FELIPEMUNITA
FELIPEMUNITA
Felipe Munita
Septiembre, 2014
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Trascender es eso ante todo: mediar, ir y venir entre lugares extremos
María Zambrano
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AGRADECIMIENTOS
5
padres, mi primer y más preciado ejemplo de mediadores, a quienes
debo el profundo interés por la persona humana que está en el origen de
este trabajo. A mis amigas y amigos cercanos, de acá y de allá, por el
maravilloso soporte afectivo que me brindan. A los equipos de la
Universidad Austral de Chile, Universidad Católica de Temuco y
Fundación La Fuente, por acompañar aquella primera etapa de desarrollo
profesional que derivó en la necesidad de emprender nuevos procesos de
formación. A Roberto Cabrera (in memoriam), Enrique Riquelme y
Daniela Cavalli, por su amistoso apoyo en diversos pasajes del camino.
A CONICYT y el Programa Becas Chile, que me han permitido
dedicarme en profundidad a este proyecto durante cuatro años. No
puedo dejar de manifestar aquí el orgullo que ha significado formar parte
de una política pública de largo plazo, destinada a aportar un grano de
arena en esa vasta playa que conforma el desarrollo humano, social y
educativo de un país.
A Paola, a quien debo mil y una formas de apoyo, desde sus
múltiples ayudas en cuestiones de orden práctico hasta el constante
soporte afectivo y emocional sin el cual nada de esto sería posible. A ella,
pues, dedico estas páginas.
6
ÍNDICE
7
3.2.4. El debate en torno a la eficacia de la formación docente en la
evolución de las creencias: una mirada desde la educación literaria ..... 110
8
6.4.1. Perfil lector ............................................................................................250
6.4.2. Sistema de creencias ............................................................................256
6.5. Lector débil 2: Ricard ..................................................................................264
6.5.1. Perfil lector ............................................................................................264
6.5.2. Sistema de creencias ............................................................................270
6.6. Lectora débil 3: Beatriu ...............................................................................277
6.6.1. Perfil lector ............................................................................................277
6.6.2. Sistema de creencias ............................................................................284
6.7. Síntesis de resultados estudio de caso n°1 ...............................................289
6.7.1. Síntesis lectora fuerte 1: Julia .............................................................. 290
6.7.2. Síntesis lectora fuerte 2: Carme ..........................................................292
6.7.3. Síntesis lectora fuerte 3: Lara ..............................................................294
6.7.4. Síntesis lectora débil 1: Núria .............................................................296
6.7.5. Síntesis lector débil 2: Ricard ..............................................................299
6.7.6. Síntesis lectora débil 3: Beatriu...........................................................301
6.7.7. Cuadro de síntesis de resultados estudio de caso n°1 ....................302
9
8.3.3. Prácticas didácticas ............................................................................. 450
8.4. Raquel........................................................................................................... 455
8.4.1. Perfil lector ........................................................................................... 455
8.4.2. Sistema de creencias ........................................................................... 462
8.4.3. Prácticas didácticas ............................................................................. 478
8.5. Síntesis de resultados estudio de caso n°3 ............................................... 484
8.5.1. Síntesis Andrea .................................................................................... 484
8.5.2. Síntesis Marta ...................................................................................... 489
8.5.3. Síntesis Raquel..................................................................................... 494
8.5.4. Cuadro de síntesis de resultados estudio de caso n°3 .................... 499
10 Conclusión 522
10
Resumen
Resumé
11
s’agit d’une étude de cas collectif développée avec deux groupes de
participants différents : d’une part, des futurs enseignants, et, d’autre
part, des enseignantes d’éducation primaire. Les méthodes de
construction des données se sont structurées autour du récit de vie, de
l’entretien compréhensif, de l’observation de classe et, de manière
complémentaire, du journal de terrain. Les résultats renforcent l’idée de
l’existence d’un rapport entre le parcours du lecteur personnel et les
représentations sur l’éducation littéraire, ainsi que l’importance des
représentations des enseignants sur leurs pratiques didactiques.
Cependant, les résultats montrent également qu’il est bien évidemment
impossible d’interpréter ces rapports comme des relations absolues dans
la mesure où le contexte institutionnel et éducatif influence aussi les
pratiques didactiques des enseignants sur la littérature.
Abstract
12
INTRODUCCIÓN
13
engarzaba con la convicción de que la escuela constituye nuestra “gran
ocasión” (Montes, 2007) para formar lectores en todos y cada uno de los
grupos sociales. Y al decir escuela decimos también maestros, pues lo que
la institución escolar pueda hacer para garantizar la apropiación de la
cultura escrita por parte de todos sus alumnos pasa, en buena medida,
por lo que hagan o dejen de hacer los mediadores que actúan en ella.
A día de hoy, sabemos que el análisis de las actuaciones docentes
es indispensable en la comprensión del aprendizaje en contexto escolar
(Goigoux, 2001). En efecto, pocos aspectos de la investigación educativa
suscitan tanta unanimidad como la idea de que el “factor profesor”
(Ruiz-Bikandi y Camps, 2007) es la principal clave del aprendizaje de los
alumnos. Pero sabemos, también, que las actuaciones docentes
responden a múltiples factores y que se alimentan de fuentes
extremadamente diversas. En otras palabras: tenemos clara conciencia
acerca de la complejidad que supone el estudio de las prácticas
mediadoras de un profesor, más aún cuando se trata de un objeto
didáctico particularmente evanescente como es la literatura.
¿Cuáles son, entonces, esas fuentes que nutren las prácticas
personales de un mediador en relación a la lectura literaria? Podría
decirse que esta pregunta venía conmigo en el año 2010, al momento de
instalarme en Barcelona para comenzar este nuevo proceso de desarrollo
profesional. Y muy pronto, esa fértil intersección que se produce entre la
propia reflexión, el espacio de diálogo con otros y la lectura de ciertos
textos particularmente reveladores, me mostró un posible camino a
seguir en el intento por construir una respuesta. Se trataba, pues, de
indagar en la incidencia que tanto los hábitos lectores del docente como
sus creencias sobre la lectura literaria pueden tener en sus prácticas
mediadoras en torno a la literatura. De este modo, retomaba una de las
cuestiones que durante años había estado en el centro de mis intereses
profesionales, la identidad lectora del mediador, y lo complementaba con
un aspecto vital para la comprensión de la actividad del profesor: sus
creencias y representaciones sobre aquello que enseña. Pues, como ha
señalado Langer (1995: 79), si la enseñanza de la literatura es
“esencialmente una actividad social, quiénes participan de ella, cómo
interactúan y qué piensan y saben es central”2.
Con ese norte comenzó el largo proceso de investigación y
reflexión que hoy converge en estas páginas. El informe resultante está
estructurado en dos partes. La primera corresponde al marco teórico que
2Las citas originalmente escritas en otras lenguas han sido traducidas con la finalidad de
otorgar una mayor fluidez a la lectura. Las traducciones son nuestras (agradecemos, en este
punto, la colaboración de Daniela Cavalli con aquellas provenientes del ámbito anglosajón).
14
sirve como referencia para situar el presente estudio en aquellos campos
y líneas de investigación en los cuales se inscribe. Diremos, al respecto,
que nuestro objeto de estudio se sitúa, en primer lugar, en el campo
científico de la didáctica de la literatura, pero que dada su naturaleza
dialógica, convoca también otras disciplinas y líneas de investigación a
las que resultaba importante atender. Pues, si nos interesaban las
creencias de un docente acerca de la educación literaria, el trabajo
engarzaba con la línea de estudios sobre el pensamiento del profesor. Si
el interés apuntaba también a los hábitos lectores de este particular
mundo social, el campo denominado “sociología de la lectura” resultaba
igualmente relevante. Y, finalmente, si queríamos indagar en la noción
misma de “mediador”, debíamos atender a lo que se ha dicho sobre ella
en otros campos, así como al contexto social en el cual dicha noción se ha
desarrollado.
Así, este verdadero “cruce de caminos” disciplinar derivó en una
primera parte formada por cuatro capítulos. El capítulo 1, El mediador y la
promoción de la lectura, sitúa al lector en el contexto social de promoción
de la lectura que ha caracterizado el debate sobre la formación de lectores
en las últimas dos décadas. A su vez, este apartado se preocupa
especialmente de problematizar el término “mediador”. Pues si, como
sabemos, el lenguaje no es solo3 un instrumento para hablar “sobre” la
realidad sino también para construirla (Echeverría, 1994), resulta
fundamental atender al tipo de realidad que esta palabra suscita, así
como a las diversas connotaciones y tradiciones que convoca. Es, en
definitiva, un intento por caracterizar aquella figura social denominada
extensamente como “mediador de lectura”, que a su vez está en la base
del tipo de aproximación al rol docente adoptado en este trabajo.
El capítulo 2, De la sociología de la lectura al “sujeto lector didáctico”,
explica el desarrollo que, en aproximadamente cincuenta años, ha tenido
el campo científico que estudia los hábitos lectores de la población, para
luego derivar hacia la focalización en aquellos estudios que entregan
información más específica sobre las prácticas lectoras del profesorado.
En este punto, es indudable la mixtura que la segunda parte del capítulo
ofrece entre los intereses de la sociología de la lectura y aquellos del
campo disciplinar de la didáctica de la lengua y la literatura. Por su parte,
el capítulo 3, El pensamiento del profesor, presenta los principales avances
de aquella línea de investigación sobre creencias docentes que tan
relevante ha sido en la concepción de la didáctica de los últimos veinte o
3Para la escritura del presente informe, nos acogemos a las últimas recomendaciones de la
Real Academia Española (en adelante, RAE) en relación a eliminar la tilde diacrítica del
adverbio solo, así como de los pronombres demostrativos.
15
treinta años. Así, se avanza desde un panorama general del campo hacia
la focalización en estudios sobre creencias y saberes de docentes en el
ámbito más específico de la educación lectora y literaria.
Finalmente, el capítulo 4, La didáctica de la literatura, intenta situar
los avances producidos en este relativamente reciente campo científico,
desde la atención a aquellos espacios que ayudaron en la conformación
de la disciplina hasta la presentación del nuevo paradigma de educación
literaria que hoy prevalece en el discurso académico sobre la enseñanza
de la literatura en la escuela. Reservamos, aquí, una especial atención a la
caracterización del mediador de lectura en contexto escolar, figura que
desde nuestra perspectiva presenta ciertas continuidades en relación al
concepto genérico de “mediador de lectura” utilizado en contextos
extraescolares, pero también ciertos rasgos diferenciales a los cuales es
necesario atender para una visualización más clara de sus funciones.
A su vez, la segunda parte del informe corresponde al estudio
propiamente tal. El capítulo 5, Diseño general de investigación, presenta los
lineamientos metodológicos que guiaron la realización del presente
trabajo. Así, este apartado define aspectos como los objetivos y preguntas
de investigación, el paradigma metodológico al que se adscribe, los
procedimientos de construcción y tratamiento de los datos y, en ese
marco, las diversas opciones investigadoras tomadas en el transcurso del
estudio.
Los capítulos 6, 7 y 8, corresponden a la presentación detallada
de los análisis realizados por cada uno de los doce participantes de la
investigación, así como a la síntesis de los principales resultados
obtenidos. La división de estos capítulos responde a los diversos estudios
de caso desarrollados, que son los siguientes: Primer estudio de caso: los
estudiantes de Magisterio; Segundo estudio de caso: las maestras de la Escuela 1;
y Tercer estudio de caso: las maestras de la Escuela 2.
El capítulo 9 se centra en la Discusión de resultados. Como su título
indica, en este apartado se discuten los principales hallazgos obtenidos
en cada uno de los estudios de caso implementados. La discusión se
funda tanto en la propia reflexión como en el diálogo que los resultados
establecen con otros estudios en el mismo ámbito. Llegados al final del
informe, el capítulo 10 presenta una Conclusión a partir del trabajo
realizado, acentuando sobre todo en las aportaciones que la investigación
ofrece para el campo de la didáctica de la lengua y la literatura4.
El informe finaliza con el listado de las diversas Referencias
bibliográficas utilizadas. Por su parte, se incluye también un documento en
4 Como parte de los requisitos para optar a la mención de Doctor Internacional, las
16
formato digital (ver CD adjunto en la contraportada) con los Anexos de la
investigación.
Cerraremos este apartado introductorio con una acotación final.
Como ya se ha observado, esta no es una tesis sobre el aprendizaje
literario de los alumnos, sino sobre los profesores que hacen ese
aprendizaje posible. En esa línea, quizás el punto de arranque haya sido
la certeza acerca de que una comprensión más ajustada y profunda de los
diversos factores que inciden en las prácticas mediadoras de un sujeto
sobre la lectura literaria, puede ayudarnos a avanzar en los propósitos de
mejora compartidos por tantos profesionales que dedican sus esfuerzos a
hacer de la literatura una experiencia personal y social de relevancia en
las aulas. Una experiencia que favorezca descubrimientos importantes de
las nuevas generaciones sobre sí y sobre el mundo. Tal como tuve la
suerte de vivir en mi adolescencia, en aquella sala de clases cuya imagen
todavía sobrevuela estas líneas.
17
18
PRIMERA PARTE: MARCO DE REFERENCIA
19
20
1. EL MEDIADOR Y LA PROMOCIÓN DE LA LECTURA
21
amplios y diversos. Pero la idea actual de promoción de la lectura,
formulada en términos de “despertar el deseo de leer, crear hábitos
lectores o llevar a la construcción de una cultura letrada más amplia y
constante” (Colomer, 2004: 9), es un objetivo social cuya especificidad se
ha construido fundamentalmente en los últimos 50 ó 60 años.
Probablemente, el espacio público en el que mejor pueda
observarse este proceso de transformación de la relación con el mundo de
lo escrito sean las bibliotecas. Espacios que, como señala Seibel (1988),
estaban tradicionalmente destinados a las necesidades intelectuales de
una exclusiva elite letrada, único grupo de la sociedad civil que tenía
acceso al libro y que ostentaba por tanto el privilegio de la práctica
lectora. En ese contexto, las pocas bibliotecas existentes se concebían
como lugares de conservación y transmisión de la cultura humanista y
científica, función que se mantuvo inalterable hasta, al menos, finales del
siglo XIX.
Sin embargo, los cambios sociales ligados a los nuevos ideales
democráticos hacen que, ya en las primeras décadas del siglo XX, surjan
ciertas voces disidentes que claman por una redefinición del espacio
bibliotecario, de sus funciones y públicos tradicionales (Chartier y
Hébrard, 1994). En Francia, por ejemplo, los movimientos anteriores
tendieron a la formación de dos modelos bibliotecarios muy diferenciados
entre sí y que coexistieron durante varias décadas: la biblioteca de estudio
para las elites, y las bibliotecas populares para el resto de la población;
sistemas que, luego de 1968, se fusionan en un nuevo modelo de
biblioteca pública universalista y para todos (Bertrand, 2003).
A su vez, este movimiento en pos de la lectura pública encuentra
un importante punto de apoyo en uno de los principales descubrimientos
de la sociología de la educación de los años sesenta. Se trata del flagrante
constato de las inequidades sociales que inciden en la apropiación del
“capital cultural”5 por parte de los nuevos ciudadanos, inequidades
reforzadas incluso en el seno del espacio más democrático que se haya
concebido hasta entonces como es la escuela (Bourdieu y Passeron, 1966).
La situación anterior, que desnudaba los límites de la pretendida
democratización de la enseñanza, derivó en un fuerte desarrollo de
programas culturales en medios desfavorecidos, tanto desde las políticas
públicas como desde el ámbito privado.
5 Se rescata aquí la noción de “capital cultural” formulada por Bourdieu y Passeron (1977:
71), es decir, entendida como aquellos “bienes culturales que transmiten las diferentes
acciones pedagógicas familiares y cuyo valor como capital cultural está en función de la
distancia entre la arbitrariedad cultural impuesta por la acción pedagógica dominante y la
arbitrariedad cultural inculcada por la acción pedagógica familiar en los diferentes grupos o
clases”.
22
Buen ejemplo de ello es la emergencia del movimiento de la
“animación cultural” (Augustin y Gillet, 2003; Andrade de Melo, 2006)
proveniente de las corrientes de educación popular, y pensado como una
propuesta de pedagogía social que orienta sus esfuerzos hacia la
disminución de las desigualdades sociales para la apropiación de los
bienes culturales. En ese contexto, y premunidos de ideales y estrategias
de acción similares a las de aquellos animadores, muchos bibliotecarios
salen de sus bibliotecas para ir al encuentro de nuevos lectores. “¿Cómo
poner la literatura y el libro al servicio de las clases populares?” (Robine,
2001: 21) era, pues, la pregunta que sobrevolaba este movimiento,
caracterizado por múltiples acciones tendientes a democratizar el acceso a
la lectura para todos los sectores de la población.
Asimismo, en estos años comienza a instalarse en la comunidad
internacional un discurso de valorización de la lectura que funciona,
hasta hoy, como principal motor de las acciones de promoción del libro.
Esto es importante pues, tal como ha destacado Bonaccorsi (2007), la
intervención pública en el dominio de la lectura se ejecuta tanto en un
nivel concreto (por ejemplo, mediante la construcción de bibliotecas)
como discursivo (esto es, generando la creencia colectiva sobre el valor de
la lectura). Al respecto, Bombini (2008a) ha identificado los discursos más
recurrentes en la actualidad para generar la creencia sobre el valor de la
lectura, resumibles en tres grandes espacios: su incidencia en la formación
ética y moral del sujeto, el valor instrumental que supone el acceso a la
información y la inmersión en el mundo de lo escrito, y la contribución de
la práctica de la lectura en la construcción de la subjetividad y de la
identidad personal y social del sujeto. En efecto, y tal como veremos a
continuación, la interacción de estos discursos con los avances producidos
a nivel concreto parece ser clave en la progresiva consolidación del
campo.
Algunos ejemplos ayudan a situar este proceso, desarrollado
fundamentalmente desde inicios de los años setenta. La Asamblea
General de la UNESCO proclama 1972 como el Año Internacional del Libro,
manifestando asimismo su intención de que “todo el mundo se preocupe
por fomentar el hábito de leer” (Bamberger, 1975: 12). Evidentemente, la
expansión de servicios bibliotecarios se asume como uno de los factores
claves en este camino. En Francia, la dotación de bibliotecas públicas se
duplica entre los años setenta y ochenta (Robine, 2001), periodo en el que
también se inaugura la Bibliothèque Publique d’Information Georges
Pompidou, referente ineludible de los nuevos espacios bibliotecarios
caracterizados por la diversificación tanto del público destinatario como
23
de las actividades culturales ofrecidas6. Similares procesos de ampliación
de la cobertura bibliotecaria se viven poco después en España: en 1989, la
creación del Sistema Español de Bibliotecas evidencia los esfuerzos por
hacer de las bibliotecas públicas un conjunto cada vez más organizado y
efectivo de centros de lectura para toda la población (Mayol y Massisimo,
1993).
Si bien este amplio movimiento de dotación de centros
bibliotecarios debió esperar un tiempo más en el caso de Latinoamérica,
ya en los años ochenta se observan importantes manifestaciones en torno
a la necesidad de construir un espacio discursivo en el cual se apoyen las
acciones de fomento de la lectura. El Primer Encuentro Americano de
Especialistas en Lectura (1982), entre cuyos objetivos estaba el promover
hábitos de lectura y favorecer el acercamiento de niños y jóvenes al libro,
o el Primer Congreso Latinoamericano de Lectoescritura (1984), cuyo tema
central era “la formación de buenos lectores en América Latina”, ayudan
a situar los primeros esfuerzos colectivos en este ámbito (Rivas, 1990).
Poco después, en 1992, el CERLALC7 convoca la Reunión Internacional de
Políticas Nacionales de Lectura para América Latina y El Caribe, instancia en la
que a partir de ciertos principios básicos como la democratización de la
lectura y la valoración de la diversidad cultural, se construyó una primera
propuesta para que los gobiernos de la región concibieran la promoción
de la lectura como política pública (Castrillón, 2004).
Así pues, diríase que las últimas tres décadas del siglo XX se
caracterizaron por una intensa actividad a favor del libro y la lectura. Una
actividad que reposa sobre la idea de que no basta con los buenos índices
de alfabetización conseguidos a esas alturas en la mayoría de las
sociedades occidentales, sino que se debe trabajar también en pos de “la
formación de lectores críticos, autónomos y con capacidad de hacer
diversos usos de la cultura escrita a favor de sí mismos y de los demás”
(Robledo, 2010: 15). Y en el caso de las nuevas sociedades democráticas
hispanoamericanas, esto pareció cobrar especial relevancia en tanto
herramienta fundamental de participación ciudadana y de lucha contra
los mecanismos de exclusión que tan frecuentemente lastran a los países
de la región.
El interés común que manifestaron diversos gobiernos al respecto
derivó en la creación, en 2004, de un Plan Iberoamericano de Lectura,
ILíMITA, cuyo objetivo principal era lograr que el fomento de la lectura y
6 En ese contexto, no resulta extraño que hayan sido precisamente las bibliotecas el espacio
público cuya frecuentación creció más durante la última década del siglo XX en Francia
(Jogand, 1998).
7 Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe.
24
la escritura se transformara en política pública en todos los países de la
región. En ese marco se fijaron ciertas líneas de acción prioritarias, entre
las cuales destacaremos: garantizar el acceso de la población a la cultura
escrita, implementar programas de promoción de la lectura en contextos
diversos (desde bibliotecas y escuelas hasta espacios alternativos como
cárceles u hospitales), formar mediadores de lectura que actúen en el
ámbito escolar y extraescolar, así como crear y fortalecer las bibliotecas
públicas y escolares (ILIMITA, 2004).
Quizás el resultado global más visible de estos esfuerzos sea la
rápida concreción de Planes Nacionales de Lectura. Así, en un periodo de
tiempo muy breve, que va desde 2003 hasta 2009, se comenzaron los
procesos de diseño e implementación de planes nacionales en
prácticamente todos los países del contexto iberoamericano (esto es:
América Latina, España y Portugal), tal como lo muestra el proyecto
RedPlanes8 del CERLALC. Esto ha permitido la construcción de marcos
institucionales que, poco a poco, han dotado de unas líneas comunes de
actuación a los múltiples y a veces aislados esfuerzos realizados en este
ámbito. Lo anterior ha llevado a subrayar que hoy, contrariamente a lo
que sucedía hace algunos lustros, “hablar de promoción de la lectura es,
en gran medida, hablar de políticas públicas” (Soares Neves, Lima y
Borges, 2008: 73).
Podría decirse que la extensión de las bibliotecas públicas
constituyó una de las más destacadas líneas de actuación de esas nuevas
políticas. Así, ya en la primera década de este siglo, los avances en la
dotación de bibliotecas son evidentes en muchos de los países de la
región. A modo de ejemplo, la cobertura alcanza ya el 60% del total de
municipios en Portugal (Morão, 2009), y una extensión casi universal en
el caso de España, con un 97% de municipios que cuentan con al menos
una biblioteca o una visita periódica de bibliobús (Hernández, 2008). En
el continente americano, por su parte, el inicio de siglo acoge la creación
de nuevas infraestructuras bibliotecarias pensadas como grandes espacios
para la lectura y la expresión cultural de todos los sectores de la
población. Proyectos emblemáticos en sus respectivos países como la
Biblioteca de Santiago (Chile), la Grande Bibliothèque (Quebec, Canadá), la
Biblioteca Vasconcelos (México) o los Parques Biblioteca de Medellín
(Colombia), inaugurados todos entre 2005 y 2007, son buenos ejemplos de
ello9. La fuerte inversión pública que cada uno de estos proyectos supone
de Lectura (Redplanes) tiene como objetivo apoyar y asesorar a los gobiernos en esta área.
Puede verse más información en http://www.cerlalc.org/redplanes/secciones/pnlb.html#1
9 La orientación de estos “megaproyectos” bibliotecarios hacia públicos diversos se
25
es, quizás, el mejor indicador de la relevancia que ha adquirido la nueva
concepción de biblioteca como espacio central para la actividad cultural
de la ciudadanía.
A su vez, la focalización en la biblioteca pública ha ido
acompañada de un movimiento complementario: la diversificación de
espacios para la promoción de la lectura (Robledo, 2010). En el entendido
de que esta actividad no puede restringirse únicamente a las paredes de
una biblioteca, se multiplican los programas que llevan el libro hacia
espacios no convencionales de lectura, precisamente buscando
diversificar los públicos que puedan acceder a ella. En ese marco, es
especialmente interesante la revisión que Soares Neves et al. (2008) han
realizado sobre los principales programas de fomento lector desarrollados
en los países de la OCDE. Sus resultados muestran que, junto a espacios
tradicionales como el hogar o la escuela, los actuales proyectos de lectura
se desarrollan en ámbitos tan diversos como hospitales y centros de
salud, empresas, clubes deportivos, centros de tercera edad, orfanatos o
prisiones, entre otros.
En este contexto de diversificación de espacios y públicos, los
grupos sociales a los que se ha dirigido la mayor cantidad de proyectos
son, como cabría esperar, los niños y jóvenes, situación que a menudo
deriva en la consideración de la promoción de la lectura como un campo
cuya acción prioritaria se centra en la infancia y la adolescencia (Bajour,
2009). Probablemente, la línea de actuación más relevante en ese sentido
sea la entrada de la promoción de la lectura a los centros escolares,
movimiento que por su especificidad trataremos en el siguiente apartado.
No obstante, la focalización en el público escolar no ha sido excluyente,
pues ha coexistido con proyectos dirigidos a niños y jóvenes en ámbitos
extraescolares como el hogar o centros comunitarios de diverso tipo.
En ese ámbito se enmarca otra línea igualmente prioritaria de
trabajo, la preocupación por la primera infancia, apoyada en el constato
de que no hay “nada que proporcione mejor el sentimiento de
familiaridad con las obras culturales que una frecuentación precoz e
inserta en los ritmos ordinarios de la vida familiar” (Bourdieu y Darbel,
2003/196910: 115). Esto ha llevado, entre otros movimientos de interés, a la
multiplicación de las llamadas “bebetecas” en varios países de América y
Bibliothèque de Quebec, que habla de un gran espacio cultural que acogerá “públicos de
todas las edades y de todas las condiciones sociales, incluyendo a los investigadores, los
estudiantes, los recién llegados, las personas en dificultad de lectura y los trabajadores”
(MCC, 1998: 26).
10 En aquellas referencias bibliográficas en las que hay más de dos décadas de diferencia
entre la publicación consultada y la primera edición del texto, hemos optado por incluir
ambas fechas para marcar el significativo tiempo transcurrido entre una y otra edición.
26
Europa, así como a la realización de múltiples proyectos de fomento de
lectura centrados en la construcción de relaciones de afectividad en el
seno de un “triángulo amoroso” formado por el niño, la madre y el libro
en tanto objeto de diálogo cultural entre ellos y con el mundo (Reyes,
2007). Así, experiencias como la alfabetización familiar en los Estados
Unidos (Purcell-Gates, 2003) o los programas de la asociación ACCES11 en
Francia (Bonnafé, 2008), han dado cuenta del enorme potencial de la
inmersión temprana en diversas prácticas letradas (especialmente la
lectura de cuentos) para favorecer la apropiación cultural y la posterior
inmersión de los niños en el mundo de lo escrito.
En suma, y más allá de proyectos y públicos particulares, lo que
este recorrido pretende destacar es la aparición de un contexto social que,
en las últimas décadas, ha favorecido la instalación de la promoción de la
lectura como un objetivo socioeducativo especialmente relevante en el
desarrollo de las sociedades contemporáneas. Los diversos ejemplos
ofrecidos para ello muestran que nunca como hoy el sistema de
circulación de la cultura escrita fue tan extenso, ni hubo tantas
posibilidades de acceso a la lectura por parte de grupos sociales cada vez
más amplios y diversos.
En ese contexto de ampliación de la idea de una lectura pública y
para todos, es igualmente importante la consideración de la paradoja que
se instala en el seno mismo del proyecto social de la promoción de la
lectura. Paradoja que, en palabras de Reuter, radica en pensar la lectura
como una “práctica cultural dada como accesible a todos, como negación
de las mediaciones y que, sin embargo, las necesita” (1991: 65). Lo
anterior engarza con los aprendizajes que nos dejaron algunos de los
programas de renovación bibliotecaria de los años setenta y ochenta: no
basta con instalar bibliotecas en los barrios para que las familias alejadas
del libro participen de ellas (Mascaras-Bacon, 1995). Y engarza,
igualmente, con la constatación que hicieran Bourdieu y Darbel
(2003/1969) en los museos franceses: pese a crear condiciones que facilitan
el acceso para todos, solo 1 de cada 10 visitantes corresponde a oficios
(agricultores, obreros, artesanos o comerciantes) que no son los de las
profesiones liberales propias de las clases cultas. Como los propios
autores señalan:
Dado que nada es más accesible que los museos y que los
obstáculos económicos cuya acción se deja percibir en otros
dominios no tienen aquí ninguna relevancia, parece fundada la
invocación a la desigualdad natural de las “necesidades
27
culturales”. Pero el carácter autodestructivo de esta ideología
salta a la vista: si es incontestable que nuestra sociedad ofrece a
todo el mundo la pura posibilidad de disfrutar de las obras
expuestas en los museos, también es cierto que sólo unos
cuantos tienen la posibilidad real de llevar a cabo esa posibilidad
(Bourdieu y Darbel, 2003/1969: 75).
12El caso chileno bien podría ejemplificar esa dinámica: pese a ser uno de los países cuyas
redes bibliotecarias y programas de fomento lector han visto un mayor crecimiento y
expansión en los últimos lustros, el porcentaje de población inscrita como socio de alguna
biblioteca continúa, según un estudio reciente (FLF, 2010), estando bajo el 10%.
28
mismo, a los otros y al mundo, y en eso que permite construir ese
vínculo” (Mellouki y Gauthier, 2005: 12). En esta perspectiva, toda acción
de promoción cultural como lo es la promoción de la lectura, se fundaría
en procesos que ayuden tanto a fortalecer esos vínculos como a favorecer
la lenta adquisición de las posturas culturales por parte del sujeto,
situación que necesita de esa doble continuidad (en términos de tiempo y
de prácticas culturales) mencionada anteriormente.
Todo esto implica, al menos, dos importantes movimientos
internos para la (re)definición del campo de la promoción de la lectura. El
primero es el progresivo alejamiento de la idea de “animación a la
lectura” que acompañó sus primeras formulaciones en los últimos lustros
del siglo XX. Entendida como un amplio y heterogéneo conjunto de
estrategias y actividades para promover el acercamiento de niños y
jóvenes al libro (Osoro, 2002), esta idea de animación ha sido poco a poco
superada a partir de la constatación de sus limitaciones, entre las cuales
podrían destacarse lo efímero de sus actuaciones, cierto carácter
homogeneizador de sus prácticas (Rodríguez, 2008), y una tendencia a
poner en juego formas de “espectacularización” de la lectura (Bonaccorsi,
2007; Bajour, 2009) que no necesariamente llevan a establecer relaciones
duraderas y profundas con los textos. La diferenciación que Martín
Barbero y Lluch (2011) hacen entre actividad y experiencia de lectura
entrega otra mirada en esta línea: mientras la primera supone prácticas
aisladas y sin una continuidad temporal que las dote de sustentabilidad,
la segunda alude al objetivo de transformar las prácticas lectoras en
verdaderas experiencias de vida para el sujeto, propósito que tiende a
realizarse mediante programaciones coordinadas, fundamentadas y
sostenidas en el tiempo.
Lo anterior enlaza, pues, con un segundo movimiento: la
necesidad de repensar la promoción de la lectura en términos de su
potencial para favorecer la “experiencia de la lectura” en el sentido que le
da Larrosa (2003); es decir, en términos no solo de lo que sucede
exteriormente sino, y principalmente, en tanto aquello que nos acontece a
partir del encuentro con un texto. Si la apropiación cultural, como hemos
visto, pasa por la puesta en juego de la posibilidad real que un sujeto
determinado tiene para acceder a los bienes culturales y, en definitiva, a
la experiencia de la lectura, parece fundamental que el campo oriente sus
esfuerzos hacia la construcción de las condiciones que permiten la
realización de esa posibilidad. En palabras del propio Larrosa: “La
experiencia de la lectura, si es un acontecimiento, no puede ser causada,
no puede ser anticipada como un efecto a partir de sus causas, lo único
que puede hacerse es cuidar de que se den determinadas condiciones de
posibilidad” (2003: 40).
29
Evidentemente, esas condiciones de posibilidad van más allá del
mero acceso a los textos: se relacionan con un trabajo específico sobre las
múltiples mediaciones que inciden en su apropiación por parte de los
sujetos. Se relacionan, también, con la existencia de personas facilitadoras
de esos encuentros, especialmente cuando se trata de acercarse a objetos
culturales que, como los libros, suelen intimidar y construirse para
muchos como sinónimo de rechazo y exclusión (Patte, 1988; Petit, 2001).
Desde esta perspectiva, creemos que la promoción de la lectura
puede llegar a ser aquel espacio de transformación personal y social que
señalara Robledo (2010). A su vez, nos parece que reorientar sus objetivos
y sus prácticas en el sentido que dibujan los movimientos anteriormente
expuestos ayudaría a que la promoción de la lectura fuese también una
acción sociocultural destinada a “promover a los sujetos para que no sean
excluidos del campo de la cultura escrita y del sistema educativo”
(Bombini, 2008a: 25). Ya las aproximaciones etnográficas, particularmente
los trabajos de Petit (1999, 2001, 2009), mostraron que cuando la lectura
deviene experiencia es siempre constructora de sentido para el sujeto y
contribuye a la elaboración de un espacio propio que permite una cierta
toma de distancia frente a los determinismos familiares o sociales. Es
decir, mostraron que la lectura puede contribuir, en ciertas condiciones, a
fortalecer los procesos de democratización conducentes a que “cada
hombre y cada mujer puedan ser más los sujetos de su destino, singular y
compartido” (Petit, 2001: 104).
Resta decir, para terminar, que el trabajo en pos de esas
condiciones de posibilidad para la experiencia de la lectura pasa, en
muchas ocasiones, por el papel que la escuela juegue en ese propósito.
Especialmente, como nos lo recuerda Castrillón (2004), en contextos como
el iberoamericano, un espacio geográfico-cultural en el que la relación con
los libros no suele ser algo dado en el ámbito familiar. Esto nos llevará,
entonces, a explorar la especificidad de la promoción de la lectura cuando
entra en el espacio escolar y deja de ser una cuestión exclusivamente
social para devenir también un asunto pedagógico.
30
su promoción haya entrado también en las aulas. De hecho es allí, en el
seno de la escuela, donde parece haber encontrado su principal espacio
de desarrollo.
Señalaremos, para comenzar, que durante mucho tiempo la tarea
de la escuela en el ámbito de la lectura estuvo orientada hacia el
aprendizaje del código escrito (Colomer, 2004) y hacia la “admiración y
veneración” de la literatura clásica (Rouxel, 1996) mediante el estudio de
sus textos en una perspectiva histórica. El contacto de los alumnos con las
obras quedaba pues, mediatizado por objetivos más relacionados con la
retórica o la historiografía que con la construcción de una experiencia
personal de lectura literaria. No obstante, en las últimas décadas, la
escuela “ha adquirido una mayor conciencia de que el aprendizaje lector
va indisolublemente unido al uso y disfrute en presente de los libros, de
manera que enseñar y promocionar se encuentran ahí más fusionados que
nunca” (Colomer, 2004: 13).
Evidentemente, ese uso extensivo de los libros por parte de los
estudiantes, así como su inmersión en prácticas lectoras constantes y
diversas, se enmarca en una visión cada vez más extendida de la escuela
como verdadera “entrada en la cultura y no solo una preparación para
ella” (Bruner, 1997: 58). La construcción de hábitos lectores y la
participación en prácticas culturales tradicionalmente extraescolares
como la lectura libre y placentera o la conversación y discusión sobre los
textos fueron, entonces, piedras angulares en la asunción de una nueva
perspectiva para la formación lectora y la apropiación cultural de las
nuevas generaciones. Perspectiva que, en palabras de Privat (2001), se
concibe como una “didáctica cultural” basada en la exploración personal
de los textos y en la socialización de las lecturas; es decir, en nuevos
modelos de relación con los libros, que poco o nada tenían que ver con los
modelos dominantes en la pedagogía tradicional. Un movimiento, en
suma, que hacía avanzar a las escuelas hacia aquellas “esferas públicas
democráticas” que quería la pedagogía crítica (Giroux, 1990), más
centradas en la participación de los alumnos en situaciones culturales
propias del mundo social que en la ejercitación a partir de una
escenificación meramente escolar de esa cultura.
En ese contexto, podríamos identificar al menos dos grandes
movimientos que supuso la llegada de los objetivos de promoción de la
lectura a la escuela: la construcción de nuevos espacios bibliotecarios, por
una parte, y la reformulación de la pedagogía de la lectura hacia
actividades de animación y hacia la consecución del placer, por otra.
Probablemente, uno de los efectos más importantes del auge del
discurso social sobre el acceso de toda la población a la lectura haya sido
la puesta en marcha de programas de creación y fortalecimiento de
31
bibliotecas escolares y de aula, entendidas hoy como espacios de
circulación de informaciones y textos diversos, que responden a
necesidades de información y ocio igualmente diversas (Bonilla, Goldin y
Salaberria, 2008). Un ejemplo paradigmático de ese esfuerzo de dotación
de bibliotecas en las escuelas lo encontramos en el programa de Centros
de Recursos para el Aprendizaje (CRA), en Chile, que en dos décadas ha
logrado una cobertura de espacios bibliotecarios para la escolaridad
obligatoria -primaria y secundaria- que supera el 90%, además de realizar
constantes programas de apoyo y formación para los bibliotecarios y
mediadores escolares.
Proyectos similares de dotación de bibliotecas se han extendido
en buena parte del espacio iberoamericano, apoyándose en la premisa de
que un entorno rico en libros conforma una pieza fundamental en la
mejora de las competencias lectoras de los estudiantes (Colomer, 2008a), y
les ofrece mayores posibilidades de afianzar hábitos lectores estables y
duraderos. En el contexto español, esta tendencia ha llevado también a
radiografiar y poner en valor las prácticas más exitosas desarrolladas en
la nueva situación escolar que supone la implementación de espacios
bibliotecarios (Miret et al., 2010).
Sin embargo, al mismo tiempo se ha constatado que los esfuerzos
por dotar de bibliotecas a las escuelas no siempre han ido acompañados
de prácticas pedagógicas orientadas a crear o reforzar el vínculo de los
estudiantes con ese nuevo espacio. En otras palabras, a menudo ha
quedado en evidencia una cierta infrautilización de la biblioteca escolar.
Basándose en los resultados de la prueba PISA a nivel internacional, Baye,
Lafontaine y Vanhulle (2003) subrayan que un 67% de estudiantes de 15
años no la usa jamás o solo alguna vez por año, y que solo un 25% pide
un libro por placer con frecuencia mensual. En España, por su parte, la
mayoría de los alumnos (60% al promediar primaria y secundaria) asiste
una sola vez al mes a la biblioteca de su escuela, generalmente con la
finalidad de hacer tareas (Colomer, 2008a). En ese contexto, la
consolidación de prácticas de uso del espacio bibliotecario y de
movilización de sus acervos debiera convertirse en una línea de trabajo
especialmente relevante durante los próximos años, en los que
probablemente continuará el proceso de expansión de bibliotecas hasta
alcanzar una amplia mayoría de los centros escolares de la región.
Pese a esas dificultades, ha sido en el ámbito de las pedagogías de
la lectura donde se han encontrado los puntos más problemáticos en la
realización escolar de los nuevos objetivos socioeducativos, precisamente
porque estos se formularon en contraposición a un trabajo “escolar” sobre
la lectura. La comprensión de esta afirmación necesita, pues, un breve
inciso con perspectiva histórica. A partir de la segunda mitad del siglo
32
XX, comenzaron a convivir en tensión dos discursos sobre la formación
lectora de niños y jóvenes: uno ligado a la lectura intensiva, prescrita y
guiada propia del contexto escolar, y otro asociado a la lectura extensiva,
libre y por placer que defendían los bibliotecarios (Colomer, 2004; Bajour,
2009). La progresiva yuxtaposición entre ambos llevó a muchos actores
pedagógicos a pensar que el nuevo objetivo social de construir hábitos
lectores sólidos en todos los estudiantes pasaba por abrazar, al interior
mismo de las aulas, aquella tendencia de lectura placentera y no
obligatoria cuya identidad se apoyaba, precisamente, en una
“desescolarización” de la lectura.
Si bien en capítulos siguientes volveremos a esta problemática
desde un punto de vista didáctico, su desarrollo nos interesa ahora en la
medida en que ejemplifica el conflicto más importante que supuso el
arribo de la promoción de la lectura a la escuela. Pues, pese a los
discursos que apoyaron la desescolarización de la lectura en las aulas (cfr.
Pennac, 1992), muy pronto quedaron en evidencia sus dificultades en
relación al proyecto mismo de la promoción de la lectura. La primera de
ellas: la constatación de que las actividades de “animación a la lectura” a
menudo se quedaban solo en la animación, sin conducir realmente a la
lectura de libros y, por tanto, sin favorecer los objetivos de formación
lectora de los alumnos (Colomer y Camps, 1996). La segunda: la
circunscripción de la lectura escolar a una lectura superficial e
impresionista (Bajour, 2010) que, desde una óptica “anti-intervencionista”
de la enseñanza de los textos (Bombini, 2001a), no ofrece posibilidades de
avanzar hacia la adquisición de los esquemas de interpretación que, como
sabemos, son una condición esencial en los procesos de apropiación
cultural (Bourdieu y Darbel, 2003/1969).
La tercera dificultad, todavía más relevante si se observa desde
los nuevos ideales de “lectura para todos”, se relaciona con los procesos
de exclusión que las pedagogías del placer ponen en juego. Pues, aun
cuando estas descansan en la libertad individual y en la construcción de
una relación placentera con los textos, resulta evidente que, sin un trabajo
escolar orientado a la adquisición de esos esquemas interpretativos, ese
placer “no lo pueden poner en práctica más que los jóvenes que disponen
ya de una cierta familiaridad con el libro” (Singly, 1993: 143). En
definitiva: el placer, que se quiere natural, es en realidad un fenómeno
culturalmente construido, y excluye por tanto a quienes no han vivido las
experiencias familiares y sociales que hacen esa construcción posible.
Son, pues, algunas de las “tensiones” constituidas cuando la
promoción de la lectura deviene quehacer pedagógico (Pascual Díez,
2008), y que aún hoy conforman exigencias contradictorias para los
docentes de los diversos niveles educativos. Ahora bien, aun cuando
33
enunciamos con claridad las dificultades, es importante subrayar también
las posibilidades que esto ha ofrecido a los procesos de reconfiguración
de la enseñanza. Escenificar la construcción de hábitos lectores en tanto
objetivo educativo tan relevante como la construcción de las
competencias de lectura, favorecer una enseñanza de la literatura
apoyada en el contacto directo y continuo con las obras, así como
promover la diversificación de prácticas, corpus y modos de leer han
sido, quizás, los aportes fundamentales que este movimiento ha dejado
para la formación de lectores. Un movimiento que, aunque muchas veces
se diga “desescolarizante”, participa también en la actual configuración
de la disciplina, proponiendo nuevas miradas para pensar (desde la
continuidad) la relación entre lo escolar y lo extraescolar:
34
pedagógicos que el campo necesita13. Cabe destacar, a su vez, que muchos
de estos cursos se ofrecen en modalidad virtual, precisamente con el
objeto de captar alumnado en variados puntos geográficos del mundo
hispanófono y, de esta manera, colaborar en la articulación y
consolidación de redes entre los diversos actores involucrados en la
promoción de la lectura.
También en los primeros años de este siglo comienza a
concretarse una nueva tendencia surgida de las necesidades y objetivos
propios de la promoción de la lectura en contexto escolar. Se trata de la
elaboración de proyectos institucionales de lectura (conocidos en España
como Planes de Lectura de Centro), que permiten aunar los diversos
esfuerzos realizados en una escuela en torno a las prácticas letradas, y
dotarlos de unos objetivos y unas líneas programáticas comunes que les
dan un sentido global (Pascual Díez, 2003, 2012; Lluch, 2012). La
interrelación de los ámbitos “aprender a leer”, “leer para aprender” y el
“gusto por la lectura” (Díaz Plaja y Cosials, 2012) será, pues, el eje sobre el
cual se construya este nuevo proyecto de innovación educativa, cuya
concreción favorece la visión de la enseñanza y la promoción de la lectura
como un objetivo transversal de la escuela, que no se reduce únicamente a
la clase de lengua y literatura sino que tiene el soporte y apoyo de toda la
comunidad educativa.
Aunque todavía se encuentra en un estadio inicial, esta línea de
trabajo parece especialmente prometedora pues ayuda a visualizar en un
conjunto coherente los diversos elementos que pone en juego el doble
objetivo de enseñar y promover la lectura en la escuela. Elementos que
van desde actividades que permiten a los alumnos progresar en su
competencia en tanto lectores y escritores hasta otras destinadas a
fortalecer la adquisición de hábitos y la imagen individual y social de sí
mismo en tanto lector, pasando también por la centralidad de la biblioteca
escolar en esos procesos. Es decir, líneas de trabajo que, siendo muy
variadas entre sí, responden ahora a unas directrices comunes que
subrayan la continuidad entre los diversos ámbitos de formación de un
35
lector. En otras palabras: un proyecto transversal permite superar las
dicotomías entre acercamientos “escolares” y “no escolares” a la lectura,
entre enseñanza y promoción, entre libertad y prescripción, otorgando a
esa diversidad de prácticas y objetivos un sentido y un espacio propio en
la programación escolar.
Creemos, a su vez, que lo anterior favorece ese doble movimiento
que hoy parece definir el camino a seguir por la escuela luego del auge de
los discursos de la promoción de la lectura: por una parte, permite
establecer ámbitos de colaboración con los objetivos sociales de lectura
para todos y de formación de lectores y escritores capaces de participar en
el mundo de lo escrito; por otra, permite reorientar el trabajo escolar hacia
la definición de los objetivos de aprendizaje que le son propios en la tarea
de formar esos lectores y escritores. (Colomer, 2004). Estas páginas han
intentado acercarse al primer movimiento; el segundo, por el contrario, se
profundizará en el capítulo 4, que corresponde a la didáctica de la
literatura.
36
a aquel que se pone en medio entre dos partes en desacuerdo (Six, 2005).
Es decir, desde sus orígenes evoca dos ideas principales: una situación de
conflicto y la figura de un tercero que entra en escena para ayudar a
remediarlo. La imagen triádica parece, pues, clave para la comprensión
del significado convocado al utilizar este término; una tríada en la que la
presencia del tercer elemento se explica por una necesidad de
(re)establecer una relación efectiva entre dos entidades que le anteceden y
que se encuentran, a priori, alejadas una de otra (Montpetit, 2011).
A su vez, a partir de una revisión tanto de la etimología como de
los usos particulares que se le dan al término mediación en campos tan
disímiles como la filosofía, la teología o las teorías del desarrollo y del
aprendizaje, Cardinet (2000: 43) propone una base común que reposaría
“sobre la idea del cambio, instaurado por un proceso orientado a crear o
revelar los vínculos entre dos objetos, hechos o personas, y a darles
sentido gracias a la intermediación de un tercero”. Se agregan, entonces,
nuevos elementos de interés para el universo semántico: el foco en la idea
de cambio o transformación de la realidad que supone toda actividad
mediadora, por una parte, y el propósito de construir sentido a partir del
establecimiento de vínculos entre dos entidades, por otra.
Cabe señalar que la familia semántica evocada (conflicto, tríada,
cambio, sentido) se actualiza continuamente en los múltiples y
diversificados ámbitos en los que actualmente se utiliza el término
mediación: desde la sociología o psicología hasta la educación, las ciencias
económicas y empresariales, la comunicación social, la museología y, en
el ámbito jurídico, desde el derecho internacional hasta la mediación
familiar o penal (Six, 1997, 2005; Alcover, 2006).
A partir de su uso en muchos de estos campos, podríamos hablar
de un cierto consenso en, al menos, tres grandes puntos sobre las
actuaciones del mediador. El primero se relaciona con que sus acciones
están orientadas a “intervenir, recomendar y hacer sugerencias, pero
nunca a imponer soluciones o tomar decisiones vinculantes” (Serrano y
Méndez, 1999: 236), lo que lleva a constatar que en la mediación el
proceso de cambio pasa, en definitiva, por el nivel de implicación de los
propios sujetos involucrados. El segundo es que, en ese marco, los
mediadores devienen verdaderos “modelos de integración” (Martín
Serrano, 2008/1977) en la medida en que favorecen nuevos procesos de
comprensión e interpretación de la realidad caracterizados siempre por la
convergencia de posturas anteriormente discordantes. Finalmente, el
tercero remite a la idea de que la función del mediador pasa por facilitar y
ofrecer ayudas en un doble sentido (Alcover, 2006): tanto en relación a los
objetivos últimos que persigue la mediación (alcanzar acuerdos, mejorar
la comunicación, etc.) como en relación al propio proceso mediante el cual
37
ambas partes interactúan, proceso que necesita de un clima de confianza,
libertad y seguridad que el mediador debe generar y sin el cual los
objetivos anteriores serían difícilmente alcanzables.
Estos consensos han surgido especialmente desde las mediaciones
en contextos de desacuerdo o conflicto. No obstante, como podría
conjeturarse, en algunos de los campos mencionados anteriormente la
idea de la mediación no está ligada a situaciones de “conflicto” en el
sentido más estricto del término. En el campo de la psicología educativa,
por ejemplo, lejos de percibir al mediador como quien intercede en una
determinada disputa, se lo concibe como aquel que ayuda a construir el
significado de una actividad que no pertenece al mundo inmediato del
sujeto (Prieto, 1992). Es decir, una actividad que no forma parte de las
maneras de relacionarse de una persona consigo misma, con los otros y
con el mundo, y frente a la que probablemente esa persona no encuentra
motivos que le den un sentido al hecho de incorporarla entre sus prácticas
cotidianas.
Con todo, ya sea en situaciones de conflicto o en las de
familiarización con una nueva actividad o experiencia, el rol relacional
parece ser un factor clave en la definición del mediador, cuya tarea, en
palabras de Cardinet, “lleva siempre hacia dos puntos esenciales: vincular
y dar sentido” (2000: 43). Para lograr ese propósito, hoy resulta evidente
que el perfil de un mediador no puede restringirse únicamente a ciertas
habilidades técnicas relacionadas con el conocimiento del problema o de
la situación, sino que también debe incluir habilidades intelectuales y
personales como la creatividad, la capacidad de comunicación, la
asertividad o la empatía (Serrano y Méndez, 1999).
El lugar central de ese rol relacional engarza, a su vez, con los
avances realizados en dos líneas específicas de investigación vinculadas
con la mediación. Líneas que, como veremos, apoyan la construcción de
un universo semántico fuertemente relacionado con los aspectos
afectivos, emocionales y motivacionales que caracterizarían los procesos
de mediación social. La primera perspectiva se encuentra en ciertos
estudios sobre apropiación cultural (Iriskhanova et al., 2003; Wilczynska
et al., 2003) que presentan la empatía y la hospitalidad como componentes
claves de la mediación cultural. Abordada también desde el campo de la
promoción de la lectura (Petit, 2009), la hospitalidad implica un espacio
de apertura ofrecido por el mediador hacia los otros, espacio cuya fuerza
simbólica estaría asociada a la construcción del reconocimiento mutuo
(Wilczynska et al., 2003) necesario para establecer relaciones efectivas. Por
su parte, la facultad de “comprensión de los sentimientos y puntos de
vista de otros, [y] la sensibilidad hacia las necesidades de los otros”
(Iriskhanova et al., 2003: 114) que implica el gesto humano de la empatía
38
sería igualmente clave para construir relaciones positivas entre los
interlocutores.
La segunda línea que podría convocarse es la perspectiva de
mediación educativa desarrollada por Feuerstein y sus colaboradores, un
enfoque que, aun cuando proviene del espacio más específico que
suponen los procesos de aprendizaje, ofrece interesantes aportes para
pensar el significado global del término y, por tanto, para construir el
universo semántico en el cual este se apoya. Así, en el enfoque de la
mediación educativa (Feuerstein y Feuerstein, 1991; Tébar, 2003), la
mediación se caracteriza por ciertos valores básicos como el
acompañamiento y la cercanía, la importancia del afecto y el diálogo
confiado, las ayudas para el despertar de la autoestima y para clarificar y
discernir las experiencias, el enseñar a mirar, y la capacidad de dotar al
educando de estrategias de aprendizaje. Estas características, como puede
observarse, le otorgan una gran influencia a la creación de situaciones
sociales con una importante dimensión afectiva en juego, y, en su
conjunto, constituirían la base de cualquier actividad mediadora en la
interacción educativa. A su vez, esta perspectiva remite a una serie de
criterios para la mediación pedagógica (Feuerstein y Feuerstein, 1991: 15;
Tébar, 2003: 56-57), algunos de los cuales serían universales. A saber:
39
metáfora permite focalizar en la relación entre dos entidades como un
espacio que, siendo a la vez real y simbólico, se “construye” mediante la
práctica de mediación, facilitando de este modo formas de intercambio (o
de “cruce”, si se quiere) donde antes no eran posibles.
En el ámbito de la mediación cultural, por ejemplo, la noción de
puente ha legitimado un lugar para el tercero en la relación obra-público,
un tercero cuya misión es, precisamente, permitir y favorecer esa relación
(Bonaccorsi, 2007). En ese contexto, la metáfora ha sido especialmente
utilizada en el campo de la museología para referirse a aquellos espacios,
acciones o sujetos orientados a establecer vínculos entre el público, los
objetos expuestos y las significaciones que esos objetos culturales pueden
revestir (Montpetit, 2011). En otras palabras, la imagen del puente grafica
muy bien el propósito de aproximación que está en la base de cualquier
actividad mediadora.
Conflicto, tríada, cambio, construcción de sentido, rol relacional,
puente; son, pues, algunas de las directrices para entender el campo
semántico que vehicula una noción tan amplia como la de mediación.
Noción que se expande en el último cuarto del siglo XX hasta tocar
prácticamente todos los ámbitos de la vida social (Six, 2005), y que
implica, al decir de Bonaccorsi (2007: 66-67) la construcción de dos
espacios discursivos: un espacio científico, que hace de la mediación un
concepto explicativo, y un espacio profesional, que define la mediación
como un conjunto de prácticas. La reconstrucción de ambos espacios en el
campo de la promoción de la lectura constituye, pues, el objetivo del
próximo apartado.
40
oposiciones que parecen caracterizar la relación de muchos ciudadanos
con el universo de lo escrito.
Ahora bien, cabría señalar que, pese a su extendido uso, esta
noción ha sido escasamente conceptualizada en nuestro campo.
Podríamos, pues, avanzar una primera definición señalando que hablar
de mediación de la lectura es, en términos genéricos, hablar de toda
forma de acción tendiente a promocionar la práctica cultural de la lectura
(Bonaccorsi, 2007). En esta perspectiva se construye una primera acepción
del mediador entendido como el agente encargado de realizar dichas
acciones. Cabe subrayar aquí el sentido amplio de la palabra agente, que
no se limitaría únicamente a las personas que actúan como promotores
sino que incluiría también las diversas instancias, organismos e
instituciones (como las editoriales, librerías, bibliotecas o escuelas), que
intervienen para favorecer el acceso del público a los materiales de lectura
(Lluch, 2003; Robledo, 2010). Huelga decir que esas instancias son
particularmente relevantes en el sistema literario infantil y juvenil,
espacio en el que su fuerte presencia define incluso el tipo de
comunicación que se establece entre los libros y sus receptores (Lluch,
2003; Tabernero, 2005).
Con todo, lo que parece más importante al momento de adoptar
la noción de mediación para el campo de la lectura es, como han señalado
Privat y Reuter, que el propio concepto insiste sobre la no inmediatez de
las prácticas, y ayuda por tanto a “recordar que al inicio y al final del
recorrido no es ni el Texto, ni el Lector, ni la Lectura lo que nos interesa
sino sus modos de realización y sus interacciones concretas” (1991: 13).
A día de hoy, sabemos que esas interacciones en torno a la lectura
están mediatizadas por múltiples factores, que van desde ciertos
determinismos sociales o dinámicas familiares y escolares hasta aspectos
afectivos y emocionales relacionados con la personalidad del sujeto o con
los encuentros que este pueda experimentar con otros en torno al mundo
de lo escrito. Y, lo que nos parece aún más importante, sabemos que el
famoso “placer de leer” que se quería natural y espontáneo, nace
raramente del contacto directo y único con el libro, pues existen una serie
de mediaciones por las cuales ese placer se construye (Marcoin y Marcoin,
1988). En este sentido, la idea de mediación permite subrayar que la
lectura en tanto práctica cultural no es sino el acto último de una serie de
manipulaciones que ponen un libro en manos de su lector (Lelievre,
Privat y Vinson, 1991).
Lo anterior engarza con la constatación que hacíamos en páginas
precedentes: no basta con crear condiciones materiales de acceso al libro,
sino que se debe trabajar también en las múltiples mediaciones que
condicionan la práctica lectora. Mediaciones que, evidentemente,
41
implican la puesta en contacto con personas facilitadoras en el proceso de
aproximación a los textos. Este constato, por ejemplo, promovió los
cambios que en las últimas décadas del siglo pasado redefinieron la
función social de uno de los primeros y principales mediadores, el
bibliotecario, cuya renovada “orientación hacia el lector” (Seibel, 1988;
Chartier y Hébrard, 1994) lo llevó desde el conservador erudito que era
hasta el gestor y animador sociocultural en el que se ha convertido en la
actualidad. Promovió, también, la emergencia de nuevos actores
profesionales que, desde múltiples ámbitos de actuación social, dedican
hoy sus esfuerzos al acercamiento de diversos grupos sociales al mundo
de lo escrito. Promovió, en suma, la construcción de nuevos “puentes”15
en las relaciones (o en la ausencia de estas) que esos grupos mantienen
con los textos.
La investigación reciente (Petit, 2009; Martín Barbero y Lluch,
2011) ha demostrado el papel fundamental que cumplen esos mediadores
en los diversos proyectos de promoción de la lectura que se llevan a cabo
actualmente. Y hablamos ahora de mediadores en una segunda acepción,
más restringida, referida específicamente a las personas que actúan en
este campo16. Personas que también han sido definidas como promotores
(Robledo, 2010), iniciadores (Petit, 2001) o facilitadores (Chambers, 2007a,
2007b; Petit, 2009); es decir, con diversos apelativos basados en verbos
transitivos como promover, iniciar, facilitar o mediar17. Acciones, en
suma, cuyo sentido último se construirá siempre en relación al objeto al
que acompañan, y que refuerzan por tanto la idea del mediador en tanto
ser orientado a algo más allá de sí mismo.
Inicialmente, ese algo (esto es, el objeto directo del verbo) es la
lectura, pero en un nivel más profundo de comprensión de la acción
mediadora es, también, el o los sujetos con quienes (o para quienes) el
mediador trabaja. He ahí el verdadero sentido de las palabras de Bombini
(2008a) evocadas en páginas precedentes: promover la lectura es también,
y quizás ante todo, promover a los sujetos para evitar su exclusión de los
procesos de participación social y cultural mediados por lo escrito. Si,
como sabemos, el sentido último de la mediación es suscitar vínculos
42
(Six, 2005), creemos pues que en el campo de la lectura esto adopta una
doble dirección: vínculos con los libros y otros materiales impresos, pero
también vínculos con otros a través de la participación en el mundo de lo
escrito. Ese es el significado que recoge Gohier (2002) al relacionar al
mediador con la expresiva imagen del lieur cultural; esto es, literalmente,
“quien establece vínculos” de sentido del sujeto consigo mismo, con los
otros y con el mundo, mediante su participación en la cultura escrita.
Los trabajos de Michèle Petit (1999, 2001, 2009) son, quizás, los
que más han profundizado en la importancia de esos mediadores,
mostrando con toda claridad que la lectura es, ante todo, una cuestión de
encuentros. Encuentros personales e intersubjetivos, especialmente
relevantes para hacer ver a quienes viven lejos del universo de lo impreso
que la lectura no se construye únicamente a nivel discursivo
(probablemente la única vivencia que han experimentado hasta ese
momento) sino, y ante todo, a nivel de la experiencia. En este punto, es
importante recordar que el mediador actúa en medio de una paradoja: su
objetivo es motivar hacia una práctica cultural altamente valorada en el
discurso social, pero escasamente considerada en tanto práctica efectiva
en nuestra sociedad. En otras palabras, es enorme la distancia que separa
a la lectura como creencia de la lectura como práctica o experiencia. Y es
allí donde la familia semántica que construyéramos en torno al rol
relacional del mediador (lo afectivo, la empatía y hospitalidad, el
acompañamiento y el diálogo) cobra sentido. Es allí donde, más que la
repetición de extendidos discursos en torno a la necesidad y las bondades
de la lectura, importan los “gestos sencillos” de un mediador que
muestra, en una relación personalizada, “que es posible otro tipo de
relación con los libros” (Petit, 2001: 25).
En ese camino, resulta útil recordar los criterios generales de la
mediación (Feuerstein y Feuerstein, 1991; Tébar, 2003) y aplicarlos ahora
al campo específico de la formación de lectores. Intencionalidad y
reciprocidad, trascendencia y significado serían, pues, patrones claves en
ese propósito de mostrar que otra relación con lo escrito es posible, y
marcarían una cierta dirección para las diversas prácticas de mediación
de la lectura. A saber: la creación de situaciones de lectura cuya intención
y propósitos sean compartidos con los sujetos participantes, la puesta en
juego de la literatura y lo escrito como una forma de diálogo con la vida
personal del sujeto y con la vida sociocultural de su comunidad y,
finalmente, el arraigo del mediador en los factores motivacionales, en
especial cuando hablamos de una práctica cultural altamente valorada
que, no obstante, tiene escasa presencia en el devenir cotidiano de las
sociedades contemporáneas.
43
Finalmente, cerraremos este apartado con ciertos saberes que,
provenientes de la investigación en el campo general de la mediación y
en el más específico de la mediación lectora, complementan el panorama
dibujado hasta ahora y ayudan, por tanto, a construir una imagen
holística de lo que supone la mediación de la lectura:
44
construcción. En ese contexto, creemos que la figura del mediador de
lectura, avanzada ya en estas líneas, necesita de una aproximación más
específica y detallada, cuyos contornos se ofrecen a continuación.
45
Junto a lo anterior, podríamos pensar en otros dos puntos claves
para caracterizar al mediador de lectura. El primero es que se trata de
sujetos que ponen en juego su propia experiencia en tanto lectores, y que
muestran una actitud de disponibilidad y hospitalidad que define su
relación con los otros durante el proceso de mediación (Petit, 2009). El
segundo, que se trata de sujetos que en su práctica pueden integrar
saberes y habilidades de múltiples dominios: educación, bibliotecología,
trabajo social o literatura, pero también de las artes o de la comunicación
virtual y audiovisual (Martín Barbero y Lluch, 2011).
En síntesis, y recurriendo a su vez a algunos elementos del
universo semántico propio del término mediación, nos parece que una
definición integral del mediador de lectura sería pensarlo como un actor
que, premunido de habilidades y saberes de diversos ámbitos ligados al
campo cultural y al trabajo social, interviene intencionadamente18 con el
propósito de construir condiciones favorables para la apropiación cultural
y la participación en el mundo de lo escrito por parte de sujetos que no
han tenido la posibilidad de disfrutar de esas condiciones. Lo anterior lo
realiza fundamentalmente mediante encuentros intersubjetivos, en los
cuales pone en juego su propio mundo interior (afectos, emociones,
experiencias lectoras) para crear el espacio de acogida y hospitalidad que
necesita toda mediación. Espacio que, en el mejor de los casos, permite a
los sujetos superar ciertas barreras (biográficas y socioculturales) que les
impedían sentirse invitados a participar de nuevas experiencias con lo
escrito, experiencias cuyo objetivo último no es sino el favorecer procesos
de cambio y de construcción de sentido en quienes participan de la
actividad mediadora.
Nos parece, a su vez, que esta definición integraría los tres
grandes tipos de mediadores que han identificado Martín Barbero y
Lluch (2011: 134):
46
lectora acaba transformándose también en facilitador de lectura
para otros integrantes de su mismo grupo social.
- El mediador profesional que, relacionado con algún espacio
institucional o instancia mediadora como la biblioteca o la escuela,
tiene dentro de sus funciones el promover en otros la práctica de
la lectura.
- El mediador político o cultural que, además de las
responsabilidades anteriores, diseña, evalúa, propone y ejecuta
los cambios y condiciones (políticas, económicas, etc.) tendientes
a mejorar y hacer avanzar las prácticas de promoción de la
lectura.
47
- Organizar actividades en torno a las bibliotecas, asegurando
asimismo un acompañamiento personalizado (que va desde las
ayudas para conocer los acervos hasta conversaciones informales
sobre libros) con algunos de sus lectores.
48
Finalmente, interesa avanzar aquí algunas directrices en relación
a la formación de los mediadores de lectura. Es importante consignar que
este es un dominio que aún se encuentra en plena exploración,
probablemente dadas las dificultades para hablar en singular de la
formación en un campo definido esencialmente por el plural de sus
componentes: una gran diversidad de objetivos, multiplicidad de
prácticas y unos actores que presentan niveles muy heterogéneos de
profesionalización.
Con todo, se han construido ya algunas líneas de avance en este
sentido, dos de las cuales destacaremos a continuación. La primera de
ellas es la doble adscripción que definiría el proceso formativo del
mediador de lectura, un proceso que, en consonancia con la misión que se
le ha encargado, incluiría un espacio relacionado con el trabajo social y
otro con el ámbito bibliotecario:
49
2. DE LA SOCIOLOGÍA DE LA LECTURA
AL “SUJETO LECTOR DIDÁCTICO”
50
Así, se definieron como lectores débiles (faibles) quienes leen de 1 a 9
libros, lectores medianos (moyens), de 10 a 24, y fuertes (forts), aquellos
que leen 25 o más títulos anualmente (Hersent, 2000). Estas encuestas
permitieron recabar información sobre los índices de lectura a nivel
nacional, acumulando de esta forma un saber teórico-metodológico muy
valioso para quienes, en otros países, se interrogaban sobre la relación de
su población con la lectura (Lahire, 2004a).
Es así como sus métodos comenzaron a replicarse en el
continente europeo. No obstante, los diferentes criterios y umbrales de
lectura adoptados en cada contexto, enraizados a su vez en diversas
tradiciones y valoraciones sociales en torno a esta práctica, han
dificultado los análisis comparativos entre países. Así por ejemplo, si en
Francia o en algunos estudios alemanes el lector fuerte es quien supera
los 20 ó 24 libros leídos en un año, en Italia lo es quien lee entre 10 y 12
libros en igual periodo, y en Portugal quien compra más de 11 títulos por
año (Signorini, 2002). Las diferencias también son notorias en el contexto
español: si la encuesta francesa de prácticas culturales hace figurar como
lectores asiduos a quienes en promedio leen 2 ó 3 libros por mes, los
estudios españoles (Larrañaga, Yubero y Cerrillo, 2008; FGEE, 2011)
consideran lector frecuente a quien lee “alguna vez” a la semana. Por otra
parte, los diversos criterios de cuantificación (libros leídos, libros
comprados, horas diarias o semanales de lectura) implican una dificultad
añadida para hablar en términos unificados de los perfiles lectores
aludidos.
Con todo, los índices cuantitativos fueron dibujando un contexto
general de disminución de lectores habituales, situación que pronto
derivó en la asunción de un discurso alarmista acerca de la decadencia
cultural de las nuevas generaciones. Frases como “los jóvenes ya no leen”
o “el nivel lector de los estudiantes baja cada año” encontraron en los
resultados de las encuestas sus mejores argumentos, y lograron instalarse
como una idea fuerza en el imaginario colectivo asociado a las prácticas
de lectura. Sin embargo, su repetición en tono resignado no parece el
mejor camino para una comprensión en profundidad del fenómeno de la
baja de lecturas, ni de las consecuencias sociales y educativas que este
nuevo conocimiento trae consigo (Bourdieu y Passeron, 1966), por lo que
poco a poco fueron gestándose nuevas formas de aproximación hacia este
terreno.
Esas nuevas formas se fundaban también en la constatación de
ciertas tensiones o espacios de ambigüedad existentes en el seno de las
encuestas. Así, algunos principios de base del enfoque cuantitativo de la
sociología de la lectura, como la asimilación de la práctica lectora a la
lectura de libros o la consideración predominante de la cantidad de
51
lectura por sobre los modos de leer (Détrez, 2004), comenzaron a ser
discutidos al interior de la comunidad de investigadores. A su vez, estos
procesos de discusión encontraron un doble arraigo científico. Por una
parte, los avances en los estudios culturales y en el campo de la
sociología de la educación, que implicaban un progresivo
desplazamiento hacia la comprensión de las modalidades de apropiación
cultural por parte de los sujetos. Por otra, el desarrollo de la teoría
literaria, que en sus últimas formulaciones redirigía su atención desde el
estudio de los textos hacia el estudio del lector y del funcionamiento
social del sistema literario (Colomer, 2005).
Surge así un movimiento de crítica al enfoque puramente
estadístico, que cuestiona en primer lugar el hecho de considerar como
prácticas reales las prácticas declaradas, sobre todo cuando estas se dan
en una relación jerárquica de entrevistador - entrevistado, y cuando las
preguntas apuntan a develar una práctica con alta valoración social como
la lectura (Chartier, 2004), definida ideológicamente en los cuestionarios
en su vertiente de lectura literaria culta. Estos y otros factores hacen que la
respuesta a la consulta por las lecturas realizadas esté mediatizada por el
efecto de legitimidad de Bourdieu (citado en Bahloul, 2002: 26), que llevaría
al sujeto a preguntarse “¿qué es lo que yo leo que merezca la pena ser
declarado?”20. Comienza, por tanto, a gestarse una nueva perspectiva
teórico - metodológica en el campo de la sociología de la lectura, que
avanza desde lo que Lahire (2004b: 166) denominó una “sociología del
consumo cultural” (quién lee, cuánto y qué se lee) hacia una “sociología
del conocimiento, que interroga las categorías históricas de la
comprensión de la lectura”.
20Buenos ejemplos de esta tensión en torno a “lo declarable” los encontramos en ciertas
expresiones de los universitarios estudiados por Chartier (2004), como: “¡Casi anoto el libro
de recetas de cocina!”, “También leí novelas policiacas y cómics, pero aquí eso no cuenta”, o
“El libro que leo a mi hijo cada noche, ¿es un libro?”.
52
emancipándose de una sociología que vivía más preocupada del “uso del
libro” que de la actividad de lectura propiamente tal.
En ese contexto, en los años ochenta y noventa del pasado siglo,
la aproximación cualitativa y el estudio etnográfico adquieren un lugar
de importancia en las nuevas perspectivas de investigación en este
campo. Se produce entonces lo que sería percibido como el principal
descubrimiento de la nueva sociología de la lectura: la “invención del
lector” (Robine, 2001), movimiento que reposa en la progresiva
formación de un corpus de conocimientos acerca de las formas de
apropiación cultural de sujetos particulares, de sus representaciones de la
actividad de lectura, o de los múltiples caminos de simbolización que
ponen en juego al leer, entre otros aspectos. Como bien sintetiza Poulain,
se desplazó la atención:
53
prácticas de socialización en torno a la lectura y la escritura devienen
parte fundamental en el estudio del sujeto lector. La experiencia subjetiva
de atribución de sentido al texto se construye en el marco de múltiples
relaciones sociales y espacios de mediación; ergo, pasa a ser relevante el
estudio de las relaciones de continuidad o ruptura entre estas y aquella.
Así, la investigación sobre las prácticas lectoras se desplaza desde la
pregunta por cuánto y qué lee un sujeto hacia la consideración de esas
lecturas en el seno de las representaciones y prácticas colectivas propias
de su contexto social de pertenencia.
Por su parte, el interés por la trayectoria biográfica ha permitido
atender al devenir situacional en el que la actual experiencia de lectura o
no lectura se ha construido. Elementos como el mundo familiar, la
experiencia escolar o el ambiente del espacio laboral son entendidos
entonces como factores que han influenciado la relación que el sujeto ha
construido con el libro y la lectura. Esta dimensión diacrónica favorece,
por ejemplo, un conocimiento que había escapado a las grandes
encuestas cuantitativas: el hecho de que la lectura es una práctica
discontinua, sujeta a constantes intermitencias, acercamiento y
definitivos abandonos durante la trayectoria vital de los sujetos (Détrez,
2004; Poulain, 2004). Asimismo, favorece una reconceptualización de los
perfiles lectores a partir de una mirada interna hacia la historia
individual, y no, como se concebían tradicionalmente, en relación a
determinados estándares externos al sujeto:
54
presente y futura del sujeto; en tanto integración, es decir, las formas de
continuidad o ruptura que adopta la lectura personal en relación a las
prácticas y representaciones del colectivo social de pertenencia; y en
tanto sociabilidad, esto es, acentuar el espacio relacional y las prácticas
mediante las cuales se comunica y se comparte información sobre aquello
que se lee. Proyecto, integración y sociabilidad, entonces, hacen del
habitus aquel complejo sistema de disposiciones y estructuras que pueden
funcionar “como principios generadores y organizadores de prácticas y
representaciones” (Bourdieu, 1991: 92) personales en torno, en este caso, a
la lectura.
Dado lo anterior, no resulta extraño que la entrevista en
profundidad sea el principal instrumento metodológico de esta
sociología atenta a la movilización de las diversas dimensiones del
habitus lectural por parte de sujetos lectores concretos. Sujetos que, en una
gran mayoría de las investigaciones, interesaron precisamente por su
identidad social de no lectores o lectores débiles. Este movimiento ha
permitido construir un renovado conjunto de saberes sobre la poca
lectura. Hoy sabemos, por ejemplo, que aquellos tradicionalmente
considerados en esta categoría se definen, más que por la ausencia de
lecturas, por prácticas alejadas tanto de los modos de leer como de los
corpus establecidos por la cultura dominante (Petit, 1999; Bahloul, 2002;
Aliagas, Castellà y Cassany, 2009). Y sabemos, dado el conocimiento
aportado desde la vertiente más psicoanalítica de la investigación en este
campo, que la lectura puede ser, también en los considerados poco
lectores, “un camino privilegiado para descubrirse, construirse,
reconstruir una representación de sí a veces dañada en lo más profundo
de sí mismo” (Petit, 2003: 36).
Se vuelve así a rodear el potencial de la lectura como medio de
construcción de identidades personales y sociales. Es decir, se vuelve a la
lectura en tanto instrumento de democratización, idea que estaba en el
origen de este campo de estudio. Pero es un retorno desde veredas
diferentes: si en sus inicios esa democratización estuvo asociada a la
ampliación de las modalidades de lectura propias de la cultura
dominante, hoy se relaciona con los gestos de apropiación de lo escrito
por parte de lectores particulares, así como con el estudio de las
oportunidades y los espacios de mediación que hacen ese gesto posible.
55
conformado por diversas aproximaciones y perspectivas teórico -
metodológicas hacia su objeto de estudio. Así, si bien las cifras
cuantitativas continúan siendo una importante fuente de datos, en la
actualidad han dejado de interpretarse como verdades únicas y absolutas
sobre las prácticas para devenir indicadores de posibles tendencias
globales en este campo (Poulain, 1988). Podría decirse, entonces, que el
conocimiento que hoy tenemos sobre la lectura se nutre tanto de índices
estadísticos como de informaciones cualitativas en torno a aspectos como
la frecuencia de lectura, la autoimagen de lector o las múltiples formas
que esta actividad adopta en las sociedades actuales. ¿Cuáles son, por
tanto, las principales tendencias que la investigación ha dibujado? Los
siguientes apartados intentan responder a esta pregunta, afinando a su
vez la mirada según cada uno de los grandes segmentos de la población.
En cuanto al público escolar, sabemos que al terminar la
educación primaria cerca de la mitad de los alumnos se perciben como
lectores y únicamente necesitan afirmar esta identidad, mientras que la
otra mitad se divide en partes iguales entre unos estudiantes que
necesitan incitación y refuerzo positivo para superar las dificultades que
encuentran en la actividad de lectura, y otros que todavía no han entrado
verdaderamente en el mundo de lo escrito, pues tienen muchas
dificultades para leer y no se sienten concernidos ni estimulados para
establecer una relación de implicación personal con los textos (Baye et al.,
2003). Este último 25% corresponde a aquellos alumnos que ya a los 10 ó
12 años señalan haber dejado la lectura (o “pasar de leer”, en sus
palabras); es decir, un grupo que salvo una potente intervención
educativa en la etapa secundaria, engrosará el conjunto de no lectores en
la edad adulta sin quizás haber vivido nunca una verdadera experiencia
de diálogo interior con el mundo de lo escrito.
Por su parte, el surgimiento de una perspectiva de investigación
socioeducativa ha llevado a un conocimiento cada vez más detallado
sobre las prácticas lectoras del público escolar, principalmente del lector
adolescente, y ha dibujado también las principales implicaciones que ese
conocimiento tiene para la programación escolar de lecturas. Uno de los
principales aportes de esta perspectiva ha sido la redefinición del
concepto de hábito lector, entendido ahora desde la correspondencia entre
tres dimensiones: la cantidad de libros leídos, la diversidad de los textos
y las posibilidades del estudiante para expresar tanto la experiencia
lectora vivida como una opinión personal argumentada sobre lo leído
(Manresa, 2013).
En ese marco, las informaciones de mayor interés sobre el lector
adolescente provienen de estudios longitudinales como los de Baudelot et
al. (1999) y Manresa (2013). Sus resultados muestran, entre otros aspectos,
56
la baja sostenida de lectores frecuentes durante la etapa secundaria, e
incluso el completo abandono de la lectura literaria personal hacia los
últimos años de escolaridad por parte de aproximadamente 3 ó 4 de cada
10 estudiantes. También revelan las dificultades de una amplia mayoría
para hablar sobre sus lecturas de manera consistente y argumentada, así
como para leer textos con características diferentes a las del limitado
corpus que frecuentan. En ese contexto, habría igualmente una minoría (1
o, en el mejor de los casos, 2 de cada 10 estudiantes) que acaba su
escolaridad obligatoria habiendo construido una identidad lectora fuerte,
basada en la implicación personal con los textos, en una positiva
autoimagen en tanto lectores, y en el interés que manifiestan por leer
corpus variados y por compartir con otros sus lecturas. Es decir, jóvenes
que constituirían una excepción frente al lector estándar que, siguiendo a
Colomer (2005, 2012a), acaba la secundaria sin mayor interés por incluir
la lectura literaria en sus actividades de ocio ni por participar en los
circuitos sociales de mediación y circulación del libro. La puesta en
relación con otras investigaciones no hace sino confirmar este perfil
estándar: la débil autoimagen lectora es reforzada por la mayoría de los
adolescentes participantes en el estudio de Pitcher et al. (2007), mientras
que el bajo interés personal por la lectura literaria es refrendado por los
sujetos investigados por Latorre (2007), de los cuales más de la mitad
declara no leer libros aparte de los estrictamente obligatorios.
En su conjunto, este conocimiento engarza con las principales
características de los lectores débiles investigados por etnógrafos de la
lectura como Bahloul (2002) o Peroni (2003), cuya identidad lectora se
funda en características muy similares a las aquí presentadas. Marginar la
actividad de lectura de los tiempos estructurados y planificados de la
vida activa, sentirse ajeno a los sistemas de circulación social del libro,
manejar criterios de selección relacionados únicamente al tema de los
textos así como un vocabulario muy restringido para hablar sobre ellos, y
definir las propias prácticas letradas en contraposición a una identidad
de lector o escritor son, pues, algunos de esos principios compartidos por
ambos grupos. Principios que, en definitiva, refuerzan la idea de que el
lector estándar producido por la escuela es muy similar a lo que
conocemos como un lector débil o no lector en la edad adulta. Y si bien
algunos estudios etnográficos (Aliagas et al., 2009) han otorgado una
nueva mirada al desinterés juvenil por la lectura, subrayando la
diferencia que esta tiene para un adolescente cuando se realiza para la
escuela o para su vida fuera de ella, este nuevo conocimiento no parece
suficiente para amortiguar lo que hoy resulta cada vez más claro: la
constatación de un cierto fracaso en el objetivo social de construir hábitos
lectores en las nuevas generaciones (Colomer, 2012a).
57
El interés por los hábitos lectores de diversos mundos sociales ha
llevado también a investigar a los estudiantes universitarios, grupo que
tradicionalmente se ha caracterizado por mantener prácticas de lectura
más estables y consolidadas que las de la población general. No obstante,
según un amplio y representativo estudio desarrollado en el contexto
español (Larrañaga et al., 2008), solo 1 de cada 10 estudiantes
universitarios sería lector frecuente, mientras 5 se ubicarían dentro de los
lectores ocasionales y los otros 4 serían no lectores o falsos lectores.
Esta última categoría agrupa a quienes declaran no leer en su
tiempo libre aun cuando hayan leído 2 o más libros en el último año, o
bien a quienes señalan leer durante su tiempo libre pero no han leído esa
cantidad en igual período (Larrañaga y Yubero, 2005). Es decir, ayuda a
visualizar a un grupo que, muy probablemente, distorsiona sus prácticas
lectoras para adaptarlas a la conducta esperable según la deseabilidad de
la imagen social del estudiante universitario. En cualquier caso, el
importante grupo de no lectores o falsos lectores que habría en las
universidades españolas converge con quienes, en otros contextos, han
señalado leer libros nunca o muy escasamente en su tiempo libre, grupo
que se acercaría a la mitad de los estudiantes investigados en una
universidad mexicana (Galicia y Villuendas, 2011) y que corresponde a
un tercio de la muestra en una institución de educación superior de Chile
(Gilardoni, 2006).
En cuanto a la tipología de los textos, esta se define en relación a
dos grandes corpus: la novela tipo best sellers, con autores como Dan
Brown, Ken Follet o Carlos Ruiz Zafón, por una parte, y las lecturas de
estudio, por otra (Larrañaga et al., 2008). Esto último engarza con la
importancia que los actuales universitarios le otorgan a la esfera utilitaria
de la lectura, relacionada fundamentalmente con el éxito en los exámenes
(Hersent, 2000). Datos que, en su conjunto, parecen mostrar importantes
transformaciones en el sentido y el valor que el público universitario
tradicional solía otorgarle a las prácticas de lectura. A su vez, vistos
desde la perspectiva de la intensidad de la lectura, estos procesos de
cambio han llevado a una constatación cada vez más recurrente en
diversos contextos: los estudiantes universitarios de hoy leen menos que
sus padres21 (Mauger, 2004; Colomer, 2008a).
21Esta afirmación necesita ponerse en relación con uno de los fenómenos socioeducativos
más importantes de las últimas décadas del siglo XX y la primera del XXI: el arribo de
nuevos (y amplios) sectores de la población a los estudios superiores. En un país como
Chile, por ejemplo, 7 de cada 10 de los actuales estudiantes de nivel terciario son primera
generación universitaria en su familia, cifra similar al 80% que este grupo alcanza en las
universidades del Gran Buenos Aires. Por tanto, nos parece que la afirmación de que los
actuales estudiantes universitarios leen menos que sus padres debe matizarse pues, en
58
Abordamos, finalmente, las principales tendencias identificadas
en las prácticas lectoras de la población adulta. La convergencia entre
estudios realizados en un marco temporal similar pero en diferentes
países de habla hispana (Ramírez, 2008; FLF, 2010; FGEE, 2011) permite
dibujar un mapa en el que aproximadamente la mitad de la población
podría considerarse lectora, ya sea frecuente u ocasional, mientras la otra
mitad se declara no lectora, pues no lee libros nunca o casi nunca (por
ejemplo, los no lectores serían un 43% en el caso español, 48% en México
y 52% en Chile). A su vez, estos índices deben leerse en un contexto
general definido a la vez por el aumento global de las prácticas letradas y
por una disminución de la lectura de libros; por el incremento de los
lectores ocasionales y la merma de lectores frecuentes.
La falta de tiempo que caracteriza el devenir de las sociedades
contemporáneas es, en principio, el factor más determinante para la poca
lectura en la adultez. No obstante, algunos estudios que comparan las
razones por las que “usted” no lee y los motivos por los que “las
personas” no leen, revelan que mientras la escasez de tiempo es la causa
principal (69%) cuando se trata de responder por las propias prácticas, es
en cambio una razón muy secundaria (8%) cuando lo que se valora son
los hábitos de la sociedad en general, ámbito en el que la falta de interés
pasa a ser el motivo predominante (Ramírez, 2008). El fuerte valor
simbólico de la lectura juega, por tanto, un papel central en la forma en la
que se declaran las prácticas pues, en palabras de Poulain (1988: 33),
“¿quién osaría decir que no le gusta leer cuando toda una historia y toda
una educación dicen que se debe amar la lectura?”.
Concluiremos con algunos elementos complementarios para las
tendencias anteriormente dibujadas. Un buen punto de partida para
situar la discusión sobre hábitos lectores desde la superación de ciertos
discursos deterministas que circulan en este campo es el actual
conocimiento de que, si bien el nivel socioeconómico de origen incide en
la progresiva formación de prácticas lectoras, inciden mucho más el nivel
sociocultural de la familia y del entorno próximo, así como la serie de
mediaciones culturales a las cuales se enfrenta un sujeto en su trayectoria
personal y escolar (Colomer, 2008a). Parafraseando a Bahloul (2002): el
camino que sigue un lector para acceder al libro responde a una
trayectoria socialmente mediada. Y lo mismo sucede, podríamos agregar,
con el recorrido que sigue un individuo hasta considerarse no lector. En
ese marco, las oportunidades y experiencias de socialización en torno a la
muchos casos, no son sus padres quienes poblaban las aulas universitarias en la generación
anterior, sino un grupo social más homogéneo y de extracción social mucho más
acomodada.
59
lectura parecen ser el factor clave en la construcción de una identidad de
lector. Dicho de otro modo, “las sociabilidades, restringidas o ampliadas,
institucionales o informales, contribuyen a la producción de la obra y del
lector” (Privat, 2001: 61).
La experiencia acumulada en este ámbito revela dos formas
distintas, aunque complementarias, de realización de esas mediaciones
culturales. Una, desarrollada en un marco institucional, que planifica y
pone en escena una programación organizada para favorecer la
construcción de hábitos lectores, y cuyo potencial ha sido ampliamente
confirmado por la investigación educativa reciente (Reyes, 2011;
Manresa, 2013). Otra, no programada ni controlada por espacios
institucionales, relacionada con la metáfora del lector como un “cazador
furtivo” (Certeau, 1996) que forja sus prácticas en múltiples encuentros
fortuitos y redes informales de socialización e intercambio sobre los
textos. En la convergencia de ambos caminos parece encontrarse el
espacio de la lectura en las sociedades contemporáneas. Sociedades que,
por lo demás, viven insertas en una revolución tecnológica que multiplica
la presencia de lo escrito, haciendo del plural la principal característica de
las nuevas prácticas letradas (Poulain, 2011).
60
Cabría señalar, en primer lugar, que el estudio de las prácticas
lectoras del docente deviene un problema central para la didáctica de la
literatura pues engarza con una de las ideas más extendidas en el
discurso científico y en el debate social sobre la formación de lectores. Se
trata del supuesto de que los profesores que son buenos lectores son,
también, mejores mediadores en el aprendizaje lector y literario de los
niños y jóvenes. Rastreable en diversos contextos y con múltiples
variaciones, esta hipótesis cuenta con un fuerte respaldo en el discurso
didáctico contemporáneo, y se basa en que un maestro que valora y
disfruta de la lectura en su espacio personal, y que comparte con
entusiasmo su pasión, conforma a su vez un excelente modelo lector para
sus alumnos en el plano pedagógico (Gambrell, 1996; Powell-Brown,
2003; Daisey, 2009; Sanjuán, 2013). Esta hipótesis se sostiene en una doble
visión sobre la lectura personal del maestro (Morrison, Jacobs y
Swinyard, 1999): por una parte, la importancia de poner en escena esa
lectura dentro de la escuela (por ejemplo, en la lectura silenciosa) pues los
alumnos ven una dedicación personal y un goce del docente en relación a
la experiencia (y no al discurso) de la lectura; por otra, la importancia de
esas práctica lectoras fuera de la escuela, pues una lectura privada
habitual por parte del docente influiría las formas de interacción con los
libros que este moviliza en el aula.
Se ha señalado, incluso, que las propias prácticas y
comportamiento lector del docente serían la mayor y más importante
influencia en el desarrollo lector de sus alumnos (Morrison et al., 1999;
Turcotte, 2006), y que la identidad lectora del profesor es una de las
características más relevantes de aquellos docentes considerados como
exitosos en el plano de la enseñanza de la lectura y la escritura (Gambrell,
1996; Turner, Applegate y Applegate, 2009). Como bien sintetiza Dreher
(2003: 338):
61
en otros (Falardeau et al., 2011). La noción de “sujeto lector didáctico”23
recoge la interacción entre ambas dimensiones, la personal y la
profesional, y ayuda a focalizar en la compleja dialéctica que caracteriza
la puesta en juego de las posiciones de actor y mediador en las prácticas
de lectura, particularmente en el ámbito literario. Los avances en esta
línea han llevado a concretar una segunda noción de interés, la “relación
con la lectura literaria”, entendida como “el conjunto diversificado de
relaciones dinámicas de un sujeto lector con la lectura literaria” (Émery-
Bruneau, 2010: 57). En el caso del docente, este conjunto se constituiría de
dos planos: uno individual y uno pedagógico o didáctico, construidos a
su vez por múltiples dimensiones entre las cuales podrían identificarse
una de tipo subjetivo (que pone en juego los aspectos afectivos y la
relación de la lectura literaria con el proyecto personal), una social
(relacionada con el rol de los otros y de las interacciones sociales en la
actividad de lectura), una epistémica (asociada con los saberes y
conocimientos acerca de la lectura literaria) y una dimensión
praxeológica (entendida como las prácticas lectoras concretas del
sujeto)24.
En ese marco, es importante atender a una conceptualización de
la cultura (y, por extensión, de la lectura literaria) entendida tanto en su
función de objeto, esto es, un patrimonio de conocimientos y símbolos
heredados que funcionan como referentes colectivos, como en su función
de relación, es decir, como un proceso de construcción y comprensión de
sí en relación a los otros y al mundo (Falardeau y Simard, 2011). Desde
esta perspectiva, la aproximación a la relación que un docente mantiene
con la lectura literaria no se basaría únicamente en observar la cantidad y
frecuencia de sus lecturas, sino también en otros aspectos como su
autopercepción en tanto lector, sus formas de apropiación de lo escrito y
de construcción de significado a partir de los textos, sus prácticas de
socialización y de diálogo sobre las obras, o su integración en los circuitos
sociales de mediación y circulación de la literatura, entre otros. A su vez,
62
estos componentes de una “identidad literaria” (Duszynski, 2006)
construida en el plano individual, deben ponerse en relación con las
prácticas docentes que el sujeto vehicula en torno a la lectura literaria en
su actuación profesional.
En otras palabras, se trata de explorar las relaciones entre quien
se es como profesor y quien se es como lector, “permitiendo que cada
uno informe y enriquezca al otro” (Cremin et al., 2008a: 20). Esta relación
entre ambos planos se daría de múltiples maneras, desde la influencia
que tendría la autobiografía lectora en cuestiones como la selección de
textos o el tipo de mediación que se favorece durante la lectura y
discusión de las obras (Cañón, 2002), hasta las diversas formas de
modelar la pasión por la literatura en clase. Sobre este último punto se
han recomendado los espacios de modelaje implícito, como el de la
lectura silenciosa por parte del docente cuando la ha solicitado a sus
alumnos, pero también otros más explícitos como el compartir sus
propias experiencias lectoras con los estudiantes (Gambrell, 1996).
Huelga decir que este propósito de estudio derivó muy
rápidamente hacia la preocupación por aquellos docentes que no son
lectores en su ámbito privado. A menudo, esta cuestión se ha formulado
bajo una pregunta no exenta de polémica: ¿Cómo puede un docente
animar a leer, si él mismo no disfruta de la lectura? (Draper, Baksdale y
Cogorno, 2000; Kramer, 2001; Powell-Brown, 2003). En el ámbito
anglosajón, esta problemática ha sido denominada como “efecto Pedro”
(Applegate y Applegate, 2004), término que se utiliza para referirse a
profesores que cargan con el mandato social de transmitir a sus
estudiantes el entusiasmo por la lectura que ellos mismos no tienen25.
Esta paradoja parece estar en el centro de la preocupación sobre
el sujeto lector didáctico, línea de investigación que comúnmente se ha
interesado por las prácticas lectoras que realiza el profesorado en el
presente, es decir, al momento de participar en los estudios. Para ello, un
instrumento metodológico frecuente ha sido el cuestionario: test como el
Personal Reading Profile (Sulentic, Beal y Capraro, 2006) o el Literacy Habits
Questionnaire (Applegate y Applegate, 2004; Nathanson, Pruslow y
Levitt, 2008) fueron creados para indagar en los gustos e intereses de
lectura de ese particular mundo social que conforma el profesorado (ya
sea en ejercicio o en formación).
No obstante, la cuestión del sujeto lector didáctico no se resuelve
únicamente en referencia a las prácticas actuales; si la identidad literaria
25 Los autores lo bautizaron como “Peter Effect” aludiendo a un pasaje de la Biblia en el que
un mendigo le pide dinero al apóstol Pedro, y él replica que no le puede dar aquello que no
tiene.
63
es, ante todo, fruto de las experiencias de lectura vividas por un sujeto en
diversas etapas de su vida, resulta igualmente necesaria la indagación del
lector en una perspectiva diacrónica. Y si bien los cuestionarios pueden
entregar alguna información al respecto, ha sido el relato de vida lectora
(Daunay y Reuter, 2004; Edwards, 2009; Munita, 2013a) el instrumento de
primer orden para avanzar en ese propósito. Señalaremos aquí que la
asunción de este dispositivo metodológico convoca diversos espacios de
influencia y requiere, por tanto, de algunas precisiones26.
¿Por qué estudiar la figura del docente lector en una
aproximación biográfica? Si bien desde las perspectivas de renovación de
la sociología de la lectura hemos entregado ya algunos elementos de
respuesta, la comprensión del sujeto lector didáctico desde la perspectiva
del relato diacrónico que este hace sobre sí mismo se basa también en los
aportes de otros campos de investigación. Uno de ellos es la línea del
pensamiento filosófico sobre sujeto y narrativa. Si la historia de una vida
“es refigurada constantemente por todas las historias verídicas o de
ficción que un sujeto cuenta sobre sí mismo” (Ricoeur, 1999: 998), resulta
fundamental pensar a los sujetos en función de una “identidad narrativa”
que otorga una importancia capital a las historias personales en la
construcción identitaria de sí mismo, así como en la proyección de esa
identidad en la esfera social. En ese contexto, se ha enfatizado en el
carácter mediado de esas historias, producidas siempre en el marco de
determinadas prácticas sociales (Larrosa, 2003: 608), como por ejemplo
las prácticas educativas, a las cuales es necesario atender para construir
explicaciones holísticas y más afinadas sobre la realidad.
El propósito del relato de vida lectora engarza también con los
aportes de la investigación biográfico-narrativa en educación. Sabemos,
desde esta perspectiva, que las experiencias previas relacionadas con la
educación y la docencia son particularmente relevantes en la
construcción de la identidad docente (Bolívar, Domingo y Fernández,
2001; Goodson, 2004). Por tanto, en el ámbito de la literatura cobra
renovado interés la pregunta por las experiencias de educación literaria
vividas durante la escolarización, experiencias que constituyen un
importante núcleo en la “relación con la lectura literaria” que el docente o
futuro docente ha construido. En esta línea, las narrativas autobiográficas
pueden aportar nuevos marcos de comprensión para la compleja relación
entre el plano individual y didáctico del docente lector, poniendo en
26Precisiones que pueden revisarse con mayor profundidad en Munita (2013a), texto en el
que reflexionamos acerca del lugar del relato de vida lectora en la construcción del sujeto
didáctico.
64
relación ambos dominios con los modelos pedagógicos observados por el
sujeto durante su trayectoria escolar.
Finalmente, desde el campo literario se han formulado nuevos
conceptos que dialogan específicamente con la consideración de las
trayectorias personales de lectura, y la relación que esos bagajes
mantendrían con la construcción de la identidad del sujeto lector. En
concreto, las nociones de “biblioteca interior” (Bayard, 2007) y de
“textotecas internas” (Devetach, 2008) ponen en relieve la existencia de
un espacio interior formado por aquellos libros que nos han marcado y,
más ampliamente, por diversas experiencias de lectura profundamente
arraigadas en nuestro espacio íntimo, y consideradas por tanto como
piezas claves del imaginario personal. Dado su enorme potencial para
repensar la formación de lectores desde la indagación de ese espacio, no
resulta extraño que esta idea haya sido retomada desde una perspectiva
educativa (Louichon y Rouxel, 2010), y se utilice hoy para reflexionar
sobre la recuperación de las bibliotecas interiores de los docentes en tanto
espacio de construcción de su propia identidad como lectores.
Así, a medio camino entre influencias y campos muy diversos, la
investigación sobre el sujeto lector didáctico ha construido su espacio
científico, centrado en la idea de recuperar el lugar de lectura personal
del docente para articularlo con su quehacer profesional. Cobra así
sentido la idea de Dubois acerca de que “lo que el maestro haga en
relación con la lectoescritura, dependerá no solamente de lo que él sepa,
sino –y tal vez por encima de cualquier otra cosa- de lo que él sea” (1990:
33). En la misma lógica, las prácticas didácticas en lectura literaria
tendrían un fuerte arraigo en el bagaje personal de lecturas, y en la
identificación con una identidad lectora que, en el mejor de los casos, se
pretende proyectar hacia los estudiantes. Veremos, a continuación, los
principales estudios desarrollados en esta línea, según el tipo de
población docente a la que se han dirigido.
65
de progreso en este marco ha sido la preocupación por los hábitos y
prácticas de lectura de quienes serán los futuros docentes de educación
infantil, primaria y secundaria.
Así, este alumnado conforma hoy una de las poblaciones más
recurrentes en la investigación sobre hábitos lectores. La existencia de
diversos datos cuantitativos en este ámbito permite dibujar unas
primeras tendencias estadísticas sobre sus perfiles lectores. Por ejemplo,
según los datos del citado estudio de Larrañaga et al. (2008), solo un 7%
de los estudiantes de Magisterio son lectores habituales, un 49% leen
ocasionalmente, un 31% son falsos lectores y un 13% están en la categoría
de no lectores. Es decir, manifiestan una media levemente más baja que
los resultados generales del alumnado universitario observado, pues en
los futuros profesores hay menos lectores habituales y más falsos lectores
y no lectores que en el resto de la universidad. Otros estudios
desarrollados en la última década confirman la existencia de un
importante número de futuros maestros poco lectores o lectores no
implicados, que representan un 51% de la muestra de Applegate y
Applegate (2004), y un 44% en la de Sanjuán (2013). Por su parte,
Granado (2014) muestra un 20% de estudiantes de Magisterio que afirma
no leer nunca literatura, mientras Sanz Marco (1998) revela que un 60%
no encuentra razones para evidenciar una repercusión de la literatura en
su vida cotidiana, o bien no sabe expresar de qué manera esa influencia
se realiza.
Los índices anteriores dialogan con los resultados de otros
estudios que han dibujado un panorama similar. Así, observando las
prácticas de lectura declaradas por los estudiantes, Munita (2014) perfila
un 15% de lectores fuertes, 58% de lectores ocasionales o medianos, y un
25% de lectores débiles. Estas tendencias parecen confirmarse en los
índices provenientes de otros contextos, que hablan de un importante
desinterés de los estudiantes por su propia lectura (Nathanson et al.,
2008), subrayan que muchos de ellos no se involucran en prácticas
lectoras por placer (Draper et al., 2000), y muestran que 1 de cada 5
futuros docentes se declara abiertamente no lector (Lusetti y Quet, 2009).
A su vez, la fuerte presencia de lectores ocasionales también
encuentra arraigo en el amplio 53% de alumnado que se considera a sí
mismo en esta categoría en el estudio de Granado (2009), entre los cuales
muchos declaran realizar sus lecturas por placer en los periodos de
vacaciones. Efectivamente, una de las marcas más fuertes en el discurso
de este grupo social es el desplazamiento de la lectura fruitiva hacia las
vacaciones, periodo que sería de lectura voraz según las declaraciones de
muchos de estos sujetos. Sin embargo, algunos resultados de
investigación en esta línea ayudan a matizar esa realidad: mientras un
66
48% efectivamente ha leído dos o más libros en sus últimas vacaciones de
verano, hay un 25% de estudiantes que solo leyó uno, y otro 25% que no
leyó ninguno (Nathanson et al., 2008).
Probablemente, lo anterior es una consecuencia de los
movimientos de deseabilidad social mencionados más arriba,
especialmente cuando se trata de estudiantes cuyo quehacer profesional
está íntimamente asociado al objetivo de formar lectores. En esta línea
podría leerse también la recurrencia de la falta de tiempo como factor
explicativo de la poca lectura, enarbolada por aproximadamente 7 de
cada 10 estudiantes como la principal razón de sus escasas prácticas
lectoras (Chartier, 2004; Larrañaga et al., 2008).
En cuanto al corpus de lectura de los futuros docentes, este
parece fuertemente anclado en los grandes espacios dibujados más arriba
para el alumnado universitario: la novela tipo best sellers y las lecturas
de estudio (Larrañaga et al., 2008; Munita, 2014). Se ha dicho, por
ejemplo, que estas últimas representan dos tercios de las prácticas
lectoras del profesorado en formación (Chartier, 2004). El tercio restante,
formado por las lecturas personales o de libre elección, se caracteriza
mayoritariamente por la fidelización al best sellers, rastreable en la
extendida predilección por escritores como Paulo Coelho, Ken Follet, Dan
Brown, Carlos Ruiz Zafón, Isabel Allende, Jorge Bucay o Stephen King,
señalados en diversas ocasiones como sus autores más leídos (Larrañaga
et al., 2008; Vélez y Rapetti, 2008; Granado y Puig, 2014; Munita, 2014).
Estamos, por tanto, frente a un importante proceso de
homogeneización y estandarización del corpus literario, cada vez más
acotado a un pequeño conjunto de obras de masiva y relativamente
efímera circulación social, y de características literarias muy similares
entre sí. Una consecuencia de la fidelización al best sellers es el tipo de
lector que este corpus construye. Así, características como la necesidad de
un ritmo vertiginoso en los acontecimientos, la fuerza del enganche
inicial y de la identificación con los personajes como puntos centrales en
la experiencia literaria, o las dificultades para aceptar otros modelos de
escritura (como las descripciones demasiado largas o las estructuras
sintácticas complejas), han sido ampliamente reportadas en relación a los
modos de leer que predominarían en este alumnado (Lusetti y Quet,
2009; Hubert, 2010; Munita, 2014).
La puesta en juego de una modalidad particular de lectura se ha
observado igualmente en algunos estudios dirigidos a explorar las
formas de relación del futuro profesorado con la literatura infantil y
juvenil (Silva Díaz, 2001; Duszynski, 2006; Delbrayelle y Duszynski, 2007,
Díaz Armas, 2008). Unidas ahora a ciertas representaciones acerca de lo
que debe ser el sistema literario para la infancia, nuevamente se observan
67
las dificultades de lectura que parecen caracterizar a muchos de estos
estudiantes. Los inconvenientes para construir una interpretación
literaria de cierta consistencia, para poner en relación las obras con el
juego intertextual que estas convocan, o para superar la mirada
convencional con que suelen acercarse a los textos para niños han sido,
pues, algunos de los principales resultados de estas investigaciones.
En otro ámbito, el uso de instrumentos que permiten un mayor
acercamiento a la experiencia subjetiva del lector, como la entrevista o el
relato de vida, ha mostrado hasta qué punto la dimensión psicoafectiva
es relevante en la reflexión del futuro profesorado sobre su lectura
personal (Émery-Bruneau, 2010). Y ha mostrado, también, la débil
imagen de sí en tanto lector que parecen haber construido muchos de los
estudiantes (Draper et al., 2000; Scheepers, 2005; Cañón et al., 2010; Arena
y Resende, 2011) cuestión que, como sabemos, es uno de los principales
aspectos en juego en la construcción de un habitus lectural sólido e
integrado al proyecto personal.
Esa precaria autoimagen lectora deviene, en muchos casos, en la
toma de conciencia de la realización del “efecto Pedro” en sí mismos,
ejemplificada en frases como “no me gusta leer pero sé que como docente
tengo que asegurarme de que mis alumnos lean” (Sulentic et al., 2006).
Esto lleva a muchos estudiantes a movilizar fuertes deseos de cambio
positivo en su propia relación con la lectura. No obstante, como ha
señalado Gomez (2005), esos deseos suelen chocar con dos obstáculos
muy comunes para quienes ya han elaborado una identidad de poca
lectura: las dificultades para construir un tiempo de lectura fruitiva
personal, por una parte, y los escasos marcos de referencia que tienen
sobre el universo literario, por otra.
Por su parte, la atención reciente hacia la perspectiva diacrónica
del habitus lectural del futuro profesorado ha permitido construir un
conocimiento complementario al panorama anteriormente dibujado. El
análisis de las experiencias de lectura convocadas en el recuerdo de este
alumnado ha sido objeto de múltiples reportes de investigación,
desarrollados en contextos tan diversos como el francófono, hispanófono,
lusófono o anglosajón (Schön, 1993; Daunay y Reuter, 2004; Duszynski,
2006; Pascual Díez, 2007; Deleuze, 2009; Daisey, 2009; Hubert, 2010;
Arena y Resende, 2011; Sanjuán, 2013; Munita, 2014; Dueñas et al., 2014).
Así, sin la pretensión de sintetizar exhaustivamente los principales
resultados de los estudios mencionados, presentamos a continuación
algunos puntos recurrentes que aparecen, si no en todos, en una gran
mayoría de ellos, y que nos entregan luces sobre la construcción
diacrónica del camino lector evocado:
68
- La visión negativa del periodo escolar en relación a la motivación
por la lectura. Esto llega a ser formulado, en algunos casos, bajo
la sanción de que “lo que la escuela produce son no lectores”, y
trae consigo una fuerte polarización entre lecturas personales y
escolares.
- La mención en positivo a un profesor (pues el recuerdo es
siempre personalizado) que gatilló el interés por la lectura,
transmitiendo generalmente su propia pasión por la literatura, y
conformando un tipo de recuerdo que ha sido denominado como
“efecto-profesor” (Rouxel, 2004a).
- El consenso sobre la importancia de las primeras experiencias
familiares de lectura, así como su arraigo en el espacio íntimo y
en la dimensión afectiva del sujeto. En algunos casos, destaca la
alusión a su influencia en la posterior motivación a la lectura en
edad adulta.
- La importancia del Otro en el itinerario personal de lectura
(Arena y Resende, 2011), idea que subraya la fuerza de la
socialización y de los encuentros intersubjetivos en la formación
del lector. Esa otredad es siempre diversa: un docente o
bibliotecario, un familiar, el grupo de pares, etc.
- La evidencia acerca de que la “biblioteca interior” no se
constituye solo de un listado de títulos, sino más bien de
experiencias que integran ambientes de lectura, personas
significativas, fragmentos textuales diversos, formas de
socialización de lo leído, actitudes de otros hacia los textos, y un
largo etcétera que enraíza en los imaginarios personales de quien
recuerda.
69
El estudiante universitario no lector realiza la conducta lectora con
poca frecuencia, estando orientada hacia la `lectura obligatoria´.
Se centra sólo en un tipo de texto de lectura, básicamente
novelas o cómics. La motivación lectora es instrumental, para
obtener información, justificando su no lectura por el hecho de
tener que hacer otras cosas. Su acceso a los libros es por
necesidad. Con estas condiciones es previsible que cuando
finalice su período de formación universitaria abandone la
actividad lectora. El estudiante universitario lector realiza la
conducta lectora de forma regular, interesándose por la lectura
y los libros. Lee de todo, aunque predomina la lectura de
novelas, sin renunciar a otros géneros literarios. Su motivación
lectora es plurifactorial, centrada básicamente en que le gusta y
se divierte leyendo, valorando positivamente su relación con la
lectura. (…) A estos estudiantes les gusta leer y compran los
libros por una motivación intrínseca a la lectura, normalmente
les apetece comprarlos y les gusta tenerlos en casa (Larrañaga y
Yubero, 2005: 55).
27Se retoman aquí los conceptos de lectura estética y eferente desarrollados por Rosenblatt
(2002/1938): la primera remite a una lectura personal y de tipo afectivo realizada por el
sujeto en el encuentro con la obra; la segunda, a la lectura con un propósito práctico,
centrada en la información explícita del texto.
70
revertir. En ese marco, el perfil estándar construido desde la
convergencia de diversas investigaciones es el de un lector que, o bien
circunscribe sus prácticas de lectura fruitiva a periodos determinados y
muy acotados (como las vacaciones), o directamente no lee nada o casi
nada por placer, y cuyas preferencias literarias se orientan
fundamentalmente al best sellers, corpus que construye una modalidad
de lectura difícilmente puesta en cuestión por los propios estudiantes.
Es decir, la investigación reciente nos permite contar hoy con un
conocimiento tan nuevo como relevante para la didáctica de la literatura.
Este podría resumirse en la idea de que, al finalizar la formación inicial
docente, muchos de los nuevos profesores no han construido una
relación de implicación personal con la lectura literaria. En consonancia
con el extendido discurso alarmista sobre las prácticas lectoras actuales,
podría tomarse este nuevo escenario como una fatalidad. No obstante,
ello no permitiría avanzar en el intento de formar buenos mediadores de
lectura, ni en el objetivo de hacer de la formación inicial un espacio de
construcción del sujeto lector didáctico a partir de las experiencias,
creencias y saberes particulares de cada estudiante.
Por el contrario, creemos que debiera considerarse este saber
acerca de los bagajes de lectura de los futuros maestros como un desafío
(Colomer y Munita, 2013). Esto implica, en primer lugar, dejar de
presuponer una formación literaria de base que, como se ha visto, no
parecen traer consigo todos los estudiantes. En segundo término, implica
rearticular las prácticas de formación, de tal forma de incluir espacios de
(re)apropiación del discurso literario y, sobre todo, de recuperación del
placer lector personal de quienes serán los futuros mediadores de lectura
en contexto escolar. En definitiva, lo que este conocimiento impone es la
formulación de nuevas miradas hacia los procesos de formación inicial
docente, para que estos integren en sus programaciones múltiples
oportunidades que privilegien el encuentro íntimo y personal del futuro
profesor con las obras literarias (Butlen et al., 2008), y que generen
espacios de socialización y discusión a partir de esos encuentros.
Experiencias ya avanzadas en esta línea han mostrado
interesantes niveles de logro en torno a ese propósito. Algunas, por
ejemplo, han destacado el potencial del contacto intensivo con la
literatura infantil contemporánea para reconciliar a los futuros docentes
no lectores con la ficción narrativa, favoreciendo a su vez la
reapropiación del discurso literario y del placer lector por parte de esos
estudiantes (Deleuze, 2009). Otras han sugerido que la reflexión sobre las
propias experiencias de lectura durante el proceso formativo tiene
enormes beneficios tanto en la construcción de sí como en la
visualización de futuras prácticas docentes (Daisey, 2009, 2010). Efectos
71
igualmente positivos se han reportado en relación al uso formativo de
clubes de lectura (Hall, 2009) o “círculos de respuesta literaria” (Grisham,
2001), la escritura de diarios personales sobre cuentos leídos y discutidos
en clase (Castellanos, 2004), el estudio y la recomendación de autores
entre pares (Kramer, 2001), y la realización de antologías de lectura
personal para explorar “qué tipo de lectores han sido, son y quieren ser”
(Commeyras, 2001: 520). Experiencias, en suma, que muestran el
potencial del trabajo sobre la lectura personal cuando esta deviene objeto
de atención para los formadores, y cuando se ponen en juego dispositivos
didácticos fértiles para tal propósito. Como bien señala Kramer (2001:
190):
72
las preguntas repertoriadas. Y aun cuando todas nacen de un mismo
interés global, las orientaciones y tendencias particulares que cada una
dibuja hacen que los índices obtenidos sean de carácter muy variado.
Con todo, presentamos a continuación algunos índices y
tendencias destacados. En el contexto español, por ejemplo, Romero
(2007) informa hábitos de lectura muy por sobre los de la población
general: 6 de cada 10 docentes (contra poco más de 2 ciudadanos) leen
libros diaria o casi diariamente, y habría una mayoría de profesorado que
participa habitualmente en los circuitos sociales del libro como
bibliotecas o librerías. No obstante, el estudio también subraya la
existencia de aproximadamente un tercio de docentes que ni han visitado
una librería ni han acudido a una biblioteca en el último año. Estas cifras
encuentran eco en el amplio trabajo de Cremin et al. (2011) en el contexto
inglés: 7 de cada 10 profesores han leído por placer en el último mes, y
suelen frecuentar los espacios de circulación literaria anteriormente
aludidos. Pero se informa igualmente un cierto número de docentes, que
ronda el 20%, que nunca ha visitado la biblioteca local, y otro 60% que no
suele visitarla con sus alumnos, lo que lleva a los autores a plantear una
cierta “infrautilización” de los servicios bibliotecarios. Finalmente, en
cuanto a las formas utilizadas para seleccionar sus lecturas, se ha
observado una cierta diferencia entre los ávidos lectores, que usan
variadas estrategias para dar con libros de su interés, y los no lectores,
que difícilmente llegan a descubrir esos corpus (Cremin et al., 2008a),
situación que parece sumar otro punto de interés al “patrón diferencial”
reseñado anteriormente.
En la población estudiada por McKool y Gespass (2009), por su
parte, los docentes se dividen en dos grupos cuantitativamente similares:
mientras una mitad señala leer cotidianamente por placer, la otra mitad
declara no hacerlo. En cualquier caso, una amplia mayoría (69%) se
percibe como un lector muy comprometido, grupo que se complementa
con un 10% que se ve a sí mismo como profundamente implicado con la
lectura, y un 20% cuya autoimagen se inscribe en la del lector poco
comprometido. Esta autoimagen mayoritariamente positiva dialoga
también con las prácticas reportadas por Tharumaraj y Noordin (2011),
que muestran un 60% de docentes que leería todos o casi todos los días.
En relación a los materiales de lectura, periódicos, revistas y páginas de
internet son los textos más mencionados, seguidos luego de libros como
novelas o ensayos. Y especificando en la lectura fruitiva de libros, la
ficción popular (desde el best sellers hasta los thrillers o la chick lit) parece
ser la elección más frecuente (Cremin et al., 2011).
Contamos también con otros estudios, como el realizado por
Tenti-Fanfani (2005) con profesorado del ámbito latinoamericano, que
73
muestran cifras bastante más bajas cuando se trata específicamente de la
lectura literaria. Según sus resultados, los profesores que leen
habitualmente literatura de ficción corresponderían a un 16% en
Argentina, 14% en Uruguay, 11% en Brasil y 10% en Perú. Es decir, poco
más de 1 sobre 10. En cambio, los porcentajes de quienes han leído ficción
“alguna vez en el pasado” o “nunca” representan a la mitad de los
docentes consultados: 47% en Argentina y Brasil, 54% en Uruguay y 58%
en Perú. En ese contexto, no resulta extraño que menos de un tercio de
los docentes de la muestra sea usuario de una biblioteca.
Concluiremos esta primera mirada estadística aludiendo a un
índice particularmente interesante, que no remite únicamente a la lectura
privada del profesorado sino a la puesta en relación de esta con su
quehacer profesional. ¿Te conocen tus alumnos como alguien que lee
fuera de la escuela?, es la pregunta que formularon Commeyras y Mazile
(2011) a los docentes de su estudio. El poco más de 50% que respondió
que no o dejó la pregunta en blanco conforma, pues, un sugerente punto
de partida para pensar esta relación que, como sabemos, es
particularmente relevante en la formación de lectores. Pues, como señala
Colomer: “hace tiempo que la investigación a partir del recuerdo de
lectores adultos confirma una experiencia común: la de la importancia
del contagio, de la presencia de profesores o adultos claves en el
descubrimiento y afición a la lectura” (2005: 147).
Pareciera, entonces, que un primer paso para favorecer esa
experiencia de contagio estaría en la puesta en escena, por parte del
docente, de su figura de lector en el contexto del aula. Precisamente, la
problematización de esa figura de lector por parte del propio mediador
ha sido señalada desde la etnografía de la lectura como una línea de
trabajo especialmente relevante. Se trataría, pues, de “interrogarnos más
sobre nuestra propia relación con la lengua, con la lectura, con la
literatura. Sobre nuestra propia capacidad (…) para dejarnos llevar por
un texto” (Petit, 1999: 167) y, agregaremos aquí, para trasladar esa
experiencia privada al espacio público que supone el encuentro con los
lectores en formación.
En esta línea, la investigación mediante entrevistas en
profundidad ha mostrado la importancia de la dimensión afectiva y de la
experiencia subjetiva en el discurso que los propios docentes elaboran
sobre la literatura y su enseñanza (Falardeau et al., 2011)28, subrayando
que lo afectivo se vuelve, en muchos casos, motor de su práctica
pedagógica en este ámbito. Estos hallazgos demuestran que, en
74
definitiva, “la afectividad constituye la piedra angular de su actividad de
lector, no solamente sobre el plano individual, sino también en la
enseñanza de la literatura” (Falardeau et al., 2011: 70).
Algunos ejemplos aportados en esos estudios ayudan a visualizar
esta idea: una docente que gusta de la poesía de un autor, y que
manifiesta muchos deseos de que sus estudiantes también lo descubran,
u otro profesor que, siendo un amante del género poético, privilegia la
construcción de una relación afectiva de sus estudiantes con este tipo de
textos. Lo que estos casos puntuales revelan es la significativa relación
que parece existir entre los planos individual y pedagógico de la relación
del docente con la cultura y, particularmente, con la literatura (Falardeau
et al., 2009), idea que, como veremos posteriormente, tiende a reforzar el
supuesto de base del estudio sobre el sujeto lector didáctico. Muestran,
pues, la importancia que adquieren los bagajes personales de lectura
como andamiaje para vehicular una experiencia propia, individual, que
se pretende sea también una experiencia compartida. Así, ese espacio
privado de interrogación y construcción de sentido deviene en estos
casos un motor de las prácticas docentes sobre educación literaria.
Sin embargo, tanto las entrevistas como el seguimiento y
observación de docentes en sus primeros años de vida profesional, han
mostrado también el carácter extremadamente complejo de la relación
entre ambos planos. El estudio de Butlen et al. (2008), por ejemplo,
focaliza en la lectura previa y personal realizada por el profesorado sobre
las obras que luego serán llevadas al aula. Sus resultados muestran que
un elemento obstaculizador en esa lectura previa es el predominio
inmediato de la función pedagógica por sobre la actividad de recepción
personal del texto, impidiendo así la emergencia de una “lectura
literaria” propiamente tal (lo que a su vez dificulta que pueda provocarla
luego en sus alumnos):
75
formas de conexión entre la lectura personal y la manera de enseñar la
literatura en el aula, señala también que lo predominante en esta relación
son los obstáculos y conflictos, generalmente vinculados a una “versión
escolar de la literatura” que, pese a alejarse de sus propias formas y
concepciones como lectores, acaba imponiéndose en las prácticas
didácticas del docente29.
Otro aporte fundamental de los estudios cualitativos ha sido la
construcción de unos determinados perfiles de lectura personal del
docente, centrados no ya en la frecuencia sino en las modalidades de
lectura privilegiadas. Así, a partir de la confrontación de entrevistas con
las anotaciones que los propios docentes han realizado sobre los textos en
procesos de lectura literaria, Sorin y Lebrun (2011: 100-101) identificaron
tres grandes perfiles para el sujeto lector didáctico:
29En su estudio, realizado en los Estados Unidos, el autor identifica esta “versión escolar de
la literatura” con dos aspectos que estarían muy arraigados en la tradición escolar: el foco
en la comprensión literal de las obras y la enseñanza directa de conceptos e informaciones
“sobre” la literatura.
76
conocimiento lleva a repensar la formación profesional en términos de
fortalecer la apropiación personal e íntima del docente frente al texto
literario. Esto permitiría que ambas lecturas, la personal y la profesional,
interactúen y se informen mutuamente en el proceso de didactización de
los textos.
En este sentido han avanzado algunas experiencias de formación
continua para el profesorado. Experiencias que, siendo muy diversas
entre sí (pues van desde talleres de verano hasta programas anuales
como postítulos o seminarios universitarios), tienen un punto en común:
su interés por alimentar la lectura personal del docente, y por favorecer
espacios de intercambio y de socialización de esas lecturas entre pares.
Este doble propósito ha encontrado en el círculo literario o club
de lectura uno de sus mejores dispositivos. En la actualidad contamos
con reportes de diversas experiencias de clubes de lectura entre docentes,
centrados ya sea en la lectura y discusión de literatura general o
contemporánea (Cardarelli, 1992; Flood y Lapp, 1994; Forrest, 1994;
Commeyras, Bisplinghoff y Olson, 2003), en textos de divulgación e
investigación educativa (Monroe-Baillargeon y Shema, 2010), en la
literatura infantil (Cremin et al., 2009) o en narrativa juvenil (Ruurs, 2010).
En su conjunto, sus resultados informan importantes logros como el
enriquecimiento de la lectura personal de los maestros, la construcción de
un renovado entusiasmo e interés de los participantes sobre los textos, la
mejora de la autoimagen en tanto agente que selecciona y recomienda
libros a sus alumnos, o el fortalecimiento de comunidades de aprendizaje
(y de lectores) entre pares.
Además del club de lectura, otras experiencias han trabajado con
dispositivos como la producción de una autobiografía lectora para
clausurar la escisión entre quien se es como lector y como profesor
(Bajour et al., s/f) o la escritura de un diario personal de lectura y la
realización posterior de entrevistas de confrontación como parte de un
proceso de exploración personal y profesional del texto literario (Sorin y
Lebrun, 2011). En cualquier caso, más allá de los dispositivos utilizados,
la investigación y experimentación en este campo ha llevado a una
constatación cada vez más consensuada en el ámbito científico de la
didáctica: el trabajo sobre la lectura personal del docente en procesos de
formación continua presenta un enorme potencial en el cambio de sus
formas de relacionarse con la literatura.
Decimos esto pues lo que el corpus mencionado revela es, ante
todo, un interesante desplazamiento desde el “leer como docentes” hacia
un “leer como lectores” (Bajour et al., s/f) que tan esencial parece en el
ámbito literario. Son docentes que han pasado de centrar sus comentarios
sobre libros en el tipo de trabajo de aula que puede realizarse con ellos, a
77
centrarlos en el significado que ven en los textos y en los efectos que estos
les producen a nivel personal. Es decir, que olvidaron por un momento
los “anteojos didácticos” para dejar espacio al encuentro íntimo y
subjetivo con las obras. A su vez, estas experiencias subrayan que el
progresivo conocimiento de un corpus textual amplio y variado deriva en
el aumento de una actitud positiva hacia el libro infantil, y en un
creciente entusiasmo por compartir esas lecturas con sus alumnos.
Finalmente, lo que algunas de estas experiencias han mostrado
con particular detalle son los cambios positivos que todo esto tiene en las
prácticas pedagógicas: la propia enseñanza literaria se ve enriquecida por
el fortalecimiento de la postura lectora personal de los docentes y, más
importante aún, los niños responden positivamente a la instauración de
esa postura en el aula. Lo anterior se respalda en numerosos ejemplos de
estudiantes que han comenzado a preguntarle al docente por sus lecturas
o que han pedido iniciar su propio club de lectura en clase (Cardarelli,
1992), de alumnos no lectores que ahora muestran mucho interés por leer
y hablar con otros de sus lecturas, o de niños cuya autopercepción como
lectores mejoró ostensiblemente (Cremin et al., 2009), entre otros.
Por supuesto, estos resultados se dan en aulas cuyos docentes
exploraron en profundidad las posibilidades de cambio ofrecidas por la
experiencia formativa, y que comenzaron a poner en juego múltiples
espacios de lectura y de conversación literaria en sus clases. Sin embargo,
hay que señalar que el tipo de trabajo aquí presentado se relaciona con
fuertes movimientos identitarios a nivel personal y profesional, lo que
implica que muchos de los participantes no exploren del todo ese
potencial. A modo de ejemplo: en la experiencia informada por Cremin et
al. (2009), solo un 40% de los docentes acabó el taller profundamente
implicado en procesos de cambio profesional.
Con todo, lo que interesa es subrayar el potencial que, como se ha
visto, ofrece esta línea de trabajo en la formación profesional del
mediador escolar de lectura literaria. Asimismo, y luego del trayecto
realizado, nos interesa concluir este apartado volviendo la mirada hacia
la pregunta con la que comenzamos la exploración del sujeto lector
didáctico: ¿influye el docente lector en la formación de lectores literarios?
Si bien podrían articularse ya ciertas líneas de respuesta a partir de la
revisión de estudios aquí ofrecida, es importante complementarlas con
algunas investigaciones que han indagado con especial atención en este
supuesto.
78
Una primera línea de avance la encontramos en ciertas
investigaciones realizadas con amplias poblaciones de docentes30. El
estudio comparativo internacional de Lundberg y Linnakyla (1993), por
ejemplo, revela que habría una significativa relación entre el hábito lector
personal del docente y el nivel de motivación e implicación de sus
estudiantes con la lectura: los profesores más lectores ostentan mayores
niveles de logro de sus alumnos en este ámbito que los no lectores. Por su
parte, los resultados de Morrison et al. (1999) al aplicar un cuestionario
sobre perfil lector y prácticas didácticas en lectura, informan igualmente
una estrecha relación entre ambos dominios: los profesores que son
lectores habituales son los más propensos a utilizar las estrategias
didácticas recomendadas en este campo (como por ejemplo la discusión
literaria), mientras que los docentes poco lectores, que suelen mantener
una postura eferente hacia los textos, parecen menos inclinados a valorar
la interacción y el intercambio de ideas sobre lo leído.
Adaptando el mismo cuestionario del estudio recién
mencionado, McKool y Gespass (2009) llegan a resultados similares.
Entre otros: los docentes que más lectura fruitiva realizan en su vida
privada y que más valoran esta práctica son también los más propensos a
poner en juego “buenas prácticas” en la educación lectora de sus
alumnos, y tienden a usar exclusivamente la motivación intrínseca para
implicar a sus estudiantes en la lectura. Así, la puesta en relación de este
perfil docente con aquellos otros que aparecen como poco lectores arroja
interesantes tendencias: un 100% de ellos recomienda títulos específicos a
sus estudiantes (contra un 33% en los poco lectores), un 90% genera
espacios de lectura silenciosa seguidos de discusiones sobre los textos
(50% en los poco lectores), y un 90% conduce sesiones de lectura guiada
(70% en los poco lectores), entre otros focos de interés. En síntesis:
79
Es importante recordar que estos resultados corresponden, no a
las prácticas docentes en sí, sino a las prácticas declaradas en el
cuestionario, y dibujan por tanto ciertas tendencias en relación a la
concepción que se tiene de la clase por parte de docentes lectores y no
lectores. En cualquier caso, son tendencias construidas a partir de datos
empíricos que apoyan la hipótesis de base en este campo.
Por su parte, el seminario desarrollado en la Universidad de
Georgia por Commeyras et al. (2003) aporta precisamente aquello que
falta en los estudios mencionados: las prácticas reales del aula. El intenso
trabajo realizado por los 19 docentes participantes en relación a
enriquecer su lectura personal y a intervenir en espacios de intercambio y
socialización sobre lo leído, llevó a la progresiva constatación de una
serie de “posturas” que caracterizarían el trabajo pedagógico del
profesorado como lector (Commeyras et al., 2003: 163-173), sintetizadas
aquí en los siguientes aspectos:
31Algunos estudios con futuro profesorado, que indagan en las proyecciones didácticas de
los estudiantes o incluso que observan sus primeras prácticas pedagógicas, confirman
también esta postura. Sulentic et al. (2006), por ejemplo, revelan que los lectores favorecen
80
Con todo, existen también algunos estudios que, aunque menos
numerosos que los anteriores, parecen poner este supuesto en entredicho.
En esta línea, las entrevistas realizadas por Brooks (2007) a cuatro
docentes considerados ejemplares en la enseñanza de la lectura revelaron
que, si bien todos se conciben a sí mismos como lectores competentes e
implicados, ninguno ve en ello un aspecto especialmente relevante en su
docencia. Sus resultados, por tanto, llevan al autor a señalar que, si bien
la hipótesis de base en este campo parece inicialmente incuestionable,
entraña también diversos y complejos factores que ameritan ser
analizados en detalle.
Atwell-Vasey (1998), por su parte, en su estudio de tipo
biográfico sobre la relación entre la experiencia lectora de tres docentes
con sus prácticas educativas, concluye que existiría un importante
divorcio entre la experiencia lectora personal del profesor y la lectura
“pública” que se favorece en el aula: “escribiendo sobre su enseñanza,
continúan enfatizando que la lectura privada es un mundo aparte del de
la lectura en la escuela (…) [pues] tiene una calidad auténtica que no
puede ser igualada en un lugar público como la escuela” (1998: 24). Esta
distinción resulta igualmente clave en las primeras prácticas pedagógicas
de una lectora literaria experta como la observada por Holt Reynolds
(1999): su perfil de ávida lectora, amante de la poesía y persona capaz de
hacer interpretaciones literarias complejas fue, literalmente, “invisible”
en el aula.
Parece, pues, que la experiencia personal en tanto lector no
siempre se traslada de manera automática a la práctica docente. Creemos
que casos como los anteriores ayudan a matizar el carácter absoluto que,
en ocasiones, se le atribuye a la fórmula “buen lector es igual a buen
mediador”, y permiten avanzar hacia un conocimiento más afinado de la
compleja interacción entre el ámbito privado del lector y el ámbito
público del profesor. Así, aunque desde veredas diferentes e inicialmente
contrapuestas, tanto los estudios de caso citados (Atwell-Vasey, 1998;
Holt Reynolds, 1999; Brooks, 2007) como las experiencias de trabajo
colaborativo sobre la postura personal de lector (Commeyras et al., 2003;
Cremin et al., 2009, entre otros) podrían colaborar en una nueva manera
de ver este supuesto: la postura del docente como lector es
potencialmente relevante, aunque su verdadera influencia parece
descansar tanto en procesos de reflexión y de toma de conciencia
81
personal sobre esta dimensión, como en procesos de formación
profesional que permitan la puesta en escena de esa postura en espacios
de socialización entre pares.
En una línea similar avanzarían los trabajos de la Universidad de
Laval sobre este dominio (Falardeau et al., 2009, 2011; Falardeau y
Simard, 2011). Estudios que, aunque no han implicado procesos
formativos como los aludidos, sí han concretado dos líneas de
comprensión fundamentales: por una parte, confirmar la influencia que
tendría el plano individual en el plano pedagógico cuando se trata de
enseñar literatura; por otra, matizar el supuesto inicial alejándose de una
explicación en términos absolutos o causales entre ambas dimensiones:
82
ni puede interpretarse en términos absolutos, pues está sujeta a la
influencia de múltiples factores personales, contextuales, históricos, y
otros propios de la formación profesional docente.
83
3. EL PENSAMIENTO DEL PROFESOR
3.1.1. Contextualización
84
objetivo compartido por la comunidad científica se formuló en términos
de la importancia de “aumentar nuestra comprensión de cómo y por qué
el proceso de enseñanza se ve y funciona como lo hace” (Clark y Peterson,
1986: 255). Por una parte, las más de tres décadas de investigación en esta
línea han dado cuenta de la complejidad de ese propósito; por otra, han
permitido afinar la mirada y profundizar en los múltiples factores que
inciden en la actuación profesional del docente en el aula. En términos
generales, la revisión de Borg (2006) permite situar esta evolución en un
contexto de progresiva consolidación del campo:
85
(Imbernón, 1994; Cambra, 2000) en su práctica profesional. Asimismo se
ha confirmado, mediante un corpus cada vez más amplio de
investigaciones, el carácter eminentemente complejo tanto de los procesos
de pensamiento del profesor como de las relaciones que estos mantienen
con las prácticas de enseñanza en el aula.
A su vez, como en toda línea de investigación emergente, se
suceden los intentos de respuesta al porqué de su existencia, afirmando
de este modo su autonomía en tanto campo de estudio, y construyendo
su lugar dentro del amplio panorama de la investigación educativa.
Siguiendo la propuesta de Breen et al. (2001: 471-472) en este sentido,
podríamos pensar en cuatro grandes razones por las cuales es importante
el estudio del pensamiento del profesor:
86
orientarse hacia aspectos muy diversos, que incluyen teorías implícitas
sobre los contenidos y materias que se enseñan, sobre las posibilidades
de aprendizaje y el desempeño de los estudiantes, o sobre el propio rol
como enseñante, entre otros.
¿Qué son, entonces, las creencias, y cómo definirlas? Un primer
acercamiento desde el campo de la psicología aborda las teorías
implícitas del docente como “teorías pedagógicas personales
reconstruidas sobre la base de conocimientos pedagógicos históricamente
elaborados y transmitidos a través de la formación y en la práctica
pedagógica. Por lo tanto, son una síntesis de conocimientos culturales y
de experiencias personales” (Marrero, 1993: 245). A nuestro juicio, es
importante rescatar dos cuestiones de interés que, surgidas de esta
definición, permiten avanzar en la comprensión del objeto de estudio. La
primera es que las creencias o teorías implícitas implican una
“reconstrucción” que cada individuo hace a partir de las experiencias
vividas y de los conocimientos adquiridos en ellas. La segunda, subraya
el hecho de que en esa reconstrucción convergen diversos ámbitos vitales
y espacios de formación, como son las experiencias personales, la
formación docente y la práctica pedagógica.
El carácter ecléctico y heterogéneo es, por tanto, fundamental
para la comprensión de las fuentes de origen de las creencias y saberes de
un profesor. En términos generales, la investigación no duda en señalar
las experiencias de escolarización previa en tanto aprendices, la
formación docente (inicial y continua) y la propia práctica profesional,
como las tres mayores influencias en esta línea (Cambra, 2003). Algunos
autores agregan otras como las prescripciones curriculares (Ballesteros et
al., 2001) o los factores contextuales (Borg, 2003), que sin duda ejercen
también un importante ascendiente en las decisiones que toma el
profesor en el aula. Factores, estos últimos, que pueden estar ligados a
imaginarios vehiculados por la sociedad en general, por el sistema
educativo adoptado por esta, o bien por el contexto institucional del
centro escolar en el cual se participa, conformando así un contexto en
diversos niveles frente a los cuales el profesor se sitúa, sea en una
relación de continuidad o de tensión hacia esos imaginarios. Por su parte,
en cuanto a los grados de influencia de unos y otros espacios, estudios de
caso de tipo etnográfico como los de Holt-Reynolds (1992) y Muchmore
(2001), han mostrado que el mayor peso en la construcción de las
creencias estaría en las experiencias personales previas a la formación
profesional. Una idea que, aun cuando sigue siendo objeto de debate al
interior de la comunidad científica, parece confirmarse progresivamente.
87
Lo anterior engarza con la existencia de una “trayectoria
preprofesional” que estaría en la base de los saberes del profesor, y que
sería clave en la construcción de la identidad docente:
88
mismo. Estos sistemas (de carácter tácito, por lo que deben
inferirse) actúan como guías de la conducta, como organizadores
del conocimiento y como filtros de interpretación de las nuevas
experiencias.
- Como todo sistema, está conformado por unas creencias
centrales, de construcción temprana y muy resistentes al cambio,
y otras periféricas, que suelen ser más recientes y más discutibles
o vulnerables al cambio. Con todo, son sistemas globalmente
resistentes a su modificación en la edad adulta, aun cuando se
confronten con explicaciones más ajustadas y correctas de la
realidad.
- Como ya se ha dicho, están muy influidas por las experiencias
que se tuvieron como alumno durante los años de escolaridad.
Lo anterior deriva en que cuando un estudiante comienza el
proceso de formación inicial tiene ya unas creencias muy
arraigadas acerca de la enseñanza, que suelen ser influyentes en
la posterior actuación educativa, aun cuando no siempre se vean
claramente reflejadas en ella.
- Interactúan bidireccionalmente con la experiencia, puesto que así
como las creencias influyen en las prácticas, estas también
pueden provocar cambios importantes en aquellas.
89
discusión sobre la pertinencia de los diversos instrumentos y
perspectivas metodológicas utilizadas debe continuar en el seno de la
comunidad científica, acentuando a su vez la búsqueda por aquellos
instrumentos que se revelen más efectivos, no solo para capturar las
creencias, sino también para favorecer procesos de cambio en ellas. Al
respecto, cabe señalar que hasta el día de hoy conviven dos tradiciones
para construir datos en torno a las creencias y saberes de docentes. La
primera es de tipo cuantitativo, emplea cuestionarios cerrados, y ha sido
ampliamente utilizada para estudiar las creencias (únicamente a nivel
declarativo) de un gran número de sujetos. La segunda se sitúa en una
perspectiva cualitativa, fundamentalmente etnográfica, y se vale tanto de
la observación participante como de la entrevista en profundidad para
una mejor comprensión de las teorías implícitas de sujetos particulares,
en el contexto de estudios de caso que no buscan la generalización sino
más bien la confrontación y puesta en diálogo de sus resultados con los
de otros estudios similares.
La emergencia de la etnografía educativa ha articulado también
una fuerte crítica a los estudios basados en cuestionarios y encuestas,
instrumentos que, desde su perspectiva:
90
creencias” (Miras, Solé y Castells, 2013: 455), conviene que sus resultados
sean interpretados como tendencias orientativas más que como líneas
absolutas. Efectivamente, este parece ser un buen punto de partida para
pensar el diálogo entre las dos tradiciones investigadoras en términos de
la especificidad que cada una puede aportar al desarrollo futuro del
campo: unas líneas generales desde el discurso de públicos amplios, por
una parte, y una comprensión en profundidad desde la confrontación de
discursos y prácticas de sujetos particulares, por otra.
91
una interrelación dinámica entre estos. Modelos que, en definitiva,
permiten “respetar la distinción de sus elementos y al mismo tiempo sus
conexiones” (Cambra, 2003: 210).
En este contexto, Woods (1996) propone un modelo explicativo
que denomina BAK, en el que identifica tres componentes
interrelacionados entre sí: creencias (beliefs), presuposiciones
(assumptions) y conocimientos (knowledge). Las creencias serían
proposiciones no convencionales, no demostrables y, por tanto, opiniones
frente a las que puede haber desacuerdos. Las presuposiciones son
explicaciones que, si bien no han sido demostradas, las asumimos como
verdaderas en un momento determinado. Y los conocimientos se refieren
a los saberes convencionalmente aceptados, es decir, a lo demostrado o
potencialmente demostrable.
En este modelo cada uno de los términos incluiría a los demás.
Son, por tanto, proposiciones solapadas e interrelacionadas que producen
un único “todo” singular, un continuum que en su conjunto formaría una
visión global del pensamiento del profesor. Dice Woods: “Lo relevante de
este estudio, sin embargo, no es la evaluación de si las proposiciones
subyacentes al BAK pueden ser llamadas creencias o conocimiento, sino
cómo son usadas en el proceso de toma de decisiones de los profesores”
(1996: 199).
Luego, en un artículo más reciente (Woods y Çakir, 2011), el
autor reelabora esta idea de continuum en relación a dos grandes
dimensiones del conocimiento docente (entendido este como un término
global, sinónimo del BAK): una personal-impersonal, y otra teórico-
práctica. En esa lógica, existiría un conocimiento de tipo impersonal y
teórico, referido a un saber abstracto, explícito y declarativo, cercano a las
propuestas de la literatura especializada y que los profesores consideran
como correcto pero alejado del aula. Y habría también un conocimiento
personal y práctico que corresponde a un saber situado, implícito y
derivado de la propia experiencia, que a menudo implica una
reinterpretación personal del conocimiento de orden impersonal y
teórico. Esta definición de los tipos de conocimiento docente en términos
de su relación con unas dimensiones determinadas permite, en efecto,
pensar las creencias y saberes en el marco de un continuo movimiento
entre lo personal e impersonal, lo teórico y práctico. Es decir, interesarían
no solo los dos tipos de conocimiento identificados en ambos extremos
sino también las diversas formas de saber que constituyen las múltiples
gradaciones intermedias entre uno y otro.
Otra formulación para un modelo holístico del pensamiento
docente la encontramos en los trabajos del grupo PLURAL de la
Universidad de Barcelona (Cambra et al., 2000; Cambra, 2003; Palou,
92
2008, entre otros) que recoge esta idea de un continuum de conceptos
articulados entre sí, y a partir del modelo de Woods opta por un sistema
formado por creencias, representaciones y saberes (en adelante, CRS):
93
3.1.4. Los avances en la compleja relación entre creencias y prácticas
docentes
94
andamiaje metodológico en la interpretación de la interacción entre las
creencias y las prácticas.
En el contexto descrito, parece importante avanzar desde un
juicio centrado en la consistencia hacia una comprensión basada en los
grados y las formas de influencia entre ambos espacios. En ese sentido,
Borg (2006) ha subrayado la “relación simbiótica” que arrojan muchas de
las investigaciones entre las teorías implícitas del docente y sus
actuaciones en las aulas. Estudios sobre aspectos particulares de la
profesión docente, como la forma en que se planifican las clases (Marrero,
1993) o la manera en que se organizan los ambientes de aprendizaje en el
aula (Braithwaite, 1999) también avalan esta tesis, enfatizando en la fuerte
influencia que ejercen los sistemas de creencias en dichos aspectos. Por su
parte, estudios de caso como los de Muchmore (2001) o Phipps y Borg
(2009) aportan una interesante distinción en relación a esa simbiosis, la
cual se daría de forma mucho más clara (o consistente, en términos de
Fang) con aquellas creencias profundas y fuertemente arraigadas en el
individuo. Es decir, las prácticas docentes estarían mucho más alineadas
con las creencias de tipo “permanente” que con aquellas otras temporales,
periféricas o menos arraigadas en los sistemas personales del
conocimiento.
Si bien volveremos sobre ello al hablar de estudios específicos del
ámbito de la lectura y la literatura, apuntaremos aquí que la tendencia
mayoritaria es la de confirmar la incidencia general de las creencias en la
práctica, aunque insistiendo también en que en ocasiones esta se aleja de
aquellas y, por tanto, la relación se vuelve más difusa y difícil de
establecer. Surge, pues, la pregunta sobre los factores que complejizan la
relación entre los CRS y las prácticas. En este punto, diversos
investigadores (Lehman, Freeman y Allen, 1994; Fang, 1996; Borg, 2003,
2006; Mohamed, 2006; Powers y Butler, 2006) coinciden en señalar
factores contextuales y de la realidad escolar como los principales
elementos condicionantes. Son cuestiones que tocan ámbitos tan disímiles
como las políticas educativas, las prescripciones curriculares, los años de
experiencia docente, la filosofía particular de la escuela, las relaciones con
el equipo docente y directivo, las expectativas que se tienen de los
alumnos, los materiales de los cuales se dispone, las necesidades del
barrio o las demandas de padres y apoderados, entre otras.
Un ejemplo de lo anterior lo aporta el siguiente esbozo de las
formas que pueden adoptar esas tensiones entre creencias y prácticas
didácticas (Phipps y Borg, 2009: 387):
95
- Creo en X, pero el currículum requiere que haga Y.
- Creo en X, pero mis estudiantes están motivados por Y.
96
que promueva en el aula, idea que ha sobrevolado el debate científico de
las últimas décadas. Sirvan como muestra las siguientes citas,
provenientes de contextos tan diversos como el anglosajón, el hispano y el
francófono, escritas por algunos de los más connotados especialistas en
didáctica de la literatura en sus entornos respectivos:
97
Otras representaciones con fuerte raigambre en el contexto
escolar tienen que ver con los procesos específicos de análisis e
interpretación de textos literarios. Tauveron (2002) ha alertado sobre dos
de ellas, tan extendidas como peligrosas para la enseñanza literaria: una,
pensar que el texto literario tiene un solo y único sentido a ser
“descubierto” por el alumnado; otra, que el texto tiene una infinidad de
sentidos y, por tanto, cada cual puede decir lo que le plazca como camino
interpretativo. Evidentemente, ambas ideas descansan sobre concepciones
erróneas, pues mientras la primera se basa en que cada texto acepta solo
una interpretación (programada por el autor, y administrada por el
docente en tanto encargado de transmitirla en las aulas), la segunda
presupone un “delirio interpretativo” en el cual todas las interpretaciones
son aceptadas por igual, aun cuando sean ajenas al universo de claves
interpretativas de la obra.
Podríamos decir, por tanto, que la enseñanza de la literatura ha
sido y es objeto de tensiones que, nacidas de diversas creencias sobre lo
literario que circulan tanto dentro como fuera de la escuela, han
constreñido su desarrollo y dificultado el establecimiento de nuevos
modelos de enseñanza en las aulas. En ese panorama, es importante saber
qué piensan los docentes sobre la literatura, sobre su propia función como
enseñantes de la lectura literaria, sobre el corpus literario escolar, o sobre
los procesos y dispositivos de enseñanza-aprendizaje en este ámbito.
Qué es la literatura y para qué sirve en la escuela serían, pues, las
primeras preguntas que podrían esbozarse en ese camino. Un buen punto
de partida para responderlas es el dibujo global de Probst (1986: 60),
quien señala cuatro grandes concepciones docentes sobre la literatura,
cada una de las cuales estaría asociada a una determinada manera de
enseñarla:
98
A partir de este primer panorama general, los resultados de
investigaciones posteriores han permitido afinar nuestro conocimiento de
las creencias docentes sobre la literatura y su enseñanza, así como
situarlo en las derivas de las diversas tradiciones pedagógicas que
conviven en las aulas. El estudio de Ballesteros et al. (2001), por ejemplo,
dibuja tres grandes líneas acerca de lo que los docentes piensan de la
literatura. Primero, es entendida como vivencia lúdica pero de “difícil
transmisión a los alumnos”; segundo, como fuente para el comentario
lingüístico y medio privilegiado para el aprendizaje de la lengua; tercero,
como compendio de todas las tipologías textuales existentes en la
sociedad. Es decir, parece haber un importante uso de la literatura en
tanto soporte para el aprendizaje de la lengua (las dos últimas ideas
estarían en esta línea), visión reforzada por otros estudios que han
mostrado el empleo del discurso literario como pretexto para trabajar la
enseñanza gramatical (Manzo y Junqueira, 2007). Esto implicaría
también un difuso espacio para el trabajo específicamente literario, que
supone pensar la literatura en su cualidad artística y estética, es decir, un
discurso con una especificidad que excede el uso funcional del lenguaje.
A su vez, es interesante confrontar esto con lo que los docentes
dicen sobre la importancia de la literatura en la escuela, pues en ese caso
se inclinan a concebirla principalmente como medio para el desarrollo de
la imaginación, por una parte, y para el desarrollo emocional de los niños,
por otra, dejando en un segundo plano opciones más “utilitarias” como el
ser un medio para ampliar el conocimiento o mejorar la escritura (Cremin
et al., 2008a). En otras palabras, razones de tipo “evanescente” como las
mencionadas pesarían mucho a la hora de concebir el lugar de la
literatura en la escuela, pero luego, al momento de concretarse en la
programación escolar, serían desplazadas por otras cuya funcionalidad y
utilidad son mayores.
Otra formulación para la pregunta por el sentido de la literatura
en la escuela ha sido desarrollada por Dias-Chiaruttini (2014) a partir de
sus estudios sobre el debate interpretativo con docentes de educación
primaria. Dos grandes discursos parecen articularse: uno ve la literatura
como experiencia subjetiva, y por tanto el debate en torno a ella como un
lugar de expresión de las emociones, de formación del gusto y de
construcción de sí. El otro la concibe como objeto “en sí”, y piensa la
discusión literaria como medio de aprendizaje escolar y como espacio
para formar una competencia interpretativa y de reflexión sobre los
textos.
Por su parte, el estudio de caso de Sanjuán (2013) con docentes de
secundaria dibuja interesantes tendencias acerca de la visión que se tiene
99
sobre las finalidades de la educación literaria. El fomento del hábito
lector asociado al disfrute de los alumnos, por una parte, y la enseñanza
de una lectura “profunda” que les permita exprimir el texto en todos sus
aspectos significativos, por otra, son las finalidades que aparecen como
más relevantes en relación a la enseñanza escolar de la lectura literaria.
Les siguen propósitos como la necesidad de adquirir unos esquemas de
conocimiento generales sobre la literatura, el fomentar los valores
formativos de las obras literarias y el desarrollar competencias
lingüísticas a partir de su lectura.
Resultados como los presentados no hacen sino confirmar el
carácter complejo de la literatura en tanto objeto didáctico, idea que se
refuerza al observar las tensiones manifestadas por los propios docentes
en torno a su función como enseñantes de literatura. Extensas
investigaciones con profesorado de secundaria en el contexto español
(Tejerina, 2004; Colomer, 2008b) convergen al señalar las dificultades que
ellos sienten para promover el hábito lector y el placer por la lectura en
sus alumnos, así como las tensiones que manifiestan entre los objetivos de
fomento lector y los de enseñanza del conocimiento literario. Así, como
ha señalado Colomer (2005: 52), “los docentes de secundaria se sienten
escindidos entre una función de traspaso del legado literario (entendido
como saber) y un nuevo objetivo de animar a la lectura (entendido como
leer)”. Y es claro que esta tensión, que tiene lugar a nivel de las
representaciones, deviene una serie de dificultades en el plano de la
actuación educativa, pues tanto la selección de los textos como el diseño
de un trabajo específico para esas lecturas estarán determinados por los
objetivos que se quieran conseguir.
En relación al corpus escolar, es sabido que los últimos quince o
veinte años se han caracterizado por una progresiva entrada de la
literatura infantil y juvenil (LIJ) en las programaciones escolares de
diversos países (por ejemplo, del ámbito europeo y americano). Esto
parece ir de la mano con una representación, cada vez más extendida en
el seno del profesorado, orientada a buscar textos más cercanos a los
alumnos (Veck, 1994), aun cuando en ocasiones esto implique alejarse de
los estándares que se tienen acerca de la literatura “con mayúsculas” o
“verdadera” literatura, especialmente entre los docentes de secundaria
(Manesse y Grellet, 1994; Sanjuán, 2013). No obstante, la literatura infantil
y juvenil parece ir ganando adeptos entre los docentes, al punto de que
un 86% del profesorado de secundaria estudiado por Olivier y Vibert
(2007) declara trabajar este corpus con sus alumnos, y una mayoría
igualmente amplia ve como positiva esta ampliación del corpus escolar
hacia obras más cercanas, temática y cronológicamente, a sus estudiantes.
100
Es interesante, en todo caso, observar que el lugar de la LIJ en el
programa todavía está mucho más relacionado con la lectura libre que
con la lectura analítica: mientras un 43% de estos docentes la dan de leer
en una modalidad de lectura personal y autoseleccionada, solo un 25% de
ellos la ofrecen como parte de las obras integrales para su análisis en
clase. Esta diferenciación de las “maneras de leer” según el corpus
utilizado es igualmente patente en el discurso de los docentes (también de
secundaria) entrevistados por Sanjuán (2013): mientras los clásicos
favorecerían un trabajo de análisis en profundidad sobre cuestiones como
los rasgos estilísticos o la influencia de los contextos de producción, la
novela juvenil es percibida como un corpus más apropiado para producir
el disfrute lector y, por ello, abordado desde la conversación más libre
sobre los temas y las problemáticas socioculturales que pone en juego.
En cualquier caso, los saberes de los docentes en torno al corpus
literario infantil y juvenil parecen, todavía, muy deficientes. Tanto las
investigaciones de Cremin et al. (2008a, 2008b, 2011) sobre literatura
infantil, como la de Hooper (2006) sobre literatura juvenil, muestran que
el conocimiento de este corpus por parte del profesorado es limitado e
insuficiente como para ejercer la función de “recomendación informada”
(Cremin et al., 2008b) que tan importante se ha mostrado en la formación
de lectores. En ambos casos, los resultados informan una excesiva
dependencia de un canon muy estrecho de escritores conocidos y/o
recomendados en el currículum, situación que se intensifica en corpus
más específicos como el álbum o la poesía, en los cuales solo uno de cada
diez docentes es capaz de nombrar varios autores, seis pueden nombrar
uno o dos y el resto no es capaz de nombrar ninguno (Cremin et al., 2011).
Probablemente, la juventud de la LIJ en tanto corpus específico así como
la continua lucha que ha brindado por su legitimidad en tanto sistema
literario influyan en estos resultados. Esto, pues sabemos que, aún hoy, el
texto literario infantil todavía permanece como un corpus escasamente
tratado en tanto saber profesional en la formación docente (Colomer,
2005).
Igualmente interesante es la revisión de las creencias específicas
en torno a los clásicos y las obras patrimoniales, corpus históricamente
muy presente en la enseñanza de la literatura en contexto escolar, pues se
ha demostrado (Sorin y Lebrun, 2011) que la concepción cambia según el
perfil del docente y la modalidad de lectura que privilegia35. Así, mientras
para un docente cuya lectura es de modalidad afectiva el clásico importa
sobre todo en la medida en que pueda conectar con la vida y la
experiencia del lector escolar, para el de modalidad descriptiva lo central
101
es el valor intemporal de la obra, así como la posibilidad de revisitar sus
temas en cada nueva lectura. A medio camino entre uno y otro, el docente
de modalidad interpretativa navegaría entre unas características
afectivas (como la construcción de sí mediante la apertura hacia otras
épocas y otros valores) y otras de tipo intelectual (como la noción de
patrimonio o la cultura literaria puesta en juego). En cualquier caso, el
constato de los diversos sentidos que se le otorgan a estas obras se
relaciona también con las diversas miradas que los docentes manifiestan
sobre la cultura (Chené y Saint Jacques, 2005), pues mientras unos la
consideran como una forma de relación con el mundo (consigo mismo y
con los demás), otros todavía la ven desde una concepción marcadamente
patrimonial, en tanto repositorio de las grandes obras de la humanidad.
Por su parte, en la educación primaria, etapa en que la noción de
clásico se manifiesta sobre todo en los cuentos de hadas, las fábulas y
otros relatos tradicionales, la visión de los docentes parece estar marcada,
más que por un trabajo específicamente literario sobre las obras en sí, por
los valores morales y de educación ciudadana que estas transmiten a las
nuevas generaciones (Dias-Chiaruttini, 2012b), y que constituirían, en
último término, su razón de ser en los primeros niveles educativos.
Finalmente, en relación a los dispositivos didácticos, se ha
informado de algunas creencias que podrían dificultar la consolidación de
procesos que se han mostrado deseables para el avance de la educación
literaria escolar. El hecho de que, por ejemplo, muchos docentes
consideren que no es necesario leer textos extensos mediante procesos de
lectura guiada para formar lectores (Colomer, 2008b), o que muchos otros
no perciban los círculos de lectura como estrategias efectivas para enseñar
literatura (Ebele et al., 2011), genera un espacio de conflicto con algunos
de los dispositivos que marcarían la renovación actual de la didáctica de
la literatura. Por su parte, la investigación educativa reciente (Dias-
Chiaruttini, 2014) ha mostrado cómo los dispositivos prescritos, en
particular uno especialmente fecundo para el avance de la didáctica como
es la discusión literaria, son resignificados a partir de las representaciones
de cada docente. Así, mientras para algunos el debate interpretativo sobre
los textos se define como un espacio para aprender a expresar la opinión
personal y a escuchar a los demás, para otros se trata de una instancia
para aprender a construir una lectura personal argumentada.
En definitiva, es claro que las creencias del profesor de literatura
(sea en el nivel educativo que sea) vehiculan unas determinadas formas
de ver los textos y los procesos de enseñanza-aprendizaje asociados a
ellos. Quizás por esto algunos autores claman por la incorporación de la
noción de “postura” en la discusión sobre la enseñanza de la lectura
(Commeyras et al., 2003), entendida como las actitudes o puntos de vista
102
que se tienen sobre el objeto de estudio. Un objeto que, cuando se trata de
literatura, implica por parte del docente la gestión de múltiples saberes,
ya sea sobre las obras, sobre el diálogo que establecen con la tradición,
sobre los procesos de circulación y mediación al interior del sistema
literario, sobre los procesos de recepción e interpretación por parte del
lector, etc. Un objeto, por otra parte, en el que inciden fuertemente otro
tipo de saberes importantes de considerar, saberes “de naturaleza más
evanescente”,
103
- Una actitud que favorece el entusiasmo intelectual hacia el objeto
de enseñanza-aprendizaje, y que incluye la consideración de
diversos puntos de vista en torno a este.
- Unas características personales que devienen en un profesor
apasionado, comprometido, cariñoso y preocupado por sus
estudiantes no solo en la dimensión académica, sino también
personal.
- Unas características de enseñanza que enfatizan en la claridad de
la comunicación, en la organización lógica y estratégica de
procesos y contenidos (como ir de ejemplos concretos hacia otros
más abstractos, o analizar los conceptos abstractos aplicándolos a
nuevos contextos), y en comprometer a los estudiantes en
procesos de descubrimiento a partir de determinadas
problematizaciones.
104
tareas secundarias o reguladoras de la discusión por parte del docente, ha
permitido afinar la mirada en relación al tipo de actuación pedagógica
según las creencias que se tienen sobre la literatura. Así, se ha visto que
este tipo de tareas reguladoras (como la corrección de errores de
pronunciación y descifrado, o el recuerdo de determinadas reglas
gramaticales) son menores o casi inexistentes en aquellos docentes que
conciben la enseñanza de la literatura como una experiencia subjetiva,
quienes prefieren aportar correcciones inmediatas y rápidas para
mantener así el hilo conductor de la discusión (Dias-Chiaruttini, 2014).
Asimismo, esta investigación ha mostrado que las creencias
docentes juegan un importante papel en la actualización que cada
profesor hace del debate interpretativo en tanto dispositivo didáctico.
Buen ejemplo de ello es la validación de un grave error interpretativo de
un alumno por parte de su maestra, pero que no atenta contra lo que para
ella debe ser una discusión literaria: “este gesto de validación de una
proposición abusiva participa del estilo de la maestra y de su concepción
del género del debate interpretativo. Para ella, lo importante es la
expresión de los alumnos y sobre todo su imaginación y, si es necesario,
esto se hace a expensas del texto” (Dias-Chiaruttini, 2014: 154). En otras
palabras: aun cuando la didáctica de la literatura trabaja con unos
determinados dispositivos genéricos, sabemos que la forma de realización
de estos en el aula varía según las concepciones que cada docente tiene
sobre los objetivos de enseñanza de la literatura en la escuela.
En definitiva, si bien es cierto que la investigación ha señalado el
contraste que a veces existe entre el ideal expresado en el discurso y lo
que efectivamente sucede en el aula (Palou et al., 2000; Sanjuán, 2013),
parece cada vez más claro que las creencias que se tienen sobre las
prácticas letradas actúan como verdaderos “lentes interpretativos” (Bliem
y Davinroy, 1997) del docente para enfrentar la realidad del aula. Lentes
que incluso llevan al profesor a “ajustar” sus prácticas de enseñanza
según la percepción que tenga del comportamiento lector de sus alumnos
y del tipo de motivación que estos manifiestan frente a la lectura (Sweet,
Guthrie y Ng, 1998).
Agregaremos, finalmente, unas palabras sobre los procesos de
formación continua y su potencial incidencia en la evolución de las
creencias sobre la lectura y la literatura. Si bien más adelante
profundizaremos en este debate desde la perspectiva de la formación
inicial, reseñamos aquí algunos estudios de caso realizados en el marco
de programas de formación continua en didáctica de la lengua y la
literatura. Son estudios cuyos resultados sugieren un cierto impacto,
aunque muy variable, de la formación en las creencias personales del
docente.
105
Borg (2011) señala que, aunque no hubo en sus resultados
evidencias de un cambio radical en las creencias, sí se observaron
impactos conducentes a hacer los sistemas de CRS más conscientes para
el sujeto y, por tanto, a tomar formas más verbalizables, conciencia que
según autores como Lehman et al. (1994) beneficiaría progresivamente sus
prácticas. Powers y Butler (2006), por su parte, informan que mientras dos
de los docentes de su estudio cambiaron radicalmente sus prácticas,
incorporando las estrategias de lectura y escritura trabajadas en el
programa, los otros dos raramente dejaron las prácticas antiguas con las
cuales se sentían más cómodos. Finalmente, Mohamed (2006) confirma
que si bien la formación continua aumenta el nivel de conciencia frente a
determinados aspectos de la enseñanza, los cambios profundos tanto en
las creencias como en las prácticas fueron muy limitados, observándose
únicamente en dos de los catorce profesores de su estudio (mientras en
ocho docentes hubo cambios subsidiarios, y en los cuatro restantes no
hubo ningún cambio). La variabilidad de estos resultados parece
confirmar lo señalado por Palou (2008: 95-96) en términos de que las
propuestas de innovación pueden estar muy bien fundamentadas “pero
esto no implica una aceptación mecánica por parte de los profesores,
porque estos reinterpretan siempre en función del modelo que sostienen
sobre qué es la lengua, cómo se aprende y cuál es su papel en el aula”.
Ya en el ámbito estrictamente literario, la última década ha visto
la emergencia de diversos programas de formación continua (Commeyras
et al., 2003; Cremin et al., 2009; Bajour et al., s/f) muy centrados en la
lectura personal del docente y en la ampliación y diversificación del
corpus. Programas que favorecen espacios de lectura compartida y de
discusión sobre el libro y la literatura, así como espacios de reflexión y
puesta en marcha de cambios en su propia posición de enseñantes.
Resulta interesante que, en su conjunto, estas experiencias señalan que el
progresivo conocimiento de un corpus textual amplio y variado derivó en
el aumento de una actitud positiva hacia el libro infantil, y en un creciente
entusiasmo por compartir esas lecturas con sus alumnos. En otras
palabras, sugieren que el trabajo sobre el lugar del docente en tanto lector
podría traer importantes beneficios en los procesos de modificación y
evolución de las creencias sobre lo literario, así como en las prácticas
pedagógicas que se privilegien para enseñarlo.
106
creencias, tanto en quienes serán los futuros profesores de literatura en la
educación Secundaria como entre los futuros maestros de los niveles de
Infantil y Primaria. Así, a día de hoy contamos con un interesante corpus
de investigaciones acerca de qué piensan los futuros docentes en torno al
discurso literario y a los procesos de enseñanza asociados a este. Algunas
siguen la tradición cuantitativa de los test y cuestionarios para medir las
actitudes hacia la lectura; otras, en cambio, utilizan procedimientos
cualitativos entre los que podríamos destacar la entrevista en
profundidad y la autobiografía lectora (instrumento, este último, cada vez
más utilizado en procesos de formación, y que suele arrojar interesantes
luces sobre las creencias en torno a la literatura y su enseñanza).
La literatura, según el amplio estudio de Beaudrap, Duquesne y
Houssais (2004), aparece asociada a dos grandes concepciones entre el
futuro profesorado de secundaria. Por una parte es percibida en tanto
objeto “en sí”, concibiéndola como un patrimonio y un corpus que a su
vez es portador de una historia y una visión de mundo. Por otra, es
percibida como una experiencia subjetiva a la que se asocian ideas como
el placer y gusto personal, o la construcción del yo en el acto de lectura. A
su vez, la misma investigación permite dibujar tres grandes modelos que
englobarían las creencias de los futuros docentes en relación al rol del
profesor de literatura:
107
más complejas de las obras. Resulta especialmente interesante constatar
que, en esta investigación, ambos roles están asociados a determinados
perfiles personales de lectura: mientras aquellos estudiantes que
privilegian una lectura participativa y afectiva se proyectan como
docentes animadores, los lectores que privilegian el análisis distanciado se
perciben como futuros guías interpretativos.
Esta asociación con el perfil personal de lectura, esbozada ya en
las páginas dedicadas al sujeto lector didáctico, parece de mucho potencial
en la exploración de las creencias de los futuros docentes sobre literatura.
Así, una afirmación como “leer no es un placer porque requiere esfuerzo”
goza de un importante acuerdo entre los estudiantes no lectores, y de un
profundo rechazo entre quienes disfrutan de la lectura y se perciben a sí
mismos como lectores (Granado, 2009). Por su parte, los lectores están
mucho más de acuerdo que los no lectores frente a la idea de que el
maestro debe ser aficionado a la lectura para poder promover el goce
estético entre sus alumnos. Incluso la visión negativa de la lectura en su
propia etapa escolar, tan extendida entre los estudiantes de Magisterio,
parece mucho más arraigada en los lectores medianos y débiles que en los
lectores fuertes (Munita, 2014). Podría, por tanto, pensarse en una fuerte
(y positiva) incidencia de los hábitos personales de lectura en las creencias
que los futuros maestros tienen sobre la lectura y la literatura.
No obstante, el estudio de caso de Holt Reynolds (1999) previene
sobre una eventual interpretación absoluta de esta relación perfil lector -
creencias sobre la literatura. Esto, pues el seguimiento que el autor hizo
de una futura maestra con un perfil de lectora literaria experta demostró
que ser buen lector no necesariamente es sinónimo de concepciones
sólidas en torno a la educación literaria. La maestra presentada considera
su experticia como algo normal, no fruto de una experiencia y unos
conocimientos aprendidos. Y, trasladando esa lógica al aula, considera
innecesario proveer de ayudas a los alumnos para que lleguen a leer un
texto complejo, sino que habría que esperar únicamente que tengan la
edad y la madurez suficientes para hacerlo.
En cualquier caso, más allá de la posible influencia de los perfiles
lectores, sí aparece claramente constatada la importancia de las
experiencias escolares previas o trayectoria preprofesional en la formación
del sistema de creencias y saberes del futuro profesor. En ese marco, la
investigación sobre sus concepciones acerca de la educación literaria ha
confirmado que estas “encuentran su origen en las prácticas de lectura
que estos sujetos han vivido en la escuela” (Emery-Bruneau, 2010: 339), y
que conforman sistemas de creencias que suelen entrar en contradicción
con las concepciones defendidas desde la formación y la investigación en
didáctica de la lengua y la literatura (Scheepers, 2005).
108
Esta contradicción puede observarse, por ejemplo, en los procesos
de aceptación o rechazo frente a las propuestas didácticas con las que los
estudiantes toman contacto en su formación profesional. Holt-Reynolds
(1992) ha mostrado el rechazo que pueden suscitar las propuestas del
profesor universitario sobre educación literaria (como promover
discusiones literarias en pequeños grupos o favorecer escritos reflexivos
sobre los textos) cuando no coinciden con aquello que los estudiantes
piensan acerca de lo que es “leer”, práctica que a partir de sus
experiencias escolares se asocia más con la explicación de la lectura por
parte del profesor y la escucha atenta por parte de los alumnos.
Algo parecido sucede con la visión acerca de la literatura infantil
y de los gustos literarios de los niños, ámbitos en los que la experiencia
escolar se mezcla con las representaciones sociales sobre la infancia. Un
estudio exploratorio con alumnado de Educación Infantil (Díaz Armas,
2008), por ejemplo, destaca el rechazo que en ocasiones producen los
libros que no hacen explícitos los valores morales, o bien que proponen
nuevos sistemas de valores en ese ámbito. Como señala el autor:
109
referentes intertextuales para enriquecer los procesos de comprensión e
interpretación de las obras (Silva Díaz, 2001; Díaz Armas, 2008).
Los saberes del lector literario se fundan también en la
construcción de una autoimagen lectora que, como sabemos, define la
forma de relación que un lector mantiene con los textos. En este ámbito,
las entrevistas a futuro profesorado de Educación Infantil y Primaria
muestran que esa autoimagen está lejos de confirmarse: buena parte de
este alumnado se define como no lectora y se refiere a “los lectores” en
tercera persona, como un grupo que ven asociado a un perfil intelectual y
culto más que a sus propias prácticas de lectura (Cañón et al., 2010). Por
su parte, la puesta en diálogo de lo anterior con lo que sabemos acerca de
la autoimagen y las prácticas de lectura literaria de jóvenes de la
escolaridad secundaria (Rouxel, 1996; Manresa, 2013) esboza una
continuidad entre ambos grupos que, en términos generales, ni se ven a
sí mismos como lectores activos ni se sienten especialmente concernidos
por la literatura.
Finalmente, los datos de tipo cuantitativo complementan este
complejo panorama con informaciones poco alentadoras sobre las
concepciones y saberes de los futuros docentes. En cuanto a los saberes
sobre el sistema literario, la investigación de Sanz Marco (1998) señala
que un 82% de los estudiantes evidenciaron un desconocimiento de los
circuitos de mediación y circulación social de la literatura, y un 92% tuvo
problemas para citar autores contemporáneos de habla hispana. Por su
parte, el amplio estudio de Granado (2009) muestra un 90% de futuros
maestros que desconoce cómo dinamizar una biblioteca, y un 70% que no
maneja criterios de selección de libros para el aula. Revela, también, que
solo un 38% asume que los maestros tienen una fuerte responsabilidad en
el fomento de la lectura entre sus alumnos, cifra muy similar al escaso
36% que concibe la escritura como una habilidad que se desarrolla
mediante procesos educativos específicos (Norman y Spencer, 2005). En
otras palabras, 6 de cada 10 futuros maestros pensarían, por una parte,
que la escritura es un don o talento inherente frente al que poco pueden
hacer en tanto docentes, y por otra, que es poca la responsabilidad que les
toca en la tarea de promoción de la lectura con sus alumnos.
110
profesores de lengua y literatura en los diversos niveles educativos. Idea,
por lo demás, que engarza con un supuesto que ha tenido progresivo eco
en la investigación educativa de las últimas décadas: la formación inicial
docente no sería un espacio tan relevante en la formación de los
profesionales de la educación como lo son por ejemplo las experiencias
educativas previas.
Así por ejemplo, estudios desarrollados en la línea de la
investigación biográfica (Knowles, 2004) muestran que, si bien la
formación inicial puede contribuir al cambio cognitivo en el pensamiento
del profesor, no siempre se evidencian influencias significativas del paso
por la universidad en la práctica docente. Por su parte, etnografías como
la de Muchmore (2001) refuerzan la idea de una cierta ineficacia de la
institución universitaria para incidir en el pensamiento docente a largo
plazo, pues sus propuestas quedarían sobre todo en el ámbito de las
creencias temporales y, por tanto, de menor peso que aquellas que son
preexistentes en el sujeto.
Estos supuestos reverberan con especial fuerza en el ámbito de la
educación literaria y la literatura infantil y juvenil, área en la que existe
consenso para señalar que la formación es, aún hoy, muy deficitaria
(Colomer, 2005). Los estudios que recogen la propia percepción de los
futuros docentes sobre la formación recibida en esta área informan una
visión muy negativa al respecto: 7 de cada 10 futuros docentes
manifiestan no estar familiarizados con estrategias de lectura ni sentirse
capaces de enseñarlas (McCoss-Yergian y Krepps, 2010), un 80% se siente
nada o poco preparado en los contenidos formativos asociados al fomento
de la lectura y la escritura (Granado, 2009), y una amplia mayoría de los
profesores de secundaria que comienzan a hacer prácticas afirman no
sentirse aptos para transferir sus saberes literarios a saberes enseñables en
clase (Beaudrap et al., 2004).
Visto este panorama, no resulta extraño que la formación inicial
docente conforme un espacio especialmente cuestionado en los últimos
años, en los que se ha insistido en la búsqueda de nuevos dispositivos de
formación (Cambra et al., 2008) que favorezcan la reflexión sobre la
experiencia y la confrontación de las propias creencias en los procesos de
apropiación de las teorías didácticas de referencia. En ese sentido, en el
campo de la educación literaria se han adelantado ya algunos vectores
que debiesen regir la búsqueda de nuevos dispositivos de formación,
entre los cuales destacarían los siguientes (Silva Díaz, 2001):
111
- Tomar en cuenta las ideas y las experiencias de los participantes
en torno a la lectura literaria y al corpus de literatura infantil.
- Proporcionar muchas y variadas experiencias de lectura para
suplir la inexperiencia de los participantes.
- Ofrecer modelos de mediación y facilitar que los estudiantes los
re-elaboren creativamente y los pongan en práctica.
112
colectiva sobre literatura infantil y juvenil influyeron fuertemente en la
consideración de la importancia de la postura estética en la formación del
lector por parte de los estudiantes participantes. Otra experiencia, basada
esta vez en la constitución de un club de lectura, concluye que “las
oportunidades ofrecidas a los futuros docentes en el club de lectura les
han proporcionado un espacio para reconsiderar, y en muchos casos
expandir, su visión de lo que significa ser profesores de lengua y
literatura” (Hall, 2009: 313). En la misma línea, Asselin (2000) ha
mostrado que el uso conjunto de diarios personales de lectura y de
círculos literarios puede llevar a los estudiantes a nuevas y profundas
comprensiones acerca del proceso lector, de la naturaleza interpretativa
de la lectura y de las diversas formas de placer de un lector literario, entre
otros aspectos de relevancia.
Son, en suma, algunos estudios que ponen en entredicho la poca
incidencia que tendría la formación inicial en la evolución de las creencias
del futuro profesor. Ahora bien, como ha señalado Borg (2006), es cierto
que en procesos de formación docente el cambio cognitivo no siempre
garantiza cambios en el comportamiento, y por tanto no podría
otorgárseles a estas experiencias un certificado de garantía que asegure
buenas prácticas en el futuro. Pero es igualmente cierto que estos
resultados arrojan luz sobre las posibilidades de la formación cuando es
pensada a partir de nuevos dispositivos centrados en la lectura personal
del propio docente, en espacios para compartir esas lecturas y construir
interpretaciones colectivas, así como en la confrontación de los saberes
sobre respuestas lectoras con las respuestas efectivas de niños concretos.
A su vez, debiera sumarse a estos dispositivos el progresivo uso
de la autobiografía lectora en formación inicial, instrumento que ha
demostrado su potencial para hacer emerger las creencias personales del
estudiante en torno a la lectura. Evocar y analizar las vivencias lectoras
conforma un primer paso para la emergencia y posterior
problematización de las propias creencias como parte del proceso de
construcción del conocimiento docente (Munita, 2013a), situación que
ayudaría a los alumnos a instaurar procesos de cambio de aquellas
concepciones más negativas o limitadas que traen sobre la lectura
(Daisey, 2009). Así, el relato de vida lectora constituye un instrumento de
primer orden para pensar un proceso formativo que cuestione las
concepciones provenientes de la trayectoria preprofesional, y que haga
avanzar, por tanto, a los estudiantes hacia sistemas de creencias más
arraigados en una perspectiva profesional de la enseñanza de la
literatura.
En síntesis, dado el trayecto realizado, resulta difícil hablar de la
formación en un singular que unifica y que hace perder de vista la
113
enorme multiplicidad de enfoques y formas de hacer que constituyen
aquel amplio espacio denominado “formación inicial docente”. Lejos de
cerrar el debate en torno a su eficacia sobre las creencias, discusión
visitada aquí desde la perspectiva disciplinar de la educación lectora y
literaria, nos parece evidente la confirmación de algunas tendencias que
cabría tener en cuenta. La primera es que, efectivamente, existe una
amplia evidencia científica acerca de las dificultades que presenta la
formación docente para influir en la construcción de los sistemas de
creencias y saberes del profesorado. La segunda es constatar que, cuando
se piensan espacios de formación con unas ciertas características
(problematización de las propias creencias, integración de la lectura
personal, procesos de lectura compartida con niños, entre otras), estos
parecen incidir en las creencias personales del sujeto, y hacerle avanzar
hacia posiciones más fundamentadas acerca de la educación literaria y de
los procesos de mediación que esta implica en el contexto escolar.
114
4. LA DIDÁCTICA DE LA LITERATURA
36 A su vez, la formación del campo científico de las didácticas engarzaba con las
preocupaciones de la sociología de la educación de los ‘70 y ‘80, particularmente con su
constato acerca de la necesidad de estudiar el “principio de recontextualización” (Bernstein,
1990) a través del cual el discurso pedagógico mediatiza y transforma el discurso de las
disciplinas de referencia con el propósito de construir objetos de conocimiento y
apropiación escolar.
115
A su vez, se ha visto que esta relación se da en el seno de un
amplio conjunto de factores que la definen. En la actualidad, esto supone
una concepción amplia de la didáctica que, siguiendo a Bucheton et al.
(2008: 40), se interesaría por los objetos del saber, pero también por los
gestos o posturas que permiten su apropiación y su puesta en relación
con los saberes previos; por los actores del proceso de enseñanza-
aprendizaje, pero también por sus relaciones culturales con el objeto
enseñado y por su propio desarrollo a nivel cognitivo o lingüístico; por la
relación entre actores y saberes, pero también por el rol de los contextos
escolares y su incidencia en los procesos de enseñanza-aprendizaje.
Por otra parte, cabe agregar que la concepción misma de la
didáctica como proyecto científico remite, como nos lo recuerdan
Bronckart y Schneuwly (1996), a un proyecto social al cual se intenta
aportar explotando al máximo posible las capacidades psicológicas y
habilidades sociales de los futuros ciudadanos. Lo anterior conecta con
una cierta dimensión política de la didáctica como disciplina crítica y
emancipadora (Sánchez Corral, 2003), cuya identidad rebasaría el mero
espacio de los contenidos académicos para situarse en relación con
amplios procesos sociales de circulación y apropiación del conocimiento
(Bombini, 2001b) que pueden favorecer la autonomía del sujeto frente a
los discursos hegemónicos.
En ese nuevo contexto científico, durante las últimas dos décadas
del siglo XX se desarrolló una didáctica específica de la lengua y la
literatura, que si bien comparte el interés común por el sistema didáctico
como objeto central de estudio, se diferencia de las didácticas de las
ciencias a la hora de delimitar sus contenidos de enseñanza. Pues, en su
caso, dichos contenidos no remiten únicamente a los saberes de los
campos científicos de referencia (las ciencias del lenguaje y la teoría
literaria, fundamentalmente), sino también a las prácticas relacionadas
con los usos sociales de la lectura y escritura (Camps, 2000). Como bien lo
explican Bronckart y Schneuwly (1996: 71):
116
de la lengua y la literatura, disciplina que debe enfrentar el desafío de
conjugar la adquisición de los saberes sabios con la apropiación de los
“quehaceres del lector” (Lerner, 2001), entendiendo esto último como un
complejo entramado de contenidos que incluye un saber hacer, unos
valores y actitudes, así como unas formas de relación con y hacia la
cultura escrita, entre otros aspectos. Importante desafío, toda vez que la
entrada de las prácticas letradas a la escuela supone una cierta
modificación de las formas y propósitos que estas suelen adoptar en el
contexto social, ajustes realizados con el objeto de servir no solo a unos
propósitos sociales, sino también a unos fines didácticos (Lerner, 2001).
En suma, un primer conjunto de factores contextuales que inciden
en la formación de la disciplina remite al proceso de formación y
progresiva consolidación del territorio científico de las didácticas, en
general, y de la didáctica de la lengua, en particular, terrenos que
conforman el marco global en el cual se desarrollan los nuevos enfoques
para la enseñanza de la literatura. Ahora bien, si la didáctica de la lengua
es, como hemos visto, un campo científico reciente, la didáctica de la
literatura lo es todavía más (Richard, 2006), y el propio proceso de
búsqueda de identidad de esta ha pasado por la problematización de su
relación –más o menos autónoma- con aquella (Daunay, 2007a). Así, si en
los años ‘90 se hablaba de la necesidad de articular procesos de definición
sobre la especificidad de una didáctica de la literatura (Reuter, 1995), a
día de hoy se asume su entidad en tanto campo específico al interior de la
didáctica de la lengua (Dufays, 2007), con su propio conjunto de saberes
teóricos, preguntas de investigación, actores y redes de estudio. Sin
embargo, para entender las lógicas propias del actual campo de la
didáctica de la literatura no basta con atender al desarrollo científico de
las didácticas, sino que es necesario observar otros factores que, vistos en
una dimensión diacrónica, permiten una mayor comprensión de los
procesos de evolución y desarrollo de esta disciplina.
Hay un amplio consenso (Colomer, 1996a, 2005; Daunay, 2007a,
Bombini, 2008b) en torno a situar sus orígenes en la crítica formulada
entre los años sesenta y setenta al modelo tradicional de enseñanza de la
literatura en la escuela. Heredado de la tradición decimonónica, este
modelo de tipo historicista se centraba en la transmisión del patrimonio
literario entendido como puerta de acceso a la cultura, y encontraba en la
lectura intensiva de clásicos y literaturas nacionales –seguida de ejercicios
explicativos por parte del profesorado- el mejor medio para lograr sus
propósitos (Colomer, 1996b). Sin embargo, la sensación de fracaso de un
modelo de lectura que ya no respondía a las nuevas realidades sociales
(nuevo alumnado en las aulas y nuevas funciones delegadas a la escuela,
al menos) favoreció la emergencia de otras perspectivas didácticas. La
117
enseñanza se vio entonces centrada en el análisis detallado de los textos,
para el cual se tomaron prestados los procedimientos provenientes de las
corrientes formalistas y estructuralistas (Dufays, Gemenne y Ledur, 2005).
De este modo entró a las escuelas el complejo mecanismo de análisis
denominado comentario de texto, orientado a construir una lectura crítica y
distanciada basada en la identificación de los recursos literarios utilizados
por el autor. Una lectura, en suma, que al centrarse casi exclusivamente
en un nivel metaliterario37 dejaba muy poco espacio para la actividad de
construcción de sentido por parte del lector.
Paralelamente a estos cambios en las aulas, en la teoría de la
literatura surgieron aportaciones que acabarían siendo fundamentales en
los procesos de renovación didáctica. La atención hacia la actividad de
lectura, particularmente a la relación de interacción y cooperación entre el
lector y el texto en la construcción de significados, encuentra importantes
formulaciones en la estética de la recepción (Iser, 1987) y la semiótica
textual (Eco, 1981). A su vez, estas perspectivas teóricas ofrecían claras
líneas de continuidad con otro espacio fundamental para la nueva
didáctica: la teoría transaccional o de respuestas lectoras (Rosenblatt,
2002/1938), que concibe el acto de lectura como una situación orgánica
afectada por las contribuciones del texto y del lector. Teoría, esta última,
que adelantaba la crítica posterior hacia la aproximación formalista del
texto literario, imaginando una enseñanza de la literatura centrada en los
procesos interpretativos del lector:
Así, los aportes de la teoría literaria hicieron que, desde los años
ochenta, el acto de lectura y los procesos de comprensión e interpretación
que el lector pone en juego pasaran a ser la principal preocupación de la
didáctica (Dufays et al., 2005). La ruptura epistemológica que significaba
37 Aun sabiendo, desde Vygotski (1985/1934), que la enseñanza directa de los conceptos
científicos suele ser estéril.
118
el desplazamiento del estudio del texto hacia el estudio del lector (Rouxel,
1996), junto con la reconsideración (alentada desde la pragmática) de los
diversos elementos del sistema literario en tanto factores que inciden en
los proceso de lectura, conformaron finalmente las piedras angulares para
un nuevo modelo de enseñanza de la literatura. En otras palabras, se
construye así una didáctica que, más allá del texto, se orienta “tanto hacia
la consideración de los factores externos del funcionamiento social del
fenómeno literario, como hacia los factores internos de construcción del
significado por parte del lector” (Colomer, 2001: 8).
Esto ayuda a dibujar, finalmente, la “constelación disciplinar”
(Reuter y Lahanier-Reuter, 2006) a la que toda didáctica refiere, basada en
este caso en los aportes de campos como la semiótica, la teoría de la
recepción o la pragmática. Asimismo, muy pronto se demuestra el
carácter multidisciplinar de esta constelación (Bombini, 2001a), en la
medida en que la actual didáctica de la literatura también se ha nutrido
de los avances en áreas tan diversas como la sociología de la lectura, la
filosofía educacional o los estudios culturales, entre otros espacios de
interés.
119
- La necesidad de hacer evolucionar la competencia interpretativa
de los alumnos y de favorecer un dominio progresivo de las
convenciones literarias, diversificando así sus posibilidades de
comprensión y disfrute de las obras.
- La necesidad de programar un itinerario de aprendizaje y de
poner en juego unos modelos y dispositivos didácticos que
permitan el desarrollo e incremento de esa competencia en los
diferentes niveles de escolaridad.
120
enseñanza? La respuesta comienza en el constato del importante vacío en
la configuración de la disciplina escolar y de los saberes enseñables que
trajo consigo la crítica al modelo historicista (Bombini, 2008b). En poco
tiempo, la didáctica de la literatura había quedado desprovista de los
contenidos que tradicionalmente se consideraron fundadores de su
existencia en tanto materia escolar, y fue necesario recurrir a nuevos
modelos para suplir ese vacío.
Además de la emergencia de la vertiente estructuralista
mencionada más arriba, una nueva perspectiva sumaba adeptos para
reconfigurar el lugar de la literatura en la enseñanza. Se trata del
denominado “modelo comunicativo”, de importante presencia escolar en
las dos últimas décadas del siglo XX (y aún hoy, en muchos contextos),
que orientaba el aprendizaje de la lectura hacia los textos funcionales y al
dominio de los diversos géneros discursivos propios de la vida en
sociedad. Y si bien este modelo implicaba grandes avances en relación al
estudio de los textos en su función y usos sociales, el lugar de la literatura
quedaba, no obstante, en un plano secundario, subsumido como uno más
entre los géneros discursivos y, por tanto, con un tratamiento didáctico
similar al de otros textos como los informativos, argumentativos o
prescriptivos. Esto llevó, finalmente, a trabajar el texto literario como un
simple soporte de actividades lingüísticas (Tauveron, 1999), situación que
no considera un aprendizaje específico para favorecer la adquisición
escolar de una competencia literaria.
Por otra parte, la emergencia de un nuevo contexto de promoción
de la lectura (cfr. cap. 1) y su progresiva incidencia en la programación
escolar, hizo que la creación de hábitos lectores y la consecución del
placer de la lectura entraran a formar parte de los nuevos objetivos
sociales encargados a la escuela. Podría decirse que este movimiento
surge como reacción natural hacia un modelo de enseñanza basado en el
traspaso de conocimientos (Colomer, 2001) y en la poca consideración del
alumno en tanto sujeto lector. En ese marco debe entenderse el amplio
llamado a “desescolarizar” la lectura que ha caracterizado el discurso de
muchos mediadores desde el último cuarto del pasado siglo. Se entronizó
así el acercamiento lúdico y libre a los textos por sobre la lectura
obligatoria guiada. A su vez, esto derivó en una auténtica “pedagogía del
placer” (Bombini, 2001a) muy influenciada por los postulados de Pennac
(1992) y sus derechos del lector, presentada como una forma de
“animación a la lectura” que respondería mejor al objetivo social de
formar hábitos lectores durante la etapa escolar. Y si bien este
movimiento incidió positivamente afirmando la importancia del acceso
directo de los alumnos a los textos y creando espacios de intercambio
entre lectores en las aulas, trajo también efectos negativos sobre los
121
procesos de aprendizaje que debían asociarse a esas instancias. Pues, al
basar la lectura literaria en el contacto libre con los textos, la intervención
docente pasó a considerarse un obstáculo en la relación placentera del
niño con el libro, lo que trajo consigo una manera liviana de leer los textos
literarios (Bajour, 2009) que vivió su auge en los años noventa y se
extendió hasta los primeros lustros del nuevo siglo.
El debate originado a partir de estas experiencias de “animación”
discurría, entonces, sobre la pregunta acerca de si la lectura literaria es
enseñable o únicamente opera por “contagio”. Evidentemente, la
adhesión a la idea del contagio implicaba un lugar secundario para las
actividades específicas de aprendizaje de la lectura literaria, tal como
sucedía (aunque por distintas razones) en el enfoque comunicativo. Así,
la expansión de la idea del contagio supuso cierto retraso en la
consolidación de una educación literaria entendida como proceso de
aprendizaje, mediado por el docente, y orientado al desarrollo de una
competencia interpretativa que permitiera a los alumnos leer obras
progresivamente más complejas en lugar de reducir el “placer” a un
restringido corpus de textos fáciles.
En ese contexto, la idea de que “los libros no se trabajan, se
disfrutan y se comparten” (Tabernero, 2005: 51), adquirió fuerza y pasó a
conformar una de las grandes tensiones que hasta el día de hoy dificultan
la consolidación del nuevo modelo de educación literaria. Pues, si en la
actualidad hay consenso en torno a la importancia del placer de leer como
aspecto central en la lectura literaria, también lo hay en relación a la
imposibilidad de fundar una didáctica únicamente con el placer como
finalidad. Entre las numerosas limitaciones que esa didáctica ofrecería,
rescatamos aquí dos de las desarrolladas por Dufays et al. (2005: 144-145)
que nos parecen especialmente relevantes. La primera: sabemos que el
placer no depende únicamente de factores escolares, sino que está
fuertemente condicionado por elementos socioculturales; ergo, una
didáctica fundada únicamente en las posibilidades de fruición literaria
que cada alumno trae consigo favorecería a aquellos alumnos (los
“herederos”) que en su entorno han tenido múltiples posibilidades de
encuentro y de socialización con los textos, y haría muy difícil la
experimentación de ese placer en quienes provengan de entornos alejados
de la práctica lectora. Una didáctica, en suma, que no respondería a su
objetivo de incorporar a todos los alumnos (y no solo a los que ya
participan de ellas fuera de la escuela) a las prácticas sociales de lectura y
escritura (Lerner, 2001: 89). Segundo: el mencionado placer suele
asociarse exclusivamente a un solo tipo de fruición, aquella nacida de la
identificación y la participación emocional en el texto; por tanto, su
formulación como objetivo educativo no permitiría avanzar hacia otras
122
formas más distanciadas de placer que también hacen parte de la
experiencia literaria.
En síntesis, el vacío de saberes escolares en el que se encontró la
didáctica de la literatura tomó diversas direcciones cuyos enfoques se han
hecho presentes de un modo u otro (y hasta el día de hoy) en nuestras
escuelas. Por una parte, la atención hacia la lectura funcional en el modelo
comunicativo; por otra, el interés de los nuevos mediadores por favorecer
hábitos de lectura placentera en las aulas. A ello debemos sumar el fuerte
arraigo que el enfoque estructuralista encontró en la enseñanza
secundaria, situación que impuso el comentario de textos como principal
dispositivo de la nueva didáctica, y el dominio del aparato conceptual
asociado a la literatura como su principal objetivo. Tres orientaciones
cuya asunción ofreció importantes avances en relación al modelo
tradicional, pero que implicaban también nuevos problemas y tensiones
para la formación de lectores literarios en la escuela.
Con todo, la visión panorámica recién esbozada nos lleva a
pensar que la actual didáctica de la literatura parece fundarse sobre dos
grandes críticas, posteriores a aquella formulada al modelo historicista.
La primera es la crítica referida al saber conceptual sobre literatura como
fin en sí mismo o como objeto exclusivo de la didáctica. Podría
sintetizarse en la idea de que “en la escuela no se aprende de qué hablan
las obras, sino de qué hablan los críticos” (Todorov, 2007: 22), constato
cuya necesidad de superación hoy resulta evidente. La segunda es la
crítica referida al placer en tanto objetivo que, como vimos, no basta para
articular una didáctica tendiente a formar lectores literarios que
diversifiquen sus posibilidades de interpretación y fruición de los textos.
Podría sintetizarse en la idea de que los objetivos educativos consisten en
ayudar al niño a construir las herramientas de sus placeres, y no a la
obligación de experimentarlos (Charmeaux, 1992; Colomer, 2001), y en la
conciencia de que la lectura literaria implica un placer “estético,
intelectual y cultural que, lejos de operar por magia, se construye”
(Tauveron, 2002: 14).
123
profundizar en cada uno de estos aspectos, cuestión que ocupará los
siguientes apartados.
En relación al primer punto, cabría distinguir entre unas
finalidades educativas generales atribuidas a la enseñanza de la literatura
y unos objetivos específicos de formación lectora y literaria. Las primeras
ayudan a justificar el lugar de la educación literaria en las aulas; en este
sentido, se ha subrayado (Lazar, 1993; Colomer, 2001) el valor del texto
literario en tanto material que favorece la adquisición del lenguaje y de
diversos modelos de uso de la lengua, que construye un sistema de
referentes culturales compartidos, que ofrece un espacio de socialización
y de inserción del individuo en su cultura, y que promueve el progreso en
ámbitos fundamentales del desarrollo personal como el pensamiento
crítico o las competencias socioemocionales.
Dada esa amplia gama de posibilidades, no resulta extraño que
los propósitos educativos asociados a la enseñanza de la literatura sean
enunciados en relación a ámbitos muy diversos, que sobrepasan
extensamente el mero espacio lingüístico-literario. Así, estudios recientes
que analizan el discurso didáctico contemporáneo (Richard, 2006;
Fittipaldi, 2013) observan que las finalidades atribuidas en la actualidad a
la educación literaria tocan, además de lo estrictamente lingüístico y
literario, ámbitos como lo afectivo, lo cognitivo o lo sociocultural, además
de la formación estética y filosófica del individuo.
A su vez, en relación a los objetivos específicos de la formación
literaria, Colomer (1996b, 2001) ha subrayado su carácter dual: por una
parte, se trataría de favorecer el avance en la competencia interpretativa;
por otra, promover la construcción de hábitos lectores así como una
relación placentera y de implicación personal frente a los textos. En otras
palabras, se ha construido la nueva misión de la escuela en términos de
“aprender a comprender e iniciar al placer de leer” (Tauveron, 2001: 7).
Creemos que esta formulación, que implica la superación tanto de una
enseñanza literaria basada únicamente en el saber como de otra basada
solo en el placer, permite avanzar en la concreción de objetivos que
atienden a las nuevas demandas sociales, y favorece un proceso formativo
tendiente a lograr que los alumnos participen con efectividad en los
procesos de recepción del discurso literario (Mendoza, 2004).
Una segunda formulación que, en cierto modo, aglutina los dos
componentes de la primera, la encontramos en la idea de que enseñar
literatura es, en principio, enseñar “una manera de leer” (Dufays et al.,
2005: 123). Es decir: no es el dominio de un patrimonio de obras, ni la
apropiación de los valores morales que estas vehiculan, ni el análisis de
las características formales de su literariedad el objetivo último de la
nueva didáctica, sino la progresiva adquisición de un modo de leer por
124
parte de los alumnos, un saber leer literario que, al finalizar su escolaridad,
puedan poner en juego en sus lecturas libres y personales (Rouxel, 1996).
En palabras de Tauveron (2002: 36), “se trata de construir conductas
lectoras reutilizables fuera del contexto en el que han sido construidas”. De
este modo, la competencia interpretativa y el hábito lector personal
encuentran cabida en un propósito general desde el cual se articularían
las prácticas de enseñanza.
La cuestión, entonces, es definir y caracterizar esa postura de
lectura que estaría en el centro del actual paradigma de educación
literaria. Ayuda, en primer lugar, pensarla en relación a la construcción
escolar de una competencia literaria, entendida como el “conjunto de
saberes que permiten leer e interpretar un texto literario” (Mendoza, 2004:
71) y como la “capacidad de acceder a la lectura de obras cada vez más
complejas o a lecturas cada vez más complejas de las obras” (Jover, 2010:
29). No obstante, para una comprensión más completa de lo que esa
postura pone en juego debemos recuperar otro concepto clave del nuevo
modelo: el de lectura literaria. Tal como señala Daunay (2007a) esta noción
se ha construido como reemplazo y superación de la idea de literariedad,
permitiendo concebir un nuevo objeto de enseñanza que, lejos de basarse
en los elementos que conformarían el carácter literario de una obra, se
centra ahora en la relación establecida entre el lector y el texto.
Muy pronto la noción de lectura literaria deviene objeto de
teorización e investigación en nuestro campo. Dufays et al. (2005) han
sintetizado los acercamientos a este concepto en cuatro grandes
concepciones. La primera se centra en el objeto, pues supone que la
lectura literaria es únicamente aquella en la que lo que se lee son textos
literarios (con las dificultades que, a día de hoy, supone esa delimitación).
La segunda privilegia la modalidad de lectura, dado que la lectura
literaria no estaría tanto en aquello que se lee sino en una manera
distanciada de leer, es decir, una postura analítica e interpretativa que
investiría de valores literarios a la lectura. La tercera la concibe como una
postura de participación psicoafectiva en el texto, es decir, un modo de leer
centrado en la recepción espontánea y emocional, en el que se privilegia
la ilusión referencial que provoca el texto en el lector. Si bien las dos
últimas son esenciales en la formación del lector literario, ni una ni otra
parecen capaces de reivindicar por sí mismas la entidad de la lectura
literaria. Surge así una nueva definición, defendida por los citados
autores, que concibe la lectura literaria como un “va y viene dialéctico
entre participación y distanciación”, es decir, una aproximación que
incluye tanto la apropiación subjetiva y emocional propia del ámbito
psicoafectivo como una recepción de orden intelectual, basada en
procedimientos racionales de análisis e interpretación de las obras.
125
Así, la dialéctica entre los aspectos pasionales y racionales del
juego literario emerge como la modalidad de lectura que encarna los
nuevos objetivos educativos. Como señala Tauveron (2002: 321) “es la
conjugación de las dos posturas, fusional y analítica, lo que permite una
real apropiación del texto”. Pues, si de lo que se trata es de formar
lectores literarios que se sientan implicados en la lectura, y que además
puedan poner en juego formas variadas de comprensión y fruición sobre
los textos, trabajar en la adquisición y el progresivo dominio de esta
forma de lectura parece ser el mejor aporte que pueda hacer la escuela en
la formación lectora de las nuevas generaciones.
Otra manera de visualizar los objetivos de la educación literaria
es pensar en aquello que los estudiantes debiesen haber conseguido al
finalizar su escolaridad. La confrontación de algunas de las propuestas
más relevantes al respecto (Langer, 1995; Colomer, 1996a, 2012a) permite
dibujar un mapa que estaría caracterizado por los siguientes aspectos:
126
de la literatura en las últimas décadas, y que hoy aceptamos como puntos
de partida para cualquier intento de programación en este ámbito.
Destacaremos a continuación algunos que nos parecen especialmente
relevantes.
En primer lugar, el constato de una triple relación que se
encuentra en la base de la enseñanza literaria: la relación entre el lector y
el texto, entre el lector y otros lectores, y entre el texto y otros textos
(Probst, 1986). Esto permite organizar una didáctica focalizada a la vez en
el proceso interno del lector en la construcción de sentido, en los espacios
de socialización que deben acompañar esas lecturas, y en el aprendizaje
de las múltiples formas de diálogo que mantienen entre sí los textos al
interior del sistema literario.
El primero de estos puntos (esto es, el trabajo individual del lector
con el texto) ha sido un objetivo clave desde la apropiación de los aportes
de la estética de la recepción y de la teoría transaccional, entre otras
fuentes de referencia. No obstante, su posterior problematización en el
seno de la didáctica ha permitido afinar ese conocimiento inicial de la
relación texto - lector. Así, hoy sabemos que para construir un verdadero
diálogo con el texto son necesarias dos condiciones que deben ser objeto
de elaboración didáctica: por una parte, el lector necesita disponer de un
cierto conjunto de saberes que motiven y den sentido a sus preguntas
hacia el texto; por otra, debe existir una cierta “necesidad de respuesta”
que nace del sentimiento de estar implicado en la lectura y concernido
por el texto (Rouxel, 1996). Una didáctica que no trabaje en la
construcción de esas condiciones difícilmente podrá colaborar en los
procesos de construcción de sentido por parte de los estudiantes.
Por su parte, la relación entre el lector y otros lectores se sustenta
en buena medida en lo que sabemos desde los estudios de la sociología de
la lectura, conocimiento sintetizado en el difundido planteamiento de la
lectura como una práctica “saturada de sociabilidad” (Privat, 2001: 54).
Repensar desde esa perspectiva el aula, transformándola desde el espacio
de trabajo individual y silencioso que suponía tradicionalmente hacia otro
basado en el diálogo e intercambio entre lectores, donde la construcción
de sentido se desarrolla mayoritariamente en la confrontación y debate de
los procesos individuales de lectura, y donde el proceso educativo se
centra en aprender a hablar de manera fundamentada sobre los libros
(Chambers, 2007b), parece hoy día una de las líneas de avance más
relevantes de la enseñanza de la literatura. Como veremos más adelante,
algunos de los principales dispositivos didácticos actuales descansan
sobre esta perspectiva.
La relación entre el texto y otros textos, proveniente de las teorías
literarias en torno a la idea de intertextualidad, supone que las obras se
127
inscriben siempre en la tradición literaria estableciendo relaciones de muy
diverso orden con otras obras que las anteceden. Supone, también, que el
trabajo de actualización de esas relaciones conforma un potente
instrumento de comprensión y, por extensión, que la formación del lector
literario se verá favorecida por procedimientos de lectura en red
(Tauveron, 2002) que permitan la puesta en relación de los textos en la
memoria cultural del lector. A su vez, lo anterior remite a otra noción
clave, la de intertexto lector, entendido como “la relación que hay entre el
intertexto discursivo o intertexto de la obra –integrado por el conjunto de
textos que están presentes en un texto concreto- y el intertexto lector,
como componente de la competencia literaria y exponente de los saberes
que esta puede contener” (Mendoza, 2001: 97). Tal formulación permite
hacer del intertexto un objeto didáctico no solo a nivel de las conexiones
textuales, sino también a nivel del espacio personal del lector que las
reconoce y las reelabora en su actividad de lectura.
El trabajo didáctico en los tres ámbitos mencionados debe
complementarse con la atención hacia el funcionamiento social de la
literatura, cuestión que proviene del constato acerca de que los mejores
lectores se caracterizan por conocer y participar en los circuitos de
circulación y mediación del libro. Esto pone en juego un objetivo
orientado no solo a construir competencias de lectura sino también
“comportamientos de lector” (Privat y Vinson, 1995) y que se concreta en
actividades escolares diversas, desde visitas a librerías o familiarización
con bibliotecas hasta la construcción de espacios de recomendación y
comentario de obras entre lectores (Colomer, 1996b).
También sabemos que la clave para concretar todos los espacios
anteriores es construir situaciones didácticas que otorguen centralidad a
las prácticas de lectura y escritura (Bombini, 2008b). En otras palabras, se
trata de hacer de la escuela una “microcomunidad de lectores y
escritores” (Lerner, 2001) en el seno de la cual la literatura se lee y se
escribe, y solo a partir de esa actividad (mediada por el docente) se
sistematizan los saberes de formación del lector literario.
Concluiremos este apartado señalando que, pese al espacio de
consolidación disciplinar que implica el consenso de objetivos y
principios aquí enunciados, la didáctica de la literatura debe hacer frente
a realidades educativas que todavía parecen muy lejanas de esta
declaración de intenciones. Sabemos, por ejemplo, que su formulación ha
tenido escasa repercusión en los currícula escolares, pues aunque los
documentos oficiales de diversos países han incorporado entre sus
objetivos la necesidad de formar lectores con hábitos de lectura
consolidados y capacidad crítica para entender los textos literarios,
muchos de sus programas no llegan a concretar las vías que facilitarían el
128
desarrollo de esos objetivos (Durán y Manresa, 2009). Por su parte, las
investigaciones sobre las prácticas efectivas y sus resultados de
aprendizaje alertan una y otra vez sobre el extendido fracaso en la
formación de lectores:
129
aprendizaje escolar de la lectura literaria, que implican el avance en los
siguientes dominios:
130
propósito de aprendizaje en sí mismo, sí puede ser un elemento
relevante para comprender mejor lo que se cuenta y, en ese
sentido, formar parte de los objetivos de una enseñanza centrada
en profundizar los niveles de comprensión del texto.
131
placer y la construcción del hábito encuentran en la biblioteca (escolar o
de aula) su medioambiente más natural, la competencia interpretativa se
adquiere fundamentalmente en el contexto de la clase de lengua y
literatura (Margallo, 2012a). La cuestión, entonces, es indagar en los ejes
programáticos atendiendo ahora a la especificidad de cada uno de estos
propósitos.
Los trabajos de Tauveron (1999, 2002), por ejemplo, ayudan a
construir los principios para el objetivo del desarrollo progresivo de una
competencia interpretativa y una modalidad de lectura literaria entre los
alumnos. Podríamos, por tanto, sintetizar sus aportaciones en unos ejes
de programación clasificados en cuatro grandes criterios:
132
- Actividad mediadora. El docente planifica espacios que permitan la
emergencia, circulación y confrontación de las interpretaciones de
los alumnos, y favorece la reflexión metacognitiva sobre el trabajo
interpretativo allí construido, con la finalidad de que aprendan a
evaluar la pertinencia de sus interpretaciones y a hacerlas
dialogar con las de otros. Administra las instancias de discusión
sobre las obras actuando como garante de los derechos del texto, y
favorece espacios de sistematización y adquisición de los saberes
literarios puestos en juego.
133
didáctica específica en torno al objetivo escolar de fomento de la lectura
autónoma. En este caso, las principales coordenadas serían:
134
ambos casos los planteamientos realizados sirven como base para
articular los ejes programáticos de cada objetivo en términos globales, es
decir, pensados desde la continuidad entre los diversos niveles escolares.
Sin duda, la investigación educativa de los próximos años se encargará de
reenfocar y matizar estas propuestas a la luz de eventuales diferencias
que puedan observarse según el ciclo escolar correspondiente.
40 Cabe consignar, tal como han destacado Josette Jolibert (1991) y sus seguidoras en el
ámbito hispanoamericano (Inostroza, 1996; Rincón, 2012), que la pedagogía de proyectos
implica importantes reformulaciones de los esquemas tradicionales de enseñanza: se basa
en un trabajo cooperativo entre todos los actores educativos, concibe el aprendizaje como
un proceso de investigación más que de apropiación pasiva de contenidos, se centra en la
realización de tareas o resolución de problemas que tienen un lugar destacado en el devenir
de la comunidad escolar, y asumen la evaluación como una actividad permanente que es
tarea de todos, entre otros aspectos que son claves para entender esta línea de trabajo.
135
implementación de secuencias didácticas (Camps, 1994), entendidas como
una propuesta de creación de un producto –un cuento, un recital poético
o una dramatización, por ejemplo–, cuya recepción se dará en el contexto
de una situación comunicativa –publicación en una revista o en el mural
de la biblioteca, declamación en una fiesta de la comunidad escolar-, y
cuya elaboración precisa el aprendizaje de determinados conocimientos
literarios –las convenciones del género al que pertenece el cuento, los
recursos de recitación adecuados para transmitir los matices del poema o
los mecanismos de transformación de un texto narrativo en otro teatral,
en los casos anteriores– (Munita y Margallo, 2014). De este modo, la
adquisición y dominio de los saberes disciplinares queda al servicio de
una experiencia comunicativa concreta, y el proceso de enseñanza-
aprendizaje deviene espacio de múltiples actividades de lectura y
escritura necesarias para la consecución de los propósitos comunicativos
consensuados al interior del grupo.
Lo anterior permite reorganizar la intervención didáctica hacia
dispositivos que ofrecen enormes posibilidades en el ámbito de la
formación de lectores. Siguiendo a autores como Terwagne, Vanhulle y
Lafontaine (2003) o Colomer (2005), podríamos sintetizarlas en los
siguientes puntos: permiten integrar los momentos de uso de los textos
con las instancias de ejercitación de las habilidades lectoras; favorecen la
interacción de actividades de recepción individual y de intercambios
colectivos sobre los textos, por una parte, y de actividades de lectura y
escritura, por otra; y favorecen la sistematización y asimilación de los
aprendizajes realizados. Asimismo, Margallo (2012b) ha valorado el
potencial de los proyectos en el desarrollo de la competencia
interpretativa de textos literarios, apuntando que propician la adopción
de un rol activo ante el texto, crean contextos significativos para el uso de
un metalenguaje literario y ayudan a seleccionar los aspectos
significativos de las lecturas en relación a las tareas que cada proyecto
exige.
En suma, los proyectos de lengua y literatura se han perfilado
como un modelo didáctico especialmente coherente con los actuales
objetivos de la educación literaria. Además, su decidida apuesta por las
prácticas sociales de lectura y escritura ha adquirido una nueva
significación en el contexto socioeducativo actual, en el cual la red amplía
los auditorios posibles para las producciones de los alumnos, y favorece
nuevos espacios de comunicación e interacción entre lectores (Margallo,
2012b; Manresa, Durán y Ramada, 2012).
Con todo, lo que las secuencias didácticas brindan a la enseñanza
literaria es un marco global cuya realización se apoya en diversas
modalidades de lectura y en el uso de dispositivos didácticos que
136
encarnen las orientaciones y líneas de actuación esbozadas en el
transcurso de este capítulo. En palabras de Tauveron (2002: 94), la
educación literaria necesita dispositivos fértiles, es decir, que inviten a
leer, que permitan identificar y resolver problemas de comprensión, y que
favorezcan procesos de interacción tanto del alumno con el texto como de
los alumnos entre sí en torno a la lectura. Así, podríamos pensar en unos
principios orientativos para la conformación de los dispositivos
didácticos que, grosso modo, confluirían en tres ideas fuerza.
Primero, la necesidad de poner en juego la subjetividad del lector
(Daunay, 2007b), favoreciendo el encuentro individual del lector con el
texto y alentando la expresión de las reacciones subjetivas propias de toda
experiencia de lectura (Rouxel, 2005a). Es lo que la actual didáctica –
especialmente en el contexto francófono- ha denominado el texto del lector,
objetivo para el cual sabemos que no basta “con dar a leer un texto a los
alumnos y preguntarles qué sienten para hacer emerger experiencias
vivas de lectura. Conviene implementar un acompañamiento didáctico
para la implicación del sujeto lector en la obra” (Langlade, 2006: 11). Esta
implicación personal, que tal como informan los test internacionales está
directamente relacionada con buenos niveles de logro en lectura y
escritura (Baye et al., 2003), es una base irrenunciable para la formación de
lectores literarios comprometidos con la lectura y que se sientan
concernidos por los textos.
En segundo lugar, la importancia de complementar el espacio
personal de encuentro con el texto con espacios para compartir esa
experiencia interior con otros lectores. Sabemos que los lectores disfrutan
hablando con otros sobre los textos, compartiendo sus impresiones y
confrontándolas con las de otros para construir miradas enriquecidas
sobre sus lecturas (Chambers, 2007b). Es lo que Tauveron (2002) llama el
placer gourmet de la lectura literaria, un placer que se saborea mejor
cuando se dice y se comparte con otros. Este constato ha permitido
afirmar que “la lectura compartida es la base de la formación de lectores”
(Colomer, 2005: 144), lo que no hace sino exigir un lugar central para la
socialización literaria en la programación escolar.
Finalmente, se trata de pensar intervenciones que atiendan a la
especificidad de los textos leídos. Si, como señalara Chambers (2007b),
cada libro contiene las potencialidades de la discusión posterior, es
fundamental que las propuestas didácticas surjan de ese potencial y de
los caminos interpretativos que cada texto ha programado. Esto permite
superar los acercamientos puramente impresionistas y generales tan
comunes en la enseñanza literaria, y darle un lugar de privilegio a la
actividad del lector en la construcción de significado y en la reelaboración
de los espacios de indeterminación de cada texto. Por supuesto, lo
137
anterior se apoya en una lectura previa por parte del docente, que va
desde la consideración de su propia respuesta emocional hacia la toma de
consciencia de las características de la obra, sus aspectos literarios más
relevantes, las posibilidades de diálogo que ofrece, las preguntas que
sugiere y las dificultades de comprensión que programa. En palabras de
Bajour et al. (s/f: 23) se trata de responder a la pregunta “¿Cuáles son las
condiciones de lectura que este libro exige o favorece?”.
Estas son, pues, las principales orientaciones que vemos en la
actualidad para pensar dispositivos fértiles de problematización de los
textos literarios en el aula. Quizás la pregunta que más podría ayudar en
la etapa de formulación de estos sería: “¿permite a los alumnos
comprender mejor y aprender a comprender?” (Tauveron, 2002: 88) pues,
en nuestro parecer, pone en juego las dos cuestiones claves para imaginar
instrumentos didácticos que permitan progresar en la lectura. Por una
parte, preguntarse si representa una ayuda para elaborar una
comprensión e interpretación más profunda y afinada sobre el texto; por
otra, si colabora en la construcción de habilidades reutilizables en otras
experiencias de lectura.
138
centrados en la memorización y repetición de unos determinados
contenidos preestablecidos por el docente. Su interés por construir una
conversación en términos de un “diálogo genuino” entre los participantes
(Johannessen, 2003), supone un intento de superación para el triste
constato de la investigación educativa acerca de que “en la mayoría de las
aulas, el abanico de oportunidades para que los alumnos contribuyan a la
conversación es bastante reducido y la cantidad de conversación a la que
contribuyen es relativamente pequeña” (Mercer, 1997: 72).
En un primer intento de caracterización, podríamos distinguir la
discusión por los siguientes criterios básicos: los múltiples puntos de
vista expuestos, la interacción tanto entre pares como con el profesor, y la
extensión de las interacciones verbales, más extensas que las palabras-
frase de las recitaciones (Alvermann, Dillon y O’Brien, 1998). Así, el uso
educativo de la discusión promueve la construcción de una
“subcomunidad de aprendices mutuos” en la que los alumnos “se
andamian unos a otros” (Bruner, 1997: 39), y engarza con la perspectiva
sociocultural en términos de activar un tipo de habla exploratoria en las
aulas, es decir, un diálogo cooperativo basado en la confrontación de
diversos puntos de vista, en el respeto y consideración de la opinión del
otro, y en la progresiva construcción de acuerdos y consensos en el seno
del razonamiento colectivo (Mercer y Littleton, 2007).
En el ámbito de la educación literaria, esto implica entender la
discusión como un espacio de construcción de sentido en el seno de un
“círculo de lectura” (Terwagne et al., 2003; Chambers, 2007b) definido por
el intercambio y la interacción con otros, donde “ese otro son a la vez los
pares, el profesor y el texto” (Dias-Chiaruttini, 2007: 158). Se trata, pues,
de una situación dialógica, de co-construcción acumulativa de los
sentidos de un texto, gestionada por el mediador y orientada a hacer
emerger la comprensión de niñas y niños a partir de la confrontación de
las diversas interpretaciones surgidas en un grupo ante una lectura
compartida.
Así, la movilización de ideas, la pluralidad de miradas y la
negociación de sentido (Burdet y Guillemin, 2011) parecen ser sus
características más destacadas, las que podríamos profundizar
atendiendo a dos aspectos clave. Primero, el lugar central del texto, que
adopta una doble función de puerto de partida y de brújula durante el
trayecto interpretativo pues, finalmente, son los índices textuales los que
ayudan a justificar las respuestas. Esto hace que la discusión instaure una
práctica “de levantar y bajar la cabeza hacia el libro” para ir “desde la
visión general al detalle y desde el detalle a la reformulación general”
(Colomer, 2012b: 115). Segundo, la concepción positiva de las
proposiciones que contradicen el texto, vistas no ya como errores a
139
subrayar o perseguir, sino como aportaciones que forman parte del hilo
evolutivo de una discusión. Aportaciones que, en un proceso de “gestión
del error interpretativo” por parte del docente (Dias-Chiaruttini, 2014),
serán sometidas a la confrontación con los otros y con el texto para su
posterior validación o rechazo.
La gestión de la discusión es, precisamente, uno de los grandes
desafíos de un dispositivo que nace desde un cierto vacío en la tradición
pedagógica, que nunca se ocupó de articular conversaciones literarias
guiadas y orientadas hacia la adquisición de determinados saberes
conceptuales, procedimentales y actitudinales como los que pone en
juego la lectura compartida. Diversos esfuerzos conducentes a construir
las herramientas para gestionar la discusión se han sucedido en los
últimos lustros. Por ejemplo, la propuesta de Johannessen (2003) en torno
a las estrategias más adecuadas para iniciar una conversación literaria,
entre las cuales el autor incluye el planteamiento inicial de preguntas o
problemas que no tienen fácil respuesta o solución, la conexión de esos
problemas con la vida de los alumnos, o la creación de una controversia a
partir de la recuperación de un aspecto desconcertante del texto. En este
punto, una de las propuestas de mayor interés ha sido la de Chambers
(2007b), quien plantea la puesta en escena de diversos tipos de preguntas
sobre el libro, desde unas más genéricas como lo que ha gustado o no, lo
que ha desconcertado o lo que les ha parecido que puede ser un patrón
literario o una conexión intertextual, hasta otras más específicas que
apuntan a trabajar tanto sobre las particularidades de cada texto como
sobre la respuesta personal que los niños han elaborado en su lectura.
Otros avances se relacionan con las diversas formas que adopta el
debate interpretativo en las aulas. Una investigación relevante en este
punto ha sido la de Dias-Chiaruttini (2011, 2014), quien observó cuatro
modalidades diferentes de discusión que varían según el estilo de cada
docente, y que nos parecen representativas de las diversas direcciones
que el dispositivo puede tomar en la escuela:
140
- Una modalidad cognitiva, centrada en desarrollar la
argumentación y la justificación de una lectura interpretativa en
proceso de elaboración.
Con todo, hoy parece claro que, más allá de las diversas
modalidades que el género pueda adoptar en las aulas, el objetivo último
es ayudar a los estudiantes a involucrarse en una discusión literaria que
siga las pautas evidenciadas cuando los lectores “reales” hablan de
literatura en la vida cotidiana (Langer, 1995), pautas que, en cierto
sentido, agrupan las diversas modalidades aquí presentadas. Ese es,
quizás, el aporte más definitivo del debate interpretativo en la formación
de lectores literarios, entendido como un dispositivo que “favorece
prácticas más cercanas a las extendidas socialmente entre los lectores
expertos, en las cuales los procesos interpretativos adquieren valor y los
conocimientos literarios se construyen, se utilizan y se explicitan porque
son significativos” (Silva Díaz y Manresa, 2005: 48).
Como ha podido observarse, la idea de “comunidad” está en el
centro de este nuevo género disciplinar, entendida en un doble sentido
de comunidad de lectores y comunidad de aprendizaje (Langer, 1995;
Terwagne et al., 2003). Comunidad de lectores, pues la discusión
construye un espacio en el cual se socializan, enriqueciéndolas, las
lecturas individuales, y en el cual la respuesta personal deja el plano
únicamente individual para situarse en relación con procesos de
pensamiento colectivo sobre las obras. Comunidad de aprendices pues,
por una parte, se ha demostrado que la discusión es un excelente medio
de aprendizaje de los saberes literarios que la escuela asume en tanto
formadora de lectores, saberes que el debate literario convoca, exige y
ayuda a adquirir (Munita y Manresa, 2012). Y por otra, pues colabora en
la adquisición de habilidades para el trabajo en grupo y la vida
cooperativa, concretamente observables en la apropiación del “arte de
discutir para aprender” (Langer, 1995). Esto último es fácilmente
contrastable con experiencias educativas recientes que han utilizado
discusiones literarias durante varias sesiones (Pressley et al., 2007; Dias-
Chiaruttini, 2007; Amat, 2010; Colomer, 2012b), pues todas ellas muestran
una progresiva apropiación de las reglas del juego por parte de los niños,
lo que deviene en discusiones cada vez más extensas y profundas, menos
centradas en la intervención del docente, y con mayores niveles de
autonomía, interés e implicación por parte de los alumnos.
En suma, la discusión literaria parece ser el género disciplinar de
referencia de la nueva didáctica de la literatura. No obstante, la necesidad
de atender a los nuevos objetivos de enseñanza ha favorecido la
emergencia de otros géneros escolares que, complementarios al debate
141
interpretativo, han demostrado su interés en la investigación y
experimentación reciente. Exponemos a continuación algunos de los más
relevantes, entre los cuales se cuentan el carnet lector, la autobiografía
lectora, los escritos de trabajo y los fórums literarios.
Señalado en diversas ocasiones como el complemento ideal para
la discusión literaria (Terwagne et al., 2003; Ahr, 2011), el carnet lector
podría definirse como “un instrumento escolar orientado, no al
aprendizaje de saberes declarativos, sino a la formación de sujetos
lectores capaces de considerar con reflexividad su lectura empírica del
texto” (Ahr, 2011: 161). Es decir, se centra en la recepción empírica y la
apropiación personal de las obras, otorgando así una entidad didáctica a
las primeras impresiones, sensaciones, divagaciones y pensamientos poco
estructurados que caracterizan toda actividad de recepción lectora.
A su vez, su maridaje con procesos de discusión literaria permite
al alumno reconsiderar su lectura personal a la luz de la construcción
colectiva de significado, y elaborar así nuevas aproximaciones más
distanciadas y orientadas al análisis crítico. En ese sentido destaca la
noción de carnet de semillas (Terwagne et al., 2003: 61), que concibe el
dispositivo como un repositorio de primeras impresiones que se desea
compartir con el grupo, reflexiones que se espera “crezcan y fructifiquen”
en el debate. Así, copias de extractos o frases que han sido especialmente
relevantes para el alumno, sus opiniones o reflexiones personales sobre el
texto o las ideas que les ha evocado un pasaje determinado serían algunas
de las posibles entradas para el carnet lector, género que parece
especialmente fértil para los procesos de acompañamiento de lectura
íntegra de obras completas (Joole, 2006).
El constato acerca de que la imagen de sí en tanto lector es un
importante factor en la motivación e implicación por la lectura (Baye et al.,
2003) llevó también a pensar dispositivos que focalizaran especialmente
en ese punto. Esto derivó, entre otras líneas de avance, en la
escolarización del género de la autobiografía lectora, cuya utilización en las
aulas ha sido reportada por diversas experiencias y estudios como los de
Croix y Dufays (2004) o Rouxel (2004a, 2004b). Su uso en tanto género
disciplinar didáctico ofrece, al menos, un doble potencial. Por una parte,
le permite al profesor saber dónde se está: conocer los bagajes de lectura
del grupo (Chambers, 1997; Colomer, 2012a) es un primer paso para
articular los itinerarios y las actividades de interpretación con las
experiencias lectoras que trae el alumnado, y con sus posibilidades de
valoración y apreciación literaria. Al alumno, por su parte, le ofrece una
instancia de reflexión y toma de conciencia a partir de la evocación de sus
itinerarios de lectura, instancia que en muchas ocasiones deviene espacio
de producción de una autoimagen lectora que, en palabras de Rouxel, es
142
“un acto fundador de la identidad del lector” (2004a: 47). Visto lo
anterior, el relato de vida lectora resulta de especial interés para la
didáctica de la literatura, y se perfila como un instrumento
particularmente fecundo hacia fines de la etapa primaria o durante la
enseñanza secundaria, cuando crecen las posibilidades de evocar un
bagaje lector de cierta consistencia.
Si bien no tienen una entidad de “género disciplinar” como los
otros aquí evocados, los diversos escritos de trabajo puestos en juego
durante la lectura de textos literarios representan dispositivos didácticos
especialmente útiles como medios para construir la comprensión e
interpretación. Son concebidos como escritos “transitorios y efímeros, al
servicio de la elaboración del pensamiento y del intercambio de
opiniones” (Tauveron, 2002: 167), y pueden adoptar múltiples formas,
desde preguntas formuladas por los alumnos hacia el propio texto o
esquemas para afinar una interpretación inicial hasta escritos para situar
al estudiante en el rol del escritor o, incluso, para permitirle expresar su
visión sobre los objetivos de lectura explicitados por el docente
(Tauveron, 2002).
El cruce entre la consabida importancia de la socialización en la
formación del lector y el actual contexto socioeducativo de expansión de
las tecnologías de la información y la comunicación ha devenido un
escenario especialmente interesante para la didáctica de la literatura. Los
nuevos contextos comunicativos que la red ofrece permiten abrir espacios
de diálogo e intercambio sobre las obras, concretados fundamentalmente
en la participación y creación de fórums literarios (Manresa, 2013)
orientados a la movilización tanto de lecturas autónomas como escolares,
y a la proyección de las opiniones y reacciones personales sobre esas
obras. A su vez, estos nuevos espacios cuentan con un importante valor
agregado para la didáctica: el carácter público de la escritura, aspecto que
mediatiza la opinión personal y que, eventualmente, podría favorecer
instancias de trabajo sobre las producciones de los alumnos.
Visto este panorama, podría decirse que la investigación ha
realizado importantes avances dirigidos a poner en escena unos
instrumentos mediadores coherentes con los nuevos objetivos
formulados. Todos ellos, en las diversas variantes que puedan presentar,
son potencialmente útiles para los dos grandes objetivos formativos de la
educación literaria. No obstante, hay algunos que por sus características
son especialmente interesantes para uno u otro objetivo. A modo de
ejemplo: mientras la discusión literaria y los escritos de trabajo presentan
un enfoque mayoritario (aunque no exclusivo) hacia el desarrollo de la
competencia interpretativa, la autobiografía lectora o los fórums en la red
143
apuntan, en cambio, a la construcción de hábitos lectores y a la
consolidación de las prácticas sociales y autónomas de lectura.
144
…está muy claro que no se aprende a leer textos difíciles
leyendo textos fáciles; los textos fáciles sólo habilitan para seguir
leyendo textos fáciles. Si pretendemos que los alumnos
construyan para sí mismos, para su desempeño futuro como
lectores, el comportamiento de atreverse a leer textos que les
resulten difíciles –no sólo en relación con lo académico sino
también con lo literario-, entonces es imprescindible enfrentar el
desafío de incorporar esos textos en nuestro trabajo (Lerner,
2001: 108).
145
competencias y expectativas del alumnado, por una parte, y que ayudan a
crear unos contextos de referencia para hacer dialogar entre sí obras
diversas y progresivamente más complejas, por otra.
A su vez, la definición de itinerarios textuales que enseñen a leer
obras literarias se ha potenciado con la progresiva entrada al aula de
“nuevos” corpus de lectura que, por su brevedad, ocupan un espacio
complementario al de la lectura de novelas u otros textos extensos. Si
bien el trabajo con textos poéticos o con minicuentos podría situarse en
estas coordenadas, ha sido el álbum ilustrado el corpus más
representativo de las líneas de renovación en este ámbito. Así, la
discusión literaria sobre álbumes se ha extendido como una práctica de
innovación para la enseñanza literaria en todos los niveles de escolaridad
(desde las aulas de infantil hasta las de secundaria), con múltiples
experiencias que van mostrando su potencial para hacer progresar la
interpretación y para activar conocimientos literarios complejos en el
proceso de lectura (Arizpe y Styles, 2004; Silva Díaz y Manresa, 2005;
Colomer, 2012b, Manresa y Reyes, 2014, entre otros). Características muy
presentes en el álbum como la condensación semántica que favorece
lecturas inferenciales, la riqueza intertextual que promueve la puesta en
juego de conocimientos literarios y culturales previos, o el uso de la
ironía y la parodia que promueven la lectura distanciada son, en suma,
buena muestra de lo que este corpus ofrece: la adquisición de
aprendizajes literarios complejos a partir de obras cuya lectura
compartida demanda muy poco tiempo de la programación escolar.
Además de los tipos de obras, otra de las mayores
preocupaciones en este ámbito ha sido la construcción de unos criterios
para seleccionarlas, lo que ha derivado en una serie de propuestas al
respecto. Algunas, como la de Lazar (1993), se centran en el destinatario,
concibiendo así la selección de lecturas a partir de la atención al bagaje
cultural, lingüístico y literario de los estudiantes. Otras (Lluch, 2010)
proponen unos criterios que, además de las características del lector, se
relacionen con el texto tanto en sentido amplio (su procedencia, sus
valores o ideología, el género o subgénero) como en términos específicos
(atendiendo a su estilo, estructura, tipos de narrador, trabajo con el
tiempo y espacio, etc.). Dufays et al. (2005), por su parte, plantean la
necesidad de un equilibrio entre tres tipos de criterios bien diferenciados:
un criterio pedagógico centrado en el alumno, un criterio subjetivo
centrado en el profesor, y un criterio sociocultural relacionado con la
sociedad en la que se está inserto. En cualquier caso, debemos señalar que
estas propuestas no siempre coinciden con los criterios que utilizan los
docentes para elegir los libros en sus clases. Esto, pues la investigación al
respecto muestra que se decantan mayoritariamente por su propio
146
conocimiento e interés personal y por las recomendaciones de los niños
(Cremin et al., 2008a), así como por la influencia de la obra sobre el placer
e interés tanto suyo como del alumno (Dezutter et al., 2007).
Junto con sintetizar el debate en torno a cuatro grandes criterios
que parecen fruto de consenso (la calidad, los valores educativos e
ideología, la valoración de los gustos e intereses del lector infantil y
juvenil, y el itinerario de aprendizaje literario y cultural que ofrecen),
Colomer (2005) hace avanzar la discusión al agregar que lo importante es
no perder de vista dos preguntas claves en un proceso de selección de
textos: para quién y para qué. Efectivamente, ambas preguntas ayudan a
reorientar una discusión que, por mucho tiempo, estuvo centrada
únicamente en el criterio de calidad de las obras. Permiten, también,
avanzar hacia una mirada más global de la selección del corpus escolar
pues, como señala Manresa (2013: 67) la discusión sobre los tipos de libros
“no tiene sentido si no se relaciona también con la metodología de
acompañamiento de los textos, la intensidad de la guía y la función que
las obras han de cumplir”. En ese marco, un buen ejemplo de la
consideración tanto del lector como de los objetivos de lectura se
encuentra en la propuesta de Margallo (2012c) para elaborar un corpus de
textos dirigido a adolescentes reticentes a la lectura, es decir, para lectores
caracterizados por sus dificultades de comprensión y por su carencia de
vínculos personales con la literatura. En este caso, se ha pensado en
criterios diferenciados según el propósito didáctico: unos centrados en los
efectos que los textos provocan en el lector, cuando se trata de promover
la vivencia de verdaderas experiencias literarias, y otros en el nivel de
reto y desafío que promueven, cuando se busca favorecer la
interpretación y construcción de significado sobre las obras.
147
actualizaciones y modificaciones según el contexto educativo y el perfil
de cada docente. Es decir, la confrontación entre los modelos surgidos de
la investigación y las múltiples realidades educativas del aula favorece
una comprensión más ajustada de los reales desafíos que enfrenta la
renovación didáctica en nuestro campo.
Para comenzar, cabe señalar que los estudios panorámicos sobre
la investigación en didáctica de la literatura, tanto del ámbito
hispanohablante (Munita y Margallo, 2014) como francófono (Daunay,
2007a), concuerdan en que aún sabemos relativamente poco sobre las
prácticas “reales” de enseñanza de la literatura, es decir, las prácticas
desarrolladas en el contexto natural del aula, sin considerar aquellas
surgidas de situaciones experimentales concebidas por los
investigadores. Pese a ello, el diagnóstico de base, sintetizado por autores
como Baye et al. (2003) o Manresa (2013), ha sido muy claro: la
investigación informa que la práctica educativa sobre literatura suele
estar muy centrada en actividades evaluativas y de carácter estándar
(como el trabajo de vocabulario o las preguntas sobre el contenido literal
del texto), y muy poco en actividades tendientes a desarrollar tanto la
competencia literaria como los rituales privados y sociales que ayudan a
formar hábitos lectores. Es decir, prácticas bastante alejadas del modelo
educativo presentado en estas páginas.
Con todo, el cambio de siglo ha significado también un proceso
de transformación en la visión que la investigación construye sobre las
prácticas, observándose un renovado interés por dejar de alimentar el
extendido diagnóstico de “crisis” en la enseñanza literaria, y por
dedicarse en cambio a observar y analizar lo que está en juego en las
prácticas reales del aula (Ronveaux y Dufays, 2006). Así, al lado de
instrumentos como cuestionarios que recogen la mirada de amplios
grupos de docentes sobre sus propias prácticas, emergieron diversos
estudios de caso para profundizar en la comprensión de la enseñanza
literaria en los contextos educativos en los cuales esta se desarrolla. A
grandes rasgos, los resultados que unos y otros informan convergen en
algunos puntos como la diversidad de prácticas didácticas
implementadas o las tensiones que a menudo acompañan el trabajo
docente sobre la literatura.
En relación a la diversidad de prácticas, Dezutter et al. (2007)
mostraron que si bien las más recurrentes son también las más ancladas
en la tradición escolar, como la redacción de un resumen o la
presentación oral de informaciones sobre el autor, poco a poco se han
propagado ciertas prácticas creativas sobre los textos, como debates con
los personajes, maquetas con los espacios físicos de la novela o la
transformación de la obra en un cómic u obra de teatro, entre otras. Por
148
su parte, McKool y Gespass (2009) han observado la recurrencia de
prácticas como la lectura silenciosa, las preguntas orales y escritas de
comprensión lectora, e incluso la lectura en voz alta de álbumes
ilustrados, subrayando que, aunque con menor periodicidad, también se
implementan otras como los círculos literarios o los diarios de respuesta
personal a la lectura. La lectura en voz alta y por placer por parte del
docente ha sido otra práctica informada como mayoritaria (Cremin et al.,
2011), aunque su uso parece restringirse a los niveles inferiores, cuando
los niños todavía no devienen lectores independientes.
Las tensiones, por su parte, suelen emerger en los estudios de
caso. Falardeau y Simard (2011), por ejemplo, muestran la tensión entre
unas prácticas que focalizan en el texto y la intención del autor y otras
centradas en las reacciones de los alumnos, lo que en su caso deriva en
una docente muy centrada en una dimensión epistémica del
acercamiento a la literatura, y otra que privilegia las dimensiones
subjetiva y social de la actividad lectora. Esta diversidad de enfoques (así
como las tensiones que les subyacen) se observa también en el estudio de
Ronveaux y Dufays (2006): mientras un docente pone todas sus fuerzas al
servicio de la cooperación interpretativa, otro pasa rápidamente de esta
cooperación hacia una utilización del texto con fines ético-pragmáticos.
Asimismo, otros estudios como el de Trujillo (2010), alertan sobre
aulas en las que no hay una motivación clara ni unos objetivos explícitos
para leer literatura, y en las que no se promueven intervenciones
pedagógicas específicamente diseñadas para hacer avanzar la
competencia interpretativa de los estudiantes, situación que remite a las
tensiones acerca del lugar que ocupa la literatura en el aula, y de los
diferentes modos de acercamiento al texto que allí se privilegian. Por su
parte, la investigación reciente de Sanjuán (2013) muestra las
complejidades que aun hoy implica el desplazamiento desde una
perspectiva tradicional de enseñanza de la literatura hacia otra más
anclada en el modelo de educación literaria. Esto, pues sus resultados
muestran que, en las aulas de secundaria, el historicismo continúa siendo
el enfoque didáctico predominante (pese a las fallas que los propios
docentes le reconocen), el libro de texto sigue siendo el material de apoyo
fundamental para las clases de literatura, y la lectura interpretativa se
mantiene fuertemente anclada en la actividad del comentario de textos
proveniente de los enfoques formalistas.
Otra forma de tensión se encuentra en las prácticas efectivas de
docentes que utilizan la discusión literaria en clase. La observación de los
profesores noveles (Butlen et al., 2008), por ejemplo, señala que el docente
tiende a igualar interpretación y subjetividad durante el debate, en un
proceso caracterizado por dejar leer a los alumnos aceptando por igual
149
todos sus puntos de vista, sin necesidad de argumentarlos o de regresar a
la obra para su validación confrontada con los índices textuales. En una
perspectiva similar, Dias-Chiaruttini (2014) ha mostrado que cada
docente actualiza el debate interpretativo a su manera, lo que en muchas
ocasiones deriva en la creación de un género mixto en el que la discusión
se mezcla con prácticas provenientes de la animación a la lectura o con la
reelaboración de prácticas tradicionales como la dinámica de pregunta-
respuesta gestionada por el profesor. A su vez, sabemos que las
dificultades para hacer del debate sobre las obras una práctica más
frecuente y relevante en las aulas pasan por creencias de los docentes en
torno a cuestiones como la falta de tiempo para desarrollar el debate, el
“riesgo” que a nivel disciplinar supondría crear situaciones de discusión
oral difíciles de gestionar, o los problemas que los propios docentes ven
en sus alumnos para expresar opiniones personales (Sanjuán, 2013).
En definitiva, el creciente corpus de investigación sobre prácticas
reales muestra la complejidad de la enseñanza de la literatura cuando es
observada en situación, es decir, en sus múltiples formas de concreción
en las aulas. En ese marco, una línea que ha cobrado especial relevancia
es la investigación sobre prácticas exitosas en lectura y escritura en
general, y en educación literaria en particular. Los resultados que ese
corpus ofrece, complementados también con la revisión de algunos
estudios que, habiendo surgido de situaciones concebidas por los
investigadores, han mostrado ser experiencias exitosas de aprendizaje
literario a largo plazo, constituyen otro foco de interés para el mapa de
prácticas literarias que vamos dibujando.
En esa línea, Gambrell (1996) ha subrayado que las aulas que
fomentan la motivación e implicación de los alumnos por la lectura se
caracterizan por medioambientes ricos en libros, por maestros que actúan
como modelos de lectura, y por ofrecer múltiples oportunidades de
selección de textos, de familiarización con el corpus y de interacción
social sobre las lecturas realizadas. Experiencias e investigaciones
reportadas posteriormente han confirmado la importancia de ese
ambiente estimulante y de continuo contacto e intercambio con y sobre
las obras (Medwell et al., 1998; Siro, 2005; Amo, 2007; Reyes, 2011, 2012), y
han evidenciado la relevancia de un trabajo específico sobre las
habilidades lectoras, aunque integrándolas siempre en procesos de
construcción de significado y en contextos comunicativos en los cuales la
ejercitación lectora cobra sentido (Medwell et al., 1998; Montesinos-Gelet
y Morin, 2011). Finalmente, la atención a las necesidades de cada
estudiante, así como el acompañamiento de cada uno en su progreso en
tanto lector, ha sido igualmente subrayado por la investigación en esta
línea (Turcotte, 2009).
150
Las instancias de reflexión sobre la lengua y la literatura, así
como las de sistematización de los saberes puestos en juego en las
actividades de lectura o escritura caracterizan también la gran mayoría
de estas experiencias. Son, a su vez, aspectos que quedan en evidencia
cuando lo que se ha observado no es solo un docente exitoso sino toda
una escuela que obtiene resultados sobresalientes en lectura y escritura,
cuyos logros se relacionan con tres factores claves: el contacto cotidiano
con los libros, la enseñanza directa de estrategias de lectura y escritura en
contextos comunicativos significativos, y las continuas instancias de
reflexión sobre la lengua y de discusión y socialización de las lecturas
(Pressley et al., 2007).
En esa misma dirección avanzan ciertos proyectos de escritura
que, orientados tanto a la experimentación de la comunicación literaria
como al aprendizaje del funcionamiento de las “reglas del juego” de la
literatura, han mostrado excelentes resultados educativos. Son, podría
decirse, ejemplos de experiencias que han avanzado desde las propuestas
de talleres literarios y de expresión creativa de los años setenta y ochenta,
hacia el diseño de situaciones didácticas que, sin dejar de lado el juego
creativo, implican también ciertos desafíos en la construcción literaria y
en la composición textual. Así, proyectos como la reescritura de cuentos
tradicionales desde la perspectiva de uno de los personajes (Ferreiro y
Siro, 2008) o la escritura colectiva de una novela de caballerías (Margallo,
2009), tienen en común trabajar la escritura en constante interrelación con
la lectura, desarrollar continuas instancias de planificación, textualización
y revisión del escrito, favorecer espacios de reflexión metacognitiva sobre
las tareas realizadas y de sistematización de los aprendizajes literarios
puestos en juego y, sobre todo, enmarcarse en proyectos globales de
producción que dan sentido a las actividades de escritura.
Las diversas experiencias mencionadas son exitosas pues la
mayoría de ellas logran resultados de excelencia con sus alumnos en el
área de la lectura y escritura, pero lo son también porque favorecen
importantes avances en el aprendizaje literario de los estudiantes,
especialmente cuando se trata de propuestas sostenidas en el tiempo. Los
trabajos colaborativos de Tauveron (2002) con múltiples aulas francesas,
por ejemplo, muestran que los niños de educación primaria son capaces
de realizar lecturas distanciadas y atentas al funcionamiento del texto, y
que cuando hay un trabajo específico de formación de lectores literarios,
el aula deviene un espacio en el que cohabitan de manera natural la
lectura fusional y subjetiva con otra más distanciada y crítica. Por su
parte, el estudio de Manresa (2013) también ha demostrado que el trabajo
sistemático y continuo de la escuela con programas de lectura
151
complementaria tiene una enorme incidencia en la formación y
consolidación de hábitos lectores fuertes en la adolescencia.
Otros ejemplos de trabajo sistemático en la formación de lectores
pueden hallarse en el reporte de Siro (2005) y, especialmente, en la
investigación-acción de Reyes (2011, 2012); ambos muestran el enorme
potencial del nuevo modelo de educación literaria cuando este logra
afianzarse en las aulas. La creación de una comunidad de lectores, la
construcción de referentes culturales compartidos, la apropiación
personal y afectiva de la literatura, o la evidente progresión en la
competencia literaria de los niños son algunos de los efectos producidos
por la instauración de prácticas diversificadas y continuas de lectura y
escritura literaria, así como de intercambio y de debate interpretativo
sobre las obras.
Resta decir, como complemento de todo lo anterior, que las
experiencias educativas exitosas en lectura y escritura muestran una
orientación muy “literaria” de la enseñanza impartida (Pressley et al.,
2007; Montesinos-Gelet y Morin, 2011; Reyes, 2011, 2012): en todas ellas
se destaca el trabajo interdisciplinario a partir de la literatura, y una
fuerte presencia, valoración y uso de la literatura infantil y juvenil en la
práctica pedagógica.
Finalizaremos este apartado trasladando la atención desde las
prácticas y sus resultados hacia la actuación docente, pues en este último
ámbito se han observado interesantes aspectos que diferenciarían al
profesorado influyente en el ámbito de la lectura. Así, se ha visto que este
tipo de docentes sostiene la discusión sobre libros apoyándose
mayoritariamente en factores de motivación interna (como la curiosidad
intelectual, la apreciación estética de la obra o el intercambio de sentido
entre pares), que solo 2 de cada 10 de sus preguntas sobre el texto son
literales, y que más de la mitad de sus intervenciones durante la lectura
están orientadas a favorecer procesos de interpretación (Rudell, 1995)42.
Se ha visto, también, que este perfil de profesorado implementa
situaciones didácticas caracterizadas por un nivel de dificultad
relativamente superior a lo que el alumno es capaz de conseguir por sí
solo, favoreciendo de este modo procesos de colaboración entre pares y
con el propio docente (Terwagne et al., 2003). Características, por lo
demás, bastante emparentadas con aquellas que presentan los profesores
cuyos alumnos obtienen resultados de excelencia en lenguaje y
42A modo de comparación, los datos de la misma investigación señalan que los profesores
no influyentes sostienen la discusión mayoritariamente con motivación externa, que bajan a
27% las intervenciones orientadas a la interpretación, y que 7 de cada 10 de sus preguntas
sobre el texto son de tipo literal.
152
matemáticas, sintetizadas por Mercer y Littleton (2007: 40) en aspectos
como el uso de secuencias de preguntas no solo para verificar contenidos
sino también para guiar la comprensión, la focalización en la
construcción de sentido a partir de la propia experiencia y de la
explicitación de los procesos de pensamiento, y la visión de la enseñanza
como proceso eminentemente social y comunicativo.
153
atender a la diferenciación de objetivos entre el mediador de lectura en
contexto social y el mediador de lectura en contexto escolar. Por supuesto,
ambos roles comparten ciertas funciones y características (de ahí el uso
común de una terminología de base). De hecho, podría decirse que este
último comparte los principales elementos de la definición que
construyéramos para el primero (véase pág. 46): una intervención
intencionada, la construcción de condiciones favorables para la
apropiación de la cultura escrita, la puesta en juego de su propia relación
con lo escrito y el propósito de favorecer procesos de cambio y de
construcción de sentido en los sujetos con quienes trabaja.
Sin embargo, es necesario recordar que cada uno debe responder
también a la especificidad propia de su contexto de actuación, cuestión
que marca importantes diferencias entre el mediador de lectura en
contexto social, cuyo perfil hemos discutido en el capítulo 1 de este
trabajo, y el mediador escolar de lectura literaria que presentamos a
continuación. De entrada, lo que diferencia a este último es el uso de dos
adjetivos que concretan tanto un ámbito particular como un determinado
tipo de actuación: escolar, que remite al espacio educativo formal propio
de la escuela, y literaria, que refiere a la modalidad de lectura que se
espera promover en ese espacio. En relación a esto último, cabe señalar
que con lectura literaria no nos referimos a un mediador que se restringe
únicamente a las obras literarias (aun cuando la literatura constituya un
corpus privilegiado para la consecución de sus objetivos), sino que
utilizamos la expresión en el sentido defendido por Dufays et al. (2005), es
decir, en tanto postura de lectura que conjuga participación y
distanciación en la relación establecida con los textos.
Comenzaremos, pues, por atender a la especificidad del adjetivo
escolar y las implicancias que el término mediador adquiere en ese
contexto. Para ello, cabe señalar que la idea de mediación encuentra en el
contexto pedagógico una tradición propia cuyas raíces habría que
buscarlas en la teoría vygotskiana de la “zona de desarrollo próximo”
(Vygotski, 2009/1960). Entendida como la distancia entre aquello que el
niño puede hacer por sí solo y aquello que puede realizar con la ayuda de
un agente externo que en determinado momento actúa como facilitador
en su proceso de aprendizaje, la zona de desarrollo próximo no es sino la
creación de un “rango esencial de aprendizaje”, que “despierta una serie
de procesos evolutivos internos capaces de operar solo cuando el niño
está en interacción con las personas de su entorno y en cooperación con
algún semejante” (Vygotski, 2009/1960: 138-139).
La concreción de esta zona potencial de desarrollo supone, al
menos, dos ideas claves para pensar la mediación en el plano educativo.
La primera es la importancia de la actividad de niñas y niños regulada
154
por y en el ambiente, entendido este como un contexto que favorece la
interacción como medio de aprendizaje. La segunda es el rol central del
mediador en tanto organizador del medio social, lo que posibilita a su
vez orientar y regular la actividad que allí se desarrolla (Vygotski,
2001/1926). En palabras de Mercer y Littleton (2007), la idea vygotskiana
de desarrollo potencial permite focalizar en el progreso del niño a partir
de dos elementos centrales: un progreso que se da bajo una guía y en el
marco de una actividad.
Siguiendo esta línea de pensamiento, Feuerstein realiza una
contribución central para la comprensión de la mediación en contexto
educativo: la conceptualización de la experiencia de aprendizaje mediado
(Feuerstein y Feuerstein, 1991) que estaría en la base de los procesos de
transmisión cultural. Tal como han subrayado sus seguidores (Prieto,
1992; Tébar, 2003), se trata de experiencias que remiten a la manera en la
que un mediador se interpone entre el sujeto y los estímulos o
información exterior, para interpretarlos y organizarlos de forma que
adquieran un significado y un valor concreto para el individuo. Así, la
figura del mediador sería la de quien enriquece la interacción del niño
con el medio ambiente y los objetos culturales, favoreciendo a su vez la
creación de una predisposición y una curiosidad que activarán sus
estructuras mentales y permitirán, por extensión, la “modificabilidad
cognitiva” perseguida en el proceso educativo. Desde esta perspectiva,
entonces, se definiría al mediador educativo como toda persona “que
organiza con intencionalidad su interacción y da significados a los
estímulos que recibe el educando” (Tébar, 2003: 73)
Los avances anteriores engarzan con otra idea clave para pensar
la intervención educativa del mediador: la noción de andamiaje. En un
primer momento, esta idea fue construida para referirse a las ayudas y
formas de soporte que la madre provee al niño en los diálogos que ambos
mantienen durante el proceso de adquisición del lenguaje propio de los
primeros años de vida (Bruner, 1978). Las formas de diálogo establecidas
entre ellos actúan como “formatos” o “pautas de interacción
estandarizada” (Bruner, 1986: 119) que, si bien inicialmente presentan
roles muy demarcados para cada participante, favorecen también la
progresiva inversión de esos roles para lograr una participación cada vez
más activa del niño en el mundo del lenguaje.
Posteriormente, esta noción ha mostrado su potencial en el
contexto escolar, donde se la utiliza con la finalidad de remarcar la
“intervención sensible de un profesor para ayudar al progreso de un
alumno que está activamente implicado en una tarea específica, pero que
no es muy capaz de realizar la tarea solo”, subrayando a su vez que, más
que ayudas concretas para la realización de tareas físicas, se trata de
155
ofrecer guías para aprender nuevas “formas de utilizar el lenguaje [que]
nos proporcionan marcos de referencia con los cuales podemos
recontextualizar nuestras experiencias” (Mercer, 1997: 86-87). En esta
perspectiva, la construcción del conocimiento sería siempre un proceso
que, si bien se funda en la actividad del propio estudiante, tiene en la
“guía” ofrecida por el adulto su principal condición de realización.
La idea de una guía ofrecida por el docente en el marco de la
actividad de niñas y niños ha sido retomada y formalizada en diversas
ocasiones en el campo de la didáctica de la lengua y la literatura. Langer
(1995), por ejemplo, habla del andamiaje educativo que suponen las
diversas ayudas o apoyos ofrecidos por el docente durante la discusión
colectiva en torno a los textos. Por su parte, Terwagne et al. (2003)
plantean la existencia de dos formas específicas (y complementarias entre
sí) de colaboración para hacer progresar a los alumnos en su zona de
desarrollo potencial, especialmente a la hora de avanzar en su
competencia interpretativa:
156
sentimiento de capacidad en el alumno para superar ese obstáculo. Pues
sabemos, desde Vygotski (1985), que el pensamiento se origina en la
motivación entendida como una base afectiva-volitiva que orienta la
actividad del sujeto. Y la motivación, por su parte, se cimenta sobre el
éxito, pues “nadie emprende actividades en las que existe un evidente
riesgo de fracaso” (Tébar, 2003: 78).
Cabe esperar, por supuesto, que esas experiencias situadas un
poco más allá del espacio de movimiento habitual del alumno puedan
generar situaciones de ruptura o bloqueo. De ahí que la mediación
educativa sea concebida también como un acompañamiento para esas
situaciones de cambio y de eventuales bloqueos frente a lo desconocido
(Cardinet, 2000). Así entendida, la mediación educativa implica ante todo
una nueva función para el docente, centrada en la escucha y en el
descubrimiento del otro, desplazando de este modo el centro de interés
desde las disciplinas hacia las personas que viven procesos de
apropiación del universo de contenidos y prácticas de esas disciplinas.
157
objetivos se fusionan en las líneas de progreso establecidas por Colomer
(véase pág. 130), que operarían también como grandes espacios de
trabajo hacia los cuales el mediador escolar debe orientar sus prácticas.
Por supuesto, la amplia gama de actuaciones que implica este
modelo supone también tipos complementarios de mediación, que según
Mendoza (2002) irían desde unas funciones de crítico e intérprete de la
cultura hasta otras de animador de lectura o de mediador entre el
alumno y los saberes disciplinares movilizados en la situación didáctica.
A ellas podríamos agregar aquella función de “pasador” (passeur) de la
cultura que promulgara Zhakartchouk (1999), y que lleva a pensar al
docente como quien acompaña y guía a los alumnos en su viaje hacia el
descubrimiento de terrenos culturales nuevos y más vastos que los
conocidos hasta entonces.
En otras palabras, es hoy muy claro que la actividad del mediador
escolar de lectura literaria, lejos de restringirse a la tradicional transmisión
de contenidos disciplinares, se ha diversificado tanto como los objetivos
que se le exigen. Así, manteniendo siempre su rol principal de regulador
de la actividad de los niños y de organizador del ambiente en el cual esta
se desarrolla, el docente multiplica sus intervenciones, que van desde la
planificación de espacios que permitan la confrontación de
interpretaciones, la reflexión metacognitiva y la sistematización de
saberes, hasta otros que garanticen el acceso a una amplia diversidad de
textos y que favorezcan la participación en circuitos reales de circulación
y mediación de la literatura.
Ahora bien, en el marco de ese amplio abanico, la investigación
reciente ha subrayado una función mediadora específica que parece
definir el nivel de logro de las intervenciones docentes. Una función que
se encamina en dos direcciones (Amat, 2010): el conocimiento de las
obras y el diseño de dispositivos didácticos fértiles para abordarlas. El
primer punto es clave, y se vincula a su vez con dos aspectos: el
conocimiento panorámico de un amplio conjunto de textos (literatura
infantil y juvenil clásica y contemporánea, libros informativos para niños
y jóvenes, textos de literatura general), y la capacidad de análisis de los
aprendizajes literarios que esas obras ofrecen al lector. Esto permite
diversificar las posibilidades de valoración de los textos por parte del
mediador y, por extensión, abrir caminos igualmente diversos para los
procesos de apropiación del libro y de interpretación literaria por parte
de los alumnos. Todo ello ha sido sintetizado por Poyet (2006) como el rol
de “seleccionador” que cabe al mediador, y que se daría en múltiples
niveles: desde seleccionar el texto hasta elegir un camino de lectura
privilegiado, elegir los saberes que se convocarán para esa lectura, elegir
158
una determinada perspectiva intertextual o interdisciplinar en desmedro
de otras, etc.
Por su parte, los últimos niveles de selección mencionados llevan
al segundo punto, relacionado con el dispositivo didáctico a construir
para la actividad de lectura. Es allí donde, siguiendo a Poslaniec (2003),
se formula la verdadera “problemática del mediador de lectura”, que
descansaría en la pregunta en torno a qué tipo de actividades se pueden
elaborar con un determinado libro para promover la formación de los
alumnos como lectores literarios. Esa atención a los dispositivos en tanto
formas de mediación ha sido subrayada también por Rouxel, al señalar
que “la mediación del profesor, antes que manifestarse por la presencia
física en clase, se encuentra en el dispositivo que ha creado” (1996: 114).
A su vez, lo anterior conecta con la noción vygotskiana de
instrumentos mediadores, retomada desde una perspectiva didáctica por
Dolz et al. (2008), quienes han destacado el potencial de estos medios
sociales para la transformación del pensamiento de los alumnos. Esta
noción, establecida inicialmente para explicar la relación mediatizada del
ser humano con el trabajo, parece de fértil aplicación en el campo de la
didáctica de la lengua y la literatura, toda vez que los instrumentos
mediadores no son únicamente de carácter material o técnico, sino que
también comprenden instrumentos semióticos, capaces de mediar los
significados y de regular y controlar la actividad. Entre estos últimos se
encuentran, por ejemplo, “los discursos del profesor y los alumnos para
nombrar los componentes del objeto, para presentarlo y semiotizarlo”
(Dolz et al., 2008: 148).
Así, este proceso de semiotización del objeto de enseñanza
incluiría procedimientos típicamente escolares como las exposiciones, el
diálogo o la corrección de ejercicios, y podría, por tanto, relacionarse con
los diversos dispositivos didácticos puestos en escena por el docente.
Dispositivos que debiesen abrir pistas de búsqueda y de
problematización del texto más que ofrecer respuestas definitivas frente a
los problemas que este ofrece al lector. En esa perspectiva, las actividades
formuladas devienen procesos de acompañamiento de la lectura
planificados por el mediador (Manresa, 2013), procesos que definirán el
tipo de experiencia lectora que un niño o joven tenga en la escuela. Como
hemos visto anteriormente, el dispositivo de referencia para avanzar en
este sentido parece ser la discusión literaria o debate interpretativo,
género didáctico que, dada su relevancia en el nuevo modelo de
educación literaria, necesita de una progresiva definición de las funciones
que cabrían al mediador en su desarrollo.
Podría decirse, en primer lugar, que la figura del mediador en la
discusión literaria se define, en buena medida, por su capacidad para
159
ayudar a los niños a descubrir el “arte de las preguntas” (Moss, 2002)
como estrategia de construcción de sentido, y como motor para hacer
avanzar la reflexión sobre los libros leídos. Para ello, el docente provee
dos tipos de ayudas básicas para favorecer el debate (Langer, 1995): unas
formas de apoyo orientadas a pensar sobre los textos en el seno de una
comunidad de lectores, y otras que ayudan a participar en la discusión. En
este último caso, se trata de ayudas tendientes a que los alumnos
aprendan las reglas sociales de la discusión (la gestión de los turnos de
habla, el respeto por las opiniones de otros, etc.). Es decir, ayudas
orientadas al progresivo dominio de las pautas estandarizadas que
definen el particular “formato” que conforma el debate interpretativo, de
modo que, tal como la investigación reciente ha demostrado (Pressley et
al., 2007; Amat, 2010; Reyes, 2012; Colomer, 2012b), los niños tomen
progresivamente el rol de gestores y dinamizadores de su propia
discusión.
Por su parte, las ayudas para pensar están dirigidas a la
progresión de la capacidad de lectura interpretativa y de construcción de
sentido en torno a los textos leídos. Autores como Siro (2005) o Munita y
Manresa (2012) han identificado algunas de las intervenciones clave del
mediador en ese contexto, las cuales podrían sintetizarse en las siguientes
funciones:
160
evitando así las situaciones de “delirio interpretativo” que, muy a
menudo, acaban olvidando las proposiciones del texto.
Especificadas ya las principales intervenciones mediadoras del
docente en el dispositivo didáctico de referencia de la actual enseñanza
de la literatura, cabría terminar este apartado agregando otra función,
más genérica pero igualmente destacada, que identificaría al mediador
escolar de lectura literaria. Se trata de la puesta en escena de su propia
postura de lector como otro aspecto clave de su actividad mediadora.
Una postura que permite transmitir a sus alumnos una actitud de
entusiasmo hacia la literatura que, como se ha visto recientemente
(Sanjuán, 2013), conforma uno de los factores claves en la motivación de
los niños y jóvenes por la lectura literaria.
“La lectura en clase no es solamente la de los alumnos”, ha dicho
Joole (2006: 100) para subrayar la importancia del modelo que ofrece el
adulto cuando lee en el aula, tanto para sí (como sucede en una lectura
silenciosa) como para otros (al compartir un texto significativo para él).
Es decir, una función clave del mediador escolar pasaría por compartir su
propia e íntima actividad de lector con sus estudiantes, para que ellos
vean los comportamientos del lector encarnados en el docente. De este
modo, la enseñanza de la lectura deviene transmisión de una relación
personal con los textos, cumpliendo así con el ideal de Larrosa (2003: 45)
acerca de que enseñar a leer sea también un espacio para “colocar una
experiencia junto a otra experiencia”. En palabras de Lerner:
161
y sostenidos en el tiempo, por una parte, y cuando se complementa con
procesos específicos de enseñanza de los saberes que intervienen en la
lectura literaria, por otra. Procesos que necesitan de múltiples
intervenciones mediadoras cuya caracterización hemos intentado
construir en estas páginas.
162
Desde esta perspectiva de una triple construcción (de identidad
profesional, de bases conceptuales y de un repertorio de formas de
actuación) es hoy muy claro que la formación del mediador escolar de
lectura literaria implica poner en escena, al mismo nivel que la
apropiación de los saberes disciplinares, cuestiones como la reflexión
sobre las propias prácticas letradas del sujeto, la problematización de sus
creencias sobre la literatura y su enseñanza, o la discusión de las teorías
didácticas a partir de las experiencias escolares y modelos docentes
asimilados durante su trayectoria preprofesional. En este camino de
transformación de la formación profesional del mediador escolar de
lectura literaria, parecen destacar dos elementos ampliamente
subrayados por el discurso didáctico contemporáneo, y que han sido
tratados en profundidad en capítulos anteriores: la cuestión del sujeto
lector didáctico (cfr. cap. 2) y la movilización y confrontación de las
creencias (cfr. cap. 3).
Sobre la puesta en escena del sujeto lector didáctico, y a partir de la
constatación del difuso lugar que suele concederse a las prácticas letradas
durante la formación docente, la investigación se ha orientado hacia la
reflexión y puesta en marcha de procedimientos que permitan integrar la
lectura y escritura no solo de modo instrumental, sino también como una
experiencia personal en torno a la literatura, una experiencia que incluya
espacios para (re)descubrir las diversas formas de placer lector y escritor
que la ficción literaria favorece (Draper et al., 2000; Kramer, 2001; Gomez,
2005; Bombini 2008b). Pues, como señalaran Applegate y Applegate
(2004) las facultades de educación no deben presuponer que todos sus
estudiantes son lectores entusiastas, pero sí deben asumir el desafío de
formar profesores con experiencias positivas en torno a la lectura y la
escritura.
De este modo, el objetivo de asegurar su formación como lectores
y escritores o, en otras palabras, como verdaderos participantes de la
cultura escrita, pasa a ser tan relevante como su formación en el
conocimiento didáctico que la enseñanza-aprendizaje de esas prácticas
convoca (Lerner, 2001). Para ello, parece fundamental dar cabida a
procesos de reflexión y problematización a partir de las propias
experiencias lectoras del estudiante (Langlade, 2001), y privilegiar el
encuentro íntimo y personal del futuro profesor con las obras literarias
(Butlen et al., 2008), así como generar espacios de socialización y
discusión entre lectores a partir de esos encuentros.
Asociado a este espacio de experimentación personal de la
lectura literaria, resulta igualmente importante la inmersión de los
futuros mediadores escolares en uno de los corpus literarios que será más
relevante en su actuación docente: la literatura infantil y juvenil. Si bien la
163
experiencia indica que esta resulta prácticamente desconocida para
muchos educadores (Colomer, 2005), tratar esas obras como un saber
profesional en la formación del mediador resulta hoy incuestionable,
toda vez que ese conocimiento será luego la base para propiciar
encuentros fructíferos entre los alumnos y los textos. Contamos ya con
conocidas propuestas en este sentido, como la de Chambers (1997) acerca
de un mínimo de 500 libros para niños que debiese leer un mediador
antes de comenzar a ejercer profesionalmente. Con todo, y más allá de lo
discutible de ese u otro umbral cuantitativo, lo que interesa aquí es
subrayar el lugar preponderante del sistema literario infantil en la
formación del docente, y el potencial que este corpus ha mostrado
(Deleuze, 2009) para la reapropiación del discurso literario y del placer
lector por parte del sujeto lector didáctico.
Por su parte, sobre la confrontación de las creencias personales
del sujeto, se ha destacado la imperiosa necesidad de reorientar los
procesos formativos hacia la toma en consideración de las creencias y
representaciones que el docente o futuro docente ha construido sobre el
objeto de enseñanza y sobre los procesos de aprendizaje que supone su
apropiación en la escuela. De este modo, promover procesos de
“desestabilización” de los sistemas de creencias con la finalidad de crear
nuevos marcos interpretativos (Cambra et al., 2008) sería un objetivo
particularmente relevante en la construcción de un nuevo enfoque para la
formación docente. Objetivo, a su vez, que no puede restringirse a un
curso aislado, sino que debe pensarse desde la continuidad en las
diversas etapas formativas que atraviesa el sujeto para devenir un
profesional de la enseñanza (Holt Reynolds, 1992). Hablamos, pues, de
un largo proceso de toma de conciencia en torno a las propias creencias,
que va desde un primer paso cuyo objetivo es hacerlas aflorar en un nivel
consciente hasta estadios posteriores como el trabajo sobre las tensiones y
contradicciones que parecen definirlas, o la puesta en relación de esas
teorías implícitas con un “lenguaje profesional” que ayuda a un análisis
más distanciado de las mismas.
Se trata, entonces, de promover procesos de “articulación” de las
propias creencias (Freeman, 1993), permitiendo al profesor acceder a
ciertas tensiones que constriñen su práctica, con el objeto final de
problematizarlas e intentar superarlas mediante un trabajo específico
sobre las creencias en las cuales dichas tensiones arraigan. Un
procedimiento formativo con estas características podría describirse a
partir de las cuatro etapas formuladas por Cavalli (2007: 133):
164
- Explotar los conflictos sociocognitivos surgidos en esas
situaciones, favoreciendo así la desestabilización de las creencias.
- Ofrecer soportes teórico-metodológicos que permitan un
progresivo paso desde unas creencias sustentadas en el sentido
común hacia otras de carácter científico.
- Estabilizar las nuevas creencias “científicas” mediante la
experimentación de situaciones didácticas coherentes con ese
nuevo sistema de representaciones.
165
experiencia en tanto sujeto lector, los modelos teóricos de referencia y la
programación escolar en la que dichos modelos deben concretarse.
Terminaremos este apartado con algunas palabras acerca de la
formación continua o permanente. Si bien esta comparte los puntos
centrales establecidos más arriba para la formación inicial del mediador
escolar de lectura literaria, presenta también algunas particularidades
que debieran atenderse. La primera es que cualquier proceso formativo
de docentes en ejercicio debe apoyarse en una reflexión de los sujetos
sobre su propia práctica (Ruiz Bikandi y Camps, 2007; Imbernón, 2010),
favoreciendo así una mirada distanciada y analítica sobre sí mismo en
tanto mediador. De este modo, el desarrollo profesional se orientaría
hacia la autoevaluación de un sujeto capaz de confrontar su actuación
mediadora a la luz de los modelos y dispositivos didácticos provenientes
del espacio formativo.
Un segundo punto es la atención hacia el colectivo docente como
espacio particularmente relevante para la formación continua. Tal como
ha subrayado Lerner (2001), la experiencia ha mostrado una serie de
dificultades y tensiones cuando es un profesor aislado quien emprende
acciones de transformación de su práctica, problemas que tienden a
disminuir cuando es todo el equipo docente de una escuela el que se
compromete en procesos de cambio a partir de una experiencia colectiva
de formación. Lo anterior, podríamos agregar, adquiere una doble
significación cuando se trata de un campo como la lectura, que necesita
de compromisos institucionales y de esfuerzos comunes a todos los
docentes de una escuela, con la finalidad de edificar un medioambiente
propicio para la construcción de hábitos lectores por parte de toda la
población escolar.
Finalmente, un tercer punto que parece muy productivo en la
formación continua es el trabajo colaborativo entre docentes y
formadores-investigadores, particularmente cuando la colaboración
surge del interés del propio maestro que ha detectado un nudo crítico en
sus prácticas y desea emprender un proceso de transformación de las
mismas. Experiencias informadas en este sentido como las de Gramigna
(2005) o Gil (2012) dan cuenta de cómo el cambio en la forma de
presentar y problematizar los textos por parte de la maestra (surgido a su
vez del trabajo colaborativo con el formador) ha hecho avanzar a los
niños desde unas respuestas lectoras enfocadas en la comprensión literal
y la información fáctica de las obras, hacia otras dirigidas a la
anticipación y formulación de hipótesis e inferencias, o de recuperación
de experiencias personales y exploración de los propios sentimientos a
partir de la lectura. Es decir, informan importantes avances en relación a
la construcción de una competencia literaria que, como hemos visto en
166
estas páginas, conforma en la actualidad uno de los principales objetivos
de la didáctica de la literatura. Una disciplina que, como cualquier otra
didáctica, depende de sus mediadores para conseguir los altos objetivos
que se propone.
167
168
SEGUNDA PARTE: EL ESTUDIO
169
170
5. DISEÑO GENERAL DE INVESTIGACIÓN
171
proporcionado, en suma, un marco que permitirá situar los resultados
obtenidos en los campos científicos de referencia, y responder así de
mejor manera a nuestras preguntas y objetivos.
El propósito general de nuestra investigación es aportar, desde el
análisis en profundidad de unos sujetos y realidades concretas, a la
comprensión de los diversos ámbitos que influyen en las prácticas de un
mediador de lectura literaria en contexto escolar. Nuestra interpretación,
por tanto, se orienta hacia la construcción de una comprensión cada vez
más profunda de la identidad del docente en tanto mediador entre los
niños y la literatura. Hemos concretado este propósito general en ocho
objetivos de investigación, divididos según los dos grupos de informantes
que presenta este trabajo. En relación al primer grupo, conformado por
estudiantes de Magisterio, se establecieron los siguientes objetivos: