Los orígenes del totalitarismo
El movimiento Totalitario
Propaganda Totalitaria
• sólo el populacho y la élite pueden sentirse atraídos por el ímpetu mismo del totalitarismo; las
masas tienen que ser ganadas por la propaganda. Bajo las condiciones del Gobierno
constitucional y de la libertad de opinión, los movimientos totalitarios que luchan por el poder
pueden emplear el terror sólo hasta un determinado grado y comparte con otros partidos la
necesidad de conseguir seguidores y de parecer plausibles ante el público que no está todavía
rigurosamente aislado de todas las demás fuentes de información.
• En los países totalitarios la propaganda y el terror ofrecen dos caras de la misma moneda. Allí
donde el totalitarismo posee un control absoluto sustituye a la propaganda con el
adoctrinamiento y utiliza la violencia, no tanto para asustar el pueblo,como para realizar
constantemente sus doctrinas ideológicas y sus mentiras prácticas. El totalitarismo no se
contentará con declarar, frente a hechos que prueban lo contrario, que no existe el paro; abolira
los subsidios de paro como parte de su propaganda igualmente importante es el hecho de que
la negativa a reconocer el paro haga realidad (aunque de forma más bien inesperada) la antigua
doctrina socialista; el que no trabaje, que no coma.
• Como los movimientos totalitarios existen en un mundo que en sí mismo no es totalitario, se
ven forzados a recurrir a lo que comúnmente consideramos como propaganda. Pero semejante
propaganda siempre se dirige a una esfera exterior, bien a los estratos no totalitarios de la
población del país, o a los países extranjeros no totalitarios. Esta esfera exterior hacia la que se
dirige la propaganda totalitaria puede variar considerablemente; incluso después de la conquista
del poder, la propaganda totalitaria puede dirigirse a los segmentos de su propia población
cuya coordinación no ha sido seguida por suficiente adoctrinamiento.
• La dominación totalitaria trata de restringir exclusivamente los métodos de la propaganda a su
política exterior a los sectores del movimiento en el exterior con el propósito de proporcionarles
un material adecuado. Allí donde el adoctrinamiento totalitario en el interior llega a estar en
conflicto con la línea de propaganda para el consumo del exterior. La propaganda es aplicada en
el interior como una “ maniobra táctica temporal”. La relación entre la propaganda y el
adoctrinamiento depende normalmente, por una parte, de las dimensiones de los movimientos y,
por otra parte, de la presión del exterior. Mientras más pequeño sea un movimiento, más energía
gastará en la propaganda; cuanto mayor sea sobre los regímenes totalitarios la presión del
mundo exterior más activamente se lanzarán a la propaganda los dictadores totalitarios. El
punto esencial es que las necesidades de la propaganda están siempre dictadas por el mundo
exterior y que los mismos movimientos no hacen realmente propaganda, sino que adoctrinan. A
la inversa, el adoctrinamiento, emparejado inevitablemente con el terror, aumenta con la fuerza
de los movimientos o el aislamiento de los Gobiernos totalitarios y su seguridad ante la
intervención exterior.
• La propaganda es, desde luego, parte inevitable dela “guerra psicológica”, pero el terror lo es
más el terror sigue siendo utilizado por los regímenes totalitarios incluso cuando ya han sido
logrados sus objetivos psicológicos: su verdadero horror estriba en que reina sobre una
población completamente sometida. La propaganda, en otras palabras, es un instrumento, y
posiblemente el más importante, del totalitarismo en sus relaciones con el mundo no totalitario:
el terror, al contrario, constituye la verdadera esencia de su forma de Gobierno.
• El fuerte énfasis de la propaganda totalitaria en la naturaleza “científica” de sus afirmaciones
ha sido comparado con ciertas técnicas publicitarias que también se dirigen a las masas. Y es
cierto que las columnas publicitarias de cada periodo denota ese “cientifismo” por el que un
fabricante demuestra con hechos y cifras, con ayuda de un departamento de “investigación” que
el suyo es “el mejor detergente del mundo”. También es cierto que existe un cierto elemento de
violencia en las exageraciones imaginativas de los publicitarios, que tras la afirmación de que
las muchachas que no utilizan esa marca específica de detergente pueden pasar inadvertidas por
la vida y no conseguir marido, alienta el salvaje sueño de un monopolio, el sueño de que algún
día el fabricante del “único detergente que impide pasen inadvertidas” pueda tener el poder de
privar de marido a todas las muchachas que no utilicen su detergente. En estos ejemplos de
publicidad comercial y de propaganda comercia, la ciencia es solamente un sustituto de poder.
La obsesión de los movimientos totalitarios por las pruebas “científicas” cesa sólo cuando
llegan al poder.
• El cientifismo de la propaganda totalitaria se halla caracterizado por su insistencia casi
exclusiva en la profecía científica, diferenciada del anticuado recurso al pasado.
• La propaganda totalitaria elevó el cientifismo ideológico y a su técnica de formulación de
afirmaciones en forma de predicciones a una altura de eficiencia de método y de absurdo de
contenido porque, demagógicamente hablando, difícilmente hay mejor manera de evitar una
discusión que la de liberar a un argumento del control del presente, asegurando que sólo el
futuro puede revelar su mérito. Sin embargo, las ideologías totalitarias no inventaron este
procedimiento ni fueron las únicas en utilizarlo.
• El éxito de la propaganda totalitaria no radica tanto en su demagogia como en el conocimiento
de que el interés como fuerza colectiva puede ser advertido sólo donde unos cuerpos sociales
estables proporcionan las necesarias correas de transmisión entre el individuo y el grupo; ni
puede realizarse una propaganda efectiva basada en el simple interés entre masas cuya
característica principal es la de no pertenecer a ningún cuerpo social o político y que por eso
ofrecen un verdadero caos de intereses individuales. El fanatismo de los miembros de los
movimientos totalitarios, tan claramente diferente en su calidad de la lealtad de los afiliados a
los partidos ordinarios, es determinado por la falta de interés propio de las masas que se hallan
completamente preparadas para sacrificarse a sí misma.