0% encontró este documento útil (0 votos)
3K vistas275 páginas

Reflexiones de una vida ordinaria

Este documento es una introducción a la autobiografía de un hombre. Describe cómo nunca se celebraron grandes fiestas en sus cumpleaños cuando era niño, solo recibía pequeños regalos. Ahora, como adulto, prefiere pasar sus cumpleaños solo o con amigos cercanos en lugar de grandes celebraciones. También menciona su intención de escribir no solo su autobiografía, sino también biografías de otros.

Cargado por

pcancelo
Derechos de autor
© Attribution Non-Commercial (BY-NC)
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd
0% encontró este documento útil (0 votos)
3K vistas275 páginas

Reflexiones de una vida ordinaria

Este documento es una introducción a la autobiografía de un hombre. Describe cómo nunca se celebraron grandes fiestas en sus cumpleaños cuando era niño, solo recibía pequeños regalos. Ahora, como adulto, prefiere pasar sus cumpleaños solo o con amigos cercanos en lugar de grandes celebraciones. También menciona su intención de escribir no solo su autobiografía, sino también biografías de otros.

Cargado por

pcancelo
Derechos de autor
© Attribution Non-Commercial (BY-NC)
Nos tomamos en serio los derechos de los contenidos. Si sospechas que se trata de tu contenido, reclámalo aquí.
Formatos disponibles
Descarga como PDF, TXT o lee en línea desde Scribd

Condenado

a
vivir
LA INTRODUCCIÓN

Voy a redactar para el lector , para mí, los recuerdos de una


vida. Una vida más, una entre tantas, una parte (ya mayoritaria)
de ella. Ni hechos relevantes, ni importantes; nada de hazañas,
nada de luchas como no sea la que casi todos día a día, libramos
contra nosotros mismos; poco de humor, poco de sexo; tampoco
grandes aventuras, tampoco gran riesgo; ausencia de fama, de
honores, de éxito, de riqueza. Será eso, la redacción de una vida
más, una entre tantas.
¿Por qué sin ser militar, político, empresario o actor inicio una
autobiografía?. Ni cómo vividor ni como escribidor preciso de
justificarme; vivo por imposición, escribo por necesidad
(intelectual, que no material). La ausencia de historicidad, de
influencia, de morbosidad y de enseñanza -¿de ejemplaridad?-,
parca y malamente pueden ser compensadas. Únicamente ciertos
grados de sobrevaloración y orgullo me permiten acogerme a la
presunción de subjetividad del interés, de lo interesante; también
a la atenuante de la ingenuidad.
“Vidas ejemplares” eran las de los santos, simplistas esquemas
de aparente bondad que, con poco coloridos dibujitos, intentaban
modelar y condicionar las mentes infantiles de mi generación, la
española de la post guerra civil (y la pre-europea y la post-
mundial). Acabo de caer , en tal onda, en que los altos cargos
eclesiásticos no publican (¿ni escriben?) sus vidas o memorias –no
es lo mismo: ¡de lo segundo aun carezco más!-. Al engaño, la
mentira y el disimulo les debe costar demasiado traspasar el
cedazo de la pluma y el papel, en amplitud, en perspectiva. Por
cierto, deslizo la pluma sobre el papel en una -¡se ha vuelto a
agotar la tinta!, como en el Serengueti: culpa mía, la falta de

893
previsión me ha caracterizado toda mi vida (pero como tampoco
soy tonto de todo, siempre tengo un bolígrafo, otro instrumento,
a mano, si bien no sea lo mismo)- muy bien acondicionada celda
de un emblemático monasterio gallego, entre la obscuridad, entre
la floresta. El gallo acaba de cantar presintiendo la aurora; yo,
más bien presiento el ocaso.
No voy a engañar, procuraré no mentir, disimularé poco. No voy
a inventar, intentare no tergiversar, valoraré poco. Más que una
reflexión, ésta será una recapitulación.
Esta vida cuya narración emprendo, no ha sido, no es, ni
anodina, ni monótona, ni convencional.
Estoy ante mí mismo.
Debía estar en esto desde hace un añ[Link] como era la previsión;
llevo un año de retraso. Otras ocupaciones, otros escritos, otras
preocupaciones, han llenado mi mente antes de ser descargada.
Tampoco está mal un poco más de poso, de reposo, ese reposo
del cuerpo al que los de mentes inquietas no podemos aspirar -¿o
es el cuerpo el que inquieta a la mente?: todo es uno, todo es lo
mismo-.
Todo es una condena, la absolución no existe en el humano
vivir, en lo que es nuestro devenir . “Condenado a V ivir” es el
título que hace tanto pensé, pero me falta comprobar si alguien
lo ha usado con idéntico fin, de lo que tengo vagas sospechas. En
tal caso, cambiarlo por “Yo, uno entre tantos”.
Proyecto la obra como una autobiografía complementada por
varias biografías, pero temo ni poder encargarlas ni esperar
pedirlas (y que las hagan: ¡lo que debe costar escribir!). Si mal
puedo desarrollar una autobiografía, menos puedo despertar
biografías.

894
CUMPLEAÑOS FELIZ

Nunca se han celebrado con pompa alguna mis cumpleaños. No


estaba dentro de las fiestas familiares más señaladas; sólo los
recuerdo por las velitas, pequeñitas, finas, blanquecinas,
salomónicas, con cáliz y corola: tenía a gala apagarlas todas de
un soplo -mi marca superior , no pasaría de la veintena -; se
guardaban para la siguiente ocasión (compartidas con mis
hermanas, de tan parcos aniversarios como yo), siempre con restos
de la tarta en sus bases.
A pesar de cuadrar en periodo vacacional, gozoso, veraniego, a
punto de reanudar el docente, sufriente, jamás se invitó a mis
amigos. A mayores, algún pisotón -¡ah!, no, eso era en los estrenos
de zapatos- y pocos tirones de orejas, pues nunca me gustó que
me tocaran.

El cabeza de familia llegaba a llorar por cumplir un año más,


mi inmediato superior no estaba para esas cosas, las dos mujeres
ni quisieran decirlo para quitárselos de encima. Lo que si siempre
decía el primero, con referencia a él u otros, era “ya voy para…”,
“ya vas para los…”; como en tantas cosas, tenía toda la razón, y
por mucho que fastidiara a su esposa y a su hija, el mismo día de
cumplir 15. “Ya iba para los 16” (en realidad, se acaba el año que
se computa, y se comienza a vivir el siguiente: lo mismo en la
cronología general, aunque con idéntico error de base, conceptual,
como se pudo comprobar en el aún reciente cambio de siglo
cuentan los pocos que vivieron el anterior , que exactamente lo
mismo: y lo mismo con el cambio de maravedíes y reales a
pesetas).
De fuera del círculo más íntimo apenas si llegaban felicitaciones,
ni en persona ni por teléfono. De regalos, también más bien pocos;

895
el único seguro, típico, tópico, era el del patriarca, 25 pesetas,
pero de oro (“isabelinas” o “alfonsinas”, preferentemente
reproducción); mismo regalito en su momento para el resto de
los que dependíamos de él -¡tenía montones! (también auténticas,
de época: a mí ya no me queda ninguna)-.
Con el santo –significo “medicina divina”: el arcángel que vino
a cobrar las deudas deTobías y a consolar a una siete veces viuda-
, venía a ocurrir otro tanto. El mío, lo cambió elapa
P sin avisarme
ni consultarme: de los de los demás, ni las “felicidades”, de alguno
ni se sabía fecha. El único que se celebraba, y a lo grande (valía
por todos), era el del cabeza de familia, del patriarca, el del
abuelo, José Seoane.
En el álbum (apaisado, más bien pequeño, con pastas de piel
verde) que intitulé “Mi vida en fotos” –las cuento, ¡y resultan 54!
(año de nacimiento), blanco y negro, parando en mis 16 (“ya iba
para 17”): nunca me han gustado mucho las fotografías-. Una
página, tres instantáneas (de la 41 a la 43), “9º cumpleaños en
Sta. Cruz”. “con mi queridísima madrina” y “a dúo, madre e hijo”
(se la ve amorosa, guapa, joven -32 años-; delante, el cava que
tampoco faltaba a conmemoración alguna). Me encuentro
crecidito, orejudo, espabilado, contento,… debió ser el año
anterior cuando lo comencé llorando, desnudo, en la bañera, por
entrar mi padre afeitándose mientras mi madre me bañaba –
siempre he sido, más que pudoroso (que también), muy intimista-
.
Arrastrando tal tradición familiar, cuando resaltar la efemérides
ya dependía de mi bolsillo, no lo hipotequé por tan pegujalero
motivo. En todo caso algún extra gastronómico con mis hermanas,
algo similar con algún amigo, … R egalos siempre ausentes,
felicitaciones contadas. Fui adquiriendo la buena costumbre de
ausentarme, hacer algún viajecito corto a un ambiente distinto,
y montármelo yo solito, tan feliz.
Al día siguiente, suelo sentirme igual a dos días antes.

896
Con todo, siempre he tenido ganas de dar una gran fiesta
posiblemente como reacción a lo anterior-, y con los cuarenta no
hubiera sido mala oportunidad; el coste (de hacerlo, a lo grande:
si no, no hacerlo) siempre me ha retraído. Puede que, como otras
ideas fantasiosas, me quede sin realizarla, principalmente porque
para dar una gran fiesta hace falta un número elevado de
convidados, y no se me ocurren tantos –ya aparecerían, ya-.
“La Grande Bouffée” es una de las películas que más me
impactaron. Gente honorable, pudiente, hombres, se reunían
periódicamente, encerrándose, para entregarse,
desenfrenadamente, a sus apetitos y aficiones. Italiana, de lo
mejorcito del elenco nacional reforzado por el francés, actuaba
en ella, bajo la batuta de Marco Ferreri. Uno muere
atragantándose con pasteles, otro entre jugosas tetas, un tercero
reparando un automóvil biplaza bajo la nieve,…Propuse hacer una
“grande Bouffée”, al menos tirando y rompiendo todo lo utilizado,
si nadie se arriesgaba a morir, pero a mis amistades les falta eso,
“la grandeur”.
Otra propuesta, tampoco aceptada, fue la de alquilar un lugar
en exclusiva (ideal era el Parador Nacional de Villalba, Lugo, antes
de su ampliación, cuando toda la oferta consistía en seis cuartos
dentro de su octógono de piedra, planificado hace mil años), donde
dedicarnos a descorchar botellas y [Link] menos, no renuncio
a la que parece más factible y que a veces me es reclamada
(descrita en la página 16 de “El P oder”), la huevona, ese huevo
dentro de la codorniz, el conejo, el pollo, el lechón, el lechal y el
venado viéndose por fuera sólo un ternero al espeto. P or ahora, a
conformarme con compartir caponadas, percebadas y jamonadas
(jamón enterito, partiéndose con cuchillo virgen sacrificado tras
su función).
Al aroma de lo del jamón, reseño la primera anécdota de las
muchas que me ocurren y que intentaré reflejar. Pasaba por ese
hito del peregrinaje santiagueño que es P iedrafita del Cebrero,

897
día de feria; busco y pago un cuchillo que me pareció adecuado
para acabar el sacrificio de San Martín y ser
, a su vez, sacrificado,
largo, de mango de madera, afiladísimo; me dice el vendedor:
Traiga, que se lo envuelvo.

No hace falta, es para usarlo sólo una vez.

Por allí vigilaba –fue hace bastantes años, cuando vigilaban a


pie, en vez de escabullirse en coche- la pareja de la guardia civil,
que lo oyeron y no dejaron de seguirme hasta que pillé mi
automóvil y salí pitando.
Coincidentemente, acaban de juntarse los dos lugares gallegos
con los mejores quesos, con mis preferidos. El uno duro, cónico,
amarillento, muy ahumado, algo fuerte. El jacobeo blando,
blanquísimo, suavito, redondo pero con sombrero o tendencia de
seta. En San Simón, ya usan más la nevera que la fogata de lareira,
donde se colgaban los cuajos en copas de madera de boj
agujereadas para pinchar y que cayera el suero; de los de la
fábrica, ni hablemos, pobre imitación insustancial, tan anodina
como todo lo industrializado (industria alimentaria, que le llaman:
¡no saber comer!, sería más exacto). La industria, la fabricación
estandarizada, la insipidez, también se instaló por encima de los
mil metros, y no se conformaron, alegando razones higiénicas,
con prohibir lo casero, lo manufacturado, sino que usurparon,
legalmente, ¡la forma!, consistiendo la marca registrada -¿o diseño
industrial?- y su denominación de origen esa especie de copia de
la forma de gorro de cocinero profesional. En Cebreiro y en
Villalba, para conseguirlos, los de verdad, hay que andar como al
trapicheo, de contrabando, furtivamente, sabiendo los lugares
del trato, donde tienen bajo el mostrador lo que tan mal copia lo
que se exhibe (para turistas) encima.
Y lo mismo podemos decir del complemento
imprescindiblemente inextricable de toda “bouffée” y toda
bacanal, la bebida, proscrita de la vid o del alambique al vaso,

898
obligada (por decretos y correspondientes reglamentos) a pasar
por fermentaciones, centrifugaciones, calentamientos,
enfriamientos –de nada, P asteur-aditamentos y manipulaciones
tan obscenas, que lo que resta es pura imagen, imaginación.
Gozando con lo uno y sufriendo con lo otro –nada tengo de que
quejarme, ni debo hacerlo, en mínima justicia comparativa por
analogía-, ya se acercaba día a día, hora a hora, la quincuagena.
No podía dejarla pasar como un día, como un aniversario más;
conozco a quienes lo han hecho y a quienes se fueron al extremo
opuesto (de estos últimos, grandes convites con baile y todo –a
los que no asistí: ni es lo mío ni fui invitado-, uno ya murió y el
otro está en ello). Para extremista, yo.
Llevaba un par de años, puede que aun más, dándole vueltas.
La idea primigenia fue el agua, agua madre, Nilo, fuente de vida;
un crucero fluvial, la fiesta a la sombra de las pirámides,…retendí
P
comprometer a alguien, pero los que prestaron su palabra faltaron
a ella. Aspiraba, iluso de mí, a reunir mismo número de allegados
que años (elaboré hasta listado), allá en África, y pagando yo,
pero los negocios –el negoción- no dieron para tanto.
Según se aproximaba la efemérides que durante tantos lustros
pareció tan lejana, sin cambiar de continente cambié de destino,
desplazándolo al sur . Se me ocurrió algo que nunca hubiera
realizado; como revoloteando, llegó El Globo.
Un compañero de bachillerato y universidad siguió, con éxito
(y dos operaciones de corazón), la carrera diplomática. Con su
madre nos cruzábamos casi a diario, eran las de Núñez, siempre
sosteniendo a la enjuta anciana en medio, al otro lado de la
solterona que no podía faltar en toda antigua familia que se
preciara. Del padre, casi por miedo, huíamos, pues era calco de
“German Munster”, de entonces en seguidísima serie televisiva;
aunque ocupaba un alto puesto cultural oficial, cometió una
“monstruosidad” inscribiendo a su primogénito en la misma hora
que nació: cuatro horas del día primero de enero (si hubiera

899
mentido en defecto, hubiera ganado una promoción escolar).
Tuvieron suerte o acierto, y el que siguió a mi correligionario se
dedica a reparar caries y un tercero y último a sentenciar fraudes
fiscales como presidente de la más alta instancia. Desde luego,
una familia de las antiguas, como lo eran los quesos, vinos y
aguardientes.
El diplomático, tras escalar embajadas en destinos americanos
y asiáticos, debió a su carné político un puesto ministerial no
muy por debajo del propio ministro; cambio de partido en las
elecciones, cambio de ministro, y ¡de embajador a Zimbawe! (por
supuesto, en el siguiente cambio de tornas, lo recuperaron del
exilio para un confortable despacho madrileño).
Decidido cambiar agua por aire, tras muchas consultas y
variaciones, el plan más simple (y rápido: ya no me gusta estar
muchos días fuera de casa) consistía en llegar directamente desde
Europa al cráter más amplio del mundo (ligeramente ovalado,
con un diámetro mayor de 14,5 km.), recrearme allí, subir en
globo, y volver cuanto antes. En Ngorongoro no se vuela, en
Serengeti si –curiosamente, todo el mundo pronuncia como si la g
llevara u, y se extrañan cuando lo hago correctamente-.
Guillermo Feser y Juan Luis Cano, son la alegría de las ondas,
únicamente superados en dedicación y admiración por José María
García, el oráculo (deportivo) –extinto- de la noche. Una sección
de “Gomaespuma” es “G. con maletas”, donde recomiendan
viajes; Juan Luis lleva años diciéndole al encargado: “Que , ¿hoy
también hablamos del Ngorongoro?...”El éxito de lo por algunos
denominado “octava maravilla del mundo” –estupidez: tiene que
ser obra humana-, estriba en su mismo sonido onomatopéyico,
que recoge el de los cencerros de los numerosos rebaños masais
que, en interminables filas, bajan y suben las laderas interiores
del extinto volcán para llegarse a mojar los belfos en las aguas de
su laguna interior , al menos mientras el natrón no acabe de

900
envenenarla. Los que hemos estado y “Gomaespuma” son sus
mejores agentes publicitarios, y así lo reconocen en destino.
Prolongar la ausencia –de mi mismo, de mi cotidianidad (poco
se me acuerda el perro, más tengo en cuenta lo no muy seguro
del recipiente de mis tesoros familiares y particulares)- y tener
que recorrer las “llanuras sin fin”, me llevó a un plan B, cataratas
Victoria. Conocidas la maravilla de Iguaçu y la porquería de
Niágara, me quedaban las terceras, Mosi –oa- Tunya, “el humo
que truena”, sus cinco tramos superando el quilómetro de
desgarramiento del rio Zambeze que se derrumba casi cien metros.
Son la natural frontera de Botswana y Zaimbabwe.
África lo tengo flojo, aunque há tiempo albergué la peregrina y
descabellada idea de cruzar todo el continente, nada menos, por
tierra. Un punto que tenía marcando es el Gran Zimbabwe, lo
que me gusta, el yacimiento arqueológico más importante del A.
negra; por simple aposición, los Shona (de raíz bantú) lograron
en el siglo XII gigantescas “dzimba dzemabwa”, casas de piedra;
entre sus ciclópeos muros los árabes controlaron el tráfico de oro
hasta su abandono a mediados del s. XV ; Adams Renders, descubre
en 1.868, la vegetación, esta ruinas, lo que queda del P aís de
Ofir salomónico. Y a puestos, con un pequeño rodeo, podría
arriesgarme por los laberintos pétreos de su coetánea Khami, no
esquilmada por los buscadores de tesoros e investigada
científicamente a partir de 1.947. Destino final y principal, ictoria
V
Falls.
El itinerario era aterrizar en Harare (antaño Salisbury), bajar a
la no lejana Masvingo –es nación de menor extensión que España-
, y por Bulawayo llegar hasta Livingstone, “off course”. La
realidad, fehacientemente expresada por el ex embajador y otros,
¡que ni se me ocurriera!, que aquellos negros son de lo más
aficionados al tiro al blanco (entre los cientos de granjas ocupadas
por antiguos soldados y guerrilleros, no respetaron ni la que fuera
del mismísimo Rhodes) y que se mueren de s.i.d.a. a millares (la

901
esperanza de vida retrocede a cifras medievales: poco más de la
treintena), incluyendo últimamente tres ministros, según se
reconoció de manera oficial. P ara remacharla, que aunque
programas turísticos obsoletos ofrecen sobrevolar las cataratas
en helicóptero, avioneta o globo, de eso nada, monada.
Ante el panorama, abandono el plan C para tornar al B. El
engorro de los enlaces aéreos se resuelve con un nuevo vuelo
directo de Madrid a Nairobi, y mi empeño en el globo –si no, no
iba- pagándolo por adelantado en la propia agencia.
Algo después me enteraría que la mayor de mis primas, con su
marido (invitados por “Ford”, que para eso es concesionario su
padre y suegro), habían estado en el actualmente considerado
“peor país del mundo”; como la mayor parte de los turistillas, ni
se habían enterado de mucho (medidas de seguridad e higiénicas
como lo más destacado), ni de lo enterado se recordaban o, si sí
lo hacían, no lo sabían expresar, como la mayoría, describir; de
globo, nada (“oh, sí, el hotel era un lujo”). Su hermana, sobre
suelo hispano, ¡se tiró en paracaídas! –brava,Ana-. Ya que la vida
es viaje, la gente viaja como vive.
Un pariente –su padre y mi abuelo primos, bergondeses-, que
aunque ya no lleve el apellido sigue en el negocio familiar (almacén
de joyería con venta al por mayor), me comentaba lo que a él le
ocurría, hace ya más de dos decenios, cuando se acercaba a su
quincuagésimo aniversario, que le pesó mucho porque con
cuarenta o cuarenta y cinco todavía aspiraba a doblarse, pero
que con cincuenta ya no lo creía. Como a mí me pesa más el vivir
que el miedo a morir, fueron vísperas muy ligeras, animosas, sin
temor alguno a volar, por primera vez en mi vida, en globo.
Y como casi todo lo bueno de la vida, quise compartirlo. Me
dejaron solo, como casi siempre, completamente solo. Que si no
podía, que si la mujer, la madre, los hijos, el coste, el peligro, …
pues mejor, ¡fue un cumpleaños feliz!, íntimamente.

902
Ventanas y puertas comprobadas, alarmas conectadas, perro y
teléfono al cuidado de la asistenta, disposiciones, testamento
hecho. Vuelo Vigo a Madrid, ya con aspecto explorador: pantalón
por dentro de las botas de media caña, el sombrero de piel de
vaca paraguayo (cosecha 1.986), mi inseparable látigo que manejo
como los del circo desde que preparaba mi ruta por el sur de
América hace ya veinte años. En el aeropuerto de Barajas, petición
de la hoja de reclamación en “East África”, pues ya algo no me
gustaba, a pesar de llevar billete “business”, de primera.
Ocho horas de vuelo, negras, en blanco. La locutora de sala
había confundido vuelos, horas y destinos por los altavoces, y si
salimos a hora fue porque yo, veterano, me di cuenta y avisé.
Como los de “turista” iban medio vacíos, pudieron levantar
apoyabrazos e intentar dormir acostados; los preferentes, al tener
los asientos y sus apoyos intermedios más anchos, eran fijos, y
nos tuvimos que joder , los listillos –y pagando más, aunque la
compañía estuviera “de saldo”-. También delante de todo, en el
lado opuesto, dos jugosas chicas que erotizaron mis entresueños;
algo detrás, muy formalitos, una pandilla de niños atendidos por
sus papas: extraño semejante dispendio.
Al ser vuelo nocturno, careces del más mínimo punto de
referencia para asimilar y adaptarte a haber recorrido 7.000
quilómetros. Lo único extraño, al aterrizaje, que todos los que
pululaban por allí fueran tan negros. Así como América y Asía
huelen, en África no noté olor continental, a tierra extraña,
lúbrica, nada, y no porque mi olfato decaiga, ya que si vista y
oído se van perdiendo, gusto y olfato mejoran con los años. El
olfato me viene de mi abuela materna, que hubiera podido ser
probador de fábrica de perfumes; la correlación popular entre
tamaños de apéndice nasal y sexual, tiene su base científica,
muy recientemente descubierta, en que el mismo gen determina
capacidad olfativa y génesica, el fallo popular está en que una
gran nariz no implica un gran olfato, del que a veces quisiera
carecer –de su correlación, no-.

903
Como desde que me perdieron todo el inmenso equipaje en
“T.A.P.,” (transportes “anárquicos” portugueses) en un Oporto-
Caracas no he vuelto a facturar, siempre soy el primero que sale
de las terminales, con mi grandísimo bolsón de cuero (solera 85,
guaya quileño) al hombro, sin dejar que nadie me lo coja, como
la nube de acarreadores pretendió (en esto, sí que igualito que
en Asia o América), seguida de las de transportistas, alojadores,
cambistas y, propio de la tierra organizadores de safaris –que, en
África, significa, literalmente, viaje-. Como por primera vez en
mi vida ya lo llevaba todo contratado, el correspondiente de la
agencia me localizó, oí por primera vez el archirrepetido “Y
ambo”
(hola) y, ante mi alegría, de entrada, únicamente una recién
matrimoniada pareja maña formaba grupo con el que suscribe;
semejaron soportables. Tampoco debían ser tontos, pues mientras
muchos, tas la paliza del viaje, ya se iban a dar tumbos
(mayoritariamente, rumbo a otear, si las nieblas lo permitieran,
las pocas nieves que le van quedando al Kilimanjaro), a nosotros
nos condujeron a descansar, al muy céntrico hotel.
Nairobi (1.500.000 pobladores, a voleo) surgió, por tener
abundancia de agua durante todo el año, como centro ferroviario;
idos los ingleses, idos los cuidados, todo un desastre, herrumbroso,
más vías muertas que vivas. La invaden con la amanecida y
abandonan cuando falta luz, riadas de gentes, hombres en su
mayoría a pie, viniendo y yendo a la nada, entre bajos matojos,
sobre los suelos arenosos, tan sucios. Lo primero que se compran
en cuanto pueden es ropa, el calzado el complemento de nivel.
Igual que sobresalen edificios tan completos como los de las urbes
más civilizadas, pasean trajes tanto o más elegantes que en
bulevares de última moda; rodeando a los edificios relumbrantes,
pisando donde los zapatos relucientes, construcciones y gentes
misérrimas.
El tráfico rodado rueda, no hay grandes atascos; el parque móvil
no está obsoleto; por medio, guapas mujeres, todas con niño al
colo, mendigan a impávidos automovilistas. Mucho amputado.

904
Basura y más basura, sobre basuras. Fogatas callejeras entre el
calor ecuatorial. Campos de golf con sarpullidos de hierba, sucia.
Los semáforos están encendidos, pero nadie mira para ellos; los
protegen fuertes jaulas metálicas, por abajo y por arriba. En
grandes camiones blindados (“safety”), se refugian los transeúntes
cuando los tumultos. Guardias, estatales, municipales y privados,
con porra en mano, nada de madera o cuero, puro acero.
El hotel, de 15 pisos, “only all suitte”, amplias, bien amuebladas
sus dos piezas, pero sucias, tan sucias. Taxativamente, indicaban
ni se te ocurriera salir del hotel. Salí. Quería ver el museo
antropológico nacional, quedaba bastante lejos; como no había
coche que parara, acabé por contratar a uno de los muchos ociosos
que pretendían lo que fuera del atrevido; iba delante, reducían
marcha los conductores, me metía a su socaire, cambiaba de
lado para los de la otra dirección y así, mi salvador cruzacalles.
Entré en mercado, todos con machetes tajando pescados, carnes
y verduras; para quitársete el apetito; por los vericuetos te
ofrecían, furtivamente, de lo más exótico y prohibido.
Los transportes keniatas no pueden cruzar a Tanzania, los
tanzanos sí a Kenya. Horas de tumbos, más bien poco de asfalto,
trámites fronterizos, agobios de vendedores de abalorios, otra
frontera. A seguir bamboleándose. La mitad deTanzania es parque
natural, un tercio de su producto bruto brota del turismo; lo
cuidan, es su pan, todo bastante organizado –para ser África-, en
los frecuentes controles saludan a los ocupantes del todoterreno
rotulado en vez de pararlos.
El lago Manyara pare el paraíso entre el semidesierto. En la
colina, el hotel, cadena “Serena”, de alto nivel, muy limpio como
los que restaban; comer , en autoservicio (aunque los sirvientes
son numerosísimos –seguro que no tienen sueldo-), hasta
aceptable, incluso hasta bien para quienes, mayoría, comen mal
a diario; a la anochecida, los cerca el ejército, ametralladoras
en ristre. P eligro, prohibido salir , ni una reja ni una valla, los

905
animales salvajes merodean olfateando las sobras. Salí. P or el
polvoriento camino, aparecían las amplias huellas tridigitales del
león; pretenciosamente, desenrollo el látigo de la cintura y vuelvo
sobre mis pasos.
Estábamos encomendados (se nos unió otra pareja de recién
casados, italianos, que iban a lo suyo) a un guía al que por similitud
puse R onaldo y a un gordo chófer de nombre impronunciable.
Ladronzuelos, borrachuzos, penaban por mis prismáticos de la
marina de guerra y quise ignorar sus planes de llevarme a una
orgía masai; al usar los faros para alumbrar sus danzas, quedaron
sin batería, y en vez de rellenarlas con las botellas de agua mineral
que abundaban, mearon dentro; reventó la batería, chapa y
asiento (en el viejo “Land R over” va bajo el del conductor);
cariacontecidos, me tenían por intermediario con las dos parejas,
mientras el ejército nos proveyó de otra; a la vez ejercía de
portavoz de los pasajeros, pues la pareja era al único que tenían
respeto (les dije haber sido militar), una vez comprobaron con
cuanta facilidad se podían venir al suelo con un trallazo.
La víspera de mi conmemoración, ya vistos todo tipo de
cuadrúpedos (monos, elefantes, gacelas, búfalos, hipopótamos,
guepardos -.el más difícil, sólo madre con cría sobre árbol, gráciles
jirafas a montones, cebras que pasaban como si nada, cocodrilos,
rinoceronte, el rey león -.simba-,…),eso que era la temporada de
menor densidad, apenas a un 10% de las mayores concentraciones
de ungulados, que arrastran a todos los demás, encabezados por
los ñúes, esa víspera, digo, habíamos tenido que recogernos más
temprano de lo habitual en uno de los cuatro hoteles del borde
del Ngorongoro (todos llenos, con muchos españoles), pues la
italiana había cascado (fiebres), al igual que el día anterior la
española (lipotimia) en la Garganta de Oldupai, la precursora de
la antropología con los Leakey, con cuyo recuerdo me emocioné,
meta casi infantil.

906
Como no había llegado hasta allí para permanecer encerrado
en una habitación de hotel, por bien que estuviera y por buenas
vistas que tuviera (estábamos a 1.500 metros), ignoré todos los
carteles de aviso y me fui a dar una vuelta; me perdí, en la selva.
Seguía desde hacía más de una hora una trocha de ganado ( los
chinos se lo estaban empezando a asfaltar , ¿a cambio de qué?),
comenzaba ese brusco anochecer del ecuador; en la media luz,
sobre las huellas de pezuñas parecieron acrecentarse las
almohadilladas, látigo en mano –no es de risa, no- miraba a ambos
lados pues los laterales de la cañada eran altos y con vegetación,
veo una pareja de masais circuncisos (van de negro, arrojados de
su cercado durante seis meses) sobre un altozano, vuelvo a la
cintura el látigo por si se les daba por tomarme por hostil, los
sorprendo, me comienzan con las preguntas de rigor en correcto
inglés (yambo, ¿cómo estás?, ¿de dónde eres?) cuando bajando a
todo correr armas en mano (todos portan lanza para clavar y maza
para rematar) vienen otros tres, adultos, de rojo, y héteme allí,
perdido, ignorado, solo, en la selva, rodeado de cinco masais que
vuelven con el ritual de “Yambo ¿cómo estás?, ¿de dónde eres?...
¡qué es esto! Suelta uno de ellos, señalándome a la cintura. Ni
corto ni perezoso, lo desenrollo, lo restallo varias veces, lo volteo
por encima de sus tocados y máscaras, acabando con unos golpes
de rodeo cruzados al suelo; blancos se quedaron, nunca habían
visto un látigo; suelto, en mi pésimo inglés: “es para simba,… y
para alguna gente”.
Simba, toda la familia simba, “leo leo”, serían mis invitados de
aniversario, pero antes quedaba el auténtico motivo por el que
desafiaba pacíficos masais y bélicas moscas “tsé-tsé” (el mayor
peligro, del que no tenían ni idea en Sanidad Exterior), Tembo.
Toda la noche desvelado por los rugidos continuos de simbas en
celo, madrugón, aún sin insinuarse luz, pisadas por los jardines…
un impala. Hipopótamos en medio de la pista, lejos del agua,
peor que simbas y tsé.tsés. Llanura obscura del [Link]
desmayado.

907
Lo comenzaron a inflar con ventiladores de gran tamaño. La
barquilla, ¡para 16 pasajeros!, mediría 5 metros de largo, 2 de
ancho y 1 a lo alto; en su centro, el puesto de pilotaje, entre
cuatro grandes bombonas de gas que alimentarían el cuarteto de
grandes quemadores; de mimbre, dividida a lo largo en 5
compartimentos con tabique central, los cubículos para
aeronautas de dos en dos, resultaban bastante más pequeños que
el nicho que a todos nos aguarda; estaba tumbada. La mitad de
pasajeros eran más jóvenes que yo, pero la otra mitad me superaba
en años y , sobre todo una, en quilos; un cuarteto de damas
norteamericanas, imperturbables, clasistas, con ovarios, se habían
maquillado y enjoyado para la ocasión.
Nos indican introducirnos, acostados, en tales nichitos, cada
moribundo de miedo con su pareja; extrañado, ignorante, me
puse a escribir , allí tumbado, incómodo; gritos por doquier , el
diabólico piloto (inglés, posible mercenario, “chalao”) enciende
a la vez los cuatro quemadores y aquello es un infierno del que
nadie puede escapar. “¡Que ya me quemé una vez, hostias, que
no me toca!”. Con brusquedad, la leve estructura de más de treinta
metros de altura, engordada, inflada, desafía a la gravedad, nos
sueltan, ascendemos del todo apaciblemente.
Llegamos a 1.500 metros, el poco viento nos impelía a no más
de 30 km/h., lo placentero, verlo desde el cielo, gozo. ¡P
ero había
que aterrizar!. Según el rubio loco aquel nos precipitaba sobre
las rocas que delimitaban su hotel, nos parecía no ir tan despacio;
después, rebotes entre acacias de puntiagudos ramajes; topetazo,
remonte, otro golpe, ¡alto!. Negros uniformados corriendo con
botellas de cava español (8½ de la mañana), nadie dejó de empinar
el codo.
No nací ni de mañana ni por la tarde; en la partida de nacimiento
figuran las doce horas, indeterminación. Me parieron en casa,
aunque alquilada, un cuarto piso al lado del mar , calle Juan
Canalejo (como el hospital se llama igual, cuando digo que nací

908
en J. C. –tengo que averiguar quién fue-, nadie lo capta). Estaban
los padres de la parturienta, su tía paterna aspirante a madrina y
la imprescindible comadrona. Sin problemas. R ecién nacido el
padrino y abuelo mojó las labios del bebé con cava,
condicionándolo de por vida; días después un granito de arroz
que casi lo ahoga y le hizo preferir, en un futuro, la paella.
Cinco decenios después, diez lustros, medio siglo más tarde,
descenso en África madre, no muy lejos de las Evas negras, ¿aquí
mismo?, al útero del volcán, al calor acogedor, al líquido amniótico
del lago del Ngorongoro. A su orilla, concentración de vehículos;
en el centro del círculo, un macho con dos hembras, la tía y
cuatro cachorrillos; tan acostumbrados a los artilugios metálicos
que se mueven con animalitos no depredadores dentro como el
resto, los leones lo que buscan es la sombra, introduciéndose,
tan panchos, bajo los todo-terrenos. El de delante arrancaba,
forzaba el motor en punto muerto (nadie pita), pero los félidos
no se dignaban moverse. Cuando deciden venirse a un lugar menos
ruidoso, empavorecidos, cerramos las débiles ventanillas, pero
chófer y guía, ni retiran los codos de las suyas. Allí nos tuvimos
que pasar cerca de media hora, torrándonos al sol ecuatorial de
mediodía, hasta que la familia “leo” optó por mejor refugio. Los
aragoneses me felicitaron y alabaron mi originalidad, no dejé de
emocionarme.
Era momento para empezar mi autobiografía.

909
ANTECEDENTES

Hijo de Olga y de Máximo. Nieto de Isaura y de José, y de


Petronila y de José. Biznieto de Ramona y Emilio y Bernarda y
Ramón, y de Estefanía y Antonio y Genoveva y Casimiro.
Lo más lejos que la difusa genealogía familiar –está pendiente
encargar (o realizar) estudios de árboles –permite remontarse,
es el tatarabuelo materno. Por su nieto, que quizá ni lo conoció,
se le sabe terrateniente más que en el mismo Bergondo, en la
cercana parroquia de Limiñon (Abegondo) -¿no Limodre? (¿o
Lubre?)-; como eran tiempos de poca circulación monetaria,
jornaleros y vecinos le pedirían los duros para contribuciones,
médicos o abogados a cambio del depósito, pocas veces
recuperado, de joyas familiares. Todavía conocí al hijo de uno de
sus capataces, Antonio, que inscrito por apellidos, no era conocido
por ellos por nadie del pueblo, y en una ocasión en que lo
buscaban, nadie daba razón hasta que uno de los demandantes
ajenos recordó algo de un carajo, y enseguida les indicaron su
morada, la del “Carallas”. Tal mote veníale del fuete con el que
incentivaba a sus vigilados, hecho con la “caralla” de un toro. En
mis tiempos, para nosotros, fue rebautizado su muy amplio caserón
como el de “Queredes”, pues cuando rendíamos visita, que mi
abuelo era muy amigo de pequeñas dádivas a las dos generaciones
de viejas (las tías) que lo habían amamantado, siempre estaban
con el “queredes, queredes aljo”… hasta que a la hermana de mi
abuelo, la más lanzada, se le ocurrió decir que sí, y desde aquella
nunca más nos ofrecieron.
Sentábamos siempre, para la charla seca, al amor de la lumbre,
preguntando y dando razón de lugareños disperos en mor de
forzada emigración, en la generosa –sólo en tamaño-cocina; si

910
tenían salón o comedor, nunca lo enseñaron, aunque sí a la primera
cuando al fin gozaron de el baño, encima de las cuadras, con
caída directa, que no era de desperdiciarse nada. “O caralletas”
tenía un hijo, garrido como debía haberlo sido él, coloradote, de
antebrazos como toneles, casado con una de su propio estilo y
con hija de la raza que se colocó a trabajar en el ramo comarcal
de la joyería, y que algún arrumaco había hecho al nieto del nieto
del antiguo amo.
Otra sirvienta, a saber de la qué venía, era Julia “da hostia”,
sacada a colación en muchas comidas por habérsele caído una
tortilla sobre la ceniza al voltearla y ponerla lo mismo en la mesa
sin que los señoritos (las mujeres de la casa –pequeña venganza
doméstica- si estaban en el ajo) lo notaran. También llegó a ver
nieta, rubita, bonita, y también se me escapó -¡sí fuera en otros
tiempos!-, aunque no a un cliente del bar de sus padres que, ya
ella con novio formal, furtivamente escalaba su ventana en noches
sin luna y aun con ella; el novio formal hizo de su capa un sayo, y
tras etapa de aprendizaje en las islas afortunadillas –con las
invasiones de rubios del norte y negros del este, ya no lo son
tanto, clima aparte-, retornaron para continuar en el ramo
hostelero. La de la hostia (a la que también aún conocí, y bastante,
como al del carajo), cuando ya su hija, la de los dientes de hurón,
única (o no podían mantener más, o no les vivían -¡la ama tuvo
trece y le vivieron!-) presumía de prometido cocinero embarcado,
pasaba delante del escaparate de la tienda y todos los días pensaba
“malacotón, malacotón ¿quién te comerá?”, ante los botes
almibarados; aquella navidad, el futuro yerno le apareció con los
“malacotones”: era lo que más contaba, además de lo de la tortilla
con ceniza.
“La Panchona”, que hizo tanto dinero con su marido ex – taxista
en un restorán con ciertas pretensiones continuación de abacería
de su padre panchón, otra que (con la madre) hizo dinero en
Madrid y resultó ser ropera y cerillera en un cabaret, el que llegó
a millonario recogiendo las desechadas bombillas de filamento

911
de platino por todo Buenos Aires, los parientes ricos con “R olls
Royce” y todo que convirtieron nuestra casa en campo de tenis,
las flores en el día de difuntos,…
Había más motes, apodos olvidados, desusados. “Os da Fonte”,
en su rama femenina eran “Garrafonas”, y por razones en las que
no hace falta entrar “Caja na Horta”; como se reían de sus primos
vecinos (moteándolos, como mínimo, de “finos”) por tener un
colchón relleno de lana en vez de con las usuales hojas de mazorca,
mi bisabuelo Antonio tuvo que acabar por enterrarlo en la “horta”,
donde los vecinos primos “cajaban”. Conversando –como con la
memoria viva del octagenario funcionario municipal de toda la
vida, Girón-, aprovechas los recuerdos ajenos, que avivan los
propios. “A Cerella” (que viene a significar “porca”), le dejó en
herencia a su hija lo de “a filla da Cerella”. ¿Qué le pondrían a
aquella otra criada?, madre soltera reincidente, fea como un rayo,
que cuando se extrañaban de que hombre alguno se le aproximara
contestaba “Señoritos, ustedes no saben cómo meneo la caja de
la mierda”.
Por la otra rama, V illafranca del Bierzo y León, el bisabuelo
Antonio tenía la fábrica de gaseosas, pero en su fábrica no había
agua, por lo que tenían que ir por ella a la fuente. Uno de sus
hijos, mi abuelo José, discurrió –o vio, oyó- ponerse una pértiga
sobre los hombros, lo que le permitía acarrear dos cántaras; los
otros niños del pueblo, al verlo, empezaron a motejarlo de
“chinita”, con esa crueldad de género a la que somos proclives
los aspirantes a macho, y todavía Chinita es la concesión de su
hijo (que pasose del gas a la gasolina), y como tal figura incluso
en documentos notariales y registrales.
Es recordado el abuelo berciano como muy experto injertador;
traía en reatas de mulas y en carros de bueyes, entre otras
abacerías, vides catalanas de gran tamaño y producción que
acabaron por comerse a las autóctonas, y todavía es hoy que
organismos oficiales siguen subvencionando la vuelta a lo que él

912
deshizo. Bastante vesánico, en una de las suyas algo le reventó
en la cabeza, y encamado estuvo años y más años, al exclusivo
cuidado de su muy abnegada, que desechó ayuda alguna. Entre
los surcos tan profundos como los de sus tierras, asomaban sus
ojillos, astutos, conocedores del medio, sin miedo. En la foto de
estudio del día de los esponsales, el sentado es él, sin arrugas,
puro en ristre, bigote de largas guías hacia arriba, postura calma
pero al acecho.
La abnegada, la señora Petronila, guapota, tranquilona aunque
con redaños y espaciados arrebatos, no era villafranquina. Un
retrato de su madre exhumaba empaque campesino, y si era tan
buena cosedora se debía a haber recibido la educación femenil
de entonces; de cierto abolengo, de unos de la Faba (existe tal
pueblo en la provincia, pero más bien nacería por el cercano
Corullón, donde parientes ocupaban aledaños de la torre del
castillo), gobernó su casa y sus tierras, sola, y nunca volvió a
dormir en aquella inmensa cama matrimonial de gruesos barrotes
de madera frisada de la que tengo una muy difusa imagen con un
abuelo balbuceante –excuso decir, que nada susceptible, siempre
que podía, yo sí ocupaba aquella cama-.
La abuela materna, también muy guapa, también llegada a
octogenaria con la piel tersa como un bebé, vino al mundo en
Villagarcía de Arosa (P ontevedra), en un bajo pero anchísimo
edifico de piedra donde después hubo una librería hasta que cayó
en las garras de la especulación y la suplantaron por ladrillo y
aluminio. El hotel “La Viña” de su padre (Emilio) se trasladó desde
allí al cogollo hostelero de la capital de Galicia, y ella no quiso
llegar a maestra como sus hermanas (que se casarían con
maestros), dedicándose a su actividad favorita, mirar por la
ventana.
El padre del abuelo (Antonio) entró en la actividad gremial de
donde le tocó nacer , como hacían tantos y tantos vástagos a
principios del siglo XX, los maragatos en ultramarinos, los

913
orensanos de Avión en hostelería (hoy día, los que descollaron
tienen, todos, su propio avión, en el que viene una vez al año,
desde Méjico a la fiesta patronal de su perdido lugar), y los de
Bergondo en joyería. Como a V igo arribaban los grandes
trasatlánticos con los dineros de la emigración, allá instaló una
casa de cambio. Como de aquella Vigo era poco más que su arrabal
pequero y en La Coruña estaba la capitanía general de la región
militar (la VIII), tocaba traslado con la señora Estefanía, el montón
de hijos y agregados (criadas, familiares menos favorecidos,
gatos,…). Su muy aventajado hijo mediano, “P epe”, siguió la
tradición y negocio familiar, al igual que varios colaterales (y con
más éxito), dedicándose, entre negocios, a su actividad favorita,
pasear.
Desde arriba del escritorio, [Link] me supervisa, ecuánime;
parece que cada vez me parezco más a él, eso dicen los que nos
ven desde fuera. En el otro gran retrato, más joven, con las guías
del bigote más luengas, doña Estefanía se le arrima, con cierto
aire de intransigencia que su prole le atribuía. Cuello duro, chaleco
cruzado de oro, brazos caídos; negro riguroso, colgando del cuello
las medallas, brazos en el regazo –quizás para mostrar los dos
aros en el anular derecho: se portaba el del padre o madre que
faltaban (mismo probable origen de la dualidad medallística)-.
Puede resultar revelador que, en ligero escorzo, el brazo de ella
se proyecte más hacia el objetivo.
Al uno le tocaba pasar bajo el balcón, dos veces por día, para ir
a desgastar el enlosado de los Cantones; la otra miraba, con aquel
reflejo de miope, forzando el talle un poco, él empezó a quitarse
el sombrero, ella a hacer que retrocedía. El pretendiente de Isaura
era espabilado, de más (como allí paraban los toreros, pedía a su
futuro suegro esas facturas y les cargaba un tanto… para gastos
de boda), ella lo bastante sumisa como para aceptar un carácter
que descollaba fuerte y dominante. Los contrayentes (boda-
desayuno ¡a las 7 de la mañana!) tenían 20 y 23 años.

914
De ahí surgió mi madre.
Mamá salió a su madre; temía un poco–como todos, algo menos
yo- a su padre, aunque no lo bastante para desistir al encontrarse
insensatamente enamorada. Nada le cundían las enseñanzas de
la Compañía de María, aledaña al mar, poco usaba esa cajita para
lápices y gomas que conservo (hasta que la polilla acabe de acabar
con ella), tampoco parecían cundirle los alimentos monjiles,
parcamente engullidos con esos pequeños cubiertos grabados con
el número 225, que guardaba en la bolsita de tela blanca que,
aunque rota, me considero incapaz de tirar (el cuchillito, muy
oxidado, doblado, sin limpiar su mango de plata con O.S.).
Al berciano le pilló la guerra, nacido en el 20 (diez años antes
que ella), tomó las de León y se afilió a Falange (encontramos su
carné, de imberbe, con el número ¡21! – Nunca había hablado de
ello-).Se decidió por el uniforme gris, la gorra de plato, destino
en La Coruña, con el largo tabardo de cuero deTráfico. Empezaba
a subir en el escalafón, ya comandaba el batallón de multadores
(después, pasó a ser atribución de la Policía Armada a función de
los verdes, la Guardia Civil), y se lucía durante los desfiles, jinete
de gafas obscuras sobre los muchos caballos de la gran moto con
cristal de amparo y barras cromadas laterales (“Guzi”).
Los desfiles rodaban bajo ventanas y balcones donde la mamá
de la novia, el padre, ¡republicano de toda la vida!, se negó
rotundamente; como siempre, ganaron mamá e hija. Fueron tres
días de boda, de fiesta, en el mejor hotel de la ciudad
(“Finisterre”).
Colgados en mi armario, ambos elegantes esmóquines, con un
solo uso; el día de mi cumpleaños africano, me puse la camisa de
gala de más de medio siglo atrás, de lino incólume –la uso a pelo,
en verano-, con sus ojales para la doble botonadura de oro
haciendo juego con los gemelos, que utilizo como botones.
Octubre de 1953.

915
De ahí surgí yo.

Septiembre de 1.954.

(Qué se le va a hacer).

916
EL ENTORNO

1.954.
Aún nos pilló el ramalazo de la crudelísima Guerra Civil. Nacimos
y vivimos en un estado policial, militarista. Parodia de autarquía.
“¡No dejes el pan!” era el reflejo de las hambrunas recientemente
pasadas, con mayor o menor abstinencia. Nos tocó purgar la
penitencia; pagamos por los pecaminosos enfrentamientos,
fraternales, de nuestros mayores. Clerecía.
“Cara al sol con la camisa nueva…

…que en España empieza a amanecer”.

Amén.

En un país más bien en sombras, hasta sombrío, sí empezaba a


vislumbrarse un amanecer , horizontes diferentes a los
constreñidos. Siglo y medio de continua convulsión nacional, en
guerra civil flagrante o larvada, dos guerras mundiales casi
seguidas, fueron demasiado pasado como para que no nos pesara,
en demasía. Pero la sociedad consumista se nos caía encima, tan
inevitable como una plaga, fiebre contraída al contacto con el
otro lado delAtlántico. Dos generaciones de postguerra fue preciso
que pasaran para que los nacidos adquirieran una mentalidad
nueva, de futuro; nosotros todavía nacíamos con mentalidad de
pasado. Muchos de nuestros abuelos seguían haciendo acopio de
aceite, azúcar, garbanzos, lentejas, tocinos, para los malos
tiempos, por si acaso.
Apoyos y reconocimientos internacionales llevaron aparejadas
contraprestaciones comerciales, dejación de mercados. Se

917
concedieron créditos, se firmaron letras, se aceptaron cheques
con fechas diferidas. Abuelos y padres, mal que bien, tuvieron
que ir adaptándose al moderno tráfago, los niños no nos
enterábamos en demasía de las estrecheces, más anchas que en
los lustros recién pasados.
El único traje cepillado, el último botón de la camisa
apretadamente abrochado, una corbata prestada, y a comer en
abundancia, algún que otro domingo, metiéndose algo en los
bolsillos; eran habituales de las bodas que preguntaban a
compañeros de ágape si venían por el novio o por la novia, para
decir ellos lo contrario. Los tontos, desechos colaterales bélicos,
eran como patrimonio de la comunidad; uno recorría La Coruña
diciendo “quiero un liló, quiero un liló”. Otro, nada tonto, gustaba
del cine, al que accedía levantando la solapa; cuando descubrieron
que lo que llevaba era galleta y no placa, contestó que “si me
dejan pasar, me la como dentro, si no, me la como fuera”
“Si supieras lo que hubo que pasar”, “qué suerte tienes”, “ a
tus años yo ya trabajaba”; “da gracias al cielo”, … eran las frases
más escuchadas por los infantes, con machaconería que dejaba
posos redentoristas con cierta mala conciencia, de aprovecharse
de algo que no te habías ganado. Los que habían ganado. Los que
habían ganando la cruzada nacional se lo echaban en cara a sus
vástagos; los que habían perdido, estaban muchísimo peor, si es
que estaban.
Humos, edificios que hacían echar la cabeza hacia atrás,
automóviles, el “ring-ring” del telé fono, telas de colores,
pincelaban irregularmente el paisaje. Uniformes y sotanas
poblaban las aceras. Fe de bautismo, certificado de penales;
sables, campanas y campanillas. La cartilla de raciona
miento (con
sus cupones), afortunadamente, ya había quedado atrás, pero no
olvidada.
“La Coruña, ciudad en la que nadie es forastero”, es el extremo
del extremo, por lo que pocos forasteros podía haber . Galicia,

918
compartimento poco accesible, besaba la mano no sólo al cura,
también al cacique, que se iba disfrazando de empresario
industrial. No debió haber una sola familia, del nivel que fuera,
que no contara con emigrantes, tanto internacionales como
interregionales. Y eso que las tierras delimitadas por mares son
bien fructíferas, esa tierra a la que hemos despojado de uno de
cada tres árboles desde que nací, ese mar tan esquilmado.
Europa empezaba en Los P irineos; España empezaba en
Piedrafita del Cebrero (Manzanal, más exactamente)-P irineos y
Piedrafita siguen en su sitio-. Gente algo hosca, retrancosa,
ahorradora, mujeres de sayas (y pañuelos) negras que, como decía
aquel, si iban a la ciudad estorbaban en las aceras. El pulso de la
tierra gallega eran sus muy concurridas ferias, hitos cíclicos de
intercambio material y social… han mermado tanto, que casi se
dan por desaparecidas.
Coruña, Lugo, Orense y Pontevedra. Además, Vigo entró en liza
con su puerto e industria, Santiago de Compostela con su catedral
y universidad, Ferrol (el del Caudillo) con sus astilleros. La única
provincia sin contacto con el mar es Orense; son más suyos pero
más afables. Lugo, rural. P ontevedra (capital), con señorío. La
Coruña, de señoritos.
La Coruña era un islote con faro (por cierto, no es romano, es
del XVIII; uno de los primitivos, el del siglo I, está dentro,
preservado, ocultado por el que se ve). Lo unieron a tierra
mediante sucesivos rellenos (toda la construcción de esa parte
da problemas en sus sótanos por las filtraciones salinas) donde se
asentó el comercio. Más tarde, como en todas las ciudades, vendría
el Ensanche, en ella ineludiblemente longitudinal.
Militares, curas, comerciantes, empleados, funcionarios, poco
proletariado. Los de siempre. Los oleajes pasaban del rompeolas
del Orzán a los jardines de La Marina (con sus galerías
minuciosamente acristaladas). A lo largo del muy estrecho istmo,
todo; el resto, a partir de la arbolada Plaza de P ontevedra –sin

919
árboles-, cinco veces más en longitud y diez en altura, creció
conmigo.
La bahía, la vertiente oeste de La Coruña, orográficamente fue
tan magnífica como lo fue la de Santander o la de San Sebastián.
Los ilusionistas capaces de transformar el arquetipo de la cueva
en ladrillos, tienen más solera y se toparon con más trabas en
Cantabria y Euskadi; en Galicia, siempre se pudo esquilmar
impunemente. Desde la tal Torre de Hércules, presunta tumba de
Gerión, pasando por playas de Orzán y Riazor, hasta el último –ya
no queda más suelo-campamento de ladrillo del monte de San
Pedro enfrentado, rizoso mar por medio, no hay dos edificios
iguales en altura, forma, color o casualidad. Estropicio irreparable,
perpetuado.
Por el este, donde la ría nos permite encontrar el primitivo
emplazamiento del burgo, El Burgo, el océano se encuentra algo
remansado, sobre todo, por el espolón que lleva el nombre de
uno de los financiadores del dictador nacido en la enfrentada ría
ferrolana, por ello elevado a conde, de las Fuerzas Eléctricas del
Noroeste, Sociedad Anónima. Más bloques, más hormigón, otros
rellenos, y los buques ya pueden atracar con cierta seguridad; un
trazado urbano, dos bocacalles y ya otro mar , el mismo, puro
Cantábrico –por mucho que se empeñen en llamarlo Atlántico-,
apenas poco más de un centenar de pasos sobre arena en su origen
De ese cuello de botella rumbo norte, entre mares, sobre el
mar –que a no mucho tardar volverá a invadir
, recuperar, su lecho,
dentro de ello tachonado de islotes ladrillosos-, una calle
mortecina (Cordelería), otra de puterío (Orzán), la de tránsito
([Link]és: en el 79 “Joyería Seoane”), la R eal, comercial,
peatonal; y más relleno, y más agua salada en perpetuo
movimiento.
La ribera oeste, la zona rocosa continuación del arenal del
Orzán, era, es, la calle de Juan Canalejo. Era, porque lo único
que impedía a las olas llegar hasta la altura del 4º piso en que

920
nací y me crié, un conjunto de barracones donde se aserraba
madera (hermanos Cervigón Guerra), desapareció para acumular
ladrillos en alturas insospechadas, lo que es; ya no se ve, se
respira, ya no eres mojado por el mar a cuya vera fui alumbrado.
Los vientos mas constreñidos de la ciudad que me hicieron
inmune a fríos, un desaparecido –y olvidado- convento de monjas
que me dio querencia hacia lo eclesiástico, la Cocina Económica
pegada que me impregnó con sus olores de simpatía hacia los
marginales que cada día se siguen agolpando a su puerta, ir y
volver todos los días pateando hasta el cercano colegio.

921
INFANCIA

Vente, vamos a escondernos, que llega papá.

Tras un seto, con Marujita –nunca la llamamos prima o tía-,


¿moto?, ¿uniforme? –nunca me gustaron-.
Al morir una hermana, mi abuelo se había hecho cargo de sus
hijos, Antoñito y Marujita. Todavía crió a otro, de otra hermana
ida a buscarse la vida a Venezuela, Emilito, algo amariconadillo –
su propio tío lo moteaba de tal-.
La Marujita habrá compartido juegos y lágrimas con su prima
pequeña…pero no dejaba de ser la sobrina pobre, y su tío se
encargaría de recordárselo. En esa protoescena, bergondeña,
todavía no debía de haberse ido a la tierra de promisión petrolera,
tras los pasos de su hermano. De los trasatlánticos también
permanecen retazos, el primer potente sirenazo que indicaba a
los no pasajeros que abandonáramos la nave, el tercero de
despedida.
Vamos ya, o te vas para Venezuela.
La difusa perspectiva no debía de disgustarme.
Los mejores juguetes los obtuve por esa vía (“made in U.S.”).
El robot de tres palmos, cuadrangular , gris, con luces,
destellante la de encima de la cabeza, giratorio, brazos para
delante y atrás, a pilas de espalda; de noche, al recoger el
escaparate, causaba sensación, agolpándose los transeúntes para
verlo chocar y moverse por oculto mecanismo contra las lunas.
De más atrás, entre medios, únicamente fotografías (todas
pequeñas, con los bordes dentados) y tradición oral. Rubito, bien

922
alimentado, grandes ojos y orejas, bien vestido, adorno de
frecuentes francachelas –prometía más-.
También es Marujita quien me ha transmitido lo que denota
temprana implantación de uno de los más arraigados rasgos de
mi carácter.
Si te portas bien, te compramos un helado.

Pero lo quiero grande.

Cuando me dan uno pequeño, lo tiro.


Ella (debía venir bastante, en tiempos en que los viajes
marítimos eran duraderos –el hermano y el primo, nunca-) aportó
elusiones conversacionales como “pupú” por caca, substituyendo
aborto por alboroto por haber “ropa tendida”. Solterona.
Me pusieron “Quirico”; segurísimo que provenía de “que rico”,
pero resulta que también se da en el santoral, en el martirologio.
Tomo II de los cinco del “Año Cristiano” del jesuita Juan Croisset,
traducidos al castellano por otro de la misma compañía en 1.867.
Se conmemora el 16 de junio, siendo los otros santos del día,
además de su madre, Aurdiano, Lutgarda, Ticon, Similiano y el
obispo Marcelino sobre el que, singularmente, no hay la menor
noticia en toda la hagiografía comparada. Su madre Julita, viuda,
murió delante de sus ojitos de tres años, y tanto incordiaba, que
lo estrellaron contra el pavimento y su pequeñita cabeza hízose
pedazos. Año 305. Célebre su culto en todo Oriente, tiene
dedicadas muchas iglesias en Francia.
De estudiante en Santiago, donde tantas locuras extra-
universitarias iba a cometer, fue de las más extremas lanzarme
desde un descansillo de las escaleras que bajaban a la frecuentada
cafetería de moda, hasta la baranda superior creyéndome algo
así como trapecista de circo; el golpetazo de mi nuca al fallar e
irme inerte hacia atrás fue tan brutal, que salieron del local a

923
saber que había pasado a pesar de música y conversaciones. Como
si nada. No se cumplía el destino de Quirico.
No tengo tan nítida otra parecida, esa vez de frente, pero es
muy recordada por testigos de mi edad que no dejarían de
jalearme. Ésta fue en Santa Cruz, en el muelle, que si hay bastante
agua para tirarse (de unos cuantos metros), que allá voy de cabeza,
“cras” –etimológicamente, era un modo antiguo de llamar al
mañana-, en vez de romper la crisma rompí una piedra, y de los
dos palmos de agua surgí cual Afrodito ensangrentado, lleno de
lodo.
Todavía una tercera. Balneario “Acuña” de Caldas de Reyes en
la provincia de Pontevedra, mi abuela y su cuñada tan tranquilas
haciendo ganchillo a la vera de la piscina, de contenido
enverdecido por la descomposición de las aguas caldas; me
zambullo por un extremo, surjo por el otro chorreando sangre al
no poder ver el final entre las turbias aguas –era buen buceador-
; abuela y cuñada chillando despavoridas.
Ya que estoy con el Croisset consulto el tomo siguiente para
saber los correspondientes del día de mi nacimiento. Son Eugenio,
Eleuterio y Zacarías. El obispo africano no sufrió martirio, el abad,
tampoco, ni el undécimo de los doce profetas menores; menos
mal. Era usual poner al vástago el nombre del día en que nacía,
era de lo más fácil, y así se hizo con mi segunda hermana, con la
ventaja o la desventaja de tener santos y cumpleaños juntitos;
en tal caso, mi nombre de pila hubiera sido “de casta noble”
(Eugenio) o “libre” (Eleuterio, muy apropiado para el famoso
“Lute”, cuyo mote probablemente me hubiera caído), ambos con
raíz griega, mientras el hebreo, también correspondiéndose,
significa “recuerdo divino”.
Siendo mi progenitor Máximo, a qué vino mi Rafael: por ser el
segundo de aquel. Mi segundo, José (por los dos abuelos), “que
Yavé aumente la familia”, que tampoco se ha cumplido –ni
cumplirá-.

924
El “grand père” fue también padrino, y bien que cumpliría con
ambas cargas o funciones. El que no supo cumplir con las suyas (a
pesar de ser funcionario), jamás fue conocido en su pueblo ni
como Máximo ni como Rafael, ya que su padrino era Julián, y así
figura en todas las escrituras; en tierras de su esposa, se le trataba
con su apellido, Martínez, al que primero su primogénito y a
continuación su segunda renunciaron, cambiando el orden con el
materno, por otra parte también más comercial –la tercera, es
demasiado vaga como para realizar el trámite legal (desde 1.991)
del cambio-.
De “que rico” pasé a Rafaelín, “Alín”, ¡y lo que me costó
quitármelo de encima!; en la salida del bozo se me dio, como a
tantos, por refirmarme patronímicamente, aunque lo que más
conseguí fue un Rafa (la hermana que me sigue lo tuvo más fácil,
pues sólo necesitó –también tras larga lucha- una sílaba restrictiva
de Olguita a Olga, mientras a Loreto eso le da igual). Cuando el
bozo ya blanquea y el cabello escasea, gustarías de volverte a oír
llamado como en la más tierna infancia, pero ya casi nadie lo
hace; el último “quirico” me lo recordaron hace muchísimo
(todavía de estudiante) las que me lo habían puesto, y “alín” me
llamaron nuestro aparceros bercianos hasta que ya no lo
encontraron adecuado y lo cambiaron por el actual Rafaelito,
que ya no me suena mal. El último “Alín” me causó ruborosa
sorpresa haciendo cola en una jamonería, en la vecina del primero,
cuyos hijos se criaron a la par que los de los vecinos del cuarto:
nada de ascensor.
Ya de propia cosecha, ya salido del colegio y bien entrado en la
universidad, se me daría por rebautizarme, como Ôliman, nada
menos; hasta tenía firma propia, con una rúbrica simple, de
prolongación, rematada en punta de flecha, hacia abajo. Era
Òliman (u Olimán) héroe deportivo infantil de cuentos gráficos,
en los que iba cambiándose sucesivamente de deporte, y siempre
quedaba campeonísimo. Quedan un par o tres coetáneos que,
con recochineo, me lo sueltan alguna que otra vez.

925
Me desarrollé sin calefacción –ni falta que hizo-, ni tan siquiera
estufa (la catalítica: “… compre una nueva y tire la vieja”),
adminiculo algo tardío, sobre suelo embaldosado. No sentía ese
frío que llega a doler , pero mantas peludas y canecos de agua
caliente (el propio calentador a butano fue incorporación, pues
en origen se calentaba en la cocina de hierro a carbón) no paliaban
frecuentes catarros, inflamadores de amígdalas que nos quitarían,
a la siguiente y a mí -¿Loreto tendrá amígdalas?-, en la misma
sesión, sentados en el colo de la enfermera, con anestesia local y
tenazas a la vista, dos por el precio de uno, saliendo a pie hacia
la heladería, única compensación. Nada me gustaba, como a
ninguno, ir al médico, a P edreira, conchabado una vez con mis
parientas para diagnosticar como dañinas aquellas sabrosas
aceitunas grandes y verdes que expedían en cucuruchos; menos
mal que no me quitaron los barquillos, que te ganabas, previo
pago, en la ruleta de las grandes barquilleras metálicas que
portaban a sus espaldas los [Link] me libré, como
casi todos, del sarampión, que había que pasarlo, arropado junto
a una bombilla roja; sí de las bastante frecuentes paperas,
asustado ante la necesidad que, en esa dolencia, tenían los
facultativos de tocarte los cojones.
Tuve niñera, una muchacha sencillamente uniformada al uso -
¿Celsa?-, de las que tenían que servir
. Entre antojos, cuarentenas,
satisfacciones, el algo de su poco trabajo que le quitara esa
fámula, y el abandono de los años, mi madre fue dejando de ser
aquella sílfide adolescente y aquella hembra lustrosa, sin llegar
a convertirse en gorda-gorda para los cánones de entonces (de
aquella nadie se cuidaba de la línea ¡lo que se cuidaba era de no
tener que volver a pasar hambre!-; si a alguien se le hubiera
ocurrido poner un gimnasio, poco porvenir hubiera tenido). Lo
único que me queda de aquella mucama es un bajar las escaleras,
escabullirme y que me agarraba del brazo, dislocándoseme el
hombro. No le pongo rasgos más que a través de una instantánea
–donde, posteriormente, la rotulé como Carmen-, el niño ya

926
crecidito en la playita con el cubito y la palita, ella robusta, pelo
garzón, tal como imaginaríamos a una sirvienta de origen rural.
Sí coincidimos alguna vez en la rúa años más tarde, pero nada me
venía a decir aquella señora.
Por la ocupación del uniformado (la puerta de la escalera se
dejaba entornada casi siempre; una vez un pordiosero la
franqueaba sin timbrar a saber con qué intenciones, se percató
de la gorra con la enseña nacional en el frente, y huyó como alma
que llevara el diablo; desde aquella siempre la cerramos, aunque
sin pasar la llave) se nos hacían bastantes regalos, además de
gozar –cómo todos los del fascio de unas cuantas prebendas, cual
ir por la cara a los toros -¡llegué a ver a El Cordobés en faena!-.
En Navidades, sobre todo, langostas y lubrigantes llegaban a
usufructuar una bañera de la que por aquellas tampoco se hacía
uso diario, en el mejor de los casos, semanal –que muchos años
después mi siguiente hermana se hiciera adicta a la ducha diaria,
causó conmoción, no sólo por el gasto: peor fue su adicción al
teléfono, acabándose por poner un aparato con línea propia en
su habitación ¡para ella solita!. Lo de Navidad como época de
abundancias, con los de los bancos también agasajando a mí
abuelo, tenía su más típica imagen, pública, en los guardias del
pirulí (por el que les salía del casco, no por el otro), que dirigían
el tráfico desde plataformas redondas techadas, a cuyo alrededor
se acumulaban paquetes y cajas hasta taparlas; en esas fechas,
todos deseábamos ser guardia municipal.
La Guardia Civil pasó a ocuparse del control del tráfico en
carretera. Que se acabara la prebenda, fue la tumba psíquica de
mi padre, sacado en la noche atado a un colchón, [Link]
laboral. Trauma fraternal. Mi precoz tumba psíquica, o la primera
palada para ella, el nacimiento de una hermana. Le llevo poco
más de cuatro años y medio. Cría insoportable, sufrimiento
geminal. En cuanto pudo hablar, su satisfacción favorita consistía
en repetir, palabra a palabra, todo lo que le decía, haciéndome
subir por las paredes, a rabiar. Nos llevábamos peor que el perro

927
y el gato –tampoco nada fuera de lo común entre humanos de
camadas unitarias-. “¡Me voy a chivar!” fue su martilleo constante.
Por donde los de ahora presumen de vivir en el centro, los de
aquella íbamos, a las afueras, a un gran recinto, murado pero
abierto, del Casino o sociedad recreativa análoga, donde entre
otras actividades y diversiones, tocaban populosas orquestas; en
una imagen estamos los dos hermanitos, mínimos, todos
abrazados, bailando: desde luego, no se correspondía en modo
alguno con la realidad.
En una ocasión, guerreábamos en la gran cama de nuestros
padres, y la tiré abajo, no del todo involuntariamente; fue un
susto casi de muerte (la otra también lleva una cicatriz en una
ceja recuerdo de su hermano: por exceso de velocidad bajando
una cuesta pedregosa, ella en su cochecito de paseo, con vuelco
involuntario). En la otra, el practicante tenía que extraerle sangre
para un análisis, chillaba como una becerrilla en el matadero -ni
ella ni yo podemos ver una aguja (¡imagen en la que se recrean
en las películas!); Loreto es donante de sangre-; el que quería
matar a aquel tal Arsenio (asaetador de nuestros culos) con todas
sus pequeñas fuerzas, era yo.
No hagas esto, no toques lo otro, no te portes así, no digas eso,
no vayas, no quedes,… no se ponen los codos encima de la mesa,
no se señala con el dedo, no se habla con la boca llena,…Todo el
condicionamiento infantil fue negativo; muchísima conducta-
castigo y poquísima [Link] halagos, ningún
incentivo. Amenazas tan infantiloides como el hombre del saco,
que de verdad existía pues nos lo cruzábamos bastantes veces en
el callejón de los vientos (de los meos) que llevaba a nuestra
calle, con su saco lleno de papeles y cartones para vender en los
cercanos almacenes de trapos, con su tan olor y una madre y una
hija siempre de punta en blanco con bolso, a su puerta. Y el
soborno constante, tan usado y todavía no abandonado, decirles
a los niños que si se portan bien son guapos. El trato recibido, sin

928
subjetividades, más bien con testigos directos deponentes, fue
cuando menos atrabilario.
Llovería, frío frío, en la trasera del automóvil lloro y protesto,
mis padres se giran y preguntan, no sé qué digo, gritan, me encojo,
ellos se ríen y se besan.
“¡Se lo voy a decir a tú padre cuando llegue!”… y era lo primero
que le decía. Como conducta extraña, rozando en lo patológico y
antinatural, contra lo corriente, ante la extrañeza de terceros,
ella siempre estaba del lado del marido contra sus hijos (más
contra el varón; con las niñas, algo de connivencia de género).
Chillidos constantes, golpes y palizas no infrecuentes.
Otra peculiaridad materna, que no maternal, fue el
enrabietarte, casi torturarte, para después recibir la recompensa.
Fueron mis padrinos únicas fuentes de auténtica ternura infantil.
La hermana del abuelo, una de tantas pero hermana por
antonomasia, única que se había atrevido a meter la mano en los
haberes del hermanísimo, era también la madrina en tal, y todos
en la familia así la aludíamos. Cuando su hermano, muy joven
aún y sin corresponderle en orden generacional, se encargó de la
caja familiar controlando a todos sus hermanos y a su propia madre
(a pesar de que el padre vivía, que tan considerado lo tenía que
hasta potestad de firma le dio en minoría de edad), Carmen
practicó un agujero en el fondo del baúl cerrado con siete llaves
para procurarse algunos durillos de plata imprescindibles a todo
el mujerío Seoane. Casó con un militar, (“El Coyote” es de imaginar
debido a qué) -Me entero hace nada por Juanito, pariente de la
generación anterior que es la mejor memoria viva familiar . Era el
ayudante del “Virrey de Andalucía”, Queipo de Llano (la acción
más determinante de la Guerra Civil, manteniendo la cabeza de
puente peninsular para los sublevados de África). Jamás se había
mencionado esto, pero explica cosas como que a su cuñado notorio
republicano ni siquiera lo encarcelaran y las tan ventajosas bodas

929
de las hijas). El militarote se llevó bien con su cuñado, murió,
dejó tres hijos, viudez temprana.
La Madrina no tenía casa propia, viviendo alternativamente con
sus dos hijas (conocidas -¡debía ser el mayor tabú familiar!- como
“las hijas del Coyote”, una casada con militar de alta graduación,
y la otra, ¡con hijo de cardenal primado!), menos con el hijo
(Zaragoza, en esa compañía tan penetrada por bergondistas,
“Ocaso”) y más con el hermano. Las cuñadas se complementaban,
la una pacata, sedentaria, conformista, la madrina inquieta,
pizpireta y polemista. En los inviernos, arrastraba a su hermano y
esposa a mares más cálidos, y como el yerno hijo de cardenal
ponía el chalé con piscina (donde, como no, me caí), el hermano
aportaba choche con chófer (Luisito), y allá nos pasábamos unos
plácidos meses en Alicante. El sexto cumpleaños lo celebré allí,
entre terrenos siempre agostados adornados por almendros; la
sobrina criada en casa acababa de retornar de la emigración y se
había quedado a vivir donde le recordara el clima dejado, habiendo
conseguido marido tardío (fotos y más fotos de su triunfo,
Venezuela), me regalaron una baraja, pues el otro entretenimiento
de la abuela, cuando dejaba de mirar por la ventana y si no
calcetaba, eran los juegos sencillos de cartas –aprendería
observando a los huéspedes y parroquianos del bisabuelo-, los
cuales enseñó desde muy temprano a sus tres nietos ninguno de
los cuales, afortunadamente, perduró en la afición, no pasando
mucho más allá del parchís (ese tablero tan grande, de madera,
acristalado, con cubiletes gastados, del que disfrutamos tan de
pascuas en ramos).
La siesta corta, orinal en ristre, sin pijama, muy arrebujado,
era sagrada para el abuelo. De vez en cuando la compartía, en la
ancha cama de caoba vendida, junto con primorosa cómoda,
macizas mesillas y armario de tres lunas ribeteadas de bronces,
vendida por alguna familia de antecedentes nobiliarios caducados.
Por el corto pasillo, cogíamos cada uno una de las sillas del
comedor, la poníamos al hombro cual cruz, y a dormirnos íbamos

930
remedando los pasos de la semana santa e imitando,
sincronizadamente, sonidos de trompetas y tambores.
La madrina me colocaba en el colo, sobre sus piernas, agarraba
mis manos, cantaba melodiosamente algo olvidado y abría las
piernas entre risas, una y otra vez. Su cuñada, con el cuento de
la buena pipa: ¿quieres que te cuente el cuento de la buen pipa?...,
sí…no te he dicho sí, te he dicho si quieres que te cuente el cuanto
de la buena pipa…, no… no te he dicho no,… y así otra vez, y otra,
y…
Llegó la muerte, en el lejanísimo Madrid (ni al entierro), en el
turno de la esposa del vástago cardenalicio, con la típica disputa
fraternal por los despojos de joyas y pensiones. Cenábamos,
lloraba, mis padres me preguntaron el motivo, lo dije, rieron.
La madrina se llevó una buena tajada de los escasos juegos y
risas, se acabaron las estancias mediterráneas. Con ella murió
bastante de lo mejor de mi niñez sentimental.
La niñez temporal, la infancia, tuvo su quiebra en la
incorporación a filas estudiantiles, al colegio. Como la renovación
somática de cada cuerpo se lleva a cabo a lo largo de siete años,
ciclos iguales podrían servir para separar niñez, adolescencia,
juventud, madurez,… No seguiremos reglas cronológicas estrictas,
absorbiendo en la infancia hechos posteriores, adobando
adolescencia con batallas juveniles –téngase en cuenta que nuestra
mayoría legal eran los 21 años-, y levantando posos y sedimentos
según los revuelvan remisiones no siempre interconexas.
Antes del colegio hubo que aprender las letras, había que ir ya
sabido. Las primeras letras (“la letra con sangre entra”, ¡lo oí
tantas veces! –y unas cuantas lo pusieron en práctica-) las aprendí
en las de Autrán, doña Carmen, doña R osario y Doña Asunción.
Tercer piso, sin ascensor (nunca lo echamos de menos, entre otras
cosas por casi desconocerlo: cuando volvía de Madrid contando
que en unos grandes almacenes cercanos a la Puerta del Sol había

931
escaleras que se movían solas, causaba asombro entre los
estudiandos). Doña Carmen ejercía funciones de lo más próximo
a directora, ecuánime; Doña Rosario era la coco, la que nos medía
la cocota o cocorota -bastaba me mencionaran su paso por la
acera, girando su ojo saliente estrábico, para que corriera a
refugiarme en lo más hondo del taller de la joyería, cercana a
aquella vivienda aprovechada, también, para escuela-; doña
Asunción la hermana anodina, el rebufo de sus sores, la profesora
delante de la que se podía hablar sin que te riñera ni pegara.
En la amplia sala, de suelo de madera crujiente, sin barnizar ,
nos agolpábamos los chiquillos, cada uno en su banquito, apoyando
las pizarras en las piernas, casi al ras, por debajo de los olorosos
faldones, siempre negros, de aquellas tres arpías que se nos
aparecían dispuesta a despedazarnos los cuerpecitos, pero lo que
hicieron, dentro de sus limitaciones, fue desperezarnos las mentes
y, seguro estoy, tener tantas celdillas en sus resecos y estériles
corazones como alumnos se sentaron a sus pies, durante tantos
años y años, en sus banquitos de madera.

932
ADOLESCENCIA

Libre, casi libre de ese tubo catódico de captación


homogenizadora que los nuevos galleguistas, a falta de un término
de época en que no se había inventado, llamaron, fuera de
contexto, “televexo”.
Difícil debe ser concebir, imaginar, recrear, una época de simple
y directa comunicación personal, donde en la casa sus moradores
se hablaban (bien o mal, menos o más) mirándose a la cara, donde
en la calle los parlantes no se remitían a lugares y puntos comunes,
a referencias impuestas. Conectar el dial, de lámparas lentas,
con constantes interferencias, era aceptar , buscar, una
interrelación con lo ajeno, exterior , de un modo voluntario,
aportando imaginación (imagen) a lo oído. Nada que ver con la
invasión de imagen y sonido entreverada de mensajes subliminales
que se nos vino encima, cual terremoto y maremoto simultáneos,
poco después.
“El Zorro”, “Matilde, P erico y P eriquín”, eran audiciones
proclives a la sonrisa; las noticias sonaban lejanas; en las
retransmisiones de fútbol, había que imaginarse la jugada,
corriendo y rematando, con la mente, con los propios jugadores.
El costoso artefacto –los hubo desde 1.956, pero una década
después su implantación todavía no era dominante, ni tan siquiera
mayoritaria-, el electrodoméstico tiranizante que afeó todo salón,
todo dormitorio, ¡hasta el cagadero!, nos entró, como no podía
ser en otro modo, al menos en España, por el deporte nacional
inglés, el balompié.
Real Madrid –los del Barcelona, siempre fueron “rarillos”-, Copa
de Europa. Pantallas abultadas sobresaliendo de una “caja lista”

933
de gran formato con rejillas y cableados traseros. Juntarse
ceremoniosamente, en sustitución y competencia de las
ceremonias litúrgicas, silencio, emoción, la vista fija, se producía
el milagro. Nada de beber y comer, sería profanación, además de
que solíamos agruparnos en domicilios de pioneros privilegiados,
precursores, tentadores. Las interrupciones eran continuas, los
cortes de transmisión largos, solía rayarse la pantalla cuando tu
equipo, el de todos, tenía la ocasión orgásmica –término que nadie
hubiera sabido a qué se refería-, no era infrecuente quedarse sin
final (a veces, hasta una voz lejana, sin pedir disculpas, aseveraba,
invariablemente, que la culpa no era nacional) y tener que recurrir
a la cada vez más postergada radio para conocer el resultado,
del que no se estaba hablando días y noches.
Del fútbol a las series, telediarios por medio, anuncios y más
anuncios, programas en directo, debates teledirigidos –nunca
mejor dicho-, anuncios. La televisión, por entonces (como el
cinematógrafo) en riguroso blanco y negro, años después, más
cara, en colorines; de inicio, instrumento mediatizador del poder
con una sola cadena, mucho más tarde instrumentalizadora con
varias cadenas impulsadas por grupos de presión.”Lo dijo la
Televisión”, “sale en Televisión”. Subrepticiamente, de modo
progresivo, comenzó a condicionar e instaurar las maneras de
vestir, hablar, comportarse y pensar.
Subía con el empleado principal de la joyería a cerca de donde
él vivía, a casa de un vecino, en planta baja, cada uno atado a su
silla, en filas –ni sofá había, todavía, más que en casas de los muy
ricos-. No adquirí adicción. Casi nunca tuve receptor , el futbol
que me siguió interesando seguí viéndolo en casas de vecinos.
Prefería ir a la cama con un libro que quedar con la familia cuando
ya llegamos al sofá. En alguna vivienda que alquilé y tenía el
aparato, llegué a taparlo, atarlo y encerrarlo por si acaso. Aun
ahora, en que la oferta es tan amplia aunque no muy tentadora,
tengo el “televexo” tras una estantería con ruedas cargada de
tantos libros, que el esfuerzo de desplazarla disuade de su uso

934
cotidiano; puedo pasarme días y hasta semanas sin mover el
engorroso mueble, aunque deportes, humor y determinadas
películas también pueden llegar a implicar cierta continuidad.
Las noticias, nunca me han preocupado ni ocupado –”P restige”
como penosísima excepción-, ni en la radio, que apago cuando
las sueltan. “Por nuevas no penéis, hacerse han viejas, saberlas
heis”.
El Fantasma del Louvre, Misión Imposible. ¿Es Usted el
Asesino?...El Santo me gustaba y unas cuantas noches llegué a
levantarme y forzar vista y oído cuando los demás ya se habían
acostado. La muerte de Juan XXIII, más radiofónica que televisiva
–están esperando que el actual se les muera en directo-, causó
profunda y duradera conmoción; mamá y sus amigas lo
comentaban como si fuera alguien muy allegado. El asesinato de
Kennedy, en directo desde Dallas, algo por lo que valió la pena lo
del televisor, sólo superado, recientemente, por el atentado y
derrumbe de las más altas torres neoyorquinas.
Salí dos o tres veces, accidentalmente, por la pantalla. Cuando
me llamaron, con motivo de mi primer viaje –libro, acudí excitado,
anhelante, pero como retrasaron mi entrada en escena por sacar
¡a la chica de la limpieza! –debía estar liada con el realizador-,
dije que si no me pagaban no volvía; cobré, pero no me vi, aunque
una compañera lo grabó en vídeo (últimamente, me hice con un
aparatejo de esos, un modelo desfasado, por no tirarlo, pero ni
lo he conectado ni pienso hacerlo). A la siguiente propuesta, ya
ni le presté oídos.
Hablar por la radio me gustó algo más, y en una ocasión un
oyente conocido me dijo que casi había conseguido que se me
entendiera. Figurar en el periódico, ser noticia, es lo que prefiero,
su permanencia, anhelo de constatación y posterioridad aspirante
a perenne; han llegado a otorgarme categoría de primera plana
en el principal diario regional (“La V
oz de Galicia”), dedicándome
toda la última página más de una vez por disposición del jefe de

935
edición local, Pardo; me publicaron en “El Ideal gallego” (por su
administrador, Riobóo) unos cuantos artículos por los que nunca
cobré, uno suficientemente notable como para ser reproducido
varias veces (sin mi autorización); en la lujosa revista de televisión
gallega salí y escribí varias veces, pero se me quedaron con todas
las fotografías y diapositivas que adjunté.
Del cinematógrafo sí que he sido siempre devoto. La cola, la
entrada, el barullo, se alza el telón. Silencio. “No-Do”, anuncios,
descanso, el penetrante desinfectante de los amplios retretes
comunales, pipas, refresco, buscar el sitio, molestar a los de la
fila, rozar a alguna chica, siseos, vuelve a alzarse el telón, la
película, comentarla, rememorarla. En La Coruña ya no queda un
solo cine; ahora son salas de exhibición, algunas divisiones del
cine madre. Cuando al acostarme decía que preferiría irme al
cine, mi abuela y mi madre contestaban que “al cine de las sábanas
blancas”.
Alcohol. Nunca nos prohibieron beber; actualmente nos extraña
que las sobrinas, muy menores, prefieran simplemente agua o
agua teñida, sin tendencia alguna a alargar la mano hacia la copa
de cava o licor . El vino, diario fruto de uvas, se mezclaba con
gaseosas (“Obelisco”, “La Casera”) o con sifón, artilugio de cristal
reglamentariamente protegido por una densa malla metálica ¿para
qué?, para dar confianza al consumidor; nunca hubo noticias de
que explotara el primero que suministraba el placer de bajar su
palanquita surgiendo en chorro evocador , burbujeante, sonoro.
Mis dos hermanas y yo resultamos bebedores empedernidos,
habituales, diarios, como lo fueron todos los de la familia, sin
norma de vida ni de duración de vida; jamás se dieron ni se dan
escenas de borracheras, es algo consustancial, cotidiano, mi madre
con su vasito mientras cocinaba, mi abuela con su vinillo de postre
(la otra, bodeguera), niños, niñas, todos… menos las sobrinas. Se
ha comprobado científicamente que el alcohol es la única
substancia -debe serlo, pues, acabado de desayunar con cerveza
y vino, escribía “substancia” -que mata las neuronas cerebrales,

936
cientos y cientos de miles a cada traguito; ni la cocaína (que
tiene sus receptores específicos en cada célula) daña tanto al
cerebro como empinar el codo, menos mal que siempre nos
quedarán unos cuantos cientos de miles de millones para pensar
en aquello que la televisión no piensa por nos –se me acaba de ir
otro pensamiento que pretendía reflejar , al menos reflejemos
que el zumo de naranja es la única “substancia” que rebaja el
grado de alcohol en sangre.
La primera gran borrachera se la debo a mi tío, a mi único tío,
a mí mismo. Antecedió en lo suficiente a la primera eyaculación
sucintamente masturbatoria, la una y la otra en caso de que los
abuelos, los de aquí. El tío “Pepín”, que había colaborado con su
hermano en compra y reventa, rumbo Castilla, de mariscos y
pescados, seguía viniendo de vez en cuando, todo un
acontecimiento, y creo que en aquella ocasión lo hizo para traer
un descapotable biplaza inglés (“Triumph”), verde, que causaba
la envidia de todos los que me veían llegar a bordo de tal portento
al colegio. Solos, el y yo, yo y él, nos bandeamos por los bares
tras el ayuntamiento, “Yebolles” y otros, amortiguando muchos
rosados de Cigáles con percebazos, centolla y calamares, pero no
lo suficiente como para que todo dejara de volver para afuera,
surgiendo en copiosa vomitona que me postró en aquella cama
no propiamente sofá, que se desdobla en su doble función, sino
colchón que permitía doblar su estructura metálica para sentarse
encima.
La grandísima, la gran borrachera -hasta de aquella- fue en el
mejor hotel de la ciudad, en la boda de la hija de los mejores
amigos de mis abuelos. Era el mismo grandioso salón de convites
y bailes donde se casaran mis padres y se casaría mi hermana
(Gran “Hotel Finisterre”), ya no sé si redondo, ovalado, cuadrado
o rectangular, encimado todo por balconadas elegantes desde las
que podías tirar migas y almendras a los comensales y bailarines
de la platea, teatro de festividades públicas y celebraciones
privadas. Los padres de la novia, una empresaria precursora de

937
la piel y su empachado (Paco) marido retirado de la Guardia Civil,
no debían estar muy orgullosos de que su única hija se encaprichara
de un vulgar viajante de los muchos que pretendían colocarles
sus maletas y bolsos –que además, resultó “rana”-, pero tuvieron
que apencar, como todos, volcándose, como todos, en el par de
nietecitas (¿o tres?) que a no mucho tardar les dieron, mientras
que el varón, su otro único hijo, matrimoniado con hembra muy
vistosa aunque estéril -¿o él?- e hija de taxista (para colmo,
conocida como “Mucha”), acabó en suicidio.A Elenita, ya abuela,
siempre refugiada en sus pieles de visones y del brazo de una de
sus hijas -¿dos o tres?- con el infiel marido precediéndolas, me la
cruzo muy de tarde en tarde, y ya dejamos -no por nada, el tiempo,
el olvido voluntario- de saludarnos, ni mirarnos. De Eduardito,
siempre dudé fuera capaz de arrojarse en su despacho de los
grandes almacenes de sus padres que dirigía, sobre un cuchillo.
A lo que íbamos, vinos, cavas y licores a destajo. Camareros
instruidos para que insistieran –a otros, los instruyen en lo
contrario, depende del pagano-, intentar escalar la anchísima
escalinata rumbo a los vomitorios. Iba de lado a lado, entre
traspiés, lo logré no se sabe cómo ni en cuanto, me encerré en el
cubículo (tendencia de aquella: ¿o es que nunca daba conseguido
ya salir?). Gritos, golpes, mi padre tuvo que tirar la puerta abajo
-¿quién la pagaría?-; su vergüenza, mi ni enterarme, horas dentro
del coche pues no querían ni tenían por qué perderse el fiestorro;
varios días, encamado, mareado, en baja, ¡justificadísima!,
escolar.
Todavía una peor , más de un lustro después, ya bastante
acostumbrado a trasegar muy por encima de la alta media sin
que fuera en demasía patente. Reunión mixta, chicos y ¡chicas!,
en el altillo del bar junto a la gasolinera de Santa Cruz, aquellas
jarras, redondeadas, panzudas, de porcelana blanca estriada, que
se utilizan todavía en algunos locales para el vino del ribeiro. Me
despedía costándome bajar y, sobre todo, subir aceras. Llego a
casa y que me quiero ir a la cama, que no, que a cenar , que no

938
tenía ganas. Jamás tomábamos sopa (ni tortilla, que eran los
menús de cena de época, decantándonos por las meigas), aquella
noche sopa. Cama. El chorro, alcanzó pared, techo, pared opuesta,
desembocándose en el suelo.
Leía todo lo que se me ponía al alcance de los ojos (y sigo:
etiquetas de las botellas, prospectos de medicamentos,…). En la
parte delantera de la joyería, cerca del escaparate, debajo de la
repisa con cajón donde se tenían los arreglos, las composturas,
en sus sobrecitos de papel, un elegante mueble guardaba uno de
esos tesoros bibliográficos cuasi infantiles que no he podido o
sabido conservar íntegro. No sé si se hizo a medida, torneado,
con perifollos colgantes, pero lo parecía, pues las novelas
(estrechas pero de gran formato) de publicación semanal,
¿quincenal?, encajaban en sus divisiones; con tapa completa, se
abría por encima, y los ejemplares estaban apaisados. “El Coyote”
(ni fechaban la primera edición, al principio, pero debió comenzar
en 1.945) fue uno de los habituales deleites intelectuales de
adolescencia, degenerando en las del Oeste de bolsillo (con la
mitad de formato), que cambiaba –”compro, cambio, vendo,
alquilo”- por docenas y de las que se aprovechaba, a ritmo muy
inferior al mío, el abuelo. Hace ya lustros que no tengo ante los
ojos los pueriles “far-west”-ya ni se alquilan ni se cambian-, pero
El Coyote, encuadernado (dos tomos de época, deshilachados,
otros tres, mal, no hace tanto), ocupa parte noble de mis estantes,
esperando una requetelectura en la que las reflexiones nada
superficiales de José Mallorquí -.se suicidó cuando se supo con
cáncer (de estómago)- me han de servir de tanto solaz como a
tres generaciones antes.
Sexo, sexualidad, sexualismo, educación sexual; ¿qué?, ¿de qué?.
Vida Sexual Sana y otro (Hornstein-Faller-Streng, 1.951), estaban
entre las pocas docenas de libros caseros, y los difuminados dibujos
del segundo (en el primero, puras ilustraciones científicas), harían
reír a cualquier niño de ahora, pero a los de aquella nos producía

939
más que excitaciones, conmociones sensitivo emocionales que ni
comprenderíamos por mucho que se leyera.
Siempre tenía unas horas nocturnas de soledad, para el juego,
para la imaginación, para la lectura. El paseo tras el cierre de los
comercios, lo realizaban mis padres con frío o con calor , aun bajo
la frecuente lluvia; mi hermana debía ir con ellos o quedar con la
abuela (el abuelo, en su partida de dominó, antes de la cena): la
casa, yo mismo, era mía, yo mío. Rebajaba el nivel de la fuente
de camarones guardada en la nevera, soñaba despierto mientras
echaba tragos a la gaseosa, asimilaba todo tipo de libros menos
los escolares. Si en casa de los abuelos, sin frigorífico (un buraco
en la pared en el que se metían barras de hielo -servicio a
domicilio-), me dedicaba al azúcar y a los juegos de cartas,
solitarios.
Lo que sí me hubiera hecho falta, más que una, por todos eludida
educación sexual, era una educación filial (o paternal, mejor
dicho), pero, de aquella, ¿existirían esos títulos en las censuradas
librerías?. Si mi padre me hubiera cazado cuando, arrastrándome
cual indio de mis novelas, intentaba verle, mientras miraba por
el balcón, bajo la toalla con que se cubría de cintura para abajo,
en vez de una explicación me hubiera dado una patada en la
boca. Ya metido a negociar , compraba revistas pornográficas,
auténticamente pornográficas, y las vendía por hojas; descuidado,
dejé la gabardina sobre un mueble y lo que quedaba de una revista
en negocio de fraccionamiento sobresalía del bolsillo interior; el
escándalo fue tan mayúsculo, que todavía me atemoriza treinta
y cinco años pasados (principal amenaza: ¡se lo voy a decir a tu
abuelo para que no te dé más dinero! –él, nunca me lo daba-.
Seguí pegándole a todos los palos –recibiendo bastantes-, a todos
los géneros; lo único que no trago, por bien condimentada que
esté y prestigiado el cocinero, es la poesía.
Yo también salía, a veces, con mis padres, aunque no quisiera.
Buenas meriendas cenas, sin postre, que era caro y no era uso

940
familiar. En la fábrica de cervezas (“La Estrella de Galicia”), donde
ahora compiten edificios, mesas redondas de cemento, olor a
lúpulo, se llevaba la fiambrera, o el bocadillo, o la lata, y se
acomodaban con espuma rubia bajo los árboles. En el “Sánchez”
manteles de tela a cuadros, todos hermanos, íbamos cuando el
jefe estaba de guardia en el cuartel (no en la garita, en el
despacho). “Varela”, al otro extremo de la ciudad, impregnando
el olor de los frescos calamares (no tardarían en pasar a
congelarlos, como los de “Otero”, no sin extrañeza de los que
pronto se acostumbrarían-no el que suscribe, que no se extraña
pero sigue sin acostumbrarse-) sumergidos en su hirviente freidora.
Lo mejor, “Yéboles”, zoco marisquero, sobre banquetas, en cubas,
el vino de Cigales, clarito, en panzudas jarras y gruesos vasos de
perfil bajo, de vidrio.
Este cabello grifo –abisinio, que decían- que en época de temores
más de un pilólogo aseguró nunca caería (del todo), oculta más
de un par de cicatrices de maltratos. Si fuera en el presente, de
seguro que serían admitidas las quejas del infante sufriente y
quitado de la custodia [Link]én era la época, pero también
había padres, mayoría, que tampoco eran así. En una huida -¿de
qué?, si de quien-, hasta mi madre me acertó con una lata o algo
similar en plena cabeza. Cintarazos, en abundancia. En el colmo,
paroxístico, un escupitajo.
La frase más sufrida, intercambiada con otros como ellos, era
“el árbol hay que enderezarlo cuando está creciendo”; “quien
bien te quiere, te hará llorar”; ¡y cuánto he llorado!.
Con 16 años tuve el primer amago de suicidio, de noche, en la
cocina, con un cuchillo. Me faltó la resolución –que me sigue
faltando-. R ecientemente mayor de edad, en un precipicio en
Canarias. Con gas, no demasiado después, a punto –que éxtasis
de abandono de uno mismo-, autoabortado sin mayor trauma.
Hace una docena de años, en Soria, amargo despertar . …Ya que

941
no nos es dado optar por nacer, deberíamos tener el derecho de
elegir el morir.
Naciste para marqués, pero “cajouche o can no camino”*. Me
entitularon “marqués de vinagrillo”. Eso era lo peor, peor que los
palos, que en vez de auparte, estimularte, tus progenitores
estuvieran para hundirte, opresores que no mentores. P ersonas
tan circunspectas como el hermano del abuelo o mi abuela
villafranquina, y otros, hubieron de exclamar más de una vez:
¡”dejad en paz al chiquillo!”.
[*Reproduzco el gallego de oído, que lo tengo pésimo; disculpas
a galleguistas, a los que nunca pertenecí ni perteneceré. Si de
aquella, en mi nivel social, soltábamos algo en gallego, nos
corregían: “niño, habla bien”. Después, llegó la moda (una muestra
del jaez de la resurrección de esta lengua muerta, que cuando
doblaron la primera serie, norteamericana, para el “televexo”
en gallego, las carcajadas salían de los bares a las calles].
El chiquillo se empeñaba, ante el delator espejo, en alisar su
pelo (incluso con un peine eléctrico), que jamás le permitieron
tener largo, ni medianamente. Dejó de escribir diarios íntimos
cuando le sorprendieron en uno que necesitaba expansionarse,
expresión que siempre provocaba las risotadas más procaces. Los
granos, en vez de preocupación estética, fueron –y lo son- gusto
de estrujarlos y escupir contra el espejo un sustituto de esperma
retenido sin necesidad de bromuros. Las gafas, tamaño soldador
o piloto, se hicieron necesarias desde que un profesor notó la
miopía antes del bachillerato; las lentillas, revelando ojos garzos
ribeteados en amarillo, curiosos, ansiosos, reveladores, fueron
invento llegado con retraso. La elegancia en el vestir , cierta
prestancia, no fue –ni es- obsesiva; la obsesión era saber , ver,
disponer, disponer de uno mismo. “Libertad, amnistía, estatuto
autonomía”, escuchado y repetido, fue motivo de tremenda
bronca parental. Todo quedaba lejos.

942
Aunque los sociobiólogos no atribuyen demasiada importancia
al entorno y defienden que el carácter de los que rodean al niño
no determina el carácter adulto, seguro estoy que la conclusión
es más parcialista que esas premisas derivadas de estudios con
gemelos. Pero no me excuso, no; no descargo en otros, no culpo
–en exceso o totalidad- a mis padres. Jamás traspasé mis cargas
a terceros –quizás, con una mala excepción-, más bien soporto
las de los otros.
Soy como soy, aunque también me hicieron.

943
LA TIENDA

Seoane joyas, San Andrés 79. Letras de latón, bruñidas, en


frontispicio de piedra [Link] la hégira bergondesa, con época
en Vigo, vino mi bisabuela a establecerse en la acera de los pares
de la artería central coruñesa, la que lleva del mercado de abastos
a la playa de Riazor. Más comercial resultaba la acera de enfrente
(la de aquel que preguntaba a un guardia cual era la acera de
enfrente, pues en ella le habían dicho que era ésta), la de los
impares, y por ello cruzó su hijo cuando pudo, haciéndose,
además, con la propiedad del edificio, aun albergando inquilinos,
si bien él continuó bastantes años viviendo en la peor acera, en
un tercer piso (sin ascensor), encima de otra joyería de las de
siempre, de otro bergondés, metido a almacenista.
El escaparate era abigarramiento de metales nobles, sonajerías
y complementos. Una base completamente cubierta por plafones
y cubetas plenos de relojes, pendientes, sortijas y broches; tres
estantes de cristal con más de lo mismo y ganchos a todo lo largo
de los bordes para colgar cadenas, pulseras y otros relojes;
también estantes laterales, de menor tamaño, no menos
rebosantes. Otro escaparate menor , con más fondo que frente,
con objetos de inferior categoría y precio, en el cual fueron
ganando progresivamente protagonismo las monedas hasta
convertirlo en monográficamente numismático.
A mano, con pluma de mango y plumilla, en tinta china negra,
se elaboraban cartelitos de cartulina con los precios y el gran
reclamo:”Ocasión”. Por la noche se desmontaba todo el costoso
tenderete, trabajando en cadena, con uno retirando bandejas,
otro cubriéndolas con unos pañitos a medida para amontonarlas,
y un tercero transportándolas y acomodándolas en la gran caja

944
fuerte de cuatro nichos cuyos portones se cerraban con ruido de
volantes. Lo de menos valor que pernoctaría en los escaparates,
óxidados y sujetas por leves candados.
El espacio del público, de los abundantes y casi seguros
compradores –poquísimos parroquianos se iban sin depositar su
óbolo a la vanidad-, era a la vez portal de acceso a los tres
pisos,uno ocupando perpetuamente por una costurera (y familia)
paño de lágrimas de mi hermana, y el último tempranamente
desalojado por unos parientes y nunca más habitado, depósito de
despejos muy aprovechables. P ara cerrar ese lugar de paso, al
mediodía y a la noche, se plantaban dos postes, previa retirada a
pulso de los largos mostradores vitrina, que servían de guías para
tres persianas rematadas en el suelo por candados.
Tras la pareja de largos mostradores, en el mismo estilo, un
gran mueble espejado con vitrinas a lo largo, cuya base era toda
de cajones, todos llenos (menos uno, donde se amontonaba sin
más el dinero que se iba cobrando a los devotos de la ostentación)
de mantas, muchas de fabricación casera (plástico y tira de
espuma con cordel vulgar cerrándolas), que al desenrollarse
mostraban relucientes tesoros sobre los que los clientes se
inclinaban con expresiones codiciosas.
Cerrado el trato, cajita de imitación de carey con el nombre,
dirección y teléfono del establecimiento, papelito fino recortado
modularmente a cuchillo, y pequeña goma que se estiraba, se
reviraba, y cerraba en cruz el presente. Esos ansiados paquetitos,
en varios tamaños, me entretenía en dejarlos por la acera, tirados
–sin que se enterara mi abuelo-, observaba como alguien los cogía
(¡ni una devolución!), auscultaba en derredor , los abría
subrepticiamente y… la decepción; me partía de risa.
Apenas había robos (sólo se dio uno, se atribuían a gitanos), ni
un atraco, y las lunas jamás hubieron de ser cambiadas.

945
Tengo delante un libro de ventas que comienza en el año 1.966.
Las hojas se dividían en tres columnas, y aunque estaban rayadas
en horizontal, no se respetaban los renglones para aprovecharlas
al máximo. Se anotaba la clase de venta y su valor y al final del
día se sumaba. La víspera de la epifanía ocupa toda una hoja.
Distintas caligrafías y colores de tinta. Durante la cuesta de enero,
prolongada a todo febrero y algo de marzo, días con un mínimo
de una decena de transacciones. Buen verano, merma en
noviembre, progresión en fin de año para pasar al 67, cuando por
Reyes –tenía 12 añitos- aparece por primera vez mi letra. En el
día grande de 1.970, cuando una docena de manos no dábamos
abasto, por primera vez se sobrepasaron los veinte mil duros -
¡que eran muchos duros! (más de un sueldo anual medio)-, y
cerrábamos de madrugada. No se detectan días sin ventas. La
relación acaba un 30 de junio de 1.971, cuando el propietario se
jubila, aunque el negocio sigue funcionando.
Abundancia. Oferta amplia y variada era la clave. Época de
vacas gordas en demanda cuando llevar un reloj de muñeca era
signo de posición. Emigrantes, aldeanos, pescaderas; dinero
contante y sonante. El joyero, que nunca firmó ni aceptó un
cheque (tarjetas de crédito, ni existían), pagaba a sus proveedores
al contado, logrando descuentos que le llegaban para todos los
gastos. Se ponía una familia en fila, jerárquicamente ordenados,
en el extremo interior el emigrante que iba a aflojar su cartera,
en el opuesto, con un pie en la calle, un chiquillo con los ojos
bajos.
“Pa mim” un anillo grande.

¿”E ti que queres”?

Una cadena “pa” la mujer.

Un reloj “para o neno”.

-…

946
La rapaza aún no tiene pendientes porque aún no tiene
agujeros.

Agujerear los lóbulos de las orejas era práctica cotidiana –que


nunca me atrevía a llevar a cabo-, con una simple aguja y el
tapón de corcho tras el lóbulo. P ara muy miedosas había
pendientes de grapa (de “clip”), pero casi nadie los compraba
por miedo a perderlos, que cualquier joya era para toda la vida
(y descendientes).
Vamos casar; unos aros de compromiso de oro de “deceoito”
quilates, “jrandes”.

¿Y qué les grabamos?

Gue, jota.

¿Cómo se llama?

Gosé Jarsía.

Aros (en ellos, lo que se ponía era G. a M. : “Gosé” a “Manoela”,


y viceversa) y sellos (cuyas iniciales podían variar oídas de escritas)
los fabricábamos atrás, al fondo, en un lugar sin ventilación, donde
el apestoso retrete de agujero. Mucha gente vendía joyas antiguas
que se pagaban al peso y que no solían valer para otra cosa que
para fundir. Pero para el oro son necesarios más de dos mil grados
centígrados, y con un vulgar bombona de butano no se alcanzaban;
por ello, había otra bombona de oxígeno y la mezcla se regulaba
en la llave del soldador , avivándose la llama con el aire de un
fuelle de pie. Todo artesanal. Del crisol –conservo algunos-
cerámico al molde y allí teníamos un trocito de oro más o menos
puro o impuro (los 18 quilates, 75% de oro, se calculaban a ojo,
con el toque de ácido en piedra, como los 14) que había que
estirar.

947
Un sólido y alto banco de madera, soportaba dos juegos de
rodillos de acero regulables movidos por manivelas; en principio
nos colocábamos dos a los lados de una sola máquina, hasta que
la varilla de oro era suficientemente larga para pasar
simultáneamente por los dos juegos; venga a girar y girar, horas
con el oro, cual galeotes en sentina; ésta es la explicación de lo
musculado de mi delgado brazo y de la fuerza desproporcionada
de que siempre gocé. El potro ha desaparecido, pero no el yunque
instalado sobre un grueso tocho de madera que está en mi jardín,
ni la mesa de trabajo, con sus cajones forrados de cinc para no
perder ni un milígramo dorado, anacronía en el salón de mi
hermana menor.
En aquella fragua de Seoane, trabajaban codo con codo el
callado Antonio y el parlanchín P epito el Gordo. A Pepito nos lo
encontramos muerto (ataque al corazón)) al bajar de la
inauguración del aeropuerto coruñés. Antonio, pese a su
parquedad, cuando las inspecciones de contrastes aumentaron
en seriedad, pasó al mostrador, substituyendo a su hijo “Pucho”
que encontró algo más prometedor al contraer matrimonio.
Encargado, empleado modelo, que subía a cenar a su lejana casa
y bajaba para apagar las luces, “T onecho”, gran vendedor que
remataba con un “él que más rabia le dé”, y rellenaba garantías
de relojes a 5, 10 ó 20 años con la misma facilidad que agujereaba
orejas o limaba los útiles y desaparecidos “armys”. Como, por
endeblez del sueldo, su camisa blanca siempre presentaba el
cuello raído, dimos en conocer a su mujer por “la cochina”, pero
la tal, ya supuestamente menopáusica, cuando la abundancia
retribuyó los años de sumisión, le dio un par de hijos que
alcanzaron títulos universitarios.
Manolo “Pies”, algo familiar, bebedor contumaz como denotaba
su redonda nariz siempre roja y su hablar farfullante, recorría
Galicia como viajante vendedor de lo fabricado y comprado al
mayor, durante una época en compañía del yerno del jefe, pero
también acabó por casarse (con otra parienta, tan rarilla como

948
él) y por tener un hijo, cambiando de actividad, aunque no de
costumbres.
Lo más productivo de la tienda era su trastienda. Al no mucho
de establecerse por su cuenta, apareció una viuda cubierta por
velo de luto y con dama de compañía; manifestó que quería vender
unas cositas. El ojo experto del joven comerciante lo llevó a
pasarla de inmediato al despacho –”tenga cuidado, no vaya a
tropezar”-, donde se cerró discreta y educadamente la
transacción. Semanas más tarde, iba ese joyero a ver a un hermano
enfermo en Vigo, llevando a su hijo pequeño; los bandazos de la
carrilana de caballos (que tardaba más de medio día en cubrir
menos de doscientos quilómetros) hacían llorar al niño. Una señora
enlutada se vuelve y se ofrece a mecer al lloroncito; al despedirse,
pregunta al papá cómo no la saludó si ya se conocían y la respuesta
fue que la gente no tenía porque saber o suponer que estaban en
tratos. “Me gusta usted, joven, ya le llevaré otras cositas”.
Decía siempre mi abuelo –exagerando muy en su línea- que sí
tuviera dos doñas Josefinas sería el hombre más rico de España.
Belleza cubana ganadora de concursos, un fundador de banca se
enamoró de ella, dejándola con varios hijos, altos gustos, y no
suficiente efectivo –que nunca lo es-. El difunto era coleccionista,
acaparador de artes varios. La única vez que entré en su casa,
fuimos pasando salones y salones atiborrados –a pesar del expolio
obligado por la manutención familiar y social- de diversas
procedencias; un maniquí con equipación completa samurái
guardaba el acceso al último repleto salón donde la ya entonces
enjuta pero rígida doña Josefina tomaba su té. Jamás quiso otro
comprador (marfiles, platas, joyas, cobres, reliquias,
arqueología,…) que aquel señor modelo de discreción que se fue
haciendo tan enjuto y viejecito paralelamente a ella.
Unos pedían confidencialidad, a otros se la daba el golpe de
vista del tasador, algunos venían recomendados o acompañados.
Desde el que vendía su colección para comprar una moto -”es el

949
único modo de joder”, me decía: lo que no consiguió aficionarme
a las dos ruedas (más que en televisión)-, a las que robaban en
las mansiones de Inglaterra, Francia, Suiza y Alemania donde
servían. Llegaban con piezas sueltas, finísimas, tipo cucharón de
aceitunas o colador de café, todo plata, y decían que eran de un
pariente muerto. Una no contestaba más que “oui” a todas las
inquisiciones, que si “oui” y más “oui”; “esta estúpida no sabe
decir más que oui”, “no me insulte señor, que yo no le he hecho
nada”. No esperaban a que se enfriara el cuerpo del heredado
para vender su crucifijo, su cubertería, lo reheredado, sus objetos
más íntimos, hasta libros; su alma si la tuvieran. Los enterradores,
efectuaban su oficio a la inversa, arrancaban dientes de oro, y
los traían –conservo alguno ((puede que de mi madre: por eso
escapó a la fundición) como curiosidad necrológica-. Teníamos
más condecoraciones que todo un batallón de primera línea; en
algunas –me he deshecho de todas, menos de las de mi padre-
estaba grabado el nombre y grado del laureado en el reverso.
En 1.915 una plaga, una de tantas, de fiebres, ¡tantas fiebres!,
se estaba llevando a los niños de Ferrol –que todavía no era, y ya
no es, del Caudillo-. Un médico atajó la epidemia. P adres
agradecidos encargaron un marco en plata de buen tamaño, con
friso y basa decorados en relieve por grecas, guirnaldas y laureles;
un par de columnas jónicas a cada lado, con muchachitos desnudos
de cabellos rizados en sus bases (catorce); a la balconada central,
donde la dedicatoria, trepan otro quinteto (mayores y macizos) a
jugar con la diosa, y un sátiro sonriente. En la placa del fondo
figuraban las firmas de los padres donantes. No duró una
generación en la pared del higienista. En él tengo la foto “oficial”
de familia –la mía cuatro mujeres y yo en medio-.
El llamado despacho quedaba-ya nada queda, todo selo llevó
la piqueta de la Caja de Ahorros, cuya central colindante va
absorbiendo toda la manzana-, estaba, entre la parte al público
y el obrador, con su mesa de pequeño tamaño (tapizada, bajo su
cristal, con fotografías), el buró de persiana y tantos cajones, el

950
gran sillón de cuero repujado y apoyabrazos tallados, y la caja
fuerte verde que para espanto de los transportistas me acompaña
en cada mudanza. Otra caja de hierro, pequeña, negra, que abre
a tirones por tener la cerradura estropeada, era subrepticiamente
mostrada a los vendedores para que vieran que allí siempre se
pagaba en dinero (el dueño de la caja y de su contenido, tras
desechar de inicio con gesto displicente y barrido de su mano
artrítica lo ofrecido, tras rogar ante lo pedido, decía: “¿en billetes
de qué tipo lo quiere?”). Cuando la guerra civil, las cajas de las
cámaras de los bancos alquiladas a particulares fueron
precintadas; un amigo de mi abuelo, del bando contrario, jefazo
falangista, avisó con antelación y en vehículo militar se llevó a
enterrar en Bergondo lo de más valor; dólares podridos,
maquinarias inutilizadas (entre ellas, la del reloj de bolsillo de
mi bisabuelo), la cerradura inservible, fueron males menores.
Además de vender y comprar, también se alquilaba. Las trece
arras de los desposorios, las trece moneditas de plata, podían ir
doradas, pues nadie se iba a acercar (buen cuidado tendría quien
las tenía que devolver para recuperar el depósito) a comprobar si
eran o no de oro. Las “romanas” las preferían para ¡librar del
servicio militar!; no eran de época romana, sino medallas devotas,
en bronce, con uno o dos siglos de antigüedad y funciones de
amuletos, reminiscencias de las bulas que todos los niños romanos
y algunos adultos portaban al cuello; en caso de enfermedad,
noviazgo, vete a saber para qué, pero sobre todo cuando el sorteo
de la “mili”, los aldeanos venían, dejaban una cantidad en
depósito, devolvían las romanas y recuperaban su fianza con el
descuento del alquiler; fueran o no eficaces, nadie presentaba
reclamaciones, ni daba quejas, ni contaba penas.
No era una joyería en el sentido clásico, ni en el sentido actual,
la calificación de tienda es más adecuada. Allí entraba y salía de
todo. La clientela, variopinta; gañanes y señoritos. Lo que menos,
pintura, quizá por aquello –mío- de que quien busca la pintura,
huye de la realidad, y el astuto comerciante era muy , muy realista

951
(vivir de ilusiones, morir de desengaños; una venta está hecha
cuando está cobrada –mío con los años-). El ingenuo nieto del
comerciante se crio allí –no fue mal sitio, no-, no aprendió lo
bastante de lo que no se le negó a sus ojos y dos,
oí iba al grabador,
al almacén de composturas -¡qué propinón al pagar!-, pero lo
que prefería era ir por el bocadillo de jamón (“10 pesetas de un
bocadillo”, papelito en el cajón del dinero). El precio pedido por
el nieto del jefe por unos pendientes era ridículamente bajo, el
encargado lo notó cuando aún le pidieron más descuento, el jefe
dijo que si lo había dicho su atolondrado y ruborizado nieto, en
ese precio los llevaran.
Mujerona alta, rubia, seria; mujeruca pequeña, morena,
sonriente. Inseparables. Venían a la trastienda (“cuidado con el
escalón” –en realidad, era la base de la fuerte puerta metálica
que soportaba un extremo del entramado del cierre-), todo eran
besos e intercambios, pero si hacía siquiera ademán de saludar
en la calle, mi abuelo me tiraba de la mano sin darme mayores
explicaciones. Eran la Apacha y la MediaTeta. La Apacha, cetrina,
sarmentosa, había sido violada en las montañas galaico-leonesas
en su niñez; de Media Teta nunca se supo historia alguna. Desde
una especie de trono que ya no alcancé a conocer pero que mi
abuelo describía muy bien, controlaban con mano de hierro a
buena parte de las suripantas que hacían por la vida en el barrio
de putas coruñés, el popular P apagayo, ahora completamente
derribado, seguramente sepultando escondidas joyas como
aquellas que nos traían las alcahuetas, parte de clientes
empeñados, parte de pupilas enfermadas.
Escoltas de Franco, altos cargos ministeriales y militares
llegaban en verano al pairo del Generalísimo. Se les trataba con
más pleitesía pero con bastante menos consideración que a la
Apacha y su agrandada y tornadiza sombra (además de por razones
ideológicas, porque daban menos negocio, siempre buscando
gangas).”La Collares”, la seca asturiana que no pudo dar sucesor
al dictador, tenía simple y llana fama de ladrona, se aseguraba

952
que joyeros y anticuarios de la capital habían constituido un fondo
común para soportar sus continuos expolios; se le antojó un icono
ruso robado por un mando de la División Azul que siempre estuvo
–y sigue- a la cabecera de la cama de los abuelos, la disculpa de
que era el regalo al nacimiento de la única hija del joyero coruñés,
salvó la insistencia.
La iglesia. No podía faltar . Uno nos incitaba a pasar con él a
Marruecos, pues nadie le miraba bajo la sotana. El canónigo que
casó a mis padres, no daba ocultada su expresión de perenne
hipocresía tras las gafas, siempre con capa. Otro, orondo,
consejero de banca, raramente se bajaba la fúnebre teja de la
cabeza. Campechano, D. Manuel el del Burgo, hasta tenía entrada
libre en casa, y nos ofició las bodas de oro; decía a sus feligreses
que echaran las monedas antiguas en el cepillo, que eran más
gratas a los santos. D. Domingo, hierático e irónico, de antigua
familia navarra –”duermo en la misma habitación de los hoteles
que los cardenales y bebo Cardenal Mendoza”-, se acompañaba
de un norteamericano hijo de un carnicero que soltaba miles de
dólares a destajo y que, matrimoniado con una japonesa, acabó
comprándose una isla en Hawái.
Numismas. Bastante gente calculaba todavía en reales,
remitiéndose, sin saberlo, a los reales de a 8, los de 25 gramos de
plata que devinieron en el duro (o peso), auténtica unidad de
cuenta hasta 1.869. Escondidos en la viga o enterrados en la
cuadra, pasadas tres generaciones el uso de papel se hizo
irreversible y afloraron de sus escondites las piezas metálicas.
Los paisanos solían traer , primero, unas muestras, y cuando
comprobaban su convertibilidad en circulante, paquetes o
saquetes.
Los ricos atesoraban oro (la moneda mala siempre expulsa a la
moneda buena). ¡Doblones de a ocho!, ¡Doblones de a ocho!, que
cotorreaban los papagayos de los filibusteros. 8 escudos, la onza
de 27 gramos. Las buscadas “peluconas” (las pelucas borbónicas)

953
escaseaban pues los joyeros sabían que contenían más oro al ser
de 917 milésimas, como en P ortugal e Inglaterra, en vez de las
900 usuales, y las fundían. También salieron del fondo de los
arcones. El consumismo sin finalidad, -la pleonexia- fue el fin del
acaparamiento ahorrativo.
Por otra parte, países americanos (U.S. incluidos) mantuvieron
emisiones de valor facial en oro. En 1.970, todavía se emitieron
cerca de un millón de piezas con generosa proporción argéntea
(100 pesetas). El oro tuvo muchos altibajos, pero siempre será un
valor-mito referencial. La plata, por la demanda para satélites y
naves espaciales, alcanzó cotas cinco veces superiores a la actual;
íbamos a la delegación del Banco de España para que nos
cambiaran billetes por aquellas monedas que nadie quería –se las
conocía como “suegras”- por romper bolsillos y carteras, y que
en su momento álgido se pagaron ¡a 12 veces su valor! (similar
operación ya la había hecho el padre de mi abuelo con las
peluconas).
Conservo el tórculo donde las importábamos, también álbumes
y álbumes de improntas; los originales nos los hemos ido comiendo,
como otros habían hecho antes de nosotros. Se doblaba un folio
de papel satinado, se colocaban en medio las monedas, se
introducían en la prensa amortiguándolas con cartón fino o
cartulina gruesa, se giraba todo lo posible el tórculo, y mientras
se improntaban preparábamos otra remesa. Muchísimo mejor que
la mejor fotografía, todo quedaba en relieve, al detalle; faltaba
darles color con tizas, recortar, pegar y numerar.
Los autores de los primeros catálogos, coleccionistas, eruditos,
conspicuos comerciantes, todos se caían por el extremo de la
península donde, además, se comían mariscos de aquella poco
accesibles en la meseta por no haber flota transportista frigorífica.
En 1.963, la Asociación Numismática Española organizó, en
Barcelona, una exposición para premiar “los 5 mejores ejemplares
de 20 colecciones”; la medalla, dedicada (con busto en relieve))

954
“al gran coleccionista Manuel V idal Quadras y Ramón, 1.819-
1.894”, lleva grabado en el canto “José Seoane Calviño”. P or
entonces, diplomas y placas avalan un proselitismo que hubo que
cortar cuando inspectores fiscales y delincuentes no fiscalizados
comenzaban a pulular.
Por los mismos motivos, sobre todos la estimación fiscal objetiva
singular, cuando sobrepasaba en poco la edad laboral de jubilación,
el decano de los joyeros coruñeses se dio de baja, aunque su
tienda siguió abierta al público unos cuantos años más, explotada
por el antiguo encargado y un socio hasta entonces viajante de
telas y paños.

955
EL ABUELO

Me decía “budo”, y siempre me besaba en la oreja, la derecha.


De adolescente, él, cuando su padre tenía la casa de cambio
en Vigo, no esperaba al desembarco de los grandes trasatlánticos
con mucho emigrante y poco turista, sino que iba a bordo en el
práctico o en el carbonero; si el dólar estaba a 6,80, hacía las
cuentas con 6.080. Al declararse una epidemia, toda la familia
retornó temporalmente al campo; él se negó rotundamente,
durmiendo bajo el mostrador con la pistola a punto.
En el 35 se subió al último tren que salía de Madrid; en los 70
no se subió, por poco, al avión que se estrellaría antes de aterrizar
en La Coruña. Tesorero de las juventudes socialistas, por sus
inclinaciones políticas mixturadas con algún contrabando con
Portugal, lo llevaron a la playa y lo colocaron ante el pelotón de
fusilamiento; era un simulacro: siempre decía que había sido peor
que la misma muerte.
Tasador del Monte de P iedad, no tenía escrúpulos en cambiar
lo auténtico por lo que lo parecía, ni en asociarse con “ganchos”
en las subastas. P residente del gremio de joyeros, cuando la
imposición fiscal era global, ponía cuotas menores a los que le
guardaban y vendían monedas; al tener que ir a la delegación
hacendística, quitaba solitario y prendedor de brillantes, calzaba
su peor terno y era capaz hasta de insinuar alguna que otra
lagrimita.
Lo había mamado, como tantos otros joyeros de Bergondo que
siguen esperando su monografía; a los nuevos les llamaban joyeros
de etiqueta y desertores del arado. A una prima, del ramo de
seguros (también del municipio muchos “ocasistas”, sobre todo

956
en Zaragoza donde mandaba el marido de la prima, el del “Rolls
Royce”), que le dijo que qué hacía con unos quilos de oro que
heredara del cónyuge le contestó que los metiera en el culo
(“meteos no cu”). A un sobrino que le pedía una onza pues tenía
muchas, “que te den muchito por el saco”.
Yo era el nieto, mis hermanas las niñas.
Su hijo, aquel que cuando las buenas ventas se iba a la madre
gritando ¡ya somos ricos!, Manolito, murió por sobredosis de
penicilina; él médico se libró huyendo de que le pegara un tiro el
contrito padre. Su esposa, una vez muy joven y otra ya muy mayor,
fue desahuciada por cáncer , pero tampoco los médicos “sabían
una palabra de nada”; murió, en el mismo día, justo siete años
antes que él, nonagenario (dos frases muy recurridas por mi
apacible abuela eran: “para quien no quiere tengo yo mucho” y
“que lo meta donde cabe todo”).
Al nieto lo llevaba a todas partes, siempre lo sentaba a su lado
en todas las comidas, caseras o no; jamás le metió una bronca, ni
a las niñas, pero los tres le respetaban más que al padre, que los
abroncaba continuamente y al que únicamente tenían temor. De
mí lo peor que llegaba a decir era: “éste individuo, si no gasta
tanto al día no está contento”.
A la mujer, con todo cariño, la llamaba “burra de merda”, y
nadie se libraba de que lo rebautizara muy acertadamente (“busca
pisos”, “traguico”, “caga pelos”, “narices”,… siempre con
gracejo, y sin acritud), como a su cuñada que viviendo en mínimo
pisito cuando iba a los ajenos siempre los encontraba reducidos y
le quedó “la reducida”.
Más “Pepe” que “José”, para sus empleados don Pepe. Traje a
diario, corbatas sólo negras; abrigo gris. De lo único que se
arrepentía era de no haber sacado el carné de conducir (y se
hubiera comprado, de aquella, un “Mercedes”).

957
Al cerrar la tienda se iba a jugar la partida al “circo”, como
todos conocíamos el Círculo de Artesanos (Reunión Recreativa e
instructiva de Artesanos de L.C.), más igualatorio que un Casino
de cuyo ambiente presunciosamente más selecto no gustaba, el
hombre con halo de riqueza, pero de simpática llaneza. Una
atmosfera densa, neblina de humos, escupideras de latón pulido,
el entrechocar de las bolas de marfil del billar, ruido de las fichas
del dominó al ser incrustadas en el mármol –así se le deformó la
mano derecha, doblada sobre si misma [Link],
un gran salón par funciones de teatro y baile; las pinturas del
techo, acertadamente, se han conservado tras la reforma.
Unas cuantas veces al año marchaba a Madrid (“esos, mucha
parola”). Se iban varios amigotes en el cochazo negro de Sabino;
cuando regresaban, solíamos ir a esperarlos al monte de Espenuca
(a 25 km. de La Coruña). No ocultaba que se corriera sus buenas
juergas (por el “Pasapoga” y demás), pero la finalidad primordial
siempre era comercial, pues en la capital se establecieron varios
bergondeses, proveedores de las costosas fruslerías que tanto
gustaban a la R eal Casa. P araba en un hotel de la Calle Alcalá,
siempre el mismo, pero no dejaba de visitar a su sobrina, la casada
con el sobrino putativo del cardenal (sobrino-hijo es precisión
que debería estar acuñada, por repetitiva en la práctica
eclesiástica), del que contaba autenticas herejías. Decía aquel
afamado doctor en derecho, compinche en el escándalo financiero
“Sofico” y defensor de militares golpistas que “familia”, la
sagrada, y para eso colgada”, y únicamente un inmaculado
caniche, “Cuquiño”, gozó de sus cariños, comiendo en los mejores
locales antes que ministros y viajando con su collar de brillantes
en preferente de “Iberia”, que para eso su dueño era asesor de la
compañía. T enía fama aquel lujoso piso de Ferraz de
gastronómicamente roñoso –ahora me doy cuenta de que debía
de ser por las no habituales exquisiteces-, pero siempre que fui,
ambos (él murió mientras paseaba a su perro, hombrón sanguíneo
quizás infartado porque el voto de su conserje tuviera el mismo

958
valor que el suyo), o ella (al morirle “Cuquiño” ya no quiso otro
perro, a pesar de mi insistencia cuando le di el pésame, por si no
lo sobrevivía; sigue ella allí, momificada, vigilada desde el piso
de arriba por sobrinos heredaticios), me trataron opíparamente –
será porque siempre me fueron las exquisiteces, incluso por
encima de la abundancia-.
Acostumbraba el preclaro joyero coruñés a traer magníficos
presentes a su esposa e hija, quizás para que no le reprocharan
sus calaveradas (que tampoco ocultaba en La Coruña, aunque
con su habitual discreción), pero en una ocasión le despreciaron
sendos vestidos de ultimísima moda, y desde aquella jamás trajo
ni un caramelo de los arrapañados en el hotel de la calle Alcalá.
De entonces que cada sexto día de cada año nos entregara, a los
postres, a todos y cada uno un buen fajo de billetes para que nos
autorregaláramos durante el resto del año. ¡Qué brindis más
gozosos en ese señalado día!, ¡que beso de reconocimiento cuando
nos levantábamos a recoger el sobre! (¿”P or qué me quieres
Andrés”?... “por el interés”).
“Tanto tienes, tanto vales”, otra de sus sentencias recurrentes.
Realmente, tenía frases, refranes, consejas, historias y chistes
para todos y todo en toda ocasión. “Más sabe el diablo por viejo
que por diablo”. Había recortado de un periódico y nos mostraba
a sus herederos con cierta frecuencia a un viejito entrando en el
asilo mientras le decían que allí estaría muy bien; debajo, la
sentencia: “o que en vida da o que ten, chorará cen veces cen”
(en la tienda, lo habíamos visto en uno que traían las monjitas
del asilo a vender sus recuerdos familiares, y del que cuando los
acabó, nunca más supimos).
Su remedio para toda enfermedad era “Cusi”, una pomada muy
amarillenta (oftálmica) que decía le había salvado cuando joven
y que administraba en el mismo tubo de entonces, pues no tiraba
nada y con los años se le acentuó una pseudopatología ahorrativa
que a veces hacía sonreír y otras desesperaba a los que lo

959
rodeábamos; no obstante, su bolsillo (el trasero del pantalón)
siempre estaba lleno –”P or si surge algún negocio”- y nuestros
intentos por mermárselo, tras circunloquios, solían culminar con
éxito. “Más da el duro que el pobre”.
Retirado, aunque no del todo, patear las losas del Cantón Grande
coruñés se constituyó en su principal función social. Se levantaba
tarde, devoraba el diario (“El Ideal Gallego”), gimnasia y colonia,
afeitarse con el agua calentada sobrante del té, arreglarse, de
bancos (de dinero, que de sentarse nunca los utilizó), y a pontificar
en el Cantón. Tenía sus adláteres, que le asentían a todo, y como
varios eran sordos como tapias –aunque él oía lo que le convenía-
, los gritos conteniendo inconveniencias políticas, económicas o
personales, no sé cómo no tuvieron repercusiones. Comida, siesta
y a encerrarse en su habitación hasta la cena y las noticias de
televisión.
La habitación del abuelo eran paredes saturadas, de bandejas
de plata sobre todo, algún estante con cosas viejas, en desuso y
baratijas, un armario con caja fuerte, otra caja fuerte –milagroso
no se hundiera el suelo- y la mesa de trabajo doblemente adosada
a una esquina. Con la prematura muerte de la única hija que le
quedaba (en los períodos de luto, aleatorios, no se encendía el
televisor y no salía hasta que no se aguantaba más)y la subida de
la cuota del “Circo”, tomó el pésimo hábito de limpiar
desconsideradamente sus monedas –lo último que se debe hacer
y nos mermó sensiblemente la fortuna para -lo que las andaba
transportando de las cajas de alquiler en los bancos a casa y
viceversa. Utilizaba un viejísimo maletín plástico marrón al que
pronto se le rompieron las asas por el peso, poniéndole bastas
cuerdas; le regalamos uno nuevecito, en piel, con asas reforzadas,
que metió en el armario y allí quedó. [Leyendo “Eugenia Grandet”,
de Balzaç, nos hemos visto reflejados en varios pasajes, y nos
tenemos reído mucho mis hermanas y yo].

960
En V erín tomando las aguas (Fontenova, Sousas, Cabreiroá),
también el puto rey , con su corte rodeándolo y riéndole las
historietas y ocurrencias. De la terraza del hotel a los balnearios,
de la fuente del sapo al cercano Portugal. Cuando le presentaron
a una viuda, tetona y enjoyada, diciéndole que era de abolengo,
la miró y contestó que más bien parecía de “abolengo”. P or
septiembre, con tenderos, constructores, joyeros, transportistas,…
Con el alcalde de Bergondo en camiseta, cojo y con su hijo estilo
san Cristóbal, quisimos un gran y variopinto grupo entrar en el
suntuoso salón marmóreo del mejor balneario del norte portugués,
y nos dijeron que podíamos comer después, con el servicio. Mi
abuela, repantingada, repetía que para ella las vacaciones eran
no tener que ir a la plaza de abastos –iba a diario, yo la recogía,
a veces, a pie, para traerle las [Link] allí se comía bastante
mal (menos cuando cruzábamos la frontera para comprar paños,
toallas, hilo, vino, café y horrorosas figuritas), era frase familiar
que aquello parecía “auja tiepeda” –debe ser algo así como agua
calentada-.
Buena cocinera, sin grandes elaboraciones ni condimentos,
destacaba la abuela, sobre todo, por freír las patatas divinamente,
con un corte en luna creciente o menguante practicado con
delicadeza a la vez que con costumbre, destreza que intento imitar
y sólo por casualidad me sale. Los domingos siempre cocido,
comunal, empezado a elaborar a primera hora y la última, ya
apagado, tapado con un paño de toalla, ¡de los de P ortugal!. En
sus años, lustros, décadas, finales, el abuelo, sin despreciar el
pescado, se hizo carnívoro, y tras las rígidas cigalitas hembras
(escogidas una a una, ¡cuando las había autóctonas!, por su
delicada esposa) –que me tienen los dientes mellados-, roía su
buena chuleta (de las de Carmiña) y dejaba un par de cigalas y el
solomillo para la noche; vino, de Rioja, en vasito de plata.
Aparte de su habitación de trabajo casera, tenía otra de muy
similares características y todavía más abarrotada al fondo de la
tienda, tras pasar la puerta del mostrador –”cuidado no tropiece”-

961
, el antiguo despacho y el abandonado taller; era el patio tapiado
bajo la que fue su casa (que alquiló, sin contrato, al mudarse a
un buen piso con calefacción y ascensor) y allí se metía cuando y
con quien quería, sin que el uso de tal tugurio figurara en el
contrato de arrendamiento, pero a los arrendatarios ni se les
pasaba por la cabeza que Don Pepe dejara de disponer a su antojo,
como siempre había hecho y seguiría haciendo ( no les fue mal,
se retiraron a los pocos años y se incorporaron a los paseantes del
Cantón, aunque ellos eran más de Jardín, a donde el señor Seoane
condescendía a veces).
Por patio y casa y sólo por casa cuando “Joyas Seoane” cerró
definitivamente por no quererme yo instalar tras un mostrador-,
desfilaban pretendientes locales, nacionales y algún que otro
extranjero. A alguno que otro, nunca se le debió haber permitido
el acceso, pero don José era como lo somos todos- sensible al
elogio. Un solterón vigués que había comerciado con paños, cuyo
piso (habitaciones tal cual desde que moría una de las hermanas,
también solteronas) era un depósito de valores, se hizo con todo
el apartado medallístico (“pesan mucho para tenerlas”); de
extrema generosidad, sobrevivió a su colega e hizo uso de ella
con su sucesor. Al feudo vasco del cura navarro llegué a ir con mi
amigo de Bilbao, y su mención actuaba como salvo conducto en
los controles antiterroristas; guardaba tesoros inimaginables en
la casa rectoral; quería dar todo a la institución, pero murió
repentinamente en el transcurso de un ágape con sus herederos
(entre los que se encontraba otro tonsurado). Un ingeniero
vallisoletano, habitualmente acompañado de su hermano (otro
solterazo vocacional), acabó cosechando con el nieto lo que había
sembrado con el abuelo. Otros desistieron, o murieron,
desaparecieron; el coruñés era muy reacio a vender , todo valía
más en sus manos. Quien acabaría logrando mejor apaño sería
una mujer “La Rolls Royce de la profesión”, la llamaba otro cliente,
afamado coleccionista portugués-, ¿por qué sería?.

962
Completamente fraternal era el otro hermano joyero; andaban
siempre juntos, incluso algunos septiembres receptores de aguas
estomacales (en verano, época comercial, nunca vacacionaban).
Como la joyería se llamaba igual y quedaba –queda, con hija de
sobrino que a la vez tiene hijo continuista, menos mal- al principio
de la misma calle, ocurría que compradores referenciados a los
que no se les deshacía el entuerto, llegaban a confundir a la sobrina
de éste con la hija de aquel; la tal sobrina, hija de una hermana
de “la reducida” de vida disoluta (cantaba aquello de “a mí novio
le gusta la almeja” y presumía de haberle mesado las barbas, en
Cuba, al mismísimo Fidel), tenía prominente nariz (la llamábamos
“achís”) y los engañados despistados decían que qué fea era mi
madre; se acabaría casando con otro narigudo cuando la creíamos
menopáusica, pero alumbraron un hijo que también tuvo muy
grande…el pie, el “zapatones”. Mi tío-abuelo dispensó siempre
un trato deferente a su sobrino-nieto, lástima que ciertos
tejemanejes cuando su hermano iba muriendo creyendo que
siempre viviría y que corté radicalmente, lo pusieran en mi contra,
lo que siento. De sus dos hijos, uno, médico, murió dejándose
estudiar, y sólo dejó hijas; el otro, eminente científico y político,
tiene un vástago varón con palpable muestra, no médica, de
merma del coeficiente intelectual.
De estos dos primos segundos, únicos que traté a pesar de haber
bastantes diseminados por V igo, Madrid y V enezuela, del uno
guardo una última imagen terminal hospitalaria (por eso no me
gustan tales visitas de última fase: preferiría conservar una imagen
vital), y el otro, tan supuestamente inteligente él –a pesar de sus
dos hijos deficitarios-, traiciono no sólo a mí y a mis hermanas,
sino lo que considero peor, al númen familiar.
19 de Marzo, conmemoración del nombre propio hebreo que
significa deseo de fecundidad, en tiempos de sindicatos verticales
festividad de los trabajadores pues se quería obviar connotaciones
de los sucesos de Chicago rememorados los primeros de mayos;
el santo, su santo, día del santo, Felicidades, corbata (color fácil

963
de elegir): felicidades, pañuelos (blancos); felicidades (colonia);
felicidades (una de güisqui); felicidades, corbata… Estábamos
todos los habituales y venían ocasionales, de fuera. Ocupábamos
toda la planta alta del local frecuentado los domingos, la “Viuda
de Salvadores”, cuyo marido parecía tener dos narices, una en
verruga, siempre atento a cobrar y oir los resultados de fútbol,
para decirnos si el Deportivo tenía positivos o negativos; su buen
cliente, muy positivo, nada negativo, le puso “el positivos”.
El día del santo era, sin duda, el de mayor asistencia,
sobrepasándose siempre de largo la treintena de comensales (sería
porque ese día sólo pagaba uno, los demás a escote –niños, no
contábamos en el reparto-), pero de quince a veinte era número
habitual todo a lo largo del año, preferentemente, por motivos
comerciales, los domingos, pero no sólo.
Por lo menos cuatro o cinco matrimonios no tenían hijos con lo
cual siempre salían peor en el reparto-, en uno de ellos el
componente exótico de una alemana, aunque se llamase María (y
que ante la extrañeza, muy comentada, de todos. ¡comía sin pan!).
En verano, en “Alfredín”, pegado al estadio de fútbol, muy cómodo
para esperar a los maridos mientras los niños correteábamos al
aire libre o jugábamos a la rana, una metálica instalada sobre un
caballete a la que había que meterle arandelas por la boca.
A diario, los mismos al café, en la misma cafetería (el “R
osalía”).
Todas las damas con su bolso de piel, que colgaban de la mesa
con una perchita ad hoc que ya nadie utiliza. Mi abuela siempre
llevó bolsito de malla de oro para las monedas. Cada lugar, cada
momento, su olor . Mucho tabaco, mucho café, algún te´,
escupideras, escupitajos al pañuelo que se volvía a guardar en el
bolsillo; retretes interiores; camareros de bata blanca de
confianza pero sin tomarse confianzas; ciudad provinciana.
Parchís, baraja, dados…, nada de ajedrez; en grupo, lo mejor, la
perinola –que pronunciábamos sin esdrújula y con dos íes, que
tengo mientras la describo en la mano (pon1, toma2, todos ponen,

964
toma 1, pon 2, ¡toma todo!), mínima peonza hexagonal con largo
mango, ordenes en rojo y la amarillenta punta gastada.
El que se inventaba más historias (el casado, sin hijos, con la
alemana), “cuenta cuentos”; el que había sido bautizado como
yo, asesor artístico del excelentísimo ayuntamiento y diseñador
de la copa del trofeo veraniego futbolístico Teresa Herrera, otro
sin hijos –ahora me doy cuenta, prácticamente mi hermana y yo
éramos los únicos niños-, con cualquier servilleta de papel y palillos
desechados inventaba un carro, monstruos o pajarillos que
volaban; uno siempre se dormía (“despierta, “P aco!”, soltaba
Elena). Oírles de cuando las centollas servían como abono, de
aquellas merluzas del pincho que no se podía con ellas “quando o
peixe e o marisco falaban ca xente”-, de…, me sonaba a chino,
pues todavía gozábamos de todo ello con profusión (¡que
calamares frescos y rodajones de merluza a la romana en la iuda V
que no lo era!); ahora que no quedan apenas más que sucedáneos,
insípidos –que convierten el comer en un displacer-, no tengo
nietos a quienes condenar a oír lo mismito que oí a mis abuelos.
No todo era tan apacible; no en este tipo de reuniones pero sí
en comidas más reducidas, o con algún empleado o con el yerno,
la irascibilidad del abuelo se manifestaba, como un trueno; todos
teníamos que correr a guarecernos hasta que acampara. La úlcera
de estómago, aplacada continuamente con bicarbonato, fue su
cruz hasta que se decidió a desclavarse en un quirófano. Tanta
agua de Sousas, Fontenova y Cabreiroá gaseadas, le llevaron a
expulsar un pedrolo que guardaba en un tubito y mostraba a todos,
mejor dicho a no darlo expulsado (para poder orinar , se metía
una varilla de plata por la uretra, pues tenía tal metal por
antiséptico), sino mucho más tarde con el calvario del urólogo.
No se debe ocultar , que en sus convalecencias, bastante
teatralizadas, quien lo atendía era su yerno. En gripes y procesos
febriles menores, no frecuentes pero cíclicos, espiaba con un ojo
si alguien nos acercábamos, se arrebujaba y tapaba cabeza con
la manta, y comenzaba a layar.

965
Días antes de la quiebra definitiva, a la puerta de los noventa
(iba con el siglo), seguía pateando el paseo con su cohorte y mi
cuñado lo vio correr al cruzar una calle, por sí los coches.
Apareció
tirado, en el pasillo, ensangrentado; lo encontró el marido de la
sobrina, al no presentarse a comer en casa de ellos como hacía –
pagándolo y bien desde que quedó viudo. Me avisa, al cabo de
días, Olga, me vengo de P ortugal, y allí estaba acurrucado, sin
querer comer ni médicos. Me tuve que hacer , me correspondía,
cargo de la situación, imponiéndome. Neumonía. Le salvaron -
¿para qué?- las patatas fritas de “Bonilla a la vista”, gruesos
espárragos, melocotones en almíbar y yogures; en Navidad se
levanta por primera vez, al olor de unas vieiras que estaba
preparando en el horno, Alzeimer. Como siempre había sido raro,
no se le creía (aunque lo dijo el mejor gerontólogo gallego, casi
de su edad), y quise hacerle un estudio encefálico; lo malo, que
tenía que ser en ayunas; mi hermana Olga y yo (la otra, Loreto,
en Madrid, como si estudiara) tuvimos que encerrarnos en la
cocina, cuya puerta casi se vino abajo con sus patadas, calmándose
cuando le prometimos llevarlo al sanatorio en “Mercedes” y
después al chocolate con churros en “Bonilla”;calmadisimo en la
sala de espera, el que tenía prisa era yo por temor a que la
armara otra vez; en total, que me coge una enfermera y para
adentro, “que no, que no soy yo, que es aquel”; “pero si aquel
viejo está todo tranquilo; ande, cálmese”.
Comenzaron los conciábulos telefónicos (hubo que
desconectarlo) y desde la cama con los que él creía de su
confianza, los de su cuerda, los del dinero para tener y no para
gastar; un vecino, de un banco, llegó a intentar salir con una
orden firmada en blanco, impidiéndoselo mi hermana. En algún
caso con dolor, en la mayoría con placer, tuve que acabar echando
a toda la [Link]én nosotros tuvimos que acabar yéndonos
de aquel piso cuyo hedor era ya insoportable, no tanto para el
sedado enfermo, no válido ni inválido, sino para este su cuidador.

966
Tuve dos abuelos,- como todos ( propiamente dicho, cuatro),
aunque uno valiera por tres-. Uno de ellos, se dejó despojar la
herencia por una hermana. El otro, el abuelo, despojó todo lo
que pudo, a hermanos y no hermanos (aunque nunca dejó a nadie
en una estacada: tenía una libretita para anotar préstamos y
créditos sin garantía, ya de su padre). ¿A cuál de ellos tendré en
mayor aprecio?. El abuelo, lo que era y como era, me ha permitido
vivir como he vivido. El nieto resultó ni tan condescendiente como
el uno, ni tan espabilado como el otro.

967
SALESIANOS

Tantum ergo sacramentum “veneremur chernui…”


Juan Bosco nace en 1.815 en el Piamonte, en el pequeño poblado
de Becci, en humilde familia, quedándose sin padre a los dos
años. Un captador de vocaciones, un párroco, lo apadrinó, y una
vez sacerdote se orientó hacia la catequesis de niños abandonados,
formando él el Oratorio, en recuerdo de la institución de San
Felipe Neri. Los primeros apoyos bajo la advocación de Francisco
de Sales, se trocaron en contrariedades, y hasta el marqués de
Cavour le persiguió tenazmente; se le echaba de todas partes, el
fundador era tachado de faccioso y loco y se intentó recluirlo; su
madre era su principal auxiliar . Finalmente, el apoyo del rey y
del papa avalan la congregación, que cuando Don Bosco
(venerable) muere en 1.888, ya tenía 250 casas de religiosos
(amparando 130.000 niños).
Alzad el lábaro sagrado

de Jesucristo redentor, abajo el vicio y el pecado

viva el trabajo y la oración.

El primogénito (1.567) de una de las más nobles, antiguas y


distinguidas familias de Saboya se doctoró en Derecho antes de
abrazar la carrera eclesiástica y ejercer de misionero. Autor de
importantes obras ascéticas, muere obispo (1.622). Santificado,
a Francisco de Sales se le proclama doctor de la iglesia universal
y patrono de escritores y periodistas.
Ha de vencer la juventud cristiana

968
a las huestes sin fe de satán,

pues es su excelsa e inmortal capitana

la Auxiliadora celestial.

La Pía Sociedad de San Francisco de Sales dio comienzo en 1.859.


Fue la primera en mandar sus religiosos a las universidades
estatales; también como misioneros. Ha dado un cardenal y 17
arzobispos y obispos. El símbolo del fundador es un bosque y su
lema “da mihi animas, caetera tolle”.
A luchar cual Domingo Savio,

supo valiente la liz combatir.

Siempre repitan con él nuestros labios

nunca pecar, “nunca pecar”,

antes morir, “antes morir”.

Domingo Savio, modelo de alumnos en el primitivo Oratorio de


Turín, murió jovencito entre mortificaciones, estando en curso
su causa de beatificación. Lo conocíamos a través de múltiples
estampitas y nos era constantemente puesto como ejemplo,
además del ejemplo local y contemporáneo, Meilán Gil.
De un padre enervadamente autoritario, de una escuela de viejas
medio brujas, me pasaron a un colegio que era conocido como
“la cheka”. No es de creer que en su método educativo teórico,
“El sistema preventivo”, entraran gritos, coscorrones, tortazos,
palos, campanillazos y dedos dentro de un enchufe, pero la
práctica los había incorporado como muy frecuentes auxiliares.
Comentábamos que si nos trataban así a los de pago, “cómo lo
harían con los recogidos en el otro colegio benéfico”… y
efectivamente, llegaron a matar a un alumno de un mal golpe. Ni
durante los recreos nos librábamos (“aquello parecía el palacio

969
de Poncio Pilatos”, con todas las columnas llenas de castigados,
“y menos mal que no nos ataban”), pues según directrices de la
Pía Sociedad, los profesores religiosos más jóvenes se mezclaban
con sus alumnos, se remangaban las sotanas, “y venga a arrearles
patadas en aquel fútbol de multitudes”.
A aquella panda de sádicos enlutados teníamos que rendirles
pleitesía de besamanos, ósculos que no eran de paz sino de
sumisión.
La cercanía (iba y volvía bordeando el mar, en 10 minutos andando
o en la mitad corriendo), el precio, el no tener que usar uniforme,
la fama de duros,… me llevaron allí. Era encierro más bien para
hijos de tenderos y aldeanos, y hubo bastantes casos de
progenitores de mentes no retorcidas que quitaron de inmediato
a sus vástagos al contarles éstos el especialísimo sentido que de
la disciplina tenían aquellos tipos de negro. De pueblos lejanos,
bastantes lucenses, enviaban a los pipiolos a pasarse allí
encerrados, desarnándose mentalmente –o cogiendo otro tipo de
sarna-, años y más años; yo estuve “todo un decenio”. Y no de
tan lejos, pues postulantes de hasta 20 kilómetros, y menos,
entraban en régimen de internado. La constante amenaza de mis
5 a mis 15 años fue: ¡”te vamos a meter en el colegio interno de
cabeza”!... “de cabeza no, de cabeza no”… contestaba
lloriqueando.
Edificio colosal, cuadrangular, cerrado, con medio lateral marítimo
ocupado por la iglesia presidida por gigantesca MaríaAuxiliadora,
en la que cabíamos a misa matutina y “tantum ergo” vespertino,
el casi millar de chavales de pantaloncito corto, era tanto cuartel
como enseñanza. P asé la mayor parte del decenio como medio
pensionista –sigo sin saber por qué -, tragando garbanzos con agua
y membrillo y entre el régimen y la alimentación agudos dolores
abdominales me doblaban en los escasos momentos de vigilado
asueto.

970
No existía nada fuera del colegio. Entrábamos amaneciendo,
salíamos anochecido. Los de promociones anteriores nos decían
que “lo suyo había sido peor”; lo mismo íbamos a decir , y con
razón, a las siguientes. Durante preparatoria e ingreso, los
mayores nos iban avisando de lo que nos esperaba durante los
seis años de bachillerato, más uno de preuniversitario.Y era cierto.
Y peor. De 8 de la mañana a 8 de la tarde, sesión continua, con
prolongación hasta las 10 (que suman “14”) para los que
cometieran la más mínima falta, real o imaginaria, por acción,
omisión, palabra u obra. El sábado era un día como los 5 anteriores;
era el jueves cuando nos cedían, de tarde, de 3 a 5, un par de
horitas, durante las que los medio pensionistas ni podíamos salir
(y castigados a estudiar, por incordiar). Domingo de mañana, misa
extensa; de tarde (también a las 5, para que no pudieras ir a un
cine ajeno, pecaminoso), “tantum ergo” y sesión de cine, con
castigo a las aulas para casi mil aterrorizados niños si uno solo de
ellos hablaba tras el toque de campanilla.
Puntualidad por carné, que te sellaban cada día en azul, rojo
(castigo consiguiente) por retraso y un verde si había falta
justificada. “Piojín” era de los más anodinos, pitañoso y aprobado
por no incordiar; un día le descubren que había pegado papelitos
en la tal cartilla con faltas justificadas en las que se iba por ahí,
le dieron una somanta de hostias y nunca más lo aprobaron.
En fila por estatura, silencio absoluto por escaleras (volaban las
campanillas y resonaban las bofetadas, no siempre con el
destinatario causante: “ni se te ocurriera protestar”), silencio
absoluto en las aulas, en absoluto silencio al salir , hasta que
llegabas al patio: “todos chillábamos”. Comiendo, mal comiendo,
a escuchar la lectura de la corta, sufrida, presuntamente gloriosa
vida de Santo Domingo Savio –lo santificaban ya por anticipado,
igual que a “San” Juan Bosco-; como se oyera el más mínimo
susurro, todo el comedor en silencio toda la comida; si se caía el
agua de una jarra esa mesa era la que sufría el toque de queda.A
los recalcitrantes los llevaban fuera y oíamos, esas veces en

971
silencio voluntario, sus rebotes contra la pared. La disciplina
dependía jerárquicamente de un consejero, y si te decían “vete
al despacho del consejero” te meabas por los pantalones cortos;
“Mandíbulas” fue uno; otro, “Chepi”, profesor de canto y futuro
director, perfeccionó el campanillazo con un retorno, mediante
goma elástica. El director, profesor de física, bonachón, “Pachón”,
pasaba largas temporadas internado en un centro psiquiátrico –
no es de extrañar-; cuando el proyecto de paseo marítimo intentó
afectar a una esquinita del bastión salesiano, “P achón” se fue a
Madrid, el paseo marítimo se estrechó, y allí sigue el colegio,
ampliado.
Don Ramón me cogió con 6 añitos. No paraba de cepillarse los
zapatos, pero no nos tiraba el cepillo a la cabeza, ni nos chillaba
más allá de lo imprescindible, ni nos castigaba. Debió prepararme
bien pues al curso siguiente ya me pasaron a Ingreso A, con los
más cazurros. Don Fernando, seglar al igual que el anterior ,
sanguíneo, chillón, sí pegaba, y por el curso antecedente y el
siguiente. Si hacías un ejercicio regular te daba con la regla
plana en la palma de la mano; si mal, con el filo de la regla. Las
correcciones las efectuaba el compañero de pupitre, y si era
cogido en acto de benevolencia, cobrábamos los dos, en filo, y
en la punta de los dedos, puestos todos juntos hacia arriba en
piña; en el colmo de la malignidad, podía aquel bicharraco –no
obstante, campechano en su vitalidad disciplinaria- obligar a los
que convivían hombro con hombro a golpearse entre sí. Pues éste…
llegó a ser subdirector de la ¡obra social! de la Caja deAhorros y
Monte de Piedad. [La última vez que lo vi, menos mal, me dijo
que me tenía al final porque yo las cogía todas a la primera sin
necesidad de repetirme como a otros].
Don Arturo. Ingreso B, con los avanzados. No es que tuviera que
repetir, sino que aún tenía sólo 8 años. P rimer cura que me
tutelaba, y ejerció, veterano, bondadoso si pudiera, venía con
sus dos hermanas a la joyería y les compraba algo; alto, gordo.
Detectó mi miopía y empecé a tener cara de aviador despistado

972
(me mandaban poner un parche en un ojo, para equilibrarlos,
pero no me gustaba y me lo quitaba). Puso como ejemplo mi
redacción sobre el tema “Mi pueblo” (V illafranca del Bierzo: la
plaza, el café Sevilla, la bomba manual de gasolina, el cine,…).
Me colocó en el pupitre delantero, el de “enchufado”. Leíamos
El Quijote, por turno, en voz alta. Cuando salía, me encargaba
que apuntara a los que hablaran.
No me apuntes, ¡no me apuntes!

¿Qué me das si no te apunto?

Una canica, una goma, una chapa, un lápiz.

Tener un bolígrafo era un privilegio (el material escolar te lo


vendían los propios curas en su propia librería), y los muy
deteriorados acababan en cerbatanas; bolitas de papel o mejor
granitos de arroz servían de misiles –como no se sabía aún lo que
eran, dejémoslos en cohetillos-, Normalmente con diana en el
cogote, pero con premio en el ojo, donde lo mínimo que te podía
causar tal proyectil era un derrame y lo peor , a más de uno
inutilizárselo de por vida (menos mal que yo ya tenía que llevar
gafotas). A la vez, aprendíamos dialécticas de clases: los pobres,
cerbatanas “Bic”; los ricos, cerbatanas “Parker” –yo utilizaba las
“Bic”, pues siempre fui niño pobre de familia rica-.
Matrícula de Honor (no las prodigaban mucho, pues conllevaban
la exención de tasas). Con 9 años recentísimamente cumplidos,
comencé el Bachillerato.
De grada lateral nos cambiaron a patio fondo, en la parte más
vetusta (después derruida), con enchufes colgantes de gran
utilidad didáctica. ¡Cómo aprender o no aprender geografía!, con
lo último en técnica, un mapa con lucecitas. Señálame el Duero.
Temblando como un azogado, tras mirar de reojo las señas (no
siempre bien intencionadas) de los compañeros, arrastrabas
penando el puntal hacia un puntito.

973
Aquí.
Si se encendía la luz, salvado; la oscuridad (o un mal contacto),
la condena. A prueba eléctrica, castigo eléctrico; índice y medio
dentro de uno de los enchufes (eran de 125 voltios), durante el
tiempo de tortura que se le antojase al verdugo. Más risas
provocaba otro sistema desarrollado por uno de aquellos aún no
tonsurados partidarios de la enseñanza por inmediatez de castigo,
pero jamás por recompensa, pues nunca insinuaron la más mínima;
cogía al iletrado, equivocado o, simplemente, acojonado, por
una mano con la suya en alto, y con la otra le iba dando con una
vara en la junta trasera de las rodillas haciéndolo bailar en
derredor suyo. “Qué risas”, “qué crueldad”, “qué humillaciones”.
En el sorteo, totalmente aleatorio pero con la seguridad de algún
número, me tocó ¡un caracolazo!, sí, tal como suena; un aberrante
de aquellos lo tenía como algo así como amuleto o para oír el mar
en aquella gran caracola marina, y me lo clavó con toda la saña
por su parte más aguda (eso sí, había enfermería, atendida por el
mismo que cocinaba y cuidaba los cerdos de un anexo -¡no
desperdiciaban nada!-, y daban puntos de sutura, sin anestesia y
sin cobrarlos aparte).
Con esos métodos, algún corrientazo y tales golpes mi rendimiento
escolar había de mermar a la fuerza. Aprobé todo (con 3
sobresalientes y 3 notables), a pesar de ya manifestarme inútil
para el dibujo –me pusieron un profesor particular , pintor
profesional, Jesito, pero aproveché poco-.
Durante el curso siguiente, 2º B “más de 60 en un aula en te”,
alcancé mi cénit. El asistente –buena parte no habían recibido
órdenes, ni mayores ni menores-, joven, de gafas, alto, “batusi”,
me hizo depositario de la llave de la clase, lo que conllevaba la
prestigiosa misión de vaciar la papelera, lo que se hacía ¡en un
desván! destinado específicamente a tal fin. M. de Honor, M. de
H., sobresaliente, M. de H., sobresaliente, Matrícula de Honor ,

974
fueron las calificaciones finales si no consideramos el aprobado
del inaccesible dibujo y la gimnasia, asignatura aparte.
En vísperas de exámenes me tuvieron castigado, tanto en el colegio
como en la casa, por el éxito (reconocido en un diploma a mis
“méritos, aprovechamiento y ejemplaridad”), conseguí una tienda
de campaña (de tela que filtraba agua y sin suelo –era lo que
había-), la cual tampoco me pareció mucho, aunque fuera lo que
pedí. Aquel verano, fue el peor de todos, con más palos y castigos
que antes y después. P erdí interés por lo académico (con 11
años), traspasándolo a lo extra-escolar, lo cual no estaba muy a
mí alcance, como es de suponer.
La rebeldía –por llamarle de alguna manera, en boga en un mundo
exterior del que ni retazos nos llegaban- interior
, siempre latente
desde la primera infancia, incubada, provocada, se comenzó a
manifestar en mayor grado exteriormente. Ya familiares y
educadores comenzaron a intuir que no iba a ser fácil de domeñar ,
que estando dentro no estaba integrado. En 3º ya las exenciones
de pago de matrícula se quedaron en una, la de Ciencias Naturales,
ante mi sorpresa, pues no se me daba bien distinguir entre
fanerógamas y criptógamas. Al año siguiente, tocaba revalidar
los conocimientos adquiridos privadamente en la institución
pública con lo que te expedían tu Título de Bachiller Elemental,
el que daba derecho a usar el don, a mis 13 años.
Aquí venía una opción determinante, ciencias o letras, francés o
inglés. Me decanté por lo de la mayoría, por temor a latín y griego,
y porque de aquella –sólo mi abuelo empezaba a intuir lo contrario-
el idioma de “la grandeur” parecía seguir siendo universalista.
Los pocos que eligieron inglés, y los poquísimos por letras,
contaron con la gran ventaja, durante los tres cursos que faltaban,
de grupos relativamente reducidos, mientras los demás seguíamos
masificados (no tuve menos de una cincuentena de co-pupilos).
Coincidió ese corte con la relajación disciplinaria, encarnada en
la única chaqueta entre la treintena de fúnebres sotanas que nos

975
vigilaban. Quintero era coadjutor , aunque de aquella ni
conocíamos la palabreja ni le habíamos puesto mote cuando fue
investido como Consejero. Los coadjutores, seglares, se atienen
a la misma regla y conviven con los de sotana, pero deberían
tener el cerebro menos comprimido. No se crea, por ello, que
fuera mínimamente normal, pues pataleando como un pato por
sus pies planos y regla de madera en ristre, se precipitaba sobre
nosotros gritando y amenazando como un auténtico poseso, y en
sus clases de francés, como no hiciésemos bien la “liaçon”,
comenzaba a abrir y cerrar bruscamente los cajones de la mesa
con tal barullo que si no aparecían todos los otros carceleros, es
por estar ya acostumbrados. No obstante, cuando estuvo
gravemente enfermo, la generalidad no deseábamos que se
muriera. Ya teníamos una tarde, la del sábado, completamente
libre, dentro de lo que cabía. Los tiempos iban cambiando, y
aunque la ola del cambio se estrellara contra los altos muros de
nuestro purgatorio, alguna gotita siempre nos salpicaba.
Estaban también los que venían “de fuera”. Solían ser rebotados,
desahuciados del saber que no es que aprovecharan mucho más
entre nosotros, pero al menos dejaban menos intranquilas las
mentes de los que los habían puesto en este mundo. Nos hablaban
de conductas, de músicas, ¡de sexo!, de aspectos formacionales
que en nosotros no se habían ni extirpado porque no habían sido
ni plantados, ni sabidos, muy someramente intuidos, siempre
reprimidos de raíz. Nos agrupábamos devotamente alrededor de
ellos –era de los que más los oía y menos comprendía-; a uno
todos le llamábamos respetuosamente, “V eterano”. También
teníamos, para intentar contactar con la realidad, con el mundo
real que quisiéramos o no nos esperaba, los períodos vacacionales,
pero con una familia como la mía el ambiente no cambiaba mucho,
y la única excursión que me pagaron hasta que fui mayor de edad
y las hice todas por mi cuenta y riesgo, fue al muy cercano
Campamento de la Falange Española y de las J.O.N.S., ¡toma ya!

976
Una tercera circunstancia que nos permitía destellos de
normalidad, ráfagas de aire no tan contaminado de clericalismo
y militarismo, fue que por entonces, para asignaturas como
matemáticas, física y química, a nivel de bachillerato superior ,
el ministerio obligó a poner licenciados, y como entre los capillas
no andaban sobrados del ramo, muy a su pesar hubieron de
contratar profesores, también, “de fuera”.
Vayamos primero con los intermedios, aquellos que sin incumplir
votos de obediencia, castidad y pobreza, eran del mismo bando.
Formación del Espíritu Nacional y Educación Física y Deportiva.
Para la primera, un sobreviviente de la División Azul, de nombre
Pantaleón; para la segunda, un falangista apellidado V iturro.
Pantaleón, caricaturesco, no se tomaba muy en serio su muy alta
misión -¡para darme a mi matrícula de honor! (también se lució
el que me la dio en religión)-, y lo mejor de sus peroratas era
cuando nos contaba lo de que para mear en R usia se ponían el
mechero debajo.
¿Cuál es el himno nacional?

El Cara al Sol.

No, es la Marcha Real, pero debería serlo; notable.

Dentro de ese espíritu castrense, presididos por la fotografía de


El Generalísimo con uniforme de gala (y banda), cuando nos
nombraba ése u otro profesor, nos teníamos que poner de pie y
exclamar bien alto “¡ Arriba Españ a!”; los más refractarios nos
atrevimos a ir pasando poco a poco al “presente”, y alguno que
contestaba “yo”, recibía una mala mirada y un punto menos.
“¡Yuno, dos!”.

“¡Yuno, dos!”.

977
El viturro ni tan siquiera se aflojaba el nudo de la corbata para
las infrecuentes “clases” de gimnasia, en el patio, sobre la tierra,
entre el polvo. Grotesco, él con los botones de la ceñida chaqueta
bien cerrados, y nosotros tirados con nuestra ropa de calle. El
examen, en que nunca a nadie suspendieron, consistía en jugar
tus incipientes pelotitas en el plinton, el potro y el caballo,
elementos gimnásticos que únicamente se sacaban de su depósito
-¿gimnasio?, ¿eso qué es?- para la ocasión, y que debían tener sus
específicos ángeles de la guarda para que alguno no se
descalabrara, ya que quien no fuera capaz de saltarlos, uno detrás
de otro a la primera (¡una vez cada año!), tenía que seguir
intentándolo una y otra vez, entre la risión de todos los demás.
El de Química, un seglar que nos resultaba de lo más raro, por ser
de lo más normal, me cazó inesperadamente una vez sin haber
mirado el libro ni por el forro; no di una, y suelta: “te he cogido
como en la ducha, en pelotas”; regocijo general. Su chiste
preferido: va uno vendiendo “bollitos de leche”, “bollitos de
leche”; a la media hora sin vender ni el primero, “bollitos… de
leche”; una hora después: “¡ay que leche de bollitos!”; nos
desternillábamos, pero su golpe maestro -¡que ni lo oyeran los
que le pagaban!- era cuando lo del agua y el ácido sulfúrico:
“siempre él sobre ella, nunca ella sobre él”. Marcó el tope de
liberalidad.
Mi última Matrícula la coseché en el 5º curso, el de más baja
media hasta entonces. En 6º y último (penúltimo), todos notables,
con excepción de la opción ciencias (matemáticas y física, simples
aprobados- aunque con 6-, pues tampoco se me daban nada bien).
¡Suspenso en el tercer grupo de la Reválida de Grado Superior!...
lo que ocurrió es que íbamos en plan cachondeo, como sobrados,
y nos pillaron hablando durante el examen (ni “apuntándonos”
de cualquier cosa) a mi amigo del alma y a mí, y nos cargaron a
los dos ante el estupor de propios y extrañ os, pues siempre
estábamos en el pelotón de cabeza.

978
Fue el mejor verano de aquella etapa de mi vida. Como teníamos
que ir a clase en el propio colegio- volviendo a pagar , por
descontado-y mis padres estaban en el chalé de Santa Cruz (de
Liáns, que Tenerife ni sabíamos donde quedaría), aunque iba a
dormir allá, al menos durante el día no me agobiaba. Le dice un
agujero a una valiosa pintura que suponíamos de R uiz, padre de
Picasso, pero lo disimulé tan bien que nunca se supo, y rompí un
cristal jugando con un globo, que repuse, pero se dieron cuenta
al cabo de algún tiempo por el color de la masilla, menos mal,
que sin servir de precedente, por una vez se lo tomaron a bien.
En la convocatoria de septiembre, R ebolo y yo aprobamos, muy
holgadamente.
El 7º curso de bachillerato, así denominado según el plan de
enseñanza, todos los conocíamos como Preuniversitario y el Título
de Bachiller Superior te lo daban sin él. Ya fue casi normal. Nos
tenían en una clase aparte, abajo, nos dejaban salir a respirar (¡y
hasta fumar!) aires marinos durante los recreos, y casi no nos
pegaban-sería por no atreverse-, aunque hubo una persecución
entre pupitres palo en mano y una agresión boxística en la que el
agredido le decía al que rememoraba tiempos: “cúbrase usted el
hígado; cúbrase usted el hígado, profesor”.
Conmigo, hubo una historia filosófica muy comentada. Destacaba
en eso de los silogismos y acabé por concluir (basándome en los
caballos de Platón) que aquello del alma no estaba muy claro;
con la inconsciencia de los 16 años y alentado por el corro de mis
colegas, tuve el atrevimiento de rebatir sarcásticamente
argumentos pseudoteológicos (aunque fuera del aula) al profesor ,
que todos los meses me había puesto sobresaliente. El examen
final, ante el pasmo general, consistió en una innovación no
experimentada en toda nuestra ya larga historia escolar:
disertación escrita libre sobre un tema determinado. El peor ,
especulativamente hablando, el que hasta entonces había sido
mejor (con lo cual, por media, me vi rebajado a “notable”).

979
En el Libro de Calificación Escolar con el escudo del Ministerio de
Educación Nacional con yugo y flechas, que hace poco recuperé
entre los deshechos de un bajo semiabandonado gracias a que el
yerno tenía la misma costumbre que el suegro de guardar todo,
costumbre que el hijo y nieto no ha heredado, como asignatura
común del curso preuniversitario, figura en primer lugar Doctrina
Social de la Iglesia; nada común.
“En consecuencia, el alumno Rafael José Martínez Seoane es apto
para pasar a las pruebas de madurez”. (La inversión de apellidos,
la llevé a cabo-ante la extrañeza de los funcionarios del registro
correspondiente-cuando supe que se podía, por ley de 1991: última
alegría para el suegro, un disgusto más para el yerno).
Ya usábamos pantalón largo lo que no era óbice para que alguno
de nuestros progenitores siguieran diciendo aquello de ¡dele más,
dele más! que ya lo castigaremos también en casa.Y ya conocíamos
la “Coca-Cola”. Aquel nefasto líquido oscuro adictivo nos lo
metieron a camiones; tal como suena. Nos alineaban por cursos
en el patio, e íbamos engullendo a morro lo más deprisa posible
para intentar colarnos de nuevo y seguir vaciando cajas y cajas,
camiones enteros. A los enchufados, los sotanas vigilantes ya que
a ellos nada les costaba, los dejaban chupar una y otra vez; creo
que llegué a siete, y más de uno me superó-no creo haber añadido
un cero (y en ningún caso dos) a aquella cifra inicial, en todo el
resto de mi vida; puestos en ello, tal como demuestran las catas
ciegas preferiría “Pepsi”: que no me extrañaría fuera de lo mismo
y de los mismos-.
Tal vez inspirados por aquellas burdas catas apasionadas,
decidieron instalarnos durante los recreos, un bar. Un carrito del
tamaño de un buen féretro se venía a tentarnos para delante de
la puerta pero como no nos dejaban traspasar los muros durante
los recreos, sólo comerciaba a la salida de la mañana y vuelta de
tarde; los internos ni eso, y externos o medio pensionistas
teníamos que ocuparnos de sus parcos vicios (más de uno me

980
comisionó para que le comprara los diarios deportivos,
inaccesibles). Lo que todos preferíamos, nuestra meta gustativa,
en lo que pomposamente llamábamos la fábrica de caramelos
era un portal de una casa familiar no muy lejana, en cuesta,
cuyos productos de cocina ofrecían en una larga mesa, fuera en
forma de tacos, martillos, redondos, con palo, piruletas,… todo a
lo grande y barato; nuestras dentaduras no tardarían en pagarlo
y se arrepentirían el resto de nuestras vidas. Los pitillos, por
unidades, hasta por colillas, eran material peligroso, prohibido;
los conseguíamos en un kiosco, el de “el Chosco” (chosca salió
una de las dos hijas ahora vendiendo cupones, lo que no le impedía
cascar o chupar pichas en los jardines previo acuerdo económico,
muy en la vena de su padre, que nos alquilaba las revistas
pornográficas ¡para mirarlas allí delante de él!, vigilados por el
ojo fijo y el móvil pendiente del resto del negocio). Lo del humo
lo solucioné yo mismo al final de mi singladura colegial, comprando
cartones de americano de contrabando en cuya introducción y
distribución jamás me cogieron, aunque sí uno de los mejores
ejemplares pornográficos fotográficos que tenía (había aprendido
del virolo y no estaba ojo avizor por controlar el tiempo de miranda
de un cliente), para cuya requisa hubieron de perseguirme largo
tiempo hasta acorralarme en el portalón y hacerme soltar , de
muy mala gana, tal mercancía.
Las confiscaciones, fueran del género dulce, sexual, volátil o
simple tebeo o novelita del oeste, nunca llegaban a la oficialidad,
quedándose en posesión de los que podemos considerar sargentos;
existía un acuerdo tácito entre vigilados y vigilantes, lo malo era
la chulería, la provocación de éstos, que llegaban a ponerse a
ojear nuestras revistas chupándose nuestros caramelos
impunemente, delante de toda la clase.
Aquellos ensotanados de niveles inferiores, en buena parte ni
habían recibido las órdenes menores, no les habían ni afeitado la
coronilla. Con la perspectiva del tiempo, puede que algunos lo
pasaran todavía peor que nosotros, estando allí por no tener otra

981
salida. Hubiera sido imposible evitar el homosexualismo, y entre
susurros se comentaba, de algún cese súbito por flagrante delito,
así como de esporádicas deserciones. Con el pretexto de detectar
humos, merodeaban por cochiqueras y retretes (de los de agujero),
no se sabía que “cheiraba” peor, si bien lo que buscaban era más
ver colitas que colillas.
Pedófilo declarado era “Whisky”, siempre rodeado de un corro
de chiquillos a pesar de su edad ya avanzada, quizás por ser ,
como su apodo predestinaba, encargado del bar . Su truco preferido
consistía en grabarte las iniciales en el cinturón de cuero mediante
una lupa o lente, para lo que te introducía, delante de todos, la
mano por dentro de la pretina. Nos decía que fuéramos al cuarto
oscuro a hacer experimentos, pero nunca piqué. P rofesor de
matemáticas, para los exámenes se colocaba suplementos oscuros
sobre sus gafas, sin mover la cabeza desde arriba del estrado,
con lo que no había quién se atreviera a [Link] confesarnos,
siempre nos preguntaba, como es de sospechar , por el 6º
mandamiento, mas era de agradecer que se colocaba un pañuelo
perfumado ante la boca.
Alguno, entre los mayores, tenía su “novio” (un interno, más a
mano), su protegido a machamartillo. T ambién alumnos
renunciaban a griterío y patadas y se dedicaban en los ratos de
relativo asueto a hacer de peripatéticos, pegados a una sotana
(solían ser inteligentes precoces, así mismo con precocidad física).
En nuestro curso nos tocó seguir un idilio entre un cura mayor de
Orense y un chico guapito de Lugo durante años, no se separaban
nunca; para los exámenes lo colocaba junto a los más listos-hasta
a mi lado alguna vez- y les decía que le apuntaran las
contestaciones. Entre una cosa y otra, pese a no destacar, llegó a
ingeniero, con un buen puesto en Madrid.
El enamorado, profesor de ciencias naturales, examina a su
[Link] a ver , señor Carreira, dígame a que género
pertenece la cigala.

982

Venga, que usted sabe.

Es un crus…

Un crustá…

¡Crustáceo, Don Jesús!

Toda la clase prorrumpe en aplausos y vítores; los más atrevidos


llegan a pedir el sobresaliente para el examinado, a coro.
Sobresaliente, Don Jesús.
¡Sobresaliente!
Calma, calma, el chico es listo pero no es para tanto.
Notable.
Real como la vida misma. El amor es ciego.
Este pobre hombre, con fuerte acento aldeano, era de lo más
esperpéntico que me encontré en toda aquella década pródiga
en esperpentos. P ara ilustrarnos, iba al mercado a por marisco
desechado, y nos obligaba a estudiarle las tripas podridas,
mientras nos tapábamos la nariz y bufábamos. Es el que, por un
quítame allá esas pajas agredió –o intentó- a puñetazos a mi amigo
“Nano”, que ya casi llevaba barba, retrocedía riéndose entre la
rechifla general y soltaba:
Cúbrase el hígado, Don Jesús.
Cúbrase el hígado.
Por mote llevaba “Chucho”, y cuando nos tocaba de vigilante
durante alguna de las tediosas horas de estudio (en las que estaba
terminantemente prohibido levantar ni separar la cabeza más
allá de 20 centímetros del libro) y tenía que salir
, un vigía asomaba

983
la testa por si regresaba, avisándonos con la contraseña “Chucho”.
La vez que lo oyó, entró furioso como can rabioso amenazando
llevar al consejero disciplinario a quien lo llamara “chucho”. A
uno, va y se le ocurre, muy tenuemente, “perro”, otro lo imita, y
otro, y de pronto surgió un torrente de “¡perro, perro, perro,…!”
de más de 40 cabezas inclinadas. Supuso todo un hito en aquella
pseudoeducación de locura: expulsión general sin readmitirnos
hasta que nos presentáramos con nuestros padres. El bueno de
Frías, que ya no tenía buena fama por tener el pelo algo largo y
afición a la canción viene con la madre, mujer siempre afable y
contenta, amiga de la mía.
¡Les dijimos que vinieran con el padre, no la madre!
Es que su padre está en el monte.
Entonces ¿qué es, labrador?
No, ingeniero.
No siempre los incidentes acababan como comedia. A parte de la
tragedia de la muerte de uno en el Calvo Sotelo, una palabra o
risa o simple ruido te podía llevar a la enfermería, pues aquellos
brutos se volvían mientras ponían la lección en la pizarra y te
lanzaban lo primero que tuvieran a mano, el cepillo de limpiar la
tiza o su manojo de llaves. Mientras nos explicaban que el
icosaedro tiene 20 ángulos, la figura (de madera maciza) salió
volando, el destinatario se agachó, y los 20 ángulos macizos se
incrustaron en la cabeza del inocente de atrás que en vez de
callarse como un muerto, tuvo el desquite de poder cagarse en
alto en la puta madre de aquel bestia sin que lo castigaran.
Mensualmente nos calificaban en todas y cada una de las materias.
Las temidas notas, llegaban puntualmente en su cartulina blanca
dentro del sobre sepia, pero no por correo, sino distribuidas buzón
a buzón por un viejo renqueante que era padre del que
machaconamente nos ponían como ejemplo institucional, aquel
Meilán Gil secretario general de Presidencia del Gobierno que se

984
subió a un coche oficial según salía de la universidad y a ella
regresó en otro coche oficial, como rector magnífico-algo
amaneradillo siempre me pareció las pocas veces que se dignó
venir por su cátedra de derecho administrativo-. Llegué a adquirir
bastante pericia en extraer el sobre sepia, sin sello, por la ranura
del buzó n metálico, abrirlo cuidadosamente, falsificar-para
mejorarlas, me temo, pues suspender no suspendía- las notas,
volver a pegar el sobre y reintroducirlo en el buzón.
¿Qué sería una mujer? Los que tuvieran hermanas y se llevaran
bien con ellas y sus amigas, quizás pudieran hacerse alguna idea;
los demás,… Si durante la proyección cinematográfica dominical,
tras el “T antum Ergo”, se insinuaba un acercamiento labial,
aparecía la mano negra, tapando el haz del proyector .
Inexplicablemente, a un curilla le venía a dar clases privadas de
inglés una mujer joven, guapa, con faldas algo más cortas de lo
convencional; nos agolpábamos bajo las escaleras, sin mayores
disimulos. Al primer grupo de chicas que se atrevió a traspasar
aquellos muros supuestamente castos no les fue nada bien;
“Chucho” nos proveyó de petardos, nos subió a la terraza de
encima de la iglesia y las hicimos huir despavoridas.
En alguna festividad, se aflojaba un poquito el dogal. Había una,
no recuerdo cuál, en la que nos obsequiaban con castañas, tan
duras o podridas, que nos dedicábamos a tirárnoslas unos a otros,
verdaderos castañazos. Una o dos veces al año, nos daban vino,
que por aguado (muy rosadito) que estuviese, había de afectar
forzosamente a los nunca habituales- desde luego, no era mi caso,
que bebía en casa-; tras la comida del patrón, último día de enero,
un medio pensionista llamado Gabino de mi mesa que quiso
superarme, se dirigió solo a la vecina playa y recto, se introdujo
en el mar y ya le iba cubriendo; menos mal, que ante su mirar
perdido y silencio, extrañados, lo seguimos y lo pudimos rescatar
poco antes de que se ahogara. Magnífica disculpa para dejarnos
al año siguiente a todos a agua.

985
El último año, para afianzarnos en aquella fe que ya algunos íbamos
abandonando, nos confinaron en una casa de ejercicios
espirituales. Todos los años los padecíamos, pero in situ; las
amenazas de los tormentos del infierno eran las habituales. Para
aquella última edición, nos trajeron a todo un especialista. Hubo
que pagarlos aparte, como se pagaban las esporádicas excursiones;
en teoría toda actividad extra era voluntaria, pero con aquello
de que los demás iban nadie dejaba de hacerlo; parecido a lo del
sobre para él “Domund”, donde tenías que poner nombre y
¡cantidad contenida!
Encerrados en aquel caserón ominoso, con ganas de jarana,
dormitorios individuales, el exorcizador se lo tuvo que tomar en
serio de veras al detectar algunas de mis revistas pornográficas
circulando. Se te venía de noche a tu habitación, te hacía
arrodillar, te estampaba el crucifijo en la faz y venga a gritar que
le escupieses. Lo que más nos gustó, fue aquello que nos debió
contar para asustarnos de unos chicos de Madrid que en una fiesta
eyacularon en un vaso y se lo hicieron beber a las chicas.
¿Todo llega a su fin? Toda etapa tiene su final. Era el momento de
las Pruebas de Madurez, que había que realizar en la mismísima
Universidad de Santiago de “compóntelas como puedas”. Muy
maduros no debíamos de estar , al menos los 4 o 5 de nuestra
habitación, pues en vísperas de un momento bastante decisivo,
alborotamos tanto durante toda la noche, que el cura cancerbero
nos amenazó con todas las penas del infierno, pese a lo cual no le
abrimos la puerta pues estábamos intentando fugarnos por el
balcón.
“Apto para pasar”. Prueba común, 6; prueba específica otro 6.
Tenía 16 añitos.

986
VILLAFRANCA

Del Bierzo y León. V ico francorum. Colegiata, S. Nicolás, S.


Francisco anunciada, Concepción, S. José, Santiago. Sarmiento,
Gil y Carrasco, P ereira, Carnicer, la densa prosa poética de
González Alegre.
Semana Santa. Septiembre. Fechas sagradas, consagradas al feraz
valle del Burbia y el V alcarce donde Galicia cae hacia Castilla.
Eran, y son, apenas doscientos kilómetros, pero ni era lo que son
ni son lo que eran; tan así, que comíamos por el camino; sin
comida, cinco horas no parecía un mal tiempo, cuatro todo un
logro. Como hubiese feria en Betanzos (los 1 y 16), más lento,
¡vaya cuesta la de la Sal ¡-vaya accidentes-, Guitiriz, en Rábade
mamá empezaba con aquello de “el Miño nace en Fuentemiña
Pirineo gallego, pasa por Lugo, Orense y Tui, y desemboca en el
Atlántico, por Portugal” (todos coreábamos), ronda exterior a la
murallísima romanísima lucense-a su vera, solíamos comer, en el
abarrotado comedor de Sindicatos-, paradas en Baralla o Becerreá
si hubiera feria, en Los Nogales empezaba lo peor para arriba y
para arriba, Ambasmestas prometiendo un túnel que se desmoronó
veces y veces, los rapazuelos del Cebrero bajaban corriendo a
Piedrafita para ofrecer las cardenalicias perdices que pendían
en racimo desde sus manos, a veces visita a” Las Garbanzas” al
acabar el puerto, en R uitelán (la vieja criada, mínima, doblada
en 90º, siempre abonando la huerta con su propio cuerpo), los
laberintos de Pereje y Trabadelo, vueltas y revueltas orillando el
río saltarín; tras uno de tantos recodos que parecían no tener fin,
¡al fin!, precedido y rodeado de castaños, el solar paterno, las
primeras casas blancas con portones y ventanas grises, el primer
convento, el primer puente, doblar bruscamente a la derecha

987
dejando a la izquierda en lo alto lo que fue monasterio
cluniacense, rodar entre silencios y los primeros saludos por la
larga calle jacobea (T opete, Ribadeo, la del Agua) blasonada,
destino obligado de los septiembres y de las semanas santas.
Era el primero en subir las anchas escaleras de madera desgastada,
siempre la llave de hierro en la puerta, siempre la abuela sentada
a la izquierda de la mesa camilla de la cocina, esperándonos a
nosotros o a una muerte que tanto se hizo de rogar, a pesar de su
acendrado fervor religioso. Si coincidía que era época de poner
los tomates-de envasarlos o enlatarlos-, ni le daba un beso, me
escapaba de aquel hedor que siempre me fue insoportable; si de
pimientos, sobre la plancha de hierro de la cocina, lo aguantaba,
aunque no los probaba, de sabor tan fuerte como todas las comidas
bercianas, como sus gentes, como la propia abuela.
El caserón-que, vergonzosamente, hemos abandonado, dejado
derruir, como la propia V illafranca-se soterraba en cuadras y
bodegas que fueron perdiendo sus usos pero que aún conocí vivas;
en esa planta baja todavía quedaba sitio para una tienda de
comestibles y pescadería, y su almacén; el mismo que tenía
alquilado el bajo, Isidoro “Pescadito”, vivía en el piso de encima
del de la propietaria, y los parroquianos venían cualquier día, a
cualquier hora y gritaban por el lateral, por el callejón, ¡Minda,
Minda!, ¡Isidoro!-pobres Isidoro y Minda, tanto trabajar para ni
imaginar lo que se les venía encima-.
Los tres balcones de filigrana de hierro forjado los ceñíamos de
enseñas bicolores nacionales para las procesiones cuyas imágenes
hubiéramos podido decapitar. El balcón de la esquina se abría al
saloncito, antesala de la cama donde tantos años penó mi abuelo,
con sus sillas enfundadas en tela blanca con motivos florales verdes
haciendo juego con la tela de mesa redonda; al fondo, la gran
cama de anchos barrotes vigilada por una Inmaculada, a los pies
a la derecha el perchero de pie. El balcón central, siempre cerrado
o entornado, correspondía al comedor que jamás se utilizaba-

988
una vez, cuando los tres hermanos no se habían peleado del todo-
, una alacena esquinera donde pronto descubrí que estaban los
frascos de cerezas con aguardiente más antiguo, una cómoda para
la ropa blanca en cuyo primer cajón, si te atrevías a abrirlo, te
topabas con la mortaja, el hábito de las terciarias franciscanas
posesión predilecta de mi abuela, con sus zapatos a estrenar . Al
otro lado, la habitación con dos camas (donde también hubieran
cabido 4, o 5), el armario con doble luna, el lavatorio con
palangana fuera de función, un cuartito obscuro a nivel más alto,
sin luz, con alguna maleta vacía. En toda esta parte noble,
delantera, no se andaba, nos teníamos que desplazar sobre bayetas
que fácilmente se deslizaban sobre tantos y tantos años de
encerado, como esquiando sin nieve.
Nada de butano, nada de nevera, ni televisión, ni siquiera radio.
Penosamente, con su andar como si siempre estuviera sobre las
bayetas, resoplando reumática crónica, con sobrepeso, la abuela
me mandaba a por hojas de higuera a modo de plantillas en sus
previamente deformados zapatos. La abuela traía sarmientos que
tronzaba para avivar los rescoldos; ese fuego se aprovechaba para
calentar el depósito que vaciaba por un grifo bajo; de latón
pulcramente dorado; debajo, se ponía un barreño donde se bañaba
a los niños, y uno de los cinco caminaba hacia atrás tirando del
cordel de su cochecito, tropezó con el borde del barreño y allí se
fue; otra, “la más guapa”, de leucemia, llegando a los 18.
En el aparador, blanco, de la cocina, siempre había en uno de sus
cajones una gruesa tableta de sabrosísimo chocolate,
milagrosamente renovada; en el otro, una cartera siempre llena,
también por milagro monetariamente rellenada, de donde sacar
sin que te vieran algo para fruslerías. En el cuarto de baño, amplio,
luminoso, de pequeña pileta y altísimo ventanuco que semejaba
tronera entre gruesos muros adintelados, olía a río, a aquella
bendita agua que nos llegaba desde tan cerca. De frente, un cuarto
ciego de bujía renqueante, la fresquera; allá se amontonaban en

989
estantes las conservas y, en la verdadera fresquera de fina malla
metálica, lo de consumo más inmediato.
El pasillo. No era tal, era inmenso, todos los primos jugábamos
allí al fútbol. Despoblado, algunos arcones, aperos abandonados
en o contra las paredes, una gran mesa donde se mezclaban los
piensos para los animales (lugar , así mismo, de su sacrificio y
desplume o despellejamiento), mesa sobre la que vomité el único
café que me obligaron a tragar en mi vida; el suelo enlosado, de
grandes losas, paredes desconchándose de las que manaba el barro
con algo de paja. A un lado, aparte, la leñera, habitación interior
de buenas proporciones que siempre me pareció algo tenebroso.
Todas las puertas y portones, fueran delgadas o gruesos, costaban
de abrirse, había que arrastrarlas, nos oponían resistencia.
Quedaba entonces exiliado un cuartito en el que me aposenté en
cuanto pude, dejando de dormir al lado de la abuela-¡lo qué
tardaba y resollaba en medio desvestirse y vestirse!-, con mi
hermana, pies con pies (de viaje, igual, dos almohadas, una en la
cabecera y otra a los pies).
Otra cocina, otra estancia inmensa, de lareira sólo usada para los
ahumados en matanza, toda renegrida; fue la parte que primero
se hundió, siguiendo el ejemplo de la edificación vecina, el horno
de Ramón, donde las hogazas que brotaban entre chispas dilataban
tanto las aletas de la nariz como las flores más primorosas. Otra
puerta grande o portalón pequeño, con su doble aldaba de hierro
oxidado; de frente, un gallinero interior , bajo el hueco de la
escalera que subía al fallado; escalera abajo (la abuela tardaba
tanto, tanto, en bajarlas como en subirlas), hacia las cuadras y
bodega. El “fallao” era abierto, bajo salientes aleros; en sus
bordes, varias colmenas, de troncos y de pizarras, cuyas
zumbantes moradoras jamás se metían con nosotros-ni nosotros
menos, con ellas-; unas cuantas habitaciones, espaciosas, de
suelos completamente cubiertos por paja en la que se mullían
peras-¡pura agua!-, manzanas y membrillos, defendidos de las
abejas por lienzos blancos. Los usuarios de los corrales fueron

990
disminuyendo de tamaño (bueyes, caballos, cerdos, ovejas,
gallinas, conejos,…ratas), las cubas conservaron el suyo pero
mermaron y desaparecieron sus contenidos-¡ todo en absoluta
ruina!-. El gallinero exterior estaba sombreado por alguna higuera
y manzanos, y la huerta había olvidado si fue cultivada.
Recientemente me fabriqué una leyenda de que de niño me había
caído en una de las gigantescas cubas y por eso tengo tanto olfato
con pituitaria de enólogo; pero cuando un hombre se introducía
a limpiarlas, otro aguardaba encima, por si acaso. En el lagar ,
todavía contribuí a alguna pisada; la fermentación de los mostos
me mareó más de una vez la cabecita.
De la vendimia nos librábamos por pocas fechas de inicios de
colegios; raramente subíamos a las viñas, con las meriendas, para
podar o ver sulfatar . Tampoco podíamos estar en las fiestas
grandes, las del patrón, las del Cristo, a mediados de septiembre
pues nuestra cita anual era en la segunda semana de ese mes.
Pero la semana por excelencia, la santa, cuando no se podía comer
carne y llegábamos con el bacalao salado- que nunca me gustó-e
iba con la potita del pulpo a los grandes calderos de cobre donde
siempre me daban , en mano, la propina de un rabito hirviente
que me tragaba de un bocado; la colonia de pulpos se secaba
bajo el puente grande, donde aparcaban con sus carromatos los
gitanos (caldereros), tendedero tan oloroso que atraía a todas
las moscas y moscones de todo el Bierzo parte, de Galicia, y aún
de Castilla.
En una procesión hasta me disfrazaron de nazareno con capirote
y me cargaron con una cruz también negra; la abuela
confeccionaba todo hábilmente con su máquina de coser accionada
por rueda manual. A la semana santa siguiente ya no, no sé si por
quedarme pequeño con el estirón físico o grande con el estirón
mental. Imágenes de iglesias tapadas con paños violetas; en un
lateral, la adoración, el santísimo, el monumento, la estación,
pirámide de cera reluciente entre ofrendas florales rematando

991
en la mejor custodia. La tradición imponía entre las estaciones
sacras las etílicas; nada más que para esas fechas se elaboraba
un vino dulce, de grados, que se acompañaba con almendras
saladas que tampoco ofrecían ni se demandaban fuera de
entonces; el ambiente es fácil de deducirse, tristeza muy alegre,
caminos de pasión tambaleantes.
Cecilia, la amiga de la abuela, aparecía a cada momento de cortas
visitas; siempre en zapatillas, con su toquilla de lana desgastada
que conservaba poco de colorido-aún recuerdo cómo olía, y la
abuela, y la casa, y…-. Los Montaña (“Lelo” y Maruja, menos el
hermano Ramón) también era raro el día que faltaba. Como no
había timbre, nadie llamaba antes de entrar ni se tocaba en la
puerta, sino que como siempre estaba la llave por fuera en la
cerradura (la dueña, cuando salía, la ponía en un hueco ad hoc
del vano donde cualquiera podía verla), abrían, introducían la
cabeza y llamaban “Sra. Petronila, ¡Sra. Petronila!” (Cecilia, era
la única que se ahorraba lo de señora). Los Montaña, criados a las
órdenes y enseñanzas de Don José “Chinita”, pagaban
arrendamientos y guardaban devoción a la viuda; el matrimonio
Lelo y Maruja sachaban juntos, juntos cargaban pesados cestos
por todas las ferias leonesas y gallegas y juntos tuvieron un par
de hijas algo estudiadas y bien casadas; me subí en su carro cuando
vivían “al otro lado” (después, vinieron cerca, cuando le
compraron una casa a la abuela) e iba a ver al burro ganarse la
alfalfa revolcándose en el barro como un pollino.
Lelo y Maruja, como no podía ser menos, se pusieron de acuerdo
con Isidoro y Minda (los de encima y los de abajo, a donde iba con
la alcuza metálica, a por aceite extraído por bomba de un
depósito, según idéntico modelo al de la gasolina en la plaza
principal, el Campo); compraron el caserón en cuanto murió la
usufructuaria. Iban a dividírselo; a arreglarlo; a aprovecharlo;
“Pescadito” ejercía ya de teniente de alcalde, uno de sus 3 hijos,
el varón, maestro en las Canarias venía para casarse, su padre le
regaló un coche de la concesión de mi tío, por supuesto.

992
Yo voy contigo a por el coche a o
Pnferrada, dijo la hermana
mayor.
Yo también voy, dijo su hijito, como dicen todos.
No, mejor quédate en la tienda conmigo, dijo su abuela,
como dicen todas las abuelas.
Yo quiero ir, ¡quiero ir!, insistió como insisten los críos.
Que venga, concedió la madre como conceden todas.
A la vuelta, se estrellaron contra un camión. Murieron
instantáneamente los tres. Todavía me brotan las lágrimas como
cuando meses después de la tragedia vi a Minda e Isidoro (que
eran del Valtuille de Abajo, o de Arriba), enlutados, demacrados,
despachando, por no estar a solas con su inextinguible gran dolor .
Ella poco duró, él tuvo un ataque cerebral y esperemos tapiara
sus recuerdos en el piso de la otra hija, en Madrid. P or eso, el
caserón “chinita” está abandonado, cayéndose sobre sí mismo
buscando nuevos dueños que lo rehabiliten, como la mitad o más
de la calle del Agua, del Campairo, del Campo… de V illafranca
toda (lo único en rehabilitación la casa palacio de la Inquisición
donde vivió el único hombre pretendido por la señora P etronila,
el médico Télmez).
La vida social de la viuda “Chinita” eran sus misas, sus novenas,
los funerales de los demás. Arrastrando las torpes piernas con las
hojas de higuera a modo de bayetas misal en ristre, cubierta por
el velo de encaje, se dirigía muy lentamente, cambiando
banalidades, con los vecinos de siempre, al cercano convento de
clausura de San José (lejano para ella) o al más separado de la
Anunciada (toda una excursión), el que le puso todo un virrey de
Nápoles, Álvarez de Toledo, entre otros marquesados el
Villafranquino, a una hija: “ya que ha de ser monja que sea
fundadora” (incluso dejándose de reliquias y con un cuerpo entero
de santo traído de sus dominios italianos de Brindisi, que allí
sigue en su urna, supuestamente incorrupto). La villa, en una de

993
las mejores épocas clericales, mediados del XVIII llegó a albergar
101 religiosos de ambos sexos y 41 clérigos, canónigos colegiados
incluidos, con una cátedra y todo.
Seguro que la viuda, mi abuela, prefería sus misas, novenas y
funerales, su soledad, al advenimiento del trío de vástagos que
le quedaron pues aquello eran gritos desaforados, un embrollo
causado por la petición de partición hereditaria de la única hija
que todavía, ¡35 años después!, no hemos desembrollado del todo.
Los berridos, insultos, golpes (a la mesa), eran tan estruendosos
y repetidos sesión a sesión durante varios años- en los dos períodos
en que venía el de La Coruña-, que en esto aprendí en cabeza
ajena (aunque próxima , y en la propia con algún golpe-no de los
de la mesa-que se escapaba y siempre me tocaba) y en situaciones
muy recientes, ¡de 35 años después! si no similares sí asimiladas,
he cedido más allá de donde podía y debía, en aras de la estricta
fraternidad, de aquellas penosísimas impresiones primeras.
La hija, la mayor-”la guapa” era la que había muerto, tan
jovencita, leucémica-, retorcida, casada con uno de ojo revirado,
algo así como socialista, tan aficionada resultó a aquello de las
herencias, que llegó a pretender algo de la del primo Alfonso ¡y
aún de la de su hermano de La Coruña!-algo, bastante, nos
jodieron, por un lado y otro-. Sus tres hijos varones, encauzados
por su padre en la empresa estatal de la energía (la Térmica de
Ponferrada) y en elucubraciones socialeras, a su vez procrearon
aunque ya para casi nadie sean “chinitas”. Según los sexólogos,
el ideal erótico, por desplazamiento, de un hombre, es la hija de
la tía paterna, como mi tía no tuvo hijas, vino a resultar que la
esposa de uno de sus hijos parió en la misma noche en que yo
velaba el cadáver, con su hábito de terciaria franciscana y zapatos
impolutos, de mi querida abuela.
El otro hijo, mi tío “Pepín” es el único que resultó auténticamente
trabajador, trabajando por todos, y más. De cero a un imperio
comarcal. Empleado en un taller mecánico en donde le llamaban

994
“chinaino”, pronto vio las pocas perspectivas de su pueblo natal
y se estableció en la cercana y emergente Ponferrada (o pozo de
carbón para alimentar “la Térmica de Endesa”), que en pocos
años sobrepasó y dio de lado mirándola desde arriba de su castillo
templario a la que había llegado a capital de una provincia en
1.822. Con riñón nuevo, 5 hijos y varios nietos alrededor
, cuidado
por su esposa Maruja, sería también ésta la que cuidó los últimos
días de su suegra, quizá s por pagarle la deuda de tan feraz
matrimonio. Con todo lo que tiene, en la s participaciones luchó
denodadamente por el mínimo centavo, y en aquellas imágenes
tan desagradables, chillaba y amenazaba como el que más,
siguiendo la vena de un padre que también se ha manifestado en
este su nieto que esto describe, el cual, al menos, intenta
domeñarla en su impetuoso y desbocado latir , aunque
“sangrándola” cada vez más de tarde en tarde.
La de peor fama de los “chinitas”, la tía “Chinaina”, hermana de
mi abuelo que, nada distintamente que en la mayoría de las
familias, arrepañó todo lo que pudo de la herencia comú[Link]én
T
viuda, y en la más joven edad, con un niño, Alfonso, de meses,
futuro héroe de una guerra civil que le costó los riñones. Se agenció
una sirvienta, de fenotipo andrógino, extraída de los montes
cercanos sin familia propia, y de riguroso luto y riguroso gesto
aguantó a pie firme, a paso firmísimo, hasta no muy lejos de la
centena. Yo era el único que no le tenía miedo, y hasta me gustaba
ir a su gran casa, a aquella galería siempre con la estufa de hierro
vigilante, no sé de qué podríamos hablar, pero nunca me salía sin
unas “perrinas”, ¡qué cerezos enseñoreaba! Su hijo, siempre en
su despacho, donde nunca despachaba con nadie, enfrascado en
profundos negocios de minas que jamás produjeron mineral
alguno; solterón pertinaz, aunque algo se habló de un noviazgo
por Toral de los Vados como era de suponer, acabó contrayendo
matrimonio, (“in articulo mortis”), con la criada, que desde que
es señora viuda arregló a la última todo el edificio que ya es suyo
y sacó el estómago de malos años, engordándose al doble.

995
El entierro de la Chinaina fue sonado. Se le ocurre morirse un día
de los santos inocentes, con lo cual todo el mundo tuvo que
asegurarse, pues semejaba inocentada de quien parecía no iba a
morirse nunca y de quien nunca se supo padeciera la mínima
enfermedad. Aquello no era un féretro, era todo un catafalco
con capilla incorporada a la cabecera, levantando el tercio
superior de la tapa para poder contemplar la faz y poder colgar
las lamparillas de aceite; todo forrado, por fuera, de astracán.
En testamento, dejó dispuesto-sin dejarnos nada a cambio, el
único que había cobrado unas perras y unos besos por adelantado
era yo-la portáramos mis 3 primos mayores y el que suscribe,
pero vivía en un 2º que parecía un 3º y sin ascensor , y como no
había manda en la que se autorizara a rozar el féretro a otros que
los indicados, pues que nadie nos ayudaba. Su casa, la de su
hijo, la de su criada, queda bastante cerca del castillo de fines
del siglo XV donde pasa temporadas el consorte de la propietaria
heredera, el compositor Cristóbal Halffter; frente a los dos
imponentes cubos acastillados, sube el mal empedrado camino
hacia el camposanto junto a la iglesia de Santiago, la de la Puerta
del Perdón que podían obtener los peregrinos incapacitados para
llegar hasta Compostela. Pues bien, pues mal, era voluntad de la
difunta dejada bien escrita que no se la llevara, en andas, a su
última morada por ese camino más corto sino que quería exhibir
su féretro de astracán por medio de la plaza, por casi medio
pueblo, subiendo por la cuesta más dificultosa, una de grandes
cantos rodados de río, desgastados y desencajados por centurias,
resbaladizos con la lluvia calabobos que no cesó.
Aquel sepelio debió durar horas-nunca he usado reloj aunque me
sobran: sí los ventilo, no los pongo en hora-, menos mal que aunque
nadie nos echó una mano, nos prestaron unos recios palos
terminados en horca de hierro con los que aguantaban los pasos
de semana santa en las frecuentes paradas. En éstas, que aparece
un cochazo con chofer y todo- era mi abuelo con sus amigotes,
que se les había dado por ahí a falta de algo mejor que hacer-,

996
del que bajan unos señorones todos encorbatados de negro que
la mayoría ni idea de quiénes eran, pasajeros y chofer con
evidentes señales de haber venido parando por todas las bodegas
de la ruta; ante la complacencia del presidente del duelo, lo
flanquearon todo el largo y penoso camino, recibiendo también,
por si acaso, el pésame de casi todos los villanos, cuando 4 de
ellos ni tan siquiera habían conocido a la egregia difunta. P or
riguroso orden de edad, el primo mayor era el porteador de la
cabecera derecha; yo, el menor, atrás y a la izquierda; como era
inevitable, resbalón de uno, el mayor , viniéndosenos el cajón
encima a los de atrás, que aguantamos el tipo y a la tipa, menos
mal que iba bien cerrada con triple llavín. Empapados, todos de
lluvia y nosotros 4, además, de sudor
, funeral de cuerpo presente,
concelebrado, cantado, con los asistentes tiritando, en el gris
atardecer decembrino-menos los llegados de Coruña, que venían
“calientes”-; nuevo milagro fue que no hubiera pronto otro u
otros funerales consecuencia de los catarros que pillaron la mayor
parte de los acompañantes.
¡Bravo! O se es, o no se es, genio y figura hasta la sepultura. ¡Va
por ti, tía! (Tía-abuela).
Como no, también fue tiempo, y lugar, de amoríos. A mi amor la
llamaban “Pequecha”, por serlo en el orden sucesorio familiar-
de lo acertado de los apodos lugareños, da idea el que al
electricista se le conociera por “Voltios”-, de familia Ledo (quiero
creer, que rama To-Ledo), los de los confites y perdices en
escabeche afamados, en aquellos tarros de grueso cristal tallado.
Algunas veces que a mí no me tenían castigado sin salir o ella no
tenía que despachar dulces, paseábamos mucho porque mis
haberes resultaban pocos. Desdeñaba los soportales de la plaza
por toparme siempre con las mismas maliciosas caras, gustaba
de el Mercado-hoy sustituido por un mamotreto sin la mínima
gracia- abierto, donde las persianas de las carnicerías exhalaban
olor a bravío y aparcado en una esquina un carrito de ruedas con
desde pipas a soldaditos de goma; cercano, el grande y cuidado

997
jardín, todo de mirtos, ¡con una fuente romana! incluida,
festoneado de bancos de piedra rosada todo en herradura de la
alameda cercenada no por el hacha, si no por un virus vegetal;
más lejos, al otro lado- como siempre se conoció al lado de la
villa tras el puente, por donde accedíamos-, los balcones
derribados una y otra vez, en progresión, por los camiones de la
ruta que iban aumentando en número y tamaño y que al llegar a
la plaza, donde podían repostar manualmente, todavía tenían,
para abandonar la villa, que retorcerse en ángulo agudo varias
veces, amenazando los balcones del “hotel del s. XV con
habitaciones con baño”, y retrocediendo dificultosamente si se
encontraban con otro de frente. Durante el doble intervalo de 5
meses y 3 semanas, pues cartas, que siempre fue lo mío. La ilusoria
relación pseudoamorosa, no duró más allá de 2 dobles ciclos, y la
“pequecha” de los Ledo (¿T o-Ledo?) permaneció en Bilbao con
sus progenitores (la confitería de sus tíos, cerró; almíbares y
conservas ya no vienen en tarros de cristal).
Pero me desquité con otra de cuyo nombre sí quiero acordarme
pero no lo consigo. Vino a mi terreno. Apareció un día por Santa
Cruz, con unos parientes villafranquinos residentes coruñeses.
Me estrené con ella, la estrené a ella, ella estrenaba un conjunto
interior de punto azul del que sí me acuerdo. Otro día que, sola,
apareció por el muelle con pantalón blanco acampanado dejando
a todos mis amigos boquiabiertos- todos, ella más, éramos
menores, aún con la legislación actual-, no se me ocurre otra
que acabar haciendo lo nuestro en la nueva iglesia aunque por
fuera (por estar cerrada: solo la abrían domingos, para misa);
también, en el piso de mis padres, llamando ella por teléfono en
plena sesión a sus parientes para justificar la tardanza- todavía
mejor, en la misma situación, que llamen a los padres o novios:
también me ha ocurrido-. En esta linda villafranquina, de pecho
emergente, enterré frustraciones pueblerinas, familiares y hasta
amicísimas (vengando, en cierta manera, lo de las campanas del
padre de “Petete”).

998
SANTA CRUZ

De Lians, concejo de Oleiros. El alcalde-P resiente de estos


lugares donde antaño se hacían “olas” (cerámicas), es de lo más
peculiar; se apellida como yo, pero más que a la planta tira a la
“vipera Seoane”; comunistoide, se hermana con repúblicas
bananeras caribeñas; no dan licencias para instalación de antenas
de telefonía móvil –tan perjudiciales-; como estuvo unos años
inhabilitado, colocó de testaferro político a una mujer , la
estanquera de Santa Cruz, a la que le comprábamos los periódicos.
Es municipio rico, que saliendo de La Coruña dirección Este-
Norte (el Oeste-Sur, apenas invadido por ladrilleros, por motivos
climatológicos), está ,estaba, el gran arenal de Santa Cristina,
minimizado por hoteles, chalets y edificios; sigue Bastiagueiro,
playa pequeña cuyos aledaños se urbanizan salvajemente; a seguir ,
Santa Cruz, donde veraneamos de siempre.
Al pequeño, al semi hundido atracadero de Santa Cristina (desde
hace mucho, emporio discotequero), barcazas de madera con dos
cubiertas repletas de bancos hacían servicio, con los lanchones
repintados. También era acontecimiento la llegada y salida de
“La Lancha” al muelle de Santa Cruz (que asimismo se ha ido
hundiendo), con cierto riesgo para los escasos bañistas; cesó a
poco, pues, por razones no muy explicables, la gente prefirió
apelotonarse en autobuses (son apenas 10 km. desde la capital),
que masificaron nuestro escaso litoral marítimo. Aun más, con el
mismo tipo de embarcación se hacía travesía hasta Mera, más
movidita, con las olas barriendo las cubiertas.
Mera, ya otro concejo, cierra en el punto opuesto la ría coruñesa
(llamada de P erillo –otro punto urbanizadísimo: ¿Quién compra

999
tanto piso si la población lleva tres décadas casi estabilizada?-);
su faro, mínimo, blanqueado, se enfrenta al orgulloso de Carlos
III, siendo el mejor observatorio –eróticos amaneceres observando
bandear a los barquitos que regresan a la lonja, la hembra
acurrucándose de vientos, antes de ir a los churros con chocolate
al Bonilla-. Desde nuestra base veraniega íbamos de vez en cuando
a pie hasta Mera (unos 7 km., más la vuelta), pasando por la
intermedia playa de La Naval, Pedregosa; la de Mera, nunca estuvo
concurrida por ventosa; bastante más allá pasado el faro la de
Canabal, donde estuvo la pista de “Karts”. En un viejo edificio
merense, artísticamente columnado, se celebraban bailes; allí
fuimos algún invierno, en autobús.
No habíamos llegado a edades para conducir , ninguno de la
pandilla tuvo moto, algunos –como yo-, ni bicicleta. Hasta Oleiros
(entre 4 y 5 km.) era recorrido frecuente, para tragar jarras de
cerveza con gaseosa acompañadas de pipas, media vuelta, e
incluso repeticiones de tarde.
Los autobuses eran toda una institución (“Cal P ita” y “Eliseo
Pita”), viejos, renqueantes, mal pintados, siempre llenos. El
cobrador, carterilla de cuero en bandolera, con aquellos mini
billetes como de papel de fumar, viajaba colgado del estribo; al
grito de “¡Vamunús!” incitaba al grueso conductor a maniobrar
con aquella palanca inmensa y torcida, aquellos volantes
gigantescos sobre los que había que volcarse, castigando
duramente los amplios pedales.
En una ocasión en que por avería o revisión del “600” viajaba
con mis padres, un aprovechado se arrimó en exceso a mi madre;
mi padre hizo parar el autobús delante de su cuartel y cerrar las
dos portezuelas, vinieron un par de números y al tipejo se le
debieron de quitar las ganas por siempre. En el penúltimo de los
servicios, desde los jardines, retornábamos desde donde
buscábamos algo de diversión; comencé a fijarme en la más guapa,
con la que casi siempre coincidíamos; ella en mí, pues cantábamos

1000
(yo, mal) y alborotábamos (yo, el qué más); quedamos para el
baile en las fiesta de Oleiros, contra el escaparate de una
carnicería, me propasé y cambió de autobús. “Bus” le decí amos
al de dos pisos, que de la marina llegaba a Los Castros, extremo
a extremo coruñeses, en realidad “trole”: siempre buscaba el
asiento delantero superior.
Andar, andar y andar. Hacia el otro lado, jugándonos las piernas,
de roca en peña, ultrapasado Bastiagueiro pequeño (puro
pedregal), llegábamos hasta Bastiagueiro… y volvíamos. Llegué a
hacer ese camino, por carretera asfaltada (sobre 3 km.), y volver ,
para dar clases de recuperación a los niños del bar de la playa.
Un día, creyendo que habí a baile en P alavea, casi La Coruña,
hasta allá llegamos por mi incitación, comprobando que de baile
nada y, plena noche, a retornar; en el Puente del asaje,
P la guardia
civil. A la parroquia (el itinerario más corto, pero más de un par
de km.), subíamos a veces, pero lo que de veras nos entusiasmaba
era su cementerio, a donde llevábamos las chicas que se prestaban
de noche, introduciéndonos alguno en un nicho sin rematar ,
tañendo lúgubres.
Caminar. Siempre caminando.
Si teníamos dinero –extraña circunstancia- o si llovía demasiado,
nos quedábamos en el muelle, en el Bar “Manolo”, con la consabida
jarra de gaseosa con cerveza y, cuando había y se podía, nécoras,
sabrosas nécoras. El Manolo conocía muchos culos de sus
parroquianas: era practicante.
“Quiquín”, “P etete”, “Los hermanos Bernardo (el gordo)” y
Arturo, (que no se quitaba el pitillo de la boca –Quizá por eso fue
el primero en morirse-), en agosto el primo de “P etete”, Alberto.
En casa de los hermanos Gómez Duran jamás quedábamos; en la
mía tampoco, aunque alguna vez organice sesiones de teatro
(cobrando) Con mi hermana y sus amigas (a las que pagaba, poco);
en casa de “P etete” eran más acogedores, con excepción de la
sagrada hora de la siesta paterna, y había capotes, muletas y una

1001
cornamenta de toro para celebrar festejos. En la huerta de la de
“Quiquín”, también podíamos alborotar (hasta que su padre,
grande, con el vozarrón que heredo el hijo, nos soltaba aquello
de: “te meto la manguera por el culo, y te la saco por la boca”),
y de la hamaca que tenían colgada entre dos árboles nos tirábamos
una y otra vez al suelo.
Vendido Bergondo, se pensó en algo más cercano para el verano
y las pocas ganas de limpiar de mama y abuela nos dejaron sin un
palacete en el centro de Oleiros. Un tal Cerbigón (Caballo Blanco”)
tenía terrenos para vender encima de las “casas baratas”, hoy
por hoy convertidas en las caras, las valiosas, pues recalificadas
se pueden dar alturas y se pagan lo que no las de arriba; así es la
especulación (y algo de suerte). El no querer subir escaleras las
mujeres, nos dejo en planta baja, plantada en un par de ferrados
con vista al mar (años después tapada, cuando los pisos de altura
se hicieron usuales).
Fuimos pioneros, a principios de los años sesenta pocos se podían
permitir “chalets” –se recalcaba la t, eliminada en su
incorporación al diccionario de la R.A.E.-. todos venían. Tuvimos
que llegar a escondernos o decir por teléfono que no íbamos a
estar. Comidas y sobremesas multitudinarias que de vez en cuando
acababan en trifulcas provocadas por el abuelo (. cuanta más
gente, decían esposa e hija, más le gustabaarmarla). Tras uno de
tantos opíparos almuerzos, va el anfitrión de farol y dice que
quien quiere, ahora, pollo; todos, ahítos, deniegan; solo el nieto
reclama “¡yo sí!”, y venga a insistir “que yo quiero pollo, que yo
quiero pollo”. Avisando o sin avisar, aparecían los de Santiago, la
sobrina Carmiña y familia, en su cochazo gris inglés que había
sido del cardenal. Los más asiduos, siempre bien venidos y hasta
reclamados, que traían comida para ellos y para todos, los
Manolitos (Manolito, hermano de la abuela, la gruesa y risueña
Manolita, el hijo único L. Manuel). Todos éramos especialista en
destripar percebes, y mientras tragábamos uno, la vista fija y la
mano dispuesta para el más grande que quedara en la fuente;

1002
solíamos dispararnos hacia mismo objetivos, pero en ese choque
respetábamos las jerarquías. De postre, pan y vino (nunca fuimos
ni de postres ni de sopas, al contrario de los usos de la mayoría
de las familias de entonces –tortillas, pocas-).
Nunca me gusto escardar ni podar, si regar. Arrancar hierbas de
los caminos de cascajo, peor . Estar tumbado, más sombra que
sol, en una hamaca, leyendo, con música, lo ideal (pocas veces
me dejaban tranquilo: cuando más disfrutaba, cuando me dejaban
solo, …pensaba si no volvieran).
Las construcciones iban proliferando, aunque a un ritmo
cadencioso. Visitábamos todas las obras, llegamos a tener llaves
de docenas de casas (que nunca se nos ocurrió utilizar).
Practicábamos “paracaidismo” de baja altura, sin paracaídas; yo
era, como en todo, el más arriesgado, y llegué a lanzarme (a
arena) desde un tercer piso. Nos agenciábamos tablones, chapas
y puntas para montarnos algún refugio en algún rincón escondido
y tupido. V eníamos, todos ufanos, con una señal de tráfico
(teníamos toda la serie) que pensábamos utilizar como plancha
cuando un individuo nos llama la atención; al ponernos gallitos,
pronto nos bajó la cresta al asegurar ser guardia civil. e
Ptete y su
primo, disfrazados de G.C. sin ser carnaval, gritan desde la
espesura de un camino “¡alto a la guardia civil!”… aparece otra
pareja, esta de la Guardia Civil. P eleábamos, no mucho y sin
mayores consecuencias afortunadamente. Alguna pandilla
coruñesa, esos sí peleones, de barrios bajos limítrofes, invadían
nuestro territorio (el muelle) alguna tarde de domingo, pero nos
librábamos por piernas. Entre nosotros, hacíamos dos grupos, con
añadidos de las casas baratas, que eran más montaraces y nos
tenían inquina a “los ricos” (solo “Quiquín” vivía en las casas
baratas –las que ahora valen tanto (y más)-, con una abuela
pequeñita jorobada, pero él era de los nuestros), pero aunque
pasamos de los tirachinas a los arcos (de artesanía) con flechas,
no se produjo ni una desgracia irreparable, si bien pareciéramos
indios con tanta mercromína. Los de “La Forestal” (los hijos del

1003
encargado de la vecina repoblación forestal), toda una familia
con críos y crías igual de bravos, como no les dábamos por su
palo, acabaron por invitarnos a sus sardiñadas, a las que íbamos
con cierta precaución, siempre llevándoles chocolatinas.
En mitad de la bahía, ocupando toda una isleta, hay un orgulloso
castillo. En marea baja, se llega por la arena, pero cuando sube,
a remos (hace poco, al comprárselo el ayuntamiento al ejercito,
se puso un paso elevado, acertadamente en madera). El cuidador
era otro Manolo, más ancho que alto, capaz de impulsar el lanchón
con una veintena de ocupantes; su hijo, “el Chosco”, disfrutaba
en exclusiva del concurso de mujeres y mujeres año a año
renovadas. En verano, por quincenas, lo ocupaban huérfanos y
huérfanas de militares; a aquellos los mirábamos mal, de frente,
a estas, demasiado bien, de reojo. Ya mayorcitos, conseguíamos
algunas huerfanitas para pasear, bailar o aun mejor, para llevarlas
al cementerio. Una noche que nos retrasamos, la barcaza del
Manolo ya acababa de hacer su último viaje yAlberto y yo metimos
a las parejas en una lanchita auxiliar de fondo plano; el agua no
tardó en coger el mismo nivel dentro que fuera, menos mal que
el castillo queda muy cerca.
Quizá el haber salido ilesos de tantas trifulcas, se debiera a
nuestro entrenamiento. Uno o dos nos subíamos a una roca
(solíamos ser Arturo y yo, sin que nos hiciera falta el que nos
provocaran con el manido “a que no hay”) a hacer de blancos
humanos; otros dos, o tres, hasta cuatro, se dedicaban a tirarnos
piedras, con intención de descalabrarnos; adquirimos magníficos
reflejos que conservo, así como buenas piernas; solamente en
una ocasión le pegaron un cantazo en plena cara a Arturo,
quedándole la cicatriz, no debió distraerse. Él emulaba
prontamente, el único, y solíamos adelantarnos a las marchas
por carretera con 2 linternas para que los muy escasos
automovilistas nos confundieran con otro coche; la vez que nos
resbalamos y nos rebozamos en bosta de vaca, fue muy celebrada,
ante lo que no se nos ocurrió más que gritar: ¡”Iros a la mierda”!.

1004
Se va el caimán, se va el caimán

Se va para Barranquilla,
se va el caimán, se va el caimán
Se va y que le den morcilla-.
Los únicos machitos con pase ¡y nocturno! al recinto amurallado
éramos, precisamente, nosotros mismos, los citados (además del
chosco, cabronazo, que vivía dentro todo el año). El
salvoconducto, nuestras voces. “P etete” había nacido músico,
nieto de un premio Sarasáte (conserva su violín “Stradivárius”),
tocaba de oído cualquier instrumento desde la niñez; a los demás,
nos entro la vocación cuando, ante nuestro estupor, las chavalas
del castillo se arremolinaban con uno que guitarreaba y cantaba,
a pesar de ser feo y gafitas cuatro ojos, además de con incipiente
calvicie.
Fue el único veraneante circunstancial que admitimos (a otro,
medio tonto, de familia muy rica, solo para mofarnos). Olvidé su
nombre. De Madrid (lo visité en una ocasión, ¡y también allí le
seguían las pívas!, aunque su calvicie era ya más que incipiente).
Tenía barba –otro tanto a su favor: los demás, exceptuando a
Petete que se rasura escrupulosamente todos los días, apenas
insinuación de bozo-. Componía, tocaba, cantaba. Lo invitábamos
a cerveza con gaseosa, a pipas, y alguna necorílla de vez en
cuando. Nos enseñó muchas canciones, la que más nos gustaba la
de las esdrújulas, la que empezaba “Niña esclerótica, de faz
angélical, que entre las sábanas,…” la escenificábamos en los
fuegos de campamento de las damitas huérfanas del castillo, yo
subido a los hombros de P etete, siguiendo con aquello de “Abre
ya el pórtico, porque estoy gélido y con la pértiga, no salto más”
….
Y en la iglesia… quién lo diría.

1005
Estaban de moda las misas con acompañamiento, y a ello nos
prestamos ante el beneplácito de todos nuestro progenitores, que
entre ellos se trataban en mayor o menor grado, aunque sin
intimidades. Ir a misa era una actividad dominical mas, no mucho
mas considerada que leer el periódico o el bar de Manolo el
practicante. La parroquia de Liáns nos quedaba lejos y por ello
no nos llevaban apenas (además de que no nos hubiera gustado,
por si los vecinos, escasos, reconocían a quienes les tocaban…las
campanas). Aparte, otras dos, en competencia en captación de
veraneantes, que siempre echaban algo en “el cepillo”, aquella
cestilla de mimbre que te ponían delante, titineante, hasta que
aflojabas. La más cercana, en Las Torres, un fincón cerrado de
propiedad no clarificada (acabó en manos eclesiásticas, claro)
cuya capillita se abría los domingos para que un conocido canónigo
coruñés (no se sabe muy bien que pintaba allí, pero se suponía
algo relacionado con su afición a las faldas-no las de las sotanas,
precisamente- y al dinero) impartiera latines y bendiciones; nos
gustaba por no caber dentro más que las mujeres, y así nos
podíamos escaquear más fácilmente. La otra, la competencia,
otra finca, encima del muelle, esta testamentariamente dejada
a un cura que allí monto uno de esos centros de aprendizaje de
chiquillos desfavorecidos, con lo que se agenciaba mano de obra
quasi gratuita y sin conflictividad laboral; en la capilla tampoco
cabíamos, y también nos poníamos a jugar al escondite por el
jardín.
Yo pensaba que el hombre era grande

por su saber,

grande por su valor,

grande por su poder,…

Con el heredero fue con quien llegamos a un acuerdo. Lo único


que nos daba era una vez un chocolate en jícara, con churros que

1006
no sabían ni de lejos como los de “Bonilla”. Al gordo Bernardo le
gustaba dársela de director, Petete era la parte musical, Quiquín
con su vozarrón solista, Arturo y yo siempre desafinando como
comparsas, cuando estaba Alberto, se unía al coro de los
desafinadores. Nunca nos silbaron, por el lugar , pero los únicos
parabienes los recibíamos de las familias y los más allegados, es
de suponer que por compromiso. Los canticos mas reiterativos,
el “cumbayá” y algo que sonaba así como “eveinu salom aligem”
(que ni cantantes ni oyentes identificábamos con el saludo semita),
eran los de mayor “éxito”.
[Hace escasos meses, la madre deAlberto me pidió (por teléfono)
que le pidiera a su hijo que la trajera a Santa Cruz.
Ambas cuñadas,
viudas, octogenarias, vieron reunidos a sus hijos, cincuentones,
con sus amigos de la niñez, Quiquín y Rafael, el aventurero -¡Que
se iba a volar en globo a África para celebrar su cumpleaños!:
“siempre fuiste así, desde niño”- (con los Gómez D uran há tiempo
perdimos el trato, y ni se les sacó a colación). Fue muy emotivo,
reconfortante, mejor que cualquier obra de caridad. Los cuatro
amigos de infancia, en el “Mercedes” de estreno del único con
barba, en la larga noche de alcohol y de búsqueda de mujeres
nunca encontradas, de recuerdos, de anécdotas, sin añoranzas
(todavía), no pararon de entonar el “Cumbayá”].
No salimos muy de barbas, Alberto se la había dejado una vez,
pero en cuanto le dije que parecía un judío, nunca más.
[A la buena de Esperanza la sepultamos hace pocas fechas; su
hijo Petete y yo convencidos de que es lo que ella hubiera querido,
nos cogimos una en su recuerdo, que es la última vez que vomité].
Los donantes de aquel D. Manuel que no se libró de que le
adaptáramos una estrofa del caimán (malas lenguas aseguran/
que el cura Don Manuel/ ha puesto un piso en R ubíne/ nadie sabe
para qué), recibió el cuantioso legado a cambio de construir una
iglesia y sepultar en ella a sus excesivamente generosos donantes.
Hizo la iglesia, pero no los enterró en ella. ¡Yvaya iglesia!Adefesio

1007
de cemento, en cubículos dispersamente unidos, sin pintar , fría
en todos los sentidos, incitadora a todo menos a la piedad –
conseguí excitar a una chica, con curvas, entre las en aquella
ocasión no frías anfractuosidades de hormigón-, causó escándalo
en su momento y estupor hasta hoy. No hay campanario, pero si
campanas, encimando un altísimo trazo de cemento, accionadas
eléctricamente. La plantificaron justo detrás de la linda casita,
de balaustres y ventanas de madera pintadas de verde, de los
padres de Petete.
El padre de Petete –la madre, la Esperanza, una santa (conservó
todo su humor y animo incluso tras superar una leucemia)- tenía
la frente profundamente mellada por un accidente de moto, una
pierna sin un cacho por el mismo motivo, y una pistola por ser
inspector de [Link] le pusieron una iglesia que no parecía
una iglesia al lado, lo único sagrado para él era su siesta. Siempre
tenía su bota de vino y su pistola a mano. Como le perturbaran su
siesta, como habíamos hecho a veces, pegaba un par de tiros y se
callaban hasta los pájaros. Con aquellos campanazos, ni había
quien durmiera en todo el pueblo, y menos los que quedaban
debajo de la onda sónica. La emprendió a tiros con las campanas
pero quedaban demasiado [Link] que ir a los juzgados; perdió
en primera instancia, pero ganó, pasado bastante tiempo, el
recurso. Enmudecieron las putas campanas. El pueblo se lo
agradeció en silencio.
A nuestros canticos, fueran religiosos o profanos, les imprimíamos
doble sentido en público y sencillamente obsceno en privado,
inter nos. Como muestra, nuestra peculiar versión del tema tan
querido por todas las mujeres, aquel que dice que “el hombre es
como el auto que hay que saberlo manejar…”:” ….el h. es un
maricón, que jode a lo bestia en cualquier rincón, pero hay que
andar con cuidado pues el pobre nabo no aguanta un cabrón” (se
comprende que , excepto uno, no triunfáramos en el campo de la
canción).

1008
Andar y andar, comer pipas, bañarnos, algún trag uito, que si el
canto…y mujeres, “langrear” por ellas. Como no las teníamos,
espiábamos lo que hacían con ellas los que las tenían. “Está buena
la morena”; “¡la morena está buena para mí!”. En plan más
preventivo y disuasorio que provocativo, de tarde, nos paseábamos
por la playa y aledaños con nuestro grandes cuchillos de monte,
enfundados, al cinto, sin perder ripio (puede parecer risible, pero
lo cierto es que cuando, con otros compañeros, unos mozos de
Betanzos nos encerraron en un balcón del Mercantil por
propasarnos con mozas betanceiras, sacamos los cuchillos –de
aquella, escondidos- y enseguida nos abrieron y nos dejaron
marchar para el autobús sin incordiarnos.( –Tanta querencia le
cogí al filo de la navaja, que acabe por llevar casi siempre una,
automática, en el bolsillo o la caña de las botas que no me quite
desde los 17 años, y como los demás lo sabían, siempre mostraban
cierta prevención, y, por mi parte, alcance alguna destreza en el
lanzamiento que, la verdad sea dicha, jamás me fue de mayor
utilidad que la intimidatoria-).
Merchy. Escultural, rubia, alta, los pechos turgentísimos bajo su
bikini rojo de fuego, el trasero ni imaginárnoslo, ¿y entre las
piernas?. La Merchy. De noche, a ver quien la tenía más grande, a
presumir de linterna, otro símbolo de “status”.
Entre luces, petardos. Los traía, tal vez por afinidad con las
bombas que decían que ponían los independentistas de su tierra,
“Albertosqui”, como no los teníamos por aquí, bien gordos, largos
y restallántes. En grupo, sigilosamente, al amparo de las primeras
sombras, nos acercábamos a una vivienda, puertas o ventanas
solían estar abiertas, soltábamos la carga, la carcajada, y a la
carrera. En la huida Petete se cansó y se confió, el perseguidor lo
alcanzó y se llevó un puñetazo (ya de aquella, el P etete era
campeón regional de lanzamiento de disco, el más precoz
físicamente de nosotros, el que primero “se estrenó”) del que
tuvo el inesperado rasgo –o sentido del ridículo- de no quejarse a

1009
nadie (y devolverlo), lo que no nos libro de estar asustados durante
varios días.
Por las noches, fuimos cogiéndole cada vez mas gusto a fugarnos.
Quedábamos en un sitio, a una alta hora, y no hacíamos nada de
especial, como no fuera ir, cuando los había, a los bailes que no
nos hubieran dejado. Otra habilidad que desarrolle, fue dormir
de pie mientras andábamos sin rumbo ni destino. Era preciso
mantenerse en vela varias horas desde que tocaba retreta,
levantarse y vestirse sigilosamente, abrir la puerta de mi
dormitorio (acristalada en su centro), cerrarla, la puerta del
pasillo, cerrarla, accionar las llaves de la salida de la cocina,
volver a pasar la cerradura, ¡y sensación de libertad!. Para colmo
de dificultades, mi madre tenía la costumbre, al levantarse al
retrete, de echarnos una ojeada para comprobar que estuviéramos
bien tapados; en el colmo de la inconsciencia lo solventaba
colocando una almohada encimada con una peluca que tomaba
prestada a una muñeca de mi hermana, ¡rubia!.
Con la práctica, fuimos perfeccionando métodos y practicamos
la fuga en grupo, y a horas tempranas. Con la disculpa de no
querer ver las chorradas que ya en sus inicios echaban por
televisión (al menos, había una sola fuente de chorradas televisivas
–y de las políticas, también con partido único-) los dos primos se
acondicionaron una habitacioncita, con sus vasitos de leche, en
la que no podían ponerse de pie bruscamente, en el desván,
alfombrándola en su totalidad ante el elogio de sus ignorantes
progenitores, todos contentos de lo que se preocupaban los
“niños” de no molestarlos. Por mi parte, solía obtener sin mayor
problema licencia para dormir en casa de los padres de P etete –
truco que siempre se uso y usa, ¡si supieran!- (cuando hace poco,
los tres, volvimos a contemplar la celda de nuestras fugas, no nos
explicamos cómo cabíamos). Mas difícil lo tenía la hermana de
Alberto, Mariam, ¡que también se fugaba!, pues dormía abajo,
pegada a sus padres, ¡y con ventana enrejada!... pero a saber
cómo, ella que era bastante lanzada, siempre enarbolando un

1010
pitillo y soltando algún taco como bandera de rebeldía, se nos
unía y después se iba y volvía por su cuenta (a mi hermana, más
joven y pacata –y con tradición de chivata-, ni se me ocurrió
hacerla participe de estas, y otras, fechorías: en realidad, de
nada de nada).
Una noche de silencio sepulcral bajando de puntillas los peldaños
de madera apoyados firmemente de la barandilla para ejercer
menos presión con los pies, esta cedió con un estrepito de truenos,
los de abajo no se despertaron. P etete, que siempre fue muy
mañoso, la sustituyo por una metálica, bien firme.
Pero los verdaderos artistas, nunca se conforman sin rizar el rizo,
el más difícil todavía. Con coche. El garaje, de doble plaza, está
situado debajo de la casa, aprovechando el terraplén; la casa, en
medio de ligera cuesta, por entonces sin asfaltar
. Ellos dos solitos,
los dos primos, tenían que sacar el automóvil, sin poderlo
encender, sin poderlo frenar al no estar encendido. Todavía el
más difícil, al volver , de madrugada, cuando no había
alcoholímetros ni otros controles que los de los alrededores del
cercano pazo de Meirás, que todos procurábamos evitar; subir
empujando aquel modelo antiguo, francés, de gruesa chapa de
hierro, debía ser tarea de titanes, de casi niños. Una vez ocurrió
lo inevitable, que el alcohol o la nocturnidad alteraron sus pulsos
y rozaron una puerta, pero ya de aquella se daban maña para
todo. Alternativa sería la otra chapa más fina, también francesa,
y descapotable, pero preferían el más pesado, el más difícil, como
verdaderos artistas. A otro veraneante, eventual, que decidió
emularnos, no le fue tan bien, ni evitó el pazo de Meirás, contra
cuyo muro trasero –si ibas por delante te disparaban antes, los
guardia civiles con sus uniformes de gala, con dorados- empotro
el coche de su padre: al siguiente verano, ya no vinieron.
Lo bueno era que la carretera principal estaba siempre
impecablemente asfaltada, lo malo, que la cortaban cuando
querían y durante todo el tiempo que querían, incluido el nudo

1011
clave de todo el tráfico que únicamente puede entrar y salir de
La Coruña por el puente del P asaje (nunca mejor llamado).
Primero, tras el periodo de calma, aparecían motoristas al uso a
toda velocidad y otros deteniéndose y amenazando a conductores
incautos o despistados; tras otro intervalo, el largo made in U.S.A.
cuya marca no podíamos ni vislumbrar a la velocidad que iba,
aullando y destellando (cinco focos azules y rojos, a proa,
ululantes, de siniestra discoteca); al fin, sepa rados pero con
inmediatez, otros cuatro o cinco de similares portes, todos negros;
en el que llevaba cortinillas, se suponía que iría el Excelentísimo,
y a su lado “la collares”, futura señora de Meirás –alguien dijo,
un año, que lo había visto, y a ella (o su doble), era menos difícil-
. Nuestras madres, cuando sentían el silencio, arreaban con sus
calcetas y sus sillas de playa y campo al lado de la carretera, y
siempre gritaban “¡lo vi, lo vi!” –aunque todos sabíamos que no
era cierto-. P oquísimas veces se utilizaba uno de esos tres
exclusivistas “Rolls & Royce” que se habían comprado por junto,
a precio de oro(los demás, “600”) – con los angelotes del radiador
en oro. El R olls que sí siempre pasaba, el primer día, primera
visita, era el del Conde de Fenosa, uno de los financiadores de la
masacre civil. Se susurraba que el generalísimo iba en otro asiento,
por otra ruta, que empleaba señuelos y sosias, que se había
quedado en el “Azor”…
Era un castillo feudal

De múltiples torreones,

Era un castillo feudal

De mil pares de cojones.

El conde que lo habitaba

De vida muy disoluta

Lo vulgarmente llamado

1012
Un verdadero hijo de puta.

Cerca, en Gandarío, antes de Sada, el campamento de la O.J.E. y


de la Falange y de las J.O.N.S. A los padres de los conductores
nocturnos nunca se les hubiera ocurrido, ni enterándose de lo
que ignoraban, meterlos en aquellas milicias paramilitares; a los
míos (y a los de los Gómez Durán), sí, encantados y hasta
entusiasmados. Además, aquella quincena o veintena resultaba
muy barata –y he de reconocer que se comía bien -. Zapatones,
pantalón corto gris, camisa parda con dos bolsillos, boina azul
chulescamente ladeada. Siempre he odiado la promiscuidad que
llega a repugnarme. Menos mal que la vacunación previa nos la
inoculaban rascándonos la piel, no pinchándola. Buenos, amplios
barracones con compartimentos de ocho literas (una escuadra),
cuatro a cada lado. Tuve allí mi único escarceo homosexual, con
un rubito modoso, sin pasar de acoso machista y pandillero por
mi parte. Frecuentemente, te despertabas con la cara
embadurnada de pasta de dientes o de mierda; algunos tenían la
habilidad de doblar en saco las sabanas de tal modo que quedabas
como en un cepo.
Todas las noches, de campamento o de acampada, el desahogo,
fuego de campamento, en el que podías hasta meterte un poquito
con los mandos. Lo único que discurrí fue traer un carro metálico
de los de la basura tapado y lleno de agua, diciendo que íbamos
a repartir refrescos y logrando empapar a casi todos.
¡Date el bote, caradura!,

“Chis ,chis, pun”, sacúdete, ¡feo!

La tienes de cemento,

La tienes de hormigón

¡”chis, pon”!

1013
¡¡carota!!

Conseguí las dos únicas medallas deportivas de mi vida. En futbol,


no podía ser en otra. Los entrenadores nos incitaban a la entrada
viril, agresiva. Como defensa, no dejé pasar ni a uno; como
portero, pocos. Tampoco estaba mal la práctica del Judo, aunque
siempre preferí el “Jiu-Jitsu”, con s us puntos paralizantes.
Enseñarme a hacer de una cuerda un nudo, por simple que fuera,
no lo consiguió instructor alguno. La otra actividad lúdica
unánimemente preferida era la “pista y fruteo”, ya que para el
rastreo llegaba uno que supiera interpretar las señales y los demás
despojábamos todos los frutales en varios kilómetros, a la redonda,
sin qué nadie se atreviera a increpar a aquellos aprend ices de
represor que, además, todos llevaban cuchillo al cinto.
Al marchar,

Con un cisne plateado voy

Y con todos siempre alegre estoy.

Camarada en juventud y amor

Te doy la mano con mi canción.

Me gusta lo difícil cuando empiezo a caminar,

En aguerridos grupos nos desplazábamos a cotas boscosas en


misiones de supervivencia. Siempre había quien sabía orientarse
hacia la tienda de una aldea cercana para aprovisionarnos
subrepticiamente; la noche que se nos rompió una botella de
vino dentro de la lona de campaña, quedamos todos borrachos
sin haber apenas bebido. Era bastante fácil escaquearse de los
quehaceres pesados como el cortar leña, para lo que siempre
había voluntarios pelotas de los jefes, no de mucha más edad

1014
que nosotros. Cuando más disfrutábamos, era la excursión
marítima en remolcadores y aljibes a toda máquina por cuyas
cubiertas pasaba el agua salobre.
A la parte de adoctrinamiento, exceptuando algunos fanáticos
(entre los que se encontraba el mayor, el gordo, de los G. Durán),
tampoco le prestábamos mayor atención. Lo recibíamos sentados
en el suelo, en círculo, más despistados que alelados, nada
convencidos. La pantomima de examen –sin calificaciones, o
secretas- si se efectuaba en pupitres, con la típica pregunta de
que en caso de estarse hundiendo en un rio un bebe y una enseña
nacional, ¿a quién salvarías primero?.
Los domingos, tras la misa de campaña y el izar de bandera,
actividades; el peor día. Añoranzas. Si los altavoces me citaban
para la entrada, iba corriendo con incontenible alegría: de las
pocas veces que me he alegrado de ver a mis progenitores. La
misma noche del regreso de mi segundo campamento en la
Organización Juvenil Española, retransmitían por la televisión en
directo, en blanco y negro, la llegada del hombre a la luna; mi
padre y yo nos quedamos hasta las cinco de la mañana, y fuera
por tan inusual acto de camaradería, por mi tenaz negativa, o
por no comprar uniforme nuevo, al siguiente verano ya no volví a
aquel destierro.
La otra única muestra de solidaridad parental de entonces, y
de casi siempre, fue en un baile, de aquellos de fiesta de aldea,
con brumas del polvo, ruidos de feriantes, olores de fritangas,
ojo en la mujer y petición de baile, sin cruzar palabra. Me estaba
dando lo que llamábamos el gran lote, con una anónima, los
amiguetes mirando con la boca abierta,mis padres preguntándoles
por mí y ellos mirando para otro lado. El bailarín, pegado como
rémora, ojos cerrados, ni enterarse, pero los padres lo vieron,
miraron mas boquiabiertos que los que ya se abrían, y se fueron
silenciosamente; nada mencionaron, después.

1015
Sin el más mínimo trasfondo reivindicativo, nos iniciamos con
los cubas-libres, llegando hasta los güisquis. Locales atestados,
humo por dentro y por fuera, [Link]ás de una carencia
crónica de dinero para mis gastos, prefería irme al piso de La
Coruña, a escuchar música leyendo, yo solito. V iniendo cinco o
seis apelotonados en un pequeño coche jugándonosla
inconscientemente, como siempre, le dimos un toque a otro por
detrás, por ir en demasía pegados; el conductor se baja todo
cabreado, ve uno, dos, tres, cuatro, a mi con la peluca amarilla
de las muñecas de mi hermana, monta y sale sin siquiera pitar .
Previsoramente, siempre en los coches que nos prestaban
llevábamos rollos de papel higiénico, bien a la vista, sin las fundas
de ganchillo tan en moda; también los utilizábamos para pedir
autógrafos a los actores y actrices de teatro que aparecían por
las terrazas en temporada, cuando todavía tal práctica no estaba
de moda.
La lancha. De hinchar , a boca, a puro pulmón. Era el mejor
escape. Horas y horas de remo, en solitario o con Alberto, único
que se atrevía a travesías largas (además de su hermana, con su
mínimo biquini verde, larga, atravesada por falta de espacio,
cabeza y medias piernas por fuera de la goma –de ella había sido
la idea de las firmas sobre papel higiénico-). Durante una, muy
alejados del litoral, a la altura de Bastiagueiro (mitad de su arenal
“Privatizado” para los nietos de Franco), naufragio, que las juntas
se abren, súbitamente, al agua. El otro galeote me gritaba que
dejara de bucear en busca de gafas y toallas, que se ahogaba;
agarrados al compartimento de la lancha neumática superviviente,
alcanzamos la arena tras largo bregar, sin que los guardias civiles,
en sus verdes uniformes de verano, nos hicieran el mínimo caso.
(Ahí, en Bastiagueiro, se dio el primer gran atentado ecológico
que nos costó las mínchas que cogíamos a mano y las nécoras que
hasta mordían el cebo de las cañas –pasatiempo que no era apara
nosotros: sí comerlas-. “Erkowit”, cargado con venenos cuya

1016
composición nunca se supo. Nadábamos alrededor
, jugábamos con
los bidones,…).
La travesía por antonomasia, que pasó a los anales de S. Cruz,
siempre recordada y sacada a colación por propios y extraños,
noticia de periódico, fue un 25 de Julio, día de Santiago, de
Galicia, 1974.
Un madrileño –solo hubo otros agosteños de distinto origen,
Barcelona, ricos por el textil, cuatrohermanos (ellos dos gustosos
de juegos de mesa, y ni de bañarse; las niñas, con sus primorosos
vestiditos parejos) a los que ingeniosamente llamábamos “Los
catalanes”, luego salvados por la tía gallega solterona (muy bien
casada ya madurita) cuando el padre murió dejándoles deudas-,
ese madrileño, uno de secano, tenía vocación de nadador , de
tragamillas; muelle-castillo y castillo-muelle, sin descanso hora
tras hora y día con día. Se preparaba para cruzar a nado hasta La
Coruña, hazaña nada desdeñable y de la que no se conocían
antecedentes (ni secuelas). Fernando Riveiros y el de la barca
neumática nos ofrecimos a darle cobertura, faltando al oficio
dominical. Hora de comer, nuestros cuatro progenitores que nos
buscan, que se enteran, que se ponen a gritar y a maldecir, que
se les oía hasta en laT. de Hércules –Y eso que los padres Riveiros
eran bien tranquilos y liberales, siguen sacá ndomelo donde me
encuentran--.
El madrileño aquel, robusto, se untó todo bien de grasa, ni
persignarse ni encomendarse a Telmo, y venga a dar brazadas, a
ritmo, sin cesar . No se sabe muy bien por qué, pero para los
gallegos tal día es sinónimo de calor, se tiene por el más caluroso
de todo ciclo, raro es que llueva, Febo nos suele ayudar en la
batalla, pero siempre hace viento, lo que hacía encrespar el mar .
Uno nadando y otros remando, no dábamos avanzado, fueron horas
de mojada lucha –¡ni agua llevábamos!-; como la corriente es
bastante fuerte, acabamos en el espigón exterior , el llamado Barrié
de la Maza (el de Fenosa, el del Banco. Pastor, el primer visitante

1017
del Caudillo, que se casó con la actual condesa por “admunición”
del cardenal Quiroga P alacios). Los remeros queríamos hacer
también el retorno, una embarcación de las de verdad que nos
acompañó, por compasión, el último tramo, nos lo desaconsejó;
el héroe, extenuado, decidió que nones.
(“Nano”y yo le cogimos gusto a esta celebración del día de
Galicia, y ya con flotador de loneta pero con la misma propulsión,
en 1.991 – el, casado y calvo- cruzamos de erbes
P a Sada, tomamos
el aperitivo y tornamos; nos esperaban amigos míos que para
celebrarlo se empeñaron en comer un lechón: montamos en el
“Mercedes” que había sido de la embajada alemana, subimos al
monte a comprar una camada, y con ciertas ayudas nos zampamos
tres ejemplares. Dos años después, la travesía más larga y dura,
la última, Carnota-Lira, buen aperitivo, y Lira-Carnota –es la playa
más grande de toda Galicia-; la corriente amenazaba con llevarnos
a Finistérre, cabriteábamos sin parecer ganar un ápice, me caí y
me vi rodeado de puntiagudas aletas –eran solo delfines-; Cristina,
la psicóloga, esperando nada pacientemente con su hija, casi pide
el divorcio; los marineros del lugar afirmaban que ellos no se
hubieran atrevido).
Cubanito soy señores,

¨Cubanito y muy formal,

Vale más ser cubanito,

Que graduado social.

El tema original canta “guardia municipal” pero los compañeros


me lo cambiaron; era el primer
, y por entonces único universitario.
Catárticamente, me acababa de cortar el pelo al cero –lo que
ogaño casi pasaría desapercibido, antaño otro gran escándalo-.
Estaba ya mi mayoría legal de edad.

1018
UNIVERSIDAD

¿Qué quieres ser de mayor?, que parece que lo tienes que tener
muy claro desde tu más tierna infancia, lo van sustituyendo por
el no menos apremiante ¿Y qué vas a estudiar?. Lo que quise ser
lo tuve siempre clarísimo: simplemente, ser . Lo que iba a estudiar
no ocupaba mis ensueños ni planes adolescentes. P ara nuestro
nivel y época, estudiar era el reverso de trabajar; los hubo (los
hay) que jamás digirieron la letra impresa y si estudiaron lo
indispensable fue por simple imposición; otros, estudiaremos
siempre –mi muerte ideal es con un libro en la mano-.
Acercándose el tiempo de elección, tuve la oportunidad, una
gran oportunidad, de trabajar, para ser más exacto de convertirme
en negociante, con negocio ya montado y en pleno
funcionamiento. El decano de los joyeros coruñeses con la disculpa
de los años y con el temor de los impuestos –iba a dejar de ser él
quien manejara el gremio por pasarse a la Estimación Singular
Objetiva-, tocaba la retirada, jubilación. Me propuso , bajo su
sabia tutela, pasar a ser titular , que tendría “más millones que
pelos en la cabeza”. No me asaltaron las dudas: a la Universidad.
Unos cuantos años después, reciente licenciado universitario,
con novia formal e intención de contraer vinculo indisoluble, se
presento una segunda oportunidad. Con la misma disculpa y los
mismos temores (y los bolsillos llenos), el eterno encargado que
había cogido el traspaso y su socio, abogaron por el cierre, ya
definitivo. Mi plan de entonces fue irme a vivir encima del negocio
y meter a mi futura esposa en el (a lo que siempre mi abuelo fue
contrario: las mujeres en el negocio, pues decía que atontaban a
los hombres y pasaban a disponerlo todo –en lo cual, como en
muchísima otras fijaciones suyas, tenía toda la razón-); como las

1019
inquilinas del pisito no acababan de dejarlo, el plan se diluyó. No
estaba yo hecho ni pre destinado para pasar la mayor parte de
mis horas detrás de un mostrador . La tienda se cerró y toda la
casa (y las limítrofes) acabó por ser adquirida por el poderoso
vecino, La Caja de Ahorros y Monte de (sin) P iedad- ya la han
tirado: en negativo, sobre la pared limítrofe, quedan las improntas
de estancias tantas veces vividas.
¿Qué iba a estudiar?. La afición al silogismo, a la historia, la
vena numismática, me inclinaban a filosofía y letras, pero estaban
el latín y el griego. El creciente interés por los animales, a Biología,
pero estaban las matemáticas y la física. Me decidí, a pocos días
vista, por Derecho, que no tenía ni latín, ni griego, ni matemáticas,
ni física.
Santiago de Compostela. P or entonces, eminentemente
universitario todavía no burocratizada por una capitalidad
autonómica ni pedida –sigo afirmando que el motivo determinante
para otorgársela fue, junto con la cercanía de aeropuerto, el
Hostal de los R eyes Católicos, el más antiguo alojamiento del
mundo y uno de los mejores (sobre todo, para los que nunca pagan,
los que viven del erario público)-. Era sinónimo de libertad (para
mi abuela y sus contertulias, de libertinaje, pero éste no acabé
de encontrarlo) o, cuando menos de patente disminución del
control paterno –considerábamos el colmo de la desdicha el haber
nacido allí, ser compostelano, con lo que no te podías ir “fuera”
a estudiar-.
Alojamiento. P asé por más, hasta ocho que cursos tuvo la
licenciatura. Para empezar tres, uno por trimestre académico.
De entrada, me sepultaron en una casa vieja oscura (con la
vieja vigilándote la bombilla de 25 vatios), en una habitación
interior poco más que cama, puerta y altillos acristalados –por
fortuna, ni se planteó la alternativa peor: un colegio universitario
(con sus despiadadas novatadas); no sé si por mi manifiesta
aversión a los internados o por su coste-. El causante indirecto,

1020
el hijo de uno de los subordinados (un conductor del aPrque Móvil
Ministerial que le debía hacer mucho la pelota a su jefe pues se
quedó con todos los buenos muebles cuando –que ni había soñado-
éste se mudo de piso alquilado a propio) de mi padre, que llevaba
tiempo en el cuchitril y debía aguantar por no poder ni conocer
algo mejor. Con él y otro recluso anodino que tenía su agujero
por el fondo donde el cubil de la arpía, tomaba las refecciones
justo enfrente, y no del todo malas, que por aquella todavía se
comía bien en cualquier sitio, y por poco dinero.
La única vez que accedí al cuartucho de la viuda negra, fue una
muy madrugada que volvía ahíto de alcohol y baile y los otros dos
pensionados estaban dándole aire –elemento tan necesario donde
no circulaba-. Causa aparente del ataque histérico era el no
haberme encontrado en mi habitáculo -¿a qué iría?- cuando mis
progenitores le habían encarecido tanto que no me dejara salir
(lo que hacía con asiduidad, subrepticiamente) de noche, que
tantos peligros se debían imaginar unos y otros.
Lo cierto es que la manada de potrillos que, como uno mismo,
sentían aflojárseles las riendas por primera vez en su vida, lo
único que buscaban era desfogarse, ya que no corriendo por valles
y montes, pateando por rúas empedradas y soportales de arcos.
Para beber no había dinero; para joder había mujeres pero como
si no las hubiese, droga todavía no se sabía lo que era, -¿que
quedaba si no el paseo y la charla?. Oíamos la sinfonía de piedras
de la parte vieja (la explotación comercial de la parte nueva, a
gran escala, ni llegaba a incipiente), deleitándonos. Nocturnos
vagabundos solitarios, topabas con un desconocido que se revelaba
afín, y eran hora s y horas, oyéndose en el silencio, al arrimo de
cualquier estatua venerable.
Ser sorprendido infraganti me mantendría en vilo durante
algunos días y acurrucado en mi cubil durante algunas noches,
pero como el apocalipsis familiar no acabó de desencadenarse,
fuera por qué la pensionera no quería gastar en teléfono, fuera

1021
por su temor a perder el pupilaje por el descuido de sus funciones
cancerberas, lo prohibido y oculto pasó a ser consentido y notorio,
y ya no hubo que salir con las botas –había dejado de usar zapatos,
para siempre jamás, no tanto como modo de reafirmación como
por no cambiar calcetines y pasar frio en los pies- en la mano ni
aceitar la cerradura.
Aun con la discrecionalidad conseguida, aquello no reunía las
condiciones mínimamente exigidas, y hasta los que pagaban lo
pudieron ver. Año nuevo, sitio nuevo. Del acceso del peregrinaje,
la rúa (S. Pedro) por donde entraban los caminantes –de los que
no se veía ni uno ni en los años jubilares: no había llegado la
moda- a la Puerta del Camino (con la moda, se acaban de inventar
otra puerta en las afueras, mazacote de cemento impiadoso),
pase al lado opuesto de la ciudad, donde se levantaría un
Parlamento autonómico ni elucubrado por los mas fantasiosos
nacionalistas, de aquella “rara avis” (el gallego no se oía más
que a los feriantes, Casteláo desconocido, las cuchillas de afeitar
prospera mercancía). Voluntariamente, me metí en un sanatorio.
Digamos que había sido desafectado (y supongo que
desinfectado: no olía, ¡grandes ventanales!). El ú nico que vivía
allí, como un príncipe, el hijo de unos heladeros lucenses (raro
que tal negocio diera para tanto en lugar tan frio). Se ve que
mantenían aquello abierto a fin de obtener más en la venta que
estaban tramitando. Una sirvienta uniformada nos servía
ceremoniosamente las refecciones en la galería trasera que daba
a una arboleda. La habitación, era así como cinco veces de la que
venía, con el lujo inusitado de un lavabo (que, obviamente,
también usaba para mear). Por supuesto que nadie nos controlaba,
y si no metíamos mujeres era por qué no las teníamos, aunque el
de Lugo ya comenzaba a hacer arrumacos con una compañera de
facultad. ¡Vivíamos como reyes!.
Pero todo lo bueno se acaba. Nos fue comunicada, a los dos
privilegiados la necesidad de un desalojo inmediato para entregar
,

1022
definitivamente, nuestro palacete a la piqueta. Lástima, pero
semejante prebenda no podía durar toda la carrera. Me mande
mudar a un trastero.
Tercer trimestre, tercer lugar. Era práctica común, en aquella
gente qué comenzaba a comprar pisos, aprovechar los trasteros
alquilándolos a estudiantes de no muchos posibles; así, ayudaban
a acabar de pagarlos. Me junté con un compañero de colegio al
que por esta interno y no poder ni salir
, le llevaba todos los diarios
deportivos (3 por no haber mas). Era la primera vez que compartía
habitación con alguien. El lavabo desaguaba en el cubo que le
ponían debajo, donde diluíamos orines si la necesidad acuciaba;
cagar y comer, en el piso madre.A punto estuve de contradecir el
sabio refrán y cagar donde comía, pues además de la hija de
aquel conductor de autobús que ni bebía, ni fumaba ni bailaba
(murió a poco, y de cáncer), dos estudiantes compartían con
nosotros mesa (y retrete); empecé con una, que era cuando
empezaban las minifaldas y todavía no sabía del refrán, pero no
llegamos a mayores pues pronto me pude dar cuenta de cuánto
cambiaban las mujeres en sus periodos menstruales, en lo físico
y en lo psíquico.
Quien se había animado del todo era el futuro heladero de la
tierra del nabo -¿Qué sería de él?: como de tantos- y de tanto
arrumaco que hasta los helados que le mandaban se le derretían.
Seguimos en contacto a pesar del susto mortal que se llevó cuando
yo practicaba con navaja y le había clavado una en el vano de
una puerta, justo junto a su oreja. Incluso teniendo para pagar
una habitación de hotel, algo rarísimo, y alguna para compartir
cama, más raro todavía, no se podía, pues ¡exigían el libro de
familia!... tiempos; por tanto, este calentorro que había caído
en pensión al uso con anatema femenil, no tenia en donde
estrenarse y nos pidió nuestro trastero, pagando, claro. El
aficionado a las publicaciones deportivas y su compañero, nos
pasamos toda la noche, menos mal que no llovía y era primavera,
retumbando pasos, pues no era cuestión de gastarnos lo del

1023
“alquiler”. Cansados, somnolientos, volvimos con la luz solar
, pero
se oían gemidos y ruido de somier qué nos desterraron una o dos
horitas más, que aprovechamos para desayunar a la salud de la
pareja. La sábana de abajo, la mía, quedó con evidentes manchas
rojas y hubo que frotarla hasta camuflar la prueba digital.
Los patrones, con su hija y las dos realquiladas, se mudaron
para otro piso mejor , pero sin trastero, por lo que no
reenganchamos para el curso siguiente. El “Cazolas” –que así le
había puesto el Boyero: que no era apodo- aguantó otro año en el
otro extremo y ya con habitación individual, pero no le llegaban
los cines. Los cines, sesión continua, íbamos mas para quitarn os
el frio entre el abarrote que a seguir manidos argumentos; en
una de indios, el vaquero otea desde la montura, sueltan tremendo
pedo en gallinero y el protagonista exclama: “¡Esta es la señal
que yo estaba esperando!”…Hubo que suspender la sesión. oPbres
acomodadores, tan buenamente pitorreados de continuo, y sin
propinas. Entre la mas cerril censura, una película que debía haber
ido para Santiago de Chile acabó por mostrarnos que las mujeres
tenían pelo entre las piernas; de casualidad, con poca asistencia,
la visioné en la sesión de tarde; a la noche, las colas llegaban a la
catedral, y nadie rezaba; al otro día ya la retiraron, y no por
orden de los regentes de la sala. A lo que íbamos, que “C” sin
abandonar los deportes, se había vuelto consumado cinéfilo, y
como en Madrid gozaban de más salas cinematográficas (cines-
teatros, de verdad, con clase, no las minúsculas, anodinas y
asépticas salas de exhibición que los han venido a suplantar),
pues cambió la matricula. En la capital se le contagió otra afición,
a lo fiscal, y menos mal que no al matrimonio, convirtiéndose en
codiciado solterón y reputado fiscalista.
Dando un salto en el tiempo pero con el hilo argumental del
protagonista, me alojé en su piso madrileño cuando preparaba su
oposición para inspector de finanzas, nada menos (le tocó cambio
de la contabilidad general del estado y le costó dos años
adicionales sacarla). De aquella confesaría (un hijo único con

1024
posibles) que no podía compensar con el futuro el pasarse los
mejores años de una vida quemándose las pestañas; fue su opción.
Para uno de mis largos viajes, llevaba documentación, dinero y
tarjetas de crédito; el, había amontonado en el armario de la
habitación que me prestó los tríos de diarios deportivos de los
últimos años, lugar ideal para esconder mis tarjetas, cheques de
viaje y pasaporte; vuelvo de sufrir la lipotimia en sanidad exterior
,
que me metieron simultáneamente cólera y fiebre amarilla, ¡y ni
un solo periódico!, pues se le había acordado venderlos. Allá
vamos, de madrugada, bajo la lluvia, a despertar al trapero, que
nos dejó revolver en su abarrotado almacén hasta que todo
apareció.
¿La facultad?... ¡Ah!, si, que a eso, en teoría había ido. En la
práctica, poco la pisé, como hacíamos una buena parte de los
matriculados, sobre todo canarios y suramericanos, que ni se
dignaban examinarse, con lo que ni podrían acogerse al siempre
esperado y nunca realizado milagro del aprobado general (único,
y sin examen, el de las “3 marías”, todavía vigentes: religión,
gimnasia –deporte universitario, una de tantas quimeras- y
formación del espíritu nacional). Un lugar muy bonito, con mucha
gente con quien charlar en los descansos, hasta con calefacción y
bar (que con la humedad, daba sensibles calambrazos al abrir su
puerta metálica); el edifico antiguo, imponente, de inmensa
escalinata de acceso, cadenas, estatuas, dos pisos, patio interior
con deambuladero –las nuevas facultades todavía incitan menos
al estudio-. Aulas rebosantes, en anfiteatro; no se podía fumar
hasta los barbudos y galleguistas. Justo frente por frente, el
famoso restaurante “El Asesino”, donde comiera Valle Inclán. Los
que la tenían clara, en las primeras filas; para los demás, tomar
apuntes acababa por cansar (mejor era pedirlos a los asiduos, o
comprarlo en aquellas ediciones paralelas fotocopiadas, donde
siempre faltaban temas); mejor era estar en la cama, en la calle,
en la vida presente sin pensar ni preocuparse por el futuro.

1025
Tenía que llegar el suspenso. Y llegó. Y en la única asignatura
en la que, en primer curso, estaba recomendado; no quise otra
recomendación hasta el último, cuando me aprobaron una
asignatura por teléfono (aunque pidieron al recomendador que,
si no era mucha molestia, me presentara al examen). El que me
fue a suspender, contertuliano asiduo de un pariente influyente,
si que era rarillo, el que mas, incluyendo su mote de “Margarito”,
figura quijotesca con paraguas colgado al cuello, no siendo de lo
menos raro que estuviera casado con una alemana y tuviera coche
alemán. Como la mayor parte de titulares, se subía poco a la
tarima, y se manchaba poco con las tizas, que para eso estaban
loa adjuntos, y ellos debían tener cosas más importantes que
hacer lejos de los cometidos por los que cobraban todo el año y a
los que no le dedicaban ni la mitad. En septiembre el catedrático
tendría mejor humor o el alumno habría estudiado más, y pasó
limpio al segundo curso.
Con Rebolo. María. La patrona era mujer de armas tomar. Con
dos grandes pisos en lo mejorcito del centro, donde llegaban y
salían los autobuses de línea antes de expulsarlos,
inevitablemente, a una estación. Al marido apenas lo veíamos y
menos lo oíamos, aunque no parara de susurrar, refugiado en un
salón siempre a media luz; había acabado con el cursillo de francés
por correspondencia, estaba con el de inglés, y ya había pedido
el de alemán; ni había viajado, ni tenía intención de hacerlo; era
algo violento montar en el ascensor y ver juntos al hijo y al vecino
(un medico analista) de abajo: igualícos.
Uno de los pisazos lo ocupábamos variopinto y heterogéneo
grupo de matriculados en derecho, medicina, farmacia,
económicas,…Había el guaperas (con novia formal lejana), el
crápula (todas las noches en timbas en comisaria), …R ebolo –al
que no se puede obviar en el capitulo “Amigos”- y su inseparable
del colegio compartimos cuarto…durante un trimestre.

1026
Estas autenticas pensiones camufladas proliferaban por doquier.
Para desayunar, almorzar y cenar, cruzábamos al piso de al lado.
Con los patrones y el hijo de paternidad dudosísima lo compartían
dos bellezas, una madura (¡tal parecían por entonces poco más
de veinte años!) pelirroja que ya ejercía de enfermera y una
jovencita asturiana de piel de alabastro que no se sabía muy bien
por qué había venido a acabar el bachillerato: simplemente María.
Me apasioné, me emborraché, me confesé. Nada de
romanticismos, encerado en el retrete (costumbre que tenía
cuando el sentido naufragaba), a Rebolo no le abrí, pero sí a mi
adorada María, y entre ambos me consiguieron meter en cama;
recuerdo que llevaba, yo, una elegantísima chaqueta clara de
“Pierre Cardín”: cómo quedaría.
Vivimos un corto y apasionado romance que llegó a causar cierto
escándalo, pues los besazos públicos todavía no estaban en boga
y menos mi costumbre de llevarla abrazada con una mano por
dentro del escote. Además, secreto. Comíamos en la concurrida
mesa redonda, uno frente a otro, ente disimulos (hacia la patrona,
pues todos los demás estaban en el ajo), y sin postre me iba a
esperarla, impaciente, ansiosamente, bajo los soportales de
Correos; no volvió a pisar el instituto.
Navidad. La más larga de mi vida; ni una carta; la desesperación.
Conocer el dolor sentimental, total. Se destapó todo el pastel. Ni
volvió a Santiago ni volvió a dar [Link] cambio de tercio,
de pensión.
Fonda Pérez. Edificio decimonónico frente por frente de las
escalinatas para el Mercado de Abastos, cuyos pabellones de
grandes bloques de granito están pegados a la Universidad, por lo
que cuando abríamos los ventanones, del tamaño de grandes
puertas, en los ardores primaverales, nos allegaban sus aromas.
Había de todo, con predominio de estudiantes (medios y
superiores), gentes de paso y excursiones eventuales, que cuando
nos eran anunciadas esperábamos lascivamente que fueran de

1027
chicas, y fuelo una vez, y el que escribe el que más lo aprovechó
–su sujetador blanco, algo basto; su pecho blanquecino que
mostraba por primera vez; en la semi-obscuridad de una “boite”-
. Entre los fijos, el portero del “Pop & Pool”
Pop & Pool.
A punto de irme para la ciudad apostólica, a puntito estuvo de
fastidiarse, pues causó no poca conmoción que la sobrina de mi
abuelo anunciara que su único y consentido vástago varón (por
encima, una aventajadísima estudiante y gemelas viva la vida)
abría discoteca, auspiciado por su reciente cuñado (de la gemela
azafata), típico chuleta madrileño de Lavapiés con apellido de
innegable raíz morisca (como era de suponer le robó todo lo que
pudo al cuñado y se separó de mi guapa parienta, entre otros
motivos por tener amante pública, al igual que su cuñado).
Fue la primera discoteca autentica en la ciudad universitaria,
pues si bien había otra era más “formal”, el “club Don Juan”
exclusivista y lo otro un cuchitril para meter mano (para “meter
mano” de verdad había que pasar Padrón, un antro con un árbol
en el centro, sí había pista sin uso, y donde un camarero te cogía
de la mano y te depositaba, mechero en mano, en un
compartimento acolchado del que no salías hasta oír aquello de
“váyanse vistiendo que vamos a prender las luces”).
Una mina (el encargado, también “extrajo” de ella varios locales
hosteleros). Por “P & P” pasó la clase médica, negociantes varios,
putas, jueces, …los estudiantes celebraban allí sus “pasos de
ecuador” y bailes pro viaje fin de carrera. Si la capacidad era de
doscientos danzantes, pues doscientos mas (con una sola puerta,
de varias hojas, eso sí). Cuando ya el titular pasaba sus días de
juzgado en juzgado, con amenazas varias de embargo, el juez
que le tocaba al día siguiente fue expulsado por una puta a patadas
por las escaleras tras pagarle una botella enterita de “Chivas
12”; hacía tiempo que se había cerrado, llama la policía, nos
escondemos en el retrete y le digo a la suripanda (coruñesa, por

1028
cierto) que tengo en el ropero unas nécoras por cocer , y allá
acabaríamos en mi apartamento disfrutando yo de todo lo que
había pagado el juez (menos las nécoras, a mi cargo). Y a que,
lógicamente, no se me cobraba entrada y , si podía, las
consumiciones tampoco las pagaba, tuve que acabar por trabajar
allí (cobrando), encargándome de preparar las extrañas
combinaciones (llegué a sostener cinco vasos en la palma
izquierda) que me voceaban los varios camareros, que no daban
abasto. Fueron tardes y noches de gloria, dobles sesiones en las
que se rompían cerca de un centenar de vasos (y no todos yo); los
amigos me crecían, y las mujeres se me insinuaban por un simple
refresco. Lo bueno nos lo bebíamos nosotros, y los distribuidores
ya suministraban garrafones con gomas y agujas especiales para
rellenar a través de tapones irellenables; el almacén mas parecía
un laboratorio; por mi mismo aprendí, intuitivamente, lo que es
cierto clínicamente: que el zumo de naranja es lo único que diluye
el alcohol en sangre. Los más asiduos, los recepcionistas del *****,
que llegaban a empalmar allí, entre trago y trago, sus turnos. Un
trío de estudiantes tomó durante una temporada la costumbre de
rematar la borrachera viviendo a intentar entrar por la fuerza
fuera de horario; les zurrábamos por todas partes, hasta con un
grifo; una mañana me los encuentro al doblar una esquina, me
preparo para el ataque,…pero estaban sobrios. En un baile de
enfermeras(las que más se arrimaban) otro borracho me quiere
quitar la chica, por ser de las más bonitas –siempre tuve buen
gusto-; acabamos en la puerta a puñetazos en el momento que
pasaba la ronda policial: mi única noche en la trena(tuve otra
retención porque los de la ronda confundieron publicidad de
“Iberia” con panfletos subversivos, dos citaciones –una por
agresión puesta por una novia y otra por colaboración terrorista
puesta por mi padre- y un par de juicios penales, que ya saldrán
en su momento).
Las propinas (no de los estudiantes, pero por allí caía de todo)
eran otro sueldo; lo gastábamos en opíparas cenas, bien regadas,

1029
entre la sesión de tarde y la de noche. De madrugada, seguíamos.
A desayunar, whisky con calamares, jugándonoslo a un número
por aproximación que debía ser invento local. Quien quería,
seguía. A casa del encargado de las gafas de culo de baso – pero
que tenía mucha vista-, a despertar a su madre y hermanas para
que en el rescoldo de la lareira nos soterraran los chorizos
envueltos en grasa y papel de estraza; bailábamos encima de la
mesa de la gran cocina, botella de la mejor reserva en mano. Si
el fiestorro era privado, quedábamos los asiduos con cargamento
de cava alrededor de la pista, adonde iban primero las copas,
luego uno o dos achispados, los botellones buscándolos, para seguir
con las sillas y hasta las mesas, bajo las cuales acabábamos todos
sepultados. Las carreras de coches tampoco eran raras.Y así todas
las noches, una encima de otra.
De día, tras pocas horas de amodorramiento, a tomar tazas de
vino ribero por la calle de El Franco. Opíparas comidas. El sueño
de verdad, el de siesta larga. V uelta al trabajo, a las juergas, a
las madrugadas de alcohol, a la cama con luz diurna. Una buena
temporada, por inercia de mis funciones (además de las bebidas
de sala, ayudaba en el ropero, cuando todos y todas los hasta
entonces renuentes parecían tener prisa por marchar: “y los que
se van, ya volverán…”, sonaba la despedida), me hice adicto de
la noche, pero durante el día, la mañana, además de que nunca
fui partidario de andar de tazas, siempre preferí dormir.
El director pagano de toda aquella farándula era barbilampiño,
ni alto ni fuerte, con gafas algo obscuras (que le rompieron en
varias peleas) en interiores. Con su querida –una peluquera
anodina-, se iba todas las noches a cenar en el mejor restauran
de la capital (que todavía lo era La Coruña), con el coche de
última generación. Se agenció un vehículo deportivo, de fibra
roja, que causaba sensación por donde fuera, el éxtasis al abrir
sus puertas hacia arriba, sobre el eje central, como mariposa
mecánica. El camarero que custodiaba la puerta de “El Rápido” y
su escaparate de lujo, cuando lo veía acercarse llamaba al

1030
encargado y ambos lo saludaban con serviles frases e inclinaciones.
Tras la cena, carretera para su negocio, donde se encerraban en
la oficinita junto a la cabina y la pantalla, sin que nadie osara
molestarlos, ni por un incendio; unas cuantas veces que, tras
muchísimo insistir e insistir, se me franqueó la entrada al santuario
de la pareja, allí estaban, cada uno a su lado de la mesita, mirando
la televisión o jugando al parchís, mientras despachaban
continuamente pipas de girasol.
Por su casa, la de sus padres, donde estaba su esposa, solo
aparecía las fiestas de guardar. Sus padres y mujer me preguntaban
por hijo y marido a mí, que iba con cierta frecuencia, siempre
bien tratado y considerado, todos alrededor de aquella mesa con
faldones que guardaban el calor del brasero. El cabeza de familia
se fue apagando, amargando, sin soltar para nada el cigarrillo.
Militar en excedencia, medico, tenía en el propio piso su
laboratorio de análisis, además de una prebenda en las milicias
universitarias. Hundido en su sillón de orejeras, con la cabeza
entre las manos, horas y más horas, perdiendo vida social y oído,
casi dejo de hablar, entre la veneración de su familia.
Al quedarse sin nada, el que abría la mejor centolla todas las
noches en el restaurant gallego de escaparate más deseado, se
hubo de marchar con su barragana a trabajar a las [Link]ó,
V
ya solo; acogido como hijo (y esposo) prodigo, lo encontré, de
encargado, en una discoteca de las afueras; como, cariacontecido
recordaba tiempos mejores, le solté con toda convicción “¡que
te quiten lo bailado!”, haciendo hincapié en que lo hizo en una
época en que prácticamente nadie disfrutaba de aquellos niveles,
como decidir una noche subir, sin dormir, una mañana a un avión
para ver un partido en Madrid y volver a la noche siguiente, o
acompañar a clientes portorriqueños a su isla para volver de
inmediato.
¡Que nos quiten lo bailado! –Y tanto-.

1031
Volvamos a la fauna de “Fonda Pérez”. Al portero del “P op &
Pool”, siempre solo en su mesa de junto a la ventana y su pequeña
habitación de la escalera, ante la sorpresa de todos, durante una
semana le apareció una esposa llegada de Cataluña. Encima de
él, de su habitación, un ser extraño sin dientes que no salía más
que de noche, cuando no hay clases. El portero tenia por única
historia su época dorada Leridana de chofer de gemelos
subnormales de familia rica, con orden y fondos para pagarles
todo el champagne y putas que quisieran. El vampiro desdentado
soltaba, incongruentemente, extrañas historietas desangeladas,
sin sentido; menos éste que siempre gustó de seres extraños y
marginados, los demás le tenían cierto temor , pues de vez en
cuando de su guarida surgían gritos feroces.
La alegría de la pensión era un chaval de Ribeira (“El otro día
en la playa de Ribeira/ Un pobre moro abuso de una infeliz/fíjense
Vds. como la tendría el hijo puta/ que le rompió a la niña la tela
de la matriz./ Si este caso les parece exagerado/ este caso
exagerado no lo es/yo conocí a un chaval que era de Noya/ que
abría latas de sardinas con la punta de la polla”), hermano de
otro dechado de formalidad; eran los de la gasolinera, y también
estaba el de la pastelería principal, único que siempre disponía
de abundante dinero, y que presumía por anticipado de que la
madre le iba a comprar coche. Otro, hijo de guardia civil que
acabo en guardia civil, le iba al pairo, y yo completaba
asiduamente el trío gamberril. Nuestra diversión principal estaba
en los supermercados recientemente comenzados a abrir, en sus
carritos de compras, sobre los que nos aupábamos para tirar
mercancías y clientas; finalmente, pasábamos tan ufanos por caja
abonando nuestro paquetito de pipas.
Lo insuperable, cuando armábamos los guirigáis nocturnos.
Como al lado, alto muro por medio que nunca conseguimos escalar ,
estaba un colegio de monjas, enviábamos durante los recreos
paquetitos muy curioso, algunos con cajita, en los que envolvíamos
nuestras más preciadas deposiciones; cachondeo total, insultos

1032
desde todos los balcones. Pero de noche, las zapatiestas eran de
no poder dormir ni monjas ni legos. La dueña de la pensión, mujer
brutota de grito fácil, tenía marido de dientes y dedos muy
amarillos cuya única evasión era la caza; en el patio, esperaba
pacientemente “Tintín”.
“¡Davís, saca a escopeta!, ¡T intín, mátaos, mátaos!”. “¡Fíllos
de puta!”.
La montábamos, más que nada, por oír tales improperios
impagables a nuestros oídos.
“¡Tintín, mátaos!. ¡Dávis, saca a escopeta!”.
Al día siguiente, en el desayuno, ni una reconvención. Comíamos
estupendamente, no siendo infrecuente el marisco y discrecional
el tintorro. El butano ya era otra cosa, y para ducharnos en caliente
debíamos presentar instancia oral entre refunfuños y existía el
cronometraje, con golpes a la puerta. La patrona no paraba de
chillar y mandar, la Mary Carmen de trabajar y obedecer; esta
Maritornes rubicunda, joven aldeana fuertóta, tras trajinar sin
parar desde la madrugada y dejar de noche todo listo para la
jornada siguiente, había de dormitar con un ojo abierto y
levantarse a cada timbrazo, pues no daban a nadie llave del portal;
menos mal que la pobre no tenía que bajar las escaleras, tirando
de un cable y volviendo de inmediato a su jergó n.
¿Los estudios?; bien, gracias. Apliqué a raja tabla la máxima de
máximo rendimiento posible con mínimo esfuerzo necesario. Hasta
llegué a lucirme. Derecho Canónico y Civil, con notable. Desde el
estrado, frente a toda la compañía y catedrático en primer plano,
se debía defender una postura o tesis, y voy yo y escojo el tema
entonces tan espinoso de las relaciones pre matrimoni ales,
defendiendo ardorosamente tal práctica o la institución del
divorcio; excusado es decir que todos los hombres aplaudían con
entusiasmo y las mujeres nos silbaban por educación. En civil nos
asignaban, por grupos, un caso del tribunal supremo, unos a favor

1033
y otros en contra; como era de temer, nos tocó la tesis contraria,
y aunque me acompañaba entre otros, un futuro notario, fui el
adalid por lo “delicado” del asunto: la amante de un rico, a la
que el tribunal obligó a devolver todos los regalos a la familia
legitima, fallecido su protector; fue la única ocasión en que el
catedrático dio la razón a una de las partes, ¡y la contraria al
supremo tribunal!, quizás impresionado con mis heterodoxos
argumentos, y dijo entre la hilaridad general: “pobre chica, que
se quede con las pieles por tener que aguantar al viejo”.
Si no había motivos de cambio, los buscaba; solo mi culo inquieto
me pudo impeler a abandonar aquella estupenda habitación de
la F.P., en lo más alto, con luz cenital, con dos amplios laterales
abuhardillados donde tener todas mis ropas y cosas. Seguí por la
parte antigua, más arriba, más lejos, en otro caserón de época y
estilo en el qué, por primera vez, disfrutaba de calefacción.
Solo habitaciones, buenas, amplias, limpias; no daban de comer ,
a mi sí. Un día cocido, al otro cordero, el tercero, carne asada,
en ciclo continuado e invariable; mesa grande para mí solo y la
hija de los jefes siempre dispuesta para bajar a la bodega con la
jarra que regresaba espumosa y rosada, exhalando perfumes del
Ulla. El jefe tenia al hermano en el manicomio y administraba su
cuota hereditaria, haciendo frecuentes viajes a los lugares de
donde venia el mosto rosado, y su cliente principal comenzó a
acompañarlo. Por aquella, comenzaban mis tratos con los canarios,
que me surtían de lo escaso en la península (maquinas de afeitar
a pilas, gafas solares importadas, timbres en forma de teta –de
gran demanda-, …); también se empezaban a utilizar calculadoras
electrónicas, aunque siempre se hacia la operación también en
papel por uno mismo, por si acaso. El de la pensión, como era de
aldea, era mi gancho con los aldeanos, que no se fiaban demasiado
de un señorito estudiante de ciudad hasta que se corrió la bola
de que las maquinas no se equivocaban. Tengo cogido el autobús
de línea, ir a “La Luna” (el lugar del contrabando coruñés, cuando
los fondos de origen canario se agotaban), volver y vender por el

1034
triple. Ya que solíamos quedar en bares y los paisanos no
destacaban por su puntualidad, gastábamos la ganancia esperada
y después la celebrábamos; el medio día en que perdimos la cuenta
en el decimosexto vermut, todas las escaleras de toda la Plaza
de la Quintana catedralicia se nos quedaban estrechas para los
bandazos que dábamos; el patrón abajo y el cliente arriba, eran
alternativamente atendidos por patrona e hija, sonrientes, sin
malas caras; Fueron tres días, y sus noches, de arrojar bilis ora
amarillentas, ora verdosas –literalmente, echar el estomago por
la boca: solo la de anís es tan mala-.
Tal vez por salvar mi estómago (y el hígado), el siguiente curso,
ya el cuarto, me mande á mudar. Parte nueva. Familia al uso, de
pareja con dos niños y suegra que dormía en el sillón del salón;
piso por acabar de pagar a cuyo fin se ayudaban con dos que
compartían habitación y la mía; los tres comíamos allí, no mal
(hay que considerar lo mucho que supondría para tales economías
ajustadas vacaciones y fines de semana sin esas bocas a la mesa,
pues cobraban por meses enteros adelantados). Debió pesar en
ese cambio de ubicación de un extremo al otro la proximidad con
el domicilio conyugal de mi amante, aprovechando pequeños
momentos en que llevaba o recogía sus niños del cercano colegio;
como los otros dos metían allí (por turno) sus novias “a estudiar”,
yo hice lo mismo, pero no colaba de ninguna manera por ser señora
bastante conocida, además de que la de la pensión sin licencia
también llevaba sus hijos al mismo colegio.
No por la descolocación me dejé del todo con mi novia de la
parte antigua, Carmen. Amante y novia, novia y amante sabían
una de la otra, pero se lo tomaban muy bien. De niveles y horarios
distintos, nunca coincidieron ni se llegarían a conocer –supongo-
, pero me daban saludos la una para la otra. Los bailes de
enfermeras, tan esperados y esperanzadores, al fin dieron sus
frutos, y como esta vivía entre la iglesia del seminario –San Martin
Pinario, ejemplo de restauración (de los pocos)- y mi pensión,
empezamos calentándonos en las gradas de la iglesia, y cuando

1035
sus hermanos no estaban pasábamos noches en su casa (a pesar
de ser en un cuarto sin ascensor: ni uno por aquellas calles más
allá y de la época de la casa de la calleTroya) más que en la mía.
Fue la que me denunció, de resultas de un acto reflejo mío al
tirarme ella un cenicero, pero tras la citación retiró la denuncia,
echa a instigación de sus hermanos. Llegar a comadrona no la
libro de parir sin pasar por vicaría –no mío, ¡eh!-, y tan bien no s
seguíamos llevando que me consultó como podía reclamar una
pensión al presunto causante.
Con tanto amorío –mas los ocasionales- y con una sola idea fija
en la cabeza –irme-, me tomé un año sabático (o casi, pues cursé
el correspondiente y último de Graduado Social, que poco me
exigía). Por entonces, todavía a ritmo asimilable, comenzaban a
proliferar bares, restoranes, discotecas y similares. También
drogados y politiquerías. El mundo evolucionaba alrededor, pero
yo estaba en el mío, ensoñándome con uno mejor , y así me
imaginaba durante tantos amaneceres en el Paseo de la Alameda,
solidarizándome con las aves enjauladas –aunque bien atendidas,
como yo: pero, como yo, no sin ansias de vuelo-. Cada vez mas
espaciadamente iba a casa, apenas a recoger el dinero –del que
mis padres eran intermediarios, pues provenía de mis abuelos:
como todos los intermediarios, se quedaban con un buen
porcentaje-. Asistí a alguna asamblea, pero no sabía muy bien
que pretendían (fue la facultad de los economistas el foco de las
algaradas); olí los canutos de los barbudos del “Pop & Pool”, pero
el fumar tampoco nunca me tentó.
Otros que estaban en mi honda, hartos de lo mismo en sus
países de origen de los que muchos habían tenido que escapar ,
eran los sur americanos, los que mejor vivían y que, con el gran
alza del dólar, nos acababan las existencias de alcohol. Tras el
terrible terremoto de Managua, familias enteras (menos el cabeza)
de la oligarquía y burguesía alta –”me calló un edificio en el pie-
, con la disculpa de los estudios de los nenes, “vacacionaban” en
el Apóstol. “Vamos a Madrid, que voy a buscar(o llevar) a la

1036
mama(o a la hermana) al aeropuerto”, con sus potentes cochazos
de importación. Bastantes, se hospedaban de modo fijo, nada
menos que en el Hostal de los R eyes Católicos, y no sólo los
afiliados al dólar, que el hijo de un anticuario de Lugo se pasó allí
los cinco cursos, aunque para estudiar decía que prefería el
ambiente de mi casa. De Marruecos, de las tribus cabecillas del
Polisario, también llegaron algunos, casi exclusivamente a
Medicina; el más espabilado, se casó con la mayor heredera del
lugar, y hoy día es una potencia a nivel local y regional. Unos y
otros, nada qué ver con las hordas descastadas que después nos
invadieron en justo purgatorio a nuestros pecados en tierras
africanas y americanas.
Tras el 6-IX-75, tras el interludio Balear , volví a tiempo de
enterarme, sin mayor pesar ni alegría, de la muerte de Franco,
en “P & P , lugar donde nos refugiábamos cuando había
manifestaciones y tiros. En un invierno friísimo, ya con idea de
irme para Canarias, fui a coger un apartamentito en lo más
apartado, más allá del hospital y del campo de futbol; el dormir
con una estufa eléctrica apoyada en unos de los brazos del sofá
cama, con evidente peligro de incendio me libraba de orejas como
repollos, llenas de sabañones. Al entrar, si había potas o sartenes
sobre la cocina, las tirabas con la puerta; no se podía cagar sin
malabarismos; un vecino se fue por no compartir mis disgustos
musicales.
Durante un breve intermedio que se pierde entre otros avatares,
volví al piso ajeno último, el de la vieja esperando acabaran los
programas de televisión para poder acostarse. No sé que le
encontraría, o fue por inercia, para volver a compartir retrete,
lo que ya no haría nunca más.
Cuando, por luctuoso devenir, la asignación mensual me llego
directamente, me pude permitir el gran lujo de alquilar un pisito
–de los de verdad, antiguo- para mi solito, y en el lugar más
céntrico, con una pequeña galería donde comía no menos de una

1037
docena de repletas nécoras por día -¡cuando no habíamos acabado
con ellas y el resto de especies!-, empujadas con cava. Por breve
tiempo le realquilé uno de los tres dormitorios (sin derecho a
cocina) a un amiguete asturiano, que era un buen chaval y
cogíamos muchas borracheras juntos. Con piso y coche, y qué
siempre he sido de bolsa (aunque no muy llena), abierta, me
sobraban compinches de uno y otro género, y a más de uno tuve
que no abrirle la puerta, y a más de una –por extraño que resulte:
hasta a mí- que me esperaba en las escaleras o en el aparcamiento,
también eludirla. Uno de los habituales, de esos muy mañosos,
conectó un juego de luces de colorines a la música y todos
vibrábamos con espasmos musicales. Una noche, mientras los
grelos se cocían, salí por dar una vuelta, me metí en un cine, y al
retornar policía y bomberos en lo que quedaba de mi puerta, sin
otros desperfectos que esta y la pota.
Aquella era la mansión de los embarazos. Uno que formaba
parte de la farándula nocturna de los recepcionistas del Hostal,
cuando se quedaba sin dinero se apoyaba contra la barra y se
jugaba las copas a que aguantaba cualquier puñetazo entre cuello
y ombligo; se machacaba en los gimnasios tras visionar películas
de “kung fu”; también debía ser aficionado a otros géneros no
tan violentos pues de vez en cuando me pedía la llave; boda.
El contable del club, que mira por donde lo era también del
Hostal, tenía que hacer aquella labor extra en horario nocturno y
acabábamos llevándolo a casa a rastras, mientras la esposa nos
increpaba; debía de ser de poco aguante pues no nos duro ni dos
años; el hijo, aunque simpático, no heredó la adicción alcohólica
pero sí los puestos de contabilidad, y también me pedía, con
cierta asiduidad, la llave; a estos hasta los llevé de luna de miel.
El cesletino se libró por poco, pues una de Orense que tenia ¡3
pezones! – ¿para el íncubo? -: en la edad media y “moderna” la
hubieran quemado (a mi también)-, al otro año la veo empujando
un carrito con criatura dentro: ambos desviamos mirada y camino.

1038
6-IX-75

Mil días antes conmemoré la esperadísima fecha en que llegaría


a alcanzar la mayoría de edad legal, entonces en los 21 años.
Libertad.
Libertad que no sé si he usado bien pero que, al menos, he
conservado intacta en todos sus aspectos.
Tanto que viene el lobo…Jamás a nadie oculté mi intención, y
como ya estaba muy próxima la fecha, los más directamente
afectados se burlaban de quien no parecía fuera a cumplir . Ni
siquiera un catártico rapado de pelo (por entonces, únicamente
soldados recién incorporados y presos lo sufrían) abrió sus
entendederas a lo evidente.
Llego el día. Mi día.
Dadivosamente, llevé a mis padres a comer a uno de los mejores
restaurantes de la ciudad –fue la última vez que se pudieron reír
de mi-. Por la noche escribí unas cartas a los más allegados y de
mañana me fui, rompí.
Del banco había quitado todos mis fondos y de la caja fuerte
las isabelinas y alfons inas decantadas durante los cumpleaños,
junto a algunas libras (son piezas de 8 gramos de oro, las 25
pesetas españolas: más adelante, cuando las quise vender , se
revelaron en buena parte falsificaciones).
Recorrí la cornisa cantábrica, autobús; después el tren de vía
estrecha que quedó paralizado por un rayo. En Bilbao hice parada
y fonda con la familia de mi amigo Alberto. Barcelona. Me había

1039
encantado Santander, también S. Sebastian (a pesar de estar casi
militarizada por la tan patente amenaza terrorista); en Laredo –
en cuya playa pararía, más adelante, temporadas en el
apartamento de la madre de Alberto- recorrí de cabo a rabo todo
el longuíneo arenal con mi petate al hombro: la policía vino a
revisarme.
Paré en un fonducho de La Ramblas barcelonesas. Muchos años
después, ya con traje, insignia y flor en el ojal, contemplaba
aquella fachada pensando que ya no me atrevería a alojarme tras
ella, cuando el extrañado encargado, vino a requerirme si algo
procuraba; enterado del motivo, no pudo por menos que exclamar:
“¡Pues mucho ha prosperado Vd.!!”.
Ferri a Palma de Mallorca.
En Porto Pi cogí un bonito apartamento con vista a la piscina
central. No encontré mejor ocupación que vender periódicos,
tocándome en la estación del tren de vía estrecha que lleva a las
magnificas cuevas del Drach y Artá –que visite-. “Ultima Hora”
salía a medio día tras los dos diarios de primera hora; con la
práctica instauré la técnica pionera de vender en los semáforos,
jugándomela entre conductores que pronto se hicieron asiduos y
me dejaban propina; trescientos ejemplares se me agotaban
aceleradamente. Acabados, recorría a pie toda la ciudad para
preparar mi pitanza, dormir la siesta, solazarme en la piscina y
salida nocturna a algún espectáculo o para bailar con los negros
en las discotecas de Plaza Gomila. Ya que lentejas, habas y
garbanzos no los ponía en remojo, es de imaginar cómo salían.
Al revés de en la leyenda yanqui del hombre que se hace a si
mismo comenzando de vendedor de periódicos, pase de millonario
a callejero, aunque más bien había sido niño pobre de familia
rica. Bañándome, luciéndome, desde uno de los balcones me citó
una walkiria rubia austriaca vedette del mejor espectáculo de la
isla. Ni imaginar que existieran hembras así. En el éxtasis, no
paraba de exclamara “oh, la, la,” “oh, la, la”. Una contorsionista

1040
se me escapó por bien poco. Un chocolatero, sarasa perdido,
exhibicionista, culpable directo de que el club de futbol se fuera
a segunda división, ya que no me pudo conseguir , me proporciono
una holandesa que doblándome en edad parecía de la mía (y hacia
buenas paellas), y él se consolaba mirándonos y masturbándose.
Ferri a Valencia. Despistado, por ser cercanas las Fallas –que
no me interesaron-, fui a dar con mis huesos a una infecta pensión
que resultó casa de citas. Toledo me cautivó con su embrujo
mudéjar –mozárabe, y repetiría varias veces.
Volví a Galicia, sin saber muy bien por qué, empujado por la
noticia de que mi amante estaba embarazada.
El frio, en aquel apartamentito de las afueras en que dormía
con la estufa eléctrica a la cabecera, me arrojó hacia el sur ,
hacia Canarias, con etapas andaluzas. Mis padres habían venido a
mí, y la relación, como resultado inevitable, se reanudó, aunque
ya en otro plano. Córdoba, su Mezquita y Granada. En el
Sacromonte me asaltaron, los mismos gitanos que me habían
llevado a una zambra en una de las cuevas (otro robo, ese por
descuido, había sufrido el verano anterior , en La Coruña: una
bolsa con camarones y una gabardina que dejé en el suelo).
Maspalomas, al sur de Gran Canaria, en sus africanas dunas el
tercer robo, mientras me bañaba; envuelto en la toalla estaba un
decimo de lotería recién adquirido, y aquella semana tocó allí el
primer premio: nunca lo sabré. En la pensión del pueblo, donde
compartía habitación durmiendo con la navaja bajo la almohada,
resultaban tan baratos los “100 Pipers” con “Pepsicola”.
No conseguí trabajo –que tampoco busqué con demasiada porfía-
tocaba el muy relevante acontecimiento de las bodas de oro de
los abuelos; tocaba volver . El día de la fiesta, con el despiste
generalizado, le cogimos las llaves del coche a mi tío y casi nos la
pegamos, pues ni mi primo ni yo teníamos todavía carnés (nos la
pegaríamos después, ya con carné y en mi coche, por despiste,

1041
no muy gordo, por derrapar en tierra –él, por ser hijo de
concesionario, pudo destrozar varios vehículos-).
Compostela. Cuando llamo para enterarme del naufragio del
primero de los petrolero s que tiñ ó cielos y aguas de la Torre de
Hércules, me sueltan que a mi madre se le acaba de descubrir
cáncer y va a ser operada. Ni mi sangre –dada no sin reparos y
cierta resistencia- la pudo salvar . Duró poco, sufrió de más,
consumiéndose, en Santa Cruz, día a día. Obligué a que mi
hermana pequeña, muy niña, le diera su ultimo adiós; la cubrimos
con flores del jardín.
La relación entre viudo y huérfano era insostenible. P or un
motivo fútil fui arrojado de la [Link] no volveríamos a hablarnos.
Algo de trabajo; algo de estudio. Otro noviazgo. aPra ir tirando,
me puse a vender biblias y con la misma alarmas, que los robos
comenzaban a aumentar alarmantemente. P or enésima vez de
nuevo en Santiago, aunque ya no como estudiante. Lo de las
alarmas no acababa de arrancar, y acabé por cansarme y arrancar
yo. Por algunas lecturas, se me metieron en la cabeza las Islas
Galápagos.
En la embajada de Ecuador me informan de que el acceso y
mas el establecimiento en el paraíso darwiniano están muy
restringidos; todavía había de pasar más de un lustro para que
arribara a sus costas y volviera a buscar tesoros de piratas. A
falta de islas lejanas, pues las más cercanas. De nuevo a las
Canarias.
Barco. P ara atracar en Hierro, de madrugada, casi ni había
muelle, pues estaba en construcción. Un ingeniero, que ni taxis,
me lleva en su todo terreno –primera vez que debía montar en
uno- hasta la mejor pensión de la capital (V alverde), donde a la
comida me dan uno de sus vinos criados entre lavas, aprovechando
rocíos y con todos los grados del sol casi ecuatorial; desperté al
medio día siguiente, veinticuatro horas de roncar ininterrumpidas.

1042
Alquilando un coche, pude empaparme de aquellas tranquilidades,
pero como acercándose la anochecida fui incapaz de localizar el
interruptor de luces, hube de dormir en el asiento trasero,
bastante estrecho por cierto. Antes de abandonarla por el aire,
aceché el aterrizaje y despegue del pequeño bimotor
, pues aquella
pistita no parecía estirable.
Gomera es una montaña anclada en el océano. Apenas nadie.
Ni rastro de arena, lo mismito en Hierro y después en La P alma.
Al extremo opuesto de S. Sebastián, valle Gran eRy, una comunidad
“hippy” decolorada. El taxista –en todas partes tienen trabajo-,
para arriba y para abajo, explicaba como el buen conductor debe
de usar la misma marcha tanto en cuesta como en pendiente, en
el mismo tramo. La conocida por isla bonita, lo es, exuberantes
barrancadas donde se recoge y reconduce cada gota de agua. La
Caldera de Traburiente todavía estaba caliente, tras el último
susto a un labrador que se creería haber clavado el azadón con
excesivo ímpetu. La isla cabecera de esta provincia es la de
abolengo, la universitaria; mas adelante, sin ninguna dificultad,
ascendería al Teide. Drac Drago milenario en Icoz de los V inos,
sin dejar de degustar lo que el nombre incita.
Antes del desembarco en Gran Canaria, más bamboleos hasta
la isla en cuya parte más volcánica se prescinde de toda fuente
de calor que no sea la propia natural para cocinar Lanzarote es
para ricos, que para eso no hay vallas publicitarias. Un camello
me intento morder pero se llevo un buen puñetazo en un ojo.
Como tras un primer visionado de las arenas de Fuerteventura
(ahora, afirman, tapadas por hoteles y urbanizaciones; de aquella,
solo dos hoteles y en construcción los chales precursores) me
quedaba sin dinero, tuve que ir a buscarlo a Las P almas, por no
haber apenas ni bancos -¿Y a existirían las tarjetas de crédito?-,
retornado casi de inmediato.
Por aire. Como tampoco había taxi, a ejercer con el dedo. Me
recoge el primero que pasa, un catalán dicharachero y juerguista

1043
jefe de comedor del principal hotel; me ofrece su casa, pues
como siempre había tanta gente (hombres, mujeres, travestis,
guardias civiles,…), uno más ni se notaria. Se le acababa de ahogar
la novia (inglesa) en la travesía de Corralejo al islote de Lobos, y
no daba ahogada su pena. De mañana, nos jugábamos a “los
chinos” los primeros bourbons, y así seguiríamos todo el día y
todos los días, con rondas con alemanes e ingleses. Uno de los
fijos era un capitán de la legión ya retirado, andaluz cuya gran
frustración había sido el toreo. A los legionarios acababan de
trasladarlos desde África a unos barracones mal hechos entre la
nada, y nada tenían que hacer por lo que hacían de todo lo malo.
Afortunadamente, con el andaluz teníamos bula, pues cuando
uno se fugaba del acuartelamiento, militarizaban la isla y
controlaban pasos intermedios, colgando después al infractor
sobre un barril de agua o dejándolo morir deshidratado por
aquellos parajes desérticos. En su centro de diversión, donde la
única comida eran pinchos de carne de camello, hube de escuchar
las más truculentas historias de asesinatos y violaciones, sobre
todo de un italiano al que todos dejaban por loco y que a mí me
tomó por banda, entre gritos y humos. Las putas, jugándosela,
acudían a esta miel de desecho, y también travestis –los primeros
que veía- que tenían más éxito que la competencia, tanto que el
alto mando acabó expulsándolos, no sin que antes el comandante
de la guardia civil se pasara tres días encerrado con uno en nuestra
casa. Como un gallego era encargado de un alquiler de coches,
nos prestaba un par de descapotables de fibra adaptados para la
arena y preparábamos entre los roquedales arroces con las
durísimas lapas que arrancábamos. Un par de lugareños dominaban
la honda, aumentando el impulso con un golpe de cadera; pobre
de la cabra que se desmandara, no fallaban ni una. Las abundantes
arenas invadían constantemente el escaso asfalto, por lo que a la
mínima derrapabas, sin mayor problema que pasara alguien más
para ayudarte a desenterrar el vehículo. El problema estaba en
los legionarios, cuya principal diversión era robar coches y hacer

1044
diabluras en la ruta hacia Jandia. Además de camello podrido,
nos atiborrábamos de conejo fresco, y sin escopeta; bastaba salir
de noche enfocar y aplastar; las cunetas estaban llenas de
pequeños cadáveres peludos.
Vida tan buena, holgada y regalada no podía durar, mermaban
mis pocos fondos, pues si cama y conejos salían gratis, las cajas
de whisky (no llegaban las robadas en el hotel) eran a escote, y
aun barato resultaban demasiado, pues corría más que el agua,
siempre escasa. Si hubiera sabido inglés, o hubiera querido fregar
platos, me habrían metido en el hotel, pero con cierto pesar tuve
que mandarme a mudar –como dicen los canarios, y plegar por
cerrar- a la isla grande.
En la plaza de Sta. Catalina estaba toda la esencia turística.
Cogí un hotelucho por allí cerca mientras buscaba un trabajo en
el que no hubiera que trabajar mucho –aunque se cobrara poco-;
a la noche, me avisan sin demasiada premura que hay un incendio
por el patio; entre que seguía escuchando, interesado, a José Mª.
García y que demoré en colocarme las lentes de contacto, fui el
último en salir , ya entre llamas, con serviciales maricones –se
decía que algunos hasta regalaban coches- en la puerta para
amortiguar la carrera.A la noche siguiente, sin hotel, deambulaba
con un lugareño que en Santiago había sido mi principal
suministrador (ahora suministraba droga, pero yo no consumía,
ni revendía) entre las terrazas de la siempre concurrida plaza,
cuando nos fijamos en una guapa rubia elegante a la que
retrataban; entre el corro de curiosos mirones un estudiante
chicharrero (de Tenerife, así son llamados) que nos dijo que ella
no había querido ser dibujada, pero que el pintor aficionado lo
hacía “ad honore”. Dibujante andaluz, estudiante, bilbaína, yo y
Jacobo –no había acabado la carrera; ¿la empezaría?- nos pasamos
todo lo que restaba del nocturno en la playa, bañándonos,
gritando, jugando, cantando. Al amanecer, desayunando,
decidimos buscar piso.

1045
Conseguimos uno estupendo en la parte alta de la ciudad, cuya
lejanía quedaba compensada con amplitud y precio. Nos llevamos
bastante bien hasta que llegó la esposa del pintor que, entre
otras prebendas quería el dormitorio de Araceli y mío. Araceli,
en un lugar de bellas mujeres, hacía que la mayoría de hombres
se volviera, y no solo por sus vestidos floreados. Se había venido
de Bilbao por motivos no muy claros (mas adelante lo haría toda
su familia: un hermano guapito al que eché, y amenazaban su
madre –liada con un negro- y otro hermano recién salido de la
cárcel, cuando me volví mandar a mudar). Había ganado concursos
de belleza y de peluquería (¡en Paris!), consiguiendo dejarme mi
pelo tan liso, que no era de creer . Como yo ya ganaba algo de
dinero y ella mucho, optamos por irnos con un gato persa a un
pequeño pero recoleto apartamento de la Isleta, al extremo de
la larguísima y concurridísima playa de La Cantera, la cual
dominábamos desde el balcón sacando un poco la cabeza. De
mañana, llegaban debajo nuestro los barquitos con pescados
(peligrosas morenas) y algún marisco; de anochecida, recorríamos
todo el paseo para buscar helados; uno paseaba un cachorro de
león, otro hacia fotografías con un chimpancé adulto, un tercero
se subía a la torrecilla de los vigilantes bañistas para mear sobre
los transeúntes; continúan haciéndose verdaderas obras de arte -
la ultima la vi hace tres meses: una Ultima Cena con los 13
personajes ¡a tamaño real!- con arena húmeda.
¿Cómo pude dejar aquella vida?...como tantas otras.
El Club Familiar Canario era un montaje cuyos afiliados tenían
desde un fontanero en pocas horas hasta descuentos en comercios
de diversos ramos. Fiché como jefe de personal (del equipo que
buscaba a quienes pagaran las cuotas mensuales), compartiendo
también labores administrativas con una secretaria, ambos con
el jefe de aquel tinglado en una sola habitación, si bien con sendas
mesas. Todas las tardes, ¡fiesta!; en la popular discoteca
“Cacatúa” el presidente del C.F .C. se inventaba homenajes,
actuaciones, concursos de belleza, comparsas carnavalescas; …a

1046
cambio de atraerles clientes, nosotros barra libre y
aprovechábamos para publicitarlos y , con la animación, hacer
firmar fichas de adhesión.
El fotógrafo “oficial” del Club, ladino él, me tentó para montar
lo mismo por nuestra cuenta; sin dudarlo mucho, deserté –poco
sacaba en limpio- y monté la [Link] delante, impresa
en la “1ª Guía Foto Ahorro Torres” (el logotipo, Pisa y Eiffel; mil
ejemplares de doce páginas completamente compuestas por este
seguro servidor), mi imagen de hace más de una generació n, ¡con
corbata! y micrófono, pudiéndose leer: “Nuestro protagonista
principal, el bombo, accionado por una de las empleadas de para
el sorteo de un poster de 50 cm. X 60 cm. en presencia del Director
Adjunto y presentador Ôliman Seoane” ¡Cacatúa!.
Entre los asiduos de las mascaradas, varios culturistas cuya única
ocupación aparentaba ser, por las mañanas, lucirse de un lado a
otro de la playa y, por las tardes, en las discotecas. Uno se ponía
un ceñidísimo traje enterizo con fondo negro y esqueleto blanco
fosforescente, y aun iba así conduciendo su descapotable púrpura.
Otro, alto, delgado y rubio, calzaba botas y sombrero vaqueros;
era, es, mi amigo “Caw Boy” –con el doble de peso y ya sin
sombrero-. Las mariposas que revoloteaban solían ser siempre
las mismas, incluso con la nota de color negro por entonces tan
exótica, eternas aspirantes a “miss” –que lo de “modelo” tampoco
estaba extendido-. “Caw Boy” y yo las hacíamos extenderse sobre
un sofá, adoptar posturitas, llegábamos a decir que el “flash”
estaba estropeado y por eso las alumbrábamos con un mechero y
entre carcajadas las rociábamos con el chorrito de agua de la
cámara falsa. La broma mas practicada era la del “hippie” que
se había perdido, y que todas las chicas miraban con gran atención
por si lo hubieran visto; era una fotografía de un pene y unos
testículos con gafas de sol que mismo daban el pego, sobre todo
en la semi penumbra. Los jurados los solía presidir un profesor ya
con sus años a cuestas, con chaqueta, corbata, gafas y bigotes
que le otorgaban apariencia de respetabilidad, la cual perdía al

1047
sorprenderlo en su finca de las afueras cuando íbamos
inopinadamente a merendar y lo cazábamos semi desnudo y
despeinado con alguno de sus alumnos.
Manolo, siempre con Soledad su mujer, era otro de los que no
podían faltar, atraído más que por el baile por el vaso.
Espontáneamente, nos abrió, nos abrieron, su casa
semisubterranea, fresca, de un barrio, bien surtida de todo tipo
de botellas; también, la de sus padres. Su padre, a quien siempre
llamé Luciano y que se llamaba Laureano –resulta también que
Manolo es Ramiro: lo supe después de casi treinta años-, era el
jefe de jardineros municipales, y ya tenía al Manolo –Ramiro de
capataz; en nuestro balcón (desde el que arrojábamos petardos)
nunca faltaban esponjosas plantas colgantes que llamaban la
atención desde la calle. Juntos, descubrimos la novedad de la
crema de Whisky “Baileis”, a morro.
La caza era sagrada. La noche del sábado Manolo y “Sóle” nos
dejaban su dormitorio, y de madrugada “soltábamos” a las mujeres
y de casa en casa, de tío en tío, de primo en primo, las escopetas,
los perros, los hurones. Desayunábamos (coñac, ginebra,
cerveza,…), en la amanecida, ya por arriba, donde dominaban
nubes y hasta lloviznaba. Venga a andar y trepar. Manolo escalaba
los peores riscos y se extrañaba mucho de que “el godo” –
imprecisión histórica que nos aplican los que todavía añoran a los
esclavizados Guanches- no le perdiera pie. El primer día que
regresé cargado de almendras, comprendí el que se sonrieran al
ver mi indiscriminado afán recolector, pues la hay amarguísimas;
me acabaron por explicar que primero se debía probar una de
cada árbol. Con tanta escopeta, jamás pegamos un tiro, pues los
conejos los cogíamos a mano. P ara eso estaban los hurones (lo
cual era ilegal, por supuesto, pero a nadie parecía importarle un
pito); localizábamos las madrigueras, nos apostábamos en la
posibles escapatorias, hurón adentro, y conejo al morral; había
para todos.

1048
Con esta gente, jamás nos sentimos aludidos por la canción
que se oía por algunos barrios:
“Canarios somos, canarios somos, canarios seremos,

Por el culo a los godos les daremos”.

Debido a que en la peluquería de Araceli atendían por el


mediodía, solía quedarme a comer con el fotógrafo y su
hermanastro, que hacía de repartidor-cobrador. Nuestro oficinucho
quedaba en la avenida principal, muy cerquita de E“l Corte Inglés”,
y en su “Buffet” (de precio fijo) nos temían; por mucho que
renovara la fuente de langostinos, se volvía vacía. El Torres no
pagaba el alquiler ni nada pues además de al hermano tenía que
mantener a varios hijos y mujeres; poseía una especial habilidad
para que los múltiples acreedores salieran conformes y
esperanzados, y a todos y todas, sin excepción, los llevaba al bar
de abajo a “tomar”. El no solía beber alcohol, pero si empezaba
ya no paraba, y desaparecía durante algunos días en los que yo
iba dando largas a proveedores y clientes. Mujeriego obsesivo,
pese a su habla falaz y faz y dientes amarillentos, con mal vestir,
enredaba a empleadas y clientas y después les hacia fotos desnudas
con él en la cama. Solo encontramos una que no le fuera, una
vieja extranjera que en una terraza nos mostró ostentosamente
su bolso rebosante de billetes sin conseguir tentarnos. Una vez
llevamos, de tarde, a nuestro coqueto apart amento a un par de
pelantruscas que querían ser actrices pornográficas, para
efectuarles unas pruebas, pero de nocheAraceli encontró cabellos
espurios en la cama. Otra tarde, cruzamos en piragua la barra
que protege Las Canteras, y tuvo que venir por nosotros
Salvamento y Socorrismo.
Un modo de captar clientes las peluquerías, era tener un “Rolls
& R oyce” a disposición de clientas casaderas. Aproveché para
entrar en alguna casa fastuosa y atiborrarme de exquisiteces fuera
de mi alcance. Como ayudante de fotógrafo –nunca fui capaz de

1049
hacer una foto en mi vida, ni tuve cámara-, iba delante en el
“Rolls”, y el fotógrafo titular aprovechaba las tomas para sobar y
babear sobre la novia sin recato ni disimulo alguno; hay que
reconocerle, eso sí, era muy buen fotógrafo, aunque tuviera que
pedir dinero por adelantado para retirar las tomas del revelador.
Como no siempre nos llevaban en “R. & R.”, se hizo con una
moto, nuevecita, de concesionario que no cobraría más que la
señal de la señal; un día nos la pegamos, y el paquete salió
despedido contra la acera, donde sonó la rodilla; nos llevaron a
un sanatorio pero escapamos, cojeando, pues no tenia carné de
conducir –leer, poco; escribir …-; una temporadita me tocó andar
ayudado por bastón.
Acabó en la cárcel, cuyas dependencias ya no le eran
desconocidas. Muchos años después, a punto de cruzar en un
semáforo en mi ciudad, oigo a mi lado su arrastrado “Rafaé” y
vuelvo a contemplar su sonrisa torcida; actuaba de ¡mago! por
las salas nocturnas mientras sus dos “ayudantas” alternaban con
los clientes. Da idea de su nivel la apoteosis final: decía que los
espectadores sacaran su pañuelo, lo agitaran como hacia él, y
“así se despide Richard Tors”.
“Qué bonita es mi bandera

Era, era, era tricolor.

Con siete estrellas blancas

Ay, mamá, bandera tricolor”.

Todo quedó atrás. En La Coruña el abuelo iba a vender al vecino


(la Caja de Ahorros) el edifico de la cerrada joyería, y con lo que
me tocó pude alquilar un apartamento en lo mejorcito del centro
y comprarme un coche deportivo, amarillo y negro; como además
era el administrador –tengo también ese título, “expedido por el
presidente del colegio nacional de administradores de fincas” en
1.980- del edificio en que vivía, miel sobre hojuelas.

1050
El jefe de instaladores de los equipos de alarmas en mi etapa
preinsular, me aseguró que él las fabricaba si yo las vendía.
Constituimos una sociedad bajo el epígrafe “P roducción
Electrónica Distribución” e ideé el ideograma de un pez con gran
cola donde pone “P .E.D.”; fuimos de las primeras empresas
gallegas de seguridad, y el logotipo se puede ver por ahí, ya que
la empresa subió como la espuma en cuanto yo la abandoné, pues
antes siempre me opuse a la colocación de puertas blindadas por
no considerarlo congruente con la proclamada fe en nuestros
sistemas electrónicos; también contribuyo, en no poca medida,
que mi socio –otro mujeriego empedernido, de los que echaba
polvitos en la bebidas- fuera acérrimo nacionalista, de los de
poblada barba y hablar como las cantigas deAlfonso X, pero nunca
consiguió llevarme a una de las manifestaciones en las que parecía
que no podía faltar –”Oxe teño mani”, decíame-; ¿Qué cómo
contribuyo barba y acento a su merecido éxito comercial?...pues
cuando los nacionalistas, algo traidoramente, entraron en el
gobierno autónomo, ¿Quién colocó alarmas en centros oficiales?.
(Abro paréntesis no tanto por dejar patente que tan discípulos
de Mussolini son éstos como los de Franco –tengo un ensayo al
respeto titulado “Fascio”-, como para recoger una frase muy
socorrida de mi progenitor: “la política, para los que viven de
ella”).
Íbamos dando más seguridad (dentro de lo que cabe) a parte
de Galicia. Casi todas las noches, de baile, de discoteca, la
“Pirámide” en la [Link]í conocí a Ángeles, mi Ángeles; insistí,
¡merecía tanto la pena!; vino a comer a casa (con su vestido
negro, de una pieza, de vuelo, el adorno floral de color bordado
junto a la apretura del pecho) y se extrañó de que yo sacara la
bandeja del horno con las manos desnudas, y le dije “que no me
quemaba”.
Pusimos anuncios para ir expandiéndonos por el norte, aís
P Vasco
y Cataluña. En Bilbao era uno que mejor estaría en un psiquiátrico,

1051
vivía en la lujosa mansión paterna y escondía las revistas de chicas
encima del armario; compré una costosa gabardina y la perdí sin
llegar a ponérmela. Debía ser miércoles o jueves, el domingo
tenía una cita (prometedora) con una en Lugo. En Barcelona los
posibles distribuidores eran tres hermanos con fenotipo judío en
cuyos estatutos societarios figuraba una cláusula de que el
matrimonio excluía de la sociedad sin indemnización; nos
obsequiaron con una espléndida comida en espléndido sitio.
Bajamos raudamente –el galleguista se reía con mis derrapajes y
le llamaba al bólido “o noble”- a Madrid, viernes quizás, para
visitar una exposición de industrias electrónicas, pero no dimos
localizado el acceso al pabellón, tal vez llovía, me impacienté y
tiré carretera arriba.
Un compañero de correrías –más bien era yo compañero de las
suyas- de mi reciente etapa estudiantil, el más habitual aun
después, se casaba ese sábado ¿o domingo?; me había insistido
mucho para que fuera, pero le había dicho que no, tanto por
tener el viaje de negocios como por ya empezar a desarrollar mi
fobia a banquetes tumultuosos. Había un mensaje suyo grabado
en el contestador automático telefónico; en un impulso decidí ir
a donde no tenía pensado -¿tal vez fue mi perenne ansia de
novedades?: sería la primera vez (y por poquísimo ultima: la
segunda en ambulancia) en que cruzaba el puente de Rande que
sajaba la ría de Vigo-.
Aquel día, aquella noche, acababa de vivir , fuera del seno
materno, exactamente, veintiséis años y medio.

1052
VIVIENDAS

Sigo contándome mi vida a mí mismo.


Comprendo que una persona pueda enamorarse de una casa.
Incluso puede darse el amor a primera vista. Las veces que tengo
que ir a Portugal a vigilar mis intereses, me hospedo siempre en
un hotel, desde que lo descubrí, a pesar de tener mi casa a pocos
kilómetros. Influye que abro el balcón y está todo el mar
esperándome –amo tanto su sonido, que ni llevo transistor-, que
todavía no me he cruzado más que con sombras de clientes, qué
ni televisor ni nevera en el cuarto, pero también su propietario.
Es un francés que habla portugués, o un canadiense que habla
francés; por las noches espera a los clientes rezagados y bebe
con ellos sin prisas, con la terraza abierta en verano o junto a la
chimenea en invierno, entre sus discos y libros, junto al piano, en
el bar de maderas nobles. Viajaba por todos los océanos a bordo
de su velero, naufragó por estas costa, vio este hotel abandonado
–su hélice esta sobre la repisa de la chimenea de la entrada- y ya
no se movió mas. Su mujer y sus hijas salen por ahí, temporadas,
el permanece, en su matriz adoptada. Cuando llegó a “O’ Facho”
(para refugiados con posibles de la IIª Guerra Mundial) en la Foz
do Arelho, entraban y salían libremente las gaviotas en busca de
sus recuerdos. ¡He tenido tantas, y tantas, y tantas viviendas!. Y
sin embargo no vivió en ningún sitio. Y sin embargo sueño casi
exclusivamente, y bastante, con aquella en que nací, donde
transcurrió mi infancia y adolescencia. Del “hotel Berzas” –así le
llamaba mi abuelo al piso en que siempre tenía familiares y
amistades para comer- me ha quedado borrosamente su piano y
las percebadas monstruosas. Del otro piso al que se mudaron, tan
arregladito, la fuente con el salmón del Limoges –formó parte de

1053
la vajilla real del Palacio de Oriente, así como un juego de tocador
del mismo autor- que presidía el coqueto comedor qué sería lo
último que vendería –temo a un terremoto no por qué me aplaste
a mí, sino a estas y otras porcelanas de las que no me considero
dueño, más bien transmisor-. De Bergondo, un seto, una fachada
sucia, y poco mas…Algunas fotos en blanco y negro, empinando
el codo cuando apenas sabría andar . V illafranca, si puedo, la
recupero. Derecha e izquierda, nona planta, dominando fuente,
tejados, arboles, faros, playas, castillo, relojes y mares, no
despiertan nada en mi; me alegra que mi hermana y sus dos hijas
–la mayor en lo que fue la habitación de mis pesares- se vayan a
vivir a aquel doble salón con siete pares de ventanas, con su
piano sin gola. El chale de S. Cruz lo hemos perdido, nos lo han
quitado.
O sea, ocho viviendas familiares.
Las siete pensiones compostelanas tuvieron su parte buena
menos la primera, siendo la más literaria, la de mas sabor
, “Fonda
Pérez”. Mi primer apartamento [l’appartement” aparece por
primera vez en la residencia palaciega de “Chambord” (el del
muro de 32 km., antecesor de V ersalles), consistiendo en una
habitación grande, dos más pequeñas y un gabinete, unidos entre
sí. Actualmente, como también hago aquí, se emplea con
contenido más restrictivo] y mi primer piso.
Palma, la piscina, “Oh, la, la”.

Las Palmas. No me va vivir en comunidad. Mi primera vida en


pareja.

Va la veintena y quedó por medio un piso, el mejor.

Y la primera media casa.

Editar una biblia con presencia, ir formando equipos de venta


con estructura piramidal (de modo que de cada venta siempre

1054
quede algo a todos –con dinero inmediato, ya, para el que patea
la calle-) y vivir a lo grande, lo hicieron dos socios que pronto
pasaron a aprovecharse del alarmante aumento de la inseguridad.
El sevillano, de buena familia, se había separado y viajaba con su
querida, antigua secretaria; el madrileño, un medrador, buscó un
matrimonio conveniente, aunque acabaría convirtiendo, también,
como tantos, a la secretaria en querida.
Me captaron a través de un anuncio, en La Coruña, y aunque ya
tenía un par de títulos, ninguna intención de colegiarme y de
ejercer, por lo que vendí a domicilio (hasta tenían prefijado un
discurso con pautas de actuación que llevaban a la firma y a la
recepción de la señal) algunas Biblias, ya con la promesa de
incorporarme con categoría intermedia a lo de las alarmas, que
por novedad y seguridad síi era de mi interés. Me fue asignada la
zona de Santiago y por ello alquile un pisazo en el que poder
tener también la parte administrativa y depósito de materiales.
Que se puede vivir a lo grande vendiendo libros en un país donde
se lee muy poco, suena raro, y más a finales de los setenta. No
obstante, de aquella ya conocía y trataba mucho por nuestra
común afición al buen yantar y trasegar al que bautizamos como
“chulo de Vallecas”, sin ser vallecano. Cierto es que, y en la misma
semana, pilló cuantiosas quiniela y lotería, pero también es cierto
que nunca quiso delegaciones, empleado, ni otra cosa que comprar
en origen buenas colecciones de todo tipo y revenderlas por su
cuenta y riesgo. Elegantemente vestido, potentes coches,
magníficos pisos, sucesivamente, en Santiago, Vigo y La Coruña,
donde acabo casándose con una funcionaria municipal –uno de
los pocos que me reconoció la realidad del matrimonio-. Su ámbito
preferido de caza de clientes siempre fueron, el colmo, las propias
librerías, donde estudiaba los gustos de los buscadores antes de
abordarlos allí mismo o a la salida; terminó por hacerse con una
buena cartera de clientes de profesiones liberales sin tiempo para
husmear en librerías.

1055
Cuando los jefes de Madrid y Sevilla venían a su delegación
noroeste, juntos o separados, paraban en mi piso, que para eso
pagaban una parte. Al sevillano, por estar siempre con la
secretaria-amante, no podía sorprenderlo más que con lugares
para comer como no se puede comer ni por el sur ni por el centro,
pero el madrileño era otra cosa, juerguista (además de, también,
buen comedor y pagador) noctámbulo hasta las [Link] lo llevaba
de día a los mejores restoranes –cuantas veces hemos salido, a la
carrera en un par de coches, a última hora a comer en “Chocolate”
de Villagarcía, cuando estaba tan en auge que hasta Julio Iglesias
lo hacía, pero en avión desde Miami-, y otro vendedor que sabia
bastante más de mujeres que yo, tomaba el relevo por la noche.
Solían despertarme, cuando ya los echaban de todos lados, con
la compañía, entre risotadas de las cotocorreras, que nunca
resultaban ser de mi tipo.
Se traía, en su cochazo, a mi piso o a los mejores hoteles,
siempre que podía, al vendedor que había logrado con toda la
jeta, entrar en el Palacio de El Pardo y venderle uno de aquellos
libracos, nada menos, que a la mujer de Franco. Era como un
bufón, contrahecho. En una ocasión que lo invite a vieira, a las
que nunca había visto en su vida, tras comerse golosamente todo
lo de alrededor, deja lo que es el cuerpo blanco de la vieira limpio
con su concha y dice: “la vieira estaba muy buena, pero la cebolla
voy a dejarla, que no me gusta”. Uno de tantos amaneceres,
agotados ya los tugurios en que nos dispensaban alcohol en la
ciudad, estábamos en un barracón de las afueras, donde otro
cliente se dirige muy educadamente al histrión: “por favor, ¿podría
decirme qué hora es?”, y este le contesta con su deje que “¿y a ti
que te importa, hijo de puta?”; risas y más risas, nadie era capaz
de incomodarse con él. En Madrid, cuando no vendía libros o no
estaba animando veladas o viajes de su jefe, residía en un bar en
chaflán a donde iban los clientes no por calidad de vinos y tapas
–nefastos-, sino por invitarle a él y a su pareja de actuación para
que los hicieran reír; la asociada era más menuda que él y jorobada

1056
y se reían uno del otro, de los clientes que les pagaban, de la
mujer de Franco, y de los mismísimos dioses si los hubiera.
El estupendo piso era de un juez destinado en V igo; como lo
abandoné (rumbo a la segunda estancia en las Canarias) sin pagar
del todo, puede que cuando tuvo que dictaminar años mas tarde
en un juicio de daños y perjuicios en el que yo era demandante,
todavía se acordara de aquel inquilino y desestimara sus pruebas
y argumentos.
Nunca se sabe.
Inmediatamente antes de esta etapa, en la que no podría olvidar
a otro vendedor (andaluz) que a todos nos animaba con sus cantes
y festejos –así como el buen comportamiento del que era mi jefe
inmediato-, fue la de la media casa en ¨Sigrás, a las afueras
herculinas. La había hecho un emigrado en Italia al que el padre
se le ahorcó en la familiar cercana, por lo que volvió, cogió
herencia y ahorros, y se construyó una nueva de cuatro viviendas.
Las dos del bajo las alquilaba, mientras encima estaba él y una
hija cuyo marido embarcado, cuando venía, no nos dejaba pegar
ojo con el rechinar de muelles. Me llevé estupendamente con el
vecino de la media casa de al lado, “Checho”, que traía, a la
mía, a compañeros de “Seat”, donde entre música al máximo
volumen para no oír los muelles de los de arriba, dábamos buena
cuenta de mariscos y vinos. El más animado, amante de la música,
los mariscos, los vinos y el acelerador
, acabó matándose al volante,
como tantos jóvenes, no mucho después.
Música, mariscos, vinos, velocidad y…mujeres.
Fue por entonces cuando contacte conTeresa, uno de los iconos
de mi vida.
Fue allí donde desde el colchón en el suelo que hacía las veces
de sillón en la sala de música, la llevé por primera vez a una
cama como es debido, tras copiosa comida. Simultáneamente, la
hija del que entonces era mi jefe, hermana de un asiduo y futura

1057
reputada cantante, se encaprichó de mí y de vez en cuando
llegaba, tan elegante, en taxi por el camino; con los ímpetus
rompimos una cama, que no había nada que envidiar a los de
encima. Una noche, en una casa de mala nota, una que se sentó
encima de mí, ante el asombro de los que me acompañaban, se
empeñó en venirse conmigo –ésto ha ocurrido varias veces, como
aquella otra que creía que era una barra del mostrador y cuando
se dio cuenta se puso a dar gritos llamando a su hermana (que
compartí) o, hace poco la que exclamo: “¡meu deus!!”-; al otro
día, llamó por haberse dejado olvidados los calcetines y vino a
por ellos su novio. Otra, a la que trajeron un par de colegas y que
hasta se metió medio vestida, en la bañera con ellos, también se
quiso quedar, diciendo “estamos loquitos”, y en plena faena llama
por teléfono otra que reclamaba su trono.
A Sigras-Sobrecarreira llevé las obras familiares. En el tercer
piso encima de la joyería se amontonaban todos los deshechos,
los que hubieran hecho la dicha de muchos e hicieron la mía.
Algún mueble antiguo, un gran sillón, alfombras, lámparas,
colchas,…Todo lo vendí, lo di, o lo dejé a uno de al lado que se
estaba construyendo, él solito, su casita, y que nunca soñó con
complementos de tal categoría; es hazaña personal que sigue
teniendo adeptos: con muy esporádicas ayudas y contrataciones
como excepción, poner el primer ladrillo a la ultima teja; ¡lo
realizados que se deben sentir!.
La última vez que soporté -y me soportaron, más bien- vecinos
encima, abajo y o a los lados, fue en La Coruña, antes de
quemarme, en uno de los edificios más elitistas del que como ya
escribí, era también administrador. Tampoco volví a vivir en una
ciudad; bastante más de la mitad de mi vivir, eso que nací y me
crié en medio urbano, lo he pasado residiendo en el campo, en el
monte, en la playa, fuera de humos, gritos y apretujones.
La primera vez que vi, por fuera, el primer chalé de P erbes
(MIño, a poco mas de 20 Km. de La Coruña), me embargó una

1058
plenitud de vivir allí que no me abandonaría mientras permanecí.
Estaba por estrenar, pues el obrero metido a constructor-vendedor
que lo hiciera para él, considerolo lujo excesivo; para mí también
lo era, pero siempre he vivido por encima de mis posibilidades.
Se ponía el sol mismo enfrente, apagado por el agua, la gran
bocana de la ría que también nos mandaba todos los vientos del
mundo. Por aquella bodega pasaron decenas de miles de botellas
irrepetibles, en aquella chimenea y horno caían los cabritos
enteros, disfrutamos como locos con una mezcla de badmington
y tenis a la que denominamos “bad-mis”. Es cuando más gente
tuve alrededor, cuando me hacia mas falta, con Ángeles –tal vez
sin saberlo, ni ella ni yo- como fulcro de opíparo existir.
Un médico eventual en Miño me habló de un director de banco
que controlaba todo lo de terrenos y casas por aquellos aledaños.
La primera vez que me vió se llevo un usto
s tremendo, pues estaba
haciendo un arreglo sin licencia, como siempre, y aprovechando
para anexionarse algo de los demás, como sigue haciendo –pero
con clase, a su manera, sin qué nadie le podamos negar nada-. Mi
amigo José Manuel, me abrió su casa n– o hacía falta pues siempre
se tuvo abierta, hasta que le fui inculcando algunas pautas de
seguridad: incluso le regale una caja fuerte-, no dio más que
facilidades para todo, se apoderó de algunas de mis relaciones
ofreciéndome a la vez las suyas,…es “My neibourg” por excelencia
–como decíamos cuando, en el bajo de su casa, junto a la gran
lareira siempre encendía, Pablo nos intentaba enseñar inglés-
Por Perbes se dejaron caer del cielo los canarios, padre e hijo.
Manolo y Laureano nada más bajar del avión se fueron al espejismo
del bar: ginebra y coñac, con lo que desayunaban habitualmente
(extrañándose de que yo tomara cerveza “tan pronto”); en los
días sucesivos casi acaban, acabamos, con todas las reservas de
vino gallegas. Al entrar en el garaje, se creyeron que los anexos
eran sus cuartos, que ya les valía; no salían de su asombro al
encontrarse con un dormitorio para cada uno con su
correspondiente cuarto de baño, mientras que a mí me

1059
correspondía otro tanto, y más, en la planta superior . Fueron
jornadas frenéticas, de caer rendidos de madrugada y levantarse
temprano al toque de guitarras eléctricas con batería. Lo que
menos les gusto, que les hiciera dar la vuelta completa a la muralla
de Lugo -¡y sin beber!-; lo que más, todos los bares fueran como
fueran, y si eran de putas mejor. Si el hijo iba con una, el padre
esperaba para preguntarle y que todo quedara en familia; para
compensar, y dejar alto el pabellón local, yo iba con dos. Como
nunca habían visto un rio de verdad, no paraban de filmarlo, pero
habituados a los secos riscos por dónde íbamos a cazar en su
tierra, no se fijaban en el musgo que crecí a a sus pies;
simultáneamente, acompañados de mis carcajadas, fueron a parar
al rio, junto con sus cámaras. V eníamos de ver otro amigo, de
acabarle con su bodega y despensa, en una zona interior; me
preguntan si por allí no había caza, les digo que nada, y en ese
mismo instante se nos cruza delante un conejo, que, deslumbrado
por los faros, acabaría al día siguiente en el puchero.
Del pequeño y conocido Perbes, a la gran y desconocidaAmérica.
Al volver, como tenía el negocio en Betanzos, encontré una casita
agradabilísima, en las afueras, tras pasar un puente, encima de
un arroyo. Era una casa sin armarios, todo a la vista, la ropa –y
mis primeras colecciones de libros, tras desprenderme
anteriormente de los que tuve- en estantes; un baño con plantas,
con gran ventana, rosado, luminoso. Ángeles también la llenó,
con su presencia. Cuando comíamos en la parte trasera tirando
valvas y cáscaras directamente al arroyo, nos reíamos –el abuelo
llegó a disfrutar allí de una paella con un albariño inolvidables-
diciendo que algún siglo los arqueólogos al excavar y encontrarlas
se creerían que el mar llegaba a pie de esas ruinas.
Pero aun con rio, ¡echaba tanto de menos al mar!. R ecurrí a
José Manuel y me proporcionó la ultima casa de la larga playa de
Miño, donde la curva de 180º. Duré días –y no la computo-, pues
el que me la había alquilado, un matarife casado con una
carnicera, resultó un calzonazos ante las quejas de su legítima,

1060
que estaba, sin parecerlo a primera vista –los tenía tratado
bastante-, de psiquiátrico.
Volví a recurrir a José Manuel y me volvió a encontrar de
inmediato otro lugar a donde mudarme con todos mis petates,
ayudado por Pablo –son únicos-. En el mismo apeadero de tren de
Perbes (aunque jamás cogí un tren, como no fuera por
divertimiento: con Ángeles), viendo el mar desde la terraza de
junto a la cocina donde comía pero a casi un kilometro –lo que
viene bien para pasear pues si viviendo a pie de playa, da pereza
internarse tierra adentro-. No tenía más que cruzar la poco
frecuentada carretera para meterme en el horno de los padres
de José Manuel, donde su hermano me sacaba las bollas mas
crujientes.
Con este hermano, trabajador nato –el otro, más de mi cuerda-
, pasó una muy buena cuando voy con él a por pienso para
animales, que revendía. Se cabreo todo cuando en el almacén
mayorista ya se lo tenían distribuido en sacos de 50 quilos, y en
su almacén de la panadería me pidió desatarlos para ir quitando
un par de paladas de cada; se nos ocurre pesar uno, ¡y resulta
que en origen ya habían hecho lo mismo! (o sea, “merma” de casi
un 10%).
Y me fui al interior , a pleno monte, dejando negocio para
exclusivamente escribir, al lugar (Gandía, Roupar, Xermade, Lugo)
cuna de P ablo, casa más o menos arreglada, pero entrañable,
donde tras exterminar plagas de ratas y sufrir ataques de
enjambres de abejas, logre vivir tan tranquilamente, incluso sin
ver durante un día entero o más a humano alguno (el único vecino
a buena distancia, y el núcleo poblacional más cercano muy lejano,
a kilómetros de pista de tierra).
De vez en cuando aparecía el padre de Pablo, “O’Herva”, que
todavía se consideraba a sí mismo “romano”. Sin dejar jamás su
pitillo –que acabaría matándolo: lo que valió para que lo dejara
el hijo, que llevaba el camino del padre-, se venía conmigo de

1061
restorán, que hasta de dejar propinas era, y de requebrar a la
camarera; y alguna que otra noche, “de chicas”. Conservare
siempre, donde pongo las patatas, un medio ferrado de madera
para grano que él mismo hizo.
Aquel apartado sitio, donde volví algún mes veraniego, tan
placentero, de los más tranquilos -¡pero una vez llegaron unos
sectarios con sus prédicas!-, es prácticamente inhabitable en
invierno. Se me dio por Portugal, por primera vez, relativamente
cerca de la frontera, en la Playa de Moledo poco después de
Caminha. No tenia terreno (si terraza, salina), pero toda la arena
mecida por el bravo mar a media docena de pasos y , mismo a
continuación, un inmenso pinar que sigue la curva de
desembocadura del rio Míño. Pasear, escribir, respirar, leer, pensar.
Soy muy casero –no hogareño: un hogar es otra cosa, que no he
tenido-; si no fuera por los perros (qué son los que propiamente
sacan a pasear a los amos) y que como siempre de fresco, pasaría
días y días sin salir de casa, pues no tengo ni la mínima necesidad
de escapar a bares, como la mayoría, que se siente mal en su
propio hogar. En Moledo, tan pegadito al Atlántico, con Ángeles y
la perra rotwailer, fue la última escena hogareña, de hace mas
de década y media: recogiendo piñas, en un cesto de mimbre con
las asas compartidas, mientras la perra las quitaba para jugar (y
la vez qué mas sentí volver a un hogar , con la misma perra y la
única Ángeles, incluso un lugar no propio pues estábamos por
unos días en un chale delAlgarve, cuando llevo el coche a arreglar
por fallar los frenos, me fallan de todo en una curva llena de
maquinaria de obra, y creí que me mataba mientras esquivaba).
El tercer chalé de P erbes era gemelo del primero; mismo
constructor. Media hectárea socavada por las obras. La hamaca
entre dos palmeras grandes expresamente traídas de Canarias,
enyesadas. Hice tallar escalones en la roca, por donde bajaba
primero el pesado motor y después, a hombro, agarrándome, la
lancha neumática. Pilar, pequeña, fea, activa, cuidaba del abuelo
y de la casa, no durmiendo hasta que yo regresaba por las noches;

1062
de mañana y siesta, me subía los zumos de naranjas recién
exprimidas. Así se debían de sentir los amos de explotaciones
bananeras como cuando, repantingados en los sillones de la
balconada de madera, veíamos sudar a los que me cortaban la
hierba. Aquel gran horno de piedra que, como todos los del estilo,
tan rápidamente tragaba toneladas de roble, paría los mejores
salmones (de pesca, de los que ni hemos olido desde entonces) y
capones, en sus épocas [lustros después de consumirlos
cíclicamente, ¡nos enteramos que son de Francia y no de Villalba!;
resulta que como sufren menor mortandad que los autóctonos los
traen en primavera, los engordan más o menos naturalmente, y
los venden a fin de año como los otros marrones por fuera y
amarillos por dentro, que para eso están los sustitutivos del
azafrán].
Memorables las ostradas que nuestros buceadores furtivos se
agenciaban ¡a mas de kilo por pieza!, de la autóctona aun no
helenizada, de la que te ahoga, de la que se ahoga entre sus
valvas de tanto que crece. Como un primo del P ablo cogió a su
señora esposa infraganti con otro primo, se largó abandonando
sus pollos en el monte; desde una moto, los fuimos decapitando a
machete y corrían como pollos descabezados; la docena que
conseguimos cazar nos la zampamos de una sentada, con ayuda.
La de los tres cerditos que metimos en él Mercedes del embajador
creo que ya ha salido por otro sitio.
Como el sistema de calefacción, por termo acumulador, nunca
funcionó muy bien, a veces calentábamos el agua para el baño en
la cocina; un día que se le cae la gran pota hirviente a P ilar con
todos agrupados, al saltar, mi hermana y yo nos ocupamos de su
hija, mi otra hermana se salvó por su cuenta y el abuelo, que
parecía depender de un bastón, fue el primero que salió corriendo
por la puerta (quizás, ayudado por su carburante, el vino dulce
que se zampaba a morro –del bueno, no del que antaño compraba
a granel en garrafoncito-).

1063
De Lira a Caldebarcos, con Finisterre como fondo, se extiende
la mejor playa gallega, la más grande (y con los hórreos
parroquiales mayores). Me subyugó desde siempre. Un verano,
con mi amigo Boyero y amigos de él, en familia, alquilamos una
casa, pescamos cangrejos a mano en la desembocadura del
riachuelo, jugamos, nos jugamos rojas y peludas centollas (los
marineros dicen que en aquella inmensa semi concha hay “mellor
pasto”). De vuelta de mi segundo viaje a América, allí me
establecí, en una construcción anexa baja que cubría un horno
comunal que iban a tirar y que conseguí que conservaran para
que me sirviera, dentro, de comedor. No disponía más que de un
poco de terreno cerrado donde el garaje, pero abiertas estaban
las inmensas marismas y dunas que tantas veces recorrí. En
“Genoveva”, allí fuera, allí (literalmente sólo), me daban de
comer a cualquier hora, exquisitamente, fresquísimo. Lugar más
que apartado olvidado, apenas habían visto negros. La negra que
llevé de aquella sigue siendo recordada décadas después.
De aquella, mujeres conocidas de la farándula se anunciaban
en el diario deportivo “As” por lo que ahora serian ¡6.000 euros!;
lo típico, el “jarsía” lo releía una y otra vez y la mujer le decía
aquello de “que tendrán ellas que no tenga yo”; llego con un
imponente cochazo recién adquirido, y me pregunta el buen
“Jarsía”:
Rafael, ¿Qué te costó?.

30.000 euros, respondo

Queda un momento pensativo y: -¡y como “non fodiche” a cinco


del “As”!.
Es donde dejé mayor fama de conquistador de mujeres, pues
resultó que paseé una media docena; la que causo más sensación,
obviamente en lugar tan apartado fue la negra pues nunca habían
visto una tan de cerca.

1064
Del Atlántico al Mediterráneo.
Aparecí a más de mil kilómetros, en Hospitalet de L ’Infant
(Tarragona), nada menos. Fui detrás de un reputado cirujano para
recomponer un par de dedos de la mano izquierda que tenían
más curvas que las carreteras gallegas. Me operaron y revisaban
en Barcelona, pero no hubiera aguantado dentro de la ciudad, y
en Hospital estaba un primo carnal, hijo de mi tía, pues en Infante
está la central nuclear de Bandellós. Tenía a mi disposición su
casa, pero con el peligro de su hija mayor, menor de edad; esta
preciosidad nació la misma noche en que moriría su bisabuela,
mi abuela, con lo que sumaba demasiados componentes a mi
ofuscación, que acabó en depresión. Alquilé un estupendo chalé,
que me sobraba por todas partes, entre arboles, cerca de unas
playas que resultan de lo mas monótono por la ausencia de mareas.
Con la hija más pequeña presencie una escena de lo más sublime:
como solía, se pintó y maquilló con los productos de la madre, y
esta le estaba metiendo la bronca; la niña, impertérrita, “que no
me he pintado, mamá”; la mamá, quitándole chorreones de
maquillaje y pintura con la mano, “¡mira, mira!”; la otra, “mamá,
no me he echado nada”, inmutable. Mucho he sentido, al
enterarme recientemente, que fuera conocedor de que su madre
y uno de sus hermanos -¡al que físicamente me parecía de niño!-
estaban conchabados para privarnos de una porción hereditaria.
La segunda morada portuguesa, ya tras haber dado la vuelta al
mundo, está en el mejor paraje. Bon Sucesso, Lagóa de Obidos.
Pinares sobre arenales, paseos a la orilla de aquella maltrecha
gran laguna en la que, cuando temporalmente se cerró, el perro
no quería bañarse. Lo malo, unos mosquitos capaces de traspasar
el pantalón de quien se sentaba a leer a la sombra de un árbol. En
el entrante desde el que salía a navegar en mi lanchita, una casa
de comidas, de uno de los ayuntamiento, todo al aire libre, donde
me preparaban las almejas y las anguilas recién cogidas y los
conejos enteros, todo bien regado por vino de sus vides; después,

1065
a dormir. Fue una temporada francamente apacible, hasta que
me metí en obra y en negocios.
La casa, mi casa, intramuros Obidos, la ví allí, apartada,
abandonada, sucia. La adquirí. La vacié, la reforcé (por abajo y
por arriba: será la única que no se caiga en el siguiente terremoto),
repuse la argamasa con fórmulas de su época (finales siglo XVIII),
analicé espectrográficamente las pinturas para otorgarles idéntica
tonalidad, tuve 14 carpinteros, …Alumnos de arquitectura vinieron
a verla, revistas la utilizaron como modelo. Fue un logro conjunto
con un ingeniero civil no menos enamorado de aquellas piedras
que yo, aunque posteriormente me apuñalase. Todo se encargó a
medida, hasta las guarniciones de las cerraduras. En la galería –
comedor, un pozo árabe para poder enfriar las botellas; la bodega,
a la que se accede por arco ojival, también aprovechando el
antiguo horno árabe, que excavamos como el resto de la planta
baja para ganar altura y en un tercer nivel disfrutar de una “casa
de banho” corrida pasmo de propios y extraños. Bajo el suelo de
terracota corre el agua caliente por tubos concéntricos,
permitiendo regular de modo independiente los cuatro cuartos.
Cuando, por motivos de salud, tuve que echar la llave a tal
maravilla de casa –negocio, retorné al mar, a mi tierra de origen.
Ya había vivido a la sombra del faro más antiguo –nacido-, al
amparo de una Catedral, donde el hórreo mayor, venia de dentro
de un castillo, el cruceiro más conocido es el de Hio. Hay un
único radical, griego, par tal topónimo, el de la ninfa que Zeus
convirtió en ternera para poder trajiná rsela como un toro. P or
aquella zona (Arcáde, Oya,…) las huellas helenas no están solo en
lugares, sino también en gentes y costumbres, y en las propias
fiestas de Hío se puede observar a sus mujeres con el peplo y el
cántaro a la cadera. Tenía poco más que una chabola, pero me
salvó la vida, aunque mi ritmo cardiaco decelerara muy poquito
a poco. Echaba mucho de menos mis libros, mi música,
cuberterías, tapices, cristalería,… Arenales impolutos, poco
concurridos, a un lado y a otro, a pie, con el Fila. Cuadró un

1066
verano tan bueno que, contra mi costumbre, me bañé en el mar
no menos de media docena de días; después, con el cambio de
siglo, el auténtico diluvio, un parto de nubes rompiendo aguas
casi sin intervalos. P or estar en una hondonada desaguadero
natural, el nivel freático de los pozos los hacía rebosar, y cuando
iba al final de la finquita por una botella de vino, tenía que
colocarme botas altas de goma.
Tras buscar y buscar, detecté el lugar adecuado. Escribo en la
casa con más horas de sol de toda Galicia, que no es poco decir;
tengo demasiadas cosas y pocas personas a mi alrededor. Un ojo
puesto en el cercano y ruinoso monasterio de Hoya, único de
toda la península pegadito al Piélago; sería la sede ideal –iluso de
mi- para mi Fundación de Estudios Fenicios y Griegos. En total,
contando las pensiones resultan treinta y cinco viviendas. O sea,
cada año y medio todo a lo largo de mi vida, desde que nací
cambio de domicilio.
¿Quién da más?
He estado en hoteles donde dan ganas de quedarse a vivir. Voy
a destacar nada más que los peninsulares. Fortalezas y monasterios
recuperados y adaptados como P aradores Nacionales son, sin
dudarlo, mis preferidos. Conozco casi todos; si no penetré en los
de Hondarribia [la de siempre Fuente Rabia cuyo habitáculo
abovedado superior de 130 metros cuadrados utilicé
recientemente] y Sigüenza, ha sido por hallarlos en reforma.
Teniendo en el de Carmona habitación reservada, con compañía
femenina asegurada por una cita largamente preparada, un
pequeño accidente por el estado de las cunetas por la lluvia, me
privó del gran placer. A Cardona, llego de noche, sin reserva, me
dan una espléndida habitación arriba de todo de las de dosel, con
bebida y frutas de bienvenida, y al día siguiente varios
recepcionistas se interesan vivamente por si he dormido bien;
meses después, leo que era la habitación donde se aparece el
fantasma. Alarcón es de lo mejorcito, así como Olite, también

1067
Jarandilla sin olvidarse de Alcañíz, ni de él de Jaén. Otra muy ,
muy buena, me aconteció en Zafra; llego y me encuentro con una
habitación de lo más vulgar, pidiendo me enseñen lo que llaman,
sin serlo –como en la mayoría de hoteles-, “suitt”, sí muy grande,
con un baño monumental, e inmensas terrazas y su famoso techo
artesonado mudéjar bien restaurado; dejo la maleta en recepción
indicando que si vuelvo solo habitación, si acompañado “suitt”;
tras pasar la noche con una que si no había sido “miss” Marruecos
poco le faltaba, al bajar de media mañana por las escalinatas de
la plaza, nos cruzamos con uno que debía ser vendedor-viajante,
encorbatado y sin faltarle la cartera de mano; sin necesidad de
telepatía iba captando fielmente sus pensamientos, ante aquella
extraña pareja, ella toda de negro, gafas obscuras, melena por
debajo de la cintura, él todo de cuero, gafas verdes, todoterreno
ostentoso esperando al final de las escaleras, en las que el
pasmado envidioso acabó deteniéndose y girando según
pasábamos. [Nota: ésto fue del Duque de Feria, cosas de la vida,
él en la cárcel por pedófilo mientras el menda usufructuaba su
cuarto].
En el último que han abierto, precisamente en suelo gallego,
Nogueira de Ramuin, se debe pedir un cuarto de los del claustro
románico, de los pocos que se conservan íntegros de tal estilo.
Por aquellos montes, antes de que abrieran el parador , un paisano
bajó corriendo a la carreterucha haciendo indicaciones para que
me detuviera; que si no me importaba tomar un vino con él, que
ya apenas quedaba con quien hablar; a golpe de campana convocó
al otro vecino, y entre los tres nos pulimos no una gran botella,
pero de elevado grado de comunicación. Al otro lado del río, en
otra de mis frecuentes excursiones, por Barco de aVldeorras, cuyo
“Pazo do Castro” he de destacar por conservarse tal cual siglo y
medio atrás (fotografías, piano, biblioteca de forros vitelinos,
capilla interior con las imágenes… entre los cabezas de familia,
un arzobispo y un senador), por una ruta alternativa casi
abandonada al borde del Sil iba atiborrándome de carnosas cerezas

1068
blancas, cuando me topo con un pueblín en que solo se veía un
alma viviente, tranquilamente sentado a la solana; saludo, pido
permiso –con retraso- para las cerezas y pone como problema el
cogerlas, para lo que convoca a todos los vecinos, un par de señoras
de tan avanzada edad como el mismo; cajas; cuando demando
aguardiente en que conservarlas, lo busca y rebusca, pues lo tenía
oculto para que no se lo bebiera el yerno, que venía a veranear
con mucha más gente, se juntaban en todo el caserío quince a lo
menos, así no se podía vivir.
Los portugueses, que de manera alguna se pueden quedar por
detrás de sus “primos hermanos” –hubo una época en que también
querían copiar las autonomías, pero el referéndum del no vino a
demostrar que en algunos aspectos son más listos que sus
envidiados vecinos-, van a la competencia con sus “P ousadas”.
En carrera, sin excesivo rumbo ni meta paralela, se han liado a
arreglar o estropear monumentos nacionales, en el distrito de
Beja encontramos ambos extremos: el convento de la propia Beja
y el castillo deAlvito, respectivamente. Por el liderazgo peninsular
compite Santa Mariña da Costa (Guimarãens), en cuyo corredor
que remata en acogedor claustro con fuente, entrenaban a la
carrera a los caballos; el inconveniente, que cobrando lo mismo
te pueden intentar meter –cuando lo intentaron conmigo me fui-
en unos sótanos nuevos que no tienen nada que ver con el resto
(ojo, que esto pasa en muchos lugares emblemáticos, como el
mismísimo San Marcos de León). La de Estremoz es uno de los
lugares más bellos y entrañables de todo el interior –dormí y jodí
en el mismo lugar que la renombrada reina Santa Isabel, que
para eso era española, aunque la mayoría de sus adoradores no lo
sepan-; desde la lujosísima de la capital de distrito, Évora, se
puede contemplar lo que queda del templo romano en la plaza
principal. Desde un promontorio de Setúbal, se disfruta de la mejor
perspectiva de la amplia y arenosa desembocadura del Sado; la
posada es fundación española del XVI, de su primer Felipe, segundo
nuestro. Cerca, con mejores instalaciones, podemos hospedarnos

1069
en el gran castillo sede de la Orden de ¨Santiago. No sería
perdonable dejar de mencionar el propio de Obidos, con su aire
femenino (como dote que era para las reinas); si se consigue una
de las dos habitaciones del torreón exento, ponerse sordina si se
gime; saliendo por su adarve cuesta abajo, se pasa por encima de
mi casa, mi única casa –que se quiere vender [¡a residentes en
Dubái!]-.

1070
AUTOMOVILES

Inmersos en una sociedad tipo en la cual el vehículo a motor de


cuatro ruedas es un componente más, y no de los menos
relevantes, los automóviles que manejamos –y el cómo los
manejamos- forman parte inexcusable de la propia vida.
Voy por el séptimo (7777, coincidentemente, sin buscarlo), antes
por el sexto (0006, pedida), y hubo otros cinco dentro de los que,
como la mayoría, he pasado buena parte del existir y en los que,
como todos, me he estado jugando constantemente la vida.
Pero antes de tener coche propio, durante una época en la que
todavía tal posesión, semejante disponibilidad, era excepción,
dispuse de asiento asegurado en vehículos ajenos, disfruté
mientras me daban bandazos de un sitio a otro, sin las cargas de
la propiedad, el mantenimiento y el cuidado. “V inci”, Oscar,
Emilio. Gracias Emilio, agradecido Oscar, ¿Qué habrá sido de ti,
“Vinci” que podrías ser “Baco”?. Jamás, ninguno de los tres, me
hizo pagar un solo litro de gasolina -¡Y quemamos muchos juntos!,
a toda velocidad- y frecuentemente, además, pagaron comidas,
hoteles y complementos.
Pasó por “Fonda Pérez”, como de vez en cuando pasaban
algunos, era un lugar más en su ruta de trabajo, una estación más
en su deambular por el mundo sin rumbo ni meta. El nombre del
bautismo y los apellidos de una familia leonesa ni los usaba ni se
los preguntamos. A aquel estudiante fijo en la Fonda Pérez, que
le permitía auparse un escalón por encima de su entorno cotidiano,
fue al que por primera vez le oyó quien había sido Leonardo da
Vinci, alias que há tiempo utilizaba y que siguió escribiendo, las
pocas veces que tenía que firmar sus partes de trabajo, con

1071
(h)ache. Ya de aquella, los italianos tenían buen cartel entre las
mujeres (no en vano, se mentaron toda Europa y grandes partes
de África y Asia, en laAntigüedad), y este pretendía hacerse pasar
por tal que ser de León no daba mucho gancho. Desempeñaba el
cargo de jefe de mantenimiento del parque automovilístico de la
empresa italiana que estaba poniendo a tono con los tiempos la
red telefónica regional y nacional. Ganaba tanto como un
ingeniero de cualquier otra empresa.
Además de las mujeres, su otra obsesión era la bebida. No
paraba. Cantidad de veces tenemos recorrido las calles
compostelanas de mayor concentración de bares y cafeterías
consumiendo en todos ellos y todas ellas, a izquierda y derecha.
Cuando apenas se veían motos, decíamos que acabábamos de
comprarnos una, que sonaba así y que corría asa, monta tu detrás
¡y nos largábamos a toda velocidad sin pagar!. Tengo dejado a
rebosar de vómitos cajones y cajones de mesillas y mesillas en
pensiones de una noche; “Vinci”, radiografía de un espectro, que
apenas comía, no acusaba los litros y litros de ginebra refrescada
con zumo artificial de limón más que en su gran nariz y descarnada
faz, ya habitualmente enrojecidas.
Si no conseguía una furgoneta de la empresa, alquilaba hasta
que se hizo con un “Mini”, pero como el habitáculo no daba para
dos parejas con pretensiones, un día causó sensación apareciendo
con un cochazo americano pintado de verde pálido en cuyos
asientos –más bien sofás- corridos podíamos tumbarnos a gusto, a
lo largo y a lo ancho.
Aquel “Buick” llevaba un pájaro esquematizado de acero en la
delantera del generoso capó; me encaramaba, me agarraba bien
y, cuesta abajo a todo trapo, en la zona estudiantil más
frecuentada, el conductor intentaba descabalgarme, lo que nunca
consiguió.
Como bebedor empedernido, cualquier cosa le valía para comer ,
a pesar de que su copiloto le llevó por los mejores restaurantes;

1072
como jodedor, ídem de ídem, de lo cual también se beneficiaba
el copiloto. V iendo una actuación musical, me estaba
aprovechando de una chica preciosa cuyo novio no podía bajar
del escenario por ser el guitarrista de la banda; acaba el tema y
nos marchamos “a fume de carozo” a por el “Buick” pero casi nos
pilla el guitarrista pues la del “Vinci” era una gorda de esas que
no nacieron para carreras.
Acabó en la cárcel. Para una joven y guapa que le hacía caso,
resultó menor de edad. Lo echaron del magnífico empleo. “Buick”
embargado. De su período carcelario sacó el estremecimiento de
una canción tras el toque de queda, “Maite, Maitechu mía”,
entonada noche tras noche por un vasco entre las lágrimas de la
galería. Lo cogió la amnistía tras la muerte del Jefe de Estado;
de las botellas de cava que se descorcharon por toda la prisión,
se llevó una buena cuota.
Lo encontré y lo ayude, como no podía ser de otra manera.
Consiguió de alguna manera un coche, la octava parte del
americano; una tarde de nieve, entramos de lado en un puente
estrecho, volcamos, recorrimos todo el puente sobre el techo sin
tocar pretiles, lo volvimos a poner sobre las cuatro ruedas, y
seguimos tan tranquilos. Se trajo (de Lugo) a su cómplice, y ella
se quería traer a otra para que los cuatro nos fuéramos a Canarias,
sin saber muy bien a qué. Mi sensatez –me faltaban por rematar
dos carreras universitarias- siempre me ha impedido traspasar
ciertos límites. No hemos vuelto a vernos.
Al mencionar Lugo se ha presentado uno de los personajillos
más curiosos con que me he topado –que han sido bastantes-. Más
bien bajo, delgado, sereno, barbilampiño, chulo de putas. El mejor
deportivo que se fabricaba entonces, piso puesto a todo meter ,
cartera siempre llena, pero no se gastaba ni un céntimo en camisas
o camisetas, pues invierno y verano llevaba cazadora de cuero
directamente sobre el suyo. A su favorita la tenía trabajando en
Orense, y los sábados la íbamos a buscar; he visto la mesilla de su

1073
dormitorio rebosante de billetes de 500 pesetas (que era la tarifa
al uso para las de cierto nivel). Cuando en la noche del domingo
retornaba a su pupila a su cárcava le quedaban cinco días para
levantarse tarde, comer en los mejores sitios dejando generosas
propinas y recorrer el barrio de Lugo (donde se notaba que le
tenían respeto) vigilando sus intereses. De vez en cuando venía a
Santiago, se juntaba con su amígo “Vinci” y también invitaba de
fin de semana al amigo de este, por aquello de no estar solo con
“su amor”; veíamos los cuatro el futbol desde el balcón del piso,
pues teníamos el antiguo estadio a tiro de piedra. Cuando se le
dio por recorrer las estrechas y laberínticas rúas del casco viejo a
todo meter, trabajo le costó a la policía detenernos; a pesar de
ser pillados con las manos en el volante, negamos tan bien que ni
lo multaron, a pesar de que no debía de haber muchos “Seat 124
coupe-1.600” de amarillo limón.
Década o década y media más tarde me lo encontré, en un
barrio de putas cualquiera. Seguía con su cazadora encima, a
pecho limpio, ¡pero ya de propia fabricación!; es de suponer como
consiguió subvenciones oficiales y se montó una fábrica de cierto
renombre. Había dejado el proxenetismo, pero no su costumbre
de pistola entre pieles (y navaja en la caña de la bota).
Oscar.
Extremo opuesto. Vástago de una familia conocida y reconocida,
con prósperos negocios prestigiosos. Ni fue capaz de acabar el
bachillerato; tampoco le gustaba pisar el negocio, para no
estropearse la manicura que a su padre y a él les venían a hacer
a casa. Le di clase particular, consiguió la mejor calificación de
su historial, y el mismo día que cumplió 18 y le regalaron el coche
del chofer de su madre (un “Seat-850” –pronto, vendría un
flamante “1.430-1.600”, de fabrica-), nos dedicamos a quitarle
desde asiento trasero a tapacubos para que corriera mas
(dejándolo a escape libre por supuesto: limar la culata, que hacían

1074
los “expertos”, eso sí que no sabíamos, no fuera a estropeársenos
la manicura –de paso, ya me la hacían a mi también-).
Para el fin de semana, le daban tanto como ganaba un obrero
durante todo el mes; había para mucho whisky , aun mezclado
con refresco de cola. No mucho más alto pero si muchísimo más
pesado que su profesor particular , de madrugada lo llevaba en
volandas hasta su cama, quedándome ya a dormir en la de al
lado, y a comer al día siguiente, y ya al otro. En sopera de plata,
la sirvienta con cofia, enguantada, servía a una orden del señor,
que ya había despilfarrado dinero del padre en P aris. A aquella
fértil mesa hube de oír aquello de “papá, no vales más que para
hacer dinero”. La estrambótica cocinera pedía permiso todas las
tardes para salir volvía farfullante y la señora le hacía echar el
aliento que apestaba a anís; en las botellas le poníamos marcas y
mermaban, pero ella siempre negaba (“no señorita, que yo no
bebo nada, se lo juro”); la señora, acab ó por pillar la misma
afición, pero no necesitaba pedir permiso a nadie para salir , ni
para tener botellas de las mejores marcas bajo la suntuosa cama.
El padre empeoró de su enfermedad terminal, nada pudieron
los mejore especialistas –un hermano, al saberse igual, se pegó
un tiro en la cabeza-. Comencé a quedarme a jugar al parchís,
mientras Oscar salía y acabaría cogiendo novia y casándose muy
joven. Fallecido el padre, que me dejó su mechero de plata como
recuerdo, seguí frecuentando la heterogénea pandilla de la madre,
cercana a título nobiliario, y en cuyo pazo (con granjas de cerdos,
con cuyo criador acabó liándose) pasábamos algunos fines de
semana. En el “1.500”, con chofer , íbamos tanto a los mejores
restoranes como a los cutres (en vida del marido, este siempre
reclamaba mantel, y ella, mas llanota, le decía:” queridiño, en
este sitio no tienen manteles, ¿sabes?”), con un matrimonio
allegado y un solterón con perras intimo del difunto que era un
juerguista; de madrugada, tras la discoteca, solíamos beber whisky
en los zapatos de terciopelo de la señorona.

1075
Borrachos como cubas, nos para la policía.
¿Motivos del viaje?

¡”Carallada!”,

Suelta aquel simpatiquísimo solterón que vivía con sus dos


hermanas, que no jugaba al parchís por miedo a perder algunas
monedas (cuando aparecía un canónigo de la catedral, nos
hacíamos señas con golpecitos de pie, por ver la cara que se le
ponía al perder lo que acababa de sacar del cepillo).
No obstante alternar de continuo con los mayores, no dejaba
de frecuentar al hijo joven –de mis pocos amigos de menor edad
que yo, poco-, que me robaba o estropeaba conquistas. Me entero
que a una que me esperaba en un comercio, cayendo lluvia y frio,
se la encuentra y se la lleva a bailar
. Apostamos que no conseguía
un beso de una de las más guapas que iban por “P op & P ool”;
cuando la acompaño a casa y la beso al lado de un quiosco, de
detrás sale el Oscar gritando:¡”lo conseguiste, lo conseguiste”!.
Y automovilismo. Con el pequeño, un guardia de tráfico –a él,
lo conocía todo el mundo-, cada vez que pasábamos rugientes a
su lado nos recomendaba prudencia a viva voz, mientras nos daba
preferencia; estábamos entrenando la famosa “subida al
Barreiro”, en las afueras, y el primer golpe fue leve, aunque
hubimos de volver a la base a reponer tornillos, lo que redobló
los consejos y ademanes del guardia; el siguiente fue mayor , pues
el pretil de aquel puente no se quiso separar y dejamos todo un
lateral aboyado; al vernos de nuevo el que dirigía el tráfico en la
glorieta del centro de la ciudad, se echo las manos a la cabeza:
“¡ya lo decía yo, ya lo decía yo!”.
Emilio.
Si alguna mesa, si alguna casa podía ganar en esplendidez a la
de los padres de Oscar, era la de los padres de él. Pero al menos,
aunque le dieran todo –y mas- y tuviera su propio conjunto en el

1076
que tocaba la batería, también cursaba (y acabó) una carrera,
con desenvoltura.
¡Pero cómo vivía! –entonces, y siempre-. Apartamento propio,
comercio, coche, puros, todos los días (y noches) en los mejores
restoranes. Y se le dio por correr “rallyes”, con él “Seat 127” de
calle, trucado. Hemos ido a entrenar, de noche tras opípara cena
bien regada, ¡con la madre y la hermana detrás!, yo cantándole
las notas.
Cuando su tío nos regalaba los restos de licores de las bodas de
su hotel, por el camino mezclábamos todo en una sola botella, y
probábamos a morro. También le chiflaban, ¡cómo no!, las mujeres
y tenia buena técnica para conseguirlas, y bastante buen gusto.
Raramente íbamos de cuatro, formábamos trío, y alguno tan real
como aquel, en el chalé de mi familia, donde tras la cena y el
“streep-poker” gozamos sucesivamente de la misma, que tenia
al novio en el cuartel por el servicio militar obligatorio y lo llam
ó
mientras la magreábamos por delante y por detrás poniéndole
cuernos y aguantando las risas: “estoy sola, te echo mucho de
menos, cielo; estoy deseando verte”.
Se la pego sóolo –lo que dio pie a que mejorara: “1.430-1.600”-
.Los meses que estuvo con la pata enyesada le disminuyeron
“amigos” y “novias”. Es cuando yo respondo, y desde aquella me
llevaba con él a todas partes, incluyendo viajes con sus padres,
como el que hicimos a una junta de accionistas bancarios a Madrid,
yéndonos los cuatro ¡a un espectáculo pornográfico!.
Ya tenía ganas de cambiar de asiento.
Obtener el carné –principal trámite, estudio y logro, todavía,
para gran número de gente-, pago aparte, no debería suponer
mayor obstá culo. Pasaba ya de los veinte añ os. Por las mismas
fechas abandoné, definitivamente, las gafas para substituirlas
por ese milagro diario -¡veo, veo!- de las lentes de contacto. En
las prácticas, llevadas con gran desenvoltura, el instructor me

1077
dijo lo mismo que me siguen diciendo: “vas demasiado aprisa” –
razón tienen todos los que lo dicen-. La teoría, ante mi propia
sorpresa, la suspendí; Cierto que ni había abierto el código,
confiado en el conocimiento de normas y señales por simple
observación directa, una especie de ciencia infusa. Sin descender
a asistir a las clases teóricas, si hube de dedicarle una noche a
aquel librito. Aprovechando, obtuve también el de moto, -sin haber
tenido jamás ni bicicleta-, pero el examen, instintivo, fue mi
primera experiencia sobre dos ruedas motorizadas; la segunda,
en un ejemplar montaraz propiedad de un amigo que además se
avino de paquete, acabó por el suelo a los pocos segundos; no
pienso probar la tercera, pues a las motocicletas como objeto de
uso, y a pesar de haberme criado sobre una, por su casi total
falta de seguridad, les tengo cierto respeto rayano en la aversión.
“Simca1.000”. O lo que quedaba de él. Me lo endosó “el chulo
de Vallecas”, al que se le había dado por hacerse con desechos,
llevarlos a un taller cerca de su casa –donde tal vez ya le habrían
comprado alguna colección de libros para adornar en un salón
con tresillo floreado (de vuelta) y se la pagaban en trabajo-, y
revenderlo sin tan siquiera papeles. A ese modelo tan solo le
ganaban en poca fiabilidad los “R enault 8”, como tantos
comprobamos viendo el motor por delante cuando debía estar
atrás. Fueron unos pocos meses de acelerar tanto que acabó por
verse la carretera por un agujero bajo el pie. En una curva
demasiado cerrada tomada demasiado aprisa feneció, y si no lo
hicimos algunos componentes fue debido a que las tres que iban
detrás hicieron cuña entre ellas, el que iba a mi lado se la hizo
solo por su altura, y el conductor ni se sabe. Tras recorrer lo que
faltaba de la curva techo abajo, pegamos contra algo y partió:
sacamos fotos y todo.
“Seat 1.430”. Ya era un buen coche. Tampoco nuevo pero
impecable, con el aditamento “inusual para la época” de
motorización Diesel ¡ y 5ª velocidad!. Azul. Como todos, pronto
me dio problemas de dificultosa diagnosticación; entre lo peor

1078
de mi vida ocupan puesto destacado las largas esperas y
desesperaciones en los talleres mecánicos. Un par de toques no
muy graves por [Link] uno de mis frecuentes cambios
de aires, le mandé tapar los óxidos y se lo vendí a un taxista.
Única operación automovilística en la que salí ganando.
“Ford Capri 2300”. 6 cilindros en V, que deben de correr más.
Me enamore de él la primera vez que lo vi, por contacto a través
de anuncio en periódico, todo amarillo con capó y techo negros.
El anterior propietario y un amigo suyo me habían aseverado,
aparentemente creído, que era infalible para las mujeres, pero
no resultó tanto. Al menos, lo calzaba con neumáticos de
competición, que lo poco que duraban lo imantaban a un asfalto
del que parecía querer despegar. Veníamos de cargarnos de vino,
el que llevaba el coche de delante conocía bien aquella carretera
de cuarta o quinta categoría y se distanció hasta no verlo, el
lugareño que iba a mi lado dijo “¡dalle, dalle!”… “E dinlle”. Casi
consigo salvar el puto puente que de súbito surgió de la obscuridad;
el ultimo gran bloque de granito lo arranque de cuajo, volcamos.
Detrás llevábamos un sordo mudo, y no parábamos de preguntarle
cómo estaba; “¡hum,! ¡hum!” .Ilesos.
Hice lo que nunca se debe hacer , reparar lo que debía ser
siniestro total, llevándolo a un potro de estiramiento para intentar
que vuelvan a cuadrar los reglajes. Todavía daría mucho juego,
aunque en sus últimos tiempos ya lo habían bautizado como “el
coche pirata”, y mi respaldo únicamente se sostenía por
aguantarlo una caja de madera. P rácticamente lo abandoné; un
amigo mecánico lo puso delante de la puerta de su taller para
que no le aparcaran en festivo, y los de la grúa se creyeron que
era un infractor. No lo reclamé.
“Audi Coupe”. Otro enamoramiento a primera vista, en un
compra-venta. Rojazo. Una de las chatarras móviles más atractivas
que se han fabricado o se puedan fabricar
. No tenia tracción total,
pero como le habían colocado en el maletero una reluciente placa

1079
“Quattro” –y era mi cuarto-, todos se lo creían. Con todo lo que
lo cuidé (y lavé) me dio problemas, como me los dan las lavadoras,
los relojes, y todo cuanto artilugio, mecánico o electrónico, pasa
por mis manos. Llamaba la atención, fuera donde fuera; donde
más disfrutaba, en las gasolineras cuando al del surtidor le surgía
a centímetros un cabezón de “R otweiller”, pues a la bandeja le
había hecho un agujero para que el perro respirara en el amplio
maletero. Un trozo de techo se podía levantar o quitar del todo,
esencial para quien no soporta estar encerrado. Desayunando en
las soleada terraza de un buen hotel, con una bella mujer al lado,
el perrazo a los pies y el cochazo a la espera, pude exclamar
aquello de “¡siempre quise vivir así!”. Milagrosamente, me libré
de grandes baquetazos. Al irme para un domicilio sin garaje, por
no ser lujo para dejarlo en la calle –y porque necesitaba dinero,
como siempre-, lo pulí, le robe kilometraje, y lo vendí. Todavía
circulaba hace poco, tan campante.
“Mercedes 220D”. Este si podía dejarse en la calle. Había estado
dedicado a taxi antes de que lo exprimiera un amigo mío, pero
son modelos duros y duraderos. Hasta lo re-tapicé y revitalice su
color gris. Dio bastante juego, y llevar el logotipo cual punto de
mira resulta armoniosamente reconfortante. Cuando empezó a
fallar por perder aceite, le di una patada y lo tire al mar.
La temporada con taxista al otro lado del teléfono, esperas
sin preocuparse y que corra lo que quiera que ya lo multaran a
él, fue de delicia. Hechas las cuentas, la mitad de gasto.
Otro error tremendo, común. “Ranger R over”, del paquete.
¡En mala hora!. Alto porcentaje de público ultra consumista se
empeña ¡con 4 ó 5 años! de su sueldo para joder a sus vecinos y
allegados –sobre todo a los cuñados-; un coche de fábrica, para el
nivel adquisitivo español, debería se excepción y no regla. ¿Y el
mantenimiento?: los números reales suelen doblar a los
presupuestados (exactamente igual que en las obras). ¿Y si sale
malo? … Apaga y vamos: no hay garantía que valga.

1080
Pero la primera vez que lo monté, allá arriba, repantingado,
ante el regocijo del concesionario lo rebauticé como “la
brasileña”: una vez que te pones encima, ya no te quieres bajar.
Era un coche para ricos; cuando lo quisieron reconvertir para
gasóleo, lo fastidiaron. Lo pagué dos veces, como mínimo. En un
nuevo bautizo, pasó a llamarse “Reparaciones Reiteradas” (aquí
viene a colación lo de “Ford”: fabricación ordinaria reparación
diaria, contestando mi tío y primos: dicen resentidos otros
fabricantes –d.r.o.F.-). Para que no se me querellen –acaban de
quebrar-, reconocer que me llevo donde ninguno: a las torres de
alta tensión de Vandellós, a donde los de mantenimiento subían
con mulas, llegué –para leer tranquilamente una revista de humor-
con una mano recién operada y bajándome para hacer cálculos
en cada recodo; de todos modos, lo imposible resulta imposible,
y en la arena me quedé enterrado más de una vez. La tercera o
cuarta vez que rompía el motor, ya no aguanté más y si no le di la
patada y lo tiré al mar , fue porque no rodaba. Lo vendí como
chatarra.
Otra temporada tan feliz y [Link] y tren; las amistades
que se consideran obligadas. Alquileres sin preocupaciones. Más
de dos años sin. Tan contento. Mitad de coste. El “Peugeot 306” -
¡Quien me ha visto y quién me ve!- formaba parte de la mermada
herencia paterna, y por tener años y no uso lo acogí sin mucho
convencimiento. Me ha llevado a todas partes, aunque no en las
condiciones que me gustan –”no es de mi categoría”, suelo decir
medio en broma y medio en serio-.
Mi ilusión: “Rolls & Royce Phantom VI”.
[Acabé –”sólo”- con un “R&R Silver Spirit II”]

1081
¡FUEGO!

Veintiséis años y medio. Exactamente. Habíamos subido al


trastero, paraíso de cualquier bebedor conocedor, seleccionamos
un güisqui de veintiún años embasado en cerámica envuelta en
terciopelo. A la mesa estaban los padres del que se casaba al día
siguiente, y su primo con su novia. Comenzábamos la alegre cena
con una magnifica centolla. Suena el timbre. Abre la sirvienta.
Pasa una vecina.
Está ardiendo una alfombra en el portal, alguien debe de haber
tirado una colilla.

El padre, el novio, yo.


El primo dice que no baja. En el garaje subterráneo del edificio
había un único extintor, que toma tranquilamente el de más edad.
Educadamente, entro el último en el ascensor, dejando paso a la
chica que avisara. Portal. Se abre la puerta. El infierno.
En el intervalo, con las corrientes de aire, se habían incendiado
alfombras, sillones, lámparas y hasta los paneles de madera de
las paredes. Un horno en el que llegó a derretirse el aluminio
(que lo hace rondando el millar de grados centígrados). La
bocanada nos ahogó y ennegreció. Era quien tenía los botones
del ascensor más a mano y los pulsé desesperadamente; con mi
cuerpo impedía que los otros pudieran salir . Me arroje fuera; la
puerta automática se cerró a mi espalda y subieron, indemnes.
Corrí entre llamas, hacia la salida a la calle. Estalló la puerta de
cristal ante mí. Crucé los brazos ante la cara y retrocedí. Comencé
a trepar escaleras en la obscuridad, dejándome girones de manos
en las paredes.

1082
“Qué manera más tonta de morir”, fue mi último pensamiento.
Asiento trasero de un coche de la policía (no ambulancia). MI
preocupación eran las lentillas. Tantísimo dolor que ni lo sentía.
Gran revuelo al llegar al sanatorio; gente a mi alrededor hablando
–”…las lentillas”- y haciéndome de todo. Sedación.
¿Al día siguiente? Pedí que de Vigo me trasladaran a la Coruña.
Buena parte del trayecto consciente, hablando, escuchando las
sirenas en mi honor . En el hospital esperaban mi abuelo y su
hermano, horrorizados. Las enfermeras se quejaban de que en
cambio de turno les llegara un gran quemado.
De arriba abajo. Medias y calzoncillos de algodón algo de piel
salvaron, pero más adelante me la habían de arrancar pues hacía
falta en otras partes. Un 60% con quemaduras de tercer grado,
las peores. Cuando se atrevieron a decirme que había estado a
punto de morir y que aun podría ocurrir, me sonreí y susurré que
no había tenido esa sensación. Lo peor , el ahogo pues tenía tal
depósito en los pulmones que arrojaba constantemente costras
sanguinolentas; la mascarilla, con substancias, aumentaba la
sensación de ahogo. P or poquito me libre de la traqueotomía.
Que me arrancaran, diariamente, los empapados vendajes de los
renegridos muslos, un grado infinito más en la tortura constante
en aquel potro blanco y acristalado.
Insistía, aun sin voz –acabaría recuperándola, lentamente-, en
que tenía que salir por tener cosas que hacer . En los primeros
momentos, en cuanto me dejaron solo, conseguí alzarme del lecho
de dolor y dar unos pasos, que serían los últimos en más de tres
meses. El “shock” de dolor , omnipresente, también podría
haberme causado la muerte. Baño: “¡Nooooo!”; me recriminaban
por chillar y renegar tanto pero era la única ficticia vía de escape
en aquel pozo de sufrimiento.
“No estoy enfermo, solo he tenido un accidente”, repetía.

1083
Nada partidario de medicinas y sedantes –si por mi fuera mi
hermana farmacéutica estaría arruinada-, llegué a pedirlos ante
lo insoportable y cuando constaté que no me tenían que pinchar,
pues los inyectaban directamente en los tubos de suero y plasma.
Una composición prismática de cubos multicolores se descompuso
hacia la nada, fuera de mi mente. Me evadía, salía del edificio
doliente sobrevolando ingrávidamente la cercana playa que no
podía ver y recorría distancias a través de los cuales pasaba en
sucesivas proyecciones. Cada media hora tuvieron que analizarme
la poca sangre que me había quedado y la que me fueron poniendo,
y para eso si tenían que pincharme, y no había donde, y se recurría
a “especialistas” para localizarme venas. No podía comer; ¡ni
beber! Abrasado,…martirio tras tortura. Elementos tan
infinitesimalmente imprescindibles como el potasio, me tenían
que ser suministrados constantemente. En cuanto pude tragar
sólido, comencé a protestar por lo mal que se comía, y quería
comida de afuera. Un médico, compadecido, me pasó de
contrabando una cerveza –soñaba con ir a la fabrica y sumergirme
en un depósito-; una de las angelicales enfermeras, un vasito de
vino.
Todo el departamento de grandes quemados tiene que estar
esterilizado. Es un mundillo aparte en cada hospital en que lo
tienen; es lo peor , aislado, para cuidadores voluntarios que no
siempre resisten. No hay espejos. Cada vez que acceden médicos
o auxiliares se han de mudar completamente de atuendo. Día a
día, noche a noche, dolor a dolor te vas integrando, fagocitando
con el entorno humano del que absolutamente dependes. La
mayoría de médicos te tratan como un objeto de experimentación
(tanto lo fui, que mi caso se ventiloóen congresos del ramo), con
excepciones tan humanas como el doctor Comellas. Las
enfermeras se implican más, hasta demasiado; son mujeres,
únicas, maravillosas, lloraron por mí y conmigo, me mimaron y
hasta besaron. (“que le quiten piel del pito, que tiene bastante”).
Y también seguía existiendo, como no, el mundo exterior.

1084
Pero sin contacto directo. A distancia, limitadamente
contemplado desde la postración, a través del cristal. Los del
otro lado, los de fuera, tras el paréntesis contemplativo,
continuaban con sus vidas cotidianas; el de este lado, el de dentro,
se quedaba con la imagen de aquellos buenos samaritanos como
actores de un vivir aparcado en el que aspiraba a reintegrarse
con plenitud. Lo peor del hospital es cuando también se constituye
en prisión. Era una puerta (una vulgar puerta acristalada,
precintada) a lo tuyo, a los tuyos, sin goznes ni manilla. Un pasillo
exterior circunvalaba los asépticos compartimentos de los grandes
quemados; las visitas, en limitado horario vespertino, se apoyaban
contra las paredes, charlaban entre ellas, esperaban su turno en
el acristalamiento, de dos en fondo como máximo. En mi celdilla,
sobre todo durante las primeras semanas, los madrugadores debían
sentir encongérseles el ánimo cuando se topaban con la persiana
bajada, presumible bandera anunciadora de un óbito pronosticado.
El abuelo. MI querido abuelo y padrino. Desde el inicio erigióse
–como hacia siempre- en centro de la tertulia hospitalaria. No
faltó una sola tarde, teniendo que renunciar a su sagrada siesta.
Álvaro y Nieves. Lorenzo. “Quiquín”.
Álvaro preparaba oposiciones, Nieves acababa su licenciatura
en farmacia, recién casados; poco nos habíamos tratado, con ella
casi nada, pero todas las sobremesas abandonaban su reciente
hogar y sus libros para hacer una auténtica obra de caridad. A
Lorenzo casi no lo conocía nada, era al que le tocó el papeleo de
mi seguro privado; dejaba a su novia y se enfrentaba, como los
demás, al peliagudo asunto de encontrar aparcamiento en las
cercanías del suburbio citadino dedicado a paliar desgracias.
“Quiquín”, años y años sin siquiera vernos, aunque nos
conociéramos desde chiquillos; era el que tenía que hacer mas
kilómetros.
Ellos tres, cuatro, cinco, figuraban a la cabeza de un pelotón
fiel, gregario, que intermitentemente duplicaba o triplicaba su

1085
número. Algunos se metieron entre pecho y espalda muchos cientos
de kilómetros para brindar unas horas de consuelo a quien lo
necesitaba –aunque, cierto es, mi propio ánimo jamás falló,
tampoco-. Mi tío afirmó rotundamente aquello de que “nosotros
tenemos carne de perro, no te preocupes que te pondrás bien”,
mi socio de entonces, mi compadre, hasta mi peluquero… Si
destacaron, y destaco, Álvaro y Nieves, Lorenzo y Quiquín fue
tanto por su falta de asiduidad anterior
, como por seguir prestando
su incondicional apoyo en la fase de recuperación, de reintegración
en la esfera de los normales, favor que no es menos necesario ni
es menos de agradecer.
Y Ángeles, que lo iluminaba todo con su presencia.
No todos podían resistir la impresión, la visión horrorosa, el
espectro blanco, hinchado y balbuciente. Al quedar sin voz, una
amante de medio año atrás, que destacaba en el heterogéneo
pelotón por su elegancia, ideó un código para mis pies (tan
doloridos por ser el único sitio del que ya me podían extraer
sangre) y ejercía de “intérprete”. El toque de humor –que no
faltó, ni dentro ni fuera, ni en los momentos más críticos: me
salvó (además de cómo siempre decía, lo bien que me había
alimentado)-, ese humor fúnebre, lo puso una parienta con aquello
tan cierto de “ahora Rafaelito es el único Seoane con la mano
abierta” –ya lo era antes y lo seguí siendo: manirrota oveja negra
familiar-.
No quise televisor. Sí radio, pero era tan buena que los médicos
(no se sabe si la desinfectarían) me la s olían pedir para sus
catacumbas, los quirófanos. Leer, ¡lástima!, no podía, pues era
materialmente imposible que sostuviera (manos en alto, colgadas)
cosa alguna, y además mi visión con gafas (que tampoco podía
tener siempre pues el puente de la nariz, lacerado, se disminuyo
bastante) no era del todo buena. Me quedaba, me bastó, una
mente que extrañamente no resultó afectada por la deficiente
oxigenación soportada. Imaginaba lo futuro –me reconcomía el

1086
no conocer todaví a Sevilla (viajar , lo que de verdad es viajar ,
todavía casi ni lo había experimentado: ¡solo tenía veintiséis años
y medio!)-, rememoraba lo pasado. Ni depresión, ni aburrimiento;
la primera todavía más de una década en alcanzarme, y el segundo
sigue sin infectarme, ni un solo instante, dos décadas y media
después. El conocimiento que mas reiterativamente me acompañó,
la inigualable gesta de los almogavares culminada en Almyros,
junto al Céfiso (ducado de Atenas), el lunes 15 de marzo del año
6.817 de la creación del mundo, octava indicción -¡leed, lectores!-
.
14 complejas intervenciones quirúrgicas. Para la ultima, simple
injerto, ya no valía la pena ni bajar a quirófano; a lo vivo, agarrado
a una enfermera –aprovechándome-, el cirujano me arrancó una
buena tira de piel del antebrazo izquierdo para tapar
metacarpianos rebeldes. Únicamente pulgar y meñique derechos
quedaron casi indemnes; del resto, no se pudo conservar ni una
única articulación. V arios dedos, inservibles, debían ser
amputados; me negué terminantemente; mi única obsesión al
medio despertar de las anestesias era preguntar si me habían
cortado alguno, y aunque dijeran que no, no me lo creía hasta
que veía los diez bultos (pues sentir, no los sentía). El único modo
de dotar de cobertura a los huesecillos pelados, carbonizados,
era enterrarlos en carne, en la propia carne. En el vientre, me
practicaron un boquete, introdujeron la mano izquierda y cosieron;
bajo la tetilla derecha abrieron un túnel, sepultaron la mano
correspondiente y allí ha quedado un buen socavón. Excusado es
decir, que cosido a sí mismo, es cuando más pica todo el cuerpo y
la cara, por su parte, en no mucho mejor estado que las
extremidades. ¡Ah!, el anular derecho (en configuración de cuello
de cisne, técnicamente) también conservó una tercera uña -¡con
lo que disfrutaba comiéndolas!-.
Cabello (en el que voy consiguiendo disimular canas –eminentes
dermatólogos han asegurado no llegaré a calvo-), bigote (que tiño),
cejas y pestañas volvieron a surgir . Mermas abductivas fueron

1087
recuperadas mediante rehabilitación. Fui declarado minusválido.
Salí con 55 quilos, diez por debajo de mi peso –tras pasar por los
70, lucho por no traspasar 75-.
Quedé hecho un desastre, un despojo. Arrastrándome, con
sombrero, y quise bajar de la acera para adelantar a una vieja
que todavía iba más lenta que yo, y caí a peso, rompiendo los
incisivos. Lo primero que conseguí atrapar con mis poco más que
muñones fue la botella de vino, y la abuela se meaba de risa.
Desde el principio quise reintegrarme plenamente a la vida
cotidiana, volver a mi apartamento. Casi todas las noches cenaba
en una terraza; la futura esposa de Lorenzo unas veces, y mi
Ángeles otras, me cortaban la carne.
Pasé un tiempo en el monte, de aldea, con los Boyero. La
temporada de aguas en V erín. Al serme imposible abotonar las
camisas, les puse tiras adhesivas. Cuando pude pelar camarones
a la misma velocidad de antes, y conducir a más velocidad que
antes, me consideré recuperado del todo. Las varias
indemnizaciones me las gasté tan alegremente.
Pero ya nada fue igual. Quedé convertido, permanentemente,
en una persona marcada. Distinto. Cualquier merma o defecto,
congénitos o adquiridos, son de inicio rechazados por la
generalidad. Ante el impacto visual, anormal, la reacción va desde
la sorpresa a la repugnancia. Es así, por naturaleza, y tampoco
hay que obsesionarse por ello. Está la curiosidad cruel de los
niños, el susurro a tu espalda, la mirada que se desvía, …
Si por algo pasado, presente o futuro, tenía que pagar, ya lo he
hecho, con creces. He conocido el infierno y el purgatorio. Lo
dije entonces, lo seguí diciendo y lo sigo pensando en este mismo
momento: Hubiera preferido morir.

1088
AMIGOS

Amistad es estar dispuesto a hacer por otro,


desinteresadamente, lo que no se haría por uno mismo.
No estoy mayormente impregnado de un gran sentimiento de
la amistad (sí del agradecimiento), como tampoco del amor ni de
otros inventos humanos parecidos. Mientras los familiares vienen
dados, los amigos se pueden escoger; curiosamente, no suelen
darse amistades entre familiares. Los amigos también lo definen
a uno. La proximidad, el ámbito laboral y vecinal, vienen a
delimitar, en demasía, el círculo de amistades. De la gente,
hombres, a que me voy a referir, sin excesivos circunloquios, no
podría prescindir, incluso independientemente de su conducta
puntual. El ser humano que contemple sus manos y pueda ponerle
a cada dedo un nombre en que apoyarse, se debe considerar
afortunado –sí no engañado-. Con amplia generosidad, pondré
nombre también a algunos dedos de los pies, pero eso sí es tener
pies de barro; con criterio estricto, restrictivo, me sobrarían dedos
de las manos, tal vez hasta con una, pero al menos creo saber
distinguir la derecha de la izquierda. Van por orden de antigüedad.
En la amistad se dan mucho los celos, pues al ser algo puramente
imaginario hay que defenderla más intransigentemente –como
ocurre, también, con el amor y la propia religión- para creerse
que existe.
Álvaro. Queda fuera de concurso por ser el único fallecido. En
las comilonas brindamos en su memoria. Hasta le compuse una
loa.
Se fue en plenitud, sin perder ese ánimo vital que irradiaba.
Deja viuda farmacéutica e hija común estudiando farmacia. Nadie

1089
le dedicó aquello de “pobre, toda una vida esforzándose para…”;
vivió siempre cojonudamente. Conoció a su futura de
universitarios, no se quiso meter en política ni en empresas
ambiciosas fuera de su alto cargo oficial. En mi agenda, era el
único que figuraba “matrimoniado”: Álvaro y Nieves. Tras su
cotidianidad hospitalaria, aun sin hija, aparecían por mi casa a
animarme cuando les apetecía; Álvaro tomó clases de tenis para
poder derrotarme. V iajaron por todo el mundo. Su partida de
cartas o dominó, recoger el dinero de la farmacia y a la
farmacéutica, sus copas, sus cigarrillos que lo matarían. Fue socio
fundador de mi periódico portugués.
Va otro amigo, José Manuel –yo los presenté-, a pedirle algo a
su magnífico despacho oficial y la secretaria le dice que don Álvaro
salió un momentito, y el que espera, qué importante debía ser lo
que iba a pedir pues pasaron una hora, dos y más y allí seguía,
también con sus cigarrillos, J. Manuel. Vuelve don Álvaro.
Hola, ¿llevas mucho esperándome?.

¡Qué va!, solo un momentito.

Es que solo salí a tomar un café.

Precisamente José Manuel y quien escribe, en el último San


José, fuimos hasta la tumba del buen Álvaro a llevarle unas flores
y a continuación nos zampamos un suculento desayuno en su
memoria.
“Quiquín”.
Otro que podía vivir tan a gusto, regentando el comercio de
muebles de lujo de su tío o de consejero en otros de sus negocios,
pero se metió en los propios al casarse y llegarle otras tres
hembritas que comen todos los días; los enlaces sindicales de su
empresa contribuyeron a quitarle la salud, y por muy poco no se
nos ha ido también. Lejanos le parecen los días en que formaba
parte de un grupo musical, cantando y grabando. Mismo colegio,

1090
mismo lugar de veraneo, su devoción durante mi encierro y
después, incluso ya casado, hace que casi le perdone cuando se
chivó a su madre de que yo tenía una foto de Marilyn Monroe en
pelotas en mi tienda de campaña -¡Gran escándalo!: la comí-, en
la que no le había dejado entrar.
“Petete” era el niño estrella de Santa. Cruz, pues su padre lo
llevaba, infante, en un remolque enganchado a la moto; poco
después, le fabricó un cochecillo con motor en el que montábamos
hasta cuatro para despeñarnos por las mayores pendientes que
encontrábamos. Con desarrollo precoz, campeón de lanzamiento
de peso, fue el primero de todos en estrenarse, en tomar la
alternativa sexual. Carente de rebeldía, su abuela, su madre,
pronto su novia para [Link] tener un hijo, le compróla primera
moto antes del primer libro, como él. Cargo de mando intermedio
en la refinería, sueldo elevado. Genio de la música (de oído), no
mal dibujante, nunca se ha cultivado, lo que no lo priva -¿ciencia
infusa?- de cierto grado de conocimientos (igual ocurre con el
que también es su amigo, “Quiquín”).
Alberto. Abogado, graduado social, gestor administrativo,
agente inmobiliario, …más títulos que yo, aunque en mi caso están
para adornar el escritorio y en el suyo son simple requisito para
ganarse una vida en la que tampoco precisa mucho, pues no es
nada amante de lujos ni tiene vicios caros, y sigue viviendo con
su madre. Es primo carnal de “Petete” y desde Bilbao lo traían a
pasar los agostos en Sta. Cruz. Un pequeño naufragio y el gran
vuelco del “Símca” nos unieron para siempre, además de ser mi
contrapunto por su gran calma. Bastantes veces he estado en sus
casas V ascas, apreciando sobre todas el apartamento de la
longuísima playa de Laredo. Aficionadísimo a los petardos, el
espanto de los asistentes a una boda solo fue superado cuando
tras dormir en el hotel de la cumbre del Igeldo ([Link]),
vemos mismo a su puerta a cuatro o cinco roncando dentro de un
coche pequeño: Les metimos unos bien gordos debajo, y salieron
por las ventanillas.

1091
Rebolo. Uña y carne, de trato diario, de mañana y tarde, durante
todo el bachillerato. Desde su piso aguantábamos por cuerdas
por las asas una bolsa llena de agua; no había más que aflojar de
un lado, y se vertía sobre algún sorprendido transeúnte; cuando
pasa un guardia, se nos rompen ambas asas y le cae todo el
proyectil encima, empapándolo. El día de su boda lo obsequié,
con toda la buena voluntad, con desayuno de cava y ostras; en
plena ceremonia en la catedral, se sintió indispuesto y hubo que
retrasar el convite. Licenciado en medicina y derecho, daba clases
en la Escuela de Criminología; pasa su suegra con una amiga ante
la orla (todos jueces, abogados y policías), se lo dice y esta
exclama: “claro, por eso tienen todos esa cara de criminales;
¿para qué les enseñaran la criminología esa?”. a
Psamos temporadas
demasiado largas sin siquiera coincidir.
Boyero. Habiendo frecuentado el trato de padres, y madres,
de algunos amigos, al pasar las generaciones lo hago con los hijos.
Vi una preciosidad, extrañamente solitaria, en un concurridísimo
local de moda; sinuosamente me acerco e insinúo; ni caso; de
pronto se cierne una sombra y un vozarrón suelta que está
acompañada, así que me disculpo y abro; una manaza cae sobre
mi cuello, y cuando ya me preparaba para soltar el patadón, oigo
“¡ Rafael!”, a lo que contesto, “¡Boyero!”. El padre, compañero
inseparable de mis primeros bailes, era todavía más grande que
él, a punto de jugar profesionalmente al baloncesto. Pionero del
matrimonio, su mujer , pequeñita, también me trató con toda
fraternidad, y cuando regrese de mi primer viaje a América, sin
tener casa, paré con ellos. Ambos, el otro hijo y la nuera, se han
integrado en una secta. He pro-ahijado, ya que no en la pila
bautismal, en la práctica, al que –como él dice- queda “en este
mundo”. [Sin necesidad de pila, me salió “rana”]].
Aurelio. Los sábados en que sus padres se iban a la aldea, en su
vivienda y consultorio celebrábamos los guateques. Habiendo
iniciado medicina, se inclinó por lo heterodoxo, y estudiando en
tres continentes ha llegado a tratar y curar algún cáncer

1092
desahuciado. Hijo, hijazo único, lo que tanto le cuesta gastar, se
lo están llevando abogados por el proceso de fallecimiento de su
madre por presunta desidia en un sanatorio y las cuidadoras de
su nonagenario padre.
Seijo. Fue Boyero quien le puso “Cazolas”, cuando estábamos
todos en la misma clase y le traíamos los diarios deportivos. Tras
la convivencia santiaguesa, seguimos carteándonos, par é varias
veces en su piso cuando preparaba oposiciones, y compartí y me
alegré de sus nombramientos en las más altas esferas fiscales.
Solterón convencido, cuando comenzaba a dudar se le mató la
novia en accidente automovilístico. P asa largos periodos sin dar
señales de vida.
Ruperto. Mi compadre. Únicamente en la playa se le puede ver
sin su corbata, trajeado a la última, como probo funcionario de
alto rango que es. Por las tardes asistíamos a clases en graduado
social, por las mañanas lo acompañaba frecuentemente –a veces,
sin haberme acostado- a Cambados, en cuyo ayuntamiento
trabajaba. ¡Qué gran cocinera era su madre!, siempre tan atenta
con el amigo de su hijo. MI ahijado, murió con pocos meses, y
veinticinco años después fuimos juntos hasta su placa de recuerdo,
en el pueblo de mi comadre. Me entregaron, también, la hija
siguiente, y espero poder cumplir con las obligaciones libremente
contraídas.
“Cow Boy”. Habiéndonos tratado, siempre de juerga, en Las
Palmas pronto desembarcó periódicamente en tierras gallegas,
cayendo simpático en mi círculo por su acento, blonda altura y
sombrero. Cuando pesaba cuarenta kilos menos, llego a actuar
en el cine. Buen odontólogo, sigue con problemas legales –y no
solo por su profesión- pues el doctorado lo obtuvo allende el
Atlántico, donde variadas andanzas lo llevaron a ser padre soltero.
Ya no usa sombrero y ya no vive en el sofá del salón del piso de
sus padres.

1093
Lorenzo. Tras mi convalecencia, seguimos frecuentándonos, días
y noches, siendo el máximo cachondeo cuando venia su tío (Tito
“Richard”, establecido en V enezuela) y en la moto se ponía un
calzoncillo al cuello; en una noria, nos reíamos y jalábamos a uno
que para presumir delante de su novia iba de pie, y al bajar nos
insinuamos con ella, y cuando quiso defenderla, le vino la gran
vomitona (solo superada por el que iba siempre de pie y una tarde
aparece con el brazo enyesado). Sucesivas uniones matrimoniales
lo han llevado a la cúspide social y empresarial, pero a costa de
su salud.
José. Era mi mecánico, antes de retirarse y de que Hacienda le
comiera capital y moral. P ara rematarlo, le murió la esposa.
Desahogaba en mi –y viceversa-. Me ayudó en mis dificultosas
mudanzas; tras la última, hizo mutis por el foro (por informes de
sus hijos, se sabe que se ha ido a vivir con su novia cerca de su
madre, cuando a él le llega la edad del retiro legal).
Orlando. Jefazo de seguros, siempre me dio un trato preferente,
así como a mis recomendados. En su época alta, durante la que
manifestaba querencia también personal, casi lo rehuía. Cuando
le vinieron mal dadas, fue el momento de prestarle el apoyo que
puedo. Como Lorenzo, de quien fue jefe, es de trato tan afable
que de entrada le caen bien a todo el [Link] una hija, con
su segunda, que parece su nieta.
“Pepe”. Lo más opuesto (en origen, formación, actividades),
…a este narrador . Empresario totalmente hecho a sí mismo de
gran y reconocido éxito, cuando comenzaba su despegue
recorrimos lo más destacado de su ramo fijándonos en aspectos
distintos pero coincidiendo. Intermitentemente, mantuvimos la
relación. Da idea de su mentalidad que fuerce los automóviles
recién comparados (“para eso están en garantía”) o desprecie a
los directores de bancos (“ellos viven de mi”). Al pedirle ayuda
(con su correspondiente cuota del esperado beneficio) pa ra
financiar los gastos del registro de mi Marca, me la prestó con su

1094
proverbial generosidad –él, es generoso; yo, desprendido-, al igual
que Alberto, “Quiquín”, “Cow Boy” y P ablo, que también están
en el ajo.
José Manuel. En varias partes figuran sus anécdotas pecuniarias
que son de lo que no hay. Peculiaridad suya es que al revés que en
el Derecho Común, todo aquello en que invierte o mejora, pasa a
ser suyo, porque sí. Nadie puede negarle nada, pues a nadie niega
nada él. La primera vez que me vio, buscando yo casa y siendo el
agente inmobiliario oficioso de la zona, se llevó el gran susto
pues me tomó por inspector de trabajo al estar con su habitual
cuadrilla de obreros camuflados. A partir de ahí, me abrió su
casa, y siempre será mi “Neibourg” por excelencia.
Pablo. No es secreto, para todos los demás, que somos “alter
egos” respectivos. De la nada, ha llegado al “Who’s who”, donde
figura como autoridad mundial en la enseñanza de idiomas
mediante nuevas tecnologías, de lo que también presumo –realzar
a mis amigos, me realza a mí: la envidia es otro sentimiento que
no me lastra-; asimismo, único doctorado (lo que si le envidio,
sanamente). Nos daba clase particular de inglés, pero enseguida
comenzamos a prolongarlas en mesas y barras. La mujer de J.
Manuel todavía no nos habrá perdonado que una noche -¡tantísimas
juergas!- le aboyáramos todas las potas usándolas como baterías
de percusió n, no de cocina. Me ayudó a montar el semanario
portugués, del que también fue socio fundador, y a él recurrimos
todos cuando algo (coche, televisor, chimenea, …) parece no tener
arreglo. Con barriga y todo, muy recientemente se hizo el camino
de Santiago en bicicleta (800 kilómetros en 5 días y medio).
Vázquez. Como médico, no valdría gran cosa, ¡pero como
pescador!. Cartas y futbolín también se le dan estupendamente.
Nieto de recaudador de impuestos, sabe –como yo- que el mundo
se mueve solo, y nos reímos compasivamente de los que creen
que lo mueven. Su casa, pegada al mar, está abierta a casi todos,

1095
alegrada por sus dos preciosas niñas. ¿V olveremos alguna vez a
comer salmones cogidos cerca de su aceña?.
Erias. Un artista. De la cuerda de Aurelio, o más, en cuanto a
(no) gastar. Figura en la enciclopedia gallega –otra de mis sanas
envidias-. También proveniente del agro, el estudio y las dotes
para el dibujo lo han proveído de títulos y honores. Como pintor,
no confiaba mucho en el –y se lo dije-, pero hace unos días tuve
el privilegio de admirar sus personajes medievales gallegos sobre
tablero, y estoy convencido que su próxima exposición, algo único
y nuevo, marcará todo un [Link] ello a costa de un continuado
trabajo que lo ha privado de otros aspectos del vivir que a veces
logra entrever a través de este su amigo.
Resultan XIX -¿ó 18?-. Falta uno para, ahora que está tan de
moda, tatuar todos los dedos (también pude incluir a Emilio y a
Oscar, los de los coches, pero dejémoslo así –la continuidad es
otro requisito esencial-). Ya sabía yo que me iban a sobrar.
Perros.
Los iba a incluir en “Automóviles”, pero son seres vivos. Los
podría encajar en “mujeres”, ¡P ero la que se armaría!. No hay
relación de amistad; es sumisión.
“Bundo” (por vagabundo), apareció por Sta. Cruz y me tomo
afición, todos sabíamos porqué. Como quien mandaba, con su
típica adustez, no lo quiso en casa, le construí una caseta en
terreno baldío y le llevaba comida. V olví a visitarlo en invierno;
estaba la caseta pero no su ocupante (me dirían más adelante
que lo pilló un coche: murió libre).
Hace muchísimo soy completamente incapaz de visitar un
zoológico. Una de las ilusiones por las que me gustaría tener dinero
de sobra, es la de comprar todos los pájaros de una feria y
soltarlos.

1096
El pastor belga “tervueren” era el que colmaba mis gustos
canófilos. Lo trajo, casi plumón, Ángeles en su regazo desde el
prestigioso criadero de Salamanca –siempre los adquiero con el
mejor “pie de grulla” (pedigree), que no vale para mucho a no
ser que se vaya a concursos o se crie-. V ivimos de apartamento
hasta que le pude proporcionar terreno, que es lo que precisa. El
carácter no estaba, ni mucho menos, al nivel de la belleza. Su
primera hembra murió, y la segunda –pudo ser, por el tremendo
trauma del transporte sedáda en tren-, adusta y grisácea, nos dio
una preciosa camada de ocho que vendí y regalé. A los padres
también hube de regalarlos, pues iba a cruzar por vez primera el
Atlántico, pero el macho volvió por el chalé de P
erves –todavía se
me encoge el corazón-.
No soporto, a no ser por prudencia o castigo (temporalmente),
un perro atado. Es preferible un buen seguro por si acaso. Los
“tervuerens” se cargaron algunas docenas de ovejas y gallinas.
Rotweiller. El primero, que era el que más prometía, murió de
cachorrillo, lo enterré con mis propias manos envuelto en una de
mis camisas, y constituyó uno de mis mayores pesares. Lo
substituyó una hembra que fue conmigo a todos lados, hasta que
por no querer tenerla en un piso, la vendí a quien ya tenía dos
machos (meses más tarde, en una visita, tan bien cortejada, ni
me vino a oler).
Machos o hembras, prefieren hembra humana. Los míos, si nos
separábamos Ángeles y yo, podían dudar pero acababan yéndose
con ella.
El Fila Brasileño llegó a morderme en la cabeza, nadando –
choque con él y debió asustarse: no se lo tomé en cuenta-. En la
desembocadura de la Laguna de Obidos un par de veces estuvo
cerca de arrastrarme al fondo, ante lo fuerte de la corriente
(solución: darse la vuelta y arrearle patadas, que ellos nadan
mucho mejor que nosotros), y en un estanque abandonado se
cayó y tardé cerca de una hora en poder rescatarlo, toda una

1097
odisea. V iajó miles y miles de kilómetros, tan contento. Estoy
cerca de su tumba.
No sacamos los perros, ellos nos sacan a nosotros. Guarda,
paseo, compañía, son sus funciones.
Busqué un ejemplar de menor tamaño, pues cuesta controlar
más de cuarenta kilos de músculo. El error de él “P itt Bull” ha
llegado a afectar a mi ritmo cardiaco. Tampoco volveré a tener
uno totalmente negro. Lo tranquilo que parecía de principio y la
permanente intranquilidad que resultó.
Ha llevado sus buenas tundas, como los demás; quisiera no
hacerlo, mas más perjudicial seria aguantárselas. De lo que
mayormente me enerva, que rechacen comidas que a mí me
sobraron u otras hechas específicamente para ellos –no le doy ni
comidas de perros (realmente, no los considero tal, o dicho de
otra forma, yo también soy un animal) ni congelados-; todos han
salido finos,

1098
LO LABORAL

“Ora et labora”. Ni lo uno ni lo otro.


Por algún lado tengo escrita una definición de trabajo, procuraré
encontrarla. Por encima de su sentido bíblico de penosidad, coloco
el de voluntariedad, su falta. Trabajar vendría a ser la
obligatoriedad de hacer contra voluntad lo que no se harí a
voluntariamente. Desde luego que no es lo mismo desarrollar una
actividad laboral vocacionalmente que emplearse para esperar,
compungidamente, a los finales de mes. Para mí, lo principal en
la vida es la autodisponibilidad. ¨Se me quiso inculcar que ganara
más de lo necesario y gastara menos de lo preciso; siempre he
ganado menos de lo necesario y gastado más de lo debido.
He firmado un único contrato laboral. Obtuve tres licencias
fiscales. Fundé una sociedad anónima. Ya que no puedo hacer lo
que me gusta, no hago lo que no me gusta. Dice la menor de mis
hermanas que preferiría tener que trabajar –lo hace
eventualmente y en lo que le gusta (cine y televisión, como
regidora, pues es licenciada en imagen y sonido)- que casarse. El
hermano mayor ninguna de las dos cosas. La tercera, la mediana,
ambas (siempre quiso ser farmacéutica y parir niñas: dos, Paula y
Lucia).
Unas clases particulares, en discoteca, seguros por libre y , lo
peor, intentar vender productos de limpieza de puerta en puerta.
Después vinieron, como ya esta explicado, biblias y alarmas.
Sin recomendación ni pruebas, pues el director era padre de
un amigo y me conocía de sobra, tuve cartilla de la seguridad
social. Oficial primero ayudante frigorista: llegar , sentarse,

1099
levantase a las cuatro horas y comprobar las temperaturas dándole
a los compresores o abriendo puertas si hiciera falta, otras cuatro
hora sin ocupación y recoger de nuevo las temperaturas al irse.
El trabajar por turnos (mañana, tarde o noche), ampliaba y
agrupaba los días libres, lo que me permitía seguir descubriendo
la simpar costa gallega. El chollo duró poco, pues aquel a quien
sustituía estaba en el servicio militar, pero en paracaídas (quedó
cojo). Como el padre de mi amigo no me iba a echar , pasé a
ventas, pero estar del amanecer a la noche en carretera no estaba
hecho para mí, y me despedí en vez de esperar a que acabara de
quebrar la gran empresa frutícola –a fin de cuentas, todo indicaba
que se había constituido para eso-. Una oscura noche, tras doce
horas o más al volante, en un cambio de rasante percibo un bulto
e instintivamente lo esquivo; resultó una aldeana completamente
vestida de negro con la botella de anís al lado; la llevamos a su
casa donde estaban embutiendo chorizos, y ni caso le hicieron.
“Produccion Electronica Distribucion”, como actividad, fue idea
de mi socio, que fabricaba las centrales de alarma artesanalmente,
el nombre y logotipo, mías, con un pez que se registró y sigue
velando hogares y negocios. Me desatendí en cuanto me quemé,
y a partir de entonces empezó a prosperar , ayudada por la
coyuntura política, como ha quedado escrito.
Agricultura. Gladiolos en invernadero, pegaditos al mar
. La tierra
me la trabajaba un paisano, pues mancha mucho. Un par de
cosechas y antes de la tercera llegó “Hortensia”, el ciclón. Se
salvó una estructura retorcida que vendí porque entre los gritos
de Ángeles salí cuchillo en mano, entre el fragor huracanado, a
cortar todo el plástico, pues si no hubiera volado todo, cierre de
la finca incluido.
Enseñanza. Se nos ocurrió conjuntamente a P ablo y a mí.
Fachada decorada, todo muy funcional, sobre medio centenar de
alumnos de media. Abría la puerta, rellenaba fichas y, lo que más
disfrutaba, cobraba los recibos que yo mismo hacia. También me

1100
ocupaba del funcionamiento semi automático de las maquinas de
escribir, aunque nunca logré aprender y sigo a dos [Link] cabo
de pocos años, la traspase. “Academia Mandeo, si no lo veo no lo
creo”, inauguración sonada, aun recordada por todo Betanzos. A
una contraseña, los alumnos más aguerridos, sueltan tales
petardos en sitio tan cerrado que a uno de los vecinos se le
reverdeció el reciente ataque al corazón y por nada la palma.
La ultima licencia, que sigue vigente, fue para antigüedades,
pero eso ya pertenece a “Portugal”.
Es, con mucho, afortunadamente, el capitulo más corto. Hasta
trabajo me estaba dando.
Investigar y escribir , siendo trabajoso, en modo alguno lo
considero trabajo.
Ahorita mismo, al dejar la pluma, voy a trabajar (con botas,
guantes, guadaña, hoz y rastrillo). Ya lo decía Cicerón: “Si junto
a la biblioteca tienes un jardín, ¿Qué más necesitas?” –lo mío,
más que jardín, trozo vallado de monte semi salvaje-.
¡Viva el trabajo!... de los demás.

1101
MUJERES

“Cherche la femme”.
Llevaba años entreviéndola, vislumbrándola de lejos, admirando
su grácil paso con el uniforme gris colegial. Nada sabía de ella. Si
hubiera de decidirme por la chica que mas me gustaba, la hubiera
elegido a ella, sin duda, sin saber siquiera su nombre.
Había comido con un amigo que ya tenía novia, desde siempre;
a los postres llegó un amigo suyo que yo también conocía pero no
nos éramos mutuamente simpáticos, y me invito a acompañarlo,
pues tenía una cita e iban a venir dos. No me gustan esos
encuentros a ciegas, pero algo me hizo aceptar.
Era ella.

Teresita.

Tardé cuatro horas en declararme –ya había aguantado bastante-


. Obviamente la repentínidad le causó extrañeza, aunque no
rechazo. Tuve su teléfono. Insistí. P odía creer que mis palabras
mentían, pero no podía dejar de ver la admiración en mis ojos.
Estuvo invitada, como única mujer , en la abundante mariscada
merienda con la que celebramos mi vigésimo quinto cumpleaños,
el de plata, los más allegados de entonces –a uno, pronto se lo
llevaría la carretera: se lo había buscado, también-. La siguiente
comida ya la hicimos a solas, con otra fuente de camarones
incluida. De postre, el uno fuimos del otro. Fue todo tan fácil.
De estatura ideal, la que llega a la nariz de la pareja. Cabellera
larga, clara, sedosa. Piel con olor a ella. Facciones menudas, con
naricilla respingona, boca bien dibujada. Cuello fino, algo largo.

1102
Pecho, abundante, que no conocía, por no precisarlo, sujetador.
Vientre liso, cadera estrecha. Otra seda, no abundantosa, en el
lugar que me acostumbré a lamer . Su culito. Piernas bien formadas,
delgadas.
Andaba un poco como deslizándose. Dulce. P erenne sonrisa
insinuada. Melodía, con tonos de deje en la voz. En el cine,
amartelados, en vez de mirar a la pantalla, miraba para ella.
Siempre he sido muy de flores, de detalles, de presencias.
Algún piso prestado por horas, sin dinero má s que para algún
hotel ocasional, nuestro ambiente fueron las calles, prefiriendo
las de la ciudad vieja herculina, bajo la lluvia. Comíamos, ya
noche, aquel salpicón en un local descascarillado donde
continuamente lo hacían los propietarios cociendo, partiendo y
desmenuzando bueyes y centollas que todavía no habían olvidado
el mar ni conocían de frigoríficos.
Le cogimos el gusto a amarnos por rincones, frecuentemente
al resguardarnos del frio y del agua en oscuros portales de
carcomidas maderas crujientes, con el excitante estimulo de poder
ser sorprendidos. En los retretes de un centro comercial quedamos
encerrados por razón de horario y era de ver la cara del vigilante
cuando acude ante mis llamadas, abre, y tras de mi sale la
compañera. Lo llegamos a intentar durante una actuación musical,
tal vez “Barón R ojo”, que ahogaría todos los gemidos. En una
obra, de noche, sin luz, a tientas, ya puestos en faena, empezamos
a notar viscosidad bajo los pies, cierto desagradable olorcillo: la
utilizaban como retrete.
Por ella, por mi Teresita, “Teretiritiliña”, me hubiera
aburguesado. Pude pasar la vida tras el mostrador de una joyería.
El nidito de amor estaba encima del mismísimo negocio, y se lo
reclamamos a las que lo tenían en alquiler; afortunada o
desgraciadamente se retrasó el desalojo de piso y negocio y, con
ello, los planes comunes. Me fui para Compostela, para vender
alarmas a los alarmados comerciantes de los alrededores –que

1103
comenzaban a conocer lo que era la tal democracia-. Ella venia,
pero se iba. Cuando la conocí, cuando la tuve, estaba con la idea
de irme a Galápagos, nada menos; permanecí por ella. Había
nacido en Venezuela, de inmigrantes, y necesitaba volver y residir
cierto tiempo por no perder las ventajas de la doble nacionalidad.
Se fue. Llore. Ya nada me retenía.
Cuando se vino a despedir en el piso de Santiago, cuando le
abrí la puerta no pudimos pasar sin revolcarnos del recibidor. Allí
disponíamos, además de varias camas, de la mesa de la cocina.
Para salir a bailar, se ponía una larga capa obscura que le prestaba
mas esbeltez y le confería mas belleza, si cabía; no aguantá bamos
hasta casa –eso que quedaba cerca-, nos metíamos en edificios
ajenos y subíamos a los trasteros, recordando tiempos,
acumulando recuerdos para la inminente separación.
Cambiadas unas islas por otras, no le oculté (no es mi estilo,
pero no debió hacerle ninguna gracia) que en Las P almas vivía
con la exuberante Araceli. Como nos carteábamos, ¡debí llegar a
enviarle alguna fotografía con la nueva pareja!... Teresa me
remitió una abrazada al monito de peluche que le había regalado.
Retornó durante mi encierro en el hospital. Puede ser que no
se enterara de mi situación. Cuando me volvió a ver , llegó a
asustarse –no era para menos-. El tiempo. El fuego. Además, ya
estaba Ángeles, mi “Angedidiñas”.
La Mujer.

Ángeles.

[Cesar Casal acaba de escribir en “La Voz de Galicia”: “Si una


viguesa te roba el corazón, no lo guarda en un cofre. Se lo come,
lo escupe y lo pone a secar en el tendal”].
No nos conocimos de ninguna manera original, en una discoteca
y por iniciativa de un tercero al que hizo más caso que a otros
moscardones por ser también vigués. De inmediato le eché el

1104
ojo. Estaba estudiando y haciendo prácticas de peluquería,
dejadas atrás las de enfermería. La llamé varias veces, sin
resultados espectaculares. Antes de salir para el viaje que sería
el preludio de mi infierno particular, comió en casa y al alarmarse
al verme retirar una fuente directamente del horno, le dije: “si
yo no me quemo”. (Ángeles, con su vestido largo enterizo negro,
esplendorosa, el dibujito rosa al nivel del corazón, su risa
voluptuosa, tú).
Desde el potro de la tortura medico quirúrgica pedí que la
avisaran. Tendí un puente de fuego en el que nos abrasaríamos,
ambos.
Era la alegría del entorno, con su blusa primaveral azul fuerte
sin mangas insinuando más que ocultando. Estuvo al pie del dolor ,
aguantando día a día como el que más. Si se retrasaba o no
aparecía, era una jornada sin sol, sin dios. Se ganó a todos, desde
el abuelo a los amigos, que no se imaginaban que existiera.
Me llevaba a cenar , al cine… era mi principal ansia de vida.
Tuvimos tres estaciones sin sombras, fines de semana en las nubes
en los que solo nos levantábamos de la cama para llenar los
estómagos o ir bailar. En verano, mientras estuve con los abuelos
en Verín, se quedó en mi apartamento, si bien al regreso volvió a
su pensión.
Si tuviera que bosquejar, físicamente, a la mujer ideal, habría
de tener e insuflar vida, no dejar a nadie indiferente con su sola
presencia. Morena, de pelo y de piel. Ojos grandes, expresivos,
también obscuros. Ceja dibujada, pestaña larga. Nariz en su sitio,
con su tamaño. Pómulos altos, piel tersa. El adorno de la oreja
esperando un susurro. Boca [Link] de convexidad en la papada
para recordarme a mi madre. Manos finas, dedos luengos. Una
buena hembra debe estar cargada de pecho, que las tetas parezcan
un poco desproporcionadas y que bamboleen con el movimiento.
Una cadera tiene que tener donde agarrarla, el glúteo ser cojín

1105
apropiado, las piernas columnas dóricas. La mata púbica, el
retorno. Pie, piececito, comestible.
¡Ese es el tipo de mujer que me gusta!. O sea, Ángeles.
Hembra. Cueva primigenia. Venus. Tierra Madre.
Cuando todavía no se había profanado la Isla de Arosa con su
puente, cruzamos en la vieja barcaza belica de desembarco y un
chaval de sangre vikinga no pudo menos de exclamar: “V aya coche,
vaya perro y …-ante mi anuencia- ¡vaya chica!”. En el Algarbe,
tras el fallo de los frenos y la sensación de volver al hogar
, a Ella,
lo experimento aquella noche, tras opípara cena en la terraza,
cuando nos unimos sobre la barandilla; después, coincidimos a
altas horas, sonámbulos, en la nevera, para zampar melón helado
y nos partíamos de risa y el fruto gélido se diluía sobre nuestros
cuerpos ardientes.
Ya en el chalé de P erbes, como había comenzado a trabajar ,
solo podía venir sábado de tarde y domingo. Ya la esperaba en la
cama y ya no nos levantábamos hasta noche bien entrada cuando
íbamos a los pueblecitos de la ría para reponer fuerzas y dar un
paseo antes de volver a acostarnos. Solía llevarle el desayuno a
la cama adornado por alguna florecilla recién separada de su
cordón umbilical, y lo tomábamos juntos. Nueva salida para el
aperitivo apacible, oliendo a mar , oliendo a ella. Comíamos
siempre en casa, yo cocinaba. Siesta y al autobús o al tren. Cuando
mejoré de coche, cuando ya se había quedado sin trabajo y tuvo
que buscarlo en la recomendación familiar en Vigo (volviendo al
ramo de la enfermería), solía llevarla y quedarme un día en su
piso, perra incluida, como máximo dos, pues no soporto esos
encierros urbanos.
Al recogerla en la estación de transporte la sangre circulaba
más aprisa y llegaba a entrar en ebullición. Con cierta frecuencia
habíamos de parar en la cuneta, aunque a ninguno nos gustaba
ese habitáculo y si era de día optábamos por el aire libre, el

1106
apoyo de un árbol en el monte, de una roca en la playa. Llegados
a la finca al borde del océano, sin traspasar la puerta del nido,
falda arriba y pantalón abajo –los perros estaban acostumbrados
a esos espectá culos-. Amarnos tras la cena, en esporádicos
desvelos -¡lo que le gustaba!-, durante el desayuno, en la bañera,
al preparar la comida, durante ella, de siesta, al despertar.
Mi Ángeles.
Empecinado en un primer periplo por la parte del cono sur
americano, su retrato –costumbre que no tengo- me acompañarí a.
De vuelta, las casas de P ablo y Boyero nos prestaron generoso
temporal cobijo hasta que encontramos un remanso junto a un
riachuelo, donde convivimos varios meses. La necesidad del
trabajo, de su remuneración, se impuso, y hubo de partir hacia
su ciudad natal -¡si mi madre me pudiera saber enamorado de
una “purisa”!: en vez de por eso, dicen “pur iso”-.
Seguimos en el mismo plan, con voluptuosas estaciones en la
casita del apeadero de P erbes, hasta que me fui más lejos, al
monte alto lucense, donde el lugarejo natal de P ablo. Todavía me
siguió, intermitentemente, pero ya no por los arenales portugueses
de Moledo, donde desemboca el Miño. El atardecer que estuvimos
por aquellos pinares radicados en las dunas recogiendo piñas en
un cesto con la perra incordiando, pan la chimenea, fue de los
más añorados de toda mi vida.
Bruscamente, la dedicación a mi abuelo y a sus intereses (los
míos), acortó la distancia pero aumento la profundidad del abismo.
Estuvimos el más prolongado lapso sin vernos. Mi segunda
expedición americana la asumió menos que la primera. “…otro
dolor”.
Su principal problema fue que, como tantas –y tantos (más)-,
se creía que la fidelidad estaba en el sexo, y no en el seso. Si no
me gusta acostarme siempre en la misma cama, ¡cómo va a
gustarme acostarme siempre con la misma mujer!. Más sensual,

1107
¡sus mórbidos antebrazos!, que sexual, de seso no andaba sobrada
-¡lo que me reí cuando confundió a Bórjes con Forjes!-.
Desde Cataluña, psíquicamente hundido, me agarré
desesperadamente al cable telefónico con destino a su apoyo,
aferrándome a su realidad para no precipitarme a mi vacio. Llegué
a cruzar todo el norte peninsular con el único objeto de verla,
tocarla, hablarla, convencerla para que, aunque fuese previo paso
por la vicaria o el juzgado, me acompañara. No acabé de hundirme
en la ciénaga por ella, pero la arrastré. Si mi voluntad, fortalecida,
me sacó de mi primera gran depresión, la de ella, debilitada por
ese traumático traspaso de carga, la fue sumergiendo.
De vuelta de la Vuelta al Mundo, seguía siendo el fulcro de mis
planes. Hicimos, una vez más, un recorrido costero. Se había
derrumbado; por mi culpa (aunque asumía la suya). Ni quiso oír
hablar de acompañarme a residir en Portugal. Siguió en su mismo
puesto de trabajo, en una monótona mediocridad que fue
apagando su reír y que acabaría sepultándola.
Todos mis intentos han sido vanos. Parece haber desconectado
una sintonía que a mí me sigue sonando todos los días, y las noches.
Una de las últimas veces dijo que una amiga suya lleva años
asegurándole que acabaremos juntos. R oto su equilibrio
psicosomático, se acoge a una baja laboral que nada resuelve.
Ángeles es la mujer de mi vida aunque no sea la única –o
precisamente por eso-. P or duración, intensidad, sentimiento,
por ella, ocupa un espacio en mí del que antes, ahora y siempre
será indesplazable. La llevo, sin necesidad de tatuaje, grabada
en neuronas y gónadas.
Teresa.
“La Rolls & Royce de las mujeres”, la definió quien conoce de
automóviles y de mujeres de autentica categoría, de otro nivel.
Curiosamente, la primera vez que la vi (sin saber tan siquiera que
existiera un minuto antes y poco más minutos después) la

1108
consideré mía. Es una mente einsteniana en un cuerpo digno de
portada de “Play Boy”.
Tardaríamos muchos meses, tal vez más de un año, en volver a
vernos, por intereses comerciales comunes. Antes que a mí,
conoció mis escritos. Inesperadamente, me hizo confidencias en
modo alguno basadas en unas pocas horas de trato impreciso.
Desde el principio hubo una fusión morbosa por haberse también
quemado (y muerto) su hermana.
A la tercera, vino a P ortugal. No puso inconveniente en
hospedarse en mi chalecito de Poça Pequena, sin premeditación
ni intención por mi parte(los hoteles le quedarían lejos, y siempre
anda con prisa). Cuando antes de cruzar un pequeño vado bajé
del todo terreno para impresionarla, noté su honda de deseo; al
poner la mano sobre la reductora, puso la suya encima. Los
primeros besos fueron salobres. “La tienes como pones en el libro”,
diría.
Relación medianamente larga, intermitente, pero intensa,
reforzada por teléfonos, cartas y valiosos obsequios. Nos citamos
en lugares dispares, ambos prefiriendo entornos medievales, en
los cuatro puntos cardinales, intentado compaginar el placer con
el trabajo al que es adicta. P ara cruzar la península, tardamos
tres días (cargados con el fila brasileño y un gran cofre metálico
con una fortuna dentro), y era de ver la cara de los camareros y
recepcionistas de algún Parador cuando les decíamos que íbamos
a quedarnos a “dormir” la siesta pero que no bajábamos equipaje
pues después de “la siesta” seguiríamos. R evolvimos “suittes”
por todas las regiones. Su contable quedaba pasmado de las
facturas de comilonas de dos, por la cantidad de botellas de los
mejores caldos –ella no se me quedaba a la zaga bebiendo; si
comiendo, por aquello de la figura-.
Rubia, alta, ojos claros, nariz pequeñ a, labios golosos finos,
orejitas con pendientes de brillantes. Sobrada de pecho, escasa
de vientre (a ambos portentos, ayudaban las masajistas y otros

1109
cuidados que solo pueden prodigarse los ricos voluntariosos).
Escurrida de caderas y de nalgas pero, ¡ay portento!, el deseo y
la finalidad -por descontado, había leído a Schopenhauer tanto o
más- ensancharon las unas y redondearon las otras (“¡pero si mi
padre me decía siempre que no tenia culo!”). Sus largas y agiles
piernas la desplazaban de un modo tan característico, a vigorosos
saltitos controlados, que permitían localizarla en los aeropuertos
nada más cruzar , siempre entre los primeros, las puertas de
seguridad, con sus conjuntos textiles de alta costura y su bolso y
maletín de piel.
Vino para inaugurar la casa, única en propiedad, de Obidos. De
gala, a la sombra de la muralla alumbrados por candelabros de
plata, tomamos caviar regado por Champagne. A un señal
convenida, un terceto de cuerda comenzó a tocar, oculto por el
portalón; bailamos (por primera y única vez), yo con smoking y
enredándome en su vestido largo con lentejuelas.
Toda una calurosa tarde de cama, tuvimos que trasladar los
alaridos al gran ventanal pétreo, que se nos pasaba la hora de la
cena y bajamos congestionados, notándolo los de la mesa de al
lado; al subir, nos sorprendieron en un sillón (de los antiguos) del
pasillo. Aquel desayuno, tras sesiones de noche y madrugada en
aquel pazo restaurado, bajo un faro de señales marítimas en lo
más peligroso de la Costa de la Muerte, mientras los barcos se
mecían, apareciendo y desapareciendo, hacia el R oncudo. Vinos
dados por desaparecidos, centollón como nunca había visto; el
deseo, otro sofá; ¡malditos teléfonos portátiles!, la interrupción
de su secretaria.
La intensidad de la pasión es inversamente proporcional a la
distancia; ambos lo sabíamos desde un principio. Espacionamiento;
distanciamiento. De repente, se le torcía el gesto y caía en
ausencias reconcentradas, en la frase cortante, siempre con el
cigarrillo que nunca la dejaba. Era una mujer difícil, con principios
susceptibles. Para colmo, le tocó mi segunda –ya no tan fuerte y

1110
espero que no haya tercera- depresión, y ella pronto se haría
asidua del psiquiatra. De mente más poderosa (dos licenciaturas
universitarias con premio extraordinario) y práctica que la mía,
únicamente en el pleno éxtasis viscoso se rendía, pero cuando
dominada, penetrada físicamente, decía “pídeme lo que quieras”,
era mi mente la que no se atrevía a penetrar en otra superior ,
barrera psíquica tan insoslayable como el más robusto muro.
Seguimos, de vez en cuando, efectuando operaciones de común
interés; nos contamos nuestros viajes y las anécdotas más
destacadas. Llevo años sin otra mujer en mi vida.
El hombre más fuerte, es el que esta mas solo.

1111
DE PUTAS

“Quedé prendado de ella nada más otearla. Ejemplar no


específicamente buscado, sino genéricamente deseado. Joven,
potente, desenvuelta, sensual. La morbidez. Fémina digna de las
pasarelas de la [Link]ísima, delgada, proporcionada; sublime,
increíble; inolvidable, reconfortante. Ella, el sexo, lo buscado,
el retorno, la compañía, la ilusión, el ser tocada y tocar, estaba
allí. ¡Ay!, que maravillas hay por ahí. Cuando a mi seña se pone
de pie, también se me levanta el nabo. Su cara me deja fascinado.
Sus rasgos, de cerca, orgullosos, ampulosos, para cambiar ,
doblegándolos. De los mejores y más prolongados besos en mi
vida. De las que están mejor desnudas que vestidas, como debe
ser. Sus tetonas eran lo primero que se detectaba, de
esplendorosos y obscuros pezones; gocé en, con ellas. Semejante
pechazo, sin sujetador , resultaba irresistible. Tras palparlas,
tocarlas, soñarlas, sentirlas en el propio cerebro, me atrevo a
enfrentarme con semejante par de tesoros; ¡increíbles!,
sosteniéndose por sí solos, con areolas preciosas sonrosadas,
integradas. ¡Qué pecho!. Empezó a mamar con fruición, con ansia,
con profundidad; no paraba, la eternidad. Sesión conmigo de pie,
manos a la espalda, y ella en cuclillas, chupando afanosamente.
Poseía una técnica especial, de torniquete, girando la cabeza,
¡como un sacacorchos!. Mejoro grandemente el panorama cuando
comenzó a lamerme los huevos. ¡Qué gustazo ver en su boca los
cojones!. Lengüetazos escroto anales. La empujé, de rodillas en
la cama, caliente, contra la pared, bien asegurada por mi tranca
–”¡Y me habían dicho que en España todos los hombres la tenían
pequeña!”-. Vuelta y vuelta a discreción, palpo y magreo cuanto
quiero. P ercibo el calor de su gran coño. Tenerla encima,
abarcándote, era volver al útero. Le gustaba verse jodida, en los

1112
espejos. Me corro desde atrás, golpeando su culo, que ella mueve
hacia mí; muy a punto estuve de vaciarme los riñones. Con ratos
así merece la pena vivir”.
Cuando durante unos ejercicios espirituales colegiales la
cucaracha negra mística y reprimida que los dirigía pidió una
redacción sobre las mujeres, puse que distinguía dos clases: las
idealizadas y las putas. Son dos mundos distintos que nunca deben
entremezclarse, y nunca lo he hecho. La delas cunetas, carcavera,
debe meterse en el mismo saco que el del púlpito, el del espadón
y el leguleyo.
“Alta, rellenita por los muslos, rubia, de perfeccionistas manos,
guapa, mujerona, suave. La otra, delgadita, joven, linda, morros
dulces, ojos claros. El mar siempre me excita sexualmente. Puesta
de pie, una a cada lado, resultaron cumbres para escalar; las
primeras prospecciones íntimas revelaron la existencia de
inmensas cadenas montañosas. ¡Eso eran tetas!, ¡eso mujeres!;
de lo mejor de mi vida. El banquete de aquella pelambrera tan
bien rizada, como trenzada; comer culo hasta hartarse. ¡Así da
gusto!, con una por aquí, otra por allí, con calma y tiento,
variaciones de ritmo, masajes, excitaciones orales, ¡no falto de
nada!. –”sacamos el dinero pero somos buenas putas”-. Una
chupaba por delante, otra chupaba por detrás, simultáneamente.
Casi tengo un orgasmo anal con el dedo de la mulata. Las jodí
como quise, una tras otra o a la vez. ¡qué lamidas!; una me la
cascaba dentro de la boca de la otra. Casi pierdo el control, casi
pierdo la memoria “.
Los barrios de putas, siempre céntricos, siempre cercanos a la
catedral o a las principales iglesias, hoy por hoy resultarían
deprimentes, pero fueron lo único que había. Bares tétricos,
habitaciones insalubres, sin agua, sin ventilación; el pestazo menos
pestilente era a desinfectante. Sordidez. La especulación
inmobiliaria se los ha ido tragando. Había otros antros, menos
iluminados todavía, algo deprimentes, con restos humanos.

1113
Comenzaron los locales de carretera, primero pequeños, luego
medianos, más tarde grandes, ahora gigantes. Del pequeño
mercado, se ha pasado al hipermercado de sexo.
“Otra belleza de cuya degustación me habían quedado ganas.
Menos mal que no se pagan derechos de imagen en las
masturbaciones. Mejor, trocar realidad por imaginación. Dicho y
hecho. Nada más entrar, se acopló conmigo. Enseguida, sin mayor
pérdida de tiempo, adentro. Tan alta como yo mismo, morena,
en juventud que madura, ojos obscuros. P iel, muy cálida. Allá
vamos. La dulzura sexual personificada. Cuerpo bien mantenido
con caderas casi en ánfora. De lo más digno de contemplar que
he contemplado. Torso poderoso, monolítico, leñoso, con extraño
ombligo doble. Abajo, la pelambre boscosa. Besos, caricias,
tocamientos, jadeos. Deseo. Besaba con entrega no exenta de
técnica ni de sapiencia. R ecorrido completo corporal. P reciosa,
potente, carnosa, tentadora. De espaldas, noté sus puños, más
tarde sus rodillas y sin enterarme, la tenia ¡de pie sobre mi
espalda!, y hasta llegó a saltarme en tijeras por los laterales de
mi crujiente columna vertebral. Los inicios de la sesión,
enervantes. Escultural, muy , muy esbelta; ancas de sublime
diseño. Con ternura, calma y dedicación, la fui probando,
desnudando, conociendo. Labios inverosímilmente tiernos, tersos.
Pechos duros, integrales. ¡Preciosísima!. Llegaba a temer mirarla.
Mórbidas montañas de carne blanca. La desaparición de la
vestimenta mejora al conjunto y la perspectiva. Gran adicta al
sexo oral, supo recorrer todas mis partes bajas, por delante y por
detrás, con dedicación y esmeros. Mi corazón latiendo en demasía.
Muy buenas mamadas, naturales, profundas. Tremenda chupada
de culo que repite y prolonga a mi petición, incluso de pie e
inclinado y ella venga a metérmela lengua. Su ojete, bien
dilatadito y lubrificado, fue el objetivo de mi tieso y gran
periscopio. Le encantaba sentirse enculada. Aproveche para el
vuelta y vuelta. 69. Ella, culo en pompa; yo, en cuclillas, dale
que dale. Atornillado, contemplándome en el espejo, no podía

1114
pedir nada más. Sudaba y sudaba. Se dejó joder, joder y requeté
joder; jodí como se debe. V arias posiciones. Obscenidades que
acepta sumisamente. ¡T oma leche!. La erupción. Lefa
blanquecina. Mis alaridos”.
Las nacionales, ajadas, tristonas, se intentaban justificar con
un hijo tenido al descuido. Suramericanas que dejaban sus hijos
allá, invadieron los nuevos locales. Colombia eyaculó a decenas
de millares (seguida por la república Dominicana), pero Brasil
puso el listón muy alto, en cantidad y calidad. Cayó el llamado
telón de acero y lo pudieron atravesar, impelidas por la escasez,
la falta de guía estatal, las eslavas inimaginables.
“De lejos, me atrajo la faz de esta esquinera, que de cerca se
rebeló deseable, con sus lindas facciones rubias tersas enmarcadas
en un oro de apariencia nórdica. V islumbro otra cabellera
destellante, otro falso oro desleído pero también atrayente; de
ojos profundos, claros. Sus cuatro tetas imantaban; el resto, bien,
muy bien. Elegantes, con autentica clase innata. Hasta cierto
“charme”, nada usual. No cabía duda sobre su origen. Como no
le quitaba ojo a la nueva pieza, la primera, de rasgos hindúes y
negros ojos sensuales entre bolondeces, me asegura que la
distante, más alta, más guapa, más excitante, es ¡hermana!. La
sangre se me agolpa entre las piernas. No eran muy simpáticas ni
desenvueltas, ¡ni falta que les hacia!. Se desnudaron con excesiva
prontitud –mal muy común-. Entrambas, tocado y provocado,
estrujado -¡nunca llevaré este dinero!-, refocile, toques, miradas,
roces. Erección perenne. En la ducha, se fijaron y pasmaron con
mi palmo empalmado; ocasiones tuvieron de degustarlo,
golosamente, profunda y continuadamente. Estirados en la cama,
rodeado de carne por todas partes, tocando, gozando. La
derechuda de aquellos cuerpos turgentes, con ancas alargadas
de empalme alto, reían, tocaban con suavidad y se tornaban
dóciles. La menor, resultaba tan preciosa que hasta me producía
excitante ternura. “Intentar pensar entre sus tetas era como estar
entre dos escopetas” –frase de mis admirados “goma espuma”-.

1115
Una, con mamas piramidales; las otras trianguladas por arriba y
redondeadas por abajo; voluminosas, de blanquecinas areolas
amplias. E sas cuatro tetazas, juntas, rozándose sus grandes
pezones eran el destino ideal para todo lo que me pugnaba por
surgir, torrencial, candente, concentrando y descargando
tensiones somáticas. Mujeres-mujeres, de caderas amplias, zonas
genitales trianguladas, miembros redondeados, bocas carnosas;
de las que abarcan. P iel de adormecedores efluvios. El sensual
placer de la contemplación. ¡Qué culos!... Hasta mis pies se habían
convertido en zonas erógenas; en general, estaba má s sensibilizado
todo en mí. Tocarse entre ellas no lo hicieron por iniciativa propia,
pero acabaron por entrar en el juego y no sin complacencia, una
a horcajadas y la hermana detrás tocándola, besándose con
bastante interés. La mayor obligó a la otra a sepultar su cabecita
entre mis piernas, mientras miraba y miraba y meneaba; su boca
se preparaba para llenarse; cuando creí que la separaría, ¡lo
contrario!, se amorró aun más fuertemente y se quedó con todo.
“Muchos se han enterrado en ese fango. Suele haber el putañero
perdido y, los menos, el abstemio del sexo mercenario. Son escasas
las medias tintas, los clientes ocasionales. Familias y negocios se
han quedado en noches insomnes, sin objeto ni fin. Bastantes van
como al confesionario o al diván, unos pocos por bailar. Muchos,
se creen grandes pescadores, sin querer ver que están en un
estanque.
“Por ir temprano, coincidió con su cena, pero seguro que la
compañera, la informó de mis pretensiones y características nada
comunes, pues salió pronto y se acercó con toda predisposición.
Al tocarle la espalda, compruebo la falta de sujetador . Era de
esas tías tan buenas, con cierta excitante pinta de putilla golfa y
mamona, que pocos se atreven a acercárseles; cada vez que
miraba para la concurrencia, los veía con los ojos fijos en nosotros.
Sonrisa perenne, potencia inconmensurable, el pelo larguísimo,
oliendo naturalmente bien. Muy rubia, ojos azulísimos, labios
sensualmente carnosos; sublime. ¡No puede haber mayor belleza!;

1116
¡imposible nariz mas respingona!. Su faz de rasgos fuertes
contrarrestados por los ojos tan, tan azules, me incitó a darle la
opción de la moneda, y salió lo que ella eligió. Resultó de pecho
esplendoroso, ancas poderosas y remos potentes; culo tan duro
como las tetas. Toda ella, pura piedra. Disfruté como un loco
magreando a discreción tan amplios y mantenidos atributos.
Pasmada y asustada ante los míos, se puso a mordisquearlos;
cuando comenzó a chupar el mástil y recorrer con su lengua jugosa
todos los aledaños, me sentí transportado a la gloria. No pude
evitar enfilar directamente su coño aséptico, rasurado dejando
pista peluda de acceso. No dejó de ponerse en cuclillas para, con
ligeras embestidas, intentar clavarse a fondo, cosa que acabo
consiguiendo. Se retorció encima, viéndosele el culo reflejado
por todos lados, los odres bamboleantes. La jodienda en si fue
buena, prolongada, dominante; llego a pedir mas y mas fuerte.
El sexo como conocimiento, dominio. Salir , ver, rodar, conocer,
descubrir, comer, abarcar, pasear, respirar, observar, discernir,
clasificar, apuntar, valorar: recibir jodiendo”.
Había uno que se llegaba hasta la parada del autobús en su
tractor, lo aparcaba, y todos los que pasábamos (en sábado, pues
era hombre trabajador que mantenía numerosa familia) sabíamos
que se había ido de putas. Un pensionista, con la única nota blanca
del pelo, todos los fines de mes allá se iba, en taxi, no quitándose
la negra boina (siempre con la misma –boina y suripanta-) ni en la
cama, acabado su desahogo mensual, invitaba a las zorritas a
una copa de colorines, al taxista a una cerveza, y a esperar a por
la próxima pensión. Todo un registrador de la propiedad, de familia
de prosapia, que jamás había dado palo al agua en toda su vida,
se encontró con las cuatro ruedas de su cochazo desinfladas al
salir, de madrugada y borracho, de un lugar de mala (merecida)
fama; fue un modo optimo de comenzar el día, hilarante, viéndole
tener que hace algo por sí mismo por primera vez, pues aunque
otros quisieron ayudarle, yo me cismé en que por lo menos se
ocupara de uno de sus neumáticos.

1117
“Deseaba tenerla entre piernas desde que se me metió entre
cejas al verle aquel perfil tetudo. Pelirroja, de ojos quizás verdes,
nariz griega, dentadura perfecta, con piezas menudas impecables,
pómulos altos no angulosos, insinuación de mofletes, dibujo de
boca perfecto. Tener todo aquello delante, ya me empalmaba.
Lo que deslumbraban eran sus tetas, que destacaban en su
espigamiento, avanzaban, preludiaban; érase una mujer a unas
tetas pegada. Debajo de la tersura facial y el agresivo pecho,
destacaba un culo provocador . Caderas ensanchándose,
acogedoras. Cuando aquella llamativa llamarada roja comenzó a
emitir señales, ¡A vante toda!. Fui adivinando, palpando,
visualizando, esmagando, aquellos dones pectorales. Resulto una
falsa delgada. Cuando revela todos sus poderes, me deja
anonadado, hechizado; chupo, toco, sopeso, adoro. ¡Qué tetas,
que tetonas, que tetazas, vaya súper tetas!. P or debajo de su
cara algo acaballada, se manifestaban aquellos dos mugrones,
dos, a todo relieve, y el culo tampoco carecía de él, gozando de
perfilada forma y moldeo, muy, muy acertado y adecuado para su
función. Delicia de bañera de hidromasaje, gigante, burbujeando,
entre espuma de colores y olores diversos. A la cama redonda,
rodeada de nosotros mismos. Me besa, acaricia, excita, menea.Y
venga tetas, y tetonas y más tetazas; quasi hartazgo de súper
tetas. Iba pasándosela por el perfecto culo viendo como la
magreaba toda. Más lo primero que vemos de bebés, a donde nos
agarramos por ser vida, bailaba ante mis ojos y labios; colgantes,
voluminosas, apabullantes, inmensas, desproporcionados al cuerpo
esbelto. Tanto toqueteo salvaje en las fuentes de la vida, acabaron
vaciándome y tiñéndolas. P ara descansar de tanto tiempo
tumbados, en pie. En cuanto le restregué el ariete no muy tenso
por la raja humedísima, lo agarro y se lo introdujo, ¡así!.
Necesitamos apoyarnos en la cómoda –bastante incómoda-,
observándonos en primer plano en su gran luna [Link]
espalda tan perfecta y ¡el culo, el culo!. Su coño como debe de
ser, bien triangulado y peludo. El conjunto de ano y vagina lo

1118
palpé, masajeé, penetré y chupé y requetechupé. Ella se retorcía.
El placer nos embargaba, dominándonos; no podíamos dejar de
lamer y morder . ¡Pláf!. El tremendo espejo se vino abajo
haciéndose añicos con un estruendo que despertó a todo el hotel
y al de recepción al que le negamos la autoría cuando el teléfono
sonó. Al balcón, pues el aire y los cuerpos estaban hirvientes. Los
únicos que circulaban a aquella hora, los taxistas, nos pitaban y
se refocilaban con tal inesperado e inusual espectáculo gratuito.
Retorno a la cama, que ya ni redonda parecía, pisando sobre
cristales. Empecé jodiéndomela debajo, con piernas abiertas,
alzadas y cerradas; a cuatro patas, de lado y en cruz. La puse
boca abajo. ¡qué culo, que culo!, ¡que culazo!; de los mejores
que he visto tan de cerca, ¡y lo que lo disfrute!. Su función fue
cumplida y ejercida, otra vez como perros, durante largo tiempo.
Volví a comer coño y culo cuanto quise, volviendo a notar su
acidez, su agrura. Dentro, fuera; dentro, fuera. Homenajee tal
trasero inundándolo de níveos grumos. Bendita ella entre las
mujeres que dejan [Link] llegar a casa, suele darme el hambre
y la sed, y no me doy dormido sin cascármela”.
A un mes de periclitar mi lustro nono, una, dos, tres, cuatro,
…¡y 5!; sin pretenderlo, sin pensarlo, en una sola noche. No me
creí capaz de superar esa marca, de poseer más de un quinteto
de hembras seguidas. Pero año y pico después, ¡en siete horas 7!.
“¡Necesito una mujer!, ¡necesito una mujer!. O dos. Una que
destella, súbitamente, sin previo aviso; prometedora; se fue, se
desvaneció. Es total, absoluta y completamente imprescindible;
¡es salud!. Nada más llegar, lo supe, desde que las vi. De las que
impactan de lejos; ¡buena, buena, buena!, esplendorosa; de las
que revolucionan corazón y cabeza. Al menos, suficientemente
guapa como para resultar placentero mirar para ella; labios, boca
en sí, de mamona –y haría honor a su aspecto (y referencias)-;
miradas profundas, llenas, de sus ojos de azul claro (ojos de mar
a la vera del rio); nuca al aire; pechos compensadísimos, sin
sujetador; tercio inferior aceptable, algo paticorto. Se me enerva

1119
el ánimo. Otro par de ojos, ¡ojos!, serenos ojos, verdes como
esmeralda clara. No muy alta pero muy muy bien hecha, sin
imperfección alguna; aniñada boca de bebé, cuando quería sabía
provocar; largo cabello lacio obscurecido; ¡encorpada, con
caderamen, diosa de carne, mujer con cierta opulencia; buena,
muy buena, bonísima!. Al acercarse, la conexión, la ternura. Lo
que a una le faltaba, le sobraba a otra. Me ilusionó. Un sueño.
Para comenzar el año, ¡A lo grande!. Dispuesto a pagar solo por
ver. Eran primas, pero que “no se daban”. P robabilisimamente,
al menos una, por debajo de la edad reglamentaria. O maricón
perdido o a jodérselas. ¡Adentro!. P oco importaban las malas,
chirriantes, instalaciones. Toqueteos, caricias, apretujones,
obscenidades. La de los labios más prominentes, a la que un ojo
se le desviaba unos adarmes –lo que siempre me resulta excitante,
como los correctores bucales, o que me la chupen con las gafas
puestas-, ostentaba tetas trianguladas con pezón perfecto; su
prima, también con labios salientes y aquella carita morbosa de
niñita, resulto besucona. De tan cariñosas, sublimaban. Sus pieles
cálidas, por las que daba gusto deslizarse. Les gustaba
contemplarnos en el espejo y hasta las barbaridades. Mientras la
joven me recorría, cual hijita mía, la otra se bajó a su lugar
preferido, hasta que di la orden de cambio; así, largo tiempo. La
mayor tenía ganas, muchas ganas, de ser jodida; la otra miraba y
le mandé se me pusiera abrazada por detrás para empujar
simultáneamente, arrodillados. Al revés, otro trastrueque. De las
mejores jodedoras que me he jodido en mi vida de jodienda.
Goce total, absoluto, pleno. Triángulos inferiores de hembra, con
pelo (una, poco) sobre el coñ[Link] grita, “¡picha resabiada!”.
A saber quien, se me empaló encima. Casi haciendo daño de tanto
gusto, prolongadamente. ¡Bravo!. Cada una, sobre todo la
pequeñaja, quería demostrar su ciencia a la hija de su tío. De
espaldas interminables, arrodilladas, en hinojos, barrenadas a
dúo. Decir que no dentro, al poco que ¡todo dentro!; arriba, desde
atrás, abajo; piernas abiertas, cerradas, arriba; sudores;

1120
embestidas hasta encuclilladas. ¡”P olvo”, de los de verdad!.
Jodiendas, incluso en posiciones inhabituales. Todo lo bueno se
acaba; acababa el tiempo, el dinero. Me quedo únicamente con
la de facciones que incluso con los ojos completamente cerrados
conservaban vida propia –don del que pueden presumir poquísimas
mujeres-. Recomienza, como debe de ser , con una mamada en
directo; le correspondo, por delante y por detrás. Se la vuelvo a
enchufar en su linda boca directamente; se arrodilla; en cuanto
se yergue, le doy la vuelta y se la endiño entera, desde atrás. En
ella, alguna pariente, una allegada, la hija de algún amigo. Le
ordeno ponerse frente con frente, le cierro el sacro compas y
¡zás! Toda a pleno embolo. Tenía aguante, la muy puta, y eso que
le di fuerte. R econoció disfrutar haciéndonos disfrutar; ¡como
debe ser! El que disfrutó fue el que suscribe cuando, con lentitud,
apretando, estrujando, exprimiendo, como se vaciaría un tubo
dentífrico, extrajo un líquido tan aparentemente superfluo.
Escupitajo, cuajarón; cerca del dolor . Gran fin de fiesta. El
espasmo final fue de los más intensos. oPr encima, blanqueándola
completamente. Gran relajación. Después de con mujerazas así
joder, ¿qué más en la vida hacer?”...
[Mientras lo escribo, aparte de emplamarme, escucho en
segundo plano la radio musical; se me cuela un comentario de los
que intercalan. Viene a cuento porque una conocidísima cantante
actriz que cuando estaba en la onda se fue a la esotérica India
para meditar y ser instruida, se pasó toda la estancia sin salir de
una cabaña, sexualmente sometida y vejada por su “guía
espiritual”, volviendo traumatizada y dedicándole una canción
con el tema uno de los Beatles. En todas partes cuecen habas. La
jodienda no tiene enmienda].
Mucho cliente busca en la ramera, aun sin saberlo, el reflejo
del amor de juventud, la madre, … la transgresión de lo social o
legalmente prohibido. Ella, la prostituta, a veces cierra los ojos
debido a que un peinado, un andar, un mirar, el hablar, le recuerda
a padre, hermano o novio, y se entrega con menos insinceridad.

1121
“Arribaron a la cabaña montaraz, casi como desconocidos.
Únicamente la luminaria de la chimenea, ya mortecina. El fue
encendiendo, una a una, tras cada llama un beso cada vez menos
indiferente, dos docenas de velas sobre palmatorias y candelabros
de plata sin bruñir; no es que no dispusiera de mas candelabros,
palmatorias y velas, es que ella no tenia mas años, menos de la
mitad de los suyos. Sonó, sobre la romántica melodía orquestal,
el descorche del champagne que se derramaría sobre las copas
de boca ancha y los cuerpos que ya eran conscientes de la
imposibilidad del rechazo. Comenzó a ronronear como una gatita
retozona; el sucinto vestido, tela tenía, no daba a contener tanta
riqueza; sin él, se hizo mayor la impresión de juventud, lozanía,
pujanza. En aquel cuerpo delineado, que ya empezaba a pedir se
regado, enlechado, no parecía posible que semejantes tetazas se
pudieran mantener así, como el resto del conjunto, todo para
arriba, como pitones; era delicia besar y palpar aquellos pezones
obscuros, protuberantes. No era belleza, pero guapa, un poco
aindiada, estrecha de pelvis, la boca gordezuela, glotona, ojos
de gris claro. Ahorrando el propio resuello y prescindiendo de la
pabilera con las palmas de las manos, ella, reticente en principio,
emulándolo a él, fueron apagando velas; quedaban encendidas la
mitad. La mujer se pasmó, alabó, dijo no había visto nunca tal
cosa, no se esperaba ni imaginaba tanto; arrodillada, junto al
espejo de cuerpo entero, se lo traga hasta donde le cabe; mientras
lamía el escroto, notó la ardiente cera sobre sus hombros y
espalda, pero ya hubiera sido incapaz de quejarse pues el hombre
le estaba comiendo, saboreando, todo. Sobre las dermis murieron
las últimas velas. El volvió a lograr ponerse en pie, pero ella
permaneció allí humillada sobre las pieles, ofuscada en la comida
cojonera en la mamada total, aspirando a tragársela [Link]
lengua que parecía dotada de vida independiente, ser un tercer
concurrente, buscó, despaciosamente, un objetivo distinto,
masajeando la puntita de la nariz y descubriéndole a él una nueva
zona erógena. Desde la estantería, Plutarco, Miró, Hawking y otros,

1122
prestaban aquiescencia y categoría a la escena. Con cierta
desesperación, ya pedía ser jodida. Antes, cogiendo la mínima
braguita, él le zurro a gusto, con toda su fuerza, desde el cuello
a las nalgas, con ganas, mientras la más gruesa de las velas cumplía
con lo pedido. Cambiando la cera por carne, el estallido simultaneo
llego cuando, bien empitonados, los bordones de las cortinas
cardenalicias resonaban enrojeciendo la espalda”.
Una mujer, una única sesión no llena. Preferibles dos sesiones,
o, mejor dos mujeres en una única sesión. Docenas de dobles
sesiones, hermanas y hasta gemelas incluidas, un trió –cuarteto,
lo avalan.
“Entre todo el altísimo nivel cárnico que nos rodeaba, destacaba
una maravilla acodada en la barra. Poco le hizo falta para, nada
sonriente, acercarse, presentarse, acariciarme un poco. No
semejaba alta pero no resultó pequeña. Vestido transparente, no
sujetador. Figura compuesta. Tetas bien firmes, bien ricas.
Abundantoso, que no voluminoso, culazo. El deseo se me escapaba;
tiranizado. Ojos obscuros, grandes, no bovinos. Empalmado como
un burro desde la fase negociadora. Mi acompañante poco me
hubo de insistir para convencerme de lo que ya estaba
autoconvencido. Seria todo un privilegio. Mandíbula prognática,
redondeada. Al moverse, el pecho lleno se mantenía alto. Como
cenicienta, se transforma al meternos en la habitación, Toda
cariñosa en claro contraste con cierta adustez precedente. Como
casi todas, pierde a lo alto y gana a lo ancho. Otra bañera para
hidromasaje que parece fuera de uso. Mejora de disposición, se
entrega, ve el instrumento y “¡Meu Deus!”. Boca de fresita. Un
buen masaje inicial. Dedo en culo. En aquel portento casi
adolescente, los tetones dominaban todo el panorama; se los dejó
amasar y succionar con fuerza, sin una queja. Buena estaba,
viciosa [Link] ante el espejo, se masturbaba mientras yo,
en pie, me la meneaba ante su cara. El aparato dental no la
desmerecía en lo mas mínimo. P iel hirviente. Echo mano entre
sus piernas y aquello ¡chorreaba!. De nuevo, siempre, sus tetolas

1123
que beso, toco, magreo, estrujo, admiro, blanquitas, plenas, con
sus grandes pezones. El culo, de raja baja, algo comprimido.
Inconveniente, que su pelo, su flequillo, se venía hacia delante,
no dejando contemplar a gusto sus facciones. Todo aquello para
mi, ¡par mi todo!. De autentica enciclopedia su coño, ¡qué coño!,
tan bien dibujado como en un libro, limpito, compacto, cerradito;
retozón, lamible, despoblado, al alcance de mi ansiosa lengua.
Saboreé lo acre de su jugo, de modo goloso. Le gustaba pegar y
recibir, con la toalla. ¡Putonazo!. Todavía algo asustada ante el
tamaño, en el momento sublime no pudo aguantarse y se plantó
todo el “planto hominen” dentro, de golpe, sin precauciones.
Complacida y enloquecida al tenerlo dentro, comenzamos las
largas jodidas con posturas varias.A joder a tope, en aquel coñito
aun poco abierto. ¡No daba a basto!; demasiada mujer para tan
poco tiempo. Chupa, jode; besar , tocar, utilizar. Me meto, me
meneo, la clavo. Jodía como posesa, le iba, ni se despegaba.
Gustaba que le pegara mientras la penetraba desde atrás. Joder,
jodienda, jodidas; variación tras variante; de lado. Me mord ía
bastante, sin profundizar. Profundos arañazos. P aliza. Dale que
dale. El peso de sus gordísimas mamelas a las que sobaba con mis
manos entrecruzadas. Jodiéndola a cuatro patas, cual perro, sobre
los talones, se la enchufé en todo el culo. El momento de la verdad.
Pedía toda mi leche dentro. Culminamos, exhaustos, amasando
sus grandes odres. Renunció al precio acordado”.
Y habría que acabar.
“Comer. Ver. Leer. Joder”. En “Ensayos de Ensayo” expresé
claramente estas preferencias. No voy a presumir en demasía de
innegable poderío de que la Naturaleza me dotó entre las piernas;
si simplemente recogiera testimonios que algunas han dado a mis
amigos, se sonrojaría este papel. Solamente lo que me dijo una,
no puta, asidua: “Después de probarte, los otros son como volver
a la miel comercial después de la autentica”. No preciso
justificarme. Ser putero es diferente de estar emputecido. La
perenne e ineludible provocación exterior excitante, no es más

1124
que otro consumismo más. Meritorio estilo es esquivar
oportunidades, en todos los órdenes de la vida. ras
T tantas faenas
de puerta grande –obviamente, no sin “pinchazos” (poquitos)-,
ya he querido cortarme la coleta, retirarme, pero la necesidad
me acaba haciendo volver al ruedo. Lo que pretendo es tener
“ganadería” propia. Todo depende del dinero.
Y hay que acabar.
De lo más singular, en un antro con un bibliotecario, su esposa
y el cura de la parroquia que no era el último en soltar la mano.
Antológica la frase de la no invitada con el “ demasiada clase
para ser tacaño”; se la ganó. Cuando menos curiosa, la proposición
de un tipo que sin conocerme de nada –o eso creía yo-, me propone
una orgía con un par y pagando él e insistiendo.
No insisto, acabo.

1125
VIAJES

La mayoría sois “homo faber”.

Unos pocos somos “homo nomas”.

El sedentario no puede experimentar el placer del nómada


cuando cambia de pastos.
Una verdad, no del que la escribe, es que quienes viven todos
los días igual, solo viven un día.
Comencé a viajar, en sentido amplio, en modo estricto, tardé,
pues no pude antes. Aunque ya nunca dejaría el camino, tarde
también bastante en iniciar los grandes viajes.
Se dice que es un buen viajero el que no sabe a dónde va; pero
el gran viajero ni siquiera sabe de dónde viene. Concibo el viaje
como una “vía” (del latin “viaticum”), un camino. No soy un turista
que “recorre un país por distracción y recreo”. iVajando, es cuando
más cumplo mi máxima que de adolescente me hubiera gustado
determinara todo en adelante: Cada día un perfeccionamiento,
cada situación una [Link] he practicado ni tan siquiera
se me ha pasado por la cabeza el moderno turismo sexual –en
todo caso, “turismo” sexual de cercanías-. En El Club Mundial de
Grandes V iajeros te admiten cuando acreditas medio centenar
de organizaciones estatales visitadas; me faltan ocho.
[Siete. Al Urdum (Jordania), por Al Batrã (P etra), ha sido la
cuadragesimatercia estación. Más cerca estaría de ser Un Gran
Jodedor, pues una moldava me acaba de colocar a cinco del medio
centenar de nacionalidades conocidas, en el sentido bíblico].

1126
El mismo día en que alcanzaba la mayoría de edad, me subí a
un autobús. Cornisa Cantábrica. Lo distinto que es Santander ,
teniendo unos perfiles costeros semejantes a mi ciudad natal.
Ídem para S. Sebastian, donde se respiraba cierto aire “e.t.a”...
Al ferrocarril de vía estrecha en el que me dirigía a ver a mi
amigo Alberto y familia, le calló un rayo encima (era mi primera
estancia de unas cuantas en Bilbao; un par de veces su madre me
ha prestado su apartamento de Laredo, donde en mi primer
recorrido del longuísimo arenal con todo mi equipaje al hombro,
me lo inspecciono la guardia civil). Barcelona, la primera gran
urbe –Madrid era otra cosa, era la capital-, donde quedaron
patentes mis dotes de orientación. En ferri a Palma de Mallorca,
aquella primera llegada a un lugar por mar , tan distinta, tanto
más receptiva que la carretera o un aeropuerto.
Tras ese primer extrañamiento de la P enínsula, el mar me
devolvió En V alencia, el olor y los usuarios de las habitaciones
resultaban raros; me había metido en una fonda para [Link],
lo máximo hasta entonces, me hizo perderme por sus callejuelas,
como todas las siguientes veces.
Rumbo a Gran Canaria, en la escala Omeya y Nazarí, tuve mi
primer contratiempo importante, pues los mismos gitanos que
me habían guiado a una zambra en el Sacromonte granadino, me
asaltaron a la salida; aunque portaba navaja bajo el poncho, eran
tres, y además en la reyerta se desprendió uno de los cristales de
mis gafas.
Barco a Las Palmas, barco a Algeciras, ¿o Cádiz?. El siguiente e
inmediato (en orden, que no en tiempo, pues murió mi madre y
acabé la carrera) desplazamiento ya fue por el aire, ¡mi primer
vuelo!, a la isla rival, Tenerife. Sus islas, la frondosa P alma, el
peñasco de ¨Gomera, la soledad de Hierro. Las de G. Canaria, el
dromedario en Lanzarote, las estancias ya narradas en Lanzarote.
Los mil grados impusieron una pausa, inevitable, entre tanto
vaivén. Encamado, postrado, semi drogado, la mente vagaba,

1127
viajaba, divagaba; proyectaba viajes futuros en tan y tan doloroso
presente. Viajes, viajar, …¡Pero no tanto ni tan lejos!.
El primer recorrido largo –relativamente- acompañado lo hice
con “Cow Boy”. Otra de mis máximas también se hace más patente
en ruta: el hombre más fuerte es el que está mas solo. Exceptuando
este y un par más con “Cow Boy” (siempre dispuesto, aunque no
siempre tenga tiempo –ni dinero-), además de otros cortos con
Alberto y eventualidades (con Pablo, sobre todo, y con pocos más),
siempre viajo solo, sin la más mínima aprensión, tan a gusto, sin
problema para tomar decisiones que, en casos extremos, son
demasiado trascendentes para depender de un consenso.
Con “C.B.”, con el “Ford Capri G.T.-2.300”, invadimos Portugal
por el norte y nos liberamos de él por el Sur; descubrí Obidos.
Nos metimos en la vergüenza de Gibraltar -¡Gibraltar español!,
¡Gibraltar español!-. Cruzamos el Estrecho para sufrir a los
supervisores de aduanas moros en Ceuta, antes de pasar aTánger
donde casi nos encarcelan por la casualidad de que aquella semana
la portada de mi inseparable “el Papús” eran los respectivos reyes
dándose un beso. Por las estériles montañas del Atlas, en cuanto
nos oteaban, varios por motocicleta, bajaban a todo meter a
ofrecernos barras de hach ís. Cuando rompió el tubo de escape,
menos mal que mi copiloto sabía más que los del taller polvoriento;
mientras lo ataban, el perro dentro y yo fuera vigilábamos a la
turba que surge por aquellos parajes, ni se sabe de dónde, siempre
que ocurre algo por mínimo que sea. Haciéndome el sueco, penetré
en una mezquita sordo a los gritos, aunque me había descalzado
como signo de buena voluntad. Bajamos hasta Larachi el puerto
de la droga, donde mis polvorientas botas midieron las posaderas
de uno de los ociosos que pretendía quitar el polvo del coche.
Hartos de aquel continuo acoso (se nos metían hasta en las
habitaciones de los hoteles), quisimos escapar pero no pudimos,
pues al dar los pasaportes, mis cicatrices en muñeca y antebrazo
fueron tomadas por señales de jeringuillas y nos revisaron hasta

1128
el tubo de escape, que volvió a soltarse (pero ya nos habíamos
agenciado un rollito de alambre).
“Un buen día, decide hacer realidad sus ilusiones de juventud
(cuando ésta ya declina –comenzaba mi cuarta década-) y se va,
solo, a recorrer todaAmérica del Sur, …”. Estaba bien establecido
en el chalet de P erbes, y la academia de Betanzos; a principio
del ochenta y cinco muere mi abuela, pocos días después brota la
idea “… y por encima de todo una fuerte voluntad orientada a un
fin superior”. Finalizando el mismo año, tras “75 gestiones y
entrevistas con personalidades y organismos indiferentes”, ¡hacia
la gloria o hacia la mierda! (“ego dum vivam”).
Subo una escalerilla casi a gatas, pues la reacción de la fiebre
amarilla combinada con el cólera me tendrían anonadado más de
dos semanas. Del primer vuelo transoceánico apenas si me enteré,
tumbado, amodorrado. La “T .A.P.” (transportes “anárquicos”
portugueses) ¡me había perdido todo el equipaje! -hasta alicates
y martillo llevaba con la idea de adquirir un vehículo para cruzar
todo el subcontinente-. El tío de Lorenzo y su camarilla me quitan
de la cabeza la idea del coche propio y casi lo de pasar desde
Venezuela a Colombia, por lo que me perdí Cartagena de Indias.
Aviones y los más dispares medios de transporte para los ¡78.000
kilómetros¡ que, sin tenerlo demasiado claro me faltaban.
La altiplanicie de Bocaya (Bogotá) me permitió respirar otros
aires que los de la benzina venezolana o la selvática humedad
panameña. De todos modos , en todas partes, el sur de América
huele a América –también, aunque menos, el centro; nada,
inodoro, artificioso, el norte-. En Panamá había cruzado todo el
istmo hasta Portobelo, en el renqueante y traqueteante tren cuyos
cristales ni reponen pues los romperían las ramas sobre la vía; ni
los marineros de los barcos que salvan exclusa a exclusa los 26
metros de desnivel entre los dos océanos, se atreven a adentrarse
en la peligrosidad de Colon, por donde con “la peor ropa, con
gafas obscuras y cara de ulcera”, pude observar a los niños jugando

1129
dentro de los autos que habían robado y despedazado sus papas;
al volver al hotel, supe que todos los huéspedes habían sido
asaltados. Tierradentro, la remota estribación andina colombiana
donde los conquistadores no lograron penetrar , me devolvió la
plena salud, que falta me hacía. Arcadio Oidor, mi guía, me
asegura, a la manera colombiana, que ni serpientes venenosas ni
malaria ni peligro en los guerrilleros que visitamos colgados del
borrén de las silla de nuestras monturas; subiendo a los
indescriptibles hipogéos de los siglos VII al XIV , el sonido de los
cascabeles todavía no se me ha olvidado, ni los carteles de aviso
de prevención de malaria ni que poco después un jefe guerrillero
invitó a periodistas a presenciar una ejecución masiva.
Ecuador. Galápagos. Las búsquedas del tesoro. R ecorrer el
Patrimonio Universal de Quito con coche y guía oficiales puestos
a mi disposición por J. María Jaramillo, director del Instituto de
Patrimonio Cultural; la restauración de las iglesias con paneles
de siete fluorescentes con los colores del arco iris, ya que
inicialmente fueron pintadas antes de techarlas. R echazar las
fichas para el casino del sótano del más céntrico hotel “R eal
Audiencia”, pues el juego nunca me ha tentado. Escapar del toro
que me embistió en la ladera de las ruinas Cañarís-incas de
Ingapirca, con su templo elíptico. Galápagos.
Mi octavo país era Perú. Tantos y tantos que lo siguieron y sigue
siendo ni número uno, el que más recomiendo. Maletón al hombro
–recuperado, lo más pesado y voluminoso del equipaje lo dejé en
Venezuela, de donde tardó ¡un par de años! en volver a España-,
crucé a pie la frontera, para subir a las “Flotas “ de “Morales
Moralito”, popularmente conocidas como “Muerto muertito”. Uno
de los posibles significados del antiguo país de los Pirúes, “tierra
de la abundancia”, sigue plenamente vigente en su aspecto
arqueológico. De todo, por todas partes, en las más inaccesibles
cumbres, en los desiertos a nivel de mar y en todos los valles
comunicantes. De tener que elegir un único destino, no hay
mayores dudas. La primera vez que probé coca (en infusión,

1130
ofrecida igual que nuestros tés), me puse a cantar “rianxeira”.
Asistí a la proeza y fui el primero en efectuar una entrevista
microfónica, en persona, a Víctor M. Suarez, ¡100 horas y 15
minutos! seguidos en antena ante notario. El gran privilegio de
ser de los primeros en ollar el gran complejo de Túcume (incluso
antes del mismísimo Thor Hegerdahl), acompañando al
prestigiosísimo arqueólogo W alter Alva. Enfrentarme con el
pavoroso Lanzon en las laberínticas profundidades de Chavín de
Huáncar, no muy por debajo de los 5.000 metros de altitud. El
culmen, Machu Picchu en cuyo hotel de la cumbre logré pernoctar .
Cenaba en un lujoso restaurante de Lima cuando se va la luz y de
inmediato bajan persianas y rejas; atentando guerrillero; harto
con sueño, obligo a que me abran, pero mi hotel quedaba tras el
palacio presidencial, con tanquetas y soldados por todos lados;
me dicen corra brazos en alto e identificación en la boca.
Betanzos está de camino para el cerro argénteo, P otosí –de
cuya ceca, que conocí, salieron monedas macuquinas, mis
preferidas-; entre vivas a la madre patria me otorgaron el titulo
de Huésped Ilustre. En Tiwanacu, la hoja de la brújula se volvió
loca; a sus 3.840 metros resulta auténticamente penoso subir las
seis gradas hacia su Puerta del Sol. Cerca, en el Lago T iticaca,
bien creí que un nacido al nivel del mar se iba a ahogar a 3.812
metros más arriba. Tras meses de peregrinaje por los Andes, me
causó asombro el volver en Arica (Chile) a entornos y modos
análogos al estilo de vida en que me había criado. iene
V a colación
aquí lo primero que escribí “en el mismo sitio del que partí: cierro
este capítulo de mi vida. Otra vida integra”. Tal fue este viaje,
mi Gran V iaje, del que no pensaba volver , habiendo vendido,
repartido o depositado mis pertenencias en manos amigas.
Pero todavía quedaba, 3.660 km. P acifico adentro, el hito de
Kahu Kahu o Hera (Rapa Nui), y cruzar por encima de los Andes
para Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil. Rapa Nui, la misteriosa
y pequeña isla de P ascua, me abrió alguno de sus secretillos a
través de un descendiente del último “Oreja larga”. Lo que más

1131
me interesaba, lo arqueológico monumental, desapareció. Como
a los primeros hombres blancos que en 1.501 pudieron contemplar
la bahía de Guanabara (Rio de Janeiro), también me pareció la
más bonita del mundo. En Manaos puse mis posaderas en los
bermellones sillones del teatro del Amazonas, para cuya
inauguración se contrató a nada menos que Carusso y P aulova,
que es de imaginar lo que hubieron de cobrar donde hasta un 90%
de algunas compañías liricas quedo sepultado por malaria y fiebre
amarilla.
Sinceramente creía, entonces, que todas las maravillas naturales
que pudiera ver en el resto de mi vida cabrían en las “grandes
aguas” del Iguaçu; sus 260 cataratas juntas cayendo desde casi
100 metros, las dejaron inextricablemente asociadas al concepto
agua.
Nuevo intervalo, siempre excesivamente prolongado para el
nómada, aunque sus ansias lo lleven continuamente de un lado al
otro. Aunque se disfrute con desplazamientos estacionales, nada
proporciona más emoción que prepararse para las grandes
migraciones, proveerse del viatico. El buen viajero disfruta con
el viaje en sí; abandonar , bajarse del medio de transporte, es
perder una parte del viaje. Nuevo fallecimiento, este el más
determinante, el abuelo; cuando todos estaban convencidos de
que iba a empezar a darme la gran vida –lo que la mayoría entiende
por tal- con su herencia, sepulte la mayor parte de esta en cofres
bancarios, y partí con mucho menos equipaje (y sin facturarlo,
cosa que nunca volví a hacer) que la primera vez a recorrer lo
que me faltaba de América, norte y centro.
“Horseshos falls” (cataratas de La Herradura) es como los
canadienses intentan diferenciar la suya de la propiamente
Niágara; fiasco total (sobre todo para quien ya había estado en
Iguaçu); también hay , allí mismo, “Niágara Español”, amplio
recodo fluvial que se cruza en un teleférico construido por un
ingeniero español hace casi un siglo. “¡P ensar que todo esto

1132
desaparecerá en unos años!” lo escribí en el hotel “Vista” frente
al “Worl Trader Center”, desde cuya “T win Towers Two”, a más
de 400 metros (piso 107), se contemplaba todo Manhattan y toda
la “Big Apple” y más- y desapareció, y antes de los previsto, y de
manera ni imaginada por el más audaz guionista de Hollywood,
que tampoco me gustó (sí San Francisco)-. Aproveche para que
vieran mis deformadas manos en el famosísimo y
promocionadísimo Centro Médico de Houston, donde no huele nada
de nada a medicina (ni los retretes, constantemente pulidos por
negros); también, para verles en su salsa, en uno de sus rodeos, a
donde llegan con sus limusinas adornadas con cornamentas Long
Horn, con botas y sombreros, ellas de faldas de flecos; el colmo,
los “Cabarets” donde las mas impúdicas y asépticas rubias se
desnudan sin poder ser tocadas por los espectadores de espuelas
de plata que mastican sus filetes y les van llenando las braguitas
de billetes.
Para constructores, los incas; como escultores, los mayas. Su
esplendor máximo conocido, Copán (Honduras), donde se han
despejado de maleza ya unas 3.400 estructuras. La aseveración
que inicia el párrafo parece desdecirse (en cuanto a construcción
que no escultura) en Tikal, Guatemala; cuando escalé su Templo
de la Serpiente Bicéfala, el más alto de todaAmérica (65 metros),
el pecho se me ensanchó más que nunca expandiéndose por encima
de la inacabable extensión verde de copas arbóreas. Los
guerrilleros pululaban por las fronteras y por si acaso había que
morir matando, dormía con un gran puñal bajo la almohada.
México. “Cuando llegaron los españoles, destruyeron nuestra
cultura porque no sabían lo que era una cultura”. Destruimos lo
azteca, pero su cultura se asentaba sobre substratos tan
sobresalientes como los de Teotihuacan (su Pirámide del Sol, 225
X 220 metros y 63 de altura, se levantó en el siglo I) Tula
o (capital
Tolteca) y, por encima de todos, MonteAlban (Oaxaca) del “pueblo
de las nubes”, zapotecas y mixtecas, 40 km2 de ruinas alrededor
de la plaza de 300 metros de largo por 200 de ancho.

1133
Suponía que la serpiente seria plato exquisito, bocado tenso
en perpetuo movimiento reptante, y así resulto, aislándolo del
fuerte condimento de la cocina local. Durante el viaje anterior
ya había tenido ocasión de degustar otra exquisitez, la blanda
carne de galápago, culinariamente tan ilegal como la de iguana;
los nativos de Galápagos me habían enseñado a montarlas, pues
si simplemente les clavas una uña en los intersticios del caparazón,
comienzan a correr desdiciendo su especie. P ero lo mejor , la
excelencia, el cuy, la rata aconejada que se cebaba especialmente
para el Inca; la comí en el mismo sitio en que se estrangulo al
último, en Caxamarca, donde me trajeron un saco con ejemplares
vivos y ejecutaron de inmediato al que escogí –allí, a donde se
llega tras siete penosas horas de ascensión en autobús, una
fundación organizaba combates para niños con el lema “P repárate
para la vida en la lucha y no en el vicio”-.
Por el centro de México los conventos ponen, en temporada,
letreros en sus portones ofreciendo gusanos de Maguey; me los
presentaron en la mesa, ensopados vivos, pero los rechacé. En el
sur, relativamente cercanos del emporio turístico de Cancún –
nada que ver con la categoría deAcapulco-, algunos de los mejores
enclaves Mayas; en el pie de foto de portada del “Atlas Turístico
Mundial” por el que me oriento, había escrito antes de tan siquiera
soñarlo que “¡Ahí he de subir!”, pero cuando lo hice al observatorio
de la Pirámide del Adivino de Uxmal, no fui consciente de haber
cumplido uno de mis sueños de viajero.
Nuevo retorno, este con ganas. Descanso, ocupaciones. Montar
una casa en la simpar playa de Carnota; desmontarla. Desmontar
la mano izquierda, montarla (me costó una buena parte de la
poca piel que me quedaba intacta, la de mis nalgas). Cruzar toda
la península una docena de veces, o más. Tercer recorrido por
Canarias.
Vuelta al Mundo.

1134
“Nuestro peligros pueden, realmente, empequeñecer los del
pasado; así también nuestras oportunidades”. Voy a dar la Vuelta
al Mundo, aunque sea lo último que haga en este mundo. ¡Viva la
Revolución!. El más difícil todavía. ¡Yvoy a ir!. En busca delAtolón.
¡Muerte o Poder!. Altar o Tumba. En contra del Sol.
El terremoto hizo oscilar visiblemente todo el edifico del mejor
hotel de Manila, desde el que Mac Arthur dirigió la reconquista
del Pacifico; ya había tenido otro en Chile. Traspasar las puertas
de ese hotel, con sus cortinas de aire, era recibir un puñetazo
calórico en plena faz. A pleno sol, el sudor se me mezcló con la
sangre que manaba de los crucificados, que ni componen un gesto
de dolor cuando les destrozan las manos con los mismos clavos
del anterior martirizado, y haciendo cola. R emonté el tramo de
río donde se rodo “Apocalipsis Now”.
Borneo. Malinowski, W allace, Stevenson, London,T wain,
incitándome. Pasmado de la logística turística de este trozo de
Malaysia. Los chinos trabajando como chinos. En el aire las
especias. Para ciudad modernizada, acero y cristales espejados,
Yakarta (su centro). En Jabza Borobudur y P ramanán, de los
máximos logros del arte indú. Segunda incursión en el túnel del
tiempo, al siglo X, en las tumbas de los Rajás de Imogiri (la primera
había sido, siglo XVIII en la iglesia de Chincheros, P erú –a punto
estuve de tener una tercera en Pompeya, en un baño marmóreo
solitario pero no lo logré, por casi-).
Caracas (“bomba humana de tiempo”, la definí), Canal de
Panamá (el cónsul en La Coruña protestó, informalmente, al diario
en el que lo publicaron), Manaus,… habían sido lugares donde
palpar el peor de los peligros, el humano; en el futuro, Nairobi
sería otra materialización del miedo urbano –que,
afortunadamente, no experimento; siento más, irracional,
interiormente, el cotidiano, a veces patológico-. P ort Moresby,
capital de Papúa-Nueva Guinea todavía peor. Cualquier persona
susceptible que al bajar del avión viera el aspecto y maneras,

1135
simplemente simiescos, del sellador de pasaportes, volvería a
montar. El hotel donde se refugian los que obligatoriamente tienen
que ir (camareros descalzos sirviendo cocodrilo), taxi esperando
a la puerta del Museo, avión (gracias, chicas -¡horrorosas!, con
aquellos polos negros, tan negras- de la salita V.I.P., por librarme
del enrarecido ambiente externo). La anécdota de Australia,
trasunto británico.
La Ruta del Atolón dio comienzo en el Archipiélago Salomón, al
que su descubridor gallego, Mendaña, de algún insólito modo
relacionó con el rey judío; de la batalla de Guadalcanal, quedan
visibles restos. En Vanuatu se nota la doble colonización, francesa
e inglesa, que produjo mejores resultados –franceses y portugueses
fueron menos malos colonizadores que ingleses y españoles-. Fidji,
centro aéreo, con mas indios (y chinos) que Fidjianos, ofrece la
mayor y mejor infraestructura turística, pero no compensa la
distancia y el coste cuando se puede estar tan bien (o mejor) en
algunas playas españolas –globalmente, Oceanía seria una total
desilusión-. Tonga, se mantiene anacrónicamente, como único
reino; por fin, arqueología, el Trilitón de Ha’amonga. Salgo un
miércoles a las once horas y llego un martes a las once treinta.
(Es la línea mundial de cambio de día). Los restos mortales de un
inmortal, el “Tusitala” (Stevenson), están enApia, capital de Upolu
y de la parte independiente del archipiélago de Samoa; contemplé
su tumba, rectangular, alba, de dos estrados, desde el helicóptero,
pues el intento de alcanzar a pie la cumbre suele acabar en fracaso
por deshidratación y agotamiento.
Trazo verde difuminado en azul. Tras sobrevolar un centenar
de ellos, pisé mi primero, V aiaku, principal de los nueve que
constituyen Tubalu; de un extremo a otro en menos de tres horas,
en buena parte simple pasillo estrecho sobre las aguas, como
flotando; nada más, insignificancia, precariedad. Grande es el
de Tarawa, capitalidad de K iribati –donde hace pocos años se
produjo un golpe de estado-, no en vano en él ubicaron los
japoneses su mando marítimo en la IIª Guerra Mundial (quedan

1136
baterías de gigantescos cañones y hasta unos cuantos tanques,
¡aquí!, lejos de todo). Nauru ya no es un atolón, ni apenas isla,
solo cinco kilómetros de perímetro, pues todo el centro está
horadado y vaciado de sus fosfatos. Micronesia guarda la joya de
Nan Madol, el más importante e inexplicable monumento
megalítico de los Mares del Sur , 92 grandes islotes artificiales
logrados con columnas de basalto octogonales, 1.200 años antes
de nuestra era tras 1.000 de sobrehumana construcción, ¡y debajo
varias ciudades submarinas laberínticas!.
La isla de Esmeralda de Pohnpei era mi penúltima escala de V.
al M.(en Haway ya no quise bajar, por no ser independiente). Con
estos 14 nuevos países alcanzaba los 35, mismo número,
curiosamente, que islas conocidas (18 de esta tirada). He dado la
Vuelta al Mundo, pero el mundo no me ha dado la vuelta a mí.
Siendo –más bien menos que más- europeo, mi continente me
era casi totalmente desconocido. No había traspasado Los iPrineos
más que en una ocasión, para conseguir patés y quesos por el sur
de Francia. Aprovechando que el Real Club Deportivo se clasificaba
por primera vez para competición europea (Copa U.E.F .A.), los
seguí en su triple periplo. 110 expedicionarios (incluyendo
jugadores y demás) aterrizamos, ateridos, en Aalborg, donde se
iba a disputar el encuentro (1-0), y un cuarteto alquilamos un
automóvil para ir hasta Arhus, tercera ciudad por habitantes de
Dinamarca, donde en un restorán en que no dejaban beber
alcoholes, sacamos un boto repleto y dijimos era medicina. En
Inglaterra ¡se ganó!, y más ganó este impenitente curioso con
Stonehenge y, mejor, Avebury, además de Oxford y Bath, sin
despreciar la propia Londres, gozándola en el Museo Británico –
de los grandes, me faltan [taban] Louvre y Ermitage-. Las
pretensiones se acabaron en Alemania, en Frankfurt; aproveché
para solazarme en el templo de la impresión, el de Gütemberg
(Maguncia, 1.445), así como el etéreo interior de la Catedral de
Colombia.

1137
Tales, y tantos, viajes los efectuaba mientras me establecía en
Portugal, continuamente de un lado para otro. Como quería
aprovechar las ventajas del sistema bancario, me desplacé,
también, a Madeira y Azores. Madeira no me subyugó, exceso de
aglomeraciones de altas edificaciones convencionales en Funchal,
si bien en la agradable zona portuaria de restoranes con terrazas
degusté el exquisito Cavaco, feo ancestro de la langosta. Sin
embargo, mi isla trigésimoséptima se convirtió en una de mis
favoritas, de esos lugares donde te quedan ganas de volver –y con
mis hermanas y sobrinas-; la capital de Azores, Punta Delgada,
acogedora pequeña urbe, con carácter propia, y los lagos de S.
Miguel, con sus viviendas de aires góticos y en el aire fumarolas
sulfurosas que te limpian los pulmones, algo único y memorable.
Fui hasta Terceira, por aquello de que Angra do Heroísmo fue
declarada patrimonio de la Humanidad, pero es un exceso de
generosidad de la U.N.E.S.C.O...
La casa, el negocio, me tuvieron cerca de tres años atado a
Óbidos, sin salir de la Península, aunque aproveché para acabarla,
a la vez que cribaba Portugal de continuo. Almería era la última
capital de provincia que me quedaba por conocer , y en ella estuve
con el “Cow Boy”, asustados de no ver ni pizca de tierra, todo
plástico, gigantescos invernaderos que comunican unos con otros
y se comen pueblos y colinas. Había pisado, así, el medio centenar
de provincias españolas –a decir verdad, la única en que no he
estado, ni pienso ir, es Melilla-.
Frías, Ciudad R odrigo y Morella es mi trinidad preferida;
completan los 10 principales P eñíscola, Trujillo, Carmona, Sos,
Santillana, Mont Blanc y LaAlberca. Todas las regiones, cada zona,
poseen su encanto propio, diferenciado, digno de ser captado.
Extremadura y Aragón son las grandes desconocidas; el Santuario
de Guadalupe fue el más venerado hasta el XVIII, con su frente
pétreo policromo, su V irgen morena y lie nzos de Zurbarán por
todos lados; en los llanos aragoneses, aparece de pronto un
montículo encimado por construcciones todas centenarias que

1138
confluirán en una plaza irregular todavía columnada en madera.
La Navarra alta, otro relapso del tiempo, más recio. Cataluña
como puerta europea, con la esplendida gastronomía gerundense.
Salga el sol porAntequera es más que una expresión –ya en desuso,
como tantas: el tremendo empobrecimiento de nuestra lengua,
hablando todos igual de escaso y mal-, dentro de sus inmensas
cuevas se puede intuir el significado. Castillos, playas, grutas,
ríos, molinos, ruinas, montañas, ….Todo, todas y cada una.
Acabando el siglo, los caminos comerciales me condujeron a la
cabeza del imperio, a Roma. Siempre me suele conmocionar más
lo elemental que está bajo tierra que lo que se alza, majestuoso,
sobre ella –no en vano, mi tótem vendría a ser la serpiente, ya
que existe la “V ipera Seoanei”-; en este caso, las catacumbas.
Los Foros en su estado, no nos permiten hacernos mucha idea de
lo que tuvo que ser aquel auténtico ombligo de nuestra cultura;
sí la recientemente abierta Casa Aurea de Nerón, casi
íntegramente conservada. Como edificaciones, además del
simbólico Coliseo, el castillo de S. Ángelo y el mausoleo de Agripa.
Para objeto singular importante, la gran losa redonda, la cara
solar, el antiquísimo oráculo (ahora, en el exterior de una de las
iglesias menores, pudiéndose tocar) que los romanos conocen
simplemente como “la boca”. Cené en el interior , bajo las cúpulas,
de las Termas de Diocleciano. Todo el monumentalismo fascista
es fastuoso.
Si poco queda del muro de Servio Tulio y de la muralla de
Aureliano, y en mal estado, la cerca del menor estado del mundo
([Link], León IV), está integra e impecable, sin tan siquiera hierbajos
entre sus juntas; no digamos el interior , con una pulcritud que
alcanza a los uniformes. Por ir a solicitar una licencia para el uso
de mi Marca con motivo del jubileo y la beatificación de dos de
los pastores de Fátima, tuve ocasión de penetrar en el recinto
privado, burocrático y residencial, aprovechando para pisar algo
de sus alfombrados céspedes y husmeando todo lo posible
haciéndome el despistado, tras pasar los controles de la guardia

1139
suiza y la policía privada; crucé con alguna novicia que casi me
hace caer de espaldas con ellas –las espaldas, no las novicias: ¡ya
quisiera!, una de mis frustraciones como dije-. Con una década
bajo el duro yugo salesiano, me entiendo sin ningún problema
con los de la sotana (mejor que con los del uniforme o la corbata,
¡sin comparación!), pues ya sé que nunca me van a preguntar
“que quieres”, si no “¿qué traes?”.
Cruzando la elipsoide de la columnata de Berníni (240 columnas
y 140 estatuas), se accede al mayor recinto cubierto del mundo,
orientado hacia el obscuro baldaquíno; escalón a escalón, se puede
llegar hasta la barandilla y hasta la propia cúspide de la cúpula
que nada más que el genio de Miguel Ángel podía concebir . Las
colecciones museísticas y sus instalaciones no te permiten cerrar
la boca ni un instante; llegas a la Capilla Sixtina ya algo saturado
y cansado, te extrañas de que sea rectangular (calcada del templo
de Salomón: 40 por 13 metros y 20 de altura). Mi sección preferida,
la etrusca, la base sobre la que se auparon los romanos hasta
alcanzar a los griegos. Lo que más me impresiono, La Galería de
Mapas (S. XV), pintados sobre techos y paredes, en las que se
apoyan vitrinas y muebles en cuyos estantes y cajones se agolpan
inconmensurables tesoros inimaginables. Como sigilógrafo, no
pude menos que liarme a hablar con la jefa de la sección, que
tuvo la desfachatez de pedirme mi relativamente parca colección
de plúmbeos sigilos papales; ¡como si no tuvieran bastantes!.
Bahía de Nápoles, su anárquica vida bullente. P ompeya,
amparada por las cenizas durante XVII siglos, te golpea con un
presente que es pasado de sus paredes y maderas policromas y
de sus cuerpos carbonizados eternamente abrazados. Casi, por
tercera vez, consigo atravesar el túnel del tiempo, en un bañ o
marmóreo de cuya ensoñación me vinieron a sacar unos vulgares
turistas presentes.
¡Al menos acabé algo en mi vida!. Nada más comenzar el siglo
nuevo, en el lucense Cospeito culminé, acompañándome en ésta

1140
Pablo, los 315 Municipios gallegos. No se puede andar presumiendo
de conocer esto, lo otro y lo de mas allá si no se domina la propia
ciudad, provincia y región.
La Muralla de Lugo es, con diferencia, lo mejorcito de toda
Galicia; sus casi dos quilómetros y medio cerrados sobre sí mismos
con una anchura que hasta que lo prohibieron permitió la
circunvalación automovilística, no tiene igual en todo el orbe
romano. También de nuestro siglo I es el Faro coruñés, también
romano según inscripción, la llamada torre de Hércules –Gerión
(sobre una anterior fenicia), pero en tiempos de Carlos III se
emparedó dentro de la actual; ningún político se atreverá a
rescatar lo que allí sigue, oculto a nuestros ojos, ni el actual
alcalde, que sigue con sus esfuerzos de minimizar la irresoluble
debacle urbanística consiguiendo, al menos, el más largo paseo
peninsular. La Catedral compostelana, heredera de Finisterres
casi olvidados, es, como los son ¨R oma y Jerusalén, algo más y
substrato de ejemplos sublimes de credulidad. Betanzos y Noya
destacan entre el resto. P ontevedra. Orense (Allariz). Galicia.
“Miña terra galega”.
Otro periodo desusadamente largo de no total estatismo lo
impuso, desde mi logro cuadragésimo (Ciudad del V aticano), no
tanto cierto ineludible decaimiento de fuerzas y ánimos como lo
que me eché encima con mi utópica incursión en el editorialismo
periodístico portugués; “escapar” de Portugal y reorganizarme a
la espera de lo que ya tendría que haberse producido, ocupó mi
tiempo, llevó mi dinero y mermó mis fuerzas. Llegó a ocurrirme
al ver el letrero de Portugal que me aumentaban las pulsaciones
hasta el punto de tener que quitar la cartera del bolsillo de la
camisa.
Hasta que con ocasión del aniversario de oro, decidí volver a
elevarme por los aires, pero en Globo.
De no morir en mi cama con un libro en la mano-como una
historia literaria cuyo desenlace ocurrirá sin que el protagonista

1141
lo sepa en otro mundo-, optaría por un accidente en Gran R uta
(exceptuando el naufragio).

1142
LIBROS

Cuando Los veo, amontonados por cajas, pudriéndose, pienso


que por qué no se me habrá dado por la pintura, que aunque
obtuviera tan poco éxito de ventas como con la literatura, al
menos adornaría las paredes (aunque no me gustan los cuadros –
sí los tapices-, ni tapar mucha pared); también sería menos
dificultoso su transporte (lo mismo en cuanto a numismática y
filatelia: hay que haber portado paquetes de un millar de duros –
a 25 gramos, 25 kilos-., para saber lo que es relación entre peso
y volumen).
Plantar un árbol, tener un hijo, escribir un libro –no sé en qué
orden-. Planté algún arbolito exótico que, si no los arrancaron,
deben pervivir, a pesar de estar abonados por salitre. Lo de los
hijos, nunca me entró en la cabeza –seguro que es el caso de
otros muchos (-as), que han acabado teniéndolos-, y por eso,
cuando regresé de Oceanía, donde a los niños no se les hace mucho
más caso que a los tiburones, hice que me practicaran vasectomía.
Me gustan muchísimo más los animales de cuatro patas que los de
dos. Tampoco me creo capacitado como progenitor; los malcriaría
-¿Por qué no darles todo?-.
Para compensar, me metí escritor. A mi manera, sin dedicación
plena, con mucha dispersión, sin suficiente constancia y capacidad
para destacar, lo cual depende también de no pocas circunstancias
y algunas sevicias.
No sé si ya he recogido o pondré en otra parte lo que durante
años recopilé notas e ideas y en una crisis, en Sigrás-Sobrecarreira
(finales de los 70) rompí todo.

1143
Al empezar –como con los hijos-, seguí y seguí, alcanzando
familia numerosa –como pasaba antes de los anticonceptivos y
abortos estadísticamente fiables- de superior categoría. Como
con los hijos, al que más se quiere es al primero.
Ya había cruzado el ecuador y estaba dando tumbos dentro de
un destartalado y renqueante autobús viejo por las peligrosas
veredas andinas, en Ecuador (Ambato, Cuenca –parecida, en cierto
modo, a la española, con carnaval a bombazos de agua-), cuando
reflejeé en mi Diario de V iaje: “Un recorrido por la América del
Sur (su pasado, su presente, sus paisajes, sus gentes, su economía,
sus costumbres), titulo para el libro que voy a escribir –el publicarlo
ya es otro tema-. Se me reafirmó la idea. He de describir elviaje
como si lo estuviéramos haciendo los lectores y yo” –aunque no lo
he encontrado reflejado, creo que entre aquellas brumas, curvas
y curvas, y el olor bravío de los usuarios, se me ocurrió tambié n
el argumento y titulo de “ El Poder”-.Recorrer ciudades y visitar
135museos a lo largo y ancho de 78.000 quilómetros no podía
resultar infructuoso; de ahí surgió, espontáneamente, “Ama
Llulla”; contiene 6.580 datos sobre América de Sur.
El proyecto inicial, “Influencia de la cultura gallega en el sur
de A. durante la colonización y en la actualidad “, había sido
sometido a la indiferencia de 87 organismos y personalidades.
Abandonado (aunque hay un capitulo de 11 páginas sobre “Galicia
en A.”), y abandonando P ablo la idea de acompañarme, recogí
“La verdad sobre A. del S.”, dicha no de modo dogmatico, sino
como consecuencia del no mentir. “Ama Suwa,A. Llulla, A. Q’ella”
era el saludo, casi litúrgico, usado habitualmente entre los indios
andinos, que vendría a significar “no robes, no mientas, no
vaguees”, a lo que el saludado respondía: “Kampis jina Llathac”
(ni tu tampoco). No mintiendo, se puede llegar a encontrar algo
de verdad.
Entre preparación, recorrido sistemático con un método de
investigación abierto, y primera redacción (única que he hecho

1144
directamente a máquina), tres años. Resultaron 394 densas paginas
que no entraron en maquinas hasta otros tres años y medio
después. Iluso de mí, lo había enviado a las principales editoriales,
¡y la principal contestó!. No se sabe muy bien porqué “Planeta”
no lo editó, a pesar de que llegue a desplazarme –por mi cuenta
y riesgo- a su sede central catalana; pudo influir que no era, ni
estaba dispuesto a que lo fuera, una guía turística impersonal al
uso.
Además de Guía Turística es Guía Histórica (144 de las paginas),
época a época, país a país, quedando esquemáticamente recogidos
los hechos más determinantes, teniendo en la sección dedicada
al tema en mi biblioteca 64 títulos monográficos, además de los
generalistas y múltiples folletos y mini guías. De las muchas
historias recogidas, es mi predilecta la espeluznante epopeya
paraguaya durante el genocidio de la Triple Alianza, que le costó
¡ 2 tercios! de su población en 1.864 –he subyugado a mas de una
linda chica paraguaya relatándole como su héroe nacional, el
presidente brigadier Francisco López, no se sacaba el sombrero
cuando recibía a los embajadores ingleses, pues la reina británica
tampoco lo hacía con su corona (página 117)-. P ara la parte
turística, recorrí como viajero todos los lugares de los que iba a
tratar. Es profundísima satisfacción para el autor que uno de los
que la leyó se fue casi de inmediato para allá, ¡y en bicicleta!
(Javier Ares, hoy un profesional de la realización y divulgación
viajera), siguiéndolo al poco tiempo otro, que hasta abandonó su
empleo estable. La hipotiposis (“descripción de personas o cosas”)
de la que me siento más orgulloso está en “Galápagos, Isabela”
(pág. 204 a 207), plasmando una casi perfecta composición de
paisajes, costumbres, personas (el borracho capitán del ruinoso
barco) y lugares, en un estilo narrativo calificable como
impresionista. A fin de cuentas, lo principal que persigo como
escribidor es releerme y exclamar: ¡parece mentira que esto lo
haya escrito yo!.

1145
“Editorial XYZ”, con la titularidad de mi “alter ego”, P ablo,
fue el subterfugio para publicar , a mi costa (lo que se llama
“publicación de autor”), AMA LLULLA, LA VERDAD SOBRE AMERICA
DEL SUR. Distribución. Al no ser de una de las grandes editoriales,
tampoco estas se prestan a ello, pues las grandes distribuidoras
también forman parte del mismo grupo. Puse mi primera, mi
querida, mi gran obra, en manos de un par de pequeñas, con tan
mal resultado en una como en otra, a pesar de no
desesperanzadores comienzos. La cobertura y las criticas en
diarios, semanarios, radio y hasta televisión, fueron buenas, pero
todo se estancó.
EL PODER. Me costó más de un año y medio acabarlo, llegando
incluso a abandonar la academia que tenía y yéndome al pleno
monte (la casa donde nació P ablo en Xermade). Quedó en 204
páginas, pues aunque pomposamente pone en portada (negra y
roja., anarquista) “el autor deAma Llulla se pasa a la novela”, es
por encima de todo una tesis novelada del poder . Ni los medios
de comunicación aireaban conductas y estrategias que desarrollo,
ni el que los desarrollaba los conocía por dentro. Años después,
alguien íntimo metido en entresijos y tejemanejes de él poder ,
me dijo que se comportaban tal cual. La mejor critica, de una
profesora de literatura que opinó que era “Eso, el poder”. Como
acababa de emplear seis meses en recorrer, uno a uno, sacando
fichas, los 54.890 vocablos de los dos tomos de la vigésima edición
del Diccionario de la Lengua española, recogí (en una orgía de
desvirgue en la que participa, entre otros, una jerarquía
eclesiástica –uno dirá: “el poder no corrompe, al poder llegamos
los corruptos”-), los cuarenta y seis sinónimos de la más fecunda
palabra en lengua castellana, ramera (páginas 158 a 160).
Antes de emprender la segunda aventura americana, quise verlo
imprimido y entregarlo para intentar que lo vendieran –siempre
digo que yo escribo libros, que no los vendo (mejor me fuera)-.
Por la misma vía, escaldado, mandé imprimir , pagué, menos

1146
ejemplares, que no serian bien distribuidos por las mismas malas
vías.
Mi género favorito es el ensayo. Como ensayo, hice Ensayos de
ensayo. Los comencé en el monte lucense, la mayoría en la playa
portuguesa de Molédo, y los acabé en La Coruña, al tener que
hacerme cargo del abuelo y de sus cosas. Por encima de un año.
Se imprimió al cabo de dos, y ya escarmentado, sin confianza en
la distribución, seguí disminuyendo la tirada. En sus 253paginas
contienen preocupación por nuestra autodestrucción ecológica
(“La Naturaleza no está de acuerdo”), una larga “Carta a un
sobrino” –de la que alguien tan capacitado como lo es un cronista
de una de las principales villas gallegas dijo que sería el libro de
cabecera de sus hijos-, mi “P ensamiento Anárquico Libre” (“los
dioses no existen, las patrias son un engaño, los reyes unos
aprovechados”), “Mi vida vista por mi perro”, una antología sobre
el pensador más influyente del siglo veinte y mi filosofo favorito
“Nietzsche” –no me consuela, pero de su “Menschliches
Allazumenschliches” se compraron únicamente 120 ejemplares-,
los “Pensamientos en el monte” y, para finalizar, ya que un autor
no debe tener vergüenza ante sus lectores, “Yo, uno entre tantos”.
En esas notas autobiográficas, en ese desnudarme, afirmo que
“me prefiero con la verdad y amargado, que alegre pero
engañado”, y que “el dinero solo sirve para obtener aquello que
no podemos conseguir de otro modo”. Mis gustos, “comer , ver,
leer, joder”. Me despido con que “solo busco un lector , aquel que
conecte a través del espacio y del tiempo conmigo –como yo he
conectado con tantos antecesores-, que se sienta identificado
con lo leído y le sirva de algo, quizás hasta para que él, lector ,
sea a su vez escribidor; gracias, a los de antes y a los de después”.
Ama Llulla II es la consecuencia, la continuación, de la primera;
por la pretensión de unirlas, devendría en TODO SOBRE TODA
AMÉRICA. Con el viaje, manuscribirlo y mecanografiarlo,
transcurrió un mes por encima de un año. oPr primera vez, recurrí

1147
a mano de obra ajena, en Las a Plmas de G. Canaria, tras finalizarlo
a marchas forzadas en Hospitalet del Infant, pues la inminencia
del inicio de la Vuelta al Mundo no estaba en consonancia con mi
lentitud y dificultad ante la máquina de escribir
. Cuando retorno,
corrijo galeradas, diseñamos la portada y… ahí se quedo.
Centro América y Norte América están más flojas, bastante,
que Suramérica. Coincidiendo con el 5º Centenario, fue mi primera
contribución, desinteresada y anónima. Creo que también era
Año Compostelano, ¡esto sí que es una peregrinación!, rondando
los 30.000 quilómetros, sin fastos ni conmemoraciones, a no ser
que se considere tal el lujazo de ocupar la misma suitte que los
cabezas de la parodia de Monarquía española –en ambos casos,
pagué yo- en lo que fue convento fundado en 1.576 en Osaka.
También se divide en parte histórica y turística, y como las
galeradas debo de habérselas entregado a mi albacea literario
(Erias), la única referencia numérica que poseo son 108 páginas
mecanografiadas, de ellas una treintena para guía histórica, si
bien no se cuentan introducción, mapas, hojas de respeto y otras
zarandajas.
[La “real” si era una verdadera “suitte” –vocablo no académico,
al menos en la edición de 1984-, con dos niveles, separaciones y
todo por duplicado, no lo que en España nos suelen vender como
tal, que no son más que habitaciones grandes, y por muy grandes
y lujosas que sean, según el sentido musical del término ha de ser
“sucesión o serie de piezas de diferente carácter” (definida por
la “Espasa”, que apunta que la voz francesa se emplea
abusivamente como “séquito”; cerca, en Honduras, con la palabra
suita designan a una planta gramínea que se utiliza para forraje y
como techumbre).
De la Vuelta al Mundo resulto “Oceanía, la desconocida”. Otro
año de mi vida discontinuo pues con el traslado a Portugal, hasta
estar instalado en la Quinta do Bon Succeso en Poça Pequena, no
pude trasladar, componer, a pluma, el prolijo contenido de la

1148
libreta roja de viaje (5 meses y medio), ni me metí a
mecanografiarlo (dos meses), entre una cosa y otra, ¡hasta 7 años
después!, ya en el nuevo siglo, ya habiéndome librado de la
opresión y angustia portuguesa. Sus 150 páginas (falta una
ineludible Sinopsis Histórica) duermen injusto sueño hasta el día
de su resurrección linotípica.
CRONICAS DE UN PEREGRINAJE POR REUROP A CON EL REAL
CLUBDEPORTIVO DE LA CORUÑA. Es un trabajo de menor
consistencia, pero el tema y la duración tampoco daban para
más. Entre unas cosas y otras, me ocupó no mucho menos de un
año. 156 páginas. Se editó conjuntamente con una medalla de
gran formato, de latón, que realizaron artesanalmente en
Portugal, pues de una mala postal turística sacaron en relieve a
la Torre inventándose la cabeza de Gerión; en su reverso, los
nombres, en relieve, de los héroes deportivos. En el Club –donde
tengo un enemigo personal que maneja los fondos-, no hicieron
ni caso. De cara a la venta generalizada, ocurrió lo que con otras
publicaciones y objetos oportunistas: a todos nos hundió personal
y comercialmente, el “penalti” ante el que se acobardó Bebeto
(como estaba a pie de césped, tras la portería, en las tomas
televisivas se me ve echar las manos a la cabeza y girarme, aunque
no se me pueda oír “¡a tomar por el culo!, ¡se jodió!”.
Con el tiempo y la humedad, las logradas medallas han ido
perdiendo pátina, y la mayoría ya no valen ni para regalar.
Así llegó a termino la corta y desértica andadura de la “Editorial
XYZ”. Títulos ajenos editamos dos, del mismo autor , Leonardo
Guerreiro, que, como yo, se los pagó él mismo (y se los distribuyo,
de mano en mano). Son “Crónicas de Lousada e As P ontes de
García Rodríguez” (284 páginas) y , más adelante, “Crónicas de
Lousada, As Pontes de G.R. e, un pouquiño…máis” -¡623! páginas).
Son recuerdos de un octogenario –a hijos y nietos no les hizo
mucha gracia se gastara así su dinero-, descripciones de donde
nació y de donde se lo llevo la emigración, anécdotas, refranes,

1149
poesías, y muchas, muchísimas fotografías. Como uso Pablo en el
prefacio del segundo, “Hai duas clases de historiadores, os que
describen a historia dos grandes acontecementos… e os que conta
as historias dos protagonistas mais sinxelos”.
Aunque sus atormentados perfiles impiden una medición exacta,
podemos estimar en 1.095 los quilómetros de la accidentada costa
gallega. Los tenía recorridos profusamente en sus vertientes
atlántica y cantábrica, pero un buen día primaveral comencé a
estudiarlos kilómetro a kilómetro. Oficialmente, llegan a
contabilizar cerca de un millar de “playas”, pero mi criterio
(considerando tamaño, arena, agua, servicios, entorno, accesos,
aparcamiento, peligrosidad, ocupación y climatología, que daban
origen a una nota o calificación individual) fue el de arenales con
entidad, no los que aparecen y desaparecen según las mareas,
que al norte de Cabo V illano sobrepasan los cuatro metros de
diferencia cuatro veces al día. LAS 184 PLAYAS GALLEGAS fueron
pisadas, una a una a lo largo de algo más de dos años, dividiéndolas
en media docena de tramos –en realidad, hasta que aguantaba,
que por zonas fue duro- con largos intervalos temporales, y antes
de mecanografiarlas pasaría otro tanto o más. No quise incluir –
para que las dejen tranquilas- las de las islas Cíes y Ons, que
tampoco contabilizan como tal a efectos de mi total de ínsulas,
que por ahora se ha quedado en [Link] bastante (solo 69 páginas
que compuestas y con complementos pasaran de opúsculo)
compañía, buenas ayudas, compartí. Pãscoa (alcalde de una
pequeña localidad de la Lagoa de Obidos -.¡Cómo lo disfrutó!- en
el tercer tramo, mi compadre Ruperto una tarde, José un par de
días y, finalizando en la frontera asturiana, “Cow Boy”, que es de
los que se apuntaría a casi todas; a todos ellos les permití hacer
sus pinitos literarios, que permanecen ignorados.
Simultáneamente con “Las Playas”, y con más dedicación hice
un ROTEIRO DO ANTIGO (“Arqueología , Monumentos, Lista de
Antiquarios”) que me llevó, durante más de año y medio, al norte,
sur y este de Obidos, ya que para el oeste solo había agua –que ya

1150
había cruzado rumbo a Açores y Madeira, también incluidas en el
“Roteiro”-. Por descontado que lo escribí en castellano, siendo el
segundo (y más preparado) de los cuatro encargados que tuve en
la tienda, José Coutinho, el encargado de la “traduçao”, 220
páginas. Al incluir la edición entre las actividades de mi licencia
fiscal, lo lancé como A-V (único título), acró nimo de “Antiqvvs
V”. Causó sensa ción, adhesiones explicitas y reclamaciones
encubiertas; la principal distribuidora del país pidió hacerse cargo;
…como todo en P ortugal y conmigo, todo quedó en nada P or lo
menos, constituyó una muy buena inversió n publicita ria, y la
fachada de mi vivienda-negocio (que es portada) salió en las
principales revistas, hasta, que supiera, de Japón y Alemania.
De los 18 distritos continentales, en el de oPrto Alegre se pueden
ver “Os pasaros pelas espaldas” desde las murallas (s. XVII) de
Marvão, “lugar em si, o melhor , homgeneamente”. A no tanta
altura, Monsaraz (Évora). Como singularidad, Mon Santo (Castelo
Branco), que “devia ser uma visita obrigatoria para todas as
escolas”. Sobre Obidos, “entrase com assombro, percorrese com
prazer e sai-se com ganas de voltar”. De mi loja de antigüedades,
que “abre os 366 días em anos bissextos”, “començando polo
neolítico, culturas pre-romanas visigodas, árabes, Medievo,
renascimento, barroco, neoclassicismo..o forte reparte-se entre
a moeda, relogios de bolso em ouro marfins e joias, sem despezar
as pratas, louças ou libros”.
Cuando comencé, después de casi doce años de “sequia”
(relativa), otra obra, mi tercera, propiamente creativa, anoté de
inicio que “llevaba años, algún lustro, quizás hasta un decenio en
mi cabeza”, ¡y así era!, pues en la libreta de viaje de (Ama LLulla
II)” ya figura el título, EL PODER II, y el subtitulo “¿Se puede
llegar más lejos?” –también, ¡el “Centiloquio”!- tal vez por ello,
en tres meses de verano lo concebí y no necesite más que otro
mes (tras cuatro de “descanso” o poso) para pulirlo y pasarlo a
máquina. Ya estaba bien entrado el nuevo siglo: ¡llevaba 3 años y
3 trimestres! sin empuñar la pluma o ponerme delante de la

1151
máquina de escribir con intenciones literarias –puta “Tribuna de
Oeste”!-. Salieron 122 caras mecanografiadas (en su antecesor
habían sido 130).
“¿Cuándo se me ocurriría meterme en este berenjenal
intelectual?”, comienza el “Abra” del CENTILOQUIO –respuesta,
en párrafo anterior-. Me di un par de años; me sobró un trimestre,
a la vista el Globo africano en el que iba a conmemorar mi medio
siglo. Del ¡centenar ¡ de ensayos para el que hube de ojear, uno a
uno, todos los libros de consulta de mi biblioteca –bastante por
encima del millar-, tomando referencias agrupadas por temas,
28 se pueden considerar de Sociología, 22 de Historia, 8 Ecología,
7 Ciencia, otros 7 Biografía, 3 R eligión, también 3 Relato y 2 de
Economía, siendo 15 V arios y habiendo solicitado sendas
colaboraciones a Alberto, “Cow-Boy”, Erias, P ablo y “Quiquin”-
ninguno de los cuales se ha molestado-. Nada menos que 372
folios esperan su composición definitiva. Amén.
Era, fue, es, el momento ideal para pergeñar mi auto biografía
–que puede que a otros no interese, pero que interesa a quien la
escribe-, lo que quiero titular CONDENADO A VIVIR. Acabo de
comenzar su hoja 255, anversos y reversos (en éstos, dejo algún
espacio por si se me ocurre algo mas). En días, se cumplirá un
año.
Al comienzo del siglo natural, principie a recorrer los 56 lugares
topográficos con denominación Seoane que hay en Galicia, única
región en que se dan (uno, asturiano, pegado). Me quedan 11.
Por tanto antes del año que me puse de plazo, LOS 56 SEOANES
GALLEGOS estarán ya completamente inventariados.
12 libros en 20 años-no es ninguna prodigio de fertilidad, pues
aún prescindiendo de autores de laAntigüedad, con cifras míticas,
tenemos el ejemplo contemporáneo de Isaac Asimov con ¡452!
(cito una frase suya “no importa cuánto aprendamos, lo que queda,
por muy pequeño que pueda parecer , es tan infinitamente
complejo como lo era el todo al empezar”)-. De esos años, 14 (el

1152
70%) los he dedicado de forma y manera casi plenas tanto al
trabajo de investigación bibliográfica como al de campo; disfruto
con ambos.
Y seguiré
Y DESPUES DE LOS 50.

1153
PORTUGAL

Llega el capítulo más doloroso de todos. Mas, incluso, que


“¡Fuego!”, pues quemarme y sus insorteables secuelas fueron
producto de un accidente; si de un momento de precipitación,
este único e instantáneo, irreversible. Distintamente, “Regiobidos
s,.a.” consistiría en un cúmulo de decisiones erróneas, una
sucesión de incongruencias.
Dada la Vuelta al Mundo sin encontrar otros mundos, recorrida
Oceanía sin chispazo alguno que prendiera la utópica hoguera de
literaturas paradisiacas, el clima, las quimeras, la elusión fiscal,
mi culo inquieto, me habían de llevar, ¡en mala hora!, a Portugal.
La Lagoa de Óvidos es de lo mejorcito que se puede encontrar
en todo el litoral peninsular; unos cuantos siglos atrás, llegaba a
lamer el “oppidum”, aunque ahora, desde el lienzo oeste de la
muralla, no se vea más que la línea siempre azul obscura del
océano. Entre pinares que parecen no tener fin, alquilé un
chalecito para estudiar y sopesar perspectivas; decidido de
antemano a permanecer, comencé a acarrear todos mis enseres y
valores. De vez e n cuando, pasaba bajo las arcadas de la puerta
de la villa o de la del castillo, y recorría todo el adarve (unos
1.200 metros) que completa un perímetro de forma análoga al de
la R oma republicana. En la tercera puerta (solo hay otras dos
más, estrechas, de a pie), la de la cerca, llevaba tiempo en venta
una casita humilde y medio derruida, pero con indudable encanto.
Me dejé seducir.
Cientos de miles de hipotéticos compradores recorren
anualmente aquellas mal empedradas rúas con apenas tramos
rectos, admirando el centenar de edificaciones que se apiñan

1154
temerosas de otro terremoto como el de 1.755, que las echó a
casi todas abajo, así como a las almenas. De modo fijo, no viven
ni dos centenares de “toupeiros” intramuros. Buen lugar para un
negocio de antigüedades, para el que disponía de bastante
material, no tanto por las buenas piezas, que siempre salen, sino
por la cantidad de objetos inclasificados que no tienen salida
más que en un negocio de ese tipo en un sitio así. El proyecto
primitivo de edificar vivienda aparte en A Lagoa se unificó con
ciertos aprovechamientos, y la previsión inicial de gastos, como
ocurre siempre, se disparó.
La obra, de inicio, como todas, fue discurriendo bien, hasta
que se torció como todas. Las piedras, los carpinteros (14), lo
peor de lo peor… llego una mañana y me encuentro a todos de
brazos cruzados; el fiscal de obras municipales la había paralizado
por alteraciones en un conjunto monumental [Link]
para adelante en lo constructivo y me salté instancias en lo legal,
logrando obviar las instancias locales y consiguiendo la aprobación
de las superiores. Fue el inicio de la guerra; no podí an soportar
las iniciativas “do filho da puta do espanhol”. Llegué a verles
echar bilis por la boca refiriéndose a mí. Gané todas y cada una
de las batallas, en campo ajeno, pero acabaría perdiendo la
guerra, la salud.
Cuando solicité licencia de apertura para “Antiquus V”, la
denegaron; estaban ¡tapiando! una parte de las murallas y allí ha
quedado reflejado, en piedra, el antes y después de la intervención
del nuevo óbidense; los de la luz quisieron imponer un registro en
mi fachada y acabaron poniéndosela a las vecinas por tres veces
menos y llamándome el director regional para disculparse; uno
de los más adictos al poder local recurrió a mi cuando la cámara
(el ayuntamiento) le puso la caseta del gas frente a su acceso;
gane él contencioso administrativo por no dejarme poner
publicidad donde otros la tenían; etcétera, etcétera.

1155
Lo más sonado, polémica que trascendió los propios muros
alcanzando ámbito nacional, lo del carro. Delante de mi puerta,
donde podía aparcar quien quisiera, coloqué (ofreciéndome a
pagar por ocupación de vía pública, enaquella especie de placita
inclinada) un carro, un simple carro antiguo de madera, de única
vara central, sin rebordes ni nada. Las notificaciones fueron
llegando, las amenazas cayendo, ¡los propios funcionarios
municipales se conjuraron para venir a retirarlo con alevosía y
nocturnidad! –Todos creían que yo los esperaba armado-. Siete
meses y medio después de iniciarse la polémica, que había llegado
a los principales diarios del país, un cuarteto de empleados
municipales con la pertinente orden de “retirada de veiculo de
tracção animal”, escoltados por un terceto de guardias nacionales
republicanos (comandante de puesto incluido), se presentaron
bajo mi ventana con aviesas intenciones; resulta que las aldabas
estaban sin engrasar, y el subir una y bajar otra, sonó exactamente
igual que si se montara un fusil; ¡echaron a correr cuesta abajo!...y
no se atrevieron a volver.
Un peldaño más; agravación del conflicto. “P rocesso enviado
ao ministro público para que proceda criminalmente contra o
propietario do veiculo por incorrer em crime de desobediencia”.
Llegué a tener prohibido abandonar suelo portugués –ni caso-. Al
cabo de dos años y medio de diaria inquietud, se falla “ao abrigo
do nº 1 do art. 177º do Código de Processo Penal”, que “ a orden
em causa é manifestamente ilegítima e… não teria que ser
acatada” ¡Victoria!. Era el ¡0-14!.
De una donación numismática (más de un ciento de monedas
de varios países y épocas)que había hecho al Museo Municipal,
nunca más se supo –hasta hoy-; tras varios requerimientos y
denuncias, el ministerio de administración interna dio traslado
del expediente al secretario de estado de la administración local
por “indiar eventuais irregularidades na gestão patrimonial de
uma autarquia local”. Con la iglesia, sin embargo, como siempre,
ningún problema; en la parte baja, extramuros, hay una basílica

1156
octogonal donde esta lo mejor de lo mejor , una cruz paleocristiana;
cuando ubicaron en su planta alta un museo, hubo una única
donación, ¡del español! – Incluyendo un relicario de plata con un
trocito del santo sudario y un sigilo papal de época-, agradecida
por eminentísimo Patriarca de Lisboa Era mi quinta donación –
los museos son lo adecuado para según qué cosas: solo me falta
el propio-, las otras tres en España (Betanzos, P ontevedra y
Agreda).
El arquitecto que llevaba la reconstrucción –sin acabar del todo,
no rematada: que finalicen otros, si son capaces-, con una
dedicación por encima de la práctica profesional (coincidió
conmigo, en días festivos, a pie de obra, pensando como
optimizarla), fue intimando con el que ponía el dinero y las ideas
que él, acertadamente, iba materializando. Quizá fuera quien
por primera vez me habló del extinto “O’ Obidense”, o tal vez
otros, pero ya con el gusanillo metido en el cuerpo, mi única
vecina –que no está nada bien de la cabeza- vino a venderme
algunos amarilleados ejemplares. Pensé, pensamos, resucitarlo,
y así se lo comenté, comentamos, incitándolos, a otras personas
afines. El proyecto era para unos años m ás adelante cuando las
próximas elecciones municipales, en el cambio de siglo. Empujado
–pero sin echar la culpa a nadie, pues la culpa fue mía, que ya era
mayorcito-, a posteriori no me puedo explicar porqué, me lance
a esta aventura editorial condenada al fracaso de antemano, con
unos años de antelación y con precipitación.
Todo un año fue de preparaciones, de discusiones. Se constituyó,
mal que bien, “R egiobidos s.a.”, con ilusiones iniciales
potenciadoras de la región, con pretensiones por encima de un
simple semanario informativo. En P ortugal, junto con los
periódicos de tirada diaria, están implantados desde antiguo los
semanales. Tomada una decisión, iniciado cualquier proyecto,
jamás me echo para atrás, avanzo ciegamente contra viento y
marea, no sé retroceder y mucho menos detenerme. A espaldas
mías, el arquitecto, que tenía un pasado ligeramente extremista

1157
durante la “revoluçao”, pretendió revalorizar su ingreso en la
política activa instrumentalizando el nuevo órgano de opinión.
Por supuesto, me negué rotundamente. Todo pudo quedar en
suspenso. Impulsadas mis velas por mi soberbia y mi arrogancia,
fui incapaz de arriarlas y continúe la procelosa travesía con poco
más que mis propias fuerzas y mi bolsa. Perdería buena parte de
las unas y de la otra.
Es la única cosa de las que he hecho mal a lo largo de mi vida,
de la que plenamente me arrepiento.
Los nueve socios fundadores (además, metí a mis hermanas y a
mi ahijada, a José Manuel y Álvaro y como no a ablo,
P que se vino
a diseñar la infraestructura informática, pero, afortunadamente
para ellos, estaban lejos y no intervinieron para nada) teníamos
tensas reuniones durante las que, al menos, libábamos sin mesura
y masticábamos a dos carrillos.
Nadie se quería hacer cargo de nada –me pasa en todos los
órdenes de la vida: todos intuyen que, siempre, acabaré
haciéndolo yo-. Habiendo puesto, con diferencia, el mayor
porcentaje de capital inicial, perseguí que cualquiera de los demás
(entre los que había dos militares de alta graduación) se hiciera
cargo de orientaciones y gestiones. No hubo manera. De aquí
para allá, salvando todo tipo de obstáculos, barreras y demoras,
sufrí aquel año que no era más que agorero preludio de lo que me
iba a caer encima.
Nombré un administrador y seleccionamos una directora; ella
se encargaría, sin interferencias, de seleccionar al resto del
personal y de pergeñar el formato [Link] los detalles,
problemas y sinsabores de acondicionar local, dotarlo, de imprimir
y transportar, de, de, de… joderme la vida, innecesariamente.
Con demora, estuvo en los puntos de venta “Tribuna de Oeste”,
para (teó ricamente) Alcobaça, Bombarral, Cadaval, Caldas,
Lourinhà, Nazaré, Obidos, Peniche y Rio Maior. Se buscaron, y no
se consiguieron, corresponsales en todos estos lugares y, aun más

1158
en sus feligresías, que podemos tener por equivalentes a
parroquias, pero con vida propia y de cierta preeminencia en el
medio rural; campo abonado para lo que en la patria
cosecharíamos, deberían ser los numerosos emigrantes en toda
Europa y América (tampoco nada de nada). En la parcela
económica, se anunció una venta pública de acciones, con el
objeto de que los que fueran propietarios, al menos compraran
su periódico: ni la mínima respuesta. P or ley, los ayuntamientos
en los que no había otros semanarios, debían publicar sus edictos
y demás en la “Tribuna”; no cumplieron la ley (tampoco notarías
y registros). En el haber, que en un país tan tristón, contábamos
con un excelente dibujante humorista que dejó para las
hemerotecas detalles satíricos imborrables.
Desesperado, empantanado –una conocida, española, me decía
acertadamente que “te estás pudriendo”-, vendí, sin cobrarlas,
todas mis acciones y el titular (que era quien llevaba otro asunto
comercial de mi titularidad, con lo cual quedaron fastidiados
ambos) pasó a encargarse de la administración. Ni por esas.
Todavía peor. Plenamente consciente de que aquel embolado no
era viable, en principio el propio prurito y más adelante la
necesidad de mantenerlo para venderlo, me condenaron a seguir
soltando dinero contante y sonante, día a día, tanto, ¡por día!,
como era el sueldo mínimo nacional.
Naturalmente que mi sistema neurovegetativo tenía que
pagarlo, y las consecuencias psicosomáticas pronto se fueron
haciendo patentes. Creí que sufriría por el estomago, pero la
presión afecto a algo inesperado, el corazó[Link] noches -las
crisis personales no afectan, en demasía, mis largos períodos de
descanso ni, tampoco, mi apetito- los latidos turbaban mis nada
placidos sueños, a continuación vino algún ahogo, paso
rápidamente a ocurrirme por el día, y sin aparente causa ni
inmediata. A una inspección de trabajo la sucedió una inspección
fiscal, en el periódico, y hasta en mi negocio privado me
inspeccionaron en busca de piezas robadas. Ante timbrazos,

1159
llegadas de automóviles, encuentros no deseados, el ritmo
cardiaco se descompensaba, el órgano central se descontrolaba,
retumbaba; se desarrolló un reflejo condicionado totalmente
pavloviano, que cada vez que reentraba en Portugal recrudecían
los síntomas. Tales síntomas empeoraron, se agrandaron,
perduraron. Aunque no soy nada susceptible ni hipocondriaco – o
no me creo tal-, comencé a conocer salas de espera de cardiólogos,
a ambos lados de la frontera. Nada orgánico consiguieron detectar
(lo cual no significa que no exista). V a –si llego- para ocho años
con una bomba de relojería dentro del pecho aunque, como no
podía ser de otra manera, las manifestaciones patológicas
disminuyeron al amortiguarse las causas, pero sin desaparecer
ya, para siempre jamás. Es la maldita herencia que me ha quedado
de la maldita “Tribuna”
Por su parte, “Antiquus V” seguía funcionando. No se puede
negar lo que se dice de que se lleva en la sangre. Fiel a la máxima
de que quien tenga tienda que la atienda, todos los fines de
semana allí estaba, al pie del cañón (literalmente, pues además
del carro puse uno, aunque duraría menos), y en los días largos
desde el equinoccio hasta que se obscurecía el solsticio, al irse el
encargado (tuve cuatro) me quedaba leyendo sentado en las
escaleras –a Mónica, la niña vecina, le arraigó ese gusto por el
libro, cuando aun no los descifraba-; tampoco tenía inconveniente
en atender a presuntos clientes durante las presuntas horas de
almuerzo –que las mías distan mucho de las establecidas, y más
en Portugal, donde son sagradas y esclavizantes-, aunque estuviera
cocinando. Entre los fijos, los hubo memorables, como el que se
venía por las tardes de los domingos con su madre anciana, la
dejaba encerrada en el coche, y se pasaba horas revolviendo en
las monedas; el ramo de los fanáticos de la numismática, era el
más numeroso, extranjeros cíclicos incluidos. Mucho japonés,
rusos, canadienses, australianos,… de todas partes; ¡hasta celebré
unas bodas de plata con un matrimonio californiano!. Un hindú,
bien acompañado, mayestático, con su turbante y todo que se

1160
extrañó tuviera piezas de su lejano país; un almirante, altos cargos
políticos y el hijo de un ministro salazarista, industriales, …de
todo. Entre todos, el ingeniero Miranda que siempre dispuesto,
me resolvió múltiples cuestiones, aparte y por encima de lo
puramente negociado. Entre los objetos, múltiples, más curiosos
que negocié, un gran relicario con cabellos cardenalicios y papales
firmado por el peluquero vaticano. El número de ventas creció
por encima de lo previsto.
En la pequeña tienda, en la habitación delantera de abajo,
atendíamos a la clientela normal, pero cuando las pretensiones o
las previsiones aumentaban, los llevaban arriba. A la biblioteca
se accedía como a los bancos: por un resorte que liberaba la
puerta exterior blindada, el visitante pasaba a un zaguán
acristalado, cerraba la puerta y sólo después le abría la interior;
en caso de emergencia, no tenía más que dar un paso lateral para
protegerme detrás de una caja fuerte incrustada en un sobrio
mueble. La comunicación con el resto de la vivienda estaba
disimulada tras un estante móvil, que desplazaba sobre sus ruedas,
empujando, si el cliente era de suficiente importancia y confianza
como para tener que abrir la cámara blindada de mi dormitorio,
anexo. Con los cortinajes, los sillones dorados, mi gran mesa
tallada y algún licorcito de ayuda, rodeados completamente de
libros y platas, los paganos se consideraban más bien objeto de
favores. Nunca engañé a nadie –a no ser que yo estuviera también
engañado-.
Por fuerza, mi negocio se hubo de resentir por mi locura; ya al
final, pues en principio no cerraba ningún día del año, empecé a
tomarme lo que la gente común denomina comúnmente
vacaciones.
Paralelamente, explotaba lo que iba a elevar a Marca, tanto al
por mayor como al por menor. Las láminas de reyes, escritores y
descubridores portugueses, con la composición grafica que
registraría –me vino la idea en un insomnio transitorio-, que se

1161
iba vendiendo a cientos, pasó a expenderlas, a miles, por correo,
uno que las promocionó por instituciones de enseñanza y otras
oficiales, y que vivía de eso, en una casita con piscina y todo –
¡que cocinera de categoría era su mujer alemana!-. A este
concesionario fue al que le traspasé acciones y responsabilidades
de “Regiobidos”, acabando por hundir lo uno y lo otro.
Estranguladas mis disponibilidades, vertidos mis ingresos en
aquel pozo sin fondo, sin concretarse las gestiones de venta, fue
pasando un dí a y otros, a cual más penoso semanas en que en
todas había que pagar la impresión o no había edición, meses en
que en todos había que liquidar al personal o no había contenido.
De horro. Pedí créditos por primera vez en mi vida, firmé letras
que me traerían malas consecuencias posteriores; no está entre
mis menores hazañas conseguí sacarle una cantidad de bastante
consideración a una entidad bancaria ¡sin garantías! (sus directivos
ya estaban encausados por posibles desfalcos). Comenzaba a tocar
fondo. A todo hay que ponerle un término determinado o no hay
nada que hacer. Tras aquel año luctuoso, tenía totalmente decidido
echar el cierre el día 31 de diciembre. A las 12 horas del último
día del año más nefasto de mi existencia, cerraron, en malas
condiciones, la operación de venta de aquella losa, con lo que se
pudieron taponar agujeros. Supe, exactamente, lo que era el
quitarse un peso de encima. Los botes que pegué no tuvieron
nada que envidiar a los que mucho después les vi dar a los massai
en su poblado tanzano.
Pero la maldición no cesó. Las nubes sobre mi existir, sobre el
día a día, no se despejaron más que un poco. El panorama seguía
casi completamente negro. ¡Quedaban tantos cabos sueltos, rotos¡
Comenzaron a prolongarse las ausencias; me encontraba algo
mejor recorriendo los arenales de Carnota, la gran finca montaraz
que me prestaron, o los más norteños peninsulares en la ría de El
Barquero. Sesiones sexuales y gastronómicas, con los amigos –las
segundas, no las primeras-, me permitían sobrevivir. Los mordiscos
del tiburón que crie en las arterias no disminuían; decidí cerrar

1162
la tienda al público. Ni así; los aires portugueses ya estaban,
para éste, definitivamente emponzoñados. Un día de lluvia
torrencial en el que el agente inmobiliario ni me quería enseñar
el lugar, cogí en alquiler poco más que una chabola un poco por
encima de la frontera en la península del Morrazo (Pontevedra),
entre bahías; me salvé la vida. Estoy plenamente convencido de
que si hubiera seguido en las mismas, hubiera acabado en el
cementerio –lo menos malo-, en la cárcel, en el manicomio o en
una silla de ruedas –lo peor-.
A todos los efectos seguí –y sigo- residiendo en P ortugal.
Continué, con la correspondiente licencia negociando en lo mío,
a nivel privado. Activé, dentro de lo posible, los registros de mi
marca en todo el mundo, esperando –ni imagine que tanto (va
para el lustro)- su venta para liberarme definitivamente del país
vecino y fijar mi morada, de un modo también definitivo, en tierra
gallegas, las natales.
Cambiaron de siglo; seguí igual.
Esta fue, es, mi vida.

1163
CAJON DE SASTRE

6,7.
Es lo que me pongo, con lo que me califico a mí mismo. No es
que este hecho un buen “pejo” –nada académico-, como decían
mi abuela y mi madre de niño, pero tampoco quiero nada. Todo
capullo, mientras no abre, abriga la esperanza de ser rosa; toda
rosa abierta, la de no perder pétalos. Esta frase –reflexión (que
es mía), recoge adecuadamente, líricamente. Los conceptos de
niñez y vejez. Capullos prometedores, sobre todo en ¨Galicia,
por las heladas, suelen abortar promesas, quedarse en eso, sin
eclosionar, quemados, sin que por eso pierdan cierto encanto.
Aun las más bellas rosas, las bien eclosionadas, todavía sin ser
pasada su época, puede ser un simple mal viento o una lluvia
fuera de temporada, sufren la amputación natural de uno de sus
pétalos, preludio ineludible de la de los demás, etapas
irretardables. Unas y otras, no suelen convivir en el mismo jardín.
Pues ya está .
Aunque habrá más.
Por ejemplo, que de esos 50 añazos idos, solo 5 fueron malos,
24 estuvieron pasables, 15 han sido buenos y 6 esplendidos.

1164

También podría gustarte