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El catarismo fue un movimiento religioso gnóstico que se propagó en Europa Occidental entre los siglos X y XIII. Los cátaros creían en una dualidad creadora de Dios y Satanás y predicaban la salvación a través del ascetismo y el rechazo del mundo material, considerado obra de Satanás. La Iglesia Católica los consideró herejes y los persiguió, logrando su erradicación a través de la Cruzada albigense a inicios del siglo XIII.

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El catarismo fue un movimiento religioso gnóstico que se propagó en Europa Occidental entre los siglos X y XIII. Los cátaros creían en una dualidad creadora de Dios y Satanás y predicaban la salvación a través del ascetismo y el rechazo del mundo material, considerado obra de Satanás. La Iglesia Católica los consideró herejes y los persiguió, logrando su erradicación a través de la Cruzada albigense a inicios del siglo XIII.

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Catarismo 1

Catarismo
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El catarismo es la doctrina de los cátaros (o albigenses), un


movimiento religioso de carácter gnóstico que se propagó por
Europa Occidental a mediados del siglo X, logrando asentarse
hacia el siglo XIII en tierras del Mediodía francés,
especialmente el Languedoc, donde contaba con la protección de
algunos señores feudales vasallos de la corona de Aragón.

Con influencias del maniqueísmo en sus etapas pauliciana y


bogomila, el catarismo afirmaba una dualidad creadora (Dios y
Satanás) y predicaba la salvación mediante el ascetismo y el
estricto rechazo del mundo material, percibido por los cátaros
como obra demoníaca.
En respuesta, la Iglesia Católica consideró sus doctrinas
heréticas. Tras una tentativa misionera, y frente a su creciente
Cruz cátara, también cruz de Occitania.
influencia y extensión, la Iglesia terminó por invocar el apoyo
de la corona de Francia, para lograr su erradicación a partir de
1209 mediante la Cruzada albigense. A finales del siglo XIII el movimiento, debilitado, entró en la clandestinidad y
se extinguió poco a poco.

Etimología
El nombre «cátaro» viene probablemente del griego καθαρός (kazarós): ‘puros’. Otro origen sugerido es el término
latino cattus: ‘gato’, el alemán ketter o el francés catiers, asociado habitualmente a "adoradores del diablo en forma
de gato" o brujas y herejes. Una de las primeras referencias existentes es una cita de Eckbert von Schönau, el cual
escribió acerca de los herejes de Colonia en 1181: «Hos nostra Germania cátharos appéllat».
Los cátaros fueron denominados también albigenses. Este nombre se origina a finales del siglo XII, y es usado por el
cronista Geoffroy du Breuil of Vigeois en 1181. El nombre se refiere a la ciudad occitana de Albi (la antigua
Álbiga). Esta denominación no parece muy exacta, puesto que el centro de la cultura cátara estaba en Tolosa
(Toulouse) y en los distritos vecinos. También recibieron el nombre de «poblicantes», siendo este último término una
degeneración del nombre de los paulicianos, con quienes se les confundía.
También era llamada "la secta de los tejedores" por el hecho de ser los tejedores y vendedores de tejidos sus
principales difusores en Europa occidental.

Orígenes
El catarismo llegó a Europa occidental desde Europa oriental a través de las rutas comerciales, de la mano de herejías
maniqueas desalojadas por Bizancio. Estas herejías se asentaron en Occidente y se propagaron por distintos países.
Por ello, los albigenses recibían también el nombre de búlgaros (Bougres) y mantenían vínculos con los bogomilos
de Tracia, con cuyas creencias tenían muchos puntos en común y aún más con la de sus predecesores, los
paulicianos. Sin embargo, es difícil formarse una idea exacta de sus doctrinas, ya que existen pocos textos cátaros.
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Los pocos que aún existen (Rituel cathare de Lyon y Nouveau Testament en provençal) contienen escasa
información acerca de sus creencias y prácticas.
Los primeros cátaros propiamente dichos aparecieron en Lemosín entre 1012 y 1020. Algunos fueron descubiertos y
ejecutados en la ciudad languedociana de Toulouse en 1022. La creciente comunidad fue condenada en los sínodos
de Charroux (Vienne) (1028) y Tolosa (1056). Se enviaron predicadores para combatir la propaganda cátara a
principios del siglo XII. Sin embargo, los cátaros ganaron influencia en Occitania debido a la protección dispensada
por Guillermo, duque de Aquitania, y por una proporción significativa de la nobleza occitana. El pueblo estaba
impresionado por los Perfectos y por la predicación antisacerdotal de Pedro de Bruys y Enrique de Lausanne en
Périgord.

Creencias
La herejía cátara tenía sus raíces religiosas en formas estrictas del gnosticismo y el maniqueísmo. En consecuencia,
su teología era dualista radical, basada en la creencia de que el universo estaba compuesto por dos mundos en
absoluto conflicto, uno espiritual creado por Dios y otro material forjado por Satán.
Los cátaros creían que el mundo físico había sido creado por Satán, a semejanza de los gnósticos que hablaban del
Demiurgo. Sin embargo, los gnósticos del siglo I no identificaban al Demiurgo con el Diablo, probablemente porque
el concepto del Diablo no era popular en aquella época, en tanto que se fue haciendo más y más popular durante la
Edad Media.
Según la comprensión cátara, el Reino de Dios no es de este mundo. Dios creó cielos y almas. El Diablo creó el
mundo material, las guerras y la Iglesia Católica. Ésta, con su realidad terrena y la difusión de la fe en la
Encarnación de Cristo, era según los cátaros una herramienta de corrupción.
Para los cátaros, los hombres son una realidad transitoria, una “vestidura” de la simiente angélica. Afirmaban que el
pecado se produjo en el cielo y que se ha perpetuado en la carne. La doctrina católica tradicional, en cambio,
considera que aquél vino dado por la carne y contagia en el presente al hombre interior, al espíritu, que estaría en un
estado de caída como consecuencia del pecado original. Para los católicos, la fe en Dios redime, mientras que para
los cátaros exigía un conocimiento (gnosis) del estado anterior del espíritu para purgar su existencia mundana. No
existía para el catarismo aceptación de lo dado, de la materia, considerada un sofisma tenebroso que obstaculizaba la
salvación.
Los cátaros también creían en la reencarnación. Las almas se reencarnarían hasta que fuesen capaces de un
autoconocimiento que les llevaría a la visión de la divinidad y así poder escapar del mundo material y elevarse al
paraíso inmaterial. La forma de escapar del ciclo era vivir una vida ascética, sin ser corrompido por el mundo.
Aquellos que seguían estas normas eran conocidos como Perfectos. Los Perfectos se consideraban herederos de los
apóstoles, con facultades para anular los pecados y los vínculos con el mundo material de las personas.
Normalmente la ceremonia de eliminación de los pecados, llamada consolamentum, se llevaba a cabo en personas a
punto de morir. Después de recibirlo, el creyente era alentado para dejar de comer a fin de acelerar la muerte y evitar
la "contaminación" del mundo (la endura, suicidio ritual por inanición).
Negaban el bautismo por la implicación del agua, elemento material y por tanto impuro, y por ser una institución de
Juan Bautista y no de Cristo. También se oponían radicalmente al matrimonio con fines de procreación, ya que
consideraban un error traer un alma pura al mundo material y aprisionarla en un cuerpo. Rechazaban comer
alimentos procedentes de la generación, como los huevos, la carne y la leche (sí el pescado, ya que entonces era
considerado un "fruto" espontáneo del mar).
Siguiendo estos preceptos, los cátaros practicaban una vida de férreo ascetismo, estricta castidad y vegetarianismo.
Interpretaban la virginidad como la abstención de todo aquello capaz de “terrenalizar” el elemento espiritual.
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Otra creencia cátara opuesta a la doctrina católica era


su afirmación de que Jesús no se encarnó, sino que fue
una aparición que se manifestó para mostrar el camino
a Dios. Creían que no era posible que un Dios bueno se
hubiese encarnado en forma material, ya que todos los
objetos materiales estaban contaminados por el pecado.
Esta creencia específica se denominaba docetismo. Más
aún, creían que el dios Yahvé descrito en el Antiguo
Testamento era realmente el Diablo, ya que había
creado el mundo y debido también a sus cualidades
(«celoso», «vengativo», «de sangre») y a sus actividades
como «Dios de la Guerra». Los cátaros negaban por
Vista del Castillo de Montségur, fortaleza-santuario del catarismo. ello la veracidad del Antiguo Testamento.

El consolamentum era el único sacramento de la fe cátara, con excepción de una suerte de Eucaristía simbólica, sin
transubstanciación (si Cristo era una entidad exclusivamente espiritual, no encarnada, el pan no podía convertirse en
el cuerpo de Cristo).
Los cátaros también consideraban que los juramentos eran un pecado, puesto que ligaban a las personas con el
mundo material.

Supresión de la doctrina cátara


En 1147, el papa Eugenio III envió un legado a los distritos afectados para detener el progreso de los cátaros. Los
escasos y aislados éxitos de Bernardo de Claraval no pudieron ocultar los pobres resultados de la misión ni el poder
de la comunidad cátara en la Occitania de la época. Las misiones del cardenal Pedro (de San Crisógono) a Tolosa y
el Tolosado en 1178, y de Enrique, cardenal-obispo de Albano, en 1180-1181, obtuvieron éxitos momentáneos. La
expedición armada de Enrique de Albano, que tomó la fortaleza de Lavaur, no extinguió el movimiento.
Las persistentes decisiones de los concilios contra los cátaros en este periodo —en particular, las del Concilio de
Tours (1163) y del Tercer Concilio de Letrán (1179)— apenas tuvieron mayor efecto. Cuando Inocencio III llegó al
poder en 1198, resolvió suprimir el movimiento cátaro con la definición sobre la fe del IV Concilio de Letrán.
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Esfuerzos pacíficos para combatir la doctrina cátara


A raíz de este hecho, la posibilidad cada vez más real de que
Inocencio III decidiese resolver el problema cátaro mediante una
cruzada provocó un cambio muy importante en la política
occitana: la alianza de los condes de Tolosa con la Casa de
Aragón. Así, si Raimundo V (1148-1194) y Alfonso II de
Aragón (1162-1196) habían sido siempre rivales, en 1200 se
concertó el matrimonio entre Ramón VI de Tolosa (1194-1222)
y Eleonor de Aragón, hermana de Pedro II el Católico, quien, en
1204, acabaría ampliando los dominios de la Corona de Aragón
con el Languedoc al casarse con María, la única heredera de
Guillermo VIII de Montpellier.

Al principio, el papa Inocencio III probó con la conversión


pacífica, enviando legados a las zonas afectadas. Los legados
tenían plenos poderes para excomulgar, pronunciar interdictos e
incluso destituir a los prelados locales. Sin embargo, éstos no
tuvieron que lidiar únicamente con los cátaros, con los nobles
que los protegían, sino también con los obispos de la zona, que
rechazaban la autoridad extraordinaria que el papa había
conferido a los legados. Hasta tal punto que, en 1204, Inocencio Santo Domingo y los albigenses de Pedro Berruguete.
III suspendió la autoridad de los obispos en Occitania. Sin
embargo, no obtuvieron resultados, incluso después de haber participado en el coloquio entre sacerdotes católicos y
predicadores cátaros, presidido en Béziers en 1204, por el rey aragonés Pedro el Católico.

El monje cisterciense Pedro de Castelnau, un legado papal conocido por excomulgar sin contemplaciones a los
nobles que protegían a los cátaros, llegó a la cima excomulgando al conde de Tolosa, Raimundo VI (1207) como
cómplice de la herejía. El legado fue asesinado cerca de la abadía de Saint Gilles, donde se había reunido con
Raimundo VI, el 14 de enero de 1208, por un escudero de Raimundo de Tolosa. El escudero afirmó que no actuaba
por orden de su señor, pero este hecho poco creíble, fue el detonante que comenzó la cruzada contra los albigenses.
El Papa convocó al rey Felipe II de Francia para dirigir una cruzada contra los cátaros, pero esa primera convocatoria
fue desestimada por el monarca francés, al que le urgía más el conflicto con el rey inglés Juan Sin Tierra. Entonces
Pedro el Católico, que se acababa de casar, acudió a Roma en donde Inocencio III le coronó solemnemente y, de esta
manera, el rey de la Corona de Aragón se convertía en vasallo de la Santa Sede, con la cual se comprometía a pagar
un tributo. Con este gesto, Pedro el Católico pretendía proteger sus dominios del ataque de una posible cruzada. Por
su parte, el Santo Padre, receloso de la actitud del rey aragonés hacia los príncipes occitanos sospechosos de tolerar
la herejía (e incluso de practicarla), no quiso delegar nunca la dirección de la cruzada a Pedro el Católico.
Posteriormente, el rey aragonés y su hermano Alfonso II de Provenza tomaron medidas contra los cátaros
provenzales.
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La cruzada contra la herejía


En 1207, al mismo tiempo que Inocencio III renovaba las
llamadas a la cruzada contra los herejes, dirigidas ahora no sólo al
rey de Francia, sino también al duque de Borgoña y a los condes
de Nevers, Bar y Dreux, entre otros, el legado papal Pedro de
Castelnau dictó sentencia de excomunión contra Raimundo VI, ya
que el conde de Tolosa no había aceptado las condiciones de paz
propuestas por el legado, en el que se obligaba a los barones
occitanos no admitir judíos en la administración de sus dominios,
a devolver los bienes expoliados a la Iglesia y, sobre todo, a
perseguir a los herejes. A raíz de la excomunión, Raimundo VI
tuvo una entrevista con Pedro de Castelnau en Sant Geli en enero
de 1208, muy tempestuosa y conflictiva, de la que no salió ningún
acuerdo.
Expulsión cátara de Carcasona.
Ante lo inútil de los esfuerzos diplomáticos el Papa decretó que
toda la tierra poseída por los cátaros podía ser confiscada a
voluntad y que todo aquel que combatiera durante cuarenta días contra los "herejes", sería liberado de sus pecados.
La cruzada logró la adhesión de prácticamente toda la nobleza del norte de Francia. Por tanto, no es sorprendente que
los nobles del norte viajaran en tropel al sur a luchar. Inocencio encomendó la dirección de la cruzada al rey Felipe II
Augusto de Francia, el cual, aunque declina participar, sí permite a sus vasallos unirse a la expedición.

La llegada de los cruzados va a producir una situación de guerra civil en Occitania. Por un lado, debido a sus
contenciosos con su sobrino, Ramón Roger Trencavel —vizconde de Albí, Béziers y Carcasona—, Raimundo VI de
Tolosa dirige el ejército cruzado hacia los dominios del de Trencavel, junto con otros señores occitanos, tales como
el conde de Valentines, el de Auvernia, el vizconde de Anduze y los obispos de Burdeos, Bazas, Cahors y Agen. Por
otro lado, en Tolosa se produce un fuerte conflicto social entre la «compañía blanca», creada por el obispo Folquet
para luchar contra los usureros y los herejes, y la «compañía negra». El obispo consigue la adhesión de los sectores
populares, enfrentados con los ricos, muchos de los cuales eran cátaros.
La batalla de Béziers, que, según el cronista de la época Guillermo de Tudela, obedecía a un plan preconcebido de
los cruzados de exterminar a los habitantes de las bastidas o villas fortificadas que se les resistieran, indujo al resto
de las ciudades a rendirse sin combatir, excepto Carcasona, la cual, asediada, tendrá que rendirse por falta de agua.
Aquí, sin embargo, los cruzados, tal como lo habían negociado los cruzados con el rey Pedro el Católico (señor
feudal de Ramón Roger Trencavel), no eliminarón a la población, sino que simplemente les obligaron a abandonar la
ciudad. En Carcasona muere Ramón Roger Trencavel. Sus dominios son otorgados por el legado papal al noble
francés Simón de Montfort, el cual entre 1210 y 1211 conquista los bastiones cátaros de Bram, Minerva, Termes,
Cabaret y Lavaur (este último con la ayuda de la compañía blanca del obispo Folquet de Tolosa). A partir de
entonces se comienza a actuar contra los cátaros, condenándoles a morir en la hoguera.
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La batalla de Muret
La batalla de Beziers y el expolio de los Trencavel por Simón de
Montfort van a avivar entre los poderes occitanos un sentimiento
de rechazo hacia la cruzada. Así, en 1209, poco después de la
caída de Carcasona, Raimundo VI y los cónsules de Tolosa van
a negarse a entregarle a Arnaldo Amalric los cátaros refugiados
en la ciudad. Como consecuencia, el legado pronuncia una
segunda sentencia de excomunión contra Raimundo VI y lanza
un interdicto contra la ciudad de Tolosa.
Para conjurar la amenaza que la cruzada anticátara comportaba
contra todos los poderes occitanos, Raimundo VI, después de
haberse entrevistado con otros monarcas cristianos –el
emperador del Sacro Imperio Otón IV, los reyes Felipe II
Augusto de Francia y Pedro el Católico de Aragón- intenta La Batalla de Muret, miniatura de las Grandes Crónicas
obtener de Inocencio III unas condiciones de reconciliación más de Francia.
favorables. El papa accede a resolver el problema religioso y
político del catarismo en un concilio occitano. Sin embargo, en las reuniones conciliares de Saint Gilles (julio de
1210) y Montpellier (febrero de 1211), el conde de Tolosa rechaza la reconciliación cuando el legado Arnaldo
Amalric le pide condiciones tales como la expulsión de los caballeros de la ciudad, y su partida a Tierra Santa.

Después del concilio de Montpellier, y con el apoyo de todos los poderes occitanos –príncipes, señores de castillos o
comunas urbanas amenazadas por la cruzada-, Raimundo VI vuelve a Tolosa y expulsa al obispo Folquet. Acto
seguido, Simón de Montfort comienza el asedio de Tolosa en junio de 1211, pero tiene que retirarse ante la
resistencia de la ciudad.
Para poder enfrentarse a Simón de Montfort, visto en Occitania como un ocupante extranjero, los poderes occitanos
necesitaban un aliado poderoso y de ortodoxia católica indudable, para evitar que el de Montfort pudiera demandar
la predicación de una nueva cruzada. Así pues, Raimundo VI, los cónsules de Tolosa, el conde de Foix y el de
Comenge se dirigieron al rey de Aragón, Pedro el Católico, vasallo de la Santa Sede tras su coronación en Roma en
1204 y uno de los artífices de la victoria cristiana contra los musulmanes en las Navas de Tolosa (julio de 1212).
También, en 1198, Pedro el Católico había adoptado medidas contra los herejes de sus dominios.
En el conflicto político y religioso occitano, Pedro el Católico, nunca favorable ni tolerante con los cátaros, intervino
para defender a sus vasallos amenazados por la rapiña de Simón de Montfort. El barón francés, incluso después de
pactar el matrimonio de su hija Amicia con el hijo de Pedro el Católico, Jaime –el futuro Jaime I (1213-1276),
continuó atacando a los vasallos occitanos del rey aragonés. Por su parte, Pedro el Católico buscaba medidas de
reconciliación, y así, en 1211, ocupa el castillo de Foix con la promesa de cederlo a Simón de Montfort sólo si se
demostraba que el conde no era hostil a la Iglesia.
A principios de 1213, Inocencio III, recibida la queja de Pedro el Católico contra Simón de Montfort por impedir la
reconciliación, ordena a Arnaldo Amalric, entonces arzobispo de Narbona, negociar con Pedro el Católico e iniciar la
pacificación del Languedoc. Sin embargo, en el sínodo de Lavaur, al cual acude el rey aragonés, Simón de Montfort
rechaza la conciliación y se pronuncia por la deposición del conde de Tolosa, a pesar de la actitud de Raimundo VI,
favorable a aceptar todas las condiciones de la Santa Sede. En respuesta a Simón, Pedro el Católico se declara
protector de todos los barones occitanos amenazados y del municipio de Tolosa.
A pesar de todo, viendo que ese era el único medio seguro de erradicar la "herejía", el papa Inocencio III se pone de
parte de Simón de Montfort, llegándose así a una situación de confrontación armada, resuelta en la batalla de Muret
el 12 de septiembre de 1213, en la que el rey aragonés, defensor de Raimundo VI y de los poderes occitanos, es
vencido y asesinado. Acto seguido, Simón de Montfort entra en Tolosa acompañado del nuevo legado papal, Pedro
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de Benevento, y de Luis, hijo de Felipe II Augusto de Francia. En noviembre de 1215, el Cuarto Concilio de Letrán
reconocerá a Simón de Montfort como conde de Tolosa, desposeyendo a Raimundo VI, exiliado en Cataluña después
de la batalla de Muret.
El 1216, en la corte de París, Simón de Montfort presta homenaje al rey Felipe II Augusto de Francia como duque de
Narbona, conde de Tolosa y vizconde de Beziers y Carcasona. Fue, sin embargo, un dominio efímero. En 1217,
estalla en Languedoc una revuelta dirigida por Raimundo el Joven —el futuro Ramón VII de Tolosa (1222-1249),
que culmina en la muerte de Simón— en 1218 y en el retorno a Tolosa de Raimundo VI, padre de Raimundo el
Joven.

El fin de la guerra
La guerra terminó definitivamente con el tratado de París
(1229), por el cual el rey de Francia desposeyó a la Casa de
Tolosa de la mayor parte de sus feudos y a la de Beziers (los
Trencavel) de todos ellos. La independencia de los príncipes
occitanos tocaba a su fin. Sin embargo, el catarismo no se
extinguió.

La Inquisición se estableció en 1229 para extirpar totalmente la


herejía. Operando en el sur de Tolosa, Albí, Carcasona y otras
ciudades durante todo el siglo XIII y gran parte del XIV, tuvo
éxito en la erradicación del movimiento. Desde mayo de 1243
hasta marzo de 1244, la ciudadela cátara de Montsegur fue
asediada por las tropas del senescal de Carcasona y del
Estela situada en el Camp dels Cremats (campo de los arzobispo de Narbona.
quemados), recordando la pira en la que ardieron 200
cátaros defensores de Montsegur. El 16 de marzo de 1244 tuvo lugar un acto, en donde los líderes
cátaros, así como más de doscientos seguidores, fueron
arrojados a una enorme hoguera en el prat dels cremats (prado de los quemados) junto al pie del castillo. Más aún, el
Papa (mediante el Concilio de Narbona en 1235 y la bula Ad extirpanda en 1252) decretó severos castigos contra
todos los laicos sospechosos de simpatía con los cátaros.
Perseguidos por la Inquisición y abandonados por los nobles, los cátaros se hicieron más y más escasos,
escondiéndose en los bosques y montañas, y reuniéndose sólo subrepticiamente. El pueblo hizo algunos intentos de
liberarse del yugo francés y de la Inquisición, estallando en revueltas al principio del siglo XIV. Pero en este punto la
secta estaba exhausta y no pudo encontrar nuevos adeptos. Tras 1330, los registros de la Inquisición apenas
contienen procedimientos contra los cátaros.

Consideraciones
El movimiento cátaro no es aíslado y se inserta en un conjunto de alternativas religiosas de la época, de las que fue la
más exitosa. Dichos movimientos heréticos contradecían dogmas establecidos del catolicismo, por lo que la Iglesia
se esforzó en vigilarlos, regularlos y/o perseguirlos. Más allá de los intereses implicados en la cruzada y de la obvia
injusticia que ésta representó, la fe cátara fue especial objeto de persecución porque (oponiéndose frontalmente al
catolicismo) predicaba un dualismo absoluto, un espíritu y una materia irreconciliabes, a diferencia de otras sectas
gnósticas que eran más moderadas y que recibieron una tolerancia significativamente mayor por parte de la Iglesia.
La realidad histórica del catarismo se ha desvirtúado a menudo desde diferentes prismas ideológicos. Algunos, como
la propia Iglesia, no supieron entender el descontento con el materialismo, los abusos y las contradicciones de las
instituciones de la época que subyacía en el auge de estos fenómenos heréticos. Otros los han idealizado y los
describen como "cristianos verdaderos" o "cristianos evolucionados", dotados de una visión más liberal del mundo,
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imagen que poco tiene que ver con los cátaros reales (una secta maniquea que abominaba por entero de la materia).
[cita requerida]

También se ha exagerado el papel de la mujer en el catarismo, ya que si bien es cierto que existía cierto
igualitarismo, así como Perfectos y Perfectas, esto no se debía tanto a ideas avanzadas como a la creencia en que el
sexo, expresión impura de la materia, no merecía consideración alguna.[cita requerida]
La visión, muy difundida, de una sociedad cátara languedociana pacífica y armoniosa en contraste con el resto de la
sociedad feudal, dominada por nobles crueles y ambiciosos y una Iglesia embrutecida por intereses terrenales,
también debe ser matizada. La sociedad civil cátara pudo ser relativamente permisiva (más por la indiferencia total
hacia lo mundano de la religión cátara que por una mentalidad abierta en el sentido actual), pero los cátaros
ejercieron formas propias de intolerancia y violencia religiosas, y las simpatías de la nobleza local por los herejes se
debieron al interés más que a la convicción, como sucedía con los nobles del resto de Europa y el clero católico.
[cita requerida]

La literatura esotérica ha otorgado a los cátaros el papel de guardianes de supuestos secretos legendarios (como el
Santo Grial) y los ha relacionado equívocamente con los Templarios y los Hospitalarios, contribuyendo aún más a la
falsa imagen que a menudo se tiene hoy de este movimiento religioso. [cita requerida]

Movimientos similares
Los Paulicianos eran una secta semejante. Habían sido
deportados desde Capadocia a la región de Tracia en el sureste
europeo por los emperadores bizantinos en el siglo IX, donde se
unieron con -o más probablemente- se transformaron en los
bogomilos. Durante la segunda mitad del siglo XII, contaron con
gran fuerza e influencia en Bulgaria, Albania y Bosnia. Se
dividieron en dos ramas, conocidas como los albanenses
(absolutamente duales) y los garatenses (duales pero
moderados). Estas comunidades heréticas llegaron a Italia
durante los siglos XI y XII. Los milaneses adheridos a este Antiguo templo bogomilo en Bosnia.

credo recibían el nombre de patarini (patarinos) (o patarines),


por su procedencia de Pataria, una calle de Milán muy frecuentada por grupos de menesterosos (pataro o patarro
aludía al andrajo). El movimiento de los patarines cobró cierta importancia en el siglo XI como movimiento
reformista.

Referencias
• Ávila Granados, Jesús (2005). La Mitología Cátara - Símbolos y pilares del catarismo occitano, Madrid: mr
ediciones. ISBN 84-270-3126-2.
• Bereslavskiy, Yohann (2007). CATARISMO XXI - Auténtica espiritualidad de los Cátaros, Barcelona: World
Affairs. ISBN 84-611-6945-0.
• Lugio, Giovanni di y otros (2004). El legado secreto de los Cátaros. El libro de los dos principios. Tratado
cátaro. Ritual occitano. Comentario al Padre nuestro, Ed.: Francesco Zambon Tr.: César Palma. Madrid:
Ediciones Siruela. ISBN 978-84-7844-767-1.
Catarismo 9

Véase también
• Anexo:Condes de Tolosa
• Gnosticismo
• Maniqueísmo
• Paulicianismo
• Bogomilos
• Patarinos
• Novacianismo

Enlaces externos
• Cátaros en la Enciclopedia Católica [2]
• Los Cátaros o Albigenses, Anales de Raynaldus, en Cervantesvirtual. [3]
• Mapa de los castillos Cátaros [4]
• Historia Herética [5]
• Catarismo, el portal sobre la historia del catarismo [6]

Referencias
[1] http:/ / en. wikipedia. org/ wiki/ Catarismo
[2] http:/ / www. enciclopediacatolica. com/ c/ cataros. htm
[3] http:/ / www. cervantesvirtual. com/ historia/ textos/ medieval/ plena_edad_media. shtml#20
[4] http:/ / www. aude-aude. com/ index. php/ Cartes/ Cartes-des-chateaux-cathares-et-medievaux-de-l-Aude. html
[5] http:/ / www. cataro. es
[6] http:/ / www. catarismo. com
Fuentes y contribuyentes del artículo 10

Fuentes y contribuyentes del artículo


Catarismo  Fuente: [Link]  Contribuyentes: .José, .Sergio, A ver, A. B. 10, AQUIMISMO, Abc1, Alfredobi, Altovolta, Amadís, Andrew Dalby,
Argentumm, Ascánder, Askold1, B25es, Boru318, Diegusjaimes, Diogeneselcinico42, Diotime, EBRO30, Ecemaml, Egaida, Emijrp, Escarlati, Espigaymostaza, FAR, Fca1970, Filipo,
Gustavocarra, Huhsunqu, JCastreje, JMCC1, Jecanre, Jesunori, Jism78, Joclar, JorgeGG, Julgon, [Link], KanTagoff, Lauro, Lecuona, Maleiva, Marctaltor, Martorell, Mik,
Mriosriquelme, N2r93, Ortisa, Osku, Pacomeflo, Petronas, Phaidros, Quiquecd, Rhernan, Rigatt, Rmribeiro, Rosarino, SanchoPanzaXXI, Sergio Podadera, Shoikan, Sonnenheld, Superhori,
Sánchez Bessó, Toño Zapata, Truor, Wilhelmi, Xabier, Yeza, ZEN ic, 176 ediciones anónimas

Fuentes de imagen, Licencias y contribuyentes


Imagen:Question [Link]  Fuente: [Link]  Licencia: GNU Free Documentation License  Contribuyentes: Diego Grez, Javierme,
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Archivo:Cathar [Link]  Fuente: [Link]  Licencia: Creative Commons Attribution-Sharealike 2.5  Contribuyentes: Aroche,
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