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San Elredo de Rieval

Este documento es un resumen de tres capítulos del libro "La Amistad Espiritual" de San Elredo de Rieval. En el primer capítulo, Juan le pide a Elredo que le enseñe sobre la amistad espiritual. Elredo responde que aunque autores clásicos como Cicerón escribieron sobre la amistad, es importante verla a la luz de las Escrituras. Juan y Elredo discuten que la verdadera amistad nace, crece y se cumple en Cristo.

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Temas abordados

  • felicidad,
  • amistad espiritual,
  • elección de amigos,
  • dificultades de la amistad esp…,
  • sabiduría divina,
  • paciencia,
  • dilección,
  • valores,
  • dificultades en la amistad,
  • prueba de amistad
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San Elredo de Rieval

Este documento es un resumen de tres capítulos del libro "La Amistad Espiritual" de San Elredo de Rieval. En el primer capítulo, Juan le pide a Elredo que le enseñe sobre la amistad espiritual. Elredo responde que aunque autores clásicos como Cicerón escribieron sobre la amistad, es importante verla a la luz de las Escrituras. Juan y Elredo discuten que la verdadera amistad nace, crece y se cumple en Cristo.

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  • prueba de amistad

San Elredo de Rieval

La Amistad Espiritual

La presente edición electrónica reproduce la traducción de María Estefanía Tamburini, O.S.B. Se han conservado las referencias
bíblicas, pero no las de Cicerón, y otros clásicos, para no hacer pesada la lectura ni permanentemente cortada por notas.
Índice

Prólogo 3

Libro Primero 4

La amistad en las fuentes profanas y la sal de la Escritura 4

La amistad. Su definición según Cicerón. Límites de esta definición 4

El amigo, guardián del alma. La amistad, valor permanente 4

¿Es posible ser amigos? 5

La caridad y la amistad. Su distinción 5

Distintos tipos de amistad: según la carne y según el mundo 5

La verdadera amistad. Sus características 6

El origen de la amistad 6

La amistad y la sabiduría 7

«Dios es amistad» 7

Libro Segundo 8

Resumen del primer libro. Recuerdo del monje Juan 8

Excelencia de la amistad 8

La unión de los espíritus. Simbología del beso 9

«El beso de Cristo» 10

Descripción de la amistad: su límite 10

La amistad sólo existe entre los buenos 10

La amistad no es onerosa, sino necesaria 11

La amistad que debemos evitar y la amistad apetecible 11

Los límites de la amistad: nuevas consideraciones 12

Planteo del nuevo diálogo y conclusión 12

Libro Tercero 13

El amor, fuente de la amistad 13

Resumen de lo ya expuesto 13

La elección del amigo 14

Los enemigos de la amistad 14

Ejemplos extraídos de la Escritura 14

Otros peligros que amenazan o impiden la amistad 15

Un ejemplo de la propia experiencia 15

Las actitudes con que podemos corregir al amigo 15

El caso de la amistad que se rompe 16

El Abad sintetiza lo expuesto 16

Probar al amigo 17

En la fidelidad, nodriza del vínculo amistoso 17

En la intención con que busca nuestra amistad 17


En la discreción con que se comporta 18

En la paciencia que ejerce 18

Elogia Elredo la amistad, aun en sus dificultades 18

El amigo es fuente de felicidad 18

La proverbial armonía de Rieval 19

De la amistad afectiva a la amistad divina 19

El cultivo de la amistad 20

El ejemplo de David y Jonatán 20

La amistad mira por conservar iguales en todo a los amigos 20

La amistad en el ambiente monástico 21

La corrección entre amigos. Precauciones 21

La adulación disuelve la amistad 22

Disimulo y simulación 22

La amistad y los favores entre amigos. el ejemplo de Jesús, Pedro y Juan 22

Elredo particulariza: sus dos íntimos. la dulce unión con Godofredo 22

La amistad nos exige un esfuerzo de conversión 23

Del amigo al Amigo 24

Prólogo

Experto él mismo en el amor de Dios y del prójimo, Elredo elaboró en la madurez este diálogo, para edificar sólidamente en
Cristo la amistad que los monjes, bajo su paternidad, aprendían a profesarse.

Comienza el prologo del libro sobre "la amistad espiritual", del venerable Abad Elredo

CUANDO todavía era un colegial y me deleitaba el encanto de mis condiscípulos, todo mi espíritu se dio al afecto y se consagró
al amor entre las costumbres y los vicios a los que suele aventurarse aquella edad. Nada me parecía más dulce, nada más
sabroso ni útil que ser amado y amar.

Fluctuando entre diversos amores y amistades, era arrastrado de un lado a otro e, ignorando la ley de la verdadera amistad,
muchas veces me engañaban las apariencias. Por fin llegó a mis manos el libro que Tulio1 escribió sobre la amistad e
inmediatamente lo juzgué útil por la seriedad de sus sentencias y dulce por la suavidad de su elocuencia.

Aunque no me vi idóneo para una amistad tal, me congratulé de haber escontrado esa fórmula ségún la cual podía restablecer
el curso de mis amores e inclinaciones. Cuando a mi buen Señor le plugo corregir lo desviado, levantar lo caído y, con salutífero
contacto, limpiar al leproso, relegando la esperanza del siglo, entré al monasterio.

De inmediato me entregué a la lectura de las Sagradas Escrituras, aunque al principio el ojo enfermo y acostumbrado a las
tinieblas carnales no captaba ni su superficie. Pero la Sagrada Escritura se endulzó y aquel poco de ciencia que el mundo me
había dado perdió su valor al compararlo con ellas. Recordé lo que había leído sobre la amistad en aquel librito del que antes
hablé y me admiré de que no tuviera ya para mí el mismo sabor de entonces.

A partir de ese momento nada era capaz de arrebatar mi afecto si no llevaba en sí la miel del dulcísimo nombre de Jesús y si no
estaba sazonado con la sal de las Sagradas Escrituras. Sin embargo, volvía una y otra vez a lo leído para ver si podía
confirmado con la autoridad de la Escritura.

En los Santos Padres leí mucho sobre la amistad y queriendo amar espiritualmente, mas no pudiendo, decidí escribir sobre la
amistad espiritual, proponiéndome normas de casta y santa dilección.

Dividí el opúsculo en tres libritos. Traté en el primero sobre qué es la amistad, su origen y su causa. Propuse en el segundo su
excelencia y sus frutos. Y, en la medida de lo posible, expliqué en el tercero de qué modo y entre quienes puede conservarse
ella íntegra hasta el fin.

Si a alguno le aprovechan estas lecciones, dé gracias a Dios e interceda por mis pecados ante la misericordia de Cristo. Si a
otro le parecen superfluas e inútiles, perdone el desacierto que me llevó a sintetizar en estas meditaciones el curso de mis
pensamientos.

1
Se refiere al diálogo “De Amicitia” (Acerca de la amistad), de Marco Tulio Cicerón. A lo largo de la obra se lo citará de manera
abundante, tanto explícita como alusivamente.
Libro Primero

ELREDO. - He aquí que estamos tú y yo. Espero que el tercero entre nosotros sea Cristo. No hay quien nos moleste con ruidos
ni quien interrumpa nuestro encuentro amistoso. Sincérate, querido Juan, y dime cuanto desees. No usemos inútilmente este
lugar, este tiempo y este ocio.

Hace un rato, cuando estaba sentado ante nuestros muchos hermanos y me aturdían por todas partes -unos preguntando,
otros discutiendo, éste queriendo saber algo sobre las Escrituras, aquel sobre las costumbres, quien sobre los vicios y quien
sobre las virtudes-, sólo tú callabas. Si levantabas la cabeza y te aprestabas a decir alguna cosa en voz alta, como si ella se te
ahogara en la garganta, de nuevo bajabas la frente y guardabas silencio. Te apartabas y luego volvías con cara triste.
Entonces, y por todo esto, me di cuenta de que preferías callar por temor a manifestar tus pensamientos a tantos.

JUAN. - Tienes razón, y me da mucha alegría comprender cuánto cuidas de tu hijo. Sólo la caridad pudo abrirte mi espíritu y
manifestarte mis pensamientos. Ojalá me permitas, apartando todo lo demás, estar contigo al menos una vez cuando vienes a
visitar a tus hijos, para decirte sin temor lo que me quema por dentro y compartir tu abundancia.

ELREDO. - Con mucho gusto, porque constato con agrado que no te inclinas a cosas vanas u ociosas, sino que hablas siempre
de lo que te es útil y necesario para progresar. Puedes decir entonces confiadamente y compartir con tu amigo todo lo que te
preocupa. Así aprenderás tú o me enseñarás a mí, darás y recibirás, regarás y extraerás el agua.

La amistad en las fuentes profanas y la sal de la Escritura

JUAN. - Es verdad que estoy pronto para aprender, pero no lo estoy para enseñar; no para dar, sino para recibir, para extraer
el agua, no para regar. Así me lo prescribe mi edad, me lo obliga mi inexperiencia y lo aconseja mi profesión. De modo que,
para no perder en vueltas este tiempo tan precioso, te pido que me enseñes algo acerca de la amistad espiritual. Qué es, cuál
es su utilidad, su principio y su fin; entre quiénes puede darse y, si no es para todos, para quiénes puede serlo y cómo puede
conservarse íntegra y llegar a su santa meta sin ninguna disensión que lo impida.

ELREDO. - Me admiro de que estimes que estas cosas se me deban preguntar a mí, cuando consta que de todo esto ya
hablaron, mucho y bien, viejos y óptimos doctores. Con mayor razón cuando pasaste tu infancia estudiándolas y leíste el libro
de Tulio Cicerón «Sobre la amistad», en que habla copiosamente y con feliz estilo de cuanto se puede esperar al respecto,
estableciendo, por así decir, algunas normas y preceptos.

JUAN. - No desconozco del todo ese libro que en otro tiempo me gustaba tanto, pero desde que probé la dulzura de la miel de
las Sagradas Escrituras y el dulcísimo nombre de Cristo vindicó para sí mi afecto, nada de lo que leo u oigo puede parecerme
sabroso o claro si no está salado con la Escritura celeste y condimentado por el dulcísimo Nombre, y esto aunque esté dicho en
forma sutil y elocuente.

Quisiera ver avalado por la autoridad de la Escritura todo lo que se dijo sobre la amistad, aunque sea conforme a la razón,
como así también todo lo que ahora podamos añadir con utilidad; de qué modo esa amistad, que necesariamente debe existir
entre nosotros, comienza en Cristo, se conserva en él y a él se dirige, ya que es su meta y su culminación. Así lo deseo porque
consta que Tulio ignoraba la virtud de la verdadera amistad, pues desconocía del todo a Cristo, que es su principio y su fin.

ELREDO. - Me doy por vencido. Pero, puesto que yo mismo soy un ignorante, no procuraré enseñarte ni medir mis posibilidades
para ello; antes bien, conversaré contigo. Tú, en la puerta de nuestra búsqueda, abriste la marcha tomando aquella luz
esplendidísima, y tal luz, no sólo nos impedirá que nos descarriemos, sino que nos llevará por camino recto a la respuesta
segura de nuestro interrogante.

En efecto, ¿qué se puede decir acerca de la excelencia, la verdad y el provecho de la amistad, sino lo que dijiste: que nace en
Cristo, en Cristo crece y por él se plenifica? Dime, entonces, ¿qué te parece que debamos averiguar primero?

La amistad. Su definición según Cicerón. Límites de esta definición

JUAN. - Pienso que ante todo debemos tratar de definirla, pues si ignoramos la naturaleza de lo que motiva nuestra
conversación, es como si pintáramos sobre el lienzo de la nada.

ELREDO. - ¿No te satisface lo que dice Tulio: «Amistad es tener un mismo sentir, con benevolencia y caridad, acerca de las
cosas humanas y divinas»?

JUAN. - Si a ti te basta, también a mí.

ELREDO. - Entonces, ¿afirmaremos que han llegado a la amistad perfecta los que tienen un mismo pensar sobre las cosas
divinas y humanas, y una misma voluntad con benevolencia y caridad?

JUAN. - ¿Por qué no? Aunque no veo qué entendía aquel pagano por caridad y benevolencia cuando se refirió a ellas.

ELREDO. - Tal vez, por caridad entendía el afecto del alma, y por benevolencia, las obras que expresan ese afecto. Porque
entre amigos el consenso en las cosas divinas y humanas debe ser amado, es decir, ser suave y precioso para ambos y se
exteriorizará benévola y gozosamente en obras.

JUAN. - Te confieso que me gusta mucho esa definición. Pero parece aplicable indistintamente a paganos y judíos y aun a los
malos cristianos. Sin embargo, yo estoy persuadido de que no puede darse verdadera amistad entre los que no viven en Cristo.

ELREDO. - Por lo que dice después, veremos si esta definición es insuficiente o abarca demasiado: si debemos reprobarla o
aceptarla como mejor que nada, porque, gracias a ella, por más imperfecta que te parezca, puedes entender qué es la amistad.

El amigo, guardián del alma. La amistad, valor permanente


JUAN. - No quisiera ser oneroso para ti; pero no me basta. Explícame el significado de la palabra amistad.

ELREDO. - Lo haré; pero si te compadeces de mi poca ciencia y no me pides que te enseñe lo que no sé. Me parece que amigo
viene de amor: El amor es cierta afición del alma racional por la que ella busca algo con ardor y lo apetece para ser gozado; lo
goza con cierta suavidad interior, lo abraza y lo guarda como adquisición propia. En mi Espejo de la caridad, que bien conoces,
expliqué, con la mayor claridad y detenimiento que pude, estos afectos y movimientos del alma.

El amigo es el custodio del amor o, como dicen otros, el guardián del alma. Sí, es necesario que mi amigo sea custodio del
mutuo amor y, aun más, de mi misma alma, para que guarde con silencio fiel todos sus secretos; para que cure y cargue con
todas sus fuerzas cualquier vicio que vea; para que goce cuando gozo y llore cuando lloro: y sienta que son todas suyas las
cosas de su amigo.

Por tanto, amistad es la virtud que une a las almas con tal vínculo de dulzura y amor de elección, que de varios hace uno sólo.
De allí que los mismos filósofos paganos colocaran la amistad entre las virtudes eternas, y no entre las fortuitas y caducas. A lo
que Salomón parece concordar cuando dice en los Proverbios: El que es amigo ama en todo tiempo (Pr 17,17). Con estas
palabras declara manifiestamente que la amistad es eterna si es verdadera, pues si dejara de existir nunca habría sido
verdadera aunque lo pareciera.

JUAN. - Y entonces, ¿por qué leemos que entre grandes amigos surgieron graves enemistades?

ELREDO. - De eso hablaremos más adelante, si Dios quiere. Por ahora quiero que convengas en esto: nunca fue verdadero
amigo el que pudo herir al que en otro tiempo recibió en amistad; ni gustó las delicias de la verdadera amistad el que, cansado,
dejó de amar con predilección al que antes amó, porque en todo tiempo ama el que es amigo.

Aunque fuera increpado, burlado, entregado a las llamas y padeciera en la cruz, en todo tiempo ama el que es amigo y, como
dijo nuestro Jerónimo: La amistad que expiró, jamás fue verdadera.

¿Es posible ser amigos?

JUAN. - Siendo tanta la perfección de la verdadera amistad, no es extraño que hayan sido tan pocos aquellos a quienes los
antiguos tuvieron por verdaderos amigos. Como dice Tulio, en todos los siglos pasados, apenas recuerda la memoria a tres o
cuatro pares de amigos. Por eso, si también en nuestros tiempos cristianos escasean tanto los amigos, me parece que me
fatigo en vano al buscar esta virtud y casi desespero de alcanzarla, temeroso de su admirable sublimidad.

ELREDO. - Alguien dijo que el mero empeño por llegar a grandes cosas ya es cosa grande. De ahí que es propio del hombre
virtuoso meditar siempre en las cosas sublimes y arduas, tanto para alcanzar lo que desea como para comprender y conocer
más lúcidamente lo que debe desear. Porque no ha progresado poco quien, por un mayor conocimiento de la virtud, comprende
lo lejos que está de ella.

El cristiano no debe perder la esperanza de alcanzar cualquier virtud, porque cotidianamente clama la voz del Evangelio: Pedid
y recibiréis (Mt. 7,7; Jn. 16,24). No es motivo de asombro constatar que, entre los paganos, fueron pocos los seguidores de la
virtud, cuando desconocían al Dador y Señor de la virtud, del que se dijo: El Señor de las virtudes es el Rey de la gloria (Sal
24,10)

No te digo que entre los creyentes te pueda citar tres o cuatro, sino miles de amigos, prontos a morir los unos por los otros al
modo de Pílades y Orestes, cuyo mutuo amor celebran los paganos como un milagro. ¿Acaso, según la definición de Tulio, no
poseían la virtud de la verdadera amistad aquellos de quienes se escribió que la multitud de los creyentes era un solo corazón y
una sola alma; ninguno decía que algo fuese suyo, sino que todas las cosas les eran comunes(Hech. 4,32)?

¿Cómo entre ellos, que eran un solo corazón y una sola alma, no se iba a dar un sumo consenso en las cosas divinas y
humanas, con caridad y benevolencia? ¿Cuántos mártires entregaron sus vidas por sus hermanos? ¡Cuántos no ahorraron
bienes, ni trabajos, ni el tormento de sus propios cuerpos! Creo que habrás leído muchas veces, y no sin lágrimas, la historia
de aquella joven antioquena, librada de un lugar infame por la treta feliz de un militar, que después tuvo como compañero de
martirio al que, en el prostíbulo, fue guardián de su pudor.

La caridad y la amistad. Su distinción

Te contaría otros muchos ejemplos, pero sería de no acabar. Su misma abundancia nos impone silencio. Pues lo anunció Cristo
Jesús, y habló y se multiplicaron incontablemente: Nadie tiene, dijo, mayor dilección, que el que da su vida por sus amigos(Jn.
15,13).

JUAN. - ¿Concluimos, entonces, que no se distingue la caridad de la amistad?

ELREDO. - Al contrario, se distingue, y mucho. Por ley de la autoridad divina, son muchos más los que debemos recibir en el
regazo de la caridad, que en el abrazo de la amistad. Manda la caridad que en el seno del amor deben entrar amigos y
enemigos (Mt 5,44; Lc 6,27-35). Pero sólo damos el nombre de amigos a los que no tememos confiar nuestro corazón con todo
lo que hay en él, a los que, por su parte, se sienten ligados a nosotros por la misma fidelidad y confianza.

JUAN. - ¡Cuántos hay que, llevando una vida según el mundo y consintiéndose mutuamente cualquier vicio, se unen en amistad
con los que se les parecen y experimentan que tal vínculo es más grato y más dulce que todas las delicias del mundo!

Si no te pesa, desearía que me dijeras en qué se distingue la amistad que debe ser llamada espiritual, de las otras; ya que
éstas, de algún modo, la encubren y oscurecen, y se oponen e importunan a los que la buscan y desean. Te lo pido para que, al
compararlas, se nos manifieste más clara la amistad espiritual y, tornándose más deseable, nos muevas y enciendas
vehementemente en el deseo de adquirida.

Distintos tipos de amistad: según la carne y según el mundo


ELREDO. - Usurpan el preclaro nombre de amistad cuantos están de acuerdo en los vicios, porque el que no ama, no es amigo,
y no ama al hombre, quien ama la iniquidad. Quien ama la iniquidad, odia su alma en vez de amarla, y quien a la suya no ama,
ciertamente no puede amar a la del otro.

De aquí se colige que se glorían de una amistad fraudulenta, engañados por el parecido, aunque desautorizados por la verdad.
Pero si en esta pseudo-amistad manchada por la sensualidad, desfigurada por la avaricia y contaminada por la lujuria, se
experimenta tanta y tal dulzura, ya se puede vislumbrar cuánta suavidad contendrá la que, cuanto más honesta es, es tanto
más segura; cuanto más casta, tanto más encantadora, y cuanto más libre, tanto más festiva.

Toleremos, sin embargo, que, por cierta semejanza en la experiencia afectiva, también se llame amistad a la que no es tal,
pero distingámosla claramente de la que es espiritual y verdadera.

Existe una amistad carnal, otra mundana y otra espiritual. El consenso en los vicios engendra la carnal; la mundana se
enciende en la esperanza del lucro y la amistad espiritual aglutina a los buenos por la semejanza de vida, costumbres e ideales.

El origen de la amistad carnal procede de la afición que va en pos de sus oídos y ojos fornicantes a modo de una meretriz que
dirige sus pasos a todo el que pasa. Por la puerta de estos sentidos se introducen, hasta el mismo espíritu, las imágenes de los
cuerpos hermosos y de las cosas voluptuosas, en cuya libre fruición juzga que consiste la felicidad, aunque le parece
incompleta si no son dos para gozarla.

Entonces, con movimientos, señas, palabras y regalos, se apodera una persona de otra, mutuamente se encienden y juntas
arden. Hecho este pacto miserable, no hay ya perversión o sacrilegio que al otro no se haga o por el otro no se soporte.
Consideran que nada es más dulce, ni nada más justo que esta relación, y se figuran que observan la ley de la amistad, la cual
consiste en querer y no querer lo mismo.

Tal amistad no se asume reflexivamente, no se escruta con el discernimiento, ni se rige por la razón. Por el impulso del afecto
se arrastra sin brújula, sin guardar la mesura, sin procurar lo honesto, sin mirar con perspectiva lo que es o no conveniente. Se
lanza a todo en forma inconsiderada, indiscreta, liviana y desenfrenada. Como agitada por las furias se consume y se desliga
con la misma frivolidad con que se anudó.

La amistad mundana parte del amor de concupiscencia por las cosas y bienes temporales; está siempre llena de fraude y
astucia. En ella no hay nada cierto, constante ni firme, como que cambia según la fortuna y va detrás de la bolsa:

Por eso se escribió: Es amigo según el tiempo y en el día de la tribulación desaparece. Quítale la esperanza de lucrar y al punto
desistirá de ser tu amigo. De esa amistad se ríen estos versos exquisitos: No es amigo de tu persona, sino de tus bienes
materiales, quien se te acerca cuando sonríe la fortuna, pero huye cuando la misma te es adversa.

Sin embargo, esta amistad, nacida de un principio vicioso, muchas veces conduce a una amistad en cierto grado verdadera. Los
que primero se unen por la esperanza de lucrar, mientras se guarden fidelidad en las riquezas inicuas, al menos en las cosas
humanas logran un acuerdo pleno y agradable. Con todo, de ninguna manera puede llamarse verdadera amistad a la que se
origina y perdura a causa de los bienes temporales.

La verdadera amistad. Sus características

La amistad que con toda verdad merece el nombre de espiritual, no comienza en la búsqueda de utilidad temporal ni en
ninguna otra cosa exterior. El corazón del hombre la desea por la dignidad intrínseca de su naturaleza y su fruto no es otro que
ellá misma.

Por eso dijo el Señor en el Evangelio: Os destiné para que vayáis y deis fruto (Jn. 15,16-17) es decir, que os améis los unos a
los otros. En la amistad verdadera se camina progresando y su fruto es tener la experiencia de la dulzura de su perfección. Así
que la amistad espiritual se da entre los buenos, por la semejanza de vjda, costumbres e ideales, que no es otra cosa que el
consenso, en las cosas humanas y divinas, con benevolencia y caridad.

Me parece que es una definición suficiente, si por caridad entendemos la exclusión de todo vicio en la amistad, y por
benevolencia la capacidad de amar que interiormente nos mueve con su dulzura.

Donde se da tal amistad hay un sólo querer y no querer, tanto más dulce cuanto más sincero y tanto más suave cuanto más
santo. Aquí nada indigno pueden querer los que se aman, ni dejar de querer todo lo digno.

Esta amistad es orientada por la prudencia, custodiada por la fortaleza y moderada por la templanza. De todo lo cual
hablaremos en tiempo oportuno. Ahora dime si te basta con lo dicho respecto a tu primer interrogante acerca de qué es la
amistad.

JUAN. - Sí, basta lo dicho y no se me ocurre ninguna otra pregunta. Antes de pasar a otra cosa, ¿cuál fue el origen de la
amistad entre los hombres? ¿Surgió de la naturaleza, del acaso o de alguna necesidad? ¿O por algún precepto o ley impuesta al
género humano? Vino la costumbre y luego fue ella quien la hizo recomendable?

El origen de la amistad

ELREDO. - Según me parece, primero fue la misma naturaleza quien puso este amor en el hombre, después lo dilató la
costumbre y, finalmente, lo reguló la autoridad de la ley. Dios, que es infinitamente poderoso y bueno, se basta plenamente a
sí mismo, pues él es su propio bien, su gozo, su gloria y su beatitud.

No necesita Dios absolutamente nada que esté fuera de él: ni hombre, ni ángel, ni cielo, ni tierra, ni lo que en ellos hay; él, a
quien toda creatura proclama: Tú, que de mis bienes no tienes necesidad, eres mi Dios, no sólo se basta a sí mismo, sino que
también es suficiente para todo ser, dando a unos existir, a otros también sentir, y más aún a otros, esto es, comprender. Él es
la causa de todos los seres existentes, la vida de todos los seres sensibles y la sabiduría de todos los seres inteligentes.
Fue el sumo Ser quien creó todos los seres, les asignó un lugar y sabiamente los distribuyó en el tiempo. Por designio eterno
quiso que todas sus creaturas fueran concordes en la paz y estuvieran unidas en sociedad, participando así de alguna parcela
de la unidad del que es eminente y puramente Uno. Por esto ninguna cosa quedó aislada, sino que a las que eran muchas las
unió en sociedad.

Comencemos por los seres que no sienten. ¿Qué tierra o qué río produce una piedra única en su género, o cuál selva contiene
el único árbol de una especie? ¡Si parece que hasta en las cosas inanimadas, luce cierto amor por lo que llamamos sociedad!
Ninguna cosa está sola, sino que cada una fue creada y permanece en compañía de las de su género.

Y en cuanto a los seres sensibles, ¿quién dirá fácilmente cuántas formas reflejan de amistad, de sociedad y de amor?

Aunque en todo lo demás se conducen como irracionales, de tal modo imitan en esto al alma humana que casi parece que se
movieran por la razón. Se buscan, juegan entre sí y con movimientos y voces se expresan y comunican su amor. Tan ávida y
alegremente se gozan de su mutua compañía que no parecen interesarse por otras cosas sino por aquellas que son propias de
la amistad.

Con respecto a los ángeles, la providente sabiduría de Dios tampoco creó uno solo, sino muchos, para que una amigable
sociedad y un amor suavísimo motivaran una misma voluntad y un mismo afecto. El amor de amistad evitó que, al verse uno
superior y otro inferior, surgiera la envidia. El ser muchos excluyó la soledad, mientras que la unión de mutua caridad
aumentaba el júbilo.

Finalmente, cuando Dios creó al hombre, para recomendar con mayor insistencia el bien de vivir en sociedad, dijo: No es bueno
que el hombre esté solo, hagámosle una ayuda semejante a él. Entonces, el Poder divino plasmó esta ayuda, no de una
materia parecida o igual, sino que de la misma sustancia del hombre creó a la mujer para expresar la caridad e incentivar la
amistad. Es hermoso que del costado del primer ser humano surgiera el segundo, para que la misma naturaleza nos enseñase
que todos somos iguales -casi diría colaterales-, no siendo ni superiores ni inferiores en lo que respecta a las cosas humanas, lo
cual es propio de la amistad.

Así, desde sus orígenes, la naturaleza imprimió en el corazón del hombre el afecto de caridad y amistad que aumenta el sentido
interior del amor al saborear su dulzura. Sin embargo, después de la caída del primer hombre, como al enfriarse la caridad se
introdujese la concupiscencia haciendo que las cosas privadas se antepusieran al bien común, la avaricia y la envidia
corrompieron el esplendor de la amistad y de la caridad. Entonces, las disputas, rivalidades, odios y sospechas minaron las
corrompidas costumbres de los hombres.

Por eso los buenos, advirtiendo que también a los enemigos y perversos debían amar y que no les era posible ningún acuerdo
ni comunión de voluntades con los pésimos, debieron distinguir entre caridad y amistad. Así la amistad. que en un principio,
junto con la caridad, existía entre todos y todos custodiaban, permaneció como ley natural entre los pocos buenos. Viendo que
los sagrados derechos de la fidelidad y la comunión eran violados por muchos, se ligaron con una alianza más entrañable de
dilección y amistad, descansando en la gracia de la mutua caridad, en medio de los males que veían y padecían.

Pero aun aquellos en los que la impiedad borró hasta el más mínimo sentido de virtud, conservan la razón, que no puede
extinguirse, y, por tanto, cierta inclinación a la amistad y a la afable compañía. Por eso, ni el avaro puede gozar de las
riquezas, ni el ambicioso de la gloria, ni el lujurioso de los placeres, si no tienen compañeros. Hay pues, entre los peores,
ciertas estrechas alianzas detestables, encubiertas con el hermosísimo nombre de amistad. Fue necesario distinguidas de la
amistad verdadera mediante leyes y preceptos, no fuera que, apeteciendo ésta, cayesen incautamente en las otras por causa
del parecido.

La naturaleza instituyó la amistad que el uso corroboró y ordenó la ley. Es manifiesto que la amistad procede de la naturaleza,
como la fuerza, la sabiduría y todo aquello que, por sí mismo -como los bienes naturales-, debe ser apetecido, custodiado y
usado rectamente sin abuso alguno

La amistad y la sabiduría

JUAN. - Pero, ¿acaso no hay muchos que abusan de la sabiduría, queriendo agradar a los hombres con ella, ensoberbeciéndose
o usándola malamente y considerando la veneración como un negocio?

ELREDO. - Que te responda satisfactoriamente nuestro Agustín con estas palabras suyas: El que está satisfecho de sí mismo,
complace a un necio, porque verdaderamente es un necio aquel que está satisfecho de sí mismo. Así pues, el que es necio, no
es sabio y el que no es sabio, carece de sabiduría. Entonces, ¿cómo puede hacer mal uso de la sabiduría el que carece de ella?
Del mismo modo, la castidad soberbia no es virtud, porque la soberbia, siendo un vicio, asemeja a sí a la que parecía virtud;
luego, ya no es virtud, sino vicio.

JUAN. - Con tu permiso, no me parece conveniente relacionar la sabiduría con la amistad, porque no son comparables.

ELREDO. - Muchas veces, sobre todo tratándose de virtudes, comparamos, sin nivelarlo, lo pequeño con lo grande, lo bueno
con lo mejor, lo débil con lo fuerte. Aunque haya entre ellos diversidad de grados, guardan cierta correspondencia por ser
virtudes. La viudez es vecina de la virginidad, y la castidad conyugal de la viudez, y aunque entre ellas hay mucha diferencia,
en cuanto virtudes se parecen. Así, la castidad conyugal no deja de ser virtud porque sea más excelente la continencia de la
viudez, y aun más excelsa la virginidad, la cual no anula, sin embargo, el mérito de las anteriores. Del mismo modo, si
observaras diligentemente lo que se dice sobre la amistad, encontrarías que está tan próxima y tan metida en la sabiduría que,
casi te diría, son una misma cosa.

JUAN. - Me asombras. Te confieso que no creo que lo pueda admitir fácilmente.

«Dios es amistad»
ELREDO. - ¿Acaso olvidaste lo que dijo la Escritura: En todo tiempo ama el que es amigo (Prov 17,17)?. Y nuestro Jerónimo:
«La amistad que expiró, jamás fue verdadera»?. Ya demostramos suficientemente que la amistad no puede subsistir sin la
caridad. Mira como en la amistad florece la eternidad, resplandece la verdad y se gusta la dulzura de la caridad. Dime ahora si
debemos negarles a estas tres el nombre de sabiduría.

JUAN. - ¿Y qué diré de la amistad? ¿Tal vez lo que Juan, el discípulo de Jesús, dijera acerca de la caridad, que Dios es amistad?

ELREDO. - Es una expresión inusitada. No se apoya en la autoridad de la Sagrada Escritura. Sin embargo no vacilo en decir de
la amistad lo que se aseveró de la caridad: Quien permanece en la amistad, en Dios permanece y Dios en él. Lo verás más
claramente cuando hablemos de sus frutos y su utilidad. Si te parece que ya hablamos suficientemente sobre lo que es la
amistad -según lo permitió mi corto ingenio-, dejemos para más adelante los otros interrogantes que planteaste.

JUAN. - Aunque esta dilación moleste a mi avidez, juzgo que es lo que conviene, tanto por ser la cena, que no nos permite
proseguir, cuanto por que debes ahora atención a los que te esperan.

FIN DEL LIBRO PRIMERO

Libro Segundo

ELREDO. - Hermano, ya puedes venir. ¿Quieres decirme por qué motivo. cuando hablaba yo de asuntos materiales con
hombres del mundo, tú, sentado solo y a distancia de nosotros, mirabas a uno y otro lado, y ya te friccionabas la frente, ya te
pasabas la mano por el cabello o dejabas traslucir tu ira con la alteración de tu rostro?

WALTER DANIEL. - Me describes exactamente. Pero no sé quién puede soportar con paciencia que te den charla esos ministros
del Faraón: mientras que nosotros, a los que especialmente te debes, rara vez podemos conversar contigo.

ELREDO. - Debemos amoldarnos también a las costumbres de aquellos a quienes pedimos algo o de quienes tememos males.
Y, ahora que se fueron, tanto más agradable me resulta la soledad, cuanto más me fastidió el ajetreo precedente. Como el
condimento de la comida es el hambre, para la sed ardiente es más apetecible el agua que el vino aderezado con miel y
especias. Por eso nuestro coloquio será para ti como una comida y una bebida espirituales, tanto más festivas cuanto más
ardiente fue la ansiedad que las precedió. Bueno, no demores más en contarme lo que desde hace un rato se agita en tu
corazón.

Resumen del primer libro. Recuerdo del monje Juan

WALTER DANIEL. - Lo haré, pues si comienzo a lamentarme por el poquito tiempo que nos dejaron, ya veo que lo acortaré
todavía más. Te ruego que me digas si has olvidado o todavía recuerdas lo que conviniste con tu amigo Juan sobre la amistad
espiritual: qué preguntas te propuso, hasta dónde llegaste en tu respuesta y qué otras cosas has enseñado sobre el tema.

ELREDO. - El recuerdo de mi querido amigo [Juan] o, mejor, de su permanente cordialidad y afecto, permanece junto a mí.
Porque, aunque ya cumplió su misión, no ha muerto en mi alma. Allí está siempre conmigo, allí resplandece para mí su
religioso rostro, me sonríen sus ojos dulces y tanto me regocijan sus palabras que me parece haber pasado con él a mejor vida,
o que ha regresado a la tierra: Pero, como sabes, hace ya muchos años que se perdieron los apuntes donde él había anotado
sus preguntas y mis respuestas sobre la amistad espiritual.

WALTER DANIEL. - Lo sé, y si he de decirte la verdad, justamente de allí proviene mi avidez e impaciencia, porque tales
papeles fueron hallados hace tres días y sé que te los han entregado. Por favor, muéstramelos. No tendré descanso hasta que
los lea y me entere de lo que conversaron entonces. Luego someteré a tu Paternidad lo que su lectura sugiera a mi propia
inteligencia o cualquier íntima inspiración que me sobrevenga para que tú repruebas, admitas o te explayes en lo que te
parezca.

ELREDO. - Te daré el gusto, pero quiero que lo leas tú solo sin exponerlos en público. Verás que algunas cosas se deben quitar,
añadir otras y corregir muchas.

Excelencia de la amistad

WALTER DANIEL. - Aquí me tienes pendiente de tus palabras. Tanto más ávido cuanto que he saboreado la dulzura de lo leído
sobre la amistad. Ya que tan magníficamente trataste de la naturaleza de la amistad, enséñame ahora qué utilidad reporta a
quienes la cultivan. Porque siendo algo tan sublime, según probaste con tal número de argumentos, la apeteceremos sobre
toda cosa cuando conozcamos su meta y sus frutos.

ELREDO - No presumo de poder explicártelo adecuadamente por causa de la dignidad de algo tan grande. Entre las cosas
humanas, nada más santo se puede desear, nada más provechoso se puede buscar, nada se encuentra más difícilmente, de
nada se tiene tan dulce experiencia y nada más provechoso se puede tener. Pues lleva en sí el fruto de vida que permanece, en
el presente y en el futuro (1 Tim 4,8).

Sazona con su dulzura todas las virtudes, atraviesa todos los vicios con la fuerza de su poder, mitiga la adversidad y modera la
prosperidad. De modo que, entre los mortales, nadie puede sufrir el ser feliz careciendo de amigos. Y es comparado a las
bestias el hombre que no tiene junto a sí quien con él se alegre en las cosas felices y se contriste en las tristes; el que carece
de quien lo distraiga de todo lo que la mente concibe de molesto o que, si a algo fuera de lo común sublime y luminosamente
alcanza, no encuentra con quien compartido.

¡Ay del que está solo, porque si cae, no tiene quien lo levante (Qo 4,10)! Está absolutamente solo quien no tiene amigo. Y,
¡cuánta felicidad, seguridad y alegría si tienes alguien a quien te atreves a hablar como a ti mismo, a quien no temes confesar
tus yerros, a quien no te sonroja manifestar tu progreso espiritual, a quien confiesas todas las cosas secretas de tu corazón y
en cuyas manos pones tus proyectos! ¿Hay fuente de mayor júbilo que la unión de dos almas, que de dos se hacen una, de
modo que no teman jactancia ni suspicacia alguna, ni se sientan heridas por la corrección que puedan hacerse, ni deban
reprocharse adulación cuando una a la otra encomia?

El amigo es medicina de vida (Qo 6,16): dice el Sabio. ¡Excelente expresión! Pues en toda nuestra vida terrena no hay
medicina más reconfortante, eficaz y notable para curar nuestras heridas que tener quien se nos acerque compasivo en nuestra
adversidad y jubiloso en nuestra prosperidad. De modo que, poniendo el hombro, según las palabras del Apóstol, soportan
juntos las cargas (Gál 6,2), estimando cada uno que la suya es más liviana que la de su amigo.

La amistad torna más espléndidas las cosas que nos hacen felices, condivide las adversas y pone en comunión las más leves
Por consiguiente, el amigo es óptima medicina de vida. Hasta el pagano encontró su placer en ella, pues en muchas ocasiones
ni el agua ni el fuego nos son tan útiles como el amigo. En toda ocasión y en toda empresa, en la certeza y en las dudas, en
cualquier acontecimiento y cualquiera sea la fortuna, en secreto y en público, en cualquier perplejidad, fuera y dentro de casa y
en todo lugar, reiteramos, es grata y útil la amistad, y necesario el amigo. Como dijo Tulio de los amigos: Aun estando
ausentes se acompañan mutuamente: pobres, mutuamente se enriquecen; enfermos, se curan y, lo que es más difícil de decir:
estando muertos, viven.

La amistad es, pues, la gloria de los ricos, la patria de los desterrados, la riqueza de los pobres, la medicina de los enfermos, la
vida de los muertos, la gracia de los sanos, la fuerza de los débiles y el premio de los fuertes. Tanto honor, recuerdo, alabanza
y deseo acompaña al amigo, que su vida se juzga encomiable y su muerte preciosa. Hay algo que supera todo lo dicho y es
esto: la perfección consiste en el amor y conocimiento de Dios, y la amistad está junto a ella como un escalón; de modo que el
hombre, de amigo del hombre, sube a ser amigo de Dios según aquello del Salvador en su Evangelio: Ya no os llamo siervos,
sino amigos (Jn 15,15).

LA AMISTAD, ESCALÓN PARA ALCANZAR LO PERFECTO

WALTER DANIEL. - Te confieso que me has conmovido tanto con tus palabras, y de tal modo me has encendido en el deseo de
la amistad, que me creería privado de la vida si siguiera careciendo de tantos y tan buenos frutos. Pero son, sobre todo, tus
últimas palabras las que más me han arrebatado y casi sustraído de las cosas terrenas. Deseo que me expliques
exhaustivamente cómo la amistad puede ser el mayor escalón para alcanzar la perfección.

Aquí entra oportunamente nuestro Graciano, a quien puse el sobrenombre de «alumno de la amistad», porque todo su empeño
está cifrado en ser amado y amar. No quisiera que su avidez por la amistad lo conduzca a ser engañado por la semejanza y
tome la falsa por la verdadera, la fingida por la estable y la carnal por la espiritual.

GRACIANO. - Agradezco tu benevolencia, hermano, que me concede entrar a este banquete espiritual al que sin ser llamado
me asomé desvergonzadamente. Si en serio, y no jugando, me apodaste «alumno de la amistad», me hubieras invitado desde
el principio y yo no habría manifestado mi avidez desechando la vergüenza. Pero tú, Padre, continúa lo que habías comenzado.
En provecho mío pon algo sobre la mesa para que pueda reconfortarme un poco, ya que no me puedo saciar como éste que,
después de devorar no sé cuantos manjares, sólo ahora, hastiado, me invita a las sobras.

ELREDO. - No receles, hijo. Quedan tantas cosas por decir sobre el bien de la amistad, que si algún sabio las expusiera,
juzgarías que nada hemos dicho. Fíjate qué pocos advierten que la amistad conduce a la dilección y al conocimiento de Dios. En
la amistad nada es deshonesto, nada artificial o fingido, y lo que se da en ella es santo, libre y verdadero. Lo cual también es
propio de la caridad.

Pero en todo esto la amistad luce una prerrogativa especial: los que ella une, experimentan todas las cosas festivas, estables,
dulces y suaves. En cambio, por el ejercicio de la caridad perfecta, amamos a todos los que nos son pesados e insufribles. Los
cuidamos con honestidad, sinceridad, verdad y gustosamente, pero no los admitimos a la intimidad de nuestra amistad.

Por ello, en la amistad se unen la honestidad y la suavidad, la verdad y la fiesta, la dulzura y la firmeza, el afecto y las obras.
Todas estas virtudes nacen en Cristo, por Cristo crecen y en Cristo se perfeccionan. No es, pues, difícil ni contrario a la
naturaleza que ascendamos de Cristo -inspirador del amor con que amamos al amigo- a Cristo -que a sí mismo se nos ofrece
como amigo para que lo amemos-, a fin de que a una suavidad siga la Suavidad, a una dulzura, la Dulzura y a un amor, el
Amor.

Así, si un amigo se adhiere a su amigo, en el espíritu de Cristo, llega a ser con él un solo corazón y una sola alma (Hech 4,32),
y si asciende por este escalón de amor a la amistad con Cristo, se hace con él un espíritu en un beso. Por este beso cierta alma
santa suspiraba diciendo: Béseme con el beso de su boca (Cant 1,1).

La unión de los espíritus. Simbología del beso

Consideremos el beso carnal, de modo que pasemos de las cosas carnales a las espirituales y de las humanas a las divinas. La
vida del hombre se sustenta con dos alimentos: la comida y el aire. Sin comida se puede subsistir por algún tiempo, pero sin
aire ni siquiera una hora. De modo que, para poder vivir, aspiramos y espiramos el aire por la boca. Y a eso mismo que se da o
se recibe lo llamamos espíritu o soplo.

En el beso, dos espíritus se salen al encuentro, se unen y se funden. Esta fusión, al hacer nacer cierta suavidad en el alma,
mueve y ahonda el amor de los que se besan.

Existe un beso que es corporal, un beso espiritual y un beso intelectual. El beso corporal se da con la impresión de los labios, el
beso espiritual por la conjunción de las almas y el beso intelectual por la infusión de la gracia del Espíritu de Dios. El beso
corporal no se debe ofrecer o recibir sino por causas determinadas y motivos honestos. Por ejemplo, como señal de
reconciliación cuando se hacen amigos los que habían sido enemigos; como señal de paz al modo de la Iglesia, comunicando la
paz interior por el beso exterior; en señal de dilección como está permitido entre los esposos o entre amigos después de una
larga ausencia; finalmente, como señal de comunión católica, según es costumbre en la recepción de los huéspedes.
Pero así como muchos, por crueldad o malas inclinaciones, abusan del agua, el fuego, el hierro, la comida y el aire, los cuales
son criaturas buenas por naturaleza, del mismo modo los perversos y desenfrenados condimentan sus abominaciones con este
bien que instituyó la ley natural para significar lo que ya dijimos. Con tanta torpeza se envilece este beso, que, así, besar no es
otra cosa que cometer adulterio. Cualquier persona honesta comprende cómo se le debe aborrecer y despreciar y cuánto hay
que huir de él y rechazado.

«El beso de Cristo»

El beso espiritual es propio de los amigos, sujetos a la ley de la amistad. No se da por el contacto de las bocas, sino por el
afecto de las almas. No por la unión de los labios, sino por la fusión de los espíritus. La presencia del Espíritu de Dios. en esta
conjunción todo lo torna casto y, por su participación, es pregustación del cielo. Esto, que llamo beso de Cristo -aunque no lo
ofrece él directamente, sino a través de otro-, inspira en los que se aman aquel sacratísimo afecto por el que, pareciéndoles ser
dos en una sola alma, dicen con el Profeta: ¡Ved qué dulzura, qué delicia es habitar los hermanos unidos! (Sal 133,1)

Acostumbrándose el alma a este beso y no dudando de que toda su dulzura le viene de Cristo, como si reflexionara consigo
misma, dice: ¡Oh, si él mismo se me acercara! Y, suspirando por el beso intelectual, clama: ¡Béseme con el beso de su boca!
(Cant 1,2) De modo que, mitigados ya los afectos terrenos y sosegados todos los pensamientos y deseos mundanos, sólo en el
beso de Cristo se deleita y en su abrazo descansa, exultando y diciendo: Su izquierda está bajo mi cabeza y su derecha me
abraza (Cant 2,6).

GRACIANO. - Veo que lo que dices sobre la amistad no es lo que comúnmente se da ni se entiende como tal. Ignoro cuál sea el
sentir de Walter. Por mi parte no creí que fuera otra cosa que una identidad de voluntades tal, que nada deseara uno que no
quisiese el otro; un tal consenso en las cosas buenas y malas, que no se le negara ni la vida, ni las riquezas, ni el honor, ni
cosa alguna; un ponerle a disposición todo lo nuestro para que lo disfrute y lo use a su arbitrio.

Descripción de la amistad: su límite

WALTER DANIEL. - Recuerdo que en el primer diálogo, que tanto me animó a profundizar mi búsqueda, se dijo y explicó qué
cosa sea la amistad de modo bien distinto a lo que dices tú. Padre, ya hemos sido suficientemente instruidos sobre su
naturaleza. Te ruego que nos fijes los límites que no debe traspasar, ya que al respecto son muchas las opiniones. Hay autores
partidarios de favorecer al amigo aun a costa de la fe, la honestidad, el bien común o privado, y también quienes, dejando a
salvo la fe, no reparan en lo demás.

Unos estiman que mientras no se dañe a la patria o se moleste a un tercero, se debe despreciar las riquezas por el amigo,
exponer los cargos, atraerse el enojo de los superiores, no temer el destierro y hasta exponerse a cosas deshonestas y torpes.
Otros pusieron esta norma como límite: portarse con su amigo, como lo hace consigo mismo.

Algunos piensan que satisfacen las exigencias de la amistad, si devuelven beneficio por beneficio y regalo por regalo. Por el
contrario, nuestra conversación me ha convencido de que no debo asentir a ninguna de estas opiniones. Por eso, te pido que
me señales al límite de la amistad, sobre todo por causa de Graciano, no sea que, por fidelidad a su nombre, quiera ser de tal
modo gracioso que incautamente se haga vicioso.

GRACIANO. - Muchas gracias por tu solicitud. Si no me lo impidiera mi sed de escuchar, ya te la hubiera devuelto según la ley
del talión. Pero escuchemos juntos qué te responde.

ELREDO. - El mismo Cristo fijó cierta meta cuando dijo: Nadie tiene mayor amor que el que da su vida por sus amigos (Jn
15,13). Aquí tenéis hasta dónde debe llegar el amor en la amistad: hasta dar la vida por el amigo. ¿Os basta?

GRACIANO. - ¡Claro que sí! Porque la amistad no puede ser más grande.

WALTER DANIEL. - ¿Y si los malos o los paganos, viviendo concordes en la infamia y la torpeza, se amaran hasta dar la vida,
tendremos que admitir que alcanzaron la cumbre de la amistad?

La amistad sólo existe entre los buenos

ELREDO. - En absoluto. No puede existir amistad entre los pésimos.

GRACIANO. - Por favor, dinos entre quienes puede nacer y conservarse.

ELREDO. - En pocas palabras: la amistad puede nacer entre los buenos, progresar entre los mejores y consumarse entre los
perfectos. Tiene su origen en el aprecio de la virtud. Por eso, ¿cómo podría aspirar a ella el que se deleita deliberadamente en
el mal, si antepone lo deshonroso a lo honesto, si prefiere el placer carnal a la pureza, la temeridad a la moderación y la
adulación a la corrección? Si desconoces la fuente de donde proviene, te será difícil y aun imposible gustar de ella.

El amor que exige algo vergonzoso del amigo es infame e indigno del nombre de amistad, porque constriñe a hacer lo ilícito a
quien aún no se había adormecido o rebajado por los vicios. Por esto, debe rechazarse la opinión de que por el amigo hay que
obrar contra la fe y la honestidad.

No te absuelve del pecado que lo cometas por amistad. Más le hubiera valido a Adán reprender a su mujer por su presunción
que, por darle gusto, tomar lo prohibido. Mucho más fieles fueron al rey Saúl los siervos que no derramaron sangre, pese a su
mandato, que el edomita Doeg, quien asesinó sacrílegamente a los sacerdotes del Señor, sirviendo a la crueldad real (1Sam
22,17-18). Más laudable habría sido el comportamiento de Jonadab, si le hubiera prohibido el incesto a su amigo Ammón, en
vez de aconsejarle cómo realizarlo (2Sam 13,3ss.)

Tampoco es excusa la virtud de la amistad para absolver a los amigos que, prestando adhesión al crimen de lesa majestad de
Absalón, tomaron las armas contra su patria (2Sam 15,12). Y, si venimos a nuestros tiempos, muchísimo más acertado estuvo
Otón, cardenal de la Iglesia romana, al abandonar a su íntimo amigo Guido, que Juan adhiriéndose en el cisma a Octaviano 2
¿Te das cuenta de que la amistad no puede darse si no es entre los buenos?

WALTER DANIEL. - Entonces, ¿no es para nosotros, que no somos buenos?

ELREDO. - No tomo el término «bueno» en un sentido tan literal como han hecho algunos para quienes los buenos son aquellos
que han alcanzado la perfección en todo. Llamo buenos a los hombres que, en la medida que es posible a nuestra debilidad
humana, viviendo sabia, justa y piadosamente en este siglo, se resisten a pedir o dar nada ilícito. Es indudable que entre los
tales puede nacer y conservarse la amistad y llegar a su perfección.

Con respecto a los que defienden la fe y la patria en peligro, por lesión del derecho y la justicia, pero se entregan a sí mismos
en favor de sus amigos libidinosos, no los llamaré necios, sino locos, porque respetando a otros creen que sólo a sí mismos no
se deben respeto; custodian la honestidad ajena y sacrifican miserablemente la propia.

La amistad no es onerosa, sino necesaria

WALTER DANIEL. - Casi estoy por darles la razón a quienes dicen que hay que prevenirse de la amistad por ser cosa llena de
cuidados y preocupaciones, no exenta de temores y causa de muchas penas. Dicen que ya tiene bastante cada uno con el
cuidado de sí mismo, como para que, incautamente, cargue con el de otros, aumente sus preocupaciones y multiplique sus
dificultades.

Nada les parece más difícil que asumir la amistad hasta el último día de su vida, pues sería una torpeza echarse atrás después
de haberla entablado. Por eso, juzgan mejor amar de un modo tal, que puedan odiar a su amigo cuando quieran, y dejar tan
flojos los lazos de la amistad, que puedan ajustarlos o desatarlos a voluntad.

GRACIANO. - Frustramos todo el trabajo que nos hemos tomado, hablando tú y escuchando nosotros, si tan pronto dejamos de
apetecer la amistad cuyos frutos tan provechosos, tan santos, tan aceptos a Dios y tan próximos a la perfección, de mil
maneras nos has recomendado. Quede eso para quienes se complacen en amar hoy lo que odiarán mañana, ser de tal modo
amigos de todos que a ninguno permanecen fieles. Hoy alaban, mañana vituperan. Hoy blandos, mañana mordaces. Hoy
prontos para el beso, mañana para el oprobio. A un amor tasado tan bajo, cualquier levísima ofensa aleja.

WALTER DANIEL. - ¡Y yo que creía que las palomas no tenían hiel! Dinos de qué modo puede ser refutada la opinión de estos
que tanto desagradan a Graciano.

ELREDO. - Ya lo dijo hermosamente Tulio: Me parece que quitan el sol del mundo los que quitan la amistad de su vida, porque
nada tenemos de Dios que sea mejor ni que más nos alegre. ¿Qué clase de sabiduría es esa que detesta la amistad para
ahorrarse preocupaciones, evitarse cuidados y librarse de temores? ¡Cómo si alguna virtud se pudiera adquirir o conservar sin
trabajo! ¿Acaso, sin procurarte muchos esfuerzos, rivalizan en tu interior la prudencia y el error, la templanza y la
concupiscencia, la justicia y la malicia y la fortaleza y la desidia?

¿Qué hombre, pregunto, máxime en la adolescencia, es capaz de mantenerse casto y refrenar sus apetitos lascivos sin gran
dolor y angustia? ¿Fue un necio Pablo al no querer vivir sin el cuidado y solicitud por los demás y, por consideración a la
caridad, a la que tenía por máxima virtud, hacerse enfermo con los enfermos y abrasarse con los escandalizados (Cf. 2Cor
11,28-29), siendo grande su tristeza y continuo el dolor de su corazón por sus hermanos según la carne (Cf. Rom 9,2-3)?.

Para él, la caridad no debía ser abandonada ni por causa de tantas angustias y dolores como le causaba el reengendrar
continuo de los que ya había dado a luz, el alimentarlos como nodriza (Cf. 1Tes 2,7), corregirlos como maestro (Cf. Col 1,28),
temblando porque no se les corrompiera el sentido de la fe (Cf. 2Cor 11,3), llamándolos con dolor y abundantes lágrimas (2Cor
2,4) a conversión y gimiendo por los impenitentes (Cf. 2Cor 12,21). ¿Veis cómo las virtudes se esfuerzan por sacar del mundo
a los que no temen cargar con los trabajos que les son inherentes?

¿Fue necio Jusay, el arkita, que guardó tan fielmente su amistad con David, que prefirió la ansiedad a la seguridad, por
condolerse con su amigo, antes que participar de los honores y gozos del parricida (2Sam 16,15-19; 17,5-16)? Llamo bestias, y
no hombres, a quienes dicen que de tal modo debemos vivir, que para nadie seamos ni consuelo ni carga o dolor, que no nos
deleitemos en el bien ajeno y no amarguemos con nuestra perversidad a otros, que no nos preocupemos por amar a nadie ni
por ser amados.

Tampoco puedo admitir como amistad verdadera la de quienes la ven como lucro. Son amigos sólo de labios afuera, cuando los
sostiene la esperanza de alguna ganancia temporal o intentan hacer al amigo cómplice de cualquier torpeza.

La amistad que debemos evitar y la amistad apetecible

WALTER DANIEL. - Ya que muchos se engañan con las apariencias de la amistad, te ruego que nos digas de qué amistad
debemos prevenirnos y cuál apetecer, cultivar y guardar.

ELREDO. - Como ya sabéis que no puede existir sino entre los buenos, fácilmente advertiréis que no se debe admitir la que
desdice de los tales.

GRACIANO. - Pero tal vez nos equivoquemos en el discernimiento.

ELREDO. - Bueno. Entonces señalaré brevemente cuáles debemos rechazar entre las que se nos presentan. Hay una amistad
pueril que origina un afecto inconstante y alocado, orientado a todo el que pasa, superficial, sin discernimiento ni mesura, sin

2
Octaviano Maledetti -antipapa bajo el nombre de Victor IV- fue electo en 1159 a la muerte del papa Adriano IV y contó con el
apoyo de Federico I contra el legítimo Pontífice, Alejandro IIl, a quien los cistercienses permanecieron adictos. Juan de San
Martín fue un cardenal sacerdote que participó en la elección de Octaviano. Octaviano murió el 20 de abril de 1164, sucediéndole
el cardenal Guido de Cremona bajo el nombre de PascuaI IlI. Otón era uno de los cardenales que apoyaban a Guido.
atender a lo que es o no conveniente. Esta amistad causa una afición pasajera y vehemente, que estrecha con más fuerza y
atrae más tiernamente. Pero el afecto que no está conducido por la razón es propio de las bestias, se inclina tanto a lo lícito
cuanto a lo ilícito, sin poder discernir. Aun cuando lo más común es que el afecto preceda a la amistad, sin embargo, nunca se
obrará según su impulso si la razón no lo comanda, la honestidad lo atempera y la justicia lo rige.

La llamo pueril, porque en esta amistad, como en los niños, prevalece el sentimiento, es infiel, inestable y siempre mezclada
con amores no purificados. La huyen siempre los que se deleitan en la dulzura de la amistad espiritual. Más que amistad, es
veneno de la amistad, porque en ella nunca se puede conservar el amor en su cualidad específica, que es partir del alma y
orientarse al alma. La amistad pueril, ignorando al espíritu, obnubila y corrompe la honestidad; emergiendo como humareda
desde la concupiscencia, va hacia los deseos de la carne.

Por eso la amistad espiritual debe comenzar por la pureza de intención, el magisterio de la razón y el freno de la templanza. Así
sobrevendrá un suavísimo afecto tan inefablemente penetrado de dulzura que no pueda dejar de ser ordenado. Hay también
otra amistad que concilia las peores costumbres, de la cual me abstengo de hablar porque ni siquiera es digna del nombre de
amistad, como ya dijimos.

Muchos estiman que debe ser deseada, cultivada y conservada, por la utilidad que reporta, cierta amistad que se enciende con
la consideración del lucro. Si admitiéramos que fuera de esa naturaleza, ¡a cuántos habría que excluir de nuestra amistad! A
muchísimos sumamente dignos de todo amor, que nada poseen y, por consiguiente, ningún provecho temporal se puede
esperar de ellos.

En cambio, si entre los beneficios incluyes el consejo en las dudas, el consuelo en la adversidad, y cosas semejantes, si bien se
pueden esperar del amigo, deben seguir y no preceder a la amistad. Todavía no sabe qué es amistad, aquel que quiere obtener
de ella otro beneficio fuera de ella misma. La cual ciertamente será de provecho para los que la cultivan cuando, totalmente
transformada en Dios, sepulte en su contemplación a quienes tenía unidos.

Porque, aun cuando la amistad sincera entre los buenos trae muchas y grandes ventajas, no dudamos de que aquella no
procede de éstas, sino al revés. No creemos que hayan causado la amistad de tan grandes hombres como David y Bercelay los
favores que éste le hizo a aquél acogiéndolo, reconfortándolo y atendiéndolo cuando huía de su hijo parricida, sino más bien
que de la amistad brotaron tantas mercedes. Es patente que el rey recibió primero de aquel hombre,

como es claro que Bercelay, siendo magnánimo, no esperaba nada del rey por sus cuidados, porque, ofreciéndosele todos los
placeres y riquezas de la ciudad, nada aceptó, contento con lo suyo (2Sam 17,27-28). Del mismo modo, aquella venerable
alianza entre David y Jonatán, pactada, no por la esperanza de la utilidad futura, sino por la contemplación de la virtud,
coadyuvó al bien de ambos, cuando gracias a su ingenio Jonatán salvó a David y por la concesión de David sobrevivió la
descendencia de Jonatán (1Sam 19-20).

Así pues, aunque entre los buenos siempre precede la amistad, y la consecuencia es la utilidad, ciertamente no es la utilidad
que reporta el amigo, sino su amor, lo que deleita. Decidme ahora si. ha quedado claro qué cosa sea el fruto de la amistad,
entre quiénes puede nacer, guardarse y perfeccionarse, de qué falsas amistades debemos precavernos y cuáles son los límites
a donde puede llegar el amor de los amigos.

Los límites de la amistad: nuevas consideraciones

GRACIANO. - Esto último no ha quedado claro.

ELREDO. - Recordaréis que me opuse a cuantos fijaban los límites de la amistad en el mutuo acuerdo en el pecado y las malas
acciones, también a quienes los llevan hasta el destierro o cualquier torpeza, siempre que no lesione a terceros y, finalmente, a
quienes la miden por los provechos que reporta.

Con respecto a las otras dos señaladas por Walter, ni siquiera son dignas de mención, porque ¿habrá algo más absurdo que
fijar los límites de la amistad en pagar al amigo favor por favor y regalo por regalo, cuando todas las cosas deben ser comunes
entre los que son un solo corazón y una sola alma (Hech 4,32)? ¡Qué necedad igualmente la de quien tiene para con su amigo
sentimientos de estima semejantes a los que tiene por sí mismo, cuando uno tiene que sentir humildemente de sí y con gran
aprecio de su amigo!

Desechadas estas falsas fronteras de la amistad, busquemos las verdaderas en las palabras del Señor que prescriben dar la
vida por sus amigos (Jn 15,13). Pero, para que no estimen que han alcanzado la cumbre de la amistad los deshonestos que,
movido por su misma torpeza, están dispuestos a dar la vida unos por otros, dijimos entre quiénes puede nacer y
perfeccionarse. Rebatimos a los que arguyen que por los muchos cuidados y solicitudes que apareja es mejor rehuida y,
finalmente, expresamos brevemente qué amistades deben evitar los buenos.

De todo esto se deducen los límites ciertos y verdaderos de la amistad espiritual: nada se debe negar al amigo, por él se debe
sacrificar todo lo que sea inferior a esta preciosa vida del cuerpo, la cual también debe ser entregada por el amigo según
sanción de la autoridad divina. Pero, como la vida del alma es mucho más excelente que la del cuerpo, se le ha de negar
totalmente al amigo aquello que causa la muerte del alma, que no es otra cosa que el pecado, el cual separa a Dios del alma y
al alma de la vida. No es ahora el tiempo oportuno de tratar de qué modo y con qué precauciones se deben dar o acoger las
demostraciones de amistad.

Planteo del nuevo diálogo y conclusión

GRACIANO. - Confieso que nuestro Walter me ha prestado un gran servicio, ya que, gracias a su pregunta, me lo has recordado
todo, sintetizado en un corto epílogo. Hablamos ahora, por favor, de las normas que se han de seguir y de las precauciones que
se deben tomar en el trato con los amigos.

ELREDO. - Estas y otras cosas más quedan todavía por decir, pero ya no tenemos tiempo y, además, como ves, la
importunidad de los recién llegados me obliga a ocuparme de otro asunto.
WALTER DANIEL. - Me voy sin ganas, pero volveré mañana a su debido tiempo. Que Graciano esté pronto a primera hora para
que no pueda acusamos de negligentes, ni nosotros a él de tardo.

FIN DEL LIBRO SEGUNDO

Libro Tercero

ELREDO - ¿De dónde vienes y qué deseas?

GRACIANO. - Ya sabes para qué vengo.

ELREDO. - ¿No vino Walter?

GRACIANO. - Allá él. Hoy no podrá acusarme de tardar.

ELREDO. - ¿Quieres que empecemos con lo que nos propusimos?

GRACIANO. - Le debo lealtad y necesito su presencia, porque tiene inteligencia más aguda que la mía para comprender, lengua
más hábil para preguntar y memoria más tenaz para recordar.

ELREDO. (Al recién llegado.) - ¿Oíste, Walter? Graciano es más amigo tuyo de lo que suponías.

WALTER DANIEL. - ¿Cómo no va a ser amigo mío, si lo es de todos? Ya que estamos los dos, no olvidemos lo prometido, no
desperdiciemos el ocio que se nos ha concedido.

El amor, fuente de la amistad

ELREDO. - El amor es la fuente y el origen de la amistad. Puede darse amor sin amistad, pero amistad sin amor, jamás. El
amor puede fundarse en la naturaleza, en el deber, en la sola razón, en el sentimiento solo, o en ambos a la vez. En la
naturaleza, como la madre que ama a su hijo. En el deber, cuando por mutuos favores se ligan dos personas con un afecto
especial. En la sola razón, como amamos a nuestros enemigos, es decir, no por inclinación del alma, sino por la necesidad de
cumplir el precepto. En el sentimiento solo, como el ganarse la simpatía de otro por cualidades físicas: por su belleza, su
fortaleza o su hablar. Y en la razón y el sentimiento juntos, cuando aquel a quien la razón recomienda como amable por su
virtud, influye además en el ánimo del otro por la dulzura de sus costumbres y el atractivo de su vida laudable; y así la razón
se une al sentimiento, de modo que el amor se mantiene casto por la razón y dulce por el sentimiento. ¿Cuál de estos amores
os parece que conviene más a la amistad?

WALTER DANIEL. - Sin duda el último, nacido de la contemplación de la virtud y adornado por la suavidad de las costumbres.
Pero me gustaría saber si debemos admitir al dulce secreto de la amistad a cuantos amamos así.

Resumen de lo ya expuesto

ELREDO. - Ante todo, debemos poner el amor espiritual como sólido cimiento y sobre él los principios, para que el que
rectilíneamente asciende a sus alturas, obre con tanta cautela que ni descuide ni se salga del fundamento. Ese fundamento es
el amor de Dios. A él se debe referir todo lo que inspire el amor o la inclinación, todo lo que sugiera ocultamente el enemigo o
abiertamente el amigo. De todo lo cual debe hacer un discernimiento diligente para que lo que añada convenga al fundamento,
devolviendo a su línea todo lo desviado y corrigiendo sin vacilación todo detalle en conformidad con la voluntad.

No podemos admitir a nuestra amistad a todos los que amamos porque no todos son idóneos para ella. Dado que el amigo es el
consorte de tu alma, a cuyo espíritu unes, y aproximas el tuyo y de tal modo lo fundes que de dos quieres hacer uno: en cuyas
manos te abandonas como en las de un otro tú, a quien nada le ocultas, y de quien nada temes, sin duda debe ser
primeramente elegido, y probado si se lo ve apto y sólo entonces admitido. La amistad debe ser estable y, perseverando
siempre en el amor, ofrecer a nuestra vida la imagen de la eternidad.

Por lo mismo, no podemos cambiar de amigo puerilmente, por cualquier nimiedad: Nadie es más detestable que quien
abandona la amistad, y nada atormenta tanto al hombre como el abandono o la injuria del amigo. Con sumo cuidado debe ser
elegido y con suma cautela probado, pero, una vez admitido, se lo debe tratar y tolerar de tal modo que, mientras no abandone
irrevocablemente el fundamento colocado antes, él sea tuyo y tú seas de él, tanto en las cosas materiales como espirituales,
sin división posible de alma, afecto, voluntad u opinión.

He aquí los cuatro escalones por los que se sube a la amistad perfecta. El primero es la elección; el segundo la prueba; el
tercero la admisión y el cuarto «el máximo consenso en las cosas divinas y humanas con caridad y benevolencia».

WALTER DANIEL. - Recuerdo que cuando dialogabas con tu amigo Juan trataste exhaustivamente sobre esta definición. Pero,
como distinguiste muchos tipos de amistad, quisiera saber si es aplicable a todas.

ELREDO. - Considerando que la verdadera amistad no puede existir sino entre los buenos: incapaces de querer o hacer algo
contra la fe y las buenas costumbres, es claro que esta definición es privativa de la verdadera.

GRACIANO. - ¿Por qué no puede ser aprobada también aquella que tanto me deleitó ayer, antes de la cena: la amistad es
querer y no querer lo mismo.

ELREDO. - No hay motivo para rechazada si se da entre personas de costumbres ya enmendadas, vida irreprensible e
inclinaciones ordenadas.
WALTER DANIEL. - Que Graciano trate de hallar estas cualidades en sí mismo y en aquel que ama, antes de tener un mismo
querer y no querer con su amigo, sin desear para sí ni conceder nada que sea injusto, deshonesto o indecente. Esperamos
ahora que nos digas cómo debemos entender los cuatro puntos que enunciaste.

La elección del amigo

ELREDO. - Tratemos primeramente de la elección de los amigos. Hay personas que, por causa de sus defectos, son
inconstantes en la amistad. Por este motivo no hay que apresurarse a elegirlos como amigos, pero si son idóneos por otros
aspectos y costumbres de su vida, se los debe tratar con mucho cuidado para que, sanándose, se tornen aptos para la amistad.
Estos son los coléricos, los inestables, los suspicaces y los de mucho hablar.

En efecto, no es difícil que se levante alguna vez contra su amigo aquel a quien frecuentemente agita el furor de la ira, como
dice el Eclesiástico (Sir 6,9): Semejante amigo hará aparecer muy pronto el odio, las riñas y las injurias. Por eso añade la
Escritura: No entables amistad con el hombre colérico, ni andes en compañía de varón furioso, a fin de que no tropiece tu alma
(Prov 22,24-25). Y Salomón: En el seno del necio descansa la ira (Qo 7,10). Por ello, ¿habrá quién juzgue posible mantener por
largo tiempo su amistad con un necio?

WALTER DANIEL. - Pero, si no estamos equivocados, tú cultivaste religiosamente la amistad con un hombre iracundo, del cual
oímos que hasta el fin de su vida nunca fue herido por ti, aunque él mismo te lastimara muchas veces.

ELREDO. - Algunos son coléricos por temperamento, pero tan solícitos en reprimir y temperar esta pasión, que nunca llegan a
ninguno de esos cinco excesos, destructores y corruptores de la amistad, de que habla la Escritura (Sir 22,21-22). Si alguna
vez nos ofenden con una palabra o acción desconsiderada o por celo indiscreto, y ya han sido recibidos en nuestra amistad,
debemos soportados con paciencia y, siempre que nos conste la veracidad de su afecto, hemos de tener indulgencia con
cualquier exceso que no puedan evitar en el lenguaje o la acción, o corregirlos sin herir.

GRACIANO. - Tienes otro amigo a quien prefieres sobre todos nosotros, según el parecer de muchos, y que hace pocos días,
creemos que llevado por la ira, dijo e hizo lo que no puede ignorar que a ti te desagrada. Sin embargo, no perdió tu
benevolencia, según nos pareció y constatamos. Por eso comentamos la admiración que nos causaba comprobar que tú no
dejas de hacer ni lo más insignificante de lo que él quiere, eso insignificante, precisamente, que, por tu causa, él no es capaz
de sobrellevar.

WALTER DANIEL. - Graciano es mucho más audaz que yo. También lo supe, pero, conociendo tus sentimientos para con él, no
osé mencionarte el caso.

ELREDO. - Ciertamente, ese hombre me es queridísimo y, habiéndolo recibido en mi amistad, jamás podré dejar de amarlo.
Acaso por esto me fue más fácil doblegar mi voluntad cuando estábamos en desacuerdo. Como no se trataba de ninguna
deshonestidad, ni abandonaba la fidelidad, ni disminuía la virtud, cedí ante él, tolerando su exceso y anteponiendo su voluntad
a la mía porque estaba en peligro su paz.

Los enemigos de la amistad

WALTER DANIEL. - Ya murió el primero y satisfizo el segundo, aunque no lo advertimos. Enuméranos ahora esas cinco cosas
que pueden lastimar hasta matar la amistad para que, alertados, en modo alguno elijamos como amigos a los hombres que no
deben serlo.

ELREDO. - Prestad atención, pero no a mí, sino a la Escritura que dice: El que injuria al amigo, deshace la amistad. Si has
desenvainado la espada contra el amigo, no desesperes porque la vuelta es posible, y si profiere palabras amargas, no temas
(Sir 22,21-22). Ved lo que dice: si tal vez el amigo, llevado por la ira, desenvainó la espada o habló con dureza; si, como no
amándote ya, se hubiera apartado de ti por algún tiempo, si alguna vez antepuso su parecer al tuyo o si discutió contigo, no
pienses que por eso debes romper la amistad.

Es posible la concordia con el amigo siempre que no se llegue al insulto, al ultraje, a la arrogancia, a la revelación de un
secreto, al ardid traidor; cosas estas que hacen huir al amigo. Por eso, consideremos cuidadosamente estas cinco cosas para
que no nos liguemos con vínculo de amistad a los que el furor de la ira o cualquier otra pasión suelen impulsar a estos vicios. El
insulto hiere la fama y extingue la caridad. Tanta es la malicia de los hombres que todo insulto que, instigado por la ira,
profiera un amigo contra otro, por lo mismo que procede de quien conoce sus secretos, aunque no se lo tenga por cierto, se lo
divulga.

Son muchos los que, como si fuera en su propia alabanza, se deleitan en la vituperación de los otros. ¿Qué cosa más cruel que
el ultraje que, aun si es falso, cubre el rostro inocente con deplorable rubor? Nada es más deplorable que la arrogancia, porque
rechaza lo único capaz de restaurar la amistad herida, el remedio de la humildad y la confesión. La arrogancia hace al hombre
audaz para la injuria y aprensivo para la corrección. La sigue la revelación de los secretos, que es lo más vil y execrable, lo que
más aparta a los amigos del amor, del gozo y la dulzura, y todo lo llena de amargura e indignación, derramando la hiel del odio
y el dolor.

Por eso se escribió: Quien desnuda los secretos, pierde la confianza del amigo (Sir 27,17) y también: La revelación de los
secretos del amigo es la desesperación del alma desgraciada (Sir 27,21). Ciertamente, ¿quién más desgraciado que el que
perdió la confianza y agoniza en la desesperación? El último disolvente de la amistad es el lazo camuflado, vale decir, la
detracción encubierta. En verdad, el ardid doloso es herida mortífera de serpiente y de áspid. El detractor oculto, dijo Salomón,
es como la serpiente que muerde en silencio (Qo 10,11).

Ejemplos extraídos de la Escritura

Tened cuidado con todos aquellos a quienes veáis asiduos a estos vicios y no los admitáis como amigos si no se curan.
Huyamos de los insultos que tienen a Dios por vengador. Semeí insultó al santo David cuando huía de su hijo Absalón, pero,
entre las palabras testamentarias que el padre moribundo dejó a su hijo, había una sentencia de muerte contra Semeí, que el
Espíritu Santo corroboró (2Sam 16,3; 1Re 2,8-9.27). Guardémonos de los ultrajes. El infeliz Nabal, del Carmelo, que había
ultrajado a David llamándolo sirviente y fugitivo, mereció ser golpeado y muerto por el Señor (1Sam 25,10.38). Si llegamos a
traspasar en algo las leyes de la amistad, evitemos la soberbia y recuperaremos el bien de la amistad gracias a la humildad.

La misma amistad que el rey David había concedido a Najás, rey de los amonitas, la ofreció misericordiosamente a su hijo
Janún, pero él, soberbio e ingrato, con desprecio arrojó sobre su amigo la afrenta (1Cro 19,1 ss.; 2Sam 10,1 ss.; 12,26 ss.).
Por lo cual él, su gente y sus ciudades fueron consumidos simultáneamente por la espada y el fuego. Juzgamos que sobre todos
los crímenes el mayor es la manifestación de los secretos del amigo porque destruye la confianza y acarrea la desesperación
del alma acorralada. Por este motivo, el impiísimo Ajitófel, cómplice del parricida, después de revelarle los designios de su
padre, viendo que no se ponían en práctica sus consejos, terminó colgándose de un lazo, digno fin de un traidor (2Sam 15,1
ss.; 17,1 ss.). Finalmente, démosle el nombre de veneno de la amistad a la detracción hecha al amigo. Por ella, la frente de
María se cubrió de lepra y, arrojada fuera del campamento, fue privada durante seis días de toda comunicación con su pueblo
(Núm 12,1-15).

Otros peligros que amenazan o impiden la amistad

Al elegir un amigo, no sólo debemos estar prevenidos contra los sumamente iracundos, sino también contra los inestables y
suspicaces. Porque el mayor fruto de la amistad es la seguridad por la que te fías del amigo y te pones en sus manos. Ahora
bien, ¿qué seguridad puede haber en el amor de quien se deja llevar por todos los vientos y acoge todo consejo? Su afecto es
comparable al barro blando que, a voluntad del que lo trabaja, recibe y forma continuamente imágenes diversas y contrarias.

¿Y qué cosa compete más adecuadamente a la amistad que procurar a ambos cierta paz y tranquilidad de corazón? Cosa
impasible para el suspicaz. Jamás descansa: la curiosidad lo acompaña siempre con su aguijón continuo y agudo,
suministrándole inquietud y materia de perturbación. Si ve a su amigo hablando en voz baja con otro, lo considerará un traidor.
Si advierte que trata con cordialidad y benevolencia a alguien, se proclamará menos querido. Si se le corrige, lo interpretará
como odio; si se le alaba, se creerá calumniado por una burla.

Tampoco hay que elegir al hambre locuaz, porque el hombre hablador será justificado: ¿Has visto, dice el Sabio, un hombre
apurado para hablar? Más puedes esperar del tonto(Prov 29,20). Por eso, debes elegir tus amigos entre quienes no sean
inquietados por el furor de la ira, ni dispersados por la inestabilidad, ni torturados por la suspicacia, ni apartados de la gravedad
debida a causa de la locuacidad. Sobre todo, será útil que elijas al que camparte tus mismas costumbres y congenia con tu
carácter. Entre los que tienen conductas dispares, como dijo, San Ambrosio, no puede darse la amistad, por lo cual conviene la
semejanza de dones entre los amigos.

WALTER DANIEL. - ¿Dónde encontrar a alguien que no sea ni iracundo, ni inestable, ni suspicaz? En cuanto al locuaz, no podrá
mantenerse oculto.

ELREDO. - Aunque no es fácil hallar a quien no sea movido en absoluto por estas pasiones, ciertamente se encuentra a muchos
que las superan. Los tales reducen la ira con la paciencia, contienen la ligereza mediante la perseverancia en la gravedad y
rechazan toda suspicacia con la consideración de su amor. Los más aptos son aquellos que más se han ejercitado en la práctica
de la virtud, venciendo sus defectos, pues serán tanto más seguros en la amistad cuanto con mayor fortaleza lograron resistir
la tentación de sus vicios.

Un ejemplo de la propia experiencia

WALTER DANIEL. - No te enojes si hablo. Deseo saber si consideras iracundo a aquel a quien ya antes mencionó Graciano. Y
que has recibido en tu amistad.

ELREDO - Sí, pero no en la amistad.

GRACIANO. - Par favor, ¿qué significa no ser colérico en la amistad?

ELREDO. - ¿Dudáis de nuestra amistad?

GRACIANO. - De ninguna manera.

ELREDO. - ¿Cuándo oísteis que haya habido entre nosotros riñas, ira, disensiones, emulaciones o contiendas?

GRACIANO. - Nunca, pero no la atribuimos a él, sino a tu paciencia.

ELREDO. - Erráis. Porque ira que no refrena el afecto, nunca será refrenada por la paciencia de otro. La paciencia sólo sirve
para excitar más al furor, porque el colérico experimenta algún alivio cuando el otro, poniéndose a su altura, accede a discutir.
En cuanto al amigo de quien estamos hablando, tanto respeta los derechos de nuestra amistad, que si alguna vez llega a
excitarse a decir algo inconveniente, un sólo gesto me basta para calmarlo. Nada dice en público que me pueda molestar y para
desahogarse busca siempre la intimidad.

No lo tendría por tan virtuoso y digno de alabanza, si no obrara así por amistad. Y cuando, como suele pasar, discutimos en
algo, cede a mis deseos, aunque a menudo es mi voluntad la que se pliega a la suya.

Las actitudes con que podemos corregir al amigo

WALTER DANIEL. - Ya has satisfecho suficientemente a Graciano. Quisiera que ahora me escuches: si alguno, incautamente, se
une en amistad con sujetos indeseables, de los que ya nos previniste, o si personas dignas de nuestra elección, según los
criterios que nos diste, llegan a caer en los mismos o en peores defectos, ¿qué fidelidad se les debe guardar o qué conducta
debemos tener con ellos?
ELREDO. - Si es posible, debemos ser muy prudentes en la elección y probación, no sea que nos apresuremos a entregar
nuestra dilección a los indignos. Son dignos de la amistad aquellos en quienes se dan motivos suficientes para nuestra
dilección. Sin embargo, también en los que han sido probados y reputados dignos aparecen con frecuencia defectos, tanto en
sus relaciones con sus amigos como con los extraños, que redundan en infamia para los amigos. A tales amigos se les debe
atender con todo cuidado para que sanen.

Si no se lo consiguiera inmediatamente, no por eso se debe romper al punto la amistad, sino, como dijo alguien
elegantemente: Conviene ir paulatinamente deshabituándose, a no ser que se trate de tan intolerable injuria, que no sea recto
ni honesto diferir la separación o la ruptura. Pues si un amigo tramase algo contra su padre o su patria y necesitara una
inmediata e indiferible corrección, no es traicionar la amistad descubrirlo como enemigo público.

El caso de la amistad que se rompe

Existen otros vicios, por cuya causa no se debe romper la amistad sino disolverla de a poco, sin llegar, con todo, a la
enemistad, fuente de contiendas y afrentas: Es vergonzoso estar en guerra con quien se ha vivido familiarmente.

En vano sufrirías los defectos del que recibiste en tu amistad. Hay algunos que, aunque se porten de forma que no pueden ser
amados, si llega a sucederles algo desagradable, echan la culpa al amigo, rompen la amistad y sospechan de todo consejo que
le dé. Una vez descubiertos y publicadas sus culpas, ya no tienen otra cosa que hacer sino odiar y maldecir al amigo, siendo
detractores en los rincones, murmurando en la oscuridad, excusándose mentirosamente y acusando a los otros de la misma
manera.

Si tal sucede después de haber abandonado alguna amistad, se lo ha de soportar mientras sea posible, tributando así el honor
debido a la antigua amistad, para que sea hallado culpable el que comete la injuria, no el que la padece: La amistad es eterna,
por eso, ama en todo tiempo el que es amigo (Prov 17,17). Si te hiere aquel que amas con predilección, sigue amándolo. Si
hubiere que retirarle la amistad por su culpa, nunca, empero, se le retirará el amor. En la medida que puedas, cuidarás de su
salud y de su fama, y jamás revelarás sus secretos aunque hubiera divulgado los tuyos.

WALTER DANIEL. - Te ruego que me digas cuáles son esos vicios por cuya causa debe disolverse la amistad poco a poco.

ELREDO. - Son los cinco que antes describimos, sobre todo la divulgación de lo secreto y la oculta mordedura de la detracción.
A estos añadamos un sexto: si llegara a herir a alguien a quien debes tanto amor como a él y a cuya salud debes proveer, y si
después de corregido sigue siendo ocasión de ruina y escándalo para él, máxime si corres el riesgo de verte envuelto en la
infamia de los mismos vicios. El amor no debe anteponerse ni a la religión, ni a la lealtad, ni a la caridad con los ciudadanos, ni
a la salud del pueblo.

El rey Asuero, que tenía al harto soberbio Amán como a su más grande amigo, lo suspendió en la cruz y antepuso la salud de
su pueblo y el amor a su esposa, a la amistad que Amán lastimara con fraudulentos consejos (Est 7). Jael, esposa de Jabar,
mató a Sísara, el quenita, con el clavo y el martillo, no obstante estar en paz con él, porque antepuso la salud del pueblo a esa
amistad (Jue 4,17). El santo profeta David debía perdonar a la familia de Jonatán por causa de su amistad, pero cuando el
Señor le dijo que, por culpa de Saúl y los suyos, también los familiares de su amigo habían manchado con sangre sus manos
matando a los gabaonitas y haciendo pasar tres años seguidos de hambre al pueblo, como castigo entregó a los de Gabaón,
siete hombre de esa casa (2Sam 21,1).

No quiero que ignores esto: entre los perfectos, sabiamente elegidos y cautamente probados, unidos por verdadera y espiritual
amistad, no puede haber disensiones. Pues la amistad, de dos hace uno, y la unidad es indivisible, ya no se puede separar al
amigo del propio ser. Por tanto, es notorio que la amistad que puede romperse, nunca fue tal, al menos por parte del que la
disuelve, ya que la amistad que puede romperse nunca fue verdadera.

Por el contrario, tanto más firme y probada es la amistad del que fue herido, cuando ella no deja de ser lo que fue para él;
sigue amando al que ya no lo ama, honrando al que lo desprecia, bendiciendo al que lo maldice y haciendo el bien al que
maquina dañarlo.

GRACIANO. - ¿Cómo es posible que se rompa una amistad, si de tal manera hay que comportarse con el que la rompe?

ELREDO. - Cuatro cosas son pertinentes a la amistad: la dilección, la afinidad, la seguridad y la alegría. La benevolencia, que se
manifiesta en los beneficios, expresa la dilección. Cierta deleitación interior procede de la afinidad. La manifestación de todos
los secretos y proyectos, hecha sin temor ni suspicacia, da seguridad. Y la alegría nace de una especie de dulce y amigable
participación en todo lo que acontece: ya triste, ya gozoso; en todo lo que se piensa: dañino o útil; en todo lo que se enseña o
aprende.

¿Comprendéis en qué cosas se debe retirar la amistad a quienes antes la habían merecido? Se les sustrae aquella dulzura
interior que bebían continuamente en el corazón del amigo, se acaba la seguridad con que se revelaban los secretos propios,
cesa el júbilo que engendraba el coloquio de amigos. Se les niega la familiaridad que todo esto trae aparejado, pero no la
dilección, y esto con tanta moderación y reverencia, que si los motivos no fueran realmente temibles, deberán permanecer
siempre algunos vestigios de la antigua amistad.

GRACIANO. - Me gusta lo que dices.

ELREDO. - Si ya es suficiente, decídmelo.

WALTER DANIEL. - Quisiera que nos resumieras lo que has hablado.

El Abad sintetiza lo expuesto


ELREDO. - Dijimos que el amor es el principio de la amistad. Pero no un amor cualquiera, sino el que nace de la razón y el
sentimiento conjuntamente, y por la razón es casto y por el sentimiento, dulce. Establecimos el fundamento de la amistad: el
amor preferencial a Dios, refiriendo a él toda nuestra reflexión, para descubrir si conviene o no a este cimiento.

Acordamos que existen cuatro escalones para llegar a la amistad: la elección del amigo, su probación, su admisión y el trato
que se le debe. Excluimos de una tal elección a los iracundos, a los inestables, a los suspicaces y a los locuaces, pero no a
todos por igual, sino a los que no quieren ordenar sus pasiones y no desean o no pueden moderarlas. Pues hay muchos
afectados por ellas, que de tal modo las gobiernan, que no sólo no menoscaban su perfección, sino que aumentan la alabanza
de su virtud.

Los que se dejan conducir desenfrenadamente por sus pasiones, se deslizan inevitablemente y caen en los vicios que, según la
Escritura, arruinan y destruyen la amistad: insultos, ultrajes, manifestación de los secretos, soberbia y doblez.

Pero si hay que sufrir todo esto de aquel a quien admitimos en nuestra amistad, no debemos romperla inmediatamente, sino
poco a poco, por reverencia a la antigua amistad, sin negarles, empero, la dilección, sin retirarles todo socorro, sin
mezquinarles un consejo. Porque aunque su insanía los lleve a proferir blasfemias y maldiciones, debemos mantener la alianza
y la caridad para que no caiga en la culpa el que la sufre, sino el que la comete.

Pero si se volviera pernicioso para su padre o su patria, si lo fuera para ciudadanos, súbditos y amigos, entonces
inmediatamente debe retirársele la familiaridad del vínculo, no anteponiendo el amor de uno a la perdición de muchos. Para
que tal no suceda, prudentemente se ha de elegir, para que el agraciado no sea movido por la ira, arrastrado por la
inconstancia, precipitado por la locuacidad o manejado por la sospecha, y, sobre todo, que no esté en disensión con tus
costumbres, ni en discordancia con tus cualidades.

Ya que hablamos de la verdadera amistad que sólo puede darse entre los buenos, no tenemos por qué referimos a los torpes,
avaros, ambiciosos y criminales. Si ya os parece bastante lo que dijimos sobre la elección, pasemos a la probación.

Probar al amigo

WALTER DANIEL. - Me parece muy oportuno. Tengo los ojos fijos en la puerta, temiendo que alguien nos interrumpa y ponga
fin a nuestra fiesta, la mezcle con alguna amargura o venga con tonterías.

GRACIANO. - Allí está parado el mayordomo; si lo dejas entrar, no podremos seguir hablando contigo. Sigue, padre, con lo que
empezaste, que yo miro la puerta.

ELREDO. - Cuatro cosas hay que probar en el amigo: su fidelidad, su intención, su discreción y su paciencia. Su fidelidad, para
que puedas abandonarte en sus manos con todas tus cosas. Su intención, para que no espere de la amistad otra ganancia que
a Dios y los bienes naturales. Su discreción, para que sepa lo que debe dar o pedir al amigo, lo que tiene que deplorar en él o
aprobar, en qué corregirlo y por qué causas, con conocimiento de modo, tiempo y lugar. Su paciencia, no sea que se duela al
ser corregido, desprecie o aborrezca al que lo corrige o no sea capaz de soportar ninguna contradicción por su amigo.

En la fidelidad, nodriza del vínculo amistoso

La fidelidad es lo más hermoso de la amistad y, al mismo tiempo, es su nodriza y su custodia. Permanece siempre igual en
todo, en la adversidad y en la prosperidad, en la alegría y en la tristeza, en lo dulce y en lo amargo. Mira del mismo modo a los
que están abajo y a los que están arriba, a los pobres y a los ricos, a los fuertes y a los débiles, a los sanos y a los enfermos.
Pero el amigo fiel no repara en nada exterior al alma del amigo y, abrazando la virtud en su misma sede, es indiferente a
cuantas cosas estén fuera de él: ni las aprueba si las tiene, ni las requiere si le faltan.

La misma fidelidad, latente en la prosperidad, se manifiesta en la adversidad, porque en la adversidad se prueba al amigo,
como dijo alguien. Los ricos tienen muchos amigos (Prov 14,20) pero para averiguar si son verdaderos deberá explorarlos la
pobreza. En todo tiempo, dijo Salomón, ama el que es amigo, y el hermano se descubre en la estrechez (Prov 17,17). En otra
parte, refiriéndose al desleal, dice: Diente quebrado, pie que resbala es la confianza puesta en el desleal el día de la angustia
(Prov 25,19).

GRACIANO. - Y, ¿cómo probaremos la lealtad del amigo. si nuestra prosperidad no fuera nunca alterada por la adversidad?

ELREDO. - De muchas maneras se puede probar la lealtad del amigo, aunque la más elocuente sea la adversidad. Dijimos
anteriormente que nadie hiere más mortalmente la amistad que quien descubre los secretos. Dice una sentencia evangélica que
quien es fiel en lo poco, lo será en lo mucho (Lc 16,10). Por eso, no debemos revelar ni todas nuestras cosas, ni las más
profundas, a los que aún nos parece que deben ser probados en su fidelidad. Primero debemos confiarles nuestras cosas
exteriores y de menos importancia, de las que no haya que tener gran cuidado o celo por que no se divulguen. Pero hagámoslo
con la misma cautela con que lo haríamos si nos dañara mucho su revelación o nos aprovechara mucho su secreto.

Si en tales cosas fuere hallado fiel, no dudes en probarlo en mayores. Porque si algo que te daña se divulgara o se hiriera tu
fama y, a pesar de todo, no lo admite, no consiente en ninguna sospecha y no se turba por duda alguna, ya no debes tener
reparos en creer en su lealtad futura. Alégrate grandemente, estimándola cierta y estable.

GRACIANO. - Ahora me acuerdo de tu amigo de ultramar, del que nos has hablado muchas veces. Precisamente por ese medio
comprobaste que es tu verdadero y fidelísimo amigo. Habiéndose referido cosas falsas de ti, no sólo no les dio crédito, sino que
ni lo turbó ni lo conmovió la más pequeña duda, cosa que ni siquiera osabas esperar de tu íntimo amigo, el sacristán de
Claraval. Continúa con el resto, pues nos basta lo dicho sobre la probación de la fidelidad.

En la intención con que busca nuestra amistad

ELREDO. - Dijimos que también se debe probar la intención. Es cosa sumamente necesaria. Pues son muchos los que, en las
cosas humanas, sólo consideran bueno lo que les acarrea provecho temporal. Tales son los que aman a sus amigos como a sus
bueyes, esperando poder sacar partido. Carecen, ciertamente, de la amistad fraterna y espiritual que se debe buscar por el
bien que ella es en sí misma y por Dios. Son incapaces de apreciar el amor natural en sí mismo, en el que fácilmente podrán
descubrir la naturaleza, la grandeza y la eficacia de la amistad.

El mismo Señor y Salvador nuestro nos prescribió la forma de la verdadera amistad: Amarás, dijo, a tu próximo como a ti
mismo (Mt 22,39). Como puesto frente a un espejo, te amas a ti mismo. Es cierto, si amas a Dios. Si eres tal cual dijimos que
debe ser el elegido para la amistad. Te ruego que me digas si a tu parecer debes exigirte a ti mismo alguna recompensa por el
amor que te tienes.

GRACIANO. - En lo más mínimo. Porque cada uno se ama a sí mismo por sí mismo.

ELREDO. - Así, si no transfieres a otro ese mismo amor, amando gratuitamente a tu amigo, no podrás gustar lo que es propio
de la verdadera amistad, es decir, que el amigo te sea amable en sí mismo.

Entonces, ese que amas será como otro tú, si trasvasas a él tu amor a ti. Como dijo san Ambrosio: La amistad no es un tributo,
sino plenitud de belleza y gracia. Es virtud, no lucro. Porque no la engendra el dinero, sino el encanto. No nace de la puja de
precios, sino de la competición de la benevolencia. Por eso debes probar sutilmente la intención de tu elegido, no sea que se
una a ti en amistad con la esperanza de sacar partido, considerándola como un negocio y no como don gratuito. A menudo es
más segura la amistad de los pobres que la de los ricos, porque la pobreza hace desaparecer la esperanza de las ganancias, de
modo que, en vez de disminuir la amistad, aumenta la caridad.

A los ricos se les paga con la adulación; con los pobres nadie es lisonjero. Es verdad cuanto se dice al pobre, en cuya amistad
no hay lugar para la envidia. Lo digo para que probemos a los amigos en sus costumbres, en vez de sopesar su pecunia. La
intención debe probarse en esto: mira si lo ves más afecto a tus cosas que a ti mismo; si está atento a sacar algún partido
gracias a tu influencia, ya sea honores, riquezas, fama , o exenciones, y cómo se comporta cuando, en estas cosas, otro es
preferido, o no es de tu competencia el darle lo que apetece. En todo esto podrás ver con qué intenciones se acerca a ti.

Vamos ahora a la discreción.

En la discreción con que se comporta

Algunos, con malicia, por no decir con desvergüenza, quieren tener amigos que sean como ellos mismos no pueden ser. Son los
que se impacientan por la más leve imperfección del amigo, lo corrigen ásperamente y, carentes de discreción, son indolentes
en las cosas grandes, pero se yerguen contra las mínimas. Todo lo perturban, sin atender al lugar, al tiempo oportuno, ni a las
personas, sin poder discernir entre lo que conviene publicar o reservar. Por eso es necesario probar la discreción del que se
elige, no sea que te unas en amistad a un irreflexivo o imprudente y te acarrees litigios y disgustos cotidianos.

Es verdad que esta virtud fácilmente se puede probar en la amistad, porque el que carece de ella es movido por el ímpetu de
un viento inestable e irracional, como nave sin timón.

En la paciencia que ejerce

Existen también muchas causas por las que no se deben descuidar la probación de la paciencia del que deseas hacer tu amigo.
Cuando sea necesario reprender al que amas, conviene que lo hagas con cierta dureza, para que sea probado y se ejercite en la
paciencia.

Elogia Elredo la amistad, aun en sus dificultades

Hay que tener en cuenta que aunque compruebes que el que deseas por amigo tiene defectos, que incautamente revela algún
secreto o apetece algún favor temporal, que es un poco indiscreto en la corrección o en algo transgrede la debida
mansedumbre, no por eso debes renunciar de inmediato a hacerla objeto de tu amor y elección, mientras brille alguna
esperanza de enmienda. A nadie le parezca tedioso el elegir y probar solícitamente al amigo, porque el fruto de tantos trabajos
es medicina de vida (Sir 6,16) y fundamento solidísimo de inmortalidad.

Cuando son tantos los peritos en multiplicar fortunas, en alimentar, seleccionar y comprar bueyes y asnos, ovejas y cabras -por
no descuidar en nada lo que deben conocer al respecto-, sería locura no tomarse el trabajo de elegir y probar a los amigos, o
no estudiar los criterios por los que podamos comprobar la idoneidad de los tales. Cuidado con cierto ímpetu afectivo que se
adelanta al juicio y quita la facultad de probar.

El varón prudente resiste y refrena este impulso, modera las expresiones de su benevolencia y avanza poco a poco en el afecto
hasta que, ya probado, totalmente pueda darse, abandonándose en las manos del amigo.

El amigo es fuente de felicidad

WALTER DANIEL. - Te confieso que todavía me hace vacilar la opinión de los que juzgan que la vida es más segura sin amigos.

ELREDO. - Me asombra. Porque no hay vida feliz sin amigos.

WALTER DANIEL. - ¿Me puedes decir por qué?

ELREDO. - Supongamos que todo el género humano desapareciera del mundo y que tú fueras el único sobreviviente. y delante
de ti todas las delicias y riquezas del mundo: oro, plata, piedras preciosas, ciudades amuralladas, torreones almenados, vastos
edificios, esculturas y pinturas. Piénsate restablecido al antiguo estado de inocencia y que todo te está sometido: Cuanta oveja
y buey existe, juntamente las bestias del campo, las aves del cielo y los peces del mar y los seres que surcan los caminos del
mar (Sal 8,8): Ahora te ruego que me digas, ¿podrías alegrarte en todo esto si no tuvieras compañero?

WALTER DANIEL. - Ni en lo más mínimo.


ELREDO. - ¿Y si tuvieras a tu lado a alguien cuya lengua desconocieras, cuyas costumbres ignoraras y cuyos sentimientos hacia
ti permanecieran ocultos?

WALTER DANIEL. - Si no fuera capaz de darme ninguna señal de amistad, más me valdría no tener a nadie.

ELREDO. - Y si hallases a uno sólo a quien amases como a ti mismo, y de cuya idéntica dilección no pudieras dudar, ¿no se te
volverían dulces y sabrosas todas las cosas que antes te parecían amargas?

WALTER DANIEL. - Es enteramente cierto.

ELREDO. - Y, ¿acaso no te tendrías por tanto más feliz cuanto mayor fuera el número de estos compañeros?

WALTER DANIEL. - Tienes razón.

ELREDO. - Esta es aquella admirable y magnífica felicidad que esperamos. Dios mismo la realiza entre él y su creatura
redimida, y derrama tanta caridad y amistad entre los mismos grados y órdenes que distinguió, entre todos los que eligió, que
cada uno puede amar al otro como a sí mismo y regocijarse por la felicidad ajena como lo hace de la propia. Esta beatitud de
cada uno es de todos, y toda la beatitud universal es de cada uno.

Allí no hay pensamientos secretos ni afectos disimulados. Esta es la verdadera y eterna amistad incoada aquí y que allá se
perfecciona. Que es de pocos, donde son pocos los buenos, y es de todos, donde todos lo son. Aquí es necesaria la prueba,
porque andan mezclados los sabios y los tontos; allá no es necesario probar a los que santifica aquella perfección angélica y, en
cierto modo, divina. Según este modelo, procurémonos amigos a los que podamos amar no de modo distinto de lo que nos
amamos a nosotros mismos, ante quienes podamos exponer todos nuestros secretos -siéndonos patentes, al mismo tiempo,
todas sus cosas-, que se muestren firmes y estables y constantes en todo. ¿Crees acaso que puede haber algún mortal que no
quiera ser amado?

WALTER DANIEL. - Creo que no.

ELREDO. - Y si vieras a alguien viviendo en medio de muchos, pero sospechando de todos, como si se tratase de gente que
quisiera su cabeza, y sin amar a nadie ni ser amado,¿no lo tendrías por misérrimo?

WALTER DANIEL. - Enteramente misérrimo.

ELREDO. - En consecuencia, no negarás que es del todo feliz el que puede descansar sobre el pecho de todos los que viven con
él, ama a todos y es amado por todos y, gracias a esta suavísima tranquilidad, ni lo desintegra la sospecha ni lo aparta el
temor.

WALTER DANIEL. - Efectivamente.

La proverbial armonía de Rieval

ELREDO. - Pero, si en el presente es difícil vivir así con todos, como tal es lo que nos reserva el futuro, cuanto más abundemos
ahora en amigos, tanto más nos tendremos por felices. Dando vueltas, antes de ayer, por los claustros del monasterio y
sentándome con la amadísima corona de mis hermanos, pareciéndome estar en un paraíso de delicias, me admiraba de las
hojas, flores y frutos de cada uno de sus árboles. En aquella multitud no encontraba a nadie a quien yo no amara o de cuyo
amor dudase; entonces, me inundó un gozo superior a todas las delicias de este mundo. Sintiendo que mi espíritu se
trasvasaba en todos y que en mí se vertía el amor de todos, exclamé con el profeta: ¡Ved qué dulzura, qué delicia, habitar los
hermanos unidos! (Sal 133,1)

GRACIANO. - ¿Debemos creer que has asumido en tu amistad a cuantos así amas y te aman?

ELREDO. - Muchos son los que nuestro afecto abraza pero que no son admitidos a nuestra amistad, máxime porque ella
consiste en la manifestación de todos los secretos y proyectos. Por eso dijo el Señor en el evangelio: Ya no os llamo siervos,
sino amigos, porque os he revelado todo lo que aprendí de mi Padre (Jn. 15,15). Y también: Vosotros sois mis amigos, si hacéis
lo que yo os mando (Jn. 15,14). De tales palabras se desprende lo que dijo Ambrosio: nos dio la norma que debemos seguir en
la amistad, hacer la voluntad de nuestro amigo, dejarlo entrar en nuestros secretos y en todo lo que tenemos dentro, no
desentendemos de lo que él mismo guarda en su interior, que mutuamente nos abramos el corazón, pues nada oculta quien es
amigo. Si lo es de verdad, derramará su alma como el Señor Jesús comunicó los misterios del Padre.

Hasta aquí Ambrosio. Sería imprudencia desnudar nuestra alma y derramar nuestro corazón ante todos los que amamos,
porque no todas las edades, inteligencias y juicios son igualmente aptos.

De la amistad afectiva a la amistad divina

WALTER DANIEL. - Esta amistad nos resulta tan sublime y perfecta, que no nos atrevemos a aspirar a ella. Para Graciano y
para mí es suficiente lo que describe tu Agustín: Conversar, reír, servimos mutuamente con benevolencia, leer juntos, estudiar
juntos, hacernos bromas y divertirnos juntos, disentir a veces sin odio, como puede un hombre hacerlo consigo mismo, y con
esa misma, rarísima, disensión, condimentar los muchísimos acuerdos; enseñarnos mutuamente y mutuamente aprender,
sentir nostalgia por los ausentes y recibir con alegría a los que llegan.

Con estos signos y otros semejantes que proceden del corazón de los que se aman y se manifiestan con la boca, la lengua, los
ojos, los mil gestos dulces que, como chispas, funden los espíritus, y de muchos hacen uno. Esto nos revela que somos amados
por nuestros amigos, de modo que nuestra conciencia se juzgaría culpable si no amáramos al que nos ama, si no
devolviéramos amor al que nos amó primero.

ELREDO. - Esa amistad es propia de hombres carnales, especialmente de adolescentes, como lo era entonces, juntamente con
su amigo, el que así hablaba otrora. Tal amistad, excluidas las frivolidades y mentiras, y si no se le mezcla ninguna
deshonestidad, es tolerable, en espera de una gracia mayor, como cierto comienzo de una amistad más santa. Pero cuando
hayan crecido la piedad y el interés por el estudio de las cosas espirituales, llegada la gravedad de la edad madura, iluminado
el sentido espiritual y purificado el afecto, podrán avanzar hacia cosas más altas a partir de esta base. Como decíamos ayer: de
la amistad con el hombre, por cierta semejanza, pasamos fácilmente a la amistad con Dios.

El cultivo de la amistad

Ya es tiempo de tratar sobre la manera de cultivar la amistad. El fundamento de toda amistad estable y constante es la
fidelidad. El infiel no puede ser estable: Los amigos deben ser sencillos, comunicativos, concordes, atraídos por las mismas
cosas. Tales cualidades son propias de la fidelidad. Pues no puede ser fiel el de intención doble y tortuosa. Tampoco los que no
se sienten atraídos por lo mismo ni concordes pueden ser fieles y estables:

Ante todo hay que prevenirse de la suspicacia, veneno de la amistad, para que nunca pensemos mal del amigo, no creamos las
cosas malas que nos cuenten ni nos prestemos a escucharlas. Añadamos a esto la amabilidad en el hablar, la alegría en el
rostro, la suavidad en las costumbres, la mirada serena en los ojos. Todo esto es buen condimento de la amistad. Rostro serio
y severo es propio de una honesta gravedad, pero la amistad debe ser como un descanso, sin rigidez y dulce; accesible en el
trato sin ser proclive a la liviandad ni a la disolución.

Es propio de la amistad igualar el superior con el inferior. Muchas veces una persona asume la amistad de alguien que le es
inferior en cuanto a su grado, orden, dignidad o ciencia. Conviene que se vuelva indiferente con respecto a todo lo que no sea
un bien inherente a la naturaleza, teniendo por nada y vanidad todo lo demás. Atienda siempre a la belleza de la amistad que
no se realza con gemas y sedas ni se aumenta con las posesiones, no engorda con las delicias, no crece con las riquezas, no se
encumbra con los honores y no se infla con las dignidades. Así, volviendo al origen de su procedencia, considere con fino
examen la igualdad que establece la naturaleza, no la dependencia nacida de la ambición de los mortales.

En la amistad, que es don óptimo de la naturaleza y de la gracia juntamente, lo elevado desciende y lo inferior asciende; el rico
mengua y el pobre se enriquece, y así cada uno comunica al otro su condición con el fin de establecerse en el mismo nivel,
como está escrito: El que tenía mucho no andaba sobrado, y el que poco, no carecía de nada (2Cor 8,15; Ex. 16,18).

El ejemplo de David y Jonatán

En consecuencia, nunca te prefieras a tu amigo. Si eres superior en lo que enunciamos, entonces, con mayor razón, no dudes
en colocarte por debajo de él, darle tu confianza, quitar su vergüenza y tratado con tanto mayor honor cuanto menos lo exija
su inferior condición.

Jonatán, joven eminente, se ligó con pacto a David sin atender a su regia genealogía ni a la expectación del reino, adecuando el
siervo al señor y anteponiéndolo a sí mismo (1Sam 20). Cuando David huyó de Saúl y se escondió en el desierto -adjudicado a
la muerte y destinado al suplicio-, entonces Jonatán, humillándose, exclamó con júbilo: Tú serás el rey y yo tu segundo (1Sam
23,17). ¡Oh límpido espejo de la verdadera amistad! ¡Cosa admirable! El rey se enfurece contra su siervo y por su causa excita
a todo el país como si se tratase de un rival, acusa de traidores a los sacerdotes, matándolos por simples sospechas, registra la
espesura, escudriña valles, montes y rocas, ocupándolos a mano armada. Todos se ofrecen como vengadores de la real
indignación. Sólo Jonatán, el único que con justicia podría tenerle envidia, se cree en el deber de resistir a su padre, ponerse a
disposición de su amigo, ofrecerle -en tanta adversidad- su consejo y, prefiriendo la amistad al reino, decir: Tú serás el rey y yo
tu segundo.

Y mirad cómo el padre del adolescente lo instiga a recelar contra su amigo, lo amenaza a gritos, pronosticándole la vergüenza,
el despojamiento del reino y la privación de honores. Porque, cuando Saúl sentenció la muerte de David, Jonatán no descubrió
a su amigo ¿Cuál es el motivo, preguntó, por el que debe morir David? ¿En qué pecó? ¿Qué hizo? Él mismo fue quien,
arriesgando su vida en la destreza de sus manos, golpeó al filisteo, ¡Y bien que te alegraste! Entonces, ¿por qué debe morir? (1
Sam 20,32; 19,5) Ante estas palabras se enloqueció el rey, blandió la lanza contra él, intentando matarlo, al mismo tiempo que
le lanzaba su insulto: ¡Hijo de ramera, sé que amas a David para tu vergüenza y para vergüenza de tu ignominiosa madre!
(1Sam 20,30)

Y vomitando todo su veneno con el deseo de emponzoñarle el corazón, añadió estas palabras con la esperanza de que lo
incitaran a la ambición, fomentaran su envidia e incentivaran sus celos y amargura: Mientras viva el hi;o de Jesé, no tendrá
estabilidad tu reino (1Sam 20,31). ¿A quién no moverían estas palabras? ¿Quién no envidiaría? ¿Quién sería capaz de mantener
incorruptible, entero y presente su amor, su benevolencia y su amistad? Aquel adolescente tan amante, conservando los
derechos de la amistad, firme en las amenazas y paciente en los insultos, despreciando el reino por causa de la amistad,
olvidando la gloria y recordando la donación, dice: Tú serás el rey y yo tu segundo.

Dice Tulio que se puede encontrar a alguno que tenga por sórdido preferir el dinero a la amistad, pero difícilmente quien la
anteponga a honores y puestos, a mando y poder. Si de un lado se pusiera todo esto y del otro la amistad, ella no mantendría
sus derechos por mucho tiempo. Pues es muy débil la naturaleza para resistir la tentación del poder. ¿Acaso sabes de alguien
que antepusiera su amigo a los honores? Pero, he aquí a Jonatán, vencedor de la naturaleza, menospreciador de gloria y
poderes, que prefiriendo el honor de su amigo al suyo propio dice: Tú serás el rey y yo tu segundo.

Esta es la verdadera, perfecta, estable y eterna amistad que no corrompe la envidia, no disminuye la sospecha, no mina la
ambición. Tentada, no cede, y golpeada, no se rompe. Sacudida por los insultos, se muestra inflexible, y provocada por las
injurias, permanece inmóvil. Por tanto, ve y haz tú lo mismo (Lc 10,37). Pero si te parece duro, y hasta imposible, preferir a
quien amas antes que a ti mismo o hacer que sea tu igual, si quieres ser amigo, no lo debes descuidar.

La amistad mira por conservar iguales en todo a los amigos

No pueden cultivar la amistad como debieran los amigos que no conservan la igualdad. Trata a tu amigo de igual a igual, dice
Ambrosio, y no te avergüences de servirle, porque la amistad desconoce la soberbia. El amigo fiel es medicina de vida (Sir
6,16) y prenda de inmortalidad. Fijémonos cómo se debe cultivar la amistad al hacer un beneficio o al pedírselo a otras manos.
Alguien dijo: Esta es la norma que se debe seguir en la amistad: pedir al amigo cosas honestas, y hacer cosas honestas por el
amigo sin esperar que nos las demande, ausentes a la tardanza y presentes en el empeño.

Si por el bien del amigo debemos gastar nuestro dinero, mucho más debemos procurarle utilidad y provecho. No todos pueden
todo. Éste abunda en dinero, aquél en campos y posesiones; uno en consejos, otro en honores. Examina prudentemente con
qué puedes mostrarte amigo. Con respecto al dinero: Pierde tu dinero por tu amigo (Sir 29,10). Porque, como los ojos del sabio
están en su cabeza, si somos miembros de Cristo-cabeza (Ef 1,22; 5,30; Gál 1,18), hagamos lo que dijo el profeta: Dirijo
siempre mis oídos al Señor (Sal 25,15), para que podamos recibir la norma de vida, de la cual se escribió: Si alguno carece de
sabiduría, pídala al Señor que a todos da abundantemente, sin avergonzar a nadie (Sant 1,5).

Por consiguiente, de tal modo debes dar a tu amigo que no lo avergüences, sin esperar mercedes, no con cara de piedra, sin
darle vuelta la cara, no apartando tu mirada; sino con faz serena, semblante afable y palabras festivas, sal al encuentro de su
demanda. Ve hacia él con benevolencia para que no parezca que te haces rogar para darle lo que pide. Al que tiene un alma
pudorosa, nada le causa tanta vergüenza como tener que pedir. Si debes ser un solo corazón y una sola alma (Hech 4,32) con
tu amigo, sería injurioso no poner en común también tus bienes. Al respecto, guárdese esta norma entre amigos: de tal modo
deben ofrecerse a sí mismos y dar sus cosas, que el que da conserve la alegría y el que recibe no pierda toda seguridad.

Cuando Booz advierte la pobreza de Rut, la moabita, que espiga detrás de sus segadores, le habla, la consuela, la invita a
comer con sus empleados y, para evitarle toda vergüenza, manda a sus obreros que vayan dejando caer espigas que ella
pueda recoger sin rubor (Rut 2,8). Es así como debemos nosotros indagar sutilmente las necesidades de nuestros amigos y
prevenir su pedido de favores, guardando un modo tal de dar, que, más que el que lo hace, sea el que recibe quien piense que
presta un servicio.

La amistad en el ambiente monástico

WALTER DANIEL. - A nosotros los monjes no nos está permitido recibir o dar cosa alguna, ¿cómo podremos ejercitar en esto la
amistad espiritual?

ELREDO. - Dijo el sabio: Felicísima vida llevarían los hombres si quitaran estas dos palabras de en medio: mío y tuyo. En
verdad, la santa pobreza, santa por ser voluntaria, da gran firmeza a la amistad espiritual. Así como la codicia es mortífera para
la amistad, una vez que ésta ha nacido, tanto más fácilmente se la guarda cuanto más se encuentre purificada el alma de
aquella peste. Hay otro género de beneficios en el amor espiritual que pueden prestarse mutuamente los amigos. Primero: la
mutua solicitud y la oración mutua, la mutua reverencia y el gozo por causa del otro. Llorar por la caída del amigo como si
fuera propia y considerar como propio su progreso.

Hacer todo lo posible por levantar al pusilánime, cargar con el enfermo, consolar al triste y soportar al airado. De tal modo
respetar al amigo que nada deshonesto se haga ante su vista y nada que sea inconveniente se presuma hablar. Porque de tal
manera el yerro de uno recae en el otro, que no sólo el que cayó debe lamentarse y enrojecer interiormente, sino que el que lo
vio y oyó, como si también pecase, repréndase á sí mismo, de modo que crea que es su amigo el que debe ser absuelto, y no
él. El respeto mutuo es el mejor compañero de la amistad, por eso quita el mayor ornamento de la amistad quien le quita la
reverencia.

¡Con qué frecuencia, concebida en mi interior la llama de la ira, ya pronta para ser exteriorizada, un gesto de mi amigo la
contuvo y apagó! ¡Cuántas veces una palabra indecorosa iba a salir de mi boca y su rostro austero la reprimió! ¡Cuán a
menudo, incautamente disipado por risas o palabras ociosas, retomé la gravedad con su llegada! Además, cualquier sugerencia
se acepta y se recuerda más fácilmente si procede del amigo, ya que es grande su autoridad cuando aconseja, porque no se
puede poner en duda su fidelidad, ni sospechar que nos adula.

Así, el amigo honesto debe aconsejar, segura, explícita y libremente. Y no sólo advertir, sino también reprender, si la conducta
lo merece. Pero, como para algunos la verdad resulta fastidiosa, a veces engendra el odio, según leemos: La condescendencia
concibe amigos; la verdad odio. Tal condescendencia, tanto más funesta es cuando, siendo indulgente con el pecado, deja
perecer al amigo: Más digno de reprimenda es el amigo que, apartándose de la verdad, por condescendencia y blandura,
empuja al delito. No es que no debamos condescender dulcemente con el amigo y hasta con ternura, conservando la
moderación, para que la reprimenda no sea amarga y la advertencia no genere peleas.

Que nuestra condescendencia y ternura estén acompañadas de cierta suave y honesta afabilidad, aunque debemos
mantenemos lejos de la complacencia que nutre los vicios y es indigna, no sólo entre amigos, sino incluso entre los mismos
libertinos. Si hay quien tenga de tal modo clausurados sus oídos a la verdad, que no quiera oír a su amigo, desesperemos de su
salud.

Al respecto, dice Ambrosio: Si sorprendes algún vicio en tu amigo, repréndelo secretamente; si no te escucha, corrígelo
públicamente. Buena es la corrección, ciertamente mejor que amistad permisiva. Y si tu amigo se siente herido, corrígelo igual.
Y si la amargura de la corrección lastima su corazón, corrígelo igual. Porque más tolerable es la herida que causa el amigo, que
el beso del adulador (Cf. Prov 27,6). Por tanto, corrige al amigo que yerra.

La corrección entre amigos. Precauciones

Evita corregir con ira o amargura, para que no parezca que buscas más tu desahogo que la enmienda de tu amigo.

He visto a algunos que, al corregir a sus amigos, estaban enojados y bullían de furor, a lo que ellos llamaban celo y libertad.
Impulsados más por la ira que por la razón, sus advertencias resultaban más perjudiciales que provechosas. Entre los amigos
no se puede excusar ningún vicio. El amigo debe compadecerse de su amigo y ser condescendiente, teniendo sus vicios como
propios, corregirlo humildemente y compartir el sufrimiento que causan. Reprenderlo con semblante triste y con palabras
entrecortadas por las lágrimas, para que no sólo sepa, sino también sienta, que la corrección procede del amor y no del rencor.
si acaso rechaza la primera amonestaci6n, recibirá una segunda. Entre tanto, tú reza, llora, muestra un rostro triste y conserva
un tierno cariño por él.

La adulación disuelve la amistad

Debe escudriñarse también la cualidad de su alma, pues a algunos les aprovecha la suavidad y otros no la soportan, pero por la
vara y la palabra se corrigen. Es necesario conformarse y adaptarse al amigo, según su idiosincrasia. De modo que aquel que
en sus necesidades exteriores debe estar presente, en las circunstancias adversas al espíritu con mayor premura debe acudir.
Por consiguiente, si es propio de la amistad la corrección mutua, hecha con libertad, pero sin aspereza y recibida con paciencia
y sin repugnancia, también es necesario erradicar las pestes más grandes que en ella pueden darse, que son la adulación y la
blanda condescendencia Esto es propio de hombres livianos y falaces que hablan de todo a voluntad, pero en nada conforme a
la verdad.

Por tanto, entre amigos, no debe haber doblez o simulación, cosas que tanto repugnan a la amistad. El amigo se debe a la
verdad, sin la cual el nombre de amistad nada significa. Que el justo me castigue misericordiosamente y me reprenda -dice-,
pero que el ungüento del impío no perfume mi cabeza (Sal 141,5). El simulador y el astuto provocan la ira de Dios. Por eso dice
por boca del profeta: Pueblo mío, los que te llaman "feliz" son los mismos que te descarrían, borrando los caminos que debes
andar (Is 3,12). y confirma Salomón: La boca del adulador descarrila a su amigo (Prov 11,9). En consecuencia, de tal modo
debe cultivarse la amistad, que si por algún motivo se pueda admitir el disimular, jamás se acepte la adulación.

Disimulo y simulación

WALTER DANIEL. - ¿Cómo puede ser necesario recurrir al disimulo que, según me parece, es siempre un vicio?

ELREDO. - Te engañas, hijo, porque hasta de Dios se dice que disimula el pecado de los hombres que yerran, no queriendo la
muerte del pecador, sino que se convierta y viva.

WALTER DANIEL. - Te ruego que me muestres la distinción entre disimular y simular.

ELREDO. - Simular es un consentir engañoso, opuesto al juicio de la razón, como lo expresa elegantemente Terencio por boca
de Gnatón: ¿Se niega algo? Yo también niego. ¿Se afirma? También yo. En fin, me he propuesto dar mi asentimiento a todo lo
que se diga. Tal vez, aquel pagano sacó de nuestros tesoros sus palabras, semejantes a las que nuestro profeta puso en boca
del pueblo perverso: Tened para nosotros visiones vanas, decidnos cosas placenteras (Is 30,10). Y en otra parte: Los profetas
profetizaban mentiras, los sacerdotes aplaudían y mi pueblo se complacía en ello (Jer 5,31). Este vicio es enteramente
detestable, en todo tiempo y lugar rehuyámoslo.

Hay un disimular que puede ser beneficioso si se usa para diferir el castigo o la corrección, sin consentir interiormente en la
falta, por motivos de lugar, tiempo y persona. Pues si un amigo llega a pecar en público, no se le reprenderá inmediatamente y
delante de todos, sino que habrá que disimular por causa del lugar y hasta excusarlo, sin faltar con todo a la verdad, esperando
hallarse solos para darse la debida corrección. Del mismo modo, cuando el amigo anda con la cabeza ocupada en muchas
cosas, no es el momento propicio para una advertencia, e igualmente cuando está conmovido o perturbado, hasta que,
sosegado el tumulto, sea capaz de oír la corrección.

Cuando el rey David, arrastrado por la concupiscencia, añadió el homicidio al adulterio, el profeta Natán, que debía corregido,
por deferencia a la majestad real, no le reprochó su crimen súbitamente ni con ánimo ofuscado. Antes bien, convenientemente
lo disimuló y, por su prudencia, obtuvo que contra si mismo declarara el rey (2Sam 12,1-5).

La amistad y los favores entre amigos. el ejemplo de Jesús, Pedro y Juan

WALTER DANIEL. - Esta distinción me gusta mucho. Dime ahora: si un amigo fuera poderoso, capaz de promover a honores y
dignidades a quien quisiera, ¿debe favorecer a los que ama y le aman, anteponiendo los que ama más a los que ama menos?

ELREDO. - Es interesante estudiar cómo se debe cultivar la amistad en esa situación. Hay algunos que no se creen amados
cuando no se los promueve; se tienen por despreciados si no se les da un cargo o un puesto. De donde sabemos que se han
originado no pequeñas discordias entre los que se consideraban amigos. Así, a la indignación siguió la separación, y a la
separación la maledicencia. Por eso, hay que ser muy cauteloso en la adjudicación de oficios o dignidades -especialmente
eclesiales-, sin tener en cuenta lo que puedes dar, sino lo que puede soportar aquel a quien das.

Hay muchos que son dignos de nuestra dilección, pero no de promoción. A muchos con razón alabamos dulcemente, pero
implicados en cargos y negocios seria grave falta para nosotros y sumo peligro para ellos. En estas cosas hay que gobernarse
por la razón, no por el sentimiento, no imponiendo ni cargo ni carga a los que consideramos amigos, sino a los que
consideramos aptos. Sin embargo, en paridad de competencia, no es reprobable que el afecto pueda tener parte en la elección.

Nadie se diga despreciado por no ser promovido. Cuando el Señor Jesús prefirió a Pedro sobre Juan, no le retiró a éste su
afecto por el hecho de darle a Pedro el primado. A Pedro encomendó su Iglesia (Mt 16,19), a Juan su dulcísima Madre (Jn
19,26ss). A Pedro dio las llaves del reino, para Juan reservaba los secretos de su pecho. Para Pedro la altura, para Juan la
familiaridad. Pedro, a pesar de estar constituido en autoridad, tembló y temió como los demás al decir Jesús: Uno de vosotros
me entregará (Jn 13,21-25) Juan, participando de la valentía del pecho del Señor, por sugerencia de Pedro, le preguntó quién
era [el traidor]. A Pedro lo envió a la acción; para Juan se reservó el afecto, porque si –dijo- quiero que permanezca hasta que
yo vuelva (Jn 21,22). Nos ha dado ejemplo para que obremos del mismo modo (Jn 13,15).

Elredo particulariza: sus dos íntimos. la dulce unión con Godofredo

Demos al amigo todo nuestro amor, nuestra donación, nuestra ternura y nuestra caridad. En cuanto a los cargos y cargas
fútiles, impongámosle sólo lo que prescribe la razón, sabiendo que nunca amará de veras el amigo que apetece cosas viles y
despreciables, porque tener amigo no le es suficiente. Hay que precaverse cuidadosamente de que un afecto demasiado tierno
se oponga al bien general, lo que podría suceder si no consentimos en apartar de nosotros o imponer algún cargo a los que
más amamos, cuando ello redundaría en beneficio de todos. Amistad ordenada es aquella en que la razón rige el afecto,
atendiendo a la utilidad de todos, más que el gusto particular.

Me acuerdo en este momento de dos de mis amigos ya muertos, pero que están vivos para mí y lo seguirán estando. El
primero lo fue desde el comienzo de mi conversión, por cierta semejanza en nuestras costumbres e ideales, siendo yo un
adolescente. Al otro, lo elegí casi desde su infancia, después de haberlo probado muchas veces y de muchas maneras. Me uní
con él en una amistad más alta cuando ya la edad encanecía mis cabellos. Al primero lo había elegido como compañero y
copartícipe de las delicias del claustro y de las dulzuras espirituales en que me iniciaba, cuando todavía no me oprimía la
solicitud pastoral ni me ataba la preocupación por las cosas temporales. No nos dábamos ni nos exigíamos otra cosa que afecto
y las manifestaciones dulces que nos dictaba la caridad. Al segundo lo escogí desde joven para compartir mis preocupaciones y
mi fatiga. Rememorando ahora estas amistades, veo que la primera se apoyaba más en el afecto y la segunda en la razón,
aunque aquella no carecía de razón, ni ésta de afecto.

Además, el primero se me fue en los comienzos de nuestra amistad, lo elegí, pero no tuve tiempo de probarlo. El otro vivió
entregado a mí y amado por mí desde la niñez hasta la mitad de su vida. Juntos ascendimos en la amistad hasta donde lo
consintió nuestra imperfección. Sus virtudes inclinaron mi afecto hacia él. Yo lo había traído desde los países del sur a esta
soledad norteña y lo había iniciado en la disciplina monástica3. Desde entonces fue vencedor de su cuerpo, paciente en los
trabajos y ayunos, ejemplo para muchos, admiración de los más, mi gloria y mis delicias. Consideré que debía nutrirlo con los
principios de la amistad, intuyendo que no sería carga para nadie y grato a todos.

Iba y venía, dócil a las órdenes de los mayores, humilde, manso, de austeras costumbres, de poco hablar, desconocedor de
disputas, murmuraciones y rencores. Alejado de la detracción, caminaba como sordo que no oye y mudo que no abre su boca
(Sal 38,14). Se hizo semejante a un jumento (Sal 73,22) marchando según el freno de la obediencia y llevando
infatigablemente en su cuerpo y en su alma el yugo de la disciplina regular. Cierta vez, siendo todavía un niño y encontrándose
en la enfermería, fue amonestado por mi santo padre y predecesor. Le dijo éste que cómo era posible que siendo tan joven se
entregara al descanso y la inercia. Quedó tan avergonzado que en seguida salió de allí, y tan fervorosamente practicó la
disciplina del cuerpo, que durante muchos años ni urgiéndole graves enfermedades se consentía aminorar el rigor.

Todo esto me conmovía entrañablemente y me inclinaba hacia él. De tal modo que, de inferior lo hice mi compañero; de
compañero, amigo, y de amigo, amiguísimo. Viendo que aventajaba a los ancianos en virtud y gracia, con el consejo de los
hermanos le impuse la carga del supriorato. Tal cosa lo contradijo, pero, como se había entregado en total obediencia, se
sometió modestamente. Sin embargo, cuando estábamos solos, para que le permitiera dimitir, alegaba su edad, su ignorancia y
nuestra misma amistad ya iniciada, temiendo que el nuevo cargo pudiera acarrearle el amar menos o el ser menos amado.

Al ver que nada obtenía con tales razonamientos, optó por manifestarme sus temores en lo que a nosotros nos concernía. Con
toda humildad y modestia me dijo qué cosas había en mí que no le gustaban del todo. Cosa que hizo, según me confesó
después, con la esperanza de que, por tamaña osadía, más fácilmente cediera yo a su pedido. Pero precisamente fue su
libertad de juicio y expresión lo que estrechó del todo nuestra amistad, no siendo ya para mí el menor de mis amigos. Viendo
que me complacía lo que hablaba, que respondía humildemente a todo, que le daba la razón en todo y que, en vez de
ofenderme, sacaba mucho provecho, comenzó a amarme todavía más que antes, a ser más espontáneamente afectuoso y a
volcarse en mi corazón. Así pudimos comprobar, yo, su libertad, y él, mi paciencia.

Cuando oportunamente tuve ocasión de reprenderlo, creí mejor reconvenirlo duramente; pero mi libertad no le causó
impaciencia ni resentimiento. A partir de entonces, comencé a manifestarle mis secretos y se mostró fiel. Así creció el amor,
entre nosotros, ganaron en calidez nuestros sentimientos y se fortaleció nuestra caridad hasta llegar felizmente a ser un solo
corazón y una sola alma (Hech. 4,32) un mismo querer, y un mismo no querer. Nuestro amor carecía de temor y desconocía la
ofensa, no daba entrada a la sospecha y se horrorizaba de la adulación.

Ninguna simulación entre nosotros, ninguna afectación, nada deshonestamente blando, nada inconvenientemente duro, ningún
rodeo, nada anguloso. Todo desnudo y abierto. Yo consideraba mi corazón como suyo, y el suyo como mío, lo mismo que él.

Así, rectilíneamente, ascendíamos en la amistad. La corrección no daba lugar a la indignación, ni el consentimiento a la culpa.
Me daba pruebas de su amistad, mirando en todos sus actos a mi paz y tranquilidad. Se exponía a los peligros y obviaba los
obstáculos que surgían.

Estando ya enfermo, quería procurarle un poco de alivio en las cosas temporales, pero él me lo prohibía diciendo que debíamos
estar vigilantes para que nuestro amor no fuera medido por los consuelos, ni éstos atribuidos a un sentimiento carnal de mi
parte, cosa que habría menguado mi autoridad. Era como mi mano, como mi ojo y como báculo de mi senectud (Tob 5,18). Era
el descanso de mi espíritu, el dulce solaz de mis dolores. En el seno de su amor me acogía cuando me pesaba el cansancio, sus
consejos me recreaban cuando me invadían la tristeza y la angustia.

Si estaba turbado, me pacificaba; si enojado, me aplacaba. Le refería mis contratiempos y lo que solo no podía, fácilmente
cargaban nuestros hombros conjuntamente. ¿Entonces, qué? ¿Acaso no fue tener ya parte en la beatitud este así amar y ser
amado, así ayudar y ser ayudado, así volar alto desde la dulzura de la caridad fraterna hasta aquel lugar sublime en que
resplandece la divina dilección y, por la escala de la caridad, subir unas veces juntos hasta el abrazo del mismo Cristo,
descender otras al amor del prójimo para reposar suavemente allí?

La amistad nos exige un esfuerzo de conversión

Inserté aquí la narración de aquella amistad nuestra, a modo de ejemplo, por si veis algo digno de imitación que os pueda
aprovechar.

Termina nuestra plática con el sol poniente. Espero que ya no dudéis de que la amistad nace del amor. En verdad, ¿quién podrá
amar a otro si a sí mismo no se ama, siendo que el amor al prójimo debe regirse por el amor que a sí mismo se tiene? Y no se
ama a sí mismo quien exige para sí algo torpe o deshonesto o lo inflige a otro.

3
Según Powicke, se trata de Godofredo de Dinant, a quién EIredo había traído consigo de Roma a Rieval, en 1142.
Es preciso que, en primer lugar, cada uno se haga casto, no siendo indulgente con la indecencia, ni omitiendo lo que es de
provecho. Si de veras es así como se ama a sí mismo, así ame a su prójimo. Pero, como este amor congrega a muchos, elija
entre ellos a alguno y admítalo familiarmente en los secretos de la amistad, en quien pueda volcar pródigamente su afecto,
descubriéndole su pecho hasta poner de manifiesto sus entrañas y la médula de sus huesos, los pensamientos y las intenciones
de su corazón.

Elija según el dictamen de la razón, no de las malas inclinaciones; por la similitud de las costumbres y la comprobación de las
virtudes. Después, de tal modo se dará a su amigo, que la liviandad estará siempre ausente y el gozo presente, y no abandone
los servicios y las atenciones que prescriben la benevolencia y la caridad. Tras esto se comprobará su fe, su honestidad y su
paciencia. Paulatinamente se llegará a la comunión en los proyectos, a la asiduidad en poner su empeño en las mismas cosas y
hasta cierta igualdad en el semblante.

Tal debe ser la conformidad entre los amigos, que en el mismo instante que se vean el semblante de uno se refleje en el del
otro, tanto si lo abate la tristeza, como si lo serena el gozo. Así, elegido y probado, cuando ya estés seguro de que nada
inconveniente pedirá ni ofrecerá tu amigo, que considera a la amistad como virtud, no como lucro, que huye de la adulación y
detesta la permisión, que actúa con libertad, pero conservando la discreción, que es paciente en la corrección y firme y estable
en la dilección, entonces sentirás aquella espiritual dulzura, es decir, ¡qué dulzura, qué delicia es vivir los hermanos unidos!
(Sal 133,1).

¡Qué provechoso es entonces condolerse mutuamente, mutuamente esforzarse y llevar las cargas (Gál 6,2), cuando a cada uno
le es dulce olvidarse de sí mismo por el otro, preferir a la propia la voluntad ajena, proveer a sus necesidades antes que a las
propias y oponerse y exponerse a los males que amenazan al amigo! ¡Qué dulce para ellos comunicarse sus cosas,
manifestarse sus aspiraciones, examinar juntos todo y convenir en un mismo juicio sobre todo!

Del amigo al Amigo

A esto hay que añadir la oración de uno por otro, que es tanto más eficaz cuanto más afectuosamente se remite a Dios el
recuerdo del amigo con el correr de las lágrimas que provoca el temor, excita el afecto o engendra el sufrimiento. Así, orando a
Cristo por el amigo y queriendo ser escuchado por Cristo, en su favor tenderá a Cristo mismo, anhelante y diligentemente
cuando, de manera súbita e insensible, pasando de afecto a afecto, como si estuvieran próximos, como si tocase la dulzura de
Cristo mismo, comenzará a saborear qué dulce es y a sentir cuán suave es.

Así, del santo amor con que se abraza al amigo, nos elevamos a aquel amor con que se abraza a Cristo, saboreando con gozo y
a boca llena el fruto de la amistad espiritual cuya plenitud esperamos en la eternidad cuando desaparezca el temor que ahora
sentimos unos por otros y nos llena de cuidados, expoliadas todas las contrariedades que ahora debemos soportamos,
destruido el aguijón de la muerte por la muerte misma, cuyas punzadas ahora nos infligimos. Entonces, nacido ya el sosiego,
gozaremos de aquel sumo Bien de la eternidad. Esta amistad, a la que aquí a pocos admitimos, se trasvasará a todos y desde
todos se vertirá en Dios para que Dios sea todo en todos (1Cor 15,28).

FIN DEL LIBRO TERCERO

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Elredo aborda la amistad espiritual como una relación que se edifica en Cristo, y cuya valoración supera las inclinaciones personales y los afectos mal orientados de la juventud . Se presenta como un vínculo que exige sinceridad, aprender y enseñar mutuamente, y se basa en el principio cristiano de caridad y no en interés personal . La importancia radica en su permanencia y desarrollo en Cristo, empezando, manteniéndose, y culminándose en él, lo que marca la diferencia respecto a conceptos profanos como los presentados por Cicerón .

Elredo distingue la amistad espiritual de otras formas de amistad por su base en la caridad cristiana, en contraste con el afecto y la benevolencia más generales consideradas por Cicerón . La amistad espiritual está sazonada con las Sagradas Escrituras, y su calidad depende de la purificación del afecto hacia Cristo. A diferencia de las amistades mundanas, que pueden estar guiadas por beneficios personales o superficialidades, la espiritual busca el crecimiento y la corrección mutua en un contexto de amor desinteresado .

Elredo argumenta que probar a un amigo es crucial para asegurar una amistad fundamentada en la virtud y no en el interés personal. Recomienda observar si el amigo potencial se muestra más afecto a la persona misma que a sus bienes materiales, si tiene interés en ganancias honoríficas, riquezas, o si su comportamiento cambia al no recibir tales cosas . Además, advierte que probar la paciencia y la discreción del amigo es esencial porque revela estabilidad emocional y sinceridad, aspectos necesarios para una relación armoniosa y perdurable .

Elredo utiliza el diálogo con Walter Daniel para ilustrar que la verdadera amistad se enfrenta a desafíos como la ira, la inestabilidad y la suspicacia, los que deben ser vencidos por la práctica de la virtud y la paciencia . Destaca que una amistad segura se basa en resistir las tentaciones de sus vicios. Walter plantea preocupaciones sobre las asociaciones inapropiadas o cambios en el comportamiento de los amigos, y Elredo responde con la necesidad de prudencia en la elección y el mantenimiento de amistades, que deben probarse continuamente basándose en la virtud y no en ganancias temporales .

Elredo afirma que la felicidad sin amigos es imposible al ilustrar una escena hipotética donde una persona es el único sobreviviente con todas las riquezas del mundo, pero sin compañía, esta persona no experimentaría alegría . Argumenta que incluso si existiera otra persona, sin el conocimiento mutuo y la capacidad de expresar amistad, la relación no aportaría felicidad. Destaca que la amistad permite compartir amor y afecto, enriqueciendo significativamente la vida más allá de los tesoros materiales .

Elredo considera que la discreción es fundamental en la elección de amistades porque garantiza que la relación esté basada en un entendimiento mutuo y sincero, sin intereses ocultos o motivos vanos . Afirma que sin discreción, uno puede unirse con irreflexión a un amigo que puede ser imprudente, causando conflictos y disgustos . La discreción permite discernir verdaderas intenciones y establece una base sólida para una amistad duradera, probando a los amigos por sus costumbres y virtudes, no por su pecunia .

Elredo sugiere que en amistades con personas iracundas, la paciencia por parte de un amigo que simplemente soporta el mal genio puede exacerbar el problema en lugar de calmarlo . Indica que el colérico puede encontrar alivio al involucrarse en una disputa, pero frente a la paciencia pasiva, la ira puede intensificarse ya que no encuentra resistencia. La verdadera solución, según Elredo, implica establecer respeto mutuo y límites claros, asegurando que la amistad no se convierta en permisiva del mal comportamiento .

Elredo contrapone la amistad espiritual a la autoabsorción al enfatizar que la verdadera amistad implica un amor desinteresado y genuino que transfiere el cariño propio hacia el amigo . Mientras la autoabsorción se centra en el beneficio personal, la amistad espiritual es proporcionada como una virtud gratuita basada en la plenitud de belleza y gracia, no en el lucro o los precios . Se establece que la verdadera amistad es un acto de amor recíproco por su propio valor, sin considerar la rentabilidad .

Elredo reconoce similitudes como el consenso y caridad en las definiciones de amistad de Cicerón y la perspectiva cristiana, pero subraya que Cicerón, como pagano, ignora el papel central de Cristo en la verdadera amistad . La clave diferencial reside en que la amistad cristiana nace, se mantiene y culmina en Cristo, sirviendo el nombre y enseñanzas de Cristo como sazón esencial para cualquier relación que aspire a ser espiritual y auténtica . En contraste, Cicerón se enfoca en conceptos humanos y filosóficos desprovistos del elemento divino .

Elredo sugiere que la amistad con personas pobres puede ser más segura que con los ricos, ya que la pobreza elimina la esperanza de ganancias materiales. Esto permite que la amistad no se base en adulaciones o intereses, sino en caridad genuina, aumentado así la calidad y sinceridad del vínculo . La ausencia de envidia y la falta de interés en el lucro hacen que la amistad con los pobres esté moldeada por una competencia de benevolencia más que de riqueza .

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