Autor:
Anónimo
Edades:
A partir de 6 años
Valores:
ingenio, esfuerzo, trabajo, inteligencia
Había una vez tres hermanos cerditos que
vivían en el bosque. Como el malvado lobo
siempre los estaba persiguiendo para
comérselos dijo un día el mayor:
- Tenemos que hacer una casa para
protegernos de lobo. Así podremos
escondernos dentro de ella cada vez que
el lobo aparezca por aquí.
A los otros dos les pareció muy buena
idea, pero no se ponían de acuerdo
respecto a qué material utilizar. Al final, y
para no discutir, decidieron que cada uno la hiciera de lo que quisiese.
El más pequeño optó por utilizar paja, para no tardar mucho y poder irse a
jugar después.
El mediano prefirió construirla de madera, que era más resistente que la paja
y tampoco le llevaría mucho tiempo hacerla. Pero el mayor pensó que aunque
tardara más que sus hermanos, lo mejor era hacer una casa resistente y
fuerte con ladrillos.
- Además así podré hacer una chimenea con la que calentarme en invierno,
pensó el cerdito.
Cuando los tres acabaron sus casas se metieron cada uno en la suya y
entonces apareció por ahí el malvado lobo. Se dirigió a la de paja y llamó a
la puerta:
- Anda cerdito se bueno y déjame entrar...
- ¡No! ¡Eso ni pensarlo!
- ¡Pues soplaré y soplaré y la casita derribaré!
Y el lobo empezó a soplar y a estornudar, la débil casa acabó viniéndose
abajo. Pero el cerdito echó a correr y se refugió en la casa de su hermano
mediano, que estaba hecha de madera.
- Anda cerditos sed buenos y dejarme entrar...
- ¡No! ¡Eso ni pensarlo!, dijeron los dos
- ¡Pues soplaré y soplaré y la casita derribaré!
El lobo empezó a soplar y a estornudar y aunque esta vez tuvo que hacer
más esfuerzos para derribar la casa, al final la madera acabó cediendo y los
cerditos salieron corriendo en dirección hacia la casa de su hermano mayor.
El lobo estaba cada vez más hambriento así que sopló y sopló con todas sus
fuerzas, pero esta vez no tenía nada que hacer porque la casa no se movía
ni siquiera un poco. Dentro los cerditos celebraban la resistencia de la casa
de su hermano y cantaban alegres por haberse librado del lobo:
- ¿Quien teme al lobo feroz?
¡No, no, no!
Fuera el lobo continuaba soplando en vano, cada vez más enfadado. Hasta
que decidió parar para descansar y entonces reparó en que la casa tenía una
chimenea.
- ¡Ja! ¡Pensaban que de mí iban a librarse! ¡Subiré por la chimenea y me los
comeré a los tres!
Pero los cerditos le oyeron, y para darle su merecido llenaron la chimenea de
leña y pusieron al fuego un gran caldero con agua.
Así cuando el lobo cayó por la chimenea el agua estaba hirviendo y se pegó
tal quemazo que salió gritando de la casa y no volvió a comer cerditos en
una larga temporada.