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AI A n T 1 Pi R I v A s
AL S E ~ O RDOX MANUEL ANTOXIOMATTA.
Mi querido Manuel:
Por mas de un titulo te correspondela dedicatoria
de esta novela: ella ha visto la luz pitblica en las
coluninas de un peri6dico fundado por tus esfuerzos
i dirijido por tu decision i constancia a la propaga-
cion i defensa de 10s principios liberales; su prota-
gonista ofrece el tipo, digno de imilarse, de 10s que
consagran un culto inalterable a las nobles virtudes
del corazon; i finalmente, mi amistad quiere apro-
vechar esta ocasion de darte un testimonio de que,
a1 carifio nacido en la infancia, se une ahora el pro-
fundo aprecio que inspiran la hidalguia [Link] pa-
triotismo, puestos a1 servicio de una buena causa
con entero desinteres.
Recibe, pues, esta dedicatoria, como una prenda
de la amistad sincera i del aprecio distinguido que
te profesa tu afectisimo
A A
A principios del mes de julio de 1850, atra-
vesabals puerta de cal!e de nna hermosa casa de
Saiitiaao, un jdven de veiiite i dos a veinte i tres
a50s.
Su traje i sus maneras estaban mui distantes de
asernejarse a las imneras i a1 traje de nuestros
elegantes de la capital. Todo en aquel jdven reve-
h b a al provinciano que viene por primera vez a
-8-
Santiago. Sus pantalones negros, enzbotinados por
medio de anchas trabillas cle becerro, a la usanza
de !os afios de 1842 i 43 ; su levita de mangas cortas
i angostas; su chaleco de raso negro eon largos
picos abiertos, formando un 5ngulo agudo, cuya
bisectriz era la linea que marca la tapa del pan-
talon; su sombrero de estraiia forma i sus botines,
abrochados sobre 10s tobillos por medio de cor-
dones negros, componian un traje que recordaba
antiguas inodas, que solo 10s p-rovincianos hacen
Jrer de tiempo en tiempo por las calles de la ca-
pital.
El modo como aquel j6ven se acerc6 a un criado
que se balanceaba mirhdole, apoyado en el umbral
de una puerta que daba a1 primer patio, manifes-
taba tambien la timidez del que penetra en un
lugar desconocido i receh de la acojida que le es-
pera.
Cuando el provinciano se hall6 bastante cerca
del criado, que continuaba observhdole, se detuvo
e hizo un saludo, al que el otro contest6 con aire
protector, inspirado tal vez por la triste catadura
del j6ven.
-&Ser.;t esta la easa del sefior don DBinaso En-
cilia? pregunt6 itste, con voz en la que parecia re-
primirse apBnas el disgust0 que aquel saludo inso-
Iente parecid causarle.
--hqui es,’contestd el criado.
-&Podria Ud. decirle que un cabal!ero desea ha-
Mar con d ?
A la palabra caballero, el criado pareci6 rechazar
una soiirisa burlona que se dibujaba en sus labios.
- A I c6mo se llama Ud? pregunt6 con YOZ seca.
- Marlin Rivas, contest6 el provinciano, tratando
de dominar su impaciencia, que no dej6 por esto
de reflejarse en sus ojos.
-Esp&rese, pues, dijole el criado; i entrd con
paso lento a las habitaciones del interior.
Daban en ese instante las doce del dia.
Nosotros aprovecharemos la ausencia del criado
para dar a conocer mas 6mpliamente a1 que aca-
baba de decir llamarsa Martin Rims.
Era un jdven de regular estatura i bien propor-
cionadas formas. Sus ojos negros, sin ser grandes,
llamaban la atencion por el aire T ~ Pmr!nncnlia que
comunicaban a su rostro. Eran dos ojos de mirar
apagado i pensativo, sombreados por grandes ojeras
que guardaban armonia con la palidez de las-meji-
llas. Un pequeiio bigote negro , que cubria el labio
superior i la linea un poco saliente del inferior, le
dahan el aspecto de la resolucion, aspecto,que con-
tribuia a aumentar lo erguido de la cabeza, cubierta
por unaabundante cabellera color castafio, a juzgar
por lo que se dejaba ver hajo el ala del sombrero.
El conjunto de su persona tenia cierto aire de dis-
tincion que conlr~stalx~ co:: la pobreza del traje, i
1.
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hacia ver que aquel j6ven, estando vestido con ele-
gancia, podia pasar por un h e n mozo, a 10s ojos
de 10s que no hacen consistir hnicamente la belleza
fisica en lo rosado de la tez i en la regularidtld
perfecta de las facciones.
Martin se habia quedado en el miPmo lugar en
que se detuvo para hablar con el criado, i dej6
pasar dos ininutos sin moverse, contemplando las
paredes del patio pintadcis a1 61eo i las ventanas
que ostentaban sus molduras doradas a1 traves de
las vidrieras. Mas, luego pareci6 impacientarse con
la tardanza del que esperaba, i sus ojos vagaron de
un lugar a otro sin fijarse en nada.
Por fin, se abri6 una puerta i apareci6 el mismo
criado con quien Martin acababa de hablar.
-Que pase para adentro, dijo a1 jdven.
Martin siguid a1 criado liasta una puerta en la
que Este se detuvo.
-Aqui est5 el patron, dijo, sefialtindole la puerta.
El j6ven pas6 el umbral i se encontrb con un
hombre que, por su aspecto, parecia hallarse,
segun la significativa espresion francesa, entre dos
edades. Es decir que rayaba en la rejez sin haber
entrado aun a ella. Su traje negro, sus cuellos bien
almidonados, el lustre de sus botas de becerro, in-
dicaban el hombre metbdico, que somete su perso-
na, como su Ticla, a reglas invariables. Su sein-
blante nads revelaba : no liabia en 61 ninguno de
- 11 -
esos rasgos caracteristicos , tan prominentes en
ciertas fisonomias, por 10s cuales un observador
adivina en Bran parte el carjcter de algunos indi-
viduos. Perfectamente afeitado i peinado, el rostro
i el pelo de aquel hombre manifestaban que el aseo
era una de sus reglas de conducta.
A1 ver a ?vIartin, se quit6 una gorra con que se
hallaha cubierto i se adelant6 con una de esas mi-
radas que equivalen a una pregunta. El jciven la
interpret6 asi: e hizo un lijero saludo dicie:ido :
--&El seiior don Drimaso Encina?
-Yo, sefior, un servidor deUd., contest6 el pre-
guntado.
Martin sac6 del bolsillo de la levita una carta que
pus0 en manos de don Djmaso con eslas palabras:
--Tenga U3. la bondad de leer esta carta.
-Ah, es Ud. Martin, esclam6 el sefior Encina,
a1 leer la firma, despues de haber roto el sello sin
apresurarse.
-1 su padre de Ud. jcdmo estb?
-Ha muerto, contest6 Martin con tristeza. *
-iMuerto! repiti6 con asombro el caballero.
Luego como preocupado dG una idea repentina
ailadid:
-Si6iitese, Martin ; dispknseme que no le haya
ofrecido asiento; ji esta carta ... ...?
-Tenga Ud. la bondad de leerla, contest6 Martin.
Don DBmaso sr, acerc6 a una mesa de escritorio,
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pus0 sobre ella la carta, tom6 unos anteojos que
limpi6 cuidadosamente con s u pafiuelo i colocd
sobre sus narices. A1 sentarse diriji6 la vista sobre
el jdven.
- No puedo leer sin anteojos, le dijo a manera
d. satifaccion por el tiempo que habia empleado en
prepararse.
Luego principi6 la lectura de la carta que decia
lo siguiente.
a Mi estimado i respetado sefior:
115 siento gravemente enfirmo i deseo, antes
que Dios me llame a su divino tribunal, recomen-
darle a mi hijo, que en breve sera el unico apoyo
(13 mi desgraciada familia. Tengo mui cortos re-
cursos, i he hecho rnis ultimas disposiciones, para
que despues cle mi muerte puedan mi mujer i mis
hijos aprovecharlas lo inejor posible. Con 10s in-
tzreses cle mi pequefio caudal tendri mi €amiliaque
sgbsistir pobremente para poder dar a Ifartin lo
necesario hasta que-concluya en Santiago sus es-
tudios de abogado. Segun mis cilculos, solo podrh
rzcibir veinte pesos a1 ines, i como le seria impo-
sible con tan mddica sunm satisfacer sus estrictas
nacesidades, me he acordado de Ud. i atrevido a
p”,irle el serricio de que le liospzde en su casa
liasta que pueda por si solo ganar su subsistencia.
W e inucbaclio es mi (mica espcraiiza, i si Ud. le
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!-,ace la gracia que para 61 huinilcleineiite solicito,
tendrg Ud. las hendiciones d s su saiita inadre ell
la tierra i las mias en el cielo, si Dios ine concede
su eterna gloria despdes de mi muerle.
Mande a su seguro servidor que sus plantas
besa.
Josd Rims. x
Don Dkmago se quit6 10s anteojos con el inismo
cuidado que habia ernpleado para pontkselos, i 10s
coloc6 en el inismo lugar que cintes ocupaban.
--iUd. sabe lo que su padre ine pide en esta
carta? pregunt6, levaiit5ndose de su asieiito.
-Si, selior, contest6 hlartin.
-AI cdmo se ha venido Ud. de Copiaph?
-Sobre la cubierta del vapor, contest6 el jdven
como con orgullo.
-Amigo, dijo el sefior Encilia, su padre era uii
buen hombre i le deho alguiios servicios que me
alegrari: de pagarle en s u hijo. Tengo en 10s altos
dos piezas desocupadas i e s t h a la disposicion de
Ud. LTrae Ud. equipaje?
- Si, seiior.
- iD6nde est&?
- En la posada de Saiito Doiningo.,
-El criado i r i a traerlo: Ud. le dari las sefias.
Martin se levant6 de su asie:ito i don Ddmaso
llam6 a1 criaclo.
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-Anda con este caballero i traerAs lo clue 61 te
dB, le dijo.
-Seiior, dijo Martin, no hallo coni0 dar a Ucl.
las graci3.s por su bondad.
-Bueno, Martin, bueno, contest6 don DHmaso,
est&Ucl. en s u casa. Traiga Ud. su equipaje i arr6-
glese all6 arriha. Yo como a las cinco: vkngase un
poquito Hntes para presentarle a la sefiora.
hlartin dijo algunas palabras de agradzciiniento i
se retird.
- Juana, Jiiana, grit6 don DHaaso, tratando dc
hacer pasar su voz a una pieza vecina: que me
traigan tos periddicos.
- 15 -
I1
La casa en donde hemos visto presentarse a
Martin Rivas estaba habitada por una familia com-
puesta de don Ddmaso Encina, su mujer, una hija
Lie diez i nueve afios, un hijo ue veintitres, i tres
hijos menores, que por eiitdnces recibian su edu-
cation en el colejio de 10s padre9 f m n w s w .
Don Dllmaso se habia casado a ius vaiiiticuatro
aitos con dofia Engracia Nufiez, mas bien por espe-
culacion que por amor. Dofia Engracia, en ese
tiempo, carecia de belleza; pero poseia una he-
rencia de treinta mil pesos, que inflamd la pasion
del jdven Encina hasta el punto de hacerle solicitar
su mano. Don Ddmaso era dependiente de una casa
de comercio en Valparaiso i no tenia mas bienes de
fortuna que s a escaso sueldo. A1 dia siguiente de
su matrimonio podia jirar con treinta mil pesos. Su
arnbicion desde ese momento no tuvo limites. En-
- l(i -
viado por asuiitos de la casa en que servia, don
DBmzso lleg6 a Copiapd un ines despues de ca-
sarse. s u l~uenasuerte quiso que, a1 cobrar uii do-
cuineiilo de mui poco valor que su patron le habia
endosaclo, EnciiicE se enconlrsse con un hombre de
bien que le dijo lo siguieiite:
-Ud. puede ejecutarme: no tengo con qu8 pagar.
Ifas si en lugar de cobrarnie quiere Ud. arriesgar
algunos medios, le firmar8 a Ud. un documento por
i-alor doble que el de esa letra i-cederk a Ud. la
initad de una milia que poseo i que estoi seguro
liar&un p a n alcaiice en un rnes de trabajo. .
Don DAmaso era lioinbre de reposo i se volvi6 a
su casa sin haber dado iiinguiia respuesta en 1x6
iii en contra. ConsGlt6se con varias personas, i
todas ellas le dijeron que don Josi! liivas, su deu-
dor, era un loco que habia perdido toda su fortuna
persiguiendo una veta irmjinaria.
Encina pes6 10s i n f o k s i las palabras de Rivas,
c u p b u m f6 habia dejado en su rinimo una iin-
presion favorable.
-1rerbmos la milia, le dijo a1 dia siguieiite.
Pusibroiise en marcha i llegaroii a1 lugar a donde
se dirijiaii, conyersando de ininas. Don Diimaso
Eiiciim veia flotar axite sus ojos, durante aquella
conrersacion , las vetas, 10s mantos, 10s farelloiies,
10s priiz3s, como olros taiitos dep6silos de inago-
ta!:le riqueza, si:i comprender la dif~renciaque
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existe en el significado de aquellas voces. Don Jose
Rivas tenia toda la elocuencia del minero a quien
acompaiia la fi? deepues de haber perdido su caudal,
i a s u voz veia Encina brillar la plata hasta en las
piedras del camino.
Mas, apesar de esta preocupacion, tuvo don DB-
maso suficiente tiempo de crregiar en su imaji-
nacion la propuesta que debia hacer a Rims en
cas0 que la milia le agradasz. Despues de esami-
iiarla, i dejandose llevar de su inspiracion, Ericina
comeiizd su ataque.
--Po no entiendo nada de esto, dijo; per0 no me
desagradan las miiias en jeneral. CBdaine Ud. doce
barras i ohtengo de mi patron nueyos plazos para
su deuda i quita de algunos intereses. Trahajarkmos
la mina a medias i h a r h o s un contratito en el ciial
Ud. se obligue a pagarrne el un3 i medio por 10s
capitales que y o invierta en la esplotacion i a pre-
ferirme por el tanto cuando Ud. quiera vender su
parte o algunas barras.
Don Jose se hallaba amenazxdo de ir a la cBrcel,
dejando en el mas completo ahandono a su mujer i
a su hijo Martin, de un afio de edad. Antes de
aceptar aquella propuesta, hizo sin embargo algu-
nas ohjeciones inhtiles, porcpe Encina se mantuvo
en 10s tkrminos de su proposicioii, i fu6 precis0
firmar el contrato hajo 12s bases que Bste hahia
propuesto.
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Desde ent6nces don DAmaso se establecid en Co-
piapd como ajente de la casa de comercio de Valpa-
raiso en la que habia servido, i administrd por su
cuenta algunos otros negocios que aumentaron su
capital. Durante un a50, la inina costed sus gastos
i don Djmaso comprd poco a poco a Rims toda su
parte, quedando Bste en calidad de administrador.
Seis meses despues de comprada la ultima harra,
sobrevino un gran alcance, i pocos [Link] mas tarde,
don Ddmaso Encina compraba un valioso fundo de
campo cerca de Santiago i la casa en que le hemos
visto recibir a1 hijo del hombre a quien debia su
riqueza.
Gracins a Bsta, la familia de don DAmaso era
considerada como una de las mas aristocr5ticas de
Santiago. Entre nosotros el dinero ha’hecho desa-
parecer mas preocupaciones de familia que en las
viejas sociedades europeas. En &stas hai lo que
llaman aristocracia de dinero, que jamas alcanza
con su poder i su fausto a hacer olvidar entera-
mente la oscuridad de la cuna, a1 paso que en Ghilz
vemos que todo vn cediendo su puesto a Ia riqueza,
la que ha hecho palidecer con su brillo el orgulloso
desden con que Antes eran trjtados 10s advenc-
dizos sociales. Dudamos mucho que Bste sea un
paso dado hBcia la democrlicia, porque 10s que
cihan su vacidad en 10s favores ciegos de la fortu-
na, afectan ordinariamente una insolencia, con la
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que creen ocultar su nulidad, que les hace mirar
con menosprecio a 10s que n o pueden, coin0 ellos,
comprar la consideracion con el lujo o con la fama
de sus caudales. .
La familia de don D5maso Encina era noble en
Santiago por derecho pecuniario, i como tal, gozaba
dd 10s miraniientos sociales por la causa que aca-
bamos de apuntar. Se di*nguia por el gusto h5cia
el lujo, que poi. entdnces principiaha a apoderarse
cie nuestra sociedad, i aumentaba su prestijio con
ja solidez del crkdito de don Dtimaso, que tenia por
principal negocio el de la usura en grande escala,
t:.n comun entre 10s capitalistas chilenos.
Magnifico cuadro forimba aquel lujo a la belleza
de Leonor, la hija predilecta de don Damaso i de
doi5a Engracia. Cualquiera que hubiese visto a
aquella niiia de diez i nueve aiios en una pobre ha-
hitacion, hahria acusado de caprichosa a la suerte
porno haber dado a tanta hermosura un marco
correspondiente. Asi es que a1 verla reclinada
sobre un magnifico sofh forrado en brocatel ce-
leste, a1 rnirar reproducida su im5jen en un lindo
espejo a1 estilo de la edad media, i a1 obsenar su
pi6, de una pequefiez admirable, rozarse descui-
dado sobre una alfonibra fiiiisima, el mismo obser-
vador habria admirado la prodigalidad de la natu-
raleza en tan feliz acuerdo con 10s fwores del des-
tino. Leoiior resplandecia rodenda de ese lujo como
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uii brillante entre el or0 i pedrerias de un rico ade-
rezo. El color un poco inoreno de su cdtis i Ia
fuerza de espresioii de sus grandes ojos verdes,
guarnecidos de largas pestaiias, 10s lgbios humedos
i rosados, la frente pequefia, limitada por abun-
dantes i bien ylantados cabellos negros, las arquea-
das cejas i 10s dientes para 10s cuales parecia hecha
iiprop6sito la comparaciori tan usada con las perlas; -
todas sus facciones, en fin, con el 6valo delicado
del rostro, formaban en su conjuiito una belleza
ideal de las que-hacen bullir la imajinacion de 10s
jovenes i revivir el cuadro de pasadas dichns en la
de 10s viejos.
Don Ddmaso i doiia Engacia teniaii por Leonor
la predileccion de casi todos 10s padres por el inas
herinoso de sus liijos. I ella, mimada desde tem-
prano, se habia acostumbrado a mirar sus perfec-
ciones como una arma de absoluto domini0 entre
10s que la rodeaban, llevando su orgullo hasta
oponer sus caprichos a1 carkcler i autoridad de su
madre.
Dofia Engracia, con e€ecto, nacids voluntariosa
i dominante, enorgullecida en su matrimonio por
10s treinta mil pesos, origen de Ia riqueza de que
ahora disfrutaha la familia, se hahia visto poco a
poco caer bajo el ascendiente de su hija, hasta el
punto de mirar con indiferencia a1 resto de su
familia i no salxrar inc6lume dr aquella s i l ~ n c i o ~i a
- 21 -
prolongada lucha domkstica, mas que su amor a
10s perritos falderos i su aversion hacia todo abri-
go, hija de su temperamento. sanguineo.
En la kpoca en que principia esta historia, la
familia Encina acababa de celebrar con un magni-
fico baile la llegada de Europa del j6ven hgustin,
que habia traido del viejo mundo gran acopio de
ropa i alhajas, en cambio de 10s conocimientos
que no se habia cuidado de adquirir en su viaje.
Su pel0 rizado, la gracia de su persona i su per-
fecta elegancia, hacian olvidar lo vacio de su cabeza ’
i 10s treinta mil pesos invertidos en hacer pasear
la persona del jciven Agustin por 10s enlosados de
las principales ciudades europeas.
Ademas de este jciven i de Leonor, don DQmaso
tenia otros hijos, de cuya descripcioii nos absten-.
drkmos por su poca importancia en esta historia.
La llegada de Agustin i algunos buenos nego-
cios, habian predispuesto el animo de don Dtimaso
hiicia la benevolencia con que le hemos visto aco-
jer a Martin Rims i hospedarle en su casa. Estas
circunstancias le habian heclio tainbien olvidar s u
constante preocupacion de la hijiene, con la que
pretendia conservar su salud, i entregarse con
entera libertad de espiritu a las ideas de politica
que, bajo la forma de un vehernente deseo de ocu-
par un lugar en el Senado, inflainaban el patrio-
tismo de este capitalista.
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Por esta razon, habia pedido 10s periddicos des-
pues de la benevola acojida qua acababa de hacer
HI jdven provinciano.
- 23 -
111
Martin Rivas habia ahandonado la casa de sus
padres en momentos de dolor i de luto para 61 i su
familia. Con la muerte de su padre, no le queda-
hail en la tierra mas personas queridas que dofia
Catalina Salazar, su madre, i Matilde, su imica
hermana. El i estas dos mujeres habian velado
durante quincc dias a la cahecera de don JosB mo-
ribundo. En aquellos supremos instantes, en que
el dolor parece estrechar 10s lazos que unen a las
personrs de una misma familia, 10s tres hahian te-
nido igual valor i sostmidost? mhtuamentc por
una enerjia finjida Coil !a que crda cual disfrazaba
su angustia a 10s otros dos.
Un dia, don JosB coilocid que SU fin se acercaba
i llamd a su mujer i a sus Cos hijos:
Esie es mi testamento, les dijo, mostrdndoles el
- 25 -
I
1 que hahia liecho csteiidcr ~1 dia anterior, i aqui
hai una carta que Martin llevarti cn persona a don
D5maso Encina que vive en Santiago.
Luego, toniaiido una mano a su hijo :
- De ti va a depender en adelante, le dijo, la
suerte de tu madre i de tu hermana : v B a San-
tiago i estudia con empefio. Dios premiark tu cons-
tancia i tu trabajo.
Ocho dias despues de la muerte de don Jose, la
separacioii de JIartin renovd el dolor de la familia,
en la que el llanto resignado hahia sucedido n la
desesperaciou. Martiii tom6 pasaje en la cubierta
del vapor, i lleg6 n Valparaiso, aniniado del deseo
del estudio. Nada de lo que Ti6 en aquel puerto ni
* en la capital llamd su atencion. Solo pensaba
en su inadre i en su hsrmaiia, i le papecia, oir
en el aire la3 ~ l t i m a si sencillas pnlahras de su
padre. De 'altivo cardcter i concentrada imajina-
cion, Martin habis l-ivido hasta entdnces aislado
por su pohreza i sepsrado de su familia, en casa de
un viejo tio que reeidia en Coquimbo, donde el j6-
ven habia liecho sus estudios mediante la proteccioii
de aquel pariente. Los hnicos dias de felicidad eran
10s que las vacaciones le perinitian pasar a1 lado de
. su familia. En ese aislamiento, todos sus afectos se
habian concentrado en Bsta, i a1 llegar a Santiago
'
jur6 regresar de abogado a Copiapd i cambiar la
suerte de 10s que cifraban en 61 sus esperanzas.
- Dios premiarj mi constancia i mi trabajo,
&cia, repitihidose las palabras llenas de f6 con
que su padre se habia despedido.
Coil tales ideas arreglaba Martin su modesto
equipaje en las piezas de 10s altos de la Iiermosa
casa de don Dlimaso Enciiia.
A las cuatro de la tarde de ese inismo dia , el
primojknito de don DBmaso golpeaba a una puerta
de 1as piezas de Leonor. El jdven iba vestido con
una levita azul abrocliada sobre un pantalon claro
que caia sobre un par de botas de charol, en
cuyos tacos se veian dos espuelitas doradas. En su
mano izquierda tenia una huclsca con puiio de
inarfil, i en la derecha un enorme cigarro habano
consumido a medias.
Golped, como dijiinos, a la puerta , i oy6 la voz
de su hermana que preguntaba :
- iQui@nes ?
- iPuedo entrar? pregunt6 Agustin entre-
abriendo la puerta.
No esper6 la contestacioii i entr6 en la pieza con
aire de elegancia suma.
Leonor se peinaba delante de un espejo, i volvid
su rostro con una sonrisa h&ciasu hermano. .
- i Ah, esclamd, ya vienes con tu cigarro !
- No me obligues a botarlo, hermanita, dijo el
elegaiite : es nn imperial de a doscientos pesos el
mil.
2
- 26 -
- Podias haberlo concluido tintes de venir a
verme.
-Asi lo quisg liacer, i me fui a conversar con
mama ; pero 6sta me despidid, so pretest0 de clue
el liumo la sofocaba.
- Has andado a caballo ? pregunt6 Leoiior.
- Si, i en pago de tu complacencia para de-
jarme mi cigarro, te contar6 algo que te agra-
dar8.
- iQu6 cosa?
- Anduve con Clemente'Valeiicia.
- ? I que mas?
- Me hablb de ti coli entusiasmo.
Leonor hizo con 10s labios una lijera sefial de
desprecio.
- Vamos, esclamd Agustin, no seas hip6crita.
Clemeiite no te desagrada.
- Como muchos otros.
- Tal vez ; per0 hai pocos conio 61.
- Por quB ?
- Porque tieiie trescientos mil pesos.
- Si ; pero no es bueii mozo.
- Nadie es feo con ese capital, liermauita.
Leoiior se sonri6 ; mas habria sido iiiiposible
decir si fu6 de la mBxima de su herinano o de sa-
tisfaccion poi' el arte con que habia arreglado uiia
parte de sus cabellos.
- En estos tiempos, hijita, continu6 el elegaiite
- 27 -
reclindndose en una poltrona, la plata es la mejor
recomendacion.
- 0 la belleza, replied Leonor.
- Es decir que te g u s h mas Emilio Meiidoza
porque es buen mozo : fi, ma belle! .
- Yo no digo tal cosa.
- Vamos, tibi’eme tu corazon, ya sabes que te
adoro.
- Te lo abriria eiivano : no amo a nadie.
- Est& intratable. I-IablarPmos de otra cosa.
i, Sabes que tenemos u i i alojado?
- hsi hi! sabido : un jovencito de Copiap6;
i qui! tal es ?
- Pobrisimo, clijo Agustin con un jesto de des-
preci 0 .
- Quiero decir de figura.
- No le he visto : serti algun provitlciano rubi-
cundo i tostado por el sol.
En este momento Leonor habia concluido de
peinarse, i se volvi6 hdcia su hermano.
- Estds clzawaante , la dijo hgustin, que aun-
que no habia aprendido mui bien el fraiices en su
viaje a E u r o p , usaba gran profusion de galicis-
lnos i palabras sueltas de aquel idioma para hacer
creer que lo conocia perfectamente.
- Per0 tengo que vestirme, replic6 Leonor.
- Es deck que me despides : bueno, me voi.
Un b c i i s e ~ , m a chdyie, ailadid ncercdndose a la
- 28 -
niiia i besandoh en la frente. Luego, a1 tiempo de
tomar la puerta, volvi6se de nuevo hacia Leonor :
- De modo que desprecias a ese pohre Cle-
mente.
- I i que hacerle ? contest6 con finjida tristeza
la niiia.
- Mira, trescientos mil pesos, 110 te olvides.
Podrias irte a Paris i volver aqui a ser la reina de
la moda. Yo te doi ma parole d'honneur que harias
de Clemente ciye et pabile, dijo, queriendo afran-
cesar una espresion vulgar con que pintamos a1
individuo obediente, sohre todo en amores.
Leonor , que conocia el frances mejor que su
hermano, se rid a carcajadas de la fatuidad con
que Agustin habia dicho su disparate a1 cerrar la
puerta, i se entreg6 de nuevo a su tocador.
Los dos jdvenes que Agustin habia nombrado, se
distinguian entre 10s mas asiduos pretendientes de
la hija de don DLimaso Encina; per0 la voz de la
chismografia social no designaha hasta entdnces
cual de 10s clos se hubiera conquistado la prefe-
rencia de Leonor.
Como hemos visto, 10s titulos con que cada uno
de ellos se presentaba en la arena de la galanteria,
eran diversos.
Clemente Valencia era un j6ven de veintiocho
afios, de figura ordinaria, a pesar del lujo que us-
tentaba en su traje gracias a 10s trescientos mil
pesos que tanto recornendaha Agustin a su her-
mana. Por aquel tiempo, es decir e n 1850, 10ssol-
teros elegmtes no hahian adoptado aun la inoda
de presentarse en la illaineda en coupis o calkches
COMC) acont2ce en el dia. Conte:it&hanse, 10s que
aspirahan a1 titulo de leones, con un calxioli. mas
o menos elegante, que haciaii tirar por postillones
a la Daumont en 10s dias del Dieziocho i grandes
f2stividades. Clemente Volencia hahia encargado
uno a Europa, que le servia de pedestal para mos-
trar a1 vulgo su grandeza pecuniaria ; que llaniaha
la atencion de las nibs, i despertaba la critica de
10s viejos, 10s que miran con desprecio todo gasto
supkrfluo, desde algun sofci predilecto, donde for-
man sus diarios corrillos en el paseo de las Deli-
cias. Mas, Clemente se cuidaha mui poco de aque-
lla critica i logralia su ohjeto de I’amar la atencion
de las inujeres, que, a1 contrario de aquellos respe-
tahles varones, rara vez consideran como iniltiles
10s gastos de ostentacion. -hsi es que el jdven ca-
pitalista era recibido en todas partes con el acata-
miento que se dehe a1 dinero, el idolo del dia. Las
madres le ofrecian la mejor poltrona en sus salones ;
las hijas le rnostralmn gustosas el hermoso es-
nialte de sus dientes, i tenian para 61 ciertas mira-
das Ihguidas, patrimonio de 10s elejidos ; a1 paso
que 10s padres le consultaban con deferencia sus
negocios i tomnbaii su ~ o t eno considerxion, como
- 30 -
e! de un hombre que en cas0 necesario puede pres-
txr su fianza para una especulacion importante.
Emilio Mendoza , el segundo galan nombrado
po:. hgus6n Eiicina en la conversacioii que precede,
I~rillabapor la belleza que fdtaba a Clemente i ca-
racia de lo que a 6ste serria de pasaporte en 10s
mas aristocr5ticos salones de la capital. Era buen
mozo i pobre. Ernper'o, esta pohreza no le impedia
presentarse coil elegancia entre 10s leones, bien
que sus recursos no le permitian el us0 del cabriolk
en que su rival paseaba en la hlameda su satisfecho
individuo. Emilio pertenecia a una de esas familias
que han descubierto e n la politica una lucrativa es-
peculacioii i, pleghdose desde temprano a 10sgo-
I ~iernos,hahia gozado siempre de buenos sueldos
en varios empleos p~[Link] aquella kpoca, ocu-
paha tin puesto con tres niil pesos de sueldo, me-
diante lo c u d podia ostentar en su cainisa, joyas i
hordados de mlor que apenas eclipsaba su poderoso
adversario.
Ambos, ndemas de su amor por la hija de don
DLmaso, eraii impulsados por la misma ambicion.
Cleinenle Valencia queria aumentar su caudal con
la herencia probable de Leonor ; i Emilio Mendoza
sabia que cas8iidose con ella, ademas de la he-
reiicia que rendria mas tarde, la proteccion de don
Dhnaso le seria de inmenstl utilidad en su carrera
politica.
I
- 31 -
Entre estos dos j6venes habia por consiguiente
dos puntos importantes de rivalidad : conquistar el
corazon de la nifia i ganarse las simpatias del padre.
Lo primer0 i lo segundo eran dos graves escollos
que presentaban &ria resistencia por la indole de
Leonor i el carccter de don Ddmaso. Este fluctuzba
entre el ministerio i la oposicion a merced de 10s
consejos de 10s amigos i de 10s editoriales de la
prensa de 5mbos partidos ; i Leonor, segun la opi-
nion jeneral , tenia tan alta idea de su belleza, que
no encontraha ningun hombre digno de su corazon
ni de su mano. Rfikntras que don Dltmaso, preocu-
pado del deseo de ser Senador se inclinaba del lado
en que creia ver el triunfo, su hija daba i quitaba a
cadauno de ellos las esperanzas con que en la no-
che anterior se hahian mecido a1 dormirse.
hsi es que Clemente Valencia, opositor por rela-
'
ciones de familia mas bien que por convicciones,
de las cuales carecia, encontraba a don Dimaso en-
teramente convertido a las ideas conservadoras, a1
dia siguiente de haberse despedido, de acuerdo con
151sobre las faltas del gobierno i la necesidad de
atacsrlo. hsi -tambieii hallaba la sonrisa en 10s I&-
bios de Leonor, cuando se acercaba a ella casi per-
suadido de que Emilio Mendoza habia triunfado en
su corazon.
Igual cosa acontecia a su rival, que trabajaba
para hacer divisar a don Dcimaso el silloii de Sena-
dor finicamente en la ciega adhesion a la autoridad,
i sufria 10s desdenes de la hija cuando ya se creia
seguro de su amor.
Tales eran 10s encontrados intereses que se dis-
putaban la victoria en cass de don Djmaso En-
cina.
- 33 -
IT'
Entregado a profinnda meclitacion se hallaha
Martin Rims , despues de arreglar su reducido
equipaje en 10s altos que debia a la hospitalidad de
don Dbmaso. A1 encoiitrarse en la capital, de la
que tanto hahia oido lialdar en Copiap6 ; a1 verse
separado de su familia que divisaba en el luto i Ia
pohreza; a1 pensar en la acaudalada familia en
cuyo sen0 se veia admitido tan repentinamente,
clisputkhanse el paso sus ideas en su imajinacion, i
tan pronto se opriinia de dolor su pecho con el re-
cuerclo de las lagrimas de 10s que habia dejado,
como palpitaba a la idea de presenlarse ante jeiites
ricas i acostumbradas a las grandezas del lujo, con
s u modeslo traje i sus maneras encojiclas por el
temor i la pohreza. En ese momenlo hahian desa-
parecido para 61 hasta las esperanzas que acompa-
fian c1 las d m a s j6venes en sus continuas peregri-
2.
-- . 04 --
naciones a1 porvenir. Sabia, por el criado, que la
casa era de las mas lujosas de Santiago; que en la
familia hahia una nifia i un j6ven, tipos de gracia i
de elegancia ; i pensaha que 61, pobre provinciano,
tendria que sentarse a1 lado de esas personas acoa-
tumbradas a1 refinamiento de la riqueza. Esta pers-
pectiva heria el nativo orgullo de su corazon, i le
hacia perder de vista el juramento que hiciera a1
llegar a Santiago i Ias promesas de la esperanza
que su voluntad se proponia realizar.
A las cuatro imedia de la tarde, un criado se pre-
sent6 ante el jdven i le anunci6 que su patron le
esperaba en la cuadra.
Martin se mir6 maquinalmente en un espejo que
habia sobre un lavatorio de caoba, i se encontrt
palido i feo ; pero Rntes que su pueril desaliento le
ahatiese el espiritu, su enerjia le despert6 como
avergonzado i la voluntad le habl6 el lenguaje de
la razon.
A1 entrar en la pieza en que se hallaba la familia,
la palidez que le hahia entristecido un momento
Antes, desapareci6 bajo el mas vivo encarnado.
Don DBmaso le present6 a su mujer i a Leonor,
que le hicieron un lijero saludo. En ese momento
entr6 Agustin, a quien su padre present6 tainbien
a1 jdven Rivas, que recibid del elegante una pe-
quefia inclinacion de cabeza. Esta fria acojida bast6
para desconcertar IZ: provinciano, que permanecia
- 35 -
de pi& sin saber c6mo colocar sus brazos, ni en-
contrar una actitud parecida a la de Agutsin, que
pasaba sus manos entre su perfumada cabellera.
La voz de don Dkmaso, que le ofrecia un asiento,
le sac6 de la tortura en que se hallaba, i mirando
a1 suelo, tom6 una silla distante del grupo que for-
maban do% Engracia, Leonor i Agustin, que se
habia pueslo a hablar de su paseo a caballo i de las
excelentes cualidades del animal en que cabalgaba.
Martin envidiaba de todo corazon aquella insi-
pida locuacidad, mezclada con palabras francesas i
vulgares observaciones, dichas con ridicula afecta-
cion. Admiraba ademas a1 mismo tiempo, la riqueza
de 10s muebles, desconocida para 61 hasta enthnces;
la profusion de 10s dorados, la majestad de
las cortinas que pendian delante de las ven-
tanas, i la variedad de objetos que cubrian las
mesas de arrimo. Su inesperieiicia IC hizo conside-
rar cuanto veia como 10satributos de la grandeza i
de la superioridad verdaderas, i despert6 en su
naturaleza entusiasta, esa aspiracion h;icia el lujo,
que parece sobre todo el patrimonio de la juven-
tud.
AI principio, Martin hizo aquellas observaciones
levantando 10s ojos a hurtadillas, pues sin concien-
cia de la tiinidez que le dominaba, cedia a su poder
repentino, sin ocurrirsele combatirlo, como aca-
baba de hacer a1 bajar de su habitacion.
- 36 -
Don Diimaso, que era hablador, le diriji6 la pa-
labra para informarse de las minas de Copiap6.
Martin vi6, a1 contestar, dirijidos h k i a 61 10s ojos
de la sefiora i sus hijos. I esta circufistancia, Ikjos
de aumentar su turbacion, parecid infundirle una
seguridad i aplomo repentinos, porque contest6
con acierto i voz eutera, fijando con tranquilidad
su vista en las personas que le observaban corn0 a
un ohjeto cul'ioso.
Bii6ntras hablaba, volvia taiilbien la serenidad a
su espiritu, gracias a 10s esfuerzos de su voluntad
naturalmente incliiiada a luchar con las dificultades.
I pudo, solo entdnces, observar a las personas que
le escuchabaii.
En el rincon mas oscuro de la pieza, divis6 a
dofia Engracia, que se colocaba siempre en el
punto mkiios nluinbrado para evitar la sofocacion.
Esta sefiora tenia en sus faldas una perrita blanca
de largo i rizado pelo, por el cual se veia que aca-
baba de pasar un peine, tal era lo vaporoso de sus
rizos. La perrita 1evantal)a la cabeza de cuando en
cuando, i fijaba sus luminosos ojos en Martin con uii
lijxo grufiido, ai que contestaba cada w z dofia
Engracia dicihidole por lo bajo:
-iDiamela! Diamela!
I acoinpafiah esta ainonestacion con Ijjeros
go1:ies de cariiio, parecidos a 10s que se diin a un
n E o regalon despues que ha hecho alguna gwxicr.
- 37 -
Pero Martin se fij6 mui poco en la sefiora i en
las sefiales de descontento de Diamela, i dej6 tam-
bien de admirar las pretensiosas maneras del ele-
gante para detener con avidez la vista sobre Leonor.
La belleza de esta nifia produjo en su alma una ad-
miracion indecible. Lo que esperimeiita un viajero
contemplando la catarata del Niggara, o un artista
delante del grandioso cuadro de Rafael ((La trans-
figuracionr, darB, bien esphcado, una idea de las
sensaciones sitbitas i estrafias que surjieron del
alma de Martin en presencia de la belleza sublime
de Leonor. Ella vestia una bata blanca con el cin-
turon suelto como el delas elegantes romanas,
sobre un delantal bordado, en cuya parte baja,
llena de calados primorosos, se veia la franja de
Valenciennes de una riquisima enagua. El corpifio,
que hacia un pequer?o Bngulo de descote, dejaba
ver una garganta de puros contornos i hacia sos-
pechar la majestuosa perfeccion de su seno. Aquel
traje, sencillo en aparencia, i de gran valor en
realidad, parecia realizar una cosa imposible; la de
aumentar la hermosura de Leonor, sobre la cual
fijd Martin con tan distraida obstinacion la vista,
que la nifia volvi6 hBcia otro lado la suya, con una
lijera seiial de impaciencia.
Un criado se present6 anuncisndo que la comida
estaba en la mesa, cuando Agustin estaba haciendo
una descripcion del Boulevard de Paris a su madre,
3
- 38 -
a1 lnisnio tielnpo que don Ddmaso, que en a c p l
dia se inclinaba a la oposicion, ponia en pritctica
sus principios republicanos, tratando a Martin con
familiaridad i atencion.
Agxtin ofreci6 el brazo izquierd.0 a su madre
tratando de agarrar a Diamela con la mano de-
recha.
--lGuidado, cuidado, nirio! esclam6 la sefiora a1
ver la poca reverencia con que su primojhito tra-
taba a su perm favcrita; vas a Iastimarla.
-No lo crea rnamj, contest6 el elegante. Como
la habia de hacer ?nul cuando encuentro esta per-
rita chamzante.
Don DLimaso ofreci6 su brazo a Leonor, i vol-
vikndose Mcia Martin:
-Vamos 2 comer, amigo, le dijo, siguiendo tras
de su eqosa i de su liijo.
hquella palabra, KamigoD con que don Ditmaso
le convidaba, manifGst6 a Martin la inmensa dis-
tancia que habia entre 61 4 la familia de su hu6sped.
Un nuevo desaiiento se apoderd de su corazon a1
dirijirse A comedos en tan humilde figura, cuando
veia a1 elegante Agustin asentar su charolada hota
sobre la alfomlsra con tan arrogaiite donaire, i la
erguida frente de Leonor resplandecer con todo el
orgullo de la hermosura i de la riqueza.
Mientras tomalsan la s o p solo se oyd la voz de
Bgustin:
- 30 -
-En 10s Fvi?i*esp?*oveizcazcx comia cliariamente
una sopa de tortuga deliciosa, dccia, IimpiAnclose
el bozo qw sombreaha su labio superior.
-iOh, el pan de Paris! aiiadia a1 romper uno de
10s llarnados franceses entre nosotros, es un pan
divilzo, rnirobohizte.
-$ en c u h t o tiernpo aprendiste el frances? le
preguiitd d o h Engracia, dando una cucharrda de
sopa a Diamela i mirando con orgullo a IIartin,
como para manifestarle la superioridad de su
hijo.
Mas, sea que con este movi:;limto no pusiera
bien la cuchara en el querido hocico cle Diamela,
sea que la temperatura elevada de la sopa ofcncliese
sus delicados labios, la perm lanz6 un a h l l i d o que
hizo dar un salto sohre su si!la a dolia Engracia; i
su movimiento fu6 tan rbpido, que ech6 a rodar
por el mantel el plato que tenia por delante i el
liquido que contenia.
-iNo ves! no ves! iqu6 es lo que te digo? Eso
sale por traer perros a la mesa, esclamd don Db-
rnaso.
-Probrecita de mi alma, decia sin escucharle
dofis Engracia, dando €an fuertes apretones de ter-
nura a Diamela, que 6sta ahullaba desesperada.
-Vamos, cjllate, polissonne, dijo Rgustin a la
perra, que, vikndose un instante lihre de 10s abra-
zos de la seriora se calld repentinamente.
- 40 -
Dofia Engracia alz6 10s ojos a1 cielo como admi-
rando el poder del criardor i bajkiidolos sohre su
marido, dijole con aceiito de ternura:
-jMira, hijo, ya entielide frames esta monada!
-Oh, el perro es un animal lleno de intelijencia,
esclamd Agustin; en Paris 10s Ilamaba en espafiol i
me seguian cuando les mostraba un pedazo de pan.
Un nuevo plat0 de sopa hizo cesar el descontento
de Diamela i dejd restablecerse el drden en la
mesa.
-&I quB dicen de politica en el norte? pregunt6
a Martin el duelio de casa.
- Yo he vivido lijos de las poblacioiies, serior,
con la enferinedad de mi padre, contest6 el jdven,
de modo que ignoro el espiritu que alli reinaba.
-En Paris hai muchos colores politicos, dijo
Agustin: 10s orleanistas, 10s de la brancha de 10s
Borbones i 10s republicanos.
-LLa bi*ancha?preguntd don DBmaso.
-Es decir, la rama de 10s Borbones, repuso
Agustin.
-Per0 en el norte todos son opositores, dijo
DAmaso, dirijibndose otra vez a Martin.
-Creo que es lo mas jeneral, respondid Bste.
-La politica gata 10s espiritus, observd senten-
ciosamente el primojinito de la familia.
-iC6mo es eso de gato! preguntd su padre con
admiracion.
-41 -
-Quiero decir que vicia el espiritu, contest6 el
j6ven.
-Sin embargo, repuso don DLimaso, todo ciuda-
dano clebe ocuparse de la cosa piiblica i 10s dere-
chos de 10s pueblos son sagrados.
Don DBmaso, que, como dijimos, era opositor
aquel dia, dijo con grau knfasis esta frase que aca-
baha de leer en un diario liberal.
-MamLi, iqu6 coiafitura es esa? pregunt6 Agus-
tin, seiialando una dulcera, para cortar la conver-
sacion de politica que le fastidiaba.
-1 10s derechos de 10s pueblos, continu6 di-
ciendo don DBmaso sin atender al dzscontento de
su hijo, estan consignados en el Evanjelio. .
-Son albaricoques, hijo, decia a1 mismo tiempo
dofia Engracia, contestando a la pregunta de Agus-
tin.
-iC6mo, allsaricoques! esclam6 don Dgmaso,
creyendo que su mujer calificaba con esta palabra
10s derechos de 10s pueblos.
-No, hijo; digo que aquel es dulce de albarico-
ques, contest6 dofia Engracia.
- Confiture d ' a b k o t s , dijo Agustin, con el
knfasis de un predicador que cita un testo latino.
Durante este diBlogo, Martin dirijia sus mira-
das a Leonor, la que aparentaba la mayor indife-
rencia sin tomar parte en la conversacion de su fa-
milia.
- $2 -
Terniinada la comida, todos sdieron del comedor
e n el drden en que habian entrado, i en el salon '
continud cadn cual con su tenia favorito.
Agustin hablaba a su niaclre del ca€6 que lomaha
en Tortoni despues de comer; don DBmaso recitaha
a Martin, dBndolas por suyas, Ias frases liherales
que liahia aprendido por la mafiiann en 10s pend-
dicos, i Leonor hojeaba con distraccion un libro de
grahados ingleses a1 lado de una mesa. A las siete,
pudo Martin libertarse de 10s discursos republicn-
nos de su hu6specl i retirarse del salon.
Martin se sent6 a1 lado de una mesa con el aire
de un hombre cansado poi’ una larga marcha. Las
emociones de su llegada a Santiago, de la presen-
tacion en una familia rica, la impresion que le
habia causado la elegancia de Agustin Encina, i la
belleza sorprendenie de Leonor, todo, pasando
confusamente en su espiritu, como las incoherentes
visiones de un suefio, le habian rendido de cay-
sancio.
Aquella desdefiosa hermosura, que no se dignaba
tomar parte en las conversaciones de la familia, le
humillaba con su elegancia i su riqueza. LEra tan
vulgar su intelijencia como la de sus padres i la de
su hermano, i esta la causa de su silencio? Martin
se hizo esta pregunta maquinalmente, i como para
combatir la angustia que oprimia su pecho al con-
- 44 -
siderar la imposibilidad de llamar la atencion de
una criatura como Leonor. Pensando en ella, en-
trevi6 por primera vez el amor, como se divisa a
su edad: un paraiso de felicidad indefinida, ardiente
como la esperanza de la juventud, dorado como 10s
sueiios de la poesia, esta inseparable compaiiera
del corazon que ama o desea amar.
Un repentino recuerdo de su familia disipd por
un instante sus tristes ideas, i sac6 a su corazon
del circulo de fuego en que principiaba a' inter-
narse. Tom6 su sombrero i baj6 a la calle. El deseo
de conocer la poblacion, el movimiento de esta, le
volvieron la tranquilidad. Ademas, deseaba com-
prar algunos libros i pregunt6 por una libreria a1
primero que encontr6 a1 paso. Dirijihdose por las
indicaciones que acababa de recibir, Martin lleg6 a
la p&%a de hrmas.
En 1850, la pila de la plaza no estaba rodeada de
un hermoso jardin como en el dia, ni presentaba sl
transeunte que se detenia a mirarla mas -asienlo
que su borde de losa, ocupado siempre en la
iioche por jente del pueblo. Entre estos se veian
corrillos de oficiales de zapateria que ofrecian
un par de botines o de botas a todo el que por alli
pasaba a esas horas.
Martin, llevado de la curiosidad de ver la pila, se
diriji6 de la esquina de la calle de las Monjitas, en
donde se habia deteiiido a contemplar la plaza, por
- 45-
el inedio de ella. A llegar a la pila i cuando lijaba
la vista en las dos figuras de mdrmol que la coro-
nan, un hombre se acerc6 a kl dicikndole:
-Un par de botines de charol, patron.
Estas palabras clespertaron en su memoria el re-
cuerdo del lustroso caizado de Agustin i sus re-
cientes ideas, que le habian hecho salir de la casa.
Pens6 que con un par de botines de charol haria
mejor figura en la elegante familia que le admitia
en su seno: era j6ven, i no se arredrci, con esta
consideracion, ante la escasez de su bolsillo. Detil-
vose mirando a1 hombre que le acababa de dirijir
la palabra, i Bste, que ya se retiraba, volvi6 a1 ins- I
tante hhcia 2.
-A ver 10s botines, dijo Martin.
--Aqui estSn, patroncito, contest6 el hombre,
mostrlindole el calzado, cuyos reflejos acabaron de
acallar 10s escrfipulos del jdven.
--Vea, afiadi6 el vendedor, tendiendo un pafiuelo
a1 horde de la pila, sikntese aqui i se 10s prueba.
Rivas se sent6 lleno de confianza i se despoj6 de
su tosco liotin, tomando uno de 10s que el hombre
le presentaba. Mas no fuk pequefio su asombro,
cuando a1 hacer esfuerzos pera entrar el pie, se vi6
rodeado de seis individuos, de 10s cuales, cada
uno le ofrecia un par de calzado, hablhdole todos
a un tiempo. Martin, mas corifuso que el capitail
de la ronda, cuando se VB rodeado de 10s que en-
3.
- 4.6 -
cuentra en casa de don Bartolo, en el Bxbero de
Sevilla, oia las distintas v o c s i forcej3al)a en van0
por cntrar el botin.
-Tim, patron, estos le estitn rnejor, le decia uflo.
--Pdngase estos, sefior, vea que trahajo: de lo
fino no mas, afiadia olro, cdoeindole uii par de
botines bajo las narices.
, muri~~uraba
--Aqui time unos, pct tocc la ' ~ i c c le
un tercero a1 oido.
I 10s demas hacian el elojio cle su inercanch en
parecidos tC-rminos, confuncliendo a1 pobre mozo
co:i tan estrafia manera de vender.
El primer par fu6 dzsechado por estrecho, el sc-
gundo por ancho i por mui car0 el tercero.
Entre tanto, el iiimero c k zapateros liabia au-
meztado considerablemcnte en derredor del jdven,
que, cansado de la porfiada iiisistencia de tanto
veiidador reunido, se pus0 SLI vkjo bo51 i sa incor-
por6, diciendo que compraria en otra ocasion. En el
i istante vi6 toriiarse en itspero lenguaje !a oficio::-
dad con que un niinuto hahia le ~ u c o s a l ~imo ,y i 2.1
primer0 de 10s vendedores decirle :
-Si 110 tiene ganas de corrprar, p a qtcd est4
embromanclo.
I a otro aEadir, como porvia de apbndice a lo de
este:
--Pal caso, que tal vez iii t i e x plata.
I luego a un tercero replicar:
- 47 -
-1 como que t i e x traza dz futre pobre, hom-
bre!
Martin, recicn llegado a la capital7 ignoraba la
i n s o h c i a de sus compatriotas obreros de esta
ciudad, i sintid el despecho apoderarse de su pt-
ciencia.
-Yo a nsdie he insultado, dijo dirijihdose a1
grupo, i no permitiri! que me insulten tampoco.
-1 porqu6 lo insultan, porque le dicen pobre:
nos?iotros somos pobres tambien, contest6 una
voz.
--Entonlies le iremos ques rico, pug! dijo otro
acercjndose a1 jdven.
-1 si es tan rico porqu6 no compr6 pud, ar7adi6
el primer0 que habia hablado, acercindosele aun
mas que el anterior.
Rivas acab6 con esto de perder 1%paciencia i
emptij6 con tal fuerza a1 hombre, que este fuB a
caer a1 pi6 de sus compafieros.
-1 dejais que te pegue un futre, le dijo uno.
-Leva&& hom, no seais falso, dijo otro.
El zapatero se levant6 con efecto, i arremeti6 a1
jdven con furia. Una ri5a de pujilato se trab6 en-
t6nces entre ambos, con gran alegria de 10s otros,
que aplaudian i animaban, elojiando con imparcia-
lidad 10s golpes que cada cual asestaba con feli-
cidad a su adversario.
-Bbscale fiierte en las narices, decia uno.
- Sjcale chocolate a1 f u t r e , agregaba otro.
- Pegale fuerte i feo, esclamaba un tercero.
De sfibito se oy6 una voz que hizo dispersarse el
grupo, como por encanto, i dejar solos a 10s com-
batientes.
-AZZi viene elpuco, dijeron, borriendo dos o tres.
I fueron seguidos por 10s otros, a1 mismo tiempo
que un policial tom6 a Martin de un brazo i a1 za-
patero de otro, dicihdoles:
-Los dos van pa entro cortitos.
Rivas volvi6 del aturdimiento que aquella riaa le
habia causado cuando sinti6 esta voz i vi6 el uni-
forme del que le detenia.
-Yo no he tenido la culpa de este pleito dijo,
suklteme Ud.
-Pa entro, pa entro, unde 120 mas, contest6 el
policial. I principid a llamar con el pito.
En van0 quiso Martin esplicarle el orijen de lo
acaecido: el policial nada oia i siguid llamando con
su pito hasta que se present6 un cab0 seguido de
otro soldado. Con estos, su elocuencia fracas6 del
mismo modo. El cab0 oyd impasible la relacion que
se le hacia i solo contest6 con la frase sacramental
del cuerpo d e seguridad urbana.
-P&selos pa entro.
Ante tan uniforme modo de discutir, Rivas cono-
ci6 que era mejor resignarse i se dej6 conducir con
su adversario hasta el cuartel de policia.
- 49 -
AI llegar, esper6 Martin que el oficial de guardia,
ante quien fu6 presentado, hiciera mas racional
justicia a su causa; per0 itste 076 su relacion i di6
la 6rden de hacerle entrar hasta la llegada del
Mayor.
A la inisma hora en que Martin Rims era llevado
preso, el salon de do11 Dtimaso Encina r q h i d e c i a
d- luces que alumkrAan a la diaria coxurrencia
cle tertuliwos.
ELIu!i sofi convcrsabn dofia Engracia con una
s S o r a , liermana de don DLmaso i madre de una
nifia qua ocupaba otro so% con Leonor i el elegante
Agustin. En un riiic0.n de la pieza vecina rodeaban
um mesa de malilla don Dimaso i tres caballeros
d3 nspecto respetable i encanecidos cabellos. A1
lndo de la mesa se h a l l a h como observador el
jdven Nendoza, uno de 10s adoradores de Leonor.
Dofia Engracis conversaba con su cuiiada dofiia
Francisca Encina, sobre las habilidades de Diamela
i sus progresos en la lengua de Vaugelas i de Vol-
take, inientras que un hijo de dofia Francisca, per-
tneeciente a la categoria de 10s nifios regalones, se
divertia en tirar la cola i , h s orejas d j la hvorita de
su tia.
La iiifia que coiiversaba con Leonor, ;orinah
con ella un contraste notable por su Gsoiiomin. A1
ver su ruhio cabellc, su blanca tez i sus ojos mu-
les , un estranjero habria creido que no podia per-
tenecer a la misma ram clue la jdven algo morena i
de iiegros cal~ellosque se lialiaha a su Izdo, i n u -
cho m@nbsque entre Leoiior i su prima, lIzii!Ze
Elias, esistiese tan estrecho parentesco. La fisonc-
inia de esta nifia, revelaba ademas cierta laiiguidez
melancdlica, que contrastaha con la orgullosa alti-
vez de Leonor, i aunipe la ekgaiicia de su vestido
113 era m h o s que In de ksta, la helleza de Matilde
sa veia apagada a pr;mera vista a1 lado de la de su
prima.
. Las dos niiias tenian sus manos afectuosamente
entrelazadas, cuaiido entrci a1 salon Clemente Va-
lencia.
-i Ah ! ya vIene este hombre coil sus cadenas de
reloj i sus brillmtcs, que huelen a capitalista de
mal gusto, dijo Leoiioi*.
El jdven no se atrevi6 a quedarse a1 lado de las
do3 priinas por el frio saludo con que la hija cle
doli Dtimaso contest6 a1 suyo i fu@a sentarse a1
lado de Ins niamk.
- 52 -
- Sabes que te corren casainiento con 61, dijo
Matilde a su prima.
-i Jesus! contest6 esta jporque es rico?
-1 porque creeii que t6 le ainas.
-Ni a 61 ni a nadie, replicG Leonor con acento
desdefioso.
-&A nadie? i a Mendoza? pregunt.6 Matilde.
-La verdad, Matilde itc has estado enamorada
alguna vez? dijo Leonor mirando fijaniente a su
prima.
Esta se ruboriz6 en estremo i no contest6
- Cuando te ibas a casar, jsentias por Adrianoese
amor de que hablan las novelas? continu6 su prima.
-No, contest6 M a .
-1 por Rafael San Luis.
Matilde volvi6 a ruborizarse sin contestar.
-Mira, nunca me habia atrevido a hacerte esta
pregunta. TI^ me dijiste hace tiempo que amabas a
Rafael; luego te negaste a toda confidenciai despues
td vi preparar tus vestidos de novia para casarte
con Adriano. &A cuiil de 10s dos amabas? A ver,
cu6ntame lo que ha sucedido. Ya hace mas de un
aiio que murid tu novio i me parece que es bastnnte
tiempo para que est& haciendo papel de viuda sin
serlo i el de reservada con tu mejor amiga. jlle
dices que no amabas a Adriano?
-NO.
- Entdnces, no habias olvidado a Rafael.
- 53 -
-i,Podia olvidarle? i puedo acaso aliora mismo?
contest6 Matilde, en cuyos piirpados asomaroii dos
IAgrimas, que ella trat6 de reprimir.
-AI por que le abandonaste entbnces?
-T~I conoces la severidad de mi padre.
iAh! a mi no me obligaria nadie, esclam6 Leonor
con orgullo, i menos ainando a otro.
-Si no hubieras amado nunca, como sostienes,
no dirias esto ~ l t i m o ,replic6 Matilde.
-Es verdad; nuncahe amado, alo menos, segunla
idea que tengo del amor. A veces me ha gustado un
j6ven; per0 nunca por mucho tiempo. Ese empeiio
con quelos hombres exijen que se les corresponda,
me fastidia. Encuentro en ello algo de la superioridad
que pretenden tener sobre nosotras i estaidea hace
replegarse mi corazon. Aun no he encontrado a1
hombre que tenga bastante altivez para despreciar
el prestijio del dinem i bastante orgullo para no
rendirse ante la belfeza.
-Yo jamas me he hecho reflexiones sobre esto,
dijo Matilde: amit a Rafael desde que le vi i le amo
todavia '
-AI has hablado con 61, despues que la muerte de
Adriano te dej6 libre?
No, ni me atreveria a hablarle. No tuve fuerzas
para desobedecer a mi padre i asi tiene derecho
para despreciarme. A veces le he encontrado en la
calle: est6 palido i buen mozo como siempre. Te
- .Jp
' I
_.
aseguro que me he seiitido desfdiecer a su yista, i
81 ha pasado sin mirarme, con esa frente altanera
que lleva con tanta gracia.
Leonor oia con placer la esaltacion con que su
prima hablaba de sus amores i pensa!m que debin
ser mui dulce para el alma ese cult0 entusiasta i
poetico que llena todo el coi-azon.
-De modo que crees que ya no te arna, dijo.
-Asi lo creo, contest6 hiatilcle, dando uii sus-
piro.
--;Pobre Matilde! Xira, yo cIuisiera amar coilio t(1,
aunque fuera sufriendo asi.
-iAh tu n o has sufrido! no lo ciesees.
-Yo preferirin mil veces ese torinento a la vida
insipida clue llevo. A veces he llorado, crey&r,clome
inferior a las demas mujeres. Todas mis amigas
tienen amores i yo numa he peiisado dos dins segui-
dos en el mismo hombre.
-Asi serds feliz.
.
-iQuieIi sabe! inurmur6 Leonor pensztiva.
Un criado anunci6 que el t&estaba pronto, i todos
se dirijieron a unn pieza Contipa a la que ocupaban
10s jugadores de inalila.
Dijirnos que estos eran tres con el clueiio de casa.
Los dos otros eran un amigo de don D5inaso
llamado don Simon Arena1 i el padre de Matilde
don Fidel Elias. Estos Cltimos eran el tip0 del
hombre parhito en politica, cfus vim siempre a1
- 33 -
-1
arrimo cle la autoridad i no profesa mas credo
politico que su conwniencia particular i una ciega
adhesion a la gran palabra orden realizada en sus
mas restrictivas consecueiicias. La arena poliiica de
iiuestro pais est&empedrada coil esia clase de per-
sonajes, como pretenden algunos quc lo est5 el in-
fierno con hueiias iiitencicnes, sin que intentemos
por eslo establecer un simil entre nuesira politica i el
infierno, por mas que les encontrenios muclios
puutos de semejanza. Don Simon Arena1 i don
Fidel Elias aproliaban sin extimen todo golpe de
autoridad, i calificaban con desdefiosos titulos de
revolucionarios i demagogos a 10s que, sin estar
constituidos en autoridad, se ocupan cle la cosa pfi-
hlica. Hombres serios, ante todo, no aprobaban que
la autoridad permitiese la existencia de la prensa
cle oposicion i llamaban a la opinion pfiblica una
majaderia de ccpipiolos,, comprendieiiclo lsajo este
dictado a todo el que se atrevid a levantar la voz
sin tener casa, ni hacienda, ni capitales a interes.
Estas opiniones autoritarias, que 10s clos amigos
profesaban en virtud de k i conveniencia, hahian
acarreado algunos disgustos domesticos a don Fidel
Elias. Dofia Francisca Encina, su mujer, habia leido
algunos librosi pretendia peiisar por si sola, violando
asi 10s principios sociales de su marido, que miraba
todo libro coni0 inhtil, cuando no como pernicioso.
En su cualidad de letrada, doiia Francisca era liberal
-a-
en politica, i fomentaha esta tendencia en su her-
inano a quien don Fidel i don Simon no habian aun
podido conquistar enteramente para el partido del
'
6rden, que algunos han llamado con cierta gracia,
en tiempos posteriores, el partido de 10s enerjistns.
Sentados a la mesa del te todos estos personajes,
la conversacion tom6 distinto jiro en cada uno de
10s grupos que componian, segun sus gustos i
edades.
Dofia Engracia citaha a su cuiiada la escena de la
comida, para probarque Diamelaentendia elfrances,
a lo c u d contestaha dofia Francisca citando algunos
autores que hablaban de la habilidad de la ram
canina.
Leonor i su prima formahan olro grupo con 10s
j6venes; i don Drimaso ocupaba la cabecera de la
mesa con su ainigo i su cu5ado.
-ConvBncete, DSmaso, deciale don Fidel, esta
sociedad de la Igualdad esuna pandilla de descainisa-
dos que quieren repartirse nuestras fortunas.
--I sobre todo, decia don Simon, a quien el go-
9
hierno iiornbraba siempre para diversas comisiones,
10s que liacen oposicion es porque quieren empleo.
--Per0 hombre, replicaha don Dtimaso i,i las
escuelas que funda esa sociedad para educar a1
pueblo?
-iQue pueblo, ni que pueblo! contestaha don
Fidel. Es el peor mal que pueden hacer estar en-
- 57 -
seiiando a ser caballeros a esa pandilla de rotos.
--Si yo ficese gobierno, dijo don Simon, no 10s
dejaba reunirse nunca. LA ddnde vaiiios a parar con
* q t e todos se metan en politica?
-iPero, si son tan ciudadanos como nosotros!
replied don DAmaso.
-Si; per0 ciudadanos sin un centavo, ciudadanos
hambrientos, repuso don Fidel.
- 1 entorices para qui! estamos en Rephhlica,
dijo do53 Francisca, mezclrindose en la conversa-
cion.
-0jalri no lo estuJ-i&amos, contest6 su marido.
-iJesus! esclam6 escandalizada la sefiora.
--Rlira, hija, las mujeres no deben liablar de
'
politica, dijo sentenciosamente doli Fidel.
Esta mkxima fuii aprobada por el grave don
. Simon, que hizo con la cabeza una se5al afirma-
tiva.
--Alas mujeres, las flores i la tualeta, querida tia,
la dijo Agustin que oyd la mAxima de don Fidel.
-Este nifio ha vuelto mas tonto de Europa, mur-
mur6 picada la literata.
-En dias pasados, dijo don Simon a don Djmaso,
un ministro me hablaba de Ud., pregunthdome
si era opositor.
-iYo opositor! esclam6 don DBmaso, nunca lo he
sido: yo soi independiente.
-Era para darle, segun creo, una comision.
Don Dbmaso se cjuedi, pensativo, arrepinli6ncloFe
de su respuesta.
-&I que comision era? preguntd.
--No recuerdo ahora, contcstd don Simon: Ud.
sabe que el gobierno busca la jcnte de d e r para
ocuparla i.. ...
-1 tiene razon, dijo don Dbmaso: es el modo de
establecer la autoridad.
-&lira, Leonor; ya estdn conquistando a tu pap&
dijo dofia Francisca.
-No, a mi no m e conquistan, hija, replied don
bgmaso: siempre he dicho que 10s gobiernos deben
einplear jente conocida.
-Yo no pierdo la esperanza de verte de Senador,
dijo don Fidel.
--No aspiro a eso, repuso don Ddmaso; pero si
10spuekhs me eligen.. ...
--hqui 10s que elijen so3 10s gohiernos, obseivd
cio5.a Francncisca.
--I asi debe ser, replicd don Fidel: de otro modo
no se podria gohernar.
--Para gobernar asi, niejor seria que nos dejaseii
en paz, dijo dofia Francisca.
--Per@ mujer, replie6 su marido; ya te he dicho
que ustedes no deben ocuparse de politica.
Don Simon aprob6 por segunda vez, i dofia
Francisca se volvio con desesperacion hacirt su
cufiada.
- 59 -
Despues del tB, la tertulia yolvid a1 saloii, donde
siguieron la conversacion polilica !os papbes i 10s
jdveiics rodearon a Leonor que se scntd a! lado de
una mcsa. Sobre @stase veia uii. hermoso libro con
tapas incrustadas de n&car.
--Nira, Leonor, la dijo su hermaso, ya te hcn
cqovtado tu album, que me dijiste habias pres-
tado.
-$Jo lo tenia Ud? pregunt6 Leoiicr con indife-
reiicia ti Erinilio illeiidoza.
-Lo he traido esta noche, seiiorita, como liabia
prometido a Ud.
-LLO ilex76 Ud. para ponerle versos? preguntd.
C!emente JTalenciaa su rival: yo nuiica he podido
aguantar 10sversos, aiiaindd e! capitalista baclendo
sonar la cadem de su rehj I
-Xi m c i 1 a m ~ ~ o cdijo
0 , el elegante hugnstin.
-A ver el alhcra, dijo dofia Francisca abrienc'o
el libro.
-TLA;SI s e n movsoes literarios, esclmid Augustin,
rnejor seria que 1iiciesen tin p o c o de mzcsica.
main&,clijo &iat!!Je : hai inayoria por lo clue
nii p i a 0 k i n a m w s o e s htcrarics.
Doiia Fraiicissz aLri6 en una pijinx
--A@ hai usos versos, dijo, i so:i del seiior
MeildOZ2.
!e djjo,!. gc&i, i c p p
--Tk ! ! x e sx-erzos, (~LI!Yi?G?
est& enalrorcd,?
- 69 -
Emilio se pus0 colorado, i lanz6 una mirada a
Leonor que pareci6 no haherla visto.
-Es una composicion corta, dijo dofia Francisca,
que ardia en deseos de que la oyesen leer.
--Purta pues, tia, la dijo Agustin.
Doiia Francisca, con voz afectada i acento senti-
mental, ley6 :
A LOS OJOS DE.. ...
Mas dukes habeis de ser
Si me volveis a mirar,
Porque es malicia a mi ver
Siendo fuente de placer,
Causarme tanto pesar.
De seso me tiene ajeno,
El que en suerte tan cruel
Sea ese mirar sereno
Solo para mi veneno,
Siendo para todos miel.
Si amando os puedo ofender,
Venganza podeis tomar,
Pues es fuerza os haga ver
Que, o no os dejo de querer,
0 me acabais de matar.
- 61 -
Si es la venganza medida
Por mi amor, a tal rigor
El alma siento rendida;
Porque es mui poco una vida,
Para vengar tanto amor.
Emilio Mendoza. .
A1 concluir esta lectura Einilio Mendoza diriji6
una lknguida mirada a Leonor como dicikndola:
-Ud. es la diosa de mi inspiracion.
-1 jen cujnto tiempo ha hecho Ud. estos versos?
le dijo dofia Francisca.
-Esta mafiana 10s he concluido, contest6
hlendoza, con afectada modestia, cuidjndose mui
bien de decir que solo habia tenido el trabajo de
copiarlos de una composicion del poeta espafiol
Campoamor, entdiices poco coriocido en Chile.
-Aqui hai algo en prosa, djjo doiia Francisca:
((La huinanidad camina hdcia el progreso, jirando
en un circulo que se llama amor i que tiene por
centro el 5njel que apellidan mujer.3
-iQuB lindo pensamiento! dijo con aire vaporoso
dofia Francisca.
-Si, para el que lo entienda, replicd Cleinente
Valencia.
Continud por algun tiempo dofia Fraucisca ho-
jeando el libro en cuyas pkjinas, llenas de frases
4
-63 -
vacias o d s estrofas que concluian pidiendo un poco
de amor a la dueiia del alhum, ella se detenia con
entusinsmo.
-Si dejm a mi tia con e! lihro, es capaz de
trasnochar, dijo hgustin a su amigo Valencia.
Don Fidel cli6 la sefial de retirada, tomando su
soinhrero.’
-i,Sabes que Ddmaso me ha dado a entender que
le gustaria que su hijo se aficionase a Matilde? dijo
a doiia Francisca cuando estuvieron en la calle.
hgustin es un magnifico partido.
--Es un muchaclio tail insigr,ificante, contest6
do5a Fmicisca., recordando la poca aficion de su
solsrino a la poesia.
--;Cdmo? insignificante i su padre tiene cercn de
nn millon de pesos! replied con calor el marido.
Doiia Francisca no contest6 a la positivista
opinion clc su esposo.
-Un czsainiento entre Matilcle i Agustin, seria
pui*a nosotros una ,-ran ii-licidacl, prosigui6 don
Fidel. Figfirate, hija, rice e! afio entrunte terrnina el
arrieiiclo que tecgo del RcSle, i que su duefio no
quicre prorogarme este arrieiido.
-1Iastn ~711ora,la tal hacisnda del Roble no te ha
dado rnucho, clijo dgiia Francisca.
-Esta no cs 1%cwstion, replied den Fidel, yo
iiie po:igo ell el cas0 que terniine el arriendo.
Casendo a h1atild.e con A4gustin, adsmas que
aseguramos la sucrtg de iiucstra hija, D6iriaso no
me iiegnrd su fianza, como ya lo ha hecho, para
. cualquier negocio.
--En fin, tfi sabr5.s lo que Iiaces, conleFt6 con
c:i?'~da la scfiora, indigaada clel prosaico c&lculoclc
su maricio.
Lo restante del camino lo hicieron en silencio
hasta llegar a In casa que habitahan.
TTolvere~nosiiosotros a don D5maso i a su fanilia
yue cjueclaroli solcs en el salon.
-1 nuestro alojado iqu6 se ha13rh hecho? pre-
gunt6 el caballero.
U n criado, a cpien se llam6 para hacer estn prc-
gunta, coiltest6 que no habia llegado aun.
-Xo serh inucho qne se liaya perdido, dijo don
Dbmaso.
-iEn Santiago! esclam6 hguslin con ndmira-
cion: en Paris si que es f k i l egararse.
-He penc;aclo, dijo don Ddmaso a SLI inujcr, clue
Marlin puede seivirrne mucho, porcjue necesilo
una persona que lleve niis libroq.
-1)arece un h e n jovencilo i iiic gusta porcpe 110
fuma, respondi6 doiia Engracia.
Blartiii, con efecto, hal;ia dicho que no fumabn
cuando, de;pues de comer, don DRinaso le ofrecirj
un cigS;lri-0, eii un rapto c k repul~[Link], a1
clespedirse, sus amigos le dejahaii ineclio curaclo ya
de sus impulsos igualitarios con la noticin de c p c
- 64 -
un Ministro se habia ocupado de it1 para enconien-
darle una cornision.
-Despues de todo, pensaba a1 acostarse don
Dkmaso jestos liberales son tan esajerados!
- 65 -
En van0 protest6 Martin Rivas contra la arbitra-
riedad que en su persona se cometia; solicitando
su libertad i prometiendo volver a1 dia siguiente
para ser juzgado. El oficial de guardia sostuvo la
primera drden que habia impartido, con la inflesi-
bilidad de 10s granaderos de Napoleon el Grande,
que morian antes que rendirse.
’
Rivas, cansado de protestar i de rogar, se resign6
por fin a esperar con paciencia la llegada del Mayor,
entregindose a las tristes reflexiones que su
estraiia situacion le sujeria.
Ante todo pens6 en la esplicacion que tendria
que dar a1 dia siguiente a lafamilia de Don Dtimaso,
en cas0 que no pudiese obtener su libertad hasta
enthces. Veia de antemano con verguenza, la or-
4.
- 66 -
gullosa mirada de Leonor, la rim insultante de
Agustin i la humilladora compasioii de 10s padres.
A su juicio era Leonor la causa de su desagradable
aventura. Su memoria le trazd la bella imijen de
aquella nifia, que era imposible mirar sin mocion,
i una tristeza profunda nacid en su espirilu a1 con-
siderar el desden con que ella escucharia la rela-
cion de su desgracia. En aquellos momentos, el
pobre mozo maldijo su destino, i su corazon de-
sesperado pidid cuenta al cielo de la pobreza de
a!gunos i de la riqueza de otros. Solo enldnces pen-
saba en las desigualdades injustas de la suerte i
nacia en s u corazon un vag0 encono contra 10sBvo-
recidos de la fortuna.
--Si Leonor me perdonase 10 ridiculo del trance
en que me hallo, pensaba Martin, lo demas me im-
portaria mui poco i yo sabria castigar la insolencia
del que se atreviese a reirse.
Esta sola reflesion manifestaba que Rivas, por
mas que hubiese querido huir de la profunda iin-
presion que la vista de Leonor le habia clejacio
en a1 a h a , solo habia conseguido pensar en ella.
-LMe despreciark? pensaba con amarga tris-
teza.
A veces le ocurria la idea de regrcsar a Copiap6
con 10s cortos recursos de que disponia i consa-
grarse alli a trabajar para su familia; mas, pronto
su enerjica voluntad le hacia avergonzxse de yuerer
quebrantar su juramento por el Tan0 temor de
verse despreciado de una mujer que solo habia
i-isto una Trez.
El Mayor llegd a las doce de la noche i concedid
audiencia a Martin. Despues de la relacion que 6ste
liizo del suceso, e! Jefe vi6 que las palal~rasdel
jdren hablaban mas en su fmor que la pobreza de
su traje, i di6 drden de ponerle en libertacl.
Hartin llegd a las doce i media n casa de su pro-
tector i encontrd cerrada la puerta. Did algunos li-
jeros golpes que nadie, a1 pzrecer, oy6 e n el inte-
rior de la easa i se retird sin atreverse a hacer otra
teiitativa para entrar. hrindse de paciencia i se re-
solvid a pasar la noche recorrieado las calks sin
alejarse muclio de casa de c h i Dhxtso.
Santiago era entcinces unn ciuc’.sd silericiosa desde
temprano ; asi f u B que Riv::s no tuvo inas especlli-
culo durante sus correrias, que las fctchadas de las
casx i !os serenos que roncaban en cada esquioa,
velando por la seguridad de la po’nlacion.
A1 dia siguiente pudo Martin eiitrar a la easa
cuando se abria la puerta para dar paso a1 criado
que iha a la plaza. Este le mil-6 con una sonrisa
hurlona, que sirvid de precursor a1 jdven para
saborear de antemano la humillacion en que se
encontraria pronto ante la fnmilia de doli DA-
maso.
Poco Antes de la hora de almorzar 1mj6 a1 patio,
resuelto a arrostrar la verguenza de su situacion,
{intes que dejar el campo libre a las suposicioiies
de su hubsped i cle sils hijos.
Don D6maso vi6 a liartin que se dirijia a su es-
critorio i le abvi6 la puerta.
--iCBino se ha pasado la noche, Martill? prc-
guilt6 contestando el saludo del jdven.
- Mui desgraciadamente, seiior, contest6 bste.
-iCdmo! no ha dorinido Ud. hien.
-He pasado en la calle la mayor parte.
Don Dtimaso abri6 tnmafios ojos.
-iEn la calle! iI d6ncle estuvo Ud. hasta las doce,
hora en que se cerrd la puerta.
-Estuve preso en el cuartel de policia.
Martiii refiri6 ent6nces circuristanciadamente su
aventura. A1 terminar vi6 que su protector hacia
visibles esfuerzos para contener la risa.
-Sento en el alma lo que le ha sucedido, dijo
don DAniaso, apelando a toda su seriedad, i para
olvidar este desagradable suceso hablarb a Ud. de
un proyecto que tengo relativo a su persona.
-Estoi a sus cjrdenes, contest6 el jdven, sin
atreverse a exijir el secret0 a don DBmaso sohre su
aventura.
-Dispondrti Ud. de muchas horas desocupadxs
eii el dia despues de atender a sus estudios, dijo
el caballero, i desearia saber si Ud. tiene inconve-
nieiite en ocuparse de mi correspondeiicia i de al-
-69 -
gunos libros que llevo para el arreglo de mis ne-
gocios. Yo dark a Ud. por este servicio treinta
pesos a1 mes i me alegrar6 muck0 de que Ud.
acepte mi proposicioix s e r j Ud. como mi secre-
tario.
-Sefior, contest6 Martin, acepto la ocasioii que
Ud. me presenta de corresponder en algo a la
bondad con que Ud. me trata i llevark gustoso sus
libros i correspondencia; pero me permitirj no
hacer igual aceptacion del sueldo con que Ud.
quiere retribuir tan lijero servicio.
--Per0 hombre, Ud. es pobre, Martin, i asi PO-
dria Ud. disponer de cincuenta pesos.
-Quiero mas bien disponer del aprecio de Ud. ,
contest6 Riras con un acento de digiiidad que hizo
sentir a don Djmaso cierto respeto por aquel pobre
provinciano, que rechazaba un sueldo que muchos
en su lugar habrian codiciado.
Martin se impuso de lo que tendria que hacer en
el escritorio de don Dnmaso i Bste, miBntras re-
coma algunos papeles, pensaba, a pesar suyo, en
la conducta de su protejido. Para ciertos hombres,
un rasgo que revela desprendimiento del dinero es
el colmo de la magnanimidad. Por manera que
don Djnidso adrnird como un verdadero heroism0
las palabras de Martin. El culto del or0 ha tenido
sieinpre tan numerosos prosklitos, que una escep-
cion parece increible, sobre todo en 10s afios que
- ‘io -
alcanzamos. A1 misino tiempo que su admiracion i
tal vez como la iinica rnanera de e~p!icArsela, $e
ccurri6 a don Djmaso la idea de que Riras tenia
sus puntillas de lo que 10s hombres posiiivo.; !la-
man quijotismo i, preocupado como estaba d~ p s ~ -
samientos politicos, pens6 cn que :que1 jchen seria
mui a c i l de arrastrar por Ins que, desde su con-
T-ersacion de la nocfie precedenie, jnzgcba TXDRS
palabras de libertad i de fraterniaad.
-Vea Ud., Martin, dijo, despues c?e algunos ins-
tantes de reffexion, Santiago est& &ora, lleilo de
jentes que solo se ocupan cle politics. Si Ud. m e
permite un consejo, le dirk que tenga mccho cui-
dado con esos pretendidos liberales. Siempre esitiii
abajo, nunca contentos i jamas han hecho nada de
bueno: ac8 para entre nosotros, creo que un hom-
bre, para pererse completamente, n3 tieiie inns
que hacerse liberal. En Chile, R lo inkno?, creo
mui dificil qus suban.
La franqueza de estas palabras cli6 a coriocer n
Martin 10s principios politicos que constituian la
profesion de f6 con que don 431imaso aspirdia a
ocupar un puesto en el Senado de Repliblica. hle-
jado del trato social i entregado imicainente a sus
estudios, Rivas ignorsba que aquelln profesion era
la que intimamente cultivaban la mayor pzrte d 3
10s politicos de su patria. Su juicio recto i su noble
orgullo de j6ven le hicieron concebir m u i triste
- 71 -
idea de S u protector, como personaje politico. En
este juicio tenia mas parte su instinto que s u crite-
ria, porque illartin no hahia pensado jamks con de-
tencion en las cuestiones que zjitan a la humani-
dad como una fiehre, que solo crlmarA cuando su
naturaleza respire en la esfera normal de su exis-
teiicia que es la libertad.
Poco gntes de almorzar, don Dkmaso refirid a
su mujer i a sus hijos, 10s percances ocurridos a
Rivas.
-LDe modo que ese pobre muchacho no ha dor-
mido en toda la noche? dijo dofia Enpicia, acari-
ciando a Diamela.
-Es decir, manid, dijo Agustin, quc ha pasado
la noche a lu bdlle dtoile. Es una aventura de!i-
ciosa. .
-Per0 oigan ustedes, repuso don Dkmaso; ese
muchacho que vk a comprar botines n la plaza i
que solo tiene veinte pesos a1 mes para todos
sus gastos, ha rehusado esta mcfians un sueldo de
treiiita pesos que le ofreci porque nis sirviera de
secretario.
-Ah, ah, esclam6 atusdndose su bozo Agustin,
es a decir que quiere hncer el fiero.
-[,No quiere servirte de secretario? preguntd
doiia Engracia.
-Si, si: acepta el puesto; pero no admite el
sueldo.
- 7'2 -
Leonor mird a su padre como si solo entdiices
oyese la conversacion i Agustin reclinhdose en uii
SOfk;
-Es para que le perdonen lo de 10s botines,
dijo, contemplando con satisfaccion sus elegantes
chinelas de taco rojo isu pantalon de mafiana.
En aquel instante entrd Martin, a quien habian
llamado a almorzar.
-Amigo Martin jcon que se duerme mal en
Santiago? le dijo Agustin saludAndole.
Martin se pus0 encarnado, mientras que don Dk-
maso hacia seiiales a su hijo de callarse.
-Es cierto, contest6 Rivas, tratando de aceptar
la broma lo mejor que pudo.
-Per0 hombre, replicd el elegante iir a buscar
calzado a la plaza! jpor que no me lo dijo Ud. i le
habria indicado un botero franc&.
-jQuB quiere UdS contest6 Martin con orgullo,
soi provinciano i pobre. Lo primer0 esplica mi
- aventura i lo segundo que un botero franc& seria
tal vez mui car0 para mi.
-T~I nunca nos has referido las torpezas que
cometiste por ignorancia a1 llegar a Paris, dijo
Leonor a su hermano, i por eso criticas a1 seiior
con tanta facilidad.
Estas palabras las dijo Leonor con aire risueiio,
para disimular la acritud que envolvian i sin mirar
a Martin.
- 73 -
Rivas coiiocio que debia dar las gracias a la niiia
por la defensa que acababa de hacer de su causa,
per0 su turbacion no le dej6 decir una sola pala-
bra.
Entre tanto Agustin, que conocia la superioridad
de su hermana, no ha116 tampoco nada que contes-
tar, i disimul6 su derrota, haciendo un cariiio a Dia-
mela que su madre tenia ya en sus faldas.
-He contado su aventura a mi familia, dijo don
Dgmaso, para esplicar la ausencia de Ud. anoche.
-1 ha hecho Ud. mui bien, seiior, respondi6
Martin, que habia recobrado su serenidad con las
palabras de Leonor. Espero que estas seiioritas,
aiiadid, me perdonaran mi involuritaria falta.
-Cdmo no, caballero, le dijo dofia Engracia, es
un contratiempo que puede suceder a cualquiera.
-Ciertamente a cualquiera, repitid Agustin,
viendo que todos tomaban el partido de Rivas: lo
que yo decia a Ud. era una plesanteria sin conse-
cuencia.
Leonor nabia aprobado con la cabeza las pala-
bras de su madre, i Martin recibi6 esta pequeiia
seiial como la absolucion del ridiculo que el orijen
de su aventura arrojaba sobre su persona.
Despues de almorzar, se inform6 de la situacion
del Instituto Nacional i de 10s pasos que debia dar
para incorporarse a la clase de practica forense en la
seccion Universitzria.
5
- 74 -
Practicadas todas sus dilijencias regres6 a casa de
don Drimaso i se pus0 a trabajar en el escritorio d e
Me, repitiendose para si:
-Ella no me desprecia.
Esta idea levantaba el enorme peso que oprimia
a su corazon i le mostraba de nuevo la felicidad en
10s horizontes lejanos de la esperanza.
- 75 -
VIII.
Desde el dia siguiente principi6 Martin sus tareas
con el empefio del j6ven que vive convencido de
que el estudio es la irnica base de un porvenir
feliz, cuando la suerte le ha negado la riqueza.
El pobre i anticuado traje provinciano llam6
desde el primer dia la atencion de sus condiscipu-
Ios, la mayor parte j6venes elegantes, que llegaban
a la clase con 10s recuerdos de un haile de la vis-
pera o las emociones de una visita, mucho mas
frescos en la memoria que 10s preceptos de 'las
siete Partidas o del Prontuario de 10s Juicios. Mar-
tin se encontr6 por esta causa aislado de todos.
Entre nuestra juventud, el hombre que no princi-
pia a mostrar su superioridad por la elegancia del
traje, tiene que luchar con mucha indiferencia, i
acaso con un poco de desprecio, intes de conquis-
- 16 -
tarse las simpatias de 10s demas. Todos miraron a
Rivas como a un pobre diablo que no merecia mas
atencion que su raida catadura i se guardaron bien
de tenderle una mano amiga. Martin conoci6 lo
que podria mui propiamente llamarse el orgullo de
la ropa i se mantuvo digno en su aislamiento, sin
mas satisfaccion que la de manifestar sus buenas
aptitudes para el estudio cada vez que la ocasion
se le presentaba.
Una circunstancia habia llamado su atencion, i
era la ausencia de un individuo a quien 10s demas
nombraban con frecuencia.
-i,Rafael San Luis, no ha venido? oia preguntar
casi todos 10s dias.
I sobre la respuesta negativa, oia tambien varia-
dos comentarios sobre Ia ausencia del que 1leval:a
aquel nombre i que, a juzgar por la insistencia
con que se recordaba, deSia ejercer cierta supe-
rioridad entre 10s otros que asi se ocupaban de 61.
Dos meses despues de su incorporacion a la claw,
not6 Martin la presencia de un alumno a quien
todos saludaban cordialmente, dsndolole el iiombre
que habia oido ya. Era un jdven de veintitres a
veinticuatro afios, de palido semblante i facciones
de una finura casi femenil, que poniaii en relieve
lafina curva de un bigote negro i lustroso. Una
abundante cabellera, dividida en la mitad de la
frente, realzaba la majestad de Bsta i dejaba Caer
- 77 -
tras de 130s pequefias i rosadas orzjas, sus hebras
iiegras i relucimtes. Sus ojos, sin ser grandes, pa-
recian brillar con 10s destellos de una intelijencia
poderosa i con el fuego de un corazoii elevado i
varonil. Esta espresion enBrjica de su mirada, cua-
draba mui bien con las elegantes proporciones de
un cuerpo de regular estatura i de simktricas i
bien proporcionadas fornias.
A1 principio de la clase, Rims fij6 con inter& su
vista en aquel jdven, hasta que este habl6 a un
compafiero despues de mirarle. En ese momento,
el profesor pidid a Martin su opinion sobre una
cuestion juridica que se debatia, i despues de darla
recibi6 una contestacion desteniplada del alumno
a quien acababa de correjir. Martin replic6 con
enerjia i altivez, dejando la razon de su parte, lo
que hizo eiirojecer de despecho a su adversa-
rio.
Entre el j6ven que habia llamado la atencion de
Martin i el que estaba a su lado habia mediado la
siguiente conversacion:
-&Qui& es ese? pregunt6 Rafael, a1 ver la aten-
cion con que le observaba Rivas.
--Es un recien incorporado, contest6 el compa-
fiero. Por la traza parece provinciano i pobre. No
conoce a nadie i solo habla en la clase cuando le
preguutan algo. No parece nada tanto.
Rafael observb a Rivas durante algunos instantes
- 75 -
i pareci6 tomar inter& en la cuestion que Bste de-
batia con su adversario.
A1 salir de la clase, el que habia manifeslado su
despecho a1 verse vencido por Martin, se le acerc6
con ademan arrogante.
-Bien est& que Ud. corrija, le dijo mir&ndole
con orgullo; pero no vuelva a einplear el tono que
ha usado hoi.
-No sufrir6 la arrogancia de nadie i responder6
siempre en el tono que usen conmigo, dijo Marlin,
i ya que Ud. se ha dirijido a mi, afiadid, le adver-
tiri: que aqui solo admito lecciones de mi profesor
i imicamenle en lo que concieriie a1 estudio.
-Tiene razon esle caballero, esclam6 Rafael
San Luis adelanthidose: th, Miguel, has contestado
a1 serior coil aspereza cuando 61 solo cumplia con -
su obligncion corriji6ndote. Adeinas el seiior est6
recien llegado i le debemos a lo n i h o s 12s conside-
raciones de la hospitalidad.
La discusioii termin6 con estas palabras, que el
j6ven San Luis habia pronunciado sin afectacion ni
dogmatisino.
blartin se acerc6 a 61 con aire timido.
--Creo que debo dar a Ud. las gracias por lo que
acaba de decir en favor mio, le dijo, i le ruego las
acepte con la siiiceridad coil que se las ofrezco.
-Asi lo hago, le contest6 Rahel, tendikndole la
mano con franca cordialidad.
- 79 -
--I ya que Ud. se ha dignado hahlar en mi favor,
continu6 Rivas, le supiico que cuando pueda, me
guie con sus consejos. Kace mui poco tiempo que
habito en Santiago e ignoro las costumbres de
aqui.
-Por lo que acaho de ver, contest6 Rafael, Ud.
poco necesita de consejos. Lo que predomiiia en
Santiago es el orgullo i Ud. parece tener la sufi-
ciente enerjia para ponerlo a r a p . Ya que habla-
mos sobre esto, le confesark a Ud. que intercedi
hace poco en su favor, porque me dijeron que era
pobre i no conocia a ninguno de nuestros condisci-
pulos. Aqui las jentes se pagan mucho da las este-
rioridades, cosa con la cual no convengo. La po-
breza i el aislamiento de Ud. me han inspirado
simpatias, por ciertas razones que nada tienen que
ver con este asunto.
-Me felicito por tales simpatias, dijo Martin, i me
alegrark mucho si Ud. me permite cultivar su amis-
tad.
-TendrA Ud. un triste amigo, replic6 San Luis
con una sonrisa melanccilica; per0 no me falta
cierta esperiencia que acaso pueda aprovercharle.
En fin, eso lo dirA el tiempo: hasta mafiana.
Con estas palabras se despirli6, dejando una es-
traiia inpresion en el animo de Martin Rivas, que
se qued6 pensativo, mirandole alejarse.
Habia, en verdad, cierto aire de misterio en torno
-so- '
~ de aquel jdven, cuya pobtica belleza llamaba la
atencion a primera vista. Martin observd con cu-
riosidad sus maneras, en las que resaltaba la digni-
dad en medio de la sencillez, i la vaga melancolia
de su voz le inspirci a1 instante una poderosa sim-
patia. Llamrj tambien la atencion de Rivas el traje
de Rafael, en el que parecia reiiiar el capricho i un
absoluto desprecio a la moda que uniformaha a casi
todos 10s otros alumnos de la clase. Su cuello
vuelto contrastaba con la rijidez de 10s que llevaban
10s demas, i su corhata negra, anudada con des-
cuido, dejaba ver una garganta cuyos suaves line%-
mentos traian a la memoria la que 10s escultores
han dado a1 busto de Byron. Martin vi6 ademas en
las tiltimas palabras de aquel jdven, una lijera ana-
lojia con su situacion, complacibndose en aumen-
tarla con la idea de que seria como 61 un hijo Jes-
heredado de la fortuna. Este pensamiento le hizo
acercarse a Rafael al dia siguiente i anudar con 61
la conversacion interrumpida el anterior.
-Cuando Ud. quiera, le dijo San Luis, vbngase
a comer conmigo a un hotel de pobre apariencia
que suelo frecuentar i alli conversaremos mas ami-
gablemente. jD6nde vive Ud?
-En casa de don Damaso Encina.
-iEn casa de don DAmaso! esclamci con admira-
cion Rafael; jes Ud. su parience? %
--No, he traido una carta de mi padre para 61 i
- 81 -
me ha hospedado en su casa. iUd. le conoce?
-Algo, contest6 San Luis con disimulada turba-
cion.
Los dos j6venes permanecieron silenciosos algu-
nos instantes, hasta que Rafael rompi6 el silencio
liablando de asuntos indiferentes i mui distintos del
que les acababa de ocupar.
AI salir de la clase, San Luis convid6 a almorzar
a Martin i se dirijieron a un hotel de pobre aparen-
cia, como lo habia calificado el primero.
Una botella estableci6 mas franqueza en la con-
versacion de 10s dos jbvenes.
-Aqui no comer5 Ud. con el hijo de don D&maso,
dijo Rafael; pero si con nias libertad.
-[,Ha visitado Ud. su casa? pregunt6 Rivas, a
quien habia picado la curiosidad la turbacion de su
nuevo amigo a1 hablar de su protector.
-Si, en mejores tiempos, contest6 Bste. &I su
hij a?
-Oh, est5 lindisima, dijo Martin con entu-
siasmo .
-jCuidado! esa respuesta revela upa admiracion
que puede a Ud. serle fatal, observ6 San Luis,
poniendose &io.
-iPor quk? pregunt6 Rivas.
-Porque lo peor que puede suceder a un j6ven
pobre coin0 Ud. es el enamorarse de una ni5a rica.
Adios estudios, porvenir, esperanzas, esclamd San
5.
- g;! -
Luis empinando con f2bril entusiasmo un vas0 de
vino. Ud. me pidid consejos aver; pues bien, ahi
tiene Ud. uno i es de 10s mas cuerdos. El amor,
para un jdven estudiante, debe ser como la manzana
del parniso : fruto vedado. Si U J . quiere sa- algo,
Martin, i le dig0 est0 porque Ud. parece dotado de
la noble nmbicion que forma 10shombres distingui-
dos, rodee su corazon de una capa de indiferencia
tan impenetrable como una roca.
-No pienso enamorarme, contest6 Martin, i tengo
para ello mui poderosas razones: entre ellas la que
Ud. acaba de apuntar.
San Luis cambi6 ent6nces de conversacion i
habl6 sobre tan distintas materias i con tal verbo-
sidad que parecia tener empeiio en hacer olvidar a
Rlartin las primeras palahras que habia dicho acon-
sejcndole.
En casa de don D6maso habl6 Martin de su nuevo
amigo, a quien Agustin habia nombrado.
-Ese mocito es mui intrigante, dijo don Dgmaso,
i busca nifia con buena dote.
-Per0 pap&,replicd Leonor, es necesario no ser
injusto; yo tengo mejor idea de San Luis.
--Es un pavvenido, dijo Agustin; papti tiene
razon. A la lpoca dolzcle estunaos, todos quieren
plata.
-1 hacen bien, cuando hai polsres que la mere-
cen mas que muchos ricos, esclamci Leonor.
- 83 -
Estas pocas palabras arrojaron la duda en el
espiritu de R i m s . La enerjia con que Leonor
defendia a Rafael de 10s atacpes de su padre i de
su hermano, i las palabras de su amigo sobre el
amor, hicieron brillar de repente cierta luz a sus
ojos, que hirid su corazon con un malestar desco-
nocido. No podia pensar sin0 que San Luis habia
amado a. Leonor i que su pasion habia sido conde-
nada por don Diimaso. Semejante descubrimiento
le desazon6 como si acabase de recibir alguna
triste noticia, i se entreg6 a1 trabajo sin esplicarse
el descontento que le hacia mirar el porvenir bajo
un prisma sombrio.
Cuando hub0 despachado la correspondencia de
don Diimaso, su pensamiento, despues de (lar mil
vueltas a la misma idea, no habia llegado mas que
a esta conclusion que le llenaba de desconsuelo:
-No hai duda que se han amado, i puesto que
Leonor le defiende, debe amarle todavia.
- 86-
IX
La idea de que Leonor amase a su nuevo amigo,
infundid a Rivas cierta reserva para con M e , a
pesar de la viva simpatia que hacia 61 le arrastraba.
Durante varios dias tratd en van0 de aclarar sus
sospechas en sus conversaciones con Rafael Sa11
Luis. Las confidencias no vinieron jamas a satis-
facerle.
Una tarde, despues de comer en casa de don
Damaso, se retiraba Martin como de costumbre,
antes que hubiese llegado la hora de las visitas.
-&Es Ud. aficionado a la mfisica? le dijo Leonor,
cuando 151habia tornado su sombrero.
Martin sintid que la turbacion se apoderaba de
su pecho a1 responder. Le parecia tan estraiio que
la orgullosa nifia le dirijiese la palabra, que a1 oir
su voz se figur6 estar bajo la alucinacion de 6n
sueiio. Con esta impresion se habia vuelto hacia
Leonor sin responderla i como creyendo haber
oido mal. .+
Leonor repiti6 su pregunta con una pequeiia
sonrisa.
-SeEorita, contest6 Rivas conmovido, he oido
tan poco, que no puedo calificar de gusto la aficion
que tengo por ella.
-No importa, dijo la nifia con tono imperativo:
oirdUd. lo que voi a tocarle i sientese a1 lado del
piano porque tengo que hablar con Ud.
Martin siguid a Leonor abismado de admiracioii.
Don Dimaso, su mujer i hgustin jugaban a1
juego frances llamado patience, que el j6ven les
ensefiaha.
Leonor principi6 a tocar la introduccion de uii
valse despues de mostrar a Rivas un asiento mui
cerca de ella. El jdven la iniraba estasiado en sa
bellezai dudando de la realidad de aquella situacion,
que no se habria atrevido a imajinar un, momento
5ntes.
Leonor tocd la introduccion i 10s primeros com-
pases del valse sin dirijirle la palabra. I cuando
Martin empezaba a figurarse que era el juguete de
un capricho de la. nifia, dsta fij6 en 81 su mirada
altanera.
- bud. conoce a Rafael San Luis? le pre-
guntd.
- SG -
- Si, sefiorita, contest6 Rivas, mirando en esta
preguiita la confirmacion de las sospechas clue le
atorin entaban.
-LLe ha hablado a Ud. de alguien de mi familia?
volvi6 a preguntarle Leonor.
-Mui poco, le creo mui reservado, contest6 81.
--;Ud. es amigo sug’o?
-Mui reciente: le he conocido en el colejio hace
pocos dias.
--Per0 en fin, Ud. ha hablado con 81.
-&si todos 10s dias desde que hicimos amistad.
-AT nada de particular le ha dicho a Ud. sobre
alguien dc mi familia?
--Nada: ah, si; me pregunt6 una vez por Ud,
Martin aiiacli6 la segunda parte de esta contesta-
cion con la esperanza de leer en el rostro de la
niiia la confirmacion de la sospecha que aumentaba
en su espiritu.
- ~ h h ? dijo Leonor. iI nada mas?
--Nada mas, seiiorita, contest6 el jdven, deses-
perado de la majestuosa impasibilidad de a p e 1
rostro Iindisimo.
Leonor siguid. tocando algunos instantes sin decir
una palabra.
Martin se sentia sofocado, inquieto, descontento
ante la arrogancia de aquella nifia que solo se dig-
naba dirijirle la palabra para hablar de un hombre
a quien tal vez amaba. Su amor propio le infundia
- 57 -
[Link] deseos de poseer una belleza siiigular,
una inmensa fortuna o una celebridad; dgo, en fin,
que le pusiese a la altura de Leonor, para arrastrar
su atencion i ocupar su espiritu, que acaso en ese
instnnte se olridtiba de 61 como de 10s muehles que
habis en torno suyo. WumillBhale mas que nunca
su oscuridad i su pobreza i se sentia capaz de un
crimen para ocupar-10s pznsarnientos de la nifia,
aunque fuera con el temor.
ill caho de cortos momentos, ella le mir6 de
nuevo.
-Pero, en fiii, dijo anudaxlo la conversacion
interrumpida, Ud. deb2 saber lo que ese jdven hace
o adonde visita.
-Siento en el alma, seEorita, no poder satisfacer
la curiosidad que Ud. me manifiesta, contest6
Martin con cierta dureza de acento. No he recibido
de San Luis ninguna coiifidencia ni s6 absolutamente
las casas en que visite: solo nos vemos en el
colejio.
Leonor dej6 de tocar, hoje6 algunas piezas de
mhsica i se levant6.
-j,Ya estliii Uds. inui diestros en ese juego? dijo,
acercandose a la mesa en que jugahan suus padres i
su hermano.
-Tan diestros como yo, dijo AgustilJ.
Riyas se pus0 rojo de vergiienza i de despecho.
TJeonor no :a habia dirijido ni una sola palabra, ni
- 88 -
una sola mirada. Se habia retirado coin0 si 151 no
estuviese alli por &den suya.
-&Ud. no entiende este juego? le pregunt6 por
fin Leonor, como acordkndose solo ent6nces de que
le habia dejado junto a1 piano.
-No, sefiorita, contest6 61.
I sali6 a1 calso de algunos miiiutos, que emple6
en buscar la manera de hacerlo sin llamar la
atencion.
Martin entr6 a su cuarto con el corazon despe-
dazado. Su angustia le impedia el esgficarse 10s
encontrados i violentos sentimientos que le aji-
tzban. Mudas imprecaciones contra su destino i el
orgullo de 10s ricos, locos proyectos .de venganza,
un dsaliento sin limites a1 mirar h5cia el provenir,
arrebatos de conquistarse un nonibre que le atrajeqe
la sdmiracion de todos, mil ideas confusas hiriendo
como otros tantos rayos su cerebro, hacieiido
dilstarse su corazon, ajitando la velocidad de su
sangre, destrozandole el pecho, arrancjndole 18gri-
mas de fuego: hi: aqui lo que le hacia retorcerse
desesperado sobre una silla, mirarse con ojos
espantados a1 espejo; i como uii relampago en
medio de una deshecha tempestad, aparecia en su
mente a cada instante i cortando la hilacion de sus
demas ideas, Bsta que suslabios no formulaban, pero
que hacia estremecersele el corazoii.
-;Ah, i ser tan hella! tan kella!
- 88 -
La calma sobrerino poco a poco, hacihdole
pasar a 10s encantados idilios del amor primero.
jHabia perdonado! Leonor descubria de repente
10s tesoros de su corazon virjen i fogoso; aceptaba
un amor lleno de sumision 1 db ternura, jse dejaba
adorar ! Martin recorrid asi un mundo fanttistico,
oyendo la mlisica celestial de un valse a cuyos corn-
pases se repetian el i Leonor 10sjuramentos para
toda la vida, jurameiitos que ignoran 10s dias de la
vejez i piden una tumba para renacer juntos en la
mansion de la vicla infinita. Vi6 que puede de re-
pente nacer en el pecho una pasion que pisotea al
orgullo, que encuentra en la tirrra 10s elementos
de una felicidad reputada coin0 quimerica, i se
acostd distraido, casi cantando, para continuar sus
sueiios, olviddndose de la verdad.
Mientras Rivas pasaba por esta crisis, en la que
a! fin se dibuj6 radiar,te su amor, como aparece en
el fondo de un crib01 la plata que la accion del
fuego hace desprenderse del metal, Leonor se re-
tirabcl con Matilde g un scfk apartado del gran salon
en que conversaban algutias visitas.
-Como te dije el otro din, principi6 por deck
Leonor, estrechando una mano de su prima, Martin
habld en la mesa de Rafael San Luis a quien yo
defendi de 10s ataques de mi padre.
Matilde apret6 la mano de Leonor con reconoci-
miento ;i Bsta continud.
- 90 -
- Esta tarde IlamP. a Martin junto a1 piano i le
hice varias preguiitas sobre San Luis. Es amigo de
61, per0 de poco tiempo a esta parte. Nada me ha
podido informar sobre la vida que lleva, pues Rafael
parece no haberle confiado aun ninguna cosa que
revele el estaclo de su corazon; per0 te prometo
que yo lo averiguark. Rivas es-intelijente, i espero
que pronto se captar6 su entera confianza. Asi sa-
bremos si todavia te ama.
Las dos iiifias continuaron su conversacion hasta
que Emilio Mendoza ocup6 un asiento a1 lado de
Leonor i comenz6 a hahlarla de su amor, sin que
ella manifestase el menor desagrado, ni diese tain-
poco ninguna contestacion propia para alentar las
esperanzas de aquel jdven.
AI dia siguiente, Martin re:ibi6 con fi-:aldttd el
saludo de su an-iigo. Este, que habia concel~idopor
61 un cariiio verdadero, not6 a1 instante su re-
serva .
[,Qui: tienes,'? le pregunt6, empleando por priinera
vez aquel tono familiar : tc veo triste.
Martin se sinti6 desarmado en presencia de la
cordialidad que San Luis le manifestah, cuando le
habia visto tratar a todos sus condiscipulos con la
mayor indiferencia. Se hizo, ademas, la reflesion
de que Rafael no tenia ninguna culpa de lo que le
atormentaba, i tuvo bastante razon para conocer la
ridiculez de sus celos.
-91 -
-Es verdad , dijo estrechando la mano que San
Luis le habia presentado, anoche sufri mucho.
--tPuedo saber la causa? preguntd Rafael.
-Para qu6, respondi6 Rivas : nada podrias ha-
cer para darme la felicidad.
--iCuidado, Martin! no olrides mi consejo. El
amor, para un estudiante pobre , debe ser como la
manzana del paraiso : si lo pruebas te perdertis.
. .
-1 &quepuedo hacer cutindo . . . . . . . .
San Luis no le dejo terminar.
--No quiero saber nada, le dijo : hai ciertos sen-
timientos que aumentan en el ahna cuando se
confian, i el amor es uno de ellos. No me digns
nada. Pero tengo por ti un verdadero interes i
quiero curarte Antes que el mal h a p echado raices.
La soledad es un consejero fatal, i tli vives mui
solo.
-Es necesario que te distraiias, aiiadi6, viendo
que >fartin se quedaba pensativo , i yo me encargo
de hacerlo.
-Dificil me parece, dijo Martin que se sentia
bajo la impresion de la escena de la vispera.
--No importa; haremos un ensayo, nada se
pierde. Vente a mi casa maiiana a las ocho de la
noche i te llevare a ver ciertas jentes que te diver-
tirjn.
Los dos amigos se separaron, dirijihdose Martin
a casa de don Dkmaso.
- 02 -
A la hora de comer entrd a1 salon donde Leonor
se hallaha sentada a1 piano. La timidez que la
nifia le habia infundido desde el primer dia, se ma-
nifestd en su pecho mas poderosa que Antes. Pare-
cidle que si se dejaba ver, estaiido ella sola, Leonor
leeria en su corazon el amor que la profesaba ya.
El amor que teme no ser correspondido, infunde
esta clase de tiinidez a 10shombres mas enerjicos.
-Me tend15 compasion, pens6 a1 instante, reti-
r h d o s e i sintiendo que la huinillacion que le hacia
sufrir. esta sola idea, encendia sus mejillas.
Leonor alcanzd a divisar c?. Rivas cuando entraba.
Lkjos de manifestar la indiferencia que siempre
mostrabapor la presenciadel jdven, dej6 precipitada-
mente su asiento i sali6 hastal a puerta para llamarle.
Martin volvid entre la sorpresa i la turbacion que
le causaba aquel llamado tan imprevisto.
- 93 -
-$'or qu8 se retira U.? le pregunt6 Leonor, no-
tando la confusion que se pintaba en el sernblante
de Martin.
--rei que U. estaba ocupada' i temi incomo-
darla, contest6 61.
- ihcomodarrne! AT por quB? Ya ve U. que le
he Ilamado.
-Mil grazias.
-Venga a sentarse, tenemos que hablar.
Martin pensd con disgust0 que d tono afectuoso
que empleaba Leonor para hablarle, seria un nuevo
medio de someterle a algun interrogatorio parecido
a1 del dia anterior. Entr6 a1 salon tras de la nifia i
permanecid de pie, algo distante de una poltrona
en que Bsta se habia sentado.
Leonor le sefiald con amabilidad una silla:
- Ayer se retird U. sin que yo le viese, le dijo,
mirandole fijamente.
-Seliorita, contest6 Rivas, serenado ya de la
turbacion en que eslalia, crei que U. no tenia nada
mas que preguntarme.
-No fuB solo con ese ohjeto que le convid6 a U.
Es cierto que cometi ladistraccion dedejarle solo, i
por eso he queridii hablar con U. para manifestarle
el sentimiento que tengo a1 pensar que puedo ha-
berle ofendido sin intencion ninguna. Estaba preo-
cupada i no pens6 en lo que hacia.
En estas palabras de satisfaccion, solo faltaba el
- 0rrl.1 -
tono que ordinariamente las acompaiia. Parecia
que la niña luchaba con su orgullo al espresarse así
i queria manifestar a Rivas la distancia que 10s se-
pai-aba, empleaxido el acento algo imperioso del
que cree tratar con un inferior. Tal satisfaccion
habia sido dictada, en efecto, por el instinto de
rectitud que, a pesar del orgullo que su familia ha-
hia formentado en ella, prevalecía en su corazon i
hablaba poderosamente en su conciencia. Leonor
notó el dia precedente la salida deMartin i conoció
al instante que, por humilde que fuese, tenia de-
recho de ofenderse. Si en lugar de Rivas, pobre i
desvalido, se hubiese encontrado alguno de sus
elegantes i ricos adoradores, ella talvez no liabria
fijado su atencion en aquella circunstancia, ni pre-
ocupüdose un minuto en averiguar la rectitud de
su conducta. Mas, al ver salir a Rivas, sintió una
grave impresion por su falta i conoció que habia
obrado mal. De aquí a decidirse por una franca sa-
tisfaccion , solo medió el tiempo necesario para
pensarlo : es decir un instante mui corto.
Al verse, empero, en presencia del jóven i en la
necesidad de dar escusas, Leonor sintió que el paso
no era tan fiicil como al principia la habia parecido.
Era para ella tan estraiia la situacion, que solo la
firmeza de su voluntad, pudo decidirla a cumplir
lo que, sin calcular los inconvenientes, habia re-
suelto. Así fue que al hablar, temió que sus pah-
bras tuviesen alguna otra interpretacion a 10s ojos
de Martin, i empled el tono de voz que la colocaba
mui alto sobre el hombre a quicn se dirijia.
Despues de hablar, mird a Rivas para leer en su
sernblante la impresion que habia recibido. Las idti-
mas palabras despertaron ias sospechas del jdven,
i brill6 en sus ojos el descontento que le causa-
ban. Empleando entdnces el mismo tono que Leo-
nor: -
-Por mi parte, sefiorita, dijo, ayer senti en el
alnia no poder dar a Ucl. mas circunstanciados in-
formes sobre la persona que parece interesarla.
-iSi no es por mi! esclamci sorprendida Leonor,
alviddndose de todo sijilo i del afectado tono de su-
perioridad con que acababa de hablar.
-iAh! dijo Martin, sin poder ocultar su alegria
in0 es por Ud!
Leonor, con la penetracion propia de su sex0
en asuntos del corazon, sup0 interpretar la alegria
que se pint6 en el rostro del jdven.
-iQuk? me amarh? se preguntd, sintiendo una
vaga timidez bajo la ardiente mirada con que Rims
habia pronunciado las tdtimas palabras.
Luego, como picada de la sorpresa que habia
sufrido a1 decir que no se informaba de Sail Luis
por inter& propio, volGi6 a su tono de voz anterior, ~
cual si
dia de
- 96 -
-Veo, caballero, dijo, que Ud. tiene una imaji-
nacion mui viva para basar suposiciones sobre lo
que oye.
-Es verdad, sefiorita, conficso que he pensado
con lijereza, contest6 81 sin Ilegar a comprender a
aquella nifia, que le llamaba para darle satisfac-
ciones i poco despues le reconvenia con acento
mas duro aun que sus palabras.
-,&Que. motivos tuvo Ud. para pensar que yo tu-
viese algun inter& por San Luis, a1 informarine
acerca de su vida?
-Ninguno, i la protest0 a Ud. con la mayor sin-
ceridad, que si tal sospecha nacid involuntariamente
en mi imajinacion, no he hecho ni haria jamas us0
de ella.
-Asi lo espero, le dijo Leonor con una mirada
altanera, que oprimid dolorosamente el corazon de
Martin.
En este momento entrd dofia Engracia seguida
por su marido. A1 atravesar la primera pieza con-
tigua a1 salon, don Damaso vi6 que Rims i Leonor
estaban solos.
-LPor qu8 est5 la niiia sola con este muchacho?
dijo a dofia Engracia.
AI entrar, entabld una conversacion de negocios
con Martin, mihtras que la sefiora participd a su
hija la observacim del padre.
--Mi pap5 no piensa lo que dice, esclam6 Leonor
-.97 -
con indignacion, i dB demasiada importancia a su
protejido. Bien est5 que le conceda habilidad, si
como dice, le ayuda tanto en 10s negocios; perono
convengo en que le suponga tanto valiiniento para
que yo fuese a fijarme en 81.
La madre baj6 la cabeza sin atreverse a replicar
i se cons016 del poco prestijio de su autoridad to-
mando en las faldas a Diamela, que saltaba a sus
pies para recordar su presencia,
Don Dkmaso, entretanto, habia olvidado ya la
impresion que acababa de recibir a1 ver solo a
Martin con su hija, i oia la opinion que Bste le daba
sobre una importante especulacion que se hallaba
con Animo de emprender.
La contestacion de Leonor a su madre manifes-
taba que don Dkmaso hacia frecuentes elojios de
su secretario, el que, iniciado en sus secretos co-
inerciales como autor de la correspondencia que
mantenia con sus ajentes de las provincias, le habia
ayudado mas d e una vez con saludables consejos.
Para esto, Martin habia hecho u s 0 de la clara inteli-
jencia que habia recibido del cielo, mas que de la es-
periencia mercantil de que casi completamente ca-
recia. Movido por el deseo de pagar con algo la
hospitalidad que se le daba, ponia todo su conato
en desempefiar su puesto de modo que don Ddmaso
conociese su importancia i se felicitase de tenerle
a su lado. DS manera que, en el corto tiempo que
6
- 98 -
habia prestado sus servicios, Martin gozaba de un
alto concept0 en el Aniino de don DBmaso i era
consultado en 10s negocios que Bste emprendia con
sus cuantiosos bienes.
En aquel instante, como dijimos, la conversacion
rodaba entre ellos sobre negocios,i Martin acababa
de dar una opinion que abria un nuevo campo alas
especulaciones de cton DLimaso. Este, lleno de sa-
tisfaccion, buscaba un medio de espresar a1 jdveii
su reconocimiento.
-He notado, le dijo, que Ud. no viene a1 salon
en la noche.
-Mis estudios, seiior, poco tieinpo me d?jan,
contest6 Bivas, a quien semejante observacion lle-
naba de contento, porque veia en ellala posibilidad
de acercarse a Leonor i de conocer a 10s que la
cortejaban.
-Sin embargo,, replic6 don Diinaso, cuando
teiiga tiempo, venga Ud. con confianza: yo deseo
que Ud. se relacione i vaya conocieiido a nuestra
sociedad. Para un j6ven que se dedica a la aboga-
cia, las amistades son siempre una ventaja.
En la noche, aprovech6 Martin aquella invitacion
para presentarse en 10s salones de do6a Engracia,
en 10s que a las nueve se hallaban ya reunidas las
personas que conoce el lector.
Necesario es tambien advertir que en su corto
tiempo de permanencia en Santiago, Rivas habia
- 99 -
mejorado notablemente sus preiidas de vestuario,
valihdose de una industria indicada por Rafael
San Luis. Esta consistia en pedir ai-tticulos a un
sastre mediante el pago de doce pesos a1 mes, que
Martin habia principiado a pagar a1 recibir un traje
cornpleto. De este modo podia ya presentarse con
la decencia necesaria, habiendo dejado ocho pesos
para atender a sus otros gastos mensuales.
.
Para comprender la ajitacion que reinaba aquella
noche en casa de don DBmaso, daremos una idea
de la situacion de la capital, que esplicarli, la con-
versacion que mantenian 10s tertulianos de doiia
Engracia i pintarli, el estado de 10s espiritus en
aquella kpoca de ardiente preocupacion politica.
La Sociedad de la Igualdad, de la que dos veces
hemos hecho mencion en esta historia, compuesta
a principios de 1850 de un corto n ~ m e r ode per-
sonas, habia visto engrosarse con gran prontitud
sus filas i llegado a ser el objeto de lapreocupacion
jeneral a la fecha de 10s sucesos que vamos refi-
riendo. Su nombre solo habria bastado para des-
pertar la suspicacia de la autoridad, si no lo hu-
bieran hecho el programa de 10s principios que se
proponia difundir i el ardor eon que acudieron a
su llamamiento individuos de las distintas clases
sociales de la capital. AI cab0 de corto tiempo, la
Sociedad contaba con mas de ochocientos miembros
i ponia en discusion graves cuestiones de sociabili-
- 100 -
dad i de politica. Con esto se despert6 poco a poco
una nueva vida en la inerte poblacion de Santiago
i la politica llegd a ser el tdpico de todas las con-
versaciones, la preocupacion de todos 10sespiritus,
la esperanza de unos i de otros la pesadilla.
Vi6 enthces el pacific0 ciudadano tornarse en
foro de acalorados debates a su estrado;, abrazaron
10s hermanos diverso bando 10s unos de 10s otros;
hijos rebeldes desobedecieron la voluntad de 10s
padres, i turb6 la zafia politica la paz de gran n i b
mer0 de familias. En 1850 i despues en52, no hub0
tal vez una sola casa deChile donde no resonara la
descompuesta voz de las discusiones politicas, ni
una sola persona que no se apasionase por alguno
de 10s bandos que nos dividieron. Licurgo no ha-
bria podido aplicar ent6iices en Chile su lei sobre
10s indiferentes a la cosa pitblica porque no habria
hallado delincuentes.
La Sociedad de la Igualdad llevaba ya celebradtts
cuatro sesiones jenerales Antes del 19 de agosto en
que tuvo l u g q la famosa sesion, llamada comun-
mente de 10s palos.
En ayuella noche era tambien cuando Martin
Rivas debia asistir por primera vez a la nocturna
tertulia de su protector.
- 101 -
XI
Reinaba, como dijimos, grande animacion entre
las personas que componian la tertulia ordinaria de
don Damaso Encina.
Era la noche del 19 de agosto, i desde algun
tiempo circulaba la noticia de que la Sociedad
de la Igualdad seria disuelta por drden del Gobier-
no. Citgbase como prueba el ataque de cuatro
hombres armados hecho en una de las noches ante-
riores, a1 tiempo de instalarse en la Chimba el
grupo nhm. 7 de 10s que componian esa sociedad.
Martin se sent6 despues de ser presentado por
don Dgmaso a las personas de su tertulia, i la con-
versacion, interrumpida un momento, sigui6 de
nuevo.
-La autoridad, dijo don Fidel Elias, respon-
diendo a una objecion que se le acababa de hacer,
6.
- 102 -
est&en su derecho de disolver esa reunion de de-
magogos, porque &quese llama autoridad? El dere-
cho de mando; luego mandando disolver, est&,
como dije, en s u derecho.
Dofia Francisca, mujer del opiriante, se ,cubrib
el rostro horrorizada de aquella ldjica autoritaria.
-Ademas, repuso don Simon Arenal, viejo sol-
teron que presumia de hombre de importancia,
un buen pueblo debe contentarse con el derecho
de divertirse en las festividades pdblicas i no me-
terse en lo que no entiende. Si cada artesano d j s u
opinion en politica, no veo la utilidad de eslu-
diar.
Don DLmaso, que tenia perdida la esperanza de
ser comisionado por el Gobierno, como se le habia
hecho esperar, se hallaba en aquella noche bajo la
influencia de 10s periddicos liberales, cuyos articu-
10s recordaba perfectamente.
-El derecho de asociacion, dijo, es sagrado. Es
una de las conquistas de la civilizacion sobre la
barbarie. Prohibirlo, es hacer esteril la sangre de
..
10s mjrtires de la libertad i ademas.. .
-Yo te viera hablar de mjrtires i de libertad
cuando te vengan a quitar tu fortuna, esclam6 in-
terrumpiBndole don Fidel.
-Aqui no se trata de atacar la propiedad, re-
plied don DBmaso.
-Se equivoca Ud., dijodon Simon Arenal. LCree
- to3 -
Ud. que ese titulo es tornado sin prerneditacion?
Sociedad de la Igualdad, quiere decir, Sociedad
que trabajar8 para establecer la igualdad, i coin0 lo
que mas se opone a ella es la diferencia de fortu-
nas, claro es que 10s ricos sertin 10s patos de la
boas.
-Eso es: les cancwds des noces, dijo el elegaiite
Agustin.
-Sobre eso no hai duda, seiior, le dijo tambien
Emilio Mendoza, qce habia aprohado hasta ent6nces
con la cabeza.
Don DArnaso se qued6 pensaiiro. hquellos argu-
mentos contra la seguriclad de su fortuna, con que
por ent6nces se trataba de intimiclar a todo rico
que se presentaba con teiidencias a1 lilseralismo, le
dej6 perplejo i taciturno.
-Los hombres de 7-aIor como Ud., le dijo Emi-
lio, deben aprovechar estn oporturiidad para ofre-
c?r su apoyo a1 Gobierno.
-Claro, repuso don Fidel con su aficion a 10s
silojismos; es el deber de todo buen patriota, por-
que la patria est5 representuda por el Gobierno,
luego apoyAndolo es el modo de manifestarse pa-
triota.
- Pero hijo, replic6 dofia Francisca, tu propo-
.
sicion es falsa porque.. ...
-Ta, 'ta, ta, interrumpi6 don Fidel, las mujeres
no entiendendepolitica; ;,no es asi, caballero ? afia-
- 404 -
di6 dirijihndose a Martin, que era el mas prcisimo
que tenia.
- No es esa mi opinion, sefior, respondici Rivas
con modestia.
Don Fidel le mir6 con espanto.
--;Como! esclamd.
Luego, cual si una idea sdbita le iluminase:
-&Es Ud. soltero? le preguntd:
-Si, seiior.
-Ah, pot eso, pues hombre: no hablemos mas.
En este momento entr6 Clemente Valencia, que
siempre llegalia mas tarde que 10s demas.
-Vengo de la calle de las Monjitas, dijo, doncle
me detuvo un trope1 de jente.
-&auk, es revolucion‘! preguntaron a un tiempo
palideciendo don Fidel i don Simon.
‘-No es revolucion; per0 si la hai, el Gobierno
tiene la culpa, contest6 Valencia, causando Con
esta frase p a n admiracion a 10sque le oian, porque
estaban acostumbrados a la dificultad con que el
capitalista hilvanaba una frase.
-Creo que con politica, hasta 10s tontos se PO-
nen elocuentes, dijo doiia Francisca a Leonor que
tenia a su’lado.
-Vamos, hombre &quehai? estas esuflado, dijo
Agustin a Valencia, que se call6 cuando todos espe-
raban en silencio la esplicacion de aquellas pala-
bras.
- 103 -
-Si LquB es lo que hai? dijeron 10s demas.
-Habia sesion jeneral en la Sociedad dc la
Igualdad, contest6 Clemente.
-Eso ya lo sabiainos.
-La sesion concluy6 como a las diez.
-Gran noticia, dijo dofia Francisca por lo bajo.
--Est0 es lo que me contaron en la calle, afiadi6
el j6ven.
-LI que mas? pregunt6 Agustin,, que arrivo des-,
pues?
--Entraron unos hombres a1 salon donde queda-
ban algunos socios i cargaron a palos con ellos.
-iA palos ! dijeron hombres i mujeres.
-iA golpes de bastones! esclam6 Agustin con
acento afrancesado.
-Es una atrocidad, dijo indignada doiia Fran-
cisca, parece que no estuvibramos en un pais civi-
lizado.
-iMujer! mujer! replic6 don Fidel, el Gobierno
sabe lo que hace; no te metas en politica!
-Si, per0 est0 es mui fuerte, dijo Agustin, est0
depasa 10s limites.
--El deber de la autoridad, esclam6 don Simon,
es velar por la tranquilidad, i esta asociacion de
revoltosos la amenazada directamente.
-iPero eso es exasperar! objet6 exaltada dofia
F rancisca.
-iQu6 importa, el Gobierno tiene la fuerza!
- 106 -
-Ben hecho, bien hecho que les den duro, dijo
doil; Fidel &no les gusta meterse en lo que no
deben?
--Per0 est0 puede traer una revolucion, dijo don
Dgmaso.
-Riase de eso, le contest6 don Simon: es la ma-
nera de hacerse respetar. Todo Gobierno debe ma-
nifestarse fuerte ante 10s pueblos, es le modo de
gobernar.
--Per0 eso es apalear i no gobernar, replicci
Martin, cugo buen sentido i jenerosos instintos se
revelaban contra la argumentacion de 10s autori-
tarios.
-Dice bien el sefior don Simon, replic6 Emilio
Mendoza: a1 enemigo, con lo mas duro.
-Estraiia teoria, caballero, repuso Martin pi-
cado: hasta ahora habia creido que la nobleza con-
sistia en la jenerosidad para con el enemigo.
-Con otra clase de enemigos; per0 no con 10s
liberales, contest6 Mendoza con desprecio,
Rivas se acerc6 a una mesa reprimiendo su des-
pecho.
-No discuta Ud. porque no oir& otras razones,
le dijo doiia Francisca.
Continuci la conversacion politica entre 10s hom-
bres, i las seiioras se acercaron a una mesa, sobre
la cual un criado acababa de poner una bandeja
con tazas de chocolate.
- 107 -
Martin observ6 a Leonor durante todo el tiempo
que dur6 su visita i le fu6 imposible conocer la opi-
nion de la niiia respecto de las diversas opiniones
emitidas. Otro tanto le sucedi6 cuando quiso averi-
guar si Leonor daba la preferencia a alguno de sus
dos galanes, con cada uno de 10s cuales la vi6 con-
versar alternativamente, sin que en su rostro se
pintase mas que una amabilidad de etiqueta, inui
distinta de la turbacion que retrata el rostro de la
mujer cuando escucha palabras a las que responde
su corazon. Mas este descubrimiento, kjos de
alegrar a Martin, le di6 un profundo descon-
suelo.
Pens6 que si Leonor miraha con indiferencia al
empleado elegante i a1 fastuoso capitalista, nunca
su atencion podria fijarse en 61, que no contaba
con ningun medio de seduccion capaz de competir ~
con 10s que poseian 10s que ya reputaha como sus
rivales. I a1 mismo tiempo sentia cada vez mas ava-
sallado el corazon por la altanera belleza que su
amor rodeaba con una aurbola divina. Cada uno de
sus pensamientos eran en ese instante, otros tan-
tos idilios sentimentales, de 10s que nacen en la
mente de todo enamorado sin esperanzas, i se le
figuraba por momentos que Leonor era demasiado
hermosa para rebajarse hasta sentir amor hacia
ningun hombre.
Mientras Rivas luchaba para no dirijir sus ojos
- 108 -
sobre Leonor, temiendo que 10s demas adivinasen
lo que pasaba en su corazon, Matilde i su prima se
habian separado de la mesa.
-Este jdven es el amigo de Rafael, dijo Leo-
nor.
-i,Sabes que es interesante? contest6 Matilde.
-Tu opinion no es imparcial, repuso Leonor
sonrikndose,
-&Le has vuelto a preguntar algo sobre Rafael?
-No, porque mis preguntas le hicieron creer
que era yo la enamorada, i ademas se ofendid
porque solo le llamaba para hacerle esas pregun-
tas .
-iAh, es orgulloso!
-Mucho, i me estrafia que h a p venido esta no-
che aqui, porque jamas lo habia hecho. En la mesa
habla rara vez sin que le dirijan la palabra i cuando
lo hace, es para manifestar su desprecio por las
opiniones vulgares.
-Veo que lo has estudiado con detencion, dijo
Matilde en tono de malicia a su prima, i creo que
te est& ocupando de 61 mas que de todos 10sj6-
venes que vienen aqui.
- iQue ocurrencia! contestd Leonor, volviendo
desdefiosamente la cabeza.
La observacion de Matilde, habia sin embargo
hecho pensar a Leonor que Martin, sin saberlo ella
misma, preocupaba su pensamiento mas que lo que
- 109 -
ordinariamente lo hacian 10s otros j6venes de que
en todas partes se veia rodeada. Esta idea intro-
dujo una estrafia turbacion en su espiritu e hizo
cubrirse de rubor sus inejillas a1 recordar que ello
coincidia con el pensamiento que la ocurri6 a1 ver
la alegria con que el j6ven habia recibido lintes su
disculpa sobre el motivo de sus preguntas acerca
de su amigo San Luis. Esa turbacion i ese rubor
en la que descleliaba [Link] de 10s mas ele-
gantes j6venesde la capital, se esplican perfecta-
mente en el cargcter cle una ni5a niimada por sus
padres i por la naturaleza. Por mas que Leoiior
habia manifestado a su prima el deseo de amar, se
veia que gran parte de su orgullo estaba cifrado en
la indiferencia con que trataba a 10s jdvenes mas
admirados por sus amigas. Asi es que la idea de
haber fijado su ateiicion en uno que iniraba como
insignificante, la disgust6 consigo misma , e hizo
formar el propdsito de poner a prueba su voluntad
para triunfar de lo que ella calific6 de involunta-
ria debilidad. El corazon de la mujer es aficionado
especialmente a esta clase de pruebas, en las que
encuentra un pasatiempo para disipar el hastio de
la indiferencia. Leonor mir6 a Rivas desde ese ins-
tante como a un adversario, sin advertir que su
prop6sito la obligaba a caer en la falta que aca-
baba de reprocharse como una debilidad : es deck
a ocuparse de 81.
7
- 110 -
Martin, miBntras ella formaba esta resolucion, se
retird desesperado. Como todo el que ama por pri-
inera vez, no trataba de combatir su pasion, sino
que se coinplacia en las penas que ella despertaha
en su a h a . Halltibase bajo el imperio de la dolorosa
poesia que encierran 10s primeros sufrimientos del
corazoii i saboreaha su tormento encontrando un pla-
cer desconocido en ahultsrse su niagnitud. El amor,
en estos casos, produce en el alma el vkrtigo que
esperimenta el que divisa el racio bajo sus plantas
desde una altura considerable. Rims divisd ese va-
cio de toda esperanza para su alma i la lanz6 a es-
trellarse contra la imposibilidad de ser amado.
Estas sensaciones le liicieron olvidar la cita que
Rafael le hahia dado para el dia siguiente j solo pens6
eii ella cuando su amigo le dijo a1 salir de clase :
- No olvides que debes venir esta noche a casa.
- [,A cldnde vas a Ilevarrne? le preguntd 61.
- No fdtes i lo rertis : quiero ensayar una cu-
racion.
- i c o n quiiln?
- Coiitigo, te veo con sintomas mui alarmantes.
- Creo que es iiiiitil, dijo Ifartin con tristeza, es-
trechando la mano de San Luis que se despeclia.
Este nada contesld, i a dos pasos de Rivas did un
suspiro que desinentia el contento con que acabaha
de hablar para infundir alegres esperanzas a s u
amigo.
SI1
A 1as ocho de la noche entr6 Martin en una casa
yieja de la calle de la Ceniza que ocupaba San
Luis.
Este salid a rcibirle i le hizo eiitrar en una pieza
que llain6 la atencion cle Rims poi- la elegancia
con que estalia amuehlada.
- Aqui tieiies mi nido, dijole Rafael ofrecibndole
una poltroiia de tafilete verde.
- A1 p x a r por estn calle, dijo Rivas, no se sos-
pecharia la existencia de un cuarto tan lujosainente
amuehlado como este.
Los recuerdos de inejores tieinpos es lo que ves
en torno tupo, contest6 Rafael. Entre inuclias co-
sas que he perdido, aliadid con aceiito triste, me
queda aun el gusto por el bienestar i he conser-
vado estos muebles.
- 112 -
Pero hablemos de otra cosa porque quiero que
est& alegre i para estarlo yo tamlsien. iSabes a
ddnde voi a llevarte?
- No por cierto.
- Pues voi a decirtelo miBntras me afeito.
Rafael sac6 un estuche, prepard espuma de jabon
i se sent6 delante de un espejo redondo, suscepti-
ble de bajar i subir. Ilecho est0 empezd la opera-
cion, hablando segun ella se lo permitia.
- Te dire pues, que te voi a presentar en una
casa en donde hai n i k s i que vas a asistir a lo
que en tBrminos tBcnicos se llama un picholeo.
(( Si conoces la significacion de esta palabra, in-
feririis que Go es a1 seiio de la aristocriicia de San-
tiago a donde vas a penetrar. Las personas quc
te recibirtiii, pertenecen a las que otra palabra
social chilena llama jentes de medio pelo.
- I las nifias iquB tales son? preguntd Rivas
para llenar una pausa que hizo Rafael.
Ya te lo dirk ; pero vamos por partes. La familia
se compone de una viuda, un varon i dos hijas.
DarBmos primer0 el paso a1 bello sex0 por drden
de fechas. La viuda se llama dofia Bernarda Cor-
der0 de Molina. Tiene cincuenta afios mal conta-
dos i se diferencia de inuchas mujeres por su afi-
cion iiimoderada a1 juego, en lo que tambien se
parece a ciertas otras: Las hijas sellaman Adelaida
i Edelmira. La primera debe su nombre a su pa-
- 113 -
drino i la segunda a su madre, que la llevaba en el
sen0 cuando vi6 representar a Otelo i quiso darla
un nombre que la recordase las impresiones de
una noche de teatro. Ya la oirBs hablar de estos
recuerdos artisticos. Adelaida culliva en su pecho
una ainbicion digna de una aventurera de drama :
quiere de casarse con un caballero. Para las jentes
de medio pelo, que no conocen nuestros salones,
un cabullero o eomo ellas dicen, de hijo de fa-
miliu, es el tip0 de la perfeccion, porque juzgan
a1 inonje por el hahito. La segunda hermana, Edel-
mira, es una nifia suave i romjntica como una
heroina de algunas novelas de las que ha leido en
folletines de perihdicos que la presta un tender0
aficioiiado a las letras. Las dos hermanas se pa-
recen un poco : Bmbas tienen pelo castafio, tez
blanca, ojos pardos i bonitos dientes ; per0 la es-
presion de cada una de ellas, revela 10s tesoros de
amhicion que guarda el pecho de Adelaida i 10s
que ntesora el de Edelmira de amor i de desinterks.
El corazon de Bsta es como ha dicho Balzac por 61
de una de sus heroinas : una esponja a la que ha-
ria dilatarse la menor gota de sentimiento.
Nos queda el varon, que tiene veintiseis aEos de
€dad i ni un adarme de juicio en el cerebro. Es el
tip0 de lo que todos conocen con el nomhre de
siutico i para aditamento le regalnron en la pila el
de hinador. Llera el higote i la perilla correspon-
dieiite a su empleo i dice vidcc mida cuando canta
en guitarra. Es un curioso objeto de estudio : ya lo
verlis ,
Ahora decirte como vive esta familia, sin mas
apoyo que uii mozo calavera, es lo que solo puede
hacerse por conjeluras. Don Damian Molina ,
marido de dofia, Bernarda pretendia ser, de buena
familia, coin0 lo ver6s poi- 10s recuerdos de la se-
iiora. Vivid pobre casi toda su vida i dejd, segun
me han contado, un pequeiio capitalito de ocho mil
pesos con el cual la familia se ha librado de la mi-
seria. El proinoj6nito, despues de derrochar su ha-
her pateriio, vive a espensas de la madre i costea
con 10s naipes sus inenudos gastos. En tieinpo de
elecciones es un activo patriota, si la oposicion le
paga mejor que el gJbierno i-conservador net0 si
Bste gratifica su actividad : a veces lleva su filoso-
fia hasla servir a 10s dos partidos a un tiempo, por-
que, como 61 dice, todos son coinpatriotas.
Con dos chicas bonitas era imposible que el
amor no buscase alli un teclio hospitalario, i asi lo
ha hecho. Pero apenas lo creerds cuando te nom-
bre el amartelado galan de hdelaida.
- i,Quih es? preguntd Martin.
- El elegante hijo de tu protector.
- i Agustin !
- El mismo. Poco tiempo despucs de Ilegar de
Europa, le llev6 alli un amigo suyo. AI principio
- 115 -
crey6 ennmorar a Aclelaida con su traje i sus gali-
cismos i fit6 tomando sBrias proporciones su afi-
cion a la chica a medida que encontrd mas en6jica
resistencia que la que esperaba.
Si la muchacha le hubiese amado, creo que 81
no habria tenido escrhpulo de perderla i abando-
narla; mas con la resistencia, su capricho va to-
mando el colorido de una verdadera pasion.
- I la otra La quikii quiere?
- hhora a nadie, a pesar de 10s rmdidos suspi-
ros de un oficial de policia que la ofrece seria-
mente su mano. Edelmira ha sofiado tal vez algo
de mas po6tico en urmonia con 10s heroes de folle-
tin, porque desdefia 10s homenajes cle este hijo
menor de Marte que se desespera dentro de su
uniforme como si se tratase de una perpetua pos-
tergacion en su carrern.
A1 decir estas palabras , Rafattl habia coiicluido
de vestirse i d a h la ultims pL3i10a su peinado. En
este inomento i corn0 liabia ckjado de habhr, fij6
la vista Rivas en un retrato de daguerreotipo clue
habia colocado sobre una mesa de escritorio.
--;Bombre, dijo, esta cara la he visto en alguna
parte!
-j,Si? quikn sabe, contest6 San Luis, alejando la
luz. LQuieres que nos vayamos? ariaclici apagarido
una de las velas i tomaiido la otra como para
salir.
- 116 -
--Vamos, respondi6 Marti:: , saliendo junto con
su amigo.
Dirijikronse de casa de San Luis a una casa de la
calle del Colejio cuya puerta de calk estaba cerrada,
como se acostumbra entre ciertas jentes en sus
feslividades privadas.
Rafael cli6 fuertes g u l p s a la puxta, hasta que
una criada vino a abrirla.
Dar una idea de aquella criada, tipo de la sirviente
de casa pobre, con su traje sucio i raido i su fuerte
- olor a cocina, seria marlirizar la atencion del lector.
Hai figuras que la pluma se resiste a pintar, prefi-
riendo dejar su reproduccion a1 pincel de algun
artista: alli est5 en prueba el Nifio Mendigo de
Murillo, cuya descripcion no tendria nada de pinto-
resco ni agmdable.
-Estamos en pleno picholeo, dijo Rafael a Rims,
detenihdose delante de una ventana que daba a1
estrecho patio a clue acababan de e,itrar.
-Veo, contest6 Martin, muchas mas personas
que las clue me has descrito.
-Esas son Ins amigas i las ainigas de itstas, con-
vidadas a la tertulia. Mira: alli lienes a la ambiciosa
Adelaida. ~ Q u ktal te parece?
-Nui bonita; pero hai algo de duro en su cefio
clue revela un carticter calculador i que rechaza
toda confianza. Este juicio es tal vez un resultado
de la descripcion que me has hecho de ella.
- 117 -
-No, no, todo eso retrata la fisonomia de
Adelaida, tienes razon: pero a 10s ojos del vulgo,
esa dureza de espresion es majestad. Tu conociclo
hgustin Encina dice que se le figura una reina dis-
frazada. Mira, no obstante lo que se pareL pen con
su hermana iqu6 iiiinensa difereiicia liai entre ella
i Edelmira, que estli alli cerca! iQuitala un poco de
esa languidez que el romanticismo dli a sus ojos i
tendrds una criatura adorable!
-Tienes razon, contest6 Rivas, la eiicuentro mas
bonita que la liermana.
-NIira, mira, dijo San Luis, asiendo el brazo de
Martin, alli v5 Amador, el hermano; ese que lleva
un vas0 de po?tche llamado en eslas reuniones
clziiacolito. NO eiicueniras que Amador es soberbjo
en su especie? Ese chaleco de raso blanco, l~ordado
de colores por alguna querida prolija, es de un
mkrito elocuentisimo. La corbata tiene dos listas
lacres que daii un colorido especial a su persona i
el pel0 encrespado, como el de un Aiijel de proce-
sion, tiene la muda elocuencia del mas hlibil pincel
porque caracteriza perfectamente a1 personaje.
Miralo, estk en su elemento con el vas0 de licor que
ofrece a una niiia.
En ese instante un j6ven se acerc6 a1 que asi
ocupaba la ateiicion de 10s dos amigos i le dijo algu-
nas palabras a1 oiclo.
Ainador sali6 de la pieza a otra que dalsa a1 patio
7.
- 118 -
i por Psta a1 lugar en que Ssn Luis i Rivas se
habian detenido.
-Caballeros, dijo acerc&ndose,&queno me harlin
Uds. la gracia de entrar a la ctiadra?
-Esltibamos poiiikndonos 10s guantes, contest6 -
Rafael: ya ibamos a entrar.
Luego sefialando a su amigo.
-Don Amador, le dijo, tengo el gusto de presen-
tarle a1 seiior don Martin Rivas.
-El seiior don Amador Molina, dijo a Martin.
-Un criado de Ud., para que me mande, dijo
Amador, recibiendo el saludo del j6ven Rivas.
Los tres entraron entdnces a la pieza contigua a
la que Ainador halsia llainado la cuadra.
- 1.19 -
SI11
Las niiradas dz 10s concurrentes se dirijieron
hBcia 10s que llegban precedidos par hmaclor.
Los*j6venes les saludaroii coil amaneramiento i
recelo, las niiias 1iabl;iiidose a1 oido despues que
les eras presentados,
El l~ullicioque reinaba eil aquella reunion cunndo
Rims i San Luis se detuvieron en el patio, ces6
repentinainente a p h i s ellos entraron. En medio de
este silencio se oyd una T’OZ sonora de mujer quo
lo interrumpid. con estas palabras:
--El es, ya se qiiedaron coin3 muertos, como si
nunca hubieran visto jerite.
Era la voz de dofia Gernarda clue, pu?st.a en jarra
en ineclio del salon, animal~acon el jesto a 10s ter-
tulianos.
- 120 -
Las ni5as se sonrieron bajando la vista i 10sj6ve-
nes parecieroii volver en si con tan elocuente exhor-
tacioii.
-Dicebien misia Bernardita, esclamd uno, vamos
bailando cuadrillas, pues.
-Cuadrillas, cuadrillas, repitieron 10s demas,
siguiendo el ejemplo de W e .
Un amigo de la casa, se acerc6 a1 piano, que 81
mismo habia hecho llevar alli por la mafiana i co-
menz6 a tocar unas cuadrillas, mikntras se ponian
de pi6 las parejas que iban a bailarlas. Entre W a s
no habia distincion de edades ni condiciones, ha-
llkndose una madre que rayaba en los cincuenta,
frerite a la hija de catorcf! afios que hacia esfuerzos
por alargttrse el vestido i parecer grande a riesgo
de romper la pretina.
-Aiadu rompete el vestido con tanto tiron, le
decia la primera, causando la desesperacion de su
compafiero, que afectaba la maneras del buen
tono en presencia de Rivas i de su amigo,
En otro punto, un j6ven hacia requiebros en voz
alta a su compafiera para mnnifestar que no tenia
verg~enzadelaiite de 10s recien llegados.
-Sefiorita, la decia, le digo que es ladrona por-
que Ud. anda robando corazones.
A lo que ella contestaba en voz baja i con el rubor
en las mejillas:
--Favor que Ud. me liace, caballero.
- 121 -
Doña Bernarda recorria como dueña de casa, el
espacio encerrado por las parejas, diciendo a su
manera un cumplido a cada cual. Al llegar frente a
la inam5 que hacia g i s u cis con su hija, principió a
mirarla meneando la cabeza con aire de malicia.
-iMira la vieja como se anima tambieii! esclamó,
i con un buen niozo ademas! Eso es, hijita, no htti
que recular!
-Por supuesto pues, contestó ésta, ¿que las niñas
no mas se han de divertir?
Amador se ajitaba en todas direcciones buscando
una pareja que faltaba.
-1 Ud., señorita, dijo a una niña despues de haber
recibido las escusus de otras, ¿no me hará el mere-
cimiento de acompañarme?
-No he bailado nunca cuadrillas, respondió ella
con voz chillona, ¿si quiereyorca?
-Sale no mas, Mariquita, la dijo doiía Bernarda:
aquí te enseñarán, nopensis, que es tan rudo.
Al cabo de algunas iiistancias, Mariquita se decidió
a bailar i la cuadrilla di6 principio al compás de los
desacordes sonidos del piano, sobre cuyo pedal el
tocador hacia esfuerzos inauditos, ajitáiidose en el
banquillo, que con tales movimientos sonaba casi
tanto como el instrumento.
No contrihuia poco tambieii la algazara de los
danzantes i espectadores a sofocar los apagados
sonidos del piano, porque RIariquita i la iiiiía cl3
catorce aiios se equivocalmi a cada illstailte en las
figuras i recibiaii leceiones c k tres o cuatro a u i i
tiempo.
-Por aqui, Mariquita, decia uno.
-Eso es, ahora un saludo, adadia otro.
-Por acB, por acti, gritaha una voz.
-Mireme a mi i h a p lo mismo, la decia Amador,
contorneAndose a1 liacer ndeluizte i atrns con SLIuis
CI vis.
--No griten tanto, pues, vociferaba el del piano,
asi no se oye la mdsica.
--Toma uii traguito de mistela, para la calor, le
dijo doiia Beriiarda, pastiiidole uiia copa, inientras
que Amador daha fuertes palmadas para indicar a1
del piano el canihio de figura.
En la seguiida, la nifia de cstorce alios cluiso
hacer lo mismo que en la priinera, turbando tam-
bien a1 que hailaha a su fre:ite e iiitroduciendo jene-
ral coiifusion, porque todos querian principiar a uii
tiempo para correjir a 10s equivocados i restablecer
el 6rde1-1a fuerza de esplicacioiies. Este desdrcleii,
que desesperaba a 10s j6venes i alas nidas que prc-
teiidiaii dar a la reiuiioii el aspect0 de uaa tertulia
de bueii toiio, resoc;[Link] e,i esireino a doiia
Bernarda, que coli una c o p de mistela en maco,
aplaudia las equivocaciones de 10s danzantes i re-
petia de cuando en cuando, lleiia de alborozo por lo
aniinado de la reunion:
--jVap con la lioria clue arman para bailar!
Rafael San Luis era, con gran sorpresa de Rivas,
uno de 10s que mas alegria manifestaban, contri-
buyendo por s u parte en ciianto podia a embrollar
el mui enmaraiiado nudo de la cuadrilla; hacie:iclo
a veces oir su voz sobre toclas las olras, i aprove-
chando la confusion para-cpitx a alguiio su com-
pafiera i principiar con ella otra figura, lo clue per-
turbabn la traiquilidad apSnas daha visos de resta-
blecerse.
Martin observaba a SLI amigo bajo aquel nuevo
punto de vista, que contrsstaba con In melancdlica
seriedad que sieinpre habia notado en el, i creia
divisar algo de forzado en el empefio que Sttii Luii.
manifestaba por aparentar una alegria sin igual.
--Su amigo es el regalon de la casa, le dijo
acereindose clofitt Bernarda,
--No le creia tan de buen humor, contest6
Rivas .
- h i es siempre, gritoii i mete bulla; per0 tiene
un corazon de serafin. &No le ha contad,, lo que
hizo conmigo?
--No, nunca me ha dicho nada.
-Esa es otra que tiene, a naclie le cuenta la.?
obras de caridad que hace; para yo se la con(a1-S
para que lo conozca niejor. El afio pasado estuve
a la muerte i despues de sanar, cuando quise pagar
a1 medico i a1 boticario, me eiicontr6 con clue no
- 124 -
les debia nada, porque 61 ya 10s habia pngndo. :Ah,
es un buen muchacho!
El profundo agradeciiniento con que doiia
Bernarda pronunci6 aquellas palabras, hizo una
fuerte impresion en el 5nirno de Rivas, llamando
su atencion de nucvo sobre la loca alegria de San
Luis, que en ese momeiito habia hecho llegar a su
colmo la confusion i algazarn de 10s de la cua-
drilla.
AI verse obsei-vado por su amigo, Rafael vino
h k i a 81. En el corto ,espacio que recorri6 para
llegar hasta Martin su rostro habia dejado la
espresion de contento que lo cubria, por la serena
tristeza que revelaba ordinariamente.
-Est0 principia no mas, le dijo: n medida que
nos pierdan la vergiienza, nos diverlir6mos mejor.
-j,I realniente te diviertes? le pregunt6 Martin.
-Real o finjido, poco iniporta, contest6 Snu
Luis con cierla esaltacion, lo principal es aturdirse.
I se alej6 despues de estas palalsras, dejaiido a
Rivas 8ii el inismo lugzr. Iba 6ste a salir a la piem
contigua, cunndo se ha116 freiite a frentc con
Augustin Emina, que llegaba deslumhrante de
elegancia. Los dos j6venes se iniraron un momento
indecisos, i uii lijero eiicainado cubri6 sus rostros
a1 misino tieinpo.
-iUd. por q u i , ainigo Rivas! esclfnm6 el ele-
gfnnte.
- 123 -
-Ya lo v8 Ud ... contest6 Martin, i no adiviiio
por que se admira, cuando Ud. frecuenta la casa.
-Ad:nirarme, eso no: lo clecia porque corn0 Ud.
es hombre tan retirado .... Yo vengo porcpe esto
me recuerda algo las g?*isctas de Paris i luego en
Sailtiago no hai umu~amieiztos para 10s j6ve-
nes.
hgustin se fu8, despues de esto, a saludar a la
dueiia de casa, que por nioslrarle su amabilidacl le
seiinld tres dientes que le queclalsaii de sus perdidos
encaiitos.
En este momeiito Rafael,.que acababa de divisar
a1 j6ven Encina, tom6 del brazo a Rims i se ade-
lait6 hdcia 81.
-AHas saludado, le dijo estrechando la niano de
Agustin, a este elegante? Aqui, todas las chicas
se mueren por 81.
-Esttis de buen humor querido, le contest6
Encina, ponikiidose lijeraniente encarnado; mucho
me alegro.
I pas6 a1 salon, ostenta:ido una gruesa cadena de
reloj con la que espernba subyugar a In desdefiosa
Aclelaida.
Terminada la cuadrilla, dofia Rernarda Ham6 a
algunos de sus amigos.
--Vamos a1 montecito, les dijo; es precis0 que
nosotros tamhien nos dlh irtamos.
Varias personas rodearon una mesa sobre la c u d
- 126 -
doEa Rernarda coloc6 uii naipe, i las restantes, con
Rivas i Sail Luis, entraron a1 salon donde se oia el
sonido cle una guitarra.
Toc6hala Amador, sentado en una silla baja i
I dirijiendo miraclas a la concurrencia, mikntras que
la criada que hahia abierto la puerta aRafae1, pasaba
una bandeja con copas de mistela.
Hombres i mujeres acojieron el licor con agrado,
i Amor, dejando la guitarra, present6 un vas0 a
Rivas i otro a Rafael, oblig6ndoles a apurar todo su
contenido. k esta lihacion, sucedieron varias otras
que aumentaron la alegria pintada en todos 10s
semhlantes e hicieron acojer con entusiasmo la voz
de uno que reson6 diciendo: ,
-iCuectt, cueca, vamos a la eueca!
Ajit6ronse a1 aire varios pafiuelos i Rims vi6 con
no poco asornhro salir a1 media de la pima a una
nifia que daba la maim a1 mismo oficial clue le
habia recibido en la policia la noche de su prision.
--Este es el oficial que estaba de guardiacuando
me lleraron preso, dijo a Rafael.
-1 el mismo enamarado de Edelmira, le con-
test6 M e : aeaba de llegar, por eso no le hahias
visto.
Reson6 en esto la alegre m6sica de la Zamacuecn
hajo 10s dedos de Amador, i se lanzd la pareja en las
vueltas i movimientos de este baile, junto con la
,
voz del hijo cle dofia Bernarda, que cmt6 elerando
- 127 -
10s ojos a1 techo, el siguiente verso, tan viejo tal vez
como la iizvencion de este baile:
Antcnoche soii6 unsueiio
Que dos ncgos me mstabari
I eran tus licrmosos ojos
Que enojados me miraban.
Seguian muchos de 10s espectadores, palmo-
teando, a1 c o m p s del Iiaile i animando otros a 10s
de la pareja con descoinunales voces.
-ibi, morena! gritaha una voz haciendo un largo
suspiro con la primera pa1.1 ‘L 31-a.
--j€Xa, h a , decia otra a1 mismo tiempo.
-;Ofi-bcele, chico! ,
-iNO la dejes parar!
-iBortl&ale el paiiuelo!
-Echale mas p u r a oficialito!
Eran voces que se sucedian i relietian, mi6ntras
clue Ainador cantaha:
A dos niiiss 1:onitds
Queriendu me Irallu;
Si fdiz es el hombre
s es el gdlo.
M ~ Io
A1 terminal. la repeticion de estss hltimas pa-
labras, un bravo jeneral acojid la vieja galanterin
que us6 el oficial, poniendose de rodillas delante
de su conipaiiera a1 termiiiar la idtima vuclta.
- 128 -
Continuaron entdnces las lihacioiies, aumentando
el entusiasmo de 10s concurrentes, que lanzahan
ananerados requiebros a las hellas i hromas de
problemktica moralidad a 10s galanes. AI estira-
miento con que a1 principio se habian mostrado
para copiar 10s usos cle la sociedad de gran tono,
sucedia esa mezcla de confianza i alamhicada urba-
nidad que da nn colorido peculiar a esla clase de
reuniones. Colocada la jente clue llaniamos de
medio pelo, entre la democr6cia que desprecia i las
buenus )‘ccmiliasa las que ordinariamente envidia i .
quiere copiar, sus costumhres presentan una amal-
gama curiosa, en Ins que se ven adulteradas con la
presuncion las costumhres populares, i hasta cierto
punto en caricatura las de la priinera jerarquia
social, que oculta sus ridiculeces hajo el oropel de
la riqueza i de las buenas maneras.
Rafael .hacia a Rims estas observaciones mientras
huian de uno que se empefiaba en hacerles apurar
un vas0 de ponche.
-Por esto, decia Sans Luis, eiitre estas jentes, 10s
amores avanzan con mas celeridad que por medio de
10s estudiados preliminares que en 10sgrandes salo-
lies emplean 10s enarnorados para llegar a la primera
declaracion. El us0 de ]as ojeadas, recurso de 10s
amantes tlrnidos i de 10samantes tontos, es aqui casi
superfluo. LTe gusta una nifia? se lo dices sin rodeos:
no creas que ohtimes tan fransa contestacion como
- .!20 -
poclrias figurarte. L4qvi, i en materia que toque a1
corazon, la mLijer es como en todas partes : quiere
que la obliguen, i no te responclerti sin0 a medias.
-Te confieso, Rafael, dijo Rims, que no puedo
divertirme aqui.
-Eh, yo no te obligo a divertirte, replicd San
Luis; pero te declaro perdido si no te distraes si-
quiera con la escena que vas a ver. Te voi a mos-
trar un espectjculo que th no conoces.
-jCual?
-El de un rico presuntuoso a merced de la pa-
sion, como el mas infeliz: eipkr3tte.
Rafael Ham6 a1jdven Encina que multiplicaba sus
protestas de amor a1 lado de hdelaida. El rostro del
jdven estaba encendido por el vapor de la mistela,
i por la desesperacion que le causaba la frialdadz
con que la nifia recibia sus declaraciones.
-jCdmo estdn 10samores? le pregunt6 San Luis.
- h i , asi, contest6 Agustin contorneindose.
-Quiere U. que le digtl una verdad?
-Veamos.
-AI paso que va U. no serri nunca ainado.
-i,Por que?
-Porque U. est& hacieiiclo la corte a Adelaida
coin0 si fuera una gran sefiora. Es preciso, para
~ g r a d a ra estos jentes, mostrarse igual a ellas i 110
clarse el tono que U. se dii.
--Per0 jcdmo?
- 130 -
-jHa bailsdo U.i!
--NO.
--Pues saque a bailar a Bclelaida una zamacueca,
i ella ver5 entdnces que U. no se desdelis de bailar
con ella.
-&Cree U. que wrta buen efecto eso?
--Estoi seguro.
Agustin, cuyas ideas no estaban inui lucidas
con las libaciones, hall6 mui ldjica la argunienta-
cion que oia; per0 tuvo una olijecion.
-Lo peor es que yo no s6 bailar zarnacueca.
--Per0 qu8 importa? jiio dice U. que en Frailcia
ha bailado lo que llaman cctn-CUR?
-iOh, eso si!
--Pues bien, es lo mismo, con corta diferen-
cia.
hgustin se decidid con aquel consejo i solicit6 de
Adelaida una zamacueca.
Un brayo acoji6 la aparicion de la nueva parejil;
Rahel pus0 la guitarra en manos de Amador cpc
cantd, improvisando con voz clue la mistela hahia
puesto inas sonora:
Sufricndo ealoi vida micla
De mi suerte 10s tigores
Blikntras que, i n g a l a lir<inii
're lies do niis dolores.
Agustin, anirnado por San Luis, se lanz6 desde
]as primeras palabras del canto con tal iinpetu, que
did un traspik i bamboled por algunos segundos a
]as plantas de Adelaida. Gritaron entdnces todos
10s qne palinoteaban, dirijiendo cada cual su clius-
cada a1 malhadado elegante.
-iAll& v5 el pinganilla!
--Venga hi*jito,para levantarlo.
-No se asuste, que cae en blando.
-P&senle la halanza que est5 en la cuerda.
Enderezdse, sin embargo, Agustin i continu6 su
baile, haciendo tales cabriolas i movimiento de
cuerpo, que la grita aumentaba k j o s de disminuir,
i Aniaclor, finjiendo voz de tiple, caiitaba con gran
regocijo de 10s oyeDtes:
AI saltar uiia acequia
Dijo una coja
Aghrroi:me In p t a
Quc se me moja.
Repitiendo todos eslas idtimas palabras , liasta
que el elegante crey6 que las voces que oia las
arrancaba el entusiasmo i cay6 de rodillas a 10s pies
de su compafiera para iinititr a 10s que le habinn
precedido.
Adelaida recibid aquella muestra de galaiiteria con
unafranca carcajada, corriendo h&ciasuasjento,i 10s
denias repitieron 10s ecos de su risa a1 ver a1 jdveii
que habia quedado de rodillas en niedio de la pieza.
- 132 -
Rafael sigui6 a Rivas a1 cuarto vecino. Este pare-
cia descontento con el papel que acababa de ver
representar a1 hijo de su protector.
-Es un fAtuo redomado, contest6 San Luis a
una observacion que 61 hizo en este sentido; i se
figura, como nuestros ricos en jeneral, que su di-
nero le pone a cuhierto del ridiculo. Ademas, es
tan grande el acatamiento que nuestra sociedad
dispensa a 10s que cubren con or0 su impertinen-
cia, que bien puedo reirme de uno de ellos.
Rivas se separ6 de su amigo, que se habia dete-
nido junto a la mesa en que dofia Beriiarda jugaba
a1 monte.
Una silla habia a1 lado de Edelrnira i Martin se
sent6 en ella.
-Poca parte le he visto tomar en la diversion, le
dijo la nifia.
-Soi poco amigo del ruido, sefiorita, contest6
81.
-De manera que Ud. hahrk estado descon-
tento:
-No; per0 veo que no tengo humor para estas
diversiones.
-Tiene Ud. razon: yo que las he visto tanto, no
he podido aun acostumbrarme a ellas.
-i,Por que? pregunt6 Martin, sintiendo picada su
curiosidad por aquellas palabras.
--Porque creo que nosotras perdemos en ellas
- 133 -
nuestra dignidad i 10s j6venes que, como Ud. i su
amigp San Luis, vienen aqui, nos miran solo coin0
una entretencion i no como a personas dignas deUds.
-En esto, creo que Ud. se equivoca, a lo m h o s
por lo que a mi respecta, ai ya que Ud. me h a h h
con tanta franqueza, le dirk que hace poco rato,
mirkndola a Ud. crei adivinar en su serhblante lo
que Ud. acaba de decirme.
-iAh, 10 not6 Ud!
-Si, i confieso que me agrad6 ese disgust0 i
pens&, con sentimiento, que Ud. tal vez sufria por
su situacion.
-Jam&, como dije a Ud., he podido acostum-
brarme a estas reuniones de que gustan mi madre
i mi hermano. Entre jdvenes, como Uds. i nosotras,
hai demasiada distancia para que puedan existir
relaciones desinteresadas i francas.
-iPobre nifia! pens6 Rivas, a1 encontrar otro
corazon herido, como el suyo, por el anatema de la
pobreza.
A esta idea uni6 Martin la de su amor, para
imajinarse que tal vez Edelmira amaha coin0 61 siii
consuelo.
-No comprendo, la dijo, el desaliento con que
Ud. se espresa, a1 pensnr en que Ud. es j6ven i
bella. No crea Ud. que sea esta una lisoiija, afiadi6
viendo que Edelmira hajaba la vista con tristeza;
mi olxervacion nace de Id prohahilidad con que
8
- '13%-
puedo pensar que Ud. debe haber sido amada i haya
tal vez podido ser feliz.
-A nosotras, contest6 Edelmira con tristeza, no
se nos ama como a las ricas: tal vez las personas en
quienes tenemos la locum de fijarnos, son las que
mas nos ofendaii con su ainor i nos hagan conocer
la desgracia de no poder coxitentarnos con lo que
nos rodea.
-LDemodo que Ud. no Cree poder hallar un
corazon que comprenda el suyo?
-Puede ser, mas nunca encontrare uno que me
ame bastante para olvidar la posicion que ocupo en
la sociedad.
-Siento no poseer aun la confianza de Ud. para
combatir esa idea, dijo Rivas.
-1 yo le hablo con esta franqueza, repuso ella,
porque ya su amigo me habia hahlado de Ud. i
porque Ud. ha justificado en parte lo que 81 dice.
-iCdmo!
-Porque Ud. ha hablado sin hacerme la corte,
lo que casi todos 10sjdvenes haceii cuando quieren
pasar el tiempo con nosotras.
Varios de 10s concurrentes tralaron de hacer
hailar zamacueca a Rims con Edelinira, a lo que
ambos se negaron con obstinacion. hIas no habrian
podido lilsertarse de las exijencias que les rocleaban,
si Rafael no hubiese socorrido a su aniigo, asegu-
rando que jamas hahia. bailado.
- 133 -
Entre tanto, la animacion iha cohrando por mo-
mentos mayores proporciones i 10s vapores espiri-
tuosos de la rnistela apoder6ndose del cerebro de
10s hebedores en grado visible i alarmante. Cada
cual, como en casos tales acontece, elevaba su voz
para hacerla oir sohre las otras i 10s que a1 principio
se mostraban callados i circunspectos, desplegaron
poco a poco una locuacidad que solo se detenia en
algunas palabras a causa del entorpecimiento coinu-
nicado a las lenguas por el licor.
Una harpa se habia agregado a la guitarra i hecho
clesde5ar el us0 del piano como superfluo. Tocaban
de concierto aquellos dos instrumentos, i a la voz
nasal de la cantora, que a duo se elevaha con la de
hmador, se unia el cor0 de animadas voces con
que 10s demas tratahan d e entonar su acompafia-
- 136 -
miento con el estribillo de uiia tonada; todo lo cual
hacia levanlar de cuando en cuando la cabeza a
doEa Bernarda i esclamar para establecer el 6rden.
-jhdios, yase volvi6 merienda de nepos!
El oficial de policia, a quien llamaban por el
nombre de Ricardo Castafios, aprovech&ndose del
moinento en que Rims se pus0 de pi6 para libertarse
de la zamacueca, se habia sentado junto a Edelmira
i la daba quejas por la conversacion que acababa
de tener, mikntras que Agustin, olvidado de su
aristocritica dignidad, bebia todo el contenido de un
vas0 en el que Adelaida habia mojado sus llibios.
-1 si Ud. no lo quiere, decia el oficial a Edelmira,
ipor qu6 deja que le liable a1 oido?
-Mi corazon es todo a Ud., decia en otro punto
Agustin, yo se lo doi todo entero. ,
La del harpa i Amador cantaban:
3Ie voi, p r o voi contigo,
Tt:llevo en mi corazon;
Si quieres otro lugar
No pcrniite olro el amor.
I todos 10s que por ambas piezas vaiahan con
vaqo en mano; repetian con descompasadas voces:
No permite otro el m o r .
I Rivns, entre ta:ito, oia la iiltiina palabra, que
- 137 -
clespertaha en su pecho la amarga melancolia de su
aislamiento, hacigndole peiisar que tal TTZ no veria
nunca realizada la magnifica dicha que ella promete
a 10s corazoiies jdvenes i puros. Hostigiibale por
eso el ruido i oprimia su pecho la f;icilidad con que
10s otros rendian sus corazoiies a ui-i anior impro-
visado por 10s vapores del licor.
Mikntras hacia estas reflexiones, Rafael, llamaba
a 10s concurrentes a1 patio i prendia d l i voladores,
que a1 estallar por 10s aires, arraiicaban frengticos
aplausos i vivas prolongados a dofia Beriiarda ,
dueila del Santo.
La voz de hmador Ham6 a 10s convidados a1 in-
terior.
-hhora muchachos, dijo, vainos a ceiiar.
- iA cenar, esclamaroii algunos, ese si que es
lujo!
-LI cju6 estaban pensando , pups ? replicd el
hijo de doiia Bernarda; aqui se hacen las cosas en
regla.
La bulliciosa jente invadi6 una pequeiia pieza
I-Aanqueada, en la que se habia preparado una
mesa. Cada cual ljuscd colocacion a1 lado de la da-
ma de su prefereiicia i atr8s de ellas quedaron de
pi6 10s que no encontraron asiento a1 rededor de la
mesa.
-Hijitos, esclamd doilaBernarda, q u i el que no
tenga ii*inche se botn a pi6 i se rasca coli sus u h s .
8.
- 238 -
Esta advertencia preliiniiiar fu6 celebreda con
nuevos aplausos i did la sefial del ataque a las
viandas, que todos empreiidieron con denuedo.
Frente a doiia Bernarda, que ocupaba la calx-
cera de la mesa, ostentaba su cuero dorado por el
calor del horno, el pavo que figura como un bocado
cljsico en la cena de Chile, cualquiera que sea la
coiidicioii del que la ofrece. El pescado friio i la
ensalada, daban a la mesa su valor caracleristico i
lucian junto a1 chancho ari-ollaclo i a una fuente de
aceitunas, que dofia Bernarda contaba a sus con-
vidados haber recibido por la inaiiana de parte de
una prima s u p , monja de ]as Agustinas. Para fa-
cilitar la dijestion de tan nutritivos alimentos, se
habian puesto algunos jarros de la famosa cosecha
baya de Garcia Pica i una sopera de ponche en la
que cada convidado tmia derecho de lleiiar su vaso,
con la conclicioii de no mojar en el liquido 10s
dedos, seguii la prenvencioii hecha por Amador
a1 llenar el suyo i apurarlo entero para dar su opi-
nion sobre su sabor.
Los planes iniciaron con las nifias una sBrie de
atenciones i finezas olvidadas en 10s mejores testos
de urbanidad. UI? jdven ofrecia a la que cortejabn,
la parte del pavo donde nacen las plumas de la cola,
i a1 pasar esta presa clavada en el tenedor, lanzaba
un requiebro en que figuraba su corazon atravesado
por la zaeta de Cupido. El oficial de policia se ne-
- 139 -
gahaba a beber en otro vas0 que el qua 10s labios
de Edelmira hahian .toeado, i Amador amenazaba
clestruirse pwa siempre la salud, behiendo graiides
vasos de chicha a la de una jdven que tenia allado.
hgustin, a1 mismo tiempo, habiendo agotado ya su
elocuencia amatoria con Adelaida, referia sus re-
cuerdos sobre las ceiias de Paris i hablaba de la
supyema de volalla, engullendo un supremo trozo
de chancho arrollado.
Las frecuentes libaciones coinenzaron por fin a
clesarrollar su malkfica influencia en el cerebro del
oficial, que quiso prohar su amoi dando un beso a
Edelmira, que lanz6 un grito. A esta voz la digni-
dad maternal de dofia Bernarda la hizo levantarse
de su silla i lanzar a1 agresor una reprimenda en la
que figuraha la ahuela del oficial , que en este cas0
era tuerta, coni0 bien puede pensarse. Amador
quiso castigar tambien la osadia del temerario ena-
morado, pero sus piernas se negaron a conducirle,
dejhdole caer en tierra. Este suceso suspendid poi-
un momento la alegria jeneral ; inas no el efecto de
- la inezcla de licores en el estdmago de Agustin,
quien fu6 llevado por olros como un herido en una
batalla, a1 mismo tiempo que el oficial principid a
dar Toms de maiido cual si se encontrase a1 frente
de su tropa. Otros, entretanto, a fureza de kjeber
se hahian enterneciclo i referian sus cuitas a las pa-
redes con cl roslro bafiado en l;iBrimas, ini6iitras
- 340 -
que en alguii rincon hahia-grupos de j6venes que
se juraban , abrazhndose, eterna amistad i muchos
otros que repetiaii hasta el cansaiicio a do5atBer-
narda que no debia enojarse porque besaban a
Edelmira. Estos diversos cuadros, en 10s que cada
personaje se movia a influjos del licor, i no de la
volunlad, teniaii todo el grotesco aspect0 de esas
pinturas favoritas de la escuela flamenca en las que
el artista traslada a1 lienzo, sin rebozo, las conse-
cuencias de lo qus en 10s terminos de la jente que
describimos se llama borrachem. Anunciaban tam-
lsien esos cuadros la decadencia del picholeo con la
inutilidad fisica de 10s actores, de 10s cuales la
mayor parte recibinn socorros de las bellas, para
calinar sufrimientos capaces de destruir la mas aceii-
drada pasion.
Los pocos que quedahan en pie, sin embargo, no
daban por terminada la fiesta i nianteiiian escondi-
da la llave de la puerta de calle para no dejar salir
a Rivas i a San Luis que querian retirarse. AIli
t w o lugar, como escena final, una discusioii de, un
cuarto de hora, en la que tomaron parte todas Ias
personas que querian salir i 10s obstinados en pro-
longar la diversion. Por fin 10s ruegos de d o h Ber-
nards hicieron desistir de su prop6sito a 10s que
guardahan la puerta, que di6 paso a 10s con-
currentes que habiaii quedado con fuerzas para
trasladarae a sus liabitaciones por sus propios pies.
- 141 -
Doiia Beriiarda i sus hijas volvieron a1 campo
donde yacia por tierra el oficial i otro de 10s con-
vidados, a 10s que se les cubri6 con frazadas. El
jdven heredero de don DAmaso Encina dormia pro-
fundamente en la cama de Amaclor a donde le ha-
bian llevado sin sentido.
Dofia Beriiarda se retir6 con sus hijas a una pieza
que servia a las tres de dormitorio. ApBnas se
hallaron en ella, aparecid Amador, que, nias
aguerrido que 10s deinas eii esta clase de cam-
pafias, habia recobrado un tanto sus sentidos.
-Vaya, hermana, dijo a Adelaida, ya creo que
el mocilo est&enamorano hasta las patas.
- iI esta otra tonta, dijo do% Berprda, seiia-
lando a Edelmira! que se lleva haciendo la dengosa
con el oficialito. Podia aprender de su hermana.
- Pero madre, yo no quiero casarme, contest6
la iiifia.
-$ cIu6, estais pensando que yo te voi a man-
tener toda la vida? Las n i b s se deben casar.
-&lira, el oficialito tiene buen sueldo, i el sar-
jeiito que es pariente de la criada me dijo que lo
ibaii a ascender.
-No todas encuentran inarqueses, como M a ,
repuso Amador, dirijiendo la vistz hjcia Adelaida.
-Per0 cuidado pues, esclamd la madre, andarse
con tiento : estos hijos de rico solo quiere; em-
. hromar : Adelaida, la que pestafiea, pierde.
- 14J2-
-Si no habla de casamiento, alli est5 hinador
para echarlo de ayui, contest6 Adelaida.
- D6jenmelo a mi no mas, repuso hmador. An-
tes de un afio, madre, hemos de estar emparentados
con esos ricnchos.
Con est0 se dieron las h e n a s noches, encargando
la duefin de casa que clespertasen teinprano a 10s
invglidos de la fiesta, para que pudieran irse tintes
que ellas saliesen a misn.
MliPntras tanto, Agustin roncaba como su estado
de embriaguez lo mijia, sin saber 10s caritativos
proyectos de sus liu6spedes para acojerlo en el sen0
de la faniilia.
- 143 -
Rafael i Martin llegaron a casa del primer0 poco
tiempo despues de salir de la de d o h Bernarda.
Era ya cerca de las tres de la mafiana cuando 10s
j6venes llegaron a la casa de la calle de la Ceniza
que ocupalsa San Luis.
--Ya es mui tarde para que te vayas, dijo 6ste a
Rivas i mejor me parece que te quedes conmigo.
hgustin no se encuentra en estado de moverse,
de modo que nadie entrarh i no notarkn tu ausen-
cia.
A1 decir estas palabras, encendia Rafael dos lu-
ces i presentaba a Rivas una poltrona.
-& Nada te has divertido? le preguntd.
-Poco, dijo Martin, reclinkndose caviloso en la
poltrona.
- Te vi un momento conversar con Edelmira. Es
- 444 -
una pobre rnuchacha clesgraciada, porque se aver-
guenza de 10s suyos i aspira a jentes que la valgan,
a lo m h o s poi. el lado del corazon.
-Lo que he advinado de sus sentirnientos en la
corta conversacion que tuviinos, me inspird lgstima,
dijo Martin. iP013re mucliacha!
- &a compadeces?
-Si, tielie sentimientos delicados i pareco su-
frir .
-Es verdacl; pero iqu6 hacer! Sera un corazon
mas que se queme por acercarse a la luz de la fe-
licidnd, dijo Rafael suspirando.
Luego aiiadi6, pasando 10s dedos entre sus ca-
bellos :
-Es la hisloria de las mariposas, Martin; las qn.,
no mueren, conservnn para siempre las sefiales del
fuego que les quem6 las alas. iVaya, parece que
estoi poetizando : es el licor que halsla!
-SSigue, dijole Rims, a cpien por e1 estado de
s u alma, cuadralsa el acento triste con que San Luis
habia pronunciado a q w h s palahras.
-Esa maldita mistela me ha puesto la calseza
como fuego. Tomernos ti! i converseinos : 10s va-
pores del licor desatan la lengua i ponen espansivo
el corazon.
Encendid un cncfe con espiritu de vino, i un ci-
cigarro en el papel con que acaliaha de coinunicar
la luz a1 licor.
--No te has diverticlo segun he visto, dijo len-
di6ndose en un sofh.
-Es cierto.
-Tienes un defscto gmve, Nartin.
-ACUtil?
-Tomas la vida inui temprano por el lado she.
-$o'r qu6? .
-Porque te has enamorado de veras.
-Tiencs razon.
-A ver, hagamos una menta, porque en todo
es precis0 calcular ; jen que proporcion aprecias
tus esperanzas ?
-AEsperanzas de C I U ~ ?
-De ser amado por Leonor, porque a Leonor es
a quien am,zs.
-En nada, 110 las tengo.
-Vamos, no eres tan desgraciado, esclamd Ra-
fael levantkndose.
Rivas le mir6 con asombro, porque creia que
amar sin esperanzas era la mayor desgracia imaji-
nalsle.
--Es decir, prosigui6 San Luis, que ni una ojea-
da, ni una de e m s seiiales casi imperceptibles con
que las mujeres hablan a1 corazon.
-No, ninguna.
- \Tanto mejor!
--Coiioces a Leonor? le preguntci Martin cada
vez mas adrnirado.
- 146 -
-Si, es lindisima.
-Entonces, no te coinpimido.
-Voi a esplicarme. Supongo que ella te ame.
- iOh, jamas 10 harB!
-Es una suposicion. Me coiifesar5s que un ainor
correspondido tiene mil veces mas fuerzas para
aferrarse a1 corazoii que el que vive de suspiros i
sin esperanza. Est5 dicho : ella te ama. Has con
quistado el muiido eiitero, i para afiaiizar la con-
quista quieres casarte coil ella. Esta es la vida, i
th bendices a1 cielo hasta el momeiito en que vas
a pedirla a 10s padres. Tu amor i el de tu Bnjel,
que te eleva a tus propios ojos a la altura de un se-.
midios, tc ha hecho oh-idar que eres pohre, i la
realidad, bajo la forma de 10s padres, te pone el
dedo en la Ilaga. iEsMs leproso i te arrojan de la
casa coin0 u n perro! Esta historia, querido, no
pierde su clesgaixdora ~-crdadpor repeiirse todos
10s dias en lo que llamamos sociedades civiliztidas.
LQuieres ser el libroe de ella.?
Martin vi6 que Saii Luis se habia ido exaltalldo
hasta concluir aquellas palabrns con u11a risa sofo-
cada i trabnjosa.
-iPobre Riartin ! repuso San Luis preparalido el
tB. Creeme, teiigo esperieiicia en iiiis cortos afios i
te lo voi a probar con mi propia historia. A nadie
he hahlado de ella; per0 en este momento su re-
cuerdo me ahoga i yuiero confikrtela para que te
- 147 -
sirva de leccion. Te he estudiado desde que te co-
nozco, i si busqui: tu amistad fui: porque eres
pobre, te he querido despues porque eres bueiio i
noble : pio quisiera verte desgraciado !
-Gracias, contest6 Martin; a tu amistad debo la
poca, alegria que he tenido en Santiago.
San Luis sirvid dos tazas de t6, aproximd una
pequefia mesa junto a Rivas i se colocd a su
frente.
Openie, pues, le dijo. No es una novela estu-
penda lo que voi a contarte. Es la historia de mi
corazon. Si no te hallases enamorado, me guarda-
ria bien de referirtela, porque no la comprenderias
a pesar de su seiicillez. Me veo obligado a empezar,
coin0 dicen, por el principio, porque jamb nada te
he dicho de mi vida. Mi madre murid cuando yo
solo tenia seis alios : el suefio me trae a veces su
imAjen, diviiiizada por un cariiio de huhrfano ; pero
despierto apenas recuerdo su fisonomia. Me crib de
interiio en un colejio a1 que nii padre venia a
verrne con frecuencia. iPas6 la infancia, llevkndose
su alegria inoceiite i Tino la pubertad ! Yo habia
sido un nifio puro i continue siendolo cuando la re-
flection comenzd a tener parte en mis acciones. A
diez i ocho afios me gustaba la poesia i rime con
ese calor en el pecho de que habla Descartes
cuando describe el amor. A esa edad conoci a la
duefia de ese retrato.
-I48 - ...
Martin mir6 el daguerreotipo que Rafael le pre-
sentaba. Era el mismo que habia llamado su aten-
cion algunas horas h t e s
-A?% Matilde, la prima de Leonor? preguntd fi-
jjndose bien en el retrsto.
- Idamisma, contest0 San Luis, sin mirarlo.
-La vi anoche en casa de don DAmaso.
- Ese amor, continu6 Rafael, llend mi corazon
i nie pus0 a cubierto de 10s desarreglos a que el
despertar delas pasiones arroja a la juventud. Am6
a RIatilde dos aiios sin decirselo. Nuestros cora-
zones hablaron muclio tiempo intes que nuestras
lenguas. A 10s veinte aiios, supe que ella me a m a h
tambien hacia dos. M e encontrk, pues, en esa si-
tuacion, que califiquk hace poco, dicikndote que
habias conpistado el mundo : ese mundo,para un
jdven de veinte aiios, lo presenta con todas sus
glorias el corazon de una mujer amante.
Rafael hizo una pausa para encender su cigarro
que habia dejado apagarse.
-Nnsta aqui eres mui feliz, dijo Rivas, que pen-
saba que la dicha de ser amado una vez, seria
bastante para quitar el acibar de todas las desgra-
cias ulteriores. ,
(( Vivi hasta 10s veintidos a6os en un mundo ro-
sado, continud San Luis. Los padres de Matilde me
acariciaban porque el mio era rico i especulaba en
grande escala. Ella, siempre tierna, me liacia ben-
decir la vida. Era como acabas de decirlo, mui feliz.
Los mas lindos dias de primavera se nublan de re-
per,te i Matilde i yo nos encontrjbamos en la esta-
cion florida de la esislencia. Tuve un rival : jhveii,
rico i buen mozo. El mundo de color de rosa to-
maba a veces un tinte gris que me hacia sufrir de
10s nervios, i luego mi almohada me guardaba para
la noche visiones que oprimian mi corazon. Des-
pues de luchar con 10s zelos por algun tiernpo, mi
orgullo transiji6 con mi amor; itenia zelos! No hai
dignidad delante de una pasion verdadera, i la mia
lo era tanto, que vivirii cuanto yo viva. Matilde me
descubri6 una parte del cielo, jurhndome que ja-
*
mbs habia dejado de amarme, i yo vi cambiarse mi
amor en una pasion sin limites cuando crei recon-
quistar su corazon. Los nublados se despejan i
vuelven. Asi vi lucir el sol i ocultarse otra vez tras
nuevas dudas. En esta batalla pas6 un aiio.
(( Mi padre me Ham6 hn dia a su cuarto i a1 entrar
se arroj6 en mis brazos. Mis propias preocupa-
ciones me habian impedido ver que su rostro esta-
ba marchito i desencajado hacia tiempo. Sus pri-
meras palabras fueron estas :
- iRafael, todo lo he perdido!
Le miri: con asombro, porque la sociedadle creia
rico.
-Pago mis deudas, me dijo, i solo nos queda
con qu6 virir pohremente.
-1150 -
- I asi vivir6mos, le contest6 con cariiio ; LPor
que se aflije U.? Yo trabajare.
(( Esplicarle la ruina de mi padre, seria referirte
una historia que se repite todos 10s dias en el
comercio : hucpes perdidos con grandes carga-
meiitos ; trigo malbaratado en Celiforiiia jess mina
de pocos i ruina de tantos! En fin, 10s mil per-
cances de Ins especulaciones mercantiles. Aquella
noticia nie entristeci6 por mi padre. Para mi, fu6
como hablar a1 emperador de la China de la muerte
de unodesus sitbditos. iY0 poseia sesenta millones
de felicidad, porque Rfatilde me amaba ! iQuB po-
clria iniportarine la perdida de quinientos o seis-
cientos mil pesos'?
--Ella te amaba, apesar de tu pobreza? dijo
Rivas con su idea fija.
-Todavia. Segui visitando en casa de Matilde,
hablando de amor con ella i de letras con su
madre. Tfi sabes que el amor tiene una venda en
10s ojos. Esta venda me impedia ver la frialdad con
que don Fidel reemplaz6 de repenle las atenciones
que me prodigaba. Una iioche llegue a casa de
hhtilde i encontr6 solo en el salon a do3 Dhmaso,
tu protector. No s6 por que senti helarse mi sangre
a1 recibir su saludo.
-Mz halio encargado, me dijo, de una comisiolp
desagradable i que espero que U. acojer5 con la
moderacioii cle un caballero.
-151 -
- Sefior, le 'contest&,puede Ud. hablar : en el
colejio recibi las lecciones de urbanid: d de que
necesito i no lie menester que me las recuerden.
-Ud. no ignora, repuso don Dtimaso, que la si-
tuacion de una ni5.a soltera es siempre delicada i
que sus padres se hallan en el deber de alejar de
eila todo lo que pueda comprometerla. hIi cufiado
Elias, ha sahido que la sociedad se ocupa mucho
de las repetidas visitas de Ud. a su casa, i terne que
la reputacion de Matilde pueda sufrir con esto.
a La punta del pufial habia entrado en medio de
mi pecho i senti un dolor que estwo a punto de
privarme del conccimiento.
- iEs decir, le dije, que doli Fidel me despide
de su casa !
- Le ruega que suspei1d.a sus visit'as, me con-
test6 don Damaso.
K Mi lira-ata sobre la urbnnidad result6 ser com-
pletamente falsa, porque , ciego de cdlera, me ar-
rojljs sobre doli Dtiinaso i le tom@de la garganta.
Aqui debo advertirte que un amigo me hal3ia rek-
rido que este caballero, acosado por Adriano, el
otro-preteniente de lIntilde, para el pago de unagran
cantidad cuyo importe le p e r j u d i c h cubrir habia
obtenido un plazo , cornprometiendose a jconseguir
con su cufiado la mano de blalilde para su acreedor.
hie habia negado antes a creerlo, pero mis dudas a.
cste respecto se desvanecieron cuando le vi encar-
- 152 -
gado de arrojarme1de casa de don Fidel i la rabia
me hizo olvidar to'da moderacion.
< AI ver enrojecerse el seinblante de don D amaso
'
bajo la furiosa presicn de inis dedos en su garganta
i espantado por In sofocacion de su voz, le solt6
arrojrindole contra un sofA i sali desesperado de la
casa.
a: En la mia hall6 a mi padre en cama tomando
un sudorifico, Mi tia Clara, con la que vivo ayuf, se
hallaba a :su lado i solo se despidid cuando le vi6
dormirse. Yo me sent6 a la cahecera de su cama i
vel6 alli toda la noche.
R Kubo momento, en que yuise leer; pero me
fu6 imposible : el dolor me ahogaba, i mis ojos
hacian vanos' esfuerzos para hscerse cargo de las
palabras del libro , porque en mi imajinacioii ardfa
un volcan. En dos horas sufri uii inartirio imposible
de describir. Lz respiracion trabajosa de mi padre,
en vez de inspirarine algun cuidado, me parecia la
de don DBmaso, a quien castigaba por la noticia ter-
rible con que tronc'naba para sciempre mi felicidad.
AI fin, mi padre principid a toser con tal fuerza, que
el dolor se suspendid de mi pecho para dar lugar
a1 ternor de la enfermedad. A1 dia siguiente, el
[Link] declard que mi padre se hallaha atacado
de una fuerte pulmonia. La violencia del mal era
tan graiide que en tres dias le arrebat6 la vida. Yo
no me separ6 un momento de su lecho, velando
- 153-
con mi tia que vino a vivir en la casa. En el dia
nos acompahba tambien otro hermano de mi
padre, que entdnces era pobre i se ha enricjuecido
despues. iMi pobre padre espird en mis brazos
hendicihidome! Pa ves que t u x necesidad de una
fuerza sobrehumana para resistir a tanto dolor!
c( Cuando despues de un mes sali a pagar algu-
nas visitas de pksame, supe que Matilde i Adriano
debian casarse pronto. El mundo rosado se camEi6
en sombrio para mi desde entonces. LSufrir lo que
he sufrido, sin contar con la muerte de mi padre,
no te parece demasiado?
- Es verdad, dijo Martin.
- Por eso te decia que tu mal fio es irreparable
puesto que no eres amado : todavia puedes olvi6ar.
- ~Olvidarcuando el amor principia! no es f&cil,
esclamci Rims : prefiero sufrir.
- Trata de amar a otra ent6nces.
- No podria. Ademas, mi pohreza me cierra las
puertas de la sociedad o a lo m h o s me enajena su
consideracion.
- Fui: lo que me sucedi6, dijo Rafael. Despues
de un afio de pesares renegu6 de mi 1-irtud i quise
hacernie libertino. La desesperacion me arrojaba
a 10s abismos del desenfreno, en cuyo fondo me fi-
guraha encontrar el olvido. Ernprendi la realizacion
de este nuevo designio con esa amargura, que no
earece de aliciente, del que se venga de la desgra-
9.
- 154 -
cia cometiendo alguna mala accion contra si mis-
mo. Pareciame que el sacrificio de alguna nifia
pobre no era nada comparado con las torturas que
mi abandon0 me imponia. Desde entdnces descuide
mis estudios que habia cursado con ejemplar apli-
cacion, para casarme con Matilde a1 recibir mi
titulo de abogado. En lugar de asistir a las clases,
frecuent6 10s cafies i mat6 horas enteras tratando
de aficionarme a1 billar. Alli contraje amistad con
algunos j6venes, de esos que gritan a 10s sirvientes
i hacen oir su voz cual si quisieran ocupar a todos
de lo que diceii.
t M i reputacion de tuhante principiaba a ciinen-
tarse, sin que hubiese perdido ni la virtud ni el
pnnzante recuerdo de mis aniores perdidos, cuando
paseiindome una tarde de procesion del seiior de
Mayo por la plaza de armas con uno de mis nuevos
amigos, llamd mi atencion un grupo de tres muje-
res, de ese tip0 especial que parece inostrarse con
preferencia en las procesiones. Una de ellas en-
trada en afios; jdvenes i bellas las otras dos. Habia
en ellas ese no s6 que, con que distingue un buen
santiaguino a la jente de medio pelo.
-Bonitas muchachas, dije a1 que me acompa-
fiaba.
-LNO las conoces? me preguntd 61. Son las Mo-
linas, hijas de la vieja que est5 con ellas.
-&Tu las visitas? le przgunt6.
-1135 -
-Como no, en casa de ellas hemos tenido mag-
nificos picholeos, me respondid.
d d e l a i d a sobre todo llarnd mi atencion por la
gracia particular de su lielleza. Sus labios frescos
i rosados me prometinn de antemano el olvido de
mis pesares. Sus ojos, de mirar ardiente i decidido,
sus negras i acentuadas cejas, el negro pelo que
alcawaba a ver fuera del manton, su gallarda esta-
tura, me ofrecieron una conquista digna de mis
nuevos propdsitos. Fiado en mi buena cara i en la
osadia que jure desplegar en mi calidad de cala-
vera, hiceme presentar en la casa i hahle de amor
a Adelaida desde la primera visita.
--So mire la procesion ni a las .bellezas que
habia en la plaza poi- verla a U., dije poco despues
de hallarme a SU lado.
ctEste cumplido de mala lei no parecid disgus-
tarla: mi @troductor en la casa habia dicho que
yo era rico i est0 ine rodenha de una'aurkola que
en todas partes fascina. En la noche, a1 acostarme,
mis ojos buscaron el retrato de Aiatilde. Su frente
pura i su inirada lranyiiila me hicieroii avergon-
zarme del jknero de vida que queria adoptar; pero
10s zelos tuvieron mas irnperio que aquella recri-
ininacioii de la conciencia. Segui visitan l o en casa
de Adelaida i apareritk una alegria loca en las di-
versiones para perder la memoria. Hai jeiites que
se niegan a creer que una pasion desgraciada pueda
- 156 -
desesperar a un j6ven en pleno siglo XIX, sin pen-
sar que el corazon de la humanidad no puede en-
vejecerse. Yo he cargado con el sentimiento de mi
desdicha cn meclio del hullicio de la orjia i he oido
la voz de hIati!cle en 10sjuramentos de hdelaida,
porque a1 cabo de un mes ella me a m a h Muchas
veces quise retroceder ante la villania de rr. 11 con-
ducta; pero cedi a la fatal aberracioil que hace di-
visar la venganza de 10s engafios de una mujer en
el sacrificio de otra. Ademas, la desgracia, Martin,
destruye la pureza de 10s sentiinientos nobles del
alma; i de todos 10s desengaiios que buscan el 01-
vido en una existencia desordenada, 10s de amor
son 10s primeros. ihh, en ese pacto solemne de dos
corazones, que cambian su ser pars vivir de la exis-
tencia de otro, el que traiciona no sabe que a1 reti-
rarse priva de su atm6sfera vital al que deja ahan-
donado! Yo dehi tambien liacerme esa refleccion
antes de perder a Adelaida; pero la desesperacioil
me hahia cegado. Las pocas personas que conocia
me contaban con bjrbara prolijidad 10s detalles de
la pr6xima union de Matilde con Adriano. Una se-
fiora, antigua amiga de mi familia, me ponderaba la
felicidad de Matilde, dicikndome que la habian rega-
lado tres mil pesos en alhajas! Despues de t-odo, yo
estoi mui lkjos de tener la virtud de Josi! i me creia
con derecho de pisotear la moral, ya que el destino
habia pisoteado con tanta crueldad mi corazon.
- 157 -
d u i poco tiempo bastd para convencerme de
que el tniico medio de hacer frente a la desgracia
es la resignacion, porque me vi luego mas infeliz
que rintes. La vida inipura de un seductor sin con-
ciencia, me hizo avergonzarme ante la mia i 10s
placeres ilicitos en que me habia lanzado, lijos de
curarme de mi mal, me dieron la conciencia de mi
bajeza, hacihdome considerar indigno del .[Link] ~
Matilde, a1 que siempre aspire despues de perdida
la esperanza. Hace pocos meses, mis ohligaciones
con la familia de esa muchacha se hicieron mas
sirias porque tenia un hijo. Desde entdnces einplee
todos niis recursos pecuniarios' en mejorar la con-
dicion material de la fainilia de doria Bernarda i
form6 la resolucion de cortar las relaciones con
Aclelaida. Ella recibi6 esta declaracion con una
frialdad admirable. Su corazon, a1 que siempre
not6 cierta dureza, parecid quedar impdsible a lo
que yo decia, i cuando conclui de hablar no me
did una sola queja.
a Desde ese dia me ha tratado como si jamas
una palabra de amor hubiese mediado entre noso-
tros. ilk ama todavra o me odia? No lo s@.
d h o r a me preiuntar.5~por que te he llevado a
esa casa i si no he pensado en que podia sucederte
lo mismo que a mi.
-Es cierto, dijo Nartin.
--Tengo la esperiencia adquirida a costa de inu-
chos remordimientos, repuso Sail Luis, i solo he
querido distraerte. Te veo lanzado en una via funesta
i deseo salvarte; por est0 te ofreci una distraccion i
te refiero a1 mismo tiempo lo que he hecho. Si hu-
hiese visto en ti el cariicter jeneralmente lijero de
10sjbvenes, me habria guardado mui bien de lle-
varte a esa casa.
--Tiems razon i me has juzgado bien, contest6
Martin: para mi, iLeonor o nada! Yo no tengo
derecho de quejarme porque ella nada ha hecho
para inspirarme amor. Pero hablemos del tuyo.
iQu6 dirias si yo te volriese el amor de Matilde?
Rafael di6 un salto sobre su silla.
--iTU? le dijo. &I c6mo?
--No s6; pero puede ser.
San Luis dej6 caer la freiite sobre 10s brazos que ,
apoy6 en la mesa.
--Es imposible, murmur6. Su novio ha muerto,
es verdad, per0 yo ssi siempre pohre.
Levantdse despues de decir estas palahras i em-
pled algunos moinentos en preparar una carna sobre
U l l sofh.
- Ayui puedes dormir, Martin, dijo. Euenas
noches.
I se arrojd sin desnudarse sohre su carna.
-159 -
Con el atentado del 19 contra la sociedad de la
Igualdad, la politica ocupaba la atencion de todas
las tertulias, en las que se sucedian las mas acalo-
radas discusiones.
Asi acontecia en casa de don DBmaso Encina, en
donde se encontraban reunidas las personas que de
costumbre frecuentaban la tertulia. Era la noclie
del 21 de agosto i la conversacion rodaba sobre 10s
rumores propalados desde la vispera sobre que
Santiago seria declarado en estado de sitio.
-El gobierno debia tomar esta medida ciianto
Antes, dijo don Fidel Elias, el padre de Matilde.
-Seria una ridiculez, replic6 su mujer.
-Francisca, contest6 exaltado don Fidel, ihasta
cuAndo te repetirk, hija, que las mujeres no entien-
den de politica?
- 463 -
-Me parece que la de Chile no es tan oscura para
que no pueda entenderla, re;dicd Itt seiiora.
-\'ea, comadre, la dijo don Sinion que era pa-
driiio de Matilde, mi compadre tiene razon: U. no
puede enlender lo que es estado de sitio porque es
iiecesario para eso haber estudiado la coiistitucion.
Este caballero, considerado comolun hombre de
capacidad en la familia, por lo dogindtico de sus
frases i la elocuexia de su silencio, dgcidia en je-
neral sobre las discusiones frecuentes que dofia
Francisca trababa con su marido.
-Por supuesto, repuso don Fidel, i la constitu-
cion es la carta fundamental, de modo que sin ella
no puede haber razon de fundamento.
Don Djmaso, iiiikntras tanto, no se atrevia a salir
en defeiisa de su hermana porque sus amigos le
habian hecho inclinarse a1 Gobierno con el lemor
de una revolucion.
- T ~ podias defenderme, le dijo doiia Francisca:
ah, bien dice Jorje Sand, que la mujer es una
esclava.
--Per0 hija, si hai teinor de revolucion yo creo
que seria prudente.. .,.
-Don Jorje Sand puede decir lo que le parezca,
repuso don Fidel, consultando la aprobacion de su
compadre; pero lo cierto del cas0 es, que sin e s -
ta2o de sitio 10s IiLerales se nos vienen encinia. LNO
es asi, compadre?
-Parece por lo que UU. les temen, esclam6
doSa Prancisca, que esos pobres liberales fueran
como 10s bcrbaros del norte de la edad media.
-Peores son que las siete plagas de Ejipto, dijo
con toiio doctoral don Simon.
-Yo no se a la verdad lo que temeria mas, es-
clam6 don Fidel, si a 10s liberales o a 10s bcirbaros
araucanos, porque la Francisca se est5 equivocando
cuando dice que son del norte.
---He dicho que son 10s btirbaros de la edad me-
din, replic6 la seiiora enfadada con la petulante
ignorantia de su mariclo.
-No, no, dijo don Fidel, yo no hablo de edades
i entre 10s Araucanos habrci viejos i nifios como
entre 10s liberales; pero todos son buenos pillos; i
si yo fuese Gobierno les plantaria el estado de
sitio.
-E! estado de sitio es la base de la tranquilidad
domkstica, aniigo don Dkrnaso, dijo don Simon
viendo que el due50 de casa no se decidia franca-
mente.
-Eso si, yo estoi por 10s gobiernos que nos nse-
guren la tranquilidad, dijo don DAmaso.
-Per0 sefior, esclam6 Clemente Valencia mor-
diendo su baston de puiio dorado, nos quieren dar
la tranquilidad a palos.
-A golpes de Bustones, dijo Agustin.
-Asi debe ser, replic6 Ernilio Mendoza, que,
coino dijimos, pertenecia a ~ O Sautoritarios: es pre-
cis0 que el gobierno se inuestre eiikrjico.
-1 si no, mafiana atvopellrtn la Constitucion, dijo
don Fidel.
--Pero yo creo que la constitucion no habla de
palos, obserx-6 clofia Francisca, que no podia resis-
tir a la teiitacion de replicar a su marido. ~
-iBlujer, mujer! esclamd don Fidel: ya te he
dicho que.. ....
-PerO, compadre, dijo don Simon interrum-
pitkidole; la coustitucion tiene sus leyes suplemen-
tarias i una de ellas es la orcleiianza militar, i la
ordensiiza habla de palos.
-i,No ves? quk te decia yo? repuso don Fidel;
has leido la ordenanza'!
-Per0 la ordenanzs es para 10smilitares, ohjet6
do5a Francisca.
-Todo conato de oposicion a la autoridad, dijo
en tono dogmtitico don Simon, debe ser conside-
rado coino delito militar; porque para resistir a la
autoridad tienen necesidad de armas i en este cas0
10s que resisteii esttiii coiistituidos en militares.
-$?o ves? dijo don Fidel pasmado con la ldjica
de su compadre.
Dofia Francisca se volvi6 hticia dofia Engi-ach
que acariciaba a Diamela.
-Disputar con estos politicos es para acalorarse
no mas, la dijo.
- 163 --
-Asi es, hija, ya est6n principiando ~ O Scalores,
contest6 dofia Engrecia, que como jntes dijimos,
padecia de sofocaciones.
-Dig0 que estas disputas acnloran, replic6 dofia
Francisca, inaldicienclo en su interior contrala estu-
pidez de su cufiada.
-1 yopues, hija, afiadi6 esta; que sin disputarpaso
el dia con la cabeza caliente i 10s pick como nieve.
Do& Francisca se pus0 para calmarse a hojear
el album de Leonor.
Esta se habia retirado con Matilde a un rincon de
la pieza cuando Martin dejalia su sOmhrero en la
vecina, llamada dorinitorio en nuestro lenguaje
familiar.
Agustin se adelant6 hicia Rivas iniiiediatameiite
que le vi6 aparecer.
-No diga Ud. nada de lo de anoche, le dijo, Bn-
tes que Martin entrase a1 salon: en casa no saben
clue no nos recojimos.
A1 mismo tiempo Leonor decia a Matilde:
--Esta iioche ver6 si puedo vencer su discrecion
para que me d6 inas noticias de Rafael.
Una circunstancia mui natural vino a favorecer
pronto el proyecto de Leonor, porque un criado
entr6 trayeiiclo unos cortes de veslido que dofia
Engracia hahia mandado buscar a una tienda. A la
vista de 10s vestidos, clofia Francisca perdid su mal ~
humor i dej6 de pensar en politica, para entrar con
- 161 -
su cuiiada 'en una larga disertacion de modas,
miitntras que don DBmaso i sus amigos discutian
con calor sobre 10s destinos de la patria con esa
argurnentacion de gran niiinero de 10s politicos de
la cual llevamos apuntadas algunas muestras. Ade-
mas, Agustin, cansado de la politica, se sent6 a1
lado de Matilde para hablarla de Paris, i 10s otros
jdvenes siguieron la discusion, porque no se atre-
vieron a atravesar la sala para ir a mezclarse en el
grupo de las nifias.
AI anunciar Leonor a su prima que hablaria con
Rivas, no solamente lo hacia para esplicar a esta lo
que iba a hacer, sino que buscaba tambien algo que
la disculpase a sus propios ojos de lo que su con-
ciencia calificaba de del~ilidad.
La ausencia de Martin i su propdsito de ensayar
sus fuerzas contra un hombre que un instante habia
llamado su atencion, eran ideas cuyo predominio
se negaba a confesarse ella misma; asi es que buscd
un pretest0 que disculpase a su juicio el deseo que
la arrastraba a hablar con el jdven. Leonor, de este
modo, daba el primer paso en esa escaramuza pre-
liminar de la guerra amorosa que tan pokticamente
ha designado la conocida espresion de jugar con
fuego. Su presuntuoso corazon queria triunfar en
lo que habia visto sucumbir a muchas de sus ami-
gas, i entraba en la liza con el orgullo de su belleza,
por arma principal.
- j65-
Martin buscci 10s ojos de Leonor i 10s ha116 fijos
en 61. AI dirijirse a1 salon de don DBmaso, venia
tambien como Leonor, buscando, aunque por causa
distinta, una disculpa para la debilidad que le
arrastraba a 10s pies de una nifia que su amor re-
vestia de divinidad. Esta disculpa se fundaba en el
deseo de servir a su amigo, dando a Leonor sohre
81 mas Bmplios inforines que en su hltima conver-
sacion.
Vi6 que 10s ojos de la nifia le orden-b
a an acercarse
i fu6 a ocupar un asiento a su lado con la reveren-
cia de un s6bdito que llega a presentarse ante su
soberano.
La ernocion con que Martin se habia acercado,
turb6 a su pesar el pecho de Leonor, que hizo un
lijero movimiento inipacientada con su corazon que
aceleraba sus laticlos cohtra 10s mandatos de su vo-
luntad.
Este lijero movimiento persuadi6 a Martin que se
habia equivocado a1 interpretar la [Link] la
nifia. Con esta persuasion habria querido hallarse
a mil leguas de aquel lugar, i maldecia su torpeza,
dejanilo conocer en el semblante la desesperacion
que le ajitaba.
Por fin, cuando Leonor se crey6 segura de si mis-
ma, volvid la vista hacia Rims, poniendo t6rmino
a1 eterno instante en que el j6ven juraba huir para
siempre de aquella casa.
- 166 -
--Nuestra conversacion de Antes de ayer, le
dijo, fu6 interrumpida por mi inamk i yo lo senti
mucho .
Rims no ha116 nada que responder, ni tampoco
cdino esplicarse la ultima parte de la frase de
Leonor; la que despues de esperar una contesta-
cion, continu6:
-Lo senti, porque clued6 con el ternor de no ha-
berme esplicado hien snbre las preguntas que hice
a Ud. sobre su amigo San Luis.
Desvanecida su idea de haberse ecpivocado co-
metiendo una ridiculez al seiitarse al lado cl2 la
nifia, Martin se sintid inas sereno.
-Se esplicd Ud. perfec tamente, sefiorita, con-
testd.
-$omprendi6 Ud. que no lo bacia por mi?
- 107 -
-Lo comprendi entcinces i conozco ahora el ob-
jet0 con que Ud. lo hacia.
-]Ah! esclamci Leonor; iUd. ha descubierto
algo de nuevo'?
-Como Ud. lo dice, he descubierto el fin de las
preguntas que Ud. me hizo.
-iI ese fin es .....?
-Segun creo, servir a una amiga.
-A ver, cuchteme Ud. lo que sabe.
-Esa amiga, tiene inter& poi*Rafael.
-iI..... que mas?
-Ciertas circunstancias 10s h m separado.
-Ya veo que Ud. ha recibido confidencias.
-Es verdad.
-1 ahora se decide Uri. a ser comunicativo, dijo
Leoiior con acento de reproclie.
--Solo ayer recibi e m confidencias, contest6
Blartin, que Ixillaba de alegria a1 verse en tan fami-
liar coiiversacion con la cpe un dia fintes le deses-
p c r&a.
-Por consiguiente, replicd I,eonor, Ud. puede
coiitestarme.
-Creo que si.
-Ya que Ud. parece enterado de todo, coinpren-
der5 que el ohjeto principal de mis preguntas era
averiguar un solo puiito: j s u amigo anla toda-ia
a Matilde?
-Con toda el alma.
- ,168 -
---&De veras?
-Lo creo firmemente. El entusiasmo con que
me ha hablado de sus amores; la tristeza que el de-
sengaiio ha dejado en S L alma
~ i el desaliento con que
mira el porveiiir, me parecen confirmar mi opinion.
Martin hahia dicho estas palabras con tanto calor
coni0 si ahogase por su propia causa. Su tono ar-
ranc6 a Leonor esta ohservncion:
-Habla Ud. como si se tralase de su propio co-
razon.
-Creo en el ainor, seiioi*ita,dijo Rims con ciertrt
melaacolia.
1,a niria vi6 un pcligro en aquella respuesta i turo
instintivamente deseos de callar; pero su orgullo la
hizo avergoiizarse de ese temor i la sujirid una
pregunta que no hnbria dirijido a ningun hombre
en circunstancias ordinarias.
-LEstB Ud. enamorado?
Martin no pudo ocultx la sorpresa que seme-
jante pregunta 12 causaha, ni tampoco el deseo ir-
resisti!Ae que le arrastrd a manifestar a Leonor, .
que en el pecho de un pobre ioscuro j6ven de
provincia, podia aleiitar ufi corazoii digno del de
10s elegantes que siempre la habian rodeado.
-Una persona en mi posicion, dijo, no tiene
derecho de estarlo; per0 si piiede creer en el amor
come en una esperanza que le d6 fuerza para la
lucha a que la suerte le destina.
- 169 -
-Ye0 que e! desencanto que Ud. dice sufre su
amigo le ha contajiado a Ud. tambien.
-No, seiTorita; pero la especie de admiracion
ron que Ud. me dirijid su pregunta, me ha hecho
volver en mi: principio a creer, por lo poco que
conozco a Santiago, que aqui se considera el amor
como un pasatiempo de lujo, i mal puede gastarlo
aquel para quien el tiempo es de un inmenso
valor.
--Per0 dicen, replic6 Leonor, que nadie puede
imponer leyes a1 corazon.
--En este punto tengo poca esperiencia, con-
test6 Martin.
-$e d6nde nace ent6nces la f6 que Ud. acaba
de manifestar? Ud. dice que Cree en el amor.
-Mi fk se funda en mi propio corazon: liai a!go’
que me dice con frecuencia que no esti formado
para latir imicamente por el curso regular de la
sangre; que la vida t i m e un lado m h o s material
quk las especulaciones con que todos buscan el di-
nero; que en 10s paseos, en el teatxo, en las tertu-
lias, el alma de un jdven va buscando otro placer
que el de mirar, que el de oir, o que el de conver-
saciones mas o m h o s insipidas.
-1 ese placer, ese algo desconocido, lo k i n a
Ud. amor. iNo es asi?
--I creo que el que desconoce su existencia, re-
plied Martin con cierto orgullo, o ha nacido con
-in
- 370 -
una orgaiiizacion incompleta, o es mas feliz que
10s demas.
-iMas feliz! Lpor qu8?
-TendrA m6nos que sufrir, sefiorita.
--Es decir, que el amor es una desgracia.
--Cads cual puedc, considerarlo segun su posicion
en la vida: a mi por ejemplo, creo que me toca
considerarlo como tal.
-Luego Ud. est5 enamoraclo, puesto que tielie
ideas tan fijas en esta ixateria.
Estas palabras resonaron con un tono burlon
que hizo encenderse las inejillas de Rivas. Su ca-
r5cter impetuoso le hizo olvidar el temor que le
sohrecojia a1 lzdo de la iiifia.
-Suponga, dijo, que este punto no la interesa a
Ud. tan vivamente- que desee una contestacioii
sincera de mi parte; pero 110 tengo dificultad para
d5rsela; i puesto que me toca consiclerar el amor
como una desgracia, estoi resuelto a sobreponerme
a su influjo.
--Es decir que Ud. se considera superior a 10s
demas.
-SerB egoista i iiada mas: no creo que haya
Bran merit0 en seguir el cainino que se juxgoe mas
ventajoso.
Leonor que esparalsa doiiliizar a su antojo, se
veia contrariada por la aparente humildad con que
Rivas manifestaha una enerjia que ella se propuso
- 171 -
vencer. Ape16 entdnces a su altanera mirada i a1
tono imperativo que empleaba jeneralmente con
10s hombres.
-Ud. se 113. sepal-ado niucho del objelo de esta
conversacion, clijo, aceiituando estas duras pala-
bras para inanifestar su desagrado.
, -Si Ud. tiene algo mas que preguntarme, con-
test6 Martin, aparentando no haberse fijado en la
inteiicion de las palabras de Leonor, estoi pronto,
sefiorita, a satisfacer su curiosidad o a retirarme
tamhien si Ud. lo ordena.
-Halslbbamos de su aiiiigo, repuso Leonor con
tono seco.
-Rafael, ama i es desgraciado, seiiorita.
--Poclia Ucl. ensefiarle su filosofia de resignacion.
--Es clue 61 inismo me ha enseiiado, que cuando
deben sobrevenir desengaiios, es mas prudente no
buscar correspondencia.
-U3. cueiita siempre con 10s desengaiios.
-Esa es una prueba de que no me creo superior
coiiio Ud. suponia, i manifiesto que tengo bastante
modestia para calificar mi valimiento.
Kai modestias que se parecen mucho a1 orgullo,
cabaIIero, dijo Leonor; i’en tal caso, la suya pro-
baria todo lo contrario de lo que ud. dice. No sea
clue entre sus lecciones sq amigo haya olvidado
clecirle que el orgullo, delle buscsr un punto de
apoyo para poder manifeslarse.
- 172 -
No esper6 la contestacion del j6ven i abandon6
su asiento sin mirarie. Por la priinera vez de su
vi&, se sentia Leonor humillada en una lucha que
ella misma habia provocaclo. En lugar de 10s ren-
didos i banales galanteos de 10s elegantes con quie-
lies habia jugado hasta entdnces esta clase de juego
de vanidad, hallaba la orgullosa sumision de un
hombre oscuro i pobre que no queria doblar la
rodilla ante la majestad de su amorpropio i la con-
fesaba sin afectacion ninguna que no aspiraba a
tener la dicha de agradarla. Aquella conversacion
la hacilt pensar en que se habia equivocado supo-
niendo que Rims la amaba, por la alegria que
crey6 ver en su semblante cuando le dijo que no
tenia interes par Rafael San Luis. I este desengafio,
que burlaba su creencia en el supremo poder de su
belleza, irrit6 su vanidad que contaba ya con un
nuevo esclavo atado a1 carro de sus numerosos
triunfos. A1 abandonar su asiento, no pensaba en
entretenerse a costa de ;Martin, ensayando el poder
de s u voluntad en la lid amorosa, sin0 que se
prornetia vengar su desengafio, inspirando un amor
violento del que se jactaba de tener suficiente
fuerza para huir.
Martin, al mismo tiempo, quedaba entregado a la
tristeza, que cada una de sus conversaciones con
Leonor dejaba en su alma. Persuadiase cada vez
mas que era el juguete de aquella nifia que, para
distraerse algrunos moinentos, se entretenia en
burlarse del amor que 81 habia dejado confesar a
sus ojos en su primera conversacion. Apknas la
vi6 alejarse recorri6 en la memoria cuanto habia
hablado i inaldijo su torpeza que habia dejado pa-
sar varias oportunidades de hacer ver a la nifia
que tenia uii corazon capaz de comprenderla i una
intelijencis que ella no podria despeciar. Las tilti-
mas palabras de Leonor le dejaron aterrado i de-
cian bien claro que a sus ojos ni el corazon ni la
intelijencia podian tener valor cifiguno, si no iban
acompfiados por la riqueza o un distinguido naci-
miento.
Est:, reflexion dasconsoladora, le hizo retirarse
desesperado, pidiendo a1 cielo, como le piden to-
dos 10s ainanizs iiifelices, el poder sobrenatural,
no de olvidar, sirio de iiifundir en el pecho de la
mujer aimcla una de e m s pasiones qae 13s arrastra
a soineterse a la voluntad del hombre.
De este modo Leonor i Martin hacian votos con
id5ntico objeto: ella confiando en su hermosura; 81
sin espsranza, pidielido a1 cielo lo que le parecia
imposib!e.
No bien Leonor se lmhia levantado, despididse
dclfia Francisca con Xatilde i su inclrido.
hiikntras Leonor arreglsba el pafiuelo a su prima
pudo solo decirla estas palabras.
-iTe ama! maiiann irk a verte i hablarkmos.
10.
Rlatilde estrech6 sus manos con un agradeci-
miento indecihle. Nunca babia regresado a su casa
mas alegre i lijera.
Don DQmaso, a1 hallarse solo con su mujer, la
manifest6 13s ideas conservadoras a que sus aiiiigos
le habian convertido a1 fin de la discusion poli-
tics.
-Despues de todo, la dijo, no les € a h razon a
. estos ministeriales; iqu6 ha hecho jamds de bueno
el partido liberal? I no se equivocan a1 aconsejarnie,
porque en todas partes del mundo 10s hombres
ricos estdii a1 lado de 10s gobiernos, como en Iii-
glaterra, por ejemplo: todos 10s lores son ricos.
Hechn esta reflesion se fu6 2-acostar peiisando
en que con estas ideas, era coino mas pronto ocu-
paria el asiento de Senador en el Congreso de la
Rep Wica.
- 175-
XVIII
Dijimos que Rafael San Luis ocupaba con una
tia suya la casa de la calk de. la Ceniza. Esta tia, a
quien la falta de dinero i cle hermosura habian de-
j a b soltera, coiicentrd poco a poco todos sus afec-
tos en Rafael, cuando le vi6 hukrfano i abandonado
de la suerte. Uniendo una pequeiia suma que PO-
seia, con ocho mil pesos que su sobrino habis re-
cibido de la testamentaria de su padre, despues de
cubiertos 10s crkditos a1 tiempo de su muerte,
Doiia Clara San Luis, consagrd sus desvelos a Ra-
fael, a quien llevd a vivir a su lado. Sin mas ocu-
paciones que la asistencia a la misa i a la$ novenas
de su devocion, la seiiora siguid sobre el rostro de
Rafael la historia de sus pesares, con la prespicacia .
' de una persona que se encuentra ya libre de perso-
nales preocupaciones en h v i d a . Sin solicitar jamas
- ,I I V -
I-0
las confidencias del j6ven, sup0 seguirle paso a
paso en su desaliento, atreviendose cuando mas a
aventurar algun consejo cristiano sobre la necesi-
dad de la resignacion i de la virtud.
En 10s mismos dias en que tenian lugar las es-
cenas que llevamos referidas, dofia Clara se hallaba
profundamente ocupada en buscar a Rafael alguna
ocupacion que le alejase de Santiago, en donde
veia que descuidaba sus esludios para entregarse
a 10s pasatiempos de ocio i de disipacion en que
San Luis habia buscado el 6lvido de sus pesares.
En la maiiana del 21, cuando Rafael dormia auii
despues de referir su historia a Martin, dofia Clara
sa1i6 de la casa envuelta en su manton i se dirijid a
la de su hermano don-Pedro San Luis, que vivia en
una de las principles calles de Santiago.
Don Pedro, como San Luis habia dicho a Rivas,
era rico. Poseia no litjos de Santiago dos haciendas
que 10s quebrantos de su salud le habian obligado
a poner en arriendo. Su familia se componia solo
de su mujer i un hijo, llamado Demetrio, que a la
sazon contaba quince afios.
A1 dirijirse doiia Clara a casa de su hermano,,le
habia ocurrido una idea con lalique esperaba rea-
lizar su prop6sito de mejorar la suerte de su so-
brino.
Don Pedro, tenia un verdadero afecto por 10s
suyos i se hallaba siempre dispuesto a servirles.
- I77 .-
Recibici a su herrnana COD cnriiio i la 1 1 ~ 6
a su cuarto de escritorio, cuando do% Clara le
dijo que venia para hablar de asuntos importan-
tes.
-~Ccimo est& Rafael? le pregunt6 cuando vi6 a
su hermana bien acomodada sobre una poltrona.
-Bueno i vengo a hablarte de el: ya sabes que
es mi regalon.
-Demasiado tal vez, observ6 don Pedro, i es una
15stima porque es un muchacho capaz.
-&No es verdad? Pero hijo, su tristeza es cada
vez mayor i poco a poco va descuidando todos sus
estudios.
-Malo, tfi debias aconsejarle.
-Traigo otro proyecto que depende de ti.
-&De mi? A ver cual es.
-A fuerza de pensar, dijo d o h Clara, he visto
que lo que mas convendria a este muchacho seria
el alejarse de Santiago i consagrarse a1 campo,
donde la esperanza de mejorar de fortuna i la vida
activa del trabajo, le haran olvidar esa inelancolia
que le coiisume.
-Tienes razon jquieres que le busque un ar-
riendo?
-Mejor que eso. TI^ deseas, segun varias veces
me has dicho, ocupar a tu hijo tambien en trabajos
de campo, &noes verdad?
-Es preciso; pues, hija, este hifio no tiene salud
' -375 -
para estudiar i es necesario que vaya conociendo
10s fundos que han de ser supos.
-Pues enMnces ipor quit no lo pones a trnbajar
ell una de tus haciendas en compafiia con Ra-
fael?
-Bien pensado, esclamci don Pedro; a quien la
idea de dejar solo a s u hijo en el campo, preocu-
paba desde largo tiempo. &dies si Rafael quiere
L
salir de aqui?
--Nadn le he preguntado; pero eso lo veremos
despues. iCudndo concluye el arriendo del Roble?
-En mayo del afio entrante, i ayer he teniclo
aqui a don Simon hrenal, que viene a noinhre de
su compadre don Fidel para que le promet2 pro-
longar el arriendo por otros nueve afios.
-&I. ....?
-5ada contest& porque necesitaba pensar sobre
si conrendria enviar alli a mi Demetrio.
-Ent6nces7 dijo con alegria la sefiora, TQS a
responder que no puedes.
-Ser6 lo mejor, si Rafael quiere abandonar su
cnrrera de abogado, para la cual estudia.
--Yo lo aconsejark; es presiso que ampte, porque
creo que por 10s estndios ya no hai esperanza.
Doria Clara volvici a su casa llena de alegria i
particip6 sus nuevos proyectos a su sobrino. Ra-
fael pidi6 algunos dias para reflcsionar.
A1 siguiente, despues de la claze, saliti del colejio ,
-179 -
coli Martin. Este se hallaba auiibajo 1as impresiones
cle su entrevista con Leoiior.
Pens6 revelar a S:m Luis su'conversacion con la
iiifia, pero un instinto de clelicadzia le hizo desis-
tir cle csta idea, porque no se hallaba facultado por
Leonor para revelarla.
Sail Luis le dijo, para romper el silencio en que
Rivas permanecia hacieiido esta reflesion :
-Me proponeii uii proyecto, Martin; sohre el
cual deseo me des tu opinion.
-i,QuB proyecto?
--El de un arriendo en cl campo.
-i,T prornete tilguna ganaiicia ?
-Bastante.
-LTienes lii aficion a 10s estudios?
-Xui poca ya.
--Ent6ncns acepta.
-Voi a esplicarle 10s antecedentcs, pues son
ellos 10s que me hacen vacilar. i,Sahes qui6n es el
arrendatario actual de la hacienda i clue desea con-
tinuar en el avriendo? Don Fidel, el padre do Ma-
tilde.
- Ah, eso cambia un tanto la cuestion : a ver,
explicate mas.
- Don Fidsl no ha. sido sieiiipre el hombre mi-
nisterial hasta la mas porfiada intolerencia que til
coiioces, dijo Rafael. hntes de hacerse apdstata en
politica, como tantos de 10s antiguos pipiolos a
- 180 -
cuyo partido pertenecia, don Fidel hacia la guerra
a1 principio conseruador, que por desgracia durartj.
aun muchos afios en Chile. Sus principios le ha-
bian ligado estrechamente con los de la misma co-
munion politica en jeneral ; per0 mui particular-
mente con mi padre i mi tio, que hahiendose con-
sagrado a1 campo e invertido sus ganancias en
bienes raices, no ha perdido como mi padre, en
el comercio, el fruto de largos trabajos, en dos o
tres especulaciones erradas. Cuando mi tio Pedro
compr6 casa en Santiago para venir a curarse, llo-
vieron 10s empefios para el arriendo de su ha-
cienda del Roble. Naturalmente la preferencia de-
bia obtenerla el ami@ i correlijionario politico don
Fidel, que solicit6 el arriendo. Para don Fidel, el
negocio era mas ventajoso tambien que para 10s
demas, porqne posee a1 lado del Roble un gequeiio
fundo de cien cuadras perfectamente regado i con
buenas alfalfas, que es el pasto de que carece la
hacienda de mi tio, que en cambio es mui buena
para siembras i para crianza. A1 tiempo de reducir
el negocio a escritura, se present6 una dificultad
i fui: esta la falta de un fiador. Don Dlimaso, no se
habia establecido aun en Santiago i' 10s demas
amigos de don Fidel no se hallaban en situacion
de prestarle ese servicio. Mi tio exiji6 el fiador
porque el Roble habia sido comprado casi todo
con el dote de su mujer i no queria, ni aun por
.
amistad, dejar de revestir el arriendo de las ga-
rantias necesarias. En estas circunstancias , don
Fidel recibid la oferta de don Simon Arenal, como
la de un Bnjel salvador. Don Simon le conocia
poco ; pero llevaba un fin a1 ofrecerle su fianza
con tanta jenerosidad, i ese fin era el de satisfacer
una ambicion politica.
Don Fidel, con efecto, ejerci6 i ejerce aun, gran
influencia entre 10s electores del departamento en
que se encuentra su fundo, i don Simon qniso con-
quistar esa influencia para hacerse elejir diputado.
Acaso me preguntarks, qu8 inter& puede tener un
hombre rico como don Simon en ser diputado. Ese
inter& se esplica sabiendo que don Simon es de
familia oscura , enriquecido recienteinente i que
necesita ocupar puestos honrosos para relacio-
narse con la sociedad a que aspiran llegar 10s
caballeros improvisados, que es un tip0 bastante
comun entre nosotros i a1 que 81 pertenece. Desde
enthces, don Fidel i don Simon estrecharon inti-
mamente su amistad; se hicieron compadres, se
relacion6 don Simon con las mejores familias d e
Santiago i don Fidel pas& mediante aquella i otras
fianzas, de liberal a conservador, porque don Si-
mon se habia plegado desde el principio a este
partido con la espwiencia que le daban sus aiios
para saber que en politica no medra entre noso-
tros el que no busca su apoyo a1 lado de la autori-
42
dad. Mi tio vi6 poco a poco que perdia un amigo
en su arreiidatario, per0 el contrato estaba firmado
i no habia lugar a ningun reclaino. Ahora, estando
para espirar el termino del arriendo, don Fidel
quiere continuar a toda costa, porque han llegado
dias mui florecientes para la agricultura con el
nuevo mercado de California, i envia a su compa-
dre don Simon para obtener un nuevo arriendo d e
mi tio. Este me propone el Roble con un hijo suyo
a quien naturalmente facilitard capitales para la
especulacion. HB aqui pues el negocio.
- Creo que debes aceptarlo, dijo Martin.
- Be pedido algunos dias para responder, re-
pus0 San Luis i vas a ver mi debilidad : este
plazo lo he solicitado porque no puedo ahai?donar
completamente la esperanza de que Matilde me
ame.
- i I qu8 ganas con esto, cusndo siempre eres
pohre? pregunt6 Rivas, que vencia con dificultad
las tentaciones que le daban de inforinar a su
amigo de sus sospechas vehementes sobre este
punto.
- Es cierto, soi todavia pobre, contest6 San
Luis ; per0 si ella me amase, podria tal vez obte-
ner su mano cediendo el arriendo a su padre, lo
que para 81 es una cuestion importantisima. Reco-
mendandome de este modo a sus ojos, 61 i yo, 01-
vidariamoslo pasado, Matilde seria el lazo de union
entre 1zs dos faniilias i yo con el apoyo de mi tio,
emprenderia cnalquier otro trabajo en compafiia
con su hijo.
Martin pens6 que tal rez su ~ l t i m coiiversacion
a
con Leonor decidiria sobre la suerte de su amigo,
pues no podia suponer que Ias repetidas pregun-
tas que sohre 61 le hahia hecho la nifia hubiesen
sido por mera curiosidad.
- Tienes razon, dijo a Sail Luis ; pero en lugar
de pedir un plazo indnterminado, creo que dehes
esponer tu plan a tu tio i hablarle con entera fran-
queza. A s i , este asunto se arreglarh rnejor que
esperando indeterminadamente.
AI dar este consejo, se proponia Martin en su in-
terior participnr a la hija de don Dhmaso lo que
acontecia, si ella le llamaba de nuevo para hahlarle
de Rafael.
XIS
Leonor, para cumplir la prqmesa que hizo a su
prima, se present6 en casa de esta a las doce del
dia siguiente.
Matilde la recihid. con un abrazo. Una noche de
esperaiiza habia dado a su rostro la frescura de la
alegria, i a sus ojos la viveza que les trasmite el
corazon cuando late por una espectativa de amor.
- Estamos solas, dijo haciendo sentarse a Leo-
nor : mi mama ha salido. i Ya me figuraba que no
vendrias !
- Como viste anoche, Ham6 a Martin para pre-
guntarle nuevas noticias sobre Rafael.
- I muchas clebe haherte dado, porque la con-
versacion fu6 larga, ohserv6 Matilde risuefia.
- Todas Ins que recihi, dijo Leonor, se resumen
. en lo que anoche te clije : Rafael te ama.
- 185-
- Como lo sabe Martiii ?
- El se lo ha dicho, a lo que parece.
- Si ; pero no basta que 61 lo dign, esclamd Ma-
tilde entristecihdose. &Qui!puedo hacer yo ?
- Tu le amas tambien.
- Es verdad ; per0 seguirkmos separados.
- Tuya sera eiitdnces la culpa.
- i Mia! i,I qui! quieres que haga ?
- E1 cas0 me parece mui claro. FuB Rafael
quien te abandon6 ?
- No ; pero.. ..
- Fuiste t h , esta es la verdad.
- Bien sabes que no podia desobedecer a mi
pa’pg.
- Mas esta disculpa no vale para 81, replic6
Leonor. San Luis, arrojado de tu casa, sin recibir
noticia ninguna de tu parte, tuvo sobrado motivo
para creerse olvidado.
- Yo le juri! mil veces que jam& le olvidaria.
- Per0 ibas a casarle con otro ; no era esto
desmentir tus juramentos ?
- El debe saber que lo hacia contra mi voluntad.
- Mira, Matilde, dijo Leonor con tono si!rio ; yo
creo que estos juramentos de amor son demasiado
sagrados, sobre todo si son hechos a un hombre
quetus padres recibian i festejaban. Si 61 empo-
breci6 despues, tus jurnmentos no desaparecian
por esto i dehiste cumplirlos.
- 186 -
- Ya sabes, contest6 Matilde con 10s ojos llenos
de ldgrimas, que no tuve fuerza contra la voluntad
de mi padre.
- Lo s6, repuso Leonor, i no te hago esta re-
flexion sino para manifestarte que si realmente
amas a Sail Luis, debes reparar tu falta, puesto
que ya sabes que el no te ha olvidddo.
- Si, ipero como hacerlo?
- Escribele, contest6 con voz resuelta Leonor.
- i Ah, no me atrevo ! esclamd Matilde.
- E n tal cas0 renuticia a su amor, puesto que
no quieres dar el primer paso hacia la reconcilia-
cion.
Mathilde se cuhrid el rostro con las manos pro-
rumpiendo en llanto.
- Per0 hijita, la dijo Leonor con acento mas
suave que el que habia einpleado hasta entdnces,
i acariciando con carifio a su prima; te aflijes
sin razon. Es precis0 que alguna vez tengas valor
en la vida.
- i Ah, tu hablas asi porque no est& en mi lu-
gar !
- Eso no, repuso con viveza Leonor; yo lendre
enerjia para cumplir mis juramentos si alguiia vez
10s hago.
- Per0 ya que a mi me falta el Valor, th podias
ayudarme.
- iCJmo?
- Encargalldo a Martin de decirle lo que no m e
a trevo a escribir.
- Es verclad, dijo Leoiior refleiionando. Por las
praguii tas que yo le he heclio acerca de Rafael i
por las coiiiidencias de M e , Martin ya lo sabe
todo ; pero supongarnos que por niedio de 81 haga-
mos saber a San Luis que le ainas todavia, ibastarli
esto? No es necesario que le des algunas esplica-
ciones para siricerar tu coiiducta pasada?
-Tieiies razon , contest6 Natilde con desa-
lieiito.
- Es preciso, aliadi6 Lcoiior, que midas bien,
Bntes dz dar uii paso decisivo, la distancia que te
separa de Rafael. Debes pensar que una vez tras-
milida la noticia por inedio de Rims, San Luis
querrk verte, oir de tu boca la justificacion de tu
coilducta, i no podrAs negarle a ello, a m h o s de
romper con el nuevameiite i para siempr;, porque
tendrd rdzoii para creel-se el juguete da una burla.
-Yo le am0 i telidrk valor para todo si tk me
ayudas, esclaind Matilde, sacando el llanto que hu-
medecia sus mejillas i estrechando con cariEo las
nianos de Leonor.
- iAl fin Le decides ! dijo 8sta. Con tus vacila-
ciones mz estabtts haciendo dudar de la sinceridad
de tu amor.
-iAh! crbemelo Leonor, le amo sobre todo, he
:lorado taliio durante este tiempo, que a veces,
- 188 -
por volverle a ver, a oir de sus lkbios 10sjuramen-
tos que gntes me hacia, me creo con fuerzas de
vencer todos mis temores.
--earnos pues lo que se puede hacer, replic6
Leonor.
-Me confio a ti, no me abandones, dijo Matilde,
besdndola con ternura.
- Yo creo que debes verle, ya que no te atreves
a escribirle, i para est0 Martin, como dijiste, puede
servirnos.
- &u&l es tu plan?
-Avisarle que en la alameda puede verse con-
tigo.
- &u&ndo? pregunt6 Matilde, sin poder ocultar
la ansiedad que aquella sola idea la causaba.
- Mafiana ; iris conniigo i Agustin nos acorn-
pafiara.
- iDios mio ! murmur6 Matilde, a quien la emo-
cion hacia temblar cual si estuviese ya en presen-
cia de Rafael, si mi papit llegase a saberlo!
--Yo me hago responsable de todo, contest6
Leonor, que parecia aniinarse a medida que su
prima se dejaba vencer por el miedo.
-Matilde la abraz6 dkndole las gracias entre
sollozos que no podia reprimir.
--Nada me deberis, Matilde, repuso Leonor cor-
respondikndola sus caricias, porque, ademas de mi
amor a ti, tengo otro interes a1 servirte.
- 489 -
- jOtro interits! esclamd Matilde, alzando la
frente que apoyaba en el sen0 de su prima.
- Si, otro interits, repuso 6sta : quiero reparar
una falta de mi padre, que fu6 en gran parte, como
tu me has dicho varias veces, la causa de que des-
pidiesen a Rafael de tu casa.
En esta esplicacion de su inter& por Matilde,
callaba Leoiior una razon tan poderosa para ella
como la que acabada de aducir. Si bien eraverdad
que deseaba reparar el mal causado por su padre,
no influia poco en su determinacion el deseo de
distraerse, para combatir el descoiisuelo que su
hltirna conversacion con Martin habia dejado en su
alma. Sentia tanto mas imperiosamente esta ne-
cesidad, cuanto que ella misma habia provocado
aquella conversacion, que la dejaha un amargo
desengafio a1 ver escapjssela el triunfo que de an-
temano saboreaba su orgullo. Este era el primer
golpe que recibia su amor propio i debia natural-
mente preocuparla i entristecerla. Sin renanciar a
vengarse de aquella humillacion de su vanidad, es-
periment6 un ardiente deseo de ocuparse de algo,
deseo propio de organizaciones vehementes como
la suya, para quienes la reflexion i la calma es un
niartirio. Esa misma vehemencia la impedia consi-
derar las consecuencias que el plan concertado
podia tener para la reputacion de su prima i para I
la de ella misma.
11.
- *ll)i)-
- Sabes que en la alameda nos puede ver cual-
quiera persona conocida i contarlo a mi pap&, ob-
serv6 Matilde, tras una breve pansa.
-Es preciso, Matilde, esclam6 Leonor, a quieii
indignaba toda sefial de debilidad, que hagas una
resolucion formal de adoptar alguno de 10spartidos
que se presentan i que para mi estin claramente
trazados : renunciar a1 amor de Rafael, o ponerte
con valor en situacion que tu padre no pueda obli-
garte a que aceptes el inarido que a 81 le plazca
imponerte. Lo que acabo de aconsejarte fu8 supo-
nieiido que estabas completamente decidida por
Rafael : si no es asi no d6s paso ninguno ; per0 ol-
vidale.
-Tal vez esperando se presente ocasioii de.. ....
-Dime, jno has esperado mas de un ace?
-Es cierto.
-1 en todo este tiempo &ha dado San Luis el
menor paso para acercarse a ti?
-No, ninguno, contest6 Matilde con un hondo
suspiro : por eso crei que me despreciaba.
- 1 sin embargo te ama; per0 parece que su
resentimiento, o tal vez el temor le impiden bus-
carte. Lo que hai de cierto es que nada avanzaras
esperaiido. El seguir5 creyendo que le engaiiaste i
las apariencias justificando su opinion.
-Bien lo conozco; p r o teino tanto que mi papi
.
llegue a saber.. ..
- 191 -
-Pues yo, en tu cas0 preferiria que lo supiese.
Si tu amor es sincero i nunca, como dices, a m a r k
a otro que Rafael, tarde o temprano, lo que tu
tanto temes sucederg.
-Yo me habia resuelto a sufrir en silencio.
- Per0 quisiste saber si San Luis te habia olvi-
dado.
- Si.
- I me dijiste que darias tu vida por recobrar
su amor.
--Es cierto. iAh, quisiera tener tu lalor!
-Si no lo tienes renuncia a tu amor : aun es
tiempo. Me pediste consejos i apoyo. Yo te he
dicho lo que haria en tu situacion. Mas si no
posees suficiente enerjia para veneer tus teinores
por el hombre que amas, tienes razon; no debes
dar ningun paso comprometiente, porque la socie-
dad te despreciaria i tu seguirias siendo desgra-
ciada.
- jAh! per0 yo no renunciark j a m k a1 amor de
Rafael, esclam6 Matilde ; tu tienes razon, he sufri-
do rnucho ya para tener derecho de buscar mi fe-
licidad.
-En ese caso, si tienes valor, signe adelante.
Enlre sufrir en silencio i tal vez despreciada , a
sufrir despues de justificarte, yo prefiero lo ~ l t i -
mo.
-I yo tambien, dijo Matilde con resolucion.
-'i92 -
- Es decir, que hablarB con Martin.
--,Que le dirhs?
- Que th amas a Rafael : est0 ya debe Rivas ha-
berlo sospechado.
-~1que mas?
-Que mafiana, te paseartis conmigo por la ala-
meda, cerca de la pila, entre la una i las dos de la
tarde. Que 61 puede encontrarse alli por casuali-
dad i acercarse a nosotras si tu le saludas.
-Bueno, contest6 Matilde, reprimiendo el tem-
blor que estremecia todo su cuerpo.
-Para esto es yreciso que me vaya pronto,
dijo Leonor, porque debo hablar con Martin Antes
que salga del escritorio de mi padre, pues en la
noche puede no presentarse la ocasioii de ha-
;blade.
I Cuando se despedian las dos niiias, el coche de
don Dtimaso esperdba ya a la puerta por cjrden que
Leonor halsia dejado en s u casa.
:.-rrDi6ronse uii tiarno abrazo, despidihdose hasta
la;n@che, i Leonor subid al carruaje que parti6 con
YelOGidCLd.
- 193
xx
Nikntras Leonor i el recuerdo de Rafael vencian
10s temores en el corazon de Matilde, don Fidel
Elias regresaba a su casa bajo el peso de la no-
ticia que acababa de trasmitirle don Simon Arena1
sohre el arriendo de la hacienda del Roble.
Entrd pensativo a1 cuarto en que su mujer se
entregaba la mayor parte del dia a la lectura de
sus novelistas i poetas favorites. ~ raquel
i instante
leia el suefio de Adan en el Diablo mundo de Es-
pronceda, i oy6 la voz de su marido cuando el
hkroe pide a Salada uii caballo, como lo pedia
Ricardo I11 para reconquistar su reino. La presen.
cia de don Fidel la sac6 de su kxtasis poetic0 para
arrastrarla a la prosa de la vida.
-Me dice mi compadre Arenal, principi6 di-
ciendo don Fidel, que el arriendo del Roble no est&
nada seguro.
,194 -
DoAa Francisca le mir6 sin comprender lo que
oia. Ademas, estaha desde mucho tiempo acostum-
brada a oir i no a dar su opinion en 10s asuntos
que su marido dirijia, por lo cud, ella solo la daha
en presencia de otros para manifestar su superio-
ridad iiiteleclual.
-Me acaba de decir don Simon, proniguid 81,
creyendo que doAa Francisca no le habia oido, que
don Padro San Luis ha dicho que tiene que refle-
xionar jntes de comprometerse a prolongar el
arriendo de la hacienda.
--Esperemos, pues, contest6 ella, deseosa de
continuar su leclura.
-Bueno es decirlo, replie6 don Fidel; per0 entre
tanto a mi me interesa mucho el saber una contes-
tacion definitiva, porque si pierdo la hacienda, me
puedo arruinar.
-E:nt6nces7 busquemos algunos empefios para
don Pedro.
-Ya habia pensado en ello; per0 lo peor es esta
maldits politica, que me ha privado de su amistad
cuando mas la necesito .
-Ai?, ent6nces te convences de que yo tengo
razoii, dijo animjndose dofia Francisca, a1 ver una
oportunidad de desquitarse de las humillaciones a
que su marido la condenaha en sociedad.
--Yo sB mui bien lo que hago i no soi nifio para
que me anden dando consejos, repuso con voz ggria
- 495 -
don Fidel. Pero dejemos la hacienda para hablar
de otra cosa. jTe parece que Agustin se decidira
por Matilde?
-No sB, quieii sabe. .. ..
-Para contestar eso no se necesita inuclia pene-
tracion, dijo iinpaciente don Fidel. Yo te pregunto,
porque un hombre ocupado como yo, no tiene
tiempo de andarse fijando en esas cosas que son
buenas para las mujeres.
-Nada he visto que me haga pensar de otro
modo, respondi6 doBa Francisca, tomando con im-
paciencia el libro que acababa de dejar sobre una
mesa.
-Porque siempre est& pensando en libros i en
sonseras; inikntras que yo solo me ocupo del bie-
nestar de la familia.
-Per0 jcdino quieres que me ocupe por mi parte,
cuando crees que nadie puede hacer las cosas como
til?
-1 esa es la verdad; el hombre ha iiacido para
dirijir 10s negocios; per0 como yo no tengo tiempo
para todo, es precis0 que til trabajes por ese lado.
Agustin es un buen partido que no debemos dejar
escaparse i yo hablari! con Dimaso sobre este
negocio; puesto que yo debo hacerlo todo en esta
casa.
Dofia Francisca abri6 el libro i aparent6 estar
leyendo. Don Fidel tom6 su sombrero i sali6 per-
- 105 -
suadido de que solo 81 era capaz de dirijir de frente
varios negocios a un tiempo, porque 61 calificaba
entre 10s negocios como la jeneralidad de 10s pa-
dres, el establecimiento de una hija.
Dofia Francisca le vi6 salir sin estraiiarse, pues
se hallaba acostumbrada a terminar de este modo
sus conversaciones con su marido.
Volvi6 despues a1 sueiio de Adan, deplorando la
klta de poesia del hombre con quien se hallaba
unida por lazos indisolubles, i esta ideala hizo sus-
pender la lectura para tornar su memoria a Jorje
Sand, con quien se comparaba por su aversion a la
coyunda matrimonial.
El coche de don Damaso, entretanto: llevd a
Leonor con gran velocidad a su casa a pesar del
malisimo empedrado de nuestras calles, que solo
ahora ha llamado la atencion de la autoridad local.
Leonor atraves6 con paso lijero el patio de su casa
i llegd a la puerta del cuarto, escritorio de su
padre.
En el trinsito de casa de don Fidel a la suya,
habia pensado ya el modo de desempefiar su comi-
sion cerca de Martin. Su caracter la aconsej6 una
entera franqueza en este asunto. Asi fu8 que, des-
pues de asegurarse que Rivas estaba solo, entrd en
la pieza i se aproximd a1 escritorio en que aquel
t rabajaba.
A1 verla, Martin se pus0 de pie. Su corxon lalid
- 197 -
con violencia i el color desaparecid instantknea-
mente de sus mejillas.
-SiBiitese Ud., le dijo Leonor con cierto tono de
superioridad.
--Permitame, sefiorita, pernianecer de pi(?,con-
tesld el jdven, viendo que Leonor apoyaba una
mano sobre la mesa i se quedaba inmdvil.
--Vengo con el mismo objeto de que Antes le he
hablado, repuso Leonor, acentuando estas palabras,
cual si quisiese evitar a Rivas cualquiera otra es-
plicacion de aquel paso.
-Estoi a sus drdenes, seiiorita, respondid Martin,
con el acento de orgullosa modestia que habia lla-
mado &litesla atencion de la nifia.
-Se trata de su amigo San Lui’s, de cuyas Coilfi-
dencias me hablo Ud. anoche. El nombrd a Ud. por
supuesto la persona que ama.
-Es la seiiorita Matilde Elias, prima de Ud.
-Rafael, segun me dijo Ud., la- ania to-
davia.
-Es verdad.
-Cree Ud. que se alegraria de saber que Matilde
le ha correspondido siemprd.
-Creo que esta noticia le volveria la felicidad,
seiiorita.
-Pues bien, Ud. puede decirselo: una nueva
como esta se recibe de un amigo con doble alegria,
scgun me parece.
- 1.33 -
-TendrB un placer infinito en d&rsela, dijo
Martin.
La sinceridad con que el j6ven pronunci6 aque-
llas palabras, hizo conocer a Leoiior que Rivas
poseia un corazon capaz de abrigar una amistad
verdadera. Esta observacion temp16 un tanto el
encono con que creia deber mirarle desde la noche
anterior.
Parece que de vuelta a su casa Leonor habia
cambiado un tanto, acerca del plan combinado con
su prima porque hizo ademan de retirarse.
-Una palabra, seriorita, dijo Martin: Rafael se
ha creido engafiado; jcreera ahora lo que voi a
decirle?
-No sB, i me parece que si le interesa, 81 puede
buscar 10s medios de averiguar la verdad.
Leonor sali6 tras estas palabra4 i Rivas dej6 caer
PU frente entre las manos que apoy6 sobre la mesa
que tenia cielante.
-Estri visto, se dijo con amargo desconsuelo: me
considera un poco mas que a un criado; p r o inu-
cho menos que 10sjdvenes que la visitan.
La amargura de aquella refiexion nacia del impe-
rioso acento con que Leonor acahaha de hablarle i
de la profunda tranquilidad que ella manifestaba en
presencia de su turbacion.
Continu6 Rivas preocupado con estas ideas, hasta
que di6 fin a su trahajo de aquel dia i se relird a su
cuarto. De alli salid pocos momentos despues en
direccion a la casa de San Luis.
-Nunca podrbs, dijo a Rafael que le recibid con
cariiio, d a m e en tu vida una noticia como la que
te traigo.
-iUna noticia! esclamd Rafael con un presenti-
miento vago de la realidad: habla iyue hai?
-Matilde te ama.
Rafael mird a su amigo con trisleza.
--Aha, Martin, le dijo, no le chancees con lo que
para ini hai de inas serio en la vida. Me sometes
en este molneilto a una horrible tortura, porque
sin creerte lo que con tan poca ceremonia nie dices,
ine figuro no obstante que hai algo de cierlo en
ello.
-Es inui verdadero, replicd Rivas; respeto de-
masiado tu dolor para engafiarte: dyeme.
Refiri6 ent6nces a Sail Luis sus distilitas con-
versaciones coli Leonor i termind por la que aca-
baba de tener lugar.
Rafael le estrech6 entre sus brazos con una alegria
iniposible de describirse.
-Me trdes inas que la felicidad, le dijo, me traes
la vida. .
Principid a paseayse por la pieza, hablando de sus
recuerdose i de sus esperanzas con unaverbosidad
increible. A1 cabo de un cuarto de hora, Martin
conocia con sus pormenores todas las escenas de
- 280 -
aquel amor pur0 i ardiente que habia llenado la
vida de su amigo, i envidiaba su felicidad.
-Me olvidaba de ti, mi buerl Martin, le dijo
Rafael, seiitBndose a su lado, j,i tus amores?
-No tienen historia, contest6 Rivas, su pasado,
su presente i su porvenir no encierran mas que
desconsuelo. Es una locura de la que debo curarme
como me has aconsejado varias veces. Ya lo ves:
ella me considera bueno para darte a conocer tu
felicidad.
-Vamos, ten buen Bnimo; Leonor tal vez te
amara algun dia. El inter& que demuestra por su
prima prueba que tiene un corazon noble i podrk
comprenderte. Esto me reconcilia con ella i hasta
con su padre, a quien perdono el mal que me ha
hecho.
Martin tom6 su sombrero para despedirse.
-No te vayas, le dijo San Luis. hcomptifiame a
comer: corneremos con mi tia. Eila se alegrarti
tanto como yo de 10 que sucede. Ademas, tengo
necesidad de hablar aun contigo: las ultimas pa a-
bras que te dijo Leonor me hacen pensar ahora,
poryue es preciso que yo vea Matilde, que hable
con ella. LMe dices que Leonor te contest6 .....?
-Que a ti te interesaba averiguar la verdad.
-iYalo ves! Debo buszar un medio para ver
a Matilde. A ver, ta eres injenioso, (,que harias en
mi lugar?
-La escrihiria: esto me parece mui natural.
- Las cartas me fastidian: yo quiero oir su voz :
quiero decirla que la amo mas que nunca. Vamos,
piensa en algo mejor que eso. Las cartas de amor
o son frias o son ridiculas por afectacion. Ademas,
una carta suya me bastaria por una vez; per0 es
preciso que yo la vea.
I
--En una carta puedes pedirla una entrevista.
--Per0 jen ddnde? 9
-Ella tal vez resuelva ese problema.
-Bueno, la escribiri..
Llamaron a comer. Rafael cont6 a su tia, antes
de entrar a1 comedor, la noticia que Martin le habia
traido i comunic6 su alegria a la seiiora. En la
mesa, San Luis despidi6 a1 crindo i dijo a su tia:
--Es preciso que Ud. hahle con mi tio Pedro i le
refiera lo que sucede. iAh, yo tuve una inspiracjon
feliz cuando le pedi algunos dins para reflexionar
sohre el negocio qiie me propuso!
-&I qud le dire sobre esto? p r e p n t 6 do6a
Clara.
-Le dirri que este es un medio excslente de ob-
tener el consentimiento de don Fidel: yo le cedo el
arriendo del Roble si mi tio me quiere hacer este
servicio, i con esto nos reconciliarnos. Si 61 lo exije
para darme la mano de Matilde, estudiari: hasta
recibirme de abogado, o si lo prefiere, trabajar8
en el campo con el apoyo de mi tio. Ud., por su-
puesto, sabra convencerle: mi tio nos quiere i es
jeneroso. Yo no dud0 que 61 me haga este ser-
vicio.
Despues de conier, Martin se despidid de la se-
fiora i de Rafael i llegd a casa de don DBmaso
cuando la familia de 6ste salia del comedor. AI
subir la escala que conducia a su habitacion, oyd
el sonido del piano que Leonor tocaba ordinaria-
mente a su padre a esta hora.
Leonor esperaha ver a Martin en la mesa para
continuar con 61 el plan de desdeiiosa indiferencia
por medio del c u d queria vengarse de las palabras
con que pensaba que Rivas habia humillado su
amor propio. Con la ausencia del jdven, se figurd
que habria ido a casa de Sail Luis i le parecid in-
dudable que asistiria en la noche a la tertulia.
Esta idea la ponia alegre, porque esperaba hacer
arrepentirse a Rivas en la noche de sus palabras
de la anterior.
En aquel rnismo instxnte entrnba Agnstiti Encina
a1 cuarto de Rivas.
El elegante habia estrechado su amistad con
Martin desde la noche en que le vi6 en casa de
dofia Bernarda.
Un principio de egoisnio, que dirije a la mayor
parte de las acciones humanas, imperaba en el
h i m 0 de Agustin a1 buscar la amistad de Riras, a
quien miraba con el desprecio del elegante Santia-
guino por el que viste mala ropa.
-Martin podrri acomptliiarine a casa de las Mo-
lina i servirme mucho, se decia Agustin.
Esta idea le indujo a veneer s u orgullo de pode-
roso hasta tratar a Rivas con cierta familiaridad.
La espresion de servii*me mucho, que Agustin
habia empleado a1 acercarse a Martin, necesita es-
plicarqe bajo el punto de vista social en que Enciiia
la usaba a1 formular su reflexion.
Un j6ven visita en una casa. El amor, esta es-
trella que guia 10s pasos de la juventud, le ha diri-
jido alli. La falta de animacion que se nota en
nuestras tertulias, anuda la voz en su garganta del
quetiene que confiar a 10s ojos lafrase amorosa que
el temor de ser oida por 10s profanos le impide
pronunciar .
Per0 el amor lleva el sello de la humanidad que
le rinde su culto: tiene que desarrollarse i progre-
sar. Las miradas que bastnron para alimentar lo
que Stendhal llama nadmiracion simple)) no al-
canzan a satisfacer las euigencias del corazon
que llega pronto a lo que el mismo autor distin-
gue con el nombre de aadmiracion tierna.)) Es
preciso entdnces oir la voz de la mujer querida i
confiarla tambien las dulces cuitas del alma ena-
morada. Mas la conversacion es jeneral o fria en
la tertulia. i no es fkcil dirijir en privado la palnbra
a una de las nifias.
Entdnces busca un amigo.
Este puede entretener a la mama con una charla
mas o m h o s insipida, o a las hermanas, que siem-
pre tienen el oido mas listo que la madre.
I el enamorado puede entdnces desarrollar a
mansalva su elocuemia de frases cortadas i de sus-
pensivos.
Eil este sentido pens6 Agustiii que Hivas podria
servirle mucho en casa de dofia Bernarda, en la
que lavijilancia dela madre era tanto mayor, a
pesar de su aficion a1 juego, cuanto era tambien
niayor el peligro de la situacion, siendo el galan de
su hija un mozo de familia acaudalada.
Agustiii entrd a1 cuarto de Rims entoilaildo el
estribillo de una cancion francesa.
-&Ud. no ha vuelto a rendir visita a las Molina?
dijo a Marlin, ofrecihdole uii hermoso cigarro
puro.
-N6, no he vuelto, contest6 Martin.
- ~ Q u 6 no piensa Ud. wfuwwr a la casa?
-Nada habia pensac0 solsre esto.
-Son excelentes muchachas.
-Asi me lian pnrecido.
-Yo pienso ir esta noclie a verlas. LQiIiere Ud.
acompaiiarm e?
-Con inucho gusto.
- ~ Q a k le ha parecido Adelaida?
-%stante binn, per0 no tanto como a Ud., dijo
Martin sorikndose.
--&Le hail dicho a Ud. que estoi enamoraclo de
ella? prrguntd Agustin.
-Lo he conocido a pri:aern vista.
-he!: liornhre, es la verdad, no hai ninguna
niiia (le riuestros salones que me guste tanto coni3
Adelaida.
12
- 206 -
-Malo, dijo Rivas.
--$or quk?
-Torque ese amor puede convertirse en pasioii
i hacerle cometer alguna locura.
- ~ Q u 8 llama Ud. locura? En Paris todos tieiien
esta clase de amores.
-Llamo ui’a locura, por ejemplo, que Ud. llegase
a querer casarse con ella.
-$ah! querido, Ud. no conoce el mundo. Todas
esas chicas saben que un jdwn como yo no se casa
con ellas.
Martin hizo todas las reflesiones morales que le
vinieron a la irnojinacion para comhatir 10s princi-
pios parisienses del elegante, quien se content6
con decirle que no conocia el mundo.
-Lo que hai de cierto es que yo la amo, dijo
Agustin para terminar la amonestacion de Rivas, i
que solo o acompaiiado por Ud. seguirk visithdola.
Sentire si que Ud. no me acompafie.
-Si Ud. quiere le acompafiar6, respondid Mar-
tin.
Rivas did esta respuesta recordando la pintura
que San Luis le habia hecho del carkcter de Ade-
laida i de sus aspiraciones a casarse con algun
hombre rico.
-Eso es, hombre, esclam6 Agustin contento de
la respuesta; es precis0 ser complaciente con 10s
amigos. Ademas es necesario divertirse en algo
- 297 -
porque esta vida de Santiago es tan insipida. Con
que ies concenido? Me voi a vestir i le encuentro a
Ud. listo dentro de media hora.
-Bueno, estari: pronto, contest6 Martin pensado
tambien que 61 tenia necesidad de distraer de al-
gun modo su tristeza.
Martin hizo la siguiente reflerion despues de la
salida del hijo de don Dcimaso:
-Cada. vez siento aumentarse mi pasion a me-
dida que la esperanza de ser amado se aleja. &No
es mejor, coin0 Rafael i Agustin, apagar en un
amor fticil la. sed del alma, que devora la tranqui-
lidad del espiritu?
Esta idea se revolvia en su imajinacion mi6ntras
61 se preparaba para la visita que debia hacer con
Agustin. La tendencia del amor a curar sus pesares
con el principio de 10s semejantes, despertaba en
61 su orgullo humillado ante la altanera majestad de
Leoior.
La vuelta de Agustin le sac6 de su nieditacion.
Venia vestido con una elegancia irreprochable.
En el camino tom6 luego la palabra para hablar
de sus amores hasta que llegaron a casa de dofia
Bernarda.
En ese momento, Leonor se habia sentado a1
piano i tocaba con entusiasmo. Hallitbase contenta
de haber manifestado a Rivas que podia encontrnrse
con 61 sin conmoverse i deseaba su llegada para
aterrarle con su desden. No podia olvidar las pala-
bras del j6ven a1 confesarle su proposito de no
amar. NO era este un reto insolente arrojado a su
liermosura i que nadie hasta entdnces se habia
atrevido a hacerla?
Cansada de tocar se retird del piano i fu6 a sen-
tarse pensativa en un s o f i
Cada ruido de pasos que se oia en el patio hacia
latir con violencia su corazon; asi es que recibia
con un frio saludo a las personas que llegahan. La
ausencia de su prima vino a aumentar la duracion
de aquella larga noche, en la que esperaba espli-
carla sus razones para no haber descubierlo a
Rivas todo el plan acordado en el dia.
Perdida ya la esperanza de ver llegar a Martin,
su irritacion se aument6 con aquel lijero incidente
que la privaba del placer de una victoria. Pareciala
que Rims cometia una falta imperdonable no pre-
sentkndose a recibir la insultante indiferencia con
que se preparaha a hacerle conocer el desprecio
que la habia inspirado su presuntuoso propbsito de
no amar.
Leonor creia de buena f6 en aquel instante que
ese prop6sito era usurpado, contra 10s fueros de su
belleza, que todos debian admirar.
Don Dkmaso, por su parte, sin preocuparse de la
impaciencia de su hija ni del suefio en que doiia
Engracia habia caido con Diainela en las faldas, se
- 2053 -
sostuvo durante toda la noche en abierta oposicion
a1 ministerio, contra don Fidel i don Simon que le
atacaron vigorosamente.
A1 llegar don Fidel a s u casa, en donde Matilde,
pretestando un fuerte dolor de cabeza, habia que-
dado con dofia Francisca, encontr6 sola a su mujer
i eiitregada a la lectura de Jorje Sand.
Don Fidel, despues de argumentar en contra de
la oposicion delante su compadre i fiador, se pre-
guntaba a1 volver a su casa, si pashdose a la opo-
sicion, podria obtener la proroga del arriendo del
Roble.
En presencia de dofia Francisca siguid en voz
alta sus reflexiones que,jirando en torno de las
probalsilidades que el cas0 presentaba, toniaroii la
forma que indican las siguientes palabras.
-La cosa seria acertar el golpe, porque si ahora
me paso a la oposicion, pierdo la fiaiiza de mi corn-
padre que, como ya se encuentra figurando entre la
jente decente, se echari para atrfts conmigo. iMal-
dita politica!
Dofia Francisca, que bajo la impresion de su lec-
tura, se hallab2 en disposicion de reducirlo todo a
teorias, esclamo para forinular una:
-Mira, hijo : la politica, como dice no SB qut5
autor, e? un circulo inflamado que.. ...
-Qui! circulo, mujer, ni que autor, replic6 im-
paciente doll Fidel: si don Pedro me firmase un
12.
- 210 -
nuevo arriendo del ((Roble,))yo me reiria de todo
el mundo.
Dofia Francisca se content6 con levantar 10s
ojos, como poniendo a1 cielo por testigo del pro-
saico corazon a que habia unido el suyo.
XXII
Rivas i Agustin entraroii a casa de dofia Bernarda
en circunstancias que la sefiora preparaba la mesa
de juego i llamaba a dos amigos de Amador, que
con 6ste i el oficial de policia, rodeabaii a las nifias.
-Vaya, hijitos, decia doEa Bernarda, no estttn
hablgndo sonseras i veiigan a echar una manito.
Los dos amigos de Amador acudieron a1 llamado
de la dueEa de casa, que recibi6 a 10s que llegaban
en ese momento con el naipe en la mano.
Dofia Bernarda quiso adelantarse a recibirles.
-No se incoinode Ud., sefiora, por nosotros, la
digo Agustin, c o n t i n ~ esiempre.
-No, hijito, no es incomodidad, contest6le dofia
Bernarda.
-Quiero decir a Ud. que no se moleste, replicd
el j6ven Encina con graciosa sonrisa.
- 2;2 -
-Ah, si no le habia entendido a1 fraiicesito de
agua duke, esclamd con alegre carcajada dofia
Bernarda, iQuieren Uds.,echar una manito?
-Mas tarde, seiiora, contest6 Agustin, vamos a
saludar a estas seiioritas.
Las niiias que se hallaban en la pieza veciiia fue-
ron llamadas por la madre.A
-Traigan la vela para acti, les dijo, i estarkmos
todos juntos.
Adelaida i Edelriiira obedecieron aquella drdeii
i el oficial de policia las siguid con la palma-
toria.
-Asi me gustan 10s militares subordinados, fue-
ron las palabras con que doiia Bernarda, alabd la
galanteria de Ricardo Castaiios, que colocd la pal-
matoria sobre una mesa i se sent6 a1 lado de
Eddmira.
Agustin vi6 que en aquella pieza era dificil'soste-
ner una conversacion animada con Adelaida sin ser
oido, i empezd a hacer alabanzas del canto de
Amador.
-Oh, yo soi loco por el canto, dijo a1 jdven
Moliiia, quetomd iiimediatamente la guitarra.
-i,Qu6 tonada le gusta mas? preguntd este.
-La que Ud. ame mas, todas me placen, con-
test6 Agustin.
Amador afiii6 la guitarra, mikntras que Agustin
entablaba su conversacion, i entond luego algunos
- 913 -
versos, acompanltiidose con la iniisica mon6tona de
liuestras aiitiguas tonadas:
Yo no me pienso matar,
Por yuien por mi no se muere;
Querer a quien me quisiere
I a1 que no me yuiera, andar!
Agustin, aprovechhdose del ruido, decia con
apasionado acento a Adelaida:
--Yo necesito una prueba de su amor.
-+,I Ud., qui: prueba me db'? pregunto ella.
-i,Yo? la que Ud. demande.
-Si Ud. me quisiese, como dice, replic6 la nifia,
se contentaria con mi palabra i no me pediria mas
pruebas.
-Es que nunca puedo hablar con Ud. con liber-
tad, repuso Agustin i por eso insisto en lo que la
pedia la otra noche.
---&a otra noche? Que cosa? No me acuerdo.
-Una cita.
-jAi por Dios! eso es mucho pedir.
-i,Por que'? preguntd Agustin con la mas rendida
entonacion de voz.
-Si le doi una cita i,quii:n puede perder en ella?
Soi yo jno es verdad?
-i,No me Cree Ud. bastante caballero?
-A1 contrario: demasiaclo
- 214 -
-LI por qu6 demasiado?
-Porque nunca se casaria conmigo; diga la
verdad.
Adelaida, a1 decir estas palabras, fijd en el jdven
una mirada penetrante. Era la primera vez que
entraba en discusion tan franca con Agustin.
Este, confundido con semejante pregunta, vacild
un momento; per0 recurriendo luego a la elzistica
moral, cuyas teorias habia desarrollado a Rims en
la tarde, respondid:
-Si Lpor qub duda Ud.?
Adelaida ley6 en la vacilacion la falsia de la res-
puesta; mas no did secales de disgusto. Finjiendo,
por el contrario, haber creido en ella, volvi6 a
preguntar.
-&No me engafia Ud.? me lo jura?
Agustin, lanzado en el campo de la mentira, no
titubed para responder a1 instante.
-Si, se lo juro.
I la lijereza con que lo dijo, sirvid a Adelaida para
confirmar la opinion que en la enterior respuesta
le acababa de dar la incertidumbre del jdven.
-iAh, si Ud. no mintiera! esclam6 con un acento
de pasion que Agustin creyd sincero.
-Juro a Ud. que no miento, respondid el jdven:
concbdame Ud. la cita i hablarbmos.
En este momento concluia la tonada de Amador,
i Adelaida, le dijo con voz breve:
- 915 -
--RlaCana a las doce de la noche: la puerta de
calle estara abiei ta.
Agustin did casi un salto sobre su silla: la ale-
gria ilumind su rostro haciendo centellear sus
ojos.
-Me [Link] Ud. el mas feliz de 10s mortales, es-
clam6 apagando el sonido de su voz, que se con-
fundi6 con las hltimas vibraciones del canto.
-Relirese Ud., porque mi madre nos mira, le
dijo entre dientes Adelaida.
El elegante se diriji6 hicia la mesa de juego,
prodigando a1 mismo tiempo sus cumplimientos a
Amador por la toiiada que no habia escuchado.
-A ver, francesito, le dijo dolia Bernarda que
tallaba a1 moiite, haga una parada a la sota.
Martin, entre tanto, habia permanecido solo en
su asiento. Por una propiedad comun a 10sverda-
deros enamorados, hall&base aislado en medio de
las personas que le rodeaban i a1 compas de las
notas de la toiiada de Amador, 61 cantaba su amor
sin esperanzas, en versos incoherentes que solo re-
sonaban-en su imajinacion.
Cuando termin6 el canto, sus ojos i 10s de
Edelmira se encontraron.
La idea de buscar su consuelo en otro amor
hirid de nuevo su mente. En la mirada de Edelmira
habia una tristeza que cuadraba con la que a 81 le
aflijia.
- -
En me instante, Ainador Ham6 a1 oficialpara que
le diese su voto sohre una mistela hecha en la casa,
i Ricardo Castafios no pudo negarse a tan honorifica
consulta.
Rivas aprovech6 aquella circunstancia para sen-
tarse a1 lado de Edelmira. 9
- No esperaba verle tan pronto por aqui, le
dijo la nifia.
- i,Por qub? preguntd Martin.
- Porque la otra noche creo que no se divirti6
Ud. mucho.
- Pero hablb algunos rnomentos con Ud. i ellos
bastaron para darme cleseos de volver.
Rivas dijo estas palabras para p r o b s cdmo se-
rian recibidas, dominado por su idea de hascar un
consuelo en un nuel'o amor.
Edelmira le mir6 con aire de sorpresa i de sen-
timiento.
- iEs Ud. como todos? le pregunt6.
- Por qu6 me hace Ud. esta pregunta?
- Porque me figure que Ud. era distinto de 10s
demas.
Rivas ignoraba la significacion que dan jeneral-
mente las inujeres a frases como la ixltima de Edel-
mira.
No pens6 en qu. la admiracion con que ella
recibi6 su complimiento i lo que acababa de de-
cirle, podian perfectameiite interpretarse como de
- 217 -
feliz agiiero para 10s nuevos ainores a que aspiraba.
- iC6mo me ha considerado Ud. entdnces? le
preguntd.
- Sincero en sus palahras , contest6 Edelmira,
e incapaz de jugar con cosas serias.
-
Aquella apelacion sencilla a su honradez, tuvo
para el alma delicada i noble de Martin, toda la
fuerza de un amargo reproche. Vi6 a1 instante que
iha a tomar un camino indigno de un hombre hon-
rado, i la historia de Rafael trajo elocuentes, a su
memoria, 10s remordimientos que su amigo le pin-
taba en conversaciorgs posteriores a su primera
confidencia.
- No crea Ud., dijo, que haya mentido cuando
la dije que el recuerdo de la conversacion que tuve
con Ud. me daba deseos de volver : es la verdad.
El modo como Ud. me pint6 el pesar que la cau-
saba su posicion en el mundo, me inspir6 una viva
simpatia, porque encontre cierta andojia con mi
propia situacion.
- Me gusta mas que Ud. me hable de este modo,
repuso Edelmira , que como Ud. habia princi-
piado.
- Lo que acabo de decirle es sincero, replic6
Martin.
- Si lo creo, i me gustara mucho si Ud., algun
dia, tiene bastante confianza en mi para hablarine
con la franyueza que yo lo hice la otra noche.
13
- 218 -
- Ya he principiado, puesto que la dig0 que en-
cuentro analojia entre mi situacion i la de Ud.
Continuaron de este modo su conversaciou du-
rante largo rato. Edelmira habia encontrado en
Martin el tip0 del heroe que las mujeres aficiona-
das a la lectura de novelas se forjan en la juventud,
i cedia a un temor mui natural cuando no queria
oir de su boca 10s galanteos que oia diariamente
de Ricardo Castaiios i de 10s demas jdvenes que
freciientaban su casa. Hallaba una grata satisfac-
cion en penetrar en el alms de Rivas por medio de
la espansion de la amistad, recurso de que instinii-
vamente hacen us0 las almas sentimentales que
.tienen horror innato a las formas estudiadas del
lenguaje arnoroso.
Martin, que habia ya condenado en su conciencia
la idea de inspirar un amor a1 que no podia corres-
ponder, ha116 por su parte mucha dnlzura en la
amislad romantica que le ofrecia Edelmira. En
poco rato, su simpatia por aquella nifia ocupd un .
lugar considerable en su corazon. Hallaba en ella
una sensibilidad esquisita unida a un profundo des-
precio a las jentes que se creian con derecho a su
amor cuando eran incapaces de comprender la de-
licadez'a de sus sentimientos. En su desconsuelo
habia cierto perfume de poesia, que rara vez deja
de encontrar un eco amigo en el corazon de un
jdven moralmenle bien organizado; asi fu6 que
- 219 -
Martin, cautivado por la seiisibilidad que descuhria
en Edelmira, llrg6 a un punto de su conversacion
en que dijo eslas palahras :
- La confesart5 la verdad : am0 i sin esperanza.
Esta franca confesion, con la que Rivas se ponia
en la imposihilidad de dejarse tentar de nuevo por
la idea de huscar un consuelo en el amor de Edel-
inira, oprirnid dolorosamente el corazon de lanifia.
Parecidla que la arrancaban una esperanza que su
conversacion con Martin iba revistiendo de formas
precisas. A1 mismo tiempo, esas palabras desperta-
ron en su pecho lo que una media coiifidencia no
deja nunca de despertar uii una mujer : la curiosi-
dad.
-&Sera a alguna seliorita rica i bonita? pre-
guntci.
- iEs bellisima ! dijo Martin con entusiasmo
que no pfocur6 disimular.
Esta contestacion produjo una pausa, que fu8 in-
terrunipida gorAmador i el oficial, que eiitraron de-
claraiido que la mistela era de priniera calidad.
Martin se levant6 de su silla.
- Espero que Ud. no dejarft de venir a verme,
le dijo Edelmira.
- Teniendo ya una amiga como Ud., contest6
Bivas, no necesitart5 buscar compafiero.
Todos rodearon en ese momento la mesa de
jueFo i Ainador tom6 el naipe que dejaba dolia
- 220 -
Bernarcla, coiiteiita con haher ganado cien pesos.
El que perdia la mayor parte era Agustin Encina,
que entusiasmado con el buen 6xito de sus amores,
desafiaba a todos 10s circunstantes a1 juego , des-
pues de haber perdido, para manifestar delante de
Adelaida su desprendirniento del dinero.
Amador hizo traer una botella de la nueva mis-
tela parafomentar la animacion de Agustin i las
libaciones corrieron parejas con las apuestas.
Sin duda el liijo de doiia Bernarda conocia al-
guno de 10s m6todos con que cierta clase de juga-
dores se apoderan del dinero de 10s demas, con
mas cortesia, per0 no mas honradez que 10ssaltea-
dores de camino ; porcpe parecia haber avasallado
a la fortuna gaiiando cada vez cantidades que al
cab0 de un cuarto de hora halsia agotado el dinero
de Agustin.
-Juego sobre mi palabra, esclaind kste, apurando
una copa de mistela, cuando se encontrd sin plata.
- Coin0 Ud. gaste, contest6 Amador; pero yo
abandonaria el partido en su lugnr.
- Por qu6 ? preguntd el jdven Encina.
- Porque est&de mala suerte.
- Yo la coinpondr6, contest6 con orgullo el ele-
gante, que nirdba con desprecio a tan pobres ad-
versarios.
Amador i otro de 10s que rodeaban la mesa cam-
biaron una rnirada significativa.
- 221 -
- ~Culintoapuesta? pregunt6 el hijo de dofia
Bernarda sacando dos cartas.
- Seis onzas a1 siete dt: oros, dijo Agustin.
AI cabo de una hora, habia perdido mil
pesos que en media hora mas se doblaron.
Martin intervino entdnces i pus0 tkrmino a1
juego.
- Traiga Ud. papel i le firmar6 un documento;
dijo Agustin a Amador.
El docurnento fuk otorgado por dos mil pesos.
Agustin lo habria firmado ,por cuatro , porque en
a p e 1 instante recibia de Adelaida una mirada de
amorosa adrniracion.
AI salir de casa de dofia Bernarda, el jdven En-
cina, entusiasmado con su conquista i con 10s va-
pores de la mistela, contaba, en su jerga peculiar,
a Martin, la manera irresistible que habia empleado
para reducir el corazon de Adelaida.
Despues de la salida de las visitas, quedaron en
la pieza, a1 lado de la mesa de juego dofia Ber-
narda, Adelaida i Amador.
Edelmira se retir6 despues de oir de boca de su
madre algunas amonestaciones sobre la necesidad
en que est&toda muchacha de buscarse un buen
marido.
Cuando Amador se vi6 solo con su madre i su
hermana mayor, cerr6 la puerta por la cual aca-
baha de pasar Edelmira.
- 222 -
- &Quehubo? pregunt6 despues de esto, diri-
gibndose a Adelaida.
- Para maiiana en la noche, contest6 ella.
- Ah, ah, esclamd doiia Bernards, L el frances
de agua duke pidi6 la cita?
- No es la priinera vez, dijo Adelaida.
-Estos ricos, repuso Amador, quieren andar
engaiiando muchachas : Bste la pagarh caro.
- Ent6nces, mafiana traes a tu amigo, aiiadi6
d Bernarda.
- De juro, pues, respondid Amador.
- i,I si no quiere? preguntd la madre.
- No le d6 cuidado, inamita; contest6 Amador,
to.:t3ildo una vela para retirarse.
Luego aiiadid acerciindose a ella:
- No SB le olvide n o mas lo que le ciijimos.
- iQuB soi tonta para que se me vaya a olvidar?
contest6 ella : v e ~ i ssi yo sb hacer las cosas.
En el momento en que Amador s e retiraha, se
oy6 un lijero ruido tras de la puerta que Bste ha-
bia cerrado a1 principiar aquella conversscion.
- Seril la tonta de la Edelmira que estard oyendo,
esclam6 doiia Bernarda.
iQuB importa que nos oiga? dijo Amador : ma-
fiana ha de saber lo que pase.
La madre parecid satisfecha con la resyuesta j
did las buanas noches a sus hijos.
- 223 -
Rafael San Luis habia pasado con tanta pronti-
tud, del profundo ahatimiento en que vivia, a la
felicidad, que despues de despedirse de Martin, le
parecia un sue60 la inesperada noticia que acababa
de traerle su amigo.
Su primer cuidado fu8 el de enviar a su tia para ,
enterar a don Pedro de sus nuevos proyectos sohre
la hacienda del Roble, con cuyo arrieiido esperaba
veneer las dificultades que le separahan de Matilde,
ganftndose la voluntad de don Fidel Elias.
Cuando se vi6 en su cuarto, rodeado de sus
muehles, testigos de su constante dolor, cubrid de ,
besos e l retrato que guardaba de su querida i vol-
vi6 la memoria hacia 10s pasados tiempos de su
dicha, no sin una triste impresion a1 recordar las
acciones de su vida desde que la suerte le habia
separado de Matilde. El remordimiento de haber
- 224 -
sacrificado el honor de Adelaida Molina a1 coiisaelo
de sus penas, hnbld entdnces mas alto en su con-
ciencia que eu 10s dias anteriores. La felicidnd le
volvid hacia la virtud asi como la desesperacion le
hiciera quebrantar sus leyes. Sintid con vergueiiza
que no iria pur0 como kntes, a jurar amor a 10s
pies de la que inmaculados le guardaba su corazon
i su f6. Aquella fu6 la primera idea que vino a en-
turbiar la onda cristnlina de su alegria i tambien la
que le sac6 de la contemplacion en que se hallaba
sumerjido, para liacerle sentir la necesidad de
mayores emocioiies que le distrajesen de su eiiojoso
recuerdo.
Ver a Matilde i oir de su boca las tiernas protes-
tas de su amor santamente conservado, fu6 lo que
a1 momento ocupci su [Link]. Record6 con
esto que la hltima frase de Leonor, que Rivas le
habia trasmitido, le abria el 'camino para buscar
10s medios de Ilegar hasta Matilde. Sent6se a su
mesa.-i principid a escrihir con un ardor febril. A1
cabo de una hora, hahia roto dos carias i escribia
la siguiente, que fu6 la iinica que satisfizo su im-
paciencia.
a Un amigo me acaba de decir que Ud. me ama
D todaria. No puedo piiitarla la felicidad que esta
B noticia me trae d e repente: serin preciso que Ud.
3 me oyese, porque una cnrta no bastaria para
D contener la historia de 10s pesares que la iiueva
- 223 -
P espcranza desvanece. Si es verdad que Ud. me
)) conserva ese amor, que ha sido hasta hoi mi
B imica dicha i mi iinico pensamiento querido, de-
3 jeme oirlo de su voz. Esta sbplica se la haria de
B rodillas si Ud. pudiese verme, porque si Ud. la
)) desoye creeri! que me han engafiado, i volver
r, ahora a mi largo desconsuelo seria horrible para
Y mi. B
Ssii Luis se content6 con esta carta porque era la
imica que se hallaba en armonia con la ajitacion
de su espiritu. Las largas frases de amor que habia
confiado a Ins dos primeras, le parecieron iiiui frias
para pintar el estado de Su alma bajo la violenta
emocionque le ajitnha. Despues de cerrarla se diri-
ji6 a casa de don Fidel. A1 llegar a1 umbral de
aquella puerta que hahia atravesado por idtima vez
con el corazoii- despcdazado, temblaba como en la
proximidad de un inrnenso peligi 0 .
Para entregar su carta no habia imajinado otro
medio que el inventado tal vez desde el orijen de la
escritura. La hora favorecia sus intenciones, porque
la noche hahiallegado ya i el inal alumhrado de las
calles le permitia acarcarse a la cnsa sin temor de
ser conocido. En el cuarto del zaguan pregunt6
por una criada antigria de doiia Fraiicisca que ha-
bia coiiocido duracte sus visitas. Cuatro reales bas-
taron para que el criado que ocupaba la pieza del
zaguan se prestnse a llamar a la persona por quien
13.
- 226 -
Rafael preguntaba; i diez minutos despues la carta
se liallaba en manos de Matilde.
Llegada la hora en que don Fidel asistia con
dofia Francisca i s u hija a casa de su cufiado,
?&tilde, finjid un dolor de cabeza para quedarse,
teiiiiendo que en la tertulia de don DSmaso, al-
gtiien pudiese leer en su semblante la turbacion
en que se liallaba despues de leer la cartn de Sail
Luis.
h las ocho de la mafiana del siguiente dia, Leo-
nor salia de una iglesia envuelta en su maiitoii i
acompafiada por una sirviente.
De la iglcsia sc dirijid a easa de su prima, que
la recibid en la misma pieza en que hahian estado
el dia anterior.
- i Est& r e a h e n t e enferma, como anoche me
dijeron? preguntd a Matilde, en cuyo roslro se veia
In palidez que deja ordinariainente una iioche de
insomaio.
-Mira esta carta, fu8 la coiilestacion de Illalilde,
que pus0 en manos de su prima la que Rafael la
habia dirijido.
-LI tu main$? preguntd Leonor seiitkriclose i sin
mirar la carta.
-Est& durmiendo.
Leonor eclid hdcia atras el manlon que cuhrh
su frente i empezd a leer. Despues de terminnr,
alz6 10s ojos sobre su prima. Esla perinanecia de
pie, frentc a ella, i en la actitud de un culpalAe de-
lante del juez.
--No habrtis comprendido, la dijo Leonor, c6mo
Sail Luis l e pide una entrevista despues de iiuestra
conversacioii de ayer.
Matilde, en su turhacion 110 se hahia fijado en
aquella circuiislancia i solo ent6nces record6 que
en su conveiiio con Leonor habian resuelto citar a
Rafael para ese dia.
-Es cierto, contestd.
-AI irnie de aqui, repuso Leonor, cambii: de
plan. Me pareci6 mas natural decir solo la mitad
de &I i dejar que Snn Luis pidiese la cita. Esta
carta manifiesta que no me eiigafii:, ihas contes-
tado?
-No, esperaba verte para hacerlo.
-LHas cnmbiado de resolucion desde anoche?
-Tampoco, dijo Matilde. Es verdad que tengo
miedo; per0 me vencere. Ahofa que Rafael me ha
escrito, es imposible cambiar de deterrninacion
porque si m.: negase creeria que no le amo.
-Tielies razon. De modo que le contestaras
ahora.
-LQUB le dire? ,
-Lisa i llanameiite lo que ayer conrinimos. Es
temprano i tu coiitestacion Ilegarci a tiempo. No
olvides que es para las dos a inns tardar. Yo estare
aqui con Agustin a 1s una.
Despues de la salida de su prima, Matilde con-
test6 en 10s terminos que acababa de recoinendarle
i envid su carta por el mismo conduct0 que habia
recibido la de Rafael.
Leonor llegd pronto a su casa i sc dirijid a las
piezas que ocupaba su hermano, a una de cuyas
puertas di6 tres lijeros golpes.
La voz de Agustin preguntd del interior :
-jQuiBn es?
-jNo estlis en pie? pregunt6 Leonor.
-Entra, hermnnita, dijo a la nifia. jQUB es esto
tan de mafiana? Vienes de la iglesia?
Leonor di6 una respuesta afirmativa a la liltinia
pregunta i se sent6 en una pollrona de tafilete verde
que la present6 el elegante.
-1 tli jc6mo e s t h tan temprano en piit? pre-
guntd la nifia quitandose el manton.
Aguslin habia pasado mala noche con la felici-
dad, que a veceS desrela tanto como el pesar.
--No sB, dij6, desperte temprano.
-Anoche te recojiste tarde.
-Si, me entretuve por ahi, contest6 Agustin,
que veia con placer una ocasion de recordar su vi-
sita de la noche anterior.
-LDdnde estuviste? preguntd Leonor con aire de
distrac,'pion.
-En casz cle unns nifias.
-l,TIabia muchos jbvenes?
- 220 -
-Algunos: yo estuve con Martin.
-icon Martin! dijo Leonor admiradd. iEn casa de
que nifias,
-Ah, liermanita, eres inui curiosa : se c u e h el
iiiilngro sin nombrar a1 saiito.
--No sabia que a nuestro alojado le gustase visi-
t x , dijo Leonor, jugaiido con el libro dz m;sa que
teiiia entre las inanos.
-Como a todo hijo de vecino.
-$on bonitas las nisas?
-iOh, encantadoras!
El entusiasrno de esta respucsta produjo en
Leonor una estraiia sensacion.
-LLas conozco yo? preguntci coil curiosidad.
-No sk..... puede ser.
Agustiii did esta contestacion, porque si bien se
hallalsa con deseos de contar qua erd ainado, no
queria por otra parte liacer sospechar a su her-
maiia la baja esfera social en quc liabia ido a buscar
sus coiiquistas ainorosas.
--Dz esas nifias, dijo Lcoiior, algwa debe gus-
tarte.
-La inas honita, coiilestd Agustiii con orgullo.
-&I ella ta cpiere?
--No faitan pruebas para crairlo.
h o n o r habia hecho las preguiitas anteriores
para no 11,imar la atencion de su hermano sobre
esta olra.
- 230 -
-&I Martin ..... hace la corte a alguna de ellas ?
--No S B precisamente; per0 le he visto conversar
muclio con una hermana de la mia.
hgustin di6 a este-posesivo loda la fatuidzd quc
le inspiraba el recuerdo de la cita que habia obte- ._
nido de Adelaida.
- i I es bonita tambien ? pregunt6 Leoiior.
- Bonita, como no ! aunyue n o tanto como la
otra ; per0 es interesante.
La ni5a se qued6 pensativa durante algunos mo-
mentos. Sentiase humillada por aquella revela-
cion.
Era claro que Rivas habia mentido, a1 contarla
con pretendida modestia su prop6sito de no amar;
i que probablemerite hahlaba de amor con otra
cuando ella le esperaba para confundirle con su
desden. Mientras hizo estas refiexiones, la ocurri6
la idea de que su silencio podia despertar las sos-
pechas de su herinano scbre la causa que las mo-
tivaba i determin6 llamar su atencion sobre el
asunto que la llevaba alli.
- Ah, esclam6 a1 iiistante de pensar esto, se me
olvidaba que tengo que pedirte un servicio.
- i Un servicio, hermanita? clijo Agustin, habla,
soi todo a ti.
- Quiero que me aconipafiies hoi a la Alameda
entre la una i las clos de la tarde.
- i Para quB? hoi no es domingo.
- 231 -
- Despues le dirB : pi-omkteme primer0 que me
acompa5arAs.
- Te 12 proineto, no tengo dificultad ninguna.
- Dime, hgustin i tb estis verdaderamente ena-
morado de esa nifia de que acahas de hablarme?
- Oh, la am0 de todo mi ccruzon.
- De modo que si 1;o pudieses verla , lo senti-
rias mucho.
- Muchisimo ; pero no creo que esto suceda.
- Eso no imporia; supoii que te separasen de
ella.
- i C;:ramba, 110 seria tan f k i l !
- Ya lo s 6 ; pero dalo por hecho.
- Ah, jes una suposicion? bueno.
- Estando asi, sin verla, i,no agradecerias mu-
cho a la pei-soila que te proporcionase con ella una
entreyista ?
- i Cdmo no ! se lo agradeceria en el a!ma !
- Puas es lo mismo que Pi vas a 'riacer acompa-
Firindome a la alameda.
- jhh, picarona, lienes tus amorcillos, eh ?
-No, liijo, no soi yo, dijo con cierta tristeza
Leonor.
- Ent6nces. i Q u i h es?
- Nixtilde.
- iLa primita! I este es jel cuAnlos? Porque
cuando yo estal-la en Europa, supe que tenia amo-
res con Rafael San Luis, th me escribiste que se
- 232 -
iba a casar con otro i ahora quiere que la lleven a
la alameda para ver, sin duda, a un tercero.
i Ficichlre ! Escuse Ud. de lo POCO !
- No es para ver a un tercero; Matilde no ha
amado nunca mas que a Rafael San Luis.
- I entdnces i cciino iba a casarse con Adriano ?
- En gran parte por culpa de mi pap&
- i De mi papa, hermanita! No comprendo.
- Porque t6 no has sabido que mi papa fui: el
que aconsejd a1 ti0 Fidel para que despidiese a Sail
Luis de su cnsa.
- i,I por que?
- Dicen que porque estaba pobre Rafael.
- No deja de ser una razon.
- Aunque lo fuese, mi padre no debid intei've-
nir para czusar la desgracia de un jdven bueno.
- Es verdad.
- 1 yo creo que nosotros cumplinios con un
deher; reparando su falta en lo que podamos.
- Asi me parece, es justo.
- Matilde ama sieinpre a San Luis i nunca
aiiiarB a otro.
- Hace bien, yo estoi por la constancia.
Leonor esplicd en seguida 10 restante de su plan,
dejando a su hermano mui convencido de la nece-
sidsd de apoyar a RIatilde en sus amores.
Despidikronse despues de esta conversation ,
prometiendo Agustin no faltar a la hora convenida.
- 233 -
El elegante s3 hallaha en un dia de induljencia
con la alegria que le causaba la espectativa de la
cita, asi fu6 que no t w o un momento de escrGpulo
para favorecer 10s amores de Matilde.
I
- 234 -
XX IV
Un poco Antes de la una d d dia, sali6 Leonor de
su pieza a1 cuarto de antesala. La completa ele-
gancia de su traje hacia resplandecer su admirable
belleza. U n vestido de popelina claro ajustaba su
talle delicado, que se divisaba a1 traves de un an-
cho encaje de chantilly que guarnecia una mante-
Ieta bordada, de terciopelo negro. Los numerosos
pliegues de la pollera se perdian lonjitudinalinente
hacia el suelo, realzando la niajestad de su porte i
un cuello de finos encajes de valenciennes, ajus-
tad0 por u n prendedor de 6palos) confundia su
’
blanco hordo con la delicada chtis de su bien deli-
neada garganta.
Leonor se sent6 a esperar a su kermano, entrete-
nihdose en jugar con un quilasol que tenia entre las
manos. A1 cab0 de cortos instantes se separ6 de su
asiento, i se pus0 delante del espejo de la chime-
- 235 -
nea, pasando una mano sobre sus lustrosos bull-
deaux, con un cuidado que acreditaba el culto que
profesaba a su persona.
Mui distante se hallah Leonor de figurarse que
en ese momento dos ojos dirijian sobre ella una
mirada ardiente a1 traves de la vidriera de la puerta
que comunicaba la antesala con el escritorio de su
padre. Aquellos ojos eran 10s de hiartin, que ha-
biendo oido cerrar la puerta por la cual Leonor
acababa de pasar, se habia puesto en observacion,
como muchas veces lo hacia, para ver a la niria
que a esa hora estudiaha diariarnente el piano.
Tanta belleza i elegancin, hacian latir el corazon
del enamorado mozo con desesperada violencia.
Con la avidez de todo amante, quiso Rims contem-
plar de mas ccrca a su idolo e imnjind al momento
un pretest0 para acercarsc. Sentia una esti'aiia fis-
ciiiacion que le arrastraba en su amor a despreciar
la altivez con que era tralado : era el efecto de la
misteriosa fuerzs que iii?palsa a todo infeliz a pon-
derarse sus pesares, a todo criminal a seguir en la
oscura senda a que un primer delito le arroja.
Martin deseaba complacerse en su propia deqgracia,
sentir I s opresion de su pecho ante la rnirada
altanera de Leonor, cornparar cerca de ellala mise-
ria de su destino con la opulenta r i c p z a i hermo-
sura de la nifia. Estas sensuciones le liicicrou abrir
la puerta con un ardor febril, sin esplicarse lo que
- 236 -
hacia, i cegado ya por la desesperacion sobre su
suerte que la vista de Leonor le infundia.
La nilla volvid precipitadamenle la cabeza hdcia
el punto en que se abria la puerta i vi6 aparecer a
Martin, p&lidoi turbado delante de ella.
A1 momento vinieron a la memoria de Leonor
sus propdsitos de la vispera i recibi6 el saludo del
j6ven con fria mirada i orgulloso ademan.
Ante aquel saludo conocid Rivas lo aventurado i
texerario de lo que hacia.
- Seriorita, dijo con voz timida, me he tornado
la libertad de presentarine para decir a Ud. que
ayer cumpli el encargo que Ud. se sirvid ha-
cxme.
- Yo esperaba haber recibido anocbe esa res-
puesta , contest6 Leonor, senttindose.
Martin tom6 el tirador de la puerla en sefial de
rclirarse.
- Mi hermano me hizo esta maiiana ciertas con-
fidencias, dijo Leonor, sin dar tiempo a Rivas de
hacer lo que intentaba, que me han esplicado por
que no sucedid lo que yo esperaha.
La palidez de Martin desapareci6 bajo un vivo
encarnado a1 oir aquellas palabras, porque se fi-
gur6 que Agustin hubiese hablado de la casa de
dofia Bernarda.
- No crei, sefiorita , contest6, que Ud. aguar-
dase con tanta impacieiicia la respuesta.
- 237 -
- De modo que Ud. ha vuelto la felicidad a su
amigo, dijo LeoDor sin aceptar por ninguna sefial
esterior la disculpa del jdven.
- Gracins a Ud., seliorita, repuso Martin incli-
nindoqe.
- Este ser5 un mal ejemplo para Ud., replicd
con una imperceptible sonrisa de malicia.
- No veo por qu8, sefiorita.
- Porque !a felicidad de su amigo puede influir
contra 10s herdicos propdsitos que Ud, me mani-
festd la otra noche.
- Rafael ocupa una posicion mui distinta de la
mia, [Link] Rivas con un acento tan naturalmente
melanc61ic0, que Leonor fij6 en 61 una profunda
mirada.
- i, Porque est&seguro de ser amado? preguntd.
- Precisamente.
- L I Ud.?
- Yo.. ... no pretend0 serlo, contest6 Martin con
verdadera modestia.
’- Es Ud. mui dexonfiaclo, replic6 Legnor, COR
In sovisa que un momento 5ntes se habia dibujado
en sus labios.
- Creo que mi desconfianza pod& servirme de
escudo contra mayor desgracia que la de no ser
nunca amado.
-$fayor desgracia? CuAl? por ejemplo.
-La de amar sin esperanza.
- 238 -
Martin proiiunci6 estas palabras con voz tan
intimamente conmovida, que Leonor, a pesar de
su imperio sobre si misma, se pus0 encarnada i
baj6 la vista a1 encontrarse con la ardiente mi-
rada del j6ven.
Su invencible orgullo la hizo a1 momento aver-
gonzarse de su involuntaria ernocion.
En el instante de b a j x la vista oy6 la voz de su
amor propio escarriecerla por su debilidad. De
modo que, apkrias sus dilatados pBrpaclos habian
cubicrto las pupilas, alz6ronse de iiuevo dejando
'
ver la arrogante mirada del orgullo ofendido.
-No debe Ud. arredrarse ante esa desgracia,
dijo; pocos son 10s hombres que no encuentran al-
guna vez siquiera quien 10s ame. Por lo que me
dijo Agustin, Ud. est& en camiiio de encontrarse
pronto a cubierto de lo que tanto parece temer.
1,evantdse a1 decir esto de su asiento con la ma-
jestad de una reina, i arroj6 a1 jdven, mirindole
con aire de burla, que en nada disrniiiuia su digni-
dad, estas palabras:
-Una de las ni5as que Uds. visitaron anoche,
dice Agustin que manifiesta aficion por Ud : ya v B
que puede tener mas confianza en su estrella.
I sal% de la piem llamando a una criada i dejando
a Rivas sin movimiento en el punto donde habia
permanecido de pi6 durante toda la conversacion,
Mui luego oy6 la voz de Leonor que decia;
- 839 -
-Di a Agustin que le estoi esperando hace mas
de una hora.
Estas palabras le sacaron de su estupefaccion.
Abrid la puerta i entr6 a1 escritorio de don Ddmaso
con las lkgrimas prdximas a escapkrsele de 10s
,
ojos.
Las bltimas palabras de Leonor i lo que habia
dicho despues a la criada, le liacian creer que le
miraba como un ohjelo de pasatiempo i de burla.
Esta creencia arrojd en su alma una tristeza que
nub16 10s resplandores que todo jdven divisa en el
porvenir.
, -Vamos, se dijo con rkbia, apoyando kmbas
manos en la fi-ente, es precis0 trabajar.
I tom6 la pluma con ardor desesperado, evocando
el recuerdo de su pobre familia, para calmar la de-
sesperacion que le oprimia el pecho i le daba de-
sew de llorar como un niiio.
Leonor volvid a sentarse pensativa en el so€&
que habia ocupado mikntras hablaba con Martin.
Maquinalmente se detuvieron sus ojos en la puerta
que el jdven acababa de cerrai i gareciale verle
aun, de pi&, pr6ximo a esa puerta, pklido i turbado,
dirijirla con ardiente mirada i coninovido acento
aquella frase que en pocas palabras pintaba el me-
lancdlico desconsuelo de su alma: rAinor sin espe-
ranza.)) I bajd de nuevo, por un movimieiito ma-
quina1tambien, su vista; pero a1 levantarla otra vez
I 2tQ -
no brillahan ya eh sus ojos 10s rayos de SI! orgullo
receloso i tenaz, sin0 la vaga espresion que pinta
la alborada de una nueva ernocion en el alma.
Leonor pens6 entdnccs, mas sin formular con
precision tal pensamiento, que en aquellas palabras
de un verdadero sentimentalismo, en la eloquente
mirada de 10s ojos negros de Martin, en la intima
emocion que acusaba su voz, habia mil veces mas
atractivos que en los'estudiados cumplimientos de
10s elegantes jdvenes que cada noche la repetian
sus hostigosos cumplidos. hquella lijera entrevistn
dejaba en su Animo una profunda i desconocida
ernocion, una tristeza indefinible que borraba de
su memoria la irnrijen del pobre pro+inciano, timi-
do i mal vestido, para ceder su lugar a1 joven mo-
desto i sentimental, que en pocas palabras dejaba
entrever un corazon de grandes sensaciones.
La llegada de hgustin vino a cortar aquellas re-
flexiones, sin forma fija, en que vagaba coinplacida
la mente de Leonor.
El elegante habia apurado la combinacion de la
corbata con el chaleco i pantaloneo a la mas per-
fecta nrmonia de 10s colores: el ciitis lustroso de
su cara atestiguaba el paso de la navaja sobre una
barba naciente i s u pelo despedia el perfume de la
mas rica pomada d e jazmin de Portugal que fabrica
la Sociedad Hijiknica de Paris.
-LTe he hecho esperar, mi toda bella? preguntd
- 2$1 -
a Leonor, ostentando con arte la gracia de su pan-
talon cortado por Dussotoy en la capital de la ele-
gancia.
-Algo, contest6 Leonor levantjndose.
Salieron de la casa i llegaron poco despues a la
de don Fidel donde les esperaba Xatilde.
Esta habia dado tambien un cuidado prolijo a su
traje que bien podia rivalizar en gracia con el de
su prima. La resolucion un poco violenta de que
se habia armado, aiiadia cierta gracia a su belleza
modesta hasta la timidez i sus ojos estaban anima-
dos por una viveza que aumentaba su brjllo i su
hermosura.
Pusieronse en camino, aparentando una alegria
que solo Agustin tenia en realidad, poryue Leonor
i sobre todo Matilde no podian ocultar la turbacion
que de ellas se apoderaba a1 aprosimarse a la Ala-
meda. A1 llegar a1 paseo de que nos enorgullece-
mos todos como buenos santiaguinos, Leonor liabia
recobrado ya su serenidad i alentaba a Matilde, a
quien el temor habia hecho perder enteramente la
viveza i animacion que a1 salir de su casa se miraba
en su semblante.
La Alameda estaba desiei-ta como lo est&en dias
que no son festivos. El alegre sol de primavera
jugaba en las descarnadas ramas de 10s Blamos i
estendia sus dorados rayos sobre el piso del paseo.
Las dos nifias avanzaron con Agustin basta el
14 .
punto en que se encueiitra la piia. La soleLLddel
lugar infundi6 confianza a Matilde i la conversa-
cion, que a1 Hegar habia languidecido, recobr6 su
animacion cuando estuvieron sentadas no lkjos del
maiten que algun intendeiite amigo de 10s grboles
' nacionales, hizo colocar en el 6valo de la pila coin0
una muestra de su predileecion.
Poco rat0 despues que se hallaban en aquel lu-
gar, Agustin dijo a1 oido de Leonor :
-Alli viene Rafael. ~
Matilde le habia divisado desde lbjos i hacia po-
derosos esfuerzos para ocultar i reprimir el tem-
blor de su cuerpo.
San Luis se acerc6 a1 sofA i salud6 con gracia a
Leoiior i a su prima primero, dando la mano a
Agustin, que le acoji6 con risueiio semhlante. Igual
cortesia habia mostrado a1 saludar a cada una de
las nifias, sin que hubiese podido dktinguirse que
una de ellas ocupaba su comzon imicamente desde
muchos aiios.
Rafael t w o tambien bastante oportunidad para
entablar luego una conversacion, en la que todos
tomaron parte, destruyendo de este modo el
natural embarazo que debia suceder a1 saludo.
Con esa conversacion, Matilde se seren6 del todo
i pudo dirijir sin teinblar sus miradas a Ra-
fael, con la ternura de un amor verdadero, que
desdefia el artificio i deja retratarse en el ros-
tro las gratas einocioiies que se apoderan del
;!ma.
Eeonor di6 poco despues la sefial de la vuelta,
Ievantgiidose i apoderandose del brazo de su her-
mano. Rafael ofreci6 el suyo a Matilde i las das pa-
rejas se pusieron en marcha con leiito paso.
San Luis eiitabl6 pronto la coiiversaciori con que
habia sofiado tantas veces en sus &as de tristeza;
pint6 can calor sus pesares; hizo estremecerce de
gozo el corazon de su querida con la espresion apa-
sjonada de un ainor que liahia lleriado su existencia,
i recibi6 con una alegria que le cosiaha reprimir
Ias sencillas i tieriias palabras con que Naiilde le
cont6 10s dolores del sacrificio que habia hecho a la
voluntad paterna. Ilubo en esa rniitua confidencia de
dos corazones uiiidos por una pasioii sincara i se-
parados por la ambicion, esa espansion sill a r k
que desborda del peclio inundado por una felicidad
conipleta, palahras clue coi:taban coli un3 vida sin
limites, miradas que briliahaii con celestial ven-
tura.
--En fin, dijo Rafael, todos mis pesareslos borra
este riioinento: ya veo que 10s mas locos suefios de
la imajinacion pueden realizarse. iUd. me ama!
Esta frase fu6 pronunciada cuando Matilde re-
feria 10s temores que Iiabia vencido para dar In
cita.
-Ahora, afiadi6 la niiia, que en aquel moinento
- 2144 -
de suprema dicha sentia en su alma un valor deci-
dido, mi resolucion es irrevocable. He sufrido mu-
cho para no tener en adelante la fuerza de resistir.
Rafael cont6 entcinczs su nuevo plan i las proba-
hilidades con que contaba para vencer la obstina-
cion de don Fidel. Este plan, abria a 10s amantes
el campo rosado de la esperanza, desarrollando a
sus ojos 10s mirajes infinitos que siempre se pre-
sentan a 10s enamorados felices. Los alegres proyec-
tos cirnieron sobre ellos sus alas doradas i les pa-
recid que el cielo era mas azul i mas pur0 el aire
en que resonaban sus palabras.
En andar tres cuadras Iiabian empleado cerca de
media hora, durante la cual Agustin contaba a
Leonor sus amores, transformando en su narracion,
a Adelaida en la hija de una de las principales fa-
milias de Santiago, i sin llegar a la relacion de la
cita que fu6 sustituida por mil pruebas de una vio-
lenta pasion, inventadas par la imajinacion del ele-
gante.
A1 terminar la cuarta cuadra Leonor se detuvo i
fu6 preciso separarse: Matilde i Rafael creian no
h b e r hablado todavin. El jdven se despidi6 como
habia saludado: llevaba la esperanza de una nueva
entrevista si Leonor consentia en acompafiar de
nuevo a Matilde, mi6ntras se ponia en ejecucion el
plan que dehia dar por resultado el consentimiento
de don Fidel Elias.
- 24.5 -
xxv
Nuestra narracion debe en este punto retroceder
hasta el dia siguiente de la fiesta celebrada en casa
de dofia Bernarda, para esplicar las palabras que
mediaron entre esta, Adelaida i Amador, despues
de la visita en que Agustin Encina habia abtenido
la cita.
El secret0 que Rafael habia revelado a Martin
sobre sus amores con hdelaida Molina, era tambien
conocido por Edelmira i Amador, a quien esta niiia
lo habia confiado para ocultar a su madre el fruto
de su estravio. Amador habia servido de auxiliar a
su hermanaen este designio, i facilit&dola10s medios
de ausentarse de casa de doiia Berxiarda durante
un mes, a1 cab0 del cual Adelaida regres6 de un
paseo a Eenca en donde dejaba a su hijo con una
hermana de dofia Bernarda.
14.
- 246 -
Edelmira, pop su parte, se habia limitado a llorar
por la falta de su hermana.
I n ~ i i lnos parece referir circuiistaiiciadainecte
10s medios de que se valid hmador ‘para evitar las
sospechas sobre tan delicado asunto. El resultado
fue que Adeliiida regres6 a1 hogar de la familia sin
que la mas lijera mancha empafiase a 10s ojos del
inundo el lustre de su repuiacion.
Per0 hmador era hombre que gvstaba de sacar
partido de 10s accidentes de la vida para compensar
10s rigores de la suerte contra su siempre necesitado
bolsillo. Por esto se vali6 del ascendiente que aquei
secreto le daba sobre su hermana, para obligarla a
ser menos desdefiosa con el ainartelado hijo de don
Diimaso Encina.
Adelnida meditaba solo alguna venganza contra
el que la abandonaba, cuando Agustin entrd a la
* casa atraido por sils Iindos ojos. El elegante Ilegaba,
como se vB en mal momento, i debi6 naturalmente
sufrir por algunos dias 10s desdenes que su mala
estreila le deparaba.
Sin embargo, hgustin no se desalent6 con 10s
primeros revese5 i atribuy6 su constancia la sonriw
afable que sus requiebros hicieron dibujarse en 10s
lahios de Adelaida, ctlando Amador lmbia ordenado
aquella amabilidad con la mira de s a x algun par-
tido de aquel amor de un hijo de familia.
La ambicioii hizo eiitrever a Ainador hasta In
- 247 -
posibiiidad de eiilazar su estirpe plebeya i pobre
con la dorada del nuevo ainante de Adelaida.
Esta se dej6 dorninar i consintid en representar
el papel que en aquella comedia la asignalxi su
ambicioso hermano, sin esperar mas ventaja de su
obediencia que la posibilidad de mejorar de fortuna,
i poder asi, con mas probabilidad, encontrar algun
medio do veiigarse de Rafael Sail Luis.
A1 dia siguiente de la fiesta cclebrada por dofia
Bernarda en honor de SII curnplea5os , Amador
entrd a1 cusrto de hdelaida en circuiislaiicias que
riorla Bernards i Edelmira habian salido a las tien-
das .
-&Como te fu8 aaoche con Agdstiii? pregantd
Amador senttindose. LSiempre enamorado?
--Sienipre, coiitestd hdelaida sin l e n n t a r la vista
de uiia cosiura en que se hallaba ocupaba.
-(,I til? qui. le dices?
La nifia rnird a su herinsno con la resolucion que
iiaturalinente se pintaba siempre en su semhlanle.
-Yo, dijo, nada casi le coiitesto, porque hasta
a'nora no me has esplicado lo quc quieres hacer.
-&Lo que quiero bacer? KO te he dicbo que le
Iiagas creer que le quieres?
-$ para qu??
--Primero, porque estoi pobre, dijo Amador en-
cendiendo uii cigarro i lanzaudo a1 aire el fdsforo
Coil que acababa de prenderlo.
- 245 -
-No s6 como est& pobre cuando todas las noches
casi le ganas plata, replic6 Adelaida, volviendo a su
costura.
--Barto sac0 con ganarle: me firma documen-
tos.
-LI por qu6 no 10s cobras?
-&Sabes lo que sucede? Varias ocasiones ha pa-
sado lo mismo: uno le gana a1 hijo de un rico i
cuando no le quieren pagar, se v i donde el padre
que se pone furioso i lo amenaza a uno con man-
darlo a la carcel.
-j,I la plata que te pag6 Agustin?
-Eso es mui poco, una o dos onzas: se me van
entre 10s dedos.
Adelaida se qued6 en silencio.
Amador dej6 pasar un corto rat0 i dijo:
-Lo que yo quiero es qce tc i yo saquemos al-
guna buena ventaja. Dime, Lno te gustaria casarte
con Agustin?
-Ya sabes que yo, lo primer0 que quiero es que
Rafael me la pague.
Esta vulgar coniestacion reson6 de un modo es-
traiio entre 10slahios de Adelaida en cuyos ojos bri-
llaron a1 mismo ti-mpo 10s sombrios reflejos de un
odio concentrado i tenaz.
-Yo l e apudare si ti: me ayudas, la dijo Amador.
BIira, no seas lesa: si haces lo que te digo te casas
con Agustin i eres ricn. &Quemas quieres?
- 249 -
hablas de casamiento como si fuese tan fricil,
TI^
replicd Adelaids!, que no se atrevia a coiitradecir a
su hermano que era duefio de su secreto.
-flierto que es dificil, contest6 Bste; pero yo s6
como. hacerlo.
-j$6rno?
-Le vas dando esperanzas a Agustin. &Meme has
dicho que siempre te est&pidielido cita?
-flierto.
-Bueno; cuando yo te avise, le das la cita. En-
t6nces Ilego yo con un amigo que tengo por ahi i lo
obligo a casarse.
-Si; i,pero q u i h nos casa?
-Mi amigo: no te dit cuidado.
-Tu amigo no es mas que sacristan.
-;I eso que importa? eschhame primero. Como
hemos de tener que decirselo a mi madre i ella no
consentiria si supiese que mi amigo no es mas que
sacristan, le decimos que es cura o que trae licen-
cia para casar.
-&I despues?
--Yo dig0 a mi madre que despues que ella vea
que e s t h casados le diga a Agustin que no te dejard
juntarte con el hasta que no se lo avise a su familia
i den parte que se han casado. Asi estoi seguro que
mi madre no se opone. Agustin se lo tiene que contar
a su padre i itste, como ya no hai remedio, se con-
forma i d6 parte a 10s amigos. Yo le aconsejare a
- 230 -
Agustin que digan en su casa que se van a c a w en
el campo o en cualquiera parte. Una vez que hayan
dado parte descubro yo la cosa a Agustin que por
no pasar por la ve;.giienza de contarlo i que en
Santiago se rian de 61 se casa critdnces de ve-
ras.
--Per0 enldnces me aborrecera vieado lo qcle yo
hago con 61.
-?I para que le vas a decir que sahes nadg? Mira:
apenas 61 entre a la cita nos presentamos mi ma-
dre i yo: tb te haces ia inocente i lioras o gritas si
te dA gam: entre t a t o 1 0 obligo a A g ~ s t i ni se
casan. hgustin creerd que tfi no sahias nada.
Adelaida opus0 a cste plan algunas ol~jeciones
demasiado &biles aste la voluntad de su hermano,
que en cas0 de formal resistencia la amenazaba con
perderla. Este plan ademss no dejd de lisonjear un
tanto su orgullo, que la hizo divisarse como la
mujer de un jdven rico i de la prirnera clase de la
sociedad, con la que podria rozarse entonces de
igual a igual, triunfando de la envidia de SLIS amigas.
Qtra causa obraha, ademas, en el Animo de Adelaida
para someterse con mui pequefiia resistencia a la
voluntsd de Amador: esta causa tomnlsa su orijen
del estado de su a h a . Abatida por la conciencia de
su desgracia, fhcilmente se adheria a1 nuevo plan
que la ofrecia la probabilidad de cambiar su destino
por la felicidad de una existencia regdada con lo!:
- 231 -*
goces rnateriales del lujo que ocupan tan vasto
lugar en el alrna humana.
Despues de esta conversacion, Adelaida temp16
sus rigores con Agustin hasta el punto de hacerle
creer en que correspondia a su amor i darle la cita
para la cual el e!egante se preparaba despues del
paseo a la hlameda con Leonor i su prima.
Amador, en 10s dias que habia mediado entre su
conversacion con Adelaida i el designado para la
cita, tuvo cuidado de hacer entrar en sus miras a
dofia Bernarda, a p i e n la idea de ver a su familia
enlazada con la opulenta de 10s Encina, le hizo
concebir gran orgullo gor haber dado a luz un
hombre como AMador, cagaz de concebir un plan
coino el que este le reuelaba. Mecida por dukes
esperanzas prometid su cooperacion, creyendo,
segun Amador se lo decia, que el amigo compla-
ciente de su hijo era un sacerdote con licencia para
hendecir la union de Adelaida i Agustin. .
-Si no hacemos est0 madre, habia. dicho
Amador a1 esponerle su plan, el dia mBnos pensado
alguno de estos ricos nos seduce a la niiia i que-
damos frescos.
- Tienes mucha razon, contest6 dofia Bernarda,
con 10s ojos hixmedos de la viva emocion que le cau-
saba la idea de 10s regalos con que la rica familia
de su yerno por fuerza colmaria necesariamente
a su hija, sino por amor, a lo m h o s por vanidad.
- 252 -
-No crea tampoco, afiadi6 hmador, que todo
est&en casarlos,. porque es precis0 que la familia
de Agustin reconozca el matrimonio.
-De juro, pues, repuso la madre.
-Ent6nces, haga lo que le dig0 : - cuando Ud
di? parte a su familia, le dice a1 mocito, ent6nces le
entrego a su mujer.
--&I si no quiere ?
-Lo amenazo yo, puec, i le dig0 que le sale
peor.
Con estas esplicaciones se comprendera ahora el
sentido de la conversacion que, despues de la sa-
lida de Agustin i de Rivas, tuvo lugar entre dofia
Bernarda i sus dos hijos mayores, la noehe anterior
a la fijada para la cita.
XXVI
Agustin regres6 con su hermana del paseo en
que hahian acompaliado a Matilde, consultando a
cada momento su reloj, cuyos punteros, se le
figuraha retardaban aquel dia su marcha, que 81
media con su impaciencia de ver llegar la nochz.
Habia convenido con hdelaida, que, para alejar
toda sospecha, no se presentaria a la visita ordi-
naria en casa de dolia Bernarda i que un postigo de
uiia pequefia ventana, con reja de palo, que daba a
la calle, indicaria estando abierto, que su querida
le esperaba.
Aquel dia Martin no se present6 a la hora de
comer : haber rocibido una esquela de San Luis
que lo llamaba para referirle sus emociones del
paseo i hablarle de la felicidad que ctesbordada de
su corazon.
Agustin sostuvo la conversacion en la mesa con
15
- 25.4 -
gran prodigalidad de galicismos i frases afrance-
sadas, algunas de las cuales, segun decia d o h En-
gracia, la regalona Diamela comprendia, porque
as! lo indicaba el moviniielito de sus orejas.
33011 Dkmaso, preocupado con sus indecisiones
politicas, mezclaba algunas palabras a la conversa-
cion de su hijo, palabras que por su poca analojia
con el asunto de aquella, hahrian hecho pensar
que estaba dormido o era sordo, i Leonor, evocaba
sin pensarlo ni quererlo, la sentimental irnitjeil de
&!artin, apoyado a la puerta i dirijihdola aquella
mirada que a ur, mismo tiernpo habia hecho espe-
rimeiitar a su corazon una sensacion de calor i de
frio inesplicable.
Despues de comer, Agustin se retird a su cuarto
i fiimd wrios cigarros, para adormecer su impa-
ciencia, siguierido en las caprichoszs forinas que
dihuja el humo a1 suhir a1 techo, el jiro caprichcso
tamhien de sus esperaiizas i devaneos.
A las nueve de la noclie entrd a1 salon de su fa-
milia, despidierido un olor de agua de colonia, de,
la bnnda i de varios boz:[Link] €avoritcs de otras
tantas princesas i duyuesas europsas, que pronto
Hen6 10s dmbitos del salon, revelando In prdija es-
crupulosidad con que el elegante se habia perfu-
inado para el iiiejcr 8:iito de su amorosa correria.
Para engafiar su impaciencia se sentd a1 lado de
Matilde que pocos mornentos Antes habia llegado
con sus padres. El corazon de la hija cle don Fidel
habia comunicado a su rostro la alegria con que
palpitaba. En las mejillas de Matilde lucia ese color
ditifano i brillante con que las emociones de un
anior feliz iluininan el rostro de la mujer que pa-
rece aquirir una nueva vida en su attmdsfera vital
del sentimierito. En tal disposicion encontr6Xgustin
a su prima i le fu6 fkcil eiitahlar con ella ur,a conver-
sacion animada que pronto recago sobre San Luis.
Don Fidel i do5a Francisca; que desde distintos
puntos obserraban a su hija, noLaron la animacion
con que Matilde hablaba, i supusieron a1 instante,
presumiendo de gsan esperieiicia, que entre
aquellos dos jdxiies q m con tanta viveza conver-
szban, debiaii estarse iniciando 10s preliminares de
una pclsion.
Tal idea sujirid distiiilas reflesiones a 10s ohser-
vadores padres de Rlatilde.
-AB, ah, yo no me equis-oco nunca : hien habia
pensr,do yo que se 1ial:inn de querer, pens&. don
Fidel.
Do5a Francisca, decia misando a su hija.
-Despues de lodo, no deja de scr una €dieidad
la de poseer una a h a vulgar, estraca a 10s est&-
ticos que arrobamientos de las almas pi:-ilejiadas,
que atraviesan el erial dela existencia sin encontrar
otra capaz de coinprender la delicadeza con que
aspiran a realizar, etc., etc...,
I ambos se iinajinaban que la alegi5a que animaba
el rostro de Xatildeno podia provenir sin0 de las ga-
lanterias con que su primo debia estarla cortejando.
Martin entr6 en &e momento a1 salon. Traia en
su pecho el peso de las confidencias de su amigo,
que naturalmente le ponian en la precision de en-
vidiar una felicidad que le parecia imposible
alcanzar para si. La aspiracion a ser amado, suelio
constante de la juventud, cobraba en su alma pro-
porciones inmensas, que con incansable tenacidad
le esclavizaba.
Leonor, que ternia no verle presentarse aquella
noche, lkjos de confesarse la satisfaccion que aca-
baba de seiitir a1 verle aperecer, encontrd en SI:
orgullo razones para consedirttr la visita del jdven
como una osadia, despues de la escena de la ma-
fiaiia. El ativo corazon de aquella nifia, miinada
por la naturaleza i por sus padres, no queria per-
suadirse de que en la lucha que halsia einprendido
para jugar con sus propios sentimientos i burlar e!
decantado poder del amor, iba por grados per-
diendo su altanera seguridad i dando cabida a
ciertas emociones estrafias, cuyo dulce imperio la
parecia una humillacion de su digriidad.
Martin, despues de saludar, se habia sentado
solo, no lbjos del piano, i dirijia a hurtadillas sus
ojos hdcia el puiito en que Leonor hablaba coli
Emilio Riendoza.
- 237 -
Desde su asiento no podia notar el cambio que
se habia hecho en el rostro de Leonor, que, aji-
tada por 10s sentimientos que acabamos de descri-
bir, aparent6 oir con gran inter& las palabras de
Mendoza, que apBnas escuchaba, momentos jntes.
AI cab0 de algunos minutos Leonor parecid can-
sada de la afectada atencion que oia las palabras
galantes del jdven i cay6 nuevamente en su dis-
trsccion. Aprovechkndose entdnces de uii instante
en que Emilio Mendoza contestaba a una pregunta
de dofia Francisca, Leonor se dirijid a1 piano en
cuyo banquillo se sant6 dejando correr distraida-
mente sus dedos sobre las teclas.
Martin, en a p e 1 momento, recordaba como una
felicidad perdida la conversacion que algunos dias
Antes habia tenido con Leonor ei1 aquel mismo
lugar. El corazon que ama sin esperanzas, se v B
ohligado a poetizar las mas insignificantes escenas
pasadas, a falta de poder esperar en el presente ni
en el porvenir. Por est0 Rivas evocaba el recuerdo
de aquella conversacion , olvidthdose voluntaria-
mente del pesar que ent6nces le habia dado.
-Martin, en ese libro que tiene a su lado est&
la pieza que busco : tenga la bondad de pasjr-
melo.
Estas palabras, dichas por Leonor en tono mui
natural, sacaron a1 jdven de su meditncion. AI
tiempo de pasar el libro, su espiritu buscada la in-
- 258 -
tencion de aquella drden con la inclinacion de todo
enamorado a imijinar un seiitido oculto a todas 10s
palahi-as p e oye de la persona a quien aim. La
frialdad con que Leonor le did las gracias, ponih-
dose a hojear el lilxo, le persuadi6 que a1 pedirselo
ella no hahia teiiido otra intencion que la de buscar
una piem. Martin, noyicio en el amor, pensaba
siempre lo contrario de lo que en su cas0 habria
pensado alguno de 10s fctuos que pululan en 10s
salones, figurbndose que para conquistar un co-
razon, no tienen mas que, como el4ultan usa de
su pafiuelo, arrojar una mirada a la victima que
pretenden a-iasallar.
Xartin iha a retirarse cuando dijo Leonor sin di-
rijirsc a 61 :
-Lzs hojas de este libro no se sujetan.
I a1 misino liempo sostenia el libro con la mano
izquierda, tocando algunas nolas con la derecha.
-Si Ud. me permite, la dijo acerchdose,
Martin, yo puedo sujetar el libro.
Leonor, sin contestar, dej6 a la marlo del jdven
ocupar el lugar en que tenia la suya i enipez6 a tocar
la iiitroduccioii de un va1.e que le era familiar.
-~PodrliUcl. volver la hoja solo? le pregunt6 a1
cabo de algcnos instantes,
- No sefiorita, contest6 Riv-as, que temblaba de
emocion ; esperare que Ud. me indique el momento
oportuno.
- 259 -
La conversacioii &aha ya principiada i era pi-2-
cis0 seguirla. A l o m h o s asi pens6 Leonor, mien-
tras que Rivas, habin olvidado todos sus pesares,
entreghdose a conlcinplnr a la nifia, que fijaba su
vista aliernativarncnte en el libro i cn el piano.
- IIoi habrii visio Ud. a su amigo, dijo Leofior,
cuando tuvo que mimr a Rims para indicarie que
era precis0 volver la hojn.
- Si, seiiorita, contest6 Xartiii : le he encon-
trado el hombre mas €&z del niundo.
- De modo que Ud. le linbr5 coinpadecido, re-
pus0 Leonor, mirando fijnmeiite al j6veii.
- i Yo ! i i por c p d seiiorita? esclnrn6 kste admi-
rado.
- Para ser consecuente con su teoria de liuir
del arnor como de uiia dcsgracia.
- Mi teoria se refiei-e a1 amor siii esperanzo.
- Ah, se me habia olvidado. &I ese amor puedc
existir ?
Martin t w o a1 momento la idea de citarse como
un ejemplo de lo que Leonor aparentaba dudar ;
de pintarla con la elocueiicia de una profunda me-
lancolia, 10s dolores que destroztln al a h a que ama
sin esperanza; de revelarla su adoracion respe-
tuosa i deliraiite, con palabras que pintaran 10s te-
soros de pasion que guardaba en su pecho pa& la
que ignoraba poseer su absoluto dorninio. Pero a1
momento tarnbien, anud6 la voz en su garganta i
- 260 -
he16 el valor de que se sentia animado, el recuerdo
del glacial desden con que Leonor habia recibido
sus palabras i su involuntaria mirada, en la eon-
versacion de la maiiana. Vidse de antemano escar-
necido por su amor, se figurd con espanto la alta-
nera i sarcktica mirada con que la nifia recihiria
sus palabras, i su a h a se replegd palpitante a la
reserva que su condicion la irnponia.
Estas reflecciones pasaron por su espiritu con
tal rapidez, que solo medi6 un instante mui breve
entre la pregunta de Leonor i la respuesta que 61
did.
- Se me figura que si seiiorita, contest6 , tra-
tando de dominar su ernocion.
- i Ah ! es decir que Ud. no est&seguro.
- Seguro no, seiiorita.
- En su amigo sin embargo, tiene Ud, un ejem-
plo de que no debe considerarse como una des-
gmcia.
- Rafael habia sido amado Lintes, de modo que
podia esperar volverlo a ser.
- Eso no : si El hubiese pensado como Ud. , ha-
]-ria tratado de olvidar, i es digno ahora de su feli-
cidad*porqueha tenido constancia.
- &Dequi! serviria ser constante a un hombre
que no se atreviese a confesar nuncasu amor? dijo
Rims, alentado por el raciocinio i la conclusion de
Leonor.
-261 -
- No sB, contestiella; por mi parte no com-
preiido en un hombre ess timidez.
- Sefiorita, se trata de su felicidad i tal vez de
SLZvida, replicci con emocion Martin.
- i N o esponen 10s hombres muchas veces su
vida por causas mEnos dignas?
- Es verdad; pero ent6nces combaten contra
un enemigo i en ei cas0 de que hablamos , tal vez
pneden dar a su amor mas precio que a su vida.
Rafael, por ejempio, del que hemos hablado , no
creo que tiemlde en presencia de un adversario i
no obstante, jamis se habria atrevido a dirijirse a
su prima de Ud., sin las felices circunstancias que
10s hail reunido. Un arnor verdadero , seliorita ,
puede poner timido como un nifio a1 hombre mas
en@rjico,i si ese amor es sin espsraiiza, le infan-
d i r j mayor tiinidez aun.
- Dicen que todo se aprende’con la prjctica,
dijo Leonor con una lijera sonrisa, i presumo que
el modo de veneer esa timidez est6 sujsto a la
misma regla.
Martin no coiitestd, porque ternia adivinar el 01)-
j eto de aquella observ-acion.
- i N o lo Cree Ud.? le preguntd Leonor.
- Dificil me parece, contest6 El.
- Sin embargo, nada se pierda ensaytindolo i
creo que Ud. est&en carnino de hacerlo.
- iY0 ! jainds 10 lie pensdo.
- 2662 -
Leonor no se dig116 replicar.
- Ud. se olvida de volver la hoja, le dijo, des- -
pues que h a l h tocado todo el valse de nieinoria.
- Espsraha la sefial, contest6 Martin, turbado
ante la fria inirada con que Leonor dijo aquellas
palabras.
La nifia, entra tanto, habia vuelto a principiar el
vals3.
- &I qu6 plan tiene ahora su amigo? pre-
guntd.
- En priiiier lugar, contest6 Rivas , no piensa
inns que en volver a ver a la seEorita Matilde.
- El domiiigo pensxnos salir a cahallo a1 Campo
de RZarte : alli puede verla.
- Esta noticia me la agradecer8 en e? a h a , dijo
Rivas, si Ud. me permile dirssla.
Leoiior cesd de tocar i abandon6 el piano.
Martin, que por falla de espcranza miraba todo poi.
el lado del pesimismo, pens6 que aquella conver-
sacion htibia sido sostenida por Leonor para llegar
a decirle las illtimas palabras, asi como en una
carta se pone muchas veces en la posdata el objeto
que la ha dictado.
Agustin lo sac6 de su rneditacion viniendo a COG-
servar con 61 hasta las once cle la noche hora a que
ambos se retiraron.
Poco despues se retir6 tambien don Fidel Elias
con su mujer i Matilde.
nro
-- LO.3 -
- &Has visto , dijo en el camino a clofia Fran-
cisca, lo que Agustiii i Matilde haii coin-ersado?
Que es lo que yo decia : ya se cluieren, estoi se-
guro de ello, i maAana voi a hablar con DBmaso
para que arreglenios el matrimonio.
- No seria mejor esperar hasta saber de cierto
si sa a n a n ? observ6 dofia Francisca.
- i Esperar ! &Sete figura que un partido como
Agustiii se encuentra tan f&cilmente?Si esperamos
no faltarB quien lo cornpromela. iQui6n sabe en
d6nde visita ! No sefior, en estas cosas es precis0
ser vivo. Ma5ana hablari: con DBrnaso.
%n ese misino inomento Agustin claba una nueva
maiio a su elegante traje i vaciaba’en su ropa
mezcladas gotas de las mas ahmadas esencias de
olor para asistir a la cita.
- 264 -
Media hora 5ntes de la convenida, se encontraba
Agustin en las inmediaciones de la casa de dofia
Bernarda.
Las visitas se habian retirado, i la criada cerr6
la puerta de calle que rechino a1 jirar sobre sus
goznes. No lkjos de Agustin, que ocultd su rostro
bajo el cuello dh un ancho paletol, pasaron dos de
10s visitantes de dofia Bernarda con Ricardo Casta-
fios, el oficial de policia.
El corazon del hijo de don Dlimaso palpitd de-
alegria, al ver abrirse el postigo que daba la seiial
de que era esperado. Considerabase en ese instante
coin0 el heroe filiz de alguna novela, i de anta-
mano se regocijaba su orgullo a1 pensar que una
mujer bonita le ainaba lo bastante para sacrificarle
su honra. Esta refleccion le realzaba considerable-
mente a sus propios ojos, llentindole de amor i re-
’
conociiniento h8cia la divina criatura que le entre-
gaba su corazon, fascinada por 10s irresistibles
atractiyos de su persona.
En la dulce espectdtiva de su dicha le sorpren-
dieron las campailas de algunos relojes de iglesia
que daban las doce. Era la hora convenida, i Agus-
tin, a pesar de la satisfaccion de su orgullo, sinti6
miedo a1 empujar suavemente la puerta , que se
abri6 con el mismo ruido con que se habia cerrado.
A1 oir este ruiclo, el elegante tuvo tentaciones de
arrancar i retrocedi6 algunos pasos ; pero viendo
que nada se movia en el interior de la casa, se ade-
lant6 con mas seguridad i entrd en el patio.
El patio estaba oscuro, lo que le permiti6 distil:-
guir mejor uii rayo de ainortiguada luz que se divi-
saba a1 traves de la puerta de la antesala, que no
estaba cerrada herm6ticamente. hdelaida no le ha-
bia dicho que le esperaria con luz, i aquella cir-
cuntancia no dej6 de desconcertar su valor.
Despues de unos momentos de perplejidad, que
emple6 en observar a1 traves de la puerta, el si-
lencio que reinaha en toda la casa le decidid a en-
trar, lo que hizo con graiides precauciones , a fin
de evitar el ruido de esla nuera puerts que tenia
que traspasar. Un instinto de precaution le acon-
sej6 dejarla entre abierta para tener espedito el
camino de la huida en easo necesario.
La pieza en que Agustin ncababa de peiietrctr
- 263 -
estaba sola i aluinbrada por una luz que asdia tras
de uiia paiitalla verde, en una palmatoria de colwe
dorado.
Agustiii sintid aumentarse el niiedo con que ha-
lsia entraclo, a1 eiicontrasse solo, i le pas6 por la
mente la ineiite la idea de una traicion. Como en-
tre sus preiidas inorales no Sguraba el valor, tenia
neczsidad de apelar a la fuerza de su pasion i a su
poco enbrjica voluntad, para no dar cabida a 10s
cons2jos del miedo que le impelinn a volverse de
prisa por el camino que acabnba de andar.
La entrada de Adelaida, en circuiistancias que
su voloiitad iba ya a iiegarle su Z ~ O ~ Ole, volvid
repentinamente a la calma i la idea de su feli-
cidad.
- Ya temia que Ud. no llegase, dijo a la niiia,
tratando de tomarla una mano, que ella retir6.
-Estaba esperando en mi cuarto, contcstb
Adelaida, que todo estuviese en sileiicio.
--;Que imprudencia la de dejar la luz! esclamd
con tierno acento el enamorado, dirijihndose hbcia
la mesa para apngarla.
-30 la apague Ud., le contest6 Adelaida, fin-
jieiido uiia deliciosa txbacion, que llend de orgullo
a1 j6von a1 ver el ternor amoroso que inspiraba.
-$4o tiena Ud. coiifianza en nip? preguntd, re-
novando su adeinsn de apoderarse de un mano cle
Adelaida.
- 267 -
-Si, pero con luz estainos inejor, contest6 esta
retirando su inaiio.
-$'or que no me deja Ud. su niano? pregunt6
el j6ven.
-&Para yuh?
--Par% hablar a Ud. de mi amor i sentir entre las
mias esa divina mano-que.. ...
Un gran ruido cort6 la declaracion del gttlan, que
vi6 con espanto rbrirse una puerta i aparecer en
ella a dofia Bernarda i hmador con luces que cada
c ~ i a ltraia.
El primer iinpulso de hgustin fit6 el de huir por
I?. puerta cine hahia dejado entreabierta, inikntras
que hdelaida se habia arrojado sobre una silla,
ocultando sLi rostro entre las manos.
Amaclor corri6 inas lijeron que Agustin i se in-
terpuso entre &te i la puerta, amenazhlole con
un pufial.
El rostro del elegante se pus0 pklido como el de
un cadliver i la vista del pufial le hizo dar aterro-
rizado un salto IiAcia atras.
-iNo vf: madre! esclam6 Ainador iyue le decia
y6? Estos soil 10s caballeros que vienen a las casas
de las j entes pol)res, pero honradas, para burlarse
de ellas. Pero yo no consiento en CSO.
R'Ii@nlrasest0 decia, hmador daba vuelta a la Have
i sacbndola de la chapn, la ponia en si1 bolsillo i se
adelantaha a1 medio de la pieza con aireainenazador.
- sss --
- ~ Q u e ha venido Ud. a hacer aqui? esclam6 con
VOZ atronadora clirijibndose a hgustin.
--Yo ..... creia que no se habian acostado i .....
como pasaba por aqui .....
-Mentira, le grit6 Amador, interrumpihdole.
-iAh, francesito, esclam6' doiia Bernarda, con
que asi te metes en las casas a seducir a las nifias!
-Mi seiiora, yo no he venido con malas inten-
ciones, contest6 Agustin.
--Esta picarona tiene la culpa, dijo Amador,
aparcntando hallnrse en el hltimo grado de exas-
peracion, porcpe si ella no hubiese consentido, el
otro no podria entrar. Esta me la ha de pagar pri-
mero.
Tras estas palahras, se arroj6 sobre Adelaida con
furiliundo ademan, i diriji6 sobre ella una pufialada
con tanta maestria, que cualquiera hubiese jurado
que solo la ajilidad con que Adelaida se levant6 de
su silla, la habia librado de una muerte segura.
Dofia Bernarda se ech6 en 10s brazos de su hijo,
danclo gritos de espanto, e invocando su elemencia
en noinbre de gran nhmero de santos, Amador
parecia no escucharla i preocuparse solo del ma-
ternal ahrazo, que a1 parecer le privaba de todo
movimiento. .
--Pues si Ud. no quiere que Bsta pague su maldad,
esclamd, d6jenme solo con este mocito, quequiere
deshonrarnos porque es rico.
Su ademan se dirijia entdnces a hgustin, que
teinblaba en un rincon, en donde tras de unas sillas
se guarecia.
AI oir estas palabras i a1 ver como Amador arras-
'
traba a su madre para desasirse de sus brazos,
Agustin creyd ilegado su ~ l t i i n oinstante i elevd sus
fervientes sbplicas a1 Eterno para que le librase de
tan temprana e inesperada muerte.
Un supremo esfuerzo de Amador ech6 a rodar
por la alfombra el cuerpo de su madre i de un salto
Ilegd a1 punto en que Agustin se eiicomendaba a1
todo poderow, parapetandose lo mejor que podia
tras de las sillas.
hl ver que Amador levantantaba el tremendo
pufial, Agdstiii se arrojd de rodillas implorando per-
don.
-[,I qu6 ofr'ece, pues, para que lo perdonen? le
preguntd el hijo de dofia Beriiarda con aire i acento
amenazadvres.
-Todo lo que Uds. exijan, contest6 el aterrado
amante: mi padre es rico i les dar8.....
-iPlata, no es asi, esclamc? Amador, haciendo
chispear de finjida cdlera sus ojos. Te figuras que
te voi a vender mi honor por plata? asi son estos
ricos! Si no-tienes mejor cosa que ofrecer, te des-
pacho .aunque despues me afusile~a.
-Hark lo que Uds. quieran, dijo con lastimosa
roz hgustin, penetrado de espaiito a I n vista del
- 270 .I
descirden quie se pintaba en el se;nblante de Amador.
-Lo que yo quiero es que te cases o de n o te
mato, contest6 timador con tono de resolucion.
--Cueno, me cas0 ma5ana mismo, clijo Agusliri,
que mira’na aquclla condicion como el h i c o medio
de salvar la vida.
-i%fzfiana! LTe quieres reir de nosotros? Para
que te mandases camhiar quien sabe ddnde? No; ha
de ser &ora mismo.
-Per0 ahora no puedo iqui! cliriami pap&?
-Tu pap& dirk lo que se le antoje: para qu8
tieiie hijos que quieren deshonrar a la jente lion-
rada? Vamos: ite casas o n6?
--Per0 ahora es imposible, esclam6 desesperado
el elegante.
-iImposihle! No ves tonta, dijo Amador diri-
jihdose a su heimana, no ves para lo que 8ste te
quiere? para reirse de ti. iAh, yo conozco a 10s de
tu calafia! esclam6 mirando a Agustin. Por altima
vez Ate casas o nd?
-Le juro a Ud. que maiiana .....
Amador no le dej6 concluir la frase, porque,
quitando las sillas que de Agustin le separaban,
quiso apoderarse del j6ven.
Mientras quitaba las sillas, habia dado tiempo a
do5a Rernarda de acercarse i esta sujet6 su brazo,
colglicdose de 81, cuaiido Amador alzaba el pu5al
en el aim.
- 271 -
Agustin, que no vi6 el movimiento de dofiz:
Bernards, se arroj6 a1 suelo prometiendo que con-
sentia en casarse.
-!Ah, ah! jconsientes, no? le dijo Amador. Haccs
bien, porque sin mi madre te habia traspasado el
corazon. Vamos a ver idiras a1 padre que yo traign
que quierss casarle?
-Si, lo dirk.
-Yo veo que lo hace de miedo, E d a m 6 hdelaida,
i no quiero casarme asi.
-No, no es de miedo, contest6 avergonzado el
elegante: yo ofrecia hacerio maiiana, pero su Iier-
mano no me Cree.
-Ahora inismo, dijo Amador: yo lo niando.
Diriji6se a todas las puertas del cuarlo i las cerr6
guardandose las Haves. Luego sac6 del holsillo la
que pertenecia a la puerta que comunicaba con el
patio, que abri6.
-Uds. me espernrh aqui, dijo, yo voi a buscar
a1 cura que vive aqui cerca. Si Ud. se arranca,
afiadio dirijiBiidose a Agustin, me voi mafiana a su
casa i le cuento a1 papa todas sus gracias, adeinas
de ajustar con Ud. la cuenta despues.
-No tengn Ud. cuidado, contest6 Agustin, que
aun se sentia humillado con la ohservacion de
Adelaida.
hmador sali6 cerrando con I l a h la puerta que
caia a1 patio.
Oydse el ruido de sus pasos sobre el empedrado i
luego el de la puerta de calle que se ahria i se cerraba.
Inmediatamente despues, bgustin parecid snlir
del espanto que la bien finjida cdlera de hmador le
habia cavsado i se dirijid a do58 Bernarda.
-Sefiora, la dijo, yo prometo que me casnrk mz-
iiana si Ud. me deja salir: ahora es imposible que
lo haga, porque papa no me perdonaria que me
casase sin avisarle.
-iLas cosas del francesito! esclam6 doiia
Bernardn, haciendo un movimiento de hombros.
iQu6 no vi, que Amador era capaz de matarme si
lo dejo arrancarse? iTan mansito que es! Ya lo vi6
Ud. endenantes que por nada no le ajusta una pcfia-
lada a la niiia.
--Per0 seI?ora, por Dios, yo le juro que vuelvo
mafiana a casarme.
-Si yo pudiera lo dejaria salir, esclam6 Adelaida
mirandole con desprecio, i si no me obligasen no
me casaria, porque veo que Ud. me estoba enga-
Aando.
Agustin se tir6 con desesperacion su perfumado
cabello. Todo parecia revelnrse en six contra.
-Se engaiia Ud., esclam6 con voz de stiplica,
porque la aino de veras; pero no creo que Ud. con-
sidere honroso para U. lo que me obligan a hacer.
Yo me casaria sin necesidad de que me amenaza-
sen.
--Consigalo si puede coil r2mador, le dijo dofia
Bernarda. iQu6 quiere que hagamos nosotras?
Entre siiplicas i respuestas trascurri6 como un
cuarto de hora. Agustin se sent6 desesperado i
ocult6 el rostro entre las manos, apoyando 10s
codos sobre las rodillas. A veces le parecia uiia
horrible pesadilla lo que le acontecia i divisaba la
verguenza a que se veria condeunclo diariamente
delante de su &milia i de las aristocr&iicasfaiiiilias
que frecuentaba.
Un ruido de pasos reson6 en el patio i entrd luego
Amaclor.
-Aqui est5 el padre, dijo a Agustin con sombrio
tono de amenaza. iCuidado con decir que no! ni
chistar una sola palabraque hags ver lo que hai de
cierto, porque a la primera que diga, lo tiendo de
una pufialada.
Dichas estas palahras, volvi6 a la puerta que caia
a1 patio.
-Denire nzipaclre, dijo, aqui est811 todos.
Un sacerdote entr6 en la pieza con aire grave.
Un pafirrelo de algodon dobhdo c o n 0 corbata i
atado por las puiita? sobre la caheza, que adetnas
estaba ciibierta por el capuchon del hbbito, le ocul-
taba parte del trostro i parecia puesto para librar
del aire a una abultada hincliazon que se alzaba
sobre el carillo izquierdo.
Un par de anchas antiparras vercles ocult.d1-Ja sus
- "5-
ojos i canibiada el aspecto verdadero do su fiso-
nornja con ayuda del pnfiuelo amarrado sobre la
cara.
-Vaya, parense pues, dijo Amador.
Doiia Bernarda, Adelaida i Agustin se pusieroii
de pi&.
El padre hizo que Adelaida i Agustin se tomasen
delas manos. Doiia Bernarda i Arnador se cola-
caron a 10s lados. Despues, acercando la vela que
tom6 en una mano, a1 libro que liabia ahierto i
tornado con la otra, comenzd, con la voz gutural i
mondtona del caso, la lectura de la f6rmula matri-
monial.
Terminadas las' henediciones , Bgustin se de-
jd caer sobre una silla mas pftlido yae un cadftver.
El padre se retird acompaiiaclo de Arnador, des-
pugs de firinar una partida de: acto que acababa
de verificarse.
Rinsdor regres6 luego 8 la pieza en que perma-
necian silenciosos la inxire i 10s recien casados. '
-Vaya don Agustin, clijo con cierta sorna, ya
est&Ud. lihre.
-Jam&, me atrevere a confesar un casamiento
celebrado de este modo, contsstd Agustin con voz
sombria.
- Por poco se aflije el francesito, dijo do%, Ber-
narda. quit no quiere a la [Link] pues?
- Por lo mismo que ia aino bahria querido cd-
- 275 -
sarine con ella con el consenlimicnto de mi fami-
lia, replicd Agustin que, viendose casado, queria
por lo m h o s destruir en el inimo de Adelaida la
mala impresion que su resistencia huhiese podido
dejarla.
- iT’aya? Lo misme t i m e a t r h que por 1as es-
paldas, esclam6 hmador : en lugar de pedir fintes
de casarse el consentimiento a1 pap&, se lo pide
despues.
-No es lo niismo, contest6 el novio i pasara
niucho tiempo 5ntes que pueda decir a papa que
estoi casado.
Estas palabras oprimieron la voz de Agustin con
la idea que le desesperaba de hallarse emparentado
con aquella, que, algunas horas Antes; consideraha
solo digna cle servir a sus caprichos.
-Pues hijito, le dijo dofia Bernarda, 110 piense
que le entrego la riiujer hasta que avise a su familia
que est5 casado. All5 en la casa de su pap5 es
donde Ud. la recihird.
Esta nueva declaracion no hizo tanto efecto en
el Bnimo de Agustin, porcpe lo tenia ya embargado
con la realidai ahrurnadora de su triste aventura.
--I si 61 no dA parte, madre, dijo Amador; yo
tengo hoca, PUBS, i,C;u6 est& pensando? i no me
morder6 la leiigua para contar que mi herniana
est5 casada.
La amenaza de Amador parecid impresionar
irLtS iLILILernentea1 contristado j6ven que la de
do5a Bernarda.
-ES preciso que a lo m h o s me den tiempo
para preparar a1 Animo i!e pap&, esclamd exaspe-
rado. iC6mo quieren que lo haga de repente!
- Se le darcin algunos dias, contest6 Amador.
- I en estos dias bud. promete callarse?
- Lo prometo.
-'Vaya pues, ya es tarde, dijo doiia Bernarda, i
sera bueno que se vaya para su casita.
Rgustin se diriji6 entonces a hdelaida, que Anjia
perfectnmente un pesar desgarrador.
--eo, la dijo, que Ed. sufre tanto como yo de
la violencia que han cometido sus parientes.
Adelaida, por toda contestacioii, baj6 10s ojos
suspirando.
-Yo habria querido daria mi mano de otro
modo continu6 el elegante.
-1 yo siento mucho que.. .
hqui 10s sollozos cortaron la voz de hdelaida,
dejando con esta reticencia, mas agradahle im-
presion en el espiritu del j6ven que si hubiese dicho
algo, porque pens6 que Adelaida era como 81 vic-
tima de la trama.
-No te aflijais, tonta, dijo do% Bernarda a su
hija.
- Esa afliccion, repuso Agustin, me prueba que
ella no participa de lo que Uds. han hecho.
- 277 -
Para sellar la tarclia entereza COP que pronuncid
aquellas palabras, Agustin salid encasquetjndose
hasta las cejas el sombrero.
- No se le olvide lo convenido, le dijo Amador,
asomtliidpse a la puerta de la antesala cuando
Agustin llegaba a la de la calle.
Did un fuerte golpe a esta puerta como toda
persona dkbil que descarga su cdlera contra 10s
objetos inanimados, i se dirijid a su casa con
el pecho despedazado por lavergiienza i por la
rabia.
Amador, entre tanto, habia cerrado la puerta i
echadose a reir.
- i V a p con el susto que le meti! esclamd :
hasta se le olvidaron todas las palabras francesas
con que anda siempre!
Despues de algnnos comentarios sobre la con-
ducts que debian observar en adelante, separaronse
10s dos hijos de la madre, dirijisndose cada cual a
su aposento.
Adelaida encontrd a su hermana en pie.
- Cdmo has coiisentido en pasar por esa farsa?
la dijo Edelmira que, a1 parecer, habia observado
sin ser vista la escena del scpuesto matrimonio.
- Me admira tu pregunta , respondid hdelaida :
ino V ~ que
S Agustin se habria burlado de mi si hu-
biese podido ? Todos estos jdvenes ricos se figural1
que las de nuestra clase han nacido para sus pla-
16
ceres. ihh si yo hubiese sabido esto gntes, tendria
mejor corazon; pero ahora 10s aborrezco a todos
igualrnente !
Edelmira rexunci6 a coinbatir 10s sentiniientos
que la desgracia habia hecho nacer en el cornzon
de su hermana.
- Este, afiadid hddaida, habria jugado con mi
corazon como el otro si yo lo hubiese querido : no
est5 de mas dark una h m n a leccion.
Coin0 Edelinira no contest6 tampoco a estas pa-
labras. hdelaida se ca116, siguiendo en su imajina-
cion las reflexiows que coino la que precede, ma-
nifestaban la preoccpacion constante de su espi-
ritu. hdelaida, asi coino tantas otras victiinas de la
seduccion , que en su primer amor reciben ~ i i i
terrible desei?gnfio , habia perdido 10s delicados
sentiniientos que jertninan en el corazon de la
mujer, entre 10s dolores del desencanto i el vio-
lento deseo de venganza que el abandon0 de RafaeI
habia despertado en su pecho. Su a h a , que en la
dicha habria encontrado espacio para esplayar 10s
nobles iustintos, arrojacla en su primera i mas
pura espansion en la desgracia, parecia solo capaz
de odio i de sombrias pasiones. Ignorando su
historia, todos atribuian a orgullo la indiferencia
con que Adelaida consideraba las C O S ~ Sde la vida.
Esta historia de un corazon destrozado a1 nacer a
la vida del sentimiento, es bastante comun en todas
- 279 -
ias sociedades i en la nuestra, particularmente en
) a esfera a que Adelaida pertenecia, para que no
encuentre un lugar preparado en este estudio so-
cinl.
hdelaida Iiabia hecho de-su relicor el pensa-
niieiito de todos sus instantes, de modo que en su
criterio no exislia ya direrencia entre las personas
que se presentasen para saciarlo, con tal que per-
teneciesen a lo aristocracia de nuestra sociedad.
Por esto no Iiabia tenido un solo momento d,a coin-
pnsion por las aflicciones de hgustin, el que des-
pues de entrar en su cuarto, se arroj6 sobre la
cama dando rienda suelta a su desesperacion.
-280 -
XXVIII
Los dias que mediaron entre las escenas refe-
ridas en el capitulo anterior i el doming0 que
Leonor habia anunciado a Rivas que saldria con
su prima a1 campo de Marte, fueron para Agustin
fecundos en torinentos i sobresaltos. Tenia ese vi-
jilante i receloso sinsalsor que tortura el alma del
qiie ha cometido una falta i se figura que 10s tri
r i d e s incidentes de la vida vieien de antemano
preparados por el destino para descubrirle a 10s
ojos del mundo. Una preguiita de Leonor sobre 10s
amores que 61 la habia confiado gntes, alguna ob-
servacion de su padre sobre sus frecuentes ausen-
cias de la casa, le arrojaban en la mas deses-
perante turbacion i hacianle ver en 10s l5bios de
todos las fatales palabras que revelaban su secreto.
Hijo de una sociedad que tolera de buen grado la se-
duccion enlas clases inferiores, ejercida por sus coni-
- L%4 -
patricios; pero no un acto de honrndez que con-
cluyese por el matrimonio pala paliar una falta,
Agustin Encina no ‘solo temfa la cdlera del padre,
10s llantos i reproches amargos de la madre, el or-
gullosa desprecio de la hermana, que le ame-
nazaban si descrubria su casamiento, sin0 que en
medio de esas espadas de Damocles suspendidas
sabre su garganta, divisaha el fantasma zumbon e
implacable que domina en nuestras sociedades ci-
vilizadas , ese juez adusto i terrible que llamamos
el que diran. El infeliz elegante, que tan car0 es-
piaba su coiiato de libertinaje en el campo de Picil
acceso que forma la jente de medio pelo, perdia
el color, el suefio i el apetito ante la idea de
ver divulgada su fatal aventura en 10s dorados
salones de las buenns familias i escuchaba, por pre-
sentimiento, 10s malignos comentarios que a1 ruido
de las tazas del t6, a1 rededor del brasero, a1 com-
pas de alguna &ria de Verdi o de Bellini, liarian de
su situacion 10s mas caritativos de sus amigos. AI
L. peso de estas ideas liabia perdido, su jenial alegria
i su decidida aficion a1 afrancesamiento del len-
guaje. La conciencia de su situacion le hacia mi-
rar con indiferencia las mas elegaiites prendas de
su vestuario : el mundo no tenia ya ventura para
61. iUl1a corbata negra le bastaha por un dia enter0
para envolver su cuello ! Habia visto cambiarse la
corona florida de don Juan i de Lovelace, que pen-
16.
- 292 -
saba colocar en sus sienes para que la lurba la en-
vidiase, en la coyunda abrumadora de un niatri-
monio clandestino i contraido en baja esfera! Solo
su fdta de coraje le lihertaba del suicidio , iiiiica
salida que divisalm en tan angustiaclo i vergonzoso
trance. Si contar que una seduccion era una gloria,
referir la verdad era un baldon, que le arrojaba
para sieinpre en la Terguenza. He ahi su situacion,
que Aguslin no podia disimularse, i que a fuerza
de pensar en ella cobraba por instantes las mas
aterradoras proporciones.
Durante estos dias continuo sinsa?Jor, Agustin
nsistia todas las noches a casa de doiia Bernarda i
representaba, por consejo de hnxdor, el papel de
galan que 10s demas ainigos de la casa le conocian,
para alejar asi toda sombra de sospecha acerca de
su matrimonio. En todas estas visitas se acompa-
liaba con Martin, a quien engaEaba tambien, refi-
ri6ndole supuestas conversaciones con Adelaida, a
a fin de hacerle creer que siempre se hallaba en 10s
preliminares del amor.
Martin le seguia gustoso , porcpe encontraba en
sus conversaciones con Edelinira un consuelo a 10s
pesares que le agoviaban. La confianZa que se ha-
hian prometido aumentaba de dia en dia. Valikn-
dose de ella, i sin hablar de su ainor a la hija de
don Dbmaso. Rivas descubria-a Edelmira la delica-
deza de su corazon i el fuego juvenil de su pasioiies
\
- 283 -
exaltadas por un ainor sin esperanza. Edelmira oia
con placer esas dukes divagaciones sohre la vida
del carazon que para 10s jdvenes, que viven princi
palmente de esa vida , tiene tan poderosos atracti-
vos. Cada coiiversacion la revelaha nuevos tesoros
en el alma de Rivas, a quien veia ya rodeado de la
aureola con que la imajinacion de las niiias senti-
mentales engalana la frente de 10s cumplidos h@-
roos de novela. I lxmos dicho ya que Edelinira, a
pesar de su oscura condicion, leia con avidez 10s
folletines de 10s periddicos que un amigo de la fa-
milia la prest~ba.
Ricardo Castaiios veia con gran disgusto las con-
conversaciones de Edelmira i Martin, a cju:len con-
siderahagacoino su rival. Envano habia querido des-
prestijiarle , refiriendo con colores desfavorables
para Rivas la aventura de la plaza i la prision del
j6ven. Los recursos inezquiiios de su intriga habian
producido en el carazon de Edelmira un efecto en-
teramente contrario a1 que 81 se proinetia La guerra
que un amante odiado declara contra su preferido
rival en el corazon de una mujer, sirve las mas veces
para aumentar su prestijio, por esa tendencia hlicia
la contrariedad , natural a la indole femenil. Por
esto, mientras mayor empeiio desplegaba el oficial
para daiiar a Martin en el iinimo de Edelmira, con
mayor fuerza se desarrollahan en 8sta 10s senti
mientos opuestos en favor de aquel jdven melan-
- 234 -
cdico, de delicado lengunje, que daba a1 amor la
vaporosa forma que encanta el espiritu de la mujer.
Entre Edelmira i Martin, sin embargo, no habia
mediado ninguna de esas frases galantes con que
10s enamorados buscan el camino del corazon de
sus queridas. Martin tenia con Edelmira un verda-
der0 afecto de amistad, cuya solidez aumentaba a
medida que descuhria. la superioridad de la niiiia
sobre las de su clase, mi6ntras que Edelmira le
miraha ya con esa simpatia, que en la mujer toma
las proporciones del amor, sobre todo cuando no es
solicitado.
Mucho agradaba a Agustin la asiduidad de las
visitas de Rivas, a casa de dofia Bernarda. Temiendo
esasperar a la familia con su ausencia, no se atre-
,
via a fallar una sola noche i creia que acompaiiado
por un amigo era inenos notable a sus propios ojos
i a 10s de Adelaida la ridicula i falsa posicion en
que se hallaba colocado.
Entretanto Amador habia principiado ya a recojer
10s frutos de su intriga, cobrando a su supuesto
cuiiado algunas deudas de juego que Bste, por
asegurar su silencio, se habia apresurado a pagarle,
diciendo a su padre a1 tiempo de pedirle el dinero,
que era para pagar algunas cuentas de sastre.
Amador rebozaba de alegria a1 ver la facilidad
Coil que Agustin hLbia satisfecho su exijencia i se
habia apresurado a derrochar el dinero con esa
- 283 -
facilidad que tienen 10s que le adquieren sin tra-
bajo. Ademas de sus gastos presentes, le habia sido
tambien precis0 cubrir el importe de otros atrasa-
dos, para suspender por algun tieinpo las continuas
' persecuciones a que sus deudas le condenaban.
Con decidido amor a1 ocio, sin profesion ninguna
lucratim i sin mas recursos que el juego, Amador
se hallaba siempre bajo el peso de un pasivo, mui
considerable en atencion c i sus eventuales entradas.
El dinero de Agustin le trajo, pues, cierta holganza
a que aspiraba a1 emprender el plan con que
le habia engafiado. Con un reloj que debia a
su habilidad en hacer trampas, i una gruesa
cadena que acababa de comprar, Amador habia
adquirido gran importancia a sus propios ojos,
i aparentzba aires de caballero en el cafi:, que le
hacian notar de toda la concurrencia.
El skbado que precedid a1 dia fijado para el paseo
a la Pampilla en casa de don Dkinaso Encina, tuvo
lugar entre dofia Bernarda i Amador una conversa-
cion que debia atacar de nuevo la tranquilidad de
Agustin.
Era por la maiiana, i Amador trataba de recu-
perar el suefio, que 10s espirituosos vapores que
llenaban su cerebro despues de una noche de orjia,
ahuyentaban de sus ptirpados, produciendo en todo
su cuerpo la ajitacioii de la fiebre.
D o h Cernarda eiitrd a1 cuarto de su hijo despues
- 286 -
de haber esperado largo rato a cjiie se 1erzi:tase.
--Vainos, flojonazo; le dijo; jhasta cuhiido duer-
mes?
-Ah, es Ud., mnmita, contest6 ilmador, drindose
vuelta en su cama.
Estir6 10s brazos para desperezarse, di6 un largo
i ruidoso bostezo i, tomando un cigarro d e pnpel,
lo encendi6 en un mecliero que preildi6 de un solo
golpe.
-Me h e llevaclo pensaildo en un cosa, dijo do5a
Beriinrda, sentkndose a la cabccera de su hijo.
-i,E11 qu6 COS;<?preguntt M e .
--Ya wii porcioii de dins que Adelaida est&ca-
sada, repuso doiia Bernnrda i hgustiil no le ha
hecho ni siquiera un regalito.
--Es cierto, pues, que n o le ha dado nada.
-De qu& nos sirve que sea rico entonces: uno
pobre le hahria dado ya alguna cosn.
--To arreglark esto, di,io hmaclor con lono ma-
jistral: no le d&cuidado madre. Si el chico quiere
lincerce desentendido se equiroca! no pasa tle hoi
que no se lo clign.
-A1 todo tambkn, pues, o?)ser~-15 In madre: No
so!o no confiesa el casamiento a su familia, sino
que se quiere hacer el inocente con 10s regalos.
-D@jelo no mas, yo lo arreglarh, dijo Ama-
dor.
Dofia Bernnrda entr6 Ent6nces ei1 la descripkion
- 287 -
de 10s vestidos que coiivendrian a su hija, sin
olvidar 10s que a ella le guslaria tener, indicando
]as tiendas en que podrian encontrarse. Lo prolijo
de 10s detalles hacia ver que la buena sefiora
habia meditado detenidainente su asunto, del cual
impuso con escmpulosidad a hmador. En su enu-
meracion entraron, ridemas de 10srestidos de color,
una buena basquifia negra i un mantoii de espu-
milla para ella que no podia, por el calor, sufrir el
de merino. Ayudada con 10s conocimientos aritmir-
ticos que Amador habia adqtiiriclo en la escuela del
maestro Vera, cuyo recuerdo hace tremblar aun
a algunos desclichados que esperimentaron el rigor
de su fkrula. dofia Bernarda sac6 la cuenta del nd-
mer0 de varas de jirnero de hilo que entraban en
una docena de camisas para hdelaida, con mas el
importe de 10s vuelos hordaclos que debian ador-
narlas, el de dos docenas de medias, varios pares
de botines franceses i diversos articulos de primera
iiecesidad para la que, segun ella, estaba destinada
afigurar en breve, en la mas escojicla sociedacl de
Santiago.
--Per0 madre, la dijo Amador, conid quiere que
Agustin o yo vayamos a comprar todo eso? p o
sera mejor que 81 clir la plata i Ud. haga las coin-
pras?
-iV6 que gracia! por supuest6, respondio doiia
Bernarcla.
- 188 -
-Le dirk que con unos cjuinientos pesos se puede
comprar lo mas necesario.
-0 seiscientos, iiiejor es de mas que de m h o s ,
dijo la madre.
En la noche se present6 hgustin acompafiado de
Rivas.
Amador le Ham6 luego a un punto de la pieza
distante del que ocupaban las demas personas que
alli habia.
-AI.. .cuando avisa, pues, a su familia? dijo a1 ele-
gante, que palideci6 bajo la mirada de su dominador.
-Es precis0 hacerlo con tiento, contestd, por-
que si no elijo bien la ocasion, pap5 puede eno-
jarse i desheredarme.
-Eso est5 hueno, replicd Amador; pero Ud. se
ha olvidado que tiene mujer? En d6nde ha visto
novio que no haga ni un solo regalo?
-1Ie estado pensando en ello: Ud. sabe que no
puedo pedir plata a pap5 todos 10s dias.
-jQu@! un rico como Ud. no puede hallarse en
apuros por la friolera de mil pesos : el limes voi a
buscarlos a su casa.
-iPero el lhnes e3 mui pronto! esclam6 aterro-
rizado hgustin: el otro dia no mas pedi mil pesos,
ahora cs imposible; iqu6 dir&pap&?
--Pap9 d i r j lo que le dB la gana; lo cierto del
cas0 es que yo irk el limes a buscar 10s mil pesos.
.
-EspBreme siquiera unos quince dias.
- 289 -
-iQuince dias! Que poco! Dejante que me tiene
Ud. avergonzado con mi mamila i las niiias, porque
les tenia. dicho que a todas les regalaria algo.
-Esa es mi intencion; per0 necesito tiempo para
pedir a papa la plata sin que entre en sospechas.
-AI si entra? qu6 tiene, pues? Qu6 se est&figu-
rando que siempre nos heinos de estar callados?
--Yo no digo que Ud. no le haga a1 pap&el cini-
mo sobre lo del casamiento; per0 lo de la plata es
otra cosa. El viejo es bien rico i no importa que le
duela.
-Per0 ? c6ino pedirle tan pronto?
-No s6 como, ya le digo: el I h e s sin falta me
tiene por all&.
Retir6se Amador, dejando perplejo i abismado a1
infeliz que tenia en su poder. La rabia quela esi-
jeiicia de dinero despertaba en Agustin, se calmaba
o mas bien reprimia su iinpetu por el tenior de ver
revelado el secret0 de su casamiento, que 61 se li-
I
sonjeaba poder aplazar hasta un tiempo mas opor-
tuno, figurandose, como todo el que con un car&c-
ter d6bil se encuentra en alguna apurada alterna-
tira, que el tiempo le reservaba algun modo de
salir del dificil trance en que seveia colocado.
Bajo el peso de seinejante situacion se retir6
hgustin a las once de la noche, sin que las palabras
de Adelaida, ni 10s carifios que dofia Bernarcla le
prodigaba, hubiesen podido calinar la inquietud
17
- 290 -
que oprhiia su corazoii. Eli el caniiiio aiiduvo si-
lencioso a1 lado de Martin, a quien el estraEo si-
lencio de su nuevo amigo no alcanzaba a preocu-
par, porque, como todo enamorado que no se halla
con su coiifideiite, preferia caminar en silencio,
para dar rienda suelta a sus pensamientos sobre
Leonor.
- 291 -
XXIX
Amanecicj el doming0 en que Leonor habia anun-
ciado que saldria con su prima a1 Campo de
Marte.
Algunos pormenores que daremos acerca de es-
tos paseos an jeneral, e s t h mas bien dedicados a
10s que lean esta historia i no hayan tenido ocasion
de ver a esta gloriosa capital de Chile, cuando se
prepara para celebrar 10s recuerdos del mes de se-
tiembre de 18.10.
Gstos preparativos son la causa de 10s paseos
a1 c: mpo de Marte, en que nuestra sociedad va a
lucir las galas de su lujo, alli priinero i despues a
la Alameda.
Para celebrar el simulacro de guerra que anual-
mente tiene lugar en el campo de Marte el dia 19
de setiembre, 10s batallones civicos se dirij en a ese
campo en 10s domingos de 10s meses anteriores,
- 292 -
desde junio, a ejercitarse en el manejo de armas i
evoluciones militares con que deben figurar la der-
rota de 10s dominadores espafioles.
En esos domingos, nuestra sociedad, que siempre
necesita algun pretesto para divertirse, se da cita
ene campo de Marte con motivo de la salida de las
A
tropas.
Antes que las familias acomodadas de Santiago,
liubiesen reputado como indispensable el us0 de
10s elegantes coches que ostentan en el dia, las
seiioras ihan a este paseo en calesa i a veces en
carrcta, vehiculo que en tales dias usan ahora so- ~
Iamente las clases inferiores de la sociedad santia-
guina.
Los elegantes, en lugar de las sillas inglesas i ca-
ballos inglesados en que pasean su garbo a1 prc-
sente por las calles laterales del paseo, gustaban
entdnces de sacar en exhibicion las enormes mon-
tafias de pellones, Iss antiguas botas de campo i
las espuelas de pasinosa dimension, que han Ilc-
gad0 a ser de us0 esclusivo de 10s verdaderos
huasos.
Pero entdnces como ahora, la salida de las tro-
pas a la Pmnpilla era el pretesto de tales paseos,
porque la indole del santiaguino ha sido siempre la
misma, i entre las senoras sol re todo, no se admite
el paseo por sus fines hijibnicos, sin0 como una
ocasion de mos trarse cada cua! 10sprogresos de la
- 293 -
moda i el poder del bolsillo del padre o del marido
para costear 10s magnificos vestidos que las adornan
en estas ocasiones.
En Santiago, ciudad eminentenmite elegante,
seria un crimen de lesa moda el presentarse a1
paseo dos domingos seguidos con el misrno traje.
De aqui la mzon porque en Santiago solo 10s
hombres se pasean cotidiarmmeiite i por que las
seiioras sienten, cuando mas cada domingo, la
necesidad de tomar el aire libre de un paseo pfi-
blico.
Los que no dssean ir a1 llano no tienen carrua-
jes en que hacerlo, se pasean en la calle del medio
de la alameda, con la seriedad propia del carkter
nacional, i esperan la llegada de 10s batallones,
observtindose 10s vestidos si 110s mujures, o bus-
cando las miradas de W a s las varones.
Antes que el tambor haya anunciado la venida
de 10s milicianos, 10s coches se estacionan en filas
al borde de la alameda i 10s elegantes de a caballo
lucen su propio donaire i el trote de sus cabalga-
duras, dando vueltas a lo largo de la calle i ha-
ciendo caracolear los bridones en provecho de la
distraccion i solaz de 10s que de a pi6 les miran.
La critica, esta inseparable compafiera de toda
buena sociedad, dA cuenta de 10s primorosos trajes
i de 10s esfuerzos con que 10s dandys quieren con-
quistarse la admiracion de 10s espectadores.
- 294- '
En cada corrillo de hbmbres, nixnca falta alguno
de buena tijera, que sobre 10s vestidos de 10s que
pasan, corte algun otro con sus correspondientes
ribetes de ridiculo.
Las sefioras, por su parte, aplican su espiritu
de an&lisis a1 traje de las que pasan, recordando,
con admirable memoria, la fecha de cada ves-
tido.
-El de la Fulana, ese verde de una pollera, es
el que tenia de vuelos el afio pasado, que seLpuso
en el dieziocho. '
-%firen a la mengana con la manteleta que com-
pr6 ahora tres aiios: ella Cree que nadie se la co-
note porque le ha puesto el encaje del vestido de
su mamk.
-El vestido que lleva la Perengana es el que
tenia su hermana jntes de casarse, i era primer0
de su mam&,que lo comprd junto con el de mi tia.
Con estas observaciones, que prueban la privile-
jiada memoria femenil, se mezclan las admiraciones
sobre tal o cual adefecio de las amigas.
Las tropas desfilan, por fin, en columna por la
calle central de la Alameda, en medio de la con-
currencia que deja libre el paso, i 10s oficiales que
marchan delante de sus mitades, reparten saludos
a derecha e izquierda con la espada, absorviBndose
a veces en esta ocupacion hasta hacerse pisar 10s
talones por la tropa que marcha tras ellos.
- 295 -
En 1850, Bpoca de esta historia, habia el misrno
entusiasmo que ahora por esta festividad, precur-
sora de la del diezioclio, bien que ent6nces el lado
norte de3a Alameda no se llenase completamente,
como en el dia, de brillantes carruajes, desde 10s
cuales muchas familias asisten a1 paseo sin moverse
de muelles cojines.
Leonor habia anunciado a su padre que deseaba
ir a la pampilla a caballo con su prima, i aquel
deseo habia sido una &den para don DBmaso, que
a las doce del doming0 tenia ya preparados 10s ca-
hallos.
Habia m o para Leonor i otro para Matilde de
hermosas formas i arrogante trote.
Otro de paso para don Dkmaso a quien su hija
habia exijido la acompafiase.
Dos mas, destinados a Agustin i a Rivas, a quien
su nuevo amigo habia convidado para ser de la co-
mitiva.
El dia era de 10s mas hermosos de nuestra pri-
mavera.
A las tres de la tarde habia gran jentio en el
campo de Marte, presenciando las evoluciones i
ejercicio de fuego de 10s milicianos. Los coches,
conduciendo hermosas mujeres, corrian sobre el
verde pasto del campo, flanqueados por elegantes
caballeros que trotaban a1 lado de las puertas, bus-
cando las miradas i las sonrisas. Alegres grupos
- 296 -
de niiias i jdvenes galopaban en direcciones distin-
tas, gozando del aire, del sol i del amor. Entre es-
tos grupos llamaba la atencion el que componian
Leonor, su prima i 10s caballeros que las acompa-
fiaban. El trote desigual de las calxilgaduras, hacia
qie las nifias marchasen a veces solas, a veces ro-
deadas por 10s hombres que se disputaban su lado.
A este grupo habian veiiido a agregarse Ernilio
Mendoza i Clemente Valencia que picaban sus ca-
ballos para escoltar a Leoiior. Siempre retirado de
ella i contemplandoh con arrobamiento, seguia
Martin la marcha, sin fijarse en las bellezas del
paisaje que desde aquel llitiio se divisan. Leonor se
le presentaba en aquellos momeiitos bajo un nuevo
punto de vista que afiadia desconocidos encantos a
su persona. El aire daba a sus mejillas uii di6fano
encnrnado, el ruido belico de las bandas de mhsica
hacia brillar sus ojos de animacion, i su talle,
aprisionado en una chaqueta de pafio negro, de la
cual se desprendia la larga pollera de montar, re-
velaba toda la gracia de sus formas. El placer mas
vivo se retrataba francamente en su rostro. No era
en aquel instante la iiiaa orgullosa de 10s salones,
la altiva belleza en cuya presencia perdia Rivas
toda la enerjia de su pecho; era una nifia que se
abandonaba sin afectacion a la alegria de un paseo ~
ea el que latia de contento su corazon por la no-
vedad de la situncion, por la lselleza del dia i del
- 297 -
paisaje, por las oleadas de aire que azotaban su
roslro, impregnadas con 10s agrestes olores del
campo, libmedo aun con el rocio de la noche.
La comitiva se habia detenido un moniento, cerca
de un hatallon de cargaba sus armas. A1 ruido de
-la primera descarga, 10s caballos se principiaron a
mover, dando saltos algunos de ellos, que se repi-
tieron a la segunda descarga. Entre 10s mas asus-
tudos se contaba el cabnllo de don Dtimaso, que a1
ruido de 10s tiros habia perdido su pacific0 aspect0
para transformarse en el mas alhorotado bridon.
-1 me habian dicho que era tan manso, decia
doli Djmaso, palideciendo a1 sentirlo encahritarse
con furia, cuando, despues de la segunda descarga,
principii5 el fusgo craneado.
A1 ruido continuo de este fuego, todos 10s caballos
principiaron a perder la paciencia i alguiios a scguir
el ejemplo del de don DAmaso, que en un espanto
hahia echado a1 suelo una canasta con naranjas i
limas que un vendedor presentaha a 10s jdvenes.
Con este incideiite hubo un cambio en la posicion
de cada jinete, i ora fuese efecto de la casualidad,
ora de un movimiento intencionzl, Leonor se en-
contr6 & repente a1 lado de Rims; i Natilde, que
trataba de contener 10s movimientos de su caballo,
oy6 a su lado la voz de Ssn Luis que la saludaba.
-Aqui estamos mal, dijo Leoiior a Martin. LLe
gusta a Ud. galopar?
27.
- 298 -
-Si, sefiorita, contest6 Rivas.
-Sigame enthces, repuso Leonor volviendo su
caballo hAcia el sur.
Hizo se5as a1 mismo tiempo a Matilde que em-
prendi6 el galope, mikntras que don Drimaso arre-
glaba con el naranjero el precio de las naranjas
que por causa de 61 habian ido a parar a manos de
10s muchachos que siempre escoltan a 10s batallo-
nes en sus salidas a1 llano.
-Siguelas th, ya las alcanzo, dijo don DAmaso a
hgustin, a1 ver partir a 10s que con 61 estaban, a
gitlope tendido.
Leonor azotaha a su caballo, que iba pasando del
galope a la carrera, animado tambien por el movi-
miento del de Martin.
Este corria a1 lado de Leonor sintiendo ensan-
chnrse su corazon por primera vez a1 influjo de
una esperanza. El convite de la nifia para que la
siguiese, la naturalidad de sus palabras, la franca
alegria con que ella se entregaba a1 placer de la
carrera, le parecieron otros tantos felices presajios
de ventura. Bajo la influencia de semejante idea,
mikntras corria, contemplabd con entusiasmo in-
decible a Leonor que, animada por la velocidad cre-
ciente del caballo, con el rostro azotado por el
viento, vivos de contento infantil 10s grandes
ojos, le parecia una nifia modesta i sencilla, que
debia tener un corazon delicado i exento del or-
- 299 -
gull0 con que hasta ent6nces le hahia aparecido.
La carrera se termin6 mui cerca del lugar que
ocupa la cjrcel penitenciaria. Leonor se detuvo i
contemp16 durante algunos momentos a 10s demas
de la comitiva, que habiendo solo galopado venian
aun mui distantes del punto en que ella se encon-
traba con Rivas.
-Nos han dejado solos, dijo mirando a Martin,
que en ese momento se creia feliz por primera vez
desde que amaba.
Durante la carrera ,i alentado por las ideas que
describimos, Martin habia resuelto salir de su timi-
dez i jugar su felicilidad en un golpe de audacia. A1
oir las palabras de Leonor, sinti6 palpitar con vio-
lencia su corazon, porque veia en ellas una ocasion
de realizar su vuevo propdsito. Arm6se entdnces
de resolucion i con voz turbada.
-LLO siente Ud.? la preguntd.
Para seguir paso a paso el estudio del altanero
corazon de la niiia, nos vemos obligados a interrum-
pi? con frecuentes advertencias 1as conversaciones
entre ella i Martin. Entre dos corazones que se
buscan, i sobretodo cuando se encuentran coloca-
dos a tanta distancia como 10s que aqui presentamos
cada conversacion va marcando sus pasos graduales
que deben conducirlos a estrecharse o a separarse
para siempre. La poca locuacidad es un rasgo pe-
culiar de semejarites situaciones. En las presentes
- 300 -
circunstancias mui pocas palabras habian bastado
para poner a esos dos corazones frente a frente.
Leonor estaba mui l6jos de pensar que iba a recibir
aquella pregunta por contestacion, i esa pregunta
sola, fuit bastante para despertar su orgullo. Habia
mandado convidar a Martin para librarse del galan-
teo infalible de sus dos enamorados elegantes que,
sobre todo en 10sultimo dias, la fastidiaban. En Rivas
veia Leonor el objeto de la lucha que sehabia pro-
puesto para sacar triunfante a su corazon, i contaba
con la timidez del j6ven, acaso con su frialdad real o
calculada; mas no con la osadia que revelaba la pre-
gunta. Para contestarla, acudi6 Leonor a esa indi€e-
rencia glacial conque habia castigado ya a Martin en
otra ocasion: finjiendo no haber oido dijo solamente:
-LC6mo dice Ud?
La sangre del j6ven pareci6 agolparse toda a sus
mejillas, que canihixon su juveiiil sonrosado en el
rojo subido de la verguenza. Per0 Rivas, como
todo hombre naturalmente enitrjico, sinti6 rebelarse
su corazon con aquella contrariedad, i a pesar de
que lath con violencia i de que su lengua parecia
negsrse a formular ninguna silaba, liizo un esfuerzo
para contestar.
-PreguntB senorita si Ud. sentia el verse sola
conmigo, dijo, para esplicar a Ud. que la he se-
guido por 6rden suya i temiendo que pudiera suce-
derla algun accidente.
c
- 301 -
-Ah, esclamd Leonor, no ya indiferente, sino
con tono picado. Ud. ha venido para socorrerme
en cas0 necesario.
--Para servirla, sefi6rita, replic6 con dignidad
/
el jdven.
Leonor oy6 con placer el acento de aquellas pa-
labras, que revelaban cierta altaneria en el que las
habia pronunciado.
-Ud. se impone demasiadas obligaciones para
pagar nuestra hospitalidad, le dijo, &Nobasta que
Ud. sirva a mi padre en todos sus negocios?
-Sefiorita, repuso Martin, yo me coloco en la
posicion que Ud. parece querer sefialarme, porque
aun estoi lijos de tener una alta idea de mi impor-
tancia social.
-&Se compara a Ud. con alguien que le parezca
mui superior?
-Con esos caballeros que vienen hlicia nosotros
por ejemplo.
-&Con Agustin?
-No, senorita, con 10s otros, con 10s seiiores
Mendoza i Valencia.
-AI por q u i con ellos precisamente? pregunt6
Leonor con una lijera turbacion que disimul6 con
maestria.
-Porque ellos, por su posicion, pueden aspirar
a lo que yo no me atreveria.
Cuando Rivas dijo estas palahras, la cabtllgata
-332-
que venia a galope corlo hacia el lugar en que se
encontraha con Leonor, estaha ya mui prdxima.
- No veo la diferencia que Ud. indica contest6
Leonor con TTOZ que parecia afectuosa i confiden-
cia1 : a mis ojos un hombre no vale ni por su PO-
sicion social i mucho [Link] por su dinero. Ya v6
Ud.. ariadid con una lijera sonrisa que barid en la
mas suprema felicidad el alma de Rivas , que casi
siempre pensamos de diverso modo.
Di6 con su huasca un lijero golpe a1 anca de su
caballo i se adelantd a juntarse con 10s que lle-
gaban.
Martin la vi6 alejarse diciendose :
- i Estraria criatura! ~ T i e n ecorazon o solo ca-
beza? Se rie de mi, o realmente quiere elevarme a
mis propios ojos?
El grupo que formaba la comitiva habia llegado
hasta el punto en que Martin se encontraha cuarido
hacia estas reflexiones. Ellas, como se v e , eran
mui distilitas de las que sus anteriores conver-
saciones con Leonor le habian sujerido. Ya 13
esperanza, doraba con sus reflejos el horizonte de
sus ideas, abriendo nuevo campo alas sensaciones
de su pecho i a 10s devaneos de su espiritu. Esa
esperanza sola, era para Martin una felicidad.
Mi6ntras Leonor i Rivas tenian la conversacion
que precede, 10s demas de la comitiva caminahan
hBcia ellos, como dijimos a galope corto , que fu6
-303 -
poco a poco cabiaiidose en trote. Rafael se habia
colocado a1 lado de Matilde i repetido con ella una
coiiversacion sobre el mismo tema que la primera,
el mismo tambien en que se eiigolfan todos 10s”
enamorados. En su rostro resplandecia la felici-
dad; i sus ojos, a1 mismo tiernpo que sus Hbios, se %
juraban ese amor a1 que siempre 10s amantes dan
por duracion la eternidad. San Luis, que deseaha
aprovecliar el momento para informar a su amante
de 10s progresos favorables de su inteiito de unirse
a ella, sali6 del idilio amoroso para hablar de las
realidades.
- Mi tio, Elijo, se encuentra perfectamente dis-
puesto a se‘rvirme i protejerme : niis esperanzas
aumentan. Si su padre vuelve a empefiarse para el
arriendo de la hacienda, es lo mas probable que
seamos felices. &Podre contar con que Ud. teiiga
la entereza de confesar a su padre que me ama to-
davia?
- Si, la tendrk, contest6 Matiide : si no soi de
Ud. no sere de nadie.
- Esas palabras, repuso Rafael, las recibiria de
rodillas : con el sufrimiento, mi amor por Ud. ha
aurnentado, puede decirse, porcpe se ha arraigado
para siempre en mi pecho.
Insensihlemente volvieron a1 eterno divagar so-
bre la misma idea que forma el paraiso de los
eiiamorados que se comprende:i. Asi llegaron a1 111-
-do:
0
-
gar en que se hallaba Martin. Algunas palabras
habld San Luis, despues de esto, con Leonor i Ri-
vas, i, viendo acercarse a Don D5maso , se retird
a1 galope.
Don DAmaso habia arreglado su zsuiito con el
naranjero i empreiidido la marcha para reunirse a
10s suyos. A su edad i cuando no se monk con fre-
cuencia a caballo, el cuerpo se resiente pronto del
moviiniento algo kspero de la cabalgadura , aun
cuando sea de paso, como la que 61. montaba. A1
llegar a1 grupo en qne estaban sus hijos, don D5-
maso espernba descansar del largo trote que habia
dado ; pero Leonor einprendid luego la inarcha i
10s deinas la siguieron , con gran descontento de
don DAmaso a quien el sol i el cansancio comenza-
ban a dar el inas triste aspecto.
Caminando el rededor de 10s carruajes i de la
jente de a caballo que rodeaba a 10s batallones, la
comitiva encontr6 a1 coche en que dorla Engracia
se paseaba, acompafiada por dolfa Francisca, i con
Diamela en las faldas. Don Djmaso asegur6 a su
mujer que no estaba cansado i comid alegremente
con 10s dem& , lirnas nararijas i dulces que en
tales ocasiones se pasaii de 10s coches a 10s de
a cabal:o. Pero, por su mal. Leonor parecia infa-
tigable i fuu6 precis0 seguirla en nuevas escur-
sioiies hasta la hora de regresar a la hlameda. Alli
voh7ierona detenerse junto a1 coche de d o h En-
- 363 -
gracia, En diez minutos de reposo, don Damaso se
figuraba haberse repuesto de la fatigua; mas a1 em-
prender de nuevo la marcha, su cuerpo que se ha-
bia enfriado, sintid todo el peso de canancio; i el
paso del caballo, a pesar de su suavidad le arrancd
ahogados jemidos que el buen caballero confundid
con la promesa formal de no volver a semejantes
andanzas. Sus jursmentos se repitieron varias ve-
ces, porque fueron muchos 10s paseos que did su
hija a lo largo de la AIameda, deteniendose solo
durante pequeiios momentos , que dan Dsmaso
aprovechaba para volver a s u lugar el nudo de su
corbata, que parecia querer dar la vuelta completa
de su pescuezo con el movimiento de la marcha, i
para volver su sombrero a su natural posicion, tra-
yendolo del cuello de la levita en que iba a reposar
dejando la frente a1 aire, sobre 10s puntos de su
cabeza en qu6 acostumbraba asentarlo.
A1 bajar del caballo en el patio de la casa, don
DAmaso hizo algunos jestos que manifestaban su
lamentable estado, i rogo a Leonor que en ese
aiio, no le volviese a convidar para salir a tales
paseos. ,
\
- 306 -
Inmenzos esfuerzos de paciencia i las mas.-reite-
radas siiplicas t w o que emplear Agustin Encina
para obtener de Amador algunos dias de plazo a su
e?;ijencia de dinero. Sin otra mira que la de ganar
tiempo, habia solicitado aquel aplazamiento, por-
que sabia que un nuevo pedido de plata a su padre,
despertaria las sospechas de &te i haria probable-
mente descubrir su casamiento.
La idea dominante de Agustin era ocultar este
casamiento, alentado por la vaga esperanza de todo
el que, puesto en una dificil posicion , espera del
tiempo nias bien que de su enerjia, el allanamiento
de las dificultades que le rodean.
Su amor a Adelaida, basado sohre las elkticas
ideas de moralidad que la mayor parte de 10s j6ve-
nes profesa , se habia modificado singularmente
desde que se creia unido a ella por lazos indisolu-
- 307 -
bles. Encontrando una esposa donde it1 habia bus-
cado una querida, sus sentimientos de una pasion
que 81 juzgaba sincera, se entibiaron ante la inmi-
nencia del peligro con que su enlace le ameiiazaba
a toda hora. Teiniendo siempre la burla i el des-
honor, segun las leyes del cddigo que rije a la so-
ciedades aristocraticas, Agustin solo pensaba eii
conjurar lo mas largo tiempo posible ese peligro,
en vez de ocuparse de Adelaida.
Asi trascurrieron 10sdias hasta ellode setiembre.
Dofia Bernarda, en ese dia manifest6 a su hijo que
el dieziocho estaba mui prdximo i que nada habian
comprado aun para solemnizar tan gran festividad.
En todas las clases sociales de Chile es una lei
que nadie quiere infrinjir, la de comprar nuevos
trajes para 10s dias de la Patria.
Dofia Bernarda observaba esa lei con todo el ri-
gor de su voluntad, i pensaba que en aquella oca-
sion podrian, ella i sus hijas, acudir a la: tiendas
mejor que nunca, con el ausilio del dinero que
Agustin debia entregar a Amador.
Esta consideracion did lugar a un acuerdo entre
la madre i el hijo para esijir el pago de la cantidad ,
estipulada sin otorgar un solo dias mas de -plazo
que 10s ya concedidos.
En la noche del dia en que se verific6 tan ter-
minante acuerdo, Agustin, Tino corn0 de costum-
bre con Rivas a casa de doiia Bernarda.
- 33s -
Amador notific6 a su cuiiado supuesto la &den
conminatoria , i anunci6 que se presentaria sin
falta a1 dia siguiente para percibir la suma. Los
ruegos de Agustin se estrellaron contre la voluntad
de Amador, que fulmiii6 la terrible amenaza de di-
vulgar la iioticia del matrimonio.
Edelinira, conversaha ei:tre tanto con Martin, en
10s niomentos que podia sustraerse a la porfiada
vijilancia de Ricardo Castaiios. En esas conversa-
ciones hallalsa aquella niiia nuevos encantos cada
dia, i abaiidonaba su corazon a 10s dukes senti-
mientos que Martin la inspiraba, sin atreverse a
manifestar a1 j6veii un amor que 61 no habia coii-
tribuido a formar de ningun modo. Edelmira, como
ya lo hemos dicho en otras ocasiones, era dada
a la lectura de novelas i por naturaleza romrintica :
esta cualidad la daba la fuerza de cultivar en su
pecho uii amor solitario, a1 que poco a poco iba
entregando su alma, sin mas esperanza que la de
amar siempre con esa melancolia voluptuosa que
las pasiones de este jBnero despiertan comunmente
en el corazon de la mujer la que posee una orga-
nizacion mas pasiva que la del hombre, en estos
casos, porque sus sentimieiitos son mas puros tam-
bien.
De vuelta a la casa, Agustiii no quiso entrar a1
salon i se retirci a su cuarto. En el camino habia
luchado victoriosamenle contra su dcbiliclad, que
- 309 -
le aconsejaba confiarse enteraniente a Rfcrtin i po-
nerse bajo el amparo de sus consejos. Pero el amor
propio habia triunfado i Agustin guard6 su sacreto
i su pesar para 151 solo, esperando con temor la
llegada del siguiente dia.
Martin se retird tambien a su cuarto sin presen-
tarse en el salon, como en las noches anteriores lo
habia hecho. Despues del paseo a caballo, la espe-
ranza que en su pecho habian hecho nacer las pa.-
labras de Leonor, permanecia en el mismo estado.
La nifia habia destruido con estudiadz indiferencia
10s doseos que alentaban a Rims de declararla su
amor; mas no le desesperaba tampocb, porque a
veces tenia palabras con las cuales la pregunta que ’
en la pampilla se habia hecho Martin, volvia como
enthces, suscitando las mismas dudas en su espi-
ritu.
Durante aquellos dias, don Fidel, por su parte, ha- .
bia hecho s6rias reflesiones acerca de la determina-
cion que anteriormente anunciara a su mujer. No
obstante que aparentaba no seguir en todo mas que
10sconsejos de su propia intelijencia, la observacion
heclia par dofia Francisca sobre lo prematuro de
su proyecto, tuvo bastante fuerza a sus ojos para
obligarle a esperar. Pero don Fidel era hombre de
poca paciencia, asi fu6 que trascurridos 10s dias
que mediaron entre la iiltima de sus conversaciones
con su mujer, que h e n o s referido, i el 10 de se-
-310 -
tiembre a que han llegado 10s acoiitecimientosde
de nuestra narracion, don Fidel determin6 llevar
a afecto su propdsito de hablar a don Drimaso sobre
su deseo de ver unidos in facie eclesia a Matilde
con hgustin Este enlance, segan sus cAlculos, era
un buen negocio, puesto que su sobrino heredaria
por lo m h o s cien inil pesos. Asi calculaba don
Fidel, con la precision del hombre para quien las
ilusiones del mundo van tomando el color metklico
que fascino la vista a medida que se avanza en la
existencia.
A pesar de esto, don Fidel, no descuidaba el
negocio del arriendo del Roble. Su ambicion
le aconseja mascar a dos carrillos, como vul-
garmente se dice, i le parecia que era una empresa
digna de su injenio la de casar aNatilde con Agus-
tin i obtener a1 mismo tiempo un nuevo arriendo
por nueve aiios de la hacienda en que se cifrabari
sus mas positivas esperanzas de futura riqueza.
kon tal mira habia suplicado de nuevo a su amigo
don Simon Arena1 el hacer otra tentativa cerca del
tio de Rafael para conseguir el arriendo deseado.
Don Fidel no crey6 necesario esperar la res-
puesta de su amigo i el dia 11 se apresurd a diri-
jirse a casa de don Dhnaso kntes de las doce dsl
dia, hora en que se cuiiado salia de su casa a dar
una vuelta por las calles i a conversar algunas
horas en 10s almacenes de 10s amigos, ccupacion
de la que mui p o c x capitalistas de Santiago se
dispensan.
Mihtras camina don Fidel, nosotros veremos a
Amador RIolina que llega a casa de don DAmaso,
como en la noche anterior lo habia anunciado a
Agustin. El hijo de dona Bernarda ara equella vez
puntual como todo el que cobra dinero, illevaba
el sello del siutico, mas marcado en toda su per-
sona, que en cualquiera de las demas ocasiones en
que ha figurado en estas escenas.
Sombrero bien acepillado, aun que viejo, incli-
nado a lo lacho sobre la reja derecha. 1
Corhata de vivos i variados colores, con grandes
puntas figurando alas de mariposa.
Camisa de pechera bordada por las hermanas,
bajo la cual se divisaba la almohadilla forrada en
raso carmesi, que por entdnces usaban algunos.
con pretenciones de elegantes, para ostentar un
cuerpo esbelto i levantado pecho.
Chaleco bien abierto, de colores, en pleito con
10s de la corbata, abotonado por dos botones sola-
mente i dejando ver a derecha e izquierda 10s ti-
rantes de seda, bordados a1 telar por alguna que.
rida para festejarle en un dia de su santo.
Frac de color dudoso, i dejando ver por uno de
10sbolsillos la punta del pafiuelo blanco.
Pantalones comprados a lance i un poco cortos,
color perla also deteriorado.
- 312 -
I por fin botas de becerro, coil su lijero remiendo
sobre el dedo pequefio del pi6 derecho; i lustradas
con prolijo cuidado.
AfiiBdase a esto un grueso baston, que Amador
daba vueltas entre 10s dedos, haciendo molinete, i
un cigarrillo de papel, arqueado por la presion del
dedo pulgar de la derecha hajo el in lice i el dedo
grande, en el dedo siguiente una sortija con este
mote en esmalte negro ((vivami amor,)) i se tendr4
el perfecto retrato de Amador, que a1 entrar en
casa de don Damaso, acaricici sus bigotes i
perilla, como para ‘darse un aire de matamoros,
propio para infundir serios temores, en el knimo
de su victima.
Agustin le esperaba entregado a una mortifica-
dora inquietud. En susojos hundidos, en la palidez
de su rostro, se veian, a mas de 10s temores del
momento, las angustias de una noche de insomnio
i de sobresalto.
Hacia poco que la familia de don Djmaso habia
concluido de almorzar, cuando Amador se encontrci
en el patio de la casa.
Oiase en el interior el sonido del piano en que
Leonor ejecutada algunos ejercicios. Don DiBmaso
i Martin se encontraban en el escritorio, despa-
chando algunas cartas de negocios i Agustin, tras
de 10s vidrios de una puerta, obssrvaba con ojo
inquieto a las personas que atravesaban el patio.
-y.13 -
A1 ver a Amador, abrio con precipitacioii la
puerta i le hizo entrar.
Amador se sentd sin que le ofreciesen asiento i
pus0 su sombrero sobre la alfombra.
-iCaramba, dijo pasando en revista el arnue-
blado i adornos de la pieza, est0 est2 de lo que hai !
Agustin cerr6 bien las puertas, mieiitras que
Amador sacaba uii mechero i encendia el cigarro
que se habio apagado.
-&I.. , . ya estlin proiitos 10s realitos? preguntd
a1 jdven, que se pard a su frente plilido i turbado.
-Todavia, no, dijo Agustin: estoi seguro que
pap5 se v5 a enojar con este pedido de plata.
-Que le haremos, pues; tendrli dos trabajos: el
de enojarse i el de sollar las pesetas.
-1 si no quiere lo perdeinos todo, replicd hgus-
- tin suplicante Lpor qu6 no espera alguiios dias?
-Si yo tuviera casa corm esla i muebles i criados
i buena bucdlica, de seguro que esperaba; per0
hijito, la familia est5 pobre i su mujer no puede
andar vestida como una cualquiera. Si el viejo se
enoja, es porque no sabe que Ucl. se ha casado: yo
le dare a tragar la pildora si quiere hacer el cica-
tero: dkjelo no mas.
Agustin se volvid desesperado hdcia la puerta
que daba a1 patio i ?id a don Fidel Elias que en-
traba a1 escritorio de su padre. Aquella visita le
parecid un favor del cielo.
18
- 314 -
-Mire Ud., dijo a Amador; alli vri mi tio Fidel
entrando a1 cuarto de mi padre. iC6mo quiere que
vaya ahora a pedirle dinero?
-AguardarBrnos a que el tio Fidel se vaya, res-
pondid Amador. i N o tiene Ud. por h e i un pur0 i
alguna copita de licor? Asi coiiversaremos como
buenos hermanos.
Agustin le did un cigarro habano i le present6
una licorera con copas i botellas. Amador prendid
el cigarro en su mechero, se sirvid una copa de
cofiac, que tragd coin0 una gota de agua; Hen6 de
nuevo ,la copa i mir6 con satisfaccion a su vic-
tiina.
-No est5 malo, le dijo p y a lo que vale ser
rico! I uno que tiene que echarse a1 estdmago un
aiiisado ordiiiario!
Les dejarkmos seguir su conversacion mi6iitras
que damos cueiita de la que don Fidel i don D5-
maso acababan de entablar.
Don Fidel llevd a su cufiado a En rincon de la
pieza, m i h t r a s que Rivas escribia sobre una mesa
en otro.
-Te vengo a hablar de un asunto que me preo-
cupa desde hace dias, dijo en voz baja, i que nos
inleresa a 10s dos.
, iCdmo asi? preguntd don DBmaso, tomaiido para
hablar, el mismo aire de misterio con que se le
habia dirijido don Fidel.
- 315 -
-Como tb no eres mui obsers-ador, no te habrjs
fijado en una cosa.
-LEn quk cosa?
-Tu hijo i mi chiquilla se quieren, dijo don
Fidel a1 oido de su cufiado.
-LDe veras? pregunt6 con admiracion don Dd-
maso, no me habia fijado.
--Per0 yo me fijo en todo i a mi no se me v&
ninguna: estoi seguro que estan enamorados.
-Asi sera
-Bueno, pues, yo te vengo a ver para eso: es
preciso que nos arreglemos: Agustin me parece uti
buen muchacho i no serB mal marido.
-iPero hombre, todavia est& mui jdven para
casarse!
.) -AI y6, de que edad te parece que me cask?
Tenia veintidos afios no mas. Es la mejor edad.
Los que no se casan pronto, es por tunantear. Si
quieres que tu hijo se pierda, dkjalo sollero i v e r k
como te cuesta un ojo de la cara. iAh, yo conozco
estas cosas: no ves que a mi no se me v B nin-
guna?
-Puede ser, puede ser, repuso don DBrnaso,
siguiendo su propension a inclinarse a1 parecer de
aquel con quien hablaba; per0 es preciso ver lo
que dice la Engracia primero. No ves que yo solo,
no es regular que disponga de un hijo?
-Ah! es decir que andas buscando disculpas,
- 316 -
dijo don Fidel, olvidando, con la impaciencia, el
hablar en von haja.
- No hombre, por Dios, replicci don DBmaso :
yo no busco disculpas; pero jno te parece mui na-
tural que consulte Bntes a mi mujer? porque a1 fin
i a1 cabo, ella es la madre de Agustin.
-Per0 lo que yo deseo saber es tu determi-
nation : ;apruehas o no lo que te he venido a pro-
poner?
- Por mi parte, c6mo n6, con mucho gusto.
- ?I te empefiark con tu mujer para que con-
sienta?
- Tambien.
-AcuBrdate de lo que te dig0 : si dejas a tu
hijo soltero , el dia m h o s pensando se bota a
tunante i te come un ojo de In cara : yo s6 lo que
son estas cosas, pues, a mi no se me v&n asi no
mas.
Con la seguridad de nuevas promesas de don DA-
maso se retir6 don Fidel, satisfecho del modo corn0
hahia conducido aquel negocio i dejando a su
culiado pensativo.
-En eso de 10s gastos no le falta razon, mur-
mur6, recordaiido ‘10s frecuentes desembolsos de
dinero que habia hecho liltimamente por Agustin.
Meti6 las manos en 10s bolsillos i principid a pa-
searse pensativo a lo largo de la pieza.
Amador, entretanto, empezaba a impacientarse
-3317 -
de esperar i se levant6 a espiar la salida de don
Fidel.
-Vamos, ya se v5 el tio, dijo viendole salir.
Agustin mil% a don Fidel, que atravesaha el patio
con el semhlante alegre por las felicitaciones que
se ibs dando a si mismo. Con 61 se iba tambieii su
esperanza de lihrarse, por un dia a lo menos, de
pedir el dinero a su padre.
Intent6 de nuevo conseguir un plazo, pero
Amador se mostr6 inflexible.
-Vaya, pues, dijo este, tendre yo mismo que ir
a hablar con el papa : esto va pareciendo juego de
niiios.
-Bueno, espPreme esta noche en su casa i le
llevarb la plata o la contestacion de pap&, esclamd
Agustin, armandose de una resolucion desespe-
rada.
-No, no, aqui estoi bien, contest6 Amador sen-
tandose i encendiendo otro cigarro ; vaya no mas,
hable con el papa i tr5igame la contestacion.
Agustin alz6 10s ojos a1 cielo iinplorando su
ayuda i se diriji6 a1 cuarto de don DBmaso como
una victima a1 suplicio.
13.
- 318 -
XXXI
Don DBmaso continuaba su paseo i sus refle-
xiones. El vaticinio de su cuiiado le parecia un
oportuno aviso para fijarse en adelante con mas
cuidado en la conducta de su hijo.
Martin concluy6 sus quehaceres i se retird del
escritorio, dejando a su huesped entregado a estas
reflesiones.
Cuando Agustin entr6 en el cuarto, don DQmaso
le mir6 siguiendo la hilacion de sus ideas.
--gustin jen ddnde visitas aliora? le pre-
gunt6.
Agustin, que habia preparado ya la frase con que
debia entablar su peticion de dinero, se turbd a1
’
oir la pregunta de su padre. Temeroso de ver di-
vulgado su secreto. pareciale que semejante pre-
gunta era un indicio evidente de que don D5,maso
tenia ya alguna sospecha de su casamiento.
- 319 -
-&Yo? contest6 balbuciente, visito en algunas,
como Ud. sabe i.....
- Seria tiempo que pensases ya en trabajar en
algo, le dijo don Ddmaso interrumpi6ndole.
-Oh, yo estoi mui dispuesto a trabajar. iOjal5
ahora mismo se presentase la ocasion.
-Bueno, me gusta oirte hablar asi, le dijo el
padre reTistiBndose de un aire doctoral : 10s jd-
venes no deben estar de ociosos, porque no hacen
mas que perder tiempo i dinero.
Esla reflexion caia mui mal para las circunstan-
cias de Agustin. No obstante, la idea de ver apa-
recer a hmador i de que todo se descubriese, le
di6 animo para persistir en la resolucion con que
habia entradc.
--si es papa, dijo ; Ud. tiene razon i por eso yo
deseo trabajar.
-Est5 bien hijo, yo te buscari: alguna ocupacion.
- Gracias : cuando est6 trabajando no pensari:
en hacer gastos como ahora que, sin saber cdmo,
me encuentro con una deuda de mil pesos.
Agustin pronuncio su frase con la mayor sereni-
dad que le fui: posible i observd con ansiedad el
efecto que producia en su padre.
Don Damaso, que habia vuelto a su paseo, se
detuvo i fij6 10s ojos en su hijo. Las palabras que
don Fidel acababa de decirle, tomaron entonces en
~ su imajinacion un alcance profktico.
- 320 -
--Mil pesos! esclamd.; per0 hace mui pocos dias
que te' di otro tanto !
-Es cierto paps, 'pero, yo no s6' como. ..... se
me habia olvidado.. . i ademas con 10s arnigos i el
sastre.. ...
-Fidel tiene razon , dijo ajitado don Dltmaso ;
estos muchachos no piensan mas que en-gastar.
Luego volvikndose hacia hgustin :
- jPero hombre, mil pesos! Es decir, dos mil
pesos en m h o s de dos meses! Caramha amigo :
Ud. est6 gastando como que no le cuesta nada.
- En adelante s e r j otra cos&i Ud. vera cuando
yo est6 trabajando, repuso en tono meloso el ele-
gante.
- iEh! que has de trabajar! Ahofa 10s mocitos
no piensan mas que en botar la plata que suspadres
lian ganado a fuerza de trahajo. Si sefior, Fidel
tiene razon, todos son unos tunantes.
-Yo le prometo a Ud. que trabajar6 i cuando
pague 10s mil pesos que deho, no gasto un centavo
mas.
- A mi no me bastan esas promesas, amiguito.
iS6be Ud. lo que hai? Es precis0 entrar en una
vida arreglada.
-Oh, yo estoi tan dispuesto que .....
- Si, si, esas son buenas palabras, asi dicen to-
dos. No aniigo, la que yo llamo vida arreglada es la
i
del matrimonio. &Meentiende Ud.?
- 321 -
hgustin baj6 10s ojos espantado dnl jiro que to-
maba la entrevista. Era imposible ya retroceder, i
IO que mas importaba en-ese momento era &mar
tiempo. Esta fit6 la iinica reflesion que surji6 del
espiritu del angustiado mozo.
-ES preciso, pues, que pienses en casnrte,
continu6 don DBmaso con tono mas tranquilo.
Pues a1 ver que hgustin habia bajudo la vista,
crey5 que era. en sefial de sumision i obediencia.
Don DAmaso, que solo era en6rjico por momeiitos,
sentia un verdadero placer cuando veia respetada
su autoridad. La actitud con que su hijo quiso
ocultar el terror que en su corazon despertaron siis
palabras, le dispuso mui favorablemente hacia 61.
Como hgustin seguia con la vista clavada en In
alfomhra, don DAmaso continu6 con mayor afecto :
-h ver Agustin, conversemos como amigos. A
mi me gust2 que me respeten, es cierto; per0 de-
seo tambien que mis hijos tengan confianza conmi-
go. iQu6 te parece tu primita?
-i M i primita?
- Si, Matilde : es buena mom.
-Oh, si, mui buena m o m
-1 tiene buen jenio jno es cierto?
-Excelente, pap&,mui buen jenio.
-iNo te gustaria para mujer '!
- iiMuch0 papA! contest6Agustin que queria salir
del paso, manifestandose sum& i complaciente.
- 322 -
- Pues hijo, esclamd con alegria don DAmaso,
aqui acnba de estar tu tio i me dice que para 81
seria una felicidad la de verte casado con su hija.
- Si a Ud. le parece bien, yo. ....
--Me parece bien hijo, mui bien : es precis0
entrar en juicio desde temprano para tener una
vejez feliz.
- Sin duda pap&; pero iba’a decirle que Matilde
no’me quiere.
--ah, riete de eso hijo, replicd don D&maso,
’
golpeando de nuevo el hombro a Agustin : lo mis-
mo creia yo. kntes de casarme. Hai nifias timidas
que aun cuando quieran a un jdven no se atreven
a djrselo a conocer : asi es tu primita; per0 hb-
Hale nn poco i ver&s. Yo estoi seguro que ella te
est6 queriendo. Mira, no estoi seguro; per0 creo
que tu tio me lo dijo aqui.
Don Dkmaso, agregaba esta duda, que no lo era
en su espiritu, para persuadir a su hijo que tan
d6cil se le manifestaba.
--No pzp&,no puede ser, Matilde ama a otro.
-Cuentos hijo : todas las nifias tienen amor-
cillos hasta que se presenta uno i las habla de ca-
samiento.
- En fin pap&, replic6 Agustin, no queriendo
en aquellas circunstancias contrariar a su padre,
.
creo que la cosa no es tan urjente que.. ..
- Urjente i mni urjente, dijo el padre con tono
- 323 -
distinto del afectuoso con que habia hablado hasta
entdnces.
- Yo necesito saber si ella me ama i si...
- Todo eso est5 mui bueno. Yo tambien nece-
sito que no andes por ahi botando mi dinero. Es
precis0 que mires esto como mui serio.
- Sin duda papa i asi que Ud. me baya dado
para pagar lo que debo., .
- Cuknto es?
- Mil pesos.
- jNada mas?
- Nada mas.
- No vengamos despues con que nos hemos 01-
vidado de algo.
- Es todo lo que necesito.
- Est5 bieii hijo, mafiana me traes las cuelitas
de lo que tengas que pagar i tu contestacion sobre
la prima i todo se pagark, vaya pues : est5 conve-
nido .
Agustin mird estupefacto a .su padre que no le
did tiempo de replicar , porque salid inmediata-
mente del cuarto.
- Las cuentas i la contestacion sobre Matilde,
repitid abismado el elegante : ahora si que estoi
mucho peor que lo que vine jcdmo salir de este
apuro ?
Dirijidse pensativo i desesperado a su cuarto en
donde Amador le esperaba.
- 324 -
- No ve pues dijo contestando a la interroga-
dora mirada con que Amador le recibía, con su
apuro lo ha echado todo a perder.
- i Cómo ? como es eso ? que es lo que hai? prc-
guiit6 Amador, mirando con inquietud el descorn-
puesto semblante de su víctima.
- - Que Ud. lo ha echado todo a perder, repitió
Agustin, dejltndose caer con profundo abatimiento
sobre una silla.
- Pero diga pues ¿,cómoha sido ? que hubo ?
- Papa se incomodó.
- ¿ Se incomodó? ‘péan que lástirna! ¿i despues?
- Dice que para pagar quiere ver las cuentas.
-¿ Qué cuentas ? -
- Las cuentas de !o que le dije yo que debia.
- ¿I qué hai con eso pues? Le lleva las cueiitas.
- Pero ¿cómo se las llevo si 110 existen?
- Vaja amigo, por poco se echa a muerto Ud. :
yo le haré las cuentas que quiera.
Agustin miró con espanto al que con tanta
frialdad le hablaba de presentar documentos
que no existian. El semblaiite de Amador res-
piraba una serenidad perfecta i habia en sus ojos
una tranquilidad que le asustó. Por un preseiiti-
miento repentino se vió Agustin lanzado con aquel
hombre en la tia vergonzosa de la fdlsificacion i del
engaño a que con tanta naturalidad le conviddh
Amadsr. Esle solo presentimiento, le hizo iu5ori-
- 325 -
zarse i temhlar. Con 81 se despertaron tarnbien en
su pecho 10s instintos de delicadeza que el miedo
hahia asta ent6nces sofocado i ellos le infundierou
la enerjia que le faltaba para preferir una franca
confesion de lo ocurrido Bntes que mancharse con
el contact0 impuro delque le ofrecia 10s medios de
engafiar a su padre.
- Mafiana, dijo, sin necesidad de documentos,
hark que pap&me dB esa cantidad.
-Bueno pues, yo no espero mas que hasta ma-
fiana, respondid Amador, tomando su sombrero :
si el pap&se enoja i no quiere dar la plata, yo le
largo el agua i se lo cuento todo. Hasta mafiana
pues.
Salud6 con aire de amenaza i sal% del cuarto.
Agustin se tom6 la caheza con las manos i per-
manecid inmdvil por algunos instantes. Luego le-
vantd 10s ojos, en 10s que brillaba un rayo de re-
solution i dejando el asiento en que se encontraba,
salid del cuarto i subid la escala que conducia a
las habitaciones de Rivas.
Martin, sentado delante de una mesa, estudiaba,
o mas bien leia eu un libro sin comprender. La
sorpresa se pint6 en su rostro a1 ver entrar con pre-
cipitacion a Agustin, cuyas descompuestas i p&li-
das facciones indicaban la ajitacion a que su espi-
ritu se hallaba entregsdo.
Rivas se levant6 saludando con cariiio a Agustin
19
- 326 -
que empezd a pasearse peiisativo por la pieza. Ter-
minado el primer paseo, se detuvo i mir6 en silen-
cio a Martin.
- Amigo, le dijo, soi mui desgraciado.
- iUd. ! esclamd Rims con asombro.
- Si, yo, si hubiese seguido sus consejos no es-
taria corn0 estoi : perdido para siempre.
Martin le present6 una silla.
-Veo que Ud. est&mui ajitado Agustin, le dijo;
sikntese aqui. Si Ud, me viene a buscar para con-
fiarme sus pesares, cuente con que, ademas de
agradecerle esa confianza, hark lo posilsle por
darle algun consuelo.
- Xuchas gracias, contest6 Agustin senkindose.
Es cierto que vengo a confi&rselotodo. iAh! desde
hace algunos dias, amigo he sufrido mucho, i co:no
no he teiiido nadie con quien hablar, me sieiito con
el corazon oprimido! Ahora me acorde que-Ud. me
did un buen consejo, que por desgracia no segui, i
he venido a desahogar mi pecho con Ud. porque
creo que es buen amigo.
Habia en estras palabras un profundo sentimiento
que conmovid el corazon de Martin. El elegante,
que habia devorado solo sus penas, se espresaba
con tal abandono, que Rivas sintid por 61 un inte-
res sincero i afectuoso.
-Si Ud. me permite, le dijo, sere su amigo.
Per0 iqu6 le sucede? Talvez alguna cosa a la que
- 327 -
dB Ud. mas importancia que la que tiene en reali-
dad.
-No, no; le doi la importancia que merece jsabe
lo que hai? iEstoi casado!
-jCasado! repitid Martin en el mismo tono en
que Agustin lo habia diclio.
-Si, casado ji se le figura a Ud. con quien?
-No puedo figurkrmelo.
-Con Adelaida Molina.
-icon Adelaida! LPero desde cugndo? Cierto que
est0 me parece mui estrafio.
-0igame Ud. i sabrk lo que ha sucedido: todo
por no haber seguido sus consejos.
Agustin refirid a Rivas el suceso del matrimonio
con sus mas pueyueiias circunstancias, i luego las
continuas esijencias de dinero, hasta las escenas
porque habia pasado aquel dia con Amador i con
don Djrnaso.
-A pesar de la osadia con que Ud. dice que
Amador le amenaza de revelar a su padre este se-
creta, observ6 Martin reflexionando, yo encuentro
todo esto mui sospechoso. LSabe Ud. si el que les
pus0 las bendiciones era cura?
-No s@,es un padre que no he visto en mi vida.
-jPresent6 alguna licencia del cura para poder
casarlos?
-No s15;yo estaba ent6nces tan turbado que no
sabia lo que me pasaba.
- 328 --
--Dehemos ante todo hacer una cosa.
-CuAl?
-1nformarnos en todas las parroquias i hacer
rejistrar 10s libros de matrimonios desde el dia en
que Ud. se cash.
-&I para quk?
-Para ver si la partida existe, porque no me
faltan sospechas de que Ud. sea juguete de alguna
intriga, por lo que Ud. refiere.
-iEs cierto, Ud. tal vez tenga razon! esclam6
hgustin, como iluminado por un ray0 sitbito de
esperanza.
-Si la partida no est&asentada en ninguna par-
roquia, es claro que el matrimonio es nulo, porque
ha sido hecho sin el permiso competente.
-Si Ud. descubriese esto, le dijo Agustin con
entusiasmo, seria mi Salvador, le deberia la vida.
-&Amador ha dicho que volveria maiiana?
-Si, a la misma hcra que hoi.
Martin design6 ent6nces las perroquias que 61
recorreria, sefialando otras a Agustin con el mismo
objeto.
-Para est0 no dehe Ud. pararse en gastos, le
dijo, es precis0 desplegar la mayor actividad: ES
necesario que nosotros tengamos la certidumhre
sobre est0 Antes que Amador se presente aclui, i
que hayamos prevenido a su padre de Ud.
-&A mi padre? i para quk?
- 320 -
-Para evitar que hmador u otro cualquiera
venga a sorprenderle.
-1 si el casamiento no es nulo?
-Es preciso tener valor i franqueza. j N o tendrj.
don Dimaso razon para ofeiiderse con Ud. si otra
persona en vez de Ud. le trae tal noticia?
-Es cierto?
-Ademas, si, por desgracia, el matrimonio es
vidido, previniendo a su padre con tiempo, p o d r j
tal vez arreglar las cosas de algun modo que a no-
sotros no se nos ocurre.
-Cierto, repitid Agustin, admirando la prevision
con que Rivas raciocinaba.
--Vamos, pues, dijo este: es preciso ponernos en
inarcha.
-Bajo a mi cuarto, i alli tomarb el dinero que
tcngo: son doscientos pesos i partiremos jno le
parece?
-Lo mas pronto ser& lo mejor, dijo Rims, to-
mando su sombrero i bajando con Agustin.
Pocos momentos despues salieron, cada cual en
direccion a 10s puntos doiide se dirijian sus pes-
yuizas.
- 330 -
xxsrr
Don Fidel Elias regres6 a su easa felicithdose,
como dijimos, de su actividad i maestria para con-
ducir 10s negocios.
Entre nosotros es bastante conocido el tipo del
hombre que dirije a este fin todos 10s pasos de-su
vida. Para tales vivientes, todo lo que no es nego-
cio es superfluo. Artes, historia, lileratura, todo
para ello constituye un verdadero pasatiempo
de ociosos. La ciencia puede ser huena a sus
ojos si reporta dinero, es decir mirada como
negocio. La politica les merece atencion por igual
causa i adoptan la sociahilidad por cuanto las rela-
ciones sirven para 10s negocios. Hai en esas cabe-
zas un soberbio desden por el que mira mas alla
de 10sintereses materiales, i encuentran en lalista
de precios corrieiites, la mas interesante column5
de uii peri6dico.
- 331 -
Entre estos sectarios de la relijion del negocio
se hallaha, como ha visto el lector, don Fidel Elias
por 10s alios de 1850: es decir diez afios ha. I en
diez afios la propaganda i el ejemplo han hecho
numerosos sectarios.
Don Fidel, ya lo dijimos, miraba como uii buen
negocio el casar a Matilde con Agustin Encina. Mas
no por eso dejeha de interesarse vivainente en el
otro negocio que tenia entre manos: el arriendo
del Roble.
Dijkronle en su cas3 que don Simon Arena1 habia
estado a huscarle, i sin dejar el sombrero, ni en-
trar en esplicaciones con d o h Francisca sobre
su entrevista con don Djmaso, se diriji6 lleno de
curiosidad a cam de don Simon.
Dofia Francisca le vi6 snlir con el placer que
muchas mujeres esperimentan cada vez que se ven
libres de sus maridos por algunas horas. Hai gran
nhmero de matrimonios en que el marido es una
cruz que se lleva con paciencia, per0 que se deja
con alegria, i don Fidel era un marido cruz en toda
- la extensilm de la palahra.
Dofia Francisca leia a la sazon a Valentina, de
Jorje Sand, i don Fidel, hombre d e negocios, con
toda la frialdad de tal, hacia una triste figura com-
parado con el ardiente i apasionado Benedicto. Por
esta causa dofia Frailcisca vi6 con gusto salir a su
cruz i volvi6 con vehcmencia a la lectura.
- 332 -
Don Fidel no se curaba de Jorje Sand mas que
de 10s pobres del hospicio i asi fui! que salic5 sin
ver 10s reflejos de r6mAntico arrobamiento que
brillaron en 10s ojos de su consorte: harto mas le
importaba el negocio del Roble que estudiar las
impresiones de su mujer.
Llego a casa de don Simon con la respiracion
ajitada i el rinimo inquieto por la duda.
Don Simon le ofrecid asiento i un cigarro de
hoja, asegurLndole que eran de 10s mejores que
salian de la cigarreria de Reyes, situada en la pla-
zuela de Sail Agustin.
Con un cigarro se entablan entre nosotros la
mayor parte de las conversaciones entre hoi-n-
bres i puede decirse que el cigarro es uno de
10s ajentes de sociabilidad mas acreditados i acti-
vos.
Don Fidel Elias encendi6 el suyo i esper6, no sin
emocion, que su ainigo le dijese el objeto de la vi-
sits que habia estado a hacerle.
-ALe dijeron que estuve en su casa? fu8 la pre-
gunta de don Simon.
-Si, compadre, contest6 don Fidel, i apenas lo
supe me vine derecho para acri.
-Fui a deckle que he cuinplido su encargo.
-Ah, estuvo Ud. con don Pedro San Luis?
-Anoche.
-&I que dice de la hacienda?
- 333 -
--El hombre pone sus condiciones para hacer
un nuevo arriendo.
-iQu& condicioTes?
-Una que es mui dificil se figure Ud.
--iQ&es mui dura?
-Segun como Ud. la considere.
-Varnos a ver, djgalo cornpadre: hablando es
como se hxcen 10snegocios.
-Don Pedro me ha dicho que desea que su hijo
principie a trabajar.
-1 LquE hai con eso?
-Que para que su hijo trabnje lo piensa asociar
con su sobrino.
-,i,Con Rafael San Luis?
-Si.
-€Iasta ahora no veo lo que tengo que hacer
con eso.
-Que pienza dar en arriendo el Roble a su hijo
i a su sobrino, en cas0 que Ud. 110 consienta en lo
que Rafael le ha pedido.
-&Qui! le ha pedido?
- Que solicite pra 61 la mano de Matilde.
Don Fidel no se hallaba preparndo para recibir
un ataque semejante. No hall6 que decir. Sus fac-
ciones se contrajeron como las de un hombre que
se entrega a una profunda reflexion.
-De veras que est0 no me lo podia figurar, dijo.
-Esa es su condicion, repuso el cornpadre.
19.
- 334 -
-$ si yo accediese a ella? pregunt6 don Fidel,
despues de una lijera pausa.
-En ese cas0 arrendaria a Ud. el Roble i pou-
dria a trabajar a su hijo i a su sobrino en otra ha-
cienda.
-AI a Ud. qu8 le parece, compadre?
---LA mi? no sk: Bste ya se hace un asuiito de fa-
milia.
-Asi es, dijo volviendo a sus cavilaciones don
Fidel.
Ante todo, se dijo que PI asunto merecia pen-
mrse detenidamente, porque la propuesta de don
Pedro no parccia desechable a primera vista. He-
rnos dicho que don Fidel tenia comprometida la
mayor parte de su fortuna en la hacienda del Roble,
i esta consideracion olsraba poderosameiite en su
Animo para mirar como preferible el casamiento de
Matilde con Rafael que con Agustin. Segun todas
Ins probabilidades, Bste tendria fortuna, pero solo
a la muerte de su padre; i don Fidel calcul6 que
don Dtimaso, en perfecta salud como se hallaba,
viviria largos aiios ann. Ademas, el apoyo que su
cufiado podia prestarle era problem5tico i nunca
tan ventajoso para sus negocios como un nuevo
arriendo del Roble por nueve afios.
-1Jd. sabe que Rafael estuvo ahora tiempo para
casarse con Matilde, dijo a1 cab0 de estas conside-
raciones.
- 335 -
-Asi supe, respondi6 don Simon.
-La cosa se deshizo por mi cuiiado, prosigui6
don Fidel: Rafael no tenia nada ent6nces; per0 es
un buen j6ven.
Don Simon aprob6 con la cabeza.
-Si su tio le presta su apoyo, no es un mal par-
tido, continu6 don Fidel.
-Asi parece.
-Lo mejor, compadre, sera no tomar sobre esto
una resolucion precipitada: tiempo tenemos para
pensarlo.
Varid ent6nces de conversacion i permaneci6
media hora mas con el compadre, dirijien dose des-
pues a su casa.
Lleg6 en momentos en que doiia Francisca leia
el pasaje en que Benedicto se encuentra en la al-
coba de Valentina. La llegada de don Fidel inter-
rumpi6 su lectura cuando su corazon nadaba en
pleno romanticismo.
Don Fidel la refirid. sus dos visitas de aquel dia :
su medio compromiso con don Dtimaso i la inespe-
rada condicion que se le imponia para el arriendo
del Roble. -
De aquella relacion descartd doiia Francisca la
prosa referente a 10s n2gocios con que don Fidel
la halsia sazonado i formu16 en su imajinacion la
parte poetics que se desprendia de la constancia
de Rafael San Luis. En el estado en que se encon-
- 336 -
tmba su Bnimo por la lectura de Valentina, bastaba
esta circunstancia para decidirla por la propuesta
de don Pedro.
-ihh! esclam6! mira lo que esunverdadero amor!
-1 trabajando en el campo, dijo don Fidel, el
inocito ese puede ser un partido.
-jEso si que prueba un corazon bien organizado!
continuo ella con eritusiasmo.
-Porque la otra hacienda de don Pedro es uti
buen fundo, observ6 don Fidel, dispuesto a sufrir
por primera vez las romtinticas divagaciones de
su mujer, porque veia que ella era de su opinion
en aquel negocio. ~
-iOh! estoi segura que harii feliz a Matilde.
-Con tres mil vacas, puede escar todos 10s afios
una buena engorda.
-Creo que no hai que vacilar, hijo, es una feli-
cidad para nosotros.
-Asi me parece: es una hacienda en la que, por
tkrniino medio se cosechan de cinco a seis mil fa-
negas de trigo.
- Rafael, ademas, es un jGven ilustrado.
-Sin contar con la lena i carbon, que dejaii una
buena entrada.
-Th lo reduces todo a diiiero, esclamd impa-
ciente doiia Francisca, horrorizada de la prolijidad
con que su marido raciocinaba sobre interescs
cuando se tratAba de la felicidad de Matilde.
- 337 -
-Hija, lo dernas es pura pamplina, contest6 don
Fidel, impacieritjndose tambien del entusiasmo
romantico de su consorte, cuaiido uno no tiene
mucha plata i tiene familia, debe ante todo fijarse
en lo positivo. Yo digo esto porque conozco a1
mundo mejor que nadie, i a mi no se me v& nin-
guna. LDe qu6 nos sen-iria que Rafael fuese ena-
morado como un Abelardo, si no tuviese con que
manteiier a su familia?
-La plata no basta para la felicidad, dijo dofia
Francisca, alzanclo 10s ojps a1 cielo con raporosa
espresion.
-Que me den plata i me rio de lo clemas, replic6
don Fidel. Anda que vayan a niandar a la plaza
con amor i huen corazon i con llevarse leyendo
libros. ,
-Bueno, pues, hablemos de otra cosa; sobre
esto tengo mis convicciones asentadas.
-Lo que yo tengo asentado es tu porfia, esclam6
don Fidel, viendo que su mujer, en vez de conver-
tirse a su doctrina, cvitaba la discusion.
Dofia Francisca niird su libro para resignarse con
algun pens3miento poetico.
-Es decir que aceptamos lo que don Pedro pro-
pone, dijo don Fidel despues de una pausa, que
emple6 en calirxir su m:tl humor.
-1laz lo que le parezca, contest6 d o h Fran-
cisca.
- 33s - I
-Asi lo entiendo, a mino me puede dar nadie
lecciones, porque si! mui bien IC, que hago: el
arriendo del Roble por otros nueve afios, nos con-
viene mas que lo que tu hermano podria favore-
cernos.
--Per0 teEdr8s que hablar con Dhmaso, dicii:n-
dole lo que hai.
-Le diri: que 13 constancia de Matilde me ha
vencido i....... en fin, no se me dejara de ocurrir
algo.
Sali6 de la pieza i doiia Francisca fut5 a buscar a
su hija para anunciarla la feliz noticia.
Mikntras que don Fidel se ocupaba de este modo
de sus negocios, don Djmaso habia informado a su
mujer i a su hija del objeto con que su cufiado le
habia visto. Para don D&masola opinion de Leonor
era be tanto peso como la de doiia Engracia, que,
como madre, principici por opoiierse a1 casamiento
de su hijo.
-LI th hijita, qui! dices de &to? preguntci el ca- ,
ballero a Leonor.
-Yo pap&, contest6 ella, creo que Uds. no deben
preci pitarse.
-LNO vbs? lo mismo digo yo, esclamd dofia
Engracia acariciando a Iliamela, accion que ella
empleaba para espresar cualquiera ernocion que la
ajitara.
-iPero si dejamos soltero a este muchacho se
- 333 -
vb hacer un derrochador de dinero insufrible! es
lo hnico que ha aprendido en Europa, dijo don
Drimaso que, como capitalisia i ai:tiguo comerciante,
miraba las cosas bajo el punto de vista material.
-Tratarkmos de correjirle, contest6 dofia
Engracia, acariciando la cabeza de Diamela.
-Eso es insignificante: somos bastante ricos
repuso Leonor, dirijiendo a su padre su altanera
mi r ad a.
-En fin, 81 ha quedado de contestar mafiana,
replic6 don Djmaso: verkmos, pues.
Don Dtimaso sali6 a dar su paseo diario por el
comercio i la madre i la hija quedaron solas.
-Es precis0 que hables con Agustin hijita, dijo
do% Engracia, que contaba mas con el influjo de
Leonor sohre toda la familia, que con el supo.
-Pierda cuidado mamri, respondid. la nicia: ese
casamiento no se har5.
Dofia Engracia abraz6 a Diamela para manifestar
. su alegria i la perrita correspondid a sus caricias
moviendo la cola en todas direcciones.
A la hora de comer la fzmilia se encontraba reu-
nida en la antesala. Martin, que llegaba en cse
momento, fu6 llamado cuando .ilia a subir a su
cuarto.
Agustin llcg6 pocos instantes desplies, en cir-
cunstancias que la familia se senjaba a !a mesa.
Sus ojos buscaron alguna esreranza en 10s deRivas
-’ 310 -
per0 este se encontraba en presencia de Leonor i
por consiguiente mui poco dispuesto a ocuparse de
otra cosa.
Dofia Engracia tratd de romper la monotania que
emanaba de la preocupacion jeneral apelando a 18s
gracias de Diamela. Per0 Diamela se hizo en van0
la muerta, mikntras que su ama suponia, que
pasaban sobre ella carruajes i caballos punzindola
con golpes inditativos del caso. Esta gracia, que se
ensefiaba a todos 10s perros chilenos en las casas,
llarnd mui poco la atencion de Agustin, cuyo cora-
zon fluctuaba entre 10s temores i la esperanza; i
mucho m h o s 13 de Martin que se hallah, por el
pensamiento, prosternado ante su idolo, con esa
reverencia del alniaque solo infunde el primer amor.
AI salir del comedor Agustiii se acercd a Rivas,
que siempre se quedaba atr& para dejar pasar a la
familia.
-Vamos a mi cuarto, le dijo con un tono de actor
que d&una cita para revelar a1 protagonista el se-
creto de su nacimiento.
Agustin habia perdido su pretensiosa naturalidad
i sus desalifiadas ft ases con 10sultimos sufrimientos.
Su espiritu estaba cubierto con 10s tintes sombrids
del drama romintico i por esto empleaba aquel
tono para llamar a Martin.
Esle le siguid a1 cuarto indicado i se sent6 en la
si la que Agustin le ofrecid.
- 3:1 -
-i,Cdmo le ha ido? fu&su primera preguntn, des-
pues de cerrar la puerta Coil llave.
-Mui bien, contest6 Rivas; en las parroquias
que he recorrido i en la curia no existe niuguna
partida de matrimonio. i,I Ud. ha encontrado
algo?
--Nada tampoco, contest6 Agustin con alegria.
--Maiiana tempraiio tendri: 10s certificddos, dijo
Martin.
-1 yo tambien.
--jNo vi: Ud.? El matrimonio es nulo: lo que
ahora irnporta es que el secret0 no salga de la fa-
milia.
Agustiii no pudo coiitenerse i did a Rivas un
fuerte abrszo dicikndole:
-Ud. es mi Salvador Martin.
A p h a s habia pronunciado estas palabras, se oye-
ron algunos golpes a la puerta.
-i,Qui&n es? pregunt6 Agustin.
La voz de Leonor contest6 a esta pregunta del
otro lado de la puerta.
--jLe abrimos? pregunt6 a Martin el elegante.
Rivas hizo con la cabeza un signo afirmativo. Su
corazon habia latido con violcncia a1 oir la voz de
la nifia.
Agustin abri6 la puerta i Leonor entrd.
-Parece que estiin Udes. tratando de secretos
mui importantes cuando estiin tan encerrados, dijo
- 34.2 -
a1 vera Martin, que se pus0 de pit! i camin6 hdcia
la puerta como para retirarse.
-&Por qu6 se v&Ud. le pregunt$?
-Tal vez tieiie Ud. algo que hbblar con Agustiii,
contest6 el jdven.
-ICs cierto, tengo algo que hablar coli 61, per0
Ud. no est&de mas.
Leonor se sent6 eii u11 SOFA, Agustin a su lado i
Martin en una silla algo distanle.
-Mi pap&, dijo Leonor, nos lo ha contado todo
Biites de comer.
-iCdlno, todo! esclamd Agustin.
-La visita del tio i sus intenciones.
-&Sobre que? preguntd Agustin.
-No te ha hablado mi pap&de casamiento?
-Si.
-&Con Matilde?
-Si.
-A eso vino mi tio Fidel.
-Ah, ah, eso lo sabia, dijo hgustin.
--iQuB piensas contastar?
-Que no puedo.
--Mi pap5 espera lo contrario.
-Por lo que yo le contest6 hoi, ya lo cree; per0
es que no podia hablar claro, dijo Agustin mirando
a Rivas.
-&I ahora?
-Es deck, maiiana serj otra cosa.
- 343 --
-+or qu6?
-Hermanita, en todo esto hai un secreto, que
no puedo confiarte.
-AUn secreto?
-Lo finico que puedo decirte es que me he en-
contrado en un gran peligro i estaba perdido si no
me hubiese ausiliado Martin.
Leonor mlr6 a aquel jdven, a quien su padre elo-
jiaba siernpre i que aparecia ahora como el salvadQr
de su hermaiio.
--Yo sabri: este secreto, se dijo a1 ver la ardiente
i sumisa mirada con que Martin recibi6 la suya.
Sigui6 por algunos instnntes la conversacion,
aleiitando a su hermano en In negativa con que
debia contestar a su padre. Luego cambi6 insensi-
];lemente de asunto i habld de miisica, de sus estu-
Gios en el piano i de las piezas mas en voga, con-
sultando a veces la opinion de Agustin i la de Rivas
i concluyd por estas palabras.
--Esta noche les tocar6 un valse nuevo que tal
vez Udes. no conocen.
Con esto qued6 Martin citado para la noche, por-
que Leonor le habia mirado solo a 61 a1 decir estas
palabras.
Con esta persuacion asisti6 en la noche a la ter-
tulia de don Dsmaso, en la que faltaban don Fidel
i su familia que habian juzgado prudente no pre-
senlarse aquella noche.
Pocos minutos despues de la llegada 'de Martin,
s e dirijio Leonor a1 piano i llamd a1 j6ven con la
vista. Martin se acerc6 teinblando. La disimulada
cita que habia recibido, i la mirada con que la nifiis
le llamaba a su lado, bastaban para llenarle de tur-
bacion.
- Este es el valse, le dijo Leonor. estendiendo
sobre el atril una pieza de mhsica.
Principi6 a tocarla i Martin se qued6 de pie, para
volver la hoja.
- A lo que veo, le dijo Leonor tocando 10s pri-
meros compases, Ud. ha veiiido a ser la provi&en-
cia de la familia.
- ,i Yo sefiorita? pregunt6 61 coil admiracion ;
por que ?
- Mi padre dice que para sus negocios, Ud. es
su brazo derech?
- Es que se exajera 10s pequefios servicios que
he podido hacerle.
-Ademas, sin Ud., tal vez Matilde seria siempre
desgraciada.
- En eso he teiiido un papel mui insignificante
para que Ud. me atribuya rneritos de que carezco.
- Es verdad que Ud. fu6 a1 priricipio mui re-
servado.
- No era un secreto mio, sino de mi amigo.
- A quien supuso Ud. mui pronto que yo
amahs.
- 345 -
- Suposicion iovoluntaria, sefiorita, de la que
pronto me desengafi6.
- Hai mas todavia : Agustin dice ahora que Ud.
es su salvador.
- Otra exajeracion , sefiorita ; he hecho mui
poco por 81 en razon de lo que debo a su fa-
milia.
- No creo que sea tan poco, por lo que dice
Agustin.
- Nunca hark lo suficiente considerando mi agra-
decimiento h k i a su padre de Ud.
- hgustin me ha dejado inquieta , dicikndome
que todo el peligro en que se ha encontrado no ha
desaparecido todavia.
- Yo tengo mejor espersnza que 61, sefio-
rita.
- i E s un asunto tan grave qne no pueda con-
fiarse? preguntd Leonor empezando a impacien-
tarse con las evasivas respuestas de Martin.
- Sefiorita, es un secret0 que no me perk-
nece.
- Creia, replic6 ella revistiendose de su altane-
ria, que he dado a Ud. bastantes pruehas de con-
fianza para que pudiese corresponderla.
- Lo haria con toda mi alma si pudiese.
- iEs decir que sobre Ud. nadie tiene influen-
cia ninguna! esclamd Leonor con tono sarc5s-
tico.
- 346 -
- Ud. la ejercs imperiosiina sobre mi sefiorita,
contest6 Rivas, acoinpafiando estas osadas palabras
con una ardiente mirada.
Leonor no se dign6 mirarle, sin embargo que
sinti6 perfectamente el f u e g de aquella mirada.
Sigui6 durante algunos momnentos tocando el valse
sin hablar una sola palabra i dej6 el piano cuando
termin6.
En lo resiante de la noche no tuvo para Rivas
una sola mirada i convers6 largo rato con Einilio
Mendoza, que, a1 retirarse, se creia el preferido.
Leonor, a1acostarse, s8 confesaba vencida por la
obstinacion con qne Rivas habia callado su se-
creta; per0 en esa reflexion, hecha a solas i sin
doblez ninguno, hallaba un motivo de admiracion
por aquel carkcter leal i cahalleroso que preferia
arrostrar su desden a trakionar la amistad. Ella
tenia bastante elevacion de espiritu para coinpren-
der la delicadeza de la reserva de Martin i en su
pecho prevalecia el aprecio a tal reserva, sobre el
deseo de esclavizar a1 jbven, deseo que Bntes im-
peraba en su volnntad i la pedia su orgullo.
- 347 -
XXXIII
A las nueve de la mafiana siguiente, Agustin i
Martin se hallaban reunidos, despues de haber sa-
lido una hora hntes en busca de 10s certificados
que el dirt anterior habian pedido en las parroquias
mas inmediatas a la casa de d o h Bernarda.
Con aquellos certificados, Agustin habia vuelto a
la alegria natural de su carjcter, i prodigaba a Ri-
vas mil protestas de amistad i reconocimiento eter-
nos.
- Soi a Ud. por la vida entera, le decia, leyendo
aquellos certificados : con estos papeles voi a fu-
droayar a Amador. iVer6mos ahora quikn de 10s
dos hace el fiero!
- Yo insisto, dijo Martin, en que es precis0 im-
poner a su padre de lo que sucede.
- LUd. Cree? No veo la necesidad absoluta.
- Por lo que Ud. me cuenta, repuso Martin,
Amador es capaz de ic a verse con don Ddinaso, a1
oir la negativa de Ud. sohre el dinero.
- Es cierto.
- I en ese cas0 s e r j mui dificil esplicar el
asunto cuando donDdmaso est6 hajo la impresion
que le producirti una noticia como la que Amador
le daria.
- Tiene Ud. razon; pepo es el cas0 que yo no
me atrsvo a ir a hablar con mi padre.
- Ire yo i le instruire de todo lo ocurrido.
Agustin manifest6 a R i n s su agradecimiento por
aquel nuet.0 aervicio, empleando su lenguaje pecu-
liar de frases francesas espafiolizadas.
Martin se dirijid a1 escritorio de don DAmaso,
pues sabia que aesa hora esperaba el almuerzo es-
crihiendo. Entab16 la conwrsacion sin rodeos i re-
firid la desgraciada aveptura de Agustin a enuando
en cuanto le fu8 posible su conducta. Don Ddmaso
le oy6 con la inquietud de un padre que V B com-
prometida la honra de su hijo i la propia. El honor
de las Molina le importaha un bledo i se pasmaba
de la insolencia de esas jentes, que por conservar
su reputacion querian casar a1 hijo de un caballero.
A1 fin cont6 Rivas su entrevista con Agustin el dia
anterior, 10s pasos que habian dado i las sospechas
que le asistian sohre la nulidad dsl matrimonio.
Esto iiltimo permiti6 a don Djmaso respirar con
lihertad.
- Con estos certificados de 10s curas, dijo, re-
corriendo 10s papeles que Rivas le presentaba,
creo que no quedtl duda sobre el asunto.
-El hermano de la niiia, dijo Martin, debe
presentarse hoi nuevamente en busca del di-
nero.
- iC6ino le parece a Ud. que le recibamos?
- Yo creo que s e r j mejor dar un golpe decisivo
rintes que 81 se presente, contest6 Rivas.
- i C6mo ?
- Presenthlose Ud. hoi mismo en la casa i de-
clarando a !a madre que el inatrimonio es nulo.
Poi, el conocimiento clue tengo de Amador, se me
figura que hai algun misterio en esto : es hombre
capaz de todo.
Don Diimaso, acostumbrado a seguir en sus ne-
gocios las inspiraciories de,Martin, hall6 acertado
rr'
aquel consejo.
- i A que hora le parece a Ud. que debo ir?
- Antes que venga Amador , despues de al-
muei-zo : Amador dehe venir a las doce.
Convinieron entdnces en el jiro que don Ddmaso
debia dar a la entrevista.
- & N o me acompaiia Ud.? dijo don D6maso a
Martin.
- Seiior, contest6 el j6ven, yo debo a esa pohre
familia algunas atenciones i me dispensark Ud. de
acompafiarle. Fuera de Amador las demas perso-
20
- 350 -
nas que la componen son buenas jentes : AdeIaida
es una nifia desgraciada.
- Si esto-se arregla como lo espero , dijo don
Ddmaso serd un nuevo servicio que le deberemos
a Ud.
- Le suplicark que Ud. no toque este asunto con
Agustin, que ha sufrido baslmte en estos dias i se
encuentra bien arrepentido.
- Bueno, lo ark asi por Ud.
Un criado anuncid que el almuerzo estaba en la
mesa. Don Dfimaso se diriji6 a1 comedor hablando
sohre otros negocios con hIarlin. '
Durante el amuerzo busco en van0 este 10s ojos
de Leonor. La nifia se habia impuesio tanta mas
reserva i frialdad para con Rivas, cuanto mayor
era el inter& que sentia por 61. 1,as reflesiones de
la noche precedente habian sido fecundas en de-
ducciones ventajosas para Martin ; pero Leonor, al
cab0 de ellas, se habia liecho por primera vez una
pregunta franca :
- LEstar6 enamorada?
Esta pregunta habia surjido como un relBmpago,
cuando tras largas i2eflexiones,el suefio habia prin-
cipiado a cerrar sus lindos parpados , guarnecidos
de hermosas pestafias. Leonor abrid tamafios ojos
a1 oirla con el corazon. El suefio huia espantado i
'
envalde le buscd ella enterrando su perfumada ca-
beza en la almohada de plumas en que la apoyaba.
- 351 -
Mil ideas incoherentes se dibujaron entdnces en su
espiritu. Semejantes a la salida del sol, cuyos rayos
bafian de vivida luz algunos puntos, dejando la
sombra relegada en otros, esa idea de amor, lunii-
nosa, radiante, acompafiada de su cortejo de re-
flexiones sitbitas, ilumind partes de su alma si asi
puede decirse, con hermosos resplandores i dej6
la oscuridad i conFusion en otras. Amar le parecia
un sueiio encantado i venturoso; pero su orgullo
debia tambien elevar su voz en aquel supremo ins-
[Link] a un j6ven pobre i desconocido, a un j6-
veil que hasta eiitonces no habia llamado la atencion ,
de ninguna mujer, le parecia una desgracia ; mas
talvez, porque sus mejillas se encendieron ante el
pensamiento de lo que diria la ssciedad a1 unir, en
sus comentarios caseros, el nombre de Nartin Ri-
vas al suyo. La imajinacion de aquella nifiafue du-
rante aquel insomnio, un espejo donde vinieron a
reflejarse todas las suposiciones de un corazon en
lucha con un poderoso sentimiento. La altiva des-
defiadora de tantos elegantes se vi6 enamorada de
un j6ven modesto que Tivia alojudo en su casa i
gozaba, por dnica fortuna, de una pension de veinte
pesos, mikntras que sus ariiigas a quienes habia
considerado siempre como consideraria una reina
herniosa a las damas de su corte, se casarian coil =
j6venes de riqueza i de nombre a 10s que darim
orgu1:osas el lirazo en el paseo.
- 332 -
--No pensemos mas en esta locura, fuk lo que
Leonor se clijo d5ildose vuelta en el lecho, para no
oir sobre su almohada 10s Tiolenlos Iatidos del co-
razon.
I volvi6 a buscar el suefio, pero a buscarlo en
vano.
A la inafiano siguiente. tom6 Leoiior la h t i p del
insomnio por la victoria de su voluntnd. La claridad
del dia, que disipz las proporciones fantasticas que
durante la noche cobran jeneralmente las ideas,
introdujo en su espiritu un entorpecimiento que
ella crey6 ser su habitual i fria indiferencia. Pero
a1 ver entrar a Martin con su padre, el espiritu se
despejd de nuevo, i de nuevo volvid tambien la
lucha entre la voluntad orgullosa i el corazon, con
el entero vigor de la ilusion i de la juventud.
Pero Martin ignoraha todo est0 i no vi6 en la in-
difereiicia de Leonor mas que la tirania de su mala
estrella i el constante presajio de interminable
desventura.
Asi pues, el alniuerzo fu6 silencioso. Dofia En- .
gracia solo hablaba de cuando en cuando con la
regalona Diamela i Agustin dirijid la vista sobre su
padre para leer en su semblante la iinpresion que
le habia producido la revelacion de su secreto. Don
Dtimaso estaba tan preocupado con la entrevista .
aconsejada por Rivas, que f u P a 10s ojos de su hijo
impenetrablei se retird a1 fin del almuerzo sin que .
Agustiri hubiese podido adivinar si estaba o no
perdonado.
Llamd don Dlimaso a Martin i salieron juntos
con direccion a casa de dofia Bernarda.
-Aquella es la casa, dijo Riras, sefialBndola.
Don DBmaso se separd de Martin i entr6 en la
casa que bste le habia sefialado.
' Dofia Bernarda se encontraba cosiendo con sus
hijas en la antesala.
-ALa sefiora dofia Bernarda Cordero? preguntci
don Dtimaso.
-Yo seiior, contest6 dofia Bernarda.
Don Djmaso entrci en la pieza. Por su aspecto
conocid a1 instainte dofia Bernarda que era un ca-
ballero i se levant6 ofrecikndole una s i l k
-SeEora, dijo, don DBmaso. iCuB1 de estas dos
sefioritas es la que se llama Adelaida?
-Estas sefior, respondid la madre, sefialando a
la mayor de sus hijas.
Adelaida tuvo un vago presentimiento de que
aquel caballero venia alli por algun asunto concer-
niente a su matrimonio con Agustin. La pregunta
que acababa de oir daha sobrado fundamento para
tal sospechs.
-Desearia hablar con Ud. a solas algunas pal$-
bras, dijo don Damoso a la madre, despues de ha-
her niirado ateiitamente a Adelaida i a Edelmira.
DoEa Bernarda mand6 salir a sus hijas.
20.
I 354 -
-He venido aqui sefiora, prosiguid don Dlirnaso,
porque deseo arreglnr con Ud. un asunto desagra-
dable.
-LDe qui! cosa seiior? pregunt6 dor7a Bernarda?
-Aqui se ha cometido un ahuso que puede ser
para Ud. i para su familia degraves consecuencias;
respondi6 don DBmaso con tono solemne.
-LI qui& es Ud? preguntd ella con admiracion
por lo que oia.
-Soi el padre de Agustin Encina, sefiora.
-iAh! esclamd palideciendo dofia Eernarda.
-Yo quiero suponer que Ud. haya obrado de
buena fi5 a1 creer que casaba Agustin con su hija.
-icon que se lo han contado ya! Que quiere
pues sefior. Su hijo aridaba en malas i'hubo que ca-
sarlos.
-Per0 lo que Ud. tal vez no sabe, es que ese ca-
samiento rs nulo.
-iC6mo nulo!
-Es decir que Agustin i su hija no est5n ea-
sados.
-Que est5 hablando! casados i mui casados.
-Pues yo tengo las pruebas de lo contrario.
-No hai pruebas que se tengnn: agu6rdese un
poquito.
A1 decir estas palabras doiia Bernarda se aeerc6
a In puerta del patio.
-Amador, Anlador, dijo Ilarnando.
Amador se encontraha en ese moi-nento TistiPn-
dose p:m ir n casa de Agustin. Acudid a1 llamodo
de su madre i. palideci6 a1 ver a don DBmaso, a
quien conocia de vista.
-Mira hijo, esclam6 la madre, mira lo que me
viene a decir este caballero.
-jQur5 cosa? pregunt6 Amador con voz apa- ’
gada.
-Dice que no es cierto que su hijo est2 casado
con Adelaida.
Amador trat6 de sonreirse con desprecio, per0
la sonrisa se held en sus labios. Se hallaba tan dis-
tante de figurarse que iha a oir scrriejante aeercion
que se sintid ante ella descoiicertado i vacilante.
Pero imajin6 que no habia salvacion posible siilo
en la mas obstinada negativa i volvid a esforzarse
para sonreir.
--No sabr5, pues, este caballero, lo que ha suce-
dido, respondih coil aire hurlon.
-S6 mui bien que se ha conieticlo una violencia,
esclam6 don Dkmaso, i tengo documentos para
prohar que el matrimonio a que se arrastrd a mi
hijo, es completamente nulo.
-A ver pues jcukles son las pruebas? pregunt6
Amador.
-Aquf estBn, dijo don Drimaso, mostrando 10s
papeles que Martin le habia entregado; i me ser-
vir6 de ellas en cas0 necesario.
Amador veia que el asunto iba tomando un sesgo
peligroso, pero no se atrevia a proponer una tran-
saccion en presencia de su mzdre.
I - k e n o , si Ud. tiene pruebas, nosotros tamhien,
contestd: veremos quien gana.
Don D5maso r&sion6 que era nicjor conducir
amigablemente el negocio i prosiguid:
-Las pruebas quc yo tei?go son incontestaliles:
el casamiento es nulo a todas luces; per0 como
Pste es un asunto que puede perjudicar a mi repu-
tacion i a la de mi familia, he venido a entenderme.
con esta sefiora para que nos arreglemos sin hacer
ruido ni dar escrindalo.
--Que eschdalo pues, si e s t h casados, dijo
dofia Bernarda, consultando el seniblante de su
hijo.
Amador evit6 la mirada, porque se sentia colo-
cado en mui mal terreno.
-Convengo, dijo don DAmaso, en que mi hijo
hizo nial a1 venir a una cita, per0 esa cita era un
lazo que se le tendia.
-Si, pues ?no queria que lo dejasen no mas? es-
clan16 do5a Bernarda. I porque es rico jse figura
que 10s pohres no tienen honor'? A1 todo tamhien
jpor que no lo dejaron que fuese el amante de la
iiifia! Ave Maria Seiior!
-C5lmese Ud. sellora, la dijo don DAmaso, es
preciso que Ud. mire este asunto tal como es.
- 357 -
-Corn0 es lo miro i i diei? Estdn casados i no
. hai mas que decir.
-Yo puedo llevar este asunto a 10strihuiiales i
probark alli la nulidad del casamiento; per0 en ese
cas0 no me contentar6 con eso, porque pedir6 un
castigo para 10s que han tendido un lazo a un j6ven
inesperto.
'
-iSi, que inesperto, i se vino a meter a la caslt
a las dcce de la noche! escIam6 dofia Bernarda.
Que haces th pues, afiadid mirando a su hijo, ya se
to peg6 la lengua.
-\'ea sefior, mi madre tiene razon, dijo Amador:
Ud. no puede probar que el casamiento es nulo,
porque nosotros tenemos pruebas de lo contrario.
. -iCutiles son esas pruehas?
-Yo sahr6, i cuando llegue el caso .....
-&Esiste la partida de casamiento anotada en
alguna parroquia?
--Amador se qued6 callado i doiia Bernarda le
pregunt6.
-&No me dijiste que se la hahian entregado a1
cura?
-Deje no mas mzdre, contest6 81, no hallando
c6mo salir del paso: cuando llegue el caso, sobra-
r&npruehas.
-No ve caballero? hai pruebas i estdn casados i
no hai mas que conformarse esclam6 doiiaBer-
narda.
- 358 -
-Lo que mi madre dice es la verdad, repuso
Amador : si Ud. no quiere que esto se sepa, lo PO-
demos callar basta que a Ud. le parezca.
-No lo callarb por mi parte i me presentarb
hoi mismo entablando accion criminal contra
Uds.
-Entable cuanto le db la gana : hei veremos,
contest6 dogis Bernarda, consultando otra vez la
mirada de su hijo.
--or supuesto, dijo Amador, para contentar a
su madre.
Don Dkmaso se levant6 con impaciencia.
-Hacen mal Uds. en ohstinarse, repliccj, porque
lo perderkn todo. Yo me encuentro dispuesto a dar
lo que sea justo en calidad de indemnizacion, por
la calaverada de mi hijo si Uds. consienten en
callarse sohre este asunto; pero si me obligan a
esclarecerlo ante 10s tribunales, serit inflexible i el
castigo recaer5 sobre 10s culpables.
- Como le parezca, dijo dofia Bernarda : nadie
me quitark que J-o 10s he visto casarse jno es cierto
Amador?
-Cierto, madre, asi fu8.
- Uds. reflexionarkn en esto , dijo don Dkmaso,
i si maitana c o he tenido una contestacion favo-
i a b ~ e me
, presentarb a1 juez.
Salid sin saludar i atraves6 el patio entregado a
una mortal inquietud. La confianza con que d o h
- 359 -
Bernarda aseveraba el hecho i el testimonio de
Amador, cuyas vacilaciones no podia apreciar don
D6maso, le arrojaban en una desesperaiite perple-
jidad. A pesar de 10s certificados que tenia en su
poder, pareciale que doiia Bernarda i Amador se
hallaban en posesion de alguna prueba irrecusable, .
que podia hacerle perder tan importante causa.
Bajo el peso de tales temores, lleg6 a su casa con
el rostro encendido i vacilante el Bnimo en medio
de tan terrible ducla.
ARTIN RIVAS
SSSIV
No era don DLirnaso Encina capaz de tomar de-
termination alguna en asunto de trascendencia por
consejos de su propio dictjmen; de manera que a1
llegar a su casa llamd a su mujer i a Leonor para
consultarlas sobre la marcha que convendria adop-
tar en trance tan dificil i delieado.
AI oil- la relacion del caso, dofta Engracia estuvo
en peligro de accidentarse. Su orgullo aristocrtitico
-6-
le arranc6 una esclamacion que pintaba la rabia i
la sorpresa que en oleadas de fuego envi6 la sangre
a sus mejillas.
- iCasado con una chiizu! dijo con voz ahogada,
apretando convulsivamente a Diamela entre sus
brazos.
I la perrita soltd un alarido de dolor con seme-
jante inesperada presion, que hizo cor0 con la voz
de su ama, i di6 a sus palabras una importancia
notable.
Don D6maso se tom6 la cabeza con las dos manos
esclamando :
-Pero hija, el matrimonio es nulo, jno ves que
tenemos pruehas ?
- iQu6 dirtin, por Dios, que dirtin ! volvid a es-
clamar cloiia Engracia, apretando con ims fuerza a
Diamela, que esta vez di6 un grufiido de impa-
cicncia, aunientando la desesperacion cle don DQ-
maso.
Este se volvi6 hticia Leonor, que permanecia
iinpasible en medio de la confusion de sus pa-
dres.
-Dile, hija, repuso, que el matrimonio es iiulo i
que hai como probarlo.
-Eso no basta, eso no basta, respondi6 doiia
Engracia, toda la sociedad va a saber lo que ha su-
cedido i no se hablarj de olra cosa !
--Pap&, dijo Leonor, jno dice Ud, que Martin fu8
-7-
el q u s imnjin6 el b u ~ c a rlas pruebas que Ud.
ti e ii e ?
-Si, hijita, Martin.
"B - Creo que lo mzs acertado ent6nces serfa Ila-
inarle : 81 tal vez nos indieark lo que debe hacerse.
- Tienes razon, contest6 don DJinaso, como si
le huhiesen dado un medio iiifalihle de salir de
aquel aprieto.
Hizo llamar a Martin, que se present6 a1 cabo de
cortos instaiites.
. Don D6maso le refirid su visita a dofia Beriiarda
i la obstinscioii que habia encontrado en esta i en
su hijo.
--I ahora iquk haremos? fueroii las palabras
con que termin6 su relacion.
--Yo estoi persuadido que todo es una farsa,
contest6 Rivas, pues segun lo que Ud. refiere, si
ellos tuviesen las pruebas de clue hablan, las ha-
brian manifestado i sobre todo, hmador, a quieii
conozco, no hahria estado tan humilde.
-Lo que se necesita es asegurarse de toclo eso,
tener una prueba irrecusabk de la nuliclad del ma-
trimcmio, i ccinprar el silencio de ems jentes, dijo
Leonor a Martin, con tono tan parentorio i resuelto,
como si ella i el jdveii tuviesen solos el cargo de
ventilar aquel asunto de faxilia.
,
- Ud. hiere la dificultad seliorita , respondi6
Martin : aqui se trata de comprar.'RZe asiste la sos-
-8-
pecha de que Ainador es el que time el hilo de esta
trama, i creo que con dinero se pod& Ilegar a1 fin
que Ud. indica.
- i\li pap& repuso Leonor, est5 prOi1t0, seguii
entiendo, a gastar lo necesario.
- iC6mo no, cuanto sea preciso! esclnmd don
DLiinaso.
-Con mil pesos serti bastante, dijo Martin.
-$e encargarci Ud. de todo? preguiitdle doli
DLiinaso.
-A lo m6nos me comprometo a hacer lo liuma-
. iiaineiite posible para arreglarlo, contest6 Rivas
con tono resuelto.
--Excelente, esclamd don DBmaso, iquiere Ud.
llevar una libraiiza a la vista contra mi cajero?
-No sert'l malo, poryue est0 valdrB mas que
uiia promesa mia, dijo Martin.
Don Dcimaso pas6 a su escrilorio para firmar
el documento.
Dolia Engracia luchaha entre tanto, con la sofo-
cacion en que la habia puesto la noticia i con Dia-
mela, que, cansada en sus faldas, hacia esfuerzos
para saltar sobre el eslrado.
Leonor se acercd a Martin que permanecia d ~ ,
pib, algo distante del sofA en que dofia Engracia i
su hija se encontraban.
- ?,Demodo que sin que Ud. lo quisiese, le dijo,
he sabido el secret0 que Ud. me ocultaba?
-0-
-Espero que Ud. me hark justicia, contest6
Rivas. Apodia divulgar un secret0 que no me per-
tenecia?
-Ya lo compreiido, replic6 la iiifia con alta-
’ neria, puesto que Ud. estaba mas iiiteresado en
ozullarlo que en divulgarlo, como dice Ud.
- ihteresado ! ~ E i que
i ?
-Se trataba de personas que Ud. visita con
Agustin.
- Es verdad que .le he acompafiado alli varias
veces.
-Segun dice mi papk, hai dos nifias, bonitas
ambas, dijo con malicia Leonor, i entiendo que
Agustin hace la corte a una sola.
Martin 110 encontrd como justificarse de aquella
imputacion tan directa : en presencia de Leonor,
lo hemos dicho ya, el jdven perdia su natural sere-
nidad. Turbado con la acusacion que encerrahan
las palahras que acabada de oir, hall6 una respuesta
mas significativa que la que se habria atrevido a
dar con enlera sangre fria.
-Desde hoi me retiro de la casa, contestci; creo
que no puedo ofrecer mejor justificacion.
-Se impone Ud. un sacrificio enorme, le dijo
Leonor con sonrisa burlona.
En este momento volvid don Djmaso con el vale
’ que habia ofrecido, i,Leonor se retir6 a1 lado de su
madre.
vol. TI. 1.
- 10 -
Martin oy6 las recoinendaciones del padre de
Agustin si prestarles gran atencion i salid mas pre-
ocupado de las palabras de Leonor que del paso
clue se acababa de comproineter a dar. Aquellas
palabras, i la soiirisa con que fueroii dichas, le
volvian a la idea de cjuc era el juguete de 10s ea-
prichos de Leonor. Persuadiase que &&a abrigaha
un corazon fanthtico i cruel.
- Es demasiado orgullosa para permitir que la
anis un homlsre sin posicion social con0 yo, se
dedia con profunda amaugura.
En alas de esta triste reflesion, se lanzaba Martin
a1 campo iniiienso en que 10s ainamtcs desdefiados
aspiran el acre del perfume de las pdlidas flores de
la melancolia. Todo sufrimiento tiene un coslaclo
poBtico para las alrnas jdvenes. Martin sz engolfaha
en la poesia de su desconsuelo , proinetihdose
servii a la familia de Leonor en razon directa de
'
10s deadenes que d e ella recibia. Halagalmn a su
corazon, huerfano de esperanzas, aquellas ideas de
sacrificio con que 10s enamorados infelicea sustentan
la actividad del corazoil, corno para, saczr partido
cle su desventura.
- Sufrir por ella, se decia, jno es preferil ,ie a
una indifermcia fatigosa?
--si, poco a poco, iba recorrieiido su a h a las
distintas faces de un amor verdadero i se encon-
traha entonces en situacion de aferrarse a sus pe-
-11 -
sares como a un bien relativo, en vez de desear la
calms de la indiferencia, este Leteo, cuyas mAjicas
aguas iinploran solamente 10s corazones gastados.
Pensando en Leonor,se dirijici a cumplir el com-
promiso contraido:con la familia de Agustin.
- Si salgo bien;pensaba, ella tendrti que agra-
deckrmelo, puesto que la tranquilidad de 10s suyos
no puede serle tambien indiferente.
En casa de dofia Bernarda habiase establecido
conciliabulo despues de la salida de don D;imaso.
Dofia Bernarda, Adelaida i Amador, hablaban en
el cuarto de tirste sobre la visita que acababan cle
recibir.
- Yo me alegro que lo sepan todos esos ricos,
decia la madre, siii advertir la preocupacion pintada
en el rostro de sus dos hijos.
Despues de disertar sobre el asuntoi edificar
castillos en el aire , poniendo por cimiento la 1-ali-
dez del matrimonio, se retir6 dofia Bernarda con
estas palabras, dirijidas a su hija, que bajaba la
frente para ocultar 10s teniores que la asaltaban.
- No se te dB nada, hdelaida, el rico ese tielie
que tragarse la pildora, aunque haga mas jestos
que un ahorcado : serAs su hija por mas que le
duela, i te ha de llevar a la casa no mas.
Cuando hdelaida i Amador quedaron solos, fija-
Ton el uno cn el etro una profunda mirada.
- Alguieii 112. nietido la mano en esto, dijo hma-
dor, porque Agustin no es capaz de dudar de qrie
est5 Lien casedo. jpu’o serk muclio que esa tonta de
Edelmira ...!
- Entre tanto, oIxerv6 Adelaida, si descubren
la vcrdad, nos hunden. LCdmo prohanos nacla si
ellos se presentan a la justitia?
- hsi no inas es, contest6 Amador, rasc5ndose
la caheza, se nos ha dado vuelta la tortilla.
- Tii int has metido en &to, replicd Adelaida,
presa ya del niiedo que la inspiraba el resultado, i
es nzcesario cpc iratcs cle acoicodai-lo todo.
- iEh, si yo le ioeti, fu6 para tu bieii ! esclaind
Amador, i la cos3 no estd tan mala, porque el viejo
est& inui interesado en que no sepan lo sucedido.
Yo estoi seguro que si yo fuese a confssxle la verdad
me d a r k las gracids.
- No hai mas que hacer entdnces, contest6
Adelaida, presurosa de verse lihre a tan poca costa
de las consecuencias de aquel asunto.
- No seccis tonla, la dijo Ainador en tono de
atnigahle confidcncia. El viejo ofrecid plata si nos
call6harnos.
- Yo no quiero plata, replic6 Adelaida, con or-
gull0 : yo quiero salir del pantano en que me has
me ticlo.
-Bueno, pues, yo te sacar6, respondid Amador.
Adelaida se retird, despues de esijir a su herma-
n o forlnal promesa de hacer lo que clla pedia.
- 13 -
Amador calculaba que, aceptando la proposicioii
que cloii Dtimaso habia formulado , todavia le que-
dabs alguii provecho que sacar del d e s d l t c e des-
graciado de s u empresa.
- A mi madre, se dijo, la contento con un rega-
lito, para que no se enoje cuando le cuente que la
estalsa cngafiando, i me yueda todo lo demAs que
me dkn.
Animado con esta reflexion, resolvi6 escribir a
Agustin para pedirle una entrevista. Se hallaba ya
selitado i toinaba la pluma cuando Martin golpeo a
la puerta de su cuarto.
Como Amador ignoraba el objeto de ayuella vi-
sita ,tom6 un aire de seriedacl para saludar a Martin.
- Vengo de parte de don Dkinaso Encioa, dijo
Bste, sin aceplar la silla que le ofresi6 Amador.
- Aqui estuvo esta mafiana, contest6 Amador,
esperando que Rivas le dijese la cornision que
llevaba.
- Me ha encargado que me vea con Ud solo.
- Aqui me tiene, pues.
- A1 hacerme este encargo, me dijo que no ha-
hia podido entenderse con dofia Bernarda.
- Asi no mas fu6, Ud. conoce a mi madre : no
aguanta pulgas en la espalila.
- Me dijo don DAmaso que por lo poco que Ed.
habia hablado, le parecia mas tratahle que la se-
Aora.
-34-
- Eso es lo que tiene mi madre : luego se le v5
la mostaza a las narices.
- Mi ojeto, p e s , es el arreglarme con Ud. sobre
este desagradable asunto de Agustin.
- Que mas arreglado de lo que est&.
- Don DBmaso me ha dicho que haga presente
a Ud. las consecuencias de este asunto si liega a
ponerse en manos de la justicia : Uds. no tienen
ningun medio de probar la validez del casamiento,
i don Drimaso, por su parte, puede probar que
aqui se ha cometido una violencia para la cual pe-
dirti, un castigo. Si por el contrario, Ud. confiesa
lanulidad de este matrimonio i ofrece alguna prueba
de seguridad que ponga a la familia de Agustin a1
abrigo de todo cuidado en este punto, don D6maso
ofrece alguna indemiiizacion para transar amiga-
hlemente, porque reconoce la falta de su hijo, bien
que no podia cometerla sin participacion de Ade-
laida.
Amador se clued6 pensativo durante algunos mo-
mentos.
- Si Ud. tuviese una hermana, ariadi6 Amador i
alguno anduviese.. ., pues.. ., enamorAndola, como
Ud. sahe, iiio es cierto que Ud. trataria d, escar-
0
mentarlo?
- Sin duda.
- Bueno pues, eso fit6 lo que yo h e cou
Agustin.
- 15-
- Bien hccho; pero Ud. llev6 la cosa deniasiado
adelante.
- Asf no se meter& otra vez en esas andauzas.
- Ud. puede hacer terminar este asunto aliora
mismo, dijo Martin, sacando el vale de don DBma-
so : vea Ud.
-. L Que es esto'! pregnnt6 Amador mirando el
papel.
- Ud. pidi6 ayer mil pesos a hgustin ;pues hien,
su padre 10s ofrece a Ud. en cambio de una carta.
- &De una carta? I clue quiere que le diga?
- Lo que Ud. acaba de decirme : que yuiso cas-
tigar a Agu$in ifinjid un casamiento.
Ainador creyci que sa habia resistido ya lo sufi-
ciente para fijarse en la palabra finji6, que Rivas
dijo para sondear el terreno. El documento de mil
pesos estaba alli teiitkiidole por otra parte, i 61 cal-
cu16 que obstin&ndose, no podria conseguir nada
mejor que lo que se le ofrecia i quedaba , con su
ohstinacion, espuesto a las consecuencias de uii
pleito.
- V a p pues, dijo sonri&ndose, dictcme Ud. la
caria.
Dictdle e n t h c e s Martin una carla en la que Ania-
dor csponia las razones que habia tenido para cas-
tigar a Agustin. Terminacla esta esplicacion :
- De qui6n se vali6 Ud. para esto? preguatci
nivas .
- i(i-
- De un amigo.
Continu6 dictando Martin valiendose de la rela-
cion que Agustin le habia hecho del suceso i com-
pletkndola con las esplicaciones de Amador que dici
tambien el nombre icalidad del que le hahia ser-
vido para la representacion de su farsa.
- LUd. me promete que no le seguirli ningun
perjuicio? pregunt6 Amador, a1 dar el nombre del
sacristan.
- Bajo mi palabra : ya vB Ud. que esta carta es
solo un docuinento para la tranquilidad de don Dli-
maso i que de ningun modo puede perj udicar a Ud.
ni a nadie. C, laquiera que la lea, v e r j que ha sido
un asuiito en que se ha dado una buena leccion a
un jdven que no iba poi’ el huen camino.
Firind Amador la czrta i recibid el vale devor&!i-
dole con la vista.
- Despucs de todo, pens6 doblkndole , no estB
tan malo, i no me ha costado mucho ganarlo.
Rivas volvid a czsa de don DAmaso lleno de alc-
gria porque esperaba que con el buen @xitode P U
comision, no podria m h o s que encomcndarse fayo-
rablemente a 10s ojos de Leonor.
XXXP
Guard6 Amador, coin0 guardaria una reliquia un
devoto, el documento que le hacia duefio de inil pe-
sos i se diriji6 al cuarto de Adelaicla.
- Todo est& ari-eglado, la dijo, refirihdole la
entrevista que acababa de tener con Martin con
todos sus pormenores, escepto lo referente a1 vale
que tenia en el bolsillo.
Mil pesos era para el hijo de do5a Bernarda una
suma enorine. La facilidad con que la ganaba, 16jos
de satisfacer SU ambicion, la despertd mas poderosa
sujiriendole la siguieiite reflexion que hizo en voz
alta :
- Si no nos hubiesen vendido , otro gallo nos
cantaria. Se me pone que Edelmira es la que se lo
ha contado todo a Martin.
Adelaida no respondid. Hallabase contenta con
el pacific0 desenlace de una intriga, de cuya parti-
cipacion se haliia pronto arrepentido, i la impoi-ta-
ba poco las suposiciones de hmador, que miraba el
asuato por su aspect0 pecuniario.
- Nadie puede Iiaber sido sin0 esa tonta de
Edelmira, prosiguid Amador : hui me la pagar&.
-T<I te encargarbs d e contarle a mi madre lo .
que ha sucediclo, le dijo Adelaidz.
-Es preciso dejar que pasen algunos dias: se
lo dir6mos despues dcl diez i ocho. Ahora la cosa
est&mui fresca i se enojaria mucho.
De este modo convinieron hmador i Adelaida en
no turbar la alegria que esperaban gozar en 10sdias
de la patria. Coiiocedores del violento cariicter de
la madre, suponian, con razon, que la noticia ver-
dadera de lo acaecido, irritaria su enojo i les pri-
raria tal vez de las diversiones que hmador esperaba
procurarse con el dinero que iba a recibir.
-Si yo se lo cuento ahora, dijo Amador, se
enojark conmigo ; pero con Uds. no solo se eno-
jarci, sino que las encierra en el diez i ocho i no
las deja salir a ninguna parte.
Solo pueden apreciar la importancia de este
argument0 10s que sepan el apego de todas nues-
tras clases sociales por las fiestas civicas que so-
lemnizan el aniversario de nuestra independencia.
No eel' el diez i ocho, (esta es la espresion inas
jenuina en esta materia) es un suplicio para cual-
cjuiera persona jciven en Chile i sobre todo en
- 19 -
Santiago, donde el aparato i pompa que se d$ a
esta solemnidad, alrae la preseiicia de muchos
habitantes de otros pueblos vecinos.
Pero, de 10s personajes de la preqente historia,
el' que m h o s se preocupaba de la prosimidad del
gran dia i iiiucho si de adelantar su negocio sobre
la hacienda del Roble, era don Fidel Elias. Resuelto
a aceptar las propuestas que por meclio de don
Simon Arena1 habia recibido, i no coiitento con la
inediacion de tercero, clon Fidel hizo una visita a
doli Pcdro San Luis i entr6 en tan franca esplica-
cion con 151sobre el negocio, que a1 cabo de poco
rato, daba la promesa de que su hija se casaria con
Rafael el mismo dia en que se firmase el nuevo
arriendo del Roble.
-Ud. eiicontrarii mui natural tambien, le dijo
don Pedro, que mi sobriiio vuelra a visitar en cnsa
de Ud.
-iC6mo no! Ya sahe Ud. clue solo por consejos
estraaos me priv6 del placer de recibira su sobrino.
Cuad.0 quiera preseiitarse en mi casa, serB per-
fectarneiite recibido, contest6 cloii Fidel.
- h i luego, repuso don Pedro, ir@yo a pagar a
Ud. esta visita i nie acompafiard Rafael.
A esa hora, en casa de don DBrnaso, Agnstin es-
peraba con impaciencia la vuelta de Rivas.
Leonor entr6 en elcuarto desu hermano i se
suscitd la coiiversacioii sobre el asunto del casa-
- 28 -
niiento que preocupaba a toda la familia. Agustin,
que habia ya recobrado una parte de su locuacidad,
refirid a su hermana 10s pormenores del suceso.
-1 la otra hermaiia &qui: tal es? pregunt6
Leonor.
--Mui buena mom, contest6 Agustin.
-i,No ine dijiste que una cle ellas gustaba de
Martin?
-Si pues, esa: Edelmira, dijo Agustin que en su
agradeciiniento por 10s favores que Rivas le estaba
prestando, no vacild en dar por cierlo lo que en su
espiritu era solo una sospecha.
Leonor se quedd pensativa.
-Ahi est&Martin, esclamd el elegaiite, divisando
a Rivas que atravesaba el patio en direccion a1
escritorio de don D h a s o .
Llamdle Agustin i Rivas entrd en la pieza.
Leoiior i Agustin le preguntaron a1 inismo
tiempo :
-l,Cdmo le fuB?
--Perfectamente, contest6 Martin; traigo una
carta que calmard todas las inquietudes.
AI clecir esto, present6 a Leonor la carta de
Amador Molina.
--&La puedo leer yo? preguntd la nifiia, &noes
reservada para mi? Dig0 esto, afiadid mirando a
su hermano, porque este caballero es tan reservado
conmigo.
- 21 -
--Aver, lee la carta, hennanita, esclam6 Agustin:
yo quemo de impaciencia.
--Parece que l e va volviendo el franc&, le dijo
rikndose Leonor.
-Es que la noticia de Martin me dA truns-
portes inaidos de alegria, dijo el elegante abraziin-
dola.
Leonor di6 lectura a la carta, mikiitras que a
cada pgrrafo Agustin esclamaba:
-iOh, perfecto, perfecto!
-Me has dicho que este mozo es ordinario, dijo
la niiia, despues de leer la firma; per0 esta cartn
est5 mui bien escrita.
-Pues, hijita, replicci Agustin, no s6 como eso
es hecho, porque Amador puede llamarse un siuti-
que pur sung.
-Ent6nces le han dictado la carta, repuso
Leonor riBiidose de la frase de Agustin, i mirando
a Rivas con malicia aiiadid. LHabrA sido tal w z la
seriorita Edelmira?
-iOh, ah! esclamci Agustin, c u p alegria liabia
aumentado con la lectura de la carta: o es made-
moiselle Edelmira, o alguien que se le acerque, jno
es esto, Martin?
-Amador escrihi6 en presencia mia, contest6
Martin, poni6iidose encarnado.
-Eso n o hace nadn, dijo Agustin, lo principal es
qile yo redewngo garcon.
- 22 I
--Bien se te conoce en el lenguaje, le dijo
Leonor.
La carta fut. llevada por Leonor i Agustin a doli
Dftmaso, que hal&ha con dofia Engracia, mikntras
que Diamela hacia cabriolas en la alfombra. A1 oir
su lectura, el rostro de don DLimaso se ilumind de
alegria, cadr frase produjo en su semblante el mismo
efecto de 10s rayos del sol cuanclo, por la mafiana, es-
tiende poco a poco sus rayos en la dormida pradera.
Docia Engracia, para espresar su emocioa, se
haBia apoderado de Diamela, a quien estrechaha con
fuerza a cada movimiento aprobativo de la cabeza
de su niarido.
--Paps, observd Leonor, yo creo que la carta ha,
sido dictada poi- bhrtin. &Nola encuentra Ud. bien
escrita?
--Tienes razon. Vea Ud: bieii dice la Francisca
que es aficionada a leer: el estilo es el homhre,
segun no si: quien; uno acabado eii on.... En fin,
poco importa, gracias a Martin todo est&arreglado:
si este mozo es para todo. Mira, Leonor, tti delsias
hacerle a.:eptar algun regalo: a mi nunca me p i e r e
admitir nada.
-Ahi veremos, contest6 la nifia: no me parece
fAcil.
Agustin fu8llainado ent6nces de 6rden de don
Dftmaso, i recibid una severa reprimenda por su
calaveracla.
- 23 "-
-Qu6 p i e r e Ud. pap& dijo el j6ven 81go con-
fundiclo: es preciso que jucentud se pase.
-Bien est&, pero que se pase de otro modo,
replicd don Dkmaso, con la graveded de un bayba
de comedia.
-Lo mejor, aiiadid en voz haja, acercandose a
dofia Engracia, serci que pensemos skriamente en
casarlo: la propuesta de Fidel llega mui a tiempo.
La sefiora did un fuerte apreton a Diamela, para
espresar el sentimiento de toda madre a1 ver pasar
a uii hijoal hando de Himeneo.
En la noche husc6 Martin envalde una de aque-
Ilas conversaciones a1 son del piano, que a un
tiempo formahan su delicia i su martirio; pero
Leonor tocd sin llamarle i Emilio Mendoza sirvid
para volver la hoja de la pieza.
En un inomento en que hgustin se hahia sentado
junto a Rivas, llamd a su hermana que se retiraha
del piano.
-Ven a ayudarine a alegrar a Martin, la dijo:
esta de ulza tristeza nuvrante.
-Sin duda, respondid Leonor, principia a sentir
el peso de la promesa que hizo, tal vez irreflexiva-
mente.
-&Qui promesa, seiiorita? preguntd Rivas.
-La de retirarse de casa de las senoritas Molina,
dijo Leoiior con altivez, i acentuando con la voz la
palabra que ponemos con cursiva.
-La pr0:nes.i me la hice a mi niismo i podria,
sin fdtar ;t nadie, qukbrantarla, replic6 Martin,
picado.
-No lo creo: tiene Ud. prop6silos tan sostenidos!
dijo la niiia.
-i,Qu6 propdsitos son esos? esclam6 Agustin;
veamos que yo sepa : todo lo de este amigo me in-
teresa ahora.
-El de n o amar a nadie por ejemplo, contest6
Lconor.
-hVerdnd, querido? pregunt6 el e!egiuite.
-1 sin embargo, parece que con la seiiorita
Molina iba flaqueando su voluntacl, repuso Leonor
con acento burlon, Antes que Rivas pudiese contes-
tar a la pregunta de hgustin.
I con estas palabras, la niaa volvid la espaldv i
fu6 a sentarse a1 lado de su madre.
-Esta Leonor es pelillnnte de malicia, dijo
hgustin a1 ver reiirarse de su hermana.
-iEs cruel! se dijo para si Martin con profundo
abatimiento, i se retir6 del salon.
En esa misma noche tuvo lugar la visita de Rafael
a cam de Matilde, en compaliia de don Pzdro.
Los amaiites recobraron en salsrosa conversacion,
10s dias que habian estado sin verse. Don Ficlel
hizo a1 sobrino de don Pedro una acojicla tanto mas
cordial, cuanto mayor era el heneficio que espe-
roha del i i e p 3 o del Roblc, i doan Frmcisca t w o
- 25 -
con Rafael algunos momentos de conversacion en
10s que pudo dar rienda suelta a su romanticismo
alimentado por la lectura de Jorje Sand.
-La mujer de la moderna civilizacion, le dijo
bajo la influencia de las teorias del autor favorito,
no es menos esclava que en tiempo del paganismo.
Siendo una flor que solo se vivifica a1 coiitacto de
10s rayos del amor, aiiadid con eiitusiasmo, el
hombre ha abusado de su fuerza para coartar hasta
la libertad de su corazon. Ud. comprenderj porque
con su constancia ha clado pruebas de poseer una
alma superior a las metalizadas con que diaria-
mente nos rozainos.
I San Luis, que bogaba a velas desplegadas en el
mar de las ilusiones i del amor, tom6 a 10 s6rio
aquella frase i continud la conversacion en el
inismo tono romcintico de su interlocutora.
--So estarii de mas, decia en otro punlo del sa-
lon el tio de, San Luis a don Fidel, que esperenios
siquiera un mes [intes de verificar este enlace;
mikiitras tanto, yo me ocupark de la suerte de Ida-
fael, que debe trabajar con mi hijo.
Asi quedd arreglado que el inatrimonio tendria
1uSu a mediados del entrante mes de octubre,
m:6iitras que 10s jdvenes olvidaban el mundo ju-
r h d c s e un amor indefinido.
Despues de la salida de las visitas, cay6 do71
p ,
1’ldllcisca
,<
en plem realiclad a1 oir 10s proyectw (?e
rn:. 11. 2
-226-
su marido sobre nuevos trahajos que pensaba em-
prender en el Roble, contando con el nuevo
arriendo. Pasar de las feorias sobre la emanci-
pacion de la mujer, a1 cdmputo de las fanegas de
trigo que daria tal o cual potrero, era un contraste
demasiado notable para su poetica iniajinacion,
que como ordiiiariamente acontece a las de su
sexo, abrazaba con vehemencia intolerante las ideas
de su autor favorito. Contentdse, entdncis, con re-
comendar entre dos bostezos a don Fidel, la visita
que debia hacer a su hermano i se retir6 con su
hijo. -
AI dia siguieiite llegd don Fidel a casa de don
Dkmaso en circunstancias que este i su familia
salian de almorzar.
Tio, encantudo de verle, dijo Agustin saludando a
don Fidel.
Este Ham6 aparte a don Djmaso i despues de
algunos rodeos, le participd el ohjeto de su visita,
que desbarataba 10s planes de su cuiiado, el que
persistia en su idea de establecer a Agustin.
- 27 -
XXXVI
Llegaroii 10s dias de la patria con sus blanquea-
dos en las casas, sus banderas en las puertas de
calk i sus salvas de ordeiiaiiza en la fortaleza de
Hidalgo. Lati6 el corazon de 10s civicos con la idea
dr: endosnr el traje inarcial, para lucirlo ante las
11ellas; lati6 tainhien el de &tas .con la perspectiva
de 10s vestidos, de 10s paseos i de las diversiones ;
pensaron en sus briiidis patriotwos 10s patriotas del
clia, para el baiiquete de la tarde, reson6 la cancion
iiacional en todas las calks de la ciudad i Santiago
sacudi6 el letargo habitual que lo domina, para re-
veslirse de la periodica alegria con que celebra el
aniversario de la independencia.
Pero 10s dias 17 i 18 del glorioso mes, no son
mas que el preludio del ardiente entusiasmo con
que 10s santiaguinos parece quisieran recuperar
el tieinpo perdido para las diversiones durante el
- <>Lis-
3
resto del afio. Los caiionazos a1 rapar el dba, la
cancion nacioiial cantada a esa hora por las niiias
de algun colejio, con asistencia de curiosos pro-
vincianos que llegan a la capital con propdsjto de
no perder nada del I S ; la formacion en la plaza i
la misa de gracia en la Catedral, e! paseo a la ala-
meda, la asistencia a 10s €uegos i a1 teatro, no son
mas que 10s precursores de la gran diversion del
clia 19 : el paseo a la Pampilla.
No es Santiago en ese dia la digna hija de 10s
s6rios varones que la fundaron. Pierde entcinces la
afectada gravedad espaiiola-que durante todo el aiio
la caracteriza. Es una loca ciudad que con alegres
paseos se entrega a1 placer de populares fiestas.
En el I 9 de setiembre, Santiago rie i monta a ca-
ballo; estrena vestidos de gala i cants 10s recuerdos
de la independencia; rueda en coche con osten-
tacion ataviada i pulsa la guitarra en lnedio de co-
piosas libaciones. Las viejas costumbres i la mo-
derna usaiiza se codean por todas partes, se miran
como hermanas, se toleran sus debilidades respec-
tivas i aunan sus Voces para entoiiar hiinnos a la
patria i a la libertad.
Una descripcion niinuciosa de las fiestas de se-
tiembre, seria una digresion demasiado estensa i
que para 10s santinguinos careceria del atractivo
de la novedad : 10s habitantes de las provincias las
conocen tambien por la relacion de 10s viajeros i
- 29 -
por las que en sus pueblos se celebran a imitacio9
de la capital. Omitir6mos, pues, esa description
para contraernos a 10s incideiites de la hisloria que
vamos refiriendo.
A las oraciones del dia 18,los voladorcs de luces
aiiuiicialsan el principio de 10s fuegos artificiales.
Cada ulio de estos cohetes que estallaban a grmde
altura, eran saludos por la multitud apifiada en la
plaza,-con mil esclamaciones, entre las que 10s
iOh! i 10s ihh! del soberano pueblo, formaban un
cor0 de injknua admiracion.
En un grupo compuesto de la familia de d o h
Bernarda i de sus amigos, se discutia el mkrho de
cada cohete i se prodigahan saludos a las personas
conocidas que pasaban.
hmador daba el brazo a doik Bernarda, Adelaida
descansaba en el de un amigo de la casa i Edelmira,
apesar suyo, habia aceptado el de Ricardo Castafios,
que se aproyechaba de la ocasion para hablar a la
nifia de su amor inalterable.
A la sazoii entraba otro grupo a la plaza, com-
puesto de las familias de don Dbmaso i de don
Fidel. Leonor habia tenido cl capricho de ir a 10s
fuegos i habia sido precis0 acompafiarla. Doiia
Engracia con su marido cerraban la inarcba de la
comitiva, llevando a la izquierda a una criada que
cargaba en sus hrazos a Diamela. Adelante cami-
naban Matilde i Rafael en amorosa plktica, Leonor
T-01, 11. 2.
- 30 -
i Agustin hablando de cosas indiferentes i Rivas,
daha el brazo a dofia Francisca, que trataba de en-
tahlar con 61 alguna romzintica conversacion.
Per0 hgustin no se contentaha con que le oyesen
10s que llevaha a su lado i hacia en voz alta la des-
cripcion de 10s fuegos de Paris.
La comitiva se detuvo en un punto inmediato a1
que ocupaba la familia de doAa Bernarda.
-Oh, en Paris, un fuego de artificio es cosa
admirable, esclamd Agustin en el momento en que
cuatro arbolitos lanzaban a1 aire sus cohetes infla-
inados.
- iOh, Ah! esc!am6 a1 mismo tiempo la mul-
titud, en sefial de aprobativa admiracion.
- iAy, lu viejcc, esconde a Djamela! grit6 do5a
Engracia, a1 ver salir en direccion a ellos, del
arholito mas pr6ximo, uno de 10s cohetes que
lleran ese noinhre.
La turba aplaudid In confusion que la wiejn intro-
dujo en un grupo de espectadores, a1 traves del
cual pas6 con la velocidad del rayo.
- iC6mo aplaudirian si viesen el bouquet en
Paris! dijo hgustin. Fso si que es magnifico!
-Oh, retiremonos de q u i , esclamd dofia En-
gracia, a1 ver el inmineiite pelisro cii que Diamela
se habia encontrado. iPobrecita, afiadi6 tomando a
la perra en sus brazos, est6 temblando como un
pajarito !
-331 -
D o h Francisca, enti% tanto, no abandonaba su
intento de conversacion romtintica.
- Nunca me siento mas sola, decia a Rivas, que
en modio del bullicio de la muchedumbre : cuando
se vive por la intelijiencia, todas las cliversiones
parecen insipidas.
Un fuego graneado de chispeadoras viejas, que
posd sobre las cabezas de la familia, ahorraron a
Martin el trabajo de contestar.
-Aqui vti a sucedernos alguna averia, dijo do%
Engracia, ocultando a Diamela bajo la capa.
Para calmar 10s temores de la sefiora, la comitiva
se diriji6 a otro punto mas seguro, pasando por
delante de dofia Bernarda i 10s suyos.
-&QuiPn es esa que vti con Rafael? preguntd
dofia Bernarda.
- Es la hija de don Fidel Elias, contest6 Ania-
dor.
-Lo engreido que vd, ni saluda siquiera, repuso
d o h Bernarda.
Adelaida palidecid a1 ver a Matilde i a Rafael
pasar a su lado. La historia de Rafael la era bien
conocida, para poder calcular la importancia de
lo que veia.
-Mira, mira, dijo Agnstin a Leonor, mostrando
a hdelaida, aquella es la nifia con quien ine querian
casar.
- &I la otra es la hermana? preguntd Leonor.
- 32 -
-Si.
-LEsa es la enamorada de Martin?
-La misrna.
--Es Iionito, dijo Leonor.
-Martin pas6 con su pareja, I-lnciendo un lijero
saludo a 10s hfolina, i Edelmira, a1 contestarlo,
ahogd u n suspiro.
- Si yo supiese que Ucl. quiere a ese jovencito
Rivas, la dijo el oficial : yo mevengzria de C1.
-I Agustin no nos inira tampoco, dijo doEa
Bernarda; el francesito quiere lincerse el desenten-
dido.
Los volcanes que estallaron en aquel momento,
llamaron h k i a ellos la atew5on de dofia Ber-
nards.
Los fuegos s e terminaron por el castillo tracli-
cional, con 10s ataques ohligarlos de huques. Nin-
gun incideiite ocurrid que tuviese relacion con 10s
personajes de esta liistoria, 10s que se retiruon a
sus casts pacificamente i alguqos de ellos reflexio-
nando sobre el encueatro que habian teilido.
Dofia Bernarda no podia conforiiiarse con que
Agustin huhiesc manifestado tanta indiferencia i
menosprecio poi. s u fxrnilia.
- Si se aiida con muchas, decia, yo pulAico por
todas parles que est5 casado con mi hija i que ardtl
Troya.
hinador trdtaba de calinarlx , asegurSiidola que
- 33 -
61 arreglaria el asunto apbnas terminasen las fies-
tas del 18.
En el teatro, file Martin desde una luneta, tes-
tigo de la admiracion que la belleza de Leonor sus-
citaba entre la concurrencia. Casi todos 10s anteo-
jos se dirijian a1 palco en que la nifia ostentaha su
admirable hermosura, ataviada con lujosa elegan-
cia. Lns alahnnzas de 10s que le rodeaban, sobre la
'
belleza de Leonor, acariciahan el alms de Rivas,
infundikndole una dulce melancolia. Escuchaha en
las melodias de la mlisica i en el murmullo que
formahan las coni-ersaciones , cierta voz aniiga,
hija de su ilusion, que le presajiaba la ventura de
ser amado algun sdia por acpella criatura tan favo-
recida por la naturaleza. Sernejante a 10s mirajes
que por una ilusion dptica ofrecen las grandes pla-
nicies a 10s ojos del viajero, ese presajio de amor
desaparecia ante Rivas cuando este qneria darle la
forma de la realidad, pues tenia entdnces que con-
siderar la distancia que de Leonor le separaba , i
alejlindose.de1 presente, ilia a dibujarze vag0 i con-
fuso entre las somhras de un porvenir distante.
Pasada la primera satisfaccion del triunfo, Leo-
nor habia pensado en Martin. Ha116 cierta orgu-
lloso satisfaceion en !a idea que en ese momento
la ocurria, de desdecar la admirocion de todos para
ocuparsa de un jdveii pobra i oscuro, a1 que con
su amor podia elevar hasta hacerle envidiar por
. -34-
10s nias elegantes i presuntuosos de aquella perfu-
inada concurrencia. Esta idea sur$ naturalmente
de su espiritu caprichoso i amigo de 10s contras-
tes. A1 abandonarse a ella, busc6 Leonor a Martin
con la vista i no tardd en encontrarle. Una mirada
de fuego respondid a la suya i la hizo ruborizarse.
Cada movimiento de su corazon, que la anunciaba
que el amor le invadia, era una sorpresa, como lo
hemos visto ya, para el orgullo de Leonor. La im-
presion que la mirada de Rivas acababa de hacerla,
fu6 hastante para que alzara con orgullo la frente i
mirase con altaneria a la concurrencia, como desa-
fiando su critica i su poder : se creia dueiia todavia
de su corazon i se dijo en ese momento que ella
podia hacer de Martin un hombre mas feliz que 10s
que la miraban, sin pensnr que esta sola reflexion
arguia en contra de su pretendida independencia.
Pasaron el primer0 i el segundo entreactos mi6n-
tras que Leonor luchaba , sin saberlo, entre su
amor i su orgullo. AI hajarse el telon en el segundo
acto, volvid a buscar 10s ojos de Martin i le hizo
una se5al para que subiese a1 palco, seiial que el
j6ven no se hizo repetir.
Leonor abandon6 el primer asiento i ocupd uno
en un ricon del palco, dejando otro vacio a su lado
que ofrecid a Martin.
- Parece, le dijo, que Ud. no se divierte mucha
esta noche.
- 35 -
- iS0, sefiorita! esclanid el j6ven, Gpor que Cree
Ud. eso?
- Le he visto peiisativo i jsahe lo que me he
figurado?
- NO.
- Que Ud. est5 arrepentido del propdsito que
€orm6 el otro dia en mi presencia.
- No recuerdo cual sea ese prop6sito.
- El de no volver a casa de las seaoritas Mo-
lina.
- Siento lener que contradecirla, replic6 Martin,
tomando el tono de risa con que Leonor hahia ha-
blado, per0 la aseguro a Ud. que no hahia vuelto a
recordar tal prop6sit0, lo que pruehs que me
cuesta mui poco el cumplirlo.
- En la plaza vi a la nifia i le alaho el gusto :
es bonita.
- Para tan sincera alahanza de la belleza de una
nifia, dijo Martin, se necesita hallarse en el cas0
de Ud.
- LPor que? pregunt6 Leonor, sin comprender
el sentido de aquellas palabras.
-Porque solo estando segura de la superioridad,
puede confesarse la belleza de otra , respondi6 el
j 6ven.
- Veo que Ud. va aprendiendo el lenguaje de la
galanteria, le dijo Leonor con tono serio.
hyuel tono era la voz de su orgullo, que no con-
- 36 -
sentia en que el jdven snliese de su esfera de ad-
mirador timido i respetuoso. Ese mismo orgullo la
hizo arrojar a Martin su altanera mirada de reina
i preguntarle:
- i Me Cree Ud. rival de esa nifia?
El corazon de Rivas se oprimid con dolor a1 re-
cihir esa mirada, i volvid a s u pensamiento de que
I ~ j el
o magnifico esterior de belleza, aquella cria-
tura estrafia ocultaba una alma cruel i burlona.
- Xo he tenido tal idea , dijo con me!ancdlica
dignidacl, i sieiito en el alma la inlerprelacion que
se ha dado a mis palabras.
Desde la galeria del teatro, en donde la familia
Rlolina ocupaha varios asientos, Edelmira hahia
vislo eiitrar a Martin i sentarse a1 lado de Le%
nor.
- Estoi seguro que Martin est& enamorado de
esa sefiorita, dijo a Edelmira el oficial de policia,
que no la al~andonahaun instante.
I Edelrnira ahogd otro suspiro, pensando en que
aquella observacion de su celoso amante seria tal
vez rerdadera.
A1 mismo tiempo decia dolia Bernarda a SD hija
mayor:
-&lira,hdelaida, el otro diez i ocho estarias tam-
bien seiitada en palco con tu franc&, no se no te d6
nada.
Despues de la sentida contestacion de Rfartin,
Leoiior se qued6 pensativa i el j6ven se retir6 a1
cab0 de algunos instantes.
- He silo mui severa, pens6 Leonor, a1 verle
retirarse, proponikndose borrar la impresion -que
sus palabras hubiesen dejado en el 5nirno de Rivas,
a1 toinar el t k en la casa de vuelta del teatro.
Pero Martin no volvi6 a su luneta, ni le ha116
Leoiior en el salon a1 llegar a la casa.
- LMartin no ha llegado? pregunt6 a la criada
que habia llerado la bandeja del tB.
- Lleg6 temprano, sefiorita, contest6 Bsta.
AI acostarse, Leonor habia o1;idado 10s triunfos
del tealro, las lisonjeras palabras con que varios
j6venes habian halagado su vanidad durante la no-
che, 10s rendidos galanteos de Emilio Mendoza i la
timida adoracion del acaudalado Clemente Valencia:
pensaba solo en la dignidad con que Martin habia
contestado a s u mirada de desprecio.
- He sido mui severa, se repetia ; 81 ha sufrido
ipero no se ha humillado!
Su orgullosa indole no podia prescindir de admi-
ration a1 eiicontrar mas dignidad en el pobre pro-
vinciaiio que en 10s ricos elegantes de la capital,
sieinpre dispuestos a doblegarse a todos sus Capri-
chos.
VOI, 11. 3
XXXVII
Tirada por una yunta de bueyes i con colchas de
cama puestas a guisa de cortina , caniinaba a las
diez de la inafiana del 19 de setieinbre una car-
reta con toldo de totora , de las que usan ciertas
jentes para 10s paseos a la pampilla.
En esa carreta, sentada sobre alinohadas i al-
fombras, iba la familia Molina en alegre charla con
algunos de sus anigas.
Doiia Bernarda apoyaha su diestra sobre una ca-
nasta de fiamhres, i en olra con botellas la izquierda.
Sus dos hijas ibali a1 €rente de ella i reclinado junto
a Edelmira el oficial Ricardo Castafios, que, por
gracia especial de su je€e, habia obtenido permiso
para faltar a la formacion en acpel dia. A1 lado de
Adelaida se hallaba otro galan, i scntado a1 frente,
casi a caliallo solm el pkrtigo, con ginbas piernas
._ 39 -
colgando i con la guitarra entre 10s Imzos, com-
pletaba Amador hfolina aquel cuadro caracteristico
cle 19 del setiemhre.
La cancion que 6ste entonaha era a prop6sito
para el cas0 i terminaba coil el verso :
Tira, tira, carretero.
Que en cor0 repetian 10s de adentro, iinitando
con boca i manos el ruido de 10s vo1ndo~[Link] apu-
rando repetidos vasos de ponche preparado ad-hoc
por las intelijentes manos de Amador.
No seguir6mos en su marcha a la familia cle
clofia Bernarda, que a su llegada a1 campo de Marte
recibi6 su colocacion en una de las calles que for-
inan frente a la ckrcel penitenciaria, compuesta
de las nuinerosas carretas con ventas i familias que
llegan a1 campo en ese dia.
En casa de don Djmaso Encina golpeaban el em-
pedrado del patio con sus herrados cascos dos her-
mosos ca1:allos que a las clos de la tarde inontaron
Rivas i Aguslin.
Los dos jdvenes llegaron a la Alameda por la
calle de la Banclera i siguierm la corriente de car-
ruajes i de jinetes en cahalgatas que se clirijen a
-
esa hora principalmente a1 campo cle llarte.
-Es precis0 que te mimes, decia Agustin a
Ivhrtin, haeienclo encahritarse su cahallo para
iucir su gracia a 10s espectadores que estacionan
en las puertas de calle en las cas& de la Alameda.
- 40 -
Esta frase con que Agustin queria comuiiicar
el contento a Rivas, no era mas que la continua-
cion de las reiteradas instancias con que hahia
vencido la resistencia de su amigo para acompafiarle
a1 paseo.
-&a familia vendra a1 llano? pregunt6 Martin.
-Cree que no, contest6 Agustin, mamk tiene ,
miedo de salir en este dia.
Mikntras tanto la familia Molina, colocada, como
dijimos en uiia de las calles de carretas, qe entre-
gaba con ardor a las diversiones del dia. Las za-
macuecas se sucecliaii las unas a las otras, i con
ellas las abuiidaiites libaciories que aumentaban
singularmente el entusiasmo patridtico d e 10s dan-
zantes.
hinador aniniaha a 10s dernas coli el ejemplo;
d o h Beriiarda bebia un vas0 tras vas0 a la salud
de 10s que bailaban; el oficial de pokicia improvisaba
frases galaiites en lionor de Edelmira, i varios cu-
riosos que habian rodeado la carreta, aplaudian
cada baile i apurahan el vas0 con alegres dichos i
descompasadas risas. La animaeion, en una pala-
bra, se pintaba en todos 10s rostros, m h o s en el
de Eclelmira, que asistia con pesar a una diversion
tan contraria a sus delicaclos i sentimentales ins-
tintos.
Mas Ricardo Castaiios no se daha por derrotado
por la indifereiicia con que su qnerida niiraha la
- 44 -
jeneral alegria; i como en un rapto de amor qui-
siese apoderarse de una mano tje EdeImira, doiia
Bernarda que le sorprendid a1 empinar una copa
de histela, esclam6 entre risueiia i enoj ada:
-Mjra, oficialito, que si te andais con mnchas te
mando meter a !a plenipotenciuriu que est& aqui
en frente.
Con grandes aplausos celebraron 10s circunstxn-
tes aquella amenazs, que acompafii6 doiia Bernarda
con un ademan con que seiialaba la c5rcel peniten-
ciaria, a la que el pueblo d i comunmente el nombre
con que la seiiora la hahia designado.
Aquel aplauso llam6 la ateiicion de hgustin i
Rivas, que en ese instante pasaban por delante de
la carreta i no habian podido distinguir a la familia
Molina entre las personas de a caballo que la ro-
cleaban.
--hqui parece que se divierten, dijo Agustin
picando su cahallo.
Martin le siguid de cerca.
Doiia Bernarda vi6 a1 momento a 10sj6venes i se
adelantd hicia ellos esclamando.
-jhqui esti el francesito! Seiior Rims, c6mo lo
pasa. Anoche andaban Uds. mui enterados; no co-
nocian a 10s amigos.
-iEs posihle, seiiora! dijo con fiiijida adrniracion
el elegante. LAnoclie, dice Ud? No tnve el honor
de verla.
19
-Si, si, hagase el disimulado 110 mas, respondid
dofia Bcrnarda.
-Doi a Ud. mi palalsra de honor que.. . .
-No me d6 palabra, mire, afiadi6 presentandole
un vas0 i en tono mas bajo, tomemos un trago por
su mujercita.' &Conque el pap&dice que el matri-
monio es de PO?* ver no?
Amador, que se habia acercado apenas divis6 a
10s jbvenes, oy6 la palabra. de su madre; per0 no
tuvo tiempo de impedir que Agustin la respon-
diese:
-Yo entiendo que ya todo est0 est5 arreglado, i
pap5 Cree lo mismo.
-&Arreglado? C6mo es eso? pregunt6 dofia Ber-
narda a su hijo.
-Simadre, contest6 Amador, despues hablar6-
mos de esto: ahora nos estamos divirtiendo.
--Rlejor, pucs, esclamd dofia Bernarda esaltada
ya u d tanto por el licor; tanto mejor, Cuchito es de
la familia i es precis0 que se baje a divertirse con
nosotros.
-Siento en el alma no poder .... dijo Agustin, a
quien Amador hacia sefias de no contradecir a su
madre.
-Aqui no hai alma que se tenga, dijo dolia Ber-
nards, apoderjndose de las riendas del caballo de
Agustin. iEs Ud. de la familia o no? iQu6 es esto,
pues?
El tono con que dofia Bernarda dijo aquellas pa-
labras hizo conocer a Amador qae peligraba su se-
creta, i que era preciso calmar a su madre para no
tener que esplicarla su arreglo con Martin sobre el
supuesto enIace en circunstancia tan poco propicia.
--Mi madre no sabe nada todavia, dijo a1 oido
de Agustin, i su Ud. no se apea, es capaz quearme
aqui un bochinche.
--Yo no puedo descender, contest6 Agwtin,
que temia mostrarse en phblico en seinejante com-
pacia.
Los que rodeaban a1 grupo de la fxmilia R'folina
se habian retirado casi todos a1 ver que el baile
habia cesado.
Entre tanto, dofia Bernarda no soltaba las rien-
das del caballo de Agustin i exijia que se bajase.
-Emp&ese Ud. para que se apee, dijo Amador
a Martin; hagame este servicio.
Martin vi6 que para calmar a do5a Bernarda
era preciso bajarse; i contrihuyeron a su decision
estas palabras que Edelinira le dijo a1 mismo
tiempo.
-$e avergonzarj Ud. de que le vean aqui?
--Vamos, francesito, esclamaba dofia Bernarda,
si no te apeas me enojo.
Martin echd pi6 a tierra, i Agustin sigui6 -su
ejemplo, tomando despues el vas0 clue dofia Eer-
narda le presentaha.
- 44 -
En ese inomento Ricardo Castaiios quebraba un
vas0 en el pkrtigo de la carreta poryue Edelmira
hablaba coil Martin.
-Ud. nos ha olvidado, le decia la niEa con una
mirada en que se retrataban 10s progresos que el
amor habia hecho en su corazon durante la ausen-
cia de Rivas.
-No la he olvidado a Ud., respondi6- Bste; pero
para tranquilizar a la familia de Agustin he prome-
tido que no volveria a casa de Ud.
-De modo que yo voi a sufrir por faltas ajenas?
esclam6 con injenuidad Edelmira.
-iUd! i i por que? preguntd el j6ven ipor qu6
puede sufrir?
-Mas de lo que Ud. se imajina, contest6
ruborizjndose la nifia: en estos dias lo he cono-
cido.
-Martin no tuvo tiempo de contestar porque
sus ojos se detuvieron con espanto en un carruaje
que se acababa de detener frente a ellos.
En ese carruaje se hallahan Leonor i don
DAmaso.
Agustin estaba como una grana i no hallaba 115-
cia quk punto dirjjir la vista.
Don Djmaso le hizo sefias de acercarse.
-iTh con esas jentes! le dijo.
--Paps, voi a esplicarle, contest6 avergonzado el
elegante.
--Menta [Link] i signenos, repnso don Ddinaso
con voz severa.
Leonor se habia reclinado en el fonclo del coche
despues de arrojar una niiracla de profundo des-
precio.
AI mismo tieinpo Edelmira decia a Martin.
-Ud. me ha dicho que tendria confianza en mi.
--Es verdad, la contest6 Rivas haciendo her6icos
esfiierxos par? ocultar su vergyienza i desesperacion.
-l,Ama Ud. a esa sefiorita? pregunt6 Edelmira,
fijando en el j6ven una ardiente mirada i con voz
teniblorosa de emocion.
-iQu6 pregunta! esclam6 Martin apelando a una
sonrisa; seria mirar mui alto.
--Vamos, vnmos, le dijo ent6nces Agustin: pap&
dice que le sigamos.
I despues de dar enredadas disculpas, montaron
a caballo i emprendieron el galope trlis el carruaje
de don Djmaso.
-Yo he de saber lo que hni, se dijo dofia
Dcrnarda.
Edelniira reprimid. una ldgrima que asomaha a
sm ojos i toin6 la guitarra que Amador la presen-
taba para que cantase una zamacueca.
-iViva la patria! esclam6 Amador para distraer
la preocupacion de su madre.
-iQue viva! respondieron diversas voces de 10s
que rodeaban, a pi6 i a caballo, la carreta.
vol. 11. 3.
- c*(; __
I esa invocacion patridtica reson6 en medio del
fuego graneado de las tropas, entre el ruido de las
vecinas chinganas, i alcanzd a llegar como un Qar-
casrno a 10s oidos de Martin, que se alejaba a1 ga-
lope, maldiciendo su estrella por la desagradable
sorpresa que se le habia preparado.
Edelmira, entre tanto, con la muerte en el alma,
entond maquinalmente 10sversos de la zamacueca,
a cuyo compa\s empezd de nuevo la danza i 19 ale-
gria-de 10s demas. I siguid el contento i conlinua-
ron las libaciones, hasta que la retirada de las tro-
pas sefial6 a 10s de las carretas la hora de
abandonar aquel teatro de su pericidica alegria.
- 47 -
XXXVIII
La presencia de Leonor en el Campo de Rlarte
sorprendi6 tanto mas a 10s dos jdvenes, cuanto que
por la maiiana habia dicho en el alinuerzo que solo
iria a la Alameda.
Tal hahia sido, con efecto, la intencion de Leonor
en la maiiana de ese dia. Despues de SU conversa-
cion con Rivas en el teatro i de reconocer que le
habia tratado con demasiada severiclad , esperi-
mentd un deseo de encontrarse sola i de ineditar
sobre el estado de su corazon, estado propio de la
nueva faz en que por grados iha penetrando su
alma, esclava hasta entdnces de las frivolas ocupa-
ciones de la vida maquinal en que la mayor parte
de las mujeres chilenas dejan pasar 10s mas flori-
dos afios de su existencia. No creemos aventurada,
despues de meditarla, la espresion ctmaquical))
con que hemos calificado el jknero de vicla de
nuestras bellas compatriotas. Leonor, como casi
todas ellas, sin mas ilustracion que la adquirida
en 10s colejios, habia encontrado que la principal
preocupacion de las de su sexo, versaba sobre las
prendas del traje i las estrechas miras de unarida
casera i de circulo. Su natural altaneria la inspird,
desde luego, el deseo de triunfar en esa arena i
brill6 por la elegancia como brillaba por su hermo-
sura: fu8 la reina &el buen tono i la heroina de al-
gunas fiestas. Estos triunfos bastan para llenar la
vida mikntras que el corazon permanece indolente
a1 elicitante influjo de su verdadero destino. Per0
hemos visto que el hastio habia golpeado, aunque
suavemente, a su alma, i hemos tambien seguido
paso a paso Ias metamdrfosis de su corazon desde
que conoci6 a Martin. Habia llegado Leonor a1
punto de pensar en el j6ven par la mafiana despues
de haberlo hecho durante gran parte de la noche.
Pareciala ya que su plan de avasa1lar.a Martin era
, uii juego cruel i encontraha capciosos argumentos
para crear la necesidad de manifestarle arrepenti-
miento de sus sarcfisticas palabras. En estas me-
ditaciones, en las que el espiritu como una araiia
colgada de su hilo, bajai sube repetidas veces,
empleci Leonor una hora, despues de haber dicho
que no iria a la pampilla.
Todo espiritu vigoroso es jeneralmente impa-
ciente. Leonor pens6 que esperar h a s h la noche
para ver a Martin i calinar su lristeza con alguna
mirada o una palabra consoladora, seria poner nn
siglo entre su deseo i la ejecucion. En amor toda
dilacion se mide por siglos ;tan ainbicioso es el co-
razon cuando se encuentra en el verdadero campo
de su gloria que encuntra miserables 10s tkrminos
ordinarios con que apreciamos el tiempo. Entdnces
Leonor decidid borrar ese siglo. Su deterrninacion
de ir a1 campo de Rlarte fu8 para don Drimaso una
6rden, como lo era todo deseo de su hija. HB aqui
la causa natural porque Leonor llegd a v e r a Martin
i a su hermano, cuando acababan de bajarse de ca-
ballo.
AI ver Leonor a Rivas conversando con Edelmira
sintid en su corazon un hielo que jamas h ah'in es-
perimentado. Con el firme propdsito de desprc-
ciarle i de no pensar mas en 81, no se ocup6 de otra
cosa durante la vuelta a la A1,7;Il?eda. &Poi" qui?
Martin la parecia mas intercsante desde que otra
mujer, jdven i bonita, le a m a h ? Leonor no pudo
esplicarse este enigma, mikntras desfilaban ante
sus ojos 10s grupos de skrios paseantes que van
i vienen por la alameda en la tarde del diez i
nueve de setiembre; las engalanadas mujeres con
sus vestidos nuevos ; las tropzs que marchan a1
compas de mhsica inarcial por la calle del medio i
1as tristes figuras delos civicos de Renca i de Nu-
Goa, con sus raidos i estrafalarios uniformes , por
- 50 -
las calles laterales. Sus ideas se confundian como
esas masas de seres humanos que pasaban delante
de su vista. Sentiase triste por la primera vez de
su vida i regresd a su casa clemal humor.
En esa noche Martin no fu6 a1 teatro, i Leonor
oy6 con disgust0 la justification de su hermano que
esplic6 a don Dimaso la escena de la carreta. A pe-
sar de una larga conversacion que tuvo en el teatro
con Matilde i Rafael sobre jeneralidades de amor,
no pudo desterrar de su imajinacion la idea de que
Rivas, qdebrantando su promesa, dejaba el teatro
por la casa de do5a Bernarda. AI acostarse, hahia
reflexionado taiito sobre el mismo asunto , que su
orgullo no se revelaba ante la idea de tener por
rival a una muchaclia de medio pelo ; de modo que
a1 dia siguiente, hahiendo oido a Agustin queRivas
iba a almorzar con Rafael San Luis, sintio helacls
la alindsfera del comedor donde esperaba verle.
Martin habia buscado un pretest0 para ausemtar-
se, porque no se atrevia a comparecer delante de
Leonor despues de lo ocurrido en la Pampilla.
- Leonor, dijo Agustin a Rivas cuando este
volvid de casa de Rafael, es la que menos Cree en
l a s disculpas que he dado : es precis0 que til la
convenzas, porqae lo que ella Cree, lo Cree tambien
papti i todavia est&s6rio conmigo.
En la comida de ese dia Martin tuvo una verda-
dera sorpresa, que le clrj6 perplejo sobre lo que
debia pensar, durante algunos momentos. Ocasion6
esta sorpresa el aire natural de afabilidad con que
Leonor le salud6 i diriji6 varias veces la palabra. A1
caho de sus reflexiones concluy6 Rivas por esta
triste deduccion ,propia de u n enamorado que no
se Cree correspondido :
- Me mira con demasiado desprecio i no est&de
humor para burlarse de mi.
- Ahora es la ocasion de que me justifiques, le
dijo Agustin, a1 salir del comedor.
- Ap6nas me atrevo, contest6 Rivas , que dese-
ando liablar con la niiia, necesitaha que alguien le
alentase a ello.
- Hazme ese favor, replicb el elegante. Ella te
mira hien : mira; esta maiigna me pregunt6 que
por que no habias ido an0ch.e a1 teatro.
Diciendo esto, Agustin llevd a su amigo a1 salon,
en donde Leonor se habia sentado a tocar el piano.
Hemos visto que Martin, a pesar de su timidez
de enamorado, sentia despertarse su enerjia en
presencia de las dificultades. En aquella ocasion
cobr6 fuerzas a1 verse casi solo con Leoiior, pues
Agustin le dej6 junto a1 piano i se acerc6 a hojear un
libro a la mesa del medio.
- No le vi a Ud. anoche en el teatro, le dijo
Leonor con una naturalidad que tranquil% com-
pletamente a1 j6ven.
- Quede algo cansado del paseo, contest6 61.
- Leonor le mir6 con malicia.
- Sin embargo, le dijo, Ud. se baj6 a descansar
en la pampilla i habia elejido un buen lugar.
- Me ha dicho Agustin que Ud. no parece dar
mucho crbdito a la esplicacion cpe hizo de 10s mo-
tivos que nos ohligaron a dar esc, paso.
- En lo que Ucl. enconirarA demasioda malicia,
jno es verdad?
- 0 mui mala idea de nosolros.
- No, a Ud. I C hago entera justicia porque re-
conozco el merit0 de su inventiva.
- j Cdino nsf, sefiorita?
- Porque siendo !a esplicacion clada por hrustin
demasiado injeniosa para que yo puecla atribuirsela
he debido nalurnlmente pensar que es de Ud.
- Por mas que este juicio sea honroso para mi
capacidad, no puedo aceptarlo : hgustin no ha
hecho nias que referir In verdad de lo acaecido.
--Per0 liai algo que go vi i que 61 no ha esplicado.
- ~ Q u bcosa?
- Una conversacion, con apariencias clc mui
tierna, que Ucl. tenia con la senorita Eclelmira.
- Yaque Ud. me hace el honor de recordar
algo que ine coiicierna , me periiiitirA coiiteslarla
con enters franqueza.
- jAlguna confidencia? preguntd Leonor con un
aire indefinible de inquietud reprimida i disimulada
indiferencia.
- t3 -
- No, seiiorita, una esplicacion sobre lo que Ud.
vi6 .
-SB de antemano que la esplicacion seri satisfac-
toria, puesto quereconozco su facilidad de inventiva.
- Puede Ud. calificarla despues de oirme.
--A ver.
- Es cierto que hablaba ayer con inter& cuando
Ud. me vi6 a1 lado de Edelinira.
- iVaya, \‘eo que Ud. va teniendo coiifianza en
mi para contarme sus secretos! dijo Leonor con es-
traiio acento i sin mirar a Riyas.
Hubikrase dicho que aquellaa palahras habian
d i d o de su boca despues de luchar con acelerados
latidos dc su corazon. Un hermoso prendedor de
camafeo, rodeado de perlas, que sujetaba su cuello
de finos encajes, bajaba i subia como un esquife
que se mece solxe las olas; tan visible era lo opri-
mido i afanoso de su respiracion a1 pronunciar
aquella esclamacion.
- No es un secreto, seiiorita, lo que he querido
contar a Ud., es coin0 la he dicho una sencilla,
pero franca esplicacion.
- A ver, pues, ya le escucho.
- El inter& que tenia i tendre siempre para ha-
b l x con esa nifia, nace, sefiorita, del aprecio verda-
der0 que he concebido por su carticter.
- iCuidad0, con mucho calor habla Ud. de ese
a pre cio !
- I
- 54 -
- Soi apasioiiado en mis afectos, sefiorita.
- Por eso le digo, cuiclado : dicen que ese
aprecio se cambia con facilidad en amor.
- No lo temo.
- LPoryue lo desea?
- Porque s6 que no puedo amarla.
- Es Ud. inui presuntuoso, Martin, dijo Leonor
con acento grave i mirdndole risueiia a1 mismo
tiempo.
- LPor que, seiiorita?
--Porque fia demasiado en la fuerza de su volun-
tad.
-iBien quisiera poder contar con ella! esclamd
Rims, con sincero acento de pesar: yiviendo por
la voluntad; seria mas feliz.
Leonor evitd seguir la conversacion en ese ter-
reno, como un picaflor que abandona la atractiva
belleza de la rosa, de miedo a sus espinas, i se con-
tenta con las mas modestas flores que la rodean en
un jardin.
-Veainos, le dijo, si Ud. es tan franco como dice.
-Pdngame Ud. a prueba.
-Esa niiia le ama a Ud.
AI tra,ves de la sonrisa con que Leonor acompafid
esa frase, habia en su mirar un aire de angustia que
solo mui espertos ojos habrian adivinado.
-No lo creo, seiiorita, contest6 Martin con tono
resuelto.
- 55 -
-Sea Ud. siiicero : Agustin me lo ha dicho.
-Lo ignoro coinpletamente i con temor de dar a
Ud. pobre idea de mi modestia, la dire que lo sen-
tiria si asi fuese.
-$or q&?
-Por lo que Ud. me ha lachado de presuntuoso;
porque no podria amarla.
-Ah, Ud. aspira mas alto i la Cree de oscura
coiidicion.
* -Bo no: yo me hallo en el cas0 de abogar por
la independencia del corazon. Ante el amor, no
deben valer nada las jirarquias sociales.
-EnMnces la causa que Ud. tiene para no amar
a esa nifia es un misterio.
-No, sefiorita, no es un misterio.
Volvi6 Leonor a abandonar por ese lado la con-
versacion, porque la ocurria la pregunta escabrosa
que esplicase la causa de que hablaban.
-LEnt6nces, est5 Ud, enamorado de otra?
Per0 ella no preguiit6 eso sin0 que, como lo habia
hecho un momento Antes, hizo lo que podria Ha-
marse, una vuelta.
-Anoche, clijo a1 jdven, estuve algo terca con
Ud.
-Much0 he estudiado, sefiorita, dijo Rivas con
tristeza, el modo de no desagradar a Ud. cuando
tengo el honor de hablarla, i confieso que he sido
casi sieinpre desgraciado.
- 56 -
-iSe ha fijado Ud. eii esto! dijo con estudiada
adiniracion la niiia.
-Son incidentes de mucha importancia para mi,
sefiorita, contest6 con voz conmovida Martin.
El prendedor de camafeo volvi6 a mecerse como
el esquife sobre las olas.
AI mismo tiempo, Leonor se turb6 en una nota
del valse que sabia de memoria i clav6 10s ojos en
el papel de mfisica que tenia a la vista.
-Tiene Ud. la memoria demasiado feliz, dijo
despues de repetir varias veces la nota en que habia
tropezado.
-No es la memoria, sefiorita, es el constante
temor de desagradarla.
-iPor Dios! jme Cree Ud. mui de mal jhnio? es-
clam6 Leonor aparentando sorpresa para ocultar
su turbacion.
-Solo desconfio de mi, sefiorita.
-Le repetiri: lo que creo liaberle dicho Antes:
no veo motivos para esa desconfianza. Si realmente
me hubiese desagradado, ino evitaria toda conver-
sacion con Ud?
Estas palabras fueron acompafiadas con 10s blti-
mos golpes del valse, que Leonor toc6 Antes que
les hubiese Ilegado su turno. Sus manos temblaban
a1 cerrar el piano i sin decir nada m5s, se acerc6 a
la mesa junto a la cual Agustin seguia hojeando el
libro.
- 57 -
Mas turbado que ella, permanecia Martin eC el
misino punto que ocupaba cluraiite la conversacion.
Parecidle que un ray0 de luz habia iluminado de
si~bitosu mente para dejarle en mas completa
oscuridad despues. A1 interprelar en prd de su
amor las sencillas palabras que acababa de oir, su
corazon se oprimid espantado c o x 0 en presencia
de un abismo i tuvo verguenza de su tenacidad.
jElh estaba alli, majestuosa i altanera como siem-
pre, hermosa hasta el idealismo, riea, admirada de
todos!
-iQu6 locura! dijo con frio en el pecho oprimido
por 10s violentos embales de su corazon.
Agustin se acerc6 a Leunor:
-Espero que Martin te hahr5 convencido, her-
manita, la dijo estrechando carifiosamente con
ambas manos la ciiitura de la nifia.
-LDe qu6? pregunt6 Leonor, ponikndose encx-
nada.
Parece que aquella pregunta coincidia de una
manera casual con lo que en ese momento la preo-
cupaba.
-De que fu6 imposible resistir i tuvimos que
descender del caliallo, repuso Agustin.
-Ah, si; enteramente, contest6 la nifia saliendo
del salon.
-Me alegro, dijo Agustin'a Rivas: ella conven-
cerii a pap6 i nos arreglaremos del todo con 61.
XXXIX
Disipados 10s vapores del licor en el cerehro de
dofia Bernarda Cordero, despues del pasco a1
campo de Marte del dia 19, acudikronla 10s recuer-
dos, a la maliana siguienle, sobre 13s palabras que
de boca de Agustin habia oido. De ellas se des-
prendia con claridad que existia un arreglo sobre
el asunto del casamiento i corroboraban esta de-
duccion las equivocas razones que habia empleado
Amador en aquella circunstancia. &QuBarreglo era
aquel? i por quk se la dejaba ignorar sus clkusulas
a ella, rnadre de la. interesada? fueron preguntas
que surjieron de la mente de clofia Bernarcla tras
larga rneditacion, avivando, como era consiguiente,
su curiosidad i dando orijeii a un prophsito firme
de aclarar semejante. enigma i de no permitir,
coin0 ella decia:
-Que la hagan 3. una tollla i ciuiaran IiIetel ‘8 c
dedo en la hoca.
Interrogd a1 efeclo a su liijo, quip:: aeseoso di:
apktsar cuaqto fuesz &able ia espiicacion de l o
acaecido, contando con que el enojo de su madre
disminuiria en proporcioii del tieinpo que tras-
curriese, responcli6 con evasivas esplicaciones
clue, lkjos de adorniecer sus sospechas, las auinen-
iaron.
Beiterd vsrias veces doiiaBernarda sus preguntas
i, firme en su propdsito, Amador, contest6 con
nuevos subterfujios, trataiido sin embargo de dejar
traslucir con vaguedad la verdadera proporcion
del hecho. I como pasasen algunos dias sin que
dofia Beriiarda renovase sus indagaciones, el mozo
se persuadi6 que un sistema de gradual esplicacion,
era el mas a prop6sito para enterar a su rnadre de
lo ocurrido, sin que la magnitud del desengafio ir- -
ritase su mal humor, como temia, con razon, suce-
diese, reveldlidola sin rodeos el engal70 de que, por
realizar su abortado plan, le habia heclio victinia.
Pero no era dofia Beriiarda Cordero de las clue
podian satisfacer su curiosidad con iiicompietas
esplicaciones, de maiiera yue, Ikjos de coiitentarse
con lo que Amador la contestaha, resolvi6 dar un
golpe, a su entender maestro, que a1 par que la
impondria de todo, serviria eficazmente para la
total conclusion de acpel asunto.
- GO -
Cubierta con su manton sali6 uii dia de su casa
a principios de octubre, resuelta a teiier una en-
trevista con el padre del que ella reputaha su yerno.
€Iahia discurrido sobre aquel paso durante varios
dias i meditado tambien con detencion acerca de
las palabras que emplearia en la entrevista i de la
enerjia con que se hallaba dispuesta a rechazar
toda proposicion de avenimiento que no tuviese por
base la union de 10sesposos recoiiocida por toda
la familia de don D&maso, que, como rico, debia
hospedarlos en su cas5 y darles, coni0 ella decia,
(( casa i mesa pilesta. )I,
Don Ddmaso la ofreci6 asiento i doiia nernarda
entab16 pronto la coiiversacion.
-Vengo pues, seiior, dijo, a1 asuntito que Ucl.
sabe.
-A laverdad, sefiora, contest6 don DBmaso, no
si: de qu6 asunto me habla Ud.
-iVaya! ya no sabe, ide qui: ha de ser pues? del
asuntito aquel, pues.
-Tenga Ud. la bondad de esplicarse.
-LDigame, sefior, &quese le ha olvidado que su
hijito est6 casado con mi hija?
-Seiiora, dijo con sorpresa don DBmaso, muclio
me estraiia que vengaUd. a hablarme de este asunto.,
-1 entdnces, pues, jquikii quiere que le hable?
no soi la madre? iLas cosas suyas! Yo no mas he de
ser, pues.
- 61 -
Como se vB, d o h Bernarda desplegaba desde
el priiicipio de la conversacion la enerjia i clari-
dad con que tenia resuelto dar tkrmino a1 ne-
gocio.
--No estamos aliora en que Ud. sea la madre:
nadie lo niega, replicd don Dhnaso, algo incdmodo
con las preguiztas i esclaiiiaciones de su interlocuto-
ra. Me estrafia que Ud. parezca igiiorar que todo
estd arreglado ya i que no hai mas que hablar sobre
la materia.
-iI diei, pues! Lo mismo dig0 1.0; si todo est5
axreglado, que se junten, pues; ipa qud estainos
embromando?
-i,Qui@nes quiere Ud. que se junten?
- Esos nifios. $fire que gracia ! Agustin con mi
hija, i q u i h e s han de ser?
- Pero sefiora, parece que Ud. no quiere en-
tender : la repito que todo est&arreglado.
- Bueiio, pues; lo mismo me dice Ainacior; pero
lo que yo quiero saber es qu@,clase de arreglo es
ese.
- icciino! &Nolo sabe Ud?
- I si lo supiese ipn qui se lo preguntaba?
- Su hijo de Ud., su mismo hijo, ha confesado
que el matrimonio habia sido una farsa.
- iC6mo eso! i yo ique no lo vi? iA Dios pues,
a1 todo tambien! ique soi tonta? I el cura que 10s
casd?
vol. 11. 4
6; -
- El cura no era cura : erci un amigo cle s i hijo
~
de Ud.
-i, Q u i h dice eso?
- El inismo Ainr.,dor.
- iQu6 estd loco ! POse lo lpbia de oir!
- El liecno ec que 61 lo ha confesado.
-&A cjui&i1?-
- A mi.
Don Dtimaso, a1 contestar, se dirijid a sd escri-
torio i mostrd a dolia Beriiarda la carta de Amador.
- Vea Ud., la dijo : acpi time Ud. una carta de
si1 hijo en la que refiere la verdad de lo ocurrido.
- A ver qu6 dice 13 carta, responcli6 dofia Ber-
narda, que, no sahiendo leer, no queria confesarlo.
- Aqui la tiene Ud., dijo don Ddmaso, mostrando
el papel.
Don Damaso ley6 la carta cle Amador desde la
fecha hasta la firma.
Aquella sid$la revelacion dej6 aterrada a dolia
Dernarda. Las confusas respuestas que en distintas
ocasiones habia recibido de su hijo, no le habian
dado la menor sospecha de la verdad. Figurtibase
siempre que el arreglo a que Amador aludia, era un
conveiiio ajustado para aplazar el reconociinieiito
- del matrimonio por parte de la familia de Agustin.
La carta, cuya lectura acahaba de oir, echaba por
lierra todas sus esperanzas i descorria ante sus ojos
el vel0 que ocultaha el cuadro de su vergtieiiza. Xu
-_L', -_
car5cter irritable cjued6 esasperado con aquella
ociirrencia i solo pens6 en regresar a su casa para
descargar sobre sus hijas todo el peso de su c6lera.
- Si eslo hai, dijo temblando de indignacion, me
la han de pagar.
Despidi6se de don Dhiaso i con paso lijero se di-
riji6 a su casa.
Durante el tiempo que dofia Bernarda emple6 en
formar la resolucion de ver a don Djmaso, que
como hemos visto, ejecutd a principios de octubre,
ningun incidente digno de mencionarse habia ocur-
rido entre 10s demas personajes que figuran en
iiuestra narracion.
Felices i apacibles corrian 10s dias para Matilde
i Rafael San Luis, que, entregados a 10s devaneos
de un amor que nada contrariaba, esperaban con
hnimo tranquil0 el dia prefijado de launion. Nuevas
seguridades que don Fidel tenia recibidas sobre el
segundo arriendo del < Roble n le hacian aceptar
las :repetidas visitas del enamorado amante de su
hija con la mas afectuosa benevolencia, mientras
que dofia Francisca se entregaba a sus lecturas fa-
voritas i tenia largas i rom6nticas conversaciones
con su futuro yerno , yuien la acompaiiaba, con la
complacencia del hombre feliz, en las correrias a1
pais de 10ssuefios de que clofia Francisca gustaba
para descansar de la vida prosaica de la capital.
No respiraban en la grata atm6sfera de la felici-
dad en que se mecia Matilde i su familia, las hijas
de do5a Bernarda Cordero, a quien hemos visto salir
llena de indignacion de su entrevista con don
Dimaso.
Adelaida jemia en silencio, combatida por el des-
pecho de la noticia que pronto se habia difundido
en Santiago, sobre el casamiento de Rafael SanLuis.
Nadie debe estrafiarse que llegase a oidos de
Adelaida Molina la nueva del enlace proyectado de
su aiitiguo amante. En nuestra buena capital, toda
especie circula con rapidez asombrosa i pasa de
boca en boca recorriendo 10s diGersos cfrculos ije-
rarquias de nuestra sociedad. Ademas, Adelaida
pertenecia a una clase social que aspirasiempre alas
consideraciones de que la clase superior disfruta i
que por esto vive impuesta de sus alteraciones,
que se complace en comentar i de sus debildades,
que critica con placer. No es estrafio, pues, quela
voz pitblica, tan sonora en sociedades que se ocupan
de intereses pequefios las mas veces, como la de
Santiago, llevase a 10s oidos de Adelaida que Rafael
San Luis iba a dejar el estado en el que podia ofre-
cerla una reparacion de su falta.
A1 lado de Adelaida, suspiraba su hermana en la
melancolia de su amor solitario.
Poseia Edelmira uno de esos corazones para 10s
cuales la ausencia es un estimulante. En 10s dias
que Martin habia dejado de visitar su casa, su
amor habia crecido como las flores de nuestros
cerros que, solitarias, no reciben mas riego que el
de las aguas del cielo. Lo que fecundaha su amor,
era solo su imajiiiacion esaltada por su caracteris-
tico sentimentalismo.
Tambien vino despues a darle nuevo ptibulo la
observacion que el oficial habia hecho en el teatro.
.
La belleza i majestad de Leonor la habian aiiona-
dado. Pareciale imposible que un hombre pudiese
verla' sin amarla i Martin vivia en su propia casa.
El jdven cobraba ent6nces a sus ojos las propor-
ciones jigantescas del hoinbre amado por otra
mujer : el adajio sobre la fruta del cercado ajeno
est&realiztindose todos 10s dias, aun en 10samores
mas ideales i platdnicos.
A 10s pesares de consuniir su fuego en las medi-
tacioiies melancdlicas del aislamiento, juntabanse
en Edelmira 10s que una pasion que le era odiosa
la causaba diariamente.
Ricardo Castafios soportaba sus desdenes con ad-
mirable constancia i era apoyado en sus preten-
siones por dofia Bcrnarda i por Amador, que le mi-
raban como un escelente partido. Los hombres no
podemos tal vez apreciar ese hastio que causa a la
mujer la perseverancia de 10s aniantes importunos,
porque hai fibras en el corazon de la mujer dB cuya
sensibilidad carecen las nuestras que pudierail
compar&rsel& en lo moral.
vol. 11. 4.
Acluelln. ohstinacion del jdven CastaEos era para
Edelmira un suplicio atroz, desde que hahian reso-
nado en su alma 10s conciertos con que el corazon
celehra la alhorada de sus prirneros amores. Para
huscar un alivio a sus pesares, Fdelmira apeld a un
niedio que acaso muctias nifias de ardiente imajina-
cion hahrcin practicado en la soledad de sus corazo-
nes. Escrihia cartas a Martin, que j a i n k enviaha;
pero que poderosamente contribuian a alimentar
su ilusion. En esas cartas brillahan celajes de pasion
en medio de las nuhes de una fraseolojia imitada de
10s folletines mas roniknticos, que habian dejaclo
profmdos recuerdos en su imajinacion. Todas estas
Calipsos, en la ausencia del amante, tienen mil en-
cantadores recursos para sustentarse coil recuerilos
i finjidas venturas.
Edelmira escrihid niuchas cartas Lintes de hallar
insipid0 este amoroso pasatiempo , que no lleg6 a
dejar de satisfacerla ha@. hastante liempo despues
de 10s primeros dias de octuhre a que hemos
llegado en esta historia.
Mui lkjos se hallaba Martin Rivas de figararse
que era el ohjeto de una pasion semejante. El in-
ter& con que Edelmira le reconvino por su auseii-
cia, en su corta conversacioii con ella en el campo
de Marte, aumentd su aprecio i amistad poi- aquella
nifiia, sin hacerle sospechar, sin0 mui vagamente,
que hajo esa aparieEcia de amigahle solicitud, se
ocuitaba otro mas poderoso sentimiento. Martin no
llev6 sus reflexiones en este cas0 mas all5 de esta
suposicion.
- Si yo la hiciese la corte, tal vez me amaria.
Vivia. en exceso preocupado de su propio amor
para adivinar el de otra persona a quien poco habia
visto en 10s hltimos dias. La conducta de Leoiior
influia en (ye esa preocupacion no decayese en el
desaliento porque e n las conversxiones subsi-
guientes a !a que oimos en el anterior capitulo, le
liabia dejado siempre vislumhrar una esperanza,
que a las veces rechazaba Martin como un delirio i
que en otras ocasiones revestkt de las formas de la
realidad.
No obzdecia Leonor coil tal conducta alas velei-
dades de la coqueteria, ni a1 propdsito estudiado de
aumentar con el aguijon de las dudas la pasion de
Rivas. Era en sus reticencias i a veces ei? sus poco
significativas palabras, tan sincera como si hubiese
declarado con franqueza su amor. La situacion en
que se encontraba con respecto a Martin era nueva
i escepcional para ella. Acostumbrada a 10 que
puede llamarse el niiramieiito social ; rodeada de
galanes ricos i elegantes; celebrada por su be-
lleza como la mas digna de aspirar a 10s rnas bri-
llantes partidos, Leonor, para declarar en voz alta
su ainor a Martin, tenia que vencer ideas arraigadas
desde la nifiez en su espiritu i se hallabaen la nece-
t
- 68 -
sidcid de inedir la importancia del hombre que ha-
bia conquistado su corazon gntes de arrostrar las
)
preocupacioncs i quebractar 10s usos de la sociedad
en que vivia. De aqui sus frecuentes conversacio-
nes con Rivas i las vacilaciones con que a veces
proiiunciaba palabras de esperan za, que ella juz-
gaba significativas, i que solo servian para perpe-
tuar las dudas en que el jdven vivia desde algun
tiempo. u
- 60 -
Dejamos a d o h Bernarda Corder0 camino de su
casa, despues de oir de boca de don Ddmaso la re-
velacion del secret0 que la ocultaba su hijo.
[Link] la marcha, la irritacion que esta noticia
la habia causado, se aumentci COMO era de figurarse.
Destruia aquella revelacion tan ambiciosas espe-
ranzas, concebidas por causa de Amador, que a1
verlas desvanecerse, su encono contrael que, enga-
fi5ndola, se las hiciera abrigar, crecia en propor-
cion del prestijio que cualyuiera esperanza adquiere
cuando perdida. Asi fub que a1 entrar en su cuarto,
arrojd sobre una silla el manton i llarnd a su hija
mayor con desabrida voz.
Adelaida se present6 a1 momento.
-&I tu hermano? la preguntd dofia Bernarda.
-En su cuarto estara, contest6 la hija.
-Llimalo: tengo que hablar con Udes.
- 70 -
Pocos instantes despues Ilegaron a la pieza en
que doiia Bernarda esperillsa, Adelaida i Amador.
Doiia Bernarda mir6 a su hijo con espresion de
ira reconcentrada.
-i,Conque nie has estaclo engnEzndo, no? le dijo
apoyanio ambas manos en la cintura i con un sin-
gular movimiento de caheza.
-iYO! iPor quk, pues? contest6 Amador, que
como todo el que viye con la conciencia vijilanle
por causa de alguna falta, sospech6 a1 monieiito
el sigiiificado de aquella pregunta, que le hizo pali-
decer.
-jNo sB pues! EstarE: tonta que hasta mis hijos
me engaiian. iEra lo que faltaha! icon que Adelaida
est5 bien casada, no?
-Pero, madre, jno le he estado diciendo estos
dias clue ya todo estaha arreglado?
-iBonito el arreglo! No hagais otro i quedar6s
limpio! Arreglado, quedando nosotros coiiio unos
negros. &Con qu@ caras vamos a andar poi* la
calk? Hash 10s chiquillos nos seiialarjn con el
dedo.
-iLas cosas suyas! dijo Amador confundido.
Doiia Barnnrda se esaspei-6 con esta esclamacion
clue en su estado de irritalsilidad creyd poco respe-
tuosa. Esta fu@la seiial para que, descargando so-
hre Amador i sobre Adelaida todo el peso de su
furor , poriunpiese en desatinadas maldiciones ,
- 7.1 -
horrorosos insultos i amenazas terribles, que la
decencia nos impide trascr ihir. Adelaicla, mas ti-
inida que Amador, crey6 liberlarse de aquella gra-
I
nizada de improperios, que amenaznha dejenerar
e n vias de hecho, dando con temblorosa V G Z
esta disculpa :
--Yo no tuve la culpa, mamita.
A lo que Amador rerjlicd en tono sarctistico.
-Sf, pues: la habr@tenido yo. No vic que era yo
el que me iba a cdsar! Bueno pues; yo no me ando
con santos tapados.
-1 &qui&es enthces? esclamd c l o k Bernarcla.
No fuiste tb quien me vino a hablar del casa-
miento? para que me engafiasle? Algun inter& te-
nias.
-&Que inter6s quiere que tuviese? Esto si que
es bonito!
-&I c6mo Bsta dice que no luvo la culpa? pre-
guntd dofia Bernarda sefialando a su iiija.
-Si, pues; porque ella lo dice ya fu6 cierto.
-En la carta dices que tb trajiste a un amigo
vestido de padre.
-&En que carta?
-?En la que escrebistes a don DBmaso?
-hsi fu@;per0 yo no lo hice por mi, sin0 por
hdelaida.
Dofia Bernarda se volvid hicia esta con la vista
inflamada de cdlera.
- 72 -
-Yo no tengo la culpa, repitid Adelaida en con-
testation a esa mirada.
-Eso es, pues: kchame la culpa a mi ahora,
dijo Amador picado i respondiendo a otra mirada
de su madre.
Luego afiadiij:
--Si ella no tiene la culpa, preghntele por qub lo
hacia yo.
-A ver, responde pues, dijo a Adelaida dofia
Beriiarda.
-&Por que... ? c6mo s6 yo? ta me dijisle que me
convenia.
-iNo vks! esclamci dofia Bernarda, bien lo decia
yo: t~ solo tieiies la culpa.
A su esclamacion age56 la seEora una nueva
granizada de insultos dirijidos a su hijo, que solo
pudo hacerla interrumpirse con estas palabras:
--hverigue bien primero lo que pasa en su casa
i no me insulte sin razon.
Adelaida diriji6 una mirada suplicante, que
Amador no pudo ver porque solo pensaba en cal-
mar a su irritada madre.
-~Qu6 pasa en mi casa? preguntci &a.
-Que le diga Adelaida si no fu6 por ella que yo
lo hice. Nada le cuesta decir que 110 tiene la culpa:
yo no tengo nada que tapar i ella si que tiene.
Adelaida conocid. el peligro en que estaba si su
hermano s e p i a hablando i tom6 la palabra para
- 73 -
echar sobre ella toda la responsabilidad de lo acae-
cido; mas aquel recurso era tardio despues que las
sospechas de algun nuevo misterio entraron en el
espiritu de la madre con lo que acababa de oir. En
van0 Adelaida jurd que ella hahia incitado a su
hermano, solo por el deseo de casarse con un caba-
llero, dofia Bernarda repetia solo por coiitestacion
esta pregunta.
-Si; per0 algo tienes que tapar cuando Bsto lo
dice.
Hubikranse calmado ]as sospechas' de dofia
Bernarda, si Amador hubiese confimador las aseve-
raciones de su hermana; per0 se guard6 bien de
hacerlo porque temia ver de nuevo descargarse
sobre 61 la cdlera de su madre.
Entretanto, como viese do% Bernarda que
Adelaida repetia lo inismo i que Amador callaba,
volvi6se hticia Bste i prorrumpid en amenazas si no
le descubria la verdad.
-Si no me la confiesas, le dijo mostrtindole 10s
pufios i en el mayor estado de exaltacion, te hago
scntar plaza de soldado por incorrejible; acuerdate
que todavia no tienes veintieinco afios.
Poco importaba a Amador semejante amenaza,
que fricilmente podia burlar, abandonando la casa
materna. Mas para mantenerse en cualquiera otra
parte, era precis0 ganar la subsistencia trabajando
i Amador era holgazan inveterado, Parecidle mas
vol. 11. 5
facil confesar la verdad, perdiendo a su hermana,
que entrar en rifia abierta con su madre, la que
siempre proveia a sus necesidades i a veces, a
fuerza d e economia, le sacaba de grandes apuros,
pagando sus deudas. La relajacion de sus costum-
bres le habia privado de todo sentimiento noble
desde temprano, por lo cual no pens6 ni uninstante
en sacrificarse por Adelaida, arrostrando solo la
indignacion de dofia Bernarda. Las sujestiones de
su egoism0 hablaron finicamente en su pecho i sin
vacilar refirid a su madre la consecuencia de 10s
amores de Adelaida con Rafael San Luis, buscando,
a1 fin algunas palabras para atenuar el hecho.
Dofia Bernarda palidecid a1 oir la terrible revela-
cion de Amador i se arrojd furiosa sobre Adelaida,
a quien arrastrd por el cuarto, asida de las her-
mosas trenzas de su pel0 i dando gritos descompa-
sados.
Acudieron a sus voces Edelmira i la criada, que
con Amador interpusieron juntos sus esfuerzos
para arrancar a Adelaida de manos de dofia Ber-
narda.
A fin de impedir que 10sgritos de la madre i de
la hija, unidos a 10s de las demas que por ella’in-
tercedian, llegasen a oidos de 10s que por la calle
pasaban, la criada corrid al patio i cerr6 la puerta
de calle. Mikntras tanto, dofia Bernarda desplegaba
fuerzas estraordinarias para su sex0 i edad, no solo
- 75 -
arrastrando a Adelaida a quien el dolar arrancaba
lastimeros quejidos sino dando fuertes bofetones a
Edelmira i Amador que luchahan por arraiicarie su
victima. Un frio espectador de aquel drama do-
mestico, habria tal vez desatendido la voz de la
compasioii por lo grotesco del cuadro, cuyo prin-
cipal personaje era dolia Bernarda, repartiendo
furiosos manotones con la diestra, mientras que en
la mano izquierda se hahia envuelto las largas
trenzas de la iiifeliz mucliacha. Pero como todo en
la tierra, aquella escena dehia tener un t6rmino,
como en efecto lo t w o , pues a1 enviar do5a Ber-
narda una palmada a Edelmira, que con herbico .
arrojo le apretaba ambos brazos, la mano izquierda
de dofia Bernarda se solt6 de las trenzas i el im-
pulso que a su derecha habia dado fui: tal, que no
solo arroj6 sobre una silla a lacompasivaEdelmira,
sino que, falta de apoyo con la caida de esta, fu6 a
rodar dofia Bernarda a1 medio de la pieza, que-
dando, con la exasperacidn en que se encontraha i
el golpe que a1 caer recibi6, sin movimiento ni
sentido.
Levantaronla sus hijos, ayudando a esta opera-
cion la misma Adelaida i la llevaron a su cama, en
donde la criada la frotaba 10s pies, Amador le
echaba agua en la cara i las nifias lloraban sin con-
suelo ahrazadas la una de la otra.
Recobrd por fin su espirilu la sefiora i verti6
- 76 -
amargas lagrimas sobre la deshonra de Adelaida.
A1 exceso de ajitacion en que se habia encontrado,
sucedi6 el abatimieiido que en lo fisjco i en lo
moral, van en pos de todo esfuerzo estraordinario,
i se sinti6 tan molida a1 dia siguiente que le fui!
mas grato permanecer en el lecho para recobrarse.
Todo el reconocimiento que abrigaba h k i a Rafael
San Luis por servicios que le debia, se torn6 en
ddio i deseo de Jenganza con la rzvelacion de su
conducta, i emple6 el dia en descubrir uii medio
de tomar una justa reparacion de su afrenta. Mas
como sus meditaciones no la dieran un resultado
satisfactorio, resohi6 apelar a las vias de conci-
liacion que tal vez acarrearian la felicidad i la
honra a su familia.
Satisfeclia de su nueva resolucion, dirijidse al-
gunos dias despues de la escena que le daba orijen,
a casa de Rafael San Luis.
Eran las diez de la maiiana : Rafael se encontraha
solo en su cuarlo. La presencia inesperada de do&
Beriiarda le llen6 de turbacion i de funestos pre-
sentimientos el alma; sin embargo trat6 de do-
miriarse i de recibirla con carifiosa urbanidad.
Parece que la seiiora ocultaba tambieii por su
parte 10s sentimientos que la ocupaban, para ma-
nifestar una tranquilidad que estaba mui Ikjos de
esperimeiilar en aquel momento. Sentdse con
rostro risuefio en la poltrona que con amable
- 77 -
sonrisa la present6 Rafael i echando h5cia a l r k el
manton con que se cuhria la cabeza, dijo con acento
de reconvencion amistosa.
-Ya Ud. se nos ha perdido de la casa, pues.
- No es por falta de amistad, creamelo rnisia '
Bernarda, contest6 el jdven.
-Algun motivo tiene. NO sabe pues?, herru-
dura que cascubeleu, clavo le Wta.
--iQuB inotivo puedo tener? Absolutainentk nin-
gun0 : Ud. conoce mi amislad.
-Cdmo n6 i yo tambien le he querido harto.
Vea : el otro dia no mas le estuve diciendo a Ade-
laida : j,Qui! es de don Rafael? Que le han heclio
also que no viene?
Rafael se iijd a1 momeiito en que dofia Bernarda
iiombraha solo a su hija mayor, i con est0 aumen-
taron sus presentimieiitos de que aquella visita
tenia otro objeto .que la simple aparieiicia de
amistad con que se anunciaba.
-Le doi a Ud. las gracias por su carifio, con-
testd.
-Bueno pues; &I qu6 no piensa volver a vernos?
preguntd dofia Bernarda,
- Casi todas las noches las tengo ocupadas i a
pesar de mi deseo, no s6 cuando pueda ir, res-
pondi6 Rafael, que queria dcscubrir cuaizto Antes
el objeto de la visita.
- Si pues, asi lo deciamos all5 en casa; jcutindo
- 78 -
ha de volver ! ; ya tieiie otras amistades de jente
rica i se avergonzarA de venir a casa.
- lavergomarme! se engaiiaUd. nzisia Bernarda.
-La prneba est&,pues, en que no quierevolver,
replied la sefiora, con tono en que se advertia la
falta de la afabilidad que habia empleado a1 prin-
cipio .
Rafael not6 esa falta i se dejd llevar de su poco
paciente caracter.
-No he dicho que no quiero volver, dijo, sin6
que no puedo.
-Lo mismo tiene : el cas0 es que no vuelve i yo
s6 porqu8.
En estas palabras el tono de desconteiito habia
aumentado.
-La causa es la que he diclio; no tengo
tiempo.
--or ahi andan diciendo que Ud. va a casarse.
-LLO ha oido Ud.?
-Ayer no mas. j,I es cierto?
- Puede ser.
- iNo v6 ! j,No se lo decia ?
-Esun compromiso mui antiguo : data de Antes
que tuviese el gusto de conocer a Ud.
-Antiguo serA pues, iqu6 le digo yo? pero se
le olvida que tambien por casa tiene compromiso.
A1 pronunciar estas palabras, fijd resueltamente
do5a Bernarda su mirnda en Rafael, mientras que
.
- 79 -
en sus facciones se veia el sello de una resolucion
premeditada i firme.
El j6ven paledeci6 a1 oirlas : aunque la sola pre-
sencia de doiia Bernarda le dabs vehemeates sos-
pechas de lo que la llevaba a su casa, no esperaba
que tan sin rodeos se atreviese a atacarle.
-No s6 a qu6 cosa se refiera Ud., contest& fin-
jiendo no adivinar el senlido de lo que ois.
-Cdmo no ha de saber, i mejor que yo tam-
bien? Mas vale que nos arreglemos como amigos.
- En fin, sefiora, iqu6 es lo que Ud. quiere- ?
esclam6 Rafael con impaciencia.
-Que Ud. se case coil mi hija, que por Ud. est5
deshonrada, contest6 con enerjia dofia Bernarda.
- Imposible, dijo el jdven, : estoi comprometido
.
a casarine con una sefiorita que.. .
. Dofia Bernarda le interrumpi6 furiosa.
-iI aposotros qu6 nos tiene que sacar? Mi hija
tambien es sefiorita i Ud. la engafi6 con palabra de
casamiento : si Ud. fuese caballero debia cumplir
su palabra.
En van0 busc6 Rafael argumentos i disculpas
para paliar su falta; dofia Bernarda replic6 siempre
con la contestacion que acababa de dar.
-En fin, esclam6 San Luis exasperado, es abso-
lutamente imposible que me case con su hija, i lo
mejor que Ud. puede hacer por ella es aceptar la
propuesta que voi a hacer.
- 80 -
-iQu6 propuesta? pregunld la sefiora.
-Tengo doce mil pesos que hered6 de mi padre :
prometo reconocer a mi hijo i dar a Adelaida la
mitad de esta suma.
-No es plata lo que go pido, contest6 doria
Bernarda.
I asadid a est0 mil recriminaciones que Rafael
tuvo que soportar con humildad, concluyendo con
esta amenaza.
-No quiere casarse p o ? Pues yo me presentarB
a1 juez, i verkmos quien pierde : la desgracia dd mi
hija la saben ya muchos, para que yo me pare en
ella a1 presentarme. Ud. quiere la guerra : se la
darernos, no le d6 cuidado.
I salid de la pieza de Rafael, dejtindole entregado
a una mortal inquietud.
Rafael San Luis escrihid a Martin, cittindole para
el portal que ahora llamamos portal viejo o de
Bella-vista, para distinguirlo de 10s de Tagle i del
pasaje B~lnes.
Una hora despues halllibaiise 10s dos amigos
reunidos en el lugar designado i tomaron el camino
de la Alameda.
- Necesito de tu consejo para un asunto
grave dijo Rafael, apoykndose en el brazo de Ri-
vas.
- iQuB es lo que hai? preguntd Bste.
-En medio de la calma ha aparecido una nube
- 81 -
que presajia tempestad : no te he imajinarias nunca
a yuien he tenido de visita.
- LA [Link] Molina?
- iA doiia Bernarda! Lo sabe todo i quiere que
me case con su hija.
-Tiene razon, dijo friamente Martin.
--a lo s6, reFlic6 inc6modo Rafael, i no te pe-
dia tu opinion sobre eso.
-Adelante.
-No se me ocurre iiingun medio de parar est2
golpe, He ofrecido la mitad de lo que tengo, i la
maldita vieja no se contenta con seis mil pesos.
--En ese caso, haz lo que todavia puedes :
ofrece 10s doce mil.
-No admitirj, no quiere oir hablar de nada si
no consiento e n casarme. Me parece i n ~ t idecirte
l
que est0 es imposible, pues, no habria consentido
en ello aun cuando, no ine hallase en visperas de
mi soiiada felicidad.
Martin se qued6 silencioso, pensando que ayue-
Ila frase podria salvar a muclias infelices niiias cs
puestas a la seduccion, si pudieran oirla.
-j,QuB harias th en mi caso? pregunt6 Rafael.
-Discurriendo como acabas de hacerlo i puesto
que d o h Bernarda no quiere oir hablar mas que
de matrimonio, le quilaria la ocasioii de pensar en
ello.
--iC6nio?
vol. 11. 5.
- 82-
-CasAndome pronto.
-Tienes razon; per0 siempre queda uii peli-
gro.
-&uAl?
-Dofia Bernards me amenaz6 con presentarse
a1 juzgado.
-LCrBes t6 que se atreviese a hacerlo?
-Much0 lo temo: es mujer violenta i capaz de
abrigar 6dios irreconciliables. Creo que por ven-
garse de mi no se arredraria ante la necesidad de
propalar la deshonra de su hija.
-Queda un medio, aunque no seguro.
-LA ver?
-Amador es codicioso.
-Mas que un avaro de comedia.
-Le pagaremos unos quinientos pesos porque
obtenga de su madre la promesa de desistir de su
presentacion.
-$?odrias tfi hablar con d ?
-Con mucho gusto.
- Me har& con est0 un gran servicio, esclam6
Rafael reconocido. Til sabes lo que he sufrido Antes
de verme como ahora a las puertas de la felicidad!
La amenaza de dofia Bernarda me hace temblar !
Si mi conciencia estuviese tranquila, no me suce-
deria esto; pero, como th dices : la pobre seilora tiene
razon i de nada la sirve mi arrepentimiento.
- En fin, haremos lo que se pueda.
- 83 -
Te debo ya el inmenso servicio de haberme de-
vuelto a Matilde i si consigues que do5a Bernarda
se calle, te la deber6 de nnevo. i C6mo podrE pa-
garte jamas !
- Hablemos de otra cosa. &No eres mi amigo.
- Buevo : hahlemos de tus amores, jcdmo si-
guien?
- Siempre mal, dijo Rivas con una sonrisa que
*
no alcanzd a borrar la melancolia de su rostro.
- No creo que tan mal, replic6 Rafael.
- APor quk? Sabes tfi algo? preguntb con inte-
r& Martin.
- Matilde me dice que su prima habla de ti
constantemente : este es un buen presajio.
- Hablarft de mi como de taiitos otros.
- Alii est&la particularidad : habla solo de ti.
A ver : cubntame jqu6 hablas con Leonor? Yo tal
vez sea mas perspicaz que tfi.
Provocado asi a una confidencia, refirid Martin
todas las conversaciones que habia tenido con
Leonor , especificando las menores ocurrencias i
conservando hasta las palabras con la feliz memo-
ria de 10s enamorados. Habl6 con calor de sus re-
cientes esperanzas i con angustia de su desaliento :
Bste i aquellas, merced a la elocuencia de un amor
verdadero, aparecieron a Rafael como la luz de la
luna, que en un cielo entoldado, hrilla de repente
i desaparece despues trjs espesos nubarrones.
- 84 -
- Si no hai sobre que fundar una certidumbre,
le dijo a1 fin, no falta en que apoyar esperanzas :
yo, en tu lugar haria un acto de audacia para rea-
lizarlas.
-~Cdmo?
- La escribiria.
- iNunca! nunca burlaria asi la confianza de
10s que me dan tan jenerosa hospitalidad!
- Martin, amigo, no eres de este siglo.
Martin, solo contest6 con un suspiro ahogado.
- i E s decir que te resuelves a vivir en la duda?
repuso San Luis.
- Si : ademas, te lo confieso; la majestad de
Leonor me anonada. El valor que a veces he te-
nido para contestarla con alguna enerjia, me aban-
dona cuando no estoi con ella i mido la inmensa
distancia que nos separa. iMe veo tan oscuro, tan
peque5o a1 cemtemplarla !
- En fin, t6 eres dueiio de hacer lo que te pa-
rezca.
Los dos j6venes se levantaron de un soffi de la
Alemada en que se hallaban.
- LCucindo te ocupark de mi asunto? pregunt6
Rafael.
- Hoi mismo si puedo : voi a escribir a Amador.
iCuAnto puede ofrecerle?
- TI^ arreglar8s el asunto como mejor teseapo-
sible : yo estoi dispuesto a sacrificar cuanto tengo.
- 55 -
Separaronse frente a la boca calle del Estado i se
marcharon cada cual a su casa.
A esa hora, hall5base en su cuarto Amador Mo-
lina con el oficial amante de Edelmira que acababa
de entrar.
- Amador, vengo a hablar contigo, hahia dicho
despues de saludar, Ricardo Castafios.
- Aqui estoi pues hijo, contest6 Amador, iqu6
se ofrece?
- TI^ sabes que yo quiero a tu hermana.
- AZgo de tienda amigo : todos somos aficiona-
dos, pues.
- Pero creo que ella no me quiere.
- iAdios! AI qu6 msjor queria?
- A ti i q u e te parece?
- j Que me ha de parecer! Que te quiere i harto.
- I .c6mo no lo dice ?
- iQu6 no conoces lo que son las mujeres?
jVaya! pareces nifio : no hai una que no disi-
mule.
- Entdnces i tfi Crees que se casaria conmigo?
- De juro, pues hombre. Anda, encuentra una
que no le guste casarse. No hai mas que hablarles
de casaca i se les rie sola la cara.
- I a tu madre, Amador, iqu6 le parecer&?
-Le ha de parecerbien no mas. i A quien no le
gusta c a s u a sus hijas? hasta 10s ricos pues hom-
bre.
-86 -
- Ent6nces t~ le puedes liablar por mi?
- Bueno pues hijo, contest6 Amador, dmdo un
abrazo a Ricardo.
- Yo soi corto de jdnio para esto, repuso el ofi-
cia1 i me acordk de ti : Amador me saear.5 de apuro,
dije i vine, pues.
- Bien hecho, esta noche mismo le bablo a mi
madre i pierde cuidado.
Pocos momentos despues se separaron, ambos
contentos. El oficial con la esperanza de unirse a
la que de toclo corazon amaba , i Amador con la
idea de que la mision de que quedaba encargado le
serviria para obtener el perdon de do5a Bernarda
que, desde que habia descubierto la verdad de su
abortada intriga, solo le hablaba para refiirle.
Hallabase entregado a estas reflexiones, cuando
oy6 golpear a la puerta del cuarto i sali6 a ver
quien golpeaba.
Un criado le entregci una carta : era de Martin
Rivas que le pedia le esperase a la oracion en el
6valo de la Alameda para hablar de un asunto que
interesaba a toda la familia de doria Bernarda.
- ~ Q u kcontesta le llevo? preguntd el criado,
cuando vi6 que Amador habia terminado de leer
la carta.
Contest6 Amador por escrito que se encontraria
puntualmente a la hora i en el lugar indicados.
Cuando se hall6 solo de nuevoi preocupadoenadi-
- 87-
vinar el objeto con que Rivas le citaba, pens6 en que
era mas prudente esperar , para cumplir con el en-
cargo que Ricardo le habia dejado, el haberse visto
con Martin.
Poco ciiites de la hora convenida acudid AmadGr
a1 dvalo de la Alemada, adonde lleg6 Rivas algunos
momentos despues.
Sin rodeos habl6 Martin del ohjeto con que le
llamaba i le ofrecid doscientos pesos para que in-
tercediese con dofia Bernarda a fin de hacerla de-
sistir de su amenaza.
- Ud. dice que Rafael ofrecid seis mil pesos
para mi hermana, i que mi madre no quiso? pre-
guntd Amador.
- Si, contest6 Rivas.
- Yo le dir8, pues, mi madre es porfiada, i estk
€uriosa conmigo por lo de la carta : con 10s mil pe-
sos que me dieron no me pagan lo que tengo que
aguantar.
- Habrci trescientos pesos para Ud., dijo Martin.
- &I no ofrecen nada mas para Adelaida i su
nifio?
- Ocho mil pesos : Rafael no puede dar mas
porque no tiene.
- Verbmos, pues.
- ACujndo me darA Ud. la contestacion?
- No s6 pues ; quidn sabe cuando conteste mi
madre !
58 -
- Tan pronto como la tenga, me escribirh Ud.
- Bueno.
Regresd Amador a su casa clespues de esta con-
versacion i hall6 a su madre cosiendo con sus dos
hijas.
- Mamita, la dijo a1 oido, vaya para su cuarto
que tengo que hablar con Ud.
- i Qui! hai? preguntcj do% Bernarda cuando
estuvo sola con su hijo en el cuarto de dormir.
Amador principid justifichdose de las cosas pz-
sadas i asegurando que todo lo habia hecho por el
inter& de la familia.
- No le habia querido volver a hablar de esto,
asadid, hasta no tener alguna otra cosa buena que
decide.
- i Entdnces tienes algo bueno ahma? proguntd
doiia Bernarda algo apaciguada.
- Como no : dejante que yo ando siernpre pen-
sando en la familia i Ud. todavia enojada con-
migo!
- B ver pues, j, que es lo que hai ?
- j , No le gustaria casar a una de sus hijas ?
- Que pregunta.
- i Qui! tal le parece Ricardo ?
- Bueno.
- Quiere casarse con Edelmira.
El semblante de d o h Bernarda se llen6 de ale-
gria.
- 89 -
- Ricardo tiene bueii sueldo i pnede ascender,
afiadid Amador.
- Me parece mui hien, dijo la madre.
- Entdnces Ud. hablark con Edelmira.
- Yo hablari: esta noche.
- Es precis0 que se ponga tiesa, mamita, por-
que Ricardo dice que ella no lo quiere.
- Que venga ha hacer la taimada conmigo, dijo
en tono de amenaza doiia Bernarda.
- Eso es, n o dC sogn, porque marido como Ri-
cardo no se ofrece todos 10sdias.
- Que haga la taimada no mas, dkjate estar.
-- Hai tamhien otra cosa.
- &cual?
Refiridle Amador su reciente conversacion con
Martin i dijo que ofrecia hasta siete mil pesos para
el hijo de hdelaida con tal que do+ Bernarda de-
sistiese de su acusacion.
-J7a si: que no me conviene presentarme a1juez,
dijo do6a Bernarda: estuve a verme con un procu-
rador que conozco, arnigo del difunto Molina, i me
dijo que no sacaria mas que alimentos.
-1 ademas, repuso Amador, ¶qui: ir a hacer
que esto ande por 10s tribunales, cuando 10s siete
mil pesos es mejor?
Amador habia hablado dos veces de siete mil
pesos, en Iugar de ocho que Martin le habia facul-
tad0 para ofrecer. Su cAlculo era que, ofreciendo
- 90 -
la primera cantidad, quedarian mil pesos a bene-
ficio suyo, ademas de su gratificacion de trescientos
pesx.
-Reciben Uds. 10s siete mil pesos, afiadi6, i
nadie sabe para qu6 son.
--Poco importa que sepan, dijo dofia Bernarda
con tono sombrid: la criada de aqui lo sabe.
-i,Quikn dijo?
-Yo se lo preguntk i ella se lo habra contado
qui& sabe a cuantas; lo sabe tambien la que tiene
el nifio i lo sabran todos; jmaldito futre: le ha de
costar caro!
-Per0 es mejor mamita que aseguremos primer0
la plata.
-Allti entikndanse Uds. como puedan, replicd
con desabrido acento la seiiora.
I se retir6 a buscar su costura, jurando entre
dientes que Rafael tendria que arrepentirse toda la
vida de lo que habia hecho.
Amador contest6 a1 dia siguiente que su madre
se comprometia a no presentarse a1 juez con tal
que se diese a Adelaida la cantidad estipulada,
valibndose, para dar esta respuesta de lo que dofia
Bernarda habia dicho acerca de su consulta con su
amigo el procurador. Grande fu6 su sorpresa,
cuando en lugar de entregarle Rafael 10s ocho mil
pesos de 10s que 81 esperaba reservarse mil, vi6 a
Martin encargado de estender una escritura de
-9 1 -
donacion a noiiibre de San Luis i depositar el clinero
en una casa de comercio con cargo de entregar a
Adelaida 10s intereses.
Practicadas estas dilijencias fuB Rims a casa de
Rafael a darle cuenta de ellas.
--A pesar de esto, le dijo, no debes considerarte
como libre de un nuevo ataque hasta que no est&
casado.
-Asi lo creo, contest6 Rafael, i por eso he con-
seguido con mi ti0 que obtenga reduccion del plazo
fijado por don Fidel. Espero estar casado dentro de
dos semanas a mas tardar.
-992-
XXXIX
Doiia Bernarda esperd a1 dia siguiente para ha-
blar. a Edelmira de las pretensiones de Ricardo
CastaCos a su mano. Impresionada con la conwr-
sacion que acababa de tener con hmador i segura
de su autoridad con respecta a su familia, no se
di6 prisa en hablar a una cle sus hijas sobre matri-
monio, cuando tenia que pensar e n vengarse del
agravio hecho a la otra. Dejd, pues, para el dia
siguiente el asunto de Ricardo Castaiios, i se en-
tregd a reflexionar en 10s medios de castigar a
Rafael San Luis.
Satisfactorio fu8 probablemente el resultado cle
sus reflesiones, porque a1 levantarse, doiia Eernarda
parecia mas tranquila que en 10s dins antcriorcs, i
su voz, a1 llamar a Edelmira, habia perdido la as-
pereza con que trataba a 10s cle su casa clesde su
visita a la de don Dsimaso Encina.
- 93 -
Edelmira acudi6 temblorosa a1 llamado de su
madre, porque no se figuraba que pudiese tener
que decirla nada de lisonjero, en el estado de
irritncion en que la habia visto durante 10s iiltimos
dias.
-Siitntate aqui, la dijo dofia Beriiarda sefialando
una silla junto a ella.
-Se te ofrece una buena suerte, ailadid despues
de un breve silencio.
Edelmira levant6 sobre su madre una mirads
de timida interrogacion.
-Ya ves, prosiguid la sefiora, lo que le ha pa-
sado a tu herinana poi. tonta. Yo tambien he teiiido
la culpa por dejar que entren en casa estos mal-
vados futres. Pero th has tenido mas juicio clue la
otra i por eso Dios se acuerda ahora de ti.
Dofia Bernarda hizo una pausa en su exordio
moral para encender un cigarro, pausa durante la
cual el corazon de su hijs se colm6 de amargos
presentimientos.
-Ricardo, prosiguid dofia Bernarda, quiere' ca-
sarse contigo.
Edelmira se pus0 livida i tembld sobre su silla.
-Es un buen muchacho, continu6 la madre;
tiene Jsuen sueldo i lo han de ascender. Nosotros
somas pobres i cuando se ofrece un partido como
este, no hai que soltarlo.
Esperd en silencio algunos instantes dofia
- 94 -
Bernarda para oir la contestacion de su hija. Per0
Edelmira, nada respondid: miraba a la alfombra
con abatida frente i parecia luchar con las lligrimas
que asomaban a sus ojos.
-&Quk te parece, pues, hija? preguntd la ma-
dre.
La niiia pareci6 hacer un esfuerzo i levant6 a1
cielo 10s ojos cual si invocara su ausilio.
-Mamita ..... dijo en tono halbuciente..... yo no
quiero a Ricardo.
-LCdmo es eso? esclamd doiia Bernarda. iEsta-
mos frescos! hliren que princesa para andarse
regodeando! Que me importa a mi que no lo quieras?
&Deddnde has sacado que es precis0 querer? Me lo
habras oido a mi por acaso? iMiren si sera lesa
esta! Te buscar&n un marquks, a ver si te gusta.
iContimus que sois tan bonita! No sera mucho que
querais a algun futre tambien!
-iYo no, mamita! esclamd la ni5a que se figu-
raba que dofia Bernarda iba a leer en BUS ojos i
adivfnar su amor a Martin.
-&I entdnces, pues, qu6 mas quieres? AIM todas
tuviesen la misma suerte!
. -Yo no deseo casarme, mamita, dijo con humilde
voz Edelmira.
-Si pues; haces mui bien: para estar viviendo
siempre a costillas de la madre. iBonitas hijas!
. .
Una.. . . ya se sabe., ,. iBendit.0 sea Dios! El difuilto
- 95-
Molina habia de ver esto: bien hizo Dios en Ilevar-
selo! I esta ahora no quiere casarse! En vez de
aliviar a su pobre madre. LQuieres no ser tonta,
nifia?
Concluyd dofia Bernarda estas esclamaciones con
una risa que infundid mas temor a Eldemira que
el que le habria dado una amenaza. No pudo soste-
ner tampoco la terrible mirada con que su madre
la acompafid i tuvo que inclinarse temblorosa i
sumisa en seiial de obediencia.
-Docia Bernarda encendid otro cigarro para
serenarse i se acerc6 despues a su hija.
-&Que hai, pues? la dijo.
--Yo no estaba preparada para esto, respond%
Edelmira, dejando rodar las lagrimas que se habian
agolpado a sus ojos.
--iQu6 te digo yo que te cases mafiana pues?
Si no corre tanta prisa. Yo te hablo porque soi tu
madre i s6 que te conviene.
Estas palabras descubrieron un nuevo horizonte
a 10s ojos de Edelmira. Veia que una resistencia
obstinada habria colmado la irritacioii de su madre
hasta exasperarla, i conocid que lo imico que le
era permitido en semejante trance era ganar alguii
tiempo.
-Eso es lo que yo pido mamita, dijo: deme si-
quiera un mes para contestar.
-Eso es..... 116vate esperanclo para que el otro
- 96 -
se aburra i se mande cambiar. Setefigura que
dentro de un mes me vas a encontrar mui mansita,
no? Q u i h manda aqui, pues? Ya te dijo que no te
vas a casar mafiana, per0 la contestacion la has de
dar luego.
--Per0 mamita.. ...
-i,QuB es esto, pues? Est& pensando que yo he
de consentir en que se pierda esta ocasion? iParece
que no me conocieras! Date a santo con que te
espere algun tiempo.
-Hark lo que Ud. diga mamita.
-Asi me gusta: eso es hablar como buena hija.
-Per0 me darA Ud. siyuiera unos dos meses
para prepararme.
-Sobra con un mes i no hai mas que hablar.
Edelmira baj6 la frente con resignacion.
-1 no andes con tonteras, pues, en este liernpo,
repuso la madre. Con el, formalita, per0 no sober-
bia i dejkmonos de caras aflijidas. Vas a ser mas
feliz que todas.
Edelmira se retir6 a su cviarto despues de oir
algunas otras amouestaciones que la hizo d o h
Bernarda con el tono autoritario que, desde
10s asuntos de Adelaida, empleaba con 10s de su
familia.
A1 encontrarse sola, se arroj6 sobre una silla
junto a la cahecera da su cama i reg6 con abun-
dantes Idgrirncs 13 dmaiiada, confideiite de sus
- 97 -
amores solitarios. Despediase en su llanto de sus
largas veladas llenas de ilusiones sentimentales,
tanto mas queridas cuanto mas irrealizables se
presentaban; d e h un tierno adios a las inforines
esperanzas, a las melancdlieas alegrias, a las castas
aspiracioiies de ese amor huerfano e ignorido que
se habia complacido en alimentar coino un consuelo
contra las amarguras de su existencia. Ahatida por
el primer golpe de tan iiiesperado dolor, no pens6
en resistir, ni en buscar 10s medios de sustraerse a
la crueldad de su destino: pens6 en llorar tan solo,
coino lloran 10s nifios, por buscar un desahogo a1
corazon oprimido.
Dofia Bernarda, por su parte, pens6 que, ase-
gurado en cierto modo el porvenir de uiia de sus
hijas, la quedaba todavia la mision de vengar la
pkrdida del porvenir de I s otra, idea que no habia
abandonado un solo instante desde la fatal revela-
cion de 10,s amores de adelaida. Su encono contra
esta dismiiiuia e!? razon del que alimentaba contra
Rafael i poco a poco se habitu6 a considerar a su
hija mas desgraciada que culpable. Lr, vista de su
nieto, que hizo llevar a la casa, Iejos de mitigar su
sed' de venganza, la encendid mas activa i tenaz,
llegando a constituirse en una necesidad impres-
cindible. Doniinada por esta idea, entabl6 relacio-
nes con 10s driados que servian a don Fidel Elias
i se ha116 instruida de M e modo, de 10s preparati-
vol. 11. 6
- 98 -
vos que en la casa se ejecutaban para el casamiento
de Matilde; espib 10s pasos de San Luis, que vivia
entregado a su amor, olvidado ya de 10s temores
que le habian inspirado las amenazas de dofia Ber-
narda i meditd. en sileiicio su venganza sin hacer a
nadie partipice de sus proycctos:
Mientras tanto, en la situacion de Leonor i de
Martin, no habia mas variacion que las incidencias
naturales de un amor con las condiciones del que
hemos pintado, en el que el orgullo, vencido a me-
dias, por una parte, i la escesiva delicadeza por la
otra, se hallaban colocados en el resbaladizo ter-
reno que habitan 10s corazones enamorados. Me-
diaban ya entre ellos esas miradas vagas con
que dos amantes empiezan a comprenderse; esas
palabras que balhucientes pronuncian 10s l&bios
aunque se refieran a estrafio asunto que el que
ocupa 10scorazones; esas reticencias en las cuales
se apoyan, en casos semejantes, 10s espiritus, para
laiizarse en la siempre florida rejion de la espe-
ranza; esta atmbsfera especial, tibia, embalsamada,
de que 10samantes se sienten circundados, cuando,
en medio de todos, viven solos, i hallaii enel silen-
cio elocuentes armonias, en el aire venturosos pre-
sajios, en la naturaleza entera una secreta compli-
cidad del inmenso sentimiento que 10s ajita. I sin
embargo, ellos no eran telices.
Leonor veia desarrollarse ante sus ojos el magni-
- 99 -
fico panorama del amor i se impacientaba ya de la
timidez de Martin. Ella era demasiado orgullosa
para dar el primer paso; 81 demasiado reverente
para subir a1 pedestal en que colocaba a su idolo: i
ambos suspiraban. I en esos instantes de abati-
miento, en que el corazon divisa la esperanza como
un miraje, Leonor, despertando a su antiguo or-
gullo, juraba olvidar a Martin, i Martin, que tanto
no presumia de sus fuerzas, pedia a1 cielo le arran-
case del pecho aquella imAjen i con ells su amor
desventurado. Pero una mirada desbarataba aquel
prdposito i hacia olvidar aquella shplica: volvian a
quemar sus alas en la nueva luz, imariposas, que
18jos de su dulce calor, no encontraban ya la atmds-
fera vital indispensable a sus vidas!
XL
Habihdose fijado para dia mas cercano el plazo
acordado entre las fitniilias respectivas a1 enlace de
Matilde con Rafael, notLibase ya gran movimiento
en casa de don Fidel Elias con motivo de la pr6-
sima festividad.
Los parientes de Matilde enviaban sus regalos a
la novia.
Doiia Francisca, descendiendo a 10s prosaicos
detalles de la vida, preparaba con su hija lcs mol-
des a la moda para la confeccion de 10s wstidos.
Haciause frecuentes viajes a casa de la modista
para probarse el veslido nupcial i otros de lujo en-
comeiidados a1 injenio de In misma artista.
Se discutia con calor sobre las alhzjas, ahrienclo
i cerrando las cajitas forradas en terciopelo que
venian de alguna joyeria alemana de la calk Ahu-
mada.
- 101 -
Llegaban visitas i se hablaba por lo bajo a1 prin
cipio. Venia poco a poco la conversacion de tyapos
i el tono de las voces iba crecendo como en el8ria
de don Basilio. Se exhibian 10s regalos, se exaltaba
un molde para depriinir otro i se agregaban 10s co-
mentarios sobre la cruz de brillantes, que toda
ndvia tiene, hasta que muchas veces el inarido se
conr+rte en otra mas pesada de llevar.
Se iban las visitas i 5ntes de guardar lo que aca-
baban de ver, llegaban otras con las cuales se po-
nian en tabla 10s mismos asuntos clue 10s de la re-
cien concluida sesion.
I asi se pasaban 10s dias.
Analizar las rniiltiples ilusiones que en tales cir-
cunstancias mecian el corazoii de Matilde, como
mecen el de casi todas las qus se casan por su 1’0-
luntad (clue de las obedieiiles o resignadas hai gran
suma) seria lo misrno que clescribir la magnifica
salida del sol en un despejado ciklo de primavera.
Lns flores de esa ilusion ohrialr sus temblorosas
hojas a las caricias del amor que llenaba su pecho
i embalsamaban el aura que en 10s oidos de un
amante murmura sus divinas promesas. Asi, para
Matilde, la vida pasada i sus deberes eran suefio ,
el presente la dicha , i del porrenir irradiaba tan
viva luz, que, coin0 la del sol, ofuscaba su vista i
preferia no mirarlo.
- T6 que no amas, decia estrechando las manos
vol. 11. 6.
- 102-
de Leonor con dulce abandono, no puedes coni-
prender mi felicidad.
Leonor fijaba en ella una profunda mirada : de
esas que pertenecen solo a1 cuerpo , cuando vaga
en algun otro punto el alma. .
- Mira, continuaba su prima, cuando estoi I6jos
de Rafael me encuentro sin palabras : tal vez un
amor como el mio no halle ninguna que lo pinte en
toda su estension. Per0 a ti ique te importa todo
esto! ariadia, viendo que Leonor cafa poco a poco
en una distraction mal disimulada.
- C6mo n o , contestaba Leonor con una suave
sonrisa.
- No me comprendes.
- Te comprendo mui bien.
- iAh! LEstAs enamorada?
En la viveza con que esta pregunta fui? hecha por
Matilde, veiase que por un momento la mujer
vencia a la amante, la curiosidad a1 placer de hablar
de su amor.
Leonor. contest6 con igual viveza, per0 poniBn-
dose colorada.
- iYO! No hijita.
- Mientes.
- LPor qub?
- No eres ahora Leonor lo que eras Antes.
j,CuAndo estabas nurica pensativa como ahora te
veo muchas veces? Dime, no seas reservada. Mira
- 103 -
que yo a veces soi adivina. &Cu&lde 10s dos ; Cle-
mente o Emilio?
Leonor no contest6 mas que avanzando lijera-
mente el Ikbio inferior con magnifico desden.
Matilde nombrd entdnces a muchos de 10s ele-
gantes de la capital i obtuvo la misma contestacion.
Por fin afiadid en tono de esclamacion.
- &SeraMartin?
- iOh ! Que locura!
Las mejillas de Leonor se encendieron con vivf-
simo encarnado.
- &Ipor que no? repuso Matilde : Martin es in-
teresante.
- j,Te parece? pregunt6 Leonor, finjiendo la
mas absoluta indiferencia.
- Yo le encuentro asi, i que tiene que sea PO-
bre ?
- Oh, eso no, esclam6 Leonor levantando la
frente con su rejia majestad.
- Tiene gran corazon.
- Q u i h te lo ha dicho ?
- Ti1 misma
Leonor bajd la frente i finji6 haherse picado un
dedo con un alfiler.
- Me has dicho tambien que tiene talent0 pro&
guid Matilde jquieres negArmelo tambien?
- Es cierto.
- &Noves? Tengo buena memoria.
- 104 -
- Pero th le alabas tanto porque le esths agra-
decida.
- Bueno, pero repito lo que te oigo.
-Tamhien le debemosalgunos servicios en casa.
- Que th le agradeces mucho.
- Es cierto.
- Mas que si fuese otro cualquiera, puesto que
me hablas siempre de 81.
Leonor no did niiiguna contestacion.
- iS5hes que yo tengo derecho de enojarme
contigo ? dijo Matilde.
- @or quk?
Porque desconflas de mi, despues que por mi
parte te he confiado siempre mis secretos.
- &Quequieres que te cuente?
- Que amas a Martin. iPodr5s negarlo?
- Yo inisina lo he ignorado por mucho tienipo.
- iAl fin lo confiesas!
- Es verdad, conozco que no puedo dejar de
pensar en 81, dijo Leonor levaniando con orgullo su
liiida frente.
- Estoi segura que el te quiere hace tiempo.
- iQui6n te lo ha dicho? preguntd. con vivo in-
ter6s Leonor.
-Nadie, pero se conoce a primera vista.
Vencida su natural reserva, Leonor refiri6 a su
prima la historia de su amor que hemos visto gra-
dualmente desenvolverse i crecer ea su pecho.
- 105 -
Habld con feliz memoria de todas sus conversacio-
lies con Martin, como 8ste las habia contado a
Rafael San Luis, sin omitir ninguna circunstancia,
ni aun las impresiones que habia sentido a1 creer a
Rivas enamorado de otra.
-iAh! itambien estjs celosa?
-Celom no; pero si supiese que amdba a otra,
tendria bastante fuerza de voluntad para olvidarle.
-Por lo que ine cuentas, repuso Matilde, nunca
se ha atrevido 81 a hablarte de su amor.
--Nunca.
-@i ti le has dejjodo compreiider nada?
--;No s6;tal yez alguna palabra mia le cl6 que
pensar; pero puedo v o h r atrl'rs el dia que yuiera.
-iPolsre Martin! esclaind Matilde despues de u11
breve instante de silencio. En tu posicion puedes
ser mas compasiva con 61.
-i,Te parece?
-Darle a entender que le yuieres, &qui!tc haria
perder?
-Te advierto que es orgulloso i tal vez no habla
por orgullo.
-0 por dulicadeza: th le conoces inejor que yo.
Esta observacion dejd a Leonor pensativa. A1
caho de algunos instantes mir6 el reloj: eran las dos
de la tarde.
Satisfecha sy curiosidad, Matilde habia vuelto de
nuevo a su asunto favorito i hablaba de Rafael
- 106 -
cuando entrd do% Francisca con un nuevo vestido
para su hija.
Dejarkmos a Matilde admirar el vestido con su
madre para seguir a Leonor, que se despidid de
ellas, subid a1 elegante coche de su familia que la
esperaba a la puerta i did drden de tirar para su casa.
A1 bajarse del carruaje vi6 en el zaguan a una
criada de mala catadura, con una carta en la mano,
que preguntaba por don Martin.
Leonor entrd sin que aquella criada llamase de
un modo particular su atencion; mas no sin pensar
i decidir que la carta vendria de Rafael San Luis o
de otro amigo.
El criado del zaguan llev6 la carta a Martin que
se encontraba en el escritorio de don DBmaso.
Martin abrid la carta i ley6 lo que sigue, despues
de la fecha:
(( Ud. es mi imico amigo, i como me lo ha dicho
varias veces, confio en su palabra. Por eso me
dirijo a Ud., cuando 10s que pudieran aconse-
jarme me abandonan o me'persiguen. En mi
pesar, vuelvo 10s ojos a1 que tal vez tenga pala-
bras de consuelo con que secar el llanto que 10s
llena, i por eso quiero confiarle, Martin, lo que
me sucede. Mi madre quiere casarme con Ricardo
Cartafios que me ha pedido. Estaba tan lkjos de
pensar en eso, que hasta ahora no s6 lo que me
-407 -
(( pasa. Ud. siempre me ha manifestado amistad i
(( me aconsejarh en este caso, contando con que
(( siempre se lo agradecerj su amiga.
(( MOLINA.
EDELMIRA ))
Martin ley6 dos veces esta carta, sin adivinar que
la sencilla naturalidad de sus frases, escritas con
intenciones que encontrarjn mas tarde su esplica-
cion, encerraba un mundo de timidas esperanzas.
Llamd a1 criado despues de la segunda lectura.
LQuikn trajo esta carta? le pregunta?
-Una niiia que dijo que volveria por la contesta,
respondid el sirviente, con la casi imperceptible
sonrisa que usan 10s de su clase para manifestar a
sus amos que saben bien de lo que se trata.
-Bueno, ahora te dark la contestacion, dijo
Martin.
El criado sali6 de la pieza i Rivas escribid lo
siguiente:
(( Edelmira:
Mucha sorpresa me ha causado su carta i la
K
x agradezco infinito la confianza que Ud. me ma-
Q nifiesta. Proviene mi sorpresa de las mismas
(c causas que motivan la turbacion en que Ud.
(( parece encontrarse, i me hallaba tan poco pre-
(( parado para dar mi opinion sobre un asunto de
ci esta naturaleza que, a la verdad, nada acierto a
- IO8 -
K decirle de un modo terminante i que encuentre
(( satisfactorio.
(( Me pide Ud. que la aconseje, sin pensar tal
(( vez que es mui delicada la materia sobre que
(( debo hacerlo. Ante todo confesare que no pucdo
(( ser juez impartial en el presente caso, porque
(( cuanto pueda decirla se resentirri de la sincera
>( amistad que la profeso. Si se me pidiera formar
Q un Toto por el porvenir de Ud., a1 punto lo for-
maria tan ardiente i TerdadeGo por su felicidad,
que dejaria mi h i m 0 conlento por la idea que
todos abrigan que puede realizarse un deseo
justo, pidihdolo a1 cielo con entero fervor del
corazon. Pero se trata de aconsejarla sobre un
punto que puede decidir para siempre de su suerte
i me falta decision para hacerlo. Nadie es mejor
juez que uno mismo Edelmira, en asuntos como
el que a Ud. la ocupa: consulte Ud. su corazon.
El corazon habla mui alto en estos casos.
(( Si, fuera de esto, mis palabras tuviesen algun
poder para calmar la afliccion de que Ud. me
habla, o me hallase en la feliz situacion de poder
prestarla algun servicio, no vacile Ud. en escri-
birme, en lionramme con la confianza que me
ofrece en su carta i en valerse de mi cuando
crea que pueda serle de alguna utilidad.
(( Su amigo afectisimo.
c. MARTIN RIVAS.))
- :i)3 e-
Cerrd Martin cstn cart2 i la di6 01 criado, con
enexgo de ectregarla a la persona rjuc dehia vetiir
por el!a.
En la cornida, se ha1116 del pxkiixo rr?atrimonio
cpeTendria lugar en la familia i gracias a la verho-
sidad de AgListin, pudo Leocor dirijir varizs
la palahra a Rims cn el CLirSO cis la conversecion
j eneral.
AI salir de la mesa, Agustin tom6 c! 1:razo clc su
amigo i h h o s aeompaEiaron a Leo~iorliasta el salon,
endoncle ella, como cle coslurnhrc, sesentd a1 piano,
mikiitrtls que 10s dos j d i enes se mactuvieron de pi6
a1 lado de ella.
--IIoi estuve con Malilde, dijo Leonor, como
continuando 13 coilversacion del conzedor; i10 pue-
den Uds. EgtlTarse lo contenta que est&.
--Es natural, scEorita, dijo hlartin.
-Los fi-ancescs, afiiadid hgustin, dicen: l’airaour
fait rnge et l’a4gcn5 fait m a ~ i a pper0; nqui el ainor
hace de !os dos: rage et rnariage.
--Creo que ahora es la niEa mas feliz de Santiago,
repuso Leonor.
-Por qu6 no la imitas hermanila, dijo Agustin:
th puedes ser tan f d i z coin0 ella cuando yuierns,
i,uo tienes dos elegantes enninorados‘?
Martiii fijjd en la ilifia una miracla profunda i pa-
I iclecid .
-~Dos no iiiss? pregunt6 ri6iidose Leonor.
wl. T: 7
- 112 -
Con estas palabras la pitiidez de Martin cainbi6 Lit!
repente en vivo encarnado.
--Cuando digo dos, replic6 Agustin, hablo de 10s
que inas te bisiiiiii, mi todu bellcc: ya saknios que
puedes elejir entre 10s uids ricos si quieres.
- i Q U d ine importan lus ricos! esc!crr,ci con d s -
deiioso tono Leonor.
--tPreTerinas algun poLre lier,nanit~?
-Quidn sabe.. ..
-KO coinpmndes el siglo ‘entdnczs: te compa-
dezco.
-112 niuchas coscs qile pucden vakr mas que
la I L ~ ~ ZGiju~ Lla, nifia.
-Cia\ error, )#bud t ~ i , * n i u , ~lat ~i i; p c z a cs u:m
gl’dll CUSa.
-AT Ud. piensd lo mismo qua Lgustin? preguntci
Leonor clirijidilcluse a Rivas.
-Pienso que eLiciertos CESOS puode szr ~ i n ane-
cesidad, contest6 Martin.
-LEI1 que casos?
--Cluaiido un hombre por ejemplo, comiJer2 la
riqueza eolno un ineclio psra llegar liasta la que
amti.
-Pobi.e idea tiene Ud. de las inujerec;, Martin,
dijoie la iii6a en ion0 s6rio: no lodas se clejan ft3s-
cinar por el brillo del oro.
-Si; pero tocias m j ‘ u i a n por’ el lujo, csclzm6
Aguslin.
- iil-
-Me he puesto en el cas0 de un hombre oscuro
i que aspire inui alto, repuso Martin con resolucion.
-Si ese hombre vale por si mismo, replicd
L ~ O ~ O :debe
', tener confianza en hallar quieri le
comprenda i aprecie: Ud. es mui desconfiado.
Eslas palabras las dijo Leonor levantkndose del
piano i e n circunstancias que hgustin se acababa
de alejar.
-Descoiifio, clijoMartin,pbrque me encuentro tan
oscuro como el hombre que lie puesto por ejemplo. .
-Ya vi? [Link] para mi, le contest6 la nifiia con
voz coninovida, la riyueza 110 es una recomenda-
cion i liai muclias coin0 yo.
I-IubiArase diclio qua Lecnor tenia miedo de oir
la coiitestacion de Martin, porque se alejo a1 ins-
tante de pronuiiciar estas palabras.
Rivas la vi6 desaparacer , con el corazon palpi-
iznte como el que, en suefios, vi? realizada su felici-
tiad i despierta a1 asirla. Cuando la nifia h u h desa-
yarecido , su imaj iilacion se eiig~lfdbuscaiido el
sentido de lo que acabbba dl: oir.
En ese momznto enlraba uii criado de casa de
don Fidel Elias preguntdndo por Leonor a cpien
mtregd un papel que colitenia solo estas palabras :
(( Ven a verme, necesito de ti. Creo que voi a
volverma loca de dolor. Te espero a1 instante.
Tu prima.
MATILDE. ))
- 142 -
Para conocer 10s sucesos que dieron orijen a
esta carta, acaecidos despues de la salida de Leonor,
debemos valver a casa de don Fidel Elias, en donde
dejamos a Matilde con su madre.
XLI
Poco despues que sali6 Leoiior del salon en donde
dejaba a dolia Francisca i 3 Matilde, llegaron Rafael,
don Fidel Elias i don Pedro San Luis.
Rlieiitras que 10s dos iiltimos hablaban con la
dueiia de cas::, Matilde i Rafael se retiraroii junto a1
piano, a cual se sent6 la nilin i con distraida mano
principi6 a tocar inientras hablaba con su amante.
E n esa conversacioii hahitaron por un rnomciito
10s castillos en el aire que 10s amantes dicliosos
eclifican donde quiera que miren ;ha1,laron de ellos,
imicamente de ellos, cual cuinple a 10senaniorados,
seres 10s mas egoistns de la creacioii ; repitikronse
lo que mil \-eces se habian jurado ya, i se cpedaron,
poi- fin, pensativos , en muda contemplacion, ab-
sorto el espiritu, enajenada de placer el alina, pal-
pitando a compas 10s corazones i perclida la ima-
jinacion en la felicidad iiiinecsn que sentiaii.
- 116 -
Ese cielo limpio i s.?re;io del amop fdiz, esa at-
mdsfera transparente r p !os rodeah, se turbaron
de repelite. Una criada entrci en el salon i se
ncercd a1 piano.
- Sefiorita, dijo cn vox haja a1 oido do, >latilde,
una sefiorn desea knhlar con Ud.
- iconmigo! dijo la niAa, despertando del ?.orado
sueEo cn que se hallaba mirando a su nmailte.
- Si, secorita.
- iQui6n 6s ? Priigfintale yue quiere.
La criada sali6.
- {,Qui& me tielie que buscar a mi? dijo ;Ita
tilde, engolfando otra vcz su mirada en 10s cna-no
rados ojos de Rafael.
La criada reares6 poco despues que Matildc aca-
h n h de pronunciar aquellas palahras.
Matilde i Rafiel la vierrn vmir, i se wlvieron
1i;icia ella.
-Dice que se IIzma dofia Beriiarda Cordero de
Molina, fueron las palahras de la criada .
Hubierase dicho que un rapo hnhia herido de
repente a Sail Luis, porque se pus0 IiTido, mi4ntras
Matilde repetia con adiniracion el noinhre que hahia
dicho 1% criada.
--YO no C O ~ O Z C Oa tal sefiora, dijo, consultando
con la vista a Rahel.
Este parecia petrificado sobre su silla. El golpc
era tan inesperado i con tal proiitidud acudieron a
- i13 -
S:I ii>?'~ji.i?cis::toJ:tf. 1s: c~i~scClle~~C:as ~ Yiqita
c l la
anuwindn, que In sorpresa i In lurhncion le einbnr-
gaban la voz. Pilas P O emhsrgaroii del mismo modo
su espiritu, que 21 instnnte cnlcul6 10 nngustiado de
In siluacioq en que $e w i n . Dotado, empero, de un
Animo resuelto, vi6 que era preciso salir dcl trance
poi- rmlt?clio de algun pipe deckiro, i nparentando
e-e fzst;dio (!el q G e por algin importuno se 1 6
pixcisado a dejnr una ocupacioii agradnhle, dljo a
hfatilde.
-3IIBndde decir que vuelva otra vez.
La niRa not6 la pnliriez de San Luis i la turbacion
que pugnaba por disiini:lar.
-[,Qu8 tiene Ud.? le preguntd coil ainaiite soli-
citud.
-&Yo? 8\73 d.a absolu t REI ente.
--Preguntn n ew sefiorz que que es lo que quiere,
dijo Xntilcl:, T-olvidndnsc a la crinda.
-Si dice, sziiorita, que time que h:ahlar con su
1iiei.c ed .
La iiifia volvi6 indccica n consultar la vista de
Raqael i M e repiti6 lo que habia dicho.
--Que V L I ~ ~otraV ~w z .
-Dila que estoi ccupada, que vuelva despues,
repitid llnfilde a la criada.
Esta sali6 gel sa!on.
- Cuando m h o s ser.5 a!gi~naviuda vergonzartc,
dijo la nifia con uii sonrisa.
-216 -
-Puede scr, coiiies16 cl j6vcIi trai,rb:-irlota!n 2 x 1 7
de sonreirse.
En aquel lnol1iei>tocncoiilrbhasc Rafael en situa-
cion parccicla a la cle una persom iierriosa quc
espera la cletoiiacion cle una arna de fuego: respi-
raba con clificultad i hacia csfoerzos para pcrcibir
F
todo ruido que viniese del esterior. Con inmensa
iiiquietud calculaba el tienipo que la criada em-
plearia para llegar i dar a dolia flcrnarda. la reqpuesta
que llevaha; lo cpc esta ohjetaria i lo que la criada
o d o h Bernnrda tarclariari en llegar a1 salon. Esta
iiltiina hipdtesis, nacia en el turhado espirilu del
jdvei? dcl conocimiento que tenia del carfclcr tenaz
i resucllo de dofia Bernardz.
Asi pasaron cinco ininutos de mortal aiigustia
para Rafael i dc inespliczblc silencio para Rfatiicie,
que buscal la en sils ojos la contiiiuacion clel idilio
que, un moinento liaeia, cantaban con el nlina.
hbri6se por fin la pucrta Gel salon i 10s espanla-
dos ojos de Rafael vieroii entrar a dolia Eernarda,
haciendo saiudos que a fuerza cle reiididos eraii
grotescos.
Matilde i 10s demas que alli hahia la iniraroii con
curiosidad. La nifia i su inaclre no pudieron pres-
cindir de admirarse a1 ver el traje singular con c ~ u a
la \-iuda de Moliiia se presentaba.
Preciso cs adrertir que dolia Bernarda se hahia
atai4aclo con el prop6sito dc parecer ui:a sGora, a
-- ,117 -
las personas ante quienes habia cleterniinado prc-
sentarse. Sobre tin T-estido de vistosos colores,
estrenaclo en el recien pasado diezicho nc setic:a-
bre, caia, desjando clesnudos 10s hombros, un
paiiuelo de espumilla, bordado de colores, com-
prado a lance a una criacla de una seliora yieja, que
lo habia llevado en sus mejores alios. Sin sospechar
clue q u e 1 tra,je olia de a luega a jente de medio
pelo, clofia Bernarda entr6 convencida de que le
hastaria para dar a 10s que la viesen uca alta idea
cle su persona. A esto agregaba sus arnameradas
cortesias para que viesen, segun pensaha en su
interior, que conocia la b w n a crianza i no ern la
priinern vez que sc encontraha entre jentes.
-AQuikn serA esta seliora tan ram? pregiint6 en
voz h j a Natilde a Rafael.
Este se habia puesto de pi6 i con semblante de-
mudado i p;ilido, dirijia una estraiia mirada a does
Bernarda.
--iCu61 serk do% Francisca Encina de Elias?
pregunt6 ksta.
-Yo, seiiora, contest6 doiia Francisca.
--Me alegro del conocerla, seiiorita, i este ca-
ballero serA su marido Lno? hquella es su hijita, no
hai que preguntarlo: pintadita a su madre. iC6mo
est&don Rafael? A este caballero lo conozco pues,
como no: hemos sido amigos. Vaya pues, me sen-
tar8 porque no dejo de estar cnnsz,da. iLOS u l i ~ s ,
1 c.! 11. 7.
- -
pues, misili l'anchita, ya van pintando: con10 ha
de ser! La deinas fanilia [Juena?
--Ruena, dijo doiia Francisca, rnirnndo con
adrniracion a todos 10s circunstantes i sin esplicarse
la aparicion de tan estrar7o personaje.
Los demas la contemplaban de hito en hito con
igual admiracion a la que en el rostro de la duelTa
de casa se pintaha.
-i,QuB es loca? preguntd Matilde a R:ifa:l.
I a1 dirijirle 13 vista, not6 tal angustia en las
.livida.: ftlcciones del ,j6ven, clue instnnt6neamente
sinti6 oprimirsele con inesplicalde miedo el Cora-
zon.
Dofia Bernarda entre tanto, viendo que nadie la
dirijin la palabra i teiniendo dar pruehn de rrnla
crianza si pernianecia en silencio, lo ronipid hiell
pronto.
-Yo pues, sefiora, dijo, le he de decir a lo que
vengo. Para eso hice llamar a su hijita, porque a
mi n o me gusta meter bulla Entrc jente cortks las
C O S ~ Sse hacen callaclito. Lo niiia, pues, me mand6
decir con una criada que volviese otro dia: eso no
era justo pues, ya estaba aqui yo i como soi vieja
i mi casa eslh lkjos, p3r poco no he echaclo 10s
bofes. Dejante que he sudado el qlnilo en el camino
@mo me iha a volver a la casa, asi no mas, con
la cola elitre las piernas i sin hahlar con nadie? Que
acaso vengo a pedir limosua? Gracias a Dios, no
nos hlta con c p P corner. Con cpe m:: dijn: ?-a2s
tiempo, Antes que se caseti, i me vine, pues.
Aprovechd una pus:^ dofia Frmciscn, en la que
d o h Beruarda toma5a aliento, para preguntarla:
- I a yu& deho sefioi'a el honw de esta risita?
- Elhonor es para mi, seiiori, para clue Ud. me
mande. Se lo i b a n decir, pue3, estnba resollai~do.
Me dicen que Ucl. va a casar a su lijjita. i Pero
veaii, si es pii2tada a si1 madre !
- hsi es sefiora, contest6 doh. Francisca.
- I con ese caballcro i no es cierto? repuso se-
iialaildo a Rafzel doEa Bernarda.
Rafael hubiera querido hundirse en la ticrra coil
su desesperacion i su verguenza.
- Seiiora, clijo con aceiito cle despcclio a do5a
Bernarda, que pretexle bacer Ud?
- hqui, a misia Panchita se lo verigo a decir.
- No debia Ud. perriiitir que siga ha1~[Link] sus
1ocur;s esta mujer, dijo Rafael a dofia Francisca.
- ~ L o c ~ r a1:6?
s esclam6 con la yista colbrica
dofia Gernarda : all&rerkmos pues si son locuras.
Vea seiiora, aiiadi6 volvikndose a cloiia Francisca,
digale a la cri:ida que llarne a la mucliacha que me
espera en la puerta con un niiiito. Yeremos si yo
hablo locuras.
- Pero sefiora esclamci don Fidel, toinnndo un
0110 i ademan autoritarios. i Q u 6 signiAca todo esto?
- Est& claro, pues, lo que significa, replic6
- 120 -
clofia Bernarda. Uds. van a casnr a su nifia con un
hombre sin palabra. Van a verlo pues.
Levanldse ripidamelite de su asiento i se dirijid
a la puerta.
- Peta, Peta, grit6 : veil acti i trae a1 nifio.
Todos se iviraron asombrados, mBiios Rafael clue
se apoyaha a1 piano con 10s pufios crispados i col6-
ri co semblante.
Entrd la criada de dofia Bernarda trayeiido un
heriimo nice en 10s brazos.
- Vaya pues : aqui eslti el nifio, esclamd doi;a
Bernarda. Qua diga pues don Rafael si no es su hijo.
i Que diga que tiene palabra i que no ha engafiado
a una pohre nifia honrada! v
- Pero sefiora, dijo don Fidel.
- Aqui est&la prueha pues, repuso doiia Ber-
narda. No dice que yo hablo locuras ? aqui est5 la
prueba. Nicgue pues que este nifio es suyo i que
le did palabra de casamiento a mi Iiija.
Profundo silencio sucedi6 a. estas palabras. Todos
fijaron su vista en San Luis que se adelantd tciii-
blanc10 de ira el medio del salon.
- IIe pagado con cuanto tengo a su hija, esclam6
i asegurado como puedo el porvenir de esta cria-
tura qui: mas pide ?
Matilde se ciejd caer sobre uii sof5, cubrikndose
el rostro con las manos i volvie: on a quedar t d o s
en sileiicio.
- 121 -
- A ver p e s , sc:I1ora, dijo do5a Eernarcla, yo
apelo a Ud., aver si le parece justo quo porqL.' e uiiaes
pobre vengan, asi nos mas, a burlarse de la jeiite
lioiirada. j , Q ~ i kdiria Ud. si, lo que Dios no permita,
liicieraii otro tanto coli su hija? A cualquiera se la
cloi tambien. huiiclue pobre una tiene hoiior i si le
did palabra j , por c~uk110 la cumple, pues ?
Nada podeinos hacer :iosotrt,s en esto, scfiora.
clijo cloii Fidel, mikiztras que clon Pedro Sail Luis
se acercaba a. su sol~rinoi le clecia :
- IVIe parece mas prudeiitc que te vayas : yo ar.
reglark esto en tu lugar.
Rafi?el tom6 su sombrero i salid dando una mi-
rada a Matilde que ahogaba sus sollozos con difi-
cultad.
Don Pedro Sail Luis se acercd eiitdnces a clofia
Bernarda.
- Seliora, la dijo en voz bnja, yo me eiicargo
del porveiiir dc este iiifio i del de su hija. : lenga
Ud. la bondad de retirarse i de ii. esta noche a
casa : Ud inipondrd las condiciones.
Ora fuese que dofia Bernarcla diese mas precib
a la veiiganza que por espacio de tantos dias hahia
calcnlado, que a la. promesa de don Pedro; ora
que, posesioiiada de su papel, quisiese humillar con
su orgullo plebeyo el aristocrlitico esliromiento delos
clue con promesas de dinero tralaban de acallar su
voz, miro an instante a1 que asi le hablaba i ba-
jando despues la vista, dijo con eternecido accnto.
- Yo no le he pedido nada a Ud., cnbdlero :
vengo aqui porque creo que esta seiiora i esta niiia
tienen ]men corazon i no han de c p r e r dejar en la
verguenza a una pobre iiifia que ningun mal les ha
hecho i a este aiijelito de Dios , que quieren d e j a
guacho, ni mas ni mhios. Mas tarde, don Rafael
puede casarse con ini hija, cuando se le pase la ra-
bia i vea que no se ha portado como jente.
- Pero sefiora, dijo don Fidel, me parece qi1e
Rafael es lihre de hacer lo que le parezca i Ud. de-
bia entenderse con 61.
- Yo s(f bien lo que hago cuando vengo acpi,
replic6 con voz mas enternecida nun dofia Ber-
narda. Lo que yo quiero saber, afiadi6 diriji6ndose
a Matilde i a su inadre, es si estas sefioritas con-
sentirhn en que mi pobre hija se quede deshon-
mda, cuando ellas tienen honor i plata, no como
unapolire, que no tiene mas caudal que su ho-
nor.
LCdino no han de tener conciencia? pues, repuso
despues de nn prolongado sollozo, cuando ni una,
que es pobre, haria u n a cow a s i ? iYa le van a
faltar maridos a esta selllorits con lo donosa que es!
Dios es jnsto: sefiorita, i 10s que son buenos, son
buenos. [.Para qu6 le digo mas? Yo se la doi a
cnnlquiera i quc meta su mano en la coxicllcia
i sc casaria cuaiido sabe clue por s u cansa t y i e d ~en
la vergiienza una pohr- niiia i una criatum como
un guachito cle 10s hukrhnos?
Dofia Rer:iarcla tcmiin6 estos PaCiOniCiGS eo’? In
T’OZ cortnda por 10s sollozor;, a l z a d o 10s ojog i 12s
rnanos a1 cielo i soixindose-con estrkpito a1 tiempo
p e r e p t i a \-arias vcccs alguiias cle 13s paldiras
que acabalsa de dccir.
- Vea secora, la dijo dofia Francisca, en cuya
ro:n6ntica irnajiiiacion habian produciclo un favo-
rablc efecto Ins razaiies alegaclas por dofiia Der-
nmla. Ud. vB ahora no e? poeible dccidir un
asuiito de tanta importancia : vereinos n RaPicl
cuanclo SA h a p calmado i maii,ana o pasado clscidi-
r&nos.
- Udq. lo hnn d-?vsr p e s , seiioritas, con1 :st6
do% B-.,rnarda i so1)retoclo la qu:: se iba a casar
creycndo que su novio era libre pue?. YR le digo
no mas l, que liar6 mi pobre hija a qnien han em@-
h d o ? Asi es la suertc de las pobres i gracias a
Dim que niiestra familia es huena i n o tiene don
Rafael iiada que sacarlk : e1 difiiiito Moliiia, mi
mnrido, tenia su comercio i n o le dehia a nacli::
ni tin cristo.
- Todo se tendrd prscente, dijo do% Fran-
cisca.
Eumo p w necorita
~ : en Vd. confio. Contimas
que en v t o yo he a d a d o corn0 jentp, pues que m e
dijs : msjor es yir a ver B esac. se6orit:s quc 7 i-
ven engafiadas, clue no presentarse a1 juez i que el
asunto aiicle en hoca de todos. .QuB culpa ticneii
ellas pues, para clue tenga que aparecer su noinhre
en la casa do justicis? Si son seiloras, pues que
me clije, hail cle querei- arreglarlo todo sin bulla i
han de ser cristianas coil la jente pobre pero hon-
rada. 9Ias vale teller agradecidos que enemigos :
en eso no hai duds i a una niila bonita i rica donde
le falt6 un novio, l i d le vinicron cieiito 21 tiro, 10
que-no lcs pasa a las pohres, a cpieiies las enga-
fian cada i cuando hai ocasion.
- Bueno pues sefiora, trataremos de arreglar
esto.
Volvid dofia Bernarda, ya deshecha en llnnto, a
reproducir sus argumentos, teniendo cuidado de
, dar una forma mas precisa a las anienazas que am-
baba de iiisinuar con cierta maestria i manifes-
tando que se hallaha dispaesta a seguir el asunto
hasta en sus illtimas consecucncias, con lo cu'1' 1 sa-
lid dejando a 10s que la hahian escuchaclo en la
mayor consternacion.
Matilde se arroj6 en hrazos cle su niadre coil la
voz embargada por 10s sollozos.
- Vainos, vamos, dijo don Fidel, espero que no
toinarjn Uds. a lo scrio 10s clesatinos de la vieja.
Que hable cunnto le d6 la gam. iCd:no podemos
nosotros volverle cl honor a su hija! &Nole parecc
mi seilor cloii Pedro?
I31 inter& hablaba por l~ocade do11 Fidel ei1
aquellas palabras. La idea de romper el ajustado
enlace de su hija con Rafael le parecia cleplorab!e
considerando que de tal enlace depenclia el arriendo
del (( Roble. ))
- Yo hablare ahora niisino con la sefiora i Ira-
tar6 de apaciguwla, contest6 a su pregunta cion
Pedro San Luis.
-Xe parece inui bien i le doi a Ud. las gracias.
iVaya con las ideas de la vicja!’EstBbamos lien,
que fuksenios iio,otros, C O una
~ quijoteria a rep-
rar 10s estravins de sus hijas. LPor cjuc no 17s
cuida como delle, en wz dn, w n i r a cpejarse de la
seduccioii ? Veaii qui5 vestales ian.. ...
- Hijo, basta por Dios, e s c l h 6 cloiia Franciccn,
escandalizada de las nibximas soci:ilcs que einpe-
zaba a esponer su marido delante de Matilde.
- ! Qu6 liai pues ! Po si5 lo que diso, replie6 do7
Fidel, que se irritaha de cualquiers objecion de SLI
inujer. Esa vieja es una loca i q u i h sebe que inas.
’
j C6inopi yo no conociera el inuiido !
- Pero hijo, volvi6 a decir doiia Francisca con
elocuente acleman i mirada en que pedis a su ma-
rido respetase el dolor de si1 hija.
Mal juez era don Fidcl, preocupado sieinpre con
su arriendo del Roble, para conocer 10 que hubiese
herido el corazo*i de Matilde. Solo pens6 en que la
af?i\ion de Bsta provenia del lemor de perder su
I novio i se acercri a ella, golpebndole cariiiosamente
uii hombro :
- No se te d B nada hijota, !a dijo : nadie te qui-
tarti tu inarido.
Don Pedro San Luis aprovech6 aquella in-
terrupcion de In disputa inatriinonial que ecababn
de iniciarse, para asegurav cle iiucyo que coope-
raria cuanto le fuese posil~iea1 arreglo de aqucl
asuiito i despedirse.
Hallbndos ent6nces don Fidel en el sen0 cle 10s
-- 127 -
suyos cli6 rienda a su verdadcra preocupacion.
-Uds. dijo, dejaii irse asi no mas a don Pedro :
ya se vB;yo soi el que lengo que hacerlo todo en
esta casa.
- &IqiiB podiamos hacer nosotras? pregunt6 in-
clignada d o h Francisca.
- ~ Q u 6pocliaii hacer? iNO es nada! Ser mcs
aniables con 61 : repetir como yo que no haremos
cas0 de esa vieja loca i hacerle toda clase de aten-
ciones. iBien quecl6bamos si se me escapase el
arriendo !
--Yo no estoi para pensar en arriendos, repiic6
dofia Francisca Ile\-dndoce a su hija i ilejando
a don Fidel continunr sus reflexiones especulati-
vas.
Matilde se arroj6 de nuevo en brazos de su
mrldre cuanclo se vi6 sola con ella. Se hahian reti-
rad0 al cuarlo de In nifia i nlli pudieron ainbas dar
libre curso a su llanto.
- iAh, mam5, cIui6n lo hubiera creido ! dijo
Matilde levantando 10s ojos, dnegados en 15grimas.
Un largo silencio sigui6 a esta dolorosa escla-
rnacion; en que el pecho herido de la ainante exha-
laba el dolor de tan amargo deseiigafio.
Dofia Fraccisca sec6 sus ojos i conocid que su
deher era el infundir valor a su hijn, cuyo primer
abatimieiito toinaba las proporcione? de la deses-
peracion, a mcdi4n quz $I; espiritu salia del anona-
dainiellto cuusado por 10 cruel e [Link] del
golpe clue aca11ah dc recihir.
-Vainos, hijita, la dijo prodigdiidola tiernos CJ-
rifios, clilniate por Dios, todo podrd arreglarse.
- i Arreglarse, inmilt! esclam6 Matilde levan-
tlindosc con una enerjia de que se la huhiera
creido incapaz, iarreglarse! i i cdmo ? Cree Ud.
coin0 mi papd que lloro la p6rdida de un marido?
Es decir clue yo no le amaba? Es decir que
puedo ainar aun a1 hombre que me hace crew
que he sido siempre su imico ainor, cuando can-
sndo tal vez de otro, vielie a buscarme para queclar
libre dc 10scompromisos contraidos en otra parte?
ihh, que me importa un marido si lo que lloro es
mi amor! Cuando perdi a Rafael la priixera vex
jme vi6 Ud. desesperarme como ahora? Sufri el
golpe con valor, porque le creia digno de un sa-
crificio : me separaban de 61 ; pero naclie ine hacia
clespreciarle. I ahora, jqu@diferencia.. ... !
Los sollozos ahogaron su voz, que su proclujo
soiiidos inarticdados, miBntras clue la polire nifia
llevaha las inaiioS a su corazon que la oprimia el
pecho con violentos laliclos.
-No llores liijita, cQimate, fueron las (micas
palabras que pudo proferir la iiiaclre, convencida
de clue en ese instantc no habia consuelo alguno
para mitigar tan accrbo dolor.
-Aun suponiendo que mi ainor resistiese a1
dcsengalio con que acaban de herirlo, repuso
Matilde, tranquilizandose poco a poco, con 10s
a€ectuosos carifios de su madre; suponicndo que
yo pudiese olvidar lo que acabo de ver ipodria
-vivir tranquila a su lado? Sadie tendria derecho de
acusar mi egoism0 i seria feliz snbiendo que poi. mi
vivia sacrificada una iiiiia iiifeliz, que no ha come-
tido nias falta que la de engafiarse? KO me enga-
iiaba yo tainbien creykndole que jamas habia
amado a otra? Mire mama : est0 es horrible, cuanto
nias pienso en ello veo que es un abismo sin fin.
iNo le amo ya : le aborrezco !
iQui8n puede asegurarme que no se ha casado
con la niadre de su hijo por falla de amor, sin0 tal
vez porque era pobre? Qui& me liarti crccr que no
me preferia sin0 por la riqueza cle mi papd?
Esta suposicion cruel, parecio arrojar un nuevo
e inmenso dolor a1 pecho de la niiia, que cesd de
hablar, miro con ojos espaiitados a su alrededor i
prorrumpio de repente en desesperados jemidos.
En van0 husc6 doiiit Francisca las mas carifiosas
palabras para templar su desesperacion ; en van0
la estrechd contra su corazon: conjurdndola por su
amor, a que no se abandonase a ese pensainiento.
Matilde no la oia, no sentia sus halagos, no en-
teiidia el sentido de las palabn s que llegaban a SLI
oido. Conducida por la ~ l t i m aidea que h ab'la es-
pi-c"s:do, rep:ml.a en la memoria las horas de SLI
amor, 10s juranientos, Ins dukes miraclas, i esa
idea la guiaha en el florid0 campo de Ic s recuerdos,
tronchando coil mnno i:npiJ las ilusiones que lo
esmaltaban.
hlgunas horas pasaron de este niodo. Matilde
hablaba a veces, siguiendo el hjlo de sus reflexiones
i caia luego en el violento pesar que cada iCea
nueva arrojaha, como pabulo, a1 fuego voraz de su
crecie:ite dolor. Este, como la felicidad, encuentra
pequefio el recinto de un solo corazon amigo a que
confiarse ; por est0 fui? que Matilde, parecihdole
que s u madre no alcanzaba a comprender lo que
sentia, se acerc6 a una mest i escribi6 a Leonor
las pocas palabras que recibid &to, despues de
dejar caer, como vimos, una esperanza, en el alma
de IIzirtin.
- 13.1 -
Media hora despues de rc-cilir la carta d,: Ma-
tilde, lleg6 Leoiior a casa de &La acompafiada por
su pacrz.
Leonor entr6 a la pieza de su prima, de la que
acababa de salir doha Francisca, i don Dimaso a la
snLesda,adonde a1 saber su llegada, vinieron don
Fidel i su mujer.
En un largo abrazo permanecieron 13s dos niiias
sin proferir una palabra, hasta que Leonor, que no
acertaba a esplicarse la. cuusa de la afliccion de
Matilde, rompid el silencio.
- &Qui:hai? que tienes'? pregunl6. Tu carta me
ha llenado de sobresalto.
Matilde, eritdnces , liacieiido un esfuerzo para
desechar el llanto que, a la vista de s u prima,
habia vuelto a sus o,ios, la refirid minuciosamente
- 332 -
la escena eii que dafia Bernnrda Cordcro Fabia sido
la principal protagonisla.
Leonor se quedd ahismada con aquella revelacion
i a1 compadecer a su prima, surjid en su espiritu la
idea siguicnle, que manifiesta el cstaclo cle su co-
razon.
-Tal vez Ifcrtin est6 en ainores con la otra : es
tan arnigo de Sail Luis!
--Qu@ harias ti1 en mi lugar? pregunt6 Bktilde,
creyendo que su prima pensaba solo en sc dcsgra-
cia.
-- Yo? ...... De Teras Katilde que no sB qu6 de-
cirte.
-Pero ponte en lugar ixio -qui: harias ?
- i,Podri:\s tk perdonarle ? prrguiltcj Leonor, sin
dar a su pyima la respuesta que lx pedia.
- PodrB perdonarle, contest6 M a ; pero ya !io
podr@aidarle.
-Gs mzii clificil aconsejar en estos casos, repuso
Leonor.
-50 te pido c n consejo : cpiero saber lo CIUC t.;i
harias e n mi cam.
- Le despreciara.
-Es preciso que sepas que mi pap5 no yuiero
por nada romper este matrimonio.
- Eiitdiices lo romperia yo, dijo Lconor con s i
cni acteristica resolucion.
-5:s lo qce go hare tamhien, rlijo Matildc. T;t
- 133 -
no t e a o nada i toda la autoridad de mi papti no
hnsta para obligarine a sufrir mas dc lo que acabo
de sufrir.
Quedaroc en silencio algunos instantes i Matilde
afiadid.
-Cdmo hacerlo? mi pap5 se negarli a decirlo ni
a 61 ni a su tio.
-Escribele entdnces, dijo Leonor.
--Tienes razon, que isdo se acabe de una vez,
asi nada podra hacer despxes mi pnp6.
Se sent6 a1 lado de la mesa i tom6 la pluma.
A1 escrihir el noinhre de su amante, sus ojos se
nuhlaron con lAgrimas, que fueron a caer sobre el
pliego en que hdbia pueslo la mano.
-iQu6 le clirk? preguntb a Leonor con voz a p -
gada.
-No te precipites : piknsalo bien, respondi6
&a.
-No, no, esclam6 Matilde coil enerjia, estoi
perfectamente resuelta i nadie me har& cambiaii
sohre esto.
- Creo que con pocas palahras basta.
Matilde se pus0 a escrihir, alentacla por la febril
ajitacion en que se encontraba. A1 caho de algunos
minutos enderezd el cuerpo i ley0 :
(( Entre Ud. i yo, todo est5 concluido. Me parece
iiililil esteiiderrne en esplicaciones sohre una rcso-
YCl 1 1 . 2
1ucio:i que esti justificzda con tan podxosos 1110-
&ivosen mi conciencia. Le escribo para evitar
cualquizra o h esp licacion, que no estoi dispucstn.
n oir ni a leer. +
MATILDE ELias. ))
-Con eso Ix,sta, dijo Leonor.
Matilde llan?d a u i criada
~ i la recomend6 Ilevar
:I su destilio la carta sin que en casa sospechaseit a
cp6 sdia.
IIecho est0 se sent6 a1 laclo de su prima.
-Teilia neccsidrd de vert?, la clijo, porciue th
me clas valor. Ya lo ves: no he mcilado ni tem-
l~ladc.
Con este esfuerzo pareci6 aiiondzda, p e s oculM
su rosiro i solo se vi6 su cuerpo tijitado par 10s
sollozos.
-Aun es tiempo ai quieres, la dijo Leonor: la
criada CO debe haher salido todavia.
-iQu15! p e e s que me arrepiento? no lloro poi'
eso. iTodo se ha coduido!
Don D h , s o escuch6 tamhien la relacion de lo
acaecido de 130ca dz su hermana, con las consi-
guientes intmmpcioncs heclias por don Fidel, que
se preciaba de esplicar mejor el asunto.
-Bien lo decia yo, esclamd don Dtimaso, que no
olvidaha el peso de las inanos de Rafael; ese mozo
c's un tunante.
- 135 -
--Per0 hombre jqui6n no ha hecho olro tanto?
replic6 don Fidel. Son nifierias por las que todos
han pasado.
-i Jesus Fidel! que principios! esclam6 escanda-
lizada su consorte.
-&lira hija, repuso kste en sentencioso tono,
las inujeres no conocen el mundo como nosotros.
--Per0 conocen la moralidad.
-&I quieres decir que yo soi inmoral porque
tengo filosofia? pregunt6 con Agrio tono don Fidel.
Yo conozco el mundo mas que th: que lo diga tu
ixisino hermano.
Don Djrnaso, que ern inclinado a tejer, vali8n-
donos de la espresion chilena, 110 solo en politica
sin0 en todos casos, dijo.
-Es cierto ciue muchos cometen esta clase de
faltas: yo :io 13 niego.
--&No ves? 110 ves? dijo don Fidel a su mujer.
C:imdo yo diz? que coiiozco el mundo, es porque
estoi scguro de ello. Lo de Rafael es un pecadillo
insignificante i luegc se echarit en olvido.
--No s6 que lo olvide tan pronto Matilde, con-
test6 dofia Francisca.
-Lo oh-idarA jquB no conozco yo a las niujeres'!
Dentro de dos dias ni se acnerda de tal cosa.
-Lo veremos, dijo dofia-Francisca.
-Lo verAs; yo 110 me equivoco.
Mikntras don Fidel buscaha una caja de fdsforos
parz enceiider un cigarro, don Dbinaso se accrcd a-
su hermana.
-Lo clue yo le aseguro, la dijo, es que ese mu-
chacho no es bueno.
-1 Matilde no lo perdonar6, respondid doiia
Francisca.
--hlejor, hija, tanto mejor: ese Iionibre no puede
hacerla feliz. En tu lugar yo me opondra ahora a1
.casamiento.
-n.2r-b-o til debes ayudarrne tambien, le dijo cloiia
I
Frawisca.
-Oh, cuenta conmigo, esclamd doii D6inaso.
Volvid a donde ellos estaban doii Fidel i poco
rato despues don Ddrnaso hizo llaniar a Leonor i sc
despidi6 con ella de su herinnna i de su cuiisclo.
En la noche refiri6 Leoiior a hiartin el suceso de
casa de dull Fi~lel.
-La pobre Matilcle, le dijo, es mui clcsgaciada
i einpiezo a crec-r que Ud. tiene fundamento para
practicar su teoria de la absoluta indiferencia.
-Desgraciadamente, dijo Riv-as, no siempre
puede uno ser duefio de su corazon i esa teoria se
cjucda casi siempre como tal sin poderse prac-
ticar.
-LAh? Ud. ha camhiado yn, esclamd Leomr:
mucho poder tieiie entduces la seiiorita Edeliii ira.
--No es ella, sefiorita, replicd Martin, la que !in
echado por tierra mi propdsito.
Lconor no quiso proseguir la convcrsacioI4,
poryue la sincericlad coil quc Marlin hahia hahlado,
destruia la sospecha concehida en c a a de Matilde.
A1 verla nbandmar su asiento, las esperanzas
que la conversacion de la tarde le habian dado,
abandonaron a Martin.
-Siempre Qual, se dijo. LAcaso co amarri nunca?
Poco despues salid del salon i de la casa encami-
iirindose a la de Rafael; pero Rafael no estaba en su
casa.
-Mi6 hace una horn, le dijo su tia.
-Volverk mafiana temprano, tenga Ud. la bon-
dad cle decirselo, dijo Martin despidiendose de la
seliora,.
En nquella misma noche, don Ficlel fu6 a casa
de don Pedro Sail Luis.
--Lo clue conriene, le dijo despnes de esponer
sus teorias sobre la vida social, es hacer cuanto
Antes este casamiento.
-Pues yo creo que debemos dejar que pase
algun tienipo, a m h o s que ellos inismos deseen
otra cosa. Es precis0 ver [Link] de arreglarnos con
esta vieja que puede i’ncomodcmos.
-Yo hark que 10s muchachos se vean niafiana,
repuso don Fidel, que en un aplazamiento dp,l ma-
trimonio veia solo la demora de s1.1 arriendo.
En este momento entrd Rafael en la pieza. Los
dos que conversaban no pudieron reprimir un mo-
,-,
VL!. 11 <\.
virnieizto de adln;racio;z a1 x r l e . Su descompuesto
semblantz, el turhado mirni-, la espresion estraiia
del saludo que les hizo i el aim de acerba melan-
cAia con que se dej6 caer sohre m a silla, dejaron
mudos poi. algunos segundcs a [Link] i a don
Fidel.
Este interrumpi6 primer0 el silencio dlrijiendo
la palabra a Rafael.
-Cabalmente, le dijo, esl;ibamos aqui con el
sefior don Pedro diciendo que lo que aliora con-
viene es apresnrar el casamienlo: yo ha1110 por la
felicidnd de mi hija iquit le parece?
-Es inlitil, sefior, contest6 el jdven con vos apa-
gada.
- i C6mo iiililil i escIam6, levcntAndose, don
Fidel.
Rafael sac6 una carta del bolsillo i se la pas6
dicikndole.
-Lea Ud. i 10 veri.
Don Fidel ley6 con mpidez la carta de Malilde,
que era la que tenia en sus manos. Dobl6ndo!a cs-
clam6:
--;Bah, nifierias! Ud. snbe que s1.1 amor vale
mas que estas palabras arrancadas por la sorpresa.
Vamos juntos a caqa i veri Ud. lo distinta que
est&
--No, seaor, jamas volverk, dijo con sombrio
acento Rafael.
-- 439 -
-iQLIFi_ ocurrencia! Vea Ucl., mi sefior do Pedro,
lo que son 10s enamorado.;: coin0 el ~ i d r i o :por
todo se trizan.
Don Pedro tom6 la carta de mn!ios de don Fidel
i laieyd. 1
-La carta cs shria, dijo.
-No conoce Ud. alas iiiiks, mi sefior don Pedro,
replic6 don Fidel. i N o TG Ud. que est5 clwo que
quiern que la ru?gucn? Qun veng,z Rafael conmigo
no mas i vcr:i.
--Yo no irk, scfior, dijo San Luis: esa carta, que
a1 parecer ha escrito Matilde sin anuencia de Ud.,
me dice bieii claro que todo eYt&concluido.
-No puecle 9 s : p o lo arrpglar8 to6o. iHrcerle
cas0 a una muchacha deschavetada! Estoi seguro
que a esta Iiora es% arrepnntidn de haber es-
crito .
-Doi a IJd. las gracias por su iiitsres, dijole
Rakcl ; pero le -uplico qae dzjc a Xatilde e71 corn-
pleta libertzd. Si ella siente habcr:xe escrito esta
carta, 10 dirJ, porque sabc quc yo volaria a PO-
Fer%? a w s pies.
-Lo quc yo quiero, dijo 40.1 FiC?Cl, co:~serue~7te
con su idea del arriexdo, es que Ucls. n o olvid5n
mi opinion en este asunto i mi deseo d3 ver a mi
hija unida con Ud. Si por desgrxia esto no stice-
diese, espero que Uds. s36n testigos de mis es-
Ewrzos i bucna T-olcntad.
-iOh, nada tenemos que decir de Ud., csclain6
don Pedro.
-A mi me gusta la [ormalidad en 10s negocios,
repuso don Fidel i por eso es que cuando yo con-
traigo un compromiso no falto a 61 ni POT l c ~ p a -
sion.
-Yo tampoco olvidar6 10s mios, dijo don Pedro.
Estas palabras dieron a don Fidel un indecibla
bieneslar, despues de la inquietud en que la carta
de Matilde le habia puesto. Pens6 que ellas encer-
raban la formal promesa de llevar adelante lo del
arriendo, a pesar de lo acontecido, i mir6 lodo lo
demas como secundario.
Despues de arrancar, por medio de proteslos
enkrjicas contra la falta de fornialidad en 10s iiego-
cios, nuevas promesas referentes a1 Roble, sa116
don Fidel de la casa i regresd a la suya, con inten-
cion de icterponer su autoridad, a fin de aseguror
mejor el arriendo por medio de una retractacion
de Matilde de la carta que el acababa cle leer.
Pero Matilde, como vinios, habia cobrac'o eiicr-
jia en su propio abalimieiito, i aunque con Itigri-
mas, sup0 resistir a la imperiosa voz de doli Fidel
que, sali6 de nuevo de su casa, consolandose con
que el arriendo del Roble estaba casi asegurado.
Con la coiiviccion que llevnba de que seria impo-
sible, a m h o s de una violencia, llevar a cabo ma-
trimonio, roto de tan eelraAo i repeiitifio modo, se
L dc do11 DbLrraso, felicitkiic!.ose de
la previsora idea que ?cabaha de iiacer en su cspi-
ritu i que era preciso principiar a poiier en planta
-Asegurar el arrieiido i casar a Matilde con
Agustin, pensaha en el camino, seria un golpe
maestro.
Entrd a1 salon i llam6 ?parte a doii Dtimaso.
--Lo que dije hoi dclante de mi iiiujer no es lo
que yo pienso, le dijo; pero es przciso hahlar asi
porcpe de otro modo se valdriaii de cso para me-
terme en un cuento: a mi pesar i por dar gusto a
Matilde, q ~ sec 1iak;iaencaprichado, contraje com-
promiso ccii don Pedro Snn Luis; per0 ahora todo
ha cambiado.
-LC6mo? prqpiitd doii Dtimaso.
Itciinole doii Ficlcl 10 clc 13 cartn de Matilde i la.
rcsolu cioiz'cpe su hijz nianifs~taba.
Siiifico! csclam6 doii DQmaso.
-lodo mi deseo es que sea mujer de Agustin,
71
dijo don Fidel; pcro COPO no quiera cotrariarla.. ...
-Piiesto que elln misrm dfeiste, la cosa es dife-
rente.
--Es lo que yo pienso; pzro serti preciso dejar
que paseil a1gLiiios clias.
-Ah, For supuesto.
DOE Fidel se retir6 aquella noche, dando gracias
a dofia Bernarda por lo clue en la inaliana cdificaba
de intempsstiva visita.
XLIV
Coil gruide impacicncia espcr6 ITsrtiii 13 vcnida
del clia siguieiitc. Su inyuictud por la suerte d!:
Iiafael le quit6 cl suefio d s aquella noche. A cs;t
iiiquietucl mezcl Al~asetamhien cl descoi~sueloe:i
que le 1-imos querlar despaes cle su idtima convei--
Faelon con 1,eonor. I esas dos prcocupacioiies sc
diviclieron dcraiite lcrgas horas el dominio de su
cspiritu, hasla que reudidn por el suefio, se clued6
dorinido poco h t e s d e rayar el alhs. Sin embargo
de su largo insomnio, abandon6 el lecho a la siete
de las maAana i empled como de costumhre dos
horas en sus estudios.
A 1as nume fn6 a casn de Rafael.
Lzs liabitaciones de este estaban cerradas i gol-
pe6 a uns puerta que d a h a1 intcrior dc la c x a ,
ocupsda por dofin ClarJ, la tia de Baf:tel. .
- 1Li.g -
A 10s golpes se present6 la seliora, que pocos
lnoiileiitos iiites h a 1 h llegsdo de la iglesia.
-{,Rafael ha salido tai-i temprano? preguiitd Martin
clespues de saludar a do5a Clara.
--i,Qn& no sabe lo que pasa? conlestd l a sefiora,
juntando las manos con sire consternado iRafa:,lel
se nos ha ido!
-LA ddnde? preguntd con ansiedad el jdven.
-A la Recokta Francisca, respocclid. la sefiora
con un ademan en el que a1 traves de la pesadum-
bre se n e t a h alguna scitisfaccion.
-ill la Recoleta! rcpitid Martin. i,Culindo?
-Esta maaana mui temprano.
-&I por ciu@113 tomado tail violenta deteimina.
( ion?
--iEntdiiczs Ud. no sabe nada?
-Supe ayer lo ocurrido en casa de donFidelElias.
-Bueno pues; despues de eso Rafael recibid una
carta de la nifia: le decia que no pensase mas en
ella i que SB yo que 1113s. iPohrecito! Si Ud. le
liubiese visto! Llord anoche corno un nifio chico.
iQu6llorar pcr Dios! Me partia el alma!
-iPdbre Rafael! dijo R i n s con rerdadero pesar.
-El pobrecilo me lo contd todo anoche. jJesus,
hijito, como viven 10s jdvenes ahora! Por eso, vea,
110 he sentido tanto que se haya ido a la Recoleta.
Si es precis0 reconciliarse con Dios. iCdmo querer
ser feliz tambien i vivir de e x modo!
L 14% -
La sencilia piedad de In seiiora irnpresiond el
corazoii noble de 1Iartin; pero quiso defcnder a su
ainigo.
-Ud. sahe como peiisaba 61 ahora i lo arrepcn-
tido que vivia de su falta.
-Asi es hijito, pohre Rafael, dijo la seiiora en
cuyos ojos asomaron las lhgrimas.
-Hoi irk a verle, dijo Marlin levantfindose de su
asiento.
--Me Iia dicho que es i!i[ilil: no recibir6 a nadie.
Luego coin0 si la viniese un recuerdo afiadi6:
-Ah, se me olvidaha: me clej6 una carta para
Ud.; aqui la tengo.
Entre@ la seiiora una carla cerracia a Rivas i
kste se despiclid de ella para leerla en SLI casa. AI
llegar le eiitreg6 el criacio otra carta.
-Esa nifia del otro clia la traj6 i va a v01\ er por
la contesta, le dijo C o i l una semi soiirisa de iuteli-
jencia.
Rivas subi6 a su hahitacion i abrid la carta dc
Rafael San Luis, clejando sobre la mesa la que el
criado acababa de eiitregarle.
La de Sail Luis decia lo siguiente:
a Querido Martin:
Cuando mafiana veiigas a buscarme, te esplicard
mi tia la resolucion que he tornado. Es de noche, i
en el silencio puedo meditar mejor sohre el terrible
suceso de este dia. :La he pcrclido! ATPpint?ri. ini
- 245 -
dolor? No podria hacerlo. Recordarlis que un dia,
leyendo la vida de Martin Lutero, le juzgue pusilg-
niine porque el terror que le causd la muerte de un
amigo, a quien hirid un rayo a1 lado supo, le hizo
entrarse de fraile. Ese juicio era la vana jactancia
de la juventud que hablaba por mi boca. TII que le
absolvias, cornprenderk el traslorno de mi espiritu
a1 recibir el golpe que me anonada. iEs un ray0 del
cielo! M e ha venido a herir en mi amor, en medio
del corazon, quemando hasta las raices de la espe-
ranza, el hltimo de 10s bienes efimeros con que el
hombre atraviesa la vida. Solo una Yez, a1 lado del
cad&ver de mi padre, que espird en mis brazos, he
sentido en el alms un hielo como siento ctiora:
-1 es
la conciencia del abandon0 en que quedo; de la
horfaiidad eterna de un corazon sin amor, que solo
con amor se sustentaba; de que nada en el rnundo
podr5 ya consolarme!
So10 tres lineas, Martin, son las de su carta; per0
tres lineas que han corrido como lava ardiente por
mi pecho, desvastandolo todo menos mi amor in-
menso. En pocas palabras, sin f6rrnula ninguna
que mitigue su aspereza, ella me arroja a la frente
su desprecio aterrador. Kada que hable de un
pasado de ayer, palpitante todavia, se advierte en
esas lineas; nada que haga esperar el perdon que
todas las almas nobles, como un destello de Dios,
guardan para nuestras miserables flaquezas. Ella,
vo1. ir. I)
- 146 -
coli un corazon de &njel,*con el alma bafiada de
divina pureza, me desprecia, Martini me aborrece.
LCdmo luchar contra esta horrorosa conviccion?
Hasta hoi creia yo que mi voluntad era capaz de
hacer frente a todos 10s contrastes i era porque no
contaba con W e , porque creia que perder la vida
era lo mas temible que pudiese amenazarme i
contra la muerte me sentia con yalor.
Algunas horas he pasado Martin, reflexionando
como he podido, en lo que debo hacer. Una idea
volvia a cada instante a mi espiritu con increible
tenacidad. iEs un castigo de Dios! que derecho
tengo yo, en efecto, de aspirar a la felicidad,
cuando he pisoteado sin compasion la de otro ser
inocente i dPbil? Si la justicia del cielo interviene a
veces en las faltas del mundo, debo olvidar la moral
acomodaticia con que nos acostumbramos a bur-
larnos, por torpes pasiones, de lo que hai sobre la
tierra de respetable, i postrarine de rodillas ante
el fall0 justiciero de Dios. El peso de esta verdad,
que casi maquinalmente repiten en las iglesias
desde lo alto del pdlpito, hiere el espiritu en la
desgracia i aterroriza el alma que, en medio de la
dicha, las oyera con descuidado fastidio. Cedo, pues,
a1 peso de esa idea: su fuerza me priva de la rnia.
Per0 no creas que, llevado de la impresion de
tan tremendo pesar, voi a consagrar mi vida a la
penitencia, atandome a un claustro con votos indi-
- 147 -
solubles. Quiero buscar la calma en el silencio;
quiero con ejemplos de virtud fortalecerme; quiero
ver si es posible borrar su imlijen querida de mi
pecho; si es posible llorarla como si ella hubiese
dejado de existir. Despues, cuando el tiempo haya
tranquilizado mi Animo i convertido en llevadera me-
lancolia el atroz dolor que me desgarra iquikn sabe
lo que hare! He vivido tanto en mi amor, que, por
lo demas, apBnas me conozco: por esto ni aun
puedo prereer mi resolucion.
No creas tampoco que he dejado de pensar en
Adelaida. Ni a ella ni a su madre, puedo culpar de
mi desgracia: Ias perdono i ojalzi ellas lo hagan
conmigo. Podria, hien lo s6, reparar a 10s ojos del
mundo mi falta i devolverla su honra que he man-
cillado; pero, th no lo ignoras, Martin: no la amo.
Seria una union monstruosa que no podria tener
otro tkrmino que un suicidio i est0 tambien la
haria desgraciada. Conozco que podria darla mi
vida; pero no la felicidad. En fin, est0 tal vez
puede pensarse mas despacio.
En mi retiro no recibire a nadie; ni aun B ti! Te
escribire cuando sienta la necesidad de hacerlo.
Mi tia queda encargada de recibir mis cartas i
mandarme las que me dirijan. Un padre, amigo
antiguo de mi familia, me ha facilitado .este retiro:
81 sera mi consejero.
Tu amigo, RAFAELSAN LUIS. B
- 148 -
Martin dej6 caer sohre la mesa la carta de San
Luis i apogando la frente en una mano, se entreg6
a las tristes meditaciones que aquella lectura le
sujeria.
Le llamaron a alinorzar cuando pensaba todavh
en la desgracia de Rafael i habia olvidado lo otra
, carta que a1 llegar habia recibido. La tom6 &ntes
de salir i baj6 a1 comedor. AI atravesar el patio
abri6 aquella carta i solo tuvo tieinpo de leer la
firma : era de Edelmira Moiina.
Para esplicarla, antes de hacerla conocer, debe-
mos retroceder a1 dia anterior en que Edelmira ha-
bia dirijido a Martin la primera carta que ha visto
ga el lector.
Vismos que Edelmira, despues de la hltima con-
fereiicia con doria Bernards, en la que por temor
a Bsta hacia convenido en casarse con Ricardo Cas-
tarios, se despidi6 de las cartas que se entretenia
en escribir a Rivas i que guardaba con el carifio
que por toda ilusion tienen las alinas apasionadas,
La perentoria exijencia de su madre, despertaha a
la niiia de aquel suefio de amor, en el que, como
ella, tantos se mecen forj&ndose un porvenir ven-
turoso. Pero a fuerza de acariciar esailusion, Edel-
mira habia llegado poco a poco a inirarla como
una posibilidad. Lo que a1 principio la parecia una
locura, lleg6 a convertirse en esperanza con la
porfiada meclitacion i con la vehemencia que des-
- 149 -
pleg6 su corazon a1 entregarse a1 melanc6lico pla-
cer de amar en silencio a1 que representaba el ideal
forjado de antemano en su mente. En este estado
de cristalizacion, valikndonos de la pintoresca teo-
ria sobre el amor, de Stendhal, Edelmira pens6
que, obligarla a dar su mano a otro, era arrancarla
violentamente su querida esperanza, sin darla si-
quiera t i e m p para tratar de realizarla. Su volun-
tad protest6 en silencio contra esta violencia hecha
a su amor tambien silencioso. De semejante pro-
testa al deseo de burlar la opresion del poder que
la motivaba, no habia mas que una linea de dis-
tancia. De aqui su resolucion de escribir a Martin,
resolucion que nada tiene de irregular, si se piensa
en la educacion que habia recibido Edelmira i en
la clase social a que perteneeia. Bien que en esta
clase tenga el recato femenil 10s mismos instintos
que en la elevada i culta de la sociedad, 10s hjbi-
tos de vida, de que hemos prescenciado algunos
cuadros, van poco a poco venciendo esa timidez
pudorosa que, como una ave asustadiza, se des-
pierta en la mujer entregada a sus propios instintos
en la vida del corazon. M h o s culto entre la jentes
de medio pelo, el lenguaje galante debe natural-
mente vencer por la fuerza del hkbito la suscepti-
bilidad del oido i lo mismo tambien la impresiona-
bilidad del corazon. Los desgrelios del picholeo i
la cruda fraseoldjia amorosa, daii a Ias mujeres de
- 150 -
esta jerarquia social diversas ideas sobre las rela-
ciones del mundo que las que, desde temprano, se
desenvuelven en el espiritu de las nifias nacidas en
lo que llamamos buenas familias. Por est0 fu6 que
Edelmira, aunque i x s culta que la mayoria de las
de su clase, no hall6 nada de estraiio en el medio
que la ocurria para sondear 10s sentimientos de
Rivas. Este paso, por otra parta, se dB en todas las
clases sociales, aunque con distinta forma, siempre
que el corazon es fogoso i alimenta un amor solita-
rio ; pues hai momentos en que cualquiera mujer
tiene fuerza para vencer su timidez i buscar en el
corazon del hombre a quien ama un 6co a la pode-
rosa voz del sentimiento que abrasa el suyo.
Vimos que la primera carta que Edelmira diriji6
a Rivas, podia solo considerarse como el desahogo
que todos buscan en un corazon amigo cuando se
encuentran bajo el peso de algun dolor. A1 leer la
contestacion de Martin, vi0 que habia en ella tan
sinceras espresiones de amistad, que mui hien
podia su espiritu dominado por una idea, interpre-
tar en el sentido de s u preocupacion. Asi fu6 que
aunque Edelmira no se atrevi6 a decirse que
Rivas velaba la espresion de su amor con palabras
de consuelo amigable, lo pens6 por lo m:cnos va-
gamente i recibid con ellas ademas un gran con-
suelo, porque esas palabras la ofrecian un apoyo
en cas0 necesario para llevar adelante su resolu-
- 151-
cion de no obeceder a su madre en aquella circuns-
tancia.
Alentada con el buen exit0 del primer paso, se
resolvi6 por consiguiente a dar el segundo i escri-
bid a Martin la carta que le vimos abrir cuando se
dirijia a1 comedor, en donde se ballaba la familia
de don Dgmaso.
En la mesa se hahld poco, pues don Damaso
quiso respetar la amistad que Martin tenia a San
Luis en gracia de 10s servicios que le prestaba
Rivas como encargado de sus negocios. Mas al salir
del comedor. Agustin llam6 a Rivas que iba a en-
trar a1 escritorio, m i h t r a s que Leonor se sentaba
delante de un bastidor en el que hahia un hordado.
- ? I que devendru Rafael con esto ? preguntd
el elegante, encendiendo un cigarro pur0 i ofre-
ciendo otro a Martin.
- Se ha ido esta maiiiana mui temprano a la
Recoleta, dijo Rivas.
- i Es romantico eso! Le cornpadezco de todo
mi corazon, esclam6 Agwtin.
- Me dej6 una carta : est& desesperado, afiadi6
Martin.
- No comprendo esa desesperacion, dijo Leo-
n o r , cuando podia distraerse con otros amores
como lo ha hecho ya.
- Hermanita, hai amores i amores, repuso
Agustin, es necesario no confundir.
-1.152 -
- ! Ah! no sabia, replic6 Leonor.
- Se puede amar por gusto i por pasion, conti-
nu6 el elegrtnte.
- T,o que veo, dijo Leonor mirando fijamente a
Rivas, es que no hai hombre capaz de amar.
Rivas protest6 con una mirada, m i h t r a s que
Agustin esclamaba.
- iAh! por ejemplo, nai todn bella, est& en el
error. Sin hablar de Abelardo, cuya tumba he visto
en el PBre Lachaise de Paris, hai una fula de otros
que han pasado la vida a amar.
- Ud., que se calla, pensark lo mismo, aunque
lo piense en espafiol, dijo Leonor a Rivas.
- Creo, sefiorita, contest6 Martin, que Ud.
juzga a 10s hombres con mucha severidad.
- &I el ejemplo de su amigo San Luis no jus-
tifica mi opinion? preguntd la nifia.
- Pero hai escepciones, replicd Martin.
- i C h o no! dijo Agustin ;hai escepciones : alli
est&,como he dicho Abelardo en el PBre Lachaise,
sin contar el resto.
- iEscepciones ! decia a1 mismo tiempo Leo-
nor sin cuidarse de su hermano i dirijikndose a
Martin. LEn ddnde estjn? C6mo puede una cono-
cerlas?
Fiate a mi para eso hermanita, dijo el elegante :
yo, 10s conozco : Martin es del ntimero.
--ji?h! LUd. se cuenta entre las escepciones? le
- 133 -
pregunt6 sonribndose Leonor, m i h t r a s que Rivas
sentia encendhrsele las mejillas.
- Sefiorita, contest6 este, hai cosas en que pa-
rece que uno puede elojiarse a si misino sin son-
rojo i esta es una de ellas : creo que puedo consi-
derarme entre las escepciones.
- Ud. Cree ; per0 no est6 seguro.
- Mui seguro, contest6 Martin, enviando a la
nifia tan ardiente mirada, que ella tuvo que bajar
la vista sobre el bastidor.
-A Es decir Martin, que est% enamorado ? ie pre-
guntd Agustin. Veamos, cuhntanos eso, amigo mio :
- iVas a ohligarle a mentir! esclamd Leonor,
dominando con una soiirisa la turbacion con que
hahia dado algunas puntadas en el bordado.
- LPor qu6, seiiorita? pregunld Rivas en el
mismo tono d6 broma.
- N o querrk Ud. comprometer a la que anie,
repuso Leonor.
- Desgraciadamente no alcanzo a comprome-
terla, replicd el jdven con resolucion : est& colo-
cada tan alto respecto de mi, que mi voz no puede
llegar a ella, afiadid, aprovechando el momento en
que Agustin se liabia parado para botar en el patio
su cigarro .
- Hablando fuerte se oye desde Ikjos, le con-
testd Leonor con una sonrisa que disimulaha mui
mal su turbacion.
1101. 11. 9.
- 154 -
- En ese cas0 repuso el jdven, cuando Ud. me
pregunte lo mismo que Agustin, no mentir6.
Leonor bajo la frente sobre el bordado i Agustin
volvid a su asiento.
Pocos momentos despues Martin entr6 a1 escri-
torio de don Dimaso, i pas6 un largo rato sin acor-
darse de la carta de Edelmira que tenia en el bol-
sillo.
- 155-
XLV
La respuesta de Leoiior acababa de abrirle un
nuevo horizonte, en el que pase6 Martin su imaji-
nacion con la porfiada avidez del que concibe la
primera esperanza de encontrar correspondancin
a su amor. El cuento de la muchachs que se entre-
tiene en formar castillos en el aire cuandose dirije
a1 pueblo vecino a vender su cantaro de leche,
pinta perfectamente el fulgor de esas primeras es-
peranzas del amor, muchas de las cuales se desva-
necen como 10s casti!los de la muchacha, que ro-
daron por el suelo con su cantjro, Felizmente para
Rivas, no hub0 nada en aquella ocasion que nu-
blase el horizonte en que su imajinacion bordaba
las deliciosas escenaa de la dicha realizada. Las pa-
labras de Leonor, la tnrbacion que las habia acom-
pafiado, la espresion de sus ojos, todo le a p d a d a
en su venturoso devaneo.
Solo a1 caho de media hora record6 Martin que
tenia en su poder una carta que no habia leido.
Abrida i ley6 lo que sigue:
a Querido amigo:
Mucho me ha consolado su amable carta i le doi
poi. el!a las gracias. Ud. es mi iinico confidente,
porque 10s de mi familia no me prestarian ahora
ningun apoyo contra lo que me amenaza, de modo
que a1 ofrecerme Ud. su amistad, ahora que estoi
triste i sin amigos ni hermanos con quienes poder
contar, me hace Ud. un p a n servicio. Mas se lo
habria agradecido si me hubiese dado el consejo
que en mi otra carta lo pedia. Repasando en la
meinoria lo que le dije, para ver por quit no me da
Ud. ese coiisejo que tanto necesito, veo que debo
ser mas franca con Ud. i como Ud. esmi amigo, se
lo dirit todo. Mi repugnancia por el casamiento a
que quiere ohligarme mi madre, no es solo porque
no tengo caririo ninguno por Ricardo, sin0 por otra
razon ademas, que me cuesta decirselo a Ud. so-
bre todo i es que mi corazon no est5 lihre i no po-
dria iiunca ser dichosa sin0 con el que amo con
toda mi alma. Ya con esto podrk Ud., Martin,
aconsejarme, porque el tiempo se vci pasando i a
cada momento me encneiitro mas triste con esto
i m h o s me conform0 con tener que casarrne con
quieii no quiero.
DispBiisemc si lo incomodo, per0 no tengo mas
amigo que Ud. i nunca lo olvidark s6 afectisima.
EDELMIRA
MOLINA. ))
-iPobre muchacha! dijo Rivas, tomando papel
para conteslar a su carta.
Por su respuesta podra inferirse el grado de
exaltacion que sus ideas tenian despues de su re-
ciente conversacion con Leonor.
. ccQuerida amiga:
LAma Ud. i se considera desgraciada? No encuen-
tra Ud. en su a h a bastante enerjia para resistir?
Busque su fuerza en ese mismo amor i la encontrara
poderosa. Cuando crei que solo se trataba de ven-
cer lo que podria tal vez ser solo un capricho, a
trueque de asegurarse el bienestar, crei que debia
limitarme a ofrecer a Ud. mi amistad, evitando
tener parte en una determinacion que iba a influir
en su porvenir; per0 Ud. ama a otro ((con toda su
alms)) i me pregunta si por obedecer a su madre,
habia de abandonar ese amor i dar su mano a
quien no puede dar su corazon. Creo, por mi parte,
tan esclusivo a1 amor, tan austero el culto que le
debemos cuando es puro, que consider0 una debi-
lidnd el oprimirlo bajo el- peso de una obediencia
cualquiera. Sus leyes ademas, no pueden impune-
mente hurlarse en la vida, i a quien no le guarda
- 15s -
su fk, no puede guardarle el porvenir mas que
ltigrimas i desconsuelos. LPor qu6 no se arroja Ud.
a 10s pies de su madre i le habla en nombre de su
corazon? Ella ha sido j6ven tambien i la compren-
derti. Si Ud. no tiene valor para esto, mandeme
llamar i yo hablar6 con ella. Mi amistad hricia Ud.
es tan sincera que creo tendria poder para ganar
su causa i ablandar un corazon que no aspira tal
vez mas que a la felicidad de sus hijos.
Por otra parte, Edelmira, un amor como el que
creo sea Ud. capaz de sentir, debe encontrar su
fuerza en su inocencia i abandonar el misterio.
El corazon de una madre ES el santuario mas
puro en que pueda Ud. conservar su reIiquia hasta
poderla presentar a 10s ojos de todos. Tenga Ud.,
pues, confianza en ella i no marchite con lrigrimas
una pasion que debe formar el orgullo de las almas
nobles como la de Ud., por no vencer una timidez
-que, despues de atacada, mirarti Ud. como una qui-
mera.
M e pide Ud. que la dispense. LDe quB? Yo soli-
cito su confianza, la exijo en nombre de nuestra
amstad. i0jalti que el ser depositario de sus se-
cretos, me d6 algun titulo para servirla coin0 la
deseo, para contribuir a su felicidad como ardien-
temente lo anhelo!
Disponga siempre de su amigo afectisimo.
MARTIN RIVAS.))
- 151) -
Edelmira recibici esta carta en la tarde de manos
de la criada de su casa, de quien habia tenido que
valerse para entablar su correspondencia con Mar-
tin. Las teorias que en pocas palabras desenvolvia
el j6ven, sobre el amor, encendieron el alma de
Edelmira, haciendo en ella brillar el fuego de una
verdadera pasion. Pens6 que el corazon de aquel
hombre era un tesoro i lo dese6 con avidez. Las for-
mas sentimentales de un capricho rom&nticocobra-
ron en su meditacion las proporciones exajeradas de
un bien que era precis0 adquirir a toda costa; i con
tal conviccion, la hip6tesis de que las palabras de
amistad encubrian la delicada espresion de un
amor que buscaba una esperanza, lleg6 poco a poco
a convertirse en su espiritu casi en certidumbre.
Engolfada en esa dulce espectativa del que no
quiere tocar aun 'la realdad aunque espere encon-
trar en ella la realizacion de sus deseos, Edelmira
dej6 pasar algunos dias sin escribir.
Durante estos dias Leonor no habia ofrecido a1
j6ven ninguna ocasion de renovar las escenas de
reticencias en que algunos enamorados campean
por cierto tiempo Antes de dar el ataque decisivo.
Para consolarse, Martin habia trabajado con teson
en 10s negocios de don DAmaso, que poco a poco
descansaba en 81 de todo el peso de sus tareas
comerciales. Tambien ocupaban gran parte de su
tiempo 10s estudios que habia un tanto descuidado
- 160 -
i siguiendo la prBctica de 10s estudktntes chilenos.
tenia que recuperar con grandes esfuerzos de apli-
cacion el tiempo perdido Bntes del 18 de setiembre,
kpoca en que 10s alumnos de 10s colejios dan por
terminada la holganza voluntaria, para consagrarse
a 10s exjmenes del-fin del a5o. Adcmas de estas
ocupaciones, Martin, hallaba tieinpo, en su calidad
de enamorado, para hablar de su ainor en largns
cartas escritas a Rafael San Luis. En ellas repetia
el eterno tema de su amor, con la infinita variedad
de formas de que la imajinacion sabe revestir las
impresiones que una misma causa produce i que el
corazon sabe a su vez multiplicar con inagotable
fecundidad.
Pero 10s dias pasaban sin que Rafael le contes-
tase.
Por fin, a1 cab0 de diez dias, el criado le entregrj
una carta con la sonrisa que indica ba su proee-
dencia. Era de Edelmira.
(Su carta, le decia, me ha consolado; per0 ape-
sar de lo que estimo su consejo, nunca me atrererk
a hablar a mi madre como le hablo a Ud. Le con-
fesark que le tengo miedo i creo tambien que ella
me recibiria mal, pues le gusta que la obedezcan
sin responder, sobre todo despues de lo que ha pa-
sado con la hdelaida.
Me dice Ud. que encontrare fuerzas en mi pro-
pi0 amor i es cierto que las encuentro para deci-
-461 -
dirme a sufrirlo todo Lintes que casarme contra
mi gusto; per0 no hxllo mas fuerza que esa, pues
no me atrevere a confesar a mi madre que am0 a
otro. Tal vez me sucede est0 por una cosa que no
le dije en mi otra carta, i es que aino sin ser co-
rrespondida i no sit si lo serit algun dia. Muchos
dias he dejado pasar sin escribirle por no moles-
tarlo i porque n o me atrevia a hacerle la confe-
sion que le hago ahora. A1 fin es precis0 que Ud. lo
sepa todo, ya que conoce mi corazon como yo misma.
Espero que Ud. me ayude siempre con sus con-
sejos. Le aseguro que est? es mi linico consuelo i
lo linico que me da valor en la afliccion en que me
veo; con lo que pasa el tiempo i Ilega el dia en que
tendre que contestar a mi madre.))
Esta carta de Edelmira, a la que como alas otras
hemos tratado de conservar su form:, purghdolas
solo de ciertas faltas que harian incdmoda su lee-
tura, hiri6 profundamente la senslbilidad de Rivas, -
porque hall6 gran analojia entre su situacion i la
de lanifia con respecto a1 amor. Ella i it1 alimenta-
ban en efecto una pasion hukrfana i no tenian mas
placer que engalanarla de esperanzas Esta analojia
le hizo simpatizar mas aun con la suerte de Edel-
mira.
aCreia Edelmira, le contest6, que la suerte de
amar sin esperanza no podia caber a la que, como
Ud., es bella i tiede un noble corazon, cuyo amor
- 162 -
puede eiiorgullecer a cualquiera. Despues de su
confesion iquk puedo decirla? Ni aun me atrevo
a preguntar el nombre del que ignora su felicidad,
ignorando que Ud. le ama. Pero estoi seguro que
es un hombre digno de Ud., capaz de comprenderla
i de abrigar en su pecho un tesoro como el que
Ud. le consagra. &Me equivoco? No lo creo, i con
esta persuacion solo puedo aconsejarle que guarde
intact0 su amor porque 61 serj la salvaguardia de
su pureza. No se por quB, tengo un presentimiento
que el cielo reserva alguna recompensa a 10s que
saben conservar tan hermoso sentimiento sin desa-
lentarse en su virtud. ”
c Entre tanto, creo queUd., a pesar de su timi-
dez, debe forrnar la resolucion de confiar este se-
creta de su corazon a su madre. El dia en que Ud.
tenga que decidirse definitivamente no esta lejano
i mejor es prevenir 10s Animos con tiempo en vez
de causarles una sorpresa que puede ser fatal para
Ud. Para apoyar este consejo la repetire mis ofertas
anteriores: disponga Ud. de mi i crea que tendre
una satisfaccion infinita en hacer algo que contri-
buya a su dicha. D
Edelmira di6 un hondo suspiro a1 leer esta carta.
Habia recorrido ya en las tres anteriores la&faces
distintas de su plan i llegado a la necesidad de
nombrar a1 que amaba. Aunque vagamente, como
- 163 -
Antes lo dijimos, creia que alguna frase de las re-
puestas de Martin, o algun incidente imprevisto, de
aquellos que ziempre esperan 10senamorados, estos
creyentes ciegos en la casualidad, la daria ocasion
oportuna de revelar a Martin por entero el secret0
que a medias le confiaba. Per0 aquellas respuestas
habiau destruido su ilusion i la casualidad no habia
realizado tampoco 10s imposibles que cada cual
exije de ella. iQuB hacer? Un largo suspiro fu6 su
respuesta a esta triste pregunta: Las cartas que mil
veces leia la revelaban que Martin poseia un cora-
zon noble i ardiente. iQu6 miraje para unanifia
enamorada! NO era est0 diyisar un pedazo del
Paraiso sin poder tocar ninguna de sus flores'!
Edelmira las vi6 lucir sus gallardas coloras, me-
cerse al soplo de las brisas embalsamadas i enviarla
sus perfumes envueltos en sus pliegues fugaces.
Esos perfumes la dieron 10s vkrtigos ardientes del
insomnio, durante el cual esa pregunta i,quB hacer?
se presentaba como el Bnjel con su espada flami-
jera para arrojarla de ese paraiso. Su imajinacion
se estrelld por una parte con su natural recato i
por otra con su firme resolucion de resistir a su
madre, de manera que tras un largo i ajitado in-
scimnio, no imajind otro medio de salvacion que el
de entregar a1 tiempo su destino.
Una circunstancia contribuy6 ent6nces para ha-
cerla insistir en esta resolucion. Ricardo Castafios
propuso a do% Berndrds retrasai- el dia del casa-
mknts hasta que huhiese obtenido el empleo de
capitan que el jefe del cuerpo Ee habia ofrecida: la
propuesta se elevaria a fines de noviembre i podia
fijarse para el enlace a mediados de dieiemhre.
Edelmira comuniccj a Martin esta feliz noticia en
una carta a-la m a l Rivas coxtest6 felicitAndol.a,
p r o repitiendo sti consejo de comunicar a dofia
Bernarda el seereto de su amor, si Edelmira no de-
sistia de su prop6sito de resistencia. Bero la nifia re-
cibi6 este consejo con las objeciones de ;intes i volvi6
a confiar al tiempo la sducion de aquel problema.
Adorrnecidos sus ternores en tan infundada con-
fianza, despert6los un dia el mismo Ricardo, anum
ciaiido que la propuesta para su ascenso estsba
hecha i seria [Link] a1 cab0 de cuartro o seis
dias. La. conversacion en que Ricardo habia dado
esta noticia tuvo lugar el 39 de noviembre: quedahan
por consiguientc pocos dias para 10s preparativos
del matrimonio, fijado para e3 dia 15 del siguiente.
Con esto volvieron para Edelmira las angustias de
la lucha desespesada entre el temor a su madre i
su aversion a1 jciven Castafios, que creia que con
tre.s galones en la bocamariga ofrecia un imperio a
su desdefiosa querida.
- Edelmira vi6 que habia
esperado en v a m del tiempd i que era preciso
abrazar un partido decisivo, so pena de tener que
dar sta mano i renuncias a la dicha para siempre:
Sin considerarse enteramente feliz durante aquel
tiempo, Rims habia engadado su impaciencia i
alentado a veces su enerjia con su decidida con.-
traccion a1 estudio i a 10s trabajos del escritorio de
don Djmaso. Con gran placer anuncicj a su familia
a principi~sde diciembre el feliz resultado de sus
ex<-menesque le dejaban libre hasta el afio siguiente,
anunciando a su madre que por razones de econo-
mia le era forzoso renunciar a1 viaje que durante las
vacaciones podria emprender para ir a verla.
Pero ademas de esta causa, su amur era lo mas
podesoso que le fijaba en Santiago, pues le parecia
que la ausencia le haria perder hasta la posibilidad
de ser amado, que Leonor le dejaha entrever de
cuando en cuando.
Hemos visto conm esta nifia habia ido poco ;9.
poco acostumlsrando siu orgullo a1 amor de un
- 166 -
hombre que ocupaba una posicion social ta.n infe-
rior a Pa de 10s que con mayores exijencias cada dia
solicitaban su mano. Vencido ese orgullo, qzxedh-
bala todavia la desconfianza, hija de ese mismo
orgulb, que la infundia ternoses sobre el. amor de
4
Martin, de cuya sinceridad dudaba a veces, posque
no podia esplicarse bien ?latimidez del jciven a quien
veia en todos 10s demas actus de su vida desplegar
serenidad i decisio~[Link] q u i su reserva, que se
avenia mal con la franqueza i resolucion que la
caracterizaban; de aqui tambieln su designo de no
avanzar demasiado en la senda pos que marchaba,
hasta no tener datos irsecusables acerca del amor
de Rivas. Sin comprender la delicadem del jbven,
que jamas se habia ayenturado a sacar partido de
las diversas ocasiones en que huhiera podido de-
clarbsele, Leonor se contentaba con ccnvessacio-
nes corno las que conucernos i con habfar conti-
nuarnente de su amor, a Matilde Elias. Matilde
recibia las confideiicias de la que habia sido depo-
sitaria de sus esperanzas i lo era shora de su des-
dicha, sin desalentarla jam& con el pesar de su
desengafio, queriendo pagar de algun modo a
Martin 10s lijeros servicios que le debia,
Todos en lafamilia habian admirado el mlorcon
que Matilde sobrellev6 el peso del golpe que habia
. destruido tan rApida corn0 inopinadamente su feli-
cidad,. Rlgunas palabras de ella, dichas a Leonor,
-'I67
-
-
esplicaban la entereza que nadie habia esperado en
la c ~ i i ltimida criatura, it quien el menor senti-
rniento hasta entdnces abatia.
-Si hubiese conservado aprecio por Rafael, nada
me hahria consolado; pero, perdon6ndoIe su engafid,
no lloro su perdida, sino mi amor que se rnuere.
Llevaba, en e€ecto en su curazm en luto de su
arnor i el p e r d ~ i del
i que lo habia desgarrado.
-Martin, d e c k otras veces a Leonor, tiem un
cormon recto que aborrece el engafio: 61 misma
condena la conducta de Rafael. Si alguna vez te
I
dice que t e ama, puedes creerk mas que efjura-
mento de cualqukra otso.
Con la llegada del verano se hacian 10s prepasa-
tivos para salir al campo, en casa de dun Dkmaso.
Habiase convenido que Matilde acompafiaria a su
prima durante la permanencia de la familia de
Leonos en una hacienda de su padre, vecina a una
costa hsstante visitada pos la jente de Santiago en
la estacion de bafios.
Esto daba ocasion para que Martin escribiese a
San Luis una larga carta, habhndde de sus alegres
espectativas coil motive de este paseo,
c( Hahr&una pieza para nuestros trabajos, me ha
dicho don D5maso, le kscribia, i en las horas res-
tantes podr6 verla. Tal vez recorrerbmos juntos
algunos lugares que si no son pintorescos, yo
tengo en mi imajiiiacion con que engalmarks. I
luego, mi quericlo amigo, en ems dias de confianza
i de tranquilidad, cuancto Leonor, entregada a si
misma, tenga esos arranqiies de locura infanti1 hue
ttrvo en iauestro paseo a1 campo de Narte, jno crees
que pueda presentarse una ocasion de decirla
c u m t o laamo, de hablarla del culto que la profeso
desde tanto, tiempo? Todo esto me desvancce, i
apknas puedo contener 10s latidos del curzzoii, X a
que con t m l o ahhwo he querido, pero en vano,
ensefiar a dominarse: ella lo mandai mis lecciones
se pierderi en el ruido de su pasioii. 1)
E1 destino, sin embargo, reservaba mui duras
pruebas al que tan alegres progectos se entretenist
en formar.
Dijimos que el. dia prefijado par clofia Bernarda
para el casamiento de Edelmira con Ricardo
Castafios, era X e 15 de dfciemhre.
El 14 resohi6 Edelmira acudir a todo s u v d o r i
se arrojd a 10s pi& de su madre, pidihdola, en
nornbre del cielo que I’ZQ la obligase a dar su mano
a quien no podia amar.
-iMiren si sei*&lesa! esclam6 doEa Bernarda,
levantando las manos al cielo, all& quisieran todas
tu suerte. iX0 te d i p pues! Vean que desgracia: la
quieren casar C O ~u i ~capitan de policia i a la
sefiiora le parece POCO! Harkmos pules, que enviwde
a!gu 1-1 ccl??iandante1mra yue te lo traigaii.
P
- I69 -
-Peso mamita, yo puedo ser feliz con ese
homhre, dijo la angustiada niia.
-Si pues, corn0 eres adivina, sabes que no VAS
a ser feliz : quieres saber mas que tu madre. Si &
lo quieres, lo has de querer despues ; para eso ser&
tu marido. Yo 110 he de sahr a la calle a buscar con
quien casarte, ni has de estar toda la vida viviendo
a mis costillas, quealgun alivio le han de dar a una
sus [Link] tainpoco yueria al difunto Molina cuando
nos casamus, i harto yille lo quise despues i IIQ
quiero que me hables mas de esto i yo maado aqui.
En van0 bused Edelinira el apogo de hmador,
porque @&ese neg6 a interceder en su favor.
-Mi madre lo quiere, la respondi6, i no hai santo
que la apee de lo que se le mete en la cabeza. De-
jate de lesuaras, iqu6 mas quieres que un capitan?
La Jterquedad de 10s de su fanilia hizo de nuew
peasar a Edelnnira en el tmicq sosten con que podia
contar. Volvici la vista hiicia Rivas.
Si todos me ahandonan, pens6 tamando una.
phima, 151me salvark.
Era presa Edelmira en aquel momento de 10s
ajitados vaivenes de la desesperacion : pareciale
verse ya conducida X a altar por Ricardo, hajo ka
miradh imperiosa de ciofia Bemarda i diciendo
adios para siernpre a €a paz del alma i a su casto
amur a Martin. Ese cuadro habia sido su pesadilla
ciurante c w c a de dos meses, pew ahora tomaba ya
T’oI. xr, 40
1as formas de la realidad i nadie se ofrecia para PO-
der huir de 10s que la ataban a su horrible destino.
Bajo estas impresiones escribid a Martin, refi-
ribndole las inrjtiles silplicas que habia hecho a s u
madre i a su hermano. Le pintaba su desesperacion
con la eloczrencia de la verdad, i record. do sus
repetidas ofertas de servirla, le pedia su a p o y s p r a
p i e r en ejecucien :;n plan que habia imajinado i que
era el iinico que podia salvarla. Su plan se r-educia
a huir de la casamaternaiasilarse en la-+delatiade
Renca que habia hospedado a su hermar,a,'cuandc
hahiatmido que ocultar sus amores aduEiaBernarda:
a Esa tia, continuaha la carta de Edelmira, tiene
gran poder con mimadre i le ha prestados muchos
[Link] sobre todo de dinero, porque tieae en
Rerzca una chacra hastante grande ; asi es que mi
madre no le niega nada. Hubiera podido pedir a mi
tia que viniese a Santiago, pero ademas que no
quiere venir nunca, porque enviud6 aqui i queria
mucho a SIX marido, mi madre le habria hahlado,
mihtras que viendu la resolucion que torno i el
paso que doi, ella me defender&.Como* es mucho
mas jdven que mi madre, se ha criado connosotras
como hesmana i nos quiere mucho estoi segura
que me recihirii mui bien.,B
A estas esplicaciones agregaba Edelmira las pro-
testas de tina [Link] i pedia a ~
Martin que la proporcionase un carruaje para el dia
[ue, so
pretest0 d e confesarse, iria a la iglesia de Sant.a
Ana con 1; criada de su casa.
R.ecibi6 Martin esta carta a1 dia siguiente de haber
escrita a S i i Luis, ha,Sl&ndolede sus proy-ectos de
viaje al campo con Pa familia de don D&maso,Des-
p e s de suplicar a Edelmira que pesase Sicn la reso-
lucion que lehazliinciaba, la &cia en su contestacion.
a Si Ud. pwsiste, mafiana el carruaje estar;i
pronto a la hora i,.en el lugar que Ud. me indica.
Permftameentinces que no la deje a Ud. ahando-
nada a merced de un cochero i que la. acornpafie a
casa de su tia. Sera para mi una fdicidad el pres-
tarla este servicio. Ud. puede sdir de la iglesia a Za
hora convenida i me encontrarA alii : tome Ud. para
esto las prccauciones que mea convenicntes i sobre
[Link] no me wive de Itt satisfaccion de acompaiiarla.))
1
Edelmisa besd esta. carta, cuando estuvo sola en
la noche, i sz3 gvardd, de comunicar a nadie sus de-
siqnios. A fin dehacer con mas libertad sus p r e p -
C
rativos de viaje, espes6 que Adelaicia i todos 10s de \
.
su cas5 estuviesm eiitreqados a1 s u e ~ o .En ems
c
prepamtit-os, srx primer cuidado hi6 el de arreglar
en un p a q ~ e t e ,atado con una cinta, las cartas de
RiJias, que form&an su tesoro.
Deslpues se amst6 a meditar en su strerte i esperar
la hora del dia siguiente en que debia disijirse a la
is1esia.
.
- 11. L-9
id -
.A las seis i media de la maiiana del siguiente dia,
sari6 Edelmira de su cam con la criada i lIeg6 poco
despues a Santa Ana.
En Ia plazuela de esta iglesia se veia un coehe
de posta, a cuyas varas habia un caballo, que tenia
por la rienda un postillon montado en O ~ - de O la
conocida raza de Cwyo a que tambien pertenecia el
de Garas.
El postillon, haciendo de cuando en cuando sonar
su r e v e m p e t entonaha sotto voce una tonada PO-
pular con vuz nasal i mondtona.
Edelmira sinti6 un temblor involuntario al ver
el carruaje en que debia efectuar su fuga, i sin
advertirlo se detuvo . un momento a contemplarlo,
Parece que el aspecto de Edelmira i de su criada
despertd- el humor galante del postillon, que in-
terrumpid su tonada para decirlas :
--QUB buscan e m s Iuceros? hqui me tienen
para servilas.
-Pa qui se apura si naide lo necesita, le con-
test6 la criada.
Edelmira salid de SIX contemplacion con aqueIlas
palabras i dirijid sus pasos lxicia Ea puerta del. tern-
]?lo*
-Adios, esclarnd el postillon vikndalas mar-
clnarse; se vAn i me dejan a uscuras, itanto rigor
con tan bonitos ojillos !
-I 61, tan f*esco que lo hail de ver, -replie& la
criada, mihtrss que Edelmira, asustada con aquel
dijlogo, apretaba el paso.
Pocosfaltaban a l a nifia i a su criada, para llegar
a l a s gradas do losa dclante del frente de la iglesia,
cuando se present6 Rivas, que sin dudm desde
algun punto vecino espiaha la Ilegada de Eddmira.
Esta se pusa livida al divisarle tan cerca i se de-
tuvo turbadn.
Martin aparent6 sorpresa de aquel encuentro,
para evitar las sospechas de I s criada i esclam6 ;
--$Jd. p ~ aqui
r seiiorita a estas horas?
Edelmira respond% con voz balbrxciente iapar-
tiindose de la criada, a quien parecian no haber
disgustado las galanterias del postillon h5cia el
c u d volvia la vista con frecuencia.
- i Y a v6 Ud, que soi puntual? dijo Martin a
Eclelmira en YOZ baja, LEstzS, [Link]?
vo7. IY. ,10.
- 174 -
Edelrnira misaba a s u interlocutor cornu si hu-
bkse alvidado en aquel instante el miedo que tenia
i 10s pesares que habian enflaquecido su rostro,
-~ u iresuelta,
' le contest6.
-3 me permite Ud. que la acornpafie?
--POT: qu6 va Ud. a incomodarse por mi? le
preguntd ella C O acento
~ triste.
-Eso come, de mi cuenta, replicci Martin i como
la dije en mi carta, no consentirk en dejarla a
merced .del cachero a quien no conozco.
Esta observation sobre el cochero him gran
I
fuefza en el Animo de Edelmira, asustada ya con
Izts galanterias que el postillon acababa de diri-
jirla.
-,Ademas, aEadi6 Rivas? Ud. me ha dado dere-
chas de amistad que me tomar6 ahora la confianza
de hacer efectivos : Ibjjos de ser para mi una inco-
modidad el acornpacarla, es [Link].
Edelmira oia con arrabamienta las cari5osas pa-
labras del j6ven en quien casi fmicamente habia
pensado durante el fdtimo tiempo.
-i No time Ud. bastante canfianza en mi? pre-
gunt6 - Rivas.
-Oh, dijo ella, en Udl inas que en nadie.
--Ent6nces voi a espesarla en el coche. Como
Ud. viL, puedo perfectamente estar allli sin ser visto,
-Yo tsatai-6 de salir lo mats pronto que pueda
contest6 la nifia dirijihdose a la iglesia.
La criada no vi6 aquel movimiento de su ama,
porque contestaba C Q ~bizarria alfuego de oj eadas
del galante postillon.
AI ver pasalr a Martin, sigui6 no mui contenta a
Edelmira que habia entrado ya a, la iglesia.
-Esp6rame aqwf, la dijo 6sta sefialAndole un
punto, yo voi a buscar al mnfesor, luego vuelvo.
Martin, entre tanto, habia entrado al coche i es-
peraba,
Edelmisa tendid. su alfombra delante de un altar
i se pus0 de rodillas en oraeion.
Despues de pedir al Cielo en fervierite plegaria,
su proteccion i su amparo ; despues de pedirle valur
para el paso decisivo que iba a dar, se levant6, re-
cojicj la alfombra i fu6 a colocarse junto a un con-
fesonario desde el mal podia ver a la criada que
habia quedado espergndola.
La criada se entretenia mirando 10s santos de 10s
altares i ocupada., como le est&jeneralmente la j ente
de nuestro pueblo bzjo, en. no pensar en nada.
Aprovech6se enthces Edelmisa de la [Link]
c k la criada para dejar el confesonario i djrijirse a
la puerta de la iglesia ohservindola siempre.
Las dwotas que principiaban a Ilegar, vestidas
todas de basquina i manton corm Edelmira, f'avo-
recieron su salida con su movimiento de idas iveni-
das al traves del templo, que miran la mayorparte
de ella coma s u casa. ,
- 176 -
EdeImira se ha116 en la plazuela con el corazon
palpitante i el cuerpe tembloroso. Como la mirasen
con cwriosidad 10s que pasaban i las que cntrahan a
la iglesia, juzg6 que era mas prudente obsar con
r e s o h i o n i se encamin6 directamente a1 coche.
Ahridse la puerta de &e, subici Edehira i Rivas
dijo a1 postillon.
-Marcha.
Los caballos, oyendo sonar el revenque, partie-
%
ran a tmte largo.
'
La criada de Edelmira, cansada ya de mirar los
altares, rniraha en ese momento al lego que andaba
eiicendienda algunas luces i pensaba que el postil-
ion era mas buen mum que el lego.
1 parece que el p o s t i l h , que tm pronto bahia
cmtivado la preferencia de la criada, ayudado de
la instintiva malicia de la jente de nuestro pueblo,
haacia caritativas suposiciones sobre la parej a que
conducia, porque, improvissndc, una variante a ~ 1 1 . ~ ~ 2
conocida camion, entonaba, acornpanfindose COWLel
revenque,
Ne voi, p r o voi contigo
Te ]levo en mi corazon;
Si quieres otro lugar
r
Aqui en. e4 coche c a b i m o ~dos.
Edelrnirs hahia ocultado el rostwlo entre las manos
'
i pugnaba por contenef 10s sollozos que se agolpa-
ban a su garganta.
&kctin ersperd c j u e jmase un tanto aqtiella espE o--
sion de un dolor que respetaba, i hat.16 solo cu:~ndo
vi6 mas tranquila a su compa5era de viaje.
*
--TodaT-ia es tiempo de volver, 1a dijo, ordene
Ud. Edelmira, yo estoi a su disp~sicioii.
-Xo csea Ud. que me arrepiento, contest6 la,
nifia, enjugando las IAgrimas de sus ojos : Iloro de
1-erme obligada a s a h de mi easa.
- Si Ud. tiene coniianza en su tia, repuso May-
- tin, espero que todo se arreglar5, cornno Ud. lo
desea.
--Como go lo deseo, no, dijo Edelmira, Eljaildo
sus ojos en Eivas eon sirigulnr espresion; pwo me
librare del casamiento.
- Lo demas puede w > i s clespues.
---*Qui6n
i sabe !
Esta esclamaeion de desconsuelo fu6 acompafiada
de un suspiro.
- De anmera que Ud, ama con. pasion, .. dijo
Rivas, vivamente [Link] en el ainor de Edel- -
mira, al que, como Clijimos, hallaha analojia con el.
suvo.
El rostso de Edelmira se cu’nri6 de encarnado,
-Xo se lu dije en mi carta, pues, contest6 ba-
-
jando la vista.
-&I sin esperanza? pregwntd Martin. ,
-Sin esperanza, dijo la nina suspirando.
En ese mornento se oia mas acentuada i clam la
- 278 -
VQZdel postillon que repetia, I-iaciendo sonar el re-
vengue :
Si quieres otro lugar
Aqui en el coche cabimos dos.
cltbimos dos gunyayai.
0 I
I su voz se confundia i o n la de 10s frutillerbs que
a esas b r a s entraban a la capital a vender las mui
celebradas frutillas de Renca.
Edelmira i Martin se halnian quedado en silentio,
oyendo la voz del akgre postillon.
-$e acuerda de haber oido esa cancion? pre-
gunt6 la nifia.
-A su hermano, la laoche que t w e el gusto de
coriocer a Ud., respondid Martin; per0 hmador no
la engalanaha con ese -irltirno verso.
-Vaya, t i m e Ud. mui buena memoria.
-&Qu6 Ud. habia olvidado esta circunstancia ?
-iOh! no, me acuerdu mueho de eso noche :
mas todavia, me acuerdo de todo lo que habl6 con
Ud.
-Talvez porque 62 estaria dijo sonrikndose
Martin.
--&Qui611?
-EI de que est&hamoShablando.
-iAh! no : ent6nces no queria a nadie.
Apesar de Ta nduralidad de &a esclamacion,
habia tal tristeza en la vox de Edelmira, que Rims
la dijo :
- 479-
-Ha& ahora Ud; ha tenido confianza en mi jse
arrepiente Ud. de ello?
--A Yo arrepentirme ! No.
-La dirijo esta preguiita purque querria pader
servirla en todo.
-&Que mas quiere hacer gor mi? Bastante se ha
heornodado ya.
-Mas podria hacer tal vez, si Ud. me nomhrase
al que ama.
-iNo, p10, esclam6 con V~IWZI, la nifia, nunca!
--$me Ud. que le hago esta pregunta por cusio-
sidad?
-No, pero. ....
-vaya, no insistirk ; pera cr6ame que no ha sido
curiosidad, sino la esperanza de poder servipla.
-Se lo creo Martin: dispenseme si no le con-
testo; pero es imposible ahora, dijo con sentido
acento Edelmira; i luego afiadi6, dando a su VOZ
ese Z O ~ Qde a-Eabilidad que ernpleainos con unaper-
sona a quiem tememos haber ofendido : se lo dire
despues &no?
--Digamdo solo si Cree que puede serla Wl que
yo lo sepa.
--Bueno,
-Per0 podemos hablar de 61 sin nombrarle,'re-
pus0 Martin, pensando que 120 padria haber nin-
guna conversacion mas agradable que aquella para
Edelmira
- I80 -
-Eso si, contest6 ells con una sonrisa.
Hahkron entdnces alegremente. Con 10s recuer-
dos de su amor, Edelmira parecia olvidada de la
situacion en que se hallaba, i pint6 con sencilla
elocuencia el. nacimiento de esa pasion, sin espli-
car las camas que ella misma ignoraba. M x t i n era
buen juez para apreciar el merit0 del cuadro sue la
nifia le trazaba i encontr6 rasgos de admirable ver-
dad, que le pusieron frente con sus numerosos re-
ctlerdos de soledad i de amur.
hsi llegaron a cam de la tia que, despues de oir
las esplicaciories que la him Edelmira, prQdi@ a
Martin delicadas atenciones,
--si Ud, quiere hacer penitencia le dijo, qubdese
a alinorzar con nosotras.
nivas se prestd de buena gana i almorzd alegre-
mente con Edelmira i su tia. En 10s platos que le
presentaron; ex1 In gran canasta de frutillas .que
C Q por toda la pieza; en 10s
esparcia su X O ~ A ~ ~ olor
muebles que 12 adornaban, en todo hall6 el j6ven un
aspecto agreste que ensanchd su eorazon. En esta
disposicion cle ziniino acept6 l a oferta que le him la
viuda de un caballo ensillado pora dar wn paseo, en
el queMartin emple6 dos horas, galoyando a veces,
s mirar 1.111cercado, cualquier
deteniendose ~ t r apara
, paisaje en el. que con la irnajinacion colocaha a Eeo-
nor, i a sus pies, ohidado del mundo, la h a b l a h
de SLI amor estrechando sus liadas manos.
- 481 -
Al despedirse para volver a Santiago, Edelmira
le acompafi6 hasta el coche.
-Mibntras Ud. andaha a cahallo, he cumplido
mi promesa, le dijo djndole una mrta ; aqui v;'t el
nombre que Ud. me pregunt6 en el eamina.
Rivas tom6 la carta i se despidid sin advertir la
turbacion con que Edelmira se la habia entregado.
- No, no la abra que est6 Ejos, le dijo la nifia
cuando el coehe iba a ponerse en marcha.
Rivas la. him un nuevo saludo de dexpidida i
parti6
El paseo que acababa de hacer a caballo i la sa-
tisfaceion de haber prestado wn servicio a Edel-
mira, pusieron a Martin de rnui buen humor. Re-
clinado en el coche, que caminaba con hastante
rapidez, se entre@ durante largo rato a las ideas
que el progectado'viaje a1 campo con la familia de
don Djrnaso le ofrecia, i solo pens6 en abrir la carta
de Edelmira cuando se encontraha bastante l6jos
de la casa en que la habia dejado.
Esta carta decia lo siguiente :
Ya conoce Ud. la historia de mi amor, pu6s nada
le he ocfxltado i ver&pur que me atrevf en .el ca,
mino a deckle el nombre del que amo, cuando sepa
que es el que he p u e s t ~al principiar esta carta,
. EDELMTRA
MOLINA. ))
vol. IL 12
- 182 -
-i Yo ! esclamci Rivas con admiration.
Luego, despues de leer la carta por segunda vez,
dijo con verdudero sentimiento,
-1 Pobre Eddmira !
Ya en lo restante del camirzo, S O ~ O pudo pensar
en la revelacion del papel que tenia entre las manos
i lleg6 a Santiago Lleno de tristcza por haber sido,
aunque iiwolontariarirente la causa de -la dificil
position en que se eneontraba Eclelmira.
Dejd el coche en la plaza de Armas i se encarnilad
a pi6 a cam de dun Djmaso Encirra.
Al tiempo de subir a su hahitacion, sintid la voz
de Agustin que le Ilamaba desde su cuarto.
--Hombre, le dijo con viveza &ded6nde vieizes?
-He estado fuera de Santiago ipor qui! me lo
preguntas? contest6 Rivas e m inqnietud.
Agustin cerr6 la puerta de su ctrarto que d a h
a'l patio otro aue comunicaba eon las [Link]
L. A
interiores, i despues, acerchdose a Martin, le dijo
coli gran misterio:
---TToi a'contarte lo que ha pasado.
- 183 -
Para comprender lo que Agustin dijo en-thces a
Pkivas, dehemos averiguar 10 que hahia sucedido
durante la ausencia de M e .
La criada can quien Edelmira lleg6 en la maiiana
de ese dia a Santa Ana, se habia quedado haeiendo
comparaciones entre el lego que prendia las velas
cle un altar i el galante poslillon que tan finos re-
quiebros habi.a dirijido a Edelmira o a ella,
La criada se inelindm a m e r que era ella la que
habia cautivado al galante postillon, i ya dijimos
que le hallaba mucho mas interesante que el lego
que elacendia 3as luces.
Pera curno a POCO rato se retir6 W e , la criada
no t w o ya con quien establecer comparaciones,
i se entretuvo contando 10s allares i luego las ve-
las que cCda uno tenia; i como al cabo _detres
cuartos de hora not6 que no habia rezaclo, dijo aL
gunas Salves i algunos Padre Nuestros.
Pasacla una hora, se pus0 a pensar que no
podia ser m;ii peguefio el nilinero de pecados de .
Edelmira, cuando empleabtl tanto tiempo en confe-
same, i cansada de pensar en esto, dej6 de pensar
i se quedcj dormida.
Una beata la despertcj media h u m despues, para
preguntarla si habia pasado el Evanjclio de una
misa que se estaba diciendo a 1a sazon.
La csiadcl se content6 con responder.
-No Eo hei visto, no ha pasado por aqui.
La beata se retird diciendole: ((Dim te guardc-u i
la criada did varios bostezos.
Cansada de esperar, recorri6 todos 10s confeso-
narios i despues la iglesia en todas direcciones,
mirando a la cam de las devotas que la ocultan
debajo del. manton.
No hallando a Edelinira en la iglesia, sali6 a la
plazuela. Alli vi6 que Edelmira no estaba tampoco
i not6 con sentimiento la ausencia del amable pos-
tillon.
Volvid ent6nces mas de prisa a entrar a la I&-
sia i a mirar a las devotas que la calificaron de
ccchina curiosail i salicj nuevamentc a la plazuela
llena de inquietud.
Lo primero que se v6 en cualquiera plazuela de
Santiago es algun individuo del cuerpo de Policia.
- 183 -
La criada se dirijid a U ~ Z Oque con su pito tocaha
algunas variaciones tm5bles contra el oido de 10s
transeuntes.
-i,Qu6 horas serjn? le preguntd.
-Cuzindo dejarAn de se.r las diez, pues, contest6
el policial.
- I -Las dim, buen dar! esclam6 la, criada,
echando a andar con gran prim camino de la casa.
Eran como las diez i cuarto cuando llegd a esta,
en donde dofia Bernarda pedia CQII exijencia el al-
mue-rzo.
-1, 1Edelmira? preguntd al fier entrar a la criada,
-Que no Ileg6 pwes? dijo esta.
Se busc6 en van0 a Edelmira por toda la cam i
despes de esto se reunid la familia para averiguar
en dondc podria encontrarse. Despues de mil supo-
sicianes se esper6 una hora: trascurrida esta bora
la familia se sent6 a almorzar i tras el almuerzo se
espesaron dos horas mas, sin entrar en sospechas
de que Edelmira hubiese pod id^ fugarse.
Mas como Edelmira no llegaba, dofia Bernarda
Uarn6' a la criada i la him referir el viaje a la igk-
sia, en cuya narracion la criada se manifest6 tur-
bada al omitir el encuentro de Edelmira con
Martin. Esta turbacion despert6 vagas sospechas
en el espiritu de Amador, quien las commie6 a su
madre, la que propuso el medio de 13s arnenazas i
aun de la violencia, para arrancar a la criada el
- 186 -
secreto de aquells ailsencia, si X ~ S Q esistia tal
secreto
-Estas c h i m s son hechas por mal, dij o sentencio-
samente dofia Bernarda, i asi es preciso tratarlas.
En consecuencia, la criada compareci6 de nuevu
ante el tribunal de la familia i a poco rato se ha116
envuelta en 1as redes cIue con hastante destreza la
L
tendid. Amador. Las arnexms acabaron esta ohra,
pues Antes de media hora., la criada habia reEericZo
todas las circunstancias de la eseursio~lde la ma-
-
llC2122. .
-Mc...dre, dijo Amador, cuc2nclo estwo solo con
dofia Bernarda, no- ser;i mucho que 6sta se haya
arrancado con Martin.
- ~ D ~ Q sla libre! contest6 apretmdo 10s pufios la
sefiora, porque .la maiido derechita a la c u r m c i o n .
Por este nomhre designaba eIla la casa de Cor-
reccion. d e mt-jeres,
En esas circunsiancias Ilegd Rica~rdoCastafios,
el que impuesio del sticeso, fu6 cle opinion de c’i-
rijirse a easa de don DAmaso, opinioii aceptttda
por unanimidad de sufmj10s.
L.
Arnacior i Ricardo Ilegaron a las tres i media de
la tarde a casa clei ~iuespedde i ~ a r t i n .
E1 criado les dijo que Rims habia salido sintes
de las siete dela nnafiana.
La hora era sospechosa, por lo cual3as dos mo-
zos se miraron.
I
- i87 -
- 1,Volv6remos ? preguntd el oficia'l de policia.
- Mejor serii que entremos donde el caballero i
le conkernos la cosa.
Este parecer prevaleci6 despues de tin lijero de-
hate, en el que Amador sosttwo SIXopinion con 1a
esperanm de molestar a Martin, para vengarse de
su partieipacion en 10s asuntos de Adelaida.
-Si 61 no anda en esto, dijo gp-16anclaba ha,-
ciencio tan temprano por la igksia? Qu6 cast-Ididad
tambien que Ilegase al mismo tiempo que Edel-
mira!
Esta reflexion despert6 10s zelos de Ricardo que,
corn0 si mandase cargar a su conipafiia contra el
enemigo, dijo con resolution.
--AdeIa~~te.
-3lI6tale no mas, le contest6 Amador, tomando
la delantera.
Don Dimaso Encina estaba en su escritorio,
leyendo uiz articulo de 1.111periddico de oposicion,
Amador i.- el. oficial le saludaron con gran corte-
sia, i el hijo de dofia Bernarda tom6 la palabra para
d e c k el objeto de aquella visita.
--No creo que Martin sea capaz de tal eosa, dijo
don Djmaso cuando Amador enuncid sus sospe-
chas, al terminar su relato.
-No lo conoce Ud. secor, replied Amador; pa-
garece que ne fuera capaz de quebrar uii liuevo,
pero estodo lo contrario.
- 185 -
Don D h a s o llamtj a su hijo para averiguar lo
que supiese, delante de 10s dos inozos.
Agustin oyd la. selacion del hecho i dijo:
-iEs una indignidad! yo no lo m e a
-&I a qu6 ha saXido tan temprano Martin? re-
plic6 Amador.
-Se puede salir de buena sin ir por esto a
robarse las muchachas, contest6 Agustin, aprove-
chando la ocasion de hurlarse del que le hahia
heeho sufrir, poco tiempo hacia, 10s padecimientos
de2 finjido casamiento.
-No veniinos aqui para que Ud, se ria, le dijo
Ricardo Castafios amostazado.
-Digo lo que pienso, repuso Agustin i si es cierto
que Rivas les ha quitado la niiia, lo mejor sw6, que
Wds. la busquen por ~ t r parte.
a
Don Dgmaso interpuso su autoridad i declas6
que si Martin tenia parte en aqtiella fuga, se hasia
justicia por el honor de la casa.
Con esto se retirason Amador i el ofieial.
--Pap& estos quieren sacarle plata, dijo Agus-
tin I
-Sea lo que quiera, contest6 don DAmaso, el
hecho es que no dejan de haber motivos para sos-
pechar de Martin, i si fuese verdad, yo no permi-
tiria que hahitase en mi casa un j6ven que dA tan
mal ejempla
Ritir6se Agustin, dejando mui satisfecho a su
- 189 -
padre de haber manifestado entereza en aquel
asunto i [Link] a1 cuarto de Leonor.
--Hermnnita, la dijo jno sabes 10 yunv pasa?
-xo. .
-Yienen a acusar a Martin de que se ha robado
a Edelmira Moliiia ex-cufiada.
Leonor dejd caer un lihro que estaba leyendo i
se levant6 pidida cornu tin cad.&ver.
r2austin
o le refirid lo que acababa de air en. pre-
sencia de SLI padre.
-1 th iguB piensas de &to? le preguntd Leanar
con afanosa iqcpietud.
-A f6 mia, no s6 demasiado qu6 pensar, res-
pondid hgustin que, como hemos visto, creiahu-
hiese amores entre Martin i Edelrnira.
Leonor sinti6 wn violento deseo de Ilorar, pero
~ U V Qfuerzas para dominarse.
- Pero Martin me ha negado siempre que tenga
amores con est2 muehachcv,, esclaind dando un fuerte
acento de desprecio a la palahra que suhrayamos.
-Que quieres, mi beEFa, cada u m tiene sus pe-
queEos secretas en este bajo mundo.
- Esa es una hipocresia impardonable., volvi6 a
esclamar Leonor, con mal reprirriida cdlera.
- Hipocresia, hermanita, t a n t o que t u p i e m s ;
pero es preciso pensar que el pohre muchacho es
hombre, despnea de todo.
-AI por qui! niega ent6nces 10samores que tiene?
vol. 11, 112.
--Par que? j d bello asomto ! Bo todas las ver-
I
dades son para dichas, h e l h hermanita.
Leonor se c k j 6 mer solire el sof5 en que hV
hahia
encontrado Aqustin.
c-
- Observo, afiadid &e, que no eres induljente
con ese pobre Martin? que nos ha rendido buencls
servicios ; eso no ES bueno, hermanita; asi n u se
podrk hacer un proverlsio que seria bonito : (( El
corazon de la mujer e.s todo jenerosidad. B
1 c p i : dig0 yo ! esclaind Leonor impaciente.
- -1
--No s6 ; pero veo que tratas este asunto tan
seriosumeIz~e.... b . . .
--Te equivoca,s, hgustin, repuso la ni5a con
serenidad hien finjidq iqui! me importa a mi todo
esto 1;
Esos sesvicios de que lzah3as til son 30s q u e me
hacen sentir lo que p a x , porque p q " i i m a m i no
pueden mirar esto con indiferencia.
-Ah ! asi me gusta oirte : hablas como un lihro.
Te iba a castigar fumando aqui tin prensado, pero
te perdono.
I s d i d hgustin del cuarto de Leonor, encendiendo
un gran cigarro puro a1 entsar en sti bahitacioii.
Pocos momentos clespues lleg6 Rims a qulen
Agustin lhmd comovimos [inks,
-'iroi a contarte lo que ba pasado, le habia dicho,
despsxes d e cerra.r con aire de misterio las cios
puertas de SKIhabitacion.
- 19.1 -
-A wr, dijo Rivas senk'mdose.
-Amador i el ~ ~ O Y O Sde O Edelrnira vieizen d e
salir de casa,
--L Si? pregunt6 Martin, cambiaiido lijerarnente
de color.
-Han venido a quejarse a pap& de que til les
has sobado la nifia.
- ilfiserables ! esclamd Rirras entre dientes.
--Eo mismo he dicho yo : es preciso confesar
que la queja es plaisante. Pera t e h e defendido con
. t
eralor, por ese lado no te inquictes i te aseguro yue
se fueron furiosos. Lo que resta que hacer es quitar
toda sospecha a papti.
--I para qub? psegunt6 Martin con salzgre
fria.
Agistin le mir6 ahkinado.
-Por ejemplo, esclain6, es un pcco f u w t e lo
que dices.
-No veo por qui?.
---No ves por quk? iC&pit,a? No hastn que 1-10
sea ciesto, es preciso que pap& se convema de tu
in ocencia.
-Hai un inconveniente para que crea lo que
dices.
Que. Snconveniente?
Que 30 que dice Amador es cierto a meilias.
iCierto ! Te has Zlevado a EdeImira!
La be acompafiado.
- I92 -
-i A ddnde?
- A Renca.
Agustin se levant6, ptlsose el sombrero, “i ha- -
ciendo- a Rims un sahdo. -
-Me inclino ante tu talento, le dijo, jMira que
si yo hubiese hecho otro tanto con Adelaida, no se
habrian reido de mi 1 Eres zzn hombre de herza,
amigo ; me inclin~,eres mi maestro.
-iPorqu6 ? le pregunt6 Martin, ri6ndose de la-
e6mica gravedad de su amigo.
- iCdmo! jte parece POCO robarse una chica,
jentil corn0 una flar? eres dificil amigo mio i mui
modesto.
-Yo no la Be robado : la he acompafiado.
-LO mismo#dACham que Juana, suele deck pap&.
- No me comprendes, replic6 Martin.
-Demasiado te comprendo, al contrario ifelk
mortal!
Esplic6 Rivas mt6nces todos 10s antecedentes,
pero sin hablar del amor de Edelmira.
Agusth encendid su cigarro, que se habia apa-
gado.
-La cosa cambia de aspecto, dijo : es decir,
que te has sacrificado a la amistad.
-No veo en que consiste el sacrificio.
-Vaya, las mujeres que pretenden ser tan ma-
liciosas se equivoean tambien :figfirate que Leono
se pus0 furiosa,
- i Ah ! dijo Rivas turbado L lo sahe tambien?
-Todo, i Cree lo que yo creia, aungue trat6 de
disculparte.
En este momento IIamaron a corner,
--Per0 vas a negarlo todo a pap&? le dijo
Agustin.
-No he cometido ningun crimen para ocultar
mis acciones ; contest6 Rivas [Link].
-Libw a ti de hacer 10 que t e plazca, dfjole
Agustin abrievrdo la puerta, yo te digo mi opinion.
Caminaron hAcia el comedor.
Agustin iba inquieto, porque tenia por Rivas un
verdadero carifio.
Rims caminaba resuelto aunque [Link]
con violencia el corazon : todo su temor era al des-
precio de Leonor.
Cuando entraron, la familia se hallaba sentada a
La mesa,
- 194 -
Reisaba en el comedol: un gran silenclo cuando
10s dos jdvenes se sentaron.
Don Dcimaso sahoreaba la sopa. con un aire de
gravedad dectado, i dona Engracis partia UR pe-
dam de cocido para Diamela.
Leonor fijaba la vista en una de las ventanas de
la pieza, de la que pendia una wsta cortina de
reps, sobre otra blanca de finisimo tejido.
'PIfartin busc6 en van0 esa mirada i crep6 leer su
sentencia en la frente de Is nifia, que se levantaha
con singular altanerfa.
Sin embargo, aquel silericio era [Link]-
harazoso para que pudiese durar m u c h iiempo I
iiecesariaimnte debia interrumpirlo el mas d6hil
de car5cter.
Don Dzimaso dej6 poco a poco la gravedad con
que h a h contestado al S ~ U de ~ QRims i se de-
-
- a95 -
cjdid al fin c2 dirijirle la palahra, va que naclie
1-orngia WI silencis qne le incomodaha.
-L 112 [Link] Ud. de paseo? le pregulitd.
- Si, sefior, contest6 M a r h
Singu11a otra preguwrta se le ocurri6 a don E t -
maso i volvid el silentio. Pero Agustin rio era de
10s que podian estarse callados mucho rato, i le
-pareci6 que dehia seguir-el. ejemplo de su padre.
--qui no hai lugares a propdsito para parlidas
de c a m p a m como en [Link], dieid.
I se engolf6 en m a descripciolz del Zago de
Enghien, del parque de Saint Cloud i de varios
puntos de 10s alsededores de Paris. Como 10s
demas se encontrabm poco dispuestos a interrkrnn-
pirle, p u d ~continuar SLI disertacion [Link] casi
toda la comida, lamando un nutrido fmgo de ga-
licismos i frases afr-ancesadas, eon las que creia dar
el colorido l = c d a su descripcfon.
- klli si que puede uno diwrtirse, esclam6 con
entwxiasmo alterminar, i no aqui, donde 10s en-
viroizes de Santiagp son tan feos, sin parques, sin
castillos i sin nada.
La comida conchyci sin que Leunor hubiese
parecido notar la presencia de Martin en la mesa.
AT sdir, ciofia Engracia dijo a su marido..
-Espero, pues hi@, que h,ahles con Martin
porque esto no puede quedarse asi.
- Hai tiempo, hablar6 esta noche, contest6 don
- 296 -
Ddmaso que, teniendo grandes miramientos por
su dijestion, se prevdia de este pretesto para no
tener una &ria esplic-acion con Rivas, acerca del
asunto de Edelmira.
-Bueno, pues; pero no dejes de bacerlo, esta
casa no es para escAndaIos, repuso dona Engracia,
dando un apreton a Diamela, como para hacerla
testigo de su recato,
La perrita contest6 con un grufiido, i se retiraron
de la antesala donde hahian Ilegado.
Trjs de sus padres venian Leoiior i Agustin.
Rivas salid el izEtimo del comedor i se retir6 pronto
a su hahitacion.
- Sabes que hai algo de cierto en lo de Martin?
dijo Agustin a Leonor cuando estuvieron solos.
-bQui6n te 10 ha dicho? pseguntd la nifia, que
interiormentc se lisonjeaba con que Martin desba-
rataria las acusaciones que pesaban sobre 61,
--E1 mismo Martin, contest6 e1 ekgante.
- iNo V ~ S ! ni se atreve a negarlo! esclam6
Leonor, con una espresion de encono, que por si
sola parecia hahlar de venganza,
- Pero To ha hecho de ~ L W Qbueno.
-AS, n6? ciijo la nifia con sarclcjnica sonrisa,
Figdrate que la vieja queria casar a esta pobre .
nifia contra su voluntad.
--I Martin, de pur0 bueno como t b dices, se
.
declasd su defensor, i n o es esto? hfui mal inven-
--'I97 - <
tada me parece la disculpa : ya pas6 el tieinpo de
don Quijote.
-iPeste, Ezermanita! esclam6 Martin, que habia
heredado de su p d r e la facilidad p r a cainbiar de
opinion en cualquier asunto, jsAbes que me d&s
qui? pensar? Bien puedes tener razon. ~
-$ tb le habias creido! afiadi6 Leon'or con es-
presion de rabia mal contenida. jVaya! times una
facilidad admirable para creerlo todo. A ver, jqu8
liabrfas hecho tfi en su lugar? habrias confesado una
e es una falta mui grave, igue importa
falta; p ~ r q u esa
que la muchacha sea pobre, cuanda es virtuoga !
-Todo lo que dices me parece verdadero como
el evanjelio, mi betla, i yo no soi mas que un ino-
cente : Martin me ha hecho comulgar con una rueda
de molirio.
-1 mui grande.
--Enorme, ii yo que me la traguli: sin hacer un
solo jesto !
Agustin se retir6 dando esclamaciones i Leonor
entrd a su cwarto. No queria. confesarse que estaba
furiosa, i para distraerse se pus0 a probarse iin
sombrero que habia comprado p r a el campo.
Mihtras se miraba a1 espejo, dos grandes Irigri-
mas corrian por SIRS frescas mejillas encendidas
por el despeeho.
En la noche, viendo don Dgrnaso que Martin no
asistia al s a h , e instigado por su mujer, le mztndljl
- 4-98 -
Ilamar i mihtras t ~ convkrsaban
d ~ en esa pieza,
se qued6 G Q Rivas~ en la antesala.
Al 'ves 10s semblantes de zmbos, se hubiera
creido que don Dgmaso era el acusado, tal. era la
dificultad que parecia tener para dar principio al
d i 5 l ~ g ~Martin
. sereno sin afectacion 'I esperaba
que don D h a s o ronipiese el silencio. Vienda al
cabo de algun intervah que esperaba en van0 i
que *don DAmasd huscaba mil maneras de disi-
nitrlar su turlxwion, sc decidid a saearle de aquel
apuro.
-He. hab'iado se5nor con Agwstin Ee dLijo, i s6 I
por 61 la acusacion que me hail hecho ante Ud.
-Ah, ah, ya sabe Ud., pues hombre, me a1egx.o:
figfirese Ud, que se me presentan e m s dos nmms
i me dicen lo que Ud. sab1-A; por suptlesto que yo
no he creido en tal cosa, pero - aqui la sefiiora.. .
-Antes que Ud. prosiga, seiior, dijole Martin en
una pausa en que pzrecia buscar alguna palabra,
debo decirle que esa acusacion nu es-del todo in-
fundada.
-LC6mo dice? preguntd don Dimaso, creyendo
que habia oido mal.
--Digo; sefior, que la acusacion que. Ud. ha oido
contra mi, no es entermente [Link] ; time
algo de cierto aunque es natural que mis acusa-
dores se eyuivoquen en mucho.
--Me deja Ud. perplejo le dijo don 305rnaso.
*
- 199 -
--POI- mi parte, repuso don DAmaso, bien se figw-
yar&Ud. que le disculpo; per0 ya ve- Ud. lo que es
una casa donde hai familia. Aqui la. sefiora es tan
rijicb, hombre, de todo se escandaliza; YO no, i so-
lsfe todo.. .
--Mucho le agradezco sefior sti [Link], con-
test6 Martin; mi coneiencia est5 tan trampila que
casi no la necesito. Poi- 10 poco que Ud. me dice.
creo entender que la sefiora est5 alarinadai no sere
go, que tantas ateneiones i fayore? deho a Ud., el
que destruya la tranquilidad de su familia: corn-
prendo lo que debo hacer i mafiana me permitirA
Ud. dejar su casa para que el Animo de la sefiora
pueda traiiqu ilizarse.
--iHombre, no se trata de em! esclamd don D5-
maso; p r o Ud. comprende mi ernbarano p 6 ? La
sefiora dir5 que no que no es cierto i luego.
--Jan& he dado motivo para que se ponga en
duda mi veracidad, dijo el jdven con dignidad.
-Par supvesto, i nadie duda.,.; mas,,. hombre
5;z conme Ud. a la scfiora i.. .
Martin insistid en lo que hahia dicho i don DAW
maso en emedd en sus propias discuJpaS, sin d e c k
nada de decisive.
--Si se v&me harzi niucha falta, pensaba, mihi-
tras Martin dejaba su asiento ientraba en el salon,
donde se encontidm reunida la tertulia ordinaria
de la casa.
Leonor conversaha con Matilde, que venia descle
poco tiempo a casa de su tio despues que se hahia
roto su matrimonio.
Cuando lltivas entr6 en el salon, se notaba en su
fisonomia mui diversa espresion de la que ordina-
riamente tenia en psesencia de Leonor. El aspecto
del jdven indicaba una resolucion firme e invaria-
ble, porque sin vacilar ni tusbarse se dirjji6 al lu-
.gas que ocupaban las dos nifias i su mirada era
segura conzo su ademan.
Leonor se pus0 inui pjlida a1 verle acerearse
con ese aire de resolucion i le ciirijid una mirada
glacial
Pero esa miracla no intimid6 a Rivas, que pare-
cia dominado por una idea fija.
Esajdea se ancerraba en una reflesion que al
separarse de don Dlimaso, habia formulado inte-
riormente asi :
-Si ella no me Cree, qu6 h a r h o s ; pero yo Ea
h abl ark.
con tan firme designo se senti a1 lado de Leonor,
hacititndolo empero, de manera que 10s dernas no
viesen nadx de premeditado en acpel paso.
Leonor ~ 0 l v i 6Ea cabeza hitcia su prima con in-
sultante afectacion; pero Martin no se desalentd
con esto.
Sefioi-ita la dijo con segura TW deseo hahlar
m I z Ud.
-jConmig61 esdam6 Leonor, en city0 acento se
notci, pero a p h a s un lijero temblor. i N o habld Ud.
va con mi pap&?aEadi6, dondo a su rostro la ma4
J
jestuosa arrogancio que tanto intimidaba. a Martin.
-Por 10 mismo que he hahlado con 61, replic6
M e , deseo ahora que U d me haga el favor de
oirme.
-De veras que el tono ea que Ud. me hahla me
asusta, dijole la j &en, aparentado una admiracion
Ilena de indifesencia a la par que de desprecio.
-Tal vez estoi afectado, dispenseme Ud..; To que
me sucede ahora es tan trascendental para mi por-
venir, que no es estrafiu me impresione.
-&QUI! le sucede? preguntd Leonor con una
sonrisa que contrastaha con la seriedad del j6ven.
- Ud. 10 sabe, sefiorita.
- i Ah, 10 de la sefiorita Edelmira ! no^lo he
creido.
- Agustin debe haberla dieho la. verdad que me
oy6 hace poco.
-Si, Agustin me refiri6 algo de un servicio que
Ucl. habia querido hacer a esa se5orita ; una mala
disculpa, iinvencion de Agustin, a1 caho?
-[Link], eso que Ud. llama disculpa, es Xzz
verdad.
--De veras? disphserne, creta que era u'na
- 202 -
histaria inveiitada poi- Rglnstin para hacerrne reir,
- $r6e Ud. ent6nces que no lzaga hombre capnz
de hacer un servicio corn0 ese?
-
- De todos modos, ya hai uno, i ese Ud., porque
ahora que Ud. lo dice, debo [Link],
-Me hahla Ud, con un tono que desmientc sus
palabras.
- i Cree Ud, queme estoi tomando el trabajo de
fiiijir? le ctijo Leonor, levantando con orgullo su
h el 1isima f rent e.
-No creo que Ud. tenga necesidad de tornarse
ese ni ningun otro trabajo conmigo, eontestdla
Riv-as con enterzl dignidad; pero querria divisar
mas seriedad en sus palabras, purque aprecio S'CI
juicio i la opinion clue Ud. pueda tener de mi.
- Teniendo en tal aprecio mi upinion debicj Ud.
habernie consultado para su rapto o s u fuga, 3.15-
m e h Ud. corn0 quiera, i yo tal vez habria injeniado
un plan menos fscil. de adivinar que el suyo.
Hahia. tafito sarmsmo en la voz de Leorror, que
Martin sintid 10s colores subirsele a 13s mejillas.
-Ud. es cruel conmigo seiiorita, la dijo c m
cierta aspereza ; me A u n z i k dernasizdo : si como
su mamg, Cree Ed. que haeiendo un servicio, que
volver-ia a hacer si h e r e greciso, he hltado a 10s
miramientos q ~ i edebo a la familia, sfa que vengo a
justificarme, podia U d eniplear inas induljencia.
Estas palabras produjeron alguna i r n p w i o n e n el
- 203 -
fi~~ilno de Leonor, que habia contado con que Rims
se defenderia p ~ medio r de triviaks descargos~
E1 j6ven continu6 :
-Su malm5 se h a limitado a d a m e a entender,
por medio del sefior don DAmaso, que debo saIir de
su c a m Cierto que no neczsitaha de esta insi-
~ ~ u a c i opnx a ilacerlo ; me habria hastado haber
,
incurrido en el desagrado de Ud. Mas como mi re-
solution est5 hecha ya sohre esto, no he querido
dejarrne sin referir a Ud. la verdad del hecho i
justificarme en su opirzion. hhora, Ud. me recihe
con sarcasmos ~ p o qu6 r no me deja Ud. Ilevar Ia
idea qt;e siempre he tenido de su corazon? Me
ser&mas consolador recordarla con agradecimiento
que con pesar, porque de todos-rnodos tendre que
recordarla sieinpre.
L~OMW le mir6 conmwids : la inelmcdlica YOZ
cleL j6ven. la innpresionaba. a su pesar.
---Mi pap&se habrzi esplicaclo mal, Ze dijo con voz
en que se traslucia mas tiinidez que orgullo.
-4 0
s6, ni lo weriguark ya, repuso hfartin : mi
deseo principal es el jtistificarme a 10s ojos de Ud.
-Ha hecho Ud. mui Iiien, le dijo ella, esa nifia
era su amida i fu6 miii justo que Ud. 12- 7 sir-
I
TTiese.
No p u d ~saber Martin s i estas palabras eran o 1-w
sinceras i vi6 que Leonor parecia dar con ellas pur
terminatkt la comersacion
-Tal vez, algun dia, la dijo, eltiempo me justi-
fique.
--I lo que deja Ud. al tienipo ino puede hacerlo
Ud. mismo ? pregunt6le Leonor mir5ndoIe fija-
mente,
-KO puedo sefiorita, tengo un secreto ajeno que
respetar.
Todas sus sospechas acudieran entdnces al espi-
ritu de la nifia i creyci que aquella era solo una
farsa bien representada p ~ Martin.
r
-Secret0 siempre de la ainiga g o es esto? Que
hacer, esperaremos la justificacion del tiempo.
Hahia VU&Q el sarcasmo a su voz i el orgullo
brillaha en su mirada.
-Yo me lisonjeaba con la idea de que Ud. me
creeria bajo mi palabra, la dijo.
-Ad 10 hare, contest6 ella secamente.
-ACornd insistir? i ~ me~desprecia
a I fuk 10 que
pens6 Martin a1 oir aquella sepuesta.
Ademas, Leonor, corn0 para cortar la conver-
sacion diriji6 la palabra a Matilde que en aquel
mornento hablaba con Agustin.
Hubiera querido arrojarse a 10s pi& de Leonor i
espirar all& pidiendo a1 cieb que le justificase, sin
necesidad de tener que manchar su honor, sirvikn-
dose de las cartas de Edelmira que podian salvarle
-
.
en parte.
Entre tanto, Leonor seguia hablando con Matilde,
- ‘205 -
i Rivas tuvo que decidirse a dejar SU asiento.
Sali6 del salon i al encontrarse solo en su cuarto
se dej6 cam sobre una silla lbrando como un nifio.
A1 calm de un cuarto de hora record6 la carta de
Edelniira que sac6 del bolsillo.
--A Tohse
. niEa! dijo volvieiido a la comparacion
que siempre hacia entre su suerte i Za de ella.
A1 rnismo tiempo record6 tambien que poco
Antes habia pensado que las cartas de Edclmira
poclrian desvanecer las sospechas de Lemur i sa-
chndolas todas de un cajon de la mesa en que se
habia apoyado, las quem6 a la luz de Za vela junto
con 1a que habia recihido aquel dfa.
A1 veslas consumirse sinti6 una d u k e satisfaceion
en su pecho, dicihdose :
-Asf me hallark libre de lentaciones.
1 fij6 la visto en la luz con la espresion de un
hornlire c u p cerebro est5 turbado por uno de ~ S O S
golpes morales que paralimn hasta el llanto, qui-
tando casi del todo la cmciencia de lo que se pa-
dece.
La noche aquella fu6. para Martin una noche de
martisio, Para distraer su pesar empled algun
tiempo en el arreglo de su equipaje que, no sienclo
mui voluminoso, estwvo luego pveparado para la
rnarcha. Conchidos 30s aprestos pas6 un largo rato
apoyada la frente en 10s vidrios de una ventana que
d a h sobre el patio, Desde alli, ya que c,on la v k k
V d . I. 12
- 206 -
n o podia clivjsar a Leonor, recorri6 con la menloria
10s incidentes de su vida clesde que, pobre, per0
clescuidldo i lleno de esperaazas habia atravesado
q u e l patio. En esa ekjr'a que casi todoshemos en-
tonado a las esperanzas perdidas, se despidi6 Rivas
de 10s dorados sue5os con que el amor regala 10s
afios floridos cle la juventud; pero dotacio por la
naturaleza de s61ida enerjia, E j o s de abatisse con
la perspeetiva de su triste porvenis, encontrtj en su
propio sufrimiento la fuerza que a muchos le fdta
en estus casus. Pens6 en su madre i en su her-
mana i record6 que !as debia la consagracion de
sus fuerzas. Fortalecido con cste recaerdo se sent6
a la mesa i escribi6 a don DAmaso una carta dAn-
dole la? gracias por la jenerosidad con que le habia
hospedado i otra a Rafael San Luis en la que le re-
firid lo acaecido i su determinacim de irse al lado
de su familia basta que se ahriera nuevamente el
Institulo Naciond donde vendria a continuar sus
estudios al afio siguiente.
Despues de esesibir estas cartas le quedaba a m
que contestar la de Edelmira. Largo rato reflexion6
sobre est%contestacion porque si bien le parecia
duro decirla la verdad, la rectitud de su alma le
mandaha no fomentar unapasion a la que no podia
corresponder. Por fin triunf6 esa misma rectitud i
escribi6 a Edelmira particip5ndole el estado de su
corazon desde su llegada a Santiago, Alnfique en
-
- 207 -
esa carta no nomhraba a Leunor, ese nombre podia
adivinarse en cada una de sus p;ijinas. Terminaba
Rims su cartn a Edelmira sin haces la menor a h -
sioii a 10s sucesos de aquel dia, p;?rticiptindola su
proyecto de ausentarse por ctos meses de la ca-
pital *
A las seis de la mafiana del dlia siguiente: trans-
port6 Martin su equipaje a la posada en que a1
r a Santiago se habio hosj?edado.
En seguida encarg6 al criado de don Dtimaso la
remision de las cartas que durante la noche habia
escrito, rzmunerhdole con jenerosidad a costa de
SLIS econornias para asegurarse SU punt-ualidad.
Busc6 despues i encontr6 luego UM birlocho ~
que ya tenia ocupado un asiento i a las cliez cle Ia
inafiana se pus0 en marcha para Valparaiso,
- 208 -
. A principio de enero del afio siguiente, ia familia
de don Dlimaso se encontraba en la hacienda de
We.
Como estaba convmido, Matildehahiahecho parte
de la comitiva i owpaba con Leonor un cuarto
cuyas ventanas daban sobre el huerto de la casa.
Agustin i s u padre salian diariamente a caballo
por la mafiana i se reunian con llafamilia a la hora
de almorzar, despues de lo c u d se tocaha el piano
i Agustin, no encontrando nada mejor en que
ocupar el tiempo, hacia la corte a su prima.
Dofia Engracia veia con satisfaccion las ateneio-
nes que su hijo dirijia [Link], c2 quien ~ O ~ en
O SIa
casa profesaban un verdadero carifio i con no
m6nos satisfaccion .aseguraba 'la sefiiora que el tern-
peramento del campo hahia sentada mui bien a
Diamela.
- 209 -
on. Ikimaso, pur su parte lek 10s peri6dicos que
]legahan de Santiago, inclinlindose ya a1 ministerio,
F T 22~ la oposicion, segun la impresion que cada ar-
&ulo le producia i al despachar SPI corresponden-
cia hacia continuos recuerzios de Martin, que con
tanta espedicion, sabia interpretar sus pensamien-
tos i aharrark este trabajo.
La soledad i mbnotonia de aquella vida de campo,
en la que trascurrian las sernanas sin incidente
alguno digno de apuntarse, habia, obrado de di-
verso modo en' el aIma de las dos primas que,
aunque viviendo en la mayor intimidad, guarda-
ban cada mal sus secretos pensamientos.
Matilde hahizt llorado su desengafio, corn0 he-
mos ist to ya, pero ese desengano hablla ciestruido
su aprecio a Rafael San Luis i -eon la fdta de
estimacion, el amor se habia apagacio en su pe-
cho.
El iiempo i la ausencia de 10s lugares que habian
presenciado su felicidad, cicatrizaron POCO a poco
la herida de su alma, dejindola solo esa melancolia
que precede al completo consuelo de 10s pesares.
Ental estado, las atenciones de Agutstin, a quien
a h a h a n su juventud, su alegria i su elegancia,
hicieron que Matilde olvidase primeros sus antiguos
3111ores, se consolase despues del vialento golpe
cjue alas puertas de la felicidad I s hahia arrojado zt
la desdieha i concluyese, por iiltimo, por cobrar
vol. II. 12.
- 210 -
gusto i aficion a las animadas conversaciones con
que sti prinm Ia eitretenia.
EI est& Be 5nirno de Leonor, era completa-
mente distinto. La que a3 prineipio parecia certi-
dumbre acerca de la existencia de amores entre
Martin i Edelmira, trtisformrise poco a poco en
duda G Q el. ~ continuo meditar a que Za soledad la
condenaha, Volvieron ent6nccs a la memoria 30s
recuerdos de 3as pasadas conversaciones, de las
rniradas con. que Martin la d e c k SU amor ya que de
palabras no habia Q S ~ hacerb,
~ O i estos recuerdos
ldier~nverosimilitud a 10s descargos con que el
j6ven habia esplicado su mnducta. Enjenioso curno
es siempre el espiritu en huscar razones en ~ D O T Q
4 . 4 1
de lo que el. c o m m a desea, el de Leonor ape16 a
la franqueza C Q que~ Rims habia confesado su par-
ticipation en la fuga de Edelmira, para concluir de
alli en favor de su causa, alegalldo que el que ha
delinquids, se pzrapeta para mayor seguridaci en
la completa iiegativa. De estas reflexiones naci6,
como era Idjico, en Leonor, el sentimiento de ha-
berle tmtado con tenta espereza i contestado con
amargos sarcamos a la sinceridad de Martin, En la
distaiicia tadas estas ideas revistieron la memoria
del j6ven con veiitajosos colores, de modo que poco
antes del regreso de la familia a Santiago, que t w o
lugar a fines de febrero, Martin, sin defenderse,
habiavuellto a conquistar sa puesto en el eorazon
de Leonar, con la ventaja para 61 de que la nifia
acusaba ent6nees de necio al orgullo con que
siempre habia hecho helarse en 10s labios de Martin
las palabras de amor que parecian psdximas a des-
prenderse de ellos.
Victimas de esta gradual reaccion en favor de
Rivas heron varios de 10s galanes de Leonor, in-
clusos Emilio Mendoza i Clemente Valencia, que en
aquella 6poca Ilegaron de visita a la hacienda de
don D5maso. Hubierase dicho que Leonor ponia
ernpefio' en conservar a1 arnante ausenteina escru-
puPosa fidelidad, que se alarmaha con declaraciones
que antes recihia con risa desdefiosa, porque huia
con esmcro las ocasionas de encontrarse sola con
cuakpkra de ems j6venes i con frecuencia, cuando
la alegria i la confianza rehaban en el saIon ella,
eon la
retirada bajo 10s 5rboles del. huerto, i-e~or~.ia
h
memoria 10s dias pasados en Santiago i creia sentk
presentimientos de que las escenas de entdnces se
renovarian.
Por aquel tiempo, Rafael Sail Luis escribia a
Martin t
cc Querido amigo :
Despues de dos meses de soledad i silencio, de
meditation i Iggrirnas soi 10 misino que Antes : amo
como siempre. He pedido al cielo que Imrre de mi
pecho-este amoq a las inisticas contemplaciones
9
su olvido, a Ius bellos ejemplos de virtud que he
presenciado la fuerza de'alma que rnata al corazon ;
nada ha tenido la virtud que la €5hula daha a las
aguas del Leteo : no he podido a1vidar.h dirk como
10s fatalistas ss asi estaha escrito, 1) per0 siempre
me preguntari! con el alma sobrecojida de terror
(( jes .ern castigo de Dios? Porque llevo en mi me-
moria, como el sihcio de 10s penitentes, el recuerdo
de 10s dias de dicha desvanecida i a todas horas su
im5jen, enambrada a veces para mi nartirio, i repi-
t i h d o m e en otsas las crudes palahras con que me
t
condenaba en su carta, En este &ado ~ q u 6hacer?
cc La soledad del claustso, E j o s de calmar el ar-
dor de mi peclno, le ha dado p6brtlo ; ni la oracion
ni el estudio han tenido para mi el bAlsamo con
que consuelan 10s pesares de otros ; en esta atmcis-
fera de hielo arde siempre con calor mi frente ; este
aire no basta a la ansiedad de mi pecho, i mi ju-
ventud i el dolor porfiado de mi alma, me piden
mas espacio, mas ~ U Z mas , aire, otra vida en fin,
que agotando las fueszas del cuerpo, acabe tambien
con la tesonera vijilancia de mi espiritu.
K Asf como a1 entrar aqui no quise furmar nin-
g u m resolucion violenta, asi no he querido tam-
poco dejarme lkevar del estado moral que te des-
cribo para abandonar mi retiro. Pienso ahora como
pensaba a1 cabo S O ~ Odeun mes de reclusion i solo
despues de este segundo rnes de prueba he deter-
- 2.13 --
J-riinadoya volver a1 lado de mi pobre tia que, con
Sa mejor buena f6 del mundo, me creia ya lanzado
el1 el camino de la relijion,
11 SaldrB pues mafiana de aqui i nze ocupari! cornu
pueda. Hai por ahora cierta ocupacion que se
aviene mejor con mi carActer i que Mvez serj
mas eficaz para mitigar la intensidad de mi mal.
Cuando vol~amosa reunirnos acaso tfi tambielz
husques en elPa un alivio a 10s pesares que supongo
te aflijen. Vente, pues, i tal vez me sigas en la via
en que voi a lanzarme : si como Antes lo haciamos,
no sernbrainos esperanzas en el. campo del porve-
nir, troncharkrnbs 'para consuelo las flares secas
que nos ha dejado esa semilla, Para mi el sol de la
felicidad principi6 a brillar con dtemasiado fulgor i
agost6 esas pobres flores;' pero- no olvides que no
siempre debemas Ilorar, yo te mostrar6 una em-
press a la que podemos consagrar el vigor de ntres-
tras almas,
RAFAELSANLUIS. D
Casi al mismo tiempo que esta carta, habia !le-
gado a manus de Rittas, otra de Ede'lmira M o h a
que depia lo siguiente :
Querida amigo :
cc
c No le ocultar6 el pesar que me cam6 la carta
en que Ud. me d e c k que amaba a otra sin nombrgr-
mela. Cualquiera que sea, le aseguro que ruego al
.
- 214 -
&lo porque le pague can el amor que Ud. merece;
I aunque he Ilorado mi desgracia no me quejo, POI-.=
que le d e b ~a [Link] para clue pueda tener
en mira otra cosa que su felicidad. Lo que tamhien
pido a D i m es que me proporcione algun dia la
ocasion deproharle el desinter& de mi afccto, i
poderhacerlc algun scrvicio en cambia de 10s que
Ud. me ha hecho coii t a n h delicackza.
e: Le escribo esta desde la c,asa d ~ mi, tia, en
don& 13. me dej6 i w i a contarle como es que no
he vuelto -a la de mi mamita. DQSdim ciespues que
Ud. me trajo, 21eg6 Amador a huscarme, pero se
opus0 mi tia a que me fuese, i escribid a mi mamita
dic+iendoque solo volveria yo cuando ella prome-
tiese que me dejaria en libertad de casarme o R O
segun y o qujsiese, i aunque mi mamita le ha conks-
tado que se harA como 10 pide mi tia ,esta me ha de-
jado q u i para que la acompace algun tiempo mas.
1) &{e despido dese5nc'd.e la mas coinpkta feh$
dad, i diciendofe que siempre tend1-5 una a-rniga
reconocida en su a€eetisinza
EDELMUUMQLINA. 11 I
Estas dos ca,rtas i las esplicaciones que Sas gre-
cedeii, bastan para dar a C O ~ O C ~laF xituacion de
10s principales personajes de esta historia en la
bpoca del regreso de Martin Rivas a la capital a
principios de inarzo de 1831.
- 215 -
La narration de 10s sucesos acaecidos en la vida
privada nos ha tenido apartados durante largo es-
p ~ de itiempo ~ de la escena pithlica c u p ariima-
cicii recuerdan todavja 10s que hahitahan en la cc2-
pita1 de Chile a fines de 1850 i a principios de 1831
LijeramenteJ33sc~Uejamuseiz 10s primeros capitir-
!os,el espiritu politico que por enthces traia divicli-
dzs 11 toclas Iss clases sociales cie h f a m i h chikna i
I
especialmente a 10s hdiitm'tes de Santiago, fueo de
la activa*propaganda liberal que principi6 a levan-
tar siivoz en 3a Sociedad de la Igualdad.
Sin a-vanzariaos en el dominio de la historia, de-
hernos dar una rbpida ojeada a la situation politica
en que se preparaha un grande acontecimiento pi=
b h o , de gran trascendencia para algunos de 10s
personajes de que nos hemos ocupado.
La [Link] de 10s &ninios, rnantenida por
- 216-
Ias lides sangrientas que Ict prensa de ambos parti-
dos hacia presenciar al pfibiico, Heg6 a su colmo
C Q la ~ noticia del motin popular que estallcj en la
capital de hconcagua el 5 de noviembre de 2850.
Temblaron 10s espiritlxs previsores con lo que
debian considerar como el precursor de nuevos i
mas sangrientos distwbios, apercibikronse para la
lucha 10s exaltados, i aument6 su vijihncia el go-
bierno con aquel tan significativo aviso. Desde en-
t h c e s , creci6 tambien el furor de la prensa, ali-
mentando la encarnizada enemiga de 10s handos,
i 10s rencores de partido echaron en 10s pechos
]as profundas raices que retofian, a1 presente,
diez a5os despwes con el' vigor de 10s pri-
meros dias de la lucha. La prensa liberal, defen-
diendo el derecho de insurreccion, i la voz pljblica
que recoje las opiniones aisladas condensAndolas
enunasolaquetiene muchas veces el don de la
profesia, habian arrujado en 10s espiritus h creen-
cis de que el movimiento de San Felipe tendria en
Santiago una terrible repercucion .- Habljhase, m, d
en fehrero, de la proximidad de una revolucion en
la que se contaba .. como belijerantes contrala auto-
ridad a casi todas las fuerzas de linea que grrarne-
cian entdnces la capital.; contAbase con masas
inrnensas de pueblo que acudiria a la primera vox
-de ciertos jefes i esperiibase al mismo -tiempo que
*
l a fuerzlz civica fraternizaria segun la espresion de
entdnces, con sus laermanos del pueblo, en la CIX-
zada contra el poder.
~ ~ era,
2 1 en restimen, la situacion de Santiago a
priilcipios de marzo de 1851, cuando >fartin Rims
Ilegaba a Za posada de que dos rneses &ntw habia
salicio para su viaje a Coquimbo.
Visticjse a la lijera i saliendo de kt posacia tom6
r
el camino de la casa'de Rafael San Luis. Uncuarto
de hora despues, 10s dos amigos se daban un bargo
i carifioso abrazo. hl sentarse busc6 cada Ctid en
la, fisonomr'a del otro el sastro que suponian debia
h a l m dejado el dolor durante el tiempo que hahian
estado separados.
San Luis lid16 en el rostre Re Martin Ea espresion
juvenil i reflexiva a un tiempo que sielnpre Te hahia
conocido; la misma pureza del. color triguelio -que .
realza'lsa Ia profunda penetracion de s u mirada; la
misma nobleza en la frente: era imposihle leer en
aquel rostro serem la revelmion de ningun secreto
pew.
'Rivas pur s i parte, ha116 quela mirada de Rafael,
sus p5lidas mejilhs, la contraccion de Jas eejas,
alga de indefinible en la espresion del conjunto,
h b l a b a de 10s comhates del cosazon en' que a y u d
j d w i habia vivido tanto tiempo.
E n ambos, aqueUa iiivoluntaria [Link] durd
lm corto momento,
---En fin p 5 m o te ha ido? pregunt6 Rafael con
carifio.
- 218 -
--Te lo puedes figurar, c~iitestdRims; pasado el
placer de abrazar a mi madre i a mi hermana, todo
lo demas fu6 tristcza.
-No la has olvidado?
-Ni un instante!
-Pobre Martin, dijb 5an Luis tomhdole las
manus, brecuerdas mis prondsticos recien nos
conocimos?
-Mucho; pero entdnces ya era tarde.
-@ecibiste all&una carta mia?
-Si, i supuse por elEa qus habrias a la fecha ter-
minado tu vida de anacoreta.
' -En esa carta te IiabIi! de una ocupacion que
pensaba tomar.
-si, jcuril es?
-Wi?a nueva yuP,rida, dijo San Luis eon una
sonrisa m elan c63 i ca.
-&Por la que has dvidado a Matilde? preguntd
Rivas.
San Luis se acercd a su amigo.
afectacion. ninguna de sentimentalisms
4
-Mi nueva querida, dijo, es la p d i t i ~ ~ t .
- 219 -
--Nos hcinos welto a encontrar; he aqui c6mo:
POCOS dias despues que te escribial narte, recibi
una carta de dos amigos con quienes me habia
ligado en la Sociedad de la Igualdad. Aqui la times,
afiadid leyenclo:
K Esperamos que tu fiebre amorma hayctcal-
mado: la patria no te engaiiar8 i el momento de
probar que no 3a has olvidado se halla prdximo,
Lla dejartis creer que tu corazon es indigm de
culto que Antes 1a profesabas? Te esperamos en el
lugar quetii comces.
--Esto, continu6 Rafael, acabcj de decidirrne i
vencer la repugpancia, con que, a pesar de mi
horror por el aislamiento, pensaha en volver a mi
antigua vida. AI salir, mi primera visita fu6 para
10s que asi me ofrecian nu iiuevo campo en el que
me quedaba la probilidad, si no de olvidar inis
recuerdos, a lo m h o s de quitarles SIX punzsnte
amargura. Dos causas, corn0 siempre, preseritaban
sus combatieates en la arena pdftica: la vieja i
gastada de 'la resistencia, del escllxsivismo i de la
fuerza p a una parte; la que pide reformas i garan-
t h s por la otra. Creo que el que sienta en su pecho
alga de 10 que tantos afectan tener con el nomhre
de'patriotismo, no podia vaciTar en su election: po
ahraz6 la hltima i estoi dispuesto a sacrificarme por
ella.
I3ntr-6 ent6nces en una minuciosa piirtura del es-
- 220 -
tach politic0 de Santiago, que nosotros bosque
[Link] ya mui a la lijera, S desarroll6 sds teorias
sohre el liberdismo con el calor de un aIma apa-
sionada i llena de f6 en el porvenir. El fuego de su
conviccion despert6 pronto en el alma de Rivas, el
jermcn de las nobles dotes que constituian sti orga-
nizacion moral.
-Tienes razon, dijo a San Luis, envez de Ilorar
clesengaiios conm mujeres, podemos consagrarnos
a una causa digna de hombres. %
-Esta noche, dijo Rafael, te presentark en iiues-
tsa reunion i te impondrk de nuestros trabajos:
por mi parte estoi persuadido que el tiempo de las
manifestaciones pacificas h a pasado ga; el presente
es de luchtt i no veo en qui! piensan 10s que nos
dirijen. En mi puesto de soldado me resigno a es-
perar, pero con inipaciencia.
Durante esta conwrsa cio n h [Link] desapar ecido
completamermte todo vestijio de abatimiento del
scm333ante c k Rafael; sus p5Jidas mejillas se habian
coloreado i sus grandes ojos hsillaban de mitu-
siasmo.
Derspues de hablar aun durante largo rato, 10s
dos amigos se separaron,-dandose cita para la
noche.
Martin fu6 puntual a la cita: queria desechar 10s
pensamientos que lavista de las calles de Santiago,
hahia despertado C Q sus~ recuerdos, i tuvo nece-
siclac1 de una gran entereza de voluntad ppdlcb 130*r*
p a r por la casa de clon Dzimaso que se par6 a
mirar a1gunus instantes descle una esquina.
En la reunion a que le coiidujo San Luis, oy5
[Link] cdorosos discursos contra la politica del
gobierrio; i 10s cargos cpe contra 61 venia formu-
land0 desde tieimpo atr5s la oposicion.
Alli vi6 jdvenes entusiastns, de dandys [Link]-
[Link] en tribunes, deseosos de coimgrar sus fuerzas
a la patria i Ilamaniio Is hora del. peligro para
okecerla sus vidas. En a1 &ado de su iiiiimo,
[Link] encontrd algun cons~zelo,sintiendo latir su
corazon con Izc idea de contribuis tambien a la rea-
lizacion de las hellasteorias politicas i sociales que
aquellos j6venes profesnhan i pedian pa.1-ala patria.
hl Salk de la reunion, a h s once de la noche,
Rafael Ee tom6 del brazo.
-Te voi a pclir wn favor, le dijo.
A$- u a?
---Desde que te conoci, prosiguid San Luis, me
i 1 spiraste un carifio sincero; despues ~ ~ I I I Qvivid0
S
en intima confianza; pero a pesar de mjs descos de
estw sieinpre cor,tigo, no me atrevia 5ntes a pro-
ponerte que vivibsemos juntos, porque sabia que
m d a Talk para ti como la casa donde podias vex, a
LeOnor con taizta frecuencia. hhora &As solo, &pur
~ 1 no ~ tc
6 vielies a casa? Th cunoces a mi tia, es
m a santa, i te cpierc porque eyes mi smigo: &a-
Se baj6 en el patio i se diriji6 a la casa. Ed&
mim le habia visto desde la rvmtazla de la pieza en
que se hallaba i sali6 corriendo a recihirle.
El sincero cariiro con que Martin la salud6, him
desaparecer del rustro de EdeZmira el tinte de ru-
bor ~ 0 x 7 . que al. verse cerca del j6ven se habia cu-
bierto. I ambos entablaron una conversacion en la
que se tmt6 plrimero de la vida que hahian llevado
durante 10s -itltimos dos meses,
--hunque deseo much0 voher a1 lado d e hai
mamita, dijo Edelmira, despues de esto, quiero
que pase aIgun tiempo mas toda-via, para estar se-
gura de que JFlicard~se ha setirado de casa para
siempre.
Ninguiia palabra que hiciese alusion a la hltima
carta de Edelmira fu6 pronunciada, en aquella en-
trevista, en la que la tia de la nifia tom6 parte, ro-
cleando de atenciones a Martin. Dos lioras despues,
cuando PLivasse despedia, Edelmira se kvant6, con
la espresion de una persona que ha tornado una
resolution despues de vacilar algtrm tiempo
-Tengo que preguntarle a l p , dijo a Martin,
sprovecbjndose de-un instante en que la tia aca-
h b a de sztlir.
-Estoi a sus 6rdenes, contest6 el jdvm.
-Para que Ud. me conteste como lo deseo, re-
pus0 Edelmirn, ponihdose encarnada, le recordark
10 franca que he sido con Ud.
-Lo recuerdo mui bien, i la juro a Ud,.,,
-No me jure nada; pero respdndame a lo que
voi a preguutarle: jtiu es Leonor a quiitn Ud. ama?
--si *
-hsi lo he pensado siempre i corn0 mi hermano
me lcontd hace poco la visita que him con Ricardo
al padre de esa sefiorita, he visto que el servicio
que [Link] him, le clebe haher perjudicado.
-A@ h i de eso, dijo Martin, tratando de son-
reirse.
Entrd la tia de Edelmira, i el j6ven se despidid
de amhas.
Edelmira sali6 a aconipafiarle G Q ~ ~loO habia
hecho la primera T'ez i se detuvo largo rat0 a con-
templar el carruaj e en que inarehaba Rims. Cuando
6ste se peril% de vista en un recodo del camino,
Edelmira entr6 en la piezi i dijo a su tia:
--iNo le decia yo? Martin ha perdido por mi sw
felicidad; p r o yo har6 ccuanto pueda para volv6r-
sela: as! tal Tez logre pagnrle su jenerosidad.
El 15 de ahril, entrb Matilde a cam de Leonor
acompafiada cle su rnadre. Esta i la hija ihan ves-
tidas de hasquifia i manton. Venian de la iglesia i
eran 3as nueve de la mafiana. Dofia Francisca entr6
a1 cuarto de su hermano i Matilde a1 de Leonor.
--jQuP haccs? pregunt6 a la bija de don Diimaso,
que con un libro en. la mano, miraba a una ven-
tam, en vez de leer.
-Xada, estaba leyendo.
-LSahes por quB he venido a verte a estas
horas?
-3u s6*
-Al sdir de San Francisco, he tenido un en-
cuentro.
YO]. IT. 1.3.
- 226 -
--$on quibn?
-Adivina.
Leonor tuvo el nombre de Rivas en 10s Ebios,
pero contest6:
-No se me ocwrre.
-Con RIartin, djjo Xatilde: me conocid al mo-
mento i me% salud6.
Leonor no trat6 de disimuhr I s turbacion quese
pint6 en su semblante.
--$st5 aqui esclan6 i mi papA que lo ha hecho
Imscar, suponiendo que hubiese llegado. iC6mo
viene?
-Buen mom, me ha parecido mejoor que Antes.
-$ba solo? pregunt6 con malicia Leonor.
--Solo, i aun cuando hubiese ido con Rafael, te
aseguro que poco me habria importado: th sabes
que eso se acab6.
Pocos momentos despues v i m dofia Francisca a
buscar a suhija i se despidieron de Leonor.
Quedo 6sta reflexionando sobre la noticia que su
prima acababa de traerle. Sabia que anunciando la
llegada de Rims a don Dhnaso, 6ste haria tudo lo
pssible por llevarle de nuevo a su cam, pero la
akgria que le di6 la idea de ves a Martin como
&ntes, en la intimidad de la vida privada,,la disip6
'
rnui h e g o el recuerdo de 10s motivos porque el
j6ven hahia salido de su cam.
--iCBmo s6 yd si me aim? se ciijo con humilclad
- 227 -
la altiva helleza, a quien kos mas ctistinguidos ga-
lanes de la capital continuaban tributanclo rendido
homenaje.
El amar, durante aquel tiempo, habia hecho en
su orgullo la ohra de una gota de agua que cae
constantemente sohse ufia piedra: habia vencido su
altanera resistencia. Su T i p i m a organization mo-
ral, ceclia ante el imperio de la pasion, porque era
mujer, Antes de ser la hija mimadla de sus padres
i de la sociadad elegante en que hahia cultivado
10s jkrmenes cle zltaiieria de su carticter. Aquella
soberbia hermosura, que habia h g a d o con el co-
*r
samn de varios aclmircldores sumisos, aceptaba
fimcamente ahora e\ pagel de aniaiite desde-
iiada, i esperimentaba un placer irresistible en
consagrar su corazon a1 que al. grimipio consi-
deraba como tin ser insignificante. Bajo el imperio
de la tsasformacion gradual opertlda en tado su ser,
S seiltimentalismo, habian d-
las p;ilidas ~ ~ Q Rdel
zado sus melancd3icas corolas en el alina que poco
tiempo 5ntes se reia del vasallaje que el amor,
tarde o temprmo, debe imponer a 10s coi-azones
hien dotados por el c k h .
Despues de almorzar evocd Leonor 10s recuer-
h s de slzs conversaciones con Martin, de esos in-
cidentes trivides que componen un mundo p m
10s enamorados, tocando e.n el piano Ias piezas que
ell ems dias tombs con m a s frecumcic?.
En esta ocupacion la encontr6 una criada que se
acercd a ella i la dijo:
- Una se5orita est& en el p t i o i pregunta poll
s u mesced.
L e o n ~ rentreabrirj las cortinas de una wntana i
mird al patio. Vi6 alli a una nifia, vestids de has-
quifia i manton, cuyo rostro juvenil i hermoso s w
j kid, a Leonor esta pregunta.
-i Ddnde he visto estanifia?
El manton cubria una paste de la frente de la
desconocida i daba -de este modo a sus facciones
una espresion que mui bien esplicaba la dificultad
de Leonor para eonocerla.
--Pregunta como se llama, dijo a la criada.
Desempefid esta el encargo i oy6 la contestacion
siguiente:
-Digale que soi Edelmira N d i m i que lzecesito
nluciio habla.*a solas con ella.
--iEclelmira! esclanid Lronor cumdo la criada
la dijo es'ie iiomhre.
Pasecid reflexionar algunos momentos i l u e p le-
. vantando la vista:
-1'3azh cntrar en mi C U ~ P ~ Odijo.
,
Cuando la criadlt soli6 de nuevo a1 patio, Leonor
ech6 una mirada a uno de 10s espzjos del salon en
que se hallaba i sin pensar tal 1-ez en Io que ha~i;i,
arregld sus cahellos divididos en dos Eargas i gme-
S ~ trenzas.
S Hecho esto, se diriji6 a su ctzarto, al
cpe tambien acababa de entrar Edelmira.
Leonor contest6 con ademan de reina a1humilde,
s a l u d ~de la que creia sti r i ~ a l .
Sefiorita, dijo bsta con algun emharazo, vengo
aqui a cumplir C Q uii ~ deher.
-Sihtese Ud., dijo Leonor, que conmid 10s
esfuerzos que hacia Edelmira para vencer su tur-
hacion.
Edelmira toin6 la silla que la sefidaban i ~ 0 l \ - i 6
a deck:
--Debo un. gran servicio a un j6ven qlze vivia
e n esta casa el afio pasado, i como hace POCOS dim
que he sabido la causa porque saltid de q u i , solo
ahom he podido venir. Mi hermano, afiadi6,me ha
traido i me espera en la ptierta.
-&I que pueclo hater yo en este ssunto? preguntd
Leonor con TOZ seca.
--Yo me he dirijido a Ud., repuso Ecielmira,
porcfue no me Prabia atrevido a hsblar con sumam5
i veia que de todos medos dehia dar este paso para
j ustificar a Martin
En nombre del jdven por quien el corzizon de
aquellas des nifias lath, reson6 durante algunos se-
gundos en la pieza.
--He sahido, prosigui6 Eddmira, que aqui han
creido que Marti11 me hahia sacada de mi cc'lsa.. Asi
10 hkieron creer a su padre de Uci., mi hermxm i
apasionado acento Edelmira; pero 61 no me am8 ni
me ha amaclo nunca.
--No s6 si deho alabar SLI franqueza inas que su
modestia, dijo Leonor con YUZ sarcktica, i siento
que Martin no est6 aqui para interceder con el en
favor de ~ d .I
---NO he venido a pedir servicio ninguno, replic6,
E d e h i r a con dtivez: be venid-o a justificar c2
Martin, porque he sido talvez la causa de su des-
macia.
is
-Ah, tes desgraciado?
-Si, lo s6 por 61 mismo: me lo ha dicho hace
d o s dias. .
-$6nde le ha visto Ud.? pregunt6 Leonor olvi-
dtfindosc ae su papeE de, indiferente.
-Fu6 a verme a Remca.
-Es mucha fineza, dijo Leonor con amargo tono
de burla. iClcimo dice Ud. que no corresponde a su
amor',
-Ha ido porque es noble i me ha prometido su
zmistad.
--No desmaye Ud. : de la amistad a1 amor no hai
m u c h distancia.
-No, sefiorita, es solo un amigo, i tengo pruebas
que justifican lo que digo.
-&Pruebas ?
-Si, tengo pruebas i lastmigo, porque corn0 la
S
dije hace POCO rato, mi deber es el justificar a quien
ha servido con jenerosidad.
Sac6 Edelmira t o d a las cartas que corzservaba
de Martin ilas present6 a Leonor.
--Si Ud. se t o i m la pension deleer estas cartas,
la dijo, ver&que es la wrdad ctianto acaho de re-
seferir*
Leonor ahri6 la primera carta que la pas6 Edel-
mira i principi6 a lecrla con. unz sonsisa de despre-
cio -
- Pero 6sta parece una contestation, escXam6
cuando hahia recorrido alguiias lineas.
-
Edelmira la esplic6 10 que e13a hahia escrito a
Martin, i Leonor prosiguid su lectura, KLQ ya con
aire de desprecio, sino de TGvo interes. De este
modo conocid la rectitud'de las amistosas reluciones
a
que mediahan entre Edelmira i Nartin, i la lealtad
con que este habiaprocedido en aquel asmnto. i\pI
leer 1a carta que Riv-as dirijicj a Edelmira Antes de
emprender SCL viaj e, Leonor t w o dificultad para
disimular su alegqia. No podia quedarla ya n i m p m
duda de que era duefia del corazon cuya nohZez;x se
revclaha en 3as cartas que tenia en stis manos.
AI mirar c2 Edelmira, despues de esta lectura, la
espresion de su rostro ha'nia camhiado completa-
mente. A la ir6nica terquedad de stis ojos, reem-
plazaha en ese muinento la mas afectuosa benevo-
!encia.
- 233 -
--Sefiorita, contest6 con entusiasmo Edelmira,
ningun sacrificio me seria penoso trathdose de
filartin i nohablo asi por e1 amor que le tengo,
porque Ud. ha visto que con esas cartas no puede
quedarme esperanza, sino porque mi reconoci-
mieuto es verdadero : asi cs que solo cumplo con
un deber c ~ n t a l l da ~Ud. la verdad.
- Yo doi'a Ud. las gracias pur la confianm que
ha tenido en mf, 110 solo por mi parte, sino tambien
por la de mi familia, porque debemos a IbZartin ses-
vicios de impostancia i mi pa115 se alegrarii mucho
de ir averle, LSabe Ud. donde vive ahora?
-En casa de un j6ven Sail Luis, ami@ suyo.
A1 despedirse, Leonor acornpa56 a Edelmira hasta
el patio i estrech6 su mano con carifio. &bas mani-
festaciones afectuosas acaharon de [Link] a
Edelmirs de que K v a s era correspondido,
Leonor, ,despues de esto, entrd al cuarto de
Agiistin a quien encoiit r6 en las graves ocupaciones
de su tocado.
---Me cstoi haciendo la toilette i soi a ti al ins-
tante, la dijo el jdven.
Apoco ratoabridrlapuertaiLeonorentr6enlapieza.
-Te traigo una huena noticia, dijo &&a. .
-i,Qu6 has visto a Matilde? pregunt6 el elegante,
creyeiido que se trataba de su prima, a quien cada
dia se sentia mas aficionado.
--No, es otra c3,[Link] noticia: Martin estA. e n
Santiazo.
c/
-No ha mucho pensaba en 61, itan buen amigo!’
Me ha hecho falta este tiempo id6nde vive?
-En cam de San Luis.
- 1 .Eso es grave!
-{,Pol- qub?
--Porque, corn0 sabes, soi el sucesor de ese j6- 4
yen en el corazon de la prima.
-No importa: tu deher e3 ir a buscar a Martin.
-@spita, hermanita! eres perentoria.
-&Te olvidas como ha salido Martin de cam?
-No, no: la culpa e,s de pap5 que di6 inqmrian-
cia a chisines indignos.
-Por eso nos t o m ahma reparar el mal i quitarle
el derecho que le hemos dado de creernos ingratos.
-No hablabas asi hace poco, hermanita.
- Si, peru ahora he cambiado.
-El rei caballero lo decia: sou,uent femme varie:
SO viene en todos Itus libros franceses hermanita,
i es la verdad.
Quedd convenido que Agustin i h o n o r hablarian
C Q don ~ Dgmaso sobre q u e 1 asunto i como en la
tarde decibiese W e con gran placer la noticia, di-
ciendo que Martin le hacia mas fdta cada dia, el
elegante hit. en la noche a c a m de Ba€ael.
Este i martin habian d i d o , por lo c u d Agustin
rjued6 de volver al dia siguiente.
Importa mucho recordar que ese dia siguiente
era el 39 de ahril de i85f.
Martin i Rafael, volvieron a Sa casa de 6ste a Eas
doce de la noche del 18 de abril. En 10s ~ Q era S
f k i l conocer la exaltac-ion que a1 espiritu coinu-
nican las pasiones politicas, porque su hablar era
mimado, i wan entusiastas el jesto i la mirada con
que apoyaban sus liberales disertaciones i 10s car-
w s que por entcinces formzzlaba la oposicion contra
b
el gobierno que terminaha su segundo periodo, i
contra el que se temia le reemplazase.
Martin habia ahrazado con calor la causa del
pueblo i conseguido con esto clesterrar de su pecho
la honda melancdia que duiante 10s dos tlltimos
meses le agoviaha. Poniendo empefio en aeallar la
~ O de Z sti amor en el ruido de 10spasiones politicas,
hbialogrado akcalzzar que la imAjen de Leonor vi-
viese en su memoria como uin duke recuerdo, i no
coin0 el constante aguijon cjue destroza el dnia de
10s que se dejan avzlsallai~por el dolor. A fin de
conservarse en tal estado nivas vivia entre sus li-
I
1x0s durante el dia i entre 10s corrclijionarios poli-
ticos 6-1~rante la noche.
Rafael, que nada estudiaba, vivia entregado a
ocupaciones de las que no claha cuenta ni c2 sti
amigo. Xombrio i silcncioso a veces, aparentando
en ~ t r a socasiones una g r m alegrlia, coiiversaba
en secseto con personas que eon frecuencia venian
a huscarle, i sdia salir de la easa despues de llegar
con Martin del cluh sccreto que frecuentahan. A1g0
de misterioso habia en su cortducta cjue llamaba 13
atenclon de Rivas; peso hasta entcinces 6ste se
hahia ahstenido de toda pregunta.
Los nom’nres de Leonor i Matilde se prontliicia-
ban ram vex entre 10s dos jdvenes, pamciendo cpie
eada uno de ellos queria ocultar a1 otro el culto que
a su pesar les profesaban en [Link].
Llegaron, como dijimos, a easa de Rafael a 1as
doce la noche.
AI encender la lux, colocada sobre una mesa, se
ufreci6 a sus ojos uiia tarjeta que San Luis accrccj
a la velai pas6 ciespues a Rims.
Agustin Encina, decia la tarjeta, I mas abajo,
escrito con kipiz: volver5 mafiana a las once.
Martin se sent6 preocupado, mikntras que Sari
\
- Contestaria la mismo.
- Haces hien, dijo San Luis, vohiendo a su
pasea
- No pueclo negar que es una familia a I s que
dd30 muchas consideraciones, repuso Martin des-
pues de breve pausa. LZegiz6 a Santiago pohre isin
apoyo : clla izo solo me laa dado la hospitalidad,
q u e muchos ofrecen a sus parientes cercanos csmo
una limosna, me ha dado intis que eso ; tin lugar
et1 la vida priwda de la €amilia i en el aprecio i
distinciones Be que me han colmado.
- i Cuentas por nada tus servicios a d m Dei-
- 235 * -
maso i el haber sacado a su hijo del atolladero ell
que se encontraba?
- Habria podido h x e r mas aun en servicio c1e
ellos, i no estaria poi* est0 libre del reconmimiento
que les deho.
-Ent6nces Ttuelve c2 la cam, dijo eon Aspera
voz Rafael.
- He dicho que uo ~ ~ l ~ isepuso - 6 , Martin con
voz seca.
Reino nuevamente el silencio, que por seguncla
vez rompi6 San Luis, entahlando la interrumpida
conversacion politica. Pero Rartin ~3.0 tom6 parte
en elZa con la animacion que manifestaba h t e s de
haber visto la tarjeta, con la mal, vikndole pseo-
cupado San Luis le di6 1as huenzts noches i se setir6.
Fu6 puntud Agustin a 1% cita del dia siguiente,
I
pues a las once de la maEana entraba en el cuarto
de Rivas.
Los dos jevenes se abrazaron con carifio.
-Te vengo a Ilevar, dijo Agustin i te traigo fims
reeuerdos de todos 10s de cam, desde pap;i, que
desea abrazarte hasta Diamela que igualmente
aspira a rnorderte 10s talonos.
-Mi querido Agustin, dijo Rivas, jcu6nto agra-
dezco a tu familia el carifio que m e dispenss!
Nunca podri! o h i d a r b ; pero, como V ~ S ,me hdlo
en la ahsoiuta imposfhilidad de aceptar tan cordial
ofrecimiento.
- 239 -
-Yo pregunto, ipor que?
-Porgue no me perdonaria Rafael que le dejase
SOlO.
-Tu primera cam ha sido la nuestra, repitid
Agustin.
-Ya lo s6 i conservo por las atenciones que
CIeho a tu familia in pr~l'undoagradecimiento.
-4% igual, querido : si no te vienes, te llama-
remos ingrato en todos 10s tonos posjbles.
-Por no S W ~ Q ,rehuso tu oferta mui apesar mio,
dijo Rivas, golpeando carifiosamente el hombro
del elegante.
-Vamos, querido, pas de fucons conmigo, v5-
monos; mira que he prometido especialmeiite a
una persona que no volveria sin ti.
- LA q u i h ? pregunt6 Rivas con vh.0 inter&.
- A leonor : por ella hemos sabido que estabas
aqui; vo 110 s6 e61110 lo ha averiguado : ya se v6,
J
10sfranceses tienen razon de decir : K lo que quiere
la imjer, Dios lo quiere.
-ManifestarAs a la sefiorita LNUIQ~,cuanto le
agradezco su inter.&, dijo Martin conmovido, i lo
que sjento no poder aceptar el jeneroso hospedaje
que Uds. me ofrecen.
- Si, hien me recihirA ella, dijo el elegante :
cuaildo Leonor formula un deseo, se entiende que
es una cjrden, i eIIa ha dicho termicantemente que
todos tenei-nos el deher de reparar la ofensa que te
l~icirnos,i n beryretando mal u m acciou que prueha
t u jenerosidsd.
- &Ah,me hace justicia 1 esclamd Rims con ale-
gwia.
- iI qui611 130 te In ? + d e ! esclam6 hgustin en el
mismo tono. En casa la opinion es untinime, mn6nos
en politica, porque todovia no puedo tornar tino a
papzi ; hoi es opositor, i mafiana ministerial. Coli
que, 110 te awestes a esto : vente con t ~ c ! acon-
fianza. Pap{&dice que te necesita m u c h
Volvi6 Martin a escusarse alegando sus compro-
misos con Sail Luis.
- TencFr6s que venir a c a m en persona a espli-
carte, le contest6 Agzrstin. ihnuncio tu visita '?
-Tratar6 de ir esta noche, dijo Rivas.
Obtenida esta contestation lanzdse Agustin , eon
t
su ordinaria locuacidad, en la via de las confiden-
cias, refiriendo sus amures con Matilde i las espe-
raiizas que alimentaha de ser correspoildido.
LEll c a h ~de 'cma lima se clespidici, dejando a
Martin entregado a Ias meditaciones que lo selativo
a Lemur le sujeria.. El recuerclo de 1as pasaclas
escenas en cam de la nifia, i del voluble car5cter
con que le habia trataclo, contenia la fuerza C Q ~
que el deseo de wrla habia despei-tado en 61, grad
cias a las palabras de hgustin:
E!? estas meditaciones i sin 1?aber de.terrninad0
aun nada fijo sobre la yisita que hahia ofrecicb
- 9-44 -
para la noche, le encontr6 Rafael. a 'las cuatro de la,
tarde.
Rafael parecia alegre i anirnado. Con una sonrisa
preguntd a Rivas.
-I>* V i m Agustin?
--Si, me ha hecho una larga visita.
- A Te convidd para Ilevarte a su casa?
-hfucho.
- &Quecontestaste ?
- Qu6 trataria de ir csla noche.
-Mal hecho, dijo Rafael, con el tono de autori-
dad que Martin le habia vistu etnplear con sus
camaradas de colejio, pero que j a m h habia usado
COlI 61.
-Eso S O ~ Opuedo juzgclrlo yo, respondid Rivas,
cuyo a l t i ~ ocorazoii se sub!evaIla contra tcc~aLira-
&.
- En la inlimidad en que vivimos, hien pueds
d a t e un consejo, repuso Sail Luis dulcificanclo la
VOZ,
- 242 -
ntfia orgullosa i l l e m de inexplicahles caprichos :
la pisarg sin piedad pos el gusto de presentarb
como una Tietima mas sacrific+adaa su hermosura.
Por - otra parte, nada avanzarias hacibndola esta
nocbe una visita, porque, tfrnido como eres con las
mujeres, cuando mas te atrevesAs a mirarla, i bus-
car& cualquier pretesto para hacerte nuevamente
su esclavo.
Aqui San Luis him una pausa, per0 viendo que
Martin nada replicaba, prosigui6 I
- Te traigo una. noticia que p e d e hacerte tornar
otro camino para Hegar a un desenlace en tus ya
demasiado somhi-ticos amores.
- ~ Q u 6noticia?
- Te preguntark Antes de d;krtela, una cosa.
- A ver .....
-Las opiniones que has emitido en nueslro
club secseto, ihan sido sincesas o hijas solamente
del. hastio de tu a h a ?
- S i no fuesen sinceras, no las habria eniitido.
-Es-deck qne has abrasado nuestra causa con
todas sus consecuencias.
- Con todas, dijo Martin con aim resuelto.
- (,I miras cornu formales 10s comproinisos que
h m contraido alli de tener tu brazo 3 Izt disposition
de una 6rden que yo te asegure ser de nuestro
j efe ?
-Los miro como sagrados.
---- r
- LNi Leonor te haria desistir de cumplirlos?
-Xi ella ni nadie,
-Eres el hombre que he creido siempre cono-
cer bijo San Luis, senthidose frente a su amigo.
-Espero tu noticia, despues de tan ceremonioso
intermgatorb, le contest6 &tea
- Mi noticia es esta : todo est&preparado i ma-
%ma estalla la revolucion.
Rafael habia hajado la voz para decir estas pala-
[Link].
- 3 h i pocos, continu6, poseen este secreta De
nuestro club, solo C U & ~ Q lo sabeii i entre ellos i
yo kemos distribuido 10s puestos c2 30s demas, Te
he reservado para que seas mi segnndo si aceptas
el coinhate.
-Has hec-ho bien, dijo Martin con animacion.
-Ya ves, repuso San Luis, por que me oponia
a t u visita a Leonor : tengo miedo de su poder i
no querria *
que nuestros amigos te tuviesen por CQ-
barde.
.- Tieiies razon : no ir6 a verla.
- Muehos ween que no habr8 comhatei que la
fuerza de linea se plegar5 en masa a ntiestras ,ban-
deras; yo no lo creo, pero tengo f6 en nuestsa
triunfo.
- G Con que fu6 fuerza cucntan Uds. ? pregunt6
Rims.
-Lo ~ n a sseguro es el Iiatdloi., TTalclivia : a este
cuerpo afiaden parte del Chacabuco i tal vez alguna
fuerza de Artilleria. Para mi, lo hnico que hai de
positivo es el Valdivis, con el cud, hien dirijidcl i
con Ea jente del pueblo que ndsotros armar6mos,
podemos apoderarnos de todos 10s cuarteles, prin-
cipiando por el de la hrtilleria, de donde podemos
sacar 10s pertrechos de guerra que nos falten :
Bilbso, i muchos otros, que conoces, tomash
parte en la jornada i les he prometido que serias de
10s nwestros.
-Te doi las gracias por la buena opinion que de
mi t i m e s , dijo Martin, estreehando la mano c2 su
amigu, i pondre todo empefio en,qrse no la pier-
-
das.
-Antes de pasar adelante i corn0 tenernos toda
la noche para hablar sohre &to, repuso San Luis,*
voi a decirte ahora 10 que he pensado que podrias
hacer, en lugar de ir a casa de Leonor.
-&QUE! cosa? /
-Estoi seguro que auncpe vivas con ella otro
tiempo igual al que has pasado en la cam, nunca
te atreverrjs a declararla tu amor'.
- Si no fuese tan rica i no debiese yo a su padre
tantas atenciones, tal vez me atreveria, contest6
Slims.
- En esas razones fundo yo mi opinion, i CQIIIO
son males, dig0 la verdad ; no te atrever6s a de-
clararte. Por otra parte, ella es demasiadio argullosa
para tenderte la mano i decirte : a lie leicdo Martin
en su corazon, porque el mio siente lo mismo. >)
Esto es demasiado hermoso para que pueda rep&
zarse.
- i Asi es! esclamd Martin dando un suspiro.
- N o te queda p e s mas que un camino, i
escusara a tus ojos el paso que voi a accrnsejarte
10 escepcional de la situacion en que te emcuen-
tras
- Espero-tu idea con impaciencia.
- Mi idea es que la escribas dicihndola, que la
amas i que tu carta se la entreguen magma.
Martin se qued6 pensativo.
- @seas que elTa ignore siempre tu amor? dijo
Rafael
- No! contest6 Rivas, con calorosa voz,
- Pues ent6nces, nunc5 tendrh mejor ocasion
que ahora para decfrselo : la proximidad de un pe-
ligro disculpa tu osadia i ella, si te ama, darti- su
perdon. con toda su alma. Si, por el contrario, no
eres correspondido, nada pierdes, puesto que no
habr&s ido a presentarte en la casa i no p o d r h
acusarte de deslealtad.
Pocos argumentus mas t m a que empkar San .
Luis para convencer a Rvas, que ohid6 el peligro
que al siguienie dia le aguardaba, para entregarse
a1 placer de un desahogo a1 que despues de tanto
tiempo aspiraba su curazon
vd. TT. 14,
-246 -
En la noche, Rafael se despidid de Rivas ;
- Aqui te dejo, le dijo : yo voi a recibir las tdti-
mzs cjrdenes i me tendrjs de vuelta riiites de las
cloce.
Cerrd la puerta i Martin se acercd a la mesa para
escribir la c”arta, m y a s frases brilEaban va elz su
*:
imajinncion CQK~caracteres de ftlego.
.
- 247 -
Era para $fartin aquella ocasion la circwiistancia
mas solemne de su vida: iba poi- primera vez a
Eiablar de su amor a la que dominaba en su corazun
i se hallaha en visperas de ammeter una empresa
en que jugaba la vida, Sin sentir miedo, esperi-
mentabasin embargo esa zozobra que a 10s pechos
mas enkrjicos infunde la idea de una muerte eer-
cana, cuaiido el vigor de la salird parece afemar el
alma con mas fuerza al nativo instinto de la comer-
vacion. En tal estado, tom6 la plumm, i escribid :
I(( Sefiorita:
(( Cuando Ud. reciba esta carta, tal vez hahr6
dejado de existir u me ewuentre en gravisiino
peligro de ello : S O ~ Ocon esta conviction me atrevo
a dkijirsela. i,Es un secreto para Ucl, el amor que
me ha inspirado? No 10 s& rl p a r de la timidex
que Ud. me ha infundido siempre; a pesar de que
C O ~ O Z C Umi posicion respecto de la s q a , i a pesar,
tamhien, de las consideraciones que debo a la fa-
milia que con tanta j enerosidad me ha tratado,' creo
no haber tenido siempre la fuerza suficiente para,
ocultar el secreto de mi pecho. Hago a UcL estn
confesion con toda la sinceridad de mi a h a i sin
pretensiones: Ud. hasido mi primero i ~Inicoamor
en la vida. La resistencia que la razon me aconse-
jaba oponer al dominio de este amor, 110 ha te-nid~
poder para comhatirlo i lni curazon se ha sometido
a s u imperio sin fuerza para resistir, corn0 sin
esperanza de verlo correspondido. Despues de haber
lucliado con 61, i cons6grrido al m6mos el Zriunfo de
ocultarlo a todos i a Ud., nu puedo resistir a1 coli-
suelo de hahlstrle de 61, cuando un acciclente natu-
r d puede mafiana cpitarrne la vida. Perddneme Vd.
tan atrevida dehilidad; es tal vez el adios de u n
morihundo; tal vez 1a despeclida de U ~ aQ p i e n
mafiana, sikndole la suerte adversa, tendr;i que
vagar lejos que Ud. : de t ~ modos d ~es una confr-
dencia que elitrego a sw lealtad i que espeso no mire
Ud. con desden ni trate con burla, porque parte de
un curazon que se Cree digno de su aprecio, ya que
110 ha querido mi estrella que lo sea de suarnor.
c hdemas sefioritt-t, nada he dicho hasta ahora,
desde que dej6 su casa, para sineerarme de una
- 249 -
acusaciun iiijusta, que tal. ~rezel tiempo ponga en
trasparencia. I si he tenido enerjia para resignarme
sufrir el peso de deshonrosas inculpaciones, m i h -
tfas he tenidol la esperanza de poder justifimrme,
ahora que puede faltame para siempre la ocasion
de hacerlo, he querido a lo m6nus repctir a Ud..
cpe fueron sinceros 30s descargos que Antes di de
mi conducta, i Ilevar asi el consuelo de que Ud. me
crea alzora, considerando la solemnidad del mo-
menta en que le hago este recuerdo, 3
Martin agreg6 a esta carta h s manifestaciones
del agradecimiento que conservaba a la familia, de
Leonor i evit6, como en las lineas que preceden,
el amanerado romanticisiiw puesto en voga por las
novelas para el esti.10 amatorio epistolar. Al dirijirse
a una nifia que en las familiares escenas de la vida
fntima no hahis pkrdido a sus ojos las proporciones
de- un idolo, Rims no ha116 otrs espresion del
prohndo amor que dominaba a su alma, ni pudo
espIayar el fuego de la imajinacion esaltada [Link] l a s
frases prestijiosas que bullen en el cerebro de 10s
enamorados. No obstante despues de releer Yarias
veces aquella carta, sintidse como deseargado de
un gran peso al imajinarse que no mosiria sin que
k m o r [Link] su c o o r u mi le diese a b m 6 r ~ o s
su aprecio, en camlsio del amor que la enviaba
como una ofrenda respetuosa.
A las once de la noche emtr6 San Luis en el cumto.
- 250 -
- Todo marcha gerfectamente, le dijo a Martin,
i aqui traigo nuestros arreos de batalla.
Diciendo esto, sac6 dos cintos con un par de pis-
tolas cada uno i dos espadas que traia ocultas bajo
una capa.
- Aqui tienes, prosigui6 pasando a Rivas un
cinto i una espada: te arm0 defensor de la patria,
en cuyo nombre te entrego estas armas para que
cornlxitas por e31a.
Los das j6venes revistaron las armas, se distri-
buyeron 10s cartuehos preparados para las pistolas
i se eifieron las espadas, ocultjndose su rniitua
pseocupacion hajo un esterior risuefio i palabras
chistosas sobre su irnprovisada situation de guesre-
ros. ’
Despues de esto, Rafael esplic6 a Martin lo que
sabia del plan de ataque i de 10s elementos con que
contaban para el trinfu. Durante esta .conversacion,
que se prolong6 hasta Ias dos de la mafiana, alar-
rri&banse con cada rtrido que oian en la calle, per-
maneciei: do a veces largos intervalus en silencio,
corn0 si hubiesen yuzrido percihir en medjo de !a
quietud de la iioche, cualquier movimiento de la
dorrnida poblacion.
- La bora de ir a nuestro puesto se accrca, dijo
Rafael, mirando el reloj que apuntsba las tres;
itienes ahi tu carts?
- SI, contest6 lfaflifi,
- He pagado un peso a1 criado de don Dinaso
para que me espere, a5adi6 San Luis, p r o m e t i b
dole ocho a1 entregarle t u c a r h
Sal% de la pima al deck eso i volvid al cab0 de
COS momentos : su rostro estaba pilido i coiiino-
vido
- iPobre tia! dijo a1 entrar, duerme tranquila.
Arroj6 una mirada a sus muebles, testigos de sus
alegrias i pesares, i como el que quiere sustraerse
a1 peso de 10s recuerdos esclamd :
- Rirnonos, luego tal vez volves6mos Tictoria-
sos.
Salieron a la calle, ocultando 10s armas, bajo
las capas con que se habian cubierto i caininaron
silenciosos hash la plaza de Czrmas, que atawmron,
dirijihdose de alli a casa de don DAmaso Encina.
A1 Ilegar a 6sta San Luis dijo a Rafael :
- Esperame agwi.
I lleg6 a la puerta de calle que golpe6 suave-
mente. El criado absid al instante.
- Entregar5s esta carta a la sefiorita Leonor, le
dijo, d,indola la carta de Martin ; es necesario que
se la des a p h a s se levante i en sus propias manos.
Aqui t i m e s tu plata, afiadid, renovando su encargo
i htjlciendo prometer a1 criado que To cumpliria
fielm en t e
Llam6 en siguida a Rivas i caminaron juntos
h t a el tajamar. A N se dirijid Rafael a una casa
vieja cuya puerta absi6 con failidad, e hizo entrar
a Rivas en uri patio [Link], juntaiido tras 61 la
puerta de calk.
Pocos instantes despues empezaron a llegar
grupos de dos i de tres hombres, armaclos CQIZ
pistolas que ocutahan Sajo las mantas o las cha-
quetas i a medida que 10s minutos trascwrian, Ia
puerta daba paso a nuevm grupos que heron Ue-
nando el patio.
San Luis 10s junt6 i distribuyd en dos grupos a
10s que did lo nwjor que pudo una fosmac,ion mi-
Mar i ~oiifi1.56d mando de sxim de e m s grupos a
bfartin i a otro jdven el del otro, reservitndose el
inando en jefe para sf. A ~ ~ U I I O
otros
S j6venes del
club a que Rivas i San Luis asistian, fueron c o b
cados por &te en puestos subalternos i formaha en
batalla toda SU jente, hizoles Rafael una lijera
arenga apelando a valor chileno. Despues de es"t.o
did. a LUIQ de sus oficiales la 6rden de ir a la plaza
i cle venir a avisar la llegada de la fuerza de linea
que ;dli debia reunirse. E1 emisario volvid al. cabo
de diez minutos, [Link] que el hatallon
Valdivia iba llegando
Di6 ent6nces San h i s la sefial de la marcha., i
todos en el mejor drden se dirijieron a1 punto desi-
gnado, a1 que Ilegaron pocos momentos despues
.que el hatallon Valdivis, que tan impoitante papel
d e b desempefiar en la jornada del 29 de abril.
- 253 -
San Luis se r6uni6 a1 Cormel don Pedro Urriola,
jefe pr'incipal del motin i conferenci6 con el i con
10s demas jefes que habia concertado el movi-
rniento. La opinion de que la frxerza' de linea i la
civica, tomaria parte en favor de ellos, prevalecia
en casi todos i Rafael fu6 uno de 10s que con mas
calor abogaron porque era necesario entrar inme-
diatamente en accion i apoderarse de 10s cuarteles
para arrnar al pueblo.
El tiempo trascurria danda razon a 10s que opi-
naban por el ataque, pues a las cinco i media de
Ir mafia& se habia aumentado mui poco ta tropa
revolucionaria, estacionada en la plaza de arrnas
desde las cuatro.
Decididse, pues, principiar el ataque i se di6 la
6rden a un piquete de marchar en compafiia de la
fuerza ,de San Luis a apoderarse del cua-rtel de
Bornberos.
Los de linea i 10s paisanos se pusicron en marcha
a quernar 10s primeros cartuchos en UR combate,
que con el tiempo perdido en tomar aquella deter-
mhacion, debia ser uno de 10s mas sangrientos
que recuerda la historia de la capital de Chile,
--
Y
De una publicacion hecba al dia siguieiite de la
lucha, tomamos dos pzirrafos, que describen 10s
preliminaires del corrihate del 20 cle ahril :
(( Dirijidse el Cormel Urriola a la plasa, dice el
escrito citado, i l o p 6 sorprender el pi-hcipd que
solo teiiia tres hombres €uera, estando el restode la
awardia dentro del cuartel, corn0 cs de costumbre.
<( Tamhien se tomaron el. cuartel de Boniheros
i las armas del cuartel se repartieron a1 pueblo i s e
agregaron a 30s suhlevados 10s soldados de la guar-
dia; lo mismo que se him con 10s soldados del
Chacahuco que e s t a h n en el principal.
El cuartel de homberos, en efecto, hahia opuesto
mui poca resistencia al ataque de Ius aniuti-
nados que se apoderaron de 12s armas i regre-
st;r012 2. la $r,zn P n E Q - o r nil,me1*o. *\-Hi TTin3a
consternarlos una noticia inesperada ; $os sarjentos
del Vddivia que habian marchado en dos piquetes
de este cuerps a apodzrarse del cuartel que ocu-
paha el bataZlon nfimero 3 de guardia national,
acabahan de insurrecciomrse contra 10s oficiales
que mandaban esa fuerza Idisparado un tiro de
hsil a cada uno de ellos, dejando muerto al uno i
lzerido a1 otro gravemente, despues de lo cual se
habian dirijido con 10s piquetes a engrosar las
filas del Gobierno.
Esta noticia ]leg6 a la plaza esparcieando entre
30s revolucionarios fmestos presentiinientos: el .
ejemplo de la defeccion podia hacerse contojioso
i cundir en el batallon Valdivia, (mica fuerza vete-
mna que hasta entdnces hubiese tornado parte en
I a sublevacion,
: Entretanto, la noticia del motin habia resonado
en las confines mas apartados de la ciudad Iel
pueblo acudia en trope1 a la plaza de armas, en
clonde 10s jefes de la insurreccion predicaban la
revuelta sin Zener arinas que o h c e r a 10s que se
p1*esentahan a tomar parte en elila. La misma no-
ticia, comunicalaa tambien al Gobierno por distan-
tm personas, bahia hecho que 10s partidarios de la
administration aprovechasen para la defensa los
Preciosos momentos que IQS revolucionarios ha-
h m perdido en in-htiles escaramuzas i vanas es-
Fectativas. TocAhase la [Link] en todos 10s cuar-
- 256 -
teles, apercibiase et de artilleria para la resisten-
cia, reunianse en la plazuda de la Moneda Ias
compafiias de 10s cuerpos civicos que se habian
podido poner sobre las armas i apoder5base la
fuerza del gobierno del cerro de Santa Lucia, do-
minaiido las calks circunvecinas.-
Las de la plaza, durante aquel tiempo, viendo
que ninguna nueva fuerza se plegaba a sus handle-
ras i careciendo de armas para el pueblo, resolvie-
ron d a r u n ataque a1 c-uartel de artillerh, dep6sito
de armas i munieiones, i punto, por siguiente, de
grande importancia para el &xito, de la empresa.
c( El cuartel de artilleria, dice la relacion citada ya,
est5 situado a1 pi6 del cerro de Santa Lucia h h i a
la Cafiida, en una casa de a1 quiler, malisinia pbsi-
cion militaq haciendo esquina entre la calle Angosta
de Ias Recojidas -i la Cafiada. Con un espacio in-
menso abierto a su €rente i a 10s costados, tiene
una calle de atravieso a ocho varas de la puerta prin-
cipal, lo que espone a un golpe de mario las piezas
de artilleria que saliesen a obrar a la puerta Casi
a1 frente de esta puerta principal est&la calk de
San Isidro, desde donde puede ser barrida la puerta
por 10s fuegos de fuerzas superiores. r)
Para llegar al cuartel cuya ~ Q S ~ C ~ Qqueda
II des-
crita, 10s revolucionazlios se dirijieron a la Cafiada
poi=la calk del Estado.
Antes de describir el sangrimto combate que
tuva 1ugar en aquel punto, nos es forzoso ver Io
- 257 -
que pasaba esa hora en casa don Damko Encina.
c2
Situada la cam de W e en una de las callas mas
centrales de Santiago, la notieia de la revolucion
~ i n oa despestar a la familia, en medio del pro-
fundo suefio de las primeras horas de la mafiana.
Don DAmaso di6 un s a h de su cama a L ' a VQZ de
revolucion que daban 10s criados en las piezas in-
inediatas a su dormitorio ; salto imitado por dofia
Engracia, con admirable ajilidad al. oir que su ma-
rido, con acento aterrado, decia m i h t r a s buscablz
sus pantalones.
- i Hija, revohxion, r e v o h i o n !
La falta de luz aumentaba el terror de aquellas
palabras que no solo asustaron a dofia Engracia,
sino que aumexitaron el miedo de don Dgmaso que
no creg6 darlas tan fatidica acentuacion a1 pronun-
ciarlas. A impulsos de tan sljbito terror, 10s espe-
sos emprendieron en en el cuarto carreras desati-
naclas en busca de prendas de vestuario que tenian
.-
a !a mano sin notarlo.
- L I mis bolas, qu6 se han hecho? decia don
Damaso desesberado, corrienclo per todo el C U W ~ Q
en busca de ellas.
- Mira hijo, te Hems mis enaguas, le gritaba
clcfia Engracia que, habiendo prendido una 1112,
liallaba a'f pi6 de la c2ma repkg3ndo su pudor en
la poquisima ropa que la cubria.
Con el auxilio de la luz vi4 don Dirnaso enefecto
que sin saber com6, se habia echaclo sahre 10s
- '258 -
I homhros las enaguas de su consorte, i querielldo
deshacerse de ellas eon gsan prisa, las arroj6 de-
satentado a la cabeza de dofia Engracia que, por
pescarlas a€vuelo con una. mano mikntaas que con
la otra .sostenia sobre el sen0 10s pliegues de la
camisa, did un manoton'a la vela que cay6 apa-
ghdose en la alfoinbra.
A 10s gritos que con este incidente dieron 10s
esposas aterrados, unikronse 10s ladridos de Dit!-
mela, aumentando la turbacion i el des6rden en I a
piesa, en la que cada c u d parecia querer apagar
la voz del otro con la fuerza de la s u p
Por fin, enceiidicise nuevarnente la vela, hall6
don D5maso sus hotas, se pus0 dofia (Engracia h s
enaguas i se calm6 Diamela, amstindose en k t
cama que habim dzjaclo sus amos,
- Es neesario vestirse Ijjero, clecia don D;i-
maso dando el ejelzlplo de la actkidad, pero 120
del ncierto, porque cada prenclcz parecia hahers2
esconclicfo en t m apurado trance.
Oykronse e:ithces redobladcs golpes a la puert:!
- i Qu6 ha5rhn e:itraclo aqui ! esc.lam6 ponikn-
dose livido d m Dhnaso.
- Pap&, pap5, grit6 ciesde afilesa
- La voz de hgus-
tin, leyAiitese que hai revolution.
- All5 voi, conteslci cion DJinaso, dirjendo ?a
[Link] a" su hijo.
M i 6 jitms actlhaban ile vesiirse, d m D~~IIIL"~EO
i
- 259 -
do6a Engracia, dirijian a1 elegante uiz fuego grs-
neado de preguntas sobre la revolucion i como
Agustin nada sc"cbia,se contentaba con. repetirlss a
su vez.
--L 1 Leonor? preguiztd por fin don Dtirnaso,
viendo que su hijo en nada satisfacia ni calmaba su
ansiedad.
Dirijieronse 10s tres aEl cuarto de Leonor que
ballarm vestida ya i sentadat trancpilamente al
lado de una mesa.
- Wija., hai revohxion, la dijo don Dkmaso.
- Asi, dicen, contest6 con serenidad la nifia.
- i Qu6 harkmos? prebwnt6 el padre pasrnado
del valor de-Leonor.
- i Qu6 cpiere Ud. hacer? dijo M a , esperar
aqui, me parece lo mejor.
Pero don Dhmaso no podia estarse quieto i no
comprendia c6mo en ese instante podia nadie sen-
tarse, Asi fu6 que sal% de la pieza, Ilam6 a 10s
criados, orden6 que se trancatsen Tas puertas i en-
tsd de nuevo al cuarto de Leonor diciendo :
- Esto es 10 que sale de andar perorando a 10s
rotos. i Malditos [Link] 1 como ellos no tienen
nada que perder, hacen revohhones. !Ah! si yo
fuera gobierno 10s fusilaha a tocios ahom niismo.
Algunos tiros que seoyeron a ladistancia le ern-
bargaron la voz e hicikronle arTojt?rse casi exhime
sobre un sofA.
- 260 - -
Dofia Engracia, llena de pavor tambien, se ech6
21-1 bsazos de su marido sin pensar que a1 estre-
charlo, tenia entre e h s a Diamela que lanz6 es-
pantosos alaridos en tan crud e inesperada tortura.
- Pap&, maimi, searnos hombres; i ah, cAllate
Diamela E decia Agustin, aparentando una semnidad
que sus piernas temlslorosas desmentian.
La bnica persona que alli parecia irnpasible, era
Leonor, que 10s exhor-taba sin afcctzcion ni miedo
a serenarse.
De este modo trascurrieron 10s minutos i llegd
l a claridzld del dia, que calm6 un tanto la ajitacion
en que todos 10s de la casa, menos Leonor, se en-
contraban.
Una criada entrd a la pieza i con la voz ahogada
p r la turbacion :
- Secor, dijo, estAn gdpeando la puesta.
Hubikrase creida que anunciaban con esas gala -
bras a don DAmaso que una lluvia de bombas es-
taba capendo en 10s tejados de la casa, porque con
ambas manos se tom6 la cabeza i escPam6 :
- j Vendrtin a saquear ! vendrjn a sequear !
Leonor, sin hacer casu de 10s gritos de su padre
dijo a Agustin.
- Por qu6 no vas a ver quien golpea ?
- i YO 1 FAcil es decirlo i i si son alguiios rotos
armados? Yo, no, yo 10s defender6 a Uds. pero no
abramos la puerta.
- 262 -
- Orijinal manera de defendernos, replie6 la
nifia, saliendo de la pieza i dirijibndose a lu puerta
de calle, don& 10s golpes redoblaban de una mm-
nera alarmadora.
Los que asi golpeaban eran don Fidel Elias, su
mujer, Matilde i algunos nifios de -la familia: en-
traron en la casa contando cada c u d a un tiempo
con 10s deinas lo que habian visto en la calk.
Xihtras entraban a las piezas interiores, el csiado
que cuidaba la puerta se acesc6 a Leonor.
- Sefiorita, la dijo, me han dado estacarta para
su merced.
La nifia tom6 la carta i la abri6 maquinalmente.
AI leer la firma de Martin, turbEironse sus ojos i
dijo a1 criado con YOZ ahogada :
- Estti bieri, retirate a la puerta i avisame si
wlpean.
13
Mikntras pronunciaba estas pocas palabras su
rostro bahia recohrado su entera tranquilidad i
S Q Ia~ lijera pdidez que IO cubria daba indicio de
que SL- alma se hallaba dominada poruna fuerte
emocion.
En vez de disijirse Leonor a la pieza en que se
encontraha la familia con don Fidel, entsd en otra
que estaba sola, i despues de cerrar la puerta,
abrici C Q ~ Zavidez la carta que habia echado en un
bolsillo.
Con su lectura perdi6 Ia nifia el tranquilo valor
VQl 11 15.
que la clistiiiguia entrz todos 10s de la cam; pfisose
[Link] mas pdido su rostro i sus ojos se llenaran de
l $grimas, mihtras qtle su aj itado respirar acusaha
10s viollentos latidos de su curaxon.
- i Que hacer T Dios mio ! escIam6, resumiendo
en esta esclamacion todas las angustias que la ago-
viahan con la idea del peligro en que Rivas dehia
encontrarse en aquel instante.
Luego se levant6 de liepente, cud si un nuevo
mas terrible golpe la huhiese herido en el .GO-
razon. -
- i I si estuviese hwido y"t ! Q muerto ! afiadid,
alzando a1 cielo 10s hellisimos oj os que 'las 1Rgrimas
d e amor nublaban por primera, vez.
Dirijid a Dios entdnces una ferviente oracion POI'
Ia vida de Martin; ruego sublime, sin palabras
coordinadas, pero que tenia la mas ardiende elc-
cuencia: I s del alma enamorada. I despues, cornu ,
convencida por vez primera de la inipotencia. del
orgullo, de la esteril vanidad de la belleza, Ilord corn0
un nifio, C Q absoluto
~ olviclo de todo lo que no tu-
viese relacim con su amor.
Pasados asi algunos momentos, him un gran es-.
fuerzo para serenarse, i despues de arreglar el
desalifio que un instante dec ompleta desesperacion
habia dcjado en su vestido, salid del cuarto, Ire-
vando sobre el corazun la czrta de Rivas.
La Ilegada de don Fidel habia, entre tanto, dado
un mevo jiro alas ideas de don. D5maso i serena-
dolo casi enteramente. Don Fidel, cont6 al Ilegar
las noticias que en la c a b acababa de recojer,
noticias que suponian a Ia fuerza revdlucionaria
apoderada ya de todos 10s cuarteles i dirijihdose
a la Casa de Moneda, Gltimo baluarte del Gobiesnc.
- Tal vez a esta hosa, dijo al terminar, todo
est6 conchido.
A instancias suyas todos salieron de la pima en
que se hallaban i slubieron a 10s altos para observar
desde el balcon el movimiento de la calk.
- Hombre L que es 10 que hai? pregunt6 don
Fidel a dos hombres que a la sazon [Link] cor-
riendo.
- Que el pueblo ha ganado, i el Gosonel Urriola
se ha tornado la artilkria, dijo uno de ellus.
- i Viva el pueblo ! grit6 el otro,
- i Viva ! repiti6 don DAmaso, que siemgre es-
taba por el vencedor.
Luego, como para cohonestar ague1 grito sedi-
cioso :
- AJguna yez, dijo, se hahian de hacer justicia
estos pohres que viven siempre oprimidos.
- Parque no pueden ellos oprimirnos, replied
don Fidel, que tenia horror a la chusma.
- Es mzri justo que el puehlo recobre sus dere-
chm CORCUIC~CIOS, dijo don DAmaso con admirable
entonacion patri6tica7olvidkndose que media hora
- 264 -
Antes no existia tal pueblo para el? sin0 simple-
mente 10s rotos.
Mihtras asi discurrian i tomahan lenguas de 10
que acontecia, Lemur se hallah en el cuarto que
Antes ocupaba Rivas, i a la par que pedia a 10s
muebles la historia del ausente, rogaba al cielo
por 61 i estrechaba CQII pasion la casta que ocul-
tab&en su seno.
Oykronse en este mumento las descargas del
combate que se empefiaba en el cuartel de artilkria
i que hicieron a 10s curiosos desertar del balcon i
bajar en trope1 la escala, para ponerse a ctzbierto
de cualquier accidente imprevisto.
Nosotros, en vez de seguirlos, voheremos al
campo del combate, donde algunos de nuestros
personajes figuran entre 10s helijerantes.
LVI
Dejamos a la columna revolucionaria en marcha
para el cuartel de artilleria, hajmdo hAcia la ala-
meda por la calle del Estado.
San Luis marchaba al frente de s'w tropa, cuyas
filas se habian engrosado notablemente en aquel
trhsito, bien que muchos de 10s que llegaban ca-
recian de asmas de fuego.
Martin, sereno, como si marchase en una pa-
rada, se empefiaba en conservar 01 6sden entre
10s suyos, eshart&ndolos a observar la formacion
militar .
La jente apifiada ya en la alameda i en las vere-
das de la calle, victoreaha a 10s revolucionasios
que desembocaron en la Cafiada, en el mejor 6rden
i contando con un triunfo f&cil en el cuartel de ai*-
tilleria.
Pero 5ntes de llegar a &te, divisaron ~ O Srem-
lwcionarios varias piquetes del b a t a l ~ nde linea
Chacabuco, apostados en diversos puntos del ve-
cino cerro de Santa-Lucia. Doininando 6ste con
sirs Euertes el cuartel que se proyectaba atacar, era
preciso desalojar priinero a 10s del Chacahuco de
sus posiciones a fin de prevenir un atacpe por ese
lado. L a m Aronse con esta mira 10s revolucionarios
a escalar el c e m ; pero 10s de aquel punto, en vez
de oponer resistencia, abandonarm sus posiciones
i bajaron precipitadamente Mcia la Cafiada p ~ elr
lado del fuerte del sur ; entsando con celeridad en
el cuartel de artilkria que les abri6 sus puertas i
aumentd con este nuevo refuerzo el reducido nlir-
mero de 10s defensores del cuartel.
A pesar de su lijereza, la tropasevolucionaria no
pudo frus'crar el &xito de aquel r5pido movimiento
i 11eg6 a Ias inrnediaciones del cuartel cuando la
puerta de 6ste se cerraba sobre 10s soldados del
Chacabuco
El jefe revolucionario diQ entdnces la orden de
atacar el cuartel, i la tropa se puso en movimiento,
dando priilcipb a1 ataque en medio del clamoreo
del pueblo, cuya mayor parte observaba impasible
aquella escena, absteni6ndose de toinar parte en
ella, acaso gor fdta de arrnas i jefes, sin 10s cuales
nuestras masas casi nunc8 se dgeiden por la ini-
ciativa, por esperar la voz de Ius c a b a l l e m , que, a
pssar d.e las propagandas igualitarias, miran siem-
pre como sus naturales superiores.
Rafael San Luis diriji6 su jente al costado del
cuarkl, m i h t r a s que por el frente emhestian 10s
del Valdivia. - El cornbate se him ent6nces jene-
ral, bien que 10s siti,zdos ecanomizaban sus tiros
por IIQ tenes puntos a,dzcuados para dirijislos con
certeza. Mi6ntras que la tropzl veterana kiacia tin
nutriclo fuego sobre puertas i ventanas, 10s de San
Luis i demas jefes populares, arrojahan piedras
sobre 102 techos, i trabajahan por derribar Ia
puerta principal, abriendo tin €orado cerea del urn-
bral. En medio del mc2s V ~ T O fuego, una partida de
hombres capitaneada por Martin REvas, log16 echar
aI suelo una de llas puertas que dahan sobre la calk
de las Recojidas.
- Adelante muchachos7 grit6 Martin, hlan-
dielado la e s p d a en una rnano i en la otsa una
pistola.
1 esto diciendo, trat6 de penetrar en el cuartel se-
guido de 10s su-s;os; pero 10s recibi6 tan rnortikro
fuego de adentro, ~ U Ecasi todos 10s que seguran
a Rivas volvieron la esgalda. En van^ 16s dent6
&te C Q ejempIo
~ i la palahra, pues en ese momento
se oyeron 10sprimeros disparos de una pieza de
artilleria que un capitan de 10s sitiados hahia pucsto
en la calle de atravieso, Un vivisimo tireteo trabdse
entdnces, atronando 10s Ambitos de la pobIacion
- 268 -
el ruido incesante de la fusileria i 10s repetidos
tiros de caiion, que barrian la calle diezmando las
filas revolucionarias.
El ruido de estas descargas era el que habia
hecho bajar del balcon a las familias de don DBmaso
i de don Fidel. En el inoniento en que Leonor in-
vocaba la piedad del cielo para Martin, Bste, como
10s antiguos caballeros, se lanzaba a lo mas crudo
de la pelea, llevando en su pecho la imzijen i en sus
lzibios el nombre de Leonor.
A pesar de su denuedo, veianse ya en gran aprieto
10s sitiados con el fuego sostenido i el bravo empuje
de 10s sitiadores, cuando apareci6 por la bocacalle
de las Agustinas una columna con (( el Coronel
Garcfa a la cabeza )) dice la relacion citada. Esta
columna, compuesta de la guardia nacional que 10s
del Gobierno habian podido reunir, avanzd lle-
nando la calle i se vi6 a poco tomada entre dos
fuegos por un destacamento del Valdivia, que el
jefe revolucionario envid a atacar por su retaguar-
dia, i el resto de 10s amotinados que rompieionsus
fuegos a1 rnismo tiempo contra su frente. El es-
truendo del combate fuB terrible en aquellos ins-
tantes i rivalizaban en temerario coraje 10s revolu-
cionarios, con 10s jefes i oficiales de 10s del
Gobierno, que veian por todas partes llover sobre
ellos una gramizada de balas.
Rivas i San Luis parecian qnerer tambien rivalizar
-269 -
en arrojo 1 sangre fria, pues no contentos con
animar a 10s suyos, apoderhdose cada cual de un
fusil, dejaron colgar la espada de la cintura e hi-
cieron fuego, como soldados, sobre el enemigo.
Las voces de 10sjefes, ahogadas por el ruido delas
detonaciones, se confundian con 10s lamentos de
10s que caian heridos i las imprecaciones de 10s
que retrocedian despues de avanzar, se perdian
entre las mortiferas descargas del enemigo.
En lo mas refiido del combate, una b d a de rrib6
a1 Corronel Urriola, Jefe de 10s revolucionarios, el
que cay6 diciendo: (( Me han engaiiado! )) Palabras
que ha recojido la historia como una prueba de que
10s revolucionarios no contaban con la obstinada
resistencia que encontraron.
La noticia de la muerte del Jefe cundi6 luego por
las filas de 10s sublevados, i pronto su influjo moral
hizose sentir en el combate, pues calmando el fuego
i pasando de agresores a agredidos se replegaron
todos hacia la Cafiada, frente a la puerta principal
del cuartel atacado. Reunidos en una masa com-
pacta, 10s revolucionarios rompieron alli de nuevo
casi con mas ardor que Bntes sus fuegos, haci6n-
dose la lucha mas encarnizada en esos momentos,
pues se abri6 la puerta del cuartel para dar paso a
dos piezas de artilleria que lanzaron un vivo fuego
contra 10senemigos.
En un grupo colocado en la boca calle de Sail
--270 -
Isidro, Martin i Rafael descargaban sus tiros, se-
gundados por su jente, sobre la tropa que acababa
de salir del cuartel, i hacian que 10s que no tenian
arinas se sirviesen de las de aquellos que caiaii.
Aquel fit6 sin duda el momeiito mas crudo de
tan encarnizado combate. Los belijerantes, colo-
cados a pocos pasos 10s unos de 10s otros, desafijn-
dose con el jesto i la voz, podian dirijir con certeza
sus tiros i hasta ver el efecto de ellos sobre 10s
contrarios. El ruido era atronador i 10s hombres
caian de Liiiibos lados en horrorosa abundancia.
Los curiosos, que desde el alba 1lenLban 10s alre-
dedores, sc habian dispersado ante tan peligroso
espectkculo, para dejar disputarse la victoria a 10s
combatientes, que con encarnizada enemiga, pare-
cian haber olvidado que cada tiro regaba el suelo
chileiio con la je:ierosa sangre de alguno de sus
hijos. Temerario arrojo en presencia del pe!igro,
porfiada tenacidad para la defeiisa i el ataque si-
multAneos, ardor incontrastable a la par de her6ica
sangre fria, fueron prendas del carkter nacioiial
que brillaron en ambos campos en aquel supremo
instante. Las dos piezas de artilleria, sobre las
cuales Rivas. San Luis i 10s suyos hacian uii fuego
mortifero desde la boca calk de San Isidro, dismi-
nuian poco a poco la frecuencia de sus disparos,
porque la granizada de balas que sobre ellas caian,
habia puesto fuesa de coigbatz a dos oficides que
- 274 -
sucnsivainente las habian mandado i a la mayor
parte de la tropa que las servia. El Jefe del cuartel
habia reemplazado en el rnando de ems piezas a
10s dos oficiales gravemente heridos a1 pi6 de ellas
i de 10s cuales uno era su propio hijo. Pero a la
Ilegada del Jefe, una furiosa descarga derrib6 casi
todos 10s artilleros que aun quedaban en pi& i
avanzando 10s revolucionarios tras el humo de esa
descarga, lograron apoderarse de 10s dos caiiones
que la muerte dejaba sin defensores. Martin i
Rahe! llegaron juntos i fueron de 10sprimeros que
pusieron sus manos sobre las piezas que tantos
estragos habian causado en las filas de 10s suyos.
- i Victoria ! victoria ! grit6 San Luis.
I esta voz la repitieron todos arrastrando 10s
caiiones a1 punto que ellos ocupaban. Mas no bien
habia cesado el clamoreo de 10s que clamaban vic-
toria, cuando la puerta principal del cuartuel se
abri6 de nuevo i una horrible dascarga de fusileria
envi6 sobre 10s revolucionarios dna nube de balas
que hizo entre ellos espantosa matanza.
San Luis se asi6 con fuerza del brazo de Martin
que se hallaba a su lado i grit6 a 10s suyos:
- i Fuego ! el enemigo est5 en agonia !
Palabras que el ruido de nuevas descargas aho-
garon, mientras que el j6ven que acababa de pro-
nunciarlas, ech6 sus dos brazos al cuello de Rivas
dici8ndole :
- 272 -
- Me han herido i no puedo tenerme en pi&
Martin le tom6 de la cintura, sac6le de las filas
de 10s combatientes i llevhdole junto a una puerta
de un cuarto, hizola saltar de un puntapik i entrd
en la pieza, arrastrmdo a Rafael cuya ropa estaba
ya baiiada en sangre.
Dos mujeres i un viejo habia en el cuarto en que
Martin acababa de entrar llevando a San Luis.
- Seiiora, aqui hai un j6ven a quien Ud. puede
prestar algun servicio, dijo Rims a la que parecia
de mas edad.
Las dos mujeres, el viejo i Martin quitaron la
levita a Rafael i le hallaron el pecho atravesado por
dos balas. S u respiracion hacia brotar torrentes de
sangre de las dos heridas.
San Luis tom6 las manos de su amigo.
- No me nuevas le dijo, sera imposible sanar me
i siento que voi a vivir mui poco.
Los ojos de Rivas, en 10s que moinentos Antes
brillaba el belicoso fuego que ardia en su pecho, se
llenaron de 1Agrimas.
- jTu tambien est& herido! esclam6 San Luis.
viendo que una mano de Martin se tefiia poco a
poco en sangre.
- No sit, dijo este, nada he sentido.
La misma descarga que hahia herido a San Luis,
habia tamhien lanzado una de sus balas sobre el
brazo derecho de Martin.
- 273 -
- La victoria es casi segura, afiadi6 Rafael,
hablando por momentos con mayor dificultad.
i Oyes las descargas? el fuego del cuartel se vri
apagando.
Cada palabra que asi pronunciaba parecia cos-
tarle un gran efuerzo i su voz se estinguia por gra-
dos, m i h t r a s que la sangre del pecho brotaha
apesar del empefio con que Martin i 10s que alli
habia querian contenerla con pafios i vendas im-
provisadas.
Despues de una pausa, durante la cual San Luis
parecia querer adivinar con el oido lo que sucedia
en el lugar de la refriega, estrech6 con febril ardor
las manos de Martin i haciendo un esfuerzo para
levantarse ;
- Despidete, le dijo con voz enternecida de mi
pobre tia ; si ves a hdelaida d'ila que me perdone i
th no me ohides Martin porque.. ...
El esfuerzo que hizo para concluir su frase pare-
.
ci6 apurar el dltimo soplo de vida que le quedaba,
porque las palabras se helaron en sus labios i su
cabeza cay6 sobre la pobre almohada que le hahian
puesto las mujeres.
- i Muerto ! muerto ! esclam6 Martin, estrechrin-
dolo entre sus brazos i llorando como un niiio.
i Pobre.Rafae1 !
Di6 por algunos instattes libre curso a sus I&
grimas i alzrindose de repente, bes6 varias veces
- 274 -
la frento i las mejillas, ya lividas, de San Luis ; pro-
metid a las mujeres que serian bien recompensadas
si entregaban el cadBver en easa de don Pedro Sail
Luis i salid de la pieza esclamando:
- !Yo te vengare !
Brillahan en ese instante con sombrio resplandor
sus ojos i con la diestra apretaba convulsivamente
la espada que desenvaind a1 salir.
Cuando Martin llegd a1 lugar del combate, rei-
naba alli la mayor confusion. La fuerza revolucio-
naria se desorganizaba en esos momentos. Uno de
10s oficiales del Chacabuco, hecho prisionero en la
guardia del principal, aprovechBndose del desdr-
den que le rodeaba, emprendid la fuga hacia el
cuartel de Artilleria i varios soldados siguieron su
ejemplo, comunickndose el contajio a 10s demas
que alli habia. Con esto el fuego de 10s revolucio-
narios cesd poco a poco i cuando Rivas Ilegd a1
frente del cuartel, todos entraban ereyendose vie-
toriosos i caian alli en poder de 10s sitiados.
Martin entrd tambien con la misma ilusion i se
encontrd en el zaguan con Amador Molina, que
habiendose dcultado durante la refriega, gritaba en
esz intante en favor del Gobierno i contra 10s re-
volucionarios que al principio habia querido apo-
yar.
Un jdven de 10s que habian militado con Rivas
se acercd a 6:.
- 275 -
- Estamos perdidos, le dijo: la tropa nos aban-
dona i es precis0 huir.
En ese mismo momento Amador grilaba :
- Ricardo, aqui hai dos revolucionarios.
- i Cobarde! le dijo Martin, toinlindole del pes-
cuezo, te tengo lhstiina i te perdono.
I a1 decir esto le di6 un fuerte empellon que es-
trelld a Amador contra la pared.
- Huyamos, es una necedad dejarnos preilder
dijo a Martin el jdven que acababa de hablarle.
I le arrastrd fuera del cuartel, a cuya puerta
principiaban a agolparse 10s curiosos.
Martin se resistid algunos momentos, durante
10s cuales Amador habia liuido a1 patio llamando
a1 oficial de policia que con alguna tropa de su
inando forma$a parte de la division de 10s civicos
que habian auxiliado a1 cuartel.
Cuando Rivas se decidid. a retirarse, Amador
corri6 hacia el zaguan con Ricardo Castallos i al-
gunos soldados.
- Vamos, vamos, dijo el jdven a Martin, no les
demos el gmto de que nos tomen prisioneros.
- Adios, le dijo Martin, estrechlindule la mano.
I emprendi6 la fuga, con direccion a casa de don
Dgmaso Encina, rnikntras que Amador i Ricardo le
buscaban entre las personas que llenaban el za-
guan.
Esta circunstancia, le prernitio tomar nlguna
- 276 -
delantera sobre sus perseguidores que salieron a
la calle cuando 81 se ha116 ya una cuadra distante
del cuartel.
- Vamos a buscarle a casa de don Drimaso, dijo
Amador a1 oficial, i si no lo hallamos alli, lo hemos
de buscar por toda la ciudad.
- 277 -
LVII
Hernos referido las principales peripecias del
sangriento combate que tuvo lugar en Santiago el
20 de abril de 1851, tratando de cenirnos a 10s
partes oficiales de aquella jornada i a la relacioii que
anteriormeiite citamos.
T6canos ahora ocuparnos de 10s persoiiajes que
figuran en esta historia.
Leonor i 10s demas de la casa habian pasado
aquellas horas en mortal ansiedad. El ruido del
combate repercutia en sus turbados corazones
avivando el miedo en casi todos ellos i la mas in-
quieta zozobra en el de Leonor.
Doria Engracia habia reunido a todos 10s hahi-
tantes de la casa en una pieza i rezaba con ellos un
rosario tras otro. Don DAmaso i Agustin pronun-
ciaban el Orapro nobis con una clevocion ejezplar,
vol. 11. 16
- 978 -
mihtras que Leonor, abandonaba la pieza i subia
a 10s altos de la casa.
Alli, apoyada en el balcon i prestando el oido a1
bullicio que resonaba en la ciudad, rogaba a Dios
por Martin i luchaba por apartar de su imajinacion
10s funestos presentimientos que oprimian su pe-
cho al estampido de cada tiro. No se atrevia a in-
terrogar a las jentes que pasaban por la calle, por
temor de que alguno la diese la funesta noticia que
sus cuidados presajiaban.
Teniendo fija la vista en direccion a1 lugar del
combate, divis6 un grupo da hombres que se ade-
lantaba hacia la casa. AI pasar bajo el balcon, uno
de ellos se par6 como para tomar aliento.
- SeEorita, dijo a Leonor, nos han vencido, 10s
del Valdivia se pasaron a1 Gobierno.
Dichas estas palabras, sigui6 corriendo tras 10s
otros que se hallaban ya distantes.
Leonor sinti6 discurrir por sus venas un frio
repentino a1 pensar que estando derrotados, Martin
habria muerto o estaria prisionero. Elev6se ent6n-
ces su alma a1 cielo con nuevo fervor i, sin saber
lo que hacia, comenzd a orar en alta voz, mezclando
el nombre de Rivas a las ardientes palabras de su ~
oraciori improvisada.
En ese momento divis6, no l6jos; a un hombre
que corria h&cia la casa. Un instantes despues
crey6 que se encontraba bajo el influjo de alguna
- 279 -
alucinacioii i a poco rat0 did un grito de alegria i
bajd precipitadamente a1 patio : habia reconocido ;I
Martin.
El patio estaba solo i la puerta de calle asegu-
rada con llave i una gruesa tranca. Torcid Leoncr
la Have i apart6 la tranca con la misma facilidzd
que si M a no hubiese tenido el peso enorme que
cedi6 a su fuerza. Hecho est0 en pocos segundos,
abrici la puerta.
Rivas llegaba en ese instante i se encontrd frentc
a frente con Leonor, mas bella que nunca en cl
desdrden de su traje i la palidez de su rostro.
El jdven que acababa de arrostrar con serenidad
10s mil peligros de tres horas de combate, se turkci
en presencia de aquella nilia pitlida, que fijaba e.1
81, con indecible espresion de jhbilo, sus grandcs
ojos llenos de higrimas.
.
- SeiTorita, I~albucid,yo vengo.. ..
Pero no pddo proseguir, porque Leonor IC tomj
coil ambas manos una de las suyas, dicihdole:
- Entre, entre lijero que pueden verlc.
I Martin obedeci6 a la suave presion de ayuellas
manos i a1 dulce tono de imperio con que la niliia
acornpa56 ese movimiento.
Cerrd entdnces Leorior la puerta con la misma
fuerza i lijereza que habia empleado para abrirla i
dijo a Martin :
- Sigame.
-_ “Lo -
htravesaron el patio, i en rez de entrar a las
piezas en que se rezaba el rosario, Leonor ahri6 la
del cuarto de Agustin i di6 una vuelta por el segundo
patio para entrar a su propia habitacion, cuya puerta
cerr6 tras de Martin.
- Nadie nos ha visto, dijo con la ajitacion
de una persona que acaba de dar una larga car-
rera.
Martin se qued6 de pie, en medio de la pieza,
contemplando a Leonor i parecihdole que todo
oquello era un suefio. Aquella hermosa niiia, cuyo
nombre acababa de invocar tantas veces en el
estruendo de la refriega, estaba ahora a su lado, en
la habitacion que siempre habia considerado como
un santuario. I 18 altiva belleza de altanera frente,
de miradadesdefiosa, reacercaba a 81 con semblante
risuefio, aunque turbado, i le niiraba con amor.
- Sientese Ud. aqui, le dijo, acerchdole una
silla. He recibido esta mafiana su carta, afiadid
mirkndole con ternura.
Iba a continuar i, dando un grito ahogado, se
acerc6 precipitadamente a1 jdven.
- i Ah ! Ud. est& herido, le dijo tomandole el
brazo, cuya mano estaba manchada de sangre.
- No debe ser nada, porque no siento dolor nin-
guno, contest6 Martin.
- A ver, quitese la levita, replic6 ella en tono
de mando.
- 281 -
La manga de la camisa, que presentaba un gran
espacio ensangrentado, peglindose a la herida, que
era mui leve, habia estancado la sangre.
- No es mas que un rasguiio, dijo Martin.
- No importa, aseguremos la curacion, repuso
la niiia.
I sacando de su cuello un fino pafiuelo de bas-
tista, que llevaba a guisa de corbata, lo aplicd sobre
la herida, despues de apartar la manga de la ca-
misa.
- Me ha hecho Ud. sufrir en esta maiiana, mas
que en toda mi vida, le dijo, mihntras le vendaba
la herida con el pafiuelo. LPor qut5 no vino Ud.
--anoche como lo prometid a mi hermano?
- Seiiorita contest6 Martin, resuelto a repetir la
revelacion que habia heoho en su carta, no tuve
valor para venir. A pesar del tiempo que he pasado
lijos de aqui, a pesar de mi inter& por la causa por
la que acabo de esponer mi vida, siempre mi amor
a Ud. , me ha dominado, i conoci que, viniendo ano-
che, me habria tal vez faltado enerjia para hoi.
- Esponer asi su vida! dij6 Leonor, en tono de
reproche i bajando la vista. Por qut5 no me habl6
Ud. con la franqueza de emplea en su carta ?
- Porque jamAs tuve Antes fuerza para hacerlo:
ademas i n o me habia condenado Ud. por las apa-
riencias ?
- Es cierto, per0 Edelmira misina b e ha desen-
vol. 11. 16.
- 282 -
gaiiado, mostrindome las cartas que Ud. contestaba
a las suyas.
- Mi posicion tambien me ha ohlipdo a callar,
afiadi6 Rims con tristeza.
- i Que importa su posicion si yo le amo? es-
clam6 Leonor, dirijiendo a 10s ojos de Martin su
profunda mirada.
- Oh, repitame Leonor esa palabra, la dijo
Martin con loca alegria, apoderhdose de las manos
de la nifia.
- Si, le amo i no lo ocultare a nadie, repuso
Leonor,
Esta mafiana he recordado todos 10s dias, desde
que Ud. lleg6, i veo que he sido cruel por orgullo:
si Ud. hubiese muerto hoi, afiadi6 palideciendo,
jamas habria podido perdondrmelo ni consolarme.
Aun cuando no hubiese recibido su carta, nadie
habria podido quitarme de la. imajinacion que yo
tenia parte en la desesperada resolucion que Ud.
ha tenido : mal hecho, Martin, de esponerme asi a
llorar toda la vida.
- i, Podia yo adivinar mi felicidad, despues que
se me despedia de su casa?
- i I por qui: se le despedia! Si no le hubiese
amado ique me importaba que Ud. amase a esa
pobre nina !
- Mi esperanza Leonor, nie lo decia, per0 i, cdmo
averiguarlo ?
- 283 -
- Pre~untAadomelo.
- Ud. olvida ahora, dijo sonri6ndose el jdven,
que tiene a veces miradas que helarian la sangre
del mas atrevido i que no lia dejado de emplearlas
muchas veces conmigo.
- Castigueine Ud., es mui justo, contest6 ella
con una adorable sonrisa de sumision.
- Per0 este momento recompensa con usura lo
que mi amor me ha hecho sufrir, replicd Martin
con apasionada voz.
I, sin darse cuenta de lo que hacia dej6 su asieiito
i se pus0 de rodillas delante de Leonor, estrechh-
dola con pasion las manos, que ella le abando-
naba.
- Henios sido mui locos Martin, dijole la niik,
perdiendo su mirada en el ardiente reflejo de 10s
ojos con que 81 la contemplaba extasiado.
L No nos liabiamos d-ichovarias veces con 10s ojos
que nos amgbamos? Ah, es rnui cierto, Ud. tiene
sienipre razon ; yo he teiiido la culpa. De todos 10s
hombres que me rodeaban, Ud., el 6e mas liumilde
posicion, me parecia el mas noble i tenia miedo de
coiifesarme a mi misma la preferencia de mi co-
razon : pues bien, desde ahora sabr8 enmendarme,
porque su amor me enorgullece.
- N o s8 si soi el mas digno de su amor, dijo
Martin, per0 aseguro si que soi el mas amante.
L Que poder tenia yo para defenderme de su be-
- 254 -
lleza? Me dejk vencer por ella sin preguntarme lo
que podia esperar, i cuando quise comhatir, me
kdlaba ya sin fuerzas contra la pasion que se habia
apoderado de mi pecho. Desde entdnces nada pudo
arrancarla ya del corazon, ni el sentimiento de di-
gnidad, ni la falta de esperanza, ni el desden con
que Ud. a veces recibia mis niiradas : asi fui: que
esta mafiana jugaba con placer mi vida porque me
creia despreciado por Ud. i veia que solo la muerte
podria estinguir mi amor.
La uifia oyd aquellas palabras con avidez i dejd
que Rivas besase con ardor sus manos. Habia pe-
dido tanto al cielo por el hombre que tenia a sus
plantas, que creia escuchar su apasionado lenguaje
por el milagro de una resurreccion.
Martin iha a proseguir cuando se oyeron voces
i fuertes golpes dados a la puerta.
- Leonor ! grit6 don D5maso desde afuera.
Leonor corrid hacia la puerta ; mir6 por el ojo de
la llave i vi6 a su padre acompafiado de Ricardo
Castafios i de algunos soldados que se mantenian a
distancia.
- Est5 Ud. perdido si no huye, dijo corriendo
hacia Martin : hai alli un oficial i algunos solda-
dos.
- Leonor! volvi6 a gritar don Djmaso, gol-
peando la puerta.
- Huya por aqui Martin, dijo la nifia abriendo
- 285 -
otra puerta : Ud. conoce la casa, puede salir por el
escritorio de mi papa i llegar a la calle m i h t r a s le
buscan en este cuarto.
- I alli me perseguiran otros, contest6 Rivas.
Los golpes redoblaban i se oy6 la voz de Ricardo
Castacos que amenazaha echar abajo la puerta.
- Si Ud. me ama huya poi' Dios, esclam6 Leo-
nor, llena de ansiedad.
- Si consigo salvarme volverk, dijo Rivas i si
no fuera por la reputacion de Ud. preferiria dispu-
tarles aquf mi libertad.
Leonor le empuj6 fuera del cuarto i cay6 en un
sof5 casi sin sentido.
La voz de su padre la sac6 de su estupor i diri-
jiendose a la puerta a que itste llamaba, la abri6 de
par en par.
- SeSiorita, la dijo Ricardo, un penoso deber
me obliga a pedirla me permita rejistrar esta
piesa.
- Rejistre Ud. caballero, contest6 Leonor con
altanero ademan : un vencedor, aEadi6 con ironla,
no empafia su gloria prestjndose a est0 que Ud.
llama un triste deber.
- j NiEa ! la dijo por lo bajo don DBmaso. Luego
afiadi6 en voz alta : es justo que les defensores del
&den persigan a 10s revoltosos. Vea Ud., sefior
oficial : Ud. es testigo que yo no he opuesto nin-
guna resistencia. i Bien est5hamos que yo me
- 286 -
pusiese a ocultar demagogos cuando con 10s revo-
lucioiiarios, la jente que tiene algo es la quc
pierde !
Miirntras que 10s soldados rejistraban minuciosa-
mente cada rincon del cuarto, don Ddmaso seguia
disertando contra todo el partido liberal i Leonor
se sentaba en el sofA teiiiblaiiclo por la suerte de
Rivas.
Este, coiiocedor de la casa, atraves6 varias pie-
zas i Nego a1 patio por la puerta del escritorio dc
don D5maso.
En ese momeiito dejaba Leonor la pieza ea la
que seguian las pesquizas de la tropa i salia tam-
bien a1 patio a ver si Rivas habia salido de la
casa.
Apkiias illartin se hall6 en el patio s6 dirijid a la
puerta de la calle. Pero esta, sobre estar cerrada,
se hallaba custodiada por dos policiales con sablc
en mano. Llegado a1 zaguan, Rivas vi6 que era
imposible retreceder ni ocultarse, pues 10s dos
centinelas de la puerta se lanzaron sobre 81 blan-
diendo sus tjzoiias. El j h e n , sin desconcertarse,
apoyd la espalda a una de las paredes del zagum
i, desenvainando s u espada, principid a parar 10s
desatinados golpes que 10s policiales le clescarga-
ban. Mihtras asf le atacahan entre 10s dos, daban
a1 mismo tiempo voces para llamar a 10s otros. Eli
acpel momento i cuando Rivas descargnlja sobre
- 287 -
uno de ellos un golpe que le hacia recular despa-
vorido, Leonor llegd a1 patio i divisd a1 jdven, que
arremelia a1 otro policial. En ese momento tam-
hien, advertidos 10s de adentro por las voces de 10s
que se veian vencidos por Martin, llegaron en tro-
pel i cercaron a1 jdven, que siguid defendi6ndose
con herdic0 valor, mikntras que Leonor decia a su
padre.
- SLilvele papti, que van a matarle. .
A las voces de 10s combatientes vinieron a unirse
10s gritos de las mujeres, que con dofia Engracia a
la cabeza, interrumpieron el rosario i llegaron a1
patio a1 mismo tiempo que 10s soldados que ha-
]$an acudido a las voces de los que atacaban a
Martin.
Don DAmaso se acercd temhlando a1 grupo que
rodeaba a Rivas.
- La resistencia es inhtil Martin, le dijo ; entrB
guese Ud.
- Si no se rinde, hjganle fmgo, grit6 Ricar do
Castanos, que no solo miraba en aquel jdven a un
revolucionario, sin0 a1 autor de sus desgracias
amorosas.
Leonor di6 un grito a1 oir esta drden; i a1 ver
que dos de 10s soldados cargaban sus armas para
cumplirla, corrid a1 zaguan despavorida. ,
- No se defienda Ud. mas, van a asesinarle,
dijo a Rivas, que continuaba luchando con admi-
- 283 -
rable sangre €ria i obedeci6 a aquella voz como a
una 6rden.
Apoderkronse de 61 cuatro soldados i le desar-
maron.
- Espero, dijo a Ricardo don DAmaso, que se
tratarii a este j6ven con miramiento i jenerosidad :
yo como partidario de la administracion, aiiadi6
con enfktica voz, interceder6 por el con el sefior
Presidente.
Di6se la &den de la marcha i sal% Rivas ro-
deado de la tropa que acababa de prenderle, despues
de recibir una mirada de Leonor que, mas pklida
que un cadkver, parecia querer enviarle su alma
en aquel silencioso per0 elocuente adios.
- 289 -.
LT'III
Siguiendo 10s coiisejos de la prudencia, habiase
quedado Amador Moliiia en la calle, despuas de
conducir hasta la casa de don Dkmaso a 10s que
acababan de preiider a Marlin. Reuni6se a la eo-
mitiva que salia, viendo que ya ninguii peligro PO-
dia correr, i lleg6 con ella a1 cuartel doiide Rivas
fuB encarcelado.
Durante ese tiempo 10s habitantes de la casa de
don Dkmaso se hallahan bajo el peso de la conster-
nation en que la reciente escena les habia dejado,
i comentaban cada cual a su sabor 10s incidentes
acaecidos, para esplicar la siibita aparicion de
Rims cuando todos estaban seguros de que la
puerta de calle habia permanecido trancada tocla la
macana. I como la noticia de la apreheiision de
Rivas, cundiese en poco rato de la casa a de 10s
vecinos, de In d.u estos a la cal!e eiitera i de alli a
vol. IT. $7
- 290 -
las otras inmediatas, a1 cabo de una hora vi6se el
salon principal de don Dsmaso lleno de personas
de distincion de’Limbos sexos, que llegaban atomar
lenguas de tan notable suceso.
Don DLimaso permaneeid en la antesala rodeado
de 10s amigos 1 dofia Engracia en el salon circun-
dada de las amigas.
Dignas eran de oirse las conversaciones a que en
ambas piezas 10s aconteciinientos del dia daban
lugar, porque pintaban por una parte la fecunda
inventiva 2e las alarmadas irnajinaciones femeniles
i la sitbita reaccion, por otra, que en el espiritu i
opiniones de 10s hombres habia operado el desen-
lace del sangriento drama de la maiiana.
- Nos hemos escapado de una buena, decia don
DBmaso a otros que el dia anterior se daban, como
61 por liberales. i Que habriamos hecho con el
triunfo de la canalla !
- Lo que ahora debe hacer el Gobierno es fu-
silar pronto unas dos docenas de esos revoltosos,
observaba con enkrjico acento uno que, encerrado
toda la mafiana en su cuarlo, habia hecho mandas
a todos 10s santos del calendario para que le li-
Iirasea del peligro.
- Per0 hijita, decia a1 mismo tiempo una sefiora
a dofia Engracia, hablando de Rivas ; ese hombre
debe ser un facineroso i es cierto que mat6 aqui en.
el patio a tres policiales?
- 291 -
- i Ai hijita ! esclam6 otra i que hubiera hecho
~ yo con un homhre asi en mi casa? Creo que me
habria muerto del suslo! Per0 cdmo entrd aqui,
cuando la puerta estaha cerrada ?
- Por 10s tejados, pues, respondia otra ; si esos
liberaies no tienen nada sagrado.
- 0 por el albarial, si no se paran en nada.
- Por eso es bueno poner reja en la acequia.
D o h Engracia se contentaba con estrechar a.
Diamela entre sus brazos, mihtras de este modo
disertaban sus amigas.
En la piezavecina, uno de 10s caballeros decia :
- Ahora es cuando 10shombres patriotas deben
acercarse a1 Gobierno para que 10s demagogos vean
que estgn condenados por la opinion.
- Eso estaba pensando, dijo don Dgmaso, 10s
huenos ciiidadanos debemos presentarnos a1 Go-
Iiierno. ,i Quieren Uds. que vayamos al palacio?
- Bueno, bueno, contestaban todos.
- I es precis0 que pidamos medidas enkrjicas,
dijo el que acababa de abogar por 10s fusilamientos.
Tomaron 10s sombreros i se dirijieron a la MO-
neda para darse 10s aires de triunfadores i pedir la
niuerte de 10s que les habian dado tan tremendo
susto en aquella mafiana.
Leonor, entre tanto, se habia retirado a su cuarto
i Iloraba desesperada por la suerte de Martin, mikn-
i n s que su memoria la repetia su reciente conver-
-. 29’2 -
sacion C o i l el jdven, sus palabras de amor que aun
resonaban en su alma como el eco de mhsica celes-
tial i la valerosa enerjia con que acababa de verle
defenderse contra tantos adversarios a un tiempo.
Si de amor hasta entdnces habia latido su corazon,
de orgullo palpitaba ahora con semejante recuerdo
i juraba consagrar su vicla a1 que reconocia digno
de tan preciosa ofrenda. Alas la idea de 10s nuevos
peligros que cercaban a Rivas, turbd mui luego el
arrobamiento de SLI devaneo; vi6 que en vez de
llorar era preciso defender su vida amenazada, i
salid de su cuarto resuelta a tocar todos 10s re-
sortes que pudieseii coiitribuir a !c 1ibe;’tscl de
Martin.
Dominada por este pensamiento entrd en la pieza
de Agustiii, que reparaba la debilidad en que 10s
sobresaltos de la mafiana le habiaii dejado, be-
hiendo repetidas copas de Kirch.
- i Ai hermanita que terrible dia ! esclamd a1 ver
entrar a Leonor : te confieso que compadezco a las
mujeres i a. 10s hombres cobardes, porque me fi-
guro el iniedo que lim clehido tener.
- En lo que debemos pensar ahora, es en salvar
a Martin, contest6 Leonor sin hacer cas0 de la ha-
ladronada de su hermano.
- iXosotros! A I qu6 podemos ].mer? dijo el
elegsnte sorhieiido otra copa de licor.
- Es preciso que mi palxi hahle con 10s minis-
- 2% ' -
tros, con el Presidente, con toclos 10s que teiigan
alguii influjo en el Gohizriio.
- Poco a poco, mi'bellu, el dia est5 peligroso
para einpefios i coin0 Martin tuvo la clesgraciada
ocurreiicia de venir a ocultarse aciui, podrdli creer
que nosotros hemos toinado pnrte en la reyolu-
cion, si hablamos en si1 favor.
i Tieiies miedo de liacer elgo por un hombre a
quien debes un gran servicio ! hgustiii, te crein li-
jero, pero no ingrato, dijo Lcoiior lanzando a su
hermano una miracla dc desprecio.
- No, no es ingratitud qvericla, pero, ya lo ves,
en politica es precis0 ser prccavido, que diantre :
veremos lo que se puedc liacer por el pohre Martin,
a quien no niego que Ciebo scryicios ; p r o til cpieres
que todo se haga por yapor.
- El cas0 no es para pensar, sin0 para ohrar,
replicd. la nifia con tono de resolucion : si ti1 110
hnces nada, hahlar6 con mi pap5 i si 61 toma Ins
. cosas con tu frialdad, irk yo misina a interceder por
Martin con alguiias amigns clue no se negar5n a
servirme.
- ! Caspita, hermanita, con que fuego lo tomas !
cualquiera diria que no se traia solo de un ainigo.. .
- Si n o de un amaiite j n o es verdad? inte-
rrumpi6 Leonor con impaciencia ; piensa lo que
yuieras, aEadi6 saliendo de la pieza.
- iCaralnha! Bsta sac6 toda la enerjia que me
- 294 -
tocaba a mi como varon i primojenito, dijo a1 verla
salir hgustin.
Lconor entrd a su cuarto despues de ordeilar a
una criada que le avisase la llegada de su padre.
Una hora despues, entr6 don Dimaso a1 cuarto
a1 que se habia retirado su niujer, tan luego como
se vi6 libre de las visitas.
Agustin, que le habia visto atravesar el patio,
entrd en la misma pieza poco despues de el.
- Estaba el palacio lleno de jente, dijo don Di-
maso quitandose el sombrero. Que uniformidad en
la opinion para condenar a 10s revoltosos ! El valor
civic0 mas decidido reinaba alli i creo que habria-
mos marchado todos cantando a1 combate si hu-
hiese sido preciso.
hpknas terminaha esta frase, bajo la cual, ha-
hria sido mui dificil traslucir a1 liberal que por la
niafiana abogaba por la c a ~ s adel pueblo, Leonor
entr6 en la pieza con frente erguida i con resuelta
mirada.
- i Cdmo le ha ido papi? dijo sentindose junto
a don DAmaso.
- Perfectamente hijita : el Presidente me ha
dado las gracias por mi decision por la causa del
drden, contest6 el cab2llero con aire de satisfecha
importancia.
- N o le pregunto sobre eso, replic6 Leonor.
i Que hai de Martin?
- 295 -
- Ah, &deMartin? Deben liaberlo llevado preso.
i Pobre inuchncho !
- i I Ud. no h a hecho nsda por @l?pregunt6 la
nina, fijando en su padre una profunda mirzdn.
- El momento no era oportuno hijita, repuso
don Dimaso ; 10s tiiiiinos esthi ahora demasindo
exaltados; es mcjor espernr.
-- iFkperar ! esclarn6 la n i k ; JIsrtin no ha es-
perado iiunca para servirrios c o m ~siempre lo ?la
iiecho.
- Es cierto hijita : nadie niega que hiartin serin
un jdven cumplido si no hu1,iese hecho la locura
de melerse a liberal.
- A nosostros no nos toca juzgarlo, dijo Leonor,
i nuestro deher es iiifluir en cuanto podamos en
favor suyo, ya que est&preso.
- Influirkmos, no te di: cuidado : yo estoi ahora
mui bien con 10s del Gobierno.
- Si, per0 entre tanto el tiempo pasa, i puedm
someter a juicio a Maytin, esclamci la nifia con vi-
sible iinpaciencia
- Eso es inevitable, contest6 don D6maso con
calnia .
Esta contestacion psrscid exasperar n Leonor
que se levant6 indignadtz.
- Pap6 Ud. debc ir ill instante a hablar con el
Xinistro dal Interior, dijo con aceiito i:nprntivo.
- Eso me cornprometeria, porque Xartin ha
--- 296 -
sido eiicontrado en mi casa : dejemos pasar algunos
dias, contest6 don Drimaso.
- Ire yo ent6nces a verme con la mujer del Mi-
nistro, esclam6 Leonor esasperada con la indife-
rcncia de su padre.
- iQu6 interes tan vivo tieiies por Martin ! dijo
en tono de reconvencion el caballero.
- Mas que interes, replicd Leonor con exalta-
cion : le amo.
Estas palalwas parecieron haber producido en
doil Dbmaso, en Agustin i en dofia Engracia, el
misino efecto que las detonaciones del comhate
de aqilella mafiana,
Don DBmaso se levant6 de un salto, Agustin pa-
r eci6 espantado, i clofia Engracia se apoderd deDia-
mela que dorinia a su lado, dbndola un fuerte apre-
ton.
i Nifia, que e s t k dicieildo ! esclam6 don DAmaso
aterrado con lo que acababa de oir.
Su esclamacion se confundid con un jeinido de
Diamela, victiina de la impresioiiahilidad nerviosa
de su ama.
- Dig0 que am0 a Martin, contest6 Leonor con
voz segura i magnifico ademan de orgullo.
- i A Martin! repiti6 ahisniado don Dbmaso.
Leonor no se d i p 6 contestar, sin0 que volvid a
sentarse Ileiia de majestad.
En ese momeiito conoci6 don DLimaso el ascen-
- 297 -
diente que aqnella nifia ejercia en su knimo, por-
que a1 querer armarse de severidad, se encontr6
con la mirada serena i resuelta de Leonor que pa-
recia desafiarle.
Don Dkniaso se dej6 llevar de la debilidad de su
carkcter i bajd la. vista diciendo :
- No debias hacer esa confesion.
i I por que no? Martin, aunque pobre, tielie
a h a noble, elevada intelijencia : est0 bzsta para
justificarme. LPreferiria Ed. que ocultase lo que
sienlo ? i No son Uds. 10s naturales depositarios de
mi confianza ?
Leonor pronunci6 estns palabras con acento que
no admitia replica. Las tres personas que la escu-
chaban carecian ademas de la enerjia que, para
contradecirla, hahria siclo necesario poseer a1 hacer
frente a un carkcter resuelto i altaiiero como el de
la niiia.
Dofia Engracia se conteiitd con estrechar a Dia-
rnela.
Agustin dijo por lo Isajo, algunas palabras mitaci
francesas, initacl espafiolas, i don Dtimaso principid
a pasearse en la pieza para ocultar su falta de
eiierjia.
Leonor prosiguid :
- Ud, sabe, pap&; que bartiii es un jdven de
esperanza : Ud. inismo lo ha dicho muchas veces ;
es tambieii de inui buena familia : no le falta por
7-01. 11. 27.
- 298 -
consiguieiite mas que ser rico i estoi segura quc
con las aptitudes que Ud. le reconoce, zunca sert't
pobre. i Que mal hago ent6nces en amarle ? FIarto
mas vale que 10s jdvenes que hasta ahora me ha11
solicitado i es mui natural que yo le diera la prefe-
rencia. Ahora que 61 se encuehtra gravemente
cornprometido i que, por desesperacion tal vez h;i
tomado parte en la revolucion, debemos nosotros
pagarle con servicios 10s muclios que le debemos.
El salvd a Agustin de una intrjga vergonzosa i
que le habria puesto en ridiculo ante la sociedaci
entera i ademas ha corrido con todos 10s negocios
de la casa con un acierto que Ud. alaba todos 10s
dias.
En cuanto a eso, es la pura verdad ; i no miento
si dig0 que debo a Martin mucha parte de las sa-
nancias de este aiio.
Don Damaso dijo estas palabras contentisimo dc
hallar una salida, ya que se encontraba sin fuerza
para imponer a Leonor su autoridad.
La niiia se aprovechd de ems palabras para se-
guir persuadiendo a su padre de la necesidad d9
atender desde luego a la suerte de Rivas; i f u ;
tan elocuente, que a1 cabo de poco rato salia doll
Dimaso a empeiiarse con personas de influjo e.)
favor de Martin. Una reflexion le sujirid su deb:-
lidad.
- Cuando mas coriseguirk que lo manden de:-
- 299 -
terrado, se decia, i una vez fuera del pais, Leonor
le olvidarci i se casarci con otro.
Don Dtimaso, coin0 toda persona sin enerjia de
carcicter, contaha con la ayuda del tiempo para salir
de la dificultad.
- 300 -
LIX
Martin fuk conducido a1 cuartel de policia i en-
cerrado en una estrecha prisioii a cuya puerta se
colocd. un centinela.
Cuatro paredes mal blanqueadas, un techo enta-
blado con gruesas tablas de glamo, una ventana sin
bastidores i cerrada por una tosca reja de fierro, he
aqui todo lo que se ofreci6 a la vista de Rivas en la
pieza que iba a servirle de prision. No habia alli ni
ui? solo mueble.
El j6ven se sent6 sobye 10s ladrillos, apoyd la
espalcla a la pcired i cruz6 10s brazos sobre el po-
cho. En esta actitiicl, baj6 la frcnte c u d si el peso
de las ideas que a su cerebro se ngolpaban le impi-
djese mtlntenerh erguirda como a1 entrar en el ca-
lalsozo.
Los aconteciinientos mas recientcs de a y e 1 aji-
tad0 dia ocuparon primer0 su atencion. La hellez a
- 301 -
de Leoiior, su apasioiiado lenguaje, su iiiteres ca-
rifioso, la profunda tristeza de la 6ltima mirada,
brillaron a un tiempo en la memoria de Rims,
liicieron latir su corazon i poblaroii la desnuda
prision con las rosadas i lucienles imgjenes que,
como de un foco luininoso, irradian del alma ena-
morada.
A1 ver la apasionada espresion del rostro de
Martin, cuyos ajos vagabaii en el espacio, hub%
rase dicho que aquel jdveii encerrado eli un mi-
serable cuarto, sofiaba con la conquista de un im-
perio.
Mas, pronto la imajinacion inquieta pidid a la
memoria otros recuerdos i huyci aquella alegria de
las facciones del prisionero ; Ilendse de suspiros su
pecho i como ahogado por el pesar, se pus0 de pi8
i se acercci a la veiitana. Sus labios dejaron esca-
parse con profundo pesar estas palabras.
- i Pobre Rafael !
I las lggriinas se agolparon a sus ojos, i 10s sus-
piros que llenaban su pecho se convirtieron en do-
loridos sollozo~.
i Tan noble i tan valiejite ! pobre Rafael.! repitid
con arnargo pesar.
Llord asi largo rato, hasta que las lhgrimas se
agotaron dejando sus ojos escaldados ; i eiitdn-
ces vino la reflexioii del hombre, la resignacion
estdica del valiente, la serena conformidad del
- 302 -
que ha consagrado su vida a una causa que Cree
justa.
Tal vez ha sido mas feliz que yo, se decia : inas
vale morir combatiendo que fusilado.
Ni un solo miisculo de su seinblante se coritrajo
ante aquella idea, ni cambiaron de color sus meji-
Has. Su eiierjico corazon mir6 de frente el peligro,
burlando la mlixima, jeneralmente verdadera, de
que ni el sol ni la muerte pueden mirarse fijamente.
Rivas [Link] valor tranquil0 que no necesita de
testigos ni de admiradores i que encuentra su fuerzn
tal vez en algun privilejio peculiar de la organiza-
cion nerviosa del individuo.
Per0 a la caida de la tarde i cuando su espiritu
habia recorrido no solo las escenas del dia sin0 las
de su vida entera, cuando un rayo de sol, despues
de atravesar diagonalmente la pieza lleg6 a conver-
tirse en un puiito que tambien se borr6, Martin
sinti6 frio en el cuerpo i un amargo sentimiento en
el alma : babia llegado fatalmente a1 campo de lss
hiphtesis a que llega todo el que se v6 bajo el peso
de alguna desgracia i se decia.
- Si yo hubiese sido menos orgulloso , habria
sabido Bntes que Leonor me amaba i no estarin
ahora aqui, sin0 a su lado.
Como ?e vB, en pocas horas la imajinacion de
Rivas habia recorrido todas las fases que podia
presentarle la situacion en que se encontraba. Mas,
- 303 -
ya lo dijimos; era valiente i sin esfuerzo, volvi6 a
[Link] con tranquilidad, en el lugar que habia
elejido primero, i cansado de pensar, busc6 el ol-
vido en el sueiio.
Pocos moinentos despues, i cuando Rivas, ce-
diendo a1 cansancio que le agobiaha, habia princi-
piado a quedarse dormido, el ruido de la puerta que
SB ahri6 con estrkpito le sac6 de su estupor.
Un soldado entro traykndole, en una gran ban-
deja, algunas fuentes de comida. Tras 81 entr6'otro
con una cama que el primer0 hizo colocar en un
rincon del cuarto, dejando el mismo la bandeja so-
bre la ventana.
Despues de esto, se acercci a Martin con aire de
misterio .
- Lea ese papelito i conteste luego, le dijo de-
jando caer un papel dohlado en varios dobleces.
I se alej6, ponikndose a arreglar la cama,
m i h t r a s que Martin, lleno de asumbro, leia lo si-
guiente :
(( Mi papti ha conseguido que podamos enviarle
diariamente la comida. Le remito una cama i en
l a almohada va paRel i lripiz para que pueda con-
tastarme. He logrado que Agustin, venciendo sus
temores, se gane a1 soldado que le lleva la co-
mida. -Animo pues ; yo yelo por Ud. Espero que
surta buen efecto Iun empeiio que he interpuesto
- 3ij'i -
para porler llegar hasta Ud. - Esta espcianza me
d&valor ; per0 aun cuando Ud. no me vea, no crei?
por eso que deja de pertenecerle entero el corazon
de
LEONORENCINA. >
Martin contest6, palpitante de alegrialo que sigue :
(( Si un corazon amante puede pagar 10s sacrifi-
cios que Ud. hace por mi, Ud. sabe que el mio la
pertenece. Esta mafiana, 10s peligros, la muerte en
mi rededor, despues, su dulee voz Leonor, a h r i h -
dome las puertas del paraiso ; mas tarde la prision,
la soledad, i luego, de nuevo esa voz, pohlando de
. miijicos cuadros las tristes paredes de un calabczo.
i Ah, Leonor, todo esto mi ubisma i'turba mi razon!
En medio de este caos, lo imico que brilla para mi,
sereno i sin nubes, es un ponto resplandcciente :
i Ud. me ama !
)) Ya tal vez ha llegado a noticias de Ud. la
muerte dc Rafzel. Murid como valiente, i era un
noble corazon clue el viento de la desgracia habia
marchitado. Mi felicidad inmensa, el amor de Ud.,
no bastan en este momento para secar las lagrimas
con que lo lloro : perddneme Leonor esta confe-
sion. Si el mas feliz de 10s amantes no puede
hacer olvidar a1 amigo, juzgue Ucl. por ese efecto
del lugar que su amor debe ocupar en mi corazon. ))
- 305 -
- Vamos, vamos, le dijo acercindose et sol-
dado, ya 110 puedo esperar mas.
Martin agregd a la lijera las sefiales del lugar en
que habia quedado eL caddwr de su amigo, ro-
gando a Leonor que trasmitiese esta noticia a la
familia de San Luis, i entregd su carts a1 soldaclo,
dnndole el poco dinero que tenia. Prohd despues,
apknas, la comida i vi6 con cierto desprecio cer-
rtlrse de nuevo la puerta de su calahozo. i Con la
carta que estrechaba solsre el corazon, despreciaha
la rabia de sus enemigos i sentia fuerzas para per-
doliarlos !
La lectura de esa carta i las ilusiones que creaba
en el espiritu de Marlin, le ayudaron a sobrellevar
con paciencia la soledad hasta el dia siguieiite :
Por el mismo conducto recibid una segunda carta
de Leoiior en la que le descubria, eii un lenguaje
tierno i sencillo, 10s tesoros de un amor queMartin
If
iiunca se habi:. atrevido a esperar.
En dos dias mas de esta correspondencia, Rivas
hahia llegado a creer que 10s que llevaba de pri-
sion hahian sido 10s mas felices de su vida.
Entre tanto, la causa que contra 61 se seguia,
marchaba con la rapidez que, desde entdnces hasta
ahora, dcsplega la justicia Chilena en 10s juicios po -
liticos. I como Martin, adeinas ,de estar notoria-
mente convict0 de su [Link] en 10s sucesos
del 20 de ahril, habia confesado no solo esa parti-
- 306 -
cipacion, sin0 c p tambien en alta VOX 10s princi-
pios liberales que profesaba, en el corto tkrmino
de cuatro dias, la ca.;isa estaba rematada i el reo
condenado a la pena de muerte.
Leonor recihici la noticia de esta sentencia poco
despues de haber leido una Larta que su padre
acababa de mostrarle en la que se daba permiso
para que don DLimaso i lob de su familia pudiesen
visitar a Martin de las seis a las siete de la tarde.
La hora habia pasado ya i era precis0 esperar a1 dia
siguiente. La idea de la fatal sentencia tuvo por
esto largo tiempo para someter a la niiia a una
horrorosa tortura. Durante la noche se vi6 asaltada
por todos 10s temores, que las reflesiones de su fa-
milia para persuadirla que aquella sentencia no se
ejecutaria, hahian calmado en su Linimo en el dia.
Su amor, en tan duro trance, cobraba las propor-
ciones d e una inmensa pasion i no podia pensar
un momento en la muerte de Rivas sin liacerlo a1
mismo tiempo en la suya propia.
Despues de esa noche de ILigrimas, Leonor salid
mui temprano de su pieza i entrci en la de Agustin
que dormia profundamente.
A lavoz de su hermana, el elegante se restreg6
10s ojos.
-Que matinal estiia, esclamd, viendo aLeonor de
pi6 a1 lado de su cama. iI qu8 piilida hermanita! alia-
did, cualquiera diria que has velado toda la noche.
- 307-
- Asi ha sido, dijo la nifia ; ipodia dormir con
esa horrible sentencia?
- Cglmate, la sentencia no se ejecutarli.
- QuiBn me responde de ello ? pregunt6 Leo-
nor cuyos ojos se llenaron de lagrimas.
- Todos lo dicen.
- Eso no basta i por eso vengo a pedirte un
servicio.
- Soi todo CL t i , mi Bella ordena i obedezco.
- Es precis0 que hoi ine acompafies a ver a
Martin.
- ESo no deja de tener sus clificultades i cdmo
entramos ?
Con una carta que tiene mi pap5 : til se la pedi-
rAs dicikndole que vas a ver a Martin i te vas con-
migo.
- Haces de mi lo que quieres.
' AI dar las seis, en efecto, Leonor i Agustin, pre-
sentaron la carta i fueron conducidos a la prision
de Martin.
E1 jdven tenia sohre la ventana todas las cartas
de Leoiior que se entretenia en leer una a una.
A1 ahrirse la puerta, Leonor le vi6 enderezarse
i ocultar con lijereza las cartas. AI reconocer a la
jdven, Rivas corrid hacia la puerta i sus manos
estrecharon la que ella le tendid.
- i Peste ! esclarn6 Agustin, inirando en SLI der-
redor, no es por cierto el confort ingl6s lo que aqui
- 308 -
reina ! Mi pohre amigo, a5adi6 ahrazando a Rivas,
esto es degutunte, mi palabj*a de honov.
Martin se sonrid con tristeza i olvidd todos sus
cuidados en 10s ojos que Leonor fijaha en 81 llenos
de Iligrimas.
- Es la iinica silla que lie podido conseguir,
dijo pasando a Leonor una mala silla de paja.
La ni5a se sent6 ivolvid la cara para enjugar las
15grimas.
- Vamos, hermanita, la dijo hgustin enterne-
cido tambieii, tengamos mas valor : la reflesion es
lo que nos distingue de 10s irracionales.
Martin n o pudo reprimir una h n c a carcajada, a1
oir la sentenciosa mbsima que hgustin emitia con
voz lastimosa.
Leonor mird a su amante llena cle orgulIo.
- Las cosas dehen tomarse como vienen, clijo
Rivas, no queriendo clejarse contajiar por la tris-
teza de 10s dos hernianos.
.
- Pero esa sentencia ! .. esclamd Leonor.
- La ssperaba desde el primer dia i no me ha
conmovido, respondid el prisionero con modesta
voz. Lo que h a hecho si palpitar mi corazon, afia-
did en voz daja a1 oido dc Leonor, ha sido lo yuc
no esperaba : sus cartas.
h l traves de las lbgrirnas que huniedecian 10s
pjrpapos de la nifiin, brill6 en sus ojos un ray0 de
pasion a1 oir estas palabras.
Fuese intencional o distraidamente, hgustin se
acababa de parar en la puertn del calabozo, delante
de la cual se paseaba el centinela.
Martin se apoderd de una mano de Leonor,
mikntras que ella seguia mircindole.
- La felicidad que siento a1 verme amado, la
dijo, llena de tal modo mi pecho, que no deja lugar
en 61 para 10s ternores que pudiera inspirarme mi
situacion. Ademas, afiadi6 con cierta alegria,
no si! qui! presentimieiito me dice que no puedo
morir.
- Sin embargo, replic6 Leonor, es preciso pen-
sar s6riamente en la fuga.
- Mui dificil me parece.
- No tanto : vea Ud., el plan que he inujinado :
vengo con Agustin mafiana a esta hora i traigo
puestos dos vestidos. Uno toma Ud..i sale en mi
lugar con Ag~istin.
- i I Ud.! preguntd Rivas con adrniracion, alver
hrillar de entusiasmo 10sojos de su querida.
- Yo, contest6 ella, me quedo aqui; i q u 6
pueden hacerine cuando me descubran ?
Martin hubiera querido arrojarse de rodillas para
adorar como una divinidad a la que, como una
cosa mui natural, le ofrecia el sacrificio de su honra
por salvarle.
- Cree Ud. que yo consentiria en conservar
mi vida a costa de su honor? la dijo, besAndola con
pasioii la mamo que estrechaba entre las s u y ~ s .
- Lo que yo quiero es que Ud. salga de aqui,
contest6 Leonor con ajitacion ; es preciso Martin
que no s? forme Ud. ilusiones ; en el gohierno hai
mucho encarnizaniiento contra 10s que han tornado
parte en la revolucion ; i, quikn nos asegura que el
consejo de Estado le indulte a Ud? i en CGSO de
indulto que pena sustituirjn a la de muerte? Nnda
sabemos i todo esto ine hace temblar.
- Caramba, dijo hgustin que acalmha de acer-
carse a ellos, Leonor tiene razon : esta casa tiene
un aspecto mui triste ; es preciso que trates de salir
de aqui.
- Si tti tienes ralor, dijo Leonor a su hennano,
Martin puede salir ahora misino : qukdate en su
lugar i 61 saldrri conmigo.
Agustin se pus0 mui palido i no pudo disimular
el temblor que conmovi6 su cuerpo ante la sola
idea de correr aquel peligro.
- Le conocerkn a1 salir, hermanita, dijo con voz
apagada i luego iquien me haria huir a mi !
- Tendrian que poiierte en libertad, replic6
Leonor.
- Agustin tiene razon, dijo Rivas, me conoce-
rian a1 salir.
- Eso es claro como el dia, observd el elegante,
serenkndose un poco i sacando su reloj como de-
seoso de ver llegar la hora de irse.
- 31.: -
- Si Agusli n me trae mafiana una buena lima i
un par de pistolas, hare una tentativa, dijo Martin.
- 6 s coiaaciiiclo no hai nadamas que decir, es-
clam6 Agustiii volviendo a mirar el relcij teineroso
de que su hermana propusiese algun otro medio de
evasion que le cornpromeliese.
En ese moimxto, el carcelero anunci6 que era
hora de salir i Leonor i Agustin se despidieron de
Rims, prometiendole lo que pedia para efecluar su
tentatix dz fzga a1 ciia siguie'ile.
- 312 -
LX
Pero esa tentativa no pudo lievarse a elticto por-
que la celeridad de 10s procedimientos judiciales
habia excedido toda prevision.
Cuando Leonor i Agustiil se presentaron, solici-
tando ver a Rivas, en virtud del permiso que mos-
traban, recibieron esta lac6nica contestacion.
- No se puede.
- LPor que? pregunt6 Leonor coil inquietucl.
- Porque est5 en capilla, contest6 el que habia
dado la primera respuesta.
Leonor se apoy6 en el brazo de Agustin para no
caer, aterrada por el espanto que produjeron en su
alma esas f h e b r r e s palabras.
Agustin, tembland’o de miedo, llevd a Leonor a
la calle donde el carruaje 10s esperaba
La nifia se arroj6 sobre un asiento de atras
prorrumpiendo en desesperados sollozos.
- A casa, dijo Agustin a1 cochero.
El coche se pus0 en marcha.
AI cab0 de pocos instantes, Leonor alz6 lafrente:
hubikrase dicho que, a1 traves de las lkgrimas que
inundaban sus ojos, brillaba en ellos un lejano rayo
de esperanza.
- Todo no est&perdido ! esclam6 echtindose en
brazos de Agustin.
-Por supiiesto, hermanita, dijo sin comprender lo
que decia el elegante : n o te liagas pena hermanita.
- i S e te ha occurrido algun medio de salvar a
Martin? pregunt6le Leonor con una exaltacion fe-
1x51, engaliada por el aire de seguridad con que su
hermano hahia pronunciado las palahras que ante-
ceden.
- L A mi? ninguno, nunca se me ocurre nada,
coritestd coli riveza el elegante que temi6 que
Leonor quisiese esijirle algun sacrificio.
- Pues a mi sc me ha ocurrido una idea.
- A ver la idea?
- Llkvame a cas8 de Edelmira Molina.
- Para que ?
2 Blli lo sahrks.
- Pero hermanita, me parece inconveniente que
til....
Leonor no le dej6 acabar su fi-ase, porque baj6
uno de 10s vidrios de adelante del coclie, i por alii
dijo a1 cochero :
vol. 11. 18
- 314 -
- Para.
Luego, dirijikndose a su hermaiio, le dijo con voz
imperativa.
- Dlile las sefias.
Agustin obedecid sin niurmurar i el coehe tom6
el camino que se le indicd.
- Es precis0 que hablemos con Edelmira,
dijo Leonor a1 cab0 de algunos momentos de si-
lencio.
- Pero, yendo a casa de su madre, iio es el
medio mas seguro de conseguirlo, replied hgustin.
- Por quk ?
- Porque alli me conocen, i despues de la
historia que t~ recordark, me aborreceii cordial-
mente.
- Tienes razon, dijo Leonor, comprimikndose
la frente con las manos ; pero es absolutamente iii-
dispensable que yo m e vea hoi mismo con Edelmira.
A ver, afiadi6 con febril impaciencia, pieiisa til,
discurre, yo teiigo ardieiido la cabeza, i se me tur-
ban las ideas !
La aflijida nifia ocultd su rostro i dejd caer la
cabeza sobre el respaldo del coehe. En su sen0 10s
sollozos se agolpaban como las olas a1 soplo de la
tormenta.
- Yo discurrire, dijo el elegante ; per0 no si-
gamos a casa de doiia Bernarda porquelo perdemos
todo.
- A casa, grit6 Leonor a1 cochero.
Luego se volvi6 hdcia su hermano. Sus ojos des-
pedian rayos de fuego i la contraccion de sus cejas
aiiunciaba la eiierjfa que era capaz de desplegar.
-Volverkmos a casa, dijo ; per0 te advierto que
Antes de dos horas debes haberme facilitado una
entrevista con Edelmira.
- Pero hermanita, cdrno quieres que la saque
ya de su casa ?
- No s6; mas yo estoi resuelta a hablar hoi con
ella, i si til no me proporcionas la ocasion de ha-
cerlo, irk yo sola a verla.
-Noes coiiveniente que vayas todu s o h , esclamd
exasperado el elegante.
- Ire, ir6, repiti6 Leoiior con esaltacion : nadie
podrk impedirmelo. i N o res que Martin est& en
capilla? KO 16s que si le fusilan yo morir6 tam-
bieii ?
Nada pudo ol-?jetarAgustiii a este grito del alma
enkrjica de su hermana, i se convenci6 de qnepara
evitarla el dar algun paso desesperado, debia hacer
cuanto le fuese posible por cumplir sus deseos. El
jdven se acord6 en ese niomento de la ambicioii
insaciahle de dinero que constantemente domiiiaba
a Amador.
- Hai uii medio de que hables con Edelmira,
dijo.
- i Cud1 ! preguntd la iiiiia con avidez.
- 316 -
- El de dnr algunos reales a1 hcrtnano de la
nuchaclia i 81 mismo te I n troeri a casa.
En este momento el coclie llegaba a inmedia-
cioiies de casa de don Diniaso.
- Te clar6 dinero, dijo Leonor, cuando bajaban
del coclie ; esp6rame en tu cuarto.
Con efecto a1 caho de poco rato volvi6 Leonor
con treinta onzas de or0 que entreg6 a su her-
mano.
- Toma, le dijo, confio en t i : ti1 no querrtis
verme llorar toda la vida, j n o es verdad?
A1 decir esto, estrcchaha a1 elegante con cariiio-
sos abrazos.
- i Caramba i esclam6 Agustin, eres un Creso
hermanita. i Que rica estris !
- Pap5 me acaba de dar ese clinxo: le he es-
plicaclo mi plan en pocaq palabras.
- Entre tanto, a mi nada me has esplicado, de
modo clue yo ando a oscuras.
- llndct primero, des:iues lo sahrtis todo.
Agustin salid de la c a w i Leonor se dejb cncr de
rodillas, imploraildo la proteccion del cielo por el
buen Biito cle sa empresa. A1 ea130 de algunos ino-
meutos de fervorosa oracion, se acerc6 a1 escritorio
de Aguslin i principi6 a escrihir una carta a Rivas
en la que le referia sus proyectos, prodigindole
las mas ardientes protestas de aquel amor, que,
lentainente clesarrollado en su pecho, habia co-
- 317 -
brado ya las proporciones de una pasioii irresis-
tible.
En esos mismos momentos Agustin llegd a casa
de dofia Bernarda. A1 pisar el umbral de aquzlla
puerta, todos 10s recuerdos de la escena del su-
pueslo matrimonio, en ]as que le habia tocado re-
presentar el papel de victima, asaltaron su memoria
e hicieron latir de miedo su corazon. Pero la con-
viccion en que se hallaba de que era precis0 obe-
decer a Leonor, le did entereza para golpear a la
puerta del cuarto de Amador.
Este abrid !a puerta, i no sabiendo el objeto deja
visita que le Ilegaba, contest6 con un sa!udo in-
cierto a1 saludo de Agustin.
- Deseo hablar con Ud. a solas, dijo el elegante.
- hqui estamos solos, contest6 Amador haci6n-
dole entrar i cerramdo la puerta.
- Voi a w a r con Ud. de toda franqueza, clijo
Agustin sin sentarse.
- Asi me gusta, no hsi como la frnnqueza,
esclam6 Amador.
- LQuiere Ud. ganar unos quinientos pesos?
- i Quinientos pesos ! Que pregunta ! I a q u i h
no le gusta la plata, pues? Pita Ud.? dijo Amador,
pasartdo en medio de sus esclamaciones un ci-
garrillo de papel a1 elegante.
- No, gracias ; el eervicio que reclamo de Ud.
* es mui simple.
vol. 11. 18.
- 318 -
- Hahle no mas, tengo buenas entendederas.
- Mi herrnana desea hahlar ahora mismo con su
herrnana Edelmira.
- Para qui: ?
- No si: ; per0 sospecho que sea para que ella
interveiiga con alguieii ea favor de Martin Rivas
que est&condenado a muerte.
- Pobre Martin : yo lo hice agarrar preso i
ahora me pesa: vea, llevari: a Edelmira, no por el
interes de 10s quinientos, aunque estoi mui pobre,
siiio por hacer algo por Martin.
- iIIagnifico! apenas llegue Ud. a casa coli
Edelmira recibir5 la suma.
- Ya le dig0 que aunque estoi pobre como una
cahra, no lo hago por interes.
'
- Lo creo bien; per0 la plata nunca est5 de
mas.
- Asi es, yea ; a mi siempre me estQde me-
nos.
Despidikronse, prometiendo Amador que en
nicdia hora mas estaria con Edelmira en casa de
cion DLiniaso.
Pocos momentos despues que hgmtin daha
cuenta a Lcoiior del resultado de su entrevisia,
Amador i Eclelmira llegaban a la citsa.
Leonor condujo a Edelmira a su cuarto, clejanclo
a su hermano en compafiia de Amador.
Cuaiido las dos nifias se IiilIaron solas en una
- 319 -
pieza cuya puerta habia cerrado Leonor, rimbas se
contemplaron con curiosidad i en 5mbas se piiitd
la sorpresa desde la priniera mirada.
Edelmira hall6 en vez de la altanera espresioii
que Antes liabia iiotado en la hermosa hija de doli
DAmaso, una dulzura tal en su mirada, que sintio
por ella una irresistible simpatfa.
Leonor vi6 que el rosado tinte de las nejillas de
Edelmira habia sido reemplczado por la palidez
del sufrimierito ; que la viveza de su mirar es-
taba apagada por la fuerza de una visible melan-
colia i adivin6, con la penetracion de la mujer ena-
morada, que Edelmira no habia dejado de amar a
Rivas.
Esta idea, que en otra circunstancia la habria
desagradado, parecid animarla por el contrario.
- i Sabe Ud. la situacion en que se encuentra
Martin ? la dijo, haciendo sentarse a Edelmira junto
a ella.
- Sabia que estaba preso, contest6 Bsta ; per0
ahora, afiadid con voz turhada, mi hermano me dice
que est$ condenado a niuerte.
La que esto decia i la que escuchaba, se miraron
con 10s ojos llenos de ltigrimas.
Leonor se arrojd en l~razosde Edelmira escla-
iiiando :
- i Ud. es mi ~ l t i m aesperaiiza ! es precis0 sal-
varlo !
- 320 -
El corazon de Edelmira se oprimi6 dolorosa-
mente a1 hoir aquellas palabras, que encerraban la
confesion del amor que Leonor habia ocultado en
su primera entrevisla.
Leonor continud con exaltacion i sin cuidarse de
secar las gruesas 16grimas que corrian por sus me-
jillas :
-Yo he hecho hasta aqui cuanto he podido i
me lisonjeaba de que Martin seria indultado : pa-
rece clue le teinen mucho, cuando se niegan a per-
donarle : yo estoi cansada de imajinar medios de
evasion, i aun cuando me liallo dispuesta a sacrifi-
carme por 151, nada acierto a combinar que sea rea-
lizable. Esta mafiana, desesperadn a1 oir la fuiiesta
noticia de clue le han puesto en capilla, no s6 por
que he pensado en Ud. : digame que he tenido una
huena inspiracion. Ucl. me dijo , cuando estuvo
aqui hace tiernpo, que deseaha servir a Martin : la
ocasion ha llegado de maiiifestarle su agradeci-
miento. Ya ve Ud. clue es tan noble, tan Traliente
j i cpieren matarlo !
Edelmira se sinti6 fuertemente conrnovida a1 ver
la desesperacion con que Leonor pronuncid aque-
llas palabras. La admirable belleza de Leonor en
niedio de tan acerba afliccion, lt5jos de cansarla 10s
celos que la liermosura de una rival despierta en el
corazon de la mujer, parecid ejercer sobreEdelmira
una especie de fascinacion.
- 321 -
- Yo, seiiorita, dijo, estoi dispuesta a hacer lo
que Ud. me diga por salvar a Martin.
- iPero si a mi nada se me ocurre, por Dios!
esclamd Leoiior comprimieiidose la freiite coii I n s
inanos ; parece que las iaeas se me escapnn cuaiido
creo haherlas concebido ..... A w r ..... jPor que sc
inc, ocurrid queUd. podria salvar aMartin., .. ? jAh !
i No hahia uii oficial de policia que quisc! casxs!:
con Ud. ?
- Es cierto.
- i E s jdven, 110 es verclad?
- Si.
Ese j h e n debe amarla toclavia : Ud. es derna-
siado bella para que 61 haya dejado de amarla por
uii desaire j n o es asi? Estoi segura que 81 la ama.
Pues bien, hiartin estd pres0 en su cuartel i Ud.
puede coinprometerle a que facilite su evasioii.
Ofrezca Ud. todo lo que sea necesario : dinero,
einpleos ; mi padre ofrece cuanto le pidan. j No me
niegue Ud. este servicio : se lo agradecer6 eteriia-
mente !
- Seliorita , dijo Edelmira, voi a hacer cuinto
pueda : si Ud. corisigue que hmador me acom-
pafie a ver a Ricardo, tal ver logremos salvar a
Martin.
Leonor cslrechd coii frenesi a Edelmirg, prodi-
ghidola 10s mas tiernos carilios pcr ayuella res-
puesta.
- 322 -
-Vamos a ver su hermano, dijo despues de esto,
pues no lenemos tieinpo que perder.
Salieron de la pieza en que se encontraban i en-
traron en la de Auustin.
Amador apuraha la decima copa de un licor que
le habia ofrecido Agustiii i fumaba, tendido, un
habano prensano de enorme largo, con la gravedad
de un magnate que tiene conciencia de su impor-
tancia.
Leonor esplic6 en pocas palabras el nuevo plan,
i despues de pedir a Amador que acompafiase a
Edelmira con ilisinusntes palabras, se acerc6 a pre-
guntar a Agusliii por el dinero que le habia entre-
gado.
El elegante pus0 con disimulo las treinta onzas
en manos de Amador, cuyo rostro se ilumin6 con
indecible alegria.
- Por salvar a illartin, que ha sido mi amigo,
dijo, hart5 lo que Ud. guste, sefiorita.
-TU 10s acompafiarris para traerme la respuesta,
dijo Leonor a Agustin, llamtindolo aparte ; i no te
mires en gastos. Si el oficial pone dificultades, dile
que pap5 se encarga de su porvenir : yo respond0
de ello.
Abraz6 despues a Edelmira, con la teriiura de
una hermana i llevd su heroism0 hasta eslrecliar
la mano de Amador que despedia un olor a tabaco
quemado insoportalsle.
- 313 -
- MBndeme con Agustin la noticia del resultado,
dijo a Edelmira, a1 atravesar el patio : solo espero
en Ud.
- Nada temas, hermanita, dijo Agustin ; acpi
voi yo para arreglarlo todo ; que la peste me aho-
gue, si n o sacamos a ese pobre Martin de la pri-
sion.
Despidikronse en la puerta de calk i Leouor entr6
a su cuarto, Alli se dejd caer sobre uii sofA rendida
de emocioii i de zozobra.
- 324 -
Gran sorpresa se pint6 en el
Castaiios cuando vi6 eiitrar a su hahitacion a las
tres personas que vimos salir en su [Link] casa
de don Dltmaso Ericina.
Ricardo Castaiios pertenecia, como ha podido
verse en el curso de esta historia, a esa clase de
enamorados que saben oponer a 10s desdenes de
sus queridas la resigiiacion que 10s fildsofos acon-
sejan en 10s contrastes de la vida. Apesar de ha-
berse vista despreciado por Edelmira, su amor vi-
via en su corazon i coiiservaba todo el vigor de 10s
dias en que habin estado prdximo a unirse con 1
iiiiia por lazos itidisolubles. Asi fu8 que a1 verl
entrsr en la pieza que ocupaba en el cuartel, 10s
latidos de su corazon se aceleraron de tal manera,
que a la sorpresa que en sus ojos se pintaba, vino
mui luego a unirse el rojo tinte que dieron a sus
- 325 -
mejillas las oleadas de sangre que el fmpetu del co-
razon les trasmitia.
Confuso i sin acertar a formular palabras claras,
ofreci6 asiento a Edelmira i a 10s dos jdvenes que
la acompafiaban.
Edelmira rompid el silencio que a la invitacion
de Ricardo habia sucedido ; con voz segura i re-
suelta espresion de fisionomfa, dijo :
- Venimos a verlo para un asunto mui impor-
tante.
- Sefiorita, aqui me tiene, contest6 Bste ponikn-
dose mas colorado.
- Aunque eslos caballeros prosiguid Edelmira
volviendose hlicia Agustin i Amador, sabeii a lo que
vengo, me,gustaria mas estar sola con Ud: para
esplicarme mejor.
- Aqui no liai escribano, dijo Amador riendose,
habla n o mas, que no hemos de dar f6 despues si
lo que digas t n perjudica.
- Esia serlorita tieiie razon, replicd Agustin, yo
soi lsarlidario del CZie L M e i nosotros podemos en-
tretaiito ir a fumar un cigarro.
- Andar entdnces, dijo Amador, vamos a pi-
tar.
Los dos jdvenes salieron i principiaron a pasearse
en un corredor sobre el cual abria la puerta de la
pieza del oficial.
Este habia quedado de pi8 i huscaba en su ima-
vol. 11. 19
- 330 -
jinacioii algun cuinpliiniento para eiitablar la con-
versacion.
Edelniira le aliorrci este trabajo dicibndole :
-Rluclio estrafiarti Ucl. verme aqui.
--so no, seiiorila; pero de seguro que no lo
espc"raba, contest6 Ricardo.
-Yo conozco que no me he conducido bien
con Ud. i me arrepiento de ello, prosiguid la
iiifia.
- Tanto favor, seiiorita, yo le doi Ins gracias.
- LMe ama Ud. todavia? preguntd Edelmira,
fijando en el j6ven m a resuelta i peiietrante mi-
rada.
- iVaya si la quiero! esclarnci Ricardo, la prueba
la tiene en que todos 10s dias paso por su casa poi.
verla.
- Ud. puede darine ahora una prueba que me
convencer6 mas que todo.
- I-Iable no mas i v e r j si dig0 la verdad.
- Quiero que Ud. salve a Martin Rivas.
Ricardo hizo un movimiento de sorpresa.
- hunque lo pudiera 110 lo haria, dijo con tono
de rahia.
- Pues si Ud. quiere probarnie que me ama, es
precis0 que salve a Martin.
- i Bonita cosa! ¶ que Ud. lo siga que-
riendo ? No, mas hien que lo fusilen i asi se acaha
todo.
, - 327 -
El o k i a l de policia pronuiicid estas palabras
con un acento somhrio que convcpncid a Edelmira
de que el amor de aquel hombre no se habia enti-
hiado.
- Pues si lo fusilan, jamas no volvercmos a
ver Ud. i y6, dijole la niiin Icvant6ndose de su
asiento.
- PruBbeme Ud. clue no lo yuiere, p e s , es-
Chin6 con pasion Ricardo : si asi fuese, Podriamos
hnblar .
- Estoi dispuesta n hncarlc si Ud. lo salva.
'
- LCdrno me lo prohard?
- Casriiidorne con Ud. si quiere.
Estas palabras hicieron vacilar a1 oficial algunos
momentos, durante 10s cuales permanecid en si-
lencio.
L-crego despues replied :
- i I entonces, por qu8 se cnil~efiatznto por
i\l?
- Es Ud. reservado? preguiit6lc Edeimira.
- C 6 n o 110 !
- Ent6:ices dirk que qciero sclvarlo pnrque, lo
he prom?tido a la hcrmana de Aguslin, estc ha vc-
niilo po:.,t !levaric 12" iioticia cle lo que Ud. conlcste.
- j,Ei:Mnces esa seiiorita quierc a Martin?
- si.
-. & IUd. n6?
- No.
- 328 -
- I jc6mo puedo yo salvarlo, pues?
- jNo puede Ud. entrar de guardia maiiana?.
- No me toca.
- Pero puede camhiarla con aquel a quien le
toque.
- Eso si.
- Estando Ud. de guardia, le es inui fgcil hacer
fiigarse a Martin, pagando a1 centinela para que
huya con 81.
- Es cierto; pero yo le dirk una cosa : no tengo
plata.
- Esa la darti Agustin.
- iI q u i h me asegura que despues que Martin
est6 lihre, Ud. cumpla su palahra?
- Lo jurare si Ud. quiere delaiite de testigos :
en presencia de mi madre que basta hoi me ha ha-
blado de Ud.
- Vea Edelmira, dijo Ricardo despues de re-
flexionar algunos segundos, Ud. sahe que yo la he
quericlo i la quiero mucho. j Que mas quisiera yo
que casarme con Ud. pues?.Pero la conclicion que
Ud. pone es mui dura : si dejo arrancarse a Martin,
me puedeii dar de baja.
- Ah, si Ud. aprecia mas su carrera que a mi ...
- No quiero decir eso, sin0 que perdiendo mi
sueldo me quedo en la calle i la quiero demasiado
a Ud. para que me pudiese conformar con verla
pobre a mi lado.
- 329 -
- Si es por eso no mas, creo que no tiene Ud.
por c p B temer.
- C6nio pues?
- Si alguna persona rica, agradecida a1 servicio
clue le hiciera poniendo en lihertad a Martin, le
prometiese hacerse cargo dc su suerte, tendria Ucl.
clificultad en acceder a lo que le pido ?
- Yo tendria : ya le dig0 qce lo hago por Ud.
Edelmira llamd a Agustin que en ese momento se
liallaba con Amador cerca de la puerta de la pieza.
- Quisiera que Ucl. repitiese a este caballero lo
que a1 salir nos encargd la sefiorita Leonor, le dijo.
- i CLispita! no es tan f k i l : mi hermana hahl6
como uti loro i yo no lsrillo por la buena memoria,
contest6 el elegante.
- Si, pero Ud. no puccle haber olvidaclo, replie6
Edelmira, lo que ella dijo para el cas0 de que Ri-
cardo perdiese su empleo.
- Ah ... ! eso no : dijo que pap5 responde cle
todo, i Leonor puede decirlo porque ella lleva a
pap&por la punta de la nariz.
- Ya VB Ucl. que no lo eng,ifio, dijo en voz baja
Edelmira a Ricardo.
Este toiio confidencial de la que siempre se le
habia inostrado desdefiosa, hizo hrillar de alegria i
de amor el rostro del oficial.
-Yo no dig0 que Ud. me engafiie en eso, replie6 :
cligame no rnas que ine cuinple su palabra de casarse
- .-
conmigo i que no st:quejar2. despues si cjueclo yo11i.o.
- Si Martin est5 libre inafiana en la noche, coil-
test6 Edelinira haciendo inauditos esfuerzos por
ocultar su eiiiocion, estoi clispuesta a casarrne con
Ud. el dia que cpiiera.
Estarri libre o pierdo mi iionihre, dijo el official,
apoder&iidosecle una mano de Edelniira, i sellaiido
con un ardiente beso aquella especie de jurainento.
La ni:?a le hizo repetir varias veces que no fal-
taria a s i ~palabra, i hgustin se comproinetid a
traer el dinero necesario para pagar a la ceiitinela
que debia ayudar a la fuga.
Edelmira i hmador regresaroii con hgustin a
casa de don Drimaso en donde Leonor les esperaba
entregada a una iiicjuietud inui cercana del delirio.
Cuaiido Edelmira la dijo que Martin se salvaria,
Leonor did un grito de contento i toiiiBiiclola entre
sus brazos la Colin6 de locas caricias.
- i I cdmo ha conseguido Ud. esto ? pregunt6
Leonor, sin iiotar que Edelinira, presa de un pro-
fundo abatimiento, halsia ocultado su rostro para
no dejnr ver las Itigrirnas que lo 13aGa5an.
- .Jurbndole que me casaria con PI, conttst6 la
.-
nina.
I PIdar aquella respuesta, parecid que la til~afi-
donabail el valor i la resigiiacion que clurc1,i:le su
entrevista con Ricardo hahia desplegado, pucs !cs
sollozos casi ahogaroii sus Xtirnns pal:,bra~.
- 331 -
Leonor mir6 durantc algunos inomentos a Edel-
inira con una espresion indefinible : la admiracion
i 10s celos, que dormitan en el fondo de todo amor
vercladero, ocuparon a1 mismo tiempo su alma. En
esos momentos, que fueron inui rjpidos, s e dijo a1
mismo tiempo :
- Le ama tanto como yo ; i.
- i Pobre niiia! liene un corazon aiijelical !
I como dijimos, aquel instante de involuntnria
reflesion pas6 con rapidez, porcine Leonor sc ar-
rojd enternecida en brazos de Edelmira.
- Dios solo, la dijo, es capaz de recompensar a
Ud. por tanta jenerosidad. Si algo vale para Ud.
mi eterno reconocimiento, ac6ptelo Edclmira i pcr-
mitame ser su amiga.
Estas palabras, pronunciadas con todo el calor
de una a h a jenerosa, cnlmaron el llanto de Edel-
inira i la devolvieron la serenidad.
Leonor repiti6 mil veces sus protestas de agra-
decimiento con aquellas palabras carifiosas que las
mujeres saben emplear en In eFusion del corazon, i
sup0 hacer olvidar a Edelinira la diferencia social
de sus condiciones respectivas.
En la mafiana del dia siguientc, Ricardo i Amador
se presentaron en casa de don Ddmaso i arreglaron
con Leonor i Agustin el plan de fuga quc debia
ejecutarse en la noche de ese dia.
LXII
Martin, entre tanto, daba un triste adios a la vida
i a 10s amores, esla seguiida vida de la juventud.
En ese adios habia, sin embargo junto con In
tristeza, la serena resignacion del valienle. hclemns,
el ainor ocupaha tail graiide espacio en su alma,
que inas bien IC contristaExtla idca dc sepal-arse de
Leonor para sienipre que la de perder la existencia
en la flor de sus afios.
En esta disposicioii de espiritu, Rivas se habia
ocupado con calma de sus idtimas disposiciones.
No poseia niiigun bien, de modo que el cuidado de
10s intereses materiales no le rob6 iiiiiguno de 10s
preciosos iiistaiites que le quedaban.
Poseia si un inmenso tesoro de amor, a1 que
yueria consagrar su alma entera en aquellos mo-
mentos soleinnes.
- 333 -
- Escribid pues una larga i seiitida carta a su
madre i a su hermaiia. Cada una de las frases de
esa carta tcnia por objeto fortificar sus Aiiimos
para la terrible prueba de dolor quc 10s esperaba.
(( Acaso, las decia a1 coiicluir, la muerte no sea
para mi un mal en las presentes circuristancias.
Obstjculos casi insuperables se me prcsentarian,
si v:Iriese,
:
para realizar la felicidad a que Leonor
me ha dado el derecho de aspirar ; i tal vez, corn-
bati6ndolos, habria sufrido huniillaciones dema-
siilclo crudes para mi corazon. Tengo coiifianza en
Dios i no me falta valor : las puras bendiciones de
Uds. me allanardii el camino para cornparecer ante
cl divino juez. 1)
Cerrada csta carta, parcciSk que podia ocuparse
ya enteraniente cle Leonor. Para hahlarla de su in-
mcnsa pasion la escribia 13 historia del modo como
ella liabia nacido i clesarrollkdose eli SLI alma. Sen-
cilla i tieriia historia de enamorado, Ilena de ideales
aspiraciones, de ardientes aniargnrns Iiorradas ya
de la memoria con la dicha de 10s iiltiinos dias. El
trdjico fin que aguarclaha a1 protagonisla, era la
iiiiica sombra de ayuel cuadro pintado con 10s did-
fznos colores de la juveniucl i clel amor. Martin lo
retocaba con la predileccion del artistti por su obra
fuoritz, i afiadia una frase de amor, a las mil que
vol. 11. 19.
- 334 -
la esmaltahan, cuando 13 puerta de su calal~ozose
ahri6 en el silencio.
Era la oracioni Martin vi6 entrar un hombre
embozado que no pudo conocer a1 instante.
Este se quit6 el emhozo a1 acercarse a la mesa
en que Rivas escrihia a la lijz dudosa de una negra
vela de sebo.
- &Qui:objeto tiene esta visita, sefior don Ri-
cardo? pregunt6 Martin con cierta altaneria, al re-
conocer a Ricardo Castafios.
- Lea este papel, contest6 el oficial, entregando
a Rivas una carta.
Rivas ley6 lo siguiente :
((Todo est&concertado para su fuga. Ricardo Cas-
tafios pagar3 a1 centinela que ensefiard a Ud. el ca-
inino seguro para salir : aproveche pues la ocasioii
i tenga prudencia, recordando que del h i t o de este
paso no solo depende SLI vida sino tamhien la de su
arnante
LEoson E?:CISh. ))
Martin levant6 solxe Ricardo 10s ojos en 10s CIUC
brillaha la esperanza, i a1 miemo liempo hizo ade-
inan de guardar la carta.
- & N Osera mejor que la cjuemz? le Liijo el ofi-
cia1.
- i Por que ? pregur:tci Karti!i , que gilardabc!,
corn9 un tesoro :as carlas de Leoiior.
- 333 -
- Porque, si por desgracia loydlccn, repuso Ri-
cardo, ese papel me compromete.
- Tiene Ud. razon, contest6 Rivas, quemando el
papel.
- Bueno, dijo Ricardo, ahora yo me voi i Ud. no
tiene mas que salir : el soldado que estA de centi-
nela lo llevar&por un camino seguro.
- Una palabra, dijo Marti!i acerchdose a Ri-
cardo : Ud me prestrt eii este mornento un ser-
vicio al que n o me esperaba i rnucho mknos d.e
parte de Ud. que me ha considerado como SLI ene-
rnigo.
- Gso no, dijo el oficial : yo lo perscgui i tom6
preso a Ud. porque estlibamos combatiendo.
- ~ N a d amas que por eso? pregunt6 Ptivas. Ha-
blemos con franyueza : Ud. me ha creido siempre
su rival.
- Es cierto.
- Sin embargo, se ha engal'iado Ud., jamas hc
hahlado de amor a Edelmira ; se lo aseguro hajo
mi palabra de honor.
- i Cierto ! esclamd lleno de alegria Ricardo.
- Cierto ; si 5ntes crei que esta confesion, hecha
por mi a Ud. pareceria humilitante, ya que Ud. se
ha prestado a servirme, creo deber hackrsela sin
indigclr la causa que Ud. h a p tenido para ello.
Si Ud. am8 a esa nil'ia a;iadid Martin, creo que
ta confesion destruirti 10s juicios que haya f w -
- 336 -
mado en contra de ella : entre tanto, yo no tengo
olro medio de manifestarle mi agradecimiento que
haciendo esta confesion i rogQndoleque acepte mi
amistad.
- Gracias, dijo con efusion Ricardo, estrechando
la mano que le present6 Martin.
El oficial salici dejnndo la puerta ahierta despues
de decir a Rivas que apagase la luz para salir tras
61,.
En la fuga de Martin no huho ninguna tie las pe-
ripecias de que 10s novelistas se aprovechan para
esitar la curiosa imajinacion de 10s lectores. El sol-
dado que guardnba su calabozo abandon6 con 81 el
puesto de su faccion, condujo aMartin por pasadizos
solitarios hasta llegar a un patio, igualmente solo,
en donde inediante el auxilio de una escalera,
Ambos salvaron 10stejados i hajaron a una. calk.
- Adios, pues, patron, dijo el soldado a Rivas.
I se ech6 a andar por las calles, pensando en las
oiizas de or0 que sonahan agradablemente en su
l~olsillo,despues de haber sido entregadas a Ri-
cardo Castafios por la torneada i blanca maiio de
Leonor.
Rivas divis6 a poca distancia del punto ea que le
dej6 el soidado un carruaje a1 que se dirijid inme-
diatainente. U n hombre se adelant6 a recihirle,
dicihndole con voz hien conocida
- Tu eves salvaclo Martin, dkjame abrazarte.
- 337 -
I Agustin Encina, le estrecli6 entre sus brazos
con un carilio fraternal.
- Mi licrmana est5 alli, que te cspera, afiadi6 el
elegante, sefialando a1 carruaje.
En ese momento, Leonor bajaba del coche.
- Estos momentos, dijo a Rivas, dejdndole es-
trcchar la nmio que le pas6 para saludarle, han
sido para mi de una inquietud mortal ; a cads ins-
l a n k creia air alguna voz de alarma.
- Vanios, es precis0 montar i m e t e r n o s e n Tutu,
dijo Agustin; el lugar este, tan cerca de Is pri-
sion, no me parece de 10s mas recreativos.
Leonor se sent6 en uno de 10s asientos de atrjs
del coche i colocd a su lado a Rivas. Aguslin se
sent6 a1 frcnte de ellos.
- En un lugar cercano, dijo este a Martin, te-
nemoc esperandote un mozo con caballos que te
tervirtin rnejor para tomar caminos escusados por
si les db cl capricho de perseguirte.
-Jam& podre pagar 10s servicios que Uds. me
liacen, dijo Martin lleno de reconocimiento.
- i N o hai en ellos algun egoismo de mi parte,
cuanclo salvandole a Ud. , salvo tambien mi felici-
clad ninenazada de inuerte? le dijo con voz haja i
dulcisima Leonor.
- Vaya, dijo, casi a1 mismo tiempo, Agustin,
qu6 dices tG cle pagar, querido ; soinos nososlros
10s que te eslainos pagando lo que te debemos [,Te
- 33s -
parece poco haberme ahorrado la inolestia de tencr
por cucado a ese insaciahle comcdor de peselas
que se llama Ainador : Oye, querido, el adajio fran-
c & : un bienfait iL’est jalnnis p c v d u : esa es la
verdad .
Agustin siguid inanteniendo la conversacioii du-
rante el camiiio , mi8iitras que, escuchhdole
aptbas, Leonor i Martin, se decian en voz baja ksas
frases cortadas, que parecen seguir 10s latidos del
corazon, i que 10s ainantes encuentran mil veces
inas elocuentes que el mas brillante ilisctirso.
Llegado que hubieron a una callejuela solitaria
en 10s suhurhios de la poblacion i a inmedinciones
de la calle de San Pablo, que llem a1 camino de
Valparaiso, el coche se detuvo por drdeil de
Agustin .
Los tres bajaron del carruaje, i Agustin se dirijid
a un hombre que se prcsentd a cahallo tiraiido otro
de la rienda.
Es preciso que aqui nos separemos, dijo h o n o r
a Rims : escribaine Ud. cada vez que le sea po-
sible. i, Teiidr6 necesidad de jurarle que peiisar6
cn Ud. a toda hora?
- No, pero digame olra vez Leonor que es ver-
dad cuanio ine ha sucedido en estos dias : a veces
creo que tcdo ha sido un suefio. Sobre todo ese
ainor, a1 que jainas me atrevi a aspirar, sino e:? la
soledad de mi corazoa.
- 232 -
- Ese amor Riorlin, es tali verdadero como todo
lo demas.
- i I durard sienipre, no es verdad ? murmur6 el
j6sen estrecliando con pasioii las manos de Leonor.
- SerB el imico de mi vicla, dijo ella ; elln ; i no
crea que @stesea uii juramsnto van0 arrancado por
una pasajers aficioii : no he amado mas que a Ud.
en el mundo. i QuiBn me hubiera dicho, cuando
lleg6 Ud. a casa, que iba a aiiiarle !
- i I yo, dijo R i m s , que In miri! a Ud. coni0 una
divinidad ! Ah, Leonor i qu6 pecpeiio me senti ante
la orgullosa altivez de la mirada con que Ud. con-
test6 a mi saludo !
- I cdii~ofigurarse, tanibien, esclam6 la niiia,
coli el nceiilo t~legrcde ~ i i iiifantil
a coqueteria, que
~xtjoel exterior J e un polire provinciano sc OCUI-
taba ei corazon que clel~[Link] ! BIarlin, Ucl.
me Iia cnstigado pnr mi orgullo, porque le amo
aliora dcin;lsiado.
IMas idtimas plabras fueroii pronunciadas con
un a c e d o dc apasionada melnncolia, que form6 uii
i?otn!ile contraste con la. yivem ixfantil clc las pri-
inci as.
- §e arrepiente Ud. de haccrme feliz? pre-
aunt6 Rivas.
- h4e arrepieiito, a1 coiitmrio, de no ha1,erle di-
clio &lites que le zni::?~a, contest6 la nifiia con la
inisma melanco!ia .
- 340 -
- i Que importa, cuando con estas solas pala-
bras me hace Ud. olvidar todo lo pasado ! replied
Marlin.
- Pero tenemos clue sepcrarnos i yo solo me re-
sign0 a este sacrificio porque s&que se trata de la
vida de Ud.
- I yo tambieii lo acepto gustoso porque si.,
Leonor, que su recuerdo me alelitark pnra luchar
con la mala suerte si ella me cspera ; porque SB
tambien que mi perseverancia tendrj una inmensa
compensacion, cuando pueda volver a su lado i
escuche de su boca palahras coin0 las que acabo de
oir.
- Sera precis0 aplazar hasta ent6nces nuestra
felicidad, dijo la niiia ahogando un suspiro que le
arrancaba la idea de que en pocos moineiitos mas,
dejaria de oir la voz de s u amante.
- I ese dia llegarli pronto j n o es verdad ? dijo
Martin a quien, despues de olvidarse por un ins-
tante de la separacioii que le esperaba, aquel SLIS-
piro de la iiifia despertd a la realidad de su iitua-
cion.
- jpronto? si , llegarj pronto porque 1 0 i o
tendre sosiego hasta clue consign el perdon (le 12
sentencia que pesa sobre Ud. Felizmente me sie1:to
coli sobrada fuerza para vencer toclos 10s obstLcu-
10s : ni las negativas de mis padres, ni las necia?
habladurias del mundo me arredrarin. j N o se tra-
- 34.1 -
tar5 de volvernos a ver? Ah, yo tench6 fuerzas i
valor par5 todo. No sabeMartin, que solo Ud. basta
hoi, ha podido dominar mi voluntad? &Sabe Ud.
que ha hecho casi uii milagro? Yo misma no lo
comprendo ; pero conozco que la volundad de Ud.
ser&en adelante la mia, que sus deseos ser&n6r-
denes para mi, i que ljnicainente me negaria a obe-
decerle si Ud. me inandase dejarle de amar.
Rivas bajjd del cielo a que esas palabras, dichas
con el dulcisimo acento de la mujer enamorada,
habian elevado su alma, a1 oir la voz de Agustin
que se acerc6 dici6ndoles :
- Vainos Martin, amigo mio, es preciso que ter-
miiieii 10s adioses i montes a caballo.
Para hacer esta advertencia, el elegante habia
fumaclo la mitad de uii cigarro puro, hablando con
cl dc a caballo no lkjos del coche i diciendose de
cuanclo en cuando :
- Es preciso ser bueii amigo i dejar que se den
el cltirno adios en paz. i Ckspita, el pobre muchacho
ha sulrido bastante segun creo para que yo le per-
mita este lijero recreativo !
A favor de la oscuridad, Martin imprimid un ar-
diente beso en la frente de Lednor i baj6 del ca-
rruaj e.
Leonor se cuhri6 el rostro con las manos i di6
lilsre curso a las ljgrimas que durante aquella con-
versacioii habia contenido a duraa penas.
Entre tanto nivas did uii carifioso abrazo a
Agustin i salt6 sobre su caballo.
- Nosotros trabajar8nios acA por ti, querido,
dijole Agustin : ten cuidado no nias que no te atra-
pen Antes de salir de Valparaiso. El mozo que t e
acoinpafia lleva una maleta para ti conun lijero equi-
paje : alli encontrar5a cartas de recomendacion para
ciertos coinerciantes cle Lima, amigos de pap5 i
ademas 10s realillos que necesitas para 10s gastos
de viaje i 10s primeros que tengas que hacer en
Lima: lo demas est& previsto en las cartas de que
te hablo : vamos, todmia adios i buena fortuna : e71
vutu !
Estrecharon sus manos con cordial afecto 10s
dos jbvenes, i Martin eniprendid el galope despues
de dar una mirada de despedida a Leonor que, in-
mdvil a1 pi6 del carruaje, ocultaba entre las manos
su rostro bafiado en 18grimas.
Ch1:TA U E ?JARTIN RIVAS -\ SU HERXAWA.
Suntiugo, octubre 15 de 1831
Q Cinco meses de ausencia, mi cperida Rlercedes,
parece que en vez de entibiar han aumentado el
amor profundo que alimenta mi pecho. He vuelto
a ver a Leonor, mas hella, mas amante que nunca.
La orgullosa ni5a que saludd con tan soberano des-
prccio a1 pohre mozo que IlegaBa de una provincia
a solicitnr el favor cle su familia, tiene ahora para
tu liermano tesoros clc amor que le deslumbran
i hacen cacr de rodillas ante s u mirada anjelical.
Son 10s mismos ojos cuya mirada 11astaha para
lxcerme palidccer, 10s que inc prestan ahora sus
- 344 -
diviiios fulgores para lanzar mi alma palpitaiite en
las indefiiiibles rejiones de la pasioii inas pura i
mas ardiente a un mismo tieinpo; es la misma
frente majestuosa que se iiiclina ahora ante mi;
ojos coli la pohtica sumision de aniorosa solicitud;
10s mismos rosados lgbios, desdeiiosos tintes, que
ahora me sonrieii i articulan 10s castos juramentos
que afianzardn iiuestra union ; es en fin, querida
, imponente Leonor de Antes, trans-
mia, la l ~ l l a la
figurada por la misteriosa influencia del amor.
(( Desde Lima te referi coli prolija minuciosidad
l a vida que llevt5 en Santiago desde el dia de mi
llegada. En es3s cartas, predominaha el egoismo
del que quiere, trazando sus recuerdos, evocar a
torlas lioras el pasado, para olvidar la tristeza del
presenle. Gracias, pues a cse egoismo, coiioces n
todos 10s personajes que haii iiiterveiiido eii mis
accioncs i quiero complelar mi obrn dicihndote el
estado en que 10s ciicuentro a mi vuelta.
(( Agustin, sieinpre elegaiite i amigo de las frascs
a la francesa, se ha casado liace pocos dias con
bfatilde su prima : liahlbndome de su felicidad me
dijo esto.s testuales palabrcs : (( Soinos felices coni0
60s Anjeles : nos amamos ct la l o c u m . ))
B Fui a1 dia siguiente de mi*llegacla a esta, dia
domingo, a la alameda : yo d a h el brazo a Leonor,
lo eual btistarL para que fkilmente te figures cl
orgullo dc que me sentia doininado. h poco andar
- 34.3 -
clivisamos una pareja que caminaba ea direccion
opuesta a la que llevlibamos: proiito reconoci a
Ricarclo Castaiios que con aire triunfal daba el
11mzo a Edelmira. Nos acercamos a ellos i habla-
mos largo rato. Despues de conversacion, me pre-
galit6 si era feliz esa pobre nifia, nacida en una es-
fera social infzrior a 10s sentimientos que alsrigaba
Lntes en su pecho i no !le acertado a clarme una res-
puesta salisfactoria ; pues la tranquilidad i aun
nlegria que not@ en sus palabras, las desmentia la
inelancdlica espresion cle sus ojos. hcaso, me cligo
ahora, Edelniira ha consqgaclo su vicla o la felicidad
del hombre a cpieii su noble corazon la ha unido ;
i , para quien como yo, conoce la nobleza de su
alma, 6sla en es la contestacion que tiene mas pro-
habi!iclades de T-erdadern.
(( Para informarte cle una vez de todo lo relaliro
a esta familia, te dirk que-he sabido poi- hgusliii
que la herinaiia d e Eclelxira, hclel::id:i, se l a casado
con un aleman, dependiente de unn carroceria ;que
hmador, anda ahora ocullo i perseguldo por sus
acrecdores que han resuelto alojnrlo en !a cbrcel, i
que dofia Beriiarcla vire a1 lado cle Eclelinira i cu!-
t i n con mas erdor que nuiica su pasioii a 10s mi-
pes i a 13 mistela.
(( Una de mis primeras xisitas ha sido c o n ~ a -
grada a la tia cle Rafael. - La pobre se5ora me
refirib, con 10s 0.10s lleiios de 16grjiiias, 10s pacas
que su hermano doli Pedro did para encoiitrar el
cadgvvcr de mi dess-eiiturado amigo. - Sali cle esa
casa con el corazon despeclazado, despues de visitar
las habitaciones de Rafael cine su tia coiiserva tales
como las dejamos en la noche del 19 de ahri!. -
Esta es la (mica nube que empaEa mi felicidad. -
La vigorosa hidalguia de Rafael, su noble i varonil
corazon, vivirdii eteriiameiite eii mi memoria : no
puedo pensar, sin profundo sentiiiiiento, en la per-
dida de tail rica organizacion nioral. La desgracia,
que habia dado a siis ojos la melaiic6lica espresion
que doininaha en su fisonomia, no luvo fiierzas
para abatir 10s nobles instintos de sa :~,lrna. iI
almas coin0 esas no deben llevarse laii pronto a1
cielo las elevadas dotes que pueden €1-uctificaren In
tierra ! En el corazon de ese amante desesperado,
la voz de la lihertad hahia hecho nacer otro mundo
de amor en el que pasaban, como lejanas somlsras,
1as melancolias del primero. Mi cariiio a la memo-
ria de Ra€ael,lo comprendertis en toda suextension,
querida hermana, cuando te diga que coa Leonor
hsblo tanto de el como de nuestros proyecto de
felicidad.
(( Conociendo, por la pinturs clue t a n h s veces te
lie heclio , el caritcter de Leonor, te esplicards
cSmo haya podido ella conseguir que sus padres i
toda su familia, aceptaseii iiuestra union con ine-
yuivocas muestras de alegria. - hsi lo d..esenba
- 318 -
Quince dias despues de enviar esta carta, escri-
hid otra Rims a su heriiiaiia, particip;indole si1 en-
lace con Leonor. Esa carla era [Link] espansiva
que la anterior.
%
(( Hubiera cjuerido le decia a1 terminar, ir yo en
persona a traerlas a Ucls.; pero es u11 pLIi1io sohrc
el cual Lconor ha liecho valer su antigun altivcz.
(( IrBs, me ha dicho, pero conmigo. )) No tarden
pues en venlrse : solo Uds. me faltan para comple-
tar mi fclicidad. ))
Don Diinaso Enciiia eiicomend6 a Nartin la di-
reccion de sus asuntos, para entregarse, con mas
lihertacl . d e espiritu, a las fluctuixiones politicas
que espernln le dieseii algun clia el sillon de sena-
dor. - Pertenecia a la iiuniecosa h n i h que una
injeniosa espresion calificn con el nonibre de leje-
doyes hoiirados , en 10s cunles la h l t a de convi-
cciones se conclecora con el titulo acatado demode-
racion.