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La Batalla del Alma: Invasores y Virtudes

Cuento que cuestiona la sociedad desde el centro del hombre que es el alma y lo llamado Pecado. Asimismo, desenmascara la iglesia como una institución decadente.

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Cuento que cuestiona la sociedad desde el centro del hombre que es el alma y lo llamado Pecado. Asimismo, desenmascara la iglesia como una institución decadente.

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LOS INVASORES

Guillermo Bertini

Ellos están en todas partes. Sí, por allí andan pululando, al acecho. Aguardan pacientes,
agazapados, camuflados, y cuando encuentran algún intersticio por donde colarse ¡zas!,
ahí arremeten sin piedad. No actúan con prisa, pues saben que tienen toda una vida
humana para llevar a cabo su cometido. Y cuando logran traspasar los confines del
espíritu sobreviene el caos: ocupación, saqueo, dominio, destrucción… y finalmente la
victoria.

Esas abominables y horribles criaturas son invisibles y se reproducen como los


microbios. Sin embargo los Zahorí afirman que los hay de formas diversas y que van
sufriendo mutaciones conforme con las circunstancias. Algunos poseen púas en la
cabeza y otros aguijones en la cola. Todos son ponzoñosos. Estos invasores pertenecen
al reino de Peccatun: “el Señor de las tinieblas”. Su legión –la más temida en el universo
interior- está estratégicamente distribuida en tres líneas de combate: a la vanguardia
van los Iracundios y los Arrogantes; la fuerza de choque está formada por los Luxuñas,
Invidias y Avaritias; y custodiando la retaguardia están los Pigritias y Gulas.
Peccatun supo desde el origen de los tiempos que para poder alcanzar su objetivo
tendría que vencer al poderoso ejército de resistencia liderado por Virtus-Utis. Y cada
uno lucharía denodadamente por hacer prevalecer sus fuerzas.
¿La víctima?, el Ser. ¿El campo de batalla? sólo uno, el Alma.

Cuenta mi madre, que cuando la pandemia de “los invasores” había comenzado a hacer
estragos, ella quedó embarazada de mí. Siempre lo recuerda. Y cómo no
recordarlo…Aquel había sido un parto traumático: dio a luz a un niño muy extraño. Era
una criatura lánguida, desgarbada, que no poseía siquiera aliento para llorar. Estaba
cubierto por una piel arrugada y de color morado. De su cabeza,
desproporcionadamente grande, brotaban motas informes de pelos negros y duros. Los
ojos, como bolos, parecían salirse de sus órbitas y dos afilados colmillos asomaban de
su bocaza. Esa criatura se parecía más al monstruo de Gila que a un ser humano.
En el vecindario, la chusma se desesperaba por tener la primicia y acudía a casa con
cualquier excusa.
- ¡¿Lo vieron…lo vieron…?! dicen que es un engendro- murmuraban algunos por lo bajo.
- A mí me contaron que está poseído.- comentaba otro.
Mi padre, aunque nunca lo dijo, dudó de su paternidad. El análisis de ADN no se conocía,
pero de haber existido, él no hubiera soportado semejante afrenta.
A los pocos meses de nacido me vistieron de blanco y me llevaron a un gran edificio con
amplias galerías repletas de bancos y con techos muy altos. Hacia el frente y
sobreelevada aparecía una gran mesa cubierta con un impecable mantel y dos velas
encendidas a cada lado. Por encima: un hombre crucificado Ese lugar estaba oscuro, frío
y olía a humedad. Yo lo percibía aunque no podía expresarlo con palabras. Mis entrañas
se estremecieron y sólo podía llorar.
Para entonces ya había sido presa de los invasores.

Las huestes de Peccatum aguardaban para atacar que las almas de sus víctimas
estuvieran en penumbras. Esa condición les daba ventajas sobre las tropas de Virtus-
Utis, que se defendían mejor cuando el campo de batalla estaba iluminado. Después se
pusieron en marcha para la invasión. Siempre utilizaban diferentes artilugios para
intentar engañar al enemigo y aniquilarlo. Una vez alistados todos los guerreros
disponibles, arremetieron haciendo uso de las más sofisticadas armas letales.
Los Iracundios y los Arrogantes se ocuparon de las operaciones de inteligencia y
pudieron penetrar sin dificultad las primeras formaciones enemigas custodiadas por los
Pacientes y Humildes. Para ello se valieron de sus excelentes condiciones en el manejo
de la prepotencia, la insolencia y la mentira. Una vez abierta la brecha quedó el camino
liberado para que los Luxuñas, Invidias y Avaratias desplegaran todo su poderío bélico.
Entonces, lanzaron toda la artillería pesada cargada de obscenidades, odios, celos y
mezquindades.

En aquella anquilosada construcción me sostuvieron sobre una pila y me vacunaron


contra “los invasores” volcándome agua fría sobre la cabeza. Después un hombre
vestido con una toga color púrpura me marcó cuatro puntos sobre la frente. Además de
mis padres, dos personas más fueron testigos de aquel acto. Así lo confirma una
pequeña cartulina que lleva impresa en líneas doradas la figura de un niñito alado y
desnudo. A ese testimonio lo mantengo guardado celosamente.

Sin embargo los invasores subestimaron a los Púdicos, Filántropos y Dádivos que le
opusieron heroica resistencia en una lucha de trincheras. Respondieron al sangriento
ataque con misiles mononucleares compuestos por ojivas de recato, caridad y
generosidad. En aquella cruenta y despiadada lucha hubo muchas bajas de ambos
bandos. Pero el ejército de ocupación quedó bastante debilitado y se replegó. Pese al
revés sufrido, Pecatum los reorganizó rápidamente. Sus fuerzas se recompusieron y
volvieron a atacar esta vez con más saña. ¡A vencer o morir!, era la consigna. Pero como
el Alma había comenzado a iluminarse, los Templarios y Diligentes, aprovecharon esta
inmejorable situación y acometieron por la retaguardia. Si bien al principio los Pigritias
y Gulas se vieron desconcertados por el accionar de los iluminados, igualmente los
dejaron avanzar sin ofrecerles demasiada resistencia. Una vez que los tuvieron en la
mira lograron infiltrarse y confundirse entre ellos. Entonces aprovecharon para terminar
de resquebrajar sus ya decaídas voluntades y los tentaron con exquisiteces, cómodos
aposentos y variados placeres, hasta que finalmente claudicaron. Mientras tanto, en la
oscuridad del Alma, Peccatun saboreaba el triunfo.

Ahora, al final de mi tortuosa existencia, vuelvo a mirar con nostalgia aquella antigua
estampita del Querubín de oro. Y la descubro ajada, descolorida, destrozada…
Como mi Alma.

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