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Reflexiones sobre el arte y el movimiento

Gordon Craig argumenta que el teatro debe abandonar el uso de actores humanos y adoptar figuras inanimadas como la supermarioneta. Señala que la forma humana ya no es adecuada para expresar el pensamiento perfecto. Aboga por desarrollar un nuevo instrumento para representar el movimiento y la belleza en el teatro sin recurrir a actores ni textos escritos. Cree que este nuevo arte surgido del movimiento será la primera y última fe del mundo.

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Reflexiones sobre el arte y el movimiento

Gordon Craig argumenta que el teatro debe abandonar el uso de actores humanos y adoptar figuras inanimadas como la supermarioneta. Señala que la forma humana ya no es adecuada para expresar el pensamiento perfecto. Aboga por desarrollar un nuevo instrumento para representar el movimiento y la belleza en el teatro sin recurrir a actores ni textos escritos. Cree que este nuevo arte surgido del movimiento será la primera y última fe del mundo.

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GORDON CRAIG -fragmentos

No creo en absoluto en la magia personal del hombre, creo solamente en su magia


impersonal1. Creo que no debemos jamás olvidar que pertenecemos al periodo que viene
después, no antes de la Caída. Yo logro por lo menos sacar aunque sea una mínima enseñanza
de la historia antigua. Y también si, aunque sea solamente una leyenda, siento que debe ser
precisamente la historia verdadera para un artista. En el gran periodo anterior a este evento
vemos, con los ojos de la mente, al hombre en un estado tan perfecto que su solo deseo de
volar era ya para el poder volar, el solo querer lo que nosotros llamarnos imposible era ya
poseerlo. Nos lo imaginamos que vuela por el aire o que se precipita en lo profundo, sin
hacerse algún daño. No vemos estúpidos vestidos, no conocemos el hambre y la sed. Pero
ahora somos conscientes que este “cuadrado divino” de los orígenes ha sido roto, y entonces
tenemos que darnos cuenta que el hombre no podrá más pretender o proclamar que su
persona es el medio digno y acabado para expresar el pensamiento perfecto.

Tenemos que abandonar de nuestra mente cualquier intención de usar la forma humana como
instrumento apto para traducir aquello que llamamos movimiento. Entonces seremos más
fuertes. No perderemos más tiempo y valor en una esperanza inútil. El nombre preciso que
llevará este arte no se puede establecer aun, pero sería un error volver atrás y buscarlo en
China, la India o en Grecia.

Tenemos palabras suficientes en nuestra lengua, hagamos que una palabra de nuestro idioma
se vuelva familiar a los lenguajes de todas las naciones. He escrito en otra parte y continuaré
escribiendo más sobre este argumento, en la medida que sea preciso en mi, y tú de vez en vez,
leerás lo que escribiré. Pero no te evitaré las dificultades, porque precisamente de estas
podrás sacar placer: quiero dejar todo abierto, sin crear reglas que definan cómo y con qué
medios serán mostrados tales movimientos. Dejate decir solamente esto: "he reflexionado y
he empezado a hacer mi instrumento, y por medio de él tengo la intención de aventurarme
pronto en la búsqueda de la belleza”. ¿Cómo puedo saber si llegaré un día a poseerla? ¿Y por
esto no puedo fijar definitivamente las primeras reglas que deberás aprender? Solo y sin ayuda
no puedo alcanzar resultados definitivos. Se necesitaría la fuerza de toda la raza humana para
descubrir todas las bellezas presentes en este gran manantial, en esta nueva raza de artistas a
los que tú perteneces. Cuando tenga construido mi instrumento y haya podido probarlo,
buscaré que otros hagan unos similares. Lentamente, desde los principios que los regulan se
formará un instrumento mejor.

He sido guiado para construir el mío, solo por las ideas, primigenias y más simples que logro
distinguir en el movimiento. Las sutilidades y las bellezas complicadas, contenidas en el

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Esta afirmación mía requiera actuaciones precisas: por ejemplo, si bien es cierto que lo que hay de
impersonal en el ser humano sea quizás la mejor parte de él; lo que es personal viene solamente en
segundo plano. A simple vista, parece que sería el elemento personal inscrito en las cosas para
conferirle un carácter peculiar y para constituir su identidad; per o, pensándolo más ponderadamente,
veremos que perdiendo nuestra personalidad ganamos, ya que estamos inmersos en una fuerza nueva,
distinta de toda otra, superior a toda otra. (Noto agregada por Craig para la edición francesa.)
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movimiento como se encuentra en la naturaleza, yo no las considero; pienso que no podré


jamás esperar acercarme a ellas. Sin embargo, esto no me disuade a buscar una aproximación
hacia algunos movimientos más llanos, más desnudos, más simples; quiero decir, aquellos que
me parezcan los más simples, los que yo pueda entender. Después de haberlos conocido,
considero que podré pasar a otros similares: pero estoy perfectamente consciente que ellos
implicarán solamente los ritmos más sencillos; los grandes movimientos no pueden ser aún
capturados, no, no, en miles de años. Pero cuando esto acontezca, traerá un gran beneficio,
porque estaremos más cerca al equilibrio, de cuanto no lo hayamos estado nunca antes.

(…)

Y me gusta suponer que este arte que surgirá del movimiento será la primera y la última fe del
mundo; y me gusta soñar que, por vez inicial en el mundo, hombres y mujeres alcanzarán este
resultado juntos. ¡Lo que sería nuevo y bello! Y ya que es un nuevo camino, este se abrirá
frente a hombres y mujeres de los siglos venideros como una posibilidad ilimitada. En los
hombres y las mujeres el sentido del movimiento es mucho más desarrollado que el de la
música. ¿Puede ser que esta idea que me vino florezca en un futuro, gracias a la ayuda de una
mujer? ¿O llegará, como siempre, el hombre a domina r todo esto por sí solo? El músico, el
constructor, el pintor, el poeta son o han sido hombres.

Ahora al fin, se presenta la ocasión de cambiar todo. Pero no puedo insistir aquí aún acerca de
esa idea, tú no me seguirías.

Piensa en cómo inventar un instrumento con el cual llevar el movimiento ante nuestros ojos.
Cuando alcance un nivel de desarrollo no tendrás más necesidad de esconder temerosamente
tus sentimientos y tus opiniones, sino que podrás hacerte adelante y unirte a mí en la
búsqueda. No serás un revolucionario respecto al teatro porque te elevaras más arriba del
teatro mismo, penetrarás en algo que lo supera. Tal vez seguirás en tu búsqueda con un
método científico y esto te llevará a resultados muy válidos. Habrá un centenar de caminos
que conduzcan a este punto, no solamente uno; y una demostración científica de todo lo que
descubrirás no podrá seguramente dañar.

Bien. ¿Encuentras algún valor en lo que te he dado? Si no a primera vista, seguramente lo


reconocerás poco a poco. No espero que cien individuos me comprendan o cincuenta; no, ni
siquiera diez. ¿Pero uno? Es posible. Y ese uno entenderá que yo escribo aquí cosas que tienen
que ver con el presente, con el mañana y con el porvenir y cuidara no confundir estos tres
diferentes periodos.

Creo en cada período y en la necesidad de someterse a la experiencia que cada uno de ellos
pueda ofrecernos. Creo en el tiempo en que estaremos en grado de crear obras de arte en el
teatro sin el uso de los textos escritos, sin servirnos de actores; más creo también en la
necesidad del trabajo cotidiano, en las condiciones que se nos ofrecen hoy. La palabra hoy es
bella, y la palabra mañana es bella, y la palabra porvenir es divina; pero la palabra más
perfecta que la une y las armoniza a todas es la palabra y.

Florencia, 1907
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GORDON CRAIG – de “El actor y la supermarioneta”


“En Asia hasta las personas no dotadas son incapaces de comprender las fotografías, mientras
que entienden el arte en cuanto a manifestación simple y clara, han protestado en contra de
la reproducción de la naturaleza, con su descolorido realismo fotográfico. Han protestado
contra todo esto y los empresarios se han puesto a polemizar con ellos; hay que esperar que al
momento oportuno salga afuera la verdad. Es una conclusión razonable. Acábenla de una vez
con el árbol real sobre la escena, acábenla de una vez con la realidad de la dicción, con la
realidad de la acción, y llegarán a acabarla con el actor. Esto es lo que a su debido tiempo
tendrá que acontecer… acábenla con el actor y los medios con que actúa y florea un
degradante realismo escénico y éstos desaparecerían. No debería existir más una figura viva
apta sólo para confundirnos, haciendo todo uno de lo “cotidiano” del arte; no una figura viva
en la cual estén perceptibles las debilidades y los estremecimientos”

(Según su teoría, el actor tiene que irse y en su lugar debe intervenir la figura inanimada; a la
que llama supermarioneta, en espera de un término adecuado. Habla de que en esa época la
marioneta atravesaba su periodo menos feliz, mucha gente la consideraba como un poco
superior al muñeco y pensaba que quizás sea una derivación de este último, lo cual es
inexacto. La marioneta desciende de las imágenes de piedra de los templos antiguos y
actualmente es la figura de un dios muy degenerada. Aunque queda siempre como la más
querida amiga de los niños, sabe aún cómo escoger y atraer a sus sostenedores.)

“Cuando alguien dibuja un muñeco sobre un papel, dibuja una figura embalsamada y cómica;
es que este hombre jamás ha pensado en el significado más profundo de la idea que nosotros
llamamos marioneta. Él toma por vacía estupidez y por deformidad angulosa la gravedad de la
cara y la inmovilidad del cuerpo. Sin embargo hasta los títeres modernos son cosas
extraordinarias. Si los aplausos arrecian o si por el contrario son flojos, en sus corazones el
latido no se acelera ni declina, y sus gestos no se vuelven precipitados e inexactos y aún,
inundado por un torrente de flores de sus admiradores el rostro de la primera actriz queda
solemne y bello remoto, como siempre. Hay algo más que un rayo en el genio de la marioneta,
hay algo más que el relámpago de una personalidad ostentada. La marioneta me parece como
el último eco del arte noble y bello de una civilización pasada. Pero como sucede en todas las
artes que son caducas, entre manos bruscas o vulgares el muñeco se ha vuelto una cosa
indigna. Todos los titiriteros no son ahora más que unos malos comediantes.

Ellos imitan a los comediantes de la escena viviente más grande y más completa. Entran a
escena sólo para dejarse caer con el trasero al suelo. Toman solamente para tambalearse, y
hacen el amor con el propósito de que la gente se ría. Han olvidado el consejo de su madre, la
esfinge. Los cuerpos de los títeres han perdido su gracia compleja: se han vuelto rígidos, los
ojos han extraviado aquella infinita-astucia de fingir ver: ahora sólo están desmesuradamente
abiertos. Ellos ostentan y hacen tintinear sus hilos metálicos y se han vuelto excesivamente
engreídos en su sabiduría de madera. No recuerdan que su arte debiera llevar en sí, el mismo
sello de discreción que vemos algunas veces en el trabajo de los otros artistas y que el arte
más alto es aquel que esconde todo artificio y no lleva huella alguna del artífice. Si no me
equivoco, es el antiguo viajero griego del ochocientos antes de Cristo quien al describir una
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visita al templo-teatro de Tebas, nos cuenta cómo fue subyugado por la belleza de los títeres,
gracias a su “noble artificialidad”. “al entrar a la sala de las visiones vi a lo lejos a la bella reina
morena sentada sobre el trono -sobre su tumba-; me pareció de hecho que fuese la una y la
otra cosa. Caí sentado y me puse a observar sus movimientos simbólicos. Todo ritmo mutaba
en ella tanta dulzura que nos transmitía el movimiento de un miembro a otro; con evidente
serenidad nos liberaba los pensamientos de su alma; con tal gravedad y belleza titubeaba en
afirmar su dolor, que me daba la impresión de ser insensible a cualquier sufrimiento; ni un
estremecimiento de los miembros o en la actitud- traicionaba o aventajaba las pasiones: éstas
eran continuamente reafirmadas por las manos que ella movía suavemente y miraba con
tranquilidad. Los brazos y las manos se asemejaban por momentos al agua de una fuente que
sutil se levante y luego se quiebre y caiga en dulces y pálidos arroyos, similares a dedos o a
hilos de lluvia. La hubiera considerado una revelación estética si no hubiera visto el mismo
espíritu en otros ejemplos del arte de estos egipcios. Este arte de revelar y de velar como ellos
le llaman, es una fuerza espiritual tan grande, que constituye en su religión la parte prepon-
derante. De ella podemos aprender algo acerca del poder y de la gracia del valor porque es
imposible ser testigo de un espectáculo de tal naturaleza sin probar un sentido de alivio
físico y espiritual”. Esto ocurrió en el ochocientos antes de Cristo. Quizás ahora los títeres
vuelvan otra vez a ser el fiel medio de expresión de los pensamientos del artista. Está
prohibido tal vez esperar que en el futuro nos regrese nuevamente la imagen o criatura
simbólica, también construida por la destreza del artista, permitiéndonos reconquistar aquella
“noble artificialidad” de la que habla el antiguo escritor. Entonces no sufriremos más la cruel
influencia de las sentimentales confesiones de debilidad a las que la gente asiste todas las
noches, y que inducen en los espectadores mismos la debilidad que ponen como muestra.”

“En América podemos imaginar a los miembros de aquella familia de maestros, que moraban
en soberbias y colosales ciudades (que me gustaría pensar pudieron construirse en un solo
día); ciudades hechas de espaciosos toldos y baldaquines de oro, bajo los cuales residían los
dioses; habitaciones aptas para satisfacer las exigencias del hombre más incontentable;
aquellas ciudades nobles -que, durante las migraciones desde las alturas hasta el llano, por los
ríos y en el fondo de los valles-, parecían ejércitos de paz en marcha. Y en cada ciudad no había
solamente uno o dos hombres llamados ‘”artistas” a los que el resto de la población miraba
como a unos flojos inútiles, sino muchos, escogidos por su más alto poder de percepción.
Porque éste es el significado de “artista”: el de un hombre que percibe más que sus
semejantes, y se aferra más de lo que ha visto no entre el último de estos artistas, había el
maestro de ceremonias, el instigador de las visiones, el ministro cuyo deber era el de celebrar
el espíritu que los guiaba; el espíritu del movimiento.

También en Asia los olvidados maestros de los templos y de todo lo que ellos contenían,
habían empapado todo pensamiento, toda huella de su trabajo en ese sentido de tranquilo
movimiento, evocador de la muerte; glorificándolo y exaltándolo. También en África (que para
-algunos, comienza solamente ahora a ser civilizada) habitó este espíritu, esencia de perfecta
civilización. Allá vivieron también los grandes maestros, los cuales no eran individuos
obsesionados por la idea de exaltar cada uno su personalidad como si fuese una cosa preciosa
y poderosa, sino gente satisfecha de que una sagrada paciencia moviera sus cerebros y sus
dedos en la sola dirección permitida por las leyes, al servicio de las simples verdades.
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Qué tanto la ley fue severa y qué poco el artista de aquellos tiempos se permitió hacer
muestra de sus sentimientos personales, se puede constatar si se observa cualquier ejemplo
del arte egipcio. Su actitud es tan silenciosa, que se asemeja a la de la muerte. Sin embargo
hay también una ternura, una fascinación; siempre la gracia se acompaña de la fuerza; el amor
emana desde cada una de esas obras; pero, ¿y la exuberancia, la emoción la vanidosa perso-
nalidad del artista?; ni una sola seña de todo esto. ¿Y las dudas angustiantes, la pesadumbre
interior?; absolutamente nada. ¿Y el esforzado ánimo?; ni una seña de esto; ninguna de estas
confesiones ni estupideces. No al orgullo, no al temor ni a la comicidad, ningún signo que la
mente o la mano del artista (fuese aún por una fracción de segundo) dejara fuera de control
las leyes que lo disciplinaban. ¡Qué cosa tan maravillosa! Esto era ser un gran artista: la
cantidad de efusiones sentimentales de hoy y de ayer no son signos de suprema inteligencia;
es decir, no son signos de arte supremo. Este espíritu vino a Europa y se quedó flotando sobre
Grecia; apenas pudo ser alejado de Italia; huyó, dejando un pequeño río de lágrimas -perlas-
ante nosotros. Y nosotros, después de haber pisoteado la mayor parte de ellas, después de
haberlas devorado con las bellotas de nuestra pastura, hemos ido más allá ‘hemos comido
hasta lo peor, nos hemos postrado ante los llamados “grandes maestros”, y hemos honrado a
estas peligrosas y brillantes personalidades. Un día infausto pensamos en nuestra ignorancia,
ellos hubieran sido enviados para representarnos, ellos hubieran venido a expresar nuestros
pensamientos; en fin que todo cuanto inspiraba su arquitectura y su música de alguna manera
nos hubiera pertenecido. Y sin embargo, fue así que llegamos a poder pretender reconocemos
en todo lo que habían puesto mano: teníamos que sentimos presentes en su arquitectura, en
su escultura, en su música, en la pintura, la poesía; y los incitamos a invitarnos con las palabras
familiares; “vengan vamos, no sean demasiado formales”

Los artistas, después de muchos siglos, acabaron por ceder, y nos han dado lo que pedíamos. Y
sucedió que;-cuando —- – está ignorancia tuvo alejado el claro espíritu que un tiempo había
gobernado la mente del artista, un espíritu oscuro tomó su lugar: el del oportunista insolente
en el trono de la ley; es decir un espíritu estúpido en el poder; y cada uno empezó a gritar al
renacimiento, mientras los pintores, los músicos, los escultores, los arquitectos competían sin
parar el uno contra el otro para satisfacer la demanda: que cada cosa fuese hecha de manera
que todos pudieran de alguna manera encontrar en ella la propia huella.

Así, salieron retratos con rostros congestionados, ojos hundidos, bocas torcidas, dedos
contraídos en el ansia de salir de su forma, junturas desde las cuales se asomaban venas hin-
chadas; todos los colores a granel, todas las líneas en tumulto; similares a los delirios de un
loco. La forma traspasó en el delirio el murmullo tranquilo y fresco de la vida estática, que en
un tiempo atrás había inspirado una esperanza tan inefable y flameó en llamas y se aniquiló:
en su lugar el realismo, torpe afirmación de la vida, una cosa que cada uno acepta y mal
entiende al mismo tiempo. Una cosa muy lejana a la meta del arte, que no es el de reflejar los
hechos cotidianos de esta vida; porque no es propio del artista caminar tras las cosas, si por el
contrario ha conquistado el privilegio de precederlas, de guiarlas. Más bien la vida debiera
reflejar la pista del espíritu, ya que fue el espíritu, quien primero escogió al artista para que
narrara su belleza. Y para una tal pintura, que pretende tomar la forma de la vida por su
belleza y fragilidad, el color tiene que ser buscado en la desconocida tierra de la imaginación,
la cual ¿qué más es, sino el paraje donde habita lo que nosotros llamamos muerte?
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De esta manera, no es por ligereza o vanidad que hablo de los títeres y de su poder de retener
en el rostro la forma y aquellas expresiones bellas y lejanas, pese aun cuando son sometidos a
una lluvia de alabanzas o a un torrente de aplausos. Hay gentes que se han burlado de estos
títeres. “Títere” es en general un término peyorativo, si bien hay aún quien encuentra en estas
figuritas -tan degeneradas-, alguna belleza alguna belleza.

Hablar de títeres suscita en muchos hombres y mujeres una risa insensata. Piensan
inmediatamente en los hilos, piensan en las manos tiesas y los movimientos irregulares y’
dicen: “es un muñeco ridículo”. Pero déjenme decirles una cosa acerca de estos títeres. Dejen
que les repita que estos fantoches son descendientes directos de una grande y noble familia
de imágenes; imágenes que eran de verdad “hechas a semejanza de dios”; y que hace muchos
siglos estas figuras tenían un movimiento rítmico y no a brincos. No tenían necesidad de hilos
metálicos que los sostuvieran, ni hablaban a través de la nariz del escondido titiritero. ¡No de
verdad! El fantoche tuvo en un tiempo una forma más generosa que la de ustedes.

¿Creen que el zancajearse sobre una pequeña tarima de dos metros cuadrados hecha de tal
manera que asemejara un teatrito a la antigua, construido de modo que la cabeza del títere
llegase a rozar el techo del proscenio? ¿Y creen que siempre vivió en una casita con puertas y
ventanas pequeñas como las de una casa de muñecas, con sus persianas pintadas y divididas
en el centro, y con las flores en el jardincito lleno de pétalos llamativos y grandes como su
cabeza? Intenten desechar totalmente estas ideas de su mente y dejen que les diga algunas
cosas de su habitación.

En Asia se extiende su primer reino. Sobre las orillas del Ganges le construyeron su casa en un
vasto palacio que entre columna y columna se elevaba por el aire y se sumergía en el agua.
Rodeado de jardines se extendía cálido y rico en flores, refrescado por fuentes: jardines en los
cuales no penetraba ningún ruido y casi nada se movía. Estaban preparando una fiesta que
fuese de su nivel, una fiesta para honrar al espíritu que le había dado vida.

Luego, un día, tuvo lugar la ceremonia.

En ésta él tomó parte: la enésima celebración en alabanza a la creación; el antiguo acto de


gracia, el viva a la existencia y al mismo tiempo el más severo himno al privilegio de la
existencia futura, velada por la palabra muerte. Y durante la ceremonia aparecían ante los ojos
de los adoradores, los símbolos de todas las cosas que existían sobre la tierra y en el nirvana. El
símbolo del árbol bello; el símbolo de las colinas; los símbolos de los minerales preciosos
encerrados en las colinas; el símbolo de la nube, del viento y de todas las cosas aladas; el
símbolo del pensamiento, del recuerdo, más veloz que toda otra cosa; el símbolo del animal, el
símbolo del buda y del hombre; y aquí como llegaba la figura, el títere del que todos ustedes
ríen tanto. Hoy ustedes se ríen de él, porque no le quedan más que sus debilidades. Él las
refleja de ustedes; pero no se habrían reído si lo hubieran visto en la época de su esplendor,
cuando era llamado para representar el símbolo del hombre en la gran ceremonia; cuando en
su caminar con porte majestuoso, era la imagen misma de la alegría de nuestro corazón. Si
nosotros nos riéramos e insultáramos la memoria del fantoche, deberíamos, reímos de la caída
que hemos producido en nosotros mismos; reímos de la fe y las imágenes que hemos
quebrado pocos siglos después encontramos su casa un poco más desgastada por el uso. De
un templo que fue se volvió, no diré un teatro, sino algo entre templo y teatro, y ahí él va
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perdiendo su salud. Algo está en el aire. Los médicos dicen que tiene que cuidarse. “¿Qué debo
temer más?”, pregunta. Le contestan: “teme sobre todo la vanidad de los hombres”. El piensa:
“esto es lo que yo mismo he enseñado; éste es el miedo que he previsto para nosotros que
celebramos con alegría nuestra existencia. ¿Es posible que yo, el único que pudo revelar esta
verdad, tenga que ser el único en perder su noción, tenga que ser uno de los primeros en caer?
Es claro que se está tramando insidiosamente algo contra mí. Tendré los ojos dirigidos al
cielo”. Y se despide de sus médicos y medita sobre esto.

Y ahora déjenme decirles quién fue el que vino a enturbiar el aire tranquilo que rodeaba esta
singular cosa perfecta. Se cuenta que mucho tiempo después él tomó morada en las costas del
extremo oriente y aquí vinieron dos mujeres a mirarlo. En la ceremonia a la cual asistieron, él
flameó de tan vivo esplendor terrenal, pero también de una simpleza tan ultraterrenal, que -al
contrario de las mil novecientas noventa y ocho almas que participaban en la fiesta y a las que
provocó un estado de éxtasis que iluminaba la mente aunque las embriagaba-, en estas dos
mujeres se provocó solamente una embriaguez. Él no las vio porque mantenía los ojos fijos al
cielo, pero las llenó de un deseo demasiado grande como para ser apagado: el deseo de
elevarse a símbolo de la divinidad en el hombre. No interpusieron titubeos; se vistieron con
sus mejores vestimentas (“como las suyas”, pensaban”), moviéndose con unos gestos (“como
los suyos” discurrieron), y lograron maravillar en los ánimos de los espectadores (“como hace
él” gritaban), ellas construyeron para sí un templo (“como el suyo, como el suyo”) y
satisficieron las peticiones del público con esta miserable parodia.

Esto es lo que se cuenta. Es el primer recuerdo del actor en oriente. En el que el actor nació de
la loca vanidad de dos mujeres que no fueron suficientemente fuertes como para mirar el
símbolo de la divinidad sin desear imitarlo; y la parodia se demostró provechosa. En cincuenta
o cien años se tuvieron que construir sedes para tales parodias en todas partes del mundo.

Las malas hierbas -se dice- crecen rápidamente, y en este desierto de malas hierbas que es el
teatro moderno, brotó rápidamente. La imagen de la marioneta divina atrajo menos
admiradores y las mujeres, por supuesto, se volvieron “la moda”. Con el desvanecerse del
títere y la progresiva aparición de éstas, en su lugar se impuso el espíritu oscuro que tiene
nombre de caos, y sobre su huella el triunfo de las personalidades turbulentas. ¿Ved ahora qué
cosa me ha empujado a amar, a empezar a apreciar lo que llamamos el “títere”, haciéndome
detestar lo que se llama “vida” en el arte? ”

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