No existen arquetipos de guerras civiles en Europa o América Latina.
Se trata de conflictos violentos muy diversos en sus manifestaciones,
75 SOCIEDADES
cuya configuración varía según el tiempo y el lugar en que acontecen.
EN GUERRA CIVIL
°mo ra ores
Con todo, hay factores macroestructurales, tanto políticos como sociales,
que facilitan su estallido. El análisis comparado permite asimismo constatar
la tendencia expansiva de la violencia, una vez iniciada la dinámica de
confrontación armada. Decaimiento de la actividad económica, Conflictos violentos de Europa
segmentación del poder y brutalización de las relaciones sociales son
algunas de las consecuencias habituales de cualquier guerra civil. Las y América Latina
soluciones pacíficas pasan por que los actores beligerantes perciban
escasas o nulas posibilidades de imponerse al adversario mediante el
uso de las armas.
Peter Waldmann y Fernando Reinares
Malásitam"
(Compiladores)
David D. Laitin • Heinrich-W. Krumwiede • Walther L. Bernecker
Marie-Janine Calic • Adrian Guelke • Rogelio Alonso
Un Ben-Eliezer • María José Moyano • Thomas Fischer
Felipe Mansilla • Fernando Escalante
W
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O ct
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(.) D
0 o
ISBN 84-493-0778-3
45O75 w
23/01/2001
g andhi [Link],
PRECIO LIS .: 11 $[Link]
DESCUENTO 3C 0/0 •9
o 1-177R 7 •
Sociedades en guerra civil es un libro
multidisciplinar en el que colaboran
historiadores, sociólogos y politólogos. Su
contenido se divide en tres partes. En la
primera se exploran los rasgos que
caracterizan a las guerras civiles de nuestros
días, analizando las causas de los conflictos
violentos al igual que sus consecuencias tanto
inmediatas como estructurales, para
reflexionar luego acerca del modo en que es
posible detener tales enfrentamientos armados
y alcanzar soluciones aceptadas por los
distintos actores en pugna. La segunda parte
centra su atención preferente en distintas
experiencias europeas. La tercera está
dedicada a diversos países latinoamericanos.
Alguno de los capítulos incide sobre
situaciones que pertenecen a un pasado más
o menos remoto, pero la mayoría corresponde
a casos de manifiesta actualidad.
Aun cuando este libro trata sobre la guerra
civil, a lo largo de sus páginas se abordan
también otras expresiones de conflictividad
violenta. No en vano resulta oportuno llevar
a cabo un tratamiento más flexible de tales
fenómenos, en la medida en que se han
desdibujado sus contornos a lo largo de las
últimas décadas. Los conflictos violentos
siguen variando, sin embargo, por lo que se
refiere a su [Link]í, junto al estudio
de las causas, dinámica y consecuencias de
las guerras civiles propiamente dichas, interesa
analizar otras experiencias violentas de
marcada intensidad, así como procesos de
insurgencia que pudieron haber derivado en
el pasado hacia enfrentamientos armados más
generalizados o cuyo curso actual no permite
descartar esa posibilidad. Una mejor
comprensión de los factores que inhiben el
incremento en la intensidad de los conflictos
violentos, así como una aproximación
integrada al continuo de sus manifestaciones,
resulta de especial utilidad para interpretar
diferentes facetas de las guerras civiles.
Sociedades
en guerra civil
PAIDÓS ESTADO Y SOCIEDAD
Últimos libros publicados:
22. D. Osborne y T. Gaebler, La reinvención del gobierno
23. J. Riechmann y E Fernández Buey, Redes que dan libertad
24. E Calderón y M. R. Dos Santos, Sociedades sin atajos
25. J. M. Guéhenno, El fin de la democracia
26. S. G. Payne, La primera democracia española
27. E. Resta, La certeza y la esperanza
28. M. Howard Ross, La cultura del conflicto
29. S. P. Huntington, El choque de civilizaciones
30. G. Kepel, Al oeste de Alá
31. K. R. Popper, La responsabilidad de vivir
32. R. Bergalli y E. Resta (comps.), Soberanía: un principio que se derrumba
33. E. Gellner, Condiciones de la libertad
34. G. Bosetti (com.), Izquierda punto cero
35. C. Lasch, La rebelión de las élites
36. J.-P. Fitoussi, El debate prohibido
37. R. L. Heillbroner, Visiones del futuro
38. L.V. Gerstner, Jr. y otros, Reinventando la educación
39. B. Barry, La justicia como imparcialidad
40. N. Bobbio, La duda y la elección
41. W. Kymlicka, Ciudadanía multicultural
42. J. Mein, El fin del trabajo
43. C. Castells (comp.), Perspectivas feministas en teoría política
44. M. H. Moore, Gestión estratégica y creación de valor en el sector público
45. P Van Parijs, Libertad real para todos
46. P. Kelly, Por un futuro alterntivo
47. P-0. Costa, J. M. Pérez Tornero y ETropea, Tribus urbanas
48. M. Randle, Resistencia civil
49. A. Dobson, Pensamiento político verde
50. A. Margalit, La sociedad decente
51. D. Held, La democracia y el orden global
52. A. Giddens, Política, sociología y teoría social
53. D. Miller, Sobre la nacionalidad
54. [Link], El capitalismo en la era de la globalización
55. R. A. Heifetz, Liderazgo sin respuestas fáciles
56. D. Osbome y P Plastnik, La reducción de la burocracia
57. R. Castel, La metamorfosis de la cuestión social
58. U. Beck,¿Qué es la globalización?
59. R. Heilbroner y W Miller, La crisis de visión en el pensamiento económico moderno
60. E Kotler y otros, El marketing de las naciones
61. R. Jáuregui y otros, El tiempo que vivimos y el reparto del trabajo
62. A. Gorz, Miserias del presente, riqueza de lo posible
63. Z. Brzezinski, El gran tablero
64. [Link], Tratado sobre la tolerancia
65. E Reinares, Terrorismo y antiterrorismo
66. A. Etzioni, La nueva regla de oro
67. M. Nussbaum, Los límites del patriotismo
68. P. Pettit,Republicanismo
69. C. Mouffe, El retorno de lo político
71. [Link], ¿Cómo salir del liberalismo?
72. S. Strange, Dinero loco
73. R. Gargarella, Las teorías de la justicia después de Rawls
75. P Waldmann y E Reinares (comps.), Sociedades en guerra civil
Peter Waldmann y Fernando Reinares
(compiladores)
Sociedades
en guerra civil
Conflictos violentos
de Europa y América Latina
1
PA I DÓS
Barcelona • Buenos Aires • México
Traducción de Rogelio Alonso (cap. 7); Monique Delacre (cap. 3); Rosario Jabardo
(cap. 8); Zitta Moncada (cap. 10); Carlos Resa (cap. 2); y Rosa Sala (caps. 1, 4, 5 y 6)
Los capítulos 2 y 3 ya fueron publicados por la revista Sistema, n.° 132-133 (1996), el
último de ellos con una traducción distinta.
Cubierta de Víctor Viano
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la autorización escrita de los titulares
del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción
total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos
la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares
de ella mediante alquiler o préstamo públicos.
e 1999 de todas las ediciones en castellano
Ediciones Paidós Ibérica, S.A.,
Mariano Cubí, 92 — 08021 Barcelona
y Editorial Paidós, SAICF,
Defensa, 599 — Buenos Aires
[Link]
ISBN: 84-493-0778-3
Depósito legal: B-42.241/1999
Impreso en A & M Gráfic, S.L.
08130 Sta. Perpétua de Mogoda (Barcelona)
Impreso en España — Printed in Spain
SUMARIO
Introducción, Peter Waldmann y Fernando Reinares 11
Primera parte
1. GUERRA CIVIL: APROXIMACIÓN A UN CONCEPTO DIFÍCIL
DE FORMULAR, Peter Waldmann 27
1. Definición de guerra 27
2. Respecto a la especial dureza de las guerras civiles 29
3. Ampliación del marco de referencia 33
4. Guerra sujeta a reglas versus guerra sin reglas 36
5. Warlords 40
6. ¿Fundación o disolución del Estado? 43
2. CONFLICTOS VIOLENTOS Y NACIONALISMO: UN ANÁLISIS
COMPARATIVO, David D. Laitin 45
1. El método comparativo 47
2. La búsqueda de una teoría: Cataluña y el País Vasco 49
3. Sociología histórica de Cataluña y el País Vasco 51
4. Modelos de investigación por encuestas sobre nacionalismo
vasco y catalán 53
5. Explicaciones antropológicas del nacionalismo vasco
y catalán 54
6. Los fundamentos micro de la violencia nacionalista 56
7. Recuento de las historias del resurgimiento nacionalista
vasco y catalán 62
8. Una prueba crítica: Georgia y Ucrania 69
9. Explicar el acuerdo ucraniano y la violencia georgiana . . 75
10. Fundamentos micro del acuerdo y de la violencia
nacionalistas postsoviéticos 77
11. Conclusión 82
3. DINÁMICAS INHERENTES DE LA VIOLENCIA POLÍTICA
DESATADA, Peter Waldmann 87
1. Los efectos inmediatos de las guerras civiles 88
2. Los niveles de la progresión de violencia 94
8 Sociedades en guerra civil
3. Cambios de las estructuras sociales 101
4. Para una interpretación de las guerras civiles 107
4. POSIBILIDADES DE PACIFICACIÓN DE LAS GUERRAS CIVILES:
PREGUNTAS E HIPÓTESIS, Heinrich W. Krumwiede
- 109
1. Respecto a los requisitos y características de una paz estable 110
2. ¿A qué actores interiores hay que incluir —directa o
indirectamente—en el proceso de negociación de un acuerdo
de paz para posibilitar la finalización de una guerra civil? 112
3. ¿Bajo qué condiciones los combatientes se disponen
seriamente a negociar la finalización de una guerra
y a cumplir los compromisos que presentan perspectivas
de una paz estable? 113
4. ¿Qué problemas tienen que solventarse en un acuerdo de paz
para que éste encuentre la aprobación de los contendientes
relevantes y ofrezca perspectivas de una paz estable? 117
5. La democracia como dispositivo institucional para
la pacificación de conflictos 120
6. ¿Qué guerras civiles no pueden pacificarse o sólo con
especiales dificultades? 123
7. ¿Qué posibilidades de influencia tienen los actores
externos en la pacificación de guerras civiles? 125
Segunda parte
5. RECONSTRUCTION Y FRANQUISMO: COMPARACIÓN
DE LOS EFECTOS DE LAS GUERRAS CIVILES ESTADOUNIDENSE
Y ESPAÑOLA, Walther L. Bernecker 133
1. Planteamiento de la pregunta y del problema 133
2. De la guerra de voluntarios a la guerra popular organizada 135
3. Ruptura con el pasado y nuevo comienzo 139
4. Sobre las ambivalentes consecuencias a medio y largo plazo
de la guerra civil 144
5. Memoria histórica y formación de la identidad 150
6. Conclusión 152
6. LA GUERRA CIVIL EN YUGOSLAVIA, MarieJanine Calic
- 155
1. Yugoslavia. Un Estado y sus pueblos 155
2. La desintegración de Yugoslavia 156
3. Las fases de la guerra yugoslava 158
Sumario 9
4. La guerra civil en Bosnia-Herzegovina 161
5. Objetivos bélicos de las partes implicadas en el conflicto
bosnio 164
6. La «limpieza étnica» 170
7. La reacción de la comunidad internacional 172
8. En el camino hacia la paz 174
9. Después de Dayton 176
7. MIEDO A UNA GUERRA CIVIL: LA EXPERIENCIA DE IRLANDA
DEL NORTE, Adrian Guelke y Rogelio Alonso 179
1. La partición de Irlanda 180
2. Orígenes de «los disturbios» 182
3. El nacimiento del IRA Provisional 183
4. El gobierno directo desde Londres (Direct Rule) 185
5. Criminalización 188
6. La politización de los paramilitares 190
7. El Acuerdo Angloirlandés 192
8. La iniciativa Brooke 194
9. Alto el fuego 196
10. Ruptura del alto el fuego 198
11. Restauración del alto el fuego 199
12. El Acuerdo de Belfast 200
13. Conclusión 205
8. ¿ACASO HAY POSIBILIDAD DE UNA GUERRA CIVIL EN ISRAEL?
ANÁLISIS DE LAS RELACIONES ENTRE EL EJÉRCITO, LA
SOCIEDAD Y LA POLÍTICA, Uri Ben-Eliezer 211
1. Israel como nación-en-armas: ideología de unidad 213
2. El cambio político: demarcación entre el ejército
y la sociedad 217
3. El colono-soldado 224
4. Conclusión 232
Tercera parte
9. ARGENTINA: GUERRA CIVIL SIN BATALLAS, María José Moyano 235
1. El contexto histórico 235
2. La violencia y sus agentes 238
3. El discurso bélico 243
4. Consecuencias del conflicto 249
10 Sociedades en guerra civil
10. LA CONSTANTE GUERRA CIVIL EN COLOMBIA,
Thomas Fischer 255
1. Datos sobre la violencia y grupos conflictivos 255
2. Guerras civiles entre las élites del siglo xix 261
3. La Violencia 264
4. Guerrilla y represión estatal/paramilitar 265
5. El narcotráfico como factor de violencia 270
6. Consideraciones finales 272
11. LA VIOLENCIA POLÍTICA EN PERÚ: UN ESBOZO INTERDIS-
CIPLINARIO DE INTERPRETACIÓN, Felipe Mansilla 277
1. Una constelación proclive a conflictos violentos 277
2. Anomia, desarraigo y frustraciones colectivas como focos
de violencia política 281
3. Elementos ideológicos e identidades sociales 283
4. Estructuras estatales y ejército como actores del drama
de la violencia 285
5. Los movimientos guerrilleros en cuanto actores de
la violencia 287
6. Evolución de las organizaciones guerrillera; 289
7. El decurso de los conflictos y el rol de las rondas campesinas 291
8. La terminación del período activo de la guerra 294
12. EL ORDEN DE LA EXTORSIÓN: LAS FORMAS DEL CONFLICTO
POLÍTICO EN MÉXICO, Fernando Escalante 297
1. El orden del conflicto 298
2. Los cambios del fin de siglo 302
3. Una historia conocida 305
A modo de conclusión: notas comparativas sobre las guerras civiles
en Europa y América Latina, Peter Waldmann y Fernando Reinares 311
Notas 325
INTRODUCCIÓN
Peter Waldmann
(Universidad de Augsburgo)
Fernando Reinares
(UNED, Madrid)
La guerra, al igual que otras expresiones de conflictividad violenta,
constituye un fenómeno de permanente actualidad. Durante los más de
cincuenta años transcurridos desde el final de la segunda gran contienda
bélica tan sólo ha habido un mes, septiembre de 1945, en que el mundo pa-
reció vivir en relativa paz. Salvo esos días, siempre ha existido alguna gue-
rra en alguna parte del globo, ya fuese de alcance interno o internacional.
Muchos expertos sostenían que esos conflictos armados estaban en su ma-
yoría relacionados con la Guerra Fría, los consideraban una consecuencia
inevitable de las tensiones existentes entre las dos superpotencias enton-
ces hegemónicas, los Estados Unidos de América y la Unión Soviética. Se-
gún esta perspectiva, puesto que el empate en la posesión de armamento
nuclear les impedía arriesgarse a una confrontación abierta, se hostigaban
mutuamente incentivando rebeliones y otro tipo de conspiraciones deses-
tabilizadoras en países o regiones insertas dentro del ámbito de influencia
rival. De acuerdo siempre con dicha visión, al concluir la llamada Guerra
Fría, a finales de los ochenta, se abrieron nuevas posibilidades para una era
de paz mundial. Aunque ciertamente concluyeron algunas disputas arma-
das de ámbito interno, como en El Salvador, en otros casos, Somalia por
ejemplo, quedaban de manifiesto los límites de la influencia pacificadora
atribuida al emergente escenario internacional. Incluso surgían nuevos
conflictos violentos en regiones del planeta hasta entonces en aparente
calma, especialmente en el área corresponiente al desaparecido bloque co-
munista.
No resulta fácil presentar un cuadro estadístico lo suficientemente pre-
ciso como para reflejar la evolución que las guerras han registrado durante
los últimos cinco decenios. En las distintas instituciones académicas donde
se ha trabajado acerca de esta cuestión, los indicadores utilizados y los pe-
riodos de tiempo acotados difieren notablemente. El grupo de investiga-
ción dirigido en la Universidad de Hamburgo por Klaus-Jürgen Gantzel,
12 Sociedades en guerra civil
uno de los más reputados expertos en la materia, ha contabilizado 195 gue-
rras entre 1945 y 1995. El 90 % de ellas tuvo como escenario a los países en
vías de desarrollo. En su mayoría, un 75 % de los casos, se trataba de gue-
rras internas o civiles, lo cual explica que un altísimo porcentaje de las víc-
timas, nada menos que el 85 %, fueran personas no involucradas con los
bandos beligerantes. Según las mismas estimaciones, estas guerras costaron
la vida a entre 16 y 35 millones de personas. Además, aunque unos conflic-
tos armados concluían, cada vez más empezaban otros, de manera que el
numero total de guerras dirimidas anualmente siguió aumentando de ma-
nera paulatina: tres en 1945, quince en 1955, veinticuatro en 1965, veintiu-
na en 1975, treinta y tres en 1985, cuarenta y nueve en 1995. En el breve
lapso de tiempo transcurrido entre 1990 y 1995 hubo no menos de 93 gue-
rras, en las que murieron cinco millones y medio de seres humanos. La
quiebra del imperio soviético y el desmembramiento de Yugoslavia dieron
origen a doce nuevas contiendas bélicas.'
Otro grupo especializado en esta problemática, que ha llevado a cabo
sus investigaciones bajo la dirección de Alex P. Schmid en la Universidad de
Leiden, elaboró un útil esquema con tres categorías de conflictos violen-
tos. En primer lugar, aquellos conflictos violentos definidos como simples,
que producen menos de 100 víctimas mortales al año; en segundo lugar,
los conflictos violentos de baja intensidad, que cuestan anualmente la vida
a entre 100 y 1.000 personas; por último, los conflictos de alta intensidad,
con más de 1.000 víctimas mortales al año. A partir de esta clasificación
básica se obtuvieron para los años 1995, 1996 y 1997 los resultados que
ofrece el cuadro adjunto.
Conflictos violentos en el mundo según categorías, 1995-1997
Categorías de conflictos violentos 1995 1996 1997
Conflictos violentos de alta intensidad 20 19 17
Conflictos violentos de baja intensidad 39 42 70
Conflictos violentos simples 40 75 74
Total 99 136 161
Fuente: Alex P. Schmid y Alex J. Jongman, «Contemporary armed conflicts», PIOOM
Newsletter and Progress Report, vol. 8, núm. 1 (1997).
Como puede apreciarse, el cuadro revela un muy ligero descenso de
los conflictos de alta intensidad durante los últimos años. Lo que contrasta
con el significativo incremento de los tipos de conflicto violento que oca-
sionan un número más reducido de víctimas mortales. Es de suponer que,
especialmente por lo que se refiere a los conflictos violentos caracteriza-
Introducción 13
dos como simples, se trata de turbulencias menores que por lo general no
se pueden denominar, en propiedad, guerras. Esto nos lleva a preguntar-
nos, antes de continuar, ¿qué es una guerra?, ¿cuáles son los rasgos que la
diferencian de otro tipo de conflictos violentos?
II
Según una definición que puede ser tenida ya como clásica, el término
guerra se aplica a un determinado conflicto violento si éste reúne tres ca-
racterísticas fundamentales. 2 Ante todo, ha de tratarse de un conflicto ma-
nifiesto de considerable magnitud, es decir, de carácter masivo, con mu-
chas personas involucradas y una elevada tasa de víctimas mortales; en
segundo lugar, han de enfrentarse en el mismo dos o más bandos militares,
al menos uno de los cuales corresponderá al ejército regular o fuerza ar-
mada que combata en nombre de la autoridad establecida; finalmente, en
ambos lados de la contienda ha de existir cierta coordinación de las accio-
nes militares, aun cuando se trate bien de una defensa organizada o bien de
ataques por sorpresa llevados a cabo de acuerdo con un plan de conjunto
diseñado con antelación.
En el capítulo con que uno de los compiladores contribuye a la prime-
ra parte del libro se explican detalladamente las dificultades que encuentra
la aplicación de tal concepto a las situaciones actuales de guerra civil. Nos
contentamos aquí con insistir en algunos puntos especialmente críticos.
Por una parte, la aludida definición refleja una época en que predomina-
ban las guerras internacionales. Ahora bien, la amplia mayoría de los con-
flictos violentos contemporáneos son luchas dentro de una nación o un
Estado que escapan en gran parte a delimitaciones precisas. A veces cues-
ta incluso determinar si se trata de un conflicto interno o externo, porque
ambos elementos confluyen en un único escenario bélico. Por otro lado, la
mencionada definición supone un cierto equilibrio mínimo entre los gru-
pos armados enfrentados, exigencia que han planteado asimismo otros
destacados autores. 3 Sin que un grupo sea capaz de defenderse sería un eu-
femismo, según estos analistas, calificar como guerra las acciones violentas
dirigidas contra el mismo, ya que en realidad se trataría más bien de san-
ciones unilaterales que pueden ser tenidas por masacres o genocidios. Sin
embargo, lo cierto es que, en gran parte de los actuales conflictos violen-
tos, las bandas armadas o ejércitos que pretenden un combate mutuo se
enfrentan en realidad muy poco. En cambio, buscan al adversario en la po-
blación civil, a la que suelen oprimir y maltratrar sin escrúpulos.
Para los expertos que emplean la definición elaborada por Istvan Ken-
de, lo importante es la dimensión política o pública de la guerra. Por eso
\ce
14 Sociedades en guerra civil
insisten en que uno de los grupos armados en conflicto ha de representar
al gobierno o a la autoridad estatal. Temen que, si este criterio se omite,
cualquier contienda entre actores individuales o colectivos pueda ser con-
siderada una guerra. Sin embargo, en muchos de los países donde existen
actualmente conflictos armados, el Estado se encuentra en proceso de evi-
dente disolución y las tropas regulares ya no obedecen a las aútoridades.
1 No hay menos de cuarenta ejércitos privados en las regiones sur yeste del
planeta.4 Ejércitos privados dirigidos a menudo por verdaderos warlords
(señores de la guerra), que combaten por su cuenta y en pos de beneficios
privados. Pueden transformarse temporalmente en partidas de ladrones y
criminales para reaparecer de nuevo en la escena pública con proclamas y
pretensiones de índole política. De hecho, se está produciendo en algunas
partes_ del mundo _un renacimiento de la tradicionaltigiura europea del
(-mercenario, qúe presta sus servicios a cualquier líder_políticoson el dine-
ro suficiente como para mantenerlo y pagarle un sueldo adecuado. Hace
tiempo que, de alguna manera, hemos dejado atrás la época en que el Esta-
do, en línea con los argumentos de Max Weber, reclamaba para sí con éxito
el—monopolio de la coacción física dentro de su propio territorio. -
._
Estos tres sucintos comentarios críticos demuestran que tiene poco
sentido apoyarse en un concepto de guerra que sea demasiado estrecho y
dogmático. Diríase, por el contrario, que las delimitaciones clásicas entre
diversas
— situaciones
_ de conflicto armado se han difuminado. Junto a ello,
cada vez resulta mas difícil determinar con exactitud las estructuras y re-
o informales, que caracterizan tales enfrentamientos glas,forme violen-
tos. ¿Acaso no ha ocurrido repetidamente, a lo largo de los últimos tiem-
pos, que ni eLpersonal de las organizaciones no gubernamentales de
carácter
_ humanitario ha sido respetado por los combatientes de una deter-
minada cófifit t'Oí-bélica interna o internacional? De hecho, si las cosas si-
guen por tales derroteros, asistiremos a un número creciente de conflictos
anómicos, es decir, de fenómenos de violencia colectiva ctmó.seLflido y
cuya función es difícil de entender porque parecen carecer de causas u oh-
jetivos claros, adversarios bien definidos o reglas de interacción agresiva
1 reconocidas por las partes implicadas. Son conflictos armadoscuyaímico
rasgo inequívoco es la violencia misma.
III
Más allá de las dificultades existentes en la actualidad para delimitar
unos conflictos violentos de otros, a los efectos de este volumen nos pare-
ce especialmente útil distinguir cuandó menos entre cuatro tipos de gue-
rra.' En primer lugar se encontrarían las guerras dirigidas contra el propio
Introducción 15
régimen, o sea guerras civiles que tienen como finalidad la caída del go-
bierno establecido y un cambio profundo deiorden socioeconómico; en
segut
ia-o-Tifi fi
nin-o-,Tas guerras de secesión o desatadas c. on-u-naiiiirdialu-
tonomista; tercero, las guerras entre los Estados qué"-le disputan fronteras,
recut
-7s-Wnaturales o simplemente posiciones de dominio ‹,_es decir, las cláái-
cas guerras internacionales; por último, en cuarto lugar, las guerras de des-
colonización, desarrollad:15_113n la intención de sustraer a un . territorio de
la soberanía ejercida sobre el mismo por una metrópoli distante. Este es-
qtiétria, como cualquier otro. no queda exento de ambigüedades-. Así, por
ejemplo, las guerras civiles del primer o segundo tipo pueden tener como
trasfondo_unasitn2rián colonial, a la que alude el cuarto. Cabe argumentar,
de este modo, en el casó- de Irlanda del Norte, que sólo aparentemente se
trata un conflicto de secesión en el cual se plantea una ruptura con Gran
Bretarta y la unificación con la República de Irlanda, cuando en realidad se-
ría una guerra de desconolizac en la medida en que
. se considere que_Ir-
landa fue la primera colonia británica. O, para tomar otro ejemplo, esta vez
correspondiente al ámbito latinoamericano, ¿en la actividad armada de la
organización Sendero Luminoso contra-elrégimen peruano no se han per-
cibido qualámbién reminiscencias de una rebelión de la población indí-
gena contra los considerados pOr, significativos sectores de la misma como
invasores blancos?
Efectivamente, son muy raros los conflictos bélicos que tienen una
única raíz. Sin embargo, no es menos evidente que, por lo general, se ob-
serva en cualquiera de ellos una orientación prevalente, ya sea la de trans-
formar a fondo el orden socioeconómico existente, el afán de un grupo ét-
nico por beneficiarse de más derechos colectivos o disponer de un Estado
propio, la rebelión contra un orden imperialista y un régimen colonial
(que en el pasado se daba sobre todo en países africanos y asiáticos para
haberse reproducido recientemente también en el área otrora bajo domi-
nio soviético), o la competición entre Estados por posiciones hegemóni-
cas. La ventaja de este esquema, al menos para nuestro libro, consiste en
que permite una primera y sencilla clasificación de los casos que son des-
critos y analizados en sus páginas. Dejando quizá de lado el de Israel, que
es particularmente complicado, todos los otros casos caen dentro de las
categorías primera y segunda apenas descritas. Se trata, por tanto, o bien
de conflictos violentos con un componente revolucionario, en los cuales
no sólo un determinado gobierno sino todo el orden sociocconómico_se
enaiéntra afectado, o bien de insurgencias..armadas en las que una parte
a ganar importantes cotas de autonomía _respecto delapobciónsr
del gobierno central e incluso fundar un Estado propio. Una mirada más
atenta permite también constatar que, con una sola excepción, todos los
conflictos violentos tratados que tienen lugar en Europa pertenecen a la
16 Sociedades en guerra civil
segunda categoría, mientras aquéllos cuyo escenario es América Latina se
inscriben dentro de la primera. La excepción se refiere a las guerras civi-
les clásicas, tanto en los Estados Unidos de América como en España, ana-
lizadas comparativamente por Walther Bernecker. Es interesante notar
que, en lo referido a esos dos casos, en la segunda mitad del siglo xix y la
primera del xx, respectivamente, la situación era justo la inversa: había
una guerra civil sociorrevolucionaria en Europa y otra de tintes secesio-
nistas en América del Norte.
A pesar de que nos basemos en un concepto relativamente amplio de
guerra civil, hay que admitir que no todos los casos tratados en este libro
se inscriben plenamente en este tipo de conflicto violento de alta intensi-
dad. En los casos de Israel y de México, por ejemplo, se discute sobre el pe-
ligro de una posible guerra civil. En la experiencia del País Vasco, que for-
ma parte del análisis comparado de David Laitin, tampoco puede hablarse
de una guerra civil propiamente dicha, pues se trata de una actividad terro-
rista insurgente que las agencias estatales de seguridad han tratado de con-
tener con mayor o menor efectividad a lo largo de un proceso de democra-
tización. Una apreciación similar vale, en términos generales, para el
conflicto violento en Irlanda del Norte que, según Adrian Guelke y Rogelio
Alonso, durante los treinta años que ha durado sólo hubo un momento
(concretamente en el año 1972) cuando amenazó con transformarse en
una guerra civil. En el caso de Argentina, se pueden observar distintas ex-
presiones de conflictividad violenta (actividad guerrillera, terrorismo, re-
presión estatal indiscriminada, vigilantismo) que, si bien aisladamente no
reúnen los requisitos de una guerra civil, tanto por su duración como por
el elevado número de víctimas mortales ocasionadas, pueden ser aborda-
das a modo de tales. Aparte de los casos clásicos (las guerras civiles en Es-
paña y en los Estados Unidos de América), los ejemplos mas claros de gue-
rra civil en el pleno sentido del término son, por lo que se refiere a otros
capítulos de este libro, los de Yugoslavia y Georgia, en el entorno europeo,
así como Colombia y Perú en el contexto latinoamericano.
¿En qué medida tiene, pues, sentido compilar en un solo volumen con-
flictos violentos tan aparentemente distintos cuyos escenarios son Europa
y América Latina? ¿Tienen ambas regiones del mundo algo más en común
que fuertes lazos culturales, idiomas que en parte se hablan a ambos lados
del océano, una porción compartida de su pasado político y potentes vín-
culos económicos? ¿No se encuentran en una etapa de desarrollo demasia-
do distinta como para compararlas adecuadamente? Creemos que, pese a
todo ello, sí tiene [Link] contemplar el mapa global de conflictos vio-
lentos actuales elaborado por Alex P. Schmid y Alex J. Jongman, al que nos
hemos referido anteriormente, se pueden deducir dos cosas. Una es que ya
no hay conflictos violentos de alta intensidad en la parte central y septen-
Introducción 17
trional de Europa, ni tampoco en América del Norte. En lo que a Europa se
refiere, prácticamente todos los conflictos armados, al margen de su alcan-
ce y magnitud, ocurren o han venido ocurriendo hasta muy recientemente
en zonas periféricas de la región: Córcega, Irlanda del Norte, País Vasco,A1-
bania,Yugoslavia o Georgia. Estos tres últimos casos revelan que, dentro del
ámbito europeo y durante los últimos años, es en el Este donde han tenido
lugar las guerras civiles de mayor importancia. La segunda observación es
que también en América Latina son relativamente raros los conflictos vio-
lentos de alta intensidad, si se comparan con los acaecidos en África y Asia.
En una nota al final del libro trataremos de sacar algunas conclusiones refe-
ridas a los rasgos comunes y las diferencias entre tales conflictos violentos
en uno y otro lado del Atlántico. Aquí nos contentamos con plantear el in-
terrogante de si acaso las similitudes que se pueden constatar en lo que a
la intensidad de los conflictos violentos se refiere tienen que ver con el he-
cho de que en ambos continentes las zonas afligidas por los mismos no es-
tán entre las más desarrolladas ni tampoco pertenecen a las menos, sino
que corresponden a la semiperiferia, en el sentido conferido por Imma-
nuel Wallerstein a dicho término. 6
IV
El volumen está dividido en tres partes. La primera es de carácter gené-
rico; la segunda se refiere principalmente a Europa; la tercera trata sobre
América Latina. A modo de conclusión, se ofrece precisamente una nota
comparativa referida a ambas regiones del planeta. Conviene reiterar que,
aun cuando este libro centra su atención en el fenómeno de la guerra civil,
se exploran también otras expresiones de conflictividad violenta. A tenor
de lo argumentado en las páginas precedentes, resulta oportuno llevar a
cabo un tratamiento más flexible de tales fenómenos, en la medida en que
se han desdibujado sus contornos a lo largo de las últimas décadas. Los
conflictos violentos siguen variando, sin embargo, por lo que se refiere a
su intensidad, tal y como hemos señalado [Link]í, junto al estu-
dio de las causas, dinámica y consecuencias de las guerras civiles propia-
mente dichas, interesa analizar otras experiencias violentas de marcada in-
tensidad, así como procesos de insurgencia que pudieron haber derivado
en el pasado hacia enfrentamientos armados más generalizados o cuyo cur-
so actual no permite descartar esa posibilidad. Una mejor comprensión de
los factores que inhiben el incremento en la intensidad de los conflictos
violentos, así como una aproximación integrada al continuo de sus mani-
festaciones, resulta de especial utilidad para interpretar diferentes facetas
de las guerras civiles.
18 Sociedades en guerra civil
Tras esta breve introducción, el libro inicia su primera parte con un en-
sayo de Peter Waldmann sobre el concepto de guerra [Link] hemos men-
cionado en esta introducción algunas de las dificultades que surgen al apli-
car la noción clásica de guerra a las situaciones bélicas de nuestro tiempo,
tanto internas como internacionales. Por eso, insistimos, se aboga en favor
de una concepción abierta y menos dogmática en la definición del térmi-
no, así como en el estudio de las guerras civiles, el cual vendría así acom-
pañado por el de otros conflictos violentos de cierta envergadura que no
giran en torno a la conquista del Estado. De cualquier modo, como fenó-
menos típicos que caracterizan a las guerras civiles actuales, se destacan
por una parte la figura del señor de la guerra, que vive de la guerra y para la
guerra; por otra, la falta de reglas en la contienda armada. El texto termina
poniendo en duda la idea, muy extendida, de acuerdo con la cual las gue-
rras civiles cumplen funciones históricas tales como la de contribuir a los
procesos de construcción nacional o de construcción estatal.
El segundo capítulo se centra en el análisis de las causas de los conflic-
tos violentos nacionalistas, un tema ampliamente tratado y muy controver-
tido. David Laitin, su autor, evita conscientemente recurrir a las grandes
teorías cuya capacidad explicativa estima modesta y por ello busca inter-
pretaciones alternativas investigando empíricamente a fondo, es decir hasta
la microestructura social. En concreto, casos como los del terrorismo na-
cionalista en el País Vasco y la guerra civil en Georgia. Se trata, por tanto, de
casos correspondientes a dos contextos políticos, sociales, económicos y
culturales distintos, España durante la transición demcrática a partir de la
dictadura franquista y un país multiétnico surgido de la extinta Unión So-
viética, respectivamente. Su método es una combinación de comparacio-
nes por similitud y por contraste. Los planteamientos del texto, basados en-
tre otras en la teoría de juegos y la de una cultura de violencia, no pueden
ser resumidos en pocas palabras. Uno de sus resultados más interesantes,
que con firma observaciones similares de otros autores, es que para comen-
zar y mantener un conflicto nacionalista violento de cierta magnitud hace
falta un sustrato de varones jóvenes procedentes de ámbitos rurales o de
pequeñas ciudades que económica y mentalmente escapan al control pre-
tendido por las autoridades centrales.
Mientras los estudios sobre las causas de los conflictos violentos inter-
nos constituyen un tema recurrente en la literatura especializada, sus conse-
cuencias han sido relativamente poco exploradas. En el tercer capítulo, asi-
mismo de Peter Waldmann, dedicado precisamente a ésta última cuestión, se
distinguen las consecuencias inmediatas de las estructurales. Entre las pri-
meras se encuentran los daños humanos y materiales, la subdivisión del
territorio en varias zonas dominadas por distintas bandas armadas y los mo-
vimientos poblacionales de huida. Estructuralmente son importantes el
Introducción 19
decaimiento de la economía, los cambios en las relaciones de poder y tam-
bién las alteraciones en la esfera de las normas sociales y de las persuasiones
morales. El autor sostiene que la mayoría de estos cambios se explican en
atención a la dinámica propia de la violencia. Una vez que ésta escapa al es-
tricto control político, tendería a invadir todos los sectores de la sociedad.
La última contribución de esta primera parte del libro trata de cómo es
posible detener situaciones de violencia generalizada y llegar a soluciones
aceptadas por todas las partes en conflicto. Heinrich ICrumwiede, su autor,
demuestra que la pacificación no resulta nada fácil. Uno de los principales
obstáculos lo constituyen los grupos armados mismos que, acostumbrados
a la guerra civil, viven mejor con ella que en ausencia de un conflicto vio-
lento. El texto mantiene que es especialmente importante que los duros,
los halcones que más insisten en una solución violenta del conflicto, lle-
guen a la convicción de que eso ya no les sirve e incluso les acarrea des-
ventajas. Las negociaciones, que indicarían así cierto cansancio de todas las
partes ante el derrame continuado de sangre, prometen tener éxito si se lo-
gra sentar a todos los actores del conflicto violento en una misma mesa y si
se encuentran soluciones pragmáticas para reintegrar en la sociedad a los
miembros de los grupos armados insurgentes.
La segunda parte del libro empieza con una comparación retrospectiva
entre la guerra civil española (1936-1939) y la guerra de secesión nortea-
mericana (1861-1865), elaborada por Walther L. Bernecker. Es el único ca-
pítulo del volumen que analiza episodios de guerras civiles que ya perte-
necen a un pasado más o menos lejano. Muestra, de cualquier manera, que
este tipo de enfrentamientos bélicos internos ha cambiado de forma y de
estructura a lo largo de los cinco últimos decenios. Las experiencias des-
critas se parecen mucho más a las guerras totales interestatales de la pri-
mera mitad del siglo que a los conflictos violentos de alta intensidad cono-
cidos en nuestros días. El autor no sólo resume la evolución en ambos
casos sino que examina también si las partes victoriosas fueron capaces,
una vez terminada la contienda, de lograr sus objetivos, y se interroga asi-
mismo sobre el significado que tienen las guerras civiles en la memoria co-
lectiva de las sociedades actuales. Llega a la conclusión de que, si bien los
vencedores no tuvieron éxito con sus proyectos sociales y políticos a largo
plazo, ni en los Estados Unidos de América ni en España, tampoco los ven-
cidos supieron extraer las oportunas lecciones de su derrota.
Con el artículo sobre la guerra civil de Yugoslavia, escrito por Marie-
Janine Calic, estamos ya plenamente inmersos en los conflictos violentos de
nuestros días. Según expone la autora, la disolución del Estado lideraclo por
Tito no empezó con el derrumbe del orden socialista sino que tenía distin-
tos antecedentes previos. Mientras que en las otras repúblicas que consti-
tuían el Estado yugoslavo había grupos étnicos claramente dominantes, la
20 Sociedades en guerra civil
situación se complicó especialmente en Bosnia-Herzegovina, donde ser-
bios, croatas y musulmanes vivían juntos sin que ninguna de sus respecti-
vas comunidades resultase numéricamente mayoritaria. Calle subraya que,
al principio, en los tres grupos étnicos surgieron milicias, no tanto con el fin
de conquistar territorio ajeno sino como mecanismo de autodefensa frente a
eventuales [Link] también que, en contra de lo que suele pen-
sarse, las llamadas limpiezas étnicas no sólo constituían un método serbio
sino que eran un instrumento utilizado por los distintos grupos étnicos
para crear las condiciones que hicieran factible un Estado nacional sufi-
cientemente homogéneo. El texto se muestra muy decepcionado con las
intervenciones internacionales, que sólo tuvieron algún efecto cuando se
había logrado ya cierto empate militar entre las fuerzas serbias de un lado
y, del otro, la coalición formada por croatas y musulmanes.
Irlanda del Norte, el objeto del capítulo que sigue, atraviesa por las vi-
cisitudes de un proceso de paz, tras un conflicto violento de intensidad li-
mitada pero notable que ha perdurado durante casi treinta años. La situa-
ción aquí era dificil, debido a los numerosos actores colectivos implicados
en la contienda. Aparte de los católicos y de los protestantes del Ulster,
que a su vez se subdividían en varios grupos moderados o radicales, forma-
ban y forman parte del escenario del conflicto Gran Bretaña, la República
de Irlanda y en cierta medida también los descendientes de los inmigrados
irlandeses que residen en los Estados Unidos. Adrian Guelke y Rogelio
Alonso, autores de este texto, resumen convenientemente la evolución del
contencioso norirlandés en sus sucesivas etapas. Así, se realiza un segui-
miento de las cambiantes estrategias ideadas por el Irish Republican Army
(IRA, Ejército Republicano Irlandés) para lograr sus objetivos nacionalistas,
así como también de los esfuerzos llevados a cabo por las autoridades bri-
tánicas para contener el conflicto y encontrar un arreglo aceptable por to-
das las partes enfrentadas. Si este arreglo se ha hecho finalmente posible,
ello se debe en primer lugar al cansancio de todos los sectores involucra-
dos, pero sobre todo al hastío de la población del Ulster, después de una
contienda intercomunitaria tan prolongada como quizás estéril.
En la última contribución correspondiente a la segunda parte del libro,
cuyo autor es Uri Ben-Eliezer, no se trata de una guerra civil en curso sino
de la que podría eventualmente estallar bajo ciertas condiciones. En contra
de lo que pueda suponerse al leer superficialmente el título de este capítu-
lo, la guerra civil que amenaza a la sociedad israeli no consiste en un en-
frentamiento entre judíos y palestinos, sino entre distintos sectores de la
población hebrea. El autor describe, así, cómo la imagen de una nación en
armas, que era el mito fundador del Estado de Israel, ha cedido paulatina-
mente en favor de una concepción menos militarista y más abierta de la so-
ciedad, que se percibe a sí misma con crecientes rasgos individualistas y
Introducción 21
pluralistas, cuyo futuro depende menos de hazañas militares que de su ca-
pacidad para promover el desarrollo socioeconómico. Gran parte de la po-
blación y también del ejército comparten esta nueva visión de las cosas,
pero para una minoría se trata de una traición a la misión supuestamente
asignada a los israelíes: la de de conquistar y controlar las tierras sagradas.
Esta minoría, en la que sobresalen los colonos asentados en los territorios
ocupados y algunos sectores religiosos, puede poner en peligro la convi-
vencia interna si se alinea con elementos intransigentes existentes dentro
de las fuerzas armadas y trata de instaurar un régimen pretoriano. El texto
plantea un dilema difícil de resolver: o se continúa el diálogo con los pales-
tinos, lo cual podría provocar una reacción vehemente por parte de la ex-
trema derecha judía, o se detiene, lo que conllevaría fuertes presiones in-
ternacionales y, con ello, un menoscabo para el conjunto del país.
La tercera parte del libro, dedicada a América Latina, comienza con el
artículo sobre el conflicto violento que sacudió Argentina entre 1969 y
1979. Ciertamente, la violencia política no era un fenómeno nuevo en este
país. María José Moyano explica que hundía sus raíces inmediatas en el de-
rrocamiento de Juan Domingo Perón por los militares en 1955 y otras en
tiempos más remotos. Sin embargo, durante la mencionada década alcanzó
cifras de letalidad desconocidas hasta entonces. La autora deja abierta la
cuestión de si se trataba o no de una verdadera guerra civil, porque había
varios movimientos violentos que actuaban en cierto modo uno al lado del
otro, sin que se produjeran enfrentamientos abiertos o batallas, como reza
el título del artículo: las organizaciones guerrilleras, las bandas armadas de
la derecha y, a partir de 1976, el aparato represivo de los militares, además
de las sublevaciones populares espontáneas. Aunque, por esta pluralidad
de expresiones, la violencia tenía algo de confuso, Moyano afirma que sí se
podía observar una tendencia general. Era la tendencia a perseguir fines
políticos, sin escrúpulos, a través de métodos violentos y a considerar al
oponente político como un adversario que era preciso aniquilar. De acuer-
do con el texto, la sociedad argentina no se ha recuperado todavía de esta
traumática experiencia vivida en su pasado reciente.
Colombia, el segundo país en la muestra latinoamericana, constituye
un caso especial. Ello por varias razones. En primer lugar, porque pone de
manifiesto una continuidad histórica en la aplicación de métodos políticos
violentos sin parangón en otros países de la región; segundo, porque el nú-
mero de víctimas causadas por actos violentos excede marcadamente las
cifras de otras naciones; tercero, porque también el círculo de actores co-
lectivos violentos es más amplio que en otros casos pró[Link] Fis-
cher, el autor de este capítulo, traza las principales líneas históricas que
han llevado a la desastrosa situación presente. Esta situación se caracteriza
por la existencia de tres ejes de conflicto: el que se produce en el campo,
22 Sociedades en guerra civil
en torno a la posesión de la tierra, entre la guerrilla y los campesinos, por
un lado, y las milicias de los terratenientes por el otro; el de cariz urbano,
entre un pequeño estrato de adinerados y la masa de los empobrecidos,
marginados también; finalmente, el que se produce entre el Estado y los
cárteles de la droga. A pesar de que sólo entre un 10 % y un 15 % de los ac-
tos violentos denota claras indicaciones políticas, Fischer no vacila en ca-
racterizar la situación en su totalidad como una guerra civil. Insiste en la
necesidad de unas negociaciones para alcanzar la paz, pero no parece al-
bergar demasiadas esperanzas de que la sociedad colombiana esté todavía
lo suficientemente preparada como para terminar con una experiencia de
violencia tan arraigada y difundida.
Comparado con el caso colombiano, el panorama del Perú parece algo
más [Link]én en éste último país las primeras organizaciones
guerrilleras aparecieron en los años sesenta. Sin embargo, su peso político
y militar no era en modo alguno comparable al alcanzado luego, a partir de
1980, por la organización armada Sendero Luminoso y, en menor medida,
el Movimiento Revolucionario Tupac Amaru (MRTA). Según Felipe Mansi-
lla, esta explosión de la violencia rebelde se explica en atención al profun-
do cambio social que ha tenido lugar en el país a lo largo de los últimos de-
cenios. Entre sus corolarios se encuentran un desmedido crecimiento
demográfico, una urbanización acelerada y la distancia cada vez más gran-
de que separa a los ricos de los pobres. Todo ello suscitó estados mentales
generalizados de descontento y frustración en amplios sectores de la po-
blación. Aunque difundida en toda la sociedad peruana, esta sensación es
particularmente fuerte en ciertas provincias desfavorecidas del altiplano,
donde coincide con un viejo resentimiento contra la capital, Lima. Según la
exposición de Mansilla, Sendero Luminoso supo explotar en beneficio pro-
pio este ambiente de rebeldía latente. Sus lemas marxistas y utopistas sir-
vieron para activar esperanzas milenaristas entre la población indígena y
mestiza. Sin embargo, en vez de liberarla de una supuesta dominación blan-
ca, el mencionado grupo armado la sometió a un control todavía mas rígi-
do y represivo que el de las autoridades estatales. Lo cual, junto con el me-
nosprecio que los propios dirigentes blancos de la organización guerrilla
mostraron hacía ciertas costumbres de las comunidades indígenas, hizo
que en éstas se llegaran a formar milicias para defenderse contra las incur-
siones guerrilleras en sus pequeñas localidades. Entretanto, el conflicto
sangriento parece haber traspasado su punto álgido y, aunque las dos orga-
nizaciones rebeldes siguen existiendo, lo hacen ya en circunstancias muy
precarias.
El último capítulo de esta tercera parte y del libro en su conjunto se
refiere a México. En el mismo, ya lo hemos dicho antes, no se trata de una
guerra civil en [Link] bien, de si un enfrentamiento generalizado de
Introducción 23
tal magnitud podría estallar a partir de los sucesos acaecidos en Chiapas.
La respuesta que da su autor, Fernando Escalante, es que no. Desde que se
formó el Estado federal de México, según expone, siempre ha existido una
suerte de orden de conflictos, que se explica por la heterogeneidad del
país y la debilidad del Estado. Estas dos características fundamentales daban
desde el inicio una especial influencia a los intermediarios, capaces de con-
ciliar las reclamaciones de los distintos grupos sociales y regionales de base
con las exigencias del Estado central. Si hay un rasgo nuevo a destacar ahora,
consiste en que la posición de estos intermediarios ha perdido consisten-
cia a raíz de los múltiples cambios sociales que han tenido lugar durante
los últimos decenios. Esto trae como consecuencia que las reivindicacio-
nes colectivas se articulen hoy con más espontaneidad y vehemencia, sien-
do menos controlables que antes. Sin embargo no hay que dejarse engañar
por las apariencias, pues persisten los mismos mecanismos de negociación
y búsqueda de compromisos. Por eso, como concluye el autor, es poco pro-
bable que desde lo que califica como una desobediencia negociada se de-
sarrolle algún conflicto sangriento generalizado, una guerra civil propia-
mente dicha.
PRIMERA PARTE
Capítulo 1
GUERRA CIVIL: APROXIMACIÓN A UN CONCEPTO
DIFÍCIL DE FORMULAR
Peter Waldmann
«Je suis la guerre du forum farouche, la guerre des prisons et des
rues, celle du voisin contre le voisin, celle du rival contre le rival,
celle de l'ami contre l'ami. Je suis la Guerre Civile, je suis la
bonne guerre, celle oú l'on sait pourquoi l'on tue et á qui l'on
tue
H. de Montherlant, 1965
Puesto que las guerras civiles son una forma especial del fenómeno gene-
ral de la guerra, se debe partir en primer lugar de una definición de ésta. Acto
seguido habrá que examinar hasta qué punto las guerras civiles tienen
unos rasgos válidos en general. Se mostrará que las guerras civiles dependen
esencialmente en sutanscurso y estructura de la configuración política de
la comunidad en que se declaran. Nuestra tesis es que con la crisis del Esta-
do en grandes zonas del mundo, lassuerras civiles también han perdido su
carácter clásico, ceñido al modelo de la guerra internacional, para ganar
una nueva cualidad o «extraestatal». Esta afirmación se explica con
más exactitud a base de dos cuestiones centrales respecto a las guerras ci-
viles: su sujeción o no a reglas y la motivación u objetivos de los comba-
tientes. De todo ello resulta una nueva definición de la función de las gue-
rras civiles ue las entiende ya no sólo como contribución a la formación
del Estado sino tambien como causa de transformación- ó descon
, --ii— posiCión
del mismo.
1. DEFINICIÓN DE GUERRA
Éste no es el lugar para entrar en una discusión general sobre la esen-
cia de los enfrentamientos bélicos. Es suficiente para el objetivo de este ar-
tículo basarse por de pronto en la definición de guerra manejada por el
grupo de científicos hamburgueses que se constituyó en torno a K. J. Gant-
zel para registrar y analizar todas las guerras tras la Segunda Guerra Mun-
dial. Según dicha definición originalmente propuesta por István Kende, las
guerras muestran cuatro característi cas ci al •1_
28 Sociedades en guerra civil
1. Son conflictos violentos de masas.
2. Implican a dos o más fuerzas contendientes, de las cuales al menos
una, sea un ejército regular u otra clase de tropas, tiene que estar al ser-
vicio del gobierno.
3. En ambos bandos tiene que haber una mínima organización centra-
lizada de la lucha y los combatientes, aunque esto no signifique más
que una defensa organizada o ataques calculados.
4. Las operaciones armadas se llevan a cabo planificadamente, por lo
que no consisten sólo en encontronazos ocasionales, más o menos
espontáneos, sino que siguen una estrategia global.
Las ventajas de esta delimitación conceptual de «guerra» saltan a la vis-
ta. Permite al investigador deslindar netamente en el plano internacional
las guerras de las meras escaramuzas fronterizas o de encontronazos arma-
dos ocasionales entre las tropas de dos Estados. Y es sobre todo de gran
ayuda cuando se trata, en el caso de conflictos internos, de trazar una neta
línea divisoria entre, por un lado, actos violentos de duración e intensidad
menor —como por ejemplo atentados terroristas aislados, un golpe de Es-
tado, disturbios públicos o una sublevación espontánea— y, por otro, una
guerra civil. Ahora bien, esta definición también plantea problemas y dos
de ellos tienen que abordarse en breve, puesto que ya anticipan dónde se
encuentran las dificultades de intentar definir las guerras civiles con exac-
titud conceptual. Las dificultades tienen que ver ante todo con las caracte-
rísticas 1 y 2.
Por lo que se refiere a la característica «conflicto violento de masas», es
sin duda aplicable desde un punto de vista puramente formal a la mayoría
de lo que en la actualidad se denomina guerra. Pero, mirándolo mejor, lla-
ma la atención que a menudo no pueda hablarse de un auténtico enfrenta-
miento entre dos grandes grupos, ya que el riesgo de ser derrotado y morir
se reparte de una manera extremadamente desigual entre los bandos.
Como destaca [Link] Creveld, es propio de la guerra desde siempre tanto la
intención de matar y vencer cómo el peligro de_miser ri uno mismo
vencido. Unida a ello, la incertidumbre acerca del desenlace y las conse-
cuencias de todo conflicto violento constituye una de las marcas esencia-
les de las guerras. Según este criterio, se presupone que en cualquier_gus-
rra —por lo tanto también en las civiles— se da un equilibrio mínimo de
lasSlot zas„ 2 Podría añadirse que allí donde domina inequívocamente uno
) de los bandos todo compromiso está de más y poco espacio queda para
una solución negociada. En este sentido, apenas pueden calificarse de gue-
rras los genocidios y masacres masivas, así como tampoco poner fin a los
\ conflictos violentos «desde arriba», por medio de bombardeos masivos
—como en el caso de la guerra del Golfo en 1990-1991—. En general se
Guerra civil: aproximación a un concepto dificil de formular 29
constata que gran parte de las llamadas low intensity wars de nuestro
tiempo consisten esencialmente epa veja_ción, la extórsión _y el saqueó de
la ,población civil, indefensa ante tropas supmestamente enemistadasqLie
entre ellas sólo se infligen perjuicios limitados.
Una segunda observación se refiere a la exigencia de la característica 2
de que al menos uno de los bandos tenga un vínculo con el gobierno. Así,
se subraya abiertamente el carketerpolítico, tocante al bien común, de la
guerra genuina y se evita colocar las querellas privadas o los_merosintere-
ses particulares bajo la rúbrica «guerra». 3 Con todo, esta referencia a un
bando que lucha en nombre del gobierno plantea, precisamente en países
de África, Asia y el Próximo Oriente, donde actualmente se libran la mayo-
ría de conflictos violentos, problemas de no poca consideración, puesto
que es típico de los países del Tercer Mundo que los líderespolíticos sólo
ejerzan un control limitado sobre las fuerzas de . seguridad con lo que su
coordinación puede resultar dificultos_a_.¿Cómo habría que juzgar, por
ejemplo, una situación en la que las tropas gubernamentale s regulares ab-
juraran del gobierno y persiguieran sus propias metas politicomilitares?
¿O una situación en que unas milicias surgidas «espontáneamente» de la
sociedad pretendieran luchar por el Estado y el gobierno? Añádase la cons-
tatación, recurrente en muchos escenarios bélicos actuales, de que con fre-
cuencia los bandos cambian su semblante camaleónicamente: algunas ve-
ces operan como unidades militares, pero otras, dé repente, se convierten
en una mera sarta de bandidos que persiguen exclusivamente ventajas
teriales. ¿Qué nivel hay que considerar, qué procedimiento seguir en el
tema de la clasificación? ¿O es necesaria de entrada una disección que tra-
te la respectiva dinámica total de cada conflicto?
Estas preguntas son importantes no sólo para la adecuada concepción
y clasificación de las guerras particulares sino también porque tras ellas se
halla el problema más amplio de si las guerras civiles, como establece la de-
finición inicial, siempre giran necesariamente en torno a la conquista, re-
fundación o transformación del gobierno y del Estado, o de si, más bien,
escapan tal vez al sistema estatal de referencias y coordenadas.
2. RESPECTO A LA ESPECIAL DUREZA DE LAS GUERRAS CIVILES
Al repasar la bibliografía existente sobre la especificidad de las guerras
civiles se obtiene un resultado peculiar. Es indudable que se acostumbra a
dividir las guerras en internacionales y nacionales, reconociéndose las últi-
mas por pertenecer los bandos a un mismo Estado cuyo territorio repre-
senta el escenario bélico. Pero más-allá de esta división formal, continúa
siendo vago cuál es el factor que constituyla peculiaridad delasguerras
30 Sociedades en guerra civil
civiles. Con todo, siempre se alude o refiere al especial ensañamiento y du-
reza que las distingue. 4
El topos de la especial crueldad y brutalidad con que se dirimen las
_sierras civiles puede remontarse hasta la antigüedad. Ya en César puede
leerse que en el asedio de una ciudad enemiga arrasar los graneros y las si-
mientes, desviar los ríos y envenenar los pozos forma parte de los medios
usuales para obligar a los habitantes a ceder. 5 G.. Schulz califica una de las
primeras guerras civiles de la modernidad, la resistencia de la población de
la Vendée, fiel al rey y a la Iglesia, contra los jacobinos centralistas de París,
desde 1793 hasta 1797, de guerre á l'outrance, guerra hasta el extremo.'
Alrededor de sesenta y cinco años después encontramos el mismo ensaña-
miento hasta lo último más allá del Atlántico, en la guerra civil norteameri-
cana. Es verdad que allí se movilizaron ejércitos regulares en ambos bandos
pero al mismo tiempo se inició tras el frente una guerra de partisanos que
sembró despiadadamente el terror entre la población [Link] entonces se
emplearon todas las pérfidas prácticas de la violencia que están todavía
frescas en el recuerdo de la reciente guerra civil de Bosnia-Herzegovina: 7 la
delación, la extorsión, el incendio de casas y establos, el asesinato en todas
sus formas de hombres y adolescentes (disparos por la espalda, ahorca-
mientos, envenenamientos). La guerra civil española de 1936-1939, para
nombrar todavía un cuarto ejemplo, presenta la misma tendencia a una
cfiieldad excesi Apenas hubo prisioneros, se asesinaba inmediatamente
a los enemigos atrapados (también los desarmados y heridos); las ejecucio-
nes sumarias estaban al orden del día, el dinero y los bienes del enemigo,
incluidos los tesoros artísticos valiosos, fueron confiscados y bienvenidos
como botín de guerra. 8
Ahora bien, podría objetarse que esta caracterización de las guerras ci-
viles como especialmente duras y crueles se apoya menos en datos objeti-
vos que en la percepción que los participantes tienen de ellas. Mientras
que la muerte de los enemigos exteriores se contemplaría como necesaria
y aproblemática, la violencia entre miembros de un mismo gran grupo sus-
citaría una mayor atención y se consideraría antinatural. Este enfoque rela-
tivizador se sirve a veces de la familia como metáfora.' Así como lós con-
flictos familiares, cuando degeneran en odio, se viven como especialmente
chocantes e hirientes, así provocan los enfrentamientos armados dentro de
una misma nación un gran desconcierto. La comparación con la familia po-
dría no ser del todo injustificada, ya que en efecto explica no tanto la pre-
sunción de que las luchas dentro de una misma nación se perciben extra-
ordinariamente duras y ensañadas, como el hecho de que realmente son
así o tienen estas características. Es bien sabido que la mayoría de actos cri-
minales se basan en relaciones sociales, es decir, sus autores conocen bien
_ - -
a sus víctimas, a menudo con la máxima proximidad!' Precisamente en los
Guerra civil: aproximación a un concepto dificil de formular 31
últimos tiempos se ve cada vez más claro que las familias no son de ningún
modo un idílico espacio de respeto mutuo sino a menudo escenario de
maltratos violentos, ya sea entre cónyuges, sobre todo por parte del hom-
bre sobre la mujer, ya sea por parte de los padres sobre los hijos.
En general hay que concluir que la cercanía —espacial o en determina-
,
dos casos animicoespiritual de individuos ygrupos no genera necesaria-
mente un clima de armonía social sino que, al contrario, puede prestar una
acritud 'especial a los conflictos entre ellos. Ésta podría ser una primera
causa de la extraordinaria dureza e intensidad con que se baten las guerras
civiles. Dos causas más serían la asimétrica situación de partida de tales
conflictos y la implicación existencial de todos los participantes.
Afirmar, como se ha hecho a veces, que los hombres ejercen la violen-
cia más fácilmente sobre aquellos que más extraños son es, formulado así,
difícilmente sostenible, como ya vio G. Simmel con claridad." En su socio-
logía del_conflicto hizo notar que las diferencias significativas entre indivi-
duos o colectivos por otra parte muy similares pueden ser motivo de ani-
mosidades especialmente vehementes. Para mostrarlo con un ejemplo: el
visitante que callejee por el centro de Belfast, la capital biconfesional de Ir-
landa del Norte, tendrá dificultades para distinguir entre los transeúntes a
los católicos de los protestantes. Quienes conocen Irlanda del Norte indi-
can a menudo que los protestantes comparten muchos más rasgos caracte-
rísticos con los católicos que con los ingleses o escoceses a los que se
sienten íntimamente afines. Y, con todo, basta tina marca separadora, la
confesión, junto con una tradición histórica y una memoria asimismo dife-
renciadas, para que ambos grupos de población se enfrenten en una ene-
mistad irreconciliable. 12
A menudo, kos combatientes viven al comienzo de los enfrentamientos
todavía en tremezclace Lo que resulta un conocimiento profundo de las
cua lidades del adversario que explica la específica vulnerabilidad de_ambos
bandos. lis la explotación de este conocimiento lo que aporta a las hostili-
dades civiles un rasgo especialmente infame. Por esta causa, en expresio-
nes como «enemigo íntimo» o «discordia iraterik> t resuena, junto al dolor
por una relación de confianza truncada, un deje de traición e insidia.
Quien, por ejemplo, está bien familiarizado con el sentido del honor y des-
honor de su rival, puede, al pisotear estos principios, infligirle, además de
perjuicios externos, profundas heridas anímicas. Aquí, efectivamente, se
impone la analogía con determinadas disputas familiares, cuya prolongada
e intencionada humillación recíproca genera un odio imborrable.
Otro motivo de la tendencia propia de las guerras civiles a una especial
radicalidad e inclemencia lo vemos en la asimétrica situación de partida
que acostumbra a caracterizarlas: por lo general empiezan con un acto de
sublevación violenta contra el poder establecido del Estado, ya sea un ata-
32 Sociedades en guerra civil
que frontal al mismo ya sea que cierto grupo amenace con reventar y aban-
donar la unidad nacional. Todos los códigos penales del presente y del
pasado prevén la posibilidad de sancionar draconianamente este tipo de
desafíos al régimen. Las élites políticas establecidas están por completo in-
teresadas en aplicar dichas leyes del modo más enérgico, esto es, proceden
con todos los medios a su disposición contra los insurgentes mientras és-
tos son todavía débiles con el fin de desarticular sus dispositivos militares
y dar un escarmiento que disuada a eventuales simpatizantes. Los rebeldes,
por su parte, conscientes de su inferioridad inicial, aspiran a ganar territo-
rio y apoyo de la manera más rápida posible, por lo que tampoco pueden
ser muy escrupulosos en sus métodos. La parte más débil en un enfrenta-
miento bélico se siente con frecuencia poco atada a reglas restrictivas,
puesto que cree tener, sólo por su inferioridad, el derecho y la moral de su
lado. Así se llega a aquella espiral de crecientes excesos violentos que dis-
tingue a las guerras civiles.
A ello también contribuye en tercer lugar que las guerras civiles no son
guerras de conquista en el sentido usual, en que se trata de aumentar el po-
der y el territorio, sino que en ellas se pone en juego la existencia de los
grupos contrincantes, su identidad colectiva, en algunos casos incluso su
supervivencia fisica.' 3 Esto atañe sobre todo al bando vencido —hasta aho-
ra una clase social oprimida o una minoría étnica— pero no solamente. Los
contendientes en una guerra civil están más estrechamente ligados entre sí
que, por ejemplo, los Estados nacionales enemistados, razón por la cual, ex-
ceptuando los casos relativamente raros de secesión exitosa, tienen que
llevarse bien tanto en lo bueno como en lo malo." Esto presta a sus hosti-
lidades, al menos desde la perspectiva de sus protagonistas, el carácter de
un saldo igual a cero: puesto que el territorio en disputa está limitado, uno
sólo puede contabilizar a su favor lo que ha sustraído a la parte contraria.
Esta idea no se refiere solamente a la tierra disponible sino que atañe a to-
dos los restantes bienes y «recursos», personas incluidas. La eliminación de
la mayor cantidad posible de enemigos no sólo rinde beneficios en la lucha
sino que además asegura tras una eventual paz una preponderancia numé-
rica en unas elecciones. La faceta existencial de una guerra civil aparece
con más claridad cuando uno de los bandos es empujado a actuar a la de-
fensiva. Entre la espada y la pared, se defiende con el valor de la desespera-
ción, es decir, desarrolla una motivación para la lucha frente a la cual los
agresores no tienen nada que oponer." Éste es uno de los motivos princi-
pales por los que, después de una primera fase de rápidas ocupaciones de
territorio y frecuentes desplazamientos del frente, las guerras civiles en-
tran seguidamente en un estadio en que la rectificación militar de las fron-
teras es relativamente insignificante, una situación que puede alargarse
bastante.16
Guerra civil: aproximación a un concepto dificil de formular 33
3. AMPLIACIÓN DEL MARCO DE REFERENCIA
Es lógico preguntarse si en el recuento de las particularidades de las
guerras civiles no se habrá olvidado su rasgo más importante, la circuns-
tancia de que en ellas luchan «ciudadanos contra ciudadanos». [En alemán
«guerra civil» se traduce por Bürgerkrieg, es decir, «guerra de ciudada-
nos».] Sin embargo la participación del pueblo en la guerra no es nada es-
pecífico de las guerras civiles. A más tardar, desde la revolución francesa
de 1789 la guerra popular, la «levée en masse», es un signo permanente de
casi todas las guerras modernas, una evolución que, como ha señalado S.
Fürster, desemboca casi forzosamente en la «guerra total», como ocurrió,
por ejemplo, en las dos guerras mundiales." Argumentos similares pueden
ser aducidos en lo que a otros rasgos distintivos, la técnica de la lucha par-
tisana, la guerra sin reglas, se refiere. 18 Puede ser que esta técnica esté más
extendida en las guerras civiles que en las internacionales pero de ningún
modo se limita a ellas. Recuérdese, si no, la última guerra mundial, en que, a
espaldas de las fuerzas armadas alemanas, muy avanzadas en el Este, surgió
una enardecida lucha partisana. Por otro lado, las guerras civiles no consis-
ten únicamente en una sucesión de escaramuzas, emboscadas o acciones
de tipo hit and run, sino que se dirimen también en batallas regulares con
ejércitos regulares. Por muchas vueltas que se le dé, ni a partir del método
estratégico ni a partir de la organización e idiosincrasia principal de los
bandos puede establecerse una auténtica oposición entre guerra nacional
y guerra internacional.
Esto es, en cualquier caso, lo que se constata cuando se refieren ambas
formas de guerra a un último objetivo común: el mantenimiento o la con-
quista del poder estata1, 19 ya que con este punto de referencia central se
presuponen unas ciertas condiciones marco para valorar la importancia
politicomilitar de las guerras que relativizan las posibles diferencias entre
ellas. Entre dichas condiciones podrían contarse: el postulado del Clause-
witz tardío de que la guerra sería la «mera continuación de la politica con
otros medios», o sea, una concepción instrumental de la guerra; 28 la divi-
sión en cada uno de los bandos entre liderazgo político, aparato militar y
pueblo; determinadas reglas concernientes a los espacios libres de violen-
cia en la guerra, a saber, el trato a prisioneros y heridos; y cosas similares.
Esto no significa que no haya habido y haya numerosas desviaciones de es-
tos principios establecidos a partir de las guerras internacionales europeas
de los siglos xvii, xviii y XIX. Sobre todo en las guerras civiles, dichos princi-
pios se han infringido de forma manifiesta. Sin embargo, la suma de todas
estas infracciones no aporta todavía ningún contramodelo decisivo de la
acción bélica si se considera la lucha por el poder del Estado como punto
clave de la misma.
34 Sociedades en guerra civil
Para aclararlo con un ejemplo: 21 la táctica de los partisanos y de la gue-
rrilla falta a las reglas del arte militar clásico porque evita la batalla campal
abierta y la sustituye por una estrategia de «aguijoneamiento» del enemigo,
al cual desconcierta y desgasta interiormente mediante constantes hostiga-
mientos, ataques por sorpresa, pequeñas encerronas, etc. Pero toda la bi-
bliografía coincide al confirmar que el partisano está altamente motivado
desde un punto de vista político, esto es, no cabe ninguna duda respecto a
su intención de soportar su campaña militar, llena de sacrificios y privacio-
nes, por mor de un objetivo superior que depende en definitiva de una de-
terminada idea de Estado. 22 Consiguientemente, la utilidad marginal de
esta táctica se obtiene cuando ya no se refiere a la toma o el mantenimien-
to del poder estatal. Los maestros de la guerrilla, como por ejemplo Mao
Tse-Tung, siempre han destacado que ésta sólo es apropiada en una fase de
transición, mientras todavía se está supeditado al enemigo. Por el contra-
rio, la decisión militar definitiva que allane el camino hacia el poder tiene
que producirse en batallas a campo abierto entre ejércitos regulares,' lo
que demuestra que el objetivo último y el botín perseguido, el Estado
como dimensión ideal y real, imprime su sello sobre los bandos y les impo-
ne sus categorías ya por anticipado.
Ahora bien, puede alegarse que el Estado nacional de cuño clásico ya
ha superado su punto álgido como principio de ordenamiento político."
Incluso en los países occidentales industrializados su autoridad empieza a
quebrantarse y ya no dispone del monopolio indiscutido del poder. Tanto
a nivel subestatal, en forma de movimientos regionales y étnicos, como a
través de asociaciones y organizaciones supranacionales, le han surgido se-
rios rivales que cuestionan sus competencias y limitan su poder de control
sobre individuos y grupos sociales. En países de África, Asia y la antigua
Unión Soviética, algunos de ellos liberados desde hace sólo décadas de un
largo dominio colonial, empiezan a desintegrarse unas estructuras políticas
que desde el principio nunca habían alcanzado un grado de consolidación
comparable al europeo. 25 El discurso político, y en parte también socioló-
gico, que, a falta de un sistema de referencia alternativo, subsume los pro-
cesos aludidos bajo «formación» o «transformación» del Estado no puede
llevarnos a engaño. Lo que sucede en realidad sobrepasa más bien el Esta-
do en su forma original, creada a partir del modelo europeo.
En el ámbito militar, la amenaza nuclear ya ha reducido al absurdo
la soberanía estatal y la consiguiente pretensión de ofrecer al ciudadano
—como contrapartida a su obediencia— protección contra los peligros ex-
teriores, pues una guerra con bombas atómicas no puede realizarse sin el
riesgo de exterminio de la propia población, cosa de la que los dirigentes
políticos del Este y el Oeste han sido bien conscientes durante la época de
la Guerra Fría. 26 En consecuencia, todas las guerras actuales han tenido lu-
Guerra civil: aproximación a un concepto difícil de formular 35
gar a un nivel muy inferior al de las tablas nucleares de las superpotencias,
en forma de «low intensity wars». Las «low intensity wars» 27 muestran, sin
embargo, unos rasgos que, según Van Creveld, ya no pueden entenderse
como simples modificaciones del modelo de guerra clásico, referido al Es-
tado, porque más bien lo cuestionan en sus fundamentos. Por ejemplo, los
siguientes:
• Ya no están subordinados a la política o a la «razón de Estado», sino a
cualesquiera fines posibles (materiales, religiosos, étnicos) e incluso
pueden ser un fin en sí mismos.
• La clásica relación entre liderazgo político y plana mayor militar se
invierte parcialmente; los militares dictan la «lógica» por la que tiene
que regirse la «gramática» de los políticos.'
• De modo parecido a lo que ocurre entre liderazgo político y plana
mayor militar, también la línea que divide a combatientes y civiles se
borra; éstos se convierten, a menudo sin tránsito alguno, en comba-
tientes y viceversa, por lo que la población civil ya no puede confiar
en ningún tipo de indulgencia.
• Puesto que los roles y fines implicados en ella han cambiado, las nor-
mas sobre el modo en que debe hacerse la guerra, desarrolladas a
partir del fin de la Guerra de los Treinta años conforme al derecho in-
ternacional, ya no bastan. Por eso se tambalea todo el modelo tradi-
cional de cómo llevarla a cabo. 29
De todas estas consideraciones, ¿qué es lo que repercute en nuestro es-
fuerzo por determinar qué son las guerras civiles y en la ulterior marcha de
nuestras reflexiones? De ellas pueden extraerse, creemos, tres conclusiones:
En primer lugar, dejar firmemente establecido que no existe el o sólo
un prototipo de guerra civil, sino que el concepto abarca un amplio espec-
tro de posibles formas y estilos. Sobre todo, debemos guardarnos, si no
queremos ignorar las tendencias más innovadoras, de considerar guerras
civiles únicamente aquellas acciones bélicas referidas al Estado o gobier-
no. Más bien, el concepto abarca desde el ejemplo clásico de guerra civil,
que, protagonizada en origen por ejércitos regulares, se aproxima en gran
medida al modelo de las guerras internacionales, hasta conflictos colecti-
vos sin referencia directa reconocible con el Estado, conflictos en los que
aparecen nuevas formas de ordenamiento social y político.
En segundo lugar, viendo la evolución de las guerras civiles en los pasa-
dos ciento cincuenta años puede identificarse una clara tendencia. Mien-
tras el Estado nacional era el principio indiscutido de organización políti-
ca, los bandos enfrentados seguían básicamente el modelo de las guerras
internacionales. Por ejemplo, en la guerra civil norteamericana ambas par-
36 Sociedades en guerra civil
tes aceptaron espontáneamente un estatuto cuasi de derecho internacional,
y lo mismo sucedió en las numerosas guerras civiles que tuvieron lugar en
Colombia en el siglo pasado. » Pero al socavarse subrepticiamente la auto-
ridad del Estado nacional en las pasadas décadas, también el modelo clásico
de guerra internacional que le correspondía ha decaído y en su lugar se en-
sayan nuevas formas de poder colectivo tangenciales o totalmente exterio-
res a la esfera de influencia estatal. Podría hablarse de una inversión de la
relación tradicional entre conflictos internacionales y nacionales, dado
que son estos últimos los que cada vez inciden más en el espacio interna-
cional.
Como resultado de todo lo anterior y respecto al procedimiento a se-
guir a continuación, parece ocioso pergeñar una definición terminante, una
fórmula convincente que incluya todas las formas pensables de guerra civil.
Sobre todo teniendo en cuenta que no es nuestro deseo aportar una pano-
rámica cuantitativa sobre el número y extensión de las guerras civiles pasa-
das y presentes sino esclarecer el fenómeno en su estructura esencial» Al
relativizar el criterio de la referencia al Estado o gobierno, somos plenamen-
te conscientes del peligro de hacer demasiado extensivo el espectro de los
fenómenos que pueden calificarse de «guerra civil». Pero nos parece todavía
mayor el riesgo de pasar por alto, a causa de una concepción demasiado li-
mitada del concepto, cualquier nueva evolución que insinúe una subver-
sión profunda de los conflictos políticos violentos. Tales subversiones de-
ben observarse en dos ámbitos: la creciente «desregulación» de las guerras
civiles y el cambio de motivación y actitud de los combatientes.
4. GUERRA SUJETA A REGLAS VERSUS GUERRA SIN REGLAS
En la bibliografía sobre el tema, la ausencia de reglas de las guerras civi-
les es opuesta generalmente a una cierta regulabilidad de las guerras inter-
nacionales. El argumento es que, mientras durante siglos se ha podido
abordar parcialmente los episodios bélicos internacionales, las guerras ci-
viles no conocen ninguna limitación y se llevan hasta el extremo. 32 Ahora
bien, ya hemos visto que esta contraposición sólo es sostenible de forma
condicionada, y en la práctica queda frecuentemente desmentida. Ha habi-
do guerras exteriores en que se han despreciado incluso los más elementa-
les principios humanitarios, y, viceversa, guerras civiles en las cuales estos
se han respetado al menos en parte. Sin embargo, es cierto que hay un des-
nivel entre guerra internacional y guerra nacional en cuanto al respeto por
alguna clase de regla. Este desnivel se acentúa, además, si examinamos los
conflictos más recientes, los cuales trascienden la estricta esfera del Estado
tanto en el sentido ético-moral como en el estratégico-militar.
Guerra civil: aproximación a un concepto difícil de formular 37
La delimitación normativa del hecho bélico desde el punto de vista ético-
moral es sobre todo obra del derecho internacional. 33 Ya desde el siglo xvii
pero especialmente en los últimos ciento cincuenta años, se ha ido elabo-
rando un canon de principios jurídicos válidos internacionalmente que
buscaba restringir los efectos destructivos de la guerra sobre los directa-
mente participantes en ella y situar a los desarmados e incapaces de com-
batir bajo un régimen de excepción. Dicho canon concerniría entre otros a
heridos, prisioneros de guerra y población civil; asimismo declararía tabú
determinados medios (por ejemplo, el uso de gas venenoso). Pero es indu-
dable que estas reglas restrictivas sólo se aplican en las guerras «grandes»,
las internacionales, mientras que la guerra «pequeña», la interior, transcurre
en un espacio no sujeto a derecho. Quien se alza contra el propio gobierno
puede contar, en el mejor de los casos, con ser tildado de «criminal políti-
co» y sometido al derecho penal vigente, derecho que por lo general ya pe-
naliza las actividades conspirativas en tanto que anticipos de alzamientos
más violentos. Pero lo más probable es que se le arrebate tras la proclama-
ción del estado de sitio toda protección legal, esto es, que se le coloque
hors la loi, de manera que se permita cualquier procedimiento represivo
contra él. 34
Es verdad que la ONU se esforzó repetidamente (1949 y 1977) en ha-
cer extensibles a las guerras civiles los principios jurídicos desarrollados
para los enfrentamientos internacionales. Pero estos esfuerzos sólo tuvie-
ron éxito en el caso de las llamadas guerras de liberación anticolonialista,
las cuales —una concesión a la potente fracción de los países subdesarro-
llados— ya fueron tratadas, anticipando el resultado esperable, como con-
flictos internacionales. Por el contrario, los mismos países del Tercer Mun-
do se negaron enérgicamente a limitar en su interior, a causa del mandato
de respetar unos ciertos derechos humanos fundamentales, su recién lo-
grada soberanía." Con todo, hay que preguntarse si se hubiera ganado mu-
cho en el caso de que hubieran aceptado formalmente unos ciertos crite-
rios humanitarios. Los enfrentamientos bélicos de, por ejemplo, Liberia,
Somalia, Colombia o Afganistán presentan una dinámica propia que re-
vienta cualquier regla y aleja a estos países cada vez más de la noción occi-
dental de una guerra respetuosa con unos mínimos principios éticos. Los
intentos exteriores de ejercer una influencia moderadora han aumentado
algunas veces esta distancia, en lugar de disminuirla.
El desprecio de las normas del derecho internacional está estrecha-
mente relacionado con el abandono de las reglas operacionales de la estra-
tegia militar occidental. Unas y otras fueron desarrolladas durante siglos
por estrategas y juristas occidentales como un, por decirlo así, corpus co-
herente de principios de comportamiento a seguir en el caso de conflictos
bélicos; y unas y otras son consecuentemente desdeñadas o ignoradas en
38 Sociedades en guerra civil
las guerras civiles de la periferia. Ya se ha hablado de la guerra «irregular»
de los partisanos o guerra de guerrillas, que, desde la exitosa resistencia de
la población española contra el ejército de ocupación de Napoleón a prin-
cipios del siglo xix, ha desfilado triunfalmente por todos los continentes.
Sin embargo, desde la «irregularidad» de la lucha de los guerrilleros, los cua-
les no pueden arriesgarse, a causa de su inferioridad numérica y armamen-
tística, a ninguna batalla a campo abierto, a la «arregularidad» todavía hay
un paso [Link]óricos y prácticos de la guerra de guerrillas han re-
marcado siempre que ésta sólo puede tener éxito si se respetan algunos
principios básicos. 36 Entre ellos se cuentan, además de la alta motivación
política de los contendientes, su dureza y resistencia físicas, una gran fami-
liaridad con el terreno en que operan y, sobre todo, la inserción sin fisuras
de las tropas guerrilleras en la población, entre la que tienen que «nadar
como pez en el agua».
Quizás algún que otro de estos principios pueda haberse seguido en
las guerras internas que actualmente hacen estragos en algunos países de
África y Asia pero todos los informes competentes transmiten la impresión
de una reiterada y masiva abolición de cualquier regla. 37 Tanto por lo que
respecta a las formas de dar muerte o causar perjuicio al enemigo como a
los lugares o personas objeto de la violencia, ya no es reconocible ningún
tipo de restricción. La fuerza física se ejerce contra heridos y prisioneros
igual que contra mujeres, niños y ancianos [Link], maltratos
de todo tipo, expulsiones y fusilamientos masivos son procedimientos ha-
bituales. La violencia desencadenada no tropieza con ninguna barrera, sólo
encuentra su tope en el agotamiento de sus autores o en la contraviolencia
del rival. G. Elwert ha llamado a estos escenarios bélicos actuales «espacios
de violencia abierta», esto es, espacios en los que la sola violencia dicta los
acontecimientos, siguiendo en todo caso rutinas adquiridas, pero en abso-
luto coartada por ningún código de reglas?
Ahora bien, se podría objetar que ser testigos de la liquidación paulati-
na de un canon de reglas ya reconocido nos confunde forzosamente y nos
ciega ante nuevas normas y estructuras que estarían formándose en medio
de la aparente anarquía. Ninguna guerra, ni la más salvaje y brutal, puede
hacerse sin seguir ciertas convenciones, las cuales, se comprende, no tie-
nen necesariamente que constar por escrito. 39 En las sociedades tradicio-
nales, esta función reguladora se plasmaba en la concepción corriente de
honor y deshonor, valentía y cobardía, virilidad y afeminamiento, justicia e
injusticia. Por ejemplo, en la Edad Media cada guerra, cada querella tenía
que legitimarse como respuesta a una violación del derecho. En la Edad
Moderna los derechos humanos provenientes de la ilustración adoptarían
un papel comparable. Sólo por la existencia de unas normas informales de
este tipo se explica que, por ejemplo, en los disturbios internos de Améri-
Guerra civil: aproximación a un concepto dificil de formular 39
ca Latina, a pesar de la inestabilidad política crónica de estos Estados, mue-
ran menos personas que en África o Asia, o que en la guerra civil nortea-
mericana, a pesar de toda su dureza e insidia, se dejara tranquilas a las mu-
jeres. 4°
Si esta experiencia se puede extender también a los países meridiona-
les y orientales, es de esperar que un día surjan de las anárquicas circuns-
tancias allí reinantes nuevas formas de apaciguamiento y acotación de la
violencia bélica. Pero según todo lo que actualmente se sabe de aquellos
escenarios bélicos, esta expectativa queda todavía en un futuro lejano. Lo
que hoy en día predomina es la tendencia a la descomposición y a la des-
trucción sin límites, el principio del anything goes como método de gue-
rra. Esta tendencia es tanto más funesta por el hecho de que invita, e inclu-
so obliga formalmente, a la imitación, tal como afirman algunos teóricos de
lo militar. C. Schmitt cita el dicho de que a los partisanos sólo puede com-
batírseles al modo partisano." Apelando a él se da por hecho que lo que
dicta las reglas de una guerra es siempre lo más falto de escrúpulos, brutal
e injusto. Por ejemplo, el último régimen militar argentino (1976-1983) creía
que sólo podría vencer a sus adversarios, los movimientos guerrilleros,
aventajándolos en arbitrariedad, opacidad y crueldad de procedimientos. 42
[Link]ócosutei—plh-
cho de que en general se crea que reconoció una ley importante de la gue-
rra induce a esperar que en un futuro cercano proseguirá la desregulación
de los conflictos violentos antes que su restricción.
El imaginario punto final de esta evolución sería una guerra anómica,
esto es, una guerra en que nada fuera seguro: ni los enemigos ni el objeto y
meta de la guerra ni las posibles armas ni las reglas de la contienda ni sus
escenarios, etc. En el caos semántico que un conflicto tal desencadenaría,
la única prueba irrefutable del estado de guerra sería para todos sus parti-
cipantes y afectados la práctica continua de la violencia. 43 Es verdad que
una guerra anómica en forma pura es una ficción, ya que los conflictos de
cualquier clase, también los bélicos, presuponen siempre, como ya demos-
traron G. Simmel y L. Coser, un mínimo acuerdo, así como un cierto en-
tendimiento entre las partes del conflicto o de la guerra." Pero algunos
conflictos del Tercer Mundo, como los sangrientos enfrentamientos en
Tajikistán, se asemejan bastante, en su confuso transcurso, al modelo ideal
de la guerra anómica. Que sea posible comprenderlos de alguna manera,
aunque sólo sea limitada, es debido sobre todo a que los caudillos y sus sé-
quitos armados saben de antemano, o lo aprenden rápidamente, por qué
vale la pena hacer la guerra.
40 Sociedades en guerra civil
5. WARLORDS
El punto de partida de nuestras consideraciones era, repitámoslo, las re-
laciones clásicas, que Creveld caracteriza como un esquema trinitario. 45 Se
refiere a que desde la paz de Westfalia de 1648 en las guerras europeas se
distingue claramente una tríada: gobierno del Estado, ejército y pueblo. La
cúpula del Estado, representada durante mucho tiempo por la monarquía y
después por élites elegidas, decide, según el interés del Estado, sobre la gue-
rra y la paz; al ejército y aparato militar en su conjunto le compete llevar a
término e imponer estas decisiones; el pueblo, finalmente, no tiene en prin-
cipio nada que decir en la alta política y sólo aparece como parte pasiva al
tener que cargar con el peso principal de las guerras. Más tarde, después de
la Revolución francesa, su papel cambia. Movilizado por designios naciona-
listas, el pueblo se convierte en el protagonista de las guerras modernas. Al
mismo tiempo, sigue soportando el principal sufrimiento de unas guerras
que, en tanto que totales, se dirigen cada vez más contra la población civil.
Este esquema clásico ha experimentado una sacudida fundamental de-
bido, no en último término, a las guerras civiles. Sobre todo, la línea de se-
paración entre soldado y civil, como ya se ha insinuado al tratar el cambio
de rol del pueblo, se ha ido borrando progresivamente. El inicio de este
proceso, como de muchas otras modificaciones de las estructuras militares,
lo marcaron las guerras de guerrillas y partisanas, ya que a las tropas regula-
res les era imposible distinguir entre un civil inofensivo y un combatiente
camuflado de civil. Pero el proceso no se detuvo aquí. En las ultimísimas
guerras civiles de África o de zonas de la antigua Unión Soviética se da un
deslizamiento de simple ciudadano a combatiente ocasional, de éste a sol-
dado regular o miliciano o guerrillero, y de éste, a su vez, a bandido o terro-
rista. Así, en Sierra Leona hablamos del «sobel», el cual lucha durante el día
en las filas de un ejército regular y durante la noche asume el rol de rebelde
(«soldier by day, rebel by night»). 46 Especialmente trágico es el caso de
aquellos niños que, habiendo visto asesinar a sus padres, pierden sus raíces
y son reclutados por algún ejército que los envía sistemáticamente a la
muerte (existen casos documentados en Sierra Leona y Mozambique). 47 En
general, hay que constatar que, en las guerras de esta clase, las fronteras en-
tre soldado y civil, militar y bandido, a menudo también entre amigo y ene-
migo, se rectifican constantemente y acaban por ser irrelevantes.
La relativización de tales distinciones tiene mucho que ver con el cam-
bio de estatus y papel de los combatientes. Hasta bien entrado el siglo xix
hubo una clara separación entre la esfera de los civiles y la de los soldados.
Quien seguía la carrera militar recibía una formación básica, tenía que ha-
bituarse a la instrucción y la disciplina y aprender a luchar en formaciones
cerradas. Al adiestramiento sistemático para la guerra le correspondía un
Guerra civil: aproximación a un concepto dificil de formular 41
código de honor propio y una determinada mentalidad: militares y civiles
pertenecían a mundos fundamentalmente diferentes. Es cierto que la línea
de separación entre ellos se desdibujó a causa del surgimiento de la guerra
popular en el siglo xix, pero su existencia no se cuestionó, ya que el recluta
de reemplazo se veía sometido durante su servicio militar obligatorio al
mismo adiestramiento e instrucción que el aspirante a soldado profesional.
Por lo que respecta a la guerra de partisanos o de guerrillas, la otra variante
de la guerra popular, tuvo como consecuencia que, desde un punto de vis-
ta puramente externo, las fronteras entre guerrillero y población civil se di-
solvieron, pero, internamente, el guerrillero, en tanto que «soldado políti-
co», se mantenía por completo dentro de la tradición de una tropa de élite
de corte clásico. Convertido en combatiente no por obligación exterior
sino por motivación propia, se consideraba a sí mismo maestro y guía de la
gran masa al anticipar con su abnegación las máximas de comportamiento
general propias del orden social que perseguía.
Poco queda de esta conciencia mesiánica en el combatiente predomi-
nante hoy día en los países meridionales y orientales. Se trata sobre todo
de gente joven, en su mayor parte adolescentes o incluso niños, cuyas pers-
pectivas laborales en estos países superpoblados son más que turbias. El
estallido de hostilidades civiles les ofrece una inesperada oportunidad de
subsistencia a la que se aferran abnegadamente. Su formación para el ofi-
cio de la guerra se debe en su mayoría a la necesidad, y la posesión de un
arma les llena de un sentimiento desenfrenado de supremacía respecto a
las personas indefensas. Sin duda, entre estos combatientes hay también jó-
venes motivados ante todo por la religión o lá política, sobre todo en las re-
giones islámicas, pero en general parece que el uso de la violencia les sirve
en primer lugar para la autoconservación física y el enriquecimiento mate-
rial. Puesto que la soldada que se les paga es escasa, se dedican a merodear
impunemente a la población civil desarmada, siéndoles indiferente si ésta
oficialmente pertenece al bando político propio o al contrario. Habituados
desde pequeños a la miseria y a la muerte, no tienen ningún escrúpulo en
propagar a su vez la muerte y la miseria.
En cuanto a los líderes, los rasgos típicos del combatiente civil de nues-
tro tiempo se concentran, como en un vidrio ustorio, en la figura del war-
lord.48 El nombre en sí proviene de una etapa de disturbios en la China de
los años veinte, cuando en algunos territorios del gigantesco imperio unos
cuantos príncipes de la guerra instauraron una especie de señorío neofeu-
da1. 49 Desde luego, las actuales relaciones de poder en toda una serie de
países orientales y meridionales se aproximan mucho a aquella pretérita
forma de poder militar. Con todo, hay que guardarse de una generalización
[Link] la sola situación en Afganistán ejemplifica que hay «barones
de la guerra» muy diferentes: aquellos con territorio propio y aquellos que
42 Sociedades en guerra civil
andan de un lugar a otro con su séquito; algunos que disponen de sus pro-
pios recursos (por ejemplo, materias primas o drogas), y otros que viven
del comercio, los tributos, los derechos de protección; algunos a quienes la
población local considera una amenaza y una carga, y otros que disfrutan
de una amplia aceptación, etc." A pesar de estas diferencias hay algunos
rasgos distintivos recurrentes en esta clase de poder basado en la guerra.
Primero, los warlords sólo pueden poner pie allí donde las estructuras
estatales son tan quebradizas que se produce un vacío de poder reconoci-
do generalmente. Este caso es más raro en los países latinoamericanos,
existentes desde hace tiempo, que en África o partes de Asia; más improba-
ble en las zonas de influencia de las metrópolis que en las interiores, me-
nos abiertas. En parte los warlords llenan las lagunas de poder al asumir a
bajo nivel unas funciones similares a las del Estado.
Segundo, el warlord surge de la guerra y vive de la guerra, esto es, las
guerras, desde su punto de vista, no son ningún medio para un fin específi-
co sino que son un fin en sí mismas. Haciendo la guerra afirma su posición
dirigente, conserva el poder militar sobre el que se apoya, y controla y pro-
tege a la población, de cuyas contribuciones, en parte voluntarias en parte
involuntarias, depende. Con frecuencia el warlord es a la vez empresario,
general y líder político. Trae a la memoria al príncipe europeo de los co-
mienzos de la modernidad, el cual, tal como lo caracteriza [Link]," conso-
lidaba su señorío mediante «protección y extorsión».
De ello resulta, y éste sería el tercer punto, que los warlords no están
interesados seriamente en la paz sino que, al contrario, necesitan prolon-
gar el estado de inseguridad y de guerra. En este objetivo están todos com-
pletamente de acuerdo, por mucho que en lo demás guerreen del modo
más violento. Hablan la misma lengua y pueden entenderse fácilmente en
las cuestiones centrales. Podría decirse que los warlords son expertos en
alargar las guerras civiles, puesto que rehúyen las decisiones definitivas y
siempre encuentran un motivo para seguir luchando. 52
Finalmente, por lo que se refiere al Estado, no ocupa en el pensamiento
y la acción de los warlords ese lugar central que sí le corresponde en las
guerras de la modernidad. En parte, la causa podría ser que sus recursos
militares no bastan para hacerse con el aparato central del Estado, firme-
mente anclado en estructuras burocráticas. Pero aunque esto les fuera en
principio posible, más bien harían caso omiso o se apoderarían del Estado
para saquearlo, es decir, para debilitarlo, en lugar de utilizarlo para dar fuer-
za a sus ansias de poder.
Resumiendo todas estas observaciones, en la figura del warlord en-
cuentran una plasmación cuasi institucional los rasgos y tendencias que di-
ferencian a las últimas guerras civiles de sus predecesoras o guerras inter-
nacionales. Mientras estas últimas se dirigían a la toma y transformación del
Guerra civil: aproximación a un concepto difícil de formular 43
poder estatal y obtenían como resultado la centralización del mismo, la gue-
rra civil de las dos últimas décadas más bien da impulso a las fuerzas centrí-
fugas que lo socavan, ya que proporciona a los señores de la guerra un po-
der con el que éstos aspiran a la fragmentación de la autoridad del Estado.
6. ¿FUNDACIÓN O DISOLUCIÓN DEL ESTADO?
Después de la Segunda Guerra Mundial las guerras civiles estallaron
sobre todo en aquellos países que formalmente estaban organizados como
Estados pero cuyo poder político central era incapaz de someter a control
duradero las fuerzas sociales y consiguientemente de prohibirles que se
tomasen la justicia por su mano. No hay fronteras estatales allí donde,
no habiendo tampoco ningún territorio nacional, ni tan siquiera por su for-
ma externa existe un Estado, razón por la cual está de más diferenciar en-
tre guerras nacionales y guerras internacionales. Así de inseparablemente
unida está la guerra civil moderna al ascenso y expansión mundial del Esta-
do como principio de ordenación del espacio político. Por otro lado, don-
de el Estado ha triunfado definitivamente como instancia de poder político
y ha impregnado todas las estructuras sociales, o sea, en la Europa occiden-
tal, no ha habido recientemente ninguna guerra civil. El motivo puede ser
que todos los Estados de la Europa occidental tienen constituciones de-
mocráticas que posibilitan un relevo pacifico del poder, de modo que la
necesidad de un derrocamiento violento del gobierno resulta improce-
dente.
Con otras palabras: en la actualidad las guerras civiles son un fenómeno
extendido sobre todo en los países orientales y meridionales, los Estados de
los otrora Segundo y Tercer Mundo, lo que no es sorprendente si se compa-
ra la situación de estos países con la evolución del Estado europeo. El Estado
nacional europeo, que se convirtió en la forma de organización política de-
terminativa a lo más tardar en el siglo x)x, es el producto final de un proceso
de selección y competencia que duró siglos. Las guerras que príncipes y re-
yes se declararon entre sí casi sin interrupción para ampliar con ellas su te-
rritorio y su ámbito de poder fueron al mismo tiempo la palanca más impor-
tante para agilizar la consolidación interior del Estado. Sirvieron para gravar
a los ciudadanos con impuestos regulares, para propiciar la formación de un
ejército estable y una administración eficiente, para impulsar la apertura de
calles y canales, para fomentar la economía, etc. Además, los líderes absolu-
tistas si bien supieron cómo amansar a los estamentos y grupos reacios
aprendieron por su parte —a veces sólo después de sangrientos conflic-
tos— a cerrar compromisos, sobre todo con una burguesía en ascenso que
marcaba crecientemente la evolución espiritual y cultural de estos Estados.53
44 Sociedades en guerra civil
En cambio, muchos Estados del Sur y del Este son entidades nacidas hace
poco. Sus fronteras no han surgido paulatinamente ni después de guerras ex-
ternas sino que son herencia de la época colonial o del dominio de alguna
gran potencia que las estableció arbitrariamente. Una excepción parcial a
esta regla la constituye Latinoamérica, donde, tras la liberación del subcon-
tinente del dominio colonial español y portugués, se produjeron múltiples
—en parte violentas— reorganizaciones territoriales y rectificaciones de
fronteras antes de que los Estados nacionales adoptaran su forma definitiva.
Lo dicho sobre las fronteras es también extensivo en su mayoría a las organi-
zaciones y estructuras políticas de dichos países. Ningún Estado que funcio-
nara con unas instituciones basadas en el modelo europeo o norteamerica-
no ha tenido por regla general un efecto político duradero, ya que no gozaba
de ningún arraigo social profundo. Parlamentos, una administración pública,
una justicia independiente, sin duda todo esto existía nominalmente y de
acuerdo con la letra de las constituciones respectivas, pero el estilo cliente-
lista que se atribuía a estas funciones del Estado no tenía demasiado que ver
con el espíritu de la racionalidad ilustrada al que agradecían su nacimien-
to. Además, la mayoría de estos Estados son pobres y dependientes en alto
grado del exterior. A falta de otros recursos, los mandatarios de estos Estados
se sirven de numerosos medios represivos para forzar a la población a la do-
cilidad, pero sin conseguir imponer un monopolio de poder efectivo. En ge-
neral, no existe una clase social que sustente al Estado, comparable a la bur-
guesía y las clases medias de los países industrializados. ¿Es sorprendente
entonces que en estas criaturas estatales provisionales fermenten por do-
quier, y en muchos lugares estallen, persistentes guerras civiles?
En qué acabarán estas guerras, cuál será su resultado definitivo, todavía no
se puede prever en la actualidad, y presumiblemente tampoco pronosticar de
una forma general. En todo caso, no es en absoluto seguro que siempre en-
cuentren su conclusión y su sentido en la construcción y consolidación del Es-
tado. T. Schieder ha demostrado que en Europa el nacimiento del Estado na-
cional fue el resultado tanto de procesos disociativos (la disolución de los
grandes imperios) como de procesos asociativos (la concentración de peque-
ñas unidades políticas). 54 ¿Por qué no podrían estar en marcha en África y Asia
unos procesos similares que condujeran no sólo a la modificación del orden
estatal existente sino en última instancia a un nuevo tipo de organización polí-
tica que únicamente tuviera en común con el Estado nacional clásico el nom-
bre? Aun cuando no se comparta el pronóstico de Creveld, que ya vislumbra el
fin del Estado como ordenamiento internacional, parece unilateral y reduccio-
nista ver siempre en las guerras civiles sólo una etapa y una contribución a la
formación del Estado. 55 También podrían estar señalando el comienzo de la
desintegración, la disolución o la transformación del Estado, por lo que al atri-
buírseles una función debería juzgárselas con una cierta precaución y cautela.
Capítulo 2
CONFLICTOS VIOLENTOS Y NACIONALISMO:
UN ANÁLISIS COMPARATIVO
David D. Laitin
(Universidad de Chicago)
Los movimientos nacionalistas que buscan hacer acordes las fronteras
del Estado y de la nación en muchos casos han empleado o han inducido la
violencia.' La Alemania nazi, Somalia, Serbia, Irlanda, Argelia, Vietnam y el
País Vasco son casos sangrantes. Ahora bien, movimientos comparables, si-
milares en objetivos y aparentemente parecidos en contexto, han sido re-
sueltos por medios relativamente pacíficos. Quebec,Andhra Pradesh, Flan-
des, Italia y Cataluña son ejemplos magníficos. Este ensayo empleará las
herramientas de la teoría de juegos y el método comparativo de la ciencia
política' para abordar la cuestión: ¿por qué algunos movimientos naciona-
listas son pacíficos en estrategia y resultados mientras otros provocan ma-
tanzas? La respuesta no se va a encontrar en las grandes fuerzas de la histo-
ria que tienen que ver con el capitalismo, la formación del Estado y la
desigualdad. Más bien, las condiciones que llevan a la violencia requieren
unos fundamentos micro basados en la organización social de la vida rural
y de las pequeñas ciudades, los fenómenos vinculados al reclutamiento po-
lítico y los efectos disparados de sucesos fortuitos.
Los enfoques predominantes en el estudio del nacionalismo y la violen-
cia se han basado en la identificación de los diversos procesos sociales que
ayudan a situar el nacionalismo en un contexto histórico profundo. 3 Estos
métodos han señalado el hecho de que el nacionalismo es una formación
social moderna que surge tras el capitalismo industrial y la concomitante
modernización.' El capitalismo en la Europa del siglo xvn dio rienda suel-
ta a energías productivas en un buen número de zonas centrales, y estas
zonas atrajeron inmigrantes de localidades relativamente deprimidas. Este
proceso, denominado «movilización social», descolgó a las personas de las
lealtades a la tribu, al pueblo o a la región. 5 Pero con la modernización, las
culturas de las personas que habitaban las zonas capitalistas centrales co-
menzaron a ser dominantes, y establecieron estándares comunes en am-
plias regiones.
Los Estados del período precapitalista eran plurinacionales, y las fron-
teras se fijaban mediante matrimonios dinásticos, guerras y conveniencias
geográficas. Las culturas de la población dentro de estas fronteras eran de
poca relevancia para los líderes o para los súbditos. Pero el capitalismo, la
46 Sociedades en guerra civil
Ilustración y la Reforma protestante trajeron las nociones de ciudadanía in-
dividual a la conciencia de las nuevas clases sociales poderosas. 6 Se presio-
nó a los reyes para que justificasen su dominación actuando en el interés
de su «pueblo». Los símbolos que indicaban la cultura común de las perso-
nas, asociados a las culturas de las zonas económicas centrales, se convir-
tieron en poderosas herramientas de legitimación, en gran parte porque
conectaban lo moderno (un Estado poderoso) con lo neotradicional (sím-
bolos de un idioma nacional, ascendencia y territorio). De esta forma se
«inventaron»7 o se «imaginaron»8 las naciones.
Los reyes ingleses, franceses o españoles buscaron poner de relieve
una cultura «nacional» común tratando de aumentar la coherencia y la efi-
cacia del gobierno estatal. Toda la fuerza cíe las ideas nacionalistas, que la
habilidad de Napoleón demostró brillantemente a la hora de reclutar sol-
dados que estuviesen comprometidos con la causa «nacional», llevaron a
los gobernantes de todo el mundo a reproducir el éxito francés haciendo
hincapié en los símbolos nacionales que legitiman la dominación estatal. 9
Gruposdenaqcmrtíulaoúnperqucí
de Estado sufrieron un impacto parecido, y buscaron Estados para sus na-
ciones. El enorme éxito de los primeros proyectos nacionalistas y el mate-
rial simbólico disponible universalmente (una historia mítica, un idioma
común, un apego al territorio) contribuyeron a una reproducción fácil de
estos proyectos por todo el mundo. Debido a esta cualidad y a las profun-
das necesidades de las personas de sentirse parte de una comunidad en el
anómico mundo moderno, las ideologías nacionalistas han continuado te-
niendo una enorme fuerza durante todo el siglo actual.'
Estos grandes rasgos del nacionalismo se han dibujado astutamente en
la macrosociología. Pero la historia de la violencia es más difícil de contar.
Los sociólogos históricos son muy conscientes de que el nacionalismo cre-
ció en Inglaterra de una forma relativamente benigna, mientras en Alema-
nia se asoció con odio a las minorías, genocidio y guerra imperialista. Se
han hecho múltiples intentos para establecer conexiones entre los tipos de
nacionalismo y la probabilidad de la violencia, por ejemplo distinguien-
do los Estados que crearon naciones (Francia o Inglaterra) de las naciones
que crearon Estados (Italia o Alemania). Otras tipologías identificaron pau-
tas adicionales de desarrollo nacionalista, pero en ninguno de estos traba-
jos se ha dibujado una línea empírica o teórica entre nacionalismo de una
parte y resultados violentos de otra."
El trabajo más convincente que diferencia los tipos de nacionalismo se-
ñala incluso las condiciones especiales que transforman el nacionalismo
en una forma «integral» o exclusivista, y uno propenso a la violencia." El
nacionalismo integral está atribuido a un buen número de factores, en ge-
neral sintetizados por el término «interrupción de la modernización». Bajo
Conflictos violentos y nacionalismo 47
condiciones de desarrollo capitalista, si una minoría cultural se enriquece
mucho en comparación con el grupo mayoritario, los líderes del grupo ma-
yoritario pueden utilizar los símbolos del nacionalismo para castigar y ex-
torsionar al grupo con éxito, y esto tiene un elemento violento intrínseco.
O si un Estado nacional se encuentra a sí mismo económicamente débil
comparado con un Estado vecino, sus líderes podrían utilizar los símbolos
del nacionalismo para movilizar a la población hacia esfuerzos extraordina-
rios para «darle alcance». Esto podría en última instancia dar lugar a accio-
nes militares en que el Estado atrasado busque apoderarse de los recursos
valiosos mediante la guerra o el imperialismo; o bien podría dar lugar a la
persecución dentro de las fronteras estatales de las minorías a las que se
responsabiliza del fracaso en el desarrollo. La violencia nacionalista (en for-
ma de «guerras étnicas» internas) en los Estados poscoloniales de África y
Asia se atribuye a menudo al hecho de que estos pueblos coloniales sufrie-
ron el desarraigo que trajo el capitalismo pero pocos de sus beneficios
económicos. Ésta fue la interrupción primordial en la modernización.
En general, los teóricos de la macrosociología sostienen que el capitalis-
mo induce un vasto cambio social y una poderosa ideología de legitimación
(esto es, el nacionalismo).Aquellos que pierden en estos procesos de cam-
bio emplearán la poderosa ideología de forma violenta para enfrentarse a
los vencedores. A menudo se utilizan teorías psicológicas para dilucidar las
razones por las que los que sufren «privación relativa» o los que afrontan un
«estatus de inferioridad» pueden ser inducidos a la acción violenta.' 3
1. EL MÉTODO COMPARATIVO
El método comparativo utilizado en este ensayo ayuda a socavar la con-
tundencia de las formulaciones que encuentran la raíz principal de la vio-
lencia nacionalista en el capitalismo, las interrupciones en la moderniza-
ción, el poscolonialismo, la pobreza, la privación relativa o el estatus de
inferioridad. Y lo hace buscando sistemáticamente las divergencias en re-
sultados (la variable dependiente) cuando la supuesta causa (la variable in-
dependiente) está presente en todos los casos. Si el colonialismo se asocia
con violencia en Argelia pero con paz en Túnez, el método comparativo
nos manda dirigir nuestra mirada a otra parte para buscar las causas de la
violencia argelina. Observar un único caso (por ejemplo, Argelia) podría
llevar a un historiador o a un antropólogo a establecer lazos entre la expe-
riencia colonial y la guerra violenta para la liberalización nacional. El méto-
do comparativo sugiere que estas conexiones son tenues.
O pensemos en los casos de Cataluña y el País Vasco cuando reaparecie-
ron los movimientos de resurgimiento nacional en estas dos regiones espa-
48 Sociedades en guerra civil
ñolas en la década de 1960. La diferencia en la variable independiente —al-
tos niveles de violencia en el movimiento vasco; bajos niveles de violencia
en Cataluña— es muy marcada. Se pueden controlar las condiciones macro-
sociológicas: el contexto internacional, la experiencia de la guerra civil y el
régimen autoritario de Franco y una relativa prosperidad económica en
comparación con el resto de España son las mismas para las dos regiones.
Podemos por tanto descartar estas variables como explicativas de la violen-
cia vasca o de la paz catalana. La comparación vasco-catalana sirve como
primer paso de este ensayo en la utilización del método comparativo.
El paso siguiente requiere una identificación de las diferencias funda-
mentales entre los casos que sirvan de explicaciones convincentes para
sus diferentes resultados. Estas diferencias necesitan formularse como va-
riables, y por tanto es necesario algún grado de abstracción. La razón es
que el objetivo del método comparativo no es explicar únicamente el con-
junto de casos que se estudien. Las supuestas causas deben formularse, por
tanto, de manera que otros especialistas puedan determinar si ese factor
estuvo presente en otros casos.
Luego paso a la teoría de juegos para complementar el método compa-
rativo. Lo hago porque la identificación de las conexiones factibles entre
variables dependientes e independientes sólo sugiere asociación, pero no
causa. Las relaciones empíricas se hacen fuertes si son parte de un «relato»
conducido por deducción que proporcione las razones del cómo y el por-
qué la situación de la variable independiente lleva a resultados específicos
de la variable dependiente. Este relato debería sugerir mecanismos que di-
rigen las diferencias en las direcciones pronosticadas. Cuanto más fuerte
sea la teoría (sus supuestos sean razonables; el número de variables inde-
pendientes sea moderado; su aplicación a otros casos sea grande; la expli-
cación de casos próximos sea verosímil), más confianza debe tener uno en
que la asociación empírica tiene propiedades causales. La teoría de juegos
seguramente no es el único enfoque para contar un relato llevado por de-
ducción, pero es convincente.
El método comparativo requiere que refinemos nuestros relatos a la
luz de los nuevos casos que se presenten. En este ensayo aplico las lec-
ciones de los casos españoles y la teoría de juegos al aumento de los mo-
vimientos nacionalistas en la extinta Unión Soviética. Por lo tanto, cons-
truyo otra comparación controlada entre Ucrania y Georgia. En Ucrania,
la instauración de la soberanía nacional entre 1989 y 1994 ha sido pací-
fica. En Georgia, que afrontó limitaciones y oportunidades parecidas,
ha existido violencia intranacional e internacional. ¿Pueden las varia-
bles identificadas en los casos españoles y explicadas por la teoría apli-
carse al nacionalismo postsoviético? Hasta cierto punto, la teoría pare-
ce «robusta».
Conflictos violentos y nacionalismo 49
Este ensayo demostrará que las variables identificadas en los casos es-
pañoles ayudan también a explicar las diferencias en los casos postsoviéti-
cos. Esto no significa que ambas parejas sean similares. El final del gobier-
no franquista es muy distinto al derrumbamiento del poder soviético.
Tampoco significa que la naturaleza de la violencia en el País Vasco sea pa-
ralela a la de Georgia. Lo que quiero, por el contrario, es sacar una ventaja
metodológica de las considerables diferencias en el conjunto de parejas
afirmando que si funciona un conjunto similar de mecanismos en una gran
variedad de casos, entonces la teoría que está detrás de estos mecanismos
debe ser igualmente sólida. En la medida en que las comparaciones por pa-
rejas produzcan modelos similares de asociación que sean convincentes
en su deducción, podemos decir que está surgiendo una teoría satisfacto-
ria del nacionalismo. Vayamos entonces a los casos.
2. LA BÚSQUEDA DE UNA TEORÍA: CATALUÑA Y EL PAÍS VASCO
Cataluña y el País Vasco son dos regiones de España cuyas culturas con
su peculiaridad lingüística han sobrevivido en la memoria y en la práctica
popular a pesar de siglos de estrategias de racionalización por parte de los
líderes del Estado español." Ambas regiones tuvieron una industrialización
temprana en comparación con el centro político castellano. El resurgi-
miento regional del siglo xviii en las dos regiones está relacionado con su
progreso industrial, aunque en Cataluña la vanguardia nacionalista fue la
burguesía que buscaba autonomía de la España mercantilista mientras en
el País Vasco la vanguardia fueron los aristócratas rurales que temían las
consecuencias de que la alta burguesía vasca se estuviese volviendo espa-
ñola.' Ambas regiones, debido al dinamismo económico de todo el siglo
xx, fueron foco de atracción para los inmigrantes de la España rural, y se
consideró a estos inmigrantes como «extranjeros». Las comunidades de in-
migrantes representaban una amenaza demográfica para las poblaciones
autóctonas, lo que hacía temer a los nacionalistas regionales que se perdie-
sen sus culturas peculiares. Esta amenaza se volvió más real, después de la
guerra civil (1936-1939), cuando el general Francisco Franco impuso polí-
ticas de racionalización coactivas en el País Vasco y Cataluña, y suprimió to-
das las manifestaciones de particularismo regional. En estas condiciones,
los inmigrantes no tuvieron ni necesidad ni posibilidad de asimilarse a la
cultura regional, y las poblaciones autóctonas de casi todas las inclinacio-
nes políticas asociaron la dictadura a la hegemonía castellana. Entre la opo-
sición democrática a Franco llegó a convertirse en dogma de fe el hecho
de que la autonomía regional era un requisito previo para la democracia
española.
50 Sociedades en guerra civil
Los movimientos nacionalistas se consolidaron en Cataluña y el País Vas-
co en la década de 1960. Sus programas eran parecidos, con los radicales de
ambas regiones pidiendo la «independencia» respecto a España. Ambos bus-
caban la creación de unidades políticas de nueva construcción a partir de
un conjunto de provincias separadas. En la práctica, los radicales querían
más, y era unificar el territorio más grande que se pudiese concebir bajo la
bandera regional: los nacionalistas vascos trataban de incorporar a Navarra,
que es el centro histórico del poder medieval vasco, pero cuyos residentes
en la actualidad se ven a sí mismos mayoritariamente como navarros, y muy
pocos de los cuales se identifican con las aspiraciones del nacionalismo vas-
co; los nacionalistas catalanes buscaban incluir a Valencia, uno de los que lla-
man los «Paisos Catalans», y el lugar del que provienen la mayoría de los
principales reanimadores de la lengua y la cultura de Cataluña, pero cuyo
pueblo en la mayor parte considera que tiene un idioma y una cultura dis-
tintos de Cataluña. Una vez que los movimientos se pusieron en marcha, y
muchos activistas fueron arrestados por la policía franquista, ambos movi-
mientos hicieron de la amnistía uno de los elementos principales de su pro- '
grama político. Durante la transición democrática, los principales partidos
regionales, el PNV (Partido Nacionalista Vasco) en el País Vasco y CDC (Con-
vergencia Democrática de Cataluña) en Cataluña, estuvieron dirigidos por
burgueses moderados, que tenían el apoyo de los profesionales y los empre-
sarios autóctonos así como una fuerte base rural. Los líderes de ambos parti-
dos estaban bastante dispuestos a abandonar el objetivo de la independen-
cia con tal de lograr la transferencia de la mayoría de las funciones estatales
a nivel regional. Estos líderes tenían lazos económicos y sociales con «Espa-
ña» y eran ambivalentes sobre su propio [Link] movimientos,
entonces, se ganaron el desprecio de los elementos más radicales en su pro-
pia región por no comprometerse en el objetivo de la independencia.
A pesar de las similitudes en la experiencia histórica, el movimiento de
resurgimiento nacionalista en Cataluña ha sido relativamente pacífico,
siendo los grupos terroristas eficazmente marginados por los mismos cata-
lanes, mientras que el movimiento revitalizador nacionalista en el País Vas-
co ha sido sangriento. La organización terrorista vasca, ETA (Euskadi y Li-
bertad), había sido hasta 1990 responsable de casi 780 muertos, de un
sinfín de secuestros y de atentados contra estaciones eléctricas, centros tu-
rísticos y propiedades estatales. Los blancos de los asesinatos han sido los
militares y las fuerzas policiales españolas así como los mismos vascos que
cooperaban con el Estado español o se afiliaban a partidos españoles o que re-
chazaban pagar el «impuesto revolucionario». En un ataque sangriento, los
terroristas de ETA asesinaron a un político vasco que estaba afiliado al par-
tido español UCD (Unión de Centro Democrático).Arrastraron el cuerpo y
lo dejaron a la puerta de la sede de UCD en Vitoria. No es extraño que los
Conflictos violentos y nacionalismo 51
terroristas provocasen en los vascos miedo a realizar cualquier declaración
pública en favor del acuerdo con España. I6
Los catalanes no han sido inmunes a la violencia nacionalista. En la dé-
cada de 1960 se formaron organizaciones separatistas radicales, y un pe-
queño grupo escindido del Partit Socialista d'Alliberament Nacional (Parti-
do Socialista de Liberación Nacional) defendió incluso la insurrección
militar. En los últimos años de la década de 1960, el Front d'Alliberament
Catalá (Frente de Liberación Catalán) realizó actos violentos, aunque no
mortíferos. Un poco más tarde se fundaron las organizaciones Crida de la
Solidaridat (Llamada a la Solidaridad) y Terra Lliure (Tierra Libre), cuya mi-
litancia se nutrió de jóvenes catalanes que estaban horrorizados por la dis-
posición de los dirigentes de CDC a abandonar el compromiso con la pre-
ciada meta de la total independencia. La violencia como táctica se debatió
siempre en los círculos catalanistas radicales, y nunca se rechazó comple-
tamente." En 1981 los activistas de Terra Lliure se dedicaron a secuestrar y
poner bombas, en una táctica que era reminiscencia de ETA. Pero estas ac-
tividades fueron rápidamente contenidas dentro del movimiento naciona-
lista catalán, y el terrorismo no se normalizó.
Con estas similitudes en la historia regional y en los objetivos naciona-
listas, ¿por qué un movimiento nacionalista debería verse involucrado en el
terrorismo y el otro en la negociación política? Esta pregunta ha sido inclu-
so captada por la imaginación de los principales científicos sociales que
estudian España, pero no han podido ofrecer una respuesta coherente.
Carr y Fusi resaltaron que «no hay una explicación sencilla»' 8 y Gunther y
otros advirtieron que la respuesta es «compleja».' La razón de que sea tan
complicado (y con frecuencia enrevesado) ofrecer explicaciones es la si-
guiente «paradoja»: Cataluña ha sido una espina histórica en el costado del
Estado español mientras que el nacionalismo vasco fue únicamente una
irritación local; 20 esto debería hacernos «pronosticar» ¡terrorismo catalán y
negociación vasca! 2 ` Además, un estudio de los movimientos obreros de
principios del siglo xx sugeriría la hipótesis de que son los catalanes quie-
nes tienen afinidad optativa por la violencia.' A pesar de la confusión exis-
tente en el material publicado, no obstante, es instructivo examinar los es-
fuerzos que han hecho los sociólogos históricos, los politólogos y los
antropólogos para explicar el terrorismo vasco y la negociación catalana,
porque mi perspectiva micro se construirá a partir de sus enseñanzas.
3. SOCIOLOGÍA HISTÓRICA DE CATALUÑA Y EL PAÍS VASCO
Los sociólogos históricos diferencian los nacionalismos vasco y catalán
del siglo xrx observando las clases sociales que jugaron el papel de van-
52 Sociedades en guerra civil
guardia política. 23 El nacionalismo vasco fue el programa de los notables
rurales que perdieron sus estatus ante el rápido desarrollo industrial en la
producción siderometalúrgica de las ciudades. Los principales industriales
necesitaban grandes inversiones de capital y los banqueros vascos crearon
sucursales por toda España para obtener capital. La burguesía industrial y
financiera veía al nacionalismo vasco como algo provinciano y atrasado;
ellos tenían una perspectiva cosmopolita y se consideraban españoles. El
nacionalismo vasco en el siglo xix enlazó con el carlismo neotradicionalis-
ta. En el siglo xx, mientras la alta burguesía mantenía estrechas conexiones
con Franco, se formó una alianza nacionalista entre las fuerzas nacionalis-
tas de izquierda de las ciudades y los nacionalistas tradicionales de las zo-
nas rurales. Se dice que la profunda división de la sociedad vasca y el cu-
rioso matrimonio entre la izquierda anticlerical y el bajo clero llevaron un
fervor moralista al nacionalismo vasco moderno.
En Cataluña, las burguesías industrial y financiera nunca perdieron el
control del movimiento nacionalista, incluso aunque muchos de ellos eran
ambivalentes sobre un programa nacionalista completo. A finales del siglo
xix, los industriales catalanes presionaron sin éxito en Madrid para desarro-
llar una legislación que facilitase el desarrollo de compañías de acciones
conjuntas y que estableciese barreras comerciales para limitar las importa-
ciones textiles de Inglaterra. Estos fracasos, junto con la pérdida en la gue-
rra «hispano-norteamericana» de 1898 de Cuba y de Filipinas donde los in-
dustriales catalanes tenían derechos de cuasi-monopolio, impulsaron a la
burguesía catalana a liderar una alianza interclasista para apoyar la autono-
mía regional catalana. El bloque hegemónico que se formó en Cataluña
pudo negociar con éxito con el Estado español en la década de 1930 y de
nuevo en la de 1980, lo que disminuyó el espacio para una alianza de gen-
tes rurales desafectas y radicales urbanos que retasen a la burguesía en
nombre del nacionalismo.
Los modelos presentados en la investigación de los sociólogos históri-
cos son imágenes convincentes de los dos movimientos nacionalistas; pero
aún siguen estando oscuras las relaciones entre la variable independien-
te (los grupos sociales prominentes en el movimiento nacionalista) y la va-
riable dependiente (el nivel de violencia dentro del plan estratégico para
conseguir sus programas). Las explicaciones son a posteriori: si Cataluña
tuviese terrorismo, sería verosímil conectar el logro de la hegemonía inter-
clasista con la capacidad para organizar una guerra de maniobras contra las
fuerzas del Estado español; y entonces uno podría enlazar el fracaso de
hegemonía en el nacionalismo vasco con la necesidad de hacer la mejor
negociación posible para no ir a la guerra. Las pautas generales macrohis-
tóricas pueden explicar prácticamente cualquier nivel de violencia en los
movimientos nacionalistas que se estudien.
Conflictos violentos y nacionalismo 53
4. MODELOS DE INVESTIGACIÓN POR ENCUESTAS SOBRE NACIONALISMO
VASCO Y CATALÁN
La investigación por encuestas, recogiendo datos de la opinión pública
por toda España, ha tratado de conseguir una comprensión de las diferen-
cias entre los niveles de violencia en los dos movimientos nacionalistas es-
tudiando la estructura de creencias y opiniones populares. Los resultados
políticos, desde esta perspectiva, son el resultado de los valores y senti-
mientos subyacentes. Los datos de las encuestas, por ejemplo de las compi-
ladas por Gunther y otros, 24 desafortunadamente pueden apoyar argumen-
tos en cualquier sentido. Quizá su mejor virtud, sín embargo, sea su poder
para desacreditar las explicaciones habituales de la «ciencia política», tres
de las cuales se resumen aquí.
1. Ideología racista. A menudo se expone, basándose en el estudio de
los escritos nacionalistas de Sabino Arana, que el nacionalismo vas-
co es más «racista» y excluyente que el nacionalismo catalán, y de
este modo más intolerante. El nacionalismo catalán ha recalcado a
menudo la naturaleza diversa del pueblo catalán, y el país se ve
como una encrucijada comercial. Los catalanes se presentan a sí
mismos como más incluyentes y abiertos que otros españoles. Los
datos de encuestas muestran que más vascos que catalanes definen
la pertenencia a partir de «la voluntad de defender la nación». Aun-
que no racista, esta actitud refleja una perspectiva un tanto intole-
rante, considerando como vascos sólo a aquellos que dan muestras
de voluntad para combatir por la causa nacional. 25 Pero otros datos
muestran que los vascos son más propensos que los catalanes a in-
cluir como connacionales a quienes viven y trabajan en su región, y
de ese modo ser más tolerantes en cuanto a la pertenencia. 26 Sobre
la base de estos datos, sería posible encontrar una afinidad optativa
tanto por la intolerancia (violencia) como por el pluralismo (nego-
ciación) en ambas regiones.
2. Divisiones internas. Siguiendo los trabajos de Simmel, los científi-
cos sociales han apuntado que en los lugares donde las personas es-
tán unidas a diferentes conjuntos de otras en diferentes arenas socia-
les (por ejemplo, el trabajo, la familia y la Iglesia) es más probable
que se tengan puntos de vistá políticos más tolerantes y que se bus-
quen compromisos democráticos. Esto se debe a que el oponente
en una cuestión podría perfectamente convertirse en aliado en la
próxima. Los datos de Gunther y otros muestran que los vascos tie-
nen mayores niveles de conexiones entre los diferentes segmentos
en su modelo de divisiones (clase, religión, región y derecha-izquier-
54 Sociedades en guerra civil
da) que los catalanes. Debido a la preeminencia y notable polariza-
ción de una de estas divisiones —la región— en el País Vasco, Gun-
ther y otros sostienen que es más esta preeminencia de la división
relevante que el fiado de conexión entre diferentes segmentos lo
que explica el nivel de [Link] sea esto correcto o no, sus datos
cuestionan la teoría habitual de las divisiones."
3. El poder simbólico de las instituciones culturales. Un alto porcen-
taje de catalanes, por el uso de la lengua catalana, son regionalistas
militantes. El porcentaje de vascos que son exclusivamente castella-
noparlantes es mucho mayor. Si la omnipresencia de una institución
cultural como la lengua facilita la acción colectiva, podría esperarse
que el nacionalismo catalán fuese mucho más militante que el de
los vascos. Efectivamente, podría alegarse, como un dirigente de
UCD, que «hay una mayor angustia en las demandas [vascas), porque
existen mayores amenazas a la supervivencia de su cultura», pero si
tanto el poder de los símbolos culturales como su desaparición in-
minente pueden anticipar una acción política militante, tenemos
que cargar con una teoría que no puede refutarse."
Otros datos de la encuesta muestran también que la identificación vas-
ca únicamente con la comunidad autónoma y el apoyo a un partido nacio-
nalista revolucionario son mucho mayores que los de los catalanes. Pero si
se analiza en el tiempo, Díez llega a la conclusión de que estas actitudes
son producto más de los hechos engendrados por ETA que una explica-
ción de las actividades de ETA." La investigación mediante encuestas ha
sido útil para ayudarnos a eliminar teorías que tienen una buena reputa-
ción a la hora de explicar las diferencias entre los repertorios estratégicos
vasco y catalán. Pero concentrar la investigación en las actitudes y valores
para explicar la acción violenta ha sido menos fructífero. Las mismas acti-
tudes proporcionan señales ambiguas, y es más probable que sean una res-
puesta a los hechos que una explicación de los mismos.
5. EXPLICACIONES ANTROPOLÓGICAS DEL NACIONALISMO VASCO Y CATALÁN
Los antropólogos han hecho importantes aportaciones para entender
la reproducción de la cultura vasca y las fuentes de la cultura de la vio-
lencia que ha caracterizado al País Vasco desde la mitad de la década de
1960. 3° En un sugerente tratado, Zulaika describe el escenario en el que
los hombres jóvenes encuentran que unirse a un movimiento que les
pide que asesinen a personas que han conocido de toda la vida pero que
se han hecho informantes de la policía española es emocionalmente
Conflictos violentos y nacionalismo 55
atractivo. Si los muchachos norteamericanos de la década de 1950 siem-
pre animaban a los «vaqueros» en sus incursiones genocidas contra los
«indios», los muchachos jóvenes vascos ven en ETA una organización que
les ayuda a realizarse como hombres y como ciudadanos. Para su horror,
el mismo Zulaika se sintió empujado por esas mismas fuerzas para buscar
que le admitiesen en ETA. Aunque Zulaika rechaza dar una «causa» social
al atractivo de unirse a ETA en el País Vasco rural, proporciona un con-
texto cultural. Por ejemplo, analiza los significados simbólicos de las pala-
bras «sí» y «no» en la lengua vasca y en su literatura y encuentra que tie-
nen fronteras nítidas e infranqueables. Esta característica cultural, entre
otras, sostiene una política en la que la oposición implacable parece nor-
mal y moral. La cultura vasca, señala Zulaika, rechazó ceder a los atracti-
vos de la «España» moderna y urbana, rechazó comprometerse con el au-
toritario Estado franquista, y en la década de 1960 ETA pidió a los
miembros de esta cultura oponerse terminantemente al centralismo es-
pañol.
Por más sutil y esclarecedor que sea el análisis, el problema epistemo-
lógico del relato de Zulaika es que no puede explicar los siglos de asimila-
ción de los vascos a la vida cultural y política española. Los vascos se hicie-
ron multiculturales, y dijeron «sí» y «no» a la cultura castellana. Encontrar
una base cultural profunda para explicar el terrorismo de ETA siempre
choca con el problema de no poder explicar un fenómeno mucho más du-
radero: la participación vasca en la construcción y el imaginario de la na-
ción española. Quizá lo más problemático a la hora de utilizar el trabajo
de Zulaika como modelo explicativo de la violencia vasca es realizar un
ejercicio complementario para tratar de esclarecer las bases simbólicas
de las interpretaciones propias catalanas. Mientras los antropólogos cata-
lanistas han subrayado la importancia de la noción catalana de seny, un
espíritu práctico de pies en el suelo que premia la frialdad y el compro-
miso,31 es importante reseñar que dentro del repertorio simbólico catalán
existe el concepto de rauxa (impulsivo) a la que los antropólogos habrían
recurrido si los catalanes hubiesen centrado su política en actividades in-
surrectas durante los últimos años del franquismo. 32 De hecho, se ha se-
ñalado que en las leyendas catalanas existe un importante género sobre
batallas heroicas en las que sus antepasados supuestamente combatieron
por el honor de la nación." Los catalanes tienen un repertorio cultural
que puede dar sostén al acuerdo cobarde o a la rebelión heroica. Al igual
que el de los vascos.
56 Sociedades en guerra civil
6. Los FUNDAMENTOS MICRO DE LA VIOLENCIA NACIONALISTA
Aunque las investigaciones anteriores en Cataluña y el País Vasco no
han explicado de forma adecuada el diferente resultado en violencia, y
aunque ninguna de estas teorías se ha puesto a prueba con eficacia en
otros países, es mil desarrollar estas ideas para los tests posteriores. En esta
sección expondré tres proposiciones sobre la violencia en los movimien-
tos nacionalistas de base regional, y en las siguientes secciones comproba-
ré cómo son de firmes estas proposiciones en la comparación vasco-catala-
na y, en prueba de solidez, cómo se mantienen a la hora de explicar en la
etapa postsoviética los altos niveles de violencia comunitaria en Georgia y
los bajos niveles en Ucrania. Si las proposiciones desarrolladas para una
comparación por parejas se mantienen en una segunda comparación, pue-
de sostenerse su fuerza de verosimilitud.
Mi concentración en los fundamentos micro se justifica por la perple-
jidad con que los teóricos de lo macro se han enfrentado a la violencia. Si
macroestructuras similares se unen a resultados divergentes en cuanto a
violencia, quizá las variables que explican la violencia tengan más que ver
con procesos microsociales que trasladan los amplios objetivos sociales a
las tácticas cotidianas. Si se quiere desarrollar una teoría micro de la vio-
lencia nacionalista corresponde a los teóricos promocionar un «relato» ve-
rosímil y convincente del porqué muchos individuos toman sobre sus es-
paldas los riesgos de la lucha armada para lograr unos resultados inciertos
que se compartirán igualmente tanto por los que se han comprometido en
la lucha como por los que no. Mi análisis micro ha identificado tres relatos
separados, que expondré a continuación.
1. Una condición necesaria: la estructura social rural densa
Los movimientos violentos necesitan miembros. Dos condiciones son
necesarias para encontrar luchadores. Primero, debe haber un estrato so-
cial en que la violencia sea parte del repertorio de la cultura habitual. Los
estudios criminológicos se han concentrado no en las clases medias (que
liderarán estos movimientos, pero que no serán capaces de comprometer-
se en actividades violentas), sino en la clase media baja y en los jóvenes de
clase obrera en barrios urbanos, en pequeñas ciudades y en sociedades ru-
rales. 34
Segundo, entre los jóvenes que son miembros de los grupos sociales
(en contraposición con los políticos y económicos) locales es donde más
éxito tiene la banda violenta en el reclutamiento." Se pueden observar
tres tipos ideales de sociedades rurales o de pequeñas ciudades: uno don-
Conflictos violentos y nacionalismo 57
de existe una fuerte presencia de un partido nacionalista en casi todo el
pueblo; un segundo donde la forma principal de solidaridad se basa en so-
ciedades de riego y otros grupos de trabajo compartido; el tercero, donde
exista una fuerte presencia de grupos sociales locales, desde clubes de ex-
cursionistas a boy scouts. Una proposición inicial es que una condición ne-
cesaria para la acción guerrillera nacionalista contra la autoridad estatal es
una sociedad rural rica en grupos sociales de pertenencia.A continuación
explico por qué.
En el primer tipo, es fácil que los partidos nacionalistas sean penetra-
dos por los principales partidos centralistas del Estado, puesto que los líde-
res de los partidos nacionalistas negocian más habitualmente con las fuer-
zas centralistas que con las locales. Un incentivo para los líderes de los
partidos nacionalistas es presentar a las localidades los compromisos gana-
dos con esfuerzo como lo mejor que se puede obtener. Puesto que una
guerra contra el Estado dirigida por los líderes nacionalistas va a necesitar
un ejército coherente y puesto que tendrá muy pocas posibilidades de
vencer a un ejército bien instituido, es muy poco probable que los partidos
nacionalistas apoyen una guerra violenta contra el Estado.
En el segundo tipo, con grupos agrícolas densos, la probabilidad de
que exista acción guerrillera (en el combate localizado es imposible for-
mar ejércitos convencionales) es baja, en gran parte porque cualquier
miembro de un grupo local de trabajo que quiera comprometerse en una
vida de acción politico/militar necesariamente tendrá que abandonar sus
obligaciones económicas. Por lo tanto, existirán fuertes incentivos para
que los líderes de los grupos laborales rurales desalienten estas desercio-
nes de las obligaciones de los equipos de trabajo. Además, puesto que los
grupos de trabajo son visibles públicamente, cualquier acción guerrillera
que esté apoyada por estos grupos puede ser fácilmente identificada por la
policía estatal, y podría seguirse perfectamente el principio de culpabili-
dad colectiva. Es, por consiguiente, imprudente que la acción guerrillera
tenga como base la solidaridad de los grupos laborales rurales.
Los grupos sociales localizados son, sin embargo, el nicho ideal para la
acción guerrillera. Mientras que los grupos económicos tienen normas de
justicia, los grupos sociales tienen normas de honor. Si un miembro desta-
cado de un grupo scout se comprometiese con un grupo guerrillero nacio-
nalista, que otro miembro lo delatase sería una deshonra para este último, y
en la realidad sentirá la presión social para que se una a ese líder. Además,
puesto que la mayoría de grupos sociales locales tienen listas de miembros
que son tan privadas como las de los masones, los miembros del grupo no
tendrán temor a represalias por pertenecer a grupos en que muchos de sus
miembros estén activos en movimientos guerrilleros o terroristas. Cuanto
mayor sea el número de estos grupos, mayor será la probabilidad de que
58 Sociedades en guerra civil
una masa crítica de líderes se comprometa en una campaña terrorista clan-
destina para alcanzar el sueño nacional.
2. Explicar los incentivos a la violencia: un fenómeno
de juego inclinado
El juego inclinado, que desarrolló por primera vez Schelling para expli-
car fenómenos como la estabilidad vecinal, 36 puede aplicarse a la dinámica
de reclutamiento para causas nacionales. Para ilustrar el mecanismo de in-
clinación, primero presentaré un modelo que muestre las dificultades a las
que se enfrentan los líderes nacionalistas para buscar apoyo en un cambio
de lengua de la educación pública desde la del centro a la de la región.'
Este modelo puede aplicarse para concretar el punto del proyecto nacio-
nal en el que los líderes tendrán incentivos para utilizar tácticas violentas.
Pensemos en una región de un país en la que durante siglos un porcen-
taje significativo de las personas han empezado a utilizar la lengua del cen-
tro político como idioma de educación, de trabajo, e incluso de la vida co-
tidiana en el hogar. Muchas personas de las pequeñas ciudades y de las
áreas rurales son bilingües, pero sólo unos pocos son monolingües en la
lengua de la región, una lengua que ya no tiene apoyo institucional (en es-
cuelas o en la administración pública) para sobrevivir a largo plazo. Inevi-
tablemente habrá cuerpos de historiadores, poetas y filólogos nacionales
que mantendrán «viva» la lengua nacional; ellos tendrán las semillas para
cualquier movimiento nacionalista contrahegemónico siempre y cuando
los sectores dirigentes de la sociedad regional cultiven un movimiento na-
cional. El renacimiento nacional requerirá, entre otras cosas, que las perso-
nas que utilizan principalmente la lengua estatal para obtener informa-
ción, ver la televisión o escribir cartas comiencen a prepararse (y lo que es
más importante, a preparar a sus hijos) para funcionar en la lengua regia
nal. Será una inversión costosa, en especial si el movimiento fracasa por-
que carece de una masa crítica de portavoces de la lengua [Link]
los individuos de la región necesitan calcular los costes y los beneficios del
reajuste a la lengua regional, que se basan en valoraciones subjetivas de la
probabilidad de que los otros tomen la misma decisión. El cálculo para rea-
lizar esta inversión en la lengua regional se basa en: a) la compensación
económica por aprender la lengua regional; b) el estatus adquirido o perdi-
do en la sociedad regional aprendiendo o no la lengua regional; y c) los
cambios en a y b basados en el porcentaje de ciudadanos de la región que
ya han invertido en la lengua regional como idioma de la futura «nación».
Supongamos que la compensación media que reciben los individuos
por cambiar a la lengua local es considerablemente menor que la compen-
Conflictos violentos y nacionalismo 59
sación media por seguir utilizando fundamentalmente la lengua del centro.
Y supongamos que los primeros que cambian a la lengua regional (que
tendrán compensaciones individuales mayores que la media de la socie-
dad) obtienen mayores honores de la comunidad por su valentía y buenos
empleos como líderes regionales y profesores, pero que estos éxitos pri-
meros únicamente recompensan a un pequeño porcentaje de los que cam-
bien, y que a un nivel aproximado del 25 %, a los que se pasan a la lengua
regional ya no se les recompensa como héroes regionales. Supongamos
además que los beneficios económicos en forma de empleo profesional
por aprender la lengua regional únicamente comienzan a funcionar des-
pués de que más de la mitad de las personas de la región estén funcionan-
do en esta lengua. Supongamos finalmente que las sanciones negativas
(pérdida de honor local) por utilizar la lengua del centro no se hacen gra-
ves (en especial en las ciudades) hasta que el 45 % de la población cambia
la lealtad de la lengua primaria. Si se formalizan estos supuestos, el juego
inclinado podría ser como la figura A (véase pág. 60).
En este punto son de especial interés dos aspectos de la figura A. Pri-
mero, es individualmente irracional para aquellos cuyas compensaciones
por cambiar están en la media o por debajo de la media hacerlo en las pri-
meras etapas de un movimiento nacional. Segundo, después de los éxitos
iniciales en el campo de la lengua regional, el movimiento nacional pasará
épocas duras (dada la creciente divergencia en las compensaciones me-
dias) a la hora de reclutar gente que haga una inversión personal en el
futuro de la lengua regional (esto es, a<b). Esta diferencia se agravará por
el hecho de que los primeros que cambiaron fueron los que tenían una
compensación mayor de la media por «R». Esto hará que el campo poten-
cial de los que cambien al 40 % de R tengan menor apoyo medio por R
(siendo las otras constantes) que la población potencial al 25 % de R. De
este segundo aspecto se deduce mi hipótesis sobre la violencia. La hipóte-
sis es que cuanto mayor sea la diferencia entre a y b, más probable será
que en el punto de «cambio al 40 %» los primeros que se cambiaron (los
que llamo los «vigilantes de la lengua») vean el terrorismo como una tácti-
ca útil para aumentar los costes de aceptar el statu quo lingüístico. Aterro-
rizando a los actores regionales relevantes que aún no han cambiado, los
vigilantes aumentarán los costes en estatus de no cambiar. Aterrorizando a
las fuerzas policiales del centro político, los vigilantes buscan crear una
mayor solidaridad regional y así aumentar los beneficios de cambio. El te-
rrorismo, entonces, es una táctica válida en el juego inclinado de resurgi-
miento nacional para los vigilantes de la lengua cuando las diferencias en-
tre las compensaciones de identificarse con el centro y las de identificarse
60 Sociedades en guerra civil
RESURGIMIENTOS NACIONALISTAS Y VIOLENCIA
FIGURA A
Un juego modelo inclinado
Comienza la pérdida del honor
por escoger C 12
Altas
a
Compensaciones
R
Bajas
Compensaciones colosales Comienzan los mayores beneficios
por descensos de R económicos espetados por escoger R
o 25 50 75 1(X)
Porcentaje de personas en la región que cambian de la lengua del centro como medio prima-
rio de instrucción en su educación a la lengua regional.
CC = Compensaciones para las personas que reciben instrucciones en la lengua central;
RR = compensaciones para las personas que reciben instrucción en la lengua regional.
• = Statu quo antes de comenzar el movimiento nacionalista.
con la región comienzan a aumentar en una dirección desfavorable para la
causa nacional.
3. Mecanismos de mantenimiento: un suceso aleatorio, el valor de las
victorias clamorosas pero pequeñas, la tiranía de los costes
sumergidos y la cultura de la violencia
El tercer conjunto de mecanismos explica cómo se mantiene la violen-
cia. La proposición básica en este punto es que la violencia sólo aparece en
un pequeño subconjunto de casos de entre aquellos en los que existen las
condiciones necesarias y entre los que hay fuertes incentivos para utilizar-
la. La fortuna escoge un pequeño subconjunto para que comience a operar
un ciclo de la violencia. Una vez que comienza la violencia, se mantendrá
Conflictos violentos y nacionalismo 61
por tres factores: a) si la población regional percibe las victorias tácticas
pero es ciega a las pérdidas estratégicas; b) si los costes de abandonar la or-
ganización terrorista son altos; y c) si se institucionaliza la «cultura» de la
violencia.
Los movimientos nacionalistas activos en regiones de Estados bien
arraigados se enfrentan indefectiblemente a fuerzas policiales y a ejércitos
estatales que están bastante más institucionalizados y que tienen un acce-
so bastante mayor a las armas de fuego que sus rivales. En estas condicio-
nes, sería irracional para cualquiera alistarse en un ejército que probable-
mente sea aniquilado. Supongamos, sin embargo, que un pequeño grupo
de comando planease un acto revolucionario, como el asesinato de un po-
lítico prominente del centro. En la mayoría de los casos, estos esfuerzos fra-
casarán; pero cuando triunfen —es lo que llamaría un suceso «aleatorio»
que no puede explicarse por factores de estructura social—, estos sucesos
tendrían el poder de galvanizar el apoyo de los potenciales miembros que
ahora observan cómo el grupo tiene «éxito». Si se concentra la atención en
la táctica, las organizaciones terroristas pueden presentar una increíble su-
cesión de victorias, lo que puede tener el efecto de formar percepciones
en la región de que el equilibrio de fuerzas está de su parte.
Una clamorosa «victoria» aleatoria, y la concomitante revaluación de
las oportunidades de independencia por parte de las personas de la
región, conducirá a una nueva tiranía —la tiranía de los costes sumergi-
dos—. 38 Después de que los nuevos miembros se unan a la organización
militar ilegal, y después de que cometan un acto criminal, es sumamente
difícil, psicológicamente y por razones de seguridad, que cambien de
opinión y vuelvan a la inactividad política. 39 Esta tiranía de los costes su-
mergidos actúa para mantener un movimiento mucho después de que
sus objetivos originales, o incluso su caracterización originaria del «cen-
tro», se difuminan en las acciones de los comandos y en las represalias
estatales. Este ciclo de acción-represión-acción que se intensifica entre el
movimiento nacionalista y la autoridad estatal (u otros enemigos del movi-
miento regional) crea lo que puede denominarse una «cultura de la violen-
cia» en la que la gente corriente se vuelve insensible a la violencia y co-
mienza a verla como parte de la vida «normal». 4° La expectativa cultural de
la violencia ayuda a perpetuarla, puesto que la violencia se une al conjunto
de actos verosímiles que cualquiera en una sociedad puede utilizar para al-
canzar un determinado objetivo político.
62 Sociedades en guerra civil
7. RECUENTO DE LAS HISTORIAS DEL RESURGIMIENTO NACIONALISTA VASCO
Y CATALÁN
Los mecanismos micro expuestos en la sección anterior se desarrolla-
ron con miras a diferenciar los movimientos regionales vasco y catalán. No
será sorprendente encontrar las diferencias clave entre las dos regiones en
cada uno de estos mecanismos. La «prueba» real será ver su nivel de soli-
dez, una vez que nos traslademos a otro contexto, en la desaparecida
Unión Soviética. Pero incluso si no hubiese sorpresas, merece la pena ex-
poner las diferencias fundamentales entre las dos regiones españolas.
1. Estructura social:prácticamente todas las explicaciones antropoló-
gicas de la sociedad vasca señalan la importancia de los grupos so-
ciales con pocos miembros y de base rural. Cada pueblo tiene sus
propios clubes de montaña, llamados mendigoitzale, y se ha com-
probado que las habituales excursiones siempre son ocasiones para
vinculaciones afectivas masculinas y para la intriga polí[Link]ás,
es característico de la sociedad vasca que los hombres jóvenes se
unan en bandas, o cuadrillas de entre seis y diez por grupo. Las tra-
vesuras y el pequeño vandalismo son parte del repertorio de activi-
dades de estos grupos. Cuando los miembros maduran, los grupos
se transforman en sociedades para beber. En palabras de Gurrutxa-
ga: «Parece que el desarrollo en Guipúzcoa facilita la difusión del na-
cionalismo, porque está basado en las pequeñas ciudades, donde los
mecanismos de control social se hacen más significativos y donde
existe una red muy densa de relaciones interpersonales»."
Aunque los miembros fundadores de ETA fueron principalmen-
te intelectuales urbanos y universitarios, a mitad de los setenta la
base de reclutamiento de ETA se trasladó a las ciudades de tamaño
pequeño y medio, donde se reclutaba a los miembros entre los tra-
bajadores semicualificados de las pequeñas fábricas.'" Se convirtie-
ron, como nos habían anticipado Mardin 43 y Waldmann, 44 en coman-
dos del programa terrorista de ETA. En el estudio de Clark sobre
ETA, encuentra que los grupos de montaña y las cuadrillas fueron
las fuentes de reclutamiento de ETA." En su base de datos con
ochenta y un militantes de ETA, ninguno (y esto es coherente con la
teoría de Petersen) procedía de un pueblo agrícola. La gran mayoría
provenía de pequeñas ciudades en las que los jóvenes iban a traba-
jar a pequeñas fábricas cercanas. Eran trabajadores de día, pero se
imbuían en la cultura vasca por la noche.A diferencia de los agricul-
tores, no eran miembros de los grupos económicos locales sino sólo
de los sociales. La solidaridad dentro de estos grupos permite el re-
Conflictos violentos y nacionalismo 63
clutamiento clandestino y una cultura de honor grupal que hace
casi imposible que cualquier miembro del grupo se convierta en in-
formante de la policía.
Si bien el País Vasco era fuerte en grupos sociales locales, era dé-
bil a nivel de organizaciones locales de partidos conectadas con las
instituciones políticas del conjunto de España. Los líderes de estos
partidos, como indican las teorías de Petersen, estaban interesados
en desarrollar negociaciones con el poder político del centro. Sin
duda, el PNV había construido un partido fuerte centralizado (en la
región) con excelentes contactos locales. Esto podría ayudar a ex-
plicar por qué el PNV a finales de los ochenta fue capaz de coope-
rar con el Estado español para marginar a ETA de la región vasca. 46
PeroETAfucapz,hstlnovedimuzarscnte
tipo de negociaciones. El brazo político de ETA, Herri Batasuna, en-
tró en la competencia parlamentaria, pero prohibió a sus cargos
electos que ocupasen sus puestos. Los parlamentarios de HB no po-
dían enriquecer sus carreras tratando de vender un compromiso
político a su base de masas."
Si el trabajo antropológico en el País Vasco hace hincapié en los
grupos sociales con una base local, la investigación sobre el caso ca-
talán resalta la importancia de los grupos de base económica (los sin-
dicatos) y sus conexiones con los partidos políticos nacionales. Díez
comenta que al final del franquismo Cataluña tuvo una actividad polí-
tica de partidos mucho mayor que el País Vasco, y señala que «mien-
tras ETA se encontró con poca competencia a la hora de convertirse
en el centro simbólico de la oposición vasca a Franco, los grupos na-
cionalistas revolucionarios en Cataluña... se enfrentaron con una fuer-
te competencia de otros grupos políticos más moderados...».48 Es más
probalequstidpíconegqumbat;soy-
da a explicar el bajo nivel de nacionalismo violento en Cataluña.
Si Cataluña fue fuerte en desarrollo de partidos, era más débil en
el desarrollo de grupos sociales autónomos en ciudades pequeñas.
En un estudio del Alto Penedés, el autor menciona que con anterio-
ridad a mediados del siglo xix los únicos grupos voluntarios estaban
dirigidos por hermandades católicas. 49 Y cuando comenzaron a crear-
se organizaciones sociales seculares, todos los grupos estaban diri-
gidos por hombres que eran «los caciques de uno u otro partido na-
cional. La prominencia del partido nacional determinaba en parte la
prominencia del cacique a nivel local... El cacique local era poco
más que un recolector de votos para el partido nacional y un admi-
nistrador de clientelismos a nivel local... Era un hombre que se ocu-
paba de conseguir cosas para las gentes...». Según la lógica de las ba-
64 Sociedades en guerra civil
ses grupales de una organización terrorista, el modelo catalán de
grupo rural invita a establecer acuerdos extralocales entre los líde-
res de los grupos sociales y las autoridades estatales. Otro estudio
antropológico centrado en la «cultura de oposición» durante la Ca-
taluña franquista vio que los sindicatos y la Iglesia eran las organiza-
ciones fundamentales en la vida del pueblo. Tenían cierta importan-
cia los grupos de scouts (que estaban apoyados por la Iglesia) y de
montaña; por tanto sería razonable considerar que la vida rural cata-
lana tenía algún potencial, si bien es cierto que menor que el del
País Vasco, para desencadenar un grupo violento de oposición."
La evidencia antropológica sugiere que las condiciones sociales
para una estructura del tipo comando tenía más apoyo en el País Vas-
co que en Cataluña; pero esto no significa necesariamente que hu-
biese sido imposible en Cataluña (no sabemos el umbral), ni significa
que la violencia fuese el resultado lógico de la estructura social vas-
ca. Únicamente hemos visto cómo una condición necesaria se ha
cumplido de forma más completa en el caso vasco que en el catalán.
2. Fenómenos de inclinación: el enfoque de la sociología histórica
identificó una élite nacionalista hegemónica catalana y una vasca di-
vidida. Políticamente, esto se manifestó claramente en el desmoro-
namiento de la Segunda República. A diferencia del País Vasco, Cata-
luña tenía un gobierno regional que funcionaba con éxito en la
Segunda República. Su presidente, Josep Tarradellas, pasó los años
del franquismo en el exilio en Francia. Se convirtió en un símbolo
de las aspiraciones catalanas, incluso aunque las generaciones de li-
deres más jóvenes, como Jordi Pujol, sentían que les llegaba el turno
de gobernar. Debido a la legitimidad de Tarradellas, los catalanes ra-
dicales no pudieron renunciar públicamente a su liderazgo, o soca-
var las negociaciones de Tarradellas con Adolfo Suárez, el presidente
español que dirigió la tramitación. Mientras tanto, en el País Vasco el
liderazgo republicano se descompuso en grupos divididos durante
la guerra civil. Una fracción se fue al exilio, mientras que otra siguió
combatiendo en la guerra. El gobierno en el exilio no tuvo el mismo
peso simbólico para los vascos que el que tuvo para los catalanes. La
competencia política dentro del País Vasco siguió siendo más nota-
ble que dentro de Cataluña. Shabad escribe que dentro del País Vas-
co la mayor hostilidad existente se produce entre HB y el PNV (que
estaba dispuesto a pactar con Madrid), más que entre todos los par-
tidos nacionalistas vascos unidos contra el Partido Socialista Obrero
Español gobernante y no regionalista."
Sin embargo, ¿cuáles son los mecanismos que transforman la di-
visión de las élites en violencia y la unidad de las élites en negocia-
Conflictos violentos y nacionalismo 65
ción? Aquí es donde el juego inclinado podría proporcionar una res-
puesta, puesto que estudia más detenidamente la dinámica de reclu-
tamiento dentro de la sociedad autóctona, comenzando desde un
período de optimismo en el País Vasco cuando la oposición a Fran-
co comenzó a expresarse en clave nacionalista. Los nacionalistas ra-
dicales de la primera época ganaron el apoyo de un porcentaje pe-
queño pero significativo de población vasca para el bando
abertzale (perspectiva de liberación nacional). Pero la gran mayo-
ría, aunque era comprensiva con la posición abertzale, no estaba
dispuesta a cortar amarras con España. Los líderes experimentaron
el complicado problema de convencer a sus compañeros vascos de
que cambiasen infinitamente sus comportamientos cotidianos a
cambio de ganancias inciertas. Una manera para cambiar los cálcu-
los de los que siguen siendo españoles en su forma de pensar y vivir
fue aumentar los costes de hacerlo, al principio por acoso y des-
pués probablemente por terror.
Aunque ETA no se vio involucrada directamente en batallas de re-
vitalización cultural, una manera de pensar sobre el dilema de reclu-
tamiento de ETA, al menos de un modo metafórico, es analizar los di-
lemas a los que se enfrentaban los que buscaban potenciar la lengua
vasca. Aprender la lengua vasca para muchos vascos urbanos y en es-
pecial para los de Álava y Navarra sería una gran carga, solamente
con recompensas inciertas. Para los inmigrantes, aprender una len-
gua que no comparte raíces con las lenguas indoeuropeas sería espe-
cialmente oneroso. Sería duro para cualquiera asumir racionalmente
que el vasco reemplazase al castellano en la vida propia.
Mientras tanto, la tarea era más sencilla para los nacionalistas ca-
talanes. La lengua catalana ha sido una lengua de ciencia y literatura
durante siglos. Desde el renacimiento cultural de mediados del siglo
xix hasta la segunda República (1931-1936) hubo una efusión de
publicaciones en catalán. La lengua es de la familia romance y, a di-
ferencia del euskera, podía ser aprendida fácilmente por los inmi-
grantes castellanoparlantes. Costaba unos meses alcanzar el enten-
dimiento pasivo; la participación activa quizás unos pocos años.
Cuando los nacionalistas catalanes aprobaron la Ley de Normaliza-
ción Lingüística (1979) en Cataluña, muchas personas vieron con
razón que si sus hijos no aprendían catalán, su futuro (por ejemplo,
en las admisiones universitarias) corría peligro.
Los radicales vascos se enfrentaron a una situación más dificil
al tratar de «inclinar» su región en la dirección de una cultura con
centro vasco. Sus más firmes seguidores tenían dificultades para
aprender la lengua vasca. Estos líderes radicales afrontaron una ta-
66 Sociedades en guerra civil
rea más ingente que los catalanes para alterar las compensaciones
subjetivas. Los primeros que se pasaron a los estilos culturales vas-
cos se convirtieron en héroes locales. Cuando se hizo irracional
que más vascos se ajustasen del mismo modo, los radicales tuvie-
ron que aumentar los costes de mantener el statu quo mediante la
intimidación de los que rechazan cambiar. En un cálculo racional
de los radicales pueden encontrarse las fuentes del miedo y quizás
incluso del terror de que el movimiento se estancaría si no se aña-
día el coste del miedo a los que se encuentran cómodos en el sta-
tu quo.
ETA no estaba jugando un juego inclinado de lengua, pero la ló-
gica puede ser la misma. Mi hipótesis es que la violencia estaba diri-
gida contra las autoridades policiales españolas, y los secuestros y el
«impuesto revolucionario» eran acciones instrumentales diseñadas
para reconfigurar la función de compensaciones de los vascos en su
evaluación del valor de mantener una forma de vida «española». La
explicación micro, enlazada con la situación macrosociológica de
una élite vasca dividida y una élite catalana unida, proporciona un
relato coherente de por qué la violencia en el País Vasco se convier-
te en una estrategia nacionalista válida, incluso racional.
3. Mecanismos de mantenimiento: ETA apareció en 1959 cuando una
coalición de grupos juveniles, frustrados con la pasividad de las ge-
neraciones más antiguas del PNV, fusionaron ideas de nacionalidad
etnolingüística con la guerra de guerrillas anticolonial y el marxis-
mo. Los grupos que formaron fueron propensos a cismas de todo
tipo, y sólo suponían un elemento marginal en el movimiento clan-
destino antifranquista en el País Vasco. En 1965, los miembros se pu-
sieron de acuerdo en una teoría de cambio revolucionario: involu-
crar al Estado en una «espiral de acción-represión-acción» que
serviría a los propósitos nacionalistas, puesto que esta espiral atrae-
ría cada vez a un número mayor de vascos al bando revolucionario.
Nueve años después de su formación, con no más de un centenar
de miembros, se les dio el alto en un control de carretera a un par
de etarras tras el robo de un banco. A uno de ellos se le sacó del co-
che y le dispararon; el otro fue encerrado y torturado. Fiel a su ideo-
logía, ETA seleccionó como objetivo a un comisario de policía espe-
cialmente cruel, y lo asesinó. Las consecuencias jugaron a favor de
la ideología de ETA. Franco declaró un «estado de excepción» en
todo el país, poniendo en marcha exactamente el mismo tipo de ac-
ciones represivas que habían aventurado los líderes de ETA, y ETA
atrajo a nuevos miembros. La vasta represión de la policía española,
sin embargo, fue eficaz y en 1970 el número de miembros de ETA
Conflictos violentos y nacionalismo 67
había descendido de seiscientos a unos cien. En diciembre de ese
año, el infame juicio de militantes de ETA celebrado en Burgos, en el
que se acusaba a dos curas vascos, indignó a la opinión pública in-
ternacional y ayudó a ETA a recuperar fuerzas.Y tres años después,
en lo que por entonces fue quizá la victoria terrorista más apabw
liante en la historia moderna europea, los comandos de ETA asesina-
ron a Carrero Blanco, el primer ministro español y heredero in pec-
tore de Franco. Finalmente, la ejecución de dos presos de ETA en
1975 provocó una huelga general y convirtió a las víctimas en már-
tires. 52 Por estos sucesos, ETA se convirtió en la estructura organiza-
tiva para muchos jóvenes vascos de pequeñas ciudades que busca-
ban desesperadamente formar parte del panorama nacionalista. ETA
se hizo tan mítica en su identificación con los valores vascos que
pudo aumentar su reclutamiento en la sociedad rura1. 53
Esta historia esquemática de ETA ilustra dos facetas. 54 Primero,
identificar las condiciones sociales que condujeron al surgimiento
de ETA no ayuda a explicar por qué la violencia, el terror, el asesina-
to y el secuestro se convirtieron en características definitorias del
resurgimiento nacionalista vasco contemporáneo. Grupos como ETA
se forman en muchos tipos diferentes de sociedades, y su perspecti-
va quizá no es muy diferente de la organización catalana Terra Lliu-
re. Pero un suceso aleatorio —como es que le den el alto en un con-
trol de carretera— que terminó siendo un asunto de Estado, catalizó
al grupo como fuerza representativa fundamental de las aspiracio-
nes vascas. El asesinato de Carrero Blanco, que tuvo éxito porque el
general siguió la misma ruta a la iglesia cada mañana durante varios
años, fue igualmente aleatorio y vigorizante. Sin esta clase de suerte
de ETA, el PNV podría haberse convertido perfectamente en la voz
hegemónica de las aspiraciones vascas, y los científicos sociales es-
tarían escudriñando en la historia y en la estructura social vascas en
busca de las raíces del nacionalismo pacífico.
Segundo, los primeros asesinatos, el exitoso secuestro de un in-
dustrial vasco que había intimidado a los sindicatos, el cobro de un
«impuesto revolucionario» a un amplio segmento de atemorizados
empresarios vascos, y la facilidad para robar armas y municiones de
las armerías españolas dieron a los operativos (así como a los pa
tenciales miembros) de ETA un sentido claro de triunfos tácticos
inagotables. El valor de las sucesivas pequeñas victorias fue más po-
deroso en los cálculos de ETA que el grado de progreso hacia el ob-
jetivo último. Por supuesto, el cúmulo de victorias eclipsó cualquier
valoración sobre que fuese posible una vida en libertad dentro de la
recién estrenada democracia española.
68 Sociedades en guerra civil
En cuanto que se hubo instituido la cultura vasca de la violencia
mediante la sobrevaloración de victorias tácticas apabullantes, los
nacionalistas vascos contra ETA se enfrentaron a un apuro político.
Un alto mandatario del PNV respondió en una entrevista que era
poco realista trabajar por los objetivos de ETA, pero rápidamente
añadió que «si dijese hoy que soy español, que renuncio a la inde-
pendencia vasca, me echarían de inmediato de mi partido». Un sena-
dor del PNV, Joseba Elósegui, dijo en 1984 que «los padres de los
miembros de ETA pertenecían al PNV, y proponen que el padre pe-
neuvista denuncie a su hijo etarra a la Guardia Civil...». 55 El ímpetu
de ETA impidió que los líderes políticos vascos denunciasen su uso
de la violencia.
ETA influyó en la agenda política no solamente vigilando a los
peneuvistas, sino que también fue capaz de vigilar a los desertores
de entre sus militantes. Es cierto que el control de ETA sobre la po-
blación vasca se limitaba a unas pocas zonas de la Euskadi más pro-
funda, y que era relativamente fácil para los miembros de los co-
mandos que decidían regresar a la vida civil norma1. 56 Además, en
1980 el ministro del Interior español desarrolló un programa de am-
nistía que al final reinsertó a doscientos antiguos terroristas a la so-
ciedad civil. Todavía los que aceptaron la amnistía se encontraban
sujetos a las amenazas de muerte de los terroristas." La violencia se
mantiene cuando los ya implicados en actos de terrorismo temen
represalias si abandonan sus puestos en la organización.
Nunca se produjo un ciclo de violencia en Cataluña, incluso
aunque las tensiones generacionales que llevaron a ETA sin duda
existían en Cataluña, y aunque los grupos radicales de Cataluña deba-
tieron el terrorismo con el mismo vocabulario que los organizadores
de ETA. Terra Lliure 5» y la «corriente social marxista» 59 por supuesto
tenían elementos que hacían difícil distinguirlos de los de ETA. Las
culturas de la violencia no son eternas; ni pueden atribuirse a nin-
gún grupo nacional. Debe recordarse que los catalanes fueron los
anarquistas violentos de principios del siglo xx y los regionalistas
pacíficos de finales del siglo xx. A los vascos se les conocía por su
incorporación pacífica de siglos a la corona castellano-leonesa. Una
combinación de organización social y sucesos aleatorios puede in-
troducir en el pueblo un estilo de vida en el que los terroristas pa-
sen a ser héroes y en el que los ciudadanos corrientes se vuelvan in-
munes a la violencia. Las culturas, una vez institucionalizadas, son
resistentes al cambio; pero no son eternas.
Conflictos violentos y nacionalismo 69
8. UNA PRUEBA CRÍTICA: GEORGIA Y UCRANIA
El desmoronamiento de la Unión Soviética y el surgimiento de las re-
públicas de la Unión como nuevos Estados nacionales permiten una exce-
lente prueba de solidez. Como en el caso vasco-catalán, los líderes en Geor-
gia y Ucrania tenían problemas parecidos en cuanto al establecimiento de
un programa nacionalista. Sin embargo, los resultados fueron muy diferen-
tes. En Georgia, las elecciones democráticas no condujeron a un gobierno
pacífico sino a una especie de insurgencia violenta antigubernamental in-
trageorgiana y a un conjunto de guerras entre los georgianos y los grupos
étnicos minoritarios. En Ucrania, se discutieron ampliamente las eleccio-
nes democráticas, pero el ganador pudo plantarse en el poder sin guerras
intestinas, y unas elecciones posteriores llevaron a la transferencia pacífica
del poder presidencial. Además, a pesar de las múltiples minorías cultura-
les existentes en Ucrania, los primeros años de independencia pasaron sin
guerras de guerrillas interétnicas, incluso aunque las nubes de guerra se
cernieron sobre Crimea.
Prácticamente todas las repúblicas de la antigua Unión Soviética eran
multiétnicas en su composición pero tenían un único grupo (llamado en
la Unión Soviética la nacionalidad «titular») que daba nombre a la repúbli-
ca y al que iban la mayor parte de las prebendas. En el contexto de la
Unión Soviética, a los grupos minoritarios se les garantizaba protección
en las republicas de la Unión desde Moscú, y los miembros de estos gru-
pos que tenían ambiciones podían orientarse hacia la jerarquía de estatus
de la Unión Soviética. Mientras tanto, los miembros de la nacionalidad «ti-
tular» podían orientar su futuro o bien hacia la república o bien hacia la
Unión Sovié[Link] el desmoronamiento de la Unión Soviética, las mina
rías étnicas en las repúblicas recién independizadas estaban expuestas a la
buena voluntad de los titulares, y esta situación era una invitación al con-
flicto.
En Georgia, puesto que muchos armenios, judíos y rusos salieron de la
república a partir de 1959, los georgianos representaban casi el 70 % de la
población, los armenios suponían el 9 % y los rusos el 7,4 %. 60 La mayoría
de la población de otras minorías vive en la frontera con Turquía y en las
regiones montañosas del Cáucaso fronterizas con la república rusa. Los
osetios se encuentran a ambos lados de la frontera entre Georgia y Rusia.
En esta última, Osetia del Norte es una república autónoma; en la primera,
Osetia del Sur (con sólo sesenta mil osetios y treinta mil georgianos) es un
oblast autónomo, algo más bajo en estatus que una república autónoma.
Los osetios del sur temían la fractura de la Unión Soviética y buscaron la
unidad con sus hermanos del norte. Los georgianos sostienen que los ose-
tios sólo llegaron a Osetia del Sur en siglos recientes, y que legítimamente
70 Sociedades en guerra civil
deberían volver a Rusia. El problema osetio tenía un considerable potencial
para la violencia en la Georgia postsoviética.
En el noroeste de Georgia, en un importantísimo nudo de ferrocarriles
hacia Rusia (importantísimo no sólo para Georgia sino también para Arme-
nia), está la montañosa República Autónoma de Abjazia, donde los abjazios
sólo representan una pequeña minoría del 17 % de la población (mientras
que los georgianos suponen el 45 %). Los abjazios pidieron inmediatamente
la separación de Georgia, y las autoridades de Tbilisi temieron por la segu-
ridad de los georgianos que vivían allí. En Abjazia también viven adigueses
(también conocidos como cherkeses), abazos, ingushes, kabardinos y che-
[Link] ellos son predominantemente musulmanes, y el conflicto en-
tre estos grupos ha sido una característica habitual de la historia política re-
ciente. Sin embargo, estos conflictos se han concentrado en la república
rusa, y a finales de 1994 dio comienzo una invasión rusa en Chechenia. Fi-
nalmente, en Georgia, en la frontera con Turquía, los adzharios, que son étni-
camente georgianos pero de religión musulmana, plantean otra amenaza se-
cesionista.
El escenario de naciones en Ucrania es incluso más complejo, y quizás
está incluso más «cargado» de antipatías históricas. Ucrania tenía cincuenta
y dos millones de personas y ciento diez nacionalidades: 37 millones de
ucranianos, 11,3 millones de rusos, 486.000 judíos y 440.000 bielorrusos.
Los mineros del Kuzbass (originarios de Siberia), muchos de los cuales
emigraron de las áreas mineras del Donbass, no eran conscientes de que vi-
vían fuera de «Rusia». Crimea, que Jruschov cedió a Ucrania en 1954, es una
zona turística rusa efervescente y el centro de una base naval «soviética»
clave. Los rusos de Crimea han insistido en la creación de «Novorus», una
república independiente dentro de la Confederación de Estados Indepen-
dientes. En la región de los Cárpatos, eslovacos, checos, húngaros, ruma-
nos, gitanos y alemanes viven junto a rusos y ucranianos. Los habitantes de
los Cárpatos han solicitado un oblast especial, pero también se han plan-
teado la posible incorporación a repúblicas vecinas, sobre todo por Molda-
via y Rumania en lo que respecta a la franja de tierra de Besarabia y Bukovina
del Norte que se cedieron a Ucrania como resultado del pacto entre Molo-
tov y Ribbentrop. De toda Ucrania, los tártaros, que fueron arrancados
inhumanamente de su tierra natal en Crimea, comenzaron a volver a su pa-
tria en la década de 1960 y ahora afirman que los ucranianos y los rusos
que viven allí lo están haciendo ilegalmente. Las divisiones religiosas entre
la Iglesia Unitaria (mayoritariamente ucraniana) y la Iglesia Ortodoxa Autó-
noma Ucraniana (mayoritariamente rusa), con batallas sobre los derechos
de propiedad en la agenda actual, empañan la escena política. Menos mani-
fiesto hasta ahora es el conflicto entre los unitarios y la Iglesia Ortodoxa
Autocéfala Ucraniana (de mayoría ucraniana). Una monografía reciente
Conflictos violentos y nacionalismo 71
examina el «legado de intolerancia» entre los grupos religiosos en Ucrania,
y el autor señala que cuando el Estado soviético «relajó sus políticas opre-
sivas hacia la religión y permitió la legalización de las Iglesias hasta ese mo-
mento prohibidas, los miembros de estas Iglesias de repente se encontra-
ron necesitados de confrontar los viejos antagonismos, [de los cuales] los
últimos estallaron en actos hostiles entre algunos de los grupos, junto con
acusaciones mutuas de discriminación y violencia». 6'
El hecho relevante de la etapa postsoviética es que aunque ambas repú-
blicas estaban plagadas de antipatías nacionales, culturales y religiosas, en
Ucrania se marginaron eficazmente los potenciales pogromos, mientras que
en Georgia las antipatías nacionales fueron base para el terrorismo y la guerra.
En Ucrania, a pesar de un intento coordinado de los medios de comunica-
ción rusos por despertar los odios nacionales —prácticamente todas las
crónicas que reflejan incidentes aparecen en televisiones y periódicos ru-
sos—, los nacionalistas ucranianos han sido capaces de controlar sus peo-
res instintos. En palabras de Mijailo Horin, el vicepresidente del Ruj, la coa-
lición nacionalista de Ucrania, «el movimiento ucraniano Ruj y otras
organizaciones, como el Partido Demócrata Republicano... siempre han de-
fendido una visión de Ucrania como patria de diversas nacionalidades
[que] son iguales ante la ley... Sabemos lo que sucedió en Alemania en el
pasado: Hitler actuó contra los judíos...También sucedió en la Unión Sovié-
tica: Lenin comenzó a actuar contra los terratenientes... Quienquiera que
utilice el aparato de represión debería saber: comienza con la represión de
los otros y al final uno mismo es reprimido o incluso eliminado. Por lo tan-
to, si defendemos los derechos de los judíos, de los rusos, de los armenios y
de los griegos, al mismo tiempo estamos defendiendo los derechos del
pueblo ucraniano». 62 Mientras tanto, el Sóviet Supremo de la República So-
cialista Soviética de Ucrania, Leónid Kravchuk (primer presidente de la
Ucrania independiente) y casi todos los candidatos a las elecciones ucra-
nianas han subrayado que era «inadmisible» incitar la hostilidad étnica. 63
Perosmáquiplabrs.Enmzode19,hubacntrm-
nifestación de los cadetes rusos frente a una concentración ucraniana a fa-
vor del separatismo de Ucrania occidental. Rápidamente se enzarzaron en
combates. Sin embargo, los «supervisores» del Ruj intervinieron de inme-
diato para defender a los rusos con el objetivo de evitar la creación de
mártires." Un diputado radical de Lvov en el parlamento ucraniano, Stepan
Jamara, ha intentado avivar la violencia interétnica para presentar a los
ucranianos como un pueblo asediado.A pesar de que goza de amplio reco-
nocimiento en toda Ucrania y que puede presentar unas credenciales na-
cionalistas impecables, las autoridades políticas ucranianas han hecho
todo lo que estaba en sus manos por marginarle y limitar el daño potencial
que podría producir.
72 Sociedades en guerra civil
Los referendos de Crimea que apoyaron de hecho la soberanía, tanto
en 1992 como en 1994, llevaron a la península al borde de la guerra con
Ucrania. En 1994, la Comisión de Asuntos de la Confederación de la Duma
Estatal rusa informó (sin que se corroborase) de que Ucrania había desple-
gado cincuenta mil soldados en Crimea, en respuesta a los temerarios in-
tentos del presidente de Crimea,Yuri Mesjov, de situar a Crimea en la zona
horaria rusa y de situar al ministro del Interior de Crimea (y así a las fuer-
zas de seguridad) bajo su propio mando. Pero esta crisis, a pesar de los mo-
vimientos provocativos de ambas partes, azuzada por elementos del Estado
ruso (incluido el comandante del XIV Ejército de la República del Dniés-
ter), entró en calma con rapidez, puesto que ambos bandos acordaron la
existencia de dos Ministerios del Interior separados, y el presidente Krav-
chuk reiteró que el conflicto debía resolverse únicamente por medios le-
gales. En Crimea, el parlamento despojó a Mesjov de sus poderes y el pri-
mer ministro, S. Tsekov, luego primera autoridad de Crimea, ha moderado
sus puntos de vista con respecto a Ucrania. Ambas facciones han margina-
do a sus seguidores más fanáticos.
Finalmente, con respecto a los sufrimientos de los nacionales ucrania-
nos en Moldavia, el gobierno de Ucrania hizo todo lo posible para mirar ha-
cia otro [Link]ía miedo de que si azuzaba la cuestión hablando en nom-
bre de esos ucranianos, entonces el gobierno ruso, el rumano y el húngaro
podrían comenzar con toda la razón a incitar a sus minorías dentro de las
fronteras de la actual Ucrania. A menudo el presidente Kravchuk invocó el
fantasma de Nagorno-Karabaj. 65 Su estrategia de vigilar a su propio pueblo
tuvo éxito para evitar que se avivasen las llamas de los conflictos históri-
cos. Finalmente, a pesar de los miedos a choques religiosos violentos, el au-
tor de Ucrania: el legado de la intoleranciaescribió en el epílogo que a fi-
nales de la década de 1990 se habían subsanado pacíficamente la mayoría
de los conflictos, incluso aquellos en los que se mantenían las animadver-
siones tradicionales entre las diferentes congregaciones. 66
Con respecto a la violencia electoral, podría apuntarse que Ucrania tiene
un sistema de partidos bastante parecido a lo que Gunther y otros describen
como la fuente de política polarizada del País Vasco. 67 En 1991, más de cien
candidatos compitieron por la presidencia, y al menos cuatro tenían serias
aspiraciones. 68 Las elecciones presidenciales se celebraron con éxito y el re-
sultado fue la derrota de la coalición nacionalista, Ruj, y la victoria de un an-
tiguo comunista.A partir de los comicios se sucedieron las negociaciones y
los acuerdos entre las élites. El presidente Kravchuk perdió la reelección de-
bido a la catástrofe económica y social que siguió al desmoronamiento de la
Unión Soviética, pero su fracaso no se debió a una guerra abierta entre na-
cionalistas y pactistas. La elección pacífica del presidente Leónid Kuchma en
1994 aupó al poder a un candidato que quería acomodar las políticas guber-
Conflictos violentos y nacionalismo 73
namentales a las necesidades expresadas por la población rusa en Ucrania.
Asombrosamente, estas elecciones se celebraron sin que se avivase la vio-
lencia entre el occidente nacionalista ucraniano y el oriente pactista ruso.
En Georgia, desde el desmembramiento de la Unión Soviética, ha sido
difícil alcanzar la paz, tanto entre los diferentes grupos de nacionalidades
como entre las facciones políticas georgianas. La política electoral estaba
circunscrita a una atmósfera de bandas armadas rivales. En 1990, el candi-
dato nacionalista radical a la presidencia, Gia Chanturia, estuvo a punto
de perder la vida en un intento de asesinato, y al menos dos personas mu-
rieron en choques armados durante la campaña. Zviad Gamsajurdia, que
estaba considerado por entonces como un moderado con impecables cre-
denciales nacionalistas, venció en las elecciones con su coalición «Mesa
Redonda - Georgia Libre». Rápidamente Gamsajurdia perdió apoyo entre los
otros líderes georgianos. Había organizado las elecciones para que se le
permitiese participar a Dzhaba Ioseliani, un profesor de historia del arte
que era líder del Sakartvelos Mjedrioni (Caballeros de Georgia). El grupo
de Ioseliani, con siete mil miembros dotados de armamento que se com-
pró a los soldados desmovilizados que habían combatido en Afganistán,
consiguió una gran credibilidad nacional combatiendo frente a las tropas
soviéticas del MVD (Ministerio del Interior). Pero cuando Gamsajurdia le
marginó, Ioseliani movilizó a los Caballeros para derrocar al presidente ge-
orgiano. Incluso los antiguos aliados de Gamsajurdia, disgustados por su
gobierno errático, pronto se unieron a la oposición armada, como también
hicieron los resquicios de la Guardia Nacional. A principios de 1992 el ci-
clo de combate armado llevó a sitiar la residencia oficial de [Link]
final pudo escapar, pero la batalla, que duró seis semanas, costó la vida a
ciento diez personas, y Tbilisi se convirtió en un campo de combate en el
que las explosiones y los ataques armados eran cotidianos. 69
Con respecto a los grupos de nacionalidades en Georgia, el oblast au-
tónomo de Osetia del Sur fue el escenario de los primeros derramamientos
de sangre. Las autoridades titulares georgianas negaron la posibilidad de
participar en las elecciones a los candidatos que propusiesen cualquier
forma de secesión, y esta actuación por sí sola sacó a los osetios nacionalis-
tas del juego democrático. Los osetios solicitaron a Moscú no sólo el dere-
cho a presentar candidatos sino que les protegiese de las amenazas de que
el georgiano llegara a ser la única lengua oficial de la república. Los nacio-
nalistas osetios comenzaron a atemorizar a los aldeanos georgianos, y los
georgianos de Osetia les devolvieron la jugada cortando la electricidad en
Chjinvali en mitad del invierno de 1991 y cercando la ciudad con quince
mil soldados georgianos. Entre tanto, los georgianos que vivían en las al-
deas agrícolas de los arrabales comenzaron a lanzar misiles a las ciudades ose-
tias y los osetios atacaban a los georgianos que viajaban entre los pueblos
74 Sociedades en guerra civil
agrícolas. El ejército ruso medió entre ambos bandos, pero el número de
víctimas mortales fue de más de doscientos cincuenta en 1991, y hubo de-
cenas de miles de refugiados. En el sur, en Adzharia, un líder nacionalista
fue asesinado en abril de 1991 durante una manifestación en apoyo de la
autonomía política. Se está gestando una espiral de violencia: la vieja élite
adzharia ha venido sobornando a los altos mandos de las guarniciones del
ejército para conseguir armas.
El mayor derramamiento de sangre en Georgia ha ocurrido en Abjazia.
En el período estalinista, la República de Georgia deportó a muchos abja-
zios y los que se quedaron estaban sujetos a medidas no deseadas de geor-
gización. Con la perestrollea se dispararon sus esperanzas y los líderes abja-
zios pidieron a Gorbachov un mayor nivel de autonomía administrativa. El
gobierno georgiano se opuso, y hubo violentos enfrentamientos en julio de
1989. En 1990, los diputados georgianos abandonaron el Sóviet Supremo
de Abjazia, dando a los delegados abjazios la oportunidad de declarar la in-
dependencia. Estaban dispuestos a continuar formando parte de una Geor-
gia federal, pero querían que Georgia permaneciese en la Unión Soviética,
lo que proporcionaba a los abjazios cierto tipo de protección contra la pre-
dación georgiana. Pero Georgia recibió la independencia, y cuando su par-
lamento reinstauró la Constitución de 1921, sin menciones específicas de
Abjazia, se volvió al conflicto violento. El Consejo de Estado georgiano en-
vió unidades de la Guardia Nacional (que en realidad era un conjunto de
ejércitos privados entre los cuales estaban los Caballeros de Georgia de Io-
seliani) que se vieron implicadas en actos de violencia gratuita, haciendo
caso omiso de las órdenes que les llegaban del gobierno georgiano. El mo-
vimiento autonomista abjazio obtuvo el apoyo militar de los otros grupos
nacionales caucásicos y sus guerrillas pudieron forzar la retirada militar ge-
orgiana de la capital Sujumi." A finales de 1994, continuaba la sangrienta
guerra.
Incluso el regreso a Georgia de Eduard Shevardnadze, la única esperan-
za de Georgia para asegurarse el reconocimiento internacional, fue incapaz
de apagar las llamas de la violencia. Aunque fue un personaje clave del in-
tento de Gorbachov de resucitar la Unión Soviética, durante bastante tiem-
po fue dirigente del Partido Comunista georgiano. En 1978, cuando se pro-
dujeron las concentraciones en las calles de Tbilisi para protestar contra
las restricciones en el estatus oficial de la lengua georgiana, Shevardnadze
cedió a las demandas y evitó una posible espiral de violencia. Su regreso
triunfal en medio de la guerra civil hizo estallar el optimismo. Incluso fue
capaz de negociar un acuerdo con Rusia sobre Osetia. Pero continuaban la
guerra en Abjazia y los ataques de los seguidores del último presidente
Gamsajurdia por toda Georgia. La cultura de violencia es una característica
fundamental de la Georgia postsoviética.
Conflictos violentos y nacionalismo 75
9. EXPLICAR EL ACUERDO UCRANIANO Y LA VIOLENCIA GEORGIANA
Como en el caso de la comparación vasco-catalana, sería posible pero
no fructífero encontrar las raíces de la violencia y del acuerdo en el perío-
do actual con modelos de comportamiento o de estructura social de los
períodos anteriores. De hecho, como en los ejemplos españoles, puede re-
latarse una historia convincente para predecir resultados opuestos. La his-
toria nacional clásica de Georgia señala que el papel del país, como el de
Cataluña, ha sido el de un pasillo histórico en el que las minorías étnicas y
religiosas podían estar de paso, podían integrarse social y culturalmente y
podían comerciar sin amenaza a su seguridad personal. 71 Y como pasillo
entre los imperios otomano y ruso, las élites georgianas aprendieron la im-
portancia de acomodarse a las realidades de poder más que a combatir por
la autonomía. La incorporación a finales del siglo xvin y principios del xix
al imperio ruso se llevó a cabo sin resistencia, puesto que la aristocracia
georgiana entendió perfectamente la realidad del poder ruso. Durante la
revolución rusa, la fuerza más poderosa en Georgia fueron los menchevi-
ques. Pero cuando los bolqueviques sitiaron Tbilisi en 1921, los menche-
viques salieron de la capital sin oponer resistencia.
Si es fácil establecer las raíces de la acomodación pacífica en Georgia,
es también sencillo relatar la historia de una Ucrania militarista, empezan-
do por la llegada de los cosacos en el siglo xv. Los pogromos religiosos y
las guerras entre nacionalidades son características esenciales de la histo-
ria ucraniana hasta la Segunda Guerra Mundial. Ninguna de las dos es la
única historia que puede contarse del pasado georgiano y ucraniano, pero
son historias que podrían explicar una tradición de pacto pacífico georgia-
no y otra de violencia ucraniana. El problema es que en el período postso-
viético, los resultados han sido los contrarios a lo que podrían pronosticar
estas historias. Es cierto que en el período que siguió a la muerte de Stalin,
los georgianos discriminaron con mucha más fuerza a las minorías que los
ucranianos. En Georgia, los georgianos suponían el 67 % de la población de
la república. Durante el año escolar 1969-1970, representaban el 82,6 % de
los estudiantes universitarios. «La autonomía nacional en Georgia había lle-
gado a considerarse», según concluye Suny, «como el ejercicio del poder lo-
cal contra las minorías locales subrepresentadas.» 72 Mientras tanto, los
ucranianos constituyen el 74 % de la población en la república, y represen-
tan sólo el 60 % de los estudiantes en instituciones universitarias. 73 Podría
alegarse que la discriminación georgiana contra las minorías era un polvo-
rín al que le prendieron fuego las libertades que llegaron con la glasnost.
Pero no creo que éste sea un factor significativo para explicar los niveles
de violencia postsoviética. Para empezar, la violencia en Georgia era tanto
entre los propios georgianos como entre los georgianos y las minorías. Se-
76 Sociedades en guerra civil
gundo, el rencor entre las naciones estuvo presente, incluso fue predomi-
nante, quizá más en la Ucrania postsoviética que en Georgia; pero se con-
tuvo politicamente.
Es probable que los observadores contemporáneos del escenario étni-
co postsoviético expliquen los diferentes resultados en Georgia y Ucrania
recurriendo a la habilidad política de Kravchuk a la hora de erigir coali-
ciones y su sangre fría a la hora de manejar la crisis en comparación con la
retórica exclusionista y las ambiciones megalómanas de Gamsajurdia.
Otras explicaciones se centran en el miedo georgiano a las amenazas de-
mográficas y regionales que les movilizaron contra los extranjeros en
comparación con un entorno ucraniano más sólido. Aunque seguramente
no vayan desencaminados, estas explicaciones tienen la cualidad de ser a
posteriori. Un analista ve las raíces de la violencia actual en el desgracia-
do pasado de Georgia. Otyrba explica: «En Georgia pueden encontrarse los
ejemplos de todas las causas importantes de conflicto étnico en el Cáuca-
so: el legado de la división nacional-territorial de la Unión Soviética, el pro-
blema del derecho de las naciones a la autodeterminación, la tensión entre
federalismo y unitarismo y las frustraciones de las personas sometidas a la
represión»." Aunque estas cuestiones sin duda tienen su fuerza, no diferen-
cian adecuadamente a Georgia de otras repúblicas que transitaron del go-
bierno soviético a la independencia de una forma menos violenta.
Se ha propuesto una teoría más general que ayuda a diferenciar los re-
sultados en Ucrania y Georgia. Barry Posen, entre otros, sostiene que la
principal minoría en Ucrania eran los rusos, cuya seguridad está garanti-
zada por la presencia de una superpotencia vecina con interés en su pro-
tección." Esto eliminó de raíz cualquier provocación por parte de Ucra-
nia y evitó que los rusos que vivían allí sintiesen la necesidad de armarse.
En Georgia, por contra, los osetios y los abjazios no tenían «madre patria»
que les amparase, y al protegerse provocaron a los georgianos. Ronald
Suny, en su descripción del Cáucaso postsoviético, incluso suministra al-
gunos datos que muestran que el nivel de violencia en las tres repúblicas
caucásicas está en proporción directa al tamaño de la población minorita-
ria no rusa de cada república. 76 La teoría de Posen es sólida porque define
el ámbito de casos relevantes como situaciones de «anarquía», con una se-
lección amplia de casos ya documentados (aunque sólo en relaciones
dentro del Estado) por teóricos realistas. Pero su teoría no podría explicar
con soltura el alto nivel de paz en la región ucraniana de los Cárpatos ni
el alto nivel de conflicto intrageorgiano en la propia Georgia. Tampoco
nos suministra una base para los casos españoles. No desecho las teorías
realistas del conflicto como enfoque antagónico al mío; cada cual se sos-
tiene en ámbitos separados pero coincidentes. De hecho, futuras investi-
gaciones deberían determinar los ámbitos apropiados para cada uno de
Conflictos violentos y nacionalismo 77
estos enfoques. Más que comparar los dos enfoques, aquí trataré de darle
cuerpo a mi teoría micro dando un repaso amplio a los dos casos postso-
viéticos.
10. FUNDAMENTOS MICRO DEL ACUERDO Y DE LA VIOLENCIA NACIONALISTAS
POSTSOVIÉTICOS
Necesita construirse una investigación antropológica del tipo de la
que se presentó en los casos españoles para someter los mecanismos mi-
cro a un escrutinio empírico fuerte, y por consiguiente para ver si estos
mecanismos pueden explicar la violencia georgiana y el pacto ucraniano
en el curso de sus resurgimientos nacionalistas. Pero, no obstante, es posi-
ble dar los perfiles de un relato que descanse en estos mecanismos micro
para que adquiera algún sentido el escenario nacional postsoviético en
Georgia y Ucrania.
1. Estructura social rural. La estructura social rural de Georgia pare-
ce haber servido de base para una organización terrorista. Ucrania,
por su parte, se convirtió durante el pasado medio siglo en una repú-
blica muy urbanizada cuyas pequeñas ciudades y pueblos no podían
contener a sus jóvenes, lo que ha hecho mucho más dificil crear y
mantener grupos militantes de comando.
Georgia tuvo en la Unión Soviética posterior a Stalin una eco-
nomía sumergida boyante. Se estima que había alcanzado un 25 %
del PNB georgiano, de los más altos de la Unión. Un estudio casi an-
tropológico que se proponía explicar el éxito de esta economía en
medio de castigos severos por parte de las autoridades comunistas
señaló la importancia de los «núcleos de redes» que se construye-
ron a partir de los enlaces de familia y de los negocios por los indi-
viduos que tenían más éxito en esta economía. 77 Era posible cons-
truir con éxito y a escondidas estos núcleos porque, desde el
punto de vista de Mars y Altman, la vida de los pueblos en Georgia
tiene todavía su base en una cultura de «honra y de deshonra». 78
Estaculrdehonmpjbalsreogéxitc-
nómico que no era posible en el contexto del comunismo soviéti-
co; pero también impide a los miembros de la red informar de las
prácticas ilegales a las autoridades centrales. Su conclusión es que
lo hermético de las redes dentro del pueblo ayuda a explicar tanto
la motivación como la seguridad de la economía sumergida geor-
giana. Es esta misma organización de la vida rural lo que permite la
formación de organizaciones de comando para luchar tanto en las
78 Sociedades en guerra civil
batallas entre georgianos como contra las minorías durante un re-
nacimiento nacionalista.
Por contra, la estructura social rural en Ucrania cambió radical-
mente durante la pasada generación. La intensa emigración de los
pueblos a las ciudades durante las décadas de 1920 y 1930 fue con-
secuencia de las políticas soviéticas que trataban de fomentar la
producción minera e industrial en Ucrania." Posteriormente el pro-
yecto de Tierras Vírgenes de Jruschov indujo a 80.000 granjeros
ucranianos a establecerse en las repúblicas orientales. Pero la emi-
gración del campo a la ciudad continuó, y las tendencias sugieren
que para el año 2000 casi el 70 % de los ucranianos vivirá en gran-
des [Link]í pues, la mano de obra rural, que en 1965 era de 7,2
millones; en 1980 estaba por debajo de los 5,8 millones. Subtelny se-
ñala con ironía que «en muchas granjas colectivas son las mujeres
ancianas las que proporcionan la principal fuente de trabajo ma-
nual».8° Y esto tiene, según él, grandes consecuencias culturales:
«Puesto que ha disminuido el papel del campesinado en la sociedad
ucraniana, el populismo que fue el sello característico de las ideo-
logías en el siglo xix y principios del xx también ha perdido in-
tensidad. Uno puede incluso sostener que hoy el concepto de na-
rod en el sentido tradicional, masas de campesinos pobres y
—
oprimidos— ya no ocupa un lugar central en el pensamiento políti-
co de los ucranianos». 81 Lo realmente importante para nosotros es
que el número de aldeas ucranianas capaces de producir un guar-
dián nacionalista como Stepan Jmara es pequeño y las estructuras
locales que le permitirían reclutar una red de organizaciones de
apoyo para las operaciones de comando también está disminuyendo.
Aunque en Ucrania durante la pasada generación se han debili-
tado las organizaciones sociales rurales, el Partido Comunista ucra-
niano tuvo un crecimiento tan rápido como cualquier partido repu-
blicano en la etapa posterior a Stalin. Jruschov ucranizó el partido.
Olejsi Kirichenko fue el primer titular que ocupó el puesto de pri-
mer secretario en cualquier república soviética (excepto la propia
Rusia), y desde la era Jruschov todos los que han estado en ese car-
go han sido ucranianos. 82 Aunque está por demostrar si ha sobrevi-
vido intacta la red del Partido Comunista ucraniano en la década de
1980, Kravchuk, un eminente apparatchik, fue capaz de construir
los elementos de esa red y vapuleó a los otros candidatos, que te-
nían mejores credenciales nacionalistas pero que carecían de los ri-
cos enlaces organizativos de la época soviética. Quizá porque él
mismo era un ucraniano occidental con conexiones políticas en el
este, Kravchuk pudo aunar grupos de apoyo de ambas regiones. En
Conflictos violentos y nacionalismo 79
cualquier caso, el Partido Comunista, que en Ucrania sobrevivió par-
cialmente y de forma relativamente coherente, pudo resistir el em-
bate por el poder de personajes desconocidos e inestables como
Gamsajurdia, que podrían tratar de hacerse con la presidencia. El
hecho relevante es que una acción de tipo de comando es más im-
probable cuando un partido que abarque todo el territorio tiene
mayor presencia organizativa que los grupos sociales de base local.
En Ucrania fue así, y las acciones de los comandos locales fueron
atajadas con éxito con la policía.
2. El juego inclinado. Aunque no es posible hacer un cálculo preciso
del coste de los juegos inclinados de los nacionalistas georgianos
dados los datos disponibles, las pautas son similares a las que hemos
visto en España. En Ucrania, la campaña korenizatsia de la década
de 1920 fue un gran éxito. Mientras en 1922 únicamente el 20 %
de los asuntos gubernamentales se llevaban a cabo en la lengua re-
gional, en 1927 el 70 % se realizaban en ucraniano. Por ejemplo, en
1927 más de la mitad de los libros publicados en Ucrania fueron en
la lengua ucraniana y el 55 % de los periódicos de la república eran
en ucraniano." Estos cambios sirvieron de base para la ucraniza-
ción de la cultura en el deshielo postestalinista, en la que la lengua
de Ucrania llegó a institucionalizarse en la vida cultural, si bien es
cierto que con menor intensidad en el este fuertemente rusifica-
do.84 Por ello, los costes de ucranizar la sociedad en el período post-
soviético no fueron de tan enormes proporciones. Incluso para los
inmigrantes, que eran en su mayor parte eslavos, aprender ucrania-
no, una lengua cercana al ruso, tiene unos costes relativamente ba-
jos. Puesto que el proyecto nacional no es tan amenazante para los
individuos, existe una necesidad menor de que la violencia aumente
los costes de la subversión.
Es cierto que el georgiano prosperó en el período soviético
como lengua de la administración, de la educación y de la cultura
(y por eso no se le puede comparar con el desuso literario y admi-
nistrativo en que cayó el vasco durante los siglos xix y xx). No obs-
tante, el coste de acomodarse a la hegemonía cultural georgiana es
bastante mayor para una variedad de grupos que lo que sería el
coste para grupos comparables de acomodarse al ucraniano. El geor-
giano es una lengua caucásica, que es una familia separada del tron-
co indoeuropeo (al que pertenecen las lenguas eslavas, bálticas, ro-
mances, iraníes y armenias). Por lo tanto, será más complicado para
los rusos aprenderlo (aunque el porcentaje de rusos en Georgia
que dicen saber georgiano es sólo dos puntos y medio menor al de
los rusos en Ucrania que afirman conocer el ucraniano). 85 El osetio
80 Sociedades en guerra civil
y el armenio son lenguas de la familia indoeuropea; sus hablantes
se han opuesto categóricamente a la hegemonía del georgiano. In-
cluso los abjazios, cuya lengua está dentro de la familia caucásica,
soportan mayores costes por ajustarse al georgiano. Desde la déca-
da de 1950 su lengua se ha escrito en un alfabeto cirílico modifica-
do, mientras que el alfabeto georgiano es bastante peculiar. Puesto
que el georgiano es una lengua no indoeuropea con un alfabeto no
cirílico y no latino, los no georgianos pagan altos costes de asimila-
ción. Y los georgianos que se rusificaron afrontan problemas pare-
cidos. 86 No existe una evidencia suficiente que sugiera que cual-
quier tipo de violencia esté relacionada con este tipo de cálculos;
pero parece ser que el Frente Popular Osetio apeló a Moscú por-
que rechazaba las medidas lingüísticas que según la prensa georgia-
na iban a hacer del georgiano la única lengua oficial de la nueva re-
pública. Ya que tan sólo el 14 % de los osetios saben georgiano, la
ley sobre la lengua georgiana que se proponía suponía un reto de
enormes proporciones. Dado que los osetios del norte se han ga-
rantizado perfectamente la educación superior en Rusia, los ose-
tios del sur se sintieron gravemente discriminados en Georgia.'
Quizá la combinación de bajas tasas de natalidad georgianas y de
bajos incentivos para la asimilación de las minorías hizo pensar a
los nacionalistas georgianos radicales que la inclinación hacia la
georgización de los grupos minoritarios y los georgianos antinacio-
nalistas no sería posible a menos que se les intimidase e incluso
que se les aterrorizase.
3. Mecanismos de mantenimiento. Georgia ha experimentado en su
historia reciente algunos episodios fascinantes que han servido
como fuerza desencadenante para la institucionalización de una
cultura de la violencia. En 1956, por ejemplo, se velaba silenciosa-
mente el monumento de Stalin, simbolizando la indignación que
sentían con la revelación por parte de Jruschov de los crímenes de
Stalin. El ejército se puso en acción con rapidez y mató a docena de
jóvenes e hirió a cientos de ellos." Quizá más relevante sea que una
concentración pacífica a favor de la democracia en Tbilisi en abril
de 1989 de nuevo hizo intervenir a las tropas soviéticas con el re-
sultado de 19 personas muertas, la mayor parte ancianas y chicas
jóvenes. Después de este suceso, las tropas soviéticas pasaron a ser
denominadas rutinariamente en el discurso político georgiano
como «ejército de ocupación»." Los denominados Caballeros de Geor-
gia, que naturalmente necesitaban una estructura social local que
hiciese posible este tipo de reclutamiento, nacieron de estos acon-
tecimientos sangrientos.
Conflictos violentos y nacionalismo 81
La guerra civil en Osetia, como la guerra entre Gamsajurdia y
sus antiguos partidarios, no estuvo determinada por la historia. Las
autoridades georgianas consideraron que los contactos osetios
con las autoridades rusas con respecto a la cuestión lingüística en
1989 socavaban la soberanía georgiana, y dieron comienzo las acti-
vidades terroristas. Luego se sucedió una espiral de acontecimien-
tos: en 1990 se les impidió a los osetios que presentasen candida-
tos a las elecciones georgianas; y el oblast soviético de Osetia del
Sur se declaró «república democrática soviética independiente» a
finales de ese año. Muy pronto llegó la tiranía de los costes sumer-
gidos para perpetuar esta guerra de guerrillas. Cuando los suceso-
res de Gamsajurdia propusieron el inicio de conversaciones, un lí-
der de Osetia del Sur encontró el statu quo inicial inaceptable,
como que «demasiada sangre ha sido derramada... ¿Para qué, para
que volvamos al pasado?». Lo mismo pasó con Abjazia. Aunque
Otyrba está en lo cierto cuando afirma que existieron raíces histó-
ricas en la violencia abjazio-georgiana, yerra cuando implica que
estas raíces eran más sólidas que en muchos otros lugares que se
mantuvieron en paz en medio del desmembramiento de la Unión
Soviética. 90
Aunque aún es demasiado pronto como para afirmar que los
mecanismos que llevaron a la guerra civil en Georgia han creado
una cultura autosostenida de violencia, la teoría micro que se ha
presentado ayuda a explicar esa violencia. En el último período so-
viético algunos acontecimientos con ciertas evocaciones históricas
normalizaron la violencia en Georgia. La estructura social georgia-
na, que mantiene una fuerte base local para los grupos sociales, per-
mitió el reclutamiento de bandas militarizadas irregulares en nom-
bre de la causa nacionalista. Esto facilitó a las facciones políticas
que se encontraban fuera del circuito de poder retar a Gamsajurdia
mediante tácticas de guerrilla. El temor a la georgización de toda la
sociedad, costosa para las minorías, les indujo a desafiar el proyecto
nacionalista georgiano. El hecho de que los guardianes llegasen a la
conclusión de que para muchas personas que viven en Georgia se-
ría irracional volverse «georgianos» en sentido cultural fue motivo
de que los grupos nacionalistas prefiriesen el enfrentamiento con
las minorías a la negociación. Todos estos mecanismos apuntan ha-
cia una explicación del cómo y del por qué el proyecto nacionalista
georgiano se cargó de violencia y terror.
82 Sociedades en guerra civil
11. CONCLUSIÓN
En la introducción se le ofreció al lector un panegírico sobre el método
comparativo. Una lectura atenta de este trabajo, sin embargo, debería llevar-
le a preocuparse en cierta manera sobre su debilidad metodológica. Aquí
en la conclusión es el lugar apropiado para encarar los puntos débiles.
Seguramente he contribuido a transmitir el mito de las variables «con-
troladas». Cualquier especialista del área señalaría las consecuencias de
las apabullantes diferencias históricas, culturales, económicas y sociales
entre el País Vasco y Cataluña, o entre Georgia y Ucrania. ¿Por qué sólo
me centré en unas pocas que identifiqué según mis predilecciones? ¿Por
qué paso por alto aspectos peculiares y únicos de cada movimiento na-
cionalista mientras realzo los comunes? Quizá las causas puedan encon-
trarse en la concatenación excepcional de factores que sistemáticamente
se subestiman en el método comparativo. En una preocupación parale-
la, ¿por qué asumo que las causas de la violencia en el País Vasco son las
mismas que las de Georgia? Quizá cada uno experimenta la violencia por
diferentes razones, un punto que se pierde cuando se acepta el mito del
control.
El método comparativo tiene, sin embargo, una respuesta a estas preo-
cupaciones imperiosas. El mundo no presenta casos perfectamente contro-
lados que permitan a los científicos sociales una mejor realización de su
trabajo. Los «comparativistas» deben continuar, como Sísifo, reconfiguran-
do su trabajo para aislar mejor las variables que piensan que son importan-
tes." Si se escogen controles no adecuados, los «comparativistas» deberían
diseñar un experimento que tenga mejores controles, por ejemplo entre
una aldea vasca violenta y otra pacífica con la misma estructura social. De-
beríamos siempre buscar casos «duros» que nos fuercen a examinar de
nuevo nuestras teorías. Por ejemplo, la noción de que un recuerdo imbo-
rrable de la violencia en el curso de un movimiento político normaliza la
violencia para interacciones futuras podría tener límites claros, como po-
dría verse de la respuesta relativamente pacífica de los estudiantes chinos
a los horrores de la plaza de Tiananmen. Los odios sanguinarios de la gue-
rra civil española, por utilizar otro ejemplo, dieron a los comunistas, a los
conservadores y a los liberales de España el sentimiento de que en la tran-
sición democrática debían abjurar de la violencia. El método comparativo
debería utilizarse, por tanto, para descubrir en qué condiciones la violen-
cia repentina e inesperada conduce a ciclos de más violencia y en cuáles
lleva a la aceptación coordinada por todos los partidos en conflicto de la
negociación pacífica.
Los críticos podrían señalar además que las fuentes de violencia en las
dos parejas objeto de comparación no son exactamente las mismas. Sin
Conflictos violentos y nacionalismo 83
duda que tanto en el caso español como en el de la antigua URSS existía
potencial para el conflicto dentro de las élites regionales separatistas entre
los que deseaban restablecer los contactos con el centro y los que querían
una ruptura total. Pero las dos regiones españolas no tuvieron problemas
serios con poblaciones minoritarias arraigadas no asociadas con la nacio-
nalidad del antiguo centro, como pasa en los casos de la desaparecida
URSS: ni tampoco los ejemplos soviéticos tienen, al contrario que en el
caso de España, un centro con nuevo vigor determinado a mantener las
fronteras internacionales tal y como existían antes del desmoronamiento
del régimen autoritario. No puedo afirmar que las parejas sean isomórficas.
En respuesta a esta crítica, quizá debería celebrar la inconmensurabilidad
de los ejemplos español y soviético, en tanto que cada una de las compara-
ciones en pareja se controle apropiadamente. El hecho de que la investiga-
ción muestre mecanismos parecidos en los dos casos de violencia y la au-
sencia aparente de esos mecanismos en los dos casos de acomodación
pacífica sugiere la solidez de la relación más que la inadecuación del dise-
ño. Una historia común que ayude a iluminar casos inconmensurables es
evidencia de éxito científico, no de fracaso.
Una lectura crítica del modelo de juegos también le conducirá a uno a
preocuparse sobre los métodos por los que se han codificado las preferen-
cias de los actores. He afirmado aquí que alguien que hable vasco fluida-
mente tiene un interés mayor en la promoción de la identidad vasca, y por
consiguiente recibirá una compensación mayor si el País Vasco logra su in-
dependencia. Pero ¿qué pasa con los inmigrantes del País Vasco que han
entrado en ETA? Los vascos les aceptaban socialmente si se hacían nacio-
nalistas radicales, y por lo tanto tendrían mayores incentivos para unirse a
la banda violenta. Estos dos casos sugieren que a posteriori puedo encon-
trar que cualquiera que entre en ETA tendrá una compensación mayor. Por
consiguiente, estas codificaciones poseen un elemento tautológico, puesto
que las observaciones de la variable dependiente se vuelven fuentes de in-
formación para codificar la variable independiente.
Incluso existe un elemento de tautología en la presentación teórica he-
cha hasta ahora. Un camino por medio del cual los teóricos de las redes en-
caran este problema es suponer una distribución aleatoria o desconocida
de las preferencias. 92 Entonces pueden mostrar un reclutamiento rápido
por los movimientos violentos una vez que se alcanza un umbral crítico.
No se necesita información sobre cualquier persona particular. Dirán que
no pueden explicar por qué Sun Yat-sen, o cualquier otro parecido, se con-
virtió en el primero que se pasó a un movimiento nacionalista. No tienen
ninguna teoría sobre lo que está en las mentes de los actores [Link]
lo que pueden decir es que existirán algunas personas con desviaciones es-
tándares de la media, que serán los primeros que se pasen, y la cuestión es
84 Sociedades en guerra civil
descubrir los mecanismos que hacen que los otros que están inmediata-
mente por encima de la desviación estándar les sigan. El problema de este
enfoque es que da poco juego a la estructura social, que es una clave para
entender los procesos micro. Yo quiero saber por qué fue Sun Yat-sen en
China el primero en formar un movimiento nacionalista. Estoy dispuesto a
arriesgar la tautología intentando determinar cuáles son las matrices distin-
tivas de compensaciones para que se pasen los primeros. La clave de esta
estrategia de investigación es desarrollar mecanismos de codificación para
las compensaciones que tienen como base información diferente de las
observaciones de los resultados subsecuentes. Esto no se ha hecho en el
contexto del presente ensayo, pero es un área por donde necesita ir la fu-
tura investigación sobre política comparada en sintonía teórica. Algunos
teóricos de las redes ya están realizando avances en este sentido."
Para todos estos problemas irresueltos, el método comparativo que se
ha utilizado en este texto ha sido capaz de arrojar algo de luz sobre los pro-
blemas de la violencia y del nacionalismo, y a continuación se resumen los
resultados. La violencia, el terrorismo, la acción de comandos y la guerra de
guerrillas son un conjunto relacionado de tácticas que han utilizado gru-
pos inmersos en movimientos de resurgimiento nacional. Estas tácticas
prevalecieron en el País Vasco desde la década de 1960 hasta la de 1990, y
en Georgia desde 1989. En otros proyectos similares de resurgimiento na-
cional como los que tuvieron lugar en Cataluña desde la década de 1960 y
en Ucrania desde 1989, estas tácticas han jugado un papel mucho más re-
ducido. Politólogos y sociólogos históricos han tratado de explicar estos re-
sultados diferentes sobre la base de variables como la ruptura de la moder-
nización, las actitudes de la población, la situación de «anarquía» y las
ideologías. Estos factores macro han demostrado ser insuficientes para una
explicación de resultados divergentes.
Nada que sea inherente al nacionalismo lleva de por sí a la violencia;
pero puesto que los renacimientos nacionales obligan a las personas a re-
alizar cambios importantes en sus vidas, la violencia y el terror se convier-
ten en una herramienta disponible para los que apoyan o para los que re-
primen el proyecto nacional. La herramienta de la violencia no está
determinada ni histórica ni culturalmente; se desencadena por factores in-
cidentales a los factores macrosociológicos y a la ideología nacionalista
predominante. A la luz de las lagunas en el análisis macrohistórico, este
texto ha tomado un enfoque diferente. Se ha tomado como base el méto-
do comparativo para poner de relieve una variedad de factores micro que
ayudan a explicar por qué ciertos movimientos nacionalistas se convier-
ten en arenas para el terror y otros para negociaciones pacíficas. Sin duda
que los movimientos de resurgimiento nacionalista que ponen en entredi-
cho Estados centrales relativamente débiles pero tenaces dan una oportu-
Conflictos violentos y nacionalismo 85
nidad para la violencia. Pero existe un abismo entre oportunidad y su ex-
plotación violenta.
La laguna existente entre oportunidad y ejecución de la violencia se
salva cuando los lideres nacionalistas pueden reclutar en pequeños pue-
blos y ciudades en los que existen una multitud de grupos sociales cuyos
miembros están unidos por códigos de honor. El grupo nacionalista necesi-
ta además pasar por un período primero de euforia, seguido por un mo-
mento en el que se hace irracional para la mayoría de los que no están in-
mersos en el movimiento nacional unirse a él. Es en este punto en el que
las actividades terroristas comienzan a verse como un camino posible para
revigorizar el reclutamiento. Mi teoría no puede determinar si los lideres
escogerán realmente un sendero violento para pasar el punto de inclina-
ción. Pero esto no sugiere que sea necesario un éxito atronador por los ac-
tivistas que aún continúen o un ataque sangriento por las fuerzas del cen-
tro antes de que la organización nacionalista se comprometa en la acción
terrorista. Una vez que se escoge ese curso de acción, la tiranía de los cos-
tes sumergidos y las dificultades estratégicas de los Estados para hacer creí-
bles los acuerdos de seguridad para los terroristas que consideran dejar sus
unidades de comando ayudan a perpetuar la cultura de la violencia. Lo que
se puede decir de los relatos de la violencia en el País Vasco y en Georgia
pone de relieve estos factores, y si se yuxtaponen los relatos de la negocia-
ción pacífica en Cataluña y Ucrania, donde estos factores son menos pre-
dominantes, se da crédito al enfoque.
Capítulo 3
DINÁMICAS INHERENTES
DE LA VIOLENCIA POLÍTICA DESATADA
Peter Waldmann
Aunque las guerras civiles representen para las personas afectadas un
período trascendental y doloroso, y no exista en la actualidad región im-
portante en la tierra que no haya sido testigo de una u otra forma de esta
catástrofe colectiva, llama la atención que las ciencias sociales no hayan
mostrado mayor interés por este problema. No es que falten monografías
sobre guerras civiles importantes, como la norteamericana o la española, lo
que se echa de menos son estudios comparativos y sistemáticos que anali-
cen los diferentes rasgos generales propios de esta forma de guerra.' La ra-
zón de esta situación radica en la dificultad que existe para conceptualizar
y delimitar las guerras civiles que, como fenómenos violentos colectivos
particulares, no se pueden desglosar sin más mediante los tradicionales
métodos de las ciencias sociales basados en los análisis de causalidad y fi-
nalidad.' Efectivamente, el origen y los motivos iniciales de largos y persis-
tentes conflictos civiles son a menudo difíciles de detectar a posteriori y
pierden el sentido a lo largo del enfrentamiento debido a que la guerra de-
sarrolla su propia dinámica que la estimula e impulsa. 3 Una incertidumbre
y una falta de claridad similares se observan en cuanto al resultado y «éxi-
to» de las guerras civiles. Únicamente en casos muy raros se alcanza un ob-
jetivo determinado, se reconoce un motivo por el que ha merecido la pena
luchar. Irónicamente, al final del encuentro, tras el despilfarro de esfuerzos
y los elevados costes que ha implicado, a menudo la situación no es muy
diferente de la que reinaba al comenzar la lucha. Las guerras civiles no sue-
len tener ni vencedores ni vencidos. 4 El pacto o la resolución común que
sellan la finalización formal de los conflictos se asemejan, a veces, de forma
fatal a los acuerdos que existían antes de la ruptura de las hostilidades y
que luego serían quebrados arbitrariamente.
Sostenemos de forma provisional que las guerras civiles se alimentan ge-
neralmente a sí mismas. Desenganchadas de sus orígenes y causas iniciales,
desarrollan una dinámica propia cuyo propulsor principal lo constituye una
violencia liberada de las ataduras políticas. Pueden aguclizarse y, en algún mo-
mento, agotarse, sin que pueda predecirse de manera fiable el momento en
que se alcance la «madurez» necesaria para el establecimiento de la paz.' A
continuación procuraremos esbozar esta dinámica, para lo cual nos apoya-
remos en dos formas de guerra civil: las guerras civiles que tienen un tras-
88 Sociedades en guerra civil
fondo sociorrevolucionario y aquellas otras causadas por un conflicto étni-
co. Los ejemplos de la primera tipología son tomados del ámbito latinoa-
mericano: la revolución mexicana (1910-1920, a pesar de ser llamada «revo-
lución», se asemeja en gran medida a una guerra civil), las guerras
civiles en Colombia (desde 1948, aunque con interrupciones, hasta el pre-
sente) y en Perú (1980-1990). 6 Por el contrario, los casos de estudio referi-
dos a las guerras civiles por motivos de carácter étnico proceden de Europa
y del Próximo Oriente. Para ello contamos con los ejemplos del conflicto
libanés (1975-1990), el conflicto norirlandés (desde 1969 hasta la actuali-
dad) y los enfrentamientos de Bosnia-Herzegovina (desde 1992 hasta nues-
tros días). 7
En primer lugar abordaremos los efectos inmediatos de las guerras ci-
viles. El siguiente apartado, que constituye una de las partes fundamentales
del artículo, examina la inquietante dinámica inherente de los procesos
violentos. Esta dinámica produce una serie de efectos reflexivos sobre las
demás estructuras sociales cuyas transformaciones se analizarán. Por últi-
mo volveremos a plantearnos la pregunta inicial sobre la falta de función,
es decir, la insensatez de las guerras civiles.
1. Los EFECTOS INMEDIATOS DE LAS GUERRAS CIVILES
las guerras civiles pueden iniciarse de forma casual, como consecuen-
cia de un pequeño tiroteo o de un asalto armado. No es extraño que al prin-
cipio se produzca un escándalo, una explosión social, en la que la furia y el
odio acumulados se descarguen de forma brusca. Un «estallido» ejemplar de
estas características lo constituyó el bogotazo de 1949, que algunos autores
consideran el mayor levantamiento urbano de América Latina hasta aquellas
fechas.' Con este acontecimiento se iniciaría la primera fase particularmen-
te sangrienta de la guerra civil colombiana, marcada fundamentalmente por
las desavenencias existentes entre los dos grandes partidos.'
Con el comienzo de los enfrentamientos se opera un cambio brusco en la
imagen externa que ofrecen estas sociedades. Las tensiones de carácter étni-
co-religioso o socioestructural, de las cuales muchos posiblemente tenían
conciencia pero que hasta ese momento no habían condicionado la vida co-
tidiana, se manifiestan repentinamente y se convierten en el principio domi-
nante al que se someterán los demás ámbitos de la [Link] en el aspecto
político-intelectual como en el geográfico-militar se produce una fundamen-
tal reagrupación así como un reordenamiento de la sociedad afectada.
Los pasajes que mejor describen la peculiar metamorfosis mental que
se opera tras el inicio de una guerra civil fueron escritos hace alrededor de
2.400 años, con motivo de la guerra del Peloponeso: 16 «En tiempos de paz
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 89
y bajo circunstancias felices, las ciudades y los seres humanos poseen me-
jores sentimientos debido a que no son sometidos a situaciones violentas.
Pero la guerra, que impide cubrir las necesidades de la vida cotidiana, agita
la férula de la violencia y dirige las pasiones de la masa según lo manden
las circunstancias. De este modo, las ciudades fueron sacudidas por las lu-
chas entre las facciones y el ejemplo de los que comenzaron empujó a los
que siguieron a cometer excesos siempre mayores y a emplear los medios
más inauditos para realizar astutas maquinaciones partidistas y disfrutar
del placer de la venganza». En estas líneas se hace referencia claramente a
la dinámica inherente de la polarización —Tucídides habla de «luchas en-
tre facciones»— cuando ésta se ha adueñado de la comunidad. En el caso
extremo, afirma Tucídides, puede causar la inversión de todos los valores:
«Ahora se considera que actuar temerariamente es interceder abnegada-
mente en favor de los amigos, que la sabia moderación es disfrazada cobar-
día, la mesura, propia de afeminados, quien emplea el sano juicio es tenido
por perezoso y cómodo, pero aquel que golpea sin razón pasa por ser un
auténtico hombre»."
Nuestros casos de estudio demuestran ampliamente que estas agudas
observaciones no pierden actualidad. Para esta dinámica resulta secunda-
rio el hecho de que el conflicto se agrave como resultado de la iniciativa
de élites influyentes rivales o de las animosidades de vastos sectores de la
población, o que lo alimenten fríos cálculos o arrebatadoras emociones. En
todo caso, hay que constatar que, tras la ruptura de las hostilidades, los es-
píritus conciliantes, que piden paciencia y tolerancia, pierden rápidamente
su influencia. Éste es el momento de los indignados y fanáticos que pro-
pugnan soluciones radicales. Su argumentación obedece siempre a un mis-
mo esquema básico; refleja el creciente temor que se apodera de todos los
grupos u ante la agravación de las tensiones y desarrolla la lógica siguiente:
se corre el peligro de ser oprimido y discriminado; la única posibilidad de
eludir este amenazante destino es anticiparse al adversario, pasando uno
mismo al ataque armado.
Ocasionalmente surgen testimonios de la consternación que se apode-
ra de los grupos pacíficos de la población ante el aparentemente inconte-
nible agravamiento del conflicto. Como M. Cehajic, un prestigioso y prós-
pero musulmán bosnio, que escribió a su familia tras su deportación a un
campo de prisioneros por los serbios poco antes de ser asesinado:' 3 «Des-
de el 23 de mayo en que vinieron a buscarme a nuestra casa he vivido en
otro mundo. Parece que todo lo que me ha sucedido fuese un sueño odio-
so, una pesadilla.Y simplemente no puedo entender cómo puede ser esto
posible».
El desconcierto ante el rigor del cambio producido repentinamente es
típico de los universitarios e intelectuales. Este grupo de gente traumatiza-
90 Sociedades en guerra civil
da constituye en realidad una minoría. Amplios sectores de la población de
todas las clases sociales celebran la agravación de los enfrentamientos o, al
menos, la consideran inevitable. Los activistas pertenecientes a los medios
sociales militantes se suman lo antes posible a las milicias de todo tipo que
se multiplican rápidamente. Los motivos para entrar a formar parte de una
hueste revolucionaria, una organización guerrillera o una formación de mi-
licianos pueden ser de diferente índole. Para algunos de los «luchadores»
voluntarios, la posibilidad de ensañarse en la indefensa población civil pro-
voca una embriaguez de poder y sangre. Ésta es la impresión que suscita,
por ejemplo, la lectura de los informes sobre los asaltos cometidos por los
serbobosnios a los musulmanes en Bosnia-Herzegovina." Por si no fuera
suficiente encarcelar o expulsar a los supuestos enemigos de sus lugares
de origen, los agresores inventaron toda clase de atrocidades para torturar-
los y humillarlos antes de terminar por asesinarlos. En Irlanda del Norte en-
contramos motivaciones diferentes. Los ataques de los protestantes contra
los católicos que han osado establecerse en «su territorio» tienen caracte-
rísticas que hacen pensar en un acto de limpieza casi sagrado, como si la
paulatina mezcla de los grupos confesionales mancillara la pureza de la re-
ligión protestante." Sin embargo, no es siempre la arbitrariedad emocio-
nalmente alimentada, ni el fanatismo ideológico, la principal fuerza motriz
de un conflicto sangriento. Como lo ha señalado H.W. Tobler, en el caso de
la revolución mexicana, los motivos materiales fueron finalmente la causa
decisiva para que las tropas y los oficiales se unieran a los insurgentes."
Por lo general, no se deben subestimar las ventajas concretas que promete
la participación en campañas militares (que en la mayoría de los casos son
expediciones de saqueo) frente a los motivos políticos o religiosos que ge-
neralmente se exhiben en primer plano.
Al constatar esto hemos abordado el segundo aspecto de la polariza-
ción de las fuerzas que se produce repentinamente tras el estallido de una
guerra civil, es decir, el militar-geográfico. Sólo él confiere al conflicto
aquella particular irreversibilidad, que, tras la ruptura de las hostilidades,
no permite retornar al statu quo anterior. Si tales desavenencias colectivas
tuvieran lugar en un espacio exclusivamente simbólico, se podría revocar
cada una de las afrentas, apaciguar al enemigo mediante gestos tranquili-
zantes y renovar de esta manera la distensión. Una de las características de
las guerras civiles es, sin embargo, el hecho de que tengan consecuencias
geográficas y militares directas. Cada una de las facciones en conflicto se
adueña con rapidez y determinación de espacios concretos, de manera
que aquellos territorios, que hasta entonces se encontraban bajo un único
control estatal, se desintegran rápidamente en numerosos pedazos. Llama
particularmente la atención este proceso de división territorial en el caso
de los conflictos étnicos. Las tristemente célebres medidas de «limpieza ét-
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 91
nica», conocidas con motivo del conflicto yugoslavo, no pueden ser consi-
deradas privativas de la situación específica de esta regió[Link] procesos
de segregación pueden encontrarse en cualquier lugar donde las comuni-
dades étnicas tengan altercados violentos.'' La tendencia general consiste
en formar bloques territoriales homogéneos partiendo del «territorio de
origen», en el cual la etnia es demográficamente mayoritaria, que sean inex-
pugnables tanto desde su interior (para la minoría) como desde el exte-
rior.' Cuanto más numerosas son las zonas en las que las etnias se encuen-
tran mezcladas y cuanto más estrecho es el entrelazamiento mutuo de los
grupos étnicos que en ellas conviven, tanto más dificil es realizar estos pla-
nes. Sobre todo, las grandes ciudades cuya expansión es el resultado de la
afluencia sucesiva de diferentes grupos étnicos, tras la ruptura de las hosti-
lidades se convierten, a menudo, en focos de conflicto. Las animosidades
existentes, alimentadas además por la concentración territorial de diferen-
tes etnias, pueden ser amortiguadas en algunos casos mediante muros de
separación —en Belfast se lo denomina eufemísticamente «peace-line»—
los cuales dividen la ciudad en diversos segmentos.
Por lo general, el empeño que ponen los grupos en redondear «su terri-
torio» lo más rápidamente posible produce al comienzo de las guerras civi-
les una agitación particularmente agresiva. Más tarde, cuando, debido a que
ningún grupo más se deja arrollar, la probabilidad de obtener nuevas gana-
cias territoriales existe únicamente en situaciones excepcionales —por
ejemplo, gracias al apoyo externo—, los impulsos agresivos iniciales hacen
sitio a una estrategia defensiva."' De todos modos, desde el principio, el ob-
jetivo exclusivo que tenía cada grupo de defenderse al verse amenazado
era puramente retórico.
La subdivisión de un país en zonas dominadas por las diversas faccio-
nes en pugna durante una guerra civil tiene para cada uno de los ciudada-
nos una importancia trascendental. Según donde viva y trabaje, puede sen-
tirse seguro con su familia o puede ser aconsejable que abandone su hogar
y se traslade al «territorio de origen» del grupo al que pertenece. General-
mente, las guerras civiles tienen por consecuencia migraciones [Link]
la guerra de los Treinta años provocó en Alemania un incremento de la emi-
gración de la población campesina a las ciudades, detrás de cuyas fortifica-
ciones se sentía más segura. 2° Durante la primera fase de la guerra civil co-
lombiana, caracterizada por el enfrentamiento entre los dos grandes
partidos (liberales y conservadores), la seguridad de cada individuo depen-
día decisivamente de que, dentro de la comarca en la cual vivía, «su» parti-
do tuviese la superioridad militar. Los terratenientes liberales, cuyas pro-
piedades se encontraban en zona conservadora, se apresuraron a mar-
charse, arrendando o vendiendo sus tierras. Se calcula que, entre 1949 y
1953, en total dos millones de colombianos, es decir, alrededor de una sex-
92 Sociedades en guerra civil
ta parte de la población de entonces, cambiaron su lugar de residencia a
causa de persecuciones políticas. 21
Como muestra esta cifra, es considerable la parte de un grupo étnico o
de la totalidad de la población de un país que es expulsada durante el
transcurso de una guerra civil o que voluntariamente busca un nuevo para-
dero. Durante el conflicto libanés, alrededor de la mitad de la población, es
decir, un millón y medio de personas, abandonaron sus hogares provisional
o definitivamente y no pocos fueron obligados a emigrar varias veces. 22 En
el caso de Bosnia-Herzegovina, el número de migraciones es asimismo ele-
vado según las apreciaciones: de 1,5 a 2 millones de desplazados en un pe-
ríodo de alrededor de dos años y medio, dentro de una población total cer-
cana a los 4,5 millones de habitantes. 23
Mientras las zonas en las cuales dominen las facciones en conflicto en
una guerra civil estén claramente delimitadas, las opciones para las masas
de personas en movimiento son simples y forzosas: salir del territorio en el
cual son sólo una minoría desprotegida en dirección hacia aquel barrio o
región en donde su partido, grupo étnico o confesional constituya una ma-
yoría capaz de defenderse. Sin embargo, a veces no existen zonas de in-
fluencia ni límites claros ya que varios grupos reivindican el mismo territo-
[Link] los analistas están de acuerdo en que las circunstancias confusas
de este tipo implican un gran peligro para los grupos de la población resi-
dentes debido a que corren alternativamente el riesgo de que ambas par-
tes los avasallen, exploten y castiguen por haber supuestamente colabora-
do con el enemigo. 24
La posibilidad de emigrar puede constituir un privilegio si las hostilida-
des se han agravado de tal forma que las personas pertenecientes al campo
contrario son normalmente encarceladas o asesinadas en el acto. Por lo ge-
neral, las guerras civiles son consideradas particularmente crueles. Este
texto no es el lugar indicado para describir detalladamente la sangrienta
tragedia que representan los casos citados. Queremos, sin embargo, men-
cionar algunos hechos que muestran el abismo de dolor y sufrimiento
abierto por la violencia de la guerra civil. Entre ellos cuenta, en primer lu-
gar, el elevado tributo de sangre que exige una guerra civil; segundo, la cir-
cunstancia de que la mayoría de las víctimas de la violencia son personas
civiles que no están directamente involucradas en el conflicto; y tercero, la
extraordinaria arbitrariedad de la violencia que puede alcanzar a cualquie-
ra en cualquier momento.
El hecho de que las guerras civiles están vinculadas a una elevada pér-
dida de vidas humanas es algo que consta desde la guerra de los Treinta
años, que en el siglo xvii redujo la población alemana de 16 a 11 millones
de habitantes. Debemos acotar, sin embargo, que no pocas de estas vícti-
mas sucumbieron a la peste y no a la violencia bélica. No hay que pasar por
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 93
alto, no obstante, las considerables diferencias que existen entre las dife-
rentes guerras civiles. Es así, por ejemplo, que el conflicto de Irlanda del
Norte, que en 25 años ha causado alrededor de 3.000 muertos (esto equi-
vale a 8 muertos anuales por cada 100.000 habitantes), es considerado más
bien una «guerra de baja intensidad» (low intensity war), mientras que la
lucha en Bosnia-Herzegovina, donde, en dos años y medio escasos, perecie-
ron 145.000 personas (el equivalente de 1.300 muertos anuales por cada
100.000 habitantes), presenta una imagen mucho más sangrienta. 25 Por lo
demás, a través de la comparación de estas cifras se percibe que las guerras
civiles de carácter sociorrevolucionario y las que tienen una motivación ét-
nica no se diferencian unas de otras en cuanto a la crueldad y la tendencia
destructiva. Ambas pueden ser moderadas o despiadadas.
El elevado número de civiles inocentes que se encuentran entre las víc-
timas se debe, por un lado, al ambiente social de odio mutuo que engen-
dran las guerras civiles y, por otro, son el resultado de la estrategia político-
militar practicada por las facciones beligerantes. Ésta se reduce, en lo
esencial, a aplicar la violencia para mantener a raya al propio campo y para
intimidar y disuadir al potencial adversario o enemigo. Si además tenemos
en cuenta que las milicias que participan en una guerra civil operan en me-
dio de la sociedad civil y que los guerrilleros no se distinguen precisamen-
te por su disciplina y valentía, no es sorprendente que el blanco principal
de sus ataques y abusos no sean los grupos armados mismos sino los indi-
viduos indefensos.
Para caracterizar la arbitrariedad de las guerras civiles, las sociedades in-
volucradas han inventado fórmulas muy pegadizas. En Irlanda del Norte reza
tit for tat, lo cual equivale al «ojo por ojo» testamentario. En concreto, era
aplicada cuando un atentado del IRA contra los protestantes era respondido
inmediatamente por el asesinato de algún católico que casualmente se había
cruzado en el camino con una banda de matones protestantes. En el Líbano
tienen una función similar los «asesinatos del documento de identidad». 26
Detrásdéminoapet burcáiosltapde
asesinar a personas que tienen la mala suerte de atravesar el límite hacia el
territorio de otro grupo confesional justamente en el momento en que éste
busca una víctima expiatoria para vengar a alguien de sus propias filas ase-
sinado poco antes. En este contexto, no obstante, hay que cuidarse de exa-
gerar cuando se aplica el atributo de «arbitrario». Aunque, desde nuestra
concepción occidental del derecho, estos homicidios nos parezcan mani-
fiestamente injustos, ellos se encuentran en consonancia con una moral ar-
caica, según la cual al individuo se le imputa la conducta de la totalidad de
su propia comunidad, incluyendo la de sus grupos militantes y militares.
El aumento de la violencia no se produce en una guerra civil de una
forma continua. La típica imprevisibilidad, de esta clase de conflictos (una
94 Sociedades en guerra civil
expresión de su carácter arbitrario) se manifiesta también en su transcurso
irregular. Así como determinados pueblos y comarcas no son afectados
de ninguna manera por ellos, y otros, en cambio, son salvajemente asola-
dos, también tienen fases en las cuales la dinámica de la lucha decrece para
volver a acelerarse y alcanzar nuevos puntos culminantes. Este movimiento
ondulatorio puede estar condicionado por las intervenciones de potencias
extranjeras, pero también puede ser la consecuencia de la circular dinámi-
ca inherente de la violencia que abordaremos en el próximo capítulo.
2. Los NIVELES DE LA PROGRESIÓN DE VIOLENCIA
Nuestra tesis sobre la dinámica inherente de la violencia en el contexto
de las guerras civiles no es nueva. Esta idea se encuentra en la mayoría de
las monografías sobre determinadas guerras civiles como, por ejemplo, en las
de H. W. Tobler, E. Hanf y H. C. E Mansilla, entre otras.' Claro, la cuestión
que se plantea es ¿qué significa específicamente que la violencia «se haya
independizado», que «tenga su fin en sí misma»? ¿Se puede hablar de vio-
lencia independiente cuando las milicias beligerantes o las asociaciones
guerrilleras comienzan a recaudar impuestos en los territorios ocupados?
¿Es posible afirmar que la finalidad de la violencia está en sí misma cuando
el combate continúa a pesar de que los objetivos iniciales, de carácter polí-
tico e ideólógico, hayan perdido su importancia? ¿Es plausible que el moti-
vo de la violencia sea la propia violencia?
Para responder a preguntas de este tipo es conveniente concebir un es-
quema basado en los diferentes grados que tiene la violencia al irse libe-
rando paulatinamente de las restricciones político-estatales. Un esquema
tal puede ser únicamente «un tipo ideal», en el sentido que le da Max We-
ber. Los casos en que se basan nuestras reflexiones no se pueden asignar
exclusivamente a un solo nivel, sino que contienen elementos de varios de
ellos o, a lo largo del conflicto, se han ido desplazando en la escala, hacia
arriba y hacia abajo. Como punto de partida tomaremos una situación en la
cual el Estado ejerza el monopolio de la coacción, de manera que los disi-
dentes con ideas de orden político radicalmente opuestas a las imperantes
no puedan menos que recurrir a las armas para realizar sus ideales. Tam-
bién esta situación inicial es una ficción; el supuesto de una violencia utili-
zada en los comienzos sólo como instrumento necesario para lograr un ob-
jetivo concreto nos sirve para seguir y comprender el proceso que lleva
este medio a independizarse. Para ello distinguimos tres grados o niveles
en la escala de la intensificación de la violencia que caracterizaremos
como sigue: «la violencia se independiza», «la violencia se privatiza» y «la
violencia es comercializada».
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 95
La transición de una función puramente instrumental al primer nivel
de la escala, el momento en que la violencia se establece por su cuenta
adoptando la forma de un aparato coactivo, llega sin ruido y casi automáti-
camente. La lógica funcional en que se basa este proceso es esencialmente
la siguiente: si los movimientos políticos de carácter insurgente no quieren
desaparecer sin haber producido efecto deben proyectarse de manera per-
durable, ya que cuanto más grande sea el alcance de los objetivos de los re-
beldes, menos posibilidades tienen de lograr realizarlos mediante un golpe
de mano. Esto significa que el adversario se acomodará al peligro amena-
zante y se armará para defenderse. Por tanto, hay que contar con un en-
frentamiento a largo plazo que consumirá gran cantidad de energía y de
medios por ambas partes. Los insurgentes tienen la posibilidad de resistir
en un conflicto de este tipo sólo si disponen de un hábil comando operati-
vo, de una tropa apropiadamente abastecida y equipada, así como de cierta
infraestructura material y logística; si están bien organizados y proceden
de manera coordinada. Sin embargo, como se sabe, las organizaciones po-
seen una vida propia, con sus intereses particulares, en primer lugar, el de
autopreservarse. Este principio es también válido para las organizaciones
violentas: se trate de células terroristas, milicias, asociaciones guerrilleras o
ejércitos revolucionarios, la tendencia de todas estas organizaciones es
siempre la misma. Una vez creadas tienden a independizarse, degenerando
en aparato coactivo. 28
El elemento decisivo de este prOceso degenerativo es, en la mayoría de
los casos, la necesidad financiera del movimiento insurgente. Si éste pro-
cede —como, por ejemplo, en el caso del movimiento revolucionario del
norte de México— de una determinada provincia que previamente poseía
sus propias tropas y recaudación de impuestos, es suficiente con aumen-
tarlos. 29 Si dentro del territorio ocupado por los rebeldes existen bienes o
propiedades de declarados enemigos de los insurgentes, pueden ser confis-
cados, utilizando el producto de su venta para el ejército revolucionario.
Donde se carecen de semejantes recursos, fácilmente accesibles y justifica-
bles desde el punto de vista político-moral, los insurgentes se ven a menudo
obligados a utilizar métodos dudosos para obtener los medios necesarios.
Por ejemplo, recaudando entre «sus» adeptos, en «sus» territorios, impues-
tos y primas de protección; 3° aumentando su presupuesto financiero me-
diante atracos a bancos, secuestros y extorsiones; o comprometiéndose en
oscuras ramas comerciales del juego de azar o del tráfico de drogas. Aun-
que, al comenzar la lucha, estas formas poco ortodoxas de obtener recur-
sos financieros puedan parecer justificadas a los adeptos en función del
objetivo de las mismas y debido a la situación precaria que se atraviesa,
tienen dos defectos que determinarán el posterior desarrollo: por un lado,
constituyen cargas que son impuestas a la población afectada sin contar
96 Sociedades en guerra civil
con su beneplácito y sólo pueden ser recaudadas a través del potencial coac-
tivo de la organización rebelde. Por otro, debido a estos manejos financie-
ros poco convencionales, se produce una mezcla de formas políticas y pri-
vadas en el empleo de la violencia que puede desembocar finalmente en la
desaparición del límite entre ambas.
Todas las organizaciones insurgentes, sea cual fuere su motivación, se
encuentran frente al interrogante de cómo justificar su existencia cuando
el conflicto se prolonga demasiado. 3I Al respecto se abren varias posibili-
dades. Una de ellas consiste en evocar permanentemente el peligro que
amenaza al grupo. El argumento es que mientras no se haya consumado la
revolución ni estén aseguradas las posesiones étnicas, se puede producir
en cualquier momento un revés de consecuencias imprevisibles. Las con-
diciones ideales para el mantenimiento de los privilegios de las unidades
de combate irregulares las constituyen, en particular, las situaciones en las
que se produce un equilibrio de poder entre las diferentes facciones de
una guerra civil." En cuanto el adversario muestra síntomas de fatiga o
hasta de estar dispuesto a transigir, se lo provoca lo antes posible para que
se vea obligado a defenderse. De esta forma se crea un «equilibrio del te-
rror», en el que las diferentes milicias, so pretexto de combatirse entre
ellas, lo que realmente hacen es mantenerse mutuamente en vida.
Otra posibilidad menos macabra para legitimar la existencia de las or-
ganizaciones insurgentes consiste en asumir efectivamente funciones casi
estatales. La lógica de este paso es evidente: tras haber usurpado una parte
importante de la soberanía estatal con el apoyo de un determinado grupo
de la población, es natural que se reemplace también en otros ámbitos al
Estado oficial claudicante, por ejemplo, en el mantenimiento del orden y la
seguridad pública. De esta manera, el IRA ha asumido en las barriadas cató-
licas de Belfast y de Londonderry importantes funciones policiales y judi-
ciales: castiga a criminales, zanja conflictos familiares, dirige el tráfico, lleva
a los niños que faltan a clase hasta las escuelas, etc."
La última posibilidad que tienen las organizaciones violentas insurgen-
tes de reaccionar ante el perceptible alejamiento de su «base» consiste en
ignorar y reprimir las eventuales protestas. Esta vía es también la más có-
moda ya que corresponde al principio más inherente de estas organizacio-
nes que es no confiar en el consenso, sino en la utilización de la coacción.
Al seguir este curso, se acercan al siguiente nivel de la escala de progresión
de la violencia.
En general, hay que retener que el vínculo que tienen las organizacio-
nes violentas con los sectores sociales que sustentan el levantamiento, sea
éste de naturaleza sociorrevolucionaria o étnica, representa al mismo tiem-
po cierta garantía de que los objetivos lejanos del movimiento no se pier-
dan de vista. Ambas circunstancias son características del primer nivel de
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 97
la escala violenta. Por muy despiadadamente que proceda el aparato vio-
lento una vez que ha entrado en acción, su compromiso con los altos fines
del movimiento no se verá en principio afectado. En cambio, en el nivel si-
guiente, este nexo se rompe o, al menos, se vuelve quebradizo. De allí en
adelante, la violencia se utilizará para toda clase de fines, que no tendrán
que ser forzosamente de naturaleza política o social; la violencia «se priva-
tiza». Existen varios indicadores que permiten inferir que la guerra civil ha
alcanzado el segundo nivel en la escala de la progresión:
• Las tensiones en el seno de las facciones políticas o étnicas de una
guerra civil se incrementan. Con frecuencia estallan conflictos entre
grupos rivales que resultan más rudos que el enfrentamiento que
mantienen con el adversario inicial y principal enemigo. Los líderes
insurrectos se independizan con su tropa y ofrecen sus servicios ar-
mados a cualquiera que se los remunere adecuadamente. El campo
de fuerzas políticomilitares comienza a fluctuar; se establecen alian-
zas y se rompen al poco tiempo según criterios exclusivamente tác-
ticos.
• Se desiste de las reivindicaciones y los objetivos iniciales que moti-
varon la lucha, produciendo un grotesco desequilibrio entre las mo-
destas reclamaciones que se hacen y el gran despliegue de violencia
empleado para conseguirlas. La población pierde su importancia
como sostén social y factor político para las asociaciones violentas,
sirviéndole únicamente como objeto de rapiña y extorsión, y de re-
serva para el reclutamiento [Link] no se diferencia entre los sec-
tores de la población hostiles y aquellos favorables a los rebeldes.
También estos últimos son saqueados y aun maltratados.
• La violencia se emplea desenfrenadamente y sin rodeos para fines
privados. Sirve en primer lugar para el enriquecimiento personal,
pero no sólo para ello: también la venganza, la envidia y los celos
pueden desencadenar actos violentos. El límite entre la violencia po-
lítica y la criminal se va borrando a ojos vistas. El mismo grupo arma-
do puede presentarse, a veces, como paladín de la libertad y, otras,
entrar en acción como banda de salteadores de caminos. Gracias a la
violencia coactiva organizada surgen auténticas cortes feudales que
se mantienen merced a los servicios y las contribuciones de los «súb-
ditos» locales. La ley del más fuerte se convierte en el instrumento
decisivo para el que quiera imponer su voluntad en la sociedad.
La mayoría de las tendencias aquí descritas aparecen tanto en la revo-
lución mexicana como en las guerras civiles de Perú, Colombia,Yugoslavia
∎ el Líbano. En este contexto abordaremos únicamente el caso del Líbano.
98 Sociedades en guerra civil
Según T. Hanf, las circunstancias reinantes en este país durante la guerra ci-
vil son comparables a la dominación mercenaria de los lansquenetes en
Alemania durante la guerra de los Treinta años (1618-1648). 3' Hanf conti-
núa diciendo que las milicias de los diferentes grupos confesionales, surgi-
das al principio de manera espontánea, terminaron actuando por su cuen-
ta, adoptando todas el mismo estilo y manera de proceder. Se dividieron en
numerosos grupos, dirimiendo constantemente sus disputas de manera
sangrienta. Se apoderaron del control de la administración y de los parti-
dos, recaudando impuestos dentro de su propio grupo confesional, sin im-
portarles la disminución de su popularidad. Es decir, se establecieron como
un «Estado dentro del Estado». Aún más lejos va S. Khalaf al afirmar que,
tras una década de guerra civil, la violencia ha penetrado en todos los po-
ros de la sociedad libanesa." Este autor afirma que esto se puede percibir
en los cambios arbitrarios de los objetivos y alianzas de las milicias y, sobre
todo, en el hecho de que la violencia se ha convertido, también fuera del
conflicto étnico, en un instrumento corriente, utilizado para lograr todo
tipo de fines. Asimismo, señala el alarmante incremento de toda clase de
delitos violentos, desde el vandalismo hasta el robo con homicidio. Sigue
diciendo que es cada vez más frecuente la aparición de bandas de ladrones
armadas que asaltan a los ciudadanos y les roban hasta los pocos objetos
que hayan podido salvar de la guerra.
Como podemos constatar en las opiniones emitidas por ambos auto-
res, la expansión de la violencia en este nivel de la guerra civil provoca ve-
hementes sentimientos de desaprobación e indignación. Emerge la imagen
terrorífica de una sociedad como la descrita por Hobbes, en la cual todos y
cada uno se sienten permanentemente amenazados por todos y cada uno,
pero en la que también desempeña un papel importante el hecho de que
numerosos ciudadanos todavía recuerden vivamente aquellos tiempos pa-
sados en los cuales el derecho, y no la violencia coactiva, determinaba las
pautas del comportamiento.
Estos recuerdos desaparecen casi por completo en el tercer nivel de la
escala de la agravación y difusión de la violencia. En Colombia, que consti-
tuye el modelo del tercer nivel de nuestra escala, la violencia ya no produ-
ce escándalo, y esto a pesar de que en este país anualmente más de 20.000
personas encuentran la muerte por causas forzadas intencionadamente
—más que en ninguna otra parte del mundo—. i6 Existen muchos intentos
de explicar el incesante aumento de la violencia en Colombia. El último de
ellos culpa al tráfico de drogas de haber convertido el empleo de la violen-
cia en un negocio. 37 Es posible que haya algo de verdad en esto, pero, en
realidad, los cárteles de drogas constituyen sólo una de las muchas organi-
zaciones violentas, como veremos más adelante. Lo probable es que cinco
décadas, casi ininterrumpidas, de conflictos políticos y sociales hayan acos-
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 99
tumbrado tanto a la gente a soportar la violencia como instrumento para
lograr cualquier propósito que se resigna con naturalidad a ella y la emplea
cuando la necesita.
En comparación con otros países, tampoco libres de violencia, en Co-
lombia se pueden distinguir tres características que hacen de esta nación
un caso particular. En primer lugar se encuentra la gran cantidad de agentes
colectivos de la violencia; en segundo lugar está la banalización de la vio-
lencia y, por último, estrechamente vinculada con ésta, su comercialización.
En cuanto a la primera característica: desde el primer momento, lo. que im-
presiona del escenario colombiano es la gran cantidad de grupos involucra-
dos de una u otra forma en sucesos violentos, de los cuales una gran parte
obtiene de ellos los medios para su sustento. Enumeraremos brevemente
los más importantes. ° Además del ejército y la policía, reconocidos como
las instancias coactivas estatales, existen las siguientes agrupaciones: las aso-
ciaciones paramilitares que combaten en el campo a los supuestos simpati-
zantes izquierdistas; los escuadrones de la muerte parapoliciales que en las
grandes ciudades proceden contra delincuentes y grupos marginales (ho-
mosexuales, prostitutas, etc.); los mercenarios y guardaespaldas al servicio
de traficantes de drogas; las organizaciones guerrilleras; las bandas de delin-
cuentes juveniles; los grupos de autodefensa que surgen de la ciudadanía
con el objetivo de perseguir a los delincuentes juveniles; y, por último, las
milicias formadas por los terratenientes para su propia protección.
Esta enumeración permite vislumbrar de qué manera, al menos a nivel
organizativo, la violencia se reproduce y se renueva permanentemente en
ciclos: un sistema de partidos cerrado —que es controlado por la clase alta
y que excluye a los inconformes políticos, negándoles el derecho a interve-
nir— generó en un momento dado la protesta violenta. Como ésta fue de-
soída, tomó cuerpo bajo la forma de organizaciones guerrilleras que opera-
rían, en parte, en el ámbito rural y, en parte, en el urbano. En el campo,
cobraban impuestos a los terratenientes, los cuales, por su lado, se defen-
dían formando milicias armadas. En la ciudad, adiestraban a jóvenes «com-
batientes por la libertad» en el manejo de las armas, que, al encontrarse las
asociaciones guerrilleras a la defensiva, aprovecharían sus capacidades
para ponerse al servicio de los incipientes cárteles de drogas como guarda-
espaldas y bandas de matones. Dicho sea de paso: en Colombia, la ley no
sólo permite esta difusión de la violencia, sino que la fomenta consciente-
mente ordenando a las fuerzas armadas que ayuden a formar grupos de au-
todefensa.
La omnipresencia en Colombia de los agentes violentos y de la violen-
cia ha logrado que este medio, en otras sociedades restringido por prohibi-
ciones y barreras afectivas, se haya convertido en el instrumento que «nor-
malmente» se utiliza para alcanzar un objetivo y haya cesado de llamar la
100 Sociedades en guerra civil
atención. No hay nada más apropiado para ilustrar esta cotidiana, discreta y
masiva tendencia a cometer acciones violentas que la amplia difusión de
masacres que existe en este país. 39 Se denominan masacres aquellas matan-
zas en las que se produce un mínimo de cuatro víctimas. Entre 1980 y 1992
se produjeron en Colombia alrededor de 1.030 masacres, distribuidas por
casi todas las provincias. En estas matanzas, ejecutadas generalmente por la
noche en regiones rurales, se suele asesinar a familias enteras, sobre todo
de campesinos. Sólo en contados casos se encuentran en juego emociones
acumuladas o un fanatismo político o ideológico. Lo más corriente son las
masacres motivadas por razones «sociales» o «económicas»: se elimina a una
persona en el cercano entorno social junto a sus familiares (para evitar ac-
tos de venganza), sea para apoderarse de sus bienes, sea para suprimir a un
rival en los negocios o a un acreedor molesto. La violencia se transforma así
en el sustituto de conversaciones y negociaciones y evita tener que sopor-
tar situaciones conflictivas. Una importante diferencia —característica del
caso colombiano— en relación a la fase precedente reside en la posibilidad
de «hacer matar». Cuando la violencia se encuentra en el «segundo nivel»,
sirve como instrumento para obtener ventajas personales; en cambio, en el
tercer nivel se convierte en un servicio adquirible, en un negocio profesio-
nal. Quien desee asesinar a alguien no tiene necesidad de matarlo personal-
mente, sino que puede hacerlo por encargo. Solamente en Medellín existen
docenas de «oficinas» que viven de estos encargos. 4° Es suficiente entregar
una foto de la futura víctima y pagar por adelantado la mitad del precio
convenido, que dependerá del rango y del grado de protección de que dis-
frute la persona en quien se ha puesto la mira. En Medellín viven varios mi-
les de asesinos profesionales llamados sicarios. En la mayoría de los casos
se trata de jóvenes de entre 13 y 25 años que sueñan con dar el gran «gol-
pe» asesino que los convierta en ricos de la noche a la mañana.'"
El ejemplo colombiano demuestra que al espectacular descarrilamien-
to de la violencia al abandonar el ámbito político —característico del se-
gundo nivel— sucede otro nivel donde la violencia se vuelve profana y pe-
netra en los entresijos cotidianos de las interacciones humanas. Por esta
razón, mirándolo bien, la sucesión de niveles en la difusión de la violencia
no se puede concebir como un proceso continuo en el cual ésta se va in-
dependizando y vaciando de funciones, sino como una evolución en forma
de espiral: la violencia inicialmente vinculada al ámbito político trasciende
en un primer paso sus límites y restricciones (la «privatización») para vol-
ver a convertirse, en un segundo paso, en un valor calculable y «firme»,
como servicio adquirible por dinero en el mercado de las relaciones socia-
les. Se sobrentiende que este proceso no es forzoso y que, cuando se efec-
túa, no transcurre de manera ininterrumpida ni determinada. El esquema
de varios niveles sirve para demostrar que sería equivocado negar que las
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 101
guerras civiles tengan una dinámica propia y considerar que constituyen
una destrucción masiva de personas y bienes carente de normas y sentido,
y que no cesan hasta que todos los contendientes terminan agotados y
vuelven a la mesa de negociaciones. Las guerras civiles poseen su propia
dinámica, derivada esencialmente de la lógica inherente de los procesos
violentos que se perpetúan y expanden. Estos procesos, a su vez, tienen re-
percusiones en las estructuras de la sociedad, de la economía, la política y
la cultura. A continuación, trataremos de estas repercusiones.
3. CAMBIOS DE LAS ESTRUCTURAS SOCIALES
Existe una opinión casi unánime acerca de los efectos económicos de
las guerras civiles: generalmente son considerados negativos. En este senti-
do, la guerra de los Treinta años establece un precedente histórico que sir-
ve de advertencia. Ésta no sólo dejó tras de sí una población considerable-
mente reducida, sino también las arcas estatales vacías, o bien llenas de
deudas, las ciudades destruidas, los monumentos culturales expoliados y
arrasados, así como comarcas completamente devastadas, en cuya repobla-
ción se emplearían décadas. 42
Es necesario, sin embargo, constatar que hay diferencias. No todas las
regiones de un país son afectadas por la guerra civil de la misma forma.
Las guerras civiles se diferencian entre ellas en cuanto a su grado de in-
tensidad. Según la dimensión y la densidad de las acciones de combate,
inciden más o menos profundamente en la red de producción y de co-
mercio del país en cuestión. También tiene importancia la estructura
económica del Estado afectado. Un país pequeño como el Líbano, especia-
lizado en el comercio, los servicios financieros y el turismo, sufrió mucho
más bajo el largo y sangriento conflicto que el extenso México con su es-
tructura económica aún poco diferenciada durante el período revolucio-
nario.
Entre los casos que analizamos en este contexto, los efectos de la gue-
rra civil en la ex Yugoslavia, en particular en Bosnia-Herzegovina, han sido
realmente catastróficos." No hay que pasar por alto, no obstante, que la
economía yugoslava ya había comenzado a declinar antes de estallar la
guerra y que la situación de emergencia empeoró dramáticamente tras la
proclamación inmediata del embargo internacional. Aparte de esto, hay
que constatar que una guerra civil tan violenta y destructiva, como en el
caso de la república central del desintegrado Estado balcánico, forzosa-
mente paraliza la economía en su totalidad. La producción industrial, el co-
mercio, los servicios, los bancos y el tráfico se hunden —sólo prospera la
economía sumergida.
102 Sociedades en guerra civil
Noticias parecidas, aunque quizá no tan deprimentes, se escucharon
durante mucho tiempo sobre el Líbano. A diferencia de Yugoslavia, este
país fue considerado durante décadas como una especie de «Suiza orien-
tal» debido a la capacidad de sus habitantes y a su privilegiada situación
como centro financiero y comercial. Los combates provocaron rápidamen-
te la pérdida de esta ventajosa situación. Los daños que dejaron los enfren-
tamientos militares —desde la destrucción de la infraestructura (puertos,
calles, aeropuertos, etc.), pasando por el desmembramiento de la antes flo-
reciente capital, hasta el despoblamiento de amplias comarcas del interior—
eran demasiado elevados y persistentes. Al finalizar el conflicto, que duró
alrededor de quince años, el Estado se encontraba fuertemente endeudado
debido a que sus ingresos tributarios habían ido a parar a los bolsillos de
las milicias; la moneda libanesa había perdido la mayor parte de su valor
inicial, la balanza de pagos era negativa y el nivel de vida había bajado a la
mitad de lo que alcanzaba antes de 1975. 44
La lista de Estados cuya economía ha sido seriamente afectada por una
guerra civil podría ser ampliada fácilmente. No todos, sin embargo, han te-
nido que pagar un precio tan elevado como Yugoslavia y el Líbano. Así, los
efectos económicos negativos de los persistentes disturbios que se desa-
rrollan en Perú e Irlanda del Norte —dos países que, de todos modos, no
son especialmente ricos— son limitados y sobre México señala H. W To-
bler que la revolución perjudicó mínimamente el nivel de vida debido a
que los descensos de la producción en algunos sectores fueron compensa-
dos por el incremento en otras ramas de la economía. 45
Colombia presenta un cuadro totalmente diferente, ratificando así lo
expuesto antes sobre su particular posición en cuanto al desarrollo de la
violencia. A pesar de los cruentos enfrentamientos internos que ya duran
décadas, es uno de los países latinoamericanos económicamente más esta-
bles y dinámicos. 46 Posee, a diferencia de la mayoría de los países del sub-
continente, una balanza comercial positiva, la deuda estatal es limitada y el
producto interior bruto así como la afluencia de inversiones extranjeras
aumentan sin cesar, es decir que todos los indicadores económicos clási-
cos apuntan hacia arriba. Esto no excluye la posibilidad de que sin las san-
grientas desavenencias internas el desarrollo económico hubiese evolucio-
nado positivamente aún más rápido. La pregunta que se impone es si este
balance general positivo no es un indicio de que la economía se ha inmu-
nizado contra los actos de violencia. Si esto es así, difícilmente cabe espe-
rar que los círculos económicos colombianos contribuyan a reducir el alto
nivel de violencia en este país.
A diferencia de la valoración de las consecuencias económicas, la de
los efectos sociales de la guerra resulta mucho menos homogénea. Por un
lado, se señala el efecto nivelador que tiene la guerra civil en lo social y,
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 103
por otro, a veces, se afirma que no es así, que, al contrario, profundiza el
desnivel existente entre ricos y pobres. Es posible que no se trate de una
verdadera contradicción, sino que ambas afirmaciones sean acertadas, se-
gún el ámbito a que se refieran.
Si observamos el ámbito público, dificilmente se puede negar que éste
es con regularidad seriamente perturbado por los disturbios provocados
por la guerra civil y que todos los ciudadanos son afectados por la disminu-
ción de la calidad de vida pública. Por ejemplo, cuando, debido a un ataque
de artillería, se corta la electricidad de un barrio, el agua es racionada, las ar-
terias centrales son cerradas al tráfico y las escuelas públicas clausuradas; o
cuando, debido a la falta de vigilancia estatal, las bandas de ladrones y de
asaltantes hacen de las suyas, en esos casos sufre las consecuencias la po-
blación entera, independientemente de la clase social a la que pertenezcan
los individuos. Es posible que, al principio, los mejor situados puedan paliar
los efectos negativos haciendo gastos de caráctér privado (clases particula-
res, sobornos, etc.); no obstante, debido al empobrecimiento de la pobla-
ción en general, es decir, de todas las clases sociales, durante el transcurso de
una prolongada guerra civil se desvanece rápidamente esta ventaja inicial. El
efecto nivelador decisivo emana de la amenaza que pende sobre todos y
cada uno de ser víctimas de la violencia. Ante la impredictibilidad de la
violencia en una guerra civil, nadie está a salvo de esta amenaza mientras
que no se decida a abandonar el país.
Si nos fijamos en la esfera «privada» de la repartición de bienes y patri-
monio, la situación es diferente. En este ámbito, la desigualdad social es en
general agravada por las guerras civiles. Éstas implican para la mayor parte
de la población una sensible disminución de la oferta de mercancía, el de-
terioro de sus condiciones de vida y, en parte, una amarga pobreza. Estos
efectos negativos se pueden observar en todas las clases sociales, aunque
en grados diferentes. En la clase alta tradicional, el hundimiento del Estado
y de la economía tiene por consecuencia una sensible reducción de su
margen de desenvolvimiento. Si no deciden abandonar el país, tendrán que
aceptar que sus ingresos disminuyan y que desaparezca su influencia poli-
tica, aunque sea pasajeramente. Algo similar sucede a las clases medias,
que, sin embargo, carecen en parte de los medios para trasladarse rápi-
damente y sin contratiempos a un nuevo domicilio en el extranjero. Espe-
cialmente afectadas se ven las «nuevas» clases medias de formación univer-
sitaria, generalmente empleadas en grandes organizaciones privadas o
públicas y dependientes del pago de salarios. A menudo se ven obligadas
a buscarse ocupaciones muy por debajo de su nivel universitario. Los prin-
cipales damnificados por los disturbios bélicos son los grupos de la clase
baja, aun cuando oficialmente la guerra civil se haga para liberarlos y para
mejorar su situación material. Ellos, por lo general, carecen de reservas ma-
104 Sociedades en guerra civil
teriales y de la necesaria flexibilidad mental para afrontar la nueva situa-
ción y reaccionar según lo exijan las circunstancias. El precio que estos
grupos han de pagar, sea en forma de expulsiones, sea con muertos y heri-
dos, excede en mucho las pérdidas sufridas por las demás clases sociales.
En todas las sociedades afectadas por guerras civiles existe, sin embar-
go, un grupo social que sabe cómo obtener ventajas de los disturbios. 47
Éste,nparocditmenlsaoyrptivdelsm-
licias y de los grupos de mercenarios recién creados o surge a la sombra de
los violentos enfrentamientos y se recluta entre los especuladores, los que
comercian con bienes confiscados o adquiridos a bajo precio, así como en-
tre los cuadros de funcionarios de la administración y de ejecutivos de las
nuevas unidades administrativas. Estos trepadores sociales, procedentes en
su mayoría de la clase media baja, se caracterizan por su talento organiza-
dor e improvisador, por su amor al riesgo y su desconsideración. Esta cir-
cunstancia y la forma desvergonzada en que hacen ostentación de sus ri-
quezas recientemente adquiridas son los principales motivos de que sean
vistos con envidia por la población en general y también en la literatura es-
pecializada se los represente sobre todo con atributos negativos: como lo-
greros de la guerra, mafiosos y típicos representantes de la próspera eco-
nomía sumergida que no tienen reparos en sacar provecho personal de la
miseria general. Desde una perspectiva más fría, hay simplemente que
constatar que en este aspecto las guerras civiles no se diferencian funda-
mentalmente de otras formas de cambio social acelerado: aumentan la mo-
vilidad vertical, sobre todo en sociedades con estructuras anquilosadas,
casi feudales, como era la española antes de 1936. Las guerras civiles pue-
den acrecentar repentinamente las posibilidades de movilidad social de
clases sociales enteras."
En relación directa con los procesos de ascenso y descenso social sur-
ge el interrogante de cuál es la transformación que se produce en las
estructuras del poder a lo largo de las guerras civiles. A este respecto hay
que distinguir el aspecto externo del interno en relación con los bandos
en conflicto. En lo referente al aspecto externo, es decir, a las relaciones
entre las facciones beligerantes, los desplazamientos de poder que se pro-
ducen como resultado de una lucha de muchos años son frecuentemente
mínimos. Como he señalado al principio, los ejércitos, las milicias y las aso-
ciaciones guerrilleras que se combaten se encuentran generalmente al fi-
nalizar la guerra no muy lejos del punto de partida. ° Las ventajas militares
decisivas se obtienen a menudo en la primera fase, cuando las energías es-
tán todavía intactas y hay más posibilidades de coger por sorpresa al ene-
migo desprevenido y ponerlo en apuros. Más tarde, por regla general, se es-
tablece un «equilibrio de poder», término éste que siempre se vuelve a
encontrar en la literatura especializada sobre guerras civiles." Es evidente
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 105
que, a partir de cierto punto, los bandos en conflicto tienen más interés en
mantener el estado de posesión territorial que en aumentarlo corriendo
riesgos considerables. Las milicias de este tipo de guerras son excelentes
en la defensa pero débiles atacantes, sobre todo en los casos en que no se
enfrentan a una población indefensa sino a adversarios que luchan por la
existencia.
Mirándolo bien, no sorprende la opinión de que las guerras civiles
sólo producen desplazamientos muy limitados en las relaciones de poder
entre los bandos en conflicto, ya que ello se desprende implícitamente de
la propia definición de la guerra civil como conflicto bélico prolongado.
Si uno de los bandos fuera claramente superior, podría vencer, es decir,
poner fin a las operaciones de combate. No en vano, en el caso de México
—en donde, aunque sólo después de muchos años, se obtuvo un resulta-
do final definitivo— se ha adoptado el término de «revolución» y no de
guerra civil.
Paradójicamente, los principales cambios de poder debidos a las gue-
rras civiles no se producen entre los bandos en conflicto sino que son el
resultado de desplazamientos de fuerzas dentro de ellos mismos. Este he-
cho es paradójico debido a que las élites que se encontraban en el poder y
que son las que frecuentemente desencadenaron el conflicto con el objeti-
vo de obtener pequeñas ventajas, resultan ser generalmente las principales
perdedoras. Algunos informes y análisis dan la impresión de que se ha
producido un cambio completo de las élites dominantes. En ellos se suele
leer que los jefes tradicionales, los que tomaban las decisiones, han sido re-
legados ya que sus aptitudes mediadoras se han vuelto innecesarias ante
una confrontación armada; su lugar ha sido ocupado por una nueva clase
dirigente, que procede esencialmente de las unidades militares y de los
cuadros administrativos estrechamente vinculados con ellas. Las conclusio-
nes de este tipo pueden resultar precipitadas. Si bien, a lo largo del conflic-
to, hay que contar con la relegación de la antigua camarilla política diri-
gente, cuyos puestos serán ocupados por homines novi, expertos en
cuestiones de conducción bélica. Sin embargo, las viejas élites dominantes
son correosas y difíciles de eliminar definitivamente. Tras algún tiempo, so-
bre todo cuando se propaga un cansancio general de la guerra, pueden
recuperar el terreno político que habían perdido. A largo plazo, se produ-
ce generalmente una fusión de las viejas y las nuevas clases altas, pudién-
dose mantener únicamente los grupos políticos dirigentes que tienen en
cuenta los intereses de ambas.
Para concluir, resta sólo hacer algunas observaciones sobre el desarro-
llo cultural y moral de aquellas sociedades que se encuentran en guerra ci-
vil. Éste es el ámbito que provoca más comentarios terminantes en la lite-
ratura especializada, todos los cuales condenan las consecuencias que
106 Sociedades en guerra civil
estos conflictos han tenido en las costumbres y los espíritus de los seres
humanos. Como ejemplo de una opinión relativamente moderada, citare-
mos un pasaje del libro de H. C. E Mansilla sobre la guerra civil en Colom-
bia y Perú: «La inseguridad general, la disminución de la producción agra-
ria, el descenso de los precios de las casas, los terrenos y las fincas en las
zonas de combate, así como el aparente escaso valor de la vida humana
abren el camino a una desmoralización colectiva, puesto que el futuro se
presenta sombrío y la vida no parece prometer mucho. La utilidad del aho-
rro, la necesidad de comportarse tanto social como económicamente de
una manera previsible e, incluso, el valor de los vínculos familiares y de
amistad son puestos en duda. Esta dolorosa relativización de normas funda-
mentales y de pautas de orientación que no son sustituidas por nuevos va-
lores hace que la población caiga en una profunda crisis sociocultural y
ética)." Juicios similares emiten la mayoría de los autores. ¿Se puede con-
cluir por tanto que las épocas de guerra civil son generalmente períodos
de decadencia moral?
El hecho de que este tipo de generalizaciones pueden ser peligrosas se
puede deducir, por ejemplo, de investigaciones sobre Irlanda del Norte, las
cuales demuestran que sólo con reservas se puede afirmar que las normas
morales hayan perdido su valor y que el control social haya disminuido
desde 1969 en el seno de ambas comunidades confesionales." Ante todo,
en lo relacionado con la evolución moral y ética, resulta importante distin-
guir entre las normas de comportamiento social, por un lado, y, por otro,
las concepciones básicas sobre el bien y el mal. El hecho de que las guerras
civiles produzcan cierto debilitamiento del control social se puede consta-
tar, por ejemplo, en el incremento de la cuota de criminalidad que acompa-
ña estos conflictos. 53 El creciente egoísmo que se deplora en todas partes,
los cada vez más toscos modales, la propagación del miedo, de la descon-
fianza y de una falta total de consideración, todo esto no es sólo la mani-
festación de la debildad moral general de los seres humanos, sino que res-
ponde a la necesidad de adaptarse a la nueva situación, así como a la de-
sensibilización ante el sufrimiento humano.
Sin embargo, de estas reacciones no se puede deducir sin más que las
personas afectadas por tales presiones externas también modifican sus
convicciones más profundas. Puede darse el caso, no obstante, este tipo de
reacción no se puede generalizar. Sabemos que otras situaciones de extre-
mo desconcierto normativo, como las hiperinflaciones, 54 no debilitan los
preceptos morales ni los modelos de referencia más arraigados, sino que, al
contrario, contribuyen a fortalecerlos. Tan difícil como es, en las socieda-
des que nunca han conocido un duradero monopolio estatal de la coac-
ción, desarraigar de la mente colectiva la contingencia de recurrir a las ar-
mas para lograr un propósito, es, por otro lado, borrar de la memoria en
Dinámicas inherentes de la violencia política desatada 107
períodos de violencia crónica el recuerdo de los buenos modales civiliza-
dos. Esto no sucederá, al menos, mientras vivan las generaciones que no
han crecido bajo el signo de la violencia."
4. PARA UNA INTERPRETACIÓN DE LAS GUERRAS CIVILES
¿Tienen las guerras civiles una función o carecen de ella? De esta pre-
gunta se han ocupado también los autores de las monografías que hemos
citado. Hanf señala, al final de su obra, que la principal consecuencia de la
guerra podría ser la formación de una nación libanesa unificada y Burk-
hardt resume su trabajo afirmando que la guerra de los Treinta años no fue
un conflicto interestatal, sino que sirvió para crear un Estado. Otros auto-
res niegan que las guerras civiles que han analizado tengan algún sentido."
La formación de naciones o Estados son los temas principales que sur-
gen en la discusión sobre las consecuencias o funciones de las guerras ci-
viles. Sin embargo, estas discusiones dejan un interrogante pendiente: ¿qué
conclusiones se pueden sacar de estas interpretaciones ex post facto sobre
las peculiaridades de las guerras civiles? ¿Por qué las guerras civiles han
sido en determinados casos la condición necesaria para la formación de un
Estado o una nación y, en cambio, en otros no? Y, sobre todo, ¿cómo se han
de clasificar las guerras civiles que no encajan en este esquema pues no
han contribuido a formar ni un Estado ni una nación, como la guerra civil
norirlandesa o la permanente matanza colombiana?
Volviendo a nuestras hipótesis iniciales, proponemos contemplar las
guerras civiles no tanto a la luz de sus causas y efectos, sino, más bien,
como sistemas propios, cuya dinámica se encuentra esencialmente deter-
minada por la lógica que desarrolla una violencia expansiva tendiente a
perpetuarse. Como hemos mostrado, es característico de estos sistemas el
hecho de que la violencia desborde los estrechos límites estatales y políti-
cos para inundar otros sectores, procurando someterlos a sus propios me-
canismos de coacción, obediencia y ejecución. Cuando esto sucede, se for-
man diferentes amalgamas sociales generalmente inestables. No obstante,
nos hemos encontrado con casos en los cuales la violencia ha conseguido
establecerse de forma relativamente duradera fuera de las esferas políticas;
afectan justamente a aquellos países que rompen el esquema de las clasifi-
caciones funcionales de las guerras civiles: Colombia e Irlanda del Norte.
La violencia se ha convertido en Colombia en un servicio que se puede
comprar. Con ello está subordinada al dinero y tiene en el mercado un va-
lor calculable. Estandarizada y comercializada, no está bien vista como ins-
trumento social para imponer intereses, pero, sin embargo, por el momen-
to no se sabe cómo extirparla del mercado y someterla al exclusivo control
108 Sociedades en guerra civil
del Estado. Irlanda del Norte presenta en ciertos aspectos un interesante
contraste con Colombia: la violencia no ha desbordado todos los límites,
sino que se la emplea de manera más restringida; lejos de caer en la banali-
zación, ha experimentado en Irlanda del Norte un alto grado de ritualiza-
ción y sacralización. El rasgo que estos dos países comparten es, sin embar-
go, el hecho de que tampoco en el caso de irlanda del Norte se puede
hablar de un control estatal de la violencia (dejando de lado el papel que
desempeña el Estado británico). Las reglas arcaicas de venganza y represa-
lia que determinan las relaciones entre ambos grupos confesionales en el
Ulster, al igual que el desborde de la violencia en Colombia, ultrajan todos
los principios del Estado de derecho.
Nuestro análisis plantea algunos interrogantes, también aquel de cómo
se podría poner freno a la descrita dinámica de la violencia, y permite sa-
car varias conclusiones. Una de ellas es que, aparte de las ataduras político-
estatales a las cuales se puede someter a la violencia y de su «administra-
ción» por parte del Estado, existen todavía otras dos formas relativamente
duraderas para regular y organizar la violencia: su comercialización y su sa-
cralización.
Capítulo 4
POSIBILIDADES DE PACIFICACIÓN DE LAS GUERRAS CIVILES:
PREGUNTAS E HIPÓTESIS
Heinrich-W. Krumwiede
(Fundación Ciencia y Política, Ebenhausen)
Dado que la mayoría de las guerras de la actualidad son guerras civiles,
y que a menudo se espera que en su arbitraje participen activamente Esta-
dos no directamente implicados en ellas, se plantea la pregunta siguiente:
¿qué condiciones hay que satisfacer y qué criterios considerar para pacificar
las guerras civiles, de manera que existan expectativas de una paz estable?
Se entiende por pacificación de las guerras civiles no sólo su finalización
(cese de las hostilidades) sino, sobre todo, el acuerdo sobre las estructuras
y los principios de un régimen de paz, incluyendo las normas del arreglo
pacífico del conflicto que las constituyeron.A1 preguntar por las condicio-
nes y criterios generales de una pacificación de las guerras civiles el interés
teórico de este artículo se diferencia de aquellas aportaciones al tema que
se ocupan preferentemente de la mediación (¿quién y cómo debe hacer
de mediador?). '
Correspondiendo al interés teórico apuntado, el presente artículo
atiende a las siguientes cuestiones particulares:
1. ¿A qué actores hay que incluir —directa o indirectamente— en el
proceso de negociación de un acuerdo de paz?
2. ¿Bajo qué condiciones están los beligerantes seriamente dispuestos
a negociar la finalización de una guerra civil?
3. ¿Qué problemas hay que solventar en un acuerdo de paz?
4. ¿Por qué vale la pena pactar el establecimiento de un Estado demo-
crático al pacificar una guerra civil?
5. ¿Qué factores dificultan o facilitan la pacificación de una guerra civil?
6. ¿Qué posibilidades de influencia tienen los actores externos en la
pacificación de guerras civiles?
A cada una de estas preguntas se dedica un epígrafe. Para empezar, se
esbozan en el primero cuáles son los requisitos y características de una
paz estable. Al tratar este tema se verá claramente por qué tiene sentido
diferenciar entre instauración y consolidación de un ordenamiento pa-
cífico. Se intenta contestar a las preguntas con hipótesis concretas que
convengan a múltiples casos. El punto de partida desde el que el autor
110 Sociedades en guerra civil
analiza los problemas de la pacificación de guerras civiles ha sido el caso
salvadoreño. 2 Además, para prevenir el peligro de «universalizar» en cierto
modo dicho caso particular en la elaboración de hipótesis, se han conside-
rado diferentes guerras civiles en diferentes regiones. En el marco de un
proyecto de la Fundación Ciencia y Política (Stiftung Wissenchaft uncí Poli-
tik), así como en una conferencia sobre la problemática de las guerras civi-
les, el caso de El Salvador ha sido contrastado con los siguientes: Bosnia-
Herzegovina, Camboya, Líbano, Mozambique, Irlanda del Norte y Tajikistán.
En la elaboración de hipótesis, junto con el salvadoreño, se han tenido en
cuenta todos estos casos.
1. RESPECTO A LOS REQUISITOS Y CARACTERÍSTICAS DE UNA PAZ ESTABLE
I2 denominada paz negativa, o sea, la mera finalización de una guerra o
de unas hostilidades, ya representa por lo general un enorme progreso,
pues, habitualmente, también una mala paz es preferible a la guerra. Lo cues-
tionable, sin embargo, es si una paz tal promete ser estable. Además de fina-
lizar la guerra es necesario ponerse de acuerdo en un nuevo ordenamiento,
un orden pacífico que garantice que los conflictos políticamente significati-
vos no se dirimirán en el futuro con violencia sino pacíficamente.
Es indiscutible que sólo una paz positiva' es garantía segura de paz
estable. Como elementos de un orden pacifico de esta clase («hexágono
civilizador») Senghaas nombra: monopolio estatal del poder, Estado de
derecho, justicia social, participación democrática, una cultura del con-
flicto constructiva y un control de las pasiones logrado mediante inter-
dependencias. 4 Naturalmente, desde un punto de vista histórico, ha
habido ordenamientos pacíficos estables que no satisfacían, o sólo par-
cialmente, los criterios del «hexágono civilizador». Pero en las comunida-
des socialmente móviles y politizadas de la actualidad un arreglo pa-
cífico de los conflictos únicamente puede ser duradero si se respetan
estos criterios estructurales. Lo mismo cabe decir en casos como el de
Tajikistán, donde presumiblemente el «hexágono civilizador» sólo podrá
hacerse plena realidad en un futuro lejano.' Ahora bien, solamente una
paz prolongada puede presentar todos estos rasgos característicos de
una paz positiva. Así, las disposiciones culturales típicas de un ordena-
miento pacífico estable o paz positiva (según Serighaas una cultura del
conflicto constructiva y el control de las pasiones) únicamente se for-
man como resultado de una larga praxis. Si éste es el caso, es decir, si se
ha desarrollado una verdadera cultura de la paz que disfrute de un reco-
nocimiento general, entonces un orden pacífico puede darse por conso-
lidado.
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 111
Pero para la instauración de un orden de paz son típicos los proble-
mas siguientes:
1. Una paz sólo puede producirse si los contendientes relevantes, res-
ponsables de los episodios bélicos, acceden a ello. 6 Y conservarla
depende en toda la fase de instauración del consentimiento de éstos.
2. Para los contendientes la paz es cualquier cosa menos una obvie-
dad. Sólo por propio interés, porque una evaluación utilitaria de
pros y contras aboga por ello, se disponen a finalizar la guerra civil y
a ponerse de acuerdo sobre un orden de paz.
3. No es de esperar que los contendientes se avengan a una paz que
satisfaga plenamente el «hexágono civilizador».
La investigación de la democracia abona la opinión consoladora de que
los ordenamientos que sólo satisfacen parcialmente los criterios de la paz
positiva pueden asimismo ofrecer buenas perspectivas de estabilidad. En
la investigación de la democracia se muestra que tiene sentido diferenciar
netamente entre la fase de instauración y la fase de consolidación.' Hay
muchos ejemplos de democracias de probada estabilidad cuyos fundado-
res, sin mostrar ninguna especial estima por el Estado democrático, se deci-
dieron por él después de un cálculo interesado de pros y contras. Teniendo
en cuenta que algunas democracias estables agradecen su nacimiento a la
circunstancia de que hubo no demócratas que se decidieron a ello por pro-
vecho propio, no resulta nada absurda la presunción de que hardliners,
que marcan con su violencia el curso de la guerra, después de una ponde-
ración realista de pros y contras aprueben la instauración de un orden pa-
cífico que se revele estable.
También puede aplicarse a la problemática que sometemos aquí a de-
bate la idea de Rustow referente a una oportunidad de confirmación que
permita consolidarse a democracias jóvenes e inmaduras. 8 Así pues, según
Rustow, es perfectamente posible que a una generación de demócratas por
mero cálculo de pros y contras le siga una generación de demócratas con-
vencidos. Análogamente, podría esperarse que a generaciones de beligeran-
tes que acceden a la instauración de la paz sólo por interés propio, les si-
gan generaciones de «palomas», que ya por su sola identificación con las
normas de una «cultura de la paz», rechacen dirimir violentamente los con-
flictos.
Más allá de esta opinión consoladora: para poder identificar qué situa-
ciones de paz ofrecen buenas perspectivas de una paz estable, hay que
preguntarse concretamente a qué elementos del «hexágono civilizador»
tiene que darse prioridad al instaurar un ordenamiento pacífico. Aquí se
ha afirmado (para la justificación véase más abajo) que un orden pacífico
112 Sociedades en guerra civil
con perspectivas de estabilidad tiene que observar desde un principio, ya
en la fase de su instauración, los siguientes principios estructurales: mono-
polio estatal del poder, estado de derecho y participación democrática. En
cambio, no se le puede denegar en principio la perspectiva de estabilidad
a una paz que no pacte amplias reformas dirigidas a la superación de la in-
justicia social.
2. ¿A QUÉ ACTORES INTERIORES HAY QUE INCLUIR —DIRECTA
O INDIRECTAMENTE— EN EL PROCESO DE NEGOCIACIÓN DE UN ACUERDO
DE PAZ PARA POSIBILITAR LA FINALIZACIÓN DE UNA GUERRA CIVIL?
Como norma, sería deseable que las «palomas», siempre en contra de la
resolución violenta de los conflictos, pudieran imponer la paz sin o incluso
contra los beligerantes.' Pero la realidad no corresponde a estos deseos,
pues para la instauración de un orden pacífico es necesario el asentimien-
to de los contendientes relevantes por dos motivos:
1. Sólo ellos, acallando las armas, pueden finalizar la guerra civil. Sin
embargo, la orden no puede provenir del exterior sino que la deci-
sión tiene que surgir del propio convencimiento.
2. A causa de su disposición al uso de la violencia, pasan por defensa
res tenaces de los intereses de su bando, por lo que gozan entre sus
filas de especial credibilidad. Sus correligionarios no denuncian
como capitulaciones las concesiones —tampoco las importantes—
hechas al bando contrario sino que las juzgan necesarias. En cam-
bio, a los pacíficos, a los que no están por la violencia, sí se les haría
esta clase de críticas en el caso de que hicieran concesiones seme-
jantes al otro bando sin el plácet explícito de los contendientes.
Quien se interese por el análisis de las condiciones para instaurar la
paz no puede dejar de tratar los cálculos de pros y contras que mueven a
los que ejercen la violencia a buscar una solución negociada. El autor ha
precisado en un artículo por qué El Salvador es una buena ilustración para
la tesis de que la instauración de un orden pacífico necesita del consenti-
miento explícito de los contendientes relevantes. 10 En Guatemala, la gue-
rrilla se ha contentado con un acuerdo de paz que sólo contiene concesio-
nes socioeconómicas muy limitadas." Así, los acuerdos en el ámbito
agrario, por ejemplo, se limitan a fijar los principios de un capitalismo más
o menos social (entre otros, «impuestos de penalización» para tierras no
explotadas económicamente, créditos a campesinos para la adquisición de
tierras, inversiones en infraestructuras) que no prevé el reparto forzado
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 113
por el Estado de la tierra. Si la izquierda moderada guatemalteca se hubiera
lanzado a concesiones de esta clase, seguramente se le hubiese acusado
desde las filas de la izquierda de «liquidación social• y de escarnio a las víc-
timas de la guerra civil.
Como ilustración en cierto modo negativa de esta tesis puede valer Ir-
landa del Norte» Los intentos por parte del gobierno británico de Major
de dejar de lado a los partidarios de la violencia más importantes y cerrar
con las «palomas» profesionales un acuerdo de paz firme estuvieron y es-
tán condenados al fracaso. Cualquier negociación que no incluya al Irish
Republican Army (IRA) directa o indirectamente (a través del Sinn Fein) no
puede poner fin a la guerra civil. Y la exigencia, como la formuló el enton-
ces gobierno Major, de que el IRA deponga las armas como precondición
para admitir al Sinn Fein en las conversaciones, es llanamente descabella-
da, pues si se desarmara antes de imponer concesiones a la otra parte, el
IRA se privaría de su fuente de poder más importante en las negociacio-
nes. En efecto, sin armas ya ni siquiera podría ofrecer a sus partidarios pro-
tección contra la persecución violenta.
El ejemplo del Líbano" prueba que en los casos de guerra civil en que
hay más de dos bandos se tiene que contar con la reticencia de uno o más
de ellos a las negociaciones multilaterales de acuerdos. Así, el general Aoun
era adversario decidido de una solución negociada. Pero al fin se demostró
que no era uno de los combatientes realmente relevantes. El acuerdo de
paz pudo firmarse también sin él. En las filas cristianas representaba sola-
mente una fracción y tras su derrota militar, las fuerzas que en dichas filas
estaban dispuestas a negociar se vieron alentadas.
3. ¿BAJO QUÉ CONDICIONES LOS COMBATIENTES SE DISPONEN SERIAMENTE A
NEGOCIAR LA FINALIZACIÓN DE UNA GUERRA Y A CUMPLIR LOS
COMPROMISOS QUE PRESENTAN PERSPECTIVAS DE UNA PAZ ESTABLE?
Zartman es probablemente el autor más conocido dedicado a la pre-
gunta de cuándo una guerra civil está ripe for resolution." Sus reflexiones
se basan —al menos implícitamente— en las siguientes hipótesis genera-
les. Los combatientes en una guerra civil (violentos) se disponen a com-
prometerse en su pacificación cuando, tras un cálculo de pros y contras,
concluyen que,
• por un lado, mediante la violencia no podrán conseguir sus objetivos
o sólo con unos costes demasiado elevados, y
• por otro, parece posible un acuerdo de paz que respete sus intereses
fundamentales y les prometa compensaciones y ciertas ventajas.
114 Sociedades en guerra civil
Con esta hipótesis se supone que los beligerantes atienden a cálculos ra-
cionales que son al fin y al cabo decisivos. Del analista se espera —lo que no
es de ningún modo fácil— que penetre en el pensamiento de los conten-
dientes, los cuales tienen una relación moralmente despreocupada, sobre
todo instrumental, con la violencia como medio para conseguir objetivos
políticos, y además disimulan a menudo sus propios objetivos. Hay que to-
marse a pecho la divisa de Sherlock Holmes de que sólo puede comprender-
se al culpable si se intenta pensar como él. Por lo tanto, hay que reconstruir
la peculiar racionalidad de los contendientes, distinta a la propia.
La hipótesis general es naturalmente poco concreta. Formular hipóte-
sis más concretas, sin embargo, sólo sería posible en el caso de determina-
dos tipos de guerra civil. Por eso hay que precaverse de declarar válidas en
general y adecuadas a cualquier tipo de guerra civil hipótesis de esta clase,
cosa que se verá con claridad tomando por ejemplo las hipótesis concretas
de Zartman. En la discusión que sigue se diferenciarán dos tipos de guerra
civil: bipolares con dos protagonistas y multipolares con varios.
Para predisponer a los contendientes a buscar una solución negociada
a la guerra civil, Zartman ve condición necesaria, aunque no suficiente, que
desde un punto de vista militar se dé una situación de tablas (stalemate),
caracterizada por el hecho de que los adversarios tienen un potencial de
victoria equivalente. El propio Zartman ha indicado algunos problemas de
esta concepción del stalemate.' 5 Por ejemplo, no puede tratarse de un sta-
lemate que uno o ambos bandos acepten como alternativa a una derrota
militar, sino que tiene que tratarse de un mutually hurting stalemate, es
decir, un stalemate en que ambos bandos sufren. Por lo que respecta al
«potencial de victoria» se trata de un problema de percepción. Entre la
situación militar «objetiva» y su percepción hay a veces una considerable
discrepancia. También hay contendientes que pueden creer tener una
oportunidad de victoria aunque un militar experto no les concede «objeti-
vamente» ninguna. Además, los avatares de la guerra normalmente fluc-
túan, así que los mutually hurting stalemates estables son muy raros.
Según el parecer del autor, el concepto del mutually hurting stalema-
te apenas puede aplicarse en las guerras de guerrillas en las que la guerri-
lla persigue la victoria a nivel nacional, t6 pues las derrotas no consiguen
por regla general debilitar la confianza en la victoria de los guerrilleros, los
cuales, dado que piensan en largos intervalos de tiempo, las consideran
más bien como una especie de «aprendizaje» provechoso. Una característi-
ca del guerrillero es precisamente que no maneja los conceptos de proba-
bilidad usuales.' Si así fuese, ya no hubiera emprendido una lucha en la
que la victoria quizá es posible, pero no probable. También hay que pre-
guntarse hasta qué punto tiene sentido el mutually hurting stalemate en
las guerras civiles étnicas, puesto que las etnias no piensan normalmente
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 115
en conceptos temporales a corto plazo sino en períodos de una o varias
generaciones.
El problema principal de la hipótesis del stalemate, sin embargo, con-
sistiría en que se refiere únicamente a conflictos bipolares, con dos parti-
cipantes (o grupos de participantes) que además persiguen la victoria
ante el adversario. Sólo en este tipo de guerra civil —quizás una mino-
ría— puede reivindicar fuerza explicativa. Pero en el caso de guerras civi-
les estructuradas multipolarmente, con pluralidad de protagonistas, la hi-
pótesis es de poca ayuda, ya que en las guerras civiles de esta clase no está
claro en qué consiste un stalemate, y la mayoría de las veces no puede su-
ponerse que cada uno de los participantes quiera vencer a todos los
demás. 18
También es problemático el concepto del «momento maduro•,' del
momento que según Zartman hay que aprovechar para la pacificación de
los conflictos. Dicha concepción es dudosa en la medida que sugiere la
idea de que un conflicto alcanza su «madurez para la pacificación• cuando
los implicados han recurrido a la violencia sin éxito durante mucho tiem-
po —en ocasiones decenios— hasta llegar a darse cuenta de que los obje-
tivos perseguidos no podían conseguirse de esta forma. Con otras pala-
bras: de acuerdo con esta idea, la madurez para la pacificación surge
cuando una práctica infructuosa de la violencia lleva a quienes la ejercen
a cansarse de ella. Ahora bien, puede pensarse (véase más abajo) que no
sólo el hartazgo de violencia, resultado de su práctica infructuosa, estimula
la disposición a pacifiéar una guerra civil. Provocaría menos malentendi-
dos preguntar sin más espectacularidad por las condiciones favorables a la
pacificación de las guerras civiles.
También el concepto «momento» puede dar pie a falsas asociaciones.
Seguramente hay épocas más bien favorables y épocas más bien desfavora-
bles para negociaciones fructíferas. Sin embargo, es equivocado creer re-
dentoramente en la existencia de algo así como un momento favorable
que habría que aprovechar a toda costa pues representaría una ocasión
irrepetible de finalizar la guerra. Al fin y al cabo, ha habido negociaciones
para la finalización de algunas guerras civiles que han ocupado varios años
—por ejemplo, seis años de negociaciones formales en Guatemala— y en
las que hubo que superar varios momentos desfavorables.
Volviendo a la hipótesis básica del stalemate: hay situaciones de de-
sempate, en que a los combatientes puede parecerles razonable buscar
una solución negociada. Ejemplos de ello serían:
• El uso de la violencia conlleva en el futuro unos costes elevados. Así,
la intervención de la OTAN en Bosnia-Herzegovina hizo que a los ser-
bios no les pareciera aconsejable continuar con la guerra civil.
116 Sociedades en guerra civil
• En vez de con la violencia, los objetivos perseguidos pueden conse-
guirse más fácilmente por otros medios políticos. Un ejemplo sería la
disposición de la derecha guatemalteca a alejarse de la violencia y el
terror, y —siguiendo otros modelos y experiencias de la región—
convocar elecciones.
• El uso de la violencia cada vez está más deslegitimado. Éste es el
caso, por ejemplo, de aquellas guerras civiles que transcurrieron a la
sombra del conflicto Este-Oeste.
• Cuando los beligerantes ya han conseguido por la violencia sus obje-
tivos esenciales, que corresponden a sus intereses vitales, pueden
juzgar prohibitivamente elevados los costes de perseguir violenta-
mente sus objetivos secundarios. Por eso, después de un cálculo rea-
lista de pros y contras, en lugar de optar por continuar la guerra pue-
den tender a una solución negociada que establezca el statu quo.2°
• Un tercer acontecimiento de gran trascendencia, como por ejemplo
la hambruna en Mozambique, n puede cuestionar la continuación de
la guerra civil.
Es requisito de una solución negociada que los implicados tengan la
percepción de que el estado de paz ofrece, si no ventajas, al menos tampo-
co inconvenientes en comparación con el estado de guerra. Si alguien
quiere penetrar en el ideario de los combatientes, tiene que darse cuenta
de que para ellos no es nada obvio deponer las armas, a veces definitiva-
mente, y comprometerse con la paz. Para ellos el estado de paz, en compa-
ración con el de guerra, puede ser completamente perjudicial. 22 Así, es per-
fectamente posible que una organización violenta poderosa durante la
guerra civil pierda mucha influencia en situación de paz acaso porque re-
ciba pocos votos en las elecciones. Para muchas de estas organizaciones el
recurso político más importante es la violencia, un recurso que no se pue-
de sustituir sin más. Por otra parte, hay que observar que las organizacio-
nes violentas también abren a los individuos unas posibilidades de hacer
carrera que con toda probabilidad no tendrían en organizaciones civiles.
En definitiva, para el simple combatiente la paz significa la pérdida de un
puesto de trabajo mantenido con muchos riesgos pero al menos seguro.
Sobre todo, para los contendientes, por ejemplo para la guerrilla, la paz re-
presenta un problema por el mero hecho de encontrarse militarmente in-
defensos después de abandonar las armas. ¿Cómo pueden estar seguros de
que se respetarán los acuerdos tomados y no se les perseguirá?
También hay que considerar que como consecuencia de una larga gue-
rra civil que marca a toda la sociedad hay algo así como una dinámica au-
tónoma o una independización de la violencia: 23 la guerra civil se convier-
te con el tiempo en la normalidad en la que instalarse y a la que referir
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 117
todas las expectativas. La paz, al menos para quienes la violencia es el re-
curso político más importante, es un caso excepcional que hay que funda-
mentar. La justificación que se dio originariamente a la violencia pasa cada
vez más a desempeñar un papel secundario.
En toda paz hay también que respetar cuidadosamente los intereses
fundamentales de los contendientes relevantes. Por ejemplo, los militares
tienen el interés fundamental de sobrevivir como institución y no ser mo-
ralmente desacreditados. Idealmente el estado de paz, comparado con el
de guerra, debería prometer a los beligerantes no sólo compensaciones
sino también nuevos estímulos e incentivos adicionales. Por ejemplo, la
perspectiva para los líderes de la guerrilla (en el caso de que depongan las
armas y actúen como partido político) de alcanzar por medio de eleccio-
nes posiciones prestigiosas. Es de suponer que el estado de paz tiene que
ofrecer algo (positivo) a todos si debe resultar apetecible para los conten-
dientes relevantes. 24
4. ¿QUÉ PROBLEMAS TIENEN QUE SOLVENTARSE EN UN ACUERDO DE PAZ
PARA QUE ÉSTE ENCUENTRE LA APROBACIÓN DE LOS CONTENDIENTES
RELEVANTES Y OFREZCA PERSPECTIVAS DE UNA PAZ ESTABLE?
El título indica que el objeto de análisis son aquellos acuerdos de paz y
ordenamientos pacíficos que, correspondiendo a las consideraciones so-
bre la «instauración» y la «consolidación», satisfacen dos criterios: por un
lado tienen que encontrar la aprobación de los contendientes relevantes,
por otro, deben ofrecer perspectivas de estabilidad.
Las disposiciones culturales, como ya se ha observado, no pueden crear-
se por obra de pactos, sino que tienen que resultar de la praxis política. 25
Así,traungecivlsñautredcivsgúnl«hxáo
civilizador», a saber, la «cultura del conflicto constructiva» y el «control de
las pasiones» sólo se dan en una sociedad en el transcurso de una larga pra-
xis de la paz, y en la fase de instauración de un orden pacífico, únicamente
pueden existir, en el mejor de los casos, a modo de planteamiento. Cuando
alguien se interesa por las paces con buenas perspectivas de estabilidad, es
razonable que se pregunte en qué forma y en qué medida deben cimentar-
se los cuatro elementos restantes del «hexágono civilizador»: monopolio
estatal del poder, Estado de derecho, participación democrática y justicia
social.
Refirámonos primero a la justicia social. En parte de la bibliografía se
tiende a atribuir a los conflictos de clase un significado político prioritario,
a concebirlos como los «auténticos» conflictos (a los que corresponde un
elevado potencial de violencia). Consiguientemente, se concede escasas
118 Sociedades en guerra civil
perspectivas de estabilidad a los ordenamientos pacificadores que no pre-
vean «soluciones» para estos conflictos «auténticos». Que este parecer sea
correcto queda cuestionado al examinar en concreto los acuerdos de paz
de El Salvador y Guatemala. Según la interpretación convencional, la desi-
gualdad social era la causa determinante de estas guerras civiles en que se
enfrentaban la izquierda revolucionaria, representada por la guerrilla, y la
derecha reaccionaria, representada por el gobierno y las fuerzas armadas.
No obstante, los acuerdos de paz de ambos países no prevén ningún pacto
calificable de «solución» 26 para el problema de la desigualdad social. Al con-
trario, los movimientos guerrilleros de El Salvador y Guatemala se contenta-
ron con reformas menores y promesas generales y reconocieron los princi-
pios fundamentales del orden social dominante. 27 ¿Tienen por este motivo
los ordenamientos pactados en ambos países y que únicamente cumplen
con los otros principios estructurales del «hexágono civilizador» perspecti-
vas de estabilidad insuficientes? ¿Hay que contar otra vez con hostilidades
civiles en El Salvador y Guatemala?
Hay que tener presente en primer lugar que la exigencia de que en las
negociaciones se «solucione» el problema social no es en absoluto realista.
Es dificilmente imaginable, por ejemplo, que la derecha apruebe reformas
sociales masivas, como por ejemplo una reforma agraria radical. Pero, sobre
todo, hay que objetar lo siguiente a la hipótesis general de la desigualdad
social como causa «auténtica» de conflicto:
1. Aun cuando por supuesto la desigualdad social es una causa del conflic-
to importante, es dudoso declararla de entrada la más importante.'
2. También es dudoso el parecer, vinculado a la «argumentación de la
autenticidad» pero a menudo no explícito, de que los conflictos cle
clase tienden en especial medida a convertirse en violentos.'
En los casos de El Salvador y Guatemala hay que notar respecto a este
problema que indudablemente la injusticia social fue una causa importan-
te de la guerra revolucionaria, pero hubo factores políticos que tuvieron.
como mínimo, la misma importancia.° Más exactamente: los factores polí-
ticos fueron responsables del modo en que se dirimieron los conflictos de
clase. Los movimientos revolucionarios más potentes resultaron del hecho
de que en ambos países la democracia era únicamente una fachada que no
sólo no concedía ninguna ocasión verdadera de ganar las elecciones a los
partidos reformistas sino que en parte incluso los reprimía brutalmente. En
una formulación abstracta, si se hubiera respetado el procedimiento demo-
crático normal, el descontento provocado por la desigualdad social hubie-
ra podido integrarse pacíficamente en el sistema mediante el apoyo a fuer-
zas reformistas, y no se hubiera abonado la aparición de los movimientos
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 119
revolucionarios. En consecuencia, es posible argumentar que el acuerdo de
paz de El Salvador y Guatemala, al pactar democracias merecedoras de tal
nombre, propiciaron que el conflicto de la desigualdad social se resolviera
pacíficamente, y que pudieran tener lugar reformas sociales encaminadas a
lograr una mayor justicia social, abriendo de esta manera unas perspectivas
favorables a una paz estable.
Un análisis de la pacificación de las guerras civiles de El Salvador y
Guatemala causa la impresión de que el problema de la desigualdad social
representó para la guerrilla un papel relativamente insignificante. Esta
observación, limitada a América Central, concuerda con la declaración de
Licklider de que por lo general, en la firma de la paz el papel más impor-
tante no lo desempeñan los problemas que fueron decisivos para el surgi-
miento de la guerra civil sino otros que han pasado a ocupar el primer
plano. 31 Parece que en las negociaciones de paz lo que tiene una impor-
tancia sobresaliente para los miembros de una organización armada es
el destino de ésta (seguridad, posibilidades de influencia y posición de
poder).
El monopolio estatal del poder es un requisito indispensable para una
paz estable y tiene que establecerse ya en la fase de instauración de un or-
den pacífico. Por eso hay que tener en cuenta los intereses de los conten-
dientes, en particular el referido a su supervivencia. Ya se indicó que el mo-
nopolio estatal del poder, que la paz exige, representa un problema para
las organizaciones violentas porque éstas, después de su desarme, se ha-
llan militarmente indefensas. Una integración de sus combatientes en las
fuerzas armadas representa para ellos un «seguro de vida» en un sentido
elemental. Los acuerdos de paz de Angola y Mozambique prevén una inte-
gración de esta clase. Naturalmente, en el establecimiento del monopolio
estatal del poder pueden pensarse otros procedimientos que garanticen a
las organizaciones violentas un «seguro de vida» semejante. Por ejemplo,
una remodelación de las relaciones cívico-militares acorde a los princi-
pios del Estado de derecho puede valer como equivalente (o sustitutivo)
funcional de la participación de los militares en el poder.
Los acuerdos de paz que quieren contribuir a la realización del mono-
polio estatal del poder también contienen por regla general convenios de-
tallados sobre programas de apoyo a la «reintegración» de antiguos comba-
tientes y soldados en la sociedad civil. Así se documenta el interés de los
(antiguos) beligerantes en el destino de sus organizaciones. Estos conve-
nios, sin embargo, también son importantes para una paz estable en la me-
dida en que evitan que se formen bandas criminales de antiguos comba-
tientes y soldados ahora en paro. 32
No obstante, en interés de unas perspectivas de estabilidad más favora-
bles, hay que pactar, ya en la instauración de un orden pacífico, el recono-
120 Sociedades en guerra civil
cimiento de los principios y estructuras elementales del Estado de dere-
cho. Esta exigencia no puede calificarse de «mera petición normativa», ya
que el propio interés de quienes incitaron a la guerra civil puede llevarlos
a formularla, pues el Estado de derecho representa un medio de control
que debe evitar el abuso del monopolio estatal del poder frente a la oposi-
ción y los otrora enemigos en la guerra civil. El Salvador es un buen ejem-
plo de que la implantación del Estado de derecho puede tener un significa-
do eminentemente práctico para la guerrilla.
En las soluciones negociadas la mayoría de las veces se alcanzan los
confines del Estado de derecho cuando se revelan y sancionan las violacio-
nes de los derechos humanos ocurridas en el pasado. Desde un punto de
vista normativo sería deseable que el pasado fuera suficientemente investi-
gado y que se suprimiera la «impunidad» (exención de pena). Ahora bien,
durante las negociaciones esto sólo parece poder conseguirse parcialmen-
te,;; ya que, con frecuencia, quienes violaron los derechos humanos son
también los que tienen que dar su aprobación al descubrimiento y sanción
de tales violaciones. Así, por ejemplo, el consentimiento de los militares es
difícil de conseguir, ya que, como institución, rechazan sentarse en el ban-
quillo de los acusados. No es, pues, de esperar en ningún caso que se san-
cionen penalmente todos los delitos contra los derechos humanos. En al-
gunos casos puede que el castigo de los principales responsables de las
violaciones serias de los derechos humanos sea imprescindible para lograr
una paz sólida (así parece ser en Bosnia-Herzegovina). En otros casos pare-
ce que lo importante no es tanto la penalización de tales atentados cuanto
su esclarecimiento —al menos de los hechos especialmente graves—. En
este sentido, la objetividad se expresa no ahorrando a ninguno de los cul-
pables la revelación de sus responsabilidades. En el próximo epígrafe se
tratará sobre el elemento estructural del «hexágono civilizador» que toda-
vía resta.
5. LA DEMOCRACIA COMO DISPOSITIVO INSTITUCIONAL PARA LA
PACIFICACIÓN DE CONFLICTOS
No es ninguna casualidad que en las soluciones de guerras civiles ne-
gociadas en los últimos años los combatientes acordaran por regla general
la democracia como forma de Estado y, por tanto, tener en cuenta el prin-
cipio de participación democrática. La explicación de que ello se debe a
que la democracia corresponde al «espíritu de los tiempos» y es actual-
mente la única forma legítima de Estado es demasiado superficial. Lo deci-
sivo es más bien que la democracia representa un dispositivo institucional
adecuado para el arreglo pacifico de conflictos, el cual debería entrar ya en
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 121
acción en la fase de instauración de la paz para mejorar las perspectivas de
estabilidad de ésta.
Precisamente nosotros, los alemanes, tenemos la tendencia, después de
la experiencia de la república de Weimar, a malentender la democracia como
una forma de Estado frágil. Sin embargo, es francamente fuerte en compara-
ción con otras formas de Estado, pues es la única de ellas para la que la ma-
nifestación de la crítica y la protesta en forma de oposición a la política del
gobierno es un fenómeno político normal, y como tal las tiene en cuenta
institucionalmente» Las democracias se establecen de manera que exista la
confrontación de intereses, haya una pluralidad de «ideas», intereses e identi-
dades distintos, y parte de la participación política se articule como descon-
tento, crítica y oposición. Una debilidad fundamental de los sistemas políti-
cos no democráticos en comparación con los democráticos es que son poco
hábiles para tratar con flexibilidad fenómenos políticos normales como el
conflicto, la crítica y la oposición. Frecuentemente sólo se dedican a la re-
presión de la protesta y no disponen de ningún procedimiento apropiado
para integrar la crítica y la oposición. Los regímenes autoritarios únicamente
saben negar/ignorar estos fenómenos y/o reprimirlos. La democracia es el
dispositivo político-institucional que posibilita, como dice Senghaas, un
«arreglo civilizado de los conflictos», en particular en las comunidades so-
cialmente móviles y politizadas. La mayoría de los países del Tercer Mundo
pertenecería, a causa de su relativamente alto grado de movilización y politi-
zación, a los países necesitados —en este sentido— de democracia.
La democracia sería la única forma de Estado cuya estabilidad exigiría
en una determinada medida la disensión, ya que cuando un problema polí-
tico importante encuentra sólo una expresión débil, no es objeto de vivos
debates y no estructura conflictivamente las discrepancias, existe el peli-
gro de que en la «agenda setting» y en el contexto político se lo tenga insu-
ficientemente en cuenta, de modo que se genere un potencial de crisis gra-
ve. El trato usual del problema de la inestabilidad política implica el peligro
de que no se repare en lá especial idoneidad de la democracia para el
manejo de los conflictos, idoneidad que le da su fortaleza característica.
Así, es habitual certificar un exceso de disensión o una falta de consenso a
las democracias consideradas —potencialmente— inestables. Por correcto
que sea tratar el problema de la inestabilidad política como un problema
de falta de consenso, también se debería considerar que hay algo así como
un exceso de consenso y una falta de disensión que causa un efecto nega-
tivo sobre las perspectivas de estabilidad de la democracia. Menciónese
como ejemplo que el autor juzga inquietante para las perspectivas de futu-
ro de la democracia en Latinoamérica que el serio problema que allí repre-
senta la desigualdad social y la miseria de las masas sólo haya desempe-
ñado hasta ahora un papel político secundario. 35 El observador tiene la
122 Sociedades en guerra civil
impresión de que en su mayoría los parlamentos latinoamericanos temati-
zan la problemática de la desigualdad social de un modo muy incompleto
y con frecuencia meramente populista, de modo que los intereses de
los no privilegiados están infrarrepresentados. Los partidos de izquierda
son en general relativamente débiles en Latinoamérica y sólo existen como
partidos minoritarios importantes en pocos países. Asimismo, los partidos
declaradamente reformistas tienen éxito en pocos países. Debido a ello
puede tenerse en general la impresión de que Latinoamérica adolece no
de un exceso sino más bien de una carencia de polarización politicosocial.
No obstante, la democracia sólo garantiza un arreglo pacifico del con-
flicto cuando prevé mecanismos de decisión que respetan los intereses y
situación del perdedor (de los perdedores). 36 Para cumplir este principio
el tipo de democracia tiene que corresponder a la estructura de la socie-
dad. El principio de mayoría de la democracia representativa, por ejemplo,
sólo se justifica como principio democrático de decisión cuando al perde-
dor de hoy (la actual minoría) se le da una ocasión auténtica de ser el ven-
cedor de mañana en el caso de que consiga la mayoría en unas elecciones.
Sin embargo, el principio de mayoría, típico de las democracias competiti-
vas, por lo general sólo es condescendiente con el perdedor en sociedades
étnicamente muy homogéneas. En cambio, en sociedades étnicamente
fragmentadas, en las que la pertenencia a una etnia determina la elección,
el principio de mayoría reparte a vencedores y perdedores a la larga,es
decir, sin que quede la menor perspectiva de que los perdedores de hoy
puedan ser los vencedores de mañana. Por este motivo, es aconsejable que
estas sociedades escojan otras formas de democracia, aquellas que contem-
plen el principio de concordancia. 37
El ideal de democracia de la concordancia se distingue por los si-
guientes principios fundamentales: reparto del poder (power sharing) en-
-
tre los representantes de los segmentos más importantes a nivel de órganos
de decisión nacional (por ejemplo, el gabinete); un alto grado de autonomía
interna para dichos segmentos, quizá mediante la aplicación de principios
federalistas; principio de proporcionalidad (derecho de representación pro-
porcional) para las corporaciones representativas, así como en lo referente
a la distribución de cargos funcionariales y al reparto de medios públicos;
derecho de veto para las minorías en cuestiones de especial importancia.
En vez de empeñarse de un modo rígido y estéril en el modelo ideal de de-
mocracia concordante, habría que preguntarse concretamente, en referen-
cia a sociedades étnicamente fragmentadas, de qué manera pueden preser-
varse mejor los derechos de las minorías y en qué medida deben combinar-
se elementos de la democracia competitiva y de la democracia concordan-
te. En algunos casos particulares podría ser razonable —al menos temporal-
mente— conceder derechos especiales a las minorías.
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 123
Ejemplos positivos son Zimbabwe y Sudáfrica, donde las mayorías ne-
gras se preocuparon de que las minorías blancas —al menos en los prime-
ros años después del cambio de régimen— participasen en el poder y no
fuesen dominadas por el voto mayoritario. Un ejemplo negativo, o más
exactamente, un ejemplo para confirmar negativamente esta tesis es Ango-
la. En Angola reinó la paz durante un año tras el primer acuerdo de paz.
Una vez celebradas las elecciones previstas en dicho acuerdo, sin embargo,
estalló nuevamente la guerra civil. No fue ninguna casualidad, sino el resul-
tado de un grave defecto estructural del acuerdo de paz angoleño, el cual
dictaba en la esfera militar un reparto paritario del poder (el 50 % del per-
sonal de las fuerzas armadas para ex guerrilleros), pero en la esfera política
establecía una reglamentación según el principio puro de victoria-derrota
(determinación del vencedor y el perdedor mediante elecciones, sin relati-
vizar el principio de victoria-derrota pactando, por ejemplo, un gobierno
de coalición independientemente del resultado de éstas). Es cuestionable,
no obstante, que el MPLA no hubiera reemprendido la guerra civil de todos
modos en el caso de que hubiera perdido las elecciones. La idea de que los
participantes en una guerra civil que no han sido vencidos por las armas se
dejen excluir del poder por el voto de unas elecciones es ingenua (tam-
bién las elecciones «libres y limpias» tienen perdedores). Con otras pala-
bras: la pacificación de una guerra civil, para merecer tal nombre, tiene que
procurar al mismo tiempo, en el caso de que introduzca el principio de
victoria-derrota (por ejemplo en unas elecciones) que la derrota no sea de-
masiado grave para el perdedor. Con el fin de relativizar la derrota pueden
pensarse, según el contexto específico, diferentes medidas de reparto del
poder o participación en él. El pacto de una gran coalición independiente
del resultado de las elecciones, una descentralización política 38 que ofrez-
ca la posibilidad de establecer gobiernos regionales a la fuerza política per-
dedora a nivel nacional; formas de democracia concordante en sociedades
étnicamente fragmentadas. Otra posibilidad de relativización de la cues-
tión de los perdedores es convenir, en el marco del acuerdo de paz, exten-
sas medidas que limiten el espacio de juego del gobierno.
6. ¿QUÉ GUERRAS CIVILES NO PUEDEN PACIFICARSE O SÓLO CON
ESPECIALES DIFICULTADES?
Los conflictos étnicos que se dirimen por la violencia 39 son por regla
general más dificiles de pacificar que otros conflictos sociales. Son varios
los argumentos que abonan esta hipótesis.
Una argumentación prototípica: la desigualdad social puede interpre-
tarse en categorías individuales apolíticas (por ejemplo, como reflejo de di-
124 Sociedades en guerra civil
ferentes méritos individuales) y así ocurre con frecuencia. Consiguiente-
mente, su fuerza explosiva es, desde un punto de vista político, menor de lo
que comúnmente se cree según la «sabiduría convencional». 40 Por el con-
trario, no hay ninguna salida individual para las filiaciones étnicas, no se
puede escapar de ellas (un pobre puede enriquecerse pero nadie de color
puede llegar a ser blanco). Por consiguiente, la fuerza explosiva potencial
de la diversidad étnica es políticamente grande. Pero lo es en especial por-
que en realidad se etnicifican otros conflictos (por ejemplo, sociales o polí-
ticos), de modo que la desigualdad social se «sobrecarga» étnicamente.
Finalizado el conflicto Este-Oeste, las interpretaciones marxistas de los
conflictos sociales ya no representan ningún gran papel en el discurso polí-
tico. Además, quizá la tendencia a la independización o a la dinámica autó-
noma de la violencia sea más fuerte en los conflictos étnicos (o etnicifica-
dos) que en los sociales, lo que podría dificultar todavía más su pacificación.
En los conflictos étnicos o etnicificados quizá la «tolerancia de los cos-
tes» (la disposición al sacrificio) es también mayor que en los sociales (pu-
ros). Calic señala, por ejemplo, que en Bosnia-Herzegovina la tolerancia de
los costes en los combatientes era, cuando perseguían sus intereses vitales
(dirigidos a la homogeneidad étnica), mayor (le lo que se había supuesto
desde el exterior, y que fue un error atribuirles, en una especie de mirror
imaging, un cálculo de pros y contras que no les correspondía." Así, por
ejemplo, la «tolerancia» frente a los costes económicos fue mucho más
grande de lo que supusieron los actores externos, razón por la cual el arma
de las sanciones económicas se reveló inoperante.
El grado de dificultad en la solución de un conflicto naturalmente tam-
bién depende —para indicar una circunstancia trivial pero importante—
de cuántos combatientes relevantes en la guerra civil haya que tomar en
consideración. Cuantos más implicados relevantes haya más dificil será un
acuerdo, ya que la cantidad de intereses a considerar es normalmente ma-
yor que en los conflictos bipolares. En las guerras civiles étnicas la canti-
dad de implicados relevantes es a menudo superior a dos. En cambio, los
conflictos de clase se expresan con frecuencia en guerras civiles de es-
tructura relativamente simple, a saber, en dos frentes polarizados con dos
grupos de combatientes enfrentados.
Las guerras civiles etnicificadas representan un reto especial para los
mediadores, siempre que no se trate de conflictos en que se recomiende
una política de hands off a los actores exteriores. Y éste es el caso de las
guerras civiles en las que no puede descubrirse ningún planteamiento ra-
cional de objetivos (ninguna clara relación medios-fines) en el sentido de
Clausewitz, en las que la guerra parece haberse convertido en un puro fin
en sí misma. En tales situaciones caóticas es imposible identificar condicio-
nes favorables para la pacificación de la guerra civil por muchos cálculos
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 125
de pros y contras más o menos racionales que se intente reconstruir. Ejem-
plos de guerras de esta clase son sobre todo los fragmentadísimos escena-
rios bélicos de África. Asimismo, el proceso de independización de la vio-
lencia tiene la tendencia a la irracionalización de los episodios violentos.
Cuando la violencia se independiza demasiado de su justificación origina-
ria se convierte en irracional. 42 Por lo tanto, sólo en las guerras civiles en
que puede descubrirse una cierta racionalidad en el empleo de la violencia
se da el requisito de una pacificación estable.
7. ¿QUÉ POSIBILIDADES DE INFLUENCIA TIENEN LOS ACTORES EXTERNOS
EN LA PACIFICACIÓN DE GUERRAS CIVILES?
Apenas hay guerras civiles en las que no desempeñen ningún papel, o
uno sólo insignificante, los actores externos, trátese de gobiernos de Esta-
dos vecinos, poderes regionales o superpotencias, o grupos políticos o
económicos pertenecientes a éstas. Verdad es que sólo determinadas gue-
rras civiles se califican, a causa del destacado significado que tienen para
ellas los actores y factores externos, 43 de «guerras civiles internacionaliza-
das», pero también es absolutamente usual en las guerras civiles «normales»
que los bandos beligerantes en el interior busquen en el extranjero aliados
que les procuren apoyo moral y material (por ejemplo, armas). Y en las
guerras civiles «normales» es regla que se vean involucrados los actores ex-
ternos —incluso cuando no quieren—, y que éstos ejerzan alguna influen-
cia no solamente al actuar sino también al no hacerlo.
En la mayoría de guerras civiles los acuerdos de paz sólo pueden ha-
cerse realidad si ningún agente externo relevante interpone su veto. Gene-
ralmente las posibilidades de los actores externos de prolongar las guerras
civiles son considerablemente mayores que su capacidad de contribuir a su
cese, ya que para la prolongación de una guerra civil son suficientes a me-
nudo los suministros de armas de un solo agente externo a «su» cliente en
la [Link] comportamiento unilateral de un agente externo obliga a los
demás a intervenir.
Depende del caso concreto cuáles sean los actores externos realmente
relevantes. Así, en los países centroamericanos la pacificación no hubiera
sido posible contra la voluntad de Estados Unidos, en Camboya, contra la
de China y en el Líbano, contra la de Siria. Aquí nos interesan únicamente
aquellos intentos de influencia externa que contribuyen no sólo al cese de
las guerras civiles sino también a la instauración de órdenes pacíficos con
perspectivas de estabilidad. 44 Desde el exterior, en algunas circunstancias,
pueden forzarse armisticios —cuando hay actores externos dispuestos a
comprometerse— pero no regímenes que prometan estabilidad. Por lo tan-
126 Sociedades en guerra civil
to, los actores externos deberían ser conscientes de que sus posibilidades
de influir en la pacificación de guerras civiles son básicamente limita-
das." Cuando intentan intervenir, los actores externos se ven generalmen-
te enfrentados al problema de que sólo con las «palomas», que siempre re-
chazan la violencia y aspiran a la paz, no se puede ni acabar una guerra
civil ni instaurar regímenes pacíficos. Más bien lo que se necesita es la
aprobación de los contendientes relevantes, que utilizan la violencia. Por lo
tanto, sobre los cálculos de pros y contras de éstos tienen que intentar in-
fluir los actores externos con una política de carrots and sticks (zanaho-
rias y palos).
Requisito fundamental para una influencia bien encauzada es que se
intente entender a los contendientes penetrando en su peculiar ideario.
Sobre todo, no se puede cometer el error de atribuirles la propia manera
de pensar, a modo de un mirror imaging. Habría que comprender, como
punto de partida, que la paz no es obvia para los contendientes, ya que a
veces les comporta desventajas en comparación con el estado de guerra.
Una pacificación, para ser atractiva, tiene que ofrecer al menos recompen-
sas a tales «desventajas». Tampoco debería suponerse que los contendien-
tes piensan en los conceptos temporales de uno mismo. Así, hay grupos ét-
nicos que parecen incluir en sus cálculos de pros y contras el destino de la
generación siguiente o la posterior, con lo que los cálculos referidos al pre-
sente y al futuro más inmediato pierden relativa importancia.
En los capítulos precedentes se ha apuntado a qué principios de un or-
den pacífico debería orientarse la influencia de los actores externos intere-
sados en una paz estable. Cuando se intentan concretar intelectualmente
las posibilidades de los actores externos de influir en la pacificación de
guerras civiles, queda bien claro lo limitadas que son en realidad. (No se en-
trará aquí en el problema de que tal vez los actores externos pueden evitar
el surgimiento de guerras civiles y de que sus medidas son especialmente
efectivas precisamente en la fase embrionaria.) 46 En situaciones de guerra
civil cuyos «costes» son en la percepción de los combatientes relevantes ta-
les que aconsejan una solución negociada, las carrots, ofrecidas por ejem-
plo por los países industrializados a países en vías de desarrollo inmersos
en una guerra civil, pueden ser, si no decisivas, sí muy atractivas. Por eso al
firmar la paz se ofrece por regla general un apoyo económico especial. Hay
que destacar que los programas de apoyo internacional abarcan también
ámbitos que son de especial significado para las perspectivas de estabilidad
de los órdenes pacíficos: ayudas para la integración de antiguos combatien-
tes en la vida civil, ayudas al establecimiento de un Estado de derecho y a la
democratizació[Link]én pueden considerarse hasta cierto punto carrots
las ofertas de la comunidad internacional de contribuir al cumplimiento
del acuerdo de paz encargándose de verificarlo imparcialmente.
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 127
Como ya se ha destacado, la política de carrots, que beneficia el cálculo
de los pros, sólo será efectiva cuando los cálculos de los costes de los con-
tendientes les presente como potencialmente razonable finalizar la guerra.
Pero es precisamente en este cálculo de costes donde desempeñan un gran
papel factores internos no susceptibles —o sólo muy limitadamente— de
influencia exterior. Esto se ve muy claro en el caso de «terceros aconteci-
mientos» significativos, como por ejemplo la hambruna en Mozambique,
que modifican drásticamente los cálculos de costes efectuados hasta en-
tonces por los beligerantes. Asimismo, depende decisivamente de factores
internos (por ejemplo, de su gancho electoral) que uno de los combatien-
tes en la guerra civil llegue a la conclusión de que los objetivos que persi-
gue se pueden lograr más fácilmente y ser «más baratos» con recursos polí-
ticos distintos a la violencia (por ejemplo, unas elecciones).Y depende de
las preferencias —apenas susceptibles de influencia externa— de los com-
batientes qué objetivos juzgan éstos especialmente importantes (porque
corresponden a sus intereses vitales) y por lo tanto especialmente «dignos
de actos violentos», y cuándo se interesan, al evaluar la «utilidad marginal»,
por una solución negociada. A los esfuerzos de los actores externos por
cuestionar la justificación de las acciones violentas e influir así en el cálcu-
lo de costes les está destinado por regla general un efecto sólo limitado, ya
que existen indicios de que la legitimación puertas adentro tiene un pro-
tagonismo especial y de que son sobre todo los procesos internos los im-
portantes. Así, parece que la crítica moral que en todo el mundo se hizo de
la «limpieza étnica» en la guerra de Bosnia-Herzegovina no tuvo gran efecto
en esta república.Y en el Líbano las organizaciones violentas perdieron su
legitimidad interna no a catia de la violencia que ejercieron sobre otras et-
nias sino a causa de la que ejercieron sobre la propia. 47
Naturalmente, los actores externos pueden influir considerablemente
sobre los cálculos de costes de los combatientes si intervienen activamen-
te en los acontecimientos bélicos, toman partido y apoyan con energía a
determinados participantes. Ahora bien, como en el caso de la «paz forza-
da», cabe preguntarse si con medidas aplicables a corto plazo puede cons-
truirse una paz que prometa ser estable. Considerada a más largo plazo, en
cambio, la decisión de un agente externo importante de poner fin a su in-
tervención en una guerra civil puede causar efecto sobre los cálculos de
istes a más largo plazo de los combatientes (como ejemplo alúdase a la
decisión de Estados Unidos de interrumpir su apoyo al gobierno y las fuer-
zas armadas en la guerra civil salvadoreña).
La idea, expresada en origen por Zartman, de que los combatientes ve-
rían tan costosas unas prolongadas tablas militares o situación de stalema-
te que se plantearían acabar la guerra civil mediante una solución negocia-
da, se ha ganado mientras tanto amplio reconocimiento como una especie
128 Sociedades en guerra civil
de «regla de oro» que podría sugerir a los actores externos que el «camino
real» hacia la pacificación de una guerra civil consistiría en contribuir al
surgimiento de una situación de tablas militares, mediante, por ejemplo, el
suministro/no suministro calculado de armas. Ahora bien, frente a la con-
fianza ingenua en esta supuesta «regla de oro» política hay que hacer una
advertencia por el motivo siguiente: se está presuponiendo un conflicto bi-
polar con dos contrincantes que pugnan en cada caso por la victoria fren-
te al rival y que sufren por una situación de tablas militares en que una vic-
toria les parece imposible. Por lo tanto, la «regla de oro» sólo puede
reclamar validez plena en un tipo de guerra civil muy determinado. Ade-
más, hay que preguntarse si al fin y al cabo éste es el tipo más frecuente, si
no predominan las guerras civiles multipolares con más de dos conten-
dientes, ninguno de los cuales aspira a la victoria a nivel estatal sobre los
demás (tal victoria sería de todos modos imposible). En semejantes guerras
civiles queda poco claro en qué consistirían las «tablas».También es difícil
de juzgar desde fuera cuáles de los contendientes son realmente relevan-
tes y a cuáles podría renunciarse en caso de necesidad.
E incluso en las guerras civiles bipolares la concepción de las tablas no
está exenta de problemas, ya que, por un lado, tiene que tratarse de unas ta-
blas duraderas, en cierta manera de unas tablas «estables». Sin embargo, qui-
zá son más frecuentes las tablas fluctuantes. Por otro lado, también en el
caso de unas tablas «estables» lo significativo no es tanto la situación mili-
tar «objetiva» cuanto su percepción «subjetiva». Así, puede haber bandos
que, «objetivamente» en inferioridad frente al enemigo según la opinión de
los expertos, vean posible una victoria en el futuro y valoren una situación
de tablas como la conquista exitosa de un objetivo parcial (quizá los gue-
rrilleros piensen de este modo). Incluso en guerras civiles de estructura
relativamente simple, que parecen relativamente sencillas de entender, es
dificil pronosticar la reacción de los actores internos a las medidas prove-
nientes del exterior. Por eso hay que advertir frente a los intentos externos
de influir en la solución de una guerra civil mediante una política del palo.
Completamente desconcertantes son, como hemos expuesto más arri-
ba," las guerras civiles que se asemejan a las clasificadas por Waldmann
como «anómicas». 49 Es difícil comprender cómo los actores externos po-
drían contribuir efectivamente a su pacificación, puesto que no está claro
cómo hay que pacificarlas. En estos casos es recomendable que los actores
externos se limiten a la oferta de carrots y en lo restante a una política de
hands off'
El análisis se ha concentrado, como es usual en las ciencias sociales, en
probabilidades. Hirschmann tiene toda la razón cuando señala que lo que
sucede a veces es lo ciertamente improbable pero en principio posible, y
recomienda a las ciencias sociales tener más en cuenta el «posibilismo»."
Posibilidades de pacificación de las guerras civiles: preguntas e hipótesis 129
Así, puede parecer improblable que una paz plagada de defectos estructu-
rales y más o menos forzada desde fuera, como la de Bosnia-Herzegovina,
presente unas perspectivas de estabilidad favorables. No obstante, según el
«posibilismo» no se puede excluir en principio que haya algo así como una
dinámica autónoma de la paz (¿por qué debería concederse sólo a la vio-
lencia una dinámica autónoma?) y que pueda surgir una paz estable de un
ordenamiento pacífico imperfecto.
SEGUNDA PARTE
Capítulo 5
RECONSTRUCTION Y FRANQUISMO:
COMPARACIÓN DE LOS EFECTOS DE LAS GUERRAS
CIVILES ESTADOUNIDENSE Y ESPAÑOLA
Walther L. Bernecker
(Universidad de Erlangen-Nuremberg)
1. PLANTEAMIENTO DE LA PREGUNTA Y DEL PROBLEMA
Las comparaciones siempre forman parte del proceso de conocimiento
de la historia. Sirven de base (en su mayor parte implícita, raramente explí-
citamente) para el trabajo histórico. En toda historiografía que proceda
comparativamente se plantea siempre la pregunta por las afinidades y las
diferencias: ¿en qué consiste que procesos históricos diferentes sean com-
parables? ¿Son las afinidades suficientemente significativas como para que
un procedimiento comparativo parezca científicamente provechoso?'
En el caso de las guerras civiles estadounidense (1861-1865) y españo-
la (1936-1939) parecen insinuarse varios aspectos que dan poco sentido a
una comparación: por un lado, la esclavitud —probablemente el motivo
decisivo del inicio de la guerra civil americana— era una peculiar institu-
tion de Estados Unidos para la que no hay equivalente en el caso español;
por otro, hay entre los dos acontecimientos a comparar un largo período
de tiempo de más de setenta años durante los cuales tuvieron lugar cam-
bios sociales fundamentales que hacen problemático poner en relación
dos formas sociales estructuralmente muy diferentes; finalmente, las cons-
telaciones y características de cada caso —una guerra de secesión y una
guerra de clases, respectivamente— eran extremadamente distintas.
A pesar de que estas diferencias (y algunas otras) saltan a la vista, la
guerra de secesión y la guerra civil española ofrecen una base para la
comparación. Por un lado, ambas exigieron un elevado tributo de sangre
(en relación a la población total), por otro, tendieron a disputarse como
«guerras totales», es decir, no se dirimieron sólo en el campo de batalla
sino que se volvieron contra la población civil, la cual, además, después
del fin de los enfrentamientos militares quedó a merced del arbitrio de los
vencedores. Por otra parte, se trataba en ambos casos de una guerra entre
concepciones del mundo que en los enfrentamientos ideológicos se inter-
pretaban como conflictos entre «buenos» y «malos». También hay que
constatar que ambas guerras civiles representaron fracturas fundamenta-
les en las respectivas historias nacionales; fueron sucesos de significado
134 Sociedades en guerra civil
de época. La guerra civil estadounidense se considera como el aconteci-
miento más importante de la historia de Estados Unidos, como segunda
revolución después de la de 1776-1783 y como punto de arranque de la
América moderna. 2 Una importancia similar tiene la guerra civil española
de 1936-1939 para el origen inmediato de la España moderna. Sin duda, en
esta guerra vencieron las fuerzas del tradicionalismo y a ella siguió por de
pronto una fase de sombría represión, de impermeabilidad económica
frente a Europa, de aislamiento espiritual; pero el régimen que surgió ven-
cedor de la guerra se vio obligado, si no quería derrumbarse económica y
políticamente, a una apertura frente a las influencias de la economía libe-
ral y de Europa; al final de la era de Franco, España era, pues, más moder-
na, más europea y estaba más abierta al mundo que nunca antes en su his-
toria.
Estas indicaciones introductorias ya evidencian que, al comparar los
efectos de ambas guerras civiles sobre las respectivas sociedades, debe di-
ferenciarse entre la perspectiva a corto plazo y la perspectiva a medio y
largo plazo. 3 A corto plazo y desde un punto de vista militar es fácil identi-
ficar en ambos casos a los vencedores; sin embargo, cuestión totalmente
aparte es si también a medio y largo plazo se llegó a las metas perseguidas
por éstos, o más bien debe hablarse de consecuencias no pretendidas.
Ambas guerras civiles marcaron, si bien de distinta forma, el fin de una
era y una ruptura con el [Link]ía habrá que abordar la forma diver-
gente de dicha ruptura. Las diferencias dependen decisivamente de los «ca-
racteres» diferenciados de ambas guerras: mientras en el caso estadouni-
dense se trataba de una guerra de secesión fracasada en la que los aspectos
regionales en su expresión histórica, económica, social y política eran de-
terminantes, la guerra civil española puede caracterizarse en el fondo
como un conflicto de clases al que ciertamente se superpusieron tantos
conflictos secundarios que los ejes del conflicto no pueden ya trazarse si-
guiendo exclusivamente las líneas de clase, sino que más bien se inmiscu-
yen y cruzan problemas nacionales y religiosos, económicos y culturales; fi-
nalmente, algunos autores hablan del fenómeno de la «lealtad geográfica»
—un aspecto que se deja comparar especialmente bien con Estados Uni-
dos— y que demuestra que en muchos casos la opción por uno u otro ban-
do fue cualquier cosa menos una decisión tomada libremente. En cualquier
caso, las dos guerras y las fases de reconstrucción que las siguieron repre-
sentaron grandes desafíos para los contemporáneos afectados; se trató de
fracturas decisivas en la marcha histórica de ambos países.
Si bien, por consiguiente, es evidente prima facie que existen parale-
los entre el caso estadounidense y el español, surge con urgencia la pre-
gunta por el beneficio que reporta al conocimiento una comparación ex-
plícita. Para que ésta tenga sentido exige «magnitudes comparables», lo que
Reconstruction y franquismo 135
significa que los ámbitos de la historiografía comparativa deben escogerse
[Link] de esto, requiere un planteamiento previo y clara-
mente definido de la cuestión con el fin de estructurar las fuentes. En el
caso presente, como ya se ha indicado, debe tratarse sobre todo la pregun-
ta de hasta qué punto los vencedores militares de las guerras civiles consi-
guieron imponer en sus respectivas sociedades sus metas a medio y largo
plazo. Pues una primera ojeada a la bibliografía sobre el tema sugiere la
conclusión de que debe diferenciarse con precisión entre victoria militar
e imposición eficaz a medio plazo de las metas proclamadas durante la
guerra.
2. Di TA GUERRA DE VOLUNTARIOS A LA GUERRA POPULAR ORGANIZADA
Diferencias y afinidades ya se ponen de relieve por lo que respecta a al-
gunas características fundamentales de ambas guerras. El hecho de que el
tipo guerra (civil) sea parecido en los casos estadounidense y español es
revelador. En cuanto a la guerra de secesión ya se ha indicado 4 que por pri-
mera vez en la historia de Estados Unidos el país se vio expuesto a una gue-
rra popular industrializada. El estado de desarrollo de las fuerzas producti-
vas, la creciente participación de grandes masas de población en los
sucesos políticos y la posibilidad de una movilización militar masiva con-
dujeron a una «deslimitación» y radicalización de la guerra en que ya se
perfiló claramente la tendencia a la implicación de toda la sociedad y em-
pezaron a esfumarse los límites entre lo civil y lo militar. La guerra se insti-
tuyó como «guerra popular» y al principio fue popular entre la población
de ambos bandos. El Sur formó un «ejército provisional» constituido por
milicias de cada uno de los Estados individuales pero, sobre todo, por vo-
luntarios. Las autoridades no tuvieron ningún problema —ni en el Norte ni
en el Sur— con el reclutamiento de voluntarios, la ola de entusiasmo alcan-
zó a todas las capas de la población, la automovilización fue enorme.' Stig
Ffirster ha fundamentado la popularidad de la guerra en ambos bandos
con cuatro argumentos: la conciencia política promedio en Estados Unidos
era alta; la autoidentificación con la comunidad era masiva; el entusiasmo
de los nordistas estaba relacionado con la indignación por el asalto a Fort
Sumter; y el lema de combate de Lincoln «mantened la Unión» fue popular
incluso en la oposición. Por lo que respecta a la disposición a la lucha de
los sudistas pueden citarse la indignación por la política antiesclavista del
Norte y la intromisión en la política sudista, la política arancelaria y comer-
cial —favorable a la industria— de los republicanos, un odio generalizado
hacia los fatuos yankees, el particularismo del Sur y el miedo racista, fran-
camente histérico ante la abolición de la esclavitud.`'
136 Sociedades en guerra civil
Todo lo que los voluntarios tenían en exceso de entusiasmo, les faltaba
en organización, experiencia y disciplina. Según una vieja tradición elegían
a sus propios superiores, incluso los altos mandos entendían poco de tácti-
ca y estrategia. La mayoría de soldados recibían sólo una formación rápida
y superficial; en correspondencia, las bajas en el campo de batalla fueron
elevadas —con frecuencia por encima del 50 % de los efectivos—. Sólo
poco a poco, tras la dolorosa impresión del fracaso militar (en ambos ban-
dos), tuvo lugar una reorganización del ejército y la profesionalización de
la guerra; la espontaneidad y el voluntarismo retrocedieron ante la guerra
popular organizada y controlada «desde arriba», se abandonó el tradicional
sistema de milicias de los Estados, en 1862-1863 se introdujo el servicio mi-
litar obligatorio —¡una ruptura radical con la tradición militar america-
na!—. El Estado ganó cada vez más terreno no solamente en el ámbito mili-
tar: las tendencias autoritarias fueron inequívocas, hubo detenciones, se
organizó un servicio de espionaje, se cerraron periódicos, se sometieron
regiones enteras al dominio militar, se atosigó a la población con múltiples
medidas coercitivas. Las tendencias a una «totalización» fueron patentes,
sobre todo en el terror frente a los civiles enemigos. Algunos autores ha-
blan de una guerra «total»! La guerra de secesión fue en muchos aspectos
una ruptura en la historia estadounidense.
Casi todas las características de la guerra civil de 1861-1865 enumera-
das pueden aplicarse igualmente a la guerra civil española de 1936-1939.
También es comparable el tributo de sangre extraordinariamente alto de
ambas guerras: en el momento de sus respectivas guerras civiles Estados
Unidos tenía aproximadamente 31 millones de habitantes, España, 25 millo-
nes.' Los americanos tuvieron que lamentar en sus cuatro años de guerra
620.000 soldados muertos (320.000 yankees, 260.000 sudistas, la cifra de
los civiles es desconocida), los españoles, en su guerra de apenas tres años,
varios cientos de miles —las cifras son extremadamente discutidas, oscilan
entre 150.000 y 500.000—. La proporción de los caídos respecto a la pobla-
ción total, sin embargo, no sería esencialmente dispar entre ambos casos.'
La guerra civil española pasó por mutaciones que se asemejan en sus
fases individuales a las de la guerra de secesión estadounidense: también
comenzó como guerra popular. Muchos miles de voluntarios se alistaron
en ambos bandos. Al principio, la cifra de los milicianos republicanos fue
más alta que la de los soldados regulares en el bando de Franco. A diferen-
cia de las profesionales formaciones del bando nacional, el republicano
sólo disponía al principio de columnas insuficientes, compuestas por mili-
cianos. En estas columnas reunidas al azar, qué sólo en la España central
abarcaban 90.000 hombres, recibieron su bautismo de fuego comandantes
milicianos rápidamente célebres, como Juan Modesto, Valentín González
«El Campesino», Enrique Líster o Cipriano Mera.'" Al principio, las milicias
Reconstruction y franquismo 137
se agruparon en unidades de orientación específicamente revolucionaria;
la más combativa fue el comunista Quinto Regimiento, que sirvió en pri-
mer lugar como escuela de formación y estrategia, y que ejercería una gran
influencia en la guerra.
La primera fase de la guerra fue en el bando republicano una época de
autodefensa del pueblo; propiamente, puede hablarse de nacimiento de un
ejército republicano, de un «ejército popular», sólo en el verano de 1937.
Además, el problema principal del ejército republicano, que no se solucio-
nó hasta el final de la guerra, fue su deficiente eficacia. El gobierno, políti-
camente aislado, no pudo hacerse respetar e incluso en el mismo ejército
la disciplina sólo se impuso con grandes esfuerzos. La defensa republicana,
creada de la nada en 1936, actuó demasiado a base de improvisaciones y
no llegó a convertirse en un sistema militar plenamente organizado capaz
de enfrentarse con éxito al ejército de Franco.
En los primeros días de guerra, debido a la desorganización militar y a
la desintegración del ejército, el lugar de las unidades regulares lo ocupa-
ron milicias antifascistas que muy rápidamente tomaron la iniciativa y re-
chazaron por de pronto cualquier autoridad gubernamental. Aparte de su
uniforme único, el mono de trabajador, sólo la falta de experiencia bélica
era común a todos los milicianos; además, las diversidades regionales o las
peculiaridades locales potenciaron las diferencias de formación y arma-
mento, de estructuración y mando, de fiabilidad y valor combativo de las
distintas divisiones. Las milicias no eran en absoluto, según su propia con-
cepción, sólo unidades bélicas; se sentían al mismo tiempo responsables
de la reconstrucción económica, social y político-administrativa de las
zonas conquistadas por ellas. Tras la formación de las primeras milicias
surgieron en seguida en muchas partes de la España republicana comités
de trabajadores y soldados que con frecuencia se marcaron como meta
la «democratización y proletarización de las unidades armadas». Los oficia-
les debían ser elegidos democráticamente en los cuarteles entre los dele-
gados de las centurias o compañías, y asumir el control político y la res-
ponsabilidad de las unidades o del arma que representaban.A los líderes de
las milicias, por lo general inexpertos y sin formación, debían asignarse
como «asesores técnicos» oficiales de carrera de confianza.
Sobre todo los anarquistas catalanes se pronunciaron repetidamente
contra una «militarización» de las milicias del pueblo, pero pronto pusieron
de relieve la necesidad de coordinar las acciones militares. El 21 de octu-
bre de 1936 el gobierno del Frente Popular publicó el decreto sobre la in-
corporación de las milicias a las fuerzas armadas regulares. En el transcurso
de los meses siguientes las unidades milicianas fueron «militarizadas», esto
es, sometidas a un alto mando unificado y a la disciplina militar. Después de
que las milicias se reestructuraran en unidades regulares del ejército, los
138 Sociedades en guerra civil
comités de trabajadores y soldados fueron disueltos y sustituidos por co-
misarios de guerra." El problema de los primeros meses consistió ante
todo en transformar la «heroica indisciplina», proclamada en particular por
los milicianos anarquistas, en combativa «autodisciplina». La introducción
de principios de democracia directa —elección diaria de sus superiores,
votación sobre el cumplimiento o no de órdenes, deliberaciones comunes
sobre ataques, etc.— comportó en las primeras semanas pérdidas especial-
mente altas a los anarquistas; contra su voluntad debieron aceptar final-
mente un alto mando unitario, disciplina militar y la incorporación de sus
columnas al nuevo «ejército popular».
Los golpistas dispusieron desde el principio de un ejército pequeño
pero bien formado y excelentemente dirigido, al que se añadieron las mi-
licias de falangistas y carlistas —de estos últimos se alistaron en las prime-
ras 24 horas ya 7.000 voluntarios— cuando las condiciones de la guerra
civil determinaron decisivamente las posibilidades de acción de los distin-
tos grupos políticos. Así, en los primeros meses, una de las funciones prin-
cipales de la Falange consistió en la movilización de voluntarios y milicia-
nos para la retaguardia. Sin duda, en el otoño de 1936 las milicias
nacionales ya estaban sometidas al «Generalísimo» y al mando militar. Ra-
fael Casas de la Vega ha estimado que, durante la guerra, en total al menos
160.000 ó 170.000 voluntarios, probablemente más, pertenecieron a las
milicias nacionales. 12
Tanto en la guerra civil estadounidense como en la española puede es-
tablecerse, por lo tanto, un tránsito de guerra realizada por voluntarios en-
tusiastas a guerra realizada por un ejército popular organizado «desde arri-
ba». Además, el Estado fue «militarizado» en muchos aspectos —sobre todo
en el bando de Franco, pero también en el de la República—. Intervino en
cada vez más ámbitos tanto de la vida pública como de la privada, hasta lle-
gar finalmente a ser omnipresente. Mes a mes fue más evidente que la gue-
rra civil española era una «guerra total» en el sentido de que no se hacía
ninguna diferencia entre militares y civiles; cada vez más civiles eran vícti-
mas de las acciones militares, los bombardeos, las represalias, el terror esta-
tal. Es simbólica al respecto la destrucción de Guernica. 13
También es comparable en ambas guerras y en las fases de posguerra el
cambio de rol de las mujeres: el comportamiento específicamente determi-
nado por el sexo se modifica considerablemente durante la guerra; puede
constatarse en ambos casos que las mujeres asumen muchas actividades
masculinas, que son ellas las que soportan las fatigas de la guerra, que se
quebrantan los esquemáticos roles tradicionales y las relaciones entre se-
xos —en el caso español (en el bando de la República) mucho más radical-
mente que en el estadounidense—. Parecida fue la dinámica, por lo que se
refiere al sexo, después de la guerra, en los respectivos proyectos de re-
Reconstruction y franquismo 139
construcción: en ambos casos las mujeres desempeñan —sobre todo en la
familia— un papel protagonista en la construcción de los nuevos órdenes
sociales. Además, tanto en España como en los Estados sureños de Estados
Unidos, las mujeres postergan sus intereses específicamente de género y la
reivindicación de la igualdad de derechos con el fin de conseguir más rápi-
damente un mayor bienestar común y la estabilidad social. En España esta
ruptura abrupta del proceso de emancipación dependió, mucho más que
en Estados Unidos, del orden estatal y el modelo social patriarcal de los cír-
culos católico-tradicionalistas."
Sin embargo, queda una gran diferencia entre ambas guerras civiles.
Aunque también en Estados Unidos fueron inequívocas las tendencias auto-
ritarias e incluso parcialmente terroristas del Estado, no se llegó al estableci-
miento de una dictadura ni en el norte ni en el sur. Completamente al con-
trario en España: en el bando de los alzados Franco gobernó desde el
principio con mano de hierro; las libertades democráticas introducidas en
los años de paz de la Segunda República fueron suprimidas y no volvieron a
establecerse durante toda la era de Franco. En el bando de la República no
se puede hablar (formalmente) de una dictadura pero el comportamiento
del Partido Comunista de España, siempre influyente, con respecto a sus ad-
versarios políticos tuvo sin duda el carácter de terrorismo de estado. De
aquí que en conjunto la arbitrariedad de la violencia bélica y la radicalidad
de la lucha fueran más allá en el caso español que en el estadounidense.
3. RUPTURA CON EL PASADO Y NUEVO COMIENZO
Vale la pena una comparación de los conceptos «nuevo comienzo» y
«ruptura» con el pasado. En este contexto ocupa una posición central la
cuestión de cuál fue el tipo de nuevo comienzo y de ruptura con el pasado
tras las guerras civiles de Estados Unidos y España. Puede servir como base
para las consideraciones comparativas que en ambos casos fueran los ven-
cedores de una situación de conflicto militar los que llevaron a cabo el
nuevo comienzo. Al respecto, hay que investigar si se trató de una recons-
trucción de las diversas formas sociales o más bien de una desconstruc-
ción y consecutiva neoconstrucción. Por consiguiente la pregunta debe
,,er si el poder vencedor se basó en categorías, estructuras y tradiciones de
las antiguas y —durante y tras el conflicto— casi destruidas formas socia-
les, o si forzó un sistema completamente nuevo (que por cierto sólo podría
subsistir a base de ejercer una opresión extrema).' «
En ambos casos se pretendía borrar o adaptar determinados compo-
nentes de los sistemas opuestos al modelo de sociedad del vencedor. Re-
construction y «primer franquismo» pueden entenderse en general como
140 Sociedades en guerra civil
la persecución de las metas de la guerra incluso más allá de ella, 16 después
de que ya los enfrentamientos precedentes aspiraran también a reprimir
las ideologías rivales. Si entendemos el período de posguerra como prolon-
gación de la guerra, surge la necesidad de definir más exactamente los ob-
jetivos bélicos de los respectivos vencedores.
En el caso estadounidense, durante los años 1865-1877 se intentó, me-
diante una serie de medidas desarrolladas por los nordistas, remodelar eco-
nómica y socialmente los antaño Estados confederados del Sur, de modo
que fuera posible la integración de éstos en la globalidad de la sociedad
americana. Se consideraron condiciones mínimas para una comunidad
americana homogénea; la abolición de la esclavitud y la lealtad a la Unión
de los Estados del Sur; la meta máxima estaba puesta en la concesión de la
ciudadanía y los derechos políticos a los otrora esclavos. Además la econo-
mía nacional sudista debía transformarse en un sistema económico con un
mercado de trabajo libre.
El concepto de Reconstruction de Abraham Lincoln se orientaba sobre
todo a las metas máximas; su sucesor, Andrew Johnson, introdujo muy
pronto una política menos ambiciosa. Esto significa que, aparte del fin de
la esclavitud y el retorno del Sur a la Unión, el nuevo ejecutivo no impulsa-
rá ninguna ulterior transformación del Old South, meta que sí perseguía, y
que en los años siguientes además impuso, un ala radical del partido repu-
blicano, los Radical Republicans." Entre estas metas se contaban la con-
cesión ilimitada de todos los derechos civiles a los antiguos esclavos, la
persecución judicial de criminales de guerra y traidores, la ocupación mili-
tar del territorio de la Confederación, la asunción por parte de funciona-
rios nordistas de los cargos públicos más importantes en el sur.
En la valoración del concepto «nuevo comienzo» nos encontramos, en
el caso estadounidense, con el problema de que había diversas fracciones
del Norte que perseguían en la guerra metas distintas y cambiantes. El ob-
jetivo originario de Lincoln era la unidad nacional pero esta meta perdió
importancia en el transcurso de la guerra frente a las socialmente más am-
biciosas de la liberación de los esclavos y la equiparación de derechos de
los negros. La divergencia de objetivos y el traspaso imprevisto de la presi-
dencia del republicano Lincoln al demócrata Johnson I8 explican las dificul-
tades que se oponen a una definición exacta de «nuevo comienzo». La pos-
tura de cierto laissezlaire de las «palomas» del ejecutivo de Lincoln, para
quienes la meta esencial de la guerra ya se había conseguido con la reinte-
gración del Sur (y la abolición formal de la esclavitud), contrastaba con el
programa de los «halcones» de los Radical Republicans, que presentaba
una especie de extenso proyecto de reeducación.
Tanto en la política de Abraham Lincoln como en la de Andrew John-
son se encuentran, todavía durante la guerra civil e inmediatamente des-
Reconstruction y franquismo 141
pués, elementos de compensación, momentos de reconciliación y ofertas
de control y cogestión a los perdedores. La amnistía que declaró Johnson
el 19 de mayo de 1865 es sólo un ejemplo de esta política de posguerra to-
lerante. En la historiografía antigua y en una parte de los medios de comu-
nicación —sobre todo el cine— se ha dibujado durante mucho tiempo una
imagen desfigurada de la Reconstruction como dominio de una pandilla
desenfrenada y corrupta de esclavos liberados, inmigrantes nordistas y co-
laboracionistas sudistas. Contra esta visión unilateral habla el hecho de que
no se castigara radicalmente a los traidores ni a los criminales de guerra su-
distas sino que más bien los antiguos confederados fueran por regla gene-
ral integrados después de la guerra (otra vez) en la política regional y na-
cional. Por otra parte, apenas hubo expropiaciones de plantaciones de la
aristocracia sudista. Sí hubo, ciertamente, corrupción, pero éste no fue nin-
gún problema específico de la Reconstruction republicana.Y los nordistas
tampoco adoptaron ninguna posición dominante en la política de los Esta-
dos sudistas.
Completamente distinta se presenta la situación en España en 1939
por lo que respecta a la disposición a la reconciliación y a la cooperación
con los sometidos. Franco y toda la «derecha sociológica» de los vencedo-
res estaban decididos a conseguir que nadie olvidara la guerra civil puesto
que la victoria sobre la «anti-España» representaba la auténtica legitimación
del dominio franquista. Para el bando vencedor la derrota de la República
era el acceso al poder y a la influencia en la «nueva España».' 9 El entusias-
mo de la derecha, suscitado por la victoria, era, por así decirlo, el centro
esencial de sus sentimientos, y la omnipresente mística guerrera de la Es-
paña nacional se prolongó a lo largo de cuarenta años, sostenida por los an-
tiguos combatientes en los frentes bélicos. En el caso español no hubo ni
un momento de vacilación por lo que respecta a cuáles eran las metas de
la guerra y a su imposición durante y después de ella: la guerra truncó la
posibilidad de una revolución de tendencia proletaria, y anarcosocialista,
pero también puso fin a la posibilidad de una política democrático-refor-
mista tal como la habían intentado las fuerzas burguesas republicanas y so-
cialdemócratas. El objetivo antirreformista y restaurador de los sediciosos
consistió en volver a establecer sin compromiso alguno las viejas formas
de dominio social.
La guerra selló el fracaso del reformismo modernizador, «europeiza-
dor». En la zona de los sediciosos el proceso sociopolítico se orientó a una
solución de la crisis en el sentido de la reinstauración de las relaciones so-
cioeconómicas que habían imperado desde mucho antes de la proclama-
ción de la República. Se perseguía el retorno a las estructuras de poder
ideológico y social de la época de la Restauración. No se trató sólo del fin
de la revolución en la zona republicana sino de la eliminación definitiva de
142 Sociedades en guerra civil
la herencia de la tradición [Link]í es donde los vencedores veían el au-
téntico sentido de la guerra civil cuyo resultado condujo al inmediato final
del impulso modernizador de la Segunda República.
Sobre todo, de lo que se trataba para los vencedores era de eliminar a
todos sus opositores (los efectivos y los potenciales). Por eso el número de
personas que fueron víctimas de asesinatos políticos y judiciales fue, des-
pués de 1939, extraordinariamente alto: según datos oficiales españoles a
fines de 1939 fueron a prisión 270.000 personas, además de más de 100.000
a campos de concentración y batallones de trabajo. Gabriel Jackson dedu-
ce que la represión masiva en el territorio dominado por los nacionales
ocasionó hasta finales de la Segunda Guerra Mundial de 150.000 a 200.000
víctimas con o sin condena de un tribunal militar. Aunque no existen cifras
exactas —que por otra parte tampoco cambiarían la valoración histórica
de los crímenes de Franco en la posguerra—, puede decirse sin dudarlo
que la venganza de los vencedores en los primeros años de posguerra al-
canzó un punto álgido único en la historia española. 2°
También el exilio que tuvieron que sufrir cientos de miles pertenece a
la realidad social de la España de Franco y hay que valorarlo como un as-
pecto particular de la política de represión. La gran ola de refugiados se
vertió sobre Francia, donde los exiliados, en campos de recepción monta-
dos a toda prisa, soportaron más bien el penoso destino de prisioneros que
el de asilados políticos. Datos oficiales del Ministerio de Interior francés
hablaban de 441.000 españoles que habrían cruzado la frontera de los Piri-
neos hasta abril de 1939. Puesto que muchos volvieron pronto, Manuel Tu-
ñón de Lara estima en 300.000 el número de exiliados, otros autores ha-
blan de 162.000 emigrantes de larga duración. Aunque servicios de socorro
organizados precipitadamente pudieron evacuar antes del asalto alemán
sobre Francia una cantidad considerable de republicanos hacia Latinoamé-
rica, éstos tuvieron que sufrir mezquindades y reservas hostiles que impi-
dieron una óptima organización de la ayuda. Muchos republicanos fueron
entregados a Franco por el gobierno de Vichy o las fuerzas de ocupación
alemanas. Miles de republicanos españoles lucharon en el maquis, donde
encontraron la muerte, decenas de miles no sobrevivieron a los campos de
concentración alemanes (sobre todo Mauthausen). 2 '
Particularmente desoladoras fueron las consecuencias ideológicas y
psicológicas de la guerra. La derrota de 1939 marcó en los actos y la con-
ciencia política de la población obrera, sobre todo en los territorios rura-
les, una profunda fractura histórica y dejó tras de sí un trauma que afectó la
vida obrera de muchas zonas (especialmente de Andalucía) hasta el final
del franquismo. Las consecuencias despolitizadoras de este trauma sólo pu-
dieron superarse paulatinamente en el transcurso de los años setenta. El le-
gado más importante de la guerra de 1936 fue la subsiguiente escisión de
Reconstruction y franquismo 143
la sociedad española en dos bandos: el de los vencedores y el de los ven-
cidos. Para el de los «nacionales» quedó claro desde el principio que los
vencedores gobernarían y gozarían los frutos del poder. Los vencidos, que
a los ojos de Franco encarnaban el mal absoluto, tenían que pagar y expiar.
La supuesta política de reconciliación de Franco no llegó en todos los
«años de paz» tan rimbombantemente estilizados a conceder a los perdedo-
res de la guerra civil una amplia amnistía general; sólo amnistías individua-
les, proclamadas espectacularmente, franquearon el camino a la libertad a
algunos escogidos cuidadosamente. La temible represión de los años cua-
renta al perseguir, torturar, fusilar y exiliar a aquellos que habían apoyado
(a conciencia o porque no les quedó ninguna otra posibilidad) la república
del Frente Popular, profundizó aún más los abismos existentes. Los amos del
poder no pensaron después de 1939 en una reconciliación; ellos querían
ante todo la venganza. El primero de abril —el día que se declaró el fin de la
guerra civil— no fue un «día de la paz»; en la época de Franco fue más bien
conmemorado como «día de la victoria» con el que año tras año se recorda-
ba a los españoles la división del país en vencedores y vencidos.
Aunque el programa de los Radical Republicans en Estados Unidos
puede compararse en cierta manera a la línea dura de los «ultras» franquis-
tas en la década posterior a la guerra civil española —hubo procesos polí-
ticos masivos, los dignatarios republicanos fueron desposeídos de sus car-
gos y perseguidos con métodos terroristas, los bienes de las instituciones
democráticas fueron expropiados, decenas de miles fueron a parar a las cár-
celes del Régimen—, aun así subsiste una gran diferencia: mientras que en
el caso estadounidense, a pesar de la justicia de los vencedores, se mantu-
vieron en lo esencial los principios constitucionales y las depuraciones po-
líticas se desarrollaron individual y selectivamente, en el caso español se
trató de la violación masiva de los derechos humanos, de la arbitrariedad
total por parte del Estado, de actos sistemáticos contra la justicia. Por lo
tanto, hay que concluir que el nuevo orden social impuesto en España por
el control y el poder de un régimen dictatorial supone una experiencia to-
talmente distinta de la de la Reconstruction; y tampoco tiene en común
con esta última que la Reconstruction fuera un proceso forzado de trans-
formación de una sociedad no democrática en una sociedad democrática.
En algunos aspectos específicos sí pueden compararse las inmediatas
fases de posguerra de ambos países: en Estados Unidos la Reconstruction
del Sur va unida a la ocupación militar y a la toma de posesión de los car-
gos públicos y de las posiciones influyentes por parte de nordistas, los lla-
mados Carpetbaggers.22 En España hubo igualmente —aunque en otro
sentido— una ocupación militar, sobre todo de las ciudades (subversivas
en tanto que industrializadas); militares y (en el campo) Guardia Civil eran
omnipresentes y dominaban la imagen de las calles. Mientras en el caso de
144 Sociedades en guerra civil
Estados Unidos los criterios que rigieron la toma de puestos importantes
fueron regionales, es decir, los ocuparon representantes del Norte, en Espa-
ña fueron consideraciones sociales las que basaron la reasignación de di-
chos puestos: todos los representantes de las organizaciones obreras fue-
ron alejados de ellos y sustituidos por representantes de los vencedores,
los cuales sociológicamente pertenecían a la burguesía y a la clase alta.
Desde un punto de vista organizativo, la antigua clase trabajadora fue des-
truida; en el «nuevo Estado», la representación obrera sólo podía reivindi-
carse en el marco de la organización corporativista. 23 En ambos casos, las
medidas de posguerra llevaron a importantes crisis de identidad: en el caso
estadounidense del Sur de la Unión, en el español, de la clase trabajadora y
de las regiones agrarias con gran componente de jornaleros.
4. SOBRE LAS AMBIVALENTES CONSECUENCIAS A MEDIO Y LARGO PLAZO
DE LA GUERRA CIVIL
Si se pregunta por las consecuencias a medio y largo plazo de la políti-
ca de guerra y de posguerra, es decir, por si las transformaciones de la es-
tructura social y política tuvieron un éxito duradero y fundamental, hay
que constatar entre los dos casos comparados un resultado coincidente en
muchos puntos. Por lo que respecta a Estados Unidos después de la guerra
civil, la Reconstruction va unida para la mayoría de los americanos a fraca-
sos: fracaso de los blancos en el Sur al restablecer el antiguo orden; fracaso
de los negros al luchar por la igualdad de derechos; fracaso del Norte, al
transmitir al Sur los valores de una sociedad libera1. 24 Tales impresiones de-
terminan hasta hoy el recuerdo colectivo del tiempo posterior a la guerra
civil. Aun cuando deban someterse tales juicios a una exacta comproba-
ción, y aun cuando el resultado detallado quizá no pueda clasificarse tan
claramente bajo la rúbrica «fracaso», aun así, hay que concluir que en el
caso de la Reconstruction sólo de una manera extremadamente condicio-
nada puede hablarse de un éxito de la política de ocupación y construc-
ción de los nordistas. La cuestión de los esclavos fue resuelta ostensible-
mente mediante la abolición de la esclavitud, pero de facto el constructo
social «raza» permaneció como principal criterio de ubicación social —si
bien en adelante de otra forma—. Es verdad que, después de 1877, la mayo-
ría de los afroamericanos poseía la ciudadanía, pero como ciudadanos de
segunda clase; la resistencia contra la igualdad de derechos políticos de los
negros estaba muy extendida incluso entre los adversarios de la esclavitud.
A partir de 1870 en el Sur se devolvió gradualmente el poder político y
económico a los grupos sociales que ya antes de la guerra poseían la máxi-
ma influencia.A pesar de la derrota en la guerra civil, el predominio de los
Reconstruction y franquismo 145
terratenientes duró hasta bien entrado el siglo xx debido al sistema de tra-
bajo campesino. Y en el año 1877 la Reconstruction encontró de todos
modos su fin, sobre todo a causa de la creciente oposición violenta de su-
reños blancos y del debilitamiento de la presión del Norte.'
También fue significativo el influjo de la época de guerra y de posgue-
rra sobre el sistema de partidos y los mecanismos de establecimiento del
poder político. En este sentido se evidencia igualmente la gran continuidad
política en el Sur, aunque una consideración detallada permite reconocer
algunas diferencias: para Estados Unidos la imagen dominante está marca-
da por la idea de que, a pesar del acontecimiento de época de la guerra ci-
vil, apenas hubo transformación de los partidos políticos o del comporta-
miento de los electores. Esta imagen proviene probablemente de que en el
sur de Estados Unidos no hubo ninguna dictadura y el Partido Demócrata
(a pesar de unas limitaciones iniciales) continuó participando en la confi-
guración de la voluntad política y en el poder.
Una consideración más exacta muestra un cuadro bien diferenciado
por lo que respecta al estatus y administración de la antigua Confedera-
ción y la participación de los demócratas en el poder político. Sin duda, el
Partido Republicano fue la fuerza política dominante después de 1865. Su
meta era integrar a los antiguos demócratas y escogió para ello a Andrew
Johnson —el único senador demócrata de uno de los Estados secesionistas
que había permanecido leal a la Unión— como vicepresidente. Cuando
Johnson asumió la presidencia tras el asesinato de Abraham Lincoln, que-
dó, a causa de su política de equilibrio, rápidamente en una posición aisla-
da dentro del Partido Republicano, ya que el tono en este último lo daban
los Radical Republicans, los cuales casi separaron al presidente de su car-
go. 26 El auténtico conflicto entre los Radicals y el presidente o, lo que es
igual, los Moderates se volvió hacia la reintegración de los antiguos Estados
confederados en la Unión. Finalmente, se impusieron los Moderates: a ellos
esencialmente hay que atribuir que (en la 14 enmienda de la Constitución)
no se concediera plenamente a los antiguos esclavos los derechos ciudada-
nos y los confederados pudieran retornar rápidamente a la Unión. La retira-
da de las tropas (del Norte) inició el colapso del último gobierno republi-
cano en los Estados de la antigua Confederación. En el Sur los Redeemers
tornaron el poder político, los representantes de la antigua Confederación
dominaron de nuevo la política, una década después del fin de la guerra es-
taba el Sur otra vez bajo el control de un partido demócrata, los afroameri-
canos fueron expulsados de los cargos políticos y en la década de 1890 se
llegó finalmente a la segregación completa.
Si se confrontan las situaciones estadounidense y española hay que
constatar afinidades y diferencias. Por lo que respecta a estas últimas, hay
que indicar que el franquismo a diferencia de los vencedores en la guerra
146 Sociedades en guerra civil
civil americana, consiguió —al menos aparentemente— imponer durade-
ramente sus ideas en los ámbitos social y político: los vencedores anularon
en seguida la reforma agraria de la Segunda República y aniquilaron todas
las iniciativas reformistas. La Iglesia ejerció en adelante el control decisivo
sobre la educación y la cultura en el país. En general puede hablarse de una 1
restauración de las relaciones sociales características de la España agraria y
oligárquica del siglo XIX, que justificadamente se habían considerado ame-
nazadas. Paralelamente a esta restauración de las estructuras sociales trans-
currió el restablecimiento de las mismas ideas religiosas y morales, de la mis-
ma tradición cultural y de la misma orientación política fundamental que
ya habían existido en aquella España de las estructuras tradicionales, domi-
nada por una pequeña oligarquía.
Sobre todo en el ámbito económico la política franquista pareció co-
rresponder por completo a las metas de la guerra. La acumulación de capi-
tal de las dos primeras décadas de posguerra se cargó, en primer lugar, so-
bre los hombros de los explotados trabajadores, cuyos minúsculos salarios
les obligaron durante años a un ahorro forzoso. La distribución de los in-
gresos en esta fase del primer franquismo benefició únicamente al empre-
sariado. Los dos conceptos clave del discurso económico-político de los
años cuarenta eran autarquía e intervencionismo. Alrededor de estos con-
ceptos se mueve también la discusión económico-política más reciente.
Según la opinión de José Luis García Delgado, la política económica de los
años cuarenta fue «el período de la industrialización española que mejor
revela las penosas limitaciones de un intervencionismo económico exa-
cerbado, expresión final del introvertido nacionalismo económico español
del medio siglo precedente, síntesis última de autarquía y máxima exten-
sión de las facultades estatales de ordenación y regulación de la econo-
mía». 27 Los años cuarenta se diferencian de la época subsiguiente por el
crecimiento nulo en el sector industrial y la extraordinaria intensidad del
intervencionismo económico en el marco de un aislamiento económico y
político sin precedentes. Después del fin de la guerra civil fue decisivo
para la reorganización de la economía el programa nacionalsindicalista de
la Falange. El fuerte control de la economía que se había establecido du-
rante la guerra desde Burgos y que se había organizado en las «comisiones
de regulación» (para producción, distribución y venta) de todos los bienes
importantes, ya se extendió en 1939 a toda España transformándose en
uno de los controles económicos estatales ejercidos por los nuevos minis-
terios.
Investigaciones recientes han precisado que los años cuarenta . fueron
una década de estancamiento económico; las cifras indicativas, calculadas
de nuevo, permiten ver que los anteriores cálculos oficiales del Consejo
Económico Nacional y del Instituto Nacional de Estadística estaban enmas-
Reconstruction y franquismo 147
carados: 28 a la ya relativamente negativa evolución de los años republica-
nos, se sumó la larga depresión que durante una década y media siguió al
año 1936. Historiadores de economía han calculado incluso que los años
treinta y cuarenta fueron la única fase de los últimos ciento cincuenta años
de la historia española en que se registró un retroceso duradero del nivel de
vida de la población.
Entre 1939 y 1959 el gobierno practicó una política de autarquía en el
sentido de suprimir las importaciones y disminuir sistemáticamente la rela-
ción con el mercado mundial en todos los sectores. La industrialización de-
bía independizar al país de las importaciones y sentar los fundamentos de
una estructura productiva dirigida al mercado interior y basada en la divi-
sión del trabajo. A la vista del marco de condiciones externas es natural
que se persiguiera una economía nacionalista centrada en la autarquía y el
intervencionismo estatal; sin embargo, este concepto estaba determinado
en primer término por las ideas económicas y sociales de la Falange, para
la que la economía debía subordinarse a la política, la producción estar al
servicio de la patria y la industrialización ser expresión del prestigio nacio-
nal. Además esta política coincidió con un nacionalismo extremo como
ideología justificadora del nuevo régimen. 29
A la economía política como expresión económica del vencedor sobre
el proletariado se asociaron cultura e ideología en el franquismo: la guerra
civil habría iniciado aquel «camino singular» que la España franquista pro-
pagó hasta bien entrados los años sesenta. Si durante la guerra civil la iz-
quierda había albergado la esperanza de convertir a España en el segundo
país socialista de la historia, del mismo modo la derecha situó consciente-
mente el glorioso pasado español como norte de sus anhelos. La propagan-
da franquista equiparó en adelante liberalismo, socialismo, comunismo y
francmasonería —las fuerzas que durante la Segunda República aspiraron a
la modernización y se abrieron a Europa— con la eterna «anti-España», pro-
clamó la ideología conservadora de la singularidad española y su guerra de
cruzadas en la época de la secularización y propagación del socialismo, y
abolió todas las medidas modernizadoras del quinquenio precedente. El
propio Franco calificó su régimen de «retorno a los elementos primigenios
de la esencia española» que en las décadas de la gran aparición de España
en la política mundial bajo los Reyes Católicos decidieron la historia. El
«desenganche» consciente del desarrollo político de España respecto a las
sociedades occidentales y el acento sobre la historia y la tradición españo-
las como fundamento del «nuevo Estado» fueron en el futuro característi-
cas de la estructura argumentativa de la ideología franquista.°
Política y económicamente, por lo tanto, España inició tras la guerra ci-
vil un «camino singular» que en parte fue elegido y en parte impuesto des-
de el exterior. El eslogan turístico España es diferente, que en los años se-
148 Sociedades en guerra civil
senta idearon los propagandistas del régimen para atraer a los nórdicos y
centroeuropeos hambrientos de sol, muestra también esta autoconciencia
ideológica y política. La singularidad política que diferenció a la España
franquista de la evolución europea occidental se mantuvo hasta la muerte
del dictador: una vez que Franco, ya pocas semanas después del final de la
guerra civil, había caracterizado programáticamente las relaciones de Espa-
ña con el exterior en términos de defensa contra un contubernio mundial,
el régimen ya no se separó nunca de esta valoración básica.
Cuán contrario a los valores «europeos» era el sistema represivo del
franquismo se infiere del hecho de que las reflexiones sobre Europa de los
intelectuales españoles en aquellos años fueran mayoritariamente una de-
fensa de la apertura del país. Europa se convirtió en patrón de medida y la
alusión a la diversidad europea en crítica a la forzada uniformidad política
y cultural de España. La referencia a Europa fue (directa o condicionada)
expresión de la disconformidad y perspectiva de una alentadora esperanza
de libertad y democracia. Esta aspiración no se dirigía a la mejora económi-
ca sino al desarrollo social, político y cultura1. 31
Si se considera la evolución del régimen vencedor en su primera fase,
parece evidente una imposición de las metas proclamadas en la guerra.
Pero el resultado es completamente distinto si en la consideración se in-
cluye toda la era franquista. La perspectiva a largo plazo aproxima el caso
español al estadounidense en cuanto se plantea la pregunta por la imposi-
ción de las metas proclamadas en la guerra. Los efectos a largo plazo de la
política practicada por el régimen fueron más consecuencias no intencio-
nadas que intencionadas. Cuando a finales de los años cincuenta el régi-
men franquista se vio al borde del colapso económico como consecuencia
de la política de autarquía practicada hasta entonces, el gobierno dio un
giro económico-político radical y se decidió (por necesidad) por la liberali-
zación económica y la apertura hacia Europa.
El despegue económico de los años sesenta trajo tras de sí importantes
transformaciones de los ámbitos socioeconómico y sociocultural. La demo-
grafía adoptó paulatinamente el modelo de las naciones industrializadas:
elevación de la esperanza de vida, descenso de la natalidad, envejecimiento
de la población, racionalización de la conducta generativa. Los movimien-
tos migratorios llevaron a una elevada concentración de la población es-
pañola en pocas provincias, a grandes asentamientos en barrios y, como
consecuencia de ello, a una alta urbanización. La estructura de la población
activa, con su predominio de empleados en los sectores secundario y ter-
ciario en detrimento de la agricultura, se adaptó progresivamente a las
otras sociedades industriales. A causa de la industrialización y de la espe-
cialización de los puestos de trabajo, la profesionalización y la movilidad la-
boral se incrementaron en casi todos los sectores. La alfabetización alcanzó
Reconstruction y franquismo 149
cotas comparables a las naciones industriales desarrolladas. La política edu-
cativa en las últimas décadas del franquismo supuso el tránsito de un anal-
fabetismo todavía masivo a una diferenciación sociocultural. La estructura
de la familia evolucionó cada vez más claramente hacia el llamado núcleo
familiar, las cuotas de empleo femenino aumentaron rápidamente. El siste-
ma de valores (actitud ante el divorcio, sexualidad, emancipación