Título: Ángel o Demonio
© 2016 Elisa D’ Silvestre
Todos los derechos reservados
SINOPSIS
De día soy la nena buena.
Papá y mamá me aman.
Me miman. Me dan todo lo que yo quiero.
Soy la perfecta hija única, se imaginarán.
Pero en la noche…
Con la oscuridad llega mi verdadera naturaleza.
No soy buena, mucho menos me gusta que me mimen.
Soy la pesadilla de cualquier pecador.
No me culpen por ser quien soy, por la cantidad de maldad que yace en mi interior.
Miren en dirección a José Romano, mi vecino. A aquella tarde en la que su hija pequeña cumplió diez.
Yo estuve allí, y lo que viví no rivaliza ni siquiera con el mismísimo infierno.
Yo estoy con el diablo ahora, soy él.
Y me gusta. Más que nada.
Por eso debería permanecer lejos de Cruz Romano.
El problema es que no puedo.
Tampoco quiero.
ADVERTENCIA: Esta historia es sólo apta para mayores de 18 años. Contiene explícitas escenas de violencia y abuso, críticas
religiosas, cuestiones familiares y de justicia. Fue creada por una mente abierta, para otras mentes abiertas. Si sos susceptible a
contextos que involucran directamente a menores de edad, aconsejo no avanzar con la lectura.
Este archivo NO es apto para la venta. Es concedido de forma totalmente GRATUITA por la misma autora a cada lector que se
proponga disfrutar de él.
LISTA DE CANCIONES
~Going to hell (The Pretty Reckless) ~Zombie (The Pretty Reckless)
~Sweet things (The Pretty Reckless) ~House on a hill (The Pretty Reckless)
~Cold Blooded (The Pretty Reckless) ~Burn (The Pretty Reckless)
~Where did Jesus go? (The Pretty Reckless) ~Heart (The Pretty Reckless)
~Absolution (The Pretty Reckless) ~Follow me down (The Pretty Reckless)
~I’m not an angel (Halestorm) ~Big bad wolf (In This Moment)
~Take me Down (The Pretty Reckless)
INDICE
PRIMERA PARTE Capítulo 14 Capítulo 26
Capítulo 1 SEGUNDA PARTE Capítulo 27
Capítulo 2 Capítulo 15 Capítulo 28
Capítulo 3 Capítulo 16 Capítulo 29
Capítulo 4 Capítulo 17 EPÍLOGO 1
Capítulo 5 Capítulo 18 EPÍLOGO 2
Capítulo 6 Capítulo 19
Capítulo 7 Capítulo 20
Capítulo 8 Capítulo 21
Capítulo 9 Capítulo 22
Capítulo 10 Capítulo 23
Capítulo 11 Capítulo 24
Capítulo 12 Capítulo 25
Capítulo 13 TERCERA PARTE
PRÓLOGO
Es verano, el sol está en lo alto, justo después del mediodía. Caliente,
brillante, potente, insistente. Escucho el sonido atrayente del mar, llamativo,
desesperado por atención. Ya tendré tiempo para él, ahora papá y mamá
acaban de acostarse, una corta siesta hasta que se decidan a bajar para disfrutar
de la arena y el agua salada. Los dedos de mis pies pican con ganas de
enterrarse y ser lamidos por las olas frías. Pero más pica mi curiosidad, mi
necesidad. Por eso estoy trotando en mis sandalias nuevas, escabulléndome
entre las ramas del monte que separa mi casa de la de los vecinos.
Los Romano.
He venido a este pequeño rincón y escalado estas ramas a lo alto sólo para
observarlos. Por muchísimo tiempo. Tanto, que se ha vuelto una rutina
irreemplazable. Cada día, cualquier horario, acabo escondida, sentada en la
rama más alta y camuflada, respirando con dificultad ante el desmedido interés.
Sólo para verlos. No he vuelto a esa casa desde aquella tarde. Desde que
Malena cumplió los diez. Ya tiene casi doce. La extraño, no me gustó perderla.
Tal vez es la única persona por la que he dado algo en mi vida, por la que
podría meter una mano en el fuego. El pensamiento de nuestra amistad me
mantiene sobre la tierra, supongo.
He estado sintiéndome preparada.
Para regresar.
Nunca tuve miedo, no. No fue por eso que me alejé. Sino porque no
podía controlar mi rabia. La ira carcomió mis venas por años. Abría los ojos y
allí estaba, tomándome, los cerraba en la noche y era mi única compañía. Al
principio esta odisea era empujada por ese sentimiento: el resentimiento, la
necesidad de hacer verdadero daño. No podría haber mirado a nadie de esa
familia sin odio. En la actualidad es distinto, he crecido, he aprendido todo
sobre el control.
Era una niña pequeña. Mi personalidad no estaba del todo definida, hasta
que tuve el encontronazo que cambió el curso de todo. Fui empujada a una
nueva existencia de la noche a la mañana. Estoy segura de que mi vida sería
otra si no me hubiese ocurrido eso a mí. Sin embargo, pasó, el destino lo
escribió con sangre. Mi sangre. En la tierra volátil, entre los árboles.
Aprendí a estabilizarme conviviendo con mis padres, porque también los
odié a ellos por un tiempo. Hasta que tuve que aceptarlos desde detrás del
nuevo telescopio introducido en mis ojos, el que traía la realidad a mi mente.
Tuve que luchar contra el impulso de resentirme con mi familia también. Fue
el primer obstáculo en mi lista. Una vez asegurado el éxito, lo demás fue pan
comido. Fácil.
La máscara.
Soy una perfeccionista a la hora de cambiar, cubrir, esconder quién soy y
lo que pienso. Soy buena. Soy una dulce niña de catorce años, con un futuro
más que prometedor. El que muchas sueñan y nunca van a conseguir.
Una dulce niña de catorce años que está lista para volver.
Para recuperar a mi amiga, alejarla de ellos. También para escarbar en los
secretos más sucios de los Romano. Para apretar el botón que lo derrumbe
todo. Tengo esto controlado, listo. Un paso más, y esa casa explotará en
pedazos. Con ellos adentro. Sólo tengo que entrar de nuevo, y esperar. No hay
apuro.
Yo también escribí sus destinos.
Con sangre.
Su sangre.
PRIMERA PARTE
«Ahora he llegado a entender que me convierto en el animal que yo elijo alimentar.»
~Big Bad Wolf (In This Moment)
CAPÍTULO 1
«No podía caminar, era presa de un dolor que iba más allá de ser sólo físico.
Quería arrastrarme. Nunca antes nada me había dolido así, tan adentro, tan profundo.
Esto no era como caer de mi bicicleta y raspar mis rodillas en el asfalto. O doblarme un
pie y castigarme contra el suelo. Esto era más complejo, indiscutiblemente más que
cualquier otra molestia. No estaba llorando, escasas veces mis ojos se empapaban hasta
rebalsar, era dura como el granito. Aunque mi respiración estaba agitada. Mi garganta
tan seca, que cada vez que metía aire por ella, a través de mi boca, emitía un pitido
desagradable. No estaba en pánico y pensé que, después de lo que acababa de pasarme,
debería al menos estar un poco histérica.
Atravesé la arbolada que dividía mi casa con la de los vecinos casi corriendo,
aguantándome el dolor. Mi cabeza en blanco, mis ojos sólo al frente, las ramas de los
árboles se enganchaban en mi pelo y desarmaban mi larga trenza rubia. Me tropecé un
par de veces porque apenas podía mantener el equilibro. Algo muy raro le ocurría a mi
cuerpo, se sentía frío y no había sensibilidad en ninguna parte. Las punzadas lo
acaparaban todo.
Entré en los límites de mi patio trasero, ignoré la piscina y la decoración, mamá
había estado colocando adornos y luces para navidad y año nuevo. Llegué a la puerta
trasera de la casa y la abrí de un manotazo pasando dentro de la impecable cocina. La
cocinera me sonrió, en ese momento ni siquiera recordé su nombre, y eso que hacía más
de cinco años que trabajaba con nosotros. Incluso pasaba más tiempo con ella que con
mis padres. Me sonrió y llamó por mi nombre abreviado, no le entendí. No sé por qué no
podía procesar lo que ocurría a mí alrededor. La esquivé sin darle una segunda mirada
al dejarla sola de nuevo con su trabajo, ni si quiera me atrajo el olor a pastel recién
horneado.
Vi las escaleras y me preparé para subirlas, no sabía a donde iba, seguro a mi
habitación, ese era mi gran refugio siempre que deseaba estar sola.
—Chs-chs-chs—escuché a alguien chistar a mi espalda y retorcí mi cuello para ver—.
Evangelina Moretti, ¿cómo es que vas con ese estado tan deplorable?
Pestañeé, mi semblante inamovible, ninguna emoción a la vista. No dije nada.
—Mira ese vestido—se queja, seria—. Mira esa suciedad.
Sabía que mi vestido estaba roto y manchado, mis rodillas raspadas tenían pasto
pegado y estaban embarradas. ¿Mis zapatos? ya no se sabía de qué color eran, cuando
me los puse más temprano la superficie celeste claro brillaba, reluciente.
Mamá se lamentó.
— ¿Sabes lo que costó ese vestido?—su voz volviéndose tan aguda que mis tímpanos
apenas aguantaron.
Silencio de mi parte. Culpa suya. Ella insistía en vestirme con las mejores ropas
para ir a los cumpleaños de mis amigos y compañeros de la escuela. No entendía que, al
jugar, todo podía estropearse. Aunque yo no venía así de sucia por estar jugando, esta
vez no.
Ella se ablandó, ambas mirándonos a los ojos. Vi cómo su semblante rígido cayó y
una mini sonrisa conciliadora se formó en sus labios rojos cereza. Se acercó, se inclinó a
mi altura y sacó los pelos rubios que caían por toda mi cara.
—Andá—dijo, suave—. Date un baño, Eva, papá y yo tenemos visitas esta noche.
Lentamente me di la vuelta y seguí camino hacia arriba, mis piernas muy juntas,
mis pasos minimizados. Me colé en mi pieza y cerré la puerta pacíficamente, mis
movimientos siendo cuidadosos. Una vez en mi cuarto de baño me saqué el vestido
blanco y lo dejé enrollado en un rincón junto con el calzado, hice correr el agua de
inmediato y me metí bajo la lluvia sin importar si estaba fría o muy caliente, no lo sentí.
Deslicé mi ropa interior rosa por mis piernas hasta quitármela, me quedé viéndola
fijamente al encontrar la gran mancha escarlata en la tela. Instantáneamente metí una
mano en el hueco de mi entrepierna y sentí la viscosidad, sólo para ver más sangre entre
mis dedos al apartarla. Tomé el jabón y empecé a lavarme mecánicamente, primero mi
torso, después mis partes íntimas, bajando a mis piernas. Me deshice de cada rastro de
barro, pasto y sangre. Los vi drenarse a mis pies a través del desagüe.
No quité mi vista hasta que el agua volvió a ser limpia e incolora. Entonces
busqué de nuevo mis braguitas y las froté con el jabón, fregando la mancha. Lo hice
hasta que mis manos se irritaron, sin embargo la huella no desapareció del todo. La
escurrí y la colgué para que se secara, la tiraría a la basura sin que nadie se diera cuenta
más tarde.
Acabé con todo y me envolví en una toalla gigante con dibujos de corazones rojos y
rosas. Sequé mi pelo al mismo tiempo que me observaba detenidamente en el espejo, algo
nuevo vi en mí. Mis ojos aguamarina contenían una expresión dura que combinaba con
mi rostro pálido sin capacidad para la gesticulación. Parecía que había pasado por una
transformación: de la pequeña feliz y despreocupada de doce años, a una estatua de
granito. O la mismísima reina del hielo.
Ese día dejé de ser Eva, la niña de oro.
Esa tarde se abrió una puerta dentro de mí, que con el correr de los años se fue
entornando hasta abrirse completamente. Un pase al otro lado, al oscuro.
Supe que jamás volvería a ser la misma.»
Reconozco a un pervertido cuando lo veo, es como si tuviera un radar que
los delata. Y mi maquillista, Rubén, es uno de ellos. Se esconde tras la máscara
de un excéntrico homosexual, un mariposón, lleno de exageraciones y gestos
afeminados. Le gustan los hombres morrudos y dominantes, eso es lo que le he
escuchado decir. Sus maneras dicen completamente lo contrario, no me pierdo
la forma en la que observa a mi compañero, Marcos. El chico de quince años
está allí sentado mientras Electra, la otra maquillista, lo acicala para su pasada.
Sé que Marcos es bonito, no puedo decir sexy, porque tiene quince y está
bastante escuálido todavía. Para mí es sólo lindo, en un par de años veremos.
Bien que el hombre piensa diferente a mí, parece. Rubén se relame los labios
mientras lo ve cerrar los ojos y entregarse a los suaves retoques de Electra.
Rubén se está poniendo duro. Sonrío de lado, leyendo sus pensamientos
pervertidos. No puede trabajar correctamente en mi rostro si su pene va a estar
estorbando en sus apretados pantalones chupines fucsias. Pobre imbécil. ¿Tipos
grandes y rudos? Ajá, no me engaña. ¿Sabe que Marcos está muy seguro de su
sexualidad? Lo he visto merodear por ahí buscando por chicas más grandes y
mejor formadas. Le he notado quedarse fijo en sus normes pechos cubiertos de
finos bikinis. Rubén no tiene oportunidad.
—No coloques demasiado—le ordeno, malhumorada, cuando va a
embadurnar mis labios de brillo labial.
Frunce el ceño. No le gusto. Soy una chiquilina quisquillosa, caprichosa y
altanera a su forma de ver. Y, es cierto, lo soy. Por supuesto, actúo de la forma
en la que me enseñaron y se espera de mí. Pataleo para conseguir lo que
supuestamente quiero, aun sabiendo por dentro que sólo es una estúpida
actuación.
—Sabes que no tenés ni voz ni voto en esto, ¿no?—pregunta él, poniendo
esa insoportable voz aguda que me hace querer introducirle la brocha que está
usando en la garganta, hasta el fondo. Apuesto que sabe mucho sobre tácticas
de gargantas profundas.
»Acá se hace lo que la agencia dice.
Me relamo los labios y le sonrío. De verdad. No la sonrisa de ángel que
tanto he estado fingiendo. Sino la verdadera, la ácida, la que destella mis
verdaderas intenciones. Él alza una ceja, porque es obvio que no le va a temer a
una adolescente estúpida de catorce años. Aunque debería. No porque soy
completamente capaz de hacerle daño físico, sino porque puedo conseguir que
pierda su trabajo con sólo un chasquido de dedos.
Soy la promesa aquí.
—No vas a maquillar más de lo que corresponde, tengo catorce, no
treinta—le escupo.
Estuve en ese maldito reality de belleza cuando era niña, desde los tres a
los nueve. Mi mamá es una enferma por esas cosas estúpidas, me metió allí
donde una niña tiende a lucir y actuar como una mujer. Dejó que me depilaran
las cejas, me pegaran pestañas postizas y maquillaran como una puta. Como si
mi bonita y lisa cara de bebé no alcanzara. Me pregunto cuántos pedófilos se
hicieron la paja viéndome en televisión.
—Está bien, princesita—carraspea él y sigue con su trabajo a desgana.
—Tus tetas no lucen como de catorce—comenta de pasada Electra, lo que
hace que Marcos las busque a través del espejo.
Me encojo. No me siento de catorce. Ni yo ni mi cuerpo.
—Son deliciosas—dice Rubén con clara envidia manifiesta.
Mamá se acerca, interesada por la conversación, deja de lado el vestuario
que voy a mostrar en las próximas pasadas. Por supuesto, ella tiene que
supervisarlo todo. Trato de no poner los ojos en blanco y suspirar con
resignación, su gusto es espantoso. Ama que yo muestre piel. Porque está
orgullosa de mi belleza, y desea que el mundo la vea.
—Y no son operadas—aplaude, como si fuera una felicitación.
Consuelo, otra compañera de pasarelas que es un año mayor que yo, la
observa de reojo, tomándose el comentario muy personal. Ella tiene las tetas
redondas, bien llenas de silicona. Me encantaría que el comentario de mamá
haya salido con doble intención y lleno de veneno, porque esa puta merece que
le paren el carro. Está demasiado creída y ardida. No tiene nada que hacer a mi
lado, eso seguro. ¿Cree que no me di cuenta de que se agrandó la lolas para
superar mi número? ¿Para ganar mi lugar? Já. La pobre tendría que volver a
nacer para lograr eso. Primero en principal, no tiene estas interminables y
tonificadas piernas bronceadas. Ni mi elegancia al caminar. Ni la altura que me
define. No miento cuando digo que soy la promesa de esta agencia. Nadie
puede competir conmigo. Nadie.
Llámenme vanidosa. No me importa. Lo soy. En este negocio no das ni
un solo paso adelante si estás llena de inseguridades. Lo aprendí rápido, y por
las malas.
— ¡Tiempo!—grita la organizadora, asomándose desde el costado de la
salida.
Salgo de mi asiento antes de que Rubén siga reteniéndome. Le echo un
vistazo significativo a la entrepierna de sus pantalones ajustados y le guiño el
ojo, dejándole saber que descubrí su interés en Marcos. Él me gruñe, después
tiene la decencia de ruborizarse un poco. Me da la espalda con rapidez,
dejándome sola. Marcos se coloca a la par mientras camino a mi lugar para
abrir la ceremonia. Me mira las tetas y sonríe de lado, tratando de gustarme. No
lo logra. Ni un poquito.
— ¿Qué?—pregunto, reseca.
— ¿Estás de mal humor hoy?—quiere saber, sus pupilas se agrandan cuando
mis pezones endurecen por pasar frente al aire acondicionado.
Trago la acidez que sube por mi garganta. Muestro los dientes.
—Estoy de buen humor, si fuera lo contrario ya te habría metido este
bastón en el culo por hablarle a mis tetas—gruño.
Se ríe y me adelanta, negando con la cabeza. Piensa que estoy bromeando.
Fulmino su nuca con los ojos y no le dedico ningún otro pensamiento violento.
Me olvido de que realmente, realmente, tengo muchas ganas de hacerle daño.
Niego, cierro los ojos, tomo un largo respiro.
―Cool for the summer‖ de Lovato comienza a sonar y esa es mi señal. Me
paro sobre mis tacones rosas brillantes, manteniendo en línea mis largas y flacas
piernas. Considero que hay un error en esto, nadie va a la playa en tacones,
pero no se me dio la gana arremeter contra el inútil que impuso su mal gusto y
falta de lógica ahí adentro. La pasarela se convierte en mi único destino ahora,
miro al frente. Mi sonrisa de ángel congelada en mi cara. Me paseo, mi pelo
rubio largo es como un manto, volando a mi espalda. Mis caderas se mueven, el
pareo que cubre la parte inferior del bañador danza a mí alrededor, la mano
que no sostiene el bastón va recta a mi costado, pero no tensa. Puedo oír sólo
mi respiración sobre el sonido de la sala llena de espectadores y la música. No
me fijo en cómo sus bocas se abren, ni en sus ojos hipnotizados. Puede que la
estancia esté llena de agentes, diseñadores e interesados en la moda que sólo
evalúan mi balanceo y cubierta con objetividad. No estoy obligada a pensar en
lo que sus cabezas sostienen, pero simplemente lo sé. Pueden ser tan objetivos
como quieran, en el fondo siempre hay algo más.
Los hombres desean, las mujeres envidian. O viceversa.
Llego al final, poso. Las cámaras me enfocan, los flashes me ciegan
momentáneamente. Al fin bajo la vista. Mis ojos se enfocan en alguien, un
joven chico de unos veinte, inmaculadamente vestido con un traje de negocios.
Le sonrío, seductora. Él traga, luego baja la vista sabiendo que no debe pensar
tan sucio sobre una menor de edad. Pero sabe. En la profundidad sabe que soy
más que sólo una aspirante a modelo de catorce años. Mi edad no va de la
mano con la inocencia. Quiero que se anime a volver a mirarme, quiero
sonreírle nuevamente, enviarle un mensaje. ―Sé lo que estás pensando‖.
Pego la vuelta, dejando una suave brisa de perfume dulce. La gente ve mi
futuro de oro, lo espera. Es un hecho. No ve la hora de verme en todo mi
esplendor, como toda una mujer. Explotando ese potencial, esa sensualidad
que mis catorce años todavía no poseen. Sonrío. La tengo, no me quedan
dudas, el número sólo me la quita, la escurre de sus ojos expectantes porque se
reúsan a verme como un ser activamente sexual.
Tengo un potencial sexual, lo presiento todo el tiempo. Es como si mi piel
picara, un escozor que necesito rascar con rapidez cada vez que aparece. Es
como una bomba de relojería y va a explotar antes de tiempo. Mientras ellos
esperan, yo la alimento. No tienen ni la más pálida idea de las fantasías que
golpean las paredes de mi mente.
Dije que tenía un radar interior para los pervertidos.
Me faltó agregar que yo también me siento como uno.
CAPÍTULO 2
Primer día de colegio. De nuevo a lucir uniforme, apoderarme de los
pasillos, mirar por encima de mi nariz a todos. Inalcanzable, pero sociable.
Adorada. Me fijo en el espejo. Máscara de pestañas, rubor inocente, labios
apenas rosados. Cabello rubio recto liso. Listo. Recorro mi cuerpo, esbelto,
alto, elegante. Mis piernas fueron hechas para matar, tengo que estar de
acuerdo con Juliana, mi agente.
―Tanta vanidad va a hundirte‖. Niego. Sonrío mostrando mis dientes
blancos.
Papá llama a mi puerta para saber si estoy lista. Lo estoy y lo sigo a través
de las escaleras, directo al garaje. El hombre es todo lo opuesto a mí en
apariencia; pelo marón, ojos cafés, nariz sobresaliente. Soy la imagen joven de
mi madre; rubia, ojos del color del mar del caribe. Aunque ella es más rellena
que yo, tiene más curvas en las zonas correctas. Supongo que sí saqué la altura y
las extremidades largas de papá. Él es un poco desgarbado. Todavía no sé cómo
hizo para conseguir a mamá, la reina de la ciudad en su momento. Vivo en un
mundo de apariencias, no me culpo por pensar tan superficialmente. Será que
papá de veras tiene algo en su forma de ser. Es un hombre dulce y nos trata
bien.
Subimos al coche y nos separamos de la casa. Tomamos la carretera que
lleva a la ciudad, tardamos unos quince minutos en llegar. Mi madre eligió vivir
en las afueras, alejada de la gente. Y me gusta, es silencioso y estamos muy cerca
de la playa. Una playa que ni siquiera es concurrida, o sea, es toda para
nosotros.
El coche se estaciona en las afueras de la escuela y papá me besa el dorso
de la mano antes de dejarme bajar. Le sonrío, apenas levantando las comisuras
de mi boca. Él se marcha a su trabajo, a la municipalidad, ya que es el
intendente de la ciudad. Eso también se suma a las causas que aseguran mi
popularidad en el colegio. Y en todos lados. Aunque en las pasarelas sólo existo
yo y mi belleza. Generalmente desfilo en la capital, allí nadie conoce a mis
padres.
Paso las puertas grandes del colegio, entrando con estilo. La mochila
cuelga de mi hombro y mis pasos son pausados. Algunos alumnos detienen lo
que están haciendo para observarme. Sí, nada ha cambiado. No miro a nadie a
los ojos, sólo finjo estar en mi mundo. Se nota que han estado atentos a mis
actividades de verano, porque cuchichean entre ellos. Las chicas se las arreglan
para ignorarme, bufando por lo bajo. Soy una buena chica, no he hecho nada
para ser odiada. Nada más que tener el futuro que ellas vienen soñando desde
pequeñas. Me dan ganas de pararme a decirles que no es tan especial, la mía es
una carrera llena de sacrificios. ¿No vieron cómo me quejaba cada vez que las
estilistas del reality show me depilaban la entre ceja? Tenía cuatro años, por el
amor de Dios. Tampoco es muy divertido tener que mantenerte en tu peso
ideal de por vida, atiborrarse de comida de conejo por meses enteros después
de darte el lujo de tomar un simple helado, para compensar las calorías.
Las ignoro. La fama y la belleza duelen. Y eso que sigo siendo una
adolescente. Sólo puedo pensar en que se volverá peor cuando el mundo
comience a verme como una mujer. Eso viene prendido a nuevas y más duras
exigencias. Pero me gusta lo que hago, tiene sus pros. Lo mejor es tener al puto
mundo a mis pies. Y he trabajado duro en ello, porque voy a necesitar que
todos me amen, sólo por si algún día mis planes fallan. Aunque… antes muerta
que equivocarme.
Diviso un grupo masculino más allá, son cinco, los que van un año por
encima del mío. Ellos se apoyan contra la pared, despreocupados, charlando,
riendo, golpeándose en el hombro. Uno de ellos me nota y advierte al resto. Ya
sé lo que vendrá, lo he estado viviendo año tras año. Y no me importaba, pero
ahora, viendo lo grandes que están, ya a un paso de convertirse en hombres,
siento como si la paciencia estuviera picoteando su propio caparazón.
Mis ojos actúan como imanes, fijándose en uno de ellos. Ojos castaños me
devuelven la mirada sin pestañear, veo cómo su nuez de Adam sube y baja
cuando traga. Le envío una sonrisa de lado, una soberbia. Él pone mucho
trabajo en no mutar ante mi escrutinio.
—Hola, Barbie—me choco con Jeremías Rawson, noto que su pecho ha
endurecido desde la última vez que se me atravesó el año pasado—. ¿Qué tal el
verano? ¿Posaste para muchas fotos? Por favor, decime que hiciste algunas para
una página porno—jadea.
Le respondo alzando una de mis cejas. Esto no es nuevo, para nada. Me
llaman Barbie desde que tengo uso de razón. También sé que ésta es una forma
de llamarme la atención, porque se mueren por tenerme. Permanezco callada
un rato, desviándome de nuevo hacia las dos esferas castañas que me miran,
tímidas.
—Hola, Dani—digo, sonriendo inocentemente como bien sé.
Pestañea y me da un asentimiento con la cabeza, sus rizos oscuros
despeinándose un poco. Es el único que no me molesta de su grupo de amigos,
pero tampoco hace nada para detenerlos. Bueno, no es que yo espere que sea
mi caballero de brillante armadura. Sé defenderme sola.
—Hey, Romano, no seas irrespetuoso—se queja Jeremías—. Saluda a la
reina.
Dani se encoge, luego se mira los pies. ―Cobarde‖, le llamo en mi interior.
Suspiro, fingiendo una decepción amorosa, y esquivo a Rawson para ir cerca de
donde formaremos filas antes de la oración a la bandera. No doy ni dos pasos
antes de que una gran mano levante mi falta y me apriete el culo. Trago una
bocanada y me congelo. Ninguno de ellos me había tocado así antes. El silencio
raspa las paredes del pasillo, incluso el grupo de amigos se queda mudo. Me
volteo para ver a Jeremías sonreír con victoria. Mi respiración se acelera, los
latidos de mi corazón laten en mis oídos. Lo observo sin siquiera pestañear. Y
algo cruza mi mirada, algo fuera de mi alcance para detener. Lo asusta, porque
su imbécil mueca se borra y da un paso atrás. Al mismo tiempo, le doy la
espalda y me alejo, mis muelas rechinando con fuerza. La mandíbula me duele
ante la increíble presión.
Estoy tan distraída, acelerando mis pasos y rumiando ira en mi cerebro
que no veo a la figura baja que cruza mi camino y choco con ella. La pequeña
chica sale volando hacia atrás y levanto un brazo para alcanzarla y sujetarla
antes de que caiga sobre su culo. Mi agarre en su muñeca fría se aprieta más al
notar de quién se trata.
—Eva…—suspira, sin pestañear.
—Lo siento—digo, dejándola ir.
La esquivo y sigo mi camino.
—Eva—me persigue—. Por favor, frena.
Le hago caso. Que conste, es a la única persona a la que alguna vez
escuché con atención.
—Tenemos que hablar—traga, poniendo ojitos de cachorro herido.
Suspiro, me fijo en su bonita cara inocente. Se siente como una eternidad
de distancia entre nosotras, no dos años. Ella se ve más bonita, si eso puede ser
posible. Siempre tuvo una mirada adorable. Incluso ahora, cuando reconozco
que esa palabra es repugnante, no se me ocurre otra manera de definir a mi ex
mejor amiga.
—Más tarde, Malena—prometo.
—Bueno—asiente y me deja sola, poniendo la vista en el suelo.
Dos años sin decirnos una sola palabra. Ni una. Y ahora, de repente,
quiere hablar. Tal vez quiera perdonarme por abandonarla. Por desaparecer.
Dejarla sola. Si esto es así, lo veo bastante oportuno teniendo en cuenta mi
plan. Ambas éramos inseparables, no importaba una mierda nuestra diferencia
de edad, Malena ha sido una niña bastante madura. Aún lo es.
Sonrío. Primer día de clases y ya me he cruzado a dos Romano.
Esto promete.
***
Estoy a mitad de hora de la segunda clase, biología, cuando mi vejiga me
llama la atención. Desesperada, cruzo las piernas, tratando de ignorarla. No
funciona, necesito ir a hacer pis, con urgencia. Levanto la mano para atraer a la
profesora. Sus ojos se posan en mí, volviéndose amables de repente. Nadie en
esta escuela se enfada conmigo, podría derrumbar las paredes de este salón, con
mis compañeros adentro, y me perdonarían. Eso es lo que hace el orgullo y el
respeto. Orgullo, por ser quien representa a la ciudad alrededor del país.
Respeto, por ser la hija del intendente.
Le pido permiso para ir al baño. Lo obtengo sin rogar. Salgo por la puerta,
notando los ojos de todos en mi espalda, me alejo caminando hacia los baños,
pero me freno de repente al ver una espalda familiar alejándose en la misma
dirección. Me relamo los labios, sintiendo una nueva necesidad picando en mis
venas. La que me lleva a dar la media vuelta y regresar al salón.
—Olvidé algo—sonrío, tímida.
Con los ojos le indico silenciosamente a la profesora lo que realmente
quiero decir. La hago suponer que me encuentro en mis días. Ella comprende,
enviándome una mirada paciente. Encuentro lo que quiero dentro de mi
mochila, lo camuflo con una toallita femenina y lo coloco en mi bolsillo.
Vuelvo a salir, y esta vez mi vejiga se aguanta como una campeona. Va a tener
que esperar, sin discusión. Llego a la zona de los baños y me meto en el
equivocado. El de varones. La decisión escuece y hace que me aferre al objeto
que traje a escondidas.
Jeremías está chiflando una melodía alegremente mientras se descarga,
sosteniéndose con las dos manos y los ojos cerrados. Me coloco a su espalda y
respiro en su cuello, soy lo suficiente alta para casi estar a la par. Me muerdo el
labio cuando cuelo una mano entre las suyas, cierro mi puño de acero en su
pene. Grita.
— ¡Qué mierda!—se hiela.
Lo giro de un tirón, enfrentándolo. Lo miro a los ojos, mientras descubro
la hoja de la trincheta y lo apoyo contra la piel de su pequeño maní. Sonrío.
— ¿Estás loca?—pregunta, temblando, observa con ojos abiertos el filo del
arma muy cerca de cortar sus adoradas partes.
—Un poco… supongo—ronroneo cerca de su rostro—. ¿Querés que te lo
corte, Rawson? ¿Querés perderlo incluso antes de saber usarlo correctamente?
Me pregunto cómo se sentiría meterse la mano y encontrarse con nada. No vas
a poder hacerte la paja nunca más—susurro.
Gotas de sudor filtran su piel, pueblan su frente. Mojan el comienzo del
cabello y las sienes. Intenta empujarme y lo amenazo con un movimiento de
muñeca. Aúlla aun sabiendo que no le hice daño. Se atraganta con el miedo.
—No vas a volver a tocarme, Rawson—le advierto en el oído—. Porque voy a
cumplir esta promesa. Entraré en tu cuarto por la noche para cortártelo desde
el nacimiento. Y sabes perfectamente que soy capaz de hacerlo.
Le muerdo el lóbulo de la oreja, oyendo su respiración acelerada. Pánico
hay en sus ojos cuando me separo un poco. Me relamo los labios.
— ¿Entendiste?
—S-sí… sí sí, lo siento mucho, Bar-eh, digo Eva—escupe, pálido como el
papel—No va a volver a pasar.
Me alejo un paso y cierro la trincheta. Inclino mi cabeza a un lado y le
dedico mi mejor sonrisa dulce.
—Bien.
Me miro la falda mojada con su meada.
—Se te escapó un poco, Rawson—le aviso y él parece a punto de llorar de
humillación al ver que se terminó de mear en mí.
Levanto la mano que tenía cerrada en su pene, también mojada, entre
nosotros. Él se aplasta contra la pared cuando la acerco a su cara.
—Límpiala—le ordeno, fulminándolo con mis pupilas.
Sus ojos toman nota de los lavabos a mi espalda.
—No—niego, sonriendo lasciva—. Con tu lengua.
Sus fosas nasales se agrandan, el enojo subiendo de nivel. Pero aún no
esconde el miedo, sus manos están temblando a sus lados, y hasta se ha
olvidado de levantarse los pantalones. Una mueca de asco le envuelve la cara,
entonces estampo mi mano contra su rostro y le obligo a pasar la lengua en mi
dedo índice. Se me escapa una carcajada cuando me empuja lejos, escupiendo
en el suelo, tan fuerte que casi caigo de espaldas. No me importa, sigo riendo
en alto mientras salgo del baño y me interno en el de mujeres. Me muerdo los
labios para refrenarme mientras me lavo las manos con jabón y observo el
nuevo brillo en el aguamarina de mis irises. Eso ha sido impagable. Ni siquiera
me interesa ya mi falda meada, el poder me mantiene indiferente. Y arriba. Muy
arriba. La limpio como puedo, tratando de quitar el asqueroso olor.
Ni siquiera he parado de reír para cuando me meto en un cubículo para
encargarme del objetivo principal.
***
El timbre que marca el final de la jornada retumba en toda la institución y
los alumnos lo reciben como a la música popular. Salto de mi butaca y
reordeno todo en mi mochila. Me uno a un pequeño grupo de compañeras
mientras nos dirigimos a la salida principal con una charla desinteresada.
Cruzamos al notorio grupete de cinco tan reconocido y ellas susurran sobre
cada uno, reaccionando ante sus apariencias. Los ignoro, por dentro
disfrutando la manera en la que Jeremías se esfuerza para no echarme ni un
mínimo vistazo. Pobre tipo. No hay dudas de que aprendió la lección.
El sol de mediodía está en lo alto y entrecierro los ojos al bajar los
escalones de la entrada. Alcanzo a divisar una pequeña figura sentada en el
último y voy ralentizando los pasos, dejando que las chicas se adelanten. Les
saludo avisando que me quedaré a esperar el remís que papá envía para
retirarme. Ellas me levantan la mano y se van. Entonces acabo de pie junto a
Malena.
Ella se abraza a sí misma y suelta un sollozo seco, dolida.
— ¿Qué hice?—quiere saber, alzándose sobre sus pies.
Se para a mi lado, altiva. Me enfrenta y en su mirada hay mucha potencia,
la cual me derriba con sólo darle un muy corto vistazo.
— ¿Qué hiciste con qué?—pregunto.
— ¿Qué hice para que me dejaras de lado así?—se frota un ojo antes de que
suelte una lágrima.
Sorbe, y sé que por dentro está luchando para no llorar. Recuerda que
odio las lágrimas.
—De un día para el otro sólo… te esfumaste…
Niego, sacándome el pelo del rostro sudoroso.
—Yo… me fui por tantos meses que sólo pensé que me olvidarías…—esa es
mi mejor excusa.
Después de lo que sucedió en su cumpleaños, mamá me llevó a una gira.
Dejé la ciudad por seis meses, me educaron en casa para no perder el ritmo con
la escuela y me la pasé viajando por el país, representando a mi agencia. Fue
oportuno, tengo que reconocerlo, no habría aguantado estar tan cerca de mis
vecinos los días que siguieron. Me enfoqué en circular y lucir bonitas ropas,
metí la terrible experiencia en un rincón cerrado en mi mente. Intenté no
volver a pensar en eso, aunque siempre regresaba a mí una y otra vez, cuando
menos lo esperaba. Permitir que me alejaran fue lo mejor. ¿Seguir viéndome
con Malena como si nada hubiese ocurrido? No, de ninguna manera. Eso
habría puesto a prueba mi tolerancia, mi nivel de fuerza para mantenerme
cuerda. Tuve una época difícil luchando contra el odio, casi perdí. No quería
aborrecerla también a ella.
— ¿Olvidarte?—resopla, infeliz—. Sos mi mejor amiga. Yo no te olvidé, vos
lo hiciste.
Me alegra que se refiera a mí en tiempo presente, aunque no lo
demuestro. Todavía me ve como su mejor amiga.
—No, yo… vi que tenías nuevos amigos, sólo te dejé en paz—otra mentira,
pero mejor eso que contar la verdad.
Frunce el ceño, descontenta. No le agrada ninguna de mis excusas. Estuve
dos años enteros esquivándola—un año y medio si restamos los meses que
estuve afuera— y ella lo sabe bien, me sorprende que deje de lado su orgullo
para hablar conmigo.
—Todavía sigo creyendo que hay más… no soy tonta—gruñe, casi
pataleando—. Tuve mucho miedo de ir a tu casa, pensé que me ibas a echar o
algo…—se queda en silencio, observándome fijamente a la cara—. Es por mi
hermano, ¿no?—se anima a preguntar.
— ¿Qué?—escondo un jadeo.
—Dani…—pestañea hacia él, unos metros más allá—. Te gustaba él…
Estoy a punto de resoplar una seca carcajada cuando considero mis
próximas palabras. No, a decir verdad, esa es una muy buena excusa…
—Bueno…—titubeo adrede—. Un poco, sí.
Suelta una risita que concuerda perfectamente con su edad, se acerca a mí
con familiaridad.
—Él también gustaba de vos…—susurra.
Levanto una ceja, poso mi atención en el chico apoyado en el árbol,
mirándonos. Nos está mirando con curiosidad, aunque trata de no posarse
demasiado tiempo en mí. Me doy cuenta de que somos los únicos afuera,
esperando que nos retiren. Seguro los Romano también enviarán un remis para
sus hijos.
—Resumiendo… tuve un tiempo difícil y me alejé de todo el mundo—
comento, fingiendo pesar.
— ¿También te hiciste señorita?
— ¿Qué?—me rio.
—Mamá dijo que cuando las chicas se hacen señoritas cambian mucho,
maduran—se encoge, limpiando el sudor de su frente con la manga de la camisa
blanca.
—Sí, eso también—coincido—. Así que… ¿me perdonas?
—Sólo si vamos a volver a ser como antes—retruca, entusiasmada.
Sonrío, y esta vez es genuino.
—Obvio—respondo, dándole un empujón en el hombro.
Se ríe, todo el pesar abandonando sus ojos verdes para dar lugar a la luz.
Esta es la Malena que recuerdo, mi buena amiga. Si tan sólo… nada me hubiese
pasado, tal vez nunca nos habríamos separado. Jamás habría tenido la
necesidad de dejarla atrás.
Dos coches de la misma agencia de remises llegan al mismo tiempo,
estacionándose y tocando sus bocinas. Dani se dirige al segundo y yo manoteo a
Malena de su brazo, tironeando.
—Vamos juntas—le pido.
Una enorme sonrisa feliz adorna su rostro inocente.
—Sí—asiente.
Le levanta una mano a su hermano para avisarle y nos subimos en el
asiento de atrás del primer coche. Dani se encoge y también se acomoda en el
suyo. Podríamos ir en el mismo vehículo, esto es bastante absurdo teniendo en
cuenta que vamos para la misma zona. Sin embargo, dudo mucho que Daniel
quiera compartir un espacio tan cerrado conmigo.
Me tomo el viaje con calma, escuchando a mi amiga parlotear, y siento
como si me hubiese desahogado un poco al tenerla de regreso. Intento no
sentirme tan encendida por ello. Y tampoco muy culpable, ya que existen
motivos escondidos en mi espalda. Sí. Ella no tiene que saber el principal
motivo por el que acepté un nuevo acercamiento entre las dos. Mejor
mantenerla todavía dentro de esa hermosa burbuja de inocencia.
CAPÍTULO 3
No hago más que pasar la gran puerta de entrada de la casa cuando
escucho a mi padre levantar la voz desde la cocina. Oh-oh. El señor Moretti
pocas veces ha gritado en su vida. Además, ¿qué hace en casa tan temprano?
Siempre se queda en la municipalidad incluso cuando ya todos se han ido. Se
toma muy en serio su trabajo y el bien estar de la gente de la ciudad.
Me dirijo hacia el barullo casi sin inmutarme al encontrar a mi padre de
pie en medio de la cocina, fulminando a mi madre con ojos peligrosos. Sobre la
enorme mesa de algarrobo vacía que adorna el lugar descansa un generoso
sobre marrón con el nombre de la agencia y los fotógrafos correspondientes
escritos en el frente. Ah, así que de eso se trata.
—No estás entendiendo nada de lo que se trata esto—le acusa mi madre,
acurrucada en sí misma, haciendo pucheros.
Mi padre lanza un resoplido brusco por la nariz, se burla de ella. Los dos
me notan entrar pero no me hacen caso, esto parece ser muy importante para
ellos. ¿Será que al fin mi padre ganará esta batalla? Me quedo a un lado para
ver.
—Oh, entiendo lo suficiente, Laura—carraspea, enojado—. Y es por eso que
quiero que esto se acabe. Tengo que cuidar de mi hija.
Mamá pone los ojos en blanco.
—Estoy cuidando de ella—lo enfrenta levantando el mentón.
Papá señala el sobre como si fuera basura maloliente ensuciando su mesa.
Lo agarra con violencia y saca las fotos esparciéndolas en toda la superficie con
movimientos despectivos. Su rostro está rojo de rabia. Nunca lo vi así de
furioso.
—Catorce años, Laura—escupe—. Nuestra hija tiene catorce años, es todavía
una nena. No acepto esta clase de campañas, DE NINGUNA MANERA.
Se trata de la última sesión que hice para la campaña de trajes de baño.
Tengo que decir que… estoy mostrando bastante piel como para que sea
considerada respetable. No aparento catorce años en las fotos, sino veinte.
— ¿Hacia dónde estás llevando a Eva, Laura? No la estás cuidando, sólo la
empujas a mostrar su cuerpo como una puta—no pone reparos en la última
palabra, lo que demuestra que esta vez sí ha tocado fondo—. O dejas de
exponerla así o rompo todos sus contratos.
Mamá se escandaliza.
— ¡No te atrevas!
—Estás actuando como una mala madre—y con eso sólo espero que saque
lo peor de mamá, por cierto, ella empalidece de golpe—. No la estás cuidando.
Me prometiste que toda esta mierda sería inocente. No veo nada inocente en
que mi hija se pasee por ahí mostrando las tetas… con sólo catorce años.
De un manotazo recoge las fotos y comienza a rasgarlas, sin detenerse a
hacer caso cuando Laura comienza a lloriquear.
—Lamento mucho que hayas tenido que abandonar tu carrera porque te
quedaste embarazada y nunca recuperaste tu peso ―ideal‖—comienza en tono
burlón—. Me importa una mierda si haciendo esto fulmino tus ilusiones. No
voy a dejar que arruines a nuestra única hija exponiéndola tan descaradamente,
sólo porque querés vivir a través de ella lo que no pudiste. Me cansé—tira las
fotos en la basura—. Una sesión más de esa naturaleza y esto se termina. Y, lo
digo en serio… a decir verdad me he estado cansando de ustedes dos viajando
de acá para allá tantas veces al año. Estoy podrido de ser un cero a la izquierda.
Voy a comenzar a decidir sobre el futuro de Eva también, y sabes bien que
prefiero que ingrese a la universidad…
Mamá frunce los labios, llena de resentimiento. En silencio se limpia las
lágrimas con una servilleta de papel, tiñéndola de negro por el exceso de rímel.
Me cruzo de brazos, apoyada contra la pared intentando no sonreír por su
estado deplorable. Amo a mamá, pero… ella es demasiado quisquillosa y un
poco tonta. No la culpo, fue criada así, ¿cierto? Y así también me ha enseñado a
actuar. He tomado sus ejemplos, más allá de que en el fondo los aborrezco y
estoy segura de quién soy verdaderamente. Y lo soy todo, menos una
atolondrada entusiasta como ella. Aunque, en algo coincidimos. Ciertamente,
no es mi deseo dejar de modelar porque… es lo único de lo que entiendo. He
hecho esto desde que tenía pañales. ¿Universidad? De ninguna manera.
—No va a haber más sesiones como esas—hablo al fin.
Ellos al fin parecen notarme por completo. Papá me envía una sonrisa.
Una sonrisa muy débil y triste. Trago el nudo que quiere formarse en la base de
mi garganta, bajo la vista a las puntas de mis zapatos. No quiero reaccionar ante
su infelicidad. Mamá nos da la espalda y no puede importarme menos, porque
dentro de unos exactos veinte minutos va a estar revoloteando como una alegre
mariposa de nuevo.
—Bien—susurra Martín Moretti, sombrío.
Se me acerca y planta un beso silencioso en mi sien, luego se va. Yo tomo
mi mochila del suelo y lo sigo, él se mete en su oficina y yo subo las escaleras
hasta mi habitación. Estas peleas no son frecuentes en mi presencia. Aun así,
soy muy consciente de que cuando no estoy cerca tienen encuentros duros todo
el tiempo. La guerra comenzó cuando mamá y yo nos fuimos a internar a ese
reality de televisión. Creo que Laura ha tomado todo el control, intentado
aplastar al poderoso Martín con sus tacones, para que no tenga ni voz ni voto
en este asunto. Papá lo aguantó creyendo que éramos felices, lo permitió.
Mamá era feliz, ¿yo? No estoy muy segura. Pero deseaba ser modelo, como toda
chica de niña sueña.
— ¿Querés ser modelo cuando crezcas sí o no?—preguntaba mamá cada vez que
me veía flaquear y con eso me tendía la trampa de telarañas.
Está enferma, pero da igual. Ya es una pérdida abandonar el barco ahora,
a estas alturas, nací y crecí para esto y voy a llegar al final. Sólo que… voy a dejar
que papá opine más sobre mi futuro, no quiero volver a ver su rostro caído otra
vez. Es un buen hombre. Y mamá está loca, es claro a mi forma de ver quién es
el que merece más apoyo en esta guerra.
Me interno en mi habitación y enciendo el equipo de música, por los
parlantes comienza a sonar un cd de odiosa música pop para adolescentes.
Pongo los ojos en blanco y consigo mis auriculares desde el cajón de la mesa de
noche. Tapo todo sonido exterior con ―The Pretty Reckless‖, tarareo ―My
Medicine‖, mientras me quito la ropa sudada intentando no enredarme. La dejo
tirada en un rincón y me cubro con mi nuevo bikini, mientras me balanceo al
ritmo de las insistentes guitarras. Mamá se desmayaría si supiera de mi
verdadero gusto por la música. Bueno, mi padre también. Ellos entienden
perfectamente el inglés. Pero… ¿qué hace la diferencia? Voy por ahí mostrando las
piernas y las tetas. Una mancha más en el tigre no cambia nada.
Me recojo el pelo en una cola alta y desmaquillo el rostro, refrescándolo
con agua luego. Después estoy de pie inmóvil frente a mi cómoda donde
guardo la ropa interior. Abro la caja superior y reviso entre mis bragas, meto la
mano hasta el fondo y me enchancho a mi objetivo.
Las pequeñas braguitas rosas, aun manchadas con mi propia sangre.
La que intenté lavar, y no funcionó. Esta es mi representación. La dejo
sobre la cómoda y la observo fijamente, sin pestañear. Puedo intentar cubrirlo
todo con sonrisas dulces, dejándoles ver la niña buena, pero la mancha siempre
existirá. Nunca se irá. Va a subsistir hasta mi último día. No puedo fingir que
no es parte de mí, que ese día no sucedió. Nunca quise hacerlo, porque es
mejor tenerlo presente, aceptar las causas, el hecho y las consecuencias.
El pasado es importante, las huellas de mis zapatillas han marcado el
camino. Si volteo, es muy posible verlas. Nítidas. Presentes. Gritando que eso
fui y esto soy.
Suspiro, las enrollo y devuelvo en su lugar, camufladas con las demás de
colores variados. El espejo que uso para maquillarme devuelve mi mirada,
tormentosa, oscura. No sé por cuánto tiempo el control seguirá atando la soga
en mi cuello. Siento que los nudos se están aflojando. No sé qué será de mí y
debería darme miedo. No será bueno. Nada nunca fue bueno para mí. Todavía
duelen mis entrañas, es por el fuego.
El fuego de las ampollas en carne viva. Las que queman con ansias de
venganza.
— ¡Eva!—llama una voz chillona desde la planta baja—. ¡Está Malena!
Mama suena feliz de verla, es claro que estuvo preguntándose todos esos
años por qué nuestra relación se había cortado. Apago mi iPod y lo guardo
donde va. Coloco un pareo alrededor de mi cintura y unas ojotas altas en mis
pies. Lentes de sol y estoy lista para el almuerzo y una tarde de playa. Encuentro
a Malena en mi sala, de pie, luciendo su traje de baño de una pieza bajo un
solero liviano, sostiene una canasta con comida. Espero que a Laura no se le
ocurra chusmear qué vamos a comer. Podría cambiar las buenas galletas de
chocolate por un cereal nutritivo con gusto a pedo.
—Adiós—canturreo, cerrando la puerta de golpe.
Malena se pasea a mi lado feliz de quedar conmigo para pasar la tarde. Y
reconozco, yo también. Rodeamos mi terreno y comenzamos el descenso a la
playa. El sol calienta, pica sobre nuestros hombros, todavía regalándonos un
perfecto día de verano a comienzos de Marzo. La chica a mi lado engancha
nuestros brazos y estoy a un paso de soltarme, pero no soy capaz de hacerle
esto. Es como si me necesitara, y me siento fatal al pensar en cortar esa mirada
entusiasta. Me muerdo el interior de las mejillas al darme cuenta de que ya no
somos como pan y mantequilla. Hay algo que falla entre las dos y eso
seguramente viene de mi parte.
—Tomé la comunión el año pasado—comenta de pasada, mirando
alrededor cuando llegamos al mar—. Ya sabes cómo resultó todo, mamá armó
una fiesta enorme—rie.
Ya lo imagino. Lisa Romano es una adicta a las festividades. Recibí
invitación para esta, particularmente. No fui. Incluso si hubiese querido
hacerlo no habría sido posible porque me encontraba en la capital montando
pasarela tras pasarela mostrando una nueva marca de abrigos.
—Así que… tuviste que confesarte—hago una mueca burlona.
Se encoge, tensa de repente. Algo muy inusual en ella.
—Sí, ya te imaginas, lo normal. ―Padre, he pecado mucho, ¡dije tantas malas
palabras! Más que un camionero. Y, oh, les mentí a mis padres, acusé a Dani de haber
roto ese hermoso jarrón floreado con su pelota de fútbol, cuando yo era la culpable. He
sido tan mala, Padre. Necesito desesperadamente el perdón de Dios‖—finge actuando
con voz chillona y culpable.
Me rio, y ella me sigue, soltando largas carcajadas que abruptamente
detiene. De pronto vuelve a estar seria y peligrosamente fría.
— ―¿Así que has sido así de mala, Malena Romano?‖—sigue, con voz oscura,
expresión sombría—. ―Bueno, tendrás que rezar tres Padres Nuestros para recibir el
perdón del Señor… Y levantarte la falda para que te vea mejor…‖
Me tenso de camino al agua. Tiesa como una vara enterrada en la arena.
Ella observa el mar con fijeza justo de pie a mi lado, ida. Lejos del presente.
— ¿Malena?—trago, respirando con dureza.
Pestañea.
— ¿Qué?
— ¿Él dijo eso?—quiero saber, aterrada.
— ¿Eh?
— ¿Te pidió que levantaras tu falda?
Arruga la cara y niega, ausente. Pero no me engaña. Ella me necesitaba
porque no tenía a nadie con quien hablar. Si no fuera así no me soltaría esta
bomba a sólo horas de recomponer nuestra amistad. Ahora entiendo por qué.
A nadie más que a mí le habría contado algo de esta naturaleza. Yo era su
mejor amiga, su confidente, y le fallé.
—Te tocó—no sé si es una pregunta o una afirmación.
Suelta una risita que para cualquier otra persona sonaría inocente y
aniñada. ¿A mis oídos? Todo lo contrario.
—No pudo, me asusté y salí corriendo—dice, como si nada—. Intentó
agarrarme pero fui rápida. Siempre lo he sido, gané todas las carreras en las
clases de atletismo—sonríe orgullosa.
—Hijo de puta—me atraganto, por dentro lo repito mil veces—. ¿Le dijiste a
alguien?
Se ríe como si fuera una buena broma.
— ¿Sobre el amable cura del pueblo?—chilla—. Nadie me hubiese creído.
Tampoco me importa lo que me hizo a mí, ¿sabes? Sólo… no he podido parar
de pensar en otras chicas… ¿qué pasa si ellas no son tan rápidas como yo?
Tengo miedo por ellas, Eva…
No puedo creerlo. Es difícil sorprenderme, pero lo ha hecho contando esa
mierda. Mi radar de pervertidos se activa y punza con fuerza en mis entrañas.
Algo muy fuerte tiembla en mi pecho.
—Ya va a caer…—susurro—. Alguien tiene que hacerlo caer…
Y lo hará. Caerá.
CAPÍTULO 4
CRUZ
Estoy limpio. El aire del otro lado me golpea en la cara y respiro. Limpio.
Libertad. Una sonrisa torcida adorna mis facciones, parece que había perdido
la capacidad de gesticular porque la piel de mi rostro se siente tensa e irritada.
Tirante. Voy a dar un paso lejos de esas puertas entreabiertas y nadie va a
frenarme.
— ¿Romano?—llaman a mi espalda.
Una tipa con delantal blanco cabecea en mi dirección. Saca una caja de
plástico desde el interior de un cajón con llave de seguridad y la deja sobre la
mesa. Mis pertenencias. Dos pasos y estoy junto ellas, recuperando mi
encendedor, un descompuesto atado de cigarrillos, el cinturón de cuero, mi
cadena de plata, mi celular. Las llaves de mi coche. ¡La puta madre! Extrañé esa
maldita cosa. También me hago con mi negra chaqueta de cuero y la cuelgo en
mi brazo. Adiós oscuridad. El sol está a sólo unos pasos, y me muero por sentir el
golpe de calor en la cara.
—Que te sea leve—carraspea secamente la enfermera.
Le guiño. Sé que piensa que voy a regresar tarde o temprano. Lo he hecho
un par de veces, pero… ¿esta vez? No. Antes de volver a pisar este lugar de
mierda, me pego un tiro.
—Gracias, Beti—otro guiño.
Pone los ojos en blanco y me da la espalda. Hija de puta. Nunca más va a
verme la cara. Ni yo la suya. Me alejo, empujo la puerta y, al fin, estoy fuera.
Soy un pájaro libre de nuevo. Y que me parta un rayo si no enciendo un
cigarrillo de nuevo. ¡Ya! Zamarreo el pobre atado maltratado, ni siquiera se me
cruza la idea de que estas cosas pueden estar vencidas o algo. Enciendo uno y lo
aspiro tan rápido que me atraganto. Cierro los ojos, soltando el humo. Al
menos la nicotina no me está prohibida. Aunque tampoco fue muy
recomendada. Comienzo a caminar fuera del recinto, cruzo la calle y en la
próxima esquina llamo un taxi, levantando el pulgar. Una vez dentro, recito la
dirección de Mati, un viejo amigo. Él tiene a mi bebé en su garaje, es mi
primera parada.
—Eh, viejo—canta al verme en su puerta, sus ojos negros soñolientos—. Al
fin…
Asiento, entrando en su desastroso apartamento.
—Así es, al fin—digo, sin aire, trato de ignorar el olor a porro—. Vine por
mi coche, tengo un montón de cosas que hacer—agrego, impaciente.
— ¿Volver a casa?—pregunta, lanzándose en su sofá, despreocupado—. ¿Está
tu viejo ahí afuera? ¿Vino a retirarte?
Se me escapa una seca y aislada carcajada, sin humor. Pensar en mi padre
se siente como si fuera a vomitar ácido.
— ¿Volver a casa? Ni en joda—digo, brusco—. Y me dieron el alta, me fui
por mí mismo, ya no necesito la supervisión de ese idiota.
Se encoge, frunciendo un poco el ceño.
— ¿Por qué lo odias tanto?—curiosea, de repente muy despierto—. Ha
hecho mucho por vos, te ha salvado… dos veces. Cualquier otro se habría dado
por vencido con un hijo así, ¿no crees?
Lava ardiente asciende por mi garganta, el violento impulso de golpear a
este idiota me llena de energía. La ira, mierda. La ira. Tengo que contenerla.
Abajo. En el fondo. Estoy limpio, puedo manejar mi camino yo solo ahora.
—No tenés ni puta idea—gruño.
No sabe nada de mi vida, de mi familia. Ni de mi padre. Nada. Y se
quedará así. Me importa una mierda que él y el mundo piensen que es un
jodido santo. A mí no me engaña. Yo no soy Lisa, ni el pequeño engendro de
Dani, ni la inocente Malena. Yo conozco al verdadero José Romano.
—Dame las llaves, me voy—ordeno, impaciente, no quiero estar de nuevo
en este lugar, me recuerda todo lo que tuve y me quitaron—. Otro día vengo
con más tiempo y… tomamos un té de hierbas—remato, burlándome.
Se ríe. Humor negro, supongo. No puedo darle probadita ni a una
cerveza. No es gracioso, pero es lo que hay. Por el momento. Sale de su espacio
y rebusca en sus llaveros en la pared por mi llave. Yo me quedé con la de
repuesto mientras que él cuidó de las originales y el coche. Tengo que
agradecerle eso. Le guiño saliendo por la puerta trasera, directo al reencuentro
con mi pequeña máquina. Poderosa. Necesito oír ese ronroneo y sentir las
vibraciones de ese motor bajo mi culo en el asiento de cuero.
Grito cuando consigo eso mismo.
—Eso es, hombre—canta mi fumado amigo, contento porque yo lo estoy—.
Vas a hacerme emocionar. Buen viaje, a donde sea que vayas—se encoge y me
deja.
Niego, divertido. Por estar de nuevo sobre mi nave y al fin libre, para ir al
agujero que yo más quiera. Sí, mierda. Paraíso. Me siento en el cielo. Recorro
las calles de la gran ciudad con mi descapotable y los lentes de sol cubriendo
mis ojos. Coloco música, un buen rock metal y me rio solo. De mi nueva
situación. Seh, un año aislado de todo y todos. Reuniéndome con estúpidos
adictos llorones. Estaba a punto de pedir a gritos que me disparan en la cabeza,
casi volviéndome loco. Sacudo la cabeza y sonrío de lado. Estoy bien. Valió la
pena tanto tiempo al costado del mundo. Estoy limpio, sobrio. Y voy a confesar
que estuve asustado y que esto era lo mejor por hacer. Odio ese lugar, pero me
devolvió a la vida. Hay que sentirse agradecido. Así que, sólo vamos a decir que
la clínica y yo tenemos una relación amor/odio.
Me pregunto qué es lo que viene ahora, y sonrío. Hasta las cejas de
arrogancia. No sé, lo que el destino diga. ¡Poné esas jodidas cartas sobre la mesa,
hijo de puta! Entonces diviso, a lo lejos, un letrero de neón que me llama la
atención. Ni siquiera pestañeo. No lo pierdo de vista. Rio alto. Y no dudo antes
de virar y correr a su encuentro. Improvisemos, Romano.
Improvisemos esta puta vida.
CAPÍTULO 5
EVA
Ajusto la capucha de mi fino abrigo de verano y sigo observando fijamente
las puertas de la iglesia. Es una bonita edificación, tengo que reconocer. Inclino
la cabeza a un lado, sonriendo sin despegar los labios. La casa de Dios tiene que
ser bonita, atrayente para los creyentes. Para que ellos piensen que hacen el
bien pasando la puerta e internándose en ella. Yo lo sé mejor, esto es sólo una
portada. Adentro puede que todo sea deslumbrante pero es engañoso. Una
trampa. La religión es de las mejores trampas que he conocido. Se supone que
soy católica, tuve mi primera comunión aquí, a los diez años. Antes de que
Dios me diera una patada en la boca, me lanzara al suelo y me dejara allí. No
hay presencia de ningún ser divino en mi vida. Y pienso que la gente es
hipócrita, además de ser fácil para engañar. El hombre ha pecado más en
nombre de Dios que por ningún otro motivo. No tienen excusas.
Veo al curita salir, despidiendo a una pareja que, asumo, está a punto de
casarse en ésta iglesia, poniendo su unión en las manos sucias y despreciables
de un pedófilo. Me tomé en serio las palabras de Malena, ella no es una
mentirosa, y es lo suficientemente madura para entender lo que este hombre
quiso hacerle. Sólo… necesito pruebas. Contundentes, no sólo para sentirme
con el permiso de pasarle la factura por debajo de la puerta, sino también para
juntar más asco y resentimiento en mi pecho. Cuando decida dar el golpe, no
tendré permitido ser débil, desconfiada o culpable. Cuando lo haga será por
pura fuerza y determinación. Todavía no tengo pensado bien lo que voy a
hacerle. Tal vez asustarlo, chantajearlo, para que se vaya de la ciudad. O…
castrarlo y enviarle al vaticano sus repugnantes partes como regalo de
consideración. Niego. Ya se me va a ocurrir algo, mientras tanto, estoy ocupada
en conseguir un pase libre. Algo que no estoy logrando espiándolo desde
afuera, voy a tener que arriesgar la cabeza y entrar.
Suspiro y me alejo en dirección al remis cuando se estaciona cerca y hace
sonar su bocina. Mientras avanzo, sentada en el asiento trasero, observo al tipo
de sotana desaparecer a través de las macizas y barnizadas puertas dobles de la
casa de Dios. Cuando al fin me dé el permiso de entrar, no le va a quedar otra
opción que rezar. Rezar y pedir perdón.
Al diablo.
El regreso a casa es silencioso, y una vez le pago al conductor y subo la
escalerilla hacia la puerta estoy lista para un largo baño de relax. Me trueno los
nudillos y recorro a lo largo de la sala, directo a las escaleras que llevan a mi
habitación. Estoy pasando la puerta cuando mi celular comienza a cantar y lo
atiendo con rapidez.
—Le conté a mamá que nos arreglamos—es lo primero que oigo de
Malena—. Está muy contenta, y quiere que vengas a cenar esta noche.
Levanto una ceja. Interesante. No esperaba que me invitaran tan rápido.
Pero tendría que haberlo imaginado, teniendo en cuenta la personalidad de
Lisa, a la que le encanta festejar hasta el nacimiento de la última flor que
plantó. Una buena forma de ignorar que su vida es una mierda.
Si hay algo que he llegado a conocer bien es la rutina de los Romano.
José Romano es palabra santa por estos pagos, y hasta nacionalmente. Es
un prestigioso abogado penalista. Uno muy bueno, no se puede discutir. Ha
salvado de la cárcel a cerca de una docena de tipos malos. Tipos que merecían
varios años. Pero eso a él no le importa, le pagan y hace su trabajo como un
Dios. No le importa que el tipo que defendió sea un monstruo, él sólo se sienta
en su despacho, cuenta sus billetes y se toma una buena copa como premio.
¿Otra cosa que sé de él? No le importa su familia, el trabajo y sus contactos son
más importantes. Y antes que una buena dosis de amor de su atenta esposa
prefiere algunos clubes nocturnos en los cuales fumar puros y disfrutar un buen
baile en el regazo. Como todos esos ricos amigos que tiene.
¿Lo peor? Lisa sabe bien con quien vive, y se lo traga. Porque las
apariencias importan más que la felicidad. Por eso se gasta el dinero de su
esposo en adornos caros, fiestas y joyas. Sin arrepentimientos. Toda una buena
ama de casa refinada, siempre de punta en blanco. Pero no es como todas las
esposas ricas, ella es una buena mamá osa también. Y es lo único que la
mantiene ocupada. Mantener la casa en orden, sus hijos limpios y bien
comidos. Una buena sonrisa conciliadora y amable en la cara, mostrando el
mejor cuadro para esconder lo que hay detrás. Absolutamente nada. Vacía.
Salgo del baño envuelta en una bata de toalla blanca y me seco el cabello
largo hasta que cae sin una sola marca por mi espalda. Al tiempo que me visto,
reproduzco en mente una y otra vez mi parte favorita de ―Sweet Things‖ de ―The
Pretty Reckless‖. Una, sin duda, de las mejores. Me observo fijamente en el
espejo, colocándome una chaqueta de cuero liviana sobre el vestido de
mezclilla. Me veo bien. Demasiado bien. Y ha llegado la hora de mi mejor
actuación. Bajo las escaleras y grito.
Me voy a lo de Malenaenfilo hacia la puerta, me freno y sonrío. No
me esperen a dormir.
Mamá asiente, sonriendo y se acomoda en el sofá con una generosa copa
de vino en las manos. Papá me da un sonido de permiso desde su estudio. Es
viernes, así que, no hay problema. Nada de clases el día siguiente. Dejo atrás la
casa, internándome entre los árboles. Siempre podría rodear el monte, pero
prefiero cortar camino. Además, quiero un momento para espiar en mi rama.
No me es dificultoso subir hasta ella, ya que me puse unas sandalias bajas. Y no
hay nadie para espiar bajo mi falda. Allí, me siento y balanceo las piernas.
Tengo un primer plano de la cocina desde mi posición, y como esperé, ahí
es donde se encuentra Lisa cocinando. Se ve feliz hoy, alcanzo a escuchar el leve
susurro de lentos de los ’80, y balancea las caderas mientras prueba la salsa en
una cuchara de madera. Su pelo oscuro está atado en una pulcra cola de caballo
y sobre su elegante vestido lleva un delantal de cocina. Me rio por lo bajo. Es
tan ridículo verla. Toda vestida con elegancia, metida en su cocina. ¿Por qué no
sale a lucirse por ahí? Sus hijos son lo suficiente mayores para cocinar por sí
mismos. Nunca voy a entender a esa mujer.
En mi campo de visión aparece Malena, con el cabello suelto recién
lavado y un sencillo vestido de verano floreado. Ella se parece mucho a la mujer
que cocina, físicamente digo. Mi amiga podría ser tranquilamente una modelo
como yo, es bastante alta, atlética y siempre sostiene una postura elegante.
Muchos espectadores caerían a sus pies con solo un vistazo en sus ojos verdes.
Papá infiel cruza la sala y les dice algo que me encantaría escuchar, Lisa asiente
descompuesta de tensión y Malena se encoge de hombros, sin darle demasiada
importancia. José se pierde después de eso, minutos después oigo su coche caro
ponerse en marcha. Lo veo salir por su camino marcado en la graba. Alzo una
ceja sabiendo que no volverá hasta muy, muy tarde.
Bien, es mi hora de bajar a la realidad. He estado casi media hora allí
sentada y seguro no falta mucho para la rica cena que me espera. Camino el
resto de monte hasta que aparezco directo en la puerta y golpeo. Rápidamente
mi amiga abre y se me echa encima. Le froto la espalda impersonalmente y
luego me suelto tan rápido como puedo. Me meto sin permiso en la cocina a
saludar a mamá osa. Ella me recibe con una ancha sonrisa y, sí, soy abrazada de
nuevo. ¿Qué tienen estas dos con los abrazos interminables?
Permanezco con ellas mientras son las únicas que hablan sin parar y las
escucho, Malena me sirve jugo recién exprimido y se acomoda junto a mí en la
butaca de la isla.
Esto huele exquisito, Lisacomento, adulándola.
Ella suelta una risita y habla sobre darme una buena segunda bienvenida a
su casa. Por suerte, parece que no entrará en terreno resbaloso para preguntar
por qué su hija y yo estuvimos separadas tanto tiempo. Y me alivia en cierta
forma. Seguro Malena le contó las excusas que le dije el lunes, en nuestra
reconciliación.
Una silueta se asoma por la puerta y no pierdo tiempo en girar la cabeza
para mirar. Dani se ha congelado allí, mirándome. Está sudado y lleva una
pelota de fútbol bajo su brazo. Mis pestañas aletean inconscientemente con la
necesidad de que la inocencia gobierne mi reacción. Sonrío tan dulce como me
sale. O sea, perfectamente. Dani aprieta tanto la mandíbula que el hueso vibra.
Hola, Danicanturreo, y salgo de mi lugar.
Su mirada envía un claro mensaje. No quiere que me acerque a él, pero lo
hago de todos modos. Trago saliva y me muerdo el labio, jugando con sus ojos.
Dejo que él lo vea. Me alzo en puntas de pie y beso su mejilla. Me sorprende
encontrármela un poco áspera. Espera… Lo repaso con los ojos. Sí,
efectivamente ha crecido mucho desde la última vez que lo tuve tan cerca.
Antes no tenía que estirarme. Da un paso atrás, lejos de mí. Balbucea algo
sobre ir a darse un baño y nos deja. Me muerdo las mejillas para no sonreír
como una víbora a punto de tragarse un ratón. Me uno a las demás y las ayudo
a colocar la mesa.
La cena es relajada y casi un poco demasiado silenciosa. Pero no me
molesta. Sólo somos los cuatro, pero es como si sólo estuviéramos las tres. Dani
está retraído y no hace más que terminar que se levanta y se va. Está cansado, le
dice a su madre y ella le sonríe con entendimiento. Le frota la espalda y lo
envía a la cama. Sé que el chico está mintiendo, no está cansado, sólo tiene un
grave síndrome de cobardía.
Mamá, ¿se puede quedar Eva a dormir?salta Malena de repente.
Escondo una sonrisa de triunfo y por dentro choco los cinco. Por
supuesto, esperaba que ella hiciera justamente eso. No quiere dejarme ir tan
temprano. Y yo no estoy lista para irme, tampoco.
***
Malena se duerme exactamente a la una de la mañana, me gustaría
seguirla, pero estar en esta casa luego de tanto tiempo me tiene eléctrica. No sé
si eso es malo o bueno. La adrenalina es una sensación tan rara y difícil de
entender. Sólo… no puedo permanecer en esta habitación a oscuras, me siento
como si pudiera salir y recorrer la silenciosa casa. Y eso es lo que justamente
deseo hacer. No siempre se le da tan fácil a uno la oportunidad de tomar lo que
merece. Me levanto, llevando un camisón de mi amiga que me queda tan chico
que parece una camiseta. Mis piernas desnudas caminan a la puerta y la
entorno para espiar el pasillo. Estamos en la primera planta, en la última pieza.
Salgo, echándole el último vistazo a la chica dormida y cierro de nuevo, sin
apenas hacer ruido. Me desplazo descalza, lentamente, poniendo mis ojos en
todas partes. La habitación de los padres queda en el piso de arriba, por lo que
no corro peligro de que me descubran.
Bueno, ellos no.
La puerta de la habitación de Dani se abre en la otra punta y él sale,
rascándose la nuca con ojos adormilados. Va sólo en ropa interior. No puedo
ignorar que ya es casi, demasiado cerca, un hombre. Sin dudar avanzo a él y no
me nota hasta que chocamos y lo pego contra la pared. Lo acorralo y él se ve
despierto de repente, con el semblante pálido. Es adorable la forma en la que
sus risos están disparados en todas direcciones. Sonrío a pesar de saber que él
odia este contacto, planto mis palmas en su pecho desnudo. La piel es caliente
y suave, con apenas unas pelusas de vello.
¿No podías dormir?pregunto en un susurro rasposo.
Sus ojos son piscinas iluminadas por la cautela y el temor. ¿Dije que nadie
me había dado antes una mirada como esa? Mentí. Dani siempre tenía un
manojo para darme desde lejos. Pero ahora estamos muy cerca, y no me apetece
irme. Inmóvil contra la pared parece sólo una pequeña ovejita indefensa y me
da el poder de ser el lobo feroz.
¿Por qué estás tan tenso?quiero saber, frotándome contra él. Nunca te
haría daño, Daniel…
Me empuja, soltando aire con pesar. Lo oigo tragar, y la palidez abandona
un segundo su rostro tomado por un leve sonrojo. Lo tomo como una señal,
me arrimo, respiro su respiración entrecortada. Lo beso. No un beso suave,
sino uno violento. Chocando nuestros labios inexpertos, creando dolor. Va a
empujarme lejos, pero se rinde. Y tengo su mano grande enroscándose en mi
nuca, y la mía aprieta su erección que ha comenzado a responder. Se estremece,
gime como un niño pequeño y asustado. Lo aprieto, raspo mis uñas en su
torso. Reacciona de repente, empujándome tan fuerte que acabo pegada en la
pared contraria, mis piernas casi cediendo.
¿Por qué haces esto?pregunta, su tono triste y bajo.
Mi sonrisa cae, lo fulmino con mis ojos.
Porque es hora de que dejes de ser tan cobardegruño, soltando aire
fuertemente por la nariz. Reconoce que me querés. Porque esa es la única
forma de dar el paso… ovejitamuestro los dientes.
Frunce el ceño sobre esos bonitos ojos castaños. Y me acerco de nuevo.
Dani, Dani, Dani…siseo las sílabas, arrinconándolo de nuevo. Es hora
de ser un hombre…
Su expresiva mirada se opaca con dolor y culpa.
Déjame en pazinterrumpe, de pronto bastante rojo de furia. No me
molestes más… ¿Crees que no sé de qué se trata todo esto?
Se da la vuelta hacia su puerta, regresando. La abre y antes de perderse
dentro, le hablo.
¿Y de qué se trata esto?lo pincho.
Él levanta su atención del suelo hacia mí, ahora mostrándose convencido.
Venganzaresponde, apagado.
Luego se encierra dentro y le oigo rotar la llave. Aprieto los dientes y echo
aire con fuerza. Regreso a la habitación de la bella durmiente y me dejo caer al
otro lado de la cama. Frustrada y furiosa.
Ese imberbe de Daniel Romano no ha visto ni de cerca toda mi munición.
CAPÍTULO 6
EVA
Es sábado por la tarde y estoy en el porche de los Romano, despatarrada
con Malena a mi lado. Ella preparó limonada y nos estamos dando un buen
momento de frescura mientras vemos a Dani y sus amigos interactuar con una
pelota de fútbol. El sol es tan fuerte que no podemos mirar hacia allá sin
entrecerrar los ojos, lamento no haber traído mis gafas para no perderme
detalles de algunos torsos desnudos.
Malena parece no poder mantener su boca cerrada, y es incapaz de
mantener a raya su entusiasmo. ¿Deberíamos ir adentro? Tiene doce años, tal
vez no está bien lo que estamos haciendo. Pero… quién soy yo para poner líneas
divisorias entre ambos lados. Sólo permanecemos allí en silencio, viendo el
talento de un puñado de chicos para los deportes. Por desgracia Jeremías
Rawson está allí, pero ha perdido su típica actitud de idiota conmigo, incluso
con Malena. No se acercaría al porche ni aunque le pagaran. Eso me hace
sonreír, poder desbordando mis venas.
Él y Dani son los únicos que no echan miraditas en nuestra dirección, los
otros tres chicos están encantados con mis piernas largas estiradas sobre los
escalones, mi vestido corto apenas pasando la mitad de mis muslos. Sonrisa
torcida incluida y están babeando. Malena suspira.
—Los tenés a todos en el bolsillo…—comenta de pasada.
Tiene la mirada verde y melancólica en el grupo. Y eso me trae ideas a la
cabeza. Frunzo el entrecejo hacia ella.
— ¿Qué? Ellos sólo están agrandándose y actuando porque hay dos chicas
mirando…
Se ríe, pero enseguida está negando.
—Hay una sola chica mirando, yo sólo soy una niña. Ni siquiera cuento—
resopla, entre divertida y angustiada—. Están tratando de asombrarte…
Los observo fijamente un momento. Si me importara. La verdad es que
estoy acostumbrada a la atención y a la gente tratando de meterme en su
bolsillo, sobrepasando el límite de simpatía. Ellos pueden jugar muy bien su
juego, pero no me provocan loca admiración. Sólo me interesan las reservadas
actitudes de mis tímidos chicos. Los que he acosado esta última semana.
Porque me agrada que se sientan acorralados.
—Te gusta uno de ellos, ¿eh?—pincho de repente, sabiendo la respuesta.
Malena se ruboriza y… ¿hay culpa y vergüenza en esos ojitos verdes
brillantes? Eso no me gusta nada.
—Es normal que tengamos amores platónicos…—no sé por qué intento
tranquilizarla—. Espera… No será Rawson, ¿verdad?—me escandalizo.
Ella deja salir una carcajada larga, casi soltando lágrimas.
—Por Dios, no—dice, tosiendo—. Él no me cae muy bien, prefiero alguien
más humilde…
— ¿Está acá?—quiero saber, ahora no puede dejarme así en tinieblas.
De nuevo observa el grupo, entre soñadora y apesadumbrada. Toma aire
por la nariz, al tiempo que intento pescar en cuál de ellos tiene la atención
puesta. Pero sus ojos vagan, casi sin notarlos. No debe de estar acá.
—No…—susurra, tragando.
— ¿Es amigo de tu hermano?—sigo con mi interrogatorio.
Baja la vista al piso y forma círculos con el índice sobre las baldosas. Se
entretiene bastante tiempo allí, su rubor creciendo.
—Algo así…—responde.
Una amarga sensación se acopla en mi vientre y es por eso que opto por
no presionarla más. No sé si es a causa de un mal presentimiento o sólo miedo
de que se ponga a llorar por esto. No soporto las lágrimas. Se ve muy infeliz. Y
es algo estúpido. Apuesto que cuando menos lo espere se olvidará de éste
flechazo, justo en el momento en que aparezca otro. Apenas tiene doce.
Niego y sigo observando a las cinco obras de arte allá en el césped, ahora
están descansando sobre la gramilla, ensuciándose con el sudor. Engancho
justo la mirada de Dani dirigida a nosotras, frunce el ceño y la aleja cuando se
encuentra con que lo descubrí. Mi piel pica con ganas de ir a él y molestarlo,
sólo me mantengo en mi lugar.
Hoy es un día de chicas, así que levanto a Malena del suelo y me la llevo a
su habitación para que se cambie. Pasaremos por mi casa para que yo haga lo
mismo, y partiremos abajo. A la playa, nos broncearemos y probaremos el agua
salada. Entonces la tristeza en los ojos de mi amiga desaparecerá por completo.
***
Pasamos el resto de la tarde en la playa, disfrutando con despreocupación.
Me tranquiliza que Malena se olvide de la extraña charla sobre amores
platónicos que tuvimos en su porche, y se una a cada sugerencia que yo le doy
con entusiasmo. La verdad es que nada le hace justicia a la niña cuando está
contenta y a gusto con el momento. Tengo que reconocer que adoro ver sus
ojos verdes brillando como esmeraldas, tan abiertos y sonrientes. Su expresión
de felicidad es para no olvidar. Extrañaba esto. Y puede que ya no nos metamos
en su habitación a jugar con barbies o inventar historias, pero seguimos siendo
igual de unidas y compinches. Dejando de lado los secretos que nos separan en
lo profundo.
A veces, realmente me siento algo culpable por no abrirme del todo con
ella, por mostrarme mayormente fría. Pero esta es mi nueva forma de ser y ni
siquiera mi mejor amiga en todo el mundo podría devolverme a mi estado
anterior. ¿Por qué? Porque lo que me robaron fue la inocencia, y eso es algo
que jamás, jamás, se recupera. Malena no es capaz de quitarme estas olas de
cinismo que me apresan de golpe a veces, o el odio que muy de vez en cuando
me ahoga hasta convertirme en un monstruo gobernado por malignos y
repugnantes pensamientos.
Nadie tiene el poder de frenar lo que lleva tanto tiempo cociéndose en mi
interior. Ni siquiera ella que sabe sacar cosas buenas de mí. Ni siquiera yo, aun
proponiéndome luchar. Por eso he cedido después de dos años, ante la
decisión de tomar un poco del dolor que se me ha causado. Han asesinado una
buena parte de mí, me han convertido en esto. Y no les quedará otra opción
que enfrentar las consecuencias.
Casi está cayendo el sol cuando Male y yo nos separamos. Ella sigue
camino hasta su casa y yo me pierdo en el interior de la mía. La secuencia es
parecida a la que abandoné la noche anterior. Mamá en su lugar habitual en el
sofá con su infaltable copa de vino, frente al televisor. Y papá perdido en su
despacho.
Avanzo para encontrarme cara a cara con la pantalla de la tv, y me doy
cuenta de que ella está viendo una cinta de uno de mis desfiles. Sí, uno del año
anterior. Allí aparezco yo, con cintas de colores en el cabello rubio largo y un
vestido de lo más angelical, paseando por la pasarela con mi mejor sonrisa de
niñita buena. El público me ama, sonríe enternecido al verme. Enamorado.
Embelesado. Eso es lo que he querido ser, un lobo en la piel de un cordero. Y
sonrío ante el pensamiento, cayendo en la cuenta de que lo estoy logrando.
Manipulando a la gente como realmente deseo, haciéndola comer el polvo de
mi mano. Un polvo que es veneno. E incluso cuando estén agonizando,
sabiendo que están a segundos de desfallecer y desaparecer, no serán realmente
conscientes de que yo fui la causa de esa muerte. Sólo recordarán por última
vez la amable y preciosa sonrisa de ángel en mi cara mientras les alimentaba con
suavidad y cariño. Eso hace una buena actriz, mantiene sus cabezas en rosa
cuando la realidad que les rodea es negra. Nunca podrían sospechar de mí,
porque el dulce ángel sería incapaz de hacer daño alguno.
Sólo mírenla, ¿acaso creen que en esos bonitos ojos aguamarina puede
caber algo de terrible crueldad? Es hermosa, es un espíritu celeste. Y no hay
manera de que sospechen de ella. No existe forma de que el ángel sea en verdad
el verdadero... demonio.
Uf, como disfruto jugando esos juegos en mi mente.
—Llamaron desde la agencia—dice mamá, apagada—. Te querían para un
desfile en la capital. Una nueva marca de vaqueros...
— ¿Y?—insisto para que continúe.
—Tu padre se negó. Dice que no es aconsejable perder clases en la escuela
desde tan temprano...
Me encojo, papá tiene razón. Además, tuve todo el maldito verano para
modelar. Ahora quiero estar en casa y hacer cosas corrientes. Pasear por mi
ciudad. Recuperar mi amistad. Interactuar con los vecinos. Planear más
arañazos. Darle su merecido a un cura abusador. Oh, sí, todo eso suena mucho
mejor que recorrer la pasarela.
—Está bien, tiene razón. Quiero enfocarme en la escuela y mis amigos por
ahora, tal vez en un par de meses consigamos otro cupo...
No le gusta mi respuesta, ella está acostumbrada a tenerme de su lado.
—En dos meses pueden despedirnos, si no ponemos nuestro mejor
esfuerzo...
Nunca me pierdo la manera en la que habla. Siempre en plural,
incluyéndose a sí misma. No señora, en todo caso ME despedirán. Aunque las
dos sabemos que no será así, soy de lo mejor que tiene la agencia. Un futuro
casi amarrado y tan prometedor para mí como para ellos. Y no van a soltarme
cuando ya estoy a punto de dar el salto, dejando atrás la niñez. Y, si por esas
cosas de la vida se les ocurre dejarme libre, estoy segura de que encontraré otras
empresas con sólo girar la cabeza.
—No van a despedirme, mamá. Las dos sabemos eso. Y me merezco un
descanso. ¿Por qué no te pones en marcha con los preparativos de la fiesta? Tres
meses parecen lejanos, pero sabemos que te gusta disponer de buen tiempo
para que sea perfecta...
Sus ojos se abren, enormes. Estoy hablando de la gran fiesta que viene
soñando para mis quince años. Creo que con todo el barullo y las idas y vueltas
del verano, se le había olvidado. El año pasado estaba rotundamente negada a
que me hicieran tan enorme y lujosa celebración de cumpleaños. Pero creo que
ahora debería acceder para que mamá se mantenga fuera del radar por un
tiempo. Sólo seré molestada para las pruebas del vestido, seguramente. Dejaré
todo el resto en sus manos.
—Pero, ¿no dijiste que preferías un coche?—jadea, tratando de no
entusiasmarse de golpe.
Intento no poner mis ojos en blanco.
—Si la fiesta va a hacerlos felices a ustedes, entonces adelante. Pero la
quiero sencilla e íntima. Y no muy cara, porque también pienso tener el
coche...—sonrío de lado, arrogante.
Mamá entrecierra los ojos con suspicacia, enviándome una sonrisa de
diablita. Por supuesto, sé que tendré los dos regalos. Ellos jamás me han
negado algo en la vida.
—Por supuesto, lo haré sencillo, lo prometo—asegura, estirándose para
tener mi mano.
La dejo obtener un pequeño y corto roce de dedos antes de darme la
vuelta y dejarla con el aviso de que me dirijo a conseguir un baño para quitar la
sal y la arena de mi cuerpo. No me responde porque ya ha conseguido su
famoso block de notas para anotar todo lo que necesitara en la organización de
la fiesta de quince años de su princesa.
***
El lunes, al salir de la escuela, Malena y yo tomamos el remís como se ha
hecho costumbre desde que nos reconciliamos. Dejamos que Dani viaje aparte
en el otro coche, sin siquiera pensarlo. Malena no pregunta nunca por qué su
hermano actúa tan raro cuando estoy cerca, no sé si ocurre a causa de que no lo
nota o no le interesa. Viniendo de ella puede que se mantenga callada para no
alertarme, porque que teme perderme de nuevo si presiona. Algo que no
pasaría, pero en el fondo me alivia que no sea tan preguntona. Es agradable
cuando la gente entiende.
—Esta tarde tengo mi primera clase de baile...—comento como si nada,
observando el costado del camino.
—Déjame adivinar...—sonríe ella, tratando de leerme—. ¿Salsa?
Alzo una ceja en su dirección, mirándola de reojo. Sé que es una broma,
apuesto a que se está imaginando mi alta silueta flaca agitando las caderas.
Creo que jamás podría. No nací para ser blanda y cálida. Y la salsa lo requiere.
—Está bien...—suelta la carcajada—. Ahora va enserio. Ballet.
Sonrío de lado y ella se aclara la garganta con arrogancia por adivinar tan
fácil. La verdad es que... tampoco me gusta el ballet. Sin embargo, la escuela
queda muy cerca de la iglesia local y me pareció una buena forma de pasar el
tiempo por la zona. Mamá me ha estado corriendo con la idea desde que
dejamos el reality. Allí ella había visto un poco de talento en mis modos. Bah,
lo que sea. Esto es sólo una coartada. Una excelente idea. Sobre todo, una vez
que al fin pueda circular en mi nuevo coche, en unos pocos meses. Voy a tener
más movilidad y no seré obligada a disponer de remises o la disposición de mi
padre. Voy a ganar tiempo y libertad.
— ¿Por qué no me acompañas?—pregunto.
Ahora, eso sí es una sorpresa. ¿Por qué la estoy invitando? Se supone que
es una cubierta, no necesito complicarme la vida arrastrando a mi amiga de
doce años por ahí, si quiero meterme con el cura que la acosó. Mal, Eva, muy
mal.
—Me gustaría... pero no tengo el calzado adecuado—frunce el ceño.
—Podemos comprar alguno a la pasada, el horario es a las cinco—insisto.
Creo que prefiero su presencia cerca porque con ella todo es más
divertido e interesante. Supongo... si no, no le encuentro otra explicación al
hecho por el que mi bocota funcionara por sí sola.
—Podríamos, no es mala idea. Y el ballet me da curiosidad—dice,
enroscando una punta de su cabello castaño en su dedo índice—. Voy a
preguntarle a mamá qué le parece...
Asiento en silencio y sigo observando el día a través de la ventanilla. El
otro remís nos adelanta y tengo un primer plano de Dani estirando el cuello
hacia nosotras. Malena sonríe, y yo le lanzo un beso. Un ceño fruncido es el
último destello del chico. Me rio por lo bajo. Mis ojos encuentran los verdes de
Malena, que tiene una pregunta en la punta de la lengua, lo veo venir.
—Al final... ¿te sigue gustando mi hermano?—quiere saber, interesada por
demás—. Actúas raro cerca de él, como si te gustara mucho molestarlo...
Me rio, negando.
—Me encanta molestarlo, Male, es tan serio—resoplo—. Tan aburrido. Me
gusta sacarlo de quicio.
Traga y se muerde el labio inferior con fuerza. Arrugo el entrecejo por su
inquietud.
—Él no es aburrido... al menos no lo era, creo—vacila, pestañeando en su
cabeza—. Y es un buen chico, nunca nos dio problemas...
—Ajá...
—La adolescencia nos cambia a todos, supongo...—dice, muy seria—. No
quisiera cambiar como vos y Dani, sólo me gustaría seguir siendo... yo.
La boca se me llena de saliva y tengo que bajarla de golpe, el descenso se
siente como lava ardiente entrando en mi cuerpo. Me miro las manos de dedos
largos y pálidos por un momento, entonces activo mi respuesta.
—No vas a cambiar...—y estoy siendo muy sincera esta vez—.Creo que
seguirás siendo igual de genial que ahora...—sonrío, genuina.
Malena es testigo, por primera vez desde que nos reconciliamos, de mis
altas barreras bajando, lo que dura un nanosegundo, y se ve radiante por eso. Y
por mis palabras, porque las cree con todo el corazón.
—Eso espero—suspira y el auto se frena en su casa, donde ambas nos
bajamos y despedimos al conductor.
***
A las tres de la tarde dejo mi casa con una mochila colgando en mi
hombro, me adentro en el monte para cortar camino hasta la casa de los
Romano. Antes de seguir camino, me subo a mi rama y observo los
alrededores. La tarde es preciosa, silenciosa, radiante. El verano todavía se niega
a irse sin dejar rastro. Siento mi culo allí, balanceando las piernas enfundadas
con zapatillas de lona roja y entrecierro los ojos hacia el jardín trasero de los
vecinos. Allí se extiende la silueta de un chico, casi hombre, que se encuentra
ocupado limpiando la basura de la piscina.
Lo observo un buen rato mientras rodea el agujero de agua, concentrado
en su trabajo. De vez en cuando se quita la gorra y seca el sudor de su frente.
Los rizos castaños están algo aplastados por el sudor, pero eso no quita que se
vea muy atractivo. Dani Romano tiene lo que todos los chicos de su edad
quieren. Facha, dinero, buena reputación. Si tan sólo supieran... que hay más
sobre él, más de lo que yo he visto a estas alturas. Y voy a descubrir sus oscuros
secretos.
Antes de incluso volver a respirar, salto a la siguiente rama y comienzo mi
descenso. Mis pasos se aceleran, y no golpeo la puerta del frente, sólo rodeo la
edificación sin permiso. Me entrometo. No es ilícito, lo he hecho miles de
veces, restando los dos años que estuve lejos.
Dani escucha mis pasos y se atiesa al levantar la vista hacia mí. Se eleva en
toda su estatura y enerva, la espalda recta como una tabla. Sus bonitos ojos
sesgados y castaños se preparan para fulminarme. No he llegado a su posición
cuando de repente acaba con lo que está haciendo y emprende su camino,
tratando de pasarme justo por al lado.
—No estoy de humor para esto, Eva—gruñe, casi alcanzándome—. Déjame
en paz.
Lo cazo en cuanto nuestros hombros casi chocan y lo tironeo hacia mí.
Sus ojos se abren, como los de un pobre y aterrorizado ciervo bebé. No alcanza
a reaccionar que tengo la boca aplastada contra la suya. Y cuelo mi lengua
cuando la abre apenas para tomar aire. Saqueo el interior como si me lo
estuviese dando, como si me perteneciera. Con humedad de sobra y
movimientos torpes. Dani no está reaccionando, sólo se queda allí, inmóvil,
aguardando a que termine mi mierda. Apesto besando. Apesto.
¿Qué clase de telaraña estoy tratando de tejer? Una con muchos agujeros,
eso seguro.
— ¿Eva?—llama una voz desde la entrada trasera de la casa.
Malena.
Con una bocanada de aire brusca dejo ir a su hermano, en un empujón
despectivo. Él tropieza un paso hacia atrás, tragando y limpiándose las
comisuras. Mira a su hermana menor con vergüenza pálida, y de inmediato baja
los ojos al suelo. Co-bar-de. Sé un hombre, Daniel. Malena nos mira con ojos
entrecerrados, su respiración fuera de control. Va a decir algo, se refrena, en su
lugar se muerde el labio inferior. Mira desde el uno al otro con un brillo
extraño en las pupilas. Será que está considerando que le mentí al decir que
Dani no me gustaba más. Y no lo hice, esto es sólo un jueguito de nada.
Avanzo hacia mi inocente amiga y ella comienza a entrar de nuevo en la
cocina, dejamos a Dani allí de pie, como una estatua sin valor. No volteo, su
mirada de cachorrito herido me saca de las casillas. Estoy un poco harta de no
prosperar un sólo centímetro con él. No me basta con que pida una y otra vez
que lo deje en paz. No es suficiente para mí.
Se aclara la garganta.
—Mamá dijo que tenemos un par de zapatillas de ballet que eran suyas-
suelta, sin más—. Cree que me conviene usar esas viejas para empezar y saber si
me gusta. Si decido seguir yendo a clases, me comprará unas nuevas...
Buena idea, Lisa. Espera... ¿No va a preguntar qué fue lo de ahí afuera?
—¿No querés saber...
Hace una mueca.
—No, no es mi asunto. No me importa—se estremece.
Me rio por lo bajo y asiento.
—Bueno, ¿las tenés?—sigo, refiriéndome a las zapatillas.
Su expresión cae un poco más.
—No. Están en el sótano—arruga la nariz.
Pongo los ojos en blanco.
—Ya. Arañas. Entiendo. Yo voy a bajar a buscarlas, te quedas en la entrada.
Sonríe.
—Gracias, mi heroína—suspira de nuevo entrando en el terreno de la
broma.
Bajamos las escaleras que hay en la despensa, y nos adentramos en la
infinita oscuridad del sótano. Malena enciende la lámpara al llegar. No me
sorprende encontrarme con una habitación que es todo lo contrario a un
depósito de desechos hogareños. Lisa es una obsesiva del orden.
—Es imposible que en este lugar convivan arañas—suelto, resoplando—.
Apuesto a que tu mamá pasa su lustra—muebles hasta en el sótano,
diariamente—rio alto.
Malena no. Ella sólo se mantiene en la entrada, sus brazos cruzados y su
mirada evasiva.
—Están en el segundo cajón de aquel mueble blanco descascarado—
comenta, helada.
Bien. Me dirijo allí y las consigo. Una única caja blanca ocupa ese cajón.
La pongo bajo el brazo y me quedo mirando los alrededores. Esto realmente
podría ser un dormitorio extra, o una sala de juegos. Hay un sofá de tres
cuerpos que se ve bastante bueno para ser dejado a un lado. Un televisor sobre
una cómoda un poco chueca. Algunas cajas con juguetes que ya nadie usa.
Mantas dobladas en un rincón.
— ¿Ya podemos subir?—me aprieta la chica, ansiosa.
Levanto una ceja suspicaz.
—Bueno, no te pongas nerviosa, niña. No he visto una puta araña, eh—me
burlo.
Se gira y camina, yo la sigo de vuelta.
—Ese agujero es un poco oscuro, me da miedo...
La empujo juguetonamente y apago el interruptor mientras salimos. Luego
cerramos la pesada tapa que cubre las escaleras y estamos de vuelta en la
superficie. Volviendo del infierno.
Regresamos a la cocina y nos encontramos a Lisa allí de pie, contra la
encimera, remojando un saco de té en una taza humeante. La hermosa mujer
nos recibe con una sonrisa y enseguida se me acerca para saludar. No hay
abrazo hoy, sólo amistoso beso en la mejilla.
—¿Quieren que les prepare una taza de té? El agua que sobró sigue
caliente...
—No, gracias—respondo, amable.
Male se niega también, y las tres acabamos desviando la atención hacia las
señales de barullo que nos llegan desde afuera. Los amigos de Dani están de
vuelta. Esta vez para disfrutar de una tarde de piscina. Chocan puños con Dani
despreocupadamente y se dejan caer en las reposeras.
Es una lástima que tengamos que irnos en un rato, no me importaría
quedarme a disfrutar de la vista.
Male tironea de mi mano, me lleva a la sala donde se va a probar las
zapatillas. Unas que de viejas no tienen nada, apuesto a que Lisa no las usó más
de un par de veces. Por suerte, le van perfectas a mi amiga, y supongo que se
salva de comprar unas nuevas. Bueno, ni que no tuvieran dinero para ello.
Pasamos el rato allí en el sofá, hablando de cosas sin importancia, hasta
que el poderoso ronroneo de un coche nos interrumpe. Ruge tan alto que nos
tiene a las dos mirándonos e irguiéndonos en nuestros lugares.
Los amigos de Dani son los primeros en rodear la casa. Llamados por el
sonido de una buena pieza. Luego Lisa les persigue de cerca, saliendo por la
puerta del frente. Malena salta sobre sus pies y corre dejándome atrás.
Estoy saliendo al exterior cuando veo a mamá osa inclinarse encima del
conductor del vehículo descapotable, está diciendo algo. Sonriendo ancho con
encanto. Entonces, de repente, se aplaca y se aleja como si le hubiesen dado
una bofetada cruda en la cara. El rostro de la mujer se desencaja, voltea
rápidamente y enfila hasta la casa, retrocediendo. Hacia mí. Ella cierra los ojos
y comienza a sollozar con fuerza. El lamento en su llanto me pone los pelos de
punta.
— ¿Quién murió?—dice el último, y para nada oportuno, amigo de Dani
tomando la curva hacia nosotras, extrañado.
—Nadie...—responde secamente Malena.
Lisa me esquiva y se pierde en el interior de la sala. Todavía estoy
frunciendo el ceño a causa de ella en el instante en que mi atención recae en el
recién llegado.
La puerta del impresionante coche deportivo negro se abre. Lo primero
que veo es una bota de motociclista aplastar la gramilla cuidadosamente
cortada. Un vaquero desgastado le sigue a la secuencia. A continuación, el tipo
se levanta de su asiento.
Y el aire se atasca en mi garganta.
Mi cuerpo se paraliza.
Mi corazón bombea en el interior de mis tímpanos.
La piel de mis brazos se eriza.
Una descarga eléctrica recorre mi columna.
La boca se me seca.
Y no puedo enumerar el resto de las infinitas reacciones que me apresan,
porque soy encandilada por la mismísima personificación del sol. El sol en su
estado puro.
Caliente. Potente. Deslumbrante.
De pronto me encuentro muy, muy sedienta.
Y ya no recuerdo mi nombre, ni por qué estoy de pie aquí mismo.
El mundo sólo se esfuma bajo mis pies.
El poder del sol me derriba.
CAPÍTULO 7
EVA
Necesito un momento para mí misma, por lo que me excuso para ir al
baño mientras los hermanos menores se ponen al día con el mayor recién
llegado. Prácticamente estoy corriendo por los pasillos de la siguiente planta
hasta encontrar la habitación de Male, donde me cuelo. Una bocanada de aire
es forzada a mis pulmones y cierro los ojos para acompasar el ardor. Trago la
enorme bola que absorbe mi saliva dejándome la boca seca y la lengua rasposa.
Me había olvidado de él.
De Juan Cruz. El mayor de los hermanos Romano.
No sé por qué. Quizás tiene que ver con que estuvo fuera del radar por
muchísimo tiempo, su ausencia clavó en mí la estaca del olvido. Dejé de
contarlo. Para mí, los Romano eran sólo cuatro. O tal vez sucedió porque es
mucho mayor, y nunca estaba cerca de nosotros cuando correteábamos por ahí.
Seguro lo molestábamos con tan sólo nuestra presencia. Nunca fue demasiado
amistoso. Las últimas veces que lo crucé, cuando tenía doce, sus ojos dorados se
clavaban en mí, saturados de enredaderas rojas entretejiéndose en sus hermosos
irises. Él sin duda, no era un buen chico. Tampoco uno sano. Apuesto a que se
emborrachaba bastante o se metía mierda, es la única forma de explicar su
estado zombie que combinaba con su horrendo humor.
Juego mis cartas a que las drogas tienen que ver con su ausencia durante
estos dos últimos años.
Me muevo hacia el baño, tambaleante. Me remojo las mejillas sonrojadas y
limpio el sudor en mi frente. Consigo la goma elástica en mi muñeca y alzo mi
cabello en una alta cola. Entonces me siento en la tapa del inodoro a... pensar...
Cruz Romano, sin duda, es hermoso.
No, no hermoso. Esa palabra no se le ajusta para nada. Es un hijo de puta
fabulosamente perfecto a la vista, y tan caliente que se las arregló para
hundirme desde lejos. Era atractivo antes, pero ¿ahora? ¿Con esa grandeza y esa
camiseta negra ajustada? ¿Esa cincelada mandíbula firme y cuadrada, y el rostro
duro como el granito? Definitivamente no era hermoso, era una patada abismal
a los ovarios de una chica. ¿El cabello rubio dorado despeinado y los ojos en
combinación? Lo hacían brillar como el sol, pero con un toque de hiriente
ruina. Todo él gritaba una enorme advertencia: nadie que estuviera cerca de
Cruz Romano se salvaba de terminar quemado. Aplastado. Devastado.
El hombre es demoledor.
Y sé todo esto con sólo volver a verlo después de dos años.
Salgo de mi caparazón una vez que estoy de nuevo en mis cabales, las ideas
volviendo a rodar con racionalidad. Puede que me haya golpeado, que me
sorprendiera su vuelta. Que me tomara totalmente con la guardia baja. Pero ya
tengo mi máscara en su lugar y voy a fingir que su regreso no me afecta. Ni a mí
ni a mis planes. Seguro se marcha pronto. Tal vez a la universidad o a vagar con
su evidente y oscura libertad.
Mis pies se estancan por sí solos en medio del pasillo, negándose a bajar
las escaleras. Toman nota de la puerta entre abierta de la habitación enfrentada
a la de Dani. Trago. Mis pasos se apresuran sin dudar hacia allí, y mi cabeza se
aproxima a la ranura que permite una buena vista.
Cruz Romano se pasea en su habitación impersonal. Se amasa el cabello y
aprieta la mandíbula, con eso puedo leer tranquilamente que no está del todo
feliz de volver a casita con su familia. Empuja sus botas fuera, pateándolas a un
lado con desprecio en los ojos. Sonrío porque descubro que me gusta mucho
esa mueca agria en él. Después tironea de la camisa hacia arriba y se la quita.
Los dedos de mis pies se hunden en el interior de las zapatillas, como estacados
al suelo. Mis labios se separan, respirando ruidosamente. Su torso es grueso,
tenso, enorme. Y tengo el primer plano de una espalda de granito que luce
brillante y resbalosa por el sudor. Y cuando se da la vuelta, siento como si me
fuera a caer de rodillas.
Se arranca lo que parece una especie de papel film que está pegado a si
pecho y abdomen para que sus frescos tatuajes respiren. Tatuajes. Nunca pensé
que podían verse tan bien en alguien. Siempre me habían parecido una forma
detestable de ensuciar la piel. El caso es que ahora he cambiado de opinión, me
gustaría estar cerca de esa suciedad. Porque es más que sólo atractiva. Es...
adictiva.
Tarareo por dentro la canción que se activa en mi mente:
“Evil knocking at my door.
Evil making me it’s whore.
I don’t mind if you take what’s your
but give me mine”1
La invitación. Su cuerpo es una invitación a pecar. Y las alarmas chillan
alto y claro en mi cerebro embrujado.
“Hey there Little Girl
Come inside don’t be afraid
I’ll keep you safe”2
No puedo quitar mis ojos.
Ni siquiera cuando él levanta la vista y me descubre. Ni siquiera cuando su
mirada dorada me reconoce. Mucho menos cuando comienza a avanzar hacia
mí como un toro furioso. Definitivamente NO cuando abre del todo la puerta
y me encuentro enfrentándolo cara a cara, a sólo centímetros. Es alto. El
primer chico que me gana por amplia diferencia. Y el hecho de sentirme
obligada a levantar el rostro para mirarlo me tiene desconcertada... y excitada.
1
“El mal llamando a la puerta, el mal convirtiéndome en su zorra, no me importa si tomas lo que es tuyo
pero me das lo mío”(Sweet Things – The Pretty Reckless)
2
“Oye pequeña niña, ven adentro, no tengas miedo. Te mantendré a salvo” (Sweet Things – The Pretty Reckless)
Pestañeo. La máscara se encaja en su lugar por sí sola. Automática. Ángel de
grandes ojos aguamarina. Inocencia pura pero falsa. No me muevo de mi lugar,
incluso aunque parezca decidido a intimidarme.
— ¿Te gusta lo que ves?—me interroga, tosco.
Quiero lloriquear ante su voz. Como aquella vez en la que probé
chocolate con almendras después de meses interminables de dieta sin sentido
para quemar mi estúpida grasa de bebé. El tono podría derretirse en mi lengua.
Podría derretirse entre mis piernas.
—Es una mala idea espiar detrás de las puertas, niña—escupe, sus ojos
disparando veneno—. No hay muñecas en este lado del pasillo.
Inmediatamente después, me cierra la puerta en la cara. Y la furia se me
escapa hasta por las orejas. Cierro los puños, bien apretados a mis lados. Ese
bastardo...
Ese bastardo drogadicto acaba de llamarme NIÑA. Entorno los ojos,
aprieto los dientes.
Ese bastardo no sabe con quién se metió.
CRUZ
Ese hijo de puta me cortó el chorro. Algo que debería haber anticipado, ya
que es muy propio de él intentar manejarme a su antojo. Y el primer paso para
lograrlo es dejarme sin entradas de dinero. Dinero que no es suyo, sino mío. La
parte que el abuelo me dejó. Ni siquiera de su lado, ya que viene de mi abuelo
materno. Por lo que este idiota no tiene ni voz ni voto en cuanto al asunto. El
problema es que tengo antecedentes con drogas y alcohol, agregando algunas
aleatorias noches en la cárcel por disturbios. Estoy hasta las cejas en el barro. Y,
para colmo, recién acabo de abandonar la rehabilitación, por lo que seguro se
hizo con un poder en sus manos que lo convierte en el amo y señor de mi
universo económico. Tuve suerte de poder pagar mi último capricho con los
últimos ahorros que me quedaban en una cuenta secreta aparte. Si hubiese
sabido que estaba seco, no me habría excedido tanto, pero vi ese cartel de neón
y fue como una señal divina. Había tenido mucho tiempo para pensarlo en la
clínica, y decidí que quería marcar mi piel. Y todavía no he tenido suficiente. Si
tan solo ese bastardo no se hubiese metido con mi dinero...
Tuve que venir, no me quedó otra opción. Voy a luchar para que me
devuelva lo mío y seguir mi camino, fuera del suyo. Nada de volver a cruzarnos.
Nada de encontrarnos de nuevo. No quiero tener nada que ver con mi padre.
Esta es su verdadera familia y no toco ningún pito acá.
No importa cuánto se esfuerce Lisa en hacerme sentir bienvenido y
querido. No soy deseado cerca de sus bonitos hijos perfectos. Soy mala
influencia. Terrible. Y más ahora que tengo la apariencia de un criminal. No
tengo nada en contra de ellos, sólo me provocan indiferencia. No siento
absolutamente nada por esta casa ni sus habitantes. Sólo quiero rajarme.
Me cambio los vaqueros por unos shorts de deporte negros y salgo de mi
habitación designada, justo en frente de la de Daniel. El chico dorado. Bajo las
escaleras descalzo y sólo para molestar, me dejo caer con desgana en el sofá
frente al televisor. Lisa está de nuevo en la cocina ya recuperada de la
impresión, ver mis tatuajes la traumó un poco. Y sólo puedo esperar la reacción
de José Romano con entusiasmo. Porque sé que se va a molestar. Bah, estoy en
los diecinueve, soy lo suficientemente mayor para saber lo que hago. Y es por
eso que debe darme el permiso sobre mi herencia cuanto antes.
Me hago con el mando pero no estoy viendo la pantalla cuando se
enciende. Sino a un buen par de piernas largas y bronceadas que desfilan hacia
la puerta, seguida de una bastante crecida Malena. Llevan mochilas colgando
en sus hombros y antes de salir, la rubia de ojos como agua de caribe me envía
una mirada brillante. Llena de resentimiento y feas promesas. Al cerrarse la
puerta se me instala una torcida sonrisa en los labios.
Esa mirada asesina no tiene comparación con la de ojitos dulces que me
dedicó allá arriba, como si espiarme mientras me estaba desnudando no fuera
nada indecoroso. Inocencia. Las pelotas. Esa chica no tiene ni un ápice de
inocencia bajo la piel.
La recuerdo de niña, y las miradas largas que le daba a Dani cuando él no
se enteraba. Estaba bien enamoradita de él y al chico como que le gustaba un
poco. Claro, no veo un motivo para no sentirse atraído por esa diosa. Sólo que
ahora... está más crecidita y madurita. No me perdí el balanceo de ese redondo
y firme culo cuando se fue.
¿Cuántos tendrá ahora? ¿Dieciséis? ¿Va al instituto con Dani?
Apago la tele sin darle una segunda mirada y me muevo a la cocina. Lisa
sigue allí, tan estresada que el moño en su cabeza se ha aflojado. Le echa una
miradita de reojo a la tinta en mis brazos pero no dice nada. Intentó sacarme
una explicación cuando ni siquiera había bajado del coche y la corté en seco. Se
fue llorando. De verdad no entiendo a esta mujer y el por qué está con mi
padre. El hombre no es para cualquiera, y Lisa jamás ha podido, ni podrá,
domarlo siendo tan debilucha. Tan... falta de personalidad. Pobre mujer.
La ignoro, pasando directamente al patio donde un grupo de adolescentes
están lanzándose a la pileta, tan gritones como niños pequeños.
—Hey—canta uno de ellos, ni siquiera sé su nombre—. Tenés que decirme
qué tal anda esa máquina...
Sonrío, abierto a una conversación. Siempre y cuando sea mi bebé el tema
principal.
— ¿Andar?—subo y bajo las cejas—. Esa hermosura no anda, vuela. Y
ronronea como una gata en celo...
Unos cuantos de ellos se ríen, yo me despatarro en una reposera
desocupada, entrecierro los ojos ante el sol, maldiciéndome por olvidar mis
gafas en el dormitorio.
— ¿Es demasiado pronto pedirte que me dejes conducirlo?—sigue el pibe,
cauteloso.
—No, no es pronto. Te dejaré dar una vuelta…—abre los ojos con sorpresa
y ansiedad—en tus sueños más húmedos, pendejo—remato, asesinando sus
esperanzas.
El resto suelta la carajada y el aludido sólo asiente, cabizbajo. Pero
enseguida se olvida del tema y se deja caer a mi lado, superándolo. Dani sigue
nadando acá y allá con los otros, nos dejan de prestar atención.
—Así que... la rubia...—comienzo.
— ¿La rubia?—duda el chico moreno a mi lado—. Ah, ella.
—Sí, ella...
—Eva, ¿qué pasa con ella?—se arrima, deteniendo el aliento.
— ¿Va al instituto con ustedes?—pregunto, interesado.
Suelta una seca y ronca carcajada negando, se echa hacia atrás, suspirando.
—No, hombre...—dice—. Ella tiene catorce, es un año más chica que
nosotros.
Entrecierro los ojos, torciendo el gesto con desagrado. No puedo creer
que me fijé tan descaradamente en una niña de catorce años. Mi radar debe de
estar un poco atrofiado, supongo.
—Pero sí que parece mayor—sigue él, relajado—. Se ve...
—Madura—acabo en su lugar.
Asiente.
—Sí, madura... en todos los lugares correctos—ríe al final, refiriéndose a ese
cuerpo.
Lo sé. Mierda. ¿Cómo se puede tener un cuerpo así a los catorce? Si apenas
está comenzando la adolescencia. ¿O va por la mitad? Lo que sea.
—Es modelo, tal vez eso lo explica—comenta, rascándose la cabeza e
inmediatamente su postura cambia, se acerca a mí como si fuera a contarme un
secreto sucio—. Los más mayores creen que ya perdió la... ya sabes...
Pestañeo.
—No, no sé...
Alza las cejas, intentando explicarme sin decirlo en voz alta. Por dentro
me río. Vamos, no va a echarse atrás por una simple palabrita de nada. Que sea
macho y la suelte.
—Virginidad...
—Virginidad—repito, y me rio ante sus mejillas rojas—. ¿Y vos qué opinas?—
le aprieto.
Se encoge, dudando.
—No sé... se ve bastante inocente...
—Y esas suelen ser las peores—advierto.
Sonrío ante el recuerdo de su mirada afilada antes de irse. La pequeñita
niña de catorce años no tiene nada de inocente. Su edad es mentirosa. Podría
probar la teoría, confirmar si explotaron o no su cereza. Pero no voy a ir a la
cárcel por cogerme a una menor de edad. No vale el riesgo. Por más deliciosa y
pecaminosa que se vea.
—Hey, ¿cómo es tu nombre?—lo miro, queriendo saber con quién estoy
teniendo el gusto.
—Francisco—estira la mano y la sacudo.
—Juan—devuelvo.
—Lo sé, hermano mayor—comenta.
Nos quedamos en silencio un rato, y yo me fijo en mi hermano mientras
interactúa con sus amigos. Se ve bien, despreocupado y blando, abierto, como
un adolescente normal. Me pregunto si él sigue interesado en la rubia de
piernas largas. Y si ella le sigue enviando miraditas de soslayo. Arrugo la nariz.
No, la respuesta a eso último es bastante dudosa, porque no vi nada de la
antigua niña tímida en la actual versión de Eva. No es más una niña, a pesar de
que su edad cante otra historia. Alguien inocente no me lanza el tipo de mirada
como aquella última en mi dirección. Tampoco espía a un tipo mayor desde
detrás de la rendija de una puerta. Morbosa.
Pero... es una adolescente. Y es muy probable que se esté despertando
sexualmente.
Intento no darle muchas vueltas al tema porque mis pantalones de
deporte están comenzando a tensarse. Y no pienso responder ante ninguna
necesidad que tenga que ver con la imagen de una menor de edad.
Voy a tener que mantenerme a un costado. Lejos. Muy lejos de ella.
Porque soy muy propenso a los problemas, y ahora estoy decidido a
esquivarlos y reformarme un poco. Un poco.
Ya basta de locuras.
EVA
Estuve desconectada en la clase de baile. Una porquería, si voy a ser
sincera. Si hubiese estado buena, me habría entretenido y sacado de la cabeza a
Cruz Romano. Sin embargo, él siguió hostigando en mi organismo. Y digo
"organismo" porque no sólo estuvo presente en la parte superior, sino también
en la inferior. Estaba en todos lados, en cada rincón de mí. Que esa bonita y
diminuta maestra no se entere nunca de las cosas que su pequeña alumna tuvo
en mente durante su aburrida clase. Malena también se vio algo decepcionada,
porque no usamos las zapatillas, sino que nos limitamos a hacer movimientos y
estiramientos estúpidos durante la mayor parte de las dos horas.
Cuelgo mi mochila en el hombro y camino a la puerta donde Malena ya
me está esperando. Sus ojitos de cachorro herido me acompañan a la salida. Le
palmeo el hombro mientras caminamos a la par.
—Se va a poner mejor, seguro—la animo.
Doblamos la esquina opuesta a la iglesia. Ya sé que hoy no podré hacer
nada de lo que había planeado. Pero no importa, porque antes tengo que ir por
el primer punto de mi lista.
—Lo sé, sólo esperaba usar esas bonitas zapatillas con cintas—suspira,
soñadora.
Me rio, la carcajada saliendo reseca, como si hicieran años desde que no
humedezco mi garganta con agua. Ella sigue mi ejemplo y pronto se olvida de
sus fracasadas ilusiones. Le pido que me acompañe a pie hasta el centro de la
ciudad porque quiero comprar unas cosas, y le parece bien. Así que, diez
minutos después, estamos entrando en un local de tecnología.
—Quiero una cámara de vigilancia— es lo primero que digo al llegar al
mostrador.
No tengo mucha idea sobre esto, por lo tanto estoy atenta a todas las
recomendaciones del vendedor. Pasamos el resto de la media hora tratando de
elegir una, al final me decido por la inalámbrica básica para interiores. Porque
puedo recibir imágenes e información a mi correo electrónico. Es bastante
parecido a lo que buscaba. Cumplirá su función. Pago con efectivo, y al salir
del negocio me pregunto si con una sola alcanzará para este propósito. Me
encojo por dentro. Siempre puedo volver y comprar otra.
— ¿Para qué querés esa cosa?—quiere saber Malena, arrugando el entrecejo
con extrañeza.
Bueno, sin duda sabe perfectamente que mi casa tiene una buena
protección, así que no es opción mentirle sobre eso. Pero luego lo pienso bien,
y respondo como si nada.
—Nuestro garaje no tiene una cámara, papá tenía ganas de colocar una por
si acaso—me encojo.
Las cosas están un poco fuera de control en la ciudad, como en todos
lados, la inseguridad se hace notar. Así que mi amiga se lo cree, y no le da más
vueltas al asunto. Pan comido.
Ahora sólo tengo que investigar un poco el aparato y ponerlo en conexión
con mi bandeja de entrada. Oficialmente, ya he dado el primer paso, lo que
indica que voy demasiado en serio con esto. Me lo he tomado como una
misión. Y es increíble ser tan consciente de mí misma. De lo que estoy
dispuesta a hacer. Es extraño y fortalecedor a la vez. No está en mí quedarme
en mi molde, indiferente. Quizás las otras personas puedan, pero yo jamás. Por
más que me esfuerce en hacerme entender que éste no es asunto para una chica
de catorce años, siento que tengo que actuar al respecto. Y lo haré. Y triunfaré.
Yo, y todas las niñas que han estado- y están- en peligro. Sé bien lo que se siente
que te arranquen la inocencia de un tirón y sin anestesia, y me asquea mucho
imaginar que otras niñas pueden o han pasado por la misma experiencia. No
todo el mundo se lo tomaría como yo.
¿Y cómo me lo he tomado yo? No voy a decir que bien. Esa no es una
palabra que me guste. Pero he sido fuerte, y esa es mi suerte. De una cosa estoy
segura: me rasgaron. Pero no me rompieron. Estoy en una sola pieza. Y tal vez
fue ese el error que ellos cometieron. Dejarme sólo la cicatriz de un poderoso
recuerdo. Una única grieta.
Llamamos a un remís y lo esperamos en una esquina, luego de mirar
algunas vidrieras. Son casi las ocho de la noche en el momento que arribamos
nuestra zona y Malena se pone un poco rígida al bajar del coche y pagarle al
conductor. Observa su casa con una mueca desganada e inconsciente.
—¿Te gustaría venir a cenar?— expulsa de repente.
Me sorprende, no esperaba que me invitara un día de semana, y menos
sin permiso de sus padres. No obstante, eso me tiene sin cuidado, obviamente
voy a aceptar. Por muchas razones, aunque la principal instigadora es: CRUZ
ROMANO.
—Bueno...—digo.
Traga.
—Juan Cruz está de vuelta y las cosas nunca son fáciles cuando viene—
explica sin que yo se lo pida—. Especialmente la hora de la cena. En general,
termina con una lucha. Tal vez si tenemos invitada logren mantenerse
tranquilos...
Sonrío y asiento. Le prometo que puede contar conmigo, en lo que sea. Y
que me espere sobre las nueve. Puedo venir esta noche y hacer de mediadora.
O trituradora. Depende de cómo me sienta con el momento.
CAPÍTULO 8
EVA
Mis nudillos castigan en la madera de la puerta del frente y mis pies
esperan con paciencia durante el tiempo que ellos tardan en recibirme. Estoy
vestida en un conservador vestido negro con mangas, bastante inofensivo, y
sandalias simples con brillantes plateados. Mi pelo convertido en una larga
trenza cocida que acaba un poco más debajo de mi media espalda. Sin
maquillaje. No mucho rato después la puerta se abre y la luz del interior me
recibe, me encuentro con un par de ojos dorados que me repasan de pies a
cabeza. No estoy en plan perra, así que sólo digo ―hola‖ y sonrío con simpatía
casi exagerada. Paso sin siquiera esperar que Cruz me ceda el permiso.
Se ve recién duchado, su pelo húmedo está despeinado, como si lo
hubiese desenredado con los dedos, sin poner demasiado esfuerzo. Lleva
vaqueros rasgados y desgastados acompañando una camiseta azul oscuro con
cuello en v y mangas cortas. Sus botas negras en su lugar. No puedo explicar lo
que me hace su imagen, y la sensación de su cuerpo grande bastante cerca del
mío.
Sus ojos se fijan agudos en los míos y, cuando no me desprendo fuera de
su ruta, habla.
—Malena se está terminando de cambiar, ahora baja—anuncia, luego me da
la espalda.
Entra en la sala de estar y se tira pesadamente sobre los almohadones
grandes del sofá. Ocupa todo, estirándose a lo largo y tomando el mando del
televisor. Está subiendo el volumen a un partido de fútbol mientras me
acomodo en el sofá simple, frente a él. Me ignora. Y estoy demasiado
centralizada en mantener mi buen humor, así que sólo enfoco la vista en la
pantalla y no digo nada. Silencio.
Desde la cocina, se oye el sonido de ollas que Lisa provoca al cocinar y el
olor que se cuela por debajo de la puerta es exquisito. Mi panza se enrosca en el
interior, recordando que no he comido nada desde el mediodía. Quiero
retorcerme de ansiedad.
Me mantengo sentada con la espalda recta, postura educada y aniñada.
Mis piernas juntas, y mis manos unidas en el regazo. Ojos grandes y curiosos,
acaparando cada centímetro de ese hermoso y holgazán bulto sobre los cojines.
Su rostro es totalmente inexpresivo al mirar a los tipos corriendo detrás de la
pelota. No reacciona para ninguno de los dos lados, eso me hace sospechar que
no está realmente atento en ello.
Pasos descienden los escalones y estoy casi saltando creyendo que es Male.
En realidad es Dani, que se frena al vernos a su hermano mayor y a mí en la
sala. No escapa como creo que va a hacer, sino que viene hacia nosotros, sus
manos en los bolsillos y pasos lentos. Está serio pero no cerrado y eso me
sorprende.
Está llegando al sofá que permanece vacío a mi lado en el instante en que
me levanto sólo para acercarme, abrazarlo y besar su mejilla. Prácticamente me
cuelgo de su cuello, y el momento entre mis labios y su mejilla dura demasiado
como para que sea ocasional. Sonrío radiante al separarme y regresar a mi
lugar.
Dani, que se encuentra un poco pálido, al fin se sienta. Y Cruz… bueno,
Cruz, aprieta la mandíbula sólo por un fugaz nanosegundo. Aunque no lo
suficientemente mínimo para que yo no tome nota de él. Lo veo y mis entrañas
bailan ante la certeza de que acabo de provocarle una mínima reacción. Me
conformo, sólo por ahora.
Malena no tarda en unírsenos y se sienta en el brazo de mi sofá, entre
Dani y yo. Se apoya en mi hombro y lo aprieta como saludo. Los chicos no nos
dedican ni una sola mirada más. Y nos disponemos a hablar entre nosotras por
lo bajo, en general sobre cosas sin sentido.
Hasta que somos interrumpidas.
Sonidos vienen desde una puerta al final de la sala, junto a las escaleras. El
despacho del abogado. Y me mentalizo para lo que se acerca. La abertura chilla
abierta y todos voltean a ver, yo ya estaba mirando desde mucho antes.
Sintiendo su presencia despertarse. Un hombre enfundado con un caro traje
desalineado sale despedido del agujero con pasos confiados y porte distinguido.
Su camisa está floja en el cuello y se ha metido la corbata en el bolsillo de sus
pantalones, alcanzo a ver el lazo sobresaliendo y colgando en cada movimiento.
Oigo a Malena tragar con tensión, su mano en mi hombro aprieta su
agarre. José Romano llega a la puerta y se frena al vernos a todos. No sonríe al
notar primero a sus hijos menores, pestañea con reconocimiento. Luego sus
ojos verdes y helados caen en mí.
A la sazón, todo lo que soy capaz de ver y sentir es fuego. El fuego que
quema su humor. El fuego que reaviva las llagas en mi interior dañado. Su cara
llega a un tono de rojo que yo creía imposible. Por un momento sólo somos él
y yo, sorpresa y rabia. Su pecho se infla, parece que va a decir algo pero sólo se
queda allí, inmóvil.
No le gusta encontrarme en su sala, en medio de su casa, como si nada.
No le gusta, porque lo siente como una inminente amenaza. Y está leyendo
muy bien entre líneas. Mi presencia aquí se debe precisamente a todo eso que
está pensando.
No nota a Cruz hasta que él se levanta, gruñendo y estirándose como un
gato recién salido de la siesta. Él corta la situación como un experto y se posa
frente a su padre con la frente en alto, aunque sean de la misma exacta estatura.
Son muy parecidos. De hecho, me deja un poco descentrada.
Lo único que los separa de ser dos gotas de agua es el color de ojos y las
canas que acá y allá bañan en el cabello de José. Lo demás… no es más que
escalofriante.
Y me pregunto… si el haberme fijado tan repentinamente en Cruz ha sido
un efecto secundario escapándose de mi control. Una clase de enfermiza
correlación con quien fue mi pesadilla dos años atrás. Eso me descoloca
durante un momento, algo que está convirtiéndose en una rutina últimamente.
— ¿Qué mierda hiciste?—le pregunta el tipo a su hijo mayor, mirando sus
brazos.
Cruz sonríe, y le palmea el hombro. Despectivo. Y tengo que esconder
una sonrisa, porque por dentro avanza mi alivio. Él no es como su padre, no
importa lo parecidos que sean físicamente.
—Hola, padre, al fin te veo—dice y se aleja de él como si pinchara.
Lo vuelve a ignorar como si no hubiesen estado un largo tiempo sin verse.
José Romano se pone aún más rojo que antes. Y quiero reírme. Reírme bien,
alto, claro, sin parar. Porque me encanta verlo perder los papeles.
—Cuando estemos solos, vamos a hablar—gruñe el hombre, sus manos
temblando con indignación.
—Lo que sea…—susurra Cruz, encogiéndose entre sus hombros y
amasándose la cina del pelo.
Quito mi atención enamoradiza de él y acabo clavada en la verde y
turbulenta del padre.
—Hola, señor Romano—entono mi saludo, jovialmente—. Tanto tiempo
sin vernos…
La nuez sobresaliendo de su garganta sube y baja cuando traga, y los
orificios nasales se agrandan, contrayéndose casi de inmediato. Podría ganar el
primer premio a la mandíbula más apretada del mundo. Cuando al fin sale de
su furia contenida, me dedica una falsa inclinación de cabeza como saludo y se
pierde subiendo las escaleras con aceleración y enojo contenido. Por dentro
suspiro y sonrío ante esta pequeña primera victoria.
***
Malena y yo ayudamos a Lisa a colocar la mesa. Si hay algo que me agrada
es que ellas no necesitan de una criada para hacer todo el trabajo. Lisa la deja ir
cuando cae el sol y su parte favorita del día es cuando le toca cocinar en la
noche para toda la familia. Mi madre no sería nada sin Juanita. Nada. No sabe
ni hervir unas salchichas, y si algo tengo que agradecer es el tiempo que
compartí de chica con Juani y la cocina. Al menos, el día que me toque vivir
sola, no seré una maldita inútil.
Una vez cada cosa en su lugar, incluso nuestros culos, estoy ya pellizcando
un pedazo de pan a riesgo de parecer una mal educada. No hago más que meter
la miga en mi boca que el cabeza de la familia se decide al fin a dar la cara. Se
ha dado un baño, y ahora va sólo de camisa blanca almidonada. Cada hilo y
mechón de pelo mojado en su respectivo lugar. Me trago el pedazo de pan casi
sin haberlo masticado. No hay nada en José Romano que me pase
limpiamente. Ni siquiera el asco. Se me queda allí, en la superficie, para darme
valor.
Sus ojos verdes me encuentran en su mesa y le sonrío, como si me
encantara estar de vuelta. Male a mi lado también lo hace, creyendo que quiero
caerle bien de nuevo a su padre. Ja. Si entendiera los contextos detrás de mis
inocentes gestos.
Cruz está sentado frente a mí, nuestros vasos casi tocándose y por un
segundo sueño que ambos estiramos el brazo para tomarlos y chocamos
nuestras manos. Me muero por saber cómo se siente sólo un pequeño roce con
él. Creo que es la única persona en esta mesa que me ayuda a superar esta
mierda de saberme tan cerca del Romano principal. No importa que ni siquiera
se fije en mí, y finja que no existo.
Una contenta Lisa comienza a servir y, por el momento, sólo estoy
capacitada para darle a mi estómago un poco de trabajo. Necesito mucho de
esta comida, y agradezco en el interior que se trate de un potente pastel de
papas y carne. Pienso atiborrarme como jamás he tenido la oportunidad.
Mientras me lleno las mejillas me percato de los ojos dorados tomando nota de
mi hambre, y me esfuerzo mucho en no levantar la mirada y demostrarle que lo
he descubierto, porque me gusta sentirlo cuando está mirándome. No importa
cuánto me gustaría cruzarnos por encima de la mesa. Por una vez, no voy a
espantarlo.
La cena es silenciosa, sólo los ecos del choque de cubiertos lo hacen un
poco más fácil… sí, un poco. José Romano también me tiene en la mira, y es
posible que esté esperando con ansias encontrarme a solas por ahí. Cree que
podrá aterrorizarme. Lo que no sabe es que él mismo se encargó de quitarme el
miedo del cuerpo. ¿Qué otra cosa peor podría hacerme? Nada. No hay nada
peor que lanzarme al suelo, estropear mis ropas y robarme el alma.
Estoy terminando mi primera ronda cuando al fin habla y su voz hace que
la comida que acabo de tragar quiera transformarse en bilis ardiente y subir los
conductos hasta mi boca.
—Así que… ¿dónde conseguiste toda esa tinta?—le pregunta a Cruz.
Alcanzo mi vaso de agua fresca al tiempo que me fijo en el hijo mayor. El
que sonríe de lado antes de levantar la vista hacia su padre, como si supiera
muy bien qué tipo de treta quiere tejer para él.
—Por ahí—responde, vago.
José se mete un bocado y casi puedo oírlo rumiar, desconforme. No le
gusta que lo ignoren, que pasen por encima sus preguntas y palabras. Él tiene
que ser el centro de atención siempre. Porque es inteligente y grande. Se cree
Dios.
— ¿Al menos no tuviste un poco de cuidado al elegir el lugar?—sigue,
insistente—. No quiero a un infectado de sida comiendo en mi mesa…
Mi mandíbula amenaza con desencajarse de su lugar, pero de nuevo me
llevo el borde del vaso a los labios y me calmo. Hay algo en la forma en que le
habla que me pone el vello de punta. No me gusta. No me simpatiza una
mierda que se meta con Cruz.
—Tranquilo—se ríe Cruz, despreocupado—. Son profesionales, tuvimos
todos los cuidados…
José finge ablandarse y asiente, sabiendo que no llegará a su centro con
este tema. Cruz es lo suficiente mayor para no dar una mierda por las
opiniones de su padre. Y eso, por supuesto, me encanta.
—Lisa, ¿por qué no está el vino en la mesa?—arremete contra ella,
respirando por la nariz.
La mujer abre los ojos. Male se congela. Dani se remueve incómodo. Cruz
sólo sigue llevando comida a su boca con el tenedor. Pero yo sé bien, por un
pequeño momento sus movimientos se congelan. Los disimula bien, verdad,
pero a mí no se me escapa nada. Y mucho menos todo aquello que tiene que
ver con él.
—Pero…—empieza Lisa.
—Pero ¿qué? Quiero mi vino—la corta.
Respiro por entre los dientes al ver cómo trata a su mujer, como si fuera
una puta sirvienta. Lisa se limpia la boca y corre a conseguir la botella. Ella
quería cuidar a Cruz, pero si su propio padre ignora la crítica situación, ella no
puede hacer nada más. Trae el vino, y de paso le sirve.
—Así que… ¿vas a retomar la universidad?—sigue interrogándolo.
Cruz se muerde el interior de las mejillas provocando un par de hoyos en
cada una.
—Por supuesto, pero nada de leyes—lo enfrenta, firme—. Nunca me gustó
esa mierda. Tal vez vaya por los números…
El calor sube a lo largo del cuello de Romano y se instala en sus pómulos.
Tal vez el vino no le está ayudando a mantener esta conversación con alguien
que parece más fuerte y decidido que él.
—Así que seguirás en la universidad… pensé que la dejarías por completo…
después de todo, ya no tenés pinta de profesional—remata, toda la intención de
herirlo.
No provoca nada en Cruz que sólo se limita a encogerse de hombros.
—Lo que verdaderamente importa es mi cerebro, la gente sabrá elegir. Sólo
tendré que esforzarme más en demostrar mi valía y capacidad, y el desafío no
me asusta—sonríe, confiado.
Esto irrita mucho más al pobre tipo insufrible que encabeza la mesa. El
apetito se me ha borrado y cruzo los cubiertos en el plano, dándome por
satisfecha. Sólo sigo llenándome de agua, viendo un excelente ping pong que
Cruz va ganando por goleada. Realmente entretenido.
—Está bien, te creo—sonríe el hombre, la expresión de haberse tragado el
canario—. Brinda conmigo…
Por primera vez la seguridad de Cruz se ve opacada. Y su padre aprovecha,
ya que el enemigo tiene las defensas un poco golpeadas.
—Vamos—se levanta de la silla, le roba el vaso y lo llena de vino hasta el
tope—. Vamos, festejemos que estás de nuevo en casa y con planes a futuro. Eso
es excelente, hijo—lo incita.
Empuja el vaso hacia él y Cruz lo mira fijamente, su rostro en blanco. No
hay expresión que yo logre leer en él. Aprieto los dientes, tomo una respiración
para calmarme.
—Ah, ¿no es el vino una bebida lo suficientemente fuerte? Tal vez te sabe a
poco—sigue arremetiendo el hombre, ensañado—. Lisa, trae ese buen whiskey
que me regalaron en mi último cumpleaños. Hoy quiero abrirlo, compartirlo
con mi hijo mayor.
Lisa está clavada en la silla, asustada por la actitud de su marido.
— ¿Qué estás esperando?—la empuja él.
Y ella, de nuevo, hace lo que le pide. Y en cuestión de minutos hay nuevos
vasos en la mesa y están siendo servidos con líquido ambarino. Es tan fuerte,
que el olor a alcohol nos noquea a todos. Y Cruz está sudando, la mirada fija
en ambos vasos ofrecidos que tiene en frente.
Suficiente.
Esto tiene que parar.
Y estoy de humor para hacer de mediadora, así que actúo de una vez. Me
quito discretamente la sandalia del pie izquierdo, bajo la mesa, y me estiro
apenas. Mis dedos se encuentran primeramente con una pantorrilla del
vaquero de Cruz. Éste al principio no reacciona, su cerebro en pausa. Así que
sólo me limito a acariciar un camino ascendente. Sugerente. La punta de mi pie
lentamente lo repasa, y tengo que morderme el labio inferior para no respirar
agitadamente. Estoy cada vez más arriba, adentrándome en aguas profundas.
Aguas impredecibles. Y Cruz al fin me mira, su mirada perdiendo brillo, sus
irises dorados oscureciéndose. Su semblante pálido va recuperando color. Él ya
no se ve atrapado por ninguna otra sensación. Y mi pie se anima a ir más allá, a
la altura de su rodilla colándose entre sus muslos semi-abiertos. Él me recibe
separándolos más.
Cuando creo que está de vuelta, me limito a retirarme. Y no me lo
permite. Encierra mis dedos fríos en uno de sus puños y tironea de mí. Casi
caigo de mi silla.
—No, gracias, viejo—dice, volviendo a su padre, me arrebata el vaso a mí
para levantarlo—. Hoy voy a ser un chico bueno, sólo agua. Si me permitís—se
refiere a mí al final.
Sonrío, angelical.
—Claro—le permito, sin aliento porque su otra mano me está apretando
contra su entrepierna.
Se remueve hacia adelante para que pueda sentirlo más directamente.
Sonríe con malicia y se lleva mi vaso de agua a los labios. Trago, mi saliva
convertida en líquido caliente, su erección creciendo bajo mi tacto. Me olvido
de José Romano, que ha sido completamente vencido en esta absurda batalla. Y
yo he ayudado a su derrota. No siento la victoria. Sólo estoy pendiente de un
único par de ojos dorados que me vuelven loca.
—Gracias—carraspea hacia mí, su tono muy ronco y profundo, devuelve mi
vaso a su lugar.
Deja libre mi pie y lo alejo, temblando. Me agito en mi silla y noto al fin
mi entorno de nuevo. José Romano está furioso, y no soy yo a quien sus ojos
fulminan. Malena y Dani son ceros a la izquierda, negados a meterse. Y Lisa
revuelve su comida sin terminar, nerviosa y culpable. Me doy cuenta de algo
que no había podido notar todo este tiempo jugando a la espía en mi alta rama:
esta familia tiene miedo.
Miedo de quien debería contagiarles seguridad y cuidar de ellos.
***
Luego del postre la familia se dispersa. El cabecilla se encierra en su
despacho, seguramente a rumiar su resentimiento y frustración. Y algo me dice
que lo que sucedió hoy es sólo una pequeña e insignificante muestra de una
constante batalla de poderes. Esto recién comienza. Dani, por su lado, sube
corriendo a su habitación y se pierde por el resto de la noche, lejos de todos.
Male y yo ayudamos a Lisa a lavar los platos. Y ¿Cruz? Se esfuma, y no sé bien
en dónde. Aunque me encantaría saber.
Pronto, Lisa se excusa y se marcha ya a dormir. Eso nos deja a mi amiga y
a mí solas en la sala de estar haciendo zapping en la tv.
—Perdona por esa discusión en la mesa, fue horrible—se disculpa,
avergonzada—. Creí que se mantendrían en calma.
Le quito importancia revoleando mi mano con desinterés. No me afectó
presenciar esa estúpida pelea. De hecho me dio perspectiva, que es lo que yo
estaba necesitando. Y todavía no consigo suficiente como para dar el golpe.
Porque ahora quiero saber por qué ellos le tienen miedo a ese hombre. Y no es
que debería saberlo, porque sé que a su familia la lastima de una manera
diferente a lo que me hizo.
—No pasa nada, cada familia es un mundo—digo, y realmente creo eso—.
Todas tienen sus encuentros y discusiones.
Recuerdo los habituales gritos entre mis padres y los ubico en esa
categoría. Ellos discuten sobre mí como si yo no pintara nada, pero ahora he
crecido y sé bien lo que me conviene. Y pronto tendrán que escucharme con
atención porque ya no serán los dueños de mi destino. Pienso que en el
momento en que salga de esa casa después de la escuela, su matrimonio se hará
añicos. A veces sospecho que siguen juntos sólo por mí.
—Sí, pero esto es mucho más que una discusión—se lamenta—. Cruz y papá
nunca se llevaron bien…
En mi interior llego a la conclusión de que por algo será. José Romano
atacó a Cruz desde la primera palabra. Y el chico no se vio sorprendido, sino
que lo enfrentó como si lo hubiese esperado. Este conflicto viene desde hace
mucho tiempo atrás, y me muero por saber los motivos.
—Necesito ir al baño—se queja ella, levantándose del sofá.
Sube las escaleras casi corriendo y me rio cuando casi tropieza, la escucho
responder con una carcajada mientras se pierde en el piso de arriba. Niego
divertida. Permanezco allí, mirando a la nada mientras la sala silenciosa me
engulle y la piel se me pone de gallina. Porque intuyo su presencia incluso antes
de que se abra la puerta de la oficina. Y no sé si fue percepción o si lo supo con
seguridad, atento detrás de ella. Que me quedé sola.
No me muevo cuando se acerca a mí hecho una tromba, su rostro
enrojecido. Y sé que dentro de esas diminutas cuatro paredes ha estado
bebiendo más. Me paro cuando está lo suficiente cerca para arremeter contra
mí, pues no pienso quedarme sentada y darle todo el poder. Es más alto que yo,
pero de pie puedo plantarle cara más fácilmente.
Mis ojos lo fulminan a la par que alzo el mentón con desafío. Las uñas
cavan pozos en mis palmas apretadas, porque más que nada quiero clavarlas en
su cara, si es posible arrancarle los ojos y lanzarlos a la playa para que las aves se
los coman.
— ¿Cómo te atreves a volver a pisar esta casa?—gruñe, poniendo el rostro a
centímetro del mío.
Sonrío, mis dientes brillantes hacia él. Claro, le he cedido confianza y
poder al dejar de venir por dos años. Pero ahora he vuelto y se siente
amenazado. Cree que voy a abrir la boca.
— ¿Por qué no? Malena sigue siendo mi mejor amiga—murmuro, tan
tranquila como puedo fingir estar.
—Pendeja de mierda—levanta un poco la voz—. No te quiero ver cerca de
nuevo, porque juro…
— ¿Qué? ¿Qué vas a hacer? ¿Eh?—lo pincho.
Se arrima, me intimida. Y una parte de mí quiere hacerse un ovillo en el
suelo y llorar como una desquiciada. Como no lo hice en dos años.
Balancearme en la nada. El odio es más grande que cualquier otro sentimiento
y dificulta ese tipo de debilidad. La ira pisotea el temor. Y tal vez el hombre
pueda reducirme en un segundo y volver a hacérmelo, sin embargo no será
nada nuevo para mí. No le tengo miedo a las repeticiones.
—Voy a volver a ponerte de espaldas—escupe, y me mira el cuerpo como si
estuviera considerándolo muy seriamente—. Y después voy a matarte.
Y sé que lo dice en serio, completamente. Porque José Romano es capaz
de cualquier cosa. No hay remordimiento, ni piedad. Ya lo he vivido en carne
propia. Destrabo mis puños y subo una mano para mirarme las uñas, apoyo mi
peso en un lado de la cadera. Desinteresada totalmente.
—Sabes… las niñas suelen tener diarios íntimos, la mayoría… y yo no era la
excepción—levanto los ojos a él, me trago la bilis que sube por mi garganta—.
Tengo cada detalle anotado, todo lo que me hiciste, absolutamente todo. ¿Y lo
mejor? Existen copias. Llevo una, siempre, entre los útiles de la escuela. Hay
varias en mi habitación. Otras en la casa de mis abuelos, en Buenos Aires.
Además de otros lugares que serían fáciles de encontrar si yo desaparezco. Si
algo me pasa, lo sabrían…
Sus orificios nasales se agrandan y los dientes chasquean con fuerza. Y
simplemente sé que he ganado, pero todavía no he acabado.
—Como prueba, también hay una pequeñita ropa interior de nena, color
rosa, manchada con la sangre de mi virtud robada, la he mantenido escondida
y esperando… Sabes bien lo fácil que sería culparte—chasqueo la lengua—. Tal
vez te salves de ir a la cárcel, pero tu nombre se mancharía y ya nadie creería en
vos tanto como ahora. Los niños siempre dicen la verdad… y no te das una idea
de la cantidad de gente que estará de mi lado, especialmente si muero—sonrío
con victoria—. He sido una buena chica, inocente e inteligente, pocos dudarían
de mi palabra—suspiro, dejando entrever algo de artificial lástima por él.
He tenido dos años para pensar, para considerar mis opciones. Y sé que si
lo acuso, él no irá a la cárcel, porque es demasiado bueno salvando a la gente
de eso mismo. Y tal vez mi error fue no haber hablado en el mismísimo
momento que sucedió, pero no sabía qué hacer. Estaba entumecida y no pude
pensar en nada durante meses y meses. Fue como morir y regresar, estaba
perdida y no sabía ni siquiera quién era. Sin embargo, lo que sí es verdad es
que me desahogué en ese diario íntimo que alguien me había regalado en mi
último cumpleaños. Lo describí todo, cada maldito detalle. Y Romano y yo
sabemos que… hay testigos que podrían explotar si mi versión sale a la luz. Y si
aparezco muerta.
El hombre se aleja un paso y me fulmina con esos ojos verdes que tantas
pesadillas me han dado. No desvío los míos, demostrando mi valía. Sabe que lo
tengo agarrado de las pelotas y eso bastará para mantenerlo alejado de mí…
quizás no para siempre, aunque sí por algún tiempo.
—No va a ser tuya la última palabra—promete, sonriendo
despectivamente—. Ya veremos.
Me quito un mechón de cabello de la cara que se ha soltado de mi trenza
y me dejo caer de nuevo en los almohadones.
—Buenas noches, señor Romano—canturreo, amable—. Duerma bien—le
sonrío.
―Sólo si la consciencia se lo permite…‖
Male está bajando las escaleras, así que él sólo se limita a asentir y esquivar
a su hija menor para subir.
—Es tarde—comento con tono cansado—. Creo que mejor me voy a dormir.
Male se ve triste de que me vaya pero entiende, así que asiente y me
acompaña a la puerta. Ella también tiene que acostarse temprano.
Una vez afuera, me apoyo contra la puerta, apretando los parpados, y una
bocanada de aire arremete en mis pulmones. Tardo unos cuantos segundos en
volver a ser la misma de hace unos minutos atrás. Nunca creí que volver a estar
cerca de José Romano sería fácil, pero esto ha sido grande, y apenas me he
podido mantener en control. Por un momento tuve miedo. No de él, sino de
quebrarme frente a él. Mis piernas están temblando como nunca antes.
No demostré debilidad y estoy orgullosa de eso, porque ahora ese
malnacido sabe bien cuál es mi punto en esta historia y no se lo esperaba para
nada. Ha visto con sus propios ojos la clase de monstruo que creó.
Bajo las escaleras del porche y me dirijo hacia los árboles, dejando atrás el
hermoso jardín delantero. Está tenebrosamente oscuro mientras cruzo la
distancia que separa las propiedades. Y nunca he tenido miedo, de hecho, me
encanta venir a espiar más que nada cuando cae la noche.
Estoy casi en la mitad cuando escucho a alguien saltar desde una rama en
lo alto, ni siquiera tengo tiempo de reaccionar antes de ser tacleada y aplastada
contra un grueso tronco. Dos enormes manos me mantienen los hombros
contra él, y un rico aroma a colonia suave, bosque y sol me envuelve,
alertándome de quién se trata.
— ¿Cuál es tu problema?—pregunta, y se oye bastante enojado.
Por lo que frunzo el ceño, extrañada. ¿Esta es su forma de agradecerme lo
que hice por él en la cena?
— ¿Cuál es el tuyo, cerdo engreído?—arremeto, escupiendo mi respuesta.
—No me cae del todo bien que pendejas de catorce años me busquen por
debajo de la mesa—gruñe, aplastándome más contra el árbol.
¿Qué carajo? Así que a sus ojos lo que hice no fue más que una
insinuación sexual… Y puede que sea cierto, pero había otros motivos detrás. Y
que no lo tome en cuenta me enfurece. Desgraciado.
Lo empujo, despegándolo de mí con desprecio.
—Así que… a tu forma inútil de ver, prefieres unos años más de
rehabilitación antes que a una chica atractiva rozándote bajo la mesa…
entendido—resoplo con burla.
Prosigo mi camino, dejándolo atrás con furiosa ignorancia.
—Debería haber dejado que te metieras ese whiskey hasta por la nariz—
susurro, amarga.
Cruz me agarra del brazo con fuerza y me devuelve otra vez cerca de él.
—No sabes nada de mí, no me conoces—grita—. Deja de hablarme como si
lo hicieras. Lo tenía controlado—me sacude.
No me suelta el brazo y estoy empezando a impacientarme. Tironeo y eso
sólo me lleva más cerca de su pecho, sus dedos clavándose más en mi carne.
—Por supuesto—carcajeo con burla—. Creo que vas a tener que revisar ese
control tuyo, está un poco jodido—niego, todavía riendo.
Me suelta de golpe y casi caigo sobre mi culo, lo que me desplaza aún más
en el borde. Así que salto hacia él y planto mi palma en su cara girándola de
una cachetada. No me agrada una mierda cuando me echan mis pocas buenas
intenciones a la cara.
—Hijo de puta orgulloso—lo empujo, él aún está en shock porque fui capaz
de golpearlo—. Y cobarde.
Ahora es él quien ríe.
— ¿Cobarde?—alza las cejas.
Ya que me he acostumbrado a la poca luz, puedo verlo entero y a la
perfección. La oscuridad le sienta bien, y lo hace parecer más amenazador. Me
gusta. Y me encanta más que esté tan enojado. Los dos sabemos bien por qué.
—Sí, cobarde—murmuro, firme—. No te molesta que te haya salvado de una
recaída… Te molesta el hecho de que te gustó la forma en que lo hice.
En un segundo estoy pegada a él, llevando una mano al enorme bulto en
su entrepierna. Lo aprieto y su espalda de endereza de un tirón. Un gruñido se
le escapa.
—Estás tan duro—jadeo, mi aliento golpeando en su cuello—. Tan, tan
excitado. Y sólo por mí, soy todo lo que ocupa tu cabeza. ¿Miento?
Su respiración es un caos absoluto y apenas se puede mover. Sus manos
temblorosas se alzan y encierran mi rostro, me atrae más y estoy preparándome
para el instante en que sus labios tomen los míos. No llega. Únicamente se
limita a llevarme más allá, y apoyarme en un árbol.
— ¿Miento?—presiono, mi otra mano repta hacia arriba en su pecho.
No me pierdo la dureza de sus pectorales, los sólidos abdominales. No
puede hablar, está embrujado, lo tengo todo para mí.
—Soy más que un simple número—digo, sabiendo que se frena a sí mismo
por mi edad.
Traga, y me tiene es ascuas, derritiéndome y derramándome como miel en
el fuego.
—Lo sé—una simple caricia en la piel externa de mi muslo debajo de mí
vestido me calienta como nunca nada ni nadie ha hecho antes—. Y es por eso
que… no puedo—gruñe, disgustado.
Desprende mis manos de él y se marcha. Soy lo bastante orgullosa para no
perseguirlo. De hecho, me maldigo, porque nunca debería haber saltado sobre
él como una perra necesitada. De ahora en más voy a proponerme permanecer
lejos de su radar. Ya no más intervenir entre él y sus jodidas adicciones. Mejor
poner en marcha los planes pendientes y olvidarme de Cruz Romano.
CAPÍTULO 9
CRUZ
No dormí una mierda anoche.
Eva se comió mi cabeza. Sí, esa chica de catorce años me tiene agarrado de
las pelotas, y no sólo en un sentido literal. No he podido parar de pensar. No es
normal. No hay nada normal en ella. Sus ojos son sobrios la mayor parte del
tiempo. Y a veces hasta dejan entrever un brillo de lo más particular. Un brillo
lleno de malicia. Y en otras, sólo hay sombras.
No, Eva Moretti no es una adolescente corriente.
Hay algo malo con ella. Y me siento motivado a averiguar qué es lo que la
obliga a ser así. Lo que le quita cualquier expresión inocente, soñadora y
alocada. Se supone que debe estar en la edad del pavo, ocupada en idioteces sin
sentido. Como sentirse atraída por cosas tontas y superficiales, tal vez ir por ahí
suspirando por algún amorcito platónico del colegio. En cambio… ella me miró
de frente, me dio una cachetada que picó como la mierda y estiró la mano para
tomarme la entrepierna. Porque sabía que mi pene latía por ella. Porque es
capaz de captar lo que un hombre puede sentir por ella. Es todo, menos una
inocente y atolondrada niña. Es seria, resuelta, y posee una mirada que sabe
cómo usar para hacerla funcionar como un látigo. Sabe cómo demolerme.
Y me tiene loco.
Desde que la descubrí espiándome no he tenido éxito en desinteresarme
de ella. La deseo como jamás deseé a otra en mi vida. Y me molesta su edad,
más de lo que me gustaría admitir. También me asusta. Porque intuyo que hay
mucho sobre ella que mantiene bien escondido en lo profundo y a veces me
hace dudar...
Pero realmente quiero escarbar en su historia, la mayor parte del tiempo,
porque me muero por comprenderla. No existe otra chica como ella. Tan…
misteriosa y arrojada. Valiente y sin pelos en la lengua. Con pensamientos y
actitudes tan adultos. La veo como una igual, como si tuviera mi misma edad o
hasta fuera mayor. Porque es claro que es mucho más inteligente que yo. Y no
me molesta admitirlo.
Es especial.
Si tan sólo fuera más… vieja. Pienso en lo que seríamos juntos y… no
puedo ponerme más duro, porque es imposible. Voy por ahí siempre con una
semi erección completamente alerta, y si la veo, instantáneamente mi piel
reacciona. Se hincha, se atiranta. Y ya estoy listo para ponerla sobre su espalda y
hacer lo inimaginable con su perfectísimo cuerpo.
Ha pasado una hora desde el almuerzo, y me decido a salir de mi
habitación. No he comido nada, me negué a dar la cara con los demás, porque
no tenía ganas de ver sus expresiones culpables y cobardes. Las mismas que
pusieron anoche mientras mi padre me clavaba puñal tras puñal para hacerme
caer de nuevo en el pozo que él mismo cavó para mí. Me quiere ver muerto, eso
no es novedad. Tampoco es nada nuevo que voy a enfrentarlo cada maldita vez
que pueda y demostrarle que ya no puede romperme como antes.
Que se jodan, nunca he esperado más de ninguno de ellos.
Abro la puerta y me asomo con los pies descalzos y el torso desnudo. No
alcanzo a dar ni dos pasos, porque miro dentro del cuarto de mi hermano y lo
veo de brazos cruzados, enfrentado a la ventana. Ensimismado en alguna cosa
más abajo. No pido permiso al colarme e ir junto a él, me fijo en la misma
escena que lo tiene concentrado.
Malena y sus amigas están teniendo un gran momento en la pileta, son
gritonas y exageradas. Son tres y tienen a mi hermana corralada tratando de
hundirla. Pero no son ellas las que me llaman la atención, sino la silueta
solitaria tomando el sol unos pasos más allá, altanera y quieta recostada en su
toalla.
Eva está apoyada en sus palmas, y sus largas piernas desnudas acaban justo
en el final de la extensión de toalla. Observa al grupo desde detrás de sus gafas
de sol y no podría contrastar menos con el resto de lo que ya hace. Como dije
antes, se ve mayor. Como la niñera que las vigila desde lejos sin inmiscuirse. O
la hermana mayor que intenta no entrometerse en las estupideces de las
pequeñas de doce años. Es tan extraña.
Sin embargo no es su actitud la que me obliga a permanecer allí, espiando.
Es su cuerpo enfundado con ese maldito bikini que me deja echar un detenido
vistazo a una gran parte expuesta de su cuerpo tonificado.
—Ya veo por qué no te podés despegar de esta ventana—carraspeo,
tratando de disimular el calor líquido con el que mi sangre se traslada hacia la
zona de mi ingle.
Dani aprieta la mandíbula y me mira. Sus castaños ojos entrecerrados,
como si se sintiera ofendido.
—No la estaba mirando a ella—se queja.
Bufo.
—No tiene nada de malo mirarla, por Dios—le insisto—. ¿Quién se
resistiría? Somos chicos…
—Ella no me interesa—reafirma, tieso.
Me encojo, negando. Y regreso mi vista abajo. Ahora Eva está siendo
llamada por mi hermana para que se una a la lucha, la rubia despampanante
sólo se limita a negar, sonreír con suavidad practicada y rodar encima de su
toalla. Boca abajo. Me trago un gemido al ver su culo redondo elevarse,
apuntando hacia arriba. Cruzo los brazos para no apretar tan duramente mis
puños. No quiero que Dani note del todo lo que ella me provoca. Que es más
que nada lo que él está tratando de disimular también. Negar que le atrae el
hermoso cuerpo de la vecina.
— ¿Entonces a quién espías? ¿A esas chicas planas de doce años?—lo
aprieto.
Se encoge, gruñón.
—Sólo estaba mirando, ¿por qué todo tiene que tratarse sobre atracción
sexual?—gira el cuello para mirarme.
Nuestros ojos se enlazan y de pronto me doy cuenta de lo cambiado y
maduro que él se ve. Tiene casi dieciséis, pero también se ve mayor. Como Eva.
Y es como si la misma sombra que suele aparecer en los irises aguamarina de
ella también se adueñe de los marrones de él.
— ¿Hay algo que te gustaría contarme?—pregunto.
También cruza los brazos y desvía la atención abajo una vez más. No a
Eva, sino al grupo de amiguitas de Malena. Niega.
— ¿De verdad? Sabes que podés hablar conmigo sobre lo que quieras—no
sé por qué estoy siendo tan suave y honesto con él, será porque se ve tan
vulnerable que me preocupa.
Sé que apenas habla con nuestro padre. Ese egoísta de mierda vive más en
la calle que en esta casa. Y todos acá sabemos que hay prioridades más
importantes que su familia. Dani puede estar teniendo alguna crisis normal de
la edad y es posible que no tenga con quien hablar.
Agita la cabeza a los lados suavemente sin decir nada. Apagado. Arrugo el
entrecejo, tratando leer su expresión. Entonces noto que está mirando a
Malena con fijeza. ¿Qué mierda le pasa? Se ve melancólico. Y no sé qué más
decir para sacarle la ficha, por lo que permanezco ahí mientras vemos a nuestra
hermana correr hacia Eva y robarle la pieza superior del bikini que ella se había
desprendido para broncearse la espalda. Ríe a carcajadas mientras la otra la
maldice y se levanta, algo fastidiada. Mis ojos y los de Dani casi saltan de las
órbitas reparando en que ni siquiera se preocupa en taparse los pechos
mientras camina lentamente hasta Malena, que se ha quedado de piedra al
igual que sus amigas, y le dice alguna cosa que no escuchamos.
—Carajo—gruño, entre molesto y excitado.
Dani niega y hace lo impensable, se ríe por lo bajo. Y ahí mismo
realmente me doy cuenta de que la desnudez de Eva no le afecta. Ni lo más
mínimo.
—Sos gay o ¿qué?—le escupo, desconcertado.
Él vuelve a mirarme, toda la actitud sombría desapareciendo mostrándose
divertido.
—No—sonríe encogiéndose—. Ya te dije que Eva no me gusta…
—Por Dios—digo, casi indignado—. ¿De verdad no te gusta? A tu edad me
gustaban todas y más si andaban por ahí mostrando las tetas—rio.
Resopla, poniendo los ojos en blanco.
—Todavía te gustan todas, idiota—me acusa.
Me rio, tiene razón. Las mujeres me vuelven loco. Aunque no tan
impresionantemente como Eva. Esa chica me robó los sesos y los metió en una
freidora. He perdido toda racionalidad en sus manos.
—Por supuesto, y no puedo resistirme a mirar cuando me muestran un par
de tetas como esas…
—Tiene catorce, Juan Cruz—suelta, de improvisto perdiendo toda diversión.
Exacto. Sus palabras caen sobre mi cabeza como una bomba atómica,
derribándome. Así es, tiene unos insignificantes catorce años.
Maldigo por lo bajo y me alejo de la ventana tan rápido como puedo.
¿Qué mierda? ¡Tiene catorce! ¿Por qué carajo no le afecta en nada andar por ahí
con las tetas al aire? Es… una perra desvergonzada. Y lo que mejor le sale es
obligarme a olvidar su edad. Soy tan repugnante. Y me molesta que mi
hermano menor esté siendo testigo de lo que me provoca.
—Voy a bajar a comer algo…—aviso, secamente.
Y lo abandono allí con toda su rareza de mierda.
EVA
Dejo la clase de ballet antes de tiempo, no se debe a que el tiempo se me
esté ajustando, sino porque no se me da la gana aguantar a esa mujer con sus
estiramientos y movimientos irritantes. Mejor podría anotarme a yoga, sería
igual de insulsa. Pongo mi mochila sobre el hombro y dejo el salón agitando la
cabeza hacia las demás compañeras. Ellas me levantan la mano, sonriendo. Y la
profesora me despide diciendo que me espera la próxima. Veremos, voy a
replantearme seriamente el regresar.
Hoy me libré de Malena, no la dejaron venir conmigo porque llevó una
nota baja de matemáticas a casa. Un seis. Me habría preocupado si José
Romano estuviese en casa, pero fue Lisa quien se encargó del castigo y le
impidió venir a Ballet. Genial. A mi forma de ver no es una sanción sino un
regalo caído del cielo.
Es por eso que me salgo antes de la clase y me muevo en dirección a la
iglesia. Las puertas grandes se alzan cerradas frente a mí y las observo de brazos
cruzados, inclinando la cabeza a un lado, un ceño crítico. No me gusta la idea
de entrar, pero lo voy a hacer porque, como dije, estoy dispuesta a llegar al final
de esto. Poniendo los ojos en blanco con resignación, camino unos pasos y
empujo una sola y pesada ala. El ruido de las cargadas bisagras retumba en el
pequeño recibidor, que muestra otras dos puertas más pequeñas que dan
ingreso al centro de la cuestión. Silenciosamente me deslizo dentro.
Hay algo que me incomoda de las iglesias. Son demasiado altas y la
decoración es anticuada y de mal gusto. Son silenciosas, y aun así se llegan a oír
los ecos de cualquier mínimo sonido. Por ejemplo, mi respiración. Se oye como
si la persiguieran unas diez más. Es como si la sala estuviera vacía, pero está
llena de muebles, bancos y estatuas sagradas, no debería sentirse como un lugar
hueco.
Recorro la larga distancia del camino central hasta el altar y me suspendo
allí, mirando de frente a la imagen de Jesús. Arrugo la nariz y me doy la vuelta
para estudiar el lugar. Atender los objetivos por los que me animé a entrar.
Recuerdo tomar la comunión en este mismo lugar hace cuatro años. El
cura era otro, tuve suerte, supongo. Y me confesé sentada junto a él en el
primer banco, mirando hacia el altar. Dije las primeras estupideces que se me
ocurrieron. Ya que no era una verdadera pecadora y dudo que los niños de diez
años por lo general lo sean. O tengan alguna idea de lo que eso significa en
realidad. Ellos se han sentido mal por decir alguna palabra sucia, envidiar algún
juguete caro de otro y mentir a sus padres sobre alguna cosita insignificante.
Nada grave. Pero debíamos confesarnos si queríamos tomar la comunión, por
lo que teníamos que tener algún pequeño fallo por el que rezar y esperar el
perdón de Dios. Así seríamos puros para tragar su cuerpo y beber su sangre. O
lo que sea que signifique hacer la fila junto a tus padres y recibir la placa sin
sabor de manos del cura.
—Buenas tardes a tan dulce señorita—cantó una mujer saliendo desde
algún agujero camuflado, tomándome por sorpresa—. Soy Albertina, ¿qué
puedo hacer por usted?
Su sonrisa es abierta y amable, y me mira como si le encantara recibir
visitas en la iglesia. Apuesto a que poca gente aparece de la nada y entra por su
propia iniciativa.
—Hola—sonrío, y me acerco para sacudir su mano, no voy a dejarla
besarme en la mejilla—. Me estaba acordando de cuando tomé mi primera
comunión…
Ella se sonríe más ancho si eso puede ser posible y se sienta en el primer
banco de la fila de la izquierda, golpeando con su palma abierta el lugar a su
lado, invitándome a acompañarla. Lo hago, pero no tan cerca.
— ¿Estás pensando en tomar la segunda? ¿O tal vez confirmarte?—quiere
saber, entusiasmada.
—Um—finjo una duda, mientras miro la estatua de Jesús—. Creo que las
dos. Me gustaría…
Por dentro me río de semejante mentira, porque si fuera por mí no habría
vuelto jamás en la vida a pisar esta o alguna otra iglesia.
—Eso sería buenísimo, siempre podés acercarte y anotarte. Yo soy la
encargada de eso mismo—cuenta, palmeándome la pierna con amistad—. Ahora,
don Alfredo está muy ocupado con los niños, estamos en época de
comuniones, pero alguno de los domingos del próximo mes podrías comulgar.
Y luego empezar las clases para confirmarte, acá mismo—me guiña.
Asiento, devolviendo la sonrisa entusiasta. Me muestro bastante decidida
a hacer lo que ella dice.
—Así que ahora el cura está confesando a los chiquitos—digo, de pasada—.
Me acuerdo de que me confesé en este mismo banco con Hugo. Ahora hay uno
nuevo, ¿dijiste?
—Sí, hace tiempo que está, cerca de dos años. Hugo se mudó a otra ciudad
y tuvimos suerte de que Alfredo no tuviera problemas en venir—relata,
alisándose la falda negra e insulsa que lleva—. Si querés conocerlo antes de
confesarte siempre podés golpear en la casita justo al lado de la iglesia, vive ahí.
O podés encontrarlo mucho por acá, esta semana está completo con las
confesiones de los niños que van a comulgar el domingo. Y la semana que
viene, igual.
Así que toda la semana… Buena información.
—Este lugar está impecable, me encanta—comento, pasando el dedo por el
banco, ensimismada.
Albertina se ríe y se levanta, sus zapatos repiquetean cuando camino,
alejándose de la fila y yendo hacia el altar. La sigo.
—Tenemos mujeres que lo mantienen todo impecable. Vienen a limpiar
casi todos los días—cuenta, orgullosa.
La asistente del cura se ve feliz de estar metida en este frío e inmenso lugar
casi todo el santo día. Me pregunto cómo es que no está deprimida. O tal vez
no tenga ninguna otra cosa que hacer.
—Que bien, se nota el cuidado—aseguro, para ponerla más contenta—. ¿Y
cómo son las confesiones ahora? ¿En el confesionario?—le doy un vistazo al
costado, a una pequeña habitación abierta donde se encuentra el confesionario.
Necesito saber si ese hijo de puta los mete ahí adentro o los confiesa como
Hugo, aquí afuera. ¿En qué momento se pone toquetón y exigente con las
faldas de las niñas?
—Oh, creo que es como siempre ha sido. Los niños se sienten intimidados
en el confesionario. Lo hacemos como una charla amistosa, es agradable—
sonríe, balanceándose mientras habla—. Generalmente estoy afuera ordenando
las filas con las catequistas. A Alfredo no le gusta que se lo interrumpa porque
el proceso podría durar una eternidad, y los chicos se ponen incordiosos, se
cansan rápido de tanto esperar—entrelaza los dedos en el frente, observándome.
Espero que mis shorts de jean y remera de tirantes no sean inapropiados
para entrar en una iglesia. Ella se ve de lo más recatada, toda cubierta y vestida
de oscuro.
—Muchas gracias por atenderme—doy un paso atrás, sonando agradecida—.
Un día de estos voy a pasar a charlar y de paso me voy a anotar para el próximo
mes—levanto la mano para saludar.
Albertina hace lo mismo, genuina y contenta.
—Acá estaremos para recibirte—canturrea a mi espalda mientras me voy.
Salgo de ahí adentro como si me persiguiera el diablo. Ja-ja. Qué ironía.
Sonrío por dentro. Tengo la suficiente información. Ahora tengo que trazar un
plan, y rápido. Porque no me gusta nada que estén en época de comuniones.
Debería volver a colocar la cámara, el problema es que las mujeres de limpieza
vienen casi todos los días. Por lo que tendría que permanecer cerca y quitarla
de inmediato cuando la jornada termine. Frunzo el ceño, esto es estresante. Y
estoy comenzando a impacientarme porque me niego a fallar.
Metida en mi cabeza, bajo las escaleras altas y me aproximo al borde de la
calle con intenciones de llamar a un remís y esperar. Ir a casa, poner mi mente
a mil para que ningún detalle se me escape. Estoy sacando el celular de mi
mochila cuando una risita tonta se alza entre los sonidos de la gente alrededor y
levanto la vista en su dirección.
Me olvido de lo que estaba a punto de hacer.
Es Cruz. Y está hablando con una rubia, la de la risita tonta. Su coche está
estacionado a un lado y él se encuentra apoyado despreocupadamente contra el
capó, la chica casi encima de su cuerpo. Se frota descaradamente y él sonríe
como un ganador. Lleva un vaquero ajustado azul claro y una camiseta negra, la
misma que lucía cuando lo vi por primera vez esta semana. Está despeinado, y
ese estilo indiferente es lo que potencia su atractivo. El sol de la tarde hace
brillar sus mechones dorados. No logro fijarme en sus ojos, pues los cubren
unas gafas de aviador. Pero sí reconozco esa sonrisa torcida y no me gusta una
mierda.
La chica que lo acompaña muestra una mini falda y camiseta de tirantes,
parecida a la mía. Pero ella la rellena más, tiene mejores curvas que yo. Sus tetas
parecen falsas, aunque eso no le quita belleza, como siempre he pensado, sino
que se ve muy agradable a la vista. Su pelo rubio súper teñido está suelto y la
brisa lo empuja constantemente en su rostro bronceado y bonito. Si no
estuviera babeando encima de Cruz no me caería tan mal, la respetaría. Pero
está incitando al único chico que alguna vez quise y... la odio. Estoy muy
ocupada ahora, fulminándola con la mirada.
Y más loca me pongo cuando él arrastra una mano por su cadera,
engancha su falda y la atrae. Siento ganas de levantar un pie y aplastarlos como
los dos gusanos arrastrados que son. La otra noche él puso esa misma mano en
mi muslo desnudo.
Casi sin siquiera pararme a considerarlo estoy caminando hacia ambos.
Lanzando mi mochila en el asiento trasero del descapotable y saltando por
encima de la puerta, dejándome caer en el asiento del copiloto. La rubia tetona
es la primera en notarme y fruncir el ceño, alertando a su pegajoso compañero.
Cruz se da vuelta y su mirada se topa con la mía. Alcanzo a notar su
sorpresa incluso desde detrás de sus lentes.
—Hola, vecino—sonrío, enroscando un mechón rubio de mi cola de
cabello alta en mi índice—. Ya estoy lista, ¿nos vamos?
CRUZ
Si apretara más el volante, se me partirían los dedos. Así que sólo acelero,
me concentro en meter aire en mis pulmones y miro al frente. Lo único que
tengo que hacer es permanecer atento al camino, y olvidarme de que a mi lado
viaja una chica de catorce años que me cagó un levante hace unos minutos. He
descubierto que no sólo es sobria e inteligente, también es una caprichosa. Y no
voy a jugar este juego con ella. Porque me lo he prohibido a mí mismo y no está
en mis planes dejarme arrastrar. Eva Moretti es mala para mí. Debería haberme
negado a traerla, pero no quería desairarla delante de Belén. Aunque se
merecía que la dejase en ridículo por inmiscuirse donde no la llaman.
—Así que…—comienza ella, levantando la mano para que el aire golpee en
su palma y se cuele entre sus dedos—. ¿Quién era esa?
No me pierdo la manera en la que se refiere a Belén, siseando como una
víbora. ¿Está celosa? No tiene derecho. No somos nada. No significamos nada
el uno para el otro, y se va a quedar así por lo que a mí respecta. Volteo la cara
para enfrentarla desde detrás de mis gafas oscuras, la estudio. No me está
mirando a mí, está entretenida con los movimientos lentos de su mano en el
viento. Algunos mechones sudados se le han escapado de la larga cola de
cabello en lo alto de la nuca y sus ojos están entrecerrados por la claridad del
sol. La camisetita de tirantes que luce no deja nada a la imaginación, y me doy
cuenta por primera vez que tiene algunas pecas en el escote, y lunares en el
costado del cuello. Ese jodido short me lanza invitaciones por segundo para
que le mire las piernas. Me niego. Si caigo, voy a tener que detenerme a un
costado y tomarme su interrupción demasiado personalmente.
—Una ex compañera de la secundaria—contesto, volviendo al frente.
Soy tan frío como puedo. No va a ganar, me repito constantemente. No va
a ganar. No importa cuántas veces se meta conmigo.
— ¿Ibas a garchartela?
Bueno, ella sí que va al grano.
—Voy a garcharmela—respondo, corrigiéndola al tiempo futuro.
No la estoy mirando, pero intuyo desde mi posición que no le gusta nada
mi respuesta. Mejor. Más rápido se olvide de mí, muchísimo mejor. Cualquier
cosa que tenga en mente, puede irse muriendo.
— ¿Para sacarme de tu sistema?—devuelve un momento después.
Lanzo una seca carcajada entre los dos. Niego. No tiene filtro,
definitivamente está jugando duro. Voy a tener que redoblar la apuesta. No
puedo permitir que gane.
— ¿Qué te hace pensar eso? Para que sepas, bonita, no sos el ombligo del
mundo.
Ella se ríe en alto, de lo más rugosa y sexy. ¡Nadie en el mundo puede reír
así a los catorce! Odio todo, todo lo que me hace. Cada maldita sensación y
tentación. Ella es una niña, no una mujer. Y tengo que metérmelo en la cabeza
de una maldita vez.
—Se parece bastante a mí, para empezar—dice, decidida—. Con la
diferencia de que soy toda natural y ella una réplica barata. Pero… está bien.
Podrías caer más bajo—acaba, encogiéndose.
He caído más bajo, debería saber. A lo largo de mis años activos he
terminado en la cama con cualquier desconocida, y a veces despertaba sin
siquiera un mínimo destello de lo que habíamos hecho. Decir que corría a
hacerme exámenes médicos con regularidad se quedaría corto. A veces,
realmente me asustaba de mí mismo. Y, puede que haya terminado con las
drogas, pero simplemente sé que yo seré mi propia destrucción tarde o
temprano. Soy un alma contaminada.
—Vamos a dejar algo claro entre los dos, Eva—me pongo serio de repente,
bastante molesto—. Entre vos y yo no va a pasar nada. Nada. No estoy al tanto
de lo que hay en esa cabecita inocentona de catorce años, pero no es más que
una ilusión. Vos y yo, nunca—remato, seguro de lo que estoy diciendo.
Ella se remueve en su asiento y me tomo unos segundos para echarle un
vistazo. No sé qué puede estar pensando ahora mismo, es buena
escondiéndolo. Sólo espero que lo entienda.
—Te dije que soy más que sólo un número…
— ¡Me importa una mierda lo que hayas dicho, carajo!—exploto sin pensar.
Si tengo que gritar para que entienda, entonces gritaré alto y claro. Si
tengo que insultarla, también lo haré.
—Quiero que te mantengas lejos de mí—insisto, filoso—. No te me
acerques. No me interesas, y es mejor que te quede claro de una puta vez.
—Entonces, déjame bajar—suelta, sin voltear a mirarme.
Sus dos esferas aguamarina van al frente, heladas, y se niega a mirarme. Su
cuerpo está tieso e inmóvil.
— ¿Qué?—pregunto, creyendo que no oí bien.
—Que me dejes bajar, voy a seguir a pie.
Me rio.
—No seas ridícula—la acuso, burlón.
—Si hubiera una gota de sinceridad en toda esa mierda que me decís, te
dejaría en paz. Pero estoy viendo el bulto en tus pantalones y, si no me dejas
bajar ahora mismo, me voy a hacer cargo de él—amenaza con tono sólido—.
Porque lleva mi nombre. Y estoy cien por ciento segura de que ibas a cogerte a
esa puta porque…
Ralentizo la velocidad y bajo el coche de la ruta, deteniéndome en la
banquina, sobre la extensión de pasto. Por dentro estoy rugiendo, alterado e
impaciente. Y esta pendeja sigue tirando de los hilos, ni siquiera le importa
toda la mierda que le grité. Le entra por un oído y sale por el otro. No hay
dudas de que está acostumbrada a que le den todo lo que quiere.
—Hacete cargo, entonces—a ver si tiene agallas.
No se demora ni un segundo antes de intentar posicionarse a horcajadas
en mi regazo. Me rio despectivo y la detengo. Ella se frena y eleva la atención a
mi cara. Trago al posarme en sus enormes ojos azul verdosos y notar lo
inocentes que se ven ahora.
—Soy un tipo exigente—aviso, ronco—. Me gusta el combo completo.
Antes de echarme atrás levanto mi mano derecha y la engancho en la
curva de su cuello, me permito meter la punta de los dedos en los cabellos de la
parte baja de su nuca. Con la otra me desprendo los botones del vaquero con
estudiado control. Me la meto en el interior del bóxer y saco mi pene fuera,
justo ante su escrutinio mudo. Me atrevo a ir más allá, a ser más grosero con
ella, y ejerzo presión en su cabeza para que descienda. Me revuelve el estómago
lo que estoy haciendo, sin embargo sigo adelante, esperando que ella se
acobarde. Que se asuste y corra en la dirección contraria.
No lo hace.
No sigue ninguna de mis expectativas. Debería haber sabido que
reaccionaría de una forma diferente, porque desde que la conocí supe que era
diferente. Me atraganto cuando baja con rapidez y lame mi longitud con la
iniciativa de una experta. La vista se me nubla, y cierro los párpados con fuerza,
tratando de reunir fuerzas para detenerla. Siendo el ridículo que se arrepiente y
se quiere echar para atrás. No puedo hacerlo, no importa que esté entre el
placer y las náuseas. Eva me toma con una temblorosa mano torpe y sigue
adelante con su boca. Mete la cabeza por entero en su boca, y por su forma de
chuparme sé que ésta es su primera vez. Y no debería ser conmigo, ni en este
momento. Con toda la voluntad que puedo conseguir adentro la alejo de mí
tomo su cara en mis manos y la levanto, fijo mis ojos en los suyos.
—Esto no está bien—murmuro, atragantándome.
Estoy asqueado y avergonzado de mí mismo, por dejar que ella destrozara
mis nervios. Por darme el permiso de actuar como un degenerado. Eva
pestañea tras la bruma en sus pupilas, despejando su enfoque. No sé si lo
acumulado allí es a causa de placer o lágrimas. Rezo para que no se trate de las
últimas.
Eva se apoya en mi muslo con una mano, la otra en mi hombro.
Entonces, inesperadamente se acerca y apoya sus labios en los míos. Otra vez
hace ademán para subirse en mi regazo, tomándome desprevenido. Se asienta
encima de mi pene descubierto e intenta profundizar el beso. La sigo, por un
momento, me digo que no es un daño corresponderle. E introduzco la lengua
en su boca cuando la abre exclusivamente para mí. Y forjamos un ritmo, una
intensidad que me pone aún más duro y a ella más blanda. Se aprieta contra mi
torso, aferrándose a mi cuello, como si quisiera fundirse en mí y desaparecer.
Le permito por un minuto seguir con esto, hasta que me amonesto a mí mismo
y me aclaro un momento para definir el final.
Se abraza a mi cuello como una garrapata cuando me dispongo a
empujarla lejos de mí, de vuelta a su asiento.
—No—gime en mi oído—. No quiero—se estremece.
—Eva—susurro, áspero y sin reservas de aire.
—No me soltés—pide.
Y no le hago caso, la fuerzo a desprenderse de mí y la regreso a su lugar.
Me acomodo las ropas con frustración, al tiempo que ella se sostiene en su
lado, agitada y sonrojada. Ahora creo que realmente la he herido. Porque soy
un burro, un hijo de puta insensible. No sé qué ha visto en mí que la hace
quererme. Soy un asno. Y acabo de demostrárselo. Es bueno, supongo, es
posible que se mantenga en su lado de la línea ahora que la he degradado de
esta manera tan despreciable.
Metiendo oxígeno violentamente por mi nariz coloco primera y el
convertible avanza. De nuevo se alza el viento a nuestro alrededor, aunque no
se lleva el silencio insoportable con él. Está claro que no sé cómo mierda actuar
alrededor de ella cuando está hecha una bola demoledora de fuego y poder, así
que mucho menos respuestas obtengo ahora que se muestra vulnerable. Una
cara completamente nueva de Eva Moretti. No dice nada hasta que entro por el
camino de la propiedad de mi padre y detengo el coche frente al garaje,
dejándolo en el exterior.
Abre la puerta, se baja, se inclina a por su mochila. A continuación se
digna a mirarme, cavando agujeros en mí con sus preciosos ojos. No se ve
ofendida, ni dolida. Sólo… inexpresiva.
—Sólo pedía una cosa, Cruz—habla, y no reacciono ante el uso de la última
mitad de mi nombre, cuando todo el mundo me llama Juan—. Quería que me
limpiaras.
Luego de sus extrañas palabras ella se da la vuelta y desaparece entre los
árboles que separan esta casa de la suya. Mis entrañas se revuelven y me froto
los ojos, cansado. Totalmente drenado. No sé a qué acaba de referirse ella, y
tengo la leve sospecha de que no me gustaría saber una mierda sobre ello.
CAPÍTULO 10
EVA
Recuerdo bien que me costó tomar consciencia de lo que me había
sucedido en el cumpleaños número diez de Malena, durante los meses que
sucedieron al repugnante acto. Estaba perdida. Pero no pasó mucho tiempo
hasta que en la escuela comenzamos las clases de educación sexual.
Gradualmente, me fui introduciendo con sereno interés en el asunto clave de
la cuestión. Y me iluminé. Lo entendí casi todo. O, más exactamente, lo que
necesitaba urgentemente meter en mi cabeza entumecida.
Después de eso, usé internet. Navegué horas y horas por las redes
buscando respuestas a preguntas que ni siquiera sabía cómo formular.
Necesitaba entender cómo sería mi vida después de esa tarde, aprender a vivir
con ello. Exigí resolver los actos reflejos que mi cuerpo emitía y que apenas
podía controlar. Todavía no tengo idea, si soy sincera, así que tampoco me
sirvió de mucho. Sin embargo, hubo un punto en la lista de supuestos efectos
colaterales que me tocó una fibra sensible. Lo recuerdo bien porque le dediqué
pensamientos por muchísimo tiempo. Y tuve que buscar en un diccionario la
palabra promiscua. Darle vueltas y vueltas para comprenderla. Más vulgarmente
se podía traducir como puta.
Yo no quería ser una puta.
No quería que ningún otro hombre me rozara en la vida. Tenía miedo,
debo reconocer, aunque éste se escondía detrás de las piernas del enojo, tal
como un niño pequeño en las de su madre. Lo último que quería era que me
volvieran a tocar mis partes íntimas. Entonces cumplí los trece años y la
perspectiva cambió. Mi ser empezó a insistirme, a pedirme cosas que yo no
sabía cómo interpretar. No lo supe bien hasta que en una ocasión caí en una
página porno, arrastrada por la curiosidad. Husmeé, cavé profundo, sin cesar…
y se volvió una rutina. Comencé a visitarla, al menos, unas tres o cuatro veces a
la semana. Alimenté mi promiscuidad sin querer, la crié en mi interior. Le cedí
el poder. Y ahora está madura y lista. Ahora, quiere que un hombre la toque,
ansía la cercanía y todo lo que conlleva. Anhela el sexo, como una pobre
muerta de hambre que revuelve la basura por migajas podridas.
Y no soporta que le digan que no.
No resisto que Cruz me rechace. No lo acepto porque él me ha despertado
totalmente del sueño, desde hoy sólo quiero permanecer despierta. Y lo necesito.
Lo necesito porque se siente bien. Bien. Como nunca nada antes en mi vida.
Por lo que al llegar a casa después de que él intentara denigrarme y asustarme
para que me alejara de una vez, lloré. O no, tal vez no fue un llanto en toda
regla, pero sí hubo un par de lágrimas. Gotas que se ahogaron una vez que
encendí la ducha y me quité el sudor y la irritación de encima. Lágrimas que se
fueron por el desagüe al tiempo que me masturbaba una, y otra, y otra vez. Con
furia, y casi haciéndome daño a mí misma.
Una vez que terminé, encerré esa mierda en un cajón en mi mente, eché
llave y me ocupé de algo mucho más importante que la herida reciente a mi
orgullo enfurecido y mi sexualidad principiante.
El cura.
Tracé el plan detenida y detalladamente. Llegué a la conclusión final en
poco tiempo. Lo que me trae al presente, al día siguiente, en medio de la iglesia
vacía, acompañada de los ecos que persiguen a mis movimientos casi
silenciosos. Diviso, antes de llegar al fondo, el largo mantel blanco que decora
el altar y sé de inmediato que ese es un excelente lugar. Nadie podría verla
durante el rato que dure esto, todos atentos a los bulliciosos chicos de diez años
correteando por allí.
Me siento en el primer escalón que alza al altar en lo más alto de la sala y
descubro la cámara, sacándola de mi bolso de deporte. Levanto uno de los
laterales de la tela y la cuelo debajo. Enfoco hacia el centro de la iglesia, pero
me inclino más por el primer banco de la izquierda, confiando en que el
pedófilo elegirá ese mismo lugar, como el cura anterior. Cuando la imagen en
la pantalla de mi celular me tiene satisfecha, me levanto y regreso sobre mis
anteriores pasos. Cuando salgo por la enorme puerta de doble hoja maciza ya
hay un par de madres esperando al final de las escaleras, con sus niños
agarrados de sus manos. Los dos muchachitos se sueltan ni bien verse y se
reúnen, soltando risitas agudas. Se ven entusiasmados de entrar a la casa del
señor y sacarse de encima sus falsos pecados. Para que les hagan creer que
merecen comulgar en la misa del domingo.
—Buena suerte—susurro por lo bajo mientras dejo atrás la iglesia.
Cruzo la calle y me dirijo al pequeño bar de la siguiente manzana,
prefiriendo permanecer cerca por las siguientes dos horas que calculo durará la
rutina de la iglesia. Son las cinco de la tarde, y tengo bastante tiempo de luz
restante para cuando llegue la hora de tomar el coche de regreso a casa. Paso a
través de la puerta de vidrio que anuncia mi presencia con una musiquita
ridícula, y me dejo caer en la mesa del rincón, con vistas al exterior. Pido una
gaseosa fresca mientras me concentro en el seguimiento de la cámara en mi
correo. Esperando que comience el movimiento que la active.
No tengo que esperar más de quince minutos, los mensajes con las
capturas comienzan a llenar mi bandeja. Descubro que he calculado
excelentemente el punto justo donde el cura se sienta con cada niño a hablar.
Voy mirando y eliminando las imágenes a medida que van llegando, siendo
menos que normales. Por un momento, creo que voy a volverme loca, pero lo
llevo bien, porque tengo la voluntad de acero. Y quiero acabar con esto cuanto
antes. Los primeros niños van pasando, y el tiempo de las confesiones no dura
más de cinco o diez minutos, entonces el chico se cambia a los bancos de la
siguiente fila, se arrodilla, y reza lo que el cura le recomendó. No entra el
siguiente hasta que él se marcha. El hombre siempre está a solas con ellos. Y
por momentos se ve simpático y no es difícil saber que a los pequeños les cae
en gracia. Algunos de ellos lo observan con profunda atención y adoración,
como si lo admiraran.
No es tan viejo como yo creía, tal vez tenga unos cincuenta años. Está un
poco calvo y barrigón, su imagen es de lo más corriente. Se muestra sereno y
simplemente es fácil engañarse. ¿Yo también caería en la red si no sospechara
de él? Tal vez. He dicho que llevo un radar conmigo a todos lados, pero a veces
sé que puede fallar, o darme ideas equivocadas, estoy consciente de ello. Por
eso nunca me apresuro a sacar conclusiones.
Una hora después y dos gaseosas más—no light—, estoy suspirando con
frustración porque no he adquirido ni una sola señal sospechosa. Y, si bien me
había hecho a la idea de que sería difícil conseguir algo contundente en la
primera cita con el plan, estaba segura de que algo pequeño llegaría a mis
manos para la colección.
No estaba equivocada.
Las cosas comienzan a volverse un poco extrañas a medida que la siguiente
niña avanza hacia el cura. Y al momento de notar que lleva una minie de jean,
me tenso. Hasta ahora ninguna había llevado falda. Por lo que de inmediato
estoy atenta, a cada maldita captura que me envía la bendita cámara. No me
falla. Capta al hilo, tres tomas perfectas del degenerado acariciando su suave y
aniñado muslo. En la siguiente se encuentra subiendo un poco la falda. Luego
la niña aparece de pie frente a él elevando el dobladillo para que vea. Se ve
asustada, aunque no sale corriendo. Ella no es tan inteligente y rápida como
Malena. Tampoco entiende mucho sobre lo que le está sucediendo. Sólo
reacciona obedeciendo con la parálisis que es consecuencia de la confusión y el
miedo. Estoy a punto de levantarme y correr hacia la iglesia cuando la próxima
toma me llega y la niña ya no está con él, sino que se ha ido a rezar al final de
los bancos, lejos. Trago mi alivio de que ese enfermo no fuera más allá.
Realmente, nunca creí que me sentiría tan terriblemente mal, luego de
todo lo que he vivido. Y lo hago. Se siente como revivir. Los recuerdos me
abruman. Las náuseas amenazan con subir por mi estrecha garganta en
cualquier momento, estancando la entrada de aire. La vista se me nubla por un
par de minutos, a la par que el celular se me llena de constantes correos sin
abrir. Me recupero rápido, revisando cada uno sin encontrar nada nuevo e
inusual. El momento de depravación perdiéndose en el tiempo, aun así nunca
en el olvido.
Ciertamente esa niña ultrajada no lo ha olvidado. Y yo tampoco, al igual
que la bandeja de entrada de mi nuevo correo anónimo, que acuna las pruebas
de que existe un perverso intruso en el pueblo. Quien se aprovecha de la
confianza de los padres y la sociedad que le tiene en alta estima por derramar la
palabra sagrada que tanto alaban.
Me separo del lugar que ocupé por casi dos horas y pago mi cuenta con
rapidez. A través de pasos rápidos regreso a la iglesia y espero afuera, hasta que
las madres y sus hijos abandonen la entrada. Las catequistas despiden a sus
alumnos con entusiasmo y orgullo, esperando ansiosas la misa del domingo, ya
imaginando a sus polluelos luciendo sus túnicas blancas, entregándose a Dios.
Soy engullida por la caída de la noche, en la oscuridad, hasta que estoy segura
de que no queda nadie deambulando en el interior. Casi corro por el camino
hacia el altar, a punto de zambullirme tras el manto blanco que esconde mi
fisgón y delator aparato. Lo devuelvo al interior de mi bolso justo a tiempo,
segundos antes de que Albertina aparezca y se alegre de verme.
No me queda otra opción que anotarme en la lista de segundas
comuniones para el mes que viene. Dejo la excusa de la confirmación para otro
momento, por si necesito ser amparada de nuevo en mis visitas a escondidas.
Me despido de ella, alegando que necesito volver a casa antes de que se hagan
las ocho. Me deja ir, complacida del respeto que muestro por mis progenitores.
Una vez fuera y a salvo, dedico una sonrisa al atardecer. Satisfecha porque
tengo en manos la primera prueba. Algunas más, y voy a estar preparada para el
siguiente paso. Y el más importante.
El castigo.
CRUZ
Me paseo en mi habitación como un pobre gato encerrado, necesitando
aire. El problema es que vaya a donde vaya cerca de esta casa o esta ciudad no
consigo respiro. Es como estar en la clínica de rehabilitación, se siente como
una cárcel. Y ahora a mi lista de desdichas se suma Eva. Eva con su
comportamiento descarado y directo, ese cuerpo de ensueño y el rostro de
ángel. Y simplemente sé que tengo que salir rajando de este lugar porque no
soy tan fuerte como me gustaría. Y la culpa hace cosas terribles en mi cabeza.
Nunca en mi puta vida tuve remordimientos por nada. ¿Por qué ella me lleva a
actuar así? No sé, no me interesa saber y mejor correr en la dirección contraria.
Bajo las escaleras vestido como para salir, ya son casi las nueve y mi
intención es meterme en algún bar de mala muerte, ver si me encuentro con
mis antiguos amigos para pasar el rato e irme con alguna chica que me guste a
un lugar más privado. Suena como un buen plan.
— ¿No vas a cenar con nosotros?—pregunta Lisa desde la cocina cuando me
ve venir.
Me detengo de camino a la puerta principal y la observo. Como siempre,
lleva ese ridículo delantal encima de sus ropas caras y el rodete perfectamente
amarrado en la nuca. No suda, ni se despeina cada vez que se hace cargo de la
cocina. Y es un poco increíble, si soy sincero y dejo mi rabia a un lado. Lisa me
cae bien la mayor parte del tiempo, sus platos aún más, quitando el hecho de
que la odié mientras crecía, siendo obligado a que me criara otra mujer que no
fuera la que yo amaba y me diera hermanos que no deseaba. No se cumplieron
ni seis meses de la muerte de mamá, que mi padre metió en casa una nueva
mujer, incitándome a llamarla ―madre‖. Jodido enfermo de mierda.
Tenía tres años cuando mamá se fue, pero recuerdo todo, como si mis
retinas se hubiesen esforzado en retenerlo, aferrándose a los recuerdos. Papá
fue el único culpable, y jamás, jamás en la vida se cruzará siquiera en mi mente
la opción de perdonarlo. De hecho, me gustaría matarlo con mis propias
manos por quitarme lo único que yo necesitaba de niño. O incluso ahora con
casi veinte. Y ni siquiera había cumplido cuatro cuando Lisa entró por esta
puerta y se convirtió en la dueña de casa, ocupando un lugar que era imposible
de llenar en mi corazón. La odié mientras crecí, y odié a mis hermanos
también, a pesar de que sabía bien que ellos no eran los verdaderos culpables.
—No, voy a salir—digo, esforzándome en sonar amable.
Ella sonríe y sus amables ojos castaños se encojen en los bordes. Se acerca
a mí pidiéndome permiso y acomoda el cuello de mi camisa que ni me molesté
en planchar.
—Podrías haberla puesto en la pila para la plancha—recomienda,
divertida—. ¿No querés que le quite yo esas arrugas?
—No, estoy apurado—digo, ella da un paso atrás—. Gracias, igual.
—Está bien—murmura, volviendo junto a sus ollas al fuego.
Abro la puerta de un tirón nervioso y en un par de pasos estoy en el
exterior, envuelto en la noche. Y el coche caro y reluciente de mi padre está
entrando por el camino. Qué oportuno. Enseguida me decido a tener una charla
con él en serio. Porque mi objetivo es estar fuera de este lugar para el fin de
semana, más tardar el lunes.
— ¿Cuándo me vas a devolver el acceso a mis cuentas?—lo abordo apenas
baja del auto.
Se ríe como si acabara de contar un chiste malo.
— ¿Cuándo?—se burla—. Deberías preocuparte en demostrarme que no
seguís siendo un gusano arrastrado y drogadicto que no sirve para nada antes
de devolverte ese dinero. Y hasta ahora, no veo cambios. Seguís siendo el
mismo inútil de siempre.
Ignoro su veneno, niego con una sonrisa maliciosa en la cara.
—No podré demostrar nada hasta que me des lo que me pertenece y me
vaya a la universidad—digo, metiendo las manos en los bolsillos de mis
vaqueros—. Necesito mi dinero.
Resopla consiguiendo su maletín desde el asiento trasero, dándome la
espalda e ignorando todo lo que le estoy diciendo.
—Voy a ir por un abogado—le amenazo.
—Vaya, no más—ríe, despectivo—. Vas a perder, y ahí sí que vas a quedarte
sin nada porque me encargaré de que pierdas cada centavo de esa estúpida
herencia.
Me trago la ira ardiente que comienza a subir desde mi pecho a mi
garganta. Mis extremidades hormiguean, mi corazón bombea más
violentamente, y los latidos se asientan en mis oídos.
—No tenés derecho alguno a adueñarte de lo que es mío, no sé cuál es tu
plan ahora, seguramente sólo se trata de fastidiarme sin ningún sentido. Tengo
casi veinte años, estoy limpio y no voy a dejar que todavía me manejes la vida.
Lo sigo desde cerca cuando comienza el camino hacia la puerta, su traje
desprolijo y su caminata cansada. Todo lo contrario a la imagen pulcra que
muestra al irse temprano en la mañana.
— ¡Qué maduro! Avísame cuando al fin te crezcan neuronas en esa
cabecita hueca—se burla.
Cualquiera diría que ni siquiera es mi padre por la forma en la que me
trata. Lo alcanzo y me interpongo entre él y las escaleras de casa. Sin pensarlo
apenas lo estoy empujando hacia atrás, y su maletín se zafa de su agarre,
cayendo en el cuidado pasto. Su cara se convierte en una masa amorfa de color
rojo intenso porque vuelvo a arremeter, casi acabándolo en el suelo de
espaldas. No encuentro motivos para NO golpearlo en el instante en que se
expulsa hacia adelante alzando el puño apretado en dirección a mi cara. Lo
esquivo y como si se tratara de un acto reflejo, mis nudillos chocan con el
hueso de su mandíbula. Lo envío abajo de un puñetazo, pero eso apenas
satisface un cinco por ciento de mi sed de sangre, así que simplemente, y casi
sin esfuerzo, sigo usando su rostro como un saco de boxeo.
Cada golpe y gruñido resuena en la oscuridad, crean ecos en mis oídos y
obtengo tal satisfacción de ver cómo su cara se va hinchando y deformando que
ya no puedo parar. No-puedo-parar. Todos los años viviendo bajo su techo, todos
sus insultos y exigencias caen sobre mis hombros y susurran en mi mente que
no debo frenar, pase lo que pase. En la bruma, oigo a Lisa gritar, como en la
lejanía remota. Llama a Dani, me grita que me detenga. Mi padre está
inconsciente, y sé que debería detenerme pero… no hay ni un solo motivo que
me empuje a salir de encima de él y dejarlo. Mi hermano menor baja corriendo
las escaleras como un avión y con toda su fuerza me derriba en el pasto, como
en el rugby, dejándome fuera de juego. Sigue sobre mis huesos mientras lucho y
grito que me deje terminar. Que me permita matarlo. Sus ojos castaños son
decididos y sobrios, maduros. Niega, forcejea conmigo, y sé que si no fuera por
mis brazos cansados podría doblarlo a mi antojo, ganar la lucha. Pero me
canso, y permito que me inmovilice, al tiempo que intento meter oxígeno en
mi pulmones cerrados.
—Quiero matarlo—digo, agitado.
Él se remueve sobre mi espalda.
—Lo sé—es lo único que responde, como si me entendiera—. Está
inconsciente, no se va a alegrar del trabajo que le hiciste en la cara…
Me rio secamente.
—Las nuevas contraseñas están en la caja fuerte—me toma por sorpresa
unos segundos después—. Vamos a tomarlas mientras viene la ambulancia que
Lisa acaba de llamar. Y mejor que no estés cerca cuando lleguen las
autoridades.
—Mierda—gruño, entendiendo al fin lo que he hecho.
Me ayuda a levantar y camina con la cabeza baja delante de mí. Pasamos a
una Lisa histérica, que se apretuja contra Malena. Me miran como si fuera un
monstruo y no me sorprende el hecho de que no me importa. Nos apresuramos
hacia la oficina y Dani la abre, sacando la llave del maletín que papá dejó caer
cuando lo empujé. Una vez dentro, él revisa los papeles minuciosamente,
tratando de encontrar la contraseña de la caja.
—Prueba con las fechas en las que ganó sus juicios—digo, impaciente—.
¿Cuál fue su favorito hasta ahora? ¿El del loco que lideraba la banda que
saqueaba bancos?—ambos sabemos que no hay manera de que sea alguna fecha
de nacimiento de sus hijos o mujer, o aniversario.
José Romano no tiene a su familia primera en la lista.
Reviso en sus archivos y le dicto la fecha de aquel juicio. Nada. Probamos
con todos los otros y tampoco tenemos suerte. Luego él comienza a probar por
su cuenta, al mismo tiempo que me revuelvo los sesos pensando. Unos cinco
minutos después, mi hermano la abre. No sé cómo mierda lo hizo pero no
tengo tiempo de festejarlo.
—Bien hecho—murmuro, metiendo la mano.
Saco los papeles que guarda, ignorando los fajos de dinero. Me enfoco en
lo que estoy buscando hasta que lo tengo entre manos. Lo separo del resto para
llevármelo, pensando en que esta es mi ansiada libertad.
— ¿Qué usaste de contraseña?—se me da por preguntar.
—No te va a gustar la respuesta—murmura, un poco apesadumbrado.
Bien, eso me llama más la atención. Y ahora no puedo con la necesidad de
saber.
—Ahora vas a tener que decirme—gruño, impaciente.
Me mira a los ojos, metiendo las manos en sus bolsillos. Tenso.
—El día que falleció tu madre—dice, en tono bajo.
Eso me golpea incluso más que cualquier puñetazo. Es un choque duro y
directo a mis entrañas. Trago, negando con la cabeza. Intento despejar mi
cabeza, enterrar el dolor. Asiento, como un agradecimiento por decírmelo y me
enfoco en el resto de las cosas que llenan la caja fuerte con tal de dejar pasar
este momento de mierda.
— ¿Qué es esto?—frunzo el ceño mientras saco unos CDs del interior
oscuro.
No tienen descripciones, sólo están guardados en cajas transparentes,
como si estuvieran sin usar. Me fijo en mi hermano y lo noto agitado y pálido,
mirando fijamente lo que sostengo en mis manos.
—Tal vez sean las grabaciones de los juicios—responde, como si le doliera
algo adentro.
Entrecierro los ojos, sin dejar pasar su nerviosismo, el que lo hace ver
como un niño a punto de vomitar.
—Tal vez—concuerdo y lo devuelvo todo dentro.
Cierro la caja, ignorando el ardor de mis nudillos abiertos. Alcanzo los
papeles que me pertenecen desde el escritorio y los doblo, metiéndolos en mis
bolsillos traseros del pantalón. Dani traspasa la puerta antes que yo, como si le
persiguiera en diablo. Sale al exterior, y me escabullo hacia mi habitación para
esconder bien mi tesoro. Más tarde haré la maleta y me iré lejos, no volveré a
dedicarle ni un segundo pensamiento a esta familia.
Ya soy un tipo libre.
CAPÍTULO 11
EVA
—Tenés reunión con la modista esta tarde—es lo primero que suelta mamá
en la mañana.
Le frunzo el ceño, la verdad es que no podría haber elegido un peor día
para enviarme a la modista. Estoy de un humor de perros, no me desperté
bendecida por la capacidad de la paciencia. Y esa mujer es una loca que no para
de hablar.
— ¿A qué hora?—me froto el ojo y la empleada pone una taza de té
humeando frente a mí antes de que tome asiento.
—A las cuatro, asegúrate de ser puntual porque Manuela está atareada con
el tiempo, no hay lugar para esperas—comenta, metiendo el último resto de una
tostada con mermelada dietética encima.
Ni me preocupo por asentir, sabe que iré. Me concentro en mi desayuno,
teniendo mil cosas en la cabeza. Anoche llegué tan drenada y cansada por mi
expedición secreta que no pude engancharme a mi pasatiempo preferido: espiar
a los vecinos. Me acosté muy temprano, luego de organizar y esconder mi
primer rejunte de pruebas.
—Elegí un tipo de tela rosa claro, ni bien verlo supe que sería perfecto para
tu tono de piel—sigue ella, anotando sin parar en su libreta y sorbiendo su
café—. Podríamos combinarlo si te parece, pero opino que por sí solo estaría
bien, tal vez agregando brillos y piedras…
Me encojo. Por dentro ya estoy desechando su sugerencia. Nada de tonos
rosas o pasteles. Nada de ideas locas sobre princesas inocentes. Por Dios, lo que
me falta es llevar un corsé y escote corazón. Odio esa mierda. El vestido va a ser
sencillo, corto. De cóctel. Nada raro.
Me hago con cuatro tostadas y las unto con manteca. Luego le tiro azúcar
encima. Siento de inmediato la mirada insistente de mi madre. Ya sabiendo
que me está frunciendo el ceño, la ignoro. Meto la primera tostada en mi boca,
entera. La enfrento mientras mastico con mis mejillas abultadas.
—Tomaste dos más de lo permitido—alza una ceja—. Y acá está tu
mermelada. ¿Tenés idea de las calorías que tiene esa manteca?—busca a la
empleada a través de la cocina—. Ni siquiera sé qué hace esa porquería en la
mesa.
Un imparable calor penetra mi piel a la altura del pecho y sube por mi
garganta. Trago la comida y me limpio las comisuras, mis ojos fijos en la mujer
frente a mí, alejando la manteca de mi alcance.
—Quiero engordar—le suelto, firme.
Su semblante empalidece, horrorizado.
—Quiero engordar unos cinco o seis quilos—sigo, sin hacerle caso,
comiéndome la segunda tostada—. Voy a hablar con la nutricionista. Y empezar
el gimnasio.
Soy una estaca, piel y huesos. Y sé que eso es lo que se requiere en las
pasarelas, pero estoy pensando en dejarlo. Quiero ser modelo, sí, pero de
publicidades... O, tal vez ropa interior. Con la diferencia de que quiero
rellenarla. Para eso necesito un mejor juego de culo, glúteos y caderas. No más
caminar por ahí simulando ser una tabla, o una percha andante. Quiero poder
darme el gusto de meterme una tableta de chocolate cuando yo quiera, y
compensarla con mejores rutinas de deporte y gimnasio.
Mamá levanta una temblorosa mano para colocarse un mechón rubio de
pelo tras la oreja. Está muda. La he sorprendido.
—Eso es estúpido. Miles de chicas en el mundo buscan bajar de peso y vos,
que vas camino a tener uno de los mejores cuerpos de la pasarela, ¿querés
engordar?—se atraganta al final.
—Exacto. No quiero hacerles creer que mis rodillas y codos huesudos son
atractivos.
— ¡Lo son! Son elegantes y atrayentes—discute, sus mejillas rojas de furia—.
¿Despertaste esta mañana con ganas de contradecirme?—se sacude.
Me rio con la boca llena, agria. Creo que me levanté esta mañana ya
hastiada de actuar como su angelito.
—Me levanté pensando en mi futuro—digo.
Frunce el ceño.
— ¿Qué te pasa? Estás distinta, como… como más mayor—murmura,
estudiando mi cara—. Más madura.
Chocolate por la noticia, mami. He estado fingiendo mucho tiempo ser una
niña básica, superficial y hueca. Me he cansado.
—Voy a cumplir quince—digo, como si eso respondiera a su evaluación—. Y
posiblemente dentro de dos años me voy a ir de esta casa. Pensá en que… ya no
vas a estar ahí para llevarme por donde mejor te parezca. A partir de ahora voy
a empezar a tomar decisiones por mí misma.
Pestañea. No puede retrucarme porque se ha topado con una versión de
su hijita que no conocía. Siempre me he dejado llevar por su corriente. Primero
porque la admiraba, quería ser como ella, tener su belleza. Después porque
sentía que quería lo mejor para mí. ¿Ahora? No me gusta el resultado. Siento
necesidad de cambiar.
Termino mi desayuno con las cuatro tostadas justo frente a su escrutinio y
después me levanto para prepararme e ir a la escuela. Justo en la puerta que
une la cocina con la sala me cruzo a papá, y su expresión de orgullo me indica
que ha escuchado la conversación. Y, tal vez no esté completamente de acuerdo
con mis ideas, pero si con el hecho de que yo comience a frenar la obsesión de
mamá por mi carrera.
***
Quedé con Malena en encontrarnos en su casa para que me acompañe a
la modista. Y aquí estoy, frente a su puerta, cuando ella atiende y me deja
entrar. Ni bien poner un pie en el recibidor, siento el aire más espeso. La
tensión en el ambiente es palpable y rebusco con los ojos por una señal que me
indique qué es lo que está sucediendo.
La respuesta no me tarda en golpear.
La puerta del despacho de José Romano se abre y él sale. Lo primero que
noto es su dificultad al moverse. Luego obtengo el claro primer plano de su
cara destrozada y multicolor. Tiene un ojo casi por completo cerrado, la
hinchazón de un horrible color rojo. El pómulo, la mandíbula y la nariz
completamente morados, y hasta podría decir que doblan su tamaño normal.
Sonrío. No lo puedo retener. Aunque inmediatamente lo escondo cuando
Malena me vuelve a prestar atención después de ver cómo su padre sube
adolorido las escaleras.
Chiflo entre dientes.
— ¿Qué le pasó?—finjo una pizca de horror.
Mi amiga arruga el entrecejo y suspira con pesar.
—Juan Cruz—dice, y mi corazón salta hasta mi garganta—. Lo atacó anoche.
Me muerdo el labio, esforzándome mucho en esconder mi excitación y
gozo. Quiero explotar a carcajadas. Hasta bailar. Y luego buscar a Cruz y… lo
que sea... Borremos ese último desliz. No voy a seguir apuñalando mi orgullo.
—Discutieron, papá lo alteró y él lo dejó noqueado, ahí en el pasto—cuenta
sin que yo se lo pida, me pregunto por qué no dijo nada sobre esto en la
escuela—. Dani los separó. Ahora papá está enfurecido y quiere meter a Juan en
la cárcel.
Ya no me encanta tanto la historia.
— ¿Y dónde está tu hermano?—pregunto, abrupta.
— ¿Dónde pensás que está? Salió rajando. Armó el bolso y se fue en su
coche. No sabemos dónde está. Pero eso es lo mejor. No quiero que papá lo
encierre, sería injusto. Él tiene parte de la culpa por tratarlo tan mal. Sólo—se
frena, pensando con tristeza—… es mejor que no vuelvan a verse, ¿no? Todos
estamos mejor así.
Yo no. Una gran parte de mí necesita que regrese. O, por lo menos, verlo
una vez más. Como despedida. Sin embargo, todos sabemos que no va a
suceder. No si su padre está tan ensañado con encerrarlo y vengarse. La verdad
es que imaginar a Cruz tras las rejas me quita toda la satisfacción de ver a José
Romano hecho una bolsa pisoteada.
Algún día él va a recibir su merecido, y no tendrá oportunidad de
amenazar a nadie con la cárcel.
— ¿Nos vamos?—salto al oír la bocina del remís, enterrando el tema.
La chica asiente, anuncia desde la puerta que se marcha y luego salimos.
Durante el camino no puedo evitar pensar en Cruz y en dónde se puede haber
metido. No pasa nada, suspiro por dentro, con el tiempo me voy a olvidar de él,
me confío. Acabaré recordándolo como la fugaz experiencia sin sentido que
fue.
***
Elijo una tela azul oscuro con unos pocos brillantes ya adheridos, en un
molde sencillo. Vestido corto, con breteles finos y escote redondo, suelto hasta
las caderas donde se ajustará un poco contorneando la forma de mis muslos. La
modista está tan desconcertada que no ha abierto la boca, y eso es muy bueno,
porque no la quiero oír hablar sin parar. Supongo que se esperaba otra cosa de
mí, que tardara mil años en elegir y le diera trabajo con el diseño. Por dentro
me rio. Porque, sin duda, pensaba encontrarse con una réplica de mi madre. Y
ya me decidí a dejar de demostrar eso a la gente.
La mujer me asegura que tendrá listo el vestido en dos semanas. Y debo
hacer sólo una prueba dentro de seis días. Asiento estando de acuerdo y agarro
el brazo de Malena para salir. Son las dieciséis y cuarenta, así de rápida ha sido
mi marca. Mi amiga está aturdida.
—Pensé que sería más…
— ¿Más extravagante?—termino por ella, mientras caminados en dirección
al centro de la ciudad.
Sacude la cabeza, su pelo castaño formando cortinas a los costados de su
rostro todavía aniñado.
—Algo así, con ese vestido vas a mezclarte con los invitados, ¿no se supone
que la quinceañera tiene que sobresalir o algo?—pregunta.
No hay dudas de que Malena es la clase de chica que se inclina por los
rosados. Todo en ella es suave e inocente, y la imagino en sus quince años
luciendo un enorme vestido rosa, con brillantes y hasta una tiara en la cima de
su cabeza.
— ¿Me ves usando un corte princesa?—la enfrento deteniéndola en medio
de la acera para que me mira.
Ella me estudia de pies a cabeza, pensando. Siempre se hunde esa pequeña
arruga entre sus cejas cuando lo hace. Entrecierra los ojos, suspira y se resigna,
negando con la cabeza. Me rio.
—No, la verdad es que no te iría nada—me sigue la corriente, soltando una
risita aguda—. Ese vestido que elegiste no está nada mal, la verdad. Creo que es
perfecto para tu cuerpo y resaltaría tus largas piernas…
—Guau—digo, levantando una ceja—. Qué observadora—sonrío.
—Mi plan es ser diseñadora algún día—murmura, sonrojándose.
Paso un brazo por sus hombros, acercándola a mí. Le doy una palmada de
aliento.
—Me parece perfecto—digo, sinceramente—. Me encanta como dibujas,
¿tenés algunos diseños ya?
Arruga la cara, pero asiente a regañadientes.
— ¡Quiero verlos!—la empujo.
Y sé que le da vergüenza pero de verdad tiene que confiar en mí. Y yo
apuesto a que serán buenos, tiene buena imaginación y una excelente mano.
Cruzamos la calle y nos metemos en la heladería, ya que yo tuve la idea de
tomar un helado una vez fuera de la casa de la modista. No recuerdo la última
vez que disfruté de uno. Y nada mejor que hacerlo con mi mejor amiga.
Elegimos nuestros gustos, pago con efectivo y salimos a sentarnos en una de las
mesas, bajo el sol. Por un buen rato sólo hay silencio y lengüetazos. Y no puedo
negar que cierro un par de veces los ojos con éxtasis, haciendo reír a Malena a
carcajadas.
—Extrañaba esto—suelta de repente, cuando casi estamos terminando.
Trago la bola de crema de golpe, casi atragantándome. De inmediato me
pongo seria, porque me incomoda cuando se pone así de melancólica.
—Extrañaba nuestro tiempo juntas, eras la única amiga que estaba cerca. Y
a veces me moría por cruzar el monte para golpear tu puerta—cuenta con
amargura.
Me rasco el cuello con inquietud, respirando con dificultad.
— ¿Por qué no lo hiciste?—pregunto antes de obligarme a cerrar la boca.
— ¡Porque tenía miedo de que me cerraras la puerta en la cara!—chilla,
como si mi pregunta fuera estúpida—. Me ignorabas. Fuiste vos la que nunca
más me habló, así que estaba convencida de que yo había hecho algo mal.
―No fuiste vos, Male. Fue el hijo de puta de tu padre.‖ Le contesto por dentro.
—No hiciste nada mal—le aseguro—. Yo hice todo mal. Perdón.
No pude volver a ser su amiga hasta que estuve lista, y me llevó dos años.
Y ahora me doy cuenta de que no la odio. Por un tiempo lo hice, aborrecí a
todo el que se me cruzara, en especial a cualquier integrante de su familia. Pero,
¿ahora? No hay ni una sola fibra en mí que quiera hacerle daño. Ella es mi
mejor amiga. Me recibió de nuevo como si nada hubiese pasado. Como si no
hubiésemos estado dos años sin hablarnos. Me perdonó todas esas veces que le
pasé por al lado en los pasillos de la escuela y fingí no verla ni conocerla. No
queda ni una gota de resentimiento dentro de mí estando frente a ella. Es
dulce, amable, simpática… y no se merece el padre que le tocó. Tampoco
merece lo que quiero hacerle a ese sujeto como venganza, pero a eso no está en
mis planes detenerlo. Ni siquiera por el cariño que siento por ella.
El remís se detiene en nuestro lado de la calle y subimos. Por dentro no
puedo frenar mis pensamientos yendo hacia el cura, hoy no podré ir a
supervisar sus repugnantes sesiones de absolución con los niños y eso me
enferma. El resto de la semana que viene voy a ponerme en campaña para
terminar esta primera fase de pruebas. Tan pronto como pueda iré al encuentro
con el punto final de la lista.
Una vez en el interior de mi casa, nos encontramos a mi madre sentada en
la sala con su laptop tecleando sin parar y sonriendo como una boba. Hasta
que levanta los ojos y nos nota, entonces se apresura a cerrar la ventana para
que no veamos lo que estaba haciendo. No necesito ver más que su nerviosismo
para entender que estaba haciendo algo indebido. Eso levanta mi temperatura
de golpe, porque sólo puedo pensar en que se trata de un amante o algo por el
estilo. Más le vale que no lo sea, por su bien lo digo. Papá no se merece esa
clase de mierda, le ha dado la vida de reina que pidió y ha aguantado mucho
viviendo con ella.
— ¿La muestra?—pregunta, alzando la palma hacia arriba.
Rebusco en mi mochila por el pedazo de tela que la modista me dio.
Mamá quiere saber de qué color será el vestido antes de empezar a comprar
todo para la decoración. Como está confiada de que será el rosa que vio antes,
espera sonriente. Su rostro cae flojo al ver el retazo que cae en su mano. Lo
observa con horror. No nos esperamos a que diga algo al respecto, tomo a mi
amiga del brazo y me la llevo escaleras arriba.
— ¡EVANGELINA!—chilla ella, al borde del colapso.
Me rio, Malena no me sigue la corriente, sólo tiene los ojos muy abiertos
con tensión. Pobre mujer, mi madre, dos disgustos en un día. Si seguimos así
no llegará a fin de mes.
***
El viernes al mediodía, en el viaje a casa, Malena organiza un picnic.
Bueno, lo más parecido a uno, en el patio de su casa. El día ayuda, así que
acepto la sugerencia, además pienso estar toda la tarde afuera así que es una
forma de despejarme con ella antes de irme.
Iré a la iglesia, y juntaré mi último puñado de pruebas. Tengo lo
suficiente. Hasta ahora he visto al cura obsesionarse con dos niñas en total. Al
principio creí que las elegía por el estilo de ropa accesible que llevaban, pero
han desfilado varias más llevando vestidos y polleras sin activar un avance por
parte del pervertido. Deduzco que tiene un tipo. Pequeñas y dulces, morenas
con grandes ojos claros. Ha sido un alivio que no fueran más, porque mi estrés
sube a niveles insoportables en cada ocasión que descubro unos pasitos
confiados e inocentes avanzar hacia el banco, acompañados por el revoloteo de
una falda alrededor. Esto es casi intolerable para mí, y no me considero una
chica débil, pero la situación pone mis rodillas a temblar con una facilidad
increíble.
Arribamos la cocina casi corriendo, creando un hambriento estampido
que sobresalta a Lisa y la cocinera.
—Mamá, vamos a comer unos sándwiches en el patio—avisa Malena,
jadeante—. No te preocupes, nosotras los hacemos—le dice cuando la mujer
hace ademán de ir a la heladera para prepararlos.
La cocinera de los Romano nos sonríe con simpatía mientras revuelve una
salsa en la olla. Una que sólo Lisa y Dani disfrutarán. Tal vez también José, si es
que no ha ido a trabajar para no mostrar su cara adornada en la oficina.
Intento no reírme por el pensamiento. Male y yo rodeamos la isla en medio de
la gran cocina y preparamos los bocados con pan lactal y fiambre fresco. Si me
viera mi madre. Tengo que reconocer que ya es hora de contenerme un poco,
he roto el régimen muchas veces esta semana y hasta que no hable con mi
nutricionista no puedo ir por mi cuenta con la comida. Control. Esto será mi
último permitido.
Estoy cerrando el primer sándwich y riendo por alguna estupidez que dice
Male, cuando levanto la vista, sintiendo una presencia junto a la entrada. Mi
corazón se sube hasta la campanilla al toparme fijamente con los ojos dorados
de Cruz. Y es posible que mis movimientos vacilen porque él se apresura a
llevar su dedo índice a los labios. No quiere que lo delate. Un pestañeo después
desaparece, metiéndose a hurtadillas hacia el interior en la casa. Trago y actúo
casual, como si el haberlo visto no me hubiese alterado los nervios y puesto mi
piel de gallina. Mis manos dudan mientras van a por el otro pedazo de pan y
untan mayonesa.
Malena acaba antes que yo y se para a mi lado.
— ¿Te ayudo?—pregunta.
En otras circunstancias le respondería ásperamente que puedo hacerme
un maldito bocado yo misma, pero ahora sí que necesito su ayuda.
— ¿Podrías terminarlo? Tengo que ir al baño—me limpio las manos con el
repasador más cercano.
Asiente y se entretiene con el trabajo que abandono, mientras me escurro
hacia la sala. Estoy a punto de subir las escaleras para buscarlo pero me
encuentro con que no es necesario, ya que la puerta de la oficina de Romano
está entreabierta y alcanzo a ver claramente una ajustada camiseta gris oscuro
moverse dentro. Sin dudar voy allí y me filtro. Cruz está muy ocupado tratando
de abrir la caja fuerte, aunque eso no le impide saber que tiene compañía.
— ¿Qué estás haciendo?—susurro, apoyada contra la puerta ahora cerrada—.
Tu padre podría encontrarte, y encerrarte—escupo.
Él se ríe como si mis palabras fueran tontas. Abre la tapa de la caja y
rebusca en el interior.
—Ese imbécil está en cama, dopado porque le duele hasta el culo—
murmura, gruñendo, después voltea para mirarme—. Así que estás al tanto de
todo…
Me cruzo de brazos y sonrío.
—Sí, Male me contó—rio muy a gusto—. El otro día lo vi, tiene la cara
destrozada. Me encanta.
— ¿Por qué?—suelta bruscamente—. ¿Por qué te encanta?
Estúpida. Estúpida soy, demostrando mi felicidad por la paliza a José
Romano.
—Porque vos lo dijiste, es un imbécil—contesto, tan casual como puedo—. Se
lo merecía. Estuve en aquella cena, ¿lo olvidaste? Fui testigo de la mierda que
es…
Nos quedamos en silencio mientras él vuelve a meter mano donde no
debería corresponderle. Trato de mantener mi curiosidad a raya pero necesito
saber qué planea.
— ¿Ahora estás robándole? No das puntada sin hilo—resoplo, un poco
divertida.
Chasquea la lengua y al fin se aleja del rincón y cierra la tapa. Levanta un
par de cajas de CDs y ante mis ojos las mete en una mochila que se ve muy
desinflada.
—No estoy robando—chasquea la lengua sonriendo de lado—. Al menos,
no dinero—ríe al final.
Niego, inclinando la cabeza a un costado al tiempo que lo repaso con los
ojos. No sé por qué cada vez que estoy cerca de él le percibo como si
estuviéramos en la misma página. A veces realmente me hace creer que puedo
llegar a confiar en él y largarle mi mierda. La verdadera pregunta es… ¿para qué?
¿Con qué objetivo se lo contaría? Nunca lo hablé con nadie, y puede que Cruz
me entienda, pero lo hecho está hecho y nada va a cambiarlo. Y él me miraría
con lastima. Si hay algo a lo que le he dedicado mucho empeño, es evitar ser ―la
niña violada‖. Porque no hay duda de que si yo hubiese abierto la boca hace dos
años, la ciudad se habría convertido un caos, a raíz de una guerra entre familias
poderosas. En la cual yo habría sido el pequeño ser de pie en medio de todo,
vulnerable ante los ojos de cualquiera.
—Tengo que irme—dice Cruz, frente a mí esperando que le deje el camino
libre.
—Lo sé—digo, mi boca secándose—. No vas a volver, ¿cierto?
Ni siquiera titubea al confirmarlo. No, no va a regresar. Nunca. Y yo me
quedaré en este lugar alejado de todo, manteniendo el sueño de lo que habría
sucedido entre nosotros si yo tuviera un par de años más ahora mismo. Porque
de verdad he deseado todo de él. Y he sido insistente y caprichosa con algo que
realmente quiero por una vez en la vida.
—Escucha…—se aproxima, su tono ronco disparando dardos a mis
sentidos, obligándolos a estar alerta
— ¿Qué?—susurro cuando detiene lo que iba a decir.
Aprieta la mandíbula y se rasca la nuca, al final termina negándome el
resto de sus palabras. Sólo para darme algo con lo que olvidarlas. Un beso. Me
toma tan por sorpresa y se me escapa un grito, que él ahoga con su boca,
atacándome. No es un beso contenido. No uno que esté siendo frenado por la
razón. Por primera vez me trata como si tuviese la edad que ambos queremos.
Me aplasta contra la maciza puerta y mete su lengua en mi interior,
saboreándome el paladar. Y me distraigo de no tener mucha experiencia en
besar chicos y mucho menos hombres. Lo poco que he practicado ha sido
terrible. Pero con él no se nota, me arrastra a responder con el mismo ardor y
potencia. No hay ni una pizca de incomodidad en lo que estamos haciendo.
Lo abrazo por los hombros, su mochila cayendo al suelo, y le salto encima.
Rodeándole la cintura con mis largas piernas. Me sostiene, gruñendo y
mordiendo con presión dominante mi labio inferior. Entonces obtengo sus
grandes manos en mi culo, por debajo de la falda del uniforme. Mi espalda se
arquea por sí sola, respondiendo por instinto. El latente bulto en sus
pantalones encaja justo en el rincón de mi cuerpo que más lo necesita y suspira
por él. Su sabor es adictivo y me tiene lloriqueando una vez que sus manos se
separan y me devuelve los pies al suelo.
Todavía estoy volando y jadeando cuando hace una mueca de dolor y se
acomoda la parte delantera del ajustado vaquero. Se agacha para conseguir la
mochila, y se amasa el cabello. Todavía estoy reteniéndolo dentro y lo último
que deseo es tener que verlo marchar. Sin embargo, no me queda otra opción
porque el sonido chillón e insistente de unas sirenas se introduce en la niebla
que creamos y ambos nos paralizamos.
La policía.
—La ventana—lo empujo.
No se mueve. Su rostro se endurece y echa un resoplido impaciente y
enojado al aire.
—No—niega su ceño torcido, resignado—. Mejor cuídame esto hasta que
vuelva a buscarlo, ¿bien?—pide, apretujando la mochila contra mi pecho—. Voy
a hacer esto, no me voy a pasar toda la vida siendo perseguido por una
estupidez—se frota los ojos.
— ¿¡Qué?!—casi chillo, reteniendo el aire.
Él me toma de los hombros y me sacude. No quiero demostrarle que
tengo miedo, pero es algo que no puedo controlar. Lo último que deseo es que
vaya a la cárcel. Y sería mi culpa por meterme con él cuando era obvio que
estaba ocupado yendo como un intruso. Le hice perder tiempo.
— ¿Qué es lo peor que puede pasar?—alza una ceja con seguridad—. Tengo
un buen abogado. Seguro me obligarán a pagar alguna buena suma de dinero
por la demanda, o alguna otra mierda. No voy a terminar en la cárcel por
golpear a ese idiota—se ríe.
—Pero tu padre…
—Mi padre se va a la mierda—me separa de la puerta y la abre—. ¿Vas a
hacer lo que te pido?—pregunta, enfrentándome antes de salir, afirmo sin
dudar—. Gracias. Voy a buscarlo cuando termine con esto—promete, hasta
parece que se refiere a algún trámite insignificante.
Está loco.
Otro asentimiento en su dirección y él está fuera, entregándose. Lo último
que veo es su expresión arrogante mientras lo esposan y se lo llevan. Hasta
parece feliz de irse detenido. Lo que me enfurece bastante. Abrazo la mochila
contra mi pecho y, por dentro, pido que todo lo que dijo que podría sucederle
se cumpla.
CAPÍTULO 12
EVA
A pesar de estar demasiado distraída por toda la mierda que sucedió con
Cruz, mis planes siguieron siendo los mismos para la tarde. Así que tomé un
coche hacia la ciudad y acabé con el asunto de una vez. Como sabía que iba a
pasar un tiempo hasta que pudiera dar el siguiente paso, tuve que improvisar.
Así que imprimí una de las capturas comprometedoras en un local, guardé la
prueba antes de que alguien la viera, por supuesto. Luego salí y me encargué de
escribir una nota detrás, una advertencia. No quería que él siguiera
manoseando niñas nunca más, si podía hacer algo para que se detuviera, lo
haría sin pensar. Necesitaba tiempo.
Caminé el resto del camino hasta la casa del pervertido y colé la hoja
doblada en dos por debajo de la puerta. Me hubiese encantado filmar el
momento en que él la viera y leyera, mala suerte que ese fuera un lujo que no
podía permitirme. La nota era corta, decía: ―Sé lo que haces. Te estoy vigilando. Yo
en tu lugar me detendría‖. Con eso me despedí por el momento y regresé a casa,
agotada. Lo que me trae al presente, metida en mi cama mirando el techo
fijamente, luego de una cena rápida con mis padres y su silencio infernal.
La verdad es que esto de la justicia por mano propia es cansador y me
mantiene en alerta las veinticuatro horas del día. No lo voy a negar. Parece
muchísimo trabajo y peso para una chica de casi quince años, que debería estar
preocupándose por asuntos más banales. Debo ser inteligente, estar un paso
siempre delante y, por sobre todo, cuidadosa. Podría sólo ir a la policía y
sacarme este peso de encima, me niego. No confío en las autoridades. He visto
demasiadas injusticias en la televisión, y cuando se trata de casos como este.
Además… necesito seguir, es como alimento, y funciona de esa forma porque
me lo tomo demasiado personal.
Suspiro y observo el reloj, marca que faltan quince para la una de la
mañana. Y no tengo obligación de dormirme temprano, es sábado no hay
planes para ir a la escuela. Hice mis tareas ni bien acabé con la ducha antes de
la cena. No tengo nada que hacer, y no quiero tener que pensar. No me hace
falta ponerme más profunda.
Si tan solo fuera normal.
A veces extraño a esa chica que podría haber sido si José Romano no se
hubiese salido con suya. Me gusta como soy, sólo que… vivo tensa. Vivo con
persistentes pensamientos preocupantes, anormales. Soy un bicho raro, por
dentro. Si lo fuera por fuera no me querría tanta gente, no sería tan popular. Y
si supieran lo que hay en mi mente la mayor parte del tiempo, se espantarían.
Me dejarían sola, me recluirían. No le tengo miedo a la soledad, no me
importa. No obstante, yo requiero la popularidad, porque es mi máscara. Mi
coartada. La gente no confía en los bichos raros, porque son cerrados, extraños
e impredecibles. Me visto del ángel de ojos grandes y adorables, uso mi belleza y
sonrisa fácil para meterlos en mi bolsillo, entonces se enamoran de mí. Se
vuelven ciegos, mientras que detrás del telón me permito ser la verdadera yo. El
bicho raro.
Mi vida podría ser peor. He sido fuerte, he mantenido mi mente en
control. Y tengo que estar muy agradecida por eso. Agradecida conmigo misma
y nadie más.
Me froto los ojos rojos y cansados y salgo de la cama, me dirijo a la venta.
Observo la noche, tan oscura en esta parte alejada de la ciudad, y aun así tan
clara, porque las estrellas no son apagadas por las luces artificiales de las calles.
Pienso en Cruz, me guste o no, mi cabeza siempre va a él. Obsesionada. No
entiendo qué hizo él para atraerme tanto. Tal vez es cierto todo eso que dicen
las revistas sobre la química. Y yo reflexionaba que eran estúpidos y sin
sentido.
Me pregunto por qué volvió. ¿Por qué quería esos malditos CDs? ¿Para
chantajear a su padre? Debían ser importantes si se arriesgó por ellos. ¿Qué
contenían? Gruño con impaciencia y me retiro. Me muerdo el labio, me dio
esas cosas, por lo tanto tengo al alcance algunas respuestas. Sin siquiera dudar,
me dirijo al segundo cajón de mi cómoda y rebusco entre las calzas y tops de
deporte que siempre guardo ahí. Mis dedos tocan el borde filoso del plástico de
las cajas y las tomo. No hay ni una pizca de culpabilidad por lo que voy a hacer.
Lo tomo como una oportunidad. Si el destino de esos CDs era el chantaje, bien
podría tomarme la libertad de usarlos con el mismo propósito. No me vienen
nada mal. Una especie de pago por cuidarlos hasta que llegue el momento de
devolverlos.
Enciendo mi laptop y espero a que cargue, me paseo por la oscuridad de
mi habitación. Abro una de las dos y lo coloco dentro del aparato, el
reproductor se toma unos segundos antes del comienzo. Le bajo el volumen
cuando la voz de José Romano a mitad de sus palabras se activa, al mismo
tiempo que se enfoca fijamente el rincón de una habitación. Estoy sin aliento e
inmóvil mientras el video, que dura casi media hora avanza. En alguna parte
entre el comienzo y el final, no sé exactamente cuándo, mis dientes comienzan
a castañear violentamente, mis manos a temblar incontrolables y acabo
arrodillada en el suelo, apoyada en mi cama, porque mis piernas ceden. Ni
siquiera las náuseas que amenazan el ascenso hasta mi boca son suficientes para
forzarme a quitar la vista de la pantalla. Me obligo a verlo. De principio a fin.
Me empapo con todo el asco que me produce. Encierro el profundo odio en mi
pecho, lo potencio.
Me estoy ahogando en el instante en que corta y todo se vuelve negro.
Robóticamente quito el CD y coloco el otro. Empieza casi de la misma manera
que el anterior, sólo que ésta vez soy capaz de reconocer el lugar. El gran sofá,
las mantas sobre él, los muebles viejos. Es el sótano de los Romano.
Así llego a la conclusión de que ese tipo está más enfermo de lo que creí.
El video se corta en el minuto cuarenta y procedo como en el anterior y lo
regreso a su caja. Mi boca está seca, mi lengua raspando el paladar con un gusto
amargo pudriendo mis papilas. La vista se me desenfoca. Son lágrimas.
Lágrimas que me trago y no dejo libres. Me sorprende que además de la ira y el
resentimiento se me filtre dentro la tristeza. Esa maldita e indeseada tristeza.
Me esfuerzo en echarla. Porque es debilidad, y no me llevo bien con ella.
Regreso los asquerosos Cds a mi segundo cajón, cerrándolo con tanta fuerza
que la cómoda se tambalea. Trago el fuego subiendo por mi garganta. Tomo
una larga respiración por la nariz, en vano, porque no me tranquilizo. Por lo
contrario, enloquezco más y en un arrebato agarro la laptop, la sostengo en lo
alto y la estrello contra el suelo, escondiendo un ensordecedor grito en lo
profundo de mí. Se produce dentro, pero suena tan fuerte y tiene tanta
potencia que me mareo y caigo sobre mi cadera derecha, rebotando el hueso.
Cierro los ojos con dolor y me sobresalto. El picaporte de la puerta
repiquetea, y unos golpes preocupados retumban en mis oídos.
— ¿Eva?—llama papá—. ¿Qué pasa ahí adentro?
Me paro de un salto y me acerco, no con intenciones de abrir.
—No pasa nada—aseguro, mi voz tranquila—. Se me cayó la notebook, creo
que se me rompió—sueno un poco culpable, dándole efecto.
Lo oigo suspirar soñoliento.
—Bueno. Mañana la vamos a revisar—promete, para hacerme sentir mejor—
. ¿Por qué no estás dormida? Dormite ya, es tarde—ordena, alejándose de la
puerta.
Suspiro entre aliviada y tiesa cuando se va y le echo un vistazo a la
computadora. No creo que tenga arreglo, se ha desprendido en dos pedazos.
Alzo el desastre y lo coloco sobre la cómoda, luego me meto en la cama pero no
duermo.
Si antes no podía hacerlo, ahora mucho menos.
***
Una semana después sigo sin tener noticias de Cruz y estoy empezando a
inquietarme. Malena no tiene ni idea de lo que puede estar sucediendo con su
hermano, sus padres no han dicho nada con respecto a la situación. Ni siquiera
Dani, cuando lo acorralo en su habitación aprovechando que esta vez no se
encuentra cerrada con llave.
Está recostado en su cama sin expresión alguna, mirando el techo cuando
lo interrumpo. Él se empuja a sí mismo sentado, mirándome con desconfianza.
No digo nada por un momento, tomando nota de su fuerte pecho, que casi ha
doblado su tamaño. Cada vez que volteo a verlo noto diferencias en su cuerpo
en comparación de hace dos años. Sus ojos también me miran, igual que los
míos. Curiosos, no excitados. Nada en Dani me atrae, aunque reconozco que es
atractivo. Aun en esa eterna mirada melancólica que luce.
—Tu hermano—suelto, directa al grano—. ¿Qué está pasando con él?
Niega, moviéndose hacia el borde de la cama, y yendo hacia su camiseta.
—No sé mucho. Su abogado y mi padre están en la lucha, supongo—
comenta, vistiéndose—. Es todo lo que tengo. Y, por lo visto, ellos van ganando,
porque papá está exasperado y de mal humor desde hace días.
Sonrío. Por un momento parece que él también va a hacerlo, pero el brillo
salta por la ventana incluso antes de que me convenza de que lo he visto. Saber
que Cruz puede estar yendo camino a caer bien parado es bueno, aun así,
cualquier cosa puede pasar. Y sé bien quién es José Romano y lo que es capaz
de hacer. Más si se trata de obtener siempre una victoria. Así que voy a
asegurarme de que pierda esta batalla contra Cruz.
Volteo, ya sin interés de pasar un segundo más en compañía del Romano
menor.
—Espera—murmura apretado y nervioso—. Yo…
Se estanca y desvía la mirada culpable lejos de mí, enfocándose en la nada.
Sus castaños ojos rasgados se humedecen y, antes de que se ponga a llorar como
un bebé, lo empujo por el precipicio para que acabe esto con un indoloro
latigazo.
—Habla de una vez, no tengo todo el día—gruño.
—Yo… quiero pedirte perdón—se friega los ojos para limpiar cualquier
lágrima antes de que caiga y lo humille más delante de mí.
Niego, apretando los dientes.
—Ya me pediste perdón—digo, monótona.
Sí, lo hizo. Un día en la escuela, semanas después de que volviera de mi
gira. Fue insoportable para ambos, estoy segura. Se acerca unos pasos,
frotándose la mejilla como si sintiera asco de sí mismo. Como si odiara estar en
su propio cuerpo.
—Nu-nunca respondiste—susurra, inestable—. Y necesito que me lo digas
ahora. No me importa si vas a seguir con esto de la venganza, sólo… quiero que
me perdones, aunque sigas odiándome.
Sus pulmones no respiran durante el tiempo que tomo antes de responder
a su desesperado pedido. Lo observo, tratando de ver más allá, más adentro. Lo
que descubro no me ablanda.
—Tal vez algún día—digo, su rostro cae—. Sólo si demostrás no ser igual a
tu padre…
Me voy antes de tragarme su reacción. Se ha sorprendido y le he cedido
esperanzas. Quizás me arrepienta de eso, pero no me importa. No me gusta
cuando las personas lloran y ruegan. Me saqué de encima el peso de sus heridas
súplicas. No me permito considerar que es posible que él esté tan roto como yo
desde lo que sucedió. No puedo hacerlo, no estoy abierta a sentir debilidad. Al
menos no por él. No después de ver los videos que tengo escondidos en mi
cómoda.
Bajo las escaleras con urgencia y me estanco justo en la puerta del
despacho de Romano. Nivelo mi respiración y los temblores de mis manos.
Malena está en su habitación haciendo tarea, y me excusé para bajar a buscar
algunas galletas a la cocina. Lisa no se ve por ningún rincón cercano y lo tomo
como una señal para hacerlo. He estado pensándolo toda la semana, mientras
pasaban los días y no tenía noticias del hijo mayor que fue llevado por la policía
la semana pasada. Hundo el picaporte y cede, en una inhalación estoy dentro.
Mirando directamente a los ojos verdes del dueño de casa. Cierro y me apoyo
en la puerta al tiempo que él me envía una torcida sonrisa. Se parecería mucho
a la de Cruz si no tuviera un deje de demencia y arrogancia enferma.
—Hola, querida, me alegra verte de nuevo—baja la vista a sus papeles como
si nada.
Me trago la bilis que amenaza con expulsarse fuera. Él no me va a ganar.
Está jugando ni mismo juego. El que inventé. Y únicamente yo conozco todas
las reglas.
—Voy a ir al grano—escupo, yendo a enfrentar su escritorio—. Seguro ya te
diste cuenta de que faltan dos CDs en tu caja fuerte, ¿cierto?—no demuestra
reacción alguna, pero leo muy bien entre líneas y no me pierdo cómo se hincha
la vena en su frente—. Los tengo. Y puedo usarlos cuando se me dé la gana.
Llevarlos a la policía estaría perfecto, sería lindo ver cómo te hundís en la
mierda.
Me observa fijamente, subiendo por su cuello una poderosa película de
calor que lo pinta todo de rojo intenso. Lo tengo donde lo quiero. Entiende
perfectamente hacia dónde se dirige esto.
— ¿Qué puedo hacer por vos, niña?—pregunta, intentando sonar tranquilo.
Me apoyo en el borde de la lujosa madera que nos separa.
—Quiero que te dejes de joder con Juan Cruz—sonrío, no me importa que
esto le de ideas, porque la verdad es que serían ciertas, pienso tener a su hijo
mayor para mí—. Deja de meterte en su vida, y déjalo en paz. Si cumplís,
prometo traerte esas dos cajas yo misma. Si no veo frutos, entonces estás
muerto y enterrado hasta el fondo.
Como no tengo nada más que decir pongo distancia entre los dos y enfilo
hacia la salida. Su silencio contesta por sí sólo, y sé que está tan enojado que
apenas puede hablar correctamente. Le echo una miradita y estiro el brazo
hacia la puerta.
—Vos y yo somos iguales—suelta, y me paralizo abruptamente—. Los dos
hacemos lo que sea para conseguir lo que queremos, y no pedimos perdón
nunca por eso…
Se levanta de su sillón y rodea el escritorio para acercarse. No demuestro
debilidad, sólo alzo el mentón arriba y enfoco valientemente sus ojos viniendo
encima de los míos.
—Culpamos a otras personas por lo que somos, en tu caso soy yo el
monstruo que te engendró. El que puso la semilla del mal en tu cerebro. En el
mío, es toda una cadena de antecesores retorcidos. Somos iguales. Sos igual a mí.
Porque yo te creé. Mírate—ronronea, metiendo su rostro casi en mi nariz—.
Mírate bien al espejo y sabrás que digo la verdad. Te pareces mucho a mí, niña.
Te has convertido en lo que odias—susurra en mi oído.
Trago con fuerza por más que mi boca esté seca, llena de un gusto amargo
y asqueroso. Por tenerlo tan cerca, casi puedo revivir esa tarde. El sabor de la
tierra en mi boca, mi culo ensuciándose en el barro, mis flacuchas piernas
luchando. Manos inmovilizando mis brazos. Sin embargo no emito reacción, a
pesar de que por dentro estoy gritando e imaginando que araño cada
centímetro de su despreciable cara.
—Pero no creas que podés derribarme—toma un puño en el frente de mi
camisa—. No te atrevas a subestimarme—tironea más cerca de él—. Porque así de
fácil como te inventé, puedo destruirte.
Comienzo a luchar cuando me arrastra hacia el escritorio. Pateo sus
pantorrillas, clavo mis uñas en sus sucias manos. No estoy gritando, al igual que
la primera vez. Pero en aquella oportunidad, mi garganta se había cerrado,
ahora sólo estoy concentrada en zafarme. Intenta demostrarme el punto. Que
es más fuerte que yo y puede hacerme lo que quiera. Que no debo permitirme
ser tan segura de mí misma, porque soy perfectamente fácil de dañar. Lo que
no sabe es que no me importa.
La cantidad de cosas encima del escritorio salen volando de un solo
manotazo. José Romano tiene mis muñecas aferradas a mi espalda, y aplasta mi
cara en la brillante madera cara. Tomo una silenciosa bocanada de aire, no
quiero reconocer que no logro mantener mi respiración a raya. Mi corazón no
responde a la orden de quedarse quieto. Mi cuerpo ya no se adapta al control.
Y es porque se sabe en situación de peligro por sí mismo, sin necesitar que mi
mente le dispare disciplina.
— ¿Ves?—se agita la voz por encima de mí—. ¿Ves lo fácil que sos? A mi lado
no sos nada. Podrás mirarme directo a los ojos y creer que me tenés donde
querés sólo por el hecho de enfrentarme. Me sorprendiste la primera vez, te
concedo eso, ahora ya no. Estoy alerta, y tu valentía es insignificante. Puedo
aplastarte como a una mugrosa cucaracha, pequeña. Recordá eso siempre.
Levanta mi falda, rompe mi ropa interior tironeándola en sus dedos,
cortando líneas en mi piel con los bordes de la tela elástica. Se remueve, apoya
todo su peso en mí. Un segundo después, su violenta intrusión en mi interior
me recuerda la sensación de ser partida al medio, rasgada, triturada. No
reacciono al dolor, me muerdo el labio inferior con fuerza. No voy a darle más
satisfacciones de las que tiene. Me penetra una y otra vez, mi sexo a duras penas
resistiendo con sequedad. Comienza a jadear como un caballo cansado, y su
ritmo se vuelve devastador. Con sus zapatos de diseñador, empuja mis piernas
más abiertas, tanto que mis huesos se quejan.
—Que bien que volviste, siempre tuve ganas de repetir—asegura, agitado—.
Sentite afortunada, pocas veces he aceptado segundas oportunidades.
Me golpea de nuevo y mi pecho hace un sonido ahogado, como el de un
globo desinflándose de golpe. Romano se vuelve imparable y ansioso, entonces
sólo se detiene, enterrado profundamente. Suceden un par de respiraciones
ahogadas, se estremece y acaba.
Me suelta, se aleja, y me da un empujón que de derriba de culo en el suelo
de su oficina. Lo fulmino con la mirada mientras se arregla la ropa y regresa a
su asiento, desplomándose allí. Suspira, sonando como si acabase de sacarse un
peso de encima.
—Voy a hacer lo que pediste—habla con su voz normal de regreso.
No digo nada, sólo me tomo mi momento para levantarme y posarme
sobre mis pies, pidiéndoles con furia que me sostengan. Sus ojos se mueven
abajo, en la mancha de semen que dejé impresa en su reluciente piso de
madera lustrosa. Recién ahí me doy cuenta del chorro viscoso que se desliza por
mis piernas. No demuestro ningún sentimiento por eso, me dispongo a
enderezar mi falda.
— ¿Algún otro chantaje, dulce Eva?—insiste, niego con la cabeza y doy un
paso atrás sin girar, ni dejar de observar sus ojos fríos—. Yo haré mi parte, sólo
ocúpate de no quedar preñada. Hasta luego—me despacha chasqueando los
dedos.
Llego a la puerta con dificultad, mostrándome adolorida. Lo escucho reír
por lo bajo y giro sólo para brindarle una sonrisa. Mi mejor sonrisa. Porque yo
lo sé mejor. Él cree que me ha doblegado, que ahora me mantiene en el lado
que me corresponde. Y está equivocado.
Él sólo acaba de hacerme más fuerte.
“No me bendiga, Padre, porque he pecado”
— (Going the hell) The Pretty Reckless
El reloj en mi muñeca marca las nueve en punto cuando veo salir a
Albertina de su oficina en la iglesia, recorriendo los fríos pasillos acompañada
de los ecos del repiqueteo de sus zapatos. No me pierdo su trote apresurado
hacia su coche e irse en un ronroneo de motor, seguro apurada de llegar a casa
de una vez y relajarse.
Permanezco allí, sabiendo que el cura todavía está adentro, sin haber
terminado si jornada. Hace más de media hora que estoy sentada en un banco,
justo en la plaza de enfrente, observándolo todo. Llevo ropa suelta, más
precisamente un vaquero de chico y un abrigo fino, oscuro, con capucha. No
escapé de casa vestida así, por supuesto, estaba en mi imagen normal al subirme
en el coche. Hasta que me bajé en una estación de servicio y me cambié en el
baño, también atando mi cabello en un apretado rodete en mi nuca, sin que se
soltara ni un solo mechón. El lugar estaba bastante lleno de bulliciosos
adolescente con sus bocas llenas de hamburguesa para que alguien me notara al
marcharme dentro de mi poco agraciado disfraz.
Ahora espero bajo las sombras, tomando nota de que lo que estoy
pensando hacer es más enfermo y retorcido de lo que alguna vez me permití
fantasear. Desde hace semanas he tenido esta necesidad de hacer daño, de
permitir la salida al veneno que me carcome por dentro. Desde que José
Romano estuvo dentro de mí por segunda vez no he podido ignorar más este
insistente deseo. Necesito poder, necesito el miedo. La adrenalina. Y esta será la
noche en la que lo conseguiré todo y me daré el gusto. Y al mismo tiempo me
sacaré un enorme peso de encima.
Levanto mi culo del banco y pongo a trabajar mis pies, cruzando la calle.
Mis manos en los bolsillos y mis pasos pausados y desgarbados. Puedo pasar
tranquilamente por un vago adolescente, gracias a mi altura y mis atributos
ocultos. Paso inmediatamente al recibidor intentando que la pesada hoja de la
puerta del frente no resuene al abrirse y cerrarse, lo que es casi imposible. Es
tan vieja que sus bisagras necesitan una buena aceitada. Una vez dentro, me
apresuro a desabrochar y deslizar mis pantalones para que la falda que hay
debajo se despliegue hasta la mitad de mis muslos. Es tarde, y sé que voy a
necesitar un incentivo. Y una buena actuación. Guardo la prenda en mi
mochila y me introduzco en la atracción principal.
Me agarro el estómago, me doblo sobre mí misma y… comienzo a llorar.
Sollozos fuertes y profundos que enseguida cumplen su cometido. Una cabeza
morena y rechoncha se asoma con preocupación desde una puerta aislada en la
pared, a izquierda del altar. Me limpio las primeras lágrimas con un fingido
temblequeo de manos mientras él se acerca con desconcierto. Apuesto a que
nunca nadie entró en su iglesia creando semejante escena. Esta es su primera, y
última, vez.
— ¿Puedo hacer algo para ayudarte?—me pregunta, sus engañosos ojos
amables lucen un ceño apretado—. Es tarde, ¿por qué no estás en tu casa, con
tus padres?
Cierro los ojos y bajo el rostro hacia el suelo, sigo llorando. Siento su
mano posarse en mi hombro con intenciones de consuelo, y es eso lo que me
hace saltar hacia atrás, aunque no quiero. Es que aborrezco su toque. Lo último
que ansío en la tierra es que se me acerque, pero tengo que terminar con esto.
—Necesito hablar con usted—resoplo, alzando mis ojitos de ángel a su cara.
Él duda. Puedo leer perfectamente su expresión. No quiere quedarse acá
conmigo, prefiere ir a casa y terminar el día cenando alguna comida rancia y
yendo a la cama temprano. Tal vez hacerse una paja con el pensamiento de las
niñas que ha manoseado antes de asentarse en el sueño. Todo eso sería más
interesante que aguantar el berrinche de una loca adolescente.
—Por favor—murmuro, suplicando.
Temblorosamente llevo una mano al exterior de uno de mis muslos y finjo
rascarme la piel, atraigo sus ojos, allí mismo. Noto el instante justo en el que
cae en la cuenta de lo que llevo puesto, y su actitud deja de estar desinteresada.
No hay una táctica mejor que sacar a flote las debilidades de las personas para
lograr tenerlas donde se las quiere. He descubierto eso hace tiempo, y me gusta
hacer un buen uso del conocimiento de vez en cuando.
Suelto un hipido y él accede.
—Quiero… confesarme—digo, sonando tímida.
— ¿Ahora?—pregunta, impaciente.
Fuerzo más lágrimas fuera de mi sistema y me siento en la orilla de uno de
los bancos, mi falta subiéndose inocentemente unos cuantos centímetros.
Asiento.
—Está bien—suspira, y va a tomar asiento a mi lado, dispuesto a empezar
ya.
Me congelo, sacando mi mejor expresión de vulnerabilidad. Le echo un
vistazo de reojo al confesionario.
— ¿Vas a estar más cómoda ahí?—me lee.
Afirmo de nuevo, e inmediatamente nos movemos. Cada cual está dentro
de su espacio un segundo después, y me siento, abrazando mi mochila contra el
pecho. Mi boca está seca y mi corazón bombea, turbulento. Quiero hacer esto
bien. Y estoy nerviosa, y también ansiosa por terminar. La adrenalina
revolviéndose en mis oídos.
— ¿Por dónde preferís empezar, pequeña? Tomalo como una charla de
amigos, estoy acá para apoyarte. Estás segura conmigo, y el Señor permanecerá
entre los dos, dispuesto a escucharte e iluminarte a través de mí—dice él, de
pronto volviéndose muy pacífico y dispuesto.
Pongo los ojos en blanco. Ese seguro es su tono especial para crear
confianza en las personas. Más especialmente en la niñas que quiere tocar.
Ahora, más o menos, entiendo por qué ellas hacían lo que les pedía.
—Uno de mis compañeros de la escuela metió su mano bajo mi falta—
empiezo, sonando angustiada, y del lado opuesto no se oye nada—. Y yo… me
vengué de él…
Sueno tan triste que podría hasta creérmelo yo misma, sin embargo, sé
que también estoy al borde de soltar alguna risa ácida. Esto es tan tonto, pero
es lo que tengo y lo usaré.
— ¿Cómo te vengaste?—pregunta, monótono y amable.
—Yo… lo amenacé, puse una trincheta en sus partes íntimas. En el baño de
varones de la escuela—mi papel de pobre niñita es tan bueno que tengo que
contener el aire para no entusiasmarme tanto.
En silencio, corro el cierre de mi mochila con lentitud. Desde el interior
consigo unos guantes blancos de látex que robé del botiquín de primeros
auxilios en el baño de mis padres. Despacio, mientras me esfuerzo por hacerme
oír abochornada y arrepentida, prosigo.
—Yo sé que estuve mal, pero quería darle una lección—lloriqueo.
El sacerdote resopla, intenta ser discreto pero lo oigo, y sonrío de lado por
eso. Lo estoy aburriendo, cree que lo que hice es estúpido. Cosas de niños.
—Eso sí estuvo un poco mal, la venganza nunca es buena—dice, tomándose
su tiempo con las palabras, como si yo fuera una retardada niñita de cinco
años.
La sangre se va agolpando en los espacios correctos de mi cuerpo,
dándome más y más fibra y determinación. Bajo la mochila a mis pies y suelto
un suspiro largo y silencioso. Miro fijamente la pequeña puerta cerrada de
madera por la que ingresé a este rincón oscuro, las luces del interior de la
iglesia se cuelan por los pequeños agujeritos, dándome una perspectiva de lo
más teatral y oscura del momento.
—Lo sé—suspiro, mordiéndome el labio—. Lo sé. También quise hacer lo
mismo con mi vecino—trago, cerrando los ojos—. También quiero vengarme de
él.
Silencio, durante una larga hilera de segundos.
— ¿Por qué? ¿Qué te hizo él?—intenta apurarme el hombre, ya deseando ir
a casa.
Suelto un falso sollozo adolorido.
—Él me violó—dejo salir la bomba, y puedo imaginar la inmovilidad de la
sorpresa deteniéndolo en su espacio, retorciéndolo en el shock—. Él… me
empujó contra su escritorio y… sacó su pene de sus pantalones—recito los
detalles—. Me lo metió desde atrás, y luego me ordenó que me cuidara de no
quedar preñada.
Sonrío con malicia al no obtener respuesta del sacerdote. Está mudo, y
afectado. ¿Excitado con la imagen que acabo de poner en su mente pervertida?
Tal vez. O tal vez no. Posiblemente sea tan hipócrita como para sentirse
enfermo y enojado por mi arrebatadora y triste situación.
—Odio a las personas como usted, Padre—interrumpo el lapso callado de
repente.
— ¿Cómo?—pregunta saliendo de su estupefacción—. ¿Qué dijiste?
Estoy abriendo la pequeña puerta de su lado del confesionario cuando lo
pregunta, y lo miro fijamente a los ojos desde mi altura al repetirlo.
—Dije que: odio a las personas como usted, Padre—gruño, una expresión
peligrosa cambiando mi rostro de tal forma que se echa atrás de un sobresalto.
Intenta pararse de golpe y arremeter contra mí. Error. Gran error. Porque
el cuchillo que tengo oculto en la manga acaba insertado en el costado de su
barriga y lo regresa a su asiento, sus ojos grandes por la sorpresa y el dolor. Una
de sus manos se mueve por la herida y al separarla, ambos la vemos impregnada
en sangre. La visión de eso mismo me eriza la piel, en el buen sentido.
Gime, y comienza a respirar con dificultad. Me acerco hasta casi estar
recostada sobre él.
—Sé lo que haces, te he estado viendo desde muy cerca—murmuro,
espeluznante, contra su oído y lo apuñalo una vez más.
Y otra. Y otra. Con furia imparable y decisión. Hasta que intenta hablar y
no lo logra porque la sangre proveniente de sus atravesados órganos internos le
llena la boca y se rebalsa por las comisuras. La escupe en el intento y una gota
me mancha la mejilla.
— ¿Te gusta jugar al gato y al ratón con pequeñas niñas indefensas de diez
años?—pregunto a su rostro rojo y agonizante—. Y a mí también me gusta ese
juego, siempre y cuando sea con ratas como vos—limpio la hoja del cuchillo
contra la carne flácida de su mejilla.
Una lágrima se escapa por el rabillo de su ojo, me mira fijamente. No se
puede mover, está a punto de irse. Lo siento en cada una de sus sacudidas.
Chasqueo la lengua mientras llora e intenta taparse las heridas, su mente casi
yéndose a la nada.
—Uno tiene que estar listo para las consecuencias a la hora de pecar, ¿no,
Padre?—le sonrío.
Me limpio los guantes ensangrentados con la falta y saco una pequeña
bolsa de plástico de mi mochila, al otro lado. Son las capturas de sus momentos
infraganti con las niñas. Le muestro la primera, y no reacciona ya que su
cuerpo se está desangrando con rapidez y va perdiendo lucidez. Suspiro,
decepcionada. Entonces clavo la imagen en la madera con una chinche de color
verde.
—Al contrario de lo que usted aconseja, me gusta la venganza—comento, y
adhiero las demás fotos—. La venganza es la mejor justicia. Ya desde hoy, usted no
va a volver a tocar lo que no debe.
Sigo parloteando a la par que avanzo con mi trabajo, llenando el pequeño
cajón de madera encerada que lo rodea de pruebas, acá y allá. Armando un
cuadro perfecto para una buena toma. Una caricatura. El sacerdote muerto en
manos de un desconocido, tratando de compensar cada toque degenerado de
sus sucias manos. Esas niñas, y las que vendrán, estarán a salvos. Al menos de
él. Un enfermo menos en el mundo. Algo es algo.
Aplaudo al terminar y tomarme un momento para echar un buen vistazo
crítico.
—Hice un buen trabajo, ¿cierto?—no responde, apenas emite sonido
alguno—. Pero siento que falta un toque de… ¿color?
Meto los dedos en sus heridas, recogiendo sangre. Se remueve con un
grito ahogado en líquido carmesí que escupe y tengo que alejarme para no
mancharme más la ropa. Me ocupo en escribir una palabra con sus fluidos,
recogiendo más y más de cada agujero que mi cuchillo hizo en su barriga.
—Lo menos que puedo hacer es dejar la prueba de que fuiste una mierda
en vida. Míralo desde el lado positivo: tenés suerte, porque no vas a tener que
recibir el eterno odio del mundo cuando se sepa lo que has hecho bajo esta
fachada de santo—termino de escribir y retiro la hoja de cuchillo que está
incrustada en la última puñalada que le regalé—, y cuando esas madres se
enteren de que el curita al que le confiaron sus hijos era un…—leo la palabra
escrita bien grande y en mayúsculas sobre su cabeza tambaleante—:
»PE-DÓ-FI-LO.
Por último, marcando mi retirada, inserto el cuchillo en su corazón y lo
dejo allí. Me despide su último aliento. Entro en mi lado del confesionario y
me visto, metiendo la falda y camiseta manchadas bajo el gran pantalón y el
abrigo de capucha. Me quito los guantes y los entierro al final de las porquerías
que rellenan el bolso. Salgo de allí con pasos rápidos y mi rostro cubierto en la
sombra.
Antes de irme, me volteo y miro al altar.
Por lo menos el diablo no es un farsante—murmuro, en mi cabeza,
convencida—. Él entiende con quién se mete, sabe bien a quién busca y deja
entrar. En cambio, vos dejas que cualquiera hable y peque usando tu nombre—
le echo un corto vistazo al confesionario que ahora desprende olor a muerte—.
Ahí está la prueba de tu hipocresía.
Giro y abandono la casa de Dios, prometiendo nunca más volver a entrar
en ella.
CAPÍTULO 13
EVA
A la mañana siguiente apenas tengo tiempo de despegar los párpados y el
rostro de la almohada cuando golpes insistentes rebotan en las paredes de mi
habitación. La puerta es aporreada con tal urgencia que mi cabeza se queja
haciendo más ruido en el interior. Me acosté muy tarde, porque no se terminó
todo al llegar a casa, antes tuve que deshacerme de la ropa y la mochila.
Enfoco mi vista en el techo, sin poder creer realmente lo que hice anoche.
Una paralizante y fría descarga eléctrica me toma desde la nuca y recorre hasta
los dedos de los pies, una rara sensación que dura unos segundos hasta que
alguien me llama desde el otro lado de la puerta.
— ¡Eva!— grita Malena, ansiosa.
No tengo otra opción que recibirla, ignorando las ganas de quedarme
acovachada. Los grandes y redondos ojos de mi amiga se estampan casi en mi
cara al destrabar la puerta.
— ¿Qué pasa?—la miro con ojos entrecerrados.
Está alterada y preocupada. Su verde mirada más vulnerable de lo que
alguna vez la vi. Se muerde el interior de las mejillas, estudiándome
detenidamente.
— ¿No te enteraste?—susurra, temblorosa.
Entrecierro los ojos, negando. Por dentro sé bien a lo que se refiere, me
estaba preparando mentalmente para todo el revuelo que se armaría cuando
encontraran el cuerpo. Trago, por un momento me permito ser presa de la
inseguridad. ¿Qué si no fui tan cuidadosa como planeé? ¿Y si dejé alguna
prueba irrefutable de que la asesina soy yo? La piel se me eriza. Y odio sentir
duda, mucho más cuando viene acompañada de la leve presencia del miedo.
— ¿Qué pasó?—finjo rascarme el ojo.
Ella no responde, se remite a los hechos. Me agarra del brazo y tironea de
mí, escaleras abajo. No me suelta hasta que entramos en la cocina,
encontrándonos a mamá y la cocinera pegadas al televisor que cuelga del
soporte en la pared sobre sus cabezas. Juanita se muerde las uñas con una
expresión de dolor en el rostro y mamá está inmóvil, pálida, sosteniendo una
taza temblorosa en las manos, a medio camino de su boca. Apenas pestañean.
— ¿Quién pudo ser capaz de hacer semejante atrocidad?—pregunta la
regordeta cocinera, lamentándose.
¿Por qué se lamentan? El diablo sabe que yo no lo hago. ¿Por qué hay
dolor en sus miradas? Dolor sintieron las niñas que ese pedófilo manoseó.
Dolor en el corazón, en el alma. Y jamás olvidarán esas manos intrusas e
insistentes avanzando sin permiso.
Miro a Malena, me señala la pantalla con el mentón, así que pongo más
atención. Mi papá es el centro de la cuestión, rodeado de policías y agentes
mientras es entrevistado por más de una docena de periodistas y enfocado por
casi todos los medios del país. Arrugo los labios, disgustada. Papá se ve muy
mal, muy ceniciento y nervioso, lo está pasando fatal.
— ¿Tienen alguna sospecha de quién podría haber sido? ¿Por qué lo hizo?—
una mujer sin rostro que sostiene un micrófono se refiere al comisario, justo al
lado de mi padre.
El hombre frunce el ceño, entre enojado e inquieto, estoy esperando a que
abra la boca de una vez y cuente lo que sabe. Los motivos están allí, yo los dejé
bien claritos, a la vista de todos. Cada-maldita-prueba por las que ese pervertido
merecía lo que le hice. Espero a que diga todo. Tal vez no justifique el
asesinato, pero…
Mi mente se pone en blanco cuando nada de lo que espero sucede.
—No, no sabemos—niega con la cabeza—. No hay pistas de nada por ahora,
no existen sospechosos. La verdad es que estamos muy conmocionados con
todo esto, nunca creímos que pasaría algo de tal magnitud en nuestra ciudad.
Es… escalofriante—niega, tomándose un momento—. Lo que le hicieron a ese
pobre hombre es… es un horror… y no vamos a parar hasta conseguir la justicia
que merece…
Sigue parloteando pero ya no lo oigo, mi mente se llena de ruido blanco
sin sentido alguno. Palabras inentendibles susurrando, mareándome. Mi vista
se desenfoca frente a mí y las voces ya no murmuran, ahora gritan y se hacen
escuchar con la misma potencia de un puñetazo en el estómago. Tomo un
respiro, e inconscientemente me voy alejando del televisor, separándome de las
mujeres y Malena. Con movimientos lentos, casi robóticos estiro el brazo y
consigo un vaso desde la alacena. Cierro la mandíbula con fuerza, tanta que los
bordes del hueso comienzan a latir.
Nunca esperé esto.
Nunca creí que lo encubrirían. Que escondieran sus asquerosos actos, que
les quitaran importancia a todas esas niñas corrompidas. ¿Necesitan más
pruebas? ¿Más fotos? ¡Esto no puede quedar así! DE NINGUNA PUTA
MANERA.
Aprieto el vaso sin siquiera notar que realmente lo tengo en la mano. Me
concentro en la errática respiración saliendo y entrando de mis pulmones, a
través de mi boca entreabierta. Niego, tanto por dentro como con la cabeza. Mi
espalda tensa como una tabla.
No pueden esconder la verdad de la gente. El mundo tiene que saber, las
madres tienen que cuidar a sus hijos de monstruos como ese sacerdote. Están
por todos lados, son como una plaga. Se camuflan con facilidad, y hasta el
rostro más amable puede tener el alma destrozada y contaminada. Sino,
mírenme a mí, soy tan oscura adentro como brillante me ven por fuera.
Y maté a un hombre, hice justicia por esas niñas.
Y nadie está hablando de ello.
Con un impulso incontrolable bajo el vaso con brusquedad estrellándolo
en el borde de la encimera. El cristal estalla en pedazos, algunos cayendo al
suelo, volando lejos e incrustándose en mi palma tensionada que se cierra en
un puño y abraza con anestesia el dolor de la piel perforada. Indolora. Siento
tanta rabia que podría estallar en pedazos también. En mis oídos reforzándose
el pitido similar al de una olla a presión. Bullendo. Vibrando.
— ¡Eva!—grita mamá, viniendo a verme.
Juanita me empuja abajo, a una silla y me abre la mano para revisarla.
Gotas de sangre caen, me manchan el camisón y las lustrosas baldosas blancas
de la cocina, donde mis pies yacen descalzos y fríos. Mis muelas castañean, tan
violentamente que las mujeres se asustan. Juanita corre en busca del botiquín
de primeros auxilios y Malena se me viene encima, frotándome el hombro para
traerme de vuelta.
—Creo que la ha afectado la noticia—oigo a mamá decir detrás de la bruma
en mi cerebro—. Malena, ¿por qué no apagas la tele? No tenemos que ver más,
lo que pasó es terrible.
Los dedos suaves de mi madre despejan el cabello rubio que cubre mi
cara. No siento nada, es como si me estuviera saliendo de mi cuerpo, viendo
todo desde otro ángulo. Juanita vuelve y me atiende las heridas. Mi amiga me
acaricia la espalda. Y, poco a poco, voy volviendo a mí. De lo primero que soy
consciente es del cansancio repentino que afloja mis huesos y el peso en mis
párpados. Deduzco que tuve un ataque. No sé bien de qué ¿pánico? ¿Ira?
¿Ambos?
—Estoy cansada—digo en tono bajo.
Es verdad, estoy drenada. No dormí bien anoche, cierto, y ahora se suma
esta horrible sensación en el pecho, también asentándose en mi estómago.
Decepción. Disgusto. Deseaba que la gente escupiera la tumba de ese tipo, en
cambio se va a ir pintado como una pobre víctima. Saldrán a la calle a pedir
justicia por su muerte, mientras las verdaderas víctimas están en sus casas,
ahogadas en silencio, escondidas bajo la alfombra. Tal vez aliviadas, pero no
amparadas como debería ser. Nadie las respalda porque han quitado
importancia a lo que ese malnacido les hizo.
Con mi mano vendada subo a mi habitación en compañía de mamá y
Malena. Me recuesto nuevamente, dejo que mi mejor amiga se quede conmigo.
¿Debería estar preocupada por lo que piensan de mi reacción? No, no lo creo.
Al menos no mamá, ella me ve como una chica frágil y sensible. ¿Malena? Su
mente tendría que ser tan retorcida como la mía para que adivine el verdadero
trasfondo de mi ataque.
Cierro los ojos sabiendo que se quedará a verme dormir, y no me importa.
Me hace bien su compañía. Me mantiene a raya, porque ahora mismo me
siento capaz de cualquier cosa. Cualquier maldita cosa. Y necesito un ancla.
Me gustaría decirle que también lo hice por ella. Y… por mí. La sangre de
ese hombre me dio paz. Porque por un momento, me permití fantasear que
pertenecía a otro, y que la justicia era sólo por mí.
CRUZ
Bajo del coche alquilado y encaro el monte a pie, me pierdo entre los
árboles, respirando el fresco aire de la noche que arrastra la sal que viene del
mar. Hay un poco de viento, pero eso es normal en las afueras de la ciudad. Me
siento bien de volver, no debería, porque este no es mi hogar. Nunca lo sentí
así en mi corazón. Sin embargo, acá estoy y se siente como si lo hubiese
extrañado.
Después de semanas me pude dar el lujo de volver. Semanas enteras de
lucha entre mis abogados y mi padre, que terminó bien. La saqué barata, soy
consciente de que podría ser peor. El viejo me demandó y metió una orden de
alejamiento. Técnicamente no debería estar acá, pero nadie tiene que saberlo,
¿cierto?
Los Moretti están dormidos para ahora, son más de la una de la
madrugada, no esperaba algo diferente. Me siento estúpido por lo que voy a
hacer. Nunca tuve la oportunidad de agendar el número de Eva, podría haber
avisado que venía. U organizado un encuentro en otra ocasión. Debería esperar
hasta mañana, abordarla en algún momento en el que salga de la casa.
Lamentablemente, no estoy con demasiadas ganas de volverme temerario otra
vez. No puedo ser visto cerca de mi familia, no me siento cómodo en la
posición de riesgo. Así que tomo esta oportunidad y rezo para que cuando la
piedra golpee la ventana de Eva no comiencen a sonar las alarmas de seguridad.
Parezco un adolescente estúpido, aunque esto suceda solo en las tontas
películas que Malena mira de vez en cuando. Pongo por ojos en blanco y lanzo
la segunda piedra, intentando no poner demasiado ímpetu para no traspasar el
cristal. Unos segundos después respiro cuando ella se asoma, y mira hacia
abajo. Me meto las manos en los bolsillos del vaquero y espero su reacción, mis
labios tirando de una comisura. Está despeinada y adormilada, y ni siquiera se
ve sorprendida de verme. Abre la ventana y susurra:
— ¿Vas a subir?—me tira una réplica de mi sonrisa arrogante.
Me carcajeo en voz baja, negando. Está de broma, no voy a trepar hasta su
ventana. Lo que me faltaba.
—Perdona, pero no voy a romperme la espalda subiendo esa enredadera de
mierda—digo, murmurando lo suficientemente alto para que escuche sólo ella
sobre mi cabeza.
Resopla y desaparece. Me muevo hacia la puerta del frente y aguardo hasta
que oigo la cerradura chasquear y la puerta destrabarse. Eva abre y me observa a
través de una rendija.
— ¿Vas a dejarme entrar?—pregunto, inclinándome más cerca.
Cede y se desliza más adentro para dejarme lugar. Una vez dentro ella
vuelve a rotar la llave y agarra mi mano, dirigiendo arriba. La sigo sin chistar,
sabiendo que podría estar metiéndome en un enorme problema. ¿Cómo es ese
dicho? Ese que dicen los mayores, ¿el que juega con fuego se hace pis en la
cama? Lo que sea. Hay posibilidades de que lamente esto, pero ahora, mientras
el perfume de Eva penetra mi nariz, siento que todo va perfecto. Y que estoy
donde tengo que estar.
Si tan sólo fuera más fácil dejar de pensar con el pene.
Recorremos el pasillo y entramos en una de las habitaciones. Eva cierra la
puerta detrás de mí y le echa llave. Luego se apoya allí mirándome fijamente en
silencio. Estamos iluminados sólo por la luz leve de la luna que entra por la
ventana. Y tomo nota del corto camisón azul cielo de breteles finos que está
usando, que marca dos inocentes picos a la altura de su pecho. Regreso a su
rostro, porque las yemas de mis dedos están picando con la necesidad de
rozarla. Que sus piernas largas permanezcan desnudas tampoco ayuda. En poco
tiempo llego a la conclusión de que no voy a tener respiro, porque al enfocarme
en su cara sólo me hace recordar lo suaves, inexpertos y perfectos que se
sintieron sus labios la última vez que la tuve tan cerca.
Creo que el recuerdo de su beso fue el que me mantuvo lejos del pozo
frenético que la ira suele cavar en mí. Hizo más fácil de sobrellevar la guerra
con mi padre.
—Vengo a buscar lo que te dejé a cargo—digo, yendo lejos del contacto en
mi mente.
Los grandes ojos de Eva no pestañean, sólo me recorren el rostro. Está
inexpresiva, fría, pero de alguna forma sé bien que en su cabeza hay mucho con
lo que lidiar. Puedo ver trabajar claramente los engranajes de su mente. La paz
que transmite es del todo engañosa.
—No están—responde.
Mis cejas se alzan.
— ¿No están?—repito, cuestionándola.
—No… los quemé—aclara.
Niego, soltando una bocanada de aire en forma de seca carcajada. Tiene
que estar jodiéndome.
— ¿Es broma?—insisto, un arrasador calor enredándose con mis venas.
No pestañea, no se mueve. Nada. No hace más que observarme. Me está
mintiendo, de alguna manera lo intuyo. ¿Por qué quemaría los Cds?
—Decime que me estás jodiendo, porque estoy empezando a molestarme,
Eva—escupo, doy dos pasos hacia ella.
— ¿Por qué querías esos CDs?—quiere saber—. ¿Los viste? ¿Por qué te
arriesgaste a volver por ellos?
Me llevo las manos a las caderas, inquieto.
—No sé, Dani reaccionó nervioso cuando se los mostré, creí que podría ser
importante. Tal vez… si era algo jugoso, podría haberlo usado contra mi padre—
explico.
Me fui de casa luego de dejar fuera de combate a mi padre, antes de que
cualquier autoridad llegara. Los días que siguieron fueron buenos. No quería
volver, sin embargo, algo había estado golpeando en mi cabeza, la pálida y
asustada expresión de mi hermano volvía constantemente. La intuición era
fuerte y me decidí a tomarla. Me di cuenta de que la necesidad de saber qué
tenían esos CDs era inmensa, una curiosidad que jamás sentí antes. La tomé
como una señal.
— ¿Los viste?—la instigo, intranquilo.
Niega.
—No.
—No los quemaste, me estás mintiendo—la acuso, yendo contra ella,
plantando mi dedo índice en medio de su pecho.
Pone los ojos en blanco, como si odiara que yo la trate de mentirosa.
—No los quemé, pero los devolví…
— ¿¡Qué?!—me trago el grito, la frustración casi derribándome.
Ni se inmuta.
—Tenés razón, algo debe haber ahí porque cuando tu padre supo que los
tenía reaccionó muy mal—dice, tranquila—. Y sirvieron como chantaje.
— ¿Chantaje? ¿Qué mierda, Eva? Explícate—ordeno, furioso.
Por un momento casi cedo a la urgencia de estirar los brazos y cazarla del
cuello, darle una lección por meterse donde no la llaman.
—Los devolví a cambio de que te dejara en paz, fue un buen negocio—se
mira las uñas, como si estuviera hablando de moda o el clima—. No dudó en
tomarlo.
Ahora sí, la arrincono, apretándola contra la puerta. Mi aliento sisea entre
mis dientes apretados y casi no puedo controlarme y enfriar los niveles de rabia.
—Te gusta meterte donde no te llaman, ¿verdad, Eva?—gruño por lo bajo—.
No necesito tu puta ayuda, deja de intervenir en mis problemas.
Su pupilas se dilatan más, consumiendo el bonito color de sus irises. Su
mirada se intensifica, se vuelve filosa. A cualquier otra persona la heriría con
sólo una de esas, no a mí.
—Para tu información, dejaste esas cosas en mis manos. Pediste mi ayuda.
Me diste poder. Yo las usé como mejor pensé que convenía—indica, su tono
volviéndose peligroso—. Con un gracias me conformo, Cruz—susurra
duramente.
Aprieto los párpados con fuerza, tomando aire por la nariz y dejándolo
salir pacíficamente por la boca. No puedo creerlo. Realmente me niego a
aceptar que una niña como esta es tan capaz de subestimarme. ¿Quién se cree
que es?
—Te dije que tenía buenos abogados—me empujo lejos—. No entiendo por
qué te tomas tantas libertades. ¿Cómo es que te atreviste a ir con mi viejo por
mí? No me jodas, Eva. ¿Por qué hiciste eso? Era tan innecesario—me paseo
suspirando sin sentido, frotándome la cara y la nuca.
Esta chica… Esta chica es tan rara.
—Lo hice porque te quiero—suelta.
Y directa, también. Me freno y al fin la contemplo de nuevo, tomando
nota de su inmovilidad y gracia. La imagen de una hermosa mujer iluminada
por la luz de la luna. Espeluznante e increíble a la vez.
—Me querés—alzo una ceja, incrédulo.
No tengo por qué reaccionar ante lo que acaba de decir.
—Sí, te quiero—corrobora.
Pongo una sonrisa torcida en mi cara y avanzo de nuevo en su dirección.
De pronto estoy tan cerca que el aire que respiro viene de su aliento. Y los
llenos y bonitos labios que probé antes me tientan tanto que planto las manos
por encima de su cabeza y me impido caer violento a por ella.
— ¿Cuánto, Eva?—pregunto, jadeando—. Demostramelo.
Ahí es cuando meto la mano en el fuego y me quemo. Porque ella toma
mi provocación y redobla la apuesta. Busca una de mis manos con la suya, la
toma y la baja entre nosotros. Su respiración al fin cambia de ritmo, aunque sus
ojos grandes no dejan los míos, ahora brillando con intensidad. La boca que
me seca y apenas soy capaz de tragar cuando lleva mi mano bajo su falta y la
coloca en el hueco entre sus piernas. Cierro los ojos, presiono mi mandíbula.
Creo que voy a tener un ataque al corazón, porque no se conforma con eso, va
más allá. Se deshace de la tela que se interpone entre el verdadero contacto y
me permite bucear en su sexo.
El sexo más húmedo y dispuesto que alguna vez tuve.
—Ya sabes cuánto—musita, la punta de su nariz roza mi áspera mejilla.
Un gruñido se me escapa y mi cabeza cae sin fuerzas, mi frente en el
hueco de su cuello. La huelo, sintiendo las barreras de seguridad derritiéndose
alrededor de mi voluntad. Ya no es de ella la iniciativa, ahora lo he tomado por
mi cuenta. Mi pulgar frota círculos en su clítoris y el dedo medio no tarda
tomar el segundo puesto, me estremezco mientras entro en su canal. Estrecho,
divino, sensible. Los hombros de Eva son los primeros en temblar, luego sus
caderas ondean por sí mismas, buscando más profundidad.
Beso su pulso alzando vuelo, me deslizo hacia el lóbulo de su oreja.
—Esto está mal—me las arreglo para decir entre la bruma de confusión que
crea la excitación.
—Hay un montón de cosas que están mal—corrige, su tono de voz
vulnerable—. Esto es lo único que está bien para mí…
Me separo y encuentro su mirada nublada, por un instante me siento muy
capaz de leerla por dentro. No me gusta lo que veo, y tampoco es suficiente
para que salga corriendo. Me quedo, la sostengo. Acomodo su ropa interior y
camisón, ignorando las quejas de mi libido que desea terminar con lo que
estábamos haciendo. A continuación, la dirijo a su cama, me recuesto a su lado
y la abrazo.
EVA
El día siguiente no es mucho mejor que el anterior. Será porque me
desperté y Cruz ya se había ido, sin siquiera despedirse. Me gustaría confesar
que no me importó una mierda, pero no es así, se sintió como todo lo
contrario. No quería que me dejara. Lo cierto es que, preferiría mil veces irme
con él, a dónde fuera. A pesar de que nunca tome partido de mis insinuaciones,
ni me de lo que me muero por tener. Es único en la tierra, porque nunca
consigo lo que quiero con él, cuando el resto del mundo se desvive por
dármelo todo.
Cuando le solté que lo quería fui franca, directa. Y sé que él me entendió.
No se trataba de amor, se trataba de algo mucho más carnal. Lo que pretendo
es su cercanía, su contacto. Es la única persona que me hace sentir como una
mujer. Porque mi edad no es un reflejo completo de lo que soy. Me siento más
mayor, más vieja. Más hastiada de la vida que cualquier anciano. Sólo él trae
algo diferente. Ha creado un esquema de interés y no puedo aplacarlo, ni
siquiera cuando está lejos.
Me quedo en la habitación hasta que siento verdaderas ganas de
levantarme y dejar atrás esta estúpida tendencia a la depresión. Creo que tengo
que comenzar a acostumbrarme que no siempre en la vida las cosas van a salir
como quiero. Y no sólo me refiero a Cruz, sino al maldito encubrimiento de las
autoridades que quieren enterrar al cura esta tarde con una etiqueta en su
tumba que no merece.
Bajo las escaleras y paso de largo la cocina, sin echarle ni una segunda
mirada a mis padres y Juanita. Salgo de la casa y atravieso el monte, directo a
ver a Malena. Es domingo, y los fines de semana debería pasarlos todo el
tiempo con la otra persona que realmente me cae bien en el mundo.
Aunque antes tengo que cumplir mi parte del trato, por lo que, una vez
que Lisa me deja dentro de la sala para esperar a que Malena se termine de
vestir me meto en la oficina vacía de Romano y dejo los CDs sobre el
escritorio. A los que les hice copia, porque me gusta estar preparada para lo que
sea. Nunca se sabe cuándo se necesitará un respaldo. Y más cuando se trata de
José Romano. Doy media vuelta, sin mirar mucho alrededor, congelando los
recuerdos de lo que ocurrió la última vez que entré acá. Antes de que
arremetan y tomen posesión de mi mente. Soy buena en enterrarlos la mayor
parte del tiempo, tengo que concederme eso.
Entro en la cocina y no hago más que sentarme que mi amiga aparece,
seguida de Dani. Justo para desayunar. Ambos se frotan los ojos de la misma
familiar manera potenciando los gestos conseguidos desde la genética. Me trago
una pesada bola con gusto asqueroso y sólo me concentro en mi amiga. Ella
recibe con una dulce sonrisa la taza que su madre le tiende.
— ¿Desayunaste, Eva? Puedo prepararte una taza de mate cocido también—
me pregunta Lisa con amabilidad.
Niego.
—Pasé de largo. Me gustaría mucho, gracias—le sonrío.
Dani se mete una tostada entera en la boca y me observa fijamente
mientras mastica. No se ve asustado o tímido como siempre, supongo que eso
lo ha logrado mi pequeño toque de esperanza. Cuando me mira de esa forma
tan pura y abierta me dan ganas de perdonarlo. Cierto, pero no lo haré. Porque
no confío en él, todavía. No sólo tiene que demostrarme que no es como su
padre, sino que tampoco es débil. Y para eso falta muchísimo.
—Hoy hay sol, estaría para la pile—dice Male, antes de tomar un sorbo
torpe de mate cocido.
—Ni se les ocurra—salta Lisa, mientras limpia la encimera—. El verano
terminó, Malena, ya hay que tapar esa pileta.
La chica pone los ojos en blanco.
—Todavía está para meterse, quien dice que no es gallina—ríe.
La sigo y Dani asiente, estando de acuerdo.
Pasamos el rato en su habitación mientras ella ordena la cama y acomoda
el desastre. Está pensativa, seria, algo que es raro en ella, aunque es
comprensible. Se quedó helada y confundida cuando supo que el sacerdote se
había muerto. Y deduzco que tiene miedo de sentirse aliviada, tal vez piensa
que eso la haría una mala persona.
—Hay que agradecer que está muerto, Male—digo de la nada, tratando de
reconfortarla.
Se encoje y luego se estremece.
— ¿Está mal alegrarme porque se murió? O, mejor dicho, ¿alguien lo
apuñaló ocho veces?—se lanza sobre el colchón ya cubierto y suspira.
Me lanza una mirada herida, acongojada.
—Está bien, yo me alegro—prometo, cruzándome de brazos, caminando
hacia la ventana—. Me gusta pensar que está ardiendo en el infierno ahora
mismo. Me gusta creer que se murió sufriendo. Y no siento ningún
remordimiento.
Ella frunce el ceño y me estudia, largo, largo rato. ¿Está viendo más allá?
¿Por qué será que no me importa? Después se fuerza a sentarse y se mira las
manos.
—Me gustaría destrozar su tumba—murmura.
Mis ojos se abren y el cuerpo se me atiesa. Me giro, con la intensión de
descubrir si acabo de oír bien.
— ¿Qué?—voy a ella, sentándome a su lado.
—Me gustaría que… todos supieran lo que era—sigue—. ¿Tiene sentido?
Mucho sentido, DEMASIADO. Ella, directa o indirectamente, se
considera una de las niñas olvidadas. Escondidas bajo la alfombra, desplazadas
a un lado con tal de encubrir a un pervertido. Ella se siente herida por lo que
está pasando. Al igual que a mí le gustaría que la gente supiera. Y eso que no
sabe nada de que dejé pruebas. Pruebas imposibles de ignorar. Si estuviera al
tanto de ello, estaría más destrozada.
—Creo que podemos hacerlo—digo, tan segura que hasta yo me sorprendo.
Tengo un viejo aerosol verde neón que me sobró el año pasado de un
tonto trabajo de artística en la escuela. Podemos ir al cementerio cuando baje el
sol, y marcar la fresca tumba con palabras que la gente vería. Tal vez no creería,
pero les daría algo en qué pensar, ¿no?
***
Una hora luego del almuerzo regreso a la casa de los Romano con un traje
de baño bajo la ropa y un bolso con un toallón y una botella de bronceador
dentro. Cuando rodeo la casa ya veo a los hermanos metidos hasta el mentón,
siseando que el agua está helada. La verdad es que Lisa tiene razón, los días
dejaron de aparentar ser verano y ya es hora de cubrir las piletas. Pero somos
chicos y nos gusta contradecir hasta al clima. Los hermanos me observan
mientras me quito la ropa y me quedo en bikini, un puñetazo de aire eriza mi
piel y despeina mi pelo suelto. Con ojos entrecerramos por el son los observo y
pruebo el agua con la punta del dedo gordo.
—Vamos, Eva, no seas gallina—canta mi mejor amiga, divertida.
La mandíbula le tiembla, y sus labios están morados. Eso me hace negar,
estamos siendo unos estúpidos. Regalo un suspiro dentro y cierro los ojos,
entonces salto y me entierro bajo el agua.
— ¡Hija de puta!—grito al salir a la superficie.
Los otros se ríen, Malena nada ocasionalmente más cerca de Dani.
—La boca, Eva. Cuida esas palabras—regaña, fingiendo seriedad.
Luego arremete contra su hermano, aplasta su cabeza abajo, tratando de
hundirlo. Él es fuerte y mucho más grande. Se defiende bien, devolviendo el
golpe. Sus bíceps se abultan cuando sepulta a Malena con una sola mano, ella
le rasguña los brazos. Suelta una bocanada al regresar arriba una vez que se aleja
de él.
Es un tonto juego de niños, me convenzo de que soy una idiota por
alarmarme.
Entonces mi amiga quiere vengarse, tomar revancha por perder la primera
batalla y se le pega como una garrapata, intentando ganar a toda costa. Se rie a
carcajadas. Bueno, ambos. Se divierten y yo estoy allí como una idiota, alejada
por unos cuantos metros, opacando todo con espantoso doble sentido. El
problema es que veo bien, no soy tonta, y los roces no se sienten como algo
natural o inocente.
Mis ojos se clavan firmemente en el rostro de Dani, nunca lo vi tan
contento, pero tampoco soy capaz de confiar en él. Él vuelve a ahogar a Male
por tercera vez, dejándola abajo por un tiempo considerable pero no peligroso.
Está sonriendo cuando me nota fulminarlo a distancia, y su mirada se esconde
de nuevo tras un manto de cautela.
—Sólo si no sos como él, Dani—le recuerdo.
El horror se mezcla en sus facciones y deja ir a su hermana como si
quemara. También estoy segura de que está decepcionado por alejarse, pero lo
hace. Se avergüenza y nada hasta la otra punta, lo más lejos de Malena. Ella,
por un momento, se ve confundida y apagada por el repentino alejamiento.
Ahí es cuando entro yo en escena y termino con todo el asunto de raíz.
Entretengo a mi mejor amiga por largo rato, ya sintiéndonos a gusto con la
temperatura. Me pierdo en nuestras pavadas, hasta que al fin me volteo para
buscar a Dani y lo descubro saliendo del agua, se seca con una toalla azul que
había en las reposeras, dándonos la espalda. No nos vuelve a mirar, ni siquiera
antes de perderse a través de la puerta de la cocina.
***
—Hay que temerle más a los vivos, Male—aconsejo mientras dejamos atrás
las rejas de entrada al cementerio.
Nos adentramos, yo con pasos decididos y mi amiga titubeando, mirando
con ojos grandes para todos lados. Esta oscuro, el atardecer ya más cerca de la
noche y el sol se ha perdido por completo, pero todavía nos iluminan algunos
rayos suaves.
—Vamos a hacer esto rápido—indico, caminando entre las tumbas.
Vimos por la tele dónde sepultaron al sacerdote, y toda la gente que vino a
llorarlo. Me dio mucha rabia, pero poco podíamos hacer con esto si los
poderosos estaban decididos a que fuera así. Male se enrosca en mi brazo,
pegándose a mí. La entiendo, un poco, el cementerio es aterrador a la luz del
día, es peor en la noche. Y el silencio es denso y parece emitir un zumbido
constante. Sí, también acompaña una mala vibra espantosa. Me apresuro por el
camino, mientras más rápido salgamos de acá, mejor. No quiero que mi amiga
colapse.
Llegamos a la tumba, la tierra recién removida y la montaña de flores que
le han dejado lo confirma. Leo la lápida con el nombre completo del hombre,
una cita de la biblia y las palabras dedicadas de un pueblo que agradece su
servicio. ―Por traer el bien, por enseñarnos la buena palabra del Señor‖.
Puaj.
Negando, doy un paso al frente y planto mi rodilla frente a la enorme
piedra. Mi padre gastó mucha plata en la placa de esta porquería, hay gente que
no merece ninguna inversión. Pero bueno, él no lo sabe, el pueblo tampoco,
para todos fue dinero bien gastado. Y yo lo voy a arruinar.
— ¿Querés hacerlo vos?—alzo la vista hacia ella.
Se sobresalta con mi voz y al fin deja de observar alrededor como una
maníaca. Niega.
—Mejor vos, lo vas a hacer más rápido—dice, sacudiéndose.
Me sonrío, y destapo el aerosol verde neón. Por dentro le pido perdón a
mi padre, esto lo va a disgustar, pero siento que es necesario. Escribo la misma
palabra con la que etiqueté al cadáver. Pedófilo. Luego sigo con pervertido. Y al
final lo remato con ―arde en el infierno‖. La piedra es grande, y no quería dejar
ningún espacio en blanco. Al final estoy satisfecha con mi trabajo porque se lee
perfecto. Espero que esto funcione, al menos para que la gente sospeche. O
empiece a preguntarse cosas. La semilla de la duda está plantada.
Me pongo de pie sin esfuerzo y me alejo, Male está bien con esto, le gusta
lo que hice. No se demora mucho tiempo admirándolo, me agarra del brazo y
comienza a caminar con apuro. Me rio por lo bajo de ella y su desesperación
por salir de esto.
—Fue tu idea venir, y no se podía de día—le acuso, bromeando.
Acelera el ritmo, se tropieza con el borde de una tumba y cae de rodillas,
casi arrastrándome con ella. Mi risa se hace más audible y ya no puedo parar
cuando sus enormes ojos asustados miran la foto pegada en la lápida de la
persona muerta debajo de ella. Se ve como si fuera a vomitar. Todavía estoy
riendo y guardando el aerosol en mi pequeña bandolera cuando ella se levanta,
sin embargo no me agarra ni se mueve de nuevo.
—Eva—llama, sin aliento—. Fantasmas. Estoy viendo espíritus.
Me atraganto y le regreso mi atención, me fijo en la misma dirección que
sus ojos ven y toda la diversión me abandona repentinamente. Mi respiración
atascándose en la garganta, mi piel se eriza a causa de un escalofrío.
—No son fantasmas—le digo, apretando su muñeca.
Le doy un tirón violento y me la llevo conmigo, comienzo a correr,
tomando un camino entre tumbas, arrastrando a mi amiga para que no se
quede atrás en pánico. No son espíritus, son personas.
—Eva, nos persiguen—llora Male, poniendo toda su potencia en correr.
Miro hacia atrás y corroboro que sí, nos están siguiendo. Son tres. Y por la
forma de moverse y el tamaño, deduzco que son hombres. Y no precisamente
los serenos del cementerio. Llevan capuchas en sus cabezas. Me muerdo la
lengua sin querer al pensar que esto es realmente serio. ¿Estaban esperando que
apareciéramos?
—Nos alcanzan—chilla Male, sintiendo los pasos como toros viniendo más
cerca.
Nos desviamos tomando otro camino, nos adentramos entre los nichos de
mármol haciendo zigzag para que nos pierdan. La chica a mi lado ya no llora
pero está frenética y nerviosa. Yo también, lo reconozco. Debería haber venido
sola, traerla era un riesgo. Si nos agarran, no sé lo que puede pasar. Odio lo
impredecible. Nos detenemos porque encontramos un hueco, una tumba que
se ha ido cayendo a pedazos y nadie ha arreglado. Nos apretujamos allí.
Aprieto a Malena contra mí, le tapo la boca, porque parece no poder
contenerla. Su transpiración y lágrimas humedecen mi palma, la reconforto
como mejor me sale, abrazándola.
—Tranquila, si somos silenciosas no nos van a encontrar—le aseguro en el
oído.
Se estremece, aunque de inmediato se atiesa y deja de respirar cuando una
enorme bota negra entra en nuestro foco de visión. Ella siente el peligro, al
igual que yo. Sabemos que esto es malo, es más que un sexto sentido. Nadie
perseguiría así a dos niñas haciendo macanas, a menos que sean policías. Y no
lo son. No tienen nada de policías. Y si fuera gente normal se habría rendido,
dejándonos ir.
Las botas negras se alejan pisando fuerte y nos quedamos allí, no sé por
cuánto tiempo. Mis sentidos a flor de piel, tratando de tomar nota de los
ruidos, pasos, o lo que sea que delate la distancia. Por lo que se siente una
eternidad no tenemos señales de cercanía y me siento capaz de salir, pero Male
no quiere.
—No podemos salir, Eva—susurra tan bajo que apenas puedo escucharla—.
No podemos irnos, estarán en la entrada, no nos van a dejar tan fácil. Nos van
a agarrar—llora en silencio.
—Sos rápida, yo los voy a entretener y vas a correr afuera—digo, segura.
Niega, frenética.
—No voy a dejarte sola…
—No va a pasar nada—digo, aunque sé que va a ser todo lo contrario, si
nos consiguen, estamos muertas.
Ella tiene que salvarse, me niego a que le pase nada. La obligo a salir, no
podemos quedarnos en el cementerio, tenemos que irnos. Tal vez hay alguna
salida trasera o lateral. En silencio dejo que los calambres en mis piernas se
vayan.
—Ya sabes, sos rápida, si algo sucede, lo único que tenés que hacer es
correr. Correr y correr, sin parar, ¿escuchaste?—le susurro, confiando en ella.
Asiente. Es buena corriendo y tiene una excelente resistencia, sus
profesores de gimnasia se han encargado de potenciar su habilidad con los
años. Esos hombre pueden ser fuertes y rápidos, pero no más que ella. Es
liviana y ágil. Y va a correr, sin mí. Yo no soy tan buena en eso como ella.
Entretejemos camino alrededor de las tumbas y las pequeñas casitas de
mármol y cristal. Nuestras manos unidas, están soldadas con el sudor del
miedo. Las palpitaciones en mis oídos y el sonido errático de mi respiración no
me permiten estar tan consciente de los alrededores como deseo. Nos dirigimos
a la salida, aun sabiendo que corremos el riesgo. El cementerio no es tan
grande y seguro para esconderse por el resto de la noche y quiero que mi amiga
esté fuera cuanto antes. Estamos cerca de escapar en el instante en que uno de
los encapuchados nos encuentra, parándose frente a nosotras y cortándonos el
camino.
Arremete contra nosotras y no dejo que Malena corra hacia el centro del
cementerio de nuevo, ella debe salir. Por lo que dejo que el tipo me agarre y
tironee de mí, lejos de mi amiga. Los gritos de Malena cortan el aire denso de la
noche y quiero ordenarle que se calle, porque llamará al resto de ellos.
—Corre—le ordeno, cuando caigo al suelo, luchando con la fuerza del
hombre.
— ¡Eva!—grita ella, salta sobre la espalda de mi atacante, se cuelga de él y lo
aporrea con los puños.
— ¡Que te vayas!—aúllo.
Ella se cae al suelo, al mismo tiempo que los otros tipos se acercan, uno de
cada lado del cementerio, alertados por los gritos de Malena.
— ¡Corre!—pruebo mi sangre porque mi grito rasga mi garganta.
Eso sirve para que ella se separe y me haga caso. Tiene la salida libre y
debe tomarla. Lucho con el tipo, tratando de zafarme y seguirla antes de que los
demás vengan. Le doy un puñetazo en el pecho, rasguño sus manos, él me
inmoviliza cayendo encima de mí pero se tambalea y maldice cuando mi pie
encuentra su espinilla. Tomo ese par de segundos para sacar el aerosol de
pintura de mi bolsa y echarle en los ojos. El aullido de dolor retumba entre las
lápidas que nos rodean y se cae lejos de mí, tomándose la cara. Me pongo sobre
mis rodillas y me impulso hacia arriba, mi único objetivo son las rejas por
donde salió mi amiga.
No llego muy lejos, soy empujada y devuelta a las frías baldosas. Sólo que
esta vez, el lateral de mi cabeza castiga en un borde afilado de piedra y pierdo la
consciencia.
~ “Ella recibió una bala, su cerebro se apagó. No dijo adiós, ella sólo se fue.”~
— Where did Jesus go? (The Pretty Reckless)
Estoy hundida en mi cama, sólo se siente como piedra fría bajo mis
nalgas. No llevo la cuenta del tiempo que ha pasado desde que sólo me senté
allí y junté mis rodillas contra el pecho. Apenas he pestañeado, no me he
movido, y mi cuerpo no hace caso a los calambres creados por permanecer en la
misma posición durante horas. Mis oídos tampoco escuchan, están cubiertos
por un manto invisible que se encarga de apagar los sonidos.
Mi piel no es piel, mi carne no es carne. Y yo ya no soy yo, de nuevo.
Sé que mamá está acurrucada en el sofá desecha en llanto, y papá metido
en su despacho tratando de arreglar el desastre. El problema es que el daño fue
hecho por un tsunami que ha destrozado todo a su paso. No lo vieron venir,
nos ahogó a todos, arrasó con los alrededores y ya no queda nada.
Eso fue hace dos días. Las cosas no han cambiado mucho desde que todo
se desmoronó. No me he movido de mi cuarto, primero porque no me lo
permiten y, segundo, porque no se me da la gana. No hay nada que tenga que
hacer ahí afuera. Es mejor quedarme donde estoy y mirar al frente sin siquiera
ver, porque mis ojos perdieron el funcionamiento al igual que mis oídos.
Hay un punto justo en el que alguien simplemente explota. Acumula
mierda durante un tiempo, la mete bajo la alfombra, la ignora. Entonces la
montaña cada vez es más grande y más difícil de rodear, pero aún se convence
de que puede entrar algo más. Tal vez lo último. Escondí el nuevo presente
bajo la alfombra, y ésta reventó, la mugre me tapó hasta la cabeza. Tanto que ni
siquiera veo la luz.
He tenido mi última cuota de mierda, mi mente ya no puede tomar más.
La puerta se abre repentinamente, no ha parado de hacerlo en los últimos
días, ya no me dan el permiso de encerrarme sola en mi habitación. No me dan
el gusto del aislamiento. En pocas palabras, han acabado con mi libertad.
Mamá camina encorvada hasta la cama, se pone las manos en las caderas y me
observa. Fijamente. No tengo que mirarla para saber que luce bolsas moradas
bajo los ojos y ha envejecido por lo menos diez años.
—Te das cuenta de que acabaste con todo, ¿no?—suelta, su tono
tembloroso—. Tiraste tus sueños y trayectoria por el inodoro.
Claro que eso es lo único que le interesa, no va a preguntarme si me
siento bien. O si necesito algo. No lo hago, pero eso haría una madre, ¿no?
Ahora me doy cuenta de que no la necesito, nunca la necesité. Siempre estuvo
ahí para hablarme al oído y convencerme de cosas que sólo tenían sentido para
ella. Ahora que acaban de llamar de la agencia para comunicarnos que estoy
fuera, se derrumba su castillo de arena.
—Y tu imagen—sigue, sorbiendo, limpiando su nariz con un pañuelo—.
Dios, Eva, ¿tenés una idea de lo que has hecho? ¿De las consecuencias que
traerá? ¿Te imaginas lo que será salir a la calle a partir de ahora?
No respondo mi cerebro está desconectado, sobre todo cuando se refiere a
ella. La he estado escuchando llorar y berrear por mucho tiempo, ya le encontré
el punto a todo, no necesito más berrinches. Lo entiendo, sé las consecuencias.
El centro de la cuestión está en que… no me importan.
—Dejala tranquila—se acerca papá, toma a mamá del brazo y la empuja
fuera de mi habitación.
Entonces cierra la puerta y se apoya en ella, mirándome. Tal vez los ojos
llorosos de mamá no me hagan sentir nada pero, sin duda, los de papá instigan
un pinchazo en mi pecho. Y es todo lo que he sentido en cuarenta y ocho
horas. No es que los esté viendo directamente, no he puesto mis ojos en otros
desde que me desperté, sólo los percibo en mi rostro pálido y duro como el
granito. Sin una pizca de capacidad para reflejar pensamientos o sentimientos.
Es como si me hubiesen carcomido lo poco que me quedaba dentro. Él se aleja
de la puerta y acaba sentado en el borde de mi cama, tambaleando mi posición.
No habla, y lo agradezco por lo que dura un par de minutos, hasta que baja su
rostro y comienza a llorar.
Nunca vi a mi papá desmoronarse así, siempre ha llevado altivo esa
máscara de amabilidad y paciencia que le llevó a ser elegido como intendente
de la ciudad. Ahora sólo puedo ver a alguien romperse en pedazos, y por un
momento quiero seguirlo, hacer exactamente lo mismo, si tan sólo encontrara
el interruptor adentro. Si creyera que poseo alguno lo buscaría. Porque es
posible que las lágrimas quiten este eterno estupor.
— ¿Lo quisiste, Eva?—pregunta tragándose el resto del llanto—. Sólo… sólo
necesito que seas sincera conmigo, hija… Te juro que no voy a juzgarte, mi
cariño no va a cambiar… Lo juro, lo juro—repite las últimas dos palabras unas
cuantas veces más.
— ¿Cuál es el punto en eso?—contesto como un robot, mi mirada al frente,
él se retuerce en llanto y, como no quiero que lo haga más, le digo la verdad—.
No recuerdo nada.
Llora un poco más, hasta que saca un pañuelo del bolsillo de su camisa
arrugada y se seca la cara con la mano temblorosa.
—Ya inicié todo el papeleo legal, voy a remover cielo y tierra para que esto
se resuelva—sigue, como si realmente yo hubiese pedido eso—. Yo sé que no…
que para vos no va a cambiar nada pero… necesito hacerlo.
Si tuviera las ganas, me encogería de hombros. Él me da unas suaves
palmaditas en el brazo y se va. Me deja sola, como verdaderamente quiero estar.
Me quedo allí, el silencio engulléndome. La noche llegando. A la hora de la
cena es papá quien sube la comida y deposita la bandeja a los pies de la cama
que está hecha un desastre revuelto desde que no he salido de ella para nada
más que ir al baño por necesidad. Ni siquiera me he duchado.
El aroma se esfuma, la comida se enfría intacta porque mis tripas saben
que no soportarán ni un bocado de ella. No sé qué hora es cuando unos
nudillos chocan la madera de mi puerta y ésta se abre sin esperar mi permiso.
Malena entra primero, encogida en sí misma, cautelosa y triste. La tomo por un
segundo con la vista antes de devolverla al frente.
Ella corrió. Ella hizo lo correcto. Y estoy agradecida por eso.
Me doy cuenta un instante después de que Dani la acompaña, pálido y
nervioso, pero decidido a venir. Y por primera vez demuestro algo de interés.
— ¿Estás bien?—pregunta Male, sentándose junto a mí, me acaricia el
hombro.
La dejo, aunque me incomode su tacto, porque sé que se siente
reconfortada al verme al fin. Me toma mucha energía asentir y regresar mi cara
al frente. Dani no habla, sólo se queda de pie allí, las manos amarradas delante
y la mirada… ¿comprensiva?
— ¿Podrías dejarme sola con tu hermano?—pregunto a Male, tomando la
iniciativa por primera vez.
Ella asiente y, sin chistar se va, cerrando la puerta por pedido mío. Una
vez solos, atraigo al chico más cerca de mí. Traga con nerviosismo al sentarse a
mi lado, justo donde antes estaba Malena. Lo miro a los ojos. Esos ojos siempre
tristes y cerrados al mundo.
— ¿Tenés el video?—pregunto, sin esperar.
Frunce el ceño, tarda bastante en asentir.
—Los chicos lo enviaron al grupo de whatsapp—explica—. No lo descargué
pero…
—Descárgalo—ordeno, firme.
No hay lugar a duda en mi tono y él no espera, encuentra su celular desde
el bolsillo de su vaquero y comienza a toquetear. Sus dedos no son firmes
mientras los desliza por la pantalla táctil. Su rostro se tuerce cuando lo deja
listo para que yo lo vea y me tiende el aparato. Se aleja de mí, como si no
aguantara estar cerca. No quiere tener nada que ver con eso. Y yo tampoco
debería, el asunto es que me concierne y necesito estar al tanto. Mis padres no
me permitieron verlo. De hecho, me prohibieron el uso de cualquier
tecnología.
Le doy con el pulgar a la señal de reproducir y lo veo. Estoy recostada en
una cama, edredón azul oscuro, soy enfocada desde arriba por alguien que se
encuentra entre mis piernas. Fuertes brazos desnudos de un segundo hombre
aparecen en la imagen y me quitan la camiseta y el sostén. Mis pechos pálidos
saltan al aire, desnudos, y alguien se ríe. Yo sonrío. Y sé que debo de estar
drogada, pero en el video no hay evidencia de eso, yo lo sé porque no recuerdo
esto. No recuerdo nada de lo que sucedió después de caer y perder la
consciencia.
La toma dura unos veinte minutos, está recortada, y sólo mi cuerpo y un
pene son enfocados. No hay otras caras, ni otras voces que acompañen mis
gritos de placer y los gruñidos de quien me tiene debajo y hace conmigo lo que
quiere. En el video se nota que me encanta, nadie va a discutirlo. Por eso no
tiene caso que mi padre se meta a buscar respuestas, al mundo le da igual las
putitas. Yo acabo de convertirme en una y nadie va a plantearse la idea de que
estoy en ese video sin mi consentimiento. La gente va a juzgarme, va a creer que
sabe más que todos. Que sabe más que yo.
Porque si hay algo que he aprendido con el tiempo, es que la víctima
parece siempre ser la culpable.
El video acaba y le devuelvo el celular a Dani. Está sorprendido porque
apenas he reaccionado al verme en una escena de porno casero que, dicho sea
de paso, ya está circulando la red desde hace dos días. Sean quienes sean los
que cubrían al cura, acaban de lanzarme una fuerte venganza.
—Estaba drogada, no recuerdo nada de eso—digo, parece que necesito
aclarárselo.
—Lo sé—dice, y sé que me cree.
—Voy a acabarlos—prometo, a nadie en especial.
—No sabes quiénes fueron—dice él, apagado, desilusionado.
Me río o, más bien, suelto una helada carcajada baja.
—Voy a saberlo, tarde o temprano—murmuro, ronca—. Y voy a acabarlos,
uno por uno.
―Uno por uno‖, prometo en mi cabeza. Y con ese pensamiento caigo de
espaldas en mi cama, ruedo y me enrosco en posición fetal. Dani deja entrar de
nuevo a Malena. Ella corre hacia mí y me cubre con las mantas. Se queda allí, a
mi lado, y su hermano sentado en el suelo junto al rincón, hasta que al fin me
duermo luego de dos días sin poder conciliar el sueño.
SEGUNDA PARTE
«“No tengo alas, así que volar conmigo no será fácil, porque no soy un ángel.
No soy un ángel”»
—I’m not an angel (Halestorm)
CAPÍTULO 15
~ “No te estoy escuchando, estoy vagando a través de la existencia, sin propósito y sin rumbo, porque al final
todos estamos vivos. He estado despierta dos mil años, esperando el día para temblar.” ~
— Zombie (The Pretty Reckless)
EVA
La agente inmobiliaria mete la llave en el hueco de la cerradura y en dos
clics la puerta se abre silenciosamente. Papá se corre a un lado para dejarme
pasar detrás de la mujer, él estudia mi primera reacción, como hizo con las
casas anteriores. Mis ojos vagan por cada rincón ya amueblado rústicamente y
con excelente gusto, si mamá estuviera aquí estaría extasiada, revoloteando
como una cargosa mosca feliz. Me cruzo de brazos, está bien, no es como si
fuera a enamorarme o algo, los lugares sólo son eso, lugares. No son
importantes, y mucho menos cuando serán tuyos por un tiempo mientras los
alquiles. Tengo que reconocer que de todos los que visitamos éste parece el más
acogedor, y tiene una ubicación perfecta que atrae la luz natural, que no sea
oscuro y solitario me viene bien. Aunque no importa a donde vaya, el sol
nunca me calienta del todo, he estado fría desde hace mucho tiempo.
Me gradué en un estricto internado, sólo chicas, mis padres me sacaron de
la escuela normal a la que iba porque creían que yo estaba avergonzándome al
volver allí. No era yo la que sentía vergüenza, eran ellos. No soportaban la idea
de ver cómo regresaba a la rutina como si nada. Pensaban que eso era un
imposible. Y lo era. La gente me miraba y cuchicheaba más de lo normal,
algunos ganaban fuerza y se animaban a lanzar desagradables comentarios, o
preguntas con intenciones de ponerme nerviosa y provocarme. Nunca salté
ante ellos ni nadie, los ignoré como mejor pude y pensé que lo estaba haciendo
bien. La crueldad de los estúpidos adolescentes de la escuela no rivalizaba con
la del tipo que yo enfrenté en más de una ocasión. Había vivido cosas peores
que toparme diariamente con matones idiotas que no entendían otra manera
de actuar para sentirse superiores. Ni a las niñas que se alegraban
evidentemente de mi carrera perdida. No era más la chica de oro, la favorita, la
que el mundo envidiaba e idolatraba. Ahora estaba en la parte más inferior de
la pirámide. Era la putita barata a la que le gustaba hacer videos porno caseros.
Antes de los jodidos quince años.
Y no. No me importaba. Estaba fría, fría. El hielo entumecía mi cuerpo.
Ni siquiera era consciente de si estaba viva o no, así que ¿en qué me afectaban
las demás personas?
A mis padres sí les importó y me obligaron a correr y esconderme como
un ratón perseguido por un enorme gato feroz. Hicieron que ellos ganaran. Me
enviaron a un internado en la gran ciudad, tan estricto que nadie se atrevió a
molestarme o siquiera hablarme. Papá había tenido una exhausta charla con la
directora, me protegió. Sin saber que yo no necesitaba ser protegida. Al menos
ya no.
En la actualidad, estamos buscando un buen apartamento porque pienso
quedarme acá y probar suerte en alguna nueva agencia de modelos. O
audicionar para alguna marca. Tal vez hacer apariciones particulares o
contratos cortos. Posiblemente, la gente se había olvidado del maldito video,
aunque estaba allí y sería siempre como un grano en el culo. Esperaba
conseguir alguna agencia que hiciera la vista gorda a esa mancha en mi historial
y sólo se fijara en mi redondeado y tonificado cuerpo que sin duda rellenaría
una bikini exquisitamente.
Lo bueno de todo esto es que las decisiones ahora son todas mías, mamá
está en casa y tiene prohibido meterse conmigo. Papá prometió encargarse de
eso. Si quisiera, podría volver con ellos a casa, pasar un tiempo de descanso,
pero todavía no quiero. Cuando regrese a esa ciudad será para terminar lo que
me prometí hace tres años.
Acabarlos a todos.
Me paro frente a los ventanales y observo la ciudad desde lo alto. Esta es
una buena zona, una no demasiado cara pero de buen gusto. Me gusta. Me
gusta que sea espacioso y sencillo.
— ¿Te gusta?—se acerca papá, poniendo un brazo sobre mis hombros.
Me esfuerzo por no encogerme y alejarme de él. No me gusta que me
abracen, ni que se metan mucho en mi espacio personal. En especial mis
padres. Tengo una potencial aversión por ellos, no sé por qué, supongo que los
culpo por algo. Quizás el odio hacia el mundo también los abarca a ellos.
Permanezco allí, viendo la puesta del sol a través del cristal, apenas
pestañeando. No digo nada, actúo como si nunca me hubiese hablado. Él toma
distancia cuando la mujer comienza a hablar sobre algunas opciones más, él la
escucha con amabilidad, revisando algunas fotos.
— ¿Eva?—insiste luego de un momento.
—Sí—suelto monótona.
—Bien…—dice la mujer—. Lo único que puede considerarse un
inconveniente es que este ventanal da justo a otro del edificio del frente. La
privacidad es importante, ¿eso va a molestarte?—me pregunta—. Sino, podemos
ver otros de esta misma planta que…
Sigue hablando, no la escucho, le dejo esa molestia a quién pagará el
alquiler hasta que yo me asiente. Seré la que vivirá aquí y me importa una
mierda si el vecino de enfrente tendrá una buena vista de mi privacidad. No
tengo nada que esconder. Si lo tuviera, hay una gruesa cortina color rojo
tomate que protege la vista. No es gran cosa.
Me muevo hacia la zona de la que ella habla, corro la pesada tela y me
quedo viendo el ventanal del frente, exactamente igual al mío. De hecho,
puedo notar que el lugar es del mismo estilo que el mío, y está perfectamente
ordenado, limpio y apagado, lo que me hace pensar que también debe estar en
busca de un ocupante.
—Esto es error del arquitecto—comento de la nada, observando el
exterior—. Él es quien debe fijarse en estos detalles.
Mi padre y la señora cortan la charla y los siento mirarme con fijeza.
—Sí, supongo—concuerda ella—. Así que, ¿debemos mirar otros? ¿Este error
es molesto para vos?
Niego.
—No, me lo quedo.
Inmediatamente después de comunicárselo, me voy y bajo por el ascensor
hasta el estacionamiento de la planta baja. Destrabo la alarma del coche de mi
padre y tomo mi valija desde el baúl. La acarreo de regreso por las rueditas y
hago mi subida enseguida. No tengo la paciencia para seguir buscando un
techo y ya quiero que me dejen sola. Al fin cerca de la libertad, hasta siento que
podría tocarla con mis manos. Ellos se voltean para verme venir con mi
equipaje y la mujer se queda un poco boquiabierta. Ella no esperaba que me
quedara ya mismo, no hay ningún papel asentado ni firmado todavía. Me da
igual, no voy a volver a un hotel con mi padre. Ya quiero instalarme.
Él se aclara la garganta.
— ¿Qué le parece si nos vamos a terminar el papeleo?—sugiere—. Puedo
entregarle los primeros seis meses y el depósito que requiere antes de esta
noche—con eso la convence.
Las inmobiliarias tartamudean y babean por dinero, nadie sabe mejor eso
que él. Se lleva a la mujer y antes de desaparecer me guiña un ojo. La puerta se
cierra y suspiro, cierro los ojos. Llevo mis pertenencias a la habitación y las dejo
olvidadas en un rincón por ahora. Me concentro en la cocina, enchufo la
heladera en desuso y reviso debajo de los armarios. Hago una nota de las cosas
que faltan, y sobre todo de alimentos para rellenar. Hay un supermercado a dos
cuadras, llamo por teléfono y les hago mi pedido, sabiendo que no puedo ir y
arrastrar todo lo que necesito yo sola. Me avisan que en un par de horas, las
cajas serán entregadas en la recepción.
Sin saber qué más hacer y sin ganas de abrir mi bolsa y ordenar la ropa,
me dejo caer en un sofá y enciendo la tele, colocándolo en la sección moda, por
si me interesa algo. Parece imposible mantenerme enganchada a la pantalla,
será que sólo estoy buscando un trabajo en ese ambiente porque es lo único
que sé hacer bien. No porque me vuelva loca. Ya nada tiene ese poder.
Mi celular suena en ese preciso momento y voy en busca de él, dentro de
la cartera que dejé sobre la mesa del comedor al entrar. Es Malena, la única
persona con la que todavía me interesa mantener contacto.
—Hola—atiendo.
Su risita me afloja los músculos.
— ¡Hola!—chilla—. Al fin atendés, Eva, te estuve llamando toda la tarde.
—Estaba viendo lugares con papá, recién acabo de instalarme. Te gustará,
tiene unos grandes ventanales y una gran vista de la ciudad. Y un balcón
enorme—relato, abriendo la puerta y yendo hacia él.
—Dios, me muero por hacerme una escapada. Ojalá el fin de semana me
den permiso—suspira, ambas sabemos que no pasará—. Así que, ¿todavía no
empezaste a mostrar tus atributos?—sonríe.
Me apoyo en el borde del balcón y miro alrededor, la brisa despeinando
mi pelo.
—No. Mañana. O tal vez, pasado. O la semana que viene—digo,
encogiéndome.
No me va a hacer mal un respiro. Quedarme encerrada en casa, vivir de
comida congelada un tiempito y, posiblemente, salir a recorrer las buenas
partes de la gran Buenos Aires.
—Me parece bien. Te recomiendo empezar el mes que viene—bromea.
Después de eso nos quedamos en silencio, y sólo así estoy satisfecha. Ojalá
tuviésemos la misma edad y viviéramos juntas, o al menos estuviéramos más
cerca.
— ¿Cómo fue el primer día de clases?—pregunto, aunque poco me interesa
sobre eso.
—Bien—suelta, siendo vaga, ya que seguro tampoco quiere hablar de eso—.
Alguien me invitó a salir—cuenta, ansiosa.
Alzo las cejas, sorprendida pero algo entusiasmada por eso.
—Es lindo, se llama Pablo—recita, puedo oír la sonrisa que ha plantada en
su cara—. Tiene los ojos verdes más hermosos que he visto. Creo que me gusta
demasiado, no le costó conseguirme—ríe.
—Te dije que podías tener al tipo que quisieras—le recuerdo—. Al que sea.
O incluso hasta dos o tres, ¿qué importa?—resoplo.
Su carcajada retumba en el caracol de mi oído.
—Eva, sos una mala influencia—me reta.
Dejo salir una seca exaltación entre dientes.
—Eso no es de ahora…—digo, con humor negro.
—No seas así—me ordena, enojada—. Te tengo que dejar, prometo llamarte
antes de dormirme esta noche, ¿dale? Voy a tomar un helado con Pablo—la oigo
saltar.
Niego, una corta sonrisa moviendo mis labios.
—Bueno—digo, volviendo adentro—. Hablamos después.
Corto sin antes despedirnos, siendo lo más normal entre nosotras. Ah, los
dulces dieciséis. Por lo menos Malena puede disfrutarlos a más no poder. Tal
vez viva esa edad a través de ella, sus buenas experiencias me dirán qué me he
estado perdiendo. Supongo.
Deposito el celular en la mesa y paso directo hacia la habitación, con
intenciones de ponerme mano a la obra en rellenar el placar con mis prendas.
No son gran cosa en comparación a las que tenía antes de entrar al internado.
Esas ya no me entran, he engordado. Mis muslos son anchos y tersos, tengo
unas buenas caderas, mi delantera se ha afianzado. Soy más hermosa de lo que
era, y sería una lástima si no consigo un lugar en el mundo de la moda ahora.
Mi imagen vale más que antes. Y me he teñido el cabello, más rubio. Hasta me
tomo el tiempo de rizarlo a veces, por las mañanas. Pongo más empeño en
verme bonita.
Creo que es hora de ir de compras, necesito más prendas.
Cruzando la sala de estar, no me queda otra opción que detenerme y
mirar por el ventanal. Hacia la casa del vecino. Mis cortinas están un poco
corridas y no me siento culpable de arrimarme y espiar, ahora que parece haber
luces encendidas y movimientos. Al final no estaba desocupado como creí. Y
está habitado por un hombre.
El tipo se quita por la cabeza el suéter gris oscuro que lleva puesto,
dejando ver una camiseta de manga corta y cuello en v, color negro. Tiene los
dos brazos cubiertos de tatuajes y el cabello rubio, muy corto en los laterales y
rizos despeinados en la cima.
No puede ser.
Estoy viendo mal, es eso. Es mi subconsciente necesitado actuando como
un desequilibrado, seguramente.
Cierro los ojos y los froto, luego miro de nuevo. No, no es mi cabeza
jodiendo conmigo. Mi corazón salta hasta mi garganta y no importa lo que
haga, se queda allí, obstruyendo mi respiración. Mi boca se sea. Mis manos
tiemblan, y estoy incapacitada para reaccionar y cerrar las cortinas antes de
delatarme. No puedo irme ahora, tengo que seguir viendo. Ha pasado mucho
tiempo desde la última vez que lo tuve enfrente.
Una sensación extraña me toma por el cuello, me tambalea. Mi vista se
desenfoca.
Entonces él levanta la vista y me ve. Sé el momento exacto en el que
también me reconoce. No sé por qué soy presa de un impulso y cierro las
cortinas para esconderme de sus dorados ojos.
No dura mucho mi momento caparazón, mi timbre suena en exactamente
quince minutos y sé bien de quién se trata. A riesgo de volverme loca por
dentro y explotar, me dirijo dubitativamente hacia el aparato y respondo con
un ―¿Sí?‖. La voz de Cruz me golpea de lleno, sin darme tiempo a nada.
—Voy a subir y vas a dejarme entrar—ordena, no oigo más nada después.
Me trago la inquietud que sube desde mi pecho. No quiero esto, lo último
que obligué a meterme en la cabeza es que no lo volvería a ver más y ahora no
sólo vuelve a aparecer, sino que estamos más cerca que nunca antes. Y no sé de
dónde viene tanta urgencia de verme, en tres años no hizo ningún movimiento
para comunicarse conmigo.
Golpes resuenan en el silencioso y solitario apartamento y lucho conmigo
misma sobre lo que deseo. ¿Abrir o no abrir? No sé si estoy lista para volverme a
encontrar con él. Una gran parte de mi interior se siente abandonada. Resoplo,
poniendo los ojos en blanco, sintiendo rabia por dejar que me pase esto. Soy
Eva Moretti no dependo de nadie aparte de mí misma. En contra de lo que esa
mitad quiere, me dirijo a la puerta y la destrabo.
Si me quedé sin aire al verlo a través del ventanal, ahora bien podría tener
el poder de hacerme caer en coma por toda la eternidad. Está más grande y
endurecido de lo que recuerdo, es todo un tipo maduro. En sus ojos no hay
más destellos de vulnerabilidad, ya sabe quién es y cuál es su lugar en el
mundo. Apuesto a que ya no suda al ver un vaso de whiskey caro depositado a
un dedo de distancia. Resuma seguridad y hombría por los poros, y seriedad.
Todo en el Cruz Romano actual es para tomar en serio. Y lo hago, es por eso
que le doy la espalda una vez que invade mi sala y me dirijo a la cocina.
Necesito mantenerme ocupada, fingir que su presencia no me provoca nada.
—Al contrario de lo que podés estar pensando, no estoy siendo una
acosadora—suelto, amarga.
Siento sus poderosos ojos entrecerrados fulminar mi espalda, mientras
saco un vaso de agua de la alacena y lo lleno de agua. Ocupada. Estoy ocupada,
no pendiente de él.
—Al contrario de lo que podés estar pensando, me alegra verte—carraspea,
confrontando mis palabras—. Menuda manera de darme la bienvenida, Eva.
¿Por qué suena enojado? Él tiene una vida perfecta en la que yo ya no
quiero estar. Ya no tengo catorce años. Ya no estoy buscando migajas de nadie.
Me doy la vuelta, lo miro a los ojos.
— ¿Qué querés?—le suelto, a la defensiva.
Alza las cejas, ese gesto particular en él no ha cambiado. Se ha acentuado,
si antes era arrogante, ahora lo es el doble. Todo eso ha crecido
proporcionalmente al tamaño de su espalda.
—Te vi ahí y decidí ponerme al día con una vieja amiga—dice, metiéndose
las manos en los bolsillos del vaquero, mira alrededor—. Y nueva vecina.
Regresa su evaluación a mi persona y se queda demasiado tiempo en
silencio. Sus ojos cavan en mi piel como si tuviera la capacidad de hacerme
sentir contacto. Mil manos calientes envolviéndome. No debería resultarme
agradable.
—Has cambiado—comenta, tragando.
—Vos también—devuelvo.
Me llevo el borde del vaso a los labios, intento obligar a mi garganta a
pasar el agua, sobre todo cuando él decide que quiere mantenerse más cerca de
mí y se coloca a un par de pasos, estudiándome de cerca.
—Te teñiste el pelo—inclina la cabeza a un lado, fijo en mi cara—. Me gusta
tu maquillaje.
Tuerzo el gesto, de verdad no lo necesito tenerlo enumerando mis
cambios.
—Y estoy más rellena—digo, secamente—. Ahora los tipos sí tienen de
dónde agarrarse…
Esa última confirmación no le hace ni una pizca de gracia, al contrario, le
quita el color a su rostro, se vuelve pálido. Y sus ojos brillan con una clase de
peligro que nunca antes vi allí. Trago y trago, miro al frente, ignorándolo
cuando se acerca tanto que acribilla mi espacio personal y hasta puedo oír su
respiración.
—No vas a jugar ese juego conmigo, Eva—amenaza, molesto.
— ¿Por qué estás acá? No te quiero—aprieto los dientes, no me gusta lo que
está subiendo hasta mis ojos, una extraña potencia de algo que no reconozco y
prefiero que se quede abajo—. Eso era antes, ahora es tarde.
Se frota los ojos con cansancio y frustración, echando un suspiro largo.
Niega a algo que seguro está sucediendo en su cabeza.
— ¿Todavía no entendiste que ese no era nuestro momento? No importaba
lo que querías, ambos sabemos que fue lo mejor. Eva…—llama porque no lo
estoy mirando, y no lo voy a hacer—. Sabes bien por qué me alejé.
— ¿Fue porque me veías como una niña inocente a la que no te podías
coger todavía? No era inocente. ¿No viste lo que vino después? No fuiste vos,
entonces fueron otros… toda esa vena protectora conmigo fue una montaña de
mierda—escupo, venenosa.
Suelta una carcajada carente de todo humor, yendo un metro atrás y
rascándose la nuca.
—No vas a hacerme creer eso—gruñe, su rostro torcido con asco y rabia—.
Yo sé que lo que pasó no fue tu consentimiento. ¡Vamos…! Quien lo cree es un
idiota—levanta la voz.
Planto el vaso en la mesada con fuerza. Me rio de él.
— ¿Cuántas veces te perseguí y llevé tu mano bajo mi falda?—voy a él y lo
rondo, como si fuera una víbora a punto de enroscarse a su cuello—. No te
conseguí, entonces fui a por otros, esa es la pura verdad…
Su cara cambia de repente, relajándose. Entonces sonríe resplandeciente y
se deja caer en una de las sillas a juego con la cocina. Se burla de mí,
recostándose contra el respaldo, las manos enganchadas detrás de la nuca.
—Estás actuando como mi padre—dice y me congelo, bilis subiendo por
mis conductos—, te sentís a la defensiva, por eso estás disparando. Calma ese
veneno, Eva, te quita sensualidad—le da la terminación de una sonrisa torcida.
Tengo que dar dos pasos atrás y apoyarme en el borde de la encimera,
porque no quiero caer ni demostrarle que me acaba de matar con eso. Le
encanta haberme dejado sin palabras, y disfruta pasando el rato en mi mesa
como un invitado muy querido. Incluso ni se mueve cuando mi padre regresa,
el hombre se queda inmóvil en la entrada de la cocina al encontrárselo.
Reconozco que me sorprendo cuando se saludan con la mano como si fuera lo
más normal encontrarse justo aquí, en mí casa.
— ¿Cómo va, Juan Cruz?—pregunta papá, interesado, mientras ambos
acarrean las bolsas de supermercado que había en la recepción.
Me meto en la sala, dejándome caer en el sofá, y los observo, ni siquiera
ayudando. Estoy enojada y podría romper todos los estúpidos adornos que
decoran este departamento.
—Muy bien—contesta Cruz, abierto.
— ¿Estás en la universidad?—sigue papá metiendo comida en la heladera.
Cruz levanta una caja de milanesas de soja hacia mí y modula ―¿En serio?‖,
torciendo el gesto con repulsión. Niega y después la deja en la mesa como si le
quemara. Si fuera normal me reiría, pero todo lo que deseo es que los dos me
dejen sola de una puta vez.
—No—dice mi vecino. Se lleva la mano el bolsillo trasero y saca algo, lo
deja en la mesa y papá chifla con asombro.
—Policía, ¿eh?—sonríe, encantado.
Levanto una ceja. ¿Policía? Se suponía que vendría a especializarse en
economía. Esperaba que fuera un contador público, se metiera en un banco o
algo. Él marca su atención en mí y se ve encantado de haberme desconcertado.
—Me estoy especializando en investigación, —me mira a los ojos, de
repente serio y demasiado intenso—. Todavía tengo camino que recorrer, pero
me va bien…
Me obliga a desviar la vista lejos de él, no me gusta nada esa expresión.
¿Sabe que asesiné al sacerdote? Es imposible, nadie nunca ha descubierto al
asesino, el caso está estancado. Inconcluso. Y si lo supiera, ya todo el mundo se
habría enterado para ahora.
Ellos dos siguen hablando como si fueran mejores amigos y yo me pierdo
en mi habitación. Cuando me quiero acordar, papá lo invita a cenar y encargan
pizza. Comemos y soy la única que permanece en silencio, sigo así hasta que mi
padre se despide mientras Cruz lava los platos. ¿Qué mierda está sucediendo?
¿Acaso mi padre me trajo a ver este apartamento estratégicamente? ¿Sabía que
Cruz sería mi vecino? Se ven demasiado a gusto como para que esto sea casual.
Me cruzo de brazos cuando estamos, al fin, solos y lo enfrento.
— ¿Qué están tramando?—lo acuso con mirada sospechosa y hastiada.
Sus dorados ojos se posan en los míos, inocentes.
— ¿Tramando?—se ríe—. ¿Qué pasa? ¿Estás un poco paranoica? Tu padre
confía en mí porque le he mostrado mi placa—se burla.
—Que estupidez—gruño, malhumorada.
—Cree que estás a salvo conmigo—sonrisita de lado aparece en su
comisura.
Resoplo. Por supuesto, siempre estuve a salvo con éste idiota, nunca
respondió a todas mis insinuaciones.
—Eso es así—pongo los ojos en blanco, cruzándome de brazos.
Su expresión cambia de repente, volviéndose fría y calculadora. Se seca las
manos con un repasador y avanza hacia mí, arrinconándome. No tengo manera
de escapar de él, se está comiendo de nuevo el espacio que tanto necesito.
— ¿Eso crees?—alza las cejas, insinuándose.
Un segundo después me dedica una sonrisa llena de riesgos e
insinuaciones. Tal vez es cierto, los dos cambiamos tanto que tendremos que
comenzar de nuevo. Tal vez ya no estoy más a salvo en su presencia.
CRUZ
«— ¡Papá, no!—llora alguien, lo suficientemente cerca para que traspase la neblina
en mi mente.
Hay viento y puedo notar el calor del buen sol. Oigo gritos de niños a lo lejos,
corretean con felicidad, nada importándoles, nada comiendo sus cabezas. Nada
cagándoles la existencia. Felices. Despreocupados. Pestañeo, intento enfocar sin éxito mi
vista. Sé que estoy en el suelo. La humedad colándose por el frente de mi camiseta y el
putrefacto olor me indican que he caído sobre mi propio vómito. Siento el insoportable
gusto amargo en la boca que trae más sensación de náuseas. Hay tierra y pasto pegados
en mi mejilla sucia y no logro orientarme porque los yuyos son tan altos que casi cubren
mi cuerpo por completo.
Escucho mi trabajosa respiración con la boca abierta, una hebra verde de pasto
entra y sale por entre mis labios, no logro moverme, estoy paralizado. Mi cabeza palpita
e incluso mis ojos pican tanto que tengo que mantenerlos cerrados por un rato antes de
volver a abrirlos. Sé lo que me está sucediendo. Me estoy muriendo. ¿Qué fue lo último
que me metí? ¿Coca? ¿Vodca? ¿Ambos acompañados de otra variedad? Ni siquiera
recuerdo con exactitud. Y no tengo que hacerlo para saber que la acabo de cagar, que si
salgo de ésta será un milagro.
Gimo, y muero por frotarme los ojos con desesperación. Están irritados, y duele
muchísimo. Mi percepción va y viene, floto en una nube. Los colores a mi alrededor son
tan fuertes que me encandilan, me ciegan. Todavía sigo sin poder moverme, ni siquiera
un dedo. Las palpitaciones de mi corazón son demasiado rápidas para ser normales, aun
en este deplorable estado perdido lo entiendo.
Y hago todo para rendirme, aprieto mis párpados juntos y pido a quien esté
escuchándome que se termine rápido.
— ¡Papá!—grita de nuevo esa voz llorona.
— ¡Cállate!—le responde otra más grave y furiosa.
— ¡Por favor!—responde la aguda, desesperada.
Silencio sigue por un rato, hay sonidos extraños, un llanto difícil de contener.
Dolor. Arrepentimiento. Ruegos. No se oye nada, pero puedo leer siempre las cosas malas
antes de que vengan. Susurros se avecinan, gruñidos, forcejeos. Órdenes despreciables,
pero mi mente no capta el significado. Entonces pasos rápidos se acercan, se acercan.
Alguien corre en mi dirección, cierro los ojos. No hay dolor cuando se tropieza con mi
cuerpo laxo y a la deriva. Ni siquiera estoy consciente ya, ¿cierto?
— ¿Juan Cruz?—llama el oportuno que acaba de patearme y caer a mi lado.
Sorbe por la nariz, asustado. Una mano me zamarrea del hombro. Mis pestañas
repiquetean pero no alcanzo a ver nada, todo es borroso. Todo es confuso.
Todo se vuelve negro.»
El despertador programado en mi celular chilla y mi cuello da un tirón
cuando mi cabeza abombada se levanta. Rezongo mientras tomo el esfuerzo de
salir de la cama, arrastro los pies al baño. Enciendo la ducha y me meto debajo
con la cabeza gacha, el agua golpea mi nuca y me voy despertando del todo,
gradualmente. Me froto la cara y sigo con el resto del cuerpo, enjabonándome.
Mi vista ya despierta se enfoca en los blancos y relucientes azulejos al
tiempo que pienso. Regreso al sueño. Es tan extraño, pero quiero saber a toda
costa lo que significa. A veces deduzco que es un recuerdo. Tal vez sí, tuve dos
sobredosis en mi época de descontrol. Las dos veces fui salvado, nunca supe
por quién. En este sueño parece que es mi hermano quien se tropieza con mi
cuerpo casi convulsionando entre los altos yuyos. Pero… el ruido detrás, la
horrible sensación de que algo terrible está sucediendo. Estoy empezando a
volverme paranoico, porque es raro tener el mismo sueño una y otra vez.
Esto comenzó hace un par de años, y parece que, cuanto más tiempo estoy
sobrio, más detalles aparecen. Casi podría confirmar que es un recuerdo. No
me queda otra que comenzar a averiguar, a escarbar. Y no hay nada que odie
más que regresar sobre mis pasos y darle vueltas a cosas que pasaron hace
mucho tiempo, pero quiero encontrarle un sentido a esto.
Me seco, todavía pensativo, y regreso a mi cuarto para buscar mi
uniforme. Estoy enganchando los botones de la camisa azul cuando mi celular
suena.
— ¿Sí?—respondo sin mirar, entrando en la cocina sin terminar de
abotonarme.
— ¿La has visto?—pregunta Malena desde el otro lado, sorprendiéndome.
Frunzo el ceño y voy al comedor, me fijo al otro lado de mi ventanal y veo
que el de Eva todavía está cubierto por las cortinas.
— ¿Ya estás despierta?—pregunto, sonriendo apena—. Estuve con ella hace
un par de noches—respondo, volviendo y encendiendo la cafetera—. ¿Por qué?
Escucho mientras se remueve, seguro haciendo lo mismo que yo.
—Me levanté temprano para hacer tareas, dentro de cuarenta tengo que ir
a la escuela—bosteza—. Quiero saber de ella, cada vez que hablamos parece que
no me cuenta todo. Es muy reservada. Cuando me contó que ustedes son
vecinos te bauticé como mi espía personal—se ríe bajito.
Niego, haciéndome con una taza desde el armario.
—No voy a espiarla para vos, tengo trabajo, casi no estoy en casa durante la
semana—digo, recordando que hace dos noches Moretti me pidió exactamente
lo mismo mientras Eva no escuchaba—. Es una chica grande, inteligente y no va
a meterse en problemas.
Bien. Puede que tenga razón en las dos primeras, pero eso último suena
dudoso. A esa chica parecen perseguirla los problemas. Y no hablo de los que
pueden ocurrirle a cualquier persona.
—Bueno…—entiende mi hermana, pensativa—. Te entiendo. Voy a probar
con llamarla más seguido y molestarla para que lo suelte todo.
Sirvo el caliente líquido oscuro en la taza y le pongo azúcar, estando de
acuerdo con ella.
—Vamos a hacer un trato—propongo, dando un sorbo y cambiándome al
comedor para seguir mirando hacia el apartamento de Eva—. Voy a llamarte
cada vez que la vea y contarte como está, si vos me decís todo lo que ocurrió el
día antes de que saliera el video…
Espero su respuesta con interés.
— ¿Por qué querés saber eso?—dice, un poco sin aliento.
—Porque le he estado dando vueltas desde que salió ese puto video y
quiero respuestas—no me guardo nada, esa es la pura verdad—. Dijiste que
estabas con ella en el cementerio, ¿por qué no declaraste cuando el padre de
Eva puso cargos?—la aprieto, porque eso es lo que me he estado preguntando
desde hace rato.
—Papá y mamá no me dejaron, tenía doce y no querían que me
involucrara. Además… nunca les dije a ellos dónde estábamos, sólo a Dani—
explicó, apesadumbrada.
Es verdad, y Dani fue quien me lo dijo a mí.
—Hay mucho en todo esto que pocos saben, ¿cierto?—pregunto,
intuyéndolo.
—Hay bastante, sí—susurra, confiando en mí—. Puedo contártelo, pero no
le digas a nadie.
—Yo no haría eso—le prometo, sinceramente—. Me interesa descubrir
quiénes fueron lo que le hicieron eso a Eva—confieso.
— ¿Por qué?—quiere saber, ansiosa.
Trago, dejo la taza en la mesa y me froto los ojos, estresado.
— ¿Por qué? Porque nadie se interesó realmente por ella cuando ocurrió—
musito, enojado—. Le quitaron importancia al asunto. Sus padres la
escondieron. Los tuyos no te dejaron ayudarla. Ahí tenés el ejemplo, Malena.
El mundo asumió que era su culpa, como pasa siempre con las víctimas.
Ella permanece un rato en silencio, pensando. Y sé que se siente mal
porque no pudo hacer nada por su amiga en ese momento. Pero ahora puede,
podemos. Y lo vamos a hacer.
Si tan sólo fuera eso nada más… pero Eva ya estaba rota desde antes de ese
video. Cuando la conocí, hace tres años, ya había algo en ella que no encajaba.
Intenté descubrir cómo funcionaba, cómo arreglarla, pero acabé dándome
cuenta de que existían piezas del rompecabezas que faltaban. Arreglarla no era
una posibilidad, ya no. Y después de verla, noches atrás, descubrí que ahora
todo es, de alguna manera, peor. No sólo faltan piezas, sino que algunas de las
que quedan están rasgadas y hasta partidas en pedazos. No sé de qué manera
acercarme a ella. Realmente quiero que confíe en mí.
— ¿Hay trato?—rompo el silencio.
—Sí, sí—asegura mi hermana—. Pero no quiero que Eva sepa lo que yo te
cuente, ¿bien? Hasta puedo decirte su versión, lo que me confió que sucedió
después de que me fui—ofrece.
Suspiro, terminándome el desayuno.
—Sí, quiero saber todo—pido—. Pero… ¿Malena?
— ¿Sí?
—Primero y principal… ¿Por qué estaban en el maldito cementerio?—quiero
saber, sospechando.
Ella traga, toma aire y luego se excusa rápidamente porque recuerda que
no ha terminado su tarea y tiene que irse a la escuela. Me corta. No me engaña
y lo sabe. Entiende que la próxima vez que hablemos va a tener que
responderme. Niego con la cabeza y deposito el celular en la mesa con desgana.
Me paro frente a mi ventanal, viendo las rojas cortinas que cubren el de
enfrente. Pienso, pienso y pienso. Me devano los sesos tratando de encajar
algunas piezas del rompecabezas.
Algún día voy a obtener las claves que quiero.
Y a su dueña, también.
CAPÍTULO 16
EVA
Sweet Louise.
Pestañeo al leer la cartelera. Al parecer, así se llama la rama de ropa
interior y de cama, de una compañía que recién comienza. Louise. No sé qué
tienen las marcas de conjuntos interiores que todas deciden usar siempre la
palabra Sweet encabezando sus nombres. Sweet esto, Sweet lo otro. Todas
terminan siendo lo mismo, y no se diferencian en nada. Por lo visto esta quiere
parecerse o, al menos, tener el reconocimiento de la famosa Sweet Victorian.
Son principiantes, la tipografía del cartel lo grita alto y claro. Y como no me
importa nada más que tener algo en lo que estar ocupada y un cheque a fin de
mes, entro para hacer una prueba.
El interior sería acogedor para cualquier chica, no tanto para mi gusto
personal, ya que es tan agresivamente femenino que podría salir de acá
vomitando arcoíris y nubes rosas de algodón. Ignoro mi disgusto avanzo hacia
la oficina central, atendida por una menuda chica rubia con un rodete tan
tirante que apuesto a que apenas puede modular.
— ¡Hola! ¿Cómo puedo ayudarte?—me sonríe, definitivamente esa sonrisa
debe de doler.
Voy directo al grano.
—Quiero hablar con tu superior—salto—. Asuntos de modelaje.
Alza tanto las cejas que parece como si su cara se fuera a rasgar, después
procede a inspeccionarme de arriba hacia abajo, para evaluarme. Parece
inteligente y profesional, ve algo de potencial. Lo sé porque me sonríe y se pone
de pie, pidiéndome un minuto. Sale por una puerta, al final del recibidor,
dejándola arrimada. La escucho cuchichear con alguien desde el otro lado. Un
tipo, por el sonido grave de las respuestas.
Unos minutos después ella sale, sus ojos grandes y entusiasmados. La
sigue un hombre muy apuesto, de apariencia interesada. Es alto, elegante y con
aura muy profesional. Él se me acerca y estira la mano como saludo.
—Buenos días—sonríe de lado y repasa mi cuerpo con una evidente y
exhaustiva evaluación.
No me toma más de cinco segundos luego de la presentación para darme
cuenta de que tengo toda su atención y estoy llena de probabilidades. Una hora
después salgo de ese lugar con una cita programada para hacer pruebas de fotos
y la luz verde para hablar con papá para que se vaya preparando para firmar el
contrato. Puede que haya fracasado en las dos visitas anteriores, pero me fue
demasiado bien para ser mi primer día de búsqueda. Me paseo de regreso a casa
con un tranco suave y sin apuro. Me detengo en un par de tiendas cuando veo
algo interesante en las vidrieras y agrego conjuntos a mi escasa colección de
ropa.
Mi siguiente parada es un cyber, donde alquilo una máquina por media
hora. Metida en ese cubículo, me hago cargo de lo que comencé hace tres años,
días después de que el video saliera a la luz y antes de que me enviaran al
internado: un sitio web. Un blog donde he colgado todas las fotos del cura
pedófilo. Cada una de las pruebas. Lo hice por justicia, y también para
enviarles una clara señal a quienes me habían tomado. No, no fueron capaces de
detenerme ni callarme. Al final, de una forma o de otra, hice que toda la ciudad
se enterara de lo que el sacerdote era. Le quité la máscara ante todos. Tuve
éxito, se hizo viral en cuestión de minutos. Muy a pesar de ellos. Sé que mi
secuestro y el video fueron una advertencia clara para que me quedara en el
molde.
No lo consiguieron.
Yo devolví el golpe, un derechazo directo, en el punto justo. Desactivaron
el sitio varias veces, pero siempre me las arreglé para traerlo a la vida, una y otra
vez. Las imágenes de todo lo que ese hombre hacía con las niñas estaban
suspendidas en el aire y todo el mundo podía verlas. Las madres tomaron
consciencia, las niñas fueron escuchadas y la asociación que cubrió los pecados
de la ―víctima‖ perdió la batalla. Porque no soy tan arrogante como para decir
que he ganado la guerra.
Venceré cuando todos ellos hayan caído, uno a uno. A tres metros bajo
tierra.
He estado siendo muy cuidadosa con esto, yendo siempre a locales
distintos, nunca usando mi laptop, manteniendo el anonimato para no ser
rastreada por las verdaderas autoridades. Sé que me estoy arriesgando, pero vale
la pena cada vez que me interno allí y me encuentro con la magnitud de la
conquista. Cada vez que hablan del caso en la televisión. Cada vez que me
entero que las niñas están siendo apañadas por especialistas y cuidadas por sus
padres más que nunca. Quizás algún día caiga, si sucede, al menos estaré
satisfecha por no haberme quedado de brazos cruzados.
Me marcho con el tiempo cumplido, compensada con que el sitio no haya
sido removido, cumpliendo meses en línea. Eso me mantiene de buen humor.
Al llegar al edificio correspondiente, tomo el ascensor e intento no verme
sorprendida cuando se abren las puertas y me encuentro a Cruz sentado en el
suelo junto a mi entrada. Se levanta cuando llego a él y saco la llave de mi
bolso, estudia mis movimientos en silencio, apoyando el hombro en la pared.
Abro y no me gasto en invitarlo ya que se prepara para entrar detrás de mí.
Estoy demasiado ocupada en pasar saliva a través de mis conductos para abrir
una conversación, no lo veo desde hace una semana y no me gusta sentirme
afectada. Tampoco que esto se vaya a volver rutina, necesito mi espacio libre
todo el tiempo.
Dejo mis bolsas en los sillones y entro en la cocina para servirme algo de
jugo fresco de naranjas que exprimí anoche. Mi dieta ya no es tan rigurosa y
estricta, ahora tengo que alimentarme bastante y descomprimir en el gimnasio.
Hablando de eso, necesito hacer una visita a uno que queda cerca de aquí para
anotarme y comenzar de inmediato mis rutinas.
—Es mediodía, ¿comiste?—camina Cruz, aproximándose.
Niego sin decir una sola palabra.
—Te puedo preparar algo—ofrece—. Y podés contarme cómo fue tu
mañana…
Al fin me decido a enfocar sus ojos, la curiosidad es lo primero que noto
en esa hermosa mirada dorada. No estoy de humor para tener gente
revoloteando a mí alrededor, no me deja pensar. Y necesito hacerlo porque
tengo una venganza que preparar. Cruz me distrae, no me hace falta una
distracción. Voy a decirle que no quiero, que prefiero que se vaya a cocinarse él
mismo a su departamento, entonces abre mi heladera y comienza a elegir
alimentos, pensativo. Los acarrea a la mesada y me pregunta dónde tengo
guardada la tabla de picar.
—No quiero comer tu comida, Cruz—le digo con tono muy firme—. Tenés
que irte.
Se detiene un segundo para levantar sus ojos hacia los míos y dejarlos allí
estancados, tratando de leer mis profundidades. Confío en que sigo siendo
muy buena en esconder lo que me sucede adentro. Él me inquieta, ahora no
deseo tanto su presencia cerca como antes, lo prefiero lejos. A decir verdad, me
habría encantado que me ignorara, que fingiera no conocerme. Habría sido
más fácil. Ahora no necesito nada de él, mucho menos sabiendo que pertenece
al otro lado de la ley. Al bueno. Cuando sé que estoy del contrario y deseo una
venganza sangrienta. Porque en mis planes está destripar a los que intentaron
hundirme tantas veces.
—Es tu comida—me corrige sonriendo de lado—. Y no voy a irme, ¿sabes
por qué?
No respondo, estoy demasiado ensimismada en mantener apretada mi
mandíbula. No tengo la paciencia para que jueguen conmigo, para que no
respeten mi palabra y mis deseos.
—Esta es mi casa, te estoy echando—lo enfrento.
Un pestañeo después él se está estrellando contra mí, apretándome contra
la encimera y acorralando mi cuerpo. El oxígeno se atasca en mi garganta y mis
músculos se tensan.
—Vos y yo sabemos que no va a servir de nada luchar—susurra contra mi
oído, sus manos abiertas abarcan los costados de mis caderas, queman a través
de la tela de mis vaqueros ajustados—. Yo estoy seguro de que no soy el único
que se siente así, querés tenerme cerca también, Eva. Todo lo que tenés que
hacer es ceder un poco…
Me envaro al sentir sus dientes tironeando de mi lóbulo. Una vez que se
aleja me siento en control de nuevo y suspiro silenciosamente. ¿Por qué ahora
me retrae tanto cuando antes lo único que quería era tocarlo? Se debe a que
intuyo que sus verdaderos motivos para perseguirme están ocultos, él realmente
no está acá porque desea mi compañía. Hay algo más, estoy segura. Él sospecha,
no sé bien de qué se trata, pero lo veo claramente.
Lo dejo cocinar en silencio, no me muevo de la cocina, teniéndolo en la
mira como un halcón. Se sirve jugo y sorbe acá y allá mientras pica los
alimentos y los pone al fuego para una salsa de tomate. Cedo de mala gana y
acomodo la mesa para que comamos antes de que la comida esté lista del todo.
A continuación, estamos sentándonos uno en frente del otro y llenando
nuestras bocas sin decir nada más. Es incómodo, pero nos esforzamos en que
no se note demasiado.
Llevo casi la mitad del plato para el momento en que él se decide a hablar
y lanza la primera bomba.
—Así que… ¿Vas a contarme por qué mi hermana y vos estaban en el
cementerio la noche que te llevaron?—sus ojos pesados e insistentes se clavan en
mí y me inmovilizan en la silla—. O, más importante… ¿cómo es que sabías que
el hombre era un pedófilo antes de que todo eso saliera a la luz?
Debería estar sorprendida por su tono de voz firme y letal, por la
naturaleza de sus preguntas. No lo estoy. En cierta forma lo esperaba, estaba
preparada para que me saltara a la yugular. Me tiene donde me quiere y dudo
mucho que me permita salir limpia de esto.
Mis labios se vuelven una recta y fina línea, enojo bullendo en mis venas.
El apetito se escapa por la ventana y sólo quiero terminar con esto para que se
vaya.
— ¿Tu hermana no te lo contó?—pregunto, manteniendo a raya mi voz,
porque todavía tengo el control—. Ella fue acosada por el cura cuando se
confesó para tomar la comunión. Fui la única a quien le contó la verdad…
El rostro de Cruz se vuelve granito, en sus ojos armándose un brillo
extraño y peligroso. No lo sabía. Malena fue a él con el chismerío, pero se
olvidó de decirle la parte clave de todo esto. Hicimos lo que hicimos por ella. Y
todo comenzó para mí el día que me confesó la verdad.
—Estuvimos separadas un tiempo, cuando volvimos a ser amigas, fue de las
primeras cosas que me soltó. El cura le había pedido que se levantara la falda y
ella logró escapar, salió corriendo—me encojo, alejando el plato de mí—.
Cuando el tipo murió, ninguna de las dos estábamos felices de que se fuera
pintado como una buena figura y una pobre víctima. Fuimos a escrachar su
tumba…
Todo esto es verdad, y puede ir a corroborarlo con la traidora de Malena,
que parece que ha estado en contacto con él y vomitando su versión de aquel
día. Quedamos en que nadie debía saber que estábamos esa noche en el
cementerio, la versión inventada consistía en que nos habían perseguido por las
calles de la ciudad y yo había sido alcanzada. Pero no importa, porque Malena
nunca fue a declarar, sus padres se lo impidieron. Sólo di mi versión de la
escena y terminé con el asunto, sabiendo que jamás sería resuelto. No
importaba que dijera las palabras secuestro, drogas y falta de recuerdos, mi
imagen se oscureció y perdí credibilidad. Esa declaración no me salvaría.
— ¿Y esos hombres estaban allí?—frunce él el ceño y se frota la frente—.
¿Estaban esperándolas en el cementerio? Hay miles de cosas que no cierran,
Eva.
Niego, frustrada.
—No lo sé—escupo—. Sólo aparecieron de repente y nosotras corrimos. No
puedo ayudarte más, Cruz—termino, poniéndome de pie y tirando el resto de la
comida de mi plato en el tacho de la basura.
Él hace lo mismo, silencioso y pensativo. Al igual que yo, está de un
humor terrible.
—Quiero ayudarte, Eva—dice después con tono apagada—. Realmente
quiero que los que te llevaron paguen.
Si sólo fueran ellos. Pero hay demasiadas cosas que no sabe y ni se
imagina. Mi equipaje es tan pesado que no lo aguantaría, no importa lo fuerte y
seguro de sí mismo que se vea. Nadie puede saber nunca lo que llevo sobre los
hombros. Jamás. Y mucho menos él.
—Empecemos de nuevo, ¿bien?—murmura, colocándose detrás de mí,
poniendo sus manos en mis hombros como si eso me reconfortara—.
Perdóname por soltarte las preguntas así, esto…—titubea con pesar—, llevo
dándole vueltas a esto desde hace tiempo. Eva, yo sé que ni siquiera nos
conocemos bien, pero me preocupo por vos. Quiero entenderte—me acerca,
apoyando mi espalda en su pecho, mientras miro hacia la ciudad por los
ventanales.
—No hay mucho que entender—trago, cruzándome de brazos, en cierta
forma tratando de calmar el frío en mi cuerpo—. Fuimos tontas por ir ahí y
hacer esa chiquilinada…
—Nada justifica lo que esos enfermos hicieron—gruñe, aspira por la nariz
con bronca y luego se rehace—. Mira, no quiero que te enojes con Malena, yo
insistí mucho en que me contara. No quiero que la culpes…
—No lo haré—prometo, monótona con la mirada al frente.
—Me alegra escuchar eso y seguro a ella también— sonríe, alejándome del
ventanal y llevándome hacia la sala—. ¿Me dejas mostrarte algo?—sus ojos me
buscan con expectativa.
Me encojo entre mis hombros, simulando que realmente nada de esto me
importa.
—Male me dijo todo lo que sabía—explica nuevamente, señala mi laptop
que está sobre la mesa de café, pidiendo permiso para tomarla, y se lo doy—.
Pero antes de seguir con esto, quería tu versión, directamente de tu boca—
espera una reacción de mi parte, no obtiene nada—. No estás dispuesta a
colaborar, entonces voy a ir al grano.
Enciende la máquina y saca una pequeña memoria desde los bolsillos de
sus vaqueros, encajándola en una de las ranuras del costado. Un par de clics
después, se activa un video.
—Necesito que veas esto con atención—pide, su rostro amable y confiado.
Gira la pantalla hacia mí y aparece un archivo del noticiero local de
nuestra ciudad, con fecha de hace tres años. Un día después de lo que sucedió
en el cementerio. En él están siendo entrevistados el comisario de la ciudad, el
sereno del cementerio y mi padre. Me enfoco en ellos, en lo que dicen,
refiriéndose al desastre que le hicieron a la reciente lápida del sacerdote. Están
furiosos, prometiendo descubrir al culpable cuanto antes. Mi padre está
perdido, apenas habla, y sé por la mirada que enfoca en la cámara que le duele
que sucedan esas cosas en su ciudad, bajo su mando. La gente comenzaría a
dudar de su credibilidad, posiblemente ya no confiarían más en él. Deslizo mis
ojos hacia el sereno, un hombre de unos sesenta años, de apariencia humilde y
trabajadora que responde con inocencia y culpa a las preguntas que los
reporteros le hacen.
A continuación, observo al comisario, me intereso plenamente en él y lo
estudio, frunciendo el ceño.
— ¿Lo ves?—insiste Cruz, ansioso.
No respondo, estoy ensimismada viendo la cara de ese tipo.
—Malena me contó tu versión, Eva—se para y viene a colocarse a mi lado,
me toma la mano, aun cuando hago ademán de alejarme—. Lo siento por ir
detrás de tu espalda, pero tengo un buen propósito, lo juro.
Sigo mirando el rostro del comisario, sin hacer caso, y comienza a faltarme
la respiración.
—El aerosol…—murmuro, atragantándome.
Cruz aprieta mi mano.
—A uno de ellos le eché pintura en la cara—apenas logro reconocer mi voz
ahora, una niebla espesa me rodea, mis aspiraciones enloquecen.
Nos quedamos viendo el rostro irritado del comisario, sus ojos rojos y
llorosos, uno de ellos casi cerrado por completo por la hinchazón del párpado.
Él es uno de ellos. ¿Por qué carajo me negué a ver las noticias cuando ocurrió?
¿Por qué me recluí en mi habitación tan inútilmente? Si yo hubiese visto esto
en aquel entonces, ya tendría una identidad desde hace mucho tiempo y ya
habría podido comenzar con los planes.
—Él tiene que ser uno de ellos, Eva. No hay indicios de pelea, esa es una
clase de potente reacción alérgica, la mitad de su cara está roja e hinchada—dice
Cruz, entrelazando nuestros dedos y señalando la pantalla con el índice de la
mano libre—. ¿Te das cuenta?
Salgo del trance y giro el rostro para observar su cara. Está sonriendo,
mitad orgullo mitad alegría por mí. Abro la boca para hablar pero no sale nada.
— ¿Te das cuenta?—repite, quitando el pelo que ha caído sobre mi mejilla—
. Lo tenemos.
— ¿Lo tenemos?—frunzo el ceño, dudando.
No puede estar refiriéndose a nosotros como un equipo, ¿cierto?
—Lo tenemos, Eva…
— ¿Por qué haces esto?—pregunto, apenas en un susurro.
—Te lo dije, quiero ayudarte—suelta mi mano y pasa el brazo por mis
hombros, me abraza atrayéndome hacia él—. Necesito que confíes en mí…
Me pide un imposible. No puedo confiar en él, no importa toda la labor
que ha estado haciendo para atar estos cabos. Su definición de justicia no es la
misma que la mía. Él acaba de darme un nombre, piensa que estoy agradecida
porque podemos ser capaces de enviarlo a la cárcel. Sin embargo, lo que yo
deseo es algo mucho peor que el encierro. Él no puede saber que está en mis
planes matarlos a todos. Tanto a ellos como a su padre, el principal causante de
mi infierno.
Es mi gran propósito, lo único que me ha mantenido moviéndome todos
estos años.
Y Cruz no puede entrometerse más.
CRUZ
No sé lo que estoy haciendo acá, voy a ciegas en un camino que parece
lleno de baches. Y no importa cuánto me esfuerce, Eva no se abre conmigo. No
debería sorprenderme eso en primer lugar, ni frustrarme, porque sabía desde el
principio que la chica es hermética hasta con Malena, que es su mejor amiga.
He estado una semana viéndola, haciendo huecos en mi tiempo para poder
pasarlo con ella, no ha funcionado hasta ahora, tampoco he tratado de atacarla
como la primera vez, estoy tratando de ablandarla poco a poco, siguiendo una
táctica que requiere toda mi paciencia. Han cambiado muchas cosas desde la
última vez que nos vimos hace tres años, desde que ella se insinuó y en vez de
reaccionar ante eso, la abrecé, la llevé a su cama y la sostuve hasta el amanecer
mientras dormía.
Me equivoqué en no seguir en contacto, después de que el maldito video
saliera a la luz debería haber tratado de llegar a ella. No me esforcé lo
suficiente, me doy cuenta. Sí, estaba escondida en un jodido internado de
niñas casi incomunicada, pero podría haberme obligado a escribirle,
demostrarle que en realidad no estaba sola. Pero lo estuvo, por mi culpa. No
puedo culparla por su desconfianza, por la distancia que pone entre los dos. No
he hecho nada bien con ella, jamás.
Detengo el coche justo frente a una agencia de fotos y giro para mirar a
Eva, a mí lado. Lleva un liviano maquillaje, campera de cuero negra y un
vaquero ajustado que hace que sus piernas luzcan infinitas y firmes. La observo
colocarse el bolso en el hombro antes de despedirme sin apenas una palabra,
bajar y moverse hacia la entrada de cristal.
—Adiós—guiño cuando voltea a verme antes de empujar la puerta y
perderse dentro.
Niego, coloco primera y me voy, tratando de mantener la frustración a
raya. Me digo a mí mismo que esto es un paso a paso de tortuga, puede parecer
que no llego a ningún lado pero estoy avanzando de todos modos. Tarde o
temprano obtendré frutos. Entro en la avenida que me lleva directo a un café
no muy lejano y busco un lugar para estacionarme al entrar en la zona. Hoy
tengo el día libre y quedé con Dani para ponernos a la corriente. Lleva más de
un año en la ciudad, empezó la universidad de medicina y nos hemos visto muy
poco. Estos últimos tres años he estado tratando de llevarme bien y tenerlos a
mis hermanos más presentes. Ya no soy el muchachito inmaduro enojado con
el mundo, al menos me di cuenta de que las cosas malas que sucedieron en mi
vida no fueron por culpa de ellos. Antes era un cobarde, prefería ahogarme con
drogas y alcohol antes de ponerme los pantalones en su lugar de una vez y
enfrentar la vida como merece. Después de todo hay una sola, ahora ya no
quiero desaprovecharla.
Veo a Dani ni bien entrar por la tintineante puerta. Está grande, maduro
y endurecido, no pasa desapercibido entre la gente, especialmente cuando hay
chicas alrededor. Parece que además de dedicar tiempo al estudio, también lo
intercala con el gimnasio. Es tan despistado que no nota al grupo de
universitarias cuchicheando sobre él una mesa más allá. Se pone de pie al
verme y me dedica una sonrisa débil al darnos la mano como saludo. Nos
sentamos enfrentados y pedimos un café, a mitad de mañana es lo único que
viene bien.
— ¿Cómo estás? ¿Qué se cuenta?—pregunto, interesado.
Se encoge.
—No mucho, me la paso encerrado engullendo textos sobre células—apoya
los codos en el borde de la mesa—. ¿Vos?
—Perfecto, avanzo bien en los exámenes, no me quedan muchos para
terminar. Paso mis horarios sin dificultad, salvamos el día—sonrío—. Y he
estado pasando tiempo con Eva.
Alza las cejas, sorprendido.
—No la he visto en años—comenta, y agradece cuando llega el café—.
¿Cómo está? La última vez que la vi fue en su habitación, fuimos a visitarla con
Malena después de todo ese asunto del video, estaba perdida, hombre—cuenta,
lamentándose.
Tomo un sorbo de la fuerte bebida caliente y trato de pasar el nudo en
mis cuerdas vocales. Aflojo la tensión.
—Así de mal, ¿eh?—murmuro.
Asiente.
—Prometió que los acabaría—susurra, preocupado—. Uno por uno.
Asiento, me quedo sin habla por un rato, revolviendo y echando azúcar a
la taza casi inconsciente de mis actos.
—Quiero ayudarla, imagino como se sentía—aprieto los dientes—. Imagino
que quiere justicia.
Dani suelta una seca carcajada sin humor, negando. Me mira como si yo
fuera un iluso.
—Estoy lo suficientemente seguro de que no hablaba de justicia, al menos
no la tuya, Juan—dice, inclinándose más cerca—. Ella se refirió claramente a una
venganza. ¿Y sabes qué creo? Que es muy capaz de hacer algo al respecto.
— ¿Qué…?—frunzo el ceño.
Él me corta.
—Está jodida, Juan—me mira, un brillo extraño cubriendo sus ojos
castaños y generalmente melancólicos—. No hace falta mirarla dos veces para
saberlo.
Baja la vista a su café y se mantiene ocupado bebiendo y revolviendo. Por
un momento le cuesta mirarme de frente, esquiva mis ojos como a la peste. Me
doy cuenta de que hay cosas que él sabe y yo no. Y ya veo que voy a tener que
luchar no sólo con una persona llena de secretos, sino con dos.
—Voy a ayudarla—remato, acabando con esto.
Si hay algo que aprendí después de arremeter contra Eva la semana pasada
es que presionando no llego a ningún lado. Y Dani se ve como un cachorro
asustado, si insisto saldrá disparado de esta mesa. Jamás volvería a verlo.
Asiente a lo que digo y levemente lo veo relajarse en la silla, confiado en que
sellé el tema.
— ¿Has hablado con Malena?—quiere saber después.
—Sí, hablamos como dos veces a la semana—le cuento, jugando con una
servilleta—. Generalmente se escucha contenta, hasta creo que se consiguió un
noviecito—me rio.
La tez de mi hermano pierde color de repente, se muerde el interior de las
mejillas y se remueve con inquietud. Baja de nuevo la vista, pero no me pierdo
la forma en la que sus ojos se oscurecen perdiendo enfoque.
—No hablamos mucho ya—murmura, rascándose la nuca—. Creo que
nunca perdonó que me fuera.
Eso es estúpido.
—No tiene sentido, tenías que venir a la universidad—digo, torciendo el
gesto—. ¿Por qué se enojaría?
Se encoge de hombros, sin responder realmente.
—Sabes… estaba pensando en regresar a casa—suelta.
Y estoy en shock.
— ¿Volver? ¿Dejar la universidad?—levanto un poco la voz—. ¿Por qué? Vas
bien, medicina es difícil y tu primer año fue fantástico, ¿por qué abandonar
ahora? Estás encaminado, cuando te quieras acordar vas a estar recibiéndote.
Además, si te vas, ¿qué vas a hacer allá? No hay muchas opciones, Dani.
Traga, girando su taza en el plato con agitación.
—No soy feliz acá, y puede que me vaya bien pero… no… no me siento yo
mismo—susurra, cabizbajo.
No lo entiendo pero lo respeto. Está bien, es infeliz, aun cuando ha sido
expulsado directo al futuro que muchos desean y pocos pueden conseguir. Es
inteligente, capaz, un buen chico. Sería un médico excepcional. Le veía mucho
potencial para eso. Pero ¿quién soy yo para ordenarle quedarse y seguir yendo
hacia donde no quiere?
—Está bien, si eso es lo que querés—le digo, apoyándolo.
Sé bien que sus padres no comprenderán tan fácilmente, si vuelve a casa,
estará en medio de una tormenta monumental.
—También tengo pensado pedir el traslado—le digo, para sacar esa
expresión dolorosa de su cara—. Quiero volver, y posiblemente Eva quiera venir
conmigo.
— ¿Están en una relación?—me mira, intrigado.
—No. Creo que nos queda un largo camino por recorrer para estar
juntos—explico, escondiendo mi aflicción—. Pero no voy a rendirme.
La quería cuando tenía catorce y estaba en conflicto por lo que sentía,
ahora la edad y la maldita moral no están en medio y quiero tener una
oportunidad con ella. Si tan sólo confiara en mí.
—Le gustabas, seguro ahora también, va a salir bien—intenta animarme él—
. Entonces… nos veremos allá, supongo…
Asiento.
—Seguro. En un tiempo, tal vez—sonrío, acabando mi taza—. Aunque no sé
cuánto. Pero estaremos en contacto—guiño.
—Genial—concuerda.
Después cambiamos de tema, conversando sobre cosas sin importancia,
perdiendo tensión. Nos despedimos en la salida, y cada cual se mueve hacia su
propio coche.
CAPÍTULO 17
EVA
Me mantengo a distancia.
Hago todo lo posible para dejar espacio entre nosotros, un hueco que
Cruz se esfuerza en sortear. Mi frialdad y poca disposición a dirigirle la palabra
no lo aleja, él insiste todos los malditos días. Incluso cuando acaba de llegar de
un largo turno y está agotado, viene a tocar mi campana y esperar que le abra
para pasar tiempo conmigo en silencio. Lo más desconcertante de todo es que
yo lo dejo entrar, haga lo que haga voy allí y destrabo la puerta para él. Eso
quiere decir que en algún lugar dentro de mí encuentro complacencia en
tenerlo cerca, deambulando por mi espacio, simplemente cuidándome. Aunque
eso es todo, no le he dejado cruzar más líneas y estoy satisfecha con ello.
Todavía no deduzco lo que quiere en realidad. Se aseguró de dejarme
claro que intenta ayudarme, y ha estado tratando de sacar el tema para que
hablemos sobre ello. Entiendo que necesita mi colaboración para lograr ese
objetivo, el problema es que no estoy dispuesta a soltarle todos mis negros
secretos. Ni sospechas.