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Evolución de la Narrativa Ecuatoriana

El documento resume la evolución de la narrativa ecuatoriana contemporánea desde la década de 1970, destacando la experimentación con nuevas técnicas narrativas y temáticas que reflejan un mundo más complejo. Resalta a autores como Byron Rodríguez, Iván Oñate y Modesto Ponce Maldonado por su dominio del lenguaje y la estructura cuentística, renovando la literatura ecuatoriana.

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Evolución de la Narrativa Ecuatoriana

El documento resume la evolución de la narrativa ecuatoriana contemporánea desde la década de 1970, destacando la experimentación con nuevas técnicas narrativas y temáticas que reflejan un mundo más complejo. Resalta a autores como Byron Rodríguez, Iván Oñate y Modesto Ponce Maldonado por su dominio del lenguaje y la estructura cuentística, renovando la literatura ecuatoriana.

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ANTECEDENTES DE LA NARRATIVA CONTEMPORÁNEA

La novelística sufre en el siglo XX una múltiple transformación. Se emancipa de las


fórmulas tradicionales; deja de ser puro entretenimiento, distracción del ocio, para
convertirse en testimonio de conocimiento, preocupación intelectual, reflejo de profundos
problemas humanos.
En contacto con las teorías filosóficas, con el progreso científico y tecnológico, con
las estructuras económicas, sociales y políticas, adquiere el relato nuevas dimensiones
internas. Pero, además del enriquecimiento temático, tiene una especial significación la
renovación técnica, el cambio radical de la estructura: desplazamiento del punto de vista
narrativo, enfoque de una acción desde distintos ángulos ópticos, ruptura de la secuencia
temporal, contrapunto, monólogo interior.

El siglo XIX se caracterizó por una mirada progresista del mundo. Se pensaba que
la democratización del conocimiento podía llegar a todos los hombres y mujeres y que,
como colectividad, la humanidad avanzaría perpetuamente hacia un estado de perfección
creciente, alcanzando finalmente la felicidad. Estas ideas se basaban en el principio de la
racionalidad como algo propio de los seres humanos, lo cual propiciaba el establecimiento
de una ética universal y de una comprensión científica del mundo en su totalidad. El ser
humano se sentía fuerte, capaz de conocer y ordenar el mundo, de configurar una serie de
principios valóricos que todos respetarían, pues se pensaba que todos eran racionales.

Sin embargo, el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 hace temblar los
cimientos de la concepción del mundo sostenida hasta ese momento. Las guerras
mundiales muestran cómo el ser humano también puede utilizar los avances científicos
para fines que no respetan los derechos básicos de hombres y mujeres. De la misma
manera, la gran cantidad de muertes violentas que suceden en la primera mitad del siglo
XX niegan la idea de la naturaleza racional del ser humano y su capacidad de llegar a
establecer y respetar códigos valóricos universales.

Estos fenómenos históricos influyen fuertemente en la literatura que se comienza a


producir a partir de esa época, pues en ella se tratarán temas como la cercanía de la muerte,
el carácter absurdo de la existencia, la presencia de lo ilógico como opuesto a lo racional,
la soledad del ser humano en un mundo hostil, entre otros. Estos temas, más una serie de
innovaciones en la estructura y forma de los textos literarios, constituirán los rasgos
caracterizadores de la literatura del siglo XX.

A diferencia de la seguridad propia del proyecto humano del siglo XIX, la literatura
contemporánea se encargará de exhibir la imposibilidad de ordenar y comprender el
mundo como un todo. La posibilidad de una verdad universal o igual para todos se había
desvanecido, pues la estabilidad que el concepto de razón daba al ser humano estaba
puesta en duda.
De esta manera, ya no encontraremos en esta época obras que configuren un mundo
coherente, en el cual las cosas sucedan siempre por una causa lógica, sino que veremos
textos literarios que contradicen los modelos habituales de creación. Esta ruptura se
expresa a través de los elementos que se señalan a continuación. Es importante que
consideres que no se trata de que cualquier obra contemporánea tenga TODOS estos
rasgos, sino que es posible que encuentres uno o varios de ellos al leer una obra escrita
durante los siglos XX o XXI.

LA NARRATIVA ECUATORIANA CONTEMPORÁNEA A PARTIR DE


LA DÉCADA DE 1970

La década de 1960 en Hispanoamérica consagró a un grupo de autores importantes


y se desentendió con sutileza del resto. Julio Cortázar, Carlos Fuentes, Gabriel García
Márquez y Mario Vargas Llosa ocuparon el interés de catedráticos, críticos, estudiantes
de la ciencia literaria y público en general. A ese mismo nivel, pero con cierta distancia,
lucían Juan Rulfo, Augusto Roa Bastos, José Donoso, José Lezama Lima y Guillermo
Cabrera Infante. Las literaturas que no dependían de esta promoción fueron ignoradas, y
la ecuatoriana fue una de esas muchas, a pesar de que técnicas experimentales, renovación
de temáticas, un lenguaje menos vernáculo y, de hecho, las sugerencias de 1. A. Richards
de prestar más atención a los detalles del texto mismo que ya aparecían en la palestra de
esa era. Sin embargo, en el caso ecuatoriano la narrativa tuvo mayor fondo en la década
de 1970 cuando se usaba la complejidad en la narración, el desdoblamiento del personaje,
la experimentación y el elemento lúdico en el lenguaje, el fluir de la conciencia, la
fragmentación paralela de la dimensión espacio-tiempo, la invención de mundos alternos
como el onírico, el monólogo interior, la pluralidad de voces, ecos a veces, el realismo
mágico, la simultaneidad de verdades ficticias enmarcadas en un trasfondo definitorio
que «[e ]sa ilusión de falsedad, dijo Renzi, es la literatura misma» (Piglia, 28), o la visión
totalizadora de la realidad y tantos otros ardides que sorprendieron a propios y extraños.

La narrativa del Ecuador pese a las corrientes del criollismo, el cosmopolitismo y


sus ismos subalternos, el neorrealismo, el boom como fenómeno catalizador de la
grandeza hispánica, el pos boom y el posmodernismo, cuya fragmentación es aceptada
como un fenómeno liberador, sintomático de escape de sistemas fijos, dentro de módulos
de comportamientos literarios- no llegó a integrarse ni a participar activamente en ello,
aunque dentro del realismo social la literatura ecuatoriana de los años 30 tuvo una
participación de liderazgo en Hispanoamérica, lo que contradice uno de los postulados
más firmes del modernismo, cuyo lamento, pesimismo y desesperación se hacen
presentes frente a un mundo fragmentado. No obstante, sin una comprensión somera de
este movimiento, sería imposible entender la cultura del siglo XX.

En Ecuador los que ponen la variación son los autores de la Generación del 30, cuyo
realismo social despertó un cambio violento y proletario en el país dentro de un contexto
nacional histórico que presenció América. Así, la narrativa ecuatoriana moderna, en lo
que se refiere a un inicio nacional, recibe influencia directa de esta época.
El Grupo de Guayaquil, compuesto por Demetrio Aguilera Malta, Joaquín Gallegos
Lara y Enrique Gil Gilbert, ofrece una producción atrevida y despampanante con Los que
se van (1930). Luego Jorge lcaza y Alfredo Pareja Diezcanseco dan al mundo una realidad
marginada por la injusticia, el desdén y la pobreza. Según Raymond L. Williams, además
de éstos, «Adalberto Ortiz y Miguel Donoso Pareja fueron los escritores que
modernizaron la narrativa ecuatoriana y lo hicieron con una ficción de alta calidad , una
obra relativamente desconocida fuera del Ecuador».

Los autores, a partir de los 70, han hecho de la narrativa ecuatoriana una más
atrayente para que se lea no tan solo en suelo patrio, sino que atraviese las fronteras y se
integre dentro de las corrientes más exigentes del hemisferio. Sin embargo, como residuo
de aquella literatura primeriza de cambio y, sobre todo de denuncia, permanecen dos
escritores claves de esa época: José de la Cuadra y Pablo Palacio, cuya literatura
innovadora y visionaria ha dado precedentes para nuevos estudios de renovación en la
literatura hispanoamericana. La influencia del primero, con Los Sangurimas (1934), se
inserta dentro del realismo mágico, suceso que ha llamado la atención: «que ... de la
Cuadra anticipara el procedimiento mítico que hoy caracteriza a la nueva novela» (Sacoto,
24) y que se puede percibir ya en Eliécer Cárdenas, en su mejor novela Polvo y ceniza
(1979). Pablo Palacio, con Un hombre muerto a puntapiés (1927) refuerza una literatura
de intimidad y surrealista, al igual que en el caso de Miguel Donoso Pareja, con su obra
Henry Black (1969).

En el cuento, en la década de los 70-80 hay una marcada reacción en contra del
realismo social y una bienvenida al realismo sicológico. Predomina una tendencia anti -
criollista y un estado de aceptación a una renovación de aptitudes estéticas influidas por
la presencia del boom.

Un siguiente grupo de cuentistas ilustres son aquellos que cubren la siguiente década,
la que va del 80 al 90. Uno de los mejores exponentes de la narración corta de este período
es Byron Rodríguez. Hay una profunda mezcla de realidad y magia dentro de su trabajo;
combina también lo misterioso con lo onírico y lo telúrico. Nos da un cuadro folclórico
exacto de Cotopaxi con sus vivencias en el campo y en la ciudad. El lector atento se da
cuenta de la magia estructural, narrativa y temática de sus relatos. De la misma manera,
Iván Oñate maneja con maestría tanto la estructura externa como la interna de la historia.
Conocemos los cuentos de su libro El hacha enterrada (1986) y, sin lugar a dudas, es uno
de los mejores que se han producido en el Ecuador por su lenguaje, uso de símbolos y la
reacción/acción de sus personajes.

En la última década de 1990 a 2000, Modesto Ponce Maldonado sorprende por el


uso de un lenguaje preciso, imágenes vigorosas y renovación en la temática como en la
reconstrucción del sujeto/persona, instituyendo personajes conflictivos, capaces de
hacernos sentir sus esperanzas más sublimes o sus angustias más desgarradoras. Su único
libro de cuentos También tus arcillas (1997) reúne una gama de asuntos que van de lo
bíblico a lo amoroso, dejando siempre una huella sólida dentro de la nueva literatura
ecuatoriana.

Los altibajos de la política y la economía impiden una temática optimista y


constructora. «Pero hay también el canto gozoso a la vida, al amor, de Ramiro Arias, en
los cuentos de Parra Gil» (Sacoto, 10) Sin embargo, «es necesario hacer del relato una
obra de arte… » (Viteri, 10) y, se lo ha hecho. Además, se percibe de una manera
dominante y constante el deseo genuino de los escritores que escriben relatos literarios,
al ubicar su trabajo cuentístico a la altura de cualquier literatura mundial. De allí que «se
encuentra además un gran cosmopolitismo en las obras de Oñate, Ubidia, Aguilar
Monsalve; un entretenimiento clásico…en Sonia Manzano y un amasamiento mítico en
tema y personajes en los cuentos de Byron Rodríguez» (Sacoto, 10).

Bibliografía

Aguilar Monsalve, Luis A. «El preboom de la novela hispanoamericana en el siglo


XX», discurso de introducción a la Academia Ecuatoriana de la Lengua, Quito, agosto,
200l.

La literatura contemporánea y la narrativa hispanoamericana, Recuperado


de:http://www.monografias.com/trabajos105/literatura-contemporanea-y-narrativa-
hispanoamericana/literatura-contemporanea-y-narrativa-
hispanoamericana.shtml#ixzz5EQ4qTyo4

Proaño, Ernesto. Figuras y antología de literatura ecuatoriana, Quito, Don Bosco,


1960.

Sacoto, Antonio. La novela ecuatoriana 1970-2000, Quito, Ministerio de Educación


y Cultura, 2000.

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