Tema:
“COMPLEJO DE EDIPO”
Objetivos:
Investigar todo lo referente acerca del complejo de Edipo
Reforzar conocimientos acerca de este postulado
Socializar en clases lo aprendido
Desarrollo:
El Complejo de Edipo según S. Freud
En 1900, Freud hace mención explícita a la tragedia de Sófocles y afirma que “…
esos deseos enamoradizos u hostiles hacia los padres, ocurren en el alma de casi
todos los niños. En apoyo de esta idea la Antigüedad nos ha legado una saga cuya
eficacia total y universal sólo se comprende si es también universalmente válida
nuestra hipótesis sobre la psicología infantil. Me refiero a la saga de Edipo rey y al
drama de Sófocles que lleva ese título” (Freud, 1900). Sin embargo, recién en 1910 le
otorga a estas inclinaciones amorosas y hostiles, el status de Complejo (de Edipo) y
describe sus manifestaciones en la modalidad que ha de llamarse positiva: “El hijo,
ya de pequeño, empieza a desarrollar una particular ternura por la madre, a quien
considera como su bien propio y a sentir al padre como un rival que le disputa esa
posesión exclusiva; y de igual modo, la hija pequeña ve en la madre a una persona
que le estorba su vínculo de ternura con el padre y ocupa un lugar que ella muy bien
podría llenar” (Freud, 1910). Bajo esta forma, la madre es objeto de amor del varón y
un rival para la niña, quien ha cambiado ahora de objeto de amor debido a la
decepción, y se ha volcado así al padre (Barrionuevo, 2011).
Pero, cabe aclarar que, así como existe una modalidad positiva, también existe una
negativa que consiste en deseos amorosos hacia el progenitor del mismo sexo y;
celos y hostilidad hacia el del sexo opuesto. La descripción del Complejo de Edipo
en su forma completa le sirve a Freud para dar cuenta de la ambivalencia que el niño
siente hacia sus padres; así como el desarrollo de los componentes hetero y
homosexuales; cuestión que luego es retomada como trabajo propio de la
adolescencia y que consiste en transitar el camino hacia el encuentro con el sexo y el
desasimiento de la autoridad parental. El Complejo de Edipo y el de castración son
reeditados en la adolescencia y marcan la tarea de la diferenciación de las posiciones
femeninas y masculinas (Barrionuevo, 2011).
Pero volviendo sobre el Complejo de Edipo en la infancia, diremos que desde el
punto de vista lógico, éste es contemporáneo de la llamada fase fálica (entre los 3 y
los 5 años) momento que toma su nombre de la primacía del falo tanto para el niño
como para la niña. Este primado del falo se articula con la amenaza de castración,
cuyo papel es definitivo para la entrada al Complejo de Edipo en el caso de la niña y
para su sepultamiento, en el caso del varón (Barrionuevo, 2011).
Debido a la angustia que le genera la propia falta y la decepción de la castración
materna, la niña -dijimos- cambia de objeto de amor y vira hacia quien sí tiene un
pene para darle, su padre. Espera así que él pueda subsanar el “error” de su madre y
ante la nueva imposibilidad, reconoce la castración renuncia al deseo de un pene
desplazándolo al deseo de recibir un hijo como regalo del padre para lo cual también
cambia de zona erógena, invistiendo, en la adolescencia, la vagina como continente
del pene deseado. Es esa una de las salidas posibles para el complejo de castración en
la niña que Freud describe como los caminos de la feminidad. Las otras dos son: 1) la
inhibición sexual, es decir un apartamiento de toda sexualidad como consecuencia de
la represión y el rechazo de toda condición femenina y; 2) el complejo de
masculinidad, en el cual se desmiente la castración, manteniendo el placer
masturbatorio y con él la esperanza de poseer (no de recibir) un pene, identificándose
con quien lo tiene (Barrionuevo, 2011).
En el varón, la amenaza de castración es el temor a perder lo más valorado que posee
y es aquello que le permite abandonar el objeto de amor incestuoso para identificarse
con quien lo tiene.
Por lo tanto, bajo el impacto de la amenaza de castración (en el varón), o la idea de
haber sido castrada (en la niña), las investiduras de objeto que fueron depositadas
sobre los padres, son abandonadas y resignadas; trabajo que continúa en el segundo
tiempo de la sexualidad y permite el hallazgo de objeto exogámico. La resignación de
las investiduras primarias –tal como escribe en 1923- continúa en una operación que
consiste en la sustitución de las mismas por una identificación. Estamos ya en el
terreno del “sepultamiento del Complejo de Edipo” que, no solo estructura el aparato
psíquico dividido en instancias diferenciadas a través de la represión, sino que
también da inicio a un nuevo momento lógico, la latencia, marcando lo anterior, lo
pre-edípico como una primera oleada de la sexualidad ahora caída bajo represión.
Sin embargo, una de las grandes conquistas del psiquismo deriva directamente del
Complejo de Edipo: el acceso a una nueva instancia intrapsíquica que es el superyó.
Freud se ocupa en “El yo y el ello” del mecanismo que conduce desde la relación del
niño con su objeto edípico hasta el Superyó. Este mecanismo es precisamente esa
identificación explicada, por efecto de la cual se instala el Superyó y se establecen
rasgos femeninos y masculinos tomados de ambos padres, rasgos que contribuirán al
carácter del Yo y a la sexuación del sujeto.
La “resolución” del Edipo marcará, como veremos luego, la internalización de la ley
y la posición masculina o femenina que el sujeto adopte en relación al otro sexo, pues
no hay nada en la naturaleza que determine una u otra posición de antemano.
Entonces, la identificación va a jugar un papel fundamental en la formación del
superyó que no solo va a direccionar el deseo del niño hacia su masculinidad sino
que va a instaurar también la ley de prohibición. Freud dirá: “Su vínculo (el del
superyó) con el yo no se agota en la advertencia: ‘Así (como el padre) debes ser’,
sino que comprende también la prohibición: ‘Así (como el padre) no te es lícito ser’,
esto es, no puedes hacer todo lo que él hace, muchas cosas le están reservadas”
(Freud, 1923).
De todo lo dicho se desprende que Freud le atribuye al Complejo de Edipo,
diversas funciones:
a) El hallazgo de un objeto de amor que deriva de las investiduras de objeto
primarias.
b) La consolidación de identificaciones secundarias que resultan del Complejo
de Edipo tras haber resignado a los padres como objetos incestuosos.
c) El acceso a una genitalidad posterior ya que en la etapa fálica se trataba de la
instauración de la primacía del falo y no de la genitalidad.
d) La constitución de las diferentes instancias, especialmente la del superyó
(como introyección de la autoridad paterna) que marca la prohibiciones de
incesto y parricidio, así como también la constitución del ideal del yo.
El Complejo de Edipo según J. Lacan.
En el Seminario 5, Lacan plantea el Complejo de Edipo en tres tiempos, esos tiempos
son lógicos en tanto tienen determinada sucesión, pero no guardan una cronología.
Una de las diferencias radicales en relación a Freud está precisamente en el primer
tiempo, el que corresponde al estadio del espejo, ya que para Freud este tiempo, está
más en el terreno de una sexualidad pre-edípica.
Lacan, se pregunta de qué se trata el Edipo? Y se responde: “Del deseo de la madre,
esto es capital, así como la metáfora paterna” (Lacan, 1969). El deseo de la madre es
el falo. Este falo se puede entender de dos formas: 1) es la referencia al deseo de la
madre derivada de ausencia de pene y, 2) es aquello que simboliza el sinsentido del
deseo. El niño se identifica con lo que le falta a la madre (el falo) y por eso, es el
objeto de deseo del Otro. Sin embargo, esa complementariedad es imaginaria e
ilusoria ya que el deseo por definición no puede ser totalmente satisfecho.
Primer tiempo: Corresponde a la fase del espejo, momento de la construcción de un
cuerpo en un espacio imaginario. El niño se encuentra en una relación completa con
su madre e intenta identificarse no con la persona, sino con lo que supone es el objeto
de deseo de la madre. Esta es una identificación imaginaria. El niño quiere ser el
objeto de deseo de la madre y entonces su deseo queda así alienado al deseo del Otro.
Al objeto de deseo de la madre, Lacan lo llama falo. Dice: “Para gustarle a la
madre,… basta y es suficiente con ser el falo”. La madre castrada, se siente completa
a través del hijo y por eso lo ubica en el lugar del falo. Se arma entonces un círculo
completo, donde la falta no existe. El niño es el falo de la madre y la madre dicta la
ley que es la del deseo del hijo. En este tiempo desde el niño, no existe aún una ley
simbólica, sino la ley arbitraria de la madre; pero la madre sí está atravesada por la
metáfora paterna, ley simbólica del padre. El padre existe entonces en forma velada,
en tanto ley simbólica que debe ser descubierta en la madre. F. Dolto sostiene que el
padre en este tiempo es captado por el niño a través de la madre; y que se forma
como un "abstracto" de todas las significaciones transmitidas, condensando y
simbolizando el Nombre-del-Padre (Viviani, 1985)
Esta relación corresponde a lo que Lacan llama ternario imaginario y
propone ilustrarla así:
Segundo Tiempo: El padre ingresa como agente que priva y desprende al niño de la
relación imaginaria con la madre. La función del padre es la privación, priva a la
madre de su ilusión fálica (la madre ya no tiene el falo a través del hijo) y priva al
niño de la identificación imaginaria al falo (el niño ya no es el falo de la madre). El
padre asume él mismo un lugar de fortaleza y omnipotencia. Con la acción de
privación se inicia la castración simbólica, y tanto el niño como su madre pierden su
valor fálico. Para que la privación sea efectiva es necesario que la madre se dirija al
padre y que el padre no quede dependiente del deseo de la madre (Viviani, 1985).
En este momento, el padre es un personaje interdictor que tiene el poder de intervenir
sobre la madre y que impide que la madre se cierre sobre el niño, rescatándolo de un
lugar aplastante en el cual sólo podría haber sido el falo de la madre. Dice Lacan:
“…la madre es dependiente de un objeto que ya no es simplemente el objeto de su
deseo sino un objeto que el Otro tiene o no tiene” (1957/58,p. 197). El padre se
manifiesta en el discurso de la madre y es soporte de la ley, fundando una legalidad.
Según Lacan, éste es el fundamento y el punto nodal del Complejo de Edipo. La
madre no tiene ahora una ley arbitraria que le es propia, sino que queda remitida a la
ley de Otro, que posee el objeto de su deseo. Esto lleva al niño a rivalizar con él por
el deseo de la madre. La disputa es en relación a ser o no ser el falo de la madre. El
padre se constituye como agente real de la castración. Dice Lacan: “Sólo el juego
jugado con el padre, el juego de gana el que pierde, por así decirlo, le permite al niño
conquistar la vía por la que se registra en él la primera inscripción de la ley”. (Lacan,
1957, p. 184).
Tercer tiempo: De él depende la salida del Complejo de Edipo aunque para Lacan
no se trata de un sepultamiento, a la manera de Freud, sino de definir una posición
como sujeto deseante. La castración simbólica del segundo tiempo, culmina con el
reconocimiento de la falta en la madre. Ahora el padre es portador del falo, lo tiene
pero no lo es y a su vez, depende de una ley exterior. El falo se encuentra por fuera
del padre, en la cultura. Lacan considera, al igual que Freud, que la salida del Edipo
se produce favorablemente si el niño se identifica con el padre (de quien deriva el
ideal del yo) y el niño pasa de ser (el falo de la madre) a tener. Este paso del registro
del ser al del tener es lo que da cuenta de la instauración de la metáfora paterna y de
la presencia de la represión originaria. La instauración de la metáfora del Nombre del
Padre posibilita al niño el acceso al lenguaje, al orden simbólico.
Aún planteado al Edipo en este movimiento de tres tiempos, para Lacan el Edipo se
trata “de una estructura, constituida no en la aventura del sujeto sino en otra parte”
(1958). Este drama edípico es estructurante ya que permite asumir su propia falta y
producir su propio límite. Asumirse como sujeto implica entonces, separarse de la
madre reconociendo el propio deseo (Viviani, 1985).
Lo común en la niña y el varón y que quedó ordenado en los tres tiempos descriptos, se
extiende hasta "el acto que secciona y disocia", como dice Lacan, al vínculo imaginario,
madre-hijo. El nombre del padre operará como prohibición para el niño en tanto lo
separa de la madre con angustia, mientras que en la niña esta separación se produce con
odio.
De lo dicho se desprende que Lacan le atribuye al Complejo de Edipo, efectos tales
como:
a) un corte en el vínculo imaginario entre la madre y el niño,
b) la aceptación de la ley de prohibición del incesto,
c) la renuncia (a nivel imaginario) al deseo de contacto genital con el progenitor
del otro sexo
d) la identificación a un ideal,
e) la asunción del propio sexo,
En fin, la posibilidad de hacerse sujeto de deseo.
Conclusión:
En 1900 Freud acuña el término complejo de Edipo (nombrado así por Edipo rey),
menciona en sus aportes, que los niños sienten una exagerada atracción hacia su madre
y ve como rival a su padre y la niña en viceversa, formándose así una triangulación.
Madre, padre, niño
La descripción del Complejo de Edipo en su forma completa le sirve a Freud para dar
cuenta de la ambivalencia que el niño siente hacia sus padres; así como el desarrollo de
los componentes hetero y homosexuales. Por otro lado Lacan plantea el complejo de
Edipo en tres tiempo; el primero que corresponde a lo imaginario ya que el niño realiza
una identificación imaginaria; el niño quiere ser el deseo de la madre, el segundo; se ve
al padre como aquel que priva a la madre de tener el falo (poder) a través del niño, se
produce la castración simbólica del niño, y el tercero y último; el padre es el portador de
falo y el niño se identifica con el progenitor, es decir el padre.
Bibliografía:
- Barrionuevo, J. (2011). Adolescencia y juventud. Bs. As.: EUDEBA. Parte 1.
- Dolto. F (1987) "Seminario de psicoanálisis de niños 1", Siglo veintiuno editores,
México.
- Viviani, A. L. (1985). Lacan y el edipo freudiano. Revista de Psicanálise Textura.
Disponível em:<< [Link] google. com/viewer.