0% encontró este documento útil (0 votos)
561 vistas5 páginas

Dudando Del Amor - Judith Butler

En 3 oraciones: Butler explora su propia duda sobre el amor y las ideas preconcebidas sobre este. Citando a Freud, discute que dudar del propio amor lleva a dudar de todo, poniendo en cuestión los fundamentos del yo. Sin embargo, también sugiere que la duda puede ser parte integral del amor, y que no necesariamente implica dejar de vivir las pasiones o conocerse a uno mismo a través de ellas.

Cargado por

Lilian Rivero
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
561 vistas5 páginas

Dudando Del Amor - Judith Butler

En 3 oraciones: Butler explora su propia duda sobre el amor y las ideas preconcebidas sobre este. Citando a Freud, discute que dudar del propio amor lleva a dudar de todo, poniendo en cuestión los fundamentos del yo. Sin embargo, también sugiere que la duda puede ser parte integral del amor, y que no necesariamente implica dejar de vivir las pasiones o conocerse a uno mismo a través de ellas.

Cargado por

Lilian Rivero
Derechos de autor
© © All Rights Reserved
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como DOCX, PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Dudando del amor*

Judith Butler

Cuando estoy empezando a conocer a alguien – cuando alguien busca


conocerme o, en efecto, encontrar en mí la oportunidad para amar – se
me pregunta cuál es mi idea sobre el amor, y siempre soy la fundadora.
Están claramente aquell*s que tienen sus ideas sobre el amor, que
ingresan en sus conversaciones, sus cartas, sus encuentros iniciales con
una idea de amor en mente. Esto es admirable en un punto. Y estoy un
tanto avergonzada por el hecho de que no tengo respuesta y que no
puedo, en el momento de seducción potencial, [tener] una concepción del
amor fascinante para ofrecer a quién le estoy hablando… Están aquell*s
– y me imagino entre ell*s a Jean-Luc Nancy, el filósofo francés que firmó
un ensayo llamado Shattered Love (Amor Despedazado) – que podrían
argumentar que la idea de amor es un asalto contra la misma ideación.
Un* conoce el amor en cierta forma sólo cuando todas sus ideas son
destruidas, y cuando esto comienza a distanciarse de lo que un* concibe
como signo paradigmático del amor. Nuevamente, ante tales
concepciones, me encuentro llena de admiración y pienso que aquella
gente que cree que el amor hace pedazos la idea del amor son aquell*s
que verdaderamente saben lo que es el amor, l*s que tienen amor, l*s
que lo han ejercido, atravesado, completado.
De algún modo, están segur*s sobre el amor. Tienen su certeza.
Soy conocida como escéptica, en caso de ser conocida de algún modo; y
es con una cierta inquietud que estoy escribiendo aquí sobre mi propia
duda. Soy, por decir algo, una kierkegaardiana secular en lo que
concierne a amor. Pero Freud también es mi guía. Ël es quien escribe:
“un hombre que duda sobre su propio amor puede, o incluso, debe dudar
sobre cualquier otra cosa menor” (SE, X, 241). Y esta es la línea que
retomo en mi vida, una línea que no puede ser leída una vez, al menos,
no sólo por mí.
Freud está haciendo una declaración, pero él está, implícitamente
postulando tanto una advertencia como una amonestación. Quien duda
sobre su propio amor se encontrará a sí mism* dudando sobre cualquier
otra cosa menor, ¿pero es cada cosa menor lo mismo que cualquier otra
cosa? ¿Existe algo sobre lo que un* no pueda dudar si se duda sobre el
propio amor? ¿O si un* ha dudado sobre su propio amor, entonces es lo
mismo que dudar de un* mism*, del sentido de la mismidad que
desprendemos de la disposición esencial en el amor? Si un* está
dudando sobre cada cosa menor porque ha dudado de su propio amor,
eso significa que un* ha perdido un anclaje de certeza, un firme terreno
epistemológico.
La afirmación contiene una cierta duda que llama a la lectura: la del
hombre que “puede, o más aún, debe dudar sobre cada cosa menor”. En
un principio pareciera ser para Freud que lo que se pone en duda es el
propio amor, pero después se detiene, se corrige y deja su propia auto-
corrección allí en la página para que la leamos, como si al leer el
deslizamiento de “puede” a “debe” se componga su efecto, dramatizando
la ejecución de la posibilidad que se sigue de ese procedimiento. La de
Freud es una corrección rebajada, pero aún así carga un tono de
severidad. No hay vuelta alguna: si dudás de tu propio amor, te verás
impulsado a dudar de cada cosa menor, y si no hay otra cosa más
grande que el amor, te verás impulsado a dudar de todas las otras cosas,
lo que implica que nada, verdaderamente nada, podrá ser indudable para
vos.
Pero todavía queda mucho por comprender, y me estoy demorando aquí
y hago demasiadas preguntas, demasiadas por mi propio bien,
seguramente demasiadas por el bien del amor. Freud nos dice que hay
un “hombre” que se encuentra a sí mismo en este predicamento,
dudando del amor, dudando de cosas menores. ¿Es un problema de
hombría? ¿Es el hombre el que duda cuando la certeza está sobre la
palma de la mano? ¿Es parte de la hombría misma poner en cuestión las
bases afectivas del mismo yo, lo que un* siente, lo que un* sabe sobre
las bases de lo que un* siente? ¿Es esta empresa de dudar del amor una
en la que los hombres están comprometidos, y aquellas mujeres que
dudan se convierten en “hombres” de un cierto tipo? ¿Nos estamos
elevando abruptamente a un estatus cartesiano, aquel que encuentra
que el sentimiento en general induce a una incertidumbre radical sobre lo
que hacemos, sobre lo que podemos hacer y sobre lo que sabemos? Y
ahora veamos como lo proyecto yo hasta ahí sólo para pasar a otra
pregunta, una que concierne a algo quizás más fundamental.
Pero quizás la pregunta más importante que planteo de esta prodigiosa
frase de Freud tiene que ver con lo que significaría, después de todo,
dudar del propio amor de un*. Si un* duda de su propio amor, entonces,
¿eso significa que un* no sabe a quiénes pertenece [este amor], o a
quiénes debería pertenecer? ¿Significa que un* no sabe si un* ama
cuando un* piensa que lo hace o dice que lo hace? ¿O significa que un*
no sabe si se es inteligente al momento de amar, si el amor es algo en lo
que un* debería confiar a fines de mostrarle a un* el camino? Si salimos
del planteo de Freud con la conclusión de que un* no debería dudar
nunca de su propio amor, esas cuestiones pasarán a volverse peligrosas
al momento de dudar, y aquí creo que estamos cometiendo un error. De
seguro el fundador del psicoanálisis no nos está diciendo que nuestro
amor es siempre inteligente, que siempre proporciona los respaldos a
partir de los cuales pasamos a tener un cierto conocimiento del mundo.
Usualmente somos engañad*s por el amor, nos encontramos a nosotr*s
mism*s repitiendo viejas escenas de lo que parece nuevo y sin
precedentes, nos encontramos a nosotr*s mism*s regresando a viejos
patrones del yo después de extáticos arrebatos de amor o un* llega a
pensar sobre el éxtasis propio de nuevas maneras, preguntándose si es
éxtasis, si es amor, dudando, dudando.
Y a pesar de que parezca claro que aquel que ingresa al análisis también
ingresa dentro de una escena de amor, ese amor, esa transferencia no
es sino el esquema del amor de un* reflejado en maneras que un*
desearía nunca ver. Para que esta comprensión ocurra, un* inmoviliza al
cuerpo en función de hablar, y un* nunca intercambia un roce con aquel
ante el cual se está hablando, ante quien un* performa su propio silencio.
Entonces, esto es una forma de amor, pero se trata de una que se
restringe a sí radicalmente misma, y una que reclama aquella restricción,
tematiza esa restricción, trabaja para alimentarla cuando funciona. No es
exactamente un modelo para el amor, pero es un vínculo, un potencial
puro que adquiere una cierta estructura en un momento. Y dado que
mucho del sufrimiento mental se desprende de la creencia de que el
amor de algún tipo u otro no es posible, esta escena de pura
imposibilidad, de no realidad, puede abrir un horizonte que un* ha
considerado cerrado. De hecho, la cuestión de la traducción del análisis a
la vida es otra, y no hay recetas aquí. Pero el análisis lleva parte de la
vida en él (a pesar de que no sea vida) y la vida tiene parte de análisis en
ella (a pesar de que no sea análisis).
Parecería ser que para Freud el objetivo no es dudar del propio amor de
un*, pasar a tener certeza en él y de alguna manera conocerse a un*
mismo en la desposesión que el amor provee. Soy aquella que se pierde
a sí misma aquí, de esta manera, bajo estas condiciones; la que
encuentra que esto es irresistible; la que cae aquí y allá; la que quiere,
que idealiza, que apuesta; la que no puede olvidar esta cosa o la otra, no
puede dejar de desear fácilmente; la que quiere ser buscada, o volverse
inolvidable, irremplazable. Un* encuentra que el amor no es un estado,
un sentimiento, una disposición, sino un intercambio desparejo, cargado
de historia, de fantasmas, con anhelos que son más o menos legibles
para aquell*s que intentar ver al/la otr* desde su propia y falible mirada.
Si un* en cierto modo se despabila con respecto al amor de un* -“oh sí,
aquí aparece mi amor nuevamente, ¿qué traerá de nuevo esta vez?
¿Qué estragos desencadenará?-, ¿eso significa que un* deja de dudar o
que un* sabe con certeza durante todo ese tiempo? ¿O es esta distancia
que un* asume a partir de lo que un* no puede hacer, una instancia de la
duda que corre pareja con el amor? Podríamos pensar que Freud está
diciendo que dudar del propio amor es dudar de una forma muy
fundamental, de poner a los asuntos más importantes en cuestión y no
dejar asunciones sin cuestionarse. Es, algún modo, volverse filosófico en
y sobre las pasiones propias. Y esto no significa que un* deja de vivirlas
por pensarlas desde lo más básico. Por el contrario, un* las vive y busca
conocerlas pero sólo llevando las propias preguntas a la práctica misma
del amor. No puedo pretender conocerme a mí misma en el momento del
amor, pero tampoco puedo pretender conocerme a mí misma
completamente. No puedo tampoco abandonar el conocimiento que
tengo –el conocimiento que, después de todo, hará de mí una mejor
amante- y tampoco puedo ser aquella que sepa todo por anticipado –lo
cual me volvería orgullosa y, finalmente, susceptible de ser amada-. El
amor siempre nos regresa a lo que sabemos y no sabemos. No tenemos
otra opción que dejarnos sacudir por la duda e insistir en aquello que
podemos saber, cuando podemos saber.

*Doubting Love, ensayo publicado en la antología Take My Advice:


Letters to the Next Generation from People Who Know a Thing or Two,
compilada por James L. Harmon, EEUU, 2007.

También podría gustarte