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Historia y Guerras Médicas de Grecia

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Tema 2: Introducción a la historia de Grecia.

Las guerras Médicas y la Liga de Delos.


1. Introducción a la historia de Grecia.

La civilización helénica de la Grecia antigua se extendió por la Península Balcánica, las


islas del mar Egeo y las costas de la península de Anatolia, en la actual Turquía, constitu-
yendo la llamada Hélade. La civilización helénica o griega tiene su origen en las culturas
cretense y micénica.

Hacia el 2700 a.C. se desarrolló en la isla de Creta una rica y floreciente cultura comercial
perteneciente a la Edad del Bronce. Esta cultura recibe el nombre de minoica o cretense.
En torno al año 1600 a.C., los aqueos, un pueblo de habla griega y de origen indoeuro-
peo, irrumpieron en el territorio de la Grecia continental, estableciéndose en el extremo
noreste de la península del Peloponeso. Este pueblo llegó a dominar a los cretenses. Su
ciudad más importante fue Micenas.

Hacia el año 1200 a.C., otro pueblo de origen griego, los dorios, que utilizaban armas de
hierro, se apoderaron de Grecia derrotando a los micenios. La guerra de Troya, descrita
por Homero en la Ilíada, fue, probablemente, uno de los conflictos bélicos que tuvieron
relación con esta invasión. Esparta y Corinto se transformaron en las principales ciudades
dóricas. Con los dorios empezó un período de retroceso cultural que se conoce con el
nombre de Edad oscura.

Después de la conquista de los dorios, la vida en toda Grecia descendió a un nivel muy
primitivo, y así se mantuvo durante varios cientos de años. Sin embargo, desde el siglo
VIII y hasta el siglo VI a.C., período que se conoce como época arcaica, Grecia desarrolló
y culminó una gran recuperación política, económica y cultural.

Tal recuperación fue posible gracias a la organización en ciudades Estado (polis) y a la


fundación de colonias en las costas de Asia Menor y del mar Negro, en Sicilia, en el sur
de Italia, en el sur de Francia y en el levante español.

Las nuevas colonias se convirtieron en polis políticamente independientes de la metrópoli


(polis madre), pero mantuvieron estrechos vínculos religiosos, económicos y culturales.
Estas colonias fueron uno de los factores del desarrollo económico de Grecia en este pe-
ríodo.

Los siglos V y IV a.C. corresponden al apogeo de las grandes ciudades estado indepen-
dientes, entre las que destacan las polis de Atenas y Esparta.

Cada uno de estos grandes estados absorbió a sus débiles vecinos en una liga o confe-
deración dirigida bajo su control. Esparta, estado militarizado y aristocrático, estableció su
poder a base de conquistas y gobernó sus estados súbditos con un control muy estricto.
La unificación del Ática, por el contrario, se realizó de forma pacífica y de mutuo acuerdo
bajo la dirección de Atenas.

Al principio del período, los griegos se unieron para derrotar a los temidos persas en las
llamadas guerras médicas. Tras la victoria, Atenas se convirtió en la potencia hegemónica
de la Liga de Delos, alianza que se había formado para defenderse de los persas. En polí-
tica interior los atenienses consolidaron el sistema político conocido con el nombre de
democracia, gobierno del pueblo, y en política exterior se convirtieron en la gran potencia
político-militar de la Hélade, lo que les acarreó gran número enemigos. Este periodo es
denominado como la 'Edad de Oro de Atenas', o 'Siglo de Pericles' en honor al gobernan-
te que llevó a Atenas a su máximo esplendor.

Las diferencias entre Atenas y Esparta desembocaron en la destructora guerra del Pelo-
poneso, en la que participaron casi todos los griegos unidos a uno u otro bando. La guerra
duró hasta el 404 a.C. y acabó con la derrota de los atenienses y el establecimiento de la
hegemonía espartana sobre Grecia.

Aprovechando la confusión y debilidad de los contendientes en las Guerras del Pelopone-


so, el rey Filipo II de Macedonia convirtió su reino en la nueva potencia de la Hélade. Ma-
cedonia no estaba desgastada por las luchas y disponía de recursos naturales (cereales,
oro y madera). La batalla de Queronea (338 a.C.) le permitió anexionarse Atenas y Tebas.
Tras la muerte de Filipo II, su hijo Alejandro Magno, conquistó Persia y dirigió sus ejércitos
hacia Egipto y la India, formando un gran imperio.

Tras su muerte en Babilonia (323 a.C.) sus generales se repartieron sus posesiones. Con
Alejandro desaparecía el antiguo poder de los griegos, pero no su cultura que, fusionada
con la oriental, dio origen al mundo helenístico.

2. Las Guerras Médicas.

Guerras Médicas es el nombre con que se conoce el enfrentamiento entre el Imperio Per-
sa y algunas de las ciudades-estado griegas, durante el siglo V a C. El adjetivo «médi-
cas» se debe a que los griegos usaban los términos «medo» y «persa» como sinónimos.

Durante muchos siglos, las ciudades coloniales griegas del litoral de Asia Menor tuvieron
dificultades con los grandes estados del este. Sin embargo, en la primera mitad del siglo
VII a C un rey lidio, Giges, atacó a las ciudades griegas tratando de extender su reino inte-
rior hacia el mar.

Así se encontraban bajo la soberanía del reino de Lidia, aunque gozaban de cierta auto-
nomía a cambio de pagar un tributo. En 546 a C. el rey Creso de Lidia fue derrotado por el
rey persa Ciro, pasando desde entonces su reino y las ciudades griegas a formar parte
del Imperio Persa.

Darío I, sucesor de Ciro, gobernó las ciudades griegas con tacto y procurando ser toleran-
te. Pero como habían hecho sus antecesores, siguió la estrategia de dividir y vencer: apo-
yó el desarrollo comercial de los fenicios, que formaban parte de su imperio desde antes,
y que eran rivales tradicionales de los griegos. Además, los jonios sufrieron duros golpes,
como la conquista de su floreciente suburbio de Naucratis, en Egipto, la conquista de Bi-
zancio, llave del Mar Negro, y la caída de Sibaris, uno de sus mayores mercados de teji-
dos y un punto de apoyo vital para el comercio.

De estas acciones se derivó un resentimiento contra el opresor persa. El ambicioso tirano


de Mileto, Aristágoras, aprovechó este sentimiento para movilizar a las ciudades jónicas
contra el Imperio Persa, en el año 499 a C. Aristágoras pidió ayuda a las metrópolis de la
Hélade, pero sólo Atenas, que envió 20 barcos (probablemente la mitad de su flota) y
Eretria (en la isla de Eubea), con cinco naves, acudieron en su ayuda; no recibió ayuda de
Esparta. El ejército griego se dirigió a Sardes, capital de la satrapía persa de Lidia, y la
redujo a cenizas, mientras que la flota recuperaba Bizancio. Darío I, por su parte, envió un
ejército que destruyó al ejército griego en Éfeso y hundió la flota helena en la batalla naval
de Lade.

Tras sofocar la rebelión, los persas reconquistaron una tras otra las ciudades jonias y,
después de un largo asedio, arrasaron Mileto. Murió en combate la mayor parte de la po-
blación, y los supervivientes fueron esclavizados y deportados a Mesopotamia.

La primera Guerra Médica.


Tras el duro golpe dado a las polis jonias, Darío I se decidió a castigar a aquellos que ha-
bían auxiliado a los rebeldes. Según la leyenda, preguntó: «¿Quién es esa gente que se
llama atenienses?», y al conocer la respuesta, exclamó: «¡Oh Ormuz, dame ocasión de
vengarme de los atenienses!». Después, cada vez que se sentaba a la mesa, uno de sus
servidores debía decirle tres veces al oído «¡Señor, acordaos de los atenienses!». Es por
esto que encargó la dirección de la represalia a su sobrino Artafernes y a un noble llama-
do Datis.

Mientras tanto, en Atenas algunos hombres ya veían los signos del inminente peligro. El
primero de ellos fue Temístocles, elegido arconte en 493 a C. Temístocles creía que la Hé-
lade no tendría salvación en caso de un ataque persa, si Atenas no desarrollaba antes
una poderosa marina.

De esta forma, fortificó el puerto de El Pireo, convirtiéndolo en una poderosa base naval,
mas pronto surgiría un rival político que impediría el resto de sus reformas. Se trataba de
Milcíades, miembro de una gran familia ateniense huida de las costas del Asia Menor. Se
oponía a Temístocles porque consideraba que los griegos debían defenderse primero por
tierra, esperanzado en la supremacía de las largas lanzas griegas contra los arqueros
persas. Los atenienses decidieron poner en sus manos la situación, enfrentando así la
invasión persa.

La batalla de Maratón (490 a. C.). La flota persa se hizo a la mar en el verano de 490 a
C, dirigidos por Artafernes, conquistando las islas Cícladas y posteriormente Eubea, como
represalia a su intervención en la revuelta jonia. Posteriormente, el ejército persa, coman-
dado por Datis, desembarcó en la costa oriental del Ática, en la llanura de Maratón por
considerarla el mejor lugar para que actuara la caballería persa.

Milcíades, avisado del desembarco persa, exhortó a los atenienses a hacerles frente. En-
viaron al corredor Filípides a Esparta para solicitar ayuda, recorriendo 220 kilómetros en
un día a caballo, toda una hazaña. Los espartanos prometieron enviar ayuda, pero argu-
mentaron que, por razones religiosas (supuestamente se encontraban en el noveno día
del mes lunar), no podrían hacerlo sino hasta tres días después, en plenilunio. Otras ra-
zones, de índole política, pueden haber influido en la decisión de no colaborar con los
atenienses.

Las cifras de los atenienses fluctuaban probablemente entre los 10.000 y 15.000 comba-
tientes, aunque la cifra más probable es la menor. Las fuerzas persas sumaban algo me-
nos de 40.000 hombres. Ante el coraje y el orden de ataque ateniense, durante la batalla,
los persas huyeron a las naves perseguidos por los griegos, quienes mataron numerosos
enemigos en fuga y lograron apoderarse de ocho naves enemigas, las cuales fueron in-
suficientes para cortar la retirada del grueso del ejército persa, que protegido por la rea-
grupación y sacrificio de algunos cientos de hombres pudo reembarcarse precipitadamen-
te. De inmediato dio Artafernes la orden de dirigirse hacia Atenas, esperando llegar a una
ciudad desguarnecida.

Las bajas persas ascendieron a más de 6.000 hombres, mientras los griegos sólo perdie-
ron 192. Milcíades ordenó dirigirse de inmediato a Atenas y envió por delante a su mejor
corredor-mensajero, el propio Filípides, para levantar la moral combativa de la ciudad. Fi-
lípides dio la sensacional noticia de la victoria y cayó muerto por el esfuerzo, según la tra-
dición. Las tropas llegaron horas después, a marcha forzada, y se fortificaron en el Pireo y
la propia Atenas. Ante el evidente despliegue defensivo de los griegos y la desmoraliza-
ción de las multinacionales tropas persas, Artafernes no se decidió a desembarcar y diri-
gió las naves hacia el Asia Menor.

La derrota de los persas se debió a dos factores fundamentales. Uno era la organización
estratégica persa, que hacía combatir a sus hombres agrupados por nacionalidades, no
por armas, lo que debilitaba militarmente a sus fuerzas. El segundo y no menos importan-
te, consistía en que los griegos, al contrario de sus enemigos, estaban animados por un
patriotismo muy poco conocido en aquella época, alimentado sobre todo por los logros
políticos de la democracia ateniense, que hacía de los ciudadanos de Atenas hombres
especialmente libres y con derechos políticos, en comparación con los súbditos de otras
naciones organizadas, regidas casi todas por déspotas absolutos.

La Segunda Guerra Médica.


El victorioso Milcíades quiso aprovechar el momento de gloria para expandir el poder de
Atenas en el Mar Egeo, por lo que poco después de Maratón envió una parte de la flota
contra las islas Cícladas, sometidas todavía a los persas. Pero al no obtener el resultado
esperado, empezó a encontrar detractores de sus planes.
Los enemigos de Milcíades le acusaron de haber engañado al pueblo y le sometieron a
proceso. Se le declaró culpable, salvando la pena capital común en estos casos por los
servicios prestados antes a la patria, condenándole a pagar una multa elevada.
En el año 481 a C, los representantes de diferentes polis, encabezadas por Atenas y Es-
parta, firmaron un pacto militar (symmaquia) para protegerse de un posible ataque del Im-
perio Persa. Según este pacto, en caso de invasión correspondería a Esparta la tarea de
dirigir el ejército helénico. Su resultado fue una tregua general, que incluso propició el re-
greso de algunos desterrados.

Tras la muerte de Darío, su hijo Jerjes subió al poder, ocupándose los primeros años de
su reinado en reprimir revueltas en Egipto y Babilonia, y preparándose a continuación pa-
ra atacar a los griegos. Antes había enviado a Grecia embajadores a todas las ciudades
para pedirles tierra y agua, símbolos de sumisión. Muchas islas y ciudades aceptaron, pe-
ro no Atenas y Esparta. Se cuenta que los espartanos, ignorando la inmunidad diplomáti-
ca, respondieron a los embajadores: «Tendréis toda la tierra y el agua que queráis», y los
tomaron y arrojaron a un pozo. Era una declaración de intenciones hostiles definitiva.

Por esta nueva situación los persas y los griegos se enfrentaron de nuevo en la batalla de
las Termópilas (480 a. C.). El poderoso ejército de Jerjes, que se estima en alrededor de
un millón de hombres y mejor equipados que los anteriores, partió el 480 a C. Cruzó el
mar y siguiendo la ruta de la costa se adentró en la península. Las tropas helenas, que
conocían estos movimientos, decidieron detenerlos el máximo tiempo posible en el desfi-
ladero de las Termópilas. Al menos el tiempo suficiente para asegurar la defensa de Gre-
cia en el istmo de Corinto.

En este lugar, el rey espartano Leónidas I situó a unos 300 soldados espartanos y 1.000
más de otras regiones. Los persas, tras cinco días de espera, y viendo que su superiori-
dad numérica no hacía huir al enemigo, atacaron.

Las técnicas Persas se basaban en una infantería ligera, sin corazas y con armas arroja-
dizas principalmente, además de la famosa caballería de arqueros y carros. El único
cuerpo de élite persa eran los llamados «Inmortales», soldados de infantería pesada que
constituían la guardia personal del rey persa.

Sin embargo, en aquel desfiladero tan estrecho los persas no podían usar su famosa ca-
ballería, y su superioridad numérica quedaba bloqueada, pues sus lanzas eran más cor-
tas que las griegas. La estrechez del paso les hacía combatir con similar número de efec-
tivos en cada oleada persa, por lo que no les quedó más opción que replegarse después
de dos días de batalla. Pero ocurrió que un traidor, llamado Epialtes, condujo a Jerjes a
través de los bosques para llegar por la retaguardia a la salida de las Termópilas.

Al conocer la noticia, algunos griegos hicieron ver lo inútil de su situación para evitar una
matanza, decidiendo entonces Leónidas dejar partir a los que quisieran marcharse, que-
dándose él, su ejército de 300 espartanos y 700 hoplitas de Tespias, firmes en sus pues-
tos. Atacados por el frente y la espalda, los espartanos y los tespias sucumbieron des-
pués de haber aniquilado a 10.000 persas. Posteriormente se levantaría en ese lugar una
inscripción (Heródoto VII 228):

Ὦ ξεῖνʼ, ἀγγέλλειν Λακεδαιμονίοις ὅτι τῇδε


κείμεθα, τοῖς κείνων ῥήμασι πειθόμενοι.

«Extranjero, informa a los espartanos que aquí


yacemos obedeciendo a sus preceptos».
Con el paso de las Termópilas franco, toda la Grecia central estaba a los pies del rey per-
sa. Tras la derrota de Leónidas, la flota griega abandonó sus posiciones en Eubea y eva-
cuó Atenas, buscando refugio para las mujeres y los niños en las cercanías de la isla de
Salamina.
La batalla de Salamina. A pesar de ello, Temístocles aún tenía un plan: atraer a la flota
persa y entablar batalla en Salamina, con una estrategia que lograría vencerles.

Jerjes decidió entablar combate naval, utilizando un gran número de barcos, muchos de
ellos de sus súbditos fenicios. Sin embargo, la flota persa no tenía coordinación al atacar,
mientras que los griegos tenían perfilada su estrategia: sus alas envolverían a los navíos
persas y los empujarían unos contra otros para privarlos de movimiento. Su plan resultó, y
el caos cundió entre la flota persa, con nefasto resultado: sus barcos se obstaculizaron y
chocaron entre sí, yéndose a pique muchos de ellos, y contando además con que los per-
sas no eran buenos nadadores, mientras que los griegos al caer al mar podían nadar has-
ta la playa. La noche puso fin al combate, tras el cual se retiró destruida la armada persa.

Fin de las Guerras Médicas. Temístocles quiso llevar la guerra a Asia Menor, enviar allí
la flota y sublevar las colonias jónicas contra el rey de Persia, pero Esparta se opuso, por
el temor de dejar desprotegido el Peloponeso.
Por estas razones, la guerra continuó en el continente, volviendo el ejército persa a inva-
dir el Ática en el año 479 a C. Al enterarse de que el ejército espartano (increpado con
amenazas por los atenienses para que les prestaran ayuda) se dirigía contra ellos, los
persas se retiraron hacia el Oeste, hasta Platea.

Dirigidos por su regente Pausanias, conocido por su sangre fría, los espartanos, junto a
los atenienses y los demás aliados griegos lograron otra estruendosa victoria sobre los
persas, capturando de paso un gran botín que les estaba esperando en el campamento
persa. Junto a la victoria en Platea, ocurrió poco tiempo después el hundimiento de la
flota persa en Micala, que fue además la señal para el levantamiento de los jonios contra
sus opresores. Los persas se retiraron de Grecia, poniendo así fin a los sueños de Jerjes
de conquistar el mundo helénico. De esta forma, las Guerras Médicas llegaron a su fin.

3. La Liga de Delos.

Esta organización fue una confederación marítima, creada y controlada en un principio


por el estadista ateniense Arístides (que redactó los estatutos y la puso en marcha), en el
477 a C., al finalizar las Guerras Médicas, con el fin de poder defenderse de posibles y
nuevos ataques por parte de los persas. Fue también una consecuencia de la pérdida de
la hegemonía por parte de Esparta, a quien sucedió Atenas en el mando de las expedi-
ciones.

Los confederados tenían la obligación de proporcionar hombres, navíos y dinero para las
campañas de guerra. Por su parte, la ciudad de Atenas se comprometía a organizar y diri-
gir dichas campañas y a procurar que las demás ciudades no fueran asaltadas ni invadi-
das por los persas. Las decisiones importantes se tomaban en las reuniones de un conse-
jo en el que había un representante de cada una de las ciudades confederadas; este re-
presentante tenía derecho a voz.

Las fuerzas militares de la Confederación conquistaron el mar Egeo y sus costas al man-
do del ateniense Cimón. Se enfrentaron y vencieron a la marina persa y conquistaron bas-
tantes tierras que después colonizaron, además de abrir rutas seguras por mar hacia el
Ponto Euxino o mar Negro.

Después de obtener estos éxitos contra los persas, Cimón pensó en una expansión por
Egipto, donde estaban sufriendo también una invasión persa. Pero los confederados no
vieron con buenos ojos esta incursión militar que sólo podía traer ventajas a Atenas y que
les iba a costar a ellos buena parte del tesoro. Tanto la expedición como las campañas
contra los persas en Egipto fueron un fracaso, y finalmente Atenas tuvo que negociar la
paz. El negociador fue el estadista ateniense Calias, y lo acordado consistía en que los
persas dejaran libre el mar Egeo y las costas de Asia Menor, mientras que Atenas debía
renunciar a su intervención en la política de Egipto y Chipre. De esta manera llegó a su fin
la guerra entre los griegos y los persas.

Después de todos estos acontecimientos, Atenas eligió a Pericles como nuevo jefe. Peri-
cles comenzó su gobierno poniendo fin a una política de conquistas. Hizo de Atenas la
primera y más importante ciudad griega y consiguió una total hegemonía sobre las demás
ciudades de la Confederación de Delos, que se fueron transformando de ciudades aliadas
en ciudades subyugadas. Era el comienzo de un imperio sometido a Atenas, que era
quien dirigía la armada, la marina y la diplomacia y que quiso además establecer en las
ciudades su propio régimen político. En el 454 se hizo trasladar el tesoro de la Confede-
ración a la ciudad de Atenas. Todos estos hechos, unidos al aumento de impuestos reque-
rido, hicieron que las ciudades de la Confederación se rebelaran y empezaran a sentirse
enemigas de Atenas, que además les impuso su moneda, su sistema de pesos e incluso
la forma de gobierno.

Continuaron, sin embargo, siendo dominadas por Atenas hasta la derrota de ésta por Es-
parta en el año 404 a C, como consecuencia de la guerra del Peloponeso. A partir de este
momento, la Confederación se disolvió hasta el año 377 a C, en que tuvo un renacimiento
para protegerse en este caso del poder de Esparta. No obstante, Atenas ya era incapaz
de imponer su autoridad. La Confederación dejó de existir definitivamente en el 338 a C.
cuando Filipo II de Macedonia derrotó a los atenienses en la batalla de Queronea.

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