. Después de la segunda caja, teníamos siete camisas que olían a papá.
Recogí las bolsas y las llevé al piso de arriba, dentro del vestidor de mamá.
El último cajón del armario se hallaba vacío. Era el lugar en el que había guardado
todas estas camisetas. Las metí en el cajón y lo cerré.
Me puse de pie, haciendo un balance de la parte superior del armario donde
guardaba sus tesoros, como los llamaba él, las pequeñas cosas que habíamos hecho
para él de arroz, macarrones y cartones de huevos a lo largo de los años. La huella
de mi mano en yeso de su primer día del padre reposaba junto a una foto de
nosotros tres que le habíamos dado en el último.
Mis rodillas cedieron y caí al suelo. Me concedí diez minutos y lloré todo lo
que pude, dejando que los sollozos me atormentaran y me destrozaran, cediendo a
la miseria absoluta de perderlo. Esto tenía que suceder, ¿verdad? Esto tenía que ser
el último gran momento de dolor.
¿Cómo llegamos aquí? Habíamos estado haciéndolo tan bien, curando,
siguiendo adelante, y ahora regresamos al punto de partida, sintiendo que el
118 ejército entró y nos dio la noticia hoy. ¿Por qué no podría haber un camino libre de
este lío? ¿Por qué todo tenía que ser tan confuso e indefinido y totalmente jodido?
¿Esto terminaría antes de que me rompiera en piezas irreparables?
Quería a alguien que me abrazara, que me dijera que esto iba a estar bien,
que me asegurara que mi vida no había terminado con la de papá. Quería solaz y
consuelo y no pensar en ello durante un tiempo. ¿No había nadie más que pudiera
ayudar a llevar el peso de esta casa?
Más que nada, quería los brazos de Josh a mi alrededor, y eso me alarmó
más que cualquiera de mis otros deseos. Pero tan aterrador como era deseado, al
menos sabía que quererlo nunca me traería aquí, que nunca sería un soldado, que
nunca sería envuelto en una bandera.
—¿Ember? —La voz de Gus entró al dormitorio, sacándome de mi
autocompasión.
Sequé las lágrimas de mis ojos, agradecida porque había empezado a usar el
rímel a prueba de agua desde que murió papá, y salí del armario. —Hola,
hombrecito.
—Mamá está llorando de nuevo.
—Nos dieron las cosas de papá esta mañana, y es un momento difícil para
ella.
Asintió lentamente. Me tendió su mano y la tomé, bajando las escaleras con
él. Las cosas de papá estaban apiladas ordenadamente en los muebles, a la espera
de que mamá nos dijera qué hacer con ellas.
Encontré su casco de patrulla en la mesa de café y luché conmigo misma por
un momento antes de ponerlo en la cabeza de Gus. Eso no significaba que él fuera
a ser un soldado, y lo sabía, pero me dolía ver el diseño multi-campamentos en su
dulce rostro.
El diamante del anillo de bodas de la abuela me llamó la atención en la luz
del sol. Ella había perdido a su marido y a su hijo. Las lágrimas humedecían sus
ojos, pero no las dejó caer mientras mecía a mamá adelante y atrás, como si
estuviera tratando de absorber algo de su dolor. No veía cómo la abuela podía
tener espacio para más de lo que ya llevaba.
Me senté al lado de mi madre, que había comenzado a hipar ahora que el
llanto cesó. —Mamá, ¿quieres que arreglemos esto o simplemente lo pongo de
nuevo en las cajas? No tenemos que hacerlo ahora.
Sus ojos saltaron por toda la habitación hasta que aterrizaron en las cajas.
Entonces tomó su primera decisión relacionada con papá. —Devuelve las cosas del
119 ejército a las cajas, deja las cosas personales fuera. Una cosa a la vez, ¿verdad?
Forcé una sonrisa. —Así es.
Cargamos las batas y uniformes de vuelta en las cajas, pero dejamos las
fotos que había llevado con él, su kit de afeitar y los cachivaches. El ordenador
sería un gran tope de puerta. Cogí la copia encuadernada de su libro favorito, “El
Profeta” de KahlilGibran. Casi lo tenía todo memorizado, y la cubierta se hallaba
gastada en los espacios de sus manos. Hojeé las páginas, sonriendo ante mis
pasajes favoritos, sintiendo el torrente de dolor cuando encontré los suyos.
Unos papeles cayeron al suelo antes de que pudiera atraparlos. Cerré el
libro y los recogí. Sobres sellados y nombres escritos: June. April. Mamá. August.
December. —¿Mamá? —Le mostré las cartas.
Contuvo el aliento y estiró sus temblorosas manos. Le di las cartas a cada
uno. Se las había arreglado para enviar un pedazo de sí mismo desde tan lejos. Oí
rasgar y desgarrar mientras todo el mundo excavaba en ellas.
Todos menos yo.
Si la abría ahora, eso sería todo, y nunca oiría de papá otra vez. No podía
aceptar eso.
Metí la mía en mi bolsillo trasero y fui a ayudar a Gus. —Lo conseguí —
respondió, y llevó la carta a su habitación. Todo el mundo se había alejado,
experimentando un momento privado con papá.
Terminé de empacar sus cosas y llevé el resto a la habitación de mamá. Tal
vez ahora no se encontraba dispuesta para ello, pero con el tiempo querría saber a
dónde fueron estas cosas. Se había recuperado de esto antes, y sabía que lo haría de
nuevo. Hasta entonces, estaría pendiente como a papá le gustaría.

***

Llamé a Sam y me quedé esa noche con mi familia, acurrucada en mi cama.


Salió el sol, la nieve se estableció y descendió en gruesas mantas de blanca y
esponjosa locura.
Bajé las escaleras con el olor a salchichas friéndose en la sartén, y mamá
cantando. Mamá. Cantando. Asomé la cabeza por la esquina al estilo ninja,
preguntándome si había sido secuestrada y reemplazada durante la noche, pero
120 no. Cantaba “Les Misérables”, lo que era bastante irónico, volteando salchichas
mientras la abuela revolvía algunos huevos.
—Buenos días, dormilona —dijo mamá con un gesto de la espátula.
Me senté en la barra, y la abuela me dio una taza de café recién hecho,
retocada como a mí me gustaba. Tenía miedo de beber, o pellizcarme. Tenía miedo
de despertar y encontrar otra vez a mamá catatónica en la cama, incapaz de
moverse.
—Parece que vamos a tener algo de nieve —dije inofensivamente, probando
las aguas de una conversación normal.
—Se supone que hoy debemos tener quince centímetros, pero el aeropuerto
debería estar abierto de nuevo mañana —dijo la abuela con un guiño—. Reservé
mi vuelo para mañana en la tarde. ¿Te importaría llevarme?
Sacudí la cabeza. —Encantada. —Encantada de llevarla, devastada porque
se iba. Tomé un largo sorbo de mi café y vi a mamá. Se movía con soltura, tal vez
un poco rígida en algunos lugares, pero estaba aquí. Tenía los ojos hinchados de
tanto llorar todo el día de ayer, pero algo había cambiado cuando leyó la carta.
Mamá regresaba a nosotros.

***
A las cinco de la tarde, aún no había salido de nuestra subdivisión. No en mi
pequeño Volkswagen. Tenía muchas ganas de volver al apartamento. Allí podría
estudiar, perderme en el campus, pretender que no pasaba nada de esto.
Ahora entendía por qué la abuela había sido tan inflexible en que tomara el
apartamento con Sam y no me mudara a casa. Podría haberme sofocado en mi
dolor aquí.
La abuela recogió su cesta de costura y se sentó en el sofá junto a mí. Sacó la
bandera del servicio, la que había colgado en nuestra ventana durante años.
Conocía la tradición. Aquellos con un hijo o, como la tradición vacilaba, un marido
desplegado en la guerra, colgaban una sencilla bandera blanca delineada en rojo
con una estrella azul en el centro. Era una cuestión de orgullo, anunciando que
habías dado algo por este país, que la familia había hecho su parte.
Pero cuando se había perdido un soldado, los hilos azules de la estrella eran
reemplazados con dorado, proclamando su sacrificio y el dolor de la familia.
Observé, en trance, como la abuela enhebraba la aguja con brillante hilo dorado y
empezaba a coser.
121 —Esto es lo que esperabas, ¿verdad? —pregunté—. Antes de irte a casa,
querías estar aquí cuando trajeran sus cosas.
Me miró por encima de sus gafas de coser. —Sí. Sabía que esto iba a afectar
a tu madre, a destrozarla. Pero lo que sea que mi Justin le dijo en esa carta pareció
sacarla un poco de ello. Me ha sorprendido, y creo que está lista para comenzar a
vivir de nuevo. Yo también.
—Tengo miedo de que te vayas —admití silenciosamente, asustada de que
mamá me escuchara.
—December, tienes que confiar en tu madre. La has mantenido de pie
durante mucho tiempo, pero ahora tienes que dejarla caminar sola. Gus y April ya
no son tu responsabilidad. Vive tu vida, dulce niña. —Miró de nuevo la bandera y
continuó con su trabajo—. Tu padre murió. Tú no. Yo tampoco —terminó en un
susurro—. Es asunto de los vivos seguir viviendo. No somos la excepción. No
somos la primera familia en perder a un hombre en la guerra, y me temo que no
seremos la última. Pero tendremos que ser fuertes.
Atravesar. Tirar. Empujar. Atravesar. Tirar. Empujar. Una y otra vez sacó la
aguja a través de la bandera, sacando el contorno azul de la estrella, todo lo que se
podía tener de él de acuerdo a la tradición. Cosió encima la estrella dorada; sus
brillantes hilos reflectantes cambiaban la definición de la vida de mi padre de una
de servicio a una de sacrificio. Esa estúpida estrella dorada declaraba este único
acontecimiento en su vida, su muerte, más importante que todos los diecinueve
años que la estrella azul había atestiguado mientras colgaba en la ventana de
nuestra sala de estar.
De alguna manera, en el circo del mes pasado, de todo lo de Riley… lo de
Josh… La muerte de mi padre había ensombrecido su vida, y eso me enojó más
que cualquier otra cosa.

122
Traducido por Gaz Holt
Corregido por NnancyC

Bueno para el medio ambiente o no, deseé que Colorado hubiera echado sal
en las carreteras. La asquerosa grava de color rojo no hizo nada para aumentar la
tracción. Fue un infierno viajar a la escuela el lunes por la mañana.
Me deslicé en mi asiento en la clase y saqué mi libro y el resumen de
capítulo que había hecho durante la lectura. Estuve tan apresurada al levantarme y
conducir al norte para la escuela que había olvidado el carnet de estudiante y ni
siquiera tuve tiempo de tomarme un café, lo que no auguraba nada bueno para mi
día.
123 Una humeante taza de los cielos fue dejada en mi escritorio. Miré para ver a
Josh sonreír y tomar su asiento. —Vi a Sam esta mañana y me dijo que anoche te
habías quedado en el sur por la nieve. Me imaginé que fue probablemente un viaje
de nudillos blancos.
Asentí. —Fue un poco infernal.
—Te habría llevado. Una llamada telefónica y habrías estado cómodamente
en el Jeep. —Señaló la taza—. Con café y todo.
Tuve que reprimir mi sonrisa. —Te lo dije, puedo arreglármelas sin que tú
corras para salvarme. Además, escuché que te encontrabas muy ocupado este fin
de semana. —Una punzada de amargura se deslizó en mi tono. No podía dejar de
preguntarme con quién había estado.
—¿De quién?
Tomé un largo trago de la deliciosa cafeína e ignoré su pregunta mientras
nuestro profesor empezaba la clase.
Me lanzó miradas por el rabillo del ojo durante toda clase y con diligencia
mantuve la cabeza agachada. Podía concentrarme en la Guerra Civil. Sí, eso es lo
que haría. El problema con esa lógica era que pasé toda la hora pensando en no
pensar en Josh. Fracaso épico.
¿Dónde había ido este fin de semana? ¿Con quién estuvo? ¿Por qué diablos
me importaba? Yo había dejado claro que no estábamos en una relación, por lo
que, ¿qué derecho tenía de saber siquiera las respuestas? Ninguno.
No podía salir de clase lo suficientemente pronto. Para el momento en que
el profesor nos despidió, ya había empacado mi bolso para poder embestir por la
puerta. Salí del edificio hacia el aire fresco antes de que Josh me alcanzara,
igualando mi ritmo.
—¿El salón se encontraba en llamas?
Sí. Yo era el origen de las jodidas llamas. Me sonrojé. —No, solo estoy ocupada
hoy.
—Cierto. ¿Quieres ir por un desayuno tardío antes de marcharte a estudiar?
Me detuve en medio del patio cubierto de nieve y también se detuvo. —No
deberíamos. Quiero decir, no puedo. Quiero decir... mierda.
Se echó a reír, atrayendo la atención de casi todas las chicas en el patio. —
¿Supongo que eso es un no?

124 Odiaba ponerme tan nerviosa. —Sí. Quiero decir que no, porque no estamos
saliendo.
—Soy muy feliz en donde estamos. —Una mirada de acalorada intensidad
se apoderó de él cuando sus ojos cayeron a mis labios—. El problema es que me
sigues diciendo que estamos en otro lugar.
Pero eso no cambiaba los hechos aquí. —Siento mucho lo del viernes. Vaya
disculpa, ¿eh?
Dio un paso lo suficiente cerca para que captara su esencia de sándalo.
Deseé poder poner mis hormonas en tiempo muerto. En la esquina. Lejos.
Levantó suavemente mi barbilla y rozó sus labios con los míos. —Ember,
adoro la forma en que te disculpas.
Mierda. ¿La voz del hombre se relacionaba directamente con el latido entre
mis malditos muslos? Recurrí a cada gramo de fuerza que poseía y me aparté de él.
No me pasaron desapercibidas las miradas evaluadoras que recibíamos de la gente
en el campus.
—Nada ha cambiado, Josh. —Tenía que repetirlo lo suficiente para
creérmelo—. Tú eres... tú, todo Josh y perfecto... ahora, pero sé que es solo una
cuestión de tiempo…
El músculo de su mandíbula se flexionó. —¿Una cuestión de tiempo hasta
que qué?
—Ya lo sabes. —Eché un vistazo a nuestro alrededor, manteniendo la voz
baja.
—No, Ember, me temo que no. —Levantó la voz, sin preocuparse por las
miradas indiscretas.
En el momento justo, Tweedledum saludó mientras caminaba por nuestro
lado, dándole a su culo una deliberada mirada. —Hola, Josh. ¿Tal vez pueda verte
más tarde?
Sus ojos no se apartaron de los míos. —No es un buen momento, Heather.
Cuando ella se alejó, señalé su espalda. —Ahí mismo. Sabes que las chicas
siempre estarán haciendo fila por ti y no es que las desanimes. Yo soy yo... y tú
eres... tú, y es solo cuestión de tiempo hasta que te des cuenta que la persecución
no es tan divertida cuando el conejo está atrapado. Sobre todo cuando el conejo no
se encuentra mentalmente sano.
Apretó y destrabó la mandíbula hasta que tomó una respiración profunda.
—Escucha. Olvida lo que creas que es “como yo”. Ni siquiera he tocado a otra chica
desde aquella noche en Breckenridge. Y no es porque no lo estén pidiendo. Es
125 porque ellas no son tú. —Se pasó las manos por el pelo, jalando los pequeños
mechones—. ¡Ten un poco de fe!
—La fe te jode, Josh, y Riley no era solicitado ni siquiera una cuarta parte de
lo que lo estás tú. ¡Eres Josh jodido Walker!
—Y tú eres December jodida Howard, y resultas ser la única chica que me
interesa. ¡No soy Riley! Cuando hago una elección, eso es todo. No retrocedo. No
llegué donde estoy en el hockey o en la escuela por dar marcha atrás, y te elijo a ti.
—No me encuentra ni cerca de estar lista para ser la elección de nadie. —No
estoy lista para arriesgar mi corazón.
Sus ojos se estrecharon, pero me soltó el codo. —Un día lo estarás y voy a
seguir aquí, sin importar lo fuerte que me alejes. —Con un suspiro, se giró para
irse.
—¿Por qué? —grité detrás de él—. ¿Por qué estás haciendo esto?
Miró hacia atrás, con los nudillos blancos de agarrar su mochila. —Porque
soy bastante masoquista como para cuidar de ti, y alguien tiene que hacerlo,
Ember. —Todo indicio de burla se había ido.
Me detuve en el gimnasio universitario y corrí casi diez kilómetros, tratando
de superar todo lo que parecía estar persiguiéndome. Me perdí en mi iPod y el
ritmo de mis pies contra la cinta de correr, negándome a pensar en otra cosa,
excepto mi respiración.
Necesitaba un plan. Necesitaba saber qué diablos hacía.
Una vez que llegué a casa, me duché, sequé y vestí, luego desempaqué mi
bolso.
La carta de papá se deslizó en mi escritorio.
La recogí y me senté en la cama, trazando con mi dedo sobre su escritura
brusca. Quería meterme dentro del momento en que había escrito mi nombre,
como si hubiera una manera de extender la mano y tocarlo a través de la tinta.
Levanté el sobre hasta mi nariz, en busca de algún rastro de él, alguna prueba de
que realmente había sostenido esto. No tuve tal suerte, olía a papel normal.
El sobre era nítido y blanco, no como los que habían pasado por el sistema
de correo del extranjero para llegar a nosotros. Esta carta nunca había visto la parte
exterior de su libro. ¿Cuándo la había escrito? ¿Para cuál despliegue la escribió?
¿Siempre escribía una? Me quedé mirando el sobre cerrado.
Papá, ¿sabías que ibas a morir?
—¿Ember? ¿Estás por aquí? —La voz de Sam sonó desde la entrada,
acompañada por los sonidos de su mochila golpeando el suelo.
126 —Sí. —Guardé el sobre en la parte superior de mi estante, entre una foto de
Gus y una tomada durante nuestro último viaje a Breckenridge. Hora de actuar
con normalidad.
—¡Increíble, porque Kappa Omega va a tener una fiesta el viernes y tenemos
una invitación! —Agitó el sobre dorado en el aire como un trofeo.
—De ninguna manera. Los chicos de fraternidad son los que echan un polvo
con tu compañera de cuarto cuando no estás mirando.
—¿Me lo prometes? Me encantaría conseguir un pedazo de algunos chicos
Kappa Omega. —Se paseó campante por delante de mí en mi habitación y abrió las
puertas de mi armario, y yo no podía dejar de reír—. Chica. Sabes que tienes veinte
años, ¿no? —Sacó un jersey de cuello alto acanalado—. Veinte, no cuarenta y cinco.
Se lo quité de las manos. —¡Eh, eso es Ann Taylor!
—Eso es de vieja bibliotecaria. —Agarró mi escote modesto y tiró hacia
abajo, dejando al descubierto una increíble cantidad de escote para las diez de la
mañana—. Enseña las chicas, porque te estamos buscando un rebote. Si no vas a
saltar sobre Josh —murmuró— porque estás demente, entonces encontraremos a
un chico sexy de fraternidad.
Josh estaba fuera de los límites. No le iba a traer a la fiesta de mierda en la
que mi cabeza se encontraba en el momento, pero tampoco me podía ver saliendo
con un tipo al azar. —Tal vez esto no es tan buena idea.
Sam ya me arrastraba a través de nuestro apartamento y hacia su habitación.
Abrió su armario y empezó a arrojar ropa en mis brazos. —Esta es una idea
brillante. ¡Oye, deja ese teléfono! ¿Qué haces? ¡Estamos planeando tu debut social
aquí!
La ignoré y marqué al celular de mamá. Era lunes y tenía que comprobarla.
—Hola, ¿mamá?
—¿Ember? ¿Qué pasa, cariño?
—Solo quería asegurarme de que hiciste arreglar el casco de Gus. —Si no,
todavía tenía tiempo para recoger uno nuevo antes de la práctica de esta noche.
—Todo hecho. Nos dirigimos a la pista después de la escuela. ¿Quieres
venir a ver?
La pista de patinaje donde estaría Josh. Donde tendría que escuchar a las
gemelas Tweedle hablar de él. Dónde mamá pensaría que la vigilaba porque no
podía confiar en ella.
Necesitaba un poco de distancia de Josh para ordenarme y tenía que confiar
en mamá.
127 Tenía que empezar por algún sitio.
—En realidad, me voy a quedar atrapada en algunas tareas. Dale un beso a
Gus, ¿de acuerdo?
Oí su suspiro de alivio a través del teléfono. —Por supuesto. Recuerda, el
partido de desempate es el sábado por la mañana, y sabes que te va a estar
buscando.
Sí, ambos me buscarán. —No hay problema, mamá.
Traducido por Liillyana & Ann Ferris
Corregido por Daniela Agrafojo

Snow Bash era la invitación para la fiesta más solicitada de febrero. Sam me
vistió con un vestido de cóctel azul, sin tirantes y me recogió el cabello. La noche
del viernes llegó con la agenda de encontrar un chico de rebote.
Ella entregó nuestra invitación al alumno de primer año en la puerta,
dirigiéndole una sonrisa asesina antes de llevarme hacia adentro. Su vestido,
cubierto de lentejuelas se iluminó como una bola de discoteca. Nos abríamos paso
entre la multitud hacia el bar, cuando los recuerdos de Riley me bombardearon. A
él le encantaban sus estúpidas fiestas de fraternidades.
128 Un rubio lindo con hoyuelos se acercó con dos vasos rojos. —¿Chicas, les
gustaría una bebida?
—No, gracias. Nos dirigimos a la barra. —Le dirigí una sonrisa para aliviar
mis palabras cortantes. No lo rechazaba a él, solo las bebidas. No era posible que
tomara una copa que sirviera un desconocido, o a la que le hubiera derramado
algo dentro.
Sam agarró mi mano y me arrastró hacia la barra, entrando y saliendo de los
grupos de personas que bailaban y pasaban el rato. Un DJ se encontraba en la
esquina, y “Locked Out of Heaven” de Bruno Mars sonaba en los altavoces. Sam
llegó hasta la barra, nos ordenó dos cervezas y balanceó las botellas.
—Por los rebotes.
Chocamos las botellas, y tomé un largo trago. Rebote. El objetivo de esta
noche era encontrar un tipo adecuado. Alguien que alejara mi mente de papá, y la
mierda de April, y mamá, y Riley, y… y… Josh. Sí, claro.
Lo asombroso de la pena consistía en que tenía prioridad en mi corazón,
consumiendo cada dolor hasta que decidiera dejarla entrar. La muerte de papá
ensombreció la traición de Riley, como una pierna rota en comparación a un dedo
del pie aplastado.
Solo me preguntaba cuál podría dejar cicatrices más severas a largo plazo.
—¿Qué tal él? —Sam señaló a un chico de fraternidad con el pelo castaño
oscuro y una sonrisa agradable.
—Demasiado bajo.
—Está bien… ¿él? —Hizo un gesto hacia otro hombre. Buena construcción,
buena altura.
—No sonríe.
Suspiró y se volvió. —Hmm… ¿él? —Esta vez era un rubio. Construcción
perfecta, vestido como un modelo de Abercrombie.
Mi estómago dio un vuelco. —Demasiado Riley.
—Tienes razón. —Nos apoyamos en la barra. Claro, había un montón de
chicos por los que babearían las chicas. No me tomó mucho tiempo descubrir mi
problema.
Ninguno de estos chicos era Josh.
Un rubio muy sexy, que usaba un polo de la fraternidad, chocó su botella
con la que se encontraba en la boca de Sam, causando que la cerveza se derramara
129 por todas partes. —¡Oye! —gritó, saltando hacia atrás para evitar que se arruinaran
sus zapatos—. ¡Deacon! ¿Por qué tienes que ser tan idiota?
Él sonrió y se metió a la boca un cacahuete de un cuenco cercano. —Sam, te
ves muy bien esta noche.
—Eso no va a suceder. —Conocía esa mirada en su cara. A ella le gustaba,
pero no lo suficiente como para ir tras él. Sonrió cuando otro tipo con magníficas
características hispanas se acercó—. ¿Chicos, conocen a Ember? —Inclinó la cabeza
hacia mí—. Ember, estos son Deacon y Mark.
La sonrisa de Mark era amable y acogedora. —Encantado de conocerte,
Ember.
Los ojos verdes de Deacon me escanearon. Cuando pensé en escoger a
alguien que no fuera Josh, una ola de malestar se revolvió en mi estómago, pero la
aparté. Si iba a ir la caza de un chico por despecho, alguien con el que perderme un
rato, entonces Deacon podría encajar en el papel.
Me dio una sonrisa lenta y tomó mi mano. Dudé, pero se la di. En lugar de
sacudirla, la llevó hacia su cara, le dio la vuelta, y me dio un beso en la palma. —Es
un placer conocerte… —Se detuvo, rastrillando sus ojos sobre mí de nuevo—
. Ember.
Um. No. La violación de mi espacio por ese beso bloqueó mis músculos con
repulsión por un instante. Tragué saliva, obligándome a relajarme. Tan pronto
como mi pánico no fue obvio, retiré mi mano, esforzándome por mantener la
sonrisa en mi cara. —A ti también, Deacon.
Jagger se deslizó entre Deacon y Sam. —Cuidado, Deke. Josh tiene la vista
en ésta.
La molestia me picó. —Josh no tiene la vista en mí. No estamos saliendo.
Los ojos de Jagger se estrecharon. —¿Estás segura de eso?
¿Lo estaba? Teníamos que ser solo amigos, al menos hasta que yo no fuera
una ruina total. Ya había tomado esa decisión, ¿cierto? Cierto. —Estoy segura.
—En ese caso —Deacon acortó la distancia entre nosotros y me jaló hacia
él—, ¿quieres bailar?
Sam me dio un asentimiento con la cabeza, y Jagger hizo una mueca, sin
duda decepcionado por mi elección. Esta era la razón de que estuviera aquí, lo que
decidí hacer. Atenerme al plan de rebote. —Por supuesto.
Deacon me llevó del piso para algo un poco más sucio. “S & M”, de Rihanna
llegó por los altavoces, y todos se acercaron aún más, si eso era posible. Deacon

130 dobló su dedo hacia mí, y me deslicé a su lado, extática por perderme en la el
ritmo. El baile era un área en la que podía dejarme llevar.
Él me acercó más, presionando su pelvis contra la mía. Vaya, amigo. Sus
manos flotaban sobre mi espalda, agarrando mi cintura y se dirigieron hacia el sur
hasta mis caderas. Repetí el mantra de “esto está bien” en mi cabeza. Después de
todo, si trataba de hacer esto, tenía que dejar que el chico me tocara. Tenía que
disfrutar de su toque. Sí. Podría hacer esto.
Se movió contra mí, excitándose, pero yo no podía relajarme. No podía
dejarme llevar como de costumbre. Me encogía cada vez que movía sus caderas
contra mí. Aleja esa cosa ya.
Sus manos se apoderaron de mi trasero, jalándome hacia él mientras se
frotaba contra mí. —Maldita sea, cariño, eres hermosa —susurró en mi oído. Su
cálido aliento apestaba a cerveza.
Era el colmo. Levanté las manos y las presioné contra su pecho. —Deacon,
no.
Eso fue todo lo que logré antes de que un cuerpo gigante se interpusiera
entre nosotros. Atrapé su olor familiar antes de escuchar su voz. —Retrocede,
Deke.
—Espera, ella dijo que quería bailar, Walker. —Deacon era más pequeño
que Josh por una cabeza, y lejos de ser tan intimidante.
—No dijo que quería que le agarraras el culo, ¿verdad?
Lo rodeé y me deslicé entre ellos, enfrentando a Josh. —Se acabó. No hay
nada de qué preocuparse.
Él mantuvo su enfoque en Deacon, y si las miradas mataran… Sí. —Vete lo
más lejos posible, Deke, y no vuelvas a acercarte a Ember.
Deacon levantó las manos como si estuviera bajo arresto, se encogió de
hombros, y se alejó.
—¿En serio, Josh? —Clavé mi dedo en su pecho—. Lo tenía controlado. No
tenías que ponerte cavernícola. —Pero me alegraba que lo hubiera hecho. Diablos,
me alegraba verlo—. ¿Qué estás haciendo aquí?
Él sonrió y señaló las letras de fraternidad bordadas en su camisa. —¿Cómo
crees que obtuvieron esas entradas?
—No te tomé por un chico de fraternidad. —Una punzada de decepción me
tomó por sorpresa.
Acercó su cara a la mía, pasando su nariz por mi pómulo para susurrar en

131 mi oído—: No me puedes tomar por nada.


Me aparté para salvar mi propia cordura. Quería aquella boca sobre más
que solo mi mejilla, y es por eso que no podía tenerlo. No con él. —Gracias por el
rescate.
—¿Por qué bailabas con Deke?
—Porque quería.
Sus ojos se estrecharon. —Correcto. Entendí eso. ¿Por qué Deke?
Porque tú me asustas demasiado. —Él se encontraba allí.
Me atrajo hacia él, y mi cuerpo se incendió. ¿Por qué no podía congelarme
cerca de él? Sería todo mucho más fácil. —Miéntele a todos los demás, December.
No a mí. Veo a través de eso. ¿Por qué bailabas con Deke? ¿Qué estás buscando?
Me debatía si mentirle o no, pero ¿de qué serviría? Me había visto en mis
peores momentos. Se merecía la verdad. —Pensé que podría tener a alguien de
rebote. —Mi cara enrojeció, incluso con el calor de la fiesta—. Solo quería olvidar,
perderme por un tiempo en algo que no doliera. Todavía duele todo.
Sus ojos se clavaron en los míos, desnudando mi alma. —Baila conmigo. —
No era una pregunta.
—No puedo usarte.
—No es usarme si yo quiero. Además, es solo bailar, y creo que está cubierto
bajo la cláusula de “lo que sea que necesites” de nuestro contrato no escrito.
—Contrato, ¿eh? —No pude detener mi sonrisa.
La suya fue lenta y francamente sexy. —Contrato, voto, promesa, como
quieras. Todos significan que soy tu lo que sea, y eso significa bailar. Ahora.
Él era perfecto, y yo no podía hacer nada. Me acerqué y me moví con la
música. Presionándome contra él, olvidé todo excepto la palpitación golpeando a
través de mí y el movimiento de mis caderas contra él.
Gran error, alcé la mirada a esos hermosos ojos marrones. Yendo. Yendo.
Ida. La necesidad de tocarlo, sentir sus manos sobre mi cuerpo me atravesó. Casi
gemí recordando lo que podía hacer con esas manos. —¿Lo que sea? —le pregunté,
poniendo a prueba mis límites.
—Nunca te voy a decir que no si puedo ayudarte.
Mirando sus ojos, estiré mis manos, acariciando sus musculosos hombros.
Pasé mis dedos por sus bíceps y brazos, saboreando el hormigueo en mis dedos y
la chispa en sus ojos. Cuando llegué a sus manos, no pude alcanzar una sonrisa
132 seductora, así que simplemente las agarré y las puse en mi cintura. —¿Está bien?
En respuesta, me acercó a su cuerpo, ajustando mis piernas para ubicarme a
cada lado sobre una de las suyas, y luego me movió en perfecta sincronización.
Dos segundos en los brazos de Josh y estaba dispuesta a olvidar cualquier plan de
rebote como si nunca hubiera existido. Mi vestido se subió más en mis muslos.
Me abrazó y me dejé llevar. Cuando me movía con la música, él me seguía,
moviendo sus manos arriba y abajo por mi espalda, rozando mi piel donde
terminaba el vestido y enviando escalofríos a través de mí. Dos canciones, tres, y el
sudor bajaba entre mis pechos. Gracias a Dios, mi pelo se encontraba recogido. Me
di la vuelta, presionando mi espalda contra él. Se mantuvo conmigo, movimiento
tras movimiento. Su cabeza cayó en mi hombro, y besó la piel de allí. Mi cabeza
cayó hacia atrás contra su pecho mientras me atraía hacia él con más fuerza. Su
lengua acarició mi cuello, justo antes de que sus dientes me pellizcaran, y sus
manos se movieran hacia mis caderas. La música fuerte camufló mi gemido de los
otros bailarines que nos rodeaban, pero él lo oyó. Sus dedos se clavaron en mi piel
como respuesta. Era cruzar la línea, pero me presioné contra él, necesitando sentir
que me quería.
Me deseaba. Moví mis caderas descaradamente contra él.
—December… —Mi nombre era una súplica susurrada en sus labios.
Me volví en sus brazos, pero mantuve mi cuerpo tan cerca como antes,
frotándome contra él en cada lugar que pude. Un dolor familiar se agitó dentro de
mí. Necesitaba sentir su boca sobre mí. Pasé mis manos por la suave línea de su
espalda, envolviendo una alrededor de su cuello mientras que con la otra agarraba
su pelo y tiraba de él hacia mí. —¿Josh? —pedí. No lo forzaría a hacer algo que no
quisiera. Por favor, por favor, quiéreme.
Bajó la mirada hacia mis labios entreabiertos, y después de una respiración,
cayó. Con un movimiento, se hallaba sobre mí, su lengua en mi boca, acariciando,
enardeciendo. Le devolví el beso con la misma ferocidad. Esto era exactamente lo
que necesitaba, exactamente a quién necesitaba. Josh.
A la mierda el plan.
Me incliné hacia él de puntillas; ni siquiera mis tacones me brindaban su
misma altura. Sus manos se movieron desde mis caderas a mi culo, y sin esfuerzo,
me levantó contra él, justo donde de alguna manera sabía que lo necesitaba. Ahí.
Dios, sí. Ahí. —Josh… —gemí contra su boca, abandonando toda pretensión de
baile.
Su lengua se movía dentro y fuera de mi boca, avivando el fuego que
133 amenazaba con quemar mi cuerpo. Apenas recordaba que nos encontrábamos en
una pista de baile. Besar a Josh robó todo pensamiento lógico de mi cabeza y me
dejó con una necesidad básica: su cuerpo sobre el mío. El dolor entre mis muslos se
construía con cada embestida de su boca, como si tuviera una línea directa hacia
mi centro.
Él separó su boca, su respiración se aceleró de un modo que me tenía
queriendo más. —Joder… December…
Eso sonaba como un plan al que podía atenerme. —¿Arriba? —le pregunté,
demasiado excitada para avergonzarme por lo que le pedía.
Se echó hacia atrás, mirándome a los ojos. —¿Aquí?
Traje sus labios a los míos, hablando contra ellos con suavidad. —Dijiste lo
que sea que necesite, ¿verdad? —Asintió—. Necesito que detengas el dolor, Josh.
Eres el único que puede hacerlo.
Sin decir una palabra, me llevó a través de la multitud. Las personas se
acercaron a él, llamándolo por su nombre, pero él solo los reconocía con una
inclinación de cabeza. Una sonrisa de satisfacción femenina se extendió por mi
cara. Su mente se hallaba solamente en mí.
Me puso a su lado, manteniendo su mano en la parte baja de mi espalda,
mientras casi corríamos por la escalera alfombrada. Me condujo hacia la izquierda
cuando el pasillo se dividió, entrando a la primera habitación de la derecha. El
ruido de la fiesta fue amortiguado al cerrar la puerta y la única luz en la habitación
provenía de una lámpara de lava en la esquina. Eso fue todo lo que vi antes de que
me girara, presionándome contra la puerta.
—¿De quién es esta habitación? —dije sin aliento, sin importarme realmente.
—De Mark. No le importará.
Los ojos de Josh eran oscuros, intensos. Se encontraba tan encendido como
yo, y me encantaba. Esta vez yo lo ataqué, acercándome a su boca y sumergiendo
mi lengua, probando únicamente el sabor adictivo de Josh. Metió la mano detrás
de mi rodilla y levantó mi pierna para rodear su cadera, luego pasó la mano por la
parte posterior de mi muslo bajo mi vestido hasta mi trasero. Mi vestido se deslizó
por mis muslos hasta mi cintura. Bien. Mejor acceso.
Sacudí mis caderas contra él mientras se molía en mi contra. Si se movía así
solo un par de veces más, me iba a venir contra la maldita pared. Sí, por favor. Su
boca dejó la mía para acariciar mi cuello con su lengua, mordiendo y chupando a
su paso.
Un sonido parecido a un gemido escapó de mi garganta cuando creó un
134 camino de besos a través de mi clavícula y enterró su nariz en el valle entre mis
pechos. —Tan malditamente dulce —murmuró. Sus manos se reunieron en la tela
alrededor de mi cintura y tiró, liberando mis pechos del escote. Bajó el borde de mi
sujetador sin tirantes y movió su lengua sobre mi pezón.
Él gimió, o yo lo hice. Lo que sea.
Sostuve su cabeza hacia mí, necesitando más. Más profundo. Como si leyera
mi mente, tomó mi pezón en su boca y lo chupó. —Josh… —Su nombre fue
arrancado de mí.
Con mi pecho en su boca, me cargó, girándose hacia la cama. Se dejó caer a
la superficie conmigo. Su peso era perfecto, sosteniéndome a la tierra cuando me
hallaba lista para volar. Rodeé sus caderas con mis piernas, y él cambió de posición
exactamente donde yo lo necesitaba, presionándose contra el palpitante dolor que
parecía hacerse más intenso. Yo lo quería todo contra mí. Necesitaba sentir su piel.
—Camisa —murmuré, mientras llegaba hasta su último botón. Él se apartó
de mí lo suficiente como para pasar la camisa y la camiseta por encima de su
cabeza, dejando su pecho desnudo encima de mí—. Eres tan increíble—. Pasé mis
dedos por los planos y ángulos de su pecho, sobre los remolinos de tinta,
deteniéndome para acariciar las líneas talladas de sus sexys abdominales. No era
de extrañar que la mitad del cuerpo estudiantil estuviera jadeando tras Josh
Walker.
Incluida yo.
—December. —El deseo rabió en sus ojos, junto con otra emoción que temía
nombrar. ¿Ternura? ¿Cariño? Acarició los lados de mi cara, bajando para capturar
mi boca con un beso suave—. No tienes idea de lo perfecta que eres.
Arrastré mis uñas por su espalda, y él condujo su dureza contra mí. Atrapé
su boca al mismo tiempo que reclamaba la mía nuevamente, llevándome cada vez
más alto. Nunca me cansaría de ese frenesí al que me llevaba. Nunca tendría
suficiente de él.
Moví mis caderas, buscando el alivio de la presión. —Estoy en llamas —
admití; cualquier vergüenza opacada por la necesidad en mi cuerpo.
Sus ojos se clavaron en los míos con una mirada tan ardiente que me
sorprendió que no hiciera combustión espontánea. —Yo también. —Besó mis
pechos, deteniéndose para chupar uno tras otro, mientras sus manos se abrían
camino por mis rodillas, rozando la parte interna de mis muslos. Sí. Sí. Sí. La
sonrisa maliciosa que se dibujó en su rostro me dijo que acababa de decir eso en
voz alta. Pasó rozando el escote libertino de mi vestido, a donde el dobladillo se
encontraba en mi cintura, y luego besó la suave piel expuesta de mi estómago. Me
arqueé en la cama.
135 Sus manos acariciaron mis muslos hasta que llegó al borde de mi ropa
interior, y luego el hombre frustrante se detuvo. ¡Se detuvo! ¿No sabía que
necesitaba que usara esas manos? Necesitaba sus dedos en mí. Ahora. Rodé mis
caderas en una súplica silenciosa. —¿Qué necesitas? —gruñó contra la piel justo
por encima de mis bragas.
—Josh… —le rogué.
—Dime lo que necesitas, Ember. Haré lo que quieras.
Haré lo que quieras. Las palabras rebotaron en mi cerebro como en un juego
de pinball, iluminando cada célula hambrienta de sexo en mi cuerpo. Josh Walker,
con quién había fantaseado en la secundaria, no solo se encontraba en la cama
conmigo, sino que se ofrecía a sí mismo en una bandeja. —A ti. Te necesito. Solo te
quiero a ti. —La última parte salió en un susurro antes de que pudiera detenerlo,
revelando demasiado acerca de lo que realmente pasaba en mi corazón.
No debió haber escuchado, porque gruñó contra mi piel, y mordió la suave
seda de mis bragas. Levanté las caderas, y el hombre las arrastró hacia abajo sin
apartar la mirada de mí. Jodidamente. Caliente. Me quitó los tacones, se deslizó
hacia arriba por mi cuerpo, deteniéndose para lamer y chupar la zona justo detrás
de mi rodilla. Mi respiración se esforzó por seguirle el ritmo a mi corazón
desbocado.
Alzó la cabeza y me miró fijamente durante tres respiraciones, como si
contemplara algo. —Tengo que probarte —susurró. Inclinando la cabeza, su
lengua acarició mi clítoris.
—¡Josh!
Había oído historias de cómo podía sentirse esto, pero nada me preparó
para las sorprendentes descargas que atravesaban mi cuerpo, concentrándose en
donde se movía su boca. Deslizó un dedo dentro de mí y acarició en sincronización
con los movimientos en espiral de su lengua.
Una vez.
Todo construyéndose, agrupándose, tensando los músculos de mis piernas
mientras mis pies se hundían en la cama.
Dos veces.
Deslizó un segundo dedo adentro, y mi cabeza golpeó la almohada. Mis
dedos se aferraron a las sábanas, y mi cuerpo se tensó cada vez más.
Tres veces.

136 Vi las estrellas. Mi cuerpo tembló y se sacudió contra su boca mientras el


éxtasis se vertía a través de mí, extendiéndose desde la cabeza, por mis dedos,
hasta mis pies. Me hizo descender suavemente, acariciando cada réplica que pudo
con su lengua.
Cuando por fin solté una respiración irregular, se movió hacia arriba por mi
cuerpo y me besó profundamente. Sabía a él, y… yo. —Eres jodidamente exquisita.
Adictiva.
—Ni siquiera tengo palabras para eso, lo que acabas de hacer. —Mis
pulmones buscaban aire.
La sonrisa que se dibujó en su rostro era de infarto y hermosa. —He estado
soñando con esto por… —Sus ceño se frunció, como si estuviera frenándose—. Un
tiempo.
Mis manos se deslizaron de las crestas de sus abdominales, a la cintura de
sus vaqueros donde se tensaba su dureza. Un movimiento, y tenía abierto el
botón. ¡Viva yo!
Josh apartó mi mano y volvió a cerrarlo todo en un movimiento. —Aquí no.
¿Me rechazaba? ¿Otra vez? —Quiero esto. Te deseo.
Se dejó caer en la cama junto a mí, enterrando su cara en mi cuello. —Dios,
te deseo. Pero no voy a tomar tu virginidad en la cama de otra persona durante
una maldita fiesta.
Moví mis caderas desnudas contra él. —Quiero que lo hagas.
Deslizó la boca hacia arriba, besando mi mandíbula. Su respiración era
entrecortada en mis oídos. —No hasta que estés en mi cama, Ember. Mía. De nadie
más.
Un sonido como una sirena de niebla llegó por el pasillo, seguido de un
grito. —Que es…
—Mierda. —Josh agarró la parte inferior del lado de la colcha y la tiró sobre
nosotros, rodando hasta que estuvo al otro lado de mí y estuvimos cobijados en la
oscuridad. Mi cara se encontraba apretada contra su pecho, totalmente cubierta por
la manta. Cuando tiró de la manta para cubrir mi cabello, la puerta se abrió de
golpe y una sirena sonó. Puse las manos sobre mis oídos hasta que se detuvo.
—¡Tocando por aquí! —Un grupo de borrachos de fraternidad irrumpieron
en la habitación, y sonaba… ¿como si estuvieran jugando minigolf? Oh sí, el ping
de una pelota de golf contra un club era inconfundible.
Josh me atrajo más cerca de él. —¿Qué mierda! ¡Emory! ¡Caleb!
—¡Ah, mierda! ¡Walker! ¡Pensamos que Mark se encontraba aquí! —Oh, sí,
137 estaban borrachos.
—Bueno, al parecer no está aquí, así que ¡lárguense!
Mis mejillas ardían contra el pecho de Josh.
—¿A quién tienes ahí abajo, Walker? Sabes, Jessica Kirtz te está buscando.
Por supuesto que una chica lo buscaba. Una chica siempre lo buscaba.
Se sentó, con cuidado de mantenerme protegida. —Fuera. ¡Ahora!
—¡Tocando por aquí! —gritaron de nuevo. Con otro sonido de la sirena, se
retiraron, dejando la puerta abierta a su paso.
Me senté, bajando la manta un poco más allá de mis ojos, y tuve un vistazo
de pantalones cortos a cuadros, chalecos y boinas adornadas con pompones en tres
de sus hermanos de la fraternidad. Esos chicos iban con todo.
Josh se pasó la mano por el cabello. —¡Jodidos novatos!
No pude evitarlo, estallé en carcajadas, nada propio de una dama. Hubo
incluso algunos resoplidos. Después de una mirada incrédula, Josh se unió a mí
hasta que colapsé contra su pecho desnudo, riendo tanto que lágrimas aguaron mi
visión. Pasaron minutos antes de que pudiera ponerme bajo control.
Me limpié la última de mis lágrimas con una sonrisa.
—Supongo que puedes ver por qué elijo no vivir en la casa.
—Ciertamente es entretenido. —Me incliné y lo besé con suavidad antes de
que cualquier incomodidad pudiera establecerse. Pensé en brincar sobre él, pero
algo sobre la puerta abierta y otro sonido de sirena, por el momento me convenció
de lo contrario.
Me devolvió el beso, persistente.
Pasé los dedos sobre la tinta de su tatuaje, sobre su pecho, la curva de su
hombro y brazo. Cuando sentí una cicatriz de la longitud de mi dedo meñique, me
sonrió.
—¿Pelea de bar? —pregunté, inclinándome para pasar mi lengua a lo largo
de ella.
—Feroz ataque de lagarto —bromeó.
—¡Oh, gracias a Dios! —gritó Sam, disparándose en la habitación como si el
diablo estuviera detrás de ella.
—¿Tocando por aquí? —le pregunté, tratando de mantener mi rostro serio y
fallando miserablemente. Josh y yo estallamos en carcajadas de nuevo.

138 La boca de Sam se abrió. —Casi creería que esto es divertido si no acabara
de ver a tu hermanita en una habitación al final del pasillo con Tyler Rozly.
—¿Qué? ¿April está aquí? ¿Cómo diablos llegó aquí? ¡Es menor de edad! —
Lamentable, pero fue el único pensamiento que pude expresar.
—Está desnuda, Ember, y esos muchachos tienen una cámara.
Traducido por florbarbero
Corregido por Gaz Holt

—Oh, Dios. —Todo en mi cabeza se apagó durante una milésima de


segundo. Esos chicos podrían tener fotos de mi hermana desnuda. Solo tenía
diecisiete años. Diecisiete años con fotos de desnudos. Si las publicaban en
Internet, no tendría escapatoria.
—Sam, danos un segundo. —Josh tiró su remera por encima de la cabeza
cuando ella asintió y cerró la puerta.
April no tenía tiempo para que enloqueciera. Tiré de mi sujetador y

139 acomodé el escote de mi vestido. Me desenredé del cobertor, mis talones cayeron al
suelo y deslicé el vestido por debajo de mi cintura. —¿Dónde están mis bragas? —
Entré en pánico, tirando el cobertor hacia atrás.
Josh alzó el par púrpura y se puso de rodillas para que pudiera entrar en
ellas. Las puso sobre mis muslos, y, aunque sabía que el sexo no se encontraba en
su mente, fue muy sexy cuando encontró mi mirada.
—¿Estás bien? —No podía creer que lo hubiera dejado en esta situación otra
vez.
Asintió. —Vamos a ayudar a tu hermana.
Me acomodé el vestido de nuevo y luego abrí la puerta.
Sam se apoyaba contra la pared. —Por aquí. —Ordené los mechones sueltos
de mi pelo mientras la seguía por el pasillo. Tres, no, cuatro puertas más abajo,
golpeó—. ¡Abran!
—¡Vete! —respondió una voz ronca.
—¿April? —Llamé a la puerta mientras giraba la perilla. Estaba cerrada con
llave. Lástima que no cerraron con llave en primer lugar. Por otra parte, con Josh
tampoco lo había hecho. Empujé la perilla otra vez, como si mi gran determinación
por sacar a mi hermana pudiera abrir mágicamente la maldita cosa—. April—grité,
golpeando la puerta.
—¡Sal de aquí! —El chico de nuevo. No conocía a Tyler Rozly, pero si tenía a
mi hermana en esa habitación, pertenecía a mi lista negra.
Un par de manos me empujaron suavemente a un lado. Josh se encontraba
aquí. Golpeó una vez la puerta. —Tyler, abre la puerta ahora.
—¡Por supuesto que no! —La risa que acompañó su declaración fue
suficiente para decirme que April se encontraba allí.
—Tyler, soy Walker, y si no abres esa maldita puerta en veinte segundos,
voy a sacar tu culo de allí. Ahora. Ella es menor de edad. —Las venas de su cuello
pulsaban.
Una maldición ahogada sonó a través de la puerta, y conté mentalmente
cada uno de los segundos con los que Josh amenazó a Tyler. En dieciocho
segundos, la cerradura cedió y la puerta se abrió para revelar a un hombre sin
camisa que supuse era Tyler. —¿Por qué demonios estás siendo un aguafiestas
conmigo, Walker?
Me deslicé entre Tyler y el marco de la puerta. —¿April?
Mi hermana se sentó en la cama, agarrando el cobertor. —¿Ember?
140 Toda la rabia que sentía hacia April se dirigió a Tyler. —¡Es mi hermana
pequeña!
Tyler cruzó los brazos, pero de pie junto a Josh no parecía intimidante. Josh
lo eclipsaba. —No parecía demasiado “pequeña” para mí.
Josh se puso delante de mí antes de que consiguiera que mi mano quitara la
sonrisa satisfecha de la cara de Tyler. ¡Imbécil!—Tiene diecisiete años, viejo. Que yo
sepa, tienes veintiuno, lo que la hace ilegal para ti.
Tyler se puso pálido. —No, te equivocas. Parecía joven, así que le pedí ver
su identificación cuando entró. Su nombre aparecía en la lista y todo.
April se sentó en silencio en la cama y me dio una mirada culpable que
conocía demasiado bien.
—Tomaste mi identificación.
—No es como si tú lo necesitaras. —Pasó de arrepentida a acusadora en un
respiro.
—¿Eres December? —Tyler palideció, desechando al suelo toda su anterior
bravuconería, junto la ropa interior de April. Mierda. ¡Su ropa interior se
encontraba en el suelo!
—Aparentemente. Y tú eres un imbécil por dormir con mi hermana de
diecisiete. —Antes de que pudiera continuar, la sirena sonó en el pasillo. Casi lo
había olvidado—. ¿Josh?
Asintió. —Yo me encargo. —Se movió más allá de Sam y se fue.
April todavía no se había movido. —Ponte la ropa. —Con cada palabra me
ponía más furiosa. Hizo una mueca como si fuera a discutir conmigo—. ¿Qué?
¿Quieres tener más fotos desnuda?
—¿Fotos desnuda?
Mis uñas se clavaron en mis palmas. —¡Esos chicos tenían una cámara!
Eso hizo que se moviera.
Tyler se deslizó por la parte de atrás de la puerta, derrotado. No lo podía
culpar, en realidad no. La interrogó, y ella le dio mi identificación. Lo engañó.
—¡Por supuesto que no, Walker! ¡Las fotos son nuestras! —Los gritos se
produjeron mientras se escuchaba el sonido de pies golpeando en el pasillo.
Saqué la cabeza por la puerta y vi a los novatos alrededor de la barandilla y
141 bajo los escalones centrales. Iban a irse con esas fotos. Josh se deslizó por la
esquina, echó una mirada a la distancia, lanzó sus piernas por encima de la
barandilla y saltó. Aterrizó justo en frente de ellos.
Contuve la respiración, sin ser capaz de tomar aire de regreso.
—Dame la puta cámara. —Se las quitó, arrancó la tarjeta SD y se la lanzó de
nuevo antes de que pudieran farfullar otra protesta—. Si alguna vez los atrapo de
nuevo tomando fotos de cualquier mujer sin su consentimiento, no tendrán que
preocuparse por convertirse en hermanos de fraternidad, sino por no volver a
respirar. Sin discusiones. No hay segundas oportunidades. ¿Entendido?
Los tres asintieron, con la mirada baja. —Sí.
—Limpien la maldita cocina.
—¡Ah, hombre! ¡Walker!
—Ahora. —No tuvo que gritar, ellos lo aceptaron y se fueron. Me miró y
esbozó una sonrisa con los labios apretados, levantando la tarjeta SD. Tomé mi
primera respiración completa.
No podía encontrar mi voz. ¿Cómo le diría todo lo que eso significaba para
mí? Articulé las palabras—: Gracias.
Asintió, con los ojos ablandándose.
April pasó junto a mí, completamente vestida y colocándose el abrigo. Di un
paso adelante, tomándola del brazo. —Oh, no, tú vienes conmigo.
Levantó una ceja. —¿O qué?
—O le digo a mamá.
Su boca se cerró con un chasquido. La conduje alrededor de la barandilla y
bajamos los escalones. Josh tomó la iniciativa y nos sacó de la fiesta y Sam nos
siguió. La música tronaba y la multitud había crecido, pero los chicos se quitaban
del camino de Josh. Las chicas eran otra historia. Todas se interponían en su
camino, tocándole el brazo o llamándolo por su nombre para conseguir su
atención. Él asintió y sonrió cortésmente a cada una de ellas, pero no se detuvo
mientras salíamos de la casa.
El aire frío me golpeó mientras salíamos al pórtico delantero. Josh me colocó
su chaqueta por los hombros. ¿Cuándo la tomó? Mantuvo la mano en la parte baja
de mi espalda hasta que llegamos a mi coche. Vi el auto de April un poco más
adelante.
—No voy a ir con ustedes —discutió.
142 Sam rodó los ojos. —No estoy segura de que estés en condiciones de
discutir.
—¿Cuándo conseguiste decirme lo qué debo hacer?
—Sam salvó tu culo. —El tono de Josh decía que ya era suficiente, pero sus
ojos eran suaves cuando me miró—. ¿Quieres que te lleve a casa?
Negué con la cabeza. —Creo que necesito un minuto con mi hermana.
Asintió y miró hacia atrás, a April. —Dale tus llaves a Sam.
April farfulló, y casi enloquezco. —Dáselas ahora, April.
Maldijo, pero lo hizo.
Sam nos dio un saludo burlón mientras se dirigía hacia el pequeño coupé. —
Nos vemos en casa.
April se cruzó de brazos y se apoyó en mi coche.
Josh me entregó la tarjeta SD. —Siento cómo resultó esta noche.
Sacudí la cabeza con una pequeña sonrisa. —No todo.
—No todo —concordó, mientras un brillo perverso cruzaba por sus ojos a la
luz de la luna—. ¿Quieres mi ayuda para llevarla a casa?
April se burló y enarcó las cejas.
—Yo me encargo. No te preocupes.
Algo destelló en sus ojos, como si estuviera recordando mi perorata de perra
de la semana pasada. Pero no era de los que guardan rencor y lo dejó pasar con un
suspiro. Pasó su mano sobre mi mejilla y, lentamente, dándome tiempo para
alejarme, rozó sus labios sobre los míos. —¿Mañana?
—Nos vemos en la práctica —dije contra sus labios, con ganas de prolongar
el momento.
—No puedo esperar. —Me dio una suave sonrisa y volvió a la fiesta.
Lo vi alejarse y sentí una punzada de celos. No éramos exclusivos. Diablos,
ni siquiera salíamos, pero algo se desgarraba dentro de mí ante la idea de él
finalizando con otra chica lo que empezamos arriba.
Pero tenía que cuidar de April, no podía seguirlo de regreso a la fiesta, sin
importar lo mal que anhelara estar cerca de él.
Maldita April.
—¿Las fotos? —Levanté la tarjeta SD para marcar un punto—. ¿Sabes lo que

143 podrían haberte hecho? No se puede escapar de mierda como esta una vez que
alguien las pone en Facebook.
Bajó la mirada. —No sabía que tenían una cámara.
—¡No deberías haber estado aquí! —Lancé la tarjeta a la acera y la aplasté
bajo mi zapato, rompiéndola en pedazos bajo mi tacón.
—¡No eres mi mamá!
—Por cómo estás actuando es malditamente seguro que necesitarías que lo
sea. —No podía intensificar su rabieta—. ¿Quieres emborracharte y relajarte? —
Levanté los brazos, con las palmas hacia arriba—. ¡Adelante! Pero tienes un novio,
¿o es que Brett se transformó en Tyler? ¿Es eso lo que eres ahora?
—Le dije a Brett que necesitaba un poco de espacio y me entendió. ¡No es
como si fuera virgen, o como si Tyler fuera el único hombre con el que he dormido!
El horror casi me paralizó. —¿Qué está pasando contigo, April? No eres así.
—¡Como si siquiera lo entenderías!
Sentía como si me hubiera abofeteado. —¿Qué quieres decir?
Metió su pelo de color rojo detrás de la oreja, un rasgo nervioso que ambas
compartimos con nuestra madre. —Papá murió, Ember.
Si quería elevar mis defensas, esa era la forma de hacerlo. —Sí, lo recuerdo.
—Tú... —Las lágrimas brotaron de sus ojos—. ¡Solo te levantaste y fuiste
perfecta! Todo el mundo se cae a pedazos y eres... ¡la pequeña y perfecta Ember!
No espero que entiendas cómo se siente o porqué estoy aquí porque no soy...
¡perfecta!
Una bola de frustración se abrió camino en mi garganta, casi ahogándome.
—¿De verdad crees que no sé lo que haces, April? Estás aquí para olvidar.
Levantó la cabeza, su mirada encontrándose con la mía, pero no dijo nada.
—Quieres olvidar todo el dolor. No quieres pensar en el hecho de que
mamá no parece funcionar, o que Gus no tiene un padre... que no tenemos a papá.
—Ahora eran mis ojos los que se desenfocaban—. ¡Estás harta de llorar y
preocuparte y el maldito dolor! Así que te pierdes en alguien, y cesas con esos
sentimientos porque, por esos pocos momentos, no hay nada en tu cabeza o
corazón, excepto la forma en que él está haciendo que te sientas. Sí, April, lo
entiendo.
Sacudió la cabeza, con la boca abierta como un pescado boqueando. —¿En
serio? ¿Cómo?

144 Me apoyé en el coche junto a ella, mi piel congelándose en donde contactaba


con el metal. —Porque he hecho exactamente lo mismo.
—No puede ser.
Miré hacia otro lado, hacia la casa de la fraternidad, donde Josh hacía Dios
sabe qué con Dios sabe quién. — No fue mi mejor momento, pero Riley me colocó
de nuevo en picada, y Josh...
—¡Dios mío! ¿Te acostaste con Josh Walker? ¡Detalles!
—¡No, no he dormido con él! —Se me escapó un profundo suspiro. No
podía culparla porque yo también lo hice—. Pero eso es solo porque es un chico
excepcionalmente bueno. Sabía lo que hacía, y... cuidó de mí.
—Me gustaría cuidar de él —murmuró.
Golpeé la parte posterior de su cabeza. —Ya basta. Solo digo que sé lo que
sientes porque también lo siento. Pero no puedes colarte en la cama de un hombre
extraño y dormir con él. Te estás deshaciendo de todas las piezas de ti misma, y, si
no paras, no va a quedar nada de lo que realmente eres. —Sorbió y apoyó la cabeza
en mi hombro. Incliné mi cabeza sobre la suya—. April, no soy perfecta. Soy un
accidente de tren, y lo he sido desde mucho antes de que papá muriera. Solo me
paré porque era la que podía. Mamá no funcionaba, y Gus necesitaba a alguien. Tú
necesitabas a alguien. No podía dejarlos, no podía dejar que las piezas cayeran.
Todavía no puedo. ¿Por qué crees que estoy aquí, yendo a esta escuela que ambas
sabemos ni siquiera se encontraba en mi lista de posibilidades?
—Pensé que querías ir a Vanderbilt. ¿Qué pasó con eso?
—Me aferré a un plan porque me hacía sentir mejor, un plan que no tenía
nada que ver con lo que quería. Me dejé absorber por el sueño de otra persona. Lo
que llamas ser perfecto es realmente estar caminando sobre el agua con toda la
fuerza que tengo para no ahogarme.
Nos quedamos en silencio durante unos momentos, mirando las estrellas
cristalinas de Colorado. Eran más claras aquí que en cualquier otro lugar que
hubiéramos estado, y, sin duda, era una de mis partes favoritas de vivir aquí.
Distinguía la figura de Orión en el cielo y esperé a que April hablara, contenta con
quedarme todo el tiempo que necesitara.
—Me alegra un poco que seas tan desastrosa como yo —susurró.
Cerré los ojos y suspiré. —Estoy mucho más jodida de lo que jamás podrás
estar, April. Pero sería de ayuda para mi pila de mierda si pudieras mantener un
poco la entereza.
145 Asintió, con la cabeza en mi hombro. —¿Podemos ir a casa?
—Suena como un plan. No puedo sentir las rodillas. —Ambas reímos por
un momento antes de que ella agarrara mi mano.
—Gracias por conseguir la tarjeta SD.
—Todo fue gracias a Josh. —Gus y el hockey, April y la tarjeta, y yo... y lo
que estábamos haciendo. Uno por uno, él parecía estar salvando a cada miembro
de mi familia.
—Es bastante increíble.
—Sí, dime algo que no sepa ya.
—No me importaría “olvidar” por un tiempo con él. Más bien, por Josh
Walker, consideraría la amnesia temporal.
Le di un ligero empujón y luego la abracé. —Agh. No hablemos más de
Josh.
—Solo digo que he visto esa imagen suya en la pared de casa. El recorte del
periódico de cuando ganaron las estatales cuando iban a la escuela secundaria.
Tuviste una gran cosa con él. —Inclinó la cabeza hacia mí—. Todavía la tienes. No
hay nada malo en conseguir a alguien más después de Riley, Ember. O de papá.
—Es demasiado pronto. No sé qué demonios estoy haciendo. No puedo
derribar a alguien más conmigo.
—Entonces, ¿qué estás haciendo?
—No lo sé. —El pánico ahogó mi voz cuando noté que acababa de enviarle a
Josh descaradamente señales más que mixtas. ¿Qué diablos andaba mal conmigo?

***

El domingo por la tarde, la campana sonó mientras entraba a mi heladería


favorita, lista para una dosis. No había visto a Josh desde el viernes, y, tan fuerte
como intentaba alejarme y tomar las cosas con calma, lo extrañaba. Se me
ocurrieron una docena de razones para ir a su apartamento el día anterior, desde el
mundano: “¿Puedo pedirte una taza de azúcar?” hasta: “Nuestro triturador de
basura se rompió”. Me debatí sobre arrojarle una llave inglesa solo para tener la
excusa. Por la mañana, tenía una fuerte necesidad del sabor de Josh, a helado de
fresa, como el de la noche en que pedí disculpas en su apartamento. Tendría que
conseguirlo.
Si me apresuraba, podría conseguir un cono para Gus y llegar a casa antes
146 de que se derritiera. Todavía era lo suficientemente temprano, por lo que mamá no
iba a enojarse porque estropeara su cena.
—¡Siguiente! —gritó el encargado con delantal negro.
Dos cucharadas de fresa en un cono de azúcar y dos cucharadas de
chocolate en un cono de galleta después, le pagaba al empleado. El helado de fresa
llenó mi boca, y sonreí. Casi podía sentir sus manos en mi rostro y su voz en mi
oído. Al doblar la esquina, cerca de la caja registradora, el resto de la tienda
apareció a la vista, y me atraganté con el helado.
Lo oí reírse desde allí y la sonrisa que iluminaba el rostro de Josh era
impresionante. Se reflejaba en la enorme sonrisa en la cara cubierta de chocolate de
mi hermanito cuando se sentó frente a él, con los brazos como locos en el aire.
—Y entonces, ¿adivina qué? ¡La señora Bluster dijo que mi volcán era el
volcán más impresionante que había visto nunca! ¡Y luego tuve que ponerlo en
marcha! Y entonces ¿adivina qué? ¡Explotó! —Sus manos se volvieron locas con la
animación—. Y entonces todo el mundo decía, “genial”, pero creo que la señora
Bluster no pensaba así. Es decir, ¡había cosas de color rojo por todo el escritorio
blanco y el piso!
Me reí a carcajadas, imaginando el escenario que pintó tan vívidamente.
—Estoy seguro de que ella pensó que lo impredecible de tu volcán fue
impresionante. Todas las mejores cosas lo son, sabes —respondió Josh.
Gus saludó cuando me vio. —Ember.
Crucé la habitación, manteniendo los ojos fijos en Gus. —Iba a sorprenderte
con esto —le entregué el cono—, pero parece que ya tienes uno.
Me sonrió, luciendo otro diente perdido. —¡Genial! ¡Doble helado! ¡Gracias!
—Gus lo tomó, y recé porque no le causara un enorme dolor de estómago.
Eché un vistazo a Josh, quien se veía tan feliz y sorprendido de verme como
yo de verlo.
—Hola. —Sacó una silla, y la tomé, sentándome entre ellos—. Gus, me
mentiste —lo acusó Josh, fingiendo indignación con su rostro.
La frente de Gus se frunció. —No, a ella no le gusta la fresa. Le gusta la
crema de galletas.
Le di otra lamida a mi helado, así que no tendría que hablar. Josh no se dejó
engañar. —Es curioso —se rió—, fresa es mi favorito.
Sabía que me tornaba a tonos de alguna manera más oscuros que el helado.
—Solo quise cambiar —mentí. No, quería probar a Josh, y él lo sabía.

147 —Entonces, ¿qué se supone que debo hacer con esto? —preguntó en broma,
señalando el cono lleno en su mano de helado de crema de galletas.
—Oh, también voy a comer eso —le prometí. ¡Me había comprado un
helado!
—Es bueno saber que tienes una debilidad además del café, señorita
Howard.
No sabía que él era mi otro vicio, y me miró de una manera que me hizo
imaginarme un panorama de más domingos por la tarde y tiendas de helados. —
Tengo un montón de debilidades, señor Walker.
—¡Hecho! —gritó Gus como si hubiera ganado una carrera.
—Gus, hombre. Estás hecho un desastre.
Era cierto. Toda la boca de Gus estaba manchada y también la mayoría de
sus mejillas. Había terminado sus dos bolas más rápido que yo una. Señalé el
cuarto de baño. —A limpiarse, amigo. —Me dio una sonrisa de un kilómetro de
ancho y se metió en el cuarto de baño.
—¿En serio me compraste un helado? —le pregunté a Josh.
—¿De qué otra manera se supone que iba a encontrar una excusa para
verte? ¿Pedirte prestado azúcar? —Mis mejillas ardían. Se inclinó hacia delante,
apoyándose en los codos—. Además, ¿en serio compraste mi sabor de helado? —
Bajó y tomó un sorbo de la fresa, dejándose un poco alrededor de la boca.
—Sí —le susurré—. Te extrañé, supongo.
Se pasó la lengua por el labio inferior, para quitar el resto de la crema helada
de color rosa. —Si tu hermano no estuviera con nosotros, te besaría.
Sí, por favor. Me hallaba dispuesta a arrastrarme sobre la mesa, con helados y
todo, por eso. —Sí, tienes razón.
—¿Cuándo vas a sacarme de mi desgracia? —preguntó con una sonrisa,
mordiendo mi cono.
—No pareces desgraciado para mí. —Me sequé una gota de crema de los
labios con el pulgar y lo lamí.
Gimió. —Confía en mí, lo soy. ¿Cuándo vas a dejar que te lleve a una cita?
Mis cejas se levantaron. —¿Como una cita real?
—Sí, ya sabes, te voy a buscar, salimos, pasamos un buen rato, te robo un
beso de buenas noches. —Se recostó sobre la mesa y susurró—: ¿Consigo decirle a
148 la gente que eres mía?
¿Podía hacer eso? ¿Me encontraba lista? Las primeras citas no eran
exactamente compromisos, ¿no? Gus me salvó de responder al volver, con la cara
limpia y todo. Nos pusimos de pie, arrojamos nuestra basura y nos dirigimos a la
playa de estacionamiento.
—¿Quieres que te lleve a casa, Gus? —le pregunté mientras nos parábamos
a medio camino entre los autos.
—Tengo una idea mejor —interrumpió Josh—. ¿Qué dices de pistolas laser?
Gus se iluminó. —¡Por supuesto que sí! —Trepó al Jeep de Josh.
Josh se giró hacia mí. —¿Ember? ¿Quieres que nos disparemos en la
oscuridad?
Renunciaba a la tarde de su domingo por tomar un helado y jugar con
pistolas laser con mi hermano pequeño. —¿Dónde están tus defectos, Josh Walker?
Se echó a reír. —Los guardo en el armario.
Me deslicé a su lado mientras él le decía a Gus que pasara al asiento de atrás
y me puse en punta de pies para susurrarle al oído. —Si está oscuro allí, ¿significa
que recibo un beso?
Se giró, dejándome contra su pecho. —Tengo casi decidido decirte que no
más besos hasta que consiga una cita.
—¿Ah, sí? —Di un paso atrás para que Gus no tuviera una... ejem, bien…
idea errónea.
—Sí, pero ya ves, ese es mi defecto, December Howard. —Me ayudó a subir
al Jeep y se inclinó sobre mí para abrocharme el cinturón. Se deslizó hacia atrás,
parando para susurrarme al oído—: No tengo autocontrol cuando se trata de ti.
El problema era que veía eso como una virtud, no un defecto.

149
Traducido por Alessandra Wilde
Corregido por Valentine Rose

Ajusté mi bufanda dorada alrededor de mi cuello y saludé a mamá por las


gradas. Había reservado una fila completa de asientos. April me dio una sonrisa y
palmeó la silla a su otro lado. Con café en mano, me dirigí hacia ellas. Hoy era la
ronda de semifinales de eliminatorias para Gus.
El hormigueo en mis dedos no era causado por la helada temperatura del
World Arena, sino por saber que vería a Josh. Cada día, durante las últimas dos
semanas, me había invitado a salir, y durante ese tiempo, evité contestarle. Él había
pedido tazas de azúcar, encontrado correspondencia “perdida”, y tecleado código
150 Morse en nuestra pared de la habitación compartida. Lo vi en la clase, en la
práctica, y lo encontré en casa, pero nunca, jamás estuve a solas con él. Estar a solas
con Josh siempre me llevaba a estar desnuda. Eso no estaba permitido. Además, se
mantuvo fiel a su amenaza, y no me había besado en muy largos catorce días.
¿Qué demonios me frenaba? Solo el miedo al riesgo, de dejarlo entrar y que
me destruya cuando apenas me había recompuesto.
Al entrar en la clase de ayer, me deslicé en mi asiento al mismo tiempo que
una morena de piernas largas se encaramó en su escritorio. Mantuve mis ojos en
mi cuaderno, marcando la fecha profundamente en el papel mientras su risa me
daba náuseas.
—Josh, no puedo esperar para verte jugar mañana por la noche. Apuesto a
que vas a marcar un tanto solo para mí, ¿no?
Vómito. Esto sería todo. El momento en que me daría cuenta de que al final
se había cansado de esperar a que pusiera mi vida en orden.
—Espero marcar muchos puntos, Scarlet. —Doble vómito.
Su risa era aún más desagradable que la primera. —Por supuesto.
¿Qué diablos era? ¿Mitad hiena?
—Y solo hay una chica en la que estoy pensando. —¿Por qué tenía que usar
ese tono de voz? ¿Ese tono sin el coqueteo o tono machista? ¿Por qué había tenido
que usar ese tono bajo y tan sexy, que reservaba para mí, ese que no podía
ignorar… con ella?
Su mano se extendió a través del pasillo y capturó la mía. Mi mirada voló
hacia él, y lo encontré mirándome. Mi sonrisa debe haberle dicho a Scarlet todo lo
que necesitaba saber, porque saltó de su escritorio.
—¡Lo siento, Ember! No me di cuenta… bueno, ¡sí! —Ella se balanceó de
vuelta a su asiento.
Él no bajó la mirada. —Quise decir cada palabra.
—Lo sé. —Y era cierto.
—Gus comienza mañana.
—Sí, has hecho cosas increíbles con él.
—Es un chico increíble —respondió—. December, sobre mañana…
—No lo hagas. —Mis dedos se clavaron en mis palmas alrededor del
bolígrafo—. No vuelvas a preguntar, todavía no. Hay algo en mí que no te puede
decir que no, así que no lo hagas.
151 Me besó la mano, un roce rápido de sus labios contra mi palma, y soltó su
agarre.
Lo quería con una desesperación que amenazaba con abrumar mi sentido
común, y nunca permitía que eso sucediera.
—Ember. —La voz de April me trajo de vuelta al presente.
Pasé a mamá y tomé asiento al lado de April. Nos encontrábamos dos filas
detrás del banco de Gus, pero el hielo estaba vacío. Los chicos ya habían calentado
y se hallaban en el vestuario teniendo su charla. El estadio se encontraba medio
lleno, nada mal para un torneo de hockey de menores. Si ganaban este juego,
estarían en los campeonatos de la liga.
—No me trajiste café. —Mi hermana hizo un mohín.
—No me di cuenta que ibas a venir. —Le ofrecí el mío, pero negó con la
cabeza.
—Esto me dará una excusa para escaparme durante el segundo tiempo y
encontrar un Starbucks. —Se rió y volvió a jugar con su iPhone.
Bebí un sorbo de mi moca y sonreí a mamá, quien me lo devolvió. Su piel
lucía sonrojada, con los ojos brillantes de emoción. Había estado esperando este
juego toda la semana. Sentarme con ella en estas sillas de madera se sentía como si
nada hubiese cambiado, casi como si nunca se hubiese ido.
Sus ojos se dirigieron a mi lado, y una sonrisa más amplia adornó su
delgado rostro. —¡Gwen! ¡Te guardé un asiento! —Ella saludó a la señora Barton, y
me estremecí.
La madre de Riley se deslizó por delante de mí, dándome palmaditas en el
hombro. —Qué bueno verte, Ember. —Me dio un guiño—. Te traje un regalo. ¿Tal
vez ustedes dos podrían tener una pequeña charla?
Oh, no.
No lo hizo.
April mantuvo su cabeza en su teléfono, pero deslizó sus ojos en mi
dirección con las cejas levantadas. Su mirada se posó sobre mi cabeza brevemente,
y su respiración contenida me dijo que él se encontraba aquí.
—¿Estás bien? —articuló hacia mí.
Tragué saliva y traté de encontrar un poco de esa gracia que mamá predicó
tan pesadamente dentro de mí. Ser la mejor persona, mi culo.
—Hola, nena.

152 La voz de Riley me empapó con familiaridad. No me molesté en levantar la


mirada. Además, el hielo era fascinante, ¿no?
—No me llames así.
Se sentó a mi lado. —Lo siento, los viejos hábitos y todo.
—Claro, y todo.
—Ember, ¿podemos al menos ser civilizados? —Se inclinó hacia mí.
—Te diría que te fueras a la mierda de inmediato, si fuera Ember, pero estoy
autorizada a decir esas cosas, ya que estoy desconsolada y todo eso —respondió
April junto a mí, todavía absorta en su teléfono.
Mamá le lanzó una mirada asesina.
Miré el reloj. Estarían en el hielo en cualquier momento, y yo estaría pegada
junto a Riley durante horas en un maldito e incómodo silencio si no me tragaba mi
orgullo y hacía las paces con él. Ser la mejor persona apestaba. —Podemos ser
perfectamente civilizados, Riley.
Él se inclinó sobre el posavasos y se aferró a mi mano. —Te he echado de
menos.
Tiré mi mano lejos de él. —Dije civilizados, Riley. No me toques.
—¿Por lo menos podrías mirarme?
Me volví, esperando que mi corazón se rompiera otra vez, pero por extraño
que parezca, solo sentí una punzada como una astilla. —¿Contento? —No es que
no se viera bien, porque lo hacía. Perfecto como un modelo como siempre, pero
había algo en esos ojos azules que no estaba normalmente allí. ¿Remordimiento?
—En realidad no, honestamente. No desde que te fuiste.
El locutor me evitó que dijera algo. —¡Sus Tigres de Colorado! —Ovaciones
estallaron alrededor de nosotros mientras los chicos salían patinando, levantando
sus brazos hacia el techo como si fueran estrellas profesionales de hockey. Me puse
de pie, aplaudiendo y gritando el nombre de Gus. Se había esforzado tanto para
llegar hasta aquí. No podría estar más orgullosa de él.
Los muchachos patinaron alrededor de la meta y volvieron a estar en una
línea recta. Jagger caminó sobre el hielo e ingresó a la tribuna, seguido del
entrenador principal, y luego me quedé sin aliento. Josh salió al hielo y se dirigió a
la tribuna. Su traje negro cubriendo los poderosos ángulos de su cuerpo, con su
camisa negra y corbata dorada. Tuve la visión más absurda de enrollar la corbata
en mi mano y tirar de él hacia mí.
Sus ojos escanearon la multitud antes de fijarse en mí. Coincidí su sonrisa
153 privada con una de las mías. Una cosa que ansiaba casi tanto como el propio Josh
era la paz, la serenidad que sentía cuando me encontraba con él. Todo lo demás se
desvaneció. El verlo trajo a mi mente todas esas analogías horribles en las novelas
románticas, como el agua en una sequía, sol en el invierno, el color en un mundo
de color gris. Sí, sí, sí. Él era todo eso y mucho más.
Josh eclipsaba a Riley, y la punzada al ver a Riley de nuevo después de estas
seis semanas ya no existía. ¿Podría haberlo superado?
—¿Él está…? ¿Qué está pasando entre ustedes? —preguntó Riley, bajando
su voz al igual que su rostro.
Asentí. —Sí, creo que lo está.
Los ojos de Josh se movieron a la derecha, sobre Riley, y su sonrisa vaciló. Él
me dio una inclinación de la cabeza, como si por fin hubiera descubierto algo, y me
dio la espalda. Mierda. Creyó que vine aquí con Riley.
No tuve tiempo para pensar en ello cuando el disco cayó.
El primer tiempo transcurrió en un abrir y cerrar de ojos, y los Osos
ganaban por dos a cero. Gus patinó con todo su corazón, pero hombre, el otro
equipo era bueno.
Los niños regresaron a los vestuarios, y los entrenadores salieron tras ellos.
Josh me miró, pero sus ojos no tenían su calidez habitual.
—¿Hambrienta? —preguntó Riley.
Mi estómago respondió por mí. —Por supuesto.
—Diviértanse, niños. —Su mamá nos guiñó un ojo.
Una vez que estuvimos en la parte superior de las escaleras y entramos en la
rotonda, tuve que preguntar—: Tu madre no tiene idea de por qué nos separamos,
¿eh?
Riley negó con la cabeza y se pasó la mano por el cabello, en un gesto que
conocía demasiado bien. —No. Le dije que nos habíamos distanciado, y que tenías
que mudarte aquí por tu familia. Está conspirando en secreto con tu madre para
volvamos a estar juntos.
Me eché a reír. —Sí, tampoco le dije a mamá, de lo contrario sabría que esto
nunca iba a suceder.
Riley se detuvo frente a la cafetería y ordenó una rebanada de pizza de
queso y una cerveza de raíz para mí. Este era el efecto de estar con alguien durante
tres años; sabía los detalles mundanos sobre mí. —¿Nunca?

154 Lo miré fijamente durante un largo momento, absorbiendo la luz en sus


ojos, la forma en que lucía su cabello, el familiar puchero preocupado de su
boca. Una sensación de paz se apoderó de mí, y me las arreglé para dejar que todo
se vaya. —Nunca, Riley.
—Pero tenemos un plan, y es uno genial. Tú enseñando, yo siendo abogado.
Todo está trazado a la perfección. —Él tomó nuestra pizza del cajero y me entregó
la soda—. ¿Cómo puede todo simplemente… terminarse?
Elegimos un lugar a un lado, sentándonos en una mesa alta escondida en
una esquina.
—Es lo que es, Ry.
—Pero te amo. No lo digo por decir. He sabido desde nuestro tercer año de
secundaria que eras mi pareja perfecta. Sé que si luchamos podemos resolver esto.
Mordí mi pizza lentamente, dándole vueltas a lo que dijo en mi cabeza antes
de tragar. —De eso se trata. No tengo más ánimos para luchar. Han ocurrido
demasiadas cosas como para volver, y las cosas que has hecho hicieron que sea
imposible seguir adelante. —Suspiré, dejando que lo último de mi dolor por Riley
se fuera con mis palabras—. Quiero estar enojada. Quiero gritar y patalear, y
decirte lo idiota que eres por lo que hiciste, pero la verdad es que no me siento
enfadada. Simplemente no tengo la energía para ello. —No estaba fanfarroneando,
no era mentira. Fuera de todo lo que había pasado las últimas seis semanas, él era
algo con lo que realmente había terminado. Decirlo en voz alta solo me hizo darme
cuenta.
—¿Es por esto con Josh Walker? ¿Es por eso que no me darás una segunda
oportunidad? —Supe por la tensión en su rostro que esto le costaba. Riley no
perdía. No se hallaba en su naturaleza.
—No. Sí. No lo sé, supongo. —Me reí, sintiéndome libre por primera vez
desde diciembre—. No puedo estar contigo, porque nunca podré confiar en otra
palabra que salga de tu boca, no después de lo que me hiciste. Tal vez si hubieras
amado a Kayla… —Ese pensamiento dio vueltas en mi cerebro, haciendo lo demás
borroso—. ¿Lo hacías? ¿La amabas?
—No. Ella solo estaba… allí. Fue conveniente.
Me concentré en las gotas de condensación que se formaban en el exterior
de mi cerveza de raíz. —Pensé que eso lo haría mejor. —Sacudí la cabeza—. Pero
no es así. Solo significa que cambiaste lo que desarrollamos durante años por sexo.
Solo sexo. No puedo estar en una relación con alguien que valora el sexo más que
el amor, sobre todo cuando te di tanto.

155 El silencio se extendió entre nosotros. No era tan extraño como sí definitivo.
—No puedo renunciar a ti, Ember. Nunca me he imaginado mi vida sin ti.
—Extendió su mano sobre la mesa en busca de la mía, pero la retiré y la puse
nuevo en mi regazo.
—Es hora de empezar. Vas a hacer cosas asombrosas con tu vida, te conozco
bien. Pero no voy a ser parte de nada de eso.
Recogió los platos vacíos y los arrojó a la basura detrás de la mesa antes de
girarse alrededor mío. —Repasé esto como cien veces. Te imaginé golpeándome,
maldiciéndome, llorando, y en cada escenario, te convencía de lo mucho que te
amaba y te recuperaba. —Levantó sus brazos, con las palmas hacia arriba—. Lo
que te hice fue egoísta, y estuvo mal, y… fue jodidamente horrible. No puedo
compensártelo.
Una parte de mí quería sentirse conmovida por su honestidad, pero en su
lugar, solo había una tristeza persistente en mi corazón por lo que habíamos
perdido, y por lo que él todavía no se había dado por vencido. Idiota o no, había
amado a Riley durante tres años, y no era fácil verlo sufrir, aunque él fue quien nos
destruyó. Entré en sus brazos abiertos y metí mi cabeza en su hombro, donde
siempre había encajado.
—No puedes compensarme por ello, Riley. Ni ahora, ni nunca.
Sus brazos me encerraron, envolviéndome con el olor familiar de su colonia,
y el abrazo que siempre había pensado que me iba a sostener durante el resto de
mi vida. —¿Podemos ser amigos?
—No lo sé. Ahora no, es demasiado.
Llevó su rostro hacia atrás suavemente, mirándome a los ojos como si fuera
la última vez que me vería. —Voy a extrañarte malditamente demasiado.
—Conozco el sentimiento. —Le di una media sonrisa y bajé la mirada, lista
para alejarme cuando miré por encima de su hombro.
Josh se encontraba pie en medio del pasillo como si se hubiera detenido a
medio paso. Su expresión de sorpresa cayó rápidamente mientras negaba con la
cabeza. Apretó la mandíbula, con los ojos entrecerrados, luego se dio la vuelta y
desapareció nuevamente en multitud.
—Josh —susurré, alejándome corriendo de Riley. Me estrellé contra la
multitud, sin ser capaz de pasar los espectadores hambrientos que pululaban por
todos lados, como si estuviera luchando contra la corriente. Sabía lo que parecía
ese abrazo, pero no podía estar más lejos de la verdad. Tenía que hacerle ver, y
156 entender.
Solo lo quería a él.
Como si mi freno de mano hubiera sido jalado, me enfrasqué en un punto
muerto mientras que las personas se abrían paso a mi alrededor. Oh, mierda.
Quería a Josh. No solo como una distracción, sino como mío. Había luchado
mucho en contra de ello, porque sabía qué tipo de persona era él, el tipo que se
acostaba con todas las chicas. Pero no era así cuando estaba conmigo.
Fue tan bueno conmigo. Una y otra vez había estado furiosa y sido un poco
psicótica, y él se quedó a mi lado. Excepto ahora, cuando se alejaba.
El altavoz chilló el anuncio del próximo tiempo, y sabía que tendría que
abordarlo después del partido. Volví a nuestra sección y bajé las escaleras. Los
chicos ya se encontraban en la pista de hielo, listos para ganar.
Riley se puso de pie para que pudiera deslizarme por delante de él y tomar
asiento. —Él no es bueno para ti —susurró después de que ambos nos sentáramos.
—No sabes nada de él, y no tienes derecho a decir nada. Además, tú
tampoco eras bueno para mí. —Podría permanecer en paz con Riley, siempre y
cuando no atacara a Josh. Mi línea fue trazada allí.
—Por favor, ten cuidado. El hombre sigue teniendo una reputación en
Boulder, y eso que se fue hace tres años.
—Las reputaciones no siempre son verdaderas. La tuya era bastante estelar,
¿recuerdas?
Suspiró, y supe que la conversación había terminado.
En el segundo tiempo, el marcador permaneció ajustado.
Los chicos jugaron duro ese último período, pero al final, fueron vencidos
tres a dos. No habría campeonatos de liga para ellos este año.
En el momento en que llegamos a los vestidores para recoger a Gus, Josh se
había ido.
Supongo que se cansó de esperar.

157
Traducido por Jasiel Odair
Corregido por LIZZY’

El World Arena se sentía muy diferente unas horas más tarde de que Sam y
yo le mostráramos las entradas a los porteros y tomaron nuestras carteras para
revisarlas. Atrás quedaron las mamás y los papás, hermanas y hermanos pequeños
quisquillosos, y la camaradería general que llenaba el hockey infantil. Oh no, esto
era hockey universitario.
Risas estridentes y ruido llenaron el lugar en una mezcla del azul y oro de la
Universidad de Colorado Springs, y el azul y blanco de la Academia de la Fuerza
Aérea. Nada como un poco de acción en la ciudad natal para formar multitudes. —
158 ¡Podría ir tras un cadete sexy! —anunció Sam cuando posó los ojos en un cadete
desprevenido de la Academia de la Fuerza Aérea por delante de nosotras en la fila
de las palomitas de maíz.
—Déjate puestos tus pantalones, Sam. No estoy segura de ti, pero no tengo
deseos de vivir la vida como hacen nuestras madres. —O lo hicieron, más bien—.
No hay ninguna posibilidad de que yo persiga a un militar.
Ella inclinó la cabeza hacia un lado como si deliberara. —Puede que tengas
razón. —Se dio la vuelta con nuestras palomitas mientras llamaba la atención de
otro cadete, coqueteando descaradamente—. Por otra parte, no me importaría un
pedazo de eso.
Él se quitó su sombrero para ella con una amplia sonrisa, y la tiré hacia
nuestra entrada. —No lo hagas. Todo lo que sale de ello son golpes en tu puerta.
No vale la pena.
Ella me detuvo en la entrada de nuestra sección y agarró mis hombros. —
Ember, no siempre terminan como lo hizo para tu padre. Y no me digas que tu
mamá no diría que no valía la pena. No puedes pensar así.
Pero lo pensaba. Volví la cabeza, agradecida de que no fuera una elección
que tenía que hacer ahora. —Encontremos nuestros asientos.
Bajamos las escaleras justo a tiempo para la caída de disco, luego nos
deslizamos más allá de unos pocos espectadores molestos antes de encontrar
nuestros asientos, que eran impresionantes, y totalmente inaccesible. —Sam, ¿de
dónde sacaste estos boletos? —Nos encontrábamos en la línea azul, a la derecha de
la pista de hielo.
—Jagger. Dijo que tenía unos pocos, y me hizo más que feliz tomarlos.
—Parece un chico bastante bueno.
Una sonrisa maliciosa cruzó su rostro. —No lo sé. Quiero decir, él no es tan
peligroso para el corazón de una chica como Josh, pero algo me dice que Jagger es
un niño malo por derecho propio.
—¡Josh no es peligroso! —Lancé varias palomitas hacia ella.
Me dio una mirada, acusándome de locura. —Josh Walker es peligroso para
cada mujer a su alrededor, a excepción de ti, eso es.
Si lo supiera. —Él es un gran peligro para mí. Pero no en la forma que crees.
—Mis ojos se clavaron en su cuerpo patinando hacia adelante con el disco en
territorio de las Fuerzas Aéreas—. ¿Qué pasa si he decidido que vale la pena el
riesgo? —le pregunté en voz baja.

159 —¿En serio? —Su sonrisa podría haber iluminado el estadio—. Creo que esa
es la mejor idea que has tenido en, como… ¡Jamás!
Vertiginosa emoción corrió a través de mí, y en ese momento, era como si
estuviéramos en primer año de la escuela secundaria; cotilleando sobre chicos
sexys y faltando a clases para que yo pudiera ver jugar a Josh Walker. Excepto que
ahora sabía cómo sabían sus besos, cómo se sentían sus manos sobre mi cuerpo, y
quería más.
Con Josh, siempre quería más.
Verlo en el hielo era hipnotizante. Me perdí en mis pensamientos con su
deslizamiento de patines, los giros y los cambios. Pasaron diez minutos de partido,
y apenas me di cuenta, fascinada por su gran determinación, atraída a todo sobre
él. Fue implacable, abriéndose camino entre los defensas para disparar y
¡ANOTACIÓN!
Nos levantamos de nuestros asientos, gritando y vitoreando mientras él
marcaba y fue engullido por sus compañeros de equipo. —Punto anotado por el
delantero principal Josh Walker en el minuto once con veintitrés segundos. —El
locutor trajo otra ola de aplausos.
El ruido de la multitud bajó lo suficiente para escuchar a las dos chicas
sentadas detrás de nosotros. —Él es tan jodidamente ardiente.
—Lo sé, ¿bien? Me pregunto si podemos atraparlo después del partido.
Ah, sí, conejitas maliciosas. Me reí a carcajadas. Él podía haber sido solo un
jugador de hockey ardiente para ellas, pero era mucho más para mí. Podrían
acostarse con él, diablos, tal vez ya lo hicieron, pero algo me dijo que tenía más de
él de lo que ellas nunca tendrían, y eso era sin el sexo.
Sam se rió, y yo sabía que las escuchó. No es como si estuvieran siendo
excesivamente discretas. Un rápido vistazo atrás me mostró lo que ya sabía: eran
Tweedledee y Tweedledum, y ambas tenían su número pintado en las mejillas. Por
otra parte, no podía ser demasiado crítica. Después de todo, yo también trataba de
atraparlo después del partido.
Josh anotó un tanto más en el tercer período, y los Mountain Lions ganaron,
tres a uno. Por el aspecto del tumulto de abrazos cuando la chicharra final sonó, él
se encontraba de buen humor. Sam me tiró por las escaleras antes de que las
conejitas maliciosas pudieran hacerlo. —¡Necesitas un buen comienzo! —dijo por
encima del hombro con una sonrisa.
A Sam se le daba una buena persecución de un chico, y ella se convertiría en
mujer 007, lista para buscar y destruir.
Llegamos hasta el pasillo, mientras éste se llenaba. —Sam, ¿puedo reunirme
160 contigo en casa?
Ella me abrazó más fuerte de lo habitual. —¡Siempre y cuando atrapes a
Josh Walker!
La aparté con una carcajada. ¿Qué, tenía dieciséis otra vez? Porque seguro
que se sentía así. —¡Nos vemos más tarde! —Con un gesto, me encontré en el
pasillo y bajando las escaleras de la entrada del vestuario. Había beneficios de que
mi hermano pequeño jugara hockey en el mismo campo en el que estaba al acecho
de un hombre.
Me deslicé por la puerta oeste y tiré de mi chaqueta para protegerme del frío
de febrero. El camino se hallaba bien iluminado a la entrada del vestuario mientras
me apresuraba por la parte trasera.
Me encontré con un pequeño grupo de aficionados, en su mayoría chicas,
bloqueando la puerta. Supongo que no era la única con esta idea. Entramos al
pasillo, y tomé una de las únicas zonas sin cubrir contra la pared. Las chicas
revisaban sus maquillajes o se aplicaban más mientras se reían sobre qué buena
estaría la fiesta esa noche, y en qué jugador tenían puesta la mirada. El nombre de
Josh fue mencionado más de una vez.
Mierda. Yo salía con grupies.
Afirmando mi conjetura, Tweedledee y Tweedledum se pasearon con
descaro y se acercaron al guardia de seguridad con la cara llena de granos para
intentar entrar en el vestuario. Aunque parecía que disfrutaba de sus intentos, él se
mantuvo firme.
Buen chico.
Las cabezas se volvieron cuando la puerta del vestuario se abrió y surgieron
los primeros jugadores. Saludos resonaron en el pasillo, reverberando en las
paredes de bloques pintadas. Una vez que los jugadores hicieron su camino hasta
el pasillo, con sus bolsas al hombro y una niña en el brazo, los otros salieron.
Parecía que todo el equipo salió antes de que Josh hiciera su aparición. Él
asintió al guardia con una sonrisa y subió la cremallera de su abrigo negro de
Columbia antes de girarse hacia nosotras. Su cabello seguía húmedo por la ducha,
y se pasó las manos por él con una mirada tan rota casi no vi. Un movimiento
rápido de cabeza, y una falsa sonrisa apareció en su rostro. Las dos conejitas
corrieron hacia adelante, y Josh extendió los brazos, haciendo espacio para cada
una.
Él, sin duda, no era ajeno a la adoración femenina.
Por una fracción de segundo me debatí si debía huir, simplemente largarme
161 y mandar al diablo este plan. Se veía bastante feliz, ¿verdad? Nunca le faltaría una
novia, no es como si no tenerme lo estuviera matando. Sí. Solo quería huir.
Mi agarre se apretó en la correa de mi bolso y lo miré una vez más antes de
escapar. Miraba al piso, riendo con las chicas mientras se acercaba por el pasillo,
pero la sonrisa vaciló, y lo vi de nuevo, la parte rota de él que de alguna manera
sabía que yo era la responsable. Tenía que tratar de arreglarlo.
—Josh. —Di un paso y dije su nombre en voz tan baja que apenas lo oí por
encima del ruido en el pasillo.
Su cabeza se levantó como si hubiera sido golpeado. —¿Ember? —Todo lo
que necesitaba saber se hallaba en el tono cortante en su voz. En vez de la sonrisa
que deseaba, sus ojos se estrecharon con sospecha—. ¿Qué haces aquí?
Miré a las gemelas Tweedle, que me mostraron una sonrisa burlona. —
¿Puedo tener un minuto contigo?
Me dio esa sonrisa falsa, lo que dolía más que cualquier cosa que pudiera
haber dicho. —No estoy seguro. —Besó a una de los conejitas en la mejilla—. ¿Qué
piensan ustedes, señoritas? ¿Hay que traer a Ember a la fiesta?
Heather echó un vistazo a mis pantalones vaqueros ocasionales y camiseta
Henley, en comparación con su falda corta y el escote aún más corto, y se rió. —
¿Por qué no? Ella se ve como si necesitara soltarse.
Josh se encogió de hombros. —Vamos, si puedes mantenerte al día, Ember.
Caminó junto a mí, suponiendo que seguiría su paso. Los comentarios
rencorosos se deslizaron por mi garganta, queriendo hacer su camino a través de la
lengua y fuera de mi boca, pero los ahogué. Se comportara o no como un idiota,
era mi culpa. Le debía una explicación. Me debía una oportunidad de explicarme.
¿Cierto?
Las chicas se rieron cuando abrió las puertas de su Jeep. Tweedledee saltó
en el asiento trasero, y Tweedledum se puso del lado del pasajero, lo que me dejó
detrás de Josh. Metió la mano y alzó su asiento. —Después de ti.
—Josh, solo necesito un minuto. —Miré a esos ojos marrones y casi olvidé
que solo necesitaba un minuto.
Me enjauló entre sus brazos, presionándome contra el Jeep. —¿En serio? Se
me ocurren un montón de cosas para hacer en un minuto, Ember. Por otro lado,
apuesto que a Riley no le gustaría saber lo que estaría haciendo contigo, ¿verdad?
—¡De eso trato de hablar contigo! —Tomó todo de mí no darle un beso, traer
su cara a la mía y hacerle ver. Si había sido irresistible cuando yo me determiné a
estar lejos, ¿cómo sería ahora que me encontraba lista para lanzarme?

162 Rozó mi mejilla con la suya, y su aliento me hizo cosquillas en la oreja,


mucho más caliente que el aire. —Tal vez no estoy dispuesto a oírte hablar de lo
jodidamente perfecto que es Riley, y que lo has perdonado y resuelto todo.
—Josh…
Puso dos dedos sobre mis labios, silenciándome. —¿Quieres hablar? Bien.
Te voy a dar cinco minutos una vez que tenga suficiente alcohol en mi sistema para
escucharlo. ¿Quieres eso? Entra.
Nuestros ojos quedaron fijos en una batalla silenciosa. —Está bien.
Hizo un gesto con la mano hacia la puerta abierta. —Tu carro espera.
Me tragué el comentario sarcástico que se quedó en el borde de mi lengua,
tomé la mano que ofrecía, y subí al Jeep. Se inclinó sobre mí, fijándome el cinturón
así como lo había hecho la noche que encontramos a Riley con Kayla. No podía
luchar contra mi necesidad de tocarlo y pasé la mano por la piel desnuda de su
cuello. Él se echó hacia atrás con un silbido como si lo hubiera quemado. Sus ojos
brillaron en los míos por un instante antes de cerrar la puerta.
Si todavía tenía ese tipo de efecto en él, tendría una oportunidad.
Una vez que guardó su equipo en la parte de atrás, se subió, y empezamos
el viaje en coche hasta el campus. Atrapando su imagen en el espejo retrovisor, me
di a mí misma tiempo para disfrutarlo. Su concentración en la carretera era feroz,
pero la forma en que tenía su labio inferior entre los dientes me dijo que había más
en su mente que el tráfico. Dios, quería robar ese labio de esos dientes y besarlo.
Cuando nos detuvimos en un semáforo en rojo a pocos minutos del campus,
nos miramos a los ojos en el espejo. Electricidad pasó entre nosotros, amenazando
con convertirse en cenizas. ¿Sería siempre así con él? ¿Se iría ese entusiasmo? Algo
me decía que no, y eso era más aterrador que la idea de que algún día estaríamos
satisfechos. Si alguna vez llegábamos a un “algún día”.
—Josh, ¿a qué fiesta nos dirigimos? —preguntó Tweedledee.
—Pensé en dirigirnos a la casa, si eso les parece bien, señoritas.
Las chicas chillaron. Dulce misericordia, eran escandalosas.
—Voy a tomar eso como un sí. —Él se rió entre dientes—. ¿Ember?
Volví a fijarme en esos ojos marrones y me atuve al plan. No iba a ocultarme
más, ni a combatir contra ello. —Quiero estar donde sea que estés.
Sentí que las chicas giraban y me miraban, pero no iba a apartarle la mirada
el tiempo suficiente para reconocerlas. Si se trataba de una lucha por su atención,

163 ganaba yo. Punto. Su aliento abandonó su pecho en un sonido desigual al tiempo
que el semáforo se puso en verde, y él rompió nuestro contacto visual.
Tres minutos y una vida más tarde, nos detuvimos en frente de la casa
Kappa. No parecía tan llena como lo estuvo para el Snow Bash, pero aún había más
que una multitud decente. Las personas se apartaban rápidamente del camino
cuando Josh estacionó, echó el freno y salió del coche como si estuviera en llamas.
Las chicas bajaron, tirando de las faldas para cubrir sus traseros.
—Walker —gritó uno de sus hermanos desde el pórtico, levantando vasos
rojos en señal de saludo—. ¡Gran juego!
Josh les dio un asentimiento y ayudó a Tweedledee y Tweedledum a pasar
por las marcas que separaban el estacionamiento de la acera enfrente de la casa. Yo
lo crucé por mi cuenta.
Con una chica en cada brazo, subió los escalones del pórtico. Otro par de
conejitas, esta vez morenas, lo encontró en la puerta. —¡Josh! ¡Queríamos dar un
paseo contigo! —Una hizo un mohín, deslizando los dedos por su pecho.
El impulso de lanzarme casi me venció. ¿Podrían ser más patéticas? Parecía
que cuanto más desesperadas eran, más pequeña era la ropa que llevaban. —No se
preocupen, chicas. —Una sonrisa arrogante hizo que su cara parezca menos
austera, más juvenil—. Hay suficiente para todas, y me siento bien esta noche.
Las chicas se deslizaron a su lado, dándoles más trabajo a Tweedledee y
Tweedledum, y la exasperación casi me ahogó. ¿Quién demonios era él esta noche?
Entonces me di cuenta; este era el Josh Walker que todos conocían. El que
marcaba los tantos en la pista de hielo, y se acostaba con las chicas fuera de él. Este
era el Josh del que me advirtieron, y aquí me encontraba yo, persiguiéndolo otra
vez como una ingenua estudiante de primer año. Cinco años no habían cambiado
mucho.
Mis pies tocaron los primeros escalones y me detuve, apretando con la
mano la barandilla del pórtico.
¿Quién era yo para llamar a estas chicas patéticas? Claro, tenían menos ropa
que yo, pero todas nos encontrábamos allí por la misma razón: persiguiendo a Josh
Walker. Él se comportaba como un idiota, y yo estaba siendo patética.
—¿Vienes, Ember? —Su mirada burlona me impulsó al borde por el que
había estado caminando.
¿Quería jugar? Bien.
—Sí. —Salté los escalones por delante de él y me dirigí a la casa, sin mirarlo.
La casa se hallaba llena. Los altavoces sonaban con 50 Cent, y me abrí paso
hasta la mesa de billar, donde Jagger se inclinaba sobre el fieltro verde con un taco.
164 —Necesito un trago.
Sus cejas se alzaron, y lanzó el tiro. —El placer es mío. —Se puso de pie,
estirando el taco encima de la cabeza, y el movimiento le levantó la camisa para
revelar un conjunto de abdominales bien marcados. Pero a pesar de que Jagger era
muy guapo, no me sentía desesperada por pasar mi lengua por su estómago. —
¿Cerveza? —Le entregó su taco a uno de los chicos, y me acompañó hasta el bar.
Un minuto más tarde, abrió la tapa y me entregó una botella—. Eres una fan del
trigo de cereza, ¿verdad?
—Sí, gracias por notarlo. —Le ofrecí una sonrisa, tomé un largo trago de la
cerveza, y me apoyé en la barra.
—No estás exactamente vestida para una fiesta.
Una risa irónica surgió de mí. —Sí, bueno, no sabía que estaría compitiendo
por Josh con el resto de la gente aquí.
Su mirada se trasladó de mí al otro lado de la habitación donde yo sabía que
Josh ya bailaba con la brigada barbie. —¿Sabes lo que estás haciendo, no? Josh es…
Josh.
Bajé la cerveza y me quité la blusa, quedándome con mi camisola de encaje
azul, que tenía el corte lo suficientemente bajo como para mostrar mi escote, pero
no mi sostén. Silbidos estallaron alrededor de nosotros. Arrojé mi blusa al bar y
pasé los dedos por mi improvisado cabello. Maldito aire árido. —Eso está mejor,
¿no crees? Baila conmigo.
Sus ojos se abrieron. —Creo que Josh tiene sus malditas manos llenas. —Él
me llevó a la pista para que bailáramos, pero mantuvo un espacio pequeño entre
nuestros cuerpos. Sin duda, la última cosa que quería era molestar a su compañero
de habitación.
Fijé los ojos con Josh a unos pocos metros de distancia, mirando por encima
de la Barbie que se frotaba contra él. Consigan una maldita habitación. Ugh. La idea
envió punzadas de agonía a través de mi pecho. Sus manos podían haber estado en
su cuerpo, pero sus ojos estaban puestos en mí, tras cada movimiento que hice con
el ritmo. La energía vibraba a través de mí, no de la música, sino de ver a Josh
moviéndose y recordando cómo se sentía tenerlo presionado contra mí.
Barbie se volvió en sus brazos y le susurró al oído. Él le dedicó una sonrisa
seductora, y ella tomó su mano extendida. Se deslizó junto a nosotros, llevándolo a
través de la multitud hacia la escalera. Josh enarcó una ceja interrogante hacia mí,
pero no me atreví a mirarlo a los ojos. Si todo lo él que quería era un cuerpo fácil,
entonces él tenía razón en llevar arriba a la Barbie.
165 Pero yo sabía que era una mentira al momento en que lo pensé. Claro, él me
había llevado más lejos que cualquier otro chico, pero se detuvo antes de acostarse
conmigo. Esa clase de hombre no se encontraba solo tras un cuerpo fácil.
Sacudió la cabeza con una sonrisa triste, como si estuviera decepcionado, y
mantuvo los ojos clavados en mí mientras le susurraba algo a Jagger, quien asintió,
y Josh me lanzó una última mirada inquisitiva antes de llevar arriba a la Barbie.
—Vamos a tomar algo —sugirió Jagger. Asentí distraídamente y le seguí
nuevamente a la barra—. ¿Cerveza?
—Tequila. —La cerveza no iba a funcionar.
Lamer. Tomar. Absorber. El alcohol se deslizó por mi garganta como fuego,
y la lima fresca alivió el dolor adormecedor. Pero el sabor me llevó de nuevo a
Breckenridge y trajo el sabor de la lengua de Josh en la boca. Verlo irse con esa
chica arruinó mi alma y la rompió, amenazando con destrozarme más de lo que lo
hizo Riley.
—Necesito aire —expulsé, tropezando con un taburete. Ni siquiera me
encontraba borracha. Solo devastada. Me moví entre la multitud, hacia el pórtico
delantero, que se hallaba extraordinariamente vacío, y me apoderé de la cadena en
el columpio cuando me dejé caer en ella. Josh estaba arriba, tocando a otra chica,
besándola. Tomé respiraciones profundas para no vomitar.
Jagger me siguió y se apoyó en la barandilla del pórtico, observándome en
silencio mientras bebía otra cerveza.
—No sé qué demonios estoy haciendo —admití, mirando a las estrellas.
—Ni él.
—Oh, creo que tiene bastante experiencia en llevar chicas arriba durante
estas fiestas. —Dios, me hacía daño—. ¿Por qué duele tanto? —Fue una pregunta
retórica, pero Jagger respondió.
—El amor es una perra.
Eso llevó mi mirada hacia él. —Yo no lo amo.
—¿En serio? Entonces, ¿por qué te importa a quién lleva arriba?
No le debía una explicación a Jagger. Caray, apenas lo conocía, pero tal vez
él podía entenderlo. Alguien en esta situación tenía que hacerlo, ¿no? —No… no
me importa a quién lleve.
—Te importó cuando eras tú. —La voz suave como el terciopelo de Josh
llegó desde la puerta.
166 Me volví para verlo apoyado contra la puerta, y con los brazos cruzados
delante de él. Se veía tan sexy. ¿Había ella degustado lo bien que sabía? —¿Ya lo
hiciste? No se trata de quién marca más rápido, ¿no?
Jagger echó un vistazo a la tensión en la cara de Josh y se excusó. —Sí, solo
hazme saber cuándo estés listo para volver a casa, hombre.
El columpio se sacudió levemente cuando Josh se sentó a mi lado. —¿Qué
estás haciendo, Ember?
Me tragué la furia que me ahogaba y dejé salir la honestidad. —No tengo ni
idea. ¿Por qué hiciste eso? ¿Llevarla arriba mientras yo veía?
Sus ojos adquirieron un brillo duro. —¿Como si importara? La última vez
que lo comprobé, tienes novio, ¿verdad, Ember? Tú eliges estar con un idiota que
no merece ni uno solo de tus besos, y yo decido acostarme con chicas insípidas.
—No estoy con Riley. Eso es lo que he estado tratando de decirte.
Tenía la boca momentáneamente abierta. —¿No?
—No. Almorzamos en el juego y nos dimos el cierre que necesitábamos. No
te alejas de una relación de tres años sin tomarte un minuto para dejarlo ir, Josh.
—Pero te vi en sus brazos. —Frunció el ceño, y yo quería desesperadamente
suavizar las líneas de su frente con los dedos.
—Me viste darle un abrazo de despedida, sí. Traté de alcanzarte y explicar,
pero te habías ido, y entonces no contestaste mis llamadas. —Cambié mi peso hacia
él, por lo que las cadenas del columpio chillaron.
—¿No estás con Riley?
¿Qué era él, un loro? —No.
—¿Por qué no?
Me mordí el labio, royendo la posibilidad de dejarlo entrar por completo.
Solo unas pocas palabras, eso sería todo lo que se necesitaba para que supiera lo
que significaba para mí. Pero esas pocas palabras me abrían a todo el dolor del que
había estado tratando de protegerme.
Él acortó con la mano la distancia que nos separaba y me acarició la mejilla.
—December, ¿por qué no?
Saboreé el sonido de mi nombre en su boca.
—Por favor, ¿dime?
Su petición me rompió. —Porque él no es tú. —La confesión se deslizó de
167 mis labios en un susurro antes de que pudiera usar mi buen juicio.
Un suspiro irregular salió de sus labios un segundo antes de reclamar los
míos. Sin preámbulos, su lengua se deslizó dentro de mi boca y me tomó en un
beso aplastante. Con lo que me quedaba de cordura, me alejé. —¿Por qué no estás
arriba con Barbie? Ella es un bonito paquete.
Apoyó la frente contra la mía. —Porque todo lo que quiero está envuelto en
ti, Ember.
—Todo en mí está… estropeado. No tienes ni idea en que te estás metiendo.
—Contigo. Me estoy metiendo contigo, December. Es todo lo que necesito.
—Terminó su promesa contra mi boca, y me perdí en él—. Solo dame una
oportunidad.
Las oportunidades significaban vulnerabilidad, y yo sabía que no podía
sobrevivir a otra derrota, sobre todo si era de Josh. Pero mi otra opción era no
tenerlo. Así que, en realidad, había solo una opción.
—Está bien, vamos a darle a esto una oportunidad.
Traducido por Julieyrr & Alessandra Wilde
Corregido por Eli Mirced

Tres golpes sonaron en la puerta. Josh llegaba justo a tiempo.


Revisé mi maquillaje en el espejo, como si no lo hubiera hecho ya una
docena de veces o más. Síp, mi cara seguía allí. Dejé escapar un profundo suspiro y
traté de frenar mi corazón acelerado cuando abrí la puerta para nuestra cita del
viernes por la noche.
La lenta sonrisa que se extendió por su rostro hizo que mi ritmo cardíaco
volara de nuevo. —Hola.

168 Sus dientes se asomaron sobre su labio inferior un escaso segundo antes de
que negara con la cabeza. —No puedes usar eso.
Auch. —¿No te gusta? —Miré a la falda corta y coqueta que Sam me había
convencido de usar, junto con una licra y un suéter escotado. Esta era su idea de
“ayudar” en la situación.
—Oh, no, me gusta. —Sus ojos se oscurecieron—. Te ves comible, Ember.
Pero te vas a congelar ese lindo traserito tuyo si usas eso.
—¿Qué quieres que me ponga?
—Pantalones.
Me eché a reír. —Estos son pantalones.
—Esas son glorificadas pantimedias. —Dio tres pasos, apoyándome contra
la pared de entrada. Mi respiración se detuvo cuando él agarró mi pierna izquierda
y la levantó, encrespando mi rodilla en su cintura. Un movimiento, y me tenía tan
excitada que estaba dispuesta a renunciar a la cita y omitir hasta el beso de buenas
noches, o más. O algo. Pasó la mano por mi tobillo expuesto hasta mi pantorrilla
revestido por licra, a través de la parte posterior de mi rodilla y hasta mi muslo,
parando donde comenzaba la falda. Apoyó su frente contra la mía. —Puedo sentir
cada curva debajo de estos, December, justo como si mi mano estuviera sobre tu
piel desnuda.
Me arqueé hacia arriba para un beso y se echó hacia atrás, con los ojos
oscuros de ese familiar deseo. —Si te beso ahora, no habrá cita.
—Estoy de acuerdo con eso.
Con un último golpe a mi pierna, la quitó de su cintura y suavemente la
puso de nuevo en el suelo. Levantó las manos como si estuviera bajo arresto y se
alejó lentamente. —Pantalones. Ahora.
Me aparté de la pared y me dirigí a mi habitación para cambiarme con una
sonrisa incontrolable en mi cara. Tuve a Josh Walker cerca de perder el control.

***

Gracias a Dios, por los estúpidos pantalones.


—No puedo creer que esta sea tu idea de una cita. —Miré hacia el techo del
Honnen Ice Arena por quinta vez, ahora desde mi espalda. Había estado en el
suelo tan a menudo que el frío se había filtrado a través de mi chaleco, camisa y en
169 mi piel. Por lo menos había llevado guantes adicionales en mis dedos.
Josh rió, tirándome hacia arriba una vez más. —Creo que es una muy buena
manera de ponerte de espalda.
—Ja. Ja. —Mis pies se deslizaron de debajo de mí, pero él tenía un agarre lo
suficientemente firme para sostenerme en pie. Era la primera vez en sus brazos que
no pensaba en quitar su ropa—. No puedo creer que encuentres esto divertido.
Me condujo hacia la meta y se aseguró de que me encontraba estable antes
de patinar a mi alrededor. —Este es el lugar en el que vivo. Todo lo demás es
solamente respirar para salir adelante.
—Así que, ¿básicamente me trajiste aquí para impresionarme?
Él patinó hacia atrás, lejos de mí, su sonrisa atrayéndome como ninguna otra
cosa podría. —¿Funciona?
—Está haciendo doler mi trasero.
Su risa resonó por toda la sala vacía. Patiné unas cuantas yardas, olvidando
mi posición precaria y me perdí observándolo. Se volvió tan rápidamente, que no
podía creer que no se cayera, y partió de nuevo hacia mí. Era cierto: aquí es donde
él vivía, no solo existía. Había una vitalidad en él que no existía en otro lugar que
el hielo. Él lo había tenido en la escuela secundaria, pero ha aumentado desde
entonces. Patinaba con más fuerza, sin embargo, tenía más control ahora. Era más
hábil y más cómodo con eso, más atrevido cuando la situación lo requería, y más
paciente cuando arriesgarse no era el camino a seguir.
¿Dónde vivía yo? ¿Dónde era vital? ¿Tenía algo que me hacía sentir tan viva
como Josh parecía en este momento?
—Oye, ¿dónde te encuentras? —preguntó, deslizándose hacia adelante y
agarrándome antes de caer—. Fuiste muy lejos.
Forcé una sonrisa. —Nada, no te preocupes.
—No uses esa mierda conmigo. Si hay algo en tu mente, quiero saberlo. No
empujarla a un lado.
No podía ponerlo en palabras, en realidad no. —Es estúpido.
Dio la vuelta a mi lado y con una mano alrededor de mi cintura, me guió
suavemente alrededor del hielo. —No fue mi intención presionarte, pero no quiero
que finjas conmigo. No me trates como si fuera otra persona.
Ambos sabíamos de lo que él hablaba. Hicimos otra vuelta y tuve la
precaución de ver sus pies, imitando sus suaves movimientos con los míos. —Eres

170 realmente feliz aquí.


—Sí.
—No tengo nada como esto. No puedo recordar la última vez que tuve algo
mío. Algo que me hizo sentir inspirada, con vida.
Se dio la vuelta, así él patinaba hacia atrás, tirando de mí mientras yo lo
enfrentaba. —Si mal no recuerdo, eras una fiera en el equipo de debate.
Me habría caído si no me hubiera mantenido firme. —¿El equipo de debate?
Eso fue hace eones. Al igual que millones de años de primer año y segundo año. —
Mis ojos se estrecharon—. No recuerdo haberte visto en ninguna parte cerca del
equipo de debate. —Si lo hubiera hecho, no me habría molestado en mirar a Riley.
Su sonrisa casi me desarmó. —Me parece recordar una cierta discusión
sobre los uniformes escolares. Les pateaste culo al equipo contrario y ese ensayo
fue genial.
—¡Oye! Los uniformes escolares son una medida de empate que quita gran
parte de la presión de los compañeros que gastan toneladas de dinero en ropa para
el estúpido estatus social… Espera. ¿Estabas allí? ¿Leíste mi ensayo?
—Sí. —Su pulgar rozó mi mejilla y tomó mi mano—. Yo era el asistente de
Andrusyk, por lo que entré en todas sus clases. ¿Qué pensabas hacer con todo ese
fuego?
Me preparé para la mirada de “oh, ella es una idiota”. —Quería escribir
libros de historia, buscar otra cara de la historia, una especie de Howard Zinn. —
Rápidamente cambié de tema antes de que pudiera pensar que era una acosadora
de biblioteca loca—. Además, entrar a mi clase era una cosa, pero ¿estar allí para
ver?
Su sonrisa se desvaneció en una mirada de brutal intensidad. —Sentía algo
por una chica, pero ella era demasiado buena para alguien como yo.
El silencio de la pista solo fue roto por el sonido de nuestros patines en el
hielo. —Tenía un flechazo por ti. —La confesión salió disparada de mis labios—.
Solía soñar despierta acerca de pedirte que vayas conmigo al baile de Sadie
Hawkins, o que me notaras, pero eras Josh Walker y nunca iba a suceder.
Tragó saliva. —Me alegro de que no lo hicieras. No era el mejor tipo de
chico en ese entonces.
—¿Pero ahora lo eres?
—Eso es lo hermoso del tiempo. Nadie permanece como era en la escuela
secundaria. Escribías las más impresionantes historias, considerando los problemas
171 con tales puntos de vista frescos. Serías una gran historiadora. ¿Por qué lo dejaste?
En menos de un segundo pensé y recordé. —Riley. —Salió como un susurro
y dejé de mover mis pies. Seguimos durante un par de metros hasta que Josh nos
detuvo, esperando a que continuara—. Nos juntamos e hicimos todos estos planes.
Quiero decir, eran buenos planes, pero eran suyos, supongo. Decidí convertirme en
maestra de primaria, y todo lo demás simplemente se fue. Además, dejarlo me dio
tiempo para otras cosas, y papá se fue ese año, por lo que mamá necesitaba ayuda
con Gus.
—¿Alguna vez piensas en ti misma en primer lugar?
Me eché a reír. —Todo el tiempo. No me pintes como una especie de mártir,
Josh. Hay solo algunas formas en que funcionan las cosas. Todo tiene un sistema,
un calendario, y lo que no ayuda se a elimina. Es la lógica, no la abnegación.
—¿Y ahora que Riley no está en la foto? ¿Sigues pensando en enseñar?
La boca de mi estómago cayó, amenazando con llevarme con ella. —Sí. —
Negué con mi cabeza—. No. —Cerré los ojos y mi respiración salió en forma de
vapor de aire—. No lo sé. Perder a Riley no fue lo que más dolió. Perdí los planes
que hicimos. Todo se hallaba listo, recto y perfecto. Ahora todo es un caos y no sé
cómo arreglarlo sin que él me lo diga.
Asintió lentamente. —Solo asegúrate de estar haciendo lo que tú necesitas,
Ember. Encuentra lo que te hace feliz. Está por ahí.
Me arrastré los centímetros que nos separaban, haciéndome subir contra su
pecho y terminé con mis brazos alrededor de su cuello. —La única vez que me
siento viva es cuando estoy contigo, y eso me asusta mucho —susurré.
Sus labios se encontraron con los míos, frescos y firmes. El beso fue tierno,
casto, dulce y más que cualquiera de los que habíamos compartido antes. Me llevó
aún más cerca y apoyó su frente contra la mía. —Todo en ti me asusta hasta morir,
December.
No tuve la oportunidad de responder. Una manada de elefantes se dirigía
hacia nosotros, viniendo a través de la entrada de los vestuarios a la pista de hielo.
Era el equipo de hockey de la universidad de Colorado, los Tigres, la fantasía de
Gus cobrando vida. Cuando se trataba de hockey, la Universidad de Colorado era
el lugar para estar.
—¡Oigan! ¡No pueden estar aquí! —gritó uno de los jugadores, patinando—.
Tenemos práctica.
—Sí, hombre, lo siento. Estuvimos unos minutos tarde. Nos vamos. Gracias
por prestarnos la pista.

172 Una expresión peculiar cruzó por la cara del tigre antes de la sorpresa. —
Oye, ¡tú eres Josh Walker!
Si no estuviera observando a Josh tan de cerca, me habría perdido su
mandíbula apretándose rápido. —Sí. Encantado de conocerte.
El hombre se dio la vuelta, dejando al descubierto su apellido Cedar en su
camiseta. —¡Lugawski, Hamilton! ¡Es Josh Walker!
—¡De ninguna manera! —Los otros jugadores se acercaron patinando.
—¡Amigo, eras, como, fenomenal! ¡Hemos visto tus cintas!
Me encogí en el “eras”. Estrujada por tres jugadores de hockey, de repente
me sentí muy pequeña, pero muy a la defensiva por Josh. —Todavía es bastante
fenomenal.
Josh me echó atrás y asintió hacia los chicos. —Gracias de nuevo por la pista
de hielo.
—¿Todavía juegas? —preguntó Cedar, patinando, mientras Josh me dirigía
a la puerta.
—Sí, para la Universidad de Colorado Springs —respondió.
—¡Hombre! Si el entrenador supiera que estás sano, te estaría hablando.
Siempre ha sido admirador tuyo. ¿Cómo pudo perderte Boulder?
¿Sano? ¿Cuándo había sido herido Josh? Nunca vi nada sobre una lesión
suya durante un partido, pero él había dejado Boulder el año antes de que llegara
yo. Su mano se cerró alrededor de la mía como si estuviera ocultando algo.
Josh rió. Me preguntaba si alguien más se dio cuenta de que no era una risa
real, o si era solo que sintonicé con él. —Beca completa para CU. No podía permitir
que los chicos y su lista estuvieran demasiado apilados en mi primer año. Las
estrellas simplemente no se alinearon.
Cedar negó con la cabeza. —Hombre, habríamos tenido tanta suerte de
tenerte. ¿Cuándo empezaste a jugar otra vez?
—El año pasado.
—Es una maldita lastima lo de tu pierna. Pero gracias. Eres un héroe para el
resto de nosotros.
Josh tomó su mano extendida y la sacudió. —No hay nada que
agradecerme. Solo hago mi parte. —Su voz fue tan baja que tuve que esforzarme
por escuchar lo que había dicho.
—Aun así, es jodidamente increíble.
173 Hombre, estos individuos tenían un serio caso de culto al jugador héroe del
hockey.
—Cedar —gritó otro jugador.
—¡Sí! —Se volvió hacia Josh—. Escucha, si alguna vez estás en un juego,
cuéntame.
Josh le dio una sonrisa con labios apretados. —Por supuesto. Ya nos vamos.
Se ven bien este año. —Con otro apretón de manos, me sacó de la pista y me dirigí
hacia las gradas, con pasos torpes. Los patines no hicieron nada por mi aplomo.
Apenas tuve mis patines desatados cuando Josh se arrodilló frente a mí; la
tensión salía de él en ondas radioactivas. Con más delicadeza de lo que esperaba,
me apartó las manos y me quitó los patines antes de que pudiera parpadear. Se
veía tan concentrado en su tarea que no me molesté en decirle que podría ponerme
mis propios zapatos. Me colocó mis zapatos y me ayudó a ponerme de pie.
—¿Estás lista? —preguntó.
—Sí. —Lancé una mirada más al uniforme negro y dorado del equipo que
calentaba—. Hombre, ellos son buenos.
Sin ver hacia atrás, me sacó suavemente de la pista de hielo. —Son los
mejores.
Algo le pasaba. Me apresuré en mis pasos para coincidir con los suyos,
entrando bajo su brazo. Me acurrucó contra él.
Fuera de la pista, el aire frío golpeó mi rostro y respiré hondo. Josh abrió mi
puerta y me metió con seguridad dentro del Jeep, pero no entró de inmediato. Dio
la vuelta a su lado, pero luego se apoyó contra la puerta, tirando de su pelo a
través de sus manos por un momento antes de inclinarse. Mi primer instinto
gritaba que fuera con él, pero su aspecto decía que lo mejor era que me quedara
donde él me puso.
Su cabeza volvió a subir y descansó brevemente en la ventana antes de
tomar lo que parecía un enorme aliento y afirmarse. Luego abrió la puerta, se
deslizó en el interior y me dio una sonrisa. —¿Una buena primera cita?
—No hagas eso.
Sus ojos destellaron una advertencia en la que entré directo. —No me trates
como si fuera cualquier persona ni te escondas de mí.
Lanzó un medio suspiro, medio risa. —Me lo merecía.
Señalé al estadio. —Eso es lo que querías.
174 —Sí. —Sus manos se hundieron en el suave cuero de su volante—. No eras
la única con planes. —Me acerqué y puse mi mano en su muslo, necesitando
tocarlo. Cerró los ojos, y algo parecido al dolor arruinaba sus facciones.
Abrió los ojos y encendió la radió, y se retiró del estadio. Tomó mi mano
entre el cambio de marchas, pero no habló en todo el camino a casa. Dios, había
estado tan absorta en mí misma. Sí, había perdido a mi padre y mis planes, pero al
mismo tiempo había estado tan envuelta en mi familia y mi propia vida, que no me
había parado a ver que mi tragedia no era lo único que me rodeaba. La gente
perdía sus sueños todos los días.
Puso el Jeep en su lugar de estacionamiento y se apresuró a abrirme la
puerta. Ambos sabíamos que no tenía que hacerlo, pero me bajó de mi asiento al
suelo con cuidado, como si fuera algo precioso.
—¿Querías ser un Tigre? —le pregunté, tratando de hacerlo hablarme. No
podía ser la única que regalara los secretos. Quería saber todo acerca de él,
especialmente las partes que guardaba tan cuidadosamente a todos los demás.
Abrió la puerta de nuestro edificio y esperó hasta que estuvimos dentro
para hablar. —Sí. Uno de los días más felices de mi vida fue cuando me aceptaron
en CC. Pero no podíamos permitírnoslo y CU me dio una beca completa. Así que
fui a Boulder.
—¿Y fuiste herido? Nunca me enteré de eso.
Pulsó el botón del ascensor con el dedo. —Era la temporada baja y no había
muy grandes noticias.
—¿Fue entonces cuando llegaste a casa? —Mierda. No sabía casi nada sobre
Josh Walker.
Negó con la cabeza. —Mi mamá me dijo que tenía cáncer de mama el día
después de las finales de invierno de mi segundo año. Éramos solo nosotros dos, y
ella no tenía a nadie más que la cuidara, ¿sabes? Me trasladé a la Universidad de
Colorado Springs.
—¿Y me llamas desinteresada? —Él era afortunado de que UCCS honrara su
beca, sobre todo porque su equipo no estaba al mismo nivel.
Ding. El ascensor se abrió y entramos. —Por eso no te dije nada cuando te
transferiste aquí. Sé lo que se siente que tu familia dependa de ti. —Él entrelazó sus
dedos con los míos y besó la palma de mi mano.
—¿Tu mamá? Ella está…
—Mamá está muy bien. Es una luchadora. Una vez que estuvo en remisión,
se trasladó nuevamente a Arizona para estar cerca de mis abuelos y yo me quedé
175 aquí.
—¿Pero luego te lesionaste? —Era como un rompecabezas donde cada pieza
era negra, y no podía decir cuál iba dónde.
Su mandíbula se apretó de nuevo. Me pregunté si sabía que podía entender
lo que decía. —Sí, casi al mismo tiempo los exámenes de mamá dieron negativos.
No era elegible mi segundo año, ya que llegué en la parte final de la temporada,
pero estuve muy bien en mi penúltimo año y la universidad de Colorado vino a
hablar conmigo sobre una beca. Me lesioné un par de meses más tarde y el resto…
Ding. Llegamos a nuestro piso. Nos dirigimos por el pasillo y detuvimos en
medio de nuestras puertas, con las manos aún unidas.
—¿Necesitaste un año para sanar?
—Necesité ese tiempo para volver al hockey, pero nunca seré tan bueno
como antes. —Me miró a los ojos—. Sin embargo, eso es lo que pasa. Los planes
cambian, ajustas las velas y te dejas llevar. El hecho de que no voy a jugar para CC,
no quiere decir que no voy a hacer otra cosa igual de increíble.
—Pero aun así te hace daño.
—Sí, pero es mejor poco a poco. Es horrible tener que verlo, pero no es como
si pudiera cambiar el pasado o lo que pasó.
Claro, él hablaba de sí mismo, y no era un sermón indirecto, pero aun así,
sus palabras me atravesaron, dejándome abierta y desnuda. No podía cambiar lo
que había pasado los últimos meses. No podía traer de vuelta a papá, y no volvería
a aceptar a Riley, pero podía dar un paso adelante.
—¿Un día me dirás lo que te ha pasado?
Se tomó un momento para contestar y luego asintió. —Pero ahora no. No
estoy listo.
Su honestidad era más tranquilizadora que saber sobre su lesión. —Gracias
por esta noche.
Su mano rozó mi mejilla, ahuecando mi cara y enviando una sensación de
electricidad a mi cuello. —Lo siento. Quizá fue un poco pesado para material de
primera cita.
—Fue perfecto. Por otra parte, he estado soñando con una cita contigo desde
el primer día de mi primer año, por lo que probablemente podríamos haber hecho
algo atroz y horrible, y hubiera sido perfecto. No vuelvas a pedir disculpas por
mostrarme quien eres.
176 —Había otra razón por la que me alegró que te transfirieras —admitió.
—¿Ah sí?
—Egoístamente, te quería cerca de mí.
—Josh…
—Escucha un segundo. Sí, te quería cerca de mí y todavía lo quiero, pero
hay algo que debo darte y entonces puedes elegir qué hacer con él. Espera aquí. —
Desapareció en su apartamento por menos de un minuto y regresó con una carpeta
manila, pasando sus dedos a lo largo de ella nerviosamente—. Esto es porque sé de
lo que eres capaz de hacer, incluso cuando tú no.
Me dio la carpeta y la abrí lentamente, aspirando el aliento. —¿La solicitud
de Vanderbilt?
Sonrió. —Algunos sueños no están muertos, solo dormidos. Necesito que
sepas todas las opciones que tienes y no tengas miedo de ello. Más que este anhelo
de tenerte cerca de mí, quiero que seas feliz.
Ese fue el momento en que me enamoré de Josh Walker.
Todo encajó en su lugar, reparando las piezas rotas de mi alma lo suficiente
para respirar por fin libremente, para sumergirme en todo lo relacionado con él y
la belleza de lo que somos juntos.
Se inclinó y rozó sus labios con los míos, todavía sosteniendo mi cara. Me
arqueé por más, con ganas de todo lo que sabía que era capaz de dar. Ese era el
problema con besar a Josh. El tipo tenía algunas habilidades de besos seriamente
adictivas. Me dio otro beso y se apartó.
—Primera cita, ¿recuerdas?
Me quedé boquiabierta. —¿En serio? Después de todo lo que hemos… —Él
era como una chica de secundaria, deteniéndome a mitad de camino de la primera
base al inicio de cada cita.
Fingió estar conmocionado. —¡Nunca lo he hecho! ¡December Howard!
¿Qué pensarías de mí si te dejo robar mi virtud en la primera cita?
—Cierto. Eres tan virginal. —Él rezumaba sexo crudo, del tipo que sabía que
sería un poco sucio y mucho para asimilar.
—Todo contigo es nuevo para mí. —Soltó mi cara y me giró hacia mi
puerta—. Entra antes de que cambie de opinión, December.
—Oooh, ¿te estoy afectando, Josh?

177 Me rodeó con el brazo, abrió mi puerta y me empujó suavemente hacia


dentro. —Más de lo que nunca sabrás. Ahora sé buena. Anda a la cama.
—Son las nueve en punto.
—Eso no importa. Anda a dormir. Completamente vestida. O estudia. O
algo así.
Me di vuelta y lo vi inclinado en la parte superior del marco de la puerta,
con las manos apoyadas en ambos lados de la puerta. Era tan condenadamente
hermoso. —¿Estás pensando en una segunda cita?
Su sonrisa era impresionante. —Diablos, sí.
—Entonces, será mejor que me des un beso de buenas noches que valga la
pena.
En una milésima de segundo me atrajo hacia él. Mi corazón dio un vuelco, y
mis labios se estremecieron en anticipación de lo que supe que venía después. Iba a
volverme loca si no podía tener su boca en la mía.
Tranquilamente tomó mi cara entre sus manos, rozando de nuevo las hebras
sueltos de cabello castaño rojizo. Examinó cada curva y línea de mi rostro; sus ojos
se deslizaron sobre mis pómulos, haciendo una pausa en mis ojos, demorándose en
mi boca.
Luego tomó mi boca en la forma que necesitaba.
Sus labios se movieron en deliciosas maneras que me tuvieron de inmediato
lista para él. Inclinó mi cabeza para tener un mejor acceso, y lo único que podía
hacer era concentrarme en no colapsar. Mantuvo sus manos en mi cara, pero las
anhelaba en cada centímetro de mi piel.
Una vez que mis rodillas vacilaron, se retiró. Si no hubiera visto el ardiente
deseo en sus ojos oscuros, habría pensado que estaba completamente inafectado.
—¿Puedo llamarla para una segunda cita, señorita Howard?
—Sí, por favor, señor Walker. —Mi respiración sonaba como si él recién me
hubiera sacado de la habitación. Deseé que lo hubiera hecho.
—Esta noche fue un placer. —Me besó la mano y retrocedió, cerrando la
puerta detrás de él y me dejó apoyada contra la pared.
Mierda. Mierda. Mierda. Mierda. Sí, eso. Cada fibra de mi cuerpo gritaba
por él, ¿y ahora tenía que ir a dormir sabiendo que se encontraba a solo una pared
de distancia? Quería gritar de frustración. En su lugar, tomé mi bolso y la solicitud
de donde debí haberla tirado y me dirigí por el pasillo hacia la sala.
Encontré a April acurrucada en mi sofá, con los ojos rojos e hinchados.
178 —Llegó aquí hace media hora —explicó Sam, vestida para ir al club—. No
me quiso explicar qué le pasaba, y no quería dejarla sola.
—Yo me encargo, Sam. Anda.
Me dio un rápido abrazo y después de lanzar una mirada comprensiva en la
dirección de April, fue hacia la puerta. La noche del viernes me estaba llamando.
Tiré todo en el extremo de la mesa y me senté al lado de mi hermana,
atrayéndola a mis brazos. —¿April?
—Él me dejó. Brett se enteró de los otros chicos y dijo que había tenido
suficiente. —Sus sollozos sacudían su pequeño cuerpo.
La abracé y nos mecí juntas hacia atrás y adelante. Le prometí que todo
estaría bien y envié una plegaria a Dios para que no me convirtiera en una
mentirosa.
—¿Qué voy a hacer? —Sus cálidas lágrimas empaparon mi cuello—. Lo
amo, Ember.
Tomé su cara entre mis manos y la aparté para poder mirarla. Sus lágrimas
eran reales y feas. —¿De verdad lo quieres?
Asintió y se mordió los labios a través de las lágrimas que se deslizaban por
sus mejillas rojas.
—Entonces, discúlpate. Sin razonamientos, ni excusas. Te equivocaste; no
importa lo que te hayas dicho a ti misma, y vas a tener que confesar eso. —Ella no
necesitaba que la juzgue, pero sí la verdad.
Tenía que ceder algo.
—Está bien, puedo decirle que lo siento. Me equivoqué. Yo solo…
—No. Sin excusas, April. Ni siquiera para ti misma. Y pedir perdón no solo
significa que lo sientes, quiere decir que no lo volverás a hacer, y si no estás lista
para eso, déjalo en paz.
Sus hombros se enderezaron, y vi a mi hermana crecer un poco.

179
Traducido por Katita
Corregido por Helen1

Mierda. Eran las seis y media de la noche. El disco caería en cuarenta y dos
minutos y yo estaría fácilmente a veinte minutos en coche. Salté en un pie, tratando
de sacarme las botas negras para poder ponerme las marrones que hacían juego
con mi suéter de color crema. Con un tirón entusiasta, la de la izquierda voló de mi
pie, y aterricé sobre mi trasero, golpeando mi cabeza contra la estantería.
—¡Ay! —grité. La librería se sacudió por el impacto, y eché los brazos sobre
mi cabeza para atrapar lo que sabía sería una avalancha. Un momento después, un
sobre me golpeó. ¿Reacción muy exagerada?
180 La carta de papá me miró desde mi regazo. Seguí con mi dedo mi nombre
con la letra familiar, como si de alguna manera pudiera acercarlo a mí.
Por enésima vez o así, mis dedos coquetearon con el sello, tentada a rasgarlo
y saber de él por última vez. Pero, ¿qué diría si supiera todo lo que sucedió? ¿Si
supiera que me transferí? ¿Si supiera que todos mis planes trazados no eran nada
más que cenizas que esperaban ser barridas?
¿Qué pudo haber dejado de decirme que no me había dicho en persona?
¿Qué había retenido? Le di la vuelta en mis manos otra vez, decidiendo no dejar
nada sin decir en mi vida. Nunca habría una razón para que yo escribiera una
carta.
Josh debía saber que lo amaba. Esta noche. Sin espera. Sin arrepentimiento.
Sin preocuparme sobre las consecuencias ni debatirme si había llorado lo suficiente
para seguir adelante.
Me levanté y volví a colocar el sobre en el estante superior.
Me puse mis botas marrones. —¡Sam, tenemos que irnos ahora!
—¡Espera! —gritó ella desde el baño—. No se puede precipitar la perfección,
y estoy a punto de ir a la caza de un hombre.
—¿Dónde diablos están mis llaves? ¿No puedes poner las cosas en su sitio,
Sam? —Lancé mis brazos en mi abrigo y empecé a revolver la mesa de café.
—No te enojes tanto, Ember. No todos podemos tener trastorno obsesivo-
compulsivo de súper-organización por aquí.
—¡No ayudas, Sam!
Ella se rió y siguió aplicándose el maquillaje.
Cuatro minutos, tres maldiciones, y un juego de llaves después, íbamos en
camino.
El tráfico no era tan malo hasta que llegamos al World Arena. Añade cinco
minutos para aparcar, y lidiábamos con perdernos el comienzo.
Corrimos por el área, abriéndonos camino entre la gente hasta que llegamos
a nuestra sección. Un rápido vistazo más allá del acomodador en el hielo confirmó
que habíamos llegado a tiempo. Nos deslizamos en nuestros asientos de cristal
azul cuando el equipo llegaba a la pista de hielo. Justo a tiempo.
Como si tuviera un súper radar de Josh, lo encontré en el momento en que
patinó sobre el hielo. Sonreí cuando oí al estadio estallar en aplausos con la llegada
del equipo. Mis ojos no podían despegarse de Josh.

181 —Santo cielo, chica, estás enamoradísima.


Mi sonrisa se extendió, aceptando el derroche de emociones dentro de mí.
—No tienes ni idea. —Lo amaba. Pero más que eso, no sentía orgullo simplemente
por el jugador que había allí, sino también asombro por el hombre en el que se
había convertido—. ¿Sabías que se lesionó?
Ella asintió. —Sí, estuvo fuera de acción el año pasado, pero en realidad yo
no hablaba con él. Quiero decir, estaba en la escuela y en las fiestas, pero no es que
nos encontráramos en los mismos círculos, incluso viviendo al lado. ¿Te ha
contado lo que pasó?
Negué con la cabeza.
—El rumor es que le dispararon ese otoño, pero hay como diez mil
versiones diferentes de cómo sucedió.
Disparo. Mierda, ¿le habían disparado? —¿Cuál es la versión más popular?
—He oído de todo, desde que intentó detener un atraco hasta una novia
cabreada.
Tweedledee y Tweedledum se sentaron detrás de nosotras otra vez. ¿Cuáles
eran las probabilidades? Estos eran los asientos que Josh nos había dado... Josh.
Miré hacia atrás, a las rubias, con una sonrisa. —Me alegro de verlas, chicas.
Tweedledee me miró. —Sí. ¿Qué pasa contigo y Walker?
Le di mi mejor sonrisa de “vete al infierno”. —Él es mi lo que sea. Disfruten
del juego, ¿sí?
Me di la vuelta e ignoré sus burlas y comentarios acerca de que tan ardiente
era Josh. No podía culpar a la población femenina por ser aduladora acerca de él.
Diablos, al final del primer período, me había reducido a casi babear por el deseo.
Cuando él buscó con la mirada a alguien en los asientos, recordé la sensación de él
al presionarme contra la pared, sin duda, su movimiento distintivo. Cuando lo vi
patinar hacia atrás, recordé cuando me llevaba por la pista de hielo, siendo muy
cuidadoso. Cuando lanzó un tiro, vi su puño volando hacia la cara de Riley, listo
para matarlo por haberme herido. Cuando él ajustó su agarre en el palo, juré que
podía sentir sus manos en mi cuerpo. La temperatura en la pista clamaba por un
abrigo, pero yo me sentía malditamente caliente.
Él marcó, sus brazos se levantaron en señal de victoria, y me miró a los ojos
con una sonrisa alegre antes de ser asaltado por sus compañeros de equipo. Era a
mí a quien buscaba.
No había forma de negarlo y tampoco quería hacerlo. Estaba enamorada de
él.
182 Al final del tercer período, tuve vergüenza de admitir que no me importaba
que hubieran ganado o que Josh hubiera marcado dos de los cinco tantos y asistió
en otro. Solo lo quería a él, a solas. El timbre anunció el final del juego, y el estadio
estalló en aplausos.
—Oye, ¿puedes llevar mi coche a casa por mí? —pregunté a Sam mientras
esperábamos que la multitud despejara las escaleras de hormigón.
—¿Planificando un paseo con un determinado jugador? —Guiñó un ojo.
—Algo me dice que me va a llevar a casa. —Reí y me sentí bien. Podía hacer
esto; ser feliz, si eso era esta sensación de éxtasis que burbujeaba a través de mí.
Podría haber saltado de la parte trasera del estadio a la entrada de jugadores
por todo lo que mis pies tocaron el suelo. Tenía que decirle. Él necesitaba saber. Ni
siquiera me importaba si me correspondía. Bien, eso era una mentira. Por supuesto
que me importaba, pero era más una revelación que pudiera sentirme así de nuevo
y no ocultarlo. No se trataba tanto de lo que él sentía por mí sino de lo que ahora
yo era capaz de sentir por él.
El pasillo se hallaba lleno de gente, pero encontré un lugar vació al lado de
la pared y esperé mientras que las gemelas Tweedle miraban de cerca la entrada.
Entendí su enamoramiento, pero ellas no lo conocían. Nadie lo conocía como yo.
Para ellas, era un ardiente jugador de hockey y un buen sexo. Para mí... él era todo.
La anticipación hizo que la espera pareciera eterna, pero al fin aparecieron
los primeros jugadores, estrechando manos y chocando los cinco por el pasillo
cubierto. No tuve que esperar mucho tiempo.
Josh salió por las puertas de los vestuarios y el pasillo se llenó de aprobación
atronadora. Mostró su sonrisa arrogante, la que causaba que las chicas acudieran a
él, tocándolo, pero las ignoró.
Sus ojos recorrieron de arriba abajo el pasillo antes de chocar con los míos.
La sonrisa que se dibujó en su rostro era todo menos arrogante. Era la lenta y sexy,
que reservaba para mí. Me hizo pensar en arrancar la ropa de su cuerpo ahí donde
se encontraba y me hizo más atrevida con cada paso que daba más cerca de mí.
Tomé su mano, y él llevó la mía a sus labios, para besarla. —Gracias por
venir.
—No me lo perdería por nada.
Nuestro momento fue interrumpido por Tweedledee y Tweedledum. —
Hola, Josh, ¿nos das un aventón a la fiesta de después?
Se deslizaron contra él, una a su lado y otra delante, haciendo todo lo
183 posible para apartarme del camino. ¿Qué tan agresivas podían ser unas chicas? Él
se giró con destreza, deslizándome entre ellas.
—¿Ember? ¿Quieres ir a la fiesta?
Negué con la cabeza lentamente, a punto de estallar con todo lo que tenía
que decirle. No podía contenerlo o esto iba a salir brillando de mí como si fuera un
Osito Cariñoso.
Asintió. —¿Quieres terminar la noche? Te llevaré a casa, cariño.
—¡Walker! ¿Estás listo para ir a la entrega del trofeo? —gritó alguien en la
multitud.
—¡Ya tengo mi trofeo! —gritó en respuesta con una sonrisa de infarto. Me
levantó por mis caderas y me sostuvo por encima de su cabeza—. Será mejor que
te ponga de vuelta en esa urna de cristal —bromeó.
Otros jugadores pasaron por el pasillo, por lo que el nivel de ruido era
insoportable. Me deslicé por su cuerpo y lleve mi boca a su oído. —Quiero que me
lleves a casa contigo.
Se echó hacia atrás. Boquiabierto, sus ojos como platos se encontraron con
los míos. —¿December?
Mi sonrisa era tan brillante que parecía que pertenecía a otra persona. —
Estoy enamorada de ti, Josh Walker. Llévame. A. Casa.
La mirada aturdida sobre sus ojos duró dos segundos antes de que su boca
descendiera sobre la mía. Podríamos haber estado solos por la forma en la que me
besó. Él era feroz, inflexible, exigente; todo lo que tenía para dar. Mis dedos fueron
hasta su pelo mientras inclinaba mi boca sobre la suya.
—Pero, Josh, ¿la fiesta? —gritó una chica.
—Ember es mi fiesta —respondió él antes de regresar a mi boca. Me cargó
desde el edificio sin romper el beso, con su enorme bolsa de deporte y todo.
El metal de la estructura del Jeep traspasó mi chaqueta con el frió mientras
él me apoyaba en ella, besándome hasta dejarme sin aliento en el aire frío de la
noche. Se detuvo el tiempo suficiente para desbloquear la puerta y abrirla, luego
me volvió a besar y me bajó al asiento al mismo tiempo. ¿Cómo podía tener tanto
control? Yo me hallaba dispuesta a tirarlo sobre el suelo del estacionamiento.
Un clic, y había bloqueado el cinturón de seguridad. Agarré su nuca y lo
sostuve contra mí, desesperada por probarlo.
Él gimió contra mi boca. —Tienes que soltarme.
—No. —Por fin me había dado permiso a mí misma, y no iba a dar marcha
184 atrás. Pasé la mano a lo largo de su abrigo, desabrochándolo y luego pasando mi
mano debajo de la camisa para trazar la línea de sus abdominales. Tenía sus
músculos memorizados y esta noche iba a lamer cada arista de ellos—. No puedo
esperar para poner mi boca aquí. —Mis dedos acariciaron su piel.
—December —respiró mi nombre como una oración—. Déjame ir. Ahora. —
Él apartó mis manos, pero sus ojos me decían que era la última cosa que quería
hacer—. Suéltame antes de que te folle en mi jeep en medio de un condenado
estacionamiento.
—Tal vez eso es lo que quiero. —Cualquier superficie plana sonaba muy
bien. Tacha eso. Cualquier superficie vendría bien.
Se mordió el labio en la forma en que me volvía loca y tomó una respiración
entrecortada. —Mi cama. Ese era el trato, ¿recuerdas?
Los recuerdos destellaron. —Dios, sí, me acuerdo de todo lo de esa noche:
tus manos en mi cuerpo, la forma en que me volvías loca. —Me arqueé contra él,
tirando de su boca contra la mía—. ¿Me quieres en tu cama, Josh?
Sus ojos eran increíblemente oscuros contra el cielo negro. —Sí —soltó—,
nunca he querido nada tanto en toda mi vida.
—Entonces será mejor que conduzcas rápido.
Conduciendo con destreza a través del tráfico, llegamos a casa en quince
minutos exactos. Impresionante, considerando que tuvo que lidiar con un tráfico al
estilo carrera de demolición al salir de la pista. Aún más impresionante teniendo
en cuenta que utilicé ese tiempo para estar íntimamente familiarizada con la piel
de su cuello.
Dio las exclamaciones más deliciosas cuando tomé ligeramente el lóbulo de
su oreja en mis dientes. No podía esperar para volver a escuchar el sonido.
El Jeep se sacudió al pararse en su lugar del estacionamiento y yo ya tenía la
puerta abierta antes de que él pudiera caminar hasta ella. Me lancé a sus brazos.
Me atrapó con facilidad.
Me perdí en la sensación, la textura de su boca. Él sabía a fresas y a Josh. Me
convertí en el agresor mientras entrabamos a tropezones, pasando mi lengua a lo
largo de la línea de sus dientes, anhelando cada pedacito que pudiera conseguir.
Oí un ding, y de pronto me encontraba contra la pared. Mi cabeza cayó hacia
atrás, y Josh mordisqueó mi cuello. Los escalofríos recorrieron mi cuerpo, seguido
de vetas de calor que corrían directamente a mis muslos.
Otro ding y me levantó en sus brazos. Su respiración era entrecortada, pero
caminaba normalmente mientras me besaba. Él no estaba sin aliento por llevarme;
185 se encontraba tan perdido en la lujuria como yo. La idea me excitó a un nivel
imposible. Iba a quemarme en cualquier momento.
Me aparté de su boca una vez que llegamos a su puerta, solo para pasar mi
lengua por la piel salada de su cuello. Sea lo que fuera lo que este hombre llevaba
lo hacía malditamente comestible. Oí un clic, y nos movimos de nuevo, tropezando
para encender las luces. —Puedes bajarme —sugerí.
—No hasta que estés en mi cama. —Su boca abierta descansó contra mi
cuello—. Dios, December, no puedes saber cuánto tiempo he soñado con tenerte en
mi cama. —Eso le hizo ganar otro beso demoledor. O yo me gané uno, más bien.
Diablos, en mi libro, los dos éramos ganadores.
Traducido por Annie D
Corregido por Elle

Llegamos a la sala y hasta el cuarto de Josh. Él encendió la lámpara junto a


la cama, iluminando el cuarto con un suave resplandor. Habría mirado alrededor
si realmente me importara en el momento, pero lo único en mi mente era cuán
rápido podía quitarle la ropa.
Lentamente me bajó a la cama y quise chillar en victoria. Su peso me
presionó más contra el suave edredón, y estuve rodeada por la sensación y su

186 esencia. Deslicé mis piernas desde su espalda y él descansó en la cuna de mis
muslos, presionándose contra mí.
El cielo.
—Lento. Debo desacelerar —murmuró para sí mismo al tiempo que sus ojos
recorrían mi cuerpo.
Sus manos quitaron mis botan antes de que recorrieran el interior de mis
muslos. Apretó mi cintura y su boca capturó la mía de nuevo, intoxicándome. Su
cabello era como la seda entre mis dedos. Se separó de mi boca, llevando sus labios
a mi cuello. Los escalofríos recorriendo mi columna, y me arqueé, dándole mejor
acceso mientras mis dedos se enterraban en su cuero cabelludo. —Josh —jadeé
mientras él trazaba el sensible camino hacia mi clavícula.
—Tan dulce —susurró contra mi piel. Se deslizó contra mi cuerpo con una
deliciosa fricción, pasando su lengua por mi ombligo y lentamente levantó mi
suéter. Alzó la mirada, preguntándome con sus ojos, y esperó hasta que asentí con
aprobación antes de que me lo quitara, besándome de nuevo cuando pasó mi boca.
Luego sus labios estuvieron de regreso a mi estómago, provocándome,
trazando las partes planas y huecas de mi abdomen. Mientras mi espalda se
encorvaba en la cama, llevando mis caderas a las suyas, deslizó sus manos detrás
de mí y me quitó el sostén en un movimiento rápido con unos pocos dedos.
Deslizó las tiras con respeto, conteniendo el aliento cuando mis pechos estuvieron
desnudos para él. —Nunca he visto una mujer más perfecta.
Aunque ya me sentía muy excitada, sus palabras fueron como gasolina en
un incendio. Me estiré hasta sentarme mientras él se arrodillaba entre mis muslos,
tomando su camisa por su cadera y levantándola sobre su cabeza. Su cuerpo era
mejor de lo que recordaba. Pasé las puntas de mis dedos sobre su plano y fuerte
estómago, y las líneas de “fóllame” marcaban sus abdominales definidos que
llegaban a sus pantalones. No podía evitarlo, hundí mis dedos en su pretina y lo
atraje a mi boca. No había ni un centímetro de grasa en él, nada de suavidad.
Adoré la cresta tallada de su estómago con mi lengua, y rápidamente me
volví adicta al sabor de Josh Walker. Él aspiró entre dientes, y cuando levanté los
ojos para encontrar los suyos, estos se hallaban enfocados en mí. Sus manos se
hundieron en mi cabello, sosteniéndome suavemente hacia él, pero apretando y
aflojando sus puños como si fuera incapaz de controlar sus propios movimientos.
Le hice eso; le hice perder el control, y amaba cada parte de eso. En cuestión
de segundos tuve sus pantalones desabotonados y deslizándolos por su perfecto
trasero redondo hasta sus rodillas. —Ember —gruñó en advertencia. Hombres con
traseros como ese no deberían ser permitidos cerca de la población femenina. Mis
manos rozaron la banda elástica de sus calzoncillos, pero no podía atreverme a

187 bajarlos, sin importar lo mucho que necesitaba tocarlo, verlo.


Encontré sus ojos y casi olvido lo que hacía. La intensidad irradiando de su
mirada envió una explosión a través de mi estómago, y supe que sin ningún otro
juego previo, estaba lista para él. Nunca había querido tanto algo en mi vida.
Mis manos exploraron sus muslos, apenas tocando bajo las piernas en sus
calzoncillos. Amaba la textura de su piel, de su cabello, la increíble forma en que
olía, a lluvia y sándalo y... Josh. Cuando mis dedos tomaron la porción creciente de
su piel, deslicé hacia arriba sus calzoncillos para ver la cicatriz en su pierna
izquierda.
—¿Aquí fue donde te dispararon? —pregunté.
No lo negó, ni preguntó cómo sabía. —Sí. —Su respuesta fue áspera, su voz
profunda con lo que esperaba fuera deseo.
—¿Vas a decirme qué te pasó? —No era el momento adecuado para
preguntar, pero no podía evitarlo. Estaba a punto de entregarle mi cuerpo, y
merecía algo de él en cambio.
Su cálida mano acarició mi cabello y bajó para ahuecar mi mejilla mientras
caía en esos ojos. —Solamente el lugar equivocado en el momento equivocado,
cariño. Pero supongo que me guió hacia ti, así que fue más el lugar correcto en el
momento correcto.
Me enamoré incluso más, como si fuera posible, dejando ir la decepción de
no saber aun lo que había pasado. Me incliné para besar su cicatriz, odiando lo que
significaba —el final de sus sueños— pero esperando que pudiera ayudarlo a
descubrir cómo serían sus nuevos sueños. Luego me estiré y agarré firmemente su
hermoso trasero.
—December, debes detenerte o voy a enloquecer. Estoy intentando ir lento
por ti —gruñó, retirándose.
Reuniendo cada centímetro de valor que pude, quité su mano de mi mejilla,
giré la palma hacia mi piel, y la bajé hacia el valle entre mis pechos, sobre mi
estómago, y hacia mis pantalones. Él contuvo su aliento, y yo contuve el mío
mientras lo llevaba hacia mis bragas para sentir los cálidos y húmedos pliegues por
debajo. Acarició mi clítoris una vez, y mis caderas se sacudieron. —Enloquece ya,
Josh. Estoy excitada por ti. No necesito que vayas lentamente; necesito saber cómo
te sientes dentro de mí.
En un movimiento se deshizo de sus pantalones y bajaba la bragueta de los
míos. Levanté las caderas mientras deslizaba el pantalón sobre ellas y bajándolo
por mis piernas. El dolor entre mis muslos se intensificó mientras él me observaba
188 como un buffet. —Jodidamente perfecta. Cada centímetro de ti.
Antes de que pudiera decir algo, su cabeza estuvo entre mis muslos,
respirando sobre mí a través de la fina seda de mis bragas. Ni siquiera podía estar
apenada porque estaban empapadas; me hallaba atrapada en mi desesperación por
él. Mis caderas se levantaron espontáneamente hacia su boca. Mi cuerpo sabía a
dónde pertenecía. —Josh…
Él respiro contra mí de nuevo, enviando una ola de necesidad a través de
mí. —¿Que necesitas, cariño?
—A ti. —Mis caderas se movieron contra su boca.
—¿A mí? —Rió seductoramente. Oh sí, él sabía exactamente como retorcer a
una chica hasta los huesos.
Me levanté sobre mis codos. —Joshua Walker, si no pones tus jodidas
manos sobre mí en dos segundos, me iré por esa puerta. —No lo provocaba. Él
debía estar tan perdido como yo.
Antes de que pudiera contar hasta dos, arrastró mis bragas hacia abajo…
con sus dientes. Gemí ante la imagen.
Una vez que estuvieron perdidas en el olvido del cuarto de Josh, estuvo de
regreso sobre mí, acariciando mi piel, aprendiendo de nuevo cada curva. —Jesús,
apenas me puedo controlar cerca de ti, December. Eres tan jodidamente… —Su
voz se apagó mientras sus manos cubrían mis pechos, tirando levemente de mis
pezones, moviéndolos hasta que daba vueltas debajo de él.
—Entonces. ¿Qué? —Logré decir.
Donde esperaba ver esa lenta y sexy sonrisa estaba la mirada más feroz que
había visto. Si no lo conociera tan bien, hubiera tenido miedo. —Mía —gruñó, sus
manos subiendo para acariciar mi rostro—. Eres jodidamente mía.
Tomó mis labios en un beso intenso, y como si lo hubiera escuchado
enloquecer, sabía que su control se había ido. Agarré su cadera como un torno
mientras se movía sobre mí, deslizando su erección justo donde necesitaba que me
tocara, pero no lo suficiente para desvanecerme. Solo podía gemir y tomar lo que
me daba mientras él me controlaba, acariciando su lengua en mi boca a la misma
velocidad que se presionaba contra mí. Pero quería más, ansiosa de sentir su piel
contra la mía sin ninguna barrera.
La desesperación me hizo hacer la única cosa que pensé que nunca podría
hacer: bajé sus calzoncillos.
Él gimió contra mi boca, y con su mano libre soltó sus calzoncillos. Por
189 primera vez en mi vida, estaba en la cama con un hombre desnudo, y era glorioso.
Me incliné contra él, sabiendo que si se movía la mínima fracción de un centímetro,
estaría dentro de mí. Dios, lo necesitaba allí. Necesitaba que detuviera el dolor, que
apaciguara el fuego.
—Josh… —Moví mis caderas contra él—. Por favor…
Su respiración era desigual, arrancó su boca de la mía, alcanzando un
paquete de aluminio de su mesa de noche.
Una onda de realidad me cubrió. Él mantenía los condones en su mesa de
noche. ¿A cuántas chicas había traído a esta cama? ¿Cuántas veces había roto las
bragas de las chicas con sus dientes? ¿Con cuántas chicas había estado justo como
yo en este momento? Peor, ¿qué decía eso sobre mí, que no cambió lo que había
decidido hacer?
—¿Ember? —Estaba inmóvil sobre mí.
Sacudí mi cabeza y fingí una sonrisa. —Solo estoy contenta de que estés
preparado.
Algo casi intangible parpadeo a través de sus ojos, y sus rasgos llenos de
lujuria se suavizaron en una sonrisa. —December Howard, eres la primera chica
que alguna vez he traído a esta cama.
—Pero tú, y todas esas chicas…
Sacudió la cabeza. —Nunca aquí. Nunca he traído a otra mujer a esta cama.
Eres la única que he querido aquí. Este es mi lugar y eres parte de mí. Nunca nadie
más lo ha sido.
Era la primera mujer en su cama. Una sonrisa posesiva adornó mi rostro, y
tomé el paquete de él, abriéndolo, y luego lo miré fijamente. Abrirlo estuvo
perfecto, pero colocarlo…
Él lo agarró y lo rodó sobre su longitud, protegiéndonos a los dos. Luego su
boca estuvo en mis pechos, y sus dedos acariciaron entre mis pliegues, llevando el
incendio a un violento infierno. Él sabía justo donde tocar, justo cuando dar, justo
cuando quitar. Mientras lamía y succionaba mis pezones, mi cabeza daba vueltas,
mi cuerpo ansiando sus dedos mientras los deslizaba lentamente dentro de mí.
Todo en mí se apretó, moviéndose hacia dentro hasta que la presión se convirtió
insoportable. —¡Josh! —grité mientras me venía; mi espalda arqueándose en la
cama.
Mientras me dejaba llevar por lo alto, se dobló sobre mí, apoyando su peso
en sus brazos. —Hermosa, Ember. Te haría venir cada hora de cada día solo para
ver tu rostro cuando llegas al clímax.
190 Estiré mis brazos sobre la cabeza, sintiéndome cálida como un motor
vibrando. Pasé mis dedos por la suave expansión de músculo y piel en su espalda
hasta que agarré su trasero y lo jalé contra mí.
Su respiración salió del todo y su erección me acarició, pero aún no se
movía, solo seguía mirándome a los ojos como si estuviera esperando que me
retractara, que le pusiera un alto a esto. —Josh… —Giré mis caderas hasta que él
tocara mi entrada. Mi momento de ingenuo miedo por su tamaño duró todo un
segundo antes de que recordara que él nunca me haría daño.
Cada músculo de su cuerpo se hallaba rígido por el esfuerzo que le tomaba
mantener su control, pero aún no se movía.
Levanté mi cuerpo, llevándolo dentro de mí a ni siquiera un centímetro.
Él apretó sus ojos por un momento, y cuando los abrió, lucían tan oscuros
que no podía distinguir su iris de su pupila. —Eres mía.
Jadeaba, desesperada por tenerlo dentro de mí. —Sí —prometí.
Apretó la mandíbula. —Dime que quieres esto, que no lo lamentarás
mañana. No tomaré tu virginidad si no estás segura.
—Por favor, Josh. Soy tuya. Lo he sido desde que tenía quince años. Quiero
esto, te quiero. Te amo. —Tiré de su cuello, atrayéndolo abajo hacia mí, y empujé
mi lengua en su boca al mismo tiempo que él trajo su cuerpo al mío. Se tragó mi
jadeo.
Descansó su frente contra la mía, y un fino brillo de sudor cubría su piel,
haciéndola brillar. Cualquier ardor que sentí se disolvió después de unos pocos
segundos, y contoneé mis caderas. —No. Te. Muevas. Jesús, December. Estás tan
jodidamente estrecha, perfecta.
Levemente mordí su labio inferior. —Porque fuiste hecho para mí.
—Te amo —susurró, como si la confesión hubiera sido arrancada de él.
Gracias, Dios. Todo en mi mundo caía en una exquisita alineación. —Y yo te
amo —respondí.
Algo en él se liberó, y con un sonido primitivo, comenzó a moverse,
moviendo mi cuerpo con el suyo en iguales y medidas penetraciones, inclinando
mis caderas de la manera justa, así me presionaba por dentro exactamente donde
necesitaba hacerlo. Esto. Era. Increíble. El placer irradiaba a través de mí mientras
llevaba mis caderas contra él por instinto, encontrándolo mientras se deslizaba
dentro de mí una y otra y otra vez.
191 Me besaba mientras empujaba, reclamando mi boca de la misma manera
que reclamaba mi cuerpo: totalmente, completamente, sin ningún centímetro extra
o cediendo. No había ninguna parte de mí que no le perteneciera. Vagamente me
preguntaba si siempre le pertenecería de esta forma.
Se estiró entre nuestros cuerpos y me acarició hasta la locura. Unos pocos
momentos, y yo giraba fuera de control. —¡Más! ¡Sí! —demandé en una voz que no
reconocía como la mía. Tomó mis caderas con sus manos y penetró más profundo,
más fuerte, golpeando sin control dentro de mí, y disfruté eso.
Mi orgasmo se estrelló contra mí, rompiéndome en pequeños pedacitos
antes de quebrarme totalmente y juntarme de nuevo en un glorioso momento de
liberación. Grité su nombre y abrí los ojos para ver su rostro contorsionado
hermosamente mientras llegaba al clímax. —December —susurró en un grito
entrecortado.
Alzó su cabeza y me besó tiernamente. —¿Estás bien? —Frunció el ceño—.
No quería dejarme llevar de esa forma.
—Eres increíble.
Ahora él sonreía, y mi corazón dio un salto en mi pecho. —Somos increíbles
juntos. Nunca me sentí así antes. Purificaste mi corazón.
Suavicé las líneas en su frente con mi pulgar y lo provoqué. —Ya que no
tengo nada para compararlo, supongo que esto bastará. Es decir, todas las
primeras veces son incómodas, ¿verdad? —Una sonrisa traviesa se extendió por mi
rostro—. Además, estoy segura de que lo harás mejor en la segunda ronda.
Levantó las cejas antes de reclamar mi boca en un beso. —¡Sabelotodo!
¡Vamos a la segunda ronda! —Mi risa no duró más allá de su boca perdiéndose en
mi estómago. Perfecto.

192
Traducido por Jeyly Carstairs & Annie D
Corregido por Aimetz Volkov

La luz del sol entraba a raudales por las ventanas cuando abrí los ojos muy
despacio. La cama a mi lado se encontraba vacía. Un solo lirio descansaba en la
almohada de Josh con una nota apoyada en su tallo. Sonreí mientras me estiraba,
disfrutando del delicioso dolor de mi cuerpo.
Así que de esto alardeaban todos. ¿Por qué había esperado veinte años para
eso? Su olor todavía se aferraba a las sábanas, y esa era mi respuesta. Porque era a
Josh al que esperaba.
193 Josh, quien me amaba.
La felicidad fluía por mis venas, y me extendí para tomar el lirio y lo llevé a
mi nariz. No rosas ni margaritas; Josh no había hecho nada típico. Desplegué la
nota.

Buenos días, mi preciosa December,


Ojalá pudiera estar aquí para despertarte de la misma manera en que te hice dormir,
pero te veías demasiado tranquila para levantarte. Tuve que salir de la ciudad, pero te veré
tan pronto como regrese mañana por la noche. Duerme todo lo que quieras, me encanta
saber que estás en mi cama. Gracias por la mejor noche de mi vida.
Te amo,
Josh.

Había sido también la mejor noche de mi vida. Me sentí libre por primera
vez en años, libre y autónoma, porque las decisiones que tomé fueron mías, y eran
buenas, y por las razones correctas.
Me moví hasta su almohada, colocando las suaves sábanas en mi cara, y
respirándolo. No podía verlo hasta mañana por la noche. No era exactamente la
mañana después del resplandor que esperaba, pero debe haber sido importante
para que se fuera tan pronto.
Encontré mi sostén, pantalones, camisa, y localicé mis bragas rosa colgando
en la esquina de la cómoda como si hubiera ganado ¿Dónde está Wally? El recuerdo
de él quitándomelas fue suficiente para que mi piel se pusiera en llamas de nuevo.
Hice la cama y tiré la ropa que había dejado a ambos lados de la cama en el cesto al
lado de su puerta.
Luego fui a observar descaradamente los cuadros que había enmarcado en
la pared frente a su cama. Uno era de su motocicleta, enmarcada como una pieza
de arte. La mayoría eran de hockey empezando por una de cuando se veía apenas
de la edad suficiente para caminar y con una mujer que asumí era su mamá, todo
el recorrido a través de las fotos del equipo a partir de ese año. Había jugado toda
su vida.
No había dejado que un disparo lo limitara, aunque todavía no estaba listo
para hablar de ello, era más fuerte que una bala. Incluso si había matado su sueño,
aun así encontró la manera de vivirlo. Sonreí cuando vi la imagen del equipo de
Gus, Josh de pie junto a ellos como un entrenador orgulloso. No se limitó a lamer
194 sus heridas e ir con la mitad de su corazón, encontró una manera de volver, para
educar la próxima generación si no podía protagonizar esta.
Había una foto de él encaramado en un lado de una cama de hospital, con
los brazos envueltos alrededor de una delicada y hermosa mujer con notables
características que reflejaban algunas de las suyas. Tenía que ser su madre. El amor
irradiaba de su rostro, casi tan exquisito como la piel desnuda de su cabeza que
hacía juego con la de su madre. Me tragué el nudo en la garganta. Debe de haber
afeitado su cabeza cuando ella perdió el cabello por el tratamiento. ¿Podría este
chico ser malditamente más perfecto? Se había trasladado de escuelas para estar
con su madre. Por eso entendía lo mucho que mi familia significa para mí, lo que
estaba dispuesta a pasar por ellos; él sentía lo mismo por la suya.
Mis ojos se dirigieron nuevamente a los años de la escuela secundaria, y me
quedé sin aliento cuando la vi. Era la imagen que publicaron en el frente de la
sección de deportes, la que yo había clavado en la pared de mi dormitorio. Saqué el
marco de la pared y no pude contener mi sonrisa. Era de esa reunión de la escuela
después de que habían ganado la estatal. Todo acerca de esa reunión permanecía
en mi mente, desde el gran ruido del gimnasio a la cara extasiada de Josh mientras
levantaba el trofeo por encima de su cabeza.
La imagen capturó ese momento a la perfección, desde el profundo marrón
de su uniforme a la mirada de felicidad en su rostro perfilado con el trofeo
levantado. Era hermoso, peligroso, y joven, exactamente como lo recordaba. Pero
incluso tan maravillosa cono era esa foto, la versión de la escuela secundaria de
Josh no podía estar a la altura de la que amaba en este momento. Ahora, su belleza
y peligro se hallaba templado con madurez, lo que lo hacía aún más increíble.
Me detuve sobre las líneas de su rostro; la alegría y el orgullo que emanada
de él. Había estudiado esta imagen tan a menudo y siempre encontraba algo que
no había visto antes. Me encantó que él no estuviera solo feliz, sino que había algo
más profundo allí, un anhelo. Me encantó que los dos tuviéramos la misma imagen
en nuestras paredes. Lo amaba.
Pero esta no era la misma versión que el periódico había impreso. Esa había
sido recortada, al parecer. Capté los detalles detrás de él ahora, lo que no estaba en
la que tenía yo. En esta imagen, la multitud de estudiantes era visible detrás de él
en un hermoso detalle. Siempre me pregunté lo que estuvo mirando, anhelando.
Tracé mi dedo sobre el cristal, siguiendo su línea de visión.
Era yo.
Me encontraba sentada al lado de Sam, riéndome de algo que dijo, y los ojos
de Josh estaban centrados en mí. Todo en mí se derritió. Me había notado, y
después de anoche, conocía esa mirada. Me quería. Podría haber sido desgarbada,
195 torpe y de quince años, pero Josh Walker me había notado. Negué con la cabeza y
sonreí para mis adentros mientras volvía a colgar el cuadro. Sin duda necesitaba
esta versión.
Cerré la puerta de Josh en silencio y suspiré de alivio cuando vi mi bolso en
el gabinete de la cocina. Lo agarré del mostrador y casi salí por la puerta.
—¿Paseo de la vergüenza? —bromeó Jagger desde la puerta de su
dormitorio.
Con mi piel enrojecida y caliente, le lancé un alegre saludo—: Jagger.
Se echó a reír, su cabeza echada hacia atrás en abandono. Sí, pude ver por
qué las chicas iban tras él. Gritaba “imprudente” de una manera que llamaba la
atención. Pero no mi atención. —Ember, no tienes nada de qué avergonzarte. Josh
está malditamente loco por ti.
La alegría paso a través de mi vergüenza. —Yo también estoy bastante loca
por él. ¿Adónde se fue esta mañana?
El rostro de Jagger perdió toda expresión por unos escasos momentos, pero
la capté antes de que una sonrisa suave tomara su lugar. —Cosas de becas.
—¿Cosas de becas? ¿Qué quieres decir?
Sus ojos se apartaron, y mi estómago se fue con ellos. —Es algo que tiene
que hacer por su beca. Estará en casa mañana.
¿Qué podría estar haciendo Josh que Jagger no quisiera contarme? —Bien —
murmuré distraídamente y me giré hacia la puerta. Mis pies se enredaron en una
bolsa atravesada del equipo de hockey, casi haciéndome caer al suelo. Por suerte,
logré sostenerme. Equipo de hockey—. Espera. ¿No tienen un partido esta noche?
Extendió la mano y quitó la bolsa de mi camino. —Sí.
—¿Josh faltará a un juego? Eso no es propio del él. ¿Por qué iba a perderse
un partido?
Jagger se aclaró la garganta. —El entrenador está de acuerdo con eso. Sabe
cómo funciona la beca de Josh.
—¿Pero porque iba a perder un partido si está con una beca de hockey? —
Nada tenía sentido, y la forma en que él esquivaba deliberadamente mis preguntas
no me hizo sentir mejor.
Bloqueó su expresión y dio un paso atrás, moviendo su cuello de un lado a
otro. —Sí, de todos modos, Josh estará de regreso mañana por la noche. Sé que va a
estar muriéndose por verte. De verdad le importas, Ember. Nunca lo había visto
así, con ninguna chica.
196 Me derretí. ¿En serio iba a dejar que todo que esto de la beca de Josh matara
el entusiasmo de esta mañana? Claro que no. Si algo no iba bien, me lo diría. Solo,
por favor, que no esté lastimado. Si lo alejaban de la pista por una lesión él no iba a
soportarlo. ¿La lesión en su pierna era más grave de lo que parecía? Tendría que
preguntarle mañana por la noche.
—Gracias por no hacer todo esto incomodo, Jagger. —Me dio una sonrisa y
despidió con la mano. Le devolví el gesto y salí del apartamento, girando al mío.
Metí la mano en mi bolso en busca de las llaves. Mierda. Sam condujo mi coche a
casa anoche. Bien. Golpeé en la puerta, y respondió a los pocos minutos.
—Vaya. Te ves… —Simplemente no había palabras para el aspecto de Sam.
O el olor.
—No te atrevas. Fuiste a casa con Josh-jodido-Walker, y decidí, después de
llegar a casa, sola, que iba a salir a pasar un buen rato. No me sermonees, tome un
taxi. —Se contoneó como un pingüino hasta la sala de estar a oscuras. Le sonreí a
las cortinas corridas.
—¿Medicada e hidratada? —Tiré mi bolso sobre el mostrador.
Me mostró una botella de agua y asintió al frasco de aspirinas junto a ella. —
Además, puedo verme como una mierda, pero al menos no estoy usando lo mismo
con lo que salí anoche. —Movió sus cejas—. Así que cuéntame; porque si pasaste la
noche en la cama de Josh, quiero todos los malditos detalles.
Alcé mi dedo índice y me deslicé en mi habitación, tirando la ropa de ayer
en el cesto y colocándome unos cómodos pantalones de pijama y una camiseta sin
mangas. Por el aspecto de Sam, hoy no iríamos a ninguna parte.
El sillón hizo un sonido silbante cuando dejé caer todo mi peso en él, lazando
mis piernas sobre el brazo. —Sí. Pasé la noche con Josh.
Sam gritó y luego hizo una mueca, presionando los dedos en su sien. —
Estúpido tequila. ¿Es tan delicioso en la cama como se ve?
La sonrisa que se extendió por mi cara bien podría haber sido una entidad
propia por todo lo que no podía contenerla. —Es perfecto. Todo.
—¡Estoy tan malditamente celosa!
Me reí. —Simplemente no puedo creer que pasó, ¿sabes? Quiero decir, ¡Josh!
Me hace olvidar todo. No necesito un horario con él, ni un plan, y las cosas pueden
ser una locura, maravillosas, y fuera de control, porque sé que no me va dejar caer.
—Las palabras salieron muy rápidamente de mis labios, pero Sam interpretó mi
perorata con una risa alegre.
—¡Lo amas! —Juntó las manos con una sonrisa que iluminó la habitación—.
197 Confías en él, y por una vez no estás moldeándote a lo que quiere un chico.
Esa sensación dulce alcanzó mi corazón otra vez, como si me estuviera
recordando que pertenecía a Josh. —No tengo que ser alguien más. Me ama y yo lo
amo.
Saltó al otro lado de la mesa de café, dispersando las revistas en el suelo, y
se abalanzó sobre mí en un abrazo de oso. —Estoy tan feliz por ti.
—Yo también.
Nos derrumbamos en un ataque de risa por un momento antes de que Sam
hiciera una mueca. —Ugh, Mi cabeza. Vamos a hablar de tu nueva vida amorosa
en tonos suaves por el resto del día. Quiero saber cómo resultó ser ese cuerpo.

***

Mi cuello estaba doblado cuando un golpe sonó en la puerta. Tiré mi libro


de historia sobre la mesa. Hasta ahí llegó mi intento de estudiar; me había quedado
dormida con el libro en mi regazo. El reloj marcaba las cuatro cuarenta y cinco de
la tarde. Sam se retorcía en el sofá, durmiendo con un antifaz para recuperarse de
su resaca. Estaría jodida si no se recuperaba para mañana por la mañana. Esos
niños a los que les daba clases privadas de matemáticas las tardes de los domingos
podían ser brutales, incluso cuando no estaba con resaca.
Revisé la mirilla y me retiré. ¿Qué diablos hacía mamá aquí? Abrí la puerta,
y Gus entró pasando a su alrededor y agarrándome con un abrazo pegajoso. —
¿Helado? —Me reí.
—Me comí el tuyo.
Agité mis dedos en sus rizos. —Estoy totalmente de acuerdo con eso.
Mamá me miró de arriba abajo —¿Larga noche?
Levanté una ceja. —Nunca existieron los controles tardíos en Boulder.
Ella inclinó la cabeza con una sonrisa. —Touché.
Le hice un gesto para que pasara, y entró; vestida, peinada y maquillada.
Estaba sanando. —Es lindo —dijo, pasando sus ojos por nuestro apartamento.
—Gracias, mamá.
—Señora Howard —murmuró Sam mientras se sentaba.

198 —Esa es tu larga noche —le susurré a mi madre.


Mamá se rió en voz baja. —Su madre definitivamente no lo aprobaría.
—Este es el trato, mamá. —Me acerqué a la nevera, saqué una Sprite, y se la
pasé a Gus—. Apareces el fin de semana, mantienes los secretos.
—De acuerdo. —Jugueteó con su teléfono—. Tengo una cita para tu
hermana. ¿Crees que Gus podría quedarse contigo durante un par de horas?
—¿Una cita un sábado?
—Pensamos que era mejor que empiece a ver a alguien, especialmente
después de que encontré esas facturas de las tarjetas de crédito que pagaste
mientras no era yo misma.
Me encogí. —No sabía cómo decírtelo.
—Lo hiciste muy bien. Mejor de lo que jamás hubiera soñado. Confisqué
todo lo que compró. Está pagándolo un poco a la vez, y ver al psicólogo es parte de
eso. No te haría daño, hacerlo tú también, ya sabes. —Forzó una sonrisa, como si
no acabara de sugerirme que fuera a terapia.
La ignoré descaradamente y me volví para ver a Gus mirando la brillante
mascara de ojos de Sam. —Gus, ¿quieres pasar un rato conmigo?
—¡Sí!
—Él estará bien, mamá. Sam, no hay razón para que trates de dormir. Va a
empezar a jugar contigo en cinco minutos.
—¡Grrr! —le gruñó a Gus y lo jaló hacia abajo, cerrando los brazos a su
alrededor mientras él luchaba juguetonamente para escapar.
—Gracias, Ember.
—No hay problema. Por eso me mudé aquí, mamá. Para echar una mano.
Su fría mano acarició mi rostro como cuando tenía cinco años, y la luz captó
el diamante de su anillo de bodas. —Quiero que vivas tu vida.
Pensé en Josh, y la forma en que había adorado mi cuerpo la noche anterior.
Mamá se moriría si supiera. —Lo hago. No te preocupes tanto por mí.
—Nunca tengo que preocuparme por ti. Eres más organizada que la mitad
de la población. ¡Gus! Estaré de vuelta en dos horas. No te atrevas a hacer de las
tuyas.
—¡Adiós! —logró decir a través de la risa.
Mamá me dio un abrazo y se dirigió hacia la puerta.
199 Arrastré a Gus fuera de los brazos de Sam. —Sam, si vas a atacar a mi
hermanito, por lo menos tienes que oler decente. Ducha. Ahora. Antes de que los
servicios de protección infantil vengan por nosotras.
Me enseñó su dedo medio cuando Gus corrió a mi habitación y se fue a la
ducha.
—¿Podemos ver esto? —Levantó un DVD de una película terriblemente
sangrienta que sacó de la estantería de mi habitación.
—Nop.
Cogió el sobre de la parte superior, y arrugó la cara. —¿Todavía no has leído
la carta de papá?
Negué con la cabeza. —No estoy lista, pero lo haré.
Asintió. —Está bien que hagas las cosas a tu propio ritmo. —Mi hermano, el
sabio.
—¿Te ha gustado la tuya?
Asintió, con su cabeza más pegada en mi colección de DVD. —Él me ama,
pero ya lo sabía. Me dijo que me envió a mi soldado-guardián casi ángel. O al
menos, así es como lo llamó él. ¿No es genial?
A veces, no hablaba como alguien de siete años. —Impresionante, amigo.
—¿Iron Man?
—Suena como un plan. —Lo metimos en el reproductor, y lo puse a él en mi
regazo. Aspiré el aroma a sol en su pelo, como tomando un trago de pura alegría, y
sonreí mientras ésta corría a través de mí.
Sam volvió a entrar, recién duchada y alegre, con una toalla envuelta como
un turbante alrededor de su cabeza. —Esa ducha ayudó mucho.
—Bueno, imagino que tendríamos que estar listas para el partido de hockey,
¿verdad?
Gus sorbió su Sprite, pero no me molesté en corregirlo. Eso es lo que hacían
las madres. Las hermanas mayores eran para las películas y el contrabando de los
refrescos.
—No creo que vaya esta noche.
—¿Qué? —Sam quedó boquiabierta—. Eres la novia del jugador estrella, ¿y
no vas? ¿Qué va a pensar? Te voy a decir algo. Él va a pensar que es horrible en…
Le lancé una almohada en la cara antes de que pudiera terminar la frase. —

200 Está haciendo algo de su beca y no volverá hasta mañana por la noche.
—Bueno, eso apesta. ¿Qué piensas que está haciendo?
—No estoy segura. —Mientras negaba con la cabeza, froté mi barbilla sobre
la cabeza de Gus. Él se inclinó aún más en mi contra, más absorto en Tony Stark y
su refresco que en nada—. Solo espero que no sea su pierna. No sé lo que haría él si
perdiera su beca.
—¿Tú y el entrenador Walker? Eso está genial. Asqueroso, pero genial. Le
dispararon, sabes —anunció Gus—, eso lo convirtió en entrenador Walker.
Odiaba que Gus ya hubiera sido expuesto a gran parte de la fealdad en el
mundo. —Sí, amigo. Pero está bien.
—Eso casi lo mata, pero fue súper afortunado.
El miedo corrió por mi espina dorsal. —¿Él te dijo eso? —Josh era muy
reservado sobre su lesión. Tan reservado que no me había contado toda la historia.
—Me lo dijo papá.
Lo giré en mis brazos para ver su rostro. —¿Qué?
—Tranquilízate, Ember. No estoy loco. —Estiró el cuello hacia atrás, pero no
pudo ver la película—. Papá me llevaba a hockey, así que conocía al entrenador
Walker. Habló de él algunas veces.
No seas idiota. Por supuesto, mi hermano no hablaba con gente muerta. —Sí,
lo siento, amigo. —La película lo atrapó de nuevo.
Sam se sentó en el sofá junto a nosotros. —Entonces, ¿qué es lo que crees
que ocurre? ¿Crees que está herido de nuevo?
—Él está en instrucción —respondió Gus con un enorme sorbo.
Mi estómago cayó a través de mi cuerpo y se abrió un enorme agujero que
clamaba desesperadamente ser llenado con algo de lógica. —¿Instrucción para que,
Gus? ¿Como construcción?
Giró la cabeza, y me dio una mirada como diciendo mi hermana es tonta. —
No, instrucción, Ember. Tú sabes, para el ejército. Es por eso que le gustaba a papá.
Josh es un soldado como él. —Se dio la vuelta como si hubiera anunciado que su
cabello era rojo. Como lo era, de hecho.
—¿Instrucción? ¿Soldado? —No. No. No.
Gus suspiró y se levantó. —¿En serio? Vas a tener que rebobinar la película
si sigues hablando, Ember. Me estoy perdiendo las partes buenas.

201 Sam agarró el control remoto y apretó el botón de pausa. —¿Está en el


ejército, Gus? —le preguntó en voz baja.
Asintió. —¿Cómo crees que le dispararon?
Donde estuvo el enorme hoyo en mi estómago, ahora había una sensación
abrumadora, de todo lo que explotó dentro de mí como si un agujero negro se
hubiera abierto en mi alma. Una vez al mes. Desaparecía durante un fin de semana
al mes. Instrucción. —Está en la Guardia —susurré.
—¡Sí! ¡Sargento Walker! —Gus se dejó caer en el suelo delante de la TV.
Sam presionó reproducir y luego me llevó a mi habitación, cerrando la puerta
detrás de nosotras. —Habla conmigo.
Ahora todo tenía sentido. Lugar equivocado, momento equivocado. Solo olvidó
mencionar que el lugar equivocado se hallaba a medio mundo de distancia y que
había estado en uniforme. Me mintió desde el primer día. Oh Dios. Me enamoré de
un soldado. No podía amar a un soldado. Juré que nunca lo haría. Nunca pondría
mi corazón en las manos de alguien que lanzaba su vida por la borda en un país
extranjero, luchando por gente que ni siquiera nos quería allí, y saliendo durante
meses a la vez.
No podía amar a un soldado. No podía quedarme en casa y esperar y
preguntarme si alguna vez iba a volver. No respondería a la puerta cuando
golpearan unos desconocidos. No quería desmoronarme. No quería que colgaran
una estrella dorada en mi ventana.
No sería mi madre.
—No estás hablando, Ember.
Llevé mi atención de nuevo a Sam. —Está equivocado. ¡Está equivocado!
Josh me lo habría dicho. Sabe cómo me siento sobre el ejército. ¡Me lo hubiera
dicho!
Me puse de pie antes de que me diera cuenta de que quería hacerlo. Tenía
que saber. —¡Gus, quédate con Sam! —Volé por la puerta, sin molestarme en cerrar
mientras giraba y golpeaba la puerta de Josh.
—¡Esperen, joder! —gritó Jagger, abriendo la puerta—. Qué m… Oh, Ember.
Oye, ¿has olvidado algo?
Negué con la cabeza y pasé junto a él, tropezando a través del apartamento
como una loca borracha. Tal vez lo estaba.
—¿Ember? —Me siguió al cuarto de Josh.
—Él no tiene razón. Gus no puede tener la razón —murmuré, abriendo las
gavetas de Josh—. Es solo un niño. ¿Cómo sabría?

202 —¿Qué estás buscando? ¿Tener razón acerca de qué? Josh no está viendo a
alguien más si eso es lo que te preocupa. Diablos, apenas ha visto a otra chica
desde que apareciste, December. —Cerró las gavetas una vez que había terminado
de hurgar a través de los calzoncillos, los pantalones, camisas y medias, tratando
de encontrar algo que probaría que Gus se equivocaba.
—Gus, me dijo… —Miré hacia las fotos. No había fotos de él con otros
soldados, o despliegues, o un uniforme. Uniformes.
—¿Dónde están tus defectos, Josh Walker?
Se echó a reír. —Los guardo en el armario.
Cierto. Esquivé a Jagger y abrí la puerta del armario, dándole al interruptor
adentro.
—¡Ember, no! —gritó Jagger.
Era demasiado tarde.
Mis ojos se saltaron varias camisetas de hockey y dispersas ropas de vestir,
y fueron atraídos al uniforme de Combate del Ejército como un imán. Dos pasos y
un estirón, y podría tocarlos. La tela era tan extraña y familiar, el fondo de toda mi
vida. —No, no, no —susurré, rogando que estuviera equivocada.
El uniforme se deslizó del gancho, y podía sostenerlo frente a mí. En el
hombro izquierdo tenía el parche de la Guardia Nacional de Colorado, en la
derecha, indicando que había sido desplegado, su parche de combate era idéntico.
Las franjas de un sargento estaban abrochadas a través del pecho, y a través de las
cinta de Ejercito de los Estados Unidos estaba la palabra que congeló el amor y la
esperanza en mi corazón.
—Walker. —El susurro me dejó rota. Arrugué la tela con mis puños,
deseando que fuera lo suficientemente fuerte para romperla por las costuras, para
hacer tiras el futuro que sabía que representaba. Al que me rehusé formar parte.
—Él quería decirte —dijo Jagger suavemente—. Solo… no pudo. No podía
perderte.
—Vete.
Suspiró, y se retiró.
El cuarto giró, o ¿mi corazón acelerado lo hizo parecer de esa forma? ¿Cómo
podía algo tan perfecto, tan exquisito estar tan maldito? Así no era como debía ir.
¡No se suponía que viviera así!
Un grito primitivo se liberó de mi garganta. Tiré de sus ganchos los dos
juegos de uniformes, incapaz de enfrentarme a ellos con mi vista, y me deslicé en
203 la parte de atrás del armario junto con ellos. El dolor me cortaba, destruyendo la
alegría que sentí solo una hora antes y remplazándola con una abrumadora
sensación de desesperanza. Tal vez así era como terminaba todo amor, destrozado
bajo el peso de algo más oscuro y más fuerte.
Tal vez las lágrimas vendrían y me liberarían, prueba de que procesaba lo
que había aprendido. Había llorado tanto en los últimos tres meses que tal vez no
quedaba nada más para dar. Me encontraba hueca y vacía.
Me arrodillé, recogiendo los uniformes, pero mi mano golpeó un fuerte
objeto hacia el final del clóset. La luz atrapó la carpeta verde oscuro, la que había
visto demasiadas veces para contar. Era un premio.
La jalé de la pila de carpetas abandonadas y la abrí. —Orden del Corazón
Purpura concedido al Especialista Joshua A. Walker por acción prolongada en
combate en la Provincia de Kandahar en Afganistán.
Exactamente donde mi padre había muerto. El lugar equivocado. El
momento equivocado.
Justo como yo en este mismo momento.
La subí hasta mis brazos y la llevé hasta su cuarto, dejando los uniformes en
la cama y colocando el premio encima. Él había sido el herido, pero de alguna
forma, yo había recibido un disparo fatal directo a través de mi alma.
La foto del campeonato estatal se burlaba de mí desde la pared, así que la
bajé y la dejé al lado del premio. Me equivoqué. No habíamos sido predestinados
desde que tenía quince años; habíamos sido maldecidos.

204
Traducido por Jules
Corregido por Victoria

Mi teléfono sonó, anunciando otro mensaje de texto. En otros veintinueve


segundos, sonaría cuatro veces y luego iría al correo de voz. Otros diez minutos
más o menos después, comenzaría de nuevo.
—¿Vas a responder? —preguntó Sam mientras me pasaba otro plato de
espagueti de nuestra barra.
Revolví los fideos en el plato, pero no podía soportar comerlos. —Pues no.
Dejó escapar un suspiro exagerado. —Ember...
205 —No lo hagas. Simplemente... No, porque no puedo. —Di otro mordisco y
dejé que los espaguetis cayeran del tenedor.
Sam se sentó en el taburete a mi lado y me estudió pensativamente mientras
masticaba. —No has comido nada desde ayer. No lloras. No hablas. ¿Qué debo
hacer con eso?
Me sentía completamente entumecida, fría desde el alma hacia afuera. No
había dolor porque no podía sentir nada. A este ritmo, podría tener el brazo
desgarrado, manchando el suelo de sangre, y no lo habría notado. Todo el color
había sido drenado de mi mundo, llevándose consigo mi capacidad de sentir...
nada.
Jugué con mi comida y miré mientras el reloj digital del horno cambiaba.
Seis minutos más. Cinco minutos más. Cuatro. En cualquier momento iba a llamar
de nuevo, y yo seguiría sin saber qué decirle. ¿A quién engañaba? No había nada
más que decir.
Unos puños golpearon nuestra puerta tres veces, y me encogí. —December.
—Su voz era ronca, ahogada.
Sam me arqueó una ceja, pero no pude hacerlo. Negué con la cabeza sin
levantar los ojos del plato rojo a cuadros. Qué bueno que la salsa de espagueti
hacía juego. Suspiró puramente por mí y las patas del taburete rasparon el suelo
cuando ella se deslizó hacia atrás.
Oí la puerta al abrirse. —No quiere verte, Josh. —Sonaba triste, como si
estuviera del lado de la persona que acababa de romper mi corazón.
—Por favor, Sam. Tengo que verla.
Cerré los ojos para protegerme del dolor que escuché en su voz. Dejarlo
entrar me volvería loca.
—No puedo. —La puerta se cerró con un chasquido, y dejé escapar el aliento
que no me di cuenta que había estado conteniendo.
—¡December! —gritó; el sonido fue ligeramente amortiguado por la puerta
cerrada—. ¡Tengo que hablar contigo! ¡Voy a golpear la puerta y gritar tu nombre
hasta que la seguridad me detenga o salgas aquí!
Sam se sentó y metió un bocado en su boca. Mientras ella masticaba y yo
hacía girar los fideos en el tenedor, él continuó gritando. El dolor atravesó mi
estómago ante la tristeza en su voz, pero rápidamente la bloqueé. El momento en
que la reconociera, el resto me abrumaría, y no estaba preparada para ello.
—¡December!

206 —Por el amor de Dios. —Sam agarró mi mano y la apretó—. ¿Antes de que
lo arresten?
No podía dejar que se metiera en problemas, no por algo tan trivial como
yo. Me bajé del taburete, usando la misma camiseta sin mangas y pantalones de
pijama que había usado desde ayer, y me dirigí a la puerta.
—No voy a abrir la puerta —hablé contra el marco de madera.
—Dios, December. Por favor, tenemos que hablar.
Negué con la cabeza como si pudiera verme o algo así. —No hay nada de
qué hablar.
—¡Tenemos todo de que hablar!
Estaba enfadado. Bien. Era bueno que uno de nosotros todavía tuviera
emociones.
—Una pregunta.
—La que quieras. —Algo golpeó contra la puerta, y a juzgar por la posición
y el sonido, supuse que había apoyado la cabeza.
—¿Estás en el ejército? —Levanté la mano y la puse en la puerta, donde yo
sabía que se hallaba su cabeza al otro lado.
Hubo un largo momento de pausa, condenándolo más de lo que ya lo
habían hecho los uniformes. —Sí. En la Guardia Nacional. —Su respuesta fue
suave y rota.
No me di cuenta de lo mucho que quería que lo negara hasta que lo dijo. —
Entonces hemos terminado de hablar, Josh. No hay nada que puedas decir. Hemos
acabado.
—¡December, por favor!
—Vete. No hay absolutamente ninguna posibilidad para nosotros. —Me las
arreglé para mantener mi voz plana, sin emociones.
Esperé unos instantes hasta que algo se deslizó por la puerta. ¿Su mano? —
Te amo.
—Buenas noches, Josh.
La puerta de su apartamento se abrió y cerró, y me apoyé contra nuestra
puerta frontal por el más breve segundo antes de que me deslizara hacia abajo.
Una vez que mi trasero golpeó el suelo, levanté mis rodillas hasta el pecho. No
hubo lágrimas, ni ira, solo una abrumadora sensación de cansancio.
207 Solo quería una cosa: A Joshua Walker.
Pero no lo haría. Nunca me convertiría en mi madre. Nunca amaría a un
hombre cuyo amor podría destruirme.

***

El lunes por la mañana no fue nada fácil. ¿No se suponía que lo sería? Esto
dolía más que perder a Riley, ¿pero tal vez estaba tan perdida en mi dolor por
papá que en realidad no noté la pérdida de Riley? Eso no era cierto. Lo de Riley me
dolió, pero no lo amaba como amé a Josh.
—Buenos días, señorita Howard. —El profesor Carving asintió hacia mí
mientras entraba en la habitación por delante de mí. Justo a tiempo.
Me deslicé detrás de él, evité que mis ojos fueran a donde normalmente me
sentaba y vi una silla vacía en el fondo de la sala. Bingo. Estudié los azulejos en el
suelo y esquivé las mochilas en el camino hacia la parte trasera y reclamé el
asiento.
Un Mississippi.
Dos Mississippi.
Tres Mississ...
—Ember.
Mi cuerpo reaccionó físicamente a su voz. Los escalofríos recorrieron mis
brazos, y mi garganta se apretó. Negué con la cabeza y estiré mi brazo para tomar
mi libreta.
Josh me ganó de mano, jalando el espiral púrpura de mi bolso y poniéndolo
en mi escritorio. Antes de que pudiera protestar, él había alineado un lápiz y un
bolígrafo exactamente cómo me gustaban. —Tienes que hablar conmigo. Voy a
explicarte.
Las cabezas se giraron en nuestra dirección. La única cosa más digna de
chisme que irme a casa con él fue nuestra obvia ruptura. Yo no podía hablar.
Caray, tenía suerte de seguir respirando con esta presión aplastando mi pecho.
—Ember, ¿por favor?
—¿Señor Walker? —dijo el profesor Carving, salvándome—. ¿Podría
sentarse?

208 Josh suspiró. —No hemos terminado, Ember.


Pero sí lo habíamos hecho.
Tomé notas meticulosamente, como siempre. Aparte del enorme agujero en
mi alma, todo en el exterior era tan normal como podría ser. El reloj me marcaba
otros diez minutos para superar esta clase. Entonces podría salir de aquí antes que
Josh, correr a mi coche, e irme antes de que él tuviera la oportunidad de
enfrentarme. Sí. Si agarraba mis cosas de inmediato, podía escapar antes que nadie
se hubiese alistado.
Mientras el profesor Carving terminaba su conferencia y empezaba a hablar
de nuestra tarea para el miércoles, deslicé mi libreta y bolígrafos en mi bolso y lo
coloqué en mi regazo.
Iba levantándome de mi asiento cuando nos despidió.
Tan rápido como pude, sin parecer una loca, pasé entre los otros estudiantes
de mi fila y abrí la puerta a mi salida. —¡Ember! ¡Espera! —No me di la vuelta, no
me detuve, sino que por el contrario, me lancé a una huida precipitada. Bueno,
caminé muy rápido.
Los pasillos se encontraban llenos de estudiantes, y me mezclé entre la
multitud. Llegaría al coche. No tendría que verlo, ni enfrentarme a todo lo que no
podía. Podía mantener mi entereza por un día más. El sol de principios de marzo
golpeó mi cara, y tomé mi primera bocanada de aire. Lo logré.
—¡Ember! ¿Qué vas a hacer? ¿Huir por siempre? —gritó Josh.
La mitad de los estudiantes se volvieron a mirar boquiabiertos. Mis mejillas
ardieron cuando la sangre se agolpó en mi cara, pero seguí abriéndome paso por el
sendero entre los edificios académicos de la cuadra. Mantén la calma. Sigue con el
plan.
El momento en que él me tocó el brazo, sabía que iba a desmoronarme. Me
detuve, tomé tres respiraciones, y me centré en cualquier otra cosa. La nieve se
había derretido, y la hierba se asentó marrón y limpia. Era el momento más feo de
la pre-primavera, cuando el blanco inmaculado se había desvanecido, pero todavía
nada había vuelto a la vida. Todo seguía frío y entumecido.
—Ember. —Su voz era suave y suplicante.
—No. —Era todo lo que tenía en mí.
Me rodeó, pero me negué a mirarlo a los ojos. —Por favor. No era mi
intención ocultarlo. No sabía cómo decírtelo.
Partes de mí se agrietaron, y cada palabra que decía lo amplió. La dichosa
sensación de entumecimiento que me mantuvo entera se derretía, dejándome
209 desnuda. Me tragué la necesidad de mirarlo, extender la mano y tocarlo.
—Tienes que hablar conmigo sobre esto. No voy a perderte a ti por un
trabajo.
Me rompí, me rompí justo al medio, y mi lógica y razón volaron lejos. —¿Un
trabajo? —Di un paso atrás, necesitando la distancia. Finalmente levanté la vista
hacia él, pero la tristeza en su rostro no disipó mi ira. Se veía como una mierda.
Bueno, así es como me sentía—. ¡No es un trabajo! ¡Y me lo ocultaste! ¡Sabes lo que
siento por eso!
—¿Cuándo te vi quemar el uniforme de la academia militar? Supe que
nunca lo aceptarías, que me habrías alejado tan pronto como lo supieras, y no
podía dejar que te vayas.
—¡Eres un maldito egoísta!
Palideció. —Sí. Necesitaba estar cerca de ti. Tenía que hacerlo.
—¿Por qué? ¿Por qué diablos estás en la Guardia? ¡Tenías una beca
completa! ¿Y simplemente te apuntaste a esto para que te maten? —La idea, la
palabra me golpeó con náuseas. Josh en uniforme. Josh en una caja fría, cubierto
por una bandera. No.
—Mamá se enfermó. Me trasladé aquí para cuidarla. La universidad de
Colorado Springs de Hockey es pequeña, pero tenía los fondos para una media
beca para la temporada completa. Algunos no tenemos familias ricas y papás
médicos, Ember. Hice lo único en lo que podía pensar para entrar a la universidad.
Un fin de semana al mes parecía algo malditamente bueno para estar cerca de mi
madre. No me arrepiento de ello. ¡De nada de eso, ni de ti!
Mi mirada bajó a la cicatriz que sabía que atravesaba su pierna. —¿No te
arrepientes de perder lo único que amas? ¡Dios! ¡Te dispararon! ¡Te lastimaron!
¿Casi te matan, y sigues ahí? ¿Tienes un maldito complejo de héroe, o algo así?
Déjame decirte, Josh. ¡Los héroes mueren! —Mi voz se quebró, y tomé una
respiración profunda—. Ellos mueren.
El músculo de su mandíbula se flexionó. —No he perdido lo único que amo,
Ember. Tú sigues de pie frente a mí, y voy a luchar con todo lo que tengo.
—No lo hagas. No voy a esperar a ver que te mueras como mi padre. No me
importa si casi has terminado con la universidad, nada vale la pena esa espera, ese
dolor.
—Tu padre creía en su misión. Él salvó muchas vidas. Yo lo conocía, Ember.
Estaba orgulloso de lo que hacía. ¡Estaba orgulloso de mí!
Los celos me apuñalaron profundamente. Josh había sido amigo de mi
210 padre, debido a Gus. Había hablado con él acerca de las cosas que yo nunca pude,
sobre por qué eligió ese camino. Josh conocía a mi papá íntimamente, de una
manera que yo nunca podría, porque había tenido demasiado miedo, demasiado
enojo con sus elecciones como para entenderlo.
—Mira lo que consiguió con eso. ¡Un médico en un hospital, no un soldado
en el frente, y está muerto! No trates de racionalizar la guerra.
El silencio nos envolvió, y noté, al mismo tiempo que Josh, la multitud que
nos miraba embobados al pasar. Tomó mi bolso de mensajero por la correa, para
guiarme suavemente bajo el árbol más cercano, por lo que dejamos de entretener a
las masas.
—Por favor, lucha por esto, Ember. Valemos la pena. Te amo, y eso es algo
que nunca le he dicho a ninguna chica. Te amo más que al hockey, o al aire que
respiro. ¡Y tú también me amas!
Eso se sintió como una gran bofetada en la cara. —¿Mi amor? ¿Quieres usar
mi amor en todo esto? —Las lágrimas se liberaron, marcando mi cara—. ¡Nunca
me habría acercado a ti si lo hubiese sabido! Odio lo que haces. Odio que me hayas
mentido. ¡Pero sobre todo, odio que me hayas dejado enamorarme de ti cuando lo
sabías! Odio amarte, así que no uses eso. —Las lágrimas drenaron mi enojo en un
pozo de desgracia.
El dolor irradiaba de sus ojos. —Te amo lo suficiente por los dos. No puedo
lamentar nada que nos haya unido.
Sus ojos, sus palabras, todo empezaba a fundirse a través de mi resolución.
—Deberías haber dicho algo.
Dio un paso vacilante, extendiendo la mano para acariciar mi rostro con el
dorso de sus dedos. —Debería haberte dado la opción y contártelo, pero no pude.
Eres un milagro, algo que nunca pensé que fuera digno de tocar, y mucho menos
de reclamarte mía. Te he deseado desde que tenía dieciocho años, pero nunca fui lo
suficientemente bueno, no para alguien como tú.
—¿Porque tenía un papá médico? —Le devolví sus palabras, tratando de
aferrarme a los últimos vestigios de mi ira. La ira me mantendría con vida cuando
Josh tenía el poder de romperme.
—Porque eras amable, e inteligente, y al parecer, yo apenas te impresionaba.
Oh, me mirabas; créelo, me di cuenta, pero eras muy segura de ti misma como para
lanzarte a cualquiera. Te respetaba mucho para perseguirte. Te hubiera arruinado
en aquel entonces.
—Me estás arruinando ahora. —La confesión fue suave. Por la foto, sabía
que él me había notado a los quince años, pero oírle decirlo, el anhelo en su voz,
me llevó a otro nivel más cercano a la locura. Tenía que estar loca para siquiera
211 considerar la idea de quedarme con él.
—Te amo. Lo eres todo, y no voy a permitir que me dejes por un uniforme.
—Me jaló por la cintura, llevándome contra su cuerpo. Mis nervios traidores
fallaron, recordando demasiado bien cómo se sentía el estar en sus brazos—. Solo
déjame amarte, December, porque de todos modos no puedo dejar de hacerlo. He
estado a tu merced desde que tenía dieciocho años.
La lucha me abandonó cuando me fundí contra él. Sus ojos marrones
brillaban en la dispersa luz del sol. En realidad no importaba que tan lejos corra. Él
solo tenía unos pocos meses hasta la graduación. Hice mis cálculos. —Te alistaste
por los típicos tres años, y esos terminan pronto ¿verdad?
Su mandíbula se flexionó. —Técnicamente.
Mis ojos se estrecharon. —Nada de técnicamente. No te atrevas a ocultarme
nada más.
Miró a su alrededor por un momento, como si estuviera buscando sus
respuestas en los árboles, en los edificios que nos rodeaban. —Voy a terminar con
el alistamiento el día de mi graduación.
Dejé escapar un suspiro de alivio. —Tres meses. Puedo manejar tres meses.
Su agarre en mi cintura se apretó, un poco desesperado. —Mi alistamiento
es hasta el día de la graduación porque voy a tener la licencia del servicio. Unos
minutos más tarde, tendré que tomar el juramento y seré nombrado como oficial.
He estado en el Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de la Reserva desde que fui
herido. Eso pagó mi beca, y la Guardia me pagó el alquiler.
¿Dónde quedó ese entumecimiento, esa sensación fría, que me mantuvo
distante? En cambio, un dolor crudo, grande y feo, se abrió camino y se apoderó de
mí. —Vas a comisionar. Vas a ser un oficial. —Veinte años. Los mejores años de su
vida dados al servicio, al riesgo.
Sus ojos decían que quería mentirme, pero no lo hizo. —Sí. Ese es mi plan.
Asentí y sonreí, tragándome el nudo que crecía en mi garganta. Antes de
que pudiera decir nada más, me estiré en puntas de pie, coloqué mis brazos
alrededor de su cuello, y fundí mi boca con la suya. Lo besé con abandono,
vertiendo todo mi amor, mi dolor, mi desesperación en él.
Cuando él respondió, mi espalda chocó contra el árbol, y su lengua se movió
con la mía. Sus manos dejaron mi cintura y sostuvieron mi cara como si fuera algo
delicado, mientras me besaba con evidente alivio. Todo en mi cuerpo lo reclamó y
cedí, inclinándome más cerca de él, deleitándome de que pudiera dejarme llevar
tanto por alguien más. Todo con Josh era tan perfecto, y sin embargo tan jodido.
212 Lo besé una vez más, con suavidad, recurriendo a su labio inferior, tanto
como podía, saboreando el gusto y sintiéndolo contra mis labios. —Te amo mucho
—le susurré contra sus labios—. Gracias por ayudarme a superar la pérdida de mi
padre. Gracias por proteger a April y querer a Gus. Gracias por ser exactamente
cómo imaginé que sería el amor.
Sonrió contra mis labios, pero se apartó sobresaltado cuando mis lágrimas
cayeron sobre su mejilla. —¿December? No llores.
Negué con la cabeza y di un paso fuera de sus brazos. El aire fresco de
inmediato me quitó el dulce calor que él había dejado. —Te amo —susurré una vez
más.
La negación se reflejaba en sus ojos abiertos. —No. No lo hagas.
Ahuequé su hermoso rostro en mis manos y sonreí a través de las lágrimas.
—Adiós, Joshua Walker.
Agarré mi bolso de mensajero mientras me alejaba, necesitando algo,
cualquier cosa que se sintiera real. La gravedad se había ido. Acababa de perder a
la única persona que me había estado manteniendo de pie.
Traducido por Gaz Holt
Corregido por Dannygonzal

El reloj me ponía nerviosa. Quedaban dos minutos para el final del tiempo
extra y los Mountain Lions estaban bloqueados y con un jugador menos. Jagger
nunca podía contener su temperamento. Desde nuestros asientos, Sam y yo
teníamos una vista clara de él al otro lado de la pista, y se veía muy enojado.
—Es más sexy cuando está enojado —advirtió con un chasquido de su
lengua.

213 —¿En serio? —Me reí.


—¡Defensa! ¡Defensa! —gritó la multitud mientras el Western State corría
hacia la meta.
Mis dedos se clavaron en mi chaleco cuando ellos dispararon y fallaron. Los
defensores se deslizaron de detrás de la red y la lanzaron hacia adelante. —Vamos,
Josh —susurré, con miedo de decir su nombre demasiado alto. Cada vez que lo
había oído en las últimas tres semanas, por poco destruyó el terreno que había
ganado.
Dolía todo. La respiración movía el nudo de mi garganta. Dormir al otro
lado de su pared significaba que no podía dormir. Pensar en él me cerraba por
horas.
Gracias Dios por el dolor; eso significaba que no me había entumecido.
Significaba que me encontraba procesándolo, aunque lentamente, pero todavía lo
hacía. No había desaparecido en mí misma. Pasaba a través del dolor y actué tan
normalmente como pude con un corazón roto. Después del primer día de clase,
cuando solo le sonreí educadamente y me centré en el profesor Carving, Josh dejó
de tratar de hablar conmigo.
Estuve agradecida. Estaba devastada.
Sabía que no debía venir esta noche, pero no podía soportar estar lejos, no
cuando el juego era tan importante para él. Sería el último partido de hockey de su
carrera universitaria.
Josh voló hacia la meta Western State, pasando a los otros defensores hasta
que quedó uno a uno con su portero. Mi cuerpo se enroscó por la tensión. Él lo
haría, aquí haría ganar a su equipo el campeonato de la liga. Lo sabía con tanta
certeza como sabía que lo echaba de menos.
Amague uno. Amague dos. Mi corazón se detuvo cuando disparó... ¡Y lo
hizo!
El estadio saltó a sus pies, gritando su nombre. —¡Walker! ¡Walker! —Lo
había hecho: dirigiendo al equipo Campeón de la Liga, anotó el gol de la victoria.
No podía detener la sonrisa que me consumía más de lo que podía dejar de querer
reclamarlo, decir que ese hombre increíble era mío. Mi corazón se llenó de orgullo
por lo que había logrado.
El equipo despejó el banco, moviéndose en manada sobre la pista de hielo.
Él esquivó la multitud y en su lugar patinó hacia donde yo estaba contra el cristal.
No había una sonrisa victoriosa, solo esos ojos intensos que me miraban fijamente
214 por debajo de su casco. Se arrancó el guante y puso la palma de la mano contra el
cristal en donde me encontraba de pie. Indefensa contra él, levanté la mía y le
correspondí al otro lado del cristal. Oí un flash, un clic, pero no me importó. Todo
lo que había querido decirle, mi orgullo y también mi felicidad, estaban allí para
que las viera.
Seguía enamorada de él. Los dos lo sabíamos.
Una leve sonrisa curvó sus labios, pero no alcanzó sus ojos. Opacados por la
tristeza y la resignación.
Se alejó del cristal, pero antes de que girara hacia donde su equipo estaba
listo para devorarlo, miró hacia atrás. Me señaló y llevó su mano al corazón. Luego
fue tragado por su equipo, y le supliqué a Sam que me llevara a casa.
—¿Segura que quieres perderte la fiesta? —preguntó al detenernos junto a
nuestro edificio de apartamentos—. Va a ser impresionante.
Moví la cabeza y salí del coche. —Esta noche no. Simplemente no puedo. —
Me sentía demasiado débil. Cinco minutos en la casa a solas con Josh y estaría en
sus brazos.
—Está bien, pequeña. Duerme un poco.
—Cuídate. —Esperó hasta que mi llave abrió la puerta principal y luego se
fue hacia la fiesta.
Me puse mi pijama y me metí en la cama, presionando el interruptor de luz.
En la oscuridad, pasé los dedos por la pantalla de mi teléfono y me volví estúpida.
Ember: Hola, por favor, no respondas. Solo necesito que sepas lo increíblemente
orgullosa que estoy de ti esta noche.
¿Qué no dije? Que lo amaba, que he estado sufriendo sin él estas últimas
tres semanas, que consumía mi mente de una manera que me hacía sentir una
drogadicta que pasaba por la abstinencia.
Josh: Estuviste en mi cabeza todo el partido. Estás en mi corazón cada minuto que
estoy despierto. Te amo, December Howard.
Otra vez tenía ese maldito bulto en mi garganta, y las lágrimas amenazaban
con salir. Debí haber bajado el teléfono. Debí haberlo escondido en la mesita de
noche. Pero no lo hice, con los ojos borrosos y todo.
Ember: Lo sé. Y tú sabes que te amo, Joshua Walker.
Josh: Me gustaría que fuera suficiente para que cambiaras de opinión.
Ember: Yo también. Buenas noches, Josh.

215 Josh: Buenas noches, Ember.


Me tragué el dolor, negándome a dejar que cayeran las lágrimas. No podía
pasar toda mi vida llorando, tenía que haber un punto de parada. Me acurruqué
con mi teléfono en la almohada y me quedé dormida.
Un golpeteo rítmico en la pared detrás de mi cabeza me despertó en una
neblina. Miré el reloj: 2:57. ¿Qué demonios? El sonido continuó, moviendo la pared
al tiempo. ¿Qué podría estar haciendo? La única cosa en esa pared era...
Oh, mierda. Su cama.
Mi corazón se rompió en mil pedazos diminutos, que luego se quebraron
nuevamente. No es como si me estuviera engañando, ¿verdad? Yo lo rechacé,
rompí con él, lo lastimé. Él había ganado el campeonato esta noche, ¿qué demonios
esperaba de un playboy como Josh Walker? Lo único sorprendente fue que hubiera
esperado tanto tiempo.
Pero eso no significaba que tenía que escucharlo.
Recogí mi almohada y el edredón y me dirigí hacia el sofá. Esta vez,
mientras me recostaba, no me molesté en detener las lágrimas, solo dejé que me
consumieran.

***
El lunes por la mañana me deslicé en mi asiento de la clase de historia y
saqué mi cuaderno sin mirar a Josh. No podía. Ya lo había imaginado en la cama
con la otra chica, no necesitaba ver su cara para hacerlo.
—Gran juego, Josh. —Mindy se deslizó junto a él, pasando la mano por su
hombro mientras reclamaba su asiento. Tal vez fue ella.
Me mordí el labio y mantuve mis ojos en el papel en blanco.
—Cálmense, todos. —El profesor Carving sacó sus notas y las puso en el
atril—. Ah, y felicidades, Walker. Ese fue un gran tiro.
—Tuve una gran inspiración.
Por poco me atraganto con el café.
—Debe tenerla —concordó el profesor Carving—. Ahora, estamos en el final
de la batalla de Gettysburg, y estoy suponiendo que todos ustedes han hecho la
lectura requerida.
Le respondieron unos murmullos.
216 —¿Oh, no? Es un examen sorpresa. —El quejido colectivo aumentó—. Pan
comido. Solo es escribir su nombre en la parte superior y, tan bien como recuerden,
anotar su frase favorita del discurso.
Garabateé mi nombre sobre la línea superior y aparté de mi memoria lo que
se había clavado en mi mente. Como si pudiera olvidarlo.
Esperó unos minutos antes de terminar el examen. —Está bien, ahora todo
el mundo pase su papel hacia la derecha.
Le di el documento a Josh sin mirarlo. Sus dedos rozaron la parte de atrás de
mi mano, quemándome, destruyéndome toda de nuevo.
Tomé el papel de Patrick de mi izquierda. Él era tranquilo, sin pretensiones,
y, por desgracia para su vida sexual, del tipo lleno de acné. Pero era tan dulce
como era posible.
—¿Quién quiere leer el papel que tiene? ¿Mindy?
Se aclaró la garganta, sonando como una estrella porno. —Hace ochenta y
siete años…
—¡Ah, una salida fácil ! ¿A quién más tenemos?
—Yo lo haré —contestó Josh.
No. No quería oír su voz, pero como taparme los oídos y mecerme no era
una opción, tuve que escuchar.
—Señor Walker, vamos a escucharlo.
La voz de Josh era clara y fuerte. —Que a partir de estos muertos honrados
aumentemos la devoción a la causa por la que dieron la última medida de
devoción… Que aquí decidamos que estos muertos no hubieran muerto en vano.
No había ningún sonido por encima del latido irregular de mi corazón.
El profesor Carving se apoyó en el podio. —¿Señorita Howard? ¿Por qué le
vino ese pasaje a la mente?
Abrí la boca para hablar, pero no salía nada, no sin romperme delante de
toda la clase, lo que que no iba a suceder.
—¿Señorita Howard?
Sacudí la cabeza y cerré los ojos, deseando que mi asiento me consumiera y
me dejara salir de esta situación en la que no podía completar una tarea tan simple
como hablar.
—El padre de Ember fue asesinado en Afganistán hace unos meses —
respondió Josh suavemente, extendiendo su brazo a través del pasillo y dejando mi

217 papel en mi escritorio.


Abrí los ojos y miré al sorprendido profesor Carving. —Puedo ver cómo eso
la llevó a este pasaje.
Asentí, pero él no se dio cuenta.
El resto de la clase pasó en un borrón, entonces, él nos despidió. Recogí mis
cosas al mismo tiempo que Josh. —¿Ember?
Me preparé y giré, todavía impresionada por lo increíblemente hermoso que
era, pero su aspecto no era nada en comparación con su amabilidad, su calidez.
Cualquier chica en esta escuela hubiera estado agradecida por una oportunidad
con Josh, dejando solo su corazón en un plato. —¿Sí?
Él levantó la mano como si quisiera tocarme, pero la bajó lentamente. —Tu
papá, no murió en vano.
Saqué la pieza suelta de papel de mi bolso, la doblé por la mitad y se la
entregué. —¿Qué te hizo pensar que era por papá? Tú eres el único resuelto. ¿Cuál
es tu medida de devoción?
Me alejé antes de que tuviera que escuchar su respuesta.
Traducido por Adriana Tate
Corregido por Cami G.

Marzo se desvaneció después de otra tormenta de nieve, trayendo a abril y


tres tormentas más cubriendo el césped. Sin embargo, mayo fue por fin hermoso.
Me coloqué un par de capris negros y una suave blusa azul claro para la
cena del domingo. No me había dado cuenta de lo mucho que había extrañado la
confiable rutina de nuestra casa hasta que se había ido. Ahora todo parecía estar de
nuevo en su lugar; solo extrañábamos a papá.
Giré su carta de nuevo, frotando la tinta tanto que me sorprendía que aún
no hubiese desaparecido. Las líneas ahora radicaban suaves, manchadas por mi
218 insignificancia. Cuatro meses y medio habían pasado, pero sostener esa carta me
hacía sentir como si todavía estuviese parada en la puerta, abriéndola al desastre.
Coloqué la carta el estante y salí.
El cementerio se hallaba cubierto de flores; el equipo de las instalaciones
había dado un salto a la primavera. Pasé tanto tiempo con papá como pude sin
romperme en un montón de sentimentalismo inútil, y luego continué hacia el sur
de la casa, como era mi rutina. La vida se había convertido en una rutina de nuevo.
Solo una cosa podía cambiarla, y todavía esperaba escuchar de Vanderbilt.
Gus se encontraba fuera de la casa antes de que siquiera detuviera mi auto
en el camino de entrada, lanzándose hacia mí. —¡Ember! ¡Te extrañé! Viniste a ver
mi experimento de ciencias. ¡Es sumamente genial!
—¡Completamente! —Revolví sus rizos y fui envuelta por el olor de pavo
asado mientras entrabamos en la casa.
—Me preocupaba tanto, porque papá tenía todos los planos. Habíamos
hablado mucho sobre eso.
Me agaché a su nivel. —Pero los encontraste, ¿cierto?
—Sí, en su correo.
Mi agarre se apretó en su camisa inconscientemente. —¿Puedes entrar en su
correo?
Asintió, balanceando sus rizos. —Sí. Solo a su cuenta personal. Su pregunta
de seguridad era bastante fácil porque mamá dijo que había tenido la misma
contraseña desde, como, siempre. —Se fue saltando, dejándome aturdida en el
vestíbulo.
Mamá parecía parte de las amas de casa de los años cincuenta cuando entró
en el comedor. Un rápido abrazo como bienvenida y ya corría de vuelta hacia el
teléfono sonando. Gus me mostró su gigante puente de espagueti, el cual ocupaba
una gran parte del mesón de mamá en la cocina. —¡Buen trabajo, amigo!
—Es la cosa más genial que jamás haya existido. ¡No puedo esperar para ver
cuánto peso se necesita para romperlo! —Sus ojos se iluminaron.
Mamá hizo el gesto universal con la mano de “silencio mientras hablo por
teléfono”, y parecía como si estuviera realizando maniobras de asalto. Gus y yo
reprimimos una sonrisa y obedecimos.
—Seguro, no es ningún problema, Chloe. Estamos cenando pavo. ¿Por qué
no traes a los chicos y comen con nosotros? —Mamá hizo una pausa, escuchando—
. Oh, no podría importarnos manos lo que llevas puesto. Ven. —Se inclinó para
verificar la hora en el reloj—. Te espero dentro de quince minutos. Sin escusas. —
219 Con una sonrisa, colgó—. Gus, agrega tres lugares más para la cena.
—¿La señora Rose va a venir? —Bajé los platos del gabinete más alto para
Gus.
Mamá alisó las líneas de su delantal, un hábito que había aprendido que
significaba que tenía más en su mente que lo que aparentaba. —Ella no se oía bien.
—Distraída, fue a la cocina, revolviendo la salsa y sacado el asado para reposar.
Salté para ayudar a Gus, quien preguntó—: ¿Quién es la señora Rose?
Reajusté su tenedor para corregir el lado del plato y lo centré. —¿Recuerdas
que su esposo estaba con papá?
El reconocimiento iluminó sus ojos. —¡Sí! ¡La mamá de Carson y Lewis!
—Exacto.
April entró danzando al comedor mientras colocábamos los platos en la
mesa. Gracias a Dios que ese traje no era nuevo. Ella dejó las compras una vez que
mamá la puso en terapia. —Qué bueno verte, Ember. —Sonrió y tomó asiento.
—Gracias por aparecerte y ayudar, April —dijo mamá con voz cantarina.
Se encogió de hombros. —¿Cómo están las cosas en tu casa?
Sabía a qué y a quién se refería. —No hay nada nuevo que reportar.
—Qué lástima, dejar que se vaya alguien como él…
—April —mi voz era aguda, incluso a mis propios oídos—, no.
—Alguien necesita ponerte los puntos sobre las íes. —Se pasó las manos por
el cabello.
—¿Qué, como si fueras una experta en relaciones? —Apenas había estado de
regreso con Brett durante dos semanas. Me sorprendió que él la hubiera aceptado
otra vez.
—Eres infeliz. —Sus ojos se clavaron en los míos, decidida a argumentar—.
Mereces ser feliz.
Mi voz se suavizó, junto con mi temperamento. —No necesito a un hombre
para que me haga feliz. No he estado soltera desde que tenía diecisiete. Estos
últimos meses han apestado, sí, pero he aprendido tanto sobre mí que no habría
aprendido. —Ella arqueó una ceja escéptica—. No, en serio. Puedo reparar un
triturador de basura, cambiar un neumático y pasar un viernes por la noche con
mis amigas o sola. He extrañado a Josh; todavía lo extraño todos los días, pero
tengo que estar bien sola antes de que pueda estar con alguien más.
—Es tan bueno ver a mis niñas llevarse bien. —Mamá lanzó una mirada
220 escéptica en nuestra dirección y me entregó el tazón con pan.
—Ya nos conoces —intervino April con un guiño, disipando los últimos
minutos de tensión.
En ese momento, todo parecía normal, tan pacifico. Pensé en decirle a mamá
sobre Vanderbilt. Estuvo en la punta de mi lengua durante los próximos diez
minutos mientras escuchábamos los detalles del proyecto de ciencias de Gus, y
April parloteaba sobre el baile de graduación. Cuando mamá me preguntó lo que
pensaba de mis clases, abrí la boca.
El timbre sonó y Gus estuvo fuera de su asiento, ansioso por sus amigos y
abriendo la puerta rápidamente con todo el peso de su cuerpo.
—¡Gus! ¡Genial! ¿Viste el nuevo Bakugan que tenemos? —Los chicos se
perdieron de inmediato en su conversación.
Se veían… descuidados, lo cual era decir algo por la apariencia de la tienda
Pottery Barn que normalmente llevaban los niños de Rose. La suciedad cubría sus
camisetas y agujeros consumían las rodillas de sus pantalones. Sus cabellos habían
crecido lo suficiente para que rozaran sus ojos.
—¿Chloe? —jadeó mi mamá, poniéndose de pie.
La señora Rose llevaba un pantalón de yoga con una sudadera desgarrada
del equipo de fútbol americano de Indianapolis Colts. Su cabello rizado en todas
las direcciones culminaba en un moño en la cima de su cabeza y su maquillaje
corría por su rosto. Para alguien que normalmente se veía como si acababa de salir
del local de ropa Ann Taylor, verla así me asustó.
Ella entró, sus ojos apagados buscaban a mamá. —June.
Mamá pasó junto a mí y tomó a Chloe por el brazo. —¿Qué está pasando?
—Dios, June. ¡Se supone que sea la próxima semana y no creo que venga a
casa! —Se derrumbó, y mamá solo frenó su descenso cuando cayeron juntas al
suelo. Feos sollozos atravesaron la habitación, rasgando un agujero a través de mí,
directo a la parte que no aún no había sanado de la muerte de papá—. Yo solo sigo
presionando… nunca me di cuenta… —Sus palabras fueron interrumpidas con
gritos hipados en el regazo de mamá—. La unidad viene a casa la próxima semana.
Cuando esos aviones vengan, él no estará en uno. ¡No estará allí! ¡Se supone que se
terminaría, pero esto nunca va a terminar porque él no va a venir a casa!
April cubrió su boca con la mano. Me estremecí a través de una respiración
profunda y forcé una sonrisa en mi rostro afligido. —¡Chicos! ¡Vamos a tener una
cena especial en la sala de estar! ¡Los Vengadores se ve genial en la gran televisión!
Carson y Lewis se miraron mutuamente con ojos cautelosos y reconocía esa
221 mirada demasiado bien. Era la misma que April y yo acabábamos de intercambiar;
la mirada entre hermanos que hablaba sin palabras. Eran tan pequeños, solo de la
edad de Gus, y no tenían hermanos mayores para cuidar de ellos.
—Gus, ¿por qué no los llevas a la sala de estar?
Los ojos sombríos de Gus se arrastraron lejos de mamá y Chloe, que seguía
sollozando en el suelo, dejando manchas oscuras y húmedas en la cola del delantal
de mamá. —Sí, se ve genial. —Fingió una sonrisa que no llegó a sus ojitos y se
llevó a los chicos—. ¡Me encanta Iron Man!
Suspiré ante la pura perfección del corazón de Gus.
—¡Capitán América hasta el final! —respondió Carson mientras corrían por el
camino al frente de la sala de estar.
—¡Hulk! Amigo, le gusta arrancarse la ropa. ¡Es tan enorme! —añadió Lewis
desde la distancia.
Mamá movió a Chloe al sofá, sosteniendo su cabeza contra su pecho en
tanto la joven mujer dejaba escapar sollozos que se propagaban por el tejido de la
cicatriz que había crecido por encima de mi dolor. Chloe mantuvo la compostura, y
había estado tan celosa de que ella funcionara mientras mamá parecía básicamente
catatónica. Esto no era nada por lo que estar celosa.
April y yo recogimos los platos, haciendo sándwiches de pavo asado
calientes en lugar de la comida tradicional que mamá había previsto. Ella se los
llevó a los chicos mientras yo cambiaba sus vasos por jugos de cartón. Consolando
a otra viuda o no, mamá enloquecería si ellos derramaran jugo en la alfombra de la
sala de estar.
Acomodamos a los chicos, colocando la película y dejándolos con los héroes
de Marvel, para luego cerrar la puerta suavemente detrás de nosotras y encerrarlos
en su mundo. April se apoyó en la pared justo afuera de la habitación. —Jesus,
Ember, ¿se acabará esto alguna vez?
Me recosté a su lado, colocándola debajo de mi brazo. —Creo que siempre
va a doler. Siempre va a estar ahí. —Parpadeé para contener las lágrimas—. Pero
mejoraremos viviendo con él todos los días.
—Justo cuando pienso que lo estoy superando, algo sucede y salta en mi
cara otra vez, tal como ese primer día. —Su voz se quebró.
—Lo sé. —Miré las fotos familiares que colgaban en la pared opuesta, un
collage de años escolares y eventos que hicieron de nuestra familia lo que fuimos y
dolía porque no volveríamos a ser de esa manera—. Todavía me derriba, también,
April. Lo juro.

222 Los sollozos de Chloe se hacían eco a través de la casa, recordándonos que
el dolor no tenía piedad, límite de tiempo ni fecha de caducidad. Sostuve a mi
hermana mientras mamá sostenía a Chloe, sin ser capaz de dar algún consejo o
pronunciar una palabra que pudiera disminuir el golpe con el que habíamos
estado lidiando. Tropezábamos a través de él, incluso después de todos estos
meses. Apoyé mi cabeza contra la de April, agradecida de no estar solas, que nos
tuviéramos la una a la otra.

***

—Le dije a Chloe que durmiera en tu habitación, Ember. Espero que no te


importe —dijo mamá, lanzando su delantal en el cesto de la ropa sucia.
—No, en absoluto. —Deslicé el último plato en el lavavajillas mientras April
limpiaba la encimera—. Pusimos a Lewis y Carson en la habitación de Gus.
—Bien. Me alegra que se tengan el uno al otro.
No había mucho más que decir, así que limpiamos el resto de la cocina en
un confortable y triste silencio.
—Me voy a la cama. Ember, ¿te vas a tu casa esta noche? —preguntó April.
—Sí, tengo clases en la mañana.
Ella me abrazó. —Gracias. Sé que no lo digo lo suficiente. Gracias. —Antes
de que pudiera responder, corrió fuera de la habitación y subió las escaleras.
—Está mejorando —dije.
—Todos lo estamos. Creo que estas próximas semanas podrían ser un poco
duras para nosotras, pero la superaremos. —Mamá arqueó una ceja mientras yo
desinfectaba la encimera en la que April solo había utilizado una esponja y
enderezaba el grupo de cuchillos—. ¿Cómo estás? No tengo la oportunidad de
preguntarte tanto como me gustaría.
Me recosté contra el gabinete. —Estoy bien. Siento como si estuviera en este
insoportable largo periodo de ajuste, pero estoy bien, bajo control. —Esperó a que
hablara, como era su manera. Nunca me presionaba; me conocía muy bien. Con
papá, me podía abrir en un abrir y cerrar de ojos, pero mamá y yo siempre
habíamos tenido problemas de comunicación. Éramos demasiado parecidas,
supongo—. Mis calificaciones son buenas, y vivir con Sam es genial.
—Me alegra que ustedes dos se reconectaran.
—Yo también. Siempre crees que estos son tus amigos para siempre el día
223 de la graduación, cuando todo el mundo está firmando el anuario, pero solo unos
cuantos se quedan realmente. Todos como que… se desvanecen.
Mamá sacó dos recipientes de K-Cups y me dio la espalda para preparar un
par de cafés. —Las personas se quedan cuando haces un esfuerzo por ellos. —Su
mano se detuvo en la taza de café mientras tomaba una respiración profunda—.
Ember, te han estado pasando tantas cosas este año y siento no haber estado allí
para ti. —Soltó una risa burlona—. Siento no haber estado allí para mí misma. Si
me hubiese dado cuenta lo que sucedía con Riley…
—No hay nada que pudieras haber hecho. Sus errores fueron suyos. En todo
caso, su engaño me mostró lo mucho que había envuelto mi vida a su alrededor.
Cambié todo por él, por este plan que habíamos creado juntos que en realidad
nunca me gustó para empezar.
Me dio una taza de Té chai latte y tomé un sorbo tentativo. Delicioso y
suficiente cafeína para darme poder para hacer la tarea que me esperaba en el
apartamento.
—Me agradaba Riley —admitió—. Me gustaba que encajara con nuestra
familia, que ustedes dos parecían tener todo resuelto. Si hubiese sabido lo que
hacía, hubiese puesto sus bolas en un tornillo de banco.
Escupí, dejando un rastro de gotas de café en la isla de la cocina. Ambas nos
echamos a reír y mamá se recuperó lo suficiente para limpiar cada lugar. —En
serio, nunca te habría empujado hacia él.
—Lo sé. En teoría, era perfecto.
—¿Y Josh? —Lo introdujo en la conversación tan fácilmente, pero aun así
envió un rayo de dolor a través de mí.
—Josh está en el ejército; bueno, en la Guardia. —Habían pasado dos meses
y esta era la primera vez que le decía a mamá—. Si se fuera a salir, entonces tal vez,
pero va a ser comisionado después de la graduación. No puedo hacerlo, mamá. No
lo haré.
Ella tomó un sorbo de café en silencio antes de responder. —¿Lo amas?
Tragué saliva, luchando por encontrar las palabras. —Sí. Más de lo que
jamás pensé que fuera posible. Parece que no puedo olvidarlo, pero lo haré. Una
vez que se vaya, lo haré. —Fue más bien una promesa para mí que una declaración
a mamá—. Además, él ya siguió adelante.
—¿No puedes superar esto? —Un fuego que no había visto en meses entró
en sus ojos. Algo le molestaba—. El amor no es algo que echas por la borda a la
ligera.
—No voy a vivir esta vida, mamá. Quiero estabilidad, raíces y una casa por
224 los próximos veinte años, donde mis hijos puedan marcar los marcos de la puerta a
medida que crecen. El ejército es un ultimátum.
Entrecerró ligeramente los ojos, juzgando si el tema permanecía o no
cerrado. Sabiamente, continuó. —Sacrificaste demasiado, December. —Sus ojos se
clavaron en refrigerador, la encimera y el suelo antes de traerlos hacia los míos—.
Necesito… —Su voz sonaba obstruida y se aclaró la garganta—. Necesito
agradecerte. Gracias por lo que hiciste. Gracias por estar aquí, por ocuparte de
todo cuando no pude.
—No hay problema, mamá. —La respuesta era tan fácil ahora, automática.
—Fue un problema. Renunciaste a tu escuela, a tu vida, a tus planes. ¿Crees
que no sé lo que tus planes significan para ti? Renunciaste a demasiado.
—Sí, y apestó. Pero somos una familia y alguien tenía que hacerlo. Así que
lo hice, fin de la historia. Cualquier otra persona habría hecho lo mismo.
—¡No, no lo habría hecho! —Me encogí cuando levantó la voz—. ¡Cargaste
con esta casa entera! ¡Cargaste conmigo! Ninguna hija tendría que cargar con su
madre. —Colocó la taza en la encimera de un golpe.
Esto tenía que parar. —¿Qué quieres, mamá? ¿Quieres que te diga que
estaba molesta? ¿Que me arrepiento de dejar Boulder? ¿Lo que te hará sentir
mejor?
—¡Sí! Necesito saber cómo te sentiste. ¡Nunca te pregunté cómo te sentías!
—Sus mejillas se enrojecieron—. ¡Quiero que estés tan molesta por eso como yo lo
estoy!
Algo se rompió, liberándome. —¡Bien! —Mi taza resonó en el fregadero, con
mi olvidado latte drenándose—. ¡Sí, estaba molesta! ¡Celosa de que Chloe Rose
mantuviera la compostura por sus hijos, pero tú no podías ni siquiera salir de la
cama! ¡Me sentía perdida, confundida, y todo pasó de ordenado y perfecto a este
jodido gigante desastre de… mierda! —Mi pecho jadeaba, tratando de seguir el
ritmo de los latidos descontrolados de mi corazón. Oh Dios, iba a vomitar—. Tú
perdiste a tu esposo, pero yo perdí a mi padre y a mi madre. Perdí a mi novio, mis
planes, mi casa y no pudiste molestarte en aparecer por mí, por ninguno de
nosotros.
—Lo sé. —Su admisión fue suave, pero yo me encontraba lejos de parar mi
diatriba imprudente.
—¿Sabes por qué no puedo estar con Josh? ¡Porque no puedo hacer esto de
nuevo! —Rodeé mis brazos en mi cabeza—. ¡No puedo ser como tú! No puedo
abrir esa puerta y verlos parados allí, listos para terminar con todo lo que una vez
conocí. No puedo. —Las lágrimas con las que había luchado toda la noche, no, las
225 lágrimas con las que había luchado desde diciembre, se desbordaron y mancharon
caminos de rabia por mi rostro.
Mamá dio un paso hacia mí, pero la esquivé extendiendo una mano. —No.
Tú no ves la peor parte; que todo fue para tratar de compensar lo que hice.
—¿Qué pudiste haber hecho? —Dio un paso hacia delante tentativamente.
—¡Dios, mamá! ¡Yo abrí la maldita puerta! ¡Dijiste que no porque sabías! Y
yo la abrí y los dejé pasar. Ellos destruyeron nuestra familia ¡y yo abrí la maldita
puerta!
Ella cerró la distancia entre nosotras, abrazándome con más fuerza de la que
había usado desde que era una niña. —No, Ember. No. No hay nada que pudieras
haber hecho para detener esto. Nada. Ninguna parte de esto es tu culpa. Yo debí
haber abierto la puerta. Lamento tanto no haber sido más fuerte. Lo siento tanto.
Lloré contra mi madre hasta que no hubo más lágrimas para derramar, ni
por papá, Riley, los planes, la universidad o incluso Josh. Me desahogué llorando.
Luego me detuve.
Traducido por Sofía Belikov
Corregido por SammyD

Esperé casi una semana, hasta la mañana del sábado, antes de que decidiera
que el precio de mi integridad era escuchar de mi padre. Me incliné hacia delante
en la silla de mi computadora, mirando fijamente el parpadeante cursor en la
cuenta de correo. Escribí lentamente: [Link]@[Link].
Contraseña. Bien. Esto iba a ser difícil. Escribí su fecha de cumpleaños y el
servidor lo rechazó. Traté con el nombre de mamá. Declinado. Un cuadradito
blanco apareció en el centro de la pantalla. “¿Te gustaría una pista?”
—Diablos, sí, me encantaría —murmuré, dándole al botón de aceptar. La
226 página cargó, y la pista apareció.
Destellante como una brasa
Cosas que mi corazón solía conocer
Escalofríos corrieron por mis brazos y piernas, como si estuviera de pie justo
detrás de mí, cantándome nuevamente. —Papá —susurré. Le di clic a entrar de
nuevo.
Contraseña: OnceUponADecember
Su correo se abrió y el alivio me recorrió, despertando cada nervio en mi
cuerpo. Tenía más de él. La carta ya no era lo último. Estos correos no eran
suficientes, pero funcionarían por ahora. Aquí tenía sus cartas, sus palabras. Me
llenó una primitiva necesidad de aferrarme a la pantalla, llorando para enterrarme
en lo que quedara de él, acurrucándome entre las palabras escritas para encontrar a
mi padre.
Miré la bandeja de entrada, viendo solo los correos sin abrir. No me
importaba lo que dijera la otra gente, solo papá. Allí estaba la abuela, mamá, Gus,
April… yo. Le di clic al último correo que le envié, unos cuantos días antes de que
ellos llegaran a nuestra puerta.

Hola, papi
Todo está bien, deja de preocuparte por mí. Iré a Springs mañana para pasar
navidad con mamá, April y Gus. No te preocupes, recuerdo dónde escondiste el regalo de
mamá, y no la dejaré dormirse hasta que sea la hora. Realmente desearía que pudieras estar
aquí. No es lo mismo sin ti.
Te quiero,
December.

Las últimas palabras que le dije habían sido de amor y de nuestra familia.
Me sentía bien con eso. No dolía tanto como había pensando que dolería.
Había estado preocupado porque estuviera dejando mis sueños de lado por
Riley, especialmente en el segundo año, cuando dejé mi carrera doble de historia e
inglés, y en su lugar, escogí educación.
Pero no es como si pudiera decirle que había tenido razón.
Revisé sus mensajes enviados, y mi respiración se atascó. Josh Walker.
Mi dedo le dio clic a abrir antes de que mi consciencia pudiera detenerme.
227
Hola, Josh
Estoy feliz porque recibieras los documentos. Lo siento, tuve que escanearlos, pero
sabía cuán rápido los necesitabas, y no sabía cuánto tardaría si usaba el correo común. Me
alegro de que estés jugando de nuevo; siempre has sido bueno en el hielo. Estoy tan
orgulloso por todo lo que has logrado, y tú también deberías estarlo. Revisando las fechas,
creo que soy algo inoportuno con ellas, pero quizás podría ser capaz de regresar para la
comisión. Me siento tan honrado por lo que me pediste, y nada me gustaría más que ver a
un hombre como tú convertirse en oficial. Oh, y gracias por enviarme el vídeo del juego.
Gus está creciendo tan malditamente rápido.
Saludos,
Justin Howard.

Permanecí allí aturdidamente. Él no solo conocía a Josh, sino que habían


sido amigos. Sabía que habían conversado durante las prácticas de hockey y todo,
pero nunca imaginé que se escribiría con él. Con razón Josh se veía tan aturdido en
el funeral.
Me deslicé a través de los correos de nuevo, mis ojos atascándose en la
palabra “Archivo”. ¿Qué le había enviado papá desde Afganistán que no podía
conseguir aquí? Dejé caer mis escrúpulos —diablos, ya los había revisado en la
puerta— y abrí el correo de enviados de papá, y me colé a los archivos que le había
enviado a Josh.
Aparecieron docenas de correos, abarcando la pantalla… ¿Casi dos años?
¿Habían estado escribiéndose por dos años? El más viejo era uno simple, para
pedirle a Josh que considerara ser el entrenador del equipo de Gus, diciéndole lo
maravilloso que sería para su herida volver al hielo cuando estuviera listo. Algo
cayó en mi estómago y luego cerró mi garganta, dejando una sensación
empalagosamente dulce en mi boca. Había más, algo más profundo.
Mi respiración tembló mientras escaneaba el costado del lado derecho,
buscando el clip que señalaba un anexo. Había más que unos cuantos, la mayoría
de Gus jugando al hockey. Josh mantuvo a papá conectado de una forma que
ninguno de nosotros pudo, a través del deporte que él y Gus amaban y
compartían. La gratitud me colmó.
Abrí el correo con el tema de: “Encontré los registros”, de agosto, y le di clic.

Hola, Josh
228 Aquí están los registros que encontré en nuestro sistema. Dile a la Guardia que se
pongan las pilas y hagan un plan de contingencia de vez en cuando, ¿sí? Me emociona
poder ayudarte a regresar al equipo al que perteneces. Las cosas aquí siguen igual: largas
horas y duras llamadas. ¿Puedes hacerme un favor? Pasa por la casa y fuerza a June a que
te deje cortar el césped. Esa mujer se hace cargo de mucho. Ember ya ha regresado a la
universidad con su estúpido novio. Ya sabes, si alguna vez quieres ir y robártela por un
rato, me parecería bien. Pero en serio, hazme saber si necesitas algo más, la Universidad de
Colorado tiene suerte de tener un jugador como tú.
Saludos,
Justin Howard.

¿Había tratado de juntarme con Josh? Tenía que haber estado bromeando.
Papá amaba a Riley, ¿no? ¿O había fingido porque pensaba que era feliz? Empujé
la pregunta a un lado y le di clic al documento. Los registros médicos de Josh
aparecieron en la pantalla. No eran todos sus registros, solo una colección de
páginas que comenzaban desde el julio de hace dos años.
¿Por qué Josh le pediría a papá sus registros si la Guardia los había perdido?
Me alejé del escritorio. Había demasiadas preguntas, y ya no quería
sentirme confundida y perdida. Merecía respuestas.
Antes de que pudiera convencerme de no hacerlo, atravesé la puerta.
—¿A dónde vas vestida así? —se burló Sam desde el sofá, holgazaneando en
pijamas.
Mi cabello se hallaba atado en un desastroso moño en la cima de mi cabeza.
Me despedí y me dirigí a la puerta en mis pantalones cortos y mi acanalada
camiseta a capas. No me molesté en ponerme zapatos. Me dije que no importaba
que él pensara que lucía como demente mientras golpeaba su puerta.
—¡Espere! —El grito de Jagger sonó amortiguado por la puerta, la televisión
alta, y las risas. Por un pequeño instante, pensé en huir, pero no era una opción, no
si quería descubrir lo que sucedía. La puerta se abrió y Jagger apareció; sus cejas se
dispararon hacia arriba cuando me vio—. ¿Hola?
Mi sonrisa era tensa y cerrada. —¿Se encuentra… eh, está Josh? —Apenas
podía hablar. Decir su nombre aún era doloroso, incluso casi tres meses más tarde.
Jagger sonrió a través de su sorpresa. —Sí, sí, entra.
Lo seguí a lo largo del pasillo y giré en la vuelta que daba a la sala de estar y
hacía juego con la de mi propio apartamento. —Walker, no vas a creer quién…
—Mierda —lo interrumpió Josh, levantándose inmediatamente, lo que fue
229 desafortunado para la chica que se encontraba enganchada a su brazo en el sofá. La
atrapó justo antes de que cayera al suelo, y luego la puso a un lado—. ¿Ember? —
Sus ojos se deslizaron de arriba abajo por mi cuerpo, y no me perdí el destello de
deseo que corrió a través de ellos. Era bueno saber que aún lo excitaba… oh, sí,
claro. Tweedledee y Tweedledum me miraron furiosamente.
Jagger le dio al botón para silenciar la televisión, y cual fuese la estúpida
comedia que veían cayó en silencio. Por un momento, no pude hablar; me hallaba
demasiado perdida mirándolo. Por los pasados meses, no me había permitido
encontrar sus ojos. Me había sentado junto a él en clases, sonreído en su dirección
cuando le decía algo divertido a nuestro profesor, pero había evitado mirarlo como
si fuera una plaga. Perderme a mí misma era la razón.
No llevaba camiseta. Tampoco Jagger, pero nada me afectaba más que el
pecho desnudo de Josh. Aún lucía tan firme como un sueño. En el mejor de los
casos, sus músculos lucían más grandes, más definidos, especialmente las líneas
que atravesaban los oscuros pantalones cortos. Y su tatuaje tribal ya no era solo
negro; tenía hielo y llamas danzando a través y alrededor de él, deslizándose sobre
su corazón. Traté de no atragantarme con mi lengua, o pensar en cuánto ansiaba
besarlo. —¿Nuevo tatuaje?
Tres metros nos separaban, pero bien podríamos haber estado desnudos
juntos o a miles de kilómetros, no había diferencia. —Sí.
—¿Qué diablos estás haciendo aquí? —Tweedledum me miró fríamente,
cruzando los brazos por debajo de sus pechos para empujarlos contra su escote.
—Lo siento, no quería interrumpir su, eh —hice gestos alrededor de la
habitación—, cita. Solo necesitaba preguntarle algo a Josh.
—¿Viniste hasta aquí para preguntarle algo? —lanzó en respuesta la chica.
Miré a Josh, pero lucía demasiado pasmado para responder, rehusándose a
alejar sus ojos de mí. Mis mejillas llamearon. —Soy su vecina, y…
—Y ella no tiene por qué explicarse contigo —interfirió Josh, regresando por
fin a la vida—. Ember, ¿qué sucede?
La forma en que lo dijo, su voz curvándose alrededor de las palabras, hizo
que quisiera pedirle más información. Luego pensé en la forma en que su cama
había golpeado mi pared. Él había seguido adelante. Me estabilicé con una
profunda respiración y abracé mi cintura. —No me dijiste cuán intimo eras con mi
padre.
Apretó la mandíbula, y se rostro palideció. —Esa no es una pregunta si ya
sabes la respuesta. —Su mano se deslizó por su cabeza, a través de su corto cabello,
230 un estilo que sabía mantenía por la Guardia—. Pero sí, éramos amigos.
—¿Qué pasa con los registros? ¿Por qué se los pediste a mi padre? ¿Por qué
no fuiste al Hospital Evans y ya?
Tragó. —¿Los leíste?
Negué con la cabeza. —No, son tuyos. Vi la fecha y me detuve.
Atravesó la puerta de su habitación y me hizo señas para que entrara, pero
no estaba segura de si podía entrar a esa habitación. —Vamos, Ember. No voy a
tomar ventaja de ti. —La sonrisa que me dio era pequeña y no alcanzó sus ojos.
Había desaparecido tan rápido como apareció.
—¡Puedes tomar ventaja de mí! —cantó Tweedledum tras él. Luego ella se
inclinó más cerca, así solo yo podía escucharla—. El cuerpo de ese hombre es…
Me alejé y caminé hacia él antes de que pudiera terminar. ¿Si tenía que
escoger entre la guarida del león y la mordida de una serpiente? Bueno, al menos
ya conocía al león. Miré los alrededores, notando que nada había cambiado. Había
puesto una fotografía del estado en la pared. Pensé dos veces en sentarme en la
cama, y al final me decidí por permanecer de pie mientras él rebuscaba en su
armario. Al final, salió con una carpeta de archivos.
La puso en la cama, abriéndola con un clic. —Tengo que decirlo, nunca creí
que te volvería a ver aquí, pero si lo hacía, nunca imaginé que sería así.
Me concentré en el movimiento de sus dedos y el resaltar de los músculos
en su brazo. —¿Podrías ponerte una camiseta? Me distrae un poco. —Mi voz
sonaba jadeante, incluso para mí, pero no podía ralentizar mi pulso, no con él de
pie a solo unos cuantos centímetros.
Se rió, lo que no ayudó a mi estado; solo me excitó más. —¿Podrías ponerte
otros pantalones? Esa kilométricas piernas tuyas me tienen pensando en la forma
que amabas envolverlas alrededor de mi cintura.
Balbuceé y él sonrió, sacando los registros y tendiéndomelos. —Si vas a
descubrirlo algún día, prefiero que lo descubras por mí.
Escaneé la parte superior. —¿Fuiste herido en julio, hace dos años?
—Sí, fui un estúpido y le di a la Guardia la única copia que tenía. Luego,
cuando modernizaron sus computadoras, perdieron mis registros de Afganistán.
Los necesitaba para que los doctores aquí pudieran limpiarme para jugar en la
Universidad de Colorado. Tu padre fue desplegado, y sabía que el hospital tendría
una copia en alguna parte. Tuve suerte de que tu padre supiera dónde buscar.
—El mismo hospital, bien, ¿pero por qué sabría dónde buscar? —Había algo
231 allí, pero no sabía qué.
—Sí. El mismo hospital. Hacían cirugías de emergencia antes, en Landstuhl.
—Sentía su mirada penetrándome.
Sacudí la cabeza, removiendo los papales. —¿Qué tratas de decirme?
—Mira la fecha.
—Seis de julio.
—¿Qué hacías ese verano?
Pensé en ello. —Eh, acababa de graduarme de la secundaria, y mamá me
llevó al campus de Boulder después del cuatro de julio porque quería ir a la
universidad con Riley. —En lugar de Vanderbilt, donde había querido aplicar; solo
otra concesión que hice para nuestro plan—. Mamá me llevó… —El entendimiento
me llenó.
—Porque tu padre fue desplegado —terminó.
Escalofríos se deslizaron desde mi cuero cabelludo hasta mis brazos.
—Mira la fecha, December. Conoces esa escritura. —Su voz era gentil.
Regresé al comienzo, buscando al médico principal. Doctor J. A. Howard.
No sentí pánico, ningún sentido de traición, o ira, solo tenía la sensación de
que algo había sido completado. —Él era tu doctor.
—Salvó mi vida. —Josh se sentó en la cama y miró hacia la pared, perdido
en algún otro lugar—. Estábamos limpiando un edificio cuando me dispararon.
Solo había estado en Theater por un mes. Una rozó mi brazo. —Apuntó a la herida
en su tatuaje, la que había trazado la noche del Snow Bash—. La otra golpeó mi
muslo y le dio a la vena femoral. Me subieron al CaSH, sangrando por todos lados,
y supe que iba a morir. Los médicos no pudieron cerrar la arteria con suficiente
rapidez. Tu padre se puso junto a mi rostro y me dijo que iba a ir a casa. Se
aseguraría de que fuera a casa. —Volvió a mirarme, y me hundí en esos ojos—.
Después de que despertara de la cirugía, allí fue cuando comenzamos a hablar y
me di cuenta de quién era. Él me había visto jugar cuando te llevó a un juego.
—En primer año —susurré, recordando cuán impasible me había sentido al
estar allí con mi padre.
Alargó un brazo y tomó mi mano. Traté de ignorar el chispazo que me
recorrió al sentir su piel tocando la mía de nuevo. —Estabas tan enojada porque él
estuvo en Afganistán. No podía decirte que de lo contrario, yo habría muerto. No
quería que me vieras como la razón de que todo hubiera sucedido, que vieras a tu
padre como el costo de mi vida.

232 —¿Así es como te sientes? —Me acerqué, acunando su rostro al tiempo que
levantaba la mirada para verme. Había extrañado tocarlo.
—A veces. Pero no soy el único al que salvó, Ember. Hay un montón. Era un
cirujano maravilloso. Quería contártelo; pero no podía ver que te alejaras. Me
estuviste alejando tanto tiempo porque no querías pensar en que nuestra relación
comenzara cuando él acababa de morir. ¿Cómo podría decirte que él es la razón
por la qué estoy aquí?
Una recelosa aprehensión me llenó. —¿Esa es la razón por la que pasabas
tanto tiempo conmigo? ¿Todo fue por mi padre, para pagarle lo que hizo por ti? —
Mi corazón se apretó en mi pecho mientras esperaba su respuesta. Necesitaba que
todo fuera real entre nosotros. No sabía si podría soportar ser un caso de caridad—
. ¿Lo de nosotros fue real para ti? Quiero decir, volviste a ser… tú.
El dolor se deslizó a través de sus ojos antes de que lo enmascarara. —Te he
querido desde que tengo dieciocho. —Asintió hacia la fotografía de nosotros—. No
era lo suficientemente bueno para ti en ese entonces. Diablos, aún no lo soy. Eres
todo lo que no tengo permitido desear, por las cosas que he hecho, y las cosas que
podría potencialmente hacer. No tenía derecho a amarte, pero no pude evitarlo. Tu
padre no tiene nada que ver con esto.
Me subió a su regazo, y me relajé, indefensa contra él, porque quería estar
allí, conseguir cualquier contacto que pudiera tener con él.
—Cuando te vi ese día en la tienda, lucías incluso más hermosa de lo que
recordaba. Pasaron cinco años, y esa chica que me tenía loco se había convertido en
alguien despampanante y fuerte. Agradecí al destino, incluso me incliné y besé sus
pies por ponerte en mi camino. Pero cuando te escuché decir que tu padre había
muerto, supe por qué estaba allí, en esa tienda después de ese viaje.
—Porque le debías a mi padre el que te salvara, entonces me salvaste. —Tan
cerca como nos encontrábamos, mi susurro era todo lo que se necesitaba—. Lo
curioso es que ni siquiera estoy segura de si me importa. Trajiste tanto a mi vida,
Josh. Me libraste de todo lo que me retenía, y me enseñaste lo que se sentía ser
amada, realmente amada. Si algo de ello tiene que ver con mi padre, bueno, solo es
algo más de lo que tengo que agradecerle.
—December, ¿no lo entiendes? No cuidé de ti porque se lo debiera a tu
padre; te perseguí a pesar de lo que le debía a tu padre. ¿El que me mantuviera lejos
de ti durante todos estos meses? ¿Sin botar tu puerta a las dos de la mañana
cuando me mataba el que estuviéramos separados por unos cuantos centímetros
de pared? Eso es lo que le debía a tu padre, el quedarme lejos. Sé que no quieres el
estilo de vida que tengo. Sé que independientemente de lo que él pensaba, no soy

233 todo lo que necesitas. Pero también sé que no hay nadie en este mundo que pueda
amarte como yo lo hago, y desearía que fuera suficiente.
Mis dedos se deslizaron por su mejilla, memorizando la sensación de su
piel, la aspereza de su barba de un día. Mi pulgar se frotó contra sus labios, la
única concesión que me había permitido cuando concernía a su boca. —No se trata
del amor, Josh. Es sobre el miedo, y no importa cuánto te ame, o cuán desesperada
me sienta por estar contigo. No puedo vivir temiendo un golpe en mi puerta.
Nunca podría abrir una puerta así de nuevo. Apenas sobreviví a la muerte de mi
padre, y sé que fue porque te encontrabas allí para sostenerme. No sobreviviría si
te perdiera; destruiría mi alma y también me mataría, solo que seguiría latiendo. —
Me tembló el labio inferior, y me perdí a mí misma en sus ojos, en las oscuras y
turbulentas profundidades, en las doradas motas que lo hacían él, Josh—. Eres un
hombre maravilloso. Nunca digas que no eres lo suficientemente bueno, porque
eres mucho mejor que esto. —Apunté a la puerta, donde las chicas lo esperaban—.
Mejor que cualquiera de ellas. Mi miedo no te hace menos perfecto. Me hace
prevenir. Tú… Dios, lo que haría por ti.
—Aún me amas.
—Con cada pedazo de mi alma. El amor no alcanza a describir lo que siento
por ti, Josh Walker. Unos cuantos meses y tu cabezal nunca podrán cambiar eso.
—¿Mi cabezal?
La vergüenza encendió mis mejillas, coloreándolas del mismo color que mi
cabello, sin duda. —¿La noche que ganaste la categoría? —Aún lucía confundido—
. Tu cabezal golpeaba contra la pared, mi pared.
Sus ojos se ampliaron, y tuvo la osadía de poner esa sonrisa que hacía que
mi corazón se detuviera. —No estuve aquí esa noche. Después del partido, solo
quería estar contigo, y no podía, así que conduje diez horas para ir donde mi
madre. Ese no era yo. La única mujer a la que alguna vez he traído a esta cama eres
tú. Preferiría quemarla que dormir aquí con alguien más. Dios, no he tocado a
ninguna chica de esa forma desde que estuvimos juntos. No se puede reemplazar
la perfección.
El peso que me había estado carcomiendo desde aquella noche desapareció.
Sonreí, usando sus palabras en su contra. —Aún me amas.
—En cada segundo que respiro. Te amaré por el resto de mi vida, December
Howard, tanto como si estás o no para presenciarlo. Puedes pensar que eres débil,
pero eres la mujer más fuerte que he conocido. —Enterró sus dedos en mi cabello y
me atrajo a su boca.
Antes de que perdiera toda compostura, me alejé. —No puedo. Amarte es
234 tan fácil, y cuando me tocas, me pierdo. No puedo ser lo que necesitas.
Sus ojos se ampliaron, iluminándose con un desesperado brillo, y sus dedos
se apretaron en mi piel. —December, tú significas más para mí que esto; mi
carrera, este uniforme. Aún me quedan cuatro años, y no puedo salirme de eso,
pero haré que me reasignen. Solo cuatro años y volveré por ti.
¡Dios, sí! La despreocupada chica en mi interior quería aferrarse a eso,
reclamarlo como suyo. Podía esperar cuatro años, especialmente si era por Josh.
Pero cuatro años no eran suficientes para él, no realmente. —Nunca podría cargar
con la culpa de que dejes esto. Dijiste que ibas a seguir en carrera, y nunca podría
ser capaz de ser la persona que te contenga.
Las lágrimas que humedecieron sus ojos, y la que se deslizó por su rostro,
casi fueron mi ruina. —¿Cómo podemos amarnos tanto y no seguir adelante? ¿Por
qué un amor como el nuestro puede doler tanto?
Limpié su lágrima, como también la mía. —Quizás un amor así de exquisito,
así de poderoso, no está destinado a durar para siempre. Tal vez estamos
destinados a arder tan brillantemente por el otro que iluminaremos cada camino
que escojamos, pero no hay forma de sustentar un fuego como este.
Puso mi mano sobre su corazón, donde comenzaba el fuego de su tatuaje. —
Lo llevaré conmigo, Ember. A ti. —Golpeó mi mano contra las llamas—. Aquí.
Siempre. Eres tú, fuego y hielo; todo lo que sé que eres, December. —Tomó una
temblorosa respiración—. ¿Vendrás el próximo jueves? ¿Para mi comisión?
Negué con la cabeza. —La compañía de mi padre vendrá a casa ese día, y le
prometí a mamá que iría.
Asintió, la decepción grabándose en la triste curva de su boca, un reducido
destello en sus ojos. —Tal vez es mejor de esa forma. Me iré dos días más tarde,
para el curso básico de oficial. Supongo que este es el final, ¿eh? Así que, ¿por qué
demonios me siento como si estuviera siendo partido en dos?
—Yo también. —Sonreí tan bien como podía, sabiendo que tenía que irme,
sabiendo que si me quedaba más tiempo, me rendiría—. Supongo que si nos pones
juntos, seríamos una sola persona.
Su agarre se apretó dolorosamente en mi cabello. Se sentía desesperado,
frenético; la necesidad aclamaba que me quedara con él, que me quedara allí para
siempre. Pero, si tenía tanto de mí ahora, ¿cuánto tendría en tres años? ¿Siete? ¿El
día en que vinieran para decirme que había muerto? No sobreviviría. No. Al
menos ahora viviría, incluso si era mentira, y me conformaría con un diez por
ciento de este amor.
235 —Al menos tuvimos esto. La mayoría de las personas no llega a
experimentar el auténtico amor, y nosotros sí. No voy a arrepentirme de ti, Joshua
Walker. Eres mi más grande bendición. —Me bajé de su regazo y me incliné hacia
delante, presionando los labios en su increíble y tatuada piel, donde las llamas y el
hielo se encontraban. Me alejé demasiado pronto, y de alguna forma demasiado
tarde, dejando un pedazo de mi corazón incrustado en ese tatuaje, tan cerca como
podía de su corazón.
Nunca superaría a Josh Walker.
Traducido por Michelle♡
Corregido por Annie D

El Centro de Bienvenido a Casa en Fort Carson podía haber iluminado el


mundo por la cantidad de energía que emanaba de las familias allí. Emoción
palpable flotaba en el aire. Las sonrisas de los niños que ondeaban banderas
estadounidenses me sorprendieron con pura belleza. Así es como se sentía la
alegría.
Nunca vine a una ceremonia de regreso a casa. Mamá siempre iba sola,
necesitando ese tiempo con mi papá, y nosotros esperábamos en casa, horneando
espantosas galletas que papá devoraría y aseguraría que eran las mejores que había
236 probado. Era nuestra tradición.
Me moví en mi asiento en las gradas, tirando de mi vestido de verano hasta
cubrir más de mis muslos. La madera ponía lentamente mi trasero a dormir. Jugué
con el cierre del bolso en mi regazo, sabiendo muy bien lo que se encontraba
dentro, sabiendo que llegó el tiempo para este sobre. Bueno, casi.
Una niñita, cerca de un año, se tambaleó hasta las gradas, de la mano de su
madre, y se sentaron dos filas más abajo. Su tutú era rojo, blanco y azul, a juego del
odiosamente maravilloso lazo en el cabello. Su madre acomodaba su camisa, y
luego comenzó a golpetear con su pie, liberando energía nerviosa.
Conocía ese sentimiento, lo que significaba esperar, el saber que todo estaba
a punto de salir bien. En el momento en que él entrara por esa puerta, la vida
dejaría de ser una medio-existencia y empezaría en serio otra vez. A pesar del por
qué me encontraba aquí, sonreí, disfrutando un poco de la alegría de esa mujer.
Mamá hizo su camino alrededor de las gradas, llamó mi atención y empezó
a subir. Usaba un vestido de tubo verde simple, con clase y dignidad.
Sonrió mientras tomaba asiento junto a mí, dándome una palmada en la
rodilla. —También vi entrar a Sam. Te ves hermosa hoy, Ember.
—Gracias, mamá.
Fuimos atraídas por el ruido y las personas en la habitación, incapaz de
apartar la mirada de la gozosa anticipación de las familias esperando. Cinco
minutos más.
—¿Estás lista para esto? —preguntó con preocupación en sus ojos.
Asentí, y las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas. —Mamá,
lamento haberme enojado contigo. No debí haberlo estado. Si Josh nunca... si él...
No sé si podría seguir viviendo, mucho menos funcionar, y él ni siquiera es mío.
Papá y tú, eso acabó veinte años, y lo siento. Siento mucho que lo perdieras.
Me apretó contra su hombro y apoyó la cabeza contra la mía. —Tenías todo
el derecho de estar enojada conmigo. Y que conste, fuiste tú. Tú, Gus, April, es lo
que me mantuvo aquí. Ustedes son los que hicieron que valiera la pena.
—Lo amo tanto, mamá. No sé cómo superar esto.
—Entonces, no lo hagas. —Se echó hacia atrás, atrapando mi barbilla con
sus dedos—. Si amas a ese chico, no lo superes. El amor es precioso, Ember, y no
viene muy a menudo. ¿Lo que sientes por Josh? Tal vez nunca venga de nuevo.
¿Podrías vivir tu vida sabiendo que lo dejaste escapar?
237 —No puedo quedarme y verlo morir. No puedo. —Sacudí la cabeza,
frunciendo los labios para contraatacar el oleaje de emociones—. No puedo
empezar esto con el temor de donde terminará.
—Nadie sabe dónde termina. —Sus dedos presionaron lo suficiente para
hacerse notar—. ¿Por qué crees que te hice venir aquí hoy?
Me encogí de hombros, mirando a todas las familias esperando a nuestro
alrededor, contando sus últimos momentos antes de que este despliegue terminara
para ellos. —¿Para el cierre?
Ella rió. —Oh, Dios, no. Todo lo que has visto de nuestra vida es lo malo.
Has visto las despedidas, la tristeza, la distancia. Has tomado mi mano a través de
despliegues y cuidado de tus hermanos cuando yo no podía. Has visto las
banderas plegadas y viste a tu padre siendo bajado a tierra, pero nunca has visto lo
mejor, lo que suele ocurrir al final de un despliegue. Necesitas comprender por qué
vale la pena.
—Nada puede valer la pena, mamá.
Una sonrisa maliciosa adornó sus labios. —Aceptaré mi momento de mamá-
tenía-razón en solo un minuto.
Justo en ese momento, el altavoz se encendió. Llegó el momento. Las
familias se levantaron, el ruido era comparable a uno de los juegos de hockey de
Josh, pero más apasionado.
Me quedé de pie con mi madre, nuestros brazos alrededor de la cintura de
la otra, una isla de luto en un mar de alegría desenfrenada; las olas nos llevaban.
Las puertas se abrieron de golpe, y los soldados entraron. Los gritos de
alegría llenaron el aire, dando la bienvenida a estos héroes como estrellas de rock,
un alivio tangible en los chillidos de emoción. Las lágrimas que me amenazaban no
eran de dolor, sino de una abrumadora necesidad de dejar salir las emociones que
no podía contener: tristeza de que este no era nuestro día, felicidad por la niña
aplaudiendo frente a mí, agradecimiento de que los soldados de mi padre y amigos
llegaron a casa con vida. Él querría esto. Si había algún lugar en el que le gustaría
estar, sería aquí, ahora.
Había dos sitios vacios en la primera fila de la compañía, y mi madre dejó
escapar una sonrisa y un suspiro. —Vinieron a casa con ellos en espíritu.
Me quedé viendo ese espacio vacío, imaginando a mi padre de pie estoico y
firme.
Después de un discurso que pareció durar mucho más tiempo de los treinta
segundos que marcó el reloj, el general ordenó—: ¡Rompan filas!

238 Las gradas se despejaron como si fuera la última anotación del campeonato
de fútbol, una estampida de amor bajando para consumir el piso del gimnasio en
una mezcla de abrazos y besos.
Nunca vi algo más hermoso en mi vida.
Mi madre me apretó la cintura, acercándome más. —Necesitabas ver esto.
No hay un momento en que me haya arrepentido de amar a tu padre. Incluso
después de perderlo, regresaría y lo elegiría de nuevo, y eso no tiene nada que ver
con ustedes. Incluso si no los tuviéramos, los años que tuve la oportunidad de estar
con él bien valen la pena el precio de este dolor. —Hizo un gesto a los encuentros
debajo de nosotras—. Estos momentos, éstos son a los que te aferras, porque puede
doler enviarlo lejos, pero nada se compara con tenerlo de vuelta. Te hace más
agradecida por lo que tienes, más consciente de lo valioso que es. —Se volvió hacia
mí, sosteniendo mi cara en sus manos—. No tomes el amor por sentado.
—¡June! —gritó la mamá de Sam desde el suelo, vestida con uniforme.
—¡Sandra! —exclamó mamá. Me apretó la mano y bajó, dejándome sola en
las gradas, mientras fotos eran tomadas y abrazos eran dados en frente de mí.
Sam hizo un gesto hacia mí, pero se quedó en la fila inferior, sintiendo de
alguna manera que tenía que estar sola. Ella era así de buena.
Me senté y puse mi bolso encima, abriendo el cierre y sacando el envoltorio
desgastado dirigido hacia mí. Abrí con cuidado el sello y saqué la única pieza de
papel de cuaderno garabateado con la escritura familiar de mi padre.
Sí, si había algún lugar en el que él estaría, era aquí, y yo me encontraba
finalmente lista para escuchar lo que quería decirme.

Oh mi hermosa December,
Cuando tu mamá te puso el nombre en esa noche helada, parecía apropiado. Eras
una bebé tan tranquila, paciente y suave como la nieve. No pasó mucho tiempo hasta que
me diera cuenta de ese fuego que tenías dentro de ti y supe que esa pasión, Ember, siempre
estaría conmigo.
No puedo pretender saber lo que sientes, pero si me echas de menos tanto como yo te
echo de menos, entonces lo siento mucho, cariño. Dejarte así nunca fue mi intención. Ni
siquiera puedo empezar a pedir disculpas por todas las cosas que me perderé de tu vida.
Pero tengo que decirte un par de cosas:
Abraza a tu madre a menudo, lo va a necesitar.
239 No desperdicies tu vida haciendo felices a los demás o haciendo lo que crees que
encajará en esos inmaculados planes tuyos. Arriésgate. Si no lo haces por ti, hazlo por mí.
No naciste para ser confinada a un plan de trabajo.
Vive, cariño. Ríe, llora, grita y ama. Date cuenta de que cada momento que tienes
vale cada gota de sudor y lágrimas que le puedas dar.
Supongo que, ya que al parecer estoy muerto, puedo decir esto: deshazte del idiota.
Puedes pensar que amas a Riley, pero un día el amor verdadero te sorprenderá. Sigue
adelante y encuentra a alguien digno.
Siempre recuerda que te amo, desde el momento en que estabas en camino para
nosotros.
Eso es todo, cariño. Has sido una de mis mayores alegrías, Ember. Te prometo que
puede que no veas, pero aún estoy allí, esperando para verte casarte, verte graduar de la
universidad, y comenzar tu vida. Ya estoy muy orgulloso de ti y sé que voy a estar
orgulloso de lo que decidas hacer con tu vida. Eres fuerte, muy fuerte.
Gracias por hacer que mi vida valiera la pena vivir.
Te quiero, December, sé valiente.
Papá.
Me temblaban los dedos, pero me las arreglé para doblar la carta y ponerla
de nuevo en el sobre. Por unos momentos, estudié los felices reencuentros, las
caras sonrientes y la risa en todos lados.
El amor que llenaba esta habitación era el tema de películas y leyendas. Fue
el final feliz de todo cuento de hadas, el epílogo de una historia de amor épica.
Las historias épicas de amor necesitaban amores épicos.
¿Quién estrecharía la mano de Josh cuando marchara al despliegue? ¿Quién
lo besaría para despedirlo y le daría una razón para volver a casa? ¿Quién sería
levantada en sus brazos y estaría agradecida?
Yo.
Yo era suya, y él era mío. Y terminé de tener miedo.
Bajé las gradas rápidamente, comprobando el reloj: 10:45. Mierda.
—¡Sam! —Corrí precipitadamente hasta ella.
—Vaya, ¿dónde es el incendio? —rió—. Chica, ¿has visto a algunos de estos
soldados? No han visto una mujer en un rato, y te apuesto que estoy segura que…
240 —¡Sam! —interrumpí, agarrando sus hombros—. ¿Puedes llevarme al norte,
en los siguientes quince minutos?
Una sonrisa se dibujó en su rostro. —¿Sientes que otra ceremonia te necesita
más?
—Sí.
—¡Ya era momento, maldita sea!
Corrimos hacia el coche, evitando cochecitos y bolsas de lona. Giramos
alrededor de parejas besándose y esquivamos los vehículos estacionados listos
para llevar a sus soldados a casa. El coche de Sam se hallaba en el medio del
embotellamiento. —¡Mierda! —grité, asustando a la pareja más cercana.
—¡Toma el mío! —Mi madre se apresuró detrás de nosotras, con las llaves
en mano y perfectamente equilibrada en sus tacones altos—. ¡Está ahí! ¡Tómalo!
Señaló hacia su camioneta. Un salto a través de la acera y estaríamos en
camino. Me di la vuelta y la abracé. —Gracias.
Ella me apretó por una milésima de segundo antes de apartarme. —¡Anda!
Sam y yo nos deslizamos por otras tres filas de coches, y desbloqueé las
puertas mientras corríamos. —¡Yo conduzco más rápido! —gritó
Le tiré las llaves y salté hacia el lado del pasajero. Ella tenía el motor
maniobrado y el coche en marcha antes de que cerrara la puerta. Pasó por encima
de la acera y hierba antes de acelerar en la carretera.
Tiré de mi cinturón de seguridad. —¡Más rápido!
—¡Ya voy sobre quince y en exceso de velocidad en una instalación militar,
lo que es un delito federal! —Esquivó de nuevo y pasó a alguien de manera ilegal.
Una vez que llegamos a la entrada y se adentró a la carretera, ella era un
demonio de la velocidad, llevando al velocímetro en números que mi madre nunca
querría conocer. No había tiempo para estar nerviosa acerca de lo que hacía. Me
encontraba demasiado preocupada por luces de policías y orando por mi vida.
Siete minutos. Teníamos siete minutos y estábamos fácilmente al doble de la
distancia a una velocidad normal. Por otra parte, esperaba que Sam rompiera la
velocidad en solo cuestión de segundos. Tomó la salida tan rápidamente que
agarré la manija, y oh-mierda, me preparé para dar la vuelta, cerrando fuertemente
los ojos.
—¿De verdad crees que no sé lo que estoy haciendo? —se burló y se
241 sumergió en el tráfico.
—¡Sam, esa luz está roja! —Atravesó el semáforo, a un paso acelerado hacia
nuestra universidad.
Levantó las cejas ante mi sorpresa. —¿Qué? ¡Miré a ambos lados!
—Increíble. ¡Vamos a malditamente morir antes de que pueda llegar allí! —
Tiró del volante con fuerza a la izquierda, atravesando el aparcamiento de
residentes para llegar al edificio donde se realizaba la ceremonia.
Los frenos chirriaron y mi cuerpo se disparó hacia adelante, me detuve solo
por el cinturón de seguridad antes de golpear de nuevo en el asiento. —¡Sam! —
grité.
—¡Son las 11:01! ¡Saca tu culo de ahí!
Abrí la puerta y salí corriendo por el pavimento. —¡Gracias! —dije por
encima del hombro antes de abrir la puerta de vidrio pesado. Los pasillos se
encontraban inquietantemente tranquilos.
—¿Estás aquí por el Cuerpo de Entrenamiento de Oficiales de Reserva? —
preguntó un guardia.
Alisé mi desastroso cabello y enderecé los hombros. —Sí, lo estoy.
Señaló el pasillo. —Sala 114, pero llegas tarde.
Asentí hacia él y eché a correr, agradecida de que hoy llevaba zapatos bajos.
Me habría tropezado por todo el lugar en tacones. Patiné hasta detenerme en frente
de la sala, confirmé el número, y entré, mezclándome con las familias mientras se
sentaban.
Él fue fácil de detectar. Nunca quise ver a Josh en un uniforme, pero en azul,
me impactó. Él era diferente, austero de alguna manera, como si al ponerse el
uniforme, hubiera madurado años. Alejé la aprehensión y el instinto de correr. Sé
valiente, Ember. Podía hacer esto. Sería fuerte como mi padre y valiente como mi
madre.
El fondo de la sala se encontraba lleno de ventanas con vistas a la Cordillera
Frontal, y la luz del sol era perfecta a esta hora del día. Me senté lo suficientemente
lejos en la habitación, alrededor de siete filas para que él no me notara. Me gustaba
el elemento sorpresa, lo que me sorprendió cuando vi a Jagger en uniforme en la
línea de Josh.
Los instructores reunieron a los dieciséis graduados y los alinearon con los
Novatos como su telón de fondo. Pidieron la atención de la habitación y comenzó
la ceremonia. Me encontraba demasiado absorta en observar a Josh para escuchar
242 los discursos. Ni una sola vez sonrió, o se vio feliz como los demás. En su lugar, se
veía resignado, atrapado. Una punzada de culpabilidad me atravesó. Le arrebaté
este momento feliz, porque pensó que me había perdido.
Nunca volvería a contener a este hombre.
Comenzó el juramento de la puesta en servicio; las voces profundas de los
graduados jurando defender la Constitución de los Estados Unidos contra todos
los enemigos, extranjeros y nacionales. Era un hermoso juramento que me
conmovía cada vez que lo escuchaba. El servicio desinteresado, era evidente en
cada una de sus caras.
El Maestro de Ceremonias, un teniente coronel, explicó el proceso de
abrochamiento y cómo cada uno de los graduados seleccionó a alguien especial
para fijar sus barras amarillas. “Barras de mantequilla”, como las llamaba papá.
Josh era el tercero desde el final, y permanecí sentada ansiosamente mientras los
otros graduados pasaban. Mierda. No había visto lo suficiente de esto. No podía
recordar exactamente donde se colocaba el rango. Mi suspiro de alivio fue audible
cuando me di cuenta de que utilizaban hombreras, y no tendría que asustarme por
poner bien el rango.
Uno por uno, los vi abrocharse, el nudo de tensión crecía en mi estómago
con cada segundo que pasaba. ¿Estaba a punto de hacer el ridículo? ¿Tontina se
hallaba aquí para abrocharlo? Josh no tenía ninguna responsabilidad de esperarme.
Después de que volví a romperle el corazón la semana pasada, ¿me querría?
—Joshua Walker —convocó el Maestro de Ceremonias.
Josh dio un paso adelante, y perdí mi corazón de nuevo. A diferencia de los
otros que fueron abrochados en relativo silencio, Josh habló—: El hombre que
quería que me abrochara no pudo estar aquí hoy. Él me salvó la vida en Afganistán
hace dos años, solo para caer allí esta última navidad. Honestamente, puedo decir
que sin su apoyo, no estaría aquí. —El Maestro de Ceremonias se acercó, listo para
abrocharlo.
Era ahora o nunca. —Su hija asistirá por él. —Me puse de pie lentamente y
salí al pasillo, encontrando la mirada sorprendida de Josh. Caminé con cuidado
hacia él, consciente de que todas las miradas yacían sobre mí. No tropieces y te
caigas. Una vez que lo alcancé, tendí la mano, y él me dio su hombrera. —En
nombre del Teniente Coronel Howard —susurré. Deslicé el broche en su hombrera
izquierda. Me apoyé sobre las puntas de los pies, ahora deseando que hubiera
llevado tacones; con su altura solo le llegué hasta la clavícula—. En mi nombre —
susurré de nuevo, y deslicé el broche en su hombrera derecha.
Conocía la rutina. Si yo hubiera sido un hombre, le habría estrechado la
mano. En cambio, me estiré y besé su suave mejilla afeitada, teniendo una
243 milésima de segundo para absorber la deliciosa forma en que olía. —Felicitaciones,
Teniente Walker.
Su sonrisa era radiante, aunque rápidamente contenida como era apropiado
en uniforme, y me alejé. No podía controlar mi sonrisa cuando tomé asiento.
Acababa de darle a Josh Walker la sorpresa de su vida.
Traducido por Ann Ferris
Corregido por Val_17

Todo el mundo se puso de pie y aplaudió a los recién nombrados tenientes


mientras eran anunciados. Terminó la ceremonia. Comienza la vida real.
Los uniformes azules se mezclaron en la multitud mientras las familias se
abrazaban. Las cámaras fueron sacadas y las fotos tomadas, pero no podía
moverme. El latido de mi corazón se aceleró hasta que alzó vuelo, alojando mi
corazón en mi garganta.
Josh se abrió paso entre la multitud; determinación, temor y un poco de

244 preocupación bailó en sus facciones. La anticipación se enroscó en mi estómago.


Dios, ese hombre era hermoso. Hermoso, y mío. Solo debía tener la suficiente
valentía como para aferrarme a él.
Se detuvo justo frente a mí, sin saber si debía acercarse más. —December.
—Hola —fue todo lo que pude decir; demasiadas emociones corrían a través
de mí para formar un pensamiento más coherente.
—No hagas esto a menos que tú…
Detuve sus palabras con mi boca, envolviendo los brazos alrededor de su
cuello y vertiendo todo lo que sentía en ese beso. Durante unos segundos, cuando
no él no respondió, pensé que había cometido un gran error.
Pasé la lengua por la unión de sus labios, y se despertó, balanceándome en
sus brazos y consumiéndome en su beso.
—¡Walker!—gritó Jagger.
Josh se giró solo el tiempo suficiente para que Jagger tomara una rápida
foto, y luego me sacó de la habitación, con un brazo debajo de mis rodillas, y el
otro en mi espalda.
Me reí sin aliento, y la felicidad llenaba cada rincón en mí, por primera vez
desde que podía recordar. —Esto es muy Oficial y Caballero.
—¿Qué es eso? —Su mirada bajó a mi boca, diciéndome que su mente no se
hallaba en las películas.
Una lenta sonrisa se extendió por mi rostro. —No importa.
—Walker —nos gritó otro teniente por el pasillo, riendo—. ¡No se dan
demostraciones públicas de afecto en uniforme!
—¡Hazme saber cuándo pierdas la virginidad, McAfee! —contraatacó Josh,
abriendo la puerta de una sala de conferencias. Nos metió dentro, cerrando la
puerta detrás de él. Bajó los escalones separados torpemente, y no paró hasta que
me sentó en el escritorio del profesor.
Abrí mis rodillas, y se deslizó entre ellas, jalándome contra de él. —Quiero
saber lo que significa esto, pero en este segundo no me importa lo suficiente para
escucharlo. —Cerró su boca sobre la mía, gimiendo ante el contacto de mi lengua
contra la suya. Sostuvo mi cabeza con sus manos, inclinándola para un ajuste
perfecto, besándome más y más, hasta que no podía decir donde terminaba yo y
donde comenzaba él. Había extrañado demasiado esto.
—Maldición —murmuró contra mi boca. Sus músculos se tensaron contra
245 mí, y retrocedió lentamente, dejando su frente en la mía.
—¿Josh?
—Puedo decir que no me importa lo que significa esto, pero no puedo
hacerlo otra vez. No puedo tenerte en mis brazos solo para ver que te alejes
después. He estado muriendo por dentro desde que te fuiste, y si lo haces de
nuevo, acabará conmigo.
Acuné su rostro en mis manos, retrocediendo lo suficiente para mirarlo,
pero no podía leer su expresión a través de sus ojos fuertemente cerrados. —
Mírame.
Abrió los ojos lentamente. Sus cejas se juntaron y sus labios se tensaron. —
¿Qué estamos haciendo, December? Me voy en dos días.
—¿Sabes a dónde vas ahora? —Odiaba esta parte de la vida militar, pero era
un pequeño precio a pagar por él.
—Fort Rucker, Alabama. Sé que es en el medio de la nada, y muy lejos de
Colorado. —Su mirada se desvió de un lado al otro, y sus manos se tensaron en mi
cintura, como si se estuviera preparando para que yo saliera huyendo.
—Sé dónde estaré yo.
Sus ojos se entrecerraron. —¿Ah, sí?
Ahí estaba, lo que nos uniría o separaría. —Josh, ayer llegó una carta. Me
aceptaron en Vanderbilt para transferirme. Empiezo en el otoño.
Contuvo el aliento y lo dejó escapar con una enorme sonrisa. —¡Eso es
increíble! Tu padre estaría tan malditamente orgulloso de ti.
—Sí. Él también estaría orgulloso de ti. —Acaricié sus pómulos con mis
pulgares—. Orgulloso de nosotros.
—¿Existe un “nosotros”? —Empezó a retroceder; su sonrisa reemplazada
por líneas de tensión—. Atravesaría el infierno por ti, pero tengo que saber que
estás en esto conmigo.
Cerré la distancia entre nosotros, besándolo suavemente hasta que sus
labios se relajaron sobre los míos. —Estoy contigo, y soy tuya si aún me quieres.
Aceptaré la distancia y la espera.
—Pensé que eso era lo que no querías. ¿Una vida de espera? ¿De
preocupación?
—No es una vida de verdad si no te tengo en ella. Me preocuparé por ti aun
si no estamos juntos. —Sus labios se fruncieron nuevamente. ¿Iba a rechazarme?
246 ¿Después de todo?
Inspeccionó mis ojos por un largo momento y luego sonrió. —Esta vez,
esperaré yo. Irás a Vanderbilt, y yo iré a donde me envíen. Esperaré hasta que te
gradúes. Lo haremos funcionar. No me importa lo lejos que tengas que estar
mientras sepa que eres mía, y yo tuyo.
—Podemos hacer esto, estar juntos. —Decirlo en voz alta lo hizo real,
posible.
—Haremos esto. No volveré a perderé, December. —Me besó suavemente,
tirando de mi labio inferior.
Levantó la cabeza, mirándome a los ojos, y sus pupilas se dilataron cuando
su mirada cayó sobre mis labios. Se separaron. Su respiración se recuperó por unos
conmovedores segundos antes que aplastara mi boca en la suya, besándome con la
ferocidad que había extrañado todos estos meses.
Sí. Aquí era donde pertenecía. Josh era mi hogar. Me perdí en su sabor, la
sensación de su piel contra la mía, y me entregué sin reservas. Sus manos cavaron
en mi pelo, tirando lo suficiente para inclinar mi cabeza hacia atrás. Se movió por
mi cuello, lamiendo y chupando al ritmo perfecto que me volvía loca. —Oye —
jadeé, equilibrándome en mis codos—, no se dan demostraciones públicas de
afecto en uniforme, ¿recuerdas?
Sin romper el contacto con mi piel, se arrancó la chaqueta, y los botones
volaron. Lo siguiente fue su camisa blanca almidonada. Agarré la corbata y lo
atraje hacia mí, recostándome sobre el escritorio. Él me empujó al borde, mi
vestido se subió hasta mis muslos mientras me presionaba contra él. Dejé escapar
un dulce suspiro; me deseaba.
Agarré su camisa blanca, tirándola sobre su cabeza junto con la corbata floja.
Se unieron a la creciente pila de ropa en el suelo. Con ese simple movimiento, ya
no era el Teniente Walker, era mi Josh, con tatuajes ardientes y todo. Besó la piel
de mi hombro. —Dios, December, ha pasado tanto tiempo. —Deslizó las manos
por debajo de mi vestido, manteniendo la tela sobre mis muslos.
—Quítamelo —le rogué imprudentemente.
—No, alguien podría ver, y no puedo dejar que eso te pase —gruñó contra
mis pechos vestidos.
Palpitaba cada parte de mí, necesitándolo. Había pasado tanto tiempo desde
que había estado a su lado, por no hablar de tocarlo y ser tocada por él. Sentía
hambre de Josh y no estaba dispuesta a esperar un minuto más. —¿Por favor? —
Arqueé mis caderas contra él y fui recompensada con un gemido.
247 Sus manos se deslizaron más arriba en mi vestido, rozando mis muslos
hasta que se sumergió entre ellos. Hizo a un lado mis bragas empapadas y acarició
exactamente donde pulsaba. No podía detener el grito que escapó de mis labios,
haciendo eco alrededor de la sala de conferencias.
—Sí —dijo en mi boca, meciendo su mano contra mí. Se detuvo, apoyando
su frente contra la mía, tragando respiraciones—. Mierda. No tengo ningún tipo de
protección conmigo. Estoy limpio. Acabo de hacer mi evaluación médica básica
pero…
—Y yo estoy tomando anticonceptivos. Desde que tenía diecisiete años. —
Moví mis caderas contra su mano, desesperada por más de la dulce presión que
sabía haría que me corriera—. Josh, si quieres que te ruegue, lo haré.
Un destello de algo parecido a la ira brilló en sus ojos cuando se clavaron en
los míos; un mar intenso de dorado y rojo. —¿No lo entiendes? No tienes que
rogarme nada. Ya soy tuyo. —Su beso me quemó. Oí un desgarre, y mi ropa
interior cayó al suelo. Gracias a Dios. Abrió la cremallera y desabrochó lo suficiente
para deslizar sus pantalones y calzoncillos más abajo de su delicioso culo, y estuvo
de nuevo contra mí antes de que pudiera apreciar lo exquisitamente hermoso que
era.
Todo en mí se estremecía y vibraba, anhelándolo. —Por favor…
Detuvo mi súplica con un beso y empujó dentro de mí con una poderosa
embestida, estirándome al máximo. —Oh maldición, December. Nunca ha sido tan
increíble. Eres perfecta. —Descansó en sus codos, compartiendo mi aliento.
Pasé mis manos por la suave y sedosa piel de su espalda y subí mis talones
para balancearlos al borde de la mesa. Con el apoyo que tenía, me empujé contra
él, llevándolo aún más profundo. —No soy perfecta, pero soy tuya.
Alegría pasó entre nosotros, el sentimiento más dulce del encuentro de dos
corazones, un alma. Era simplemente… correcto. Giré mis caderas a su alrededor,
y sus ojos se oscurecieron. El momento de conversación había terminado. Agarró
mis caderas, jalándome de nuevo hacia él mientras se deslizaba dentro, besándome
con la misma desesperación.
Todo en él me consumía, desde su boca en la mía, a su cuerpo moviéndose
dentro de mí. La tensión en espiral se enroscó más fuerte hasta que mis músculos
se contrajeron y el movimiento parecía imposible. Rompió el beso y me miró
fijamente a los ojos, con su respiración tan áspera y desigual como la mía. Embistió
contra mí una y otra vez, agarrando mis caderas para que no me deslizara al otro
lado del escritorio. —¡Josh! —grité, cerniéndome muy cerca de la orilla—. Yo…
248 yo… yo…
Me besó suavemente, pero no se detuvo. —Shhh. Ya te tengo. —Sostuvo mi
peso con una mano, y usó la otra para deslizarla de nuevo bajo mi vestido. Con la
misma presión sobre mi clítoris, gemí. Frotó, y jadeé, arqueándome fuera de la
mesa, y todo se estrelló con la liberación. Ahogó mis gritos con su boca, y cayó por
el borde conmigo en intensas oleadas temblorosas.
Durante lo que pareció una eternidad, pero no lo suficiente, nos quedamos
allí, sosteniéndonos entre sí y absorbiendo lo que tanto habíamos estado
esperando.
Josh se sostuvo con sus codos y se encontró con mis ojos. —¿Eres mía?
Solté una lenta sonrisa muy satisfecha. —Sí.
—Dilo una vez más. —Había una ansiedad en sus ojos que nunca quería
ver.
—Te amo, Josh. Soy tuya por todo el tiempo que me quieras. —Me puse al
descubierto, con cada cruda emoción.
Me besó suavemente. —¿Cómo te dejaría escapar de nuevo?
Me eché a reír. —Vas a tener que dejar que me aleje un poco, antes de que
alguien se asome por esa ventana.
Como si hubiera dicho que el diablo mismo estaba viendo, salió de mí en un
segundo, tirando mi vestido hacia abajo sobre mis muslos antes de ponerse el
uniforme. Una vez que estuvimos limpios y presentables, se puso entre mis
rodillas, metiendo mis bragas rasgadas en su bolsillo con una sonrisa maliciosa.
Había tomado más de unos pocos minutos encontrar todos sus botones.
Me besó de nuevo, pero no había prisa esta vez, ni desesperación. Me besó
como si hubiera estado haciéndolo por siempre y continuaría de la misma manera.
—Tú y yo. —Encontré sus labios una última vez mientras él me bajaba—.
¿Contra el mundo?—No pude evitar el cliché.
Su sonrisa irradiaba pura alegría. —Siempre.

249
Traducido por Jules
Corregido por Verito

—¿Cuánta ropa has traído? —preguntó Josh mientras resoplaba por las
escaleras hasta mi apartamento del segundo piso sin ascensor en Nashville. Se
encontraba en una zona fantástica, segura y cerca de Vanderbilt, por lo que mi
madre dejó una cantidad considerable de dinero en mi cuenta para pagarlo. Excusó
sus acciones diciendo que es lo que papá hubiera querido.
—La suficiente —le respondí con una sonrisa, y abrí la puerta con el pie

250 para poder entrar. El calor de mediados de agosto me hacía sudar entre mis
omóplatos, y el aire acondicionado me dio un gran alivio. Josh se derrumbó
melodramáticamente en mi sofá, echando la cabeza hacia atrás.
—Me muero. Me estoy muriendo.
Bueno, si eso no era una invitación. Me senté a horcajadas sobre su regazo, y
él se puso alerta de inmediato. —¿Mejor?
Rozó mis pantalones cortos y agarró mis muslos con un apretón juguetón.
—Creo que hay demasiada ropa. Me gustas sin nada.
Me besó mientras me reía y me hizo saborear las ventajas de mi propia casa.
—¿Cuándo tienes que regresar?
—Mañana por la noche.
Demasiado pronto. Traté de no poner mala cara, y en su lugar, terminé
besándolo de nuevo. Podría haber vivido de besar a Josh. —Eso significa que
estarás aquí todo el fin de semana —le susurré sugestivamente.
—Así es —coincidió, jalándome con más fuerza contra él.
—¡Genial! Me gusta que mi armario esté codificado por temporada y color
de acuerdo con el orden del arco iris. —Le di un beso sonoro en la mejilla y salté de
su regazo, dirigiéndome a desempaquetar la cocina.
Gimió. —¿No podemos simplemente tener mucho sexo?
—Claro, siempre y cuando todo esté guardado... —Me reí a carcajadas
cuando saltó sobre el respaldo del sofá y me siguió hasta la cocina. Me levantó
sobre la encimera y me hizo cosquillas sin piedad.
Me pregunté si siempre sería así con él; risas y esta química perfecta,
mezcladas con los suficientes sentimientos en los que fundirme. Lo que sea que
pasara con nosotros, sabía que siempre sería más que suficiente. Josh era mi hogar,
incluso si se encontraba a seis horas de distancia en el Fort Rucker.
Dentro de dos años más, los dos terminaríamos juntos, él con la escuela de
vuelo, y yo con la universidad. Y lo haríamos, no porque fuéramos fuertes, o
determinados, sino porque no había otra opción para nosotros. Simplemente
éramos así.
Cesó el ataque de cosquillas y me besó, robando hasta el último
pensamiento de mi cabeza con esa boca perversa. —¿Qué te parece si disfrutamos
del tiempo que tenemos?
Ese sería el lema de nuestra vida, no tenía ninguna duda. —No puedo
pensar en nada mejor.

251 —December, no hay nada mejor que tú.


Le acerqué más, encantada de que este hombre extraordinario fuera mío, y
le robé un beso antes de susurrarle contra la boca—: No hay nada mejor que
nosotros.
Desde la muerte de su hermana, Paisley Donovan de
veinte años, ha sido tratada como un cristal frágil por
sus padres. Ella puede compartir el problema
cardíaco de su hermana, pero nada la detendrá de
completar su lista de cosas pendientes, incluso si eso
la mata. Y casi lo hace, hasta que Jagger Bateman la
saca del mar y respira más que aire en sus pulmones;
él enardece su alma.
Jagger se matriculó en la escuela de vuelo más
rigurosa del país. Es increíblemente ardiente,
imprudente y perfecto para una mujer que busca vivir
la vida al máximo. Salvo que Paisley es hija del
general al mando y su novio es el mayor rival de
252 Jagger. Ahora Paisley debe decidir cuánto vale
arriesgarse por un chico que hace que su corazón lata
demasiado fuerte.
Ellos están volando por un territorio peligroso, y un movimiento en falso podría
hacer que se estrellasen y quemasen...
Rebecca Yarros es una romántica sin remedio y amante
de todas las cosas con chocolate, café y Paleo. Además
de ser mamá, esposa de un militar, y bloggera, nunca
puede elegir entre Young Adult y New Adult, así que
escribe ambas. Se graduó en la Universidad de Troy,
donde estudió historia europea e inglés, pero aún
mantiene la esperanza de recibir una carta de
aceptación a Hogwarts. Cuando no escribe, está atando
los patines de hockey para sus hijos, o escabulléndose
en algún momento con su guitarra. Está locamente
enamorada de su marido aviador del ejército desde
hace once años, y actualmente están destinados al norte
de Nueva York, con su pandilla de niños inquietos y el

253 estar en casa en Colorado.


Bulldog inglés que ronca, pero ella siempre prefiere

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