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Richard Pipes

Richard Pipes fue un historiador polaco-estadounidense que se especializó en la historia de Rusia. Se desempeñó como director del Centro de Investigación Rusa en la Universidad de Harvard y fue miembro del Consejo de Seguridad Nacional bajo la presidencia de Ronald Reagan. Pipes publicó numerosos trabajos sobre la historia de Rusia y la Revolución Bolchevique, adoptando una perspectiva crítica hacia el bolchevismo. Fue considerado como un historiador conservador y experto en el uso de fuentes primarias.

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Richard Pipes

Richard Pipes fue un historiador polaco-estadounidense que se especializó en la historia de Rusia. Se desempeñó como director del Centro de Investigación Rusa en la Universidad de Harvard y fue miembro del Consejo de Seguridad Nacional bajo la presidencia de Ronald Reagan. Pipes publicó numerosos trabajos sobre la historia de Rusia y la Revolución Bolchevique, adoptando una perspectiva crítica hacia el bolchevismo. Fue considerado como un historiador conservador y experto en el uso de fuentes primarias.

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Richard Pipes

Richard Pipes

Richard Pipes en 2004

Información personal

Nacimiento 11 de julio de 1923


Cieszyn, Polonia

Nacionalidad Estadounidense y polaca

Familia

Hijos  Daniel Pipes

Educación

Alma máter Universidad Cornell


 Universidad de Harvard

Supervisor
Crane Brinton
doctoral

Información profesional

Ocupación Historiador, escritor y profesor universitario


Empleador  Universidad de Harvard

Participó en Segunda Guerra Mundial

Miembro de Academia Estadounidense de las Artes y las


Ciencias

Distinciones Medalla Nacional de Humanidades


 Beca Guggenheim

[editar datos en Wikidata]

Richard Pipes (Cieszyn, 11 de julio de 1923)1 es un historiador polacoestadounidense,


que ha sido director del Russian Research Center de la Universidad de Harvard2 y
miembro del Consejo de Seguridad Nacional de Ronald Reagan.3
Ha publicado diversos trabajos sobre la historia de Rusia.1 4 Algunos autores alaban sus
métodos de trabajo y uso de las fuentes;5 el historiador Peter Kenez ha apuntado una
«oposición al bolchevismo» por parte de Pipes,4 hasta el punto de sugerir Alexander
Rabinowitch la existencia de «una cruzada para demonizar a Lenin» en la obra del
historiador polacoestadounidense.6Ha sido adscrito a una posición «conservadora»4 o
«neoconservadora».1 Es padre del también historiador Daniel Pipes, nacido en 1949.7
Es autor de obras como The Formation of the Soviet Union: Communism and Nationalism,
1917–1923 (Harvard University Press, 1954),8 Social Democracy and the St. Petersburg
Labor Movement, 1885-1897 (Harvard University Press, 1963),9 10 Struve, Liberal on the
Left, 1870-1905 (Harvard University Press, 1970),11 12 13 Russia under the Old
Regime (Charles Scribner's Sons, 1974),14 Soviet Strategy in Europe (Crane, Russak &
Company, 1976),15 Struve: Liberal on the Right, 1905-1944 (Harvard University Press,
1980),16 Survival Is Not Enough: Soviet Realities and America's Future (1984),17 Russia
Observed: Collected Essays on Russian and Soviet History (Westview Press, 1989),18 The
Russian Revolution (1990),19 20 5 Communism: The Vanished Specter (1994),21 A Concise
History of the Russian Revolution (1995),22 Three "Whys" of the Russian
Revolution (1997),23 Vixi: Memoirs of a Non-Belonger (2004),3 The Degaev Affair: Terror
and Treason in Tsarist Russia (2003),24 a o Russian Conservatism and Its
Critics (2006),26 entre otras. También ha sido editor de The Unknown Lenin: From the
Secret Archives (Yale University Press, 1996).6 27

Notas[editar]
1. Volver arriba↑ La primera biografía completa de Sergei Degayev.25

Referencias[editar]
1. ↑ Saltar a:a b c Barrett y Chapman, 2010, p. 430.
2. Volver arriba↑ LaBelle, 1972, p. 538.
3. ↑ Saltar a:a b Fitzpatrick, 2004, pp. 7-10.
4. ↑ Saltar a:a b c Kenez, 1991, p. 345.
5. ↑ Saltar a:a b Campbell, 1991.
6. ↑ Saltar a:a b Rabinowitch, 1998, pp. 110-113.
7. Volver arriba↑ Barrett y Chapman, 2010, pp. 430-431.
8. Volver arriba↑ Hammond, 1955, pp. 715-717.
9. Volver arriba↑ Frankel, 1965, pp. 310-312.
10. Volver arriba↑ Zelnik, 1964, pp. 95-97.
11. Volver arriba↑ Frank, 1972, pp. 498-500.
12. Volver arriba↑ LaBelle, 1972, pp. 538-540.
13. Volver arriba↑ Fischer, 1972, pp. 1354-1356.
14. Volver arriba↑ Treadgold, 1975, pp. 812-814.
15. Volver arriba↑ Hollander, 1977, pp. 459-461.
16. Volver arriba↑ Rieber, 1981, pp. 159-161.
17. Volver arriba↑ Campbell, 1984-1985.
18. Volver arriba↑ Raeff, 1992, pp. 213-215.
19. Volver arriba↑ Getzler, 1992, pp. 111-126.
20. Volver arriba↑ Kenez, 1991, pp. 345-351.
21. Volver arriba↑ Fukuyama, 1994.
22. Volver arriba↑ Goodrich, 1995.
23. Volver arriba↑ Kirkus Reviews, 1997.
24. Volver arriba↑ Pryce-Jones, 2003.
25. Volver arriba↑ Wood, 2003, pp. 35-36.
26. Volver arriba↑ Legvold, 2006.
27. Volver arriba↑ Figes, 1996.

Bibliografía[editar]
 BARRETT, Margaret; CHAPMAN, Roger (2010). «Pipes, Richard, and Daniel Pipes». En Roger
Chapman. Culture Wars (en inglés). M.E. Sharpe. pp. 430-431. ISBN 9780765622501.
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Future. By Richard Pipes». Foreign Affairs (en inglés).
 CAMPBELL, John C. (1991). «The Russian Revolution. By Richard Pipes». Foreign Affairs(en
inglés).
 FIGES, Orlando (27 de octubre de 1996). «Censored by His Own Regime». The New York
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 FISCHER, George (diciembre de 1972). «Struve, Liberal on the Left, 1870–1905. By Richard
Pipes. (Cambridge, Massachusetts: Harvard University Press, 1970. Pp. 415.)». American
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Pipes». Soviet Studies (en inglés) (Taylor & Francis, Ltd.) 23 (3): 498-500. ISSN 0038-5859.
 FRANKEL, Jonathan (junio de 1065). «Social Democracy and the St. Petersburg Labor
Movement, 1885-1897. by Richard Pipes». Political Science Quarterly (en inglés) (The
Academy of Political Science) 80 (2): 310-312. ISSN 0032-3195.
 FUKUYAMA, Francis (julio-agosto de 1994). Communism: The Vanished Specter. By Richard
Pipes (en inglés).
 GETZLER, Israel (enero de 1992). «Richard Pipes's 'Revisionist' History of the Russian
Revolution». The Slavonic and East European Review (en inglés) (Modern Humanities
Research Association) 70 (1): 111-126. ISSN 0037-6795.
 GOODRICH, Chris (10 de octubre de 1995). «A Conservative View of Communism's Fall: A
Concise History of the Russian Revolution. By Richard Pipes; Alfred A. Knopf, 410
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 HAMMOND, Thomas T. (noviembre de 1955). «The Formation of the Soviet Union:
Communism and Nationalism, 1917–1923. By Richard Pipes. (Cambridge: Harvard
University Press, 1954. Pp. 355.)». The Journal of Politics (en inglés) 17 (4): 715-
717. doi:10.2307/2126637.
 HOLLANDER, Paul (julio de 1977). «Soviet Strategy in Europe. by Richard
Pipes». Contemporary Sociology (en inglés) (American Sociological Association) 6 (4): 459-
461. ISSN 0094-3061.
 KENEZ, Peter (julio de 1991). «The Prosecution of Soviet History: A Critique of Richard
Pipes' The Russian Revolution». Russian Review (en inglés) (Wiley) 50 (3): 345-
351. ISSN 0036-0341.
 KIRKUS REVIEWS (15 de abril de 1997). «Three "Whys" of the Russian Revolution». Kirkus
Reviews (en inglés).
 LABELLE, Dale (1972). «Struve: Liberal on the Left, 1870-1905 by Richard Pipes». Canadian
Slavonic Papers / Revue Canadienne des Slavistes (en inglés) (Canadian Association of
Slavists) 14 (3): 538-540. ISSN 0008-5006.
 LEGVOLD, Robert (marzo-abril de 2006). «Russian Conservatism and Its Critics: A Study in
Political Culture. By Richard Pipes». Foreign Affairs (en inglés).
 PRYCE-JONES, David (5 de enero de 2003). «The Degaev Affair by Richard
Pipes». Commentary (en inglés).
 RABINOWITCH, Alexander (enero de 1998). «Richard Pipes's Lenin». Russian Review (en
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 RAEFF, Marc (junio de 1992). «Russia Observed: Collected Essays on Russian and Soviet
History. By Richard Pipes». Harvard Ukrainian Studies (en inglés) (Harvard Ukrainian
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 RIEBER, Alfred J. (marzo de 1981). «Struve: Liberal on the Right, 1905-1944 by Richard
Pipes; Bibliography of the Published Writings of Peter Berngardovich Struve by Richard
Pipes». The Journal of Modern History (en inglés) (The University of Chicago Press) 53 (1):
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 TREADGOLD, Donald W. (diciembre de 1975). «Russia under the Old Regime. by Richard
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Studies) 34 (4): 812-814. ISSN 0037-6779.
 W OOD, Tony (4 de diciembre de 2003). «Raskolnikov into Pnin». London Review of
Books(en inglés) 25 (23): 35-36.
 ZELNIK, Reginald E. (julio de 1964). «Social Democracy and the St. Petersburg Labor
Movement, 1885-1897 by Richard Pipes». Soviet Studies (en inglés) (Taylor & Francis,
Ltd.) 16 (1): 95-97. ISSN 0038-5859.

Richard Pipes y la revolución


bolchevique
por Luis Arranz Notario
FROM THE SECRET ARCHIVE. THE UNKNOWN LENIN.
RICHARD PIPES (ED.)

Yale University Press, New Haven and London


Nos cuenta Pipes, en la breve introducción a esta colección de
documentos (cien concretamente), extraídos del fondo de los archivos
soviéticos recientemente abiertos, que se había considerado
oficialmente «completa» la quinta edición de las obras de Lenin, en
cincuenta y cinco tomos, aparecidos entre 1958 y 1965. Pero con la
apertura de archivos del postcomunismo han aparecido nada menos
que 6.724 documentos no publicados de Lenin, de los cuales casi la
mitad plantean el problema de su atribución segura. Pipes se muestra
convencido de que aparecerán más, a pesar de la obsesión por el
secreto del artífice de la Revolución rusa y de su continuo esfuerzo
por controlar y destruir aquellos que consideraba comprometedores.
Son precisamente algunos de éstos los que integran la selección que
Pipes ha llevado a cabo. A través de ellos, pueden constatarse toda
una serie de aspectos iluminadores, aunque no desconocidos, de la
política y de la personalidad del Lenin gobernante.

Veamos tan sólo algunos ejemplos: Lenin y Stalin autorizaron el


primer desembarco aliado que tuvo lugar en el puerto de
Murmanskm, en el Mar Blanco, durante la primavera de 1918. El
objetivo fue tratar de compensar la contundente presión alemana que
rodeó las angustiosas negociaciones de la paz de Brest-Litovsk,
firmada por esas mismas fechas, y en la que Lenin se entregó
incondicionalmente a Alemania para salvaguardar el poder
bolchevique. Sin embargo, la presencia de tropas anglo-francesas en
territorio ruso durante la guerra civil se ha presentado siempre como
la demostración de una intervención imperialista multiforme contra el
bolchevismo. Eso no impidió que, cuando en el verano de 1920 el
Ejército Rojo se encontraba a las puertas de Varsovia, al término de la
guerra civil rusa, Lenin alimentase las más locas ilusiones respecto al
desencadenamiento definitivo de la revolución en Alemania y, cercano
ya a la alucinación, en Gran Bretaña, al mismo tiempo que, junto a
Stalin, estudiaba la posibilidad de avanzar con otro ejército por el sur
sobre Checoslovaquia, Hungría y Rumania, hasta la mismísima Italia.
Toda una prefiguración, pues, del futuro imperio de las «democracias
populares».

Otros documentos tienen que ver con la psicología del personaje.


Fuera de los integrantes de su círculo inmediato, Lenin careció de
sensibilidad para el sufrimiento humano. No movió un dedo contra las
conductas antisemitas y otras muestras de barbarie del Ejército Rojo
que les denunciaron diferentes informes, pero se dedicó con ahínco a
confeccionar listas de intelectuales, durante la etapa supuestamente
liberal de la Nueva Política Económica (NEP), en colaboración con la
policía política, entonces bajo las siglas GPU, para exiliar a los que
consideraba más peligrosos.

Martin Malia, otro de los principales estudiosos norteamericanos del


bolchevismo, hizo en su momento un balance no muy entusiasta de
este libro de Pipes, a cuyos planteamientos se encuentra, por otra
parte, bastante próximo. Su crítica fundamental consistía en que
Pipes interpretaba el bolchevismo como una restauración del
patrimonialismo y el despotismo tradicionales del estado ruso, con
relación a lo cual la ideología marxista constituía un simple
epifenómeno. De ese modo Pipes subestimaba la fundamental
condición de ideólogo fanático de Lenin. Malia también consideraba
ingenuo creer que, por echar algunas manchas en su icono, iba a
alterar el balance «globalmente positivo» que el fundador del
bolchevismo, por contraposición a Stalin, disfruta todavía en la
versión justificadora de la Revolución rusa que predomina en
Occidente.

No estaría nada mal que el lector español pudiera juzgar por sí mismo
el fundamento de estos reproches de Malia (que sí está traducido a
nuestra lengua), disponiendo también de la traducción de, cuando
menos, A concise History of the Russian Revolution1, de Pipes, un
excelente resumen de unas cuatrocientas páginas, de las alrededor de
mil quinientas de apretada letra que ha dedicado al proceso histórico
ruso desde el comienzo del reinado de Nicolás II, en 1898, hasta la
muerte de Lenin, en 19242. Al fin y al cabo, entre nosotros, las
grandes obras dedicadas a la historia del bolchevismo siguen siendo
las de Edward Hallet Carr (de la que se ha llegado a escribir que lo
mejor eran las notas), y las de Isaac Deutscher, traducidas a finales
de los años sesenta y durante los setenta. Tómese quienquiera la
molestia de repasar de este último, por ejemplo, su breve y brillante
ensayo La revolución inconclusa3 y, sin perjuicio de su enfoque crítico,
dentro del marxismo, y de su calidad de estilo, comprobará hasta qué
punto está idealizada la naturaleza del régimen bolchevique y es
imposible explicarse su hundimiento desde las premisas que
Deutscher establece. Nada muy distinto ocurre con la de Carr.
La lectura de Pipes es más que recomendable, por tanto, con estos
antecedentes, y su efecto puede compararse al que produce la de
François Furet sobre la Revolución francesa y su proyección política e
intelectual a lo largo del siglo XIX en el país vecino. Ciertamente son
estilos muy distintos; conceptual y muy elegante el de Furet, en el
que resulta evidente la impronta tocquevilliana; sencillo y empirista el
de Pipes, que recurre a la superabundancia informativa para
fundamentar su intención crítica. El resultado final es, sin embargo,
muy similar: ambos llevan a cabo una remoción contundente, hasta
desmoronarla, de lo que Furet llamó «vulgata marxista» a la hora de
explicar ambos acontecimientos y sus consecuencias.

Centrándonos en Pipes, su empirismo no significa que carezca de


premisas teóricas y metodológicas y que no las declare, sino todo lo
contrario. Él pronuncia una condena moral explícita del régimen
bolchevique porque violó sistemáticamente el imperativo categórico
kantiano según el cual las personas deben ser tratadas siempre como
fines y no como medios. A pesar de lo dicho por Malia, para Pipes, el
bolchevismo, como primera manifestación del régimen totalitario (a
cuya comparación con el fascismo italiano y con el nacionalsocialismo
alemán dedica un capítulo4) fue el fruto de la interrelación entre el
marxismo y las tradiciones patrimoniales y absolutistas del Estado
ruso.
En un segundo escalón, Pipes establece otra distinción fundamental:
la de febrero de 1917 en Petrogrado, que determinó la abdicación de
Nicolás II, sí fue una revolución, pues en ella confluyeron un malestar
social difuso y los designios encontrados de todas las fuerzas políticas,
coincidentes, no obstante, en desembarazarse del zar. Pero la de
octubre de ese mismo año, fue un golpe de Estado, urdido a caballo
de una anarquía social creciente y aterradora y desde el más absoluto
desprecio a los intereses de Rusia como nación, pero también de la
propia democracia soviética que se pretendía hacer triunfar.

Para Pipes, que analiza el intenso desarrollo económico


experimentado por Rusia desde los años noventa del pasado siglo
hasta la guerra de 1914 y los profundos cambios que acarreó en una
sociedad todavía agraria y muy primitiva, la revolución bolchevique no
fue un estallido social, resultado de causas económicas, sino producto
del aprovechamiento, por razones doctrinales, de la quiebra de un
Estado, minado por las exigencias imprevistas y crecientes de la
Primera Guerra Mundial, que ya antes carecía de una legitimación
política y cultural mínimas. Para entender esa falta de legitimidad,
Pipes establece dos referencias de fondo. Una describe el gobierno
burocrático zarista, la división de los funcionarios entre defensores de
los métodos policiales y la arbitrariedad, parapetados en el Ministerio
del Interior, y aquellos vinculados a las tareas del desarrollo
económico, agrupados en el Ministerio de Finanzas, partidarios
igualmente de un gobierno autoritario, pero atenido estrictamente a
sus propias leyes y gradualmente abierto a la participación en el
gobierno de las élites sociales. En el centro estaba el zar. Nicolás II,
como Luis XVI, detestaba la política. Persona de modales impecables,
según todos los que lo conocieron, fue incapaz, sin embargo, de
concebir su oficio de otro modo que como autócrata; del mismo modo
que Luis XVI tampoco supo imaginar el suyo fuera de los esquemas
de la sociedad estamental.

El otro elemento de referencia fundamental para Pipes es el de la


inmensa masa campesina, más del 80% de la población. Apegada
profundamente al orden de la comuna agraria, Pipes presta especial
atención al tipo de actitudes que aquélla generaba en la inmensa
mayoría de los campesinos: hostilidad hacia el individualismo, la
propiedad privada y el enriquecimiento por otra vía que no fuera el
mayor número de hijos. Por otra parte, los campesinos rusos carecían
de ayuntamientos, que es tanto como decir que les era ajena la
versión más elemental de conceptos como el de patriotismo, ley o
representación política. Para ellos o el poder era férreo y arbitrario o
no existía, en cuyo caso derivaban hacia la anarquía, es decir, hacia el
engullimiento dentro de las comunas agrarias de todas las tierras
explotadas comercialmente o poseídas de forma individual. Fue lo que
ocurrió entre febrero y octubre de 1917, y lo que los bolcheviques
sancionaron. Su sueño se completaba con la desaparición del Estado y
de las ciudades.

Entre el Estado zarista y la masa campesina, políticamente, no había


nada. Hasta que ese vacío trató de rellenarlo
la intelligentsia revolucionaria, desarraigada, dividida en tendencias
políticas opuestas, desesperadamente minoritaria, violenta o
condescendiente con la violencia. Cuando la crisis política estalló en
1905, ya no se cerró. El motivo, para Pipes, fue que la monarquía
limitada con un primer parlamento representativo o Duma, que
estableció el manifiesto imperial de octubre de aquel año, además de
llegar con retraso excesivo, no fue aceptada lealmente ni por el zar y
los elementos nacionalistas y antisemitas, ni por las tendencias
revolucionarias de la intelligentsia. Cobran gran interés, a este
respecto, los análisis de la política de reformas del conservador Arcadi
Stolypin, del lado del poder, y la trayectoria del partido demócrata-
constitucional (kadet), el más importante, con diferencia, de la
oposición democrática en las sucesivas Dumas. Con el asesinato de un
Stolypin, ya en precario, en 1911, la dirección política del Estado se
vino progresivamente, sobre todo con la guerra, abajo. El zar, aislado
y desprestigiado, abandonó Petrogrado y se refugió en el Estado
mayor, y la dirección de la política quedó en las manos indescriptibles
y de la zarina y Rasputín. En vísperas de febrero de 1917, el Consejo
de ministros ni se reunía; la censura de guerra no funcionaba. En ese
sentido, los meses de los gobiernos provisionales, con Lvov, Miliukov
y Kerenski, no fueron sino la prolongación acentuada de la impotencia
anterior. Los soviets de obreros y soldados, incapaces de gobernar, se
limitaron a sancionar el fin de la disciplina militar y social. Atenazados
entre las exigencias de la guerra y la urgencia de las reformas, los
partidos de la coalición democrática, kadets (hasta mayo), socialistas-
revolucionarios y mencheviques, trataron de ganar tiempo, con el
prejuicio de no dar bazas a la contrarrevolución. Sobre este asunto,
una de las partes más asombrosas del relato de Pipes es la referida al
equívoco del golpe de Estado del general Kornílov y el modo en que lo
explotó Kerenski con el objetivo de convertirse en el héroe indiscutible
de la democracia rusa. Una actitud, esa de no dar bazas a la
contrarrevolución, que los bolcheviques y Lenin en particular
explotaron sin contemplaciones para conquistar el poder y después
para conservarlo. Para Pipes, Lenin alentó siempre la conquista
violenta del poder. Primero, mediante manifestaciones tumultuarias
en los meses de mayo y julio, luego, en octubre, recurriendo a un
golpe militar organizado. Con relación a esa constante, el papel
atribuido a los soviets fue el resultado de una pura manipulación, sin
otro objetivo que la sanción ex-post de lo hecho por la vanguardia
revolucionaria. Sus adversarios democráticos nunca se atrevieron a
pensar que la contrarrevolución (en tanto que enemigos mortales del
gobierno representativo y de la autonomía de la sociedad civil) eran
los bolcheviques, y lo pagaron caro. Es más, la mayoría de los rusos
no se convencieron de que los bolcheviques habían conquistado el
poder para quedarse, hasta que disolvieron la Asamblea
constituyente, tras una única jornada de reunión en la que llegaron a
escupir a sus adversarios. En las elecciones a la constituyente, los
bolcheviques obtuvieron el 24% de los votos, frente al 47% de los
socialistas-revolucionarios, el 14 de los kadets, y el 2% de los
mencheviques. Vino entonces la conquista del país, manu militari, por
Lenin y sus partidarios. La representación sin contemplaciones para
imponerse, a la que no se atrevió el zar y, menos todavía, los
gobiernos provisionales, la aplicaron ellos. Con razón concluye Pipes
que la condición de Lenin no fue la de estadista, sino la de general y
conquistador. Sus grandes hallazgos fueron la militarización de la
política y el no distinguir entre la interior y la exterior en cuanto
animosidad y falta de escrúpulos con el enemigo mortal por definición.
Los principales instrumentos del éxito fueron el Partido Comunista y
la Cheka; en menor medida, el Ejército Rojo. Entre los dos primeros
sumaban unos ochocientos mil activistas, más unidos, disciplinados y
motivados que sus dispersos y divididos adversarios. Todo lo que no
se sometió, como gran parte de la oficialidad y los funcionarios
zaristas, o no era útil al poder bolchevique, fue exterminado: la
familia imperial en pleno y todo Romanov que no hubiera huido, la
estructura jurídica y legal, la prensa de la oposición, el valor del
dinero por una inflación galopante, la resistencia de los campesinos a
una brutal política de exacciones a cambio de montañas de papel sin
valor, la autonomía y la representatividad de los soviets y de los
sindicatos, los partidos de oposición, sin exceptuar a mencheviques y
socialistas-revolucionarios que apoyaron a los bolcheviques durante la
guerra civil. El resultado fue una hambruna, entre 1921 y 1922, que
se llevó por delante a unos diez millones y medio de personas, en
particular en Ucrania, y que hubo que combatir, finalmente, con la
ayuda internacional en la que ocupó un primer plano la
norteamericana, al final calumniada como injerencia imperialista. Esa
situación y la desafección evidente de las antiguas bases del poder
bolchevique, representada por la rebelión de los marinos de la base
naval de Kronstadt, impusieron la Nueva Política Económica (NEP). Un
repliegue táctico que supuso el retorno al mercado de la agricultura y
de una parte del comercio y de la industria, sin perjuicio del
monopolio estatal en los denominados sectores estratégicos. Lo
significativo fue, sin embargo, que no hubo ninguna NEP política. Se
estableció definitivamente el régimen de partido único y se
mantuvieron las prerrogativas extrajudiciales de la policía política,
ahora GPU en vez de Cheka, en un país que había retrocedido muy
por detrás de las cotas de seguridad jurídica e independencia de los
tribunales respecto de la época zarista. Este endurecimiento de la
dictadura, con episodios espeluznantes como el proceso de los
socialistas-revolucionarios, respondió al hecho de que los
bolcheviques sabían bien que, desde antes de 1921, el 99% de los
trabajadores industriales carecían de preferencias políticas y el 1%
restante se lo repartían los mencheviques y socialistas-revolucionarios
y los antisemitas. Eso sí, del 7% de empleados por cada cien obreros
industriales en 1913, se había pasado al 15% en 1921. Había llegado
la nomenklatura. Para Pipes, el dilema fundamental de la NEP no
estuvo en las demandas de democracia interna en el partido y en los
soviets, planteadas por la oposición obrera en 1921, ni en las
zozobras de un Lenin apoplético acerca de su sucesión entre Stalin y
Trotsky. La cuestión fue si, ante la catástrofe sin paliativos del
comunismo de guerra (y de «la revolución comunista mundial»), se
hacía también una NEP política; esto es, si se compartía el poder o,
incluso, se abandonaba, o, por el contrario, se mantenía la dictadura
del partido comunista y de la policía política, en cuyo caso había que
aplicar la dictadura también al propio partido, para que éste no
transmitiera la desafección de la sociedad. Que se sepa, ningún
bolchevique planteó irse a casa.
01/09/1998

1. London, The Harvill Press, 1995, 431 págs. ↩

2. Me refiero a The Russian Revolution, New York, Alfred A. Knopf, 1990, obra que va de 1898 a 1918, y a Russia

under the Bolshevik Regime, New York, Vintage Books, 1995, de 1918 a 1924. Además de estos dos trabajos

fundamentales y, entre otras publicaciones, Pipes escribió una interesantísima biografía de un personaje

fundamental en la trayectoria del marxismo y del liberalismo ruso, Piotr Struve: Struve: Liberal on the Left 1870-

1905, Cambridge Mass., Harvard U. P., 1970, y Struve: Liberal on the Right 1905-1944, ibíd., 1980. ↩

3. México, Era, 1967. ↩

4. Russia under the Bolshevik Regime, cap. V. Unión Soviética Septiembre, 1998. ↩

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