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Woods Sherryl - Un Soplo de Luna

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UN SOPLO DE LUNA

Sherry Woods

Titulo original: “One touch of moonddust” ( 1989)

CAPITULO 1

Gabrielle se detuvo en medio de un callejón siniestro, donde


abundaban inscripciones pintadas de todo color y condición. Revisó la
dirección que había marcado en el periódico, comparándola con los
dos números que colgaban al revés junto a la puerta de un edificio
cochambroso. Aparentemente, se encontraba ante el "edificio
recientemente reformado". A1 parecer, las reformas no eran tan
recientes como cabía esperar.

Guareciendo las manos congeladas en los bolsillos del abrigo,


contempló la fachada desconchada, las ventanas ennegrecidas.
Estaba muy lejos de Park Avenue. Aspirando profundamente el
vivificante aire invernal, estrechó el abrigo de piel alrededor de su
cuerpo y pasó al vestíbulo en penumbra.

Tenía posibilidades, decidió, observando las baldosas con ojo


crítico. La construcción parecía sólida y ella abrigaba la esperanza de
que los suelos de los apartamentos fueran de madera. Recordó el
tubo de salida de humos que había visto afuera, lo cual implicaba que
había chimeneas. Sí, definitivamente tenía posibilidades, pensó con
una vaga sensación de esperanza, el primer asomo de ilusión en
varias semanas.

De hecho, pocos meses antes, cuando su carrera en Wall Street


evolucionaba a ritmo vertiginoso, muy bien podría haber comprado el
inmueble entero para reformarlo como una inversión prometedora.
Ahora, sin ofertas de trabajo, apenas disponía de lo suficiente para
pagar aquel alquiler modesto. En realidad, si no encontraba pronto
otro
empleo, se vería forzada a regresar al hogar paterno en Carolina del
Sur.
Apretando los dientes con determinación, comenzó a ascender
por la escalera crujiente a interminable hasta el apartamento 4B, de
cuya puerta emanaba el inconfundible olor a recién pintado. Para
Gabrielle, después de toda la suciedad que había visto, resultó un
buen augurio. Dio unos golpecitos en la puerta y aguardó. En el
interior, los martilleos no cesaron. Llamó más fuerte y gritó. Los
golpes cesaron.

-¡Un momento! -exclamó una alegre voz masculina-. Ahora


mismo estoy contigo, encanto.
"¿Encanto?" Gabrielle no tardó en imaginarse el tipo de la voz
impertinente: un obrero de la construcción musculoso, de rostro
curtido por el sol. Sería duro, de carácter imperturbable, insistente.
Se cruzaba con hombres de esa clase una docena de veces diarias, y
no la impresionaban. Unos segundos después apareció el hombre en
cuestión y Gabrielle se sorprendió al ver lo mucho que se ajustaba a
su imagen. También la sorprendió el efecto que produjo en ella.
Simplemente, aquel hombre cortaba el aliento.

Observó a Gabrielle con sus ojos de un azul intenso,


penetrantes, con una meticulosidad desconcertante. De sus labios
descarados brotó un silbido de aprobación.

Su cabello castaño claro todavía poseía algunos mechones


dorados por el sol estival. Unos pantalones vaqueros desteñidos y
salpicados de pintura moldeaban la estrecha cintura, los muslos
fornidos. A pesar del ambiente gélido, llevaba la camisa
desabrochada, revelando una mata de vello castaño que descendía
sobre el pecho estrechándose como una flecha. Gabrielle dudaba
entre arroparse con el abrigo a modo de protección o separarlo de su
piel, de súbito ardiente. Se decidió por intentar hacer que desviara la
mirada.

Fracasó. Él soltó una carcajada, con un brillo demasiado


expresivo en sus ojos.
-Bueno -dijo con tono ligeramente burlón-. ¿Qué hace una dama
sofisticada como tú en un sitio como este? ¿Acaso es una visita de
caridad?

Gabrielle contuvo de milagro la réplica mordaz que ya temblaba


en sus labios. Él tenía un apartamento. Ella necesitaba uno. No era
momento de ponerse digna.

Por el contrario, sostuvo en alto el periódico.

-He venido por el anuncio. ¿Podría ver el apartamento?


Con ancha sonrisa, acentuada por dos hoyuelos, el hombre hizo
un ademán teatral con el brazo.

-Será un honor tenerla corno invitada.

Gabrielle entró con paso cauto y observó detenidamente la


habitación vacía. Le resultaba difícil registrar en la mente los
caracteres del apartamento, porque el hombre iba pisándole los
talones, observando todos sus movimientos. Dondequiera que fuera,
él la seguía. Dado que no tenía sentido que estuviera preocupado por
el robo, Gabrielle llegó a la conclusión de que lo hacía para
incomodarla.

Y lo estaba consiguiendo. Procuró librarse de la sensación a


base de sentido común. Con su vida al borde del caos, sólo le hacía
falta una atracción instantánea hacia un hombre como aquel. Los
miembros de la Junior League de Charleston se desternillarían de risa
imaginándose a la hija del senador Graham Clayton sufriendo
palpitaciones por culpa de un pintor.

-¿Sabe algo acerca del edificio? -preguntó después de ver el


salón y dos pequeños dormitorios.

No se había equivocado respecto a la chimenea. Era pequeña,


pero evocaba noches cálidas de invierno.

-¿Qué querías saber?

¿-¿Cuándo lo desinfectaron por última vez?

E1 hombre encogió los hombros en un gesto de duda.

-Siempre hay un bote de mata cucarachas.

-Comprendo -dijo Gabrielle, frunciendo el ceño expresivamente,


y miró una vez más el salón vacío-. El anuncio decía amueblado.

--Lo estará.

-¿Cuándo?

-Mañana. Tal vez pasado. Cuando acabe con las obras.


Era obvio que la puntualidad no era una de las preocupaciones
del tipo. Para una mujer cuya agenda siempre estuvo medida en
intervalos de quince minutos, dicha actitud apática era tan
irresponsable como irritante.
-¿Puede decirme en qué fecha exactamente estará disponible?
Estoy en un apuro.

-¿Algún cliente ansioso?

-¿Cliente? -replicó ella desconcertada.

-Eres de una agencia inmobiliaria, ¿me equivoco? Si quieres


comprar, no está en venta. Si tienes a alguien que desea alquilar,
preferiría tratar directamente con él. Lo siento, nada de
intermediarios.

-Yo no trabajo para ninguna agencia. Estoy buscando un


apartamento para mí. Alquilado -añadió, por si acaso le preocupaba
que planeara comprar y despedir al personal de mantenimiento...
comenzando por él.

Aunque pretendía tranquilizarlo, aparentemente sólo consiguió


pasmarlo.

-¿De verdad quieres vivir aquí?

-¿Por qué no? -replicó a la defensiva, habiendo comprendido a


la perfección la intención de la pregunta-. Es un apartamento.
Necesito un lugar donde vivir.

-Prueba en Park Avenue.

-Ya lo hice. Está fuera de mi presupuesto.

-Así que la dama ha sufrido un revés de la fortuna y pasa por


una época de vacas flacas.

-Temporalmente.

-¿Quieres decir que te largarás de aquí en el instante en que


reúnas unos cuantos dólares?

Gabrielle consideró la posibilidad de mentir, pero se figuró que


él jamás la creería. En sus ojos había un desconcertante brillo de
astucia... uno demasiado típico entre los ejecutivos de las altas
finanzas.

-Sí -respondió al fin.

-Entonces, ¿por qué iba a alquilártelo?


-Estoy aquí. Tengo el dinero.

A1 menos para el primer mes, se dijo a sí misma.


-Esto es Nueva York, encanto. No eres la primera persona que
pasa por aquí ni serás la última.

-¿Acaso estás esperando la mejor oferta?

-Tal vez. ¿Cuál es la tuya?

Gabrielle se turbó al ver la expresión especulativa de sus ojos.


Esta vez se ajustó el abrigo a modo de protección y se dirigió hacia la
puerta.

En los pasados meses había sacrificado prácticamente todo,


excepto el orgullo y la dignidad, y no estaba dispuesta a perderlos
también.

-No tiene importancia -dijo-. Creo que esto no saldría bien.

El hombre la alcanzó antes que llegara a la puerta.

-Lo siento -dijo, aparentemente con sinceridad.

Gabrielle lo observó detenidamente, como observaría a un


inversionista en perspectiva. Su expresión, por una vez, era grave. Él
dio unos suaves tirones de su manga.
-Acepta mis disculpas, por favor. Si quieres el apartamento, es
tuyo.

-¿Por qué?

-Yo también he pasado por algunas épocas malas. Pero hay


algo que deberías saber primero.

-¿Qué?

-El cuarto de baño.

-¿Cuál es el problema? -preguntó ella sonriendo-. Doy por


sentado que poseerá los elementos usuales...

-Más o menos -replicó él, intrigándola, y se encaminó hacia el


extremo opuesto del salón-. Por aquí...
Gabrielle pasó a una estrecha cocina, cuyo papel pintado
estaba echo jirones, y frenó en seco, quedándose boquiabierta.

-Espero que eso sólo sea un adorno extravagante -murmuró,


contemplando la gran bañera de porcelana, con patas, y luego
volviendo la mirada hacia su guía, quien estaba riéndose.

-No. Es la bañera de la casa. Es más conveniente tenerla aquí


por la estufa.

-¿La estufa? -repitió Gabrielle con voz débil.

-En caso de que se acabe el agua caliente y tengas...

-Ya me imagino el cuadro. ¿En dónde está el resto?

-¿El resto, de qué?

-Del baño.

-Tras esa puerta.

Diciendo que sería más prudente no dar nada más por sentado,
Gabrielle se asomó. Afortunadamente, no hubo más sorpresas. El
lavabo y el inodoro parecían viejos pero en funcionamiento, lo
comprobó para cerciorarse, y el cuarto estaba limpio.

Ahora era ella la que vacilaba. Ya se había hecho a la idea de


que sus posibilidades actuales no admitían lujos, pero ¿una bañera en
la cocina? En cualquier caso, recordó la larga lista de apartamentos
deprimentes que había visto. Con todos sus defectos, aquel era el
mejor.

-Muy bien. Creo que podré soportarlo -dijo al fin.

-Hay otra cosa.

Gabrielle sintió que el corazón se le iba a los pies. Su manera de


hablar le decía que era algo todavía peor que bañarse en medio de la
cocina.

-¿Qué? -preguntó, dejando escapar un débil suspiro.

-Si te urge el traslado, tal vez tendrás que compartir el


apartamento.
-¿Quieres decir que ya está alquilado? -preguntó, sintiéndose
extrañamente decepcionada.

-No exactamente.

-Bueno, o está alquilado, o no lo está.

-En realidad, está temporalmente ocupado.

-¿Tiene eso algo que ver con el saco de dormir que vi en el


armario de uno de los dormitorios?

El hombre asintió.

-Es mío.

Definitivamente, aquello era un problema.

-¿Cuándo te irás?

-En un par de meses, tan pronto como arregle los apartamentos


de abajo, pero no hay problema. Podemos compartir este
apartamento hasta entonces. Tiene dos habitaciones y yo me
comprometería a permanecer en la mía.

El hombre le dedicó una de sus sonrisas de alto voltaje.


Evidentemente, pretendía que fuera una de sonrisa amistosa,
tranquilizante. No tenía la menor idea de que le hacía palpitar el
corazón a un ritmo que por lo general indicaba crisis tales como una
devaluación dramática del dólar o un bajón inminente de la bolsa. De
haber tenido una silla a su alcance, se habría hundido en ella. A
sentarse en la bañera, se negaba.

-Creo que no es una buena idea -afirmó-. Tendré que seguir


buscando.

-¿Adónde irás?

-No sé. A alguna parte.

-¿Puedes quedarte donde estás?

-Sólo hasta el sábado.

-¿No puedes ir a casa de algún amigo?


Gabrielle recordó a los amigos que le habían ofrecido su casa,
todos ellos parte del mundo desenfrenado y enloquecido que estaba
dejando atrás.

-No.

-¿No puedes pagar la habitación de un hotel?

Por primera vez, Gabrielle percibió una nota de compasión en


su voz. Suspiró.

-No.

-Entonces, considera mi oferta. Ven a ver el jardín antes de


decidir.

Extendió la mano hacia Gabrielle, pero ésta la ignoró y se la


llevó al bolsillo, sin arredrarse aparentemente.

-Ahora está poco vistoso, pero en primavera, cuando florezcan


los tulipanes, el azafrán y las forsitias, será magnífico. A1 menos eso
dice mi padre, y tiene buen ojo para las plantas. Es famoso en todo
Long Island.

Gabrielle sintió una absurda sombra de duda. Adoraba los


jardines. Desde siempre. La casa de los Clayton en Carolina del Sur
estaba rodeada de azaleas y rosas, y el jardín de estilo inglés de la
parte posterior, Reno de extravagantes colores y exuberantes
plantas, había constituido el dominio personal de Gabrielle.

-Echaré una mirada -dijo por fin-, pero no creo que cambie de
idea. Nunca he compartido un apartamento con nadie, ni siquiera en
la universidad.

Sobreentendido quedaba que jamás había vivido con un


hombre. En el lugar de donde venía no se consideraba correcto, y
menos siendo la hija de un político renombrado. Bien sabía el cielo
que su antigua relación fue correcta. Lo cual, admitió tristemente, era
parte del problema. Con Townsend Lane ni siquiera había tenido la
tentación de cometer una pequeña indiscreción, y qué decir de una
aventura desenfrenada.

Bajó por la escalera siguiendo a su compañero de


apartamento en cierne, cruzaron un vestíbulo estrecho y ascendieron
una pequeña escalinata. Lo que vio hizo sonreír a Gabrielle de una
forma que no había sonreído en mucho tiempo. Un diminuto rayo de
luz que confortó su corazón.
La pequeña área cercada tenía arriates de plantas a lo largo de
los márgenes. Ahora aparecían en alegre desorden crisantemos,
margaritas y rascamoños. En el centro del jardín cabían
ajustadamente una mesa de hierro forjado y dos sillas. Sobre todo el
jardín se cernía la sombra de un gigantesco arce de la casa contigua,
suyas hojas ya se teñían de los hermosos tonos otoñales. Era
encantador, completa e irresistiblemente encantador.

-¿Cuánto es el alquiler?

Tal vez, si se concentraba en los aspectos financieros, no sería


tan agudamente consciente del hecho de que estaba
comprometiéndose a vivir con un hombre que conocía apenas de una
hora. En sus circunstancias, era una decisión práctica, un modo de
estirar sus ahorros. Esperó a escuchar el precio para ver hasta dónde
podía llegar con sus últimos dólares.

-Podemos discutirlo.

-¿Firmaremos un contrato?

-¿Para qué? Ya me has dicho que estás decidida a marcharte


cuando puedas.

Era otra ventaja inesperada. No habría discusiones cuando


llegara el momento de partir.

-¿Somos compañeros de apartamento estrictamente? Tú tienes


tu propio cuarto.
Yo, el mío. Compartimos la cocina -le vino a la mente la imagen
de la bañera y enmendó sus palabras-: Tenemos un turno para la
cocina.

También el hombre debió evocar la provocativa imagen, porque


esbozó una sonrisa.

-Si tú lo dices...

Gabrielle lanzó una última mirada al jardín y luego extendió la


mano.

-Entonces, creo que hemos llegado a un acuerdo... ¿cómo te


llamas?

-Reed, Paul Reed -contestó lentamente, como si deseara


grabar su nombre en el corazón de Gabrielle, la cual tragó saliva.
-Y yo soy Gabrielle Clayton -afirmó sin aliento, irritada consigo
misma por su ridícula reacción.

-Gabrielle, ¿eh? Demasiado nombre para una cosa tan chiquita.


¿Qué tal si te llamo Gaby?

-Gabrielle está bien.

-Entonces, Gaby, ¿cuándo vienes?

Ella le lanzó una mirada gélida. Iba a ser un mes muy largo. 0
dos.

-Tan pronto como sea posible.

-¿Te parece bien el viernes? Ya tendré hechos los arreglos


básicos.

-Perfecto. Una última cosa -dijo en el vestíbulo-. Mientras


compartamos el apartamento, pagaremos a medias el alquiler.

-Eso verdaderamente no es justo. Yo estoy incomodándote. Por


tanto, el primer mes corre de mi cuenta. Luego, ya pagarás tú.

-A medias.

Paul Reed encogió los hombros.

-Como quieras.

-Y lo mismo respecto a las cuentas.

-De acuerdo.

-Y llámame Gabrielle.

-Eso habrá que discutirlo.

Él la siguió hasta la escalinata principal, observándola mientras


descendía los escalones. Gabrielle se sintió abrasada por su mirada.

-Que pries una buena semana... Gaby.

Paul Reed, -decidió Gabrielle en el camino hacia la estación de


metro, era un hombre muy exasperado. Era la única certidumbre que
había sacado del encuentro. Por esto precisamente, resultaba de lo
más extraño que se hubiera avenido a vivir con él. No era una mujer
impetuosa. Aunque su profesión en Wall Street conllevaba correr
ciertos riesgos, tomaba siempre las decisiones basándose en una
buena información, no a tontas y locas. Así pues, ¿por qué iba a
convivir con un hombre como Paul Reed, un tipo que la hacía perder
su sensatez habitual? Durante el trayecto en metro de vuelta a
Manhattan, se dijo que el hombre la había atrapado en un mal
momento.

Ahora, tras unas ráfagas de aire fresco y unos pasos, podía


pensar con más claridad. Lo más sensato era llamar y cancelar el
acuerdo. No, mejor no llamar.

Su voz siseante podría hacer que aceptara cualquier


alternativa ridícula. Se lo comunicaría por escrito. Así le daría una
buena lección acerca de cómo realizar un buen negocio. Debería
haber insistido en firmar un contrato.

Satisfecha por su decisión de olvidarse de Brooklyn y Paul Reed,


sacó el periódico del bolso y comenzó a buscar otro apartamento más
adecuado, con la bañera en su sitio y ningún compañero
despampanante. Pero antes incluso de que el tren entrara en
Manhattan, sus ánimos decayeron. No podría soportar la idea de
mirar otro apartamento cochambroso. Por otro lado, tener la bañera
en la cocina tenía su gracia. Y, en cuanto a Paul Reed, podría
mantenerlo a raya.

-¿Qué puedes perder? -musitó entre dientes, en un intento de


sentirse más convencida.

Después de todo, sólo un mes. Cuatro semanas. Había


manejado documentos a información bursátil que valían millones.
Había tratado a hombres avariciosos y libertinos. Un mes, podía
soportar cualquier cosa, incluso a Paul Reed.

No cejaba de bailotear en su mente la sonrisa descarada y


ardiente de Paul Reed. De súbito, el metro pareció mucho más cálido.
Las Judas renacieron más palpables que nunca.

La decisión parecía fuera de sus manos. El viernes sería el día


del traslado. Sencillamente, compraría un buen cerrojo para la puerta
de su habitación.

Y bien, ¿por qué se había metido en un 1ío tan absurdo? Tras la


marcha de Gabrielle, Paul no dejaba de repetirse la pregunta. Oh,
claro, necesitaba el dinero para sufragar las obras, pero podía haber
insistido en que postergara por un mes el traslado. Incluso podría
haberse ofrecido a dormir abajo en el saco.

Ya llevaba varias semanas viviendo entre escombros. Sin


embargo había manipulado la situación hasta llevarla a aceptar
compartir el apartamento con él. ¿Tenía necesidad de atormentarse a
sí mismo? ¿No había aprendido nada acerca de la insuperable
diferencia de clases durante su infancia en Long Island? Era hijo del
ama de llaves de una propiedad del tamaño de un club de campo. Se
había mantenido en el umbral de la alta sociedad toda su vida. Había
conocido mujeres vanas, superficiales y malcriadas. Había aprendido
por el camino duro que no estaban preparadas para nada que no
fuera una vida entre algodones.

Martilleó un clavo con tanta fuerza que tembló la puerta.


Gabrielle Clayton pertenecía a un lugar como aquel tanto como unos
diamantes a un vertedero. Con toda probabilidad duraría menos allí
que los diamantes entre la basura. En cierto sentido, le procuraría
una satisfacción perversa verla intentando adaptarse a un estilo de
vida que obviamente consideraba por debajo de ella.

También había visto su forma de mirarlo, como si sólo fuera un


pintor de brocha gorda vago y sin ambiciones. Demasiada gente lo
había mirado de ese modo. Ya era hora de que diera a uno de ellos
una lección sobre juicios precipitados y valoraciones ligeras.

Pero, ¿por qué Gabrielle Clayton? Esbozó una triste sonrisa. La


respuesta sería obvia para cualquiera que la mirara un instante. El
pelo rubio, la complexión delicada y el suave acento sureño; era un
tentador laberinto de contradicciones envueltas en piel.

Poseía los ojos peligrosos que podrían arrastrar a un hombre al


borde del infierno. No habría un solo hombre con sangre en las venas
que no deseara probar fortuna con una mujer cono ella, intentar
encender una llama que fundiera la fachada de hielo, llevar una
sonrisa a sus labios sensuales.
Tan sólo debía asegurarse de no ser él quien se quemara.

CAPITULO 2
Sus padres! ¿Cómo iba a explicarles aquel traslado?, pensaba
Gabrielle con una sensación creciente de horror mientras escuchaba
el alegre parloteo de su madre acerca de la fiesta de té a la cual
había asistido la tarde anterior, en una de las viejas y suntuosas
mansiones erigidas en el puerto de Charleston.

-Adoro esa parte de la ciudad. No comprendo por qué tu padre


no consideró la posibilidad de trasladarse a11í. Supongo que se debe
a que esta vieja casa ha pertenecido a su familia durante varias
generaciones. Yo estoy completamente a favor de preservar las
tradiciones familiares, pero, ¿es necesario vivir en ella? Pero claro, si
él se empeña, no hay nada que hacer. ¿Te he comentado que
Tonwsed estuvo en la fiesta?

Como Gabrielle no respondía, su madre se inquietó.

-Gabrielle, querida, ¿estás ahí?

-¿Qué?

-¿Te ocurre algo, hija?

-No, claro que no, mamá. Todo marcha bien. ¿Qué decías
acerca de la fiesta?
-Te estaba diciendo que vino Towsend. Preguntó qué tal
estabas. -Qué amable.
-¿Tú no quieres saber cómo está él, querida?

-No especialmente.

-!Gabrielle!

-Lo siento -dijo levantando los ojos hacia el cielo-. Claro que
quiero saber cómo está.

-Te echa de menos, querida. Estoy convencida, incluso a pesar


de que...

-¿De qué, mamá?

-Bueno, no pensaba decírtelo, pero ya que preguntas, ha estado


saliendo con Patricia Menley.

-Eso es fabuloso. Estoy segura de que con ella se entenderá


mucho mejor que conmigo. Para empezar, a ella le encantan sus
horribles caballos.

Su madre dejó escapar una sonora exclamación de protesta.

-Gabrielle, ¿qué té pasa? Tú nunca fuiste muy dada a los


sarcasmos.

-No era un sarcasmo. Townsend es completamente feliz en el


campo de polo, como sabes muy bien. Patricia adora los caballos.
Monta desde los cinco años.
-Tú también tuviste tus lecciones de hípica -replicó Elizabeth
Clayton con tono dolido.

-Y yo odiaba esas lecciones. Papá y tú no me faltaron, mamá


-dijo Gabrielle con más suavidad-. Me ofrecieron la oportunidad de
aprender todas las artes y deportes de sociedad. ¿Qué podía hacer yo
si prefería leer el Wall Street Journal?

Era una conversación tediosa, demasiado familiar. Aunque


resultaba un recurso excelente para retrasar la noticia. En cualquier
instante su madre colgaría presa de mal humor.

"Cobarde", clamaba una voz en su interior.

-Mamá -contestó, interrumpiendo nuevas informaciones sobre


Townsend-. Tengo que dejarte. Estoy muy ocupada haciendo las
maletas.

-¿Las maletas? ¿Adónde vas, querida? No me has dicho nada de


un viaje. ¿Vienes a casa? Oh, será maravilloso volver a verte. Te
extrañamos mucho y nos preocupa en extremo que vivas en esa
ciudad tan denigrante y peligrosa.

Ahora el remordimiento se unió a la cobardía.

-En realidad no voy a casa. Yo... estoy mudándome de casa.

-¿Que té mudas? Ya era hora. Siempre dije que ese


apartamento era demasiado pequeño. ¿Cuándo se ha visto algo como
vivir en una sola habitación? No me importa que estuviera en Park
Avenue; Ese apartamento no era digno de alguien de tu procedencia.
Vaya, el armario de mi habitación es más grande que ese agujero.

Las palabras de su madre eran ciertas. El armario en cuestión


había sido especialmente diseñado para guardar el vestuario de
Elizabeth Clayton, donde iban incluidos suficientes sombreros para
usar uno diferente cada día del mes. Su madre no era una mujer
frívola, pero necesitaba el "envoltorio" para sentirse segura en los
círculos sociales más elitistas de Charleston.

-El apartamento nuevo es más grande -añadió Gabrielle con


cautela, con la esperanza de que bastara para saciar la curiosidad de
su madre, la cual, si llegaba a sospechar de la existencia de un
hombre como Paul Reed, llegaría en el siguiente vuelo a Nueva York
para proteger a su retoño en peligro-. De hecho, tiene dos
habitaciones.
-¡Fantástico! En cuanto tengamos una oportunidad, tu padre y
yo te haremos una visita. ¿En dónde está? ¿Es un edificio nuevo, uno
de esos rascacielos? Estoy segura de que la panorámica debe ser
espectacular.

-Ya te lo contaré en otro momento -dijo Gabrielle evasivamente,


poco dispuesta a explicar que la otra habitación la ocupaba un
hombre, o que el edificio hacía poco honor al nombre de su familia.

Además, mencionar que se hallaba en Brooklyn sin lugar a


dudas provocaría más discusión.

-Tardaré algún tiempo en acomodarme y decorarlo. Ahora debo


irme, mamá. Da a papá un abrazo muy fuerte de mi parte. Te llamaré
pronto.

-Pero, querida, ni siquiera me has dado la dirección o el


teléfono.

-Ya te los daré. El teléfono ni siquiera lo han instalado aún.


Adiós mamá. Te quiero.
Colgó a toda prisa, antes que su madre pudiera forzarla a
mencionar más detalles. Los militares podían haber utilizado a su
madre. Tenía la habilidad de sonsacar a las personas las revelaciones
más increíbles cuando menos lo esperaban.

Se preguntó si podría evitar hablar con ella hasta que finalizara


su estancia en Brooklyn.

EL viernes por la mañana, Gabrielle echó una última mirada a


su estudio elegantemente amueblado de Park Avenue. Iba a añorar la
mullida alfombra gris, el sofá-cama de piel, el mueble estantería de
caoba que contenía el tocadiscos, la televisión, el video y el aparato
de discos. Incluso añoraría la horrible pintura moderna colgada en el
diminuto vestíbulo.

Había alquilado el estudio cuando se hallaba en la cima de su


demasiado efímero éxito en Wall Street, en un momento que hasta
podía tomarse a broma los instintos protectores de su familia. Si
ahora se enteraran de que se había mudado a un lugar más barato, le
suplicarían que regresara a Charleston, recordándole que a11í podría
vivir al estilo de la alta sociedad. No tendría que cenar sentada en el
sofá, con el plato en una mesa baja que apenas le llegaba a las
rodillas. No tendría que dormir en ese mismo sofá; que tenía un
colchón tan fino como un tablón.

Pero, de haber regresado, su familia también habría esperado


que se casara con el estirado y soporífero de Townsend Lane, el cual
estaba destinado a la grandeza, según su padre. Su negativa a fijar
una fecha de boda, había decepcionado a sus padres. Dudaba que a
Townsend lo hubiera afectado en lo más mínimo. Cuando Gabrielle se
encontraba en Charleston, él apenas advertía su presencia. Se había
tomado la ruptura del compromiso con la frialdad y desinterés
usuales, largándose luego a Palm Beach para jugar polo con el
Príncipe Charles.

Sus padres consideraron una estupidez la ruptura, pero además


opinaban que sus ambiciones en el mundo financiero eran
absolutamente inadecuadas para una dama. De las mujeres del clan
Clayton se esperaba que heredaran la riqueza, como las hermanas de
su padre, cariñosas, pero con la cabeza hueca, o bien se casaran con
ella, como su madre.

Se suponía que no debían conseguirla por sus propios medios.


Gabrielle los había decepcionado. Primero trabajó en una firma de
agentes de bolsa en Charleston, luego se fue a Nueva York, donde
podía evitar sus miradas desaprobadoras de perplejidad.

Tras el revuelo provocado por su partida a Nueva York, se había


jurado conseguir lo que se proponía, y jamás aceptó sus ofertas de
ayuda económica. Después de una crisis bursátil, a su firma no le
quedó otro remedio que apretarse el cinturón y la despidieron. Por
desgracia, había cantidad de agentes analistas en sus mismas
condiciones, luchando por conseguir los pocos empleos que surgían.
Ahora su situación económica era precaria pero, aún así, sabía que no
podía volver a casa. La sofocarían, diez minutos en el hogar y se
sentiría como una niña de seis años en lugar de la mujer fría y
competente de veintiséis que era

Pulsó el botón del teléfono que la comunicaba con el vestíbulo y


pidió un taxi. Era un gasto que apenas podía permitirse, pero se
negaba en redondo a llevar en metro hasta Brooklyn todas sus
pertenencias. Además, por lo menos necesitaría cinco viajes sólo para
llevar abajo todos los bultos. Y para llegar a Brooklyn debería hacer el
doble de viajes. Se convenció a sí misma de que al final, el taxi le
resultaría más económico.

En el portal se despidió del viejo conserje que había


emprendido la causa de protegerla. Poseía los modales de un experto
mayordomo, todo formalidad distante, con chispas de afecto que se
atrevían a asomar ;,En pequeños detalles.

-Cuídese, señorita -dijo mientras la acomodaba en el asiento


delantero, después de ayudar al taxista a cargar en el maletero y el
asiento posterior las cajas y maletas-. Háganos una visita de vez en
cuando.

-Gracias, Robert. Lo haré. La próxima vez que venga por aquí,


espero ver fotos de su nuevo nieto.

Los cansados ojos azules del conserje se iluminaron.

-Puede estar segura de que ya tendré toda una colección de


ellas. Adiós, señorita.

-Adiós, Robert.

Cuando arrancó el taxi, a Gabrielle la sorprendió una lágrima


que resbaló por su mejilla. Se la enjugó y miró atrás, hasta que
Robert volvió a entrar en el vestíbulo y desapareció de su vista.

Afortunadamente el taxista, un hombre corpulento más o


menos de la edad de su padre, no era de los habladores. La miraba
de cuando en cuando. Gabrielle advirtió su expresión de
preocupación creciente y evitaba sus miradas.

Cuando llegaron a la zona donde se encontraba el apartamento,


la preocupación del taxista se tornó en alarma. El hombre miró a su
alrededor a hizo un ademán de desaprobación.

-Este barrio es peligroso...

-En Nueva York, todos los barrios lo son. Pondré cerrojos.

-¿Y encerrarse dentro? Verdaderamente, no debería caminar


por estas calles. Eche una mirada alrededor.

-Por favor, nada de sermones. Simplemente, ayúdeme a


descargar mis cosas.
-Usted es una joven de buena familia, puedo darme cuanta.
¿Qué dirían si la vieran aquí?

-No me verán.
-Sabe a lo que me refiero. A su padre le daría un infarto si
descubriera que vive en un barrio donde ni siquiera es seguro salir a
la luz del día.

-Tampoco es tan grave la cosa -replicó Gabrielle, cerrando de


un portazo.

Abrió la puerta trasera y comenzó a sacar bultos,


amontonándolos en la acera. Aún sacudiendo la cabeza, el
taxista comenzó a descargar el maletero.

-Usted, quédese aquí. Yo subiré las maletas. ¿Qué piso es?

-El cuarto.

El taxista lanzó una mirada al cielo.

-Lo ayudaré -se ofreció Gabrielle.

En aquel preciso instante, Paul salió del edificio. Sus pantalones


estaban tan desteñidos y eran tan ajustados como los que llevaba
cuando se conocieron, pero se había abrochado la camisa en honor a
su llegada o bien a la gélida temperatura. El 1e dedicó una sonrisa,
lenta, que cortaba el aliento y que la hizo desear por un momento ser
su amante y estar a punto de embarcarse en una aventura loca y
apasionada.

Sin decir una palabra, Paul tomó todos los bultos que llevaba el
taxista. Este lo miró detenidamente y luego se volvió hacia Gabrielle.

-Tal vez no estará tan mal -afirmó.

-¿Qué decía ese hombre? -preguntó Paul cuando el taxi arrancó


al fin y estaba subiendo las últimas cajas.

-Opina que no debería trasladarme a este barrio.

Paul abrió la boca, pero Gabrielle no le dio tiempo a utilizarla.

-No me gustaría repetir la discusión contigo ahora.

-Muy bien -replicó él, abriendo la puerta con el pie y echándose


a un lado para dejarla pasar.

Gabrielle encontró... el caos. Al menas, eso esperaba que fuera.


Sin lugar a dudas, no podía ser su concepción de decoración.
Un sofá que se hundía sospechosamente por el medio había
sido arrastrado contra una pared. Dos sillones en similar estado de
dejadez estaban colocados de forma absurda, en medio de la
habitación. Ninguna de las piezas hacía juego. Y, en el centro,
_presidiéndolo todo, un tarro de mayonesa lleno de margaritas. Como
gesto de bienvenida, era un detalle agradable. Como decoración,
daba pánico. A Gabrielle le producía horror echar una ojeada a las
demás habitaciones. Irguiendo los hombros resuelta, cruzó el
vestíbulo.

Cada habitación tenía una cama de tamaño mediano, con un


colchón que se hundía de una forma que le produjo un
estremecimiento de aviso en la espalda. Había también un aparador
con cuatro cajones por cuarto. Y un tarro de margaritas. Al menos el
hombre era consecuente, pensó suspirando.

Dejó las maletas en la habitación con la colcha menos horrible,


de felpa rosa y a la que le faltaban menos hilos. Necesitaría los
pequeños aparadores de ambos cuartos y los dos armarios que había
para su vestuario. Tal vez no tuviera la naturaleza compradora de su
madre, pero sin duda tenía más de dos vestidos. Quizá Paul pudiera
al menos guardar su ropa abajo mientras arreglaba el apartamento.

Cuando acabaron de meter todo su equipaje en el apartamento,


se volvió hacia Paul.

-Si me das las llaves, ahora ya puedes seguir con lo que


estuvieras haciendo.

El dejó las llaves en las manos de Gabrielle, recogió unos


cuantos bultos más y los llevó adentro.

-Gracias, de verdad, pero puedo ocuparme sola del resto.

-No hay problema. Estos bultos nos estorbarán mientras no los


quitemos de en medio.

-¿No tienes que trabajar abajo?

-Hoy no. Me tomé el día libre para darte la bienvenida como es


debido.

Gabrielle estaba levantando una caja de platos en el instante


en que asimiló sus palabras. Cayeron al suelo. El estrépito de la
porcelana de Limoges haciéndose añicos ni siquiera la inmutó.
-¿Para darme la bienvenida?

-Sí. Me alegra que te gustara el cuarto rosa. Me figuré que lo


preferirías. Ya había puesto mis cosas en el otro.

-¿Y por qué ibas a darme la bienvenida? -preguntó Gabrielle,


mirándolo con recelo-. Hemos hecho un trato, eso es todo. Tú entra y
sal según te plazca. Yo haré lo mismo.

Paul le dirigió una sonrisa.

-¿Eso significa que no quieres comer?

Antes que ella pudiera replicar un no rotundo, su estómago


rugió.

-Muy bien. De acuerdo. No estaría mal comer. Podemos discutir


los detalles del arreglo y establecer un horario para la cocina.

-Lo que tú quieras.

En la cocina, había más margaritas sobre un mueble, además


de una botella de vino abierta. Una sartén sobre el fuego y un
delicioso aroma a pan frncés tostándose en el horno. A Gabriella, la
boca se le hacía agua. Procuró no darse cuenta de que el papel
pintado de la pared seguía cayéndose a tiras.

-¿Puedo hacer algo?

-No. Todo está bajo control, pero si no te importa servir el


vino...

-Claro que no. ¿En dónde están los vasos?

El señaló con un ademán el aparador que había a su izquierda.

-Ahí arriba.

Gabrielle encontró cuatro tarros de mermelada con las


etiquetas pegadas y un paquete de vasos de papel. Bueno, ¿y por qué
no? El vino sabría igual de bien que en sus copas Waterford. Eligió
dos tarros iguales y sirvió el vino, y luego tendió a Paul uno de ellos.

-¿Hacemos un brindis? -prosiguió este último.

-¿Por qué?
-Porque seamos buenos compañeros de apartamento -dedicó
una mirada parsimoniosa a Gabrielle, que acaloró sus mejillas a hizo
palpitar su corazón-. Y buenos amigos.

Antes que ella pudiera protestar, Paul entrechocó los tarros y


bebió un sorbo de vino.

-Tal vez no sea francés, pero no está mal.

A Gabrielle le extrañó su tono defensivo; luego replicó.

-Yo prefiero los vinos californianos.

Tomó dos platos de distinto color del armario y se volvió para


poner la mesa... sólo que no había ninguna.

-¿En dónde?...

-Tendremos que comer en la sala, a menos que quieras salir


fuera. Creo que hace un día bastante bueno y estaremos cómodos si
nos abrigamos. El sol ahora mismo comienza a dar a11í.

El jardín. Perfecto. La mera idea hizo que Gabrielle esbozara


una sonrisa.

-Comeremos afuera.

Gabrielle cargó con todo lo que pudo y bajó por la escalera. Paul
bajó unos minutos después con la comida humeante. Cuando
acabaron las tortillas de queso y champiñones, la barra entera de pan
francés y un cuenco de uvas, Paul se recostó sobre la silla, estiró sus
robustas piernas y observó detenidamente a Gabrielle.

-Deberías pasar más tiempo al aire libre. Estás demasiado


pálida.

-¿No has oído que el sol es perjudicial para la piel?

-Si se abusa de él. Con moderación daría un poco de color a


esas mejillas. Tampoco te sentaría mal engordar un par de kilos.
Probablemente habrás estado pasando mucha hambre.

-No he pasado hambre, lo siento, y mi figura no es asunto tuyo.

-Soy yo el que tiene que verla.


-No tienes que verla. De hecho, preferiría que no lo hicieras.
Recuerda nuestro trato.

-Nuestro trato dice que permaneceré en mi cuarto por la noche.


No se habló de restricciones respecto a las horas del día.

-Lo cual nos lleva a un asunto de suma importancia. Debemos


establecer ciertos horarios.

-Yo no tengo horarios.

La respuesta fue engañosamente suave y agradable. A


Gabrielle le dio una sensación de que ocultaba un carácter terco
como una mula.

-Para que podamos convivir sin problemas, debemos establecer


un horario -afirmó ella con tono rotundo-. Sencillamente, no puedes
entrar de repente a la cocina cuando estoy...

-¿Preparando el desayuno?

Gabrielle hizo una mueca.

-No, maldita sea. Cuando estoy bañándome. Bueno, parece


razonable que me corresponda a mí el use de la cocina por la
mañana, ya que debo salir para asistir a entrevistas de trabajo. En
cualquier caso, probablemente preferirás bañarte al final del día. Creo
que la cosa funcionaría.

Paul estaba sacudiendo la cabeza.

--¿Qué tiene de malo?

-Yo me baño dos veces al día. Por la mañana y por la noche.


-¿Por qué?

-Una costumbre.

-Renuncia a ella.

-Dos baños.

Era difícil discutir contra la higiene.

-De acuerdo. Toma tu maldito baño por la mañana. Tan sólo


asegúrate de dejarme un poco de agua caliente y estar fuera de la
cocina a las siete y media.
-Desayuno a las siete y media. –
¿En la bañera?
-Sobre el mueble de la cocina, de pie. Tostadas, cereales,
huevos y café.
-Eso no es saludable. Debes comer sentado para digerir
correctamente. Puedes desayunar en la sala.
=Pero yo siempre...
-Si quieres seguir dándote un baño por la mañana, tendrás que
desayunar en la sala. –
Eso es chantaje.
-Eso es un compromiso.
Paul esbozó una sonrisa. -De acuerdo.
Gabrielle lo miró recelosamente. –
¿Aceptas? –
Acabo de decir que sí, ¿no?
¿Quién fregará los platos?
-Cada uno los suyos.
-Eso significa que tendré que volver a la cocina mientras tú
estás...

¡Oh, por todos los cielos!, exclamó Gabrielle para sus adentros.

-No tiene importancia -dijo rechinando los dientes-. Yo me


encargaré de fregar.

-Entonces, ¿qué quieres que haga por las tardes para


compensar?

-Nada.

-Haré la comida para los dos.

-No pienso comer aquí.

-Puedes llevártela.

-Prefiero comer en restaurantes.

El ladeó la cabeza con expresión pensativa.

-¿Ahora mismo puedes permitirte ese lujo?

-No -reconoció Gabrielle de mala gana.

-Bien. Entonces, ¿qué prefieres, mantequilla de cacahuate o


atún?
-Yogur.

-¿En un emparedado?

"Paciencia, Gabrielle. ¡Ten paciencia!"

-No. En su propio envase. Compraré unos cuantos cuando vaya


al supermercado.

-¿No te parece que deberíamos hacer la compra juntos?


Durante las próximas semanas, quiero decir. De ese modo
ahorraríamos los dos. ¿De acuerdo?
A Gabrielle no le pareció mala idea.

-De acuerdo. Haremos una lista cuando subamos.

-¿Para qué? Sencillamente, iremos al supermercado y


tomaremos lo que nos guste.

-Eso sería caro y poco práctico. Compraríamos cosas que no


necesitemos verdaderamente y olvidaríamos las básicas.
Paul le dedicó una solemne mirada.

-Deberías poner un poco de ligereza en tu vida. ¿Haces listas


para todos los asuntos de tu vida?

-No para todos -replicó ella con tono afilado.

Sin embargo, Paul se había acercado muy considerablemente a


la verdad. Gabrielle no tenía demasiada afición a hacer cosas sin
motivo.

-Pues controlar todo es la mejor forma de perderse lo que es


realmente importante.

-A mí me da buen resultado.

Paul encogió los hombros.

-Si tú lo dices. Bien, hay un asunto del que no hemos hablado.

-¿Cuál?

-Los invitados. ¿Qué haremos cuando alguno de los dos traiga


alguien a casa?
-¿Te refieres a alguna amistad íntima?

La sola idea levantó todo tipo de posibilidades horribles que


Gabrielle no se había detenido a pensar. Suponía que un hombre
como él tendría muchas amigas, y también suponía que no se
despediría de ellas en el portal de su casa con un besito inocente en
la mejilla. El. pensamiento produjo una profunda incertidumbre.
Gabrielle afrontó la mirada burlona de Paul.

-Sí, a algo así me refiero -murmuró él.

-¿Y no puedes esperar a mudarte a tu nuevo apartamento?

-Vamos, no saquemos las cosas de quicio. ¿Acaso tú no sales


con amigos?

-Por supuesto, pero tampoco me moriré por establecer las citas


en un restaurante durante las próximas semanas.

-¿Y después?

-¿Después, de qué?.

-De la cena.

-Cada cual irá a su respectiva casa.

-Parece sensato.

Por su forma de decirlo, parecía una sentencia de muerte.


Lanzó a Gabrielle una mirada muy expresiva.

-Yo no soy tan sensato.

-De acuerdo. Si no eres capaz de dominar tus hormonas


masculinas durante unas pocas semanas, sencillamente házmelo
saber y ya me las arreglaré para no estar en casa durante la velada.

-Durante la noche -corrigió él.

Claro, sería toda la noche. Gabrielle hervía de indignación.

-No estoy dispuesta a pasar toda una noche lejos de mi cama.

-A mí no me importa que estés en tu cama, si a ti no te importa.

-Creo que ya está todo aclarado.


-Sí, así parece.

¿Por qué de súbito aquella conversación la hizo sentirse sola y


vacía? Le gustaba vivir sola. Era perfectamente capaz de
entretenerse por sí misma. Tenía su colección de discos y cintas, los
videos de sus películas clásicas favoritas y un montón de libros por
leer. Que Paul Reed saliera todas las noches que le viniera en gana. A
ella le daba igual. Además, dispondría de todo el apartamento para
ella sola... pasta que él regresara con alguna de sus amiguitas.
Gabrielle se puso en pie bruscamente y comenzó a recoger los platos.

-¿Te ocurre algo? -preguntó Paul en tono inocente.

-No.

-Pareces enfadada.

Ella dejó los platos estrepitosamente sobre la mesa.

-No estoy enfadada. No me ocurre nada. Si no te importa, ahora


subiré a deshacer mi equipaje.

Se apartó de la mesa y luego se volvió.

-Gracias por la comida.

Paul estaba sonriendo. Parecía bastante complacido consigo


mismo.

-Eres bienvenida.

Mientras subía por las escalera como un torbellino, pudo oír la


suave risa de Paul. Aquellas iban a ser las cuatro semanas más largas
de su vida.

CAPITULO 3
Paul no podía dormir, no con todos esos sonidos provocativos
procedentes de la habitación de Gabrielle. Al parecer, ella le había
tomado la palabra invitando a alguien en la mismísima primera
noche. Demasiado, después de todas sus protestas remilgadas.

En un intento de complacer sus obvios deseos de intimidad,


Paul se había pasado el resto del día fuera del apartamento. Al volver
esperaba que ella ya se hubiera instalado y que sus hormonas
revolucionadas estuvieran más sosegadas. Al principio, sintió alivio al
ver que ya estaba en sic cuarto y con la puerta cerrada. No tendría
que poner a prueba su libido. Luego, cuando estaba quitándose la
camisa, oyó la suave música, el susurro de voces, y sintió una
punzada en su interior.

Retirándose a la cocina para ir por una cerveza, se dijo que no


tenía importancia. Gabrielle Clayton era tina compañera de
apartamento, una fuente de ingresos. Nada más. Se dijo que lo más
sensato era acostarse v olvidarse de ella.

Aquello fue imposible.

Tendido, se quedó mirando el techo, con la imaginación volando


desbordada, enviando a su cuerpo mensajes nada tranquilizadores.
Encendió la radio y, sintonizó una emisora que transmitía música
suave, relajante... puro romanticismo. ¿Por qué no tocaban canciones
de cuna' Buscó otra emisora, esta vez de música clásica. La melodía
era suave y romántica, pero al menos no había palabras. Cerró los
ojos, pensó en el ritmo acunante de las olas rompiendo en la playa y
sintió que el fin comenzaba a mitigarse su tensión.

Entonces, cuando el sueño estaba a punto de vencerlo, oyó el


comienzo de unos golpes rítmicos procedentes del cuarto contigo.
Lanzó un gemido de protesta y se tapó la cabeza con la almohada. No
consiguió acallar el sonido de la radio ni el otro mucho más turbador.

¿Qué diablos estaría haciendo? Daba igual, pero lo sabía muy


bien. Podía imaginarse la escena demasiado vívidamente, sus largas
piernas desnudas, el cabello dorado derramándose sobre las sábanas,
el cuerpo sensual y excitado...
Paul volvió a gemir y consideró la posibilidad de levantarse por otra
cerveza. A ese paso, ella lo arrastraría al alcoholismo en menos de
una semana. Decirse que se lo había buscado no lo consoló en
absoluto. Decirse que no podía hacer nada para solucionarlo sin
parecer un cretino entrometido y celoso no relajó sus tensos nervios.
Decirse que sin lugar a dudas no sobreviviría toda una noche
soportando aquella tortura lo motivó para salir de la cama, ponerse
unos pantalones cortos deportivos y arriesgarse a sufrir una
humillación llamando a la puerta de Gabrielle. Actuó rápidamente, sin
darse tiempo a pensar en las posibles consecuencias.

-¡Baja un poco el volumen! -gritó, y luego emprendió a


zancadas la retirada a su propio cuarto.

Con velocidad sorprendente para alguien envuelto en tan


fogosa actividad. Gabrielle abrió la puerta de golpe y salió al pasillo.
Paul no contaba con esa posibilidad. Lo hizo frenar en seco, y sólo fue
capaz de quedarse inmóvil, mirándola fijamente. Tenía el rostro
acalorado, alborotado el cabello, los senos palpitantes. Llamar a esa
puerta había sido el segundo error más estúpido de toda su vida,
superado solamente por el de proponerle vivir a11í. Si escuchar había
sido un tormento, contemplar su estado de excitación sensual era
pura agonía.

-Lo siento -dijo ella sin aliento-. No tenía la menor idea de que
podías oírme. Ni siquiera te oí llegar.

-No me sorprende.

Aparentemente, Gabrielle no advirtió el sarcasmo de la


respuesta, pues siguió mirándolo con los ojos muy abiertos,
inocentes.

-No podía dormir -explicó-, así que puse la radio, pero no


funcionó. Entonces comencé a pensar en el tiempo que tenía
abandonados los ejercicios de aeróbic y, como de todas formas no
podía dormir, decidí que era buena ocasión para comenzar de nuevo.
Si te ha despertado la música, lo siento.

-¿aeróbic? -repitió Paul, sintiendo un alivio repentino, esperando


que su sonrisa no fuera tan boba como se imaginaba-. ¿Eso era lo que
estabas haciendo?

-Por supuesto. ¿Qué pensabas? -Gabrielle puso los ojos como


platos; luego reprimió una carcajada-. No pensarías....

Paul la miró indignado, todavía procurando contener su propia


sonrisa.

-¡Pensabas que estaba con alguien!

Gabrielle comenzó a reír, la primera emoción genuina y sincera


que Paul veía en ella. Era un sonido celestial. Gabrielle lo miraba y
volvía a estallar en carcajadas una y otra vez.

-De acuerdo -dijo Paul en un gruñido-. Me equivoqué. Ahora


puedes volver a la cama.

-Ya te lo he dicho. No puedo dormir -replicó ella, conteniendo


otro ataque de risa con mucho esfuerzo.

-Cuenta ovejas.

-No funciona.
-Prueba a recitar los nombres de todos los estados y sus
capitales.

-Quiero dormir, no poner a prueba mi memoria. Si olvidara


alguno, me pasaría el resto de la noche intentando recordarlo.

-El aeróbic no te ayudará. Ahora tu sangre circula tan deprisa


que probablemente pasarán horas antes que te relajes. Toma un vaso
de leche caliente.

-No tenemos. No llegamos a ir al supermercado -Gabrielle le


lanzó una sonrisa seductora-. Como tú también estás despierto,
podríamos jugar a las cartas.

-Al bridge, seguro.

-Al póquer.

Paul vaciló. La idea de jugar una partida de póquer con una


mujer medio vestida en medio de la noche poseía atractivo.
Demasiado atractivo. Si tuviera una pizca de sentido común saldría
en aquel mismo momento a buscar la condenada leche.

-¿Tienes baraja?

-Por supuesto -respondió ella, dirigiéndose de inmediato hacia


una caja cuyo contenido estaba cuidadosamente especificado en una
etiqueta.

-A lo mejor, tanta organización es ilegal. Cuando se hace una


mudanza se supone que siempre se pierden cosas.

-¿Quién lo dice?

-Es algo así como una ley de la naturaleza -Paul se dirigió hacia
la sala y a11í hizo un ademán a Gabrielle para que se sentara en el
cajón naranja-. Baraja Tú.

Yo voy por una cerveza. ¿Tú quieres una?

-Sí, gracias.

A Paul lo sorprendió su respuesta, pero no hizo ningún


comentario. Tampoco dijo mucho cuando ella demostró una
extraordinaria perspicacia para saber cuándo pedir cartas y cuándo
pasar. Cuando pasó por quinta o sexta vez en una misma baza, Paul
comenzó a hartarse.
-No nos estamos jugando el alquiler. Demonios, ni siquiera
jugamos cerillos.

-Si descuidas el hábito de jugar para ganar, más tarde puede


acarrearte problemas.

-¿Y quién te dio esa pequeña lección de sabiduría?

-Mi padre. El jura que así es como consiguió su primer millón.

-¿Su primer millón? ¿Y cuántos tiene ahora?

Gabrielle encogió los hombros con expresión soñolienta y bebió


un sorbo de cerveza.

-Diez. Veinte. No lo sé. Mi padre es de la opinión de que los


asuntos económicos carecen de importancia para las mujeres.

-Si tu padre tiene tanto dinero, ¿por qué vives aquí? -preguntó
Paul, bastante confundido.

Había visto que Gabrielle tenía clase, sabía que hasta hacía
poco manejaba dinero, pero aquella revalación superaba todo lo
imaginable.

-Porque yo estoy casi arruinada -explicó pacientemente.

-Pero tu padre...

-Mi padre tiene su dinero -lo interrumpió ella, la barbilla alzada


tercamente, y continuó barajando.

A la larga, Paul se percató de que el orgullo andaba de por


medio en aquella historia familiar.

-Tu padre no conoce la precariedad de tu situación, ¿verdad?


¿Cuándo recibirás el próximo cheque?

-¿Qué cheque? -preguntó Gabrielle, dejando el mazo de cartas


frente a él-. Corta.

Todavía perplejo, Paul hizo lo que le pedía. Así que no había


cheque, pensó mientras ella repartía las cartas. Sin embargo, no
parecía guardar ningún resentimiento a su familia. En su voz se
traslucía nítidamente el afecto que sentía por su padre, al cual había
citado con ironía, pero con respeto. Develar la complejidad de la
relación era algo que decidió dejar para otra oportunidad.

Jugaron unas cuantas manos más antes que Paul se levantara


para buscar otra cerveza. Cuando regresó a la sala, Gabrielle estaba
sentada en el suelo, las piernas recogidas, la cabeza apoyada en el
cajón naranja.

-¿Gaby?

Ella levantó hacia Paul su mirada soñolienta, con la sombra de


una sonrisa en los labios. El se olvidó por completo de la partida de
póquer y de la conversación sobre su relación financiera con la
familia. Procuró convencerse de que la repentina reacción sensual era
perfectamente comprensible. Terco, se recordó que no tenía ningún
interés
personal en Gabrielle Clayton, más a11á de su solvencia para pagar
el alquiler.

Entonces cometió el error de tomarla entre sus brazos para


acostarla. Ella se arrebujó y apoyó la cara contra su cuello. 01ía como
una flor exótica. Paul sintió ganas de arrojarla sobre la cama y
escapar a toda velocidad. En cambio, la tendió con delicadeza y luego
se quedó inmóvil contemplándola, sintiendo un extraño hormigueo en
el estómago.

Aquella mujer no era fría y distante. No era una snob. Era una
mujer cálida y vulnerable y muy deseable. Y él debía alejarse de ella
sin demora.

Bueno, demonios, pensó, una vez en su habitación y


contemplando el techo por segunda vez en la misma noche. Tal vez la
fatalidad lo hubiera llevado a invitar a Gabrielle a compartir el
apartamento. Tal vez incluso había supuesto que la atracción
magnética entre ellos resultaría irresistible. Pero en absoluto se
esperaba experimentar aquel tierno sentimiento protector. Le había
parecido que las dosis diarias de su desdén alimentarían la aversión
natural que sentía por las mujeres que se creían demasiado buenas
para un hombre normal. Sin embargo, Gabrielle no llevaba
veinticuatro horas en el apartamento y ya comenzaba a
resquebrajarse por la base el muro de prejuicios que había erigido.
Iba a ser una noche muy larga...

Gabrielle no tenía ganas de levantarse. Era sábado por la ma-


ñana. Por la intensidad de los rayos del sol que entraban sesgados a
través de la ventana, juzgó que debía ser un día hermoso. Pero era
muy probable que Paul estuviera en la habitación contigua, y no
estaba segura de hallarse preparada para otro asalto con él.

Finalmente, se decidió a hacer un viaje al baño. Por fortuna, no


se topó con signo alguno de su presencia. En el baño, sin embargo,
dicha presencia le fue recordada enfáticamente. La toalla mojada en
el suelo, la rasuradora junto a un lavabo manchado de motas de vello
oscuro, la camiseta colgada del picaporte... Aquella atmósfera de
intimidad la hizo estremecerse, pero también la ayudó a ver desde la
perspectiva correcta el incidente nocturno, de una vez por todas.
Compartía apartamento con un tipo detestable y desconsiderado, no
con un caballero de reluciente armadura.

Limpió el lavabo, se lavó y vistió, recogió las pertenencias de


Paul con todas las intenciones de arrojarlas en medio de su cama. No
contaba con la posibilidad de tropezar prácticamente sobre él. Estaba
tumbado en el suelo de la cocina, el pecho desnudo parcialmente
metido dentro de un armario. Por desgracia, Gabrielle pudo ver lo
suficiente como para dejar volar la imaginación. Dejó caer las cosas
sobre el estómago de Paul y oyó una exclamación entre dientes, un
golpe y luego un improperio.

-¿Cuál es el problema?

-En este apartamento hay un cuarto de baño.

-Qué observadora. ¿Y bien?...

-No pienso limpiar después de que uses el baño.

-Nadie, te lo ha pedido.

-Bueno, lo que es cierto es que no tenemos una sirvienta para


ese menester, demonios.

-Acertaste de nuevo.

-No voy a vivir en una pocilga.

Paul agarró las cosas que resposaban sobre su estómago para


someterlas a inspección.

-No creo que basten una toalla, una rasuradora y mi ropa


interior para hablar de una pocilga.

-Es un comienzo.
-Vamos, Gaby, tranquilízate. Estoy acostumbrado a vivir solo.
Sobre la marcha iremos acordando los detalles de nuestra
convivencia. Compraré una bolsa para la rasuradora. Más adelante
instalaré un toallero: En cuanto a mi ropa interior, si te molesta...

-¡No me molesta!

-Entonces, ¿por qué gritas? -replicó Paul, sin poder contener


una carcajada al ver su expresión indignada.

Era agradable ver un nuevo quebranto de su fachada fría y


controlada. De hecho, de no ser tan peligroso para su propio
equilibrio, podría establecer como siguiente objetivo hacer que
Gabrielle Clayton cambiara su vida, aparentemente severa y
ordenada, por algo un poco más informal. Paul sospechaba que, tras
haberle gritado, ahora no sabía qué hacer. La educación dictaba
disculparse, pero su estado de ánimo obviamente no.

-Vamos -dijo Paul dejando a un lado la llave inglesa y el sentido


común, y se puso de pie y tendió la mano a Gabrielle.

-¿A dónde?

-A almorzar fuera.

Paul advirtió el fugaz chispazo de interés en sus ojos antes que


sacudiera la cabeza. ,

-No podemos. Hay mucho que hacer aquí.

-Puede esperar.

-No puedo vivir en un caos total.

-Trabajarás dos veces más con el estómago lleno.

-No tengo dinero para tirar por ahí cuando podemos cocinar
aquí.

-Yo, sí. Además, no hay nada en la nevera, aparte de un trozo


de queso que está poniéndose verde.

Gabrielle tragó saliva al oír eso.

-De acuerdo. Pero somos compañeros de apartamento. Iremos


a medias en todo, o no iremos.
Esta vez, no. Es una celebración.

-¿El qué?

-Nuestra primera noche.

-No es nuestra primera noche -replicó Gabrielle, con el asomo


de una sonrisa en los labios-. No hemos dejado de discutir desde que
nos conocimos.

-Entonces ha llegado el momento de celebrar la paz, durante el


almuerzo.

Gabrielle cedió en algún instante entre la descripción de Paul de


un jugo de naranja natural bien fresquito y la promesa de unos
buñuelos.

-Una hora -aceptó al fin-. Nada más.

-Relájate, Gaby. Si comes demasiado aprisa, to dará una


indigestión. ¿No es eso lo que me dijiste ayer?

-Una hora -insistió ella, lanzándole una mirada fulminante.

-¿Quieres que lo cronometremos al segundo?

Gabrielle le hizo una mueca, se puso la chaqueta y descendió


por loa escalera como una reina camino de la calle.

-¿A dónde vamos? -preguntó, volviéndose en la esquina para


esperarlo.

-Pensé que lo sabías. Eres la que va delante.

Gabriella aminoró la marcha.

-¿Nunca te das prisa? -musitó entre dientes.

-No ,si lo puedo evitar. El "estrés" es muy dañino para la salud.


¿Y tú nunca calmas el ritmo?

-En mi profesión, no puedo permitírmelo.

Entonces, pensó Paul, realmente no ha tomado nunca dinero de


su padre.
-¿Y a qué negocio te dedicas? -preguntó imaginándose una
boutique elegante de Madison Avenue luchando contra alquileres
exorbitantes y gustos pasajeros.

-Soy agente de bolsa.

Desconcertado, se quedó mirándola en silencio. Ajena a su


perplejidad, Gabrielle se mordió los labios.

-En realidad. Era agente de bolsa. Ahora tengo algunos


problemas para convencer a la gente de ello.

-¿Eres buena?

-Muy buena.

-Entonces, ¿por qué te echaron?

-¿Quién ha dicho que me echaron?

-No pareces de la clase de mujer que renunciaría a un empleo


seguro sin otras perspectivas a la vista.

Y, sin embargo, en muchos aspectos, eso era exactamente lo


que había hecho al abandonar el nido familiar.

-Crees que ya sabes perfectamente cómo soy, ¿verdad?

-En realidad, no -contestó él con franqueza, haciendo al mismo


tiempo un ademán hacia una cafetería muy concurrida-. ¿Te parece
bien?

-Sí.

Paul pidió una mesa a la camarera y luego se volvió hacia


Gabrielle.

-Entonces, ¿qué sucedió?

-De acuerdo, me despidieron. Pero no porque fuera una


incompetente. Sino porque había docenas mejores que yo y con más
años de trabajo para la firma.

-Si la cosas son así, ¿qué te hace pensar que las condiciones
mejorarán en otra empresa? Podrías matarte trabajando y acabar otra
vez en la calle, ¿no? Y todo, sin ninguna falta por tu parte.
Gabrielle encogió los hombros resignada.

-Es una profesión arriesgada.

-¿Por qué lo haces?

-Estudié este oficio, Tú martilleas y pintas. Yo vendo acciones y


bonos bancarios.

-¿Por qué?

Gabrielle ignoró la pregunta mientras que, finalmente, eran


conducidos a una mesa. A1 sentarse, ella ocultó la cara tras el menú.
No hacía falta ser un genio para darse cuenta de que estaba evitando
la pregunta. En cuanto encargaron el almuerzo, Paul volvió a insistir.

-¿Por qué, Gaby? ¿Qué es lo que encuentras tan fascinante en


el mundo de la bolsa? ¿El dinero, el poder, los riesgos? ¿Qué?

Gabrielle estrechó la mirada en gesto defensivo.

-Da la impresión de que te parece mal enriquecerse.

-Oye, ¿qué tiene de malo? El dinero es fabuloso y no es asunto


mío lo que tú hagas de tu vida. Sencillamente, veo a una mujer que
sobrevive a base de nervios, que no puede dormir por la noche, que
vive en un apartamento que considera poco más que una pocilga...

-Yo nunca he dicho eso.

-Se lee en tus ojos, encanto. Son las ventanas del alma,
¿recuerdas?
Siempre lo venderán.

Gabrielle experimentó una mortificación fulminante. La rudeza,


en apariencia, era inconcebible para alguien de su educación sureña,
indefectiblemente cortés. Cada vez que traspasaba los límites de lo
que consideraba conversación educada, parecía culpable. Y se
disculpaba.

-Lo siento -dijo, haciendo honor a su talante.

-Demonios, no debes disculparte por mí. Me gusta dónde estoy.


Me gusta quién soy. ¿Qué me dices de ti? ¿Qué necesitas para ser
feliz, Gabrielle Clayton?
-El éxito -contestó sin vacilar, pero volvió a sus ojos la sombra
de la incertidumbre.

-¿Y cómo mides el éxito? ¿Por el número de acciones que


consigues vender? ¿Por el tamaño de las carpetas que manejas? ¿Por
la absorción de empresas que has negociado? Cuando jugabas al
Monopolio, ¿sólo te dabas por satisfecha cuando al fin tenías en tu
poder todas las propiedades?

A Gabrielle no pareció agradarle la pregunta.

-Jugaba a ganar, si te refieres a eso. ¿Tú no juegas a ganar?

-Claro, pero sólo compito conmigo mismo. No tengo que


conquistar el mundo.

-No todos estamos hechos para las mismas metas.

-No uses tu tono condescendiente conmigo, Gaby.

Ella se turbó con expresión culpable una vez más.

-No pretendía ser condescendiente.

-¿No? Estoy seguro de que piensas que es fabuloso verme


satisfecho cuando la pintura queda bien. ¿No es bonito que Paul
pueda ser feliz con tan poco? -como ella hizo ademán de réplica,
sacudió la cabeza negativamente-. Esos ojos otra vez, encanto. Lo
dicen todo.

-¿Y qué me dices de los tuyos? Tú también ya has sacado unas


cuantas conclusiones sobre mí. Rica. Mimada. ¿Qué más, Paul? ¿Qué
etiquetas me colgaste a primera vista?

Paul se recostó en la silla y sonrió tristemente.

-Punto a tu favor. Tal vez deberíamos comenzar desde el


principio, sin ninguna idea preconcebida.

-¿Por qué? Dentro de pocas semanas me ire de aquí. Lo que


opinemos el uno del otro carece de importancia.

-¿Estás segura? -preguntó Paul, sin saber muy bien la razón


para defender tan resueltamente la posibilidad de un futuro
compartido.
Luego vio cómo se encendían las mejillas de Gabrielle, otro
asomo de duda en su mirada.
-No importa. Nos hemos metido en asuntos demasiado
peliagudos para lo que supuestamente debía ser un almuerzo
sosegante. Hagamos novillos por el resto del día y divirtámonos un
poco.
-Pero, el apartamento, todas esas cajas, prometiste comprar
una bolsa de baño y el toallero...

Mientras hablaba, en sus ojos chispeó el ensueño, y Paul se


preguntó cuándo se habría tomado por última vez una tarde libre por
puro placer.

-Mañana podemos hacer todo eso, Gaby.

Los ojos de Gabrielle se encendieron de irritación y algo más,


una sorprendente tristeza. Confirmó la sospecha de Paul acerca de la
falta de tiempo ocioso robado para sí misma.

-Por favor -añadió con tono engatusador-. Gabrielle.

CAPITULO 4

A pesar de su resplandor, el sol sólo aplacaba ligeramente la


escalofriante gelidez del aire invernal. Gabrielle tiritó mientras
caminaban hacia la entrada del metro al paso ocioso de Paul.
Buscando calor, metió las manos congeladas en los bolsillos de su
chaquetón de algodón. Debería haber llevado el abrigo de piel, pero
habría acentuado las inmensas diferencias entre ellos.

A1 parecer, Paul entendía por estilo unos vaqueros limpios, una


camisa sin arrugas y una chaqueta de cuero.

-Oye -dijo Paul, advirtiendo su frío-. La brisa corta el cutis. Te


reto a una carrera.

Las protestas de Gabrielle se perdieron cuando Paul arrancó


con la naturalidad de un atleta. Ella farfulló indignada, pero era una
mujer demasiado amante de la competición como para ignorar el
reto. Cuando llegaron al final de la manzana, el aire a la vez gélido le
dolía en los pulmones y sentía punzadas en el costado, pero sentía la
más extraña alegría. Todo el cuerpo vivo, lleno de vitalidad.

Paul le sonrió y ella se vio devolviéndole la sonrisa, de súbito


más animada de lo que se había sentido en años. Hacía un día
espléndido, su problema de alojamiento estaba resuelto, y hasta el
lunes no podía hacer nada respecto a su búsqueda de empleo. Paul
era una compañía agradable, atractiva y con sentido del humor, ¿Por
qué no disfrutar de aquel día, de aquellos momentos?

-Ahora tienes un poco de color en las mejillas -observó Paul con


tono aprobador.

Gabrielle sacudió la cabeza con impaciencia fingida.

-¿A qué se debe esta fijación tuya con mis colores? ¿Acaso
aspiras a ser doctor?

-Nada de aspiraciones médicas -contestó él, aproximándose


lentamente hacia ella.

A Gabrielle se le cortó el aliento cuando él tomó un mechón


suelto y lo apartó de su frente. El inesperado gesto la desconcertó por
su ternura.

Los ásperos nudillos rozaron su mejilla, provocando una oleada


de calor en su interior.

-No son los colores. Es tú salud lo que me preocupa. No te


cuidas como es debido.

-¿Y luego quieres que vaya en metro? -replicó Gabrielle en son


de burla, pero incapaz de disimular la turbación.

-Conmigo estás perfectamente segura -afirmó él, con una voz


que podría haber seducido a una santa.

Sus miradas chocaron. A Gabrielle le palpitaba el corazón y se


preguntó hasta qué punto era cierta la afirmación de Paul acerca de
su seguridad.

El impulso de echar a correr era fuerte, la tentación de


quedarse más poderosa aún.

Pasaron el resto del día explorando el Nueva York de Paul. No


era la misma zona de la ciudad que solía frecuentar ella. Cambió la
elegancia de Lincoln Center por el colorido y la sordidez de
Chinatown. Las calles angostas y concurridas olían a ajo, jengibre a
incienso. En los escaparates de las tiendas se apiñaban chucherías
llamativas junto a hermosas antigüedades orientales. En una de ellas,
oculto entre cerámicas sin valor, Gabrielle descubrió un pequeño
tapiz de seda, sus colores apagados por años, los flequillos llenos de
manchas. A pesar de su ajada apariencia, se amoldaban a su sentido
de la proporción y el color.
-Oh, Paul, es perfecto.

-¿Para qué? ¿Para bayeta del polvo? Está echo una ruina.

Gabrielle le lanzó una mirada asesina.

-No más que nuestro apartamento.

Sólo tras pronunciar las palabras, se dio cuenta del tono


orgulloso y posesivo con que se había referido al diminuto
apartamento de Brooklyn, aun poco más que habitable. Por la
expresión burlona de

Paul, supo que había advertido su desliz.

-En serio, ¿no crees que sería ideal para uno de los dormitorios?
-dijo precipitadamente.

Paul parecía escéptico, pero convino de buena gana.

-Cómpralo, si quieres.

Una vez en la tienda, el precio desalentó a Gabrielle. Supondría


una merma considerable de sus ahorros, aunque por lo que había
oído de las alfombras orientales; el precio no era excesivo. Haciendo
unos rápidos cálculos mentales, tomó una decisión. Dijo al sonriente
vendedor que pagaría la mitad de lo que pedía.

-No, no. Imposible -negó, con la expresión convincentemente


horrorizada-. Precio fijo. Nada de rebajas. Tiene mucho valor. Buena
seda. Buen trabajo artesano.

Gabrielle examinó el tapiz detenidamente y luego lo arrojó con


exagerado desdén.

-Precisa arreglos. Al menos tendré que pagar la mitad de lo que


pide sólo en la limpieza y la restauración.

El vendedor difícilmente podía negar la verdad de aquella


afirmación. De mala gana, rebajó una cuarta parte del precio inicial.
Gabrielle miró de soslayo a Paul y observó la expresión divertida de
sus labios.

-Cincuenta menos y echo -insistió ella con tono terminante.


El hombre la miró como si estuviera intentando atracarlo.

-No, señorita, no. Eso sería demasiado.

Gabrielle suspiró pesadamente.

-Muy bien -dijo, y se dirigió hacia la puerta.

Lanzó una última mirada anhelante al tapiz y entonces vio la


expresión entristecida de Paul, justo a tiempo de evitar que
interviniera. Lo tomó de la mano y lo arrastró con paso resuelto hacia
la salida, antes que pudiera ofrecerse a pagar lo que pedía el hombre
en un afán equivocado de complacerla.

-Pero... -protestó él.

-No te atrevas a hacer una oferta -susurró Gabrielle, y Paul la


miró con ojos incrédulos, pero permaneció callado.

Ya estaban en la calle cuando el vendedor los alcanzó.

-De acuerdo, señorita, trato hecho.

Gabrielle dedicó a Paul una sonrisa suficiente y siguió al


hombre de vuelta al interior. Cuando firmó el cheque, el hombre
enrolló y envolvió el tapiz con infinita delicadeza antes de tender el
paquete a Paul.

Gabrielle contuvo su júbilo hasta que doblaron la esquina, luego


se volvió hacia Paul y lo tiró del brazo llena de excitación.

-¿Te das cuenta? Me ha vendido el tapiz por una pequeña


fracción de su valor.

-Pero dijiste...

-Estaba regateando.

Paul sacudió la cabeza perplejo.

-Ciertamente debes ser buena en Wall Street. Por tu expresión,


nunca podría haber adivinado que estabas timando al pobre viejo.

-No estaba timándolo. Probablemente él lo compró por menos


aún. Sabía que tenía que conseguir una ganancia, y te aseguro que
por mí no ha dejado de conseguirla.
-Pero todavía debes pagar la limpieza y la restauración.

-No seas estúpido. Lo colgaré de una rama y lo sacudiré. Y


también puedo arreglar los flecos yo misma.

Paul la miró boquiabierta.

-¿Qué pasa ahora?

-Tú. En primer lugar, nunca habría imaginado que te


conformarías con algo que no fuera completamente nuevo y a la
última.

-Tienes mucho que aprender sobre el valor de las antigüedades.

-De acuerdo, pero definitivamente nunca habría imaginado que


regatearías por el precio de una cosa.

¿-¿Y cómo te imaginas que los ricos siguen siéndolo?

Paul elevó los ojos al cielo.

-De acuerdo. Estoy seguro de que aprendiste esas tácticas junto


con el póquer en el regazo de tu padre, pero la idea de verte sentada
con aguja a hilo me desconcierta por completo.

Gabrielle le sonrió y luego habló con su más profundo acento


sureño, evocador de mansiones, campos de algodón y elegancia
distante, y al que añadió la dulzura de la miel.

-Vaya, Paul, cariño, ¿no sabes que nosotras las damas siempre
aprendemos a coser y tocar el piano a la vez que a comportarnos en
sociedad?

Paul pestañeó.

-Lo siento. He vuelto a fallar. ¿Hay algo acerca de ti que se


ajuste a la imagen o puedo anticipar sorpresas constantes?

-No te sorprenderías si recordaras que soy Gabrielle Clayton, no


Scarlett 0`Hara o Faye Dunaway en Network.

Gabrielle se preguntó cuál de sus personalidades encontraba


más desconcertante: la bella sureña nacida en buena cuna, o la
profesional de aguda perspicacia. 0 tal vez fuera la mezcla,
aparentemente contradictoria, de ambas. Fuera cual fuera, Paul
procuró disimular su confusión haciendo un ademán en dirección a
una pastelería de Little Italy.

-Como recompensa a tu éxito, te has ganado un café con


pasteles.

Pensar en comer tan pronto, después del abundante almuerzo,


no tenía ningún atractivo. Normalmente los desayunos de Gabrielle
consistían en un café y un poco de fruta, comía yogur, y cenaba
pescado y ensalada. Y a menudo sólo se olvidaba de una o dos de
esas comidas. Ese día ya había tomado más calorías que con sus tres
comidas juntas.

-Yo no quiero. Estoy llenísima.

Paul la llevó dentro de la cálida y fragante pastelería y la guió


hacia los mostradores.

-Tal vez tú puedas resistir la tentación de tomar uno de estos


deliciosos pasteles de chocolate, pero yo no. Tengo que rendirme a la
tentación una vez diaria al menos para dormir bien.

Paul tomó el pastel cremoso y completó la tentación con un


café capuchino.

-¿Estás segura de que no quieres tomar nada?

-Sí. Completamente segura. Solamente un café solo.

Es malo para los nervios. ¿Qué tal un descafeinado?

Gabirelle miró a la camarera.

-Un café solo, y bien cargado.

La camarera miró a Paul con deferencia, ganándose una mueca


de Gabrielle.

-Lo que quiera la señora -confirmó él-. Pero traiga dos


tenedores por sí acaso.

Sentada, con el pastel frente a ella, su resistencia desminuyó


considerablemente.

-Pruébalo -apremió Paul, cortando el pastel.


La crema y el chocolate rebosaban por los extremos. Gabrielle
tragó saliva mientras él sostenía el bocado en el aire. A ella se le hizo
agua la boca.

-Anda, luego daremos un paseo para digerirlo.

Gabrielle cedió al fin, de lo que no se arrepintió. Estaba


exquisito. Lentamente, se lamió la crema de los labios.

-Otro bocado -la tentó Paul.

-No, de verdad.

Pero, con el sabor persistiendo en la lengua, y bajo la mirada


intensa de Paul, su fuerza de voluntad, por lo general inquebrantable,
se desvaneció. Antes que pudiera darse cuenta, se había comido todo
el pastel. Miró el plato vacío y pestañeó con expresión de
culpabilidad.

-Oh, vaya. Lo siento. .

Paul dejó escapar una carcajada.

-¿Por qué? Tienen más -hizo una señal a la camarera para pedir
otra ronda-. ¿Seguro que no quieres uno para ti sola, esta vez?

-Muy gracioso. No habría probado un solo bocado si no me


hubieras provocado.

-¿Tan susceptible a las tentaciones eres? -preguntó Paul con un


inconfundible brillo en los ojos.

-Sólo antes de las cuatro de la tarde el cuarto sábado de los


meses. que empiezan con "0".

Él miró su reloj y lanzó un suspiro exagerado de decepción.

-Marcaré mi calendario para el año próximo -sonriendo, se


recostó, probó su capuchino y la observó-. ¿Qué te gustaría hacer
ahora?

Gabrielle vaciló, sin saber a ciencia cierta cuáles serían las


aficiones y el presupuesto de Paul, consciente de un deseo
sorprendente por su intensidad de acomodar ambos. Por lo general,
anotaba en los periódicos el viernes los espectáculos que la
interesaban y luego planeaba con exactitud cómo pasaría su escaso
tiempo libre. Algo más o menos tan espontáneo como el tic tac del
reloj.

-Lo que tú quieras -contestó al fin, experimentando una


emocionante sensación de excitación.

-¿Tienes afición a la pintura? -preguntó Paul, tomándola


desprevenida una vez más.

-¿Moderno o clásico? -preguntó ella con entusiasmo.

En la universidad había estudiado un curso de Historia del Arte


para cumplir un requisito que entonces consideró frívolo. Luego
disfrutó de las clases mucho más de lo que esperaba y, una vez en
Nueva York, había alimentado su fascinación por el arte con visitas
regulares a museos y galerías. Estaba en la lista de invitados a las
inauguraciones de todas las exposiciones principales.

-Elige tú -propuso Paul-. Podemos ir al Metropolitan, al Museo


de Arte Moderno, o a un par de sitios que conozco.

-A1 par de sitios -contestó sin vacilar, de inmediato interesada


por la perspectiva de descubrir qué clase de arte prefería.

El sonrió con gesto aprobador, y luego se adentró en el Soho,


donde cada galería de arte es más imaginativa y salvaje que la
anterior.

-Bueno -dijo Paul pensativamente ante una escultura hecha con


piezas de relojes y coches, titulada Cabalgata al Futuro.

Gabrielle recordó las críticas. Una de ellas la describía como


"superficial y carente de emoción".

-¿Qué te parece? -preguntó Paul con lo que parecía solemnidad


fingida.
Ella rodeó la escultura, observándola desde todas las perspectivas
imaginables, procurando no dejarse influenciar por lo que había leído
ni por sus propios gustos, mucho más tradicionales. Definitivamente,
aquello no era el David de Miguel Ángel.

-Creo que es un concepto interesante -observó evasivamente.

-¿Bien ejecutado?

-Supongo -respondió Gabrielle, sin poder disimular la duda en


su
voz.

-¿Pero no para tu gusto? .

-Definitivamente, no -reconoció de mala gana, esperando


alguna expresión desdeñosa por su falta de atrevimiento en el arte.
Sin embargo, Paul asintió satisfecho.

-Muy bien. A mí también me parece una basura.

Gabrielle rió perpleja.

-Yo creía que te encantaba.

Los ojos de Paul se iluminaron.

-Lo sé. Quería comprobar hasta dónde llegaba tu diplomacia.

-Por un momento me dio pánico que pudieras ser el artista.

--Procurando no ofender al creador, ¿eh? Pues lo conseguiste


admirablemente. Mi palabra más socorrida cuando me invitan a estas
exposiciones es interesante. Es increíble cómo puedes expresar todo
con ella, desde la aprobación al rechazo.

-Fascinante tampoco está mal. Ni Nunca había visto nada


parecido. Pronunciadas con tono solemne, pueden ser muy efectivas.

Se encontraron sus miradas socarronas, las chispas danzaron y


la risa se apagó lentamente.

-Es sorprendente la cantidad de cosas que tenemos en común


-comentó Paul con una mezcla inquietante de satisfacción y desafío
en su voz.

-Asombroso -convino ella, cuando lo que realmente sentía era


miedo.
Ya tenía la sospecha de que aquel hombre podía dar a su vida un
nuevo rumbo por completo inesperado y peligrosamente fascinante.
No parecía fácil intimidarlo. Ni se ajustaba al cliché que había hecho
de él. Y, cuando la miraba, se esfumaba todo su sentido común.

Casi era medianoche cuando regresaron a casa, después de


comer una cena mexicana muy picante en Greenwich Village y
demasiados cócteles margarita.
Gabrielle se sentía tan animada como por la mañana, y un
poquito achispada. No podía recordar loa última vez que se había
sentido tan desinhibida, tan empeñada en divertirse y disfrutar del
momento. Y no se sentía culpable por ello. ¡Qué extraordinario?

-Gracias -dijo en la sombría sala. .

En un impulso se puso de puntillas para rozar los labios de Paul


en un beso de agradecimiento. En el silencio, podía oír los latidos
palpitantes de su propio corazón, la respiración entrecortada de Paul.
Entonces lo miró a los ojos y vio el inconfundible oscurecimiento del
deseo, sintió su propia sangre corriendo desenfrenada. Cuando se
fundieron sus alientos, supo que, si tocaba la calidez de aquellos
labios, instantáneamente se quemaría. Había límites, incluso en el
centro de la magia. La idea de que seguirían siendo meros
compañeros de "cuarto", de que las emociones de ambos
permanecerían impasibles, se desvaneció en un abrir y cerrar de ojos.
La sensación de que sus destinos estaban irrevocablemente
entrelazados la embargó una vez más.
El cuerpo musculoso de Paul, tenso de excitación, de súbito resultaba
demasiado tentador, demasiado irresistible. Estremecida, retrocedió
un paso, rechazando el beso cariñoso como una mala idea.

-Estás huyendo de nuevo, Gaby -dijo con exactitud pasmosa.

-Gabrielle -replicó ella con tono desafiante, y Paul esbozó una


leve sonrisa, deslizando un dedo sobre su mejilla.

-Gabrielle -susurró con voz acariciante y se aproximó a


Gabrielle, derritiendo con fuego su resistencia.

-Prometiste... -comenzó ella con un suspiro quebrado.

Sin embargo, a pesar del ruego nervioso, tenía los labios


entreabiertos, a la expectativa, anhelantes. La simple sensación de
ansiedad era algo que se había negado durante demasiado tiempo.
Clamaba en sus venas.

Pero una sombra se proyectó en las facciones de Paul, el cual


se incorporó lentamente, con la decepción dibujada en el rostro.

-Es cierto -afirmó al fin, decidiéndose por deslizar los dedos


entre los cabellos de Gabrielle, alborotados por el viento.

A ella le dolía el cuerpo a causa de la tensión entre querer más


y saber que satisfacer dicha necesidad no le acarrearía nada bueno a
ninguno de ellos.
-Dulces sueños, Gabrielle -murmuró Paul con mirada
desconsolada, y luego emprendió la retirada a su habitación sin mirar
atrás.

El cuerpo de Paul estaba duro, cargado de la ansiedad


apremiante de hacer suya a la mujer que dormía al otro lado de la
pared. En sólo unas pocas horas la curiosidad se había tornado en
fascinación, y ahora estaba transformándose a gran velocidad en algo
mucho más fuerte. Se suponía que no debería haber ocurrido así,
pero él debería habérselo imaginado. Simplemente le atrajo lo que no
tenía.

En su infancia pasó un infierno al descubrir que los juguetes


que sus amigos poseían con indeferencia nunca serían suyos. Su
madre fue ama de llaves; su padre, jardinero. Gente honrada, amable
y muy trabajadora, lo había querido con más ternura por llegar
tardíamente a sus vidas.

Debido al oficio de sus padres, creció en una finca enorme de


Long Island, Sus compañeros de juego fueron los hijos del dueño,
niños como Gabrielle Clayton. Por mucho que se esforzara en ser uno
de ellos, siempre estaban fuera de su alcance. El vestía su ropa usada
y soñaba los mismos sueños que ellos. Pero para él esos sueños eran
inalcanzables.

Con cinco años, las diferencias eran insignificantes. Con veinte,


le habían revuelto las tripas. Fue entonces cuando se dio cuenta con
rutundidad definitiva y desgarradora de que Christine Bently Manford
no lo consideraría nunca algo más que el hijo de uno de los
empleados del servicio.

Tardó otros diez años en sobreponerse a la cólera, encontrarse


a sí mismo, aprender a sentirse satisfecho con su vida. La envidia y la
amargura dieron paso a la satisfacción. O eso había pensado hasta
que Gabrielle irrumpió en su vida. ¿Seguía empeñando en conseguir
lo inalcanzable? ¿Demostrar que era lo suficiente bueno? Si esto era
lo que estaba haciendo, era injusto consigo mismo y con ella.

CAPITULO 5

Con una desconcertante sensación de dejadez, Paul despertó al


oír ruidos de muebles en movimiento. Sonrió. Luego, al súbito
estrépito en el cuarto contiguo le siguió una cadena de improperios
de todos los colores. Podría haber jurado que Gabrielle Clayton no
había oído en su casa aquel vocabulario, excepto tal vez durante
alguna de esas infames partidas de póquer. Se levantó de un salto y
corrió hacia la puerta, deteniéndose sólo el tiempo necesario para
ponerse unos pantalones cortos de deporte.

Empujó la puerta de Gabrielle, pero estaba atorada. Lleno de


pánico, llamó con fuerza.

-Gaby, ¿te encuentras bien? ¿Qué pasa ahí dentro?

No hubo respuesta.

-¿Gaby?

-Vete -musitó ella por fin con tono muy malhumorado.

-Gaby, cielo, abre la puerta. Sólo quiero asegurarme de que


estás bien.
-Estoy perfectamente. Vuelve a la cama. ¿De acuerdo?

Las respuestas airadas de Gabrielle desvanecieron los temores


de Paul, quien ahora sentía simple curiosidad.

-¿Cómo voy a dormir cuando parece que ha estallado una


guerra en el cuarto de al lado? ¿Te echo una mano?

-No. Puedo arreglarme sola.

-¿Qué haces?

-Cambiar un poco las cosas.

-¿Con dinamita?

-Muy ocurrente.

-Esos muebles pesan demasiado para que los muevas sola. ¿No
to caería bien una pequeña ayuda? Abre la puerta.

Paul oyó que Gabrielle murmuraba algo, sospechando que sería


otro ejemplo de su repertorio de palabrejas.

-¿Qué dices?

-Que no puedo abrir la maldita puerta.

-¿Por qué? ¿Tiene echada la llave? Tengo una copia. Te la


pasaré por debajo de la puerta.
-No está cerrada.

-¿Atorada?

-No, maldita sea.

Divertido por la mezcla de irritación y orgullo encendido que


detectaba en su voz, Paul prosiguió el interrogatorio.

-Bueno, si no está cerrada ni atorada, ¿cuál es el problema?

-La cama la obstruye.

Paul soltó una carcajada.

-No te atrevas a reírte.

-No estoy riéndome -aseguró él, sofocando la risa como pudo-.


Simplemente mueve la cama.

-Oh, por todos los cielos, ¿no te parece que lo haría si pudiera?
Paul ahogó otra carcajada.

-Gabrielle, ¿cuál es el problema exactamente?

-Quería poner el tapiz -contestó tras un prolongado silencio, y


entonces se quedo muda.

Aquella desesperanza preocupó a Paul más que ninguna otra


cosa. ¿Gabrielle Clayton abatida, derrotada por un objeto inanimado?

-¿Y?... -la animó a seguir.

-Moví la cama y entonces me cayó la cómoda encima y ahora


puede decirse que estoy atrapada -contestó a toda prisa, y él perdió
instantáneamente las ganas de reír.

-¿Debajo de la condenada cómoda?

-En cierto modo. Oh, demonios, estaba tan convencida de poder


hacer sola el cambio...

-Sencillamente, espera ahí quieta un momento -dijo con tono


tranquilizador, antes de darse cuenta de la ridiculez de la orden.

Por supuesto que esperaría quieta. ¿Qué otra cosa podría hacer
una mujer con los huesos estrujados?
Sin pensarlo dos veces, salió del apartamento, bajó por la
escalera y corrió alrededor del edificio hacia la escalera de incendios.
Estaba a mitad de la subida cuando percibió la gelidez del metal en
los pies. De súbito se dio cuenta del aspecto ridículo que debía
presentar subiendo por la escalera en pantalones cortos cuando
probablemente estaban bajo cero. Aunque ahora no disponía de
tiempo para e preocuparse de ello.

Gabrielle incluso podía sufrir una conmoción Cuando reconoció


que estaba atrapada, parecía dolorida, frágil. Sin duda, aquel no era
su tono acostumbrado.

Llegó a la ventana del dormitorio a intentó subirla, asomándose


a través de los cristales, en busca de algún indicio de Gabrielle bajo la
marabunta de muebles. Divisó un pie descalzo, una pantorrilla bien
torneada. Siguió la curva de la pierna hacia arriba, procurando no
entretenerse en contemplaciones, y descubrió... la cómoda de
costado. En su caída, una esquina había dado sobre el borde de la
cama impidiendo así que se abatiera sobre Gabrielle con todo su
peso. Paul se quedó sin aliento, y tuvo la sensación de que también el
corazón se le paraba. El silencio en el interior de la habitación se
hacía insoportable. Impaciente con la ventana atascada, Paul rompió
los cristales, ajeno a los cortes de la mano.

-¡No te atrevas a entrar aquí y manchar de sangre mi tapiz


nuevo! -gritó Gabrielle al oír los cristales rotos, y el corazón de Paul
comenzó a latir de nuevo.

-¿Me has oído? -volvió a gritar-. ¡Nada de sangre!

Paul esbozó una sonrisa al oír la advertencia. Gabrielle debía


estar mejor.

-Te he oído, pero me importa un rábano tu tapiz. Ahora,


quédate quieta hasta que pueda llegar adonde estás. Debo mirar
dónde piso por los cristales.

-¿No llevas zapatos?

-Lo siento. No tuve tiempo para vestirme de etiqueta. Creía que


esta era una fiesta informal.

-¿Qué llevas puesto?

-Unos pantalones cortos?


-¿Eso es todo?

-Y da gracias a que los llevo. Al menos, probablemente bastará


para evitar que los vecinos llamen a la policía para denunciar a un
nudista chalado que se dedica a subir por la escalera de incendios.
Ahora, antes que levante la cómoda, dime si te duele algo.

-El orgullo, sobre todo.

-Lo siento. Creo que ahora mismo no puedes permitirte


ninguno.
Paul alzó la cómoda lentamente, deteniendo como pudo los cajones
que se deslizaron hacia delante. Impidió apenas que cayeran sobre
Gabrielle.

Una vez erguida y apartada la cómoda, comprobó que estaba


inmovilizada más por el condenado tapiz que por el peso del mueble.

Gabrielle se encontraba medio envuelta por él, con los brazos


pegados a los costados, ofreciendo todo tipo de posibilidades
interesantes: Paul se arrodilló a su lado, procurando no quedarse
mirando como un bobo las curvas de los senos que asomaban sobre
un camisón muy atrevido.

-No estás vestida -dijo con voz entrecortada de sorpresa y


repentina incertidumbre.

Paul sintió que le iba a explotar la cabeza, y no era la única


parte de su cuerpo afectada por la intrigante combinación de
sensualidad e indignación que tenía ante él.

-No esperaba ninguna visita -replicó Gabrielle con sequedad-. Y


podría añadir que estoy más tapada que tú.

Paul tuvo la horrible sensación de que esa afirmación esa


demasiado cierta. Debatiéndose contra la turbación, el deseo y una
sensación de pánico completamente nueva para él, liberó a Gabrielle
del tapiz con dedos temblorosos y luego apartó la cama. Advirtió que
ella parecía contener el aliento, observándolo con los ojos muy
abiertos. Cualquier hombre podría perderse en esos ojos.

-Vístete -indicó bruscamente saliendo del cuarto.

-¿No piensas ayudarme a ordenar este desaguisado?


La petición burlona lo siguió por el pasillo, desafiándolo a
volver. Se preguntó con qué frecuencia Gabrielle sentía la tentación
de jugar con fuego.

-Más tarde.

Quizá después de jurar el voto de celibato.

Regresó a su habitación, tomó su ropa y salió disparado hacia el


baño. En el recorrido, contempló la bañera con tristeza,
prometiéndose que instalaría una ducha en cada uno de los
apartamentos en el momento en que dispusiera del dinero
necesario... incluso aunque sólo pudiera usar agua fría. En cualquier
caso, era más que probable que sólo se diera duchas frías en las
semanas siguientes.

Gabrielle sintió una inmensa confusión cuando Paul se esfumó.


A1 principio no se había percatado de que estaba furioso de verdad.

De haber sido así, no se habría burlado de él después de acudir


en su ayuda. ¿Por qué se habría enfadado? Ciertamente, ella no
había-dejado caer la cómoda premeditadamente. Y, con algún
tiempo, tal vez podría haberse liberado por sí sola. No había dañado
el viejo mueble, por todos los cielos. ¿Y cuánto podría costar la
reposición del cristal?

Por supuesto, su repentino cambio de ánimo, de la


preocupación a la irritación, podría tener algo que ver con la
atmósfera cargada de electricidad que se cernía entre ellos. Hasta
ella misma debía admitir que era desconcertante tropezar una y otra
vez con la atracción física. Ni siquiera en aquel instante se sentía
inmune a esos chispazos estremecedores. Apenas comenzaba a
recobrar su pulso normal ahora.
Bueno, poco podía hacer respecto a ese hecho además de ignorarlo.

Sencillamente, no podía permitir que sucediera entre ellos otro


momento de intimidad como el dé la noche anterior. Por supuesto, si
servía de indicación lo que había ocurrido aquella misma mañana, tal
vez no debieran estar juntos en la misma habitación, ni siquiera a
plena luz del día. Si Paul realmente se sentía tan incómodo en su
presencia, entonces quizá debería considerar la posibilidad de
mudarse abajo.

Aclaradas estas cosas, se puso unos pantalones vaqueros y un


suéter rosa pálido antes de aventurarse a preparar café en la cocina.
Oyó que Paul lanzaba maldiciones en el baño. Cuando abrió de golpe
la puerta y la vio junto al fuego, sólo le lanzó una mirada fulminante y
desapareció como una centella. Momentos después oyó el portazo de
1a puerta principal.

-Sospecho que no quieres desayunar -murmuró Gabrielle,


buscando en la nevera algo comestible.

Observó una barra de pan que sin duda había visto mejores
días. También había un paquete de fiambre reseco, arrugado por los
bordes.

De hecho, la única cosa que parecía comprada después de la


Edad de Piedra era una botella de catsup. Lanzó un suspiro y decidió
tomar sólo café.

Paul regresó antes que bebiera el primer sorbo. Llevaba el


periódico dominical y una bolsa, la cual dejó caer sobre el cajón
naranja.

-Roscas -explicó secamente-. Si quieres una...

-Gracias.

-¿Queda café?

-Sobre el fuego.

-Gracias, ¿Te sirvo otra taza?

-No, gracias.

La educación estaba comenzando a desquiciar los nervios a


Gabrielle, que agarró la sección principal del periódico y se ocultó tras
ella. Aunque fueran malos, los titulares eran menos deprimentes que
el extraño recelo surgido entre ambos.

Aun así, cuando volvió Paul, se comportó con idéntica cortesía


distante.

-¿Quieres leer la sección principal?

-No. Veré primero la sección deportiva.

-Muy bien.

Cuando acabó de leer la sección que tenía, Gabrielle extendió la


mano hacia el resto del periódico. Paul hizo to mismo y sus manos
tropezaron. Sobresaltados, los dos levantaron la vista como si
acabaran de recibir una descarga eléctrica.

-Lo siento -dijeron al unísono.

Gabrielle se preguntó si en toda relación se pasaría por guerras


frías como esa, guerras que nacían sin motivo aparente, guerras
tensas. Abrió la boca para provocar una confrontación, pero la
expresión lúgubre de Paul la detuvo; no era la ocasión apropiada. Se
puso de pie, llevó sus platos a la cocina y los fregó. Cuando se
encaminaba hacia su cuarto, Paul la llamó.

-¿Si?

-Lo siento. No debería haber gritado antes.

-No tiene importancia -dijo ella, Paul volvió la mirada hacia el


periódico, obviamente satisfecho de dar por concluido el asunto.

Por su parte, Gabrielle recorrió el pasillo debatiéndose entre la


perplejidad y la irritación. La disculpa daba fe de la situación, pero no
la había resuelto. Que no hubiera insistido en el tema reflejaba hasta
qué punto Gabrielle se sentía fuera de su elemento.

El humor de Paul no mejoró con el paso de la mañana, aunque


a la larga él mismo regresó para ayudarla a colocar los muebles en su
sitio y barrer los cristales. Mientras trabajaban, apenas
intercambiaron palabra, y siempre con una formalidad exagerada.
Cuando finalizaron, Paul se puso la chaqueta y se dirigió hacia la
puerta.

-¿Adónde vas? -preguntó Gabrielle, y luego recordó que no era


asunto suyo-. Quiero decir, por si acaso te llaman.

-A comprar un cristal para la ventana.

-Entonces espera que te dé dinero.

-Yo lo rompí, yo lo pagaré.

-Pero lo rompiste por mi culpa.

-Olvídalo, Gaby. Tan sólo siéntate y relájate. Lee el periódico o


algo así.

-¿Qué me dices de la compra?


-¿Qué pasa con la compra?

-¿No deberíamos hacer hoy la compra? ¿O prefieres ir solo?

Paul dejó escapar un profundo suspiro.

-Ponte el abrigo. Podemos hacer la compra ahora mismo.

Gabrielle abrió la boca para recordarle que no habían hecho una


lista y luego la cerró. Si olvidaban alguna cosa, la comprarían
después.

En el supermercado, Paul tomó un carrito y lo llevó con


destreza por los estrechos y concurridos pasillos hasta la lechería, en
el extremo opuesto del establecimiento.

-Ya nos encontraremos para llegar a la salida -afirmó. -Pero


deberíamos dejar la leche fresca para el final -protestó ella. -¿Por
qué?

-Se pondrá mala.

-No, a menos que te tomes toda la tarde para hacer la compra.


Gabrielle le lanzó una mirada asesina.

-Muy bien. ¿Qué quieres? -preguntó cogiendo una barra de


mantequilla y una caja de queso Camembert.

Paul tomó margarina y queso Cheddar.

-¿Huevos? -preguntó ella.

-Sí.
Gabrielle escogió huevos rojos y Paul sacudió la cabeza con
firmeza.
-Se supone que los huevos deben ser blancos.

-No comemos la cáscara. ¿Cuál es la diferencia?

-Si no hay diferencias, igual puedes tomar los blancos.

Gabrielle tomó media docena de cada clase y luego se dirigió a


la sección de cereales. Tenía en sus manos una caja de salvado de
avena cuando llegó Paul con el carrito.

-¿Qué es eso? -preguntó con recelo.


-Salvado de avena. Es bueno para el colesterol.

-A mí me gustan los cornflakes

-¿Y no puedes probar esto?

-Siempre he comido cornflakes.

-Muy bien. Si se trata de un asunto de principios para ti,


compraremos cornflakes. Y supongo que también tendrás tus manías
respecto al pan -añadió, recordando que la barra que había visto en la
nevera fue blanca alguna vez.

Paul asintió, y ella lanzó un suspiro.

-Compraremos pan blanco e' integral. ¿Tienen pescado bueno


aquí?
-No soporto el pescado.

-¿Entonces, qué comes? -preguntó Gabrielle, y luego alzó una


mano-. Espera, déjame adivinar. Perritos calientes y filetes.

-Correcto. ¿Qué más? -replicó Paul sonriendo.

-Así no llegarás a los cuarenta.

-Siempre que no muera mientras compartimos el apartamento,


no debería causarte ninguna molestia.

-¿No podríamos hacer un trato para las próximas semanas? Yo


cocinaré y tú probarás todo lo que haga.

Paul bajó la vista hacia los comestibles que habían escogido ya.

-Está bien -dijo al fin-. Pero me niego a tomar esas cosas verdes
tan raras.

-¿Cosas verdes?

-Sí, ya sabes, esas cosas que parecen cactus.

-¿Alcachofas?

-Sí. Eso es. ,

-Perfecto, nada de alcachofas -convino Gabrielle sofocando una


carcajada-. ¿Algo más?
-Nada de hueva de pescado.

-En la vida malgastaría caviar contigo.

-Y saldremos a tomar pizzas una vez a la semana. Así no moriré


de hambre.

Riéndose, Gabrielle extendió la mano.

-Trato hecho.

Tras un instante de vacilación, Paul la estrechó.

-Trato hecho -murmuró, mirándola intensamente.

No era una mirada para compartir ante unas hamburgesas


crudas. Era una mirada que evocaba candelabros y servilletas blancas
de damasco. O quizá sábanas de raso.

A pesar del pacto del supermercado, momentos de alta tensión


continuaron salpicando el día, momentos en que una mirada
amenazaba con convertirse en mucho más, momentos en que un
comentario casual adquiría doble sentido. Paul contagió su
nerviosismo a Gabrielle, hasta que llegaron al punto de andar de
puntillas por el apartamento para evitar el enfrentamiento.

Finalmente, Gabrielle se retiró a su habitación y se sentó a leer


los anuncios de empleos. Poco después oyó que Paul salía del
apartamento y sintió que se encogía el corazón, pero se obligó a
concentrarse en la tarea. Ya tenía dos entrevistas concertadas para la
mañana siguiente, ambas para ofertas que habían llegado a sus oídos
de palabra. Aun así, leyó los anuncios y subrayó un par de ellos para
telefonear.

-¿Y si no encuentras nada? -se preguntó en voz alta-. ¿Cuánto


tiempo vas a esperar antes de seguir los consejos de Paul y buscar un
empleo diferente?

Un día más, se prometió al fin. Si las entrevistas y llamadas


del Tunes resultaban inútiles, volvería la vista hacia otros campos.
Para recordarse el compromiso, dobló la hoja de anuncios y la colocó
en un lugar señalado, apoyada en el frasco de las flores.
Decidió que ya era hora de reponerlas. Un paseo por el jardín
además tranquilizaría sus nervios deshechos y evitaría encuentros
con Paul. Si él pensaba seguir gruñendo por el apartamento como un
oso enfadado, sin duda era sensato procurar no cruzarse en su
camino.

Por desgracia, Paul la encontró.

-Debemos hablar -dijo él de inmediato, sentándose en una silla


frente a Gabrielle, y luego cogió una de las flores que había cortado
esta última y comenzó a arrancar sus pétalos.

-Muy bien -convino Gabrielle recelosamente, poniendo las flores


restantes fuera de su alcance-. ¿Sobre qué?

-Sobre nuestro... -Paul vaciló, sin atreverse a mirarla a los ojos-.


Nuestro pacto.

-¿Se incluye una explicación de tu humor de perros a lo largo


del día?

-¿Lo has notado?

-No hacía falta ser psicólogo para no saberlo. Entonces, ¿de qué
se trata?

-Tenemos un problema.

-¿Ya? Sólo llevo aquí dos días.

-Suficiente.

La inesperada respuesta fue un jarro de agua fría para


Gabrielle.

-¿Estás sugiriendo que me vaya?

Paul vaciló demasiado tiempo antes de responder.

-No. Te pedí que vinieras. Ciertamente, no voy a cambiar de re-


pente y ponerte en la calle.

El hablaba con tono muy sufrido. Ella sintió ganas de


estrangularlo. De hecho, podía haberlo intentado de no ser por su
aspecto tan triste y confundido.
-Sencillamente, debemos alcanzar cierta comprensión -afirmó
Paul.

-¿Respecto a qué?

-Respecto a esta relación.

-Eso es fácil. No tenemos ninguna relación.

-Exactamente.

-Creo que sé adónde quieres ir a parar. Cada instante nuestros


cuerpos parecen ignorar el mensaje de la mente, que dice que nos
separa un abismo insuperable, que venimos de diferentes lugares y
nos encaminamos en direcciones opuestas. ¿Es eso?

-Sí. Eres una mujer muy atractiva. Un hombre debería estar


muerto para no responder a tu presencia, aun cuando supiera que es
una situación imposible.

-Y tú no estás muerto.

-Exactamente.

-¿Serviría de algo que me pusiera pantalones anchos?

El ofrecimiento hizo sonreír a Paul.

-Creo que no. Tengo la sensación de que podía verte incluso a


través de un saco de papas. Por así decirlo...

-¿Alguna otra sugerencia?

Paul la miró con expresión de impotencia y luego sacudió la


cabeza. Gabrielle consideró el problema analíticamente, algo que por
lo general lo hacía muy bien.

-Quizá estemos planteándonos la situación desde una


perspectiva equivocada. Yo te atraigo. Tú me atraes. Ambos sabemos
que no podemos dejarnos arrastrar por los impulsos. Entonces la
relación se convierte en un sueño prohibido y, por tanto, resulta más
interesante.
Paul alzó una mano para interrumpirla.

-Sólo existe un problema en ese planteamiento. La conclusión


natural sería seguir adelante y explorar las posibilidades, ver adónde
nos llevan estos sentimientos.
Gabrielle tragó saliva. La idea tenía más mérito del que se
atrevía a reconocer. Cada vez que miraba las manos fuertes de Paul,
recordaba la magia de sus caricias más casuales. Ahora estaba
mirándolas y sentía fuego en la piel.

-Comprendo lo que quieres decir -afirmó con voz temblorosa-.


Creo que tendríamos más problemas de los que tenemos ahora.

-No creo. Lo sé -afirmó con tal convicción que ella esbozó una
sonrisa.

-De acuerdo. Estoy abierta a sugerencias -dijo inclinándose


hacia delante, con los ojos muy abiertos, y apoyó la barbilla en una de
sus manos.

-No hagas eso.

-¿Q -¿Qué?

-Ponerte tan condenadamente provocadora. Podrías volver loco


a un témpano de hielo.

Este comentario sí que hizo reír a Gabrielle.

-Si sucediera algo entre nosotros, sería con nuestro mutuo


consentimiento, ¿cierto? Como los dos deseamos que la relación
continúe siendo estrictamente platónica, no deberíamos tener ningún
problema. No somos un par de jovencitos lascivos sin sentido común.
Y mañana serán las cosas aún más fáciles. Tú volverás a tu trabajo y
yo estaré buscando empleo. Probablemente ni siquiera nos veremos.

-Muy cierto, muy cierto -convino Paul, evidentemente aliviado.

Luego se puso en pie y regresó al interior silbando.

Así que, pensó Gabrielle cuando se marchó, ya habían discutido


a las claras el problema. Y lo habían resuelto exactamente como lo
harían dos seres racionales y adultos, conscientes de que no debían
cometer equivocaciones.

Ahora tan sólo tenía que asumir el compromiso, lo cual se hacía


más penoso a cada instante. .

CAPITULO 6
Por la mañana, todavía medio dormida y sufriendo un dolor de
cabeza punzante que achacó por completo a la seductora intromisión
de Paul en sus sueños, Gabrielle entró descalza a la cocina helada.
Dejó correr agua para bañarse, sólo levemente consciente de que ya
parecía haber agua caliente de sobra. Bostezando, se quitó la bata y
se metió en la bañera, hundiéndose lentamente en la deliciosa
calidez. Suspiró de contento y apoyó la cabeza en la porcelana,
sintiendo que se aliviaba parte de la tensión en sus hombros y cuello.

Entonces oyó una puerta que se abría. ¿La puerta del baño! Y
sólo una persona podía abrir esa puerta a esa hora de la mañana, a
menos que hubiera entrado a afeitarse algún ratero particularmente
inoportuno.

-¡Paul, no te atrevas a pasar aquí!

Histérica en exceso y espabilada por completo, oyó el eco de su


propio grito retumbando dolorosamente en su cabeza.

Paul cerró de un portazo, otro duro golpe para sus sienes, y


Gabrielle pidió al cielo que él se hallara al otro lado de la puerta.

-Maldita sea, Gabrielle, teníamos un horario.

Paul se había retirado. Pero, incluso a través de la puerta, ella


pudo percibir que un leve jadeo suavizaba su indignación. Al parecer,
su grito no había impedido que lanzara una mirada muy detenida a su
cuerpo desnudo. La temperatura de la cocina pareció subir varios
grados.

-Lo olvidé -dijo con docilidad desacostumbrada, embargada por


una oleada de turbación.

-Tú estableciste el horario. Me querías fuera de la cocina para


las siete y media. Ahora son las siete y doce minutos.

-Está bien. No miré el reloj. ¿Vas a matarme por dieciocho


minutos de nada?

-No lo haría si no estuviera encerrado en el baño. Sal de la


bañera. Tendrás que acabar tu baño después, cuando yo me haya
dado el mío.

Gabrielle no quería salir de la bañera ahora que estaba


dentro. Sabía que en todo el edificio no había suficiente agua caliente
para darse un segundo baño a aquella temperatura.
-Dame diez minutos nada más.

-Fuera -insistió Paul tercamente-. Es mi turno.

-Cinco minutos -regateó ella, agarrando el jabón a toda


velocidad.

-Olvídalo. Tengo que trabajar. Ya voy con retraso, casi no me


dará tiempo a bañarme. Tengo el tiempo justo para llegar al otro lado
de la ciudad. Ahora, voy a salir.

-No te...

Gabrielle se quedó sin habla al oír el chasquido del picaporte.


Se quedó mirando la puerta que se abría, con incredulidad y
consternación crecientes. Paul estaba saliendo, y sólo llevaba una
toalla alrededor de la cintura y el ceño fruncido. El corazón de
Gabrielle comenzó a palpitar enloquecido. Los brazos y los hombros
eran tan musculosos como se había imaginado. El vientre... bueno,
mejor olvidarlo. Estaba demasiado desnudo-como para que una dama
se quedara mirándolo detenidamente.

Entonces consideró su propia situación. Miró hacia abajo. No


había burbujas en el agua, ni siquiera una barra de jabón flotando en
la superficie. Ni una toalla a su alcance. Había olvidado llevar una,
pues por lo general las toallas se colocaban en los baños. Lo mismo
que las bañeras. Lógica aparte, no tenía nada con que cubrirse en
varios metros a la redonda, y no podía contar con que Paul le
proporcionara una toalla, teniendo en cuenta su estado de ánimo
beligerante... excepto quizá la que llevaba puesta, lo cuál sólo
empeoraría las cosas.

-Paul Reed, si insistes en pasar por aquí, entonces al menos


podrías cerrar los ojos -dijo con tono imperioso, mirándolo desafiante
con demasiada precipitación.

Era una táctica que había visto emplear a su madre con


extraordinario éxito con todo el mundo, desde su padre al jardinero.
Ellos, sin embargo, no habían reaccionado con la misma actitud
burlona de Paul.

-Si cierro los ojos, puedo tropezar y caer al agua -observó él,
obviamente poco impresionado por su tono autoritario.

De hecho, parecía que comenzaba a divertirse con la


incomodidad de Gabrielle, la cual adoptó ahora un tono suplicante.
-Entonces mira los armarios. Te servirán de guía para salir de
aquí. Por favor...

Sólo después de observar con mirada recelosa cómo acataba


sus deseos, Gabrielle asumió que estaba atrapada en la cocina, en la
maldita bañera, hasta que é1 saliera del apartamento. Por supuesto,
podía retirarse a su habitación empapada, dejando una senda de
agua que Paul aprovecharía para protestar y vestida con una bata de
seda que, cuando se mojaba revelaba casi tanto como ocultaba. O
podía rendirse y pedir una toalla.
Todavía estaba considerando las diferentes alternativas cuando oyó
un gruñido de disgusto a sus espaldas.

-Maldita sea, Gaby, ¿todavía estás ahí dentro?

Ella se sumergió en el agua, ahora turbia y helada. Deseaba con


todo su corazón responder a aquel tipo como se merecía, decirle
adónde podía irse con sus gimoteos y su indignación, explicarle cómo
se comportaría un caballero en aquella situación.

En la cruda realidad seguía necesitando una toalla y no había


ningún caballero a la vista.

-Si me traes una toalla, estaré encantada de dejarte el camino


libre.
Para sorpresa de Gabrielle, Paul hizo exactamente lo que le pidió sin
protestar.

Finalmente oyó los pasos de Paul, tan cercanos que se le paró


el corazón. A menos que Paul poseyera una nobleza que no podía
suponerle por ningún motivo, podría ver con toda claridad los
pezones que se endurecían bajo la superficie del agua, el vientre liso,
el triángulo oscuro del vello más abajo... Tragando saliva, Gabrielle
extendió la mano en busca de la toalla.

-Yo pongo -ofreció Paul con voz ronca.

Ambos sabían que no era un gesto de cortesía. Nada más lejos.


Era una opción. Era un desafío temerario a la prudencia. Y no le
quedaba otra alternativa que permanecer a11í inmóvil mientras Paul
observaba el acaloramiento de sus mejillas y Dios sabe qué otras
cosas.

Furiosa, aunque innegablemente intrigada por las sensaciones


que la embargaban, lanzó una rápida mirada hacia arriba. Pudo
observar el pecho de Paul, que subía y bajaba velozmente, los labios
apretados de tensión, la descarada avidez de sus ojos cuando le
sostuvo la mirada durante una eternidad.

Justo cuando Gabrielle pensó que aquel hombre le había robado


el aliento para siempre con una simple mirada, Paul cerró los ojos y
murmuró algo a medio camino entre un improperio y un suspiro
resignado. Dejó caer la toalla y desapareció, cerrando la puerta
principal de un portazo. El eco le llegó a Gabrielle hasta el alma.

Rodeada por un silencio abrumador, Gabrielle se estremeció


violentamente ante la inminencia de su escape. El escape de ambos.
Se vistió a toda prisa y salió del apartamento sintiendo un inmenso
desasosiego, intentando dejar atrás la innegable sensación de placer
que había experimentado durante un instante enloquecedor,
demasiado fugaz.

Cuando estaba a medio camino de Manhattan se dio cuenta de


que no llevaba su maletín, de vital importancia para ella. Rompió su
último par de medias caras en un asiento astillado del vagón, algo
que en condiciones normales habría evitado. Llenó las dos primeras
hojas de la solicitud de empleo con escritura irregular que no se
parecía a su trazo seguro y firme de costumbre. Durante unos
segundos de pánico no se pudo acordar de su nueva dirección. En la
primera entrevista, se quedó mirando con la mente en blanco a su
jefe en perspectiva, incapaz de recordar su nombre ni su pregunta,
pero recordando el rostro de Paul con toda nitidez, demasiada.

La entrevista concluyó poco después con un apretón de manos


sin compromiso. Por primera vez en toda su vida pidió una bebida
alcohólica con el almuerzo. Se bebió el martini de dos tragos y sintió
la tentación de pedir otro. Sólo la frenó la rígida autodisciplina y la
entrevista concertada para las dos. No llegó a probar la ensalada. Con
la cabeza llena de pensamientos embarullados, hizo añicos la barrita
de pan francés, y luego se quedó mirando el destrozo, aturdida.

En los lavabos, se miró al espejo y adivinó la confusión de sus


ojos. Ningún hombre la había desconcertado nunca de esa manera,
destrozando sus defensas con tanta facilidad, aunque muchos lo
habían intentado.

Paul ni siquiera lo había intentado. El estaba tan pasmado como


ella por la atracción confrontada con un antagonismo tan elemental
que sólo un cretino podría ignorarlo. Si en algún momento el sentido
común de ambos fallaba simultáneamente, no le cabía la menor duda
de que la explosión resultante de deseo sería impresionante,
inimaginable. Desgraciadamente, tras dicha explosión, sólo quedarían
dos corazones destrozados.
Si fuera sensata, se mudaría ahora mismo. Aceptaría el
alojamiento temporal que le había ofrecido una amiga, y de Paul Reed
sólo quedaría un recuerdo lejano. Sin duda, sabía que era mejor partir
mientras no hubiera heridas que cicatrizar. Y sin embargo...

Resbaló el martillo, sin acertar al clavo y dejando un rasguño


semicircular en el costoso panel de caoba. Maldiciendo, Paul dedicó
una mirada fulminante al mencionado martillo. No era el suyo. El suyo
quedó en casa junto con las demás herramientas por culpa de su
escapada frenética del apartamento. En lugar de arriesgarse a
regresar y tener otro encuentro desconcertante con Gabrielle, pidió
prestado to que necesitaba a los hombres que había contratado para
trabajar con él en la reforma de un edificio de Brooklyn Heights, zona
cada vez' más exclusiva y costosa.

Todavía murmurando improperios, quitó los pocos clavos


colocados correctamente que sostenían la condenada tira de madera
y arrojó ésta a un lado. Estaba a punto de reemplazarla con una
nueva cuando oyó una tos nerviosa a sus espaldas.

-Eh... ¿jefe?

Sólo uno de los trabajadores lo llamaba "jefe". Al volverse se


encontró ante la mirada preocupada del joven de dieciocho años,
rubio y flacucho, que estaba adiestrado como ayudante de
carpintería. Su expresión se suavizó. Bajo la fechada de descaro y
amargo cinismo, Mike escondía un gran corazón. Sólo necesitaba que
alguien creyera en él, algo que al propio Paul le había faltado a su
edad.

-¿Qué pasa, Mike?

-¿No le parece que debería tomarse un descansito? -sugirió el


muchacho con cautela.

El comentario sonaba sospechosamente a consejo. De un


mocoso nada menos.

-¿Por qué?

Hizo la pregunta con una suavidad artificial. Debería haber sido


tomada como una advertencia. Desacostumbrado a tales sutilezas,
Mike insistió.

-Es hora de almorzar.


-Pues lárgate a almorzar -dijo Paul en un tono que habría hecho
esfumarse a un hombre menos temerario.

Pero el muchacho en ademán desafiante, alzó la barbilla


salpicada de granos a incluso se arriesgó a avanzar un paso. Una
diminuta chispa de aprobación brotó dentro de Paul mientras
esperaba el contragolpe.

-¿No viene?

Mike suspiró profundamente, pero su mirada nunca llegó a


vacilar.

-Tal vez le convendría.

Esperando, Paul frunció el ceño.

-Quiero decir, si ya ha echado a perder cinco tiras de esas en to


que va de la mañana, a ese ritmo el trabajo va a costarle dinero
=perseveró el chico, tocando con una de sus botas polvorientas los
paneles astillados.
Paul se quedó mirando los paneles como si no los hubiera visto
en la vida. Suspiró pesadamente y luego esbozó una sonrisa.

-En cierto modo, puede que tengas razón. Toma los almuerzos
mientras yo traigo unos refrescos.

Mike le mostró una cajita negra, idéntica a la suya propia.

-Ya tengo el mío. No pude encontrar el suyo.

Por supuesto que no, pensó Paul con resignación. Su almuerzo


seguiría en casa, en la maldita cocina. No muy lejos de sus
herramientas, y más cerca aún del lugar donde casi pierde la cabeza
y seduce a Gabrielle Clayton.

Mañana pondría las herramientas y el almuerzo junto a la


puerta en cuanto se levantara. Mañana estaría fuera del apartamento
a las siete y cuarto, ni un segundo después. Tal vez, incluso a las
siete en punto.

Mañana, si tenía suerte, evitaría la tentación de raíz.

Aquella noche era otra historia.


E1 día de Gabrielle no mejoró. Más bien podría considerarse
como uno de los peores de su vida. Las dos entrevistas mantenidas, y
las que ni siquiera llegaron a ser concertadas, la convencieron de que
jamás volvería a trabajar como corredora de bolsa. A pesar de
haberse prometido tomarse aquella situación como un claro signo
para marcarse un nuevo reto, sus ánimos no podían estar más bajos.

No le subió el ánimo ver al abrir la puerta el horrible 1ío de


piezas de mobiliario que había recogido Paul. Sin quitarse el abrigo,
hojeó las páginas amarillas, giró sobre sus talones como un torbellino
y volvió a salir.

Dos horas después, de mucho mejor humor, regresó dando


trompicones por la escalera y dejó caer en el vestíbulo del edificio las
compras que había hecho. Escuchar el sonido de la música y los
martilleos, en lugar de ponerla nerviosa como esperaba, la complació,
pues así Paul podría echarle una mano. Gritó con todas sus fuerzas
para que la oyera.

El martilleo cesó, aunque continuó atronando una canción de


rock que ella no reconoció. No oyó que se abriera la puerta del
apartamento, pero levantó la vista justo a tiempo de ver a Paul
asomándose sobre la barandilla del cuarto piso.

-Gracias al cielo -dijo Gabrielle con alivio.

-¿Qué? -preguntó Paul, llevándose una mano a la oreja.

-Necesito tu ayuda -gritó ella.

-¿Qué?

Gabrielle hizo un brusco ademán hacia los bultos y luego señas


para que bajara. Paul descendió lentamente, aproximándose a ella
con el recelo de un hombre que espera cualquier cosa excepto un
recibimiento amistoso.

-¿Qué es todo esto? -preguntó. con cautela, observando las dos


mesas decrépitas y la bolsa grande de una ferretería de la vecindad.

-Para el apartamento -respondió ella alegremente, decidida a


dejar atrás la tensión de la mañana-. ¿No son perfectas?

-¿Para qué?

-Para mesas adosadas a la pared, por supuesto. Y también vi un


sofá verdaderamente fantástico. Era una ganga, pero no sabía cómo
traerlo a casa y decidí que tal vez tú quisieras echarle una mirada
antes que lo compremos.

-¿Por qué haces todo esto? -preguntó Paul, pasmado por


completo.

-¿El qué?

-Amueblar un apartamento en el que sólo piensas vivir unos


cuantos meses.

-Porque no podría soportar ver a mi alrededor lo que hay ahora


ni siquiera unos cuantos meses.

Paul miró las mesas con expresión escéptica.

-Si no te importa que te lo diga, estos armatostes no me parece


que vayan a elevar precisamente la calidad de la decoración.
¿Cuántas capas de pintura supones que llevan?

-Seis -contestó e11á sin vacilar, sonriendo al ver la mirada


sorprendida de Paul-. Las conté mientras arañaba hasta llegar a la
madera natural.

Creo que son de cerezo. Vamos. Ayúdame a subirlas.

-¿Cómo pudiste llegar con ellas hasta aquí? -preguntó Paul,


poniendo una sobre otra.

-Puedo asegurarte que no vinieron solas.

Paul la miró con ojos incrédulos, desde el abrigo de zorro hasta


las puntas de los zapatos italianos que lucía, cuyos tacones serían de
cinco centímetros cuando menos.

-¿Y también cargaste con esa bolsa? ¿Cuánta distancia?

-No mucha. Compré las mesas en un establecimiento de


artículos de segunda mano absolutamente maravilloso que hay a
unas quince manzanas de aquí. Y el resto es de esa ferretería que
está a un par de manzanas.

Paul la observaba como si acabara de afirmar que podía


levantar un camión con las yemas de los dedos.

-¿Estás loca? ¿Por qué no me llamaste?


-Por todos los cielos, no es para tanto. Aunque, eso sí, tuve que
hacer muchas paradas -admitió.

-Tú y tu estúpido sentido de la independencia -murmuró


disgustado-. Es lo suficiente para provocar un buen dolor de espalda.

-Mi espalda está perfectamente.

-No lo estará por la mañana.

-Eso es problema mío, ¿no?

-No si implica que querrás aliviar el dolor con un baño de agua


caliente -replicó Paul, lanzándole una mirada expresiva-. La próxima
vez me llamas. ¿De acuerdo?

La preocupación indignada de Paul se combinó con los


recuerdos demasiado encendidos para hacer que Gabrielle olvidara
un escalón. Tropezó y sólo sus buenos reflejos impidieron que rodara
escalera abajo. El "accidente" la volvió a la realidad. Puso todo su
empeño en llegar al apartamento sin más incidentes embarazosos, y
finalmente se quitó el abrigo y lo arrojó sobre el sofá.

-Sabía que quedarían de modo fenomenal.

-Es verdad -asintió Paul con aspecto complacido-. ¿Qué me


dices de la pintura?

Indiferente al traje de marca que lucía, se arrodilló y comenzó a


sacar de la bolsa botes de disolvente de pintura, papel de lija,
guantes de trabajo y barniz.

-El ferretero me aseguró que no necesitaríamos nada más.

-¿Necesitaríamos?

Gabrielle le dedicó su sonrisa más encantadora.

-Tendrás que echarme una mano. No sé absolutamente nada


acerca de rascar pintura.

-Yo tampoco.

-¿En serio?

-Muy en serio -replicó él esbozando una sonrisa.


-Pero tú pintas. Si pones pintura, deberías saber cómo quitarla.
Paul encogió los hombros.

-Lo que dices parece razonable, pero la realidad es que no he


rascado la pintura de un mueble en mi vida. Ocasionalmente he
utilizado un soplete para derretir la pintura de ciertas cosas.

-No creo que sea un buen método para las mesas.

-Supongo que no.

-Muy bien, pues tenemos un pequeño problema, pero no es


insuperable. ¿Será muy difícil? Esos botes traen instrucciones.

-Gaby, admiro tu entusiasmo, pero ahora no podemos hacer


esto. Tengo que trabajar abajo. Quiero tener otro apartamento
alquilado para principios de mes.

-¿No puedes dejarlo por esta noche? -sugirió Gabrielle, incapaz


de disimular su decepción-. Has trabajado todo el día. ¿Qué clase de
jefe tienes?

Perpleja, observó cómo estallaba en carcajadas.

-El mejor que podía tener. Yo mismo.

-Bueno, sé que eres carpintero, por todos los cielos. Y pintas. Y


Dios sabe cuántas cosas más, pero aceptas encargos de trabajo.

-Por supuesto. A eso precisamente he dedicado todo el día.


Estoy reformando una casa en Brooklyn Heights.

-Entonces, ¿lo de aquí es otro encargo?

-¿Lo de aquí

-Arreglar este edificio.

El sacudió la cabeza con la actitud paciente normalmente


reservada para niños demasiado preguntones.

-No, Gaby. Este edificio es mío.

-Pero...

-Pero, ¿qué?
-Pensaba que eras sólo un...

-No me eches la culpa, si sacaste conclusiones equivocadas.

-Por tu culpa -lo acusó Gabrielle, sintiéndose curiosamente


traicionada y complacida a la vez-. Dejaste que creyera que eras un
simple trabajador.

Gabrielle se dio cuenta de su error al mirar los ojos de Paul. El


azul chispeaba de furia.

-Te pido perdón --dijo con una frialdad que a ella le llegó al
tuétano-. No veo nada simple en un buen día de trabajo por la paga
de un día, por muy humilde que algunas personas puedan considerar
la faena.

-No pretendía decir eso -replicó Gabrielle desolada.

-No puedo encontrar otra interpretación. Cuando suponías que


sólo era un simple trabajador, ¿tenías buenos motivos para no
acostarte en mi cama? ¿Cambia todo ahora que sabes que tengo
propiedades y una cuenta bancaria que no es incalculable, pero es
suficiente para conservar un techo sobre mi cabeza? ¿Cambia, Gaby?

Ella se puso en pie y le sostuvo la mirada iracunda.

-Lo siento. Estoy segura de que debe dar la impresión de que


soy la más estúpida de las snob, pero estás tergiversando mis
palabras deliberadamente.

-¿De verdad? ¿Qué te ha frenado entonces?

-Que no estamos hechos el uno para el otro.

-No soy suficiente bueno para ti, ¿esto es lo que quieres decir?

-No -replicó ella, aunque en las profundidades de su interior


sabía que era absolutamente cierto.

Paul se meso los cabellos con ademán nervioso.

La cuestión era que Paul no supiera hasta qué punto de


superficialidad podía llegar y, por desgracia, ya parecía saberlo.

-Sabías lo que pensaba desde el principio, ¿verdad?


Como Paul no replicó, alzó la voz, necesitada de compartir la
cólera y la culpa.

-¿Verdad?

Paul suspiró con expresión cansada.

-Sí. Al menos lo sospechaba.

-¿Y por qué no me sacaste del error entonces? ¿Acaso te


divertías dejándome como una imbécil?

-Yo no soy responsable de tu comportamiento. Todo lo hiciste tú


solita.

Me juzgaste con tus criterios superficiales, me pusiste la


etiqueta y luego me ignoraste.

Paul la asió por los brazos con tanta fuerza que tuvo que
sofocar un gemido, empeñada en disimular el dolor, el cual sin duda
no era mayor que la angustia que veía en sus ojos.

-Soy un hombre, Gaby. Una persona con miles de facetas


diferentes, como tú, como todo el mundo.

Sus miradas chocaron, arrepentida la de Gabrielle, encendida


de rabia y frustración la de Paul.

-Maldita sea -musitó el último entre dientes, dejando caer las


manos.
Gabrielle se frotó los brazos esperando la explosión definitiva.
Como nada sucedió, ofreció a Paul la ocasión.

-Anda, sigue.

-No.

-No te detengas ahora. Aunque antes tal vez debía recordarte


todas las etiquetas que tú me colgaste a mí y cuántas veces te he
demostrado que son falsas.

Paul suspiró.

-De acuerdo, no eres la única villana de esta comedia. Razón de más


para mantener entre nosotros la mayor distancia posible. Parece que
cuando estamos juntos sale a la luz lo peor que hay dentro de
nosotros.
-No siempre. Al menos, no en mi caso.

-¿Qué me dices? -preguntó él con mirada incrédula.

-No he dejado de recordar a lo largo del día lo que senti esta


mañana. Ni siquiera me tocaste y sin embargo me siento como si
fuera la mujer más deseable de la tierra. Nunca había sentido el
fuego que ahora siento en mi interior.

-Eso es lasciva, Gaby. Ni siquiera hemos intentado negar que la


sintiéramos. Yo lo sé muy bien. Esta mañana faltó poco para que te
forzara.
Ella movió la cabeza y sonrió.

-No intentes convertir lo que sucedió aquí esta mañana en una


historia sórdida conmigo en el papel de víctima. Yo lo deseaba tanto
como tú a mí.

-Eso no basta, Gaby. Para que esto funcione, se requiere


respeto mutuo y acabamos de reconocer que no existe. Nuestros
cuerpos puede que gocen de perfecta armonía -afirmó, con un asomo
de amargura en la voz-. Pero nuestras mentes viven en planetas
diferentes.

Gabrielle sintió ganas de protestar, pero las palabras de Paul


eran demasiado certeras.

-¿Y qué me dices de nuestros corazones? -replicó al fin,


extendiendo una mano para posarla en el pecho de Paul, percibiendo
los latidos palpitantes y reveladores de su corazón-. ¿Qué me dices?

Paul la miró con los ojos muy abiertos, sorprendido por la


pregunta susurrada con tanta suavidad.

Gabrielle no esperó una respuesta. Recogió el abrigo y partió,


no muy segura de adónde ir. Sólo sabía con certeza que quería estar
lejos de allí cuando comenzara a llorar.

CAPITULO 7

Paul se quedó mirando la puerta cuando retumbó tras la salida


de Gabrielle, advirtiendo instintivamente que el marco estaba
desclavado por arriba. Como un autómata, fue a buscar su martillo y
unos clavos mientras reflexionaba sobre la actitud de Gabrielle.
¿De qué demonios hablaba? ¿Acaso insinuaba que aquel
embrollo entre ellos evocaba el amor? Era una locura. Apenas se
conocían. De hecho, ambos estuvieron influidos, subconscientemente
al menos, por primeras impresiones muy negativas, de la clase que
no inspira amor ni nada parecido.

Luego cabía la posibilidad de que una persona con la educación


de Gabrielle tuviera que recurrir a esas explicaciones para justificar
una relación sexual. Algo que, reconoció Paul tristemente, ni siquiera
tenían.

Bien, ella podía llamarlo como más le gustara. Personalmente,


él consideraba que lujuria o magia química eran etiquetas muy
adecuadas para definirlo. Era posible sentir lujuria por una absoluta
desconocida, una dama con piernas torneadas, o una pelirroja con
melena resplandeciente como el fuego a la luz del sol. Tan cierto
como que a la noche le sigue el día, es que no se puede amar a
alguien que ni siquiera conoces. Si la discusión de aquella noche
servía de algún indicativo, era de que Gabrielle y él eran dos
perfectos desconocidos.

Y ahora, decidió, no podía hacer nada para solucionar ese


problema, así que volvió abajo para seguir con las obras del
apartamento del tercer piso. Cuanto antes lo tuviera alquilado, antes
podría completar la segunda planta y, entonces, por fin su propia
casa, en la planta baja. Y entonces pondría cierta distancia entre
Gabrielle y él, en caso de que aquella no se hubiera mudado ya.
Prefería no pensar en esta posibilidad.

Aquella noche, viendo la excitación que iluminaba los ojos de


Gabrielle cuando llegó, se le había hecho un nudo en la garganta,
suponiendo que sólo un nuevo empleo podía llevar esa sonrisa
entusiasmada a sus labios.

Cuando vio las dos mesas y se dio cuenta de que por un


momento tenía intención de quedarse, con trabajo o sin él, Paul sintió
alivio y una vaga sensación de victoria. Era como si las mesas
representaran una especie de compromiso.

Y hacía más confuso lo que sucedió después. Las duras


acusaciones mutuas seguían flotando en el aire.

Por mucho que lo intentara, Paul no podía comprender la


actitud de Gabrielle. Por otro lado, a sí mismo se comprendía mejor
de lo que desearía. Al menos en parte, había descargado años de
emociones contenidas, culpándola de viejas equivocaciones propias,
protegiéndose del dolor de otro rechazo. Se proponía poner distancias
emocionales en un momento en que la distancia física era imposible.
Lo sucedido en la cocina por la mañana lo había convencido de que
era necesario.

Casi había pasado una hora desde la partida de Gabrielle


cuando oyó que abrían la puerta de abajo, contuvo el aliento cuando
los pasos se aproximaron al tercer piso y luego siguieron subiendo.
Suspiró.

Aparentemente no habría más confrontaciones por aquella


noche, pero tampoco resolverían la discusión anterior. Tal vez así
fuera mejor. Acaso por la mañana, con las mentes más despejadas,
podrían resolver los verdaderos problemas que se interponían entre
ellos. Paul sintió un poquito de culpabilidad a causa del alivio que le
había supuesto la tregua temporal.

Estaba trabajando en los armarios de la cocina, concentrado en


su tarea, cuando se volvió, sobresaltándose al ver a Gabrielle junto a
la puerta.

Había cambiado su traje por unos pantalones vaqueros y un


suéter sorprendentemente viejo, que caía sin ningún orden por el
escote y se abombaba por todo el resto. Nunca le pareció más
atractiva, más accesible. Si seguía mirándola, perdería la cabeza. Se
volvió hacia el armario, encajando una esquina con precisión y luego
puso un clavo en su lugar.

-¿Qué ha pasado aquí esta noche? -susurró Gabrielle.

Y bastó para hacerle sentir un nudo en la garganta. No se


atrevería a mirarla. Si la miraba y veía el menor indicio de
vulnerabilidad en sus ojos, la envolvería entre sus brazos y sería la
perdición.

-Descubrimos que vivíamos en un mundo de ensueño. La


realidad lo aclaró todo -afirmó con tono deliberadamente frío,
indiferente.

-Creo que te equivocas -replicó Gabrielle con una convicción


que le sorprendió.

-Entonces, ¿qué te parece que sucedió?

-Creo que estábamos aproximándonos demasiado. Creo que


estabas sintiendo cosas que no querías sentir y decidiste destruir
esos sentimientos.
Paul volvió la cabeza bruscamente. No la había creído capaz de
leer los pensamientos y no estaba dispuesto a reconocer su tino.

-¿De dónde diablos has sacado esa idea?

A Gabrielle no la intimidó en absoluto su tono amenazador.

-Es la única posibilidad que tiene sentido. Admitiste que


conocías desde el principio mis dudas acerca de relacionarme
contigo, así que toda esa basura sobre mi supuesto esnobismo no
venía a cuento, pero te serviste de ese argumento. Diste por sentado
algo que ni siquiera hemos puesto a prueba.

-Tu actitud...

-Se debió a un malentendido.

-¿Y esto la hace menos cierta?

-Oh, por el amor de Dios, tú eres tan culpable de diferenciar


clases como me acusas de ser a mí. ¿Acaso ser el extremo opuesto á
un snob es mejor que serlo a secas? Además, no sólo el dinero marca
diferencias.

-Tú fuiste a Harvard y yo a la dura escuela de la calle. ¿Te


refieres a eso?

-En cierta forma.

-Pues crea un abismo muy difícil de superar.

-Quizá.

-Lo intenté una vez y resultó un desastre -admitió Paul,


sorprendiéndose de su propia ingenuidad.

Nunca habló a nadie de Christine. Sus padres lo habían


adivinado, por supuesto, a incluso intentaron prevenirlo de la
equivocación, pero él ignoró la advertencia.

-¿Por qué no funcionó?

-Ella era rica y yo pobre.

-¿Así de simple?
Paul recordó a Christine, pensando en ella por primera vez en
muchos años. Nada de lo concerniente a ella había sido simple.

-Le gustaba estar dondequiera que hubiera acción. Si sus


amigos iban a esquiar a los Alpes, a11í quería ir. Si hacían un crucero
por el Mediterráneo, no podía esperar un minuto a reunirse con ellos.
No se perdía una fiesta benéfica de la ciudad, la inauguración de un
club. Todo costaba dinero. Su pandilla hablaba de gente y lugares
absolutamente desconocidos para mí. Al principio yo era algo así
como un ejemplar curioso. Pero no pasó mucho tiempo antes que ella
decidiera que la novedad había pasado y que yo no encajaba.

-¿Y entonces te arrojó a la basura?

-Algo parecido.

Era una descripción fría, sosegada, de lo que en otro tiempo


había sido un infierno devastador. Ni siquiera ahora podría recordar la
historia sin sentir un brote de cólera, de humillación.

-¿Tan dichoso te sentías con alguien tan diferente?

Paul procuró recordar exactamente lo sucedido diez años atrás,


cuando no le quedó otro remedio que reconocer que la historia había
muerto Christine y él habían pasado el fin de semana con sus amigos,
navegando en Newport. Arrullado por el sol y la sempiterna presencia
del vodka con tónica, se había sentido extrañamente diferente.
Escuchó las charlas banales que hacían las veces de conversación
inteligente.

Observó a Christine, todo el día preocupada por su bronceado.


Se sació de aburrimiento. Sin embargo, esa noche se vio atrapado
una vez más por los sentimientos. Se había declarado. Qué
equivocación si ella hubiera dicho sí.

De súbito, sonrió a Gabrielle.

-Fue algo asombroso. Simplemente, me di cuenta de que


estaba muerto de hastío. Durante diez años me había odiado a mí
mismo por ser incapaz de adaptarme a esa gente, y todo para
descubrir que me repugnaría ser como ellos.

-¿Quieres decir que podemos dejar mis orígenes a un lado de


ahora en adelante?

Antes que pudiera replicar, sus miradas chocaron. Paul vio el


reto en sus ojos antes que surgiera en sus labios.
-¿Me deseas, Paul?

El se creía preparado para cualquier cosa, pero la pregunta


directa lo dejó confundido. Su cuerpo respondió antes que encontrara
las palabras adecuadas.

-Sí.

-Yo también te deseo.

-Lo cual no resuelve el verdadero problema -señaló él


procurando ignorar la repentina tensión que le hicieron sentir los
ajustados vaqueros-. Ven aquí.

Gabrielle entró en la habitación. Paul vaciló, y luego llevó las


manos a su cintura, alzándola para sentarla sobre un mueble de la
cocina. Se deslizó entre las rodillas de Gabrielle, apoyando ambas
manos sobre sus muslos.

Necesitó de toda su fuerza de voluntad para evitar que el


contacto llegara más lejos.

--Gaby, lo que acabas de decir es muy sabio. Que tu familia


posea mucho dinero no significa en absoluto que seas como Christine.
Pero pertenecen a la clase de mujeres que están destinadas a exigir
ciertas premisas de toda relación, y yo ahora mismo no puedo
prometerte nada. En el aspecto económico, sólo estoy comenzando a
levantar cabeza. Me ha costado mucho tiempo aceptarme como soy.
Ahora que lo he conseguido, no voy a comenzar a soñar sueños
imposibles.

--¿Yo soy un sueño imposible?

-Ahora mismo, sí. Sé que no eres tan superficial como Christine,


pero te sientes confusa y eres vulnerable. Estás buscando respuestas
respecto a ti y tu futuro. Ahora no ves muchas alternativas, y te da
pavor. Gabrielle Clayton probablemente siempre ha tenido el mundo
a sus pies. Puede poner cualquier rumbo a su vida con un mero
chasquido de los dedos y... Te sucede lo que a mí me ocurrió hace
años. Puedes proponerte casi todo en la vida, trabajar hasta el
agotamiento para conseguirlo, incluso puedes tener dinero y poder a
tus espaldas, pero no existe la menor garantía de éxito. La
satisfacción debe provenir del esfuerzo. ¿Comprendes lo que digo?
-concluyó, preguntándose si sólo estaría dando rodeos.
-Demasiado bien. Pero no entiendo qué tiene que ver con
nosotros. Paul buscó las palabras oportunas. Gabrielle debía
comprender que su decisión no era definitiva. No podía ofrecer
garantías ni compromisos, sólo una leve esperanza.

-Cuando... si... si nos relacionamos íntimamente, quiero que lo


hagas consciente de que tienes otra opciones, que te sientas fuerte y
dueña de tu vida, con todas las carreteras abiertas y a la vista. Y
entonces, si decidieras vivir la experiencia, será porque ambos
sepamos que es lo que quieres de verdad y no en un impulso
desesperado de una mujer a la que le da miedo estar sola.

Gabrielle escuchaba con la cara pensativa, pero frunció el ceño


al final .
-No estoy desesperada -protestó acaloradamente, y Paul sonrió
al ver su ánimo renovado.

-Muy bien. Entonces no te importará esperar un poco, mientras


los dos descubrimos qué es exactamente lo que queremos.

-Me importará, pero tienes razón. Esperar es muy sensato.

Para asegurarse de acabar con la tentación, Paul cambió de


tema. -¿Quieres contarme qué tal te fue en las entrevistas?

Gabrielle le sostuvo la mirada y luego apartó la vista.

-No especialmente.

Paul insistió.

-¿Tan decepcionantes fueron? ¿Tenían ya cubierto el puesto?

-No.

-Entonces tal vez te llamen mañana.

Gabrielle encogió los hombros con indiferencia.

-Tal vez.

Desconcertado, Paul buscó una explicación a aquella actitud


negativa.

Quedaba fuera de lugar por completo para una mujer


usualmente optimista, resuelta y franca. No había ascendido en Wall
Street aceptando tan pronto la derrota.
-¿Las ofertas no eran interesantes?

-Sí que lo eran.

-¿Y la gente?

-Bien, supongo.

-Entonces, ¿qué pasó?

-No estoy segura de haber actuado bien en las entrevistas.

-¿Por que?

Paul observó que se sonrojaban las mejillas de Gabrielle y sintió


tinas punzadas de culpabilidad.

-¿No sería por lo que ocurrió esta mañana?... -el rosa se tornó
rojo encendido-. Oh, Gaby, lo siento.

Gabrielle esbozó una sonrisa, obviamente con intención de


tranquilizarlo.

-No te preocupes. Al principio yo también lo achaqué a eso,


pero creo que había otro problema.

-¿Cuál?

Gabrielle vaciló un buen rato antes de responder, mirando al


suelo cuando lo hizo por fin.

-Creo que me hastiaba la historia. ¿Puedes comprenderlo?


Luché como una desesperada por venir a Nueva York, para triunfar en
Wall Street. Entonces surge un pequeño contratiempo y me siento
hastiada de repente. ¿Será que estoy buscando una excusa para
justificar mi fracaso?

--No -afirmó Paul con convicción-. Teniendo en cuenta tu vigor,


ahora tendrías otro empleo en Wall Sreet si lo hubieras deseado de
veras.

Además, no creo que seas del tipo de mujer que necesita


excusas. Creo que ha llegado el momento decisivo de dar un nuevo
rumbo a tu vida. Deberías estás emocionada, no deprimida.
-Muy bien. Tengo exactamente mil cuatrocientos dólares en mi
cuenta bancaria, ninguna perspectiva de trabajo a la vista y recibo
facturas por el use de tarjetas de crédito casi todos los días. Estoy
emocionada.

-Mira el lado positivo. Estás abierta a nuevas posibilidades.


Busca cualquier trabajo temporal si no te queda otro remedio. Pide
dinero prestado a tus padres.

-Nunca.

-¿Por qué? ¿No te ayudarian?

-Por supuesto. Con condiciones.

-¿Por ejemplo?

-Regresar a Charleston, ocupar el lugar que me corresponde


en la sociedad, servir tazas de té hasta que me duela la muñeca,
casarme con alguien que cumpla estrictamente con los requisitos
necesarios, aunque sea aburrido de muerte, y luego comenzar todo el
ciclo de nuevo en mi propio hogar -Gabrielle se estremeció-. Nunca.

Paul sonrió y aplaudió.

-¿A qué vienen los aplausos?

-Acabas de hacer tu primera elección.

-Ya la hice cuando me salí de casa.

-El tiempo pasa y las situaciones cambian. La decisión que has


tomado esta noche no es la misma que cuando viniste a Nueva York.
Concédete un poco de confianza.

Paul sintió el impulso de borrar sus dudas con besos, pero sabía
que sería una verdadera estupidez, arriesgarse a rozarla siquiera.
Durante la última media hora se había comportado con absoluta
mesura, noblemente, aconsejándola de corazón otorgarse algún
tiempo para encontrar su camino. Pero también se había dado cuenta
de un detalle respecto a sí mismo. Deseaba que Gabrielle Clayton
formara parte de su vida más de lo que se atrevía a reconocer. Y, a
pesar de todo su sermón respecto a la libertad de elección, iba a
hacer todo lo que estuviera en su mano para que se quedara allí.
Todo excepto seducirla, corrigió para sus adentros. Por ahora.
Lo que significaba que debía sacarla de aquella habitación
inmediatamente.
-Ahora, sube a dormir un poco -sugirió con la voz ronca.

-¿No puedo ayudarte? Soy torpe con el martillo, pero puedo


pintar o hacer otra cosa.

La oferta era tentadora, no porque le ahorrara trabajo, sino


porque así la tendría cerca. Sus nobles intenciones tampoco
eran tan inmensas.

-Esta noche, no. Es tarde. Si quieres echarme una mano


mañana, bajaré la pintura para ti.

Para asombro de Paul, la idea pareció excitar a Gabrielle. Bajó


del mueble, y luego le dio un sonoro beso en la mejilla antes de
encaminarse hacia la puerta, a11í se detuvo para mirar atrás.

-Gracias por la conversación.

-Olvídalo.

-Te darás cuenta, por supuesto, de que estás rompiendo otro


tópico.

-¿Cuál?

-E1 de casero insensible y despiadado.

-Ya cambiarás de opinión al primer día que te retrases en el


pago -replicó él con ferocidad fingida, disfrutando de la explosión de
risas que siguieron flotando en el aire mucho después de su marcha.

Con el paso de las siguientes semanas, Gabrielle llegó a aceptar


que su vida estaba experimentando cambios drásticos. No había
tomado una decisión sobre el tipo de trabajo que quería buscar, pero
Paul le ofreció una solución temporal al problema. Alojamiento gratis
a cambio de ayudarlo a pintar los apartamentos restantes.

El arreglo conllevaba dos ventajas adicionales. Gabrielle


dispondría de tiempo para husmear en tiendas de segunda mano y
almacenes para completar la faena en su propia casa. Y pasaba
tiempo con Paul. Estaban juntos todas las tardes, cenaban
emparedados o sopa casera y, de cuando en cuando, pizza o comida
china. Cada día conocía algo de nuevo respecto a él, algo que hacía
crecer su respeto... y su deseo.
El hecho de que Paul se empeñara en guardar las distancias
sólo intensificaba la ansiedad abrasadora que la asaltaba en los
momentos más extraños.

El día que por fin acabó con los arreglos del apartamento,
Gabrielle planeó una celebración sorpresa. Incluso había calculado el
efecto que podría tener una botella de vino en la resolución vacilante
de ambos. Era obvio que a Paul le había dolido decir buenas noches a
irse a su cuarto durante toda la semana pasada.

Gabrielle colocó sus mejores porcelanas sobre la mesa de roble


reparada del comedor. Lustró sus candelabros de plata y lo completó
con un pequeño ramo de las últimas flores del jardín agonizante. Se
había rendido a la secreta pasión de Paul por los solomillos gruesos y
semicrudos, comprando un par de los mejores en la carnicería.
Incluso había hecho un pastel de manzana. Se había pasado toda la
tarde pelando manzanas y preparando la pasta. Caliente aún, ahora
estaba sobre un armario de la cocina, el tentador aroma de la canela
flotaba por todo el apartamento.

Después de bañarse, se puso unos pantalones de algodón y un


suéter de cachemira con capucha. Se cepilló el cabello hasta que
irradió destellos resplandecientes, luego se aplicó un maquillaje
discreto.

A1 anochecer, con expectación creciente, Gabrielle encendió la


chimenea y se sentó a esperar. Cuando la habitación quedó en
penumbras, su ánimo se vino abajo. La preocupación reemplazó a la
excitación, seguida por la indignación. Después de medianoche, llegó
Paul por fin.

De una sola mirada, Paul advirtió la cena pasada y la mala cara


de Gabrielle.

-¿Qué ha ocurrido? ¿Te han dejado plantada?

El hombre parecía sentirse vardaderamente preocupado por


ella. O bien era muy obtuso, o era un maestro en hacerse el inocente.

-Algo así. ¿En dónde has estado?

-Cenando con una amiga.

-Ya veo.
Gabrielle no pudo evitar un cierto tono de irritación, aunque
durante la espera se había jurado una docena de veces por lo menos
que no le daría la satisfacción de saber que la había herido.

Paul se sentó en una silla frente a ella, con aspecto perplejo.

-Tengo la sensación de que no me estoy enterando de algo


aquí. ¿Estás enfadada conmigo?

Gabrielle lo miró sin pestañear, luego sacudió la cabeza


negativamente.

-Paul Reed, no es posible que seas tan bobo. Me gasté treinta


dólares en la carne y el vino. Por supuesto que estoy enfadada
contigo.

Paul cogió la botella de vino francés medio vacía.

-Parece que el vino no se ha desperdiciado.

-No cambies de tema.

-No lo hice a propósito.

-¿No podías haber telefoneado?

Paul suspiró. Había permanecido fuera de la casa porque no


podía soportar estar en la misma habitación con ella sin ponerle las
manos encima.

Deseaba explorar su piel aterciopelada, sembrar fuego en ella,


encender a caricias sus ojos castaños. Si hubiera sabido que estaba
esperándolo frente al fuego con vino y comida, probablemente no
habría aparecido en toda la noche. Sus buenas intenciones ya no
podían aguantar una sola tentación más. Incluso ahora tenía los
dedos temblorosos por su esforzada contención.

Suspiró de nuevo y cerró los ojos.

-Muy bien -dijo cuando volvió a abrirlos-. Lo mejor sera que


aclaremos esto.

-Por favor, no me hagas favores.

-Lo siento si te tomaste todas estas molestias por mí, pero no


me avisaste.
Gabrielle le lanzó una mirada de disgusto.
-Era una sorpresa. Debía ser. Desde que estoy aquí, has venido
todas las noches. ¿Cómo iba a ser que precisamente hoy te surgiría
algo mejor que martillear o pintar abajo?

Paul no sabía cómo responder a su lógica. Teniendo la


desagradable sensación de que jugaba sucio, intentó ponerla a la
defensiva.

-Compartimos un apartamento, Gaby. Acordamos que cada cual


viviría su vida sin necesidad de explicaciones.

Gabrielle lo miró fijamente, asimilando el golpe bajo.

-A mí no me vuelve loca la perspectiva de definir nuestra


relación, pero, ¿un compañero de apartamento no merece un poco de
consideración?

Gabrielle alzó la barbilla en ademán desafiante, pero, tenía los


ojos anegados de lágrimas. Parecía tan abandonada que Paul musitó
una maldición y se aproximó hacia ella. Sintiendo una inmensa
culpabilidad, levantó la barbilla de Gabrielle y la miró a los ojos.

-Por supuesto que lo merece. Y siento muchísimo haberte


estropeado la velada.

De súbito temblaron los labios de Gabrielle, una lágrima resbaló


por sus mejillas. Paul pensó que podía soportarlo todo excepto su
llanto, sobre todo cuando se sentía responsable de su dolor.

Para evitar que una segunda lágrima siguiera a la primera, y


luego una tercera y otra y otra hasta que le rompieran el corazón,
sólo encontró una solución: un beso. Pasó a la acción con excesiva
premura.

Sólo uno, se prometió, tomando sus labios, saboreando con


parsimonia el contacto del fuego y el terciopelo.

Sólo este, se prometió de nuevo, descubriendo la sal de sus


lágrimas, el sabor del vino.

Sólo un breve ofrecimiento de calidez, ternura y comprensión.


Sólo para consolarla. Sólo entre amigos.

Por supuesto, no fue suficiente.


CAPITULO 8

Para ser un hombre todo músculos y rudeza, Paul la sedujo con


sorprendente delicadeza, decidió Gabrielle mientras a él la besaba
borrando las lágrimas. No sabía muy bien qué esperaba, pero, desde
luego, no esas caricias lentas y suaves que desvanecieron hasta el
último asomo de ira y la dejaron jadeante, deseando más. Saborear
sus labios persuasivos y laboriosos era saborear el paraíso, anhelar
que aquel momento durara una eternidad, seguir embargada por esa
asombrosa sensación de satisfacción.

-Gaby -murmuró Paul, separándose demasiado pronto, justo


cuando ella comenzaba a acostumbrarse a la calidez sensual de su
boca-. No podemos seguir adelante.

-Podemos -replicó, apretando los labios contra los de Paul para


asegurarse de su silencio, emprendiendo con la lengua un asalto
osado a sus labios cerrados.

Por fin, él los entreabrió dejando escapar un gemido de placer.


El deseo inundaba a Gabrielle embriagándola de una dolorosa
sensación de necesidad. Ya había pasado el momento de hablar o
pensar en aquella poderosa atracción que existía entre ellos. Era hora
de sentir, dejándose llevar por las emociones de una vez.

Aunque Gabrielle jamás había estado más segura de sus


propios deseos, más dispuesta a escuchar al corazón, Paul se mostró
remiso al beso. Tenía los hombros tensos; los marbles habrían
aprobado su pose rígida. Aquella actitud, requería tácticas
temerarias, decidió llena de resolución y Paul se estremeció cuando
deslizó las manos bajo su camisa.

-Gaby, no.

Esta vez la protesta era jadeante, mucho menos firme, y


Gabrielle lo miró con expresión confiada, sonriendo al ver su cara de
preocupación.

-Sí.

-Te has bebido sola casi toda la botella de vino. No sabes lo que
haces.
Gabrielle cambió de táctica. Se apretó contra su cuerpo, abriendo una
senda de besos a lo largo de su cuello, resbalando la boca alrededor
de una de sus orejas. Paul dejó escapar un profundo gemido de placer
y ella sonrió satisfecha.
-¿De verdad? -dijo con coquetería disimulada, y Paul le dedicó
una mueca.

-No me refería a tu técnica.

-Qué bien -replicó, comenzando a desabrochar la camisa,


comenzando a disfrutar plenamente de la nueva situación, pero Paul
asió con fuerza sus manos.

-¡Gaby, basta!

Gabrielle observó los ojos que chispeaban peligrosamente.

-De acuerdo.

Paul la miró con recelo, asintió en silencio y soltó sus manos.


Ella no dejó un solo instante de sostenerle la mirada mientras
extendió la mano y deslizó un dedo perezosamente sobre la
cremallera de sus vaqueros. Tras un primer gemido de sorpresa, Paul
apretó los dientes y tragó saliva convulsivamente. Vaciló la
determinación en sus ojos. La respuesta de su cuerpo y las atrevidas
caricias de Gabrielle eran inconfundibles.

-Condenada -murmuró, entrecortado el aliento.

-No mientas -replicó ella, negándose a apartarse y con


renovada confianza. Finalmente, la expresión de Paul, dura, sin
pestañeos, se suavizó.

-Tienes razón -admitió, envolviendo a Gabrielle entre sus


brazos-, pero no quiero que cometamos un error.

-No es un error -dijo con asombrosa certidumbre.

Paul se lo había probado con sus dudas y comedimientos. La


respetaba y su respeto era tan importante para ella como su amor.

Todavía debía aclarar sus propios sentimientos, pero sabía


que eran más intensos y poderosos que todos los vividos hasta
entonces, una mezcla de amistad y deseo que muy bien pudiera
tornarse en amor.

Paul elevó las manos hacia sus mejillas, rozando sus labios con
los pulgares, observándola con mirada intensa. Mientras esperaba,
Gabrielle sentía el corazón dando vuelcos en su interior. Finalmente,
Paul asintió y luego apresó sus labios en una dulce promesa.
Cuando acabó el beso, mantuvo la promesa y alzó a Gabrielle
en sus brazos para llevarla a través del apartamento hasta la
habitación de ella.

Paul extendió la mano hacia el interruptor, pero Gabrielle


sacudió la cabeza.

-Tengo una vela.

Paul la dejó sobre la cama y encendió la vela, la cual impregnó


el cuarto de olor a 1avanda. Luego se volvió para dirigirse hacia la
puerta.

-¿Paul?

-Hay que prevenir. Vuelvo en seguida.

La nueva muestra de atención le llegó al corazón. No se había


equivocado al confiar. Aquello estaba muy bien. Mientras esperaba el
regreso de Paul, se pusieron tensos los músculos de su vientre a
causa de. la expectación. Le latía el pulso con cadencia sensual.
Cuando el estrecho colchón se hundió bajo el peso de Paul, el roce del
algodón y la franela le erizó la piel.

Aunque no esperaba más que ansiedad y una posesión rápida


de aquel primer encuentro, Gabrielle se vio atrapada en un lento
discurrir de la pasión. Paul la excitaba, tentándola, explorando,
esperando que las sensaciones remitieran para descubrir nuevas
formas de enloquecerla de deseo. Gabrielle nunca podría haber
imaginado aquella exquisita tensión, el anhelo apremiante de
alcanzar unas cimas de placer más a11á de este mundo. Paul jugaba
con su cuerpo con la destreza de un viejo amante, y al tiempo con la
reverencia de un hombre que recibe un regalo increíble por primera
vez.

Los músculos de Paul se tensaron como el acero cuando por fin


cambió de postura para poseerla. La primera acometida fue
insoportablemente lenta, asombrándola con su promesa de mayores
placeres. Gabrielle lanzó un gemido cuando Paul se retiró y luego
comenzó a llenarla una vez más.

Gabrielle oyó que Paul murmuraba su nombre. Su voz parecía


remota, y adivinó que estaba vacilando. Su cuerpo protestaba por el
retraso. Instintivamente, entrelazó las piernas alrededor de la cintura
de Paul, arqueando las caderas en busca del fuego que encendía su
propia pasión.
Gabrielle apenas advirtió el gemido angustiado de Paul cuando
éste la penetró una vez más. Hubo un instante de agudo dolor, que
sorprendió a Gabrielle y luego se desvaneció cuando sus cuerpos
entablaron un ritmo natural tan viejo como el tiempo. Justo cuando
creía haber llegado al límite de la excitación, Paul la llevó más lejos.

Y cuando la pasión explotó en su cuerpo, el júbilo le embargó el


corazón por la inesperada sensación de plenitud.

La deliciosa tensión se calmó lentamente. Gabrielle abrió los


ojos; Paul estaba mirándola.

-¿Bueno? -dijo el último, apartando mechones húmedos de la


cara de Gabrielle.

-Tres buenos.

El apasionamiento perduraba, producía una inmensa sensación


de bienestar.

-¿Por qué no me lo dijiste?

-Decirte, ¿qué? -respondió ella, acariciando las ásperas mejillas


de Paul, sintiendo un escalofrío en su interior.

-Que era tu primera vez.

-¿Acaso importa eso? -replicó Gabrielle, curiosamente a la


defensiva en un momento que deseaba solazarse en recuerdos
muchos más dulces.
Paul sonrió.

-No en el sentido que pareces darle. Aunque podría haber


suavizado las cosas para ti.

-Lo dudo.

Sonriendo levemente, Paul deslizó un dedo sobre sus labios.

-Gracias por tu franqueza pero, de verdad, ¿por qué no dijiste


nada?

-No es un primer encuentro. Llevamos varias semanas viviendo


juntos.

-Platónicamente.
-Poco platónica ha sido nuestra convivencia.

Gabrielle le hizo una mueca.

-Sigo pensando que es nuestro primer encuentro.

-¿En qué punto dejó de ser una noche más en casa? ¿Cuándo
decidiste preparar una cena espectacular? ¿Cuándo te planté? ¿O
cuándo comenzaste a seducirme?

-¿Qué importa? ¿Por qué te molesta tanto que no te hablara de


mi inexperiencia? Suponía que los hombres se sentían muy machos y
satisfechos al saberse los primeros. ¿Estaba equivocada?

-No te enfades. No estás nada equivocada. Simplemente, me


sorprende. Eres una mujer hermosa, deseable. Me cuesta creer que
nunca hayas tenido una relación seria.

-En realidad, estuve comprometida.

-Y nunca... -comenzó Paul con tono incrédulo.

-Si conocieras a Townsend, lo comprenderías. Fue un


compromiso muy formal. Hasta que te conocí, no supe lo que
significaba la palabra deseo.

-Me alegro de haber ampliado tu vocabulario.

De pronto la voz de Paul adquirió una extraña acritud que


desconcertó a Gabrielle. No armonizaba con los dulces efectos de un
acto glorioso.

-¿Qué te pasa?

-Dime la verdad, Gaby. ¿Era sólo un experimento? ¿Decidiste


que había llegado la hora de descubrir tu sexualidad y dio la
casualidad de que yo pasaba por a11í y te parecí el tipo adecuado?

Gabrielle se incorporó, asiendo la sábana sobre sus senos. Se


sentía turbada, fría a increíblemente vacía.

-Creo que me has entendido mal. Nunca dije que no tuviera


oportunidades de acostarme con otros hombres. Dije que nunca había
tenido estas sensaciones -Gabrielle lo miró con el ceño fruncido-. Tú
las inspiras. No sé lo que significan ni sus consecuencias, pero
deseaba que sucediera porque sentía que así debía de ser. Ahora
debo preguntarme si no habrá sido un error fatal.

Paul pestañeó como si Gabrielle lo hubiera abofeteado.


Extendió la mano pero ella lo detuvo.

-Lo siento -dijo con tono compungido-. Nunca debí decir eso.
Tal vez lo dije porque me sentía culpable acerca de mis propios
motivos. Dios sabe que te he deseado desde el momento en que te
vi. Y hasta hoy tuve el juicio de no ponerte las manos encima.

-No existe ninguna razón para que te sientas culpable de tomar


lo que te ofrecía. Otro asunto es que lo hagas parecer feo y barato.
Paul, no me arrepiento de lo sucedido.

-No decías lo mismo hace un minuto.

-Hace un minuto estaba furiosa contigo por intentar estropear


algo especial.

Por fin pareció amainar la tensión de Paul. Gabrielle vio el brillo


encendido de sus ojos y lo reconoció.

-Tal vez debería intentar compensarte por mi comportamiento


anterior -susurró Paul en un tono que encendió fuego en sus venas
una vez más.

-Tal vez...
Cuando Paul despertó a la mañana siguiente, se sorprendió al
verse solo en la cama de Gaby. Durante la noche había llegado
aacostumbrarse a despertar y encontrarla acurrucada contra él.

A veces e contentó con contemplarla, dormida, embargado por


una enorme sensación de posesividad. Más a menudo necesitaba
tocarla, sentir el terciopelo de su piel calentándose bajo los
dedos. Y en más ocasiones de las que había soñado posible, ella
despertó a sus caricias, retornándolas con placer soñoliento, hasta
que acababan entrelazados en un abrazo apasionado una vez más.

Paul se estiró, se levantó y, sin molestarse en recoger su ropa


dispersa, fue en busca de Gabrielle. La oyó antes de verla. Su tono
era susurrante, con una nota de nerviosismo que nunca había oído.
Entró en la sala, donde estaba hecha un ovillo en una esquina del
sofá, hablando por teléfono. Levantó los ojos hacia Paul, y éstos se le
pusieron como platos contemplando su desnudez. El se inclinó y la
besó en la frente, luego tomó asiento junto a ella, sin sentir el menor
asomo de culpabilidad por su descarada curiosidad. Quería saber qué
provocaba la tensión de su voz, su ceño fruncido.

-Sí, papá. Todo bien, por supuesto. No tienes que preocuparte


por mí.
Paul observó cómo tragaba saliva, la turbación que coloreó sus
mejillas.

-El trabajo está bien.

Perplejo, Paul la miró fijamente. Ella desvió la mirada.

-Claro que sé que puedo contar con ustedes. Si algo anduviera


mal, les diría. Ahora tengo prisa, papá. Están llamando a la puerta.
Los llamaré la semana que viene. No, de verdad. Los llamaré yo. La
próxima vez les daré mi número de teléfono definitivo. Adiós.

Gabrielle pulsó el botón para cortar la comunicación antes


incluso de colgar el receptor. Seguía desviando la mirada.

-¿Qué era todo eso?

-Pasando el control de mis padres. Si no los llamo una vez a la


semana, se ponen como fieras. .

Ella comenzó a levantarse,

-No te vayas.

Gabrielle se recostó en el sofá con cara de culpabilidad, muy


violenta.

-Todavía no les has dicho que te despidieron, ¿verdad?

-Estabas aquí sentado. Sabes que no.

-¿Ni tu nuevo alojamiento?

Gabrielle alzó la barbilla desafiante; luego suspiró.

-Tampoco.

-Por qué?

-Se preocuparían.

-Yo tengo la impresión de que ya están preocupados.


-Si conocieras a mis padres, sabrías que jamás podrían dejar de
preocuparse.

-Entonces, ¿por qué no les dices la verdad?

-Porque comenzarían a presionarme para que volviera a casa. Y


no me gustaría.

-¿Y tienes miedo a ceder y regresar?

-Claro que no.

-Entonces, díselo. Por tu voz, he notado que la desolación


comienza a apoderarse de ti. Saca a la luz tus problemas. Hazles
saber que te encuentras bien, que estás aclarando lo que quieres de
la vida, decidiendo cuál será tu próximo paso.

-¿Y cómo lo explico?

Paul esbozó una sonrisa.

-Buena pregunta.

-Maldita sea, hablo en serio. Si descubrieran que estoy viviendo


con un hombre, no esperarían a conocer los detalles. Mi padre
aparecería aquí con una escopeta.

-¿De veras te preocupa eso? No pensarás seriamente que tu


padre me mataría a menos que fuéramos a la capilla más próxima...

-A la catedral. La hija del senador Graham Clayton sólo se


casaría en la más suntuosa catedral de los alrededores, con unas
galas que harían palidecer una bolo real inglesa.
-¿El senador Graham Clayton? -repitió Paul tartamudeando.

Graham Clayton era sinónimo de política conservadora y


defensa de las tradiciones familiares. Un tiro probablemente sería
demasiado bueno para el hombre que estaba conversando desnudo
con su hija. Quizá preferiría colgarlo de un árbol de Central Park, y no
por el cuello necesariamente.

-Creo que comprendo el problema.

Gabrielle sonrió levemente.

-Sabía que lo comprenderías.


-Pero sigo sin ver razón alguna para que mientas a tu padre. Si
descubre lo que ha sucedido antes que se lo digas, se molestará
mucho más.

-¿Y cómo podría descubrirlo? Está demasiado ocupado


manteniendo al país por el buen camino como para preocuparse de
su hija rebelde.

-¿Y si te llama a la oficina donde trabajabas?

Gabrielle lo miró fijamente con cara de pánico.

-Oh, maldita sea -musitó entre dientes.

-Obviamente, no habías considerado esta posibilidad. ¿Y si


alguna de tus amistades de aquí intenta localizarte llamando a tu
familia? No es impensable que supongan que has regresado a
Carolina del Sur.

-¿Verdaderamente, eres un saco de buenas noticias esta


mañana!

¿Por qué no has seguido durmiendo?

-Te echaba de menos. Ahora, no cambies de tema.

-No quiero hablar de este asunto.

-Muy bien, pero debes reflexionar al menos. Retrasar lo


inevitable sólo empeorará las cosas.

Paul la dejó sentada en el sofá, asomada a la ventana, mientras


él reflexionaba:

"Senador Graham Clayton". Paul no podía sacarse el nombre de


la cabeza mientras se vestía y bajaba a pintar la sala del apartamento
que pronto sería suyo. Si la última noche había complicado su
relación con Gabrielle, la revelación matinal daba un nuevo
significado a la palabra.

Podía considerarse un añadido conveniente para la familia de


un político afable de clase media cuyo nombre resultaba desconocido
fuera de su propio estado, pero no se veía dentro de la familia
Clayton más de lo que se vería en el Palacio de Buckingham.
-¿Cuántas capas de pintura piensas dar ahí? -preguntó
Gabrielle, interrumpiendo sus sombríos pensamientos.

La miró con los ojos en blanco, luego miró la pared. Sin duda
había pasado el rodillo sobre el mismo cuadrado de la pared durante
los últimos diez minutos.

-Supongo que estaba distraído.

-Espero que no estés aquí abajo lleno de pánico por el asunto


de la escopeta.

A Paul lo traicionó la expresión. Gabrielle suspiró pesadamente,


y continuó:

-Lo sabía. Sabía que en el instante en que supieras quién era mi


padre, volverías a levantar tu muralla defensiva otra vez. Hasta
puedo oír a ese cerebro tuyo pasando revista a las razones por las
que no estamos hechos el uno para el otro y magnificándolas fuera
de toda proporción.

-Debes reconocer que las apuestas son mucho más altas de lo


que había imaginado.

-¿Apuestas? Lo único que hay en juego es si nos importamos, o


no. No puedo hablar por ti, pero yo estoy enamorándome por primera
vez.

A Paul se le paró el corazón para luego latir a más ritmo.


Sacudió la cabeza con firmeza.

-No puedes hacer eso.

-¿Quién lo dice?

-Yo. No funcionará.

-Hace unas horas funcionó bastante bien.

-No me lo recuerdes.

Gabrielle se acercó a él hasta que sus alientos se mezclaron.


Paul se sentía como si estuviera sofocándose.

-Creo que debo -murmuró ella antes de enredar los dedos entre
los cabellos de su nuca.
Paul sintió un hormigueo que bajó danzando hasta... Oh,
demonios, pensó vagamente cuando Gabrielle tomó sus labios con
una posesividad que le robó el aliento, privándolo de toda prudencia.
Para ser una mujer relativamente inexperta veinticuatro horas antes,
estaba aprendiendo muy rápido.

Cuando lo soltó, Gabrielle tenía los ojos brillantes.

-Recuerda esto la próxima vez que te asalten esos


pensamientos absurdos -le dijo.

Paul se negaba a dejar que algo tan pequeño como una libido
desbocada destruyera su sentido común. Debía encontrar el modo de
recordar a Gabrielle que pertenecían a dos mundos incompatibles.
Habían compartido una isla idílica y armoniosa durante unas
semanas. Ella no sabía nada acerca de su mundo real, tan diferente
del suyo propio.

-He estado pensando -comenzó, todavía considerando diversas


formas de introducirla a la realidad-. Dentro de unos días acabaremos
este apartamento. Podíamos enseñarlo.

Gabrielle lo miró con recelo.

-¿A qué viene eso?

-Es sólo una idea. Quiero decir que por qué no hacer una fiesta.
Puedes conocer a algunos de mis amigos. Yo podría conocer a alguno
de los tuyos. Hemos trabajado duro para arreglar esta casa. Es hora
de celebrarlo.

-En circunstancias normales, sería muy lógico. ¿Por qué tengo la


sensación de que hay gato encerrado?

-¿Por qué tienes una naturaleza recelosa? -sugirió él


alegremente.

-Buenos motivos tengo. ¿Acaso intentas demostrarme algo?

-¿Qué podría querer demostrar?

Paul puso toda su atención en empapar el rodillo de pintura y


luego deslizarlo en una nueva sección de la pared. No podía mirar los
ojos de Gabrielle.

-Que combinamos tan bien como el agua y el aceite -dijo ella, y


Paul tragó saliva.
-¿Cómo iba a demostrar eso con una fiesta? -preguntó con aire
inocente-. Es sólo una reunión de gente para pasar un buen rato.

-Exactamente. Así que no pienses la ridiculez de que tus amigos


me ofenderán tan profundamente que dejaré de desearte, o que mis
amigos serán tan remilgados, que los tuyos no los tragarán. De
hecho, me atrevería a apostar que esta será la mejor fiesta que hayas
visto en toda tu vida.

Paul tenía la sensación de que había afrontado mal el problema.


Ahora Gabrielle estaba resuelta a que la estúpida fiesta fuera un
éxito, y lo haría.

CAPITULO 9

A pesar de su pretendida confianza, Gabrielle se sentía atrapa-


da y algo más que un poco preocupada. Ahora no tenía otra opción
que considerar la fiesta en cierne como un desafío. Sabía
perfectamente que Paul esperaba que fuera un desastre, incluso tal
ve lo deseara. También sabía que el futuro de ambos dependía de
alguna forma de su éxito. A la vez que la fastidiaba tener su
destino pendiente de algo tan superficial, aceptó la situación, apretó
los dientes y se dispuso a demostrar que Paul estaba equivocado.

Afortunadamente, ser la hija de un político le había dado mucha


experiencia en el papel de anfitriona, casi en cualquier tipo de
acontecimiento, desde un picnic del Cuatro de Julio en una plaza de la
ciudad hasta una cena de gala en el club campestre. Sabía entablar
una pequeña conversación con personas que no había visto nunca y
no volvería a ver jamás, dejándoles la impresión de que nunca las
olvidaría. Era sencillo convencerse de que, a menos que Paul llevara a
la fiesta a maníacos homicidas, podría mantener su aplomo.

Además, planear una fiesta para treinta personas en su propia


casa debería ser un juego de niños para ella. Había tenido buena
maestra. Su madre organizaba la diversión con la técnica de un
experto en tácticas militares. Gabrielle lo sabía todo sobre listas de
invitados, cantidades de comida y selección de vinos. Lo que no
sabía, por supuesto, eran los gustos de las amistades de Paul.

Era el factor desconocido, junto con lo que había en juego, lo


que acarreaba un poco de pánico a su plan meticuloso. Una semana
antes de la fiesta del sábado se encontró llenando un carrito del
supermercado con seis clases diferentes de cerveza porque no tenía
la menor idea de la que preferían los amigos de Paul. Compró paté y
canapés en una refinada pastelería francesa para luego, embargada
por la incertidumbre, añadir bolsas de papas fritas y galletas saladas
al menú. Sacó brillo a su cubertería de plata para luego deducir
utilizar la de Paul, de acero inoxidable. Pasó revista a su ropero y
eligió un vestido sencillo de diseño exclusivo adecuado para cualquier
ocasión; luego cambió de opinión y sacó unos pantalones vaqueros
cómodos y un suéter de punto.

A menos que le hiciera preguntas directas, Paul ignoraba por


completo los preparativos. El sábado, su contribución consistió en un
paseo a la esquina para comprar hielo, el cuál dejó en la bañera...
antes que ella se diera su baño. Cuando Gabrielle hizo una mueca de
disgusto, Paul lo sacó y lo metió en la nevera, que ya estaba hasta los
topes. Más tarde, cuando devolvió el hielo a la bañera junto con las
seis cajas de cervezas diferentes, Gabrielle lo reprendió sonriendo.

-¿Cuál es la gracia? -preguntó con el ceño fruncido, sin nada de


humor para soportar que se divirtiera a su costa.

-Podrías abrir un bar con esta variedad.

-Si hubieras hecho alguna sugerencia, no habría tenido que


comprar un poco de todo.

-Mis amigos beberán cualquier cosa que haya. ¿Los tuyos, no?

-Vete al infierno.

La velada estaba teniendo un comienzo prometedor, pensó


Gabrielle cuando daba los últimos toques a unas almejas en su salsa
con guarnición de verduras. Seguro que los invitados dispares se
llevaban mejor que los anfitriones. Distraída, partió una zanahoria por
la mitad y luego la tiró a la basura con cara disgustada.

-Gaby.

-¿Qué?

-No vale la pena sufrir un ataque de nervios.

-¿No? Tú deseas que todo el mundo se muera de aburrimiento


para luego poder decir que me lo advertiste y largarte de aquí con la
conciencia tranquila.

Paul se acercó a ella por detrás y deslizó los brazos alrededor


de su cintura. El aroma de su loción de afeitar despertó los sentidos
de Gabrielle.
-Estás confundida.

-No lo estoy -replicó, volviéndose entre sus brazos para poder


ver su expresión-. Y espero agradar a tus amigos, pero, en caso
contrario, no tendría nada que ver con lo que está sucediendo entre
nosotros. A mí me da igual la impresión que causes a mis amigos.

-¿De verdad?

-De verdad.

-¿A cuántos has invitado?

-Sólo a unos pocos. En realidad; aquí no tengo muchas


amistades íntimas. Ted y Kathy son la única pareja con la que he
intimado, y Jeff era un compañero de trabajo. Son las únicas personas
con las que he mantenido contacto. Y, pienses lo que pienses, yo no
creo ya en el viejo dicho de que puedes conocer a una persona por
sus amistades. La gente entabla relaciones y, ya puestos, se casa, por
toda clase de razones.

-Lo sé -convino Paul con un suspiro.

A pesar de las palabras tranquilizadoras, el tono de Paul no fue


convincente. La sensación de pánico asaltó de nuevo a Gabrielle
cuando se volvió para acabar de disponer en la bandeja los palitos de
zanahoria y apio. Paul salió a poner música en el tocadiscos.

Cuando llamó el primer invitado, Gabrielle se puso tensa,


preguntándose cuánto tiempo podría continuar escondida en la
cocina. Para colmo de males, se le quemaron unos quiches en el
horno porque se distrajo intentando oír cómo iban las cosas en la
sala.

Estaba a punto de llorar, rabiosa por su estúpida cobardía,


cuando Paul volvió a la cocina en busca de cervezas para los recién
llegados.

-¿Qué te pasa -preguntó él al verla.

-Se me quemaron los quiches.

-Hay comida suficiente para alimentar a todos los pobres de


Manhattan. No te preocupes por los quiches. Ven, sal conmigo.
Gabrielle sacudió la cabeza negativamente y Paul se quedó
mirándola extrañado.

-¿Por qué no? Suponía que dejarías de preocuparte de cómo te


caía la gente y simplemente disfrutarías de la fiesta. Suponía que
querías demostrarme algo esta noche.

Ella le lanzó una mirada fulminante.

-Vamos -dijo con voz firme, consciente de que había una nota
inconfundible de pesadumbre en su voz:

Una vez en la sala, Gabrielle vio que la gente parecía divertirse.


Jeff Lyons, que era guapo y simpático, estaba discutiendo de tenis
con un amigo de Paul. Ted y Kathy la saludaron con la mano desde el
lado opuesto del cuarto, donde estaba charlando con un rubio
jovencito al que reconoció como uno de los empleados de Paul. Una
hermosa mujer de pelo negro y chaqueta de cuero sobre una mini de
algodón describía con entusiasmo su última exposición a una mujer
ensimismada que lucía un Norma Kamali orginal. Como Gabrielle no
conocía a ninguna de las dos, supuso que serían amigas de Paul. A1
parecer, todo su círculo de amistades constituía una mezcla eléctrica.

Así que, pensó con el primer brote de alivio, no iba a ser tan
terrible. Tal vez hubiera tenido razón desde el principio. Se permitió
una pequeña sonrisa de triunfo antes de acercarse a presentarse a la
artista. Parecía la persona adecuada para comenzar. A1 menos
compartían el gusto por el arte.

Apenas le había dicho su nombre cuando los ojos de la artista


se abrieron con asombro.

-Así que eres tú. Me alegro mucho de conocerte al fin. Soy


Theresa. Paul me dijo que lo llevó a ver alguna de mis obras.

Una desafortunada imagen de componentes de coches y relojes


enredados acudió a la mente de Gabrielle. Sin habla, aturdida, se
quedó mirando a la bella artista.

-Sí -asintió finalmente-. Era...

Theresa soltó una carcajada.

-No te molestes en ser diplomática. Mi trabajo entra dentro de


la categoría de amarlo o despreciarlo. Tal vez, si no fuera tan contra
de la corrientes, no me pasaría la vida sin un centavo en el bolsillo
-encogió los hombros con indiferencia-. Pero, ¿qué significa el dinero
mientras mantenga intacta mi integridad artística?

-El dinero paga las facturas -interpuso la dueña del Norma


Kamali-. Quizá deberías casarte con la riqueza, como hice yo. Puedo
pintar lo que se me antoja sin tener que preocuparme del éxito
popular ni de los críticos.

-No hagas el menor caso de toda esa charla cínica -dijo


Theresa-.

Maureen también está locamente enamorada de su marido a


pesar de los millones, y sus acuarelas se venden ahora a dos mil
quinientos dólares. Por cierto, Gabrielle, Paul nos contó que eres la
responsable de la decoración aquí. Es fantástica. Verdaderamente,
tienes ojo para el color y la proporción.

Gabrielle procuró contemplar la habitación con objetividad.


Estaba mejor que antes, pero dificílmente satisfaría a un decorador
de interiores.

-Me alegra que te guste -dijo con cautela, preguntándose hasta


qué punto la mera cortesía contribuyó al cumplido.

-Me gusta de verdad. ¿Te ha costado una fortuna? Sé que soy


muy entrometida, pero, cuando vives en una cueva como la mía, esto
parece maravilloso. Daría cualquier cosa por tener un hogar como
este, pero la mayor parte de mi dinero lo empleo en material.

-En realidad, me costó muy poco.

Maureen pareció sorprendentemente impresionada.

-¿Cómo? Yo acabo de pagar una fortuna a un decorador de


interiores y los resultados no son ni la mitad de interesantes. Mi
apartamento es exactamente igual que otros veinte del Upper West
Side.

Animada por el aparente entusiasmo, Gabrielle les relató sus


andanzas por tiendas y almacenes.

-Y además fue muy divertido. Restauré los muebles yo misma.


No es precisamente un trabajo de profesional, pero resultó una
aventura descubrir to que había bajo la suciedad.

-A mí me parece un trabajo perfecto -afirmó Theresa con


entusiasmo-. Supongo que no te interesaría aceptar una cliente.
Tendrás que trabajar con un presupuesto muy limitado y deberíamos
negociar tu comisión, pero me encantaría ver lo que eres capaz de
hacer con mi casa.

La propuesta intrigó a Gabrielle.

-Exactamente, ¿qué necesitarías hacer?

-Todo -interpuso Maureen antes que Theresa pudiera


responder--. Cómo puede vivir una artista en un lugar como ese, está
más a11á de mi entendimiento. Yo pintaría con negros y grises. Por
cierto, tal vez este hecho explique tu escultura.

-Muy graciosa. Como puedes ver, Gabrielle, necesito ayuda.


Paul se ha ofrecido a echarme una mano con la pintura, pero ni
siquiera ha tenido tiempo de elegir los colores.

-Gracias al cielo -afirmó Maureen-. Su idea de la sutileza es


púrpura con naranja.

Gabrielle lanzó una carcajada.

-Supongo que podré visitar tu casa para ver si se nos ocurre


algo. Pero no es necesario que me pagues por ello. Ahora dispongo de
tiempo libre y me gusta husmear en las tiendas en busca de gangas.

-Oh, no -protestó Theresa-. Esto es un negocio. Hace falta


talento para convertir un espacio vacío, en un lugar cálido y
acogedor. Insisto en pagarte por ello.

Justo en aquel momento se acercó Jeff. Gabrielle le presentó a


las dos mujeres y luego, después de prometer que telefonearía a
Theresa, comenzó a circular, comprobando si faltaban bebidas o
aperitivos, saludando a los recién llegados. Finalmente se acercó a
Paul, que estaba conversando animadamente con Ted y Kathy. Para
su sorpresa, el tema en discusión era la construcción de
apartamentos.

-Estaba diciéndole a Paul que Kathy y yo estamos buscando un


apartamento de este tamaño -le explicó Ted después de darle un
beso-. Queremos mudarnos antes que nazca el niño.

-Pero si tienen un apartamento estupendo -protestó Gabrielle.

Paul apoyó un brazo alrededor de sus hombros, y a ella le


asombró to adecuado que resultó el gesto, la naturalidad de Paul al
hacerlo. Acaso él también estaba comenzando a relajarse con el éxito
de la fiesta. Gabrielle miró disimuladamente a Ted para medir su
reacción, pero éste parecía mucho más interesado en examinar la
calidad de la madera de la habitación.

-Un apartamento maravilloso, caro y pequeño -enmendó Kathy,


frotándose con la mano su vientre abultado-. Falta espacio para
nosotros y el bebé. No voy a trabajar hasta dentro de unos meses
después de que nazca y, con el mercado a la baja ahora mismo, no
queremos endeudarnos.

-Pueden alquilar uno de estos, si les interesa -dijo Paul.

Gabrielle lo miró boquiabierta. Ya están alquilados el segundo y


el tercer piso. Los inquilinos llegarían el primer día de diciembre. El
único apartamento que quedaba libre era el de Paul, en la planta
baja. Había insistido en trasladarse a11í la próxima semana. No
habían discutido cuál sería el arreglo después de eso. Era la primera
indicación de que Paul pensaba en realidad que debían seguir juntos.

-Puedo enseñarles el que queda disponible -se ofreció Paul, y


los ojos de Kathy se iluminaron.

-Me encantaría verlo -dijo la última.

-Pero, ¿no te parece un poco apartado del centro? -preguntó


Gabrielle, todavía pensando que un traslado que había resultado muy
beneficioso para ella podría resultar muy negativo para Ted y Kathy-.
Este no es el tipo de barrio al que están acostumbrados.

-Pero para mejor -replicó Ted-. Lo noté al venir aquí.

-Pero deberían pensar en comprar, no en malgastar el dinero en


alquileres -insistió Gabrielle, sin saber muy bien por qué se empeñaba
en poner trabas cuando a los interesados les parecía una perspectiva
tan maravillosa.

-Ahora mismo, la vivienda que nos gustaría comprar queda


fuera de nuestro alcance. Prefiero alquilar un lugar como este durante
cierto tiempo, mientras ahorramos -dijo Kathy-. Ted, vamos a verlo.

-Yo me quedaré -dijo Gabrielle, observando cómo guiaba Paul a


sus amigos.

Ella estaba en la cocina cuando regresaron. Kathy parecía muy


excitada.
-Es fantástico -declaró entusiasmada---. El segundo dormitorio
será perfecto para el bebé. Tenemos que discutirlo más
detalladamente, pero creo que lo alquilaremos -abrazó a Gabrielle-.
Ahora debo regresar a casa para acostar a este futbolista que llevo
dentro. Gracias por invitarnos esta noche. Hacía mucho tiempo que
no nos veíamos. Será formidable tener a Paul y a ti como vecinos.

-Sí -convino Gabrielle, sintiéndose aturdida ante la velocidad


con que tenían lugar los acontecimientos.

Aquella noche se habían tomado decisiones que no se le


consultarón y que ni siquiera podía comenzar a comprender.

No tuvo ocasión de volver a pensar en la perspectiva de tener a


Ted y Kathy como vecinos hasta que se fue el último invitado. Paul se
acomodó en el sofá.

-Siéntate conmigo -dijo.

-Quiero arreglar un poco la casa.

-Eso puede esperar. Quiera hablar contigo.

Suspirando, Gabrielle se acercó y Paul la puso sobre su regazo,


rodeando con los. brazos su cintura. La sensación de pertenecerse,
más familiar cada vez, asaltó a Gabrielle cuando se recostó sobre su
pecho.

-Creo que ha sido una fiesta magnífica -dijo Paul, acariciando su


vientre con dedos errantes.

-Entonces, ¿por qué esa cara, Gaby? Suponía que estarías loca
de contento. Me agradaron tus amigos. Te agradaron los míos. ¿Qué
más quieres?

-Supongo que tienes razón.

Paul la besó en la nuca.

-Entonces, ¿cuál es el problema?

-¿Cómo puedes alquilar el apartamento a Ted y Kathy? -explotó


al fin-. Es inadecuado por completo para ellos.

-¿Cómo puedes afirmar algo así? Quieren dos dormitorios Tiene


dos dormitorios. Pido un alquiler moderado. El bebé podrá incluso
jugar en el jardín.
Unas lágrimas inesperadas inundaron los ojos de Gabrielle.

-Qué suerte la suya -murmuró.

-¿Gaby! ¿No quieres que vivan aquí? -preguntó un Paul confuso,


consternado-. Son amigos tuyos. Pensaba que te encantaría tenerlos
aquí.

-No es eso -replicó ella, sabiendo que estaba farfullando


incoherencias, pero sin saber cuál era el problema exactamente.

-Se suponía que debía ser tu apartamento -concluyó al fin.

-Comprendo. No me había dado cuenta de las ganas que tenías


de que me mudara abajo.

-Tampoco es eso.

-¿Te sientes molesta porque imaginé que desearías que me


quedara aquí contigo?

-No. Es... es el jardín.

Al pronunciar las palabras, sintió el más absoluto de los


ridículos, pero sabía que era cierto. Adoraba el jardín.

-¿Qué? -exclamó Paul, visiblemente desconcertado.

-Quería que fuera nuestro.

-Es nuestro.

-No. Será suyo.

-¿Querías que nos mudáramos abajo?

Gabrielle esbozó una sonrisa nerviosa.

-Estúpido, ¿verdad? Supongo que eso es lo que deseaba.


Arreglamos juntos ese apartamento. Yo elegí la pintura y la formica
para la cocina, puse la arena de los suelos. Lo consideraba nuestro.

-Pero también arreglamos este. Pensé que preferías quedarte


aquí. Siempre puedo decir a Ted y Kathy que prefiero alquilarles este.
-Eso es una ridiculez. Este es un apartamento absolutamente
maravilloso, y tienes razón, lo hemos arreglado como queríamos...
excepto por la bañera en la cocina, esto es. Y Kathy así no tendrá que
subir la interminable escalera.

-¿Quieres decir que te parece bien si se lo alquilamos?

-Sí.

Paul le acarició el vientre con dedos más posesivos.

-Me alegra que te importe dónde vivimos -murmuró-. Pero la


cuestión principal es que vamos a seguir juntos. Debo reconocer que
esta noche hemos dado una gran paso.

Sí, decidió ella, concediéndose un sentimiento de satisfacción


por fin. Algo había surgido de aquella noche. Estaban juntos, más
atados que nunca.

-Tuve una conversación con tu amiga Theresa -le informó-.


Quiere pagarme a cambio de ayudarla a decorar su casa.

-Eso es magnífico. ¿Piensas hacerlo?

-Decidí que podía ser divertido. Al menos, será una distracción


hasta que aclare mis ideas.

-Tal vez sea esto lo que deberías hacer por el resto de tus días
-sugirió Paul lentamente, como intentando atraer su atención-. Te
divierte. Eso es esencial.

-No seas bobo. Es sólo un negocio casual. Impedirá que me


vuelva loca hasta que encuentre un trabajo de verdad.

-Puede ser -convino Paul con una expresión esperanzada en los


ojos que ella no había visto nunca.

-¿Crees firmemente que esta podría ser la respuesta para mí,


verdad?

-Reflexiona sobre ello. Parecías completamente feliz cuando


arreglábamos este lugar. Te excitabas cada vez que descubrías un
tesoro oculto en algún anticuario. ¿No debería cumplir estos
requisitos cualquier trabajo? ¿Divertir y proporcionar dinero a la vez.

-Pero esto para mí es sólo una afición.


-Sólo porque tú lo consideras de esa manera. No hay razón para
que sólo sea una afición. Además, podría ser beneficioso para ambos.

-¿Qué quieres decir?

-Es algo que podríamos hacer juntos. Sería lo más natural. Tú


podrías pensar algún nombre llamativo para el negocio, imprimir unas
tarjetas. Cuando hago reformas, siempre me preguntan si conozco a
algún decorador que no les cobrara un ojo de la cara. Podríamos
especializarnos en reformas a módico precio, pero con estilo.

-Tal vez tengas razón. Nos pondríamos al mismo nivel -observó


Gabrielle pensativamente, sin percatarse de la repentina tensión de
Paul.

-¿Qué quieres decir?

-Pondría fin a esa estupidez tuya acerca de que soy mejor que
tú.

Paul la apartó a un lado y se puso en pie, con expresión furiosa.

-Maldita sea, no lo comprendes, ¿verdad?

-¿Qué te pasa? -preguntó ella, viéndolo pasear de un lado a otro


y alisarse el pelo.

-¿No puedes entender que no tiene nada que ver estar al


mismo nivel económico? Quiero que seas feliz. Si volver a una firma
de agentes, trabajar a todas horas y cultivar una úlcera a cambio de
un buen sueldo te hace feliz, hazlo. Podré soportarlo, aunque ganes
diez veces más que yo. Te amo, Gabrielle. No tengo la menor
intención de ser tu dueño.
Sin aliento, los ojos muy abiertos, Gabrielle lo miró.

-¿Me amas?

Paul interrumpió su caminar y la miró fijamente.

-Creo que sí.

Una sonrisa afloró lentamente en la faz de Gabrielle. Aquella


sensación cálida, que la derretía, causaba estragos en sus sentidos.

-Entonces, ¿por qué estás ahí de pie cuando podrías estar aquí
abrazándome?
Después de una vacilación tan prolongada que Gabrielle llegó a
temer que estaba pensándolo dos veces, Paul por fin volvió a su lado.
Cuando los labios de él apresaron los suyos, Gabrielle intuyó que
pronunciar las palabras no les aseguraba un futuro sencillo, pero era
un comienzo. Con los sentimientos al descubierto, podían comenzar a
tomar decisiones respecto a lo que más les convenía, no como
individuos, sino como pareja. Era poco probable que siempre
estuvieran de acuerdo, pero estaban comenzando a conocer el arte y
las compensaciones de la comunicación y el compromiso.

Por el momento, como quiera que sea, sentía en sus labios la


boca cálida y ansiosa de Paul y los problemas que pudieran surgir en
el futuro ocupaban el rincón más remoto de su mente.

CAPITULO 10

Gabrielle descubrió que decorar el apartamento de Theresa


constituía un desafío completamente diferente al de seleccionar el
mobiliario para su propia casa. La personalidad turbulenta de la
artista requería colores más vibrantes, elementos menos
convencionales. La búsqueda de los componentes adecuados la llevó
a descubrir aún más establecimientos que almacenaban mobiliario
barato de segunda mano, retazos de alfombra, incluso antigüedades
deterioradas, sin restaurar.

Cada día regresaba a casa agotada, pero llena de entusiasmo.


Las uñas de las manos, en otro tiempo perfectamente manicuradas,
ahora debía llevarlas cortas, sin pintar. No era extraño verla con la
nariz o las pestañas manchadas de pintura. Rara vez se ponía algo
más elegante que unos vaqueros. Casi siempre llevaba el pelo
recogido con una simple trenza. No conseguía librarse de unas
punzadas constantes en los brazos, debidas al transporte de sus
tesoros para repararlos y luego llevarlos a la casa de Theresa.
Exhaustos por igual, Paul y ella peleaban por las noches disputándose
el agua caliente, acabando la mayoría de las veces compartiendo la
vieja bañera y una botella de vino mientras comentaban los avatares
del día. Jamás se había sentido menos sofisticada ni más dichosa.

Una noche, Paul la encontró ya sumergida entre las burbujas, la


cocina iluminada por los suaves colores de una hermosa lámpara
Tiffany a cuya limpieza había dedicado Gabrielle toda la tarde.

-Me gusta este ambiente -susurró Paul, deteniéndose en la


puerta.

Gabrielle sintió un cosquilleo en la piel sólo de ver el brillo de


sus ojos.
-Ven conmigo -sugirió.

Sin dejar de mirarla un solo instante, dejó en el suelo la caja de


herramientas y comenzó a desnudarse. El chaquetón de cuero cayó
primero, seguido por la camisa de franela. Entresacó la camiseta de
los vaqueros y la lanzó sobre la cabeza, revelando su ancho pecho,
cubierto por una alfombra .,e vello negro y rizado. Luego se quitó las
botas de trabajo, los calcetines. Sus dedos se detuvieron en el cierre
de los vaqueros; sus ojos risueños, la provocaron con deliberada
parsimonia.

Gabrielle bebió un sorbo de vino y lo observó con el corazón


palpitante.
Aquel hombre era impresionante. Se preguntó si alguna vez
llegaría el día en que verlo no encendería llamaradas de deseo en su
interior. Por fin, Paul se quitó los pantalones, luego los calzoncillos.
Ella temió que no volvería a respirar jamás.

Paul se deslizó dentro de la bañera, extendiendo las piernas


junto a las de Gabrielle en una caricia íntima. Entre las burbujas
bailaron destellos de luz rosas y azules.

-¿,En dónde encontraste la lámpara?

-Hum? -murmuró ella, poco dispuesta a entablar una


conversación impersonal.

-la lámpara -repitió él sonriendo.

Gabrielle procuró dominar su imaginación desbordante, la cual


estaba muy lejos de las lámparas.

-Cerca del Bowery -contestó, con la voz aún susurrante, y Paul


la miró horrorizado.

-Gaby, no quiero que andes por esa zona.

- Es bastante segura durante el día, y ciertamente no es mucho


peor que este barrio.

La independencia porfiada de Gabrielle había constituido una


fuente frecuente de pequeños disgustos para él. Aunque se había
dado cuenta de que sus objeciones sólo servían para empeorar las
cosas. Gabrielle contuvo una sonrisa cuando él se guardó más
consejos protectores.
-¿,Nos quedamos con la lámpara? -preguntó Paul por fin, dando
por zanjada la discusión-. No va con las otras cosas que compraste
para Theresa y tampoco con lo que tenemos aquí, pero el precio era
demasiado bueno como para dejar pasar la ocasión.

Tal vez se deba a que le faltan algunas piezas de cristal.

Para ser un hombre que había comprado un edificio en ruinas,


tenía muy poca vista cuando se trataba de sus descubrimientos.

-Pues claro, pero la semana pasada conocí a una mujer que


trabaja el cristal esmerilado. Creo que me ofrecerá un buen precio.
Mañana voy a llevársela.

-Y luego, ¿que?

-La tendré por si la necesito.

Paul sonrió.

-Necesitarla, ¿para qué?

Gabrielle le tiró agua con el pie.

-No me agobies. Todavía no he tomado una decisión respecto al


negocio.

-¿No?

-Paul, tal vez nunca más quiera contratarme alguien sólo para
comprar en tiendas por él.

-Ahora mismo yo tengo un cliente que está interesado -afirmó


él con indiferencia, mirando los reflejos de colores en el techo como si
la respuesta de Gabrielle le importara un pimiento-. Si no estás muy
ocupada. Le dije que tienes mucho trabajo.

Gabrielle sintió instantáneamente una gran curiosidad, justo lo


que Paul esperaba. Ella deslizó el pie sobre su pecho para atraer su
atención.

-Muy bien, no te pares ahora, rata. ¿Qué es? Cómo es la casa?


¿En qué clase de decoración está interesado? ¿Qué presupuesto
ofrece?

Paul la miró fingiendo asombro.


-Parece que, después de todo, te interesa.

-No sonrías. Hablaré con él.

-No sólo con él, Gaby. ¿No crees que ha llegado la hora de
bautizar este negocio a imprimir unas tarjetas? Seguro que hasta las
repartirían en las tiendas donde sueles comprar.

Gabrielle consideró la posibilidad detenidamente. La idea


comenzaba a atraerla más de lo que se atrevía a reconocer.

-Quizá algunos vendedores me hagan ese favor.

-Entonces, ¿por qué dudas? ¿Temes fracasar? Tienes una


mente muy despierta para los negocios. Debes ver que la
oportunidad está ahí, al alcance de la mano si quieres. Ofrecerías un
servicio único, y estoy convencido de que Theresa hablará a todas
sus amistades de tu trabajo, y yo tengo un montón de clientes que
estarían encantados ante la posibilidad de tener decorada la casa a
un precio razonable.

-Supongo que tienes razón, pero, ¿y si me aburre el trabajo


después de cierto tiempo, como me ocurrió en Wall Street? Hasta
ahora ha sido divertido, pero sólo he decorado nuestra casa y la de
Theresa.

Paul atrapó uno de sus pies y le besó los dedos. Le dio un


masaje que acabó con las últimas trazas de entumecimiento y los
besos levantaron oleadas de calor que recorrieron su interior. Era una
sensación deliciosa.

-Pues, si llega a cansarte este trabajo, siempre puedes hacer


otra cosa -dijo Paul cuando ella ya casi había olvidado el asunto-. La
inversión de capital no sería un riesgo en este caso. ¿Cuánto pueden
costar la tarjetas? No necesitas buscar despacho, ni siquiera un
vestuario elegante. Los gastos serían mínimos.

-Mis padres...

-No tienen nada que ver con esta decisión -la interrumpió con
firmeza-. Además, ¿no desean que seas feliz? Probablemente se
emocionarán de alegría al saber que has emprendido tu propio
negocio.

Gabrielle albergaba sus dudas respecto a este tema.


Probablemente aprobarían que abriera una tienda de antigüedades
discreta y exclusiva en el centro del viejo Charleston. Pero se morirían
de vergüenza si la vieran husmeando por los barrios sórdidos que
frecuentaba en busca de artículos de ocasión. Probablemente,
también contratarían un guardaespaldas para ella.

Pero no podía vivir su vida como si perteneciera a sus padres.


Lo supo cuando dejó el hogar en Carolina del Sur y ahora no era
menos cierto. Finalmente, dio rienda suelta a la excitación que había
ido creciendo en su interior desde que comenzaron a discutir la idea.
Dedicó una amplia sonrisa a Paul.

-Adelante.

-¿Te refieres al negocio? -preguntó Paul, acariciándole las


piernas, ascendiendo lentamente.

-Y a eso también -susurró ella, expresando su repentino deseo.


-¿Te agradaría discutir los detalles? -preguntó Paul, acariciándole la
parte posterior de las rodillas.

-Más tarde.

-Chica lista. Es bueno saber que tus prioridades guardan su


orden ahora que vuelves a los negocios -afirmó Paul, alzándola entre
sus brazos y encaminándose hacia el pasillo.

Gabrielle estaba demasiado distraída secándole los hilos de


agua que resbalaban por su cuello como para replicar.

La Segunda Oportunidad", a pesar de ciertos entretenimientos


personales que de cuando en cuando tuvieron preferencia, resultó un
negocio floreciente. Paul y Gabrielle tenían más trabajo del que
podían realizar. Las comisiones no eran altísimas, pero la tremenda
satisfacción la compensaba, y trabajar con Paul la hizo respetarlo bajo
una nueva perspectiva, por su talento profesional. Paul trabajaba a
conciencia, meticulosamente, y sus clientes lo apreciaban.

A nivel personal, sus vidas se fundieron tan inmensamente, que


Gabrielle no podía concebir un futuro sin él. Había encontrado en el
lugar más insospechado su compañero ideal, un hombre fuerte,
cariñoso, un apoyo. Una mañana temprano todavía estaba entre los
brazos de Paul cuando recibió una llamada angustiada de Ted.

-¿Qué ocurre? -preguntó de inmediato-. No puedo entenderte.


Habla más despacio. ¿Se trata de Kathy?

-No. Se trata de ti. Vas a matarme.


El pánico de Ted la puso muy nerviosa, pues era el hombre más
tranquilo que conocía.

-Por favor, ¿te importaría decirme simplemente qué ha pasado?

-Tus padres.

Oh, demonios.

-¿Qué pasa con mis padres?

-Están aquí.

-¿Aquí? ¿En Nueva York? -preguntó ella consternada.

-Si, en Nueva York. De hecho están en esta oficina. Llegué hace


unos minutos y ya estaban esperándote.

-¿A las siete y media?

-Gabrielle, solías venir a trabajar a las siete. Esperaban


encontrarte aquí.

-¿Qué les dijiste?

-Todavía nada, excepto que intentaría localizarte. Nadie se ha


atrevido a explicarles que ya no trabajas aquí.

A Gabrielle se le hizo un nudo en la garganta y tragó saliva.

-¿Crees que se lo habrán figurado?

-Todavía no, pero están comenzando a sospechar que algo no


anda bien. Tu padre está paseando de un lado a otro con una cara
que ya había visto en otra ocasión, cuando perdió la votación sobre
ese decreto de higiene pública. No puedo entretenerlos mucho más
tiempo. Quieren que les dé tu teléfono.

Paul había guardado silencio hasta entonces, pero ahora le


quitó el receptor.

-Ted, ¿cuál es el problema?

Entretanto, Gabrielle recogió las piernas contra su pecho,


entrelazó los brazos alrededor y se estremeció sin poderlo evitar.
Apenas escuchaba mientras Ted explicaba a Paul la situación. Su peor
pesadilla se había hecho realidad. Debería haber contado a sus
padres semanas atrás lo sucedido. Podría haberles escrito una carta.
Podría haber hecho cualquier cosa excepto lo que había hecho:
ocultarles la verdad.

-Muy bien, envíalos aquí -estaba diciendo Paul justo cuando


volvió a centrar la atención en la llamada.

-¡No! -gritó arrebatándole el teléfono-. Ted, no es posible que


vengan aquí. Diles que nos reuniremos en el Waldorf, en el Plaza, o
donde quieran dentro de una hora. Debo explicarles algunas cosas.

-Puedes hacerlo aquí -interpuso Paul.

Gabrielle pestañeó al ver la expresión amenazadora de sus


ojos, la mandíbula tensa, pero en este tema no podía ceder. No podía
correr el riesgo de que sus padres descargaran en él su cólera y
consternación, de que desdeñaran la vida compartida por ellos.
Cuando les explicara lo bien que le iban las cosas ahora, lo
enamorada que estaba, tal vez darían su aprobación. No eran ogros
insensibles. Asiendo el teléfono con tanta fuerza que le dolió la mano,
Gabrielle insistió.

-Diles que me reuniré con ellos donde quieran dentro de una


hora. Se decidieron por la cafetería del Plaza, a las nueve. Ella colgó,
más nerviosa de lo que se había sentido nunca. Ni siquiera el anuncio
de su partida a Nueva York la había asustado tanto.

-Si lo haces así, no tendremos ninguna oportunidad -señaló


Paul.

-Es la única forma. Debo prepararlos.

-¿Para qué? ¿Para tu gran caída en la vida? ¿Para conocerme?

-No quería decir eso -replicó Gabrielle, sintiéndose muy


desgraciada.

-¿Qué querías decir entonces? Tu actitud es exactamente la de


alguien avergonzado de su vida.

Gabrielle miró los ojos de Paul y comprendió lo que sentía.

-Por favor, intenta comprenderlo. Sólo quiero que sea perfecto


cuando te conozcan. Les explicaré todo y luego los invitaré a cenar
aquí esta noche. ¿Te parece?
Paul asintió de mala gana.

-Supongo que no me queda otro remedio.

Ella deslizó los brazos alrededor de su cintura y apoyó la cabeza


en su pecho.

-Te amo con locura -murmuró, y Paul suspiró pesadamente.

-Lo sé, Gaby. Sólo que no estoy seguro de que eso baste.

Gabrielle entró en el Plaza con la cabeza alta, erguidos los


hombros. Sólo que un ejército de mariposas había invadido su es
Estómago.

Divisó a sus padres de inmediato. El cabello gris acerado de su


padre y la postura erguida, demasiado formal, eran inconfudibles. Su
madre parecía una encantadora muñeca a su lado. Estaba dando al
senador palmaditas con la mano, gesto familiar que normalmente
indicaba que estaba a punto de explotar y ella procuraba calmarlo.
Cuando vio a Gabrielle, la elegante señora suspiró aliviada.

-Gabrielle, cariño, por fin.

Gabrielle se inclinó para besar a su madre.

-Llego antes de la hora -dijo en respuesta a la crítica implícita.

Automáticamente se sintió regresar a la edad de seis años


y se esforzó en dominar los nervios.

-Ya conoces a tu padre. No tiene nada de paciencia. Se puso


como una fiera cuando anoche al llegar se dio cuenta de que no
podríamos dar contigo hasta hoy. Luego, cuando no te
encontrábamos en la oficina, bueno... gracias al cielo nos atendió ese
joven tan amable.

-Ted.

Gabrielle miró a su padre y vio la mirada llena de cariño que


ponía contrapunto al ceño fruncido. Le dio un beso.

-Hola, papá. ¿Por qué no me avisaron de que vendrían?

-¿Cómo demonios *íbamos a avisarte?


-Lo siento, papá -dijo Gabrielle, sentándose, y tomó la carta-.
¿Han pedido ya? Estoy muerta de hambre.

-No, cariño. Estábamos esperándote.

-¿Por qué no estabas en la oficina, Gabrielle? -inquirió su padre.

Ella se había preguntado cuánto tiempo tardaría su padre en ir


al grano, pero allí no se sentía preparada para la pregunta.

-Te han despedido, ¿verdad? -dijo él cuando no respondió.

-Sí -asintió Gabrielle sosteniéndole la mirada.

Así que ya estaba hecho. En los próximos minutos quedaría


decidido si era una mujer independiente y madura o una cobarde.

Su madre dejó escapar un gemido.

-Cariño, ¿por qué no nos dijiste nada? Te habríamos ayudado.


Tu padre tiene contactos, estoy segura.

-No quería recurrir a los contactos de papá. Sabía que podía


solucionar las cosas sola.

-Pero, ¿qué dinero estás ganando? Por eso te has mudado,


¿verdad? Te estabas quedando sin dinero. Oh, por todos los cielos,
Gabrielle, no estarás viviendo en algún lugar horrible forrado de
cucarachas, ¿verdad?

Gabrielle sonrió a su pesar.

-No. En realidad, vivo en un apartamento muy acogedor. Es un


edificio reformado de Brooklyn.

Su madre palideció. Había tenido problemas para aceptar


Manhattan. Brooklyn estaba más allá de lo imaginable para ella.
Ninguna de sus amistades había visitado Brooklyn. Rara vez llegaban
más a11á del Plaza o la Quinta Avenida.

-¿Es seguro? -preguntó su padre al instante.

-Lo suficiente. Y... -no se atrevía a mirarlo a los ojos-. Y


comparto el apartamento con otra persona.

-¿Una agente?
-No.

-¿Alguna de tus amigas del colegio? -preguntó su madre


esperanzada.

-No. Alguien que conocí aquí -ya que había llegado tan lejos,
muy bien podía seguir adelante-. Es un hombre y estoy muy
enamorada de él. Es contratista de obras. Reforma casas.

-Oh, santo Dios -exclamó su madre, con auténtico aspecto de


estar a punto de desmayarse, y Gabrielle le aconsejó beber un sorbo
de agua-. Estoy bien, cariño. Sencillamente, es una gran sorpresa
para mí.

-Una conmoción más bien -refunfuñó su padre-. ¿Quién es ese


hombre? ¿Qué sabes de él? Espero que habrás comprobado que es de
buena familia. Una mujer de tu posición nunca se preocupa bastante,
Gabrielle. Sería típico que algún buscavidas de ciudad intentara
aprovecharse de ti si supiera quién es tu padre.
-En realidad, Paul ni siquiera ha sabido hasta hace muy poco
que eras mi padre. Y no se puso loco de alegría al saberlo.

-¿Qué? -exclamó su madre horrorizada-. ¿Por qué no?

-Porque es un hombre maravilloso, sensible. Pensó que no les


agradaría porque no es rico y poderoso. Les agradecería muchísimo
que me ayudaran a demostrarle que se equivoca. Me gustaría que
vinieran a cenar esta noche.

-Puedes olvidarlo -dijo su padre-. No tolero que convivas con un


hombre, sea cual sea su situación financiera, sin casarte. Va contra
todos mis principios.

-No te estoy pidiendo la bendición, papá. Es lo que quiero.


Puedes aceptarlo, o no; de ti depende. Lo comprenderé si piensas que
te colocaría en una situación incómoda.

-Vamos, Gabrielle -balbuceó su madre, instintivamente dando


palmaditas en la mano a su marido-. Tu padre está preocupado por ti,
no por su carrera política.

-Entonces, vengan esta noche, por favor. Creo sinceramente


que les gustará Paul, si le dan una oportunidad.

-¿Te mantiene? -preguntó su padre de sopetón:

Gabrielle se tragó la rabia y contestó con diplomacia.


-No, papá. Llevamos un negocio entre los dos.

-¿En qué clase de negocio podrías asociarte tú con un


contratista de obras?
-Se los contaremos esta noche. ¿Vendrán?

La señora Clayton dirigió una mirada suplicante al senador.

-Por favor...

El suspiró pesadamente.

-Muy bien. Allí estaremos -concedió al fin, obviamente de mala


gana.

Pasada la impresión producida por las noticias, estuvieron el


resto del desayuno poniendo al día a Gabrielle sobre los chismes de
Charleston. Ella les dio su dirección y luego regresó a casa para
preparar una cena con la que esperaba poner a su padre en una
actitud más receptiva.

Tal vez hubiera sido mejor, decidió más tarde, echar un


tranquilizante en su plato. Desde que sus padres cruzaron el umbral
de la puerta, la tensión era tan tangible que se habría necesitado un
hacha para cortarla. La exagerada formalidad sofocaba a Gabrielle.

Sus padres calificaron su casa de "pintoresca" pronunciando la


palabra con un respingo levemente desdeñoso. Paul felicitó a su
padre por una reciente victoria en el Senado. Se trataba de una
enmienda con la que Paul estaba en completo desacuerdo, pero se
calló sus opiniones. Sus madre encontró a Paul "encantador". Esto lo
dijo arqueando las cejas con sutileza, algo que supuestamente sólo
debía ver su padre. Por supuesto, Paul también lo vio y frunció los
labios con la tensión a flor de piel. Y entonces llegaron los
comentarios bastante menos sutiles sobre Townsend, lo deprimido
que estaba por la ruptura del compromiso, su porvenir prometedor,
las muchas veces que su familia les preguntaba por ella.

El golpe definitivo sobrevino cuando insinuaron que ella


pensaba regresar a casa para quedarse. Era como si no hubieran
escuchado una sola palabra de lo que les había explicado por la
mañana.
-No pienso volver a casa. Creo que lo dejé muy claro esta
mañana -dijo, consternada y rabiosa por el rotundo rechazo a su vida
con Paul.

-Pero, cariño, no puedes seguir viviendo de este modo -replicó


su madre, doblando su servilleta con gestos nerviosos.

-¿De qué modo habla, señora Clayton? -preguntó Paul.

Gabrielle percibió la furia contenida en su voz, esperó la


explosión. Su madre, sin embargo, no había sido en balde la mujer de
un político durante treinta años.

-Paul, no es que no apreciemos que des a Gabrielle alojamiento


-dijo, reduciendo de inmediato la posición de aquél a la del buen
samaritano-. Ni tampoco pensamos que tu casa no sea acogedora. El
arreglo es muy interesante.

-En realidad, su hija es la única responsable de la decoración


-afirmó él con evidente orgullo-. Está convirtiéndose en una
decoradora de éxito.

Su madre se quedó perpleja. Gabrielle dirigió una mirada de


culpabilidad a Paul.

-No les había hablado aún del negocio.

-Ya veo -replicó él en tono derrotado.

Gabrielle no sabía cómo tranquilizarlo. Escuchaba las


afirmaciones autoritarias de su padre, los débiles intentos de su
madre por serenar a todo el mundo, y veía a Paul esforzándose para
conservar la calma.

-Creo que lo mejor será que me vaya ya -dijo Paul finalmente-.


Estoy seguro de que hay muchas cosas que preferirán discutir sin la
presencia de un desconocido.

-Paul -protestó Gabrielle, observando impotente cómo tomaba


su chaqueta y se encaminaba hacia la puerta.

-Hablaremos después -dijo con sequedad-. Buenas noches,


señores Clayton.
-¿Cómo se han atrevido? -preguntó Gabrielle en cuanto
desapareció.
-¿De qué hablas, cariño? -replicó su madre, aparentemente con
verdadera inocencia.

-Se pasaron toda la cena menospreciando a Paul.


Menospreciándonos a los dos. Cuando Paul mencionó nuestro
negocio, ni siquiera se dignaron preguntar por él. Acabarán de
confirmarle lo que él siempre temió, que no es bastante bueno para
mí -sofocó un gemido-. Pues bien, están equivocados. Es mejor que
cualquiera de ustedes dos.

Su madre dejó escapar un gemido, sofocada. A su padre,


Gabrielle nunca lo había visto tan furioso.

-Jovencita, debes disculparte de inmediato por lo que nos has


dicho.

-No. Han sido imperdonablemente rudos con el hombre que


amo.

-Cariño, nosotros nunca hemos tenido intención de ofender a


Paul.

-Gabrielle lo sabe -afirmó su padre-. El hombre debe


comprender que sólo estamos asegurándonos de tu bienestar. Ahora
Townsend...

-No quiero oír una sola palabra más acerca de Townsend.


Acabas de decir que desean lo mejor para mí. ¿No se le ha ocurrido a
ninguno de los dos que ahora tal vez tengo lo mejor para mí Nunca
me he sentido más feliz. Amo a Paul; y espero que él me quiera lo
suficiente como para perdonar su conducta. Ahora mi vida está aquí,
no en Charleston, y mucho menos con Townsend.

-Gabrielle, hija mía -dijo su padre, tomando una de sus manos-.


Tu madre y yo sencillamente nos preocupamos por ti. Esto no es lo
que habíamos imaginado para ti.

-Tampoco lo que me imaginaba, pero Paul es lo mejor de mi


vida. Jamás he sabido algo con tanta certeza. Consideré la vida que
tenían planeada para mí, casada con Townsend, perdiendo los días en
actividades soporíferas, previsibles. Y entonces decidí luchar por otra
vida. Yo siempre sentía envidia cuando lo veía salir a trabajar cada
día, mientras mamá se quedaba en casa.

-Pero a mí me encanta estar en casa ---protestó su madre.


-Lo sé -dijo Gabrielle con más suavidad-. Y supongo que esto es
lo que todos debemos saber. Todos tenemos derecho a buscar
nuestra propia felicidad, dondequiera que se halle. Y la mía se halla
con Paul, con el negocio que hemos emprendido.

-¿Estás segura de esto, pequeña? -preguntó su padre,


apretándole la mano, buscando una respuesta en sus ojos.

-Por completo.

-Entonces sospecho que no me queda sino conformarme.


Esperaremos contigo a que regrese y le explicaremos que nos
equivocamos. Una cualidad de su padre. Cuando lo convencían de
alguna cosa, prestaba su apoyo incondicional. Gabrielle se puso en
pie y le dio un beso.

-Gracias, papá, pero creo que lo mejor es que estemos solos.


Los llamaré por la mañana. Quizá podamos vernos otra vez antes que
se vayan.

-Nos encantaría -dijo su padre-. Me gustaría conocer mejor a


este hombre que amas. Debe tener algo muy especial para que lo
quieras tanto.

-Lo tiene, papá. Muy especial.

Su padres partieron entre nuevas disculpas, pidiendo a


Gabrielle que contara con su apoyo para cualquier proyecto que
pudieran tener.

Quedaba sin decir el mayor temor de Gabrielle: que las


disculpas podían llegar demasiado tarde, que tal vez Paul no volviera
jamás con ella.

CAPITULO 11

Paul vagó sin rumbo fijo un rato, luego subió a su coche. Tenía
el estómago revuelto. No podía pensar con claridad. Sólo una vez en
la vida se había sentido tan perdido, derrotado y furioso. Fue cuando
Christine Bentley y él estuvieron bajo un cielo estrellado y ella lo miró
perpleja, riéndose de su proposición. Se había sentido estúpido y
desde aquella noche humillante evitó toda situación en que otra
persona pudiera ponerlo en desventaja.

Hasta Gabrielle. Hasta que una hermosa y vulnerable mujer


apareció y to convenció de que podrían superar cualquier obstáculo
juntos. Pero no este, pensó irritado. Sus padres lo habían tratado
igual que habrían tratado a un criado. Peor aún, él lo había permitido,
lo cual no decía mucho respecto a su personalidad o su propia estima.
¿Lo respetaría Gabrielle después de eso?

Sin darse cuenta de lo que hacía, puso rumbo a Long Island. Tal
vez encontrara una respuesta en el paseo. Tal vez necisitara enlazar
los dos fracasos para alejarse de Gabrielle con el orgullo intacto.

Sólo estaba seguro de una cosa: debía marcharse. No quería


ver a Gabrielle sometida a continuas presiones como las de la cena.
No era justo esperar que ella renunciara a tantas cosas por vivir con
él. Debería regresar con Townsend, disfrutar de las ventajas que
podría tener en Charleston.

Cruzó la entrada de la finca Manford y se dirigió hacia la casa


de sus padres sin desviar la vista una sola vez hacia la manisón
principal. Las luces estaban encendidas; probablemente su madre
estaría tejiendo mientras su padre dormitaba en la mecedora con un
libro abierto sobre el pecho. Observó por la ventana la escena familiar
y sonrió. Le proporcionó una extraña sensación de continuidad.

Llamó a la puerta y oyó la exclamación de sorpresa de su


padre.

-¿Qué ha sido esto?

-Yo contestaré, John. Ponte los zapatos -su madre entreabrió la


puerta y se asomó por la rendija-.

¡Paul!

Su cara redonda y arrugada se iluminó de emoción. Estrechó a


Paul entre sus brazos cariñosos. Olía a polvos de talco y tenuemente
a canela. Tal vez hubiera hecho un bizcocho para el desayuno de los
Manford, pensó, recordando lo mucho que le gustaban a Christine. De
pequeña, solía robar un pedazo y luego lo compartía con Paul,
sentados en el refugio de madera que el padre de este último les
había construido en un roble gigantesco.

Su padre se puso en pie, moviéndose con más lentitud de la


que recordaba Paul. Años de arrodillarse en terrenos fríos y húmedos
agarrotaban sus rodillas.
-Chico, ¿qué te trae por aquí a esta hora? ¿Todo anda bien?

-Dale un minuto para aterrizar -dijo su madre-. Vamos a la


cocina. Acabo de hacer un bizcocho. Haré un poco de café y lo
comeremos.
-¿Qué dirán los Manford mañana, si nos comemos su desayuno?
-preguntó Paul.

-Tendrán cereales. En cualquier caso, le sientan mejor al señor


Manford -le explicó su madre con una sonrisa de complicidad.

Pocos minutos después estaban sentados a la mesa como


cientos de veces en el pasado. Allí se tomaban siempre las decisiones
familiares, entre buena comida y cariño.

-¿El trabajo va bien? --preguntó su padre con cautela.

-Sobre ruedas, papá. Tengo más encargos de los que puedo


aceptar -Paul vaciló antes de continuar-. Ahora trabajo a medias con
alguien.

-¿Sí?

Entonces comenzó a hablarles de Gabrielle y su negocio, de los


trabajos que habían hecho, del talento y entusiasmo de aquélla.
-Parece que es algo más que un socio profesional, ¿me
equivoco?-afirmó su madre con increíble perspicacia-. Te has
enamorado

Paul esbozó una triste sonrisa.

-¿Así de claro?

-Para mí, sí. No vienes a casa a hablar de amigos superficiales


con ese brillo especial en los ojos. No te había visto así desde...

Su madre, incómoda, enmudeció.

-Desde lo de Christine, mamá. Puedes decirlo.

-Estás mejor sin ella, hijo. Supongo que te darás cuenta -afirmó
su padre--. Sólo te habría acarreado problemas. Fue excesivamente
mimada por su padre y tal vez no sea culpa suya, pero se convirtió en
una persona acostumbrada a utilizar a los demás. Tomó lo que quería
de ti sin importarle un comino tus sentimientos. Se merece ese
matrimonio frío y vacío que ahora soporta.

No era la primera vez que Paul oía hablar de la infelicidad de


Christine, pero descubrió que por fin ya no significaba nada para él.
Sencillamente, sentía pena por ella, lo mismo que sentiría por
cualquiera atrapado en una situación difícil.
-¿Vas a casarte con esa Gabrielle? -preguntó su madre.

-No lo creo, mamá. Ella... ella se parece mucho a Christine.

Su madre dejó escapar un suave gemido y frunció el ceño. Su


padre parecía tan preocupado como ella.

-Hijo, ya eres demasiado viejo para necesitar mis consejos, pero


debo prevenirte...

Paul alzó una mano.

-No es necesario, papá. No hace falta que me lo digas. Esta


noche conocí a sus padres y creo que finalmente me di cuenta de.
que sería un error. Ella se vería atrapada entre su. familia y yo.

-¿Quieres decir que piensas que te quiere? -preguntó su madre.

-Eso dice.

-Pero acabas de decir...

-Cuando dije que era como Christine, no me refería a que fuera


una mujer egoísta. Sólo que pertenece a la misma clase de familia
privilegiada. Su padre es el senador Graham Clayton, por todos leas
cielos. El podría servir a Gabrielle el mundo en bandeja.

Sus padres intercambiaron otra mirada de preocupación.

-¿Y ella se conforma con lo que tu puedes ofrecerle?

-Afirma que sí, pero yo puedo ver que no basta. Se merece


todas las cosas que podría tener si regresara a Carolina del Sur. Hasta
hoy ignoré el hecho de que conmigo renunciaría a todas esas
ventajas.

-Si se separan, ¿crees sinceramente que ella volvería a su casa?

Paul miró fijamente a su madre y pensó en la determinación de


Gabrielle a abrirse camino sin ayudas familiares, su absoluto rechazo
a considerar siquiera la posibilidad de regresar al hogar. No se había
detenido a considerar el asunto desde esta nueva perspectiva.

-No, supongo que no.

-¿Es una mujer inteligente?


-Algunas veces mucho más que yo -respondió Paul sonriendo.

-Entonces no haría algo tan estúpido como quedarse contigo si


pensara que no era conveniente para ella, ¿no to parece?

Paul soltó una carcajada. De repente, sus dudas comenzaban a


disiparse.
-Supongo que tienes razón.

-¿Y es tan inteligente como para reconocer a un hombre


decente y cariñoso?

Paul se puso en pie, levantó a su madre de la silla y le dio un


fuerte abrazo, volteándola en al aire.

-Gracias, mamá. .

Se inclinó y le dio un beso a su padre, en cuyo rostro se dibujó


la perplejidad, pero también la satisfacción.

-Si todo sale bien, quiero que vengan a cenar con nosotros el
domingo.

-Nada de síes. Tráela aquí -afirmó su madre- Haré asado de


carne.

-No. Quiero que disfruten de una comida sin trabajo por una vez
en la vida. Además no han visto aún el apartamento arreglado
-dedicó una sonrisa a su padre-. Y creo que a Gabrielle le encantará
escuchar tus consejos respecto al jardín. Tiene bulbos por todos los
rincones de la casa y no sabe muy bien dónde plantarlos. Y, si no los
plantamos pronto, soy capaz de prepararlos de cena una noche por
equivocación.

-Si quieres hacemos verdaderamente felices, el domingo


anunciarás tu compromiso. Ya va siendo hora de que pueda cuidar de
mis nietos.

-Haré lo que esté en mi mano, mamá.

Paul hizo el viaje de regreso con una sonrisa bobalicona pintada


en el rostro. Gabrielle y él saldrían adelante. Procuraría ganarse el
cariño de sus padres, pero no iba a casarse con ellos. "¿Casarse?"

Al fin y al cabo, ¿no era esa la cuestión? Casi enloqueció de


amor por ella desde que la vio con su abrigo de piel, la barbilla en alto
y la mirada vulnerable. Admiraba su fuerza, su honestidad. Adoraba
su humor agudo, ingenioso y lo derretía su dulzura. Las imágenes que
cruzaban su mente no correspondían a una mujer sofisticada, vestida
con ropa elegante, sino a Gabrielle con manchas de pintura en las
pestañas, manos con olor a barniz, y una sonrisa que le llegaba de
oreja a oreja al verlo. Sí, casarse o no era el dilema. Paul estaba
silbando cuando subió la escalera a las dos de la madrugada, el
futuro estaba tan claro para él y tan lleno de promesas que rebosaba
de dicha. .

En el apartamento, sólo estaba encendida la lámpara de Tiffany


de la cocina. Encontró a Gabrielle en la cama, las mejillas todavía
húmedas por las lágrimas. Recorrió con la yema del dedo sus labios,
irritados por los besos que él había robado antes de la llegada de sus
padres. Su belleza le asombraba cuando contempló su cabello, que se
derramaba sobre la almohada como una cascada de oro, y recordó su
pasión cuando hacía el amor, su generosidad. Nunca se habría
imaginado que tal éxtasis fuera posible, y mucho menos para él.

Pero, a pesar del optimismo que sentía desde que visitó a sus
padres, seguía preguntándose si no estaría equivocado. ¿Podía durar
aquel romance abrasador? Después de los primeros días de
adaptación, Gabrielle y él habían convivido en perfecta armonía, pero
él siempre tuvo la sensación de que era una situación temporal. En
cualquier momento podía desaparecer y regresar al lugar al que
pertenecía.
De súbito Paul deseó, o más bien necesitó, un compromiso.

Paul acarició la mejilla de Gabrielle con dulzura y luego se


levantó de la cama. Necesitaba moverse para no romper el hilo de
sus pensamientos.

Contempló su propia habitación, pobremente amueblada, y se


preguntó si algún día podría ser capaz de volver a dormir solo. Erró
por la sala, acariciando las mesas que ella había arreglado con tanto
mimo, el sofá que limpió tantas veces hasta dejarlo como nuevo. Se
detuvo ante la mesa redonda de roble, todavía con los restos de la
fatídica cena.

Palpó la porcelana, el cristal, la plata, las servilletas de hilo.


Todo llevaba la marca indeleble del buen gusto y la riqueza. Sin
embargo, Gabrielle parecía muy contenta con la vajilla barata y la
cubertería de acero inoxidable. Se había adaptado a su estilo de vida
con una facilidad y una disposición que lo asombraban, teniendo en
cuenta el lujo al que estaba acostumbrada.
Por el contrario, él apenas había modificado su rutina para
acomodarse a su vida. Y, consciente o inconscientemente, se había
dedicado a probar a Gabrielle, aprovechándose tal vez de su situación
económica, esperando que cometiera una falla, el momento en que
se quejara de su humilde estilo de vida y exigiera más. Se ponía
enfermo al pensar lo injusto que había sido.

"Entonces explicate", se dijo, asomado a la ventana, "admite


tus propios miedos ante el cambio. Pídele que se case contigo y luego
comprobarás si se queda o se esfuma en el aire" . Suponía, por
supuesto, la prueba definitiva.

Contemplando la oscuridad, se dijo que era demasiado pronto


quizá para hablar de un amor duradero, demasiado arriesgado hacer
planes para el futuro. Vio caer los primeros copos de nieve.

Regresó al dormitorio de Gabrielle, se sentó al borde de la cama


y la despertó con delicadeza.

-¿Me oyes?

Una sonrisa revoloteó en los labios de Gabrielle, pero no abrió


los ojos.

-Gaby.

-¿Humor?

-Despierta. Quiero enseñarte algo.

-Has vuelto.

-Sí.

-Qué bien.

Sus manos se entrelazaron. Gabrielle suspiró de contento, pero


seguía sin abrir los ojos.

-Amor mío, despierta.

-¿Ha amanecido ya?

-No.

Gabrielle pestañeó, intentó enfocar la vista y luego acarició la


mejilla de Paul.
-Vuelve a la cama.

Paul sacudió la cabeza negativamente y sonrió. Regresó a la


sala, donde arrojó su chaqueta sobre una silla. Luego volvió a la
habitación de Gabrielle y abrió la ventana. Arropó a Gabrielle y la
incorporó envuelta entre sus brazos.

Complacida, ronroneando como un gatito, ella pegó la cara


contra su cuello. El roce de sus labios casi consiguió hacer olvidar a
Paul su propósito. Sería tan fácil meterse en la cama con ella y
despertar sus sentidos de una forma tan diferente...

Pero esa noche había en juego algo más que el lazo de su amor
físico.

Merecía una magia especial. Sosteniéndola con firmeza, salió a


la escalera de emergencia.

La ráfaga de aire frío espabiló al instante a Gabrielle, la cual


miró a su alrededor con los ojos perdidos.

-¿Paul, qué hacemos en la escalera de emergencia a esta hora?


-Gabrielle miró hacia abajo, y se le pusieron los ojos como platos-.
Sólo llevo encima una sábana.

-Ahora lo sabrás.

-¿Piensas tirarme por el tejado? -preguntó ella cuando comenzó


a remontar la escalera.

-No, a menos que me causes problemas -replicó él sonriendo.

Cuando llegaron al tejado, Paul contempló las luces


diseminadas, el cielo negro como la tinta. Luego alzó la cara, dejando
que los copos de nieve acariciaran su piel.

-Mira hacia arriba -dijo a Gabrielle.

Ella echó la cabeza hacia atrás y miró el cielo. Cuando sintió la


caricia del primer copo, sus ojos se iluminaron de gozo.

-Está nevando -murmuró con gravedad-. Por primera vez este


invierno.

Paul sacudió la cabeza, sintiendo el despertar del asombro y la


felicidad en las profundidades de su interior.
-Es un soplo de luna.

-No hay luna.

-Claro que no. Está dentro, convirtiéndose en millones de motas


de luna. Sólo ocurre en ocasiones muy especiales.

-¿Y qué ocasiones son esas? -preguntó Gabrielle entre risas.

Sus miradas se encontraron y las chispas eran tan calientes que


amenazaban con derretir la nieve.

-Cuando dos personas se enamoran -murmuró Paul.

Ella lanzó un suave gemido, con los ojos llenos de fascinación.

-Oh, Paul. AI final acabará bien esta historia, ¿verdad?

Sus labios se buscaron, cálidos, suplicantes y empaparos por el


beso de la luna. Había magia en el beso, un hechizo que incitaba a
Paul a seguir adelante.

-Cásate conmigo, Gabrielle.

La respuesta fue sólo un suave susurro de júbilo y la avidez de


unos labios.
-¿Esto es un sí? --preguntó él jadeando.

-Sí.

-Tendremos problemas.

-Nunca.

-Los solucionaremos -insistió Paul, encantado por su


optimismo-. Tal vez nunca podré darte los lujos a los que estás
acostumbrada. No habrá diamantes. Sólo un soplo de Tuna.

-A esto -replicó Gabrielle, entrelazando los brazos alrededor de


su cuello-. A esto quiero acostumbrarme. Tenía tanto miedo a
perderte esta noche.

¿Tienes idea de lo mucho que me has dado, de lo vacía que


estaba mi vida sin ti?

-¿Qué te he dado? -repitió él con tono incrédulo.


-Ilusiones, sueños. Confianza en mí misma. Por no mencionar
que nunca me habían sacado en brazos de la cama para contemplar
la primera nevada.

-Eso esperaba.

-No te burles. Es la proposición más romántica que podría soñar


una mujer. Nuestros hijos se asombrarán al saber que lo hizo su
práctico padre y con los pies bien pegados a la tierra.

-¿Nuestros hijos? -dijo él débilmente, sintiéndose como en las


nubes.

-Serán hermosos -prometió Gabrielle, cautivada por la idea-.


Serán vivos y creativos. Muy creativos.

-¿Obedientes?

-Tercos -respondió con tristeza ella.

-Eso sin duda. Tal vez parezca que estoy precipitando los
acontecimientos, pero, ¿cuándo quieres ampliar nuestra familia?

-Bueno, cuesta su tiempo. No podemos ir al supermercado y


escoger dos o tres.
Paul lanzó una carcajada.

-Yo sé de dónde viene.

-De noches como esta -dijo Gabrielle, acariciándole la mejilla, y


Paul sintió una gran emoción, tragó saliva.

-Te amo.

-Demuéstralo. Llévame adentro y demuéstralo.

Adentro, con la magia de la luna arremolinándose en torno a


ellos, descubrieron el diminuto rincón del paraíso donde los sueños se
convierten en realidad.

Paul se despertó por la mañana al sentir algo helado en los


labios. Sobresaltado, abrió los ojos. Gabrielle estaba arrodillada sobre
la cama junto a él, con las manos cargadas de nieve.
-Si pretendes hacer lo que estoy temiendo, olvídalo -le advirtió
sonriendo-. Soy más grande que tú, más fuerte, y te devolvería la
misma moneda.

-Es un soplo de luna, ¿te acuerdas? Estoy guardándolo.

-Poco durará en unas manos como las tuyas.

La faz de Gabrielle se tornó grave.

-¿Nuestro amor se derretirá algún día como estos copos, Paul

El la hizo tenderse a su lado.

-No. Si no lo permitimos.

-Pero anoche casi me dejaste, ¿verdad?

-Casi. Pero no porque no creyera en nuestro amor.

-¿Mis padres?

-Sí. Me menospreciaron. Me hicieron ver a cuántas cosas


renunciabas.

-Es mi decisión, Paul. La tuya y la mía. Mis padres acabarán


aceptándonos como somos.

-Te lo dije anoche, nunca podré armonizar con la vida que has
dejado. Nuestros hijos no llevarán ropa de diseño exclusivo, no irán a
guarderías elitistas donde enseñan a tocar el piano a los dos años.
¿Podrías aceptar algo así?

-¿Ropa de diseño exclusivo? ¿Clases de piano? Eso es lo que


te preocupaba, ¿no es cierto?

El silencio de Paul bastó como respuesta. Gabrielle prosiguió.

-Querido, si mi vida hubiera rebosado de cosas tan irresistibles,


¿crees que habría renunciado a ellas? La clave para una familia es el
amor y el compromiso de hacerlo lo mejor posible. Y eso lo tenemos.

Paul acarició las mejillas de Gabrielle, buscó en sus ojos.


Resplandecían con la verdad de su amor.

-Entonces creo que sólo nos queda una cosa por hacer -susurró.
-Fijar la fecha de la boda.

-Te amo de veras -dijo, derramando un torrente de besos por el


rostro amado.

Paul tragó saliva, desgarrado entre la risa y el deseo. Gabrielle


ladeó la cabeza y lo miró fijamente.

-Es un momento muy serio en nuestras vidas, Paul Reed. ¿Cuál


es la gracia?

-Tu soplo de luna está derritiéndose en mi espalda.

Los ojos de Gabrielle se abrieron con malicia. Se pegó junto a


él.

-Hum, Gaby -comenzó Paul, sintiendo un escalofrío cuando ella


comenzó a lamer su cuello-. ¿Crees que podríamos guardar un poco
de luna en el congelador? Agosto podría ser duro sin ella.

-Siempre podemos usar nuestra imaginación -replicó Gabrielle,


entrelazando las piernas con las de Paul, deslizando las manos
provocativamente sobre su pecho.

El cerró los ojos, asimilando las inquietantes sensaciones.


Gabrielle tenía razón, decidió antes de abandonarse a sus caricias.
Aquel soplo de luna siempre los acompañaría y al igual que un tesoro
de diamantes, sólo aumentaría de valor con el tiempo.

FIN

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