400-12-Para Quequieren Justicia Los Animales
400-12-Para Quequieren Justicia Los Animales
Alianza Editorial
A Pipa,
por tantos ejemplos.
neamente satisfechos. Así, toda teoría ética es, en algún sentido, con-
secuencialista, pero no toda concepción moral está comprometida
con el componente «aditivo» o «agregativo», con ese tnodo «utilitaris-
ta» de jerarquizar entre los estados de cosas. No lo está, en concreto,
la ética basada en los derechos. A ella hemos de dirigir ahora nuestra CAPÍTULO 6
mirada.
¿PARA QUÉ QUIEREN DERECHOS
LOS ANIMALES?
circunstancia» (artículo 5.2.); que «Los experimentos con animales dican todos los derechos que en .el pasado habían sido socavados por
que involucren sufrimiento físico o psicológico violan los derechos de la dinastía de los Estuardos. Ello hace que la Declaración de 1689 sea
los animales» (6.1.), y que «Cualquier acto que involucre la muerte considerada el germen de las más célebres declaraciones de derechos
de un animal y cualquier decisión que conduzca a tal acto, constituye estadounidense y francesa que tuvieron que esperar ochenta y siete y
un crimen contra la vida» (artículo 7). cien añ.os respectivamente 4•
Resulta difícil identificar a quien por primera vez empleara la ex- En todos esos textos jurídicos, así como en instrumentos y declara-
presión «derechos de los animales», un enunciado que a más de uno ciones anteriores tales como la Carta Magna inglesa de 1215 o la
le ha servido como supuesto de absurdo conceptual. Así se lo pareció también inglesa Petición de Derechos de 1628 o las varias Cartas de
a Thomas Taylor, un filósofo de Cambridge, que utilizó la idea de los las colonias en los Estados Unidos dadas a lo largo del siglo XVII, se
«derechos de las bestias» para ridiculizar la propuesta de Mary Wolls- concreta, como he indicado antes, un ideal moral: lo que hoy cono-
tonecraft que en 1792 abogaba por los derechos de la mujer en un es- cemos como derechos fundamentales 5• Se ha discutido, y se sigue
crito pionero del movimiento feminista (Vindication of the Rights of discutiendo, su génesis histórica; qué derechos humanos tenemos y si
the "\tVoman) 2 • esa nómina constituye o no un numerus clausus; aun con mayor in-
M8.s allá de las mofas que pueda suscitar la noción, parece que nos tensidad se debate por qué tenemos derechos y también quiénes los
tenemos que remontar a 1688, año en el que Thomas Tryon publica ostentan. Para algunos, esta última parece la cuestión más sencilla de
Complaints of the birds and fowls of heaven to their Creator (Quejas de resolver, pues en el propio concepto de «derechos humanos» aparece
los pájaros y cwes a su Creador), para localizar una primera apuesta por ya indicado el sujeto de los mismos: todos aquellos que sean seres hu-
el otorgamiento de derechos a los animales no humanos 3 . Se trata de manos y sólo ellos 6 • Tal respuesta, sin embargo, es demasiado apresu-
una obra escrita cuando el genérico ideal moral de los derechos estaba rada o en todo caso insuficiente. Al respecto de la protección de los
a punto de quedar plasmado en un texto jurídico que tuvo una gran animales, lo que nos preguntamos es si no habrá razones para que,
relevancia en el desarrollo posterior de los llamados derechos huma- como los seres humanos, algunos animales sean titulares de algunos
nos y que influyó decisivamente en la historia política estadouniden- derechos. Claro que antes de llegar a ese punto tal vez convenga abor-
se. En efecto, en 1689 se culmina, con la llamada Declaración de De- dar primero un asunto que emerge con carácter previo: ¿qué es «tener
rechos (An Act Declaring the Rights and Liberties of the Subject and un derecho»? ¿Por qué es moralmente importante la atribución de de-
Settling the Succession of the Crown), la conocida como «Gloriosa Re- rechos? ¿Para qué los querrían los animales?
volución» en Inglaterra con la cual se derroca a Jacobo II. El Parla- A lo largo de la historia la pregunta sobre el concepto de derecho
mento, subyugado de manera continua durante su reinado (Jacobo II ha recibido distintas respuestas 7 . Durante la Edad Media, por ejem-
llegó a mantener suspendidas sus funciones entre 1685 y 1688), obli- plo, la orden franciscana, con Guillermo de Occam a la cabeza, defen-
ga al nuevo monarca, Guillermo de Orange, a someterse a la referida dió la idea de que el derecho a algo no incluye necesariamente la pro-
Declaración para poder acceder al trono. En ella se determinan las
4
condiciones del ejercicio del poder monárquico y al tiempo se reivin- Páramo y Ansuátegui, 1998, pp. 782-791. Con posterioridad a la Declaración de In-
dependencia de Estados Unidos de 1776 se promulga la Constitución (1787), en la que
se incluye igualmente una declaración de derechos luego ampliada tras la Guerra de Se-
2 cesión.
Véase Singer, 1999, p. 3'7. Con el mismo espíritu que Taylor, entre los iusfilósofos es-
5
pañoles véase, por todos, Pérez Luño (1991, p. 102). El libro de Mary 'VVollstonecraft Esas declaraciones son, por ello, consideradas como la prehistoria del proceso de posi-
(Vindicación de los derechos de la mujer) está traducido por Isabel Burdiel y publicado por tivación de los derechos humanos.
6
Cátedra y el Instituto de la Mujer en 1994 (Madrid). Ésta es la respuesta de Gewirth (1980, pp. 103 y 317) y de W asserstrom (1964, p. 631).
3 7
Véase Linzey, 1996b, p. 45 (el dato lo toma Linzey, a su vez, de Charles Magel: Key- Resulta fundamental insistir en que nos estamos centrando en el concepto de derecho
guide to information sources in Animal Rights, Mansell Press, Londres-Nueva York, 1989). (en el sentido subjetivo) y no así en el de ordenamiento jurídico o Derecho objetivo.
216 JUSTICIA PARA LOS ANIMALES ¿PARA QUÉ QUIEREN DERECHOS LOS ANIMALES? 217
piedad de ese algo. A cualquier lego en Derecho le cabría preguntarse ella Juan XXII señala que, con respecto al mero uso de recursos, que,
legítimamente cuán importante era subrayar tal cosa, pues parece que supuestamente, caracterizaría la situación de Adán y Eva en el estado
estamos ante una de esas disquisiciones escolásticas sin mayor conse- de inocencia (y ahora a los franciscanos), ello contradice expresamen-
cuencia práctica. Para los franciscanos, sin embargo, la cuestión era te las Sagradas Escrituras, en las que se puede leer el mandato dado
de la mayor trascendencia, puesto que de ello dependía finalmente por Dios a los hombres de: «Fructificad y multiplicad y henchid la
que pudieran seguir con rigor la doctrina de la pobreza apostólica que tierra y sojuzgadla y señoread en los peces de la mar y en las aves de
había propagado san Buenaventura, su teólogo más influyente. los cielos y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra» 11 • La
La pregunta que, podríamos decir, inquietaba a los franciscanos propiedad, en definitiva, no sólo resultaba consustancial a la natura-
era: ¿Cómo es posible ser pobre y usar recursos? La respuesta la ofreció leza humana, sino una realidad sancionada por la ley divina 12 • Ade-
el papa Nicolás III, protector de su orden, en la bula Exiit qui seminat más, con respecto a los bienes consumibles, la distinción franciscana
promulgada el 14 de agosto de 1279. En ella Nicolás III afirma que entre propiedad y mero uso de hecho deviene imposible, pues, por su
la regla franciscana que obliga a la abdicación de la propiedad: «no propia naturaleza, usar dichas cosas implica consumirlas, apropiarlas
implica la renuncia al uso de las cosas en todo caso para cualquiera, para hacerlas desaparecer, con lo que alguna propiedad (esto es, «de-
pues en lo que a las cosas ten1porales se refiere ha de considerarse la recho») sobre ellas se ha de tener. De otro modo, no se podrían usar
propiedad particular, la posesión, el usufructo, el ius utendi y el mero (es decir, consumir). No hay, en definitiva, uso lícito de mero hecho
usus facti ... » 8 • Así, resulta que los franciscanos no son propietarios (y sin algún derecho 13 •
por ello infieles seguidores del mandato de pobreza), sino simples Los estudiosos de la historia política nos sugieren que las primige-
consumidores o usuarios, de la misma manera que lo fueron Adán y nias declaraciones de derechos a las que antes hice referencia se ha-
Eva, quienes, durante el estado de inocencia, no tenían dominio so-
bre nada sino el simple uso de hecho. Sobre aquellos bienes que los co, sino sano, católico y fiel...» (citado por Folgado, 1960, p. 99). Como destaca Folga-
monjes consumen o utilizan no tienen ningún derecho, pues no los do, al exaltarse así la pobreza de Cristo se destila una vanidad por parte de la orden fran-
ciscana (que se erigiría en la única celadora de la actitud mantenida por Cristo y sus dis-
pueden ceder o intercambiar. En la doctrina franciscana, por tanto, se cípulos) que explica la reacción cerval del papado en contra de la orden (íbíd).
desliza la idea de que esas dos facultades (la cesión y el intercambio) 11
Génesis, 1: 28 (cursivas mías).
12
son inherentes a la propiedad, pero «derecho» como cierta facultad Tuck, 1979, p. 22, y Cruz Parcero, 1999, pp. 16-17.
13 Véase Folgado (1960, pp. 106 y 109) aludiendo también a la Constitución Ad condí-
(de uso y consumo) y «propiedad» no son necesariamente lo mismo 9 •
torem canonum de Juan XXII publicada algún tiempo antes de la Quía vír reprobus (el 8
Cincuenta años después de la publicación de la bula Exiit qui de diciembre de 1322). A su vez, la Quía vír reprobus encontró respuesta en la Opus No-
seminat, la doctrina vertida por Nicolás III fue modificada por el nagínta Dierum de Guillermo de Occam escrita en 1333. En esa contestación, Occam
papa Juan XXII mediante la Constitución Quúl vir reprobus 10 • En insiste en la consabida distinción entre uso y propiedad, otorgando a esta última el ca-
rácter de potestad facultativa y por tanto renunciable; véase Hierro, 2000, p. 162 n. 32.
En un conjunto de ensayos que vieron la luz durante la década de los sesenta y setenta
8
La versión inglesa de la bula se recoge en el archivo electrónico franciscano: del siglo XX, Michel Villey, historiador del pensamiento jurídico, defendió que en dicha
h ttp :1/wwwJranciscan-archive. org/bullari u m/ exiit-e.h tml. réplica occamiana se epcontraba el acta de nacimiento del moderno concepto de derecho
9
Tuck, 1979, pp. 20-21. En su célebre estudio, Tuck contiende que, a su vez, las tesis subjetivo. N o todos, sin embargo, coinciden con esta tesis. V éanse, por todas, las críticas
sostenidas por Nicolás III son deudoras del pensamiento de Duns Scoto. de Tuck (1979, pp. 22-24). Hasta donde mis noticias alcanzan, la glosa más completa
10
El objetivo principal de la misma es responder a las opiniones heréticas de Miguel de que existe en español sobre la obra de Occam es la de Folgado (1960, pp. 113-130).
Cesena, ex general de la orden franciscana. En dos cartas enviadas a toda la cristiandad Debo a Liborio Hierro haberme puesto sobre la pista y proporcionado esta monografía.
Cesena había escrito: «Concorde y unánimemente profesamos y confesamos que, decir y De acuerdo con Folgado, al negar que el mero uso de hecho fuera un derecho los fran-
afirmar que Cristo, mostrando el camino de la perfección y los Apóstoles, siguiendo ese ciscanos no estarían renunciando a un derecho «natural» {ius poli), pues éste es irrenun-
camino y enseñándolo con su ejemplo a los que quisieran imitarlo, nada tuvieron por ciable, sino a un derecho civil o positivo (ius fori, fruto del acuerdo entre los hombres),
derecho de propiedad y dominio o derecho propio, en especial y en común, no es heréti- esgrimible ante los tribunales; véase Folgado, 1960, pp. 120-123 y 130.
218 JUSTICIA PARA LOS ANIMALES ¿PARA QUÉ QUIEREN DERECHOS LOS ANIMALES? 219
brían hecho eco de la doctrina del holandés Hugo Grocio, el funda- gar, la de nosotros mismos que por ello nos convierte en «sujetos» y en
dor del Derecho internacional y, junto con Thomasius y Puffendorf, ningún caso en «objetos». Si los animales tienen derechos, son pro-
figura crucial del Derecho natural racionalista que en 1625 publica pietarios, al menos, de su cuerpo, y por ello no pueden ser recursos.
De Jure Belli ac Pacis 14 • También a él se le atribuye la articulación más Este somero repaso histórico evidencia la pluralidad de sentidos
acabada de la noción de derecho, concepto que sí queda ligado a la atribuibles a la expresión «derecho». En 1913, un joven profesor de la
idea de propiedad y que servirá de base para las declaraciones de de- Universidad de Yale llamado Wesley Hohfeld mostró las distintas po-
rechos que estaban por llegar. Lo que Grocio nos dice al respecto de siciones o situaciones que designamos con ese concepto y cómo éstas
la expresión «derecho a... », o «tener un derecho», es que: son relacionales con respecto a otro sujeto 18 • Tomemos, por ejemplo,
un acto como el del suicidio. ¿Hay un derecho al suicidio? En cierto
Es este Derecho una cualidad moral de la persona, en virtud de la cual pue- sentido sí lo hay cuando resulta que tenemos libertad para poner fin
de hacer o tener algo lícitamente. Compete este Derecho a la persona, aun- a nuestra vida (el suicidio no está prohibido en la legislación españo-
que a veces se predique también de las cosas, como en las servidumbres de la, por ejemplo). Así y todo, cabe impedir el suicidio ajeno (no come-
los predios, que se llaman derechos reales, en contraposición a otros mera- te delito quien evita que otro ponga fin a su vida), y en ese caso el
mente personales, no porque no comp~tan también a la persona misma, suicidio no es un derecho como, por ejemplo, la libertad de movi-
sino porque no competen a otro sino al que tiene determinada cosa. Y
mientos por el territorio nacional (está prohibido penalmente impe-
este derecho como cualidad moral perfecta llamamos nosotros facultad, y
dir a nadie que se desplace por donde quiera) o el derecho a la inti-
ésta, si es menos perfecta, aptitud [... ] Los jurisconsultos llaman a esta fa-
cultad con el nombre de «lo suyo». Nosotros, en adelante, le llamaremos
midad. En el esquema hohfeldiano, la posición normativa que
Derecho propia y estrictamente dicho. En él se comprende la facultad sobre corresponde al suicida es la del privilegio, mientras que quien ejerce
sí mismo, que llamamos libertad, y sobre otros, sea paterna o señorial 15 • la libertad de movimientos o reclama la opacidad de sus datos perso-
nales ocupa la situación de inmunidad protegida mediante un «dere-
El concepto de derecho que maneja Grocio es el que los juristas co- cho de libertad».
nocen como «derecho subjetivo»: «la pretensión o facultad atribuida a El ideal de los derechos ha sufrido distintos embates. En primer
un sujeto o a una clase de sujetos frente a otro sujeto o clase de suje- lugar el escepticismo sobre la noción misma de «tener derechos». En
tos a quienes se les impone una prestación normativa correlativa» 16 • este capítulo, la acometida más célebre fue sin duda la de Jeremy
La importancia de la idea de Grocio al respecto radica en la equipara- Bentham. De acuerdo con una muy primitiva y pintoresca concep-
ción que del derecho subjetivo hace con la libertad, con la soberanía ción sobre el significado que éste abrazó, una proposición como «X
de los individuos sobre sí mismos y sobre algunos elementos de su tiene derecho a Y» no tiene sentido. Y ello porque, según Bentham,
entorno. Como ha destacado Liborio Hierro, en la concepción origi- sólo aquellas palabras que encontraran un referente en el mundo te-
nal de Grocio el derecho subjetivo es, a diferencia de la doctrina fran- nían sentido. Los «derechos naturales» (también los términos abstrac-
ciscana, un derecho de propiedad 17 , propiedad que es, en primer lu- tos como «deber» y ¡«significado»!) no se daban en el mundo sensible,
18
14
Véanse Truyol y Serra, 1976, p. 146, y Hierro, 2002, p. 38. En el momento en el que Concretamente, tales situaciones son: la capacidad de un sujeto de modificar sus re-
Grocio escribe, como nos recuerda Primitivo Mariño Gómez, era súbdito del rey de Es- laciones jurídicas frente a otro (potestad); la protección de una libertad frente a la potes-
paña Felipe III, aunque su patria, las Provincias Unidas de los Países Bajos, se encontra- tad normativa ajena (inmunidad); la reclamación frente a otro (pretensión), y la libertad
ba en guerra contra España; véase Mariño, 1987, p. VII. frente al derecho o pretensión ajena (privilegio); véase Hohfeld, 1978, p. 60. A su vez,
15 Grocio, 1987 (1625), p. 54 (cursivas mías). estas distintas modalidades han sido objetadas o enmendadas por autores posteriores en
16
Páramo, 1996, p. 367. una polémica repleta de ramificaciones cuyo análisis exhaustivo excede los propósitos
17 Hierro, 2002, p. 38. Véase igualmente Hart, 1974, p. 94. de este libro.
220 JUSTICIA PARA LOS ANIMALES ¿PARA QUÉ QUIEREN DERECHOS LOS ANIMALES? 221
luego carecían de significado; eran, en las propias palabras de Bent- los justifica: por qué existen (ahora ya plasmados y aplicados por los
ham, «sinsentidos sobre zancos» (nonsense upon stilts). jueces y tribunales).
Para que una proposición como «X tiene derecho a Y» llegara a te- Precisamente por eso mismo tiene sentido hablar de «derechos de
ner sentido, decía Bentham, era necesario traducirla o reescribirla los animales»: aunque se pueda comprobar que, de acuerdo con el
para vincular los conceptos abstractos con objetos físicos o con las análisis hohfeldiano, en prácticamente ninguna latitud jurídica se
sensaciones de placer o sufrimiento experimentadas por el usuario del han reconocido tales derechos y que la Declaración Universal de los
concepto. Así, afirmar que «X tiene derecho a la vida» querría decir Derechos del Animal de 1978 es papel mojado, lo que hemos de pre-
que: «me gustaría (me satisfaría, me proporcionaría placer, etc.) que guntarnos es si hay buenas razones (morales) para que los que no son
no se pusiera fin a la vida de X», o bien que: «el legislador ha estable- miembros de nuestra especie tengan también reconocidos ciertas po-
cido que será castigado aquel que ponga fin a la vida de X» 19 • testades, privilegios, pretensiones o inmunidades. A lo que tratamos
Sin embargo, frente a lo que pensaba Bentham, muchos conceptos de responder, pues, es a si, al menos algunos animales, deben tener, al
tienen sentido aunque no encuentren referencia en el mundo. La menos, algunos derechos morales. Los derechos jurídicos ya sabemos
gente usa el término «derecho» (si bien no tienen presentes las di- bien que no los tienen.
mensiones que ilustró el análisis de Hohfeld), los constituyentes lo
plasman en documentos históricos, los políticos lo prometen conti-
nuamente, los revolucionarios lo elevan a categoría de verdad revela- El huevo o la gallina
da en las Declaraciones de Independencia, la UNESCO lo atribuye a
los animales y los pensadores lo estudian, y lo han estudiado, a través Muchos entienden que, aunque la expresión «derechos de los anima-
de distintos prismas. les» tiene sentido, no hay buenas razones para que el respeto que les
Además, el concepto no se emplea necesariamente al modo de la debemos gravite en torno al ideal moral de los derechos. Esa estrate-
reescritura benthamiana. Podemos observar así que, en muchos casos, gia es, nos dicen, baldía si no severamente errada. Veamos sus ra-
los individuos, al expresar, por ejemplo, «no hay derecho a Y», aluden zones.
a las normas del derecho vigente en esa comunidad, como exigiría Si nuestro propósito es salvaguardar a los animales de la crueldad o
Bentham para dotar de sentido a esa proposición, pero no siempre es el sacrificio injustificado, no hay necesidad ninguna de otorgar dere-
el caso. Hay un uso constatable de la expresión que trasciende la con- chos a los animales. Basta con prohibir esas conductas, es decir, esta-
tingencia de que en un momento determinado, y en un sistema jurí- blecer deberes de no maltrato 21 • Los presuntos derechos de los ani-
dico dado, se reconozcan tales derechos. Es el caso, paradigmática- males serían, en el mejor de los casos, un desiderátum o reflejo de
mente, de los derechos humanos en general, que, por esa razón, se aquellos deberes. Hay quienes defienden esta tesis como una manifes-
denominan «morales» 20 • Decimos que los seres humanos tienen cier- tación de una teoría más general acerca de la ética según la cual el pa-
tos derechos aunque no sea el caso que se les hayan reconocido o se pel reservado a los derechos (de los humanos, o de los animales en su
respeten en la comunidad en la que viven. Cuando sí lo es, los dere- caso) es marginal: el protagonismo se otorga a la noción de «deber»,
chos tendrán una naturaleza dual, serán jurídicos además de morales, como ocurre con el conjunto de imperativos categóricos kantianos
pero aun así seguirá siendo urgente e interesante inquirir por lo que que, según la división dworkiniana que vimos en el capítulo anterior,
constituye el mejor ejemplo de una teoría ética basada en los deberes.
19
Si se recuerda la discusión sobre el no cognoscitivismo en el capítulo primero, en esta También en el ámbito del pensamiento jurídico hubo quien, como
posición benthamiana sobre el sentido asignable a una proposición como «X tiene dere-
cho a Y» se encuentra el germen del emotivismo.
20 21
Godlovitch, 1971, p. 157; Laporta, 1987, pp. 30-34, y Frey, 1980, p. 10. Así, por todos, Hart (1974, p. 92).
222 JUSTICIA PARA LOS ANIMALES ¿PARA QUÉ QUIEREN DERECHOS LOS ANIMALES? 223
Hans Kelsen, consideró que el concepto fundamental sobre el que pi- los derechos constituyen un equipaje excesivo [... ] no se requieren a la
votan todas las demás relaciones jurídicas es el de «deber» 22 • En apo- hora de condenar las dolorosas prácticas de cría de ganado, no se necesi-
yo de la centralidad de los deberes se acude asimismo a la tesis de la tan para mediar entre tales prácticas y su maldad, como si lo que hiciera
correlatividad necesaria que vincula con la «obligación» a los distintos de tales prácticas algo incorrecto no fuera su carácter de sufrimiento sino
la violación del algún alegado derecho [... ] los derechos provocan quepa-
sentidos de derecho 23 • De acuerdo con el modelo hohfeldiano, la po-
rezca que cuestiones tales como el tratamiento del ganado no pueden
testad, pretensión, inmunidad y privilegio, los derechos al fin, tienen
discutirse, o no pueden serlo de manera apropiada, salvo que se conce-
como correlato una restricción en la acción: una obligación (sea ésta dan derechos ·a los animales, y esto es completamente falso. Numerosa
tomada en el sentido de «deber», «no derecho», «sujeción» o «incom- gente sencilla, concienciada, ha discutido durante años sobre la morali-
petencia») 24 • 1\1ediante la prohibición de ciertas conductas, que gene- dad de nuestro trato a los animales sin la intervención de los derechos
ran las correspondientes obligaciones, estaríamos, oblicuamente, con- morales; los utilitaristas han estado en la primera línea de fuego de la re-
siderando el derecho correlativo de los animales. Insistir en la forma en esa materia, permanentemente alejados del campo de minas de
reclamación de sus derechos es, por ello, un esfuerzo innecesario una los derechos morales [... ] En todas las instancias la gente piensa que pue-
vez que afirmamos nuestra obligación de no infligirles tratos crueles. de condenar el maltrato sin tener primero que postular derechos morales
Sin embargo, lo cierto es que hay una cierta independencia lógica ~e los animales. Por otro lado, si el fundamento de la objeción moral a la
entre las nociones de obligación y derecho. Todo derecho se asienta cruenta ganadería intensiva descansa en la violación de los derechos mo-
sobre la obligación correlativa de alguien, pero lo inverso no es verda- rales putativos de los animales, entonces la maldad de tales prácticas que-
da a merced de demostrar tanto que hay derechos morales cuanto que los
dero 25 • Es decir, la correlación derechos-obligaciones no es biunívoca.
animales los pueden poseer. Ninguna de las dos cosas es fácil de sostener
Podemos convenir, por ejemplo, en que el Estado tiene la obligación
[... ] si es que hay derechos morales, los animales no los tienen, y además
(jurídica y moral) de castigar a los culpables, pero ese deber no tiene no estamos en disposición de afirmar que haya tales derechos 27 •
como correlato el derecho de nadie 26 • Así que la noción de derecho
no es reducible a la de deber, sino que alude a una posición más com- Para remachar esta idea, Frey emplea el siguiente ejemplo: A adora
pleja. En ese sentido no es superflua la ampliación del ámbito de desayunar huevos fritos, y su marido, B, lo sabe. Todas las n1.añanas B
quienes son sujetos de derechos como forma de asumir las reclama- hace huevos revueltos, duros, pasados por agua, tortilla francesa, pero
ciones morales en pro de la defensa de los animales porque resulte nunca huevos fritos. Para un observador externo, está mal que B,
que nos basta con la imposición de obligaciones, ya que éstas por sí ocasionalmente, no haga huevos fritos sabiendo que a su mujer le
reflejan derechos correlativos. Ese reflejo no se proyecta necesaria- gustan. ¿Pero está mal porque viola el derecho moral de A a desayunar
mente en la dirección deberes-derechos. huevos fritos? ¿Se puede decir que entre los derechos morales está el
Un argumento más contundente sobre la prescindibilidad de los de desayunar huevos fritos? ¿Hay una conexión necesaria entre la evi-
derechos es el que ha presentado el filósofo utilitarista Raymond Frey. tación de lo que nos parece moralmente erróneo y la afirmación de
22
un derecho? 28 ¿Qué es antes, podríamos añadir por nuestra parte, el
Véase Kelsen, 1979, pp. 87-105, y 1986, p. 120.
23
Así, Henry Salt; véase 1900, pp. 210-211. huevo del derecho a que a uno le traten de determinada manera o la
24
Véase Hohfeld, 1978, p. 60. El correlato identifica la misma posición en su modali- gallina de la reprochabilídad de ese mismo comportamiento?
dad «pasiva». Frey acoge la segunda alternativa: «lo que hace de las acciones in-
25 Hierro, 2000, p. 168, y Páramo, 1996, p. 383.
26
Otro ejemplo clásico que se ha manejado para desmentir la tesis de la correlación biu-
correctas algo incorrecto no es la vulneración de algún alegado dere-
nívoca entre derechos y deberes es precisamente el caso de los animales: podemos tener
27
obligaciones de no maltratarles sin que ello implique que los animales tienen derechos; Frey, 1983, pp. 44-45, y supra nota 20.
28
véase Raz, 1984, p. 205. Ibia'., 1983, p. 47.
224 JUSTICIA PARA LOS ANIMALES ¿PARA QUÉ QUIEREN DERECHOS LOS ANIMALES? 225
cho. Lo que está mal en torturar y matar a alguien no es la violación tos bienes que nos eximen de justificar moralmente tales acciones o
de algunos de sus derechos, sino la agonía y sufrimiento provocado, disfrutes más allá de la indicación de que tenemos derecho a ellas 33 .
la quiebra de sus esperanzas, deseos ... » 29 • Lo cual no quiere decir que no haya un fundamento para tales «cre-
Frey tiene razón, pero sólo en parte. No hay un derecho moral a denciales», sino que ninguna razón basada en la consecución de un
desayunar huevos fritos, ni a que nuestra pareja sea fiel, por poner mayor bienestar agregado permite su vulneración. Por eso se dice que
otro ejemplo cotidiano. Lo que Frey, y otros utilitaristas, parecen per- los derechos (esos «títulos») son como «cartas de triunfo» frente a las
der de vista es que los derechos son exigencias o pretensiones especial- consideraciones basadas en el bienestar colectivo 34 • El iusfilósofo es-
mente importantes o relevantes para la protección de intereses o bienes de pañol Franciso Lapona ha indicado en el mismo sentido que: «los
la mayor trascendencia, y que fundamentan las obligaciones correlati- "derechos" son algo que, por así decirlo, está antes que las acciones,
vas por «razones dotadas de una especial fuerza justificatoria» 30 • Sí pretensiones o exigencias, antes que los poderes normativos, antes
hay por tanto un derecho moral a no ser torturado, pues en este caso que las libertades normativas y antes que las inmunidades de estatus.
nos encontramos con un interés o bien especialmente importante. Se entienden mejor cuando se les concibe como el título [... ] que
Claro que, así y todo, nuestra duda sigue sin ser despejada. ¿Qué hay subyace a todas esas técnicas de protección y a otras más, es decir,
de especial en los derechos para que canalicemos nuestras demandas a cuando se les concibe como el justificante de la puesta en marcha de
través de ellos? tales técnicas» 35 •
El contraste con el principio postulado por Bentham y Singer (la
<<igual consideración de intereses») puede ayudarnos a entender el al-
¿Lo somos todo? cance y dimensión de los derechos morales. Lo que el principio alu-
dido confiere es el deber moral de tener en cuenta todos los intereses
Gary Francione ha insistido en que, para el caso de los animales, una de todos aquellos que comparten un rasgo n1oralmente relevante: la
articulación de la defensa de su bienestar por la vía de la atribución capacidad de verse afectados por las acciones de los demás. Singer
de derechos, y el consiguiente replanteamiento de su estatuto jurídi- mismo ha señalado que él no defiende derecho alguno, sino la postu-
co, tiene consecuencias económicas y sociales formidables 31 • La razón lación del principio de igualdad 36 . En cambio, lo que un derecho
es clara: como se acaba de indicar, los derechos protegen bienes o in- moral atribuye es, justamente, la inmunidad frente a ese cálculo agre-
tereses especialmente importantes, pero los protegen de una forma muy gativo de intereses. Hay, por decirlo así, intereses privilegiados que no
especial. Concretamente, impidiendo que, a la hora de sacrificar el in- cabe sacrificar mediante el empleo de la balanza. Como ha afirmado
terés o bien protegido, sirva cotno razón justificatoria el que, a través
33
del sacrificio, se obtiene un mayor bienestar agregado. Por lo tanto, McCloskey, 1979, p. 26.
34
Dworkin, 1977, p. xi; Lyons, 1982, p. 137 n. 3; Francione, 1995, p. 253, y Regan,
una ética basada en los derechos postula una distribución no revisable 1999, p. 18. Véase, en cambio, Cass R. Sunstein (2000, pp. 1335-1336), para quien se
de determinados bienes para la satisfacción de ciertas necesidades o puede afirmar que los animales, de acuerdo con ciertas normas protectoras federales vi-
intereses 32 • Así, el derecho a algo, una vez afirmado, se constituye en gentes en los Estados Unidos, son titulares de derechos jurídicos, y que éstos los han te-
nido desde hace tiempo (ibid., p. 1363). Los derechos, al decir de Sunstein, pueden ser
una suerte de «título» para realizar ciertas acciones o disfrutar de cier- desplazables, «y no hay nada en la noción de derechos o de bienestar que apele a la mu-
cha, o poca, protección de los intereses relevantes [... ] Es posible imaginar un régimen de
29 !bid., pp. 48-49, e igualmente 1980, p. 12. derechos de los animales en el que las justificaciones permisibles de las intrusiones son
30 Laporta, 1987, pp. 30-31, y en el mismo sentido Cavalieri (2001, p. 127) y Acker- tan numerosas [... ] que los animales están prácticamente desprotegidos»; ibid., pp. 1335
man (1993, p. 38). n. 9 y 1364-1365.
31 Véase 1995, pp. 253-254. 35 Véanse Laporta, 1987, p. 28, y Hart, 1974, p. 103.
36
32 Véanse Hart, 1983, pp. 182, 188, 200 y 198-222, y Frey, 1985a, p. 9. Véase 1978, p. 122.
226 JUSTICIA PARA LOS ANIMALES ¿PARA QUÉ QUIEREN DERECHOS LOS ANIMALES? 227
John Rawls, no todos los anhelos de los individuos pueden refundirse hacer algo porque es lo que mejores consecuencias comporta 40 • Al decir
en un único sistema de anhelo, so pena de no tomarnos en serio la del utilitarista Frey, al razonar de ese modo se «hace de las reglas mo-
«separabilidad de las personas» 37 , es decir, el carácter único e inalie- rales y los derechos, en el mejor de los casos, meros apéndices a una
nable de algunos de sus intereses. teoría de lo correcto y lo incorrecto. Si las reglas morales y los dere-
Esos intereses, bienes o anhelos son protegidos mediante derechos chos no son básicos en la teoría, y por lo tanto no forman parte de la
con los que se correlacionan determinadas obligaciones. Aunque en explicación teórica de lo que hace correctos los actos correctos, son
abstracto consideremos que la muerte de cinco personas es peor que dispensables» 41 •
la de una y que, por tanto, debemos impedir ese mal mayor, no po- La alternativa es mantener el carácter absoluto de los derechos en
demos hacerlo mediante el expediente de extraer todos sus órganos a el entendimiento de que el valor de cada uno de los individuos es in-
alguien vivo para salvar a cinco moribundos que precisan de alguno conmensurable y que los números moralmente no cuentan. Así lo ha-
de ellos. Así se traduce el que aquel individuo sano tenga «derecho a bría defendido John Taurek a partir de un escenario hipotético simi-
su integridad física», una conclusión, como ha señalado Regan (segu- lar al que planteara Philippa Foot. Cinco personas precisan una
ramente el defensor contemporáneo más perspicaz de los derechos de medicina. Cuatro de ellas en una dosis mínima, mientras que la
los animales), inconsistente «con cualquier tipo de teoría consecuen- quinta la necesita toda. Si yo fuera este último y tuviera la medicina
cialista -por ejemplo con el utilitarismo» 38 • en mi poder, no estaría obligado a sacrificarme. Imaginemos ahora
El detractor de los derechos dispone todavía de algunos ases en la que soy íntimo amigo del que requiere consumir toda la medicina.
manga con los que poner en solfa esta posición de Regan, y en gene- Para Taurek es igualmente permisible que opte por salvar a mi amigo
ralla de los defensores de los derechos. El primero de ellos tiene que y no a los otros cuatro. Y, dando un paso más, también lo es que le
ver con el modo en el que resolvemos los conflictos entre derechos. dé la medicina a quien me cae mejor o decida tirar una moneda al
Para ilustrar su empleo recurriré a un viejo caso imaginario que susci- aire si no conozco, ni prefiero, a ninguno de los cinco, pues ellos,
tó la filósofa moral Philippa Foot. ¿Qué hacer si tenemos que escoger como yo, no tienen obligación alguna de perder su vida en beneficio
entre dirigir un tranvía que ha perdido los frenos en una dirección u de nadie. ¿Y si fueran quinientos frente a uno? También cabe, según
otra, si en la primera bifurcación yace un individuo y en el desvío al- Taurek, que elija sacrificar a quinientos jugándomelo a cara o cruz 42 .
ternativo cinco? 39 ¿No resulta obvio que en este caso salvaríamos al La razón es, en sus propias palabras, la siguiente:
mayor número y, por tanto, que nuestra conducta queda gobernada
por una consideración no basada en los derechos, sino en las mejores Me parece que aquellos que, en situaciones como las descritas, exigen
consecuencias? Si la respuesta es afirmativa, resulta que, finalmente, el que cuente los números relativos de los afectados como algo que es en sí
principio rector de nuestra ética no es el del respeto a ciertos derechos significativo, me estarían obligando a dar importancia a los seres huma-
básicos, sino, antes bien, la máxima que postula que procuremos lo- nos y a lo que les pasa meramente al modo en que lo haría con objetos
grar las mejores consecuencias aunque sea a costa de sacrificar dere- que valorara. Si seis objetos están en peligro por un incendio y estoy en
chos individuales. De nuevo, éstos serían el reflejo moral de ciertas disposición de recuperar cinco de esta habitación o uno de aquélla, pero
obligaciones, concretamente del deber, en cada caso, de hacer o no 40
Regan, 1982, p. 118.
41
Véanse 1983, p. 87 (énfasis del autor), y compartiendo esta tesis Sunstein, 2000,
37 Rawls, 1971, pp. 29 y 187-188. p. 1365. Véase igualmente supra capítulo quinto.
38 42
Regan, 1982, pp. 117, 235 y 240-241. También Priscilla Cohn se ha destacado, Taurek, 1976, pp. 293-306. Por lo que cuenta Frances Kamm, el recurso al azar
como Regan, en la defensa de la atribución de derechos a los animales por su valor inhe- como modo de decidir en este tipo de situaciones fue sugerido por la mujer de T aurek
rente; véase 1999, pp. 86-91. cuando éste tuvo que resolver un conflicto entre sus hijos, frente a los que se sentía igual-
39
Véase 1976, pp. 269-271. mente vinculado afectivamente; véase Kamm, 1993, p. 98 n. 19.
228 JUSTICIA PARA LOS ANIMALES ¿PARA QUÉ QUIEREN DERECHOS LOS ANIMALES? 229
soy incapaz de salvar todos, decidiría lo que hacer justo en la forma en la den no tener la obligación de perder su coche, o su paraguas, para
que se me dice que he de hacer con los seres humanos amenazados. A salvar las vidas ajenas? 46 Si la respuesta es afirmativa, lo que estamos
mis ojos, cada objeto tendrá un cieno valor. Si resulta que los seis son de diciendo es que no existen estados de cosas mejores o peores a secas,
igual valor, naturalmente preservaré el mayor número antes que uno sino estados de cosas mejores o peores para alguien; que todo (lomo-
solo. ¿Por qué? Porque los cinco son conjuntamente cinco veces más va- ralmente correcto o incorrecto) depende absolutamente de la pers-
liosos a mis ojos que el único. Pero cuando me dispongo a rescatar seres pectiva de alguien. La adopción del punto de vista absolutamente cen-
humanos de situaciones de peligro como las descritas, no puedo razonar
trado en el agente con la que nos compromete Taurek tiene como
de esa manera tan simple. Yo empatizo con ellos. Mi inquietud por lo
consecuencia que los individuos contemos siempre con licencia para
que les pase se apoya fundamentalmente en la percepción de que cada
uno está terriblemente concernido por lo que le pase, como yo me en- hacer lo que queramos, pues en definitiva se han difuminado las lin-
contraría si estuviera en su lugar. No es mi estilo pensar en ellos como des entre las acciones moralmente obligatorias y las moralmente irre-
poseedores, cada uno, de un cierto valor objetivo determinado como- levantes. Las implicaciones del argumento de Taurek (reparemos en
quiera que se determine el valor objetivo de las cosas, y a continuación sus consecuencias para la política pública, por ejemplo) parecen indi-
hacer alguna estimación del valor combinado de los cinco frente a uno 43 • geribles.
¿Qué decir cuando en el conflicto está involucrado un animal? Si-
El argumento de Taurek puede ser reconstruido como una defensa de guiendo la estela de Philippa Foot y John Taurek, Tom Regan se
la extensión a terceros de los «permisos o prerrogativas centradas en el planteó cómo habríamos de resolver un supuesto en el que cuatro
agente». Con esta noción los filósofos morales se refieren a la idea de personas y un perro comparten un bote salvavidas que no puede
que las máximas o reglas morales deben permitir ciertas lealtades de mantenerse a flote salvo que se reduzca su carga. ¿Es obligatorio el sa-
los individuos eximiéndonos así puntualmente de la imparcialidad crificio del perro? Ni siquiera para Regan, para quien todos los mamí-
que debe gobernar nuestra acción moral. La primera de esas lealtades feros de al menos un año tienen valor inherente y no está justificado
eximentes es hacia nosotros mismos, pero igualmente cabe extenderla su uso para calibrar la toxicidad de nuevas medicinas, ni para la expe-
a nuestros familiares: si puedo salvar veinte niños de un incendio o a rimentación científica (pues no cabe justificar la reducción del riesgo
mi hija, que se encuentra en un aula distinta, no parece reprochable de un individuo mediante el uso de otro individuo que no consiente) 47,
que decida en favor de mi hija en perjuicio de los otros veinte 44 • La se podría resolver el caso tirando una moneda al aire: es el perro quien
tesis de Taurek es que, de la misma manera que quien tuviera que sa- ha de ser sacrificado, pues para cualquiera de los seres humanos es
crificarse para salvar a cinco no está obligado a hacerlo~ yo, como ad- mucho peor su propia pérdida 48 • Regan considera, a diferencia de
ministrador de los recursos, también puedo preferirle a él. John Taurek, que los números sí cuentan salvo que el conflicto involu-
Pero: ¿hasta dónde alcanza la extensión de esa prerrogativa? Imagi- cre seres humanos y animales no humanos. El ser humano siempre es
nemos que la alternativa es entre salvar a cinco individuos o el brazo preferible por muchos perros que compartan con él el bote que zozo-
de un sexto. ¿Podríamos nosotros, que no nos jugamos el brazo, optar bra 49 • Por lo que parece, en ese supuesto podríamos decir, parafrasean-
por sacrificar cinco seres humanos decidiéndolo aleatoriamente? 45 Y do a George Orwell, que unos animales (los seres humanos) son en
si, además, la prerrogativa depende exclusivamente de lo que sienta el todo caso más iguales que otros (los animales no humanos) 50 •
agente amenazado: ¿tendríamos que admitir que los individuos pue-
46
Kamm, 1993, p. 79.
47
Regan, 1984, pp. 377-378 y 384-385.
48
43
Taurek, 1976, pp. 306-307. !bid., p. 324.
49
44
Singer, 2002, p. 309. Id., pp. 305 y 307.
50
45 Véase Parfit, 1978, pp. 285-286 y 288. Nozick, 1974, p. 39.
230 JUSTICIA PARA LOS ANIMALES ¿PARA QUÉ QUIEREN DERECHOS LOS ANIMALES? 231
Todo ello hace que, según Frey, los conflictos entre derechos bási- cir, la satisfacción o frustración de derechos resulta incorporada en la
cos de la misma relevancia (como es el supuesto del tranvía o de la evaluación de los estados de cosas. Amartya Sen ha denominado siste-
medicina) muestren precisamente que, en última instancia, no se ma basado en los derechos como objetivos a una posición moral como
puede dejar de ser consecuencialista y que no hay margen para el ab- ésta, una suerte de «ética de los derechos consecuencialista» 54 • En el
solutismo moral que destila la ética basada en los derechos 51 . Como ejemplo del tranvía o la medicina, salvamos más individuos sencilla-
ha admitido Gary Francione: «los derechos son razones prima facie mente porque así protegemos un mayor número de derechos bá-
para eliminar el recurso a las consecuencias, pero estas razones pue- sicos 55 •
den ser desplazadas por consideraciones morales apropiadas» 52 • Pare- Para quien defiende el carácter prioritario de los derechos, el au-
ce que no hay modo de acomodar sensatamente el carácter absoluto téntico quebradero de cabeza no es el elemento «consecuencialista»
de los derechos y con ello el ideal del valor inherente e inconmensu-
rable de algunos de nuestros bienes más preciados llamados a ser pro-
54
Sen, 1982, pp. 5-6, 13 y 15. También Robert Nozick, en su momento, sugirió algo
tegidos mediante los derechos, y mucho menos extender ese ideal parecido (véase 1974, p. 28). Por otro lado, existe una justificación consecuencialista o
para salvaguardar los intereses de los animales no humanos, pues sea utilitarista de los derechos basada en la asunción del llamado «utilitarismo de la regla».
cual sea la forma en la que se plantea la colisión con bienes básicos de Frente al «utilitarista del acto» que nos urge a que en cada oportunidad en la que hemos
los seres humanos, éstos siempre triunfan. Las conclusiones parecen de decidir qué hacer consideremos la incidencia de todos los factores relevantes, el utili-
tarista de la regla nos recuerda que a veces es mejor aceptar restricciones que, como el
apuntar, por tanto, a que debemos afirmar la verdad del consecuen- respeto a los derechos, sabemos que por regla general generan las mejores consecuencias,
cialismo entendida ésra como la doctrina que identifica ciertos esta- aunque puntualmente no sea así. Es decir, por razones consecuencialistas, nos comporta-
dos de cosas como buenos y a continuación afirma que la corrección mos como no consecuencialistas (véase por todos Brandt, 1992, pp. 119-120). Con
todo, el problema que, frente al utilitarismo de la regla, plantea el utilitarismo (sin apelli-
o bondad de las acciones consiste en su idoneidad instrumental para dos) es que la misma consideración en la que se apoya el utilitarismo de la regla no ex-
generar tales estados de cosas 53 , y, por otro lado, a que hemos de re- cluye que, en ocasiones particulares, sea la desviación de la regla, es decir, la violación del
nunciar a la atribución de derechos morales a los animales. derecho, lo que promueva el estado de cosas más deseable. En ese supuesto, ¿cómo po-
dría un utilitarista decir que, pese a todo, ha de observarse la regla? (Smart, 1973, pp. 4-
12). Y es que, como dice Frey, el utilitarista del acto puede dar entrada a reglas y dere-
chos morales, entendiendo que tienen una cierta utilidad dadas las debilidades humanas,
Bienes bdsicos y utilidades irrelevantes sus tentaciones, prejuicios y déficit cognitivos, pero, en todo caso, tanto las reglas como
los derechos pueden ser obviados si tales circunstancias no se dan. Para el utilitarista del
acto, en definitiva, cabe conceder algún papel a estas reglas en la reflexión moral, aunque
Esos dos corolarios son, sin embargo, precipitados. El consecuencia- no el de hacer de los actos de seguimiento actos correctos por la observancia de tales reglas o
lismo, tal y como se acaba de definir, es un esqueleto necesitado de por el respeto de los derechos morales (Frey, 1983, pp. 86-87).
piel y músculo: ¿cuál es el criterio para establecer que un estado de Al utilitarista de la regla le caben dos opciones. Podría en primer lugar afirmar que esas
reglas cuyo fundamento es utilitarista deben seguirse siempre, pero, secretamente, reco-
cosas es mejor que otro? En este punto recobra protagonismo en el mendar la vulneración de los derechos por parte de aquellos inteligentes militaristas que
juego el partidario de una ética basada en los derechos. Y es que éste sí fueran capaces de «saber lo que hay que hacer» en esa ocasión particular, es decir, que
puede, perfectamente, ser consecuencialista bajo la anterior defini- sí tendrían la facultad de maximizar la utilidad. Alternativamente, podría clausurar la
ción: ella identifica los mejores estados de cosas como aquellos en los posibilidad de saber que, en ese concreto supuesto, la regla no maximiza la utilidad espe-
rada. Pero esto sería simplemente la expresión de que la realidad coincida con el deseo.
que quedan garantizados mayor número de derechos básicos. Es de- Las reglas, por definición, no pueden prever su aplicación mecánica a todos los casos que
puedan darse en el futuro, y, por ello, es imposible evitar que, ante la duda sobre su apli-
cabilidad en un supuesto que en primera instancia cae bajo su ámbito, se perciba que
5J Véase Frey, 1983, p. 67. para esas circunstancias sería mejor (de nuevo, en aras a la maximización de la utilidad
52 Véase 1995, p. 10. esperada) desviarse de la misma.
53 Véase supra capítulo quinto. 55
Véase Laporta, 1987, p. 41.
232 JUSTICIA PARA LOS ANIMALES
¿PARA QUÉ QUIEREN DERECHOS LOS ANIMALES? 233
(frente a lo que opinan Francione y Regan 56 , entre otros), sino el no sufrir torturas habría de desterrar para siempre el espectáculo tau-
«aditivismo», el criterio de acuerdo con el cual un estado de cosas es rino, o la caza con cepo, o a golpes, de animales cuya piel es poste-
mejor que otro en función del bienestar globalmente agregado, inde- riormente utilizada para la confección de unos abrigos que sólo se
pendientemente de cómo esté distribuido y al margen de qué se tome justifican por la ostentación.
como bienestar o utilidad relevante 57 . Anteriormente comprobába- Cuando proyectamos nuestra mirada sobre el conflicto entre los
mos la posición radicalmente anticonsecuencialista de John Taurek. intereses de los animales y los de los seres humanos, se comprueba la
Su postura deja traslucir que no hay estados de cosas mejores o peores verdad del lema que empleara Robert Nozick en Anarchy, State and
si no es desde el punto de vista de alguien. En el otro extremo del es- Utopía: «utilitarismo para los animales, kantismo para la gente» 63 • La
pectro encontraríamos al utilitarismo, que, a la hora de jerarquizar los razón, como ha expuesto Gary Francione, no es sólo que se excluya a
estados de cosas, ni siquiera toma en cuenta el punto de vista de na- los animales de la condición de sujetos de ciertos derechos, sino que,
die 58 , limitándose a ponderar de igual manera (en una misma escala incluso si lo fueran, la colisión entre tales derechos y los anhelos de
objetiva) todos los placeres y displaceres que causa una acción pres- los seres humanos siempre es contemplada como un conflicto agóni-
cindiendo del dato de que es a individuos a quienes se les producen co al modo del ejemplo del bot~ salvavidas de Regan:
pérdidas o mejoras 59 : ninguna utilidad sería irrelevante. Una vez que
Un derecho fundamental protegido jurídicamente puede ser generalmen-
se afirma que «El placer y la ausencia de dolor son las únicas cosas de-
te desplazado sólo por un derecho que es incluso más apremiante, obajo
seables como fines» 60 , se trataría de obtener aquel estado de cosas
circunstancias en las que los derechos de muchos entran en colisión con
donde se dé, como decía Bentham, «la mayor felicidad para el mayor los derechos de unos cuantos. Cualesquiera derechos que se diga que tie-
número», independientemente de cómo en ese escenario resulten nen los animales son derechos basados en consideraciones consecuencia-
algunos frente a otros y en función de qué tipo de placeres o sufri- listas y pueden ser dejados de lado tan pronto como el cálculo utilitarista
mientos 61 • Recuperando el ejemplo del tranvía de Philippa Foot, po- cambia. Cuando el interés humano es ulteriormente protegido por un
dríamos inclinarnos por dirigirnos hacia aquel lugar en el que sacrifi- derecho, como resulta ser normalmente el caso, y no sólo por las consi-
caremos a un individuo para no acabar así con un campo de deraciones utilitaristas, entonces el interés del animal es arrumbado mu-
amapolas cuyo olor proporciona un enorme placer a un gran número cho más rápidamente. En nuestra sociedad, cualquier beneficio humano,
de personas 62 • Afirmar, por contra, el derecho a la vida impediría ha- incluyendo el entretenimiento, y, en el caso de la investigación biomédi-
cer tal cosa, de igual manera que vindicar el derecho de los animales a ca, la curiosidad, bastará para eliminar cualquier derecho políticamente
asentado que el animal tenga, porque el interés humano es normalmente
%V'
- .
eanse, respectivamente, Franc10ne,
. 1995, p. 10, y Regan, p. 117.
protegido por una panoplia de derechos humanos basados en el respeto,
~·? Sartorius, 1985, p. 197, y recientemente Scanlon, 1998, p. 230. incluyendo el derecho de propiedad 64 •
58 Sobre la reducción utilitarista clásica del requisito moral de la imparcialidad a imper-
sonalidad, véase Rawls, 1971, p. 188. Lo que explica que el conflicto de intereses esté predeterminado es
59 Se ha dicho por ello que el utilitarismo es, en ese sentido, «ageográfico»; véase Kamm,
1993,p. 151. ' que los animales siguen teniendo el estatuto de cosas o recursos 65 • Lo
60
Así, Mili, 1992 (1863), p. 6. que en las actuales circunstancias hacemos es limitarnos a comprobar
61
Véase Rawls, 1971, pp. 30-31. El lema de Bentham «la mayor felicidad para el mayor si el presunto acto cruel es tomado social e institucionalmente como
número» aúna dimensiones mutuamente excluyentes y por ello es de imposible cumpli-
miento: si son más los que disfrutan, entonces todos disfrutan un poco menos, y si es mu- 63
cho más el disfrute agregado, es porque no alcanza a todos por igual. Una anal~gía puede Véase 1974, p. 39.
64 Francione, 1994, pp. 109-110. De la misma idea participa Cavalieri; véase 2001,
ser útil en este punto: no cabe correr en el menor tiempo la distancia más larga (o se corre
muy rápido, y entonces se corre poco, o se corre más, pero en ese caso se corre más lento). pp. 30-31.
65 Francione, 2000, p. 55; Cavalieri, 2001, p. 96, y Warren, 1997, p. 163.
62
Véase Kamm, 1993, p. 146.
234 JUSTICIA PARA LOS ANIMALES ¿PARA QUÉ QUIEREN DERECHOS LOS ANIMALES? 235
una conducta «nQrmal». Bajo ese esquema siempre se aceptará, insiste Sin embargo, no todos los seres humanos requieren de la protec-
Francione, «el estándar de "necesidad" definido por los propietarios ción de sus bienes o intereses mediante la técnica de los derechos,
del animal, y se explica por qué las ·leyes que proscriben la crueldad pues sencillamente no cuentan ni con una cosa ni con la otra. Inver-
no han sido capaces de alcanzar a ciertas actividades tales como la samente, muchos animales no humanos sí tienen intereses o bienes
agricultura o la caza» 66 • Las leyes penales anticrueldad se habrían re- que proteger. Muchos animales son tan pacientes morales como mu-
velado igualmente perversas cuando, para castigar, se exige que no chos seres humanos: por ejemplo los niños pequeños. Algunos seres
haya error de prohibición por parte del sujeto activo, es decir, que humanos ni siquiera llegan a esa categoría, pues no tienen la capaci-
éste actúe con malicia y no pensando en que lo que hace es aceptable dad de verse afectados por las acciones de los demás: las personas en
y no antijurídico. Ello resulta particularmente cornplicado si, como estado de coma; los niños anencefálicos; los seres humanos severa-
ocurre en la inmensa mayoría de las sociedades, lo habitual es la mente discapacitados; los fetos humanos en los primeras estadios de
crueldad con los animales 67 • la gestación. Todos ellos, sin embargo, por su simple pertenencia a la
Tomarse en serio los derechos de los animales querría decir, enton- especie humana, tienen algunos derechos básicos. Por contra, todos
ces, «personificarlos» e invertir la carga de la prueba. Corresponde a los animales, meramente por no pertenecer a la especie humana, no
quien vaya a infligir sufrimiento a un animal mostrar que ese daño es cuentan con derecho básico alguno.
imprescindible para evitar un mal mayor, en el entendimiento de que La estrategia que se ha empleado por parte de los defensores de los
hay muchos intereses y necesidades humanas sólo presuntamente bá- animales ha consistido en llamar la atención sobre esta incoherencia.
sicas o fundamentales 68 • Algunos animales no humanos, como algu- Se trata del conocido como «argumento de los casos marginales»,
nos seres humanos, necesitan ciertos derechos para que sólo excepcio- cuya denominación debemos al canadiense Jan Narveson 70 • Tal vez
nalmente, y como consecuencia de darse un conflicto con derechos fuera el filósofo alemán Wilhelm Dietler quien lo formulara implíci-
semejantes, sea posible sacrificar sus bienes más importantes. tamente por primera vez. Después han sido innumerables los que
han llamado la atención sobre el razonamiento, como Stanley Benn
(aunque en su caso para resistirse a la conclusión que nos dicta que
El argumento de los casoi marginales hemos de conferir derechos ·a algunos animales) 71 , Paola Cavalieri 72 ,
Tom Regan 73 o James Rachels, por citar tan sólo unos cuantos. Este
«Todo individuo tiene derecho a la vida, a la libertad y a la seguridad de último nos ofrece la siguiente caracterización del argumento:
su persona», proclama el artículo 3 de la Declaración Universal de los
Derechos Humanos aprobada por la Asamblea General de Naciones Primero seleccionamos para la discusión un derecho que confiamos es
Unidas en diciembre de 1948. El carácter universal que se predica de los poseído por los humanos. A continuación nos preguntamos si hay algu-
derechos humanos consiste en la afirmación de que todos los seres hu- na diferencia relevante entre los humanos y los animales que justificaría
manos, por el mero hecho de serlo, son titulares de derechos básicos 69 • negárselo a estos últimos al tiempo que lo garantizamos a los humanos.
Si no es así, entonces el derecho en cuestión es poseído tanto por los se-
66
Francione, 2000, p. 59. res humanos como por los animales 74 •
67
!bid., p. 64.
68
Véanse Regan, 1982, p. 97, y Cavalieri, 2001, p. 112.
69
Como se señala en los artículos 1 y 2.1. de la misma Declaración: «Todos los seres 70
Véanse 1979, p. 164, y Dombrowski, 1997, pp. 1-45.
humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos ... », y «Toda persona tiene todos 71
Véase 1967, p. 70.
los derechos y libertades proclamados en esta Declaración, sin distinción alguna de raza, 72
Véase 2001, p. 139.
color, sexo, idioma, religión, opinión política o de cualquier otra índole, origen nacional 73
Véase 1982, p. 119.
o social, posición económica, nacimiento o cualquier otra condición». 74
Véase 1976, p. 206.
236 JUSTICIA PARA LOS ANIMALES ¿PARA QUÉ QUIEREN DERECHOS LOS ANIMALES? 237
El argumento de los casos marginales tiene dos versiones. La primera En segundo lugar se pueden alegar razones para discriminar en-
reúne las características de ser condicional y formal (se trata de la des-· tre los llamados seres humanos «marginales» y los animales no huma-
crita por Rachels). En su segunda variante, el razonamiento es cate- nos. A ese fin, los argumentos esgrimidos son los siguientes: (a) el ar-
górico y sustantivo. Analicémoslas en ese orden. gumento del interés; (b) el argumento de la potencialidad; (e) el
En el primer caso el argumento de los casos marginales es una ape- argumento de la pertenencia a una clase, y (d) el argumento de la
lación a la coherencia y, por ello, a la extensión de los derechos de los empatía.
seres humanos que no son agentes morales a los seres no humanos re- (a) Para Jan Narveson lo que distingue la situación de los seres
levantemente similares (aquellos que cuentan con la capacidad de humanos que son pacientes morales de los animales, en lo que res-
verse afectados por nuestras acciones). El argumento es condicional pecta a la titularidad de derechos, es que no tenemos «nada que ga-
porque se construye afirmando: «si los pacientes morales humanos (o nar» tratando mal (es decir, negando derechos) a esos seres humanos.
incluso los que ni siquiera son pacientes morales) tienen ciertos dere- «Por otro lado -añade-, los humanos marginales son siempre
chos, entonces algunos animales habrían de disfrutarlos también» 75 • miembros de familias o de otros grupos, lo que les hace objeto de
Quien no es partidario de conceder derechos a los animales tiene amor e interés por parte de los miembros de esos grupos. Incluso si
dos respuestas a su alcance. En primer lugar, negar la premisa en la hubiera un interés en tratar mal a una persona marginal en particular,
que se basa el condicional: los seres humanos que no son agentes mo- habría otros que tienen interés en que sean bien tratados, y que son
rales (y mucho menos los que ni siquiera son pacientes morales) no ellos mismos claramente miembros de la comunidad moral bajo las
tienen derechos, por lo tanto tampoco los han de tener los animales. premisas contractualistas.» 79
Es el caso, por ejemplo, de Jan Narveson, que considera que el infan- Asumiendo las premisas de Narveson: ¿qué es lo que tenemos que
ticidio puede ser una práctica moralmente aprobada 76 , y, más céle- ganar al refrenarnos de usar como nos plazca a ciertos seres humanos
bremente, de Herbert Hart, que sostiene que sólo son titulares de de- «marginales»? Voy a sugerir sólo un ejemplo: ¿se imaginan lo que
rechos los seres humanos adultos capaces de elegir, esto es, los agentes avanzaría la investigación médica si se pudieran usar modelos huma-
morales 77 • Con ello Hart se opone a la conocida como «teoría del in- nos, por ejemplo, fetos humanos, recién nacidos abandonados o en-
terés o del beneficiario», según la cual son sujetos de derechos aque- fermos mentales? Y si la razón, como parece, es que «Otros» pueden
llos que pueden resultar beneficiados por nuestras acciones. Bajo el tener interés en su bienestar pues son objeto de su amor, exactamente
paraguas de dicha tesis los niños y los animales no humanos tienen lo mismo cabe decir en relación a muchos animales.
derechos. La razón que aduce Harten contra de la teoría del benefi- (b) Algunos seres humanos que no son sujetos morales, por ejem-
ciario ya se ha apuntado: para ser sujeto de derechos se debe tener la plo los niños, no tienen derechos, pero en el futuro serán agentes mo-
capacidad de «reclamar» a otro el cumplimiento de tal derecho, esto rales, cosa que no ocurre con los animales 80 • Se trata del argumento
es, se debe reunir la condición de ser «agente moral» 78 • de la potencialidad, que, de ser acogido, provoca que muchas prácti-
cas autorizadas hayan de ser prohibidas porque suponen truncar un
75
Véase Pluhar, 1995, p. 66.
76
Véase 1983, p. 58.
77 79 Narveson, 1983, p. 58. El mismo razonamiento emplea Petrinovich para justificar
Véase 1974, p. 84, y 1983, pp. 35-36 (nota 15).
78
Véanse 1974, pp. 90-91, y Francione, 1995, pp. 98-100. El ejemplo de Hartes que si que los comatosos o personas en estado permanentemente vegetativo tengan derechos;
alguien me promete que cuidará a mi madre y no lo hace, no es la madre (beneficiaria véase 1999, p. 180.
80 Rawls, 1971, pp. 505 y 509. El argumento de la potencialidad también lo defienden
del cumplimiento de la obligación) quien ha visto vulnerado su derecho, pues ella no tie-
ne reclamación alguna que hacer al incumplidor. Seré yo quien sí podré pedirle cuentas, Sádaba y Velázquez (1998, pp. 53-55), si bien en otro pasaje (p. 131) lo tildan de fala-
soy yo quien con mi capacidad de elegir puedo determinar cómo ha de actuar otro, y soy cia: «Falaz porque confunde el porvenir de con el estar en. No es verdad que el árbol esté
por tanto yo el titular del derecho; véase 1974, pp. 91-92. en la semilla aunque de ella proceda».
238 JUSTICIA PARA LOS ANIMALES ¿PARA QUÉ QUIEREN DERECHOS LOS ANIMALES? 239
proceso que culmina en la existencia de un agente moral: no debería parecido a cuando nos referimos a los gatos como cuadrúpedos, sa-
permitirse el aborto en ningún estadio 81 y tampoco la destrucción de biendo que algunos gatos nacen con más o menos patas. En sus pro-
los embriones sobrantes en los procesos de fecundación in vitro. pias palabras: «Qua gato, un animal, incluso este animal nacido con
Esta respuesta frente al argumento de la potencialidad no es, sin sólo tres patas, es naturalmente un cuadrúpedo. Qua ser humano,
embargo, concluyente. Si el problema es que, por asumir la potencia- siendo que los seres humanos natural y normalmente llegan a ser per-
lidad, nos encontramos con la inconsistencia de que el aborto está sonas, los seres humanos son poseedores de derechos» 84 • Así y todo,
permitido, el partidario de la potencialidad indicaría, simplemente: McCloskey elimina de la condición de ser sujetos de derechos a las
que se prohíba. Ahora bien, ¿qué razón aduciría para hacerlo? No po- que llama «ex personas» (comatosos y personas con el cerebro irrever-
drá ser la de considerar que de otro modo (legalizando el aborto) se siblemente dañado) y a las «no personas» (aquellas que no tienen po-
vulneran los derechos de los potenciales agentes morales, porque, tencial alguno de convertirse en personas) 85 •
como destacaron en su momento Joel Feinberg y Barbara Baum Le- En la misma línea Melden ha señalado que la atribución de dere-
venbook, tales derechos (los del feto) no dejan de ser potenciales, esto chos a los seres humanos no deviene de idealización o esencialización
es, no se convierten en actuales por la potencialidad de que llegarán a alguna que a posteriori se confirma o desmiente caso por caso. No
ser: el futuro rey de España no es el actual comandante en jefe de las hay una distribución individualizada de aquel rasgo que considera-
Fuerzas Armadas 82 • mos justifica la asignación de derechos. Lo que realmente se sigue del
(e) La segunda razón alegada es que los seres severan1ente discapa- hecho de que todas las personas tienen igualmente el derecho a la
citados o en estado permanentemente vegetativo son, pese a todo, persecución de sus propios intereses es que todo el mundo tiene auto-
miembros de nuestra especie. Así, Cohen, al criticar el argumento de ridad moral (por el hecho de ser miembro de la especie humana) para
los casos marginales, indica que éste: exigir sus derechos frente a cualquiera. La igualdad en la pertenencia
a la comunidad moral tiene un carácter, diríamos, reactivo: de reivin-
equivocadamente trata un rasgo esencial de la humanidad como si fuera dicación de los débiles frente a los poderosos; de insistencia en que el
un test para discriminar seres humanos. La capacidad para el juicio mo- mejor estatus o fortuna en la tenencia de ciertos dones (inteligencia,
ral que distingue a los humanos de los animales no es un rasero que se talento, habilidad) no constituye una razón para sojuzgar a los menos
administra a los seres humanos uno a uno. Las petsonas incapaces de de- afortunados 86 •
sarrollar las funciones morales completas naturales a los seres humanos,
Ahora bien, cualquiera que haga de la membrecía a una clase, y no
por padecer alguna discapacidad, no son ciertamente desplazadas de la
de las capacidades y atributos de los individuos, el criterio de relevan-
comunidad moral por esa razón. La cuestión es de clase ... 83 •
cia para la consideración moral incurre en una discriminación injusti-
ficada y vulnera un requisito formal de la ética: el individualismo
De igual forma se manifiesta McCloskey: cuando hablamos irreflexi-
vamente de los derechos de seres humanos marginales, hacemos algo moral que impide que el mérito, reproche, premio o castigo se base
en la pertenencia a un grupo y no en las características individuales.
81
Regan, 1984, p. 102. De esa manera, guiándose por las características de «clases», han pro-
82
Véase 1986, p. 206. El ejemplo del rey de España es una adaptación del que usan cedido históricamente los sexistas, racistas y xenófobos y hoy, podría-
Feinberg y Levenbook tomado a su vez en préstamo de Stanley Benn. En relación a la
justificación de la atribución de derechos a los potenciales agentes morales porque aBÍ se mos decir, los «especieístas» 87 •
protege al futuro agente moral (que sería el beneficiario del derecho), Pluhar apunta con
84
razón que, en realidad, nada les pasa a tales futuros seres porque vulneremos el derecho a Véanse 1979, p. 31, y Budiansky, 1998, p. 71.
85
seguir existiendo del potencial, pues simplemente no existen; véase 1995, pp. 111-112. McCloskey, 1979, pp. 31 y 42.
86
83
Cohen, 1991, p. 106, y en la misma línea Frey, 1980, p. 156, y Benn, 1967, pp. 66- Véase Melden, 1977, pp. 192-194.
87
70, y recientemente Scanlon, 1998, pp. 185-186. Así, Pluhar, 1995, pp. 79-80, y Cavalieri, 2001, pp. 73-75.
240 JUSTICIA PARA LOS ANIMALES ¿PARA QUÉ QUIEREN DERECHOS LOS ANIMALES? 241
(d) El argumento de la empatía se sintetiza en el siguiente pasaje pregunta de por qué impuso tal castigo. Podemos responder aludien-
de Peter Carruthers: do al conjunto de circunstancias biográficas del juez que explicarían
la sentencia adoptada: el juez es un conocido misógino, o es muy
No hay duda de que los bebés humanos, discapacitados mentales y viejos conservador o muy liberal, etc. Diríamos entonces que: «el juez im-
seniles pueden disfrutar de niveles de actividad mental similares a los de puso la pena X porque es muy severo». Pero en realidad, lo que noso-
los animales (de hecho, frecuentemente más bajos). Pero en otros aspec- tros estamos pidiendo es una justificación de la condena, no una ex-
tos dispondrán de un relieve moral que es bastante diferente del de los plicación de ella. En ese caso responderíamos, por ejemplo,
animales. El argumento crucial es que comparten forma humana y mu-
indicando que la decisión judicial es la conclusión de un razonamien-
chos patrones de comportamiento humanos con aquellos que son agen-
to deductivo, es decir, necesariamente verdadera si sus premisas lo
tes racionales. No es un mero accidente cultural o educativo el que un
bebé llorando o una anciana senil gimiendo por el dolor de un cáncer
fueran. La contestación consistiría, entonces, en la afirmación: «el
terminal pueden evocar nuestra compasión. Y es que lo que se revela a juez condenó a la pena X a Y porque hay una norma que establece la
nuestros sentidos en estos casos difiere sólo en un grado muy pequeño condena X para la acción Z, y Y realizó la acción Z» 90 .
del sufrimiento de un niño o de un adulto normal. Debemos por tanto Volviendo a nuestro caso, cuando yo pregunto «¿Por qué establece-
esperar sensibilidad hacia aquella forma de sufrimiento que esté psicoló- mos diferencias entre seres humanos marginales y ciertos animales?»,
gicamente más conectada con la sensibilidad frente al sufrimiento de la respuesta de Carruthers es válida como explicación de lo que sucede
aquellos seres humanos que son agentes racionales 88 • en la práctica: la mayoría se siente más cerca de los seres humanos, in-
dependientemente de que, en casos puntuales, sus capacidades sean
El razonamiento de Carruthers no es convincente como forma de jus- inferiores a muchos animales. Entonces, es verdad que, como dice Ca-
tificar la desigualdad en la consideración moral que practicamos con rruthers: «Debemos por tanto esperar sensibilidad ... ». Pero ésa es una
respecto a los animales y los casos marginales de seres humanos. Es conclusión sólo aparentemente normativa: «debemos», en ese contexto,
cierto que la forma humana parece ser muy definitiva para dar cuenta no significa «tenemos razones para ... ». A pesar de que debemos esperar
de nuestras empatías selectivas. De hecho, es uno de los criterios de- tal cosa (en el sentido de que se puede demostrar que para la mayor
terminantes de la personalidad jurídica, según lo establecido en el ar- parte de nosotros el hecho de compartir rasgos como la forma huma-
tículo 30 del Código Civil 89 • Pero fijémonos bien que la concurren- na adquiere un peso notable para el tratamiento desigual), sigue te-
cia de tener rasgos parecidos, de compartir «forma humana» (con niendo sentido. preguntarnos si ésa es una razón suficiente para la dis-
todas las imprecisiones que este concepto acarrea), no constituye una criminación. También era posible explicar en el siglo XIX la esclavitud
razón para la discriminación. El argumento de Carruthers se enmarca de los negros en Estados Unidos acudiendo al expediente de la solida-
en el conocido como «contexto de descubrimiento», no en el «justifi- ridad racial; igualmente entonces, dada la forma de pensar de la mayo-
catorio». La distinción entre ambos :ámbitos es fácil de percibir si ría, se «debía» esperar la insensibilidad de los esclavistas blancos hacia
pensamos, por ejemplo, en una decisión judicial. Así, la conclusión los negros, pero tal hecho no justifica que se practicara.
de un juez que condena a alguien a una pena determinada invita a la
90
Para un análisis comprensivo del contexto de descubrimiento del movimiento de libe-
ración animal, esto es, de las raíces sociológicas, antropológicas y psicológicas de la pos-
88
Carruthers, 1992, pp. 163-164 (énfasis mío). De la misma opinión \Xlarren (1997, p. tura favorable a la concesión de derechos básicos a los animales, cfr. la obra de T ester,
166) y Melden (1977, pp. 208-209 y 219) en referencia a los comatosos. Mosterín, en 1991. En esa misma línea de precisar el contexto de descubrimiento, Linzey da cuenta
este punto, comparte la tesis de Carruthers: «Parece que es función de la empatía de la de que una de las razones más importantes por las que la causa de la liberación animal
persona que enjuicia lo amplio o estrecho que se trace el círculo de las criaturas dignas de tiene tantas trabas planteadas es que ésta, a diferencia de otras liberaciones (de seres hu-
ser consideradas como merecedoras o portadoras de derechos» (1998, p. 319). manos), no se percibe como gratis, sino como muy costosa si consideramos las prácticas
89
Véase supra el capítulo quinto. y hábitos a los que tendríamos que renunciar; véase Linzey, 1996, pp. 171-172.
242 JUSTICIA PARA LOS ANIMALES ¿PARA QUÉ QUIEREN DERECHOS LOS ANIMALES? 243
En su variante categórica y sustantiva, el argumento de los casos seres humanos que se hallan en un estado tal que han dejado de tener
marginales se convierte en una teoría sobre el sujeto de los derechos. vida cognitiva alguna.
Se traduce, concretamente, en una apuesta por la teoría del interés o La segunda objeción frente a la teoría del beneficiario es que se
del beneficiario frente a la teoría de la voluntad. A esta última es a la trata de una forma de antropocentrismo 96 • La tesis es que cuando lle-
que he aludido anteriormente al describir la posición de Herbert gamos a este estadio en el que, para la atribución de paciencia moral,
Hart. Si. se recuerda, para los partidarios de la teoría del beneficiario tomamos como relevante una capacidad que trasciende la especie hu-
la capacidad de verse afectado por las acciones ajenas se convierte en la mana, nos hallamos, de alguna forma, viendo a los animales como si
característica relevante para ser sujeto de derechos. fueran seres humanos: estamos antropoformizándoles. Y esto sería
Frente a dicha teoría se arguye, en primer lugar, que el precio a pa-- paradójico, pues, según apunta Budiansky refiriéndose a los defenso-
gar por la inclusión de ciertos animales como sujetos de derechos es res de los animales: «En su batalla contra el antropocentrismo, han
la exclusión de algunos seres humanos, concretamente de los comato- adoptado la posición más antropocéntrica imaginable» 97 • Stanley
sos o los que sufren un daño cerebral tan severo como para no poder Benn señaló en su día algo muy similar: «Si fuéramos capaces de co-
verse afectados por acción alguna 91 • En segundo lugar, la teoría elimi- municarnos con otras especies -delfines por ejemplo- y descubrié-
na una discriminación, la especieísta, pero abraza otra al dejar fuera ramos que también participaban en esta "empresa característicamente
de la consideración moral a las plantas y a la naturaleza «no sin- humana", pienso que creeríamos que se trata de una variedad "maríti-
tiente» 92 • ma'' de ser humano ... » 98 •
La primera exclusión, la de los seres humanos comatosos, o con Como vimos en el capítulo primero, el término «antropocéntrico»
daño cerebral irreversible, haría del argumento de los casos margina- es ambiguo. Su uso suele arrastrar consigo una carga emotiva negati-
les un razonamiento autorrefutatorio en la medida en que muestra va, aunque puede ser igualmente un concepto descriptivamente neu-
que, puesto que nunca habrá un criterio plenamente comprensivo y tral siempre que se aclare el sentido en el que se emplea. Toda ética es
satisfactorio para cubrir todos los casos, la pertenencia a la especie rabiosamente antropocéntrica porque, según expuse en el capítulo
humana se revela finalmente como una razón suficiente para la exclu- primero, sólo los seres humanos son sujetos morales. Por otro lado,
sión de los animales 93 • predicar que ciertos animales se ven afectados por nuestras acciones y
Por otro lado, si, como aduce Melden, al comatoso se le negara la sufren ¿es una forma de antropocentrismo? Lo sería, claro, si resulta
condición de persona, habría que hacer lo propio con los seres huma- que la única manera de no ser antropocentrista es comprometerse
nos que se encuentran durmiendo. Con todo, Pluhar ha apuntado con la idea de que más allá de las fronteras de la especie humana todo
una diferencia crucial: el dormido no ha perdido definitivamente la es ignoto,, incomprensible, pues a poco que describiéramos lo que ha-
capacidad de la agencia moral 94 • En ese caso el contraargumento de cen los animales, a poco que los viéramos comportarse y coligiéramos
Melden es que si el que está durmiendo muere o cae en coma, ten- cualquier conclusión, estaríamos incurriendo en el vicio del antropo-
dríamos que decir que ese sujeto no era persona mientras dormía 95 • centrismo. Así lo hicieron los partidarios del conductismo, teoría psi-
A mi juicio, no habría mayor inconveniente en asumir tal cosa, ni
tampoco en el logro de la coherencia al precio de la exclusión de los 96
De Waal, 1996, p. 168.
97 Véase 1998, p. xiii.
91
Véase Pluhar, 1995, pp. 114-115. 98
Benn, 1967, p. 71 n. 9. En la misma línea Melden, 1977, pp. 185-186, y McClos-
92
Véase Regan, 1982, pp. 132-135. key, 1975, p. 411. Así, Budiansky, comentando el argumento de Wittgenstein, afirma,
93 Así parece sugerirlo Regan; véase 1982, pp. 127-128. contradiciéndole, que si el león pudiera hablar no es que no le entenderíamos, sino que
94
Véase Pluhar, 1995, pp. 114-115. sí le entenderíamos pues ya no sería un león, o más bien su mente no sería más la de un
95 Véase Melden, 1977, p. 215. león; véase 1998, p. xxi.
244 JUSTICIA PARA LOS ANIMALES