Historia y Uso de la Radiactividad
Historia y Uso de la Radiactividad
RADIACTIVIDAD
Y
RADIACIONES ALFA BETA GAMMA
¿Se podrı́a hoy hacer y decir lo mismo? ¿Cree nuestra sociedad que la radiactivi-
dad está prestando trascendentales servicios a la humanidad? Probablemente, el temor y
la creencia de que la radiactividad es algo dañino predominarı́an en la respuesta social.
Sin embargo, no era ignorancia lo que habı́a en tiempos antiguos. El conocimiento de
los daños que puede causar la radiactividad, mal utilizada, es muy temprano, y la pro-
ducción de eritemas en la piel y quemaduras producidas por rayos X es anterior a los
comienzos del siglo xx. Lo que sucedió es que pronto se pudo constatar que las virtudes
de las radiaciones eran muy superiores a sus peligros y que éstos podı́an evitarse con las
debidas precauciones. La importancia de la radiactividad y en particular del radio para
aplicaciones médicas se vio muy pronto, y ya en 1902 se habı́a descubierto el efecto que
la radiación del radio producı́a sobre las células cancerosas. La radiactividad se consideró
un bien para la humanidad, y esta creencia se mantuvo durante toda la primera mitad
del siglo xx.
∗ Académico numerario
† Extraı́do
de la Lección Inaugural del Curso Académico MMIV-MMV de la Universidad de Zaragoza
La segunda guerra mundial fue, sin duda, el factor determinante de la actual pos-
tura de la sociedad ante el fenómeno nuclear. El miedo a las armas nucleares, que, sin
embargo, ha evitado una tercera conflagración mundial, y su asociación, intencionada-
mente provocada, con cualquier fenómeno relacionado con lo radiactivo o nuclear están
en el origen del cambio de opinión. Una falsedad reiteradamente repetida termina por
ser creı́da. Todo lo radiactivo es malo podrı́a ser, en el escueto lenguaje publicitario, la
frase que resumiese el pensamiento o creencia de muchas personas de nuestra sociedad
actual. Entre ellas se encontrarı́an seguramente algunas a las que se les ha curado un
tumor gracias a la radiación, y es evidente que prácticamente a todas se les habrá hecho
más de una radiografı́a.
Tal postura se mantiene por múltiples causas. Una de ellas podrı́a ser la intangibilidad
del fenómeno: la radiactividad no se siente, ninguno de nuestros sentidos es capaz de
detectarla. Otra podrı́a ser el desconocimiento de lo que es la radiactividad y de sus
posibles consecuencias. Y una tercera serı́a el uso intencionado de esa ignorancia para
fines ajenos a la ciencia, por lo general poco claros.
Hay que tener en cuenta que para la mayor parte de la sociedad desarrollada vivimos
en un mundo que podrı́amos considerar casi mágico. Estamos rodeados de aparatos
tecnológicamente sofisticados y casi nadie tiene idea de cómo y por qué funcionan, y lo
que es peor: no hay el menor interés en saberlo. Las personas consideradas cultas tienen
que conocer las grandes obras de la literatura y el arte y a sus autores, pero pueden ignorar
por completo las grandes obras de la ciencia y la tecnologı́a, y no digamos a sus autores.
Por ejemplo, es muy probable que casi nadie sepa quién o quiénes inventaron el transistor,
que obviamente ha influido en el devenir de la humanidad más que la obra pictórica o
literaria que ustedes puedan pensar. La ciencia no se considera cultura, y se deja en un
coto aparte para su cultivo por una minorı́a vocacional. Sin embargo, la ciencia y la
tecnologı́a han invadido por completo nuestra vida cotidiana. En un ambiente social de
este tipo es muy fácil provocar el temor y la desconfianza colectiva hacia equipos, aparatos
o productos de funcionamiento desconocido y cuyos efectos no se sienten de forma directa
o inmediata, como pueden ser, por ejemplo, las antenas de telefonı́a, la radiactividad o
los alimentos transgénicos.
Por cierto, el transistor fue desarrollado por William Shokley, junto con John Bardeen
y Walter Brattain en los laboratorios Bell, en los Estados Unidos, en 1947. Los tres
recibieron por ello el Premio Nobel de Fı́sica en 1956. Bardeen recibió un segundo Premio
Nobel en Fı́sica de 1972 por la teorı́a de la superconductividad.
En España contamos hoy dı́a con nada menos que casi 20 000 instalaciones radiactivas,
de las que en Aragón tenemos 647. El ritmo de crecimiento de estas actividades ha sido
el último año de 364 nuevas instalaciones. Por lo que respecta a las instalaciones nucle-
ares, en España tenemos tres del ciclo nuclear, dedicadas a la producción de elementos
combustibles, concentrados de uranio y almacenamiento de residuos de media y baja ac-
tividad, y siete centrales nucleares con nueve reactores. Su producción en el último año ha
sido de algo más de 63 000 gigavatios/hora, con un precio muy inferior al de cualquier otro
sistema de producción eléctrica y sin emisión de CO2 . Esto supone aproximadamente la
tercera parte de la electricidad que hemos consumido. Un gigavatio/hora es un millón de
kilovatios hora. En el mundo, hay actualmente en funcionamiento 440 reactores nucleares
de producción eléctrica, y, a pesar del llamado parón nuclear, se hallan en construcción 33
nuevas centrales y están previstas otras 69. Nuestros vecinos franceses tienen 59 reactores,
que producen el 78 % de la energı́a que consumen en Francia.
Como ven ustedes, el mundo de la radiactividad es muy dinámico y abarca una amplia
gama de actividades humanas. Respecto a la cuestión de si el uso de la radiactividad
es realmente beneficioso o perjudicial, espero que ustedes puedan establecer su propia
conclusión cuando termine esta disertación.
Hace poco más de cien años, Henry Becquerel descubrió la radiactividad cuando tra-
bajaba con sales de uranio. Noten ustedes que fue un descubrimiento, no una invención.
La radiactividad es un fenómeno natural; está ahı́, existe independientemente de la acción
humana y se encuentra extendida prácticamente por todos los lugares de nuestro planeta.
Esto constituye lo que hoy se denomina radiactividad natural. El hombre ha sido capaz de
producir elementos radiactivos, aunque todos ellos existieron en nuestro planeta y con el
devenir del tiempo se han extinguido. Dichos elementos forman la radiactividad artificial.
Se llama radiactividad ambiental la que se encuentra en el ambiente, por tanto, la que
nos afecta de una manera inevitable y directa. Como veremos más adelante, es de ambos
tipos, tanto natural como artificial.
Cuando se estudió la naturaleza de las partı́culas que emitı́an los núcleos radiactivos, se
encontraron tres tipos distintos, que se denominaron alfa, beta y gamma. La radiactividad
alfa es la emisión por un núcleo de lo que se llamó una partı́cula alfa, que resultó ser un
núcleo de He4 . Este núcleo es uno de los más estables de la naturaleza y está formado
por dos protones y dos neutrones. La radiactividad alfa transmuta el núcleo emisor en
otro elemento quı́mico que tiene dos protones menos, es decir, salta dos lugares hacia la
izquierda en la tabla periódica. Casi todos los núcleos posteriores al plomo son emisores
alfa. La radiactividad beta transforma un neutrón en un protón, emitiendo además un
electrón y un antineutrino. La emisión beta también transmuta el elemento quı́mico,
creando otro con un protón más, es decir, salta un lugar a la derecha. Prácticamente
todos los elementos de la tabla periódica tienen isótopos que son emisores beta. Por
último, la radiación gamma es la emisión de un fotón, y no conlleva la transmutación del
elemento sino un reajuste de los protones o neutrones del núcleo para pasar a un estado
de menor energı́a y, por tanto, más estable. Esta emisión suele acompañar a los procesos
alfa y beta.
Irene Curie y su esposo Frédéric Joliot produjeron por primera vez en 1934 radiac-
tividad artificial al fabricar un núcleo de P30 al bombardear Al27 con partı́culas alfa. El
P30 es radiactivo, no existe actualmente sobre la Tierra y se desintegra con un perı́odo
de unos tres minutos, emitiendo un electrón positivo, en vez de negativo, y un neutrino,
en lugar de un antineutrino. Este proceso, en cierto modo inverso al beta, en el que es
un protón el que se convierte en un neutrón, se denomina beta positivo o beta más. El
matrimonio Joliot- Curie recibió por este descubrimiento el Premio Nobel de Quı́mica en
1935.
¿De dónde proceden los núcleos radiactivos existentes hoy dı́a en la Tierra? La causa
de la variedad de elementos quı́micos de que gozamos, pues en la Tierra se encuentran
todos los elementos quı́micos estables y un buen número de radiactivos, se debe a nuestro
origen. La hipótesis más aceptada, si bien no unánimemente, es que el lugar del Sol estuvo
ocupado por otra estrella, más masiva, que se convirtió en supernova. Una supernova es el
acto final de la vida de una estrella que tenga una masa de varias masas solares. Nuestro
Sol tuvo que nacer de una supernova de tipo II, análoga a la más recientemente estudiada,
conocida como SN1987A, pues las de tipo I no contienen hidrógeno. La estrella original
estaba compuesta esencialmente por hidrógeno, y durante millones de años lo utilizó para
formar helio, en un proceso de fusión en que cada cuatro núcleos de hidrógeno forman
uno de helio liberando energı́a. Nuestro Sol utiliza este mismo mecanismo para generar
su energı́a, y en la Tierra se busca poder efectuar un proceso similar, controlado, como
panacea de la producción energética. Prácticamente, el 90 % de la vida de la estrella
transcurre utilizando este mecanismo. Cuando el hidrógeno del núcleo central se ha
consumido, cesa la producción de energı́a y la gravedad se convierte en fuerza dominante.
El núcleo se contrae y se calienta y, consecuentemente, las capas exteriores de la estrella
se expanden. Éste será el fin de nuestro planeta, pues el Sol se expandirá, dentro de unos
4000 millones de años, hasta alcanzar la órbita de Marte convirtiéndose en una estrella
gigante roja. Cuando el núcleo alcanza la densidad y la temperatura suficiente, comienza
la fusión del helio dando origen a carbono y oxı́geno. La estrella adquiere una estructura
de capas con un núcleo denso y caliente, rodeado exteriormente por una capa de helio, que
a su vez está rodeada por otra capa de hidrógeno. En este estadio la estrella puede perder
una parte de su envoltura exterior, formando una gran nube de gas, fundamentalmente
hidrógeno y helio. Cuando la temperatura de la estrella no puede mantener el resto de
la envoltura, comienza a contraerse y a caer sobre el interior. La estrella se hace mucho
más pequeña y se calienta en el exterior, pasando de roja a azul, con una temperatura en
su superficie de unos 20 000 grados.
El Sol tiene, actualmente, unos 6000 grados. El núcleo, denso y caliente, comienza
a formar neón, sodio y magnesio. El proceso se acelera y cada ciclo tiene una duración
mucho más corta que el anterior. El progreso tan rápido se debe a la extraordinaria
producción de rayos X y gamma, que tiene lugar cuando el núcleo alcanza, con el quemado
del carbono, unos 500 millones de grados. Finalmente, se forman el silicio y el azufre,
que dan origen al hierro, elemento en que acaba la fusión nuclear exoenergética. Una
vez que el núcleo de hierro alcanza su masa crı́tica de una vez y media la masa solar y
su diámetro es aproximadamente la mitad que el terrestre, ocurre la catástrofe. En tan
sólo unas décimas de segundo el núcleo de hierro se colapsa y en la implosión se produce
una gigantesca onda de choque que expande todo el resto de la estrella, que, junto con
un efecto de retroceso, produce la desintegración de todo el sistema. Durante el corto
perı́odo de tiempo en que todo esto sucede se producen enormes cantidades de neutrones,
que dan origen, al interaccionar con los núcleos existentes, a nuevos elementos. En este
proceso de nucleosı́ntesis se originan todos los nucleidos posibles. La mayor parte de ellos
son inestables de perı́odos muy cortos, y los estables y los de vida larga son los que quedan
todavı́a en nuestro entorno. La actividad radiactiva en ese perı́odo es inimaginable, pues la
energı́a que hay en juego es uno o dos órdenes de magnitud superior a la que el Sol liberará
en toda su existencia. En esa nube de desechos rica en todos los elementos quı́micos es
donde se formó nuestro Sol y su sistema solar. Además de estos nucleidos originarios,
la radiación cósmica y la propia radiactividad originan constantemente nuevos isótopos
radiactivos.
¿Cuáles son los efectos que la radiactividad produce al incidir sobre la materia? En
general, produce ionización, libera electrones de los átomos que forman las moléculas,
bien ionizándolas, bien rompiendo enlaces quı́micos, estos electrones se mueven y pierden
energı́a chocando con otros electrones y terminan siendo capturados. El resultado final
se traduce en calor. El efecto fı́sico es, por tanto, un depósito de energı́a en una región
determinada. La magnitud de este depósito depende de la naturaleza de la partı́cula
que incide, de su energı́a y de la naturaleza de la materia. La medida de este efecto
se denomina dosis absorbida, y su unidad es la de la energı́a, el julio, por unidad de
masa, el kilogramo. Se denomina un gray a la dosis necesaria de cualquier radiación sobre
cualquier sustancia tal que deposite un julio en un kilogramo. Ésta es una unidad grande
y se utilizan sus submúltiplos. Ası́, podemos hablar de que una sustancia ha absorbido
una dosis de un miligray. Si se tratase de una persona de 70 kg de peso, la energı́a
absorbida habrı́a sido de un milijulio por kilo, o sea, 70 milijulios, que es una cantidad
ı́nfima comparada con las energı́as que utilizamos en la vida ordinaria. Una taza de café
sin azúcar nos suministra unas 280 calorı́as, que son 1170 julios, un millón de veces mayor
que las energı́as que hay en juego en la radiactividad. Esta pequeñez de la energı́a explica
lo difı́cil que ha sido detectarla y analizarla. Los alquimistas medievales que buscaban la
transmutación no pudieron verla, y la tenı́an ante sus ojos. La actividad que naturalmente
tenemos nos produce una dosis absorbida inferior a la millonésima de gray, y la debida a
la radiactividad ambiental actual apenas alcanza unas milésimas.
Durante 30 años se creyó que el primer reactor nuclear sobre la Tierra habı́a sido la
Pila P1, construida por Enrico Fermi en Chicago en 1942; y todavı́a se sigue creyendo
hoy dı́a por mucha gente que la energı́a de fisión es una invención humana y que no
es natural. No se pensaba que fuese posible que un sistema técnica y aparentemente
tan complejo como un reactor nuclear se pudiese construir por la naturaleza. Pero en
1972 se descubrieron los restos de un reactor nuclear natural de fisión en Oklo (Gabón).
Un equipo francés puso de manifiesto que hace unos 2000 millones de años funcionaron
allı́ al menos seis reactores. Se trata de zonas con una alta concentración de uranio y
agua en las que tuvo lugar un proceso de reacción en cadena sostenida, al igual que en
nuestros reactores nucleares actuales. En aquellos tiempos la abundancia del U235 era
muy superior a la actual, y la criticidad se podı́a obtener con relativa facilidad si la
concentración de uranio era suficientemente elevada. El descubrimiento causó un gran
impacto y se realizaron múltiples investigaciones, e incluso se celebraron dos congresos
monotemáticos organizados por el Organismo Internacional de la Energı́a Atómica de
Viena en 1975 y en 1978. En ellos quedaron claramente establecidos los hechos ocurridos
geológica, geoquı́mica y fı́sicamente. Se pudo establecer la formación de los depósitos de
uranio, las caracterı́sticas que debieron reunir para que el fenómeno hubiese podido tener
lugar y la energı́a que se liberó en el proceso.
En Oklo se han encontrado seis reactores nucleares en una veta de roca sedimentaria
de un grosor comprendido entre 4 y 10 metros que contiene concentraciones de uranio
comprendidas entre el 20 % y el 60 %, mientras que la matriz que la rodea contiene
solamente entre el 0,2 % y el 0,5 %. Los reactores tienen una forma lenticular de un
metro de grueso y entre diez y veinte metros de largo. La reacción ocurrió hace unos 2000
millones de años y estuvieron en funcionamiento durante unos 600 000 u 800 000 años. La
cantidad total de energı́a liberada por el fenómeno de Oklo se puede estimar bastante bien
a partir del uranio consumido, y arroja la impresionante cifra de 500 millones de gigajulios,
aproximadamente la producción durante un año de unas veinte plantas nucleares de última
generación de una potencia de 1000 megavatios eléctricos.
Los efectos biológicos que una determinada dosis tiene en las personas varı́an con la
naturaleza de la radiación y se denominan dosis equivalente. El efecto no es el mismo si
un miligray está producido por partı́culas alfa o por electrones, y además depende de la
energı́a que estas partı́culas tengan. El efecto biológico de la dosis absorbida por las
personas se mide en sieverts. Un sievert es un gray multiplicado por un factor que varı́a
entre 1 y 20, según el tipo y la energı́a de las partı́culas. Por ejemplo, para electrones
este factor es 1 y para partı́culas alfa es nada menos que 20, indicando que el efecto de
estas últimas es veinte veces mayor. Ası́, una persona que recibiese una dosis de 1 gray
de electrones habrı́a recibido 1 sievert; pero si hubiesen sido partı́culas alfa, habrı́an sido
20 sieverts.
De nuevo, el sievert es una unidad grande y se utilizan sus submúltiplos. Cada uno de
los órganos y tejidos de nuestro organismo puede soportar una dosis equivalente distinta,
sin que se detecte efecto biológico alguno. Por ejemplo, la piel puede recibir el doble que
el cuerpo en su conjunto, y las extremidades cinco veces más. Hay, por tanto, establecidas
unas dosis máximas permitidas para cada órgano y también para la totalidad del cuerpo
humano, dosis que se pueden recibir en un tiempo determinado sin que se produzcan
efectos nocivos de ningún tipo.
El Consejo de Seguridad Nuclear tiene establecidas en nuestro paı́s varias redes en-
cargadas de la medida de la radiactividad ambiental. Existe una red de estaciones au-
tomáticas, con medio centenar de estaciones repartidas por todo el territorio nacional que
miden de forma continua la radiactividad global atmosférica tanto del aire como del polvo
en suspensión. Sus resultados se transmiten de forma automática al Consejo en Madrid.
Una segunda red formada por 28 laboratorios, en su mayorı́a universitarios, entre los que
se encuentra el que dirijo en esta Universidad, toma muestras de forma continua y anal-
iza en detalle la composición radiactiva del polvo atmosférico, los aerosoles y el I131 del
aire, el depósito que cae en los suelos, el agua de lluvia y la potable, etc.; los resultados
se envı́an periódicamente al Consejo. Además, estos laboratorios están constantemente
investigando la mejora de los métodos de detección y análisis, ası́ como los de preparación
de las muestras. Los datos que se toman son contrastados por otros centros, y cada cierto
tiempo se efectúan ejercicios de intercomparación, ciegos, para comprobar la precisión y
la mejora de las medidas de los distintos laboratorios. El Centro de Experimentación de
Obras publicas del Ministerio de Fomento se encarga de la medida de la radiactividad
del agua de nuestros rı́os y de nuestras costas, con más de un centenar de puntos de
muestreo. Por último, alrededor de cada una de las instalaciones nucleares existentes en
nuestro paı́s hay una red que determina la radiactividad de aire, suelo, agua de rı́os y
potable, vegetación, animales y alimentos en toda la zona de influencia de la instalación,
que abarca como mı́nimo un radio de 25 km. Cualquier variación significativa en cualquier
parámetro detectado por cualquier punto de cualquier red es inmediatamente detectado,
estudiado y analizado. El Consejo cuenta con un conjunto de inspectores que cumplen
con su misión en todas las instalaciones nucleares y radiactivas. Pueden ustedes estar
tranquilos porque, por lo que respecta a la radiactividad, están muy bien vigilados.
Cuando hablamos de radiactividad lo habitual es que nos refiramos a rayos que contienen
millones o miles de millones de partículas (100 mCi son 3,7 GBq, es decir 3,7 mil millones de
partículas por segundo), de modo que pueden llegar muchas partículas a la vez a una misma
célula y ésta no es capaz de repararse y se muere. También pueden producir muchas roturas en
la molécula de ADN y, al repararse estas rupturas, pueden ocasionarse mutaciones que provocan
que se aparezcan proteínas que no deberían producirse; esto puede alterar el ciclo normal de
muerte celular y producir que la proliferación de células no sea controlada por el organismo,
provocando tumores y hasta cáncer.
Pero la radiactividad también puede tener un efecto positivo sobre el cuerpo humano. Podemos
intentar que los rayos choquen contra las células cancerosas y las destruyan. En realidad es muy
difícil que los rayos sólo choquen contra las células cancerosas y no contra ninguna célula
normal. Aquí entra en juego el hecho de que las células cancerosas están enfermas y se reparan
más difícilmente que las normales y, por lo tanto son más fáciles de destruir.
Que todo aquel que vive en un radio de 20 kilómetros de la planta nuclear de Fukushima (Japón)
abandone la zona y quien se encuentre entre los 20 y 30 km permanezca en el interior de su
casa, con las ventanas y las puertas bien cerradas. Éstas son las medidas que Japón está tomando
para proteger a la población de la radiactividad.
Para conocer con más profundidad las repercusiones que este accidente puede tener sobre la
salud de la población, [Link] ha hablado con el doctor Ferrán-Guedea, presidente de la
Sociedad Española de Oncología Radioterápica y jefe de Oncología Radioterápica del ICO, y
con Eduardo Gallego, profesor del departamento de Ingeniería Nuclear de la Universidad
Politécnica de Madrid y vicepresidente de la Sociedad Española de Protección Radiológica.
Las radiaciones son un tipo de energía que forman parte de la naturaleza. Por ejemplo, gran
parte del material del suelo es uranio y las estrellas también emiten radiación, especialmente el
sol, y esto se nota de forma acusada cuando viajamos en avión. Además de en el medio
ambiente, también se encuentra en aplicaciones artificiales, como la energía nuclear y ciertas
aplicaciones médicas (como la radioterapia para tratar el cáncer o los rayos X).
La radiación es una amenaza que genera un miedo visceral pues no se puede percibir con
ninguno de los sentidos y sólo se puede detectar con dispositivos especiales que muy pocas
personas tienen en sus casas. Sin embargo, oímos permanentemente que la radiación produce
una amplia gama de efectos nocivos que van desde cáncer y esterilidad hasta quemaduras
graves.
La enfermedad por radiación es un término general que se utiliza para describir los daños
causados en el organismo por una gran dosis de radiación. De hecho, el término técnico para la
enfermedad por radiación es “síndrome de radiación aguda” y también se suele hablar de
envenenamiento por radiación.
Hecha esta descripción, es bueno aclarar que la mayoría de los tipos de radiación son
inofensivas, incluso las clases peligrosas no causan enfermedad de radiación a menos que se
reciba una dosis muy grande. De hecho, cualquier tipo de energía emitida es, básicamente,
radiación, como las ondas recogidas por el radio de nuestro auto, el calor desprendido por la
tostadora eléctrica e incluso, la luz emitida por el sol.
El tipo de radiación que causa enfermedad se llama radiación ionizante. La radiación ionizante
tiene una energía más alta y de mayor frecuencia e incluye a la ultravioleta, rayos X y rayos
gamma de energía.
Como su nombre lo indica, es lo suficientemente potente como para ionizar – desprender un
electrón de un átomo que golpea – e incluso puede destruir el núcleo del átomo.
Para la mayoría de nosotros, la radiación ionizante no es algo que tiene que preocuparnos en
nuestra vida cotidiana. Sin embargo, a veces los acontecimientos inesperados pueden hacer que
nuestros temores de enfermedad por radiación dejen de serlo para convertirse en una amenaza
real.
Las partículas alfa son las menos peligrosas, en términos de exposición externa. Cada partícula
contiene un par de neutrones y un par de protones. No pueden penetrar muy profundamente en
la piel y de hecho, la ropa puede detenerlas. Por desgracia, las partículas alfa pueden ser
inhaladas o ingeridas, generalmente en forma de gas radón. Una vez ingeridas pueden ser muy
peligrosas, ya que conducen a la formación de cáncer de pulmón.
Las partículas beta son electrones que se mueven muy rápidamente, es decir, con mucha energía.
Cuando son emitidas por una fuente radiactiva – el núcleo de un átomo moribundo – se
desplazan varios metros pero son bloqueados por la mayoría de los objetos sólidos. Una
partícula beta es aproximadamente 8.000 veces más pequeña que una partícula alfa y esto es lo
que los hace más peligrosas. Su pequeño tamaño les permite penetrar la ropa y la piel. La
exposición externa puede causar quemaduras y daños en los tejidos, junto con otros síntomas de
enfermedad por radiación.
Si el material radiactivo entra en contacto con los suministros de alimentos o de agua o se
dispersa en el aire, la gente puede inhalar o ingerir los emisores de partículas beta sin saberlo. La
exposición interna a partículas beta causa daños mucho más graves que la exposición interna.
Los rayos gamma son la forma más peligrosa de la radiación ionizante. Estos fotones de energía
extremadamente alta pueden viajar a través de la mayoría de lasa formas de materia, ya que no
tienen masa. Se necesitan varios centímetros de plomo y muchos más de concreto para bloquear
con eficacia a los rayos gamma. Si una persona se vé expuesta a ellos, pasan a través de todo el
cuerpo afectando a todos los tejidos, desde la piel hasta la médula ósea. Esto, obviamente causa
un extenso daño sistémico en el organismo.
son los que causan mayor daño a la materia viva, pues llegan con facilidad a los órganos
internos debido a su elevado poder de penetración. Causa quemaduras internas, producen
esterilización y mutación de genes (al atacar al núcleo del ADN, alteran los cromosomas de una
persona), por lo tanto sus descendientes serán anormales o deformes.
Los rayos gamma producen náuseas, vómitos y diarrea, pero si la dosis es alta sobrevendrá la
muerte en cuestión de días. El daño provocado a las células por la radiación gamma es
acumulativo, por lo tanto las dosis pequeñas durante un periodo largo de tiempo pueden ser tan
dañinas como una dosis elevada en una sola vez. Debido a ello, la dosis de la radiación
absorbida por los trabajadores que laboran en centrales o laboratorios nucleares debe ser
registrada cuidadosa y continuamente. Si una persona recibe mucha radiación por un periodo de
tiempo mayor de lo especificado, debe ser retirado temporalmente del lugar.
Los rayos gamma se emplean para destruir las células cancerosas, para ello se emplea el Co-60
mediante la técnica de “baños de cobalto”. Mas adelante, en radioisótopos, veremos otras
aplicaciones de rayos gamma
Cuando hablamos de la cantidad de radiación necesaria para causar enfermedad por radiación,
no hablamos en términos absolutos sino que se analiza la dosis total. Esta dosis se define
tomando en cuenta una serie de factores, como la intensidad de la radiación recibida, el tiempo
de exposición a la fuente y qué tipos de radiación estuvieron involucrados. La unidad de medida
que tiene todos estos factores en cuenta se llama sievert (Sv), y mide la absorción de la energía
radiactiva, multiplicado por un factor de calidad que varía en función de si la radiación medida
son partículas alfa, beta o rayos gamma.
Una dosis de 0,75 Sv puede ser suficiente para inducir la enfermedad por radiación, con náuseas
y un sistema inmune debilitado. Tres sieverts causarán un efecto más grave, aunque no será fatal
si se recibe atención médica. Una dosis instantánea de 10 o más sieverts será fatal, incluso con
asistencia médica. Una dosis en un punto intermedio da una chance de aproximadamente el 50%
de morir en los próximos 30 días. Recordemos que nos estamos refiriendo a una dósis
instantánea y aguda, si la misma dosis se extiende a lo largo de un periodo de tiempo más
prolongado, los efectos serán reducidos.
La enfermedad por radiación se manifiesta inicialmente con síntomas a los pocos minutos u
horas de la exposición con náuseas, diarrea, dolor de cabeza, fiebre e incluso, en casos graves,
pérdida del conocimiento. Las dosis elevadas también provocan quemaduras en la piel. Los
síntomas se presentan más rápidamente cuanto mayor es la dosis de radiación y se desvanecerán
en uno o dos días.
Después sobreviene el período de latencia, un período de calma durante el cual no hay síntomas.
Puede durar varias semanas, aunque cuanto mayor sea la dosis, más corto es el período de
latencia – y con exposiciones por encima de unos 10 Sv, no hay período de latencia.
Desafortunadamente, después del período de latencia, se hace evidente el daño real causado por
la radiación. El mayor perjuicio lo reciben las células y estructuras dentro del cuerpo. La mayor
vulnerabilidad la presenta la médula ósea, donde las células madre producen células sanguíneas.
La médula dañada no puede producir suficientes glóbulos rojos y blancos dejando el cuerpo
anémico y susceptible a las infecciones.
La radiación también daña las células que recubren el sistema digestivo, impidiendo no sólo que
el sistema funcione correctamente sino permitiendo que las bacterias emigren del tubo digestivo
a la sangre, provocando más infecciones.
Otro físico, Luis Slotin, sufrió un accidente similar usando exactamente el mismo núcleo, un año
después. Slotin fue expuesto a una dosis de 21 Sv, que es una cantidad masiva de radiación.
Vomitó inmediatamente y luego sufrió de síntomas horribles durante nueve días, antes de morir.
El incidente que causó la muerte de Slotin fue tan intenso que el aire del laboratorio se convirtió
en ionizado, causando el brillo azul claro de una ola de calor.
Una vez expuestos a la radiación, cómo se trata a los pacientes? El tratamiento se inicia con la
descontaminación si el material radiactivo está todavía presente. La descontaminación externa
consiste en lavar, mientras que la descontaminación interna, si hubo inhalación o ingestión,
requiere del uso de medicamentos especiales.
Además, se tratan los síntomas de manera individual para aliviar el sufrimiento del paciente,
utilizando antibióticos para combatir las infecciones (por cierto que los antibióticos engordan),
ya que el sistema inmunológico está tan debilitado por el daño en la médula ósea. Si la médula
esta dañada ligeramente, las transfusiones de sangre pueden aumentar las probabilidades de
supervivencia. Si el daño de la médula es mayor, sólo un trasplante de médula ósea puede
ofrecer algo de esperanza.
LA RADIACTIVIDAD ESTÁ EN TODAS PARTES
Si bien es cierto que la radiactividad puede ser peligrosa y sus efectos no deben tomarse a la
ligera, también lo es que hay demasiado miedo en la sociedad con respecto a ella, muchas veces
potenciado por el interés de los medios de comunicación en crear noticias sensacionalistas.
La radiactividad no es nada nuevo. Existe desde el origen del universo y está en todas partes: en
el aire que se respira, en los alimentos que se ingieren e incluso el cuerpo es radiactivo. Mientras
estás leyendo esto tu cuerpo está emitiendo radiactividad en todas direcciones, miles de
partículas cada segundo, y te están llegando miles de partículas: del ordenador o la hoja de
papel, del aire, de las paredes, el granito… En España una persona viene a recibir una
radiactividad anual de 2 a 3 mSv (milisieverts).
En la figura siguiente puede verse las principales fuentes de radiación a las que estamos
sometidas diariamente:
Como referencia con nuestro caso, en el momento de salir de la habitación plomada podemos
llegar a emitir como máximo 40 μSv/h a otra persona que esté situada a metro de distancia.
Mientras que lo que cualquier persona recibe de forma natural está en torno a 0,3 μSv/h. Esta es
la razón por la que se nos piden que sigamos unas medidas de radioprotección. Con ellas
salvaguardamos nuestra salud y la de las personas que nos rodean.
En la siguiente figura se muestran los mSv que recibimos con diferentes actividades y cuáles son
los efectos de recibir dosis muy grandes.
Y otra última estrategia para protegerse es dejar que la fuente radiactiva se desintegre.
Recordemos que poco a poco todas las fuentes radiactivas van perdiendo fuerza y acaban
dejando de serlo. Aunque no se nos olvide que ese tiempo puede ser muy lento o muy rápido
dependiendo del tipo de fuente.
Asimismo debemos de tener en cuenta que el riesgo para la salud no sólo depende de la
intensidad de la radiación y la duración de la exposición, sino también del tipo de tejido
afectado y de su capacidad de absorción, por ejemplo, los órganos reproductores son 20 veces
más sensibles que la piel. Y como en tantos otros peligros los niños son más vulnerables.
Algunos tipos de radiación hacen que las sustancias con las que chocan se vuelvan radiactivas.
Sin embargo, este no es el caso del 131I, porque las energías de los rayos beta y gamma que
produce son muy pequeñas. No hay por tanto riesgo de que nuestros objetos cercanos se
conviertan asimismo en focos de radiación.
Y sobre todo para protegernos de la radiación utilicemos el mismo principio de sabiduría que
para todo en la vida: conseguir que la cantidad de radiactividad que recibimos que sea tan baja
como sea razonablemente posible. No podemos ir todo el día con una mampara de plomo
rodeándonos, al igual que no podemos analizar cada uno de los alimentos que comemos o filtrar
todo el aire que respiramos. La radiactividad está en todas partes, incluido dentro de nuestro
cuerpo y sólo debe preocuparnos si recibimos mucha más de la que ya estamos recibiendo cada
momento.
Sin embargo este isótopo también produce un segundo tipo de radiactividad, conocida como
gamma, que puede atravesar fácilmente varios centímetros de tejido. Esta radiactividad es
menos dañina que la anterior, pero puede causar daño en otras partes del cuerpo, así como puede
salir del cuerpo y dañar a personas que están alrededor.
Para destruir las células cancerosas, se administra al paciente una dosis de 131I, en cantidad
suficiente para matar las células, pero causando el menor daño posible al resto del cuerpo u otras
personas. El yodo administrado se acumula principalmente en la tiroides, pero también una
pequeña proporción se absorbe en otras partes, especialmente en las glándulas salivales. Por ello
se recomienda que se beba mucha agua y se tome limón con el fin de provocar enjuagues
bucales que tienen el objetivo de eliminar cuanto antes el yodo de las glándulas salivales.
El 131I se fija rápidamente en las células tiroideas para destruirlas, pero sigue emitiendo
radiactividad durante mucho tiempo: tarda 8 días en reducirse a la mitad. Afortunadamente el
metabolismo del cuerpo expulsa rápidamente el yodo a través de la orina, de manera que en un
día la cantidad de yodo ha disminuido considerablemente. Sin embargo, la eliminación total
tarda algo más y por ello se recomienda tomar medidas de protección razonables durante unos
periodo de tiempo para hacer que la radiactividad que se emite a los que nos rodean sea lo más
baja posible. Aunque como hemos dicho el 131I emite un tipo de radiactividad que es bastante
penetrante, pero no es de las más peligrosas.
Poner un escudo: en el caso del 131I los primeros días necesitas recluirte en una
habitación plomada. Con 8-9 milímetros de plomo se disminuye el efecto de la
radiación de los rayos gamma un factor 10.
Esperar un tiempo hasta que se vaya desintegrando: si bien en el caso del 131I si
se quedara en la tiroides habría que esperar casi tres meses para que su actividad
disminuyera mil veces, afortunadamente la mayoría del yodo se elimina
rápidamente por la orina. Por este motivo, la orina de los primeros días tras el
tratamiento tendrá que permanecer durante un tiempo en un contenedor
blindado. Unos días después la cantidad de yodo que nos queda ha disminuido
enormemente. Tu médico te indicará, dependiendo de la dosis, el tiempo
recomendable durante el que debes mantener las medidas de radioprotección.
Reducir el tiempo que se está cerca de la persona irradiada, al salir de la
habitación se emite menos de 40 μSv/h (0,04 mSv/h) medido a un metro del
pecho. Dado que el riesgo para la salud empieza a partir de los 100 mSv, no
parece un riesgo excesivo salvo que alargues el tiempo a su lado. De hecho lo
que cualquier persona recibe de forma natural en una hora está en torno a 0.3
μSv/h, que es significativamente menor.
Alejarse de la persona irradiada. Con esos mismos datos, en el momento de
salida de la habitación plomada, alejarse 2 metros reduciría la dosis de
irradiación de 40 μSv/h a 10 μSv/h y si te alejas a 3m recibirías 4,4 μSv/h, por
tanto, cuanto mas distancia mas seguro.
Cuidar otras fuentes de radiación. En nuestro caso la radiación beta sigue
haciendo efecto dentro de las células tiroideas durante varios meses pero el resto
del yodo radioactivo del que debemos protegernos y proteger a los demás, se
elimina mediante la orina y los fluidos corporales como la sangre, saliva, sudor o
mucosidad que debes aislar, limpiar o evacuar por separado, además también se
elimina a través de la leche materna al dar de mamar por lo que debes
interrumpir la lactancia si estás en esa situación para no dañar al bebé.
Sabemos que hay tejidos que tienen más capacidad de absorción, como los
órganos reproductivos por lo que tendremos que evitar las relaciones sexuales
durante un tiempo y engendrar un hijo durante al menos 6 meses, aunque es
aconsejable esperar un año después de una dosis terapéutica.
Por ultimo todas estas medidas hay que extremarlas, multiplicando los tiempos y
las distancias en embarazadas y niños, que son más vulnerables a la radiación.
Y no olvides que juntas conseguirán minimizar aún más el efecto de la radiación
en los que te rodean. Cada día que pase, la eliminación natural del radioyodo por
la orina, hará que tu irradiación sobre una persona a dos metros de distancia,
durante una hora sea cada vez menos significativa.
Desintegración alfa
Toxicidad
Al ser relativamente pesadas y cargadas positivamente, el recorrido libre medio de las
partículas alfa es muy corto, y a poca distancia de la fuente pierden rápidamente su energía
cinética. La consecuencia de esto es que en una zona pequeña se deposita gran cantidad de
energía (del orden de un MeV) y, en caso de contaminación interna, incrementa el riesgo
de daño celular.
En general la radiación alfa externa no es peligrosa: pocos centímetros de aire o la delgada
capa de piel muerta de una persona absorben las partículas. Tocar una fuente α suele no
ser dañino, pero -según sea la cantidad incorporada al organismo- su ingestión, inhalación
o introducción en el cuerpo pueden serlo.
La principal fuente natural de radiación alfa que nos afecta en la corteza terrestre es
el radón, gas radiactivo existente en el suelo, el agua, el aire y varios tipos de rocas.1 Al
inhalar este gas, algunos de sus productos de desintegración quedan atrapados en los
pulmones.
A su vez, estos productos continúan desintegrándose y emitiendo partículas alfa, que
pueden dañar las células pulmonares.2
Probablemente la causa de la muerte de Marie Curie -a los 66 años, por leucemia- haya
sido una exposición prolongada a altas dosis de radiación ionizante. Trabajó
frecuentemente con radio, que decae en radón,3 y a su vez se desintegra en otros
elementos radiactivos emisores de rayos beta y gamma.
Se sabe que para el asesinato del disidente ruso Alexander Litvinenko, en 2006, se
utilizó 210Po, que es un radioisótopo emisor alfa.
- Partículas alfa que no aparecen en las placas de Becquerel porque eran fácilmente
absorbidas por las envolventes negro;
- Partículas beta que son 100 veces más penetrantes que las partículas alfa.
Publicó sus resultados en 1899. En 1900 Becquerel midió la relación masa carga (e ∕ m)
para las partículas beta por el método que J.J. Thomson había usado para estudiar los
rayos catódicos e identificar el electrón. Encontró que para una partícula beta e ∕ m era la
misma que la de los electrones de Thomson, y por lo tanto sugirió que la partícula beta
era, de hecho, un electrón.
Son electrones. Los de energías más bajas son detenidoss por la piel, pero la mayoría de los
presentes en la radiación natural pueden atravesarla. Al igual que los emisores alfa, si un
emisor beta entra en el organismo puede producir graves daños.
Una partícula beta (β) es un electrón que sale despedido de una desintegración beta. Por la
ley de Fajans, si un átomo emite una partícula beta, su carga eléctrica aumenta en una
unidad positiva y el número de masa no varía. Esto se debe a que el número de masa o
másico sólo representa el número de protones y neutrones; en este caso el número total no
se ve afectado, ya que un neutrón pasa a ser protón, emitiendo un electrón. Cabe destacar
que el electrón emitido proviene del núcleo del átomo (transformación entre quarks) y no
de un orbital de éste.
Desintegración beta
Decaimiento β- de un núcleo. Se ilustra cómo uno de los neutrones se convierte en
un protón a la vez que emite un electrón (β-) y un antineutrino electrónico.
Cuando esta relación es inestable, algunos neutrones se convierten en protones, o
viceversa. Como resultado de esta mutación, cada neutrón emite una partícula beta y
un antineutrino electrónico o un neutrino electrónico.
La partícula beta puede ser un electrón, en una emisión beta menos (β–), o un positrón, en
una emisión beta más (β+). La diferencia fundamental entre un electrón (β–) y la de un
positrón (β+) con respecto a la partícula beta correspondiente es el origen nuclear de
aquéllos: no se trata de un electrón ordinario expulsado de un orbital atómico.
En este tipo de desintegración, el número de neutrones y protones, o número másico,
permanece estable, ya que la cantidad de neutrones disminuye una unidad y la de protones
aumenta así mismo una unidad. El resultado del decaimiento beta es un núcleo en que el
exceso de neutrones o protones se ha corregido en dos unidades y por tanto resulta más
estable.
Tipos de desintegración β
La desintegración beta se debe a la interacción nuclear débil, que convierte un neutrón en
un protón (desintegración β–), o viceversa (β+), y crea un par leptón-antileptón. Así se
conservan los números bariónico (inicialmente 1) y leptónico (inicialmente 0). Debido a la
aparente violación al principio de conservación de la energía, estas reacciones propiciaron
precisamente que se propusiera la existencia del neutrino.
Desintegración β–
Un neutrón seconvierte en un protón, un electrón y un antineutrino electrónico:
14
6C → 14 7N + e–
Este proceso ocurre espontáneamente en neutrones libres, en el transcurso de 885.7(8) s
de vida media.
Desintegración β+
Un protón deviene en un neutrón, un positrón y un neutrino electrónico:
12Mg → 23 11Na + e+
23
Son los más penetrantes de los tipos de radiación descritos. La radiación gamma suele
acompañar a la beta y a veces a la alfa. Los rayos gamma atraviesan fácilmente la piel y
otras sustancias orgánicas, por lo que puede causar graves daños en órganos internos. Los
rayos X (*) caen en esta categoría –también son fotones– pero con una capacidad de
penetración menor que los gamma.
La radiación gamma o rayos gamma (γ) es un tipo de radiación electromagnética, y por
tanto constituida por fotones, producida generalmente por elementos radiactivos o por
procesos subatómicos como la aniquilación de un par positrón-electrón. También se
genera en fenómenos astrofísicos de gran violencia.
Debido a las altas energías que poseen, los rayos gamma constituyen un tipo de radiación
ionizante capaz de penetrar en la materia más profundamente que la radiación alfa y
la beta. Pueden causar grave daño al núcleo de las células, por lo cual se usan para
esterilizar equipos médicos y alimentos.
La energía de esta naturaleza se mide en megaelectronvoltios (MeV). Un MeV
corresponde a fotones gamma de longitudes de onda inferiores a 10-11 m o a frecuencias
superiores a 1019 Hz.
Los rayos gamma se producen por desexcitación de un nucleón de un nivel o estado
excitado a otro de menor energía y por desintegración de isótopos radiactivos. Se
diferencian de los rayos X en su origen. Estos se generan a nivel extranuclear, por
fenómenos de frenado electrónico. Generalmente la radiactividad se vincula con la energía
nuclear y con los reactores nucleares, aunque existe en el entorno natural: a) rayos
cósmicos, expelidos desde el sol y desde fuera de nuestro sistema solar: de las galaxias;
b) isótopos radiactivos en rocas y minerales.
En general, los rayos gamma producidos en el espacio no llegan a la superficie terrestre,
pues los absorbe la alta atmósfera. Para observar el universo en estas frecuencias es
necesario utilizar globos de gran altitud u observatorios exoespaciales. Para detectarlos, en
ambos casos se utiliza el efecto Compton. Estos rayos gamma se originan por fenómenos
astrofísicos de alta energía, como explosiones de supernovas o núcleos de galaxias activas.
En Astrofísica se denomina GRB (sigla de "gamma ray bursts") a fuentes de rayos gamma
que duran unos segundos o pocas horas, secundados por un brillo decreciente en la fuente
por rayos X durante algunos días. Ocurren en posiciones aleatorias del cielo. Su origen
permanece todavía bajo discusión científica. En todo caso parecen constituir los
fenómenos más energéticos del universo.
Excepcionales son los rayos gamma de energía superior a unos gigaelectronvoltios (GeV,
miles de MeV) que al incidir en la atmósfera producen miles de partículas (cascada
atmosférica extensa), los cuales, como viajan a velocidades cercanas a la lumínica en el
aire, generan radiación de Cherenkov. Esta radiación se detecta en la superficie de la
Tierra mediante un telescopio Cherenkov.
Protección
Para protegerse de los rayos gamma se requiere gran cantidad de masa. Los materiales
de número atómico y densidad altos protegen mejor; y a mayor energía de los rayos el
espesor de la protección debe ser superior. Tales materiales se clasifican según el espesor
necesario para reducir la intensidad de los rayos gamma a la mitad, espesor conocido
como HVL (del inglés half-value layer, capa de valor medio). Por ejemplo los rayos
gamma que requieren 1 cm de plomo para atenuar su intensidad en un 50% también la
disminuyen en igual proporción al atravesar 6 cm de hormigón o 9 cm de tierra compacta.
Coeficiente de absorción total de rayos gamma del plomo (número atómico 82) según
distintas energías de rayos gamma, y contribuciones de los tres efectos. Aquí el efecto
fotoeléctrico domina en energías bajas. A partir de 5 MeV empieza a dominar la creación
de pares.
Cuando un rayo gamma pasa a través de la materia, la probabilidad de absorción en una
capa fina es proporcional al grosor de dicha capa. Esto implica
decrecimiento exponencial de la intensidad.
Utilización
La potencia de los rayos gamma los hace útiles para esterilización de equipo médico.
Se suelen utilizar para exterminar bacterias e insectos en productos alimentarios tales
como carne, setas, huevos y verduras, con el fin de mantener su frescura.
Debido a la capacidad de penetrar en los tejidos, los rayos gamma o los rayos X tienen
un amplio espectro de usos médicos, como realización de tomografías y estudios de
Medicina Nuclear.5 Sin embargo, por su condición de radiación ionizante, si se afecta
el ADN conllevan habilidad de provocar cambios moleculares que pueden repercutir en
efectos cancerígenos.
A pesar de las propiedades cancerígenas, los rayos gamma también se utilizan
para tratamiento de ciertos tipos de cáncer. En el procedimiento
llamado cirugía gamma-knife, múltiples rayos concentrados de rayos gamma se dirigen
hacia células cancerosas. Los rayos se emiten desde distintos ángulos para focalizar la
radiación en el tumor, a la vez que se minimiza el daño a los tejidos de alrededor.
Los rayos gamma también se utilizan en Medicina nuclear para realizar diagnósticos.
Se utilizan muchos radioisótopos emisores de rayos gamma. Uno de ellos es
el tecnecio 99m: 99mTc. Cuando se le administra a un paciente, una cámara
gamma puede utilizar la radiación emitida para obtener una imagen de la distribución
del radioisótopo. Esta técnica se emplea en diagnosis de un amplio espectro
de enfermedades, por ejemplo en detección de cáncer óseo (de huesos).
CONCLUSIONES:
Los efectos de la radiación ionizante en el cuerpo pueden llegar a ser desde fatales a no causar
daño permanente en el cuerpo, esto depende del tiempo de exposición, distancia y blindaje.
Dependiendo de la fuente de radiación se pueden utilizar distintos materiales para contener las
emisiones radiactivas de los elementos ionizantes y así poder evitar ser irradiados. Debido al
incremento en la utilización de elementos radiactivos ya sea en la industria o en la medicina es
necesario mantenerse bien informados sobre la protección radiológica que debemos tener. En la
medicina tiene diversas aplicaciones como lo son las radiografías, tratamientos para el cáncer,
entre otros, en los cuales se debe tener cuidado de no sobrepasar la dosis recomendada en cada
paciente. Cabe señalar que la radiación ionizante no es posible verla para los seres humanos y
por tal motivo se utilizan instrumentos y equipo que ayuda a la detección de éste mismo, así
como también existen aparatos que permiten saber el tiempo de exposición y cantidad de dosis
recibida. Su utilización en las plantas nucleoeléctricas es de gran utilidad para el aporte de
energía eléctrica a la población sin la necesidad de quemar combustible fósil. Se debe tomar en
cuenta que para la construcción y ubicación de una planta de éste tipo se realizan estudios e
investigaciones rigurosas y exhaustivas a fin de evitar cualquier percance y/o accidente antes,
durante y después de la puesta en marcha; así como también se aplican planes de evacuación en
las zonas cercanas. Es necesario incursionar en educar a la población en general para que
desaparezca el “miedo” a la radiación ionizante, causado por la mala información que
proporcionan los medios, dando mejor y más información al respecto, tanto de los beneficios
como de las consecuencias en su mal manejo, así como también en los procedimientos y
criterios a tomar en cuenta para una mayor seguridad radiológica
BIBLIOGRAFIA
[Link]
gamma?qid=fecf5259-081e-42de-9e2b-b27a72718fb4&v=&b=&from_search=1
[Link]/blogs/ciencianuclear/2006/12/01/53391
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[Link]/2002/buenos_aires/radiacion/[Link]
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