MANIFIESTO COMUNISTA
18 4 8-1948
DE LA PRESENTE EDICIÓN DEL CENTENARIO
del Manifiesto Comunista se hicieron
cien ejemplares numerados de 1 a 100, mas
los ejemplares de registro legal y los
destinados al uso interno de la editorial.
que llevan numeración romana. el texto
fué compuesto con caracteres de monotipia,
impuesto en pliegos de ocho páginas li
impreso en papel de tina de fabricación
norteamericana. todos los ejemplares
llevan en el frontispicio una prueba ori
ginal del medallón con los retratos de
marx y engels, grabado en talla dulce,
exclusivamente para esta edición limitada
para los bibliófilos y de la cual no se
hará ninguna tirada aparte.
Este ejemplar lleva el número
Editor ristonsabll: laIW diez
isix-iwi /sao-ms
MARX Y ENGELS
MANIFIESTO
COMUNISTA
18 4 8-194
Babel
IAGO DE CHILE
ÍNDICE
Retrato de los autores .... frontispicio
Prefacio de Marx y Engels a la edición alemana
de 1872 i
Prefacio de Engels a la edición alemana de 1883. iii
Prefacio de Engels a la edición alemana de 1890 . v
Manifiesto Comunista 1
I. Burgueses y proletarios ... 3
II. Proletarios y comunistas ... 31
[II. Literatura socialista y comunista 52
I. EL SOCIALISMO REACCIONARIO .... 52
2. EL SOCIALISMO CONSERVADOR O BURGUÉS 61
3. EL SOCIALISMO Y EL COMUNISMO CRÍTICO-U TÓPICOS. 6J
VI. Actitud de los comunistas ante los
diferentes partidos de oposición . . 74
77
Colofón
PREFACIOS
la «Liga de los Comunistas», asociación internacional de
trabajadores, que en aquellas circunstancias no podía
ser, como se
comprenderá, sino secreta, encomendó a los
suscritos, en el Congreso celebrado en Londres en noviem
bre de 1847, la redacción y publicación de un detallado
programa teórico y práctico del Partido. Así nació el
Manifiesto que sigue, y cuyo manuscrito fué enviado para
su impresión a Londres, pocas semanas antes de la Re
volución de Febrero. Publicado primeramente en ale
mán, fué reproducido en este idioma en Alemania, Ingla
terra y Norteamérica, en por lo menos doce ediciones di
ferentes. En inglés apareció, primero, en 1850, en el
Red Republican de Londres, traducido por Miss Helen
Macfarlane y en Norteamérica en 1871, en tres versio
nes distintas. La primera traducción francesa se pu
blicó en París poco antes de la Insurrección de Junio
de 1848, y recientemente en Le Socialiste de Nueva York,
Se está preparando una traducción nueva. Poco des
pués de la primera edición alemana fué publicado en
I.ondres en idioma polaco. En ruso apareció en Gine
bra, en la década del sesenta. A poco de aparecer se
tradujo, asimismo, al danés.
Por mucho que hayan cambiado las circunstancias en
los últimos veinticinco años, los principios generales ex
puestos en este Manifiesto conservan todavía, en con
junto, toda su validez. Habría que corregir algunos
detalles. La aplicación práctica de estos principios, se
gún lo declara el propio Manifiesto, dependerá en todas
partes y en todo tiempo de las condiciones históricas exis
tentes y de ah! que de ningún modo se atribuya mayor
importancia a las medidas revolucionarias propuestas al
final del capítulo II. Ese pasaje sería redactado hoy,
en más de un aspecto, de muy distinto modo. Frente al
inmenso desarrollo que la gran industria ha experimen
tado en los últimos veinticinco años, tiempo durante
cuyo curso la clase obrera se ha organizado en un partido
que progresa al ritmo de la gran industria; frente tam
bién a las experiencias prácticas de la Revolución de Fe
brero en primer lugar y más tarde, y con mayor razón,
de la Comuna de París, en que por primera vez el prole
tariado mantuvo el poder político durante dos meses,
este programa resulta hoy parcialmente anticuado. La
Comuna, en particular, ha aportado la prueba de que
«la clase obrera no puede tomar, simplemente, pose
sión de la máquina ya expedita del Estado y ponerla en
marcha para sus propios fines.» Por otra parte, la crí
tica de la literatura socialista resulta hoy evidentemente
Ü
incompleta, ya que sólo llega hasta 1847; del mismo
modo, las observaciones acerca de la actitud de los co
munistas frente a los diversos partidos de oposición (ca
pítulo IV), aunque todavía válidas en sus trazos funda
mentales, aparecen hoy caducas en su exposición por el
mero hecho de haberse mollificado totalmente la situa
ción política y porque el desenvolvimiento histórico ha
puesto fin a la mayor parte de los partidos allí enume-
Con todo, el Manifiesto es un documento histórico y
no nos sentimos autorizados para enmendarlo. Quizá
una edición posterior aparezca acompañada de una in
troducción que salve el intervalo que va desde 1847
hasta la fecha; la presente publicación nos llegó dema
siado inesperadamente y no nos díó tiempo para ello.
Londres, 24 de junio de 1872.
Carlos Marx Federico Engels
desgraciadamente, he de firmar solo el prefacio para esta
edición. Marx, el hombre a
quien la clase obrera de
Europa y de América debe más que a ningún otro, reposa
en el cementerio de Highgate y sobre su tumba crece ya
iii
el primer césped. Muerto él, no puede pensarse siquiera
en modificar o completar el Manifiesto. Más necesario,
a mi juicio, es que recuerde, explícitamente y una vez
más, lo siguiente:
La idea fundamental y sostenida del Manifiesto, de
que la producción económica y la estructura social deter
minada por ella, forman, en cada época histórica, la base
de la historia política e intelectual de esa época; que, por
consiguiente (y a partir de la abolición de la primiti
va propiedad común de la tierra), toda la historia ha sido
una historia de luchas de clases, luchas entre clases ex
plotadas y explotadoras, dominadas y dominantes, en los
diversos grados del desarrollo social; que esta lucha,
empero, ha alcanzado hoy un grado en que la clase explo
tada y oprimida (el proletariado) no puede librarse de
la clase que la explota y oprime (la burguesía) sin librar
al mismo tiempo y para siempre a la sociedad en
tera de la explotación, la opresión y la lucha de clases —
esta idea fundamental pertenece única y exclusivamente
:i Marx*,
'
En el prefacio a la traducción inglesa puse la nota siguiente: «A
mi parecer, esta idea significará para la ciencia histórica el mismo pro-
Kreso que la teoría darwiniana ha significado para !a historia natural.
Ambos llegamos a esta idea poco a poco, ya varios años antes de 1845,
Mi libro sobre La situación de las clases trabajadoras en Inglaterra
muestra hasta donde habla llegado yo mismo en este sentido. Pera
Lo he expresado en muchas ocasiones; pero precisa
mente ahora es menester que figure a la cabeza del Ma
nifiesto.
Londres, 28 de junio de 1883.
F. Engels
i i i
escritas las líneas precedentes se hizo necesaria una
nueva edición alemana del Manifiesto. Se han produ
cido, en relación con el Manifiesto, algunos hechos que
interesa recordar aquí.
En 1882 apareció en Ginebra una segunda traducción
rusa, hecha por Vera Zasulich. Marx y yo redactamos
el prefacio. Desgraciadamente se extravió el manus
crito alemán original y debo retraducirlo del ruso, lo cual
no beneficiará nuestro trabajo. He aquí aquel prefacio;
'La primera edición rusa del Manifiesto Comunista,
traducida por Bakunin, apareció poco después de 1860,
en la imprenta del Kolokol. En ese entonces una edición
cuando me encontré de nuevo con Marx en Bruselas, en la primave
ra de 1845, éste la habla elaborado completamente y me la expuso
en términos casi tan claros como los del resumen que figura más
arriba.» \ Ñola de F. Engels.]
rusa de esta obra no era, en Occidente, más que una cu
riosidad literaria. Hoy no ocurre lo mismo. El capí
tulo final acerca de la «actitud de los comunistas ante los
diferentes partidos de oposición», basta para demostrar
cuan reducido era el terreno en que se propagaba el mo
vimiento proletario. Choca especialmente la falta de
toda mención a Rusia y a Estados Unidos. Y es que en
aquel tiempo Rusia formaba la última poderosa reserva de
la reacción europea, en tanto que la emigración a Estados
Unidos absorbía el exceso de fuerzas del proletariado euro
peo. Ambos países eran, a la vez que proveedores de ma
terias primas a Europa, mercados para sus productos in
dustriales. De manera que en un sentido u otro estos
países constituían un apoyo para el orden social europeo.
¡Cómo han cambiado los tiempos! La emigración euro
pea ha facilitado, precisamente, el prodigioso desarrollo
de la agricultura norteamericana, cuya competencia ha
sacudido hasta en sus cimientos a la grande y la pequeña
propiedad europea. Al mismo tiempo ha colocado a Es
tados Unidos en condiciones de emprender la explota
ción de sus inmensos recursos industriales, pero con tal
unergía y en tan vasta escala que el monopolio indus
trial de Europa Occidental no tardará en desaparecer,
Estos hechos tienen, a su vez, una repercusión revolucio
naria en Norteamérica: la pequeña y la mediana pro-
vi
piedad rural de los jarmers que trabajan la tierra perso
nalmente, base del orden político norteamericano, su
cumbe más y más la de las haciendas
a competencia gi
gantescas y en los distritos industriales fórmase, cosa
jamás vista, un nutrido proletariado junto a una con
centración fabulosa de capital.
Pasemos a Rusia. Al producirse la Revolución de
1848 -
1849, los burgueses, al igual que los monarcas de
Europa, vieron en la intervención rusa el medio de sal
varse de un proletariado que comenzaba a cobrar con
ciencia de su fuerza. Estuvieron de acuerdo en poner
al Zar a la cabeza de la reacción europea. Ahora está en
Gatchina, prisionero de la revolución; y Rusia forma la
vanguardia del movimiento revolucionario de Europa,
La tarea del Manifiesto Comunista era anunciar la
inevitable e inminente decadencia de la propiedad bur
guesa. Pero en Rusia, al lado del capitalismo que se
desarrolla febrilmente y de la propiedad rural burgue
sa, apenas constituida, nos encontramos con un comu
nismo rural que se extiende por más de la mitad del terri
torio,
Ahora bien: esta comunidad campesina rusa, el mir,
en
que volvemos a encontrar, si bien en una forma muy
degenerada, la primitiva comunidad del suelo, ¿permite
pasar directamente a una forma comunista superior de la
vi i
propiedad rural? ¿O bien tendrá que sufrir antes el
mismo proceso de disolución que aparece en el desenvol
vimiento histórico del Occidente? He ahí la cuestión. La
única respuesta que puede dársele hoy, es esta:
Si llega a ocurrir que la revolución rusa dé la señal para
una revolución obrera en Occidente, de modo que las dos
revoluciones se completen, el comunismo rural de la Ru
sia actual, el actual í«tr ruso, podrá servir de punto de
partida para una revolución comunista-,
Londres, 21 de Enero de 1882.
Por aquel entonces apareció en Ginebra una traducción
polaca, con el título de Manifesl Kommunistyczny.
Una nueva traducción danesa se publicó en la Social-
detnocratisk Bibliothek de Copenhague, en 1885. Des
graciadamente está incompleta. Algunos pasajes esen
ciales, que parece causaron dificultades a los traductores,
fueron omitidos. Aquí y allá se notan negligencias cuyo
efecto es tanto más deplorable cuanto que el trabajo es,
sin duda, de un hombre que con un poco más de cuida
do habría podido ofrecer una traducción excelente.
En 1882 apareció una nueva traducción francesa en
Le Socialisle de París. Es la mejor de cuantas se ha
bían publicado hasta la fecha.*
Después de ésta, pero en el mismo año, se imprimió
una traducción española, primero en El Socialista de Ma
drid y más tarde en folleto bajo el título de Manifiesto del
Partido Comunista, por Carlos Marx y F. Engels, Madrid,
Administración de «El Socialista», Hernán Cortés, 8,
Añadiré, a título de curiosidad, que en 1887 fué ofre
cido a un editor de Constant inopia el manuscrito de una
traducción armenia. El buen hombre no tuvo el valor
de imprimir un escrito firmado por Marx. Estimó que
sería preferible que el propio traductor apareciese como
autor del opúsculo. El traductor declinó la proposición.
En diversas oportunidades, varias traducciones ameri
canas, más o menos inexactas, fueron reimpresas Ingla
en
terra. Una traducción auténtica apareció, finalmente,
en 1888. Es de mi amigo Samuel Moore. La revisamos
juntos antes de la impresión. Lleva por tituló: Manifestó
of tke Communist Party, by Kart Marx and Frederick En
gels. Authorized English Translation, edtíed and annotated
by Frederick Engels, 1888. London, William Reeves, 185,
Fleetstreet, E. C.
*
Trátase de la versión de Laura Latargue, revisada por Engels.
[Nota del traductor.]
reproducido muchas de las
En la presente edición he
notas añadidas a esa edición inglesa.
El Manifiesto ha tenido vida propia. Recibido con
entusiasmo en el momento de su aparición por la van
guardia entonces aún poco numerosa del socialismo cien
tífico (como lo prueban las traducciones citadas en el
primer prefacio), fué pronto relegado a segundo térmi
no por la reacción que siguió a la derrota de los obrero;
parisienses en junio de 1848, y finalmente proscrito
«poi
la justicia» a raíz de la condena de los comunistas de
Colonia en noviembre de 1852. Con la desaparición de
la escena pública del movimiento obrero iniciado con la
Revolución de Febrero, también el Manifiesto pasó a se
gundo término.
Cuando la clase obrera volvió a fortalecerse lo suficien
te para una nueva arremetida contra el poderío de las
clases dominantes, se formó la Asociación Internacional
de Trabajadores, que tenía por objeto reunir a todos los
obreros combativos de Europa y de América en un gran
cuerpo de ejército. Necesitaba un programa que dejara
abierta la puerta a las trade-unions inglesas, a los prou-
rlhionanos franceses, belgas, italianos y españoles, y a
los lassallianos alemanes.* Este programa —
las con-
•
El propio Lassalle nunca lia dejado de decirse discípulo de Mar*
en el curso de sus relaciones con nosotros y se sobreentiende que se
X
sideraciones a los estatutos de la internacional —
fué re
dactado por Marx con una maestría reconocida hasta
por Bakunín y los anarquistas. Para el triunfo defini
tivo de las tesis expuestas en el Manifiesto, Marx con
fiaba única y exclusivamente en el desarrollo intelectual
de la clase obrera que debía producirse tanto por la co
munidad de acción conjunta como por la discusión,
I-os acontecimientos y las vicisitudes de la lucha contra
el capital, y las derrotas, más todavía que los éxitos, de
mostrarían a los combatientes la insuficiencia de las pa
naceas hasta entonces empleadas y les tornarían más
accesibles a una comprensión exacta de las verdaderas
condiciones de la emancipación obrera. Y Marx tenía
razón. La clase obrera de 1874, fecha de la disolución
de la Internacional, era muy diferente de la de 1864, año
de su fundación. El proudhonismo en los países latinos
y el lassallismo propiamente dicho en Alemania, estaban
extinguiéndose, y hasta las trade-unions inglesas, enton
ces ultra conservadoras, derivaban poco a poco hacia el
momento en que el presidente de su congreso en Swan-
colocaba sobre el terreno del Manifiesto. No asf aquellos de sus par
tidarios que no pasaron más allá de su programa de cooperativas
comanditadas por el Estado, y que dividían a la clase obrera en dos
categorías: los que demandan la ayuda del Estado y los partidarios
del self-htlp. [Nota de F. Engels.]
sea pudiera decir, en nombre de ellas: «El socialismo
continental ha dejado de ser un espantajo para nosotros».
Pero del socialismo continental apenas quedaba, en 1887,
otra cosa que la teoría enunciada en el Manifiesto. De
este modo la historia de! Manifiesto refleja hasta cierto
grado la historia del movimiento obrero moderno a par
tir de 1848. Actualmente es, sin lugar a dudas, la obra
más difundida, la más internacional de toda la litera
tura socialista, el programa común de muchos millones
de obreros de todos los países, desde Siberia hasta Cali-
Y, sin embargo, cuando apareció, no habríamos podi
do titularlo Manifiesto socialista. En 1847 se compren
día, bajo el nombre de socialistas, a dos clases de gente,
Por un lado, a los partidarios de los diversos sistemas
utópicos, en particular a los owenistas en Inglaterra y a
los fourieristas en Francia, ya entonces reducidos a sim
ples sectas moribundas. Por el otro, a los curanderos
sociales más heterogéneos, que con panaceas variadas
y remiendos de toda índole pretendían suprimir los abu
sos sociales sin tocar en lo más mínimo al capital ni al
beneficio. En ambos casos se trataba de gente colocada
al margen del movimiento obrero y que buscaba, más
que otra cosa, el apoyo de las clases "cultas". En cam
bio, aquel sector obrero que, convencido de la insuficien-
xii
cia de las simples subversiones políticas, exigía una trans
formación fundamental de la sociedad, se llamaba en
tonces comunista. Era un comunismo en bruto, instin
tivo, grosero a veces, pero suficientemente pujante como
para engendrar dos sistemas de comunismo utópico: en
Francia el «icariano» de Cabet, y en Alemania el de
WeitÜng. Socialismo significaba, en 1847, un movi
miento burgués; comunismo, un movimiento obrero. El
socialismo era, al menos en el continente, presentable
en los salones; el comunismo, no. Y puesto que ya en
aquel entonces ambos opinábamos muy decididamente
que la «emancipación de los trabajadores ha de ser obra
de los trabajadores mismos», no pudimos vacilar ni por
un instante en cuanto a cuál de las dos denominaciones
íbamos a escoger. Y jamás, desde entonces, se nos ha
ocurrido desestimarla.
■
¡Proletarios de todos los países, unios!» Sólo escasas
voces nos respondieron cuando —
hace ya cuarenta y
dos años y en vísperas de la primera revolución pari
siense, en la cual el proletariado se presentó con reivin
dicaciones propias —
lanzamos estas palabras al mundo,
Pero el 28 de septiembre de 1864 los proletarios de la
mayor parte de los países de Europa occidental se con
gregaron en la Asociación Internacional de Trabajadores,
de gloriosa memoria. La propia Internacional vivió, es
cierto, sólo nueve años. Pero la unión perenne que es
tableció entre los proletarios de todos los países, existe
todavía, más pujante que nunca, y para ello ninguna prue
ba mejor que la jornada de hoy. Porque hoy, mientras
escribo estas líneas, el proletariado europeo y americano
pasa revista a sus fuerzas movilizadas por vez primera,
y movilizadas como un ejército, bajo una bandera y para
un fin inmediato: la fijación legal de la jornada normal
de ocho horas, proclamada en 1866 por el Congreso de la
Internacional en Ginebra y nuevamente, en 1889 por el
Congreso de Trabajadores celebrado en París. Y el es
pectáculo del día de hoy demostrará a los capitalistas y
a los terratenientes de todos los países que los proleta
rios de todos los países están realmente unidos.
¡Ojalá estuviera Marx a mi lado para verlo con sus
propios ojos!
Londres, 1." de mayo de 1890.
F. Engels
MANIFIESTO COMUNISTA
ün fantasma ronda por Europa: el fantas
ma del Comunismo. Todas las potencias de
la vieja Europa se han confabulado en santa
jauría contra este fantasma: el Papa y el Zar,
Metternich y Guizot, los radicales franceses y
los policías germanos.
¿Qué partido de oposición no ha sido denigrado
como comunista por sus adversarios dueños del
poder? Y, a su vez, ¿qué partido de oposi
ción no ha lanzado, tanto a sus opositores más
avanzados como a sus enemigos reaccionarios,
el denuesto infamante de comunismo?
De ahí se desprenden dos lecciones:
A estas alturas todas las potencias europeas
reconocen el comunismo como una potencia.
Es hora ya de que los comunistas den a co
nocer al mundo, abiertamente, su modo de
pensar, sus fines y sus tendencias; que opongan
1
a la fábula del fantasma del comunismo un ma
nifiesto del Partido.
Con este propósito se han reunido en Lon
dres comunistas de las más diversas nacionali
dades y redactado el siguiente Manifiesto, que
se publicará en inglés, francés, alemán, italia
no, flamenco y danés
[
BURGUESES Y PROLETARIOS
la historia de toda sociedad hasta nuestros
días*, es la historia de la lucha de clases,
Hombres libres y esclavos, patricios y plebeyos,
barones y siervos, maestros y compañeros, en
una palabra, opresores y oprimidos, han estado
enfrentándose unos a otros en un constante an
tagonismo y mantenido una lucha ininterrum-
•
Propiamente hablando, la historia escrita. En 1847, la prehis
toria de la sociedad, la organización social que precedió a toda la
historia escrita, era poco menos que desconocida. Desde entonces
Haxthausen descubrió la propiedad colectiva de la tierra en Rusia.
Maurer demostró que era la base social de que procedían histórica
mente todas las tribus germanas, y poco a poco se ha ¡do descubrien
do que las comunas rurales con propiedad colectiva de la tierra eran
la forma primitiva de la sociedad desde la India hasta Irlanda. Por
ftltimo. la organización interna de esa sociedad comunista primitiva
ha quedado explicada en su forma típica con el descubrimiento con
cluyeme de Morgan que reveló la verdadera naturaleza de la gnu
y de su lugar en la tribu. Con la disolución de esas comunidades pri
mitivas comienza la división de la sociedad en clases distintas y final
mente opuestas. [Nota de F. Engels.]
3
pida, ora disimulada, ora abierta, lucha que
siempre ha terminado en una transformación
revolucionaria de la sociedad entera, o en la
destrucción de ambas clases en pugna.
En anteriores épocas de la historia encontra
mos en todas partes una división completa de la
sociedad en clases diversas, una gradación múl
tiple de las condiciones sociales. En la antigua
Roma tenemos patricios, équites, plebeyos y
esclavos; en la Edad Media, señores feudales,
vasallos, maestros, compañeros y siervos; y den
tro de cada clase, nuevas gradaciones especí
ficas.
La moderna sociedad burguesa, surgida del
ocaso de la sociedad feudal, no ha suprimido los
antagonismos de clase. Sólo estableció, en lu
gar de las antiguas, nuevas clases, nuevas con
diciones de opresión y nuevas formas de lucha.
No obstante, nuestra época, la época de la
burguesía, se distingue por haber simplificado
los antagonismos de clase. La sociedad se divi
de más y más en dos grandes campos enemigos,
4
en dos clases directamente opuestas: la burgue
sía y el proletariado.
De los siervos de la Edad Media surgieron loa
pecheros de las primeras ciudades; de este villa
naje salieron los primeros elementos de la bur
guesía.
El descubrimiento de América y la circunna
vegación del África abrieron a la naciente bur
guesía un nuevo campo. Los mercados de la
India y de la China, la colonización de América,
el trueque con las colonias, el aumento de los
medios de cambio y de mercancías, dieron al co
mercio, a la navegación y a la industria un auge
jamás conocido, favoreciendo un rápido desarro
llo del elemento revolucionario dentro de la so
ciedad feudal en descomposición,
La producción feudal o gremial de la industria
no era suficiente ya para satisfacer la demanda
incrementada por los nuevos mercados. Fué re
emplazada por la manufactura. Los maestros
gremiales fueron desalojados por la clase media
industrial; la división del trabajo entre las diver-
5
sas corporaciones desapareció ante la división del
trabajo en el mismo taller.
Mas los mercados continuaron creciendo y la
demanda hízose cada vez mayor. La manufac
tura tampoco bastaba ya. El vapor y la maqui
naria revolucionaron entonces !a producción in
dustrial. El lugar de la manufactura fué ocupa
do por la gran industria moderna; la clase media
industrial fué suplantada por los millonarios in
dustriales, jefes de ejércitos enteros de trabaja
dores: los burgueses modernos.
La gran industria creó el mercado mundial
preparado por el descubrimiento de América. El
mercado mundial facilitó un desarrollo inmenso al
comercio, a la navegación y a las comunicacio
nes terrestres. Este, a su vez, repercutió sobre
la expansión de la industria y, en la misma me
dida en que se estaban extendiendo la industria,
el comercio, la navegación y los ferrocarriles, se
desarrollaba la burguesía, multiplicando sus ca
pitales y relegando a segundo término todas las
clases transferidas por la Edad Media.
ó
De este modo vemos que la propia burguesía
moderna es producto de un largo desenvolvi
miento, de una serie de revoluciones en los me
dios de producción y de comunicación.
Cada fase del desenvolvimiento de la burgue
sía ha estado acompañada del correspondien
te progreso político. Clase oprimida bajo los se
ñores feudales; asociación armada y con admi
nistración propia en la comuna*; acá, república
urbana independiente; allá tercer estado tribu
tario de la monarquía; más tarde, en la época de
la manufactura, contrapeso de la nobleza en las
monarquías constitucionales o absolutas; piedra
angular de las grandes monarquías en general,
la burguesía, una vez constituidos la gran in
dustria y el mercado mundial, recaba finalmente
el poder político exclusivo. El Poder en el Es
tado moderno, es tan sólo un consejo de admi
nistración de los negocios de la clase burguesa.
*
Los habitantes de las ciudades de Italia y de Francia denomina
ban asi su sistema municipal, una vez adquiridos o arrebatados
a sus señores feudales los primeros derechos a la administración autó
noma. [Nota de F. Engels.]
7
La burguesía ha desempeñado en la Historia
un papel altamente revolucionario.
Dondequiera que ha conquistado el poder, ha
destruido todas las relaciones feudales, patriar
cales e idílicas. Ha roto sin piedad todos los
abigarrados lazos del feudalismo que ataban al
hombre a su superior natural, sin dejar subsistir
otro vínculo entre hombre y hombre que el des
embozado interés, el inflexible «pago al conta
do». Ha ahogado los sagrados estremecimien
tos del éxtasis devoto, de la exaltación caballe
resca, del sentimentalismo pequeñoburgués, en el
agua helada del cálculo egoísta. Ha reducido la
dignidad personal a un valor de cambio y en lu
gar de los incontables fueros y libertades cara
mente adquiridos introdujo la única libertad de
comercio sin escrúpulos. En una palabra, en
lugar de la explotación velada por ilusiones reli
giosas y políticas, ha establecido una explota
ción abierta, descarada, directa y sin remilgos.
La burguesía ha despojado de su nimbo a to
das las actividades hasta entonces venerables y
8
consideradas con respetuosa devoción. Ha con
vertido al médico, al jurisconsulto, al fraile, al
poeta y al hombre de ciencia, en jornaleros su
yos.
La burguesía ha arrancado el velo sentimen
tal a las relaciones de familia reduciéndolas a me
ras relaciones de dinero.
La burguesía vino a demostrar cómo el alarde
de la fuerza bruta, que la reacción tanto ad
mira en la Edad Media, encuentra su comple
mento adecuado en la poltronería más indolente.
Ha sido la primera en demostrar lo que la ac
tividad humana es capaz de llevar a cabo. Ha
producido maravillas muy superiores a las pirá
mides egipcias, a los acueductos romanos y a las
catedrales góticas y ha efectuado movimientos
más grandiosos que las migraciones de los pue
blos y las Cruzadas.
La burguesía no puede existir sin revolucio
nar constantemente los instrumentos de pro
ducción, es decir, las condiciones de producción,
o sea, todas las relaciones sociales. El manteni-
9
miento invariable del antiguo modo de producir
era, por el contrario, la primera condición de
existencia de todas las clases industriales del pa
sado. Los continuos cambios en la producción,
el incesante sacudimiento de todas las relacio
nes sociales, la eterna incertidumbre y agitación,
destacan a la época burguesa entre todas las
anteriores. Todas las relaciones tradicionales e
inveteradas, con su secuela de credos e ideas ve
nerables quedan disueltas, y las que las reem
plazan caducan antes de cuajarse. Todo lo es
tablecido se va desvaneciendo; todo lo sacro es
profanado, y los hombres se ven finalmente obli
gados a contemplar sus condiciones de vida y sus
relaciones recíprocas en toda su desnudez.
La urgencia de mercados nuevos, cada vez
más extensos, para sus productos, impulsa a la
burguesía a recorrer el globo entero. Necesita
penetrar en todas partes, instalarse en todos los
lugares, establecer comunicaciones doquier. por
Al explotar el mercado mundial, la burguesía
ha conferido carácter cosmopolita a la produc-
10
ción y al consumo de todos los países. Con gran
pesar de los reaccionarios, desarraigó a la indus
tria del suelo nacional. Las antiquísimas indus
trias nacionales han quedado destruidas y conti
núan siéndolo día a día. Son desplazadas por
industrias nuevas, cuya introducción representa
un problema vital para todas las naciones civili
zadas, industrias que elaboran no ya las materias
primas aborígenes sino aquellas provenientes de
las regiones más apartadas y cuyos productos
manufacturados se consumen no sólo en el país
sino en todas las partes del mundo. En lugar
de las antiguas necesidades, satisfechas con la
producción del país, surgen necesidades nuevas
que reclaman para su satisfacción productos de las
regiones más remotas y de los climas más diver
sos. En lugar del antiguo aislamiento y de la
autarcía local y nacional, se introduce el tráfi
co universal y la interdependencia de las nacio
nes. Y lo mismo que en la producción material,
ocurre en la espiritual. La producción intelec
tual de cada nación se convierte en bien común.
11
La estrechez y el particularismo nacionales re
sultan de día en día más imposibles y de todas
las literaturas nacionales y locales se forma una
literatura universal.
Con el rápido perfeccionamiento de los ins
trumentos de producción y con las comunicacio
nes infinitamente más fáciles, la burguesía some
te a la civilización hasta las naciones más bárba
ras. La baratura de sus productos es su arti
llería gruesa, con la que echa abajo todas las mu
rallas chinas y obliga a capitular a la xenofobia
más bárbara y recalcitrante. Fuerza a todas las
naciones a adoptar, so pena de sucumbir, los
métodos de producción burgueses, y las obliga a
aceptar la llamada civilización, es decir, a ha
cerse burguesas. En una palabra, se forja un
mundo a su imagen y semejanza.
La burguesía ha sometido el campo al dominio
de la ciudad. Ha creado ciudades enormes; ha
aumentado grandemente la población urbana a
expensas de la rural, sustrayendo así una parte
considerable de la población a la estolidez de la
12
vida aldeana. Del mismo modo que ha subor
dinado el campo a la ciudad, ha hecho depender
los pueblos bárbaros o semibárbaros de los civi
lizados, los pueblos campesinos de los burgueses, el
Oriente del Occidente.
La burguesía restringe más y más el fracciona
miento de los medios de producción, de la pro
piedad y de la población. Ha aglomerado la
población, centralizado los medios de producción
y concentrado la propiedad en pocas manos.
Consecuencia forzosa de ello fué la centraliza
ción política. Provincias independientes, ape
nas aliadas entre sí, con intereses, leyes, gobiernos
y aranceles distintos, fueron comprimidas en una
nación, un gobierno, una ley, un interés nacio
nal de clase y un sistema aduanero únicos,
En su dominio de clase, apenas centenario, la
burguesía ha creado fuerzas productivas más gi
gantescas y de mayor envergadura que las crea
das por todas las generaciones anteriores en con
junto. Subyugación de las fuerzas de la natu
raleza; maquinaria; aplicación de la química a
13
la agricultura y a la industria; navegación a va
por; ferrocarriles; telégrafos eléctricos; roturación
de continentes enteros; regulación de los ríos; po
blaciones íntegras que surgen de la tierra como
por sortilegio —
ningún siglo anterior habría po
dido presentir que semejantes fuerzas productivas
estuviesen latentes en el seno del trabajo social,
Hemos visto así que los medios de producción
y de comunicación, sobre cuya base se formó
la burguesía, fueron producidos dentro de la so
ciedad feudal. En una fase determinada del
desarrollo de estos medios de producción, las
condiciones de producción y de trueque de la so
ciedad feudal, es decir, la organización feudal de
la labranza y de la manufactura, en una pala
bra, las relaciones feudales de propiedad, cesaron
de corresponder a las fuerzas productivas ya des
arrolladas. Entorpecían la producción en lugar
de impulsarla. Se transformaron en otras tantas
trabas. Era preciso romperlas y fueron rotas.
En su lugar penetró, con la dominación econó
mica y política de la clase burguesa, la libre com-
14
petencia, con una constitución social y política
correspondiente .
A nuestra vista se está produciendo un movi
miento análogo. Las condiciones burguesas de
producción y de comunicación, las relaciones bur
guesas de propiedad y toda la moderna sociedad
burguesa que supo crear medios de producción y
de comunicación tan prodigiosos, semeja ahora
al brujo incapaz de dominar las fuerzas ocultas
que evocara. Desde hace decenios, las historia
de la industria y del comercio es nada más que
la historia de la rebelión de las modernas fuerzas
productivas contra las condiciones modernas de
producción y las relaciones de propiedad, vitales
ambas para la burguesía y su dominio, Basta
citar las crisis económicas, cuya repetición perió
dica pone en tela de juicio y amenaza cada vez
más la existencia de la clase burguesa toda. Du
rante las crisis económicas destruyese regular
mente no sólo gran parte de las mercancías pro
ducidas sino también de las fuerzas productivas
creadas. Con las crisis estalla una epidemia so-
15
cial que en cualquier época anterior hubiera pare
cido un contrasentido: la epidemia de la sobre
producción. La sociedad se encuentra, súbita
mente, relegada a un estado de barbarie momen
tánea; diríase que una plaga de hambre, o una
guerra de exterminio universal, le ha cortado
todos los abastecimientos; la industria y el co
mercio parecen aniquilados. ¿Y por qué? Por
que la sociedad disfruta de demasiada civiliza
ción, demasiados medios de subsistencia, dema
siada industria, demasiado comercio. Las fuer
zas productivas de que dispone no sirven ya para
fomentar las relaciones burguesas de propiedad;
al contrario, llegan a ser excesivamente podero
sas para un régimen que sólo les significa un es
torbo. Así, apenas las fuerzas productivas lo
gran salvar este obstáculo, ponen en desorden a
la sociedad burguesa entera y amagan la exis
tencia de la propiedad burguesa. El sistema bur
gués resulta demasiado estrecho para contener la
riqueza que ha creado. ¿Con qué medios se so
brepone la burguesía a las crisis? Por un lado,
16
con la destrucción forzada de una masa de fuer
zas productivas; por otro, con la conquista de
nuevos mercados y una explotación más intensi
va de los antiguos. ¿Con qué medios, pues?
Con la preparación de crisis más generales y más
formidables, y con la reducción de los medios
para prevenirlas.
Las armas de que se valió la burguesía para dar
en tierra con el feudalismo, se vuelven ahora con
tra la burguesía misma.
Pero la burguesía no sólo ha forjado las armas
que acarrean su muerte; ha engendrado también
los hombres que han de manejar esas armas: los
trabajadores modernos, los proletarios.
En la misma medida en que se desarrolla la
burguesía, es decir, el capital, se desarrolla tam
bién el proletariado, la clase de los trabajadores
modernos, que subsisten únicamente mientras en
cuentran trabajo y que únicamente encuentran
trabajo cuando éste incrementa el capital. Es
tos trabajadores, obligados a venderse al menu
deo, son una mercancía como cualquier otro ar-
17
tículo de comercio y están, del mismo modo, ex
puestos a todas las vicisitudes de la competencia
y a todas las fluctuaciones del mercado.
Con el progreso de la maquinaria y la división
del trabajo, la labor del proletario ha perdido
todo carácter independiente y, con ello, todo
atractivo para el obrero. Este se convierte en
un mero accesorio de la máquina, al que sólo se
exige la manipulación más sencilla, más monóto
na y más fácil de aprender. Los desembolsos
que ocasiona un trabajador se reducen, en conse
cuencia, y casi exclusivamente, a los alimentos
que necesita para su manutención y propagación
de su especie. Pero el precio de una mercancía
y, por lo tanto, también el del trabajo, es igual a
su coste de producción. Por consiguiente, cuan
to más aborrecible se hace el trabajo, más exiguo
resulta el salario. Es más: en la misma medi
da en que aumenta la maquinaria y la división
del trabajo, aumenta también la masa del traba
jo, ya con la prolongación de la jornada, ya
con un mayor rendimiento exigido en un tiempo
18
dado, ya con la aceleración de la marcha de las
máquinas, etc.
La industria moderna ha transformado el pe
queño taller del maestro patriarcal en la gran
fábrica del capitán de industria. Los trabaja
dores en masa, hacinados en la fábrica, son orga
nizados militarmente. Como soldados rasos de
la industria son puestos bajo la vigilancia de
toda una jerarquía de oficiales y suboficiales,
No son sólo esclavos de la clase burguesa ni del
Estado burgués; día a día y a toda hora son es
clavizados por la máquina, por el capataz y, so
bre todo, por el propio y particular fabricante
burgués. Este despotismo es tanto más mez
quino, odioso y exasperante, cuanto más abier
tamente proclama el lucro como su objetivo.
Cuanta menos habilidad y fuerza requiere el
trabajo manual, es decir, cuanto más se desarro
lla la industria moderna, más puestos masculinos
del trabajo son ocupados por la mujer. Las di
ferencias de sexo y de edad dejaron de tener sig
nificación social para la clase trabajadora. Sólo
19
existen instrumentos de trabajo, cuyo coste varía
según la edad y el sexo.
Apenas termina la explotación del obrero por el
fabricante, no bien aquél recibe su salario en
metálico, se arrojan sobre él los demás componen
tes de la burguesía: el dueño de fa vivienda, el
tendero, el prestamista, etc.
Las otrora pequeñas clases medias, los pe
queños industriales, comerciantes y rentistas,
artesanos y agricultores, todas ellas son absor
bidas por el proletariado, en parte porque su pe
queño capital no es suficiente para la explotación
de una gran industria y sucumbe a la competen
cia de capitalistas más grandes; en parte porque
su destreza manual es anulada por los nuevos
métodos de producción. Así, el proletariado se
recluta en todas las clases de la población.
El proletariado pasa, en su desarrollo, por
distintas fases. Su lucha contra la burguesía
comienza con su existencia.
AI principio son los trabajadores aislados, más
tarde los obreros de una fábrica, y después los
20
obreros del mismo ramo y localidad, los que se
oponen al burgués aislado que les explota direc
tamente. Dirigen sus ataques no sólo contra las
condiciones burguesas de producción sino tam
bién contra los propios instrumentos de esa pro
ducción; destruyen las mercancías extranjeras
que les hacen competencia, destrozan las má
quinas, prenden fuego a las fábricas, se afanan
por reconquistar la posición perdida del traba
jador medioeval,
Durante esta fase los trabajadores forman una
masa diseminada por todo el país y dividida por
la competencia. La cohesión compacta de los
trabajadores no es aún la consecuencia de su pro
pia unidad; es el resultado de la unidad de la
burguesía, que, para lograr sus objetivos políti
cos, debe y puede todavía poner en movi
miento al proletariado entero. De modo que du
rante esta fase los proletarios no combaten a sus
enemigos sino a los enemigos de sus enemigos,
los residuos de la monarquía absoluta, terrate
nientes, burgueses no industriales, pequeños bur-
21
gueses. De esta suerte todo el movimiento his
tórico se concentra en las manos de la burguesía;
toda victoria así obtenida es una victoria de la
burguesía.
Pero el desarrollo de la industria no sólo incre
menta el proletariado; lo concentra en masas,
aumenta su fuerza y hace que éste la sienta más
palpablemente. Los intereses, las condiciones de
vida del proletariado, se igualan cada vez más a
medida que la maquinaria va borrando más y
más toda diferencia en el trabajo y reduce el sa
lario, en todas partes, a un nivel igualmente bajo.
La creciente competencia de los burgueses entre
sí y las crisis económicas resultantes de ella, ha
cen fluctuar los salarios cada vez más. El cons
tante perfeccionamiento de la maquinaria, cada
vez más rápido, coloca al trabajador en una po
sición cada vez más precaria. Los choques ais
lados entre el obrero y el burgués adquieren más
y más el carácter de conflicto entre dos clases,
Los trabajadores empiezan por formar coalicio
nes contra los burgueses; se unen para defender
22
sus salarios. Llegan incluso a formar asocia
ciones permanentes para el aprovisionamiento en
caso de rebeliones ocasionales. Acá y allá el
conflicto estalla en motines.
De vez en cuando los obreros triunfan, pero se
trata de triunfos efímeros. El resultado real de
sus luchas no es el éxito inmediato sino una cre
ciente unidad de los trabajadores. Esta unidad
es favorecida por el desarrollo de los medios de
comunicación que, producidos por la gran in
dustria, ponen en contacto a los obreros de loca
lidades diferentes. Este contacto es menester,
precisamente, para centralizar los muchos con
flictos locales de idéntico carácter en una lucha
nacional, una lucha de clases. Mas toda lucha
de clases es lucha política. Y la unión que los
burgueses de la Edad Media, con sus caminos
vecinales, tardaron siglos en conseguir, la logran
los proletarios modernos en pocos años gracias a
los ferrocarriles.
Esta organización de los proletarios en clase y,
por consiguiente, en partido político, es desbara-
23
tada a cada instante por la competencia entre
los obreros mismos. Pero se rehace siempre de
nuevo, más fuerte, más firme y más poderosa.
Al aprovechar las disensiones internas de la bur
guesía, la obliga a reconocer, en forma de leyes,
ciertos intereses de los trabajadores: así el bilí de
las diez horas en Inglaterra.
Las colisiones de la vieja sociedad fomentan en
general y de diversos modos el desenvolvimiento
del proletariado. La burguesía vive en un es
tado de guerra permanente: primero, contra la
aristocracia; más tarde, contra las fracciones de
la propia burguesía cuyos intereses se oponen al
progreso de la industria; siempre, contra la bur
guesía de otros países. En todas estas luchas
se ve impelida a apelar al proletariado, a recu
rrir a su ayuda, arrastrándolo al movimiento
político. De suerte que ella misma proporciona
al proletariado sus propios elementos de forma
ción, es decir, las armas contra sí misma.
Además, como acabamos de ver, partes conside
rables de la clase dominante son arrojadas, por el
24
progreso de la industria, a las filas del proleta
riado, o por lo menos amenazadas en sus condi
ciones de vida. También ellas aportan al prole
tariado abundantes elementos de formación.
Finalmente, cuando la lucha de clases se aproxi
ma a su momento decisivo, el proceso de disolu
ción que obra en el seno de la clase dominante y
de toda la vieja sociedad, cobra un carácter tan
violento y tan agudo, que una pequeña frac
ción de la clase dominante reniega de ella y se
une a la clase revolucionaria, clase que tiene el
porvenir en sus manos. Y del mismo modo que
en otro tiempo una parte de la nobleza se pasó a
la burguesía, así una parte de la burguesía se pasa
ahora al proletariado, sobre todo aquella parte
de los ideólogos burgueses que llegan a la com
prensión teórica de todo el movimiento histórico.
De todas las clases que actualmente hacen
frente a la burguesía, sólo el proletariado es una
clase realmente revolucionaria. Las demás cla
ses degeneran y fenecen con la gran industria; el
proletariado es su producto más genuino,
25
Las clases medias, el pequeño industrial, el
pequeño comerciante, el artesano, el campesino,
todos ellos combaten a la burguesía para salvar
de la ruina su existencia como clase media. De
manera que no son revolucionarias sino conser
vadoras. Es más: son reaccionarias: pretenden
que la rueda de la Historia gire hacia atrás,
Cuando son revolucionarias, lo son en vista de su
inminente caída en el proletariado; defienden así
sus intereses futuros y no los actuales; abando
nan su propio punto de vista para asumir el del
proletariado.
La canalla proletaria, esa podre pasiva de los
más bajos fondos de la vieja sociedad, se ve oca
sionalmente arrastrada al movimiento por una
revolución obrera; a juzgar por todas las circuns
tancias de su existencia, será más bien propensa a
venderse a los manejos reaccionarios.
Las condiciones de existencia de la vieja socie
dad están ya destruidas en las condiciones de exis
tencia del proletariado. El proletario no tiene
propiedad; sus relaciones con la mujer y los hi-
26
jos no tienen nada de común con las relaciones
de familia burguesas; el trabajo industrial mo
derno, el moderno avasallamiento por el capital,
lo mismo en Inglaterra que en Francia, en Nor
teamérica que en Alemania, le han despojado
de todo carácter nacional. Las leyes, la moral y
la religión son para él otros tantos prejuicios
burgueses, tras los cuales se ocultan otros tan
tos intereses de la burguesía.
Todas las clases que en el pasado se adueña
ron del poder, trataron de consolidar la posi
ción conquistada sometiendo la sociedad entera
a las condiciones de
su conquista. Los proleta
rios pueden adueñarse de las fuerzas productivas
de la sociedad únicamente aboliendo su modo
de apropiación peculiar y por ende todo modo de
apropiación practicado hasta la fecha. Los prole
tarios no tienen nada suyo que salvaguardar; tie
nen que destruir todas las garantías privadas, to
das las seguridades privadas existentes.
Todos los movimientos habidos hasta ahora
han sido movimientos de minorías o en prove-
27
cho de minorías. El movimiento proletario es el
movimiento espontáneo de la inmensa mayoría
en provecho de la inmensa mayoría. El proleta
riado, la capa más baja de la sociedad actual,
no puede levantarse ni erguirse sin hacer saltar
todas las capas superpuestas que constituyen la
sociedad oficial.
De primera intención la lucha del proletariado
contra la burguesía es, por su forma, aunque no
por su contenido, una lucha nacional. El prole
tariado de cada país debe, naturalmente, acabar
primero con su propia burguesía.
Al trazar las bases más generales del desarrollo
del proletariado, hemos seguido el curso de la
guerra civil más o menos latente en el seno de la
vieja sociedad, hasta el punto en que estalla en
una revolución abierta y en que el proletariado,
una vez derrocada violentamente la burguesía,
establece su poder.
Como hemos visto, toda sociedad, hasta nues
tros días había descansado en el antagonismo en
tre las clases opresoras y oprimidas. Mas para
28
poder oprimir a una clase han de garantizársele
las condiciones dentro de las cuales pueda al me
nos vivir en la esclavitud. El siervo llegó a ser
miembro de la comuna en el régimen de servi
dumbre, igual que el pechero llegó a ser burgués
bajo el yugo del absolutismo feudal. El trabaja
dor moderno, al contrario, en lugar de ascender
con el progreso de la industria, se hunde cada
vez más por debajo de las condiciones de su
propia clase. El obrero se convierte en indigen
te y el pauperismo crece aún más de prisa que la
población y la riqueza. Resulta evidente que la
burguesía es incapaz de permanecer por más
tiempo como clase dominante de la sociedad, ni
de imponer a la sociedad, como normas legales,
las condiciones de vida de su clase. Es inca
paz de gobernar porque es incapaz de asegurar la
existencia de su esclavo incluso dentro de la es
clavitud, porque está forzada a dejarle decaer
hasta el punto de tener que alimentarle en lu
gar de hacerse alimentar por él. La sociedad
no puede seguir viviendo bajo su dominación ; su
29
existencia es incompatible con la existencia de la
sociedad.
La condición esencial para la existencia y la
dominación de la clase burguesa es la acumula
ción de riquezas en manos particulares, la forma
ción y la multiplicación del capital; la condición
de existencia del capital es el trabajo asalariado,
El trabajo asalariado descansa exclusivamente en
la competencia de los obreros entre sí. El pro
greso de la industria, del que la burguesía es ex
ponente involuntario y pasivo, sustituye el aisla
miento de los trabajadores, resultante de la com
petencia, por su unión revolucionaria mediante la
asociación. Así, el desarrollo de la gran indus
tria socava bajo los pies de la burguesía la mis
ma base sobre la que produce y se apropia los
productos. Produce, antes que nada, sus pro
pios sepultureros. Su caída y el triunfo del pro
letariado son igualmente inevitables.
II
PROLETARIOS Y COMUNISTAS
¿cuál es la relación entre los comunistas y los
proletarios en general?
Los comunistas no son, frente a otros partidos
proletarios, un partido extraño.
No tienen intereses separados de los del con
junto del proletariado.
No formulan principios extraños sobre los cua
les quisieran modelar el movimiento proletario.
Los comunistas se distinguen de los demás par
tidos proletarios en que, por una parte, destacan
y hacen valer, en las diversas luchas de los prole
tarios, los intereses comunes de todo el proleta
riado, independientemente de la nacionalidad; y
por otra, en que, a lo largo de las diversas fa
ses del desenvolvimiento por que atraviesa la
lucha entre el proletariado y la burguesía, de
fienden siempre los intereses del movimiento en
su conjunto.
31
De manera que los comunistas son, en el aspec
to práctico, la fracción más resuelta y más pu
jante de los partidos obreros de todos los
países; en el teórico tienen, respecto del resto
de la masa proletaria, la ventaja de su clara
visión de las condiciones, de la marcha y de
los resultados generales del movimiento pro
letario.
El propósito inmediato de los comunistas es el
mismo que el de todos los partidos proletarios:
formación del proletariado en clase, derrocamien
to de la dominación burguesa, conquista del po
der político por el proletariado.
Las proposiciones teóricas de los comunistas
no descansan en modo alguno sobre ideas o prin
cipios inventados o descubiertos por tal o cual
redentor del mundo.
Son únicamente la expresión general de las
condiciones efectivas de una lucha de clases exis
tente, de un movimiento histórico que se des
arrolla a nuestra vista. La abolición de las rela
ciones de propiedad, existentes hasta ahora, no
32
representa ninguna peculiaridad distintiva del
comunismo.
Todas las relaciones de propiedad han estado
sujetas a cambios históricos constantes, a trans
formaciones históricas continuas,
La Revolución Francesa, por ejemplo, ha abo
lido la propiedad feudal en favor de la propie
dad burguesa.
Lo que distingue al comunismo no es la aboli
ción de la propiedad en general sino la abolición
de la propiedad burguesa.
Pero la moderna propiedad privada burguesa es
la última y la más acabada expresión del modo
de producir y apropiarse las riquezas, basado en
los antagonismos de clase, y en la explotación de
unos por otros.
En este sentido los comunistas pueden resumir
su teoría en una sola fórmula: abolición de la pro
piedad privada,
Se nos ha reprochado, a los comunistas, el que
rer abolir la propiedad adquirida personalmente,
ganada con el trabajo, la propiedad que consti-
33
tuye el fundamento de toda libertad, de toda ac
tividad, de toda independencia individual.
¡Propiedad ganada con el trabajo, adquirida
con esfuerzo personal! ¿Estáis hablando de la
propiedad del pequeño burgués, del pequeño la
briego, que precedieron a la propiedad burguesa?
No necesitamos aboliría; el progreso de la indus
tria la ha abolido ya, la está aboliendo a diario,
¿O es que habláis de la propiedad privada mo
derna, burguesa?
El trabajo asalariado, el trabajo del proletario,
¿le crea a éste propiedad? De ningún modo.
Crea el capital, es decir, la propiedad que explo
ta el trabajo asalariado, que sólo puede medrar
a condición de producir más trabajo asalaria
do para explotarlo de nuevo. La propiedad en
su forma actual se mueve en el plano del anta
gonismo entre el capital y el trabajo asalariado.
Veamos los dos extremos de este antagonismo.
Ser capitalista significa ocupar no solamente
una posición personal en la producción sino una
posición social. El capital es un producto co-
34
lectivo que sólo puede ser puesto en movimiento
por la actividad mancomunada de muchos miem
bros de la sociedad y, en última instancia, aun
de todos sus miembros.
De suerte que el capital no es un poder perso
nal: es un poder social.
Por consiguiente, cuando el capital es conver
tido en propiedad común, perteneciente a todos
los miembros de la sociedad, ello no significa que
la propiedad personal se convierta en propiedad
social. Sólo el carácter social de la propiedad se
transforma: pierde su carácter de clase
Pasemos al trabajo asalariado.
El precio medio del trabajo asalariado es el mí
nimum de salario, es decir, la suma de los medios
de subsistencia necesarios para conservar la vida
del obrero como tal. De modo que lo que el
obrero asalariado adquiere mediante su activi
dad, sólo basta para mantener su escueta existen
cia. De ninguna manera queremos suprimir esta
adquisición personal de los productos del tra
bajo, inherente al mantenimiento de la vida in-
35
mediata, adquisición que no deja ningún benefi
cio neto que pueda conferir poder sobre el traba
jo ajeno. Queremos solamente abolir el carác
ter miserable de esta adquisición, en que el obre
ro vive únicamente para incrementar el capital
y únicamente en tanto lo requiere el interés de la
clase dominante.
En la sociedad burguesa el trabajo humano es
tan sólo un medio de incrementar el trabajo acu
mulado. En la sociedad comunista el trabajo
acumulado será tan sólo un medio de ampliar, de
enriquecer y de estimular la existencia de los tra
bajadores.
De esta suerte, en la sociedad burguesa el pasa
do domina al presente; en la comunista, el pre
sente, al pasado. En la sociedad burguesa el ca
pital es personal e independiente, mientras que
el individuo activo está sometido y su persona
lidad es nula.
¡Y es la abolición de tal estado de cosas lo que
la burguesía llama abolición de la personalidad
y de la libertad! Y con razón. Se trata, por
36
cierto, de la abolición de la personalidad, de la
independencia y de la libertad burguesas.
La libertad, dentro de las actuales condiciones
de producción burguesas, se entiende como co
mercio libre, compra y venta libres.
Mas al acabarse la chalanería se acaba tam
bién la libre chalanería. Las peroraciones sobre
la libre chalanería, igual que todas las demás bra
vatas liberales de nuestros burgueses, sólo tienen
sentido en contraste con la chalanería restringi
da, con el burgués avasallado de la Edad Media,
pero no al tratarse de la abolición comunista de la
chalanería, de las condiciones de producción bur
guesas y de la burguesía misma,
Os horroriza el que queramos abolir la pro
piedad privada. Pero en vuestra sociedad ac
tual la propiedad privada está abolida para las
nueve décimas partes de sus miembros; existe
precisamente por el hecho de no existir para
esas nueve décimas partes. De manera que
nos reprocháis el querer abolir una propiedad
que presupone, como condición esencial, la ca-
37
rencia de propiedad para la inmensa mayoría de
la población.
En una palabra, nos reprocháis el querer abo
lir vuestra propiedad. Lo queremos, ciertamente.
Desde el instante en que el trabajo no puede
ser convertido en capital, en dinero, en renta de
la tierra, en una palabra, en poder social mono-
polizable, es decir, desde el instante en que la
propiedad personal no puede trocarse en propie
dad burguesa, desde este instante declaráis que
el individuo queda suprimido,
Confesáis, por lo tanto, que al hablar del indi
viduo no entendéis sino al burgués, al propieta
rio burgués. Y este individuo, ciertamente, debe
ser suprimido.
El comunismo no arrebata a nadie la facultad
de apropiarse los productos sociales; suprime so
lamente la facultad de sojuzgar el trabajo ajeno
mediante esta apropiación.
Se ha objetado que con la abolición de la liber
tad privada cesaría toda actividad, que cundiría
una pereza general.
38
De ser así, tiempo ha que la burguesía habría
sucumbido a la desidia; porque en su sistema los
que trabajan no ganan y los que ganan no traba
jan. Todo el reparo viene a caer en la tauto
logía de que al no haber más capital, no hay
más trabajo asalariado,
Todas las objeciones dirigidas en contra del sis
tema comunista de apropiación y de producción
de las riquezas materiales fueron extendidas asi
mismo a la apropiación y la producción de los
bienes espirituales. Así como para el burgués la
desaparición de la propiedad de clase equivale
a la desaparición de la producción misma, así la
desaparición de la cultura de clase se identifica
para él con la desaparición de la cultura en ge
neral.
La cultura cuya pérdida deplora, significa para
la inmensa mayoría tan sólo su conversión en
máquinas.
Pero dejaos de discutir con nosotros mientras
interpretáis la abolición de la propiedad bur
guesa según vuestros conceptos de libertad, de
39
cultura, de derecho, etc. Vuestras ideas mismas
son producto de las condiciones de producción y
de propiedad burguesas, como vuestro derecho es
tan sólo la voluntad de vuestra clase erigida en
ley; una voluntad cuyo contenido está determina
do por las condiciones de vida de vuestra clase,
El concepto interesado que os hace convertir
vuestras condiciones de producción y de propie
dad, dimanadas de circunstancias históricas tran
sitorias en el curso de la producción, leyes
en
eternas de la Naturaleza y de la Razón, lo compar
tís con todas las clases dominantes hoy desapare
cidas. Lo que concebís con respecto a la propie
dad antigua o la propiedad feudal, no podéis con
cebirlo más respecto de la propiedad burguesa.
¡Abolición de la familia! Hasta los más radi
cales se indignan con este infame designio de los
comunistas!
¿En qué se funda la familia actual, la familia
burguesa? En el capital, en el lucro personal,
En su plenitud existe solamente para la burgue
sía; mas encuentra su complemento en la priva-
40
ción forzosa de familia para los proletarios y en
la prostitución pública.
La familia de los burgueses deja naturalmente
de existir al dejar de existir la de su complemen
to y las dos desaparecen con la desaparición del
capital.
¿Nos reprocháis el querer abolir la explotación
de los hijos por sus padres? Confesamos este
crimen.
Pero, decís, los comunistas están suprimien
do las relaciones más entrañables al introducir
la educación social en lugar de la educación
doméstica,
Y vuestra educación, ¿no está también deter
minada por la sociedad, por las condiciones socia
les en que educáis a vuestros hijos, por la intro
misión más o menos directa de la sociedad, me
diante la escuela, etc. Los comunistas no in
ventan la ingerencia de la sociedad en la edu
cación; modifican solamente su carácter: arre
batan la educación a la influencia de la clase
dominante.
41
Las peroratas burguesas sobre la familia y la
educación, sobre las entrañables relaciones en
tre padres e hijos, resultan tanto más repugnan
tes a medida que la gran industria destruye to
dos los lazos familiares entre los proletarios y
convierte a los hijos en simples artículos de co
mercio e instrumentos de trabajo.
—
Pero vosotros, los comunistas, queréis esta
blecer la posesión colectiva de las mujeres —
nos grita la burguesía entera, en coro.
El burgués ve en su mujer un mero instrumento
de producción. Oye decir que los instrumentos
de producción deben ser explotados colectiva
mente y naturalmente no puede imaginarse otra
cosa sino que la suerte de la propiedad colectiva
ha de alcanzar también a las mujeres.
No barrunta que se trata precisamente de abo
lir la condición de la mujer como mero instrumen
to de producción.
Nada más ridículo, por otra parte, que la in
dignación ultramoral de nuestros burgueses con
tra la colectividad oficial de las mujeres atribuida
42
a tos comunistas. Los comunistas no necesitan
introducir la colectividad de las mujeres: ha
existido casi siempre.
Nuestros burgueses, no satisfechos con tener
a su disposición las mujeres y las hijas de sus
proletarios, sin hablar de la prostitución oficial,
encuentran su principal placer en seducir recípro
camente a sus esposas,
El matrimonio burgués es en realidad una co
munidad de las esposas. A lo sumo podría repro
charse a los comunistas que en lugar de una co
munidad hipócrita y disimulada de la mujer quie
ran establecer una comunidad franca y oficial.
Por otra parte, se sobreentiende que con la abo
lición de las condiciones de producción actuales,
desaparece también la comunidad de las muje
res derivada de ellas, es decir, la prostitución
oficial y extraoficial.
Se reprocha asimismo a los comunistas el que
rer abolir la patria, la nacionalidad.
Los trabajadores no tienen patria. No se les
puede despojar de lo que no tienen. En tanto el
43
el
proletariado debe en primer lugar conquistar
poder político, erigirse en clase nacionalmente
dominante, constituirse él mismo en nación, con
tinúa todavía siendo nacional, si bien de ningún
modo en el sentido burgués.
El aislamiento y los antagonismos nacionales
de los pueblos desaparecen más y más con el me
ro desarrollo de la burguesía, con la libertad de
comercio, el mercado mundial, la uniformidad
de la producción industrial y las condiciones de
vida que les corresponden.
La dominación del proletariado los hará des
aparecer aún más. Unidad de acción, al menos
en los países civilizados, es una de las condi
ciones primordiales de la liberación de los tra
bajadores.
A medida que se vaya aboliendo la explota
ción de un individuo por otro, quedará abolida la
explotación de una nación por otra.
Junto a la desaparición del antagonismo de cla
se en el seno de la nación, desaparecerá la recí
proca hostilidad entre las naciones,
44
Las acusaciones contra el comunismo, formu
ladas desde puntos de vista religiosos, filosóficos
e ideológicos en general, no merecen un examen
más detenido.
¿Hay necesidad de una gran perspicacia para
comprender que, al cambiar las condiciones de
vida del hombre, sus relaciones sociales y su
existencia social, cambian también sus ideas, sus
criterios y sus conceptos, en una palabra, su con
ciencia?
La historia de las ideas ¿no demuestra que la
producción espiritual se transforma con la ma
terial? Las ideas dominantes de una época fue
ron siempre tan sólo las ideas de la clase domi
nante.
Se habla de ideas que revolucionan a toda una
sociedad; con ello se enuncia solamente el hecho
de que en el seno de la vieja sociedad han ger
minado los elementos de una sociedad nueva,
que la disolución de las viejas condiciones de vida
marcha a la par con la disolución de las viejas
ideas.
45
el ocaso,
Cuando el mundo antiguo entró en
las antiguas religiones fueron vencidas por la re
ligión cristiana. Cuando las ideas cristianas su
cumbían en el siglo xvm a las ideas del racio
nalismo, la sociedad feudal libraba su última ba
talla con la burguesía, entonces revoluciona
ria. Las ideas de libertad religiosa, de liber
tad de conciencia, manifestaban tan sólo el triun
fo de la libre competencia en el dominio del saber.
—Ciertamente —
se nos dirá —-
las ideas reli
giosas, morales, filosóficas, políticas, jurídicas,
etc., se modifican en el curso del desenvolvimien
to histórico. Pero la religión, la moral, la filo
sofía, la política, y el derecho, se han soste
nido siempre durante esos cambios.
Fuera de eso hay verdades eternas, como la
—
libertad, la justicia, etc., que son comunes a to
das las condiciones sociales. Pero el comunismo,
en vez de darles una forma nueva, suprime las
verdades eternas; suprime la
y la moral; religión
luego, contradice todo el desenvolvimiento histó
rico habido hasta ahora.
46
¿A qué se reduce esta acusación? La historia
de toda sociedad se ha movido hasta ahora en
el plano de los antagonismos de clase que en
las diferentes épocas se presentaban bajo diferen
tes formas.
Mas cualquiera que haya sido la forma reves
tida, la explotación de una parte de la sociedad
por la otra es un hecho común a todos los siglos
pasados. Por consiguiente no es de extrañar que
la conciencia social de todas las edades se haya
movido siempre, a despecho de toda diferencia y
de toda diversidad, dentro de ciertas formas co
munes, formas de conciencia, que sólo con la to
tal disolución del antagonismo de clase llegan a
disolverse completamente.
La revolución comunista es la ruptura más ra
dical con las relaciones de propiedad tradiciona
les; no es de extrañar que en el curso de su des
arrollo rompa del modo más radical con las ideas
tradicionales,
Pero dejemos de lado las objeciones de la
burguesía en contra del comunismo.
47
Ya hemos visto más arriba que el primer paso
en la revolución obrera es la erección del prole
tariado en clase dominante, la conquista de la
democracia.
El proletariado empleará su poder político para
arrebatar poco a poco todo el capital a la bur
guesía, para centralizar todos los instrumentos de
producción en manos del Estado, es decir, del
proletariado organizado como clase dominante,
y para multiplicar con la mayor rapidez posible
el volumen de las fuerzas productivas.
De primera intención, como es natural, esto
sólo podrá llevarse a cabo mediante una inter
vención despótica en el derecho de propiedad y
las condiciones de producción burguesas, es decir,
con medidas que económicamente parecen insufi
cientes e insostenibles, pero que en el curso del
movimiento se sobrepasan a sí mismas y que son
inevitables como medio de transformar todo el
sistema de producción.
Estas medidas serán naturalmente distintas en
los distintos países.
48
No obstante en los países más adelantados, po
drán aplicarse engeneral las siguientes:
1 .
Expropiación de Ja tierra y destinación de la
renta de los bienes raíces a los gastos del Estado,
2. Fuerte impuesto progresivo,
3. Abolición de la herencia.
4. Confiscación de la propiedad de todos los
emigrados y rebeldes.
5. Centralización del crédito en manos del
Estado por medio de un Banco Nacional con
capital del Estado y monopolio exclusivo.
6. Centralización de los transportes en manos
del Estado.
7. Incremento de las fábricas nacionales y de
los instrumentos de producción ; roturación y me
joramiento de los suelos de acuerdo con un plan
colectivo.
8. Trabajo obligatorio para todos; organiza
ción de ejércitos industriales, particularmente pa
ra la agricultura.
9. Explotación unificada de la agricultura y
de la industria; adaptación de expedientes para
49
el allanamiento gradual de los distingos entre la
ciudad y el campo.
10. Educación pública y gratuita de todos
los niños; abolición del trabajo infantil en las
fábricas, en su forma actual; combinación del
sistema educativo con la producción material,
Una vez desaparecidos, en el curso de su des
envolvimiento, los antagonismos de clase y con
centrada toda la producción en manos de indivi
duos asociados, el poder público pierde su carác
ter político. El poder político, en el sentido
propio de la palabra, es el poder organizado de
una clase para la opresión de la otra. Cuando el
proletariado en lucha contra la burguesía se cons
tituye obligadamente en clase, cuando se erige
por una revolución en clase dominante y, como
clase dominante, suprime violentamente las an
tiguas condiciones de producción, entonces su
prime, junto con esas condiciones de producción,
las condiciones determinantes del antagonismo
de clase, de las clases en general, y con ello su
propia dominación como clase.
50
En lugar de lavieja sociedad burguesa con sus
clases y sus antagonismos de clase, surge una aso
ciación en que el libre desenvolvimiento de cada
uno es la condición del libre desenvolvimiento de
todos.
III
LITERATURA
SOCIALISTA Y COMUNISTA
1. EL SOCIALISMO REACCIONARIO
a) El socialismo feudal
en virtud de su posición histórica, las aristocra
cias francesa e inglesa estaban destinadas a es
cribir libelos en contra de la sociedad burguesa
moderna. En la revolución francesa de julio de
1830, en el movimiento reformista inglés, ha
bían sucumbido una vez más ante el odiado ad
venedizo. Ya no había que pensar en una lucha
política seria. Les quedaba únicamente la lucha
literaria. Pero también en el terreno literario re
sultaba imposible ya la vieja fraseología de la
época de la Restauración. Para despertar sim
patía, la aristocracia hubo de olvidar, aparente
mente, sus intereses y formular su acta de acusa
ción contra la burguesía en nombre de los intere-
52
ses de la clase obrera explotada. De este modo
dio la satisfacción de invec
se
poder desatarse en
tivas contra su nuevo amo y musitarle al oído
profecías más o menos aciagas.
De tal suerte nació el socialismo feudal, mitad
elegía, mitad libelo, mitad eco del pasado, mitad
futura amenaza;a veces hiriendo a la burguesía en
el corazón con su crítica amarga, ingeniosa y de
moledora; siempre ridículo pof su absoluta inca
pacidad de comprender la marcha de la historia
moderna.
Para agrupar al pueblo en torno suyo, enarbo-
laron la proletaria alforja de mendigo a guisa de
bandera; mas cuantas veces el pueblo les siguió,
terminó por advertir el viejo blasón feudal en su
trasero y se dispersó en medio de risas sonoras e
irreverentes.
Una parte de los legitimistas franceses y la jo
ven
Inglaterra ofrecieron este espectáculo.
Cuando los señores feudales demuestran que su
sistema de explotación estaba organizado de mo
do distinto del de la
explotación burguesa, no
53
hacen más que olvidarse de que explotaban en
condiciones completamente diferentes y hoy an
ticuadas. Cuando prueban que bajo su domi
nación no existía el proletariado moderno, no
hacen más que olvidarse de que la burguesía mo
derna es precisamente un vastago inevitable de
su orden social.
Por lo demás, ocultan tan poco el carácter re
accionario de su crítica, que su principal cargo
contra la burguesía consiste precisamente en que
bajo su régimen se está desarrollando una clase
que hará saltar todo el antiguo orden social.
Reprochan a la burguesía mucho más el ha
ber producido el proletariado revolucionario que
el haber producido un proletariado en sí.
Por eso en la vida política participan en todas
las medidas de represión contra la clase obrera,
mientras que en la vida ordinaria se conforman,
pese a toda su inflada fraseología, con recoger las
manzanas de oro y cambalachear la fidelidad, el
amor y la honra por lana, remolacha y aguar
diente.
54
Así como el fraile marchaba siempre mano a
mano con el señor feudal, así el socialismo cleri
cal marcha mano a mano con el feudaloide,
Nada más fácil que darle al ascetismo cristia
no un barniz socialista. El cristianismo ¿no ha
fulminado a la propiedad privada, al matrimo
nio, al Estado? ¿No ha predicado en su lugar
la caridad y la vida mendicante, el celibato y la
mortificación de la carne, la vida monástica y la
Iglesia? El socialismo cristiano es tan sólo el
agua bendita con que el fraile consagra el des
pecho del aristócrata.
b) El socialismo pequeñoburgués
la aristocracia feudal no es la única clase de
rrocada por la burguesía ni la única cuyas con
diciones de existencia se han atrofiado y fenecido
en la sociedad burguesa moderna. El villanaje y la
clase de los pequeños labriegos fueron los precur
sores de la burguesía moderna. En los países
industrial y comercialmente menos desarrollados,
55
esta clase continúa vegetando junto a la bur
guesía naciente.
En los países en que se ha desarrollado la civi
lización moderna, se ha formado una clase pe-
queñoburguesa que oscila entre el proletariado
y la burguesía. Como parte complementaria de
la sociedad burguesa, dicha clase se reconstituye
sin cesar, pero sus miembros son constantemen
te arrojados hacia el proletariado a causa de la
competencia. Es más: con el progreso de la gran
industria ven aproximarse el momento en que van
a desaparecer del todo como fracción indepen
diente de la sociedad moderna; en que van a ser
reemplazados en el comercio, en la manufactura
y en la agricultura por capataces y sirvientes.
En los países como Francia, en que la clase
campesina constituye mucho más de la mitad de
la población, era natural que los escritores que
abogaban por el
proletariado en contra de la
burguesía, midiesen su crítica del régimen burgués
por el rasero de la clase media o campesina y
tomasen el partido de los obreros desde el punto
56
de vista pequeñoburgués. Así se formó el socia
lismo pequeñoburgués. El corifeo de esta litera
tura, lo mismo en Francia que en Inglaterra, es
Sismondi.
Este socialismo analizó con gran sagacidad las
contradicciones inherentes a las condiciones de
producción modernas. Desenmascaró las fala
ces argucias de los economistas. Demostró irre
futablemente los efectos perniciosos de la maqui
naria y de la división del trabajo, la concentra
ción del capital y de la propiedad de la tierra, la
sobreproducción, las crisis, la decadencia fatal
del pequeño burgués y del labriego, la miseria del
proletariado, la anarquía en la producción, la irri
tante desigualdad en la distribución de la riqueza,
la aniquiladora guerra industrial entre las nacio
nes, la disolución de las antiguas costumbres, de
las antiguas relaciones de familia, de las antiguas
nacionalidades,
Sin embargo, conforme a su contenido positivo,
este socialismo, ora restablecerá los antiguos me
dios de producción y de tráfico, y con ellos las
57
antiguas relaciones de propiedad y la sociedad
antigua, ora volverá a encuadrar a la fuerza los
medios de producción y de tráfico modernos en
el marco de las relaciones de propiedad antiguas,
En ambos casos es reaccionario y utópico a la vez.
Sistema gremial en la manufactura y economía
patriarcal en el campo, he aquí su última pa
labra,
En su desarrollo ulterior esta tendencia se ha
extraviado en un cobarde amodorramiento,
c) El socialismo alemán o ^verdadero*
la literatura socialista y comunista de Fran
cia, que nació bajo la presión de una burguesía
dominante y que es la expresión literaria de la
lucha contra esta dominación, fué introducida
en Alemania en el momento justo en que la
burguesía comenzaba su lucha contra el absolu
tismo feudal,
Filósofos, seudo filósofos e intelectuales alema
nes a la violeta se apoderaron ávidamente de esta
58
literatura, pero se olvidaron de que, al llegar de
Francia a Alemania aquellas obras, no habían lle
gado al mismo tiempo las condiciones sociales fran
cesas. Frente a las condiciones alemanas, la lite
ratura francesa perdía todo significado práctico in
mediato, tomando un aspecto puramente literario.
No podía parecer sino una especulación ociosa so
bre la realización del ser humano. De este modo,
para los filósofos alemanes del siglo xvm las reivin
dicaciones de la «razón práctica» en general, y las
manifestaciones de la voluntad de la burguesía re
volucionaria francesa significaban a sus ojos las le
yes de la voluntad pura, de la voluntad tal como de
be ser, de la voluntad verdaderamente humana,
La labor de los literatos alemanes consistió
exclusivamente en armonizar las nuevas ideas
francesas con su vieja conciencia filosófica, o
más bien en asimilarse las ideas francesas desde
el punto de vista filosófico propio.
Esta asimilación se efectuó del mismo modo con
que uno se asimila una lengua extraña: por la
traducción.
59
los ma
Es sabido cómo los monjes recamaban
maes
nuscritos en que se atesoraban las obras
in
tras del antiguo paganismo, superponiéndoles
sulsas historias católicas de santos. Los litera
tos alemanes procedieron a la inversa respecto
de la literatura profana francesa. Presentaban
sus dislates filosóficos bajo el original francés,
Asi, bajo la crítica francesa de las condiciones
hu-
del dinero, escribían: «enajenación del ser
rnano* ; bajo la crítica francesa del Estado bur
gués escribían: «abolición del dominio de lo uni
versal abstracto», etc.
La interpolación de esta fraseología filosófica en
el pensamiento francés la bautizaron como «filo
sofía de la acción», «socialismo verdadero», «cien
cia alemana del socialismo», «fundamentos filo
sóficos del socialismo», etc,
La literatura socialista y comunista francesa ha
quedado, así, formalmente castrada. Y puesto
que en manos alemanas dejó de expresar la lucha
de una clase contra otra, el alemán llegó a conven
cerse de haber superado la «estrechez francesa»
60
y de haber defendido, en lugar de los intereses del
proletariado, los intereses del ser humano, del
hombre en general, del hombre que no pertenece
a clase alguna, ni siquiera a la realidad, sino al
cielo nebuloso de la fantasía filosófica.
Este socialismo alemán, que tomó sus torpes
ejercicios escolares tan en serio y con tanta so
lemnidad y que los trompeteó con tanta charla
tanería, perdió, no obstante, poco a poco su pe
dantesca inocencia.
La lucha de la burguesía alemana, y particu
larmente de la prusiana, contra los feudales y la
monarquía absoluta, en una palabra, el movi
miento liberal, adquirió mayor seriedad.
Al socialismo «verdadero» se le presentó así la
deseada ocasión para confrontar las reivindica
ciones socialistas con el movimiento político; para
lanzar los anatemas tradicionales contra el libe
ralismo, el Estado representativo, la competencia
burguesa, la libertad de prensa burguesa, la li
bertad e igualdad burguesas; para predicar a las
masas que con este movimiento burgués no te-
61
nían nada que ganar y más bien todo que perder.
El socialismo alemán se olvidó a tiempo de que
la crítica francesa, de la que era eco insípido,
presuponía la sociedad burguesa moderna con las
condiciones materiales de existencia correspon
dientes y una constitución política adecuada, re
quisitos todos que se trataba de reconquistar
todavía en Alemania.
A los gobiernos absolutos de Alemania con su
cortejo de frailes, maestros de escuela, hidal-
giielos y burócratas, les sirvió este socialismo
de espantajo contra la burguesía amenazante en
su ascenso.
Constituyó el complemento dulzón de los amar
gos latigazos y balas de fusil con que los mismos
gobiernos respondían a los levantamientos obre
ros.
De suerte que si el socialismo «verdadero» era,
en manos de los gobiernos, un arma contra la
burguesía alemana, entonces representaba tam
bién directamente los intereses de la reacción,
los intereses del villanaje alemán. La pequeña
62
burguesía que, transmitida por el siglo XVI, re
surge desde entonces siempre de nuevo bajo for
mas diferentes, constituye en Alemania la ver
dadera base social de la situación existente.
Su conservación es la conservación de la situa
ción existente en Alemania. Teme que la do
minación industrial y política de la burguesía
acarree su ruina segura, por un lado, a conse
cuencia de la concentración del capital, por el
otro, debido al desarrollo del proletariado revolu
cionario. El socialismo «verdadero» le parece
capaz de matar los dos pájaros de un tiro. Se
propagó como una epidemia.
La vestimenta tejida con telaraña especulativa,
bordada de flores retóricas, empapada de rocío
de amor, esta vestimenta sentimental con que
los socialistas alemanes cubrían sus cuatro pe
dantescas «verdades eternas» sólo hizo aumentar
la venta de su artículo entre este público,
Por su parte el socialismo alemán ha ido com
prendiendo más y más su vocación de ser re
presentante campanudo de ese villanaje,
63
Proclamó a la nación alemana como la nación
modelo y al filisteo alemán como hombre ejem
plar. A todas las infamias de éste les dio un
sentido oculto, superior y socialista, allá donde
significaban todo lo contrario. Sacó la última
consecuencia al oponerse directamente a la ten
dencia «brutalmente destructora» del comunis
mo y al manifestar su imparcial superioridad por
encima de toda lucha de clases. Todas las pu
blicaciones pretendidamente socialistas y co
munistas que circulan en Alemania, pertenecen,
con muy pocas excepciones, a este género de li
teratura sucia y enervante.*
2. el socialismo conservador o burgués
una parte de la burguesía desea subsanar las
anomalías sociales para asegurar la estabilidad
de la sociedad burguesa,
•
La tormenta revolucionaria de 1848 ha barrido con toda esta
lastimosa escuela y quitado a sus capónenles toda gana de seguir
Kaciendo socialismo. El principal representante y tipo clásico de
asta tendencia es don Carlos Grün, I v,.<¡a de F. Engels.]
64
Pertenecen a ella economistas, filántropos, hu
manitarios, enmendadores de la situación de la
clase obrera, organizadores de la beneficencia,
protectores de los animales, fundadores de socie
dades de templanza, reformadores de tres al cuar
to de toda laya. Y este socialismo burgués lle
gó incluso a elaborar verdaderos sistemas.
Citemos como ejemplo la Philosophie de la
Mishre, de Proudhon.
Los socialistas burgueses quieren las condicio
nes de vida de la sociedad moderna sin las lu
chas ni los peligros que fatalmente surgen de ella.
Quieren la sociedad existente, descontando los
elementos que la subvierten y disuelven. Quie
ren la burguesía sin el proletariado. La burgue
sía, como es natural, se representa el mundo en
que domina como el mejor de los mundos. De
esta representación consoladora fabrica el socia
lismo burgués un sistema más o menos completo.
Cuando exhorta al proletariado a poner en prác
tica su sistema y hacer su entrada en la nueva
Jerusalén, en el fondo sólo le exige que continúe
65
en la sociedad actual pero que abandone el con
cepto rencoroso que tiene de la misma.
Otra forma del socialismo, menos sistemática,
sólo que más práctica, trató de malquistar a la
clase obrera con todo movimiento revoluciona
rio, demostrándole que no era tal o cual cambio
político, sino solamente una modificación de las
condiciones materiales de vida, de las condicio
nes económicas, la que podría serle útil. Empe
ro, por modificación de las condiciones materiales
de vida este socialismo no entiende en modo al
guno la abolición del régimen de producción bur
gués, sólo posible por procedimientos revolucio
narios, sino enmiendas administrativas efectuadas
sobre la base de estas condiciones de producción,
sin alterar, por lo tanto, en nada la relación entre
el capital y el trabajo asalariado, y que, a lo su
mo, le reducen a la burguesía los gastos de su
dominación y simplifican su presupuesto nacional,
El socialismo burgués alcanza su expresión ade
cuada sólo en el momento de convertirse en una
figura teórica.
66
¡Comercio libre! —
en interés de la clase traba
jadora; ¡aranceles proteccionistas! —
en interés
de la clase trabajadora: he aquí la última pala
bra del socialismo burgués, la única que ha pro
nunciado en serio.
El socialismo de la burguesía consiste precisa
mente en la afirmación de que los burgueses son
burgueses ¡en interés de la clase
—
trabajadora!
3. EL SOCIALISMO V EL COMUNISMO CRÍTICO-
UTÓPICOS
no hablamos aquí de la literatura en to
que
das las grandes revoluciones modernas expre
só las reivindicaciones del proletariado. (Los es
critos de Baboeuf, etc.)
Las primeras tentativas directas del proleta
riado para hacer prevalecer sus propios intereses
de clase de
en una
época agitación general, época
del derrumbe de la sociedad
feudal, fracasaron
irremediablemente, tanto por falta de madurez
del proletariado mismo como por ausencia de las
67
condiciones materiales de su emancipación, que
son precisamente el producto de la época bur
guesa. La literatura revolucionaria que acompa
ña a estos primeros movimientos del proletaria
do es, por su contenido, necesariamente reaccio
naria. Preconiza una ascética general y un igua
litarismo grosero.
Los sistemas socialistas y comunistas
propia
mente dichos, sistemas de Saint- Simón, Fourier
Owen, etc., surgieron en el primer período rudi
mental de la lucha entre el proletariado y la
burguesía, expuesto más arriba. (Véase Burgue
ses y Proletarios.)
Los inventores de estos sistemas no dejan de
ver el antagonismo y la fuerza de los elementos
disolventes en la sociedad dominante misma.
Pero no advierten, por el lado
proletario, ningu
na independencia histórica, ningún movimiento
político característico de él.
Puesto que el desarrollo del
antagonismo de
clases guarda el paso con el desarrollo de la in
dustria, no encuentran tampoco las condiciones
68
materiales de la emancipación del proletariado y
se empeñan en la búsqueda de una ciencia social
y de leyes sociales para crear esas condiciones.
A la actividad social tiene que anteponerse su
actividad inventiva; a las condiciones históricas
de la emancipación, condiciones fantásticas; a la
organización paulatina del proletariado en clase,
una organización social empollada ex profeso. El
porvenir de la historia se disuelve para ellos en
la propaganda y la realización práctica de sus
planes sociales.
Tienen, ciertamente, la conciencia de defender
en sus planes principalmente los intereses de la
clase trabajadora como la clase más sufrida. Sólo
bajo este aspecto de la clase más sufrida existe
el proletariado para ellos.
Pero la forma rudimental de la lucha de clases,
as! como sus propias condiciones de vida, les
llevan a considerarse muy por encima de todo
antagonismo de clase. Quieren mejorar las con
diciones de vida de todos los miembros de la so
ciedad, hasta de los más privilegiados. Por eso
69
hacen constantes llamamientos a la sociedad en
tera sin distinción, mas con preferencia a la cla
se dominante. ¡Como que basta simplemente
con comprender su sistema para reconocer en él
el mejor plan posible para la mejor sociedad po
sible!
Por consiguiente repudian toda acción política
y, en particular, toda acción revolucionaria; quie
ren lograr su fin por medios pacíficos y tratan de
desbrozar el camino del nuevo evangelio social a
fuerza de ejemplo y de pequeños experimentos
que, naturalmente, fracasan.
El cuadro fantástico de la sociedad futura, ex
puesto en una época en que el proletariado, aun
sumamente rudimental, concibe su propia situa
ción de una manera también fantástica, tiene
su origen en sus primeras einstintivas aspiracio
nes a una transformación general de la sociedad.
Sin embargo, los escritos socialistas y comu
nistas encierran también elementos críticos. Ata
can todas las bases de la sociedad existente. Han
aportado, por lo tanto, un material suma-
70
mente valioso para la ilustración de los trabaja
dores. Sus tesis positivas acerca de la sociedad
futura, en el sentido de suprimir los distingos en
tre la ciudad y el campo, de abolir la familia, la
ganancia privada y el trabajo asalariado, de pro
clamar la armonía social y la transformación del
Estado en una simple gerencia de la producción
—
todas estas tesis expresan meramente la des
aparición del antagonismo de clases, que apenas
comienza a desarrollarse y al que apenas conocen
en su primera vaguedad amorfa. Por consi
guiente las mismas tesis tienen todavía un sentido
puramente utópico.
La importancia del socialismo y comunismo
crítico-utópicos está en razón inversa del des
arrollo histórico. A medida que la lucha de clases
se va desarrollando y definiendo, todo este fan
tástico sentirse por encima de ella, esta fantás
tica impugnación de la misma, pierde todo valor
práctico, toda justificación teórica. Por eso, aun
que en muchos aspectos los autores de estos sis
temas fueron revolucionarios, sus discípulos for-
71
man siempre sectas reaccionarias. Frente al des
envolvimiento histórico del proletariado, se afe-
rran a las viejas concepciones de los maestros.
En consecuencia tratan de entorpecer de nuevo
la lucha de clases y de conciliar los antagonismos.
Aún siguen soñando con la realización empírica
de sus utopías sociales: fundación de falansterios
aislados, establecimiento de home-colonies, crea
ción de una pequeña Icaria* —
edición de tres al
cuarto de la nueva Jerusalén—y para edificar to
dos esos castillos en el aire tienen que hacer llama
mientos al corazón y al bolsillo de la filantropía
burguesa. Poco a poco van cayendo en la cate
goría de los socialistas reaccionarios o conserva
dores descritos más arriba, y se distinguen de
éstos tan sólo por una pedantería más sistemá
tica y una fe supersticiosa y fanática en los mi
lagrosos efectos de su ciencia social.
*
Home-colonies (colonias tierra adentro) llama Owen a sus so
ciedades comunistas modelo. Falansterio era el nombre de los pa
lacios súdales planeados por Fourier. Llamábase Icaria el utópico
país de fantasía, cuyas instituciones comunistas fueron descritas
por Cabet. [Nota de F. Engels.]
72
Por eso se oponen con saña a todo movimiento
político de los trabajadores, que no puede pro
venir sino de una ciega falta de fe en el nuevo
evangelio,
Los owenistas en Inglaterra y los fourieristas
en Francia reaccionan contra los cartistas allá
y contra los reformistas acá.
IV
ACTITUD DE LOS COMUNISTAS
ANTE LOS DIFERENTES
PARTIDOS DE
OPOSICIÓN
según lo expuesto en el capítulo n, la relación
entre los comunistas y los partidos obreros
ya constituidos se explica por sí misma y así
también su posición frente a los cartistas en In-
glaterrra y a los reformistas agrarios en Norte
américa.
Luchan por la consecución de los fines e inte
reses inmediatos de la clase trabajadora, pero
al mismo tiempo representan en el movimiento
actual el porvenir del movimiento.
En Francia los comunistas se unen al partido
socialista-democrático* contra la burguesía con-
*
El que se llamaba entonces en Francia partido socialista de
mocrático estaba representado políticamente por Ledru-Rollin y li
terariamente por Louis Blanc; había, pues, una diferencia como de
la noche al día entre él y la social -democracia alemana de hoy.
[Nota de F. Engels.]
74
servadora y radical, sin renunciar por ello al de
recho de adoptar una actitud crítica respecto
de las frases e ilusiones provenientes de la tra
dición revolucionaria.
En Suiza apoyan a los radicales, sin desconocer
que este partido se compone de elementos contra
dictorios, en parte de socialistas democráticos en el
sentido francés, en parte de burgueses radicales.
Entre los polacos los comunistas apoyan al parti
do que considera una revolución agraria como con
dición de la liberación nacional, al mismo partido
que organizó la insurrección de Cracovia en 1846.
En Alemania, tan pronto la burguesía adopta
una actitud revolucionaria, el partido comunista
lucha junto con la burguesía contra la monar
quía absoluta, la propiedad feudal de la tierra
y los pequeños burgueses,
Pero en ningún momento se olvida de labrar en
tre los obreros una conciencia lo más clara posible
del antagonismo hostil entre la burguesía y el pro
letariado, a fin de que los trabajadores alemanes
sepan convertir las condiciones sociales y políticas,
75
que la dominación burguesa forzosamente trae
consigo, en otras tantas armas contra la burgue
sía; a fin de que después del derrocamiento de las
clases reaccionarias en Alemania, comience inme
diatamente la lucha contra la propia burguesía.
Los comunistas concentran su principal aten
ción en Alemania, por encontrarse Alemania en
vísperas de una revolución burguesa y por llevarla
a cabo en condiciones de civilización europea ge
neralmente más avanzadas y con un proletariado
mucho más desarrollado que los de Inglaterra en
el siglo xvn y Francia en el xvín ; por todo lo cual
la revolución burguesa alemana sólo puede ser el
preludio inmediato de una revolución proletaria.
En una palabra, los comunistas apoyan en todas
partes cualquier movimiento revolucionario con
tra las condiciones sociales y políticas existentes.
En todos estos movimientos ponen de relieve
la cuestión de la propiedad, cualquiera que sea
la forma más o menos desarrollada que pueda
revestir, como la cuestión fundamental del mo
vimiento.
76
Por último, los comunistas
trabajan en todas
partes por la unión y el entendimiento entre los
partidos democráticos de todos los países.
Los comunistas consideran
indigno de ellos di
simular sus ideas y propósitos. Declaran
abiertamente que sus fines sólo pueden lograrse
por la subversión violenta de todo el orden
social existente. Ya pueden temblar las clases
dominantes ante una revolución comunista. Los
proletarios nada tienen que perder en ella sino
sus cadenas. Tienen un mundo por ganar.
¡Proletarios de todos
los
países,
u n í o s !
COLOFÓN
ACABÓSE DE IMPRIMIR EN LAS
PRENSAS DE LA EDITORIAL
UNIVERSITARIA, S.A., A LOS
CIEN AÑOS DE LA APARICIÓN
DEL MANIFIESTO COMUNISTA,
SANTIAGO DE CHILE,
EN DICIEMBRE