Tambo de Ruelas, sobreviviendo al tiempo y el olvido
Paradójicamente, es el único tambo que no ha sido restaurado con ayuda de la cooperación
internacional, como es el caso de los tres tambos que existen, ahora soberbios, en la otra
banda del Chili. El Tambo de Ruelas, tiene un potencial turístico que solo parece avistar su
solitario propietario, firme guardián de su rica historia y de su desolador presente.
Entre algunas de las leyendas que se rumorean hace siglos en estos ambientes, está la que
narra que fue en este lugar donde se vieron por primera vez, en las postrimerías del régimen
colonial, la esquiva Silvia y el enamoradizo poeta Mariano Melgar. Ella, haciendo compras con
su madre, él, yendo a convivir durante muchas jornadas con la gente de la sierra que hasta
aquí llegaba cargando sus productos y sus esperanzas de libertad. La ciudad, que siempre fue
muy hermosa, los hacía soñar, tanto a los comerciantes, como a los jóvenes enamorados.
En sus tiempos iniciales, con 16 pequeños cuartos de sillar, recibía a los arrieros que llegaban
con sus recuas de mulas y hatos de llamas cargadas de mercadería, desde todas las provincias
de Arequipa y del altiplano puneño y boliviano. Luego, las llamas venían cargadas de oro, papa
y maíz, desde tierras tan lejanas como Potosí y, en su camino, de Puno o Cusco. Sin duda, fue
el mercado virreinal más antiguo de la ciudad.
En cuatro largos siglos, además de llegar a tener 3 pisos, el último construido de madera, sobre
el segundo de sillar, miles de personas que fueron y vinieron, vivieron y murieron tras sus
muros, hoy la solitaria presencia de Leiva trae a la memoria hechos como la encarnizada lucha
tras la rebelión contra Ramón Castilla que inició aquí, en el torreón denominado “El Palomar”,
donde se izó una bandera con la inscripción “Viva Echenique”, tal como lo narra María Nieves y
Bustamante, en su obra “Jorge o el hijo del Pueblo”. En estos muros también se parapetaron
Belisario Suárez y Diego Butrón, entre otros patriotas que lucharon para defender a la ciudad
de la invasión chilena.
También se dice que los ahora vetustos ambientes de madera, levantados sobre sólidos
sillares, sirvieron de refugio y escondite al entonces fugitivo, líder del APRA, Víctor Raúl Haya
de la Torre, perseguido por el dictador de turno en la primera mitad del siglo XX. Pues esta
casona, que aún conserva su belleza, asentada sobre un tambo incaico, y luego uno colonial,
en algún momento de su larga historia, perteneció al fundador del aprismo en Arequipa,
Antero Peralta, abuelo de quien llegó a ser, demasiado joven, alcalde de Arequipa, Yamel
Romero Peralta.
Otra leyenda afirma que, en algún lugar del extenso terreno, alguien construyó un túnel que le
permitió, tanto al político perseguido, como a algún poeta llamado Percy Gibson, un antiguo
enamorado, esquivar la vigilancia y salir entero, por algún vericueto de la calle trasera, y no
por el portón principal, hoy vetusto y en espera de restauración, plantado en la histórica calle
Beaterio, del tradicional barrio de la Antiquilla,, antes conocido como la “Chimba”..
Escenas de la película “Ana de los ángeles” se filmaron hace poco en esta casa, desde donde,
hace dos siglos, alguien avistaba los constantes enfrentamientos entre los ejércitos enviados
desde Lima y los rebeldes locales; con tanta claridad como hace 14 años, durante el terremoto
de 2001, el propio Leiva vio caer las dos torres de la Catedral, mientras rezaba en silencio en su
bamboleante balcón, único lugar desde donde se divisan, limpiamente, los 3 volcanes tutelares
de Arequipa.
René Leiva es un luchador incansable en su objetivo de conservar y restaurar la historia y el
prometedor futuro que le ve a este tambo que, tras heredarlo, se ha convertido en el motivo
principal de sus días. En 1974 logró que sea declarado Patrimonio Cultural de la Nación, y
luego de algunos años tuvo que desalojar como a 30 familias que lo habían invadido y
tugurizado; pero aún espera el patrocinio para su restauración y posterior conversión en un
Centro Turístico y Cultural.
Museo, galería de arte, exposición y venta de artesanías, un café o restaurante con platos
típicos arequipeños y un pequeño anfiteatro. Así lo sueña él y nosotros, después de verlo,
también. Ojalá alguien más lo haga posible, mientras René aún pueda verlo.