"Las cosas: Crítica al Consumo"
"Las cosas: Crítica al Consumo"
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Georges Perec
Las cosas
ePub r1.0
Titivillus 22.04.15
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Título original: Les choses
Georges Perec, 1965
Traducción: Josep Escué
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A Denis Buffard
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Incalculable are the benefits civilization has brought us, incommensurable the
productive power of all classes of riches originated by the inventions and discoveries
of science. Inconceivable the marvellous creations of the human sex in order to make
men more happy, more free, and more perfect. Without parallel the crystalline and
fecund fountains of the new life which still remains closed to the thirsty lips of the
people who follow in their griping and bestial tasks.
MALCOLM LOWRY
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Primera parte
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La mirada, primero, se deslizaría por la moqueta gris de un largo pasillo, alto y
estrecho. Las paredes serían armarios empotrados de madera clara, cuyos herrajes de
cobre brillarían. Tres grabados, representando uno a Thunderbird, vencedor de
Epsom, otro un barco de rueda, el Ville-de-Montereau, el tercero una locomotora de
Stephenson, llevarían a un cortinaje de piel, sostenido por gruesas anillas de madera
negra veteada, que un simple movimiento bastaría para correr. La moqueta, entonces,
daría paso a un parquet casi amarillo, cubierto parcialmente por tres alfombras de
colores apagados.
Sería una sala de estar, de unos siete metros de largo y unos tres de ancho. A la
izquierda, en una especie de alcoba, un gran diván de cuero negro desgastado estaría
flanqueado por dos librerías de madera clara de cerezo en las que se amontonarían
libros en desorden. Sobre el diván, un portulano ocuparía toda la longitud del panel.
Más allá de una mesita baja, debajo de un tapiz de oración de seda sujeto a la pared
por tres clavos de cobre de cabeza gruesa, y que haría juego con el cortinaje de piel,
otro diván, perpendicular al primero, tapizado de terciopelo marrón claro, conduciría
a un pequeño mueble alto, lacado de color rojo oscuro, provisto de tres anaqueles que
sostendrían diversos bibelots: ágatas y huevos de piedra, cajas de rapé, bomboneras,
ceniceros de jade, una concha de nácar, un reloj de bolsillo de plata, un cristal tallado,
una pirámide de cristal, una miniatura en un marco oval. Más lejos, después de una
puerta acolchada, unos estantes superpuestos, ocupando el ángulo, contendrían
álbumes y discos, al lado de un tocadiscos cerrado del que sólo se distinguirían cuatro
botones de acero rayados con líneas entrecruzadas, y sobre éste, un grabado
representando el Gran desfile de la fiesta del Carrousel. Por la ventana, provista de
cortinas blancas y pardas a imitación de la tela de Jouy, se divisarían algunos árboles,
un parque minúsculo, un trozo de calle. Un secreter de persiana atestado de papeles,
plumieres, iría acompañado de una butaquita de rejilla. En una consolita habría un
teléfono, una agenda de piel, un bloc. Luego, más allá de otra puerta, tras una librería
giratoria, baja y cuadrada, rematada por un gran florero cilíndrico de decoración azul,
lleno de rosas amarillas, sobre la que colgaría un espejo oblongo enmarcado de
caoba, una mesa estrecha, provista de dos banquetas tapizadas de tela escocesa,
llevaría de nuevo al cortinaje de piel.
Todo sería pardo, ocre, leonado, amarillo: un universo de colores algo
amustiados, de tonos cuidadosa, casi preciosamente dosificados, en medio de los
cuales sorprenderían algunas manchas más claras, el anaranjado casi chillón de un
cojín, algunos volúmenes abigarrados perdidos entre las encuadernaciones en piel. En
pleno día, la luz, entrando a chorros, daría a esta estancia un tono algo triste, a pesar
de las rosas. Sería una estancia para el atardecer. Entonces, en invierno, corridas las
cortinas, con algunos puntos de luz —el ángulo de las librerías, la discoteca, el
secreter, la mesa baja entre los dos sofás, los vagos reflejos en el espejo— y las
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grandes zonas de sombras en las que brillarían todas las cosas, la madera
pulimentada, la seda densa y rica, el cristal tallado, la piel flexible, sería un puerto de
paz, una tierra de felicidad.
La primera puerta daría a un dormitorio, con el suelo cubierto por una moqueta
clara. Una gran cama inglesa ocuparía todo el fondo. A la derecha, a cada lado de la
ventana, dos estanterías estrechas y altas contendrían algunos libros incansablemente
manejados, álbumes, barajas, botes, collares, baratijas. A la izquierda, un viejo
armario de roble y dos galanes de noche de madera y cobre se hallarían frente a una
butaquita rechoncha tapizada con una seda gris finamente listada y un tocador. Una
puerta entreabierta, que daría a un cuarto de baño, descubriría gruesos albornoces,
grifos de cobre en forma de cuello de cisne, un gran espejo orientable, un par de
navajas inglesas y su funda de cuero verde, frascos, cepillos con mango de cuerno,
esponjas. Las paredes del dormitorio estarían tapizadas de indiana; la cama estaría
cubierta con una manta escocesa. En una mesilla de noche, rematada en tres lados por
una barandilla de cobre calada, habría un candelero de plata con una pantalla de seda
gris muy pálida, un reloj cuadrangular, una rosa en una copa y, en la tablilla inferior,
unos periódicos doblados, unas cuantas revistas. Más lejos, a los pies de la cama,
habría un gran puf de cuero natural. En las ventanas, los visillos de gasa se
deslizarían por varillas de cobre; las cortinas, grises, de una lana gruesa, estarían
medio corridas. En la penumbra, la habitación resultaría aún clara. En la pared, por
encima de la cama preparada para la noche, entre dos lamparillas alsacianas, la
asombrosa fotografía, en blanco y negro, estrecha y larga, de un pájaro en pleno
vuelo, sorprendería por su perfección algo formal.
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frente, habría dos sillones de madera y cuero, con altos respaldos. Más a la izquierda
aún, una mesa estrecha estaría atestada de libros. Un gran sillón de piel color verde
botella llevaría a unos archivadores metálicos grises, a unos ficheros de madera clara.
Una tercera mesa, más pequeña aún, sostendría una lámpara sueca y una máquina de
escribir cubierta con una funda de hule. Al fondo, habría una cama estrecha, cubierta
de terciopelo azul de ultramar, llena de cojines de todos los colores. Un trípode de
madera pintada, casi en el centro de la estancia, sostendría una esfera terrestre de
alpaca y cartón piedra, ingenuamente ilustrada, falsamente antigua. Detrás del
escritorio, medio oculto por la cortina roja de la ventana, un escabel de madera
encerada podría deslizarse a lo largo de un riel de cobre que daría la vuelta a la
estancia.
La vida, allí, sería fácil, sería simple. Todas las obligaciones, todos los problemas
que implica la vida material hallarían una solución natural. Cada mañana iría una
asistenta. Cada quince días traerían el vino, el aceite, el azúcar. Habría una cocina
espaciosa y clara, con azulejos blasonados, tres platos de loza decorados con
arabescos amarillos, con reflejos metálicos, armarios por todas partes, una hermosa
mesa de pino en el centro, taburetes, bancos. Sería agradable ir a sentarse allí, cada
mañana, después de una ducha, apenas vestido. Habría en la mesa una gran
mantequera de gres, tarros de mermelada, miel, tostadas, pomelos cortados por la
mitad. Sería temprano. Sería el comienzo de un largo día de mayo.
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libertad, su prudencia, su cultura, sabrían preservarla, descubrirla en cada instante de
su vida común.
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Les habría gustado ser ricos. Creían que habrían sabido serlo. Habrían sabido
vestir, mirar, sonreír como la gente rica. Habrían tenido el tacto, la discreción
necesarios. Habrían olvidado su riqueza, habrían sabido no exhibirla. No se habrían
vanagloriado de ella. La habrían respirado. Sus placeres habrían sido intensos. Les
habría gustado andar, vagar, elegir, apreciar. Les habría gustado vivir. Su vida habría
sido un arte de vivir.
Estas cosas no son fáciles, al contrario. Para aquella pareja joven, que no era rica
pero que deseaba serlo simplemente porque no era pobre, no existía situación más
incómoda. No tenían más que lo que merecían tener. Soñando como soñaban con
espacio, luz, silencio, eran devueltos a la realidad, ni siquiera tétrica, sino
simplemente angosta —y era tal vez peor—, de su vivienda exigua, sus comidas
diarias, sus vacaciones pobretonas. Era lo que correspondía a su situación económica,
a su posición social. Era su realidad, y no tenían otra. Pero existían, al lado de ellos,
en torno suyo, a lo largo de las calles por las que no podían no andar, las ofertas
falaces, y sin embargo tan cálidas, de los anticuarios, los tenderos, los libreros. Desde
el Palais Royal hasta Saint-Germain, desde el Champ-de-Mars hasta la Étoile, desde
el Luxembourg hasta Montparnasse, desde la isla de Saint-Louis hasta el Marais,
desde Les Ternes hasta la Opéra, desde la Madeleine hasta el parque Monceau, todo
París era una perpetua tentación. Ansiaban sucumbir a ella, con embriaguez,
enseguida y para siempre. Pero el horizonte de sus deseos estaba tenazmente cerrado;
sus grandes sueños imposibles pertenecían al mundo de la utopía.
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hacerles olvidar los defectos de su vivienda. Acostumbrados a vivir en habitaciones
insalubres donde lo único que hacían era dormir, y a pasarse los días en cafés,
necesitaron mucho tiempo para percatarse de que las funciones más triviales de la
vida cotidiana —dormir, comer, leer, charlar, lavarse— exigían cada una un espacio
específico, cuya ausencia notoria comenzó desde entonces a dejarse sentir. Se
consolaron lo mejor que pudieron, felicitándose por la excelencia del barrio, la
proximidad de la la calle Mouffetard y el Jardin des Plantes, la tranquilidad de la
calle, la distinción de sus techos bajos, y el esplendor de los árboles y el patio en
todas las estaciones; pero, dentro, todo empezaba a desmoronarse bajo el
amontonamiento de los objetos, los muebles, los libros, los platos, los papeles, las
botellas vacías. Empezaba una guerra de desgaste de la que nunca saldrían
victoriosos.
Con una superficie total de treinta y cinco metros cuadrados, que nunca se
atrevieron a comprobar, su piso constaba de un recibidor minúsculo, una cocina
exigua, la mitad de la cual había sido transformada en baño, un dormitorio de
dimensiones modestas, una habitación para todo —biblioteca, sala de estar o de
trabajo, cuarto de invitados— y un espacio mal definido, entre trastero y pasillo,
donde lograban tener cabida una nevera de formato pequeño, un calentador eléctrico,
un ropero improvisado, una mesa en la que comían y un baúl para la ropa sucia que
asimismo les servía de banco.
La falta de espacio resultaba tiránica ciertos días. Se asfixiaban. Pero aunque
hicieran retroceder los límites de sus dos cuartos, derribaran paredes, inventaran
pasillos, armarios empotrados, trasteros, imaginaran roperos modélicos, aunque se
anexionaran en sueños los pisos contiguos, siempre acabarían encontrándose con lo
suyo, lo único suyo: treinta y cinco metros cuadrados.
Claro que cabía hacer algunos arreglos juiciosos: podía desaparecer un tabique,
dejando libre un amplio rincón mal utilizado, podía sustituirse ventajosamente un
mueble demasiado grande, podía surgir una serie de armarios empotrados. Sin duda,
sólo con que se pintara, limpiara, arreglara con amor, su vivienda hubiera sido
indiscutiblemente encantadora, con su ventana de cortinas rojas y su ventana de
cortinas verdes, con la larga mesa de roble, algo coja, comprada en el mercado de Les
Puces, que ocupaba toda la largura de una pared, debajo de la bellísima reproducción
de un portulano, y que mediante una pequeña escribanía con persiana estilo Segundo
Imperio, de caoba incrustada con varillas de cobre, de las que faltaban algunas, estaba
separada en dos zonas de trabajo, para Sylvie a la izquierda, para Jérôme a la derecha,
cada una marcada por un mismo secante rojo, un mismo ladrillo de vidrio, un mismo
bote para lápices; con su viejo tarro de vidrio engastado de estaño que había sido
transformado en lámpara, con su decalitro para grano de madera delgada reforzada
con metal que servía de papelera, con sus dos butacas heteróclitas, sus sillas de paja,
su taburete vaquero. Y se habría desprendido del conjunto, limpio y nítido, ingenioso,
un calor amigable, un ambiente simpático de trabajo, de vida en común.
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Pero la mera perspectiva de las obras los asustaba. Hubieran tenido que pedir
prestado, ahorrar, invertir. No se resignaban a ello. Les faltaba ánimo: sólo pensaban
en términos de todo o nada. La librería sería de roble claro o no sería. No era. Los
libros se apilaban en dos estantes de madera sucia, y en doble hilera, en el interior de
unos armarios empotrados que nunca hubieran tenido que servir para esto. Durante
tres años funcionó mal un enchufe, sin que se decidieran a llamar a un electricista,
mientras corrían, por casi todas las paredes, cables con empalmes toscos y alargues
feos. Necesitaron seis meses para cambiar un cordón de las cortinas. Y el menor fallo
en el mantenimiento diario se traducía en veinticuatro horas en un desorden que la
benéfica presencia de los árboles y los jardines tan próximos hacía más insoportable
aún.
Lo provisional, el statu quo reinaban como dueños absolutos. Ya sólo esperaban
un milagro. Habrían llamado a los arquitectos, los contratistas, los albañiles, los
fontaneros, los empapeladores, los pintores. Habrían hecho un crucero y habrían
hallado, a su regreso, un piso transformado, acondicionado, completamente nuevo, un
piso modelo, maravillosamente agrandado, lleno de detalles a su medida, tabiques
móviles, puertas correderas, un sistema de calefacción eficaz y discreto, una
instalación eléctrica invisible, un mobiliario de calidad.
Pero entre estos sueños demasiado grandes, a los que se entregaban con una
complacencia extraña, y la nulidad de sus acciones reales no se insertaba ningún
proyecto racional, que hubiera conciliado las necesidades objetivas y sus
posibilidades financieras. Los paralizaba la inmensidad de sus deseos.
Esta ausencia de simplicidad, casi de lucidez, era característica. La comodidad —
sin duda esto era lo más grave— les faltaba terriblemente. No la comodidad material,
objetiva, sino cierta desenvoltura, cierto relajamiento. Tenían tendencia a sentirse
excitados, crispados, ávidos, casi envidiosos. Su amor al bienestar, a estar mejor, se
traducía la mayor parte del tiempo en un proselitismo necio: entonces peroraban
mucho rato, ellos y sus amigos, sobre la genialidad de una pipa o de una mesa baja,
hacían de ellas objetos de arte, piezas de museo. Se entusiasmaban con una maleta,
esas maletas minúsculas, extraordinariamente planas, de piel negra levemente
granulosa, que se ven en los escaparates de las tiendas de la Madeleine y que parecen
concentrar en ellas todos los placeres supuestos de los viajes relámpago, a Nueva
York o a Londres. Cruzaban París para ir a ver un sillón que les habían dicho que era
perfecto. Y hasta, siendo muy expertos, dudaban a veces en ponerse una prenda
nueva, tan importante les parecía, para la excelencia de su aspecto, que antes se
hubiera llevado tres veces. Pero los ademanes, algo sacralizados, con que se
entusiasmaban ante el escaparate de una sastrería, una tienda de sombreros o de
calzado, con frecuencia sólo lograban que pareciesen un poco ridículos.
Acaso estaban demasiado marcados por su pasado (y no sólo ellos, por lo demás,
sino sus amigos, sus compañeros de trabajo, la gente de su edad, el mundo en que
vivían inmersos). Acaso eran demasiado voraces de buenas a primeras: querían ir
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demasiado deprisa. El mundo, las cosas, tendrían que haberles pertenecido desde
siempre, y ellos habrían multiplicado los signos de su posesión. Pero estaban
condenados a conquistarlos: podían hacerse cada vez más ricos; lo que no podían era
haberlo sido siempre. Les hubiera gustado vivir en medio del confort, de la belleza.
Pero sus exclamaciones, su admiración, eran la prueba más rotunda de que no era así.
Les faltaba la tradición —en el sentido, tal vez, más despreciable del término—, la
evidencia, el goce auténtico, implícito e inmanente, el que va acompañado por un
bienestar del cuerpo, y, en cambio, su placer era cerebral. Con excesiva frecuencia,
no les gustaba, en lo que llamaban lujo, más que el dinero que había detrás.
Sucumbían ante los signos de la riqueza: más que gustarles la vida, les gustaba la
riqueza.
Sus primeras salidas fuera del mundo estudiantil, sus primeras incursiones en
aquel universo de las tiendas de lujo que no tardaría en convertirse en su Tierra de
Promisión, fueron, desde este punto de vista, particularmente reveladoras. Su gusto
aún ambiguo, sus escrúpulos demasiado insistentes, su falta de experiencia, su
respeto un poco torpe por lo que creían las cimas del verdadero buen gusto, les
costaron algunas meteduras de pata, algunas humillaciones. Pudo parecer en cierto
momento que el modelo de indumentaria al que se ajustaban Jérôme y sus amigos era
no el del gentleman inglés, sino la muy continental caricatura del mismo que ofrece
un emigrante reciente de sueldo modesto. Y el día en que Jérôme compró sus
primeros zapatos británicos, tras frotarlos largamente, mediante pequeñas y delicadas
aplicaciones concéntricas, con un trapo de lana ligeramente embadurnado con una
crema de calidad superior, cuidó de exponerlos al sol, donde se suponía que
adquirirían rápidamente una pátina excepcional. Era, por desgracia, junto con un par
de mocasines de caña recia y suelas de crepé que se negaba obstinadamente a llevar,
su único par de zapatos: abusó de ellos, los arrastró por caminos desastrosos, y los
destrozó en poco menos de siete meses.
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en los escaparates de la calle Jacob, de la calle Visconti. Soñaban aún con poseerlos;
habrían satisfecho aquella necesidad inmediata, evidente, de estar al día, de pasar por
entendidos. Pero aquel exceso mimético iba perdiendo importancia, y les parecía
grato pensar que la imagen que tenían de la vida se había desprendido lentamente de
cuanto podía tener de agresivo, de artificial, de pueril a veces. Habían destruido lo
que habían adorado: los espejos de bruja, los tajos, los estúpidos pequeños móviles,
los radiómetros, las piedrecitas multicolores, los paneles de yute adornados con
rúbricas a lo Mathieu. Les parecía que dominaban cada vez más sus deseos: sabían lo
que querían; tenían ideas claras. Sabían lo que sería su dicha, su libertad.
Y, sin embargo, se engañaban; se estaban perdiendo. Empezaban, ya, a sentirse
arrastrados a lo largo de un camino del que no conocían ni las vueltas ni el destino. A
veces les entraba miedo. Pero, con frecuencia, sólo estaban impacientes: se sentían
preparados; estaban disponibles: esperaban vivir, esperaban el dinero.
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Jérôme tenía veinticuatro años. Sylvie tenía veintidós. Ambos eran
psicosociólogos. Aquel trabajo, no era exactamente un oficio, ni siquiera una
profesión, consistía en entrevistar a gente, siguiendo diversas técnicas, sobre temas
variados. Era un trabajo difícil, que exigía, por lo menos, una gran concentración
nerviosa, pero no carecía de interés, estaba relativamente bien pagado, y les dejaba un
tiempo libre apreciable.
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vertiginosos.
No era un mal cálculo. Pasaron unos meses aplicando cuestionarios. Luego hubo
un director de agencia que, apremiado por el tiempo, confió en ellos: viajaron a
provincias, con un magnetófono bajo el brazo; algunos de sus compañeros de viaje,
apenas mayores que ellos, los iniciaron en las técnicas, a decir verdad menos difíciles
de lo que suele suponerse, de las entrevistas abiertas y cerradas: aprendieron a hacer
hablar a los demás, y a calcular sus propias palabras: supieron descubrir, tras las
vacilaciones embrolladas, tras los silencios confusos, tras las alusiones tímidas, los
caminos que hay que explorar; penetraron los secretos de ese «hmm» universal,
verdadera entonación mágica, con que el entrevistador puntúa el discurso del
entrevistado, le da confianza, lo comprende, lo anima, lo interroga, e incluso a veces
lo amenaza.
Sus resultados fueron honrosos. Siguieron llevados por su impulso. Recogieron,
acá y allá, rudimentos de sociología, de psicología, de estadística; asimilaron el
vocabulario y los signos, los trucos que quedaban bien: cierto modo, por parte de
Sylvie, de ponerse o quitarse las gafas, cierto modo de tomar notas, de hojear un
informe, cierto modo de hablar, de intercalar en sus conversaciones con los jefes, en
un tono apenas interrogativo, locuciones del tipo de: «… ¿verdad?…», «… a mi
entender quizá…», «… en cierta medida…», «… es algo que me pregunto…», cierto
modo de citar, en los momentos oportunos, a Wright Mills, a William White, o, mejor
aún, a Lazarsfeld, Cantril o Herbert Hyman, de los que no habían leído ni tres
páginas.
Demostraron con estas adquisiciones estrictamente necesarias, que constituían el
abecé de la profesión, excelentes disposiciones y, apenas un año después de sus
primeros contactos con los estudios de motivación, les confiaron la gran
responsabilidad de un «análisis de contenido»: se situaba inmediatamente debajo de
la dirección general de un estudio, obligatoriamente reservada a un ejecutivo
sedentario, el cargo más elevado, o sea el más remunerado y por tanto el más noble
de toda la jerarquía. En el transcurso de los años sucesivos, ya apenas bajaron de
aquellas alturas.
Y durante cuatro años, quizá más, exploraron, entrevistaron, analizaron. ¿Por qué
se venden tan mal los aspiradores de ruedas? ¿Qué piensa de la achicoria la gente de
extracción humilde? ¿Gusta el puré preparado y por qué? ¿Porque es ligero? ¿Porque
es untuoso? ¿Porque es tan fácil de hacer: un gesto y hala? ¿Realmente se consideran
caros los cochecitos de niño? ¿No se está siempre dispuesto a hacer un sacrificio por
la comodidad de los pequeños? ¿Cómo votará la mujer francesa? ¿Gusta el queso en
tubo? ¿Se está a favor o en contra de los transportes públicos? ¿En qué se presta antes
atención al comer un yogur?: ¿en el color?, ¿en la consistencia?, ¿en el sabor?, ¿en el
perfume natural? ¿Lee usted mucho, un poco, nada? ¿Va usted al restaurante? Señora,
¿le gustaría alquilar su habitación a un negro? ¿Qué se piensa francamente de la
jubilación de los mayores? ¿Qué piensa la juventud? ¿Qué piensan los ejecutivos?
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¿Qué piensa la mujer de treinta años? ¿Qué piensa usted de las vacaciones? ¿Dónde
pasa sus vacaciones? ¿Le gustan los platos congelados? ¿Cuánto cree que cuesta un
encendedor así? ¿Qué cualidades exige a su colchón? ¿Puede describirme un hombre
a quien guste la pasta? ¿Qué piensa de su lavadora? ¿Está contenta con ella? ¿No
hace demasiada espuma? ¿Lava bien? ¿Rompe la ropa? ¿Seca la ropa? ¿Preferiría una
lavadora que secara también su ropa? Y la seguridad en las minas, ¿está bien
garantizada o no lo está bastante a su entender? (Hacer hablar al sujeto: pídanle que
cuente ejemplos personales; cosas que ha visto; ¿ha resultado herido ya alguna vez?,
¿cómo ocurrió? Y su hijo, ¿será minero como su padre o qué?)
Hubo la colada, la ropa que se seca, el planchado. El gas, la electricidad, el
teléfono. Los hijos. Las prendas exteriores e interiores. La mostaza. Las sopas en
sobre, las sopas en lata. Los cabellos: cómo lavarlos, cómo teñirlos, cómo evitar que
se despeinen, cómo hacer que brillen. Los estudiantes, las uñas, los jarabes para la
tos, las máquinas de escribir, los abonos, los tractores, el ocio, los regalos, el papel, la
ropa blanca, la política, las autopistas, las bebidas alcohólicas, las aguas minerales,
los quesos y las conservas, las lámparas y las cortinas, los seguros, la jardinería.
Nada de lo que es humano les fue ajeno.
Por primera vez ganaron algún dinero. No les gustaba su trabajo: ¿podía haberles
gustado? Tampoco los aburría demasiado. Tenían la impresión de aprender muchas
cosas. De año en año, los transformó.
Fue el gran momento de su conquista. No tenían nada; descubrían las riquezas del
mundo.
Durante mucho tiempo habían sido perfectamente anónimos. Iban vestidos como
estudiantes, o sea, mal. Sylvie con una única falda, jerséis feos, un pantalón de pana,
una trenca, Jérôme con una canadiense mugrienta, un traje de confección, una corbata
lamentable. Se sumieron con éxtasis en la moda inglesa. Descubrieron los pullovers,
las blusas de seda, las camisas de Doucet, las corbatas finas, los pañuelos de seda, el
tweed, el lambs-wool, el cashmere, la vicuña, la piel y el género de punto, el lino, la
magistral jerarquía de los zapatos, por último, que va de los Churchs a los Weston, de
los Weston a los Bunting, y de los Bunting a los Lobb.
Su sueño fue un viaje a Londres. Habrían repartido su tiempo entre la National
Gallery, Savile Row, y cierto pub de Church Street del que Jérôme había conservado
un recuerdo emocionante. Pero no eran aún lo bastante ricos como para vestirse allí
de pies a cabeza. En París, con el primer dinero que ganaron alegremente con el sudor
de su frente, Sylvie se compró una blusa de tricot de seda de Cornuel, un twin-set
importado de lambs-wool, una falda recta y seria, unos zapatos de piel trenzada de
una suavidad extrema y un gran pañuelo de seda adornado con pavos reales y
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ramajes. Jérôme, aunque de vez en cuando le seguía gustando ir con zapatos
gastados, mal afeitado, vestido con viejas camisas sin cuello y un pantalón de
algodón, descubrió, cultivando los contrastes, los placeres de las mañanas largas:
bañarse, afeitarse con esmero, rociarse de colonia, ponerse, con la piel aún
ligeramente húmeda, camisas completamente blancas, anudarse corbatas de lana o
seda. Compró tres, en Old England, así como una chaqueta de tweed, camisas
rebajadas y zapatos de los que no creía tener que avergonzarse.
Luego, fue casi una de las grandes fechas de su vida, descubrieron el mercado de
Les Puces. Camisas Arrow o Van Heusen, admirables, de largo cuello abrochado,
inexistentes en París entonces, pero que las comedias americanas empezaban a
popularizar (al menos entre aquel sector al que encantaban las comedias americanas),
se encontraban allí a porrillo, al lado de trincheras con fama de indestructibles, faldas,
blusas, trajes de seda, chaquetas de cuero, mocasines de piel suave. Fueron cada
quincena, los sábados por la mañana, durante un año o más, a revolver en los cajones,
los puestos, las pilas, las cajas de cartón, los paraguas boca arriba, en medio de un
tropel de veinteañeros con patillas, argelinos vendedores de relojes, turistas
americanos que, viniendo de los ojos de cristal, los sombreros de copa y los caballitos
de madera del mercado Vernaison, erraban, algo asustados, por el mercado Malik
contemplando, al lado de los clavos viejos, los colchones, los esqueletos de
máquinas, las piezas sueltas, el extraño destino de los excedentes gastados de sus más
prestigiosos shirtmakers. Y se llevaban todo tipo de prendas, envueltas en papel de
periódico, bibelots, paraguas, viejos tarros, bolsas, discos.
Cambiaban, mudaban de personalidad. No era exactamente la necesidad, por lo
demás real, de diferenciarse de aquellos a quienes tenían que entrevistar, de
impresionarlos sin deslumbrarlos. Ni tampoco porque vieran a mucha gente, porque
se salieran, pensaban que para siempre, de los ambientes que habían sido suyos. Pero
el dinero —semejante observación es forzosamente trivial— suscitaba necesidades
nuevas. Les habría sorprendido comprobar, si hubieran pensado un momento en ello
—pero, aquellos años, no pensaron en nada—, hasta qué punto se había transformado
la visión que tenían de su propio cuerpo, y, más allá, de cuanto los concernía, de
cuanto les importaba, de cuanto estaba haciéndose su mundo.
Todo era nuevo. Su sensibilidad, sus gustos, su posición, todo les llevaba hacia
cosas que habían ignorado siempre. Prestaban atención a cómo vestían los demás;
observaban en los escaparates los muebles, los bibelots, las corbatas; soñaban ante los
anuncios de los agentes inmobiliarios. Les parecía entender cosas por las que nunca
se habían preocupado: les resultaba importante que un barrio, una calle fuera triste o
alegre, tranquila o ruidosa, desierta o animada. Nada, nunca, los había preparado para
aquellas preocupaciones nuevas; las descubrían, con candor, con entusiasmo,
maravillándose de su prolongada ignorancia. No se asombraban, o apenas, de pensar
casi de continuo en ellas.
Los caminos que seguían, los valores a los que se abrían, sus perspectivas, sus
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deseos, sus ambiciones, todo eso, es cierto, les parecía a veces desesperadamente
vacío. No conocían nada que no fuera frágil o confuso. Era, sin embargo, su vida, era
la fuente de exaltaciones desconocidas, más que embriagadoras, era algo inmensa,
intensamente abierto. Se decían a veces que la vida que llevarían tendría la gracia, la
soltura, la fantasía de las comedias americanas, de los créditos de Saul Bass; e
imágenes maravillosas, luminosas, de campos de nieve inmaculados estriados con
huellas de esquíes, de mar azul, de verdes colinas, de fuego chisporroteante en
chimeneas de piedra, de audaces autopistas, de pullmans, de hoteles de lujo, los
acariciaban como otras tantas promesas.
Y así fue como, poco a poco, insertándose en la realidad de modo algo más
profundo que en el pasado cuando, hijos de pequeñoburgueses sin talla, y luego
estudiantes amorfos e indiferenciados, sólo habían tenido del mundo una visión
mezquina y superficial, empezaron a entender lo que significaba ser gente bien.
Esta última revelación, que no fue tal en el sentido estricto de la palabra, sino el
término de una lenta maduración social y psicológica, de la que les hubiera resultado
muy difícil describir los estados sucesivos, completó su metamorfosis.
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Con sus amigos la vida era a menudo un torbellino.
Eran todo un grupo, una buena pandilla. Se conocían bien. Tenían, pegándose los
unos a otros, costumbres comunes, gustos, recuerdos comunes. Tenían su
vocabulario, sus signos, sus manías. Demasiado emancipados para parecerse
totalmente, pero, sin duda, no lo bastante aún para no imitarse más o menos
conscientemente, se pasaban la vida haciendo intercambios. Eso los irritaba a
menudo; más a menudo aún los divertía.
Pertenecían casi todos a los medios publicitarios. Algunos, sin embargo, seguían,
o se esforzaban por seguir estudiando. Se habían conocido, en la mayoría de los
casos, en los despachos aparatosos o pseudofuncionales de los directores de agencia.
Escuchaban juntos, garrapateando furiosamente en sus secantes, sus recomendaciones
mezquinas y sus gracias chuscas; su desprecio común por aquellos pudientes,
aquellos aprovechados, aquellos explotadores de carne joven, era a veces su primer
campo de entendimiento. Pero lo más frecuente era que empezaran condenados a
vivir cinco o seis días juntos en los tristes hoteles de las ciudades pequeñas. En cada
comida ingerida en común invitaban a sentarse a los amigos. Pero los almuerzos eran
rápidos y profesionales, las cenas terriblemente lentas, a no ser que brotase aquella
milagrosa chispa que iluminaba sus caras cansinas de viajantes de comercio y les
hacía considerar memorable aquella velada provinciana, y suculenta una terrina
ordinaria que les cobraba aparte un hotelero facineroso. Entonces, olvidaban sus
magnetófonos y su tono demasiado correcto de psicólogos distinguidos. Prolongaban
la sobremesa. Hablaban de sí mismos y del mundo, de todo y de nada, de sus gustos,
de sus ambiciones. Iban a recorrer la ciudad en busca del único bar confortable que
no podía faltar, y hasta altas horas de la noche, ante sus whiskies, sus coñacs o sus
gin-tonics, evocaban, con abandono casi ritual, sus amores, sus deseos, sus viajes, sus
rechazos, sus entusiasmos, sin extrañarse, por el contrario más bien encantados, de lo
parecido de su historia y la identidad de sus puntos de vista.
A veces, de aquella simpatía inicial no emergía nada más que unas relaciones
distantes, llamadas telefónicas de tarde en tarde. A veces, aunque con menos
frecuencia, también nacía de aquel encuentro, por azar o por deseo recíproco,
lentamente o menos lentamente, una amistad posible que se desarrollaba poco a poco.
Así, al filo de los años, se habían soldado lentamente.
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Contrescarpe, Saint-Germain, el Luxembourg, Montparnasse—, se parecían: se
encontraban en ellos los mismos sofás mugrientos, las mismas mesas llamadas
rústicas, los mismos montones de libros y discos, viejos vasos, viejos tarros,
indiferentemente llenos de flores, lápices, idéntica calderilla, cigarrillos, caramelos,
clips. Vestían, en líneas generales, del mismo modo, es decir con ese gusto correcto
que, tanto en los hombres como en las mujeres, da todo su valor a Madame Express,
y de rebote, a su esposo. Por lo demás, debían mucho a esa pareja modelo.
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¿Dónde habrían podido hallar más exacto reflejo de sus gustos, de sus deseos?
¿No eran jóvenes? ¿No eran ricos, con moderación? L’Express les brindaba todos los
signos del confort: los gruesos albornoces, las desmitificaciones brillantes, las playas
de moda, la cocina exótica, las soluciones útiles, los análisis inteligentes, el secreto de
los dioses, los veraneos baratos, las opiniones distintas, las ideas nuevas, los vestidos
sencillos, los platos congelados, los detalles elegantes, los escándalos de buen tono,
los consejos de última hora.
Soñaban, a media voz, con divanes Chesterfield. L’Express soñaba con ellos.
Pasaban gran parte de sus vacaciones recorriendo las tiendas de anticuarios de los
pueblos; compraban a buen precio cacharros de estaño, sillas de paja, vasos que
invitaban a beber, cuchillos con mango de cuerno, escudillas patinadas que
convertían en ceniceros preciosos. De todas esas cosas, estaban seguros de ello,
L’Express había hablado, o iba a hablar.
En el plano de las realizaciones, se distanciaban notablemente de las modalidades
de compra preconizadas por L’Express. Todavía no estaban del todo «colocados» y,
aunque se les reconocía la categoría de «ejecutivos», no tenían ni las garantías, ni las
pagas dobles, ni las primas del personal regular provisto de contrato. L’Express
aconsejaba, pues, comercios económicos y simpáticos (el dueño es un amigo, invita a
copa y club-sandwich mientras el cliente elige), tiendas donde el gusto del momento
exigía, para distinguirse convenientemente, una mejora radical de la instalación
anterior: eran imprescindibles las paredes encaladas, necesaria la moqueta oscura, y
sólo podía pretender sustituirla un pavimento heterogéneo de mosaico anticuado; las
vigas vistas eran de rigor, y la pequeña escalera interior, la chimenea auténtica, con su
fuego, los muebles rústicos, o mejor aún, provenzales, altamente recomendados.
Estos cambios que se multiplicaban por todo París, afectando indistintamente a
librerías, galerías de arte, mercerías, comercios de frivolidades y mobiliario, incluso a
tiendas de comestibles (no era raro ver a un antiguo detallista muerto de hambre
convertirse en especialista en quesos, con un delantal azul que daba un tono de muy
entendido y un local de vigas y mimbres…), estos cambios, pues, traían consigo, más
o menos legítimamente, una subida de precios tal que la adquisición de un vestido de
lana virgen estampado a mano, un twin-set de cashmere tejido por una vieja
campesina ciega de las islas Orcadas (exclusive, genuine, vegetable-dyed, hand-spun,
hand-woven), o una suntuosa chaqueta mitad punto, mitad piel (para los fines de
semana, la caza o el coche), resultaba siempre imposible. Y del mismo modo que se
les iban los ojos tras las tiendas de los anticuarios, pero sólo contaban, para amueblar,
con las ventas rurales o las salas menos frecuentadas del Hotel Drouot (adonde, por
otra parte, iban menos a menudo de lo que hubieran querido), sólo enriquecían su
vestuario frecuentando asiduamente el mercado de Les Puces, o, dos veces al año,
ciertas ventas de caridad organizadas por unas viejas inglesas a beneficio de las obras
de la St-George English Church, y en las que abundaban desechos —perfectamente
aceptables, ni que decir tiene— de diplomáticos. A menudo les producía cierto
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malestar: tenían que abrirse paso por entre una muchedumbre densa y revolver en un
montón de horrores —los ingleses no tienen siempre el gusto que se les atribuye—,
antes de descubrir una corbata magnífica, pero sin duda demasiado frívola para un
secretario de embajada, o una camisa que había sido perfecta, o una falda que habría
que acortar. Pero, claro, era eso o nada: la desproporción, visible en todo, entre sus
gustos de indumentaria (nada era demasiado bello para ellos) y la cantidad de dinero
de que disponían normalmente era un signo evidente, pero a fin de cuentas
secundario, de su situación concreta: no eran los únicos; antes de acudir a las rebajas,
como se hacía en todas partes, tres veces al año, preferían las prendas de segunda
mano. En el mundo en que vivían, era casi de rigor desear siempre más de lo que se
podía adquirir. No eran ellos quienes lo habían decretado; era una ley de la
civilización, una situación real de la que la publicidad en general, las revistas, el arte
de los escaparates, el espectáculo de la calle, y hasta, en cierto aspecto, el conjunto de
las producciones llamadas comúnmente culturales, eran las expresiones más
normales. Por tanto, hacían mal sintiéndose, en ciertos momentos, heridos en su
dignidad: aquellas pequeñas modificaciones —preguntar en tono inseguro el precio
de algo, vacilar, tratar de regatear, mirar los escaparates sin atreverse a entrar, desear,
tener aire mezquino— también hacían progresar el comercio. Estaban orgullosos de
haber pagado algo menos caro, de haberlo obtenido por nada, por casi nada. Estaban
más orgullosos aún (pero siempre se paga demasiado caro el placer de pagar
demasiado caro) de haber pagado muy caro, carísimo, de una vez, sin discutir, casi
con embriaguez, lo que era, lo que sólo podía ser lo más bello, lo único bello, lo
perfecto. Aquellas vergüenzas y aquellos orgullos tenían la misma función, llevaban
en sí las mismas decepciones, las mismas cóleras. Y ellos comprendían, porque por
todas partes, a su alrededor, todo se lo hacía comprender, porque se lo metían en la
cabeza de la mañana a la noche, a fuerza de eslóganes, de carteles, de anuncios
luminosos, de escaparates iluminados, que estaban siempre un poco más abajo en la
escalera, siempre un poco demasiado abajo. Y aún tenían la suerte de no estar entre
los más desfavorecidos.
Eran «hombres nuevos», jóvenes ejecutivos a quienes no habían salido aún todos
los dientes, tecnócratas a medio camino del éxito. Procedían, casi todos, de la
pequeña burguesía, y sus valores, pensaban, no les bastaban ya: miraban con anhelo,
con desesperación, el confort evidente, el lujo, la perfección de los grandes
burgueses. Carecían de pasado, de tradición. No esperaban herencia alguna. Entre
todos los amigos de Jérôme y Sylvie, sólo uno venía de una familia rica y sólida:
negociantes en paños del Norte; una fortuna caudalosa y compacta; edificios en Lille,
títulos, una casa solariega en las inmediaciones de Beauvais, orfebrería, joyas,
estancias enteras con muebles centenarios. Para todos los demás la infancia había
tenido por marco comedores y dormitorios Chippendale o rústico normando, tal como
empezaban a concebirse en los albores de los años treinta: camas cubiertas con colcha
de tafetán color punzó, armarios de tres puertas provistos de lunas y dorados, mesas
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horriblemente cuadradas de patas torneadas, percheros con cuernos de ciervo falsos.
Allí, por la noche, bajo la lámpara familiar habían hecho sus deberes. Habían bajado
la basura, habían «ido por la leche», habían salido dando un portazo. Sus recuerdos
de infancia se parecían, como eran casi idénticos los caminos que habían seguido, su
lenta emergencia fuera del medio familiar, las perspectivas que parecían haber
elegido.
Eran, pues, de su tiempo. Se sentían a gusto consigo mismos. No eran, decían, del
todo ilusos. Sabían mantener las distancias. Tenían desparpajo, o al menos lo
intentaban. Tenían humor. Distaban mucho de ser tontos.
Su mayor placer era olvidar juntos, o sea distraerse. Para empezar, les encantaba
beber, y bebían mucho, a menudo, juntos. Frecuentaban el Harry’s New York Bar, en
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la calle Daunou, los cafés del Palais-Royal, el Balzar, Lipp, y algunos más. Les
gustaba la cerveza de Munich, la Guiness, la ginebra, los ponches hirvientes o
helados, los licores de frutas. A veces se pasaban veladas enteras bebiendo, apiñados
en torno a dos mesas, juntadas para aquella ocasión, y hablaban, interminablemente,
de la vida que les habría gustado llevar, los libros que algún día escribirían, los
trabajos que les gustaría emprender, las películas que habían visto o que iban a ver, el
futuro de la humanidad, la situación política, sus vacaciones próximas, sus
vacaciones pasadas, una salida al campo, un viajecito a Brujas, Amberes o Basilea. Y
a veces, sumiéndose en aquellos sueños colectivos, sin querer despertar de ellos,
antes prolongándolos sin cesar con una complicidad tácita, acababan perdiendo todo
contacto con la realidad. Entonces, de vez en cuando, una mano emergía simplemente
del grupo: acudía el camarero, se llevaba las jarras vacías y traía otras y pronto la
conversación, concentrándose cada vez más, sólo giraba en torno a lo que acababan
de beber, a su borrachera, a su sed, a su felicidad.
Sentían pasión por la libertad. Les parecía que el mundo entero estaba hecho a su
medida; vivían al ritmo exacto de su sed, y su exuberancia era inextinguible; su
entusiasmo no tenía ya límites. Habrían podido andar, correr, bailar, cantar toda la
noche.
Al día siguiente no se veían. Las parejas se encerraban en casa, haciendo dietas,
mareados, abusando de cafés y pastillas efervescentes. No salían hasta caída la noche,
iban a comer a un snack bar caro un steak sin guarnición. Tomaban decisiones
drásticas: no fumarían más, no beberían más, no derrocharían más dinero. Se sentían
vacíos y estúpidos y, en el recuerdo que conservaban de su memorable borrachera, se
mezclaba siempre cierta nostalgia, un nerviosismo incierto, un sentimiento ambiguo,
como si el impulso mismo que los había llevado a beber no hubiese hecho más que
avivar su incomprensión más fundamental, una irritación más insistente, una
contradicción más cerrada a la que no podían sustraerse.
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sillas desparejadas, en taburetes. Comían y bebían durante horas enteras. La
exuberancia y la abundancia de aquellas comidas eran curiosas: a decir verdad, desde
un estricto punto de vista culinario, comían de modo mediocre: asados y aves sin
ninguna salsa: la guarnición, casi invariablemente, constaba de patatas salteadas o
hervidas, o incluso, a finales de mes, como plato fuerte, había pasta o arroz
acompañado de aceitunas y algunas anchoas. No hacían ningún esfuerzo; sus
elaboraciones más complejas eran el melón al oporto, los plátanos flameados, el
pepino a la crema. Necesitaron varios años para percatarse de que existía una técnica,
si no un arte, de la cocina y de que todo lo que más les había gustado comer se
reducía a productos simples sin aliños ni refinamientos.
En ello demostraban una vez más la ambigüedad de su situación: la imagen que
tenían de un festín correspondía exactamente a las comidas que durante mucho
tiempo habían conocido exclusivamente, las de los restaurantes universitarios: a
fuerza de comer bistecs delgados y duros habían dedicado a los chateaubriands y al
solomillo un verdadero culto. La carne guisada —y hasta desconfiaron mucho tiempo
del cocido— no los atraía; guardaban un recuerdo demasiado preciso de las tajadas
grasas nadando entre tres rodajas de zanahoria, en íntima proximidad con un petit-
suisse aplastado y una cucharada de confitura gelatinosa. En cierto modo les gustaba
todo lo que negaba la cocina y exaltaba la pompa. Les gustaban la abundancia y la
riqueza aparentes; rechazaban la lenta elaboración que transforma en manjares
productos ingratos y que implica un universo de cazos, ollas, tajaderas, chinos,
fogones. Pero casi se desmayaban ante la visión de una salchichería, porque todo en
ella era consumible en el acto: les gustaban los patés, las ensaladillas adornadas con
guirnaldas de mayonesa, los rollos de jamón y el buey en gelatina: sucumbían con
excesiva frecuencia, y lo lamentaban, una vez satisfecha la vista, apenas habían
hundido el tenedor en la gelatina realzada con una rodaja de tomate y dos ramitas de
perejil: pues, al fin y al cabo, no era más que un huevo duro.
Estaba, sobre todo, el cine. Y era sin duda el único campo en el que su
sensibilidad lo había aprendido todo. No debían nada a ningún modelo. Pertenecían,
por su edad, por su formación, a esa primera generación para la que el cine fue, más
que un arte, una evidencia; lo habían conocido siempre, y no como forma
balbuciente, sino de buenas a primeras con sus obras maestras, su mitología. A veces
les parecía que habían crecido con él, que lo comprendían mejor de lo que nadie antes
que ellos había sabido comprenderlo.
Eran cinéfilos. Era su pasión primera; se entregaban a ella cada noche, o casi. Les
gustaban las imágenes, a poco que fueran bellas, que los arrastrasen, los encantasen,
los fascinasen. Les gustaba la conquista del espacio, del tiempo, del movimiento, les
gustaban el torbellino de las calles de Nueva York, la languidez de los trópicos, la
violencia de los saloons. No eran ni demasiado sectarios, como esas mentes obtusas
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para las que no hay más que Eisenstein, Buñuel, o Antonioni, o también —de todo ha
de haber en el mundo— Carné, Vidor, Aldrich o Hitchcock, ni demasiado eclécticos,
como individuos infantiles que pierden todo sentido crítico y todo les parece genial a
poco que un cielo azul sea azul celeste, o que el rojo pálido del vestido de Cyd
Charisse contraste con el rojo oscuro del sofá de Robert Taylor. No carecían de gusto.
Tenían una gran prevención contra el llamado cine serio que hacía que encontraran
más bellas aún las obras que este calificativo no bastaba para volver vanas (¡pero
hombre, decían, y tenían razón, vaya mierda Marienbad!), una simpatía casi
exagerada por los westerns, los thrillers, las comedias americanas, y por aquellas
aventuras sorprendentes, llenas de arrebatos líricos, de imágenes suntuosas, de
bellezas fulgurantes y casi inexplicables, tituladas, por ejemplo —todavía se
acordaban—, Lola, La encrucijada de los destinos, Los embrujados, Escrito en el
viento.
Iban rara vez a un concierto, menos aún al teatro. Pero se encontraban, sin haber
quedado en nada, en la Filmoteca, en el Passy, en el Napoléon, o en esos pequeños
cines de barrio —el Kursaal en Les Gobelins, el Texas en Montparnasse, el Bikini, el
Mexico en la plaza Clichy, el Alcazar en Belleville, e incluso en otros, por la Bastille
o el distrito 15, esas salas sin gracia, mal equipadas, que sólo parecía frecuentar una
clientela heteróclita de parados, argelinos, solterones, cinéfilos, y que programaban,
en asesinas versiones dobladas, esas obras maestras desconocidas de las que se
acordaban desde que tenían quince años, o esas películas consideradas geniales, cuya
lista tenían en la cabeza y que, desde hacía años, trataban de ver en vano. Guardaban
un recuerdo maravilloso de aquellas benditas veladas en que habían descubierto, o
redescubierto, casi por casualidad, El corsario rojo, o El mundo es suyo, o Los
forajidos de la noche, o My Sister Eileen, o Los cinco mil dedos del doctor T. Por
desgracia, muy a menudo, lo cierto es que se quedaban terriblemente decepcionados.
Aquellas películas que habían esperado tanto tiempo, hojeando casi febrilmente, cada
miércoles, a primera hora, L’Officiel des Spectacles, aquellas películas, que les
habían asegurado en todas partes que eran admirables, a veces llegaba un día en que
venían anunciadas. El grupo entero se encontraba en la sala la primera noche. La
pantalla se iluminaba y ellos se estremecían de placer. Pero los colores estaban
pasados, las imágenes temblaban, las mujeres habían envejecido terriblemente.
Salían; estaban tristes. No era la película con que habían soñado. No era la película
total que cada uno de ellos llevaba en sí, la película perfecta que no habrían podido
agotar. La película que habrían querido hacer. O, más secretamente sin duda, que
habrían querido vivir.
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Así vivían, ellos y sus amigos, en sus pisitos simpáticos abarrotados de cosas, con
sus salidas y sus películas, sus grandes comidas fraternales, sus proyectos
maravillosos. No eran desgraciados. Cierta dicha de vivir, furtiva, evanescente,
iluminaba sus días. Ciertas tardes, después de cenar, dudaban en levantarse de la
mesa; acababan una botella de vino, comían nueces, encendían cigarrillos. Ciertas
noches no conseguían dormirse, y, medio sentados, recostados en las almohadas, con
un cenicero entre ambos, hablaban hasta la madrugada. Ciertos días paseaban
charlando horas enteras. Se miraban sonriendo en los espejos de los escaparates. Les
parecía que todo era perfecto; andaban libremente, sus movimientos eran ágiles, el
tiempo ya no parecía afectarles. Les bastaba con estar allí, en la calle, un día de frío,
de fuerte viento, bien abrigados, al caer la tarde, dirigiéndose sin prisa, pero a buen
paso, hacia una casa amiga, para que el menor de sus gestos —encender un cigarrillo,
comprar un cucurucho de castañas calientes, deslizarse por entre la muchedumbre a la
salida de una estación— les pareciese la expresión evidente, inmediata, de una
felicidad inagotable.
O bien, ciertas noches de verano, andaban largo tiempo por barrios casi
desconocidos. Una luna perfectamente redonda brillaba alta en el cielo y proyectaba
sobre todas las cosas una luz afelpada. Las calles, desiertas y largas, anchas, sonoras,
resonaban bajo sus pasos sincrónicos. Pasaba algún que otro taxi, lentamente, casi sin
hacer ruido. Entonces se sentían dueños del mundo. Experimentaban una exaltación
desconocida, como si hubieran sido poseedores de secretos fabulosos, de fuerzas
indecibles. Y cogiéndose de la mano, echaban a correr, o jugaban a la rayuela, o
corrían a la pata coja a lo largo de las aceras y vociferaban al unísono las grandes
arias de così tan tutte o de la Misa en si.
O bien, abrían la puerta de un pequeño restaurante y, con una alegría casi ritual,
se dejaban envolver por el calor ambiente, por el ruido de los tenedores, el tintineo de
las copas, el murmullo apagado de las voces, las promesas de los manteles blancos.
Elegían el vino con aire solemne, desdoblaban la servilleta, y les parecía entonces,
bien calentitos, mano a mano, fumando un cigarrillo que iban a aplastar un instante
más tarde, apenas empezado, cuando llegaran los entremeses, que su vida no sería
más que la inagotable suma de aquellos momentos propicios y que serían siempre
felices, porque merecían serlo, porque sabían permanecer disponibles, porque la
felicidad estaba en ellos. Estaban sentados uno frente a otro, iban a comer después de
haber tenido hambre, y todas aquellas cosas —el mantel blanco de recia tela, la
mancha azul de un paquete de Gitanes, los platos de loza, los cubiertos algo pesados,
las copas, la cestita de mimbre llena de pan tierno— componían el marco siempre
nuevo de un placer casi visceral, al borde del embotamiento: la impresión casi
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exactamente contraria y casi exactamente semejante a la que produce la velocidad, de
una formidable estabilidad, de una formidable plenitud. A partir de aquella mesa
servida, tenían la impresión de una sincronía perfecta: se sentían al unísono con el
mundo, estaban sumidos en él, estaban a gusto en él, no tenían nada que temer.
Acaso sabían, un poco más que los otros, descifrar, o incluso suscitar aquellos
signos favorables. Sus oídos, sus dedos, su paladar, como si hubieran estado en
continuo acecho, sólo esperaban aquellos instantes propicios, que el menor detalle
bastaba para provocar. Pero, en aquellos momentos en que se dejaban llevar por una
sensación de calma chicha, de eternidad, que ninguna tensión venía a turbar, en que
todo era equilibrado, deliciosamente lento, la fuerza misma de aquellos goces
exaltaba cuanto en ellos había de efímero y frágil. No hacía falta mucho para que
todo se viniera abajo: la menor nota falsa, un simple momento de vacilación, un signo
demasiado grosero, y su dicha se dislocaba; volvía a ser lo que había sido siempre,
una especie de contrato, algo que habían comprado, algo frágil y lastimoso, un simple
respiro que los devolvía con violencia a lo más peligroso, a lo más inseguro de su
existencia, de su historia.
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otro, mejor o peor, sin que la agotara un oficio por sí solo. Pero eso no debía durar.
No se es mucho tiempo simple encuestador. Apenas formado, el psicosociólogo
alcanza muy pronto los grados superiores: pasa a subdirector o director de agencia, o
encuentra en alguna empresa grande una plaza codiciada de jefe de servicio,
encargado de la contratación del personal, de la orientación, de las relaciones
sociales, o de la política comercial. Son buenas colocaciones: los despachos están
enmoquetados; hay dos teléfonos, un dictáfono, un frigorífico de salón y hasta, a
veces, un cuadro de Bernard Buffet en una de las paredes.
Por desgracia, pensaban a menudo y se decían a veces Jérôme y Sylvie, quien no
trabaja no come, es cierto, pero quien trabaja deja de vivir. Creían haberlo
experimentado, antaño, durante algunas semanas. Sylvie era documentalista en un
centro de estudios, Jérôme codificaba y descodificaba entrevistas. Sus condiciones de
trabajo eran más que agradables: llegaban cuando les parecía, leían el periódico en el
despacho, bajaban con frecuencia a tomarse una cerveza o un café, e incluso sentían
por el trabajo que efectuaban, sin matarse, una indudable simpatía, que alentaba la
promesa muy vaga de un empleo sólido, un contrato en regla, un ascenso acelerado.
Pero aguantaron poco tiempo. Se despertaban con un humor de perros; regresaban,
cada noche, en metros abarrotados, llenos de rencores; se desplomaban, agobiados, en
su diván, y ya sólo soñaban con largos fines de semana, jornadas vacías, levantarse
tarde.
Se sentían encerrados, cogidos en una trampa, completamente liquidados. No
podían resignarse a ello. Creían aún que podían ocurrirles tantísimas cosas, que la
regularidad de los horarios, la sucesión de los días, de las semanas, les parecían un
obstáculo que no dudaban en calificar de infernal. Y eso que, de todos modos, era el
inicio de una buena carrera: se abría ante ellos un futuro prometedor; se hallaban en
aquellos instantes épicos en que el jefe juzga a un joven, se felicita in petto de haberlo
empleado, se apresura a formarlo, a moldearlo a su imagen, lo invita a cenar, le da
palmaditas en el vientre, le abre, con un solo gesto, las puertas de la fortuna.
Eran estúpidos —cuántas veces se repitieron que eran estúpidos, que andaban
equivocados, que, en todo caso, no tenían más razón que los otros, los que se afanan,
los que trepan— pero les gustaban sus largas jornadas de inactividad, sus despertares
perezosos, sus mañanas en la cama, con un montón de novelas policiacas o de ciencia
ficción al lado, sus paseos nocturnos por las orillas del río y la sensación casi
exaltante de libertad que experimentaban ciertos días, la sensación de vacaciones que
les entraba cada vez que volvían de una encuesta en provincias.
Sabían, por supuesto, que todo eso era falso, que su libertad no era sino un
engaño. Su vida estaba más marcada por su búsqueda casi enloquecida de trabajo,
cuando, cosa frecuente, quebraba una de las agencias que los empleaba o se fundía en
otra mayor, por los fines de semana en que tenían contados los cigarrillos, por el
tiempo que perdían, ciertos días, en lograr que los invitaran a cenar.
Se hallaban en el centro de la situación más trivial, más tonta del mundo. Pero,
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por más que sabían que era trivial y tonta, se hallaban, con todo, en ella; habían oído
decir que la oposición entre el trabajo y la libertad no constituía, desde hacía mucho
tiempo, un concepto riguroso; pero era, sin embargo, lo que los determinaba
primordialmente.
Los individuos que deciden ganar dinero antes, los que reservan para más tarde,
para cuando sean ricos, sus verdaderos proyectos, no están necesariamente
equivocados. Los que sólo quieren vivir y llaman vida la libertad máxima, la sola
búsqueda de la felicidad, la exclusiva satisfacción de sus deseos o sus instintos, el uso
inmediato de las riquezas ilimitadas del mundo —Jérôme y Sylvie habían hecho suyo
este vasto programa—, ésos serán siempre desgraciados. Es verdad, reconocían, que
existen personas a las que no se les plantea este tipo de dilema, o se les plantea
apenas, ya porque son demasiado pobres y aún no tienen más exigencias que comer
un poco mejor, estar algo mejor alojadas, trabajar un poco menos, ya porque son
demasiado ricas, desde un principio, para entender el alcance, o incluso el significado
de tal distinción. Pero en nuestros días y en nuestros países cada vez hay más
personas que no son ni ricas ni pobres: sueñan con riquezas y podrían hacerse ricas:
ahí es donde empiezan sus desgracias.
Un joven teórico que estudia alguna carrera, luego cumple con honor sus
obligaciones militares, se encuentra hacia los veinticinco años desnudo como el
primer día, aunque ya virtualmente poseedor, por su mismo saber, de más dinero del
que nunca ha podido desear. O sea que sabe a ciencia cierta que vendrá un día en que
tendrá su piso, su casa en el campo, su coche, su equipo estereofónico. Sin embargo,
lamentablemente esas exaltantes promesas siempre se hacen esperar: por su propia
esencia, forman parte de un proceso del que, pensándolo bien, dependen asimismo el
nacimiento de los hijos, la evolución de los valores morales, las actitudes sociales y
los comportamientos humanos. En una palabra, el joven tendrá que situarse, y eso le
llevará al menos quince años.
Semejante perspectiva no es muy reconfortante. Nadie la acepta sin echar pestes.
¡Cómo!, se dice el joven licenciado, ¿voy a tener que pasarme los días detrás de esos
despachos acristalados en vez de ir a pasear por los prados floridos? ¿Voy a
descubrirme lleno de esperanzas en vísperas de ascensos? ¿Voy a calcular, intrigar,
tascar el freno, yo que soñaba con poesía, con trenes nocturnos, con arenas cálidas?
Y, creyendo consolarse, cae en la trampa de las ventas a plazos. Entonces, queda
atrapado, y muy atrapado: no tiene otro remedio que armarse de paciencia. Pero ¡ay!,
al llegar al final de sus penas, el joven ya no es tan joven, y, para colmo de
desgracias, podrá incluso percatarse de que su vida ya está pasada, de que no era más
que su esfuerzo y no su meta y, hasta, si es demasiado sensato, demasiado prudente
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—pues su lenta ascensión le habrá dado una sana experiencia— para decirse tales
cosas, no por ello será menos cierto que habrá llegado a la edad de cuarenta años, y
que la instalación de sus residencias principal y segunda, y la educación de sus hijos,
habrán bastado para llenar las pocas horas que no habrá dedicado al trabajo…
La impaciencia, se dijeron Jérôme y Sylvie, es una virtud del siglo XX. A los
veinte años, cuando hubieron visto, o creído ver, lo que podía ser la vida, la suma de
dichas que encerraba, las infinitas conquistas que permitía, etc., supieron que no
tendrían la fuerza de esperar. Podían llegar, ni más ni menos que los otros, pero lo
único que querían era haber llegado. Sin duda eso era lo que se ha convenido en
llamar intelectuales.
Pues todo les decía que andaban errados, y, en primer lugar, la vida misma.
Querían gozar de la vida, pero, en torno a ellos, el goce se confundía con la
propiedad. Querían permanecer disponibles, y casi inocentes, pero los años pasaban
de todos modos, y no les aportaban nada. Los otros acababan por no ver en la riqueza
más que un fin, pero ellos no tenían ni una perra.
Se decían que no eran los más infelices. Tal vez tenían razón. Pero la vida
moderna excitaba su propia desdicha, mientras borraba la desdicha de los otros: los
otros estaban en el buen camino. Ellos no eran gran cosa: unos pelados, unos
francotiradores, unos lunáticos. Es verdad, por otra parte, que en cierto modo el
tiempo trabajaba en su favor y que tenían del mundo posibles imágenes que podían
parecer exaltantes. Era un consuelo que convenían en juzgar ruin.
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Se habían instalado en lo provisional. Trabajaban como otros estudian; elegían
sus horarios. Paseaban como sólo los estudiantes saben pasear.
Pero los peligros les acechaban por todas partes. Hubieran querido que su historia
fuera la historia de la dicha, pero sólo era, demasiado a menudo, la de una dicha
amenazada. Aún eran jóvenes, pero el tiempo pasaba rápido. Un estudiante mayor es
algo siniestro; un fracasado, un mediocre, es más siniestro aún. Tenían miedo.
Tenían tiempo libre; pero el tiempo trabajaba también en contra suya. Había que
pagar el gas, la electricidad, el teléfono. Había que comer, cada día. Había que
vestirse, había que pintar las paredes, mudar las sábanas, llevar la ropa a lavar, hacer
planchar las camisas, comprar los zapatos, tomar el tren, comprar los muebles.
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contra otro; pensaban en sus carreras abandonadas, en sus vacaciones sin atractivo, en
su vida mediocre, en su piso atestado, en sus sueños imposibles. Se miraban, se
encontraban feos, mal vestidos, sin soltura, ceñudos. Cerca de ellos, por las calles, se
deslizaban los coches lentamente. En las plazas se iban encendiendo sucesivamente
los anuncios de neón. En las terrazas de los cafés, los clientes parecían peces
satisfechos. Detestaban a la gente. Regresaban a casa andando, cansados. Se
acostaban sin decirse una palabra.
Bastaba que algo fallase, un día, que se cerrara una agencia, o que los
consideraran demasiado viejos, o demasiado irregulares en su trabajo, o que uno se
pusiera enfermo, para que todo se viniera abajo. No tenían nada ante ellos, nada
detrás. Pensaban a menudo en este motivo de angustia. No se les iba de la cabeza, a
pesar suyo. Se veían sin trabajo durante meses enteros, aceptando para sobrevivir
faenas irrisorias, pidiendo préstamos, mendigando. Entonces pasaban, a veces,
momentos de desesperación intensa: soñaban con oficinas, plazas fijas, jornadas
regulares, un estatuto definido. Pero estas imágenes inversas los desesperaban tal vez
más: no conseguían reconocerse, les parecía, en el rostro, aun resplandeciente, de un
sedentario; decidían que odiaban las jerarquías y que las soluciones, milagrosas o no,
vendrían de otra parte, del mundo, de la Historia. Seguían su vida tambaleante:
correspondía a su inclinación natural. En un mundo lleno de imperfecciones, no era,
con seguridad, la más imperfecta. Vivían al día; gastaban en tres horas lo que habían
tardado tres días en ganar; a menudo pedían dinero prestado; comían patatas fritas
horrendas, fumaban juntos su último cigarrillo, buscaban a veces durante horas un
ticket de metro, llevaban camisas arregladas, oían discos gastados, viajaban en
autostop, y pasaban, aún con bastante frecuencia, cinco o seis semanas sin cambiar
las sábanas. No estaban lejos de pensar que, a fin de cuentas, aquella vida tenía su
encanto.
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Cuando evocaban juntos su vida, sus costumbres, su futuro, cuando, con una
especie de frenesí, se entregaban por entero al desenfreno de los mundos mejores, a
veces se decían, con una melancolía un poco prosaica, que no tenían las ideas claras.
Fijaban en el mundo una mirada borrosa, y la lucidez que invocaban iba acompañada
a menudo de fluctuaciones inciertas, componendas ambiguas y consideraciones
variadas que atenuaban, minimizaban, o incluso desvalorizaban, con una buena
voluntad, pese a todo, evidente.
Les parecía que ésta era una vía, o una ausencia de vía, que los definía
perfectamente, y no sólo a ellos, sino a todos los de su edad. Algunas generaciones
anteriores, se decían a veces, habían logrado alcanzar sin duda una conciencia más
precisa a la vez de sí mismas y del mundo en que vivían. Quizá les hubiera gustado
haber tenido veinte años durante la guerra de España, o durante la Resistencia: a decir
verdad, les era cómodo hablar así; les parecía que los problemas que se planteaban
entonces, los problemas que imaginaban que debían de plantearse, eran más claros,
aun cuando la necesidad de responder a ellos fuera más apremiante; ellos tenían que
enfrentarse con cuestiones llenas de trampas.
Era una nostalgia algo hipócrita: la guerra de Argelia había empezado con ellos,
proseguía ante sus ojos. Apenas si los afectaba; actuaban a veces, pero rara vez se
sentían obligados a actuar. Durante mucho tiempo, no pensaron que pudiera trastornar
su vida, su futuro, sus concepciones. Tiempo atrás, eso había sido en parte verdad:
sus años de estudiantes los habían visto participar, del modo más espontáneo, y a
menudo casi entusiasta, en los mítines y manifestaciones callejeras que habían
marcado el principio de la guerra, las movilizaciones de reservistas y, sobre todo, el
advenimiento del gaullismo. Entonces se establecía una relación casi inmediata entre
aquellas acciones, por limitadas que fuesen, y el objeto al que se aplicaban. Y no
habría podido reprochárseles seriamente el haberse equivocado en aquella ocasión: la
guerra continuó, el gaullismo se instaló. Jérôme y Sylvie dejaron de estudiar. En los
medios publicitarios, generalmente situados, de un modo casi mitológico, a la
izquierda, pero más fácilmente definibles por la tecnocracia, el culto a la eficiencia, a
la modernidad, a la complejidad, la afición a la especulación prospectiva, la tendencia
más bien demagógica a la sociología, y la opinión, bastante difundida aún, de que las
nueve décimas partes de la gente era imbécil, capaz sólo de cantar las alabanzas de lo
que fuera o de quien fuera en los medios publicitarios, pues resultaba de buen tono
despreciar toda política a corto plazo, y no abarcar la Historia más que por siglos.
Ocurrió, además, que de todas formas el gaullismo constituía una respuesta adecuada,
infinitamente más dinámica de lo que, al principio y en todas partes, se había
proclamado que sería, y cuyo peligro residía siempre fuera de donde se creía hallarlo.
La guerra proseguía, sin embargo, aunque no les pareciese más que un episodio,
un hecho casi secundario. Es cierto que tenían mala conciencia. Pero, a fin de
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cuentas, sólo se sentían responsables en la medida en que, antes, se habían
considerado concernidos, o bien porque compartían, casi por la fuerza de la
costumbre, imperativos morales de un alcance muy general. Esta indiferencia hubiera
podido darles la medida de la vanidad, o quizá incluso de la cobardía, de muchas de
sus pasiones. Pero el problema no era éste: habían visto, casi con sorpresa, como
algunos de sus amigos participaban, tímidamente o con entusiasmo, en la ayuda al
FLN. No habían entendido el porqué y no lograban tomarse en serio ni una
explicación romántica, que más bien los divertía, ni una explicación política, que les
resultaba casi incomprensible. Por su parte, habían resuelto el problema de una
manera mucho más sencilla: Jérôme y tres amigos suyos, gracias a ayudas preciosas y
certificados de favor, lograron a tiempo que los declararan inútiles para el servicio.
Fue, no obstante, la guerra de Argelia, y sólo ella, la que durante casi dos años los
protegió de sí mismos. Después de todo, habrían podido envejecer peor o más
deprisa. Pero no fue ni su decisión, ni su voluntad, ni siquiera, pese a lo que dijeran,
su sentido del humor, lo que les permitió escapar, por algún tiempo aún, a un futuro
que les gustaba pintar con los colores más sombríos. Los acontecimientos que en
1961 y en 1962, desde el putsch de Argel hasta la matanza de Charonne, marcaron el
final de la guerra, les hicieron olvidar, o más bien poner entre paréntesis,
momentáneamente pero con una eficacia singular, sus preocupaciones cotidianas. Los
pronósticos más pesimistas, el miedo a no salir adelante, a acabar en lo nauseabundo,
en lo mezquino, aparecieron, ciertos días, como mucho menos temibles que lo que
sucedía ante sus ojos, como lo que los amenazaba cada día.
Fue una época triste y violenta. Las amas de casa acaparaban kilos de azúcar,
botellas de aceite, latas de atún, café, leche condensada. Escuadras de guardias
móviles, cubiertos con cascos, vestidos con chubasqueros negros, calzados con
borceguíes, mosquetón en mano, recorrían lentamente el bulevar Sébastopol.
Porque en el asiento trasero de sus coches había a menudo algunos números
atrasados de periódicos que cabía muy bien pensar que ciertos individuos suspicaces
juzgarían desmoralizadores, subversivos o simplemente liberales —Le Monde,
Libération, France-Observateur—, más de una vez, a Jérôme, Sylvie o sus amigos
les entraban temores furtivos y tenían alucinaciones inquietantes: les espiaban, les
tendían una trampa: cinco legionarios bebidos los sacudían bestialmente y los dejaban
por muertos en el suelo húmedo, a la vuelta de una calle oscura en un barrio de mala
fama…
Esta irrupción de la tortura en su vida cotidiana, que a veces se hacía obsesiva y
que, pensaban ellos, era característica de cierta actitud colectiva, confería a los días, a
los acontecimientos, a las ideas, un tinte particular. Imágenes de sangre, de explosión,
de violencia, de terror, los acompañaban de continuo. Algunos días, podía parecer
que estaban dispuestos a todo; pero, al día siguiente, la vida era frágil, el porvenir
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sombrío. Soñaban con el exilio, el campo, lentos cruceros. Les hubiera gustado vivir
en Inglaterra, donde la policía tenía fama de ser respetuosa con las personas. Y
durante todo el invierno, a medida que se hacía inminente el alto el fuego, soñaron
con la primavera próxima, las vacaciones próximas, el año siguiente, cuando, como
decían los periódicos, se habrían aplacado las pasiones fraticidas, cuando de nuevo
sería posible callejear, pasear de noche, con el corazón tranquilo, el cuerpo sano y
salvo.
La presión de los acontecimientos los llevó a tomar posición. Es cierto que su
compromiso no fue más que epidérmico; en ningún momento se sintieron
fundamentalmente implicados; su conciencia política, en la medida en que existía
como tal, como forma organizada y reflexiva, y no como magma de opiniones más o
menos orientadas, se situaba, creían ellos, más acá o más allá del problema argelino,
en el plano de opciones más utópicas que reales, en el plano de debates generales que
tenían pocas posibilidades, lo reconocían aun sintiéndolo, de desembocar en una
práctica concertada. Con todo, se adhirieron al comité antifascista que acababa de
fundarse en su barrio. Alguna vez se levantaron a las cinco de la madrugada para ir,
con tres o cuatro más, a pegar carteles para exhortar a la gente a permanecer alerta,
denunciar a los culpables y los cómplices, estigmatizar los cobardes atentados, honrar
a las víctimas inocentes. Pidieron firmas en todas las casas de su calle, fueron, tres o
cuatro veces, a montar guardia ante edificios amenazados.
Participaron en algunas manifestaciones. Aquellos días los autobuses circulaban
sin placas, los cafés se cerraban pronto, la gente se daba prisa en volver a casa.
Tenían miedo todo el día. Salían intranquilos. Eran las cinco, caía una lluvia fina.
Miraban a los otros manifestantes con sonrisillas crispadas, buscaban a sus amigos,
trataban de hablar de otras cosas. Luego se formaban los cortejos, echaban a andar, se
paraban. Desde el centro de su grupo veían, delante de ellos, una gran zona de asfalto
húmedo y lúgubre, luego, en toda la anchura del bulevar, la línea negra, densa, de la
policía antidisturbios. Filas de camiones azul oscuro, de cristales enrejados, pasaban a
lo lejos. Andaban despacio, cogidos de la mano, húmedos de sudor, apenas se
atrevían a gritar, se dispersaban corriendo a la primera señal.
No era gran cosa. Eran los primeros en tener conciencia de ello y se preguntaban
a menudo, en medio del tumulto, qué hacían allí, con el frío, la lluvia, en aquellos
barrios tétricos, la Bastille, la Nation, el Hôtel de Ville. Les hubiera gustado que algo
les probase que lo que hacían era importante, necesario, irremplazable, que sus
esfuerzos temerosos tenían un sentido para ellos, eran algo que necesitaban, algo que
podía ayudarlos a conocerse, a transformarse, a vivir. Pero no; su verdadera vida
estaba en otra parte, en un futuro próximo o lejano, lleno de amenazas también, pero
de amenazas más sutiles, más solapadas: trampas impalpables, redes encantadas.
El atentado de Issy-les-Moulineaux y la breve manifestación que siguió marcaron
el final de sus actividades militantes. El comité antifascista de su barrio se reunió una
vez más y se comprometió a intensificar su acción. Pero, en vísperas de vacaciones,
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la simple vigilancia parecía no tener ya razón de ser.
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No habrían sabido decir exactamente qué había cambiado con el final de la
guerra. Durante mucho tiempo les pareció que la única impresión que podían
experimentar era la de un acabamiento, un final, una conclusión. No un happy end,
no un golpe de efecto, sino, por el contrario, un final lánguido, melancólico, que
dejaba tras de sí una sensación de vacío, de amargura, anegando los recuerdos en la
sombra. Había pasado, había huido tiempo; había concluido una época; había vuelto
la paz, una paz que ellos nunca habían conocido; la guerra se acababa. De golpe siete
años se hundían en el pasado: sus años de estudiantes, los años de sus encuentros, los
mejores años de su vida.
Quizá no había cambiado nada. A veces, todavía, se asomaban a sus ventanas,
miraban el patio, los pequeños jardines, el castaño de Indias, oían cantar los pájaros.
Otros libros, otros discos habían venido a apilarse en los estantes inseguros. La aguja
del tocadiscos empezaba a estar gastada.
Su trabajo seguía siendo el mismo: repetían las mismas encuestas de tres años
atrás: ¿Cómo se afeita? ¿Les da betún a los zapatos? Habían visto y vuelto a ver
películas, hecho algún viaje, descubierto otros restaurantes. Habían comprado
camisas y zapatos, jerséis y faldas, platos, sábanas, chucherías.
Lo que había de nuevo era tan insidioso, tan vago, tan ligado a su única historia, a
sus sueños. Estaban allí. Habían envejecido, sí. Ciertos días tenían la impresión de
que aún no habían empezado a vivir. Pero la vida que llevaban les parecía cada vez
más frágil, efímera, y se sentían sin fuerzas, como si la espera, los apuros, las
estrecheces los hubieran desgastado, como si todo hubiera sido natural: los deseos
insatisfechos, las alegrías imperfectas, el tiempo perdido.
A veces, hubiesen querido que todo durara, que nada cambiara. No tendrían más
que abandonarse. Su vida los mecería. Se extendería al hilo de los meses, a lo largo
de los años, sin cambiar, casi, sin forzarlos nunca. No sería más que la sucesión
armónica de los días y las noches, una modulación casi imperceptible, la repetición
incesante de los mismos temas, una dicha continua, un sabor perpetuado que ningún
trastorno, ningún suceso trágico, ninguna peripecia pondrían ya en tela de juicio.
Otras veces, no podían más. Querían pelear y vencer. Querían luchar, conquistar
su felicidad. Pero ¿cómo luchar? ¿Contra quién? ¿Contra qué? Vivían en un mundo
extraño y tornasolado, el universo espejeante de la civilización mercantil, las
prisiones de la abundancia, las trampas fascinantes de la dicha.
¿Dónde estaban los peligros? ¿Dónde estaban las amenazas? Millones de
hombres lucharon antaño, e incluso luchaban aún, por pan. Jérôme y Sylvie no creían
que se pudiera luchar por divanes Chesterfield. Pero, no obstante, hubiera sido la
consigna que los habría movilizado más fácilmente. Pensaban que nada los concernía
en los programas, en los planes: no les importaban las jubilaciones anticipadas, las
vacaciones alargadas, los almuerzos gratuitos, las semanas de treinta horas. Querían
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la superabundancia; soñaban con platinas Clément, con playas desiertas para ellos
solos, con viajes alrededor del mundo, con grandes hoteles.
El enemigo era invisible. O, mejor dicho, estaba en ellos, los había podrido,
gangrenado, destrozado. Eran los que pagan el pato. Criaturas dóciles, fieles reflejos
del mundo que se mofaba de ellas. Estaban hundidos hasta el cuello en una tarta de la
que sólo obtendrían las migajas.
Durante mucho tiempo las crisis que habían sufrido apenas habían alterado su
buen humor. No les parecían fatales; no hacían peligrar nada. Se decían a menudo
que la amistad los protegía. La cohesión del grupo constituía una garantía segura, una
referencia estable, una fuerza con la que podían contar. Sentían que tenían razón
porque se sabían solidarios, y nada les gustaba tanto como estar reunidos en casa de
uno u otro, ciertos fines de mes particularmente difíciles, sentados a la mesa en torno
a una cazuela de patatas con tocino, y compartiendo, lo más fraternalmente posible,
sus últimos cigarrillos.
Pero las amistades, también, se deshilachaban. Ciertas tardes, en el campo cerrado
de sus cuartos exiguos, las parejas reunidas se enfrentaban con la mirada y la voz.
Ciertas tardes, comprendían por fin que su hermosa amistad, su vocabulario casi
iniciático, sus gags íntimos, aquel mundo común, aquel lenguaje común, aquellos
gestos comunes que habían forjado, no remitían a nada: era un universo encogido, un
mundo acabado que no desembocaba en nada. Su vida no era conquista, era
desmoronamiento, dispersión. Comprendían, entonces, hasta qué punto estaban
condenados a la costumbre, a la inercia. Se aburrían juntos, como si entre ellos nunca
hubiera habido nada más que el vacío. Durante mucho tiempo, los juegos de palabras,
las borracheras, los paseos por los bosques, las comilonas, las largas discusiones
sobre una película, los proyectos, los cotilleos les habían hecho las veces de aventura,
de historia, de verdad. Pero no eran más que frases hueras, gestos vacíos, sin
densidad, sin abertura, sin futuro, palabras mil veces repetidas, manos mil veces
estrechadas, un ritual que no les protegía ya.
Entonces se pasaban una hora intentando ponerse de acuerdo sobre la película que
irían a ver. Hablaban para no decir nada, jugaban a las adivinanzas o a los retratos
chinos. Cada pareja, al quedarse sola, hablaba amargamente de las demás, y a veces
de sí misma; evocaba con nostalgia su juventud pasada; se acordaba de haber sido
entusiasta, espontánea, rica en proyectos verdaderos, imágenes suntuosas, deseos.
Soñaba con amistades nuevas, pero apenas si lograba imaginárselas.
Lentamente, pero con una evidencia inexorable, se deshizo el grupo. De un modo
a veces brutalmente repentino, en unas semanas apenas, para algunos resultó evidente
que ya nunca más sería posible la vida de antaño. La lasitud era demasiado fuerte. El
mundo circundante, demasiado exigente. Los que habían vivido en habitaciones sin
agua, habían almorzado con un cuarto de barrita de pan, habían creído vivir como se
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les antojaba, habían tirado de la cuerda sin que nunca se rompiera, un buen día
echaban raíces; casi naturalmente, casi objetivamente, se imponía la tentación de un
trabajo estable, de una plaza sólida, de primas, de mensualidades dobles.
Uno tras otro, sucumbieron casi todos los amigos. Al tiempo de la vida sin
amarras sucedían los tiempos de la seguridad. No podemos seguir así toda la vida,
decían. Y ese así era al tiempo un gesto vago: la vida de juerga continua, las noches
demasiado cortas, las patatas, las chaquetas raídas, las obligaciones, los metros.
Poco a poco, sin darse realmente cuenta, Jérôme y Sylvie se encontraron casi
solos. La amistad sólo era posible, creían, cuando se ayudaban de veras, cuando
llevaban la misma vida. Pero que una pareja adquiriera de pronto lo que para la otra
era casi la fortuna, o la promesa de una fortuna futura, y la otra, por su parte,
prefiriera conservar su libertad, eran dos mundos que parecían enfrentarse. Ya no eran
riñas pasajeras, sino quiebras, grietas profundas, heridas que no se cerraban por sí
solas. Una desconfianza, que, meses atrás, hubiera sido imposible, se instalaba en sus
relaciones. Se hablaban forzados; parecían desafiarse a cada momento.
Jérôme y Sylvie fueron severos, fueron injustos. Hablaron de traición, de
abdicación. Presenciaron, complacidos, los estragos fulminantes que el dinero,
decían, causaba en los que se lo habían sacrificado todo y que ellos creían evitar aún.
Vieron cómo sus antiguos amigos se instalaban, casi sin notarlo, casi demasiado bien,
en una jerarquía rígida, y se adherían, sin vacilar, al mundo en el que entraban. Los
vieron rebajarse, insinuarse, tomarse en serio su poder, su influencia, su
responsabilidad. A través de ellos creían descubrir el reverso exacto de su propio
mundo: el que justificaba, globalmente, el dinero, el trabajo, la publicidad, las
competencias, un mundo que valoraba la experiencia, un mundo que los negaba, el
mundo serio de los ejecutivos, el mundo del poder: no estaban lejos de pensar que a
sus antiguos amigos los estaban timando.
Ellos no despreciaban el dinero. Quizá, por el contrario, les gustaba demasiado:
les hubiera gustado la solidez, la certeza, la vía límpida hacia el futuro. Estaban
atentos a todos los signos de la permanencia: querían ser ricos. Y si se negaban aún a
enriquecerse, era porque ya no tenían necesidad de salario: su imaginación, su cultura
sólo los autorizaba a pensar en millones.
Paseaban a menudo de noche, aspiraban el viento, se pegaban a los escaparates.
Dejaban tras ellos el distrito 13, muy próximo, del que casi no conocían más que la
avenida de Les Gobelins, debido a sus cuatro cines, evitaban la tétrica calle Cuvier,
que sólo los hubiera llevado a las inmediaciones más tétricas aún de la estación de
Austerlitz, y tiraban casi invariablemente por la calle Monge, luego la calle de Les
Écoles, para ir a parar a Saint-Michel, Saint-Germain, y de allí, según los días o las
estaciones, al Palais-Royal, la Opéra, o la estación Montparnasse, Vavin, la calle de
Assas, Saint-Sulpice, el Luxembourg. Andaban despacio. Se paraban delante de cada
anticuario, fijaban los ojos en los escaparates oscuros, distinguían, a través de las
rejas, los reflejos rojizos de un sofá de piel, el decorado de hojas de un plato o una
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fuente de loza, el brillo de un vaso tallado o de una palmatoria de cobre, la finura
torneada de una silla de rejilla.
De parada en parada, anticuarios, librerías, tiendas de discos, menús de los
restaurantes, agencias de viaje, camiserías, sastrerías, queserías, zapaterías,
confiterías, salchicherías de lujo, papelerías, sus itinerarios componían su verdadero
universo: allí dormían sus ambiciones, sus esperanzas. Allí estaba la verdadera vida,
la vida que querían conocer, que querían llevar: para aquellos salmones, para aquellas
alfombras, para aquellos cristales, los habían traído al mundo, veinticinco años atrás,
una dependienta y una peluquera.
Cuando, al día siguiente, de nuevo los machacaba la vida, cuando volvía a
ponerse en marcha la gran máquina publicitaria de la que eran minúsculos peones, les
parecía que no habían olvidado del todo las maravillas difuminadas, los secretos
desvelados de su ferviente búsqueda nocturna. Se sentaban frente a aquella gente que
cree en las marcas, los eslóganes, las imágenes que se le enseñan, y que come grasa
de buey troceado encontrando delicioso el perfume vegetal y el olor a avellana (pero
acaso también ellos, sin saber muy bien por qué, con la sensación curiosa, casi
inquietante, de que había algo que no entendían, ¿no juzgaban bellos ciertos carteles,
estupendos ciertos eslóganes, geniales ciertas propagandas filmadas?). Se sentaban y
ponían en marcha sus magnetófonos, decían hmm hmm en el tono adecuado,
trucaban sus entrevistas, precipitaban sus análisis, soñaban, confusamente, con otra
cosa.
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¿Cómo hacer fortuna? Era un problema insoluble. Y sin embargo, cada día, al
parecer, individuos aislados lograban resolverlo perfectamente por su propia cuenta.
Y aquellos ejemplos dignos de imitar, garantía eterna del vigor intelectual y moral de
Francia, de rostros risueños y sagaces, listos, voluntariosos, llenos de salud, decisión,
modestia, eran otras tantas imágenes piadosas para la paciencia y la conducta de los
demás, los que se estancan, no avanzan, tascan el freno, muerden el polvo.
Lo sabían todo de la ascensión de aquellos amados por la Fortuna, caballeros de
la industria, politécnicos íntegros, tiburones de las finanzas, literatos sin tachaduras,
trotamundos pioneros, vendedores de sopa en sobres, prospectores de suburbio,
crooners, playboys, buscadores de oro, amasadores de millones. Su historia era
simple. Eran aún jóvenes y habían seguido siendo guapos con la chispita de la
experiencia en las pupilas, las sienes grises de los años negros, la sonrisa abierta y
cálida que ocultaba dientes largos, los pulgares oponibles, la voz seductora.
Se veían bien en aquellos papeles. Tendrían tres actos en el fondo de un cajón. Su
jardín contendría petróleo, uranio. Vivirían mucho tiempo en la miseria, la escasez, la
incertidumbre. Soñarían con tomar, aunque sólo fuera una vez, el metro en primera
clase. Y luego, de pronto, brutal, desenfrenada, inesperada, estallando como un
trueno: ¡la fortuna! Su obra sería aceptada, su yacimiento descubierto, su genio
confirmado. Lloverían los contratos a porrillo y ellos encenderían sus habanos con
billetes de mil.
Sería una mañana como las otras. Por debajo de la puerta de la calle alguien
habría deslizado tres sobres, largos y estrechos, con membretes imponentes, grabados
en relieve, con sobrescritos precisos y regulares, impresos en una IBM dirección. Les
temblarían un poco las manos al abrirlos: serían tres cheques, con una retahíla de
cifras. O bien, una carta:
y se pasarían la mano por la cara, dudando de lo que veían, creyendo soñar aún;
abrirían la ventana de par en par.
Así soñaban los benditos imbéciles: con herencias, el gordo de la lotería, las
quinielas. Desbancado Montecarlo; una cartera olvidada en una red en un vagón
desierto; fajos de billetes grandes; un collar de perlas en una docena de ostras. O bien,
un par de sillones Boulle en casa de un labrador analfabeto de Poitou.
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Los arrebataban grandes impulsos. A veces, durante horas enteras, durante días,
se adueñaba de ellos un anhelo frenético de ser ricos, enseguida, inmensamente, para
siempre, y no los dejaba ya. Era un deseo loco, morboso, opresivo, que parecía regir
el menor de sus gestos. La fortuna se convertía en su opio. Se embriagaban con ella.
Se entregaban sin comedimiento a los delirios de la imaginación. Adondequiera que
fuesen, sólo prestaban atención al dinero. Tenían pesadillas con millones de joyas.
Frecuentaban las grandes subastas de Drouot, de Galliera. Se mezclaban con los
caballeros que, con un catálogo en la mano, examinaban los cuadros. Veían
dispersarse pasteles de Degas, sellos únicos, monedas de oro estúpidas, frágiles
ediciones de La Fontaine o de Crébillon suntuosamente encuadernadas por Lederer,
muebles admirables con la marca de Claude Séné o de Oehlenberg, tabaqueras de oro
y esmalte. El subastador los iba presentando sucesivamente; algunas personas de aire
grave se acercaban a husmearlos; un murmullo recorría la sala. Empezaba la puja.
Los precios subían. Luego, caía el martillo: se había terminado, el objeto desaparecía,
cinco o diez millones pasaban al alcance de sus manos.
En ocasiones seguían a sus compradores; aquellos felices mortales no eran en la
mayoría de los casos más que subordinados, dependientes de anticuarios, secretarios
particulares, hombres de paja. Los llevaban al umbral de casas austeras, en la vía
Oswaldo-Cruz, en el bulevar Beauséjour, en la calle Maspéro, en la calle Spontini, en
la villa Saïd, en la avenida del Roule. Más allá de las verjas, de los matorrales de boj,
de las avenidas de gravilla, unas cortinas a veces imperfectamente corridas dejaban
entrever grandes estancias apenas claras: distinguían los vagos contornos de los
divanes y los sillones, las manchas imprecisas de una tela impresionista. Y volvían a
marcharse, pensativos, irritados.
Un día, incluso soñaron con robar. Se imaginaron mucho rato, vestidos de negro,
con una diminuta linterna en la mano, unas pinzas, un diamante de vidriero en el
bolsillo, penetrando, entrada la noche, en un edificio, dirigiéndose a los sótanos,
forzando la cerradura elemental de un montacargas, llegando a la cocina. Sería el piso
de un diplomático en misión, un financiero corrupto de gusto, con todo, perfecto, un
gran diletante, un aficionado entendido. Conocerían los menores rincones. Sabrían
dónde encontrar la pequeña Virgen del siglo XII, el panel oval de Sebastiano del
Piombo, la aguada de Fragonard, los dos pequeños Renoir, el pequeño Boudin, el
Atlan, el Max Ernst, el De Stael, las monedas, las cajas de música, las bomboneras, la
vajilla de plata, los azulejos de Delft. Sus gestos serían precisos y decididos, como si
los hubieran ensayado varias veces. Se desplazarían sin prisas, seguros de sí mismos,
eficientes, imperturbables, flemáticos, Arsenios Lupin de los tiempos modernos. No
les temblaría un solo músculo de la cara. Una a una romperían las vitrinas; una a una
descolgarían las telas de la pared, desclavadas de sus marcos.
Abajo los esperaría su coche. Habrían llenado el depósito la víspera. Sus
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pasaportes estarían en regla. Desde mucho tiempo atrás se habrían preparado para
partir. Sus baúles los esperarían en Bruselas. Tomarían la ruta de Bélgica, pasarían la
frontera sin problemas. Luego, poco a poco, sin precipitación, en Luxemburgo, en
Amberes, en Amsterdam, en Londres, en Estados Unidos, en América del Sur,
venderían el botín. Darían la vuelta al mundo. Errarían mucho tiempo, a su antojo. Se
fijarían por último en un país de clima agradable. Comprarían en alguna parte, a
orillas de los lagos italianos, en Dubrovnik, en las Baleares, en Cefalú, una gran casa
de piedra blanca, perdida en medio de un parque.
No hicieron nada, por supuesto. Ni tan sólo compraron un número de la lotería. A
lo sumo pusieron en sus partidas de póquer —que descubrían entonces y que se
estaban convirtiendo en el último refugio de sus amistades cansadas— un ardor que,
en ciertos momentos, podía parecer sospechoso. Jugaron, algunas semanas, hasta tres
o cuatro partidas, y cada una los tenía despiertos hasta las primeras horas del día.
Jugaban poco, tan poco que sólo les quedaba la emoción anticipada del riesgo y la
ilusión de la ganancia. No obstante, cuando con dos míseras parejas, o, mejor aún,
con una falsa escalera de color, habían echado sobre la mesa, de una vez, un gran
puñado de fichas que valían, como mínimo, trescientos francos (antiguos), y se
habían llevado las apuestas, cuando habían apostado seiscientos francos, los habían
perdido en tres veces, los habían vuelto a ganar, y mucho más, en seis, una leve
sonrisa de triunfo les cruzaba por la cara: habían forzado la suerte; su exiguo valor
había dado sus frutos; poco les faltaba para sentirse héroes.
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Una encuesta agrícola los llevó por toda Francia. Fueron a Lorena, a Saintonge, a
Picardía, a Beauce, a Limagne. Vieron a notarios de rancio abolengo, mayoristas
cuyos camiones surcaban la cuarta parte de Francia, industriales prósperos,
gentlemen-farmers a los que escoltaba siempre una jauría de grandes perros rojos y
factótums en acecho.
Los graneros rebosaban de trigo; en los grandes patios adoquinados, los tractores
rutilantes estaban frente a los coches negros de los dueños. Cruzaban el comedor de
los trabajadores, la gigantesca cocina donde se afanaban las mujeres, la sala común
de entarimado amarillento, por donde nadie se desplazaba sin suelas de fieltro, con su
chimenea imponente, el televisor, los sillones de orejeras, las arcas de roble claro, los
recipientes de cobre, de estaño, las vasijas de loza. Al final de un pasillo estrecho,
todo impregnado de olores, una puerta se abría al despacho. Era una estancia casi
pequeña de tan repleta como estaba. Al lado de un viejo teléfono de manivela,
colgado de la pared, un planning resumía la vida de la explotación, las siembras, los
proyectos, los presupuestos, los vencimientos; un trazado elocuente daba prueba de
rendimientos récords. En una mesa atestada de recibos, hojas de salarios, cuentas,
papelotes, un registro encuadernado en tela negra, abierto por la fecha del día, dejaba
ver largas columnas de una contabilidad próspera. Diplomas enmarcados —toros,
vacas lecheras, cerdas premiados— acompañaban fragmentos de catastros, mapas de
estado mayor, fotografías de rebaños y aves de corral, prospectos en cuatricomía de
tractores, trilladoras, cosechadoras, sembradoras.
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queso blanco, de cancoillotte.2
Cruzaban establos, cuadras, talleres, fraguas, cobertizos, hornos donde se cocían
enormes hogazas, silos atiborrados de sacos, garajes.
Desde la cúspide de la torre de aguas veían la granja entera, que encerraba en sus
cuatro lados el gran patio adoquinado, con sus dos portaladas en ojiva, el corral, la
pocilga, los bancales de hortalizas, los árboles frutales, la carretera bordeada de
plátanos que llevaba a la nacional y, en torno, hasta el infinito, las grandes estrías
amarillas de los trigales, las arboledas, la maleza, los pastizales, las rayas negras,
rectilíneas, de las carreteras por las que a veces corría el centelleo de un coche, y la
línea sinuosa de los álamos al borde de un río encajonado, casi invisible, que se
perdía en el horizonte hacia unas colinas brumosas.
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las extensiones de césped, a lo largo de los ríos, en las puertas de los desiertos, o
dominando el mar, en amplias plazas pavimentadas de mármol, veían alzarse bloques
de casas de cien plantas.
Bordeaban las fachadas de acero, de maderas preciosas, de vidrio, de mármol. En
el vestíbulo central, a lo largo de una pared de vidrio tallado que lanzaba a la
urbanización entera millones de arcos iris, brotaba de la planta cincuenta una cascada
que rodeaban las vertiginosas espirales de dos escaleras de aluminio.
Subían en ascensores. Seguían pasillos en forma de meandros, escalaban peldaños
de cristal, recorrían galerías bañadas de luz, donde se alineaban, hasta perderse de
vista, estatuas y flores, y por donde corrían arroyos límpidos, sobre cauces de
guijarros multicolores.
Se abrían puertas ante ellos. Descubrían piscinas en pleno cielo, patios, salas de
lectura, habitaciones silenciosas, teatros, pajareras, jardines, acuarios, museos
minúsculos, ideados para su uso exclusivo, donde se exhibían, en las cuatro esquinas
de una pequeña estancia de ángulos achaflanados, cuatro retratos flamencos. Unas
salas no eran más que rocas, otras eran sólo junglas, en otras se rompían las olas del
mar; por otras iban y venían pavos reales. Del techo de una sala circular pendían
miles de oriflamas. Laberintos inagotables resonaban con músicas suaves; una sala de
formas extravagantes no tenía, al parecer, otra función que provocar interminables
ecos; el suelo de otra, según las horas del día, reproducía el esquema variable de un
juego muy complicado.
En los sótanos inmensos, hasta perderse de vista, trabajaban dóciles máquinas.
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deliciosamente la mirada, mesas de caoba, prendas de seda o lino, suaves y
confortables, llenas de colores, habitaciones espaciosas y claras, ramos de flores,
alfombras de Bujará, dobermans saltadores.
Sus cuerpos, sus ademanes eran infinitamente bellos, sus miradas serenas, sus
corazones transparentes, sus sonrisas límpidas.
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Y de aquella especie de búsqueda desesperada de la dicha, de aquella sensación
maravillosa de haber sabido casi entreverla, adivinarla por un instante, de aquel viaje
extraordinario, de aquella inmensa conquista inmóvil, de aquellos horizontes
despejados, de aquellos placeres presentidos, de todo lo que, quizá, había de posible
bajo aquel sueño imperfecto, aquel impulso, aún torpe, embarazado, y sin embargo
cargado ya, quizá, hasta el límite de lo indecible, de otras emociones, de exigencias
nuevas, no quedaba nada: abrían los ojos, volvían a oír el sonido de su voz, el
mascullar confuso de su interlocutor, el murmullo ronroneante del motor del
magnetófono; veían, frente a ellos, al lado de un armero en el que se escalonaban las
culatas patinadas y los cañones brillantes de grasa de cinco escopetas, el puzzle
abigarrado del catastro, en cuyo centro reconocían, casi sin sorpresa, el cuadrilátero
casi completo de la granja, el ribete gris de la pequeña carretera, los puntitos al
tresbolillo de los plátanos, los trazos más marcados de las nacionales.
Y más tarde aún, estaban ellos mismos en aquella pequeña carretera gris bordeada
de plátanos. Eran aquel puntito centelleante en la larga carretera negra. Eran un
pequeño islote de pobreza en el gran mar de la abundancia. Miraban a su alrededor
los grandes campos amarillos con las pequeñas manchas rojas de las amapolas. Se
sentían aplastados.
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Segunda parte
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1
Intentaron huir.
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mediados de septiembre de 1962, a la vuelta de unas vacaciones mediocres,
estropeadas por la lluvia y la falta de dinero, su decisión parecía firme. Un anuncio
publicado en Le Monde, en los primeros días de octubre, ofrecía plazas de profesores
en Tunicia. Dudaron. No era la ocasión ideal —habían soñado con la India, Estados
Unidos, México—. Era una oferta mediocre, prosaica, que no prometía ni la fortuna
ni la aventura. No los tentaba. Pero tenían algunos amigos en Túnez, antiguos
compañeros de instituto, de facultad, y luego el calor, el Mediterráneo todo azul, la
promesa de otra vida, de una verdadera marcha, de otro trabajo: decidieron apuntarse.
Los admitieron.
Las verdaderas partidas se preparan con mucha antelación. Aquélla fue un
fracaso, Parecía una huida. Durante quince días, corrieron de oficina en oficina, para
las revisiones médicas, los pasaportes, los visados, los billetes, el equipaje. Luego,
cuatro días antes del viaje, se enteraron de que a Sylvie, que tenía dos cursos de
licenciatura, la destinaban al instituto técnico de Sfax, a doscientos setenta kilómetros
de Túnez, y a Jérôme, que sólo había hecho los cursos comunes, le daban una plaza
de maestro en Mahares, treinta y cinco kilómetros más lejos.
Era una mala noticia. Quisieron renunciar. Era a Túnez, donde los esperaban y
donde tenían reservado alojamiento, adonde querían, adonde creían ir. Pero era
demasiado tarde. Habían subarrendado el piso, reservado los billetes, celebrado la
despedida. Desde hacía mucho tiempo se habían preparado para partir. Y además,
Sfax, de la que apenas conocían el nombre, era el extremo del mundo, el desierto, y
no les disgustaba pensar, con su afición tan grande a las situaciones límite, que iban a
estar separados de todo, alejados de todo, aislados como no lo habían estado nunca.
Con todo, estuvieron de acuerdo en que una plaza de maestro era, si no un trabajo
demasiado humillante, al menos una carga demasiado pesada: Jérôme logró rescindir
su contrato: un sueldo único les permitiría vivir hasta que encontrara un empleo
cualquiera allí mismo.
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para olvidar, para calmarse.
Lucía el sol. El barco avanzaba lenta, silenciosamente, por el estrecho canal. En la
carretera muy cercana, algunas personas de pie en coches descubiertos les hacían
grandes saludos. Había en el cielo unas nubecitas blancas inmóviles. Ya hacía calor.
Las placas de la borda estaban tibias. En la cubierta, debajo de ellos, unos marineros
apilaban las tumbonas, enrollaban las largas lonas alquitranadas que protegían las
bodegas. Se formaban colas en las pasarelas de desembarco.
Llegaron a Sfax dos días después sobre las dos de la tarde, tras un viaje de siete
horas en ferrocarril. El calor era agobiante. Frente a la estación, minúsculo edificio
blanco y rosa, se abría una avenida interminable, gris de polvo, plantada de palmeras
feas, bordeada de casas nuevas. Pocos minutos después de llegar el tren, una vez se
fueron los escasos coches y bicicletas, la ciudad volvió a caer en un silencio total.
Dejaron las maletas en la consigna. Tiraron por la avenida, que se llamaba
avenida Burguiba; llegaron, al cabo de unos trescientos metros más o menos, ante un
restaurante. Un gran ventilador de pared, orientable, zumbaba de modo irregular. En
las mesas pringosas, cubiertas con hule, se aglutinaban unas cuantas docenas de
moscas que un mozo mal afeitado espantó agitando una servilleta con indolencia.
Comieron, por doscientos francos, una ensalada con atún y una escalopa a la
milanesa.
Luego buscaron un hotel, tomaron una habitación, mandaron traer las maletas. Se
lavaron las manos y la cara, se echaron un rato, se cambiaron, salieron. Sylvie fue al
instituto técnico, Jérôme la esperó fuera, en un banco. Hacia las cuatro, Sfax empezó
lentamente a despertarse. Aparecieron centenares de niños, luego mujeres con la cara
tapada, guardias vestidos de popelín gris, mendigos, carretas, asnos, burgueses
inmaculados.
Sylvie salió, con el horario en la mano. Pasearon un rato más; bebieron cerveza y
comieron aceitunas y almendras saladas. Vendedores callejeros de periódicos
pregonaban Le Figaro de hacía dos días. Habían llegado.
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Luego Sylvie comenzó las clases. Día tras día, se fueron instalando. Llegaron los
baúles que habían viajado más despacio. Sacaron los libros, los discos, el tocadiscos,
los bibelots. Fabricaron pantallas con grandes hojas de papel secante rojo, gris, verde.
Compraron largas tablas mal escuadradas y ladrillos de doce agujeros, y cubrieron de
estantes dos mitades de paredes. Pegaron decenas de reproducciones por todas las
paredes y, en un panel muy visible, fotografías de todos los amigos.
Era una vivienda triste y fría. Las paredes demasiado altas, cubiertas con una
especie de cal de color ocre amarillo que se desprendía en grandes placas, los suelos
uniformemente pavimentados con grandes baldosas sin color, el espacio inútil, todo
era demasiado grande, estaba demasiado desnudo para poder vivir allí. Hubieran
tenido que ser cinco o seis, unos cuantos buenos amigos, bebiendo, comiendo,
hablando. Pero estaban solos, perdidos. La sala de estar, con la cama de campaña
cubierta con un colchón pequeño y una manta abigarrada, con la gruesa estera en la
que habían esparcido unos cuantos cojines, sobre todo con los libros —la hilera de
Pléiades, las series de revistas, los cuatro Tisné—, los bibelots, los discos, el gran
portulano, La fiesta del Carrousel, todo lo que, no hacia tanto tiempo, había
constituido el marco de su otra vida, todo lo que, en aquel universo de arena y piedra,
los devolvía a la calle de Quatrefages, al árbol tanto tiempo verde, a los pequeños
jardines, la sala de estar dispensaba aún cierto calor: echados boca abajo en la estera,
con una minúscula taza de café turco al lado, oían la Sonata a Kreutzer, el
Archiduque, La muerte y la doncella, y era como si la música, que, en aquella gran
estancia poco amueblada, casi una sala, adquiría una resonancia extraña, se pusiera a
habitarla y la transformara de pronto: era un invitado, un amigo muy querido, perdido
de vista, vuelto a encontrar por casualidad, que compartía su comida, que les hablaba
de París, que, en aquella noche fresca de noviembre, en aquella ciudad extranjera
donde nada les pertenecía, donde no estaban a gusto, los volvía hacia atrás, les
permitía recobrar una sensación casi olvidada de complicidad, de vida en común,
como si, en un estrecho perímetro —la superficie de la estera, las dos series de
estantes, el tocadiscos, el círculo de luz recortado por la pantalla cilíndrica— lograra
implantarse, y sobrevivir, una zona protegida en la que ni el tiempo ni la distancia
podían hacer mella. Pero alrededor todo era el exilio, lo desconocido: el largo pasillo
donde las pisadas sonaban demasiado fuerte, la habitación, enorme y glacial, hostil,
con una cama ancha demasiado dura que olía a paja como único mueble, con la
lámpara coja puesta sobre una vieja caja que hacía las veces de mesilla de noche, el
cofre de mimbre lleno de ropa, el taburete repleto de prendas amontonadas; la tercera
habitación inutilizada, donde no entraban nunca. Luego la escalera de piedra, el
amplio zaguán perpetuamente amenazado por la arena; la calle; tres edificios de dos
plantas, un cobertizo donde se secaban unas esponjas, un solar vacío; la ciudad
alrededor.
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Sin duda vivieron en Sfax los ocho meses más curiosos de toda su existencia.
Sfax, de la que el puerto y la ciudad europea habían sido destruidos durante la
guerra, constaba de unas treinta calles trazadas perpendicularmente. Las dos
principales eran la avenida Burguiba, que iba de la estación al mercado central, cerca
del cual vivían, y la avenida Hedi Chaker, que iba del puerto a la ciudad árabe. Su
intersección formaba el centro de la ciudad: allí se hallaban el ayuntamiento, dos de
cuyas salas de la planta baja contenían algunas viejas vasijas y media docena de
mosaicos, la estatua y la tumba de Hedi Chaker, asesinado por la Main Rouge3 poco
antes de la Independencia, el Café de Túnez, frecuentado por los árabes, y el Café de
la Regencia, frecuentado por los europeos, un pequeño parterre de flores, un quiosco
de periódicos, un estanco.
En poco más de un cuarto de hora se daba la vuelta a la ciudad europea. El
instituto técnico se hallaba a tres minutos de la casa en que vivían, el mercado a dos,
el restaurante donde comían a cinco, el Café de la Regencia a seis, igual que el banco,
la biblioteca municipal y seis de los siete cines de la población. La oficina de correos
y la estación, y la parada de coches de alquiler para Túnez o Gabes, estaban a menos
de diez minutos, y constituían los límites extremos de lo que bastaba conocer para
vivir en Sfax.
La ciudad árabe, fortificada, vieja y bella, ofrecía murallas pardas y puertas que,
con razón, se decían admirables. A menudo penetraban en ella, y la convertían en
objetivo casi único de todos sus paseos, pero precisamente por no ser más que
paseantes nunca pasaron de ser unos extraños. No entendían sus mecanismos más
sencillos, no veían más que un dédalo de calles; alzando la cabeza, admiraban un
balcón de hierro forjado, una viga pintada, la pura ojiva de una ventana, un juego
sutil de sombras y luces, una escalera de una estrechez extrema, pero sus paseos
carecían de objetivo; daban vueltas, temían perderse a cada instante, se cansaban
pronto. En definitiva, nada los atraía en aquella sucesión de tenderetes miserables, de
almacenes casi idénticos, de zocos confinados, en aquella incomprensible alternancia
de calles hormigueantes y calles vacías, en aquella muchedumbre que no veían ir a
ninguna parte.
Este sentirse extraños se acentuaba, se hacía casi opresivo cuando, teniendo por
delante largas tardes vacías, domingos exasperantes, cruzaban la ciudad árabe de
parte a parte, y, más allá de Bab Djebli, llegaban a los interminables arrabales de
Sfax. Durante kilómetros se sucedían huertos minúsculos, setos de nopales, casas de
adobes, barracas de plancha y cartón; y luego inmensas lagunas desiertas y pútridas,
y, al final de todo, los primeros olivares. Andaban horas enteras; pasaban por delante
de los cuarteles, cruzaban descampados, terrenos cenagosos.
Y cuando entraban de nuevo en la ciudad europea, cuando pasaban por delante
del cine Hillal o por delante del cine Nur, cuando se sentaban en La Regencia, daban
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unas palmadas para llamar al camarero, pedían una Coca-Cola o una cerveza,
compraban el último Le Monde, silbaban al vendedor ambulante eternamente vestido
con una larga blusa blanca y sucia, tocado con un gorro de tela, para comprarle unos
cucuruchos de cacahuetes, almendras tostadas, pistachos y piñones, entonces
experimentaban la sensación melancólica de estar en su tierra. Andaban junto a las
palmeras grises de polvo; bordeaban las fachadas neomoriscas de las casas de la
avenida Burguiba; echaban una vaga ojeada a los escaparates horrendos: muebles
frágiles, lámparas de hierro forjado, mantas eléctricas, cuadernos para escolares,
trajes de calle, zapatos de señora, bombonas de butano: era su único mundo, su
verdadero mundo. Regresaban arrastrando los pies; Jérôme hacía café en zazuas
importadas de Checoslovaquia; Sylvie corregía ejercicios.
Al principio, Jérôme había tratado de encontrar trabajo; varias veces había ido a
Túnez y gracias a unas cuantas cartas de recomendación que había obtenido en
Francia, y a la ayuda de sus amigos tunecinos, visitó a algunos funcionarios en
Información, en la Radio, en Turismo, en Educación Nacional. Fue tiempo perdido:
los estudios de motivación no existían en Tunicia, ni las medias jornadas, y las pocas
sinecuras ya estaban bien repartidas; Jérôme carecía de títulos; no era ni ingeniero, ni
contable, ni dibujante industrial, ni médico. Volvieron a ofrecerle una plaza de
maestro o de ayudante; no le interesaba; abandonó muy pronto toda esperanza. El
sueldo de Sylvie les permitía ir tirando: en Sfax era el tipo de vida más frecuente.
Sylvie se mataba por hacer entender, de acuerdo con el programa, las bellezas
ocultas de Malherbe y Racine a unos alumnos mayores que ella que no sabían
escribir. Jérôme perdía el tiempo. Inició varios proyectos —preparar un examen de
sociología, tratar de ordenar sus ideas sobre el cine— que no supo llevar a cabo.
Vagaba por las calles, calzado con sus Weston, recorría el puerto, erraba por el
mercado. Iba al museo, intercambiaba algunas palabras con el vigilante de la sala,
miraba unos instantes una vieja ánfora, una inscripción funeraria, un mosaico: Daniel
en el foso de los leones, Anfitrite cabalgando un delfín. Iba a ver un partido de tenis
en las pistas instaladas al pie de las murallas, cruzaba la ciudad árabe, paseaba por los
zocos, sopesando las telas, los cobres, las sillas de montar. Compraba todos los
periódicos, hacía los crucigramas, sacaba libros de la biblioteca, escribía unas cartas
un poco tristes a los amigos, que a menudo quedaban sin respuesta.
El horario de Sylvie marcaba el ritmo de su vida. Su semana se componía de días
fastos: los lunes porque no tenía clase por la mañana y porque cambiaban los
programas de los cines, los miércoles porque no tenía clase por la tarde, los viernes
porque tenía fiesta todo el día y porque cambiaban de nuevo los programas; y de días
nefastos: los demás. Los domingos eran días neutros, agradables por la mañana —se
quedaban en la cama, llegaban los semanarios de París—, largos por la tarde,
siniestros por la noche, a no ser que, por casualidad, los atrajese una película, pero era
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raro que, en la misma media semana, pusieran dos películas destacables, o
simplemente visibles. Así pasaban las semanas. Se sucedían con una regularidad
mecánica: cuatro semanas sumaban un mes, o casi; los meses eran todos parecidos.
Los días, después de haber sido cada vez más cortos, se hicieron cada vez más largos.
El invierno era húmedo, casi frío. Su vida se escurría.
[Link] - Página 60
2
Su soledad era total.
Sfax era una ciudad opaca. Ciertos días les parecía que nadie podría penetrar
nunca en ella. Las puertas no se abrirían nunca. Había gente en las calles, al
atardecer, multitudes compactas que iban y venían, una riada casi continua bajo los
soportales de la avenida Hedi Chaker, delante del Hotel Mabrouk, delante del Centro
de Propaganda del Destur, delante del cine Hillal, delante de la pastelería Las
Delicias: locales públicos llenos casi de bote en bote: cafés, restaurantes, cines; caras
que a ratos podían parecer casi familiares. Pero alrededor, a lo largo del puerto, a lo
largo de las murallas, apenas se alejaba uno, se hallaba el vacío, la muerte: la inmensa
explanada cubierta de arena delante de la horrible catedral, rodeada de palmeras
enanas; el bulevar de Picville, bordeado de solares vacíos, de casas de dos plantas; la
calle Mangolte, la calle Fezzani, la calle Abd-el-Kader-Zghal, desnudas y desiertas,
negras y rectilíneas, barridas por la arena. El viento sacudía las palmeras raquíticas:
troncos hinchados de escamas leñosas, de donde emergían apenas unas palmas
formando abanico. Multitudes de gatos se deslizaban en los cubos de la basura. Un
perro de pelo amarillo pasaba a veces, pegado a las paredes, con el rabo entre las
piernas.
No había alma viviente: tras las puertas siempre cerradas, nada más que pasillos
desnudos, escaleras de piedra, patios ciegos. Sucesiones de calles perpendiculares,
cierres metálicos, empalizadas, un mundo de falsas plazas, de falsas calles, de
avenidas fantasmagóricas. Andaban silenciosos, desorientados, y a veces les parecía
que todo no era más que ilusión, que Sfax no existía, no respiraba. Buscaban a su
alrededor señales de connivencia. Nada les respondía. Era una sensación casi
dolorosa de aislamiento. Estaban desposeídos de aquel mundo, no vivían inmersos en
él, no le pertenecían y nunca le pertenecerían. Como si, de una vez para siempre, se
hubiera decretado una orden muy antigua, una regla estricta que los excluía: los
dejarían ir a donde quisieran, no los molestarían, no les dirigirían la palabra.
Seguirían siendo unos desconocidos, unos extraños. Los italianos, los malteses, los
griegos del puerto los mirarían pasar en silencio; los grandes oleicultores, vestidos de
blanco, con sus gafas con montura de oro, andando con paso lento por la calle del
Bey, seguidos de su criado, pasarían por su lado sin verlos.
Con los compañeros de Sylvie sólo tenían relaciones lejanas, y a menudo
distantes. Los titulares franceses parecían no apreciar del todo a los contratados.
Incluso aquellos a quienes no molestaba esta diferencia le perdonaron más
difícilmente a Sylvie que no estuviera moldeada a su imagen: hubieran querido que
fuera esposa de profesor y profesora a su vez, buena pequeñoburguesa provinciana,
con dignidad, decoro, cultura. Representaban a Francia. Y aunque en cierto modo
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había aún dos Francias —la de los profesores principiantes, deseosos de adquirir
cuanto antes una casita en Angulema, Béziers o Tarbes; y la de los insumisos o
refractarios, que no cobraban el tercio colonial pero podían despreciar a los otros
(aunque era una especie en vías de extinción; la mayoría habían sido indultados; otros
iban a instalarse a Argelia, a Guinea)—, ninguna de las dos parecía dispuesta a
admitir que estuviera permitido sentarse, en el cine, en primera fila, al lado de la
chiquillería indígena, o andar ganduleando por las calles, en chancletas, sin afeitar,
desaliñado. Hubo algunos intercambios de libros, de discos, alguna discusión en La
Regencia, y eso fue todo. Ninguna invitación entusiasta, ninguna amistad vivaz: era
algo que no se daba en Sfax. La gente se encogía en sí misma, en su casa demasiado
grande para ella.
Con los otros, con los empleados franceses de la Compañía Sfax-Gafsa o de los
Petróleos, con los musulmanes, con los judíos, con los pieds-noirs,4 era aún peor: los
contactos eran imposibles. A veces, durante una semana entera no hablaban con
nadie.
Pronto pudo parecer que todo indicio de vida se detenía ante ellos. Pasaba el
tiempo, inmóvil. Ya nada los unía al mundo, como no fueran los periódicos siempre
demasiado atrasados, de los que ni siquiera podían asegurar que no fueran sino
mentiras piadosas, recuerdos de una vida anterior, reflejos de otro mundo. Siempre
habían vivido en Sfax y allí vivirían siempre. Ya no tenían proyectos, impaciencia; no
esperaban nada, ni siquiera vacaciones siempre demasiado lejanas, ni siquiera un
regreso a Francia.
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aquella vacuidad fundamental, aquella zona neutra, aquella tabla rasa, les parecía que
se purificaban, que hallaban una simplicidad mayor, una verdadera modestia. Y, al fin
y al cabo, en medio de la pobreza general de Tunicia, su propia miseria, su relativa
estrechez de individuos civilizados acostumbrados a las duchas, a los coches, a las
bebidas heladas, tenía poco sentido.
Sylvie daba sus clases, preguntaba a los alumnos, corregía ejercicios. Jérôme iba
a la biblioteca municipal, leía libros al azar: Borges, Troyat, Zeraffa. Comían en un
pequeño restaurante, casi todos los días en la misma mesa: ensalada de atún, escalopa
rebozada, o pinchos morunos, o lenguado dorado, fruta. Iban a La Regencia a tomarse
un café acompañado de un vaso de agua fresca. Leían un montón de periódicos, veían
películas, paseaban por las calles.
Su vida era como una prolongada costumbre, como un aburrimiento casi sereno:
una vida sin nada.
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3
A partir del mes de abril, hicieron algunos viajes cortos. A veces, cuando tenían
tres o cuatro días libres y no andaban muy apurados de dinero, alquilaban un coche y
se iban hacia el sur. O bien, el sábado, a las seis de la tarde, un taxi colectivo los
llevaba a Susa o a Túnez hasta el lunes a mediodía.
Trataban de huir de Sfax, de sus calles tristes, de su vaciedad, y hallar, en los
panoramas, en los horizontes, en las ruinas, algo que los deslumbrara, que los
emocionara, esplendores cálidos que los vengaran. Los restos de un palacio, de un
templo, de un teatro, un oasis verde descubierto desde lo alto de un peñón, una larga
playa de arena fina extendida en semicírculo de un extremo al otro del horizonte los
recompensaban a veces de su búsqueda. Pero la mayoría de las veces, sólo salían de
Sfax para encontrar, unas decenas o centenas de kilómetros más lejos, las mismas
calles tristes, los mismo zocos tumultuosos e incomprensibles, las mismas lagunas,
las mismas palmeras feas, la misma aridez.
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sucesión de casas cuadradas, sin pisos, fachadas de un blanco sucio, la torre cuadrada
de un minarete, la cúpula de un morabito. Adelantaban a un campesino que trotaba
junto a su asno, paraban frente al único hotel.
En cuclillas al pie de la pared, tres hombres comían pan que mojaban con un poco
de aceite. Corrían unos niños. Una mujer, enteramente tapada con un velo negro o
violeta que le cubría hasta los ojos, se deslizaba a veces de una casa a la otra. Las
terrazas de los dos cafés ocupaban buena parte de la calle. Un altavoz transmitía
música árabe: modulaciones estridentes, cien veces remachadas, repetidas en coro,
letanías de una flauta de sonido agrio, ruidos de matraca de las panderetas y cítaras.
Unos hombres sentados, a la sombra, bebían vasitos de té, jugaban al dominó.
Bordeaban enormes aljibes y, por un camino difícil, llegaban a las ruinas: cuatro
columnas de siete metros de altura, que ya no sostenían nada, casas derruidas cuya
planta permanecía intacta, con la huella embaldosada de cada estancia hundida en el
suelo, graderías discontinuas, sótanos, calles adoquinadas, restos de alcantarillas. Y
unos pretendidos guías les ofrecían pececitos de plata, monedas patinadas, pequeñas
estatuillas de terracota.
Luego, antes de marcharse, entraban en los mercados, en los zocos. Se perdían en
el dédalo de las galerías, los callejones sin salida y los pasajes. Un barbero afeitaba al
aire libre, al lado de un enorme amontonamiento de botijos. Un asno iba cargado con
dos serones cónicos de cuerda trenzada llenos de pimentón. En el zoco de los
orfebres, en el zoco de las telas, vendedores descalzos, sentados en el suelo sobre
pilas de mantas, extendían ante sí alfombras de gruesa lana y alfombras de lana fina,
les ofrecían albornoces de lana roja, almalafas de lana y de seda, sillas de montar de
cuero bordadas de plata, fuentes de cobre repujado, maderas labradas, armas,
instrumentos de música, alhajas pequeñas, chales bordados de oro, vitelas decoradas
con grandes arabescos.
No compraban nada. Sin duda, en parte, porque no sabían y les preocupaba tener
que regatear, pero, sobre todo, porque no los atraía nada. Ninguno de aquellos
objetos, por muy suntuosos que a veces fueran, les daba una impresión de riqueza.
Pasaban, divertidos o indiferentes, pero todo lo que veían les resultaba extraño,
pertenecía a otro mundo, no les concernía. Y de aquellos viajes sólo se llevaban
imágenes de vacío, de sequía: páramos desolados, estepas, lagunas, un mundo
mineral en el que no podía crecer nada: el mundo de su propia soledad, de su propia
aridez.
Sin embargo, fue en Tunicia donde vieron un día la casa de sus sueños, la más
bella de las mansiones. Fue en Hammamet, en casa de un matrimonio inglés de cierta
edad que repartía su tiempo entre Tunicia y Florencia y para el que la hospitalidad
parecía haberse convertido en el único medio de no morirse de aburrimiento los dos
solos. Había, además de Jérôme y Sylvie, una buena docena de invitados. El ambiente
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era fútil y hasta a menudo exasperante; pequeños juegos de sociedad, partidas de
bridge, de canasta, alternaban con conversaciones un poco esnobs, en las que chismes
recientes venidos directamente de las capitales occidentales daban lugar a
comentarios sagaces y a menudo decisivos (el hombre me gusta mucho y lo que hace
está muy bien…).
Pero la casa era un paraíso terrenal. En el centro de un gran parque que bajaba
suavemente hacia una playa de arena fina, una construcción antigua, de estilo local,
bastante pequeña, de una sola planta, se había ido desarrollando año tras año, se había
convertido en el sol de una constelación de pabellones de todas las dimensiones y
estilos, glorietas, morabitos, bungalows, rodeados de galerías, diseminados por todo
el parque y unidos entre sí por pasadizos enrejados. Había una sala octogonal, sin
más abertura que una puerta pequeña y dos estrechas aspilleras, de paredes gruesas
enteramente cubiertas de libros, oscura y fresca como una tumba; había aposentos
minúsculos, enjalbegados como celdas de monjes, con dos butacas saharianas y una
mesa baja como únicos muebles; otros largos, bajos y estrechos, tapizados con recias
esteras, otros aún, amueblados a la inglesa, con banquetas de vano y chimeneas
monumentales flanqueadas por dos divanes uno frente a otro. En los jardines, entre
los limoneros, los naranjos, los almendros, serpenteaban avenidas de mármol blanco
bordeadas por fragmentos de columnas, estatuas antiguas. Había arroyos y cascadas,
grutas de rocalla, estanques cubiertos por grandes nenúfares blancos entre los que se
deslizaban a veces las estrías plateadas de los peces. Paseaban libremente pavos
reales, como en sus sueños. Porches invadidos por las rosas llevaban a nidos de
follaje.
Pero, sin duda, era demasiado tarde. Los tres días que pasaron en Hammamet no
sacudieron su torpor. Les pareció que aquel lujo, aquella holgura, aquella profusión
de cosas ofrecidas, aquella evidencia inmediata de la belleza no los concernía ya.
Habrían vendido su alma, en otro tiempo, por los azulejos de los cuartos de baño, por
los surtidores de los jardines, por la moqueta escocesa del gran vestíbulo, por los
paneles de roble de la biblioteca, por las vasijas de loza, por los jarrones, por las
alfombras. Los saludaron como un recuerdo, no se habían vuelto insensibles a ellos,
pero no los entendían ya; les faltaban los puntos de referencia. Era sin duda en
aquella Tunicia, la Tunicia cosmopolita de prestigiosos vestigios, de clima agradable,
de vida pintoresca y animada, donde les habría sido más fácil instalarse. Aquélla era
sin duda la vida que habían soñado para ellos: pero sólo habían llegado a ser
sfaxienses, provincianos, exiliados.
Mundo sin recuerdos, sin memoria. Pasó más tiempo, días y semanas desérticos,
que no contaban. No tenían ganas de nada. Mundo indiferente. Llegaban trenes,
atracaban barcos en el puerto, desembarcaban máquinas herramientas, medicamentos,
cojinetes de bolas, cargaban fosfatos, aceite. Camiones cargados de paja cruzaban la
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ciudad, iban hacia el sur donde reinaba el hambre. Su vida proseguía, idéntica: horas
de clase, cafés en La Regencia, viejas películas por la noche, periódicos, crucigramas.
Eran como sonámbulos. No sabían ya qué querían. Lo habían perdido todo.
Les parecía ahora que, antaño —y ese antaño retrocedía cada vez más en el
tiempo, como si su historia anterior se hundiera en la leyenda, en lo irreal o lo
informe—, antaño, habían tenido al menos el frenesí de tener. Esta exigencia, a
menudo, les había servido de existencia. Se habían sentido abocados hacia adelante,
impacientes, devorados de deseos.
¿Y luego? ¿Qué habían hecho? ¿Qué había pasado?
Algo parecido a una tragedia tranquila, muy suave, se instalaba en el corazón de
su vida apagada. Andaban perdidos entre los escombros de un sueño muy viejo, entre
restos sin forma.
No quedaba nada. Llegaban al fin de todo, al término de aquella trayectoria
ambigua que había sido su vida durante seis años, al término de aquella búsqueda
indecisa que no los había llevado a ninguna parte, que no les había enseñado nada.
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Epílogo
Todo habría podido seguir así. Habrían podido quedarse allí toda la vida. Jérôme,
a su vez, habría aceptado una plaza. No habrían carecido de dinero. Al final, les
habrían concedido el traslado a Túnez. Habrían hecho nuevas amistades. Habrían
comprado un coche. Habrían tenido, en La Marsa, en Sidi bu Said, en El Manza, una
hermosa villa, un gran jardín.
Pero no les será tan fácil librarse de su historia. El tiempo, una vez más, trabajará
por ellos. Terminará el curso. El calor se hará delicioso. Jérôme se pasará los días en
la playa y Sylvie, acabadas las clases, irá a reunirse con él. Llegarán los exámenes
finales. Sentirán acercarse las vacaciones. Echarán de menos París, la primavera en
las orillas del Sena, su árbol lleno de flores, los Champs-Elysées, la plaza de Les
Vosges. Se acordarán, con emoción, de su libertad tan querida, de sus mañanitas en la
cama, de sus cenas con velas. Y algún amigo les mandará proyectos de veraneo: una
casa grande en Turena, una buena mesa, jiras campestres:
—¿Y si volviéramos? —dirá uno.
—Todo podría ser como antes —dirá él otro.
Harán las maletas. Recogerán los libros, los grabados, las fotografías de los
amigos, tirarán un sinfín de papeles, darán a unos y otros los muebles, las tablas
irregulares, los ladrillos de doce agujeros, facturarán los baúles. Contarán los días, las
horas, los minutos.
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tendrán un porte majestuoso. Unos boy-scouts, vestidos de rojo y blanco, pasarán con
paso cadencioso. Grandes banderas, rojas con la media luna blanca de Tunicia, verdes
y rojas de Argelia, flotarán en el viento ligero.
Habrá un trozo de mar, todo azul, grandes obras en construcción, los
interminables suburbios atestados de asnos, niños, bicicletas, luego los interminables
olivares. Luego la carretera: Sakietes Zit, El Djem y su anfiteatro. Msaken, la ciudad
de los malos ladrones, Susa y su fachada marítima superpoblada, Enfidaville y sus
inmensos olivares, Bir bu Rekba y sus cafés, su fruta, su alfarería, Grombalia,
Potinville, con sus viñas que invaden las colinas, Hamman Lif, luego un trozo de
autopista, suburbios industriales, fábricas de jabón, de cemento: Túnez.
Se bañarán mucho rato en Cartago, en medio de las ruinas, en La Marsa; irán
hasta Utica, hasta Kelibia, hasta Nabeul, donde comprarán cerámica, hasta La Goleta
donde, a altas horas de la noche, comerán doradas extraordinarias.
Y una mañana, a las seis, estarán en el puerto. Las operaciones de embarque serán
largas y fastidiosas; les costará encontrar sitio, en cubierta, para instalar sus
tumbonas.
La travesía resultará fácil. En Marsella se tomarán un café con leche acompañado
de croissants. Comprarán Le Monde de la víspera y Libération. En el tren, el ruido de
las ruedas ritmará cantos de victoria, el Aleluya de El Mesías, himnos triunfales.
Contarán los kilómetros; se extasiarán ante la campiña francesa, sus grandes trigales,
sus verdes bosques, sus pastizales, sus valles.
Llegarán a las once de la noche. Los esperarán todos los amigos. Se extasiarán
por su buen aspecto; estarán morenos como grandes viajeros, y llevarán grandes
sombreros de paja trenzada. Hablarán de Sfax, el desierto, las ruinas magníficas, la
vida barata, el mar todo azul. Los llevarán al Harry’s. Se emborracharán enseguida.
Serán felices.
Regresarán, pues, y será peor. Encontrarán la calle de Quatrefages, su árbol tan
hermoso, y el pisito pequeño, tan encantador, con su techo bajo, con su ventana de
cortinas rojas y su ventana de cortinas verdes, sus queridos viejos libros, sus pilas de
periódicos, su cama estrecha, su cocina minúscula, su desorden.
Volverán a ver París y será una verdadera fiesta. Pasearán a lo largo del Sena, por
los jardines del Palais-Royal, por las callecitas de Saint-Germain. Y cada noche, en
las calles iluminadas, cada escaparate será de nuevo una maravillosa incitación.
Habrá puestos repletos de vituallas. Se apresurarán por entre el gentío de los grandes
almacenes. Hundirán las manos en los montones de sedas, acariciarán los pesados
frascos de perfume, tocarán las corbatas.
Intentarán vivir como antes. Reanudarán los contactos con las agencias de antaño.
Pero la magia se habrá esfumado. De nuevo se asfixiarán. Creerán morir de estrechez,
de exigüedad.
Soñarán con la fortuna. Mirarán por el suelo con la esperanza de encontrarse una
cartera llena, un billete de banco, una moneda de cien francos, un ticket de metro.
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Soñarán con huir al campo. Soñarán con Sfax.
No aguantarán mucho tiempo.
Entonces un día —¿no habían sabido siempre que vendría ese día?—, decidirán
acabar, de una vez para siempre, como los otros. Sus amigos, enterados, les buscarán
trabajo. Los recomendarán a varias agencias. Escribirán, llenos de esperanza,
curriculum vitae cuidadosamente estudiados. La suerte —pero no será exactamente
una suerte— los acompañará. Pese a su irregularidad, sus hojas de servicios recibirán
una atención particular. Los convocarán. Sabrán encontrar las palabras necesarias
para gustar.
Y será así como después de unos años de vida vagabunda, cansados de no tener
dinero, cansados de contar y de echarse en cara el contar, Jérôme y Sylvie aceptarán
—quizá con gratitud— el doble empleo responsable, acompañado de una
remuneración que podrá, con rigor, pasar por un chollo, que les ofrecerá un magnate
de la publicidad.
Irán a Burdeos a hacerse cargo de la dirección de una agencia. Prepararán
meticulosamente el viaje. Arreglarán el piso, lo pintarán, quitarán los montones de
libros, los fardos de ropa, las pilas de vajilla que lo habían abarrotado siempre y bajo
los cuales, muy a menudo, habían creído ahogarse. Y errarán, casi sin reconocerla,
por aquella morada en la que tantas veces habían dicho que todo era imposible, y más
que nada errar. La verán, por vez primera, tal como habrían querido verla siempre,
por fin pintada, deslumbrante de blancura, de limpieza, sin una sola mota de polvo,
sin manchas, sin grietas, sin desgarrones, con su techo bajo, su patio campesino, su
árbol admirable ante el cual, muy pronto, como antaño ellos mismos, irán a extasiarse
futuros compradores.
Venderán los libros a los libreros de ocasión, las ropas a los ropavejeros. Acudirán
a sastres, modistas, camiseras. Prepararán los baúles.
No será realmente la fortuna. No serán presidentes directores generales. No
manejarán más que millones ajenos. A ellos les dejarán algunas migajas, para el
standing, para las camisas de seda, para los guantes de pecarí ahumado. Tendrán
buena presencia. Vivirán bien, comerán bien, vestirán bien. No echarán nada de
menos.
Tendrán su diván Chesterfield, sus sillones de piel natural blandos y con clase
como asientos de coche italiano, sus mesas rústicas, sus atriles, sus moquetas, sus
alfombras de seda sus librerías de roble claro.
Tendrán las estancias inmensas y vacías, claras, los pasillos espaciosos, las
paredes de vidrio, las vistas aseguradas. Tendrán vajilla de loza, cubertería de plata,
manteles de encaje, ricas encuadernaciones de piel roja.
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No tendrán treinta años. Tendrán toda la vida por delante.
El viaje será agradable mucho tiempo. Hacia las doce, se dirigirán, con paso
indolente, hacia el coche restaurante. Se instalarán junto a una ventana, frente a
frente. Pedirán dos whiskies. Se mirarán, una última vez, con una sonrisa cómplice.
La mantelería glaseada, los cubiertos macizos, grabados con el escudo de Wagons-
Lits, los platos recios blasonados parecerán el preludio de un festín suntuoso. Pero la
comida que les servirán será francamente insípida.
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El medio forma parte de la verdad, tanto como el resultado. Es preciso que la
búsqueda de la verdad sea a su vez verdadera; la búsqueda verdadera es la verdad
desplegada, cuyos miembros dispersos se reúnen en el resultado.
KARL MARX
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GEORGES PEREC nació en París en 1938 y falleció en 1982. Sociólogo de
formación, colaborador de numerosas revistas literarias, obtuvo el premio Renaudot
con su primera novela, Las cosas. Personalidad ecléctica, fue ensayista,
documentalista en neurofisiología, dramaturgo, guionista de cine, poeta, experto en
acrósticos, crucigramas, lipogramas y anagramas, traductor y last but not least
miembro fundamental del OuLiPo (Ouvroir de Littérature Potentielle), fundado por
Raymond Queneau y el matemático François Le Lionnais. Su obra monumental La
vida instrucciones de uso ganó el premio Médicis en 1978, y confirmó que Georges
Perec, «el oficiante de las Mil y una noches de nuestros días» (Gilbert Lascault), era
«una de las personalidades literarias más singulares del mundo, un escritor
radicalmente distinto a cualquier otro» (Italo Calvino).
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Notas
[Link] - Página 74
[1] Habitations à loyer moderé. Bloque de pisos de alquiler reducido. (N. del T.) <<
[Link] - Página 75
[2] Queso que se produce en el este de Francia. (N. del T.) <<
[Link] - Página 76
[3] Movimiento de extrema derecha. (N. del T.) <<
[Link] - Página 77
[4] Franceses de Argelia. (N. del T.) <<
[Link] - Página 78