Mito del oso Ucumari, el guardián del bosque
Este peculiar mito del Perú nos cuenta la feroz batalla entre el Ucumari y un agricultor.
Como la criatura fue vencida, el bosque se ve amenazado.
En Perú es muy conocido el Oso Ucumari, una especie de ojos “con anteojos”
endémico de América del Sur. Esta criatura ha generado muchas leyendas y mitos
entorno a él, en esta ocasión la leyenda del protector del bosque. Se dice que cuando una
persona de buen corazón se encuentra con el Ucumari probablemente no suceda nada
malo. Pero si en el corazón de la persona habita el miedo, la bestia se dará cuente. En
ese caso, el animal gruñe con violencia y se pon de pie como una persona. De ser así, lo
mejor es escapar antes de perder la vida.
La batalla del Oso Ucumari
Se cuenta que en una ocasión un campesino luchó cuerpo a cuerpo contra el Oso
Ucumari. En aquella ocasión el hombre estaba rozando el campo, una técnica que
consiste en quemar pastizales. Como el Ucumari se percató de lo sucedido, se manifestó
ante el agricultor tratando de ahuyentarlo. Sin embargo, el granjero era muy valiente y
no le tuvo miedo. Ante este hecho, el oso se irguió en dos patas para comenzar a luchar.
Una violenta batalla dio lugar: el pobre hombre recibía poderosos zarpazos en su cara.
Aunque estuvo a punto de morir, salvó su vida al pegarle con un garrote.
Después de recibir el garrotazo en la nariz, el Oso Ucumari escapó muy malherido.
Probablemente ese agricultor conocía bien que la nariz de los osos es muy vulnerable.
Así que la partió una vara en la zona, provocando una herida espantosa en el animal.
Sólo de esta forma se pudo establecer una gran zona de cultivo. De lo contrario, si
hubiera ganado el Ucumari, el bosque hoy sería más grande. Pero la deforestación
avanza y no hay nadie que pueda hacerle frente al ser humano. Ni si quiera los
guardianes del bosque como el Oso Ucumari.
Poema: A mi madre
Te fuiste de mi lado.
En silencio fue tu partida.
Mi corazón se ha desangrado
por tan súbita despedida.
Tu espíritu luchador
a la vida se aferraba.
Más Dios, desesperado,
a su lado te llamaba.
En ángel te has convertido.
Velando por nosotros estás.
Aguardando que se cumpla la cita
de reunirnos en la eternidad.
Sin embargo, me parece tan lejos...
Quisiera ahora poderte abrazar.
Te busco, te llamo. No te encuentro.
Dime... ¿Cómo me he de consolar?
Tu amor incalculable
mis faltas por alto pasó.
Porque el querer de una madre,
ese, no tiene comparación.
Sé que en el cielo habitas.
Al lado de Dios has de estar.
Aguardaré paciente el día
en que nos volvamos a encontrar.
Entonces será para siempre.
Nada ni nadie nos podrá separar.
No temeré cuando llegue mi momento
pues tu presencia me confortará.
Me esforzaré por ganar el cielo
para no perderte nunca más.
Mientras tanto, guía mis pasos.
Ilumina mi senda, enséñame el camino.
Que tu presencia me rodee siempre
hasta que se cumpla mi destino.
Anónimo