El Cofre de Constantina
El Cofre de Constantina
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Sarah 29.09.14
Título original: The Gemini Contenders
Robert Ludlum, 1976
Traducción: María Antonia Menini
Uno a uno los camiones avanzaban penosamente por la empinada carretera bajo la
débil luz que precedía al amanecer de Salónica. Al llegar a la cima, cada uno de ellos
aceleraba un poco la marcha; los conductores estaban deseosos de regresar a la
oscuridad de la carretera de bajada que discurría entre bosques.
No obstante, cada uno de los conductores tenía que controlar su inquietud.
Ninguno de ellos podía permitir que el pie se apartara de un freno o bien pisara un
acelerador más allá de cierto punto; era necesario escudriñar, agudizar la vista,
permanecer alerta ante la posibilidad de una súbita detención o de una inesperada
curva en la oscuridad.
Porque estaba oscuro. Ningún faro delantero aparecía encendido; la columna
viajaba sólo con la grisácea luz de la noche griega en la que unas nubes bajas filtraban
el resplandor de la luna griega.
El viaje era un ejercicio de disciplina. Y la disciplina no era ajena a aquellos
conductores como tampoco lo era a sus acompañantes.
Cada uno de ellos era un sacerdote. Un monje. De la Orden de Jénope, la más
severa fraternidad monástica bajo el control del patriarcado de Constantina. La ciega
obediencia coexistía con la confianza en sí mismos; eran disciplinados hasta la muerte.
En el camión que encabezaba la marcha, el joven monje barbudo se quitó el hábito
bajo el cual llevaba las ropas de un trabajador: una basta camisa y unos pantalones de
tela gruesa. Dobló el hábito y lo guardó en el depósito que había detrás del asiento de
alto respaldo, oculto bajo otras prendas de lona y tela. Habló con el monje enfundado
en su hábito que se sentaba al volante.
—Ya no faltan más que unos ochocientos metros. El tramo de vía corre paralelo a
la carretera a lo largo de unos noventa metros. Al aire libre. Será suficiente.
—¿Estará allí el tren? —preguntó el fornido monje de mediana edad contrayendo
los ojos en la oscuridad.
—Sí. Cuatro vagones de mercancías, un solo maquinista. Ningún fogonero.
Ningún otro hombre.
—En tal caso, tendrás que utilizar la pala —dijo el monje de más edad sin humor
en los ojos.
—Utilizaré la pala —se limitó a replicar el más joven—. ¿Dónde está el arma?
—En la guantera.
El monje enfundado en ropa de trabajador se inclinó hacia adelante y soltó el
pasador del compartimiento con el objeto de abrirlo. Introdujo después la mano en su
interior y extrajo una pesada pistola de gran calibre. El monje separó diestramente la
culata de la cámara, comprobó que hubiera municiones y volvió a acoplar la sólida
pieza de acero con la cámara. El sonido metálico poseía determinación.
—Un poderoso instrumento. Italiano, ¿verdad?
—Sí —repuso el monje de más edad sin ulteriores comentarios, sólo con tristeza
en la voz.
—Me parece adecuado. Y supongo que es una suerte. —El joven se guardó el
arma en el cinto—. ¿Llamarás a su familia?
—Así me lo han ordenado…
Resultó evidente que el conductor deseaba decir algo más pero se contuvo. Apretó
en silencio el volante con más fuerza de la necesaria.
Por unos instantes, la luna se abrió paso entre las nubes nocturnas iluminando la
carretera que discurría entre el bosque.
—Yo solía jugar aquí de niño —comentó el más joven—. Corría por el bosque y
me remojaba en los arroyos… Después me secaba en las cuevas de la montaña y
simulaba tener visiones. Fui feliz en estas colinas. El Señor Dios ha querido que las
volviera a ver. Es compasivo. Y bondadoso.
La luna desapareció. Y una vez más reinó la oscuridad.
Los camiones enfilaron una cerrada curva en dirección oeste; el bosque se fue
haciendo más ralo y, allá a lo lejos, apenas visibles, empezaron a destacarse los postes
de telégrafos como negras flechas, recortándose contra la grisácea noche. La carretera
se enderezó y ensanchó confundiéndose al final con un claro que se extendía a lo
largo de unos cien metros de bosque a bosque. Un llano yermo colocado entre una
miríada de colinas y bosques. En el centro del claro, con su estructura confundida por
la oscuridad, se observaba un tren.
Inmóvil pero no sin movimiento. De la locomotora se elevaban espirales de humo
perdiéndose en la noche.
—En otros tiempos —dijo el joven monje—, los granjeros solían traer aquí sus
ovejas y sus productos agrícolas. Mi padre me decía que siempre había mucho jaleo.
Surgían constantemente peleas acerca de lo que era de unos o de otros. Eran unas
historias muy divertidas… ¡Allí está!
El haz de luz de una linterna apareció en la oscuridad. Describió dos círculos y
después permaneció inmóvil iluminando con su blanco resplandor el último vagón de
mercancías. El monje vestido con ropa de trabajador se sacó una pequeña linterna del
bolsillo de la camisa, la extendió hacia adelante y comprimió el botón por espacio
exactamente de dos segundos. El reflejo del parabrisas del camión iluminó
brevemente la pequeña cabina. Los ojos del joven se dirigieron rápidamente hacia el
rostro de su hermano monje. Vio que su compañero se había mordido el labio. Un
riachuelo de sangre le bajaba por la barbilla hundiéndose en la recortada barba gris.
No había necesidad de hacer ningún comentario.
—Acércate al tercer vagón. Los demás darán la vuelta y empezarán a descargar.
—Lo sé —dijo lacónicamente el conductor.
Giró suavemente el volante hacia la derecha y se dirigió hacia el tercer vagón de
mercancías.
El maquinista, enfundado en un mono de trabajo y tocado con un gorro de piel de
cabra, se acercó al camión mientras el joven monje abría la portezuela y saltaba al
suelo. Ambos hombres se miraron el uno al otro y después se fundieron en un abrazo.
—Estás distinto sin el hábito, Petride. Me había olvidado de cómo eras…
—Vamos, hombre. En cuatro años, de veintisiete que tengo, no es que se cambie
mucho.
—No te vemos muy a menudo. En la familia todos lo decimos.
El maquinista apartó sus grandes y callosas manos de los hombros del monje. La
luna volvió a abrirse nuevamente paso entre las nubes e iluminó el rostro del
ferroviario. Era un rostro fuerte, más próximo a los cincuenta años que a los cuarenta,
surcado por las arrugas que suelen observarse en los hombres que exponen
constantemente su piel al aire y al sol.
—¿Cómo está madre, Annaxas?
—Bien. Un poco más débil cada mes que pasa pero muy activa.
—¿Y tu mujer?
—De nuevo embarazada y esta vez no le hace gracia. Me regaña.
—Y no le falta razón. Eres un viejo perro libidinoso, hermano mío. Me complace
decir que es mejor servir a la Iglesia —dijo el monje echándose a reír.
—Le diré que has dicho eso —replicó sonriendo el maquinista.
Se produjo un instante de silencio antes de que el joven respondiera.
—Sí, díselo.
Después dirigió su atención a la actividad que estaba teniendo lugar en los
vagones de mercancías. Las puertas de carga habían sido abiertas y unas linternas
colgadas en su interior iluminaban lo suficiente como para que pudiera efectuarse la
carga pero no lo bastante como para que todo ello pudiera resultar visible desde el
exterior. Las figuras de los monjes enfundados en sus hábitos empezaron a ir y venir
rápidamente entre los camiones y las puertas portando canastas y cajas de grueso
cartón reforzadas con listones de madera. Sobre cada canasta se observaban en forma
muy conspicua el crucifijo y las espinas de la Orden de Jénope.
—¿La comida? —preguntó el maquinista.
—Sí —repuso el hermano—. Fruta, verdura, cecina, cereales. Las patrullas
fronterizas se quedarán convencidas.
—¿Dónde, pues?
No era necesario mostrarse más explícito.
—En este vagón. Hacia la parte de en medio, debajo de las cajas del tabaco.
¿Tienes a los centinelas apostados?
—En la vía y en la carretera. En ambas direcciones durante más de un kilómetro y
medio. No te preocupes. Antes del amanecer de un domingo sólo vosotros los monjes
y los novicios tenéis trabajo que hacer y lugares adonde ir.
El joven monje contempló el cuarto vagón de mercancías. El trabajo estaba
progresando rápidamente y las canastas estaban siendo amontonadas en su interior.
Todas aquellas horas de práctica estaban demostrando ahora su valor. El monje que
había sido su conductor se detuvo brevemente bajo la amortiguada luz de la linterna
de la puerta de carga con una caja de cartón en las manos. Intercambió una mirada
con el joven y después la apartó centrando de nuevo su atención en la caja que colocó
en el interior del vagón.
El padre Petride se dirigió a su hermano.
—Cuando tomaste el tren, ¿hablaste con alguien?
—Sólo con el director de tráfico ferroviario. Es natural. Tomamos té negro juntos.
—¿Qué te dijo?
—En buena parte, palabras con las que no quisiera ofenderte. En sus documentos
se decía que los vagones serían cargados por los monjes de Jénope en la zona exterior.
No me hizo ninguna pregunta.
El padre Petride contempló el segundo vagón de mercancías que se encontraba a
su derecha. En pocos minutos todo estaría listo y podrían empezar con el tercer vagón.
—¿Quién ha preparado la locomotora?
—Los encargados del combustible y los mecánicos. Ayer por la tarde. Las órdenes
decían que tenía que hacerse muy bien. Las piezas se estropean constantemente. En
Italia se burlan de nosotros… De todos modos, lo he revisado todo personalmente
hace unas horas.
—¿Crees que el director de tráfico debió tener algún motivo para telefonear a la
sección de carga en la que presuntamente teníamos que cargar la mercancía en los
vagones?
—Cuando dejé su torre, estaba casi medio dormido. El horario de la mañana no
empezará… —el maquinista dirigió la mirada hacia el cielo negro grisáceo— hasta por
lo menos dentro de una hora. No hubiera tenido ningún motivo para llamar a nadie a
no ser que los servicios telegráficos hubieran informado de algún accidente.
—Los cables han sido averiados; agua en un borne —dijo el monje rápidamente
como hablando para sus adentros.
—¿Por qué?
—Por si tenías alguna dificultad. ¿No hablaste con nadie más?
—Ni una sola palabra. He recorrido los vagones para asegurarme de que no
hubiera nadie dentro.
—Ya has estudiado nuestro horario. ¿Qué te parece?
El ferroviario silbó suavemente al tiempo que sacudía la cabeza.
—Me parece que estoy sorprendido, hermano mío. ¿Puede algo tan importante…
arreglarse de este modo?
—Nos hemos encargado de arreglarlo todo. ¿Qué me dices del tiempo? Éste es el
factor más importante.
—Si no hay ningún fallo en las vías, la velocidad podrá mantenerse. La policía
fronteriza eslava de Bitola está hambrienta de sobornos y un cargamento griego en
Banja Luka no planteará ninguna dificultad. Tampoco tendremos problemas ni en
Sarajevo ni en Zagreb; andan en busca de cosas más importantes que un cargamento
de comestibles para unos religiosos.
—Me refiero al tiempo, no al soborno.
—Los sobornos son tiempo. Hay que regatear.
—El no regatear resultaría sospechoso. ¿Podremos llegar a Monfalcone en tres
noches?
—Si los planes que has forjado alcanzan el éxito, sí. Si perdiéramos tiempo,
podríamos recuperarlo viajando de día.
—Pero sólo como último recurso. Tenemos que viajar de noche.
—Eres terco.
—Somos precavidos. —El monje volvió a apartar la mirada. Los vagones de
mercancías uno y dos estaban listos y el cuarto estaría cargado antes de que
transcurriera un minuto. El monje se dirigió de nuevo a su hermano—. ¿Piensa la
familia que transportas mercancías a Corinto?
—Sí, a Navpaktos. A los astilleros del estrecho de Patrai. No me esperan hasta
aproximadamente dentro de una semana.
—Hay huelgas en Patrai. Los sindicatos están furiosos. Si te retrasaras algunos
días, lo comprenderían.
Annaxas miró más detenidamente a su hermano. Pareció sorprenderse de los
conocimientos mundanos del joven sacerdote.
—Lo comprenderían —repuso con cierta vacilación—. Tu cuñada lo
comprendería.
—Bien. —Los monjes se habían reunido junto al camión de Petride observando a
éste y aguardando instrucciones—. Me reuniré en seguida contigo en la locomotora.
—De acuerdo —dijo el ferroviario alejándose y mirando a los monjes.
El padre Petride se sacó del bolsillo de la camisa la pequeña linterna en forma de
lápiz y se acercó a los demás monjes que aguardaban junto al camión. Miró al fornido
hombre que había sido su conductor. El monje lo comprendió y se adelantó
apartándose de los demás para reunirse con Petride al otro lado del vehículo.
—Es la última vez que hablamos —dijo el joven sacerdote.
—Que la bendición de Dios…
—Por favor —le interrumpió Petride—. No hay tiempo. Apréndete de memoria
todos los movimientos que se hagan aquí esta noche. Todo. Tiene que reproducirse
exactamente.
—Así se hará. Las mismas carreteras, el mismo orden de los camiones, los mismos
conductores, los mismos documentos al cruzar la frontera en dirección a Monfalcone.
Nada cambiará pero faltará uno de nosotros.
—Es la voluntad de Dios. Para mayor gloria de Dios. Es un privilegio que no
merezco.
La sección de carga del camión se abría mediante dos candados. Petride tenía una
llave; el conductor tenía la otra. Juntos se acercaron a los candados e introdujeron las
llaves. Saltaron los resortes; los candados fueron retirados de las anillas de acero, las
anillas golpearon con fuerza y se abrieron las puertas. Una linterna se colgó en lo alto
de las mismas.
Dentro estaban las cajas con los símbolos del crucifijo y las espinas estarcidos a
sus lados entre los listones de madera. Los monjes empezaron a descargarlas
moviéndose como bailarines… con los hábitos flotando bajo la espectral luz.
Transportaban las cajas hasta la puerta de carga del tercer vagón de mercancías. Dos
hombres saltaron al interior del vagón y empezaron a amontonar las cajas en el
extremo sur.
Varios minutos más tarde ya se había conseguido vaciar medio camión. En el
centro y separada de las demás cajas de cartón se observaba una sola caja envuelta en
un lienzo negro. Era algo más grande que las que contenían productos agrícolas y su
forma no era rectangular sino perfectamente cúbica: noventa centímetros de altura,
noventa de anchura y noventa de profundidad.
Los sacerdotes se dispusieron en semicírculo alrededor de la entrada del camión.
Algunos rayos de la filtrada y blanca luz de la luna se mezclaban con el resplandor
amarillento de la linterna. El efecto combinado de la extraña mezcla de luz, el
cavernoso interior del camión y las figuras enfundadas en los hábitos le recordaron al
padre Petride una catacumba, profundamente excavada en la tierra, en la que se
guardaran las verdaderas reliquias de la cruz.
La realidad no era muy distinta. Sólo que lo que se encontraba sellado en el
interior de la caja de hierro —que de eso se trataba— era infinitamente más
significativo que el petrificado madero de la crucifixión.
Varios monjes habían cerrado los ojos en actitud de plegaria; otros miraban
fijamente, anonadados ante la presencia del sagrado objeto con los pensamientos en
suspenso y su fe acrecentada por lo que ellos creían que se encontraba en el interior
del cofre parecido a una tumba… en sí mismo un catafalco.
Petride les observó sintiéndose distanciado de ellos porque así tenía que ser.
Recordó lo que había ocurrido hacía ya seis semanas a pesar de que a él no le
parecieran más que unas horas. Le habían mandado llamar de los campos y le habían
conducido a los blancos aposentos del superior de Jénope. Le acompañaron ante la
presencia del santísimo padre. Junto al anciano prelado se encontraba únicamente otro
sacerdote.
—Petride Dakakos —había empezado diciendo el santo varón sentado tras su
sólida mesa de madera—, has sido elegido entre todos los demás de Jénope para la
más difícil misión de tu existencia. Para mayor gloria de Dios y conservación de la
sensatez cristiana.
Le habían presentado al segundo sacerdote. Era un hombre de aspecto ascético y
penetrantes ojos. Éste habló despacio y con precisión.
—Somos custodios de un cofre, de un sarcófago, si quieres, que ha permanecido
sellado en una profunda tumba durante más de mil quinientos años. En el interior de
la caja se encuentran unos documentos que, por lo devastador de los escritos que
contienen, dividirían al mundo cristiano. Son la prueba definitiva de nuestras más
sagradas creencias pero su divulgación enfrentaría a religión contra religión, a secta
contra secta y a pueblos enteros entre sí. En una guerra santa… El conflicto alemán se
está extendiendo. La caja debe ser sacada de Grecia dado que su existencia lleva
muchas décadas siendo objeto de rumores. Su búsqueda sería tan minuciosa como
una caza de microbios. Ya se han adoptado disposiciones con el fin de conducirla a un
lugar en el que nadie pueda encontrarla. Debiera decir que se han adoptado casi todas
las disposiciones ya que tú eres el último elemento.
Le habían explicado el viaje. Todas las disposiciones. En toda su gloria. Y temor.
—Entrarás en contacto sólo con un hombre. Savarone Fontini-Cristi, un gran
padrone del norte de Italia que vive en la inmensa finca de Campo di Fiori. Yo mismo
he viajado hasta allí y he hablado con él. Es un hombre extraordinario, de integridad
incomparable y una absoluta entrega a los hombres libres.
—¿Pertenece a la Iglesia católica? —preguntó Petride con incredulidad.
—No pertenece a ninguna Iglesia pero pertenece a todas las Iglesias. Es una fuerza
poderosa para todos los hombres que desean pensar por sí mismos. Es el amigo de la
Orden de Jénope. Él ocultará la caja… Tú y él solos. Y después tú… pero ya
llegaremos a eso; eres el más privilegiado de los hombres.
—Doy gracias a mi Dios.
—Bien puedes hacerlo, hijo mío —dijo el santo padre de Jénope mirándole
fijamente.
—Tenemos entendido que tienes un hermano. Un maquinista de tren.
—En efecto.
—¿Confías en él?
—Con toda mi alma. Es el mejor de los hombres que conozco.
—Mirarás los ojos de Dios —dijo el santo padre— y no vacilarás. En sus ojos
hallarás la perfecta gracia.
—Doy gracias a mi Dios —repitió Petride una vez más.
Sacudió la cabeza y parpadeó en un intento de apartar de su mente aquellas
reflexiones. Los sacerdotes permanecían todavía inmóviles junto al camión; se
escuchaba el murmullo de las plegarias pronunciadas por rápidos labios en la
oscuridad.
No había tiempo para nada más que para el rápido movimiento… para cumplir los
mandatos de la Orden de Jénope. Petride se abrió delicadamente paso entre los
monjes y subió al interior del camión. Sabía por qué le habían elegido. Era capaz de
realizar un trabajo duro; el santo padre de Jénope se lo había dicho con toda claridad.
Había veces en que eran necesarios los hombres como él.
Que Dios le perdonara.
—Venid —les dijo suavemente a los que se encontraban en tierra—. Necesitaré
ayuda.
Los monjes que se encontraban más próximos al camión se miraron vacilantes
unos a otros. Después, uno a uno, cinco hombres subieron al interior del vehículo.
Petride retiró el negro lienzo que cubría la caja. Debajo, el sagrado receptáculo se
encontraba encerrado en la caja de cartón grueso con listones de madera y los
símbolos estarcidos de Jénope. Era en todo idéntica a las demás a excepción del
tamaño y la forma. No obstante, el embalaje era la única similitud. Hicieron falta seis
poderosas espaldas para empujarla hasta el borde de la puerta del camión y
transportarla hasta el vagón de mercancías.
En cuanto la hubieron colocado en su sitio, se reanudó la danzante actividad.
Petride permaneció en el vagón de mercancías arreglando los embalajes de tal forma
que ocultaran el sagrado objeto, confundiéndolo como si fuera uno de tantos. Nada
insólito, nada que llamara la atención.
El vagón de mercancías ya estaba lleno. Petride cerró las puertas y echó el
candado. Miró la esfera de su reloj; toda la operación se había llevado a cabo en ocho
minutos y treinta segundos.
No tenía más remedio que ser así, pensó; a pesar de lo cual se sintió molesto. Sus
compañeros sacerdotes se arrodillaron en el suelo. Un joven —más joven que él, un
vigoroso servo-croata recién salido del noviciado— no pudo evitarlo. Mientras las
lágrimas rodaban por sus mejillas, el joven sacerdote empezó a entonar el canto de
Nicea. Los demás imitaron su ejemplo y Petride se arrodilló también enfundado en sus
ropas de trabajador escuchando las sagradas palabras.
Pero no las pronunció. ¡No había tiempo! ¿Acaso no lo entendían?
¿Qué le estaba ocurriendo? Para apartar sus pensamientos de los santos susurros,
se introdujo la mano en el interior de la camisa y palpó la bolsa de cuero que llevaban
ajustada al pecho con correas. En aquel incómodo y aplanado estuche se encontraban
las órdenes que le conducirían a lo largo de cientos de kilómetros de incertidumbre.
Veintisiete hojas de papel. La bolsa estaba segura; las correas le cortaban la piel.
Una vez finalizada la plegaria, los monjes de Jénope se levantaron en silencio.
Petride permaneció de pie frente a ellos y cada uno de los monjes se fue acercando
para abrazarle con afecto. El último fue el conductor de su camión, su más querido
amigo en la orden. Las lágrimas que asomaban a sus ojos y rodaban por su curtido
rostro decían todo lo que había que decir.
Los monjes regresaron después a toda prisa a los camiones. Petride corrió hacia la
locomotora y subió a la cabina del maquinista. Le hizo una señal a su hermano y éste
empezó a soltar palancas y a girar volantes. Los rechinantes ruidos del metal contra
metal llenaron la noche.
A los pocos minutos, el tren de mercancías ya estaba avanzando a toda velocidad.
Se había iniciado el viaje. El viaje para mayor gloria de un solo Dios Todopoderoso.
Petride se agarró a una barra de hierro que sobresalía de la pared de hierro. Cerró
los ojos y dejó que las martilleantes vibraciones y el soplo del viento al pasar le
adormecieran los pensamientos. Y los temores.
Y entonces abrió los ojos —fugazmente— y vio a su hermano asomado a la
ventanilla con la recia mano derecha sobre el regulador y la mirada dirigida hacia la
vía que tenían por delante.
Annaxas el Fuerte, le llamaban. Pero Annaxas era algo más que fuerte; era bueno.
Cuando murió su padre, fue Annaxas quien se puso a trabajar en los ferrocarriles —
un fuerte muchacho de trece años— las mismas largas y duras horas que dejaban
exhaustos a los hombres adultos. El dinero que Annaxas traía a casa consiguió
mantenerles a todos unidos e hizo posible que sus hermanos y hermanas recibieran
cierta educación escolar. Y uno de los hermanos obtuvo algo más. No para la familia
sino para la mayor gloria de Dios.
El Señor Dios sometía a prueba a los hombres. Y ahora estaba también
sometiendo a prueba.
Petride inclinó la cabeza y las palabras le quemaron el cerebro y le brotaron de la
boca en un susurro que nadie pudo escuchar.
Creo en un solo Dios, Padre Todopoderoso, creador de todas las cosas visibles e
invisibles y en un solo Señor Jesucristo, Maestro, Hijo de Dios, Unigénito del Padre.
Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no
creado…
Llegaron al desviadero de Edhessa; unas manos no autorizadas e invisibles
cambiaron las agujas y el tren de mercancías de Salónica se adentró en la oscuridad
norteña. La policía fronteriza yugoslava de Bitola estaba tan ansiosa de recibir noticias
griegas como de recibir sobornos griegos. El conflicto del norte se estaba extendiendo
rápidamente, los ejércitos de Hitler estaban enloquecidos, los Balcanes estaban a punto
de caer, todo el mundo lo decía. Y los inquietos italianos llenaban las plazas y
escuchaban los gritos de guerra proferidos por el demente de Mussolini y sus
arrogantes fascisti. Por todas partes se hablaba de invasión.
Los eslavos aceptaron varias cajas de fruta —la fruta de Jénope era la mejor de
Grecia— y le desearon a Annaxas mejor suerte de la que ellos pensaban que iba a
tener, sobre todo viajando hacia el norte.
La segunda noche viajaron a toda prisa en dirección norte hacia Mitrovica. La
Orden de Jénope había hecho su trabajo: se había dejado libre una vía por la que no
tenía que pasar ningún tren y los vagones de mercancías de Salónica siguieron hacia el
este en dirección a Sarajevo donde un hombre surgió de las sombras y habló con
Petride.
—En doce minutos se cambiarán las agujas. Se dirigirán ustedes al norte hacia
Banja Luka. De día permanecerán ustedes en los andenes. Están muy abarrotados. Al
caer la noche, alguien se pondrá en contacto con ustedes.
En los abarrotados andenes de carga de Banja Luka, exactamente a las seis y
cuarto de la tarde, se les acercó un hombre enfundado en un mono de trabajo.
—Lo han hecho muy bien —le dijo a Petride—. Según los horarios del director de
tráfico ferroviario, no existen ustedes.
A las seis treinta y cinco se dio una señal; se cambiaron nuevamente las agujas y el
tren de Salónica penetró en la vía de Zagreb.
A medianoche, en los tranquilos andenes de Zagreb, otro hombre emergiendo
también de las sombras le entregó a Petride un alargado sobre de papel grueso.
—Éstos son los documentos firmados por el ministro di Viaggio del Duce. En
ellos se afirma que sus vagones de mercancías forman parte de la Ferrovia de Venecia.
Es el orgullo de Mussolini; nadie la detiene para nada. Se detendrán ustedes en el
apeadero de Sezana y seguirán la Ferrovia procedente de Trieste. No tendrán
dificultades con las patrullas fronterizas de Monfalcone.
Tres horas más tarde se encontraban aguardando en las vías de Sezana con la
enorme locomotora detenida en mínima. Sentado en los estribos, Petride observó a
Annaxas que estaba manipulando válvulas y palancas.
—Eres extraordinario —dijo con toda sinceridad.
—Es una pequeña habilidad —repuso Annaxas—. No hace falta aprenderla en la
escuela, basta con repetirlo una y otra vez.
—Pues, yo creo que es una habilidad extraordinaria. Jamás sería capaz de hacerlo.
Su hermano le miró. El resplandor de los carbones encendidos le iluminaba el
ancho rostro de ojos separados y expresión firme, fuerte y amable. Era un toro de
hombre, aquel hermano suyo. Un hombre honrado.
—Tú serías capaz de hacer cualquier cosa —dijo Annaxas tímidamente—. En tu
cabeza caben pensamientos y palabras que están muy por encima de las mías.
—Eso son tonterías —dijo Petride echándose a reír—. En otros tiempos tú me
dabas una palmada en la espalda y me decías que hiciera mis deberes con más
aplicación.
—Eras joven. De eso hace ya muchos años. Tú te dedicabas a tus libros, vaya si lo
hacías. Eras mejor que los talleres del ferrocarril. Conseguiste librarte de eso.
—Sólo gracias a ti, hermano mío.
—Descansa, Petride. Ambos tenemos que descansar.
Ya no tenían nada en común y la causa de que no tuvieran nada se debía a la
bondad y generosidad de Annaxas. El hermano mayor había facilitado al menor los
medios de escapar, de ser superior a él que era quien le había proporcionado los
medios… hasta que ya no hubo nada en común entre ellos. Lo que hacía que la
realidad resultara insoportable era el hecho de que Annaxas el Fuerte comprendiera el
abismo que ahora les separaba. En Bitola y en Banja Luka también había insistido en
que descansaran y no hablaran. Tendrían muy pocas ocasiones de dormir una vez
cruzaran la frontera en Monfalcone. En Italia no podrían dormir en absoluto.
El Señor Dios sometía a prueba.
En medio del silencio que reinaba entre ambos, en la cabina abierta, bajo el cielo
negro y sobre el oscuro pavimento de abajo, mientras el fuego de la locomotora se
esforzaba incesantemente, Petride experimentó una extraña suspensión del
pensamiento y los sentimientos. Libre de pensamientos y sentimientos como si
estuviera examinando las experiencias de otra persona desde alguna aislada posición
elevada, mirando hacia abajo a través de un cristal. Empezó a pensar en el hombre con
quien se encontraría en los Alpes italianos. El hombre que le había facilitado a la
Orden de Jénope los complicados horarios de transporte a través del norte de Italia.
Los círculos concéntricos que conducían al otro lado de la frontera suiza en forma
imposible de rastrear.
Se llamaba Savarone Fontini-Cristi. Su finca era conocida con el nombre de
Campo di Fiori. Los superiores de Jénope habían dicho que los Fontini-Cristi eran la
más poderosa familia de Italia al norte de Venecia. Y muy posiblemente la más rica al
norte de Roma. Las veintisiete hojas de papel separadas que llevaba en la bolsa de
cuero ajustada a su pecho denotaban, sin duda, poder y riqueza. ¿Quién hubiera
podido facilitarlas si no un hombre extraordinariamente influyente? ¿Cómo habían
llegado los superiores hasta él? ¿Por qué medio? ¿Y por qué un hombre apellidado
Fontini-Cristi, cuyos orígenes debían ser de la iglesia romana, había accedido a prestar
semejante ayuda a la Orden de Jénope?
Las respuestas a tales preguntas rebasaban sus posibilidades, a pesar de lo cual las
preguntas seguían quemándole. Sabía lo que se ocultaba en el interior del cofre de
hierro del tercer vagón de mercancías. Se trataba de mucho más de lo que sus
hermanos sacerdotes suponían.
Mucho más.
Los superiores se lo habían dicho para que lo comprendiera. El más santo de los
apremiantes motivos sería el que le permitiría mirar a los ojos de Dios sin dudas ni
vacilaciones. Y necesitaba aquella seguridad.
Inconscientemente, se introdujo la mano bajo la áspera camisa y palpó la bolsa. Se
le había formado una erupción alrededor de las correas; se notaba la hinchazón en la
rozada superficie de su piel. Pronto se le infectaría. Pero no antes de que los
veintisiete papeles hubieran cumplido su misión. Entonces ya no tendría importancia.
Súbitamente, a cosa de unos ochocientos metros en la vía norte, pudo verse salir
de Trieste la Ferrovia de Venecia. El contacto de Sezana salió corriendo de la torre de
control y les ordenó que la siguieran inmediatamente.
Annaxas avivó el fuego y puso en marcha a la mayor rapidez posible la
locomotora, que había estado funcionando en mínima, y avanzó hacia el norte tras la
Ferrovia en dirección a Monfalcone.
Los guardias fronterizos tomaron el sobre de papel grueso y lo entregaron a su
superior. El oficial gritó con toda la fuerza de sus pulmones que el silencioso Annaxas
reanudara inmediatamente el camino. ¡Prosiga! ¡Los vagones de mercancías formaban
parte de la Ferrovia! ¡El maquinista no tenía que demorarse!
La locura empezó en Legnano cuando Petride le entregó al director de tráfico
ferroviario el primero de los papeles de Fontini-Cristi. El hombre palideció y se
convirtió en el más amable de los funcionarios públicos. El joven sacerdote pudo ver
que el director de tráfico le estaba escudriñando los ojos en un intento de averiguar el
grado de autoridad que Petride representaba.
La estrategia que había maquinado Fontini-Cristi era brillante. Su fuerza residía en
su simplicidad, su poder sobre los hombres se basaba en el temor… en la amenaza de
una inmediata represalia por parte del Estado.
El tren de mercancías griego no era en absoluto un tren de mercancías griego. Era
uno de los trenes de investigación altamente secretos, enviados por el Ministerio de
Transportes de Roma, es decir, por el organismo de inspección general del sistema
ferroviario italiano. Dichos trenes recorrían las vías de todo el país, ocupados por
funcionarios encargados de examinar y evaluar todas las operaciones ferroviarias
redactando posteriormente unos informes que, según algunos, eran leídos por el
propio Mussolini.
El mundo se burlaba de los ferrocarriles del Duce pero, detrás del humor, había
respeto. El sistema ferroviario italiano era el mejor de Europa. Su excelencia se
alcanzaba gracias al tradicional método del estado fascista: secretas valoraciones de
eficiencia elaboradas por investigadores desconocidos. La vitalidad —o ausencia de
ella— de un hombre dependía de las opiniones de los esaminatori. Las retenciones,
los ascensos y los despidos eran a menudo el resultado de unos breves momentos de
observación. Era lógico que, cuando un esaminatore se identificaba, se le prestara una
absoluta colaboración y se le tuviera la máxima confianza.
El tren de mercancías de Salónica era ahora un tren italiano en cuyas placas se
indicaba el destino de Roma. Sus movimientos estaban únicamente sujetos a las
autorizaciones contenidas en los documentos facilitados por los directores de tráfico
ferroviario y las órdenes que figuraban en dichas autorizaciones eran lo
suficientemente grotescas como para haber surgido de las complejas maquinaciones
del mismísimo duce.
Se inició el tortuoso viaje. Fueron pasando ciudades y aldeas —San Giorgio,
Latisana, Motta di Levenza— mientras el tren de mercancías de Salónica avanzaba tras
los furgones y trenes de pasajeros italianos. Treviso, Montebelluna, Valdagno, al oeste
hacia Malcesine junto al lago de Garda; cruzando la vasta extensión de agua sobre el
lento transbordador e inmediatamente hacia el norte en dirección a Breno y Passo
della Presolana.
No se observaba más que una atemorizada colaboración. En todas partes.
Al llegar a Como, terminaron los rodeos y se inició el recorrido directo.
Avanzaron rápidamente hacia el norte y después giraron al sur en dirección a Lugano
bordeando la frontera suiza al sur y nuevamente al oeste hacia Santa Maria Maggiore,
penetrando en Suiza por Saas Fee, donde el tren de mercancías de Salónica recuperó
su identidad a excepción de una leve alteración.
Ésta consistió en la autorización de veinte segundos que Petride guardaba en su
bolsa. Fontini-Cristi había facilitado una vez más la sencilla explicación: la Comisión
de Ayuda Internacional Suiza con sede en Ginebra había concedido a la Iglesia
Oriental el permiso de cruzar la frontera con el fin de facilitar suministros a los
refugiados que se encontraban en las inmediaciones del Val de Gressoney. Lo cual
significaba que las fronteras quedarían muy pronto cerradas para tales trenes de
suministros. La guerra estaba adquiriendo un terrible impulso. Pronto no habría
ningún tren procedente de los Balcanes o de Grecia.
Desde Saas Fee el tren de mercancías se dirigió al sur hacia Zermatt. Era de noche;
aguardaría a que finalizaran todas las operaciones en los andenes de descarga de
mercancías. Entonces se les acercaría un hombre y les confirmaría que se había
efectuado otro cambio de agujas. Tras lo cual realizarían una incursión al sur en
dirección a los Alpes italianos de Champoluc.
A las nueve menos diez apareció un ferroviario en la distancia surgido como de las
sombras y cruzando la sección de mercancías de la estación de Zermatt. Los últimos
metros los recorrió a toda prisa al tiempo que gritaba:
—¡Dense prisa! La vía está libre hacia Champoluc. ¡No hay tiempo que perder!
Las agujas están conectadas con una línea principal, podrían verlas. ¡Lárguense de
aquí!
Una vez más Annaxas se encargó de reducir la enorme presión del fuego del
fuselaje de hierro y de nuevo el tren se perdió en la oscuridad.
La señal la recibirían en las montañas en proximidad de un elevado puerto alpino.
Nadie sabía exactamente dónde.
Sólo Savarone Fontini-Cristi.
Estaba cayendo una ligera nevada que añadía una fina capa al terreno alabastrino
iluminado por la luna. Atravesaron túneles excavados en la roca, dirigiéndose al oeste
y rodeando las montañas con amenazadores y profundos precipicios a su derecha.
Hacía mucho más frío. Petride no se lo había imaginado; no había pensado en la
temperatura. La nieve y el hielo; había hielo en las vías.
Cada kilómetro que recorrían equivalía a diez, cada minuto que pasaba hubiera
podido ser una hora. El joven sacerdote miró a través del parabrisas y vio cómo el haz
de luz del faro del tren reflejaba la nieve que caía. Se asomó al exterior y sólo pudo
ver unos árboles gigantescos elevándose en la oscuridad.
¿Dónde estaba? ¿Dónde estaba el padrone italiano, Fontini-Cristi? Tal vez hubiera
cambiado de idea. ¡Dios misericordioso, no era posible! No podía pensar siquiera en
tales cosas. Lo que transportaban en aquella sagrada urna sembraría el caos en el
mundo. El italiano lo sabía; el patriarcado confiaba ciegamente en el padrone…
A Petride le dolía la cabeza y le martilleaban las sienes. Se acomodó en los
peldaños del ténder, tenía que controlarse. Se miró el reloj. ¡Dios misericordioso!
¡Habían recorrido una distancia excesiva! ¡Dentro de media hora abandonarían las
montañas!
—¡Allí está la señal! —le gritó Annaxas.
Petride se puso en pie de un salto, se inclinó hacia un lado con el corazón
latiéndole con fuerza, asiendo con las temblorosas manos la escala del techo. A cosa
de unos cuatrocientos metros, alguien estaba moviendo una linterna hacia arriba y
hacia abajo y la luz parpadeaba entre la nieve que estaba cayendo.
Annaxas detuvo la locomotora. La máquina rugió como el horno gigantesco que
era. En la nevada distancia iluminada por la luna y ayudado por el haz de luz del único
faro frontal de la locomotora, Petride vio a un hombre de pie junto a un vehículo de
extraña forma en un pequeño claro al borde de las vías. El hombre iba enfundado en
ropa de abrigo con cuello y gorro de piel. El vehículo era un camión y no era un
camión. Las ruedas traseras eran mucho mayores que las frontales, como si
pertenecieran a un tractor. Sin embargo, la cubierta de más allá del parabrisas no era la
de un camión ni la de un tractor, pensó el monje. Parecía otra cosa.
¿Qué era aquello?
Entonces lo comprendió y no pudo evitar esbozar una sonrisa. Había visto cientos
de vehículos como aquél en el transcurso de los últimos cuatro días. Frente a la
extraña cubierta del vehículo podía verse una plataforma de carga verticalmente
controlada.
Fontini-Cristi era un hombre tan ingenioso como los monjes de la Orden de
Jénope. La bolsa que llevaba ajustada al pecho con correas ya se lo había indicado así
a Petride.
—¿Es usted el monje de Jénope?
La voz de Fontini-Cristi era profunda, aristocrática y muy acostumbrada a mandar.
Era un hombre alto y delgado bajo las gruesas prendas alpinas de abrigo con unos
grandes y profundos ojos hundidos en las aquilinas facciones de su rostro. Y era
mucho mayor de lo que Petride había supuesto.
—Lo soy, signore —repuso Petride descendiendo y pisando la nieve.
—Es usted muy joven. Los santos varones le han encomendado a usted una
terrible responsabilidad.
—Hablo el idioma. Sé que lo que hago está bien.
—No me cabe la menor duda —dijo el padrone mirándole fijamente—. ¿Qué otra
cosa le queda a usted?
—¿Acaso no lo cree?
—Yo sólo creo en una cosa, mi joven padre —replicó el padrone—. Sólo hay una
guerra que debe combatirse. No puede haber divisiones entre aquellos que luchan
contra los fascistas. Éste es el alcance de lo que yo creo. —Fontini-Cristi miró
bruscamente hacia el tren—. Venga. No hay tiempo que perder. Debemos regresar
antes de que amanezca. Hay ropa para usted en el tractor. Vaya por ella. Yo daré
instrucciones al maquinista.
—No habla italiano.
—Yo hablo griego. ¡Dese prisa!
El tren de mercancías se encontraba detenido paralelo al tractor. Se colocaron
alrededor del sagrado cofre unas cadenas movidas lateralmente, se tiró del pesado
receptáculo de hierro protegido por listones de madera y éste se pasó a la plataforma
rechinando bajo la tensión. Lo aseguraron con unas tensas correas por encima y con
unas cadenas por delante.
Savarone Fontini-Cristi comprobó que todo estuviera a punto y se mostró
satisfecho. Retrocedió un paso iluminando con la luz de su linterna los símbolos
monásticos estarcidos en la caja de embalaje.
—Al cabo de mil quinientos años sale de la tierra. Para regresar de nuevo a la
tierra —dijo Fontini-Cristi serenamente—. Tierra, fuego y mar. Hubiera debido elegir
estos dos últimos elementos, mi joven sacerdote. El fuego o el mar.
—No es la voluntad de Dios.
—Me alegro de que sea usted tan directo. Ustedes los santos varones jamás dejan
de asombrarme con su sentido del absoluto. —Fontini-Cristi se dirigió a Annaxas
hablándole en perfecto griego—. Adelántese un poco para que pueda borrar las
huellas. Hay un pequeño camino al otro lado del bosque. Regresaremos antes de que
amanezca.
Annaxas asintió. Se sentía incómodo en presencia de un hombre como Fontini-
Cristi.
—Sí, Excelencia.
—No soy tal cosa. Y usted es un estupendo maquinista.
—Gracias —dijo Annaxas turbado dirigiéndose hacia la locomotora.
—¿Este hombre es su hermano? —le preguntó Fontini-Cristi suavemente a
Petride.
—Sí.
—¿No lo sabe?
El joven sacerdote sacudió la cabeza.
—En tal caso necesitará usted a su Dios. —El italiano giró rápidamente sobre sus
talones y se dirigió hacia el asiento del volante del tractor cerrado—. Venga, padre.
Tenemos trabajo que hacer. Esta máquina fue construida para los aludes. Trasladará
nuestro cargamento hasta donde no podría trasladarlo ningún ser humano.
Petride subió al asiento. Fontini-Cristi puso en marcha el poderoso motor y
efectuó expertamente los cambios de marcha. Bajó la plataforma que había frente a la
cubierta para permitir la visibilidad y el vehículo empezó a avanzar vibrando por los
senderos del bosque alpino.
El monje de Jénope se reclinó en su asiento y cerró los ojos disponiéndose a rezar.
Fontini-Cristi maniobró la poderosa máquina a través de los empinados bosques en
dirección hacia los más elevados caminos de las montañas de Champoluc.
—Tengo dos hijos mayores que usted —dijo Fontini-Cristi al cabo de un rato.
Después añadió—: Le estoy conduciendo a usted al sepulcro de un judío. Me parece
lo más adecuado.
Regresaron al claro alpino cuando el negro cielo estaba empezando a adquirir un
matiz grisáceo. Fontini-Cristi contempló al joven Petride mientras éste descendía del
extraño vehículo.
—Ya sabe usted dónde vivo. Mi casa es su casa.
—Todos residimos en la casa del Señor, signore.
—Que así sea. Adiós, mi joven amigo.
—Adiós. Que el Señor le acompañe.
—Él lo quiera.
El italiano puso en marcha el vehículo y se alejó rápidamente por el camino
apenas visible del otro lado de la vía. Petride lo comprendió. Fontini-Cristi no podía
perder ahora ni un minuto. Cada hora que permaneciera lejos de su finca contribuiría
a dificultar las preguntas que tal vez pudieran hacerle. En Italia había muchos que
consideraban a los Fontini-Cristi enemigos del Estado.
Eran vigilados. Todos ellos.
El joven sacerdote corrió a través de la nieve hacia la locomotora. Y hacia su
hermano.
El alba iluminó las aguas del lago Maggiore. Se encontraban en el transbordador
de Stresa; la autorización número veintiséis que Petride llevaba en la bolsa era su
pasaporte. Petride se preguntó qué les aguardaría en Milán si bien comprendía que
ahora ya daba lo mismo.
Ahora todo daba lo mismo. El viaje estaba tocando a su fin.
El santo objeto se encontraba en su lugar de descanso. Pasarían muchos años antes
de que se desenterrara. Tal vez permaneciera enterrado un milenio. No había manera
de poder saberlo.
Avanzaron velozmente en dirección sudeste por la vía principal atravesando
Varese para llegar a Castiglione. No esperaron a que cayera la noche… ya nada
importaba ahora. En las afueras de Varese, Petride vio un letrero bajo la clara luz del
sol italiano.
El Hispano-Suiza blanco de doce cilindros, con su capota color marfil medio abierta
dejando visibles los asientos frontales tapizados en cuero rojo, tomó la curva a toda
velocidad. Abajo, a la izquierda, estaban las invernales aguas azules del lago de Como
y a la derecha, las montañas de Lombardía.
—¡Vittorio! —gritó la muchacha sentada al lado del conductor alisándose con una
mano el rubio cabello despeinado por el viento mientras con la otra se cerraba el
cuello de piel de poney ruso—. ¡Me vas a dejar perdida, cariño!
El conductor esbozó una sonrisa sin apartar los ojos grises de la carretera
iluminada por el sol percibiendo experta y casi delicadamente con sus manos la
vibración del volante color marfil.
—El Suiza es un automóvil mucho mejor que el Alfa-Romeo. El Rolls británico
no se le puede comparar.
—A mí no tienes que demostrármelo, cariño. ¡Dios bendito, no quiero mirar el
velocímetro! ¡Debo de estar hecha un desastre!
—Estupendo. Si tu marido se encuentra en Bellagio, no te reconocerá. Te
presentaré como a una dulce prima mía de Verona.
La muchacha se echó a reír.
—Si mi marido se encuentra en Bellagio, va a ser él quien nos presente a nosotros
a una dulce prima suya.
Ambos se rieron. La curva había terminado, la carretera se había enderezado y la
muchacha se reclinó contra el conductor. Deslizó su mano bajo el brazo de la chaqueta
de ante color beige de éste, abultada a causa del jersey blanco de cuello de cisne, y
restregó brevemente el rostro contra su hombro.
—Has sido un encanto al llamarme. De veras tenía que irme.
—Lo sabía. Anoche lo leí en tus ojos. Te estabas aburriendo de muerte.
—Bueno, ¿y qué? ¿Acaso tú no? ¡Menudo asco de cena! ¡Hablar, hablar y hablar!
Que si la guerra esto, que si la guerra lo otro. Roma sí, Roma no, siempre Benito. ¡Te
digo que estoy de todo hasta la coronilla! ¡Gstaad está cerrado! ¡St. Moritz está lleno
de judíos que reparten dinero a todo el mundo! ¡Montecarlo ha sido un fracaso
absoluto! Los casinos van a cerrar, ¿sabes? Lo dice todo el mundo. ¡Todo es un asco!
El conductor apartó la mano derecha del volante y la acercó al abrigo de la
muchacha. Separó la piel y empezó a acariciarle la parte interior del muslo con la
misma habilidad con que acariciaba el volante color marfil. Ella gimió de placer y
ladeó el cuello acercándole los labios al oído y lamiéndole con la lengua.
—Como sigas así, vamos a acabar en el agua. Sospecho que debe de estar
terriblemente fría.
—Tú has empezado, mi querido Vittorio.
—Ya he terminado —dijo él sonriendo y acercando de nuevo la mano al volante
—. Tardaré mucho tiempo en poder volver a comprarme otro coche como éste. Hoy
en día todo son tanques. Y los tanques dejan muchos menos beneficios.
—¡Por favor! No me hables de guerra.
—No pienso hablarte de eso —dijo Fontini-Cristi echándose nuevamente a reír—.
A no ser que quieras negociar una compra por cuenta de Roma. Puedo venderte lo
que quieras, desde transportadores de cinta a motocicletas y uniformes, si lo deseas.
—Tú no fabricas uniformes.
—Poseemos una empresa que sí los fabrica.
—Lo había olvidado. Fontini-Cristi es propietario de todo lo que hay al norte de
Parma y al oeste de Padua. Por lo menos, eso es lo que dice mi marido. Con una
envidia enorme, claro.
—Tu marido, el conde durmiente, es un pésimo hombre de negocios.
—Pues, él no lo cree así.
Vittorio Fontini-Cristi pisó el freno del alargado automóvil blanco al enfilar una
curva de la carretera que descendía hacia la orilla del lago. A medio camino, en el
promontorio llamado Bellagio, se levantaba la elegante Villa Lario, así llamada según
el nombre del antiguo poeta de Como. Se trataba de un centro de recreo famoso por
su belleza así como por su carácter exclusivo.
Cuando la minoría privilegiada se desplazaba al norte, jugaba en Villa Lario. El
dinero y la familia eran sus métodos de introducción. Los commessi eran
desconfiados, se expresaban con suma cortesía y estaban al corriente de todas las
inclinaciones de la clientela así como de las fechas de todas las reservas. No era nada
insólito que un marido o una esposa, un amante o una amiga recibiera una discreta y
cautelosa llamada telefónica sugiriendo otra fecha de llegada. O bien una rápida
partida.
El Hispano-Suiza viró hacia el aparcamiento de ladrillo azul; dos empleados
uniformados salieron a toda prisa de la garita provista de calefacción y sé situaron a
ambos lados del automóvil abriendo las portezuelas al tiempo que se inclinaban en
una reverencia.
—Bienvenido a Villa Lario, signore —dijo el empleado que le había abierto la
portezuela a Vittorio.
Jamás se decía me-alegro-de-volverle-a-ver-signore.
Jamás.
—Gracias. No llevamos equipaje. Sólo nos vamos a quedar este día. Que le echen
un vistazo al aceite y a la gasolina. ¿Está por aquí el mecánico?
—Sí, signore.
—Que compruebe la alineación. Hay demasiada vibración.
—Desde luego, signore.
Fontini-Cristi descendió del automóvil. Era un hombre alto de más de metro
ochenta de estatura. El cabello liso castaño oscuro le caía sobre la frente. Sus
facciones eran pronunciadas —tan aquilinas como las de su padre— y sus ojos, que
todavía parpadeaban a causa de la brillante luz del sol, eran a un tiempo pasivos y
vigilantes. Se acercó a la blanca cubierta del motor rozando con aire ausente el tapón
del radiador y le dirigió una sonrisa a su acompañante, la condesa d’Avenzo. Juntos
subieron los peldaños de piedra que conducían a la entrada de Villa Lario.
—¿A dónde les dijiste a los criados que te ibas? —preguntó Fontini-Cristi.
—A Treviglio. Eres un entrenador de caballos que quiere venderme un árabe.
Vittorio asintió:
—Recuérdame que te compre uno.
—¿Y tú? ¿Qué has dicho en tu despacho?
—Pues, en realidad, nada. Sólo mis hermanos podrían preguntar por mí; todos los
demás esperan pacientemente.
—Pero tus hermanos no. —La condesa d’Avenzo sonrió—. Eso me gusta. El
importante Vittorio acosado por sus hermanos.
—No lo creas. Mis dulces hermanos menores tienen en total tres esposas y once
hijos. Sus problemas son siempre y constantemente de carácter doméstico. A veces
pienso que soy una especie de árbitro. Lo cual me parece bien. Ello les mantiene
ocupados y alejados de los negocios.
Se encontraban en la terraza del otro lado de las puertas vidrieras que conducían al
vestíbulo de Villa Lario contemplando la vasta extensión del lago y las montañas de la
otra orilla.
—Es hermoso —dijo la condesa—. ¿Has reservado habitación?
—Una suite. En la última planta. Tiene una vista soberbia.
—He oído hablar de ella. Jamás he estado allí arriba.
—Muy pocas personas han estado.
—Me imagino que la debes alquilar por meses.
—En realidad, no es necesario —dijo Fontini-Cristi mirando hacia las puertas
vidrieras—. Resulta que soy el dueño de Villa Lario, ¿sabes?
La condesa d’Avenzo se echó a reír y precedió a Vittorio en dirección al vestíbulo.
—Eres un hombre imposible y amoral. Te haces rico sacándoles dinero a los de tu
misma clase. ¡Santo cielo, podrías someter a chantaje a media Italia!
—Sólo a nuestra Italia, querida mía.
—¡Es suficiente!
—No creas. Por si te tranquiliza, te diré que jamás he tenido que hacerlo. Soy un
simple huésped. Espera aquí, por favor.
Vittorio se acercó al mostrador frontal. El recepcionista enfundado en un smoking
les saludó desde detrás del mostrador de mármol.
—Qué estupendo que haya venido a vernos, signore Fontini-Cristi.
—¿Todo marcha bien?
—Extremadamente bien. ¿Desea usted tal vez…?
—No, no debo —le interrumpió Vittorio—. Supongo que tengo las habitaciones a
punto.
—Pues, claro, signore. Están preparando una cena temprana, tal como usted ha
pedido. Caviar iraní, fiambre de pato, Veuve Clicquot del veintiocho.
—¿Y?
—Flores, naturalmente. El masajista está dispuesto a anular sus demás
compromisos.
—¿Y…?
—No hay complicaciones para la condesa d'Avenzo —añadió rápidamente el
recepcionista—. No se encuentra aquí nadie que pertenezca a su círculo de amistades.
—Gracias.
Fontini-Cristi se volvió para marcharse pero le detuvo el sonido de la voz del
recepcionista.
—¿Signore?
—¿Sí?
—Ya sé que no desea usted ser molestado más que en caso de emergencia pero
han llamado de su despacho.
—¿Han dicho en mi despacho que se trataba de un caso de emergencia?
—Han dicho que su padre estaba tratando de localizarle.
—Eso no es una emergencia. Es un capricho.
—Me parece que este caballo árabe debes ser tú, cariño —dijo la condesa como
reflexionando en voz alta tendida al lado de Vittorio en el lecho de plumas. El edredón
la cubría hasta la desnuda cintura—. Eres maravilloso. Y muy paciente.
—Pero no lo bastante, creo —replicó Fontini-Cristi.
Se incorporó apoyándose en la almohada y contempló a la muchacha mientras
fumaba un cigarrillo.
—No lo bastante —repitió la condesa d'Avenzo volviendo el rostro y mirándole—.
¿Por qué no apagas el cigarrillo?
—Dentro de un rato. Puedes estar segura. ¿Un poco de champán? —preguntó
Vittorio señalando la cubeta de plata que tenía al alcance de la mano sostenida sobre
un trípode.
Introducida entre el hielo picado a medio derretir se observaba una botella
descorchada de champán envuelta en una servilleta de lino.
La condesa le miró jadeando.
—Tú bebe tu champán. Yo beberé el mío.
En rápidos y delicados movimientos, la muchacha se volvió y acercó ambas
manos a la ingle de Vittorio bajo el suave edredón al tiempo que lo levantaba y se
tendía encima de Vittorio. El edredón volvió a caer cubriéndole la cabeza mientras sus
gemidos aumentaban de intensidad y su cuerpo se estremecía.
Los camareros retiraron los platos y la mesa mientras un commesso encendía la
chimenea y preparaba unas copas de coñac.
—Ha sido un día maravilloso —dijo la condesa d’Avenzo—. ¿Podríamos hacerlo
con frecuencia?
—Creo que tendríamos que organizar un horario. Que se ajustara a tu
conveniencia, claro.
—Claro —repitió la muchacha soltando una risa gutural—. Eres un hombre muy
práctico.
—¿Por qué no? Así es más fácil.
Sonó el teléfono. Vittorio lo miró con expresión hastiada. Se levantó del sillón de
frente a la chimenea y cruzó enojado la estancia en dirección a la mesilla de noche.
Descolgó el aparato y contestó en tono molesto.
—¿Sí?
La voz del otro extremo de la línea le resultaba vagamente familiar.
—Soy Tesca. Alfredo Tesca.
—¿Quién?
—Uno de los encargados de las fábricas de Milán.
—¿Que es usted qué? ¿Cómo se atreve a llamar aquí?
¿Quién le ha facilitado este número?
Tesca guardó silencio unos instantes.
—He amenazado la vida de su secretaria, mi joven padrone. Y la hubiera matado
en el caso de que no me lo hubiera indicado. Puede usted despedirme mañana. Soy su
encargado pero ante todo soy un partigiano.
—Está usted despedido. Ahora. ¡A partir de este momento!
—Muy bien, signore.
—No quiero saber…
—¡Basta! —gritó Tesca—. ¡No hay tiempo! Todo el mundo le está buscando. El
padrone está en peligro. ¡Toda su familia está en peligro! ¡Vaya a Campo di Fiori!
¡Ahora mismo! ¡Su padre dice que utilice el camino de las cuadras!
El teléfono se quedó mudo.
¿Pero qué demonios habría hecho su padre? ¿Qué podía haber hecho para darle a
Roma el pretexto que le hacía falta para atacar abiertamente la casa Fontini-Cristi?
Toda su familia está en peligro.
¡Ridículo!
Mussolini cortejaba a los industriales del norte; los necesitaba. Le constaba que la
mayoría de ellos eran viejos de costumbres muy arraigadas y sabía que podría
conseguir más cosas con la miel que con el vinagre. ¿Qué más daba que unos cuantos
Savarones estuvieran jugando a unos estúpidos juegos? Su tiempo ya había pasado.
Aunque, en realidad, no había más que un Savarone. Separado y lejos de los
demás. Se había convertido tal vez en aquello tan terrible que es un símbolo. Con sus
malditos y estúpidos partigiani. Unos lunáticos del demonio que andaban corriendo
por los campos y bosques de Campo di Fiori como si fueran los componentes de una
tribu primitiva cazando tigres y matando leones.
¡Jesús! ¡Cosa de chiquillos!
Bueno, pues, todo aquello iba a terminar. Tanto si era el padrone como si no lo
era, si su padre había ido demasiado lejos y les había metido en dificultades, se verían
las caras. Ya le había dicho claramente a Savarone hacía dos años que, si tomaba las
riendas de los Fontini-Cristi, sería él quien mandara.
Súbitamente Vittorio lo recordó. Hacía dos semanas, Savarone se había ido a
Zurich unos días.
Por lo menos, él había dicho que iba a Zurich. En realidad, la cosa no estuvo muy
clara. Vittorio no había prestado demasiada atención. Pero, en el transcurso de
aquellos días, resultó inesperadamente necesario que su padre firmara varios
contratos. Tan necesario que Vittorio había llamado a todos los hoteles de Zurich en
un intento de localizar a Savarone que no estaba en ninguna parte. Nadie le había visto
y su padre no era hombre que pudiera pasar fácilmente inadvertido.
Cuando regresó a Campo di Fiori, Savarone no quiso decir dónde había estado.
Se mostró enloquecedoramente enigmático diciéndole a su hijo que se lo explicaría
todo al cabo de unos días. Un incidente tendría lugar en Monfalcone y, cuando ello
ocurriera, Vittorio sería informado. Vittorio tenía que ser informado.
¿De qué demonios estaba hablando su padre? ¿De qué incidente en Monfalcone?
¿Qué demonios tenía que ver con ellos cualquier cosa que ocurriera en Monfalcone?
¡Absurdo!
Lo de Zurich, sin embargo, no era absurdo en modo alguno. Los bancos estaban
en Zurich. ¿Habría Savarone manipulado dinero en Zurich? ¿Habría sacado de Italia
extraordinarias sumas de dinero y las habría trasladado a Suiza? Estaban en vigor por
aquel entonces unas leyes muy específicas a este respecto. A Mussolini le hacían falta
todas las liras del país. Bien sabía Dios que la familia disponía de reservas suficientes
en Berna y Ginebra. El capital de los Fontini-Cristi en Suiza no era precisamente
escaso.
Si Savarone había hecho algo, este algo iba a ser su última acción. Si su padre
estaba tan políticamente comprometido, que se fuera a otra parte a hacer proselitismo.
A Norteamérica tal vez.
Vittorio sacudió lentamente la cabeza en gesto de derrota mientras enfilaba con el
Hispano-Suiza la carretera de Varese. ¿Qué estaba pensando? Savarone era…
Savarone. El jefe de la casa Fontini-Cristi. Por mucho talento y experiencia que
tuviera, el hijo no era el padrone.
Utilice el camino de las cuadras.
¿A qué venía aquello? El camino de las cuadras se iniciaba al norte de la finca, a
unos cinco kilómetros de la entrada este. A pesar de lo cual, lo utilizaría; su padre
debía tener sus buenas razones para haberle dado aquella orden. Probablemente tan
absurdas como los estúpidos juegos a los que se entregaba, pero era necesario un
barniz de obediencia filial; el hijo iba a mostrarse muy firme con el padre.
¿Qué había ocurrido en Zurich?
Pasó frente a la entrada principal situada sobre la carretera de Varese y siguió hasta
el cruce con la carretera oeste a unos cinco kilómetros más allá. Giró a la izquierda,
recorrió casi tres kilómetros hasta la entrada norte y giró nuevamente a la izquierda
con el objeto de penetrar en Campo di Fiori. Las cuadras se encontraban a cosa de un
kilómetro de la entrada y el camino no estaba asfaltado. Era más fácil recorrerlo a
caballo porque aquél era el camino utilizado por los jinetes que se dirigían a los
campos y senderos que se hallaban al norte y al oeste del bosque situado en el centro
de Campo di Fiori. El bosque se encontraba detrás de la enorme mansión y estaba
surcado por la ancha corriente que bajaba de las montañas norteñas.
A la luz de los faros vio la figura del viejo Guido Barzini levantando los brazos y
haciéndole señas de que se detuviera. El apergaminado Barzini que se había pasado la
vida al servicio de la casa era algo así como una institución en Campo di Fiori.
—¡Rápido, signore Vittorio! —dijo Barzini a través de la ventanilla abierta—. Deje
el coche aquí. No hay tiempo.
—Tiempo, ¿para qué?
—El padrone ha hablado conmigo hace apenas cinco minutos. Ha dicho que, si
llegaba ahora, le llamara primero desde el teléfono de las cuadras antes de entrar en la
casa. Ya ha pasado casi media hora.
Vittorio miró el reloj del tablero de instrumentos. Eran las diez y veintiocho
minutos.
—¿Qué ocurre?
—¡Dese prisa, signore! ¡Por favor! ¡Los fascistas!
—¿Qué fascistas?
—El padrone. Él se lo dirá.
Fontini-Cristi descendió del automóvil y siguió a Barzini por el camino de piedra
hasta la entrada de las cuadras. Colgados pulcramente de las paredes de la estancia
podían verse bocados, berbiquíes y correajes de cuero rodeando incontables placas y
escarapelas, muestra de la superioridad de los colores Fontini-Cristi. En la pared se
observaba el teléfono que ponía las cuadras en comunicación con la gran residencia.
—¿Qué ocurre, padre? ¿Tienes idea de quién me ha llamado a Bellagio?
—¡Basta! —rugió Savarone a través del teléfono—. Van a llegar de un momento a
otro. Un grupo incursor alemán.
—¿Alemanes?
—Sí. Roma abriga la esperanza de descubrir una reunión de partigiani. No van a
encontrar nada de todo eso, claro. Interrumpirán una cena familiar. ¡Recuérdalo!
Tenías una cena familiar en tu agenda. Te has demorado en Milán.
—¿Qué tienen los alemanes que ver con Roma?
—Te lo explicaré más tarde. Pero recuérdalo…
Vittorio escuchó súbitamente a través del teléfono el rugido de unos poderosos
motores y el chirriar de unos neumáticos. Una columna de automóviles estaba
avanzando en dirección a la casa tras haber penetrado por la entrada este.
—¡Padre! —gritó Vittorio—. ¿Tiene eso algo que ver con tu viaje a Zurich?
Se produjo el silencio. Al final, Savarone habló.
—Es posible. Tienes que quedarte donde estás…
—¿Qué ocurrió? ¿Qué ocurrió en Zurich?
—En Zurich no. En Champoluc.
—¿Qué dices?
—¡Más tarde! Tengo que volver junto con los demás. ¡Quédate donde estás! ¡Que
no te vean! Hablaremos cuando se marchen.
Vittorio escuchó el clic del aparato y se volvió hacia Barzini. El viejo mozo de
cuadra estaba rebuscando en una cómoda llena de correas y taladros. Encontró lo que
buscaba: una pistola y unos gemelos. Sacó ambas cosas y se las entregó a Vittorio.
—¡Venga! —le dijo a éste con furia en los ojos—. Lo observaremos. El padrone
les va a dar una lección.
Echaron a correr por el camino sin asfaltar en dirección a la casa y los jardines que
la rodeaban. Cuando la tierra fue sustituida por asfalto, giraron a la izquierda y
ascendieron por el terraplén que daba a la calzada circular. Se encontraban envueltos
por la oscuridad; toda la zona de abajo aparecía, en cambio, bañada por la luz de los
reflectores.
Tres automóviles avanzaban por la calzada de la entrada este. Eran unos potentes y
alargados vehículos negros; al emerger de la oscuridad, la luz de sus faros fue
absorbida por la de los reflectores que iluminaban con su blanco resplandor toda la
zona. Los vehículos enfilaron la calzada circular derrapando a la izquierda de los
demás automóviles y deteniéndose súbitamente equidistantes unos de otros frente a
los peldaños de piedra que conducían a la sólida puerta de roble de la entrada.
Unos hombres descendieron de los vehículos. Unos hombres vestidos todos
iguales con trajes negros y abrigos negros; unos hombres que portaban armas.
¡Portaban armas!
Vittorio lo observó todo mientras los hombres —siete, ocho, nueve— subían a
toda prisa los peldaños que conducían a la puerta. Un hombre alto que iba delante
asumió el mando; levantó la mano en dirección a los que le seguían y les ordenó que
flanquearan la puerta, cuatro a cada lado. Después tiró con la mano izquierda de la
cadena del timbre empuñando en la derecha una pistola.
Vittorio se acercó los gemelos a los ojos. El rostro del hombre se hallaba vuelto
hacia la puerta pero el arma de su mano podía verse muy bien. Era una Luger
alemana. Vittorio enfocó con los prismáticos a los hombres que se encontraban a
ambos lados de la puerta.
Las armas eran todas alemanas. Cuatro Lugers y cuatro metralletas Bergmann MP
38.
A Vittorio se le revolvió el estómago y se le encendió la mente al observar la
escena con incredulidad. ¿Qué había permitido Roma? ¡Era increíble!
Enfocó los tres automóviles con los prismáticos. En cada uno había un hombre.
Todos ellos se encontraban en sombras y sólo se les podía ver la parte posterior de las
cabezas a través de las ventanillas de atrás. Vittorio se concentró en el automóvil más
próximo y en el hombre que había en su interior.
Éste cambió de posición en su asiento y miró hacia la derecha; la luz de los
reflectores le iluminó el cabello. Lo llevaba muy corto y era entrecano, pero tenía un
mechón de cabello blanco que le nacía de la frente. Algo de aquel hombre le resultaba
familiar —la forma de la cabeza, el mechón de cabello blanco— pero Vittorio no
acertaba a establecer quién era.
Se abrió la puerta de la casa y apareció una sirvienta sorprendida ante la presencia
del hombre de elevada estatura que empuñaba la pistola. Vittorio contempló
enfurecido la escena de abajo. Roma pagaría el insulto. El hombre alto empujó a la
sirvienta a un lado y penetró en la casa seguido del escuadrón de ocho hombres
armados. La sirvienta se perdió entre la falange de cuerpos.
¡Roma lo pagaría muy caro!
Se escucharon gritos procedentes del interior de la casa. Vittorio pudo escuchar el
rugido de su padre y las protestas a gritos de sus hermanos.
Se escuchó un fragor parecido al de una combinación de cristal y madera. Vittorio
fue a sacar la pistola que llevaba en el bolsillo. Advirtió que una poderosa mano le
asía la muñeca.
Era Barzini. El viejo mozo de cuadra sostenía la mano de Vittorio sin dejar de
mirar hacia abajo.
—Son demasiadas armas. No resolvería usted nada —dijo simplemente.
Se escuchó un tercer ruido desde abajo, ahora más cerca. Habían arrancado la hoja
izquierda de la enorme puerta de roble y estaban emergiendo unas figuras. Primero los
niños, perplejos y algunos de ellos llorando de miedo. Después las mujeres, sus
hermanas y las mujeres de sus hermanos. Después su madre levantando la cabeza en
actitud desafiante y con el más pequeño de los niños en brazos. Seguían su padre y
sus hermanos, empujados violentamente por las armas que empuñaban los hombres
vestidos de negro.
Fueron conducidos a la calzada circular. La voz de su padre se elevó por encima
de las demás, exigiendo saber quién era el responsable de aquel ultraje.
Pero el ultraje todavía no había empezado.
Cuando ello ocurrió, la mente de Vittorio Fontini-Cristi se puso en movimiento.
Unos estallidos como de trueno le asordaron y unas llamas como de relámpago le
cegaron. Se inclinó hacia adelante tratando con todas sus fuerzas de librarse de la
presa de Barzini, retorciéndose, girando, intentando desesperadamente librar su cuello
y su mandíbula de la opresión de Barzini.
Porque los hombres vestidos de negro de abajo habían abierto fuego. Las mujeres
se arrojaron sobre los niños y sus hermanos se abalanzaron sobre las armas que
estaban desgarrando la noche con fuego y muerte. Los gritos de terror, dolor y afrenta
crecieron bajo la cegadora luz del lugar de la ejecución. El humo se elevaba; los
cuerpos se quedaban congelados en mitad del aire… suspendidos en sus prendas
empapadas en sangre. Los niños eran partidos por la mitad, las balas desgarraban
bocas y ojos. Fragmentos de carne y cráneos e intestinos saltaban por el neblinoso
aire. El cuerpo de un niño estalló en brazos de su madre. Pero Vittorio Fontini-Cristi
no podía liberarse, no podía actuar por su cuenta.
Un peso muerto le comprimía hacia abajo y una especie como de garra le asfixiaba
y le apretaba la mandíbula inferior impidiendo que brotara ningún sonido de sus
labios.
Y entonces unas palabras atravesaron la cacofonía de los disparos y los gritos
humanos de abajo. La voz era tremenda; los disparos de las metralletas la quebraron
pero no la detuvieron.
Era su padre. Llamándole desde el vacío de la muerte.
—Champoluc… Zurich es Champoluc… Zurich es el río… Champoluuuc…
Vittorio clavó los dientes en los dedos que le llenaban la boca consiguiendo liberar
su mandíbula. Logró sacar la mano —la mano que empuñaba la pistola— y trató de
levantar el arma y disparar hacia abajo.
Pero súbitamente no pudo. El mar de opresión volvió a caerle encima; le
retorcieron dolorosamente la muñeca y tuvo que soltar el arma. La enorme mano que
le había apresado la mandíbula le estaba empujando el rostro contra la fría tierra. Se
notaba en los labios la sangre que le brotaba de la boca mezclándose con la tierra.
Y una vez más se escuchó el horrible grito desde el abismo de la muerte.
—¡Champoluc!
Después todo quedó en silencio.
3
30 de diciembre de 1939
«Champoluc… Zurich es Champoluc… Zurich es el río…»
Las palabras eran confusos gritos de agonía. Los ojos de su mente estaban llenos de la
blanca luz de las explosiones de humo y de los rojos regueros de sangre; sus oídos
escuchaban los gritos de sobrecogida angustia y terror y el ultraje del infinito dolor y
el terrible asesinato.
Había ocurrido. Había sido testigo de la escena de las ejecuciones: hombres
fuertes, niños temblorosos, esposas y madres. Eran los suyos.
¡Oh, Dios mío!
Vittorio ladeó la cabeza y hundió el rostro en la tosca tela del primitivo lecho
mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas. Era tela, no fría y dura tierra. Le
habían trasladado de sitio. Lo último que recordaba era su rostro comprimido con
fuerza contra la dura tierra del terraplén; comprimido e inmovilizado, con los ojos
cegados y los labios llenos de sangre cálida y tierra fría.
Sólo sus oídos fueron testigo de la agonía.
«¡Champoluc!»
¡Madre de Dios, había ocurrido!
Los Fontini-Cristi habían sido asesinados bajo las blancas luces de Campo di
Fiori. Todos los Fontini-Cristi menos uno. Y este uno se lo haría pagar a Roma. El
último Fontini-Cristi le cortaría el rostro al Duce capa a capa; los ojos serían lo último,
el cuchillo penetraría despacio.
—Vittorio. Vittorio.
Escuchó su nombre pero no lo escuchó. Era un susurro, un susurro apremiante, y
los susurros eran sueños de agonía.
—Vittorio.
Volvía a experimentar opresión sobre los brazos; el susurro procedía de arriba, en
la oscuridad. El rostro de Guido Barzini se encontraba a escasos centímetros del suyo,
los tristes ojos del mozo de cuadra brillaban iluminados por un débil haz de luz.
—¿Barzini? —fue lo único que pudo decir.
—Perdóneme. No hubo más remedio, fue el único modo. Hubiera usted sido
asesinado junto con los demás.
—Sí, lo sé. Ejecutado. Pero ¿por qué? En nombre de Dios, ¿por qué?
—Los alemanes. Es lo único que sabemos de momento. Los alemanes querían
muertos a los Fontini-Cristi. Le quieren muerto a usted. Los puertos, los aeropuertos,
las carreteras del norte de Italia están bloqueadas.
—Roma lo ha permitido —dijo Vittorio que todavía percibía el sabor de sangre en
la boca y el dolor en la mandíbula.
—Roma se oculta —dijo Barzini suavemente—. Sólo hablan algunos.
—¿Y qué dicen?
—Lo que los alemanes quieren que digan. Que los Fontini-Cristi eran unos
traidores, asesinados por los suyos. Que la familia ayudaba a los franceses y enviaba
armas y dinero al otro lado de la frontera.
—Absurdo.
—Roma es absurda. Y está llena de cobardes. El confidente ha sido descubierto.
Cuelga desnudo boca abajo en la Piazza del Duomo con el cuerpo acribillado a
balazos y la lengua clavada en la cabeza. Un partigiano ha colocado debajo un letrero
que dice «Este cerdo traicionó a Italia; su sangre mana de los estigmas de los Fontini-
Cristi».
Vittorio ladeó la cabeza. Las imágenes le quemaban; el humo blanco bajo la luz
blanca; los cuerpos suspendidos, bruscamente inmóviles en la muerte; miles de
repentinos coágulos rojos; la ejecución de unos niños.
—Champoluc —murmuró Vittorio Fontini-Cristi.
—¿Decía usted?
—Mi padre. Al morir, mientras le acribillaban a balazos, gritó el nombre de
Champoluc. Algo ocurrió en Champoluc.
—¿Qué significa eso?
—No lo sé. Champoluc se encuentra en los Alpes, en lo alto de las montañas.
«Zurich es Champoluc. Zurich es el río». Eso dijo. Lo gritó al morir. Pero en
Champoluc no hay ningún río.
—No puedo ayudarle —dijo Barzini incorporándose con los inquisitivos ojos
llenos de angustia al tiempo que se frotaba torpemente las grandes manos—. No hay
mucho tiempo para detenerse en ello ni para pensar. Ahora no.
Vittorio contempló al corpulento y turbado bracero sentado en el borde de la
primitiva cama. Se encontraban en una habitación de paredes de madera. A unos tres
o cuatro metros había una puerta entreabierta, pero no ventanas. Había otras muchas
camas, no sabía cuántas. Era un barracón de obreros.
—¿Dónde estamos?
—Al otro lado del lago Maggiore, al sur de Baveno. En una granja de cabras.
—¿Cómo llegamos hasta aquí?
—Ha sido un desplazamiento muy accidentado. Los hombres de la orilla del río
nos acompañaron en automóvil. Se reunieron con nosotros en un automóvil muy
rápido en la carretera situada al oeste de Campo di Fiori. El partigiano de Roma
conoce los medicamentos. Le administró a usted una inyección hipodérmica.
—¿Me has llevado tú desde el terraplén hasta la carretera oeste?
—Sí.
—Pero si es una distancia de más de un kilómetro y medio.
—Tal vez. Es usted alto pero no pesa mucho —dijo Barzini levantándose.
—Me has salvado la vida.
Vittorio apoyó las manos en la áspera manta, se incorporó y descansó la espalda
contra la pared.
—La venganza no se consigue con la propia muerte.
—Lo comprendo.
—Ambos tenemos que viajar. Usted lejos de Italia y yo a Campo di Fiori.
—¿Vas a volver?
—Es el lugar en el que podré ser más útil. En el que podré causar más daño.
Fontini-Cristi contempló por unos instantes a Barzini. Con cuánta rapidez se
convertía lo inimaginable en una realidad práctica. Con cuánta rapidez reaccionaban
salvajemente los hombres a las salvajadas; y cuán necesaria era aquella reacción. Pero
no había tiempo. Barzini tenía razón; lo de pensar ya vendría más tarde.
—¿Hay alguna manera de que pueda salir del país? Has dicho que todo el norte de
Italia estaba bloqueado.
—Todas las rutas habituales. Es una caza al hombre organizada por Roma y
dirigida por los alemanes. Hay otros medios. Los británicos le ayudarán, me dicen.
—¿Los británicos?
—Eso han dicho. Han estado en las radios de los partigiani toda la noche.
—¿Los británicos? No lo entiendo.
El vehículo era un viejo camión de granja con muy malos frenos y un embrague
escurridizo pero resultaba adecuado para circular por las mal asfaltadas carreteras
secundarias. No podía compararse con las motocicletas o los automóviles oficiales,
pero era excelente para desplazarse de un lugar a otro de la campiña… un camión más
de los que trasladaban cabezas de ganado en la inclinada caja abierta de la parte de
atrás.
Al igual que el conductor, Vittorio iba enfundado en las sucias y sudorosas
prendas manchadas de estiércol propias de un trabajador del campo. Le habían
facilitado una sucia y mutilada tarjeta de identidad según la cual se llamaba Aldo
Ravena, antiguo soldato semplice del ejército italiano. Podía suponerse que su
instrucción había sido mínima. Cualquier conversación que mantuviera con la policía
tendría que ser sencilla, descortés y un tanto hostil.
Se habían puesto en camino al amanecer dirigiéndose al suroeste hacia Turín
donde se habían desviado al sureste en dirección a Alba. Si no se producía ninguna
interrupción grave, llegarían a Alba hacia el anochecer.
En un café de la plaza mayor de Alba, el San Giorno, establecerían contacto con
los británicos, dos agentes enviados por el MI6. Su labor consistiría en conducir a
Fontini-Cristi hasta la costa cruzando las patrullas que guardaban cada kilómetro
costero desde Génova a San Remo. Personal italiano, eficiencia alemana, le habían
dicho a Vittorio.
Aquella zona de la costa del golfo de Génova estaba considerada como la más
propicia para las infiltraciones. Durante años había sido la principal ruta de los
contrabandistas corsos. En realidad, la Unio Corso consideraba como propias aquellas
playas y escolleras. Afirmaban que aquella costa era el suave vientre de Europa y la
conocían palmo a palmo.
Cosa que a los británicos les parecía muy bien dado que tenían contratados a los
corsos que solían ponerse al servicio del mejor postor. La Unio Corso ayudaría a
Londres a pasar a Fontini-Cristi a través de las patrullas y a trasladarlo por mar hasta
un lugar de reunión previamente establecido al norte de Rogliano en la costa corsa
donde un submarino de la Marina Real emergería del agua y le recogería.
Ésta era la información que le habían facilitado a Vittorio… los lunáticos del
demonio de quienes él se había burlado calificándolos de niños que jugaban a juegos
primitivos. Los indómitos y fogosos hombres que habían formado una insostenible
alianza con hombres como su padre le habían salvado la vida. Le estaban salvando la
vida. Unos huesudos y fanáticos campesinos que mantenían contacto con los lejanos
británicos… lejanos y no tan lejanos. No más lejanos que Alba.
¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué demonios estaban haciendo los ingleses? ¿Por qué lo
estaban haciendo? ¿Qué estaban haciendo unos hombres a los que apenas conocía y
con los que apenas había cruzado en su vida unas palabras —como no fuera para
dirigirles alguna orden y hacer caso omiso de ellos—, qué estaban haciendo? ¿Y por
qué? No era su amigo; tal vez no fuera un enemigo pero ciertamente que no era un
amigo.
Éstas eran las preguntas que aterraban a Vittorio Fontini-Cristi. Una pesadilla que
estallaba en luz blanca y muerte y él ni siquiera se mostraba capaz de imaginarse —y
tan siquiera de querer— su propia supervivencia.
Se encontraban a unos trece kilómetros de Alba en un tortuoso camino sin asfaltar
que discurría en sentido paralelo a la autopista principal de Turín. El conductor
partigiano estaba cansado y tenía los ojos inyectados en sangre a causa de la larga
jornada de cegadora luz del sol. Las primeras sombras del anochecer le estaban
gastando bromas con la vista; era evidente que le dolía la espalda como consecuencia
de la prolongada tensión. A excepción de las escasas paradas que habían efectuado
para llenar el depósito de gasolina, no había abandonado el asiento. El tiempo revestía
una importancia vital.
—Déjeme conducir un rato.
—Ya casi hemos llegado, signore. No conoce usted el camino. Yo sí. Penetraremos
en Alba por el este, por la carretera de Canelli. Es posible que haya soldados en los
límites municipales. Recuerde lo que tiene que decir.
—Lo menos posible, creo.
El camión se adentró en el escaso tráfico de Via Canelli avanzando a la misma
velocidad que los demás vehículos. Tal como el conductor había previsto, había dos
soldados en el punto que señalaba el límite municipal.
Por alguna razón de las muchas que podía haber, le hicieron señas al conductor de
que se detuviera. Éste desvió el vehículo de la carretera acercándolo al antepecho de
arena y esperó. Un sargento se acercó a la ventanilla del conductor mientras un
soldado raso permanecía silenciosamente junto a la ventanilla de Fontini-Cristi.
—¿De dónde son ustedes? —preguntó el sargento.
—De una granja del sur de Baveno —contestó el partigiano.
—Han venido de muy lejos para una entrega tan pequeña. Cuento cinco cabras.
—Son de cría. Estos animales son mucho mejores de lo que parece. Diez mil liras
los machos y ocho mil las hembras.
El sargento arqueó las cejas pero no sonrió al hablar.
—No creo que valga usted tanto, paisan. Su identificación.
El partisano se metió la mano en el bolsillo posterior y sacó una vieja cartera de la
que extrajo un carnet estatal entregándoselo al soldado.
—Aquí dice que usted es de Varallo.
—Soy de Varallo pero trabajo en Baveno.
—Al sur de Baveno —le corrigió el soldado fríamente—. Usted —dijo el sargento
dirigiéndose a Vittorio—. Su identificación.
Fontini-Cristi se metió la mano en el bolsillo rozando la culata de la pistola y sacó
la tarjeta entregándosela al conductor que, a su vez, se la entregó al soldado.
—¿Ha estado usted en África?
—Sí, sargento —repuso Vittorio con descaro.
—¿En qué cuerpo?
Fontini-Cristi guardó silencio. No tenía respuesta. Sus pensamientos se agitaron en
un intento de recordar algún número o nombre que se hubiera mencionado en alguna
noticia.
—El Séptimo —contestó.
—Ya veo —dijo el sargento devolviéndole la tarjeta; Vittorio respiró aliviado pero
su alivio fue de muy corta duración. El soldado tomó la manija de la portezuela, tiró
de ella hacia abajo y abrió rápidamente la portezuela—. ¡Bajen! ¡Los dos!
—¿Cómo? ¿Por qué? —protestó el partigiano con voz quejumbrosa—. ¡Tenemos
que efectuar la entrega esta noche! ¡Apenas tenemos tiempo!
—Bajen —el sargento había sacado del estuche de cuero su revólver del ejército y
estaba apuntando a ambos hombres—. ¡Hágale salir! ¡Y apúntele!
Vittorio miró al conductor. Los ojos del partisano le dijeron que hiciera cuanto se
le ordenaba. Pero que estuviera alerta, dispuesto a moverse; los ojos del hombre
también le dijeron eso.
Una vez fuera del camión y ya pisando la arena del antepecho, el sargento ordenó
a ambos hombres que echaran a andar en dirección a la caseta de guardia que se
levantaba junto a un poste telefónico. Un hilo telefónico colgaba de una caja de
conexiones y llegaba hasta el tejado del pequeño edificio; la pequeña puerta del mismo
aparecía abierta.
El tráfico de la Via Canelli se había intensificado; o, por lo menos, a Fontini-Cristi
así se lo pareció. La mayoría de los vehículos eran automóviles particulares entre los
que se mezclaba algún que otro camión no muy distinto al camión de granja que ellos
llevaban. Varios conductores aminoraron visiblemente la marcha al ver a los dos
soldados con las armas a punto custodiando a los dos civiles en dirección a la caseta
de guardia. Posteriormente, los conductores aceleraron, deseosos de alejarse de allí
cuanto antes.
—¡No tiene usted derecho a detenernos! —gritó el partisano—. No hemos hecho
nada ilegal. ¡No es ningún crimen ganarse la vida!
—Pero sí es un crimen facilitar falsa información, paisan.
—¡No le hemos facilitado falsa información! Somos trabajadores de Baveno y
¡por la Madre de Dios que es verdad!
—Ándese con cuidado —dijo el soldado en tono sarcástico—. Añadiremos el
sacrilegio a las acusaciones. ¡Entren!
La caseta de guardia situada al borde de la carretera resultaba todavía más pequeña
de lo que parecía vista desde la Via Canelli. No debía de medir más de metro y medio
de ancho por metro ochenta de largo. Apenas había sitio para los cuatro hombres. La
mirada de los ojos del partisano le dijo a Vittorio que aquel reducido espacio
constituía una ventaja.
—Regístreles —ordenó el sargento.
El soldado raso apoyó el rifle en el suelo con el cañón hacia arriba. Entonces el
partisano hizo una cosa muy extraña. Cruzó los brazos sobre el pecho en ademán
protector como si se tratara de un gesto consciente de desafío. Sin embargo, aquel
hombre no iba armado; se lo había dicho con toda claridad a Fontini-Cristi.
—¡Nos van a robar! —gritó el partisano con más fuerza de la necesaria mientras
sus palabras resonaban en la caseta de madera—. ¡Los soldados roban!
—A nosotros no nos interesan sus liras, paisan. Circulan vehículos más
impresionantes por la carretera. Aparte las manos de la chaqueta.
—¡Hasta en Roma dan razones! ¡El propio Duce dice que a los trabajadores no
hay que tratarles así! ¡Yo he desfilado con la guardia fascista, mi acompañante ha
servido en África!
¿Qué estaba haciendo aquel hombre?, pensó Vittorio. ¿Por qué se comportaba
de aquel modo? Lo único que conseguiría sería enfurecer a los soldados.
—¡Me está usted agotando la paciencia, cerdo! Buscamos a un hombre de
Maggiore. Todos los controles de las carreteras buscan a este hombre. Les hemos
detenido porque la placa de su matrícula es del distrito de Maggiore… ¡Arriba las
manos!
—¡Baveno! ¡No Maggiore! ¡Somos de Baveno! ¿Dónde están las mentiras?
El sargento miró a Vittorio.
—Ningún soldado de África dice que ha estado en el Séptimo Cuerpo. Se cubrió
de ignominia.
Apenas había terminado cuando el partisano gritó la orden.
—¡Ahora, signore! ¡Tome al otro!
La mano del conductor bajó súbitamente hacia el revólver del sargento a escasos
centímetros de su estómago. El carácter repentino de la acción y el atronador rugido
de la voz del partisano resonando en la pequeña estancia ejerció un efecto parecido al
de una inesperada colisión. Vittorio no tuvo tiempo de mirar; pensó únicamente que
ojalá su compañero supiera lo que estaba haciendo. El soldado raso había agarrado el
rifle con la mano izquierda sobre el cañón y la derecha sobre la culata. Fontini-Cristi
se abalanzó sobre el hombre aplastándole contra la pared y apoyando ambas manos
sobre el costado de su cabeza al tiempo que se la golpeaba con fuerza contra la dura
superficie de madera. Al soldado se le cayó el gorro; la sangre le empapó
inmediatamente la raíz del cabello y empezó a cubrir toda la cabeza del hombre, que se
desplomó al suelo.
Vittorio se dio la vuelta. El sargento se encontraba acorralado en un rincón de la
diminuta caseta y el partisano le estaba golpeando con su propia pistola. El rostro del
soldado era una masa espantosa de carne desgarrada, sangre y piel arrancada.
—¡Rápido! —gritó el partisano mientras el sargento caía—. ¡Traiga el camión
hasta aquí! Directamente frente a la puerta; introdúzcalo entre la carretera y la caseta.
Mantenga el motor en marcha.
—Muy bien —dijo Fontini-Cristi confuso ante la brutalidad y la rápida decisión de
los últimos treinta segundos.
—¡Signore! —gritó el partisano mientras Vittorio salía.
—¿Sí?
—Su arma, por favor. Permítame que la use. Estas armas del ejército son como el
trueno.
Fontini-Cristi vaciló pero después le entregó el arma al hombre. El partisano
extendió el brazo hacia el teléfono de manubrio de la pared y lo arrancó.
Vittorio condujo el camión hasta delante de la puerta de la caseta con las ruedas
izquierdas necesariamente sobre la dura superficie de la carretera; el borde de la
misma no ofrecía suficiente espacio. Esperaba que la luz de los faros traseros fuera lo
suficientemente intensa como para que el tráfico —que ahora era mucho más denso—
se diera cuenta del obstáculo y pudiera sortearlo.
El partisano emergió de la caseta de guardia y habló a través de la ventanilla.
—Haga girar el motor, signore. Con toda la rapidez y el ruido que pueda.
Fontini-Cristi lo hizo así. El partisano regresó a la caseta de guardia empuñando en
la mano derecha la pistola de Vittorio.
Los dos disparos fueron profundos y secos, unas amortiguadas combustiones que
fueron como unos súbitos y terribles estallidos mezclados con el ruido del tráfico y
del motor en marcha. Vittorio lo contemplaba todo con una mezcla de consternación y
temor e, inexplicablemente, de tristeza. Había penetrado en un mundo de violencia
que no comprendía.
El partisano emergió de la caseta cerrando la pequeña puerta a su espalda. Subió al
camión, cerró la portezuela de golpe y asintió con la cabeza mirando a Vittorio.
Fontini-Cristi esperó unos momentos a que se produjera una interrupción del tráfico y
entonces soltó el embrague. El viejo camión empezó a avanzar.
—Hay un garaje en la Via Monte en el que podremos ocultar el camión, pintarlo y
cambiarle las placas de la matrícula. Se encuentra a cosa de un kilómetro de la Piazza
San Giorno. Iremos a pie desde el garaje. Ya le indicaré dónde tiene que girar.
El partisano le devolvió la pistola a Vittorio.
—Gracias —dijo Vittorio con torpeza mientras se guardaba el arma en el bolsillo
de la chaqueta—. ¿Les ha matado?
—Claro —fue la simple respuesta.
—Supongo que no ha tenido más remedio que hacerlo.
—Naturalmente. Usted se irá a Inglaterra, signore. Yo me quedaré en Italia.
Podrían identificarme.
—Ya comprendo —dijo Vittorio en tono vacilante.
—No quisiera parecerle irrespetuoso, signore Fontini-Cristi, pero no creo que lo
comprenda. Para ustedes los de Campo di Fiori todo eso es una novedad. Para
nosotros, no. Llevamos en guerra veinte años; yo, por mi parte, llevo diez.
—¿En guerra?
—Sí. ¿Quién se imagina usted que adiestra a sus partigiani?
—¿Qué quiere usted decir?
—Soy un comunista, signore. A los poderosos capitalistas Fontini-Cristi les están
enseñando a luchar los comunistas.
El camión estaba avanzando; Vittorio sostenía el volante con fuerza, sorprendido
pero extrañamente sin inmutarse ante las palabras de su compañero.
—No lo sabía —replicó.
—Curioso, ¿verdad? —dijo el partisano—. Nadie lo había preguntado jamás.
4
30 de diciembre de 1939
ALBA, ITALIA
El café estaba abarrotado de gente, con todas las mesas llenas y muchas voces que
gritaban. Vittorio siguió al partisano entre la masa de manos gesticulantes y se abrió de
mala gana paso entre los cuerpos hasta llegar al mostrador; una vez allí, pidieron café
con Strega.
—Por allí —dijo el partisano indicando una mesa que había en un rincón ocupada
por tres obreros cuyas sucias prendas de vestir y rostros sin afeitar denotaban bien a
las claras su condición. Había una silla vacía.
—¿Cómo lo sabe? Yo pensaba que íbamos a reunimos con dos hombres, no con
tres. Además, no hay sitio suficiente; sólo veo una silla.
—Fíjese en el individuo corpulento de la derecha. La identificación la lleva en los
zapatos. Lleva unas manchas de pintura anaranjada, no muy visibles. Es el corso. Los
otros dos son ingleses. Vaya allí y diga «Hemos tenido un viaje sin contratiempos»;
nada más. El hombre de los zapatos se levantará; ocupe su asiento.
—¿Y usted?
—Me reuniré con ustedes en seguida. Tengo que hablar con el corso.
Vittorio hizo lo que se le había dicho. El individuo corpulento de las manchas de
pintura en los zapatos se levantó lanzando un suspiro de hastío; Fontini-Cristi se
acomodó en su asiento. Habló el británico que se hallaba acomodado frente a él. Su
italiano era gramaticalmente correcto pero vacilante; había aprendido el idioma pero
no el lenguaje coloquial.
—Nuestra más sincera condolencia. Absolutamente horrible. Le sacaremos de
aquí.
—Gracias. ¿Prefieren ustedes hablar inglés? Lo hablo con fluidez.
—Muy bien —dijo el segundo hombre—. No estábamos seguros. Apenas hemos
dispuesto de tiempo para informarnos acerca de usted. Nos han conducido en avión
esta mañana desde Lakenheath. Los corsos nos han recogido en Pietra Ligure.
—Todo ha ocurrido con tanta rapidez —dijo Vittorio—. El sobresalto aún no se
me ha pasado.
—No creo que ello hubiera sido posible —dijo el primer hombre—. Pero todavía
no hemos terminado. Tendrá que procurar conservar la calma. Se nos ha ordenado
que le conduzcamos a Londres a toda costa: que no regresemos sin usted, ni más ni
menos.
Vittorio miró alternativamente a ambos hombres.
—¿Puedo preguntarles por qué? Compréndanlo, por favor, se lo agradezco
muchísimo pero su preocupación se me antoja asombrosa. No soy humilde pero
tampoco soy un estúpido. ¿Por qué soy tan importante para los británicos?
—Que nos aspen si lo sabemos —repuso el segundo agente—. Lo que sí puedo
decirle es que anoche fue un infierno. Toda la noche. Estuvimos desde medianoche
hasta las cuatro de la madrugada en el Ministerio del Aire. Las radios de todos los
cuartos de operaciones estuvieron transmitiendo constantemente. Estamos trabajando
con los corsos, ¿sabe?
—Sí, eso me han dicho.
El partisano se acercó a la mesa abriéndose paso entre la gente. Tomó la silla vacía
y se sentó con un vaso de Strega en la mano. La conversación prosiguió en italiano.
—Hemos tenido dificultades en la carretera de Canelli. Un puesto de control. Dos
guardianes han tenido que ser eliminados.
—¿Cuánto durará el período A? —preguntó el agente que se hallaba sentado a la
derecha de Fontini-Cristi. Se percató de la expresión de asombro de Vittorio y aclaró
su pregunta—: ¿De cuánto tiempo se dispone antes de que se produzca la alarma?
—Hasta medianoche. Cuando llegue el relevo de las doce. A nadie le preocupa
que los teléfonos no contesten. Las instalaciones se averían constantemente.
—Bien hecho —dijo el agente del otro lado de la mesa. Tenía un rostro más
redondo que el de su compatriota inglés y hablaba más despacio, como si anduviera
constantemente eligiendo sus palabras—. Es usted un bolchevique, me imagino.
—Lo soy —repuso el partisano casi con hostilidad.
—No, no, por favor —añadió el agente—. Me gusta trabajar con ustedes. Son
muy íntegros.
—El MI-Seis es muy amable.
—A propósito —le dijo a Vittorio bajando la voz el británico que se sentaba a su
derecha—. Yo soy Manzana; él es Pera.
—Sabemos quién es usted —le dijo Pera a Fontini-Cristi.
—Mi nombre no es importante —dijo el partisano riéndose levemente—. No iré
con ustedes.
—Dejemos eso, ¿le parece? —Manzana estaba nervioso, pero se controlaba hasta
el extremo de mostrarse reservado—. Lo de la partida. Londres desea, además,
establecer unas comunicaciones más firmes.
—Ya sabíamos que Londres querría eso.
Los tres hombres iniciaron una conversación profesional que a Vittorio se le
antojó extraordinaria. Hablaron de rutas y claves y frecuencias radiofónicas como si
estuvieran refiriéndose a las cotizaciones de la bolsa. Se refirieron a la necesidad de
quitar de en medio, eliminar, a varias personas que ocupaban determinadas
posiciones… y que no eran hombres ni seres humanos sino simplemente factores que
había que liquidar.
¿Qué clase de hombres eran aquellos tres? «Manzana», «Pera» y un bolchevique
sin nombre, sólo con una falsa tarjeta de identidad. Hombres que mataban sin cólera y
sin remordimiento.
Pensó en Campo di Fiori. En la cegadora luz blanca de los reflectores y en los
disparos de las armas de fuego y en la muerte. Él, ahora, podría matar. Con
perversidad y salvajismo… pero no hubiera podido hablar de la muerte tal como
hacían aquellos hombres.
—…nos conducirán a un barco de pesca conocido de las patrullas guardacostas.
¿Comprende usted?
Manzana le estaba hablando pero él no había prestado atención.
—Perdone —dijo Vittorio—. Me había distraído.
—Tenemos mucho camino por recorrer —dijo Pera—. Más de ochenta kilómetros
hasta la costa y después un mínimo de tres horas en el agua. Pueden ocurrir muchas
cosas.
—Procuraré prestar más atención.
—Haga algo más que simplemente procurarlo —dijo Manzana tratando de
controlar su irritación—. No sé qué habrá hecho usted por el Foreign Office pero
resulta que es usted un elemento de la máxima importancia. Si no conseguimos
sacarle, nos va en ello la vida. Por consiguiente, ¡escuche con atención! Los corsos
nos conducirán hasta la costa. Habrá cuatro cambios de vehículo…
—¡Espere! —El partisano extendió la mano y asió el brazo de Manzana—. El
hombre que se encontraba sentado con ustedes, el de los zapatos manchados de
pintura. ¿Dónde le recogieron? Rápido.
—Aquí en Alba. Hace unos veinte minutos.
—¿Quién estableció contacto primero?
Los ingleses se miraron el uno al otro. Brevemente, instantáneamente
preocupados.
—Él —repuso Manzana.
—¡Salgan de aquí! ¡Ahora mismo! ¡Utilicen la cocina!
—¿Cómo? —preguntó Pera mirando hacia el mostrador.
—Ya se va —contestó el partisano—. Tenía que esperarme a mí.
El sujeto corpulento se estaba abriendo paso entre la gente en dirección a la salida
y lo estaba haciendo con el mayor disimulo posible. Como si fuera un bebedor que se
dirigiera al retrete.
—¿Qué piensa usted? —preguntó Manzana.
—Pienso que hay por todo Alba muchos hombres con manchas de pintura en los
zapatos. Aguardan a los forasteros cuyos ojos miren hacia el suelo. —El comunista se
levantó—. Han descifrado la clave del contacto. Son cosas que ocurren. Los corsos
tendrán que modificarla. ¡Ahora váyanse!
Los dos ingleses se levantaron de sus asientos sin prisa. Vittorio se levantó a
continuación y le rozó el brazo al partisano. El comunista se sobresaltó. Estaba
mirando al hombre corpulento y se disponía a abrirse paso entre la gente.
—Quiero darle las gracias.
El partisano le miró un instante.
—Está perdiendo el tiempo —dijo.
Los dos británicos sabían exactamente dónde estaba la cocina y, por consiguiente,
la puerta de salida de la cocina. La calleja estaba sucia: unos cubos de la basura se
hallaban alineados a lo largo de las sucias paredes de estuco y se podía ver basura por
el suelo. La calleja comunicaba la Piazza San Giorno con la calle de atrás, pero estaba
tan escasamente iluminada y tan llena de porquería que la gente no solía utilizarla
demasiado.
—Por aquí —dijo Manzana girando a la izquierda y alejándose de la plaza—.
Ahora vayamos aprisa.
Los tres hombres abandonaron corriendo la calleja. La calle aparecía llena de
peatones y tenderos entre los que resultaba fácil mezclarse. Manzana y Pera echaron a
andar con aire indiferente. Vittorio les seguía a escasa distancia. Se dio cuenta de que
los dos ingleses se las habían apañado para situarse uno a cada lado suyo.
—No estoy seguro de que el bolchevique tuviera razón —dijo Pera—. Es posible
que nuestro corso haya visto a un amigo. Resultaba muy convincente.
—Los corsos tienen un lenguaje especial —terció Vittorio disculpándose ante un
peatón con el que había estado a punto de chocar—. ¿No ha podido adivinarlo
hablando con él?
—No haga eso —le dijo Manzana con dureza.
—¿Qué?
—No sea tan cochinamente educado. No se ajusta a su indumentaria. Y,
contestando a su pregunta, los corsos emplean contactos regionales en todas partes.
Todos lo hacemos. Éstos pertenecen a un nivel más bajo, son simples mensajeros.
—Ya comprendo —dijo Fontini-Cristi mirando al hombre que se hacía llamar
Manzana.
Éste caminaba con aire indiferente, pero sus ojos se movían de un lado para otro
vigilando la calle. Vittorio volvió la cabeza y miró a Pera que estaba haciendo
exactamente lo mismo que su compatriota: observando el rostro de la gente, los
vehículos, los portales de los edificios de ambas aceras de la calle.
—¿Adónde vamos? —preguntó Fontini-Cristi.
—A una manzana de distancia de aquí donde nos ha dicho el corso —repuso
Manzana.
—Pensaba que sospechaban ustedes de él.
—No nos verán porque no sabrán lo que tienen que buscar —dijo Pera—. El
bolchevique alcanzará al corso en la plaza. Si todo está como debe estar, llegarán
juntos. En caso contrario y si su amigo de usted es competente, éste llegará solo.
La zona comercial se curvaba a la izquierda en dirección a la entrada sur de la
Piazza San Giorno. La entrada estaba señalada por una fuente de taza circular, cuya
base aparecía llena de papeles y botellas. Hombres y mujeres permanecían sentados en
su borde introduciendo las manos en las sucias aguas. Los niños gritaban y
correteaban por el empedrado bajo la atenta mirada de sus padres.
—La calle del otro lado —dijo Manzana encendiendo un cigarrillo y señalando
hacia la ancha calle que se veía a través del surtidor de la fuente— es la Via Ligata.
Conduce a la autopista de la costa. A cosa de unos doscientos metros calle abajo se
encuentra una travesía en la que el corso ha dicho que nos estaría aguardando un taxi.
—¿No será esta travesía, por casualidad, un callejón sin salida?
Pera dirigió la pregunta con cierto matiz de desprecio en la voz. En realidad, no
esperaba respuesta.
—¿Será una coincidencia? Yo me estaba preguntando lo mismo. Vamos a
averiguarlo. Usted —le dijo Manzana a Vittorio—, quédese con mi compañero y haga
exactamente lo que él le diga.
El agente arrojó la cerilla al suelo, dio una profunda chupada al cigarrillo y caminó
rápidamente por el adoquinado en dirección a la fuente. Cuando ya se encontraba a
muy escasa distancia de ésta, aminoró el paso y entonces, para asombro de Vittorio, se
perdió de vista confundiéndose enteramente entre los peatones.
—Lo hace bastante bien, ¿verdad? —dijo Pera.
—No le distingo. No logro verle.
—Así debe ser. Una buena carrera-y-confusión realizada bajo una adecuada luz
puede resultar muy eficaz. —Pera se encogió de hombros—. Siga andando. Camine
un poco adelantado con respecto a mí y hable un poco. Y gesticule. Ustedes los
italianos suelen mover mucho las manos.
Vittorio sonrió ante el tópico del inglés. Pero, mientras avanzaban entre la gente, se
dio cuenta de que movía las manos y levantaba los brazos y soltaba súbitas
exclamaciones. El británico conocía a los italianos. Caminó al lado del agente,
fascinado por la decisión de aquel hombre. De repente, Pera asió a Vittorio por la
manga y le arrastró hacia la izquierda sentándose con él en un espacio que acababa de
quedar libre en el borde de la taza de la fuente. Fontini-Cristi se sorprendió. Pensaba
que su objetivo era el de llegar cuanto antes y con la mayor discreción posible a la Via
Ligata.
Pero entonces lo comprendió. Los ojos expertos y profesionales del británico
habían visto lo que un aficionado no podía ver: la señal.
Vittorio se quedó sentado a la derecha del agente con la cabeza inclinada. Lo
primero que pudo ver fueron unos gastados zapatos con unas manchas de pintura
anaranjada en el estropeado cuero. Un solo par de zapatos inmóviles entre las móviles
sombras de los cuerpos que se movían. Entonces Vittorio levantó la cabeza y se quedó
petrificado. El partisano estaba sosteniendo el fornido cuerpo del contacto corso como
si estuviera ayudando a un amigo que hubiera bebido más de la cuenta. Pero el
contacto no estaba borracho. Tenía la cabeza caída y los ojos abiertos mirando hacia
abajo en la oscuridad. Estaba muerto.
Vittorio se irguió en el borde de la fuente como hipnotizado por lo que estaba
viendo abajo. Un hilillo de sangre estaba empapando la parte de atrás de la camisa del
corso, bajando por la pared interior de la fuente, mezclándose con la sucia agua y
formando círculos y semicírculos iluminados por la intermitente luz de las farolas de
la plaza.
La mano del partisano agarraba la tela de la camisa empapada de sangre con los
nudillos y la muñeca ensangrentada. Y en su mano se observaba el mango de un
cuchillo.
Fontini-Cristi trató de disimular su horror.
—Esperaba que se detuvieran ustedes —le dijo el comunista al inglés.
—A punto estuvimos de no hacerlo —dijo Pera en su gramaticalmente correcto
italiano—. Hasta que vimos que la pareja de aquí se levantaba. —El inglés indicó el
borde de la fuente en el que se hallaba sentado en compañía de Vittorio—. Son de los
suyos, me imagino.
—No. Cuando ustedes se estaban acercando, les dije que mi amigo estaba a punto
de vomitar. Es una trampa, claro. Del tipo red de pesca. No se sabe lo que se va a
sacar. Descifraron la clave… anoche. Hay cosa de una docena de provocatori por toda
la zona tratando de apresar a todos los objetivos que puedan. Es un cerco.
—Se lo diremos a los corsos.
—No servirá de mucho. La clave cambia mañana.
—¿Entonces lo del taxi es una trampa?
—No. El segundo cebo. No quieren correr riesgos. El taxi conduce a los objetivos
hasta la red. Sólo el conductor sabe el lugar; él pertenece a un nivel superior.
—Tiene que haber otros por aquí cerca —dijo Pera acercándose la mano a la boca
en gesto pensativo.
—Desde luego.
—Pero ¿cuáles?
—Hay una manera de averiguarlo. ¿Dónde está Manzana?
—En estos momentos ya debe estar en la Via Ligata. Queríamos separarnos por si
usted tropezaba con alguna dificultad.
—Reúnanse con él; yo no he tropezado con ninguna dificultad.
—Sí, ya lo veo…
—¡Madre de Dios! —exclamó Vittorio por lo bajo sin poder contenerse por más
tiempo—. ¡Están sosteniendo a un muerto en mitad de una plaza y hablan como
mujeres!
—Tenemos cosas de que hablar, signore. Estese quieto y escuche. —El partisano
miró al inglés que apenas había prestado atención a las palabras de Fontini-Cristi—.
Les daré dos minutos para que se reúnan con Manzana. Después soltaré a nuestro
amigo el corso en la fuente, boca abajo para que se le vea el cuchillo. Se producirá el
caos. Yo mismo gritaré. La gente me secundará. Será suficiente.
—Y nosotros vigilamos el taxi —dijo Pera.
—Sí. Cuando aumente el griterío, observen quiénes hablan juntos. Observen
quién se marcha a investigar.
—Y entonces tomamos el maldito taxi y nos largamos —añadió el agente con
decisión—. ¡Buen espectáculo! Espero poder volver a trabajar con usted.
El británico se levantó y Vittorio hizo lo propio notando la presión de la mano de
Pera en su brazo.
—Usted —dijo el partisano mirando a Vittorio sin dejar de acunar el inerte y
voluminoso cuerpo en la ruidosa y abarrotada oscuridad llena de sombras—.
Recuerde una cosa. Una conversación en medio de muchas personas suele ser lo más
seguro. Y una hoja de cuchillo en medio de mucha gente difícilmente se nota.
Recuerde estas cosas.
Vittorio miró al hombre sin estar seguro de si el comunista pretendía ofenderle con
sus palabras o no.
—Lo recordaré —dijo Vittorio.
Se dirigieron a toda prisa a la Via Ligata. Manzana se encontraba al otro lado
avanzando despacio hacia la travesía en la que el contacto corso había dicho que
habría un taxi aguardando. Las farolas de la calle producían una luz más mortecina
todavía que las de la plaza.
—Dese prisa. Allí está —dijo Pera en inglés—. Dé zancadas más grandes pero no
corra.
—¿Le parece que crucemos y nos reunamos con él? —preguntó Vittorio.
—No. Una persona que cruza una calle pasa más inadvertida que dos… Muy bien.
Deténgase.
Pera se sacó del bolsillo una caja de cerillas y encendió una. En cuanto la hubo
encendido, la agitó arrojándola al suelo —como si la llama le hubiera quemado el
dedo— e inmediatamente encendió otra que acercó al cigarrillo que sostenía entre los
labios.
Transcurrió menos de un minuto antes de que Manzana se reuniera con ellos
caminando a lo largo de la pared de un edificio. Pera le refirió la estrategia del
partisano. Los tres caminaron en silencio entre los viandantes hasta el final de la
manzana situada frente a la travesía. Al otro lado de la calle, bajo la débil luz blanca de
las farolas, se encontraba el taxi a cosa de unos nueve metros de la esquina.
—Menuda coincidencia —dijo Manzana levantando un pie y apoyándolo sobre un
bajo reborde de la pared al objeto de subirse el calcetín—. Es un callejón sin salida.
—Las tropas no pueden andar lejos. ¿Tienes el cojinete a punto? Yo no.
—Sí. Arréglate el tuyo.
Pera se volvió de cara al edificio y se sacó del interior de la chaqueta una pistola
automática. Se metió la otra mano en el bolsillo y sacó un cilindro de unos diez
centímetros de longitud con perforaciones sobre la superficie de hierro y lo introdujo
en el cañón de la pistola. Después se volvió a guardar el arma en el bolsillo justo en el
momento en que se empezaron a escuchar los gritos procedentes de la plaza.
Al principio fueron pocos, casi imperceptibles, pero después los gritos fueron en
aumento.
«Polizia!», «A quale punto polizia»!, «Assassinio!», «Omicidio!». Las mujeres y
los niños corrían por la plaza y los hombres las seguían dando órdenes y facilitando
información a todo el mundo y a nadie en particular. Entre los gritos se escuchaban las
palabras: «Uomo con scarpe arancione», un hombre con los zapatos color
anaranjado. El partisano había hecho estupendamente su trabajo.
Y entonces se vio al partisano entre la gente corriendo por la calle. El hombre se
detuvo a escasa distancia de Fontini-Cristi y de los dos ingleses y gritó para que todo
el mundo le oyera.
—¡Le he visto! ¡Les he visto! ¡Yo estaba a su lado! ¡Este hombre, llevaba los
zapatos pintados, le han clavado un cuchillo por la espalda!
De la oscuridad del portal de un edificio emergió una figura que cruzó la calle
corriendo en dirección al partisano.
—¡Usted! ¡Venga aquí!
—¿Cómo?
—Pertenezco a la policía. ¿Qué es lo que ha visto?
—La policía. ¡Gracias a Dios! ¡Venga conmigo! ¡Había dos hombres! Iban
vestidos con unos jerseys…
Antes de que el funcionario pudiera darse cuenta, el partisano echó a correr en
dirección a la entrada de la plaza confundiéndose entre la muchedumbre. El policía
vaciló y después miró al otro lado de la calle escasamente iluminada. Tres hombres se
encontraban hablando juntos a varios metros del taxi. El policía hizo un gesto; dos
hombres se apartaron y se dirigieron hacia el policía que ahora había echado a correr
en dirección a San Giorno persiguiendo al partisano.
—El hombre que ha quedado junto al automóvil es el chófer —dijo Manzana—.
Vamos allá.
Lo que ocurrió a continuación resultó confuso. Vittorio siguió a los dos agentes
cruzando la Via Ligata para dirigirse a la travesía. El hombre se había acomodado al
volante. Manzana se acercó al automóvil, abrió la portezuela y, sin decir palabra,
levantó el arma. Una amortiguada explosión estalló de la boca del revólver. El hombre
se inclinó hacia adelante; Manzana le empujó hacia el otro asiento. Pera se dirigió a
Fontini-Cristi.
—Al asiento de atrás. ¡Rápido!
Manzana giró la llave de encendido; el taxi era viejo pero el motor era nuevo y
potente. La carrocería era la de un Fiat, pensó Vittorio, pero el motor era un
Lamborghini.
El automóvil avanzó, giró a la derecha al llegar a la esquina y aceleró una vez en la
Via Ligata. Manzana habló por encima del hombro dirigiéndose a Pera.
—Comprueba la guantera, ¿quieres? Este maldito cacharro pertenece seguramente
a algún personaje importante. Apuesto a que podría hacer un buen papel en Le Mans.
Pera se incorporó en el asiento de atrás por encima del respaldo de fieltro del
asiento delantero y sobre el cadáver del italiano. Abrió la guantera y tomó unos
papeles. Al retirarse del tablero de instrumentos, el automóvil se desvió; Manzana
había adelantado a dos automóviles. El cuerpo del italiano cayó sobre el brazo de Pera
que asió en sus manos el cuello sin vida y arrojó de nuevo violentamente el cadáver
hacia el rincón.
Vittorio contemplaba la escena asqueado y sin llegar a comprender. A su espalda,
un hombre corpulento flotaba muerto sobre las aguas de una fuente con el mango de
un cuchillo sobresaliéndole de la camisa ensangrentada. Aquí, en un automóvil de la
policía disfrazado de taxi y sin ninguna señal distintiva, un hombre yacía en el asiento
frontal con una bala alojada en el cuerpo sin vida. A varios kilómetros de distancia, en
una caseta de guardia de la Via Canelli, otros dos hombres yacían muertos, asesinados
por el comunista que le había salvado la vida. La constante pesadilla estaba
destruyendo su capacidad de pensar. Contuvo el aliento en un desesperado esfuerzo
por recuperar un momento de cordura.
—¡Ya lo tenemos! —gritó Pera sosteniendo en su mano una cartulina rectangular
que había estado estudiando bajo la inadecuada luz—. ¡Menuda jugada!
—Un pasaporte de libre circulación, espero —dijo Manzana aminorando la
marcha al tomar una curva.
—¡Vaya si lo es! ¡El maldito veicolo está asignado al ufficiale segreto! El tío tiene
acceso al mismísimo Mussolini.
—Tenía que ser algo así —convino Manzana asintiendo con la cabeza—. El motor
de este cacharro es una pura maravilla.
—Es un Lamborghini —dijo Vittorio tranquilamente.
—¿Cómo? —preguntó Manzana levantando la voz para ser oído sobre el
trasfondo del rugido del motor del automóvil que ahora avanzaba por un tramo de
carretera recto. Se estaban acercando a las afueras de Alba.
—He dicho que es un Lamborghini.
—Sí —dijo Manzana, que evidentemente no conocía aquel tipo de motor—.
Bueno, pues, siga usted diciendo cosas de éstas. Quiero decir cosas italianas. Nos
harán mucha falta sus palabras antes de que lleguemos a la costa.
Pera se dirigió a Fontini-Cristi. El agradable rostro del inglés apenas resultaba
visible en la oscuridad. Hablaba suavemente pero el tono de serena urgencia de su voz
resultaba inequívoco.
—Estoy seguro de que todo eso debe parecerle muy extraño y me imagino que
sumamente incómodo. Pero aquel bolchevique tenía razón. Recuerde lo que pueda.
Lo más difícil de esta labor no es la acción sino el hecho de acostumbrarse a la
acción, no sé si me entiende. Lo único que necesita un tipo es poder aceptar que todo
ello es real. Todos hemos pasado por eso, pasamos constantemente por eso, en
realidad. En cierto modo es un asco. Pero alguien tiene que hacerlo; eso es lo que nos
dicen. Y le diré una cosa: está usted sometiéndose a un entrenamiento muy práctico.
¿No le parece?
—Sí —dijo Vittorio en voz baja mirando hacia adelante como hipnotizado por la
luz de los faros delanteros de los automóviles que circulaban en dirección contraria y
con los pensamientos congelados en la súbita pregunta que no pudo evitar.
Entrenamiento, ¿para qué?
5
31 de diciembre de 1939
CELLE LIGURE, ITALIA
Sacos de arena.
Londres era una ciudad de sacos de arena. Por todas partes. En los portales de las
casas, en las ventanas, en las entradas de las tiendas; amontonados en las esquinas de
las calles. El saco de arena era el símbolo. Al otro lado del canal, Adolf Hitler había
anunciado la destrucción de toda Inglaterra. Serenamente, los ingleses creían en su
amenaza y serenamente y con firmeza se estaban anticipando a los acontecimientos.
Vittorio había llegado al aeropuerto militar de Lakenheath a últimas horas de la
noche del día anterior, el primer día de la nueva década. Le habían conducido en un
avión sin ninguna señal distintiva que había volado desde Mallorca y le habían
introducido en unas operaciones cuyo propósito era el de confirmar su identidad para
el Ministerio de Marina. Y ahora que se encontraba sano y salvo en el país, las voces
se habían tranquilizado súbitamente y se mostraban amables. ¿Le apetecía descansar
un poco después de aquel viaje tan agotador? ¿Tal vez en el Savoy? Tenían entendido
que los Fontini-Cristi se alojaban en el Savoy siempre que viajaban a Londres. ¿Le
parecería bien que celebraran una reunión al día siguiente por la tarde a las dos? En el
Almirantazgo, Espionaje Sector Cinco. Operaciones Extranjeras.
Pues, claro. ¡Por el amor de Dios, sí! ¿Por qué si no han hecho ustedes los
ingleses lo que han hecho? Debo saberlo, pero guardaré silencio hasta que ustedes me
lo digan.
La dirección del Savoy le facilitó artículos de tocador y prendas de noche, incluso
una bata del Savoy. Se había tomado un baño tan caliente en la enorme bañera del
hotel y había permanecido sumergido en el agua tanto tiempo que tenía la piel de los
dedos arrugada. Después se bebió demasiadas copas de coñac y cayó dormido.
Había dejado recado de que le despertaran a las diez pero, como es lógico, no fue
necesario que le despertaran porque a las ocho y media ya estaba completamente
despierto; a las nueve ya se había duchado y afeitado. Le pidió un desayuno inglés al
camarero de piso y, mientras esperaba, telefoneó a Norcross, Limited, de Saville Row.
Necesitaba ropa inmediatamente. No podía andar por Londres con una gabardina
prestada, un jersey y aquellos pantalones que tan mal le caían y que le había facilitado
un agente llamado Pera a bordo de un submarino en el Mediterráneo.
Una vez colgado el teléfono, a Vittorio se le ocurrió pensar que no tenía más que
las diez libras que cortésmente le habían facilitado en Lakenheath. Suponía que
gozaba de buen crédito; mandaría que se efectuara una transferencia de fondos desde
Suiza. No había tenido tiempo de concentrarse en la logística de la subsistencia; había
estado demasiado preocupado por conservar la vida.
Fontini-Cristi pensó que tenía muchas cosas que hacer. Y, aunque no fuera más
que para mantener bajo control aquel terrible recuerdo —y aquel infinito dolor— de
Campo di Fiori, era necesario que desarrollara alguna actividad. Que obligara a su
mente a concentrarse primero en las cosas sencillas de todos los días. Porque era
posible que, cuando tuviera que prestar atención a las cosas grandes, se volviera loco
en su intento de sopesarlas.
¡Por favor, Dios mío, las pequeñas cosas! Dame tiempo para recuperar la cordura.
La vio por primera vez al otro lado del vestíbulo del Savoy mientras aguardaba a
que el gerente del hotel le facilitara algún dinero para gastos inmediatos. Estaba
sentada en un sillón leyendo el Times y vestida con el severo uniforme de una rama
del servicio femenino que Vittorio no sabía cuál era. Bajo la gorra de visera de oficial,
su cabello castaño oscuro le caía en ondas sobre los hombros enmarcándole el rostro.
Era un rostro que él ya había visto con anterioridad; un rostro de los que no se
olvidan fácilmente. Pero lo que él recordaba era una versión más joven de aquel
rostro. Aquella mujer debía de tener unos treinta y tantos años y el rostro que él
recordaba no tenía más allá de veintidós o veintitrés años. Los pómulos eran altos y
pronunciados y la nariz más celta que inglesa, fina, ligeramente respingona y delicada
por encima de los carnosos labios. No podía ver los ojos con claridad pero sabía
cómo eran: de un azul muy intenso, más azules que los de cualquier mujer que
hubiera visto jamás.
Eso era lo que recordaba. Unos enojados ojos azules mirándole fijamente.
Enojados y llenos de desprecio. No había tropezado muy a menudo en su vida con
semejante reacción y se había sentido irritado.
¿Por qué lo recordaba? ¿Cuándo fue aquello?
—Signor Fontini-Cristi —dijo el gerente del Savoy emergiendo rápidamente de la
sección de caja con un sobre en la mano—. Las mil libras que ha pedido.
Vittorio tomó el sobre y se lo guardó en el bolsillo de la gabardina.
—Gracias.
—Ya le hemos pedido el automóvil, señor. Llegará en seguida. Si quiere usted
regresar a su suite, le avisaremos en cuanto llegue.
—Aguardaré aquí. Si a usted no le molesta mi atuendo, a mí tampoco.
—Por favor, signore. Siempre es un placer recibir a un miembro de la familia
Fontini-Cristi. ¿Se reunirá su padre con usted durante este viaje? Confiamos en que se
encuentre bien.
Inglaterra marchaba al son de los súbitos tambores de la guerra y el Savoy
preguntaba por la familia.
—No se reunirá conmigo. —A Vittorio le pareció inútil facilitar ulteriores
explicaciones. La noticia no había llegado hasta Inglaterra o, en el caso de haber
llegado, había pasado inadvertida entre los partes de guerra—. A propósito, ¿conoce a
aquella dama de allí? La que está sentada. Vestida de uniforme.
El gerente miró con disimulo hacia el otro lado del casi desierto vestíbulo.
—Sí, señor. Es la señora Spane. Mejor debería decir era la señora Spane; están
divorciados. Creo que se ha vuelto a casar. Su marido también se ha vuelto a casar.
No la vemos muy a menudo por aquí.
—¿Spane?
—Sí, señor. Veo que pertenece a la Defensa Aérea. Es un departamento muy serio.
—Gracias —dijo Vittorio despidiendo cortésmente al gerente—. Aguardaré aquí el
coche.
—Sí, no faltaba más. Si hay algo que podamos hacer para que su estancia resulte
más agradable, no dude en decírnoslo.
El gerente inclinó la cabeza y se alejó. Fontini-Cristi volvió a mirar a la mujer. Ella
se miró el reloj y volvió a su lectura.
Vittorio recordaba la ortografía del apellido Spane y la ortografía le hizo recordar
al hombre. Había ocurrido hacía once, no, doce años; había acompañado a Savarone a
Londres para observar a su padre en el transcurso de sus negociaciones con la British
Haviland… como parte de su entrenamiento. Una noche le habían presentado a Spane
en Les Ambassadeurs. Era un joven que le llevaba dos o tres años. El inglés se le
antojó ligeramente divertido, pero básicamente pelmazo. Spane era un producto típico
de Mayfair, satisfecho de disfrutar de los beneficios de unos esfuerzos ancestrales sin
aportar personalmente otra cosa que no fuera su experiencia en las carreras. Su padre
desaprobó la conducta de Spane y así se lo dijo a su primogénito, lo cual bastó
naturalmente para que éste entablara con el joven unas breves relaciones de amistad.
Habían sido breves y Vittorio recordó súbitamente el porqué. El hecho de que ello
no hubiera acudido inmediatamente a su imaginación constituía una ulterior prueba de
que había tratado de borrarla de su imaginación. Se trataba no de aquella mujer
sentada al otro lado del vestíbulo sino de su esposa.
Su esposa les había acompañado a Inglaterra hacía doce años porque el padrone
pensó que su presencia actuaría de freno para su testarudo y descarriado hijo. Pero
Savarone no conocía demasiado bien a su nuera. Tuvo ocasión de conocerla más
tarde, pero por aquel entonces no la conocía. La recargada atmósfera de Mayfair en
plena temporada fue para ella como un tónico.
Su esposa se sintió atraída por Spane; y ella le sedujo a él o viceversa. Vittorio no
había prestado demasiada atención porque estaba ocupado en otras cosas.
Pero, en determinado momento, se había producido una desagradable
confrontación. Se habían expresado reproches y los enojados ojos azules le habían
mirado fijamente.
Vittorio cruzó el vestíbulo en dirección al sillón. La mujer apellidada Spane
levantó la mirada al percibir su proximidad. Hubo un momento de vacilación en sus
ojos, como si no estuviera muy segura. Pero entonces estuvo segura y ya no hubo
vacilación en absoluto; el desprecio que tan claramente recordaba Vittorio sustituyó a
la vacilación. Los ojos de ambos se cruzaron durante un segundo —no más— tras lo
cual ella reanudó la lectura.
—¿Señora Spane?
—Me apellido Holcroft —dijo ella levantando los ojos.
—Nos hemos conocido.
—Es cierto. Se llama usted Fontini…
La mujer se detuvo.
—Fontini-Cristi. Vittorio Fontini-Cristi.
—Sí. Hace mucho tiempo. Me perdonará usted pero tengo el día muy ocupado.
Estoy esperando a alguien y no me dará tiempo a leer el periódico —dijo ella
centrando de nuevo su atención en lo que estaba leyendo.
—Me despide usted con mucha eficiencia —dijo Vittorio esbozando una sonrisa.
—Me resulta muy fácil hacerlo —repuso ella sin mirarle.
—Señora Holcroft, fue hace mucho tiempo. El poeta inglés dice que nada cambia
tanto como los años.
—El poeta inglés afirma también que los leopardos no cambian de sitio. Estoy
realmente muy ocupada. Buenos días.
Vittorio iba a marcharse cuando observó que las manos de la mujer temblaban
levemente. La señora Holcroft no se sentía tan segura como su comportamiento daba a
entender. Vittorio no comprendió por qué se quedó. Resultaba más adecuado estar
solo. Los terribles recuerdos de la blanca luz y de la muerte le abrasaban; no deseaba
compartirlos con nadie. Por otra parte sentía deseos de hablar. Con alguien. Acerca de
cualquier cosa.
—¿Resulta demasiado tardío disculparse ahora por el comportamiento infantil de
hace diez años?
—¿Cómo está su esposa? —preguntó la teniente mirándole detenidamente.
—Murió en un accidente de automóvil hace diez años.
La mujer le siguió mirando, pero con menos hostilidad. Parpadeó con nerviosismo
y turbación.
—Lo lamento.
—Soy yo quien debe disculparse. Hace doce años buscaba usted una explicación.
O un consuelo. Y yo no pude ofrecerle ninguna de las dos cosas.
La mujer se esforzó por sonreír. En sus ojos azules se observaba un destello —
sólo un destello— de cordialidad.
—Era usted un joven muy arrogante. Y me temo que yo no poseía excesivo
encanto. Más adelante, logré adquirir un poco, desde luego.
—Estaba usted muy por encima de los juegos a los que nosotros jugábamos.
Hubiera debido comprenderlo.
—Me halaga que me lo diga… pero creo que ya hemos hablado lo suficiente
acerca del tema.
—¿Aceptarán usted y su marido cenar conmigo esta noche?
Vittorio escuchó sus propias palabras sin estar muy seguro de haberlas
pronunciado. Lo había hecho de manera impulsiva.
—Lo dice usted en serio, ¿verdad? —dijo ella tras haberle mirado brevemente.
—Ciertamente. He abandonado Italia con ciertas prisas por cortesía de su gobierno
y la ropa que llevo puesta es cortesía de sus compatriotas. Llevaba varios años ausente
de Londres. No tengo muchos amigos aquí.
—Resulta un poco provocador decir estas cosas.
—¿Perdón?
—Que ha abandonado Italia con ciertas prisas y que lleva puesta la ropa de otra
persona. Suscita preguntas.
Vittorio vaciló y después dijo:
—Le agradecería que me mostrara la comprensión que yo no tuve hace doce años.
Preferiría que no se suscitaran estas preguntas. Pero me gustaría cenar con usted. Y
con su marido, claro.
Ella resistió su mirada escudriñándole con curiosidad. Sus labios se curvaron en
una suave sonrisa. Había adoptado una decisión.
—El apellido de mi esposo era Spane. Holcroft es el mío. Jane Holcroft. Cenaré
con usted.
—Signore Fontini-Cristi —interrumpió el conserje del Savoy—, ha llegado su
automóvil, señor.
—Gracias —repuso Vittorio mirando a Jane Holcroft—. Voy en seguida.
—Sí, señor —dijo el conserje alejándose.
—¿Quiere que pase a recogerla esta noche? ¿O prefiere que le envíe mi
automóvil?
—La gasolina está empezando a escasear. Me reuniré aquí con usted. ¿A las ocho?
—A las ocho. Arrivederci.
—Hasta entonces.
Caminó por el largo pasillo del Almirantazgo, escoltado por un tal comandante
Neyland que le había recibido en la entrada. Neyland era de mediana edad,
adecuadamente militar y bastante pagado de sí mismo. O tal vez todo ello se debiera a
que los italianos no le impresionaban. A pesar de los conocimientos de Vittorio del
idioma inglés, Neyland insistía en utilizar palabras sencillas y en levantar la voz como
si estuviera hablando con un niño retrasado. Fontini-Cristi estaba seguro de que
Neyland no había prestado atención a sus respuestas. Un hombre que hubiera estado
escuchando un relato de persecución, muerte y huida no hubiera contestado con
frases triviales del tipo «¡No me diga!»… «Curioso, ¿verdad?»… «El golfo de Génova
está a veces muy picado en diciembre, ¿no es cierto?»
Mientras caminaban, Vittorio consiguió equilibrar la negativa reacción que le había
producido el comandante con la gratitud que experimentaba hacia el viejo Norcross de
Saville Row.
Si el comandante fallaba, Norcross se había mostrado, en cambio insuperable. El
viejo sastre le había vestido en cuestión de horas.
Las cosas pequeñas; concentrarse en las cosas cotidianas.
Y, por encima de todo, conservar un control rayano a la helada frialdad en el
transcurso de la reunión con quienquiera que representara al Sector Cinco de
Espionaje. Le quedaban muchas cosas por aprender y comprender. Cosas que
rebasaban el límite de la comprensión. En el frío relato de los acontecimientos que
habían sido el horror de Campo di Fiori no debería permitir que la angustia
obnubilara sus percepciones; el relato tendría que ser por tanto frío y comedido.
—Por aquí, amigo —dijo Neyland indicándole una arcada tipo catedral más propia
de algún venerable club masculino que de un edificio militar.
El comandante abrió la pesada puerta adornada con brillantes herrajes de latón y
Vittorio entró.
No había nada en el espacioso salón que no recordara a un serio pero elegante
club. Dos enormes ventanas daban a un patio. Todo era recargado: los cortinajes, el
mobiliario, las lámparas y, en cierto modo, incluso los tres hombres que se hallaban
sentados junto a la sólida mesa de caoba del centro. Dos de ellos iban uniformados —
y lucían unas medallas e insignias que denotaban bien a las claras su pertenencia a una
graduación que Fontini-Cristi desconocía—. El hombre vestido de paisano ofrecía
aspecto de diplomático no faltándole siquiera los encerados bigotes de rigor. Hombres
de aquel estilo solían ir y venir por Campo di Fiori. Hablaban suavemente y sus
palabras eran ambiguas; andaban siempre en busca de la elasticidad. El hombre
vestido de paisano se sentaba a la cabecera de la mesa y los dos militares se hallaban
acomodados uno a cada lado dé él. Había una silla vacía que evidentemente estaba
reservada a Vittorio.
—Caballeros —dijo el comandante Neyland como si estuviera presentando a un
peticionario en la corte de San Jaime—. El señor Savarone Fontini-Cristi de Milán.
Vittorio dirigió una mirada al engreído inglés; aquel hombre no había escuchado ni
una sola palabra de lo que le había dicho.
Los tres hombres se levantaron todos a una. El hombre vestido de paisano dijo:
—Permítame que me presente, señor. Soy Anthony Brevourt. He sido durante
varios años embajador de la Corona ante la corte griega de Jorge II en Atenas. A mi
izquierda, el vicealmirante Hackett de la Marina Real; a mi derecha, el brigadier Teague
del servicio de espionaje militar.
Al principio, hubo unas corteses inclinaciones de cabeza, pero después Teague
rompió la ceremoniosa atmósfera rodeando su silla y acercándose a Vittorio con la
mano extendida.
—Me alegro de que esté aquí, Fontini-Cristi. He recibido los informes
preliminares. Ha vivido usted unos momentos muy angustiosos.
—Muchas gracias —dijo Vittorio estrechando la mano del general.
—Siéntese —dijo Brevourt indicándole a Vittorio la correspondiente silla al
tiempo que se acomodaba en la suya. Los dos oficiales tomaron también asiento…
Hackett con cierta ceremonia y envaramiento; Teague con más naturalidad. El general
sacó una pitillera del bolsillo y le ofreció un cigarrillo a Fontini-Cristi.
—No, muchas gracias —dijo Vittorio.
Fumar en compañía de aquellos hombres daría a entender una familiaridad que no
sentía y que no deseaba que ellos le atribuyeran. Una lección que había aprendido de
Savarone.
—Me parece que será mejor que vayamos inmediatamente al grano. Estoy seguro
de que debe conocer usted el objeto de nuestra inquietud. El envío griego.
Vittorio miró al embajador y después a los dos oficiales. Ellos le estaban mirando
en aparente gesto de anticipación.
—¿Griego? No sé nada de un «envío griego». No obstante, me siento muy
agradecido. No tengo palabras para expresarles mi gratitud en ninguno de los dos
idiomas. Me han salvado ustedes la vida y unos hombres murieron en el transcurso de
esta operación. ¿Qué otra cosa puedo decirles?
—Creo —empezó a decir Brevourt— que nos gustaría escucharle decir algo acerca
de la extraordinaria entrega que le hizo a la familia Fontini-Cristi la Fraternidad
Oriental de Jénope.
—Perdón, ¿cómo dice usted? —preguntó Vittorio asombrado.
Las palabras carecían de significado para él. Se había cometido algún error
extraordinario.
—Ya se lo he dicho. He sido embajador de la Corona en Atenas. En el transcurso
de mi misión, se establecieron relaciones diplomáticas por todo el país, incluyendo,
como es lógico, el sector religioso. Porque, a pesar de la agitación en que vive sumida
Grecia, la jerarquía eclesiástica sigue constituyendo una poderosa fuerza.
—No me cabe la menor duda —dijo Vittorio mostrándose de acuerdo—. Pero no
tengo ni idea de qué tiene todo eso que ver conmigo.
Teague se inclinó hacia adelante con los ojos clavados en Fontini-Cristi mientras el
humo del cigarrillo le cubría el rostro.
—Por favor. Nosotros ya hemos cumplido con nuestro deber, ¿sabe? Tal como
usted ha dicho, creo que con mucha razón, le hemos salvado la vida. Hemos enviado
a nuestros mejores hombres, hemos pagado miles de libras a los corsos, hemos
corrido considerables riesgos en aguas peligrosas con un submarino, buques de los
que no andamos sobrados precisamente y hemos puesto en marcha una difícil ruta de
huida aérea. Todo eso para sacarle a usted. —Teague se detuvo, posó el cigarrillo en
un cenicero y esbozó una leve sonrisa—. Toda vida humana es sagrada, tal vez, pero
los gastos que ocasiona la prolongación de la misma tienen también un límite.
—Hablando en nombre de la Marina —dijo Hackett con mal disimulada irritación
—, actuamos ciegamente con un conocimiento muy escaso de los hechos cediendo a
instancias de las más destacadas figuras del gobierno. Pusimos en peligro un área vital
de operaciones; se adoptó una decisión que podía costamos gran número de vidas en
un próximo futuro. Nuestros gastos han sido muy considerables y la cuenta aún no se
ha cerrado.
—Estos caballeros, el propio gobierno, actuaron a insistente petición mía —dijo el
embajador Anthony Brevourt con medida precisión—. Estaba convencido más allá de
toda duda de que, independientemente del precio que ello pudiera costamos, resultaba
absolutamente necesario sacarle a usted de Italia. Se lo diré con toda claridad, señor
Fontini-Cristi, no se trataba de su vida. Se trataba de la información que usted posee
relativa al Patriarcado de Constantina. Éste ha sido el hilo conductor. Ahora, se lo
ruego, indíquenos la localización de la entrega. ¿Dónde está la caja?
Vittorio se quedó mirando fijamente a Brevourt hasta que le escocieron los ojos.
Nadie hablaba; el silencio resultaba embarazoso. Se estaba aludiendo a algo que había
conmovido los más altos niveles gubernamentales y Fontini-Cristi sabía que él era el
centro de todo aquello. Pero era lo único que sabía.
—No puedo hablarles de algo acerca de lo que nada sé.
—El tren de mercancías de Salónica —dijo Brevourt con voz cortante. La palma
de su mano descendió suavemente sobre la superficie de la mesa y el delicado golpe
de la carne sobre la madera resultó tan sorprendente como brusco—. Dos hombres
muertos en la estación de ferrocarril de Milán. Uno de ellos era un sacerdote. En algún
lugar de más allá de Banja Luka, al norte de Trieste, después de Monfalcone, en algún
lugar de Italia o de Suiza esperó usted la llegada de este tren. Dígame dónde.
—Yo no esperé la llegada de ningún tren, signore. No sé nada de Banja Luka ni de
Trieste. De Monfalcone sí, pero fue únicamente una frase totalmente carente de
significado para mí. Un «incidente tendría lugar en Monfalcone». Nada más. Mi padre
no me facilitó más detalles. Afirmó que me facilitaría información una vez hubiera
ocurrido el incidente de Monfalcone. No antes.
—¿Y qué me dice de los dos muertos de Milán? En la zona de mercancías de la
estación —insistió Brevourt sin darse por vencido y con una especie como de
intensidad eléctrica.
—Leí una noticia relativa a los hombres a que usted se refiere… muertos a tiros en
la zona de mercancías de Milán. Era una noticia periodística que no me pareció
demasiado importante.
—Se trataba de los griegos.
—Ya comprendo.
—Usted los vio. La entrega se la hicieron a usted.
—Yo no vi ningún griego. A mí no me hicieron ninguna entrega.
—¡Santo Dios! —exclamó Brevourt con un doloroso suspiro.
A todos los que se hallaban acomodados alrededor de la mesa les resultó evidente
que el diplomático había sido presa de sus propios temores; no estaba de ningún
modo simulando a efectos de la negociación.
—Calma —dijo el vicealmirante Hackett en tono fatuo.
—Se concertó un acuerdo entre los superiores de Jénope y la familia italiana
Fontini-Cristi —empezó a decir el diplomático hablando lentamente y con cautela
como si tratara de ordenar sus pensamientos—. Se trataba de un asunto de
incalculable prioridad. Entre el nueve y el dieciséis de diciembre, las fechas de salida
del tren de Salónica y de su llegada a Milán, alguien esperó la llegada del tren y de su
tercer vagón se descargó un cesto. El cargamento era de tal valor que el itinerario del
tren fue preparado en fases aisladas. No había más que un solo plan general integrado
por una serie de documentos encomendados a la custodia de un solo hombre, un
monje de Jénope. Dichos documentos fueron también destruidos antes de que el
monje eliminara al maquinista y se quitara él mismo la vida. Sólo él sabía dónde
habría que efectuar la entrega, dónde tendría que descargarse el cesto. Él y los
responsables de su custodia. Los Fontini-Cristi. —Brevourt se detuvo clavando sus
hundidos ojos en Vittorio—. Éstos son los hechos que me han sido comunicados a
través de un correo del Patriarcado. Junto con las medidas adoptadas por mi gobierno,
me imagino que serán suficientes para convencerle a usted de la necesidad de
facilitarnos dicha información.
Fontini-Cristi se removió en su asiento y apartó la mirada del anhelante rostro del
embajador. No le cabía la menor duda de que los tres hombres creían que estaba
simulando; tendría que convencerles de lo contrario. Pero, ante todo, tenía que pensar.
Conque aquélla había sido la razón. Un desconocido tren de Salónica había sido la
causa de que el gobierno británico adoptara medidas extraordinarias encaminadas a —
¿cuál había sido la expresión utilizada por Teague?— prolongar su vida. Sin embargo,
lo importante no era su vida, tal como Brevourt le había dado claramente a entender.
Se trataba de la información de la que le suponían poseedor.
Y que, como es lógico, él no poseía.
Entre el nueve y el dieciséis de diciembre. Su padre había emprendido viaje a
Zurich el día doce. Pero Savarone no había estado en Zurich. Y no había querido
decirle a su hijo dónde había estado… Era muy posible que Brevourt tuviera motivos
para mostrarse inquieto. Sin embargo, había otras cuestiones; el esquema no estaba
muy claro. Vittorio volvió a mirar al diplomático.
—Tenga paciencia. Ha dicho usted los Fontini-Cristi. Y utiliza el plural. Un padre y
cuatro hijos. El padre se llamaba Savarone. El comandante Neyland me ha presentado
erróneamente con este nombre.
—Sí —dijo Brevourt con voz apenas audible, como si se viera obligado a llegar a
una conclusión que no deseara aceptar—. Ya me he dado cuenta.
—Por consiguiente, el nombre que les indicaron a ustedes los griegos era
Savarone, ¿no es cierto?
—No es posible que actuara en solitario —dijo Brevourt hablando casi en
susurros—. Usted es el hijo mayor; dirige las empresas. Le hubiera informado de ello.
Necesitaba su ayuda. Fue necesario preparar más de veinte documentos separados, de
eso estamos seguros. ¡Le necesitaba a usted!
—Eso es lo que aparentemente, o tal vez desesperadamente desean ustedes creer.
Y, porque así lo creyeron, adoptaron ustedes medidas extraordinarias con el objeto de
salvarme la vida y sacarme de Italia. Saben ustedes sin duda lo que ocurrió en Campo
di Fiori.
Ahora habló el brigadier Teague.
—Nos enteramos por primera vez a través de los partisanos. Los griegos no les
anduvieron lejos. La embajada griega en Roma estaba siguiendo de cerca a los
Fontini-Cristi; al parecer, no se dijo el porqué. La noticia de Atenas llegó hasta el
embajador, quien, a su vez, estableció contacto con nosotros.
—Y ahora está usted insinuando —dijo Brevourt fríamente— que todo ha sido
inútil.
—No lo estoy insinuando. Lo estoy afirmando. En el transcurso del período a que
usted se ha referido, mi padre dijo que tenía que trasladarse a Zurich. Me temo que no
presté demasiada atención a sus palabras pero, algunos días más tarde, me vi en la
urgente necesidad de pedirle que regresara a Milán. Traté de ponerme en contacto con
él; llamé a todos los hoteles de Zurich; no pude localizarle en ninguna parte. Jamás me
dijo dónde estuvo, dónde había estado. Ésta es toda la verdad, caballeros.
Los dos oficiales miraron al diplomático. Brevourt se reclinó lentamente en su
asiento… en gesto de impotencia y agotamiento. Después se quedó mirando la
superficie de la mesa y, al final, decidió hablar.
—Ha salvado usted la vida, señor Fontini-Cristi. Espero con toda mi alma que el
precio no haya sido demasiado elevado.
—A eso yo no puedo contestarle, claro. ¿Por qué se concertó este acuerdo con mi
padre?
—Yo tampoco puedo contestarle a eso —replicó Brevourt sin apartar los ojos de la
superficie de la mesa—. Al parecer, alguien, en algún lugar, debió considerarle en
posesión de suficientes recursos o de suficiente poder como para llevarlo a cabo.
Debieron de tenerse en cuenta ambas cosas o tal vez una de ellas. Es posible que
jamás lo sepamos…
—¿Qué había en el tren de Salónica? ¿Qué contenía la caja que les ha inducido a
ustedes a hacer lo que han hecho?
Anthony Brevourt levantó los ojos, miró a Vittorio y contestó con una mentira.
—No lo sé.
—Eso es absurdo.
—Estoy seguro de que así debe parecérselo a usted. Sólo conozco las…
derivaciones de su significado. Tales cosas no tienen precio. Se trata de un valor
abstracto.
—¿Y sobre esta base adoptó usted las decisiones, convenció a las más altas
autoridades de la necesidad de adoptarlas? ¿Indujo usted a su gobierno a actuar de
este modo?
—En efecto, señor. Y volvería a hacerlo. No puedo decirle más acerca del asunto
—dijo Brevourt levantándose de la mesa—. Es inútil proseguir. Es posible que otros
establezcan contacto con usted. Buenos días, señor Fontini-Cristi.
El comportamiento del embajador sorprendió a los dos oficiales que, sin embargo,
se abstuvieron de hacer comentarios. Vittorio se levantó de su silla, inclinó la cabeza,
y se encaminó en silencio hacia la puerta. Después se volvió y miró a Brevourt cuyos
ojos le estaban contemplando inexpresivamente.
Una vez fuera, Fontini-Cristi se sorprendió de ver al comandante Neyland en
posición de firmes entre dos soldados. La Sección Cinco de Espionaje, Operaciones
Extranjeras, no quería correr ningún riesgo. La puerta de la sala de reuniones estaba
custodiada.
Neyland se volvió con expresión de asombro. Evidentemente, debió pensar que la
reunión iba a durar más tiempo.
—Veo que le han soltado.
—No creía que me tuvieran preso —repuso Vittorio.
—Es una forma de hablar.
—Jamás me había dado cuenta de lo desagradable que resultaba. ¿Va usted a
acompañarme hasta el mostrador de recepción?
—Sí, tendrá usted que firmar para que quede constancia de la hora de su salida.
Se acercaron al enorme mostrador de recepción del Almirantazgo. Neyland se
miró el reloj y le facilitó al guardia el apellido de Vittorio. A Fontini-Cristi se le pidió
que firmara la hora de salida. Vittorio así lo hizo y, mientras se alejaba del mostrador,
fue despedido ceremoniosamente por el comandante. Él inclinó la cabeza —también
ceremoniosamente— y cruzó el espacioso vestíbulo de pavimento de mármol en
dirección a la gran puerta de doble hoja que daba acceso a la calle.
Estaba descendiendo el cuarto peldaño cuando recordó las palabras. Aparecieron
entre la bruma y el remolino de la blanca luz y el rumor sincopado de los disparos de
metralleta.
«Champoluc… Zurich es Champoluc… ¡Zurich es el río!»
Y después ya nada. Sólo los gritos y la blanca luz y los cuerpos suspendidos en la
muerte.
Vittorio se detuvo en el peldaño de mármol sin ver más que las terribles visiones
de su mente.
¡Zurich es el río! Champoluc…
Vittorio se controló. Permaneció inmóvil y respiró hondo, vagamente consciente
de que le estaban mirando desde la acera y los peldaños. Se preguntó acerca de la
conveniencia de cruzar de nuevo la puerta del Almirantazgo y descender por el largo
pasillo que conducía al arco catedralicio de la sala de conferencias de Espionaje Sector
Cinco.
Adoptó tranquilamente la decisión. Es posible que otros establezcan contacto con
usted. Que vinieran estos otros. No iba a compartir sus conocimientos con Brevourt,
aquel buscador de la elasticidad que le había mentido.