ESCUELA INTERNACIONAL DE DOCTORADO
Programa de Doctorado en Ciencias de la Salud
“Psiconeuroinmunoendocrinología. Inteligencia
emocional y salud en estudiantes universitarios”
Autora:
Mª Soledad Delgado Gómez
Directoras:
Dra. Dña. Magdalena Gómez Díaz
Dra. Dña. Cristina Reche García
Dra. Dña. Rosario Gómez Sánchez
Murcia, mayo de 2017
ESCUELA INTERNACIONAL DE DOCTORADO
Programa de Doctorado en Ciencias de la Salud
“Psiconeuroinmunoendocrinología. Inteligencia
emocional y salud en estudiantes universitarios”
Autora:
Mª Soledad Delgado Gómez
Directoras:
Dra. Dña. Magdalena Gómez Díaz
Dra. Dña. Cristina Reche García
Dra. Dña. Rosario Gómez Sánchez
Murcia, mayo de 2017
AUTORIZACIÓN DEL DIRECTOR DE LA TESIS
PARA SU PRESENTACIÓN
Dra. Dña. Magdalena Gómez Díaz, la Dra. Dña. Cristina Reche García y la Dra. Dña.
Rosario Gómez Sánchez como Directores de la Tesis Doctoral titulada
“Psiconeuroinmunoendocrinología. Inteligencia emocional y salud en estudiantes
universitarios”, realizada por Dña. Mª Soledad Delgado Gómez del Departamento de ciencias
sociales y de la salud, autoriza su presentación a trámite dado que reúne las condiciones
necesarias para su defensa.
Lo que firman, para dar cumplimiento al Real Decreto 99/2011, 1393/2007, 56/2005 Y
778/98, en Murcia a 30 de mayo de 2017.
Dra. Dña. Magdalena Dra. Dña. Cristina Dra. Dña. Rosario
Gómez Díaz Reche García Gómez Sánchez
(1) Si la Tesis está dirigida por más de un Director tienen que constar y firmar ambos.
RESUMEN
Introducción: En los últimos años cada vez cobra más importancia la idea de
que la inadecuada gestión de los estresores vitales tiene gran influencia en la
aparición, mantenimiento y agravamiento de manifestaciones fisiológicas,
somatizaciones, de difícil explicación clínica, porque las emociones negativas
influyen sobre el sistema inmunológico debilitándolo; por otro lado, también se
sabe que el estado de bienestar se comporta como un amortiguador de los efectos
nocivos de los estresores, teniendo como consecuencia un efecto positivo sobre la
salud de los sujetos, por lo que se tiene claro que ante el proceso de enfermedad es
importante conocer hasta qué punto las variables psicológicas son determinantes.
La somatización conforma un modo de expresión física y fisiológica de malestares
de origen psicológico. Ante esta situación nace un nuevo paradigma de la salud,
una nueva disciplina, conocida como Psiconeuroinmunología (PNI) o
Psiconeuroinmunoendocrinología (PNIE), nacida para dar respuesta a la relación
de los mecanismos reguladores y de control del organismo. Su base
transdisciplinaria pretende investigar las interacciones entre el cerebro, entendido
como mente y conducta, y los mecanismos responsables de la conservación del
estado de homeostasis del organismo y sus consecuencias físicas. Enseñar
habilidades socioemocionales, contribuye a mejorar la salud y el aprendizaje,
desarrollando una mayor madurez emocional y habilidades sociales, hecho que la
UNESCO (2015) recoge como uno de los objetivos en los proyectos educativos. La
universidad se debe de concebir como un lugar promotor de salud de sus
miembros y una institución saludable. Para conseguirlo proponemos la integración
en los proyectos curriculares de programas psicoeducativos, en concreto los que
fomenten y mejoren la Inteligencia Emocional de los sujetos, es decir, sus
habilidades emocionales, para saber prestar atención a los sentimientos propios y
ajenos, percibirlos y comprenderlos, y poder gestionar los estados afectivos,
zanjando los negativos y dilatando los positivos.
Objetivos: Nos planteamos como objetivo general de este trabajo
caracterizar y relacionar la inteligencia emocional, el riesgo psicopatológico y la
sintomatología somática de los estudiantes universitarios, conociendo, además, sus
conductas de salud.
Material y Métodos: Se planificó un estudio de tipo descriptivo, correlacional
y transversal, con un muestreo no probabilístico incidental. Los participantes del
estudio fueron 303 estudiantes universitarios que cursaban primer curso de
titulaciones de Grado en la Escuela Politécnica Superior (Arquitectura, Ingeniería
Civil, Ingeniería de Edificación, Ingeniería Informática e Ingeniería en Sistemas de
Telecomunicación), y de Grado en Enfermería, en la Universidad Católica San
Antonio de Murcia (UCAM). De ellos 140 eran hombres y 163 mujeres. Para obtener
los datos aplicamos distintos instrumentos: un cuestionario de variables
sociodemográficas y de la salud, el Test de Inteligencia Emocional Percibida
(TMMS-24), el Listado de Síntomas Breve (LSB-50), y la escala de Othmer y
DeSouza, cuya finalidad es el screening del trastorno de somatización. Se realizaron
análisis descriptivos con medias, desviación típica, frecuencias y porcentajes para
determinar la prevalencia de los diferentes constructos evaluados, contrastes de
comparación de medias, con la t de Student para muestras independientes, para las
variables que presentaban una distribución normal, y con la U de Mann-Whitney,
pruebas no paramétricas, para las variables que no responden a una distribución
normal. Los resultados se analizaron con el paquete estadístico SPSS 21.0. A efectos
de interpretación y análisis de los datos el nivel de confianza asumido fue de p <
.05.
Resultados: Los resultados obtenidos de este trabajo muestran que nos
encontramos ante sujetos que en su mayoría tienen una adecuada IE. Los valores
más altos en las escalas clínicas aplicadas los hallamos en "obsesión-compulsión",
"ansiedad", y “psicorreactividad” y el más bajo en "alteraciones del sueño", y más
de la mitad de los participantes informaron de padecer trastorno de somatización
(un 54.1%); en cuanto a las conductas de salud el dato más relevante es el escaso o
nulo hábito en la práctica de ejercicio físico. Sólo hay diferencias estadísticamente
significativas en la dimensión atención emocional, correspondiendo las mayores
puntuaciones a las mujeres y a los estudiantes pertenecientes al grado de
enfermería. Los hombres y los alumnos que escogieron titulaciones técnicas son los
que presentan diferencias significativas en las escalas clínicas "alteraciones del
sueño" y "alteraciones del sueño alteradas” (relacionadas con los estados ansiosos
y/o depresivos). Los análisis estadísticos también nos muestran que son las mujeres
las que sufren mayores alteraciones fisiológicas y físicas, y la titulación de
enfermería, la que mayor somatización presenta frente a las titulaciones técnicas.
También encontramos una relación significativa y positiva entre atención
emocional y sintomatología somática y negativa entre la claridad y la reparación
emocional y el informe de síntomas clínicos.
Conclusiones: Ateniéndonos a los resultados obtenidos, pensamos que las
intervenciones que llevemos a cabo con los estudiantes de las titulaciones
seleccionadas, deben ir orientadas a conseguir fomentar la práctica habitual de
ejercicio físico, un manejo más adecuado de sus emociones, sobre todo en lo
relacionado a su percepción, y a trabajar los aspectos relacionados con los
pensamientos obsesivos, conductas compulsivas y ansiedad, proporcionando
técnicas adecuadas para su manejo y control. Además, en los sujetos varones y los
alumnos pertenecientes a las titulaciones técnicas pensamos que se debe facilitar
información acerca de los aspectos relacionados con los hábitos de sueño
saludables, y en las mujeres y los estudiantes de enfermería en lo relativo a las
manifestaciones somáticas y sintomatología depresiva, con el fin de conseguir
mejorar estos aspectos, para fomentar un mayor estado de bienestar y evitar
posibles repercusiones futuras mermando su salud y disminuyendo sus
capacidades de adaptación.
Palabras Clave: psiconeuroinmunoendocrinología, somatización,
inteligencia emocional, salud, estudiantes, conductas de salud.
ABSTRACT
Introduction: In recent years, it is more and more important the idea about
the inadequate management of vital stressors, which has a big influence on the
appearance, maintenance and aggravation of physiological manifestations,
somatizations, clinically difficult to explain because the negative emotions
influence on the immune system, weakening it. On the other hand, it is also known
that the welfare state behaves as a buffer against the harmful effects of stressors,
having as a consequence a positive effect on the health of the subjects, reason why
it is clear that before the process of disease, it is also necessary to know how
determinant are the psychological variables. Somatization forms a mode of
physical and physiological expression of maladies of psychological origin. Because
of this reality, a new paradigm of health emerges, and a new discipline, known as
Psiconeuroimmunology (PNI) or Psiconeuroinmunoendocrinology (PNIE), is born
to respond to the relationship of the regulatory and control mechanisms of the
organism. Its trans-disciplinary base aims to investigate the interactions between
the brain, -understood as mind and behavior- and the mechanisms responsible for
the conservation of the state of homeostasis of the organism and its physical
consequences. Teaching social-emotional skills contributes to improving health
and learning, developing better emotional maturity and social skills, a fact that
UNESCO (2015) considers as one of the objectives in educational projects. The
university should be conceived as a health-promoting place for its members and a
healthy institution. In order to achieve this, we propose to integrate into the
curricular projects of psycho-educational programs, specifically those that promote
and improve the Emotional Intelligence of the subjects, their emotional abilities to
know how to pay attention to their own feelings and others' feelings, to perceive
and understand them, managing the affective states, concluding the negative and
dilating the positive.
Objectives: Our aim in this project is to characterize and relate the emotional
intelligence, psychopathological risk and somatic symptomatology of university
students, as well as their health behaviors.
Material and Methods: A descriptive, correlational and cross - sectional
study was planned with an incidental non-probabilistic sampling. The participants
of this study were 303 undergraduate students attending the first degree course at
the Higher Polytechnic School (Architecture, Civil Engineering, Building
Engineering, Computer Engineering and Engineering in Telecommunication
Systems), and a Degree in Nursing at the Catholic University of Murcia (UCAM).
Of these, 140 were men and 163 women. In order to obtain the data we applied
different instruments: a questionnaire of sociodemographic and health variables,
the Perceived Emotional Intelligence Test (TMMS-24), the Brief Symptom List (LSB-
50), and the Othmer and DeSousa scale, which purpose is the screening of the
somatization disorder. Descriptive analyzes were carried out with average,
standard deviation, frequencies and percentages to determine the prevalence of the
different constructs evaluated, comparisons of averages comparisons, Student's t
test for independent samples, variables with normal distribution, and U of Mann-
Whitney, nonparametric tests for variables that do not respond to a normal
distribution. The results were analyzed with the statistical package SPSS 21.0. For
the purposes of interpretation and analysis of the data, the level of confidence
assumed was p <.05.
Results: The results obtained from this work we are faced with subjects that
mostly have an adequate IE. The highest values in the applied clinical scales were
found in "obsessive-compulsion", "anxiety" and "psychoreactivity" and the lowest
in "sleep disturbances", and more than half of the participants reported suffering
from Somatization (54.1%); Regarding health behaviors, the most relevant
information is the little or no habit in the practice of physical exercise. There are
only statistically significant differences in the dimension of emotional attention,
corresponding girls to women and students belonging to the nursing degree. Men
and students who choose technical qualifications are those with significant
differences in clinical scales "sleep disturbances" and "altered sleep disturbances".
It is the women who suffer the most physiological and physical alterations, and the
degree of nursing, which presents greater somatization compared to technical
qualifications. We also found a significant and positive relationship between
emotional and somatic and negative symptomatology between clarity and
Emotional repair and clinical symptoms report.
Conclusions: In keeping with the results obtained, we believe that the
interventions that we carry out with the students of the selected degrees should be
aimed at promoting the practice of physical exercise, a more adequate management
of their emotions, especially in relation to them to their perception, and to work the
aspects related to the obsessive thoughts, compulsive behaviors and anxiety,
providing adequate techniques for their handling and control. In addition, in male
subjects and students belonging to the technical qualifications we think that
information should be provided about aspects related to healthy sleep habits, and
in women and nursing students regarding somatic manifestations and
symptomatology Depressive, in order to improve these aspects, to promote a better
state of well-being and to avoid possible future repercussions, reducing their health
and reducing their adaptive capacities
Keywords: psychoneuroimmunoendocrinology, somatization, emotional
intelligence, health, students, health behaviors.
AGRADECIMIENTOS
A las directoras de esta tesis, porque no tengo palabras para describir lo que
ha significado para mí tenerlas como punto de referencia en el camino; porque los
momentos de agobio los convirtieron en risas y fuerza y los de dudas en empuje y
apoyo. Porque sin su ayuda no hubiese sido posible llegar a conseguir este sueño,
y porque si ya las sentía especiales en mi vida, este proyecto ha conseguido hacer
más sólidos los profundos sentimientos de admiración y cariño que ya me unían a
ellas.
Al equipo directivo de la facultad de enfermería, por el que siento gran cariño
y admiración, porque con su saber hacer me hacen sentir orgullosa de pertenecer a
ella, y en especial a su decana Dña. Paloma Echevarría Pérez, porque su
comprensión y respeto ha hecho posible que este proyecto soñado haya podido
llegar a su fin.
A los que ya no están entre nosotros, porque estoy segura de que me han
seguido acompañando desde donde se encuentren.
A Pepe, porque ha querido acompañarme y estar ayudando en todo lo que
estaba en su mano, cuidando de mí y de nuestros hijos, haciendo el camino más
fácil. Porque su respeto y comprensión han hecho que lo que me rodeaba se
convirtiese en fuerza para poder continuar.
A mis hermanos, Juan, Mar y Chipi, y no solo porque me ayudan a no perder
mi sentido de pertenencia, ni por haber sabido respetar mis tiempos y necesidades,
sino porque me hacen saber que están y que estoy. Que somos y seremos.
A Marta y Elena compañeras del alma de muchos años en el camino de la
vida, pero nunca demasiados.
A Juana Morillas, porque sus palabras y ánimos me daban fuerzas para llegar
al objetivo, haciéndome recordar, casi a diario, que fuera seguía la vida y que ella
estaba allí.
A mis compañeros, porque hacen que ir a trabajar se convierta en un
encuentro entre amigos. A todos los que he sentido cerca y han sido fuente de
ánimo y fuerza.
A Lola Jordán, por el impecable trabajo realizado, y a Manolo Pardo, por su
don de la oportunidad; a ambos les agradezco su colaboración desinteresada y lo
que los hace todavía más valiosos, por hacerme entender que estaba hecho desde
el cariño. A Laura Juguera, porque sin ella pretenderlo, tuvo las palabras oportunas
en el momento oportuno. A Elena Cuevas, porque es de esas personas que hacen
seguir creyendo en que hay gente en el camino que merece la pena.
Por último, a mis hijos, María, Pepe y Marta, porque son tres de las razones
más importantes por las que amanezco cada mañana con ganas de vivir, en su
sentido más pleno; por las horas robadas y las contestaciones desafortunadas,
siempre perdonadas y comprendidas. Por sus inconscientes miradas y gestos de
amor y cariño. Os quiero.
Dios, dame la serenidad para aceptar las cosas
que no puedo cambiar, valentía para cambiar
lo que sí puedo y sabiduría para ver la diferencia.
San Francisco de Asís
El tiempo no se detiene ni espera, por nada,
así es que no detengas tu vida por pequeñeces,
sigue adelante porque en este momento
eres lo más viejo que puedes ser y
lo más joven que nunca volverás a ser jamás.
Anónimo
ÍNDICE GENERAL
ÍNDICE
AUTORIZACIÓN DE LOS DIRECTORES
AGRADECIMIENTOS
ÍNDICE GENERAL
ÍNDICE DE FIGURAS…………………………………………………… 25
ÍNDICE DE TABLAS…………………………………………………….. 27
ÍNDICE DE GRÁFICOS…………………………………………………. 29
ÍNDICE DE ANEXOS……………………………………………………. 31
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN…………………………………… 33
1.1. RECORRIDO HISTÓRICO POR EL CONCEPTO DE SALUD HASTA
LA ACTUALIDAD: PSICONEUROINMUNOENDOCRINOLOGÍA... 35
1.1.1. Relación mente-cuerpo…………………………………………… 35
1.1.2. El concepto de salud……………………………………………… 40
1.1.3. De lo psicosomático a la psiconeuroinmunoendocrinología…. 45
[Link]. El nuevo paradigma de salud………………………………….. 54
1.2. EMOCIONES, ESTRÉS Y SALUD…………………………………. 60
1.2.1. Definición de emoción…………………………………………….. 60
[Link]. Categorización de las emociones………………………………. 74
[Link]. Emociones positivas y emociones negativas………………….. 79
[Link]. Funciones y Componentes de las emociones…………………. 80
[Link]. Fisiología de la emoción………………………………………… 83
[Link]. Principales teorías psicofisiológicas sobre las emociones……. 94
1.2.2. Estrés. Origen y definición………………………………………... 105
[Link]. Síndrome General de Adaptación……………………………... 108
[Link]. Avances y matices en el Síndrome General de Adaptación…. 118
[Link]. Estresores y estrés……………………………………………….. 118
[Link]. Estrés y salud…………………………………………………….. 133
[Link].1. Homeostasis…………………………………………………… 137
[Link].2. La teoría de la alostasis………………………………………... 139
[Link].3. Homeostais y alostasis………………………………………... 139
20
1.2.3. Psiconeuroinmunoendocrinología y salud..……………………. 148
1.2.4. La salud y su conexión psicofisiológica…………………………. 151
[Link]. Sistema cardiovascular y emociones………………………….. 153
[Link].1. Patologías coronarias…………………………………………. 156
[Link].2. Hipertensión………………………………………………..….. 157
[Link].3. Hipotensión…………………………………………………..... 160
[Link].4. Cefaleas……………………………………………………….... 161
[Link].5. Fenómeno de Raynaud………………………………………… 162
[Link]. Sistema respiratorio y emociones……….……………………... 163
[Link].1. Asma…………………………………………………………..... 164
[Link]. Trastornos digestivos o gastrointestinales y emociones…….. 165
[Link].1. Emesis, disfagia y aerofagia………………………………….. 168
[Link].2. Úlcera duodenal y gástrica…………………………………… 169
[Link].3. Cáncer gástrico………………………………………………… 170
[Link].4. Colitis ulcerosa………………………………………………… 170
[Link].5. Colon irritable…………………………………………………. 171
[Link]. Sistema músculo-esquelético y emociones……………………. 171
[Link].1. Tensión muscular……………………………………………… 171
[Link].2. Algias musculares y/o articulares y cansancio físico………. 173
[Link].3. Patologías músculo-esqueléticas………...…………………... 173
[Link]. Trastornos dermatológicos y emociones……………………… 173
[Link].1. Sensaciones táctiles……………………………………………. 174
[Link].2. Prurito, neurodermatitis y urticaria…….…………………… 175
[Link].3. Hiperhidrosis……………………………………………….…. 176
[Link].4. Dermatosis cutáneas inflamatorias………………………….. 177
[Link]. Trastornos sexuales y emociones……………………………… 177
[Link].1. Sexualidad masculina y emociones…………………………. 177
[Link].2. Sexualidad femenina y emociones…………………………… 179
[Link]. Trastornos endocrinos y emociones…………………………… 180
[Link].1. Diabetes tipo II………………………………………………… 182
[Link].2. Síndrome metabólico. Obesidad……………………………... 182
[Link].3. Trastornos relacionados con la glándula tiroides…………... 184
[Link].4. Síndrome de Cushing…………………………………………. 184
[Link]. Trastornos inmunológicos y emociones………………………. 185
21
1.3. INTELIGENCIA EMOCIONAL…………………………………… 186
1.3.1. La inteligencia………………………………………………….….. 186
[Link]. Inteligencia Emocional...………………………………………... 188
1.3.2. Modelos explicativos de la inteligencia emocional……………... 191
[Link]. Modelo de Salovey y Mayer……………………………………. 191
[Link]. Modelo mixto de competencias de Goleman…...…………….. 193
[Link]. Modelo mixto o multifactorial de Bar-On……………………... 195
1.3.3. La evaluación de la inteligencia emocional……………………... 197
1.3.4. Aplicación práctica de la inteligencia emocional……………….. 199
1.3.5. Inteligencia emocional y la variable sexo………………………... 200
1.3.6. Inteligencia emocional en estudiantes universitarios………….. 202
[Link]. Inteligencia emocional en enfermería…………………………. 204
[Link]. Inteligencia emocional en otras titulaciones…………………... 208
1.3.7. Inteligencia emocional y su relación con la salud………………. 211
[Link]. Inteligencia emocional y las conductas de salud……………… 219
[Link].1. Inteligencia emocional y la práctica de ejercicio físico……... 221
[Link].2. Inteligencia emocional y consumo de sustancias adictivas... 224
[Link].3. Inteligencia emocional y la dieta saludable………………… 225
[Link].4. Inteligencia emocional y los hábitos de sueño………………. 226
[Link]. Inteligencia emocional y los procesos psicopatológicos…...… 227
CAPÍTULO II: JUSTIFICACIÓN……………………………………... 229
CAPÍTULO III: OBJETIVOS…………………………………………... 237
3.1. OBJETIVO GENERAL………………………………………………. 239
3.2. OBJETIVOS ESPECÍFICOS…………………………………………. 239
CAPÍTULO IV: MATERIAL Y MÉTODO……………………………. 241
4.1. DISEÑO DEL ESTUDIO……………………………………………. 243
4.2. DESCRIPCIÓN DE LOS PARTICIPANTES………………………. 243
4.2.1. Criterios de inclusión y de exclusión…………………...………... 247
4.3. INSTRUMENTOS…………………………………………………… 248
4.3.1. Cuestionario sociodemográfico y de conductas de salud……… 248
4.3.2. Test de Inteligencia Emocional Percibida (TMMS-24)…………. 248
4.3.3. Listado de Síntomas Breves (LSB-50)……………………………. 251
4.3.4. Escala de Othmer DeSouza……………………………………….. 253
4.4. PERIODO DEL ESTUDIO…………………………………………... 254
22
4.5. ANÁLISIS DE LOS DATOS………………………………………… 255
CAPÍTULO V: RESULTADOS………………………………………... 257
5.1. DESCRIPCIÓN DE LAS VARIABLES DE ESTUDIO:
INTELIGENCIA EMOCIONAL, ESCALAS CLÍNICAS
PSICOPATOLÓGICAS, SOMATIZACIÓN Y CONDUCTAS DE
SALUD DE LOS ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS. ANÁLISIS
DESCRIPTIVO…………………………………………………………… 259
5.1.1. Caracterización de la variable Inteligencia Emocional………… 259
5.1.2. Caracterización de las Escalas Clínicas Psicopatológicas……… 260
5.1.3. Caracterización de la variable Somatización……………………. 261
5.1.4. Caracterización de las Conductas de Salud……………………... 262
5.2. DIFERENCIAS EN LAS DIMENSIONES QUE CONFORMAN
LA INTELIGENCIA EMOCIONAL, LAS ESCALAS CLÍNICAS
PSICOPATOLÓGICAS Y LA SOMATIZACIÓN EN FUNCIÓN DEL
SEXO Y LA TITULACIÓN ESCOGIDA……...………………………... 265
5.2.1. Diferencias en Inteligencia Emocional respecto al sexo y la
titulación………………………………………………………………….. 265
5.2.2. Diferencias en Escalas Clínicas Psicopatológicas en relación al
sexo y a la titulación……………………………………………………… 270
5.2.3. Diferencias de la variable Somatización de los participantes del
estudio en cuanto a sexo y titulación…………………………………… 272
5.3. RELACIÓN ENTRE LA INTELIGENCIA EMOCIONAL DE
LOS ESTUDIANTES Y LAS ESCALAS CLÍNICAS
PSICOPATOLÓGICAS Y LA SOMATIZACIÓN……………………... 274
5.3.1. Relación entre Inteligencia Emocional y Escalas Clínicas
Psicopatológicas…………………………………………………………. 274
5.3.2. Relación entre Inteligencia Emocional y Somatización………… 276
CAPÍTULO VI: DISCUSIÓN………………………………………….. 277
6.1. CARACTERIZAR LA INTELIGENCIA EMOCIONAL, RIESGO
PSICOPATOLÓGICO Y SUS ESCALAS CLÍNICAS, LA
SINTOMATOLOGÍA SOMÁTICA Y LAS CONDUCTAS DE
SALUD DE LOS ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS………………... 279
6.1.1. Caracterización de la inteligencia emocional…………………… 279
23
6.1.2. Caracterización del riesgo psicopatológico de los participantes
de estudio…………………………………………………………………. 281
6.1.3. Caracterización de la somatización de los participantes de 284
estudio……………………………………………………………………..
6.1.4. Caracterización de las conductas de salud de los participantes
de estudio………………………………………………………………… 286
6.2. CONOCER SI EXISTEN DIFERENCIAS EN LAS
DIMENSIONES QUE CONFORMAN LA INTELIGENCIA
EMOCIONAL, EL RIESGO PSICOPATOLÓGICO Y SUS ESCALAS
CLÍNICAS Y LA SOMATIZACIÓN EN FUNCIÓN DE LA
TITULACIÓN ESCOGIDA: ENFERMERÍA Y POLITÉCNICA, Y EL
SEXO………………………………............................................................ 290
6.2.1. Diferencias en las distintas dimensiones de la inteligencia
emocional en función del sexo y de la titulación………………………. 290
6.2.2. Diferencias en el riesgo psicopatológico en función del sexo y
de la titulación……………………………………………………………. 293
6.2.3. Diferencias en las manifestaciones somáticas en función del
sexo y de la titulación……………………………………………………. 296
6.3. CONOCER LA RELACIÓN ENTRE LA INTELIGENCIA
EMOCIONAL DE LOS ESTUDIANTES CON EL RIESGO
PSICOPATOLÓGICO Y LA PRESENCIA DE MANIFESTACIONES
SOMÁTICAS……………………………………………………………... 299
[Link]ón entre inteligencia emocional y riesgo psicopatológico 299
6.3.2. Relación entre inteligencia emocional y las manifestaciones
somáticas…………………………………………………………………. 301
CAPÍTULO VII: CONCLUSIONES…………………………………... 305
7.1. CONCLUSIONES...………………………………………………..... 307
CAPÍTULO VIII: LIMITACIONES Y FUTURAS LÍNEAS
DEINVESTIGACIÓN………………………………………………….. 313
8.1. LIMITACIONES DEL ESTUDIO…………………………………... 315
8.2. FUTURAS LÍNEAS DE INVESTIGACIÓN……………………….. 316
CAPÍTULO IX: REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS……………….. 319
CAPÍTULO X: ANEXOS........................................................................... 415
25
ÍNDICE DE FIGURAS, DE TABLAS, DE GRÁFICOS Y DE ANEXOS
ÍNDICE DE DE FIGURAS
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN
Figura 1.1. Naturaleza de los estímulos y su relación con las emociones…… 62
Figura 1.2. Modelo circular del sistema afectivo…………………………..….. 75
Figura 1.3. La intensidad del refuerzo…………………………………………. 77
Figura 1.4. Representación del proceso emocional………………………….... 81
Figura 1.5. Circuito emocional de Pápez………………………………………. 90
Figura 1.6. Activación fisiológica y neuroendocrina durante la respuesta de
estrés…………………………………………………………………………........ 109
Figura 1.7. Efectos del estrés crónico sobre los sistemas nervioso, endocrino
e inmune……………………………………………………………...................... 136
Figura 1.8. Proceso de alostasis y de carga alostática………………………..... 141
Figura 1.9. Relación entre estrés y enfermedad……………………………..… 143
Figura 1.10. Variables intervinientes entre el estrés y la enfermedad……...... 152
CAPÍTULO X: ANEXOS
ANEXO 1. Sistema inmune, sistema nervioso y sistema endocrino
Figura Anexo 1.1. Principales células del sistema inmune…………………... 417
Figura Anexo 1.2. Estructuras del Sistema Nervioso………………………..... 426
Figura Anexo 1.3. Neuronas en el cerebro joven vs. envejecido…….……….. 427
Figura Anexo 1.4. Sipnasis…………………………………………………….... 428
Figura Anexo 1.5. Potencial de acción…………………………………………. 430
Figura Anexo 1.6. Propagación del impulso nervioso………………………... 431
Figura Anexo 1.7. Características del potencial de acción en una neurona
mielinizada……………………………………………………………………….. 431
Figura Anexo 1.8. Propagación del impulso nervioso y potenciales de
acción…………………………………………………………………………....... 433
Figura Anexo 1.9. Nervio………………………………………………………... 434
Figura Anexo 1.10. Materia blanca y gris del encéfalo………………………... 435
Figura Anexo 1.11. Células gliales……………………………………………… 436
26
Figura Anexo 1.12. Degeneración de la mielina………………….…………… 437
Figura Anexo 1.13. Corte sagital del encéfalo…………………….…………... 454
Figura Anexo 1.14. Tronco cerebral………………………………..…………… 455
Figura Anexo 1.15. El cerebelo…………………………………….……………. 458
Figura Anexo 1.16. Corte transversal del encéfalo………………..…………... 459
Figura Anexo 1.17. El hipotálamo………………………………….…………... 461
Figura Anexo 1.18. Hormonas del hipotálamo……………………..…………. 464
Figura Anexo 1.19. El sistema límbico……………………………….………… 465
Figura Anexo 1.20. Estructuras del hipotálamo…………………….………… 466
Figura Anexo 1.21. El cerebro………………………………………….……….. 467
Figura Anexo 1.22. Los hemisferios cerebrales………………………..………. 468
Figura Anexo 1.23. Los lóbulos cerebrales…………………………….………. 469
Figura Anexo 1.24. Funciones de los lóbulos cerebrales……………..……….. 469
Figura Anexo 1.25. Localización de áreas cerebrales…………………..……... 475
Figura Anexo 1.26. Médula espinal……………………………………….……. 476
Figura Anexo 1.27. Nervios espinales…………………………………….……. 481
Figura Anexo 1.28. Áreas relacionadas con los nervios espinales……..…….. 484
Figura Anexo 1.29. Sistema endocrino……………………………………..…... 488
Figura Anexo 1.30. Glándula pituitaria…………………………………….….. 491
27
ÍNDICE DE TABLAS
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN
Tabla 1.1. Términos emocionales determinados por Sagan………………..... 73
Tabla 1.2. Eje de emociones……………………………………………………... 75
Tabla 1.3. Universo de las emociones…………………………………………... 78
Tabla 1.4. Funciones de las emociones positivas vs. negativas……………..... 82
Tabla 1.5. Mediadores de la alostasis asociados con la carga alostática por
hipo e hiperestimulación………………………………………………………... 147
Tabla 1.6. Principales trastornos psicofisiológicos……………………………. 153
Tabla 1.7. Modelos de Inteligencia Emocional………………………………… 196
Tabla 1.8. Ventajas e inconvenientes de las medidas de evaluación de la
inteligencia emocional…………………………………………………………... 199
Tabla 1.9. Investigaciones empíricas sobre la inteligencia emocional en el
ámbito de enfermería…………………………………………………….…….... 205
CAPÍTULO IV: MATERIAL Y MÉTODO
Tabla 4.1. Categorización de las conductas de salud………………………..... 248
Tabla 4.2. Categorización de las puntuaciones de las dimensiones de
Inteligencia Emocional según el TMMS-24……………………………………. 250
CAPÍTULO V: RESULTADOS
Tabla 5.1. Puntuaciones medias de las distintas escalas clínicas…………….. 261
Tabla 5.2. Estadística descriptiva e inferencial de Inteligencia Emocional en
función del sexo…………………………………………………………….......... 269
Tabla 5.3. Estadística descriptiva e inferencial de Inteligencia Emocional en
función de la titulación………………………………............………………….. 270
Tabla 5.4. Estadística descriptiva e inferencial de las Escalas Clínicas en
función del sexo según la U de Mann-Whitney....…………………………........ 271
Tabla 5.5. Estadística descriptiva e inferencial de las Escalas Clínicas en
función de la titulación según la U de Mann-Whitney…………………………. 272
Tabla 5.6. Estadística descriptiva e inferencial de Somatización en función
del sexo y la titulación según la U de Mann-Whitney………………………...... 274
Tabla 5.7. Correlaciones entre las escalas clínicas, las dimensiones de la
inteligencia emocional y la escala de somatización………………………… 275
28
Tabla 5.8. Correlación de Pearson entre Inteligencia Emocional y
Somatización……………………………………………………………………... 276
CAPÍTULO X: ANEXOS
Tabla Anexo 1.1. Características de los neurotransmisores………………..… 438
Tabla Anexo 1.2. Características de los lóbulos cerebrales…………………… 470
Tabla Anexo 1.3. Nervios espinales………………………………………….… 482
29
ÍNDICE DE GRÁFICOS
CAPÍTULO IV: MATERIAL Y MÉTODO
Gráfico 4.1. Porcentaje de participantes del estudio según el sexo…………..... 243
Gráfico 4.2. Distribución de los participantes según su situación actual de
convivencia………………………………………………………………………..... 244
Gráfico 4.3. Porcentaje de participantes según su estado civil…………………. 244
Gráfico 4.4. Porcentaje de participantes según la titulación……………………. 245
Gráfico 4.5. Distribución de los participantes según la edad…………………… 245
Gráfico 4.6. Porcentaje de participantes que perciben sus relaciones
familiares como satisfactorias o insatisfactorias………………………………… 246
Gráfico 4.7. Recuento de participantes según su nivel de satisfacción con la
pareja………………………………………………………………………………... 246
Gráfico 4.8. Porcentaje de participantes en relación a su satisfacción o no con
sus relaciones sociales……………………………………………………………... 247
CAPÍTULO V: RESULTADOS
Gráfico 5.1. Porcentaje obtenido por la totalidad de los participantes en las
dimensiones de Inteligencia Emocional………………………………………..... 260
Gráfico 5.2. Porcentaje de participantes que presentan o no somatización…… 262
Gráfico 5.3. Porcentaje de autopercepción de salud de los participantes del
estudio……………………………………………………………………………..... 263
Gráfico 5.4. Porcentaje de participantes fumadores y no fumadores………...... 263
Gráfico 5.5. Porcentaje de participantes según las horas de ejercicio físico que
dedican a la semana………………………………………………………………... 264
Gráfico 5.6. Frecuencia de los que siguen una dieta saludable frente a los que
no la siguen.......…………………………………………………………………….. 264
Gráfico 5.7. Porcentaje de participantes en función de las horas que duermen
al día………………………………………………………………………………… 265
Gráfico 5.8. Atención Emocional en hombres y mujeres………………………... 266
Gráfico 5.9. Claridad Emocional en hombres y mujeres………………………... 266
Gráfico 5.10. Reparación Emocional en hombres y mujeres…………………..... 266
Gráfico 5.11. Atención Emocional según la titulación………………………...… 268
Gráfico 5.12. Claridad Emocional según la titulación………………………..… 268
Gráfico 5.13. Reparación Emocional según la titulación……………………...… 268
30
Gráfico 5.14. Porcentaje de hombres y mujeres con somatización……………... 273
Gráfico 5.15. Porcentaje de participantes que somatizan según la titulación…. 273
31
ÍNDICE DE ANEXOS
ANEXO 1. Sistema inmune, sistema nervioso y sistema endocrino……….. 417
ANEXO 2. Hormonas que participan en el Síndrome General de
Adaptación………………………………………………………………………... 507
ANEXO 3. Consentimiento informado……………………………………….. 509
ANEXO 4. Instrumentos de evaluación………..….…………………………. 511
I - INTRODUCCIÓN
I –INTRODUCCIÓN
1.1. RECORRIDO HISTÓRICO POR EL CONCEPTO DE SALUD HASTA LA ACTUALIDAD:
PSICONEUROENDOCRINOINMUNOLOGÍA
1.1.1. Relación mente-cuerpo
La salud no es sólo una cuestión tecnológica que permite poder reparar los
sistemas biológicos del organismo cuando estos no responden adecuadamente,
sino que la persona también puede contribuir en ella realizando conductas que
fomenten prevenir la enfermedad y promover el bienestar. Según Ramos y Pérez
(2009), estaríamos hablando de las posibilidades del organismo para regular sus
pautas de comportamiento y fisiología y generar una respuesta sincronizada frente
a los cambios.
Las recomendaciones sobre los estilos de vida saludables han venido
determinadas, en gran medida, por el modo en que cada cultura ha entendido la
relación mente-cuerpo, oscilando entre asumir que el ser humano es un todo
indisociable donde el énfasis para mantener la salud recae en la misma persona, o
dualista, donde la salud se contempla como algo que viene dado y, por tanto, los
comportamientos saludables no serían tan importantes como la conducta y el
tratamiento de la enfermedad. El primer caso, trasladado a la actualidad, haría
referencia al modelo biopsicosocial de la salud (Engel, 1977), mientras que el
segundo haría referencia al modelo biomédico.
Esta relación mente-cuerpo a la que hacemos referencia ha ido cambiando a
lo largo de la historia. En la antigua Grecia (siglo V a. C.), siendo Hipócrates, padre
de la biomedicina, su máximo exponente, se consideraba que la mente y el cuerpo
eran dos partes de la persona que se influían mutuamente, resultando ser la salud
un estado de armonía del individuo, consigo mismo y con el exterior y, por tanto,
la ruptura por causas naturales de ese equilibrio daría como resultado la enferme-
36 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
dad; de este modo, su tratamiento podría ser llevado a cabo solo contemplando la
importancia de las actitudes, influencias ambientales y/o remedios naturales
(Gilbert, 2003). Se creía en una conexión de mente-cuerpo-espíritu sobre la salud
física del individuo.
Galeno, también médico griego (130 d. C.) se sumó a la defensa de estas ideas
y siguió la trayectoria de Hipócrates en el ejercicio de la profesión considerando
que los estados emocionales afectan a la salud del individuo (Moscoso, 2009).
Durante la Edad Media la visión de la salud cambió hacia una concepción
dualista: alma eterna frente a cuerpo finito, y dentro del individuo confluyen las
dos. Coincidiendo con el auge que en esa época tuvo la iglesia católica, esta visión
espiritualista se hizo cada vez más fuerte. Shelton, Anastopoulos y Elliot (1991,
citado por Vázquez, 2015) describen como la influencia de esta visión fue tal para
la práctica médica, que el Papa Inocencio II promulgó un precepto según el cual los
sacerdotes no podían practicar la medicina, con el fin de que se pudiesen dedicar
más activamente a las prácticas del ministerio, ya que la enfermedad era
considerada como el resultado de la violación de la ley divina y la sanación como
resultado de la fe y arrepentimiento del pecado.
Es ya durante el Renacimiento cuando, a partir sobre todo del planteamiento
filosófico de René Descartes (1596-1656), se consolida el modelo biomédico, y con
ello el cambio en la historia de la medicina. Para Descartes lo físico y lo espiritual
son dos realidades separadas. A la primera pertenecería el cuerpo y a la segunda la
mente. Visto así, la enfermedad sería el resultado de un fallo en el funcionamiento
del cuerpo, que es considerado como una máquina que se estropea, siendo
entonces, la salud y la enfermedad cuestiones puramente biomédicas, donde los
elementos psicológicos y espirituales pasan a otro plano. Espíritu y mente son algo
inmaterial, no sujeto a las leyes del mundo físico que rigen el cuerpo. Este modelo
biomédico, si bien con menos fuerza, continúa vigente en la actualidad, y aunque
en ocasiones ha sido un lastre para el avance del conocimiento y entendimiento de
la enfermedad, también ha sido muy útil para el desarrollo científico de otros
planteamientos, como por ejemplo el control de las enfermedades infecciosas
(Saraceno, 2008).
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 37
En un camino paralelo nos encontramos con un concepto naturalista de la
salud mucho más arraigado, desarrollado en China, fruto de un balance de fuerzas,
cuya ruptura traía como resultado la enfermedad. Estos desequilibrios podrían
estar determinados por hechos como un acontecimiento emocional, un mal ajuste
en la dieta, una destemplanza corporal, etc. Así pues, mente y cuerpo estarían
indisolublemente unidos, siendo las conductas y emociones factores decisivos en
la salud del individuo. Según Pachuta (1989) este modo de contemplar al individuo
continúa vigente en la actualidad (Zayas García, 2016).
Retomando lo anterior, según Engel (1977, citado por Porras y Castañeda,
2013) podemos decir que el modelo biomédico al que hacíamos referencia descansa
sobre dos supuestos básicos, siendo el primero de ellos la teoría del dualismo
mente-cuerpo, donde, como veíamos, el cuerpo sería una entidad física y la mente
espiritual, sin conexión entre ellas; por tanto, la mente bajo ningún precepto podría
ser causa de alteración de la materia física. El segundo principio es el del
reduccionismo biológico, donde toda enfermedad es causada por reacciones físicas
o químicas. La enfermedad puede tener consecuencias psicológicas, pero no causas
psicológicas. En resumen, el diagnóstico de una enfermedad se haría en función de
la presencia o no de anormalidades bioquímicas, ignorando las situaciones vitales
que el individuo esté viviendo/sufriendo en estos momentos. De este modo, la
enfermedad se “terminará” cuando desaparezcan las alteraciones fisiológicas.
Salud y enfermedad son dos estados cualitativamente diferentes y no cabría hablar
de un continuo entre ambos.
Barquero (2005) plantea como esta biomedicina, también conocida como
medicina alopática (cuyo uso viene de la medicina homeopática, aunque
actualmente también referencia a la "medicina occidental", medicina moderna o
medicina basada en la evidencia), si bien ha sido necesaria para el avance en el
diagnóstico de enfermedades y la tecnología necesaria para su estudio, carece de la
amplitud necesaria para entender el concepto de salud, al no considerar la
influencia de la mente y emociones.
Para Engel (1977, citado por de Faz, 2000) y Corona Martínez y Hernández
(2006) las deficiencias del anterior modelo se podrían subsanar contemplando otro
38 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
punto de vista bajo el que se pueden integrar los factores psicológicos, biológicos y
sociales, naciendo bajo esta concepción el modelo biopsicosocial por él
desarrollado. Este se apartaría del reduccionismo biomédico y fomentaría el
empoderamiento del individuo en el fomento y promoción de su salud, incluyendo
estilos de vida, afrontamiento de los problemas, etc., considerando un continuo
entre dos extremos, salud y enfermedad, y donde existe una interacción entre
mente y cuerpo. La enfermedad puede tener consecuencias psicológicas, pero los
factores psicológicos también pueden contribuir al desarrollo o mantenimiento de
la enfermedad. El aforismo expresado a finales del siglo XIX por Claude Bernard
sería un buen resumen de lo que queremos explicar: “No existen enfermedades
sino enfermos”.
En definitiva, todo lo anterior puede organizarse en lo se ha venido a
entender como "Modelos Conceptuales de la relación mente-cuerpo", donde, si
bien, ninguno de ellos es aceptado de modo incuestionable ni contundente, según
González de Rivera (2015), sí es necesario conocerlos para evitar la confusión entre
las siguientes ideas y términos:
Materialismo. El hombre es su cuerpo, físico y tangible, con distintos niveles
de organización de la materia, desde átomos y moléculas, hasta los
complejos entramados cerebrales (Lukomski, 2007), y los procesos mentales
serían producto de la actividad física de su cerebro.
Idealismo. La materia y los fenómenos físicos no existen. Sólo son
interpretaciones ilusorias de la mente y como señala Berkeley para que un
objeto tenga existencia material necesita de un ser pensante que lo piense,
lo que quiere decir, por tanto, que sólo existirían los fenómenos mentales
(Hoyos, 2008).
Esta postura, por descabellada que pueda parecer es digna de tener en
cuenta, ya que representa las escuelas esotéricas y mesméricas más
radicales, base de todas las creencias de curación por la fe, energías, etc.
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 39
Interaccionismo. Espíritu y materia, cuerpo y mente, como señalaba
Descartes, son dos sustancias separadas entre sí y conectadas por la
glándula pineal. Aunque actualmente esta idea tiene grandes detractores y
críticas, no podemos dejar de reconocer la gran capacidad intuitiva de
Descartes por sus creencias acerca de la función de la hipófisis, y por la
influencia que esta aportación tiene sobre la psicosomática actualmente
(García-Gil, 2005).
Paralelismo. Puede ser considerado desde dos perspectivas, una próxima
al concepto anterior en la que alma y cerebro tienen un influjo recíproco, o
bien una segunda postura que niega a la anterior y que afirma que lo
psíquico y lo físico, alma y cuerpo, son dos caras diferentes y simultáneas,
paralelas, de una misma realidad y que se rigen por leyes propias e
independientes, sin interacción recíproca (Popper, 1978).
Unitarismo bimodal. Feigl, en 1958, y Rüssel, en 1976 (citados por Russell,
2016) defienden los conceptos "mente y cuerpo"(espíritu y materia), como
abstracciones de distintas dimensiones de los sujetos, pero ambas erróneas,
ya que solo existe una sustancia que manifiesta una realidad, que
llamaremos psique o soma, dependiendo de si utilizamos un lenguaje
filosófico o psicológico, pero que en verdad solo serían aspectos diferentes
de un mismo fenómeno.
Transformismo. La mente es energía dentro de un individuo, de modo que,
al igual que Einstein habló de la interconversión de la materia y de la
energía, existe un proceso de interconversión de mente y cuerpo. Una sola
sustancia que podría presentarse bajo dos aspectos distintos, uno material
y otro mental, cada uno con sus leyes propias. Su máximo exponente fue
Lamarck (1809, citado por Galera, 2009).
Para Solomon (2001) serían dos sistemas que están comunicados e integrados
entre sí, hasta el punto que se pueden llegar a entender como uno solo a la hora de
interactuar con el ambiente y cumplir su papel de adaptación y defensa, de tal
modo que hoy en día los dualismos mente-cuerpo están cayendo en desuso,
40 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
cediendo protagonismo a un pensamiento de unidad e integración, abandonando
así la idea de un modelo lineal para comprender el proceso de salud-enfermedad,
y entendiendo que es un continuo afectado por las fluctuaciones internas y
perturbaciones externas (Ramos y Pérez, 2009).
1.1.2. El concepto de salud
Actualmente se sabe que la salud no puede entenderse como algo individual
y disgregado, sino influenciada por las interrelaciones del sujeto con la sociedad
donde se desenvuelve, el medio ambiente, y el contexto cultural, psicológico y
biológico, donde se generan unos principios, valores y ética que dan significado a
su vida, lo motivan y proyectan, a la vez que él contribuye y forma parte de la
sociedad donde vive, por lo que se desarrolla un paradigma holointegrativo que
contribuye a dar sentido a los adelantos de la ciencia, y en la que el individuo se
entiende como sujeto activo de su proceso de salud-enfermedad, siempre en
interacción con el medio, interno y externo, en el que se maneja (Rodríguez, 2006).
La Organización Mundial de la Salud (OMS, 1952, citado por Navarro, 1998)
definió la salud no sólo como la ausencia de enfermedad, sino también como el
estado de completo bienestar, en el que se incluyen aspectos somáticos,
psicológicos y sociales del individuo y de su colectividad, entendiendo como
vemos, que en las intervenciones en pro de la salud, no se deben contemplar solo
los servicios sanitarios normalmente centrados en lo somático y lo psicológico, sino
también las intervenciones sociales, como la vivienda, hábitat, nivel de vida, etc.
Se entiende, que las personas son responsables de desarrollar lo que se ha
conocido como "conductas de salud", donde las adecuadas pautas de prevención
de la enfermedad y promoción de salud permiten al sujeto reducir el riesgo de
enfermar (Vázquez, 2015).
En el año 1978 Fielding propuso una clasificación comúnmente utilizada en
el campo de las ciencias de la salud donde distingue entre prevención primaria,
secundaria y terciaria, donde la primera haría referencia a las medidas adoptadas
por los sujetos sanos para evitar la aparición de procesos patológicos, y en la que
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 41
situaríamos la prevención y modificación de hábitos poco saludables; la secundaria
se refiere a la situación en la que, ya enfermado el sujeto, el objetivo sería detener
el proceso; y la terciaria, sería la que tiene lugar cuando la enfermedad ya se ha
manifestado con sintomatología clínica, y se trata con distintos procesos de
tratamiento y rehabilitación (Vignolo, Vacarezza, Álvarez y Sosa, 2011).
En los últimos tiempos se ha añadido un cuarto nivel de prevención, la
prevención cuaternaria, que comprende el conjunto de actividades que intentan
evitar, reducir y paliar los daños provocados por la intervención sanitaria, por
ejemplo, pautando correctamente la retirada de tratamientos, que de no ser así
pudieran tener efectos adversos en el sujeto, insistiendo en el uso de protectores de
órganos en el empleo de las técnicas de radiodiagnóstico, de tratamientos contra el
cáncer, etc. (Camacho, Moral y Gracia, 2012).
Además, existen distintas circunstancias que pueden influir en esa conducta
de salud como son la influencia del contexto social (Gil y Ballester, 2002), los
estados emocionales (González y Amigo, 2000; Becoña, 2006; entre otros) y la
percepción del síntoma y creencias sobre la propia salud, que bajo esta perspectiva
incluirían, por un lado, las relacionadas con la vulnerabilidad percibida del sujeto,
y por otro, con lo que se ha dado en llamar "compensación del riesgo". La primera
tiene que ver con la percepción que tienen las personas sobre su futuro de salud,
pudiendo afirmar que, en general, esta visión suele ser poco realista por resultar
demasiado optimista (Weinstein, 1988), y la segunda con las ideas que nosotros
mismos nos forjamos sobre cómo compensar hábitos que sabemos que son poco
saludables y que no modificamos, por ejemplo, fumar, y el modo de neutralizar sus
efectos adoptando otras conductas más sanas, que entendemos como
compensatorias, como por ejemplo, caminar. Radtke, Scholz, Keller, Knäuper y
Hornung (2011) afirman que esta creencia la adoptan los individuos a los que les
cuesta cambiar esos hábitos insalubres, como puedan ser el sedentarismo y la mala
alimentación.
Siguiendo esta idea sería interesante señalar como muchos de los estudios de
las dos últimas décadas han sido diseñados conforme a poder demostrar la
importancia de tomar en consideración las emociones, los rasgos de personalidad
42 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
y el comportamiento social para el diagnóstico y tratamiento de las enfermedades
(Chiong, 2001).
En relación a esto resulta importante destacar que las principales
universidades a nivel internacional comienzan a incluir en sus investigaciones y
formación los trabajos dedicados a establecer teorías científicas en la relación
mente-cuerpo. Hablamos de Harvard, Columbia, Stanford, etc. En la década de los
80, Ornish y su equipo realizaron un importante estudio interdisciplinar en la
universidad de California (San Francisco) donde demostraron que las
enfermedades cardiovasculares podían ser evitadas o tratadas a partir de
introducir cambios en el estilo de vida del sujeto, incluyéndose nuevas pautas en
su alimentación, baja en grasas saturadas y un aumento en el consumo de frutas y
verduras, la práctica del ejercicio físico moderado, meditación y manejo del estrés
y el cambio en sus relaciones sociales (Ornish, 1983). Los resultados de este estudio
fueron confirmados en otros posteriores y sus conclusiones ampliadas al
tratamiento de otras dolencias como la diabetes tipo II y el cáncer, entre otras
(Ornish, 2005).
Por ello, aunque en muchos profesionales de la salud continúa primando la
idea de la separación de la mente y el cuerpo y trabajan bajo la influencia del
modelo biologicista, cada vez son más los que aceptan que cuerpo y mente son dos
entes en interacción e influencia continua, ya que como apunta González (2003),
esta postura fragmentada y diseccionada, donde se pierde el concepto integral del
cuerpo humano, hace que se tenga una visión de la salud también
compartimentada y desde la que se entiende cómo la enfermedad se convierte en
un fenómeno y el cuerpo en algo mecánico, de ahí la división de especialidades
médicas en encuadramientos indivisibles, como puede ser el cardiólogo,
traumatólogo, endocrinólogo, gastroenterólogo, etc. en los que al diseccionarse el
cuerpo, indefectiblemente se está diseccionando también la visión de la salud,
perdiéndose la tan necesaria perspectiva de conjunto del individuo, ya que como
dice Gilbert (2003, citado por Barquero, 2005) "la enfermedad del cuerpo está
relacionada con la enfermedad del alma" (p 184).
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 43
Como hemos visto, autores como Engel (1977) han trabajado bajo el prisma
de poder conceptualizar un nuevo modelo de realidad médica y con ello ampliar
el foco de atención ante el tratamiento de la enfermedad (Moscoso, 2009). Defendió
que en el ser humano confluyen tres factores: biológicos, psicológicos y sociales que
determinan, entre otras, el que la alteración de uno de ellos repercuta en el resto,
debido a las interconexiones que de unos a otros tienen lugar y que están
científicamente establecidas (entre el cerebro y el sistema nervioso, endocrino e
inmune) (Maier, Watkins y Fleshner, 1994), además de influir en formas y estilos
de vida que benefician o deterioran la salud (Ray, 2004).
Otra importante idea que arroja este nuevo modelo es que tratar al individuo
de un modo holístico y en continua interacción con el medio donde se desenvuelve,
es lo que lo convierte en sujeto activo del mantenimiento o no de su salud, de la
promoción y prevención de la enfermedad, y dueño de su estilo de vida, el cual a
su vez va a influir en su capacidad de respuesta y resistencia a las circunstancias
adversas y en la activación de sus mecanismos de regulación fisiológicos. Por tanto,
una alimentación sana, adecuada y variada, que ayude a aumentar la calidad
celular y los procesos fisiológicos y que contribuya a disminuir el estrés oxidativo,
la práctica de ejercicio físico, adecuado a su edad y circunstancias, una correcta
respiración, cuidar el descanso y evitar los hábitos tóxicos, como puedan ser el
consumo de alcohol, tabaco y otras drogas, evitar el sobrepeso y la obesidad y
cuidar la higiene mental, procurando un correcto manejo de las emociones y los
procesos mentales, serán elementos predisponentes para conseguir una buena
salud, ya que se activa la respuesta inmune, aumenta la capacidad respiratoria, se
generan y recuperan energías, y en general, se fomenta una buena respuesta del
organismo, aumentando su resistencia y elevando las defensas (Fors, Quesada, y
Peña, 1999; Míguez, Muñoz, Llorente, García y Pérez, 2007; Rodríguez, 2006, entre
otros).
Lewis (2004) afirma que cualquier cambio en nuestro estado mental
inexorablemente va a conllevar un cambio en nuestro estado fisiológico, por lo que,
al igual que Miles (2003), consideraría que sería necesario tomar en cuenta al sujeto
desde una perspectiva integradora, que implicaría la unión de la mente, el cuerpo
y el espíritu.
44 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Moscoso (2009) se basa en esta misma idea cuando defiende que el ambiente
social y los estilos de vida mal gestionados son factores mediadores del impacto
negativo en la salud física y mental del individuo, propiciándose la aparición de un
gran número de enfermedades de carácter sistémico, como pueden ser la
inflamación crónica, la artritis reumatoide, fibromialgia, déficit en el
funcionamiento de las glándulas suprarrenales, enfermedades cardiovasculares,
hipertensión, diabetes tipo II, obesidad, síndrome metabólico, asma, algunos tipos
de cáncer, depresión, y otro gran número de enfermedades inmunosupresoras.
El biólogo genético Craig Venter (citado por Moscoso, 2010) años más tarde
vino a reforzar lo anterior cuando en una conferencia enunció que nuestra biología,
incluyendo nuestra carga genética, tiene una influencia mínima en nuestra vida, ya
que todo ello interactúa con múltiples factores independientes. Es decir, podemos
estar predispuestos para contraer una determinada enfermedad o dolencia, pero
en la mayoría de los casos eso no quiere decir que la vayamos a padecer o que vaya
a estar ya decidido el curso de la enfermedad. Los complejos entramados de acción
de células y proteínas interaccionando conjuntamente con los factores ambientales
serán los que realmente guíen el curso de nuestra salud. Es lo que se ha venido a
llamar "Epigenética", una ciencia todavía en vías de desarrollo, pero cada vez con
más calado y que surge de la idea de que existe una regulación de la expresión
genética a través de mecanismos moleculares en respuesta a los estímulos
ambientales, fármacos y productos químicos (Mur, 2014).
Otra de las ideas aportadas es por qué estos estados emocionales de los que
hablamos, en crisis agudas pueden agravar determinadas enfermedades, como
ocurre en el caso de las cefaleas (Kohler y Haimerl, 1990; Planes, 1992) el asma (De
Pablo, Picado, Martin, y Subid, 1988) o la diabetes (Lázaro, De Pablo, Goday,
Raimon y Pujolar, 1991), entre otras, y pueden alterar la conducta de los enfermos
(Castro e Izquierdo, 1994), determinando el grado de incapacitación y deterioro de
la calidad de vida consecuente a la enfermedad, produciendo crisis esporádicas o
bien convirtiéndolas en auténticas enfermedades crónicas (Penzo, 1990), por lo que
la conducta del enfermo se considera una parte integrante del propio proceso de la
enfermedad.
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 45
Es frecuente la consulta de pacientes con síntomas somáticos a los que no se
puede dar una explicación clínica clara. Hoy en día ya se acepta la idea de que estos
síntomas representan la expresión de dificultades emocionales que aúnan
complicadas interacciones psicológicas, vitales, familiares y sociales (Florenzano,
Fullerton, Acuña y Escalona, 2002).
Se sabe que los factores culturales pueden complicar esta relación entre
lenguaje y expresión de los afectos, ya que, si bien para algunas culturas es
importante la expresión verbal de las experiencias, para otras no lo es tanto, y
dentro de la aceptación antes mencionada, no es lo mismo expresar, que hacerlo en
exceso, lo que puede llevar a considerar la conducta en el límite de lo patológico.
Ramos y Pérez (2009), siguiendo una perspectiva que respete la complejidad
de lo que entendemos por salud, creen que ésta no puede entenderse sólo desde un
punto de vista biológico, sino que los valores que el sujeto se construye, su cultura
y su ambiente físico y social tendrán una enorme influencia (Najmanovich y
Lennie, 2001).
1.1.3. De lo psicosomático a la psiconeuroendocrinoinmunología
Afortunadamente se está viviendo un gran cambio en cuanto a la manera de
entender la relación mente-salud, y mente-enfermedad, donde, si bien se conoce la
influencia de las funciones cerebrales en la defensa contra enfermedades y el
envejecimiento, también se comienza a aceptar la influencia de las emociones en el
funcionamiento cerebral (McEwen, 2007).
En 1925 un psicoanalista vienés, Wilhelm Stekel, empleó el vocablo alemán
organsprache, traducido como "lenguaje de órganos" para referirse a la
predisposición hereditaria de un órgano para enfermar (Sánchez-García, 2014). Fue
en su traducción al inglés cuando se creó el neologismo somatización con el que se
pretendía explicar cómo los estados emocionales se plasmaban en síntomas físicos
(Marín y Carrón, 2002), de aquí que en su día el término somatización fuese
entendido, en ocasiones, como el psicoanalítico de conversión. Más adelante esta
46 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
confusión siguió siendo patente, hasta el punto de que la misma palabra era usada
para referirse al proceso, al síntoma o al trastorno (Taylor, 1997).
Los diferentes contextos en que se ha utilizado ha generado ambigüedad en
su significado, ya que en ocasiones hace referencia al estudio de los elementos
psíquicos implicados en el origen de algunas manifestaciones físicas, otras como
etiqueta diagnóstica para denominar aquellos síntomas para los que la ciencia no
dispone de explicación, por último, mucho más genérico, para dar nombre a una
de las ramas de especialidad médica (Fava y Sonino, 2010).
La palabra psicosomático es un vocablo usado desde antiguo, y la literatura
dice que los antecedentes de los modelos psicosomáticos se encuentran en las
teorías mágicas y religiosas, donde la enfermedad podía ser el resultado de las
malas influencias y espíritus malignos, y ser curada por rituales y hechiceros (Uribe
Restrepo, 2006).
El término nació de la mano de Heinroth, en 1918 (Reig, 1981), aunque fue
acuñado por el psicoanalista Felix Deustsch, en 1922. Ya entonces se entendió la
importancia de acercarse al estudio de la relación entre los factores mentales y las
manifestaciones somáticas ("psique" y "soma").
En 1939 Dunbar y Alexander publicaron en la revista Psychosomatic Medicine
sus primeros artículos relacionados con este tema, basados en la teoría freudiana
de la histeria y la neurosis. La medicina psicosomática constituyó la primera
aproximación para intentar investigar, dentro del ámbito sanitario, las relaciones
entre las variables psicosociales y las alteraciones psicofisiológicas, pero huyendo
de la visión dicotómica que hasta ahora se había tenido (Sánchez García, 2014).
Parece claro que ante el proceso de enfermedad también es importante conocer
hasta qué punto las variables psicológicas son determinantes.
A todo ello se unió la brillante contribución de Kissen (1963, citado por
Cooper, 1984), quien señaló que en el desarrollo de una misma enfermedad pueden
contribuir distintas circunstancias psicosociales, por lo que ya no deberíamos
referirnos a procesos homogéneos, sino influenciables y cambiantes (Fava y
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 47
Sonino, 2010), olvidando de manera definitiva la visión reduccionista de la
enfermedad, de modo que hoy en día lo referente a "psicosomático" recoge un
punto de vista clínico y metodológico, desde el que se pretende dar especial
relevancia los factores psíquicos, emocionales y sociales para entender tanto
aquellas patologías sin causa orgánica que las explique totalmente, llamadas
"funcionales", como las conocidas como "orgánicas".
En 1967, Lipowsky (citado, por Jutel, 2010) emitió una serie de juicios acerca
de cómo se debe de tratar la patología del sujeto desde el punto de vista
psicosomático y con ellos recogió la idea de que la salud y la enfermedad son un
continuo que está determinado por factores biológicos, psicológicos y sociales, de
tal modo que unos influyen sobre otros y un diagnóstico clínico debe considerarse
teniendo en cuenta la situación total del paciente, ya que todo lo anterior va a
determinar, además de la aparición o no de la enfermedad, la evolución de la
misma, la respuesta a los tratamientos, etc.
Más adelante las aportaciones de Engel (1977, citado por Fava, Ruino, Tomba
y Wise, 2012) y su modelo "biopsicosocial", como hemos visto, llevaron a comenzar
a entender los procesos de enfermedad como resultado de la interacción de esos
factores, y en su estudio la necesidad de la unión de las distintas perspectivas,
fisiológicas y psicológicas, no hablándose ya de psicogénesis, término que
Lipowski (1986) criticó por no responder a las nuevas expectativas, sino de
multicausalidad.
Por tanto, son múltiples las concepciones planteadas acerca de lo que se
entiende por enfermedad psicosomática o trastorno psicosomático (López Moreno,
Chapela, Hernández y Outón, 2011; Martínez Abril, 2016):
Psicogenicidad. Implica una relación de causa-efecto entre
determinados factores psicológicos y una enfermedad determinada, ya
que situamos el origen de la afección en factores psicológicos,
emocionales o caracteriológicos.
48 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Alteración funcional. Relacionada con la anterior considera que los
síntomas psicosomáticos son perpetuaciones inapropiadas de
reacciones orgánicas que sirvieron en su momento para adaptarse o
protegerse frente a algún acontecimiento vital.
Influenciabilidad psicológica. Se considera psicosomática cualquier
patología que pueda estar influida por factores psicológicos.
Especificidad. La enfermedad psicosomática se asocia con un conjunto
específico de variables psicológicas. Para Dunbar, en 1943 (citado por
Serrade y Ruiz, 2016) esto podría ser lo que él llama "perfil
caracteriológico" que sería un conjunto de afectos, conductas y
cogniciones relacionado con una determinada patología. En cambio,
para Alexander (1950, citado por Campuzano y Martínez, 2014) lo
importante en esta especificidad no sería lo estático, sino los conflictos
inconscientes, de este modo, un afecto crónicamente reprimido a causa
de un conflicto psíquico redunda en modificaciones de la actividad
nerviosa vegetativa, simpática y parasimpática, produciendo
alteraciones en su función y a la larga en determinados órganos. Para él,
enfermedades como la bronquitis asmática, el hipertiroidismo, la úlcera
péptica, la colitis ulcerosa, la artritis reumatoide, la hipertensión arterial
y determinadas dermatitis, serían patologías típicas somáticas. Este
concepto ha tenido gran calado en toda la comunidad científica y sigue
teniendo gran fuerza en la actualidad.
Multicausalidad y fracaso de las defensas. El organismo está en
continuo equilibrio (homeostasis) entre todo aquello que influye en
nuestra conservación y desarrollo, como en lo que nos desestabiliza.
Cuando este equilibrio fracasa se produce el estado de enfermedad. No
obstante, todo ello es una combinación de distintos factores como son
los elementos patógenos del medio y los elementos sensibilizadores que
debilitan las defensas, siendo ésta la explicación de porqué un virus, por
ejemplo, no afecta por igual a todos los individuos.
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 49
En su concepción actual confluyen dos conceptos: el de multicausalidad y el
de psicogénesis (Lipowski, 1986, citado por Berrocal, Fava y Sonino, 2016). El
trastorno psicosomático se entendía como una enfermedad con origen en
elementos psicológicos, postulado que a pesar de no contar con la aprobación de la
totalidad de la comunidad científica tuvo gran calado en el psicoanálisis, que
sumado al resto de posteriores movimientos psicodinámicos, distintos trastornos
de origen desconocido pasaron a ser llamados "trastornos psicodinámicos", donde
adquirían un peso especial los factores intrapsíquicos.
La somatización, por tanto, conforma un modo de expresión física y
fisiológica de malestares de origen psicológico (Serrade y Ruiz, 2016), y su estudio
y tratamiento precisa de un campo multidisciplinar, donde la psicología de la salud
contribuirá para “la promoción y mantenimiento de la salud, la prevención y
tratamiento de la enfermedad, la identificación de correlatos etiológicos y
diagnósticos de la salud, de la enfermedad y de las disfunciones afines, y para el
análisis y mejora del sistema sanitario, así como para la configuración de las
políticas sanitarias” (Matarazzo, 1980, p. 815).
Hasta hace pocos años el trastorno por somatización era un proceso
infradiagnosticado en la práctica clínica, en parte por la propia confusión
conceptual generada por el DSM IV, ya que los diagnósticos afectivos o de ansiedad
eran diagnosticados con preferencia a los síntomas somáticos cuando éstos se
presentaban en un contexto de alteración emocional. La American Psychiatric
Association (APA) indicaba en sus criterios de inclusión diagnóstica que "se precisa
la presencia de síntomas físicos que sugieren una enfermedad médica y que no
pueden explicarse completamente con la presencia de una enfermedad, por los
efectos directos de una sustancia o por otro trastorno mental" (APA, 1995, p. 457).
De acuerdo con el Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders, Fifth
Edition (DSM-5), en la actualidad muchas de las patologías psiquiátricas están
relacionadas con el estrés (American Psychiatric Association, 2014), a la vez que,
muchos de los trastornos con manifestaciones de dolor (muscular, cefaleas,
menstruales, óseos, etc.), gastrointestinales, del sueño, sexuales, psiconeuróticas,
de ansiedad, y depresivas, no pueden atribuir su etiología y explicación a
50 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
enfermedades psiquiátricas, por tanto, su abordaje debe comenzar a contemplar
nuevas miras (American Psychiatric Association, 2014).
En base a lo anterior, en el DSM-5 se incluye una nueva categoría diagnóstica,
que bajo el nombre de "Trastornos de síntomas somáticos y otros trastornos con
manifestaciones somáticas importantes", distingue entre "Trastornos de síntomas
somáticos", especificando si con predominio de dolor, si éste es persistente y si el
estado actual de la enfermedad es "leve-moderado-grave", de "Trastorno de
ansiedad por enfermedad", "Trastorno de conversión", "Trastorno de síntomas
neurológicos funcionales", y de "Trastorno facticio". También hace la especificación
de "Otro trastorno de síntomas somáticos y trastornos relacionados asociados" y
"Trastorno de síntomas somáticos y trastornos relacionados no especificados",
compartiendo todos ellos la presencia de síntomas somáticos que se asocian a
malestar y deterioro del sujeto, con secuelas en su vida diaria.
Se basa en su diagnóstico, según especifica el manual, "...más en la presencia
de síntomas positivos y signos, ...que en la ausencia de explicación médica, ...con la
incorporación de componentes afectivos, cognitivos y conductuales" (p. 309).
Adroer y Martínez (2004) entienden por somatización la presentación de
síntomas clínicos en los que confluyen dos circunstancias: por un lado, no llegan a
tener entidad de enfermedad, y por otro, no se encuentra explicación clínica que
los justifique, por lo que se le atribuye ser la expresión de un malestar psicológico.
Guzmán Guzmán (2011) diferencian entre somatización transitoria y
trastorno somático. La primera formaría parte de la reacción aguda a una serie de
distintos acontecimientos vitales y de gran significación para el sujeto, mientras que
el segundo se constituiría cuando entendemos que hay una cronicidad y una
afectación funcional de la persona, pero con ausencia de hallazgos exploratorios y
analíticos que expliquen tales síntomas; la consideración de estresores
desencadenantes formaría parte de las causas explicativas de su origen. Esta
circunstancia provoca generalmente desconfianza en el sujeto que lo padece, y
dificultad en relacionar su sintomatología con algún conflicto afectivo o emocional
(De Gucht y Fischler, 2002; Rodríguez et al., 2005), dependiendo de su capacidad
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 51
introspectiva, adoptando aptitudes de incredulidad e indiferencia cuando el
facultativo le indica que la falta de adaptación ante los estresores pueden ser el
origen del desajuste que padece.
García Campayo, Alda, Sobradiel, Olivan y Pascual (2007) entienden que la
vía de expresión corporal de estas situaciones de sufrimiento psíquico, donde lo
mental tiende a resolverse a través de lo somático, suele expresarse en lo que más
vulnerables y débiles nos encontramos constitucionalmente. Fischbein (2016) se
hace eco de este gran contrasentido: nos protegemos del dolor mental
enfermándonos en lo físico.
Por eso, para Gilbert (2003) lo que sí parece estar claro es que la base de gran
cantidad de enfermedades, la mayoría, sería de tipo psicológico, psicosomático y
mental.
Por último, hacer una breve mención al estado actual de estos dos términos,
somatización y psicosomático, a los que desde la psicología se alude. El primero
sigue siendo válido para hacer referencia a la relación causa-efecto entre expresión
somática y distrés psicológico, como entidad de diagnóstico del llamado trastorno
por somatización (donde múltiples manifestaciones somáticas se expresan a través
de los distintos sistemas orgánicos), o bien para referirnos a síndromes somáticos
funcionales, (definidos por la presencia de grupos concretos de síntomas somáticos
constitutivos de síndromes). En todos ellos, como podemos ver, el denominador
común es la presencia de síntomas somáticos que no pueden ser explicados de
modo explícito por diagnósticos médicos.
Esto mismo ocurre para el término psicosomático, donde diferentes matices
confluyen, y donde para algunos, siguiendo a Jeammet (1982, citado por González
Ramírez, Landero Hernández y García-Campayo, 2009), psicosomático sería todo
aquel trastorno físico con factores psíquicos que influyen en su origen, o problemas
de salud fisiológicos, que eran consecuencia directa de una excesiva agitación
emocional o mal afrontamiento del estrés (Wimbush y Nelson, 2000), o por último,
aquellas enfermedades físicas en las que los procesos emocionales y psíquicos
52 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
tienen su influencia directa (asma, dermatitis, úlceras, etc.) (Kellner, 1991, citado
por López y Belloch, 2002).
Rodado y Barcia (2003) opinan que psicosomático hace referencia a una
actitud frente a cómo trataremos la enfermedad, considerándola en función del
momento vital del individuo cuando brotó, por ello, cualquier enfermedad puede
ser considerada como tal, ya que siempre acontecerán circunstancias que se
relacionen con su inicio y desarrollo.
Así, aunque sea bajo distintos puntos de vista, ambos conceptos hacen
referencia a la relación entre lo psíquico y lo fisiológico. En los trastornos
psicosomáticos, existe sufrimiento físico junto a la posible influencia de elementos
psíquicos, que interfieren en su origen, mantenimiento y gravedad, y en la
somatización el diagnóstico clínico no justifica la sintomatología. Para González
Ramírez et al. (2009) será adecuado hablar de síntomas psicosomáticos cuando
hagamos referencia a la primera situación: puede existir un origen físico de los
síntomas, pero también asociados a algún elemento psicológico, como el distrés
emocional.
Debemos entender que las repuestas emocionales normalmente son de
naturaleza transitoria y acotadas en el tiempo y tienen una función adaptativa ante
lo que el sujeto puede interpretar como amenaza del medio (estresor). Por eso
debemos pensar que son, no solo normales, sino también necesarias para la
supervivencia y el crecimiento. El problema surge cuando esta respuesta
adaptativa deja de ser temporal y el organismo no logra volver a su estado de
homeostasis. González de Rivera y Morera (1983) mantienen que el organismo
tiene un estado de funcionamiento idóneo que es en el que se mantiene en
equilibrio homeostático y cuya alteración prolongada conlleva la aparición de
sintomatología fisiológica y/o psicológica.
En su interacción con el entorno el sujeto debe adaptarse a modificaciones
externas, y es gracias a los mecanismos psicológicos, neuronales y endocrinos como
consigue que tales cambios no alteren su equilibrio interno, pero es posible que
tales capacidades no consigan que el organismo pueda mantener su regulación, ya
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 53
sea por su intensidad o por su duración, contribuyendo de este modo a la aparición
de procesos patológicos.
La situación vital en la que se encuentra el individuo en el momento de tener
que enfrentarse a las situaciones potencialmente estresantes inevitablemente
influirá en su capacidad de adaptación a las mismas. Para poder objetivar dicho
concepto González de Rivera (1981, citado por Monterrey, González de Rivera, De
las Cuevas y Rodríguez, 1991) define el "índice de reactividad al estrés" como "el
conjunto de pautas de respuestas neurovegetativas, cognitivas y conductuales
características del individuo ante situaciones de estrés o tensión nerviosa" (p.23). Y
el "índice general de adaptación" como la "capacidad de establecer relaciones
gratificantes en los aspectos social, laboral, sexual, familiar y lúdico" (Fumero y de
Rivera, 1983, p.254). También establece que, en los individuos mal adaptados y con
incapacidad para conseguir una gratificación de su entorno, existía una mayor
predisposición a enfermar, al producirse claras alteraciones en sus mecanismos
homeostáticos; por otro lado, aporta la idea de que todo cambio lleva consigo una
renuncia a una situación anterior, y toda pérdida a una situación de duelo, y todas
ellas, además, por lo general, desencadenan alteraciones de corte
depresivo/ansioso, que suelen ser factor desencadenante o agravante de otras
enfermedades.
Bajo este contexto, la emoción puede entenderse como cualquier experiencia
afectiva y como la capacidad para comprometer y afectar a los sistemas de
respuesta cognitivo-subjetivo, conductual-expresivo, y fisiológico-adaptativo
(Chóliz, 2005). Son numerosos los estudios (Ader, 2007; Fernández-Abascal y
Palmero, 1999; Vidal, 2000; etc.) que reconocen la importancia e influencia que
tienen las emociones sobre la salud, y con ello también la conexión y dependencia
que existe entre el sistema nervioso y el inmunológico.
¿Pero cuáles serían los mecanismos que actuarían de intermediarios desde la
actividad producida en la corteza cerebral, como representante de la más alta
actividad simbólica, hasta las modificaciones que se producen a nivel celular,
presentes en toda patología, y en su desarrollo y curación?
54 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Para Kiecolt-Glaser, McGuire y Robles (2002) y Cousins (1989), nuestra forma
de pensar, creer y sentir será el resultado de la actividad bioquímica de las células
de nuestro sistema nervioso, mediado por la actividad cerebral y que a su vez
influye en la expresión física del sistema inmune y del endocrino, determinando el
estado de salud del individuo, es decir, modificando nuestros pensamientos se
modificará nuestra expresión biológica/física (Moscoso, 2009).
Muchos trabajos se centran en conocer cómo se relacionan estos sistemas, qué
ocurre cuando uno de ellos deja de funcionar correctamente (McEwen, 1998) y por
qué los estados emocionales que se interpretan como negativos tienen tanta
influencia en nuestra salud, así como cuando estos se cronifican, ya que podemos
afirmar que las emociones no influyen en la salud a través de un único mecanismo,
ni tienen el mismo peso según el momento del proceso de enfermar.
[Link]. El nuevo paradigma de salud
Si continuamos en la afirmación de que existen cuatro sistemas de
procesamiento de la información, la mente, el sistema nervioso, el endocrino y el
sistema inmune y que estos andan en constante comunicación e influencia,
estaremos entrando de lleno en la base científica y teórica de lo que se conoce como
el nuevo paradigma de la salud, la nueva disciplina, conocida como
Psiconeuroinmunología (PNI) o Psiconeuroinmunoendocrinología (PNIE), nacida
para dar respuesta a la relación de los mecanismos regulatorios y de control del
organismo. Es la ciencia que, con una base transdisciplinaria, pretende investigar
las interacciones y comunicación entre el cerebro, entendido como mente y
conducta (Solomon, 2001), y los mecanismos responsables de la conservación del
estado de homeostasis del organismo (Linares, Burón, Rodríguez, López y
Guadalupe, 2008), es decir, la existencia de distintas y variadas vías de conexión
entre los sistemas endocrino, inmune y nervioso, central y autónomo, y la
influencia de todo ello en el resto del organismo (Young y Welch Cline, 2005), y sus
consecuencias clínicas. El sujeto da respuesta auna totalidad social, psicológico-
emocional, neuroendocrinoinmunológica y medio ambiental (Ramos y Pérez, 2009;
Steinman, 2004).
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 55
Parece claro que el término lo introdujo el psicólogo Robert Ader en la década
de los 70, para poder explicar cómo las emociones afectan al sistema inmunológico,
por su influencia en los efectos del sistema nervioso autónomo y en la regulación
del organismo a partir de los neurotransmisores que lo conforman. El estrés, las
emociones negativas y la elevada carga alostática (término que posteriormente
desarrollaremos más en profundidad), disminuyen la resistencia para hacer frente
a las enfermedades, bien para evitarlas o bien para sanar, cuando ya han hecho
mella en el sujeto.
El sistema PNIE está constituido por distintos subsistemas con bases
anatómicas y funcionales propias e interrelacionadas (Felten y Schneider, 2000;
Heinze y Liebert, 2001):
I. Inmunológico. El sistema inmune posee como principal función el poder
distinguir entre lo propio y lo ajeno. Comparte esta función con el Sistema
Nervioso Central (SNC), además de que son los dos únicos sistemas del
organismo con capacidad de memoria y de aprendizaje. Ambos tienen
regulación por maduración y apoptosis (muerte celular provocada por el
mismo organismo), es decir, comparten características similares y
relacionadas, no propias de otros sistemas (por ejemplo, una célula de la
mucosa gástrica no discrimina si el ácido necesario para la síntesis de los
alimentos lo produjo su medio o proviene de él mismo, el SNC sí discrimina
lo que le es propio, al igual que ocurre en el sistema inmune, salvo en el caso
de las enfermedades autoinmunes, donde precisamente esto es lo que las
genera.
Aquí lo más importante son los procesos de comunicación mediados por
sustancias llamadas citoquinas; donde se incluyen las linfoquinas, con
actividad predominantemente linfocitaria, y las interleuquinas.
II. Neurológico. Se expresa por el Sistema Nervioso Central (SNC) y por el
Sistema Nervioso Periférico (SNP), mediante neurotransmisores y
neurorreguladores fundamentalmente. Los neurorreguladores se
encuentran en mayor número que los neurotransmisores e incluyen, entre
56 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
otros, a los péptidos hipotalámicos, enterohormonas y citoquinas. Las
células de la glía son muy importantes como componentes del SNC y se
encargan de funciones de crecimiento, de soporte, de conducción, de
producción de factores de crecimiento neurales y de neuroplasticidad. Los
sistemas de neurotransmisión y los sistemas de conducción de señales del
SNC son esenciales para el entendimiento de los procesos psicológicos y
psiquiátricos, en especial la dopamina, serotonina, glutamato,
noradrenalina, acetilcolina y ácido gamma-aminobutírico (GABA).
III. Endocrino. El Hipotálamo, se considera que es la principal estructura
neuroendocrina por su importancia en la secuencia de relación de los
sistemas nervioso, inmune y endocrino, por lo que se encuentra conectado
entre sí, con el neocórtex, y con las otras áreas cerebrales y del sistema
inmune y endocrino, como la hipófisis, y está conformado por la región
cerebral que rodea el sector inferior del tercer ventrículo, extendiéndose
desde el quiasma óptico a los cuerpos mamilares. Produce factores
peptídicos o glucopeptídicos, uni o multifuncionales que regulan en forma
inhibitoria o estimulatoria la liberación de hormonas hipofisarias, que a su
vez regulan a las hormonas periféricas, lo que lo convierte en el elemento
de principal importancia a la hora de mantener la homeostasis del
organismo. De esta forma, se vinculan y regulan las conductas efectoras
(endocrinas) con los estímulos viscerales y/o emocionales. La alteración del
eje córtico-límbico-hipotálamo-hipófiso-periférico interviene en la génesis
de muchas de las principales enfermedades psiquiátricas.
IV. Psicológico. Este nivel se encuentra expresado fundamentalmente por los
circuitos límbico, paralímbico y pineal, estructuras de las que depende la
exteriorización de las conductas ante el procesamiento de las emociones.
El ser humano se concibe como poseedor de un sistema dinámico y con
capacidad de autogestionarse y adaptarse a las fluctuaciones internas y los
desórdenes externos, gracias a la interacción de esos sistemas, lo que le permite
compartir mecanismos y comunicación bidireccional a partir de señales
moleculares y complicadas interacciones entre células y moléculas, y una compleja
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 57
red de mediadores en la que participan citoquinas, hormonas, neurotransmisores
y sus correspondientes receptores celulares (Rojas-Espinosa, 2006), los cuales
aumentan o disminuyen ante estímulos emocionales o electrofisiológicos,
ocasionando un desequilibrio, que se ve constantemente obligado a
autoorganizarse y relacionarse con el medio que le rodea a partir de unos patrones
de acción generados a raíz de la experiencia del individuo y sus reglas de
interpretación y acción, bajo las cuales intenta crear orden a partir del caos.
Entre el SNC y el sistema inmune, Weigent y Blalock en el año 1987,
descubrieron que se produce una interacción que implica una comunicación
bidireccional, ya que moléculas que hasta hace unos años se pensaba que eran
exclusivas de la hipófisis y el cerebro, como algunos receptores y neuropéptidos,
se ha encontrado que también las producen los linfocitos, que son células del
sistema inmune. Se sabe también que determinados estímulos antigénicos, es decir,
aquellos que suponen una agresión para el organismo y son capaces de generar una
reacción o respuesta inmunológica reconocible (Guevara, Castellanos, Robinson y
Vázquez, 2002), son capaces de modular las concentraciones de hormonas y
neuropéptidos, sobre todo, de aquellos que más tienen que ver con la respuesta del
sistema al estrés. Todo esto hace que se traduzca en el mismo lenguaje molecular,
mediado por citoquinas, hormonas y neurotransmisores, y por último, por órganos,
como puedan ser la médula ósea, el bazo, los nódulos linfáticos y el timo, regulados
bajo el control del sistema nervioso simpático (Linares et al., 2008).
Del mismo modo, Linares et al. (2008) apuntan a la relación entre el sistema
inmune y endocrino cuando hacen referencia al elevado número de macrófagos
que se observan presentes en la corteza adrenal, lugar de origen de los
glucorticoides, lo que sugiere una probable interacción paracrina entre las células
de ambos sistemas.
Por tanto, se asume que estos sistemas están en permanente relación y la
modificación en uno significará indefectiblemente cambio en el otro, objetivado en
la expresión recíproca de receptores a sustancias comunes en células de cada uno
de ellos. Por esto, citoquinas, hormonas, neurotransmisores y neuropéptidos
encontrarán sus receptores específicos distribuidos en todos los tejidos. Con la
58 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
íntima interrelación de los sistemas psicológico, neurológico, endocrinológico e
inmunológico se conforma el sistema psiconeuroinmunoendocrino, por lo que
consideramos que es importante señalar que es el realmente responsable de las
respuestas adaptativas e integrativas desde y hacia el medio.
Uno de los descubrimientos científicos más recientes, que da sentido a estos
planteamientos es el hallado por la neurocientífica Candence Pert, quien confirmó
la existencia de este nuevo lenguaje molecular, ya que se encontró que el sistema
inmune y el sistema nervioso central tenían una gran analogía en su estructura, por
esas células que se pensaban que eran exclusivas de la hipófisis y el cerebro, y que
se vio que también las producían los linfocitos (Klinger et al., 2005), lo que hace
pensar, como se ha señalado, que los componentes del sistema inmunológico son
los mismos que los que actúan sobre el sistema nervioso y sobre el sistema
endocrino (Reich, 2003). Distintos procesos confirman esta relación, por ejemplo, el
que los linfocitos actúen como auténticas hipófisis periféricas circulantes.
Para Dantzer (2001a) es crítico comprender que los sistemas referidos, el
nervioso, endocrino e inmune, tienen receptores en ciertas células, y que a su vez
pueden recibir información desde los otros sistemas a través de las moléculas
mensajeras, y todo ello procurando un estado de armonía, necesario para que se
produzca el estado de equilibrio interno u homeostasis.
Hoy sabemos que cada uno de los componentes que forman la PNIE es capaz
de interrelacionarse con otro o bien actuar sobre sí mismo. Es decir, ningún
mensajero es propio de un sistema, sino que todos son "vehículos de información”.
Por otro lado, los sistemas de comunicación entre las distintas partes del organismo
deben funcionar armónicamente y en permanente interconexión con el medio en
que se desarrollan.
Nos podemos encontrar con que un estado infeccioso puede inducir la misma
manifestación de astenia y déficit sistémico que la depresión endógena, ya que el
estado de estrés biológico que genera una infección se manifiesta con el mismo
perfil endocrino, bioquímico e inmunológico que la depresión. En la infección, la
presencia de antígenos, regula el que se produzca una respuesta inmune adaptativa
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 59
que induce a los macrófagos a la producción de citoquinas, entre otras, para
poderle hacer frente, activando éstos a su vez el eje hipotálamo-hipofisario-adrenal,
produciéndose por ello, adicionalmente sueño, disminución de la libido, fatiga,
reacciones inflamatorias, pérdida de peso, etc., reacciones comparables a las que se
producen en los casos de enfermedad depresiva y que también cursa con una
activación del eje hipotálamo-hipofisario-adrenal, con elevación de
prostaglandinas (PG), que son un conjunto de sustancias de naturaleza lipídica que
intervienen en los procesos inflamatorios, de modulación de secreción gástrica, de
fiebre y otras importantes funciones del organismo, como la liberación de
citoquinas, entre otras (Klinger et al., 2005).
Por tanto, parece claro que la mente, y el sistema nervioso (subsistema
psíquico-neurológico compuesto por neurotransmisores, neuromediadores y
neuromoduladores), el sistema endocrino (donde actúan las hormonas y péptidos),
y el sistema inmune (con interleuquinas e inmunomediadores, entre ellos los
linfocitos) se encuentran en permanente y continua comunicación y que del
equilibrio surgido de esta interacción se consigue el estado de armonía o equilibrio
interno del organismo, llamado equilibrio homeostático, por otro lado,
fundamental y necesario para alcanzar el estado de salud; por el contrario, la
pérdida del mismo, es decir, la interrupción de los procesos de comunicación entre
estos sistemas, conllevaría la aparición de los cuadros patogénicos y de enfermedad
(Kiecolt-Glaser, McGuire, Robles y Glaser, 2002).
Desde finales del siglo XX la investigación científica parece categórica al
afirmar que las funciones endocrinas e inmunológicas están mediadas por los
pensamientos, emociones y comportamientos (Glaser y Kiecolt-Glaser, 2005;
Stowell, Kiecolt-Glaser y Glaser, 2001).
Se investiga acerca de cómo las emociones negativas influyen sobre el sistema
inmunológico debilitándolo, del mismo modo que las emociones positivas son un
buen elemento protector frente a la enfermedad o sinérgico en la óptima
recuperación de la salud, por ejemplo: cada vez es mayor la evidencia de que los
estados depresivos, no acotados en el tiempo, favorecen el desarrollo de
60 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
enfermedades somáticas y aumentan los índices de mortalidad (Ramos Linares,
Piqueras Rodríguez, Martínez González y Oblitas Guadalupe, 2009).
Esto nos invita a pensar que todas las emociones, fruto de experiencias
subjetivas, se expresan a través de cambios fisiológicos y conductas motoras
estereotipadas, en especial en relación a los músculos faciales, por lo que se
entiende que se encuentran profundamente ligadas al sistema nervioso autónomo,
con la consiguiente implicación de algunos núcleos del tronco encefálico, el
hipotálamo, la amígdala, neuronas preganglionares de la médula espinal, y los
ganglios autónomos y efectores periféricos, todo ello coordinado por los centros
dependientes del sistema límbico (Purves et al., 2002).
Cómo señalan Bisquerra y Pérez-Escoda (2007) la influencia de las emociones
y el desarrollo emocional sobre la salud es otro de los aspectos que estudia la
psiconeuroinmunología (o psiconeuroinmunoendocrinología), y lo hace desde la
perspectiva de que es posible influir sobre el modo como interpretamos los
estímulos que nos llegan y la información que percibimos, de modo que reforcemos
los aspectos agradables y placenteros y disminuyamos los contrarios, para de este
modo, contribuir en nuestro estado de salud de un modo saludable.
1.2. EMOCIONES, ESTRÉS Y SALUD
1.2.1. Definición de emoción
Como hemos visto casi todo lo que hacemos está mediado por aspectos
afectivos y emocionales, aunque no es difícil entender que no todos los
comportamientos son igual de emocionales. Aun así, comprender qué hasta los
actos más fríos y racionales, aparentemente opuestos a los más afectivos, como
pueda ser la resolución de un problema mediante deducción lógica-matemática,
vienen mediados por las emociones, es algo que debemos aceptar. Ejemplo de lo
anterior puede ser la conciencia de satisfacción que produce el éxito en la resolución
de un problema algebraico (Öhman y Birbaumer, 1993).
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 61
Últimamente los conocimientos sobre el factor emocional humano han
experimentado un avance importante, en parte fruto de estudios no directamente
dirigidos a entenderlo, pero que han permitido que se puedan comprender las
características de las emociones y su papel en la interacción y la comunicación a
partir de la evidencia empírica acumulada (Poblete y Bächler, 2016).
La etimología de la palabra emoción nace del latín, del verbo movere, que
significa moverse, coincidiendo con la raiz del verbo motivación, que es movere
también. De ahí se deriva el vocablo emotio, emotionis, al que se le ha añadido el
prefijo e-, que a su vez le incorpora el significado de "alejamiento", lo que hace que
en su conjunto la palabra emoción se entienda como una tendencia a la acción (Del
Carmen y Navas, 2010).
En cambio, para otros autores el término emoción hará referencia a aspectos
más subjetivos, entendidos como características cualitativas típicas del ser humano
referentes a si nos encontramos a gusto o a disgusto, cómodos o incómodos, etc.
(Vila Castellar y Guerra Muñoz, 2015), es decir, a sensaciones subjetivas
idiosincráticas de la experiencia humana (Purves et al., 2002).
Para Del Carmen y Navas (2010) hablar de emoción podría implicar
distinguir tres categorías, supervivencia, adaptación y funciones biológicas, que
son las que se extraen del análisis de algunas de las definiciones dadas. Las
situamos en un lugar preferente en referencia a nuestra relación con el medio al
considerar que se relacionan con los procesos de homeostasis y supervivencia, ya
que nos van a proporcionar la información relevante en cada momento. Proceso,
por otro lado, necesario para la adaptación al medio (Fernández-Abascal, Díaz y
Sánchez, 2003); esto se entiende, además, como un proceso dinámico y cambiante
en función de las demandas del entorno, convirtiéndose, si todo va bien, en un
desarrollo adaptativo, o por el contrario, poco saludable y fuente de malestar si no
se logra la correcta regulación y acomodación (Carpena, 2008). Como señalan
Iglesias Cortizas, Couce Iglesias, Bisquerra y Hué García (2004) la emoción se
entendería como los distintos estados fisiológicos asociados a una vivencia psíquica
concreta, cuyo significado fisiológico es el de modular el comportamiento.
62 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Parece entonces claro que los razonamientos, la toma de decisiones y la
conducta en general, estarán influenciados por las emociones que seamos capaces
de generar, de modo que podemos pensar que son las respuestas que emitimos ante
los diferentes eventos vitales, las que posibilitan al organismo elaborar soluciones
efectivas. Rolls (2005) completa esta definición añadiendo que las emociones tienen
un fundamento biológico, universal y heredado y compartido por miembros de
una misma especie filogenéticamente relacionada.
Figura 1.1. Naturaleza de los estímulos y su relación con las emociones (adaptado de Gray y
McNaughton, 2000, citado por López, 2012).
Visto así, las emociones, en apariencia, son reacciones del organismo
involuntarias, como si pudiesen sobrevenirnos al margen de nuestra voluntad
(Ekman, 2007), ya que reaccionamos ante las situaciones sin poder evitarlo, siendo
ésta una de las cuestiones más relevantes del estudio del comportamiento humano,
por la importancia que adquieren en el proceso adaptativo (Chóliz, 1994),
convirtiendo su estudio en un complicado proceso, ya que transformar algo
subjetivo y personal en científico y objetivable supone, cuando menos, un reto para
la propia ciencia, siendo precisamente por esto, los planteamientos
psicofisiológicos los que más influencia están causando sobre la investigación,
porque han resaltado la importancia de los cambios corporales físicos y medibles,
en respuesta a las situaciones consideradas emocionales, al tiempo que se concede
mayor importancia al estudio de los mecanismos y estructuras cerebrales que
posibilitan tales cambios (Gosselin, Perron y Beaupré, 2010).
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 63
Por tanto, es difícil definir objetivamente qué es la emoción, ya que la
respuesta emocional en el sujeto suele ser la respuesta a los estímulos que se
generan en el ambiente, como, por ejemplo, el miedo ante el peligro y la alegría por
las buenas noticias recibidas. Pero en lo que sí parece coincidir la comunidad
científica es en que no es el estímulo en sí mismo lo que importa, sino el significado
que adquiere para la persona, y cómo es percibido y procesado por ésta
(Nussbaum, 2008). Es decir, entre el estímulo y la respuesta emocional existe una
mediación cognitiva, no siempre consciente y racional, y es su estudio el que ha
acaparado un gran número de investigaciones en los últimos tiempos (Pessoa,
2008).
Por otro lado, siguiendo la propuesta de Lang (1968, citado por Martínez-
Monteagudo, Inglés, Cano Vindel y García-Fernández, 2012), también puede
resultar de utilidad describir las características del fenómeno (emoción-conducta)
que se pretende estudiar y analizar los datos conductuales que ocurren en un
contexto estimular determinado, manifestados a través de tres tipos de
observaciones:
A. informes verbales.
B. conducta externa
C. Respuestas fisiológicas.
A. Informes verbales
Pretenden recoger la experiencia subjetiva interna del sujeto, que
normalmente se manifiesta a través del lenguaje común, pero con rigor científico,
mediante escalas elaboradas a partir de técnicas psicométricas que proporcionan
información sobre las tres dimensiones emocionales diferenciadas, propuestas por
Wundt (científico pionero en esta línea y uno de los padres de la psicología
experimental) a finales del siglo XIX (Chóliz, 2005; Reisenzein, 2000): un eje relativo
a la excitación-calma, un segundo eje de placer-dolor, y otro de tensión-alivio.
Para elaborar dichas escalas se utilizan adjetivos o expresiones verbales que
describen emociones y a los que el individuo debe asignar un valor cuantitativo
64 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
(por ejemplo "todo", "bastante", "moderadamente", "poco", "nada") en función de la
intensidad subjetiva de su vivencia emocional.
Según describe la bibliografía (Colhoun y Solomon, 1989; Gurméndez, 1986)
fueron los filósofos racionalistas del Barroco, como Descartes y Spinoza, los
primeros interesados en ordenar las emociones. El primero hablaba de seis
emociones primarias: admiración, odio, alegría, amor, deseo y tristeza, mientras
que el segundo lo hacía de 15, que denominaba "pasiones básicas": celos, codicia,
orgullo, envidia, ambición, avaricia, humildad, venganza, deseo, trabajo, pereza,
amor pasional, paternal y filial, y por último, el odio.
A partir del planteamiento de Wunt, Osgood, en 1952, y posteriormente
Lang, en 1968 (citados por Díaz Ovejero, 2013) señalaron la importancia de
establecer una tipología del sistema afectivo encontrando como más pertinentes:
Una dimensión de valencia, definida por los extremos de placer-
displacer, agradable-desagradable, bueno-malo.
Una dimensión de arousal o intensidad, caracterizada por límites de
excitado-calmado, activado-relajado, alerta-adormecido.
Y una dimensión de potencia, dominancia o control, donde los valores
extremos reflejan cuanto de fuerte-débil, dominante-sumiso y
controlador- controlado se reconoce la persona.
Más adelante, en 1980, Heller y Cusó plantearon la división de los
sentimientos en impulsivos (instintos), orientativos (voluntad), emocionales
cognitivos-situacionales (variables según las circunstancias), afectos (sexual,
miedo, vergüenza, alegría y tristeza), el talante, las pasiones, los sentimientos del
carácter o la personalidad, y las predisposiciones emocionales.
En ese mismo año, 1980, Plutchik (citado por Morgado Giraldo, 2015) elabora
un modelo taxonómico de las emociones, de tal modo que, colocándolas en un
círculo en el que se encuentran enfrentadas las opuestas, se obtienen cuatro ejes
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 65
principales: alegría-tristeza, enfado-aceptación, ira-miedo, sorpresa-anticipación.
Hace, además, una aportación importante, ya que es el primero que distingue entre
emociones primarias (las ya mencionadas) y emociones secundarias, fruto de la
combinación de las primeras, pudiéndonos encontrar entonces con que aceptación
más miedo serían igual a sumisión, ira más disgusto arrojarían desprecio y alegría
más aceptación, amor, entre otras.
Esta diversidad de planteamientos nos puede dar una idea de la dificultad
para concretar un "orden" de las emociones y los métodos o instrumentos para
lograrlo, por lo que Izard, uno de los teóricos más sistemáticos de la emoción, en
1992 afirma que plantearse el sistema afectivo como un espacio de varias
dimensiones, lejos de contradecirse, no hace sino contribuir a construir un modelo
más completo y avanzado, y habla de la necesidad de hacer compatibles y
armonizar todas las ideas y contribuciones.
B. La conducta externa
La conducta externa hace referencia a los movimientos de aproximación o
evitación, interacciones con personas u objetos, gestos o expresiones faciales (por
ejemplo, de rabia, dolor, sumisión, tristeza, etc.) y a elementos acústicos propios de
la conducta verbal, como puedan ser la entonación, intensidad de la voz, sonidos
peculiares, etc. a través de los que se entiende se manifestarán los fenómenos
emocionales.
Es la capacidad de representación de nuestra mente y la de quienes nos
rodean lo que nos hace diferenciarnos de otras especies y la nos permite que
podamos orientar nuestra conducta hacia el logro de objetivos de un modo flexible,
y por tanto no predecible per se. Para Rivière y Núñez (2001) es esta condición de
representación mental la que nos permite entender las acciones humanas como
intencionales, compartiendo estados mentales que nos conducen hacia esa
intencionalidad, lo que hace a su vez que la conducta humana no se deba entender
únicamente como un fenómeno físico.
Dentro de esta conducta nos encontramos con dos grandes categorías que la
definen (Fierro, 1997):
66 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
1. La conducta instrumental, también llamada operante, con la que
haríamos referencia a aquellas conductas que tienen un efecto sobre
el medio ambiente y a su vez son influidas por tal efecto; se entiende
como el medio para conseguir según qué fines, con la connotación de
cambios, y en función de que se consigan o no dichos cambios, dicha
conducta se fortalece o se debilita, o extingue, por lo que se dice que
está controlada por sus consecuencias.
2. La conducta conocida como "no instrumental" o conducta
respondiente, será aquella que aparece en el sujeto como consecuencia
de acontecimientos anteriores, independientemente de las
consecuencias que tenga en el medio ambiente, es decir, es la
conducta que se da en un organismo provocada por un estímulo
condicionado y que se adquiere como consecuencia del
condicionamiento clásico. Un buen ejemplo de ésta sería el estar
asustado y nervioso ante un examen o un discurso en público.
Ninguna conducta por si misma tiene un valor previo definido (Hatfield,
Rapson y Le, 2009), sino que varía en función de las circunstancias, es decir, una
conducta emocional de aproximación, puede ser de tipo instrumental (adaptativo)
si va asociada a emociones positivas, como si es una evitación de experiencias
negativas, por ejemplo, el miedo como mecanismo de defensa y huida; en cambio,
este mismo ejemplo de evitación, no tendría carácter adaptativo cuando se trata de
conductas de evitación típicamente fóbicas, donde esa respuesta de escape y/o
evitación lo que va a hacer es reforzar el problema. Por otro lado, si a una expresión
facial, por ejemplo, se le da el valor de no instrumental por ser provocada
involuntariamente por estímulos previos, no podemos obviar en la valoración la
función de comunicación que entre las personas cumplen tales funciones, por
ejemplo, entre la relación madre-hijo; en este sentido se volvería instrumental.
Para Konar y Chakraborty (2015), siguiendo todas estas ideas y los estudios
que las avalaron, lo que parece estar claro es que en el reconocimiento y la
expresión de emociones participan una serie de mecanismos que operan de forma
automática y fuera del control de nuestra voluntad, y surgen de modo implícito y
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 67
espontáneo cuando nos relacionamos con nuestros iguales (Dimberg y Petersson,
2000).
A partir de 1972, surgió la idea de que las emociones básicas principales son
seis: tristeza, enfado, alegría, miedo, sorpresa y asco, ya que éstas son fácilmente
diferenciables ante estímulos parecidos y además están presentes en todas las
culturas, pues tienen un componente genético e innato (Chóliz, 2005; Izard, 1981).
Se tomó como punto de partida las aportaciones de Ekman y sus estudios
transculturales acerca de las expresiones faciales propias de las distintas
emociones, ya que pudo demostrar que la musculatura facial es la que arroja
información más precisa sobre nuestro estado emocional mientras nos
relacionamos (Ekman, 2007; Izard, 1992) porque hay expresiones que se
manifiestan con patrones fijos de funcionamiento muscular, consecuencia de la
evolución filogenética, detalle que nos permite pensar que se van a activar de modo
involuntario y automático.
Más adelante se descubrió que algunas de ellas compartían "unidades de
acción" (miedo y sorpresa, por la apertura de los ojos al principio de generarse la
emoción y asco e ira, por una pequeña arruga en la nariz en los primeros instantes)
por lo que de seis quedaron reducidas a cuatro: felicidad, tristeza, miedo e ira (Jack,
Garrod y Schyns, 2014).
Aclaremos que según Izard (1991, citado por Chóliz, 2005), para que una
emoción pueda ser considerada como básica debe cumplir una serie de requisitos:
Tener un sustrato neurológico que la distinga y la haga única
Que la expresión facial y corporal que genere sea específica y la
distinga
Que genere sentimientos característicos de esa emoción
Ser derivada del curso biológico evolutivo
Mostrar una capacidad de motivación y organización que facilite la
adaptación del organismo.
68 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
El papel de las emociones básicas sería el correlativo que se da a los colores
primarios en las teorías del color: serían los elementos menos complejos del
conjunto; los que permiten que a partir de sus combinaciones se originen otros
diferentes, compuestos, derivados o secundarios y no divisibles en unidades
menores (Bourdin, 2016).
Pero Ortony y Turner (1990), difieren de estos planteamientos, ya que para
ellos existen dos corrientes paralelas que abordan el estudio de estas emociones
básicas: una biológica y otra psicológica. En la primera, para que una emoción sea
considerada básica, debe tener un sustrato neurofisiológico común a todos los
mamíferos, incluso vertebrados, y debe de estar presente en las distintas culturas,
permitiendo la adaptación al medio. La segunda, la psicológica, defiende la idea de
que todas las emociones se deben de poder explicar a partir de otras irreductibles.
No obstante, debemos aclarar que, aunque lo incluyamos en este trabajo, esta
clasificación se haría solamente en función de conceptos didácticos, ya que ambas
están muy relacionadas.
Esto nos invita a pensar que todas las emociones, fruto de experiencias
subjetivas, se expresan a través de cambios fisiológicos y conductas motoras
estereotipadas, en especial en relación a los músculos faciales, por tanto, se entiende
que se encuentran profundamente ligadas al sistema nervioso autónomo.
En este punto a día de hoy no hay acuerdo entre los distintos investigadores,
ya que, como aclara Bourdin (2016), si esto fuese así, sería fácil obtener de los
distintos sujetos un listado emocional parecido al que pudiese elaborar otra
persona, pero en la realidad no es lo que sucede.
Todas estas teorías tuvieron su punto de partida en la aportación de Darwin,
en el año 1872, con la publicación de su emblemático artículo The expression of the
emotions in man and animals, con el que marcó un hito en el estudio de las emociones
por el gran número de seguidores que tuvo y porque se reconoce que es la obra que
se considera el inicio en su estudio. En ella se concluía que las expresiones
emocionales en el hombre son universales porque son transmitidas genéticamente.
Es lo que se conoce como la perspectiva evolucionista de las emociones, donde se
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 69
entiende que las expresiones faciales, en cuanto a elemento de privilegio de la
especie humana, corresponden a la competencia cognoscitiva y de comportamiento
de éstas, por lo que representa una gran ventaja adaptativa (Evans, 2002).
Pero si este estudio de la expresión facial se traslada al campo de la
comunicación en general, y se entiende como parte de la comunicación no-verbal,
nos encontramos con que, además del origen genético, otros autores como Ekman
y Friesen (1977) plantean que este comportamiento de la comunicación viene de
tres fuentes diferentes: una de programas neurológicos genéticamente establecidos;
otra segunda de las experiencias universales en los miembros de la especie; y una
tercera, más individualista, referente a la influencia de la cultura, familia, clase
social, etc. (Knapp, 1991, citado por Bourdin, 2016).
Luego, depende del punto de vista que se utilice como guía del estudio, las
conclusiones a las que se llegan son diferentes; y si nos centramos en la expresión
facial, las investigaciones, siguiendo a Ekman (1980), efectivamente avalan que
existen manifestaciones de la expresión en los haces musculares del rostro humano
que se corresponden con un conjunto de emociones básicas que pueden ser
unificadas a nivel mundial, y las expresiones de ira, sorpresa, miedo y alegría son
las que utilizan los mismos grupos y contracciones musculares (Matsumoto,
Franklin, Choi, Rogers y Tatani, 2003).
Además de esto, como elementos integrantes en el reconocimiento de las
emociones, los patrones del movimiento ocular secundarios al proceso emocional
(Schurgin et al., 2014) y la voz, tanto como elemento aislado, como en conjunto con
el resto de las expresiones faciales, (Liu et al., 2012) han sido algunos de los detalles
más específicos arrojados a partir de las últimas investigaciones, mostrándose
también ambos como elementos transculturales, lo que nos invita a pensar en su
predisposición filogenética (Sauter, Eisner, Ekman y Scout, 2009).
Por ello, actualmente se defiende la idea de que la percepción y
categorización de cada emoción no depende tanto de la única información
proveniente del rostro (Seirafi, De Weerd y de Gelder, 2013), como del conjunto
que conforma con otros aspectos, como puedan ser el movimiento corporal
70 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
(Christensen, Taubert, Huis in’t Veld, Gelder y Giese, 2012), los patrones posturales
(Bernhardt, 2010) y la voz y su modulación, ya que se han observado diferencias en
la intensidad del sonido, por ejemplo, asociadas a la expresión emocional y a cada
emoción en particular (Chen, Jianfeng y Shuzhen, 2012), así como diferencias en la
percepción emocional a partir del movimiento corporal (Ross, Polson y Grosbras,
2012), mediante el que se informa de los estados cualitativos internos que darán pie
a que se interprete como disposición de ataque, de huida, o de defensa, entre otros.
C. Respuestas fisiológicas
Sabemos que los cambios corporales internos conforman una de las
manifestaciones más características de los fenómenos emocionales, siendo la
sudoración, la taquicardia, el llanto, el enrojecimiento, el calor y el frío, las náuseas,
la boca reseca, la tensión corporal y la respiración entrecortada, ejemplos de
manifestaciones fisiológicas que se asocian con las emociones, tanto positivas
como negativas, y que son captadas, tanto internamente, como por otras personas;
de este modo, toda esta sintomatología puede ser recogida en los informes verbales,
o bien considerarse que tales cambios deben ser entendidos como respuestas
fisiológicas del organismo, cuyo registro debería realizarse mediante las técnicas
adecuadas (Aguado, 2014).
En este sentido, deberíamos señalar respecto a estos automatismos
fisiológicos, que se ha podido comprobar, a partir de diferentes estudios diseñados
para tal fin (Ekman, 2007; Gazzaniga y Smylie, 1990; Gosselin, Perron y Beaupré,
2010), que existe la posibilidad de que se hagan conscientes y voluntarios a partir
de programas de entrenamiento específicos.
Sin embargo, lo que todas estas teorías no han llegado a explicar es cómo se
produce el fenómeno por el que las personas pueden llegar a sentir emociones
similares a sus congéneres en el proceso comunicacional, y por tanto, hacerlas
suyas, es decir, el contagio emocional. En esta parte del estudio de la interacción
relacional y las emociones se plantea el fenómeno del mimetismo relacional cómo
un proceso de cambio inconsciente y automático de nuestro estado emocional, por
el que conseguimos una réplica, de un modo casi automático, del estado del sujeto
con el que estamos interaccionando y/o observando, un estado corporal
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 71
compartido, siendo el contacto ocular el mecanismo más facilitador de esta
"imitación" (Wang, Newport y Hamilton, 2011), y la observación de rostros y su
actividad muscular el modo de poder estudiar este fenómeno (Dimberg y
Thunberg, 1998; Dimberg, Thunberg y Elmehed, 2000; Lundqvist y Dimberg, 1995).
Observador y observado establecen lo que podemos entender como una
"comunicación emocional", ya que comparten un mismo mecanismo neuronal por
el que, de forma no consciente, se produce una comprensión experiencial (Gallese,
Morris y Migone, 2007). Todo este proceso se cree que se activa a partir de la
observación de mensajes corporales compartidos, por lo que se deduce tienen un
origen motor, como por ejemplo una expresión facial, y afectivo, derivando en la
activación de un estado emocional concreto y sensorial, por la sensación que nos
despierta.
Para Poblete y Bächler (2016) se activarían una serie de reacciones corporales
internas de difícil objetivación y que expresamos con vocablos como rabia, alegría,
tristeza, etc., con el objetivo de hacernos entender, y que a su vez provocan
mensajes cognitivos y comportamentales más complejos a los que ponemos
también nombre, como agredir, huir, seducir, etc. teniendo estos ya un matiz
relacional donde las emociones tienen un claro protagonismo (Aguado, 2014).
Esto podría explicar la diferencia en las reacciones producidas entre unos
individuos y otros, ya que lo que se supone que debería activar una respuesta
común establecida filogenéticamente, transmitida por la carga genética, como la
capacidad de adaptación, de atención y persistencia, de irritabilidad, etc. (Dyson,
Olino, Durbin, Goldsmith y Klein, 2012), lo que en realidad provoca son
discrepancias individuales, que los investigadores pretenden justificar en base a los
aprendizajes ontogenéticos, sobre todo si estos se han producido en fases
tempranas, que marcarán la forma de enfrentarse del individuo a situaciones que
amenazan su estabilidad (Bowlby, 2003), cobrando en este punto gran importancia
para los investigadores las teorías del apego y sus consecuencias en el aprendizaje
emocional, la predisposición relacional, las tendencias de
acercamiento/alejamiento, la manifestación y exteriorización de nuestras
emociones o no, etc.
72 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
A todo lo anterior, para entender todavía mejor estas diferencias, según
Aguado (2014), habría que sumar el marco contextual en el que nos relacionamos
y la herencia cultural y situacional. Esta explicación, como podemos imaginar, tiene
una gran repercusión a nivel práctico con vistas a los procesos de intervención,
donde debemos tener presente el papel de las emociones de cada uno de los
participantes del acto comunicacional, si pensamos en la posibilidad de tener que
cambiar una conducta (interacción) no adecuada.
Durlak, Weissberg, Dymnicki, Taylor y Schellinger (2011) elaboran un
metaanálisis donde confirman la validez y efectividad de los programas
psicoeducativos, y los beneficios de su implementación, tanto en la prevención
como en el pronóstico y tratamiento, si con ellos se trata la intervención en la
comunicación, teniendo en cuenta el factor emocional y trabajando sobre la
empatía, las habilidades sociales y de interacción.
Retomando la idea de los mecanismos neuronales subyacentes a la
comunicación emocional podemos señalar que los investigadores hablan de unas
estructuras neuronales descubiertas a principios de los años 90 llamadas neuronas
espejo, que tienen como característica la singularidad de activarse cuando se
contempla la ejecución de conductas en otros, dando lugar a la repetición interna y
mental de dicha actividad observada, a partir de un proceso de inferencia, que nos
lleva a poder interiorizar el estado afectivo de nuestro sujeto de interacción
(Rizzolatti y Sinigaglia, 2006), lo que permite unir la percepción de la acción con la
ejecución. Se activan estados parecidos a los de la persona que se observa,
generando sensaciones somatoestésicas en el observador.
El neurocientífico portugués Antonio Damasio (2000), amplió estos estudios
y dedujo que estos circuitos neuronales que participan en la emoción también
tienen una repercusión fisiológica y experiencial. A partir de aquí, distingue entre
emoción y sentimiento, ya que para él la emoción tiene un sustrato fisiológico y el
sentimiento de conciencia. Es decir, la emoción se refiere a los cambios fisiológicos
que se generan y que tiene repercusiones sobre nuestro comportamiento, aun no
siendo conscientes de ello; y los sentimientos serían la toma de conciencia que se
genera a partir de tales reacciones, a los que llamó "marcadores somáticos". Estos
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 73
marcadores son fruto de los procesos de aprendizaje asociativo que han tenido
lugar a lo largo de nuestra historia ontogenética, e influyen en nuestros
razonamientos dirigiendo el curso de nuestro pensamiento de forma no voluntaria,
implícita y cualitativa.
En base a todo lo expuesto, podemos entender como Sagan (2001) plantea
que el problema acerca de elaborar una teoría sólida de las emociones, es que no
hay términos y definiciones que las precisen, lo cual supone una incapacidad para
poder expresar verbalmente experiencias subjetivas de un modo operativo; él habla
de los contenidos de la conciencia, y entre ellos la emoción. Por ello intenta elaborar
un procedimiento que incluya un listado de palabras que se refieran a las
emociones y la vida afectiva. De los términos seleccionados intenta hacer una
agrupación en base a conjuntos de ideas afines, es decir, en función de los campos
semánticos, los cuales, en principio, supondrían ser términos que sugieren afectos
similares, pero de modo que no se solapen con otros conjuntos, o si lo hacen sea de
manera tangencial o por significados alternativos. Dentro de estas agrupaciones
considera conveniente elegir una palabra que resuma el concepto global del grupo,
por ser la más clara, precisa y común. Tras varios procesos de selección y reajuste,
fueron 28 los términos elegidos.
Tabla 1.1. Términos emocionales determinados por Sagan
1. Calma 8. Aburrimiento 15. Satisfacción 22. Miedo
2. Tensión 9. Agrado 16. Frustración 23. Vigor
3. Certeza 10. Desagrado 17. Deseo 24. Agotamiento
4. Duda 11. Alegría 18. Aversión 25. Entusiasmo
5. Compasión 12. Tristeza 19. Amor 26. Apatía
6. Ira 13. Placer 20. Odio 27. Altivez
7. Diversión 14. Dolor 21. Valor 28. Humillación
Fuente: Elaboración propia a partir de Sagan (2001).
Cómo uno de los parámetros más conocidos de la emoción es la diversidad
de la fuerza de cómo se viven los afectos, también se reconoció a ésta como uno de
los criterios seleccionados para elaborar el modelo del sistema afectivo.
Recordemos que esta intensidad tiene una base empírica, ya que está relacionada
74 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
con las manifestaciones fisiológicas, tales como la frecuencia cardíaca, la frecuencia
respiratoria, la transpiración y la dilatación pupilar (Aguado, 2014).
A raíz de toda esta explicación, otro punto a tener en cuenta es la distinción
que se establece entre lo que se conoce como psicofisiología de la emoción, que
estudia las respuestas fisiológicas como expresión del fenómeno emocional, o
psicología fisiológica de la emoción, es decir, el sustrato fisiológico del fenómeno
emocional (sus causas biológicas en el cerebro). No obstante, es evidente que las
respuestas fisiológicas están íntimamente relacionadas con las estructuras
cerebrales de las que dependen, por lo que el estudio psicofisiológico y el estudio
psicobiológico históricamente se han desarrollado en paralelo (Fernández, Dufey y
Mourgues, 2007; Fernández-Abascal, Rodríguez, Sánchez, Díaz y Sánchez, 2010).
Los términos de emoción, afecto, sentimiento y estado de ánimo se utilizan
en muchas ocasiones de forma indistinta. Hay discrepancia en la definición
concreta de cada uno de ellos, pero todos hacen referencia a la afectividad (Elipe
Muñoz, 2009). Y la afectividad se caracteriza por la existencia de una evaluación
positiva o negativa junto a un componente emocional importante (Ben-Ze´ev,
2000).
[Link]. Categorización de las emociones
Como indicaba Lang, nos encontramos con el hecho de que los afectos, en
general, forman parte de una escala polarizada y de signo contrario que designan
emociones opuestas. Hacemos referencia a valores dicotómicos como quietud-
inquietud, agrado-desagrado, paciencia-impaciencia, etc., todos ellos relacionados,
por otro lado, con los sistemas fisiológicos de la homeostasis. De este modo, se
formarían conjuntos antagónicos que supondrían ser un eje con dos polos en
oposición mutua, y dentro de ellos, ordenadas sucesivamente, las emociones que
los conforman, todo ello representado, por ejemplo, con una estructura circular, ya
sugerida por Plutchick (1980), Watson y Tellegen (1985) y Browne (1992) (citados
por Sagán, 2001). Quedarían, por tanto, 14 ejes, correspondientes a la mitad de 28
conjuntos.
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 75
Tabla 1.2. Ejes de emociones
1. Calma-tensión 8. Satisfacción-frustración
2. Certeza-duda 9. Deseo-aversión
3. Compasión-ira 10. Amor-odio
4. Diversión- 11. Valor-miedo
aburrimiento 12. Vigor-agotamiento
5. Agrado-desagrado 13. Entusiasmo-apatía
6. Alegría-tristeza 14. Altivez-humillación
7. Placer-dolor
Fuente: Elaboración propia a partir de Sagan (2001)
Figura 1.2. Modelo circular del sistema afectivo. En un plano con una variable horizontal de activación
(excitación-relajación) y otra vertical de valor hedónico (agrado-desagrado) se ubican catorce ejes
polares de emociones antónimas (de signo afectivo contrario) (Sagan,2001)
Para Sagan (2001) la mejor forma de entender y estudiar las emociones, y en
especial las contrarias, es distribuirlas en el continuo de un eje dicotomizado y
polarizado, idea que también ayuda al estudio desde un punto de vista
neurofisiológico, ya que existen evidencias de que, al igual que están localizadas
estructuras cerebrales relacionadas con el lenguaje o la actividad motora, existen
76 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
otras para los afectos, aunque todavía, a día de hoy, es un campo que tiene mucho
que investigar para poder arrojar resultados más contundentes y científicos (Sagan,
2001).
Tratar así las emociones ayuda a confirmar algo que se venía pensando desde
antiguo, ya que, como hemos visto, Wundt, en el año 1896, en su teoría
tridimensional del sentimiento defendió que las emociones se pueden analizar
conforme a tres dimensiones: agrado-desagrado, tensión-relajación, y excitación-
calma, pues todas pueden entenderse como una combinación única de estos tres
factores (Chóliz, 2005).
Según esto, la expresión facial ya mencionada, se podría entender como la
actividad de la musculatura agonista y antagonista, al igual que en el caso de las
comisuras labiales y su movimiento hacia arriba o hacia abajo, ya sea para expresar
alegría o tristeza. En cualquier caso, lo que sí parece cierto es que, desde la primera
mitad del siglo XX, el eminente fisiólogo alemán Hess describió que existe una base
biológica para establecer la polaridad relajación-excitación, donde la agitación
estaría mediada por la estimulación del sistema nervioso simpático y el
consiguiente aumento en la capacidad de respuesta, y la relajación motora, y la
lentitud de respuesta estaría mediada por el sistema nervioso parasimpático. Al
primero le llamó ergotrópico y al segundo trofotrópico.
Para Sagan (2001) el que se establezca un modelo del sistema afectivo puede
ser útil para cumplimentar los requisitos metodológicos necesarios para poder
estudiar científicamente un proceso natural como son las emociones, implicando
sectores neuronales conectados entre sí en forma de inhibición mutua y, por último,
proporcionando un sistema de referencia que permita organizar y ordenar las
emociones, para poderlas explorar, analizar y comprender, por no hablar de la
posibilidad de incluir un vocabulario más sistemático e integrado.
También conviene recordar, siguiendo a Gray (1995, citado por Murcia y
Jiménez, 2012) que los estados afectivos se presentan por una simple asociación
condicionada estímulo-reforzador, estímulo-castigo, es decir, por la consecución de
triunfos y derrotas, donde el reforzador positivo (el dar algo que se desea) conlleva
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 77
el que se pueda pensar que se pueden conseguir más reforzadores, al igual que se
consigue una emoción de alivio con la eliminación del reforzador aversivo. Si
castigamos (presencia de estímulo aversivo) se desencadenará la emoción de miedo
y rechazo; y si eliminamos los reforzadores positivos generaremos emociones de
frustración.
Por tanto, podemos distinguir entre motivación, que debe ser entendida
como el estado que lleva al sujeto a trabajar y luchar para conseguir una meta,
recompensa o poder huir del castigo, y emoción, que es el estado que se genera
cuando se consigue alcanzar el reforzador y ambas forman parte de lo que se
conoce como estados afectivos (Murcia y Jiménez, 2012).
En la actualidad, otro gran investigador de las emociones y los procesos
emocionales, el profesor Rafael Bisquerra (2013), concluye que las emociones se
pueden agrupar en grandes familias: miedo, ira, tristeza, alegría, amor y felicidad,
y en ocasiones, lo que se puede entender como una emoción distinta a las
contempladas, en realidad no lo es, porque solo tiene un matiz diferenciador que
le permite estar incluida en alguna de ellas. También contempla la sorpresa, el asco,
las emociones estéticas (hasta ahora apenas incluidas en otras clasificaciones), las
sociales y la ansiedad. Es lo él llama "Universo de las Emociones".
Figura 1.3. La intensidad del refuerzo. Su presentación u omisión dan lugar a las distintas
emociones (Murcia y Jiménez, 2012).
78 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Tabla 1.3. Universo de las emociones.
Emociones Negativas
Miedo Desasosiego, horror, fobia, pánico, terror, horror, susto, etc.
Ira Rencor, rabia, cólera, furia, tensión, hostilidad, desprecio,
resentimiento, rechazo, irritabilidad, violencia, enojo, celos,
odio, indignación, envidia, antipatía, etc.
Tristeza Melancolía, disgusto, preocupación, desgana, abatimiento,
soledad, pena, dolor, pesar, desconsuelo, depresión,
pesimismo, decepción, frustración, etc.
Asco Desprecio, repugnancia, rechazo, aversión.
Ansiedad Nerviosismo, inquietud, inseguridad, preocupación,
desesperación, angustia, estrés, anhelo, consternación, etc.
Emociones Positivas
Alegría Euforia, placer, regocijo, satisfacción, diversión, entusiasmo,
gratificación, alivio, humor, etc.
Amor Enamoramiento, cariño, ternura, amabilidad, respeto,
gratitud, interés, compasión, aceptación, confianza, empatía,
etc.
Felicidad Satisfacción, equilibrio, armonía, bienestar, gozo, serenidad,
tranquilidad, satisfacción, etc.
Emociones Ambiguas
Sorpresa Positiva o negativa: sobresalto, asombro, confusión,
impaciencia, desconcierto, admiración, inquietud, etc.
La expectación y la anticipación procuran prevenir
sorpresas.
Emociones Vergüenza ajena, pudor, recato, timidez, culpabilidad,
sociales bochorno, vergüenza, etc.
Emociones Son todas aquellas que sentimos antes la manifestaciones
estéticas artísticas y la belleza.
Fuente: Elaboración propia a partir de Alzina (2016).
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 79
[Link]. Emociones positivas y emociones negativas
Bisquerra Alzina y Alzina (2009) matizan, recordando una vez más la teoría
de Lang, que las emociones se suelen categorizar en un continuo con dos polos,
positivo y negativo, que representarían su valencia, positiva o negativa. Y a este
respecto hacen una necesaria aclaración, ya que es importante que tengamos claro
que valencia no es lo mismo que valor, con su significado intrínseco de bueno o
malo; todas las emociones son necesarias y buenas, sobre todo si las gestionamos
adecuadamente. Positivas o negativas hace referencia al significado que le damos,
es decir, casi todas las personas suelen coincidir en que el miedo y la ira son
emociones negativas, porque pueden hacernos sentir mal y la alegría y la serenidad
positivas, por el bienestar que nos pueden generar. Para Pagès y Reñé (2008)
emociones negativas serían la tristeza, el miedo, la ira, la vergüenza y la hostilidad
y entre las positivas incluye el amor, la alegría y el humor.
Las emociones negativas, por lo general, se generan cuando nos enfrentamos
a sucesos que percibimos como una amenaza, una dificultad o un impedimento
para conseguir nuestros objetivos y nos movilizan para enfrentarnos a la situación;
en cambio, las emociones positivas son aquellas que percibimos como generadoras
de bienestar y crecimiento, no obstante, por su papel fundamental en la
supervivencia, estamos más preparados y sensibilizados para lo negativo que para
lo positivo, que "sólo" se entiende como orientado a proporcionar felicidad y
bienestar. Además, las emociones negativas suelen ser más duraderas, frecuentes e
intensas que las positivas, que a menudo las tenemos que buscar y hasta casi
construir nosotros mismos. Debemos entender, dice Bisquerra que esto no significa
que vivamos en un permanente estado de negatividad y lucha, sino que los estados
neutros, que son los que imperan, debemos hacer por convertirlos en positivos, esto
es, hacernos conscientes voluntariamente del estado de serenidad y bienestar en el
que estemos, siendo esto una forma más de regulación emocional (Bisquerra, 2013).
Otra importante aportación en la teoría de Bisquerra es la aclaración que hace
acerca de las emociones ambiguas, siendo un claro ejemplo de éstas la sorpresa,
que puede ser tanto positiva (alegría), como negativa (miedo, ira o tristeza).
80 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
También se posiciona en el concepto de equilibrio emocional, señalando que
es importante que, una vez nos hacemos conscientes de lo que sentimos, tengamos
como objetivo el sentir tantas emociones negativas como positivas, y a ser posible,
que la balanza se decante a favor de éstas últimas (Bisquerra, 2016, citado por
Alzina, 2016).
Gómez Díaz (2016) y Vázquez, Hernangómez y Hervás (2004) consideran que
fomentar emociones positivas ayuda a tener una adecuada salud, pues permiten
afrontar los acontecimientos de la vida con mayores probabilidades de éxito.
Pueden convivir al mismo tiempo emociones positivas con emociones
negativas sin necesidad de que la presencia de unas implique la ausencia de otras.
Pero, tanto las emociones positivas (alegría, amor, armonía, entusiasmo, cariño,
sorpresa, esperanza, etc.), como las negativas (miedo, tristeza, ira, nerviosismo,
frustración, etc.), son necesarias e importantes para el hombre y no debemos caer
en su diferenciación rígida, pues convivimos a diario con ambos tipos de
emociones. Las emociones y cogniciones positivas no tienen necesariamente
consecuencias positivas. Tan positivo puede ser lo negativo, como negativo lo
positivo (Pérez-Álvarez, 2013).
[Link]. Funciones y Componentes de las emociones
Podemos decir que las emociones tienen una función adaptativa, que facilita
el ajuste del organismo, manteniendo la homeostasis, otra motivacional, que dirige
y orienta las conductas, potenciándolas o inhibiéndolas, en función de la necesidad,
y por último, otra social o comunicativa, que se manifiesta en dos niveles, uno
intrapersonal y otro interpersonal, más social, que nos permite comunicar nuestros
sentimientos, influir en las conductas de otros y potenciar las relaciones (Adolphs,
2002; Chóliz, 2005).
Por otro lado, aun siendo estados complejos del organismo, con capacidad
para modular el resto de las funciones cognitivas, se pueden distinguir los
siguientes componentes (Kolb y Whishaw, 2005):
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 81
- El componente fisiológico, recogería los procesos involuntarios que se
generan y que implican que a su vez se produzcan cambios en el
sistema nervioso central y en el sistema nervioso autónomo, además
de cambios neuroendocrinos y neuromoduladores.
- El componente cognitivo, implicaría los procesos conscientes e
inconscientes que determinan el procesamiento de la información que
hagamos y la vivencia subjetiva de los acontecimientos, conforme a la
evaluación de la situación, las normas sociales, las estrategias de que
dispongamos, etc. (Lazarus, 2000 y Scherer, 2000).
- En cuanto al componente conductual, estaríamos haciendo referencia
a las expresiones y movimientos, tanto faciales como corporales, al
volumen, tono y timbre de la voz, etc.; es decir, todo aquello que
supone una manifestación externa.
En la figura 1.4. podemos ver cómo funciona un proceso emocional.
Activación Efectos
Aprendizaje y Cultura
Evaluación Valorativa
Observables
Experiencia Autoinforme
subjetiva
Situación
externa e Comunicación no
Expresión verbal
interna corporal
Conducta motora
Afrontamiento (solución de problemas)
Respuestas
Soporte fisiológicas
fisiológico
Figura 1.4. Representación del proceso emocional (Fernández-Abascal,y Palmero, 1999).
Todo empieza por un acontecimiento interno o externo que es evaluado por
la persona y produce como consecuencia la activación emocional que cuenta con
los tres factores anteriormente expuestos. La cultura y el aprendizaje hacen de filtro
82 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
y producen ciertas modificaciones que son las finalmente observables. Tanto
nuestra maduración como la socialización van produciendo en nosotros un
autocontrol y un control externo sobre la forma más adecuada y funcional en la que
puede manifestarse una emoción (Fernández-Abascal y Palmero, 1999, citado por
Nieto y Delgado, 2006), por esto, podemos intuir que las posibilidades de respuesta
emocional son casi infinitas, en función de las experiencias previas, de la cultura,
del aprendizaje o de los ensayos realizados.
Decía Marañón, en 1924 (citado por Palmero, 1997), que es la interpretación
cognitiva de la respuesta fisiológica la que dará un significado cualitativo a la
emoción, opinión que coincide con la emitida por Fernández-Duque (2008) cuando
afirma que, las emociones tienen una función cognitiva, que a su vez no deja de ser
la parte evidente de un cerebro que procesa información.
Tabla 1.4. Funciones de las Emociones Positivas vs. Emociones Negativas
Emociones Positivas Emociones Negativas
Potencian la salud, el bienestar. Favorecen la supervivencia y
Favorecen: el desarrollo personal; un seguridad, siendo necesarias y
adecuado afrontamiento ante la adaptativas.
adversidad (resiliencia); la Debilitan el sistema inmunológico.
creatividad; el éxito académico y Reducen las opciones de respuesta
profesional; las relaciones; el ante un problema.
altruismo; las prácticas saludables,
etc.
Reducen los efectos del estrés y
facilitan su afrontamiento.
Fuente: Gómez Díaz (2016).
Por tanto, hablar de un cerebro emocional separado del cognitivo-intelectual
sería querer simplificar demasiado el modo de interacción de los diferentes
sistemas que conforman el proceso, obviando por otro lado el resto del organismo
y su influencia en el desarrollo de la respuesta emocional y conductual. Para
Duncan y Barrett (2007) no es posible hablar de los estados mentales como
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 83
representaciones mentales de la realidad queriendo negar la conexión indisociable
entre lo cognitivo y lo emocional, proceso que, por otro lado, es el que da sentido
al comportamiento humano y a la interacción dentro de un contexto determinado
(Poblete y Bächer, 2016).
[Link]. Fisiología de la emoción
Una de las principales estructuras encargadas del procesamiento de los
estímulos emocionales, es la amígdala. Como ya apuntara Pápez por los años 30
del pasado siglo, la información obtenida parece seguir una doble vía para llegar
hasta ella (Pápez, 1937, citado por Eggers, 2007):
Existe una vía directa tálamo-amígdala, de evaluación primaria,
presente en todos los vertebrados, que es de la que depende el
condicionamiento simple de los estímulos. También se la conoce
como vía rápida, por cómo se lleva a cabo el procesamiento. Posibilita
dar respuestas casi a la vez que se está produciendo el estímulo, y esta
misma rapidez es la que imposibilita que se trate de una reacción
elaborada y compleja; es una respuesta eficaz, pero poco precisa. Es
un proceso primario, que se elabora por debajo del umbral de la
consciencia.
La vía indirecta es la del tálamo-corteza-amígdala (vía cortical), un
sistema de respuesta más elaborado, que va más allá de las reacciones
automáticas, ya que está mediado por el aprendizaje previo y a la vez
proporciona a la amígdala información más detallada del mundo que
nos rodea; es, por tanto, específica de los mamíferos más
evolucionados. La información emocional pasa por un análisis más
profundo y elaborado, lo que permite que el sujeto pueda emitir una
respuesta más planificada, relegando a un segundo plano las
respuestas automáticas, lo que va a permitir que las que se produzcan
sean más adaptativas. El paso de la información por estructuras
corticales, sobre todo del lóbulo frontal, hace que este proceso sea más
consciente.
84 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
A día de hoy se considera igual de importante una tercera vía, la del
hipocampo-amígdala (Maren, 2005), presente en las respuestas de
mayor complejidad cognitiva, como por ejemplo en los casos de
aprendizaje de extinción de respuestas, donde el hipocampo regularía
la actividad del circuito prefrontal-amigdalino, ya que de él depende
la memoria adquirida de esa experiencia aversiva.
En este punto debemos diferenciar entre dos caminos distintos referentes a la
memoria de los procesos emocionales; la memoria de la emoción y la memoria
emocional (Justel, Psyrdellis y Ruetti, 2013, 2014):
1. La primera es una memoria consciente y explícita, donde las
principales estructuras implicadas serían el hipocampo y el
diencéfalo, y donde se entiende que un sujeto puede tener recuerdo
de una emoción que experimentó en el pasado, y esto no tiene por qué
ir unido a la activación visceral que ocasionó.
2. La memoria emocional por el contrario hace referencia a la activación
que se produjo, pero sin que tenga que ir acompañada del recuerdo
consciente del hecho que la generó, es, por tanto, más implícita e
inconsciente, y en ella está más implicado el sistema amigdalino.
Por tanto, lesiones en el hipocampo alteran el recuerdo de los estímulos y las
situaciones que provocan las reacciones emocionales, pero sí se activan ante dichos
estímulos, aunque el sujeto no los reconozca y no sea capaz de explicar cómo llegó
a ello. En cambio, las lesiones en la amígdala alteran las reacciones emocionales,
pero no el recuerdo del estímulo que la generó; el individuo ha perdido la
información visceral que debería poder explicar su respuesta emocional (Pastor
Martín et al., 2002).
En condiciones normales ambos procesos actúan conjuntamente en la
generación del comportamiento, estableciéndose interacciones recíprocas, ya que
al activarse la memoria emocional se provocarán reacciones emocionales asociadas,
donde, del mismo modo, la activación emocional, a partir de la activación del
hipocampo, hará que evoquemos estímulos y situaciones asociados a esas
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 85
sensaciones. Por ello, por ejemplo, el recuerdo de situaciones asociadas a la
felicidad puede provocar sensaciones de felicidad y también, al contrario, el
sentirnos tristes hará que recordemos más situaciones en las que también nos
sentimos así (Ramos Linares, Piqueras Rodríguez, Martínez González y Oblitas
Guadalupe, 2009).
Para Rains (2004) entender este proceso es importante ya que aportará una
explicación lógica a los fenómenos de congruencia del estado de ánimo con la
memoria. Tendemos a recordar mejor la información presentada cuando nos
encontramos en una situación similar (en cuanto a estado de ánimo se refiere) a la
que vivimos cuando adquirimos en su momento la información. Del mismo modo,
en este hecho también podríamos encontrar la explicación de por qué una
activación emocional intensa potencia la formación de recuerdos vividos o de por
qué se resisten al olvido. Tanto los mecanismos cognitivos referentes al
procesamiento de la información emocional en relación a su relevancia social y
personal, como los mecanismos neurobiológicos sustentados en el papel
modulador de neurotransmisores y hormonas asociadas a la activación emocional
(adrenalina, glucocorticoides, etc.) serán aceptados como válidos para poder
explicar estos procesos (Bourdin, 2016).
Por tanto, debemos entender que el papel de la amígdala en los procesos
emocionales no se limita a distribuir la información que le llega hacia el control
cortical o el hipocampo, sino que se entiende más como una estación intermedia
donde se integra toda la información recibida del contexto, con sus respectivas
respuestas emocionales, lo que hace pensar que tiene una influencia directa sobre
distintos procesos corticales y a través de distintas vías (McGaugh, 2004):
Una vía directa que recibe la información sensorial y emocional muy
procesada y que la proyecta hacia todos los elementos que intervienen
en el procesamiento cortical sensorial, lo que hace que esta
información emocional pueda influir en cualquier función cognitiva
superior como la memoria, la atención, la capacidad de percepción,
etc.
86 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
La extinción de respuesta a través de neurotransmisores que se
liberan en distintas áreas de la corteza desde el tronco encefálico,
como es el núcleo basalis, que es activado por la amígdala cuando
detecta un estímulo percibido como peligroso y libera acetilcolina
(neurotransmisor ampliamente implicado en los procesos de
memoria y recompensa) en la corteza cerebral, lo que permite que se
conforme un sistema reverberante de excitación amigdalina, que se
traduce en una constante perpetuación de su propia acción.
Y una tercera vía que viene de la activación conductual, autónoma y
endocrina, llamada vía de retroalimentación corporal, que aporta
información a los procesos de razonamiento y toma de decisiones y
percepción de las emociones, por el feedback informativo que se
produce.
Los cambios asociados a las emociones se encuentran sobre todo relacionados
con las respuestas mediadas por el sistema nervioso autónomo, que implica
cambios en la actividad simpática, entérica y parasimpática, y su influencia sobre
el músculo cardíaco, el músculo liso y las glándulas distribuidas por todo el cuerpo.
Las variaciones en la sudoración, la frecuencia cardíaca, la motilidad intestinal, el
flujo sanguíneo cutáneo y su manifestación en el sujeto produciendo rubor o
palidez y la piloerección son exteriorizaciones de lo anterior (Justel, Psyrdellis y
Ruetti, 2013; 2014).
Si hacemos un burdo resumen de todo ello, podemos decir que la actividad
del sistema nervioso simpático prepara al organismo para poder hacer frente a una
intensa actividad, y la del parasimpático, por el contrario, conllevaría el aumento
de las reservas energéticas metabólicas, todo ello asociado y mediado por los
distintos estados fisiológicos (Valdés y De Flores, 1985).
Sería importante hacer mención a la creencia hasta ahora mantenida de que
todas estas manifestaciones obedecían a la ley de todo o nada, es decir, una vez que
se conseguía activar el sistema se producía una descarga masiva y difusa de todos
sus elementos. En la actualidad se piensa que todo esto es erróneo, ya que se sabe
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 87
que las respuestas del sistema nervioso autónomo en realidad son muy específicas,
fruto de la activación de diferentes patrones, en función de las distintas situaciones
y las emociones provocadas, y al contrario, expresiones concretas de emociones
producidas voluntariamente pueden generar distintas respuestas autónomas.
Cada pauta de actividad de los músculos faciales se asociaba a diferentes
respuestas autónomas, específicas y reproducibles, medidas por parámetros como
la temperatura, la frecuencia cardíaca, y la conductancia cutánea y, más importante
aún, la expresión muscular de una emoción particular, conllevaba la experiencia
subjetiva de esa emoción, lo que se interpreta como que la expresión voluntaria de
una emoción compromete a la corteza motora, y también a los sistemas asociados
a las respuestas emocionales y a la conducta emocional (Poblete y Bächler, 2016).
Estímulos sensitivos que provienen de órganos internos y algunos estímulos
complejos también pueden provocar esas respuestas fisiológicas; todos ellos logran
su significado a través de la actividad del encéfalo anterior, que es transmitida a los
núcleos autónomos y motores somáticos por medio de la formación reticular del
tronco encefálico y del hipotálamo, que son las estructuras que coordinan la
conducta emocional (Ramos Linares et al., 2009).
Por todo lo anterior, ¿podemos decir que existe realmente un cerebro
emocional?
Tradicionalmente se ha asociado el sistema límbico con el sustrato cerebral
que hace posible que se puedan experimentar diferentes emociones, por lo que es
a este sistema al que se ha denominado cerebro emocional. Fue Paul Broca, en el
año 1878, el primero en reconocer lo que él llamó "lóbulo límbico", estando formado
por el giro cingulado, el giro calloso, el giro parahipocámpico y la formación del
hipocampo (Simón, 1997).
A partir de unos experimentos llevados a cabo con gatos en el año 1928, por
Philip Bard (citado por Koelsch et al., 2015), se pensó que el centro de la
coordinación de los componentes somáticos y autónomos de la conducta emocional
era el hipotálamo, ya que a pesar de la extirpación de importantes estructuras
cerebrales como los hemisferios cerebrales, incluyendo la corteza, sustancia blanca
88 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
y los ganglios basales, los animales se comportaron mostrándose muy enfadados,
con sus correspondientes manifestaciones autónomas, como el aumento de la
presión arterial, la frecuencia cardíaca, la dilatación de las pupilas, y la erección
pilosa de lomo y cola, además de otros componentes somáticos cómo arquear el
dorso y dar latigazos con su cola, por lo que Bard dedujo que se generaba la
respuesta de rabia completa mientras el hipotálamo se mantuviese íntegro, aunque
bien es verdad que con algunas manifestaciones no coordinadas.
Sin embargo, si se seccionaba el encéfalo en la zona de unión del hipotálamo
y del mesencéfalo esta respuesta no se manifestaba, aunque sí los componentes mal
coordinados, lo que le llevó a pensar que, mientras la experiencia subjetiva de una
emoción sí podría depender de la corteza cerebral no dañada, la conducta
emocional coordinada no depende de esos procesos corticales (Roldán, 2007).
Por otro lado, estos resultados fueron completados por los experimentos de
Hess al demostrar que estimular eléctricamente distintas zonas del hipotálamo en
gatos despiertos, conduce a que manifiesten una respuesta de rabia, y la de otras
zonas distintas provoca una respuesta de temor. Estos descubrimientos de la
organización funcional del hipotálamo como coordinador de las actividades de los
órganos internos le valieron además para obtener en 1949 el Premio Nobel en
fisiología y medicina.
Los experimentos de Bard y Hess, llevaron a poder concluir que los circuitos
básicos para los comportamientos dependientes de la emoción se encuentran en el
diencéfalo y en las estructuras del tronco encefálico conectadas con él. También
pudieron deducir, fruto de esa investigación, que la estimulación que produce
respuestas autónomas en la mayoría de los casos produce también respuestas
somáticas (Martín, 1991).
Las vías por las que estas estructuras, hipotálamo y otras del tronco
encefálico, influyen en estos sistemas autónomo y somático son complicadas, ya
que en ello se incluye la formación reticular, que se encuentra en el centro del tronco
encefálico, y que es donde se ubican los más importantes núcleos blancos del
hipotálamo, como algunos de los que controlan los estados asociados a los ritmos
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 89
de sueño-vigilia, los de la respiración, la función cardiovascular, la micción, los
vómitos y la deglución. Recordemos que el hipotálamo regula una gran cantidad
del actividades conductuales y fisiológicas, que contemplan el control de la
temperatura corporal, la actividad sexual, endocrina, reproductiva y la relacionada
con las conductas de ataque-defensa, es decir, la agresividad (Pastor Martín et al.,
2002)
Las neuronas reticulares reciben aferencias hipotalámicas y se nutren de los
sistemas efectores somáticos y autónomos en el tronco encefálico y la médula
espinal, por lo que su actividad puede dar lugar a respuestas autónomas y
somáticas difusas, que suelen anular la acción refleja, afectando a varios órganos.
Luego, para lograr una respuesta emocional completa es importante tener en
cuenta que se deben juntar en la formación reticular del tronco encefálico vías
hipotalámicas y otras vías descendentes que controlan las neuronas motoras, que a
su vez pueden ser activadas por más de una ruta desde el encéfalo anterior, por lo
que debemos de ser conscientes de que la conducta emocional se consigue a partir
de la actividad de una vía final común, compuesta de neuronas motoras somáticas
y autónomas, que conforman las aferencias desde distintas fuentes (Valenzuela-
Bonilla y Salas-Picón, 2015).
Por otro lado, se sabe que las emociones están influenciadas, además, por
procesos corticales superiores, existiendo un nexo de unión entre corteza cerebral-
sistemas efectores que controlan la conducta emocional. A partir de los trabajos de
Bard y Hess quedó claro que el hipotálamo influye en la expresión de la emoción y
en las emociones que llegan a la conciencia, así como que las funciones cognitivas
superiores influyen en la conducta emocional. Todo ello se consigue a través de un
circuito que, en el año 1937, Papez llamó sistema límbico y que se reconoció como
la estructura dedicada a la experiencia y a la expresión emocional por excelencia
(Biasutto, 2016).
Papez demostró que la corteza y el hipotálamo están interconectados por
unas vías conocidas como el Circuito de Papez; en éste, el hipotálamo se proyecta
hacia el núcleo anterior del tálamo dorsal, que a su vez se proyecta a la corteza del
90 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
cíngulo y ésta al hipocampo. Por fin, el hipocampo se proyecta a través del fórnix
(haz de fibras) de nuevo hacia el hipotálamo, consiguiendo de esta manera las
conexiones necesarias para el control cortical de la expresión emocional. Es decir,
Papez intentaba explicar cómo interactúan procesos subcorticales, sobre todo los
hipotalámicos, que mediarían las respuestas autónomas y conductuales más
simples (vía del sentimiento), y los corticales, principalmente cingulados, que
mediarían la respuesta emocional consciente y los actos complejos basados en
emociones (vía del pensamiento), para generar las respuestas y experiencias
emocionales coordinadas (Mesa, 2016).
Más adelante, a esta ruta se añadieron otras estructuras como la amígdala,
que es como se conoce a la masa blanca situada en el lóbulo temporal, que hoy en
día adquiere un papel fundamental en el control emocional, y apenas reconocido
por Papez, con gran número de interconexiones con el hipotálamo y con la corteza
cerebral.
Figura 1.5. Circuito emocional de Papez (Mesa, 2016)
El reconocimiento de la amígdala fue a partir de un experimento realizado
con monos por Klüver y Bucy (1939, citados por Rolls, 2015), casi al tiempo que el
de Papez. Les extirpaban ambos lóbulos temporales mediales, lo que implicaba
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 91
destruir parte del Circuito de Papez, y se encontraron con un conjunto de conductas
anómalas conocidas como lo que actualmente se llama Síndrome de Klüver-Bucy,
donde se manifiesta una agnosia visual, con incapacidad para reconocer objetos,
aunque no se esté ciego, proceso similar al que ocurre en humanos tras sufrir
lesiones en el lóbulo temporal. Además, los monos mostraban conductas orales,
hasta ahora no manifestadas, colocándose todo tipo de objetos en la boca,
hiperactividad, hipersexualidad, y profundos cambios en su conducta emocional,
con aptitudes mucho más cariñosas y mansas y sin el temor y la agresividad hasta
entonces mostrado.
Klüver y Bucy pensaron que todo ello era debido a la interrupción del circuito
descrito por Papez, pero más adelante se demostró que podría ser debido a la
extirpación de la amígdala (aislada), para lo que adquirieron gran importancia los
estudios de Dower (Selden, Everitt, Jarrard y Robbins, 1991, citados por Li y
McNally, 2014), en los que se demostraba el papel de la amígdala en la conducta
agresiva. Para ello, en la misma especie de monos, monos rhesus, se eliminó la
amígdala (recordemos que comprende tres subdivisiones y que cada una de ellas
se conecta con una parte del encéfalo) al tiempo que seccionó el quiasma óptico y
todas las estructuras que relacionaban los dos hemisferios.
Se ha podido detectar que en los sujetos que han sufrido daño bilateral en los
lóbulos temporales se producen cambios similares, por lo que a raíz de todos estos
hallazgos cobraron mucha más importancia los estudios acerca del papel de la
amígdala en el control de la conducta emocional, sobre todo en la agresiva. Se
piensa que es aquí donde se genera el aprendizaje acerca de las situaciones y
estímulos que nos generan temor. Se cree que la amígdala participa en que se
establezcan las asociaciones estímulo-recompensa, contribuyendo en la evaluación
de los acontecimientos que nos rodean (Romero-Martín, Fraile-Aranda, López-
Pastor y Castejón-Oliva, 2014).
No obstante, a quien se le atribuye el acuñamiento del término "sistema
límbico" es a Paul MacLean, quien en el año 1952 (citado por García-Molina y
Enseñat, 2017), basado en los estudios de Papez, describe el conjunto de estructuras
corticales de la zona medial y subcortical, que se encuentran situadas en la frontera
92 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
entre el telencéfalo y diencéfalo, relacionadas con el reconocimiento, la regulación,
la expresión y el control de las emociones:
La amígdala juega un importante papel en la respuesta a emociones básicas,
sobre todo en las vivencias de miedo, innatas, que han sido adquiridas
filogenéticamente, o aprendidas (Rains, 2004). Es una estructura que permite
aumentar las respuestas rápidas e inconscientes, tan eficaces como poco precisas,
por lo que se le reconoce como la estructura generadora de respuestas a corto plazo,
necesaria para la adaptación por excelencia. A su vez está formada por distintos
núcleos que se agrupan en: núcleos corticomediales, núcleos basolaterales, y núcleo
central. Los primeros son responsables de recibir información aferente olfativa, y
los basolaterales visual, auditiva, gustativa y táctil. El núcleo central es el que se
encarga de la coordinación de la información eferente, que será la que se encargue
de elaborar las respuestas emocionales, autónomas (simpáticas y parasimpáticas),
endocrinas y conductuales.
Para la respuesta a experiencias de miedo aprendidas se ponen en marcha
mecanismos de interconexión con el hipocampo y el córtex prefrontal, que serán
los que modulen la expresión de estas memorias una vez aprendidas (Maren, 2005;
Pastor Martín et al., 2002; Rolls, 2015).
Por otro lado, hay que destacar el papel de la corteza cerebral en el
conocimiento del mecanismo neurológico de las emociones, ya que se sabe del
papel fundamental que adquiere la experiencia individual en la respuesta a
estímulos concretos, por un lado, y por otro, como el daño en porciones específicas
de los hemisferios cerebrales puede producir distintos trastornos relacionados con
los cambios de humor y respuestas emocionales (Barberá Heredia, 2002).
La condición emocional parece que está lateralizada en los hemisferios
cerebrales al menos de dos formas distintas (Sánchez Navarro y Román, 2004):
1. En primer lugar, la parte derecha del cerebro es importante para la
expresión y comprensión de los aspectos afectivos de la palabra. Se sabe que
los pacientes que han sufrido daño en los lóbulos frontal posterior y parietal
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 93
anterior del lado derecho pueden sufrir lo que se conoce como aprosodia,
que es la pérdida de la capacidad para expresar la emoción, manifestada
por un tono monótono en el curso del diálogo, que hace que se difumine el
significado de lo que se quiere decir, ya que no se es capaz de expresar
alegría, tristeza, enfado, etc., aunque sus afectos sean normales, ya que
recordemos este hemisferio está más relacionado con la expresión e
interpretación de las emociones; una lesión similar en el hemisferio
izquierdo originaría una afasia de Broca, relacionada con la producción del
lenguaje, donde el sujeto sí comprende lo que oye, pero no es capaz de
producir lenguaje.
2. En segundo lugar, la evidencia nos indica que existe también una asimetría
en cuanto a la emocionalidad, aspecto este que se relaciona con el
establecimiento del humor. Los estudios arrojan la idea de que el hemisferio
izquierdo está más relacionado con las llamadas emociones positivas, y el
derecho con las conocidas como emociones negativas. Esto podría explicar
el hecho de que la depresión, en cuanto a incidencia y gravedad, se
produzca en mayor proporción en pacientes con lesiones en el hemisferio
anterior izquierdo, en comparación con cualquier otra ubicación cerebral;
se piensa que por la pérdida de sentimientos positivos. En esta misma línea,
los pacientes con lesiones cerebrales en el hemisferio anterior derecho se
suelen describir como muy alegres, excesivamente optimistas y con pérdida
de sentimientos negativos.
Otros experimentos hacen referencia a la asimetría hemisférica que también
se puede observar en los sujetos que no han sufrido lesión cerebral, ya que,
en ocasiones, se ha encontrado como en el hemisferio derecho se produce
una superioridad manifiesta para poder detectar matices emocionales de
sonidos y palabras. También se ha sugerido que los sujetos diestros
expresan más rápidamente y de forma más completa las emociones con la
musculatura facial de la parte izquierda que con la derecha (cabe recordar
que la mitad inferior izquierda de la cara está bajo el control del hemisferio
derecho y al contrario), luego, según esto, el hemisferio derecho estaría más
relacionado con la percepción y la expresión de las emociones que el
94 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
hemisferio izquierdo, pero siempre teniendo en cuenta que en el caso de las
conductas lateralizadas participan ambos (García, 2017; Mamani, 2017).
[Link]. Principales teorías psicofisiológicas sobre las emociones
Desde antaño, dos posturas aparentemente opuestas han marcado la
explicación psicofisiológica de los fenómenos emocionales: las establecidas por los
términos central vs periférico, cognitivo vs fisiológico y dimensional vs específico;
y en función de ello han ido surgiendo las diferentes teorías explicativas (Aguado,
2014): la teoría de James-Lange, la teoría de Cannon-Bard, la teoría del arousal-
cognición y la teoría del feedback facial y, por último, el modelo integrador de Peter
Lang.
1. La teoría de James-Lange fue formulada inicialmente por el psicólogo y
filósofo James, en 1884, en un artículo publicado en la revista Mind y más
tarde, en 1890, desarrollada en su libro Principios de Psicología. Él mismo, en
1885, une su nombre al de Lange, al considerar que las explicaciones
publicadas por ambos de modo independiente estaban relacionadas. Para
él la vivencia emocional es la consecuencia de la percepción interna de los
cambios fisiológicos que acompañan a cada emoción.
La diferencia entre ambos era que mientras que para el primero hablamos
de respuestas tanto somáticas como viscerales, el segundo se limitaba a las
del sistema cardiovascular vasomotor. Según esto, el procesamiento
cognitivo de una situación emocional externa, es decir, el procesamiento a
nivel de corteza cerebral, pero sin tener todavía entidad emocional, provoca
cambios corporales específicos a nivel periférico, y es la percepción interna
de dichos cambios corporales lo que da cuenta de la experiencia emocional.
Por ello, James solía decir, en contra de lo esperado, que no lloramos porque
estamos tristes, sino que, al contrario, nos sentimos tristes porque lloramos;
al igual que no huimos porque estemos asustados, sino que estamos
asustados porque huimos, etc. Así pues, según esta teoría la emoción sería
periferalista, fisiológica y específica (Cárdenas, 2015).
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 95
Para Pegalajar (1990) y Martínez Selva (1995) su gran influencia en las
posteriores teorías ha sido abrir líneas de investigación en psicofisiología,
sobre todo en el campo de la percepción visceral.
2. Justo en la postura contraria nos encontramos con la teoría de Cannon-Bard.
Cannon, en 1927, fisiólogo estadounidense, defendió, en crítica a lo anterior,
que el corte de los nervios simpáticos y parasimpáticos no elimina la
conducta emocional, que las vísceras son órganos con pocas fibras aferentes
hacía el cerebro y que los mismos cambios viscerales se producen con
diferentes estados emocionales (Fernández Dols y Ortega, 1985; Vila, 1981).
Para Cannon la emoción se produce a nivel de sistema nervioso central,
entre algunas estructuras subcorticales, como el tálamo, y la corteza
cerebral. Su discípulo Bard propuso más estructuras y circuitos
subcorticales implicados en las emociones como el hipotálamo. El
procesamiento cognitivo de una emoción implica a los órganos sensoriales,
al tálamo y la corteza, aunque las interacciones entre estos dos últimos son
suficientes para producir la experiencia emocional. Además, el tálamo a su
vez enviará señales eferentes hacia las vísceras y músculos produciendo
cambios corporales periféricos, pero sin función específica respecto a la
respuesta emocional (Ángel Montoya y Monsalve Burgos, 2016).
Según esto, los cambios corporales que se producen ante distintas
emociones son parecidos, y su función principal es la de proporcionar al
organismo la energía suficiente para adaptarse biológicamente a las
diferentes situaciones emocionales que le ponen en riesgo o peligro. La
cualidad emocional dependerá de los procesos centrales de carácter
cognitivo (estoy triste porque he suspendido), y los cambios corporales
periféricos (no específicos de cada emoción) sólo contribuyen a aumentar o
disminuir una dimensión de la conducta emocional. Por todo ello, se dice
que esta teoría es centralista, cognitiva y defensora de la dimensionalidad.
3. Schachter y Singer, en 1962, aprueban y actualizan la teoría dimensional de
Cannon-Bard, aunque incorporando elementos de James-Lange. De los
96 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
primeros sustenta los aspectos centrales y cognitivos, sumado a la
interpretación dimensional de los cambios fisiológicos periféricos, pero la
idea de la necesidad de los cambios corporales para que se produzca la
emoción la toma de James-Bard, de este modo elabora una teoría mixta,
donde definen el concepto de arousal haciendo referencia a los cambios
corporales periféricos, y el concepto de cognición, referente a los aspectos
centrales cognitivos y donde, en definitiva, un estado emocional sería el
producto de la interacción de dos componentes: uno de activación (o arousal
fisiológico periférico), generalmente entendido como activación del sistema
nervioso simpático, y otro componente cognitivo, que sería el proceso de
atribución causal de ese arousal a estímulos emocionales del ambiente.
Simplificando, el arousal fisiológico sería emocionalmente inespecífico
(siguiendo a Cannon) y sólo contribuiría a la intensidad de los estados
emocionales, mientras que la cognición es la que determina la cualidad
emocional, siendo ambos componentes necesarios, ya que, si existe
activación fisiológica, pero ésta no se atribuye a estímulos emocionales, sino
a cualquier otro acontecimiento o suceso, entonces no habría respuesta
emocional. Por el contrario, si existen estímulos ambientales
emocionalmente apropiados, pero no existe activación fisiológica, tampoco
se produciría respuesta emocional, por ejemplo, contar chistes y reír
(Campuzano y Martínez, 2014).
4. La teoría del feedback facial (Izard, 1971, 1977; Tomkins, 1962, citados por
Leventhal, 2014) es una versión actualizada de la teoría de James-Lange.
Ahora, para que se produzca la experiencia emocional ya no depende de la
necesidad de un feedback al cerebro que procede del sistema nervioso
autónomo y somático, sino que dicha información al cerebro procede de la
musculatura facial, afirmación que podemos considerar que se apoya en la
teoría de Darwin, de 1872, donde se defendía que existen patrones de
conducta expresiva que son innatos y universales entre los miembros de
una misma especie y que cumplen conductas adaptativas de supervivencia
para los individuos al favorecer comportamientos específicos relacionados
con la reproducción, la alimentación, la agresión o la defensa.
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 97
Para estos, frente a otros órganos o tejidos corporales, los músculos faciales
son numerosos y complejos, pudiéndose contraer total o parcialmente.
Tienen nervios sensoriales aferentes que se proyectan en distintas zonas
subcorticales del cerebro y no se habitúan con la estimulación repetida.
Además, se sabe de la existencia de patrones faciales específicos y
universales para las emociones básicas, en este momento seis: alegría,
tristeza, miedo, ira, sorpresa y asco (Ekman, 1984) y posteriormente,
recordemos, reducidas a cuatro al incluirse la sorpresa en el miedo y el asco
en la ira por las "unidades de acción muscular" que compartían (Jack et al.,
2014).
5. En último lugar, debemos hacer mención al psicólogo estadounidense Lang
(1995), cuyos planteamientos teóricos y experimentales han tenido gran
influencia en la investigación psicofisiológica sobre la emoción, sobre todo
por intentar superar las tradicionales dicotomías emocional-cognitivo,
periférico-central y dimensional-específico, y por entender la emoción
como un sistema de respuesta que se conforma bajo la implicación de tres
mecanismos independientes como son la conducta externa, los informes
verbales y los cambios fisiológicos (Lang, 1968, citado por Martínez
Monteagudo et al., 2012), anteriormente comentados.
Propone, además, que existen diferentes niveles de organización dentro de
la emoción, donde en un nivel inferior estarían ubicados los patrones
específicos de respuesta emocional -la especificidad- dependientes del
contexto, y un nivel superior en el que toman más fuerza las disposiciones
dimensionales -la dimensionalidad-, con un nivel intermedio propio de
cada emoción (miedo, asco, ira, tristeza y alegría). Además, cada emoción,
según Lang (1985), se manifestaría con una manera fisiológica y conductual
específica, cobrando especial importancia para su expresión los
comportamientos básicos adaptativos (lucha por el territorio, acceso a la
pareja sexual, búsqueda de alimentos, huida y defensa ante los
depredadores, etc.).
98 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Si nos centramos en los actos emocionales específicos, según esta teoría, se
pueden agrupar porque en un nivel intermedio compartirían algunas
características, y en un nivel superior (dimensiones generales de respuesta)
mayor o menor necesidad de energía (intensidad), un acercamiento o
evitación de la situación (valencia), por último, una continuidad o no de la
secuencia conductual (control).
Además, Lang argumentaba que, en la dimensión de valencia, por ejemplo,
se pueden encontrar los sustratos neurobiológicos que justifiquen su
carácter dimensional y bipolar, ya que defiende la existencia de dos
sistemas motivacionales generales, uno apetitivo y otro aversivo, que
tienen, por otro lado, circuitos neurofisiológicos diferenciados (LeDoux,
1996), diferenciación que, según Lang, explicaría el que la dimensión de
valencia -agradable-desagradable- prime sobre las otras (Lang, 1995).
También explicaría la modulación emocional del reflejo de sobresalto, en la
que la amplitud del reflejo es aumentada cuando el sujeto está en un estado
emocional aversivo, esto es, cuando existe congruencia entre el tipo de
reflejo (defensivo) y el sistema motivacional activado (aversivo), mientras
que es atenuada cuando el individuo está en un estado motivacional
positivo (cuando existe incongruencia entre el tipo de reflejo y el estado
motivacional en el que se encuentra el sujeto). Esto explicaría el hecho de
que también se hayan encontrado diferencias en la velocidad de respuesta
y reconocimiento entre las emociones de valencia positiva y negativa (Pell
y Kotz, 2012).
Dentro de esta organización dimensional de las emociones, las respuestas
psicofisiológicas no tienen por qué influir solo en la intensidad de la
respuesta (modelo unidimensional de la emoción), sino que se pueden
relacionar también, por un lado, con la valencia (aproximación-evitación),
como, por otro, con el control (continuidad-interrupción); por ejemplo,
tanto la conductancia o respuesta galvánica de la piel como los potenciales
evocados se relacionan con la intensidad o "arousal". La conductancia mide
la respuesta del sistema nervioso autónomo ante las situaciones de estrés a
partir de la conducción de la electricidad de la piel; ésta en estado de
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 99
relajación no es buena, ya que no están activadas las glándulas sudoríparas
y es cuando se activan cuando cambia el equilibrio entre iones positivos y
negativos (por la aparición del sudor), y los potenciales evocados (prueba
no invasiva que se utiliza para estudiar la actividad eléctrica neuronal), que
nos dice cómo funciona el sistema nervioso ante estímulos visuales, táctiles
o auditivos. En este mismo orden de cosas, otro ejemplo sería la relación
con la dimensión de dirección o "valencia" de la tasa cardiaca y la
electromiografía (registro de la actividad eléctrica producida por los
músculos) (Cano Vindel y Miguel Tobal, 2003).
Lang también rompe con las dicotomías que, en relación al centralismo-
periferalismo y emocional-cognitivo, intentaban explicar las emociones
tradicionalmente. Su modelo bioinformacional explica la emoción como un
mecanismo dirigido a una acción determinada y mediado por una
estructura específica de información en la memoria, que es una estructura
cognitiva formada por datos codificados simbólicamente y organizados en
forma de red asociativa. Entre esos datos se incluyen también los relativos
a las respuestas verbales, conductuales y fisiológicas. Es al activarse dicha
estructura cuando se producen las manifestaciones cognitivas,
conductuales y fisiológicas de la emoción. Por eso, entendemos que los
componentes periféricos de la emoción están también representados en la
estructura central de información, y son, además, los que determinan el
carácter afectivo-emocional a la estructura cognitiva. Por todo ello, se puede
decir que el modelo de Lang es al mismo tiempo periférico y central,
emocional y cognitivo, y dimensional y específico (Martínez-Monteagudo
et al., 2012).
Aunque la teoría de Lang fue ampliamente aceptada por la comunidad
científica, Scherer (1993) intenta elaborar otro modelo que dé una
explicación más precisa de la secuencia temporal que siguen los procesos
que dan lugar a las respuestas emocionales, llegando a la conclusión de que
está formada por cinco pasos:
100 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
a) En primer lugar, se produce un procesamiento cognitivo de los
estímulos, tanto externos como internos, donde inevitablemente, de
un modo consciente o no, se genera una evaluación automática y
general de cuánto de "adecuado" nos resulta (fruto de aprendizajes
previos).
b) Esta evaluación desencadena una serie de cambios neurofisiológicos
en los sistemas nervioso central y autónomo y neuroendocrinos, que
tienen como función la adaptación del organismo a las nuevas
situaciones y conservar y/o restablecer el equilibrio.
c) Los cambios producidos facilitan el que se genere una tendencia
motivacional y conductual, que facilitan la respuesta del organismo a
actuar, o bien a inhibir la conducta según se crea que es más
conveniente.
d) A partir de aquí se desencadenan una serie de expresiones
conductuales y motoras propias de una u otra emoción, reconocibles
por todos los de la especie, por lo que sirven además como fuente de
comunicación.
e) En último lugar, como resultado de todos estos procesos se generará
un estado afectivo subjetivo, que, tras ser procesado conscientemente,
dará lugar a un sentimiento concreto.
Hasta aquí, a partir del estímulo inicial, todo el proceso había
transcurrido por debajo del umbral consciente, pero es en este
momento cuando el control de la respuesta emocional se puede
convertir en voluntario. Por tanto, estaremos refiriéndonos a un
control parcial, puesto que muchas respuestas ya han comenzado,
pero sí se pueden generar nuevas reevaluaciones que permitan un
mejor ajuste de la respuesta del organismo, en función de las
características del sujeto, en cuanto a estado de ánimo, metas,
expectativas y personalidad (carácter y temperamento) y de su
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 101
entorno ambiental y social; lo que permitirá que la conducta
emocional responda ante el estímulo aumentando el bienestar y la
adaptación del organismo.
Todas estas intervenciones han dado lugar al conocimiento de las emociones
que hoy en día se tiene. Sobre ellas Chóliz (2005) hace un análisis dimensional en
el que plasma las características, instigadores, actividad fisiológica, procesos
cognitivos implicados y función de cada una de ellas:
Alegría/Felicidad:
Es la emoción que facilita el que se puedan interpretar de un modo
positivo los distintos estímulos ambientales, generando una
estabilidad emocional continuada y no pasajera como pueda ocurrir
con el placer (Hernández, Lugo y de León, 2011).
Pretende conseguir con éxito las metas propuestas, y todo ello con
congruencia entre lo que se desea y lo que realmente se tiene; es decir,
con realismo ante las expectativas.
Genera un aumento de la actividad hipotalámica, del septum y del
núcleo amigdalino, un aumento de la frecuencia cardiaca, pero con
menor reactividad que en otras emociones, como puedan ser la ira y
el miedo y un aumento de la frecuencia respiratoria (Vélez Romero,
2013).
En cuanto a los procesos cognitivos que implica, podemos decir que
es facilitadora de la empatía, lo que se traducirá en un aumento de
conductas altruistas y desinteresadas que potencia el rendimiento, la
creatividad, el aprendizaje y la memoria, lo que conllevará una mejor
solución de los problemas, aunque debemos apuntar que esto es cierto
siempre y cuando los estados de alegría no sean demasiado intensos,
ya que podrían intervenir en el proceso generando el estado contrario
102 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
e interfiriendo en la ejecución, dando como resultado un
enlentecimiento y distracción (Cárdenas, 2015).
Su función fundamental es la generar actitudes positivas y flexibles,
que incrementen la capacidad de disfrute, de aprendizaje, y de
crecimiento.
Produce una experiencia subjetiva de placer y bienestar, con aumento
de la autoestima (Averill y More, 1993, citado por Chóliz, 2015;
Álvaro-González, 2015).
Ira/Enfado:
Se dice que forma parte del complejo AHI: Agresividad-Hostilidad-
Ira, donde la agresividad sería la parte conductual, la hostilidad el
elemento cognitivo y la ira el emocional.
La genera los estímulos aversivos, tanto físicos, como sensoriales
como cognitivos, todo aquello que nos pueda generar frustración
(situaciones injustas, atentados contra nuestros valores morales, etc.),
las restricciones físicas y/o psicológicas, etc. (Goldin y Alfaro, 2010)
A nivel fisiológico se produce una elevada actividad neuronal y
muscular y una intensa respuesta cardiovascular, con incremento de
la frecuencia cardiaca y presión arterial (Cacioppo et al., 1993, citado
por Chóliz, 2015).
En la función cognitiva es característico que se produzca una
incapacidad de realizar ejecuciones exitosas por la focalización en los
obstáculos externos que se produce, lo que impide que se puedan
conseguir los objetivos propuestos, por lo que se puede sumar un
proceso de frustración que agrava la situación (Hernández et al.,
2011).
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 103
Su principal función es movilizar energía para poder llevar a cabo
respuestas de defensa y ataque, aunque éstas no siempre tienen por
qué terminar en agresión si antes se consigue poner freno a las
reacciones inapropiadas de los otros evitando la confrontación
(Cárdenas, 2015).
Generalmente se acompaña de una sensación de impulsividad y
energía que lleva a actuar de forma intensa, verbal y física. El sujeto
lo vive como una intensa experiencia, pero desagradable.
Miedo:
Junto con la ansiedad es la emoción que mayor número de
investigaciones ha generado (Goldin y Alfaro, 2010) ya que es normal
que el miedo acompañe a las situaciones de ansiedad, pero con la
particularidad de que se presenta de un modo exagerado e
inapropiado.
El miedo sería lo que se produce ante un estímulo real y con reacción
proporcionada a éste, mientras que la ansiedad se activa ante
estímulos generados por nosotros, y la reacción que se genera es
desproporcionadamente intensa (Hernández et al., 2011). Está
presente en la mayoría de trastornos mentales, conductuales,
emocionales y psicosomáticos.
Lo potencian las situaciones peligrosas o interpretadas como
potencialmente peligrosas, los estímulos condicionados de miedo, las
situaciones nuevas y desconocidas, sobre todo en los niños, estímulos
físicos visuales como la profundidad y la altura, el dolor físico, etc.
Provoca una aceleración en la respuesta cardiaca y un incremento en
la conductancia de la piel (Vázquez, 2015).
104 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Según Lazarus (1993, citado por Gross y Thompson, 2007), en cuanto
a los procesos cognitivos implicados, señala que se produce una
valoración primaria, donde se percibe la amenaza, y una valoración
secundaria donde se toma conciencia de la carencia de estrategias de
afrontamiento apropiadas.
Por otro lado, el miedo conduce a una reducción de la eficacia de los
procesos por el ofuscamiento que provoca y la focalización de la
percepción casi exclusivamente en el estímulo que tememos.
Todo ello tiene como finalidad el facilitar respuestas de escape y
evitación de la situación de peligro, ya que al focalizar la atención en
el estímulo aversivo se facilita la respuesta inmediata del organismo,
con la consiguiente movilización de energía que conlleva, aunque
debemos puntualizar que reacciones excesivas pueden hacer que
disminuya la eficacia, como señalábamos. Por otro lado, según
Sassenfeld (2006), la percepción de miedo ajeno puede ser
interpretada como el aviso de peligro en el ambiente, con la
importancia que ello tiene desde un punto de vista evolutivo y de
supervivencia.
Genera desagradables sensaciones de pérdida de control, de
preocupación y de malestar, y normalmente de gran intensidad.
Tristeza:
Se considera que es una de las sensaciones que menos placer provoca,
aunque no siempre se debe entender como negativa.
La pueden provocar las situaciones de pérdida, fracaso, separación,
decepción, indefensión, la ausencia de conductas adaptativas, el
dolor, etc. Para Seligman (1975, citado por Aragón, Rodríguez y
González, 2014) la tristeza aparece después del miedo, ya que es el
proceso opuesto al pánico y de actividad intensa y desenfrenada.
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 105
Se manifiesta con una ligera elevación de la frecuencia cardiaca, de la
presión sanguínea y de la resistencia eléctrica de la piel, además de
una actividad neurológica elevada y mantenida en el tiempo (Vélez
Romero, 2013).
Puede inducir a un proceso cognitivo idisincrásico de la depresión,
con la tríada cognitiva que la define, esto es: visión negativa de sí
mismo, del futuro y del día a día; esquemas depresivos y errores en
el procesamiento de la información. También suele ir acompañada de
una focalización de la atención en las consecuencias internas; y de una
sensación de imposibilidad de reparación de la pérdida (Toro Tobar,
Grajales Giraldo y Sarmiento López, 2016)
Normalmente genera la unión de las personas que se encuentran en
la misma situación, aunque la comunicación se encuentra deteriorada,
y la que se mantiene es transmitiendo que no se encuentra bien, lo que
provoca respuestas de ayuda y empatía y de disminución de la
agresividad por parte de los otros. Desde un puno de vista evolutivo
puede ser estudiada como una provocación de compasión en nuestro
interactuante (Aguado, 2005).
La sensación subjetiva es de melancolía, anergía, desánimo y apatía.
1.2.2. Estrés. Origen y definición
Para O´Mahony et al. (1984, citado por Klinger et al., 2005) el vocablo estrés
hace referencia a los estímulos que amenazan con alterar la homeostasis y con ello
la seguridad del sujeto.
El estrés, en la actualidad, es un término popularizado y con un uso muy
generalizado, y precisamente por eso, no es un concepto que podamos decir que
está bien definido. La idea de que es un mecanismo de defensa del organismo frente
a una agresión, en un intento de entender el proceso de salud y enfermedad, se
queda demasiado simple, ya que ante un agente estresor, como pueda ser
106 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
simplemente las circunstancias propias de la actividad cotidiana, el sujeto puede
generar un estado, un proceso de adaptación y un cambio físico o psíquico, interno
o externo, generalizado o puntual (Lazarus, 1999, citado por Carver y Connor-
Smith, 2010), que mediado por una evaluación cognitiva, condicionado por su
carga genética y sus experiencias durante su proceso de desarrollo y sus
aprendizajes a lo largo de su vida, darán como resultado una respuesta
psiconeuroinmunoendocrina, con cambios comportamentales y emocionales, que
permitirán, o no, su adaptación frente a las nuevas situaciones que se le presentan
(Everly y Lating, 2012; Pilnik, 2010).
Conviene recordar que, puesto que la respuesta que el individuo genere ante
el estrés, dependerá, como hemos visto, de la evaluación cognitiva que haga de la
situación (Eriksen, Murison, Pensgaard y Ursin, 2005), estaremos hablando de una
respuesta emocional al estrés, y que su forma e intensidad vendrá determinada por
esta reacción emotiva en relación al estímulo externo. A su vez, esta evaluación
cognitiva dependerá de los rasgos de personalidad, experiencia previa con el
estímulo estresante y el nivel de soporte social, así como por los diferentes estilos
de afrontamiento; como señala Lazarus (1993, citado por Gross y Thompson, 2007)
esto nos invita a pensar que, aunque las condiciones de los estímulos estresantes
sean similares, la respuesta emocional del individuo puede variar. Por tanto, no
nos debe ser difícil comprender que dentro de la infinidad de emociones que puede
experimentar el ser humano, cada una de ellas adquiere un valor, una utilidad y
un significado único para cada uno de nosotros y éste es el que nos preparará para
enfrentarnos a cada una de las distintas situaciones.
Esto a grandes rasgos sería lo que se conoce como "Teoría de la activación
cognitiva del estrés", que viene a decir que el individuo responde a las situaciones
estresantes en función de las expectativas que se haya formado conforme a
experiencias previas ante las variables estresantes, lo que significa necesariamente
suponer que la respuesta al estrés tiene una vinculación con los procesos
psicológicos (Eriksen et al., 2005).
Pocos saben de sus orígenes, los cuales, además, no están bien concretados.
La palabra stress es un vocablo que existe desde hace tiempo y que tiene sus raíces
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 107
en el latín (stringere: tensar), aunque, según la bibliografía consultada, la utilización
del mismo podemos encontrarla remontándonos al siglo XIV, haciendo referencia
a su derivado en inglés distress que significa “pena o aflicción” (Sierra, Ortega y
Zubeidat, 2003) para describir la opresión, la adversidad y la dificultad.
Más adelante, a principios del siglo XX, en 1910, Sir William Osler, un médico
inglés utilizó el término strain (tensión, sobre-esfuerzo) para llevarlo al campo de
las ciencias médicas y con él referirse a las condiciones psicosociales y físicas de un
grupo de médicos que habían padecido angina de pecho, y que además tenían un
factor adicional de preocupación (Moscoso, 1998). Sea como fuere, es aquí donde
podemos encontrar sus auténticas fuentes. Si hacemos referencia al primer término
parece ser que el uso del vocablo hizo que con el paso del tiempo perdiese sus
primeras letras, derivando de distress a stress (Sierra et al., 2003 y Moscoso, 1998).
En 1911, aparece la figura de un fisiólogo norteamericano, Walter Cannon,
quien incorpora el término al mundo de la ciencia para explicar la idea de la
“reacción de lucha o huida” que se produce en el organismo, convirtiéndose en uno
de los primeros investigadores en mencionar esta respuesta fisiológica al estrés
para referirse a las respuestas observadas en los animales en el laboratorio cuando
se les sometía a situaciones de amenaza o presión externa. En su obra, de 1929,
“Cambios corporales en situaciones de dolor, hambre y rabia” ya hace un análisis
más detallado del significado de esa respuesta fisiológica y lo que supone para
poder superar el peligro que nos acecha y lograr con todo ello adaptarnos al medio
que nos rodea para después, una vez logrado, volver a la normalidad, es decir, al
equilibrio interno u homeostasis.
Esta idea fue el eje central de su obra “La Sabiduría del Cuerpo", publicada
en el año 1932, al hacer referencia a la posibilidad del mantenimiento de la vida
gracias a la estabilidad de los sistemas fisiológicos, es decir, a partir de él explica la
reacción fisiológica que se produce cuando el sujeto percibe una situación como
amenazante y activa distintos mecanismos de defensa para hacer frente a ese
desafío, y lo hace con una gran liberación de catecolaminas por la médula espinal
y las terminaciones nerviosas simpáticas, con todo lo que ello conlleva de
consecuencias de desgaste y efectos negativos en el organismo. Esto alteraba, por
108 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
tanto, el balance homeostático del individuo, lo que él vino a llamar "estado de
estrés" (Fumero y de Rivera, 1983; González de Rivera, 2015).
Todo este proceso de adaptación fue estudiado y descrito de un modo mucho
más concienzudo, en el año 1936, por el científico húngaro Hans Selye bajo el
nombre de “Síndrome General de Adaptación” o síndrome de estrés, donde la idea
principal sería la de la estabilidad de los sistemas fisiológicos para mantener la
vida.
[Link]. Síndrome General de Adaptación
En la década de 1930, Selye comenzaba su carrera como investigador, y
trabajando con ratas y hormonas sexuales se encontró con un hallazgo casual al
descubrir cómo las ratas, todas las que en ese momento formaban parte de su
experimento, producían una respuesta orgánica, estereotipada y uniforme,
consistente en infartos e hiperplasia de la corteza suprarrenal, atrofia del timo y
ganglios linfáticos y ulceración de la mucosa gastro-duodenal, respuestas
metabólicas ya conocidas, debidas a la producción masiva de corticoesteroides y a
la exposición continuada a una situación displacentera que provocaba un
catabolismo generalizado en el organismo del sujeto, de tal modo que si el estímulo
continuaba se producía tolerancia y si se mantenía por más tiempo y/o se hacía más
intenso provocaba una descompensación en el individuo, llegando a causarle la
muerte.
También se encontró con que todas las sustancias tóxicas, cualquiera que
fuera su origen, así como distintas circunstancias, producían la misma respuesta
fruto de ese proceso de adaptación. A todas estas "circunstancias" más adelante, en
1950, los denominó estresores, y con el tiempo se encontró que podían ser
situaciones tan dispares como el frío, el calor, las infecciones, cirugías, los
traumatismos, las hemorragias, hipoglucemias, los factores emocionales, como el
estrés postraumático, etc. (Abraham, 1989; Connor y Leonard, 1998; Marshall, et al.,
1998, citados por González de Rivera, 2015).
Además se observó que los cambios que se generaban eran independientes
unos de otros, pero que, sin embargo, conformaban un conjunto de síntomas bien
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 109
definido, por lo que, en 1936, surgió el concepto que llamó como reacción de
alarma, y adaptación general o estrés o Síndrome general de adaptación, y lo
definió como la suma de todas las reacciones inespecíficas del organismo
consecutivas a la exposición continuada a una reacción de estrés (Selye, 1936, citado
por Castrillón, Sarsosa, Moreno y Moreno, 2015). Este síndrome se caracterizaría
por componerse de tres fases consecutivas:
A. Fase de Alarma
Primero se identifica y percibe el estímulo por parte de nuestro organismo y
a partir de aquí, se activa la respuesta del sistema nervioso y más tarde la del
sistema endocrino.
Figura 1.6. Activación fisiológica y neuroendocrina durante la respuesta de estrés (Linares,
Burón, Rodríguez, López y Guadalupe, 2008).
Se produce nada más somos conscientes del estímulo estresante, generando
en pocos segundos la activación del sistema nervioso, como primera reacción al
estresor, y con el fin de mantener en equilibrio el medio interno (Gabriel, 2017).
Ante la percepción de una señal de peligro (estrés) se activa una intensa
respuesta del organismo, comenzando a producirse una serie de reacciones de
orden fisiológico y psicológico que lo predisponen para enfrentarse a esa situación
110 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
estresante. Es la reacción conocida, rememorando a Cannon, como de "lucha-
huida".
La gran activación cortical que se genera es lo que hace que se produzca un
estado de consciencia hiperaguda, obteniendo, de este modo, mucha información
del entorno, a partir de realizarse, de modo casi inconsciente, una serie de procesos
cognitivos de evaluación del posible peligro.
En cuestión de segundos la información captada llega al hipotálamo, y a
partir de éste se produce una liberación, por vía simpática, de catecolaminas, ya
que la consecuente estimulación de la amígdala produce una gran liberación de
noradrenalina encefálica, participando en ello todo el sistema noradrenérgico
cortical, originándose en el Locus Coeruleus y llevando la información hasta el
prosencéfalo. Es un sistema rápido de respuesta mediante la activación del sistema
simpático adrenal (Linares et al., 2008). Entre los primeros cambios podemos
encontrar un estado de catabolismo generalizado, con hemoconcentración e
hipocloremia, producto de la activación de la respuesta de la corteza suprarrenal y
su contenido de corticoides (Gómez González y Escobar, 2006).
La excesiva activación (excitación) de la sustancia gris periacueductal del
tallo cerebral, unida a las manifestaciones faciales o muecas, en las que participan
los pares craneales V y VII (trigémino y facial, responsables de nuestra mímica
facial) es lo que hace que el sujeto entre en un estado de shock o paralización
(Vázquez, 2015).
Por tanto, la respuesta fisiológica del estrés implicaría la desactivación del
sistema nervioso parasimpático y la activación del simpático, por la acción del
Locus Coeruleus, y la activación del eje hipotálamo-pituitario-adrenal (HPA) (Del
Giudice, Ellis y Shirtcliff, 2011) y el eje simpático-suprarrenal medular (SAM), el
cual genera, como hemos dicho, la secreción de catecolaminas como la adrenalina
y noradrenalina. A la descarga masiva de noradrenalina y adrenalina se le llama
"reacción neurovegetativa", cuyas manifestaciones más importantes son un
aumento en la concentración de glucosa en la sangre facilitando un mayor nivel de
energía (aumento de la glucemia por glucogenólisis y de la secreción de glucagón
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 111
por el páncreas); aumento de la frecuencia cardiaca, del gasto cardiaco y de la
presión arterial, para aumentar el aporte de oxígeno; dilatación pupilar (midriasis),
para ayudar al proceso rápido de alerta y de evaluación del entorno;
vasoconstricción; aumento de sudoración en manos, pies y frente; y aumento de la
frecuencia respiratoria; entre otros.
También se produce la liberación de acetilcolina por el sistema nervioso
parasimpático (al´Absi y Bongard, 2006) y más tarde la liberación de la hormona
liberadora de corticotropina (CRH), la adrecorticotropina (ACTH), y finalmente el
cortisol (Del Giudice et al., 2011).
La liberación de dichas hormonas permite el inicio de un proceso de
comunicación inmediata con el sistema nervioso autónomo, a través de los sistemas
simpático y parasimpático, y permiten enlazar la experiencia del estrés con los
componentes psicofisiológicos de la emoción preparando al organismo para un
estado de alerta (Padgett y Glaser, 2003). La intensidad de la respuesta dependerá
de la persona, su aprendizaje previo, grado de amenaza del estímulo, del control
percibido sobre éste, etc.
A partir del sistema nervioso somático se produce una activación de la
formación reticular pontina, que provoca un aumento del tono muscular,
facilitando los reflejos de estiramiento que conllevan un estado de hiperreflexia e
hipertonía, aumentando el poder muscular y la resistencia al dolor (Koscinczuk,
2014).
En un sujeto sano todas estas reacciones se revierten y vuelve el estado de
normalidad y sin consecuencias negativas, si el estímulo estresante desaparece.
Hasta este momento se consideran las respuestas como agudas y la reacción de
adaptación corporal puede terminar aquí sin dañar nuestro organismo.
Otras hormonas importantes que también participan en este síndrome
general de adaptación las podemos ver expuestas en el anexo 2.
112 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Esta respuesta de defensa y adaptación frente a estresores primarios, limitada
en el tiempo y frente a acontecimientos concretos, compensándolos y
restableciendo el estado inicial de equilibrio, es lo que se llama "estrés agudo"
(Pilnik, 2010).
B. Fase de resistencia
Si continúa presente la situación potencialmente estresante, el organismo
sigue "respondiendo", aunque sin mantener los niveles de activación fisiológica de
la etapa anterior. El sujeto es capaz de desarrollar un conjunto de fenómenos
fisiológicos, psicológicos, comportamentales y emocionales, con los que se
pretende afrontar la situación de estrés de la manera menos lesiva posible.
La corteza suprarrenal acumulará gran cantidad de gránulos con corticoides,
y se producirá un predominio de los procesos anabólicos generales, y suponiendo
que se consiga la adaptación y cese del estímulo estresante, conllevará la
recuperación del peso normal e hipercloremia (Hyman, 2010), es decir, una
reparación de todo el proceso de "destrucción" anterior.
Por tanto, durante esta fase el organismo resiste y se adapta (Gómez González
y Escobar, 2006):
- Predomina el aumento de hormona liberadora de corticotropina (CRH),
hormona adrenocorticotropa (ACTH) y cortisol, lo que produce finalmente
un aumento de glucemia, de la concentración de sodio y disminución de la
concentración de potasio.
- Aumento de la hormona del crecimiento (GH) y glucagón, hormonas
hiperglucemiantes, con el consiguiente aumento de la glucemia corporal.
La hiperglucemia, posteriormente inhibirá la secreción de glucagón.
- Aumento de prolactina, debido a que la CRH inhibe la secreción de
dopamina, que es la hormona que inhibe su secreción (de prolactina). Como
consecuencia aumenta la producción de leche, pero se inhibe la hormona
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 113
liberadora de las gonadotrofinas, por lo cual se puede producir amenorrea
en la mujer bajo estrés.
- Inhibición de la hormona antidiurética (ADH), por efecto del aumento de
cortisol corporal, por lo que se produce aumento de la diuresis.
- Disminución de la oxitocina, con la consiguiente disminución de la salida
de leche en las mujeres que amamantan.
Klinger et al. (2005) piensan que estas dos etapas son beneficiosas para la
vida, además de que se dan con frecuencia y de que forman parte de lo cotidiano
de la vida del sujeto. En ellas el pequeño aumento hormonal que se produce es
beneficioso, ya que mejora las funciones metabólicas para conseguir la adaptación
sobre los estresores, entendiendo como tales circunstancias favorables y
placenteras la práctica de ejercicio físico, reír, o disfrutar de una comida, o bien,
cuando ante algo problemático surgen soluciones o remedios para repararlo.
La adaptación significará que se ha logrado enfrentar con éxito la situación,
aunque ésta deje tras de sí un gran desgaste orgánico, con disminución del
rendimiento, entre otros, y presencia de algunos síntomas fisiológicos y
psicosomáticos (Levy, 2000). En el caso de que no se consiga dicha adaptación
comienzan a aparecer síntomas de ansiedad e inquietud (Melgosa, 1994), y es
entonces cuando estaríamos entrando en la tercera fase.
C. Fase de agotamiento
Se llega a esta fase cuando el estímulo estresante persiste, bien porque se
mantiene en el tiempo o porque se repite intermitentemente, y se vuelven a
producir y con mayor intensidad los fenómenos iniciales de la reacción de alarma,
llegando a alcanzar un estado de agotamiento generalizado de las defensas, y de
nuestros recursos y energías, lo que repercute en trastornos fisiológicos,
psicológicos y psicosociales, que tienden a mantenerse y cronificarse. Se produce
un gran desgaste y deterioro derivado de mantener esa resistencia (Glaser, Rabin,
Chesney, Cohen y Natelson, 1999, citado por Reiche, Nunes y Morimoto, 2004).
114 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Se activa el sistema endocrino (reacción fisiológica), que como hemos
señalado se inicia más tarde, pero mantiene sus efectos más prolongados en el
tiempo. Es la llamada activación neuroendocrina o vía corticoadrenal. Esta
activación del sistema límbico también conlleva la activación de las neuronas
preganglionares simpáticas que producen una activación de la médula adrenal, que
provoca una secreción de adrenalina y noradrenalina hacia la sangre. La primera
activa los receptores α y β de diferentes estructuras, lo que hace que se produzca
una reacción simpática masiva inicial. Todo este proceso, por ser hormonal tarda
más tiempo (minutos) pero también implica un tiempo más largo de preparación
corporal (horas o días).
El hipotálamo, además de producir una rápida activación simpática y de la
médula suprarrenal, también activa el eje hipotálamo-hipofisario-corteza
suprarrenal.
Numerosos estímulos estresantes, físicos y emocionales (como son la
ansiedad y/o la depresión, las emociones que activan el sistema límbico y en
especial a la amígdala; las alteraciones en el ciclo sueño/vigilia; el tipo de
alimentación; los neurotransmisores, como la hormona antidiurética (ADH),
serotonina, noradrenalina, GABA, endorfinas) estimulan al hipotálamo,
específicamente a los núcleos paraventriculares, para que sinteticen y secreten la
hormona liberadora de la corticotropina (CRH) a la sangre del Sistema Portal
hipotálamo-hipófisario. A través de la sangre, la CRH actúa sobre la adenohipófisis
estimulando la síntesis y secreción de hormona adrenocorticotropa (ACTH), la cual
entra al sistema sanguíneo sistémico y actúa sobre la zona fascicular de la corteza
suprarrenal. Como respuesta, aumentan principalmente los niveles del
glucocorticoide cortisol (Levy, 2000; Sapolsky, 2003).
Mediante un mecanismo de retroalimentación negativa, el cortisol producido
por la corteza suprarrenal puede inhibir la secreción de ACTH en la adenohipófisis
y de CRH en el hipotálamo. A su vez, la ACTH puede inhibir la secreción de CRH
por el hipotálamo mediante una retroalimentación negativa. Este mecanismo nos
protege normalmente de los efectos de un exceso de cortisol.
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 115
Sin embargo, durante una reacción de estrés se hiperactiva el eje de
estimulación de la hormona liberadora de la corticotropina y la hormona
adrenocorticotropa y cortisol y permanecen, durante mucho tiempo, los altos
niveles de cortisol que finalmente son los que producen daño corporal, ya que estos
conllevan además de un aumento en la producción de glucosa, una mayor
irritación gástrica, incremento de la producción de urea y la liberación
indiscriminada de ácidos grasos al sistema circulatorio. El aumento de la
susceptibilidad del proceso ateroesclerótico, y de la necrosis tromboembolítica de
miocardio, la supresión de los mecanismos inmunes y del apetito, la exacerbación
del herpes y la asociación con sentimientos de depresión, desesperanza,
indefensión y pérdida del control, son otros de sus efectos (alÁbsi y Bongard, 2006;
Everly y Lating, 2012).
Bajo condiciones normales, sin estrés, el cortisol y la ACTH siguen un ritmo
circadiano de secreción. Los niveles más bajos diarios de cortisol se encuentran
hacia la media noche. Los picos máximos de secreción de estas hormonas se dan
entre las 8:00 y las 10:00 a.m., aunque el aumento se inicia aproximadamente a las
4:00 de la madrugada. Las acciones fisiológicas del cortisol a corto plazo son
esenciales para la vida, pero a largo plazo son dañinas para el organismo, pues
existe una activación crónica del eje hipotálamo-adenohipófisis-corteza
suprarrenal.
El cortisol, que como hemos visto es la hormona principal en el Sistema
General de Adaptación (SGA) o estrés, actúa normalmente sobre casi todas las
células del organismo, porque los receptores para él están distribuidos en todo el
cuerpo.
También, por la acción de la ACTH, se produce un pequeño aumento de
secreción de la aldosterona desde la zona glomerular de la corteza suprarrenal,
produciendo aumento renal de la reabsorción de sodio y agua, y excreción de
potasio, reduciendo el deseo de orinar.
Por tanto, si el estímulo estresante persiste, es crónico o regresa de forma
repetida (Gómez González y Escobar, 2006):
116 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Se da un fallo total del organismo y la capacidad corporal de resistencia
disminuye.
Los órganos dejan de responder adecuadamente a los estímulos nerviosos
y hormonales.
Hay depleción energética.
Los niveles de cortisol permanecen altos, pero en los tejidos se da una
disminución de sensibilidad a su acción. En el caso concreto de las personas
ancianas que se encuentran bajo situación de estrés estas consecuencias se
aprecian claramente: hay una producción sostenida de cortisol y su
capacidad de recuperarse está disminuida (se estresan fácilmente, pero se
recuperan muy lentamente).
Se identifican patologías asociadas al estrés, que Selye denominaba
enfermedades de adaptación (González de Rivera, 2015), por los efectos
dañinos a largo plazo del cortisol o por la descarga nerviosa continua, como
son la debilidad y la atrofia muscular, la fatiga crónica, alergias, dolores de
cabeza, migraña, osteoporosis, hipertensión, insomnio, depresión,
susceptibilidad a infecciones oportunistas (resfriados, etc.), enfermedad
cardiovascular, desórdenes menstruales, dolor de cabeza, síndrome del
colon irritable, enfermedades digestivas y úlceras, desórdenes de
alimentación, tensión corporal , falta de concentración, poca capacidad de
memoria, obesidad, disfunción sexual, entre otros.
Las lesiones de la mucosa gástrica e intestinal, incluidas por Selye en su triada
original, y también corroboradas por otros médicos como Curling (médico inglés
de principios del siglo XIX), parecen estar relacionadas por una hipersecreción de
pepsinógeno (proenzima elaborada por las células del estómago, precursora de la
pepsina, que es la que descompone las proteínas de los alimentos durante la
digestión), que acompaña a la elevación de hormona adrenocorticotropa (ACTH)
típico de estas situaciones. También contribuye a ello, descrito con anterioridad por
Cannon, la vasoconstricción que se produce de la mucosa gástrica (Moscoso, 2014).
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 117
La necrosis del músculo cardiaco se produce por una combinación de
hipokalemia, hiperlipidemia, y aumento de la demanda cardíaca (todo ello
característico de las situaciones de estrés) (Jiménez y Viera, 2015).
Además del sistema endocrino (eje hipotálamo-pituitario-adrenal, HPA),
actualmente se sabe que el sistema inmunológico influye en las respuestas que el
organismo genera ante las situaciones estresantes, y cómo "lo psíquico" influye en
"lo físico". Por ejemplo, se conoce que las citoquinas (que son inmunotransmisores
y que se activan como respuesta a patógenos), se han asociado con la respuesta
inflamatoria que subyace a la depresión, es decir, la respuesta inmune varía ante
situaciones de estrés crónico y agudo.
Es decir, en las situaciones crónicas, las citoquinas, cuya función es dar
respuesta a los patógenos, además de las respuestas periféricas, también actúan a
nivel cerebral, produciendo fiebre, activando el eje HPA, e induciendo un
comportamiento semejante al de la enfermedad, ya que activa la respuesta
inflamatoria, que es la que le dice al cerebro que debe cambiar sus prioridades, no
malgastar energía y luchar contra el elemento patógeno (semejante a la respuesta
dada ante situaciones de peligro), por lo que esta respuesta prolongada, provoca
un desgaste, que además de innecesario, puede ocasionar síntomas depresivos,
como anhedonia y evitación social y cambios cognitivos con deterioro de su
función (Uribe, 2006).
Las situaciones crónicas debilitan la respuesta inmunitaria y las agudas
activan el sistema (Segerstrom y Miller, 2004). Para Kiecolt-Glaser y Glaser (2002)
todo ello podría derivar, mediado por la edad del sujeto, en la aparición de
patologías graves como osteoporosis, enfermedad periodental, artritis, la fatiga y
el cansancio extremo, el insomnio, los problemas cardiovasculares, digestivos,
dérmicos, metabólicos y endocrinos (como la diabetes mellitus tipo 2), la falta de
concentración, etc.
Moynihan (2003) resume bien todo este proceso cuando señala que el estrés
tiene una influencia opuesta sobre el sistema inmune, ya que unas veces, cuando
estamos ante situaciones de estrés crónico, ejerce como inhibidor de la respuesta
118 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
inmunitaria, y en condiciones de estrés agudo, su función es la de potenciador de
esta respuesta.
La fase de resistencia puede durar semanas, meses e incluso años o por el
contrario resolverse cuando se solucione la situación de amenaza, y esto es lo que
repercutirá en que podamos distinguir entre estrés crónico y agudo, en los que, o
bien se mantendrá la activación fisiológica, con el consiguiente agotamiento y
desgaste, o por el contrario, que retornemos a nuestro estado de normalidad.
Aunque lo ideal es que seamos capaces de resolver la situación sin llegar a
situaciones extremas, lo cierto es que no siempre se consigue, así es que el sujeto (el
organismo) entra en la fase de agotamiento, donde los recursos y la capacidad de
activación o adaptación terminan por invalidarse, y es aquí donde sobrevienen
patologías, consecuencia de esta situación (Moscoso, 2014), como hemos
comentado. Por ello, para Klinger et al. (2005) la tercera fase sería vista como
negativa, ya que predispondría al organismo al desarrollo de enfermedades,
algunas crónicas y/o mortales, fruto de la descomposición que genera.
[Link]. Avances y matices en el Síndrome General de Adaptación
El punto central de la teoría de Selye es lo que él llama inespecificidad de
respuesta, es decir, ésta es uniforme para todos los estímulos estresantes. Esta teoría
sigue vigente en la actualidad para explicar el desgaste psicológico y fisiológico que
algunos fenómenos tienen sobre el sujeto, en el intento de mantener esa estabilidad
amenazada para mantener la vida, aunque bien es verdad que dada la continuidad
de las investigaciones sí se han ido produciendo distintas matizaciones, como por
ejemplo cuando Mason, en 1971, cuestionó esta idea de la inespecificidad de
respuesta demostrando científicamente que diferentes eventos, vividos como
estresantes, provocan diferentes respuestas endocrinas (Holly y Miczek, 2016).
[Link]. Estresores y estrés
Gran número de los trabajos científicos que se desarrollan en la actualidad
(Barona, 2016; Piña, Ybarra y Fierros, 2012; Sandrino, Meléndrez, Mederos y
Carracedo, 2016; entre otros) están dedicando sus esfuerzos al estudio de la
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 119
influencia de las emociones, tanto las positivas como las negativas, en nuestro día
a día y sobre todo en nuestra salud, ya que se está pudiendo demostrar que
emociones positivas, como la alegría, la felicidad, el amor, nos pueden reportar
grandes beneficios físicos, actuando como preventivos de la enfermedad o
influyendo eficazmente en el proceso de recuperación. Por el contrario, las
emociones como el odio, la ira, la rabia y el miedo, entendidas como negativas,
llevarían consigo el proceso contrario, no solo no ayudando en la sanación, sino
que incluso, como hemos visto, pudiendo llegar a enfermarnos (Del Carmen y
Navas, 2010).
Recordemos que estos eventos del día a día, dependiendo de la evaluación
cognitiva que hagamos de ellos, se pueden convertir en variables que afecten a
nuestro estado emocional, ya que ésta puede ser positiva, neutra o negativa y
estresante, convirtiéndose entonces en lo que se ha venido en llamar "estresores",
es decir, situaciones a las que se dota de un significado psicológico negativo, que
afecta a nuestro bienestar y que produce emociones negativas que se pueden
convertir en causas generadoras de una reacción de estrés (Berrio y Mazo, 2011), es
decir, acontecimientos que si bien no son la causa directa de la reacción de estrés,
sí son capaces de evocar un estado de ánimo negativo que lo origine, y será en
función de la interpretación cognitiva que hagamos de ellos y del significado que
les asignemos (Lazarus, 2000) en base también a los aprendizajes previos, la cultura,
o las estrategias de afrontamiento, entre otros factores (Jiménez Sierra, 2017).
Danese et al. (2009) apuntan la idea de que en un principio los estresores son
detectados bajo el complejo entramado de una red neurobiológica, que se convierte
en una red de detección de amenazas ambientales, en la que se ubican el tálamo, la
corteza sensorial y la amígdala, cuya actividad es mediada por el hipocampo y la
corteza prefrontal (por su influencia inhibitoria). El primero, el hipocampo, ejerce
su control inhibitorio basado en aprendizajes anteriores y la memoria; la segunda,
la corteza prefrontal, lo hace en base a las funciones ejecutivas, como pueden ser la
atención y la meta-cognición.
De este modo, Veisser y Boissy (2007) recuerdan que los eventos vitales,
según la interpretación y la percepción que tengamos de ellos darán lugar a que se
120 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
genere una respuesta fisiológica propia en cada sujeto, consecuencia de la
activación de los distintos ejes neuroendocrinos, que hará que se rompa o no la
homeostasis del organismo; a su vez, la modulación de esta respuesta será mediada
por las emociones individuales, el nivel de exigencia del estresor y las estrategias
de afrontamiento de que disponga el individuo, que le hará plantearse las
situaciones del día a día de forma que la conducta se convierta en un acto
conciliador y de apertura de criterio (Buitron y Navarrete, 2008), o bien en donde
las demandas requeridas sobrepasen los recursos emocionales de los que se
dispone (Arias Gundín y Vizoso Gómez, 2016).
Krzemien (2007) define las estrategias de afrontamiento como las conductas,
físicas y psíquicas, que un sujeto utiliza para adaptarse a una situación novedosa
que le supone un esfuerzo por su parte y recuperar de este modo su equilibrio.
Folkman y Lazarus (1980, citado por González, Vélez y López-Goñi, 2016)
teorizaron sobre dos modos distintos de afrontamiento, uno centrado en el
problema, y otro centrado en la emoción; con el primero, se pretende hacer frente
y dar solución a la situación que genera el estrés, mientras que, con el segundo, se
regulan las emociones asociadas a la situación. Años más tarde, en 2006, Quass
(citado por Cortés, Zuluaga, Luna y Castellanos, 2014) añadió un tercer tipo: el
afrontamiento centrado en la evitación, con la puesta en marcha de estrategias que
pretenden evadir y evitar el conflicto. De todas estas estrategias, las centradas en la
emoción y en la evitación son las que producen mayores niveles de estrés y de
agotamiento emocional, en cambio las centradas en el problema protegen al sujeto
de mayores dificultades (Montoya, Moreno y Zuluaga, 2012)
Para Klinger et al. (2005) no es fácil encontrar e investigar una sola causa
provocadora de estrés en la cotidianidad del día a día, ya que normalmente son
distintas variables psíquicas, ambientales, físicas y emocionales, así como diversos
estímulos los que lo conforman. Los cambios vitales, como los cambios de
residencia y de estado civil, la sobreestimulación física (ruidos, luminosidad
artificial, etc.), y en general, todos aquellos acontecimientos que nos exigen cierto
reajuste, conllevan unas exigencias de adaptación a las nuevas condiciones que
pueden sobrecargar las defensas generales del organismo, por lo que lo dejan en
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 121
un estado de vulnerabilidad. Cuando concurren circunstancias, en principio
insignificantes, pero numerosas y acumulables, generan el mismo efecto que
cuando nos enfrentamos a una sola situación estresante pero intensa.
El exceso de información, la huida de la misma y la privación brusca de
estímulos también pueden resultar ser situaciones estresantes y factores
desencadenantes de estrés si el individuo no logra adaptarse a ellos, ya que, según
Selye, en 1974 y Toates, en 1995 (citados por Linares et al., 2008) un evento positivo,
como una sorpresa agradable, puede activar una reacción endocrina, con su
consecuente descarga de glucocorticoides, equivalente a la que se produciría ante
un suceso desagradable. Es la introducción de nuevas variables en la actividad
habitual, normalmente relacionadas con el cambio en sí y no con la dificultad, lo
que se suele acompañar de aumentos transitorios en la actividad de la corteza
suprarrenal.
Para demostrarlo, Tygranyan, en 1976 (citado por Contreras Mata et al., 2008)
mantuvo a un grupo de soldados del ejército ruso encamados y en reposo durante
siete semanas. Durante la primera semana se produjo una ligera disminución de
catecolaminas y corticoides circulantes, pero conforme avanzaban los días se
comenzó a producir un pequeño aumento de éstas y todas las hormonas
indicadoras de estrés, y mucho más a partir de la mitad del estudio, con lo cual
concluyeron que, una vez satisfechas las necesidades de descanso, el reposo
absoluto constituyó un elemento de estrés mucho más importante que el ejercicio
moderado. Es decir, nuestro organismo necesita cierta estimulación ambiental para
mantener un funcionamiento adecuado de los procesos fisiológicos; todo lo que
extralimite éste, por exceso o por defecto, supone una condición de estrés. La
capacidad de autorregulación del organismo, su tolerancia a las variaciones del
medio interno, los cambios en los ritmos biológicos, etc., pueden ser factores
desencadenantes de estrés.
Vázquez (2015) resume, de un modo muy esquemático, los síntomas que una
persona sometida a situaciones de sobrecarga, tanto personal, académica como
profesional es posible que sienta si no consigue una buena gestión de sus
122 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
emociones y recursos y los ordena en función de si afectan a su conducta,
emociones, cognición, sociabilidad y psicofisiología:
1. En los primeros incluye los comportamientos de evitación de tareas, o de
dificultad para concluir las mismas, el descontrol en la práctica de
conductas de riesgo como el consumo de tabaco y alcohol, variaciones en
los hábitos de alimentación, los cambios en los hábitos de descanso, bien
sean en la conciliación del sueño, mantenimiento o despertar precoz, las
manifestaciones de inquietud, temblores, puños apretados, llanto, y gestos
y muecas faciales que indiquen tensión.
2. La autopercepción de irritación y tensión, la incapacidad para relajarse, la
preocupación excesiva y constante e incluso el estado depresivo, son los que
menciona entre los síntomas emocionales.
3. Como síntomas cognitivos, incluiría los pensamientos ansiógenos y las
actitudes catastrofistas y las dificultades de memoria y de concentración en
la realización de las tareas.
4. En cuanto a las relaciones sociales expone que hay variaciones, ya que, si
bien algunas personas buscan la compañía de otras para poder
tranquilizarse, otras necesitan aislarse y tienden a las conductas relacionales
evitativas; también hace referencia a las variaciones que se presentan en la
calidad de las mismas.
5. Por último, en cuanto a los síntomas psicofisiológicos, enumera una serie
de manifestaciones físicas, ya mencionadas con anterioridad en este trabajo,
como son la fatiga, los temblores, los cambios en el índice de masa corporal,
sensaciones aumentadas en la percepción de los latidos cardiacos, la
disfagia, tensión o rigidez muscular, bruxismo, hiperhidrosis, cefaleas,
mareos, náuseas, vómitos, sofocos, dolor de estómago, cambios en la libido,
estreñimiento o diarreas y cambios en la micción (en la frecuencia y el
control).
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 123
Por lo tanto, podemos decir que los estresores son los estímulos que, por el
significado psicológico que les damos, nos generan emociones negativas, que
afectan a nuestro bienestar, y se convierten en generadores de una respuesta
adaptativa con la que se pretende no romper o reparar el equilibrio que
necesitamos para nuestra seguridad. Pueden ser variados, desde una cirugía,
tóxicos, infecciones, fiebre, y hasta las mismas respuestas emocionales cuando son
fuertes e intensas. Pueden generar una situación emocional extrema en el sujeto,
que dispararía una respuesta que conocemos con el nombre de reacción de estrés
(Berrio y Mazo, 2011; Ramos y Pérez, 2009).
En este sentido cabe destacar por su importancia el experimento planteado
por Mason para poder demostrar lo anterior. Pensó en someter a un grupo de
monos a un estímulo estresante, como la privación de alimentos, ya que conlleva
una necesidad de adaptación del organismo. En una primera fase del experimento,
a dos monos se les quitó la comida, pero no el agua, durante tres días, mientras el
resto de los participantes del estudio (grupo control) fueron alimentados
normalmente.
Como era de esperar según la teoría de Selye, los monos en situación de
ayuno presentaron unos marcadores que indicaban una activación de la corteza
suprarrenal típica de la situación de estrés (activación frente a un estímulo
desagradable). Analizando más en profundidad el experimento en sí, se vio que
podría estar contaminado por factores colaterales, y no directamente con la
situación de ayuno, por lo que se ideó un segundo estudio donde se pretendió
controlar éstos y donde se apartó a los monos privados de alimento de los demás,
y además se les suministró bolsas coloreadas y edulcoradas, sin valor alimenticio,
eliminando de este modo dos factores de estrés emocional, por un lado, las
molestias causadas por los otros monos, no debilitados por el ayuno y, por otro, la
sensación de vacío en el tracto digestivo, pero manteniendo la privación de
alimentos.
En estas condiciones no se observaron cambios en los marcadores
fisiológicos, por lo que, para Mason, la activación de la corteza suprarrenal es
124 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
secundaria a la reacción psicológica del sujeto frente a la situación desagradable, y
no al estímulo en sí (Castrillón, Sarsosa, Moreno y Moreno,2015).
Todo esto, y siguiendo en la línea de Selye, no hizo sino arrojar luz en su
investigación, ya que éste pudo destacar la importancia de los factores emocionales
en la respuesta de estrés, es decir, que es la interpretación de un estímulo como
nocivo lo que determina la activación del eje simpático-médulo-adrenal, descrita
por Cannon y la del eje hipófiso-cortico-adrenal, descrita por Selye (Hyman, 2010).
Mason también corroboró los resultados hormonales hallados por Selye y
diferenció dos fases en la secuencia de la reacción psicoendocrina como respuesta
al estrés psicosocial (González de Rivera, 2015):
1. Una inicial catabólica, en la que aumenta la secreción de sustancias
con actividad catabólica periférica, tales como cortisol, catecolaminas
y hormona tiroidea, suprimiéndose la producción hormonal
anabólica.
2. Otra segunda, cuando el estímulo deja de actuar y se normaliza la
situación, donde las hormonas catabólicas vuelven a sus niveles
basales y se restablece la actividad anabólica (insulina, andrógenos,
estrógenos, etc.)
De este modo, actualmente se piensa que la especificidad de respuesta a nivel
fisiológico está relacionada con la cantidad de información que se recibe del medio,
es decir, cuando se tiene poca información de la situación se reacciona con una
respuesta no específica, producida por la activación del sistema nervioso simpático,
y la consiguiente retirada del parasimpático. Es una situación que se interpreta
como desafiante y que requiere de la respuesta de lucha y huida. Del mismo modo,
Del Giudice et al. (2011), plantean que la liberación de cortisol se activa en mayor
medida como respuesta a situaciones impredecibles e incontrolables que
involucran el rechazo social o en respuesta a situaciones de rechazo o separación,
resaltando de este modo la gran repercusión que tienen las relaciones
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 125
interpersonales del sujeto y su interpretación de ellas para el mantenimiento del
estado de salud mental y física (Lemos, 2015).
Por lo tanto, según De Camargo (2007), podemos distinguir entre:
Estrés. A partir de los trabajos de Cannon (Dvorkin y Cardinali, 2003) sería
la reacción fisiológica que se produce cuando el sujeto percibe situaciones,
que llamaría estímulos, que pueden ser tanto aversivos como placenteros.
Reacción general de alarma. Consistiría en una serie de reacciones
fisiológicas que preparan a los sujetos para pelear o huir.
Síndrome general de adaptación. Promulgado por Selye, es como se conoce
a la respuesta fisiológica estereotipada del organismo, que se produce ante
un estímulo estresante, y que le ayudará a adaptarse, y donde, en definitiva,
lo importante es que, en todos estos procesos, como decía Bernard, es que
no se rompa la homeostasis interna en el intento de neutralizar el evento
estresante.
Siguiendo la idea introducida por Selye de la respuesta no lineal ni única del
organismo al estrés, surge la tendencia a pensar que ese mismo estrés, por tanto,
puede tener tanto aspectos protectores como nocivos sobre el sujeto, canalizado por
los mediadores que intervienen. Los mediadores primarios son las hormonas del
eje hipotálamo-pituitario-adrenal (HPA), las catecolaminas y las citoquinas. Los
factores genéticos, aunque también son mediadores no explican toda la
variabilidad individual, ya que la manera como un sujeto percibe su salud en
general, influye en su estilo de vida y por tanto, en las respuestas que da el
organismo (Castrillón et al., 2015).
Otro aspecto que también influye en las respuestas del sujeto es el que se
conoce como "programación temprana de la respuesta al estrés", que hace
referencia a la influencia que los factores ambientales tienen en determinados
momentos del desarrollo y que pueden modificar esa respuesta del eje hipotálamo-
pituitario-adrenal (HPA) frente al estrés; por ejemplo, índices altos de estrés en las
126 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
fases tempranas del desarrollo pueden determinar, de por vida, el tipo de respuesta
del eje HPA. Esto es lo que se ha llamado ”programación temprana de la respuesta
del sistema nervioso central al estrés”, siendo un sistema de gran plasticidad
influido en gran medida, como hemos señalado, por las experiencias previas y los
factores genéticos (Uribe Restrepo, 2006).
Actualmente se sabe que los estados emocionales pueden modificar, no solo
las conductas de salud, sino la salud misma. Del mismo modo que la conducta de
enfermedad no será solo la merma de la capacidad para reaccionar frente al medio
externo como respuesta a un peligro, sino también un estado motivacional. Los
efectos inmunitarios y neuroendocrinos no constituirían en sí un agente patógeno,
sino que podrían hacer a los sujetos más vulnerables frente a la enfermedad,
resultando ser un sumando de riesgo inespecífico (Montañés, 2005).
Debemos tener en cuenta que el término "conducta de enfermedad" no es
igual a conductas poco saludables. Ésta hace referencia a las expresiones audibles
y faciales como los gestos de apretar los dientes, llorar, gemir, llevarse la mano al
sitio de origen del dolor, aplicarse frío o calor, etc. y proviene de la sociología
médica y ha sido también recogido por la psiquiatría y la psicología (Leventhal,
Meyer y Nérez, 1980; Pilowsky, 1987, citados por Vázquez, 2015), y se refiere a las
demandas y quejas que hace un sujeto acerca de su salud, a pesar de que no exista
evidencia para justificarlas, por lo que así entendido, la conducta de enfermedad sí
podría ser equiparable a la conducta de dolor.
Ésta se piensa que es mantenida y reforzada por el entorno del sujeto (Truyols
Taberner, Pérez Pareja, Medinas Amorós, Palmer Pol y Sesé Abad, 2008), ya que las
atenciones que provoca, la delegación y exención de responsabilidades como
refuerzo negativo, los mayores afectos obtenidos, etc., entendido como ganancias
secundarias hacen que en cierto modo intervengan para el desarrollo y
mantenimiento del modo de hacer saber la dolencia y la enfermedad.
Para explicar lo anterior, en algunos estudios, se observó que, a más
atenciones del cuidador, más intensa y consciente es la percepción del dolor (Flor,
Breitenstien, Birbaumer y Fürst, 1995; Rodríguez y Picabia, 2000). Todo ello
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 127
mantenido, además, suele confluir en lo que se conoce como "papel del enfermo"
que ayuda en el incremento del dolor.
En general, se considera que existen dos tipos de estrés:
1. Eutrés. Se considera como el buen estrés, estrés productivo, y no es dañino.
Es la cantidad de estrés óptima y esencial para la vida, el crecimiento y la
sobrevivencia, porque es lo que nos incentiva la vida, nos permite
enfrentarnos a los retos y tomar decisiones, nos sirve de fuerza para tratar
de obtener buenos resultados y adaptarnos a los cambios. Existe una
cantidad de eutrés óptima la cual nos permite un rendimiento óptimo en
nuestras actividades y es necesario (Ortega Navas, 2006).
2. Distrés. Es una respuesta a una estimulación excesiva o insuficiente y se
considera, por tanto, un mal estrés, pues es dañino (patológico), destruye al
organismo, es acumulable, mata neuronas del hipocampo, contribuye a
producir patologías mentales, acelera el proceso de envejecimiento, etc. Es,
por tanto, un estado negativo de preocupación, temor, irritabilidad y
dificultad para afrontar las situaciones a las que nos vamos teniendo que
enfrentar y manejar en el día a día (Moscoso, McCreary, Goldenfarb, Knapp
y Reheiser, 2000).
Estas ideas en cierto modo ya fueron planteadas por Seyle cuando emitió la
idea de que algo de estrés es esencial y saludable; pero demasiado estrés es dañino.
Los procesos de estrés en exceso o hiperactividad se suelen dar, por ejemplo,
en casos de estrés crónico, depresión y melancolía, en los estados de desnutrición,
hiporexia nerviosa, alcoholismo y síndrome de abstinencia, hipotiroidismo,
síndrome de Cushing, Diabetes Mellitus, tipo I y II, desnutrición, ejercicio intenso y
primer trimestre de embarazo. Los estados hipoactivos se observarían en
circunstancias como el postparto inmediato, la suspensión de medicación a base de
glucocorticoides si no se hace de modo gradual, el síndrome de fatiga crónica, los
días premenstruales, así como los siguientes a la resolución de situaciones de
128 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
extrema preocupación, depresión atípica bipolar, la suspensión de nicotina y
algunas circunstancias de estrés postraumático, entre otros (Klinger et al., 2005).
Todo este proceso, como hemos visto, se ve desencadenado con mayor
facilidad cuando la respuesta al estrés se cronifica, lo que lleva a un manejo ineficaz
de los mecanismos homeostáticos, con excesiva puesta en marcha del eje
neuroendocrino y utilización de hormonas, corticoesteroides y catecolaminas
(McEwen, 2009), ya que el impacto negativo que se produce en el sistema nervioso
repercute activándose a su vez cambios bioquímicos que llevan a una ruptura del
equilibrio hormonal que afecta al sistema endocrino e inmune, por lo una vez más
se confirma la naturaleza multidireccional de las interacciones entre los estresores,
el cerebro y los sistemas endocrino e inmune (Sapoiski, Romero y Munck, 2000). Es
decir, se produce una alteración de los mediadores primarios de la respuesta
fisiológica al estrés y/o bien aumenta la producción de algunos de ellos, o bien se
reduce la liberación de otras (cortisol, adrenalina, insulina, vasopresina, endorfinas,
y citoquinas) (Koob, 1999).
Es decir, los mismos sistemas que permiten una organización y defensa del
organismo logrando un equilibrio homeostático son los que contribuyen a crear un
desbalance bioquímico durante la vivencia de estrés crónico, el cual generalmente
repercute a su vez en el sujeto, en la adopción de estilos de vida poco saludables,
como puede ser el consumo excesivo de alcohol, drogas, calorías, poco ejercicio
físico, etc. que solo contribuyen a empeorar la situación (Armeli, Todd y Mohr,
2005).
Engel habló de “estrés psicológico” en 1962 para referirse al proceso
originado, tanto en el exterior como en el interior de la persona, que lleva consigo
un proceso de exigencia sobre el organismo, y cuya resolución requiere primero del
esfuerzo de los mecanismos psicológicos de defensa, antes de que sean activados
el resto de los sistemas (Sánchez Segura, González García, Marsán Suárez y Macías
Abraham, 2006; Tobón, Núñez y Vinaccia, 2004).
Otra importante aportación en este sentido es la expuesta por Lazarus en 1966
y sus factores psicológicos de estrés, en referencia a las variables intervinientes,
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 129
entendidas como las demandas y exigencias del medio, tanto externo como interno,
los recursos del propio sujeto y el grado de satisfacción experimentado,
introduciendo de este modo la necesidad de la motivación (Sierra et al., 2003).
Lazarus y Folkman (1984, citado por Folkman, 2013) más adelante exponen
la importancia de incluir el proceso de evaluación cognitiva en referencia a la
necesaria percepción por parte del sujeto. A esta evaluación cognitiva le dieron el
nombre de appraisal y sería la interacción que se produce entre una amenaza
externa, la evaluación cognitiva de amenaza (appraisal primario), y los recursos
personales percibidos para hacer frente a tal amenaza (appraisal secundario).
Lazarus diferencia entre tres clases diferentes de evaluación (Linares et al.,
2008):
1. La primaria, que se establecería ante circunstancias externas e internas y con
la que el sujeto se podría hacer una idea acerca del daño o la pérdida,
perjuicios o beneficios que le reportaría, y el tipo de amenaza al que se
tendría que enfrentar, convirtiéndose por tanto en lo que se conocería como
el primer evaluador psicológico del estrés.
2. En segundo lugar, la valoración secundaria implicaría que el sujeto debe
valorar sus propios recursos internos para hacer frente a la situación,
implicando con ello que el sujeto se va a sentir capaz, asustado, optimista,
etc., y que a su vez dará lugar a que se genere una emoción, que puede ser
de miedo, ira o placer; si tras ello el individuo valora la pérdida, si la
hubiese, como irreparable o bien interpreta que se siente incapaz de superar
el proceso o que sus esfuerzos no se ven recompensados, puede aparecer
sintomatología de tristeza y/o depresiva.
3. En último lugar, cuando comienzan a aflorar soluciones a las cuestiones que
se plantean se produce una re-evaluación de la situación.
En esta época el concepto de estrés adquiere matices de negatividad y hace
referencia al desequilibrio entre las demandas del medio y la capacidad de
130 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
respuesta del organismo, por lo que pierde su carácter adaptativo. Es importante
destacar aquí la aportación de Mason (1971, citado por Pacak y Palkovits, 2001),
quien recordemos, contrario a la teoría de la inespecificidad de Selye, consiguió
demostrar científicamente como diferentes circunstancias estresantes para el sujeto,
evocan distintas respuestas endocrinas; para él, es la interpretación del estímulo
como nocivo, desagradable o peligroso lo que determina la activación fisiológica
como respuesta de estrés y no el estímulo en sí mismo (Fumero y de Rivera, 1983).
En 1980, González de Rivera añade una nueva reflexión donde la fantasía y
experiencias traumáticas también cobran importancia en los procesos del sujeto y
define el “estrés vital” como el “conjunto de modificaciones en el funcionamiento
basal del organismo, directamente atribuibles a la eliminación o adaptación a
estímulos nocivos o peligrosos, reales o imaginarios” (p.54). Este mismo autor y en
este mismo año enuncia la “Ley General de Estrés” en un intento de integración de
las distintas aportaciones y establece que “cuando la influencia del ambiente supera
o no alcanza las cotas en las que el organismo responde con máxima eficacia, éste
percibe la situación como nociva, peligrosa o desagradable, desencadenando una
reacción de lucha o huida y/o una reacción de estrés con hipersecreción de
catecolaminas y cortisol” (citado por Castrillón et al., 2015, p.17).
Moscoso (2014), al igual que otros autores (Linares et al., 2008), hace
referencia a la ambigüedad del término del estrés, ya que para muchos reflejaría un
estado de extrema preocupación, para otros una dificultad para manejar
situaciones adecuadamente, y para otros un reto que estimula para la obtención de
logros y metas. Por ello, coincidiendo con González de Rivera (2015), pensamos
que conviene hacer un breve repaso de los distintos enfoques para terminar de
aclarar el término:
Enfoque físico. El término estrés deriva del inglés y de su aplicación a la
física a partir del trabajo del físico Robert Hooke, en el siglo XVII, quien lo
utilizó para expresar el fenómeno conocido como "fatiga de material":
fuerzas aplicadas sobre un objeto que pueden llevarlo a un punto de rotura
o desintegración por la presión ejercida. En el siglo XVIII se aplica a los seres
humanos y era utilizado para explicar nuevamente el estado de resistencia
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 131
que se producía ante influencias extrañas (Alonso-Fernández, 1997, citado
por Sierra et al., 2003).
Enfoque médico. Hace referencia a los mecanismos de homeostasis y
equilibrio interno, antes mencionados, y los mecanismos de feedback
necesarios para ello (Cannon, 1932, citado por Berridge, 2004). Todo ello
supuso aceptar una relación causal entre enfermedad y ruptura
homeostática, y donde el estrés significaba un punto de alarma en el
organismo, manifestado a través de la actividad simpático-adrenal puesta
en marcha a causa de esa descompensación.
Una agresión procedente del medio externo desencadena en el sujeto una
reacción de ruptura del equilibrio. Para ello se tiene en cuenta también las
historias previas de los sujetos que hacen que cada uno de nosotros demos
a los acontecimientos un significado particular. En ocasiones suponen
relaciones problemáticas no resueltas, que generan, tensiones crónicas
(estrés), que pueden provocar trastornos funcionales crónicos y a la larga
lesiones orgánicas.
Enfoque fisiológico. Fue Selye, 1936, quien, a partir de sus estudios y
conclusiones acerca de la influencia del eje hipofisiario-suprarrenal,
introdujo el término de estrés biológico y el síndrome general de
adaptación. No es lo mismo hablar de estrés bajo el prisma de las ciencias
físicas, donde nos referimos a cuerpos inertes, que a través de la clínica. El
cuerpo recibe una agresión y su reacción provoca una serie de respuestas
que hace que el sujeto se supere y se equilibre de los cambios producidos
por ese estímulo perturbador llamado estrés (Dos Santos, 2012).
En este caso cabe destacar que el término estrés hace referencia al estado del
organismo, a la respuesta biológica; y "agente agresor" a la causa que lo
genera.
Enfoque biológico. Estrés significa la sobreactivación biológica que ocurre
cuando el organismo se ve sometido a una serie de estímulos internos y
132 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
externos que actúan sobre él (Eriksen y Ursin, 2002). Cuando el organismo
reacciona ante el estrés se activa su sistema nervioso autónomo, liberándose
catecolaminas y produciéndose una estimulación del sistema
neuroendocrino.
Enfoque cognitivista. Se amplía el anterior y se considera que los factores
psicológicos tienen un papel relevante en la respuesta endocrina y nerviosa
producida, así como en las futuras manifestaciones psicopatológicas si las
hubiere. En este modelo se reconoce el correlato fisiológico del término en
el lóbulo frontal, que es donde el sujeto determina lo que realmente es
estresante para él, por lo que es importante reconocer al cerebro como
órgano central de la respuesta fisiológica, psicológica y de comportamiento
del estrés, afectando no solo a éste, sino también al resto de sistemas de
nuestro organismo (McEwen, 1998; Sapolsky, 1996, citados por Lundberg,
2005).
Por tanto, como ya hemos señalado, podemos afirmar que a día de hoy no se
ha conseguido dar una definición unificada del vocablo estrés, ni siquiera una que
quiera decir lo mismo para todos, ya que es referido para explicar estados tan
dispares como un dolor de cabeza, un estado de ansiedad, cansancio, etc. Por eso
actualmente se puede referenciar desde tres grandes perspectivas teóricas:
1. Teorías basadas en el estímulo. El estrés como estímulo que puede dar lugar
a una alteración de los procesos homeostáticos (Holmes y Rahe, 1967,
citados por Folkman, 2013), es decir, enfatiza la situación estimular, y el
estrés sería algo externo y focalizado en el ambiente (estímulo). Sería el
enfoque Psicosocial del estrés o enfoque de los sucesos vitales (Bados, 2009).
2. Teorías basadas en la respuesta. El estrés es entendido como una respuesta
inespecífica, pero con forma y composición característica, producida por el
organismo y que atentaría contra su homeostasis ante cualquier demanda,
pero sin causa particular (Selye, 1956, citado por Vila Castellar y Guerra
Muñoz, 2015). Aquí cualquier acontecimiento que nos conduzca a la
respuesta de estrés activando el eje hipotalámico-hipofisiario-
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 133
corticosuprarrenal (HHC) y el sistema nervioso autónomo (SNA) se
convierte en estresor. El estrés se entiende como la sobrecarga emocional
que siente el sujeto, derivada de una exigencia del ambiente, que provoca
un sobreesfuerzo por parte del individuo, provocando en ocasiones una
enfermedad.
3. Por último, las teorías basadas en la interacción. Lo importante son los
procesos cognitivos que median entre el estresor y la respuesta de estrés,
como algo de tipo interactivo y bidireccional entre el organismo y el
ambiente que le rodea (Lazarus, 1966; Lazarus y Folkman, 1984, citados por
Ramírez y Hernández, 2008a).
Esta última parece ser la más aceptada por la perspectiva de la
Psiconeuroinmunoendocrinología (PNIE), ya que parece que es la que analiza de
un modo más integrado los estímulos, las respuestas y los mediadores entre ambos,
es decir, los elementos moduladores, tanto potenciadores como atenuadores,
entendiendo que esas respuestas pueden ser de tipo social, psicológico y biológico
[Link]. Estrés y salud
Como hemos podido ver el estrés es un concepto psicofisiológico, porque
relaciona un proceso psicológico (la percepción de una situación como amenazante
o desafiante), de carácter motivacional, distinto de los procesos emocionales y
cognitivos, aunque estrechamente relacionado, con una manifestación fisiológica
(patrón de activación somática y visceral).
Rememorando a Hengel, sería un enfoque bio-psico-social, es decir, el estrés
como integrador del componente psíquico, social y biológico. Es decir, la suma de
los recursos del individuo para controlar las demandas sociales y psicológicas y la
relación entre el sujeto y su entorno. Cuando se da una incapacidad para controlar
esas demandas, así como cuando la relación con el medio que nos rodea se vive
como algo impuesto y que excede a nuestros recursos, por su intensidad, duración,
etc., es cuando se pueden desarrollar enfermedades y las conductas de enfermedad,
palpables en los cambios fisiológicos que se manifiestan en síntomas como la fiebre,
más sueño, alteraciones hepáticas, mayor producción de glóbulos blancos, y otros
134 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
cambios neuroendocrinos que se suman a los cambios conductuales,
incrementándose un estado de ánimo deprimido, menor ingesta de alimentos y
líquidos, deterioro de las relaciones sociales y sexuales y también una mayor
sensibilidad al dolor (McEwen y Gianaros, 2011).
Todo esto se interpreta como cambios adaptativos necesarios para
enfrentarse a los estresores preparando el organismo para reaccionar ante la
situación con conductas de lucha-huida, por otro lado, similares a los que se
producen en las respuestas inmunes con las que se combaten las infecciones, ya que
para autores como Maier y Watkins (1998, citado por Segerstrom y Miller, 2004)
ambas comparten el mismo objetivo, que es la adaptación para la supervivencia.
Se investiga acerca de los mecanismos explicativos que relacionan
causalmente lo psicológico con lo biológico y a partir de aquí, con la enfermedad
física. Por lo que los tres enfoques de estudio, anteriormente mencionados, también
tendrían sentido desde la perspectiva del estrés biológico, ya que se puede entender
(Ramírez y Hernández, 2008b):
Estrés como respuesta. Característica interna del organismo. Estado interno
de desequilibrio biológico provocado por situaciones amenazantes. Está
dentro del sujeto, no en el ambiente (Cannon y Selye. Reacción de lucha y
huida y Síndrome General de Adaptación).
Estrés como estímulo. Es una característica externa del ambiente. El
estímulo provoca el desequilibrio biológico, es decir, el organismo
reacciona ante el estrés, no con estrés. Las situaciones que provocan el
desequilibrio, los estresores pueden ser conceptualizados en función de
características intrínsecas (estresores físicos, psicológicos y sociales),
características contextuales (estresores escolares, laborales, familiares,
económicos, políticos, ecológicos, etc.) y características paramétricas de los
sucesos estresantes (estresores vitales y cotidianos).
Por último, el estrés como transacción entre el estímulo y la respuesta
(modelo transaccional del estrés). Se considera la interacción entre la
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 135
dinámica cambiante y bidireccional entre la persona y su entorno, mediada
por procesos cognitivos relacionados con la evaluación psicológica de la
situación y de la respuesta que el organismo da ante tal situación (Lázarus
y Folkman, 1984, citado por Folkman, 2013).
Recordemos que la respuesta fisiológica al estrés cumple una misión
protectora y es puesta en marcha de forma instantánea, activada por un estresor.
Se inicia en el hipotálamo con la producción del Factor Liberador de Corticotropina
(CRF) y es dirigida al sistema circulatorio de la glándula pituitaria, que a su vez
segrega la hormona adrenocorticotropa (ACTH) a través del eje hipotálamo-
pituitario-suprarrenal (HPA) produciendo hormonas glucorticoides, sobre todo
cortisol (McEwen, 2007).
Más adelante, si la situación no se resuelve, la respuesta fisiológica del estrés
activa el eje simpático-suprarrenal medular (SAM), el cual genera la secreción de
catecolaminas como la adrenalina y noradrenalina. Estas hormonas permiten un
aumento en la concentración de glucosa en la sangre facilitando un mayor nivel de
energía, oxígeno, alerta, poder muscular y resistencia al dolor; todo esto en cuestión
de minutos.
La liberación de dichas hormonas permite el inicio de un proceso de
comunicación inmediata con el sistema nervioso autónomo, a través de los sistemas
simpático y parasimpático y permiten enlazar la experiencia del estrés con los
componentes psicofisiológicos de la emoción preparando al organismo para un
estado de alerta (Padgett y Glaser, 2003).
Se sabe, como hemos visto, que el estrés libera otros factores y hormonas
neuroendocrinas que regulan el sistema inmune. Estas incluyen la hormona del
crecimiento (GH), la prolactina, vasopresina, glucagón, endorfinas, encefalinas y
oxitocina entre otras. El cortisol liberado por las glándulas suprarrenales facilita la
preparación del sistema inmune para manejar sus defensas contra bacterias, virus,
heridas e inflamaciones (Marketon y Glaser, 2008).
136 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Figura 1.7. Efectos del estrés crónico sobre los sistemas nervioso, endocrino e inmune
(Moscoso, 2009).
Los mecanismos psicofisiólogicos de la respuesta del estrés juegan un rol
esencial en el proceso de adaptación y supervivencia. El incremento de cortisol,
adrenalina, noradrenalina y otras hormonas generadas durante la situación de
estrés cumple una función eminentemente protectora, siendo lo más importante
mantener el equilibrio homeostático. Estos sistemas reguladores de
glucocorticoides y hormonas liberadas durante la respuesta fisiológica del estrés
facilitan el proceso de adaptación del organismo (McEwen y Wingfield, 2003).
El estrés crónico produce problemas de memoria que son el resultado de
alteraciones en las neuronas del hipocampo (McEwen, 2001); también se ha podido
observar una influencia directa en los procesos inflamatorios debido a la elevación
injustificada y crónica de citoquinas pro-inflamatorias, las cuales a su vez son
responsables directas de las afecciones de alergias respiratorias, sobre todo el asma,
artritis reumatoide y dolencias cardiovasculares; el aumento de cortisol conlleva a
un estado de fatiga de las glándulas suprarrenales, además de estados depresivos,
insomnio, y fatiga crónica (MacPherson, Dinkel y Sapolski, 2005). Además, desde
un punto de vista metabólico, el estrés crónico induce a consumir calorías en una
cantidad excesiva, lo que conlleva al aumento de cortisol, glucosa e insulina,
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 137
abocando a la aparición de obesidad, diabetes tipo 2 y problemas cardiovasculares
(Dallman et al., 2003; Epel, Lapidus, McEwen y Brownell, 2001).
Conviene recordar que ya desde los trabajos de Selye y su “Síndrome General
de Adaptación” y “Enfermedades de Adaptación” se viene hablando de la relación
entre estrés y enfermedad. Los constantes cambios en los que vivimos, internos y
externos, obligan a unas exigencias de adaptación que si no se logran pueden
desembocar en la aparición de la enfermedad. Esta adaptación se refiere al
constante mantenimiento de la estabilidad y el equilibrio de los sistemas
fisiológicos para preservar la vida (Pilnik, 2010). Hablamos de la estabilidad
fisiológica mediante la respuesta sistémica para hacer frente a los cambios y retos
a los que se ve expuesta la persona y a los que debe de hacer frente (Sterling, 2004),
que implica la constante y permanente puesta en marcha de mecanismos de
retroalimentación y homeostasis entre los sistemas neuroendocrino,
cardiovascular, metabólico e imnune (McEwen y Karatsoreos, 2012).
[Link].1. Homeostasis
Inicialmente, al igual que ocurrió con el concepto de estrés, Canon, en 1935,
introdujo en el contexto científico la noción de homeostasis, definiéndola como el
conjunto coordinado de procesos fisiológicos encargados de mantener la constancia
del medio interno, regulando las influencias del medio externo y las respuestas
fisiológicas del organismo (Barraza, 2007). Él llama estrés a los factores que exigen
un esfuerzo no habitual de los mecanismos homeostáticos y estrés crítico al nivel
máximo de estrés que un organismo es capaz de neutralizar, sentando así las bases
de una nueva línea de estudio sobre los efectos nocivos y patógenos del estrés.
La idea inicial sobre la que descansa el término es del médico, biólogo y
fisiólogo francés, Bernard, quien alrededor del año 1860 (citado por Moreno
Altamirano, 2007), reflexionó acerca de la importancia de la constancia del medio
interior; esto fue sumado a la idea de que la autorregulación es una propiedad
innata de todo ser vivo, sobre todo por la necesidad de mantener la estabilidad en
su medio interno (internal milieu) a pesar de los cambios del medio externo que le
rodea (Moscoso, 2014).
138 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Paralelamente, como hemos visto, en 1936, aparece la figura de Selye, que es
quien se considera que fue el primer científico en estudiar el fenómeno del estrés
de una manera rigurosa y científica, aunque qué duda cabe que su trabajo estuvo
directamente influenciado por las contribuciones de Bernard y Cannon. Plasma la
idea de que el estrés es la respuesta inespecífica del organismo a toda exigencia
hecha sobre él, diferenciándose con Cannon en que mientras para el primero
estaríamos hablando de respuesta del organismo, para el segundo sería el estímulo
causante. Esta falta de claridad acerca del término, como ya vimos anteriormente,
se repetirá frecuentemente hasta la actualidad, ya que la misma palabra se usa para
referirnos tanto a la influencia ambiental, como a la reacción del organismo, como,
incluso a la relación entre ambas (Jiménez, Moreno y Rodríguez, 2017).
Es importante recordar que a raíz de todo esto, Selye prosiguió con sus
investigaciones e introdujo un nuevo término, el de estrés biológico, que se refiere
a la fase de agotamiento, donde el organismo deja de poder hacer frente al estresor
y rompe la homeostasis, concepto que consideramos de gran utilidad en nuestro
trabajo.
Como anteriormente hemos comentado, los mismos sistemas que permiten
una organización y defensa del organismo logrando un equilibrio homeostático son
los mismos que contribuyen a crear un desbalance bioquímico durante la vivencia
de estrés crónico, el cual generalmente repercute a su vez en el sujeto, en la
adopción de estilos de vida poco saludables, como puede ser el consumo excesivo
de alcohol, drogas, calorías, poco ejercicio físico, etc.; y en el medio ambiente en el
que se desenvuelve, que interactúan como factores mediadores y que contribuyen
a empeorar la situación (Armeli, Todd y Mohr, 2005).
El estado de homeostasis al que nos referimos es fundamental para conseguir
que el sujeto tenga una salud óptima y sea capaz de luchar contra las exigencias del
medio a las que se puede ver expuesto, porque exigen un esfuerzo inhabitual de
esos mecanismos homeostáticos para que no se altere ese equilibrio del medio
interno y con ello a las enfermedades que se le pudiesen generar. Como apunta
Ebstein, Israel, Chew, Zhong y Knafo (2010), el que no aparezcan estas conductas
haría que se viesen disminuidas las posibilidades de supervivencia.
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 139
[Link].2. La Teoría de la Alostasis
Como señalan Ramos y Pérez (2009) el concepto de homeostasis debe
completarse con el de alostasis, ya para que nuestro organismo pueda afrontar tales
cambios, tanto internos como externos, debe someterse a continuas variaciones y
adaptaciones de los sistemas nervioso (eje hipotálamo-hipofisario-adrenal),
inmune y endocrino. Este proceso activo de adaptación es lo que se conoce como
alostasis, que se genera por la producción de mediadores orgánicos, como puedan
ser los esteroides suprarrenales, las catecolaminas, las citoquinas, los mediadores
tisulares y otros neurotransmisores (Salvador Carulla, Cano Sánchez y Cabo Soler,
2004).
La teoría de la Alostasis fue propuesta por Sterling y Eyer, en 1981, y más
tarde, en 2002, por McEwen (Pilnik, 2010) con el fin de poder explicar el proceso
que se produce para mantener la estabilidad a partir del cambio y con ello
conseguir la adaptación del sujeto ante tales exigencias (McEwen, 2004 y McEwen,
Eilan, Hunter y Miller, 2012), es decir, sería el nivel de actividad necesario en un
organismo para mantener la homeostasis ante los cambios, por otro lado, necesaria
para la supervivencia.
Por tanto, la alostasis sería un proceso activo y dinámico que busca la
adaptación y el equilibrio del organismo, procurando mantener la estabilidad,
como respuesta al estrés, físico o psíquico, interno o externo, a través de cambios
holísticos, mediante la activación del sistema nervioso autónomo, el eje
hipotálamo-hipófiso-adrenal, el sistema cardiovascular, el metabolismo y el
sistema inmunitario, con el fin de movilizarse y responder a un agente estresor,
tras el cual se produciría un periodo de recuperación que se caracterizaría por el
cese de la activación (Pilnik, 2010), por lo que se puede decir que todo proceso
alostático repercute en cambios psicofisiológicos para el organismo que deben de
ser de nuevo equilibrados (McEwen y Wingfield, 2010)
[Link].3. Homeostasis y alostasis
De este modo diferenciamos homeostasis, que implica mecanismos
necesarios para la vida, sistemas biológicos en equilibrio, como el pH, la
140 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
temperatura corporal, los niveles de glucosa, etc., que buscan la estabilidad y que
tiene una corta variabilidad, de alostasis que sería el nivel de actividad del
organismo en respuesta a los cambios, necesario para alcanzar dicho equilibrio,
que, por otro lado, sería el concepto que daría explicación a las diferencias de
respuesta, tanto en el mismo sujeto, a lo largo de su ciclo vital, como entre distintos
individuos (Lemos, 2015; McEwen, 2012).
En la alostasis, según Cortelli, Pierangeli y Montagna (2010), el peso recae en
el proceso de adaptación, mientras para la homeostasis lo fundamental es mantener
el equilibrio y la constancia. Para la alostasis el cambio se entiende como algo
necesario y favorable (Logan y Barksdale, 2008), ya que implicaría que el medio
interno tiene la capacidad de adaptación necesaria ante los distintos desafíos, tanto
físicos, psicosociales, como ambientales (Yamamoto, 2013). El organismo regularía
los procesos fisiológicos en el tiempo (Bullington, 2002) siendo capaz de responder
anticipadamente a las amenazas según la adaptación, ya que la información previa
se utilizaría para prevenir la demanda y responder anticipadamente ante ellas en
función de la adaptación y mantenimiento del equilibrio.
Esta teoría tuvo gran aceptación, y autores como Bonet (2004) se plantearon
qué sucede cuando no se llega al periodo de recuperación, bien por una deficiencia
de los mecanismos responsables o porque no cese el estímulo estresante, y
sostuvieron que cuando se producen situaciones que requieren de un gran esfuerzo
de adaptación del organismo o éstas se repiten, provocando que las respuestas se
alarguen, sean excesivas o inadecuadas, se desarrolla la "carga alostática", que
viene a ser como el tributo que tiene que pagar el organismo, generando un
desgaste acumulativo resultado de la hiperactividad crónica de los sistemas
alostáticos para adaptarse a semejantes demandas del medio. Estas situaciones
pueden llevar a que el sujeto salga fortalecido o debilitado, dependiendo de su
personalidad de base, las características sociales, culturales, ambientales y
genéticas (Pérgola, 2006).
Por ello, lo deseable es que cuando termine la demanda que provocó la
activacion, la elevación del arousal, el sistema vuelva a autorregularse para evitar
la carga o sobrecarga alostática. Pero como señalan Hostinar y Gunnar (2013) y
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 141
McEwen et al., (2012) se han hallado casos donde la estimulación se he vuelto
crónica y no se ha conseguido volver al estado inicial de equilibrio y esta carga
alostática se ha convertido en mantenedora del estado de activación.
Figura 1.8. Proceso de alostasis y de carga alostática (López, 2012).
Frente a la carga alostática también hay distintos tipos de respuesta,
modulada por los aprendizajes previos, estrategias de afrontamiento, las rutinas
diarias, como la dieta y el ejercicio, las emociones individuales y la carga genética,
entre otros, que marcan distintos patrones de reactividad biológica y
comportamental (Christodoulou, 2010; Veissier y Boissy, 2007).
De este modo, nos encontramos con respuestas prolongadas, que se
producen las personas que viven permanentes situaciones de estrés, donde aún no
se han recuperado de una crisis y ya se deben estar enfrentando a otra; situaciones
repetidas, en las que el sujeto no logra adaptarse a estresores del mismo tipo que
se repiten en el tiempo; y por último, las respuestas inadecuadas, es decir, cuando
los mecanismos de los sistemas reguladores no proporcionan una respuesta
reguladora y de contención, lo que hace que aumente la actividad de otros sistemas,
normalmente en aquellos ante los que tengamos mayor vulnerabilidad, por
ejemplo, si la secreción de cortisol no se ve incrementada como respuesta al estrés,
142 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
sí se verá aumentada la secreción de citoquinas inflamatorias, que están
contrarreguladas por el cortisol (Romero, Hernández, Salinas y López, 2004).
Un ejemplo de situaciones estresoras repetidas puede ser la necesidad de
hablar en público, ya que es una circunstancia que en un alto porcentaje de
población genera temor y ansiedad, y se cree que un 10% nunca llega a adaptarse,
ya que cada vez que se repite el evento les sobreviene una nueva descarga de estrés,
lo que implica una exposición prolongada a las hormonas del estrés.
De esta manera podemos encontrarnos que ante un estrés frecuente se
reacciona produciéndose, por ejemplo (Molina Jiménez, Gutiérrez García,
Hernández Domínguez y Contreras, 2008):
- Variación en los niveles de cortisol, y catecolaminas en el organismo, como
consecuencia primaria de la respuesta de adaptación.
- O que no se logra la adaptación a estresores repetidos de un mismo tipo, lo
cual conlleva una exposición prolongada a hormonas de estrés.
- O bien, en el tercer tipo, que se produce una incapacidad para detener la
respuesta al estrés una vez que el suceso ya ha pasado, como ocurre en el
caso de la depresión.
- También hay sujetos que consiguen manejar y controlar las respuestas
holostáticas una vez finalizado el evento estresante.
Por lo tanto, resulta esencial conocer cómo se relaciona un evento estresante
y una respuesta individual, ya que puede fluctuar desde mantener el equilibrio y
fortalecer el yo, o bien favorecer la aparición de alguna patología, consecuencia de
una mala adaptación, en donde incluiríamos a las enfermedades somáticas. Dentro
de este circuito, no debemos olvidar la predisposición genética del sujeto, como en
el caso de las variaciones en el gen trasportador de serotonina (Moneta, 2007).
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 143
Evento estresante
ENFERMEDADES
+
SOMÁTICAS
Predisposición genética
Desgaste o agotamiento
de los sistemas
alostáticos
Patología por
Equilibrio mala adaptación
Figura 1.9. Relación entre estrés y enfermedad (elaboración propia a partir de Moneta, 2007).
Por todo ello, últimamente los estudios se están centrando más en medir lo
que se conoce como efectos secundarios y terciarios de la carga alostática, ya que
son los que nos permiten estudiar los efectos a medio y largo plazo. El degaste o
agotamiento de los sistemas alostáticos se sabe que a largo plazo se convierten en
generadores de patología, tanto orgánica como psíquica (Pilnik, 2010). Es
importante señalar, como apunta McEwen (2006), que ese desgaste y agotamiento,
esa carga alostática, se acumula a lo largo de nuestra vida, siendo el componente
mediador para que esto se produzca en mayor o menor medida, los factores
individuales a los que hacíamos referencia:
Los efectos secundarios son los que se derivan de la influencia que tienen
tales sustancias en el organismo, pudiéndose estudiar a partir de la
medición del perímetro de la cintura-cadera, los picos o variaciones en la
presión arterial, los niveles de hemoglobina glicosilada, los niveles de
colesterol, HDL (High Density Lipoprotein), LDL (Low Density Lipoprotein) y
total, de triglicéridos, fibrinógeno y proteína C reactiva. En ocasiones, estos
valores se ven ampliados al estudio de las veces que el sujeto cae enfermo
con resfriados, frecuencia y severidad, problemas intestinales,
dermatológicos, musculares, etc.
Los efectos terciarios serían las enfermedades resultado de la sobrecarga
alostática, que ha hecho al sujeto más vulnerable para el desarrollo de
144 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
enfermedades (McEwen y Seeman, 1999), siendo la enfermedad
cardiovascular, la hipertensión, la obesidad, la fatiga crónica, el cáncer y las
patologías que implican un detrimento severo de la capacidad cognitiva las
que más se están estudiando (Juster, McEwen y Lupien, 2010; Van
Houdenhove y Luyten, 2010; Yamamoto, 2013).
Si analizamos las consecuencias fisiológicas de esta sobrecarga alostática por
sistemas nos encontramos que:
- El cerebro que es un organismo muy vulnerable a la acción del cortisol,
puede llegar a aumentar su actividad celular en dos importantes áreas como
son el hipocampo y la amígdala, cuya función en situaciones estresantes,
como puedan ser circunstancias de miedo, emociones intensas o mal
reguladas o una alteración en el sistema inmunitario, son muy importantes,
así como la influencia en las funciones superiores, como puedan ser el
aprendizaje y la memoria, provocando la atrofia de las células o un daño
permanente. McEwen (2006) señala como en circunstancias donde ha
desaparecido el agente estresor dicha atrofia hipocámpica se ha vuelto
reversible al estado inicial.
- El sistema cardiovascular se ve muy influenciado por el incremento de la
adrenalina, ya que ésta tiene su principal efecto fisiológico en el aumento
de la agregación plaquetaria, con aumento del fibrinógeno y de la
hemostasis, lo que a su vez repercute en un aumento del riesgo de trombosis
o infartos, por las alteraciones en la coagulación que conlleva.
Por otro lado, la activación simpática con el aumento de la noradrenalina y
el cortisol genera una vasoconstricción periférica con aumento de la
resistencia vascular que favorece la aparición de procesos patológicos en la
regulación de la presión arterial, desarrollando el sujeto cuadros de
hipertensión arterial, que sumados al aumento de la frecuencia cardíaca y
posibles fibrilaciones aumenta el riesgo de arritmias y muerte súbita. El
incremento de la lipolisis, la obesidad central, y la resistencia a la insulina y
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 145
las dislipemias promueven la aparición de ateroesclerosis y el infarto de
miocardio (Patchev y Patchev, 2006).
- En cuanto a la respuesta metabólica se sabe que se produce un aumento de
la actividad simpática de la adrenalina y el cortisol, que provocarán un
aumento de la resistencia a la insulina, de la glucogénesis y la
glucogenolisis, con riesgo de desarrollar diabetes tipo II y síndrome
metabólico (Patchev y Patchev, 2006; Weiss et al., 2007).
- En el sistema inmunitario se produce un desequilibrio de los mecanismos
de reconocimiento frente al organismo patógeno, resultado de la liberación
de neurotransmisores, glucorticoides y adrenalina, que se activa como
respuesta al estrés. Recordemos que los responsables máximos de esta
respuesta de defensa del organismo son los linfocitos B y T (los primeros
son capaces de identificar a los patógenos intactos, mientras que los
segundos, podrían reconocer a los patógenos procesados por las células del
organismo, produciéndose por tanto un desajuste de la respuesta
inmunitaria frente a las agresiones).
La inmunidad específica celular Th1 elimina gérmenes de crecimiento
intracelular, como virus, microbacterias y tumores; la Th2 genera
inmunidad humoral constituida por inmunoglobulinas neutralizantes de
patógenos extracelulares; por otro lado, el sistema inmune ejerce una
regulación cruzada entre Th1 y Th2, donde las citoquinas que generan
células Th1, inhiben el desarrollo de Th2, mientras que las interleucinas que
generan células Th2 en su mayoría son antinflamatorias y anulan las
acciones proinflamatorias de las Th1, sistema que se considera de gran
importancia, porque al generarse células que no dan respuesta al grupo de
citoquinas apropiadas, la respuesta es errónea, y por tanto, inefectiva para
eliminar el antígeno, y a la larga dañina para el sujeto (Klinger et al., 2005;
Linares et al., 2008).
146 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
o En el estrés agudo, se activa la respuesta Th2, preparándose el
organismo para hacer frente a traumas, hemorragias, infecciones,
etc.
o En el estrés crónico, en cambio, la alteración que se produce es el
incremento de Th2 frente a Th1, con lo que supone de perjuicio para
la inmunidad celular.
Este mecanismo podría ser la base para la explicación de por qué se produce
un incremento de enfermedades autoinmunes e inflamatorias, e incluso de
la aparición de células cancerígenas (Pilnik, 2010), es decir, en el primero se
contrarrestra la agresión, mientras que en el segundo se produce una
situación de inmunosupresión, y los mismos sistemas que actuarían como
mecanismos de defensa frente a la agresión, se acaban convirtiendo en la
causa de nuestro enfermar.
Otro aspecto importante a considerar respecto a las alteraciones que aparecen
en las situaciones de estrés crónico, según Cardinali (2005), es el relacionado con el
patrón del sueño y las alteraciones que se producen, normalmente manifestadas en
pérdida de horas de descanso y/o disminución de su calidad, lo que se traduce en
alteraciones del ritmo circadiano, y éste a su vez en debilidad de los sistemas
alostáticos.
Por otro lado, se sabe que la alteración del ritmo circadiano normal del
hipotálamo también tiene una influencia directa en la actividad de las hormonas
orexigénicas, que son las hormonas estimuladoras del apetito (ghrelina, y
neuropéptido Y, entre otras), y sobre las hormonas anorexigénicas, las que inhiben
el apetito (leptina, insulina, colecistiquinina y péptido YY, entre otras); ambas son
las hormonas que tienen el control sobre el apetito, y el desequilibrio entre ambas
puede generar cambios en el peso, normalmente ganancias, lo que a su vez se
podría traducir en un aumento de la producción de insulina e insulinorresistencias,
es decir, en otro factor desencadenante de poder desarrollar síndrome metabólico
(Crespo et al., 2009).
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 147
Por todo lo anterior, como señala Jacobs (2001), podemos decir que las
aportaciones de Walter Cannon acerca de sus estudios pioneros en la relación
mente-cuerpo y los descubrimientos sobre la respuesta fisiológica de Hess y Selye,
y sobre la reacción de lucha huida, son los que han sentado las bases para
posteriores estudios sobre las emociones, el estrés y su relación con la enfermedad.
Tabla 1.5. Mediadores de la alostasis asociados con la carga alostática por
hipo e hiperestimulación.
Mediadores Evaluación de Medidas de carga Medidas de carga
Alostasis Alostasis estado alostática alostática
hipoestimulación hiperestimulación
Sistema - Glucocorticoides - Cambios en el - Violencia - Desórdenes de
Nervioso - Citoquinas equilibrio - Impulsividad ansiedad
Central - Serotonina central - Depresión - Depresión
- Dopamina atípica metabólica
- Adrenalina - Confusión de
- Neuropéptidos pensamientos
- (corticotropina)
Sistema - Catecolaminas - Niveles - Hipersomnia - Insomnio
Cardiovascular elevados de - Fatiga Crónica - Estados
catecolaminas - Arritmia psicóticos
basales en ventricular - Hipertensión
orina. - Fallo cardíaco - Hipertrofia
- Reducción de la ventricular
actividad vagal
Sistema - Glucocorticoides - Descenso de - Infección - Inflamación
Inmune - Citoquinas - Cortisol en - Inmunización - Baja actividad
suero lenta inmunológica
- Incremento de
citoquinas
inflamatorias
Sistema - Glucocorticoides - Incremento de - Pérdida de peso - Acumulación de
Metabólico cortisol en orina grasa abdominal
diurna - Arterioesclerosis
- Incremento de - Gasto muscular
los niveles de - Diabetes
glucosa e
insulina
Fuente: Tomado de López (2012).
148 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
1.2.3. Psiconeuroinmunoendocrinología y salud
El cuerpo se entiende como un sistema en continua comunicación entre el
cerebro, como órgano supremo regulador, y el resto de los sistemas del organismo
(McEwen y Gianaros, 2011; McEwen y Karatsoreos, 2012). Todo ello genera una
evaluación cognitiva por parte del sujeto, condicionada por su carga genética y las
experiencias y conductas previas, que implicará una traducción de esa evaluación,
activando los sistemas alostáticos y los distintos mediadores biológicos
(glucocorticoides, catecolaminas, citoquinas, etc.), que generarán una respuesta
neuroinmunoendocrina única y específica, que buscará de nuevo el
restablecimiento de la homeostasis.
La Psiconeuroinmunoendocrinología (PNIE) pretende estudiar la
enfermedad como el resultado de la ruptura del equilibrio de los sistemas y, por
otro lado, nos muestra lo confuso del concepto de equilibrio y homeostasis. Lo
normal es la adaptación circadiana, metabólica, endocrina y psicológica a cambios
permanentes. La fluctuación y la adaptabilidad definen la salud. La pérdida de esta
capacidad de adaptación es la enfermedad (Mur, 2014).
Tradicionalmente, como hemos comentado, cada especialidad sanitaria
entendía la enfermedad parcialmente, producto de un pensamiento unicausal,
lineal y simplista, pero el ser humano se compone de una complejidad de sistemas
donde el todo es más que la suma de las partes. Por ello, como hemos visto, bajo el
paradigma de la PNIE resulta necesario entender la idea de que el sistema nervioso,
el endocrino y el inmune tienen células que reciben y comparten información desde
los otros sistemas a través de células que hacen la función de mensajeras (Dantzer,
2001b), como ocurre, por ejemplo, con los linfocitos, que presentan en su membrana
receptores capaces de unirse a distintas sustancias, como son corticoides, insulina,
estradiol, prolactina, testosterona, hormona adrenocorticotropa (ACTH), agentes β
adrenérgicos, sustancia P, somatostatina, encefalinas y endorfinas (Cocom
Góngora, Mut Martín y García Miss, 2004). Esto nos podría hacer pensar que los
linfocitos se comportan como verdaderas hipófisis periféricas circulantes, y
entender por qué un estado infeccioso puede tener la misma clínica de astenia y
déficit sistémicos que la depresión endógena.
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 149
Puesto que actualmente se sabe que la respuesta fisiológica al estrés conlleva
la interacción de complejos mecanismos que se hallan en continua interacción y
procesos de retroalimentación entre los sistemas nervioso, endocrino,
cardiovascular, metabólico e inmune (McEwen y Karatsoreos, 2012) también se ha
podido demostrar que el punto de máxima intensidad de la respuesta inmune se
corresponde con el máximo nivel de hormona adrenocorticotropa (ACTH) y
cortisol, lo que lleva a pensar que el exceso de respuesta inmune que puede lesionar
al sujeto, ya no sólo por los desórdenes que se producen en los mecanismos de
inmunorregulación, sino porque se induce a un daño en el ADN, lesionándolo y
alterando los mecanismos de reparación; por ello, se ha podido establecer su
conexión con el brote de algunos tipos de cáncer (Kiecolt-Glaser y Glaser, 1999),
traumas, enfermedades neurodegenerativas, autoinmunes, etc., además de
evidenciarse el hecho de que los procesos de estrés suelen cursar con reacciones
inflamatorias agudas.
Todos los sistemas están en permanente relación y la modificación en uno
provocará indefectiblemente cambio en el otro, y es esta interrelación de los
sistemas psicológico, neurológico, inmunológico y endocrinológico la que
conforma el sistema psiconeuroinmunoendocrino, el auténtico responsable de las
respuestas adaptativas e integrativas desde y hacia el medio. Entendiendo los
mecanismos de la PNIE comprenderemos este causalismo y por qué una situación
emocional puede influir sobre el cuerpo y determinar o modificar una enfermedad,
y viceversa, porqué una enfermedad pueda modificar la reacción psicológica del
individuo hacia los demás y hacia el medio.
House et al., realizaron un estudio epidemiológico en el que evaluaron los
efectos del aislamiento afectivo como factor de riesgo metabólico, resultando ser
tanto o más importante que el tabaquismo, la hipertensión arterial o la obesidad.
También en un estudio retrospectivo, Polonsky mostró como la depresión es el
factor predisponente más importante para enfermedad cardiovascular, por encima
de la obesidad, el sedentarismo y el uso de drogas (Montero y de Roda, 2016).
Solo así podremos entender la salud y sanar la enfermedad. La PNIE recupera
la versión holística de la Medicina hipocrática, pero sin olvidar la particularidad de
150 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
cada ser. Sólo en la interacción del hombre biológico, psicológico y social con su
medio se entiende que no hay enfermedades sino enfermos, como dijo el eminente
Gregorio Marañón.
Como factor de riesgo para la salud, la reactividad psicofisiológica constituye su
principal mecanismo explicativo, a través de tres vías de actuación (Gómez
González y Escobar, 2006):
1. Vía psicofisiológica directa. Las vías nerviosas de los sistemas somático y
vegetativo provocan la activación fisiológica de órganos y tejidos.
2. Vía neuroendocrina. Se produce una activación fisiológica a través de la
secreción de hormonas (catecolaminas, glucocorticoides, neuropéptidos,
etc.) por diferentes glándulas internas que vierten su contenido
directamente al sistema circulatorio estimulando el funcionamiento de los
órganos y tejidos diana una vez alcanzados.
3. Vía neuroinmunitaria. Activación o inhibición del sistema defensivo del
organismo frente a agentes externos mediante el incremento o disminución
de la producción de anticuerpos y células inmunológicas (linfocitos T y B,
macrófagos y células asesinas).
La reactividad fisiológica relacionada con el estrés ha dado como fruto dos
metodologías diferentes, la concepción de la generalidad, frente a la concepción de
la especificidad (Castrillón et al., 2015):
1. La primera, siguiendo el planteamiento primero de Cannon y Selye,
defiende que la respuesta ante el estrés es inespecífica, general del
organismo ante cualquier estímulo o situación amenazante. Se producen
cambios fisiológicos en los sistemas activados con correlaciones entre todos
ellos, que se traducen en incremento de la actividad somática, vegetativa y
cortical. Si dicha activación es excesivamente alta, a largo plazo se puede
convertir en un riesgo real de alteración de los órganos y sistemas afectados.
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 151
2. La segunda, se puede ver en relación a dos niveles:
a. La especificidad estimular es la referida a los diferentes patrones de
reactividad psicofisiológica provocados por estímulos o situaciones
estresantes distintos.
b. La especificidad individual se refiere a la forma particular de
reaccionar de cada persona ante una misma situación evaluada
como amenazante, siendo este patrón de reactividad de cada
individuo constante a lo largo del tiempo y las diferentes
situaciones.
Alexander y la escuela psicoanalítica de Chicago elaboraron la teoría de la
inervación concomitante, según la cual si la expresión de una necesidad es inhibida,
se mantiene la excitación nerviosa sobre un órgano asociado con la expresión de
esa necesidad, de tal modo que, si los impulsos agresivos son reprimidos, se activa
el sistema nervioso autónomo, y además de un modo crónico y excesivo, y
viceversa, si la represión es a costa de las necesidades pasivo-receptivas, es el
sistema nervioso parasimpático el que se prolonga en un estado de excitación
inapropiado. Enfermedades tales como el asma bronquial, la colitis infecciosa, la
úlcera péptica, neurodermatitis, hipertensión arterial y la artritis reumatoide serían
algunas de las enfermedades incluidas en este grupo y por ellos estudiadas
(Campuzano y Martínez, 2014).
Otra de las teorías que se sitúa en esta línea de pensamiento es la de los
perfiles caracteriológicos de Dunbar, según la cual determinados perfiles de
personalidad ofrecen predisposición ante determinados tipos de enfermedades,
como las cardiopatías, alergias y enfermedades digestivas, entre otras (Serrade y
Ruiz, 2016).
1.2.4. La salud y su conexión psicofisiológica
Parece evidente que algunas enfermedades y procesos patológicos resultan
más influidos que otros por variables psicológicas y sociales, y que ciertas
alteraciones orgánicas aparecen tras acontecimientos significativos en la vida de la
152 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
persona, relacionados con una situación vital estresante de pérdida, duelo,
descontento y en general, dificultad en la adaptación.
La alteración de síntomas fisiológicos se refiere al mal funcionamiento de
determinados órganos, tejidos (corazón, pulmones o el estómago), y, en definitiva,
sistemas biológicos, en general, como el cardiovascular, respiratorio y
gastrointestinal. Se les llama psicofisiológicos cuando en su origen y desarrollo se
vislumbra factores psicológicos. Se hace patente la relación e interacción entre lo
fisiológico y lo psicológico, lo físico y lo mental, aunque no siempre ha sido
aceptada la bidireccionalidad de la relación, es decir, parece que se acepta sin
cuestionar que un problema a nivel físico puede tener consecuencias psicológicas,
desde la percepción del dolor, hasta las más variadas reacciones afectivas y
emocionales (llanto, desesperanza, ansiedad, etc.), pero nos cuesta más entender
que se puede y debe atribuir a factores psicológicos la causalidad de según qué
enfermedades biológicas, como el cáncer, dermatitis, lupus y un largo etc.
Por tanto, Vázquez (2015) aclara que no es que existan enfermedades
causadas por estrés; éste no es en sí mismo el responsable, sino que, por un lado,
puede llegar a causar un estado de debilidad tal que deja al organismo mucho más
vulnerable y expuesto a la patología, y por otro, interviene en el incremento de las
conductas de riesgo, habituales en los estados de tensión emocional, debilitando
los saludables.
ESTADO DE DEBILIDAD y
Estrés Enfermedad
CONDUCTAS DE RIESGO
Figura 1.10. Variables intervinientes entre el estrés y la enfermedad (elaboración propia a
partir de Vázquez, 2015).
En la siguiente tabla se exponen detalladamente los principales trastornos
psicofisiológicos recogidos por Labrador, en 1993 (Vázquez, 2015; Barona, 2016).
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 153
Tabla 1.6. Principales trastornos psicofisiológicos
Trastornos Hipertensión Trastornos Prurito
cardiovasculares Enfermedad coronaria dermatológicos Eccemas
Taquicardia Acné
Arritmias cardiacas Psoriasis
Enfermedad de Raynaud
Cefaleas migrañosas
Trastornos Asma bronquial Trastornos Impotencia
respiratorios Síndrome de sexuales Eyaculación precoz
hiperventilación Coito doloroso
Alteraciones respiratorias Vaginismo
Alergias Disminución del
deseo
Trastornos Úlcera péptica Trastornos Hipertiroidismo
gastrointestinales Dispepsia funcional endocrinos Hipotiroidismo
Síndrome de colon Síndrome de
irritable Cushing
Colitis ulcerosas
Trastornos Tics, temblores y Trastornos Inhibición del
musculares contracturas inmunológicos sistema
Alteraciones de reflejos inmunológico
musculares
Lumbalgias
Cefaleas tensionales
Fuente: Labrador (1993, citado por Vázquez, 2015).
[Link]. Sistema cardiovascular y emociones
El gasto cardíaco, el ritmo y la presión arterial, entre otros, son elementos
indicadores de la función cardiovascular, por ello, variaciones en el pulso y la
presión arterial, por ejemplo, se suelen utilizar como medidores fisiológicos de la
reacción emocional a diferentes estímulos, porque se sabe que las emociones como
el miedo, la ira, la alegría, etc. pueden modificarla (Castellar, 1996; Castellar y
154 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Muñoz, 2010), así como la reacción de lucha-huida como respuesta al estrés. Al
igual que ocurre en otros sistemas, una respuesta de estrés intenso y prolongado,
así como algunos rasgos de personalidad, pueden producir alteraciones en el
sistema cardiovascular que lejos de convertirse en respuestas de ayuda para la
supervivencia, acaban produciendo lesiones estructurales permanentes y
progresivas (Salomon, Bylsma, White, Panaite y Rottenberg, 2013).
El corazón tiene una rica inervación vegetativa, donde el sistema nervioso
simpático acelera la frecuencia cardíaca y el parasimpático la disminuye. En estado
de reposo predomina la respuesta vagal, con poca actividad simpática, al contrario
de lo que ocurre en las respuestas de alerta, lucha y huida, de frío o de dolor, entre
otras, donde se suele producir una intensificación de la frecuencia y respuesta
cardíaca. Debemos señalar que el miedo, o mejor, la sensación intensa de miedo, es
una emoción que tiene una forma de respuesta particular pudiendo producir una
reducción de la frecuencia cardíaca al tiempo que disminuye la presión arterial,
provocando así el síncope emocional (Purves et al., 2002).
A grandes rasgos podemos describir el estrés como uno de los grandes
factores implicados en los accidentes cerebrovasculares por esa activación del
sistema nervioso simpático que desencadena, que conlleva a su vez el aumento de
la frecuencia cardíaca y la vasoconstricción de las principales arterias (la inervación
de los músculos que las rodean dependen de esta rama del sistema nervioso
autónomo), y con ello el aumento de la presión arterial. Para hacer frente a la
respuesta inicial de alarma se constriñen las arterias mesentéricas, que son las que
riegan el tracto digestivo, y también las que aportan sangre a la piel y los riñones,
favoreciendo de este modo un mayor flujo sanguíneo a la musculatura y el cerebro
(Romero, Silva, Villasmil, Bermúdez y Madueño, 2017).
Por otro lado, la puesta en marcha del eje hipotálamo-hipofisario-suprarrenal
(HHS), de respuesta más lenta pero más duradera, en caso de continuar el estímulo
estresante, contribuirá al aumento de la concentración de lípidos en sangre, lo que
podrá facilitar también el desarrollo de las placas de ateroma. Para dar respuesta a
una situación de estrés el hipotálamo segrega el factor liberador de corticotropina
(CRF) al sistema circulatorio hipotalámico-pituitario. En un plazo de 15 segundos
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 155
aproximadamente, el CRF activa la pituitaria para que libere la corticotropina
(ACTH), que será la que, en unos minutos, una vez alcance el torrente sanguíneo
sistémico y llegue a las glándulas suprarrenales provoque la liberación de los
glucocorticoides para poder generar la respuesta adaptativa a los estresores
(Castellar y Muñoz, 2010).
Es el mantenimiento en el tiempo o la activación repetida la que provocará
que se pongan en marcha también la supresión de la actividad del sistema
inmunitario, el aumento de la irrigación gástrica y la aparición de sentimientos
asociados a los estados depresivos, así como un desgaste en el sistema
cardiovascular, que será el originador de patologías, por la facilitación de la
formación de las placas de ateroma. Los puntos de bifurcación presentes en la red
vascular, facilitadores del riego sanguíneo en todo el organismo (Sapolsky, 1994,
citado por Vázquez, 2015), sufren un gran desgaste por el aumento de las presiones
mantenidas o repetidas que se generan; éste puede degenerar en daño de la pared
del vaso, y a estos puntos se le adherirán los lípidos y ácidos grasos y colesterol que
se vertieron al torrente sanguíneo por la activación del eje (HHS), engrosando la
pared vascular y estrechando la luz del vaso. De entre todos los órganos, el corazón,
el cerebro y los riñones son los que parecen tener mayor índice de afectación, de
ahí la alta incidencia de anginas de pecho, infartos de miocardio, trombosis
cerebrales y fallos renales que encontramos secundarias a las situaciones de estrés.
La respuesta cardiovascular de los sujetos es personal, e incluso en ellos
mismos variante en las distintas circunstancias, por la gran influencia que tiene el
aprendizaje previo del sujeto. Un ejemplo sería la eficacia de los reflejos
barorreceptores a la hora de acelerar o disminuir el ritmo. Durante el sueño
tenemos un estado de hipotensión, contrario al de la vigilia; la hipotensión
ortostática (producida al cambiar la postura de decúbito supino a la erecta) es
normal a la hora de despertar del sueño profundo, al salir de un baño caliente, etc.
En cambio, todo esto deja de ser natural si nos referimos a otra circunstancia como
pueda ser la labilidad neurovegetativa que algunos individuos presentan y que
hace que estas respuestas se produzcan de un modo en exceso frecuente; en el otro
extremo se sitúa la respuesta exagerada y poco adaptativa, que de ser funcional y
156 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
transitoria termina por producir una degeneración y patología cardiovascular
(Herrera y de Leal, 2016).
Es una reacción semejante a la que se produce cuando practicamos ejercicio,
tenemos un cambio postural brusco, estornudamos, etc. Es una respuesta
adaptativa ante un aumento de la demanda de presión arterial, que se convierte en
desadaptativa cuando se produce con demasiada frecuencia y ante estímulos que
no necesitan de la misma, como puedan ser los estados de ansiedad y estrés
emocional, donde no es infrecuente que se acabe desarrollando una enfermedad
coronaria, con todo lo que ello conlleva de gravedad de pronóstico. Suelen ser
pacientes con dificultad para expresar sus emociones, reprimidos y temerosos, y en
ocasiones hostiles (García Martín, Gómez García, Milord Fernández y Herrera
Izquierdo, 2016), a la vez que, según confirma Lynch (1977, citado por Hojat, 2016)
con gran necesidad de calor humano y afecto.
La mala regulación emocional del estrés, la ansiedad, la inestabilidad
subjetiva y determinados tipos de personalidad, como la “tipo A” (hiperactividad,
excesiva ambición social y competitividad, alto grado de agresividad a menudo
contenida, hostilidad, sensación continua de falta de tiempo, impaciencia,
tendencia a hablar rápido y alto y con tensión muscular y facial, etc.), entre otros,
también influye en el desarrollo de esta patología (Hernández, Palomera y De
Santos, 2003). Estas características socio-psicológicas se sabe que generan una
vulnerabilidad para enfermar, pero se piensa que también los mismos estados
negativos que provoca la enfermedad, con alta incidencia de estrés, las pruebas a
las que se deben ver sometidos, así como los procedimientos terapéuticos, se
convierten en factores sumatorios y confluyentes (Sandrino et al., 2016).
[Link].1. Patologías coronarias
Taquicardias, patologías coronarias y estados de hipotensión e hipertensión
suelen ser algunas de las respuestas cardiovasculares más frecuentes ante las
emociones, siendo la taquicardia paroxística una de las principales manifestaciones
fisiológicas, y consecuencia directa de la estimulación catecolaminérgica (De Miera,
Alemán y Hernández, 2010).
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 157
Dentro de la incidencia de infarto de miocardio es frecuente descubrir que se
produce tras confrontaciones interpersonales activadoras de sensaciones de
frustración y angustia (Groen, 1976, citado por Peña Salinas, Alcázar Rueda y
Valero Blanco, 2009) o tras periodos de un grado excesivo de autoexigencia y mala
gestión del tiempo y las propias fuerzas y limitaciones, así como tras importantes
cambios en la organización vital (Rüssel, 1976).
Otro aspecto importante determinante del buen funcionamiento del sistema
cardiovascular, a nivel fisiológico, es la buena circulación coronaria, fundamental
para satisfacer las necesidades del músculo cardíaco. En este sentido, aunque se
sabe que las buenas condiciones de cuidados y hábitos de vida tienen un papel muy
importante, las emociones y la salud psíquica del sujeto también juegan un rol
determinante, es decir, el hábito tabáquico, el consumo de alcohol, la alimentación
rica en grasas y triglicéridos, la falta de ejercicio físico, etc., son factores de riesgo
que tienen una alta influencia en el desarrollo de arterioesclerosis coronaria, entre
otras patologías, presentes en ambos sexos, aunque con algunas diferencias
fisiológicas, ya que según los estudios las mujeres tienen las arterias coronarias más
finas y también diferentes propiedades electrofisiológicas y composición
plaquetaria (Castellano, Narula, Castillo y Fuster, 2014). Aunque no hay que
olvidar el componente genético, la aparición en edades cada vez más tempranas de
estas patologías secundarias a esos estilos de vida inadecuados, está llamando la
atención en aumento entre los investigadores (Cano, Alguacil, Alonso, Molero y
Miangolarra, 2012).
Medidas como dejar de fumar, evitar las grasas en la dieta, la práctica de
ejercicio físico y buena organización del descanso son tan importantes como un
buen control y manejo de la ansiedad, la obsesión, la impulsividad, el
reconocimiento de las necesidades de afecto, etc., y en definitiva, un correcto
manejo de las emociones.
[Link].2. Hipertensión
La hipertensión es una de las patologías que más secuelas y enfermedades
provoca ya que un gran número de crisis cardíacas y accidentes cerebrovasculares
son consecuencia de estados hipertensivos, agudos o mantenidos en el tiempo, y se
158 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
estima que uno de cada cuatro adultos de más de 25 años la padece, pero de todos
ellos, sólo en el 20% de los casos es posible descubrir el motivo o la causa real de
esa hipertensión, que suele ser renal, endocrina o por obstrucción de las arterias. El
otro 80% conforma lo que se conoce como hipertensión esencial, primaria o
idiopática, cuyo comienzo es insidioso y su desarrollo progresivo. Síntomas como
mareos, zumbidos de los oídos, irritabilidad y cefaleas son característicos, y entre
sus consecuencias más directas está el envejecimiento prematuro de las arterias,
con la afectación colateral que ello conlleva de distintos órganos como el corazón,
cerebro o riñones, que son los más afectados. Al inicio del proceso, este estado
hipertensivo se equilibra a costa de un aumento del gasto cardíaco, con sus
correspondientes consecuencias (OMS, 2015).
La Fundación Española del Corazón (2017) establece que las cifras para
considerar una presión arterial normal serían de 120/129 mmHg para la sistólica y
80/84 mmHg para la diastólica. Se considera "alta" cuando la tensión sistólica se
sitúa entre 130/139 mmHg y la diastólica entre 85/89 mmHg. En las personas que
padecen diabetes estos valores cambian y se considera alta cuando pasan de 140/85
mmHg.
Estos coinciden con los valores de La Organización Mundial de la Salud
(OMS, 2014), quien establece que las cifras óptimas de tensión arterial para un
sujeto sin patología son de 120-80 mm de Hg, para la tensión sistólica y diastólica
respectivamente, y las cifras límite para ser considerada hipertensión 140-90 mm
de Hg. Los valores intermedios los valora como "normales".
En 1962, Gorlin (citado por González de Rivera, 2015), describió el síndrome
de la hiperquinesis cardíaca, detallando entre sus características que consistía en
hipertensión, con aumento de la frecuencia y del gasto cardíaco, taquicardias de
estrés, aumento de la contractilidad miocárdica, y disminución de la resistencia
vascular periférica, afectando sobre todo a adolescentes y adultos jóvenes, sobre
todo ante situaciones de estrés, y se cree que con gran probabilidad de un posterior
desarrollo de hipertensión esencial.
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 159
Un exceso de percepción crónica de estrés provoca la hiperactividad del
sistema nervioso simpático, siendo éste uno de los principales mecanismos de
aparición de la hipertensión arterial esencial. No obstante, también existe una
forma de hipertensión arterial producida por una reducción de la actividad
simpática, que lo que hace es provocar un aumento de la aldosterona y del volumen
sanguíneo central y una disminución de los niveles de renina (Steptoe y Cropley,
2000).
La elevación crónica de la actividad catecolaminérgica es uno de los
mecanismos capaces de producir el desequilibrio entre los sistemas renales
hipertensores y antihipertensivos. El estado crónico de estrés también puede
conllevar a un mal metabolismo de los lípidos, hecho que también influye en el
estado de nuestras arterias por predisponer al depósito de las placas de ateroma
(Romero et al., 2017).
Para Dunbar (1954, citado por González de Rivera, 2015), las personas con
ansiedad crónica, perfeccionistas, y con relaciones conflictivas con la autoridad
suelen ser el perfil de sujetos hipertensos. Según Alexander, French y Polloch (1968,
citados por Imaz y Medina, 2012) serían individuos marcados por una infancia con
padres excesivamente rígidos que reaccionaban castigando emocionalmente a
cualquier conducta de rebeldía, por lo que se aprende a ocultar cualquier signo de
rabia, que se convierte posteriormente en agresividad, aunque para Pilowsky,
Spalding, Shaw y Korner (1973) esta inhibición afectiva no se limita a la rabia y la
agresividad, sino que es más generalizada, negando a la vez, de este modo,
cualquier impacto emocional que pudiese tener un estímulo y evitando situaciones
en las que se puedan quedar al descubierto sus sentimientos más íntimos
(Handkins y Munz, 1978).
Reiser y Bakst (1975) aportan la interesante correlación de la respuesta
hipertensiva ante situaciones de estrés, establecida como respuesta a un mecanismo
de condicionamiento autonómico producido en la infancia. Cuando el niño
pequeño llora como respuesta a una situación estresante, se produce un aumento
de la presión intratorácica, con disminución del retorno ventricular y del gasto
cardíaco. Como mecanismo compensatorio, la frecuencia cardíaca y la resistencia
160 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
periférica aumentan, pudiendo mantener de este modo la perfusión de los órganos
vitales. Si esta forma de reacción neurovegetativa es reproducida y reforzada en
otros momentos a lo largo de su desarrollo, puede llegar a producirse un fenómeno
de condicionamiento operante, donde la reacción hipertensiva quedará asociada a
la experiencia de situaciones de estrés y a la expresión de emociones.
[Link].3. Hipotensión
La presión arterial es muy sensible a todo estímulo capaz de provocar
respuestas emocionales, tanto referida a la hipertensión como a la hipotensión. Con
relación a la hipotensión y el síncope vasovagal debemos saber que hechos tales
como el dolor intenso, las lesiones tisulares, la anemia y la reducción del volumen
sanguíneo en general, la vasodilatación periférica, el calor, la ingesta excesiva del
alcohol, entre otras circunstancias, son predisponentes a su aparición, pero
también la excitación emocional, provocando en el sujeto una disminución del flujo
sanguíneo cerebral incompatible con los valores necesarios para el mantenimiento
de la consciencia; se pierde el tono muscular, pero lo normal es que el sujeto se
recupere de forma espontánea en unos pocos segundos. En el aspecto fisiológico lo
que ocurre es que, si al principio, en la fase prodrómica, la presión arterial y el pulso
pueden tener un ligero ascenso reactivo y preparatorio para la reacción del cuerpo,
en seguida, sigue un descenso rápido y brusco de la presión arterial, llegándose al
desmayo cuando ésta desciende a 60 mm de mercurio; la frecuencia cardíaca,
también suele disminuir cayendo por debajo de las 30 pulsaciones por minuto, todo
ello reflejo del bloqueo parasimpático del marcapasos cardíaco (Alexander, 2013).
Según Hegel (citado por González de Rivera, 2015), si el individuo vive
circunstancias de miedo intenso o angustia, aumenta el flujo sanguíneo
preparándolo para la reacción de lucha y huida. Si ésta no se produce y no es
compensada por la acción, la sangre desviada permanece en los músculos inmóvil
provocando un déficit en el resto del organismo, lo que hace que se produzca una
caída de sus niveles de presión. En general, el síncope vasovagal es más frecuente
en el hombre que en mujeres y sobre todo en individuos jóvenes. La combinación
del miedo y la impotencia para defenderse, la percepción del peligro, físico o moral,
la sensación de impotencia para defenderse o escapar, la negación del miedo, etc.,
hacen que ante la anticipación del ataque, real o imaginario, y la incapacidad para
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 161
escapar o defenderse, se provoque en el sujeto un conflicto de tipo neurótico,
movilizado claro está por las circunstancias ambientales que hacen que se generen
en el individuo una mezcla de sensación de rendición y huida que culmina en la
pérdida de conocimiento (Sledge, 1978, citado por Trujillo, Hoyos, Durango,
Duque y Guerra, 2009).
Es importante no confundir este síncope vasovagal con el desmayo de tipo
histérico, en el que no se produce alteración de la presión arterial ni enlentecimiento
del pulso y que es mucho más frecuente en mujeres.
[Link].4. Cefaleas
Las cefaleas son otro de los trastornos psicofisiológicos que afectan a un gran
porcentaje de la población, aunque el 95% son benignas. Los profesionales
sanitarios distinguen entre cefaleas primarias y secundarias. Dentro de las primeras
incluyen las tensionales, vasculares o tipo Cluster o en racimos, y en las secundarias
la distinción se hace en benignas o amenazantes para la vida (Herrera et al., 2016).
La cefalea tensional es la que sufre la mayoría de la población, y aunque su
patogénesis es desconocida, sí se sabe que está provocada por el estrés, la ansiedad
y que suele acompañar a los estados depresivos; en cambio la cefalea vascular,
también conocida como migraña se cree que tiene su causa en el estrés, algunas
comidas, los cambios hormonales, la práctica del ejercicio físico, etc.; el último tipo,
la cefalea de Cluster o en racimos tiene también su origen, evolución y factores
desconocidos, aunque sí se sabe que es más común en hombres de entre 30 y 50
años y que suele ser de aparición nocturna, acompañándose de dolor ocular o retro-
ocular, unilateral y suele ser sumamente debilitante (Combes, Sarubbi, Castaldo y
Chirre, 2014; Palomo, del Barrio, Aroca, Pascual e Izquierdo, 2015; Romero Godoy
y Romero Godoy, 2010).
A pesar de las diferencias que las caracterizan se piensa que en ambas se
produce una respuesta de tipo nervioso que tiene sus correspondientes
manifestaciones fisiológicas. Para hacer frente a los estresores que nos exigen un
esfuerzo de adaptación las órdenes parten del hipotálamo, y a partir de aquí actúan
sobre la médula de las glándulas suprarrenales provocándose una secreción de
162 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
adrenalina, con el consiguiente aumento plasmático catecolaminérgico, teniendo,
entre otros muchos efectos, una mayor agregación plaquetaria, y con ello, un
incremento de los niveles de serotonina plasmática que se libera por estas plaquetas
al unirse.
Si tenemos en cuenta el efecto vasoconstrictor de la serotonina podríamos
entender parte de los primeros síntomas de los trastornos neurológicos provocados
por la falta de riego sanguíneo. Más tarde esos niveles de serotonina en plasma
descienden por debajo de los valores de normalidad, produciéndose
vasodilatación, y con ella la entrada de sustancias irritantes, como histamina,
quininas, etc., que llegan a los tejidos adyacentes filtradas por las paredes de los
vasos sanguíneos. A esto se suman otras circunstancias como la disminución del
efecto de los opiáceos endógenos secundario a esa falta de serotonina, lo que
explicaría la aparición y el mantenimiento del dolor. De modo simultáneo, la
hipófisis, regulada por el hipotálamo, activa la secreción de la hormona
adrenocorticotropa (ACTH), que actúa sobre las glándulas suprarrenales
provocando la secreción de hormonas corticoesteroides, que disminuyen la
respuesta inmunitaria y tienen efecto antiinflamatorio (Pérez, Pérez, Martínez,
González y Cruzata, 2003; Planes, 1992).
Como recordaremos, en las reacciones de estrés de tipo nervioso, rápido y
puntual, las endocrinas e inmunitarias son más lentas en aparecer, con efectos más
duraderos, por ello, no es descabellado pensar que una situación de estrés duradera
altere de forma continuada la normalidad en el funcionamiento de estos sistemas.
Valdés y De Flores (1985, citados por Planes, 1992) plantean el carácter
bifásico de la respuesta de tipo inmunitario frente al estrés crónico, ya que en los
primeros días se observa un estado de hiporreactividad, frente a la
hiperreactividad de los siguientes.
[Link].5. Fenómeno de Raynaud
El fenómeno de Raynaud, que es una afección que se presenta sobre todo en
las zonas frías, y sobre todo en mujeres, aunque se cree que afecta entre el 3% y el
5% de la población general. Quienes que lo padecen sufren de episodios de
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 163
isquemia transitoria en las extremidades de los miembros superiores, manifestada
clínicamente por el cambio de coloración digital, de palidez cianótica a rojo intenso.
Debe su nombre a Maurice Raynaud, ya que fue el primero es describir este
fenómeno, y se cree que se debe a la vasoconstricción de arterias y arteriolas, siendo
la manifestación clínica de un problema generalizado vasoespástico, frecuente en
pacientes que padecen de migrañas y esclerodermia (Parodi, Galant y Greca, 2010).
El término fenómeno de Raynaud es utilizado para describir los episodios de
isquemia digital transitoria, súbita y recurrente, caracterizados clínicamente por
cambios intermitentes de la coloración cutánea distal, como palidez y/o cianosis
seguida de coloración roja. Los observó en personas que se exponían a
temperaturas frías o bien estaban sujetas a situaciones de estrés emocional. En la
actualidad estos factores se entienden como desencadenantes, aunque en el 80% de
los casos no se conoce la causa primaria; como secundarias se piensa en
enfermedades autoinmunitarias sistémicas y, sobre todo, la esclerodermia
(Gabarró, Tolosa y Simeón, 2009).
[Link]. Sistema respiratorio y emociones
La función respiratoria está regulada por mecanismos neurovegetativos y
voluntarios y se asocia con el mantenimiento de la vida. El aporte de oxígeno del
que dependemos suele aumentar en estados de excitación, cólera y angustia, entre
otros, y normalmente va acompañado por un aumento de la frecuencia respiratoria.
Tendemos a mantener un ritmo que va por encima de nuestras necesidades
fisiológicas, conllevando un aumento de la concentración sanguínea de oxígeno
(O2), con disminución de dióxido de carbono (CO2), por lo que se produce una
alteración del equilibrio y la homeostasis orgánica, por una producción de alcalosis
respiratoria. Esta a su vez desencadena un proceso de vasoconstricción cerebral,
con su consiguiente disminución del riego sanguíneo. También se produce una
constricción de las arterias coronarias llegando a producirse cambios que pueden
detectarse a nivel electrocardiográfico, con cuadro clínico de mareo, sensación de
debilidad, palpitaciones, parestesias en las extremidades, cefalea y dolor torácico.
Los casos más graves pueden ir acompañados de sensación de desrealización y de
164 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
despersonalización, tetania y pérdida de conocimiento (Lum, 1976, citado por
Kozlowska, 2013).
En otras ocasiones es la sensación subjetiva de dificultad en poder respirar lo
que dispara las alarmas. El sujeto refiere la necesidad de tener que hacer un
esfuerzo excesivo para poder respirar. Esta sensación es la que suele acompañar a
la hiperpnea (aumento de la cantidad de aire respirado por unidad de tiempo) que
se hace presente en los estados de cólera y angustia. Por el contrario, la disminución
de la frecuencia y ritmo respiratorio y la amplitud de los movimientos respiratorios
suele asociarse a situaciones de relajación; también se puede dar en estados
emocionales asociados con la depresión. La reacción respiratoria es variable entre
sujetos y su alteración se relaciona con la persistencia y cronicidad de emociones
patológicas (Palacios, Guerra y Sansores, 2015).
[Link].1. Asma
Por otro lado, se sabe que la influencia del estrés y los estados emocionales
desagradables pueden desencadenar crisis o ayudar a cronificar estados
patológicos respiratorios como puedan ser el asma y la disnea. El nervio vago
mantiene el tono de la musculatura lisa bronquial, siendo antagonizado por la
actividad β-adrenérgica. En los individuos asmáticos podría ser la hiperreactividad
del sistema parasimpático la que podría inducir a una elevada broncoconstricción,
originando así la sintomatología asmática, no obstante, muchos sujetos asmáticos
presentan elevados niveles de catecolaminas circulantes, por lo que su ruptura de
la homeostasis parece que podría venir de una elevada actividad simpática
(ergotrófica), con inhibición parasimpática (trofotrófica) (Mathe, 1971, citado por
Bradu Iamandescu y Daniel Chivu, 2013). Por otro lado, si persiste esta
disminución de la actividad parasimpática se puede producir una disminución de
la fluidez de las secreciones, que tenderán a acumularse y obstruir parcialmente los
bronquios, a la vez que se provoca una sequedad de la mucosa bronquiolar,
empeorando el cuadro sintomático.
No obstante, no existe lo que se podría conocer como "una personalidad
asmática"; podrían ser sujetos que se mueven en el rango de normalidad y rasgos
obsesivos-compulsivos e histéricos, pero lo que sí parece probable es que los niños
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 165
asmáticos sí tienden a ser más dependientes e introvertidos, con facilidad para
inhibir el llanto en situaciones de conflicto, aunque su sensibilidad al rechazo
materno sea más característica. Muchas madres de niños asmáticos suelen ser
controladoras y sus cuidados afectivos parece que están condicionados a la
capacidad del infante de satisfacer sus expectativas, mezclándose de este modo
sentimientos de represión, de angustia, con el miedo a ser rechazado y cólera por
este comportamiento frustrante y manipulador (Goldstein, 2016).
Una explicación "más funcional" ante esta situación es la emitida por Gila y
Martín-Mateos (1991) y Weiss (1994) (citados por Narcisa y Haro, 2013) en donde
destacan la importancia de la entrevista clínica desarrollada con los pacientes
asmáticos, por lo que nos deberíamos detener en los detalles de su día a día y con
ello podríamos verificar la importancia de las emociones, pero en un sentido bien
distinto del hasta ahora mencionado. A saber, si un sujeto puede relatar que el
miedo ante determinadas situaciones es el desencadenante de sus crisis asmáticas
es posible que podamos relacionar que es la actividad física asociada a éstas la que
genera los brotes, como podría ocurrir en el caso de un niño con miedo a dormir
solo y la necesidad de comprobar todas las estancias de su casa antes de acostarse;
del mismo modo, el sentido de culpabilidad de una madre ante la enfermedad de
su hijo puede hacer que desarrolle conductas sobreprotectoras y consentidoras del
deseo del niño, aunque éstas pueden terminar en el desarrollo de una crisis.
[Link]. Trastornos digestivos o gastrointestinales y emociones
La función digestiva ha sido asociada desde tiempos atrás a factores
emocionales. El estudio psicoanalítico ha contribuido a ello, dando una gran
importancia a los procesos de ingestión de alimentos y eliminación de residuos, por
el gran significado emocional y psicológico que se le atribuye (Alexander, 2013;
Rappoport, 2005).
Para Florenzano, Fullerton, Acuña y Escalona (2002, citado por Serrade y
Ruiz, 2016) el sentido de las somatizaciones debemos encontrarlo en la
comunicación que el sujeto hace de un deseo insatisfecho que actúa como carencia
dentro de un plano sub-simbólico, por lo que entienden que la explicación debemos
buscarla en base a la biografía del sujeto y no en la fisiología (patobiografía vs.
166 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
patofisiología). En este contexto la historia de los sujetos, los deseos insatisfechos,
las renuncias y las carencias adquieren un significado prioritario, donde lo que se
debe explorar no es el síntoma clínico, sino la queja del individuo. La somatización
se debe entender como una respuesta psicológica a su realidad subjetiva.
Cuando el bebé nace, la sensación de hambre, manifestada por malestar y
llanto, es aliviada, generalmente por la madre (nutriéndolo). Por lo que pronto pasa
a ser sustituida por satisfacción, saciedad y sueño, lo que da lugar a asociaciones
psicofisiológicas, entre sus necesidades internas y la satisfacción por los elementos
externos. Para las teorías psicoanalíticas, el desarrollo normalizado de esta etapa es
lo que va a determinar que se genere una adaptación psicológica eficaz y normal;
la alteración, tanto por defecto, como por exceso, conllevará una fijación
"caracteriológica", que será el origen de rasgos pasivo-dependientes en la edad
adulta. Más adelante, con la aparición de los dientes y las conductas de arrancar,
morder, rasgar, etc., se van adquiriendo aspectos con tinte agresivo. La persistencia
en esta etapa implicará que más adelante aparezcan como rasgos característicos de
la personalidad, conductas pasivo-agresivas, como puedan ser la envidia y la
posesividad. El requisito de ser amado y protegido, junto con la privación de tales
necesidades, puede dar lugar, a través de asociaciones psicofisiológicas, a
manifestaciones de tipo funcional con su expresión a partir del tracto digestivo
(González de Rivera, 2015; del Uruguay, 2003).
Posteriormente, con el control de esfínteres y los procesos de eliminación,
continua el proceso evolutivo normal del sujeto. Si la adquisición de tales conductas
se hace de un modo adecuado, todo transcurrirá con normalidad, en cambio, si la
actitud de la madre es demasiado rígida, o por el contrario demasiado tolerante, la
actividad intestinal puede convertirse en futura fuente de conflictos, como las
oscilaciones entre la rebeldía irracional y/o la sumisión exagerada. El conocido, por
los seguidores del psicoanálisis, como carácter anal, donde destacan rasgos
obsesivo-compulsivos, amor exagerado al orden, perfeccionismo y pedantería,
encuentra su origen en esta fase del desarrollo (Fischbein, 2016).
A la vez que el avance de las teorías psicoanalíticas, se ha seguido
investigando en lograr un conocimiento cada vez mayor en los procesos
neurofisiológicos que rigen el funcionamiento del tracto gastrointestinal. Los plexos
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 167
de Meissner y Auerbach se distribuyen irregularmente por todo el tracto
gastrointestinal, influyendo en la regulación del mismo; por otro lado, la inervación
neurovegetativa, simpática y parasimpática también cumple un importante papel
contribuyendo en su control, a partir de los ganglios regionales y centrales, siendo
su regulación normalmente inconsciente. En situaciones de estrés o ante eventos
con gran evocación emocional, la actividad nerviosa central se impone a la local,
influyendo en los procesos de carácter automático normal. Las conexiones límbicas
e hipotalámicas, y los procesos neuroendocrinos de secreción, inhiben y alteran el
funcionamiento normal del aparato digestivo.
No obstante, su funcionamiento no se puede explicar solo aludiendo a las
conexiones y desconexiones del sistema nervioso simpático y parasimpático. Para
Burnstock (1977, citado por González de Rivera, 2015) la existencia de un tercer
componente del sistema nervioso neurovegetativo podría ser la explicación. Se
trataría del sistema purinérgico, cuyo neurotransmisor sería el trifosfato de
adenosina, y aunque su función no está bien determinada, sí se sabría de su
influencia, tanto en los elementos vasculares, como en los musculares del tracto
digestivo (Gallego, Mañé, Gil, Martínez-Cutillas y Jiménez, 2016).
Un clásico lo constituye la clasificación de Engel (1975, citado por Trullén,
Aguilera y André, 2008) de los trastornos del aparato digestivo relacionados con
los factores emocionales. Aunque los apartados que establece no están claramente
delimitados, ni una patología tiene por qué pertenecer a uno y solo a uno de esos
apartados. Según él podemos distinguir entre tres grandes posibilidades:
1. Trastornos psicógenos. En general serían respuestas orgánicas que no
pueden atribuirse a ninguna patología orgánica reconocida, pero sí a una
disfunción psiquiátrica subyacente. Sería una enfermedad física, pero cuya
explicación habría que buscarla en el estrés emocional. En nuestro caso, las
reacciones del tracto gastrointestinal son en sí mismas normales, pero
podrían parecer alteradas por responder a estímulos psicológicos
anormales. Un claro ejemplo lo tendríamos ante el reflejo de náusea. Este es
normal ante la ingesta de un irritante gástrico, en cambio, la aparición de
vómitos después de una idea o experiencia desagradable ya es indicativo
de un uso psicológico del aparato digestivo. La disfunción psicógena se
168 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
produciría si la reacción permaneciese y el pensamiento desagradable
permaneciese fijo.
En este grupo también se incluyen las conductas insanas en las que el
aparato digestivo es utilizado de modo inadecuado, como la anorexia, la
bulimia, la náusea y el vómito, la disfagia, la aerofagia, el dolor abdominal,
el estreñimiento, la diarrea, el prurito anal, la pica, la encopresis, el uso
incontrolado de laxantes y enemas y otros hábitos patológicamente
anormales. La explicación la podríamos encontrar en las necesidades
psicológicas del enfermo, por ejemplo, en el querer demostrar la
independencia y el autocontrol negándose a ingerir alimentos.
2. Alteraciones de la función gastrointestinal secundaria a los elementos
fisiológicos relacionados con los afectos, generalmente dependientes del
funcionamiento neuroendocrino. Podemos encontrar disfunciones
generalizadas o locales.
3. Trastornos psicofisiológicos, en los que ya existe de antiguo una lesión
anatómica, resultante de un proceso mediado por factores psicológicos y
biológicos, y casi siempre incrementado por las circunstancias estresantes
ambientales. Patologías características de este grupo serían la colitis
ulcerosa y el colon irritable y la úlcera duodenal (Cuevas y Estrada, 2014).
[Link].1. Emesis, disfagia y aerofagia
Emesis, disfagia y aerofagia pueden ser tres síntomas que se presenten con
frecuencia conjuntamente (González de Rivera, 2015):
1. En el primer caso podríamos estar hablando de síntomas físicos secundarios
al rechazo que al sujeto le pueden producir ciertos pensamientos o
circunstancias.
2. En el caso de la disfagia, donde el acto de tragar se hace desagradable y
difícil, se asocia a experiencias intensas de angustia, donde es "difícil tragar
lo que nos rodea".
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 169
3. En el caso de la aerofagia, parece que la inhibición del deseo de expresión
verbal de ciertos sentimientos y emociones puede subyacer a estos
síntomas. Cuando la expresión verbal es inhibida, pero el paciente sientes
fuertes deseos de hablar, puede producirse la retención de aire en el
esófago, que es tragado al no producirse la fonación.
[Link].2. Úlcera duodenal y gástrica
Tanto la úlcera duodenal como la gástrica son úlceras pépticas, ya que ambas
son procesos de autodigestión del propio jugo gástrico (Sapolsky, 1996, citado por
Sánchez García, 2014).
En el primer caso, la úlcera duodenal, hay hipersecreción tanto de ácido
clorhídrico como de pepsina.
En el segundo, la hipersecreción no existe o es puntual, pero las lesiones se
producen por un déficit de eficacia de los mecanismos de protección de la
mucosa gástrica, o por isquemia de la misma, y parece ser que son los
mecanismos simpáticos los responsables de la vasoconstricción mucosa que
aparece como factor desencadenante de la úlcera, aunque no llega a haber
consenso sobre su etiología.
Overmaier y Murison (2005, citado por Nwokpoku, 2017) han observado
cómo es en los periodos de transición entre una situación de estrés y otra cuando
hacen su aparición las úlceras gástricas, frente a estados prolongados ante el
estresor. La explicación que se puede dar a este hecho se sitúa en la tendencia del
organismo a reducir la producción de ácidos gástricos en situación de gran
activación emocional, acompañada de una reducción del engrosamiento de las
paredes del estómago, consecuencia de esa menor necesidad de protección. Al
normalizarse la situación y volver a la ingesta normal las paredes no están
protegidas para poder soportar la acción de las cantidades normales de ácido, lo
que puede favorecer la aparición de la ulceración.
La úlcera duodenal, en cambio, requiere para su evolución de periodos de
desajuste psíquico prolongado, siendo más sensibles los individuos con cierta
predisposición por tener patrones de conducta, por un lado, muy autoexigentes y
170 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
agresivos, con baja tolerancia a la frustración, con conductas controladoras y
dominantes de la situación; o bien por individuos que tienen y muestran una
necesidad de dependencia constante, personas complacientes y con grandes deseos
de agradar a los demás, pero con una respuesta de alto índice agresivo si se sienten
frustrados.
[Link].3. Cáncer gástrico
Algunos estudios (Marshall y Warren, 1984, citados por Fink, 2017) también
hablan de la aparición del cáncer gástrico generado por virus y bacterias, como por
ejemplo el Helicobacter Pylori, en principio una bacteria asintomática, pero que, en
algunas poblaciones, sobre todo en algunos países sudamericanos como Colombia,
se convierte en el desencadenante de una de las neoplasias más frecuentes. Al
parecer el estrés produce alteraciones y úlceras en la mucosa que debilita su sistema
inmunocompetente, por el descontrol de la acción de las células CD4 y citoquinas
TH1, derivando en desequilibrio de la población bacteriana, con proliferaciones de
bacterias patógenas y procesos de inflamación severa y lesión tisular (Goto et al.,
1999). No obstante, conviene señalar que no todas las personas infectadas por esta
bacteria desarrollan una úlcera, ni todas las ulceraciones, como hemos visto,
pueden ser explicadas por estas infecciones, por lo que la explicación, una vez más,
habría que encontrarla en los diferentes tipos de respuesta ante los acontecimientos.
[Link].4. Colitis ulcerosa
La colitis ulcerosa es una enfermedad inflamatoria crónica que afecta
principalmente a la mucosa y submucosa del intestino grueso. Su origen parece ser
de tipo autoinmune, aunque la concurrencia familiar encontrada sugiere la
existencia de factores genéticos predisponentes, si bien su relación con el estrés
psicológico parece clara, coincidiendo en el sujeto las etapas de tensión y ansiedad
con el inicio o exacerbación de los procesos inflamatorios y las de más calma con la
remisión de la enfermedad (Tobón, Vinaccia, Quiceno, Sandín y Rojas, 2007).
Los sujetos que la padecen suelen ser personas con marcados rasgos
obsesivos, con tendencia al orden, limpios, puntuales, concienzudos en su quehacer
diario, indecisos y conformistas, con una afectividad que puede tener reprimida,
ausencia de sentido del humor y rígidas actitudes morales. A menudo muestran
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 171
una excesiva hipersensibilidad a cualquier signo que pueda implicar rechazo de los
demás, por lo que es fácil que se sientan heridos, y en su esfuerzo por no sufrir
desaires normalmente se muestran como exageradamente sumisos, conformistas y
conciliadores. Otros en cambio, se pueden mover en el extremo opuesto
mostrándose despegados y altaneros (Lega y Lega-Siccar, 1994).
Sus relaciones familiares normalmente son rígidas y cerradas, donde todo se
debe centrar en el círculo familiar, inhibiéndose cualquier expresión de
disconformidad o intento de innovación, donde la figura materna suele ser fría,
depresiva, muchas veces descrita como exageradamente perfeccionista y exigente
y con continua insatisfacción con los éxitos de sus hijos, y la figura paterna como
pasiva e ineficaz y dominada por la madre.
[Link].5. Colon irritable
El colon irritable parece ser una patología en la que el paciente reacciona
exageradamente a la estimulación parasimpática, normalmente por una anormal
inervación o por una exagerada actividad de los receptores colinérgicos.
Clínicamente se describe por la alternancia irregular entre diarrea y estreñimiento,
con presencia de dolor abdominal, espasmos, flatulencia y en ocasiones diarreas
mucosas, aunque no necesariamente todos juntos, de hecho, la forma dolorosa sin
diarrea parece más típica de individuos con rasgos obsesivos, mientras que la
predominancia de diarreas parece más típica de presencia de angustia y rasgos
fóbicos de la personalidad, aunque en ambos sí parece ser que se aprecia una
marcada tendencia a la depresión (González y De Ascencao, 2005).
[Link]. Sistema músculo-esquelético y emociones
[Link].1 Tensión muscular
Cada persona tiene una forma de expresión en la postura, en la cara, en los
gestos, en la marcha, etc., que forma su idiosincrasia. Cada sujeto tiene su grado
específico de tensión muscular de reposo, al igual que en situaciones de tensión y
estrés esta tensión se le manifestará en lugares altamente específicos para él,
aunque se tienda a generalizar al aumentar la ansiedad y el estrés.
172 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
La tensión muscular, o el grado de contracción-relajación muscular, forma
parte de esa expresión motora y de la motricidad en general. Un aumento de la
tensión muscular, como la que se produce en ciertos estados de experiencia
subjetiva de ansiedad, no siempre se acompaña de movimiento, sino que se
producen contracciones persistentes de músculos agonistas y antagonistas. De la
misma manera, los estados de relajación psíquica y disminución de la ansiedad,
suelen acompañarse de relajación de la musculatura estriada. Los músculos
masetero y trapecio son especialmente propensos a reaccionar frente al estrés, tanto
físico y ambiental como psíquico, aunque este último, se dice que es uno de los
músculos en los que más repercute la tensión psicológica (Rulicki y Cherny, 2012).
Más allá de la ansiedad y el estrés, emociones como la cólera y la ira también
pueden encontrar su modo de expresión más significativo en el aumento de la
tensión muscular, con la particularidad de que tienden a mantener ese incremento
de la tensión muscular mucho tiempo después de terminar y resolverse la situación
desencadenante.
Estos estados prolongados de tensión muscular también tienden a
mantenerse en los sujetos con dificultad para expresar y resolver conflictos
internos, en ocasiones inconscientes, y acusarse o reactivarse ante circunstancias
que de un modo más o menos figurado reactivan el conflicto original (León y
Diego, 2006).
Arenas Ortiz y Cantú Gómez (2013) explicaron que el aumento de adrenalina
resultante de las situaciones de estrés genera el que se produzca con más rapidez
el metabolismo de las proteinas, grasas y carbohidratos para facilitar al organismo
que pueda disponer de la energía que precisa, reacción que genera a su vez que se
vierta al organismo metabolitos como aminoácidos, potasio y fósforo, producto de
las reacciones que se ponen en marcha para ello, conllevando el consumo de
magnesio acumulado en el tejido muscular y disminuir el almacenamiento de
calcio, lo que genera un estado de ruptura del equilibrio que hace que se debilite el
organismo.
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 173
[Link].2. Algias musculares y/o articulares y cansancio físico
Las algias musculares o articulares, rigidez, debilidad de los miembros,
sensaciones subjetivas de inflamación y limitación del movimiento, calambres y
acompañamiento de cansancio físico suelen ser algunas de las manifestaciones que
pueden también aparecer en estas circunstancias. El sexo femenino parece que
presenta un umbral ante este tipo de dolor ligeramente más bajo que el masculino
(Lozano, Morales, Lorenzo y Sánchez, 2006).
[Link].3. Patologías musculo-esqueléticas
Para Randall, Griffiths, Cox y Welsh (2002) la presencia de patologías
musculo-esqueléticas son más comunes en los trabajos que exigen un esfuerzo de
concentración y con poca capacidad de decisión, así como en aquellos que
conllevan una carga mecánica, con gran demanda física y de trabajos de repetición,
por ser estos trabajos en los que se acumula más tensión. Al mismo tiempo este
mantenimiento del tono muscular hace que el sujeto sienta una mayor sensación
de fatiga y cansancio (Araña Suárez y Patten, 2011; Vilalta, 2012).
[Link]. Trastornos dermatológicos y emociones
La piel es la envoltura externa de nuestro cuerpo, que nos proporciona
relación con el mundo exterior, ya que es capaz, por medio de la gran cantidad de
receptores del tacto, dolor, presión, temperatura, etc., que la componen, tanto de
recibir como responder a estímulos. También se la considera un medio de expresión
de estados internos y de reacción homeostática general del organismo. Frases
populares como estar "verde de envidia", "rojo de ira" o "blanco de miedo" dan
buena cuenta de ello (Santiago, 2007).
En palabras de Alfaro (2016, p. 93) "es una extensa pantalla donde se
proyectan imágenes eritematosas, discrómicas, papulosas o eccematosas, como
resultado de estímulos de la corteza cerebral, diencéfalo y núcleo subtalámico,
mediante procesos psico-neuro-endocrino-inmunológicos, lo que permite entender
mejor la relación mente-cuerpo". Por lo que toda manifestación cutánea, se
considera expresión psicosomática, donde desórdenes afectivos y emocionales,
174 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
como los estados de ira, ansiedad y miedo, entre otros, encuentran su modo de
expresión.
La psicodermatología es un área en continuo desarrollo. No olvidemos que
aproximadamente el 30-40% de los pacientes que buscan tratamiento para
trastornos de la piel tienen un problema psicológico o psiquiátrico, pero también
que normalmente las enfermedades dermatológicas conllevan consecuencias
estéticas, y a menudo tienen un curso crónico, lo que trae consigo la morbilidad
psicológica, dando lugar a trastornos psiquiátricos secundarios. Estos pacientes
deben ser abordados con un enfoque terapéutico integral (Fernández Armenteros,
Molinero Ponce, Castan Campanera y Casanova Saura, 2016).
El cerebro, los nervios y la piel son estructuras que derivan de la misma capa
embrionaria, el ectodermo. Por tanto, estos órganos comparten un lenguaje
complejo de neuropéptidos, citoquinas, glucocorticoides, y otras moléculas
efectoras del eje hipotálamo-hipófisis (HPA) que responden al estrés psicológico
con la regulación positiva de las hormonas del estrés (hormona liberadora de
corticotropina, cortisol y prolactina), la activación del sistema nervioso simpático
(que lleva a niveles de catecolaminas elevadas) y la liberación de neuropéptidos y
neuromediadores (sustancia P y péptido relacionado con el gen de la calcitonina).
Los mastocitos de la piel son un objetivo importante de las hormonas y mediadores
de estrés clave, y su activación conduce a la desregulación inmune y diversos
trastornos de la piel. Recordemos que la piel es un órgano exquisitamente bien
inervado y tiene su propio sistema de respuesta al estrés, estrechamente vinculado
al eje neuroendocrino sistémico (Castellar y Muñoz, 2010).
[Link].1. Sensaciones táctiles
Las sensaciones táctiles, enriquecidas con la integración de las demás
sensaciones propioceptivas, y las obtenidas a partir del oído, la vista, el olfato y el
sentido del equilibrio permite que se vaya formando nuestro esquema corporal, en
el que más adelante integraremos procesos cognitivos y emocionales, dando
sentido pleno a nuestra identidad. Por ejemplo, según Frances (1975, citado por
Corns, 2014), la deprivación táctil en el niño, por relaciones con su madre o
personas cercanas, o por alteraciones congénitas, en un futuro es probable que se
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 175
traduzcan en anomalías conductuales o psicofisiológicas, ya que según la
psicología cognitiva y las teorías neurobiológicas para que haya un adecuado
desarrollo cerebral y una correcta formación de la personalidad es fundamental que
en periodos críticos se produzca una interacción con un ambiente que resulte ser
retroalimentador e interactivo (Kandel, 2012).
[Link].2. Prurito, neurodermatitis y urticaria
Prurito, neurodermatitis, urticaria, lesiones de causa alérgica, etc., son
algunas de las más comunes. La sensación de picor puede ser iniciada por la
liberación de histamina y proteinasas en la piel, así como secundaria a distintas
enfermedades orgánicas, como disfunciones del tiroides, leucemias, diabetes,
nefritis, alergias, gota, etc., pero, en cualquier caso, lo que sí parece claro es que el
estrés emocional disminuye el umbral para la percepción del picor, así como los
estados de cólera, irritación, culpa, aburrimiento, etc.
Musaph, ya en el año 1976, estableció algunos rasgos característicos de la
personalidad de estos pacientes, señalando una hipersensibilidad especial para
captar las tensiones y los estados no eutímicos de los demás, con incapacidad para
expresar de forma adecuada los propios sentimientos, unido a la dificultad para
manejar sus instintos de agresión y mucho más de expresarlo, con grandes defensas
psicológicas, fijas e inalterables, y con tendencia a la limpieza obsesiva y orden
excesivo. Por todo ello, las confrontaciones emocionales, así como los estados
donde la persona se sienta atacada por seres cercanos y queridos pueden ser causa
desencadenante de ello (Bridgett y Norén, 2017).
Reacciones de frotamiento de las manos, barbilla, orejas, nariz, etc., pueden
ser reacciones inconscientes ante la frustración, aunque lo normal es que sean de
corta duración e intensidad, sin llegar por ello a producir alteración de la integridad
epitelial (Rulicki y Cherny, 2012). No obstante, una sensación continua de
frustración, con incapacidad de expresión de los sentimientos, es posible que se
manifieste con picor y posterior rascado. En algunos pacientes, el prurito puede
aparecer en una zona corporal dotada de significado psicológico especial para el
sujeto. En ello se pueden encontrar mecanismos psicológicos de defensa de tipo
176 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
proyectivo, donde de forma reactiva, con excesiva sumisión y acatamiento de la
autoridad, se vuelve en agresión sobre sí mismo (Alexander, 2013).
La urticaria, por tanto, combina factores alérgicos y emocionales. Situaciones
de estrés emocional preceden con frecuencia a la aparición de los brotes. En el año
1952, Grece y Graham, detectaron una asociación con base psicoanalítica que para
algunos pacientes puede ser válida, en la que decían que puesto que la urticaria
venía a ser el resultado de una intensa vasodilatación y aumento de la
permeabilidad capilar, se podría comparar a las modificaciones que se obtienen
cuando se golpea la piel, por lo que estrés, ansiedad y otras afecciones psicológicas,
para ellos tendrían el mismo significado que si se tratara de traumas físicos, con
similares respuestas vasculares (Lewis, 2013).
[Link].3. Hiperhidrosis
Otra de las manifestaciones dermatológicas con una gran influencia
emocional es la hiperhidrosis. La excesiva sudoración depende de una particular
sensibilidad y excitabilidad neurovegetativa ante el estrés. La evaporación del
sudor se entiende como un mecanismo regulador de la temperatura, ya que la
evaporación del sudor hace posible que se ceda calor al ambiente.
El centro hipotalámico, a través de fibras eferentes simpáticas, regula las
glándulas sudoríparas. Situaciones de estrés, agitación, ansiedad, estados
hipermetabólicos, como pueda ser el hipertiroidismo, etc., se entienden como
circunstancias que hacen que les acompañe un incremento de la actividad
metabólica, que a su vez conlleva un incremento de la temperatura corporal,
explicando así también por qué se produce una sudoración excesiva (Purves et al.,
2002).
Otra circunstancia en la que se produce un aumento de la temperatura
corporal, sobre todo en la frente, cuello, tronco, brazos, y dorso de las manos,
aunque esta vez sin aumento de la sudoración, es en los procesos infecciosos. En
estos casos, la fiebre se entiende como un mecanismo facilitador de los mecanismos
defensivos, por lo que se produce una inhibición refleja de la sudoración, ya que
justo se pretende disminuir las pérdidas de calor (Hughes, 2015).
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 177
Desligada de los procesos hipermetabólicos, existe otro tipo de sudoración,
en este caso emocional, que se puede observar en las palmas de las manos, plantas
de los pies y axilas. Las fibras simpáticas terminales situadas en las glándulas
sudoríparas utilizan como neurotransmisor la acetilcolina, y la mayoría de las
células acinosas de estas glándulas sólo cuentan con receptores colinérgicos, a
excepción de las situadas en la palma de las manos, plantas de los pies y axilas, que
también cuentan con receptores α -adrenérgicos. Este tipo de sudoración llamada
sudoración apocrina o emocional, se explica por la estimulación de estos receptores
por las catecolaminas circulantes. La presencia de sudor o no, se convierte de esta
manera, en un factor medidor de los estados de ansiedad a partir de la resistencia
galvánica epitelial, ya que aumenta la conductancia eléctrica de la piel (Cubillo
Jiménez, 2016).
[Link].4. Dermatosis cutáneas inflamatorias
El modelo neuroinmuno-endocrino cutáneo explica la base de muchas
dermatosis cutáneas inflamatorias que se activan o empeoran por factores
psicológicos, pero también otra de las consecuencias directas de la mala regulación
del sistema inmunitario es la que se produce en la cicatrización de las heridas, en
ocasiones complicándolas, cronificándolas y aumentando el riesgo de infección,
por lo que también en este terreno, en los últimos tiempos, el abordaje integral,
valorando aspectos familiares, sociales y relacionales del cuidado en el paciente
está primando frente a una idea más biologicista (González y del Castillo Arévalo,
2015).
[Link]. Trastornos sexuales y emociones
Para tratar los efectos del estrés en el plano sexual debemos hacerlo de modo
separado en hombre y mujer (Gorguet Pi, 2010).
[Link].1. Sexualidad masculina y emociones
En el hombre sabemos que su cerebro se estimula ante determinadas
circunstancias, activando la hormona liberadora de la hormona luteinizante
(LHRH), la cual a su vez estimula la pituitaria que conlleva la liberación ésta y de
la hormona estimulante de los folículos (FSH). La hormona LH tiene su acción
178 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
sobre los testículos potenciando la liberación de testosterona, mientras que la
segunda, la FSH, al carecer el hombre de folículos lo que hace es activar la
producción de esperma (García García, 2003).
Ante una situación de estrés se puede inactivar el sistema de tres maneras
diferentes (Escalona, Legri, Laffita y Espalter, 2016):
La liberación de endorfinas y encefalinas ralentizan la producción y
concentración de la LHRH y con ello la producción de LH y FSH. La
pituitaria libera prolactina que provoca la disminución de la sensibilidad a
la LHRH y por último los glucocorticoides bloquean la respuesta de los
testículos a la LH, eliminando la posible activación de la hormona LH en la
sangre, si es que la hubiese.
Un ejemplo de todo ello es el que encontramos en la mayoría de los
deportistas profesionales, sometidos a gran estrés físico, y en los que se
observa que tienen disminuidos sus niveles de LHRH, LH y testosterona,
además de tener los testículos de menor tamaño y menor movilidad
espermática. En el estrés psíquico encontraríamos los mismos efectos.
El segundo aspecto que queda comprometido en el hombre es la erección,
dependiente de la activación del sistema nervioso parasimpático, que
provoca entre otros efectos, el aumento del riego sanguíneo en el pene, el
que se puedan llenar de sangre los cuerpos cavernosos y el bloqueo de la
salida de sangre venosa, lo que favorece, todo ello, el endurecimiento del
miembro. La activación excitatoria del sistema nervioso simpático hace que
aumente el tono respiratorio, el ritmo cardíaco, la sudoración, etc., de tal
modo que pasados unos pocos minutos el tono parasimpático solo se hace
presente en el pene, permitiendo que la estimulación simpática llegue a la
eyaculación.
Por tanto, después de entender este proceso, no nos debe de ser difícil
comprender como las situaciones emocionales intensas y duraderas lo pueden
llegar a bloquear; los estados emocionales de ansiedad y estrés generan la
sobreestimulación del sistema nervioso simpático, por lo que se dificulta la
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 179
necesaria activación parasimpática para que haya erección, en cuyo caso estaríamos
hablando de impotencia. En caso de poder conseguir la erección, la elevada
activación simpática es posible que origine que la excitación sexual provoque que
se eyacule rápidamente; en estos casos es en los que estaríamos hablando de
eyaculación precoz (Noriega, 2014).
[Link].2. Sexualidad femenina y emociones
El sistema reproductor de la mujer es muy similar al del hombre. El cerebro
libera hormona liberadora de la hormona luteinizante (LHRH) que a su vez activa
su liberación y la de la hormona estimulante de los folículos (FSH) en la pituitaria.
La FSH estimula la liberación de óvulos en los ovarios, mientras que la LH activa
la síntesis de estrógenos. La primera mitad del ciclo menstrual (fase folicular) se
caracteriza por una elevación de los niveles de LHRH, LH, FSH y estrógenos,
alcanzando su punto máximo con la ovulación; a partir de aquí se inicia la segunda
fase del ciclo, la fase lútea, en la que el aumento de progesterona, producida por el
cuerpo lúteo del ovario estimularía las paredes del útero preparándolo para que en
caso de que hubiese fecundación en los días de la ovulación este óvulo quedase
implantado en éstas y se pudiese alimentar y crecer, y convertirse en embrión (Mas,
2007).
Las situaciones de estrés pueden alterar el proceso ya que las endorfinas y
encefalinas inhiben la secreción de LHRH, y la prolactina bloquea la sensibilidad
de la pituitaria a la LHRH a la vez que los glucocorticoides también influyen
inhibiendo la sensibilidad de los ovarios a la LH; consecuentemente se produce una
disminución de la secreción de LH, FSH y estrógenos lo que repercute en que se
disminuya la probabilidad de ovulación. Esto provoca que la fase folicular se
alargue, haciendo que el ciclo pierda su regularidad.
Por otro lado, los estados emocionales alterados hacen que disminuyan los
niveles de progesterona; esto repercute en que, aunque se produjese con
normalidad la función hormonal en la fase folicular y permitiese que hubiese
ovulación y fecundación, se verían disminuidas las probabilidades de su
implantación (Correa, 2014; Muñoz y Camacho, 2016).
180 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Otras disfunciones sexuales femeninas como la dispareunia, o coito doloroso,
y el vaginismo, también podrían están ligadas al estrés. Ambos problemas suelen
presentarse conjuntamente. El vaginismo es la contracción involuntaria de la
musculatura que rodea la abertura de la vagina, por lo que para algunos autores el
coito doloroso se entiende como un tipo de vaginismo de baja intensidad. Las
experiencias traumáticas de tipo sexual pueden estar en su origen, condicionando
el miedo a la penetración, mediado por la activación del sistema nervioso simpático
que provoca en parte esa contracción de la musculatura vaginal (de Corral, Sarasúa
y Zubizarreta, 2013). La ansiedad hacia las relaciones sexuales, la preocupación y
el miedo pueden estar en la base de la dispareunia, ya que estos estados
emocionales una vez más dispararán la activación simpática, inhibiendo la
parasimpática, lo que dificultará la excitación y la lubricación necesarias, afectando,
lógicamente de un modo negativo a las relaciones, y en consecuencia pudiendo
repercutir en la disminución del deseo. La activación simpática también puede
provocar espasmos en la trompa de Falopio, lo que sería un factor añadido a la
dificultad para concebir (Barona, 2016).
Para Antequera, Moreno Rosset, Jenaro Río y Ávila Espada (2008) las
anteriores situaciones es probable que lleguen a repercutir en las relaciones de
pareja ya que las autovaloraciones negativas y los sentimientos de culpa suelen
aflorar, así como las conductas de ira, tristeza y aislamiento, cerrando el ciclo de la
situación que se retroalimenta, agravándolo.
[Link]. Trastornos endocrinos y emociones
El estrés y los problemas emocionales en general suelen ser generadores de
cambio en la conducta alimentaria y en el peso (Torres y Nowson, 2007a). La gran
mayoría de las personas suelen responder a las situaciones de estrés crónico, que
no agudo o puntual, con mayores ingestas de comida; pocos, aunque también se
contempla esta opción, son los que tienden a comer menos. Cuando comemos para
"calmar" las situaciones ansiógenas suele ser con aquellos alimentos que contienen
mayor cantidad de calorías por ser ricos en grasas y azúcares. La explicación
fisiológica a esta tendencia parece estar en que este tipo de comida frena a corto
plazo los estados de tensión emocional y la acción del cortisol (hormona
relacionada con el estrés generada por las glándulas adrenales).
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 181
A esta mayor ingesta de alimentos debemos sumar la disminución de la
práctica de ejercicio físico casi siempre asociada, en parte se cree que relacionada
con ese mismo estado de cansancio y fatiga que el mismo estrés genera.
En todo ello tiene una gran influencia el aprendizaje cultural; se ha observado
que este mecanismo es más propio del sexo femenino, mientras que la tendencia
masculina para calman la tensión y la ansiedad está más ligada al consumo de
alcohol y/o tabaco, aunque en los últimos tiempos se está observando un cierto
aumento de estas conductas también en las mujeres (Hughes, 2015).
La tendencia natural del organismo es asimilar los alimentos para
almacenarlos y cuando lo necesite transformarlos en energía. Nos alimentamos a
través de la ingesta y mediante la digestión descomponemos los alimentos en
moléculas más simples, como aminoácidos, ácidos grasos libres, glicerol y glucosa,
para facilitar su asimilación y convertirlos en nutrientes. Se almacenan en forma de
proteínas, triglicéridos y glucógeno y para ello la insulina desempeña un papel
fundamental.
Cuando el organismo posteriormente se ve expuesto a una situación de
demanda en la que necesita movilizar mayor cantidad de energía se pondrán en
marcha las hormonas del estrés que provocarán la descomposición de los
triglicéridos en las células adiposas, la descarga de ácidos grasos y glicerol al
torrente sanguíneo, el glucógeno en glucosa y las proteínas se convertirán de nuevo
en aminoácidos, para de este modo poder obtener la energía necesaria previamente
almacenada y así hacer frente a las demandas del medio.
El peso funcional de un sujeto lo medimos con el Índice de Masa Corporal
(IMC, que tiene en cuenta el peso y la altura), y en éste debemos considerar sus
valores en rangos, no en cifras específicas. De ellos, el rango de 18.5-24.9, es el que
se considera el indicado para poder hablar de "peso normal" y superado el IMC de
30, cada incremento de valor aumenta proporcionalmente el riesgo de mortalidad
(Ringbäck-Weitoft, Eliasson y Rosén, 2008). No obstante, debemos aclarar que la
obesidad en sí misma no es una enfermedad, aunque sí es un factor de riesgo de
gran importancia para las alteraciones endocrinas.
182 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
[Link].1. Diabetes tipo II
La diabetes tipo II o no insulino-dependiente es uno de los trastornos
metabólicos que más asociados están al estrés. Aquí el problema no reside en que
el organismo segregue poca insulina, como en el caso de la diabetes tipo I (o
insulino-dependiente) sino en que las células dejan de ser sensibles a ella. Las
células adiposas se generan hasta llegar a la edad adulta, momento en el que su
número se estabiliza; la obesidad, entendida como la tendencia de la población a
ganar peso, se asocia por tanto a la distensión de estas células, y no al aumento de
su cantidad; este hecho a su vez hace que haya una mayor resistencia a la acción de
la insulina sobre ellas, porque sus receptores son los mismos, pero en una superficie
cada vez mayor. El exceso de glucosa y ácidos grasos libres en la sangre, por tanto,
es la consecuencia directa a esta falta de respuesta a la insulina que al no poder ser
acumulados en los adipocitos pueden ocasionar la formación de las placas de
ateroma en las arterias y disminuir su luz u obstruirlas en los casos más graves, o
potenciar la acumulación de proteínas en los ojos formando lo que se conoce como
cataratas (Wilbert-Lampen et al., 2008).
En los periodos de estrés estos procesos se facilitan de dos maneras distintas.
Por un lado, porque las comentadas hormonas del estrés, previniendo la necesidad
de una cantidad mayor de energía para hacer frente a las supuestas demandas hace
que se deposite mayor cantidad de glucosa y ácidos grasos al torrente sanguíneo y,
por otro, porque las células adiposas se vuelven más resistentes a la acción de la
insulina.
[Link].2. Síndrome metabólico. Obesidad
El estrés es considerado por la comunidad científica como uno de los factores
que tiene mayor influencia en el síndrome metabólico y con ello, a sufrir con más
probabilidad enfermedades cardiovasculares, hipertensión y diabetes, que son la
triada que lo caracterizan. La acumulación de grasa en el abdomen (comúnmente
conocida como “tipo manzana” o androide por tener mayor desarrollo en los
hombres, frente a la “tipo pera”, más concentrada en nalgas y muslos o ginoide por
ser más propia del sexo femenino) es considerado un signo de riesgo para padecer
este trastorno, ya que los estudios la relacionan con mayor reactividad psicológica,
neuroendocrina y cardiovascular al estrés, que los sujetos con obesidad en las
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 183
caderas (Torres y Nowson, 2007b). Esta forma de distribución de grasa corporal es
considerada como un factor predictor de morbi-mortalidad mayor que el IMC
considerado de forma aislada (Pan y Pratt, 2008).
También se relaciona con la activación del eje hipotálamo-hipofisario-
suprarrenal donde el cortisol se convierte en agente potenciador de este factor de
riesgo porque activa los receptores de grasa abdominales, además de inhibir la
producción de insulina, aumentar su resistencia, alterar el metabolismo lipídico y
ser causa directa del aumento de hipertensión y aterosclerosis como en apartados
anteriores hemos explicado.
Para su diagnóstico el sujeto debe presentar dos de estos cuatro síntomas
(American Heart Association, 2005):
1. Hipertensión.
2. Elevados niveles de glucosa.
3. Elevados niveles de triglicéridos en sangre.
4. Y bajos niveles de lipoproteínas de alta densidad (HDL conocido
popularmente como "colesterol bueno").
Otros de los problemas secundarios a la obesidad pueden ser la litiasis biliar,
las patologías circulatorias venosas como varices y hemorroides, problemas del
aparato locomotor como artrosis y los derivados del malestar emocional que suelen
llevar asociado, pudiendo derivar en depresión.
Debemos aclarar que si bien la obesidad es un problema que a nivel mundial
y es causa de graves trastornos endocrinos como hemos comentado, el extremo
opuesto, la delgadez excesiva, el peso por debajo de 18.5 de IMC, tampoco está
exenta de problemas, por ello se dice que la relación entre el Índice de Masa
Corporal y la morbilidad no es lineal, sino en forma de U. Estaríamos refiriéndonos
a los problemas de anorexia nerviosa, pero no los incluiremos en este trabajo por
considerar que entra más en la clasificación de enfermedad psiquiátrica con entidad
propia, aunque está claro que no exenta de relación con emociones y estrés.
184 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
[Link].3. Trastornos relacionados con la glándula tiroides
Dentro de las enfermedades del sistema endocrino debemos mencionar, por
la alta incidencia que tienen, los trastornos relacionados con la glándula tiroides, y
sus síntomas relacionados con su hiper e hipofunción, y donde las alteraciones
psiquiátricas, dentro de lo variables que son sus manifestaciones clínicas, son muy
frecuentes, así como su forma de presentación, que puede ser leve, siendo fácil que
pase desapercibida, moderada o grave.
Depende de un estricto sistema de regulación y almacenamiento hormonal,
necesario para hacer frente a las perturbaciones, tanto internas, como la presencia
de agentes patógenos y alteraciones inmunológicas, como externas, donde se
pueden incluir el clima, los fármacos, la alta o baja ingesta de yodo, radiaciones,
periodos de postparto, déficit de hierro, hábito tabáquico, estrés, etc. (Rodríguez,
Boffill y Rodríguez, 2016)
El aumento de la actividad adrenocortical generada por las situaciones de
estrés emocional y físico, tiende a inhibir la acción de la TSH y la producción de T3,
por lo que entre sus opciones de tratamiento últimamente se comienzan a incluir
todas aquellas actividades que impliquen la relajación y regulación emocional del
sujeto (Cardozo y Chacón, 2016).
[Link].4. Síndrome de Cushing
En último lugar haremos mención al síndrome de Cushing que es como se
conoce al conjunto de signos y síntomas que aparecen generados por una
exposición continuada a elevados niveles de glucocorticoides. Este tipo de
hipercortisolismo puede tener origen exógeno, siendo éste el más común, o
endógeno de origen hipofisario o adrenal.
Se caracteriza por tener una afectación a múltiples sistemas y órganos, con
clínica de obesidad, osteoporosis, resistencia a la insulina, dislipemia, problemas
de debilidad cutánea, trastornos psiquiátricos, etc. Y entre su tratamiento, como
podemos suponer, se incluye el intervenir en aquellas causas generadoras del
exceso hormonal, entre las que se incluyen los aspectos emocionales (Guillín,
Bernabeu, Rodríguez-Gómez y Casanueva, 2016).
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 185
[Link]. Trastornos inmunológicos y emociones
Este tipo de trastornos es directamente dependiente de las células del sistema
inmunitario llamadas leucocitos, comúnmente conocidas con el nombre de
glóbulos blancos. Dentro de éstas podemos distinguir entre las células T y las B,
que se originan en la médula ósea. Posteriormente las T migran al timo para crecer
y madurar, de ahí su nombre.
Representan los mecanismos de ataque frente a los agentes infecciosos. Las
primeras, las T, mediante lo que se conoce como inmunidad mediada por células.
Cuando un cuerpo extraño invade el organismo es reconocido por un monocito
llamado macrófago que a su vez alerta a otra célula T, y éstas comienzan a proliferar
para combatir al invasor por medio de propiedades citotóxicas.
Las células B producen su inmunidad mediada por los anticuerpos, que son
grandes proteínas que reconocen al cuerpo extraño y se unen a él, inmovilizándolo
y destruyéndolo más tarde (Linares et al., 2008).
El estrés puede modificar todo este mecanismo ya que la activación del
sistema simpático, sobre todo por el aumento de la adrenalina que se genera,
provoca el aumento de la concentración de linfocitos, sobre todo al principio de la
respuesta de alerta con una duración no mayor de unos minutos, cuando es estrés
(psicológico) es de intensidad ligera o moderada o también durante la práctica de
ejercicio físico moderado. Del mismo modo, el sistema parasimpático participa en
la actividad inmunocelular, porque activa el aumento de anticuerpos y de la
citotoxicidad celular (Dos Santos, 2012).
Cuando la respuesta de activación es prolongada y mantenida durante horas
o días se provoca la puesta en marcha del sistema hipotalámico-hipofisario-
suprarrenal que conlleva la liberación de una mayor cantidad de glucocorticoides,
lo que favorece que se detenga la formación de nuevos linfocitos en el timo, al
mismo tiempo que disminuye la sensibilidad y la especificidad de éstos ante las
señales de alerta. Además, por la acción de estos mismos glucocorticoides los
linfocitos pueden ser expulsados del torrente sanguíneo o, incluso, destruidos, por
la acción de una proteína que es capaz de romper su ADN (Dhabhar, 2009).
186 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Por tanto, entre algunas de las alteraciones del sistema inmunitario que
podemos observar en las personas sometidas a estrés, psíquico, físico o fisiológico,
se encuentra la disminución en la concentración de linfocitos B, linfocitos T y menos
células Natural Killer con todo lo que esto conlleva de menor protección ante
patógenos y virus (Collins, 2002, citado por Martín, Azacárraga y Fernández, 2013).
1.3. INTELIGENCIA EMOCIONAL
1.3.1. La inteligencia
Cuando hacemos un breve recorrido sobre el estudio de la inteligencia nos
encontramos que en sus orígenes casi todos los esfuerzos iban dirigidos a
cuantificar y ordenar las habilidades intelectuales de los sujetos, y a partir de aquí
a establecer categorías y clasificaciones donde “encajarlos”.
La psicología diferencial se ha ocupado históricamente de la creación de test
de inteligencia, que permitía encasillar a cada sujeto con un valor numérico (el
popular Cociente Intelectual, CI). Este enfoque generó numerosas críticas (Santos,
1993). Desde un punto de vista cognitivo se han estudiado las estructuras y
procesos mentales de la actividad inteligente. Las distintas versiones de esta
perspectiva comparten el interés por la mente. Como indica Sternberg (1992) los
teóricos cognitivos destacan sobre todo las series de procesos implicados en la
atención selectiva, el aprendizaje, el razonamiento, la solución de problemas y la
toma de decisiones. Y, por último, el estudio de la inteligencia desde un enfoque
evolutivo se ocupa principalmente del origen y desarrollo de la inteligencia a lo
largo de la vida. Dentro de este enfoque hay que distinguir entre evolución
filogenética y evolución ontogenética. La primera estudia la génesis y el desarrollo
evolutivo de la inteligencia (Noguez, 2002) en las especies y, particularmente, en el
hombre. La segunda analiza el desarrollo individual de la inteligencia ya desde el
nacimiento.
La inteligencia general es una condición necesaria pero no suficiente para
conseguir el éxito en las esferas laboral, familiar, emocional y social de la vida. Por
los resultados de las investigaciones y por lo que se nos evidencia, para lograr el
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 187
éxito se necesita, además de poseer una buena inteligencia general y un inteligente
manejo de emociones y expresiones emocionales, otra serie de cualidades que
posibilitan una adecuada interrelación con los demás en distintos contextos
(Sánchez y Hume, 2006).
Han sido muchos los intentos de clasificar los distintos tipos de inteligencia.
Especialmente el siglo XX tuvo distintos estudiosos del tema. Por ejemplo,
Thurstone, en los años 30, o Guilford y Hoepfner, en los años 70, propusieron 120
tipos de inteligencias, aludiendo a los distintos tipos de procesos mentales (Mayer
y Salovey, 2014), entre otros. En relación a los tipos de inteligencia que empiezan a
tener en consideración las emociones, a principios del siglo pasado, Binet y Simon,
ya expusieron que existían dos tipos de inteligencia: la ideativa y la instintiva, esta
última más relacionada con las emociones que con la cognición. Estos autores no
llegaron a relacionar lo mental y lo emocional, aunque propusieron el uso
inteligente de los sentimientos. Más tarde, en 1920, Thorndike, un psicólogo
estadounidense, publica un artículo titulado La inteligencia y sus usos, donde
introduce el componente social de la inteligencia en su definición, haciendo
referencia al manejo de las relaciones humanas y existiendo ya un vínculo entre la
comprensión (cognición) y la habilidad social (Hardy, 1992).
Hasta los años noventa, las emociones quedaron relegadas por no ser
observables o medibles o por no ser el centro de atención ante el estudio destacado,
en la psicología, de la conducta y/o el pensamiento. Es en la última década del siglo
XX cuando comienza a considerarse a la inteligencia desde una perspectiva más
amplia, por ejemplo (Mestre, Comunian y Comunian, 2014):
Gardner (1995) plantea el concepto de inteligencias múltiples.
Optimismo inteligente (Aviá y Vázquez, 1998).
Inteligencia emocional (Salovey y Mayer, 1990).
En 1983, Gardner escribió un libro titulado “Frames of Mind”, en donde
expone su teoría acerca de la inteligencia humana, con la que intenta exponer un
enfoque del pensamiento humano más completo que los aceptados hasta ahora, y
donde procesos cognitivos, cultura, entorno, sistema educativo que instruye y
188 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
forma, etc., tengan cabida bajo un mismo concepto. Gardner propone dejar de lado
el concepto de inteligencia para comenzar a adoptar el de inteligencias múltiples, en
donde el término “múltiples” recoge desde la inteligencia musical y artística, hasta
la inteligencia aplicada en el conocimiento de uno mismo, hasta ahora nunca
tenidos en cuenta. La capacidad verbal, lógico-matemática, espacial, cinestésica, el
talento musical, la inteligencia interpersonal y la inteligencia intrapsíquica (más
tarde se unirían la inteligencia naturalista y la espiritual), tendrían el mismo grado
de importancia dentro del amplio concepto de inteligencia hasta ahora aceptado.
Estas dos últimas inteligencias, la interpersonal y la intrapsíquica o intrapersonal,
son las grandes aportaciones de Gardner al estudio actual del concepto de
inteligencia (Hardy, 1992).
Actualmente la inteligencia deja de ser considerada como el resultado de la
realización de unas pruebas con ítems por parte del sujeto a estudio, para comenzar
a ser entendida como algo que permite el desarrollo, adaptación al medio,
comprensión del mismo, relación con los iguales, etc.
[Link]. Inteligencia Emocional
El concepto de Inteligencia Emocional (IE) fue desarrollado por primera vez
en un artículo publicado por Peter Salovey y John Mayer (1990). Sin embargo, fue
relegado al olvido durante cinco años, hasta que Daniel Goleman (1995), psicólogo
y periodista americano con un gran punto de vista comercial, publicó su libro
Emotional Intelligence, convirtiéndolo en un best-seller mundial. Su aportación
principal fue señalar que necesitamos una nueva visión del estudio de la
inteligencia humana más allá de lo cognitivo y los aspectos intelectuales, una
visión que pondría de relieve la importancia de la utilización y gestión del mundo
social y emocional para comprender el curso de la vida de la gente.
El concepto de IE surge ante la pregunta, según Trujillo y Rivas (2005), de
por qué unos nos adaptamos mejor que otros ante diferentes situaciones de la
vida. La primera vez que se hace referencia al término de IE, aunque sin definirla
exactamente, es en un trabajo de Barbara Leuner, en 1966. Wayne Leon Paye, en
1986, también hace referencia al término, aunque no publicó su propuesta. Puso
de manifiesto que la supresión de las emociones en nuestra cultura occidental
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 189
estaba impidiendo el crecimiento emocional. También Stanley Greenspan, en
1989, asoció la inteligencia con la emoción en el estudio del autismo (Mestre,
Comunian y Comunian, 2014).
Es dentro de este marco teórico, en 1990, donde aparecen las figuras de
Salovey y Mayer, y donde recogiendo todas estas aportaciones, acuñan el término
de Inteligencia Emocional de manera ya oficial. La definen como un tipo de
inteligencia que nos permite manejar nuestras emociones y conocer las emociones
de los demás proporcionándonos información útil ante nuestras conductas y
nuestros pensamientos. La IE, sería entendida como la capacidad o la habilidad de
las personas para procesar información relacionada con las emociones.
Para referirse al metaconocimiento que los sujetos tienen en relación a sus
emociones y a las competencias relacionadas con éstas, Salovey y Mayer (1990,
citado por Fernández-Berrocal, Salovey, Vera, Ramos y Extremera, 2001)
elaboraron la teoría de la Inteligencia Emocional Percibida (IEP), partiendo de lo
que Gardner reconoció como Inteligencia Personal, en 1983. La capacidad de
distinguir nuestros sentimientos y los de los demás, darles nombre y
representarlos, nos ayuda a comprender y dirigir nuestra conducta que será más
adaptativa gracias a esa habilidad.
Debemos destacar que es el reconocimiento de estos procesos de poder
prestar atención a los sentimientos propios y ajenos, la claridad con la que los
percibimos, y el poder gestionar los estados afectivos, zanjando los negativos y
dilatando los positivos, lo que hizo que esta nueva visión del estudio de los
procesos emocionales cobrase especial importancia, y se les llamó meta-mood
experience (Boden y Thompson, 2017).
En la actualidad, la definición más utilizada y aceptada de IE sigue siendo la
que en su momento Mayer y Salovey (1997, citado por Velez, López-Goñi y
González, 2017) dieron: "Los autores definen la I.E. como la capacidad (1) para
percibir, valorar y expresar las emociones con exactitud; (2) para acceder y generar
sentimientos que faciliten el pensamiento; (3) para entender la emoción y el
190 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
conocimiento emocional; (4) y para regular las emociones y promover el
crecimiento emocional e intelectual". (p. 208)
Anteriormente a la definición de la IE, se consideraba que las emociones
podían alterar la actividad cognitiva normal (Mestre Navas y Fernández Berrocal,
2014), y no tanto ser aliada de ella. Damasio (1996, citado por Aradilla Herrero,
2013) fue de los primeros investigadores que confirmaron que las emociones son
importantes en el razonamiento, más allá de alterarlo.
Este nuevo concepto de IE incluiría la evaluación verbal y no verbal, la
expresión emocional, la regulación de la emoción en uno mismo y en los otros y la
utilización del contenido emocional en la solución de problemas, entre otros
aspectos (Salovey y Mayer, 1990).
Los resultados de estudios de Herrnstein y Murray (1994) y Gardner (1995),
ponen de manifiesto que el CI sólo predice en un 20% el éxito relativo en la vida.
Capacidades tales como motivación personal y persistencia ante las dificultades, el
control del impulso y la demora de la gratificación, la empatía, la capacidad de
mantener la ilusión ante los proyectos y la habilidad en mantener un buen control
emocional, podrían explicar gran parte de ese 80% de la varianza que no pueden
explicar los test ni el llamado CI. Ese 80% conformaría lo que llamamos IE.
Extremera y Fernández-Berrocal (2004a) apuntan que este término propone
una visión funcionalista de las emociones; consideran que éstas juegan un papel
fundamental en la felicidad y en el bienestar de los individuos, y que existe un tipo
de inteligencia, distinta del resto, que permite el uso adaptativo de dichas
emociones. Para ellos, las personas que perciben, expresan, comprenden y
gestionan adecuadamente sus emociones, tanto positivas como negativas, tienen
una vida más plena y positiva que las que no son capaces de hacerlo. Desde esta
visión funcionalista de las emociones, la habilidad de reflexionar acerca de esta
información e incorporarla a nuestro pensamiento, supone un requisito importante
a la hora de manejar nuestra vida y favorecer una adecuada adaptación social y
emocional.
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 191
Los modelos que han surgido a partir de la aportación de Salovey y Mayer
para explicar el significado de la IE, y que expondremos a continuación, recogen la
idea del estudio de las emociones, no sólo como mecanismos indispensables para
la supervivencia del organismo, sino que, tal y como apunta Baptista (2003), serían
procesos adaptativos que actuarían como mediadores de información útil y
determinante de las relaciones que se producen entre el sujeto y el medio. El hecho
de obtener información de nuestras emociones, nos permite reflexionar y tomar
decisiones en base a ellas, pudiendo disminuir la intensidad emocional, y
facilitando la posterior regulación (Salguero e Iruarrizaga, 2006).
1.3.2. Modelos explicativos de la inteligencia emocional
Aunque el estudio empírico de las emociones se realiza desde las distintas
corrientes (Bisquerra, 2009): biológica, conductual, cognitiva y social, son dos los
modelos predominantes, y que veremos a continuación, en la literatura científica
existente en relación a la definición de IE: el modelo de habilidad y los modelos
mixtos, estos últimos incluyen diversas competencias-habilidades emocionales y
rasgos de personalidad (por ello, el modelo de rasgo es también importante en el
estudio de la IE).
El modelo de habilidad de Mayer y Salovey, de gran apoyo empírico en las
revistas especializadas, se centra de forma exclusiva en el procesamiento emocional
de la información y en el estudio de las capacidades relacionadas con dicho
procesamiento. En el modelo de rasgo la IE hace referencia, según Aradilla Herrero
(2013), “a una constelación de disposiciones conductuales y autopercepciones sobre
la propia capacidad para reconocer, procesar y utilizar la información cargada de
emociones” (p. 30). Sería la capacidad introspectiva de mirar hacia el interior de
nosotros mismos a nivel emocional. Y los modelos mixtos, por ejemplo, de
Goleman o de Bar-On, combinan dimensiones de personalidad como asertividad,
optimismo, etc. con habilidades emocionales.
[Link]. Modelo de Salovey y Mayer
También llamado modelo de habilidad o de las cuatro ramas; fue
desarrollado por los padres del concepto de Inteligencia Emocional, Salovey y
192 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Mayer. Está centrado en el estudio de la capacidad para percibir, comprender y
manejar la información que nos ofrecen las emociones, aportándonos un buen uso
de las mismas y un razonamiento más efectivo. Teniendo en cuenta que para estos
autores la IE sería una inteligencia genuina basada en el uso adaptativo de las
emociones y su aplicación a nuestro pensamiento; las emociones podrían tener la
función de ayudar a resolver problemas y a adaptarnos al medio. No obstante, se
considera un sistema inteligente per se, por lo que debe formar parte de “otras
inteligencias tradicionales”, especialmente con la inteligencia verbal, por su
relación con la expresión y comprensión de sentimientos (Mayer, Caruso y Salovey,
1999).
En esta conceptualización de IE, no se incluiría ninguna característica
personal positiva, solo se estudiaría como la habilidad para razonar sobre las
emociones y la capacidad potencial de éstas para mejorar y guiar el pensamiento
(Mayer y Salovey, 1997):
- La habilidad para percibir, valorar y expresar las emociones con exactitud.
- La habilidad para acceder y generar sentimientos que faciliten el
pensamiento.
- La habilidad para entender la emoción y el conocimiento emocional.
- La habilidad para regular las emociones y promover el crecimiento
emocional e intelectual.
La IE la definen como habilidades emocionales de complejidad ascendente,
que conforman un continuo, que va desde el nivel más básico, donde se ejecutan
funciones fisiológicas fundamentales como la percepción y atención a nuestros
estados fisiológicos o expresivos, a otras de mayor complejidad cognitiva, que
buscan el manejo personal e interpersonal (Mayer y Salovey, 1997).
Este modelo ha sido reformulado en sucesivas ocasiones desde que, en el
1990, Salovey y Mayer introdujeran la empatía como componente. Han logrado una
mejora del modelo hasta consolidarlo como uno de los más utilizados, y por tanto
de los más populares.
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 193
[Link]. Modelo mixto de competencias de Goleman
Para Goleman (2011), el término de Inteligencia Emocional se refiere a la
capacidad de:
Reconocer los propios sentimientos.
Reconocer los sentimientos de los demás.
Motivarnos.
Manejar las relaciones que sostenemos con los demás y con
nosotros mismos.
Goleman establece la existencia de un Cociente Emocional (CE) que no se
opone al Cociente Intelectual (CI) clásico, sino que ambos se complementan,
manifestándose en las interrelaciones que se producen entre ambos; por ejemplo,
si comparamos dos individuos, uno con alto coeficiente intelectual, pero con poca
capacidad de trabajo y el otro con un coeficiente intelectual medio y alta capacidad
de trabajo, ambos puede que lleguen al mismo fin, ya que ambos cocientes,
emocional e intelectual, se complementarían (Goleman, 1996).
Goleman (1996) define cuáles son para él las competencias emocionales y las
divide en dos grandes grupos: las asociadas a aptitudes sociales que corresponderían
a la inteligencia interpersonal, y que estaría conformada por dos competencias. Y
las asociadas a las aptitudes personales, entendidas éstas como inteligencia
intrapersonal, y que comprenderían tres competencias. Dentro de las competencias
emocionales asociadas a las aptitudes personales están:
1. El autoconocimiento (conciencia de sí mismo). Incluye aptitudes como
conciencia emocional, autoevaluación y confianza en uno mismo.
2. El autocontrol (autorregulación). Es la habilidad para regular los impulsos
y los estados de ánimo negativos y ser capaces de recuperarnos, a la mayor
brevedad, del estrés emocional (Goleman, 2011). Autocontrol,
confiabilidad, escrupulosidad, adaptabilidad e innovación serían las
aptitudes aquí incluidas.
194 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
3. La motivación. Incluye conductas dirigidas a lograr la aptitud social,
incluyendo la iniciativa, afán de triunfo, compromiso y optimismo.
Y dentro de las competencias emocionales asociadas a la aptitud social, se
encuentran dos (Goleman, 1996):
1. Las habilidades sociales. Las aptitudes que aquí se incluyen son la
influencia, comunicación, manejo de conflictos, liderazgo, catalizador de
cambio, establecer vínculos, cooperación y trabajo en equipo.
2. La empatía. La comprensión de los demás, la ayuda para desarrollarse, el
aprovechar la diversidad, etc., serían aptitudes de este grupo. La empatía
es uno de los elementos clave que forma parte de la Inteligencia Emocional
(IE), en concreto del dominio interpersonal (Extremera y Fernández-
Berrocal, 2004b). Así como la autoconciencia emocional es un elemento
importantísimo en la potenciación de las habilidades intrapersonales de la
inteligencia emocional, la empatía viene a ser algo así como nuestra
conciencia social, pues a través de ella se pueden apreciar los sentimientos
y necesidades de los demás, dando pie a la calidez emocional, el
compromiso, el afecto y la sensibilidad.
Algunos estudios muestran que una adecuada habilidad intrapersonal se
asocia a una mayor empatía hacia los demás (Extremera y Fernández-
Berrocal, 2004b; López-Pérez, Fernández-Pinto y Abad, 2008).
Schutte et al. (2001) encontraron asociaciones positivas entre índices de IE
elevados y mejor calidad de las relaciones interpersonales. En España,
Extremera y Fernández-Berrocal (2004) también encontraron relación entre
IE y diversos aspectos de las relaciones interpersonales y las actitudes
empáticas.
Hay estudios que muestran la asociación positiva que mantiene la empatía
con las conductas cooperativas (Rumble, Van Lange y Parks, 2010), con la
motivación para ayudar a los demás (Maner et al., 2002), con la mejora de
la salud mental, mejores resultados en psicoterapia (Elliot, Bohard, Watson
y Greenberg, 2011), y una mayor satisfacción del paciente (Hojat et al.,
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 195
2011), que a su vez provoca que se produzcan menos demandas legales
contra los profesionales de la salud (Beckman, Mardakis, Suchman y
Frankel, 1994); entre otros beneficios. Y también se ha mostrado una
asociación negativa entre la empatía y los comportamientos agresivos
(Jolliffe y Farrington, 2004; Mestre, Frías y Samper, 2004).
[Link]. Modelo mixto o multifactorial de Bar-On
Para Bar-On, son cinco aspectos claves los que definen la IE, que a su vez
divide en 15 subescalas o componentes de orden mayor, que al final, resultarían ser
un inventario sobre una amplia gama de habilidades emocionales y sociales (Bar-
On, 2006):
Dominio intrapersonal. Las escalas que se encuentran en este dominio
incluyen el conocimiento de sí mismo (autoconciencia emocional),
resolución, independencia, autoestima y autoactualización.
Dominio interpersonal. Incluiría la empatía, relaciones interpersonales y
responsabilidades sociales, y aquellas competencias que refuerzan y
garantizan el trato exitoso con nuestros congéneres, familia, amigos,
compañeros de trabajo, etc.
Dominio de adaptabilidad. Éste incluye la capacidad de ser flexible y
realista y resolver aquellos problemas que pudieran surgir. Este dominio
estaría directamente relacionado con la capacidad de resiliencia (capacidad
de sobreponerse y aprender de las situaciones difíciles), en el sentido de
hacer frente e identificar problemas y situaciones inesperadas.
Dominio de control de estrés. Relacionado directamente con la capacidad
de un individuo de tolerar el estrés y controlar sus impulsos, éstas serían a
su vez sus dos escalas.
Dominio del estado de ánimo general. Está determinado por los anteriores.
Se refiere a las perspectivas que tiene un sujeto en su vida, la capacidad de
poder disfrutar de sí mismo y de los demás, y los sentimientos de
196 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
complacencia o insatisfacción. Sus dos escalas son el optimismo y la
felicidad; éstas determinan dicho dominio y resaltan las ventajas de tener
una actitud positiva en la vida.
En la siguiente tabla 1.7. se resumen los tres modelos de IE más extendidos
y conocidos en la literatura científica.
Tabla 1.7. Modelos de Inteligencia Emocional.
Mayer y Salovey (1997) Bar-On (1997) Goleman (1995)
Modelo de habilidad Modelo mixto Modelo mixto
“IE es un conjunto de habilidades que “IE es (...) un conjunto de “IE incluye auto-control,
explican las diferencias individuales capacidades no-cognitivas, entusiasmo, persistencia,
en el modo de percibir emociones. Es competencias y destrezas y la habilidad para
la habilidad para valorar y expresar que influyen en nuestra motivarse a uno mismo
emociones con exactitud, la habilidad habilidad para afrontar (...) hay una palabra
para acceder y/o generar sentimientos exitosamente las presiones pasada de moda que
que faciliten el pensamiento, para y demandas ambientales” engloba todo el abanico
comprender emociones y razonar (Bar-On, 1997, p.14). de destrezas que integran
emocionalmente, y finalmente la la IE: el carácter”
habilidad para regular emociones (Goleman, 1995, p.28).
propias y ajenas” (Mayer y Salovey,
1997, p.10).
Habilidades integrantes: Habilidades integrantes: Habilidades integrantes:
-Percepción, evaluación y expresión -Habilidades -Conocimiento de las
de las emociones. intrapersonales. propias emociones.
-Asimilación de las emociones en -Habilidades -Manejo emocional.
nuestro pensamiento. interpersonales. -Auto-motivación.
-Comprensión y análisis de las -Adaptabilidad. -Reconocimiento de las
emociones. -Manejo del emociones en otros.
-Regulación reflexiva de las estrés. -Manejo de las relaciones
emociones. -Estado anímico general. interpersonales.
Fuente: Extremera y Fernández-Berrocal (2004).
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 197
1.3.3. Evaluación de la inteligencia emocional
La IE rasgo se mide a través de autoinformes y la IE capacidad se mide con
test de habilidad, basados en el rendimiento y la ejecución de tareas por parte de la
persona. Entre las medidas de autoinforme más utilizadas para evaluar la IE nos
encontramos (Aradilla Herrero, 2013, citado por Gómez Sánchez, 2017):
1. El Trait Meta Mood Scale (TMMS) – Escala Rasgo de Metaconocimiento
Emocional - de Salovey, Mayer, Goldman, Turvey y Palfai (1995), basado en
el modelo de Salovey y Mayer. Esta escala es de rasgo de metaconocimiento
emocional y mide la percepción que tenemos de las propias habilidades
emocionales, en concreto mide tres dimensiones de la IE: la atención, la
claridad y la reparación emocional. En su origen estaba compuesta por 48
ítems (TMMS-48), su versión reducida consta de 24 ítems (TMMS-24). La
versión española es de Fernández-Berrocal, Extremera y Ramos (2004).
2. Shutte Emotional Intelligence Escale (SEIS) – Escala de Inteligencia Emocional
de Schutte - de Shutte et al. (1998), también basada en el modelo de Salovey
y Mayer. Consta en su origen de 33 ítems y mide aspectos intrapersonales e
interpersonales, y su uso ha sido como medida unifactorial pero también
multifactorial. En una versión posterior se mejora a nivel psicométrico,
midiendo a través de 41 ítems tres factores (Austin, Saklofske, Huang y
McKenney, 2004): evaluación emocional, utilización de las emociones y
regulación emocional. Y una última versión de 28 ítems muestra un mejor
ajuste al modelo de Salovey y Mayer (Gignac, Palmer, Manocha y Stough,
2005).
3. El Trait Emotional Intelligence Questionnaire (TEIQue) – Cuestionario de IE
Rasgo - de Petrides y Furnham (2003). Ofrece una puntuación global de la
IE como rasgo y también evalúa cuatro factores a través de 15 subescalas:
bienestar, autocontrol, emocionalidad y sociabilidad. Consta de 153 ítems,
y en su versión reducida, Trait Emotional Intelligence Questionnaire-Short
Form (TEIQue-SF), pasa a 30 ítems (2 ítems de cada subescala).
4. Bar-On Emotional Quotient Inventory (EQ-i) – Inventario de Cociente
Emocional - de Bar-On (1997). Consta de 133 ítems y mide: inteligencia
198 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
intrapersonal, interpersonal, adaptación, gestión del estrés y humor
general. Tiene una versión para niños, Emotional Quotient Inventory: Youth
Version (EQ-i: YV), y una reducida de 51 ítems (Bar-On, 2002). Esta escala es
de las más utilizadas para evaluar la IE, sobre todo en la empresa y
organizaciones.
5. Emotional Competence Inventory (ECI) – Inventario de Competencia
Emocional - de Boyatzis, Goleman y Rhee (2000). Mide competencias
sociales y emocionales, sobre todo, también como la anterior, en
organizaciones laborales. A través de 110 ítems evalúa 20 competencias
organizadas en cuatro grupos: autoconciencia emocional, conciencia social,
autogestión y habilidades sociales. Posteriormente se diseñó el Emotional
and Social Competency Inventory (ESCI), que evalúa 12 competencias también
organizadas en cuatro grupos (autoconciencia, autogestión, conciencia
social y gestión de las relaciones). Su última versión trató de mejorar las
distorsiones típicas de los autoinformes y la deseabilidad social (Boyatzis y
Goleman, 2007).
Entre los instrumentos de medida de capacidad-habilidad para evaluar la IE
destaca el de Mayer-Solovey-Caruso Emotional Intelligence Test (MSCEIT) de Mayer,
Salovey, Caruso y Sitarenios (2003) que procede de un instrumento anterior
perteneciente a los mismos autores (Multifactor Emotional Intelligence Test -MEIS- de
Mayer, Caruso y Salovey, 1999). Tiene dos versiones además de haber sido
validada en español por Extremera, Fernández-Berrocal y Salovey (2006). Consta
de 141 ítems, con cuatro ramas y ocho subescalas.
Ambas medidas, de habilidad y de autoinformes, se complementan, por este
motivo ambas medidas serían útiles para medir de forma completa la IE. El utilizar
un tipo de medida u otra dependerá del evaluador, de sus intereses y objetivos de
estudio.
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 199
Tabla 1.8. Ventajas e inconvenientes de las medidas de evaluación de la
inteligencia emocional.
Ventajas de los autoinformes Ventajas de las medidas de
habilidad
Son fáciles de administrar y con Miden la capacidad de ejecución
un tiempo muy limitado. actual o de conocimiento emocional
Las instrucciones de aplicación de la persona en una tarea, y no su
son sencillas. creencia.
La mayoría son accesibles y
gratuitas.
Desventajas de los Desventajas de las medidas de
autoinformes habilidad
Aportan más una estimación, Requieren más tiempo de aplicación.
percepción o creencia sobre las Por el excesivo tiempo de aplicación
capacidades emocionales. pueden producir sesgo en la
Facilitan problemas de sesgo, ejecución.
como la deseabilidad social. Son más complejas de administrar.
Algunas habilidades se solapan La mayoría están comercializadas.
con variables de personalidad e
inteligencia verbal.
Fuente: Elaboración propia a partir de Aradilla Herrero (2013).
1.3.4. Aplicación práctica de la inteligencia emocional
En la actualidad, los estudios acerca de la Inteligencia Emocional se centran
en una amplia variedad de campos de estudio, tales como el escolar o académico,
de salud o laboral, incluyendo trabajos sobre conductas antisociales en
adolescentes (Díaz-Castela, Muela, García-López y Espinosa-Hernández, 2011;
Jimémez Morales, 2009); rendimiento académico (Extremera y Fernández-Berrocal,
2001); capacidad de resolución de problemas en cuerpos de combate y defensa de
élite (Extremera y Rodríguez, 2011); depresión (Fernández-Berrocal, Extremera y
Ramos, 2003); ansiedad (Breva, Galindo, Gámez y Díaz 2011); relaciones de pareja
(Justicia Galiano, 2009; Sánchez, Montañés, Latorre y Fernández-Berrocal, 2006);
200 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
adaptación a los cambios vitales (Elipe Muñoz, 2009); relaciones interpersonales
(Marín y León, 2001); estrategias de afrontamiento y estilo atribucional (Beneyto y
García, 2011); vejez (Elipe Muñoz, 2009; González y Extremera, 2011); entre otros
muchos.
En todos los estudios se destaca la importancia de un buen equilibrio en el
sujeto entre la dimensión atención emocional, que debe estar presente en un punto
medio, y la claridad y la reparación emocional, auténticas responsables del bienestar
percibido en el sujeto.
La IE se ha asociado, en la literatura científica, con distintas variables como
el sexo, la edad, los estudios universitarios, las conductas de salud, etc. (García,
2007). Estas variables son las que vamos a ver a continuación.
1.3.5. Inteligencia emocional y la variable sexo
Tradicionalmente se ha entendido que hombres y mujeres tienen
comportamientos emocionales diferentes. Extremera, Fernández-Berrocal y
Salovey (2006) vinieron a confirmar esta creencia al encontrar que en las pruebas
autoinformadas de Inteligencia Emocional Percibida (IEP) las puntuaciones en IE
en mujeres, en general, tendían a ser más bajas que las de los hombres, con todo lo
que ello puede implicar en el campo clínico y académico.
Más concretamente, las mujeres, a grandes rasgos, sin llegar a obtener
puntuaciones significativas en las escalas de patología clínica, muestran valores
más elevados en atención emocional, lo que significa que piensan y atienden más
sobre sus sentimientos, pero sin diferencias en cuanto a comprensión y regulación
(Fernández-Berrocal, Extremera y Ramos, 2004; Jiménez y López-Zafra, 2008) en
relación con los hombres.
Rey y Extremera (2011) coinciden en los hallazgos en cuanto al sexo
femenino, pero encontraron que los hombres autoinformaban de una mejor
capacidad para la reparación emocional. Pérez Pérez y Castejón Costa (2007)
encontraron esta misma diferencia a favor de los hombres además en claridad y
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 201
regulación. Por último, Jiménez y López-Zafra (2011) se encontraron que las escalas
en las que difieren hombres y mujeres son las de atención y claridad, pero en
regulación las diferencias no fueron significativas.
No obstante, curiosamente, cuando algún trastorno evidenciaba niveles más
altos, por ejemplo, en neuroticismo. Sí se observaban algunas diferencias entre
hombres y mujeres: si los valores en los hombres eran por encima de la media,
también obtenían mayor puntuación en atención a sus emociones que las mujeres,
en cambio menor en claridad y reparación. Algo parecido ocurría en el caso de la
depresión. En los estados depresivos, se ha demostrado que no es la mayor atención
emocional la que los provoca, sino que esta reacción no vaya acompañada y
equilibrada con el correspondiente proceso de reparación, modo de procesar que
ocurre, sobre todo, en el género masculino (Inglés et al., 2017; Thayer, Rossy, Ruiz-
Padial y Johnson, 2003).
Se han intentado encontrar distintas explicaciones a este hecho y parece ser
que son los estados rumiativos los responsables, ya que el tener mayor capacidad
para atender a las emociones, sin los correspondientes procesos de reparación y
regulación conlleva una peor salud mental, situación que parece estar más
relacionada con el género femenino, según Fernández-Berrocal y Extremera (2003),
hecho que sumamos a los problemas de autoestima, normalmente más frecuentes
en mujeres, frente a los hombres que, por lo general, tienden a tener una mejor
autopercepción (Baltasar y María, 2014). Cuando las variables relacionadas con la
alta estima y/o ansiedad se mantenían bajo control, eran las mujeres las que tenían
más y mejores relaciones sociales, con mayor apoyo social, comportamientos más
adaptativos y, en general, mayor satisfacción con su red social (Ciarrochi, Chan y
Bajgar, 2001), pero, además, y en oposición a lo hallado por Extremera, Fernández-
Berrocal y Salovey (2006), también puntuaron mejor en IE que los hombres.
Respecto al resto de las escalas clínicas parece ser que son las mujeres las que
puntúan más alto que los hombres en depresión y ansiedad, como ya hemos
comentado, pero también en los sentimientos de baja autoestima y desajustes del
pensamiento; en cambio, la escala de irritabilidad parece que es donde los hombres
obtienen mayor puntuación (Cordónez y Ángel, 2016); para Fernández-Berrocal y
202 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Extremera (2003) en cambio, parece que es el sexo masculino el que se muestra más
hábil en cuanto al control de impulsos y la tolerancia a las situaciones estresantes.
Para Brack et al. (1992, en Göktaç, 2010), parece ser un hecho probado el que
las estudiantes tenían mayor percepción de sus niveles de estrés, lo que contribuía
a presentar valores más elevados de padecer depresión frente a los hombres.
1.3.6. Inteligencia emocional en estudiantes universitarios
Las emociones, en general, se consideran reacciones de tipo adaptativo, que
vienen, tanto determinadas por nuestra forma de pensar y de ser, como que
influyen en las mismas, pero siempre entendiendo que son generadas por las
circunstancias acaecidas en un momento concreto, por lo que fluctuarán, cambiarán
y al fin desaparecerán cuando la situación que las generó también lo haga. Es por
este motivo que se dice que la conducta del estudiante vendrá regulada por ellas.
Recordemos que se distinguen de los sentimientos porque estos son mucho más
estables y constantes e independientes de la situación (Vera, Alquicira y Pérez,
2016).
Marianetti (1999, citado por Vera, Botello y Pérez, 2015) amplía esta idea
aclarando que tan estrechamente están ligadas las emociones a la actividad y a las
conductas de los individuos que también se verá el proceso contrario, es decir, todo
aquello que realice el sujeto que le haga alcanzar las metas propuestas le llevará a
sentir sentimientos y emociones positivos y lo que le aboque al fracaso motivará
emociones y sentimientos negativos. Por lo que algunos estudios han demostrado
ampliamente los efectos beneficiosos de incorporar la información emocional en lo
cotidiano de la vida de las personas, influyendo en la elaboración de juicios, toma
de decisiones e interacciones sociales más positivas (Gohm y Clore, 2002).
Para Casari, Anglada y Daher (2014) y Guarino, Gavidia, Antor y Caballero
(2000) los cambios y exigencias a los que se ven sometidos los universitarios
comprometen de alguna manera su estabilidad emocional, siendo el periodo de
exámenes el más significativo, seguido de los comienzos de prácticas.
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 203
En este sentido, algunos estudios se cuestionan el modo como el distrés
académico, con su correspondiente debilitamiento del sistema inmunológico,
generado por los acontecimientos propios de esa etapa, podría ser reducido si se
hiciese un uso óptimo de los recursos que la universidad ofrece, de modo que se
puedan disminuir las consecuencias negativas asociadas, entre las que
encontramos la sintomatología física y psicosomática, a costa de fomentar el
bienestar de los estudiantes (Lara, Donoso, Jiménez, Chávez y Herrero, 2016;
Murphy, Denis, Ward y Tartar, 2010; Zunhammer et al., 2013).
Los cambios de residencia y de relaciones sociales, el reajuste de las
expectativas, la sobrecarga académica, los periodos de exámenes, el primer
contacto real con lo que puede ser su mundo laboral en un futuro durante los
periodos de prácticas, entre otros, son algunos de los factores que se entienden
como situaciones estresoras en el ámbito académico (Arnett, 2000; Beck, Taylor y
Robbins, 2000, citados por Dyson y Renk, 2006). A todo ello hay que sumarle el
poder dedicar menos horas al ocio, actividad física y tiempo libre, lo que podrá
condicionar que el sujeto perciba su inicio en el mundo universitario como algo que
ha mermado su calidad de vida y por tanto su autopercepción de satisfacción vital
(Hobfoll, 1989, citado por Somech, 2016).
Por otro lado, Abiétar-López, Navas-Saurin, Marhuenda-Fluixá y Salvà-Mut,
(2016), Echevarría (2010) y Solange (2016), hacen una importante reflexión acerca
de que la dificultad de inserción en el mercado laboral está influenciada por el
hecho de que en la actualidad la elección de la titulación universitaria ya no está
tan mediada como antes por las posibilidades y características vocacionales de los
sujetos; la elección realizada ya no es fruto de una mirada introspectiva y conforme
al planteamiento de objetivos reales, cuando la realidad debería ser que esa elección
fuese consecuencia de la previsible satisfacción que al sujeto le generará el ejercicio
de la misma, para lo que antes tiene que haberse detenido en la observación
meditada de sus características personales, de modo que el resultado final de dicha
elección sea la más satisfactoria y efectiva (Martínez et al., 2016), por eso, para
Mantero (2010) es importante que en el proceso el sujeto se conozca a sí mismo, sus
cualidades y capacidades, sus actitudes y aptitudes y el mundo que le rodea
(Sobrado, Fernández y Rodicio, 2012).
204 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
En el caso concreto de los estudiantes de ciencias de la salud debemos de
tener en cuenta que la promoción de la salud y de estilos de vida, es parte
fundamental del desempeño que en el desarrollo de su carrera profesional deberán
realizar, ya que serán los profesionales encargados de promover la salud en la
sociedad, por lo tanto, tienen la responsabilidad de prepararse académica, personal
y emocionalmente para favorecer la promoción de la salud integral en las personas,
y es por esto mismo, por lo que se entiende como objetivo importante en su día a
día el saber cómo desarrollan su propia forma de vivir (Hernández, Ledesma,
Olivas, Martínez y Escorza, 2016).
Cada vez son más los programas educativos que incluyen la Inteligencia
Emocional como competencia a enseñar y desarrollar en los alumnos de distintas
disciplinas. Quizá los estudiantes de enfermería y/o medicina sean los que más
demanda pueden tener de este tipo de habilidades.
Ahora que la crisis económica está obligando a las administraciones a
replantearse la forma en que se han gestionado los servicios públicos o privados,
sería una buena ocasión para que las universidades incorporen o implementen los
instrumentos docentes necesarios para que los estudiantes desarrollen sus
destrezas emocionales. Son cada vez más los colegios y las universidades que van
implantando programas de desarrollo de la IE, tanto en grados como en
postgrados.
[Link]. Inteligencia emocional en enfermería
Dentro del ámbito de la investigación en enfermería, cada vez hay más
estudios que demuestran la importancia de gestionar el mundo emocional de forma
adecuada (Carmona-Navarro y Pichardo-Martínez, 2012; Espinoza y Sanhueza,
2012; Martínez-Riera, Sanjuán-Quiles, Cibanal-Juan y Pérez-Mora, 2011; Naranjo y
Ricaurte, 2006), pues aporta beneficios tanto al paciente, a su familia, a la
comunidad y al propio profesional.
La IE en enfermería permite afrontar mejor las relaciones con los pacientes y
familiares además de con los compañeros, y favorece una mejor salud mental y
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 205
física, pues el estrés se reduce cuando ponemos en marcha habilidades emocionales
(Cadman y Brewer, 2001; Simpson y Keegan, 2002).
El trabajo del enfermero está constantemente expuesto a las relaciones con el
otro, al cuidado del otro en situaciones de dolor, sufrimiento, enfermedad y muerte.
Se ve expuesto a sentimientos muy dolorosos del otro, con la consiguiente reacción
emocional en sí mismo. Si no existe IE es fácil intuir que su salud se verá mermada
con el paso del tiempo, y no necesitará demasiado tiempo para empezar a sentir
síntomas asociados con el agotamiento emocional o el estrés.
En ocasiones, el personal de enfermería no dispone de las habilidades
emocionales que le permiten afrontar las situaciones que se le presentan a diario.
Los miedos, el estrés, los problemas personales o laborales pueden influir en la
calidad de la atención que ofrecen a sus pacientes y los familiares de éstos. Es por
ello que la formación en dichas habilidades se hace cada vez más necesaria para
evitar problemas de salud física y mental en este gremio.
Aradilla Herrero (2013), en su tesis doctoral, hace una revisión de los estudios
empíricos que relacionan la IE con la enfermería y expone que han ido apareciendo
más desde el año 2000 hasta la actualidad. En la tabla 1.9. podemos ver la revisión
que hace desde 2008 hasta 2012, además hemos incluido una revisión actualizada
desde 2013 a 2017.
Tabla 1.9. Investigaciones empíricas sobre la inteligencia emocional en el
ámbito de enfermería.
Autores Instrumentos Muestra Principales resultados
de evaluación
Aradilla- TMMS 93 estudiantes La depresión y la atención
Herrero, emocional resultaron predictoras
Tomás-Sábado del riesgo suicida.
y Gómez-
Benito (2014a)
206 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Aradilla- TMMS 1208 La atención emocional correlaciona
Herrero, estudiantes de positivamente con la ansiedad ante
Tomás-Sábado enfermería y la muerte y la alexitimia, y
y Gómez- 209 negativamente con la autoestima.
Benito (2014b) enfermeras La claridad y la reparación a la
inversa.
Aradilla- TMMS 243 Todas las variables de actitudes
Herrero, estudiantes de ante la muerte muestran una
Tomás-Sábado enfermería relación positiva con la atención
y Gómez- emocional y negativa con la
Benito (2012- claridad y la reparación.
2013)
Fernández, TEIQue-SF 81 estudiantes La conciencia y comprensión
Salamonson y de enfermería emocional tienen un impacto
Griffiths (2012) positivo en los resultados
académicos.
Benson, Bar-On EQ-i 52 estudiantes A lo largo de la carrera no se
Martin, Ploeg y de enfermería encontraron diferencias
Wessel (2012) significativas en las puntuaciones
de IE.
Chan, Creedy, TMMS 112 La IEP muestra relación positiva
Chua y Lim estudiantes de con el estado de salud.
(2011) enfermería
Por, Barriball, SEIS 130 Los resultados muestran
Fitzpatrick y estudiantes de correlaciones positivas entre la IE y
Roberts (2011) enfermería el bienestar y la competencia
percibida y negativas con el estrés.
Beauvais, MSCEIT 87 estudiantes La IE se relaciona positivamente
Brady, O´Shea de enfermería con el rendimiento.
y Quinn (2011)
Benson, Ploeg Bar-On EQ-i; 100 Los estudiantes presentaban una
y Brown (2010) Short estudiantes de adecuada capacidad social y
emocional. Las puntuaciones de los
CAPÍTULO I: INTRODUCCIÓN 207
enfermería (25 estudiantes en todos los cursos
por curso) fueron mayores de 98 puntos.
Heffernan, TEIQue-SF 135 Los resultados confirman una
Griffin, enfermeras correlación positiva entre la IE y la
McNulty y autocompasión.
Fitzpatrick
(2010)
Van Bar-On EQ-i 98 enfermeras No se encontraron diferencias entre
Dusseldorp, hombres y mujeres en relación a la
van Meijel y IE, ni en relación a la edad, ni a la
Derksen (2010) experiencia en el ámbito de salud
mental.
Augusto TMMS 135 Los resultados mostraron
Landa, López- estudiantes de correlaciones positivas entre la
Zafra, Aguilar- enfermería claridad y la reparación con todos
Luzán y los componentes del autoconcepto.
Salguero de
Ugarte (2009)
Codier, MSCEIT 350 Las enfermeras con mayores
Kamikawa, enfermeras puntuaciones de IE demostraban
Kooker y un mejor rendimiento y una mayor
Shoultz (2009) retención del empleo.
Morrison ECI 94 enfermeras La IE correlaciona positivamente
(2008) con el estilo de colaboración de
resolución de conflictos y de forma
negativa con la acomodación.
Pulido-Martos, TMMS 164 La atención emocional es
Augusto- estudiantes de predictora del distrés ocupacional.
Landa y enfermería Claridad y reparación no.
López-Zafra
(2016)
208 Mª SOLEDAD DELGADO GÓMEZ
Hernández, Bar-On 514 El estilo de vida saludables
Ledesma, estudiantes presenta una baja correlación con
Olivas, universitarios IE.
Martínez y
Escorza (2016)
Nespereira- TMMS 36 enfermeras La IE está relacionada con el estrés
Campuzano y del servicio de laboral; la comprensión de los
Vázquez- “urgencias” estados emocionales influye en la
Campo (2017) mayor realización personal.
Gómez-Díaz, TMMS 108 El nivel de ansiedad está
Delgado- estudiantes de relacionado con la atención
Gómez y enfermería emocional. El programa de
Gómez- intervención en habilidades
Sánchez (2017) emocionales realizado resultó ser
efectivo, sobre todo para la claridad
emocional.
Fuente: Modificado de Aradilla Herrero (2013).
[Link]. Inteligencia emocional en otras titulaciones
Para Martínez, Sánchez, Ortega, Cuberos y Garcés (2016) medicina,
ingeniería y magisterio son las titulaciones universitarias que mayor demandan
tienen, donde enfermería sigue a medicina en caso de encontrar dificultad de
ingreso, a la par que son también las que los sujetos dicen elegir impulsados por su
vocación profesional (Martínez-Vicente y Ángeles-Segura, 2014), aunque también
por el prestigio social y económico que ofrecen.
Por tanto, si la IE se puede entender como la habilidad para p