SINFONÍA N.
º 9 (BEETHOVEN)
La Sinfonía n.º 9 en re menor, op. 125, conocida también como "Coral", es la última sinfonía completa del
compositor alemán Ludwig van Beethoven. Es una de las obras más trascendentales, importantes y populares
de la música y el arte. Su último movimiento es un final coral sorprendentemente inusual en su época que se ha
convertido en símbolo de la libertad. Precisamente, una adaptación de la sinfonía, realizada por Herbert von
Karajan es, desde 1972, el himno de la Unión Europea (UE).1 En 2001, la partitura original de la sinfonía se
inscribió en el Registro de la Memoria del Mundo de la UNESCO, donde forma parte, junto con otros
sobresalientes monumentos, de la herencia espiritual de la humanidad.2
El público que abarrotaba la sala contempló con reverencia
cómo se colocaba tras el director de orquesta y seguía el
estreno en una copia de la partitura, imaginando en su
mente lo que los demás escuchaban. Para él, aquello era
posible porque, como explica el profesor de Filosofía y
crítico musical Jacobo Zabalo, "la música es matemáticas,
es inteligencia. Los músicos del nivel de Beethoven no
necesitan oír los sonidos físicamente, los tienen en la
cabeza”.
Al finalizar el concierto estallaron los aplausos de un público conmocionado por lo que había visto y
escuchado. La Novena era extraordinaria, no solo por su duración y magnitud instrumental, sino porque
incorporaba un nuevo elemento: en el último movimiento intervenían cuatro solistas y un coro, que
interpretaban el poema Oda a la Alegría, de Friedrich Schiller. Beethoven seguía enfrascado en su partitura
cuando la ovación empezó y no reparó en ella, ni en los pañuelos que se agitaban en el aire, hasta que una de
las solistas le alertó, tocándole suavemente el brazo. Solo entonces se inclinó y saludó a sus admiradores por
última vez.
Genio inesperado
Después de aquella emotiva aparición se retiró de la vida pública. Tenía 53 años, una salud frágil y una vida
agitada, atormentada incluso, a sus espaldas. Había nacido en Bonn en 1770, cuando la ciudad formaba parte
del arzobispado de Colonia y del Sacro Imperio Romano Germánico. Su infancia, coinciden los historiadores, fue
difícil. El grado de infelicidad varía en función de los autores, pero es indiscutible que aquellos años estuvieron
marcados por un padre músico, mediocre y alcohólico, dispuesto a convertir a su hijo en un niño prodigio,
como Mozart.
La disciplina férrea del progenitor, sazonada de golpes, no funcionó en un principio: a diferencia de
Mozart, Beethoven no destacaría como intérprete hasta la adolescencia. Sin embargo, creció rápido, porque
la salud de su padre se deterioró a causa de la bebida y perdió su trabajo en la orquesta de Bonn. A los diecisiete
años, Ludwig era el cabeza de familia, y se había labrado una reputación como virtuoso del piano, incluso
superior a la de Mozart, en el campo de la improvisación.
La obra fue un éxito apoteósico, ya que a su gran intensidad expresiva y espléndido discurso musical añadió la
revolucionaria novedad de un movimiento final con parte para coro y cuatro solistas vocales. Esta parte no era
otra que la adaptación del poema Oda a la Alegría, del poeta Friedrich von Schiller.