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Los Habladores

Este entremés presenta un diálogo entre Sarmiento, un caballero, y Roldán, un hombre pobre pero hablador. Roldán le pide a Sarmiento que le dé una puñalada a cambio de dinero, pero Sarmiento se niega. Luego, Sarmiento le pide a Roldán que hable con su esposa Beatriz, quien es conocida por ser muy habladora, con la esperanza de que Roldán la deje muda con su propia verborrea. Roldán acepta y ambos van a la casa de Sarmiento, donde continú
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Los Habladores

Este entremés presenta un diálogo entre Sarmiento, un caballero, y Roldán, un hombre pobre pero hablador. Roldán le pide a Sarmiento que le dé una puñalada a cambio de dinero, pero Sarmiento se niega. Luego, Sarmiento le pide a Roldán que hable con su esposa Beatriz, quien es conocida por ser muy habladora, con la esperanza de que Roldán la deje muda con su propia verborrea. Roldán acepta y ambos van a la casa de Sarmiento, donde continú
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Los habladores: entremés famoso


Miguel de Cervantes Saavedra

PERSONAJES
Procurador
ROLDÁN
SARMIENTO
DOÑA BEATRIZ
INÉS
UN ALGUACIL
Escribano

Acto único
Calle.
Escena I

PROCURADOR, SARMIENTO, y detrás ROLDÁN, en hábito roto con su espada y


calcillas.

SARMIENTO.- Tome, señor Procurador; que ahí están los dos mil pesos, y le juro
que aunque me costara cuatro mil, desearía volver a herir a mi adversario.

PROCURADOR.- Usted ha hecho bien como caballero en defenderse, y como


cristiano en pagar; y yo le llevo el dinero, con la esperaza de que él se cure.

ROLDÁN.- ¡Hey, patrón! ¿Es usted procurador?

PROCURADOR.- Sí soy; ¿qué es lo que usted manda?

ROLDÁN.- ¿Qué dinero es ese?

PROCURADOR.- Me lo dio este caballero como pago a un hombre que recibió una
cuchillada de él, en un duelo legalizado por el gobernador.

ROLDÁN.- Y ¿cuánto es el dinero?

PROCURADOR.- Dos mil pesos.

ROLDÁN.- Que Dios lo acompañe.

PROCURADOR.- Y a usted señor. (Vase.)

ROLDÁN.- ¡Hey, patrón!

SARMIENTO.- ¿Yo?

ROLDÁN.- Usted.
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SARMIENTO.- Dígame.

ROLDÁN.- Cúbrase usted; que si no, no hablaré palabra.

SARMIENTO.-Ya estoy cubierto.

ROLDÁN.- Señor mío, yo soy un pobre hombre, aunque honrado; tengo necesidad,
y he sabido que usted ha dado dos mil pesos a un hombre a quien le había dado una
cuchillada; y por si tiene deleite en darlas, vengo a que usted me dé una a donde se le
antoje; que yo la recibiré por quinientos pesos menos que el otro.

SARMIENTO.- Si no estuviera tan enojado, me burlaría de usted; ¿lo dice en serio?


venga acá: ¿no sabe que las cuchilladas se dan sino a quien las merece?

ROLDÁN.- Pues ¿quién las merece como la necesidad? ¿No dicen que tiene cara de
hereje? Pues, ¿dónde estará mejor una cuchillada que en la cara de un hereje?

SARMIENTO.- Usted no debe de ser muy inteligente; recuerde el proverbio que dice
que la necesidad carece de ley.

ROLDÁN.- Dice muy bien usted; porque la ley fue inventada para la quietud, y la
razón es el alma de la ley, y quien tiene alma tiene potencias: tres son las potencias del
alma: memoria, voluntad y entendimiento. Usted tiene muy buen entendimiento, porque
el entendimiento se conoce en la fisonomía, y la de usted es perversa, por la
concurrencia de Saturno y Júpiter, aunque Venus le mire en cuadrado, en la decanoria
del signo ascendente por el horóscopo.

SARMIENTO.- Esto es increíble, pero me lo merezco por haber pagado tanto a un


hombre por una cuchillada.

ROLDÁN.- ¿Cuchillada dijo usted? Está bien dicho: cuchillada fue la que dio Caín a
su hermano Abel, aunque entonces no había cuchillos; cuchillada fue la que dio
Alejandro Magno a la Corregidora, en la toma de la bastilla, y así mismo Julio César a
Juan Escutia por no aventarse de Chapultepec cuando Hidalgo gritó entre Jalisco y
Sonora; pero recuerde que las heridas se dan de dos maneras, porque hay traición y
alevosía: la traición se comete al Rey; la alevosía, contra los iguales; por las armas lo
han de ser; porque dice Villa en México Barbaro, y Paz en Cien años de soledad...

SARMIENTO.- Váyase con el diablo, que me deja sin razón; ¿no se da cuenta de
que habla como los locos del sanatorio de las bernardas?

ROLDÁN.- ¿Bernardas dice usted? y dijo muy bien, porque es lucido nombre; y una
mujer que se llama Bernarda está obligada a ser monja de San Bernardo; porque si se
llama Francisca, no puede ser; que las Franciscas tienen cuatro efes, fea, floja, flaca y
fría; la F es una de las letras del A, B, C; las letras del A, B, C, son veinte y tres: la K
sirve en castellano cuando somos niños, porque entonces decimos la caca, que se
compone de dos veces esta letra K: dos es la mitad de uno cuando se toma vino; el vino
tiene grandes virtudes; no se ha de tomar en ayunas, ni aguado, porque las partes raras
del agua penetran los poros y se suben al cerebro, y entrando puras...
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SARMIENTO.- Espérese, se me hace que algún demonio habita en esa lengua.

ROLDÁN.- Dice usted muy bien; porque quien tiene lengua, a Roma va; yo he
estado en Roma, Machupichu, Trasilvania y en las ruinas de Montalbán: Montalbán era
un Castillo, donde gobernó Moctezuma; Moctezuma era uno de las doce águilas de
Francia, y de los que comían con el Emperador Maximiliano en la mesa redonda,
porque no era cuadrada ni ochavada. En Valladolid hay una plaza que llaman el Ochavo;
un ochavo es la mitad de un cuarto, un cuarto en la hacienda Galindo se renta por miles
de pesos; el peso vale tanto como antes valían los escudos en España, dos maneras hay
de escudos; hay escudos de paciencia y hay escudos...

SARMIENTO.- Dios me la dé para aguantarlo; que ya no sé de mí y me siento


perdido.

ROLDÁN.- Perdido dijo usted, y dijo muy bien; porque el perder no es ganar; hay
siete maneras de perder: perder el juego, perder la hacienda, el trato, perder la honra,
perder el juicio, perder por descuido una sortija o una novia, perder...

SARMIENTO.- Váyase con el diablo.

ROLDÁN.- ¿Diablo, dijo usted? y dijo muy bien; porque el diablo nos tienta con
varias tentaciones: la peor de todas es la de la carne; la carne no es pescado; el pescado
es flemoso; los flemáticos no son coléricos. De cuatro elementos está compuesto el
hombre:

SARMIENTO y ROLDAN.- ….de cólera, sangre, flema y melancolía.

ROLDAN.- La melancolía no es alegría, porque la alegría consiste en tener dineros;


los dineros hacen a los hombres, los hombres no son bestias, las bestias pacen; y
finalmente...

SARMIENTO.- Y finalmente me volverá loco, o casi; pero le suplico que me


escuche una palabra, sin decirme lo que es palabra, que me caeré muerto.

ROLDÁN.- ¿Qué manda usted?

SARMIENTO.- Señor, yo tengo una mujer, y se lo juro, es la mayor habladora que


se ha visto desde que hubo mujeres en el mundo; es tanto lo que habla, que muchas
veces he querido matarla: remedios he buscado, ninguno ha sido efectivo; a mí me ha
parecido que si yo lo llevara a usted a mi casa, y hablara con ella seis días seguidos, me
la dejaría muda y obediente. Véngase usted conmigo, se lo ruego; que yo quiero fingir
que usted es mi primo, y con esta excusa lo tendré a usted en mi casa.

ROLDÁN.- ¿Primo dijo usted? ¡Oh, qué bien dijo usted! Primo decimos al hijo del
hermano de nuestro padre; primo, a un zapatero de obra prima; prima es una cuerda de
guitarra; la guitarra se compone de cinco órdenes; los fantásticos son cuatro; cuatro son
los que no llegan a cinco; con cinco estaba obligado a reñir antiguamente el que
desafiaba de común, como se vio con Gokú y James Bond, cuando Homero Simpson...

SARMIENTO.- Silencio, por Dios, que allá dirá lo que quiera.


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ROLDÁN.- Camine que yo le dejaré a esa mujer en dos horas muda como una
piedra; porque la piedra...

SARMIENTO.- No le oiré palabra.

ROLDÁN.- Pues camine; que yo le curaré a su mujer. (Vanse.)

BEATRIZ.- ¡Inés! ¡Dónde estás! (Llamando.) ¡Inés! ¿No escuchas? ¡Inés! ¡Inés!

INÉS.- Ya oigo, señora, señora, señora.

BEATRIZ.- Chamaca desvergonzada, ¿cómo me respondes con ese lenguaje? ¿No


sabes que la vergüenza es la principal joya de las mujeres?

INÉS.- Usted, por hablar, cuando no tiene de qué, me llama doscientas veces.

BEATRIZ.- El número doscientos es número mayor, debajo del cual se pueden


entender doscientos mil, añadiéndole ceros; los ceros no tienen valor por sí mismos.

INÉS.- Señora, ya lo tengo entendido; dígame usted en prosa lo que tengo que hacer.

BEATRIZ.- En prosa, debes poner la mesa para que coma el patrón; que ya sabes que
anda de malas, y eso es causa de que reparta golpes, y comenzando por las criadas
remata con el ama.

INÉS.- De haberlo dicho antes señora, voy volando. (Vase.)

SARMIENTO.- ¿No está nadie en casa? ¡Beatriz, hola!

BEATRIZ.- Aquí estoy; ¿para que tanto grito?

SARMIENTO.- Mira, traigo este invitado, pariente mío, trátale bien, que es un
caballero que llegará a la corte.

BEATRIZ.- Si usted va a la corte, no se olvide de que la corte no es para Carlos tan


encogido; porque el encogimiento es cosa de bobería, y el bobo está cerca de ser
desvalido, y lo merece; porque el entendimiento es luz de las acciones humanas, y toda
la acción consiste...

ROLDÁN.- Tranquila señora, que bien sé que consiste en la disposición de la


naturaleza, porque la naturaleza obra por los instrumentos corporales y va disponiendo
los sentidos; los sentidos son cinco: andar, tocar, correr y pensar y no estorbar; toda
persona que estorbare es ignorante, y la ignorancia consiste en no caer en las cosas;
quien cae y se levanta, Dios le dé buenas Pascuas; las Pascuas son cuatro, la de
Navidad, la de Reyes, la de Flores y la de Pentecostés; Pentecostés es un vocablo
exquisito...

BEATRIZ.- ¿Cómo exquisito? mal sabe usted de exquisitos; toda cosa exquisita es
extraordinaria: la ordinaria no admira; la admiración nace de cosas altas; la más alta
cosa del mundo es la quietud, porque nadie la alcanza; la más baja es la malicia, porque
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todos caen en ella; el caer es forzoso, porque hay tres estados en todas las cosas; el
principio, el aumento y la declinación.

ROLDÁN.- Declinación dijo usted y dijo muy bien; porque los nombres se declinan,
los verbos se conjugan; y los que se casan se llaman con este nombre, y los casados son
obligados a quererse, amarse y estimarse, como lo manda la Santa Madre Iglesia; y la
razón de esto es...

BEATRIZ.- Espere, con calma, ¿que es esto marido? ¿Qué clase de hombre es este
que has traído a mi casa?

SARMIENTO.- Por Dios, que me alegro, que he hallado con qué desquitarme. Vamos,
preparen la mesa y comamos, que el señor Roldán ha de ser huésped mío seis o siete
años.

BEATRIZ.- ¿Siete años? ni una hora, que reventaré, marido.

SARMIENTO.- Son el uno para el otro. ¡Inés! La comida.

INÉS.- ¿Convidados tenemos? Aquí está la mesa.

ROLDÁN.- ¿Quién es esta señora?

SARMIENTO.- Es criada de casa.

ROLDÁN.- Una criada, que se llama en Valencia fadrina, en Italia mascara, en


Francia gaspirria, en Alemania filimoquia, en Vizcaya moscorra, y entre chilangos gata.
Venga la comida alegremente; que quiero que me vean comer al uso de la Gran Bretaña.

BEATRIZ.- Marido; que reviento por hablar.

ROLDÁN.- ¿Hablar dijo usted? y dijo muy bien: hablando se entienden los
conceptos; éstos se forman en el entendimiento; quien no entiende, no siente; quien no
siente, no vive; el que no vive, es muerto; un muerto echarle en un huerto.

BEATRIZ.- ¡Marido? ¡Marido?

SARMIENTO.- ¿Qué quieres mujer?

BEATRIZ.- Echa de aquí este hombre, que reviento por hablar.

SARMIENTO.- Mujer, ten paciencia; que hasta cumplidos los siete años no puede
salir de aquí; porque he dado mi palabra, y estoy obligado a cumplirla, o no seré quien
soy.

BEATRIZ.- ¿Siete años? Primero veré yo mi muerte. ¡Ay, ay, ay!

INÉS.- Azotó la res. ¿Esto quiere usted ver delante de sus ojos? Véala ahí muerta.

ROLDÁN.- ¡Jesús! ¿De qué le ha dado este mal?


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SARMIENTO.- De no hablar.

ALGUACIL.- (Dentro.) ¡Abran a la policía, abran!

ROLDÁN.- ¡La poli! ¡Ay, triste de mí! que yo soy prófugo, y si me conocen me han
de llevar a la cárcel.

SARMIENTO.- Pues, señor, el remedio es meterse en esas cortinas que las habían
quitado para limpiarlas.

ALGUACIL.- Era para hoy.

SARMIENTO.- ¿Qué es lo que usted manda que tan furioso viene?

ALGUACIL.- El señor Gobernador, manda que, no obstante que usted ha pagado los
dos mil pesos de la cuchillada, venga usted a darle la mano a este hombre, y se abracen
y sean amigos.

SARMIENTO.- Estábamos por comer.

ESCRIBANO.- El hombre está aquí junto.

SARMIENTO.- Vamos, y entretanto, pongan la mesa. (Vanse todos, menos Roldán,


Beatriz e Inés.)

INÉS.- Vuelve en ti, señora; que si de no hablar te has desmayado, ahora, que estás
sola, hablarás cuanto quisieres.

BEATRIZ.- Gracias a Dios, que ahora descansaré del silencio que he tenido.

ROLDÁN.- (Sacando la cabeza de la estera.) ¿Silencio dijo usted? y dijo muy bien;
porque el silencio fue siempre alabado de los sabios, y los sabios hablan a tiempos y
callan a tiempos, porque hay tiempos de hablar y tiempos de callar; y quien calla otorga,
y el otorgar es de escrituras, y una escritura ha menester tres testigos, y si es de
testamento cerrado siete; porque...

BEATRIZ.- Porque el diablo te lleve, hombre, y quien acá te trajo. ¿Hay tan gran
sinvergüenza? Yo vuelvo a desmayarme.

SARMIENTO.- (Roldán se esconde de nuevo.) Ya que se han hecho las amistades,


quiero que ustedes beban conmigo. Inés, la cerveza.

BEATRIZ.- ¿Ya vas a tomar? ¿No ves que estamos ocupadas sacudiendo estas
cortinas? (Muestra el palo.) Y tú, con ese otro, (A Inés.) démosle hasta que queden
limpias.

ROLDÁN.- Órale señoras: entendí que hablaban mucho, pero no que jugaban de
manos.

ALGUACIL.- ¡Oye! ¿No es este Roldanejo, el hablador, que hace las trampas?
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ESCRIBANO.- El mismo.

ALGUACIL.- Sea preso.

ROLDÁN.- ¿Preso dijo usted? y dijo muy bien, porque el preso no es libre, y la
libertad...

ALGUACIL.- Que no, no; aquí no ha de valer las palabras; estás condenado a la
cárcel.

SARMIENTO.- Señor oficial, le suplico que por haberlo hallado en mi casa, esta vez
no se lo lleve; que le doy palabra a usted que se vaya del pueblo en cuanto cure a mi
mujer.

ALGUACIL.- Pues ¿de qué la cura?

SARMIENTO.- Del hablar.

ALGUACIL.- Y ¿cómo?

SARMIENTO.- Hablando; porque como habla tanto la enmudece.

ALGUACIL.- Soy contento por ver ese milagro; pero ha de ser con condición que si
la diera sana, me avise usted luego, porque le lleve a mi casa; que tiene mi mujer la
misma enfermedad, y me alegraría que me la curara de una vez.

ROLDAN.- Yo sé que le dejaré bien curada a su mujer.

ALGUACIL.- Vete pícaro hablador.

SARMIENTO.- No me desagrada el verso.

ALGUACIL.- Pues si no le desagrada oiga, que yo tengo una vena de poesía.

ROLDÁN.- ¿Poesía ha dicho usted? Pues adelante y a ver quien improvisa mejor.

Alguacil.- La condición del hablar


Más parece tentación
De quien nos suele tentar
Ni puede ser condición
En hombre que es muladar
Parte a servir de a tambor
Con esa lengua embaidor
Y pues que con mayor ruido
Suenas a un discreto oído
Vete pícaro hablador.

Escribano.- Después de muerto sé yo


Qué ha de ponerse en lugar
de epitafio: aquí murió
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quien muerto no ha de callar


tanto como vivo habló.

Inés.- Esa quiero yo acabar.

Escribano.- Diga veamos.

Inés.- Y pues de hablar el rigor


A un muerto pones temor,
A un monte, donde a ninguno
Seas hablando importuno
Vete pícaro hablador.

Sarmiento.- Va la mía,
Oh tú que hablaste por veinte
Y hablaste por veinte mil.

Beatriz.- Yo la acabaré detente.

Roldan.- Por hablar traza sutil.

Beatriz.- Repare señor pariente,


Vete a donde tu rumor
No suene para tu mengua
Y pues se sabe tu flor
Vete enfermo de la lengua
Vete pícaro hablador.

ROLDAN.- Pues oigan ustedes: que no será peor la mía.

Aquí he venido a curar


una mujer habladora,
que nunca supo callar,
a quien pienso desde ahora
enmudecer con hablar.
Convidome este señor,
y comeré yo en rigor
aunque diga su mujer,
por no me dar de comer;
-«Vete, pícaro hablador.»

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