Yo Estuve en Venus
Yo Estuve en Venus
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Del original:
HABLEMOS DE VENUS
Tercera edición
Colombia 1973
PROLOGO
Conozco muy bien a Salvador Villanueva Medina, autor del presente libro. Es
amigo. En nombre (de la verdad debo decir con cierto énfasis que este es un hombre
totalmente práctico; nada tiene de fantástico; nunca lo hemos visto en ensoñaciones de
ninguna clase.
En el pasado se ganó la vida como chofer y ahora lo hemos visto dedicado a eso
que se llama mecánica de automóviles. Es si, un hombre ejemplar, fuera de toda duda.
Magnífico esposo, padre honorable de familia, buen amigo, etc.
Así como a él le sucedió algo notable cual fue el haber sido llevado al planeta
Venus, a cualquier otra persona le hubiera podido suceder lo mismo. Salvador se limita a
relatar el hecho y eso es todo.
La casa Phillips examinó muestras de tierra y plantas extraídas del lugar donde el
mencionado autor encontrara la nave que le condujera a Venus; llegaron los científicos a
descubrir un extraño desorden atómico y molecular en dichas muestras.
La nave dejó huellas que los científicos fotografiaron debidamente: Así pues el
hecho o hechos narrados por Salvador tiene pruebas irrefutables; bases formidables.
Antes de el cataclismo final que se avecina, serán sacados de este mundo en que
vivimos los elementos más dignos; la flor y nata de nuestra gente terrestre.
Si Ud. querido lector quiere ser uno de esos elegidos, uno de esos pocos que
puedan ser llevados a otros mundos del espacio infinito, antes de la hora postrera,
escríbanos, estudie nuestros libros, ingrese al MOVIMIENTO GNÓSTICO Internacional.
PAZ INVERENCIAL.
La experiencia vivida por Don Salvador Villanueva Medina en 1953 ha dado origen
a este libro, el cual ha sido traducido ya a 6 idiomas; tan solo en Alemania se han vendido
80 mil ejemplares; el propio Don Salvador Villanueva Medina, ha renunciado a todos los
derechos literarios para demostrar así que la magnitud de esta experiencia no fue para
que él lucrara.
A MANERA DE PROLOGO
El mes de agosto ha resultado para mí significativo, pues fue en él cuando vi la luz
primera, aunque de ello a la fecha ha transcurrido cerca de medio siglo.
Fue también en un mes de agosto cuando tuve el privilegio mayor que un individuo
pudiera desear. En ambos casos la aventura ha sido sin mi conocimiento.
De éstos, el que más hondas raíces echó en mi ánimo, se lo debo a un chofer. Fue
él la primera persona que se puso a mi alcance cuando terminaba esta fantástica
aventura. Se me hizo fácil desbordar mi optimismo sin imaginar siquiera sus
consecuencias que me situaban en el límite de lo sublime y lo ridículo.
Confieso que, después del primer descalabro, con suma facilidad hubiera
encerrado dentro de mi ser la gloriosa experiencia, aunque a las personas que la
propiciaron les había prometido hacerla pública. Durante año y medio hice caso omiso de
esta promesa y me apoyaba, para hacerme fuerte, en que mi preparación intelectual era
nula. Estas gentes insistieron asegurándome que se valdrían de algún medio para
ayudarme en el trascendental cometido.
No me pareció raro ver en las primeras planas de los periódicos noticias acerca de
personas que habían tenido experiencias similares a la mía, aunque de menor magnitud.
Porque ahora era él quien tomaba con recelo mis palabras y, aunque me dio
oportunidad de justificarme, creo que no la supe aprovechar, ahondando más la
desconfianza.
También los periodistas hicieron acto de presencia, por lo que resultó interesante
el nuevo incidente que iba a aumentar mi acervo personal.
La pregunta hizo un efecto fulminante en mí que, sin saber con certeza el alcance
de mi repentina decisión y sintiendo que una fuerza extraordinaria me obligaba a ello,
levanté la mano, siendo invitado al estrado ante la expectativa general.
Solo había caminado unos pasos, cuando ya estaba arrepentido; pero seguí
adelante. Afortunadamente me trataron con cortesía, y hasta hubo un gran escritor, don
Francisco Struk, allí presente, que salió en mi defensa, dando crédito a mis palabras, en
lo que se calmó la efervescencia que había provocado.
El ingeniero guiado por mí, hizo cálculos y no tardamos en localizar el sitio exacto,
comprobando las dimensiones del aparato. Esto me hizo recobrar la confianza que me
había hecho perder el amigo chofer, y adquirí un nuevo conocimiento: que las naves
aludidas dejan donde aterrizan, siempre en despoblado, una huella.
En el caso que nos ocupa, como aterrizó en un lugar cubierto de vegetación que
alcanzaba gran altura, ésta fue quemada en forma rara, para nosotros desconocida y así
estaba año y medio después.
Le fui presentado en casa del señor M. Ge. Be. y me limité a contestar sus
preguntas; pero sin extenderme.
Tenía entonces la firme convicción de que ninguna de las personas que había
conocido, gozaran de mayor experiencia que yo, y me parecía que sólo buscaban para su
provecho personal mis confesiones.
También pasó por esta capital el escritor inglés Mr. Desmond Leslie y tuve
oportunidad de conocerlo y acompañarlo durante día y medio, gracias al interés del
acucioso investigador y periodista señor M. Ge. Be. que no se daba punto de reposo para
aprovechar cuanta oportunidad se le presentaba para investigar mis experiencias.
Debo aclarar, como ya dije antes, que tampoco al periodista le había contado la
experiencia completa. Como a las demás personas, me limité a relatarle solo una parte,
ya que el resto lo juzgaba inverosímil. Temía que me ridiculizaran, pues entonces ya creía
justo que nadie creyera lo que no había visto con sus propios ojos.
Sin embargo, seguía haciendo estragos en mi mente la promesa que les había
hecho a los tripulantes de la nave espacial.
Y éste es el motivo por el que decidí escribir mi relato con amplitud y sin las
limitaciones que impone el periodismo. Espero que perdonen mi osadía.
Para las personas versadas en telepatía, relato al final de este trabajo algo que he
tenido el martirio de captar sin poder descifrar enteramente; pero que juzgo como un
apremio cumplir mi palabra empeñada.
CAPITULO 1
Corría la segunda decena del mes de agosto de 1953 ... Cubriendo un turno en un
carro de alquiler, serví a unos norteamericanos, hombre y mujer, que me pidieron que les
recomendara a un chofer que les ayudara a manejar un coche a los Estados Unidos, por
la carretera de Laredo. Contra mi costumbre, me interesó el trabajo y me puse a su
servicio, saliendo dos días después. El auto era un magnífico Buick modelo 52 que
avanzaba con facilidad. A la pareja le urgía llegar y nos turnábamos manejando el
vehículo.
Llevábamos recorridos menos de 500 kilómetros, 484 para ser exactos, cuando se
produjo un ruido en la transmisión del coche. Paramos, temerosos de causar un
desperfecto grave.
No tenía más parte visible que la cabeza y la cara, cuyo color resultaba
sorprendentemente parecido al marfil. Su pelo, platinado y ligeramente ondulado, le caía
un poco más abajo de los hombros y por detrás de las orejas.
Tenía un casco parecido a los que se usan para jugar foot ball americano, un poco
deformado en la parte trasera.
Estos alambritos y la protuberancia eran de color azul, igual que el cinturón y una
cinta al parecer metálica en que remataba el cuello del uniforme.
Como a primera vista descubrí a dos personas fuera del coche. Imaginé que
fueran los dueños del mismo que regresaban.
Sin pensarlo, abrí la puerta, y mi sorpresa fue mayúscula al encontrar que era mi
“conocido”, ahora en compañía de otro individuo con su mismo aspecto y forrado de igual
manera.
Sin darme cuenta, los invité a subir, cosa que aceptaron de inmediato.
Fue así cuando, por primera vez, sentí la extraña sensación de que aquellos seres
eran algo superior a mí.
Fue tan fuerte la impresión que, instintivamente, me apreté hacia el lado izquierdo,
poniendo espacio por medio.
Prendí las luces interiores del coche y, solo por preguntar algo, les dije si eran
europeos. Lo perfecto de sus facciones me hacían comprender que no pertenecían a una
raza al alcance de mis conocimientos.
Sonriendo ligeramente me dijo el que estaba en medio, que era el que llevaba la
conversación, que eran de un lugar mucho más distante de lo que yo conocía o pudiera
imaginar.
Eso del lugar me producía cierta sensación extraña; pero no se me ocurría pensar
en otros planetas, sino en otros países. Nuestro lugar, dijo, está mucho más habitado que
éste.
Es difícil encontrar mucho espacio entre gente y gente. Luego el hombre se soltó
a hablar tanto que yo quedé perplejo.
El segundo, que resultaba mas lleno de cara y más robusto en general, solo hacía
pequeños movimientos de cabeza, dejando algunas veces al descubierto sus pequeños
dientes, que se destacaban por su blancura, pero sin pronunciar palabra.
El bajito siguió diciendo que a su lugar se le podía llamar una ciudad continua,
que lo cubría todo, pues sus calles se prolongaban sin fin, que éstas nunca se cruzaban al
mismo nivel, que había tal cantidad de vehículos y era tanta su diversidad que fácilmente
me quedaría asombrado.
Siguió diciendo que, a lo largo de sus banquetas, corrían bandas sin fin que
ahorraban esfuerzos a los transeúntes y que la gente jamás ocupaba el arroyo de la calle,
pues éste era metálico y conductor de la fuerza con que se impulsaban sus numerosos
vehículos.
Verás que con el material y el espacio que ustedes emplean para transportar seis
pasajeros, nosotros llevamos veinticinco, en algunos casos hasta cincuenta y eso solo en
el primer piso.
Podía ser que los hubiera demasiado poblados, pero hasta ahí llegaba la cosa en
cuanto a sus ciudades.
Tampoco sabía que las hubiera mecanizadas hasta ese grado. Aquellos hombres
me estaban pareciendo un par de bromistas. Pregunté cómo hacían para producir
legumbres, ya que estaban tan poblados.
La pregunta la hice en broma; pero él tranquilamente me contestó: Que hacía
mucho tiempo cultivaron legumbres en mucho mayor número de las que nosotros
conocemos.
Lo hicieron en perforaciones, empleando las paredes para ese fin, por lo que
resultaban hortalizas interiores e subterráneas.
Algo de esto me pareció lógico. Otras cosas decididamente no. Ahora, tratando de
orientarme, pregunté si tenían mar cerca. Me contestó, como sin darle importancia a la
pregunta, que solo tenían uno, pero que era tres veces más profundo que el nuestro.
-- Sí, hombre, otro mundo como ustedes llaman a este en que vives.
¿Creo que sabes que los hay? -- Claro que sí lo sé -- me apresuré a contestar,
pues la pregunta me pareció ofensiva.
-- ¡Hágame el favor! ¿Cómo no voy a saber que existen otros planetas? Y terminé,
para demostrar mis conocimientos en astronomía aseverando que, según nuestros
sabios, ningún otro planeta fuera del nuestro puede tener habitantes racionales.
-- ¿Qué les hace pensar tal cosa? -- me pregunta ¿Acaso los deficientes medios
de que disponen para hacer sus cálculos? ¿No les parece demasiada pretensión creer
que son los únicos seres que pueblan el universo? Aquello estaba tomando un cariz más
serio de lo que yo había pensado.
De repente me volví a dar cuenta del dolor que todavía sentía en mi brazo y
también de la rareza de aquellos tipos con sus uniformes y cinturones, con los cascos, lo
raro del color de su piel, el de sus expresivos ojos y su extraña voz, a cuyo sonido no
podía encontrarle parecido.
Resulta increíble para la mentalidad de ustedes; pero, dime, ¿por qué resulta
increíble?
CAPITULO 2
La pregunta fue tan imprevista que me confundió.
Al azar le contesté que creía saber, por los cálculos de nuestros astrónomos y
matemáticos, que algunos planetas de los que forman nuestro sistema solar son
demasiado fríos y otros demasiado calientes.
-- Pues, bien.
Ahora imagínate a esos mismos individuos dotados con los elementos necesarios,
útiles para formar el clima o el ambiente que necesiten.
¿Qué les puede importar la distancia a la que estén del sol, si éste les da los
medios necesarios para protegerse y, además, convertir lo perjudicial en beneficioso?
Ahora, otro pequeño ejemplo.
Seguí escuchándolo.
-- No ves nada porque, según tu mentalidad, debe ser adicional; pero toca aquí.
Me lo dijo invitándome a tocarle lo que debía ser estómago y allí se sentía una
consistencia semidura, diferente a cómo lo tenernos nosotros.
Se me ocurrió que, siendo los adultos tan pequeños, cómo serían los niños.
Desde que nacen, quedan bajo el patrocinio de lo que podemos llamar gobierno, y
éste se encarga de su control hasta que alcanzan la edad adecuada.
Por la sencilla razón de que todo nuestro mundo goza de un solo clima uniforme y
éste no es natural, sino artificial, creado por nosotros mismos.
Comprenderás ahora que gozamos de un solo clima, benigno, sin tener como
ustedes regiones extremas.
De él sacamos todos los materiales, los que usamos para construir nuestros
edificios, para confeccionar nuestra ropa, para fabricar nuestros vehículos y un 60 ó más
del porcentaje de nuestra alimentación.
Prosiguió: -- Nuestros barcos actuales no son como ustedes los conciben y
construyen. Los nuestros lo mismo están en el aire que en el agua o en algún otro lugar
sin peligro de ninguna especie.
Me contestó que ellos podían en poco tiempo hablar cualquier lenguaje por difícil
que fuera; que, en su mundo, se hablaron, igual que en el nuestro, infinidad de idiomas;
que ahora solo empleaban uno formado por las palabras más fáciles y que lo habían
logrado en forma sumamente eficaz y sencilla.
Que lo primero lo lograban con aparatos apropiados de los que estaban dotadas
todas sus naves y lo segundo con personas de ellos mismos, seleccionadas, las que más
se asemejaban físicamente a nosotros.
Las solían dejar bien provistas cerca del lugar que le interesaba investigar y las
recogían en el momento propicio. Me empezaban a preocupar los fines que perseguían
en nuestro mundo.
Aún dijo más: -- Desapareció totalmente lo que ustedes llaman Nación o Patria.
Solo somos ciudadanos de nuestro mundo. No usamos bandera, ni identificaciones de
ninguna especie.
Cada niño, al nacer es tatuado en alguna parte de sus pies. Es como una ficha
que habla de su origen y facultades. Así crece sin complejos, sano y libremente.
A decir verdad, no sabía si era realidad lo que me había pasado, pero debía serlo
pues estaba a un solo centímetro de aquellos dos personajes, dispuesto a certificar lo que
me habían platicado. Se adelantaron un poco, subiendo al borde de tierra.
La curiosidad me invadió y no tuve más remedio que preguntarle para qué les
servían dichos cinturones.
Pero su expresión era tal que daban a entender que, con aquella maravilla puesta,
se sentían inmunes a cualquier peligro.
Por fin, el bajito alzó la vista y me dijo: -- Este es un aparato que sirve para
inmovilizar cualquier mecanismo o enemigo.
De repente me di cuenta de que en los lugares donde asentaban los pies, el lodo
se abría sin adherirse a ellos, con el mismo efecto que produce un fierro caliente.
Vi mis zapatos.
Aquello fue solo el principio de una serie de sorpresas, que se gravarían para
siempre en mi cerebro.
Cuando los hombres estaban como a metro y medio, ambos se llevaron la mano
derecha hasta apoyarla en el cinturón, y en seguida se empezó a dibujar y a agrandar una
abertura en la parte inferior de la esfera, convirtiéndose finalmente en una escalera.
A guisa de pasamanos había dos cables, al parecer elásticos, pues se flexionaban
al apoyarse los hombres en ellos.
Pude ver también cómo el más gordito se perdía dentro y el otro se paraba a
media escala y apoyándose en el pasamanos se volteaba para verme invitándome a que
me acercase y, aunque algo me jalaba en dirección contraria, hice un esfuerzo y seguí
caminando hasta colocarme a un metro de la nave.
Algo debía haber cambiado dentro de mi ser, pues el miedo o recelo que hasta
entonces había sentido se trocó en audacia.
Empecé a imaginarme que lo que tenía enfrente no era ninguna nave, y hasta le
encontré cierto parecido con una casa de exploradores de tipo convencional.
Salimos por una especie de claraboya o agujero redondo de poco más o menos
medio metro de circunferencia, a una plataforma horizontal.
Cuando me di cuenta, el agujero por donde habíamos entrado, había sido sellado
en forma inesperada.
En esta pared se adivinaba algo que bien pudiera ser un respaldo aunque
resultaba demasiado alto.
En ángulo con aquel deforme respaldo, pues era otra cosa, estaba lo que debía
ser el asiento, dividido en tres secciones, vistas desde enfrente, con algo que parecían
tapas de los asientos pero éstas habían sido levantadas hacia los lados.
El asiento era mullido, en grado para mí desconocido, y eso que llevo por lo
menos las dos terceras partes de mi vida ocupando asientos de autos, por lo que no
podía negar que, con un asiento de esa naturaleza, me gustaría dotar al coche donde
trabajo.
Fueron bajadas las tapas e inmediatamente sentí una ligera presión sobre mis
piernas y parte del abdomen.
Ajustaban con tal presión y firmeza, que me daba la impresión de estar metido
dentro de una paca de hule esponja.
Lo que estaba sobre mis piernas era nada menos que un tablero de instrumentos.
Al igual que cada uno de los lados, estos tableros eran gemelos, y desde
cualquiera de ellos se puede operar la máquina.
Me gustará mucho poder describir uno de estos tableros y voy a tratar de hacerlo.
Junto a esta pantalla, en los lados de la parte anterior, había dos protuberancias
redondas, una blanca y la otra negra.
Debo aclarar que los colores de todos los instrumentos eran luminosos, con más
fuerza que la luz fluorescente que conocernos.
Al lado derecho se veía una serie de teclas, la primera ancha y las demás
angostas.
Hasta el extremo opuesto y a cada lado, había al alcance de los dedos pulgares
de los pequeños hombres, dos diminutos descansos para dichos dedos en forma de
ángulo, hacia fuera.
En el lado izquierdo, en hilera, igual que el teclado, surgían palanquitas en forma
de pequeñas raquetas o palmetas que se manipulan hacia enfrente.
Basculaba por el centro, por lo que se advierten en cada una de ellas solo dos
movimientos.
Bastaba hacer girar cualquiera de las ruedecillas laterales, para atraer en forma
nítida y precisa todo lo que había fuera de la nave, tanto de la parte superior, como de la
derecha, como de la inferior, de la izquierda, sirviendo la del centro que estaba en forma
horizontal, para acercar la imagen hasta dar la impresión de que estaba a un metro de
nosotros.
Se me olvidaba mencionar que en el extremo derecho del tablero hay una bola
incrustada en una cuenca y termina con una palanca redonda.
Esta hace mover en toda la extensión de la pantalla un punto negro que sirve de
mira cuando hay necesidad de usar diferentes armas, que más tarde trataré de describir.
Los hombres buscaban un claro para que yo pudiera ver nuestro planeta, pues
pensaban, y con razón que aquello me iba a impresionar.
Confieso que, por muy resentido que fuera y aunque hubiera estado seguro que
había subido a la nave bajo alguna influencia extraña, me hubiera parecido perdonable.
Podría precisar que volábamos sobre la parte central del continente americano, ya
que distinguía con relativa facilidad, perdiéndose en un abismo sin fin, lo mismo la parte
ancha de la República Mexicana, que la parte más angosta del continente.
Y por qué lo había de negar, pues no tengo ni conozco palabras para expresar lo
que sentí, ni tampoco para describir lo que tenía a solo unos metros de mis asombrados
ojos, que, para darles crédito, tenía que apartarlos de la pantalla y volverlos a través de la
pared de la nave que me parecía más real, más verosímil.
Todo cambió de forma, las caras de los hombres se ven huesudas y espectrales y
la mía debe haber tomado también aspecto terrible porque el pequeño hombre se
apresuró a decirme que no tuviera temor pues era el sol quien nos estaba dando ese
color; pero a mí más me parecía estar dentro de un potente y rojo reflector.
De repente cesó el movimiento o mejor dicho la sensación de que íbamos a
velocidades aterradoras.
Estaba inmóvil, como dejándose husmear por el ahora pequeño aparato que
ocupábamos.
Vimos cómo se abría en la parte superior una tapa de las mismas dimensiones
que nuestra nave y también cómo esta se empezó a deslizar dentro de aquel monstruo.
La puerta de ésta estaba abierta y por ella descendimos a una enorme bóveda en
la que no había más columnas que las que formaban el aparejo donde quedó ajustada
nuestra pequeña nave.
Más parecía que todas las superficies al alcance de nuestra vista produjeran luz.
Los hombres se dirigieron más allá del lugar donde había topado nuestra nave,
donde una pared cortaba la circunferencia, y yo tras ellos con una indiferencia que solo al
recordarlo me da escalofrío.
Estaba tan distraído observando todo aquello, que no me había dado cuenta que
estaba rodeado de gentes, que completaban un total de ocho con mis amigos.
Cuatro de los que estaban allí vestían igual que mis amigos.
Los otros dos, indudablemente eran los jefes, pues su porte y aspecto en general
denotaban no solo más edad, sino una mayor personalidad, sin contar con que el
uniforme que vestían era de un color marrón brillante que les daba un aspecto distinguido,
una mayor jerarquía y, como si esto fuera poco para diferenciarlos, bastaba observar la
reverencia con que los otros los veían.
Todo lo que me estaba pasando desde la mañana en que bajamos del automóvil
me parecía tan irreal que empezaba a sentir una sensación de vaguedad de la que temía
volver de un momento a otro y encontrarme de nuevo en el coche.
Los jefes de aquella nave me invitaron a que permaneciera con ellos algún
tiempo, pues, según me dijeron, sentían verdadera satisfacción en tener a un hombre de
mi raza como invitado.
Al lado derecho y frente a la enorme pantalla había una hilera de camas, pues no
creo que alguien de nuestra raza que las viera fuera a pensar que eran otra cosa.
Naturalmente que se diferencian algo de las nuestras; pero solo por su sencillez,
pues las tales camas se reducían a unos marcos como de metro y medio de largo y uno
de ancho y dos pulgadas de grueso.
El material de relleno era acolchonado, poroso, suave y debía estar sostenido por
alguna malla de material resistente y poco elástico.
Luego, las diferentes emociones por las que había pasado y, si esto fuera poco,
ahora estaba dentro de una fantástica nave rodeado de gente extraña.
Extraña sí; pero que hacía sentirme el hombre más importante de la tierra.
Por fin, no lo pude evitar por más esfuerzos que hice y por más que me resistí, el
sueño me venció y no supe más.
Ahora mi cuerpo se cubría con un uniforme parecido al de ellos, solo que sin
cinturón.
Los que tenía puestos, eran una especie de chanclas de una sola pieza, que
cubría hasta los tobillos.
El material era grueso, pues en algunas partes lo sentía por lo menos como de
una pulgada.
Los hombres me despertaron, para que con mis ojos viera el espectáculo
maravilloso que poco después se me iba a ofrecer.
Efectivamente, poco después apareció una bolita del tamaño de una canica.
Traté de nuevo de pararme y esta vez sentí la presión sobre mis piernas de dos
pequeños pero poderosos brazos.
El hombre que tenía a mi derecha me dijo que no corríamos ningún peligro, que
estábamos entrando en otro mundo, al mundo en que ellos vivían y que lo que ahora
estábamos viendo solo era una capa atmosférica que los cubría.
CAPITULO 4
Lo inevitable llegó. La bola cubrió las tres pantallas. Empecé a sentir un calor
sofocante; pero solo yo, los demás estaban inmutables y lo atribuí a mi estado nervioso.
Se abre la puerta de la cabina. A nuestro lado izquierdo hay una columna gruesa,
pegada a la pared, que no la había visto cuando entramos.
Los jefes se adelantan. Baja uno, luego el otro. Se pierden en la columna hueca.
Mis amigos indican que los siga.
Se respira fragancia. Entre los árboles hay unos postes gruesos de metal, también
negros.
También hay unos pasillos en todas direcciones, que tienen, por lo menos, medio
metro sobre el nivel del piso y al pisar suena a hueco.
Los árboles no miden más de dos metros de altura; pero son frondosos.
Cada árbol estaba sostenido por el tronco, con cuatro brazos que vienen desde el
piso, abiertos en ángulo como patas y cerrados en el tronco, pegados a dos medias
canales que abrazan el árbol.
Miro hacia abajo y me doy cuenta de que lo que yo creía que eran canales
resultan calles.
Allá abajo se mueven varios vehículos y junto a las paredes hay gran cantidad de
gente, todos alineados en orden.
No se encuentran, ni se tropiezan.
Mis amigos dicen que cubre todo su mundo, pero no es solo eso, sino que
despide rayos luminosos en todas direcciones.
Me siguen explicando que se trata de una capa de nubes espesas, a las cuales
han mezclado substancias que, al recibir los rayos del sol, absorben el calor y la luz, la
pasan multiplicándola y con ella se alumbran.
La cara me arde.
La reacción es notable.
Bajo aquella monumental bóveda se ven infinidad de naves como la que traemos
dentro, muchísimas como la grande y todas negras.
También las hay tubulares, de varios tamaños, largas y gruesas; las hay esféricas
y también éstas de diferentes dimensiones. Parecen globos de cristal. Sobre nosotros
pasa una que semeja una pera o huevo.
No son, del tipo cerrado como los que conocemos, sino que tienen tres caras
cubiertas por una rejilla maciza y rígida.
Seguimos descendiendo.
No se estorbaban ni cuchicheaban.
El piso de este local estaba cubierto de pequeñas sillas, que se completaban con
una plana reversible en la que se colocaba la charola.
Mis arnigos me ofrecieron una ración doble y comí hasta quedar satisfecho.
También pude observar que las charolas eran de muy variados colores tanto que
me cansé de contarlos y los hombres me aseguraron que cada color tiene cinco sabores
diferentes, lo que da por resultado millares de sabores; pero, eso sí, todos tienen la
misma consistencia.
Las cucharillas que usan tienen cierto parecido con nuestras palas planas,
ligeramente curvas y son muy diminutas.
Hombres y mujeres visten igual y de frente se distinguen solo por las formas
propias de la mujer.
Todos tienen el pelo platinado y ondulado y a todos les cae sobre los hombros.
Mis amigos me explicaron que la raza es pequeña porque así lo quieren ellos, ya
que el proceso es científico.
En cuanto al color de su piel, pelo y ojos, se debe al clima que impera en ese
planeta.
Las demás personas nos habían abandonado, pues tenían que rendir sus
informes y reportarse.
Resultaba maravilloso estar entre tantos muñecos humanos, a los que yo les debo
parecer un monstruo.
Las dos paredes frontales que no tienen elevadores se componen de una serie de
entradas en forma de arco y al centro hay dos más espaciosos que el resto.
Por allí cruzan vehículos, hay muchísima luz, pero no se descubre la fuente.
Las fachadas son lisas, no tienen ventanas de ninguna especie, lisas por
completo.
Sus hermosos colores parecen de vidrio o, mejor dicho, espejos, pues la imagen
se refleja con nitidez.
Se nota la unión del material en cada piso; pero solo a todo lo largo.
Así se diferencian.
Los comedores por ejemplo son azules y los encuentra uno cada cuatro
manzanas.
El arroyo de la calle es ancho, se divide al centro por una angosta media caña, lo
cubre una especie de tiras de metal, una angosta y otra ancha, la angosta de color
amarillo y la ancha de color marrón oscuro.
En ellos va solo una persona, pero los hay que tienen tres rodillos.
En los primeros hay un asiento con respaldo y sobre la rueda delantera solo hay
un manguito no mayor que la mano de uno de ellos.
Este tipo de vehículos los ve uno abandonados en casi todos los edificios, en el
entresuelo, y cualquiera los usa y los abandona cuando le da la gana.
Los ve uno circular a buena velocidad y generalmente sobre las franjas angostas.
La mayoría tiene diez pisos, aunque los hay que tienen menos.
Este tipo de transportes resulta raro, pues no baja y sube a una persona, sino que
deja y recoge pisos enteros.
Estas suben y bajan formando pasos a desnivel en cada esquina, por lo que
siempre pasan los vehículos cada dos cuadras bajo un puente y se usa el hueco de este
para alojar las plataformas que reciben el pasaje.
Ahora veamos cómo son los vehículos que caminan como a un metro de las
banquetas y ya que hablamos de ellas, completaremos su descripción: corre a todo su
largo, separándola del arroyo de la calle un barandal rígido y en lo que podía ser la
guarnición está abierta la interminable boca de un colector succionador, que se encarga
de chupar el polvillo que pudiera producir en el piso el continuo rodamiento de los
vehículos, único desperdicio admisible en ese mundo, donde se advierte limpieza
absoluta.
Son, como ya dije, armazones que van sentadas en una plataforma que les sirve
de base.
Generalmente tiene cada hilera cinco fuertes rodillos y completan hasta diez
hileras.
Este es el armazón viajante y, exactamente como él, hay dos en cada parada.
Es una caja que tiene hasta diez asientos corridos en los que caben cinco o seis
personas.
Naturalmente, pequeñas.
Se oye un golpe seco y despide una sección hacia dicha armazón fija.
Camina unos metros más hasta ajustarse con la siguiente sección y recibe otra
caja repleta de pasaje.
Decían antes que cada una de estas cajas es todo un mecanismo, porque los
asientos están montados sobre una banda que en cuanto está dentro del armazón fijo
empieza a girar, poniendo cada asiento al alcance de un tipo de escalera de barrotes,
automático.
La gente usa tanto las escaleras elevadores, como los asientos, con suma
facilidad. Dichos elevadores conducen a unos pasillos subterráneos y, para abordar uno
de estos vehículos, la operación se hace a la inversa.
No hay conductores ni motoristas. No usan troley. Tampoco van sobre vías y sin
embargo son tan exactos en sus paradas, que pienso que si una inteligencia los
maniobrase, no lograría más exactitud.
No es tan viva como la que gozamos nosotros de día; más bien se parece un
poco a la que reina en nuestro mundo al amanecer y se ve brotar de miles de lugares a la
vez, como rayos del sol, pasando a través de nubes blancas y plateadas que forman un
infinito reflector.
Mis amigos me habían dicho que no tenían luz artificial en las calles y que
tampoco tenían noches y el hecho de que ningún vehículo traiga medio alguno para
producir luz parecía comprobar lo que ellos aseguraban.
Ni siquiera me había dado cuenta que ya los dos hablan el español y solo me
volví a la realidad al ver mi desproporción con todos los seres que me rodeaban, no solo
en la estatura, sino también en fealdad.
CAPITULO 5
Desde que estuve por primera vez en una de sus azoteas huertos, encontré algo
que llamaba poderosamente mi atención.
Se trataba de unos edificios que, aunque son similares a los otros, solo es así
hasta la altura media y de ahí suben en forma circular a una altura quizá de doscientos
metros, terminando en forma de cúpula, redonda y lisa.
Las hay en profusión, pues solo los separan cuatro edificios, para donde quiera
que uno cuente, o sea que cada uno de ellos está situado entre un grupo de veinticuatro
manzanas de edificios.
Son los únicos que tienen señales o guías, pero estas guías, según el decir de
mis amigos, solo marca el número de zona que se controla desde él.
Mis amigos me aseguraron que dichos monstruos eran los edificios más
importantes, pues desde ellos se lleva la administración del grupo que los rodea, entre los
que hay comedores, dormitorios, cinematógrafos, salas de juego, salas de sonido,
laboratorios para la preparación de alimentos, central médica, fábrica de ropa y laboratorio
de aseo para la misma.
Hay en cada una de sus salas, en las paredes, unos visillos que se controlan con
manijas situadas a cada lado de la abertura.
En estas se apoya toda la mano, quedando el dedo pulgar sobre un botón.
Como juzgo de interés lo que en] algunas de ellas vi, voy a tratar de describir
estas interesantes impresiones: Empezaremos por algo que todos conocemos, las llantas
de un vehículo cualquiera.
Pero, como digo, usaron un tipo de llanta muy parecida a la nuestra, aunque el
principio de fabricación era diferente.
Pues bien, ellos no jugaban con su vida ni la dejaban a la suerte, por lo tanto
buscaban la seguridad en algo confiable, la solidez de un material.
Y sus llantas de todos los tipos estaban construidas bajo ese principio.
Espero, en este caso, que logren entenderme, pues resulta tan raquítico mi
vocabulario, que no sé si logre expresarme debidamente.
Para lograr esto, fijemos en nuestra mente un molde para ese núcleo como si en
él quisiéramos alojar una de nuestras llantas.
Este material lo vi de tres tipos, a saber: una manguerita o tubo de igual diámetro
que un lápiz.
Allí era de un plástico especial, pero bien podía ser del hule que conocemos.
El tipo que le seguía, era la misma manguera, ahora reforzada con fibra, por lo
que tenía mayor resistencia, y le seguía otro de un material no hueco pero tampoco
sólido.
Pues bien, una vez lleno el molde con ese material, naturalmente siempre con la
misma tensión, cantidad y peso, entra con todo y molde al proceso de cocimiento, con
objeto de lograr una unidad compacta que no se deshaga al retirarla del molde.
Cuando está terminado el núcleo, ambas secciones giran en sentido inverso sin
retirarse del material y así es cómo se despegan del núcleo sin deteriorarlo.
Hay una máquina que teje dicha malla de la circunferencia exterior de nuestro
núcleo y, conforme se teje, van entrando en ella dichos núcleos, acompañado de un
espaciador que contiene una ranura en la mitad de su extensión.
Esta es necesaria porque en su camino pasa por una cortadora circular, que se
encarga de dividir en cada núcleo solo el material necesario.
Luego pasan a recubrirse del material que formará el piso, en nuestro caso hule;
después a los moldes que les marcará el dibujo de rodamiento.
Ellos las usaron lisas, pero sigamos con el proceso.
Pero podemos usar con ventaja el procedimiento que ellos usaron o sea dos
discos de lámina de buen espesor, troquelados con la forma de la llanta y unidos por el
centro sobre ella terminada, concluyendo con los agujeros necesarios para cualquier tipo
de automóvil.
Como ven, esos discos se pueden terminar con la mayor belleza, que lo haga
dignos del automóvil más fino.
Ellos ahora usan motores en forma de rodillos que trabajan a la inversa de los
nuestros.
Ellos me habían asegurado que el principio que nosotros usamos para volar no es
el debido, pues nuestras naves no solo son frágiles e inseguras, sino que dependen de
combustible para su propulsión, que además de aumentar su volumen reduce su radio de
acción.
Que debemos buscar la forma de construir máquinas que usen las fuerzas que
nos rodean, que son vastísimas.
Que elles, en cada nave, traen pequeñas pero poderosas fuentes de energía.
Que aprovechan el calor al igual que el frío, la luz lo mismo que la oscuridad,
líneas magnéticas al igual que tormentas eléctricas.
Viene en bruto.
También trae cinco bases que alojarán otras tantas chumaceras selladas,
maravillosas por cierto, a las que les inyectan un material líquido, no natural, producto de
laboratorio muy parecido al estaño.
En esta habrá cinco de ellos y en cada uno rodarán volantes grandes y esbeltos
unidos a otros pequeños.
En tres de estos ejes, están alojados cinco de los grandes volantes; en los dos
restantes solamente cuatro.
Esa parte aguda de que hablo está cubierta de pequeños círculos, que muy bien
pueden ser bobinas, pues los pequeños que los alojan están cubiertos a su vez de
barritas, dispuestas en ángulo a su alrededor.
A esta operación sigue la colocación de las fuentes de energía, que serán también
cinco y tienen la forma de un recipiente para asar pavos.
Llega entre cuatro patas motorizadas que giran, suben o bajan, a voluntad de los
operadores.
Aunque esta es la parte más laboriosa, todo se ejecuta con precisión y facilidad.
La misma máquina que traía la tapa central alza ahora todo el conjunto, y así
facilita la colocación de las boyas de sustentación.
Estas tienen que ser fijadas con precisión, pues cuando no son necesarias giran
perdiéndose en sus cavidades, dejando una superficie continua con el resto de esta parte
de la nave.
Estos aparatos cuentan con dos tipos de escala, la circular que puede descender
por abajo de la nave y otra cortada en la parte inferior de ésta; pero que coincide con la
anterior, que es la que lleva a la parte alta de la nave convertida en cuarto de controles.
La parte superior, que también llega en una grúa de cuatro patas motorizadas, al
igual que la tapa central, trae su cuello o corona, como le queramos llamar.
Vemos entrar a los técnicos que lo pondrán a funcionar todo; pero falta lo más
importante.
Estos volantes giran a diferentes velocidades y son los inferiores los más lentos.
Nuestra nave, a la que le hemos seguido los pasos, está semi terminada y ahora
solo falta pulirse.
Para este proceso final la vemos flotar suavemente y hacer rumbo a otro
departamento, hasta llegar y situarse en el centro de una gigantesca máquina, provista de
una serie de discos que giran a grandes velocidades, moviéndose en todas direcciones
hasta cubrir totalmente Ia nave, haciéndola desaparecer de nuestra vista.
Cuando termina esta operación, nuestra nave está flamante y lista para
entregarse a toda clase de pruebas.
De acuerdo con nuestra mentalidad, solo viendo estas maravillas las puede uno
creer.
Las naves tubulares tienen dispuestas dos series de volantes a todo su largo y
llegan a tener, según la longitud, hasta veinte de ellos de cada eje y de grandes
dimensiones.
Una de las características de esas naves es, según mis amigos, a los que
pregunté si no perdían algunas en sus incursiones a otros planetas, fue que han perdido
algunas, pero que las hacen estallar cuando están dañadas siempre en el mar, después
de recoger a sus tripulantes, con el objeto de evitar que los restos caigan en manos
ambiciosas, y en todas, absolutamente en todas, su maquinaria la forman volantes de
diferentes diámetros según el tamaño de la nave.
Creo que ese será al fin el principio que nosotros usemos para propulsar
vehículos independientes; pero hay una cosa notable que puede servir de dato a nuestros
sabios y es ésta: Según el tamaño de la nave es el número de volantes el diámetro de
estos y el número de fuentes de energía.
Lo vamos a dividir en dos partes, porque así es, efectivamente, pues resultan
independientes, o sea que una de las materias primas viene del mar, la otra de las
azoteas-huertos; pero derivan al mismo lugar o sea a los laboratorios.
Empecernos por el mar: son grandes fábricas flotantes y cada una de ellas cuenta
con corrales formados por mallas que las circundan a gran profundidad; pero hay un lugar
del que rara vez se alejan los enormes peces.
Viene a ser algo así como un abrevadero para las bestias en nuestro mundo, solo
que aquí se trata de una zona oxigenadora.
En esta misma zona les sirven alimentos que se componen de dietas especiales,
que debe darles un magnífico resultado, pues no creo haber durado menos de una hora
observando esa maniobra desde una de las mirillas del edifico y no vi que llevaran al
sacrificio a un solo pescado que midiera menos de dos metros y sí los vi de más de
cuatro.
Estos enormes pescados pasan por todo un proceso que me pareció maravilloso,
que termina convertido en harina impalpable.
Pero expliquémoslo.
Me explicaron que solo estaba aumentando pisos, que eso lo hacían a la inversa
de nosotros, cosa por demás lógica, pues ellos usan sus azoteas como huertos y campos
de aterrizaje.
Me di cuenta que dicho sótano no es más que una calle subterránea por la que
transita un tipo especial de vehículos que sirven para mover materiales dedicados a la
construcción, y es por estos sótanos por donde corren gruesas tuberías negras, por las
que transportan alimentos, ropa y todo lo necesario para el uso de sus habitantes.
A todos los sótanos los atraviesan unas columnas como de veinte pulgadas de
grueso y son estas las que forman el armazón de los edificios.
En cada una de las columnas está colocado un gato, que tiene la forma de media
caña y abrazada la columna, asegurándose a esta por medio de una ranura con un
saliente que tiene dicho gato o prensa.
Cuando todo está listo, desde una pequeña máquina aplican la fuerza a todas las
prensas y el edificio se levanta sobre ellas.
Son sumamente livianas, hasta el punto de que yo cargaba una con suma
facilidad bajo el brazo.
Colocan una a una en cada agujero descubierto al levantar el edificio y allí quedan
firmes.
Otro hombre montado en un aparato similar, pero sin rollo alguno, solo provisto de
un pequeño aparato que sujeta con una mano, y con la otra ajusta al extremo del material
en el lugar donde va a soldarse, porque eso es ni más ni menos lo que hacen.
Con los pies mueven los controles de su aparejo, que lo sube y baja en su
cómodo asiento.
Cuando quedó el extremo del rollo sujeto, los dos aparejos caminan, uno llevando
el rollo y el otro soldándolo en su lugar y así, en menos tiempo del que tardo para
relatárselo, queda todo terminado.
Pues bien, todo lo que vi aquí al natural lo vi de nuevo en uno de los edificios de
control.
En este mismo edificio de control, localizaron y se pusieron al habla con los dos
terrestres con quienes se habían propuesto entrevistarme, lo que pone de manifiesto el
grado de eficacia en sus comunicaciones.
Según lo comprobé después, dichos individuos estaban al otro lado del mundo,
corno si dijéramos de México a China.
Se enteraron que no eran españoles sino franceses y que tenían viviendo allá
unos cinco años de nuestro mundo.
Después de ella vino el transporte aéreo para cubrir grandes distancias y este
medio pasó a la historia.
Se trataba de una bola gigante, mayor que la nave esférica que usamos.
Está dividida en tres secciones y las dos uniones que cierran la esfera son la
superficie de rodamiento.
Pero no para ahí la cosa, sino que a este medio de transporte se le podía llamar
velocidad por inercia, pues no usaban propulsión de naturaleza alguna.
Las estaciones de parada son cubos del mismo diámetro de la bola, parando por
la acción del tire que comprimen dentro de él.
Este cubo o túnel está provisto de compuertas y válvulas para dar salida al
aparato.
Otra cosa que me llamó la atención fue el medio primitivo que usaron para
proveerse de legumbres, en tiempos remotos.
Ellos me habían dicho que hubo un tiempo en que cultivaron mayor número de
legumbres de las que nosotros conocemos.
Así, cuando hubo oportunidad, les pregunté si no había manera de conocer los
medios de que se valían para lograrlo, y como ya teníamos poco tiempo disponible
entramos a un edificio de control buscando una reproducción de aquel antiguo medio.
Este sistema de cortes en sección parecía un grupo de conos puestos uno sobre
otro con la parte angosta hacia arriba.
Este tipo de hortaliza tenía varias ventanas, siendo la principal que las ponía a
salvo de los quemantes rayos del sol, pues, según ellos, estuvieron en uso cuando
todavía no aprendían a protegerse debidamente de los rayos del sol.
La segunda ventaja era que en una superficie pequeña lograban una gran
producción y con poco esfuerzo, ya que desde tiempos primitivos usaron un eficiente
sistema de elevadores y según mis amigos hubo norias de estas que tuvieron centenares
de pisos o cortes.
Decía antes que los que vi allí no se parecen gran cosa a los nuestros y más de
una vez he pensado que es muy posible que la diferencia sea necesaria debido a que su
agua o líquido donde tenían que flotar sus embarcaciones sea o más densa o más
delgada, cosa que entonces no pensé porque se lo hubiera preguntado a mis amigos.
Había un modelo cuyo piso plano semejaba más un lanchón rudimentario de lento
bogar, que un navío construido para alcanzar grandes velocidades.
Este tipo fue el diseñado para carga y se compone de galerías que corren a todo
su largo, habiendo entre una y otra galería una pared hueca hermética, apanalada, cuyas
secciones están rellenas de un material flotante, y había tantas paredes de éstas como
ancho fuera el barco.
No hay peligro de naufragio pues, como dije, tiene paredes flotantes, tanto
exteriores como interiores, en abundancia.
Este tipo, como ya dije, lo hubo en todos los tamaños imaginables; pero siempre
guardando el mismo estilo.
Toda la parte superior o techo está cubierto de compuertas por donde se
cargaban, usando grúas que cubrían con sus plumas toda la extensión.
Estaban dispuestos unos junto a otros, formando una extensa tarima o balsa
unidos entre sí por piezas especiales.
Sobre estas tarimas había un piso de malla resistente y sobre él las habitaciones
en forma de burbujas distribuidas convenientemente.
Tenían en el centro de estas tarimas flotantes, pequeñas torres con las que
indudablemente estaban en comunicación con los de tierra o sus vecinos, pues había,
según mis amigos, colonias perfectamente distribuidas.
Cada unidad de éstas contaba también con una pequeña embarcación para
pescar en grande, pues cada vivienda tenía a su vez un tanque de forma especial,
flotante, donde depositaban su producto, en espera de las grandes embarcaciones que
pasaban a recolectarlo en forma por demás práctica.
También hay un tipo de torre marina que estuvo en uso antes que cubrieran su
mar con edificios y las usaron para radio y televisión en los albores de esta ciencia. Se
componen dichas torres de una armazón en forma de conos unidos por su base, llevando
en la unión, o sea en el centro de la torre, una masa de flotador”, en los que basculaba
ésta.
Dichas torres estuvieron alineadas marcando con señales todas las rutas que
siguieron sus embarcaciones cuando su mar estuvo despoblado.
Se usaron, entre otros, dos tipos de anclas, una en forma de esfera erizada de
lancetas, que se proyectaban o recogían dentro de la bola a voluntad de los operadores;
el otro tipo que más se usó le podríamos llamar Rabo de puerco, pues de eso tiene
parecido.
Estas fueron, también la culminación del sistema marítimo, naciendo ahí los
diferentes tipos de naves aéreas que ahora usan y que en verdad tienen gran parecido.
Hagamos de cuenta que tomamos dos, como mínimo, pero también tres o cuatro
cuerpos de nuestros modernos aviones, los tendemos paralelos y separados, y sobre
ellos pongamos una de las modernas naves circulares que ellos usan y el resultado es
una de sus fantásticas embarcaciones de lujo, especie de insoñado y fantástico
catamarán.
Indudablemente que deben haber sido hermosas y eficientes; pero de ahí nació el
transporte aéreo para ese diseño, ya que sus actuales naves aéreas tienen parecido no
solo con los cuerpos inferiores de dicha embarcación marina, sino que también la parte
superior tiene gran parecido con sus modernas naves circulares gigantescas.
Y antes que se me olvide, voy a relatarles algo de suma importancia y que resulta
vital para este mundo estandarizado.
Cuando nadie los usa, están a la vista; pero basta que una persona invada una
superficie de metro y medio a su alrededor, para que desaparezca dentro de un muro de
intensa oscuridad, como las que protegen las camas en los dormitorios.
Es de un material semiblando.
Para el aseo, está provisto en su costado derecho de una pequeña oreja que,
oprimiéndola hacia abajo, descarga una lluvia menuda e intensa que no solo asea, sino
que también refresca, y jalando la tal oreja se forma un vacío que seca perfectamente.
Teníamos que tomar un tipo de nave diferente a las que ya conocía para ir en su
busca, pues al parecer estaban al otro lado de aquel planeta; pero aquí las distancias no
tienen importancia.
Para llegar a un edificio que contuviera en su azotea a estas naves, tuvimos que
abordar un autobús, o como le queramos llamar, “y aquí fue Troya”, pues los asientos
estaban en tal forma que los pies los llevaba uno metidos en el respaldo del de enfrente;
pero yo, además de los pies, tuve que meter la cabeza y rogaba a Dios llegásemos a
nuestro destino.
En forma circular, formando parte de la pared exterior, hay asientos con respaldo y
sujeción para las piernas y el abdomen, en los que yo quedaba por razón natural de mi
volumen más ajustado que mis compañeros, pero sin sentirme molesto, pues el material
empleado para asientos, respaldos y sujetadores era sumamente elástico.
Dentro de la cabina había un hombre, pues a pesar de que visten igual que las
mujeres hay un ni sé qué que hace totalmente diferentes sus facciones, dándoles un aire
en el que se advierte una indudable presencia masculina.
La nave era de un material transparente, casi como el cristal y se advierte que sus
paredes son gruesas.
Mis amigos me explicaron que el aparato que tenía en la boca era una especie de
filtro, que aligeraba mi respiración suministrándome a la vez oxígeno, y es que dentro de
aquella pequeña nave el ambiente resultaba pesado para mis pulmones.
Pasamos por una extensísima zona, donde todas las construcciones estaban
dispuestas en forma circular, pero el color o los colores de sus edificios eran similares a
los que conocimos.
Dentro de esta zona se vive la vida normal del resto del mundo.
Volvimos a tomar velocidad, para poco tiempo después volar sobre otra zona,
similar a la anterior en su distribución, pero diferente en su aspecto.
Pero resulta increíble: dichos puros eran lo menos cuatro veces mayores.
Descendimos por la misma escalera, pero ahora no habíamos bajado el tubo que
la contiene, sino que se abrió una sección frente a ésta, en la misma forma que en
nuestra pequeña nave, la primera que abordé, contrariando mi propio temor, que ahora al
recordarlo solo me parecía un sueño fantástico.
El lugar donde estamos, o sea, la nariz de este coloso, es plano, cubierto en toda
su longitud de angostas venas.
No hay lugar a donde dirija la vista que no esté cubierto de estos monstruosos
aparatos.
Mis amigos me aseguraron que eran naves nodrizas y que estaban seguros de
que me resultaría interesante saber cuál iba a ser su destino.
Frente a nosotros se levantó una tapa como de veinte metros de largo y treinta y
cinco de ancho, descubriendo frente a nuestra vista un tobogán.
Dentro había tanta iluminación como en uno de los edificios que había visitado.
La parte alta de estos abultados rieles son lisas y pulidas; pero los canales son
amortiguantes, como una gruesa alfombra.
.
CAPITULO 8
Caminamos unos cien metros hasta encontrarnos con dos grandes círculos como
dos grandes, fantásticos y redondos ojos de una fiera mitológica.
Ni más ni menos, naves que al decir de mis amigos, eran automáticas, que no
necesitaban tripulación de naturaleza alguna, que se podría decir, sin incurrir en
exageraciones, que eran grandes cerebros electrónicos que estaban provistos de gran
número de ojos, oídos y narices.
Aquella gigantesca nave que las contenía era la indicada para llevarlas a sus
objetivos.
La que estábamos visitando tenía dos hileras de sesenta naves automáticas que
hacían un total de ciento veinte y había en esa zona de investigaciones miles de aquellas
gigantescas y raras naves de cabeza en aguda V.
¡Cómo he lamentado poseer tan pobre instrucción, y cómo hubiera deseado tener
la capacidad suficiente para relatar esta maravillosa oportunidad que el destino me brindó!
Pero, qué le vamos a hacer, algunas personas me consuelan diciéndome que hay que
conformarse, pero para mi desgracia soy un tipo inconforme, que lucha contra las burlas
de mi destino.
En uno de los edificios que estaban bajo el vientre de aquella gigantesca nave
salimos a la azotea.
En esta zona no hay árboles, ni espigas o postes, sino que las naves descansan
en el macizo de la azotea.
Como los terrestres trabajaban y vivían en esta zona, mis amigos los habían
citado al edificio aquel.
Tienen buena estatura, de acuerdo con las medidas de nuestra raza, y es curioso
observarlos junto a los pequeños y pulcros habitantes de aquel fantástico mundo, pues
mientras éstos tienen su cuerpo limpio de pelo, llevándolo solo en la cabeza, nuestros
coterráneos semejan orangutanes en su presencia.
En la cabeza lo usan igual que las gentes entre quienes viven y, aunque son
bastante bien parecidos, la desproporción con lo que les rodea es notoria.
Asegura también haber peleado en la guerra pasada y que ahora les parece
estúpida nuestra forma de vida.
Esta vez no tomamos ningún medio de transporte de piso, pero en este fantástico
modo de vivir lo mismo da meterse en un comedor o en un hotel de un determinado lugar,
que hacerlo en otro a miles de kilómetros más allá.
Resulta novedoso eso de ver gente que a todas horas entra y sale a toda clase de
lugares.
No se ve algún aparato, ni nadie lo usa, algo que pudiera medir el tiempo; pero
esto no tiene importancia.
Con cinco minutos de cada hora que vivan, que los inviertan haciendo algo en
beneficio de la colectividad, es suficiente pago para aquel cúmulo de comodidades.
Mis amigos me explicaron que había tres tipos: para solteros, para solteras y para
matrimonios, y que no se diferenciaban gran cosa entre sí.
Aquí, al igual que en los otros que he visitado, hay dos costados cubiertos de
elevadores y dos cubiertos de arcos y paso libre, frontales, en los entresuelos, pero
encuentro una diferencia: en los costados donde están situados los elevadores y en un
espacio como de dos metros, y a todo lo ancho del edificio, hay tantas hileras de
pequeños focos como pisos tenga el edificio y cada foco marca un pasillo, pues allí no se
usan cuartos.
Nosotros buscamos donde hubiera tres camas vacías juntas, así que por la hilera
sabíamos a qué piso dirigirnos y por el foco a qué pasillo.
Así que la hilera 12, por ejemplo, señalaba que había camas vacías, pues ese
número de pisos subimos y, al llegar, quedamos en un pasillo que daba a nuestra derecha
e izquierda.
A este pasillo convergían las entradas de otra serie de pasillos, en cuya entrada
había también pequeños focos señalando las camas vacías.
No había caminado diez pasos, cuando sentí que me acribillaron con una especie
de lluvia vaporizante, tibia y agradable.
Cuando pasé del todo este par de tragos amargos, no tuve más escape que soltar
la risa, como dando a entender que no me había impresionado.
Pero a nadie engañaba, ni siquiera a mí mismo.
Este sistema ya lo habían usado en los sanitarios, así que no lo desconocía, pero
ignoraba que también se usara en los dormitorios.
Por lo tanto voy a tratar de explicarlo: las camas, como las de la nave, son marcos
sosteniendo un material grueso y poroso, y están a guisa de repisa, empotradas en una
de las paredes; pero en estos dormitorios, cerca de cada cama y al alcance de sus
pequeños brazos, hay una ruedecilla que, haciéndola girar a derecha o izquierda, produce
luz cegadora así como oscuridad espesa, tan espesa que da la impresión de ser un muro
negro e impenetrable.
Cuando estuve tendido en mi cama accioné la ruedecilla varias veces, para estar
seguro de su efectividad; pero, una vez perdido en aquella pequeña inmensidad,
desaparecía todo, y sentía estar en una isla cubierta de espesa negrura.
Fue allí donde comprendí por qué a nadie obligan a trabajar, pues es indudable
que con esa alimentación y ese reposo llega cualquiera a sentir deseos de trabajar, para
gastar la energía que le bulle dentro del organismo.
El tal aparato es una diminuta pantalla por una de sus caras y por la otra una
especie de micrófono, y tiene en su borde un pequeño botón.
Mis amigos se reportaban y pedían órdenes, y en la diminuta pantalla pude
reconocer claramente a uno de los jefes y oír su característica voz.
Así que nos dirigimos a la salida, pasando por el ineludible baño y el secado, que
lo encontré sumamente agradable.
Al nivel del piso hay una hendidura donde mete uno los pies, sintiendo una
sensación de cosquilleo y, cuando los retira, las uñas están recortadas y pulidas.
Lo mismo se pasa a metro y medio de altura, donde la operación se repite con las
manos.
Así que, al llegar a las alacenas, nos dirigimos a la que estaba enfrente de la que
habíamos usado para depositar nuestra ropa sucia; ellos cogieron cualquiera y
procedieron a vestirse, sin dar importancia a lo que a mí me sucedía, que por más que
buscaba y rebuscaba no encontraba nada que me sirviera.
Creo que estaba a punto de soltar el llanto y ellos la risa, pues estaba lucido: la
camisa más grande apenas cubriría a uno de mis pequeños hijos y los calzones ni se
diga.
CAPITULO 09
Por fin, satisfechos de su broma, cogieron una camisa cualquiera y la estiraron
hasta alcanzar mi tamaño y lo mismo hicieron con un calzón y unos zapatos.
Mis amigos me explicaron que aquel material podría crecer hasta tres veces su
tamaño original, al que volvía fácilmente con solo meterlo en un líquido que lava y
desodoriza.
Una vez puesto sobre el cuerpo, con el calor de éste se encoge y adhiere, dando
la sensación de estar desnudo, pues es de una frescura incomparable.
Debo advertir que aquella substanciosa comida, con apetito o sin él, se come.
Y lo dicho, sin hambre, di fácilmente cuenta del contenido de dos charolas, y hasta
creo que si hubiera durado más tiempo allí, la curva de mi estómago toma características
alarmantes como las de los franceses que encontré.
Al igual que aquéllos, dos paredes alojan los elevadores y las otras dos siempre
están cubiertas de estantes repletos de libros.
Mis amigos deben ser poco afectos a la lectura, porque me dijeron que, mientras
yo fisgaba ellos subían a la azotea a respirar.
Como pastas, para llamarles como nosotros, tienen dos charolas, cuadradas o
rectangulares, embrocadas, que forman como una caja.
Los libros se pueden abrir por dos de sus lados, así que cuando han terminado
uno, lo cierran y abren el otro continuando la lectura.
Como complemento tiene unas uñetas que le sirven para mantenerlo abierto.
Esto es necesario por esta razón; todo el piso está cubierto de pequeños sillones.
Tienen descansos para los brazos y apoyo para los pies y se puede reclinar en
cualquier ángulo.
Usan unos aparatitos no mayores que una plumilla fuente de mujer, pero no llevan
pluma.
No usan tintas de ninguna especie, sino una reacción eléctrica que opera sobre el
material de escritura, que no es papel.
Estos locales son bastante altos, pues alcanzan los tres metros y los estantes
cubren toda la pared.
Para alcanzar cualquier libro, hay unos aparatos que se componen de una barra
provista de un asiento, que a voluntad sube o baja en dicha barra y esta se mueve a
derecha e izquierda.
De éstos aparatos hay unos diez o doce en cada pared y se manipulan con
botones situados en el asiento.
En éstos, como en todos los edificios, se hace un verdadero derroche de luz, sin
descubrirse la fuente, y lo mismo que en todas partes impera la variedad de colores,
ocupando un solo color cada hilera de libros.
Mis amigos llamaron al elevador para que fuéramos a la azotea y viera algo
interesante, y vaya si lo era: estaban unos individuos cosechando fruta.
Como dije antes, todas las azoteas están convertidas en huertos frutales de
distintas especies.
Quizá haya personas que nada de esto les parezca ni siquiera lógico; pero de
calquier manera yo me voy a limitar a describir lo que vi.
Descendía por el centro una escala que llegaba por entre los árboles hasta uno de
los pasillos.
Pero estos pequeños hombres que no median ninguno de los dos más de un
metro, lo hacían de la manera más fácil.
En su pequeña nave traen una charola como de dos metros de circunferencia;
pero está dividida en dos, teniendo un recorte circular en el centro.
Esta charola es como casi todo lo que allí se usa de un material sumamente
liviano.
Cada una de las mitades, las colocan inmediatamente arriba del anillo que
sostiene el árbol por el tronco.
En este agujero enchufan un tubo elástico del mismo diámetro y levantan la tapa
de uno de los pasillos que además desempeñan el trabajo de canaletas.
Cuando todo está listo, toman un pequeño aparato poco más grande que una
cajetilla de cigarros, lo colocan bajo la charola en unos rielecitos fijos al anillo, lo echan a
andar y llueve fruta a la charola, que sigue por el tubo a la canaleta y de allí al interior del
edificio, para llegar al lugar de aprovechamiento por conductos interiores.
No se descubre una sola hoja, pero las cubren pequeños brotes, que en su
mayoría tienen un rabito que sostiene un fruto.
Vamos a empezar por lo primero que encontremos - me dijeron, y fue una sala
cinematográfica.
Desde luego que sí esperaba que el edificio tuviera todos sus pisos destinados al
mismo fin.
En estos edificios, que quizá son únicos en su tipo, los elevadores están en el
centro y la pantalla ocupa una pared circular que rodea el edificio en su mayor
circunferencia.
La sala tiene más luz que el mejor día de los nuestros con la misma claridad que
conocemos.
Ya les he dicho que estas gentes tienen un gran dominio, tanto de la luz como de
la oscuridad, por lo tanto, al entrar a esta sala, me pareció salir de un edificio semi-oscuro.
Yo que estoy el doble de voluminoso que mis amigos, entro a la fuerza y quedo
dentro, o mejor dicho formando parte de una paca de un material para mí desconocido
pero que me prodiga una comodidad jamás sentida.
Resulta maravilloso, doblemente, porque oigo los gritos de los arrieros, el jadear
de los animales y hasta los ruidos peculiares que producen sus estómagos al hacer algún
esfuerzo mayor.
Con tal claridad se oye todo y se ve que se pierde la noción del lugar y la
distancia.
Van provistos de trozos de material, algo parecido al vidrio; pero, a pesar de que
no es más grueso que un vidrio común y corriente, da la impresión de que solo es la tapa
de una caja iluminada.
No diría que pintan, pues no usan ni pintura ni pinceles, sino una cosa muy
parecida a las plumillas con que escriben, y solo varía el aparato en la punta, por donde, a
voluntad y solo haciendo presión en el abultamiento que lleva a medio cuerpo, produce un
pequeño abanico, semejante al que produce una pistola para pintar a base de aire a
presión.
Como dije antes, no es pintura sino una especie de rayito de luz que al girar la
perilla superior cambia de color o de intensidad.
Este aparato lo usan algunos con tanta maestría que producen tonalidades
verdaderamente maravillosas, pues el rayo de luz va desde un punto hasta dos
centímetros de ancho y produce en el material el mismo efecto del fuego a diferentes
distancias.
Cuando mis amigos me dijeron esto, me imaginé un gimnasio; pero fui llevado a
un edificio que no tenía nada de esto, Todo el piso estaba cubierto de mesitas cuadradas
que solo tenían una pata central.
De cada uno de sus lados pende una barra y en ella se desliza a voluntad un
asiento con respaldo y apoyo para los pies.
El plano de la mesa está cuadriculado, en blanco y negro, y en este deslizan unas
pequeñas marcas, que las mueven como en el ajedrez o en ese juego de damas que
nosotros usamos.
Aquello era interesante, pero yo pensaba que esto no era lo que me habían
prometido y les pregunté por la sala deportiva, a lo que me contestaron que allí solo el
cerebro hacía gimnasia y que no desperdiciaban energías inútilmente ya que la salud y la
figura se controlaban desde los laboratorios a través de los comedores.
Esta sala está cubierta de cómodos sillones reclinables, en los que con facilidad
se hunde uno, perdiéndose.
Tienen descanso para los pies y dan la impresión de que fueron hechos para
dormir o descansar.
Era como el que produce el tráfico en las grandes ciudades, con un escándalo
mortal de los empedernidos bocineros, el ulular de las sirenas de los diferentes servicios
públicos de emergencia, el peculiar campaneo de los pequeños carritos de humildes
vendedores, el vocerío clásico de los mercados, pitidos de los agentes tratando de poner
orden, el rodar de pesados tranvías en los gastados rieles, sin faltar el traqueteo de un
monótono ferrocarril con sus pitazos y campanazos peculiares, sus acompasados
escapes de vapor y muchos ruidos que conozco pero escapan a mi memoria.
Era tan real todo que, algunas veces, ante la proximidad de un tren, me
desembaracé de la tira con que me cubrí los ojos para cerciorarme de que no corría
peligro. Como mis amigos me advirtieron que en cada hilera de sillones se podía oir un
sonido diferente, me pasé a otro sillón, hileras más adelante.
Esta escena estaba siendo tomada de seguro desde una nave a gran altura y el
incendio se estaba produciendo en un bosque vigilado, porque con rapidez asombrosa
pasaba de lo indomable del fuego a los lugares donde individuos especializados, con la
calma característica del que está habituado a estos menesteres, cumplen sin violentarse y
sin precipitarse su cometido.
Se oyen las órdenes, dadas por radio indudablemente, con toda parsimonia, como
quien está dando consejos.
Ahora es una banda de aves; acto seguido se oye el ruido inconfundible que
producen grandes grupos de pequeños animales que huyen despavoridos tratando de
poner espacio de por medio en pos de un refugio seguro.
Por eso digo que estas escenas están tomadas a gran altura desde donde se
pueden dominar extensiones grandísimas.
Oí, por ejemplo, en otra de las filas algo que indudablemente era también un
incendio; pero ahora quizá ocurría en una zona comercial con adelantos modernos.
El ulular de las sirenas de los carros de bomberos, las frenadas de los mismos,
gritos entre ellos dando órdenes; el arrastrar de mangueras, el ruido metálico de las
conexiones en las tomas de agua, el choque de los potentes chorros contra los muros
incendiados, el ruido de estos al desplomarse, el clamor sordo de la multitud expectante
contenida en el área del incendio.
Más de una vez me quité la venda con que cubría mis ojos, para asegurarme que
solo eran sonidos los que estaba oyendo y estos estaban muy lejos de la realidad que
imaginaba.
Todo esto en una sola sala, en la que bastaba cambiar de fila y ocupar uno o dos
asientos más adelante o atrás para encontrar variación de espectáculo imaginativo.
Lo más sorprendente de todo es que, aunque una butaca esté vacía, no sale de
ella nada de lo que se oye cuando uno la está ocupando.
Uno de los ruidos que más gustó a aquella gente, es el que reproduce el de
nuestros mares, pues esas filas, generalmente están ocupadas, pero pude ganar una de
aquellas butacas en cuanto la dejaron, y podría decir que también a mí me gustó.
Por momentos lo amortigua el golpear de las olas en los costados del barco.
Luego voces de mando ampliadas por el uso de los megáfonos, carreras de
individuos puestos para cumplir las órdenes, rechinar de cables al tensarse entre el barco
y los remolcadores.
Luego viene el ruido producido por las máquinas al empezar a levantar presión en
las calderas, y finalmente el golpear de las palancas de control.
Luego viene un grupo de niños, con sus gritos jubilosos e inconfundibles, sus
carreras, sus guerras con agua o con arena, sus protestas, y luego sus llantos.
Ahora estamos sobre una playa, ayuna de ruidos humanos; las olas rompen en
los acantilados estrepitosamente; luego cambia a un lugar sin barreras, donde mueren
lentamente rodando sobre la arena.
Zumba el viento con fuerza entre las palmeras y enormes bandadas de gaviotas
buscan refugio tierra adentro, chillando clamorosamente.
El viento sigue zumbando, ahora con más fuerza; las olas aumentan de tamaño;
se oyen allá lejos romper en los acantilados.
Distinguimos con facilidad las dimensiones del pez por la fuerza con que impulsan
el batir de sus aletas en el agua.
Seguimos adelante.
Se sienten en el momento que salen impulsados del agua para caer adelante en
acción continua y acompasada.
Luego llega la pesca de algún pez de buen tamaño, la lucha de este por librarse
del anzuelo, golpeando con estrépito el agua, el chillar del sedal al ser recogido en el
carretel, los resoplidos del anónimo pescador por el esfuerzo desarrollado y finalmente un
grito de desaliento o desilusión al escaparse la presa.
Ahora algo que he visto debe ser verdaderamente impresionante: la pesca de una
ballena.
Un disparo a bordo de una lancha; silba en el aire un arpón, el rápido tirón del
cable poniendo en movimiento súbito a los carreteles que lo contienen y el blanco certero
en el cuerpo del animal; el arrancón de este al sentirse herido, arrastrando la lancha y a
sus intrépidos tripulantes.
Momentos de expectación.
Es tan real lo que oigo que siento temor por la vida de los pescadores y presiento
un desenlace fatal.
Esta forma de diversión sí me gustó, y creo que gasté en ella más del tiempo que
teníamos libre, porque iba a cambiar de fila buscando más sonidos diferentes a los que
pudiera identificar, pues me parecía estar en un concurso, cuando mis amigos me
hablaron porque ya habíamos sido llamados a la nave.
Íbamos saliendo cuando vi que entre dos hombres sacaban de una butaca a un
individuo y lo depositaban en una abertura incrustada en la pared.
Por lo tanto, es obligación que las personas que estén más cerca de la víctima
que la depositen en el aparato desintegrador más cercano.
No era otra cosa el lugar donde vi que metían aquel cuerpo al parecer sin vida.
Mis amigos me explicaron que no hay edificio que no tenga uno de estos aparatos
en cada piso y resulta tan importante que inclusive las camas en los edificios dormitorios
contaban con un avisador que daba la alarma cuando un individuo pasaba determinado
tiempo sin moverse.
Así que subimos a la azotea para abordar una de aquellas fantásticas naves
esféricas, que volando las ve uno como gigantescos globos; pero cuando va uno en ellas
y se da cuenta de la velocidad que alcanzan se aterroriza, pues da la impresión de que
solo es una bola de cristal que de un momento a otro se estrellará contra otra nave,
haciéndose añicos.
Pregunté a los amigos qué era aquello y por toda contestación uno de ellos tomó
un micrófono cercano y ordenó algo al tripulante de la nave.
Entonces me explicaron que solo era una máquina que iba tendiendo un piso
metálico.
En la máquina los rollos de metal laminado, que no eran otra cosa las enormes
ruedas, estaban espaciadas unas de otras, un metro aproximadamente, y la función de la
máquina era pulir el piso, abrir una cuna o canal y ya preparado el piso de esta manera,
iba depositando en su lugar aquellas cintas metálicas que son de aproximadamente doce
pulgadas de ancho y su función es convertirse en conductores de la fuerza que usan los
vehículos.
Aterrizamos en una azotea, enfrente del edificio donde estaba nuestra nave.
Buscando qué platicar se me ocurrió preguntarles algo acerca de sus gentes que
me había llamado la atención.
No había descubierto a una sola persona que adoleciera de algún defecto físico, y
vino a mi imaginación que, si en nuestro mundo se usara una ropa como la que se usa
allí, que va materialmente unida al cuerpo, cómo aparecerían nuestros congéneres, tan
feos y desproporcionados como somos con semejantes barrigas, piernas hinchadas,
hombros caídos y espaldas encorvadas, pues sería como para morirse de risa.
En la nave la cabina de controles estaba a media luz y solo había uno de los
individuos de los que formaban la dotación.
Cuando fui despertado, estaba de nuevo vestido con mi propia ropa, y la que usé
allá no la vi por ningún lado.
Pero debo confesar que, ante la bondad de estas gentes, quedaba desarmado y
ya no veía el objeto de violentarme.
Fuimos despedidos por los dos jefes hasta la puerta de la nave pequeña y
subimos a ésta bajo su vigilante mirada.
La sensación fue sumamente desagradable, pues sentí lo mismo que deben sentir
los famosos hombres-bala que en algunos circos se dejan lanzar desde un cañón.
Como esto parecía raro, ya que volando las naves por su propia fuerza no se
siente ninguna sensación desagradable, les pregunté a mis amigos a qué se debía el
cambio.
Me explicaron que estas naves crean su propia fuerza de gravedad,
convirtiéndose en pequeños mundos cuando se propulsan por sí solas.
Entre otras usan líneas magnéticas o campos magnéticos como nosotros los
conocemos, y estos se generan entre masas en movimiento, asegurándome que cada
nave tiene una máquina que aprovecha dicha fuerza.
La cosa es sencilla, ¿verdad? Les pregunté si no era factible que nos diesen una
manita con algunos de sus conocimientos.
Me contestaron que era algo que les gustaría sobremanera, pero que resultaba
sumamente peligroso.
Fijé mi vista y solo vi nubes, pero, accionando el control, las nubes se empezaron
a desvanecer y apareció un cerro.
Cuando tuve este objetivo a solo unos metros de la pantalla, me dijeron que no lo
perdiera de vista.
El cerro casi desapareció y en su lugar se veía ahora una noria gigantesca, cuyas
paredes parecían cortadas a plomo de una profundidad impresionante y en solo unos
minutos.
Eso que viste solo fue potente desintegrador: pero a esta arma le sigue otra.
Como ves - me dijeron, estas armas son en verdad destructoras, pues, sin usar la
primera que es simplemente mortal, con la segunda en solo unos minutos podríamos
hacer saltar en pedazos toda una ciudad, sin que una sola viga de acero de las que
forman la armazón de los grandes edificios quedara en su sitio.
Si tuviéramos interés en dominarlos, nos bastaría usar un gas del que cada nave
tiene una buena dotación.
Dicho gas es más pesado que la atmósfera de este mundo y, al aspirarlo ustedes,
quedarían sus mentes bajo nuestro control.
Advertí en sus facciones que me hicieron estremecer, dando gracias a Dios por
estar de nuevo en mi mundo.
Momentos después reconocí el sitio donde había estado parado con el auto de los
norteamericanos.
Cuando llegué al borde de tierra dirigí la vista al lugar, esperando ver cómo la
nave se elevaba; pero esta se mecía majestuosamente a unos 500 metros de altura,
como despidiéndose de mí.
Luego dio un tirón tan fuerte que desapareció de mi vista, pudiendo localizarla
cuando solo era un pequeño óvalo de seis o siete pulgadas.
Dicho coche traía placas del Estado de México y estaba ocupado al parecer por
una familia.
Venía al volante un señor gordo; a su lado una señora bien vestida y atrás dos
jovencitos.
Pensó el hombre que yo sería de por allí, y como traía dificultades con el motor
creyó que le podía indicar algún taller mecánico; pero yo desconocía el pueblo y sus
moradores.
Yo me quedé en la gasolinera.
Poco después llegó en la misma dirección un gran camión de carga a cuyo chofer
le pedí que me trajera.
Recordaba perfectamente todos los incidentes del viaje y estaba seguro de que
nadie me confundiría.
Hice cuentas de los días que llevaba fuera de mi casa y me dispuse a contarle a
mi compañero mi aventura.
Me oyó calmadamente, sin dejar de dirigirme miradas de desconfianza, quizá
pensando que estaba loco; pero que era un loco pasivo, sin peligro.
Por fin, cuando estuve seguro de que no corría ningún peligro en mi compañía y
que le había inspirado la confianza necesaria, me dijo: -- Mira, hermano, la hierba es mala
cuando uno la fuma pura.
¿Sería verdad que aquel hombre pensaba que yo estaba mariguano? Así que
todo el trayecto me lo pasé dormido, pues de repente vi con claridad la magnitud de mi
experiencia y perdí todo deseo de hacerla pública.
Pero recordaba la promesa que había hecho a mis amigos de hacer pública la
oportunidad que ellos me habían proporcionado, así que de allí en adelante tenía que
luchar para vencer aquel complejo que echó profundas raíces cuando se la conté al
compañero chofer que me trajo.
Fue por esta causa que durante año y medio no lo conté a nadie y solo me
arriesgué cuando se empezaron a leer con frecuencia en los periódicos relaciones de
personas que aseguraban haber tenido oportunidad de admirar estas fantásticas naves
espaciales.
Como decía al principio de este libro, he pasado tantos sinsabores desde que me
decidí a contarlo que he acabado por considerar increíble la aventura y justificar a las
personas que se burlan de mí, pues tienen derecho a no creer lo que ellos no hayan visto
o vivido.
Así, cuando me topo con una persona que me pregunta en son de guasa, acabo
por decirle, que solo fue un viaje que hizo mi mente en alas de la imaginación, y con eso
lo dejo satisfecho, pues casi siempre infla el pecho y dice: --Ya decía yo que esto era
imposible.
A mí nadie me engaña.
Posteriormente a este viaje me sucedieron cosas tan raras que quedan fuera de
mis conocimientos.
Las relato abrigando la esperanza de que algunos de mis lectores tenga idea de lo
que se trata.
Muchísimas personas me asediaban preguntándome de qué planeta procedían
aquellos hombres y esto me mortificaba a tal grado que acabó obsesionándome, pues
resultaba estúpido no habérseme ocurrido preguntarlo a los que me hubieran sacado de
la duda.
Uno de esos días en que más me mortificaba esta pena, empecé a sentir una
presión mental insoportable que por momentos se hacía más pesada al grado de que tuve
que dejar de trabajar, pues me resultaba peligroso.
De repente el lugar se iluminó inundándose de luz, pero la luz que yo había visto
en aquel planeta.
Pintaban en algo colocado en una de las paredes, lo que debía ser un diagrama
de nuestro sistema solar.
Cuando estuvo todo distribuido, simplemente trazó el que hacía de profesor, que
no era otro que el hombre más delgado de los dos primeros una cruz sobre el segundo
planeta a partir del sol.