ANNA ARMENGOL.
REALIDADES DE LA BRUJERÍA EN EL SIGLO XVII: ENTRE
LA EUROPA DE LA CAZA DE BRUJAS Y EL RACIONALISMO HISPÁNICO.
El siglo XVII es el periodo de las grandes “cazas de brujas” en Europa pero, sorprendentemente,
la mayoría de estudios consideran que en el área peninsular no se experimentó este fenómeno, a
causa de un presunto “racionalismo hispánico” que negó en parte la realidad de la brujería. ¿Por
qué esta peculiaridad del mundo hispánico? Este estudio realiza un estado de la cuestión a partir
de la bibliografía más reciente sobre la brujería europea y peninsular durante el siglo XVII, con
la intención de cuestionar dicho “racionalismo”. No obstante, de manera previa sería necesario
aclarar los conceptos de magia, brujería y hechicería, que tradicionalmente han sido
confundidos.
La magia, correspondería al conjunto de recursos destinados a conseguir poderes
extraordinarios con la voluntad de dominar o controlar la naturaleza, a través del principio de
simpatía o repulsión de unos objetos respecto a otros. A partir del siglo XIII, sin embargo, la
magia se irá alejando de la religión y la ciencia en el marco del debate razón-fe, realidad-
apariencia, con la progresiva divergencia entre la cultura sabia y la cultura popular.
Respecto al discurso intelectual, académico y eclesiástico, la cultura sabia elaboró desde el siglo
XIII la cualificación herética de las expresiones concretas de la magia: brujería y hechicería.
Ambos conceptos quedaron englobados bajo el de superstición. La brujería y la hechicería
serían diferenciadas por la presencia del diablo a través de un pacto como recurso de mediación,
en el primer caso, y la ausencia de dicho pacto en el segundo. Por otro lado, el discurso popular
diferenció brujería y hechicería no por la intervención demoníaca sino en función del
instrumental utilizado.
La hechicería utilizaba materiales empíricos y la brujería, en cambio, se valía esencialmente de
la imaginación y sugestión, en muchos casos a través de hierbas, ungüentos o alucinógenos.
Cuando los europeos modernos utilizaban la palabra brujería, se referían a dos tipos de
actividad. La magia negra o maligna, protagonizada por la realización de los maleficia
(maleficios), ideados para producir daños, enfermedades, pobreza o cualquier otro infortunio. El
otro tipo de actividad seria la relación existente entre la bruja y el diablo, el enemigo
sobrenatural del Dios cristiano. La bruja establecía un pacto con el diablo y le rendía culto. Sin
embargo, otra vez volvemos a observar una diferencia entre la cultura popular y la cultura de
elite. A los integrantes de la primera, les preocupaban más los maleficia, por lo tanto en
procesos que provenían desde abajo, se juzgaba a las brujas con relación a dicha causa.
Contrariamente, a la cultura de elite le preocupaba más el pacto demoníaco, ya que se creía que
la herejía de las brujas había llegado a ser más deliberada y organizada y, en consecuencia,
representaba una amenaza para la sociedad.
El concepto acumulativo de brujería
El concepto acumulativo de brujería se basa en cuatro aspectos fundamentales: el pacto con el
diablo, el aquelarre, los vuelos, y por último, las metamorfosis.
La figura protagonista
Con la intención de poder llegar a descubrir las tensiones sociales que propiciaron los procesos
por brujería, seria necesario determinar quiénes fueron las brujas realmente. Por otro lado,
deberíamos tener en cuenta que fundamentalmente nos basamos en los datos que nos han
llegado a través de sus perseguidores.
Por lo que respecta al sexo, aproximadamente el 75% de los individuos procesados son mujeres.
Estas cifras muestran que la brujería era un delito relacionado con el sexo, aunque en la
definición de brujería no encontramos nada que excluya a los hombres.
Entre las causas de dicha situación podríamos encontrar el hecho que la mujer era considerada
moralmente más débil, más carnal y sexualmente más inmoderada, y en consecuencia, sucumbía
más fácilmente a la tentación del diablo. Pero, entre las clases populares dicha imagen poseía
menos importancia, preocupaban más las atribuciones mágicas. En este sentido, las funciones
habituales de las mujeres en la sociedad guardan una estrecha relación, ya que ofrecen mayores
oportunidades de practicar la magia nociva: cocineras, curanderas y comadronas. Resulta
interesante el hecho que las acusaciones se originaban por tensiones ocurridas entre mujeres,
por eso una cifra importante de testimonios son mujeres. Otra explicación sería que las mujeres,
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que no disponían ni de poder político ni físico, podían utilizar la brujería como instrumento de
protección y venganza.
Por lo que se refiere a la edad, el estereotipo de la bruja sería el de una mujer vieja, la mayoría
tenían más de cincuenta años. Entre las razones que podrían explicar la supuesta edad avanzada
encontraríamos el hecho de que fueran procesadas cuando las sospechas habían ido aumentando
durante años. Algunas brujas eran curanderas y comadronas, oficios que realizaban mujeres de
edad avanzada. También el paso del tiempo va ligado a conductas excéntricas y a debilidad
física, por lo cual aumenta la posibilidad de recurrir a la brujería. No obstante, esto no resulta
incompatible con la idea de la bruja movida por el deseo sexual, pues se creía que el diablo se
aparecía a las futuras brujas en forma de un joven atractivo. La edad de las brujas acusadas
durante los primeros años de ejercer la magia amatoria oscila entre los veinte y treinta años. En
algunas ocasiones se juzgó a niños y adolescentes, sobre todo cuando las “cazas de brujas”
quedaban fuera de control. A veces los hijos de las brujas eran víctimas de acusaciones, ya que
estaba extendida la creencia que el poder brujeril se propagaba por instrucción y por herencia.
El estado civil de las brujas varía en función de la ubicación temporal y territorial, pero
podríamos encontrar algunos aspectos comunes. En la mayoría de regiones hablaríamos de
personas no casadas y, dentro de dicho grupo, las viudas eran las más numerosas. A diferencia
de éstas, las brujas casadas generalmente no estuvieron expuestas a cargos por brujería, pero sí
observamos acusaciones debido a conflictos de carácter familiar.
Las brujas formaban parte de los estratos más bajos de la sociedad, por lo tanto estaban más
dispuestas a recorrer a la venta de curas mágicas con la intención de sobrevivir, a utilizar la
brujería como medio de venganza y a pactar con el diablo para mejorar su situación económica.
La “caza de brujas” guarda una estrecha relación con un momento histórico en el que la pobreza
se extendió. No obstante, encontramos brujas, que excepcionalmente gozaron de una destacada
posición social, en dicho caso, el origen de la acusación sería una conspiración política real o
imaginada, o el deseo de los familiares de apoderarse de sus pertenencias.
LA CAZA DE BRUJAS
Resulta difícil hablar de procesos de brujería anteriormente a 1430, ya que el concepto
acumulativo de brujería estaba en proceso de formación, pero encontramos autores como
Richard Kieckhefer que han seguido su evolución. El periodo que va de 1435 a 1500, el último
estudiado por Kieckhefer, presagia las cazas masivas de fines del XVI y principios del XVII,
coincidiendo con la eclosión de tratados de brujería. María Tausiet opina que dichos cambios
responden a la constitución de los estados modernos que con su afán centralista intentaron
imponer criterios unitarios frente a una cultura popular diversa y local, considerada cada vez
más como supersticiosa.
Sorprendentemente, a inicios del XVI los procesos se estabilizan y en algunos casos descienden,
aunque encontramos excepciones en el País Vasco, Cataluña, la diócesis de Como, el norte de
Italia... Dicha reducción fue provocada por la interrupción de la publicación de tratados y
manuales coincidiendo con la difusión del humanismo renacentista que adoptó
mayoritariamente una postura escéptica al respeto, y a consecuencia de los efectos derivados de
la introducción de la Reforma, no porque ésta se manifestara en defensa de las brujas, sino por
las dificultades que conllevó instaurar un nuevo aparato judicial.
Durante las décadas de 1550, 1560 y 1570 observamos síntomas de que Europa estaba a las
puertas de un nuevo periodo de “caza de brujas” más tenso que el de fines del XV. Se
produjeron pocos pánicos de masas pero sí un notable aumento del número de juicios
individuales y de pequeñas cazas. En Inglaterra, Escocia y los territorios alemanes se aprobaron
varias leyes sobre brujería. Teólogos, juristas y otros intelectuales superaron sus dudas, como
prueba tenemos la refutación de las teorías de Weyer por parte de Thomas Erastus y Jean Bodin.
Había llegado a su fin el periodo dominado por el escepticismo y se iniciaba el dominio de
autores como Boguet, De Lancre, Guazzo y Del Río, el periodo 1580-1650, cuando culminó la
“caza de brujas” europea. El impacto de la Reforma fue importante, como veremos más
adelante. Por otro lado, nos encontramos en el inicio de uno de los periodos, económica y
políticamente, más inestables. Europa experimentó una continua inflación, una transición hacia
la agricultura comercial, una serie de hambres, varias depresiones en el comercio y una
situación calificada de crisis productiva.
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La agitación política adquirió la forma de un conjunto de sublevaciones provinciales, guerras
civiles y religiosas y revoluciones nacionales. También muchas zonas sufrieron epidemias de
peste, así como enfermedades desconocidas. Dichos conflictos acrecentaron las disputas
personales, que habitualmente se expresaron a través de acusaciones por brujería. Por tanto, nos
encontramos delante una situación propicia para alimentar un estado de ansiedad que
estimularía la caza de brujas.
Los fundamentos ideológicos
Con la intención de entender cómo y por qué se produjo la denominada “caza de brujas” en la
Europa de los siglos XVI y XVII sería oportuno tener en cuenta todo un marco ideológico que
se fue gestando desde la época medieval. La Iglesia fluctuó entre una actitud escéptica,
nominalista y empírica, y otra crédula.
Durante la alta Edad Media la jerarquía eclesiástica se mostró escéptica respecto a la brujería.
Como explica M. Romanello, a partir del siglo XIV empiezan a desarrollarse una serie de
factores propiciatorios que preparan el terreno para un posterior incremento de las creencias
mágicas.
- La progresiva centralización del gobierno dentro del aparato eclesiástico,
- La persecución de la herejía llevada a cabo por la Inquisición
El tratado de Inocencio VII publicó la bula Sumis Desiderantes Affectibus donde afirmaba la
existencia de la brujería fue el primero que hizo accesible a un público amplio el concepto
acumulativo de brujería. El libro era un manual para inquisidores, tenía la forma de una disputa
escolástica de preguntas y respuestas.
Dicha obra ayudó a confirmar la fusión entre diversas creencias ya que se analizaba a las brujas
en una obra de forma ordenada y sistemática. Sirvió como “enciclopedia de brujería” y
transmitió un conjunto de creencias cultas a un público más amplio. También proporcionó un
soporte teológico y asesoramiento legal para instruir causas de brujería y declaró que los que
negaban la realidad de la brujería eran herejes. Dicho tratado no provocó un incremento de los
procesos de brujería, pero contribuyó a la “caza de brujas”, atribuyéndole autoridad y
credibilidad.
A finales del siglo XV la nueva infraestructura ideológica empieza a adquirir cuerpo de una
forma decisiva. María Tausiet Carlés opina que a finales del siglo XV en Europa, coincidiendo
con la eclosión de los procesos por brujería, aumentó el número de tratados contra la
superstición. Esto no había preocupado hasta el momento en que se empezaron a construir los
Estados modernos. No obstante, no es extraño encontrar opiniones divergentes. Por ejemplo, los
escépticos.
Pero los escépticos rápidamente fueron atacados por demonólogos como Jean Bodin. Por lo que
respeta a la figura de Bodin, nos abre algunos interrogantes interesantes ya que nos podría
sorprender el contraste entre su “racionalismo” político y su visión supersticiosa y crédula sobre
las brujas.
A la creciente pujanza de los demonólogos “creyentes” tendríamos que sumar el hecho de que
hacia la segunda mitad del siglo XVI la ruptura entre la Iglesia Romana y la Iglesia Protestante
ya se había consumado, esto representaría un nuevo elemento para la caza de brujas. Se
constituye como práctica frecuente la equiparación de los “reformadores” a servidores de Satán.
Por otro lado, católicos y protestantes se pusieron de acuerdo en pronunciarse duramente en
contra de los escépticos. Durante el Renacimiento en lugar de atribuir al diablo los sucesos
supuestamente mágicos, a la manera escolástica, los neoplatónicos afirmaron que el hombre
podía practicar la magia por sí mismo apropiándose de las fuerzas sobrenaturales del universo.
Defendiendo sus propias formas de magia y subestimando las de los analfabetos, atacaron
muchos de los supuestos del Malleus Maleficarum. No obstante, a pesar de la amenaza de los
postulados introducidos por el Renacimiento, el concepto acumulativo de brujería sobrevivió
hasta el siglo XVII. El neoplatonismo nunca tuvo una posición predominante dentro de los
círculos intelectuales europeos, ni consiguió cambiar la mentalidad de juristas y clérigos ya que
no negaba dos ideas claves: la existencia del diablo y de la magia.
Globalmente las autoridades europeas no aceptaron su postura y creyeron en la realidad de la
brujería, sobre todo a partir de medianos del XVII.
Los fundamentos legales
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La gran “caza de brujas” fue esencialmente una operación judicial. La totalidad del proceso de
descubrimiento y eliminación de las brujas, desde la denuncia hasta el castigo, se producía bajo
la mirada de los jueces. Pero, sabemos que en algunas ocasiones, la población se tomó la justicia
por la mano, aunque no existe forma de determinar cuántas personas murieron de ésta forma
ilegal. El procesamiento intensivo de brujas en la época moderna se vio favorecido debido a
ciertas innovaciones legales que tuvieron lugar entre los siglos XIII y XVI y que ayudan a
explicar por qué la “caza de brujas” se produjo en un momento determinado de la historia.
La adopción del proceso inquisitorial demostró su máxima utilidad en delitos de brujería y
herejía. Pero los requerimientos de prueba eran muy exigentes: el testimonio de dos testimonios
oculares o la confesión del acusado. Las autoridades judiciales empezaron a permitirse la tortura
con el propósito de obtener confesiones. Pero la tortura demostró ser un medio poco fiable, ya
que generó confesiones engañosas.
La tortura quedaba compensada por la magnitud del delito y con la confesión se justificaba
dicha tortura. Por otro lado, la tortura facilitó la divulgación del concepto acumulativo de
brujería.
A medida que la “caza de brujas” se afianzó en el XVI y principios del XVII una serie de
circunstancias dio pie a la reducción de la jurisdicción clerical: la definición de brujería como
delito civil, el declive de la inquisición papal y los tribunales eclesiásticos y las reticencias entre
juristas y jueces eclesiásticos a tolerar abusos en los procedimientos. Resulta irónico que éstos
fueran los primeros en reconocer que las violaciones procedimentales habían provocado
numerosos errores judiciales y propugnaran cautela en posteriores actuaciones.
La Inquisición sólo mostró signos de vitalidad en España y Italia, donde retuvo la principal
jurisdicción sobre brujería. En ambos países los índices de procesos y ejecuciones según los
datos que poseemos actualmente se mantienen relativamente bajos en comparación con el resto
de Europa. Los tribunales locales actuaron con cierto margen de independencia del control
central, político y judicial.
El entorno de las brujas
Julio Caro Baroja a través de Las brujas y su mundo nos presenta unos personajes concretos (las
brujas) en el mundo que les rodeaba, mundo que, varía en función de la época, circunstancias,
países y con una estructura social que cambia, intentando hacer ver cuál es la idea de lo real en
el mundo habitado por la bruja. Presenta un carácter de “funcionalismo histórico”, explicando
los problemas de estructura que originan el cambio y el conflicto.
Nuestra impresión sería que durante este periodo la brujería fue un fenómeno esencialmente
rural. La localización rural de la brujería se atribuye habitualmente a dos características: las
creencias supersticiosas del campesinado y las pequeñas dimensiones de estas comunidades.
Podríamos concluir, que en la Europa moderna existió más de un “mundo de brujas”. Hubo un
mundo campesino donde sospechas y acusaciones de brujería eran fruto de la vida cotidiana y
daban lugar a juicios aislados y grandes pánicos. Pero existió también un mundo urbano de
brujería donde el hechicero político, el mago ritual, la monja posesa y el propagador de pestes
representaban un papel, donde las acusaciones y las “cazas” en cadena podían difundirse
rápidamente. Dicho universo urbano también era el destino de muchas brujas rurales, allí la
campesina analfabeta acusada por sus vecinos se encontraba delante un magistrado o un clérigo
urbano y letrado que actuaba como su inquisidor.
LA BRUJERÍA IBÉRICA EN EL SIGLO XVII
La ley y la bruja
A través de este apartado nos proponemos abordar la actuación legal ante los casos de brujería.
Este tema resulta bastante difícil de tratar por lo que respecta al caso español ya que observamos
que las valoraciones de la mayoría de trabajos que se han llevado a cabo sobre dicha cuestión
han extraído conclusiones al respecto basándose fundamentalmente, y en algunos casos
exclusivamente, en las fuentes inquisitoriales. Probablemente por este motivo se ha llegado a la
conclusión que en España tuvo lugar una especie de “racionalismo” al respecto, ya que si nos
fijamos en las evidencias que nos muestran las fuentes inquisitoriales, la caza de brujas en
España fue una caza menor. Pero sería necesario ser cautos a la hora de realizar comparaciones
precipitadas, puesto que sólo estamos hablando de tribunales inquisitoriales, olvidando que las
jurisdicciones reales, eclesiásticas, y hasta señoriales también actuaron. Es en este punto dónde
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encontramos evidentes carencias para realizar una valoración completa. No obstante, sería
necesario puntualizar que en los últimos años han aparecido nuevas perspectivas de
investigación, pero de esto hablaremos más adelante.
VALORACIONES
Ha llegado el momento de extraer nuestras propias conclusiones y manifestar las carencias y
interrogantes que quedan pendientes de estudio. Nos aventuraremos a exponer algunas ideas,
que agradeceríamos que se valoraran como hipótesis que sería interesante comprobar y
desarrollar en una investigación futura.
En los últimos años en el área peninsular se han producido dos tipos de estudios, unos de
carácter general, basados fundamentalmente en fuentes inquisitoriales, y otros de carácter
regional que apuntan nuevas perspectivas de investigación. A través de éstos podemos encontrar
básicamente argumentaciones que giran en torno de la idea que en el área peninsular no tuvo
lugar una “caza de brujas” al estilo europeo y que, contrariamente, existió una especie de
“racionalismo hispánico” al respecto.
Los fundamentos del concepto acumulativo de brujería y el estereotipo de la bruja “moderna”
son los mismos en Europa y en la Península, salvo pequeñas variaciones de carácter regional,
pero, llamativamente, según el nivel actual de las investigaciones los resultados derivados de
dichos fundamentos ideológicos serían diferentes.
Se han aportado diferentes argumentaciones para dar credibilidad a dicha idea. Para que se
produjera la “caza de brujas” europea fue necesario que la clase dirigente creyera que el delito
de brujería era de máxima magnitud, que se practicaba a gran escala y que las brujas formaban
parte de una secta organizada y conspiradora de adoradores del diablo. En principio, esto no
tuvo lugar en la Península. Por otro lado, la “caza de brujas” es fundamentalmente una
operación judicial, y resulta evidente que la Monarquía hispánica poseía unas bases legales
diferenciadas respecto de las europeas. Sobre todo por la presencia de la Inquisición, que
gozaba de una auténtica transferencia de jurisdicciones y competencias sobre brujería, y que
efectuaba una singular conexión entre jurisdicción eclesiástica y civil.
Asismismo, sabemos que las jurisdicciones reales, eclesiásticas, civiles y hasta señoriales
también actuaron frente a la brujería. De esta manera, si nos fijamos en las evidencias que nos
muestran las fuentes inquisitoriales, no disponemos de bases documentales para afirmar que se
produjo en el mundo ibérico una dinámica similar a la “caza de brujas”. Aunque, por lo que
hace a la actitud de la Inquisición, muchos autores defienden un cambio a partir de las
instrucciones del 1614, nosotros opinamos que no se produjo un cambio de mentalidad
homogéneo y la escisión entre la postura crédula y racionalista continuó presente en el mundo
hispánico. A todo ello conviene añadir que nosotros estaríamos de acuerdo con Doris Moreno
cuando afirma que no se puede estudiar la Inquisición sin tener en cuenta los mecanismos de
interrelación vertical y horizontal entre los poderes centrales y locales. En este sentido se está
empezando a producir un revisionismo que apuesta por entrar en profundidad en el estudio de
los tribunales regionales y las elites de poder inquisitoriales.
Desde esta nueva orientación metodológica, si nos fijamos en los estudios de carácter regional,
observamos que en algunos territorios sí que se produjo un ambiente que propició una
“brujomanía” al estilo europeo, como por ejemplo el País Vasco y Mallorca. Pero, a través del
estudio del caso catalán hemos encontrado indicios para pensar que en Cataluña pudo haberse
producido una “caza de brujas” al estilo europeo. Esto nos hace pensar que nuestras
valoraciones se podrían extrapolar al resto de la Península, incluso teniendo en cuenta la
complejidad y diversidad de ésta y la dificultad de establecer una explicación única para sus
orígenes y desarrollo. La base de nuestra argumentación gira en torno al hecho de que faltan
datos e investigaciones sobre tribunales seglares y locales para determinar si tuvo lugar dicho
fenómeno. En el caso de Cataluña, pese a que las fuentes inquisitoriales nos indican que no se
produjo una “caza de brujas”, Doris Moreno a través del estudio de la zona de Tarragona, ha
podido comprobar cómo los tribunales seglares, al menos durante el XVI, gozaban de
competencias por lo que respecta al delito de brujería. Aunque la Inquisición gozaba de mayores
competencias, existen pruebas que muchos casos fueron tratados por la justicia seglar y no
llegaron a instancias de ésta. Una justicia seglar que provocó muchas muertes frente a la tónica
más benevolente de la Inquisición.
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El trabajo que Pladevall realizó sobre las brujas de Vic, que no fueron procesadas por la
Inquisición, nos indica que las conclusiones generalizadas a partir de la documentación
inquisitorial pueden ser inciertas, ya que las brujas procesadas en Vic durante la segunda mitad
del siglo XVII fueron mayoritariamente condenadas a muerte. Por otro lado, los datos que nos
han llegado a través de los cazadores de brujas procesados por la Inquisición, nos muestran la
existencia de un número superior de víctimas a las que encontramos en los documentos
inquisitoriales.
Por lo que hace a la perspectiva del debate erudito sobre realidad o falsedad de la brujería,
hemos tenido ocasión de realizar una interesante aportación de primera mano. Actualmente
estamos trabajando un documento enviado por el Padre jesuita Pedro Gil al virrey de Cataluña
Duque de Alburquerque, Francisco Fernández de la Cueva, en 1619. El hecho de que Pedro Gil
se dirija a una autoridad civil nos induce a pensar que esta jurisdicción tenía competencias
importantes sobre brujería. Se trata de un memorial en defensa de las brujas, que las presenta
como víctimas de la ignorancia, y es un testimonio de la postura racionalista e incrédula sobre el
fenómeno. ¿Nos mostraría, acaso, que la postura dominante en la Cataluña del siglo XVII era la
incrédula, acorde con la tradición del racionalismo hispánico? Lo interesante, sin embargo, es
que junto al texto catalán aparecen unas extensas glosas redactadas en latín por un anónimo
Doctor de la Universidad de Perpiñán en las que se exponen argumentos basados en la
interpretación más intransigente y crédula (y, en este sentido, europea) sobre la brujería. La
utilización de Martín del Río o Bodin como autoridades es un factor incontestable en la
solidaridad con la descrita línea de pensamiento europeo.
La propia redacción del memorial por parte del jesuita Gil y, sobre todo, el hasta ahora
desconocido texto del glosador de Perpiñán, añadirían nuevos elementos de duda al supuesto
“racionalismo hispánico”. Estos documentos son posteriores a los sucesos de Zugarramurdi, y
no obstante, evidencian una continuidad de los métodos e ideologías que Salazar denunciaba,
con el corolario terrible del procesamiento y de la condena a muerte de personas inocentes.
¿Hasta qué punto estos planteamientos ideológicos y de práctica judicial no exponen un clima
similar o identificable con las “cazas de brujas” europeas.
Finalmente, queremos destacar aquellos extremos que sería necesario investigar en un futuro.
En el caso europeo hemos observado la falta de estudios sistematizados de brujería que realicen
una comparación entre las diferentes regiones europeas, que sin duda nos serían de gran ayuda
para el estudio del área peninsular. También sería necesario descubrir si se produjo una lógica,
una intención política detrás de las persecuciones por parte de las autoridades. Si existió una
conexión entre los aspectos sexuales de la brujería y los valores forzados por autoridades y
teólogos y la “caza de brujas”. Así como la relación entre la proliferación de la ciencia y el
progreso político del XVII y dicho fenómeno. Por lo que respecta a la lucha de sexos, nosotros
creemos que resulta poco probable debido a que la mayor parte de testimonios de los juicios son
mujeres, pero no obstante, no deja de sorprender el hecho de que cuando la bruja se convierte en
sirviente del diablo se produzca un cambio en el sexo del delincuente.
Algunos de los aspectos comentados anteriormente serían aplicables al caso peninsular, pero no
obstante, urge más averiguar si realmente tuvo lugar una “caza de brujas” o un “racionalismo
hispánico”. Para llegar a tal objetivo es necesario explorar otras jurisdicciones aparte de las
inquisitoriales, así como una mayor profundización de los estudios regionales buscando una
homogeneidad de criterios, la comparación con el caso europeo, una diferenciación más clara
entre la mentalidad de la cultura popular y la de elite, y por último, saber si entre el medio rural
y el urbano se produjeron diferencias sustanciales. Por tanto, el tema de la brujería peninsular
durante el siglo XVII posee todavía múltiples territorios interesantes por explorar en un futuro.