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Historia y Uso de la Radiactividad

Este documento describe la historia y el estado actual de la radiactividad y las radiaciones alfa, beta y gamma. Explica que la radiactividad se descubrió en 1921 y se consideró benéfica para la humanidad en sus aplicaciones médicas. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial surgió el miedo a las armas nucleares y ahora se cree que toda radiactividad es dañina, a pesar de sus usos continuos en medicina, energía e investigación. La radiactividad existe naturalmente en la Tierra y en nuestros propios cuerpos

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Historia y Uso de la Radiactividad

Este documento describe la historia y el estado actual de la radiactividad y las radiaciones alfa, beta y gamma. Explica que la radiactividad se descubrió en 1921 y se consideró benéfica para la humanidad en sus aplicaciones médicas. Sin embargo, después de la Segunda Guerra Mundial surgió el miedo a las armas nucleares y ahora se cree que toda radiactividad es dañina, a pesar de sus usos continuos en medicina, energía e investigación. La radiactividad existe naturalmente en la Tierra y en nuestros propios cuerpos

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LA

RADIACTIVIDAD
Y
RADIACIONES ALFA BETA GAMMA

1.- Historia de la Radiacion

En 1921 madame Curie, la cientı́fica más respetada de su tiempo y probablemente de


todo el siglo XX, ganadora de dos Premios Nobel, uno de Fı́sica y otro de Quı́mica,
viajó a los Estados Unidos. Allı́ recibió del presidente Harding el regalo de un gramo
de radio, comprado por suscripción pública por las mujeres norteamericanas, para que lo
trajese a Europa y pudiera utilizarse en tratamientos médicos. El donativo representaba
la quincuagésima parte de la cantidad total de radio producida hasta entonces en los
Estados Unidos, y su valor ascendı́a a 100 000 dólares de la época. En la caja de madera
y plomo que lo contenı́a podı́a leerse una inscripción que decı́a “Ofrecido por el presidente
de los Estados Unidos, en representación de las mujeres americanas, a Marı́a Skl~odowska
Curie, en reconocimiento a sus trascendentales servicios a la ciencia y a la humanidad por
el descubrimiento del radio”.

¿Se podrı́a hoy hacer y decir lo mismo? ¿Cree nuestra sociedad que la radiactivi-
dad está prestando trascendentales servicios a la humanidad? Probablemente, el temor y
la creencia de que la radiactividad es algo dañino predominarı́an en la respuesta social.
Sin embargo, no era ignorancia lo que habı́a en tiempos antiguos. El conocimiento de
los daños que puede causar la radiactividad, mal utilizada, es muy temprano, y la pro-
ducción de eritemas en la piel y quemaduras producidas por rayos X es anterior a los
comienzos del siglo xx. Lo que sucedió es que pronto se pudo constatar que las virtudes
de las radiaciones eran muy superiores a sus peligros y que éstos podı́an evitarse con las
debidas precauciones. La importancia de la radiactividad y en particular del radio para
aplicaciones médicas se vio muy pronto, y ya en 1902 se habı́a descubierto el efecto que
la radiación del radio producı́a sobre las células cancerosas. La radiactividad se consideró
un bien para la humanidad, y esta creencia se mantuvo durante toda la primera mitad
del siglo xx.

∗ Académico numerario
† Extraı́do
de la Lección Inaugural del Curso Académico MMIV-MMV de la Universidad de Zaragoza
La segunda guerra mundial fue, sin duda, el factor determinante de la actual pos-
tura de la sociedad ante el fenómeno nuclear. El miedo a las armas nucleares, que, sin
embargo, ha evitado una tercera conflagración mundial, y su asociación, intencionada-
mente provocada, con cualquier fenómeno relacionado con lo radiactivo o nuclear están
en el origen del cambio de opinión. Una falsedad reiteradamente repetida termina por
ser creı́da. Todo lo radiactivo es malo podrı́a ser, en el escueto lenguaje publicitario, la
frase que resumiese el pensamiento o creencia de muchas personas de nuestra sociedad
actual. Entre ellas se encontrarı́an seguramente algunas a las que se les ha curado un
tumor gracias a la radiación, y es evidente que prácticamente a todas se les habrá hecho
más de una radiografı́a.

Tal postura se mantiene por múltiples causas. Una de ellas podrı́a ser la intangibilidad
del fenómeno: la radiactividad no se siente, ninguno de nuestros sentidos es capaz de
detectarla. Otra podrı́a ser el desconocimiento de lo que es la radiactividad y de sus
posibles consecuencias. Y una tercera serı́a el uso intencionado de esa ignorancia para
fines ajenos a la ciencia, por lo general poco claros.

Hay que tener en cuenta que para la mayor parte de la sociedad desarrollada vivimos
en un mundo que podrı́amos considerar casi mágico. Estamos rodeados de aparatos
tecnológicamente sofisticados y casi nadie tiene idea de cómo y por qué funcionan, y lo
que es peor: no hay el menor interés en saberlo. Las personas consideradas cultas tienen
que conocer las grandes obras de la literatura y el arte y a sus autores, pero pueden ignorar
por completo las grandes obras de la ciencia y la tecnologı́a, y no digamos a sus autores.
Por ejemplo, es muy probable que casi nadie sepa quién o quiénes inventaron el transistor,
que obviamente ha influido en el devenir de la humanidad más que la obra pictórica o
literaria que ustedes puedan pensar. La ciencia no se considera cultura, y se deja en un
coto aparte para su cultivo por una minorı́a vocacional. Sin embargo, la ciencia y la
tecnologı́a han invadido por completo nuestra vida cotidiana. En un ambiente social de
este tipo es muy fácil provocar el temor y la desconfianza colectiva hacia equipos, aparatos
o productos de funcionamiento desconocido y cuyos efectos no se sienten de forma directa
o inmediata, como pueden ser, por ejemplo, las antenas de telefonı́a, la radiactividad o
los alimentos transgénicos.

Por cierto, el transistor fue desarrollado por William Shokley, junto con John Bardeen
y Walter Brattain en los laboratorios Bell, en los Estados Unidos, en 1947. Los tres
recibieron por ello el Premio Nobel de Fı́sica en 1956. Bardeen recibió un segundo Premio
Nobel en Fı́sica de 1972 por la teorı́a de la superconductividad.

A pesar de esta opinión poco positiva, las aplicaciones y usos de la radiactividad


han seguido creciendo de dı́a en dı́a. Las aplicaciones médicas tanto en terapia como
en diagnóstico son ya habituales en casi todos los grandes hospitales del planeta. El
número de isótopos radiactivos puestos a disposición de los profesionales de la medicina,
la ciencia y la industria sigue creciendo, al igual que los equipos productores y detectores
de radiaciones ionizantes. En la industria, la radiactividad se utiliza en el control del
espesor del papel y de los niveles de lı́quidos, lo mismo que en la producción de energı́a
eléctrica en las centrales nucleares, ası́ como en la radiografı́a industrial, el análisis de
suelos, los altos hornos, etc. Las aplicaciones y usos en la investigación cientı́fica la hacen
indispensable desde su uso como trazador molecular hasta la investigación del mundo
subnuclear.

En España contamos hoy dı́a con nada menos que casi 20 000 instalaciones radiactivas,
de las que en Aragón tenemos 647. El ritmo de crecimiento de estas actividades ha sido
el último año de 364 nuevas instalaciones. Por lo que respecta a las instalaciones nucle-
ares, en España tenemos tres del ciclo nuclear, dedicadas a la producción de elementos
combustibles, concentrados de uranio y almacenamiento de residuos de media y baja ac-
tividad, y siete centrales nucleares con nueve reactores. Su producción en el último año ha
sido de algo más de 63 000 gigavatios/hora, con un precio muy inferior al de cualquier otro
sistema de producción eléctrica y sin emisión de CO2 . Esto supone aproximadamente la
tercera parte de la electricidad que hemos consumido. Un gigavatio/hora es un millón de
kilovatios hora. En el mundo, hay actualmente en funcionamiento 440 reactores nucleares
de producción eléctrica, y, a pesar del llamado parón nuclear, se hallan en construcción 33
nuevas centrales y están previstas otras 69. Nuestros vecinos franceses tienen 59 reactores,
que producen el 78 % de la energı́a que consumen en Francia.

Como ven ustedes, el mundo de la radiactividad es muy dinámico y abarca una amplia
gama de actividades humanas. Respecto a la cuestión de si el uso de la radiactividad
es realmente beneficioso o perjudicial, espero que ustedes puedan establecer su propia
conclusión cuando termine esta disertación.

Hace poco más de cien años, Henry Becquerel descubrió la radiactividad cuando tra-
bajaba con sales de uranio. Noten ustedes que fue un descubrimiento, no una invención.
La radiactividad es un fenómeno natural; está ahı́, existe independientemente de la acción
humana y se encuentra extendida prácticamente por todos los lugares de nuestro planeta.
Esto constituye lo que hoy se denomina radiactividad natural. El hombre ha sido capaz de
producir elementos radiactivos, aunque todos ellos existieron en nuestro planeta y con el
devenir del tiempo se han extinguido. Dichos elementos forman la radiactividad artificial.
Se llama radiactividad ambiental la que se encuentra en el ambiente, por tanto, la que
nos afecta de una manera inevitable y directa. Como veremos más adelante, es de ambos
tipos, tanto natural como artificial.

La radiactividad no es más que la emisión espontánea de partı́culas por los núcleos


atómicos. El concepto de partı́cula engloba también lo que se conoce más comúnmente
como radiación, que no es más que radiación electromagnética, puesto que se absorbe y
se emite como fotones. Cada desintegración de un núcleo se acompaña de la emisión de
varias partı́culas.
He afirmado que la radiactividad se encuentra prácticamente en todos los lugares de la
Tierra. Nada más alejado de los supuestos peligros de la radiactividad que la sala donde
nos encontramos en este momento. Veamos a tı́tulo de ejemplo lo que está ocurriendo
aquı́, ahora, en tan sólo un segundo.
En este breve tiempo en cada uno de nosotros se desintegran unos 4000 núcleos de
K40 , que se encuentra, por ejemplo, en la sal común y el agua del mar. Lo hace también
un número similar de núcleos de C14 , que forma parte del aire que respiramos y, por
tanto, del carbono de las moléculas de nuestro organismo. Estos dos isótopos, junto con
otros elementos radiactivos que existen en nuestro organismo y que incorporamos en la
ingestión de alimentos y en la respiración, como, por ejemplo, uranio y torio, elevan la
cuenta a un total de unas 10 000 desintegraciones por segundo.
Ustedes son fuentes radiactivas, y las trescientas personas que estamos en la sala
habremos contribuido a la radiactividad natural ambiental en una hora con unos doscien-
tos sesenta mil millones (260 000 000 000) de desintegraciones; y tengan ustedes en cuenta
que en cada desintegración se emite más de una partı́cula.
Pero los seres humanos no somos los únicos que estamos emitiendo partı́culas al medio
ambiente, porque los materiales que nos rodean también son radiactivos. Los bancos de
madera, las paredes (tanto los ladrillos como el hormigón y el yeso), los vestidos que
llevamos, las pinturas, etc., todos los materiales son en mayor o menor grado radiactivos.
El aire que respiramos, además del C14 ya mencionado, tiene Rn222 . Este isótopo es un gas
noble de la familia del U238 , radiactivo emisor alfa, cuyos descendientes, sólidos, se fijan en
los pulmones. No crean que la historia termina aquı́, porque, además de la radiactividad
terrestre, recibimos también radiación del exterior. Del universo nos viene la radiación
cósmica, que atraviesa la atmósfera generando a su paso nuevos elementos radiactivos,
entre ellos el ya mencionado C14 , y llega a la superficie terrestre bañándonos con unas 240
partı́culas por metro cuadrado y por segundo, lo que significa que unas 30 partı́culas por
segundo nos atraviesan a cada uno de nosotros, sin contar los neutrinos, que prácticamente
no interaccionan. En la montaña la radiación cósmica es más intensa que a nivel del mar,
y si viajan ustedes en avión, se incrementa notablemente. De hecho, el personal de vuelo
se considera profesionalmente expuesto a la radiación debido a esta radiación cósmica
“extra”. Si pusiésemos en marcha un detector, contarı́a miles de cuentas, que es lo que
constituye el fondo radiactivo ambiental del lugar.
A pesar de que vivimos en un ambiente radiactivo, su nivel de radiactividad no nos
produce ningún efecto nocivo, lo que nos indica que la radiactividad no es, en principio,
tan peligrosa como a primera vista mucha gente pudiera pensar. Con la radiactividad
ocurre lo mismo que con los alimentos y otros miles de productos con los que estamos
en contacto en nuestra actividad diaria. Es la dosis la que define un umbral entre lo
beneficioso y lo perjudicial. Analicemos con un poco más de detalle en qué consiste el
fenómeno de la radiactividad, por qué se produce, qué consecuencias puede tener y cuáles
son esas dosis.

La radiactividad es un proceso nuclear mediante el cual núcleos que son inestables


se transforman en otros más estables hasta alcanzar la estabilidad. Hasta 1932, en que
Chadwick descubrió el neutrón, no se supo que los núcleos atómicos estaban constituidos
por dos tipos de partı́culas, protones y neutrones. Ambas son muy similares, casi idénticas;
solamente difieren en su carga eléctrica: el protón es positivo y el neutrón es neutro.
El número de protones de un núcleo determina el elemento quı́mico de que se trata.
Conocemos hoy dı́a algo más de cien elementos quı́micos, y algo más de mil núcleos.
Cada elemento quı́mico puede tener varios núcleos distintos, que varı́an en el número de
neutrones y, por tanto, en su masa y que reciben el nombre de isótopos. Hay elementos
que tienen más de diez isótopos. Casi todos los elementos quı́micos tienen uno o dos
isótopos estables, pero no todos: algunos, como el tecnecio, que es elemento 43, y todos
los elementos posteriores al plomo, elemento 82, no tienen ninguno, son radiactivos. En
total, existen 284 núcleos estables o cuasiestables.

Cuando se estudió la naturaleza de las partı́culas que emitı́an los núcleos radiactivos, se
encontraron tres tipos distintos, que se denominaron alfa, beta y gamma. La radiactividad
alfa es la emisión por un núcleo de lo que se llamó una partı́cula alfa, que resultó ser un
núcleo de He4 . Este núcleo es uno de los más estables de la naturaleza y está formado
por dos protones y dos neutrones. La radiactividad alfa transmuta el núcleo emisor en
otro elemento quı́mico que tiene dos protones menos, es decir, salta dos lugares hacia la
izquierda en la tabla periódica. Casi todos los núcleos posteriores al plomo son emisores
alfa. La radiactividad beta transforma un neutrón en un protón, emitiendo además un
electrón y un antineutrino. La emisión beta también transmuta el elemento quı́mico,
creando otro con un protón más, es decir, salta un lugar a la derecha. Prácticamente
todos los elementos de la tabla periódica tienen isótopos que son emisores beta. Por
último, la radiación gamma es la emisión de un fotón, y no conlleva la transmutación del
elemento sino un reajuste de los protones o neutrones del núcleo para pasar a un estado
de menor energı́a y, por tanto, más estable. Esta emisión suele acompañar a los procesos
alfa y beta.

Irene Curie y su esposo Frédéric Joliot produjeron por primera vez en 1934 radiac-
tividad artificial al fabricar un núcleo de P30 al bombardear Al27 con partı́culas alfa. El
P30 es radiactivo, no existe actualmente sobre la Tierra y se desintegra con un perı́odo
de unos tres minutos, emitiendo un electrón positivo, en vez de negativo, y un neutrino,
en lugar de un antineutrino. Este proceso, en cierto modo inverso al beta, en el que es
un protón el que se convierte en un neutrón, se denomina beta positivo o beta más. El
matrimonio Joliot- Curie recibió por este descubrimiento el Premio Nobel de Quı́mica en
1935.

La magnitud que mide la radiactividad se conoce como actividad, que no es más


que el número de núcleos que se desintegran por unidad de tiempo. No es el número
de partı́culas que una sustancia emite, pues ya hemos mencionado que son varias las
partı́culas que se emiten en cada desintegración. La unidad de actividad es el becquerelio
(en honor a Henry Becquerel, su descubridor), que es una desintegración por segundo.
Una persona tiene, por tanto, una actividad de unos 10 000 becquerelios. En muchas
ocasiones se habla de la actividad especı́fica, que es la que tiene una determinada cantidad
de materia. Una persona de 70 kg tendrı́a una actividad especı́fica de unos 143 Bq/kg
(becquerelios por kilogramo). El becquerelio es una unidad muy pequeña, por lo que se
emplean normalmente sus múltiplos.

La actividad de un isótopo radiactivo no es constante, disminuye con el tiempo. Es


imposible saber cuándo se va a desintegrar un núcleo radiactivo determinado, y no existe
forma alguna de activar o ralentizar el proceso. Lo que sı́ es una constante especı́fica de
cada núcleo es la probabilidad de que se desintegre en un intervalo de tiempo. Se llama
perı́odo al tiempo necesario para que el número de núcleos radiactivos de una sustancia
se reduzca a la mitad. El perı́odo es una constante para cada isótopo radiactivo, y
es inalterable bajo todas las condiciones imaginables, incluidas, por ejemplo, las de los
núcleos estelares. Entre los mil núcleos existe una amplı́sima gama de perı́odos, desde
inferiores a la millonésima de segundo hasta los 1016 años (diez mil billones de años),
es decir, más de dos millones de veces la edad de la Tierra. A efectos prácticos, estos
núcleos se pueden considerar estables. Cuanto menor es el perı́odo de un isótopo, mayor
es su actividad, puesto que el ritmo de desintegraciones tiene que ser mayor. Se puede
considerar prácticamente extinguido un isótopo cuando han transcurrido más de diez
perı́odos. Por ejemplo, el conocido Co60 , usado en radioterapia, tiene un perı́odo de 5,27
años; por tanto, en poco más de medio siglo, a contar desde el momento de su fabricación,
se podrı́a considerar extinguida una fuente de cobalto.

¿De dónde proceden los núcleos radiactivos existentes hoy dı́a en la Tierra? La causa
de la variedad de elementos quı́micos de que gozamos, pues en la Tierra se encuentran
todos los elementos quı́micos estables y un buen número de radiactivos, se debe a nuestro
origen. La hipótesis más aceptada, si bien no unánimemente, es que el lugar del Sol estuvo
ocupado por otra estrella, más masiva, que se convirtió en supernova. Una supernova es el
acto final de la vida de una estrella que tenga una masa de varias masas solares. Nuestro
Sol tuvo que nacer de una supernova de tipo II, análoga a la más recientemente estudiada,
conocida como SN1987A, pues las de tipo I no contienen hidrógeno. La estrella original
estaba compuesta esencialmente por hidrógeno, y durante millones de años lo utilizó para
formar helio, en un proceso de fusión en que cada cuatro núcleos de hidrógeno forman
uno de helio liberando energı́a. Nuestro Sol utiliza este mismo mecanismo para generar
su energı́a, y en la Tierra se busca poder efectuar un proceso similar, controlado, como
panacea de la producción energética. Prácticamente, el 90 % de la vida de la estrella
transcurre utilizando este mecanismo. Cuando el hidrógeno del núcleo central se ha
consumido, cesa la producción de energı́a y la gravedad se convierte en fuerza dominante.
El núcleo se contrae y se calienta y, consecuentemente, las capas exteriores de la estrella
se expanden. Éste será el fin de nuestro planeta, pues el Sol se expandirá, dentro de unos
4000 millones de años, hasta alcanzar la órbita de Marte convirtiéndose en una estrella
gigante roja. Cuando el núcleo alcanza la densidad y la temperatura suficiente, comienza
la fusión del helio dando origen a carbono y oxı́geno. La estrella adquiere una estructura
de capas con un núcleo denso y caliente, rodeado exteriormente por una capa de helio, que
a su vez está rodeada por otra capa de hidrógeno. En este estadio la estrella puede perder
una parte de su envoltura exterior, formando una gran nube de gas, fundamentalmente
hidrógeno y helio. Cuando la temperatura de la estrella no puede mantener el resto de
la envoltura, comienza a contraerse y a caer sobre el interior. La estrella se hace mucho
más pequeña y se calienta en el exterior, pasando de roja a azul, con una temperatura en
su superficie de unos 20 000 grados.

El Sol tiene, actualmente, unos 6000 grados. El núcleo, denso y caliente, comienza
a formar neón, sodio y magnesio. El proceso se acelera y cada ciclo tiene una duración
mucho más corta que el anterior. El progreso tan rápido se debe a la extraordinaria
producción de rayos X y gamma, que tiene lugar cuando el núcleo alcanza, con el quemado
del carbono, unos 500 millones de grados. Finalmente, se forman el silicio y el azufre,
que dan origen al hierro, elemento en que acaba la fusión nuclear exoenergética. Una
vez que el núcleo de hierro alcanza su masa crı́tica de una vez y media la masa solar y
su diámetro es aproximadamente la mitad que el terrestre, ocurre la catástrofe. En tan
sólo unas décimas de segundo el núcleo de hierro se colapsa y en la implosión se produce
una gigantesca onda de choque que expande todo el resto de la estrella, que, junto con
un efecto de retroceso, produce la desintegración de todo el sistema. Durante el corto
perı́odo de tiempo en que todo esto sucede se producen enormes cantidades de neutrones,
que dan origen, al interaccionar con los núcleos existentes, a nuevos elementos. En este
proceso de nucleosı́ntesis se originan todos los nucleidos posibles. La mayor parte de ellos
son inestables de perı́odos muy cortos, y los estables y los de vida larga son los que quedan
todavı́a en nuestro entorno. La actividad radiactiva en ese perı́odo es inimaginable, pues la
energı́a que hay en juego es uno o dos órdenes de magnitud superior a la que el Sol liberará
en toda su existencia. En esa nube de desechos rica en todos los elementos quı́micos es
donde se formó nuestro Sol y su sistema solar. Además de estos nucleidos originarios,
la radiación cósmica y la propia radiactividad originan constantemente nuevos isótopos
radiactivos.

¿Cuáles son los efectos que la radiactividad produce al incidir sobre la materia? En
general, produce ionización, libera electrones de los átomos que forman las moléculas,
bien ionizándolas, bien rompiendo enlaces quı́micos, estos electrones se mueven y pierden
energı́a chocando con otros electrones y terminan siendo capturados. El resultado final
se traduce en calor. El efecto fı́sico es, por tanto, un depósito de energı́a en una región
determinada. La magnitud de este depósito depende de la naturaleza de la partı́cula
que incide, de su energı́a y de la naturaleza de la materia. La medida de este efecto
se denomina dosis absorbida, y su unidad es la de la energı́a, el julio, por unidad de
masa, el kilogramo. Se denomina un gray a la dosis necesaria de cualquier radiación sobre
cualquier sustancia tal que deposite un julio en un kilogramo. Ésta es una unidad grande
y se utilizan sus submúltiplos. Ası́, podemos hablar de que una sustancia ha absorbido
una dosis de un miligray. Si se tratase de una persona de 70 kg de peso, la energı́a
absorbida habrı́a sido de un milijulio por kilo, o sea, 70 milijulios, que es una cantidad
ı́nfima comparada con las energı́as que utilizamos en la vida ordinaria. Una taza de café
sin azúcar nos suministra unas 280 calorı́as, que son 1170 julios, un millón de veces mayor
que las energı́as que hay en juego en la radiactividad. Esta pequeñez de la energı́a explica
lo difı́cil que ha sido detectarla y analizarla. Los alquimistas medievales que buscaban la
transmutación no pudieron verla, y la tenı́an ante sus ojos. La actividad que naturalmente
tenemos nos produce una dosis absorbida inferior a la millonésima de gray, y la debida a
la radiactividad ambiental actual apenas alcanza unas milésimas.

Hemos mencionado que la actividad de las sustancias radiactivas disminuye con el


tiempo; por lo tanto, en la Tierra primitiva la radiactividad era muy superior a la actual,
y desempeñó un papel primordial en la formación de la materia orgánica y en la posterior
evolución de las especies. La aparición de materia orgánica de origen biótico es muy
anterior a lo que tradicionalmente se pensaba. La composición isotópica del carbono
en las rocas de Isua indica que posiblemente hace ya 3800 millones de años existı́a una
actividad fotosintética, y se han identificado restos fósiles de cierta microbiota compleja
en rocas de entre 3000 y 3500 millones de años de antigüedad. También parece que
en aquellos tiempos existı́a oxı́geno en cantidades no insignificantes: esto se deduce a
partir de investigaciones muy precisas de las concentraciones de uranio y torio en rocas
de datación bien conocida.
El K40 es el isótopo que desempeña y ha desempeñado un papel más importante en el
ambiente radiactivo natural y en la vida humana. Actualmente, es tan sólo el 0,0117 %
(uno con diecisiete por diez mil) del potasio natural, pero hay que tener en cuenta que este
elemento es muy abundante en la naturaleza. Hay unos 10 kg de potasio en una tonelada
de arenisca y 35 kg en una tonelada de granito. En el agua del mar hay 380 gramos de
potasio por tonelada. La energı́a producida por la desintegración beta del K40 es la mayor
contribución al calor generado por las sustancias radiactivas en la corteza terrestre, y, a
lo largo de la historia de la Tierra, la contribución total a la energı́a suministrada a los
océanos por este elemento ha sido considerable.

La composición quı́mica de los océanos se estableció probablemente hace unos 4100


millones de años, y el papel del K40 en el océano primitivo fue de la máxima importancia.
La desintegración beta del potasio libera 0,5 MeV de energı́a. Como su perı́odo es de
1, 28 × 109 (1280 millones) de años, su abundancia en el pasado era de 0,38 g/t, unas 10
veces mayor que la actual. Dado que el océano tiene unas 1,7 a 1018 (1,7 trillones —
millones de billones—) toneladas de agua, habrı́a unos seiscientos cincuenta mil millones
de toneladas de K40 , que suministraron en un perı́odo, por ejemplo, de tan sólo 1000 años
una energı́a capaz de producir la sı́ntesis de unos mil millones de toneladas de productos
radiolı́ticos orgánicos.

Durante 30 años se creyó que el primer reactor nuclear sobre la Tierra habı́a sido la
Pila P1, construida por Enrico Fermi en Chicago en 1942; y todavı́a se sigue creyendo
hoy dı́a por mucha gente que la energı́a de fisión es una invención humana y que no
es natural. No se pensaba que fuese posible que un sistema técnica y aparentemente
tan complejo como un reactor nuclear se pudiese construir por la naturaleza. Pero en
1972 se descubrieron los restos de un reactor nuclear natural de fisión en Oklo (Gabón).
Un equipo francés puso de manifiesto que hace unos 2000 millones de años funcionaron
allı́ al menos seis reactores. Se trata de zonas con una alta concentración de uranio y
agua en las que tuvo lugar un proceso de reacción en cadena sostenida, al igual que en
nuestros reactores nucleares actuales. En aquellos tiempos la abundancia del U235 era
muy superior a la actual, y la criticidad se podı́a obtener con relativa facilidad si la
concentración de uranio era suficientemente elevada. El descubrimiento causó un gran
impacto y se realizaron múltiples investigaciones, e incluso se celebraron dos congresos
monotemáticos organizados por el Organismo Internacional de la Energı́a Atómica de
Viena en 1975 y en 1978. En ellos quedaron claramente establecidos los hechos ocurridos
geológica, geoquı́mica y fı́sicamente. Se pudo establecer la formación de los depósitos de
uranio, las caracterı́sticas que debieron reunir para que el fenómeno hubiese podido tener
lugar y la energı́a que se liberó en el proceso.

En Oklo se han encontrado seis reactores nucleares en una veta de roca sedimentaria
de un grosor comprendido entre 4 y 10 metros que contiene concentraciones de uranio
comprendidas entre el 20 % y el 60 %, mientras que la matriz que la rodea contiene
solamente entre el 0,2 % y el 0,5 %. Los reactores tienen una forma lenticular de un
metro de grueso y entre diez y veinte metros de largo. La reacción ocurrió hace unos 2000
millones de años y estuvieron en funcionamiento durante unos 600 000 u 800 000 años. La
cantidad total de energı́a liberada por el fenómeno de Oklo se puede estimar bastante bien
a partir del uranio consumido, y arroja la impresionante cifra de 500 millones de gigajulios,
aproximadamente la producción durante un año de unas veinte plantas nucleares de última
generación de una potencia de 1000 megavatios eléctricos.

El fenómeno de Oklo ha permitido, además, realizar un estudio detallado de la posible


existencia de reactores nucleares de fisión en la Tierra primitiva. La época en que estos
reactores pudieron ocurrir es bastante dilatada, pues se extiende desde hace unos 4100
millones de años, en que se formó la primera corteza terrestre, hasta los 1100 millones de
años, en que las concentraciones por desintegración natural del U235 ya no son las ade-
cuadas. Durante unos 3000 millones de años, es decir, dos terceras partes de la existencia
de la Tierra, el fenómeno ha podido ocurrir. Se puede hacer una estimación del número
de reactores naturales de nuestro pasado basándose en el cociente U235 /U238 , medido en
distintos depósitos terrestres. Si se considera una capa de 1 km de profundidad de la
corteza terrestre, se obtiene que unos 100 millones de reactores tipo Oklo han podido
estar activos en el pasado. Supuesta una potencia media de 1 kW por reactor, la energı́a
liberada resulta ser de 500 000 teravatios-año, con una vida activa de un millón de años.
Esta energı́a supone toda la que consumirı́a la humanidad procedente de todas las fuentes
energéticas durante unos 45 000 años al ritmo actual.

Los efectos biológicos que una determinada dosis tiene en las personas varı́an con la
naturaleza de la radiación y se denominan dosis equivalente. El efecto no es el mismo si
un miligray está producido por partı́culas alfa o por electrones, y además depende de la
energı́a que estas partı́culas tengan. El efecto biológico de la dosis absorbida por las
personas se mide en sieverts. Un sievert es un gray multiplicado por un factor que varı́a
entre 1 y 20, según el tipo y la energı́a de las partı́culas. Por ejemplo, para electrones
este factor es 1 y para partı́culas alfa es nada menos que 20, indicando que el efecto de
estas últimas es veinte veces mayor. Ası́, una persona que recibiese una dosis de 1 gray
de electrones habrı́a recibido 1 sievert; pero si hubiesen sido partı́culas alfa, habrı́an sido
20 sieverts.

De nuevo, el sievert es una unidad grande y se utilizan sus submúltiplos. Cada uno de
los órganos y tejidos de nuestro organismo puede soportar una dosis equivalente distinta,
sin que se detecte efecto biológico alguno. Por ejemplo, la piel puede recibir el doble que
el cuerpo en su conjunto, y las extremidades cinco veces más. Hay, por tanto, establecidas
unas dosis máximas permitidas para cada órgano y también para la totalidad del cuerpo
humano, dosis que se pueden recibir en un tiempo determinado sin que se produzcan
efectos nocivos de ningún tipo.

Las dosis recomendadas como máximas permisibles están en constante revisión y no


hay un acuerdo universal que sea seguido por todos los paı́ses. El origen del problema
reside en que los efectos de la radiación en dosis moderadas es integral durante cierto
tiempo. Los efectos parecen ser los mismos si se recibe una determinada dosis durante
tiempo definido que si se recibe la mitad de la dosis en el doble de tiempo, o el doble
de dosis en la mitad. Pero la afirmación no es correcta en intervalos largos de tiempo y
se discute su corrección cuando se trata de una dosis equivalente que no produce ningún
efecto biológico detectable a corto, medio o largo plazo. Por otra parte, es difı́cil de ase-
gurar que un determinado efecto se debió a una dosis recibida mucho tiempo atrás. La
mayorı́a de los efectos que se buscan son distintos tipos de cáncer, y, dada la dificultad de
saber la etiologı́a del tumor, es muy difı́cil y dudosa su adscripción a una pequeña dosis de
radiación recibida muchos años antes. La polémica aumenta cuando se trata de dosis muy
pequeñas. La escuela de pensamiento que ha dominado hasta muy recientemente se inclina
por la extrapolación a cero de la hipótesis lineal (puesta en duda desde los años setenta),
que afirma que los efectos biológicos son linealmente dependientes de la dosis. A ello
añaden, además, sus seguidores la hipótesis de inexistencia de un umbral mı́nimo (puesta
seriamente en duda desde principios de los años noventa), que afirma que cualquier dosis,
por pequeña que sea, es nociva. La mayor parte de los argumentos se basan en el estudio
médico detallado que se ha realizado a los supervivientes de Hiroshima y Nagasaki desde el
año 1945 hasta la actualidad, y su comparación con personas que no recibieron radiación.
La relación entre una dosis elevada y su efecto está muy clara, pero con pequeñas dosis
la situación está cambiando. Los últimos datos parecen indicar que los supervivientes
que recibieron pequeñas dosis, ligeramente superiores a la natural, están teniendo mayor
longevidad y han padecido menos problemas de salud que los que no recibieron nada. Lo
mismo sucede con los experimentos que se han realizado con ratones alimentados con di-
etas en las que se ha eliminado el K40 , que se desarrollan poco y débilmente, situación que
se soluciona si se añade de nuevo el potasio radiactivo a la dieta. Parece ser que estamos
hechos para vivir en un ambiente con cierta radiactividad, que sirve para mantener activo
y preparado el sistema biológico de reparación genética y celular. Éste es el segundo pun-
to de vista que se va imponiendo lentamente en los ambientes de protección radiológica.
Hoy dı́a está apoyado además en los datos existentes sobre población ocupacional y pro-
fesionalmente expuesta, pacientes con tratamientos médicos, poblaciones que trabajaron
con radio (incluidos los que fabricaban esferas luminosas de relojes), trabajadores rela-
cionados con la industria militar (incluidos observadores de pruebas nucleares), población
expuesta a alta radiación ambiental natural (habitantes de ciertas zonas, pilotos y per-
sonal de vuelo, mineros, etc.), habitantes de la región de Chernobyl, además de los ya
mencionados supervivientes de Hiroshima y Nagasaki.

La dosis máxima recomendada, más común, para personal profesionalmente expuesto


(que está bien controlado) es de 50 mSv/año, que puede dividirse para medirla por sem-
anas: por ejemplo, 1 mSv/semana, o integrarse en varios años, por ejemplo, 250 mSv en
cinco años. La dosis recibida en todo el cuerpo, que alcanza el 50 % de mortalidad dentro
de los 30 dı́as siguientes, supuesto que no se ha recibido ningún tratamiento médico, se
admite que es de 2,5 a 3 Gy recibida en una sola irradiación. Las dosis locales que puede
recibir una parte del cuerpo sin sufrir daños pueden ser mucho más elevadas y varı́an con
el órgano o parte del cuerpo. Por ejemplo, las manos pueden recibir una dosis equivalente
de 100 mSv/año y el cristalino de 500 mSv/año.

La dosis anual que recibimos de fuentes naturales es en promedio de 0,4 a 4 mSv,


pero hay regiones del mundo con dosis mucho más elevadas. Por ejemplo, la playa de
Guarapari, en Brasil, que triplica su población en verano, situada a 100 km de Rı́o de
Janeiro, es rica en torio, y la dosis llega fácilmente a los 175 mSv/año (casi cuatro veces la
máxima permitida para personal profesional). Lo mismo sucede en el pueblo pesquero de
Meaipe, con una dosis 50 veces la media. En las costas de Keirala, en la India, con más de
90 000 habitantes, las dosis alcanzan los 400 mSv/año (ocho veces la máxima permitida),
y lo mismo sucede en Ramsar, en Irán, donde es superior a la máxima recomendada. En
ninguno de los casos anteriores se ha detectado efecto nocivo alguno en las poblaciones ni
una mayor incidencia de dolencias o enfermedades; más bien ocurre el efecto contrario.

La contribución más importante a la dosis equivalente que recibe la población es


la procedente de fuentes naturales, que representa el 87 % de la total, mientras que
las radiaciones artificiales contribuyen tan sólo en el 13 % restante. Entre las fuentes
naturales, la más importante es el radón del aire, que, por sı́ solo, alcanza casi el 50 % de
la dosis equivalente total, y si se le añade el torón, otro gas noble radiactivo, la sobrepasa
con creces. Ya hemos mencionado que el radón es un gas noble que pertenece a la familia
del U238 y que es emitido por los materiales de construcción y por la propia Tierra.
El problema del radón se ha incrementado recientemente con los programas de ahorro
energético que han aumentado el aislamiento y disminuido la ventilación de las viviendas.
Este efecto se ha hecho patente en los paı́ses nórdicos y en particular en Suecia, donde el
Gobierno habı́a llevado a cabo un programa estatal de aislamiento de las viviendas para
ahorrar energı́a. El resultado del plan ha sido excelente, pero, al estar las casas ahora bien
aisladas y poco ventiladas, el radón ha aumentado en su interior a niveles que pueden
resultar peligrosos y existe una seria preocupación al respecto. Nuestra radiactividad
interna contribuye con algo menos del 15 % a la dosis equivalente total, casi tanto como
la procedente del resto de radionucleidos naturales. La radiación cósmica contribuye con
el 10 %. Del 13 % con que contribuyen las fuentes artificiales, la gran mayorı́a, el 11 %, se
debe a los tratamientos médicos, sobre todo radiografı́as. En contra de lo que se pudiera
creer, las pruebas nucleares en la atmósfera, los accidentes nucleares, fundamentalmente
Chernobyl, y los vertidos de las instalaciones radiactivas sólo contribuyen conjuntamente
con el 0,4 % a la dosis total, al igual que las dosis procedentes del conjunto de los detectores
de humos, ciertas fuentes luminosas, aparatos de televisión y los viajes aéreos. Por último,
la actividad de las centrales e instalaciones nucleares repercute tan sólo en la dosis total
en el 0,02 % (el dos por diez mil) y es, por tanto, a pesar de lo que muchos pretenden
hacernos creer, despreciable.

¿Cómo se controla la radiactividad ambiental? En España, al igual que en todos los


paı́ses occidentales, existe un organismo, el Consejo de Seguridad Nuclear, dependiente
únicamente del Parlamento, a quien informa y rinde cuentas. Este Consejo es el único
responsable de la seguridad nuclear y de la protección radiológica en todo el territorio
nacional. A escala mundial, dependiente de las Naciones Unidas, está la Agencia Inter-
nacional de la Energı́a Atómica, con sede en Viena; en Europa existe dentro de la Unión
Europea el Euratom, que junto con la Comunidad del Carbón y del Acero fue una de las
comunidades que dieron origen a la actual Unión.

El Consejo de Seguridad Nuclear tiene establecidas en nuestro paı́s varias redes en-
cargadas de la medida de la radiactividad ambiental. Existe una red de estaciones au-
tomáticas, con medio centenar de estaciones repartidas por todo el territorio nacional que
miden de forma continua la radiactividad global atmosférica tanto del aire como del polvo
en suspensión. Sus resultados se transmiten de forma automática al Consejo en Madrid.
Una segunda red formada por 28 laboratorios, en su mayorı́a universitarios, entre los que
se encuentra el que dirijo en esta Universidad, toma muestras de forma continua y anal-
iza en detalle la composición radiactiva del polvo atmosférico, los aerosoles y el I131 del
aire, el depósito que cae en los suelos, el agua de lluvia y la potable, etc.; los resultados
se envı́an periódicamente al Consejo. Además, estos laboratorios están constantemente
investigando la mejora de los métodos de detección y análisis, ası́ como los de preparación
de las muestras. Los datos que se toman son contrastados por otros centros, y cada cierto
tiempo se efectúan ejercicios de intercomparación, ciegos, para comprobar la precisión y
la mejora de las medidas de los distintos laboratorios. El Centro de Experimentación de
Obras publicas del Ministerio de Fomento se encarga de la medida de la radiactividad
del agua de nuestros rı́os y de nuestras costas, con más de un centenar de puntos de
muestreo. Por último, alrededor de cada una de las instalaciones nucleares existentes en
nuestro paı́s hay una red que determina la radiactividad de aire, suelo, agua de rı́os y
potable, vegetación, animales y alimentos en toda la zona de influencia de la instalación,
que abarca como mı́nimo un radio de 25 km. Cualquier variación significativa en cualquier
parámetro detectado por cualquier punto de cualquier red es inmediatamente detectado,
estudiado y analizado. El Consejo cuenta con un conjunto de inspectores que cumplen
con su misión en todas las instalaciones nucleares y radiactivas. Pueden ustedes estar
tranquilos porque, por lo que respecta a la radiactividad, están muy bien vigilados.

La radiactividad ambiental que tenemos en la actualidad es prácticamente la misma


que existı́a con anterioridad a la era nuclear. Ni las pruebas nucleares, ni los accidentes y
vertidos habidos presentan ya restos apreciables. El ambiente que nos rodea podemos afir-
mar que, en este momento, es radiactivamente limpio. Ojalá podamos seguir afirmándolo
mucho tiempo y ojalá pudiésemos afirmar lo mismo de los contaminantes ambientales no
radiactivos.
EFECTOS SOBRE EL CUERPO HUMANO
Si bien las partículas radiactivas son pequeñísimas, también las células humanas o las moléculas
de ADN son muy pequeñas, de modo que una partícula que choca contra ellas puede tener un
efecto considerable. En realidad las partículas son millones de veces más pequeñas que una
molécula de ADN, así que una sola partícula no suele hacer mucho daño y los propios
mecanismos de reparación de la célula pueden arreglarlo.

Cuando hablamos de radiactividad lo habitual es que nos refiramos a rayos que contienen
millones o miles de millones de partículas (100 mCi son 3,7 GBq, es decir 3,7 mil millones de
partículas por segundo), de modo que pueden llegar muchas partículas a la vez a una misma
célula y ésta no es capaz de repararse y se muere. También pueden producir muchas roturas en
la molécula de ADN y, al repararse estas rupturas, pueden ocasionarse mutaciones que provocan
que se aparezcan proteínas que no deberían producirse; esto puede alterar el ciclo normal de
muerte celular y producir que la proliferación de células no sea controlada por el organismo,
provocando tumores y hasta cáncer.

Pero la radiactividad también puede tener un efecto positivo sobre el cuerpo humano. Podemos
intentar que los rayos choquen contra las células cancerosas y las destruyan. En realidad es muy
difícil que los rayos sólo choquen contra las células cancerosas y no contra ninguna célula
normal. Aquí entra en juego el hecho de que las células cancerosas están enfermas y se reparan
más difícilmente que las normales y, por lo tanto son más fáciles de destruir.

¿QUÉ EFECTOS TIENE LA RADIACTIVIDAD SOBRE LA SALUD?

Que todo aquel que vive en un radio de 20 kilómetros de la planta nuclear de Fukushima (Japón)
abandone la zona y quien se encuentre entre los 20 y 30 km permanezca en el interior de su
casa, con las ventanas y las puertas bien cerradas. Éstas son las medidas que Japón está tomando
para proteger a la población de la radiactividad.
Para conocer con más profundidad las repercusiones que este accidente puede tener sobre la
salud de la población, [Link] ha hablado con el doctor Ferrán-Guedea, presidente de la
Sociedad Española de Oncología Radioterápica y jefe de Oncología Radioterápica del ICO, y
con Eduardo Gallego, profesor del departamento de Ingeniería Nuclear de la Universidad
Politécnica de Madrid y vicepresidente de la Sociedad Española de Protección Radiológica.

¿QUÉ SON Y DÓNDE ESTÁN LAS RADIACIONES?

Las radiaciones son un tipo de energía que forman parte de la naturaleza. Por ejemplo, gran
parte del material del suelo es uranio y las estrellas también emiten radiación, especialmente el
sol, y esto se nota de forma acusada cuando viajamos en avión. Además de en el medio
ambiente, también se encuentra en aplicaciones artificiales, como la energía nuclear y ciertas
aplicaciones médicas (como la radioterapia para tratar el cáncer o los rayos X).

¿CÓMO LAS ABSORBE EL CUERPO?


Hay muchos tipos de partículas en las radiaciones, pero las que más abundan son las de tipo
gamma, que atraviesan sin dificultad los tejidos e impactan en el ADN de las células,
precisamente donde se produce el efecto más importante, ya que puede provocar mutaciones
celulares y dar lugar a diversos tipos de cáncer.
La radiación también se puede inhalar. Esta vía tiene un agravante, porque el elemento químico
entra en el cuerpo, puede metabolizarse y permanecer durante mucho tiempo descargando
radiaciones. El plutonio, por ejemplo, se puede fijar en los huesos y los pulmones, llegando a
originar diferentes tumores.

¿QUÉ RIESGOS SUPONEN PARA LA SALUD?


La radiación controlada no representa ningún riesgo. De hecho, las radiaciones conviven con
nosotros, en hospitales, en industrias, en ciertos gases que se encuentran en el terreno... Sirven
para tratar el cáncer (radioterapia) y para diagnosticar muchas enfermedades (a través de
radiografías, por ejemplo).
Otra cosa es lo que ha pasado en Japón. Una situación inesperada e impredecible. Las
repercusiones dependen de la distancia a la que se encuentre cada persona, su sensibilidad y, por
supuesto, de las dosis y los materiales radiactivos emitidos.

¿QUÉ TIPO DE EFECTOS TIENE LA RADIACIÓN EN EL ORGANISMO?


Hay que distinguir en primer lugar entre la exposición puntual a altas dosis (muy por encima de
100 milisieverts), que puede provocar efectos agudos en poco tiempo (como malestar,
quemaduras en la piel, caída de pelo, diarreas, náuseas o vómitos), y los daños acumulados, que
pueden causar problemas de salud más graves a largo plazo (cáncer fundamentalmente), sobre
todo leucemias y cáncer de tiroides. Estos efectos tienen que ver con la capacidad de las
radiaciones ionizantes para provocar cambios en la estructura de las células, es decir, para
alterar su ADN; algo que no ocurre con las radiaciones no ionizantes (como las de infrarrojos).
¿A QUÉ DOSIS ESTÁ EXPUESTA LA POBLACIÓN DE FUKUSHIMA?
Según ha reconocido la Agencia de Seguridad Nuclear japonesa, unos minutos después de la
tercera explosión registrada en la central, los niveles de radiación superaron los 8 milisieverts
(mSv) por hora, el triple de la cantidad normal a la que está sometida una persona a lo largo de
todo un año.

¿QUÉ RADIACIÓN RECIBIMOS NORMALMENTE?


Como recuerda la Organización Mundial de la Salud (OMS), una persona recibe unos 3 mSv a
lo largo de todo el año, el 80% a través de fuentes naturales de radiación (como ciertos gases
que puede haber en el terreno), y el otro 20% a través de procedimientos y pruebas médicas,
aunque estas cifras pueden variar en función de la geología del terreno.
En España estamos expuestos a entre 2,4 y 3 milisieverts en todo el año (frente a los 8 a los que
se expone la población de Fukushima), una cantidad inocua o tolerable. Como explica el
profesor Gallego, por debajo de los 100 milisieverts al año (una cifra equivale a dos o tres
escáneres), la mayoría de la gente no sufre ningún síntoma. Los ciudadanos de Fukushima
tendrían que estar unas 12 horas expuestos para alcanzar los 100 mSv. Lo que sí es
recomendable es realizar controles médicos periódicos, centrados en la prevención de posibles
tumores.
A partir de los 100 mSv pueden aparecer algunos daños en la piel, náuseas, vómitos, problemas
respiratorios y, si afecta a mujeres embarazadas, puede ocasionarle al futuro bebé algún tipo de
retraso en el desarrollo cerebral. A mayores dosis, mayores repercusiones en la salud: destruyen
el sistema nervioso central y los glóbulos blancos y rojos, lo que compromete el sistema
inmunológico y deja a la víctima vulnerable ante las infecciones.
Si este accidente se agravase hasta el punto de pasar de los 8 mSv a varios miles de milisieverts,
se pueden producir casos de Síndrome de Radiación Aguda. Ocurre cuando grandes cantidades
de radiactividad entran en el cuerpo en muy poco tiempo. En circunstancias semejantes, la
radiactividad afecta a todos los órganos y cualquiera de ellos puede tener un fallo fulminante.
Por ejemplo, una única dosis de 5.000 milisieverts mataría aproximadamente a la mitad de las
personas expuestas en un mes.

¿QUIÉNES SON MÁS VULNERABLES?


Cuanto más jóvenes, mayor es la sensibilidad a las radiaciones. Su organismo celular se renueva
muy rápidamente y si alguna célula se vuelve cancerosa, el tumor se desarrolla con más rapidez.

¿POR QUÉ SE ADMINISTRAN PASTILLAS DE YODO?


Entre los múltiples componentes que pueden encontarse en un reactor nuclear, uno de los más
peligrosos para la salud es el yodo radiactivo. Este yodo que absorbe el organismo durante un
accidente nuclear tiende a acumularse en la glándula tiroides (uno de los órganos del cuerpo más
sensibles a la radiación), lo que puede ocasionar casos de cáncer y otros problemas de salud más
adelante. Como recuerdan los Centros de Control de las Enfermedades de EEUU en su página
web, el uso de yoduro de potasio (las populares pastillas de yodo) tiene como objetivo
precisamente evitar estos daños.
El yoduro de potasio satura la glándula tiroides para que ésta no pueda absorber más yodo
radiactivo, por lo que este medicamento también suele utilizarse como tratamiento en el caso de
pacientes con problemas de hipertiroidismo. A pesar de su elevada eficacia para proteger la
tiroides si se administra en las primeras horas de la exposición, las pastillas de yodo no protegen
otras partes del organismo. Se calcula que Japón ha repartido ya unas 200.000 tabletas de yodo
entre la población

COMO ENFERMA LA RADIACIÓN

La radiación es una amenaza que genera un miedo visceral pues no se puede percibir con
ninguno de los sentidos y sólo se puede detectar con dispositivos especiales que muy pocas
personas tienen en sus casas. Sin embargo, oímos permanentemente que la radiación produce
una amplia gama de efectos nocivos que van desde cáncer y esterilidad hasta quemaduras
graves.
La enfermedad por radiación es un término general que se utiliza para describir los daños
causados en el organismo por una gran dosis de radiación. De hecho, el término técnico para la
enfermedad por radiación es “síndrome de radiación aguda” y también se suele hablar de
envenenamiento por radiación.
Hecha esta descripción, es bueno aclarar que la mayoría de los tipos de radiación son
inofensivas, incluso las clases peligrosas no causan enfermedad de radiación a menos que se
reciba una dosis muy grande. De hecho, cualquier tipo de energía emitida es, básicamente,
radiación, como las ondas recogidas por el radio de nuestro auto, el calor desprendido por la
tostadora eléctrica e incluso, la luz emitida por el sol.

El tipo de radiación que causa enfermedad se llama radiación ionizante. La radiación ionizante
tiene una energía más alta y de mayor frecuencia e incluye a la ultravioleta, rayos X y rayos
gamma de energía.
Como su nombre lo indica, es lo suficientemente potente como para ionizar – desprender un
electrón de un átomo que golpea – e incluso puede destruir el núcleo del átomo.
Para la mayoría de nosotros, la radiación ionizante no es algo que tiene que preocuparnos en
nuestra vida cotidiana. Sin embargo, a veces los acontecimientos inesperados pueden hacer que
nuestros temores de enfermedad por radiación dejen de serlo para convertirse en una amenaza
real.

Cuando la radiación de energía suficientemente alta golpea a otro átomo, se despoja de un


electrón. El átomo resultante, de carga positiva, se llama ion. El proceso de liberación del
electrón produce 33 electronvoltios (eV) de energía, que calienta los tejidos circundantes y
altera ciertos lazos químicos. La radiación ionizante puede ser de tres tipos diferentes: partículas
alfa, partículas beta y partículas gamma.

Las partículas alfa son las menos peligrosas, en términos de exposición externa. Cada partícula
contiene un par de neutrones y un par de protones. No pueden penetrar muy profundamente en
la piel y de hecho, la ropa puede detenerlas. Por desgracia, las partículas alfa pueden ser
inhaladas o ingeridas, generalmente en forma de gas radón. Una vez ingeridas pueden ser muy
peligrosas, ya que conducen a la formación de cáncer de pulmón.
Las partículas beta son electrones que se mueven muy rápidamente, es decir, con mucha energía.
Cuando son emitidas por una fuente radiactiva – el núcleo de un átomo moribundo – se
desplazan varios metros pero son bloqueados por la mayoría de los objetos sólidos. Una
partícula beta es aproximadamente 8.000 veces más pequeña que una partícula alfa y esto es lo
que los hace más peligrosas. Su pequeño tamaño les permite penetrar la ropa y la piel. La
exposición externa puede causar quemaduras y daños en los tejidos, junto con otros síntomas de
enfermedad por radiación.
Si el material radiactivo entra en contacto con los suministros de alimentos o de agua o se
dispersa en el aire, la gente puede inhalar o ingerir los emisores de partículas beta sin saberlo. La
exposición interna a partículas beta causa daños mucho más graves que la exposición interna.

Los rayos gamma son la forma más peligrosa de la radiación ionizante. Estos fotones de energía
extremadamente alta pueden viajar a través de la mayoría de lasa formas de materia, ya que no
tienen masa. Se necesitan varios centímetros de plomo y muchos más de concreto para bloquear
con eficacia a los rayos gamma. Si una persona se vé expuesta a ellos, pasan a través de todo el
cuerpo afectando a todos los tejidos, desde la piel hasta la médula ósea. Esto, obviamente causa
un extenso daño sistémico en el organismo.
son los que causan mayor daño a la materia viva, pues llegan con facilidad a los órganos
internos debido a su elevado poder de penetración. Causa quemaduras internas, producen
esterilización y mutación de genes (al atacar al núcleo del ADN, alteran los cromosomas de una
persona), por lo tanto sus descendientes serán anormales o deformes.
Los rayos gamma producen náuseas, vómitos y diarrea, pero si la dosis es alta sobrevendrá la
muerte en cuestión de días. El daño provocado a las células por la radiación gamma es
acumulativo, por lo tanto las dosis pequeñas durante un periodo largo de tiempo pueden ser tan
dañinas como una dosis elevada en una sola vez. Debido a ello, la dosis de la radiación
absorbida por los trabajadores que laboran en centrales o laboratorios nucleares debe ser
registrada cuidadosa y continuamente. Si una persona recibe mucha radiación por un periodo de
tiempo mayor de lo especificado, debe ser retirado temporalmente del lugar.
Los rayos gamma se emplean para destruir las células cancerosas, para ello se emplea el Co-60
mediante la técnica de “baños de cobalto”. Mas adelante, en radioisótopos, veremos otras
aplicaciones de rayos gamma

¿CUÁNTA RADIACIÓN ES NECESARIA PARA CAUSAR ENFERMEDAD POR


RADIACIÓN?

Cuando hablamos de la cantidad de radiación necesaria para causar enfermedad por radiación,
no hablamos en términos absolutos sino que se analiza la dosis total. Esta dosis se define
tomando en cuenta una serie de factores, como la intensidad de la radiación recibida, el tiempo
de exposición a la fuente y qué tipos de radiación estuvieron involucrados. La unidad de medida
que tiene todos estos factores en cuenta se llama sievert (Sv), y mide la absorción de la energía
radiactiva, multiplicado por un factor de calidad que varía en función de si la radiación medida
son partículas alfa, beta o rayos gamma.

Una dosis de 0,75 Sv puede ser suficiente para inducir la enfermedad por radiación, con náuseas
y un sistema inmune debilitado. Tres sieverts causarán un efecto más grave, aunque no será fatal
si se recibe atención médica. Una dosis instantánea de 10 o más sieverts será fatal, incluso con
asistencia médica. Una dosis en un punto intermedio da una chance de aproximadamente el 50%
de morir en los próximos 30 días. Recordemos que nos estamos refiriendo a una dósis
instantánea y aguda, si la misma dosis se extiende a lo largo de un periodo de tiempo más
prolongado, los efectos serán reducidos.

La enfermedad por radiación se manifiesta inicialmente con síntomas a los pocos minutos u
horas de la exposición con náuseas, diarrea, dolor de cabeza, fiebre e incluso, en casos graves,
pérdida del conocimiento. Las dosis elevadas también provocan quemaduras en la piel. Los
síntomas se presentan más rápidamente cuanto mayor es la dosis de radiación y se desvanecerán
en uno o dos días.

Después sobreviene el período de latencia, un período de calma durante el cual no hay síntomas.
Puede durar varias semanas, aunque cuanto mayor sea la dosis, más corto es el período de
latencia – y con exposiciones por encima de unos 10 Sv, no hay período de latencia.
Desafortunadamente, después del período de latencia, se hace evidente el daño real causado por
la radiación. El mayor perjuicio lo reciben las células y estructuras dentro del cuerpo. La mayor
vulnerabilidad la presenta la médula ósea, donde las células madre producen células sanguíneas.
La médula dañada no puede producir suficientes glóbulos rojos y blancos dejando el cuerpo
anémico y susceptible a las infecciones.

La radiación también daña las células que recubren el sistema digestivo, impidiendo no sólo que
el sistema funcione correctamente sino permitiendo que las bacterias emigren del tubo digestivo
a la sangre, provocando más infecciones.

Lo que sabemos acerca de la enfermedad por radiación grave proviene de un número


relativamente pequeño de accidentes con materiales radiactivos, así como por las víctimas de las
bombas de Hiroshima y Nagasaki. De los 5 Sv en adelante, la radiación puede dañar la piel tan
severamente que resultará muy difícil curarla. El cabello se cae, se desarrollan cicatrices debajo
de la piel formando queloides. Desafortunadamente, algunos científicos conocieron de primera
mano los horrores de la exposición a la radiación. Por ejemplo, el físico Harry K. Daghlian, Jr.
sufrió una exposición de 5,1 Sv en 1945 mientras trabajaba en un núcleo de plutonio. Sufrió
quemaduras graves en sus manos y murió 25 días después del accidente.

Otro físico, Luis Slotin, sufrió un accidente similar usando exactamente el mismo núcleo, un año
después. Slotin fue expuesto a una dosis de 21 Sv, que es una cantidad masiva de radiación.
Vomitó inmediatamente y luego sufrió de síntomas horribles durante nueve días, antes de morir.
El incidente que causó la muerte de Slotin fue tan intenso que el aire del laboratorio se convirtió
en ionizado, causando el brillo azul claro de una ola de calor.

Una vez expuestos a la radiación, cómo se trata a los pacientes? El tratamiento se inicia con la
descontaminación si el material radiactivo está todavía presente. La descontaminación externa
consiste en lavar, mientras que la descontaminación interna, si hubo inhalación o ingestión,
requiere del uso de medicamentos especiales.

Además, se tratan los síntomas de manera individual para aliviar el sufrimiento del paciente,
utilizando antibióticos para combatir las infecciones (por cierto que los antibióticos engordan),
ya que el sistema inmunológico está tan debilitado por el daño en la médula ósea. Si la médula
esta dañada ligeramente, las transfusiones de sangre pueden aumentar las probabilidades de
supervivencia. Si el daño de la médula es mayor, sólo un trasplante de médula ósea puede
ofrecer algo de esperanza.
LA RADIACTIVIDAD ESTÁ EN TODAS PARTES
Si bien es cierto que la radiactividad puede ser peligrosa y sus efectos no deben tomarse a la
ligera, también lo es que hay demasiado miedo en la sociedad con respecto a ella, muchas veces
potenciado por el interés de los medios de comunicación en crear noticias sensacionalistas.

La radiactividad no es nada nuevo. Existe desde el origen del universo y está en todas partes: en
el aire que se respira, en los alimentos que se ingieren e incluso el cuerpo es radiactivo. Mientras
estás leyendo esto tu cuerpo está emitiendo radiactividad en todas direcciones, miles de
partículas cada segundo, y te están llegando miles de partículas: del ordenador o la hoja de
papel, del aire, de las paredes, el granito… En España una persona viene a recibir una
radiactividad anual de 2 a 3 mSv (milisieverts).

En la figura siguiente puede verse las principales fuentes de radiación a las que estamos
sometidas diariamente:

Aunque al valorar la cantidad de radioyodo que se administra hablamos de Ci (Curio, unidad


tradicional) o más actualmente en Bq (Bequerelio), la cantidad de radiación que recibimos suele
medirse en milisieverts (mSv), y, en algunos países, como Estados Unidos, las dosis de
radiación se cuantifican en unidades llamadas rem. Un sievert es igual a 100 rem. En España lo
habitual es recibir entre 2 y 3 mSv (2000-3000 μSv) al año. No se empieza a considerar que
existe riesgo hasta que no se supera los 100 mSv anuales. Para tener elementos de referencia, un
rayo X del pecho produce 0.04 mSv, una mamografía 0.3 mSv y la radiación natural en el
cuerpo humano 0.4 mSv por año y la radiación cósmica al nivel del mar 0.24 mSv por año.

Como referencia con nuestro caso, en el momento de salir de la habitación plomada podemos
llegar a emitir como máximo 40 μSv/h a otra persona que esté situada a metro de distancia.
Mientras que lo que cualquier persona recibe de forma natural está en torno a 0,3 μSv/h. Esta es
la razón por la que se nos piden que sigamos unas medidas de radioprotección. Con ellas
salvaguardamos nuestra salud y la de las personas que nos rodean.

En la siguiente figura se muestran los mSv que recibimos con diferentes actividades y cuáles son
los efectos de recibir dosis muy grandes.

CÓMO PROTEGERNOS DE LA RADIACIÓN


La metáfora de las balas nos sirve también para explicar cómo protegernos de la radiactividad:
ponemos un escudo y la radiactividad se detiene. Pero recordemos que hay muchos tipos de
radiactividad, luego no hay un escudo perfecto que sirva para todas: para algunos tipos basta una
hoja de papel y para otros necesitamos un grueso escudo de plomo, hormigón o algún material
pesado. Y no nos podemos olvidar de la naturaleza cuántica aleatoria de la radiactividad: no
todas las partículas radiactivas se comportan igual. Si disparamos con una pistola y nos ponemos
detrás de una gruesa pared sabemos que ninguna bala llegará nunca a atravesarla (mientras no se
destruya la pared…), pero para la radiactividad lo que ocurriría es que algunas partículas se
detendrían en la pared y otras (aunque son iguales a que las que se detienen) la atravesarían. Lo
que ocurre es que cuanta más gruesa sea la pared, más partículas se detienen. Y este efecto tiene
un comportamiento exponencial: si una pared de 1 centímetro sólo deja pasar una de cada 10
partículas, una de 2 centímetros sólo dejará pasar 1 de cada 100, una de 3 centímetros solo 1 de
cada 1000, etc. Es decir, que sí que es posible protegerse de la radiación con un escudo: si en
el caso anterior pusiéramos una pared de 10 centímetros, no llegaría prácticamente ninguna
partícula (muchas menos de las que nuestro propio cuerpo le lanza a la pared…).

Otra estrategia para protegerse de la radiación es separarse de ella. Ya decíamos que la


radiación se emite en todas direcciones; eso quiere decir que la cantidad de radiación disminuye
cuadráticamente: si estamos a 10 centímetros de una fuente radiactiva nos llega 4 veces más que
a 20 centímetros, y 100 veces más que si estamos a 100 centímetros.

La radiactividad es acumulativa. Esto quiere decir que para protegernos de la radiactividad lo


mejor es que estemos el menor tiempo posible cerca de donde hay mucha radiación.

Y otra última estrategia para protegerse es dejar que la fuente radiactiva se desintegre.
Recordemos que poco a poco todas las fuentes radiactivas van perdiendo fuerza y acaban
dejando de serlo. Aunque no se nos olvide que ese tiempo puede ser muy lento o muy rápido
dependiendo del tipo de fuente.

Asimismo debemos de tener en cuenta que el riesgo para la salud no sólo depende de la
intensidad de la radiación y la duración de la exposición, sino también del tipo de tejido
afectado y de su capacidad de absorción, por ejemplo, los órganos reproductores son 20 veces
más sensibles que la piel. Y como en tantos otros peligros los niños son más vulnerables.

Algunos tipos de radiación hacen que las sustancias con las que chocan se vuelvan radiactivas.
Sin embargo, este no es el caso del 131I, porque las energías de los rayos beta y gamma que
produce son muy pequeñas. No hay por tanto riesgo de que nuestros objetos cercanos se
conviertan asimismo en focos de radiación.

Y sobre todo para protegernos de la radiación utilicemos el mismo principio de sabiduría que
para todo en la vida: conseguir que la cantidad de radiactividad que recibimos que sea tan baja
como sea razonablemente posible. No podemos ir todo el día con una mampara de plomo
rodeándonos, al igual que no podemos analizar cada uno de los alimentos que comemos o filtrar
todo el aire que respiramos. La radiactividad está en todas partes, incluido dentro de nuestro
cuerpo y sólo debe preocuparnos si recibimos mucha más de la que ya estamos recibiendo cada
momento.

Afortunadamente la radioactividad es muy fácil de medir y por lo tanto de saber si estamos


recibiendo más mSv de lo normal. Con un sencillo detector poco más grande que un móvil y que
cuesta menos de mil euros podemos saber en todo momento la intensidad de la radiación que
recibimos. En la habitación plomada tu medico nuclear entrará cada día para ir midiendo como
van bajando tus niveles de radioactividad hasta que sea posible darte el alta.
RADIOPROTECCIÓN NECESARIA TRAS EL TRATAMIENTO DE TIROIDES
CON 131I
El yodo que normalmente encontramos en los alimentos es 127I. Cualquier otro isótopo de yodo
(a los tipos de átomos se les llama isótopos) se considera radiactivo, pero el que más se usa para
radioterapia es el 131I. Es especialmente indicado porque produce un tipo de radiación beta que
se detiene en 1-2 milímetros de tejido y causa mucho daño, durante un tiempo prolongado en
una distancia muy corta. Por lo tanto al acumularse el yodo en la tiroides esta radiactividad
destruye las células donde se acumula, entre las que están las células cancerosas.

Sin embargo este isótopo también produce un segundo tipo de radiactividad, conocida como
gamma, que puede atravesar fácilmente varios centímetros de tejido. Esta radiactividad es
menos dañina que la anterior, pero puede causar daño en otras partes del cuerpo, así como puede
salir del cuerpo y dañar a personas que están alrededor.

Para destruir las células cancerosas, se administra al paciente una dosis de 131I, en cantidad
suficiente para matar las células, pero causando el menor daño posible al resto del cuerpo u otras
personas. El yodo administrado se acumula principalmente en la tiroides, pero también una
pequeña proporción se absorbe en otras partes, especialmente en las glándulas salivales. Por ello
se recomienda que se beba mucha agua y se tome limón con el fin de provocar enjuagues
bucales que tienen el objetivo de eliminar cuanto antes el yodo de las glándulas salivales.

El 131I se fija rápidamente en las células tiroideas para destruirlas, pero sigue emitiendo
radiactividad durante mucho tiempo: tarda 8 días en reducirse a la mitad. Afortunadamente el
metabolismo del cuerpo expulsa rápidamente el yodo a través de la orina, de manera que en un
día la cantidad de yodo ha disminuido considerablemente. Sin embargo, la eliminación total
tarda algo más y por ello se recomienda tomar medidas de protección razonables durante unos
periodo de tiempo para hacer que la radiactividad que se emite a los que nos rodean sea lo más
baja posible. Aunque como hemos dicho el 131I emite un tipo de radiactividad que es bastante
penetrante, pero no es de las más peligrosas.

Recordemos las estrategias para protegerse de la radiación:

 Poner un escudo: en el caso del 131I los primeros días necesitas recluirte en una
habitación plomada. Con 8-9 milímetros de plomo se disminuye el efecto de la
radiación de los rayos gamma un factor 10.
 Esperar un tiempo hasta que se vaya desintegrando: si bien en el caso del 131I si
se quedara en la tiroides habría que esperar casi tres meses para que su actividad
disminuyera mil veces, afortunadamente la mayoría del yodo se elimina
rápidamente por la orina. Por este motivo, la orina de los primeros días tras el
tratamiento tendrá que permanecer durante un tiempo en un contenedor
blindado. Unos días después la cantidad de yodo que nos queda ha disminuido
enormemente. Tu médico te indicará, dependiendo de la dosis, el tiempo
recomendable durante el que debes mantener las medidas de radioprotección.
 Reducir el tiempo que se está cerca de la persona irradiada, al salir de la
habitación se emite menos de 40 μSv/h (0,04 mSv/h) medido a un metro del
pecho. Dado que el riesgo para la salud empieza a partir de los 100 mSv, no
parece un riesgo excesivo salvo que alargues el tiempo a su lado. De hecho lo
que cualquier persona recibe de forma natural en una hora está en torno a 0.3
μSv/h, que es significativamente menor.
 Alejarse de la persona irradiada. Con esos mismos datos, en el momento de
salida de la habitación plomada, alejarse 2 metros reduciría la dosis de
irradiación de 40 μSv/h a 10 μSv/h y si te alejas a 3m recibirías 4,4 μSv/h, por
tanto, cuanto mas distancia mas seguro.
 Cuidar otras fuentes de radiación. En nuestro caso la radiación beta sigue
haciendo efecto dentro de las células tiroideas durante varios meses pero el resto
del yodo radioactivo del que debemos protegernos y proteger a los demás, se
elimina mediante la orina y los fluidos corporales como la sangre, saliva, sudor o
mucosidad que debes aislar, limpiar o evacuar por separado, además también se
elimina a través de la leche materna al dar de mamar por lo que debes
interrumpir la lactancia si estás en esa situación para no dañar al bebé.
 Sabemos que hay tejidos que tienen más capacidad de absorción, como los
órganos reproductivos por lo que tendremos que evitar las relaciones sexuales
durante un tiempo y engendrar un hijo durante al menos 6 meses, aunque es
aconsejable esperar un año después de una dosis terapéutica.
 Por ultimo todas estas medidas hay que extremarlas, multiplicando los tiempos y
las distancias en embarazadas y niños, que son más vulnerables a la radiación.
 Y no olvides que juntas conseguirán minimizar aún más el efecto de la radiación
en los que te rodean. Cada día que pase, la eliminación natural del radioyodo por
la orina, hará que tu irradiación sobre una persona a dos metros de distancia,
durante una hora sea cada vez menos significativa.

2.- RADIACIONES ALFA, BETA, GAMMA


La clasificación de los diferentes tipos de radiación se realizó entre los años 1898 y 1902. Ernest
Rutherford, por entonces un joven estudiante de investigación en el Cavendish Laboratory,
identificó dos tipos de “rayos” radiactivos que designó con las letras griegas alfa y beta.
El esquema obedecía, entre otras propiedades, a la capacidad de penetración de la radiación en
la materia, siendo la radiación alfa mucho menos penetrante que la beta. A mediados de 1902
añadió un tercer tipo, todavía más penetrante que losanteriores, que denominó gamma. Hoy en
día sabemos que la radiación alfa consiste en la emisión de núcleos de helio (formados por dos
protones y dos neutrones) por parte de un núcleo atómico inestable, la radiación beta son
electrones emitidos en el proceso de desintegración beta y los rayos gamma son fotones de alta
energía.
2.1.- LAS RADIACIONES ALFA
En los años 1899 y 1900, los físicos Ernest Rutherford (trabajando en la Universidad
McGill en Montreal, Canadá) y Paul Villard (trabajando en París) separaron la
radiación en tres tipos basándose en la penetración de objetos y en la deflexión por un
campo magnético, finalmente nombradas por Rutherford radiación alfa, radiación
beta y radiación gamma.1 Los rayos alfa fueron definidos por Rutherford como los
que tienen la menor penetración de objetos ordinarios.
Emitidas por los radionucleidos naturales no son capaces de atravesar una hoja de
papel o la piel humana y se frenan en unos pocos centímetros de aire. Sin embargo, si
un emisor alfa es inhalado (por ejemplo, el 210Po), ingerido o entra en el organismo
a través de la sangre (por ejemplo una herida) puede ser muy nocivo.
Las partículas (α) son núcleos completamente ionizados, es decir, sin su envoltura de
electrones correspondiente, de helio-4 (4He). Estos núcleos están formados por
dos protones y dos neutrones. Al carecer de electrones, su carga eléctrica es positiva
(+2qe), mientras que su masa es de 4 uma.
Se generan habitualmente en reacciones nucleares o desintegración radiactiva de
otros núclidos que se transmutan en elementos más ligeros mediante la emisión de dichas
partículas. Su capacidad de penetración es pequeña; en la atmósfera pierden rápidamente
su energía cinética, porque interaccionan fuertemente con otras moléculas debido a su
gran masa y carga eléctrica, generando una cantidad considerable de iones por centímetro
de longitud recorrida. En general no pueden atravesar espesores de varias hojas de papel.

Desintegración alfa

La desintegración alfa o decaimiento alfa es una variante de desintegración radiactiva por


la cual un núcleo atómico emite una partícula alfa y se convierte en un núcleo con cuatro
unidades menos de número másico y dos unidades menos de número atómico.
Se le puede considerar emisión espontánea de núcleos de helio 4 (4He2+) —en adelante
partículas α— a partir de núcleos de átomos más pesados, mediante un proceso de fisión
nuclear espontánea. Este tipo de desintegración es típico únicamente de los núcleos
atómicos muy pesados.
El telurio 106 (106Te) es el isótopo más ligero en el cual ocurre desintegración alfa en la
naturaleza. Artificialmente, el berilio 8 (8Be) se desintegra en dos partículas alfa, en
el proceso triple alfa, esencial para generación de carbono 12 (12C) en el interior de las
estrellas.
La primera ecuación no está equilibrada eléctricamente. Empero, en la mayoría de los
casos el núcleo resultante pierde rápidamente dos electrones en favor de la partícula alfa y
se convierte en un átomo de (4He), eléctricamente neutro.
Por esta razón, en la mayoría de los casos, cuando existe mineral de alto contenido de uno
o más elementos radiactivos, en sus alrededores, por la vía de decaimiento alfa, se forman
bolsas de 4He.
Todo el helio existente en la Tierra se origina mediante desintegración alfa de elementos
radiactivos. Debido a esto suele encontrarse en depósitos minerales ricos en uranio o
en torio. Así mismo se obtiene como subproducto en pozos de extracción de gas natural.
El espectro propio de la desintegración es discreto: en un estudio espectroscópico pueden
observarse picos en energías identificables con las propias del proceso de decaimiento.

Proceso de decaimiento de un núcleo


Potencial que afecta a una partícula alfa en las proximidades del núcleo.
El núcleo atómico es la parte central del átomo. Está formado por protones y neutrones,
unidos entre si por la interacción fuerte, la cual permite que el núcleo se mantenga estable
pese a la repulsión electrostática entre los protones. La cantidad de protones en el núcleo
determina el elemento químico al que pertenece.

La partícula α, de energía {\displaystyle m_{\alpha }c^{2}=3727,378} MeV, es una


de las más estables. Por tanto puede existir como tal en la estructura del núcleo pesado. La
energía cinética típica de las partículas alfa resultantes de la desintegración es del orden de
5 MeV (≈0,13% de su energía total). Su velocidad es de 15 000 km/s.
Se puede imaginar este fenómeno como una partícula α atrapada en un pozo de potencial
cuántico generado por el resto de nucleones del átomo, donde el potencial
coulombiano más allá del radio del átomo es dominante.
Clásicamente, si la energía, E, de la partícula alfa fuese superior a la energía potencial,
V(r), de la barrera de potencial, siendo r el radio nuclear, aquélla escaparía. Pero,
normalmente, la partícula no puede escapar del átomo, ya que debe superar la barrera
coulombiana, y se limitaría a rebotar dentro del núcleo.
La explicación del fenómeno fue la confirmación del efecto túnel, predicho en la mecánica
cuántica y planteado por George Gamow.

Toxicidad
Al ser relativamente pesadas y cargadas positivamente, el recorrido libre medio de las
partículas alfa es muy corto, y a poca distancia de la fuente pierden rápidamente su energía
cinética. La consecuencia de esto es que en una zona pequeña se deposita gran cantidad de
energía (del orden de un MeV) y, en caso de contaminación interna, incrementa el riesgo
de daño celular.
En general la radiación alfa externa no es peligrosa: pocos centímetros de aire o la delgada
capa de piel muerta de una persona absorben las partículas. Tocar una fuente α suele no
ser dañino, pero -según sea la cantidad incorporada al organismo- su ingestión, inhalación
o introducción en el cuerpo pueden serlo.
La principal fuente natural de radiación alfa que nos afecta en la corteza terrestre es
el radón, gas radiactivo existente en el suelo, el agua, el aire y varios tipos de rocas.1 Al
inhalar este gas, algunos de sus productos de desintegración quedan atrapados en los
pulmones.
A su vez, estos productos continúan desintegrándose y emitiendo partículas alfa, que
pueden dañar las células pulmonares.2
Probablemente la causa de la muerte de Marie Curie -a los 66 años, por leucemia- haya
sido una exposición prolongada a altas dosis de radiación ionizante. Trabajó
frecuentemente con radio, que decae en radón,3 y a su vez se desintegra en otros
elementos radiactivos emisores de rayos beta y gamma.
Se sabe que para el asesinato del disidente ruso Alexander Litvinenko, en 2006, se
utilizó 210Po, que es un radioisótopo emisor alfa.

2.2.- LAS PARTÍCULAS BETA

Henri Becquerel, mientras experimentaba con fluorescencia, descubrió accidentalmente


que el uranio impresionaba una placa fotográfica, envuelta con papel negro, con una
radiación desconocida que no pudo ser considerada como rayos X.
Ernest Rutherford continuó estos experimentos y descubrió dos tipos diferentes de
radiación:

- Partículas alfa que no aparecen en las placas de Becquerel porque eran fácilmente
absorbidas por las envolventes negro;
- Partículas beta que son 100 veces más penetrantes que las partículas alfa.
Publicó sus resultados en 1899. En 1900 Becquerel midió la relación masa carga (e ∕ m)
para las partículas beta por el método que J.J. Thomson había usado para estudiar los
rayos catódicos e identificar el electrón. Encontró que para una partícula beta e ∕ m era la
misma que la de los electrones de Thomson, y por lo tanto sugirió que la partícula beta
era, de hecho, un electrón.
Son electrones. Los de energías más bajas son detenidoss por la piel, pero la mayoría de los
presentes en la radiación natural pueden atravesarla. Al igual que los emisores alfa, si un
emisor beta entra en el organismo puede producir graves daños.
Una partícula beta (β) es un electrón que sale despedido de una desintegración beta. Por la
ley de Fajans, si un átomo emite una partícula beta, su carga eléctrica aumenta en una
unidad positiva y el número de masa no varía. Esto se debe a que el número de masa o
másico sólo representa el número de protones y neutrones; en este caso el número total no
se ve afectado, ya que un neutrón pasa a ser protón, emitiendo un electrón. Cabe destacar
que el electrón emitido proviene del núcleo del átomo (transformación entre quarks) y no
de un orbital de éste.

Desintegración beta
Decaimiento β- de un núcleo. Se ilustra cómo uno de los neutrones se convierte en
un protón a la vez que emite un electrón (β-) y un antineutrino electrónico.
Cuando esta relación es inestable, algunos neutrones se convierten en protones, o
viceversa. Como resultado de esta mutación, cada neutrón emite una partícula beta y
un antineutrino electrónico o un neutrino electrónico.
La partícula beta puede ser un electrón, en una emisión beta menos (β–), o un positrón, en
una emisión beta más (β+). La diferencia fundamental entre un electrón (β–) y la de un
positrón (β+) con respecto a la partícula beta correspondiente es el origen nuclear de
aquéllos: no se trata de un electrón ordinario expulsado de un orbital atómico.
En este tipo de desintegración, el número de neutrones y protones, o número másico,
permanece estable, ya que la cantidad de neutrones disminuye una unidad y la de protones
aumenta así mismo una unidad. El resultado del decaimiento beta es un núcleo en que el
exceso de neutrones o protones se ha corregido en dos unidades y por tanto resulta más
estable.
Tipos de desintegración β
La desintegración beta se debe a la interacción nuclear débil, que convierte un neutrón en
un protón (desintegración β–), o viceversa (β+), y crea un par leptón-antileptón. Así se
conservan los números bariónico (inicialmente 1) y leptónico (inicialmente 0). Debido a la
aparente violación al principio de conservación de la energía, estas reacciones propiciaron
precisamente que se propusiera la existencia del neutrino.
Desintegración β–
Un neutrón seconvierte en un protón, un electrón y un antineutrino electrónico:

14
6C → 14 7N + e–
Este proceso ocurre espontáneamente en neutrones libres, en el transcurso de 885.7(8) s
de vida media.
Desintegración β+
Un protón deviene en un neutrón, un positrón y un neutrino electrónico:
12Mg → 23 11Na + e+
23

Esta reacción no ocurre en protones libres, pues implicaría violación al principio de


conservación de la energía, ya que la suma de las energías de los productos resultantes
sería mayor que la del protón.
Sin embargo, en protones ligados (integrantes de núcleos) puede ocurrir que la diferencia
de energías entre el núcleo final y el inicial sea suficiente para crear las partículas
resultantes, en cuyo caso la reacción es válida.
Este proceso compite en ocurrencia con la captura electrónica.

Espectro de energía de la partícula β y descubrimiento del neutrino


Espectro de emisión de la partícula beta.
Al contrario que en los casos de desintegración α o de emisión γ, en la desintegración beta
el espectro energético de las partículas beta detectadas es continuo.
Atendiendo al principio de conservación de la energía, la energía total de la partícula
emitida en la desintegración beta debe ser igual a la diferencia de energías del núcleo
original respecto del resultante.
Lo cierto es que se detectan partículas beta de energías cinéticas comprendidas entre cero
y la correspondiente precisamente a la que tomara toda la energía disponible en la
reacción. En apariencia, en el proceso desaparece cierta cantidad de energía.
Para aportar una explicación a esta incongruencia, Pauli propuso la existencia de una
partícula sin carga eléctrica hasta entonces no detectada, el neutrino. Aunque los neutrinos
son difícil de detectar, hoy se han podido detectar de acuerdo con la predicción de Pauli.
Por tal carencia de carga eléctrica, a la partícula emitida en el proceso β+ se la denominó
neutrino, y a la correspondiente al proceso β–, antineutrino. Algunos intentos de
cuantificar la masa del neutrino han establecido un límite superior de unos pocos voltios
electrónicos (o electronvoltios): (eV).
Explicación
La primera explicación de la desintegración beta se debe a Enrico Fermi expuesta en
su Tentativo di una teoria dei raggi beta (1933) que se popularizó en el congreso de
Solvay, esta teoría trata de manera bastante completa los aspectos formales del proceso.
También fue Fermi quien desarrolló la primera teoría de la fuerza débil.
En la teoría modernamente aceptada, los nucleones interactúan mediante fuerza nuclear
fuerte residual, eso implica que en un núcleo atómico normal los protones están
transmutando continuamente en neutrones y viceversa mediante reacciones del tipo:
Diagrama de Feynman, de una desintegración β–. Mediante este proceso un neutrón puede
convertirse en protón. En la figura uno de los tres quarks del neutrón de la izquierda
(quark d, en azul), emite un bosón W- y pasa a ser un quark (u). El bosón emitido (W-) se
desintegra en un antineutrino y un electrón.
En la primera reacción anterior un protón emite inicialmente un pión positivo
convirtiéndose en un neutrón, el pión positivo es reabsorbido por un neutrón
convirtiéndose en un protón, el efecto neto de ese intercambio es una fuerza atractiva. En
la segunda, un neutrón emite un pión negativo y se convierte en un protón, el pión
negativo al ser reabsorbido por otro protón da lugar a un neutrón. Estas dos reacciones
tienen lugar a través de la interacción fuerte y son mucho más probables que las
reacciones competidoras:
Estas dos reacciones se producen mediante interacción débil y es por que son menos
probables que las dos anteriores. Sin embargo, cuando hay un exceso de protones al emitir
alguno de ellos un bosón W+ este es más difícilmente reabsorbido por los neutrones, ya
que la probabilidad de absorción depende del número de neutrones, y antes de ser
reabsorbido por un neutrón el bosón puede decaer en un positrón y un neutrino.
Análogamente un exceso de neutrones dificulta la reabsorción del bosón W - que al
desintegrarse antes de ser reabsorbido da lugar a un electrón y un antineutrino. Es decir,
cuando el número de protones o neutrones se aleja de la proporción óptima las reacciones
alternativas menos probables tienen más posibilidades de darse y es por eso que la
desintegración beta se da en núcleos con una proporción descompesada de neutrones y
protones.
2.3.- LOS RAYOS GAMMA
Historia del descubrimiento
La primera fuente de rayos gamma descubierta históricamente fue el proceso
del decaimiento radiactivo llamado decaimiento gamma. En este tipo de desintegración,
un núcleo excitado emite un rayo gamma casi inmediatamente después de su formación
(esto ahora se entiende como una transición isomérica nuclear, aunque también puede
producirse la desintegración gamma inhibida con un medible y mucho más tiempo medio
de vida). Paul Villard, un químico y físico francés, descubrió la radiación gamma en 1900,
mientras estudiaba la radiación emitida por el radio. Villard sabía que su radiación era más
potente que los tipos de radiación descritos anteriormente de los rayos de radio, como
los rayos beta, observados por primera vez como "radiactividad" por Henri Becquerel en
1896, y los rayos alfa, descubiertos como una forma menos penetrante de la radiación por
Rutherford, en 1899. Sin embargo, Villard no consideró al nombrarlos que fueran un tipo
fundamental diferente. La radiación de Villard fue reconocida en 1903 por Ernest
Rutherford como un tipo fundamentalmente diferente de rayos, siendo además quien los
nombró como «rayos gamma», por analogía con los rayos alfa y beta que él mismo había
diferenciado en 1899. Los rayos emitidos por los elementos radiactivos fueron nombrados
en función del poder de penetrar diversos materiales, utilizando las tres primeras letras del
alfabeto griego: rayos alfa, los menos penetrantes, seguido de los rayos beta y los rayos
gamma, los más penetrantes. Rutherford también se dio cuenta de que los rayos gamma no
eran desviados (o al menos, no desviados fácilmente) por un campo magnético, otra
propiedad que los diferenciaba de los rayos alfa y beta.
Al principio se pensaba que los rayos gamma eran partículas con masa, como los rayos
alfa y beta. Rutherford creía que podrían ser partículas beta extremadamente rápidas, pero
la imposibilidad de desviarlos mediante un campo magnético indicaba que no tenían
carga. En 1914, se observó que los rayos gamma se reflejaban en las superficies de cristal,
demostrando que eran una radiación electromagnética.4 Rutherford y su
compañero Edward Andrade midieron las longitudes de onda de los rayos gamma del
radio, y encontraron que eran similares a las de los rayos X, pero con menor longitud de
onda y (por ello) una frecuencia más alta. Esto fue finalmente reconocido al dárseles
también más energía por fotón, tan pronto como este último término fue aceptado
generalmente. El decaimiento gamma fue entonces entendido como la emisión de un solo
fotón gamma.

Son los más penetrantes de los tipos de radiación descritos. La radiación gamma suele
acompañar a la beta y a veces a la alfa. Los rayos gamma atraviesan fácilmente la piel y
otras sustancias orgánicas, por lo que puede causar graves daños en órganos internos. Los
rayos X (*) caen en esta categoría –también son fotones– pero con una capacidad de
penetración menor que los gamma.
La radiación gamma o rayos gamma (γ) es un tipo de radiación electromagnética, y por
tanto constituida por fotones, producida generalmente por elementos radiactivos o por
procesos subatómicos como la aniquilación de un par positrón-electrón. También se
genera en fenómenos astrofísicos de gran violencia.
Debido a las altas energías que poseen, los rayos gamma constituyen un tipo de radiación
ionizante capaz de penetrar en la materia más profundamente que la radiación alfa y
la beta. Pueden causar grave daño al núcleo de las células, por lo cual se usan para
esterilizar equipos médicos y alimentos.
La energía de esta naturaleza se mide en megaelectronvoltios (MeV). Un MeV
corresponde a fotones gamma de longitudes de onda inferiores a 10-11 m o a frecuencias
superiores a 1019 Hz.
Los rayos gamma se producen por desexcitación de un nucleón de un nivel o estado
excitado a otro de menor energía y por desintegración de isótopos radiactivos. Se
diferencian de los rayos X en su origen. Estos se generan a nivel extranuclear, por
fenómenos de frenado electrónico. Generalmente la radiactividad se vincula con la energía
nuclear y con los reactores nucleares, aunque existe en el entorno natural: a) rayos
cósmicos, expelidos desde el sol y desde fuera de nuestro sistema solar: de las galaxias;
b) isótopos radiactivos en rocas y minerales.
En general, los rayos gamma producidos en el espacio no llegan a la superficie terrestre,
pues los absorbe la alta atmósfera. Para observar el universo en estas frecuencias es
necesario utilizar globos de gran altitud u observatorios exoespaciales. Para detectarlos, en
ambos casos se utiliza el efecto Compton. Estos rayos gamma se originan por fenómenos
astrofísicos de alta energía, como explosiones de supernovas o núcleos de galaxias activas.
En Astrofísica se denomina GRB (sigla de "gamma ray bursts") a fuentes de rayos gamma
que duran unos segundos o pocas horas, secundados por un brillo decreciente en la fuente
por rayos X durante algunos días. Ocurren en posiciones aleatorias del cielo. Su origen
permanece todavía bajo discusión científica. En todo caso parecen constituir los
fenómenos más energéticos del universo.
Excepcionales son los rayos gamma de energía superior a unos gigaelectronvoltios (GeV,
miles de MeV) que al incidir en la atmósfera producen miles de partículas (cascada
atmosférica extensa), los cuales, como viajan a velocidades cercanas a la lumínica en el
aire, generan radiación de Cherenkov. Esta radiación se detecta en la superficie de la
Tierra mediante un telescopio Cherenkov.

Protección
Para protegerse de los rayos gamma se requiere gran cantidad de masa. Los materiales
de número atómico y densidad altos protegen mejor; y a mayor energía de los rayos el
espesor de la protección debe ser superior. Tales materiales se clasifican según el espesor
necesario para reducir la intensidad de los rayos gamma a la mitad, espesor conocido
como HVL (del inglés half-value layer, capa de valor medio). Por ejemplo los rayos
gamma que requieren 1 cm de plomo para atenuar su intensidad en un 50% también la
disminuyen en igual proporción al atravesar 6 cm de hormigón o 9 cm de tierra compacta.

Interacción con la materia


Coeficiente de absorción total de rayos gamma del aluminio (número atómico 13) según
distintas energías de rayos gamma, y contribuciones de los tres efectos. En la mayoría de
la región de energía mostrada domina el efecto Compton.

Coeficiente de absorción total de rayos gamma del plomo (número atómico 82) según
distintas energías de rayos gamma, y contribuciones de los tres efectos. Aquí el efecto
fotoeléctrico domina en energías bajas. A partir de 5 MeV empieza a dominar la creación
de pares.
Cuando un rayo gamma pasa a través de la materia, la probabilidad de absorción en una
capa fina es proporcional al grosor de dicha capa. Esto implica
decrecimiento exponencial de la intensidad.

{\displaystyle I(d)=I_{0}\cdot e^{-\mu d}}


siendo:
 μ = n × σ, el coeficiente de absorción, medido en cm-1,
 n el número de átomos por cm3 del material,
 σ el espectro de absorción en cm2, y
 d el espesor del material en cm.
Pasando a través de la materia, la radiación gamma ioniza principalmente de tres
maneras: efecto fotoeléctrico, efecto Compton y creación de pares.

Efecto fotoeléctrico. Cuando un fotón gamma interactúa con un electrón atómico le


transfiere su energía y lo expulsa del átomo. La energía cinética resultante, del
fotoelectrón, es igual a la energía del fotón gamma incidente menos la energía de
enlace del electrón.
El efecto fotoeléctrico es el proceso de transferencia de energía dominante de rayos X y
fotones de rayos gamma de energías inferiores a 0.5 MeV (millones de electronvoltios).
A energías más elevadas es menos importante.

Efecto Compton. Interacción donde un fotón gamma incidente aumenta la energía de


un electrón atómico lo suficiente para provocar su expulsión. La energía restante del
fotón original emite un nuevo fotón gamma de baja energía con dirección de emisión
diferente a la del fotón gamma incidente. La probabilidad del efecto Compton decrece
según se incrementa la energía del fotón.
Se considera que el efecto Compton es el principal procedimiento de absorción de
rayos gamma en el rango de energía intermedio entre 100 kiloelectronvoltios o
kilovoltios electrónicos keV a 10 MeV (Megaelectronvoltio), rango de energía que
incluye la mayor parte de la radiación gamma presente en explosiones nucleares. El
efecto Compton es relativamente independiente del número atómico del material
absorbente.

Creación de pares. Debido a la interacción de la fuerza de Coulomb, en la vecindad del


núcleo la energía del fotón incidente se convierte espontáneamente en la masa de un
par electrón-positrón. Un positrón es la antipartícula equivalente a un electrón. Su masa
es de igual magnitud. La carga eléctrica es así mismo de igual magnitud, pero de signo
opuesto que la de un electrón.
La energía excedente (1,02 MeV) del equivalente a la masa en reposo de las dos
partículas aparece como energía cinética del par y del núcleo. La «vida» del positrón es
muy corta: del orden de 10-8 segundos. Al final de su periodo se combina con un
electrón libre. Toda la masa de estas dos partículas se convierte entonces en dos fotones
gamma de 0,51 MeV de energía, cada uno.
Frecuentemente la energía de los electrones secundarios (o positrones) producidos en
cualquier de estos tres procesos es suficiente para generar muchas ionizaciones hasta su
conclusión (de los procesos).
En rigor, la absorción exponencial descrita arriba se mantiene sólo para un rango
estrecho de rayos gamma. Si un rayo más ancho pasa a través de un bloque de
hormigón fino, la dispersión en los lados reduce la absorción.
A menudo los rayos gamma ocurren entre otras categorías de radiación, como la alfa y
la beta. Cuando un núcleo emite una partícula α o β, a veces el producto de
desintegración queda excitado y puede saltar a un nivel de energía inferior y emite un
rayo gamma. De igual manera un electrón atómico puede saltar a un nivel de energía
inferior y emite luz visible o radiación ultravioleta.
Esquema de descomposición de 60Co.
Los posibles tipos de radiación electromagnética son: rayos gamma, rayos X, luz
visible y rayos ultravioleta: UV (UVA y UVB). Los UVB son más energéticos. La
única diferencia entre ellos es por la frecuencia, y por lo tanto según la energía de
los fotones, de lo cual resulta que los rayos gamma son los más energéticos. A
continuación se muestra un ejemplo de producción de rayos gamma.
Primero 60Co se descompone en 60Ni excitado:

{\displaystyle{}^{60}{\hbox{Co}}\;\to\;^{60}{\hbox{Ni*}}\;+\;e^{-}\;+\;{\overline {\nu }}_{e}.}


Luego el 60Ni ingresa a su estado fundamental y emite dos rayos gamma consecutivos.

{\displaystyle {}^{60}{\hbox{Ni*}}\;\to \;^{60}{\hbox{Ni}}\;+\;\gamma .}


Estos rayos gamma son de 1,17 MeV y 1,33 MeV, respectivamente.
Otro ejemplo es la descomposición alfa de 241Am, para producir 237Np. Esta
descomposición genera emisión gamma. En algunos casos, esta emisión es bastante
simple, por ejemplo, 60Co/60Ni. En casos como 241Am/237Np y 192Ir/192Pt la
emisión gamma es compleja. Revela que puede existir una serie de distintos niveles de
energía nuclear. El hecho de que en un espectro alfa pueda existir diversidad de picos,
de diferentes energías, refuerza la idea de posibilidad de muchos niveles de energía
nuclear.
Debido a que una descomposición beta emite un neutrino, que a su vez resta energía, en
el espectro beta no existen líneas definidas, sino un pico ancho. Por lo tanto, de una
sola descomposición beta no es posible determinar los diferentes niveles energéticos
del núcleo.
En óptica espectrópica es bien conocido que una entidad que emite luz también puede
absorber luz de la misma longitud de onda (energía del fotón). Por ejemplo un llama
de sodio puede emitir luz amarilla. Además puede absorber luz amarilla de una lámpara
de vapor de sodio. En el caso de los rayos gamma se puede observar en espectroscopia
Mössbauer, donde se puede obtener una corrección por la energía perdida por el
retroceso del núcleo y, mediante resonancia, las condiciones exactas de absorción de
rayos gamma.

Utilización
La potencia de los rayos gamma los hace útiles para esterilización de equipo médico.
Se suelen utilizar para exterminar bacterias e insectos en productos alimentarios tales
como carne, setas, huevos y verduras, con el fin de mantener su frescura.
Debido a la capacidad de penetrar en los tejidos, los rayos gamma o los rayos X tienen
un amplio espectro de usos médicos, como realización de tomografías y estudios de
Medicina Nuclear.5 Sin embargo, por su condición de radiación ionizante, si se afecta
el ADN conllevan habilidad de provocar cambios moleculares que pueden repercutir en
efectos cancerígenos.
A pesar de las propiedades cancerígenas, los rayos gamma también se utilizan
para tratamiento de ciertos tipos de cáncer. En el procedimiento
llamado cirugía gamma-knife, múltiples rayos concentrados de rayos gamma se dirigen
hacia células cancerosas. Los rayos se emiten desde distintos ángulos para focalizar la
radiación en el tumor, a la vez que se minimiza el daño a los tejidos de alrededor.
Los rayos gamma también se utilizan en Medicina nuclear para realizar diagnósticos.
Se utilizan muchos radioisótopos emisores de rayos gamma. Uno de ellos es
el tecnecio 99m: 99mTc. Cuando se le administra a un paciente, una cámara
gamma puede utilizar la radiación emitida para obtener una imagen de la distribución
del radioisótopo. Esta técnica se emplea en diagnosis de un amplio espectro
de enfermedades, por ejemplo en detección de cáncer óseo (de huesos).
CONCLUSIONES:

Los efectos de la radiación ionizante en el cuerpo pueden llegar a ser desde fatales a no causar
daño permanente en el cuerpo, esto depende del tiempo de exposición, distancia y blindaje.
Dependiendo de la fuente de radiación se pueden utilizar distintos materiales para contener las
emisiones radiactivas de los elementos ionizantes y así poder evitar ser irradiados. Debido al
incremento en la utilización de elementos radiactivos ya sea en la industria o en la medicina es
necesario mantenerse bien informados sobre la protección radiológica que debemos tener. En la
medicina tiene diversas aplicaciones como lo son las radiografías, tratamientos para el cáncer,
entre otros, en los cuales se debe tener cuidado de no sobrepasar la dosis recomendada en cada
paciente. Cabe señalar que la radiación ionizante no es posible verla para los seres humanos y
por tal motivo se utilizan instrumentos y equipo que ayuda a la detección de éste mismo, así
como también existen aparatos que permiten saber el tiempo de exposición y cantidad de dosis
recibida. Su utilización en las plantas nucleoeléctricas es de gran utilidad para el aporte de
energía eléctrica a la población sin la necesidad de quemar combustible fósil. Se debe tomar en
cuenta que para la construcción y ubicación de una planta de éste tipo se realizan estudios e
investigaciones rigurosas y exhaustivas a fin de evitar cualquier percance y/o accidente antes,
durante y después de la puesta en marcha; así como también se aplican planes de evacuación en
las zonas cercanas. Es necesario incursionar en educar a la población en general para que
desaparezca el “miedo” a la radiación ionizante, causado por la mala información que
proporcionan los medios, dando mejor y más información al respecto, tanto de los beneficios
como de las consecuencias en su mal manejo, así como también en los procedimientos y
criterios a tomar en cuenta para una mayor seguridad radiológica

BIBLIOGRAFIA

 [Link]
gamma?qid=fecf5259-081e-42de-9e2b-b27a72718fb4&v=&b=&from_search=1

 [Link]/blogs/ciencianuclear/2006/12/01/53391

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 [Link]/2002/buenos_aires/radiacion/[Link]

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 [Link] › Apuntes y monografías

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