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Oyola

El documento cuenta la historia de un viaje en tren que un joven hace junto a su padre para visitar a su abuelo enfermo en Tucumán. Al llegar a destino, van a una fiesta donde encuentran al abuelo, que se ve débil pero no tanto como les habían dicho. El relato describe detalles del paisaje y las personas que van encontrando.

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Oyola

El documento cuenta la historia de un viaje en tren que un joven hace junto a su padre para visitar a su abuelo enfermo en Tucumán. Al llegar a destino, van a una fiesta donde encuentran al abuelo, que se ve débil pero no tanto como les habían dicho. El relato describe detalles del paisaje y las personas que van encontrando.

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MÚSICA COUNTRY

LEONARDO OYOLA

• Ilustrado por: otto zaiser


Oyola, Leonardo
Música country / Leonardo Oyola ; edición literaria a cargo de
María Inés Kreplak y Marcos Almada ; ilustrado por Otto Zaiser. ­
1a ed. ­Buenos Aires : Ministerio de Cultura de la Nación, 2015.
100 p. : il. ; 14x10 cm. ­(Leer es futuro / Franco Vitali; 11)

ISBN 978-­987-­3772-­15­-3
1. Narrativa Argentina. I. Kreplak, María Inés , ed. lit. II. Almada,
Marcos, ed. lit. III. Zaiser, Otto, ilus. IV. Título
CDD A863

Fecha de catalogación: 10/12/2014

• Edición literaria: María Inés Kreplak / Marcos Almada


• Diseño de tapas e interiores: Pablo Kozodij
COLECCIÓN LEER ES FUTURO
En el marco de una serie de activida-
des de promoción y fomento de la lec-
tura, el Ministerio de Cultura presenta
la colección de narrativa Leer es Futuro,
que llega a tus manos en forma gratuita
para que puedas disfrutar del placer de
la lectura.
En esta oportunidad, convocamos a
escritores jóvenes cuya carrera está
apenas comenzando, con el objetivo de
visibilizar su tarea, contribuir a la di-
fusión de sus obras y democratizar el
acceso a la palabra, en continuidad con
la ampliación de derechos garantizada
por los gobiernos de Néstor Kirchner y
Cristina Fernández de Kirchner.
También hay que mencionar la inclu-
sión de los ilustradores de cada uno de
estos libros: todos jóvenes y talentosos
dibujantes con ganas de mostrar su tra-
bajo masivamente.
Y en un formato de bolsillo para que
la literatura te acompañe a donde vayas,
porque leer es sembrar futuro.
Ministerio de Cultura
Franco Vitali Teresa Parodi
Secretario de Políticas Socioculturales Ministra de Cultura
LEONARDO OYOLA

buenos aires, 1973. Es escritor.


Sus cuentos fueron seleccionados en
varias antologías y medios gráficos de
Argentina, Uruguay, México, Francia
y España. Tiene publicadas las nove-
las Santería, Sacrificio, Siete & el Tigre
Harapiento, Hacé que la noche venga,
Bolonqui, Sopapo, Gólgota (traducida al
francés) y Chamamé (Premio Dashiell
Hammett en la XXI Semana Negra de
Gijón; también traducida al francés).
Kryptonita fue elegido el mejor libro de
2011. Su última publicación a la fecha
es el libro de relatos Sultanes del ritmo.
OTTO ZAISER

Curitiba, BRASIL, 1982. Criado en


Morón, Buenos Aires. Es historietista y
diseñador multimedia. Co-fundador de
la Asociación Civil Viñetas Sueltas y de
la editorial independiente Burlesque, la
cual se dedica a la publicación de nuevos
autores de la historieta latinoamericana.
Publicó los libros Mi Buenos Aires
Querido, Las Novelas Ejemplares de Cer-
vantes y Tabula Rasa. En las revistas
Larva, Malpensante, Fierro, Cábula, No
Retornable y Sin Pretextos. En los blogs
Historietas Reales y La Redó. Así como
también en diversas revistas y webs in-
dependientes. Su obra se pueden ver en:
• [Link]
• [Link]
CASI sÁBADo a la noche
Justo cuando el capitán Wilder roga-
ba que Spender se escapara ya, mi papá
me dio dos golpecitos en el brazo para
avisarme que llegábamos a Lamadrid.
Las pilas del walkman apenas me ha-
bían alcanzado para escuchar una vez
sola en el viaje el TDK negro que tenía
grabado en el lado A Lo mejor de Gapul

12
Volumen 1 y en el B el Volumen 2. Des-
pués me había enganchado con alguna
que otra FM de las que iba perdiendo
sus señales al dejar atrás las estaciones
de sus respectivos pueblos hasta que la
luz colorada del encendido no se pren-
dió más; y ahí me dediqué a leer Cró-
nicas marcianas y a disfrutarlo sin la
obligación que le metía al libro la vieja
de Literatura. Como señalador estaba
usando el telegrama que habíamos reci-
bido una semana antes.

13
EL UBIL ESTA MUY MAL. QUIERE VER-
LO A USTED Y AL NIETO.
MARGARITA

Faltaba más de un mes para que em-


pezaran las clases. No me había lleva-
do ninguna materia a marzo así que no
tenía ningún problema en acompañar a
mi papá a Tucumán para ver a mi abue-
lo. Un día después de haber salido de
Retiro dejamos el Cinta de Plata ha-
ciendo la combinación con el otro tren
que iba para el sur de la provincia. Mi

14
papá se venía aguantando las ganas de
ir al baño así que aprovechó y me dio el
dinero para que sacara dos boletos has-
ta Bajastiné. Detrás de la ventanilla, la
persona que me los vendió me pregun-
tó si mi papá no era el hijo de don Ubil.
Le dije que sí. Entonces él me comentó
dos cosas: que había hecho primero in-
ferior y segundo grado con mi papá; y
que mi abuelo era un hijo de puta. Así
nomás. Como al pasar.
–Pero qué hijo de puta que es tu
abuelo.

15
Me dio el vuelto de los pasajes y me
fui sin saludar. Un pitido avisaba que la
formación rumbo a Huasapampa venía
llegando. Nos volvimos a encontrar con
mi papá y nos subimos al tren para ha-
cer el último tramo del viaje. No sé por
qué, pero decidí no contarle de mi en-
cuentro con su compañerito del colegio.
Era pasada la medianoche cuando lle-
gamos al final de nuestro recorrido. Mi
papá ya me había advertido que íbamos
a caminar varios kilómetros hasta la
casa del abuelo porque a esa hora iba a

16
ser difícil que alguien nos llevara. Pero
contradiciendo todos los pronósticos
tuvimos suerte.
–¡Mire quiénes volvieron al pago! –
festejó al vernos el tío Simón, el herma-
no mayor de mi abuelo.
Festejó él y nosotros. Porque a la nie-
ta y a los bisnietos se ve que no les dio
mucha gracia que con el Falcon rural
dieran la vuelta en U para acercarnos.
La nieta del tío Simón se sentó en el
medio con su hija más chica, todavía
una beba. Mi papá se ubicó al lado de la

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ventanilla. Al otro chiquito lo manda-
ron conmigo y nuestros bolsos a la par-
te de atrás de la camionetita. Disfruté
del viaje mirando las estrellas.
Mi papá, después de agradecerle al
tío Simón la gauchada, le preguntó si
últimamente lo había visto al abuelo.
–Está tan flaco como esta criatura –le
dijo el tío Simón, señalando al pibito de
seis años con el que yo había viajado.
Mientras arrancaba de vuelta el Fal-
con rural, cuando me bajé de la parte de
atrás con los dos bolsos al hombro, ese

18
pibito me preguntó:
–¿Tu abuelo es don Ubil?
Le contesté afirmando con la cabeza.
–Qué hijo de puta que es tu abuelo.
Seis añitos. Qué boquita la del borre-
go, ¿no?
Nos pareció extraño que no nos la-
drara ningún perro cuando entramos
a la propiedad. Afuera del rancho, mi
papá golpeó las manos bien fuerte.
Como no obtuvimos respuesta, alzó la
voz y llamó a la dueña de casa:
–¡Margaritaaaaa!

19
Se encendió una luz. Y esa misma
luz de sol de noche fue la que apareció
por la puerta de entrada iluminando
por detrás del mosquitero la figura mi-
núscula de una mujer a la que yo había
conocido seis años atrás. La última vez
que había visto al abuelo Ubil.
–¿No me diga que los despertamos?
–A mí, nomás. Su papá salió –nos
contó mientras los dos se confundían
en un abrazo cariñoso–. ¿Y este es su
hijo? ¡Pero si ya es todo un hombre!
El comentario me hizo poner tan co-

20
lorado que se me notaba en la oscuri-
dad. No dije ni una palabra durante un
buen rato. Dejando los bolsos en la ga-
lería, mi papá quiso saber qué tan grave
era lo que tenía el abuelo.
–No va a llegar al otoño –respondió
Margarita con lágrimas en los ojos–.
Deben estar cansados. Les voy a mos-
trar sus camas.
–No se preocupe por eso. Ahora que-
remos verlo a él. ¿Sabe adónde lo pode-
mos encontrar?
–Se fue a bailar a un quince en la es-

21
tancia de Los Soraides.
–¿Cumple algunas de las nietas de
Soraide?
–No. La chica es hija de peones. Hija
y nieta de peones. Por eso la fiesta se
hace en los tinglados.
–¿Nieta de alguien conocido?
Margarita bajó la mirada antes de res-
ponder.
–De doña Paula.
–De doña Paula –repitió mi papá en
un tono similar a si hubiera dicho la
puta madre.

22
Margarita nos ofreció prepararnos
algo de comer. Mi papá le dijo que no
hacía falta. Que seguro íbamos a poder
picotear algo en la fiesta. Que por favor
volviera a dormir y que no se preocu-
para por nosotros.
Nos bañamos al costado del aljibe.
Cada uno con dos baldazos de agua he-
lada. Tiritamos. Nos quejamos lo míni-
mo. Sobre unos arbolitos que estaban
cerca habíamos dejado la ropa que nos
íbamos a poner. En lo único que se di-
ferenciaban los vaqueros, las botas teja-

23
nas y los cinturones de hebillas anchas
era en el talle, porque yo ya era más
alto. Las camisas eran otro cantar.
–¿De esas también hay para hombres?
–me preguntó mi papá, burlándose de
mi hawaiana mangas cortas.
–Callate que la pagaste vos.
–Ya veo en lo que ando tirando la plata.
Nos reímos. Con mi papá siempre
fuimos muy compañeros.
Caminamos en el medio de la noche
hasta volver a la Ruta 38. A un costado
había tres cruces blancas en memoria

24
de un espectador, de un piloto y de un
copiloto de rally que en ese lugar ha-
bían tenido un accidente. Algo se es-
cuchaba de música y según mi papá no
faltaba mucho para los tinglados de Los
Soraides. Y no se equivocaba. Las luces
estaban ahí nomás. Y la gente también.
Muchos hombres al vernos llegar nos
cabecearon para saludar. Ni bien los
pasábamos noté que se ponían a cuchi-
chear. Creí escuchar en alguno nuestro
apellido cuando sentado sobre un tron-
co caído, acompañado solo por su pe-

25
rro, el General, encontramos al abuelo
Ubil pitando lo último de un cigarrillo
que tiró de un tincazo cuando nos reco-
noció y se puso de pie. Se veía que no
estaba en su mejor momento. Pero tam-
poco era como nos había anticipado el
exagerado del tío Simón.
–Papá –le dijo mi papá al abuelo an-
tes de que los dos se dieran la mano.
Después yo me acerqué al abuelo
Ubil para darle un beso y él me paró
agarrándome con la zurda de un hom-
bro mientras me ofrecía la derecha para

26
darme un fuerte apretón. Desde ese
momento nos saludamos así.
–Qué grande y qué alto que está,
m’hijo –me comentó con una sonrisa.
El abuelo sacó un paquete de 43/70
del bolsillo de la camisa. Se lo golpeó
dos veces en el pecho. El cigarrillo que
quedó más arriba fue el que se llevó a
los labios. Sin preguntarme si yo fuma-
ba me convidó uno. No lo acepté. Había
empezado a fumar a las 13. Pero delan-
te de mi papá, no lo había hecho nunca.
El abuelo Ubil sonrió como diciéndome

27
a mí no me engañás; y le pasó el paque-
te a mi papá, que sí se fumó uno.
Estábamos bien. Pero yo no dejaba
de sentirme visitante. Ajeno. Por cómo
nos marcaban a mi papá y a mí. Por
darme cuenta de que los vagos se reían
de mi camisa hawaiana mangas cortas
con una malicia que no había tenido mi
papá. Había algo de hostilidad en todos
los demás. Menos en una piba de pelo
corto que me estaba fichando. Cuando
intercambiamos miradas ella alcanzó a
sonreírme una vez antes de clavar los

28
ojos en el piso.
De la nada, el abuelo puso cara de
asco. Carraspeó. Carraspeó con ganas y
después escupió un flor de gargajo em-
bebido en su sangre. Con la punta de la
bota lo tapó y lo removió en la tierra.
–Papá –le dijo mi papá–, volvamos a
su casa.
El abuelo Ubil negó con la cabeza.
–Vine a bailar. Vinimos a bailar. Y de
acá no nos vamos a ir así. Sin polvo en
las botas.
Carraspeó otra vez. Por suerte no

29
volvió a toser sangre. Serenándose, me
pidió:
–M’hijo: no sea lento. ¿Qué está es-
perando para hablar con la más chica
de los Pinilla? Parece que tiene para el
tanto y alguno de los machos de tantas
señas que le está haciendo. ¿Y usted no
se me va al pie?
Mi papá, simulando ponerse serio,
arqueó las cejas como para subrayar lo
dicho por el abuelo Ubil. Yo la volví a
mirar a ella, que otra vez me estaba mi-
rando y que de nuevo terminó apartan-

30
dome la mirada. Les sonreí al abuelo y
a mi papá. Ellos me sonrieron mientras
volvían a encenderse un cigarrillo cada
uno. Y ahí fui a encarar a la piba de
pelo corto.
Estaba tomando una gaseosa trucha
en un vasito de plástico blanco. Lo sos-
tenía con las dos manos a la altura de su
ombligo. Se puso de todos los colores
cuando se avivó que me estaba acercan-
do. La cara le terminó combinando con
mi camisa. Nos dijimos hola. Me pre-
senté. Me dijo que ya sabía quién era

31
yo. Que se estaba hablando de mi papá
y de mí desde que llegamos. Le pregun-
té si era policía y ella, negándolo, se rió
con ganas. La invité a bailar y en ese
momento solo se puso muy colorada
para decirme que sí.
En la pista improvisada, le comenté al
pasar que todavía no nos habíamos sa-
ludado. Ella intentó corregirme asegu-
rándome que había sido lo primero que
habíamos hecho: decirnos hola. Le di la
razón en eso. Pero le expliqué que no ha-
bíamos hecho esto: y ahí le di un besito

32
en la mejilla. Ella cerró los ojos y cuando
me separé los volvió a abrir y me dedicó
una mirada tan linda. Una mirada que
duró solo un segundo, pero todavía hoy
me la acuerdo. Porque después, por en-
cima de mi hombro, ella vio algo y entre
dientes indignada murmuró:
–Pero qué hijo de puta que es tu
abuelo.
El abuelo Ubil le estaba pidiendo a
doña Paula que bailara con él. Ella, muy
amable, le decía que no. En eso se apa-
rece el marido de doña Paula, el Migue-

33
lito Frías. Para cuando se aparecieron
sus hijos y nietos tuve que dejar a la
más chica de los Pinilla sola y encarar
para el bardo.
El abuelo Ubil estaba contando:
–Tres... cuatro... cinco... seis... siete...
Son siete. Siete contra uno.
–Siete contra tres –lo corrigió mi
papá.
El abuelo giró la cabeza para vernos
cómo nos sumábamos y le brillaron los
ojos mientras inflaba el pecho. Ahí fue
cuando me empecé a cebar yo.

34
–Son siete contra tres –insistió el
abuelo Ubil–. No me gustan los papelo-
nes así que, Miguelito, vayan a buscarse
otros cinco para llegar a la docena. Va-
mos a estar más parejos. No queremos
darles ventaja.
Don Miguelito Frías se lo quería co-
mer crudo. Se le notaba y mucho.
–No me haga reír, Ubil. Que cuando
me río con ganas siento puntadas en la
panza. ¿Me quiere hacer creer que nos
van a dar una biaba usted, su hijo y su
nieto el porteñito?

35
Por la edad que tenía en ese momen-
to, y por la actitud, me saltó la térmica
como a cualquier pendejo atrevido.
–Porteño las pelotas. Yo soy de Casa-
nova, la concha de tu madre.
Se paró la música. Todos se quedaron
mudos.
Parece que en Tucumán no se hacían
mucho drama si alguien te decía “pero
qué hijo de puta que es fulano de tal”.
Pero la cosa se iba a la mierda con un
“la concha de tu madre”. Y justo lo ha-
bía dicho un porteño. Que no era porte-

36
ño, pero andá a explicarles mientras te
están estrangulando.
La gente del campo es directa. Le da
una mano al que la necesita y un par al
que se las merece. Y yo, por tener una
cloaca en la jeta, me comí unas cuan-
tas. Podrían haber sido más si no fue-
ra porque el que me las dio fue el Chi-
quito Frías. Celebridad local que había
llegado a participar en las pulseadas
de La noche del domingo, dislocando
hombros y codos, fracturando un an-
tebrazo y quebrando una muñeca hasta

37
que probó de su propia medicina en los
cuartos de final en que un desgarro lo
dejó fuera de competencia.
Qué suerte la mía: justo lo vine a aga-
rrar recuperado de la lesión.
Insisto: ¡pero qué suerte la mía! El
Chiquito Frías tenía la política de pe-
lear solo contra una persona a la vez.
Así que me marcó a mí y me dio para
que tenga. ¿Quién fue el salame que
dijo que dar el primer golpe te acerca
a la victoria? Seguro uno que nunca se
boxeó. Cuando lo tuve enfrente al Chi-

38
quito, en un ataque de coraje y habili-
dad, salté y le metí una patada en ha-
cha en el medio del pecho enterrándole
bien al fondo el taco de la bota. Ni lo
moví. De ahí en más el tipo hizo lo que
quiso conmigo. Que ya en un momen-
to, anestesiado de tantos dedos con los
que me llenó la cara, simplemente me
dediqué a mirar las performances de mi
papá y del abuelo Ubil.
Yo aprendí lo que significaba la pala-
bra “sabor” viendo cómo mi papá, antes
de hacerle comer los dientes a un tipo

39
de una trompada, le decía “saborealo”.
Y efectivamente mi papá no había per-
dido ni el don ni la cintura, aunque ya
tuviera cuarenta. Bajaba muñecos a tro-
che y moche. ¡Pumba! Metía una piña
y cambiaba de frente para atacar lo que
se le viniera encima.
Ahora lo del abuelo Ubil era una pe-
lea aparte: en su mano a mano con Mi-
guelito Frías, los viejos se dieron duro.
¡Y qué aguante que tenían los dos lo-
cos! Mi abuelo hubiera cobrado más de
no ser porque el General cada dos por

40
tres le daba tarascones a las bocaman-
gas del pantalón de don Frías y, sobre
todo, porque el Miguelito se medía y se
aguantaba las ganas y oportunidades
de golpearlo en el estómago o en los ri-
ñones y solo se dedicó a embocarlo en
el rostro.
Lo dicho: la gente del campo es directa.
Honesta.
Y con códigos.
El abuelo Ubil se dio cuenta y lo pu-
teó y lo pidió:
–¡Frías! ¡Con todo!

41
Y ahí fue donde el Miguelito le cruzó
el derechazo al mentón y me lo tumbó
al abuelo.
Fue raro darse cuenta de que don Mi-
guelito Frías no disfrutaba de su victo-
ria. Negando con la cabeza retrocedió
dos pasos y se perdió entre la gente.
Con el abuelo Ubil ya no podíamos
más. Pero mi papá era el conejo de las
pilas Duracell. En eso se apareció el
comisario de Pueblo Viejo y, después
de hacer un tiro al aire para que mi
papá se desenchufara y dejara de casti-

42
gar, nos detuvo a los tres por haber ar-
mado zafarrancho. Estaba empezando
a clarear cuando llegamos al Rambler
del comisario. Mi papá fue en el asien-
to del acompañante y con el abuelo
Ubil nos sentamos atrás. Llevaba el
sombrero sobre las piernas. Mientras
me tanteaba con la lengua que todavía
tuviera todos los dientes, en el reflejo
del espejo retrovisor noté que mi papá
iba con la quijada tensa, mordiéndo-
se la bronca. Estaba recaliente con el
abuelo. De golpe dio media vuelta apo-

43
yándose sobre el respaldo de la butaca
y se puso a ladrarle.
–Papá, déjese de joder de una buena
vez. Usted se tiene que cuidar. Hacerle
caso a Margarita.
El Rambler se zarandeó por lo estro-
peado que estaba el camino. El abuelo
Ubil giró la cabeza para mi lado y me
susurró al oído:
–Si la Ina se llega a ir primero, no vaya
a dejar que su viejo se case otra vez.
Lo miré sin entender por qué me de-
cía eso. Y ahí nomás me volvió a dispa-

44
rar; advirtiéndome:
–Y usted, no se me case nunca, m’hijo.
Y yo, como soy un pelotudo, terminé
poniendo el gancho dos veces.
Pero ésa es otra historia.
Llegamos a la comisaría. El General
nos alcanzó cuando entrábamos al des-
tacamento de Pueblo Viejo. Un pibe,
como mucho dos años más grande que
yo, estaba preparando el mate.
–Ya sabe dónde está su pieza, Ubil.
Compártala con su familia nomás –dijo
el comisario desentendiéndose de no-

45
sotros para tomarse el amargo que le
habían cebado.
El abuelo, al ver que no nos daban más
bola, en lugar de encarar para el calabo-
zo, acelerando el paso se fue derecho al
fondo del destacamento adonde había
una puerta abierta. Con mi papá y el
General lo seguimos y nos encontramos
con que atrás estaba pastando un caba-
llo blanco. Para cuando se escuchó el
¡adónde mierda creen que van!, el abue-
lo Ubil ya lo estaba montando a pelo con
mi papá atrás y yo, desesperado, viendo

46
por dónde carajo me subía. El caballo
un poco se retobó, dio un giro comple-
to con el perro meta ladrarle, y recién
entonces el abuelo lo dominó y salieron
con mi papá echando putas; conmigo y
el General corriendo detrás de ellos, tra-
gando la polvareda que iban levantando.
A grito pelado de vena en el cuello, el
comisario lo puteaba:
–¡Ubil! ¡Hijo de su buena madre! ¡No
se me lleve al Cal otra vez, carajo!
No sé si fueron doscientos metros o
un kilómetro a campo traviesa lo reco-

47
rrido hasta que me pude subir al caba-
llo. Para mí fue mucho. Para el perro
también. Yo no veía nada. Corría, to-
sía y escupía. Me pasé un brazo por la
frente y los ojos y fue peor. Las botas
me estaban sacando ampollas, pelando
los talones y convirtiendo mis pies en
empanadas. Para colmo de males se me
despegó y perdió un taco. El abuelo y
mi papá me miraron cuando los alcancé
rengueando y se rieron por lo bajo. Yo
no estaba de humor y les hice una mue-
ca de mala gana, simulando una car-

48
cajada que ellos terminaron largando
cuando me vieron los dientes y la len-
gua negros. Por la transpiración, tenía
pegado en el cuello y en la cara la tierra
del camino.
El General aprovechó para descan-
sar y sentarse un ratito con la lengua
afuera, larga como si fuera una corba-
ta. Mientras, yo hacía toda una cere-
monia para treparme a una tranquera
y de ahí mandarme detrás de mi papá.
Cuando me apoyé en él, alzó los hom-
bros como si le diera asco sentirme

49
y se puso más incómodo cuando me
abracé de su cintura. Entre dientes, al-
zando la perita por encima de su hom-
bro derecho, me secreteó:
–Así se agarran las mujeres.
Y después cogoteó para adelante,
mostrándome como iba él prendido del
abuelo. Las manos, como garras, de los
hombros.
Resoplando lo imité.
Encontramos un sendero y de ahí lle-
gamos al toque otra vez a la 38. El abue-
lo Ubil lo taconeó al Cal y el caballo em-

50
pezó a trotar. Ibamos por el costado de
la ruta. Tranquilos. El General siempre
detrás, escoltándonos. El sol ya se hacía
sentir. El asfalto, más adelante, parecía
un lago. Me vino todo el cansancio de
golpe. Las veinticuatro horas arriba del
tren. Las palizas que me había morfado.
Los doscientos metros o el kilómetro
que corrí detrás de mi papá, el abuelo
y el Cal.
El toco-TOC-toco-TOC-toco-TOC que
iba haciendo el caballo en su andar se
convirtió en una canción de cuna. Yo

51
cabeceé un par de veces y ya estaba en-
trando en un sueñito cuando escuché
algo que no pude identificar. Primero
pensé que era un bicho. Unos cuantos
bichos al sentir el sonido más cerca.
Aguaciles.
Avioncitos.
Diablos del aire.
“Son aguaciles. Y va a llover. Porque
los aguaciles anuncian lluvia”, pensé;
acordándome que eso también me lo
había enseñado el abuelo Ubil.
Habíamos recorrido un tramo que

52
era una bajada. Los tres miramos para
atrás buscando ese ruido que terminó
siendo las cadenas de dos bicicletas de
carrera que habían dejado de pedalear.
Manejándolas iban un par de gringas
muy pero muy bonitas.
–¡Jai! –pronunciaron a coro cuando
nos pasaron. El abuelo Ubil se sacó el
sombrero para devolverles el saludo.
Con mi papá, los dos embobados, sin
abrir las bocas dijimos hola levantando
las manitos.
Las gringas tenían unas calzas negras

53
pintadas. Los tres nos perdimos en esos
culos trabajados, bien firmes. El abuelo,
todavía con el sombrero en la mano, es-
tirando hacia arriba todo lo que podía
el cogote, les propuso gritando:
–¡¿Una carrera?!
No sé si las ciclistas hablaban español
o entendían el idioma. Sí, que intercam-
biaron miradas y que se pararon sobre
los pedales empezando a andar más
fuerte y mostrándonos mucho mejor
esos culitos hermosos.
En mi barrio se llama “provocar”.

54
Y en Tucumán, “mojar la oreja”.
El abuelo Ubil se calzó el sombrero,
apretó los dientes y le hincó bien fuer-
te los talones en las ancas al caballo, que
salió disparado hecho una furia. El abue-
lo se tiró hacia delante casi recostando el
pecho sobre el cuello del Cal. En efecto
dominó, mi papá hizo lo mismo apoyán-
dose sobre la espalda de su papá; movi-
miento que yo también imité.
Así, agazapados, las alcanzamos y nos
mantuvimos cabeza a cabeza durante u-
nos segundos que fueron una vida. Tres

55
vidas. Tres alegrías.
No mucho antes había aprendido a
manejar motos en una chopera de mi
primo Joye con asiento de cuero de
vaca. Esa vez había sido uno de mis pri-
meros contactos con la velocidad. No
pasó un año cuando la rompí por Cris-
tianía y Venezuela hasta la Carlos Ca-
sares con otro primo, el Cachi, en una
Enduro. Pero en el medio estuvo esta
con mi papá y mi abuelo en el caballo
blanco. Y aunque tuve muchas más, la
picada contra las cicilistas gringas en la

56
Ruta 38 nunca la pude superar. Fue la
mejor. Y eso que yo no manejaba.
Ibamos cabeza a cabeza con las grin-
gas y en un momento empezamos a pa-
sarlas. Ellas estaban dejando todo. La
que iba más cerca de nosotros me miró.
Llevaba anteojos negros, como la otra.
Anteojos negros ocultándole los ojos.
Ojazos, seguro, celestes, verdes o del
color del tiempo. Me miró. La miré. Y
le guiñé un ojo. Ella sonrió. Se mordió
el labio de abajo y entró a pedalear más
fuerte. Y ahí picaron en punta. El pobre

57
Cal no daba más. El abuelo Ubil dejó de
exigirlo. Y ellas nos terminaron dejan-
do atrás. Muy atrás. Ganando.
–Oh, oooh, oooooh... –el abuelo le
hablaba a una oreja del Cal para que
fuéramos frenando de a poco.
Cuando por fin nos paramos, la grin-
ga a la que le había guiñado un ojo giró y
nos hizo un ceremonioso saludo militar
para decir adiós cinco segundos antes
de que con su compañera se perdieran
en el horizonte.
Para despedirnos de ellas, al abuelo

58
Ubil le pintó jugarla de Llanero Solita-
rio o El Zorro y lo hizo parar en dos pa-
tas al caballo. El Cal relinchó. El abuelo
con una mano se agarró bien fuerte de
la crin y con la otra se sacó el sombrero
saludando. Sentí que me iba a la mier-
da, que me iba a caer de espaldas, y le
hice por debajo de las axilas la toma ga-
rrapata a mi papá. Mi papá, viendo que
él también iba a comprar terreno, lo
estranguló al abuelo Ubil. Y así termi-
namos los tres en el suelo. Yo amorti-
guando las caídas de ellos dos.

59
Mientras el General no dejaba de la-
drarnos, el abuelo rodó una vuelta com-
pleta sobre su derecha y se quedó sen-
tado. Nunca en mi vida había levantado
pesas pero ese fue el movimiento que
hice para despegar a mi papá, que tam-
bién se abrió para la derecha y se sentó.
Yo me quedé ahí acostado viendo lo ce-
leste que estaba el cielo y escuchando
como el caballo no paraba de relinchar
ni de trotar, alejándose de nosotros.
Toco-TOC-toco-TOC-toco-TOC-toco-
TOC-toco-TOC-toco-TOC-toco-TOC.

60
Llegó una brisa tímida. Todos la agra-
decimos. Hasta el sombrero del abuelo
que se dejó arrastrar unos metros, vol-
viendo al asfalto de la ruta.
El abuelo Ubil sacó el paquete de
43/70 todo arrugado del bolsillo de la
camisa. Se lo golpeó dos veces en el pe-
cho. Y cuando lo retiró, el cigarrillo que
quedó más arriba fue el que se llevó a los
labios. Le convidó a mi papá, que aga-
rró gustoso. Me mostró el paquete para
ver si quería fumar con ellos. Con el de-
dito le dije no, gracias. Y estuvimos ahí

61
un rato. Los tres. Más bien los cuatro,
con el General que se había echado con
las dos patitas para adelante. Estuvimos
ahí los cuatro. Disfrutando del silencio.
El abuelo terminó su pucho primero.
Se puso de pie. Se sacudió con las pal-
mas la tierra de sus ropas. Carraspeó.
Carraspeó con ganas y escupió otro
gargajo colorado embebido en su san-
gre. Y antes de ir a buscar el sombrero,
con una sonrisa canchera de esas que
se hacen de costado, nos batió:
–Hoy es sábado. En algún lado, segu-

62
ro, esta noche va a haber fiesta.
Mi papá lo escuchó y se atragantó
con el humo del tabaco. El General se
puso a gruñir. Y yo me cubrí la cara con
las manos y mientras negaba moviendo
la cabeza, les terminé dando la razón
a todos los habitantes del Jardín de la
República pensando: ¡pero qué hijo de
puta que es mi abuelo!

El abuelo Ubil murió el primero de


marzo. Menos el último fin de semana
de febrero, todos los demás, él, mi papá

63
y yo... viernes, sábados y algún do-
mingo... fuimos juntos a bailar.

64
SI LA LUNA FUERA TU PREMIO
La camisa a cuadros afuera del jean la
tiene pegada a la espalda por la trans-
piración. Hace calor en Hidalgo del Pa-
rral. Mucho. Solo media hora arriba del
escenario. Treinta minutos. Y parece
como si hubieran estado tocando toda
la puta noche. Para Kevin Costner, por
lo menos, es así. No ha perdido las ga-

67
nas. Aún conserva el hambre. Por más
que el minuto de fama que llegó a tener
Modern West como banda de música
country se lo deba a la popularidad que
él mismo gozó como actor hace ya un
cuarto de siglo.
De la formación de tres guitarras,
bajo, batería y violín, solo este último,
un chico de 23 años nacido en Kentuc-
ky e hijo de inmigrantes coreanos, le
pone garra. El resto del grupo no. Toca
por inercia. Esperando, ansiosos, llegar
al último tema del set para desarmar los

68
equipos, cargarlos en la caja de la des-
tartalada Silverado y despedirse lo más
rápido posible del estado de Chihuahua;
para que cuando amanezca puedan dor-
mir en el cuarto de hotel del próximo
pueblito donde tienen arreglado hacer
su siguiente show.
Esa es la idea.
Y esa es la excusa.
Porque lo que no se pronuncia en voz
alta esta noche en la ciudad de Hidalgo
del Parral, esta noche ahí en la cantina
La cabeza de Arkansas Dave, es la ver-

69
güenza que les da a estos dos guitarris-
tas, al bajista y al baterista de Modern
West, ser teloneros de Experiencia Re-
ligiosa: la mejor, y única, banda tributo
mexicana a... Enrique Iglesias.
Un gracias amigos en una lengua muy
dura para hablar en español. Aplausos
tibios. Luces amarillas, verdes y rojas
aún titilando. Y los músicos que empie-
zan a desenchufar juntando sus cosas
con la misma urgencia con la que le-
vanta sus prendas de vestir un amante
que ha sido sorprendido por el esposo

70
engañado. Costner se da cuenta. Pero
no se piensa ir sin tomarse una cerveza.
Su grupo le dice que si se quiere que-
dar que lo haga. Pero que no va a tener
cómo ir al hotel porque ellos necesitan
la Silverado. Costner sabe que se las va
a arreglar y así lo manifiesta antes de
despedirse de ellos. Se queda solo con
su guitarra, que guarda en un estuche.
Necesita ir al baño. En el camino se
cruza con una morocha de flequillo
cortado a machete, de lunar chiquito y
labios grandotes, una chica usando un

71
short de jean que –con una dicción mu-
cho mejor para el inglés que la de Kevin
para el español– lo felicita por el reci-
tal que acaban de dar. Él le agradece. Y
le agarra el codo, curioso, averiguando
cuál de todas las canciones le gustó más.
–“90 Miles An Hour”.
Esa. Le dice.
Costner le pregunta si no quiere to-
mar algo. Ella acepta con la condición
de que la deje invitarlo con una cerve-
za. Pero afuera. En la plaza. Así pueden
charlar tranquilos. Kevin no se opone.

72
Le explica que antes debe atender un
asunto. Ella, sonriendo y sin ponerse
colorada, lo alienta para que haga lo que
tenga que hacer, que mientras va a ir a
la barra a comprar los porrones. Des-
pués saldrá para esperarlo en la fuente
de los deseos.
Él entra contento al baño de hom-
bres. Un petiso se le pone al lado. Lo es-
cucha también mear. Cuando Costner
termina de hacer lo suyo, y mientras la
sacude antes de guardarla, nota cómo
su vecino de mingitorio cogotea para

73
mirársela con cariño, aunque le aclare
mientras se la pispea:
Easy, cowboy. I’m not a fucking fagger.
Costner conoce muy bien, y a su pe-
sar, esa sonrisa sobradora. Enferma.
Insoportable. Incluso más insoportable
que el aliento a alcohol que emana. El
ceño fruncido. Es un año menor que
él pero ya no le entra otra arruga en la
cara. Los dos están cada vez más pela-
dos. Y viejos. Este tipo le comenta, in-
discreto, que Russo durante un rodaje
ya le había advertido que la tenía chiqui-

74
ta. Que, según Rene, la suya era mucho
más grande que la de él. Y más linda.
For Christ’s sake...
Pronuncia entre dientes, Costner. Y
no le devuelve la sonrisa. Y tampoco se
alegra de encontrarse en esa cantina de
mala muerte en Hidalgo del Parral –en
el estado de Chihuahua, en México–
con Mel Gibson.
Justo.
Justo con Mel.
Gibson extiende la diestra. Costner
le deja pagando el saludo. Le explica

75
que mientras los dos no se laven las
manos van a quedar sin estrechárselas.
Que no lo tome como algo personal.
Que él también las tiene sucias. Muy.
Gibson achina la mirada intentando di-
simular el desaire. Kevin abre la canilla
y no bien sale el agua comienza a enjua-
gárselas. Cierra la llave con el codo iz-
quierdo. No hay toallas de papel. Mien-
tras sacude ambas manos salpicando el
espejo, Mel abotonándose la bragueta
le pregunta si él también vino a La ca-
beza de Arkansas Dave a escuchar a Ex-

76
periencia Religiosa.
Costner se queda inmóvil. Mordién-
dose la bronca y el labio inferior. Gib-
son es el que se está lavando las manos
ahora. Se sostienen la mirada en el es-
pejo. Un rato. Kevin cabecea antes de
confirmarle que sí, está ahí por la banda
tributo a Enrique Iglesias. Que es fan de
la primera hora. De Enrique y también
de Experiencia Religiosa. Mel, arrugan-
do el mentón, argumenta que el Enri-
que Iglesias que a él le gustaba era el de
los comienzos. Su discografía de los no-

77
venta. Por ahí se puede llegar a estirar
hasta “Héroe”. Costner se impacienta y
le ladra al reflejo de Gibson:
Let’s just cut the shit.
Mel gira para quedar cara a cara con
Kevin.
Okay, clown, no bullshit!
Costner quiere saber qué está ha-
ciendo en esa cantina. Gibson le res-
ponde que lo fue a ver a él. Costner,
masticando cada vez más su ira, le pide
que respete a su banda. A lo que Gibson
le retruca que no se refería a Modern

78
West. Que se acercó para verlo a él, en
persona, al mismísimo Kevin Fucking
Costner. Gesticula exacerbado. Mos-
trando que algo le duele. Y mucho. Que
tiene una cosa que lo envenena. Abre
la boca y no emite palabra. Respira
hondo. Bien hondo. Un brazo en jarra.
Puño en la cintura. La mirada clavada
en el piso. Respira hondo una vez más
y pregunta sin mirarlo a los ojos:
Why?
Costner, desconcertado, repregun-
ta un ¿por qué qué? Que por qué vos

79
si y yo no, contesta Gibson. ¿Qué cosa?
Quiere saber Kevin. “Jonathan Kent”,
nombra Mel. Amargado. “Jonathan
Kent”. Repite. Y ahí confiesa lo mucho
que quería interpretar ese papel. Que
era volver a filmar con la Warner. De-
jar de hacer películas que se estrenan
directo en DVD. Que estaba rodando
una por ahí cerca cuando se enteró de
que él iba a estar esta noche tocando en
La cabeza de Arkansas Dave. Y que qui-
so venir a decirle personalmente que a
él le hubiera salido mucho mejor hacer

80
del papá adoptivo de Superman. Eso. Y
preguntarle por qué.
Por qué él sí y por qué él no.
¿Por qué tiene siete hijos? Uno más
que él. ¿Por qué no se saca nunca esas
gorras mugrientas de béisbol? ¿Por
qué anda con la guitarrita haciéndose
el Tom Petty? ¿Por qué filmó no sabe
cómo cuántos westerns y él solo estu-
vo en Maverick? Que no es justo. Eso
vino a decirle. Que él le robó ese perso-
naje. La chance de volver a empezar. Y
que era la segunda vez que le robaba y

81
que en esta oportunidad le había salido
bien. No como cuando se quiso hacer el
Mad Max en Waterworld.
Gibson hace esfuerzos para contener
las lágrimas. Costner mira para otro
lado. Sabe respetar al hombre que llora.
No hay que sumarle más humillación.
Sería cómo patear a un caballo muer-
to... Lo que igual no va a dejarle pasar,
por más que Mel esté bien borracho,
es que lo haya tratado de ladrón. Se lo
hace saber. No le pide que se retracte
formalmente. Pero le pregunta si él está

82
seguro de que le robó el bendito papel.
You sure?
Yeah. I’m sure, man. I never forget an
asshole.
Los dos transpiran odio.
Y desenfundan a la vez las respecti-
vas armas de fuego que llevan en sus
cinturas. Gibson, atrás. Costner, ade-
lante. Mel tiene una pistola idéntica a
la réplica que usó en la escena final de
Traición al amanecer. Kevin, más clási-
co, anda calzado con una Magnum 357.
Se apuntan en pleno rostro. A ninguno

83
de los dos le tiembla el pulso.
“Jonathan Kent”, vuelve a nombrarlo
Gibson. Que por qué no se lo dieron a
él. Costner opina que eso es algo que
tendría que preguntárselo a los produc-
tores de la película.
Fucking jews.
Maldice escupiendo. Y baja su arma.
Costner hace lo mismo. Gibson se calza
la pistola atrás, en su cintura. Eructa. Se
disculpa. Toma de un hombro a Costner
y le pregunta si no sabe si Experiencia
Religiosa esa noche tocará “Héroe”.

84
I don’t know, man.
Gibson dice que para él sí, que segu-
ro en la lista de temas tiene que estar
“Héroe”. Que se va a quedar al recital.
Que si no quiere compartir mesa. Que
le invita un trago. Costner le agradece.
Que no va a poder ser. Que tiene una
cita. Gibson comenta si es con la moro-
cha de flequillo cortado a machete. La
del lunar chiquito y labios grandotes.
La chica del short de jean. Esa misma
le responde Costner. Gibson sonríe y
le aconseja que no la haga esperar. Que

85
no hay muchas mexicanas lindas, agre-
ga antes de salir del baño de hombres.
Costner, cuando se queda solo, se le-
vanta la falda de la transpirada camisa a
cuadros para esconder la Magnum.
Sale con la guitarra en una mano y se
sorprende de encontrarse en la cantina
con el triple de público para el que tocó
con Modern West. Pidiendo permiso,
se abre paso entre la multitud buscan-
do la salida, cuidando de no golpear a
nadie con el estuche. Gibson, que llegó
a acodarse en la barra, lo ve marcharse.

86
Niega con la cabeza. Habla solo. Arquea
las cejas. Suspira hondo. Y se decide.
No espera que le sirvan el José Cuervo
que le había solicitado al barman y se
va detrás de Costner internándose en-
tre la gente toda apretujada. Las luces
amarillas, verdes y rojas no paran de ti-
tilar. Como semáforos rotos.
Fucking wetbacks.
Insulta. Atrapado entre todos esos
cuerpos.
Fucking wetbacks.
Los insulta una vez más. A lo que un

87
parroquiano le devuelve el agravio con
un pinche gringo. Y otro se suma con
un culero.
Costner cruza la calle, y se interna en
la plaza Guillermo Baca iluminada ape-
nas por una luna que está en su cuar-
to creciente, justo cuando Experiencia
Religiosa sale a escena para hacer su
primer tema.

Uuu Uuuu...
Uuu Uuuu...
Si pudiera bajarte una estrella del cielo

88
Lo haría sin pensarlo dos veces
Porque te quiero, ay
Y hasta un lucero...

Afuera se escucha casi tan fuerte


como adentro la canción que está ha-
ciendo la banda tributo. Entre los aplau-
sos y la primera estrofa Kevin distingue
sentada, en el borde de la fuente de los
deseos, a la chica del short de jean, que
lleva en las manos dos porrones de cer-
veza. Se alegra de verla.

89
Y si tuviera el naufragio de
un sentimiento
Sería un velero en la isla de tus deseos
De tus deseos

Gibson emerge endemoniado de La


cabeza de Arkansas Dave y apura el
paso para que no se le pierda Costner.
Lo ve atravesando la plaza y corre des-
esperado detrás de él. No se va a ir así
nomás. No se va a ir así nomás. No se
va a ir así nomás, no deja de repetirse
como un mantra hasta que se frena de

90
golpe a unos metros para que no lo es-
cuche llegar ese miserable cuatrero la-
drón de caballos que le quitó el papel
de Jonathan Kent.

Pero por dentro


Entiende que no puedo
Y que a veces me pierdo

La pistola idéntica a la réplica que


usó en la escena final de Traición al
amanecer está a menos de un metro
de la espalda de Costner cuando Gib-

91
son abre fuego.
Fucking Kevin Costner.
Y el sonido de los cuatro disparos se
pierde entre los petardos que estallan
en el escenario mientras Experiencia
Religiosa canta el estribillo.

Cuando me enamoró
A veces desespero
Cuando me enamoró
Cuando menos me lo espero
Pero... me enamoró
Se detiene el tiempo

92
Me viene el alma al cuerpo
Sonrío
Cuando me enamoró.

La chica del short de jean, del susto,


se pone de pie dejando caer las dos bo-
tellas de cerveza. Costner clava ambas
rodillas en el piso. No le hace falta girar
para saber quién acaba de matarlo.
Goddammit, Mel.
Se incorpora como puede. Ayudán-
dose con la guitarra. La usa como bas-
tón. Da un paso. Dos. La morocha de

93
flequillo cortado a machete, la del lu-
nar chiquito y labios grandotes, la chi-
ca del short de jean; se está tapando la
boca con ambas manos. ¿Costner? Son-
ríe. Aunque le duela y arda, sonríe. Le
sonríe a la chica del short de jean. Son-
ríe al notar que sus aros de estrás vio-
leta le combinaban con el morral por
uno de los círculos que tiene el mismo
color. El otro redondel es blanco. Es lo
último en lo que llega a pensar. Y lo úl-
timo que ve.

94
Kevin Michael Costner, actor y músi-
co estadounidense nacido el 18 de enero
de 1955 en Lynwood-California, murió
en el día de ayer a los 58 años de edad
en la ciudad de Hidalgo del Parral, esta-
do de Chichuahua en México, asesinado
a quemarropa y por la espalda a manos
de un agresor no identificado. Gracias a
él y a sus películas aprendimos que a la
hora de encarar hay que hacerse el lin-
do y ser jetón como su Crash Davis en
La bella & el campeón, que cuando no
queda otra más que tomarse el palo ra-

95
jar a máxima velocidad a lo Sin salida,
donde corre Kevin corre, que para bailar
hay que hacerlo bien y ponerle todas las
ganas como si fuera un Fandango –ojo-
ta que Crash Davis también la movía–,
que si empezaste algo lo tenés que termi-
nar así sea a puro huevo como su Elliot
Ness, que hay que animarse a escuchar
las voces que nos hablan y tener fe –“si
lo construyes él vendrá”–, que a veces
es difícil dar justo en el blanco pero si
la jugás de Robin Hood nunca te van a
faltar las flechas... y que a tu Whitney

96
Houston siempre le vas a poner el pe-
cho para que no te la lastimen... AND I...
WILL ALWAYS LOVE YOU...

97
AUTORIDADES

PRESIDENTA DE LA NACIÓN
Cristina Fernández de Kirchner

MINISTRA DE CULTURA
Teresa Parodi

JEFA DE GABINETE
Verónica Fiorito

SECRETARIO DE POLÍTICAS
SOCIOCULTURALES
Franco Vitali

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